© Libro N° 5996.
Leyendas De La Dragonlance. Volumen III. El Umbral Del Poder. Weis, Margaret;
Hickman, Tracy. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Dragonlance Legends™ - War of the Twins
Versión Original: © Leyendas De La Dragonlance.
Volumen III. El Umbral Del Poder. Margaret Weis - Tracy Hickman
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
Leyendas De
La Dragonlance
Volumen III
EL UMBRAL DEL
PODER
Margaret Weis - Tracy Hickman
A mi hermano, Gerry Hickman, quien me enseñó cómo debe ser una relación fraternal.
Tracy Hickman
A Tracy, con mi más efusivo agradecimiento por haberme
permitido entrar en su mundo.
Margaret Weis
AGRADECIMIENTOS
Quisiéramos dar las gracias al equipo Dragonlance: Tracy
Hickman, Harold Johnson, Jeff Grubb, Michael Williams, Gali Sánchez, Gary
Spiegle y Carl Smith.
Queremos dar también las gracias a aquellos que se nos unieron
en Krynn: Doug Niles, Laura Hickman, Michael Dobson, Bruce Nesmith, Bruce
Heard, Michael Breault y Roger E. Moore.
Nuestro agradecimiento a la editora, Jean Blashfield Black,
quien tuvo fe en nosotras.
Y, finalmente, nuestro más profundo reconocimiento a todos los
que nos han ayudado: David «Zeb» Look, Larry Elmore, Keith Parkinson, Clyde
Caldwell, Jeff Easley, Ruth Hoyer, Carolyn Vanderbilt, Patrick L. Price, Bill
Larson, Steve Sullivan, Denis Beauvais, Valerie Valusek, Dezra y Terry
Phillips, Janet y Gary Pack, a nuestras familias y a todos los que nos han
escrito.
Margaret Weis y Tracy Hickman
libro I
El mazo de los dioses
Como un afilado acero, el clarín rasgó el aire otoñal, mientras
los ejércitos enaniles de Thorbardin avanzaban hacia los llanos de Dergoth para
enfrentarse con sus enemigos, sus hermanos. Varias centurias de odio e
incomprensión entre los habitantes de las colinas y sus parientes de las
montañas se vertieron, en forma de sangre, sobre la planicie. La victoria,
una meta que nadie perseguía, se convirtió en algo absurdo, carente de sentido.
Vengar agravios cometidos mucho tiempo atrás por los ancestros de ambos
bandos, por criaturas muertas y olvidadas, era la finalidad común: matar,
destruir, ése fue el objetivo de la guerra de Dwarfgate.
Fiel a su palabra, Kharas, el héroe de los enanos, batalló en
defensa de su rey. Barbilampiño, inmolada su barba como símbolo de la
vergüenza que le producía luchar contra quienes consideraba sus parientes, se
situó a la cabeza de las tropas y sollozó, desconsolado, mientras abatía a
quien se ponía al alcance de su mazo. Cada vez que asestaba un golpe mortal se
repetía, sin poder evitarlo, que el término «triunfo» se había tergiversado
hasta transformarse en sinónimo de aniquilamiento. Vio caer los estandartes
de los dos grupos rivales, mezclarse con el fango y yacer mancillados en la
llanura cuando el ansia de desquitarse, en una marea sanguinolenta, dominó a
los contendientes. Comprendió que fuera quien fuese el ganador todos habían de
perder, así que desechó su pertrecho, aquella portentosa herramienta
confeccionada bajo los auspicios de Reorx, su dios, y abandonó el campo.
Muchas fueron las voces que lo tildaron de cobarde. Si Kharas
las oyó, fingió ignorarlas. Su corazón conocía el significado de aquel acto; no
necesitaba escuchar a quienes calificaban su conducta sin entenderla.
Derramando amargas lágrimas, limpiándose las manos de la savia vital de sus
congéneres, buscó entre los cadáveres los cuerpos exánimes de los dos amados
hijos del rey Duncan. Cuando los hubo encontrado, arrojó sus restos mutilados,
despedazados, sobre la grupa de un caballo y se alejó de los llanos de Dergoth
en dirección a Thorbardin.
Muy pronto, Kharas interpuso distancia, pero no la suficiente
para que no llegaran a sus tímpanos las llamadas a la venganza, el estrépito
del acero, los gritos de los moribundos. No volvió la mirada, pero sabía que
aquellos sonidos retumbarían en su memoria hasta el fin de sus días.
A lomos de un segundo corcel que halló en las inmediaciones
suelto, perdido su jinete, cabalgó hacia las Montañas Kharolis. En el instante
en que recorría sus estribaciones, impregnó el ambiente un fantasmal zumbido,
un eco ominoso que hizo piafar a su montura. El consejero detuvo el caballo y
le acarició la testuz, deseoso de sosegarlo, mientras oteaba, inquieto, su
entorno. ¿Qué había sido aquello? No era uno de los ruidos propios de la guerra
ni, desde luego, lo había originado la naturaleza.
Ahora sí giró el rostro. El estampido procedía de las tierras de
las que acababa de desertar, del paraje donde los enanos se sometían a una
cruenta matanza mutua en nombre de la justicia. Aumentó la magnitud del
singular fragor; sus notas sordas, amenazadoras, adquirieron un volumen de
pésimo augurio. El héroe se estremeció y bajó la cabeza al acercarse el
temible rugido, semejante a un trueno brotado de las entrañas del mundo.
«Es Reorx quien lo provoca —aventuró, aterrorizado—. Nuestra
divinidad manifiesta así su ira, nos anuncia que estamos condenados.»
La onda sónica se propagó hasta agredir a Kharas como una
ventolera tórrida, abrasadora y pestilente, que, en su arremetida, casi le
arrancó de la silla. Nubes de arena y polvo le envolvieron, metamorfoseando el
día en una noche horrible, pervertida. Los árboles se retorcieron en su
derredor, los caballos relincharon espantados y a punto estuvieron de
lanzarse, desbocados, a una desenfrenada carrera. En aquella barahúnda, lo
único que podía hacer el consejero era mantener el control de los équidos.
Cegado por el hediondo huracán, medio asfixiado y tosiendo, el
enano se cubrió la boca e intentó, como pudo en la repentina oscuridad,
proteger también los ojos de los corceles. Nunca sabría cuánto tiempo pasó
inmerso en aquel torbellino de cenizas, en aquella corriente ígnea cargada de
presagios pero, tan súbitamente como se había iniciado, cesó su embestida.
Se asentó la polvareda. Los torturados troncos se enderezaron,
los animales recobraron la calma. El ciclón se disolvió en las suaves brisas
del otoño, dejando tras de sí un silencio más agobiante que el atronador
estruendo.
Lleno de presentimientos, Kharas azuzó a los caballos a seguir
tan deprisa como les permitían sus exhaustas patas y ascendió a las montañas,
ansioso de encontrar una atalaya desde donde divisar el panorama. Al fin, la
descubrió en un peñasco que se proyectaba sobre el precipicio. Ató las
cabalgaduras y su lastimero fardo en un matorral cercano, se asomó a las
planicies de Dergoth y, temeroso, contempló la región que se extendía a sus
pies.
Sobrecogido, comprobó que no se movía una criatura viviente en
el escenario de la batalla. Nada quedaba allí salvo rocas y suelos devastados.
Los ejércitos rivales parecían haber sido borrados de la faz de
Krynn. Tan destructor había sido el encuentro que ni siquiera se veían
cadáveres en la antes atestada planicie. Incluso el aspecto del terreno se
había modificado. La mirada de Kharas se centró en el punto donde se alzara la
fortaleza de Zhaman con sus torres, altas y gráciles, imponiéndose a los
accidentes naturales. Se había derrumbado, aunque no del todo. Como vestigio de
su existencia, se había formado, en su antiguo emplazamiento, configurado por
sus mismas ruinas, un montículo que al apabullado observador se le antojó un
cráneo humano que, en un rictus sarcástico, oteaba una desértica llanura de
muerte.
—Reorx, padre, Gran Forjador del Universo, perdónanos —murmuró
Kharas, nublada su visión por las lágrimas.
Luego, inclinando la cabeza, compungido, el héroe reemprendió la
marcha hacia Thorbardin.
Los enanos creerían, porque él así se lo comunicaría, que la
hecatombe de la planicie había sido decidida por la divinidad. El hacedor, en
su infinita cólera, había descargado su hacha sobre el país para aplastar a
sus criaturas.
Las Crónicas de Astinus, no obstante, registrarían los
sucesos tal como en realidad se desarrollaron:
En la cúspide de sus poderes mágicos, Raistlin, el archimago,
también conocido como Fistandantilus, y Crysania, la sacerdotisa de Paladine,
investida de blanco hábito, intentaron traspasar el Portal que conduce al
Abismo a fin de desafiar, una vez al otro lado, a la Reina de la Oscuridad.
Eran infames e inconfesables los crímenes que había cometido el
nigromante para llegar a este punto, colofón de sus ambiciones. La túnica negra
que vestía estaba manchada de sangre, la suya propia en gran parte. Sin
embargo, aquel hombre conocía el corazón de los mortales y sabía cómo
manipularlo, envilecerlo de tal modo que aquellos que deberían haber denostado
sus acciones acabaran admirándole. Tal era el caso de Crysania, de la casa de
Tarinius. Hija Venerable de la Iglesia, la dama poseía una fisura fatal en la
marmórea superficie del alma. Su hendidura, su flaqueza, fue detectada por
Raistlin, quien, lejos de respetarla, la ensanchó hasta abrir una brecha susceptible
de dividir su ser y, al fin, engullir sus sentimientos.
La sacerdotisa, ignorante de los oscuros manejos del hechicero,
lo siguió hasta el Portal. Allí invocó a Paladine, su dios, y éste escuchó sus
plegarias, pues, en verdad, la mujer era su elegida. Raistlin apeló a su arte
arcano y tuvo éxito, ya que ningún mago había ostentado antes el poderío de
aquel joven.
El Portal se desencajó, presto a admitirles.
Comenzó el nigromante a atravesar el acceso, pero un ingenio
para viajaren el tiempo, que, en aquel mismo instante, activó Caramon, su
hermano gemelo, junto al kender llamado Tasslehoff Burrfoot, se interfirió en
el sortilegio destinado a romper el sello de la inigualable entrada a
ultratumba. El campo magnético se deshizo con consecuencias imprevistas y
desastrosas.
1
¿Dónde estamos?
— ¡No puede ser!
—exclamó Tasslehoff. Caramon clavó una severa mirada en el kender.
—Te aseguro que no ha sido culpa mía, amigo —protestó el
hombrecillo.
Mientras hablaba, examinó el paraje; luego, unos segundos más
tarde, observó a su corpulento compañero, sin perder por ello de vista cuanto
les rodeaba. Comenzó a temblarle el labio inferior y buscó su pañuelo, para
contener un estornudo o, quizá, para secarse las lágrimas. No lo encontró.
Tanto el fino paño como sus saquillos se habían volatilizado; en la excitación
del momento, no recordaba que todas sus pertenencias habían quedado en las
mazmorras de Thorbardin.
La experiencia fue emocionante. Unos segundos antes, Caramon y
él se hallaban en la fortaleza mágica de Zhaman, manejando el artilugio que
debía teletransportarles al hogar y, al formular Raistlin su encantamiento, se
había originado una terrible conmoción. Las rocas crujían y se desencajaban de
su asentamiento hasta que, tras sentir el hombrecillo que las fuerzas en
conflicto tiraban de su persona en seis direcciones diferentes, le circundaron
unos vertiginosos vapores y apareció en aquel lugar.
En aquel lugar, sí, pero ¿dónde? No supo identificarlo, fuera
cual fuese el punto de destino, no era como su añorada patria.
El guerrero y él se hallaban en un sendero de montaña, en la
proximidad de un enorme peñasco y cubiertos hasta los tobillos por un fango
viscoso y ceniciento que alfombraba el terreno hasta el lejano horizonte. Aquí
y allí se proyectaban, sobre el blando manto del lodazal, los pináculos
aserrados de algunas rocas partidas. No había señales de vida, nada ni nadie
podía medrar en semejante desolación. Ningún árbol se mantenía en pie, sólo
tocones chamuscados se perfilaban en aquella densa y mullida capa que todo lo
desfiguraba. Hasta donde alcanzaba la vista, hasta la límpida línea en que la
tierra se unía con el cielo, no se divisaba sino una ciénaga yerma, inmensa.
Tampoco el firmamento ofrecía consuelo. Extendiéndose sobre
ellos, era gris y vacío. Al oeste, no obstante, rompía la monotonía una zona
de extraños tonos violáceos, una masa de nubes tormentosas que bullían al
iluminarlas los mortecinos relámpagos, tan distantes que únicamente arrancaban
fulgores azulados de los espesos cúmulos donde se cobijaban. Y, en cuanto al
sonido, sólo el vago retumbar del trueno se abría paso en el silencio. No se
detectaban otros ruidos, ni movimiento, ni nada de nada.
Caramon exhaló un profundo suspiro y se frotó la cara con una
mano. El calor era intenso y, aunque no llevaban sino unos minutos en el lugar,
una fina película de ceniza se había adherido a su piel sudorosa.
—¿Dónde estamos? —preguntó en tonos regulares, mesurados.
—No tengo la menor idea —confesó Tas. Hizo una pausa, e inquirió
a su vez—: ¿Y tú?
—He seguido tus instrucciones al pie de la letra —repuso el
aludido, impregnada su voz de una ominosa calma—. Según Gnimsh, al menos así
lo afirmaste, lo único que debíamos hacer era pensar en el punto al que
queríamos trasladarnos y nos materializaríamos en él. Puedo asegurarte que sólo
he invocado en mi mente la imagen de Solace.
—¡También yo! —se defendió el kender, que había percibido un
velado reproche en la explicación de su compañero—. Bueno —rectificó,
consciente del escrutinio del hombretón—, al menos me he concentrado en esa
ciudad la mayor parte del tiempo.
—¿Cómo? —se escandalizó Caramon, aunque procuró mantener la
tranquilidad.
—Verás —admitió Tasslehoff tragando saliva—, por un breve
instante, me ha asaltado la idea de cuan divertido e interesante, cuan
extraordinario sería visitar...
—Visitar ¿qué? —indagó Caramon.
—Una l... lu... —tartamudeó el otro. Pero, al advertir que el
guerrero se impacientaba, se armó de valor y vociferó—: ¡Una luna!
—¡Una luna! —se horrorizó su fornido amigo—. ¿Puedo saber cuál
de ellas? —añadió unos momentos más tarde, mientras oteaba el panorama con creciente
resquemor.
—Cualquiera de las tres. Supongo que no hay muchas diferencias
entre una y otra —comentó el hombrecillo, encogiéndose de hombros—. Salvo, por
supuesto, que Solinari debe estar plagada de refulgentes rocas de plata y
Lunitari de piedras encarnadas. La otra es, sin duda, un espacio de tinieblas,
aunque como nunca la he vislumbrado, no podría asegurarlo.
El corpulento luchador emitió un gruñido. Tas decidió que más
valía contener la lengua. Calló, pues, mientras su compañero paseaba una
solemne mirada por las inmediaciones. No duró la pausa, sin embargo, más de
tres minutos, ya que se necesitaba una paciencia superior a la que el kender
podía imponerse, o una daga apuntada a su garganta, para prolongar su
mutismo.
—Caramon —lo interpeló—, ¿crees que lo hemos logrado? Me
refiero, claro está, a catapultarnos a un satélite. Lo cierto es que este
paisaje en nada se asemeja a cuantos he contemplado, aunque su superficie no
es argéntea, ni roja, ni siquiera negra.
—No me extrañaría demasiado —farfulló el interpelado en sombría
actitud—, teniendo en cuenta que una vez nos guiaste a un puerto de recreo que
estaba situado en el centro de un desierto.
— ¡Aquello tampoco fue culpa mía! —se defendió, indignado,
Tasslehoff—. Hasta Tanis aseveró...
—Sea como fuere —le interrumpió el guerrero con palpable
desconcierto—, a pesar de su insólita apariencia, este lugar me resulta
vagamente familiar.
—Muy cierto —corroboró el hombrecillo, al mismo tiempo que
ojeaba de nuevo aquellas extensiones de lodazal desfigurado por la ceniza—. Me
recuerda a algo, ahora que lo mencionas, aunque no atino a saber qué. El único
paraje comparable a éste que me viene a la memoria es el Abismo —dijo, en un
quedo y tembloroso susurro.
Los cargados nubarrones se habían acercado de manera inexorable
durante este diálogo, proyectando sobre el desnudo territorio unas sombras aún
más fantasmagóricas. Trajeron consigo un viento caliente y, al detenerse,
esparcieron una fina lluvia que se mezcló a la volátil ceniza. Se disponía Tas
a hacer una observación acerca de la cualidad pegajosa de la lluvia, cuando,
sin previo aviso, el mundo estalló a su alrededor.
Al menos, así se le antojó al kender. Sacudieron la tierra una
luz deslumbradora, un sonido sibilante y un baque estentóreo, sordo, y el
hombrecillo se encontró sentado en el barro, al borde de un gigantesco
agujero que había engullido el suelo a escasos metros de ellos.
—¡En nombre de los dioses! —renegó Caramon, y se inclinó hacia
su amigo para ayudarle a incorporarse—. ¿Estás bien?
—Creo que sí —repuso éste, conmocionado. Antes de que
reaccionara, un segundo relámpago fulminó los contornos y arrojó al aire cantos
de roca, que se desparramaron entre los cenicientos vapores—. ¡Caramba, ha sido
espléndido! Aunque, si he de serte sincero, no me apetece nada que se repita
—se apresuró a agregar, por temor a que el cielo, más oscuro a cada instante,
resolviera mostrarse complaciente y le obsequiara con un nuevo fogonazo.
—Dondequiera que nos encontremos —sentenció el guerrero—,
debemos alejarnos de estas alturas. Al menos hay un camino, que conducirá a
algún sitio.
Al otear el encharcado sendero y el valle que se abría a su
término, no menos cenagoso, Tasslehoff se dijo que cualquier otro enclave de la
región sería tan poco halagüeño como aquél; pero, consciente del estado
taciturno en el que se había sumido Caramon, optó por guardarse sus cábalas
para sí mismo.
Mientras vadeaban el légamo que inundaba el único camino
practicable, la ventolera arreció, clavando en su carne astillas ennegrecidas
y rescoldos apenas apagados. Los rayos danzaban entre los árboles y los hacían
explotar en bolas de fuego verde o azulado. La tierra se agitaba bajo el
bramido del trueno y, en suma, la tempestad, enseñoreada de la atmósfera,
persistía en castigar aquella zona hasta el extremo que, ahora, las nubes se
amasaban como un manto uniforme.
Caramon, que era quien marcaba el paso, aceleró la marcha.
Forzaron ambos su trabajoso avance por la ladera y al rato llegaron a lo que,
en un tiempo más o menos remoto, debió de ser una hermosa vaguada. Tas se
representó la explanada que se desplegaba ante sus ojos como una pradera
salpicada de árboles, que, en el otoño, se vestían de oro, color que, cuando
llegaba la primavera, mudaban por el verde.
Vio aquí y allí espirales de humo que, casi antes de elevarse,
eran arrastradas por el huracán. «Seguramente esas volutas son producidas por
el embate de los relámpagos», reflexionó. Pero, a causa de una intrigante
asociación de ideas, aquel espectáculo le traía reminiscencias de otro. Como le
sucedía a su compañero humano, estaba convencido de que conocía el paraje.
Sorteando el limo, tratando de ignorar los estragos que aquella
desagradable sustancia producía en su calzado y sus vistosos calzones azules,
Tasslehoff recurrió a una vieja estratagema de su raza, que sólo debía
utilizarse en caso de extravío inminente. Entornó los ojos, vació su mente de
cualquier preocupación y, acto seguido, ordenó a su cerebro que esbozara las
líneas de un paisaje idéntico al que les circundaba. La lógica que se escondía
tras este proceder era que, como resultaba más que probable que algún miembro
de su familia hubiera recorrido antes la zona, el recuerdo de ésta habría sido
transmitido de alguna manera a sus descendientes. Aunque esta teoría nunca
había podido probarse científicamente —los gnomos trabajaban en ella y habían
expuesto sus conclusiones—, no era menos cierto que no se habían registrado
kenders perdidos en toda la historia de Krynn.
Sea como fuere, Tas, hundido hasta la espinilla en el encharcado
camino, bloqueó toda visión susceptible de distraerle y trazó en su cerebro
una réplica de los alrededores. Acudió a su llamada interior un diseño tan
límpido, tan claro, que se sobresaltó, persuadido de que los mapas de su
ancestro nunca asumieron semejante perfección. Distinguió en el cuadro
árboles colosales, montañas en el horizonte y un lago.
Abrió los ojos con un respingo. ¡Un lago! No lo había detectado
antes, acaso porque había adoptado la misma tonalidad grisácea, indefinida, que
el ceniciento terreno. ¿Quedaba agua en su recinto, o se había colmado de
barro?
«Me pregunto —pensó— si mi tío Saltatrampas visitó alguna vez
una luna. Si fue así, ya entiendo por qué reconozco el terreno. Sin embargo, de
haber vivido una experiencia de tal calibre se la habría relatado a alguien.
Quizá quiso hacerlo, pero los goblins le devoraron antes de que tuviera
oportunidad de compartir su viaje. Y, hablando de devorar...»
—Caramon —interpeló al hombretón—, ¿te proveíste de agua para
el viaje? —Hubo de alzar la voz, de otro modo el estruendo reinante habría
ahogado sus palabras—. Yo no, ni tampoco de alimento sólido. No creí que
fuéramos a necesitarlo, dado que regresábamos a casa.
Iba a continuar, pero, de pronto, distinguió algo que borró de
su ánimo toda noción de necesidades materiales y, también, el recuerdo del tío
Saltatrampas.
— ¡Oh, Caramon! —Se agarró al guerrero, y estiró el índice en
dirección al fenómeno—. ¿Es el sol aquello que despunta en el firmamento?
—¿Qué otra cosa podría ser? —contestó, malhumorado, su
acompañante, examinando a su vez el disco, que acuoso y amarillento, había
asomado a través de una brecha en los nubarrones—. Y no, no tengo agua con la
que saciar nuestra sed, así que te recomiendo que te abstengas de importunarme
sobre ese particular.
—¿Por qué has de ser tan antipático? —le regañó el kender, pero,
al observar la expresión del guerrero, desistió de su empeño.
Hicieron un alto en mitad del inseguro, resbaladizo sendero. El
tórrido viento soplaba en su derredor, azotando los mechones sueltos del copete
de Tas como si fueran una bandera y ondulando la capa del que había sido
general. El hombretón reparó en el lago, el mismo que visualizara su pequeño
amigo, y su rostro se tornó pálido, sus pupilas se enturbiaron. Transcurridos
unos momentos echó de nuevo a andar, con ostensible desaliento, y el kender,
entre suspiros, acometió también el accidentado trayecto. Había tomado una
decisión.
—Caramon —propuso—, salgamos de aquí. Abandonemos este lugar.
Aunque sea uno de los satélites que mi tío Saltatrampas debió de inspeccionar
antes de convertirse en un festín para los goblins, no resulta nada divertido.
Hablo de la luna, no del hecho de servir de cena a esos monstruos, lo que,
bien pensado, tampoco debe de ser muy entretenido. Con toda franqueza, opino
que este astro es tan tedioso como el Abismo y, además, huele todavía peor. Por
otra parte, allí nunca estaba sediento y aquí, en cambio..., tampoco
—rectificó, recordando demasiado tarde que era un tema prohibido—. Lo que
ocurre es que tengo la boca seca, pastosa, y me cuesta un gran trabajo hablar
en tales condiciones. Conservamos el ingenio mágico —afirmó y, a fin de
recalcarlo, alzó el cetro incrustado de joyas, temeroso de que el guerrero
hubiera olvidado su existencia durante la última media hora—. Te prometo, te
juro solemnemente, que en esta segunda intentona me concentraré en Solace y
descartaré cualquier otro anhelo.
—Calla, Tas —le conminó el férreo luchador.
Habían llegado al valle. El cieno alcanzaba los tobillos del
grandullón, lo que significaba que había engullido las piernas de Tasslehoff
hasta la pantorrilla. Las vicisitudes sufridas durante la fatigosa marcha
habían hecho renquear de nuevo al antiguo general. Era una secuela de la herida
que le dejara en una pierna la batalla librada contra los conspiradores dewar
en la fortaleza mágica de Zhaman. Y, para colmo de males, exhibía en su rostro
la huella de un agudo dolor.
También se adivinaba otro sentimiento en sus contraídas
facciones, un resquicio de temor, que provocó una honda desazón en el kender.
Deseoso de averiguar el motivo de tan desusado talante, Tasslehoff escrutó la
planicie. Pero, tras un breve reconocimiento, meditó que el panorama no era
desde abajo más gris que desde la loma. Nada había cambiado, excepto la
penumbra, que se había incrementado. Las nubes eclipsaron de nuevo el sol, lo
que no dejó de aliviar al hombrecillo, porque aquel disco más parecía una
siniestra ilusión que, en lugar de iluminar la tierra, le confería una
lobreguez de nefasto portento. La lluvia se había intensificado al acumularse
las nubes sobre las cabezas de los viajeros, pero, aunque molesta, no producía
espanto.
Hizo todo lo posible para no romper el silencio. Pero fueron
inútiles sus esfuerzos. Las palabras afluían a sus labios antes de que pudiera
refrenarlas.
—¿Qué sucede, Caramon? —preguntó—. No veo nada especial. ¿Se
trata de tu maltrecha rodilla?
—Guarda silencio, Tas —ordenó el aludido con tono tenso,
tajante.
Y, sin más comunicación que este exabrupto, el hombretón siguió
oteando los alrededores. Tenía las pupilas dilatadas y apretaba un puño, que,
nervioso, volvía a abrir.
El kender se llevó una mano a los labios para acallar cualquier
comentario, resuelto a permanecer mudo aunque en ello le fuera la vida. Al
extinguirse los ecos de su breve y desabrido diálogo, percibió, de modo
repentino, la quietud que presidía la escena. Cuando no rugía el trueno nada se
oía, ni siquiera los sonidos propios de la lluvia como el gotear en las hojas
de los árboles, el chapoteo en los charcos, el murmullo de la brisa en las
ramas o los trinos de los pájaros, gorjeos de protesta por la humedad que
saturaba sus plumas.
Le invadió una emoción ignota, estremecedora. Miró con mayor
detenimiento los tocones socarrados de los árboles y dedujo que, aunque ahora
estaban quemados, debían de haber sustentado los troncos más altos y poderosos
que hubiera contemplado en toda su existencia, tan imponentes como...
Tragó saliva. Las hojas revestidas de los colores del otoño, el
humo elevándose en olorosas columnas sobre el valle, un lago remansado, azul y
transparente cual el cristal...
Pestañeando, limpió sus párpados de la viscosa película formada
por el limo, por la mojada ceniza. Dio media vuelta, contempló el sendero y el
descomunal peñasco, desvió luego su atención hacia el lago que se silueteaba
detrás de los maltrechos árboles y, también, clavó sus ojos en las montañas,
con sus cumbres puntiagudas, aserradas.
No era el tío Saltratrampas quien había estado allí con
anterioridad.
—¡Oh, Caramon! —musitó, impresionado.
2
El obelisco
—¿Qué te sucede?
Caramon lanzó a Tas una mirada tan extraña, que éste sintió cómo
aquellas súbitas emociones que le habían embargado y estremecido se propagaban
al exterior en forma de una molesta comezón. Unas protuberancias rojizas
aparecieron a lo largo de sus brazos.
—N... nada —balbuceó—, creo que mi fantasía me ha jugado una
mala pasada. Escúchame —exhortó a su compañero—, hazme caso y vayámonos de aquí
ahora mismo. Podemos viajar a donde queramos, retroceder a la época en que
estábamos todos juntos y éramos felices. Regresemos a aquellos días dichosos
en los que Flint y Sturm aún no habían perecido, cuando Raistlin vestía la
túnica de la Neutralidad y Tika...
—Cállate, Tas —le atajó el guerrero, amenazador. Su orden fue
subrayada por el resplandor de un relámpago que provocó un respingo del
kender.
El viento seguía ululando, atravesaba sibilante los tocones y
les arrancaba unas notas fantasmales, como si fueran criaturas dotadas de vida
que respirasen con los dientes apretados. La pegajosa, fina lluvia, había
cesado. Los nubarrones reanudaron su periplo en las alturas y descubrieron un
pálido sol que apenas se atrevía a brillar en el grisáceo manto celeste. En el
horizonte, sin embargo, los emisarios de la tormenta continuaban acumulándose,
más densos y negros a cada instante. Los dos personajes se hallaban en un
claro, donde por doquier eran acosados por el multicolor y oscilante embate de
los rayos, que, en la distancia, tenían una mortífera belleza.
Caramon echó a andar por el camino, que trazaba un pronunciado
recodo antes de desembocar en el valle. El hombretón tiritaba con violencia,
mas no a causa del frío, sino por el dolor que le atenazaba la pierna herida.
Oteó el sendero que tan bien conocía y se dijo que, aunque su aspecto había
cambiado mucho, sabía lo que iba a encontrar cuando doblase la curva.
Tasslehoff se inmovilizó, se plantó firmemente en medio del légamo y clavó los
ojos en la espalda de su amigo.
Tras unos momentos de inusitado silencio, Caramon presintió que
algo ocurría y también se detuvo, el rostro demacrado por el malestar y la
fatiga.
—Vamos, Tas, no te detengas —le azuzó, irritado.
Enroscando un mechón de su desaliñado copete en un dedo, el
kender meneó la cabeza en sentido negativo. Su compañero le sometió a un
fulgurante escrutinio, que provocó la ira del hombrecillo.
—Todos esos troncos cercenados son de vallenwood, Caramon
—declaró.
—Me he dado cuenta —repuso el hercúleo luchador, y su expresión
se suavizó— Estamos en Solace.
—¡No es posible! —se rebeló el otro, reacio a aceptar la
evidencia que él mismo había expuesto. Tan sólo se trata de otro lugar donde
crecen esos árboles; debe de haberlos por centenares.
—Quizá, pero no existe más que un lago Crystalmir, Tas, ni
tampoco he visto unas montañas tan inconfundibles como las Montañas Kharolis.
Incluso ese peñasco que hemos dejado atrás posee un carácter, un significado
único para nosotros, ya que era allí donde se sentaba Flint y tallaba la madera
en delicadas figuras. Esta trocha enfangada, también familiar, conduce a...
—¡No puedes estar seguro! —lo interrumpió el kender. Corrió, o
lo intentó, hacia la robusta figura de su acompañante, arrastrando los pies por
el rezumante limo tan deprisa como pudo. Al alcanzarlo, le tiró de una mano y
suplicó—: ¡Abandonemos este desierto! Podríamos volver a Tarsis, donde los
dragones me derribaron un edificio encima. Fue divertido, interesante,
¿recuerdas?
Mientras hablaba, con una vocecilla chillona que pareció abrir
fisuras en los agostados tocones, sacó de su cinto el ingenio arcano. Caramon,
sombrío su rostro, estiró una mano y se lo arrebató. Ignorando sus vehementes
protestas, manipuló las joyas que lo adornaban. De forma gradual, el refulgante
cetro se transformó en un colgante liso y opaco.
—¿Por qué no nos alejamos de este horrible paraje? —insistió
Tasslehoff, descorazonado—. No tenemos agua ni comida y, por lo visto, no
contamos con muchas posibilidades de encontrarlas en los alrededores. Además,
si uno de esos relámpagos nos cae encima, nos fulminará en un santiamén. La
tempestad que se avecina es peor que la que se aleja, y no hay razón para que
nos expongamos, puesto que no tenemos la certeza de hallarnos en Solace.
—Para adquirir esa certeza —le arengó el fortachón—, no hay
otro medio que investigar. ¿No sientes curiosidad? ¿Desde cuándo renuncia un
kender a vivir una nueva aventura? —le imprecó, deseoso de alentarle, y empezó
a cojear de nuevo por la senda.
—Conservo esa cualidad, y en más alto grado que ningún otro
miembro de mi raza —masculló el hombrecillo, mientras reanudaba, penosamente,
la marcha—. Pero una cosa es el natural afán de explorar un enclave ignoto y
otra muy distinta merodear despistado por el propio hogar. Tu casa no cambia,
se limita a aguardar inmutable tu retorno y, en el momento del reencuentro, te
inspira frases como «Fíjate, está todo igual que cuando lo dejé». Aquí, en cambio,
tiene uno la impresión de que seis millones de reptiles han sobrevolado la zona
y la han destrozado. ¡El hogar no es un lugar que invite a experiencias
excitantes, sino al solaz!
Espió el semblante del guerrero para comprobar si su parlamento
había producido algún efecto. Si fue así, en nada se evidenciaba: una máscara
de resolución inapelable cubría aquellas facciones, mezclándose con el rictus
de dolor. Este talante inquietó sobremanera al kender.
«No es el de antes —reflexionó—. Y no me refiero a los tiempos
en los que bebía. Su evolución es más radical y profunda. Se ha vuelto más
serio, más responsable, de eso no cabe duda, pero también advierto la
presencia de un nuevo sentimiento. El orgullo —determinó—; ha aprendido a
valorarse a sí mismo y a resolver sus contradicciones.»
No era éste un Caramon propicio a hacer concesiones, se dijo
Tas, entristecido; no era el hombretón desorientado que necesitaba que un
kender lo salvase de pendencias y tabernas. Suspiró, sin poder sustraerse al
pensamiento de que añoraba al viejo y, a pesar de su fuerza, desvalido
compañero.
Llegaron al recodo y ambos lo reconocieron, aunque ninguno
despegó los labios. El guerrero porque no había nada que comentar, Tasslehoff
porque de nada le serviría empecinarse en negar que ya había estado allí.
Instintivamente, uno y otro aminoraron el ritmo de la marcha.
Años atrás, cualquier viajero habría topado con las cálidas
luces de «El Ultimo Hogar», la posada que regentara Otik. Habría husmeado los
efluvios de las patatas especiadas y oído el estruendo de las risas y las
chanzas que se escapaban por las rendijas cada vez que se abría la puerta para
admitir al viajero o al parroquiano de Solace. Caramon y Tas hicieron un alto,
en una suerte de acuerdo tácito, antes de jalonar la curva.
Siguieron mudos, mientras examinaban la desolación circundante,
los lastimeros vestigios de lo que fuera verdeante vegetación, el terreno
cubierto de cenizas y las rocas ennegrecidas. Retumbaba en sus tímpanos un
silencio que debido, paradójicamente, a la ausencia de ruidos, se les antojó
más escalofriante que el fragor del trueno. Los dos sabían que, antes de ver
Solace, deberían haberla oído. Debería de haber invadido sus sentidos el
estrépito propio de la ciudad, la fragua en plena actividad, el bullicioso
mercado, los gritos de los buhoneros, los niños y los comerciantes
establecidos, la algazara de los clientes congregados en la venta donde
trabajaba Tika.
Nada percibieron salvo quietud y, todavía lejos, el ominoso
zumbido de los elementos.
—Vamos allá —decidió al fin Caramon, y avanzó hacia su destino.
Tas caminaba más despacio, tan llenos de barro sus pies que tuvo
la sensación de haberse calzado las férreas botas de los enanos. No obstante,
no le pesaban tanto los miembros como el corazón. No cesaba de repetirse:
«Esto no es Solace, esto no es Solace», con una tenacidad que asemejaba su
letanía a los encantamientos de Raistlin.
Acometió el recodo y, cargado de presagios, alzó la vista. No
había concluido esta acción cuando exhaló un suspiro que denotaba un inmenso
alivio.
—¿Te convences ahora? —reprendió a Caramon, con un resoplido que
por sí solo venció al aullido del viento—. No hay nada, ni albergue, ni burgo
ni ningún otro signo de civilización. —Introdujo una mano en la colosal palma
del luchador, y trató de forzarle a recular—. Ya podemos irnos —sugirió—, se me
ha ocurrido una idea que te gustará. ¿Por qué no retrocedemos al episodio en
que Fizban hizo bajar del cielo el puente dorado?
Pero el hombretón se desprendió de él y siguió adelante, con
torpeza a causa de su dislocada rodilla. Apesadumbrado, hizo una nueva pausa y
preguntó, rebosante su acento de miedo:
—Entonces, ¿qué es esto?
Mordisqueando las puntas de su suelto cabello, testarudo, el
kender indagó a su vez:
—¿Qué es qué?
El guerrero señaló un punto concreto.
—Un terreno desbrozado —rezongó Tasslehoff, remiso a interpretar
lo que su amigo pretendía demostrarle—. Concedido, aquí hubo algo. Quizás un
alto edificio, pero, dado que ya no existe, ¿por qué preocuparse? Atiende,
Caramon... ¡Caramon!
El motivo de su alarido fue que, mientras hablaban, flaqueó la
lastimada pierna de su interlocutor y, de no ser por la rápida intervención del
hombrecillo, aquél se habría desplomado. Con su ayuda, Caramon alcanzó el
tocón del que había sido un majestuoso vallenwood, situado en un extremo del
retazo de tierra removida. Apoyándose en él, lívida la tez y sudoroso, se frotó
la magullada pierna.
—¿Qué puedo hacer por ti? —inquirió e! kender—. ¡Ya lo tengo!
Improvisaré una muleta. Debe de haber montones de ramas rotas en los
alrededores; buscaré una adecuada y te la traeré.
El herido nada repuso, tan sólo asintió con una inclinación de
cabeza.
Tasslehoff inició presto la tarea, registrando con su aguda
visión el cenagoso suelo y, en el fondo, satisfecho por haber hallado algo
útil en que ocuparse en lugar de desentrañar absurdos dilemas acerca de una
parcela destinada a construir una casa que se había volatilizado. Pronto halló
lo que precisaba, el extremo de una tabla que sobresalía en el lodazal. La
asió e intentó tirar de ella, pero sus manos resbalaron en el barro que la
cubría y salió despedido hacia atrás. Se incorporó, contempló disgustado el
fango adherido a sus llamativos calzones, que quiso sacudir sin éxito, y
volvió a la carga. Esta vez notó que la incrustada estaca se movía un poco.
— ¡Ya casi es mía, Caramon! —informó—. Sólo me falta…
Una exclamación desgarrada, totalmente impropia de un kender,
rasgó el aire. El guerrero alzó los ojos alarmado, justo a tiempo para
constatar cómo su amigo se precipitaba en un vasto agujero que, al parecer, se
había abierto bajo sus pies.
—¡Voy a socorrerte, Tas! ¡Resiste! —animó al accidentado y,
renqueante, se encaminó hacia él.
Antes de que llegara, el hombrecillo logró encaramarse de nuevo
por la pared de la oquedad. Su rostro no era comparable a ningún otro que el
luchador hubiera tenido ocasión de examinar: estaba macilento, los labios
blancos y los ojos, en general vivaces, se habían ensombrecido.
—No te acerques, Caramon —susurró Tasslehoff, acompañando su
ruego con un gesto de la mano—. ¡Te lo suplico, manténte apartado!
Demasiado tarde, el humano se había aproximado al borde y
clavado su mirada en lo que contenía la fosa. El kender se acurrucó a su lado,
sumido en un llanto plañidero.
—Están todos muertos —afirmó entre desgarradores sollozos.
Y, hundido el rostro entre las manos, comenzó a balancearse en
violentos espasmos.
En el fondo del agujero, que la capa de barro había sellado
piadosamente, yacía un enjambre de cuerpos, de cadáveres de hombres, mujeres y
niños. Preservados del corrosivo azote de los elementos, algunos de ellos aún
eran reconocibles o así, al menos, lo imaginó Caramon en su febril escrutinio.
Voló su memoria a la última tumba colectiva que había visto, la de la aldea
asolada por la epidemia que descubriera Crysania, y recordó también la ferocidad
teñida de pesar que había demudado a Raistlin. Evocó el sortilegio que
formulara el nigromante, el hechizo que creó relámpagos, fuego, que calcinó el
pueblo hasta reducirlo a cenizas.
Rechinando los dientes, se obligó a sí mismo a sobreponerse y
estudiar los cadáveres para tratar de distinguir, entre los restos, una
ondulada melena pelirroja.
No halló tal. Con un tembloroso suspiro, se volvió y emprendió
una desenfrenada carrera hacía el emplazamiento de «El Último Hogar», a pesar
de su cojera.
— ¡Tika! —vociferó una y otra vez durante el trayecto.
Tas alzó la cabeza y se puso en pie de un salto. Quiso lanzarse
en persecución de su compañero, pero tropezó con un saliente rocoso y cayó en
un charco.
—¡Tika! —se obstinaba en gritar el guerrero, una llamada
angustiosa que los rugidos del viento y los distantes truenos no consiguieron
mitigar.
Olvidado el dolor que le infligía la rodilla, continuó la
marcha hasta arribar a un tramo despejado, libre de árboles, donde se
adivinaban los lindes de una trocha. «La senda que discurría junto a la posada»,
reconoció el kender desde su postrada postura y, enderezándose, aceleró el paso
detrás de Caramon quien avanzaba rápido, ajeno a sus propios bamboleos. Guiado
por la aprensión y la esperanza, el inveterado luchador se había investido de
una energía impensable unos minutos antes.
Tasslehoff lo perdió de vista entre los cercenados bosques de
vallenwoods, pero ni un solo segundo dejó de oír su voz invocando el nombre de
Tika. Consciente de hacia dónde se dirigía, caminó con más lentitud, porque,
víctima ya de una terrible migraña provocada por el calor y los hediondos
vapores que saturaban el lugar, vino a sumarse a su zozobra el horror de la
escena que había presenciado. Levantando como pudo sus embarradas botas, más
semejantes a la consistencia del plomo en cada zancada, el hombrecillo
continuó.
Al fin divisó al huido, de pie en un espacio yermo próximo a un
tocón de considerable diámetro. Sostenía algo en una mano y lo contemplaba con
la expresión de quien, pese a su denodado empeño, ha sido derrotado.
Bañado en légamo, enturbiados su cuerpo y su alma, Tas se
afianzó frente al entrañable grandullón.
—¿Qué es eso? —preguntó con la boca pequeña, estirando el índice
hacia el objeto cuyo hallazgo tanto había afectado a su amigo.
—Un martillo —especificó el otro con evidente ansiedad—. Temo
que el mío.
El kender inspeccionó la herramienta. De acuerdo, era un
martillo o, por lo menos, lo fue. El mango de madera se había quemado en tres
cuartas partes, no quedaban sino una chamuscada porción y la cabeza metálica,
negra tras lamerla las llamas pero incólume.
—¿Qué pruebas tienes de que es en realidad el que tú utilizabas?
—inquirió aún incrédulo.
—Una prueba irrevocable —murmuró Caramon con creciente
amargura—. Fíjate en el encaje, todo baila al tocarlo. —A guisa de
demostración, hizo girar el engarce, y el instrumento casi se desmembró—. Lo
confeccioné cuando me hallaba en estado de perpetua ebriedad, por eso quedó
defectuoso. Siempre que me ponía a trabajar, se soltaba el metal y tenía que
ensamblarlo aunque, para ser francos, tampoco me aplicaba en exceso, porque no
me importaba.
Debilitado por el esfuerzo, su tullida pierna volvió a
quebrarse. Esta vez, sin embargo, no intentó mantener el equilibrio y se
desmoronó, resignado, en el cieno. Sentado en el desbroce que fuera su vivienda,
aferró el martillo y estalló en llanto.
Tas respetó su desahogo. Incluso desvió los ojos, por considerar
que la consternación de su amigo era demasiado sagrada, demasiada íntima, para
que él se entrometiera testimoniándola. Ignoró el hombrecillo sus propias
lágrimas, que formaban riachuelos en los pómulos, y procuró distraerse en el
examen de su malhadado entorno. Nunca antes se había sentido tan desvalido,
tan solo. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había fallado? Tenía que haber una clave,
una respuesta.
—Si no me necesitas daré un paseo —avisó al guerrero, quien ni
siquiera le oyó.
Se alejó despacio, con dificultad. Ahora sabía, sin ningún
género de dudas, dónde habían ido a parar, ya no podía apoyarse en su
obstinación. La casa de Caramon, cuando aún se erguía en el valle, estaba en el
centro del burgo, cerca de la posada, y la ruta que eligió el kender fue la
calzada que unía ambas construcciones y que, en un tiempo, fue una calle
flanqueada por sendas hileras de habitáculos. Aunque nada confirmaba que allí
hubiera prosperado una ciudad, ni avenida, ni hogares, ni los vallenwoods que
les servían de soporte, recordaba la exacta localización de todo. Hubiera
deseado que no fuera así, pero aquellas ramas que se abrían paso en el barrizal
le traían nostálgicas asociaciones de las que le habría gustado zafarse. No se
discernían puntos de referencia, edificaciones sólidas, salvo...
—¡Caramon! —El nombre de su compañero brotó de su garganta con
un timbre exultante, fruto de la alegría que le inspiraba tener ante sí algo
que merecía la pena rastrear y que, así lo esperaba, arrancaría al luchador
de su ensimismamiento—. Caramon, creo que deberías venir a ver esto.
El interpelado no le prestó atención, de manera que Tasslehoff
tuvo que acercarse sin él al hallazgo que acababa de hacer. Al final de la
calle, en lo que fuera un pequeño jardín, se elevaba un obelisco de piedra. El
parquecillo le era más que familiar, y estaba seguro de que nunca hubo un
monolito en su recinto. Cuando abandonó Solace, sólo había allí plantas y
flores.
Alto, toscamente tallado, el monumento había sobrevivido al
acoso de las llamas, los vientos y las tormentas. Su superficie, al igual que
todo lo demás, había sufrido menoscabo, pero ello no obstaba para que pudiera
leerse la leyenda esculpida en la pared frontal, o así se lo pareció al kender,
en cuanto hubiese limpiado el hollín y el moho.
Realizada esta operación, libres las letras de los últimos
restos de suciedad, Tas las escudriñó largamente y, al fin, llamó de nuevo a
Caramon.
Aunque ahora no emitió sino un quedo susurro, la extraña nota en
la que fue pronunciado penetró la aureola de desaliento tras la que se
parapetaba el hombretón. Vislumbrando el singular obelisco, y percatándose de
la repentina seriedad de Tas, el guerrero se izó como mejor pudo y acudió a su
lado.
—¿Qué es esto? —le consultó.
El kender fue incapaz de responder; tuvo que conformarse con
menear la cabeza y señalar la mole.
Erecto, quieto, Caramon obedeció a la muda indicación de su
acompañante y revisó las líneas que, en lengua común, se ordenaban frente a él
en una especie de epitafio.
A Tika Waylan Majere,
Heroína de la Lanza.
Fallecida en el año 358.
El árbol de tu vida fue precozmente talado.
Temo que en mis manos el hacha se encuentre.
—Estoy desolado —acertó a titubear Tas, deslizando una mano
entre los entumecidos, fláccidos dedos de Caramon.
Éste bajó la cabeza y, posando la palma en el obelisco,
acarició la fría y empapada roca que tan luctuoso mensaje le transmitía.
Mecidas por la pertinaz brisa, las gotas de lluvia se estrellaban contra la
inscripción.
—Murió sola —gimió y, trocado en furia su pesar, en indignación
contra sí mismo, cerró el puño y propinó al desgastado muro un golpe que surcó
su carne de arañazos—. ¡La dejé a sus auspicios, me fui y ni siquiera la velé
en tan temible trance! Debería haberme quedado. ¡Maldita sea, hice mal en
partir!
Se estremecieron sus hombros al ritmo del llanto. El kender, al
advertir que los nubarrones no cejaban en su avance y que pronto les
alcanzarían, estrechó la manaza del guerrero y ensayó una arenga.
—No podrías haberla ayudado de haber estado junto a ella,
Caramon...
Se interrumpió, de modo tan brusco que casi se mordió la lengua.
Retirando la mano con la que sujetaba al guerrero, un movimiento en el que
éste ni siquiera reparó, se arrodilló en el viscoso suelo. Con su aguda vista,
había detectado un fulgor, como si algo compacto reverberase bajo los
enfermizos rayos del sol. Estiró el brazo en actitud incierta y, a toda prisa,
comenzó a apartar los blandos terrones que escondían el destellante objeto.
—¡En nombre de los dioses! —renegó, abrumado por el asombro—.
Caramon, no te atormentes más. ¡Estuviste aquí!
—¿Cómo? —rugió el otro.
El kender le conminó a mirar y el guerrero, receloso, obedeció.
A sus pies, yacía su propio cadáver.
3
Un error de cálculo
Al menos, aquel cadáver se asemejaba a la figura de Caramon.
Vestía la armadura adquirida en Solamnia, la que había lucido en las guerras de
Dwarfgate y cuando Tasslehoff y él salieron catapultados de la fortaleza de
Zhaman. La armadura con la que ahora se cubría.
Por lo demás, no había nada específico que permitiera
identificarlo. A diferencia de los cuerpos que descubriera el kender,
preservados gracias al fango de las inclemencias del tiempo, sus restos se
hallaban sepultados relativamente cerca de la superficie y, debido a tal
circunstancia, se habían descompuesto. No quedaba en la base del obelisco sino
el esqueleto del que fuera un humano colosal. Una de sus manos, apretada en
torno a un cincel, reposaba debajo del pétreo monumento, como si su postrera
acción hubiera sido tallar las frases del epitafio.
No había rastro susceptible de ilustrarles sobre la causa de su
repentina muerte.
—¿Qué es lo que ocurre? —inquirió Tas con voz entrecortada—. Si
de verdad eres tú y has perecido, ¿cómo puedes estar aquí ahora mismo? ¡Oh, no!
—exclamó, víctima de una idea tan súbita como poco halagüeña—. A lo peor quien
se yergue ante mí no eres tú, sino una réplica fraguada por mi imaginación.
—Agarró las hebras colgantes de su cabello y empezó a ensortijarlas en sus
dedos—. ¿Te he concebido yo? Nunca creí poseer una fantasía tan exacerbada,
tu aspecto no puede ser más real. —Alargó una mano a fin de tocar a su amigo, y
agregó—: La textura de tu piel parece auténtica y, disculpa mi impertinencia,
tus efluvios todavía más. Caramon, voy a volverme loco —se desesperó—. Si
continúo desvariando, no tardaré en asemejarme a los enanos oscuros de
Thorbardin.
—Cálmate, Tas —le suplicó el hombretón—. Todo esto es verdadero;
yo diría que demasiado. —Miró de hito en hito al corrompido yaciente y al
monumento, que comenzaba a desdibujarse en la exigua luz del atardecer—. Y,
por otra parte, presiento que estoy a punto de desentrañar el enigma. Si
pudiera... —Hizo una pausa, durante la cual escrutó el monolito—. ¡Claro, ya
lo entiendo! Fíjate en esa fecha.
Con reticencia, el kender levantó la vista.
—358 —leyó con monótono acento—. ¿358? —repitió, desorbitados
ahora sus ojos—. ¡Caramon, corría el año 356 cuando partimos de Solace!
—En efecto —corroboró el guerrero—. Nos hemos extralimitado en
nuestro viaje. Nos hallamos en el futuro.
Las nubes, que se habían arremolinado en el horizonte cual un
ejército que se reorganizara para el ataque, iniciaron su arremetida justo
antes del crepúsculo, camuflando en un alarde de benignidad los últimos
momentos de existencia del vencido sol.
La tempestad se desató con una furia indescriptible. Una ráfaga
de aire caliente, la avanzadilla, elevó a Tas hacia las alturas e, incapaz de
arrastrar también al más pesado Caramon, lo lanzó contra el obelisco. Irrumpió
luego en escena la lluvia, la caballería. Una cortina de gruesas gotas que,
similares a lenguas de plomo, tamborilearon sobre los cráneos de las dos
criaturas. Y escoltó al aguacero una descarga de granizo, de sólidas armas
arrojadizas dispuestas a magullar la carne de quienes a ellas se expusieran.
No obstante, más inmisericordes que la turbonada de gases y
agua eran los abigarrados relámpagos, letales sierras que saltaban del mullido
manto a la tierra y fulminaban los ya devastados tocones, transformándolos en
columnas de llamas visibles desde la lejanía. El estentóreo retumbar de los
truenos era constante, ensordecía la tierra y embotaba los sentidos.
Tras buscar a la desesperada un refugio donde fuera más fácil
resistir la conflagración, los sitiados divisaron un vallenwood caído y
lograron acuclillarse bajo su tronco, en un hoyo que escarbó el guerrero en el
gris, exudado cieno. Desde tan insuficiente cobijo, ambos personajes
asistieron incrédulos a los destructivos afanes de la tormenta, que había decidido
ensañarse en una tierra muerta de antemano. En las laderas montañosas se
declaraban incendios dispersos, el olor a madera quemada se adhirió a las vías
olfativas de los observadores mientras los rayos, al cerrar filas, hacían
explotar los troncos vecinos y les arrancaban ascuas incandescentes. También
de la tierra brotaban proyectiles en forma de terrones voladores, tan próximos
que salpicaban sus atuendos. Y, en cuanto a los truenos, su ensordecedora
algarabía amenazaba con neutralizar sus tímpanos.
Sólo una bendición ofrecía aquella borrasca: el agua de lluvia.
Caramon no desaprovechó la oportunidad de invertir su yelmo y sacarlo a la
intemperie, con tal fortuna que recogió de inmediato bastante líquido para
saciar su sed. Su sabor era espantoso, semejante al de los huevos podridos,
según Tasslehoff, quien, sabedor de que no debía desperdiciarlo, puso los dedos
en tenaza sobre su nariz mientras bebía.
Ninguno mencionó, pese a que ambos lo pensaron, que no tenían
donde almacenar algunos litros ni estaban provistos, tampoco, de alimento.
Sintiéndose más reconfortado ahora que había determinado su
paradero y el período de la historia al que se habían desplazado, aunque no por
qué ni cómo estaban allí, el kender incluso disfrutó del espectáculo durante
la primera hora.
—Nunca había visto un relámpago de este color —comentó
alborozado, contemplando el fenómeno con sumo interés—. ¡Es maravilloso, como
los trucos de los ilusionistas callejeros!
Pero su entusiasmo no tardó en ceder al tedio.
—Hasta el abatimiento de un árbol, por esplendoroso que sea
—aseveró al rato—, pierde una parte de su embrujo cuando se ha presenciado
cincuenta veces. Si no te opones, Caramon —sugirió entre bostezos—, voy a dar
una cabezada. Monta guardia ahora, luego te reemplazaré y podrás dormir. ¿De
acuerdo?
En el instante en que el hombretón iba a expresar su
asentimiento, le sobresaltó un ruido sibilante. Un ancho tocón, situado a
escasos metros, había desaparecido en medio de una flamígera aura de tonos
verdosos.
«Podríamos haber sido nosotros —recapacitó, puestos los ojos en
los ardientes rescoldos y taponada su nariz por los vapores del azufre—. Quizá
seamos los siguientes.»
Le asaltó un salvaje deseo de huir, un ansia tan intensa, que
se crisparon sus músculos y tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para
refrenarse.
«Si me aventuro en campo abierto me espera una muerte segura
—continuó barruntando—. En este agujero, al menos, estamos debajo de la
superficie.»
Sin embargo, un suceso desmanteló sus argumentos. Mientras se
daba ánimos, un relámpago horadó en el suelo un gigantesco boquete, lo que le
hizo comprender que no se hallarían a salvo en ningún lugar. No le quedaba
sino aguardar y confiar en los dioses.
Giró el rostro hacia Tas, persuadido de que estaría asustado y
con la intención de prodigarle unas palabras de consuelo. Pero estas palabras
murieron en sus labios, y se sintetizaron en un suspiro. Había cosas que nunca
cambiarían, entre ellas la increíble valentía, o insensatez, de los kenders.
Hecho una bola, totalmente ajeno a los horrores que les acechaban, el
hombrecillo se había sumido en un plácido sopor.
El guerrero se agazapó en el fondo de la oquedad, fijos sus
sentidos en los nubarrones que los rayos enlazaban en una siniestra
pasamanería. Para conjurar el miedo, trató de concentrarse en dilucidar por
qué se hallaban en semejante apuro y en un tiempo equivocado. Al entornar los
párpados y, así, aislarse de las fuerzas desencadenadas, se perfiló una vez más
en su memoria la efigie de Raistlin erguido ante el Portal. Oyó su voz apelando
a los cinco dragones que lo custodiaban para que, atentos a su reclamo, le
franquearan el acceso al reino de las tinieblas y visualizó, asimismo, a
Crysania —la sacerdotisa de Paladine— en el acto de orar a su dios, extraviada
en el éxtasis de la fe y ciega a la perversidad del hechicero.
En una vivida secuencia, desfilaron frente a Caramon los
recientes intercambios habidos con su gemelo, aureolados por el discurso, la
confesión, de que le hiciera partícipe el archimago.
«La eclesiástica entrará en el Abismo conmigo. Caminará delante
de mí y librará mis batallas, se enfrentará en mi lugar a clérigos oscuros, a
nigromantes despiadados, a los espíritus de los muertos condenados a vagar por
esos inhóspitos parajes y, en definitiva, a los inverosímiles tormentos que le
depare mi Reina. Tantos avatares lastimarán su cuerpo, devorarán su mente y
desgajarán su alma. Al fin, cuando se agote su resistencia, se derrumbará en el
suelo, a mis pies, sangrante y moribunda.
»Con sus últimas energías, me tenderá la mano, buscará mi
consuelo. No pedirá que la rescate; es demasiado fuerte para eso. Sacrificará
su vida gustosa, feliz, y no solicitará sino que permanezca a su lado mientras
expira.
»Pero yo, Caramon, pasaré sobre ella sin detenerme. La dejaré
tendida e indefensa, no le dedicaré una frase amable ni me molestaré en
mirarla. ¿Por qué? Porque ya no la necesitaré.»
Fue al escuchar tan aborrecibles manifestaciones cuando el
hombretón tomó plena conciencia de que su hermano era irredimible. Y se
desentendió de él.
«Que se hunda en las simas del Mal si es eso lo que quiere
—había resuelto—. Desafiará a la Reina de la Oscuridad, quizá hasta se
convierta en una de las divinidades, pero en cualquier caso no es asunto de mi
incumbencia lo que pueda acontecerle a partir de ahora. Me he liberado de su
influjo, de la misma forma que él se ha desvinculado de las ligaduras que le
ataban a mí.»
Activó junto a Tas el ingenio arcano, recitando las rimas que le
enseñase Par-Salian. Las rocas comenzaron a crujir, como lo hicieran en las
anteriores ocasiones en las que, en su presencia, entró en acción el
artilugio.
No obstante, algo se había alterado en el momento cumbre. Ahora
que se hallaba en disposición de meditar, recordó que antes de iniciar el viaje
se había preguntado, en un arrebato de pánico, si había cometido algún error,
pues el desarrollo de los portentos se le antojó distinto. Era inútil
devanarse los sesos; nunca lograría averiguarlo.
«Tampoco habría podido hacer nada para modificar el curso de
los acontecimientos —reconoció con amargura—. La magia siempre escapó a mi
inteligencia y, además, es un arte que no me inspira confianza. »
Otro relámpago surcó el espacio en las cercanías y su virulencia
deshizo la concentración del fornido humano, al mismo tiempo que provocaba un
respingo en el kender. El durmiente se tapó los ojos con las manos y, cual un
topo apretujado en su madriguera, se sumió de nuevo en el letargo que le
acunaba.
En un alarde de determinación, el guerrero vació su cerebro de
conceptos tales como tormentas y lirones, con el fin de retomar el hilo de sus
evocaciones, de retroceder al instante en el que se había operado el hechizo
en los subterráneos de Zhaman.
«Tuve la sensación de que tiraban de mí —rememoró—, de que
desgarraban mis articulaciones dos entes en conflicto, que pretendían
arrastrarme a sus opuestas esferas. ¿Qué hacía Raistlin mientras tanto?»
Luchó en su fuero interno por esclarecer los hechos, y el vago
contorno del mago tomó cuerpo en las brumas del recuerdo. Su faz reflejaba
terror, observaba el Portal con espasmos delirantes, y Crysania, por su parte,
todavía en el marco del acceso, había cesado de rezar. También su figura se
retorcía, sus pupilas destilaban un pavor sobrenatural.
Caramon se estremeció y se humedeció los labios. El agua que
antes bebiera le había dejado un desagradable sabor, un gusto similar al que
queda en la boca después de introducir un clavo oxidado, como los que sujetaba
entre sus dientes cuando edificaba el refugio para el hechicero. Escupió, se
secó las comisuras de los labios y apoyó la espalda en la terrosa pared.
Otro estallido le sobresaltó, al igual que la atronadora
respuesta, que no por esperada resultaba menos apabullante.
Su gemelo había fracasado. Le había ocurrido lo mismo que a
Fistandantilus, había perdido el control de sus facultades en la hora
decisiva. El campo magnético del artilugio de Par-Salian se había interpuesto
en su sortilegio. Ésta era la única explicación plausible.
El hombretón frunció el ceño. No, era evidente que Raistlin
había previsto y descartado tal contingencia, ya que, de otro modo, el miedo a
sufrir interferencias le habría impulsado a tomar precauciones. Conocedor de
los secretos de su arte, si hubiera abrigado la más mínima sospecha, les
habría impedido utilizar el ingenio, les habría matado como hiciera con el
gnomo, el amigo de Tas. «Pero entonces, si no fue ésa la causa del desastre,
¿qué pudo motivarlo?»
Meneando la cabeza para desembarazarse de tan confusas
conjeturas, empezó de nuevo. Dio vueltas y más vueltas al problema, trató de
descifrarlo desde todos los ángulos, como hacía con los odiosos ejercicios
que, de niño, solía plantearle su madre. Por un prodigio ignoto, el campo
magnético se había desarticulado y los había teleportado demasiado lejos en el
tiempo, hacia el futuro en lugar del presente.
«Lo que significa —recapituló— que lo único que he de hacer es
calibrar el cetro de manera que nos retraiga al Solace que anhelábamos visitar,
a casa, a Tika.»
Abrió los ojos para examinar su entorno. ¿Se enfrentarían
igualmente a aquella devastación al retornar? Ignoraba cuándo se había
iniciado.
Al contemplar la realidad, despertando de sus ensoñaciones, se
percató de que todo él tiritaba. No era extraño. La torrencial lluvia lo había
calado hasta los huesos. Pero, aunque la noche se anunciaba glacial, no era
esta perspectiva lo que lo acongojaba, sino otra más lacerante, más cruel.
Sabía lo que entrañaba vivir con la conciencia de lo que había de acaecer, sin
la tabla salvadora de la esperanza. ¿Cómo enfrentarse a su esposa, a los
compañeros, ahora que había visto lo que les aguardaba? Pensó en el cadáver que
yacía bajo el monumento, en su propio destino, y se sintió aún más incapaz de
regresar al presente y llevar una existencia normal. Aquella imagen de su
podredumbre le obsesionaría, modificaría sus costumbres y su talante.
Todo ello, claro está, en el supuesto de que aquellos despojos
fueran los suyos. Evocó la última conversación sostenida con su hermano. Según
Raistlin, Tas había cambiado la historia. Dado que los kenders, los enanos y
los gnomos eran razas creadas por accidente, no por designio expreso de los
hacedores, no se hallaban inmersos en el fluir del tiempo como los humanos, los
elfos y los ogros. Así, las criaturas inferiores tenían prohibido desplazarse
en tal dimensión pues, de hacerlo, podían tergiversar los eventos de mayor
trascendencia.
En efecto, si Tasslehoff se había trasladado a la remota Istar
fue porque, transgrediendo todas las leyes, se internó en el círculo mágico
creado por Par-Salian, máximo dignatario de la Torre de la Alta Hechicería,
cuando éste formulaba un encantamiento que sólo debía afectar a Caramon y
Crysania. Siguiendo esta premisa, el archimago, al descubrirlo, intuyó que se
le ofrecía la oportunidad de no sucumbir al sino de Fistandantilus. Habida
cuenta del poder del hombrecillo para instaurar un nuevo orden, existía la
posibilidad de evitar el fatal desenlace que auguraban las Crónicas. Allí
donde su predecesor había perecido, Raistlin quizá sobreviviría.
Hundidos los hombros, el guerrero advirtió que un repentino
mareo se había apoderado de él. ¿Cómo hallar un sentido a aquel galimatías?
¿Qué hacía en el valle, sepultado al pie del obelisco y a la vez resguardado
del aguacero en un hoyo excavado por él mismo? Si el kender había ejercido una
influencia sobre los acontecimientos, el cadáver hallado bajo el monolito bien
podía pertenecer a otro. En el vórtice del huracán, una pregunta se imponía a
todas las demás: ¿qué había pasado en Solace?
—¿Es mi gemelo el responsable de esta hecatombe? —murmuró en
voz baja, con el propósito de escuchar el timbre de su propia voz en la
barahúnda—. ¿Es la tempestad una prueba de que ha sido derrotado? ¿Guardan
alguna relación sus propósitos y el atolladero en el que nos hemos metido?
Contuvo el resuello. A su lado, Tas se agitó y comenzó a
proferir alaridos.
—Es sólo una pesadilla —le aseguró, y en el mismo impulso dio
unas ausentes palmadas en su costado—. Tranquilízate, amigo —insistió, al notar
que el cuerpo del hombrecillo se contorsionaba bajo su mano—. Descansa.
El aludido, aunque inconsciente, dio media vuelta y se acurrucó
contra el humano sin apartar las manos de sus ojos.
Caramon continuó acariciándolo, deseoso también de que sus
sinsabores fueran fruto de un mal sueño. Habría renunciado a años enteros de su
existencia a cambio de despertar en su cama, fatigado su corazón debido a los
excesos de la víspera en la taberna. ¡Qué no habría dado por oír el estrépito
de platos rotos en la cocina, la regañina de Tika acusándolo de ser un holgazán
y un borrachín mientras le preparaba su desayuno favorito! Ansiaba aferrarse a
su perenne ebriedad, un estado de aturdimiento que lo conduciría a la muerte en
la más perfecta ignorancia.
—¡Ojalá fuera todo esto el efecto de una curda! —suplicó, a la
vez que reclinaba la cabeza en las rodillas y dejaba que unas acerbas lágrimas
afluyeran entre sus pestañas.
Permaneció durante un largo intervalo en esta postura,
indiferente a la borrasca y aplastado bajo el peso de sus dilemas, de sus
elucubraciones. Tas suspiró y tembló, pero siguió durmiendo. Inmóvil, el
hombretón intentó imitarlo. No puedo. Se había introducido ya en un universo de
sopores ficticios, zambullido en una alucinación que espeluznaba, precisamente,
por su verismo. Sólo le faltaba un detalle para confirmar el conocimiento de lo
que, en el fondo de sus entrañas, sabía que no necesitaba verificar.
La tormenta amainó de manera gradual, poniendo rumbo sur.
Caramon la oyó partir, percibió casi el caminar de los truenos sobre la tierra
como si fueran pies de gigantes y, cuando se hubo alejado, el silencio
retumbó en sus tímpanos con mayor apremio que los fragores de los elementos. El
cielo se hallaba despejado, y así seguiría hasta el próximo advenimiento de
nubes perturbadoras. Ahora podría ver las lunas, las estrellas.
No tenía más que alzar el rostro hacia el firmamento, el claro
manto celeste, y se cercioraría.
Pasó unos momentos más sentado, ansiando que el aroma de las
patatas especiadas de Otik invadiera su olfato, que la risa de Tika conjurara
la quietud, que una migraña etílica sustituyera al irresistible dolor de su
corazón.
Pero nada vino a aliviarlo. Tan sólo recibió la callada
resonancia que envolvía aquella tierra yerma, sin más intromisión que unos
lejanos zumbidos incorpóreos, a caballo de la remitente turbonada.
Con una exhalación, apenas audible incluso para él, el guerrero
levantó la vista y escudriñó las alturas.
Tragó saliva, el agrio licor que envenenaba su boca, y casi se
asfixió. Refrenó el llanto que afloraba a sus lagrimales. Nada debía entelar
sus ojos en la búsqueda.
Leyó en el espectáculo nocturno el mensaje del destino, comprobó
que, por desgracia, sus aprensiones no eran infundadas.
Una nueva constelación había aparecido entre las otras. Tenía la
forma de un reloj de arena.
—¿Qué significa? —inquirió Tas, frotándose los ojos y
contemplando, todavía somnoliento, las estrellas.
—Que Raistlin ha salido victorioso —contestó Caramon con un
tono que era una explosiva mezcla de miedo, pesadumbre y orgullo—. El cielo nos
revela que ha entrado en el Abismo, desafiado a la Reina de la Oscuridad y
triunfado en la lid.
—Yo no lo interpreto así —aventuró el kender, extendiendo el
índice hacia un punto determinado—. La constelación de Takhisis ha cambiado de
emplazamiento, pero sigue allí arriba. Fíjate en Paladine. No acierto a
dilucidar si ha intervenido en el altercado. Pobre Fizban —se lamentó—, espero
que no se haya visto obligado a luchar contra tu hermano. No creo que le haya
complacido hacerlo. Siempre tuve la sensación de que comprendía al archimago mejor
que cualquiera de nosotros.
—Quizá la batalla todavía se esté librando —apostilló el
guerrero—, y ésa sea la razón de que tengamos tormenta.
Guardó unos momentos de silencio, durante los cuales estudió el
parpadeante reloj de arena. Visualizó en su memoria las pupilas de su hermano
tal como las exhibía al emerger, muchos años atrás, de la terrible Prueba en la
Torre de la Alta Hechicería. Metamorfoseados sus órganos visuales en sendos
artilugios para medir el tiempo, Par-Salian le había dirigido una arenga
aleccionadora al relatarle el motivo de tal transformación. No recordaba exactamente
sus palabras, pero había expresado su esperanza de que, presenciando de
antemano los estragos que obraban los avatares de la vida en las criaturas,
aprendería a compadecer a quienes le rodeaban.
No fue así.
—Raistlin ha ganado la contienda —afirmó Caramon—. Ahora se han
cumplido sus más íntimas aspiraciones, aniquilar a la soberana de la malignidad
e instituirse en dios. Pero gobierna un mundo muerto.
—¿Un mundo muerto? —repitió, alarmado, su compañero—. ¿Insinúas
que todo Krynn ha sido reducido a cenizas, que Palanthas, Haven y Qualinesti
no son sino ciénagas calcinadas? ¿Y también K... Kendermore?
—Mira a tu alrededor —le conminó el guerrero— y dame tu sincera
opinión. ¿Has visto a algún otro ser vivo desde nuestra llegada? —Ondeó la
mano, poco ostensible bajo la tenue luz de Solinari, que, al desaparecer las
nubes, brillaba en el cielo y observaba, ojo avizor, a los insignificantes
mortales—. Ambos hemos sido testigos de los incendios en las laderas y los
relámpagos vengadores prosiguen su viaje hacia el horizonte. Por el este se
avecina otro núcleo borrascoso —añadió, señalando en aquella dirección—.
Desengáñate, Tas, nadie aguanta tantos ataques sin sucumbir. Nosotros mismos
seremos desintegrados dentro de poco.
—O algo peor —presagió el hombrecillo—. Te confieso que no me
encuentro bien, amigo. O me ha sentado mal el agua de lluvia o estoy sufriendo
una recaída y, como sabes, la peste no perdona.
—Desencajadas las facciones por el dolor, se llevó una mano al
estómago—. Se me revuelven las tripas. Se diría que he engullido una serpiente.
—En ese caso, es el agua —dictaminó su interlocutor con una
mueca—. A mí me sucede algo similar. Quizá las nubes destilen líquido
emponzoñado.
—¿Vamos a morir de inmediato, Caramon? —le consultó Tasslehoff
tras unos minutos de reflexión—. Porque, si es así, me agradaría tenderme junto
al obelisco de Tika. A menos que te cause algún inconveniente, por supuesto.
Verás, sería una manera de sentirme como en casa antes de volar al árbol de
Flint.
—Resignado a su suerte, recostó la cabeza en el musculoso brazo
del luchador y comentó—: ¡Le podré contar un sinfín de peripecias a ese
gruñón! Le hablaré del Cataclismo, de la montaña ígnea, de mi oportuna
irrupción en la emboscada de Zhaman, que te salvó la vida, y de las
confabulaciones de Raistlin para convertirse en un dios. Él no querrá creerlo,
sobre todo esta última parte, pero si tú estás a mi lado intercederás en mi
favor, podrás garantizarle que no exagero ni un ápice.
—Morir sería fácil —repuso el que fuera un aguerrido general,
lanzando un vistazo de soslayo al monolito.
Lunitari, hasta entonces ausente, inició su ascensión hacia el
cenit. El halo sanguinolento que irradiaba se fundió con los blancos,
mortíferos rayos de Solinari para proyectar una luz fantasmal sobre el
maltratado paraje. La pétrea superficie del monumento, saturada de lluvia,
reverberó en el claro de luna y la leyenda, esculpida en bajorrelieve, adquirió
realce merced al contraste de los trazos en el liso muro.
—Sería fácil acabar con todo —persistió Caramon, más para sí
mismo que para ser escuchado—. Sería sencillo acostarme y dejar que me
absorbiesen las tinieblas. Resulta curioso que Raist me interrogase, en una
ocasión, sobre si sería capaz de seguirle a su universo de oscuridad —agregó, a
la vez que desenvainaba la espada y comenzaba a cortar una de las ramas del
vallenwood donde se habían refugiado.
—¿Qué haces? —preguntó el kender, sorprendido, consciente de
que, a medida que hablaba, se había obrado una sutil evolución en la actitud de
su amigo.
El guerrero nada dijo. Absorto en su labor, continuó arrancando
astillas de la rama que pretendía desgajar del colosal tronco.
—¡Vas a confeccionarte una muleta! —exclamó Tasslehoff, y dio un
brinco que denotaba extrema inquietud—. ¡Adivino tus intenciones! ¡Y es una locura!
Me acuerdo muy bien de ese episodio, y más aún de cómo reaccionó el mago cuando
aseguraste que partirías tras él sin vacilar. Declaró que no sobrevivirías,
Caramon, que tu hercúlea fuerza de nada había de servirte.
El aludido se encerró en su mutismo. La húmeda madera se
astillaba bajo sus poderosos mandobles. Una vez hendida, el hombretón se dedicó
a aserrar con la hoja la parte central. Hizo algunas pausas esporádicas para
examinar el nuevo frente de nubes que se aproximaba, eclipsando las
constelaciones y fluyendo hacia los satélites.
—Hazme caso, te lo suplico —le exhortó Tas y, a fin de llamar su
atención, lo zarandeó por el brazo que sostenía la espada—. Aunque viajaras
al... allí —no consiguió reunir el coraje suficiente para pronunciar el
nombre—, ¿qué harías?
—Lo que debería
haber hecho hace
tiempo —sentenció Caramon con resolución.
4
Viaje en el futuro
—Has decidido ir a su
encuentro, ¿no es verdad? —vociferó Tas, tan excitado que dio un nuevo salto y
se puso frente a los ojos de Caramon, atareado en cortar la rama—. ¡Es un
perfecto desatino! ¿Cómo te las arreglarás para llegar junto a él, dondequiera
que esté? Exacto —se reafirmó—, ni siquiera conoces su paradero.
—Tengo un medio infalible —le atajó el hombretón al mismo tiempo
que, sin inmutarse, devolvía la espada a su vaina. Agarró acto seguido la zona
trabajada con sus manazas y, doblándola y torciéndola, consiguió al fin
romperla—. Préstame tu cuchillo —le pidió al kender.
El hombrecillo obedeció y quiso reanudar sus protestas mientras
el compañero eliminaba las protuberancias del leño, sus marchitas
ramificaciones, pero éste no le permitió iniciar su discurso.
—Conservo el ingenio arcano —se ratificó Caramon—, que me
transportará a donde desee. ¡Y sabes dónde está el archimago tan bien como yo!
—le reprendió a su amigo.
—¿El abismo? —preguntó Tasslehoff, tímido, quebrada su voz.
Un sordo trueno les incitó a espiar, temerosos, a los heraldos
de la tempestad. El guerrero volvió a su tarea con renovado ímpetu y el
hombrecillo, por su parte, expuso sus argumentos.
—El artilugio mágico nos sacó, a Gnimsh y a mí, del reino de la
noche, pero estoy persuadido de que no te introducirá en él. Si lo activas,
sufrirás una decepción, aunque será aún peor en el caso de que acate tu
mandato. ¡Es un paraje escalofriante!
—No te precipites en tus conjeturas; soy consciente de que el
cetro podría negarse a conducirme al Abismo —le sermoneó el corpulento humano,
y le hizo una seña para que se aproximara—. De momento, comprobemos si mi
muleta responde. Vamos a la tum..., al obelisco de Tika, antes de que se desate
otra turbonada.
Haciendo jirones el repulgo de su empapada capa, el hombretón la
anudó en torno al extremo superior de la rama, encajó ésta en su axila y, a
guisa de experimento, apoyó su humanidad sobre la estaca. El tosco soporte se
hundió varios centímetros en el fango, pero él lo arrancó y dio una segunda
zancada. El resultado fue idéntico, lo que no le impidió avanzar a ritmo lento
y liberar de su peso la rodilla herida. Tas le ayudó a caminar y así, a
trompicones, se abrieron camino en el encharcado terreno.
«¿Adonde nos dirigimos?», deseaba preguntar el kender, pero le
asustaba la respuesta, de modo que, por una vez, no tuvo dificultad en callar.
Sin embargo, Caramon pareció oír sus cavilaciones, pues, a los pocos
instantes, le comunicó su plan.
—Es posible que el ingenio no me catapulte a las esferas de la
Reina Oscura, pero hay alguien que sí posee la facultad de hacerlo —dijo, con
el resuello alterado por el esfuerzo—. Accionaré este portentoso instrumento y
me personaré ante él.
—¿Quién? —inquirió el otro, impregnado el tono de su voz de
resquemor.
—Par-Salian. Nos referirá lo sucedido y me enviará donde tenga
que ir.
—¿Par-Salian? —Tasslehoff se alarmó tanto como si el guerrero
hubiera mencionado a la misma Takhisis— ¡Cometes una insensatez todavía mayor!
Trató de proseguir, pero una violenta náusea taponó la boca de
su estómago y hubo de desistir. Se detuvo para vomitar y Caramon le aguardó,
enfermizo su semblante bajo las luces de las lunas.
Convencido de haberse vaciado desde el copete hasta las botas,
el kender se sintió un poco mejor.
Indicó con un ademán al grandullón que ya había pasado el
ataque, demasiado exhausto aún para hablar, y le alcanzó con paso bamboleante.
Vadeando en el fango, arribaron al obelisco y se apoyaron en él
en busca de apoyo, agotados, como si en lugar de haber recorrido unos pocos
metros hubieran atravesado medio Krynn. Caldeó la atmósfera un viento
asfixiante, similar al que había acompañado la batalla. Los truenos, sus ecos,
aumentaron de volumen de forma patente en su veloz recorrido a través de los
planos superiores.
Bañado el rostro en sudor, los labios violáceos, Tas esbozó una
sonrisa que pretendía ser ingenua y abordó al fornido, aunque ahora
debilitado, humano.
—¿Sugerías hace unos momentos que visitásemos a Par-Salian? —le
interrogó con aire casual, mientras se enjugaba las sienes—. Yo te lo
desaconsejaría. No estás en condiciones de emprender la larga aventura que
supone llegar hasta allí y, sin agua ni alimento, sería doblemente duro.
—No me has entendido —se disgustó Caramon—. Con el artilugio no
tenemos necesidad de someternos a ninguna vicisitud. Bastará recitar la
fórmula.
Y, extrayendo de su bolsillo el colgante, desarrolló el proceso
que había de metamorfosearlo en un hermoso, enjoyado símbolo de poder.
Observando sus movimientos, el kender tragó saliva y concibió nuevas argucias
para instarle a renunciar.
—Imagino que el anciano debe de estar muy ocupado —apuntó,
contrayendo la boca en una mueca—, demasiado para recibirnos. Este caos le
exige sin duda una febril actividad, así que sería más conveniente no
molestarlo y retroceder a una época divertida. ¿Por qué no revivimos la escena
en la que Raistlin hechizó a Bupu y la enana se enamoró de él? ¡Fue fantástico!
Aún veo a esa achaparrada mujer siguiéndole a todas partes.
Su oyente, si es que le prestó alguna atención, no lo demostró.
Temeroso de perder la partida, el hombrecillo se estrujó el cerebro a la
búsqueda de otro razonamiento disuasorio.
—Ha muerto —afirmó al fin, y exhaló un pesaroso suspiro—. Pobre
Par-Salian, sus días se han acabado. Después de todo, era ya muy viejo cuando
nos separamos de él en el año 356 y su aspecto no era, ya entonces, el de una
criatura sana. Le habrá causado un tremendo impacto que tu hermano se erija en
una divinidad. Lo más probable es que su corazón, al no haberlo podido
resistir, haya cesado de latir, acaso de manera instantánea.
Consultó al guerrero con la mirada. Una leve sonrisa animaba la
expresión de su acompañante, aunque éste, mudo como una lápida, continuó
ajustando y armando las piezas del colgante. El súbito resplandor de un rayo
interrumpió su quehacer. Alzó la vista al cielo y asumió, de nuevo, la seriedad
que le había caracterizado durante las últimas horas.
—¡Seguro que la Torre de la Alta Hechicería ya no se encuentra
en su antiguo emplazamiento! —gritó Tasslehoff a la desesperada—. Si has
acertado y todo el mundo se ha reducido a esto —ondeó la mano en un movimiento
circular, en el instante mismo en que empezaba a caer la insalubre lluvia—, la
mole debió de ser una de las primeras que se desmoronaron. Era más alta que la
mayoría de los árboles que poblaban el país. Fue un objetivo fácil para los
relámpagos.
—La Torre se mantiene en pie —le espetó Caramon, tan tajante que
el kender cejó en su idea.
Hizo los últimos engarces en el artilugio, lo sostuvo en alto
y, al reflejarse en las gemas la luz de Solinari, éstas refulgieron como si
tuvieran vida propia. Pero los nubarrones se interpusieron pronto, ocultando
la luna y creando una intensa penumbra que tan sólo rasgaban los aserrados,
magníficos y letales relámpagos.
Apretando los dientes para aliviar el dolor de su lisiada
pierna, el hombretón asió la muleta y se incorporó. Tas le imitó más despacio,
puestos en su amigo unos ojos que destilaban tristeza.
—En todo este tiempo, he aprendido a conocer a Raistlin
—dictaminó el guerrero, consciente del abatimiento del hombrecillo, aunque
fingió ignorarlo—. Me ha costado mucho, quizá demasiado, pero ahora ninguno de
sus sentimientos se me escapa. Detestaba la Torre y también a sus moradores,
por el suplicio al que le sometieron entre sus paredes. Sin embargo, su odio
se confunde con un amor ilimitado porque, pese al sufrimiento que ha padecido,
ese edificio constituye el emblema de su arte. Y tal arte, la magia, significa
más para mi gemelo que la existencia misma. No, la Torre de la Alta Hechicería
no ha sido derruida.
Exhibió el inefable objeto a los elementos y, sin más
preámbulos, acometió el cántico:
—Tu tiempo te pertenece,
aunque viajes por él...
—¡Detente, Caramon! —le ordenó Tasslehoff, aunque su acento
imperativo era fruto del pánico y no de la voluntad de imponerse—. ¡No puedes
llevarme a presencia de Par-Salian! Me infligirá un castigo terrible, me
transformará en..., en un murciélago, por ejemplo. Aunque sería una experiencia
interesante, no sé si lograré acostumbrarme a dormir en posición invertida,
con la cabeza colgando. Me gusta ser un kender. No me apetece encarnarme en un
animal.
—¿Qué jerigonza es ésta? —se encolerizó su interlocutor, más
aún porque sentía sobre su piel el embate del incipiente granizo.
—Me inmiscuí en su sortilegio —se explicó el hombrecillo, tan
frenético que apenas podía ordenar sus ideas—. Hice un viaje que estaba vedado
a los de mi raza, desoyendo el mandato del insigne anciano, y por si eso fuera
poco ro..., me apropié de un anillo con virtudes esotéricas que alguien había
dejado olvidado y me lo ceñí al dedo. ¡Perpetré dos delitos que los magos
juzgan imperdonables! Luego, ya en Istar, rompí el ingenio —prosiguió,
dispuesto a enumerar todas sus faltas—. No fui yo el responsable de aquel
accidente, sino Raistlin. Pero una persona estricta podría sacar la conclusión
de que si no me hubiera atrevido a tocarlo, no habría sucedido nada. Y
Par-Salian es, a mi entender, una criatura de conceptos rígidos. Cuando
encargué a Gnimsh que recompusiera los fragmentos, no le restituyó exactamente
sus facultades originales, lo que tampoco suscitará los elogios del
dignatario.
—Tas —rezongó el guerrero, mareado por tan vehemente
parrafada—, haz el favor de callarte.
—Sí, Caramon —accedió el otro con inusitada docilidad.
El enorme humano examinó a aquella pequeña figura que,
compungida, se recortaba en la claridad de la tormenta, y trató de ofrecerle
consuelo.
—Te prometo, amigo, que no permitiré que Par-Salian te haga
ningún daño. Antes tendrá que convertirme en murciélago.
—¿De verdad? —se esperanzó el aludido.
—Empeño en ello mi palabra —insistió el colosal luchador y,
oteando su entorno, le indicó—: Ahora, dame la mano y partamos sin demora.
—De acuerdo —se avino el kender y, jubiloso, deslizó una mano
en la inconmensurable palma que le tendía su compañero.
—He de hacerte una última recomendación —declaró el portador del
arcano objeto.
—¿Cuál?
—Esta vez, todos tus pensamientos han de confluir en la Torre de
la Alta Hechicería. ¡Nada de lunas ni de divagaciones!
—Descuida —garantizó el errabundo hombrecillo.
Comenzó de nuevo el guerrero a entonar las rimas y, mientras lo
hacía, Tasslehoff no pudo sustraerse a una fugaz idea, que descartó de
inmediato.
«Me pregunto qué apariencia ofrecería este gigante si se
metamorfoseara en un mamífero volador —se dijo—. ¡Su aleteo sería imponente!»
Los dos personajes se materializaron en el lindero de un
bosque.
—No ha sido culpa mía —se apresuró a defenderse el kender—. He
puesto alma y vida en desechar cualquier imagen que no fuera la de la Torre.
Tengo la total certeza de no haber evocado ninguna espesura.
Caramon estudió el panorama con suma atención. Era todavía de
noche, pero se vislumbraba una misteriosa claridad a pesar de las nubes que se
perfilaban en el horizonte. Lunitari derramaba su tamizada luz de sangre
sobre la tierra mientras que Solinari, perturbado su recorrido, se eclipsaba
tras un frente borrascoso. Encima de ambas, se divisaba el reloj de arena
formado por ristras de estrellas.
—Estamos en el período adecuado —masculló el hombretón— pero, en
nombre de los dioses, ¿dónde hemos ido a parar? —Apoyóse en la muleta y clavó
en el ingenio una mirada acusadora, antes de inspeccionar los sombríos árboles
cercanos, los troncos iluminados por las lunas. De pronto, se ensancharon sus
contraídos rasgos—. ¡No ocurre nada. Tas! —exclamó, alborozado—. ¿No lo
reconoces? Es el Bosque de Wayreth, el paraje mágico que custodia el edificio.
—¿Estás seguro? —quiso cerciorarse Tasslehoff—. La última vez
que anduve por aquí, me enfrenté a un paisaje muy distinto, una maraña de
árboles que me acechaban como si una fuerza ignota los hubiera dotado de vida
y que, al tratar de adentrarme, me atacaron. Más tarde, cuando pretendí
alejarme, tampoco me lo permitieron.
—Así era, en efecto —subrayó el guerrero, doblando el cetro
hasta devolverle la forma de un colgante común.
—Entonces, ¿a qué se debe esta mutación?
—A las mismas causas que han alterado la apariencia de todo
nuestro mundo —repuso Caramon mientras, cuidadoso, guardaba el artilugio en un
saquillo de cuero.
El kender rememoró el episodio de su anterior visita a la
mágica arboleda. Concebida para proteger la Torre de los intrusos, era un lugar
de pesadilla, porque, fiel al carácter sobrenatural que le habían conferido
quienes la engendraron, era ella la que encontraba a las personas y no al
revés, como mandaban los cánones. La primera vez que sorprendió al luchador y
a Tas fue poco después de que Soth, el caballero espectral, envolviera a
Crysania en un encantamiento destinado a matarla. El hombrecillo se había
despertado de un profundo sueño y descubierto, perplejo, que se elevaba un
bosque donde nada había la víspera.
Los troncos, las ramas, estaban desnudos y torturados, una
gélida bruma surgía de las cortezas. En el interior moraban entes oscuros,
espíritus condenados a vagar toda la eternidad. No tardó el kender en
comprobar que, en aquel ambiente de ultratumba, también los árboles poseían el
don de la existencia y tenían la costumbre de seguir a los mortales. Recordaba
que siempre que había intentado apartarse, en cualquier dirección que tomase,
volvía a topar con aquel hervidero de prodigios.
Esta mera circunstancia era ya bastante abrumadora, pero cuando
el hombretón traspasó sus límites, se produjo un hecho todavía más
espeluznante. Los árboles, en una dramática farsa, empezaron a crecer y
moldearse hasta trocarse en vallenwoods. La espesura, antes cubil de muerte,
lóbrega y cargada de malos presagios, se transformó en un bosque hermoso,
teñido de los verdes y los ocres de las estaciones, de la vida. Los pájaros
trinaban felices en las ramas, invitándolos a participar de la belleza.
Ahora había sufrido una nueva mutación. Tasslehoff lo contempló
anonadado, porque, si bien halló en sus contornos reminiscencias de las dos
versiones que conocía, lo cierto era que no se asemejaba a ninguna. Los
troncos parecían vegetales muertos, sus lisas superficies, resecas por la
podredumbre, no exhibían síntomas de que nada pudiera medrar. Y, no obstante,
al mirarlo, vislumbró unas señales de movimiento que sugerían la presencia de
un hálito vibrante. Las ramas se proyectaban como tentáculos atenazadores.
Volviendo la espalda al embrujado Bosque de Wayreth, el
hombrecillo escrutó el llano que se extendía en las cercanías. La escena era
idéntica a la de Solace. No había vegetación ninguna, ni viva ni muerta. Le
circundaban tocones negruzcos e informes, que, dispersos, se arraigaban con sus
postreras energías a una ciénaga escurridiza. En todo el perímetro que abarcaba
su visión, no había sino tramos uniformes de lo que podía definirse como un
desierto de cenizas.
—¡Caramon! —gritó de pronto, estirando el índice.
El aludido desvió el rostro en la dirección que señalaba. Junto
a uno de los troncos yacía una figura, recogida sobre sí misma.
—¡Una persona! —se excitó el kender—. ¡Hay alguien más aquí!
—¡Tas!
Aquella llamada era un aviso del guerrero, para prevenirlo
contra un posible espejismo; pero antes de que acertara a actuar, el
hombrecillo había echado a correr.
—¡Hola! —saludó a la inerte forma—. ¿Duermes? Por favor,
despierta.
Se inclinó sobre el bulto y lo zarandeó. Pero sólo consiguió que
la criatura rodara sobre su espalda. Boca arriba, tensa y rígida, pudo
contemplarla.
—¡Oh! —se asombró Tasslehoff, a la vez que reculaba unos
pasos—. ¡Es Bupu!
Hubo un tiempo en el que Raistlin trabó amistad con la enana gully,
con aquel despojo que ahora oteaba el estrellado cielo con ojos extraviados,
hundidos en las cuencas. Cubrían su enflaquecido cuerpo unos harapos
mugrientos, raídos hasta lo impensable, y en su rostro tumefacto se
evidenciaban las huellas de la devastación. Se ceñía a su cuello una correa de
cuero y, atada a su extremo, como una siniestra alhaja, había una lagartija
disecada. Aferraba en una mano una rata en iguales condiciones y en la otra
mano, una pata de pollo. Tas comprendió, decaído, que, al acosarla la muerte,
la diminuta mujer había recurrido a toda la magia que atesoraba. Pero a juzgar
por las consecuencias, no había tenido éxito.
—No hace mucho que falleció —murmuró Caramon, caminando hasta
ellos y arrodillándose para observar a la infortunada—. Fue sin duda el hambre
lo que acabó con ella —diagnosticó, mientas entornaba caritativamente los
párpados—. ¿Cómo pudo sobrevivir tanto tiempo a la catástrofe? Los habitantes
de Solace llevaban muertos varios meses.
—Quizá Raistlin la socorrió —sugirió el kender.
—No, es una simple coincidencia —opuso el guerrero con áspero
acento—. Los enanos gully son capaces de resistir las peores penurias. Imagino
que fueron los últimos en expirar y que Bupu, más avispada que sus congéneres,
aguantó durante un período mayor que los otros. Mas, al fin, incluso alguien
de su fortaleza pereció en esta tierra maldita. Ayúdame a levantarme —rogó a
su amigo, encogiéndose de hombros.
—¿Qué vamos a hacer con sus restos? —preguntó éste—. No podemos
dejarla aquí.
—¿Por qué no? —replicó Caramon, malhumorado. El espectáculo de
la enana y la proximidad del Bosque habían traído a su mente una oleada de
penosos recuerdos. —¿Te agradaría a ti que te sepultaran en el fango? Además,
no podemos perder ni un minuto.
Le inspiró esta decisión el hecho de que los nubarrones, con su
séquito de relámpagos y rugientes truenos, se habían situado prácticamente
sobre sus cabezas. Al advertir que Tasslehoff se empeñaba en atender a la
yaciente y que un velado reproche teñía sus pupilas, Caramon endureció su
expresión.
—No queda nadie vivo susceptible de mancillarla, Tas
—reconvino, irritado, al kender, aunque para satisfacer a su alicaído
compañero, se quitó la capa y cubrió el cadáver—. Vámonos —ordenó.
—Adiós, Bupu —se despidió Tas de aquella desdichada que no
podía oírle.
Al dar una cariñosa palmada en la exánime mano que asía al
roedor, y estirar la improvisada mortaja sobre ella, vislumbró un resplandor
bajo la luz rojiza de Lunitari. Contuvo el aliento, convencido de que
identificaba el origen del resplandor y, con extrema suavidad, separó los
acartonados dedos. Cayó la rata y, junto a ésta, una esmeralda.
Se hizo con la gema y, conocedor de sus asociaciones, se
zambulló en el recuerdo de un remoto suceso. ¿Dónde fue, en Xak Tsaroth? Sí,
su grupo se había escondido de las tropas draconianas en un fétido subterráneo
y tenía que jalonar una tubería. Al nigromante le sobrevino un espasmo de
tos...
«Bupu le miró preocupada y, metiendo su pequeña mano en la
bolsa, revolvió unos segundos y sacó un objeto, que sostuvo bajo la luz. Lo
miró, suspiró y negó con la cabeza.
»—Esto no ser lo que quería —musitó.
«Tasslehoff, al ver un reflejo de brillantes colores, se acercó
a ella.
»—¿Qué es eso? —preguntó, aunque conocía la respuesta. Raistlin
también observaba el objeto con ojos brillantes.
»Bupu se encogió de hombros.
»—Piedra bonita —dijo sin interés, volviendo a rebuscar en la
bolsa.
»—¡Una esmeralda! —exclamó Raistlin.
»Bupu levantó la mirada.
»—¿Tú gustar?
»—¡Mucho!
»—Tú guardar.
»Bupu depositó la joya en las manos del mago y, con un grito de
triunfo, sacó lo que había estado buscando. Tas, acercándose a ver la nueva
maravilla, se apartó asqueado. Era una lagartija muerta, absolutamente muerta.
Alrededor de la cola tiesa de la lagartija había atado un cordón de cuero.
Bupu se lo acercó a Raistlin.
»—Llevarlo alrededor del cuello —le dijo—. Cura tos.»
—El archimago ha estado aquí recientemente —concluyó el kender—.
Nadie sino él pudo entregarle esto, pero ¿por qué? ¿Fue un obsequio, acaso un
amuleto protector? Caramon, escucha...
No terminó la frase, pues el robusto guerrero se hallaba
abstraído en la contemplación del Bosque de Wayreth y, al reparar en su lívida
tez, el hombrecillo intuyó que volaba a la grupa de nostálgicas, a la vez que
pavorosas, ensoñaciones.
En silencio, Tasslehoff metió la esmeralda dentro de su
bolsillo.
La arcana espesura parecía tan estéril y desolada como el resto
del mundo. Mas, para Caramon, bullía de recuerdos. Estudió, nervioso, los
singulares árboles, los mojados troncos y las retorcidas ramas, que, por el
influjo de Lunitari, rezumaban un líquido similar a la sangre.
—Pasé miedo la primera vez que visité este bosque —masculló,
cerrando los dedos en torno a la empuñadura de la espada—. No me habría
aventurado de no ser por Raistlin. La segunda ocasión, cuando transportamos a
Crysania para que los magos la sanasen, mi pánico fue en aumento; tampoco me habría
adentrado si no me hubieran hechizado las aves con sus seductores gorjeos.
«Sereno el bosque, serenas sus perfectas mansiones donde crecemos en lugar de
marchitarnos», rezaba su estribillo. Yo vi en sus palabras la promesa de una
respuesta a todas mis elucubraciones, pero hasta ahora no he desentrañado el
mensaje de muerte que transmitían. Sí, de muerte, ella es la única mansión
perfecta, la eterna residencia donde nuestra alma se engrandece y cesan de
corrompernos las influencias externas.
Sin apartar los ojos de la arboleda, el guerrero tuvo un
escalofrío a pesar del calor sofocante que derretía hasta el aire. «Hoy me
asalta un temor todavía más insondable que en aquellas dos situaciones —se
confesó para sí mismo—. Algo terrible anida ahí dentro.»
Una sierra luminosa alumbró la bóveda celeste, el plano inferior
donde se hallaba el humano, con tanta intensidad como si fuera de día. Fue
sucedido por un sordo estruendo y por el chapaleo de la lluvia en los pómulos
de éste.
—Al menos los troncos se sostienen en pie —susurró—. Deben de
estar dotados de una magia tremendamente poderosa para soportar la arremetida
de las tempestades. —Sus tripas se revolvieron reclamando alimento y, como no
podía proporcionárselo, ni siquiera engullir aquel líquido malsano que manaba
del cielo, se contentó con humedecerse los labios—. Sereno el bosque... —recitó
de nuevo.
—¿Qué decías? —inquirió Tas, situándose a su lado.
—Que, en el fondo, da lo mismo sucumbir de un modo u otro
—contestó el hombretón con cierta indiferencia.
—Yo he muerto tres veces —explicó el kender—. La primera fue en
Tarsis, cuando los dragones derribaron un edificio sobre mí. Luego vino el
accidente de Neraka, donde el mecanismo de una trampa envenenó mi sangre y
Raistlin me salvó y, por último, fui catapultado al más allá tras la hecatombe
de Istar. Tengo, pues, suficiente materia de juicio para corroborar tu
dictamen: una muerte no difiere en exceso de otra. Sin embargo, existen
matices, ventajas e inconvenientes, en cada modalidad. La ponzoña era dolorosa
pero de efectos rápidos, mientras que la casa que me cayó encima...
—Resérvate algo para narrárselo a Flint —le atajó Caramon y,
desenvainando su espada, le consultó—: ¿Estás preparado?
—Lo estoy —le aseguró el otro en postura marcial—. «Guárdate lo
mejor para el final», solía comentar mi padre. Claro que —hizo una pausa— citaba
este sabio proverbio en relación con la cena, no con el destino. No importa
—caviló—, el significado es válido en ambos contextos.
Enarboló su pequeño cuchillo y siguió al guerrero hacia las
entrañas del embrujado Bosque de Wayreth.
5
El Bosque de Wayreth
Los engulló la negrura. Ni la luz de la única luna que brillaba
en el cielo, ni tampoco la de las estrellas, podía penetrar la noche del
Bosque de Wayreth. En el lóbrego ambiente, incluso los fulgores de los
relámpagos pasaban inadvertidos. Y, aunque se oían las resonancias de los
truenos, parecían unos empobrecidos ecos de sí mismos. En los tímpanos de Caramon
repiqueteaban los tamborileos de la lluvia y el granizo. Pero la espesura
estaba seca y tan sólo los árboles del lindero habían recibido la rociada.
— ¡Qué alivio! —se alegró Tas—. Si nos alumbrase alguna luz...
Apagó su voz un gorgoteo, síntoma inequívoco de ahogo. El
guerrero detectó un ruido sordo y el crepitar de la madera, sucedido por el
sonido que emitiría un cuerpo al ser arrastrado.
—Tasslehoff, ¿estás bien? —indagó, alarmado.
— ¡No, Caramon! —contestó éste—. Me ha atrapado uno de estos
horribles vegetales. ¡Socórreme, te lo suplico!
—No me estarás gastando una broma, ¿verdad, amigo? —quiso
cerciorarse el hombretón—. Porque, si es así, no tiene ninguna gracia.
— ¡Claro que no! —aulló el kender—. Me ha aprisionado y me
lleva hacia algún lugar.
—¿Dónde? ¿En qué dirección? —demandó el luchador—. ¡No veo nada
en estas tinieblas!
— ¡Aquí! —trató de orientarle el cautivo—. ¡Me ha agarrado por
el pie y está dispuesto a partirme en dos!
— ¡No dejes de gritar, Tas! —le urgió Caramon, que deambulaba a
trompicones en la susurrante maraña—. Creo que ando cerca.
Una enorme rama azotó al guerrero en el pecho, tan contundente
que le arrojó al suelo y le privó del resuello. Mientras, estirado cuan largo
era, intentaba inhalar aire, percibió un crujido a su derecha. Arremetió a
ciegas con su espada, a la vez que se decantaba hacia un lado, justo a tiempo
para evitar un tronco que, en vez de aplastarlo, se estrelló donde yaciera
segundos antes. Se incorporó torpemente, pero otra rama le golpeó la parte
inferior de la espalda y lo lanzó de bruces sobre el duro terreno.
La rama le flageló los riñones, causándole un agudo dolor.
Luchó para erguirse de nuevo, pero la rodilla le palpitaba en una suerte de
agonía y la cabeza le daba vueltas. Había cesado de oír a Tasslehoff. No era
consciente sino del restallar de los látigos arbóreos y de su avance
implacable. El enemigo cerró filas a su alrededor, uno de sus tentáculos le
arañó el brazo y, sensible a su proximidad, el humano reculó fuera de su
alcance. De poco le sirvió. Algo se enroscó en torno a su tobillo y, pese a que
una ágil estocada hizo saltar astillas sobre su pierna, no lastimó al
atacante.
La fuerza de innumerables siglos anidaba en las macizas
ramificaciones de los moradores del Bosque; su magia les infundía raciocinio y
voluntad propias. Caramon había traspasado las fronteras del territorio que
guardaban, una región vedada a los intrusos y, lo sabía bien, iban a matarle.
Otra rama más se enredó en su poderoso muslo, unos leños
semejantes a lianas buscaron un asimiento firme en sus extremidades. Pronto le
despedazarían, como quizás habían empezado a hacer con el hombrecillo, que, en
una nebulosa, profería alaridos desgarrados.
Alzando la voz, el atenazado luchador proclamó:
— ¡Soy Caramon Majere, hermano de Raistlin! Debo hablar con
Par-Salian o con el actual Señor de la Torre, sea quien fuere.
Hubo un momento de silencio, de titubeo. El improvisado orador
notó que flaqueaba la determinación de los árboles y que aflojaban su presa.
—Par-Salian, ¿estás ahí? —insistió—. Par-Salian, has de
conocerme. ¡Soy su gemelo, y tu única esperanza!
—¿Caramon? —le invocó alguien con acento inseguro.
—Calla, Tas —siseó el aludido a su amigo, pues era él quien le
requería.
La quietud se hizo tan densa como la oscuridad. Transcurrido un
breve lapso, los aprehensores soltaron al humano y los quiebros disonantes,
siniestros, que antes anunciaran su vecindad flanquearon ahora su retroceso.
Con un suspiro, con una debilidad hija del miedo, el sufrimiento y el creciente
mareo, el guerrero apoyó la cabeza en un brazo hasta que se hubo normalizado
su ritmo respiratorio.
—Tas, ¿cómo te encuentras? —le preguntó al kender.
—Mejor —contestó su compañero a muy escasa distancia, tanto que
el hombretón no tuvo más que estirar el brazo para tocarlo y atraerlo hacia sí.
Aunque oía la agitación que reinaba entre sus adversarios al
replegarse, a Caramon no le cabía la menor duda de que vigilaban todos sus
movimientos, de que registraban cada palabra surgida de sus labios. Cauteloso,
envainó la espada.
—Te agradezco sinceramente que revelaras quién eres a Par-Salian
—murmuró Tasslehoff, aún jadeante—. No imagino cómo podría relatarle a Flint
que fui asesinado por un árbol. Ignoro si está permitido reír en el universo de
ultratumba, pero el enano habría estallado en jocosos aspavientos al enterarse.
—Chitón —conminó el otro.
Obediente, el hombrecillo calló. No duró mucho, sin embargo, su
silencio.
—¿Cómo estás tú? —se interesó, procurando mantener un volumen
de voz moderado.
—Bien, sólo necesito recuperar el aliento. Pero he perdido la
muleta.
—Está aquí, he tropezado con ella. —Tas se alejó unos pasos, y
regresó al punto con la pesada vara—. Toma —se la ofreció, y le ayudó a
enderezarse.
—Caramon —preguntó tras una corta pausa—, ¿cuánto tiempo
calculas que tardaremos en llegar a la Torre? Tengo muchísima sed y, aunque mis
tripas se han aposentado después de desalojarlas, ha sustituido al cólico un
fastidioso ronroneo.
—No podría precisarlo —confesó el interpelado—. No vislumbro
nada en las sombras que me indique adonde vamos, que me oriente en la dirección
correcta o que me prevenga contra los posibles escollos.
Volvieron a iniciarse los crujidos de forma súbita, como si un
huracán nacido en las entrañas mismas de la espesura balanceara a su capricho
las copas de los árboles. Caramon se puso tenso. Tas se alarmó al advertir que
el retirado ejército reanudaba su acercamiento. Quietos, desvalidos, dejaron
que los temibles vegetales les circundasen, sintiendo el contacto de las
cortezas sobre su piel, la infame caricia de las hojas muertas en su cabello,
el susurro de las extrañas frases que vertían en sus tímpanos. El guerrero, en
un gesto instintivo, aferró la empuñadura de su arma, pese a conocer su
inutilidad en tan graves circunstancias. Pero cuando los agresivos soldados de
las huestes arbóreas hubieron estrechado su círculo, cesó todo signo de
actividad. Una vez más, reinó la calma.
Extendiendo la mano, el corpulento luchador palpó sólidos
troncos a derecha e izquierda y, también, una apretada formación a su espalda.
Inspirado por una repentina idea, hizo lo mismo hacia adelante y, tras otear el
panorama, se confirmaron sus sospechas: estaba despejado.
—No te separes de mí, Tas —ordenó y, por una curiosa y
bienaventurada excepción, el kender acató su mandato sin rechistar.
Juntos, echaron a andar por el camino que delimitaban aquellas
prodigiosas criaturas. Al principio, su marcha fue lenta, ya que no resultaba
nada halagüeña la perspectiva de topar con una abultada raíz, enredarse en un
matorral o precipitarse en un hoyo. Pero apresuraron el paso de manera gradual,
al constatar que el suelo era llano, libre de obstáculos y sotobosque. No
sabían adonde se dirigían, las perpetuas tinieblas les obligaban a seguir la
irreversible trocha que creaba su espectral escolta al apartarse a su paso y
cerrarse tras ellos. Cualquier desviación en la ruta preestablecida les
conducía a una pared de troncos revestidos de un intrincado ramaje.
El calor era sofocante. No soplaba la brisa, no caía la lluvia.
La sed, mitigada antes por el pánico, les inundó cual una epidemia. Secándose
el sudor de la frente, Caramon buscó una explicación a aquella atmósfera
opresiva que era mucho más agobiante dentro que fuera del paraje. Se diría que
la generaba la misma espesura. Se le antojó que la animaba una vida más intensa
que en las dos anteriores ocasiones en que la había recorrido y, desde luego,
concluyó que el palpito era allí mucho más ostensible que en el mundo
exterior. En medio del murmullo de los árboles se distinguían, o a él así se lo
pareció, el deambular de animales terrestres, el aleteo de las aves e incluso
columbró varios pares de ojos que, brillantes, le espiaban desde los arbustos.
Pero el hecho de hallarse entre seres vivientes no apaciguó su ánimo; al
contrario, el odio y la ira que éstos destilaban tuvieron el don de alterar
sus nervios. ¿Quién era el destinatario de aquel resentimiento, de la cólera
que rezumaban los pobladores del Bosque? Comprendió que no convergían en su
persona, sino en la esencia mágica del entorno.
Y, de pronto, oyó de nuevo los trinos de los pájaros, tal como
sonaron en el último periplo que realizó allí. Agudas, dulces y puras,
elevándose por encima de la muerte, la negrura y la derrota, retumbaron las
notas de la alondra. Se detuvo a escuchar, llenos sus ojos de lágrimas frente a
la belleza de aquel canto que tonificaba su herido corazón.
La luz en el horizonte oriental,
es perenne y matutina.
Renueva el aire con su hálito vital.
La fe, el anhelo aglutina.
Como ángeles las alondras emprenden su vuelo,
como ángeles las alondras ascienden
de la hierba soleada hacia el benigno cielo;
mas fúlgidas que alhajas el aire encienden.
Pero al mismo tiempo que la tonada, el bálsamo del ave diurna,
relajaba sus vísceras, un abrupto chasquido le estremeció. Alas negras
revolotearon en su derredor y su alma se colmó de sombras.
La tenue luz del este
arranca de la oscuridad
la maquinaria del fulgor celeste,
de la alondra la prístina ingenuidad.
Pero los cuervos en la noche abundan,
y las brumas que emergen de poniente,
en sus corazones soterrados alumbran
un nido de maldad rugiente.
—¿Qué significa, Caramon? —le interrogó Tas mientras continuaban
avanzando en la arboleda, guiados por la furibunda vegetación.
Le respondió no su amigo, sino un coro de otras voces que
hondas, melodiosas, impregnadas de tristeza, delataban la añeja sabiduría de
la lechuza.
A través de la noche, en la penumbra,
cabalgan las estaciones,
se rinden los años a la cambiante luz
de las esferas, y en el alba o crepúsculo vacuas
se tornan las emociones, en la abstracción de las luchas
postreras.
Pues siempre hay vestigios de muerte
en el verde prado,
y estrellas fugaces sobre el cruel matadero,
siempre, aunque sombríos sus copas y trazado,
en los vallewood reverbera la luz del día venidero.
—Significa que las fuerzas arcanas están en conflicto, que han
escapado al control de sus hacedores —dictaminó el guerrero—. La energía que
debe gobernar al Bosque apenas conserva su integridad. ¿Qué vamos a encontrar
en la Torre?
—Si logramos alcanzarla —apostilló el kender—. ¿Qué pruebas
tenemos de que estos viejos, escalofriantes árboles no nos empujarán a una
sima?
Caramon impuso un descanso, incapaz de respirar en la tórrida
oleada que transportaba el viento. La burda muleta se le clavaba en la axila y,
ahora que la había descargado de su peso, la rodilla herida había empezado a
embotarse. Tenía la pierna inflamada y tumefacta. Era evidente que su resistencia
se agotaba por momentos. También él había sido víctima de la náusea; al
expulsar el veneno, se había paliado el malestar de su estómago; pero la sed se
había convertido en una tortura y, para colmo de males, como Tasslehoff había
señalado, ignoraban las intenciones de los moradores del Bosque respecto a
ellos. Ningún indicio le permitía adivinar hacia dónde les guiaban.
En una nueva intentona de comunicarse con el anciano dignatario
de la mole volvió a imprecarle, indiferente a la irritación de su garganta:
—Par-Salian, contéstame o rehusaré seguir adelante. ¡Háblame!
Un clamor inarticulado se propagó por la arboleda. Las ramas se
agitaron y retorcieron como si soplara un auténtico tifón, a pesar de que, por
desgracia, ningún soplo vino a refrescar a los dos personajes. Los gorjeos de
los pájaros se mezclaron en una desagradable cacofonía, replicándose unos a
otros y tergiversando sus estribillos hasta diluirlos en una batahola que, en
la confusión, se impregnó de augurios maléficos.
Incluso Tas sufrió un cierto sobresalto y se arrimó a su
acompañante —por si necesitaba que le reconfortase, naturalmente—, pero el
guerrero se plantó con los brazos en jarras, resuelto su ademán, y contempló
las inefables brumas sin prestar atención al torbellino.
— ¡Par-Salian! —vociferó.
Y, al fin, obtuvo respuesta: un aullido proferido en tono
chillón, casi tan inconexo como los desvirtuados cánticos.
Al percibir aquel absurdo sonido, a Caramon se le puso la piel
de gallina. Había desgarrado el manto de oscuridad y de calor, alzándose sobre
la barahúnda y ahogando el entrechocar de los miembros arbóreos. El humano
tuvo la impresión de que todo el pavor, la agonía del mundo en declive se
cristalizaba y se definía en aquel grito.
— ¡En nombre de los dioses! —renegó el kender asiéndose a la
mano del luchador, según él, por si se había asustado—. ¿Qué sucede?
El guerrero nada repuso. Su despierta mente caviló que la furia
del Bosque se había recrudecido, ribeteada ahora de un miedo y una pesadumbre
indescriptible. Los árboles les azuzaban, se arracimaban en torno a sus
cuerpos para apremiarles en su viaje. Se prolongaron los lamentos el tiempo que
tardaría un hombre en inhalar una bocanada de aire, se interrumpieron durante
el mismo intervalo de tiempo y volvieron a comenzar. El sudor se heló en las
sienes del sobrecogido Caramon.
Reanudó la marcha, llevando a Tas a su lado. Hacían pocos
progresos, una circunstancia que empeoraba el hecho de que no sabían cuál era
su punto de destino y ni siquiera les quedaba el recurso de discutir el rumbo.
La única brújula que orientaba sus pasos hacia la Torre, o así cabía esperarlo,
era aquel plañido inhumano.
A empellones, exhaustos, anduvieron sin norte y, aunque el
kender hizo cuanto pudo para sostenerle, Caramon se creía a punto de
desfallecer a cada nueva zancada. El dolor de su tullida pierna se enseñoreó
de él, obsesionándole hasta tal extremo que perdió la noción del tiempo. Olvidó
por qué habían venido, cuál era su objetivo; dar un paso y otro en la negrura,
unas tinieblas que habían socavado su espíritu, era lo único a lo que aspiraba.
Caminó sin tregua, sin aliento, como un autómata. Y, durante la
odisea, matraqueaba en su cerebro aquel aullido pavoroso de una criatura que
parecía morir en vida.
—¡Caramon!
Esta llamada penetró en su aturdido, abotargado cerebro. Le
asaltó la sensación de que hacía ya un rato que se repetía por encima de los
estertores. Pero si era así, no había conseguido atravesar la maléfica niebla
que le aislaba cual una mortaja.
—¿Cómo? —farfulló, y tomó conciencia de que unas manos le
agarraban, le vapuleaban—. ¿Cómo?—volvió a preguntar, esforzándose en regresar
al universo real—. ¿Eres tú, Tas?
— ¡Mira, Caramon!
La voz del kender le llegó como una abstracción y, frenético,
meneó la cabeza, para dispersar las brumas interiores. Reparó entonces en que
podía ver, que la luna se exponía a sus ojos en un nítido cerco. Tras
pestañear, inspeccionó el panorama.
—¿Y el Bosque? —indagó.
—Detrás de nosotros —le informó Tasslehoff en tono confidencial,
como si la mera mención de la arboleda fuera a abalanzarla sobre ellos—. Nos
ha traído hasta aquí, aunque no identifico el lugar. Echa un vistazo al paraje
y dime si lo recuerdas.
El guerrero obedeció. Las sombras se habían disipado, se
hallaban en un claro que a hurtadillas, temeroso, procedió a examinar.
Ante él se insinuaba un precipicio y, a su espalda, la espesura
aguardaba. No necesitaba volverse para comprobarlo. Presentía su vecindad y,
también, que no podían entrar en ella sin sucumbir a sus horrores. Les había
conducido hasta allí, su misión estaba cumplida. ¿Dónde se encontraban? Detrás
les acechaban los árboles, delante no había sino un vasto, tenebroso vacío.
Quizá Tas acertó al apuntar que quedarían acorralados en el borde de un risco.
Unas nubes de tormenta ensombrecían el horizonte. Pero, de
momento, no les amenazaba ninguna descarga. Muy lejos, en la bóveda celeste,
brillaban las lunas y las constelaciones. Lunitari ardía en llamas
incandescentes y el otro satélite, el argénteo, se había liberado de su
algodonada prisión y vertía unos fulgores que Caramon nunca había observado. Y
ahora, quizá debido al contraste que ofrecía la luz de los astros sobrepuesta
al negro, divisó a Nuitari, aquel redondel que tan sólo se exhibía a las pupilas
de su hermano. Alrededor de las tres lunas evolucionaban las destellantes
estrellas, ninguna tan ostensible como las que configuraban el extraño reloj de
arena.
Los únicos ecos que alteraban la paz eran los enfurecidos pero
amortiguados cuchicheos del Bosque y, en lontananza, el incorpóreo gemido que
no había cesado de acompañarles.
«No tenemos alternativa —reflexionó Caramon. No podemos
retroceder. Nuestra fantasmal escolta no lo permitirá. Además, ¿qué es la
muerte sino el final del sufrimiento, la sed y la opresión que me desgarran
las entrañas?»
—Aguarda aquí —ordenó al kender mientras trataba de
desembarazarse de su zarpa, presto a internarse en el pozo—. Quiero explorar
los contornos.
— ¡No irás a ninguna parte sin mí! —se opuso el aludido y, en
vez de soltarle, se afianzó todavía más—. Cuando estabas solo, en las guerras
de los enanos, te tropezaste con un sinfín de problemas —denunció, estrangulada
su garganta—. Lo primero, o casi, que hice al catapultarme a tu lado fue salvarte
la vida. —Oteó el mar de penumbras que ondulaba a sus pies antes de,
rechinantes sus mandíbulas, clavar en su amigo unos ojos que delataban su
firme resolución—. Te seguiré, no me seduce la idea de viajar en solitario al
plano de ultratumba y, por añadidura, imagino los insultos de Flint: «¿Qué has
hecho ahora, botarate? Se te ha escapado esa bola de sebo, ya me figuraba yo
que no se puede confiar en un atolondrado de tu calibre. Supongo que, dadas
las circunstancias, tendré que abandonar mi cómoda morada bajo el árbol y
partir en busca de ese saco de músculo sin raciocinio. Nunca supiste tomar
precauciones ni tampoco guarecerte de la lluvia de contratiempos...»
—De acuerdo, Tas —se rindió Caramon sonriente, mirando al gruñón
enano—. No seré yo quien perturbe el reposo de nuestro viejo amigo. Su
reprimenda sería interminable, no la resistiría.
—Y, por otra parte —argumentó el hombrecillo—, carece de sentido
que el Bosque nos haya guiado hasta aquí para arrojarnos a la nada.
—Cierto.
Sin pensarlo dos veces, el valeroso humano se armó con la muleta
y empezó a avanzar hacia el oscuro panorama que se desplegaba frente a ellos.
—A menos —concluyó e] kender tragando saliva— que Par-Salian
pretenda castigarme así por mi osadía.
6
Las Crónicas y el fin del mundo
La Torre de la Alta Hechicería se perfilaba a la luz de las
lunas y las estrellas, convertida en un objeto de negrura que parecía haber
sido creado a partir de la noche. Durante siglos, se erigió en estandarte de la
magia, en depositaría de los libros y artilugios del arte arcano que se habían
ido recopilando a través de los años.
Aquí se refugiaron los magos cuando fueron expulsados de la
mole hermana de Palanthas por el Príncipe de los Sacerdotes. Entre sus muros
salvaron las más valiosas pertenencias de la Orden de las turbas enardecidas.
Los hechiceros vivieron en paz en su inexpugnable recinto, merced al escudo
protector que les brindaba el Bosque de Wayreth. En sus cámaras se sometían
los jóvenes aprendices a la Prueba que entrañaba la muerte para quien
fracasara.
Raistlin cruzó las tapias y, antes de investirse la túnica
negra, vendió el alma a Fistandantilus. Caramon, en una de sus lóbregas
dependencias, hubo de presenciar cómo el aspirante asesinaba a una ilusoria
réplica de su gemelo, de él mismo.
También a este edificio regresaron el guerrero y Tas junto a
Bupu, la enana gully, transportando el comatoso cuerpo de Crysania, y
asistieron a un cónclave de los exponentes de las tres Túnicas, la Blanca, la
Roja y la Negra. En la asamblea, descubrieron la ambición de Raistlin de
desafiar a la Reina, conocieron a Dalamar, acólito del nigromante y espía de
sus rivales.
En otra de sus habitaciones, Par-Salian, el gran archimago,
formuló el hechizo que había de trasladar a Caramon y la sacerdotisa a Istar, a
una época previa al Cataclismo. Y, por último, en aquella misma sala había
irrumpido Tasslehoff mientras se desarrollaba el encantamiento. Así fue como
la presencia de un kender, prohibida explícitamente en las leyes que regían a
la comunidad, posibilitó que el tiempo se alterase.
Ahora, el hombretón y su pequeño amigo habían regresado. ¿Qué encontrarían
en su interior?
Con el corazón encogido, el humano contempló la Torre, víctima
de unas aprensiones que enturbiaban su coraje. No hallaba ánimos para entrar,
no en tanto perdurase aquella sórdida resonancia en su oído. Era preferible
recular, enfrentarse a un destino más rápido en el Bosque. Además, había
olvidado las puertas que, imponentes, de oro y de plata, solían obstruir el
acceso. Se presentaban delgadas, quebradizas cual una telaraña, cual un
entramado de hebras pintado sobre el fondo del cielo que fuera a desmoronarse
bajo el más leve contacto; sin embargo, los esotéricos sortilegios que las
sellaban habrían detenido a un ejército de ogros provistos de arietes. Su
fragilidad era una falacia.
Los alaridos resonaban muy cerca, tanto que resultaba obvia su
procedencia. El guerrero dio un paso al frente, unido el entrecejo en una
rugosa línea, y las puertas se expusieron a su vista. Le fue entonces
revelada la fuente de aquellos gritos que se le antojaran los de un agonizante.
Las hojas ya no estaban atrancadas, ni siquiera cerradas. Una
permanecía ajustada, sujeta a la magia, pero la otra se había resquebrajado y
ahora colgaba de un gozne, meciéndose en el tórrido viento. En el incesante
vaivén, chirriaba estrepitosamente, como si la brisa le arrancara plañidos de
dolor.
—No hay candado —dijo Tas con honda decepción.
Sus manos ya habían emprendido la infructuosa búsqueda de las
herramientas que tanto le gustaba manipular, y que le fueron arrebatadas junto
a sus saquillos.
—No —corroboró su
compañero, prendida la mirada del crujiente gozne—. Ésa es la voz
que escuchamos, la de un metal oxidado —declaró; y aunque este hecho debería
haberle tranquilizado, sólo contribuyó a magnificar el misterio—. Si no fue
Par-Salian ni otro morador de la Torre quien nos ayudó a salir ilesos del
Bosque —recapacitó—, ¿qué ente enigmático obró el prodigio?
—Quizá nadie —sugirió Tasslehoff—. ¿Por qué no nos vamos? Es
evidente que el lugar está deshabitado.
—Discrepo —se obstinó el luchador—. Alguien, o algo, ordenó a
los árboles que nos dejaran pasar.
El kender suspiró, ladeando la cabeza. Caramon advirtió, en el
claro de luna, que tenía la tez pálida y demacrada. Unos cercos negruzcos
ceñían sus ojos, le temblaba el labio inferior y una lágrima discurría por su
achatada nariz.
—Espera un poco más —le rogó con amabilidad—. ¿Podrás aguantar,
mi querido amigo?
Alzando la vista, tragando aquellas traidoras lágrimas, que
goteaban sobre la cuarteada boca, Tas ensayó una sonrisa jovial.
—¡Naturalmente! —aseguró y ni siquiera la sequedad de su
garganta, la imperiosa necesidad de saciar la sed, le impidieron agregar—: Me
conoces bien, siempre estoy a punto para la aventura. La mole debe de encerrar
innumerables artilugios mágicos, maravillas que nunca renunciaría a examinar.
Es posible que algunas de ellas no sean echadas en falta si me las llevo, ¿no
opinas tú igual? Prometo no tocar las sortijas. He acabado con ellas después de
que una me catapultase a un castillo donde anidaba un demonio cruel, perverso,
y otra me transformara en ratón. He decidido que...
El hombretón dejó que su acompañante continuara con su
parloteo, satisfecho de que hubiera vuelto a la normalidad, y puso una mano
sobre la puerta oscilante para empujarla. Recibió una sorpresa mayúscula
cuando la hoja se rompió, al ceder el gozne a su liviana presión. La puerta se
derrumbó sobre el adoquinado, cayendo de manera tan estruendosa que ambos se
sobresaltaron. El estampido retumbó en las lisas paredes de la Torre, se
propagó en la calurosa atmósfera y rasgó el silencio.
—Ahora ya están informados de nuestra presencia —comentó
Tasslehoff.
Una vez más, Caramon aferró la empuñadura de su espada. Pero no
tuvo que desenvainarla. Los ecos se diluyeron y reinó de nuevo la quietud. Nada
ocurrió, nadie vino, ninguna voz les habló.
—Por lo menos ya no nos molestará más ese estridente crujido
—se alegró el kender, que acudió presto a auxiliar al guerrero—. Admito que
empezaba a desequilibrar mis nervios, ya que en ningún momento lo asocié con
una puerta. Más se asemejaba, o así me lo pareció, a...
—A un aullido articulado, como éste —susurró el hercúleo humano.
Un lamento surcó el aire, lo hendió, haciendo añicos las
cristalinas capas que fluctuaban en la noche. Había palabras en aquel quiebro,
frases que se adivinaban pese a la imposibilidad de descifrarlas.
Caramon, en un gesto involuntario, desvió su atención hacia la
hoja. Como intuía, yacía sobre la roca muda, inmóvil.
—Ha surgido de dentro —indicó Tas, atemorizado—, de alguna de
las estancias del edificio.
—Ya es suficiente —se quejó Par-Salian—. Acabemos con este
tormento. No me fuerces a soportarlo.
—¿Cuánto me forzaste tú a soportar, gran mandatario de los
Túnicas Blancas? —parafraseó una voz socarrona y sibilina en la mente del mago.
El anciano se convulsionó, pero su oponente persistió tenaz, inflexible,
azotando su alma como una plaga—. Me convocaste en la Torre para entregarme a
Fistandantilus, te regodeaste mientras mi antecesor succionaba mi energía
vital, me vaciaba de mis esencias a fin de reencarnarse y descender a este
plano.
—Tú pactaste con él —recriminó el hechicero a su verdugo, y su
agudo timbre se derramó por las vacías estancias—. Pudiste rechazar su
ofrecimiento.
—¿Y qué suerte habría corrido? ¿Morir honorablemente? —se burló
el invisible adversario—. No me quedó otra opción que aceptar el trato. Quería
vivir y crecer en mi arte. Lo logré, superé la Prueba y tú, en tu actitud,
incorporaste a mis pupilas unos relojes de arena que sólo atisbaban
podredumbre. Mira a tu alrededor, Par-Salian. ¿Qué se graba en tu retina?
Destrucción, decadencia. Ahora estamos en paz.
El aludido gimió pero prosiguió inclemente, despiadado:
—Sí, en paz. Voy a pulverizarte, Par-Salian, y el mejor modo de
hacerlo es que seas testigo de mi triunfo. Mi constelación ocupa su lugar en el
firmamento, la Reina parpadea y no tardará en difuminarse. Mi último enemigo,
Paladine, me espía. Siento que se acerca, pero no constituye una amenaza, pues
se ha transformado en un viejo decrépito, su rostro se ha teñido de una
pesadumbre que le hace vulnerable. Está debilitado, herido más allá de lo que
puede sanarse, como Crysania, su desdichada sacerdotisa, que murió en las
arremolinadas esferas del Abismo. Dejaré que te revuelques en el sufrimiento que
ha de infligirte su derrota y, cuando concluya la contienda, cuando el Dragón
de Platino se precipite desde el cielo y se extinga la luz de Solinari, cuando
te hayas doblegado al poder de la luna negra y homenajeado al nuevo único dios,
a mí, te concederé la libertad para que busques en la muerte el solaz que haya
de brindarte.
Astinus de Palanthas registró esta alocución con el mismo celo
con el que reprodujo los gritos de Par-Salian, escribiendo los caracteres de
manera pausada en letra gótica, negra y primorosa al igual que el resto de las
Crónicas. Se hallaba sentado frente al gran Portal en la Torre de la
Alta Hechicería, observando sus profundidades y, en ellas, a una figura más
sombría que el ambiente que la circundaba. Lo único que distinguía el
historiador eran un par de ojos dorados, moldeados como sendos relojes de arena,
que le devolvían la mirada y, atrapado en su proximidad, al mago de Túnica
Blanca.
Par-Salian era, así, un cautivo en su antiguo hogar. De cintura
para arriba, conservaba sus atributos humanos, su cabello cano caía en cascada
en torno a los hombros y su atuendo cubría un cuerpo flaco y descarnado. Las
escenas que se desplegaban ante él eran escalofriantes, tanto que en más de una
ocasión habían nublado su lucidez y, temeroso de que aquellas alucinaciones
acabasen de aniquilarle, intentó apartar la vista. No pudo hacerlo porque,
aunque una mitad de su persona estaba viva, la inferior se había metamorfoseado
en un pilar de mármol. Bajo el maleficio de Raistlin, hubo de quedar
petrificado en la sala más alta de la Torre y asistir al ocaso del mundo.
A pocos metros estaba Astinus, historiador de Krynn, afanado en
redactar el último capítulo de su breve y esplendoroso devenir. La hermosa
Palanthas, donde residiera el cronista y se erigiera la Gran Biblioteca, se
había reducido a un montón de cenizas y cadáveres chamuscados. Se había
personado el narrador en este postrer reducto de vida a fin de dar testimonio
de las terroríficas horas de un universo condenado. Una vez concluida su labor,
partiría con el libro cerrado y lo depositaría en el altar de Gilean, dios de
la Neutralidad. Ése sería el desenlace definitivo, inapelable.
Sintiendo que desde el Portal, restituido a su primitivo
emplazamiento por una serie de azares, la enlutada figura le escrutaba sin un
parpadeo, Astinus anotó la sentencia que había escuchado y se enfrentó a sus
encendidos iris.
—Fuiste el primero, Astinus —declaró el ente de las tinieblas—,
y te corresponde también ser el último. Cuando hayas relatado mi victoria
incontestable, el epílogo, quedará clausurada tu minuciosa recapitulación y
gobernaré a mi antojo.
—Cierto, a tu antojo —repuso el escriba—, pero ejercerás tu
poder sobre un mundo muerto, arrasado por la misma magia que te otorgara la
supremacía. Reinarás solo y solo estarás en un vacío eterno.
Par-Salian, a su lado, masculló un gemido y se mesó la alba
melena, pero Astinus, imperturbable, apuntó sus propias frases fiel a su misión
de no omitir ningún detalle. Estaba tan concentrado en su oscuro
interlocutor, que apretó los puños al exclamar:
—¡Eso es mentira, viejo amigo! Crearé, concebiré nuevas
existencias que me pertenecerán. Inventaré pueblos enteros, razas ahora
ignotas que me venerarán como su hacedor.
—El Mal no puede crear —persistió el cronista—, únicamente
destruir. Se vuelve contra sí mismo y se despedaza. En este instante, mientras
platicamos, eres consciente de su mordedura y del efecto que produce en tu
alma. Estudia la faz de Paladine, Raistlin, examínala a fondo como hiciste una
vez en las llanuras de Dergoth, después de que te hiriese mortalmente la daga
del enano y Crysania posara en ti su mano curativa. Entonces supiste
interpretar el infinito abatimiento de la divinidad, parangonable con el que
hoy trasluce. Supiste, y sigues sabiéndolo aunque te niegues a admitirlo, que
la consternación de Paladine no es por él mismo, sino por ti.
»Para nosotros será fácil acogernos a un letargo sin sueños. Tú,
en cambio, no dormirás. Vivirás en un interminable duermevela, aguzarás sin
descanso tu oído en busca de sonidos que nunca han de vibrar, te asomarás a
un vacío infinito que no contiene luz ni penumbra y proferirás órdenes,
quejas, que nadie recibirá, tejiendo planes que no darán fruto mientras, como
un carrusel, giras en un círculo del que no has de salir. Al fin, enloquecido,
asirás la cola de tu propia entidad y, como una serpiente hambrienta, te
devorarás en un esfuerzo por hallar alimento espiritual.
»Será vano tu empeño, te toparás con la nada absoluta.
Continuarás para toda la eternidad suspendido de esos hilos intangibles y te
consumirás sin perecer, como un punto ingrávido que, al succionar su entorno,
jamás logrará saciar su apetito.
El Portal comenzó a oscilar y Astinus, que escribía a la par
que vaticinaba tan terrible futuro, levantó los ojos al notar que flaqueaba la
voluntad sintetizada en los radiantes relojes. Penetrando los espejos de su
superficie, vio confirmados, en una fracción de segundo, el suplicio y la
tortura que había descrito. Discernió un alma asustada, prisionera en su propia
trampa, ansiosa por escapar, y entonces nació en sus entrañas un sentimiento
que nunca antes había experimentado: la piedad. Conmovido, hizo ademán de
incorporarse con una mano apoyada en el vetusto ejemplar y la otra extendida
hacia el Portal.
Interrumpió su movimiento una risa fantasmal, escarnecedora y
acerba, unas carcajadas que no iban dirigidas a él, sino a quien inició la
burla, a su fuente. La figura del acceso se desvaneció.
El cronista se acomodó de nuevo en su asiento. Al mismo tiempo,
un relámpago convocado por la magia surcó el umbral y dio un respingo que le desestabilizó.
Respondió a la descarga un haz fulminante, blanco, y Astinus comprendió que se
había desencadenado la batalla decisiva entre Paladine y el joven que, tras
vencer a la Reina de la Oscuridad, había ocupado su puesto.
También en el exterior se sucedían los centelleos de los rayos,
que cegaron con su brillo a los escasos pobladores de Krynn. Rugió el trueno,
las piedras de la Torre se desencajaron desde los cimientos, la ventolera
arreció y, en su furia, ahogó los aullidos de Par-Salian.
Ladeando su rostro macilento, el viejo archimago miró las
ventanas con expresión de terror.
—Éste es el fin —murmuró, a la vez que arañaba el aire con sus
huesudas manos—. La hecatombe ha llegado.
—Sí —corroboró el historiador.
Frunció el ceño, disgustado, porque un repentino bamboleo del
edificio le obligó a cometer un error. Sujetó el libro con mayor firmeza y,
prendidas sus pupilas del Portal, relató la contienda mientras ocurría.
El conflicto tardó poco en zanjarse. El aura blanca destello en
un espectro multicolor, tan hermosa como una aurora boreal, y se extinguió. En
el acceso arcano se hizo la negrura.
Par-Salian prorrumpió en llanto. Sus lágrimas cayeron sobre el
suelo y, al permear la roca, ésta se estremeció cual un ser vivo. Se diría que
la mole presentía su destino y se convulsionaba en un arrebato de terror.
Ignorando el derrumbamiento y el estrépito que le rodeaban,
Astinus grabó en el pergamino los últimos trazos.
En el cuarto día del mes quinto, año 358, el mundo expira.
Con una honda inhalación, empezó el atemporal humano a cerrar el
volumen. De pronto, una mano se introdujo entre las páginas para evitar que las
sellara.
—No, todavía no has terminado —bramó una voz cavernosa.
Pillado por sorpresa, Astinus soltó la pluma y la tinta se
desparramó sobre el papel, emborronando algunas palabras.
— ¡Caramon Majere! —reconoció Par-Salian al recién llegado, y
se inclinó hacia él como si quisiera palparlo—. ¡Fue a ti a quien oí en el
Bosque!
—¿Lo dudabas? —rezongó el guerrero.
Aunque impresionado por el espectáculo que presentaba el
anciano, por su lamentable estado, no pudo compadecerse de su suerte. Al
examinar al reo y el bloque de mármol que encerraba sus miembros inferiores
recordó, con punzante claridad, el tormento que sufriera su gemelo en la
Torre, el suyo antes de ser enviado a Istar junto a Crysania.
—Adiviné que eras tú —le explicó el archimago—, pero al detectar
tu presencia creí haber perdido el último vestigio de cordura. ¿No lo
entiendes? Me pareció imposible que hubieras regresado y, sobre todo, que
sobrevivieras a las pugnas que obraron esta devastación.
—No lo hizo —comentó Astinus que, recuperada la compostura,
depositó el libro abierto en el suelo y se enderezó. Espiando a Caramon, le
señaló con dedo acusador y le interrogó—: ¿Qué clase de artimaña es ésta? ¡Sé
que has sucumbido! ¿Qué significa...?
Sin despegar los labios, el imprecado arrastró a Tasslehoff a un
lugar visible. Privado del refugio que le brindaba la ancha espalda de su
amigo, perplejo ante la solemnidad de la ocasión, el kender se acurrucó en el
costado del luchador y clavó una mirada de súplica en Par-Salian.
—¿Quieres que intervenga, Caramon? —consultó al humano con la
boca pequeña, tan retraído e indeciso que los truenos distorsionaron la
pregunta—.
Considero un deber informar al dignatario de los motivos que me
llevaron a interferir en el hechizo para viajar en el tiempo —añadió, ya más
seguro—, y de cómo Raistlin me dio mal las instrucciones hasta hacerme romper
el ingenio, aunque supongo que tuve una parte de culpa. Deseo que conozcan mi
aventura en el Abismo, mi encuentro con Gnimsh y el abyecto asesinato del
nigromante.
—Estoy al corriente de todas esas historias —atajó el cronista
al hombrecillo, más interesado en su corpulento compañero—. Has podido llegar
hasta aquí gracias al kender —constató—. ¿Qué te propones, Caramon Majere?
Nuestro tiempo se agota.
En vez de contestar, el interpelado centró su atención en
Par-Salian.
—No te profeso ningún cariño, mago —le espetó—. En ese aspecto,
coincido con mi gemelo. Quizá te movieron razones de peso al someterme a mí y
a la sacerdotisa a tan dura prueba en Istar. Si es así —alzó la mano para
imponer silencio a su interlocutor, que había hecho ademán de hablar—, si es
así puedes guardártelas, prefiero ignorarlas. Lo importante ahora es que he
adquirido la facultad de alterar los acontecimientos. Raistlin me reveló que, a
través de Tasslehoff, existe la posibilidad de que modifiquemos lo sucedido.
»Dime qué circunstancias desencadenaron esta catástrofe y, con
el artilugio arcano, viajaré hasta su origen a fin de impedirla.
Desvió los ojos hacia Astinus, pero el historiador meneó la
cabeza negativamente.
—No recurras a mí, Caramon Majere. Yo soy neutral en todo
cuanto acontece y no puedo ayudarte. Permíteme, sin embargo, que te haga una
advertencia: quizá vayas al pasado y no consigas nada. Lo más probable es que
tus acciones no sean más eficaces que las de un guijarro al saltar al lecho de
un caudaloso río con la pretensión de rectificar su curso.
—En el caso de que aciertes —replicó el otro—, al menos moriré
tranquilo por haber tratado de paliar mi fracaso.
El cronista sometió al guerrero a un ávido escrutinio.
—¿A qué fracaso te refieres? —indagó—. Arriesgaste la vida al
seguir a tu hermano, hiciste cuanto estuvo en tu mano para convencerle de que
la senda que había elegido le conduciría a su propia perdición. ¿Has oído
nuestro intercambio? ¿Eres consciente de lo que afronta?
El fornido luchador asintió en silencio, con la angustia
reflejada en el rostro.
—Vamos, cuéntame en qué fallaste —le apremió, intrigado, el
historiador.
La Torre se tambaleó. El vendaval azotó las paredes, los
relámpagos transformaron la languideciente noche del mundo en un día
deslumbrador. La desnuda cámara en la que se hallaban tembló, víctima de
violentas sacudidas y, aunque estaban solos en el recinto, Caramon creyó
percibir sollozos. Dedujo que eran las rocas las que lloraban y observó su entorno.
—Como antes decía, disponemos de poco tiempo —continuó Astinus a
la vez que, sentándose, recogía el grueso ejemplar—. No obstante, los minutos
que restan serán suficientes. ¿En qué fallaste? —repitió.
El hombretón inhaló aire y, encolerizado, se volvió hacia
Par-Salian.
—Fue todo una estratagema, ¿no es verdad? —denunció—. Urdisteis
una hábil patraña para que yo hiciera lo que vosotros, los egregios magos, no
estabais en situación de lograr: frustrar las ambiciones de Raistlin. Pero no
surtió efecto. Mandasteis a Crysania a la muerte porque la temíais, sin intuir
que su amor podía alcanzar una magnitud insospechada. La sacerdotisa vivió y,
cegada por sus sentimientos y por sus propias aspiraciones, se precipitó en el
Abismo tras el nigromante. No comprendo qué impulsó a Paladine a concederle su
gracia, a escuchar sus plegarias y ayudarla a traspasar el portentoso umbral.
—No eres quién para poner en tela de juicio las decisiones de
los dioses —le reprendió Astinus—. Sus caminos son inescrutables, aunque no
descarto que, también ellos, se equivoquen de vez en cuando. O acaso es que
arriesgan lo que tienen con la esperanza de mejorarlo.
—Sea como fuere —prosiguió Caramon, preocupado, contraídas sus facciones—
los hechiceros dieron a mi gemelo, al entregarle a la sacerdotisa, la llave que
había de abrirle el Portal. Todos fracasamos, los magos, los hacedores y yo
mismo.
»Creí que disuadiría a Raistlin con palabras, que le incitaría a
desechar sus mortíferos proyectos. Fui un estúpido —sonrió, cruel frente a su
propia infatuación—. ¿Qué consejos míos le afectaron nunca en lo más mínimo?
Cuando se erguía delante del acceso preparándose para entrar en el universo de
ultratumba, me hizo partícipe de sus intenciones. ¿Cómo reaccioné? Le abandoné.
Era lo más fácil, así que le volví la espalda y me alejé.
—¡Sandeces! —le amonestó el cronista—. ¿Qué otra cosa podías
hacer? El archimago se hallaba entonces en la plenitud de sus energías, era
más poderoso de lo que nosotros seríamos capaces de imaginar. Mantuvo íntegro
el campo magnético con la fuerza sublime de sus dotes, no existía criatura en
Krynn capaz de detenerle. Aunque hubieras atentado contra él, de nada te
habría servido.
—Cierto —admitió el guerrero, dejando de observar a los
presentes para posar la vista en la demoledora tempestad—, pero podría haber
corrido en su busca y adentrarme en el reino de las tinieblas. Existía la
eventualidad de que este proceder me acarreara el peor de los destinos, aunque
algo habría ganado al demostrarle que estaba resuelto a sacrificar en aras de
la solidaridad lo que él inmolaba a su arte. Me habría granjeado su respeto
—sentenció, y su mirada se prendió de nuevo de sus oyentes—. Quizás así habría
accedido a desistir. Y, ahora, quiero enmendar mi conducta, aventurarme en el
Abismo y cumplir mi cometido —concluyó, indiferente al espanto que su discurso
había inspirado a Tasslehoff.
—Ignoras lo que entrañaría tu misión —se opuso Par-Salian con
voz entrecortada, febril.
Un relámpago se introdujo en la estancia y se descompuso en un
estallido que, estentóreo a la par que luminoso, arrojó a sus ocupantes contra
los muros. Nadie percibió nada mientras el trueno retumbaba sobre sus cabezas,
pero, antes de que se mitigase el caos, un alarido se elevó en la asfixiante
atmósfera.
Apabullado por aquel gemido, que rebosaba un dolor sin límites,
Caramon abrió los párpados y, al instante, deseó que se entornaran para toda
la eternidad antes de tener que contemplar una escena tan espeluznante.
Par-Salian, incrustado en su pilar de mármol, veía sumado el
fuego a su pétreo patíbulo. ¡Pronto sería una tea humana! Desvalido a causa del
sortilegio de Raistlin, no tenía otra opción que vociferar mientras las llamas
se encaramaban, despacio, hacia su inmóvil cuerpo.
Apenas consciente, Tas enterró el rostro entre las manos y se
aisló en un rincón, presa de incontenibles espasmos. Astinus se levantó de
donde le había postrado el ataque de los elementos y estiró el brazo hacia el
libro, que todavía sujetaba. Intentó escribir, pero su mano cayó aplomada y la
pluma se deslizó de los inertes dedos. Una vez más, empezó a cerrar el libro.
— ¡No! —exclamó el luchador y, abalanzándose, interpuso las
manos entre las páginas.
El historiador le escrutó. El guerrero vaciló bajo el influjo de
aquellos iris, que parecían estar más allá de la muerte. Las manos le
temblaban, pero no dejaron de aprisionar el blanco pergamino. Entretanto, el
archimago se contorsionaba, al borde del colapso.
Astinus soltó el volumen, sin sellarlo.
—Sostenlo —ordenó Caramon a Tasslehoff, alargándole el valioso
manuscrito.
El kender obedeció. Todavía mareado, rodeó con sus brazos la
encuadernación de piel de aquella gigantesca obra que era casi de su tamaño y,
agazapado en su esquina, aguardó instrucciones del hombretón. En aquel mismo
instante, su amigo cruzaba la sala para abordar al moribundo hechicero.
— ¡No te acerques a mí! —le imploró Par-Salian.
Su fluctuante cabellera, la luenga barba danzaban y crujían, su
piel se abultaba en dolorosas ampollas y, en definitiva, el agridulce olor de
la carne quemada se entremezclaba con la nauseabunda fetidez del azufre.
— ¡Revélamelo! —le exhortó Caramon, alzado el brazo a modo de
escudo contra el calor y tan próximo al mago como le era posible—. ¿Qué tengo
que hacer? ¿Cómo evitaré que sobrevenga esta segunda versión del Cataclismo?
Los ojos del anciano se disolvieron, la boca pasó a ser un
inmenso agujero en la masa informe que sustituía ahora al semblante. Sin
embargo, pese a haber perdido su entidad, las palabras que pronunció
atravesaron la mente del guerrero con la virulencia del relámpago,
imprimiéndose en su memoria como la marca de un hierro candente.
—¡No permitas que Raistlin abandone el Abismo!
libro II
El Caballero de la Rosa Negra
Soth, el ente espectral, se hallaba sentado en el ruinoso y
ennegrecido trono que se erguía cual una pila de escombros en uno de los
salones que, en su día, labraran la fama del alcázar de Dargaard. Sus flamígeros
ojos ardían en cuencas invisibles, únicos exponentes de la vida que bullía
bajo la gastada armadura de Caballero de Solamnia.
Estaba solo. Había despachado a sus sirvientes, caballeros como
él que le rindieron pleitesía en vida y fueron condenados a honrarle también
después de muerto. Se había desembarazado asimismo de los espíritus femeninos,
las mujeres elfas que desempeñaran un papel en su declive y, ahora,
permanecían ligadas a su señor por un vínculo irrenunciable. Durante siglos,
desde la terrible noche de su fallecimiento, Soth exigía a aquellas
desheredadas que revivieran la historia de su destino. Todas las veladas se
arrellenaba en el trono y las obligaba a relatar, en una macabra serenata, su
desgracia y la de ellas mismas.
Aquel cántico causaba un hondo dolor al caballero, pero se
recreaba en el sufrimiento, porque, después de todo, era infinitamente mejor
que el vacío que presidía su ingrata existencia en las demás ocasiones. Hoy,
sin embargo, en lugar de escuchar la tonada de costumbre, prestaba oídos a otra
voz, la del viento que, ululando entre los aleros de la fortaleza,
transportaba reminiscencias de un pasado lejano. En primera persona, la brisa
pasó revista a los momentos cumbres de su vida real, tanto los felices como los
desdichados.
«Una vez, hace ya mucho tiempo, fui un respetable Caballero de
Solamnia. Entonces lo tenía todo: apostura, encanto, arrojo y una esposa rica,
aunque no hermosa. Mis seguidores me profesaban respeto y fidelidad y los demás
me envidiaban. Sentían celos de mi fortuna, de mi condición privilegiada como amo
de Dargaard.
»En la primavera anterior al Cataclismo, abandoné mi amurallado
hogar y, con un nutrido séquito, cabalgué hacia Palanthas. El motivo de mi
viaje era que se había convocado un consejo y se requería mi presencia. Tal
fue, al menos, mi excusa oficial, pues lo cierto era que poco me importaban las
reuniones, los conciliábulos sobre cuestiones insignificantes, que se
prolongarían hasta lo impensable si lo que había de debatirse era alguna
modificación en el Código y la Medida de nuestra hermandad. Lo que, en realidad,
me atraía era la abundancia de bebida, la atmósfera de camaradería que solía
haber en tales acontecimientos y las fabulosas narraciones de batallas y
aventuras de mis compañeros. Aquello sí merecía la pena.
«Avanzamos sin prisas, tomándonos el tiempo necesario y
prevaleciendo en nuestras jornadas el buen humor, los cánticos y las chanzas.
Pernoctábamos en posadas o donde podíamos, al raso si aquéllas estaban llenas
o el crepúsculo nos sorprendía en un despoblado. La temperatura era benigna.
Disfrutábamos de una espléndida primavera aquel año. El sol nos calentaba de
día y la refrescante brisa nocturna relajaba nuestros cuerpos. Yo acababa de
cumplir treinta y dos años. En mi vida reinaba un perfecto equilibrio y, a
decir verdad, no recuerdo haber disfrutado de otra época más venturosa.
»Una noche, maldita sea por siempre la luna de plata que la
alumbraba, estábamos acampados en un lugar agreste cuando, de pronto, un grito
rasgó la penumbra y nos despertó de nuestro sueño. Era una mujer. Sucedieron a
este primero una retahíla de alaridos también femeninos, entremezclados con
los toscos reniegos de unos ogros.
«Blandiendo nuestras armas, nos enzarzamos en una cruenta lucha
contra los agresores y obtuvimos la victoria sin dificultad, ya que se trataba
de una cuadrilla de ladrones nómadas. La mayoría se dio a la fuga al vernos.
Pero el cabecilla, más bravío o más ebrio que el resto, defendió a ultranza su
botín. Personalmente, no pude reprochárselo: había capturado a una adorable
doncella elfa. Su belleza se adivinaba radiante en el claro de luna y el
pánico no hacía sino realzar su poderoso embrujo. Desafié a su aprehensor en
combate singular, salí triunfador y me concedí la recompensa —¡dulce y amarga
recompensa!— de llevar en volandas a la desmayada muchacha junto a sus
compañeras.
«Todavía veo, en mis frecuentes ensoñaciones, su cabello, que
vaporoso, tejido de hebras de oro, reverberaba en los rayos del satélite.
Recuerdo sus ojos cuando se abrieron para contemplarme, el amanecer del amor
en sus pupilas mientras ella leía, en las mías, una admiración que no acerté a
ocultar. Mi esposa, mi honor, mi castillo, todas las nociones de la que antes
me enorgulleciera se desvanecieron como el humo al competir con aquellos
maravillosos rasgos.
«Agradeció mi gesto con delicioso recato y la restituí a su
grupo, formado por varias sacerdotisas que habían organizado una peregrinación
de su tierra a Istar, pasando por Palanthas. Ella no era más que una acólita,
que en el curso de aquel periplo había de ser elevada a la categoría de Hija
Venerable de Paladine. Las dejé, recuperadas ya del susto, para regresar al
lado de mis hombres. Una vez en el campamento, intenté dormir, pero la
delicada figura de la etérea doncella, su talle sinuoso, parecía mecerse aún en
mis brazos. Nunca me había consumido una pasión amorosa hasta tal extremo.
«Cuando al fin me sumí en un breve letargo, mi mente se llenó de
imágenes, que se me antojaron un embriagador suplicio; y, al abrir los
párpados, la idea de que debíamos separarnos me traspasó el corazón cual una
daga. Me levanté temprano, me encaminé al paraje donde se hallaban congregadas
las mujeres elfas y, elaborando una sutil patraña sobre los numerosos
salteadores goblins que merodeaban entre aquel punto y Palanthas, las convencí
para que se dejaran custodiar por nosotros. Mis seguidores no se mostraron
contrarios a tan agradable compañía, así que reemprendimos la marcha sin más
complicaciones. Este hecho, lejos de apaciguar mi desazón, la intensificó. Día
tras día, la espiaba mientras cabalgaba a mi lado, próxima pero no lo
bastante, y al llegar la noche me acostaba solo, revuelta mi cabeza en un
torbellino.
»La deseaba más de lo que nunca ambicioné poseer en el mundo y,
por otro lado, no cesaba de repetirme que era un caballero, que me había
comprometido a través de un estricto voto a respetar el Código y la Medida y
que había jurado, en el más sagrado momento de mi ceremonia nupcial, guardar
fidelidad a mi esposa. También me inquietaba la traición que haría a mi
séquito si incurría en una veleidad, ya que cuando fui investido, prometí
solemnemente guiar a cuantos estuvieran bajo mi mando hacia la senda del
honor. Luché contra mí mismo y, después de múltiples escaramuzas, creí haber
vencido sobre mi flaqueza. "Mañana me iré", resolví, colmado de una
prematura paz interior.
«Empleo el término "prematura" a conciencia, ya que
los acontecimientos discurrieron por otros derroteros, pero he de puntualizar
que mi propósito era firme. Tenía la intención de partir cuanto antes. Los
hados quisieron que, en la jornada de nuestra despedida, participara en una
cacería en el bosque y topara con ella en un punto alejado del campamento,
donde la habían enviado a buscar plantas medicinales.
»Ella estaba sola, yo también. No había rastro de nuestros
respectivos acompañantes en los alrededores. El amor naciente que había
descubierto en sus pupilas brillaba aún en su fúlgida aureola y, como una
gracia añadida a las múltiples que atesoraba, se había soltado la cabellera y
ésta se derramaba, semejante a una nube de oro, hasta rozarle casi los pies.
Mi arrogancia, mi determinación se disolvieron en un instante, abrasadas por la
llama pasional que prendió en mis entrañas. Fue sencillo seducirla pobre
pequeña. Un beso, luego otro, al mismo tiempo que la reclinaba en la fresca
hierba y, acariciándola con mis manos, aplicando mis labios a los suyos a fin
de sellar sus protestas, la hice mía. Más tarde, consumada nuestra unión, sorbí
sus lágrimas con tiernos besos.
«Aquella noche, me visitó en mi tienda y, transportado por el
éxtasis de nuestro nuevo encuentro, le di mi palabra de que la desposaría. ¿Qué
otra cosa podía hacer? Al principio, lo reconozco, ni siquiera consideré tal
posibilidad, ya que estaba casado y, además, con una dama acaudalada que
sufragaba mis cuantiosos dispendios. Sin embargo una madrugada, cuando tenía a
la candorosa elfa en mis brazos, comprendí que nunca podría abandonarla.
Entonces fragüé ciertos planes para deshacerme de mi cónyuge para siempre.
»Proseguimos viaje. Las sacerdotisas abrigaban sospechas
respecto a nosotros, y no podía ser de otro modo. Nos costaba un gran esfuerzo
disimular las sonrisas veladas que intercambiábamos de día, desdeñar las
oportunidades que la penumbra nos ofrecía.
»Tuvimos que separarnos al llegar a Palanthas. Las mujeres se
hospedaron en una de las suntuosas mansiones que solía utilizar el Príncipe de
los Sacerdotes durante sus largas estancias en la ciudad y mi grupo se instaló
en unos aposentos reservados a los miembros de nuestra hermandad. No obstante,
confiaba en que mi amante hallaría el medio de reunirse conmigo, porque,
desgraciadamente, yo no podía ausentarme sin levantar suspicacias. Pasó la
primera noche y, aunque no tuve noticias, no me preocupé demasiado. Pero
transcurrieron la segunda, la tercera, y mi bella elfa no aparecía.
»Por fin, alguien llamó a mi puerta. No era ella, la esperada,
sino el máximo dignatario de los Caballeros de Solamnia con una escolta de
pésimo augurio, los adalides de las tres Órdenes en que nuestra entidad se
divide. Supe, en cuanto les vi, que mi amada les había revelado nuestro
prohibido romance, poniéndome en un grave apuro.
»Averigüé después que no era ella quien me había colocado en tan
embarazosa situación, sino las mujeres elfas. La muchacha cayó enferma y, al
tratar de identificar los síntomas de su dolencia, la hallaron encinta de un
hijo mío. Ella no se lo había contado a nadie, incluso yo lo ignoraba. Sus
celosas guardianas le informaron de la existencia de mi esposa y, peor
todavía, circuló por Palanthas el rumor de que esta última había desaparecido
en circunstancias misteriosas.
»Fui arrestado, me llevaron entre cadenas por las calles para
humillarme públicamente y tuve que soportar la picaresca de la plebe, que, en
casos como el que se me imputaba, siempre hace gala de un ingenio
escarnecedor. No hay nada que produzca al villano mayor placer que ver a un
caballero de rango rebajado a su nivel. Juré que, algún día, me vengaría de
tan crueles criaturas y su urbe. No obstante, no abrigaba esperanzas de
desquitarme. El juicio fue rápido. Me declararon culpable de alta traición a los
valores eternos de mi Orden y me condenaron a muerte: tras despojarme de mi
hacienda y de mis títulos, sería decapitado con mi propia espada. Acepté la
sentencia, incluso la deseaba, persuadido como estaba de que mi elfa me había
repudiado.
»Pero la víspera de la ejecución, mis hombres, que me profesaban
inviolable lealtad, me libertaron. Ella se encontraba en el grupo y me relató
toda la historia, incluida la del niño que habíamos engendrado.
«Afirmó que las sacerdotisas la habían perdonado y, aunque no
podía convertirse en una Hija Venerable de Paladine, le estaba permitido vivir
junto a su pueblo si se resignaba a ocupar el lugar que su desgracia exigía.
Estaba dispuesta a cargar con el peso de su culpa el resto de su vida, mas no
sin antes entrevistarse conmigo. Era evidente que me amaba, tanto que no
resistía los relatos que se habían propagado sobre mí y prefería decirme adiós
para siempre.
«Urdí un embuste cualquiera acerca de mi esposa, y ella me
creyó. De habérmelo propuesto, la habría convencido de que la noche era día.
Renacido su ánimo, accedió a fugarse conmigo y, sin plantearme que a eso había
venido, que tal era su proyecto desde el principio, iniciamos la huida hacia el
alcázar de Dargaard en compañía de mi séquito.
»Fue toda una odisea burlar la vigilancia de los otros
caballeros, la persecución de los que se lanzaron en pos de nosotros, pero al
fin llegamos y nos atrincheramos en el castillo. Era fácil defender la fortaleza,
encaramada como estaba en un risco escarpado, vertical. Disponíamos de
provisiones y podríamos aguantar todo el invierno, que se anunciaba en las
cumbres nevadas y en los gélidos vientos que comenzaban a soplar.
«Debería haberme sentido satisfecho de mí mismo, de la vida, de
mi nueva esposa, a pesar de que la ceremonia de nuestro enlace fue una parodia.
Pero me atormentaba la conciencia de mis crímenes y, sobre todo, la de haber
perdido el honor. Me di cuenta demasiado tarde de que había escapado de una prisión
para encerrarme en otra, que nadie sino yo había elegido. Me había salvado de
un ajusticiamiento digno para morir lentamente, ahogándome en una existencia
oscura y desdichada. Mi talante se tornó mudable, taciturno y el peor defecto
que siempre tuve, la propensión a encolerizarme y entrar en pendencia por
cualquier nimiedad, se acentuó hasta extremos inverosímiles. La servidumbre
abandonó el alcázar después de que golpeara a algunos de ellos y mis hombres de
confianza procuraban esquivarme. Una noche, víctima de uno de mis raptos,
abofeteé a mi mujer, a la única persona en el mundo capaz de brindarme apoyo y
consuelo.
»Al verme reflejado en sus ojos bañados de lágrimas, me percaté
de que me había transformado en un monstruo. Estreché a la agraviada elfa entre
mis brazos, supliqué su clemencia y, arropado en el cálido manto de sus
cabellos, percibí los movimientos de mi vástago en sus entrañas.
Arrodillándonos allí mismo, oramos juntos a Paladine. Prometí ante el dios que
haría lo que estuviera en mi mano con tal de recuperar la honorabilidad, le
imploré que mi hijo no naciera si así había de evitar que conociese mi vergüenza.
»El hacedor respondió. Me habló del Príncipe de los Sacerdotes,
de las exigencias que aquel hombre infatuado pretendía presentar a las
divinidades. Me comunicó que, a consecuencia de tales demandas, todo Krynn
sería sometido a la ira de los dioses, a menos que alguien, como hiciera Huma,
se sacrificara voluntariamente para redimir a los culpables y preservar a los
inocentes.
»La luz de Paladine alumbró mi mente, inundó mi alma y la llenó
de sosiego. Se me antojó una liviana empresa inmolarme en aras de la felicidad
de mi progenie y la salvación del mundo. Cabalgué hacia Istar, resuelto a
detener al mayor representante de la Iglesia y sabedor de que Paladine estaba a
mi lado.
«Pero alguien más, alguien que no había sido invitado, viajó
conmigo en tan trascendental ocasión: la Reina de la Oscuridad. Así mantiene
encendida, en los espíritus que se recrea en sojuzgar, la llama de la guerra.
¿De quién se valió para derrotarme? De las mujeres elfas, de las sacerdotisas
del dios que me había encomendado tan apremiante misión.
»Por paradójico que parezca, aquellas sacerdotisas habían
olvidado tiempo atrás el nombre de Paladine. Al igual que el Príncipe, se
escudaban en su proba rectitud y nada vislumbraban a través de sus velos de
perfección. Obediente a mi propia complacencia, al orgullo que me inspiraba mi
generosidad de héroe, las puse en antecedentes de mi empeño. Grande fue su
temor y, tras interminables deliberaciones, concluyeron que los hacedores no
castigarían a sus siervos. Algunas incluso explicaron sus sueños premonitorios
acerca de un día en el que, aniquilada la perversidad, sólo los seres
bondadosos —los elfos, según ellas— habitarían Krynn.
»Tenían que impedir que cumpliera mis designios. Elaboraron una
argucia y su éxito fue rotundo.
»La Reina poseía una extensa sapiencia, los recovecos del
corazón humano no constituían un misterio para ella. Yo habría desmantelado un
ejército si se hubiera interpuesto en mi camino, pero las palabras de aquellas
féminas emponzoñaron mi sangre sin que, en mi ingenuidad, lo advirtiera. ¡Cuan
hábil había sido la doncella al desembarazarse de mí poco después de la boda!,
comentaron. Ahora era la dueña de mi castillo, de mi riqueza, todo le
pertenecía en exclusiva y, a cambio, no tenía que soportar los inconvenientes
de un esposo humano. ¿Estaba seguro de que el hijo era mío? La habían visto a
menudo en compañía de uno de mis apuestos soldados. Nadie podía garantizar que
se recluyese en su refugio tras abandonar mi tienda a altas horas de la
madrugada.
«Naturalmente no lo expresaron en estos términos, no incurrieron
en la torpeza de insultarla mediante alusiones directas. Sembraron la duda
lanzando al aire preguntas que me corroyeron el alma, que me incitaron a
rememorar incidentes, miradas, susurros. Yo mismo hallé una respuesta: había
sido traicionado y debía pillarles desprevenidos, en pleno delito. ¡A él lo
mataría, a la esposa infiel la haría sufrir un tormento digno de su iniquidad!
«Volví la espalda a Istar.
«Al arribar a casa, a punto estuve de derribar las inmensas
puertas. La joven elfa, alarmada, corrió a recibirme con el recién nacido
vástago en sus brazos. Tenía los rasgos desencajados, su rostro denotaba una
zozobra que yo tomé por una muda confesión de culpabilidad. La maldije, a ella
y al niño. En el instante en que profería mis imprecaciones, la montaña ígnea
se desplomó sobre Ansalon.
«Las estrellas se desprendieron de la bóveda celeste, el suelo
se resquebrajó entre indescriptibles sacudidas y una lámpara de araña,
iluminada mediante un centenar de velas, cayó del techo. Mi mujer fue engullida
por un cerco flamígero. Pero antes, consciente de que iba a morir, me entregó
al pequeño para que lo rescatara del fuego que a ella la consumía. Titubeé
unos segundos y, presa aún de mi injustificado arranque de celos, rehusé
atenderla.
«Con su último aliento, descargó sobre mí la cólera de las
divinidades. "Sucumbirás al incendio, como nuestro hijo y como yo
—vaticinó—. Pero, a diferencia de nosotros, pervivirás en una eterna negrura
donde, para expiar el vano derramamiento de sangre que tu mezquina obsesión ha
desencadenado esta noche, revivirás una existencia completa por cada una de las
que has agostado." Y expiró.
«Las llamas se enseñorearon y mi castillo no tardó en arder
cual una pira funeraria. Ninguno de los métodos que ensayamos extinguió,
controló al menos, aquella hoguera, que, dada su singular naturaleza,
socarraba hasta las piedras. Mis hombres quisieron huir, pero, ante mis
horrorizados ojos, también ellos fueron acorralados por el ígneo enemigo y
disueltos en siniestras antorchas. Sólo yo quedaba vivo en la fortaleza,
enhiesto en el vestíbulo y con un círculo de fuego a mi alrededor, que no se
atrevía a tocarme. No obstante, comprendí que antes o después lamería mis
miembros, que su avance era inevitable.
»Mi muerte fue lenta, mi agonía espeluznante y, cuando al fin
sobrevino el tránsito, no me aportó ningún alivio. Cerré los ojos para volver
a abrirlos frente a un universo vacuo, una esfera de desesperanza y perenne
suplicio. A lo largo de innumerables años, me he sentado en este trono todas
las veladas y escuchado mi epopeya en boca de las mujeres elfas.
»Pero esta situación ha cambiado. Tú has acabado con ella,
Kitiara.
»Al invocarme la Reina de la Oscuridad para que la respaldara en
la guerra, accedí, con una única condición: que me pusiera al servicio de una
criatura aguerrida, capaz de pernoctar en el alcázar de Dargaard sin salir
despavorida en pleno sueño. Sólo uno de los Señores de los Dragones cumplió tal
requisito. Fuiste tú, mi bella niña, tú, querida Kitiara. Te admiré por tu
valor, por tu destreza, por esa férrea voluntad que no repara en medios. Vi en
ti mi propio reflejo, la evidencia de lo que podría haber sido.
»Mi concurso te fue decisivo una vez concluida la contienda. Sin
mí, te habría resultado imposible asesinar a los otros mandatarios en la
desbandada general que sucedió a la derrota de Neraka. Volé a Sanction a tu
lado, y allí te ayudé a restaurar tu predominio en el continente. También tomé
parte activa cuando pretendiste frustrar los planes de Raistlin, tu
hermanastro, empecinado en retar y suplantar luego a la Reina de la Oscuridad.
No, no me extrañó que el mago, más sabio y taimado, diera al traste con nuestro
proyecto. De todos los seres vivientes que he conocido, es a él a quien más
temo.
»Incluso me han divertido tus devaneos amorosos, Kitiara. Los
espíritus errantes somos ajenos a la lujuria, una pasión de la sangre que mal
puede subsistir en unas venas glaciales, estériles, vacías de savia. Presencié
cómo trastornabas los sentidos de Tanis el Semielfo, un simple títere que
manejaste a tu capricho, y confieso que gocé del juego más todavía que tú
misma.
»Pero ahora, Kitiara, ¿qué ha sido de ti? El ama y señora se ha
convertido en esclava. ¡Y por un maldito elfo! He observado cómo destellaban
tus ojos al mencionar su nombre, cómo temblaban las cartas en tus ahora
frágiles manos. Piensas en él durante los momentos en las que deberías
organizar la estrategia bélica. Ni siquiera tus generales logran retener tu
atención.
«Repito que los espectros ignoramos qué es la lujuria. A fuerza
de no experimentarla, la hemos olvidado. Pero no ocurre lo mismo con el odio,
la envidia, los celos o el ansia de posesión. Tales emociones permanecen tan
vigentes como en nuestro período vital.
«Podría matar a Dalmar, ese elfo oscuro que, si bien es un
excelente aprendiz, no constituye un adversario digno de mis facultades. Su
maestro, Raistlin, es ya otro cantar.
»Mi soberana, tú que moras en el Abismo, ¡guárdate del
nigromante! Él personifica el más grave desafío que jamás irrumpió en tu
gloriosa órbita y, al fin, deberás afrontarlo en solitario. Nada puedo hacer
en tu plano astral, Oscura Majestad; pero quizá esté en mi mano asistirte en el
mío.
»Sí, Dalamar, podría aniquilarte. Pero la muerte es en sí misma
algo mezquino, infame, precedido por un sufrimiento que pronto pasa y no deja
huella. El verdadero dolor reside en perdurar suspendido entre dos mundos,
atisbar a los vivos, oler sus cálidos efluvios, acariciar su carne con la
conciencia de que nunca hemos de recuperar el hálito que, también, nos alimentó
un día. ¡Ah, elfo oscuro, pronto averiguarás lo que tales sensaciones
significan!
»En cuanto a ti, Kitiara, has de saber que antes me avendría a
padecer durante una centuria los horrores propios de estas regiones de
ultratumba que consentir que otro hombre vivo te estreche entre sus brazos.»
El fantasmal caballero caviló y maquinó, retorciéndose su
cerebro como las espinosas ramas de las rosas negras que, en una jungla casi
impenetrable, invadían su castillo. Los cadavéricos guerreros hacían su ronda
en las almenas, cada uno próximo al lugar donde el fuego segara su existencia,
mientras las mujeres elfas frotaban sus manos descarnadas y elevaban gemidos a
las alturas, melodías impregnadas de pesar frente a su trágico sino.
Soth nada oyó, nada le interesaba. Siguió sentado en el
ennegrecido trono, fijas sus pupilas, aunque al mismo tiempo extraviadas, en un
contorno que se dibujaba en el rocoso suelo, una mancha que había intentado
borrar en incontables ocasiones con su magia. Aquella sombra representaba un
cuerpo femenino, simbolizaba su penitencia.
Tras un prolongado intervalo de silencio, el espectro esbozó
una sonrisa, invisible, pero tácita como sus labios, y las llamas anaranjadas
de sus ojos se avivaron en una noche insondable.
—Tú, Kitiara —declaró—, serás mía para siempre.
1
Cita en Palanthas
El carruaje se detuvo bruscamente. Los caballos piafaron
haciendo tintinear los arneses, pateando las lisas piedras del adoquinado con
los cascos como si, mediante tales movimientos, pretendieran dar por terminado
el viaje y regresar a sus acogedoras cuadras.
Desde el exterior, una cabeza se recortó en la ventanilla del
vehículo.
—Buenos días, señor, sed bienvenido a Palanthas. Os ruego que os
identifiquéis y expongáis el asunto que os trae.
Enunció tan formal solicitud un joven oficia], de voz diáfana y
cortés, que poco antes había entrado de servicio. Al inspeccionar el interior
del carruaje, pestañeó, en un intento de ajustar sus ojos a las frescas
sombras que lo velaban. El sol primaveral brillaba con un fulgor similar al
rostro del soldado, probablemente porque también él acababa de comenzar su
ronda.
—Me llamo Tanis el Semielfo —se presentó el recién llegado—, y
he venido por invitación de Elistan, Hijo Venerable de Paladine. Avalo mis
afirmaciones con una misiva. Si aguardas un momento, te la mostraré.
—¡El insigne Tanis! —exclamó el oficial. La faz enmarcada en el
cristal del carruaje se tiñó de púrpura, de una tonalidad a juego con el
ridículo uniforme que, repleto de alamares, estaba coronado por sendas charreteras
distintivas de su rango—. Os pido mil perdones, señor. No os he reconocido o,
mejor dicho, no he podido veros bien, pues, de haberlo hecho, no habría dejado
de...
— ¡Maldita sea! —se encolerizó el semielfo—. No te disculpes por
cumplir con tu deber, soldado. Aquí tienes la carta.
—No volveré a hacerlo, señor. Me refiero a excusarme, no a
desempeñar mis funciones —se azoró el reprendido—. Lo lamento de veras, señor.
¿La carta? No será necesaria. Podéis pasar.
El centinela ensayó un marcial saludo, se golpeó la cabeza
contra uno de los salientes que adornaban la ventana, se le enredó en la
portezuela la manga de la camisa, se cuadró de nuevo y, al fin, se retiró a su
puesto tan bamboleante como si se hubiera enfrentado a una horda de goblins.
Sonriendo para sus adentros, aunque más era una mueca de enojo
que una manifestación de jocosidad, Tanis se apoyó en el respaldo de su asiento
mientras traspasaba el acceso de la Ciudad Vieja. La idea de apostar guardianes
había sido suya. Había precisado de todas sus dotes persuasivas para convencer
a Amothus de Palanthas de que la muralla debía permanecer no sólo cerrada,
sino también custodiada a todas horas.
—Pero entonces los visitantes podrían sentirse rechazados y
ofenderse —había protestado el dignatario—. Después de todo, la guerra ha
concluido.
El semielfo suspiró. ¿Cuándo aprenderían? Nunca, supuso
alicaído, a la vez que contemplaba aquella urbe que simbolizaba, como ninguna
otra en el continente de Ansalon, la complacencia a la que se había abandonado
el mundo después de la Guerra de la Lanza. Aquella primavera se cumplirían dos
años desde el final del conflicto.
Tal pensamiento le arrancó otro suspiro. ¡Había olvidado la
fiesta conmemorativa de la paz! Se celebraría dentro de dos o tres semanas, no
atinó con la fecha exacta, y tendría que ponerse aquel absurdo disfraz mezcla
de la armadura de gala de los Caballeros de Solamnia, los regios emblemas elfos
y los arreos enaniles. Se organizarían ágapes fastuosos, que le mantendrían
despierto media noche, se pronunciarían discursos que le incitarían al sueño
después de la cena, y Laurana...
Contuvo un reniego. ¡Laurana sí se había acordado! ¿Cómo pudo
ser tan cándido? Habían vuelto a su hogar de Solanthus, tras asistir a las
exequias fúnebres por Solostaran en Qualinesti, y él había realizado un
infructuoso viaje a Solace en busca de la sacerdotisa Crysania, cuando llegó un
mensaje para Laurana. Estaba escrito en el fluido trazo de los elfos y su
contenido era un breve pero explícito apremio: «Se requiere urgentemente tu
presencia en Silvanesti.»
—Tardaré unas cuatro semanas, querido —le anunció su amada
cónyuge, besándole cariñosa, aunque sus pupilas, aquellas adorables pupilas,
reían con picardía.
¡Había desertado, le había cedido el «honor» de presidir los
tediosos festejos! Mientras, ella prolongaría un poco más de lo debido la
estancia en su patria, que, aunque se hallase inmersa en una lucha denodada
para escapar de los horrores que le infligiera la pesadilla de Lorac, era
siempre preferible a una velada en compañía de Amothus, máximo mandatario de
la ciudad.
Sin perder el hilo de tales cavilaciones, en la mente de Tanis
se dibujó una imagen de Silvanesti con sus torturados árboles rezumando sangre,
con los informes semblantes de los guerreros elfos, muertos tiempo atrás,
agazapados en las sombras. A título comparativo, invocó una secuencia de los
festines de Amothus... y estalló en carcajadas. Cualquier día llevaría a los
espectros a una de aquellas reuniones.
En cuanto a Laurana, no podía reprocharle que hubiera ingeniado
semejante estratagema. Las ceremonias constituían un ahogo para él y adivinaba
hasta qué extremo debía hallarlas agobiantes su esposa, el orgullo de los
palanthianos, el Áureo General que salvara la hermosa urbe de los estragos de
la guerra. No había nada que no fueran capaces de hacer por ella, salvo
respetar su intimidad. En la última Fiesta de la Paz, Tanis había tenido que
llevarla a casa en brazos, más exhausta que después de tres días ininterrumpidos
de acciones bélicas.
La imaginó en Silvanesti, replantando las flores, para
dulcificar los sueños de los tortuosos troncos y, despacio, mediante sus
pródigos cuidados, devolverlos a la vida, o visitando a Alhana Starbreeze, ahora
su cuñada, que seguramente había regresado también sin Porthios, su nuevo
marido. El suyo era un matrimonio de conveniencia y el semielfo se preguntó,
por un breve instante, si Alhana no se refugiaba en aquellas tierras deseosa, a
su vez, de eludir las conmemoraciones. La evocación del final de la contienda
debía llenarla de recuerdos de Sturm Brightblade, el caballero que conquistó su
corazón y que, sepultado en la Torre de los Sumos Sacerdotes, despertó
asimismo la añoranza de Tanis. No se detuvo el semielfo en su recto amigo; el
recuerdo de éste arrastró los de tantos otros compañeros y, sin apenas
intervalo, los de sus adversarios.
Invocada al parecer por los arremolinados recuerdos, una sombra
oscureció las proximidades del carruaje. El ocupante estiró el cuello por la
ventanilla y, al fondo de una calleja angosta, larga y desierta, vislumbró una
mancha de negrura: el Robledal de Shoikan, el bosque tras el que se escudaba de
los intrusos la Torre de la Alta Hechicería, propiedad de Raistlin.
Incluso a tanta distancia, Tanis sintió la gélida brisa que
surgía de aquellos árboles, un frío que congelaba el alma. Fijó la mirada en
la Torre, que se erguía sobre los bellos edificios de Palanthas como una lanza
de hierro forjado que hubieran clavado en el albo pecho de la metrópoli.
En su inconexo deambular, las cábalas de Tanis discurrieron
hacia la carta que había motivado su presencia en Palanthas. Como aún la
sostenía en la mano, se apresuró a releerla:
«Tanis el Semielfo:
»Es preciso que nos entrevistemos. Se trata de una cuestión de
suma importancia. Nos veremos en el Templo de Paladine, hora Postvigilia
subiendo hacia el 12, cuarto día, año 356.»
Aquello era todo. No había firma, ni aclaración sobre el asunto
que obligaba a concertar tan inesperado encuentro. Lo único que el
destinatario sabía era que se hallaba en el cuarto día y que, al recibir el
mensaje la vigilia misma, hubo de recorrer el trayecto sin descanso para
llegar a tiempo. La nota estaba escrita en elfo. Nada le revelaba este
detalle, pues Elistan estaba rodeado de clérigos de aquella raza, por lo que
nada tenía de particular que uno de ellos se hubiera encargado de transcribir
sus palabras. Lo extraño era que no hubiera estampado su firma, si era él quien
le mandaba la misiva. Claro que, bien pensado, ¿qué otra persona podía
permitirse el lujo de citarlo libremente en el Templo de Paladine?
Encogiéndose de hombros, diciéndose que ya se había planteado en
más de una ocasión tales interrogantes sin haber extraído conclusiones
satisfactorias, el semielfo metió el pergamino en su bolsa y, sin
proponérselo, estudió de nuevo la arcana Torre.
—Presumo que guarda alguna relación contigo, viejo amigo
—murmuró, frunciendo el entrecejo y centrando sus meditaciones en Crysania y
las singulares circunstancias en las que desapareció.
El vehículo volvió a detenerse, arrancando al héroe de su
ensimismamiento. Atisbo el Templo, majestuoso y sugerente, en las cercanías,
pero se conminó a sí mismo a esperar hasta que el lacayo le abriese la
portezuela. Sonrió en su fuero interno al rememorar la época en que Laurana,
sentada frente a él, solía retarlo con los ojos a que osara tocar el tirador.
Tardó varios meses en corregir su antiguo e impulsivo hábito de abrir la puerta
de un empellón, apartar al criado y seguir su camino sin hacer el más mínimo
caso del cochero, los caballos ni ninguna otra contingencia.
Ahora se había convertido en una broma secreta, que ambos
compartían. A Tanis le encantaba observar cómo su esposa arrugaba el entrecejo
con fingido susto mientras él extendía el brazo en dirección al tirador. Sin
embargo, consideró que no era momento de revivir tales episodios porque, si no
los descartaba, sólo lograría sumirse en la melancolía. ¡La echaba tanto de
menos!
¿Dónde se había metido el lacayo? Juró por los dioses que, si
estaba solo, saldría a su manera e introduciría un agradable cambio en la
rutina. Hubo suerte, porque, aunque la puerta giró sobre sus goznes, el
servidor se enzarzó en una inusitada lucha contra el escalón que, rebelde, se
negaba a desplegarse para facilitar el descenso.
—Olvídalo —le espetó Tanis, y se apeó de un salto.
Ignorando la expresión de sensibilidad ultrajada que adoptó el
criado, el semielfo inhaló aire, contento por haber podido escapar, al fin, de
los viciados confines del carruaje.
Escrutó su entorno, dejó que la espléndida aureola de placidez
y bienestar que irradiaba del Templo de Paladine arrullara su espíritu. Ningún
bosque protegía el sagrado recinto. Un vasto césped, verde y mullido cual el
terciopelo, invitaba al viajero a pisarlo, sentarse, reposar. Numerosos
parterres de flores multicolores deleitaban las pupilas, embriagando el aire
con su fragancia, y en algunos parajes apartados unos setos meticulosamente
podados proporcionaban cobijo a quienes no resistían la potente luz solar. En
las fuentes, borboteaban chorros de agua fresca, pura. Los clérigos, ataviados
de blanco, iban y venían en pequeños grupos a través de los jardines, juntando
las cabezas en solemnes discusiones teológicas.
Entre los floridos retazos, los umbríos rincones y la alfombra
de hierba, se alzaba el edificio, reverberante a los rayos del astro diurno.
Construido de mármol níveo, su estructura lisa y sin ornamentos magnificaba la
impresión de beatitud, de paz, que prevalecía en sus contornos.
Había puertas, pero no centinelas. Cualquiera era bienvenido y,
frente a tal prueba de confianza, eran innumerables las criaturas que entraban.
Aquel santo lugar era un puerto seguro para los que sufrían, los desheredados
y quienes padecían privaciones o carencias de toda índole. Cuando Tanis inició
su andadura por el acogedor prado, vio a numerosas personas sentadas o
tendidas, que, por los rictus de abatimiento que mostraban en sus semblantes,
no debían gozar a menudo de tan apacible recreo.
Tras avanzar algunas zancadas, Tanis hubo de hacer un alto, al
percatarse de que no había impartido instrucciones al cochero. Pero, en el
instante en que se disponía a ordenarle que aguardara, una figura surgió de
una tupida pared vegetal, lindante con la mole del Templo, e inquirió:
—¿Tanis el Semielfo?
Al exponerse quien así lo interpelaba a la luminosidad, el
viajero dio un respingo. Se cubría aquel ente con negras vestiduras, un sinfín
de saquillos y artilugios mágicos pendían de su cinto, sendas ristras de runas
bordadas en hebras de plata festoneaban mangas y capucha. «¡Raistlin!»,
aventuró Tanis, que había tenido al archimago presente en sus disquisiciones,
unos minutos antes.
No, no lo era. El semielfo respiró al comprobar que aquel
nigromante sobrepasaba por lo menos en una cabeza la estatura de su antiguo
compañero . Exhibía un talle esbelto y bien formado, unos hombros musculosos y
un paso juvenil, pleno de vigor. Además, ahora que le prestaba atención,
reparó en que su voz destilaba firmeza, seguridad, en nada se asemejaba al
ambiguo siseo de Raistlin. Y, aunque se le antojaba imposible, creyó detectar
el acento propio de su raza en el timbre del desconocido.
—Soy Tanis el Semielfo, en efecto —admitió, remiso.
Aunque no distinguía los rasgos de la figura, oculta como estaba
por los pliegues de su embozo, intuyó que sonreía.
—Estaba seguro de haberte reconocido; me han descrito tu aspecto
infinidad de veces —explicó el hechicero—. Puedes despedir a tus criados. No
precisarás del vehículo durante algunos días, acaso semanas. Tu estancia en
Palanthas será larga.
¡Aquel individuo le estaba hablando en el idioma elfo, en el
dialecto de Silvanesti! Al principio, Tanis quedó tan anonadado que tan sólo
acertó a espiar a su oponente, mudo, incapaz de reaccionar. El cochero se
aclaró la garganta. Había realizado un agotador viaje y en la ciudad abundaban
las tabernas donde servían una cerveza que había dado pábulo a toda suerte de
leyendas a lo largo y ancho de Ansalon. Una sílaba de su señor y sería libre de
degustarla.
Pero el héroe no iba a despachar a sus lacayos y medios de
transporte sólo porque así se lo sugería un Túnica Negra. Despegó los labios
para interrogarlo, pero el intrigante personaje extrajo las manos de las
bocamangas, donde las había mantenido enlazadas, e hizo un movimiento
negativo, rotundo, con una mientras le invitaba a seguirlo con la otra.
—¿No quieres caminar a mi lado? —se anticipó a proponerle—.
Ambos nos dirigimos al mismo sitio. Elistan nos espera.
«¡Nos!», repitió Tanis mentalmente, navegando en un océano de
confusión. ¿Desde cuándo convocaba el poderoso clérigo a los nigromantes en el
santuario de su dios y desde cuándo accedían éstos de forma voluntaria a
penetrar en la morada de su rival?
Si de verdad deseaba averiguarlo, no tenía otra opción que
acompañar a aquella enigmática criatura y reservar todas las preguntas para la
intimidad. Así pues, todavía perplejo, el semielfo indicó a sus servidores que
les mandaría aviso más adelante. El hechicero permaneció silencioso a su lado
y, una vez hubo partido el carruaje, escuchó atento su solicitud.
—Tienes ventaja sobre mí —insinuó el viajero en alto silvanesti,
una lengua elfa más pura que la que le habían enseñado en Qualinesti durante su
infancia.
No tuvo que extenderse. El desconocido comprendió y, tras
retirar la capucha para que la luz diurna bañara sus facciones, dijo:
—Me llamo Dalamar.
Después de proferir tan escueta frase, recogió de nuevo las
manos bajo las mangas de su túnica, ya que pocos eran los habitantes de Krynn
que estrechaban la mano de un ente consagrado a la nigromancia.
— ¡Un elfo oscuro! —se asombró Tanis, que, debido precisamente
a su pasmo, actuó de modo espontáneo, sin previa reflexión—. Lo siento —hubo
de rectificar—, nunca me había tropezado con nadie...
—¿De mi especie? —terminó el otro por él, iluminado su rostro,
de hermosos rasgos, aunque frío y desapasionado, en un curioso halo de
cordialidad que ensanchaba sus labios—. No, es lógico que así sea, puesto que
nosotros, «los que vivimos privados del tibio sol» —parafraseó, burlón, el
estigma que les habían impuesto—, no solemos aventurarnos en los planos de la
existencia donde brilla el astro. —Su mueca ganó, de pronto, calidez, y a su
interlocutor no le pasó inadvertida la mirada de nostalgia que lanzaba al verde
seto donde se había agazapado—. En ocasiones, incluso nosotros anhelamos volver
al hogar.
El semielfo inspeccionó, a su vez, la vegetación que crecía
junto a un álamo, el árbol más apreciado por los de su raza. La proximidad de
su ramaje, mecido en la brisa, tuvo el don de diluir su agarrotamiento. Ya más
relajado, recapacitó que él también se había internado en sendas diabólicas y
que, en su ofuscación, había estado a punto de arrojarse algunos precipicios
sin salida. No había de resultarle difícil entender.
—Se acerca la hora de mi entrevista —señaló— y, por lo que me
has insinuado, lo que he de tratar en ella te concierne tanto como a mí. Quizá
deberíamos proceder.
—Naturalmente.
Dalamar se encerró en su mutismo y, sin vacilaciones, inició
detrás de Tanis la travesía del ondeante mar de hierba. No obstante, el
semielfo se volvió de forma casual para comprobar si le seguía y quedó
boquiabierto al descubrir el espasmo de dolor que contraía los delicados rasgos
del mago, y que le arrancaba violentas convulsiones.
—¿Qué sucede? —indagó, deteniéndose de inmediato—. ¿Puedo
socorrerte?
—No, semielfo —repuso el interpelado, en un frustrado intento de
trocar el sufrimiento por una sonrisa—. No hay nada que puedas hacer ni, de hecho,
me aqueja ninguna dolencia que no sea transitoria. Peor aspecto tendrías tú si
pisaras tan sólo el Robledal de Shoikan, la arboleda que custodia mi residencia.
El héroe asintió en señal de comprensión y, casi sin quererlo,
oteó la lóbrega Torre que despuntaba en la distancia sobre las otras
edificaciones de Palanthas. Se apoderó de él un vago desasosiego, que fue en
aumento cuando, llevado de un instinto que obedecía a un mandato interior, posó
la vista en el blanco Templo para examinar, de hito en hito, las dos moles. Al
escrutarlas al unísono, cual imágenes superpuestas en rápida secuencia, ambas
se le antojaron más completas, más acabadas, que en las distintas
circunstancias en que las ojeara por separado. ¿Acaso se complementaban? Fue
una impresión fugaz, que ni siquiera consideró más tarde y menos ahora, en que
vino a turbarlo una inquietud más acuciante.
—¿Vives allí? ¿Con Rai... con él?
Necesitaba cerciorarse. Pero como, por mucho que se esforzara,
no podía pronunciar el nombre de Raistlin sin enfurecerse, prefirió omitirlo.
—Es mi shalafi —contestó Dalamar, con acento tenso, a
causa de la prueba a la que le estaban sometiendo.
—De modo que eres su aprendiz —apuntó Tanis, quien, pese a que
ahora dialogaban en común, conocía el vocablo elfo equivalente a «maestro»—.
¿Qué haces en este lugar? ¿Te ha enviado tu señor?
«Si es así —pensó—, partiré sin demora aun a costa de tener que
cubrir a pie la ruta de Solanthus.»
—No —le tranquilizó el elfo oscuro, desnuda su tez de los
rosados colores de la vida—. Pero el archimago será el protagonista de nuestra
conferencia. —Se echó el embozo sobre la cabeza y, con visible angustia,
agregó—: Y, ahora, debo suplicarte que te apresures. El talismán que me ha
otorgado Elistan para resistir hasta que entre en el santuario no palia del
todo el acoso de mis enemigos. Así que deseo acortar la epopeya.
¿Elistan entregaba escudos protectores a los Túnicas Negras?
¿Aquel individuo era acólito de Raistlin? Desbordado por tanta incongruencia,
Tanis se alegró de poder acelerar la marcha.
—¡Mi querido Tanis!
Elistan, clérigo de Paladine y patriarca de la Iglesia en el
continente de Ansalon, le tendió la mano al semielfo, mientras le brindaba una
calurosa acogida. Tanis le estrechó la mano con vehemencia, tratando de
ignorar cuan débil y marchita estaba la otrora fuerte garra del sacerdote. El
visitante se esmeró también en controlar su expresión, temeroso de que
trasluciera el impacto, el sentimiento de lástima que le inspiraba aquella
figura que frágil, casi esquelética, descansaba en el lecho sobre altas almohadas.
—Elistan —empezó a decir con ternura. Uno de los eclesiásticos
de blanco hábito que deambulaban afanosos en torno al mandatario alzó sus
pupilas y, al percibir su actitud reprobatoria, el recién llegado rectificó—:
Hijo Venerable, me complace encontrarte en tan buen estado.
—Pues a mí, Tanis el Semielfo, no me complace que te hayas
degenerado hasta convertirte en un embustero —le amonestó el anciano, aunque
su tono nada tenía de amargo. Lo único que le entristecía era el mal rato que
estaba pasando su amigo al creerse forzado a disimular el efecto que le había
causado su irreversible declive.
Con sus dedos flacos, tumefactos, dio unas palmadas en el dorso
de la curtida mano del héroe y reanudó la regañina:
—Haz el favor de no invocarme por mi título ni todas esas
memeces que exige el protocolo. Ya sé que es lo propio y correcto, Garad —se
adelantó a las protestas del subordinado que había inducido al semielfo a
utilizar el tratamiento—, pero este joven me conoció cuando yo trabajaba como
esclavo en las minas de Fax Tharkas. Todos vosotros —ordenó a los atareados
presentes—, traed cuanto sea preciso para obsequiar a nuestros huéspedes.
Espió al elfo oscuro, desplomado en una butaca junto al fuego,
que, ahora, caldeaba de manera perenne el aposento privado del dignatario.
—Dalamar —murmuró amablemente—, este viaje debe de haberte
extenuado. Estoy en deuda contigo por haber accedido a realizarlo, aun a
sabiendas de lo mucho que había de afectarte. Pero en estas cámaras hallarás
alivio. ¿Qué te apetece tomar?
—Vino —consiguió balbucear el mago a través de unas mandíbulas
rígidas, cenicientas, a la vez que sus manos temblaban sobre el brazo del
asiento, un detalle que no escapó a la observación de Tanis.
—Servid a nuestros invitados alimento y licor —apremió el
sacerdote a su cohorte de seguidores, que, obedientes, comenzaron a desfilar
hacia el exterior de la estancia, sin poder reprimir muecas reprobatorias al
pasar junto al hechicero de negros ropajes—. Escoltad a Astinus hasta aquí en
cuanto haga acto de presencia, y procurad que nadie nos moleste.
—¿Astinus? —repitió el semielfo—. ¿Te refieres al cronista?
—¿A quién si no? —corroboró el anciano—. La vecindad de la
muerte nos inviste de una excelencia especial: «Formarán cola para tributo
rendirte quienes en vida optaron por eludirte», sentenció el poeta. Ya ves,
incluso Astinus se digna desplazarse hasta el Templo. Ahora que se ha despejado
el panorama, mi buen Tanis, seamos sinceros —le conminó—. Mi tiempo se agota,
dentro de unos días, semanas a lo sumo, se extinguirá la llama de mi
existencia. ¿Qué significa esa consternación que leo en tu semblante? —le
recriminó—. No es la primera vez que asistes a un hombre próximo a expirar y,
además, te garantizo que pueden aplicarse a mi caso las sabias palabras del
Señor del Bosque Oscuro. ¿Cómo decían? Vamos, ayúdame, tú mismo me las
recitaste: «No lamentemos la pérdida de aquellos que mueren alcanzando su
destino». He cumplido ese requisito. A lo largo de mi vida he realizado las
empresas que me han sido encomendadas, unas tareas tan enriquecedoras que yo
nunca habría osado concebirlas por no pecar de arrogante.
Calló y desvió los ojos hacia la ventana, hacia el espacioso
césped, los jardines en floración y, en lontananza, la sombría Torre de la
Alta Hechicería.
—Me fue concedido el privilegio de devolver la esperanza al
mundo, semielfo —recordó con una mezcla de orgullo y gratitud—. Y se me
transmitieron dotes curativas para el cuerpo y el alma. No pretendo alardear,
pero ¿quién puede afirmar otro tanto de su propia experiencia? Me voy en el
conocimiento de que la Iglesia ha sido firmemente instaurada, de que la
configuran clérigos de todas las razas. Sí, incluso kenders. —Sonriente, retiró
de su frente un mechón de cabello cano y, suspirando, confesó—: ¡Aquél fue un
período de prueba, que hizo que se bamboleara mi fe! Todavía no hemos evaluado
la cantidad exacta de objetos desaparecidos, ni su valor, si bien hay que
admitir que son criaturas de corazón puro, voluntariosas y amenas, esta última
una cualidad apreciable. Siempre que sentía languidecer mi paciencia durante su
aprendizaje, me figuraba qué haría Fizban o Paladine según se nos reveló a
nosotros y en especial a Tasslehoff, tu pequeño amigo, a quien profesaba una
estima muy particular. Así hallaba soluciones a todos los conflictos.
El rostro del héroe se ensombreció cuando el anciano mencionó
al entrañable kender. Le pareció que Dalamar levantaba un instante la cabeza
desde las profundidades de la butaca, donde, abstraído, contemplaba las
candentes brasas. Pero si lo hizo, a Elistan le pasó inadvertido.
—Lo que más me preocupa es no dejar a un sucesor en mi puesto,
a alguien que perpetúe mi misión —gimió el moribundo, pero aún sereno,
clérigo—. Garad es un hombre bondadoso, quizá demasiado. Posee las virtudes de
un Príncipe de los Sacerdotes, pero al igual que nuestros ancestros en el
cargo, no comprende que hay que mantener el equilibrio y contar con la
aportación de todos para que el mundo no sucumba. ¿No opinas lo mismo, Dalamar?
—consultó al elfo oscuro.
Con gran sorpresa de Tanis, el aludido significó su asentimiento
mediante una leve inclinación de la barbilla. Se había desprendido del embozo
para beber con más comodidad unos sorbos del vino tinto que los servidores le
habían ofrecido. Tenía los pómulos sonrosados y las extremidades ya no le
temblaban.
—Eres prudente, Elistan —ensalzó al dignatario—. Ojalá otros
gozaran de tu clarividencia, de tu erudición.
—Más lo primero que lo segundo —puntualizó el sacerdote—. No se
trata de atesorar cultura, sino de juzgar los asuntos desde todos los ángulos,
en lugar de ceñirse a prejuicios que estrechan los ángulos de mira. Y tú, Tanis
—abordó a su otro oyente—, ¿has aprovechado para explorar tu entorno, para
analizar el paisaje y detectar ciertas irregularidades?
Señaló con el índice hacia el ventanal, en cuyo marco se
perfilaba, nítida sobre el intenso azul del cielo, la Torre de la Alta
Hechicería.
—No estoy seguro de haber captado tu mensaje —se excusó el
semielfo, quien, dado su pudoroso talante, detestaba manifestar sus emociones,
rehuía compartirlas.
—No te muestres esquivo —le reconvino su interlocutor, con una
energía insólita en un enfermo—. Pasaste revista a la estructura de la Torre,
luego a la del Templo, y decidiste que era muy adecuado que se irguieran una
frente a otro. Fueron muchos los que se opusieron a construir el santuario en
este lugar; a Garad le pareció un emplazamiento desafortunado y, ¡cómo no!,
también a Crysania.
Al oír aquel nombre, Dalamar, parco hasta entonces en palabras
y ademanes, se atragantó, sufrió un repentino ataque de tos y se vio obligado a
posar la copa en la mesa auxiliar a fin de no derramar su contenido. Tanis,
por su parte, comenzó a caminar desazonado de un lado a otro del aposento,
según su arraigada costumbre, hasta que cayó en la cuenta de que podía
importunar al yaciente y volvió a sentarse, moviéndose luego, inquieto, en tan
opresiva postura.
—¿Se han recibido noticias de la Hija Venerable? —inquirió en
voz baja.
—Perdóname, Tanis —se disculpó Elistan—, no era mi intención
trastornarte. Te aconsejo que deseches esos reproches con los que tú mismo te
atormentas. Lo que hizo Crysania fue seguir los dictados de su albedrío y, si
te sirve de consuelo, agregaré que ni siquiera yo podría haber influido en su
determinación. Nunca la habrías detenido, ni tampoco rescatado de lo que su
sino le haya deparado. No, no han llegado hasta mí nuevas acerca de su
paradero.
—Pero hasta mí sí —se interpuso el mago, tan contundente e
impersonal que, al instante, captó la atención de sus dos contertulios—. Ése
es uno de los motivos por los que os he congregado hoy aquí.
—¿Cómo? —vociferó el semielfo, a la vez que se ponía de nuevo en
pie—. ¿Eres tú quien nos ha convocado? Estaba persuadido de que la iniciativa
fue de Elistan. ¿Se oculta tu shalafi detrás de todo esto? ¿Es él el
responsable de la desaparición de la dama? —Avanzó un paso, sonrojada la faz
detrás de la barba pelirroja. Dalamar se incorporó, mostrando un peligroso
centelleo en los iris de sus ojos y deslizando la mano de modo casi
imperceptible hacia una de las bolsas que colgaban de su cinto—. Porque, si le
ha hecho el menor daño, pongo a los dioses por testigos de que le retorceré su
dorado cuello.
—Astinus de Palanthas —anunció un clérigo, muy oportunamente,
desde el umbral.
El historiador se situó en el marco de la puerta. Su rostro
atemporal no exhibió ninguna expresión mientras sus ojos estudiaban la alcoba y
registraban los pormenores de muebles y seres vivos para, después de
clasificarlos, registrarlos en el libro que regía su existencia. En sus
sensibles retinas se grabaron el semblante enrojecido, iracundo de Tanis, la
altivez y el desafío que alteraban las cinceladas facciones del elfo oscuro,
los surcos dejados por e! agotamiento en el rostro del moribundo eclesiástico.
—Dejad que adivine —pidió a los presentes al mismo tiempo que,
imperturbable, penetraba en la sala.
Una vez en el centro de la estancia, depositó el enorme ejemplar
que siempre llevaba consigo sobre una mesa escritorio, tomó asiento, abrió el
tomo por una página en blanco, sacó una pluma de un adornado estuche,
inspeccionó la punta y, alzando la vista, ordenó al clérigo que le había
acompañado que le trajese tinta. Éste, sobresaltado, no atinó a moverse hasta
que Elistan le hizo una señal, momento en el que abandonó a toda prisa la
habitación.
—Dejad que adivine —repitió el cronista su original preámbulo—.
Estabais discutiendo sobre Raistlin Majere.
—Es verdad —proclamó Dalamar— que soy yo quien os ha reunido en
el Templo.
El acólito se instaló de nuevo ante la chimenea y Tanis, todavía
renegando, lo hizo en la cabecera del paciente. Garad, el sacerdote encargado
de proporcionar tinta al historiador, regresó con ella y preguntó si
requerían sus servicios, antes de, al obtener una respuesta negativa, recordar
a los visitantes que no debían cansar a su superior. Su recomendación fue
severa y estaba justificada; pero no pareció merecer la atención de los tres
invitados. Así que dio media vuelta y se alejó, enfurruñado.
—Mi llamada os habrá acarreado algunos inconvenientes —continuó
el nigromante, sin dejar de observar a Tanis—; pero serán livianos comparados
con lo que a mí me espera. Al igual que todos mis hermanos de credo, el hecho
de pisar este recinto sagrado entraña un castigo inenarrable, que habré de
aceptar. Sin embargo, era urgente que os hablara a los tres. Elistan no podía
acudir hasta mí, y supuse que el semielfo rehusaría hacerlo. En consecuencia,
no me quedó otra alternativa.
—¿No podrías entrar en materia? —exigió, más que pedirlo,
Astinus—. El universo evoluciona, la vida transcurre mientras estamos aquí
encerrados. Ya has explicado que debías reunimos a todos. ¿Por qué razón?
El hechicero guardó un corto silencio, otra vez con las pupilas
fijas en las llamas. Cuando hizo su gran revelación, no varió su cabizbaja
postura.
—Nuestros temores más acendrados se hacen realidad. Él ha
cumplido su propósito.
2
Raistlin y Crysania llegan al Abismo
«Ven a casa.»
Aquella voz se dilataba en su memoria. Alguien se había
arrodillado junto a la acuosa laguna de su mente y vertía las palabras sobre su
tranquila, transparente superficie. Los rizos de la conciencia le perturbaban,
le despertaban de un sueño pacífico y reparador.
«Ven a casa, hijo mío, ven a casa.»
Al entreabrir los párpados, Raistlin se topó con la cara de su
madre, quien, sonriente, extendió una mano y acarició las finas hebras de
cabello que se esparcían indómitas sobre su frente.
—Mi desdichado pequeño —dijo la mujer, ahora con tanta nitidez
que su proximidad se hizo tangible—, he visto todo lo que te han hecho. ¡He
pasado tanto tiempo a la expectativa! He sollozado —afirmó, y sus pupilas
humedecidas confirmaron este aserto—. Sí, hijo mío, los muertos también lloramos
y, a qué engañarnos, es el único consuelo que tenemos. Pero la pesadilla ha
concluido. Estás a mi lado y puedes descansar.
El archimago forcejeó contra su propia flaqueza para
incorporarse. Al examinar su cuerpo, comprobó, horrorizado, que lo cubría un
manto de sangre, pero no sentía dolor ni descubrió ninguna herida. Jadeaba y,
cuando quiso respirar, apenas pudo inhalar una bocanada de aire.
—Yo te auxiliaré —ofreció su madre.
Comenzó a aflojar el cordón de seda que ceñía la cintura del nigromante, el fajín del que
se hallaban suspendidos sus saquillos y
los valiosos ingredientes de sus sortilegios. En un impulso reflejo, Raistlin
apartó aquella mano intrusa y, mitigando un poco su ahogo, observó el paraje.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy? —indagó.
En medio del caos que le rodeaba, se destacaron los recuerdos de
su infancia, ¡de dos infancias distintas! La suya e, inexplicablemente ligada,
la de otro. Miró a su progenitura, y se le antojó al mismo tiempo la mujer que
le había dado la vida y una perfecta desconocida.
—¿Qué ha ocurrido? —repitió, irritado, luchando con los
recuerdos, que amenazaban con arrebatarle el último resquicio de lucidez.
—Has muerto, hijo —le descubrió su fantasmal acompañante—. Has
entrado en el seno del más allá. Ahora nadie podrá separarnos.
Raistlin quedó estupefacto, incapaz de reaccionar. Al rato,
sucedida la laxitud por el frenesí, rebuscó entre las evocaciones que antes
había intentado conjurar y, despacio, ordenó el rompecabezas. Algo falló, y
había estado al borde de perecer. ¿En qué pudo equivocarse? Se llevó la mano a
las sienes, palpó carne, hueso, calor, y entonces se hizo la luz. ¡El Portal!
—¡No! —se rebeló, clavando en su madre unos ojos que irradiaban
chispas—. Es imposible.
—Perdiste el control de la magia —susurró ella, paciente,
alargando de nuevo los dedos para tocarlo. El hechicero eludió su contacto y
la aparecida, con la triste sonrisa que le era peculiar y que Raistlin tan bien
conocía, dejó caer la mano en el regazo—. El campo magnético se deshizo, las
fuerzas enfrentadas te despedazaron. Se produjo una terrible explosión, que
mudó la faz de las llanuras de Dergoth, y la fortaleza de Zhaman se vino abajo.
Fue una agonía tener que presenciar el espectáculo de tu sufrimiento.
—Sí, conservo una vaga noción del dolor —corroboró el
nigromante—. Pero hay algo más.
¿Qué era? Revivió en su mente la escena en que, circundado por
los brillantes estallidos de luces multicolores, invadió su alma un éxtasis
exultante. Más tarde, las cabezas de dragón que guardaban el Portal bramaron
enfurecidas y él envolvió a Crysania en un abrazo protector.
Se enderezó, para ampliar su campo de visión. Se encontraba en
un terreno liso y regular, una especie de desierto. En lontananza, se
insinuaban unas montañas, unas cumbres de aserrado perfil, que creyó
identificar. ¡Claro, era el reino de Thorbardin! Ladeó el rostro y divisó las
ruinas del alcázar, desfigurado en una calavera que parecía engullir la
planicie a través del eterno rictus de su boca. Dedujo que estaba en las
llanuras de Dergoth. El paisaje era inconfundible. No obstante, al mismo
tiempo que lo reconocía, detectaba algo en él que lo hacía nuevo, diferente,
acaso el aura rojiza que lo teñía todo y que le sugirió la idea de estar
espiando aquellos rincones familiares con los ojos inyectados en sangre. Así,
aunque los objetos conservaban sus formas originarias, el purpúreo tamiz les
confería una entidad distinta, opuesta incluso a la que se imprimía en su
retina.
Estaba seguro de haber visto la Calavera durante la Guerra de la
Lanza, una vez asumida su actual apariencia de montaña, y desde luego no tenía
el rictus de obscenidad que había ahora en sus pétreos labios. También la
cordillera del fondo marcaba un pronunciado relieve, más sobresaliente del
habitual, al definirse sus líneas sobre el cielo. ¡El cielo! Al contemplar el
contraste, Raistlin tragó saliva. ¡El firmamento era un inmenso espacio vacío!
Giró la cabeza en todas direcciones y comprobó que, pese a la ausencia de sol,
no era de noche. No se veían lunas ni estrellas y el color indescriptible de la
bóveda celeste, entre rosáceo y carmesí, se asemejaba al reflejo del
crepúsculo.
Bajó la mirada hacia la mujer que, frente a él, continuaba
arrodillada en el suelo. Endureció los rasgos, indescifrables sus emociones, y
declaró en un acento que denotaba firmeza, confianza:
—No he muerto. He vencido. Ésta es una prueba fehaciente de mi
triunfo. No he olvidado los relatos del kender cuando, tras salvarse del
abismo, se personó en aquel campamento y fue mi prisionero en Zhaman. Dijo que
el reino de las tinieblas era una extensión monótona, similar a todos los
lugares que había visitado pero igual a ninguno. He traspasado el Portal y
accedido al plano de la inmortalidad.
Inclinándose hacia adelante, el mago agarró a la mujer por el
brazo y la obligó a ponerse en pie.
—¡Fantasma ilusorio! —la imprecó—. ¿Dónde está Crysania?
Confiesa, quienquiera que seas, o haré caer sobre ti la ira de los dioses.
— ¡Raistlin, basta ya! Me estás lastimando.
El aludido se inmovilizó. Aquel timbre era el de la sacerdotisa
y, al aguzar la vista para cerciorarse, advirtió que era su brazo el que
oprimía. Avergonzado, redujo al instante la presión; pero recobró la compostura
en un santiamén y atrajo aquel cuerpo hacia sí, inconmovible frente a sus
intentos de liberarse.
—¿Crysania? —la interrogó, examinándola con suma atención.
—Por supuesto —titubeó la mujer, sin saber a qué atenerse—. Algo
anda mal. Te suplico que me expliques de qué se trata. Desde hace unos
minutos, no oigo más que desatinos.
El archimago oprimió de nuevo el brazo de su presa, que emitió
un grito. El dolor que distorsionaba sus facciones era real, su miedo también.
Satisfecho de la prueba, el humano la estrechó contra su pecho y se dejó
embriagar por la tibieza de su carne, su aroma, el palpito de su corazón y, en
definitiva, la vida que emanaba de ella.
— ¡Oh, Raistlin! —gimió la sacerdotisa, acurrucada en el cálido
nido—. El pánico se apoderó de mí al creerme sola en esta desolación.
La mano del hechicero se enredó en la negra melena. La suavidad
y la fragancia de aquella criatura le intoxicaban, le incitaban a una pasión
irrefrenable, y su embrujo no hizo sino intensificarse al arquear ella la
cintura y echar la cabeza hacia atrás. Sus labios eran sensuales, ansiaban el
placer del beso. Raistlin asió su mentón a fin de admirar el exquisito rostro,
y se encontró con unas cuencas oculares en las que ardían infernales llamas.
— ¡Al fin has venido a casa, mago! Unas carcajadas estentóreas,
acordes con la inflamada mirada, abrasaron sus entrañas, al mismo tiempo que
la esbelta figura femenina se contorsionaba y se desvanecía hasta que se halló
unido al cuello de un dragón de cinco cabezas. Las comisuras despedían ácidos
corrosivos sobre él, el fuego rugía en su derredor, le asfixiaban vapores
sulfurosos. Serpenteante, el monstruo puso la cabeza a su altura y se aprestó
al ataque.
Desesperado, el archimago invocó su arte. Pero, mientras se
ordenaban en su mente los versículos que componían el hechizo defensivo, le
fustigó la punzada de la duda. ¡Quizá su magia no surtiría efecto! «Estoy
débil, el viaje a través del Portal ha mermado mi energía.» El pavor, cortante
cual una daga, penetró en su espíritu, y las frases del sortilegio se diluyeron
en la nada. «¡Es la Reina quien me tiende esta emboscada! —comprendió—. Ast takar ist... ¡No, he cometido un error!»
Resonaron en sus tímpanos nuevas risotadas. Era el modo con el
que la soberana exteriorizaba su victoria. Cegó al cautivo una luz blanca,
radiante, y se precipitó en una espiral interminable, que llevaba de la
oscuridad al día.
Al abrir los párpados, Raistlin distinguió el rostro de
Crysania.
Era, en efecto, su semblante, pero no el que él recordaba.
Estaba avejentado, el sello de la muerte había marchitado los últimos vestigios
de juventud. Aferraba en su palma el Medallón de Platino de Paladine, cuyos
prístinos destellos refulgían en el fantasmagórico ambiente.
El archimago cerró los ojos para ocultar la visión de aquel
rostro en pleno ocaso. Y ayudó a su fantasía con ensoñaciones, en las que se
lo representaba delicado, hermoso, iluminado por el amor que él le inspiraba y
provisto de sus anteriores atributos.
—Poco ha faltado para que te perdiera.
Fue la mujer quien profirió esta frase, con tono frío y
sosegado. El nigromante, a tientas porque le aterrorizaba la idea de afrontar
unos hechos que intuía, la agarró por los brazos y, zarandeándola, preguntó
bruscamente:
—¿Cuál es ahora mi apariencia? Se ha obrado en mí una mutación,
¿no es cierto?
—Eres igual que cuando nos entrevistamos por vez primera en la
Gran Biblioteca —repuso Crysania, correcta y mesurada, quizá en demasía, ya
que la tensión se hacía aún más ostensible bajo la gélida capa de su aplomo.
«Me lo temía —se dijo Raistlin—. Eso significa que he regresado
al presente.»
Tomó conciencia de su antigua fragilidad, del perenne malestar
de sus pulmones y, con él, de la ronquera que provocaban los espasmos de la
tos, como si unas puntiagudas agujas tejieran una telaraña en sus vías
respiratorias. No tenía más que hacer acopio de valor, salir de su voluntaria
ceguera y, frente a un espejo, contemplar la tez dorada, el cabello cano, las
pupilas en forma de relojes de arena...
Apartando de un empellón a la Hija Venerable, se arrojó al suelo
y se revolcó sobre su estómago, sin cesar de propinar puntapiés y abandonado a
un delirio en el que los arranques de cólera se sumaban a los plañidos de
desaliento.
—¿Qué sucede? —inquirió la sacerdotisa, asustada, sin
molestarse ya en fingir—. ¿Dónde hemos venido a parar, Raistlin? ¿Hemos
fracasado?
—No, hemos triunfado —rectificó él—. Estamos en el Abismo. Todo
se ha cumplido según mis designios —apostilló, aunque su actitud anunciaba
perspectivas menos halagüeñas.
Crysania se alarmó, tanto por los resquemores que suscitaba el
equívoco comentario como por la forma en que el mago la observaba. Ella
ignoraba que la veía en un proceso senil, de degeneración. Tras un momento de
balbuceo, no obstante, se impuso la confianza, y la sacerdotisa despegó los
labios para manifestarla. Pero antes de que acertara a hablar, el hechicero
se le anticipó.
—Mi magia se ha evaporado.
Sobresaltada por tan asombrosa revelación, la sacerdotisa nada
dijo. Tuvieron que pasar unos segundos para que, algo recuperada, pidiera a su
compañero una aclaración.
—No entiendo a qué te refieres.
—Es muy sencillo. ¡Mis poderes se han desvanecido! ¡Estoy tan
indefenso como cualquier mortal! —le espetó el archimago, como si fuera ella la
culpable de semejante catástrofe—. Soy un hombrecillo vulnerable, en un reino
de gigantes.
Se percató de pronto de que su adversaria podía estar
escuchando, espiando, regodeándose, y entonces enmudeció. Sus voces se
extinguieron en el esputo que, espumeante y sanguinolento, afloró a su boca.
—Sin embargo —murmuró—, todavía no me ha derrotado.
Cerró los dedos en torno al Bastón de Mago, que yacía a su lado,
y se apoyó en él para incorporarse. Crysania corrió a prestarle el soporte de
su brazo, ya que el bastón se le antojó insuficiente.
—No me engañarás, no ha de serme difícil averiguar dónde te
agazapas —retó Raistlin a Su Oscura Majestad, mientras, con la mirada, recorría
la vasta planicie y el no menos inconmensurable cielo—. Ahora adivino tu
paradero. Estás en la Morada de los Dioses y, gracias a las errabundas
divagaciones del Kender, conozco el terreno en el que me muevo. Las esferas
inferiores reflejan cual un espejo los planos de arriba. Así que emprenderé tu
búsqueda, aunque el viaje sea prolongado y traicionero.
»Sí —prosiguió, acechante—, noto cómo hurgas en mi cerebro, cómo
interpretas mis intenciones y prevés todos mis actos, mis expresiones
verbales. Estás convencida de que abatirme será un juego de niños. Pero también
yo poseo una cierta dosis de perspicacia, que me permite evaluar tu honda
confusión. Me acompaña alguien cuya mente no puedes sondear, alguien que me
protegerá de ti. ¿No es verdad, Crysania?
—Así ha de ser —ratificó la mujer, leal a su ídolo.
El nigromante dio un paso al frente, luego otro, respaldado por
el cayado y por la sacerdotisa. Cada paso le costaba un gran esfuerzo, cada
inhalación quemaba sus órganos y, al contemplar el universo, no hallaba sino
vacuidad, una vacuidad que se aposentó en su alma ahora que el arte arcano le
había abandonado.
Raistlin tropezó. Para evitar su caída, la sacerdotisa le
sujetó con fuerza, anegados los ojos en lágrimas.
Las carcajadas se alejaban en punzantes ecos. Y era tan
insufrible oírlas, que Raistlin estuvo tentado de desistir. «Me siento cansado
—meditó, deprimido—, exhausto. ¿Qué soy sin mi magia? Nada, un insecto torpe y
desvalido.»
3
Maquinaciones al descubierto
Después de que Dalamar condujera los prolegómenos, un largo
silencio se estableció en el aposento. Tan sólo lo perturbaba el ágil
garabatear de la pluma sobre el pergamino del volumen donde Astinus copiaba
las frases del elfo oscuro.
—No nos resta sino encomendarla a la clemencia de Paladine
—invocó Elistan—. ¿Está el archimago con ella?
— ¡Naturalmente! —le espetó el aprendiz, delatando un
nerviosismo que las ardides de su arte no lograron camuflar—. ¿De qué otro
modo podría haber alcanzado su propósito? El Portal es inaccesible a todos
salvo a las fuerzas combinadas de un Túnica Negra tan dotado como él y una
sacerdotisa de blanco hábito, en este caso Crysania, intachable en su fe.
Tanis les miró de hito en hito y, antes de que se enzarzaran en
una discusión ininteligible, declaró:
—No entiendo una palabra de lo que aquí se está debatiendo. ¿Qué
sucede? ¿Habláis quizá de Raistlin? ¿Qué ha hecho? ¿Qué relación mantiene con
Crysania? ¿Por qué nadie alude a Caramon? Al fin y al cabo, también él parece
haber sido borrado de la faz de Krynn, al igual que Tas.
—Procura contener los arranques de impaciencia, ese exponente de
la mitad humana de tu ser —le aconsejó Astinus sin dejar por ello de escribir
con su caligrafía esmerada, puntillosa—. Y tú, elfo, inicia tu relato por el
comienzo, en lugar de referirte a un pasaje intermedio.
—O, dadas las circunstancias, al desenlace —apuntó el yaciente
en tono quedo.
Humedeciéndose los labios con el vino, Dalamar, prendidas sus
pupilas en el fuego, narró las singulares peripecias que, hasta entonces,
Tanis sólo conocía en parte. Algunos eventos habría podido deducirlos, otros
le sorprendieron, los más le escandalizaron.
—La Hija Venerable fue cautivada por Raistlin y, con franqueza,
añadiré que la atracción fue recíproca, aunque, tratándose del archimago, sólo
caben conjeturas. El agua de un glaciar en deshielo es demasiado caliente para
circular a través de sus venas. Así que sería prolija cualquier tentativa de
ahondar en sus emociones. ¿Quién podría determinar cuándo concibió esto o soñó
aquello otro? Sea como fuere, ultimó los preparativos y me puso al corriente
de sus planes: viajar al pasado en busca de Fistandantilus, su precursor en la
saga arcana, y apoderarse de su vasta sapiencia.
»Le tendió una trampa a Crysania, deseoso de embaucarla para
que retrocediera en el tiempo junto a él, e hizo algo análogo con su gemelo...
—¿Con Caramon? —preguntó el héroe, perplejo. Dalamar le ignoró y
continuó, como si la interrupción no se hubiera producido.
—Pero ocurrió algo imprevisto. Kitiara, hermanastra del shalafi
y Señora del Dragón...
La sangre se agolpó en las venas de Tanis, enturbiando su vista
y su oído. Sintió un palpito similar en los pómulos e intuyó que su tez
abrasaba al tacto, tan encendido debía de ser su sonrojo.
¡Kitiara! La figura de la mujer que había amado se dibujó en su
memoria con los ojos destellantes, el crespo cabello arremolinado en torno al
rostro, los labios separados en aquella hechicera, ambigua sonrisa, y una
seductora silueta que resaltaba, más todavía, la ceñida armadura.
La dama de su espejismo le estudió desde la grupa de un reptil
azul flanqueada por sus esbirros, altiva, regia, especialmente bella en su
crueldad para, sin transición, rendirse a su abrazo con tierna languidez.
El semielfo notó, aunque no puedo percibirla, la expresión de
simpatía que había adoptado Elistan al adivinar su zozobra, y eludió la censura
que, así lo creyó, contraía los rasgos del omnisciente cronista. Abrumado por
el peso de su propia culpa, no reparó en que Dalamar, a su vez, libraba una
batalla con sus traicioneras mejillas, las cuales, más que subir de color,
habían quedado exangües. No se percató del quiebro que rompió la voz del
acólito al pronunciar el nombre de la bella mujer.
Pasados unos segundos, Tanis recuperó la compostura y pudo
seguir escuchando. No obstante, le fue imposible sustraerse al dolor que
atenazaba su corazón y que estaba persuadido de haber curado definitivamente.
Era feliz junto a Laurana, la amaba con más entrega de la que nunca había
creído atesorar antes de desposarla. Gozaba de paz interior, su vida discurría
enriquecedora, colmada de venturas. Quizá fue ésta la causa de que el mundo se
le viniera abajo al descubrir que la negrura aún anidaba en él, un pozo de
pasiones inconfesables que en su día creyó haber desterrado para siempre.
—Por orden de Kitiara —reanudó su relato el narrador—, Soth, el
Caballero de la Muerte, sumió a Crysania en un encantamiento destinado a matarla.
Pero Paladine intercedió. Guió el alma de la sacerdotisa a su morada
celestial, a fin de hacerle un lugar entre sus siervos y dejó tendida en el
suelo el despojo de su cuerpo. Yo creí que el shalafi había sufrido un
revés irreversible. Pero grande fue mi sorpresa al comprobar que me había
precipitado y que Raistlin, en su infinita astucia, hacía que repercutiera en
su beneficio la conjura de sus rivales. Su hermano Caramon y Tasslehoff, el
kender, llevaron a la maltrecha sacerdotisa a la Torre de la Alta Hechicería
de Wayreth, en la confianza de que sus arcanos habitantes la sanarían. Éstos no
pudieron ayudarla, como el nigromante bien sabía, y entonces decidieron
enviarla al único período de la historia de Krynn en el que vivió un Príncipe
de los Sacerdotes lo bastante poderoso para reclamar el concurso de Paladine,
para inducirle a devolver a aquella devastada forma terrenal el soplo del
espíritu. Era eso, desde luego, lo que quería mi maestro. ¡Previne a los magos!
—exclamó, apretando el puño—. Avisé a esos necios de que le estaban allanando
el terreno.
—¿Les avisaste? —repitió Tanis, que se había integrado ya a la
realidad inmediata—. ¿Actuaste contra tu shalafi ? —insistió, incrédulo
frente a un hecho tan inverosímil.
—Participo en un juego peligroso, semielfo —fue la lacónica
respuesta. El aprendiz clavó las pupilas en su interlocutor y éste se
estremeció al observar que estaban iluminadas desde dentro, como las ascuas de
un fogata. Tras una corta pausa, Dalamar amplió su explicación—: Soy un espía
al servicio del cónclave de hechiceros, encargado de vigilar todos los
movimientos de Raistlin. ¿Te quedas boquiabierto? No te lo reprocho. Un ser
ajeno a la Orden no puede estar al corriente de nuestras intrigas. Mis superiores
le temen, y no sólo los defensores del Bien y la Neutralidad, sino, y muy
específicamente, los Túnicas Negras, ya que estamos enterados de cuál será
nuestro destino si se alza con el predominio de las esferas.
Viendo que había cautivado el interés de su oyente, el oscuro
mago levantó la mano y, parsimonioso, abrió el pectoral de su atuendo para mostrarle
el pecho desnudo. Cinco heridas purulentas llagaban la que, de otro modo,
hubiera sido tersa piel.
—La marca de su mano —dijo con acento anodino—, una recompensa
digna de mi insidia.
Tanis imaginó a Raistlin en el acto de depositar sus flexibles
dorados dedos sobre el torso de aquel joven, se representó su rostro
desapasionado, sin malicia, ensañamiento ni ningún otro resquicio de humanidad
mientras infligía el castigo. Casi olfateó el olor de la carne socarrada y,
mareado, se hundió en su asiento y permaneció allí cabizbajo, mudo.
—Pero aquellos insensatos, en su terquedad, desoyeron mi
advertencia —retomó Dalamar el hilo de su historia—. Se aferraron a un clavo
ardiendo, corrieron el riesgo de mandar a Crysania a una época previa al
Cataclismo, porque ella encarnaba, a la vez que sus mayores miedos, su única
esperanza. El nigromante así lo había preconizado. De nuevo se satisfacían sus
aspiraciones. La versión formal, la que expusieron ante Caramon para asegurarse
de que no les abandonaría, fue que el Príncipe de Istar auxiliaría a la
sacerdotisa. No obstante, su auténtico objetivo era que muriera o, al menos,
desapareciese, como hicieron los otros clérigos poco antes de la hecatombe. Si
se esfumaba, Raistlin habría de prescindir de ella y nunca atravesaría el
Portal, aunque existía el peligro de que la rescatase a tiempo, de ahí la
ambivalencia del plan. También barajaron la posibilidad de que Caramon, al
catapultarse al pasado y averiguar la verdad sobre su hermano, a saber, que
había succionado la esencia de Fistandantilus, atentara contra su vida.
—¿Caramon? —El semielfo rió de mala gana, entre el sarcasmo y
la cólera—. ¿Cómo pudieron incurrir en un error de tal calibre? El guerrero es
ahora un enfermo. Lo único que está en situación de matar es un barril de
aguardiente enanil. De alguna manera su gemelo ya le ha destruido. ¿Por qué
no...?
Objeto del escrutinio inquisitivo de Astinus, optó por callar.
Su cabeza giraba en un torbellino enloquecido. Nada de aquello tenía sentido.
Consultó a Elistan con los ojos y concluyó que el anciano debía de estar en
antecedentes de buena parte del relato, pues no se reflejó en su semblante un
asomo de sorpresa, de disgusto, al mencionar Dalamar que los magos habían
dispuesto la muerte de Crysania. Sólo un profundo pesar desencajaba sus
marchitas facciones.
—Tasslehoff Burrfoot, el kender —prosiguió el acólito—, se
entrometió en el hechizo de Par-Salian y, accidentalmente, se desplazó al
pasado con Caramon. La introducción de un miembro de su raza en el fluir de
las eras propiciaba que se alterasen los sucesos, lo que revestía una capital
importancia. Lo que sucedió en Istar sólo podemos presumirlo. Pero en mi mano
está afirmar que Crysania no pereció, Caramon no eliminó a su hermano y éste
recopiló para su acervo la ingente erudición de Fistandantilus. Acompañado del
guerrero y la sacerdotisa, Raistlin avanzó hasta una época en la que, al
preservar a la dama, se convertía en dueño y señor del único clérigo verdadero
en todo el país. Minucioso en sus cálculos, viajó al momento de la historia en
el que la Reina de la Oscuridad había de presentarle menos réplica y,
vulnerable, fracasaría si se empeñaba en detenerlo.
«Como hiciera antes Fistandantilus, el archimago influyó de
manera decisiva en el estallido de las guerras de Dwarfgate y, así, obtuvo
acceso al Portal, que se encontraba, por aquel entonces, en la fortaleza de
Zhaman. Si se hubiera repetido el episodio que había protagonizado su ancestro,
y que consta en las Crónicas, Raistlin habría sucumbido frente al portentoso
umbral del más allá, ya que tal fue el final del llamado Ente Oscuro.
—Con eso contábamos —intervino Elistan, estirando débilmente el
embozo del lecho—. Par-Salian nos garantizó que el nigromante no cambiaría el
porvenir, que ni siquiera él poseía tales facultades.
—¡Maldito kender! —renegó Dalamar—. Par-Salian cometió una grave
imprevisión. Es imperdonable que no tomara precauciones para evitar que el
hombrecillo reaccionase de la forma más natural en uno de su tribu: ¡aprovechar
la primera oportunidad que se le ofrecía de vivir una aventura! Debería haber
atendido nuestro consejo y estrangular al pequeño intruso.
—Dime qué ha sido de Caramon y Tasslehoff —le atajó Tanis con
frialdad—. Nada me importa la suerte de Raistlin ni, y te ruego que me
disculpes, la de Elistan, ni la de Crysania. A la sacerdotisa la cegó su propia
perfección, la drástica rigidez de su probidad. Lo siento por ella, pero rehusó
quitarse la venda que la aislaba de la verdad. Mis amigos, en cambio, me
inquietan. ¿Qué ha sido de ellos?
—No tengo la menor idea —respondió el aprendiz, y se encogió de
hombros—. Pero, en tu lugar, descartaría cualquier ilusión de volver a verlos
en esta vida. De poco deben de servirle ya al shalafi.
—Eso es todo cuanto
necesitaba oír —declaró el semielfo y se puso en pie, teñido de furia el timbre
de su voz—. Aunque sea lo último que haga, perseguiré a Raistlin sin
concederle una tregua...
—Siéntate —le ordenó, de pronto, Dalamar.
El mago no levantó la voz, pero había en sus ojos una amenaza,
un reto que impulsó al interpelado a tantear la empuñadura de su espada, sin
recordar que, puesto que había sido invitado como huésped en el Templo de
Paladine, resolvió no portarla. Más airado al palpar aire en lugar de su arma,
dedicó sendas reverencias al patriarca y a Astinus y echó a andar hacia la
puerta.
—No tardará en interesarte el devenir de Raistlin, semielfo —le
interceptó el sibilino acólito—, porque nos afecta a todos. De él dependemos
nosotros y tú mismo. El futuro del mundo se halla en sus manos. ¿Son ciertas
mis palabras, Hijo Venerable?
—Lo son —ratificó el aludido—. Me hago cargo de tus
sentimientos, Tanis, pero debo conminarte a desecharlos.
El cronista no despegó los labios. Los sonidos propios de la
escritura constituían la única evidencia de su presencia en la sala. El héroe
cerró los puños y, con una agresividad que obligó incluso al impasible Astinus
a alzar la cabeza, imprecó a Dalamar:
—De acuerdo, me reprimiré. ¿Qué más puede hacer tu envilecido
maestro en su afán de lastimar, aniquilar y someter a inenarrables suplicios a
quienes le rodean?
—Al comienzo de mi plática he anunciado que nuestros temores más
acendrados se hacen realidad —susurró el elfo oscuro, clavando sus pupilas
almendradas en las de su oyente, que, debido a su mezcla racial poseía unos
rasgos oblicuos más atenuados.
—Sí.
Más que una afirmación, lo que profirió Tanis fue un expresivo
apremio.
El narrador hizo una pausa exagerada, teatral. Astinus, alerta,
enarcó las grisáceas cejas.
—Pues bien, ahora lo subrayo. Raistlin ha entrado en el Abismo
donde, junto a Crysania, desafiará a la Reina de la Oscuridad.
Tanis, en franca mofa del dramatismo que el joven nigromante
había dado a sus palabras, estalló en carcajadas.
—No parece que debamos preocuparnos por ello —replicó—. Esa
criatura se ha lanzado a su propio exterminio.
La risa del semielfo no fue bienvenida, no obtuvo el beneplácito
de los reunidos. Dalamar le espió entre cínico y divertido, como si esperara
tan incongruente actitud en alguien que era mitad humano; Astinus emitió un
resoplido y se concentró en su quehacer; Elistan hundió en el lecho sus ya
caídos hombros y, entornando los párpados, se reclinó en la almohada sobre la
que se había incorporado.
—¡No podéis tomaros tan en serio la situación! —les regañó,
dolido, el ahora habitante de Silvanesti—. ¡Por los dioses, la soberana de las
tinieblas me ha recibido en audiencia! He sentido su poder, su majestad, cuando
sólo había logrado asomarse parcialmente a nuestro plano —recalcó, y un escalofrío
recorrió su espina dorsal al evocar los sucesos de Neraka—. No quiero ni
pensar lo que ha de ser enfrentarse a ella en la plenitud de sus facultades,
en su propia órbita.
—No has sido tú el único, Tanis —musitó el postrado anciano—,
también yo he conversado con la Reina Oscura. ¿Te sorprende? No hay motivo. He
tenido que superar tantas pruebas y tentaciones como cualquier otro hombre.
—Sólo en una ocasión me ha honrado con su visita. —Era Dalamar
quien, llegado su turno, informaba de su experiencia, pero al hacerlo su tez
palideció y el pánico ensombreció sus ojos—. Vino a referirme los hechos que
acabo de transmitiros.
Astinus no participó en las confidencias, pero abandonó su
tarea. De las paredes de roca emanaba más vivacidad que del semblante del
historiador.
—Si has conocido a la soberana, Elistan —invocó Tanis al
enfermo—, habrás vislumbrado la supremacía que ostenta sobre todas las cosas.
¿Cómo puedes creer que un archimago demente y una sacerdotisa que no es más que
una infatuada solterona puedan causarle el menor daño?
Un relámpago de indignación cruzó por los ojos del clérigo, sus
labios se tensaron en una estrecha línea y el semielfo supo que le había
agraviado con su insulto. Ruborizándose, se rascó la barba y empezó a
disculparse, aunque, persuadido de que iba a estropearlo aún más, selló su
boca.
—Todo esto es una sinrazón —se limitó a farfullar, al mismo
tiempo que regresaba a su silla y se derrumbaba en ella—. En nombre del
Abismo, ¿cómo frustraremos sus ambiciones? —continuó; pero, al darse cuenta de
la impropiedad de la fórmula que había elegido, su sonrojo fue en aumento—. Lo
siento, mi juego de palabras no ha sido premeditado. Cada vez que intento
decir algo, mi lengua corre más que mi mente. ¡Pero es que no entiendo nada!
¿Cuál es nuestro cometido? ¿Detener a Raistlin o alentarle?
—No puedes detenerle —interpuso fríamente Dalamar, en el
instante en que Elistan se disponía a hablar—. Tan sólo los magos tenemos
capacidad para hacerlo, y no hemos dejado de elaborar planes encaminados a tal
efecto durante varias semanas, porque, desde el principio, vaticinamos este
desastre. En cierto modo, semielfo, tus presunciones son correctas. Raistlin
no puede vencer a tan colosal rival en su propio mundo y, puesto que es
consciente de su inferioridad, proyecta contrarrestarla. ¿Cómo? Engatusando a
la soberana, induciéndola a atravesar el Portal y a plantarse en el universo de
los vivos.
Tanis sintió que una invisible estocada ensartaba su estómago.
Quedó sin resuello. Transcurrieron unos segundos antes de que, encrespadas las
manos en el brazo de la butaca hasta el punto de que los nudillos se le
tornaron blancos, atinara a protestar:
—Es una locura. En la Guerra de la Lanza la abatimos con penas
y trabajos. Sobrevendrá una catástrofe si ese chiflado le franquea el acceso a
Krynn.
—Es a mi Orden, como ya he indicado, a quien corresponde
impedirlo —concretó el aprendiz.
—He comprendido cuál es tu deber, tu sagrada misión. Sin
embargo, algo no encaja. ¿Por qué nos has convocado? ¿Qué papel desempeñamos en
esta obra magna? ¿El de meros espectadores? —le interrogó el héroe, hiriente,
ofensivo.
—¡Cálmate, Tanis! —le reconvino Elistan—. Estás nervioso y
asustado. Pero, aunque todos compartimos tu desasosiego —«salvo ese cronista
esculpido en granito», recapacitó el aludido—, nada ganarás dejándote llevar
por tus impulsos. Apacigua tu fuego y apresta el oído, pues presiento que
todavía ignoramos lo peor. ¿Me equivoco, Dalamar? —se dirigió al oscuro
personaje, suavizando el tono de su voz.
—No, Hijo Venerable —confirmó el acólito, y el semielfo percibió
un amago de emoción en las rasgadas pupilas de su, en cierta medida,
congénere—. Me he enterado de que Kitiara, la Señora del Dragón —sufrió un
repentino ahogo—, prepara un asalto a gran escala sobre Palanthas.
Tanis se sumió en sus cábalas. La primera oleada que se desató
en su interior fue de rabia, de impotencia. «Te lo advertí, Amothus, y también
a Porthios y a todos cuantos se empeñan en reptar hasta sus algodonosos y
cálidos refugios para, allí recluidos, olvidarse de que hubo una guerra.» La
segunda marea fue a la par más serena y lacerante, compuesta como estaba de
recuerdos de la ciudad de Tarsis en llamas, el asedio infligido a Solace por
los ejércitos draconianos, el sufrimiento y la muerte.
Elistan se demoraba en su discurso pero, en lugar de escucharle,
el semielfo se zambulló en sus reflexiones. Dalamar había citado a Kitiara en
su anterior relato, y pretendía capturar el contexto de su comentario que,
esquivo, revoloteaba en los lindes de su memoria. En efecto, cuando el espía de
Raistlin aludió a la dama, el nombre de ésta le había arrastrado como en un
sortilegio y había dejado de lado las otras explicaciones. Las frases del
aprendiz flotaban ahora en una bruma.
—¡Aguarda! —aulló, eufórico, al recordar y ajeno a la
desconsideración en que quizá incurría—. Antes has asegurado que Kitiara
denostaba las acciones de Raistlin tanto como nosotros, que le aterrorizaba
la posibilidad de que la Reina se introdujera en el mundo y tal fue el motivo
de que encargase al caballero Soth la muerte de Crysania. Si es así, ¿por qué
se propone atacar Palanthas? ¡No tiene lógica! En Sanction se fortalece cada
día que pasa, los Dragones del Mal se han congregado en esa urbe y, según los
rumores que se propagan a lo largo del territorio, los draconianos que se
diseminaron después del conflicto se están reagrupando bajo su mando.
No obstante, Sanction está lejos de esta metrópoli. Los
Caballeros de Solamnia impedirán su marcha, los reptiles bondadosos se alzarán
de su letargo en cuanto sus acérrimos enemigos se enseñoreen de los cielos.
¿Por qué arriesgarse a perder todo lo que ha conquistado? ¿Con qué objeto?
—Si mis datos no son erróneos, te une una vieja amistad a la
Señora del Dragón —insinuó Dalamar, mordaz en su misma cortesía.
El héroe se atragantó, tosió y balbuceó unas sílabas
entrecortadas.
—¿Cómo? —El elfo oscuro se hizo el sordo. Era evidente que se
complacía en mortificarle.
—¡Sí!
La confesión surgió en un alarido. Al detectar la severa mirada
de Elistan.Tanis se recogió en su asiento sin palparse la encendida epidermis.
—Tus apreciaciones son del todo exactas —le alabó el mago, con
un acento socarrón que se reflejaba en las ligeras arrugas de sus facciones—.
Al principio, a Kitiara le espantaron las maquinaciones de Raistlin. No por lo
que al hechicero pudiera acontecerle, sino porque quizá su osadía le acarrearía
consecuencias nefastas como oficial de rango de Su Oscura Majestad. No le
seducía la perspectiva de que la soberana desahogara su cólera en ella. Pero
eso fue —el narrador se encogió de hombros— mientras no le cupo ninguna duda de
que el nigromante perdería en la pugna. Ahora, al parecer, le otorga una
probabilidad de triunfo y, obediente a su carácter, trata de subirse al carro
del vencedor. Sitiará Palanthas y dispensará a su hermanastro una calurosa
acogida una vez emerja éste al otro lado del Portal, ofreciéndole el liderazgo
de sus tropas. El poderío de Kit prosperará y Raistlin, si ha acumulado energías
suficientes, no hallará dificultad en vincular a su causa a los antiguos
aliados de la Reina Oscura.
—¿Kit? —observó el semielfo, satisfecho de pillar en falta a su
oponente.
—No te extrañe que emplee ese apelativo familiar —le defraudó el
acólito, que permaneció impertérrito—. Me liga a esa dama la misma intimidad
de la que un día gozaste tú.
No duró mucho su flema, que, en un proceso inconsciente,
inevitable, se trocó en acidez. El elfo entrechocó las manos, se agitó preso de
la furia y Tanis asintió en un signo de comprensión, de solidaridad con aquel
individuo al que, paradójicamente, detestaba.
—Veo que te ha traicionado también a ti —aventuró, sin
disimular aquel curioso sentimiento nacido en sus entrañas—. Te prometió respaldo,
te juró incluso que se mantendría a tu lado y, cuando regresara Raistlin,
lucharía en tu bando.
Dalamar echó a andar, y el borde de la túnica se le enredó en
torno a los tobillos.
—Nunca confié en ella —masculló; les volvió la espalda y
contempló testarudo el fuego, desviando el rostro por temor a delatarse—. Sabía
qué enormidades era capaz de cometer. Su villanía no me pilla desprevenido.
Estaba enhiesto frente a la chimenea, y el héroe advirtió que se
le agarrotaba la mano que tenía apoyada en la repisa. Comprensivo, respetó su
dolor.
—¿De dónde has sacado esa información? —preguntó Astinus de
forma abrupta. El semielfo dio un respingo, ya que el historiador se había
borrado por completo de su mente—. A la soberana no le interesa la estrategia
bélica. No ha podido ser ella.
—No. —El aprendiz estaba confundido. Resultaba ostensible que
sus cavilaciones discurrían por otros derroteros. Suspiró y, encarándose con el
inquisitivo cronista, le reveló—: Fue Soth, el caballero espectral, quien me
puso al corriente de los designios de la mandataria.
Una vez más, Tanis tuvo la impresión de que se volvía loco. Era
como si sus dedos aferrasen la tapia de un edificio —la realidad— y un ente
ignoto le arrancase de su agarradero. Frenético, buscó en su interior un
saliente de lucidez donde asirse. Se precipitaba en una sima poblada de
alucinaciones: magos que espiaban a otros magos, clérigos de la luz alineados
junto a hechiceros de las tinieblas, la oscuridad confraternizando con el
Bien, en contra de sus propias huestes, una luminosidad que se fundía en las
sombras...
Soth es un servidor incondicional de Kitiara —constató, para
refrescar más su propia memoria que la de los otros—. ¿Por qué había de
perjudicarla confabulando contigo?
Dalamar se volvió. Se cruzaron las pupilas de los dos primos de
raza y, durante el tiempo que se prolonga un palpito, se anudó un lazo entre
los dos, el eslabón de una cadena que forjaban el mutuo entendimiento, las
desventuras paralelas, un único suplicio y las pasiones derrochadas en un
mismo cuerpo. Tanis adivinó lo que estaba sucediendo, y su alma se
convulsionó.
—Le conviene que ella muera. Así podrá poseerla —aclaró el
espía, aunque era ya innecesario.
4
Una infancia atormentada
Un muchacho caminaba por las calles de Solace. No era atractivo
para sus vecinos, y lo sabía; a decir verdad, se conocía mejor a sí mismo, sus
recursos y los entresijos de su mente, de lo que era habitual en un joven de
sus años. Claro que pasaba mucho tiempo encerrado en su soledad, precisamente
porque a nadie gustaba y todos rehuían a tan sapiente criatura.
Hoy, sin embargo, el introvertido joven no estaba solo. Le
acompañaba Caramon, su hermano gemelo. Raistlin, que así se llamaba el
muchacho, refunfuñó, avanzó arrastrando los pies por el polvo de la calleja y
observó cómo éste se elevaba, en densas nubes, a su alrededor. No paseaba en
solitario, pero en cierto sentido su aislamiento se hacía más patente cuando
Caramon se hallaba a su lado. Todo el mundo dirigía amables saludos al
simpático, apuesto muchachote; nadie le dedicaba a él una palabra. Los otros
adolescentes le pedían a Caramon que se integrase en sus correrías, sin
invitar jamás a Raistlin. Las muchachas solicitaban la atención de Caramon
mediante picaras y soslayadas miradas, rebosantes de esa coquetería que
únicamente las mujeres conocen; pero, pese a la proximidad del hermano, ninguna
se percataba de su presencia.
—Caramon, ¿te apetece jugar a «reyes y castillos»? —propuso una
voz.
—¿Qué opinas, Raist? —consultó el aludido a su acompañante,
iluminado su rostro por el entusiasmo.
Fuerte y altletico, poseedor, aunque en
embrión de las cualidades de un
guerrero, el joven Caramon disfrutaba en aquellos simulacros de batallas
feudales, donde reinaba la brutalidad y se exigía de los participantes cierta
dosis de esfuerzo y resistencia. Ése era el motivo de que a Raistlin, de
naturaleza endeble, no le interesase. No tardaría en fatigarse y, además, a
la hora de formar los bandos, todos regañarían por su causa, porque nadie
querría admitirle en su grupo.
—No, yo no estoy de humor —rehusó—. Pero eso no significa que no
puedas ir tú. Vamos, únete a ellos —animó a su gemelo.
—Prefiero quedarme contigo —decidió Caramon. Aunque resignado,
no pudo disimular su desencanto.
Raistlin notó que un nudo le aprisionaba la garganta y la boca
del estómago.
—Estaré más tranquilo si juegas. Me entristece pensar que yo te
privo de hacer tu voluntad —persistió.
—Me inquieta tu aspecto, Raist —se obstinó también Caramon—.
Tengo la sensación de que te encuentras mal. Por otra parte, no creas que me
emociona la perspectiva de perseguir a esos mequetrefes. ¿Por qué no me
enseñas el truco de las monedas, el que antes practicabas?
—¡No me trates así! —se encolerizó el aprendiz de mago—. ¡No te
necesito! ¡Deja de merodear a mi alrededor naciéndote el mártir! Diviértete
junto a ese hatajo de atolondrados, al fin y al cabo eres igual que ellos. ¡Me
repugnáis! ¡No os soporto!
Frente a semejante explosión, el corpulento mozo se desmoronó.
Raistlin se sintió como si hubiera expulsado a puntapiés a un molesto perro,
pero este hecho no hizo sino intensificar su ira. Se detuvo y se plantó de
espaldas a su compungido hermano.
—Si tal es tu deseo, lo acataré —accedió éste.
Espiándole por encima del hombro, el susceptible joven constató
que el muchachote corría al encuentro de los otros zagales y, ajeno, dentro de
lo posible, a los gritos y las risas que compartían, se sentó en un rincón
umbrío y se puso a estudiar. Pronto el embrujo del arte arcano eclipsó la
polvareda, la algarabía y la dolida expresión de su gemelo. El neófito fue
transportado a un país encantado donde gobernaba los elementos, encauzaba la
realidad y la doblegaba a sus designios.
Pero tuvo que soltar el libro que leía, que fue a parar a sus
pies. Sobresaltado por la brusquedad con que se lo habían arrebatado, alzó la
vista y descubrió a dos adolescentes de edad similar a la suya. Uno de ellos
sostenía una vara, una tosca rama que utilizó, tras apartar el libro con la
punta, para azuzar a Raistlin en el pecho.
«Sois unas lombrices —insultó el agredido a aquellos
fanfarrones, aunque en silencio—. Unos insignificantes parásitos que no sirven
para nada.» Ignorando la punzada que hería su torso, y la vida insectívora que
le acechaba, estiró la mano a fin de alcanzar el valioso tomo. El muchacho del
bastón pisoteó sus dedos.
Espantado, sí, pero más aún furioso, el novicio se incorporó.
Las manos eran su vida: con ellas manejaba los delicados ingredientes de
hechicería, con ellas trazaba los esotéricos símbolos que anunciaban grandes
maravillas y, algún día, con ellas liberaría las fuerzas ocultas del universo.
—Dejadme en paz —ordenó, desdeñoso, tranquilo, aunque el
centelleo de sus ojos y una extraña resonancia en su voz hicieron recular a los
provocadores.
Lamentablemente, se había formado un corrillo de curiosos. Los
otros muchachos, frente a la promesa de una reyerta divertida, habían
abandonado el juego para presenciar el enfrentamiento y, al saberse observado,
el adolescente de la vara resolvió que no podía dejarse amilanar por aquel
delgaducho, viscoso y serpenteante gusano.
—¿Qué pretendes hacer? ¿Convertirme en sapo? —se burló de su
adversario.
En medio de la algazara general, en la mente de Raistlin se
formaron los versículos de una fórmula mágica. No era aquél un encantamiento
adecuado para un no iniciado como él, ya que sólo debía utilizarse con fines
destructivos y en casos de peligro extremo. Su maestro le daría una seria
reprimenda al enterarse. Se esbozó en sus finos labios una aviesa, taimada
sonrisa y el rival, que estaba desarmado, más sensible a la mueca y a la
expresión de su rostro que su jactancioso amigo, se apartó unos pasos.
—Vámonos —aconsejó al compañero.
Pero el interpelado se mantuvo inmóvil en su puesto de combate,
como si hubiera echado raíces. El aprendiz arcano distinguió entre el gentío,
en segunda o tercera fila, la figura de su hermano, que exhibía una expresión
de cólera. Indiferente, comenzó a entonar el cántico.
No había recitado media docena de palabras cuando se paralizó.
¡Algo iba mal! No lograba recordar la continuación, y el sortilegio no
produciría efecto a menos que lo invocara íntegramente. Las sílabas se
combinaban a su antojo, en desorden y carentes de la imprescindible cadencia
rítmica. Nada sucedió, salvo que los presentes le abuchearon y el muchacho de
la vara la enarboló para clavársela en el estómago, derribarle y privarle del
resuello.
A gatas, Raistlin trató de respirar. Alguien le propinó un
puntapié, el bastón se partió en su espalda, le zarandearon y vapulearon hasta
que rodó sobre sí mismo, revolcándose en el polvo y cubriéndose la cabeza con
los brazos sin que éstos le brindaran, sin embargo, mucha protección. Era una
lluvia de golpes lo que se había desencadenado.
—¡Caramon, ayúdame! —gimió a la desesperada.
—Si no me equivoco, antes afirmaste que no me necesitabas
—repuso una voz firme, cavernosa.
Una piedra se estrelló contra su cráneo. Intuyó, pese a que no
localizaba su posición, que era su gemelo quien la había arrojado. Estaba a
punto de desmayarse, varios pares de manos le arrastraban por la calzada y,
antes de que pudiera protestar, le descolgarían en un pozo negro, inescrutable
y muy frío. Se precipitaría a través de una noche infinita, de perpetuo
invierno, y nunca llegaría al fondo, porque, era consciente, no existía tal en
aquel agujero.
Crysania examinó su entorno. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba
Raistlin? Unos momentos antes, el mago se reclinaba extenuado en su brazo;
pero, de pronto, se había evaporado y la había dejado sola, desamparada, en el
centro de una enigmática aldea.
¿Era tan enigmática como suponía? La asaltó la vaga noción de
haberla visitado en el pasado, ésta u otra muy similar. Circundaba a la
sacerdotisa un bosque de vallenwoods, provistos de un frondoso ramaje donde se
asentaban las casas. En uno de los árboles había una posada y, cerca de la
enseña, un poste indicador donde leyó la palabra Solace.
«¡Esto sí que es raro!», se dijo, oteando de nuevo el panorama.
De acuerdo, era la ciudad adonde recientemente la había conducido Tanis el
Semielfo por residir allí Caramon. Sin embargo, algo había cambiado. Las
construcciones poseían iguales características en su conjunto, pero una aureola
rojiza teñía la atmósfera y los objetos hasta distorsionarlos. Habría querido
frotarse los ojos para despejar su visión, como si fueran sus retinas las que
deformaban el paisaje.
—¡Raistlin! —exclamó.
No obtuvo contestación y, aunque el paraje estaba habitado,
aquellas gentes pasaban por su lado como si no la vieran ni oyesen. Llamó de
nuevo al nigromante, cada vez con mayor vehemencia. ¿Qué había sido de él?
¿Cómo podía haber desaparecido de un modo tan repentino? ¿Acaso la Reina Oscura
lo había transportado lejos de su influjo?
En un caos de incertidumbre, aturdida, creyó detectar los ecos
de una conmoción. Vibró en sus tímpanos un griterío de voces jóvenes, casi de
niños y, por encima de la batahola, surgió el timbre angustiado de alguien que
pedía socorro.
Giró sobre sus talones y reparó, a escasa distancia, en un
grupo de adolescentes apiñados en torno a un fardo de contorno humano. Decenas
de puños surcaban el aire en busca del amasijo, los pies no les iban a la zaga
y, en un momento dado, alguien alzó un bastón y asestó un despiadado golpe.
Crysania miró a derecha e izquierda, pero los habitantes de Solace no dieron
muestras de inquietarse. Se diría que aquella violenta escena era un hecho
cotidiano.
Tras recogerse con una mano la holgada falda del hábito, la
sacerdotisa corrió hacia el círculo de atacantes y, al aproximarse, comprobó
que la figura que azotaban era también un muchacho. ¡Aquellos salvajes le
estaban matando! Horrorizada, aceleró la marcha y asió por la nuca al primer
chiquillo que se le puso a su alcance, con la intención de apartarlo. Su
contacto hizo que la proyectada presa se volviese y la sacerdotisa, frente a
la insólita apariencia que presentaba, retrocedió alarmada.
Tenía la faz blanquecina, cadavérica. La piel formaba una
película tirante sobre los huesos, ribeteaba los labios el matiz violáceo de
la muerte y, cuanto su oponente abrió la boca en un feroz gruñido, Crysania se
enfrentó a sendas ristras de colmillos negros y putrefactos. Sedienta de
sangre, aquella criatura engendrada por artes diabólicas extendió hacia la
mujer sus garras retráctiles y sus uñas le arañaron la carne de tal manera
que, cual si de una mordedura de ofidio se tratase, un agudo y paralizante
dolor se difundió a través de sus venas. Jadeando, hubo de soltar al demonio.
Éste, ensanchado su rostro en una perversa mueca de placer, reanudó su tarea
de torturar al infeliz postrado.
Mientras la sacerdotisa inspeccionaba su herida, los estigmas
rezumantes que el monstruo le había dejado en el brazo, un nuevo plañido del
indefenso muchacho puso momentáneo freno al mareo que amenazaba con fulminarla.
—Paladine, auxíliame —oró, hondamente conmovida—. Infúndeme
ánimos.
Reconfortada tras la breve comunión con su dios, Crysania atrapó
a uno de los falsos muchachos y lo catapultó al espacio para, sin tregua,
desembarazarse por idéntico método de todos cuantos obstaculizaban su paso.
El círculo se fue despoblando hasta dejarle libre acceso al yaciente. Escudó
entonces aquel cuerpo mutilado, inconsciente, con el suyo, alerta a las
embestidas de los engendros que aún no había abatido.
Centenares de afiladas uñas rasgaron su epidermis. El veneno
que le inyectaban fluía a raudales por sus entrañas o, al menos, así lo temió
la sacerdotisa. No obstante, un poco más tarde se apercibió de que, una vez la
habían tocado, los grotescos adolescentes retiraban la mano en un movimiento
reflejo, como si ella también les impusiera un sufrimiento espasmódico. Al fin,
desencajados sus rasgos de pesadilla, todos retrocedieron, dejándola —sola y
sangrando— con el que fuera su víctima.
Con sumo cuidado, Crysania puso boca arriba al magullado
muchacho. Acarició su fino cabello moreno, echó hacia atrás un mechón que le
caía sobre la frente para examinar su semblante y, trémula la mano, se
interrumpió. Los rasgos bien definidos, los frágiles huesos, la barbilla
proyectada, todos aquellos detalles eran inconfundibles.
—¡Raistlin! —susurró y, reconociéndolos también, apretó sus
dedos entre las palmas.
El muchacho abrió los ojos. Cuando se incorporó, era ya el
hombre de enlutados ropajes.
La sacerdotisa le espió mientras él, deprimido, pasaba revista
a la desvirtuada Solace.
—¿Qué sucede? —indagó, agitada por las convulsiones que la
ponzoña arrancaba de su ser.
—Es su manera de debilitarme —musitó el nigromante, más para
sus adentros que en respuesta a la pregunta de la mujer—. Su estrategia
consiste en zaherirme, en ahondar donde más duele. Y no le es difícil hallar
los puntos flacos. —Fijó los áureos ojos en Crysania y, sonriente, le reveló—:
Te has debatido en mi lugar, y has salido victoriosa. Ahora debes descansar
—agregó, al mismo tiempo que la arropaba en sus aterciopelados pliegues y la
acunaba en su regazo—. Tu malestar es pasajero. Pronto estarás en condiciones
de seguir viaje.
Todavía temblorosa, la sacerdotisa apoyó la cabeza en el pecho
masculino. Inmersa en su calidez, oyó el disonante zumbido del aire en sus
pulmones y olisqueó, embriagada, aquella mixtura de fragancia de rosas y
fetidez de muerte que exudaba por los poros.
5
La reticencia de Gunthar
—Éste es el resultado
de sus valerosas promesas —murmuró Kitiara sin alzar la voz.
—¿Qué esperabas si no? —preguntó Soth.
Las palabras del caballero, coreadas por el tintineo de la
añeja armadura, sonaron casuales y al mismo tiempo retóricas. Fueron dichas en
un tono singular que impulsaron a la sacerdotisa a lanzar una penetrante
mirada a su interlocutor. Al notar que los ojos anaranjados de él, relumbrando
en sus vacías cuencas, se clavaban en su persona con nueva intensidad, la
Señora del Dragón se ruborizó. Comprendió entonces que delataba más emociones
de lo aconsejable y, encolerizada, desvió el rostro abruptamente.
Mientras recorría la estancia, amueblada con una pintoresca
mezcla de armaduras, viejas armas, sábanas de seda perfumadas y gruesas
alfombras de pieles de animales, Kitiara cruzó sobre sus senos ambos ribetes
del escotado pectoral de su camisa de dormir, transparente y vaporosa, y se
apercibió de que le temblaban las manos. Poco conseguía con aquel gesto en lo
concerniente al recato y, además, ni siquiera acertaba a discernir los motivos
que la habían impulsado a hacerlo. Nunca la había asaltado tal arrebato de
pudor, y menos aún en compañía de una criatura que se había descompuesto en un
montículo de cenizas trescientos años atrás. Pero lo cierto era que se había
sentido incómoda frente al escrutinio de los ojos centelleantes de Soth, que la
contemplaban desde un rostro inexistente. De pronto, se sintió desnuda y
frágil.
—Nada en absoluto —contestó tardíamente al comentario del
caballero.
—Después de todo, sólo es un elfo oscuro —prosiguió él en el
tono monótono, casi de tedio, que le caracterizaba—. Nunca ha guardado en
secreto que teme a tu hermano más que a la misma muerte. ¿Qué tiene de extraño
que elija luchar en las filas de Raistlin en lugar de enrolarse en las de una
caterva de magos seniles y débiles, que apenas se sostienen sobre sus botas?
—¡Pero era tanto lo que podía ganar! —argumentó la mujer,
haciendo un esfuerzo para que su acento no desentonara del de su interlocutor
y, a la vez, arrebujándose en un pellejo que yacía extendido en su lecho a modo
de colcha—. Los hechiceros le ofrecieron el liderazgo de los Túnicas Negras, y
él mismo me aseguró que nadie sería capaz de arrebatarle el puesto de
Par-Salian como mandatario de cónclave, como cabeza suprema del arte arcano en
Krynn.
«Habrías obtenido también otras recompensas, elfo oscuro» añadió
en su pensamiento, y llenó su copa de vino tinto.
Luego agregó en voz alta:
—En cuanto haya derrotado a mi trastocado hermano, ¿quién
quedará en el mundo capaz de detenernos? ¿Qué ha sido de nuestro proyecto de
gobernar juntos, tú con la vara y yo con la espada? Sería magnífico obligar a
hincar la rodilla a los Caballeros de Solamnia y expulsar de su patria, ¡tu
patria!, a los elfos, de tal manera que regresaras triunfante y yo, querido,
cabalgase a tu lado.
El tallado recipiente donde escanciara el licor se deslizó de su
mano y, aunque intentó atraparlo, su movimiento fue demasiado precipitado y
apretó más fuerte de lo debido. El frágil cristal se hizo añicos, que
traspasaron su carne. La sangre se confundió con el vino al gotear sobre el
mullido suelo.
Las cicatrices de guerra sembraban de recuerdos el cuerpo de
Kitiara, tan abundantes como las intangibles huellas que dejaran sus amantes.
Hasta ahora había soportado las heridas sin un pestañeo, pero el liviano
incidente de la rotura de la copa convocó un torrente de lágrimas en sus
pupilas, manifestaciones de un dolor que parecía insostenible.
Había en la sala una jofaina. La sacerdotisa introdujo la mano
en el agua, sin cesar de morderse el labio para reprimir un inminente grito. El
cristalino líquido se tornó rojo al instante.
— ¡Manda a buscar a uno de los clérigos! —ordenó a Soth, que,
impertérrito, permanecía erguido en su proximidad y la estudiaba con las
fluctuantes chispas de fuego que sustituían a los globos oculares.
Obediente, el caballero espectral llamó a un criado y le
impartió instrucciones. Éste abandonó la escena sin tardanza y Kitiara,
profiriendo maldiciones y parpadeando para contener su llanto, se hizo con un
retazo de lino y se vendó la mano lastimada. Cuando al fin llegó el clérigo, a
trompicones a causa de la prisa, el fino tejido estaba empapado y la tez de la
mujer se adivinaba cenicienta bajo el perenne bronceado.
El medallón con el Dragón de las Cinco Cabezas que portaba el
sacerdote rozó la palma de Kit al inclinarse éste sobre ella, absorto en
musitar plegarias a la Reina de la Oscuridad. Unos segundos más tarde, se
contuvo la hemorragia y la carne se cerró, unida por unos invisibles puntos de
sutura.
—Los cortes no eran hondos. Las molestias desaparecerán pronto
—dictaminó el clérigo con afabilidad.
—¡Más te vale! —le amenazó la dignataria, que aún se debatía
contra el irrazonable desmayo que la arrastraba a otras esferas—. Es la mano de
la espada.
—Blandirás el acero con la facilidad y destreza acostumbradas,
señora —le garantizó el mágico curandero—. ¿Hay algo más que pueda...?
—No, sal de mi alcoba.
—Como quieras —se sometió el aludido con una reverencia—. Adiós
—saludó también a Soth y, humilde, partió.
Reticente a la idea de enfrentarse al flamígero examen de su
acompañante, la dama mantuvo la cabeza ladeada mientras refunfuñaba contra la
Orden que representaba aquella criatura en retirada, aquel sacerdote de negro
hábito inmerso en el crujir de sus ropajes.
—¡Ineptos! Detesto que merodeen a mi alrededor —les insultó—.
Sin embargo, en momentos excepcionales reconozco que resultan útiles
—rectificó al observar su mano, que, aunque resentida, estaba completamente
curada—. Y bien —se dirigió a su fantasmal esbirro—, ¿qué propones que haga con
el elfo oscuro?
Antes de que el espectro respondiera, Kitiara se incorporó y
reclamó la presencia de un sirviente.
—Recoge los fragmentos y arregla un poco este desorden —ordenó
cuando el criado se hubo presentado—. Luego tráeme otra copa —agregó,
propinando una sonora bofetada al amilanado personaje—, una de oro. ¡Te he
repetido un sinfín de veces que aborrezco estas bagatelas de factura elfa!
¡Quita todo el juego de mi vista, tíralo!
—¡Tirarlo! —se aventuró a protestar el subordinado—. Estas
piezas son muy valiosas, señora, proceden de la Torre de la Alta Hechicería de
Palanthas y fueron obsequiadas por...
—¡He dicho que las destruyas! O, mejor todavía, lo haré yo.
Tomada esta resolución, la impulsiva mujer agarró las copas una
tras otra y las arrojó contra la pared del dormitorio. El criado esquivó los
proyectiles que, tras sobrevolar su cráneo, se estrellaban en la piedra, y
aguardó hasta que hubo concluido la dignataria, la cual, desahogado su ímpetu,
se desplomó en una silla situada en un rincón y cayó en un obstinado mutismo.
El sirviente se apresuró a recoger los cristales rotos, vaciar
la jofaina y renovar el agua. Se ausentó unos minutos y, cuando volvió con más
vino y los recipientes que solicitara la Dama Oscura, ni ésta ni Soth habían
mudado sus posturas. El Caballero de la Muerte continuaba enhiesto en el centro
de la habitación, refulgentes sus iris en la creciente penumbra que convocaba
el crepúsculo.
—¿Enciendo los candelabros, señora? —inquirió el discreto
camarero, mientras depositaba la bandeja en una mesita destinada a tal efecto.
—Vete —lo despachó Kitiara con la boca reseca.
Retiróse raudo aquel infeliz, cerrando la puerta tras él. Con
pasos inaudibles, el caballero atravesó la alcoba y, tras detenerse junto a la
extraviada mujer, posó la mano en su hombro. Ella, pese a flotar en sus
divagaciones, se encogió al recibir el contacto de aquellos dedos, cuyo frío
congelaba las entrañas. Pero no reculó ni hizo ademán de evitarlo.
—Y bien —consultó de nuevo al fantasma, estudiando el entorno
que, ahora, sólo iluminaban sus flamígeros ojos—, ¿cómo interceptaremos a esos
insensatos de Dalamar y Raistlin? ¿De qué forma impediremos que la Reina nos
aniquile a todos?
—Debes atacar Palanthas —le recomendó Soth.
—Creo que puede hacerse —masculló Kitiara, tamborileando con la
empuñadura de la daga sobre su muslo.
—Tu plan es realmente ingenioso, señora —la felicitó el primer
oficial de sus tropas, impregnada su voz de una admiración que no trató de
disimular.
Aquel individuo, un humano entrado en la cuarentena, había
escalado los peldaños de la carrera militar hasta ocupar su actual dignidad
sin reparar en intrigas, traiciones y asesinatos para lograrlo. Así, tenaz y
poco escrupuloso a la hora de plasmar sus ambiciones, se había ganado el
nombramiento de general del ejército de los Dragones. Encorvado, carente de
apostura y desfigurado por una cicatriz que le surcaba el rostro, nunca había
degustado los favores que su adalid prodigaba entre sus capitanes más
apuestos, pero no había perdido la esperanza. Al espiar la reacción que
producía su halago, advirtió que en la habitualmente fría y severa faz de la
dama prendía la luz de la complacencia. Incluso se dignó sonreírle y separar
los labios en aquella ambigua mueca que tan bien sabía utilizar y que hizo que
se acelerase el pulso masculino.
—Me alegra comprobar que la falta de práctica no ha anquilosado
ese sexto sentido —la alabó también Soth, y su voz incorpórea se difundió en
mil ecos por la sala de cartografía.
El oficial se estremeció. A pesar de haber combatido junto al
Caballero de la Muerte y sus guerreros de ultratumba en defensa de la Reina
Oscura, de haber librado innumerables batallas en el mismo bando, era incapaz
de mostrarse indiferente ante la gélida aureola de eternidad que le circundaba,
que le envolvía, tan amorosa como la capa guardaba la abollada armadura donde
se dibujaba el emblema de su hermandad.
«¿Cómo le resiste ella? —se escandalizó para sus adentros —. Se
rumorea que hasta tiene libre entrada en sus aposentos privados.» Tal
ocurrencia tuvo el don de normalizar los latidos de su corazón. Quizá, después
de todo, las mujeres esclavas no eran tan terribles. Al menos, cuando uno
estaba solo con ellas en la noche poseía la certeza de que nadie le acechaba.
—¡Claro que no! —se revolvió Kitiara contra la observación de
Soth, tan furiosa que el humano se agitó turbado, ansioso por encontrar una
excusa que le permitiera dejarles.
Las circunstancias le favorecían. Dado que la ciudad entera de
Sanction se preparaba para entrar en liza, no era demasiado difícil inventar un
pretexto verosímil.
—Si no me necesitas, señora —se despidió, con una reverencia en
señal de respeto—, debo controlar los trabajos de aprovisionamiento en la
armería. Hay mucho que hacer, y el tiempo apremia.
—Cumple con tu deber —le autorizó Kitiara, ausente, puesta la
vista en el enorme mapa que, grabado en las losetas, se extendía en el suelo
bajo sus pies.
Dando media vuelta, el militar comenzó a alejarse entre el
repiqueteo de su espadón contra las piezas metálicas de su atuendo guerrero.
No obstante, antes de que cruzara el umbral, le detuvo la voz de su jefe.
—¿General?
—¿Sí, señora? —indagó, solícito, y se volvió hacia ella.
La dama vaciló, como si buscase las palabras adecuadas; luego
formuló su invitación:
—Quizá te apeteciera cenar hoy conmigo. Soy consciente de que
es un poco tarde. Ya habrás concertado alguna otra cita.
El aludido, confundido, titubeó y notó que sus palmas se
humedecían con un sudor frío.
—Si he de serte sincero, confesaré que, en efecto, he adquirido
un compromiso previo —mintió—. Pero podría aplazarlo.
—De ningún modo —rehusó Kit, y un suspiro de alivio mal
disimulado ensanchó su faz—. No hay razón para ello. Quedas disculpado. Otra
vez será.
El hombre, aún desconcertado, giró de nuevo sobre sus talones y
se dispuso a abandonar la sala, pero, antes de desaparecer, vislumbró los ojos
ígneos del caballero espectral, que se habían fijado en un punto insondable.
Recapacitó que, si era a él a quien escrutaban, debía organizar
una auténtica velada íntima a fin de no levantar suspicacias. Mientras caminaba
por el largo corredor, decidió ordenar que condujeran a su alcoba a una de las
muchachas esclavas, a su favorita.
—Creo que te conviene relajarte. ¿Por qué no te concedes una
noche de placer? —sugirió Soth a Kitiara en cuanto las pisadas del oficial se
hubieron alejado en el pasillo del cuartel general de la dignataria.
—Como bien ha apuntado nuestro amigo —aludió la mujer al esbirro
que acababa de irse—, la tarea es dura y el plazo breve.
Se concentró por completo en el estudio del documento
cartográfico. Se hallaba erguida sobre el lugar designado como Sanction, y
revisó la senda hasta el extremo noroccidental de la estancia donde, señalada
en el seno del nido protector que le proporcionaban sus colinas, figuraba
Palanthas.
Siguiendo su mirada, el descarnado fantasma recorrió la
distancia entre ambas urbes. Hizo un único alto, en la representación de un
paso montañoso señalizado con el nombre de Torre del Sumo Sacerdote.
—Los Caballeros de Solamnia intentarán obstaculizar tu marcha
en este lugar —anunció—, el mismo donde te opusieron resistencia en la Guerra
de la Lanza.
La mandataria ensayó una torcida sonrisa, sacudió su rizada
melena y echó a andar hacia Soth, sinuoso su contoneo como no lo había sido
semanas atrás.
—Ya me imagino el espectáculo —se mofó— de todos los aguerridos
soldaditos formados en filas perfectas. —De pronto, recobrada de las
tribulaciones que la acosaron hasta unos minutos antes, estalló en carcajadas—.
Su expresión cuando vean la sorpresa que les deparamos merecerá todos los
sinsabores que hayamos podido sufrir en la campaña.
De pie sobre la Torre, la aplastó con el talón y, avanzando
unos pasos más, se plantó en los aledaños de Palanthas, su objetivo.
—Al fin —siseó, serena y cruel—, la bella y majestuosa dama
saboreará la amarga humillación de ser traspasada en lo más tierno de su carne
por el acero. —Complacida, se encaró de nuevo con el Caballero de la Muerte—.
Lo he pensado mejor, quiero que el general comparta mi cena. Envíale aviso de
que le espero.
Soth expresó su aquiescencia con una inclinación de la
translúcida cabeza y su divertida complicidad con unos destellos en las órbitas
oculares.
—Tenemos que discutir ciertas estrategias militares —concluyó
la mujer, y empezó a desabrocharse las hebillas de su armadura—. Hemos de
hablar sobre flancos desprotegidos, grietas en los muros...
—Procura calmarte, Tanis —rogó el caballero Gunthar con la mejor
de las intenciones—. Estás sobreexcitado.
Tanis el Semielfo, pues no era otro al que el antiguo
comandante, hoy coronel, exhortaba a la tranquilidad, farfulló algo.
—¿Qué gruñido ha sido ése? —interrogó el caballero, a la vez
que daba media vuelta y tendía a su nervioso interlocutor una jarra de rica
cerveza, la más sabrosa de la región (extraída del barril que se hallaba junto
a la escalera de la bodega).
—Decía que tienes razón, que no hay manera de apaciguar mis
alterados ánimos —repuso el semielfo.
No habían sido aquéllas sus palabras, pero era innegable que
resultaban más adecuadas en una entrevista con el adalid de la Orden solámnica
que las que en realidad susurró.
El coronel Gunthar uth Wistan se atusó los largos mostachos,
símbolo ancestral de su hermandad y últimamente muy en boga entre sus
miembros, a fin de ocultar su sonrisa. Había oído los velados reniegos de
Tanis, cosa inevitable dada su proximidad, y meneó la cabeza. ¿Por qué no se
había expuesto semejante asunto a la milicia? Ahora, además de prepararse
para sofocar el que había de ser un frustrado levantamiento de una parte de
las facciones enemigas, se vería obligado a tratar con un aprendiz de nigromante,
un clérigo de albo hábito, un héroe desquiciado y un bibliotecario. Suspiró,
meditabundo, sin dejar de atusarse los extremos del bigote.
—Siéntate, ponte cómodo —ofreció en voz alta a su visitante—.
Caliéntate junto al fuego. Has hecho un prolongado viaje y el aire es glacial
para la estación. Los navegantes comentan la fuerza desusada de los vientos de
poniente u otro tecnicismo similar. Confío en que tu periplo haya sido
placentero a pesar de esas huracanadas ráfagas. No me importa admitir que
prefiero los grifos a los dragones.
—No he volado, eminente Gunthar —intervino Tanis, tenso, sin
moverse—, hasta Sanscrit para conversar acerca de los elementos o las ventajas
de unos animales de monta sobre otros. Estamos en grave peligro, no sólo en
Palanthas sino en el resto de nuestro mundo. Si Raistlin sale victorioso de su
empeño... —Apretó el puño, falto de expresiones verbales con las que
exteriorizar sus sentimientos.
Tras llenar su propia jarra del pequeño tonel que Wills, su
viejo criado, subiera de las cavas subterráneas, Gunthar se acercó al huésped
y, apoyándole una mano en un hombro, le obligó a girarse hacia él.
—Sturm Brightblade solía referirse a ti en términos laudatorios
—rememoró—. Junto con tu esposa Laurana, os consideraba sus más íntimos amigos.
El semielfo, cabizbajo, desvió la mirada. Hacía ya más de dos
años de la muerte de Sturm, pero no podía pensar en la pérdida de tan querido
compañero sin apenarse.
—Te habría brindado mi afecto tan sólo a tenor de esa
recomendación, ya que siempre profesé al valiente caballero una estima
equiparable a la que me inspiran mis propios hijos —continuó el mandatario—,
de no haber llegado a admirarte por mi propia iniciativa, joven Tanis. Tu
bravía conducta en la batalla es un hecho incuestionable, tu honor y nobleza te
hacen digno de pertenecer a nuestra estirpe. —El aludido frunció el entrecejo
frente a aquel discurso sobre las virtudes sagradas que se le atribuían, pero
Gunthar no se percató—. Los homenajes que te fueron rendidos al concluir la
contienda los merecías de sobra, mientras que el trabajo que has realizado en
el período de paz debe tildarse de sobresaliente. Laurana y tú habéis forjado
la alianza de naciones que llevaban varios siglos divididas, Porthios ha firmado
el tratado y, en cuanto los enanos de Thorbardin elijan a su nuevo rey, también
ellos estamparán su rúbrica.
—Me abruman tantos elogios, mi generoso anfitrión —le agradeció
el semielfo, con la jarra de cerveza intacta en la mano y la vista fija en el
hogar—. Ojalá me los hubiera ganado. De todos modos, te quedaré muy reconocido
si me revelas en qué río ha de desembocar este afluente de miel y de mirlos,
como reza el proverbio.
—Compruebo que la naturaleza humana de tu ser prevalece sobre la
otra —apuntó el caballero con una sonrisa, ahora franca—. De acuerdo, pasaré
por alto las amenidades elfas e iré directamente al meollo de la cuestión. Creo
que las experiencias que habéis vivido han exacerbado vuestras aprensiones,
las tuyas y las de Elistan. Seamos honestos amigo mío: no eres un auténtico
guerrero, nunca fuiste adiestrado en las artes marciales y, si participaste en
la guerra, fue un accidente el que te involucró. Deseo mostrarte algo. Ven
conmigo.
Frente a tan imperiosa demanda, Tanis apoyó su colmada jarra en
la repisa de la chimenea y dejó que le guiase la firme mano del coronel.
Atravesaron la sala, amueblada según los requisitos de la Orden, a saber,
mediante piezas austeras pero confortables. Era ésta la estancia donde se
celebraban los consejos bélicos, y tal era el motivo de que adornasen las
paredes escudos y armas, así como banderas que exhibían los emblemas de los
tres grupos de la hermandad, la Rosa, la Espada y la Corona. Numerosos trofeos
ganados en las esporádicas justas que se convocaban en las ocasiones muy
especiales refulgían en las vitrinas, que los preservaban de los estragos del
tiempo. En un lugar destacado, ocupando toda la longitud del muro, había una
Dragonlance, la primera que fraguara Theros Ironfeld. A su alrededor se podía
observar una variopinta colección de dagas de goblins, la aserrada hoja de un
acero draconiano, un enorme espadón de doble filo conquistado a un ogro y los
restos del arma que, en su día, blandiera el malogrado caballero Derek
Crownguard.
Constituía aquél un impresionante despliegue, que atestiguaba
los servicios prestados a Krynn por múltiples generaciones de paladines
solámnicos. No obstante, Gunthar cruzó sin dedicarle una ojeada y se encaminó
hacia un rincón, donde se recortaba una mesa de notorias dimensiones. Debajo de
la vetusta tabla, en unas casillas dispuestas a tal electo y con su
correspondiente etiqueta, se hacinaban distintos mapas primorosamente
enrollados y, a pesar del atiborramiento, en aceptables condiciones. Tras estudiar
unos instantes los compartimientos, Gunthar se agachó, extrajo un documento y
lo extendió encima de la superficie del mueble. Hizo a Tanis un gesto para que
se aproximara y éste, rascándose la barba e intentando parecer interesado,
obedeció.
El dignatario de los caballeros se frotó, satisfecho, las manos.
Era evidente que se encontraba a gusto en su propio terreno.
—Utilicemos la lógica,
mi querido huésped —propuso—, la lógica desnuda, pura y
sencilla. Los ejércitos de la Señora del Dragón están en Sanction —señaló el
punto—, arracimados y concentrados, sin refuerzos en otros enclaves. Admito que
su cabecilla es una mujer poderosa y que la respaldan hordas de draconianos,
goblins y mercenarios que estarían encantados de desencadenar una segunda
catástrofe. Acepto también, puesto que así me lo han comunicado nuestros
espías, que en las últimas semanas ha aumentado la actividad en esos confines
y, por consiguiente, que la Dama Oscura trama algo. ¡Pero de ahí a atacar
Palanthas! En nombre del Abismo, Tanis, observa la magnitud del territorio que
tendría que cubrir, bajo la jurisdicción en su mayor parte de mis hombres.
Aunque poseyera tropas suficientes para abrirse paso entre nuestros expertos
luchadores, sus caravanas de abastecimiento habrían de seguir una ruta en
exceso larga, necesitaría un contingente tan nutrido como sus propias fuerzas
de combate a fin de guardarla. Cortaríamos el suministro en una docena de
sitios, y sin la menor dificultad.
Una vez más, se retorció las puntas de los mostachos e hizo un
alto antes de proseguir, en estos términos:
—Si algún conductor de nuestros adversarios se granjeó mi
respeto durante la conflagración anterior fue Kitiara, mi buen Tanis. Es
despiadada y ambiciosa, pero también inteligente y, en consecuencia, poco
proclive a correr riesgos fortuitos. Ha esperado dos años, en los que ha
congregado a sus dispersos partidarios y fortificado sus defensas donde no
osamos agredirla, algo de lo que es consciente. Es mucho lo que ha conseguido
para tirarlo todo por la borda en un plan tan desatinado como el que sugieres.
—Quizá no es ésa la línea de actuación que se ha trazado
—aventuró el semielfo.
—¿Acaso existe otra? —preguntó Gunthar, con la paciencia del
anciano frente al niño testarudo.
—¡Lo ignoro! —se violentó el interrogado—. Afirmas respetarla,
aunque quizá no es bastante. ¿La temes? ¿Intuyes siquiera de lo que es capaz?
Yo la conozco, y tengo la sensación de que una idea maquiavélica ha cruzado
por su retorcida mente.
Se quebró su acento al mencionar tan repetidamente a su antigua
amante, y tuvo que refugiarse en la contemplación del mapa. El caballero guardó
silencio, ya que había oído extraños rumores sobre aquel joven y la llamada
Kitiara y, aunque nunca les dio crédito, juzgó oportuno no profundizar en el
grado de intimidad que alcanzó su huésped con la mujer.
—No crees una palabra, ¿verdad? —le abordó Tanis de forma
abrupta.
Turbado, pillado por sorpresa, Gunthar se alisó los hirsutos
bigotes e, inclinándose, empezó a enrollar el mapa con un celo antinatural.
—Tanis, hijo, sabes que te has hecho acreedor a mi más sincero
elogio...
—Sí, ya hemos discutido antes mis merecimientos.
—Y que —continuó el coronel sin hacer caso de la interrupción—
no hay nadie en Krynn a quien reverencie tanto como a Elistan. Pero me colocas
en una situación espinosa al presentarte aquí y relatarme la historia que, a su
vez, te ha narrado a ti un Túnica Negra, y de la raza elfa por añadidura,
acerca de Raistlin, de su proyecto de penetrar en el Abismo y desafiar a la
Reina de la Oscuridad. No, peor todavía —rectificó—, pretendes convencerme de
que ese inefable hechicero ha puesto en práctica con éxito tan desmesurada
empresa. Ya no soy joven, en ningún aspecto, y te aseguro que he asistido a
singulares fenómenos a lo largo de mi existencia. No obstante, las nuevas que
me has transmitido se asemejan sospechosamente a esos cuentos que tanto gustan
a los niños cuando el sueño se muestra esquivo.
—Eso mismo dijeron de los dragones —persistió su interlocutor,
sonrojado su rostro bajo la barba. Mantuvo unos momentos la cabeza baja antes
de explicar, mesándose la pelirroja maraña que cubría su mentón y con la
mirada clavada en el mandatario—: Mi venerado señor, he viajado junto a
Raistlin, me he debatido con él y en su contra, he presenciado cómo crecían sus
dotes y su malignidad. ¡No hay límites que no esté dispuesto a transgredir
para incrementar su ya vasta soberanía en el universo arcano! Si mi consejo no
te basta, acata al menos el de Elistan —le invocó, y zarandeó su brazo—. ¡Te
necesitamos, Gunthar, a ti y a tus caballeros! Debes ampliar la guarnición en
la Torre del Sumo Sacerdote. El plazo se agota, pues, según Dalamar, en las
esferas de la Reina Oscura no existen los conceptos témporales. De modo que,
aunque Raistlin se enfrente a la soberana durante meses o años, en nuestro
plano sólo transcurrirán días. El elfo oscuro se halla persuadido de que el
retorno de su maestro es inminente. Yo no pongo en duda ninguna de sus
revelaciones, ni tampoco el anciano eclesiástico. ¿Por qué? Porque el aprendiz
está asustado. Siente miedo, y nos lo ha contagiado a nosotros.
»Tus espías te han referido el inusitado ajetreo que conmueve la
ciudad de Sanction. ¿Qué más evidencias precisas? Confía en mí, señor. Kitiara
ayudará a su hermano, ansiosa de obtener la recompensa que él debe haberle
prometido. Si triunfan, Raistlin, convertido en dios, entronizará a la dama y
dejará que gobierne el mundo. A ella siempre le atrajo el juego, apostaría su
propia vida a cambio de tan apetecible premio. Te lo suplico, Gunthar —exclamó,
ferviente, perentorio—, si no quieres escucharme, acompáñame a Palanthas y
entrevístate con Elistan.
El caballero examinó a la porfiada criatura, mezcla de elfo y
humano, que tanta vehemencia imprimía a sus alocuciones. Si Gunthar había
ascendido a su rango como adalid de la Orden era debido, básicamente, a su
honradez y ecuanimidad. Era asimismo un buen observador del carácter ajeno.
Desde que le presentaran a Tanis, después de finalizar la Guerra de la Lanza,
el semielfo había despertado sus simpatías. Aunque en seguida captó que algo
les separaba. Aquel que ahora recibía en calidad de huésped se recluía en una
aureola de reserva, de aislamiento, tras una barrera invisible que nadie podía
franquear.
Al escrutarle ahora, sin embargo, se sintió más cerca del
misterioso joven de lo que nunca soñó. Evaluó la sapiencia que reflejaban sus
almendrados ojos, una prudente erudición que había adquirido a través del
dolor, de suplicios interiores. Leyó temor en aquel libro abierto, el temor
propio de quien, poseedor de un arrojo intrínseco, no oculta su desasosiego.
Adivinó en su porte al cabecilla nato, no al que esgrime una espada y organiza
la carga de la batalla, sino al que se impone de manera pausada, serena,
arrancando lo mejor de los demás y alentándoles hasta suscitar en ellos
virtudes en embrión, que nunca imaginaron atesorar.
Comprendió Gunthar, en definitiva, algo que siempre se le
antojó oscuro y desentrañable, las motivaciones que impulsaron a Sturm
Brightblade, cuyo linaje se remontaba impoluto a antepasados caídos en el
olvido por su antigüedad, a seguir a aquel semielfo bastardo, fruto de una
brutal violación al decir del siempre entrometido populacho. Entendió la causa
de que la Laurana, Princesa elfa y una de las mujeres más fuertes y hermosas
que jamás conoció, se declarase dispuesta a sacrificarlo todo en aras del amor
de aquel hombre.
—Me avengo, Tanis —murmuró el coronel y se relajaron sus
facciones, una nota de tibieza enriqueció el acento fríamente correcto que
antes presidiera su diálogo—. Iré a Palanthas contigo, movilizaré a los
Caballeros de Solamnia y reforzaremos la Torre del Sumo Sacerdote para
prevenirnos contra posibles incursiones. Como antes he indicado, nuestros
espías anuncian que algo desacostumbrado bulle en Sanction. En cualquier caso,
aunque se trate de una falsa alarma, a mis seguidores no les vendrá mal ejercitarse
después de tan larga tregua. Todos se beneficiarán de un período de prácticas
al aire libre.
Tomada su decisión, Gunthar procedió a organizar un pequeño
caos doméstico. Llamó a gritos a Wills, su sirviente personal, y ordenó en una
batahola arrolladora que le bruñesen la armadura y afilaran su espada,
mientras, en el patio, los caballerizos preparaban el grifo. Pronto corrieron
de un lado a otro los afanosos criados y el ama que siempre había residido en
la mansión entró, resignada, en la sala, para insistir en que se arropase en su
capa forrada de piel, pese a la vecindad de las Fiestas de Primavera, dada la
inestabilidad climatológica.
Aturdido en medio de la confusión, Tanis volvió junto a la
chimenea, recogió su jarra de cerveza y tomó asiento para saborearla mejor.
Pero, después de todo, no la degustó, apenas se mojó los labios. Al contemplar
las llamas, vislumbró, una vez más, una sonrisa embrujadora, ambigua, enmarcada
en unos tirabuzones de oscuro cabello, no menos irresistibles.
6
El maestro
Crysania no tenía idea de cuánto tiempo llevaban Raistlin y ella
recorriendo las tierras distorsionadas, bañadas en matizaciones rojizas que
configuraban el Abismo. El transcurso de las horas se había convertido en un
concepto trivial, intranscendente, ya que en ocasiones le asaltaba la impresión
de haber permanecido en aquellos parajes unos breves segundos y poco después
quedaba convencida de que su odisea a través del monótono y, a la vez, mudable
territorio se había prolongado años enteros, sin que esta circunstancia
alterase nada. Se había curado de los efectos del veneno, pero se sentía débil,
exhausta, y los arañazos que tenía en los brazos no le cicatrizaban. Cada
mañana, si así podía llamarse a la ligera intensificación de la claridad,
renovaba las vendas, para hallarlas al anochecer saturadas de sangre.
Estaba hambrienta. Pero su apetito no era tanto la necesidad de
alimentos sólidos para conservar la vida como un ansia de saborear una fresa, o
un bocado de pan recién horneado o, también, una rama de menta. No la acuciaba
la sed, pero soñaba a menudo en un manantial de agua nítida, en una copa de
vino espumeante y en el aroma, tan difícil de percibir en el mundo onírico,
del té aderezado con canela. En este país el líquido presentaba colores pardos
y olía a putrefacción.
Avanzaban, o eso afirmaba Raistlin. El nigromante recobraba las
fuerzas a medida que la sacerdotisa las perdía. Ahora, pues, era él quien
ayudaba a su compañera a caminar en los tramos difíciles, quien encabezaba la
marcha sin descanso, atravesando una ciudad tras otra y acercándose, según
aseguraba a la languideciente mujer, a la Morada de los Dioses. Los pueblos,
imágenes distorsionadas de la realidad, que surcaban la región se mezclaban
confusos en la mente de Crysania, que no acertaba a distinguir los refugios
que-shu de Xak Tsaroth. Cruzaron el Mar Nuevo del Abismo, una singladura
espeluznante en la que la dama, al asomarse a la superficie de las aguas, se
enfrentó a los semblantes despavoridos de todos cuantos habían muerto en el
Cataclismo.
Desembarcaron en un punto que Raistlin identificó como
Sanction. La sacerdotisa notó que flaqueaban sus energías más que en ningún
otro episodio de su itinerario y así se lo comunicó al mago, quien le explicó
que era del todo normal puesto que se trataba del centro de culto por
antonomasia de la Reina de la Oscuridad. Los seguidores de la diosa peregrinaban
hasta la urbe desde recónditos confines para adorarla en los templos,
construidos en los subterráneos de las montañas llamadas Señores de la Muerte.
Durante la guerra, según el relato del hechicero, se realizaron en tales
vericuetos los ritos que metamorfosearon a los incubados hijos de los Dragones
del Bien en viles y aviesos draconianos.
Nada digno de mención ocurrió durante largo rato, o acaso habría
que decir en unos instantes. Nadie se volvió a fin de examinar a Raistlin por
segunda vez, nadie reparó en Crysania ni siquiera una, como si fuera invisible.
Jalonaron la ciudad de Sanction sin novedad, el archimago más firme y confiado
a cada paso. Ya en las afueras, anunció a su acompañante que su objetivo
estaba próximo, que la Morada de los Dioses se encontraba en una hondonada de
las Montañas Khalkist, hacia el norte.
Cómo podía orientarse en aquellos desfigurados paisajes escapaba
al entendimiento de la sacerdotisa, incapaz de discernir la dirección en que
avanzaban sin la guía del sol, las lunas ni las estrellas. Nunca era del todo
de noche ni tampoco de día, reinaba una luminosidad intermedia semejante, en su
flamígera aureola, por igual al alba y al crepúsculo, con la única salvedad de
los fugaces tránsitos a los que antes se ha aludido. Pensaba la mujer en tan
fantasmales portentos, arrastrando los pies junto al mago y olvidada toda
atención al trayecto dada la ausencia de hitos, cuando aquél se detuvo de
forma repentina. Al oírle inhalar aire en un ronco suspiro, al tantear su
brazo más cercano y hallarlo rígido, Crysania alzó la vista, alarmada.
Un hombre de mediana edad, ataviado con las albas vestiduras de
un maestro, caminaba por la vereda hacia la pareja.
—Recitad las palabras después de mí, recordando que es
importante darles la inflexión adecuada.
Despacio, pronunció las frases. También despacio, en fiel
imitación de su ritmo, la clase las repitió. Todos excepto uno.
—¡Raistlin!
Se hizo el silencio entre los alumnos.
—¿Maestro?
Fueron tres sílabas, pero el aludido no se molestó en disfrazar
el tono de mofa que las ribeteaba.
—No he observado el movimiento de tus labios.
—Quizá se deba a que no los he despegado —replicó el discípulo.
Si algún otro hubiera proferido tan desvergonzado comentario,
los jóvenes estudiantes de hechicería habrían intercambiado risas de
complicidad, pero todos sabían que Raistlin les profesaba idéntico desdén que
al profesor y, en consecuencia, le espiaron iracundos y se agitaron incómodos
en sus pupitres.
—Conoces ya la fórmula del encantamiento, ¿verdad, aprendiz?
—Por supuesto que sí —le espetó el muchacho—, desde que tenía
seis años. ¿Acaso a ti te la enseñaron anoche?
El maestro bramó, echando chispas por los ojos y con la faz
purpúrea a causa de la rabia:
—¡Esta vez has ido demasiado lejos! No puedo consentir que
adquieras el hábito de insultarme. El aula se desvaneció del campo de visión
del joven, se disolvió en el vacío. Sólo el maestro se mantuvo inmutable,
mientras, bajo su escrutinio, los blancos ropajes que le cubrían se
transformaban en una túnica de nigromante. Aquellos rasgos fláccidos, anodinos,
de persona insípida se transformaron hasta investirse de la sutil malevolencia
de la perversidad, al mismo tiempo que aparecía en derredor del cuello un
talismán, un enorme rubí a guisa de colgante.
—Fistandantilus —lo reconoció Raistlin, demasiado asombrado
para gritar.
—Volvemos a encontrarnos, aprendiz, aunque en una situación muy
diferente. ¿Qué ha sido de tu magia?
El arcano personaje prorrumpió en carcajadas y acarició, con
dedos marchitos, la alhaja que pendía sobre el terciopelo.
Un espasmo de pánico estremeció al alumno, restituido a su
condición de humano adulto. ¿Preguntaba el archimago por su magia? Se había
evaporado. Consciente del peligro, trémulas sus manos, hizo un esfuerzo para
invocar un sortilegio defensivo, pero los versículos giraban en un torbellino
en su cerebro y se deslizaban hacia simas inexpugnables antes de que los
atrapara en su zarpa. Una bola de fuego brotó de las llamas de su adversario,
y ensayó un angustiado alarido.
«¡El Bastón de Mago!», se dijo de pronto. Sin duda los poderes
del cayado no resultaron afectados al internarse en el abismo, así que lo alzó
en el aire y, sosteniéndolo en alto, le exhortó a protegerle. De nada sirvió.
El bastón empezó a ondularse y enroscarse sobre sí mismo.
—¡Obedece mi mandato! —le imprecó, con la premura que le
dictaban a la par la furia y el terror.
Mientras formaba resbaladizos tirabuzones, el que fuera un
objeto inanimado descendió por su brazo. No era ya un bastón sino una
descomunal serpiente, que clavaba los colmillos en su carne.
Entre aullidos lastimeros, Raistlin cayó de rodillas y se
debatió a la desesperada para eludir la emponzoñada mordedura del ofidio.
Pero, en su lucha contra un enemigo, había olvidado al otro. Resonaron en sus
tímpanos los intrincados cánticos de un hechizo y, al levantar la vista,
constató que Fistandantilus se había esfumado y ocupaba su lugar un espectro,
un elfo oscuro. Era aquélla la criatura que hubo de derrotar en la fase
definitiva de la Prueba.
No había reaccionado a la presencia del muerto viviente cuando
éste, a su vez, fue reemplazado por Dalamar. Sin concederle una tregua, el
acólito le lanzó un relámpago ígneo. El proyectil dio paso a una espada, que
se incrustó en su vientre hecha daga, esgrimida por un enano barbilampiño.
Un incendio abrasador socarró su piel, el acero ensartó sus
órganos, los colmillos perforaron sus sudorosos poros. Tuvo la sensación de
zambullirse en la negrura, condenado sin remedio, pero en el último instante
le deslumbró un haz de luz blanca, le envolvieron unos pliegues de igual color
y le arropó un pecho blando, cálido.
El mago sonrió, pues las convulsiones que castigaban aquel
cuerpo que escudaba al suyo y los plañidos de dolor le revelaban que las armas
lastimaban a su dueña, a la sacerdotisa, no a él.
7
El viejo colega
— ¡El caballero
Gunthar, qué inesperado placer! —saludó Amothus, Señor de Palanthas, poniéndose
en pie—. También me alegra mucho verte a ti, Tanis. Presumo que ambos habéis
venido para dirigir los preparativos de las celebraciones que se avecinan, la
Fiesta de la Paz. Me complace sobremanera que este año podamos iniciarlos con
la suficiente antelación. Yo o, mejor dicho, el comité y yo pensamos...
—Te equivocas —le sacó Gunthar de su error, a la vez que
recorría la sala de audiencias de la máxima autoridad de la urbe y la examinaba
con ojo crítico, calculando ya mentalmente qué medidas se tomarían si se hacía
imprescindible fortificarla—. El propósito de nuestra visita es discutir la
defensa de tu ciudad.
Amothus observó con un pestañeo de perplejidad al adalid de la
Orden solámnica, que se había acercado a la ventana.
—Demasiadas cristaleras —protestó el coronel al cabo de unos
segundos, una aseveración que incrementó hasta tal extremo el asombro del
mandatario que éste, como si fuera culpable, balbuceó una disculpa y se
inmovilizó desconcertado en el centro de la estancia.
—¿Hemos sido atacados? —se aventuró a indagar, transcurridos
unos minutos de inspección por parte del recién llegado.
Gunthar dirigió a Tanis una penetrante mirada. Con un suspiro,
el semielfo recordó a Amothus en actitud de delicada cortesía la advertencia
del elfo oscuro, Dalamar, acerca de los planes que había concebido Kitiara, la
Señora del Dragón, de entrar en Palanthas a fin de ayudar a su hermano
Raistlin, amo de la Torre de la Alta Hechicería, en su lucha contra la Reina de
la Oscuridad.
Concluido tan complicado parlamento, que habría sumido en la
confusión a cualquiera que no conociera de antemano sus maquinaciones, el
digno oyente declaró:
—¡Ah, sí! Pero no creo que debáis preocuparos por Palanthas. —Y
ondeó una mano displicente, cual si ahuyentara una mosca—. La Torre del Sumo
Sacerdote, Gunthar...
—He dado orden de reforzar la guarnición —repuso el
interpelado, en una brusca interrupción que denotaba su impaciencia—. He
doblado el contingente de tropas en ese punto estratégico, ya que es allí
donde más cruento será el asalto. No existe otro medio de alcanzar Palanthas
salvo el mar, y ostentamos una absoluta supremacía en el elemento acuático.
No, el adversario avanzará por tierra si bien, celoso de mi deber, he de tomar
precauciones. Quiero estar seguro de que, en el caso improbable de que sufriéramos
un revés o nos tendieran una trampa, Palanthas será capaz de salvaguardarse a
sí misma.
Ahora que había tomado las riendas de la acción, Gunthar se
lanzó a la carga. Saltando imaginariamente sobre el obstáculo que le oponía
Amothus cuando insinuó, disgustado, la conveniencia de elaborar las tácticas
con sus generales, arreció el galope y no tardó en dejar al mandatario civil
asfixiado en la polvareda verbal de sus disquisiciones acerca de la dispersión
de los cuerpos de ejército, las requisas de abastos, las reservas secretas de
material y otros tecnicismos similares. El Señor de la ciudad se dio por
vencido, pero, temeroso de herir susceptibilidades, se sentó y aparentó
interés en la arenga mientras, parapetado tras la máscara de los buenos
modales, se abandonaba a otras reflexiones. Todo aquello era una insensatez;
Palanthas nunca había sufrido los efectos de una contienda. Quien pretendiera
acceder a ella debería franquear antes el obstáculo de la Torre del Sumo
Sacerdote y nadie había logrado romper tal barrera, ni siquiera las fuerzas
del Mal en la última guerra.
Tanis, discreto espectador de la escena, adivinó el
distanciamiento mental de Amothus y sonrió. Empezaba a preguntarse cómo
escaparía, también él, de la matanza por donde ahora discurría la inagotable
verborrea del caballero, cuando se oyó el repicar de unos nudillos en una de
las egregias, áureas y profusamente talladas puertas. El dignatario se incorporó
con la expresión de quien escucha los clarines del rescate, pero antes de que
atinara a pronunciar una palabra se abrió la puerta y penetró en la sala un
anciano criado.
Charles, procedente de las remotas tribus de Sajonia, estaba al
servicio de la casa real de Palanthas desde hacía más de medio siglo. No podían
arreglárselas sin él, y era consciente de este hecho. Se hallaba al corriente
de todo, del número exacto de barriles de vino que dormitaban en las bodegas,
de dónde debía acomodarse a determinado elfo en un ágape protocolario, si al
lado de una dama de su raza o mejor de una humana, como era el caso en los
festines de confraternización, incluso de la fecha exacta en que se había
ventilado la lencería por última vez. Aunque su conducta fue siempre deferente
y respetuosa, algo en su manera de torcer el labio implicaba una exigencia de
que el día de su muerte, lo mínimo que podía hacer el palacio entero era
desmoronarse alrededor de su amo.
—Lamento molestaros, señor —se excusó.
—No te inquietes— le tranquilizó el otro, que no cabía en sí de
gozo—. Estás dispensado, te lo garantizo en nombre de mis huéspedes y de...
—Pero traen un mensaje urgente para Tanis el Semielfo —terminó
Charles, inflexible, con una mueca de reproche a su superior por perderse en
vaguedades.
— ¡Oh! —exclamó Amothus, incapaz de ocultar su desencanto—.
¿Para Tanis el Semielfo? —se cercioró.
—Así es, señor —confirmó el servidor.
—¿No es para mí? —persistió el adalid palanthiano, viendo que la
salvación desaparecía en el horizonte de sus anhelos.
—No, señor.
—De acuerdo. Gracias, Charles. —Amothus suspiró, y se dirigió
al afortunado— Tanis, será mejor que acompañes...
Pero el semielfo ya había cruzado la sala.
—¿De qué se trata? —interrogó al criado—. ¿No serán noticias de
Laurana?
—Os ruego que me sigáis, señoría —eludió el criado con su
habitual prosopopeya, mientras que, extendida la mano, le invitaba a cruzar el
umbral.
Una mirada del enigmático anciano recordó al héroe de la Lanza,
cuando se aprestaba a salir, que debía volverse y saludar mediante una
inclinación de cabeza a las dos autoridades presentes. El coronel Gunthar le
sonrió y agitó la mano en señal de despedida, mientras que Amothus, la máxima
dignidad civil de la ciudad, no pudo refrenar la envidia que delataban sus
pupilas y tuvo que evitar todo gesto expresivo. Sin más que un leve ademán, el
mandatario se hundió en su butaca y se preparó para escuchar una enumeración
del equipo que precisaba el aceite hirviendo si había de producir las bajas
deseadas.
Con sumo cuidado, Charles cerró la puerta una vez hubo pasado el
huésped.
—¿Qué sucede? —le apremió éste, solos ya en el corredor—. ¿Te ha
comunicado algo el emisario?
—Sí, señoría —se sinceró al fin Charles, mudándose su expresión
hasta asumir la dulzura nostálgica del pesar—. No debía revelároslo a menos
que fuera absolutamente indispensable para liberaros de vuestro compromiso.
Elistan, el Hijo Venerable, está en trance de muerte. Quienes le asisten no le
auguran más que unas horas. Sus ojos han visto ya el último amanecer.
El césped del Templo se mecía pacífico, sereno, en la brisa que
preludiaba el ocaso. El sol se ponía no con fúlgido esplendor, sino con una
luminosidad perlífera que invadía el cielo en un arco iris de suaves colores,
un tornasol comparable a una concha marina. Tanis, que esperaba hallar en los
aledaños a una muchedumbre ansiosa de nuevas mientras los clérigos de albo
hábito corrían de un lado a otro, se sorprendió frente al orden y la calma
reinantes. Algunos grupos descansaban sobre la hierba como de costumbre, los
sacerdotes paseaban junto a los macizos de flores departiendo en tonos quedos
o, si estaban solos, perdidos en silenciosas elucubraciones.
Quizá el emisario se había equivocado o había recibido una
información inexacta, decidió el semielfo. Hubo de rectificar, no obstante,
cuando pasó por su lado, mientras cruzaba el aterciopelado tramo de verdor,
una joven novicia. La muchacha alzó el rostro y Tanis descubrió que tenía los
ojos enrojecidos e hinchados a causa del llanto, lo que no le impidió sonreír,
secar las huellas de su tribulación y seguir su camino.
De repente el visitante cayó en la cuenta de que ni Amothus,
gobernante de Palanthas, ni Gunthar, paladín de los Caballeros de Solamnia,
habían sido puestos en antecedentes. Entristecido, comprendió el motivo:
Elistan moriría como había vivido, revestido de una callada sobriedad.
Un acólito, poco más que un adolescente, salió a su encuentro a
la puerta del Templo.
—Bienvenido, Tanis el Semielfo —le susurró—. Aguardan tu
llegada. Acompáñame, te lo suplico.
Unas sombras perturbadoras se cerraron sobre el huésped al
percatarse de que, dentro del edificio, el duelo era patente. Un elfo tañía el
arpa, arrancándole armoniosas melodías, y los clérigos formaban corrillos en
los que, enlazados sus brazos, compartían cierto solaz en aquella hora de
prueba. Sin que pudiera evitarlo, las lágrimas nublaron momentáneamente la
visión de Tanis.
—Te agradecemos que hayas regresado a tiempo —continuó el
neófito, que, diligente, guiaba al invitado hacia las entrañas del Templo—.
Temimos que te fuera imposible. Difundimos la inminencia del suceso tan sólo
entre quienes habían de guardar el secreto de nuestra consternación, en
obediencia a la voluntad de Elistan de partir de este mundo con placidez.
El semielfo asintió de forma brusca, congratulándose de que la
barba camuflara sus lágrimas de decaimiento. No se avergonzaba de sus
sollozos: circulaba por sus venas sangre elfa y las criaturas de esta raza
consideran la vida como el más sagrado don de los dioses, así que lamentar su
pérdida o, de hecho, exteriorizar los sentimientos, es algo natural en ellos,
al contrario de lo que les ocurre a los humanos. El motivo de que Tanis
prefiriese encubrir su pesadumbre era el miedo a que tal despliegue abatiera a
Elistan. Sabía la gran aflicción que causaba al bondadoso anciano el
conocimiento de la amargura en que su fallecimiento había de sumir a quienes
dejaba.
Entraron ambos personajes en una cámara interior donde estaban
reunidos Garad y otros Hijos Venerables de ambos sexos, cabizbajos y ocupados
en dedicarse recíprocas frases de consuelo. Tras ellos se erguía una puerta
cerrada, en la que confluían furtivos escrutinios. Tanis no abrigaba la menor
duda acerca de quién era el ocupante de la alcoba que se hallaba al otro lado.
Al oír sus pisadas, Garad atravesó la cámara para saludarle.
—Es un alivio que hayas podido desatender tus obligaciones —dijo
con acento cordial. Era un elfo Silvanesti, probablemente uno de los primeros
conversos de su pueblo a la religión olvidada decenios atrás—. Nos inquietaba
que contestaras a nuestro requerimiento demasiado tarde.
—La evolución de su enfermedad debe haberse precipitado —murmuró
el visitante, incómodo al apercibirse de que, con las prisas, no se había desprendido
de su espada y ahora ésta repiqueteaba en áspera barahúnda en medio del callado
entorno.
—Sí, se puso muy grave la noche de tu partida —informó Garad—.
Ignoro el contenido de vuestro postrer conciliábulo, pero Elistan recibió un
gran impacto y no ha cesado de sufrir desde entonces. Nada de lo que hacíamos
parecía ayudarle, hasta que se personó en el Templo Dalamar, el aprendiz del
nigromante. —Al mencionar este nombre, el narrador frunció el entrecejo—.
Traía consigo una poción susceptible, según aseveró, de mitigar el dolor. Cómo
se enteró de los luctuosos eventos es para mí un misterio, aunque nada me
sorprende proviniendo de un habitante de esa extraña mole.
Al proferir esta frase oteó, a través de la ventana, el perfil
de la Torre. Su contorno se elevaba desafiante, cual una sombra fantasmal que
negase a los congregados la brillante luz del sol.
—¿Le dejaste entrar? —preguntó Tanis, anonadado.
—Yo habría rehusado —afirmó el aludido—, pero Elistan dio
órdenes concretas de que se le admitiera. Y he de reconocer que su pócima
surtió efecto. En cuanto se la administró al agonizante, los ataques cedieron.
Ahora el maestro gozará de su pleno derecho a morir con serenidad.
—¿Y Dalamar?
—En la alcoba. No se ha movido ni hablado desde que se instaló,
se limita a ocupar un rincón y guardar silencio. No obstante —puntualizó el
clérigo—, su presencia reconforta a Elistan y permitimos que se quede.
«Me gustaría verte en el trance de sugerirle que se vaya», pensó
el semielfo.
Se abrió la puerta de la estancia vecina. Los eclesiásticos
alzaron la vista asaltados por un mal presagio, pero era sólo el acólito. El
joven novicio había llamado mediante un suave golpeteo y, tras entreabrirse la
puerta, sostuvo una conferencia particular con quien había acudido desde el
otro lado. A los pocos segundos, se volvió e indicó a Tanis que se acercase.
El semielfo se introdujo en el pequeño, apenas amueblado
aposento con el propósito de no armar revuelo, de avanzar sigiloso como
aquellos clérigos de hábitos susurrantes y acolchadas pantuflas. Fue inútil: su
espada matraqueaba, las botas crujían y las hebillas tintineaban al
entrechocar. Para sus propios oídos, el estruendo que provocaba en nada
difería del de un ejército de enanos. Ardientes sus pómulos, trató de poner
remedio caminando de puntillas. En aquel instante, Elistan giró la cabeza en la
almohada y, pese a su ostensible debilidad, se carcajeó.
—Mi querido amigo,
cualquiera que te
viera deduciría que te has colado aquí para robarme —comentó el
yaciente, al mismo tiempo que levantaba su mano y se la tendía en actitud
afectuosa.
Tanis ensayó una sonrisa, una frustrada tentativa. Oyó cómo
cerraban quedamente la puerta a su espalda y, de manera instintiva, fijó su
atención en la tenebrosa figura que oscurecía una esquina. No la inspeccionó
mucho rato. Prefirió centrar su interés en aquella criatura que se hallaba
postrada en su último lecho. Arrodillándose junto al anciano, junto al hombre
al que había rescatado de las minas de Pax Tharkas y que, merced a su benéfica
influencia, había desempeñado un papel tan importante en su vida y la de
Laurana, el semielfo asió la mano que le ofrecía y la estrechó con fuerza.
—¡Cuánto desearía poder enfrentarme a este enemigo en tu lugar,
Elistan! —exclamó, puesta su mirada en la mano fláccida, blanquecina que
encerraba la suya, firme y curtida.
—No es ningún adversario quien viene en mi busca, Tanis, sino
un viejo colega. —El enfermo retiró, sin violencia, la mano para dar al
semielfo unas palmadas en el hombro—. Ahora no eres capaz de entenderlo, pero
te garantizo que algún día lo harás. De todos modos, mi objetivo al mandarte
recado de mi situación no era abrumarte con una lastimera despedida, sino
encomendarte una tarea.
Hizo un significativo gesto y el acólito, que estaba también en
la habitación, dio unos pasos hacia ellos con un cofre de madera y se lo
entregó a su superior. El ente de la esquina no pestañeó, se diría que se
había convertido en estatua.
Tras izar la tapa del objeto, el moribundo extrajo de su
interior un rollo de blanco pergamino. Alcanzó la palma de Tanis, posó el
documento y cerró los dedos sobre él.
—Dale esto a Crysania —encargó a su atento oyente—. Si
sobrevive, la sacerdotisa ha de ser mi sucesora como cabeza de la Iglesia. —Iba
a enmudecer pero al ver la expresión dubitativa, reprobatoria que adoptó el
semielfo, le aleccionó—: Amigo mío, tú mismo has recorrido las sendas de la
noche. Nadie sabe de tus luchas y padecimientos más que yo, pues estuvimos a
punto de perderte y esta perspectiva me apenaba inmensamente. Al fin te
resististe a las tinieblas y volviste a disfrutar de la luminosidad diurna,
enriquecido por el conocimiento de lo que habías ganado. En un desenlace
análogo estriban mis esperanzas respecto a Crysania. Su fe es inquebrantable,
su único defecto es, tú bien lo enjuiciaste, su carencia de calidez, de
conmiseración y de humanidad. Tendría que aprender, presenciando la escena, las
lecciones que nos ha enseñado la caída del Príncipe de los Sacerdotes. Era
imprescindible infligirle heridas, Tanis, abrir en sus entrañas profundas
llagas, antes de que reaccionase a los daños ajenos. Y, sobre todo, tenía que
amar.
Entornó los párpados, lleno de angustia su rostro demacrado,
estragado por el sufrimiento.
—De haber podido, amigo, habría elegido para ella un destino
diferente —prosiguió—, la habría llevado por otros derroteros menos
peligrosos. Sin embargo, ¿quién osa cuestionar los designios de los dioses? Yo
no, desde luego. Aunque —admitió—, en ocasiones, me entran ganas de discrepar.
Abrió los ojos mientras así se expresaba y, al clavarlos en
Tanis, éste detectó en ellos un amago de ira. El neófito se aproximó entonces
con paso amortiguado. Las resonancias de su desplazamiento no pasaron
inadvertidas al semielfo, pese a su sigilo y al hecho de que él estaba de
espaldas.
—En cuanto creen que me excito —explicó Elistan— vienen prestos
a interrumpir mi conversación. Les preocupa que los visitantes me cansen o alteren
y lo cierto es que lo hacen, pero yo apuro mis energías porque pronto me
repondré en un reposo eterno. —Cerró las pupilas, y sonrió—. Sí, eterno. Mi
viejo colega me recogerá y andará a mi lado, guiará mi incierto deambular.
Poniéndose en pie, el semielfo consultó al acólito con un
ademán. El joven meneó la cabeza y musitó:
—Ignoramos la identidad de ese «viejo colega» al que alude
constantemente. Incluso se nos ocurrió que podrías ser tú...
Le interceptó la voz del patriarca, cristalina a despecho de
los quiebros que le imponía la edad.
—Adiós, Tanis el Semielfo. Transmite mi cariño a Laurana. Garad
y los otros —apuntó a la puerta con la barbilla— están al corriente de mi
dictamen en el asunto de la sucesión, y del cometido que te he confiado. Te
prestarán su apoyo en todo cuanto les sea posible. Y, ahora, adiós de nuevo y
para siempre. Que Paladine te colme de bendiciones.
El héroe de la Lanza no despegó los labios. Las palabras
habrían sido una pálida representación de sus emociones. Se agachó, apretujó la
mano del clérigo, asintió y, volviéndose abruptamente, atravesó la estancia
sin examinar a la negra figura de la esquina y salió envuelto en un mar de
lágrimas.
Garad acompañó al visitante hasta el pórtico principal del
Templo.
—Conozco la misión de la que tú eres responsable —anunció el
clérigo—, y puedes creerme cuando te digo que anhelo fervientemente que las
aspiraciones de Elistan se hagan realidad. Según se me ha comunicado, la Hija
Venerable Crysania participa en un peregrinaje que acaso resulte azaroso.
—Más que eso —se atrevió a contestar el semielfo, sin extenderse
en aclaraciones.
—Ojalá Paladine la acompañe —deseó Garad con un suspiro—. Todos
rezamos por ella. Es una mujer fuerte y nuestra institución precisa de juventud
y vitalidad si pretende crecer, propagarse. Cualquier tipo de ayuda que
necesites, Tanis, no dudes en planteárnosla.
El interpelado, en su desolación, sólo atinó a interponer un
cortés, escueto aserto de gratitud. Con una reverencia, Garad corrió junto al
agonizante maestro mientras el semielfo hacía una pausa cerca del portalón, en
un esfuerzo por recuperar el control antes de lanzarse a la calle. Se
encontraba apoyado en el muro, reconsiderando las frases de Elistan, cuando
llegó a sus oídos una reyerta que, habida cuenta de la intensidad sonora, tenía
lugar en el mismo acceso.
—Lo siento, señor, no puedo consentir que penetren extraños en
el Templo —declaró un acólito con determinación, aunque amable.
— ¡Un extraño! —se encolerizó la criatura a quien iba dirigido
tal rechazo—. Pero no perdamos tiempo en argumentos banales. Tengo que ver a
Elistan sin demora —exigió en un tono quejumbroso y desafinado que denunciaba
un carácter excéntrico.
Tanis hubo de sujetarse a la pared para no desplomarse. Aquella
voz le era familiar. Los recuerdos se agolparon en su cerebro en un embate tan
poderoso que, durante unos segundos, no consiguió moverse ni articular una
sílaba.
—Quizá si os presentarais debidamente, por vuestro nombre
—propuso el neófito—, podría enviarle noticia...
—¿Mi nombre? —repitió el otro—. ¡Haber empezado por ahí! Me
llamo... me llamo... —balbuceó un poco trastornado—. Te aseguro que ayer lo
sabía.
Resonó en el ambiente el irritado tamborileo de un bastón sobre
los peldaños de la escalinata, y el visitante persistió con timbre agudo,
chirriante casi:
—Soy una persona muy importante, jovencito, y no estoy
acostumbrado a que se me trate con semejante impertinencia. Apártate de mi
camino antes de obligarme a hacer algo que haya de lamentar. Perdón, me he
confundido —se corrigió—, serás tú quien lo lamente. ¿O acaso los dos? Sea
como fuere, yo pasaré a la acción y alguien saldrá perjudicado.
—Os suplico que me disculpéis, señor —se impacientó el clérigo,
a pesar de sus exquisitos modales—, pero sin una referencia clara no permitiré
que os internéis en este recinto.
Un breve forcejeo inundó los tímpanos de Tanis, sucedido por el
silencio y un murmullo auténticamente siniestro, el de las páginas de un libro
hojeado a toda velocidad. Sonriendo entre sollozos, el semielfo se asomó al
lugar del altercado, y al espiar la figura del recién llegado, distinguió a un
anciano mago en los sobrios escalones del Templo. Ataviado con ropajes de
tonalidades grisáceas, a punto su deformado y picudo sombrero de liberarse de
la atadura de su cabeza, el vetusto viajero constituía un espectáculo que en
nada favorecía su reputación. Había apoyado el sencillo bastón de madera que
portaba contra un tabique e, indiferente al enrojecido e indignado acólito,
revisaba su libro de encantamientos en absoluto desconcierto y farfullando:
—Bola de fuego... ¿Dónde se ha escondido ese dichoso
sortilegio?
Tanis resolvió interceder. Posó la mano en el hombro del
neófito, y corroboró:
—Es, en efecto, una persona importante. Puedes dejarle entrar,
yo respondo por él.
—¿De verdad? —indagó el joven, todavía circunspecto, reacio. Al
oír una tercera voz, el mago alzó la vista.
—¿Una persona importante? —recitó por inercia, pues sólo había
reparado en esta parte de la alocución del semielfo—. ¿Quién es? ¿Vos, señor?
—abordó a su fiador—. ¿Cómo estáis?
Comenzó a alargar la mano a la vez que, entusiasmado, daba un
paso al frente. Pero se enredó en los pliegues de su sayo y el arcano volumen
se estrelló contra su pie. Al inclinarse para asirlo, tropezó con el bastón,
que salió rodando escaleras abajo en medio de un gran estrépito, y, por si
tales desgracias fueran pocas, el sombrero echó a volar en una de las inconexas
secuencias. Tanis y el clérigo tuvieron que aunar sus esfuerzos a fin de
devolver al anciano la compostura.
—¡Me ha dado
en el dedo
más encallecido! —protestó el
accidentado mientras le auxiliaban—. He perdido la noción de mi paradero.
¡Estúpido cayado! ¿Dónde ha ido a parar mi sombrero?
Pese a tamañas peripecias, quedó más o menos incólume. Embutió
el tomo en una bolsa, que le servía de funda, y se caló el redondel de fieltro
en el cráneo, no sin antes invertir el orden lógico de las operaciones y tener
que empezar de nuevo. Por desgracia, su rebelde tocado rehusó acoplarse y el
ala se deslizó hasta cubrirle los ojos.
—¡Los dioses me han castigado con la ceguera! —aventuró el
hechicero, tanteando el aire con frenesí. Este percance pronto se solventó. El
acólito, estudiando a Tanis con una creciente incertidumbre, agarró el
sombrero y, gentil, lo retiró de manera que se encajara en el canoso cabello.
Esta amabilidad enojó al veterano personaje, quien, tras censurar al joven a
través de sus dilatadas pupilas, observó al semielfo y demandó:
—¿Persona importante? Sí, creo que lo eres. ¿No hemos coincidido
ya en alguna ocasión?
—Naturalmente —repuso el otro—. Pero eres tú la criatura
importante a la que me refería, Fizban.
—¿Yo? —El mago quedó unos momentos petrificado hasta que, dueño
de nuevo de sí mismo, emitió un gruñido y se ensañó con el pobre novicio—.
Claro, tú tienes la culpa de todo este embrollo. Deja ya de interponerte en mi
camino. No permanezcas tieso como un pasmarote —le apremió.
Después de atravesar el umbral del Templo, el viejo examinó a
Tanis desde debajo del ala del andrajoso sombrero. Descansó la mano en el
brazo del semielfo y, desvanecida la nota de atolondramiento de sus rasgos y su
voz, le contempló sin un pestañeo y sentenció:
—Nunca antes afrontaste una hora tan negra como la que te
aguarda, héroe de la Lanza. Hay esperanzas, pero debe triunfar el amor.
Dicho esto se alejó, a un ágil trotecillo que desentonaba con
su añejo aspecto. Pero casi de inmediato, se equivocó en el rumbo y acabó en el
interior de un estrecho gabinete. Dos sacerdotes corrieron a rescatarle y le
hicieron de guías.
—¿Quién es? —preguntó el neófito, perplejo, al mismo tiempo que
echaba a andar detrás del trío.
—Un amigo de Elistan —especificó Tanis—. Lo que podría
denominarse un viejo colega.
Cuando partía del santuario, una nueva imprecación retumbó en
las vías auditivas del semielfo:
—¡Que alguien me traiga el sombrero!
8
El juicio
—¿Crysania?
No hubo más contestación que un tenue gemido.
—Serénate, tus heridas revisten cierta gravedad pero el enemigo
ya se ha ido. Bebe este preparado para calmar el dolor.
Extrayendo varias hierbas de unos saquillos, Raistlin elaboró
una mixtura en un cuenco de agua caliente y, tras incorporar a la sacerdotisa
en el lecho de hojas ensangrentadas donde yacía, llevó el recipiente a sus
labios. Cuando hubo sorbido el brebaje, la mujer abrió los ojos y sus
contraídas facciones se ensancharon.
—Tenías razón —admitió, reclinada en su protector—. Me
encuentro algo restablecida.
—Y ahora debes orar a Paladine para que te cure, Hija Venerable.
Tenemos que seguir adelante.
—No sé, Raistlin —titubeó ella—. Flaquean mis energías, y la
divinidad parece hallarse muy lejos de nosotros.
—¿Rezar a Paladine? —se interfirió una tercera voz, firme y
cavernosa—. ¡Eres un blasfemo, Túnica Negra!
Molesto, pero más aún inquieto, el aludido levantó los ojos.
Casi se le salieron de las órbitas.
— ¡Sturm! —exclamó sin resuello.
El caballero no le oyó, estaba demasiado absorto en la
contemplación de Crysania y las llagas de su cuerpo que, aunque no sanaron del
todo, se secaron en unos segundos.
—¡Brujería! —la acusó el atónito observador, y desenvainó la
espada.
—Nada de eso, buen caballero —le enmendó la sacerdotisa—. No soy
una bruja, sino una sacerdotisa de Paladine, como podéis comprobarlo por mi
Medallón.
— ¡Mientes! —replicó, furioso, Sturm—. Los clérigos
desaparecieron antes del Cataclismo. Y, además, si lo fueras repudiarías la
compañía de este engendro del Mal.
—Sturm, ¿no me reconoces? Soy yo, Raistlin. —Excitado, el
archimago se puso en pie—. Mírame con atención. No puedes haberme olvidado.
El que fuera bravo guerrero se volvió hacia el que así lo
interpelaba y le puso el filo de su acero en la garganta.
—Ignoro por qué medios esotéricos has averiguado mi nombre —le
espetó—, pero si lo pronuncias una vez más habrás de atenerte a las
consecuencias. En Solace empleamos sistemas expeditivos para desembarazarnos
de los de tu calaña.
—Siendo un virtuoso caballero, ligado por votos de equidad y
obediencia, invoco a tu sentido de la justicia —dijo Crysania, al mismo tiempo
que se enderezaba, con ayuda de Raistlin.
Se suavizó el semblante del aparecido quien, reverente, inclinó
la cabeza y envainó la espada, no sin dirigir a Raistlin una mirada de soslayo.
—Es cierto lo que afirmas, señora —concedió—. Estoy vinculado a
inviolables promesas. Te garantizo un comportamiento ecuánime.
Mientras hacía tan nobles comentarios, la alfombra de hojarasca
se transformó en un suelo de madera, el cielo en techo, la senda en un pasillo
entre dos hileras de bancos. «Estamos en una especie de tribunal», pensó
Raistlin, aturdido por el cambio. Doblado aún su brazo para que se apoyara la
mujer, avanzaron a través de la nave y la ayudó a sentarse frente a una mesa
colocada en el centro de la sala. Se erguía delante de ellos una plataforma y,
al volver la vista atrás, el mago descubrió que la estancia estaba abarrotada
de personas, todas rebosantes de gozo.
Examinó mejor a la concurrencia. ¡Conocía aquellas criaturas!
Allí estaba Otik, propietario de la posada «El Último Hogar», devorando una
fuente entera de patatas especiadas. Tika, a su lado, ondeaba los pelirrojos
tirabuzones de su melena, a la vez que señalaba a Crysania y chismorreaba entre
sonoras risotadas. ¡Y también Kitiara se hallaba presente! Recostada en
actitud displicente en el marco de la puerta, ajena al acoso de una turba de
admiradores, detuvo su mirada en Raistlin y le dedicó un guiño.
Pero el hechicero no hizo caso de tan insidiosa complicidad y,
febril, siguió con su inspección. Su padre, un paupérrimo leñador, estaba
sentado en un discreto rincón, hundidos los hombros y cruzado su rostro por los
surcos perpetuos de la angustia y la infelicidad. Laurana se había acomodado en
un lugar apartado, donde su belleza de elfa destacaba cual una estrella en la
negra noche.
Junto a Raistlin, la sacerdotisa, que también se había girado,
gritó:
— ¡Elistan, préstame tu respaldo!
Uniendo la acción a la palabra, la mujer abandonó su asiento y
retrocedió unos pasos con la mano extendida. Pero el clérigo se limitó a
mirarla entristecido y significarle su negativa mediante un gesto.
—Levantaos y honrad a su señoría.
Con más ajetreo y bullicio del deseable, el pleno de la sala se
puso de pie. Un respetuoso silencio, no obstante, sucedió al crujir del
entarimado cuando el juez se personó en el atestado tribunal. Vestía la indumentaria
encarnada que correspondía a los servidores de Gilean, dios de la Neutralidad,
y su porte le delataba como un ser joven, aunque en la penumbra el nigromante
no logró verlo bien. Hasta que se acomodó en su butaca, detrás del estrado, no
expuso sus rasgos de semielfo a la luz del sol que entraba por una ventana.
—¡Tanis! —vociferó Raistlin, y dio una zancada en su dirección.
Pero el barbudo semielfo frunció el entrecejo, frente a tan
insólita conducta, al mismo tiempo que un enano viejo y gruñón, el ujier,
azuzaba al mago en el costado con el extremo romo de su hacha.
—Siéntate, brujo, y no hables hasta que se te autorice.
—¿Flint? —inquirió el hechicero, y le zarandeó por el brazo—.
¿No ves que soy Raistlin, tu antiguo compañero de infortunio?
—¡No oses tocar a un funcionario de la justicia! —rugió el
hombrecillo en la cumbre del enfado, apartando el brazo de un brusco tirón y,
sin cesar de refunfuñar, ocupando su puesto en la plataforma—. No muestran la
menor deferencia a una persona de mi veteranía y condición. Te tratan como un
saco de harina que cualquiera tuviera derecho a manosear.
—No te exaltes, Flint, es suficiente —le atajó Tanis. Espiando
receloso a la pareja de la mesa, inauguró la sesión—. ¿Quién presentará los
cargos contra los inculpados?
—Yo lo haré —anunció un caballero enfundado en una reluciente
armadura, y se incorporó en el banquillo.
—De acuerdo, Sturm Brightblade —asintió el juez—, en su momento
podrás relatar al tribunal los crímenes que les atribuyes. ¿Quién será el
defensor?
Raistlin quiso intervenir, pero le interrumpieron.
— ¡Yo! —propuso alguien, exultante de alegría—. Estoy aquí,
Tanis... Perdón, señoría. Aguarda, al parecer me he hecho un lío.
Un estallido de risas conmovió el tribunal. La multitudinaria
audiencia volcó su jocosidad en un kender que, cargado de libros, forcejeaba
por traspasar el acceso. Kitiara, que estaba cerca, esbozó una mueca
socarrona, aferró al personaje por el copete y le arrancó de su prisión, aunque
con tal fuerza que éste cayó despatarrado, una postura poco adecuada al ceremonial
de rigor, en el pasillo. Los libros se esparcieron en una contundente lluvia,
y arreciaron las carcajadas. Impertérrito, el kender puso el cuerpo enhiesto,
se sacudió el polvo y, sorteando la desparramada literatura, consiguió arribar
a su destino.
—Me llamo Tasslehoff Burrfoot —saludó formalmente, y alargó la
mano a Raistlin para que se la estrechara. El nigromante no hizo tal, no por
descortesía sino porque se lo impedía la sorpresa. Así que el aspirante a
letrado se encogió de hombros, miró su solitaria mano, suspiró y, situándose de
perfil, se encaró con el juez—. Hola, mi nombre es Tasslehoff Burrfoot.
—¡Siéntate! —bramó el ujier—. No se emplea ese tono de
familiaridad con personas de tan alto rango, botarate.
—¡Sandeces! —se rebeló el reprendido, inflamado de indignación—.
¿Por qué no hacerlo si a uno le apetece? Después de todo, no es un delito ser
educado, aunque, como es natural, vosotros, los enanos, nada sabéis de
modales. Brutos, eso...
— ¡Cállate! —se exasperó Flint. Ronco después de tan imperativo
grito, para reforzar su autoridad el hombrecillo tuvo que golpear el suelo con
el astil de su hacha.
Danzante el despeinado copete, Tas dio media vuelta y, dócil,
se encaminó al banquillo donde se encontraba Raistlín. Pero, antes de tomar
asiento, se plantó frente al público e imitó los aspavientos del enano, con
tan buen acierto que el gentío se entregó a una verdadera algazara, cuya
consecuencia directa fue, inevitablemente, que la víctima de la mofa se encolerizó
todavía más. Esta vez intervino el juez.
—¡Basta de alboroto! —se impuso con tono perentorio, y se hizo
el silencio en la sala.
El kender se arrellanó en la silla reservada al defensor, junto
al reo. Al notar un ligero contacto en su cinto, el archimago clavó en el
ficticio letrado una fulgurante mirada y le ordenó, abierta la palma de su
mano:
— ¡Devuélveme eso!
—¿Cómo? ¡Ah, te refieres a este saquillo! Debe de haberse
soltado sin que te percatases —apuntó y, con un aire de candor capaz de
desarmar al más severo de los mortales, le entregó una bolsa que contenía
ingredientes de hechizos—. Estaba en el suelo. Me he limitado a recogerlo.
Tras arrebatárselo a Tasslehoff, el nigromante volvió a atar el
valioso saquillo al cordón de seda que lucía en su talle.
—Al menos podrías haberme dado las gracias —le reprochó el
kender en un suspiro, que reprimió al advertir que el juez le estudiaba con
aire severo.
—¿Cuáles son los cargos contra los acusados? —interrogó Tanis a
Sturm Brightblade.
El aludido fue hasta el estrado y, ya a su pie, dejó libre curso
a los aplausos de la audiencia. Debido a su estirpe, su código de honor y un
cierto atisbo de melancolía que se adivinaba en su expresión, había adquirido
una notoria popularidad entre la plebe.
—Hallé a esta pareja en
la espesura, señoría —inició su
alegato—. El Túnica Negra mencionó a Paladine —se oyeron murmullos
recriminatorios en los bancos— y, estando yo a corta distancia, hirvió una
infusión de ignotas virtudes y se la dio a la mujer. Cuando les vi, ella era
presa de convulsiones. Exhibía heridas en todo su cuerpo, tenía el vestido
manchado de sangre y su rostro aparecía quemado y plagado de cicatrices, como
si hubiera ardido en un incendio. Sin embargo, al ingerir la pócima del brujo
se curó al instante.
—¡No! —se soliviantó Crysania, incorporándose en un estado de
total inseguridad—. La interpretación del acusador es errónea; el elixir que
me administró Raistlin tan sólo mitigó el dolor; si sanaron mis llagas fue
gracias a mis oraciones. Soy una sacerdotisa de Paladine...
—Excusa a la dama, Ta... señoría —irrumpió Tas en el
parlamento—, mi cliente no pretendía insinuar que es una genuina representante
del dios del Bien. Concibieron una pantomima, eso fue todo, y ella encarnaba a
una de esas extinguidas hijas de la Iglesia. Está nerviosa y no ha acertado a
explicarlo —se reafirmó, con una astuta risita entre dientes que revelaba su
satisfacción—. Se entretenían un rato a fin de amenizar el largo viaje. Es un
juego que ambos practican a menudo.
Terminada su parrafada, el kender se tomó un breve respiro y
amonestó a Crysania, pretendidamente en voz baja pero con tal vehemencia que su
regañina fue escuchada por todos:
—¿Qué clase de imprudencias cometes? ¿Cómo puedo sacaros de este
atolladero si te empeñas en decir la verdad? ¡No lo toleraré!
—Chitón —le ordenó el enano.
— ¡Y también me estoy hartando de ti, Flint! —se revolvió
Tasslehoff—. O dejas ahora mismo de armar escándalo con esa hacha o te la
enrosco alrededor del cuello —le amenazó, ya que el ujier había adquirido el
vicio de utilizarla para patear el suelo. La sala se deshizo en vítores, e
incluso el juez se hizo cómplice de la algarabía mediante una leve sonrisa.
Crysania se desmoronó al lado de Raistlin, lívida su tez.
—¿Qué significa esta farsa? —le preguntó.
—No lo sé, pero voy a acabar con ella —la alentó el nigromante,
y se puso de pie, para imponerse—. Callaos todos —exigió, y su sibilino timbre
tuvo el don de sumir a la audiencia en absoluta quietud—. Esta mujer es una
sagrada sacerdotisa de Paladine y yo un hechicero Túnica Negra, experto en el
arte de la magia.
—¡Obra un prodigio! —le suplicó el kender, saltando de
emoción—. Catapúltame a un estanque de patos o algo similar.
— ¡Siéntate y permanece quieto! —vociferó Flint.
— ¡Prende fuego a la barba del enano! —bromeó Tasslehoff.
Esta divertida sugerencia desencadenó una ronda de aplausos.
—Sí, haznos una demostración de tus facultades —coreó Tanis por
encima de la ruidosa hilaridad del tribunal.
Tras un lapso de expectación, el populacho inició un cántico
que, dadas las circunstancias, se asemejaba más a una condena:
—Despliega tus virtudes ante nosotros, mago, invoca un portento
que nos convenza.
Hasta Kitiara, que se había mantenido al margen, clamó sobre los
otros con timbre cristalino, ineludible:
—Vamos, ruina frágil y enfermiza, deléitanos si puedes mediante
un sortilegio.
La lengua de Raistlin se adhirió a su paladar, mientras
Crysania, con una mezcla de pavor y esperanza, le animaba a intentarlo. El
hechicero asió el bastón arcano, que estaba a su alcance; pero recordó su anterior
metamorfosis y no se atrevió a usarlo.
Atenazado por la impotencia, se recubrió de una capa de
superioridad. Dirigió una desdeñosa, altiva mirada a las personas congregadas
en la estancia y manifestó:
—No me rebajaré a ponerme a prueba frente a criaturas como
vosotros.
—Yo opino que es una buena idea complacerles —masculló Tas,
tirando de sus ropajes para incitarle a la reflexión.
—Ya lo habéis visto —se ratificó Sturm—. ¡El brujo no puede
satisfacernos, es un impostor! Solicito para ambos la pena capital.
— ¡A muerte, a muerte! —le secundó la multitud—. ¡Que ardan los
cuerpos de los brujos! ¡Así se salvarán sus almas!
—Y bien, mago —insistió Tanis, deseoso de concederle una última
oportunidad—, ¿puedes corroborar que eres quien afirmas?
Los versículos de un encantamiento afloraron a los labios del
nigromante, pero se desintegraron antes de coordinarse en palabras. Crysania se
aferraba a sus vestiduras, la batahola era ensordecedora y no podía pensar.
Ansiaba estar solo, lejos de las humillantes risas y de aquellas pupilas llenas
de terror.
—Yo...
La voz se le quebró y hundió la cabeza en el pecho.
—Quemadles en la hoguera.
Unas toscas manazas atraparon a Raistlin, al mismo tiempo que
se desvanecía la sala del juicio. Forcejeó, pero fue inútil. El hombre que le
inmovilizaba poseía unos músculos de acero, un tamaño descomunal y en su
rostro se dibujaban las huellas de un talante que, originariamente jovial, se
había tornado grave y huraño.
— ¡Caramon, hermano! —gritó el mago, retorciéndose en las
enormes zarpas para encararse con su gemelo.
El aludido le ignoró. Sin aflojar un ápice su presa, arrastró
al enjuto mago colina arriba. Durante el ascenso, el prisionero examinó el
panorama y vislumbró, en la cumbre de la cuesta, dos altas estacas clavadas en
la tierra. Al pie de cada una de ellas, los ciudadanos, sus amigos y vecinos se
afanaban en acumular grandes brazadas de leña seca. Era su pira funeraria.
—¿Dónde está Crysania? —preguntó Raistlin al guerrero,
persuadido de que la sacerdotisa había escapado y volvería para rescatarle.
Pero pronto se desengañó, al distinguir el blanco hábito de la
mujer junto a una de las pértigas. Elistan se encargaba de anudar unas cuerdas
en sus brazos y, aunque ella se debatía en una última intentona de fuga, los
innumerables suplicios previos la habían debilitado y tuvo que desistir.
Sollozando de miedo y desesperación, la sacerdotisa se abandonó. Habría caído
desplomada de no sujetarla las ligaduras de las manos y los pies, estos
últimos atados a la base del madero.
En la agitación del llanto, su negra melena se derramó sobre
los hombros tersos, desnudos. Sus heridas se habían abierto y la sangre teñía
de rojo su alba indumentaria. El hechicero creyó percibir que invocaba a
Paladine, pero si en realidad lo hizo, la enfervorizada barahúnda que formaba
la plebe le impidió entender el contenido de sus plegarias. Además, la fe de
la mujer sufría un menoscabo proporcional al de su cuerpo.
Tanis avanzó hacia la convicta con una llameante antorcha en la
mano. Antes de cumplir su cometido, se giró hacia Raistlin y le conminó:
—Presencia su destino y verás el tuyo.
—¡No! —El mago forcejeó con su aprehensor, pero Caramon no se
inmutó.
Encorvando la espalda, el juez y verdugo arrojó la tea sobre la leña
rociada con aceite. La combustión fue instantánea. El fuego se extendió
rápidamente y prendió en el inflamable tejido del vestido femenino. Un alarido
de la prisionera, más estentóreo que el crepitar de la fogata, hirió los
tímpanos del mago. Al mismo tiempo, la ajusticiada estiró el cuello para
dedicarle una postrera mirada. Al leer el dolor y el pánico en sus pupilas, al
descubrir también el amor que le profesaba, el corazón de Raistlin se consumió
en una hoguera más abrasadora que la que ningún mortal era capaz de encender.
—Si quieren magia se la brindaré, y a raudales —decidió el
trastornado espectador.
Sin proyectar de antemano sus acciones, el hechicero apartó al
perplejo hombretón y, ya libre, elevó los brazos al cielo. Fue un impulso
instintivo; pero, en el mismo momento de darle rienda suelta, las frases
arcanas penetraron en sus entrañas para no huir nunca más.
Un relámpago se formó en las yemas de sus dedos y, veloz,
acometió contra las nubes que flotaban en el ahora rojizo cielo. Aquéllas
respondieron con una descarga idéntica, fulminando el terreno a pocos pasos
del hechicero.
En su afán por comprobar el efecto que, de rebote, podían haber
producido otros proyectiles sobre la plebe, Raistlin se volvió. No había nadie.
Sus conciudadanos habían desaparecido como si jamás hubieran existido.
— ¡Ah, mi Reina! —exclamó. Y las carcajadas salieron como
burbujas de su boca.
El regocijo invadió su alma a medida que el éxtasis de su magia
ensanchaba sus venas. Al fin comprendía su gran necedad y también, en una
indisociable ilación, la maravillosa perspectiva que se le ofrecía.
Había vivido en una falacia, concebida por él mismo. Tas le dio
en Zhaman la clave del enigma, pero él no se dignó recapacitar. Durante las
fatigosas pláticas sostenidas en los calabozos de la fortaleza, el kender le
había comentado que no tenía más que visualizar un paraje, auténtico o
inventado, y sería transportado en un santiamén. O, mejor dicho, no podía
garantizar si era su persona quien viajaba o a la inversa, su ensoñación la que
volaba hacia el lugar invocado. En su vagabundeo, había recorrido, así, todas
las ciudades que visitara en sus correrías; las reconocía y al mismo tiempo, le
parecían distintas, nuevas.
«Comprendí, a raíz de estas declaraciones, que el Abismo era un
reflejo del mundo, y emprendí mi deambular. Me equivoqué —admitió en su fuero
interno—. No se contempla esta sima en el espejo del universo material, sino en
el de mi cerebro, de tal manera que soy yo quien la forjo e, inevitablemente,
la desvirtúo a través de mi visión peculiar. ¡Lo que he estado haciendo todo
este tiempo ha sido internarme en las regiones más ocultas de mi pensamiento!
»La Reina está en la Morada de los Dioses —se dijo— sólo porque mi voluntad la
emplazó allí; ese lugar se aproximará o alejará a mi antojo. Mi magia no
funcionaba debido a mi flaqueza, a las dudas que abrigaba sobre su eficacia, y
no a consecuencia de una prohibición de la soberana. ¡He estado a punto de derrotarme
a mí mismo, engañado por una absurda patraña! Pero ahora se ha iluminado mi
entendimiento, Majestad, sé que puedo triunfar. La Morada de los Dioses
constituye una etapa marginal y también una avance directo hacia el Portal,
según yo lo determine.»
—Raistlin.
La voz que le llamaba era queda, la de una agonizante exhausta
y vencida. El archimago giró la cabeza y, reanudando sus deliberaciones desde
el punto de partida, constató que la turba se había evaporado en efecto,
porque nunca existió. El pueblo, la comarca, el continente, todo cuanto había
imaginado se desvaneció en etéreos vapores. Se erguía en una nada monótona,
ondulante, en la que la bóveda celeste se hermanaba con la esfera terrenal al
estar ambas envueltas en un halo fantasmagórico. La imprecisa línea del
horizonte era equiparable al fino tajo de un cuchillo entre dos masas
incandescentes.
Sin embargo, un objeto perduraba en aquel desierto vacío de
ideas: la estaca de madera. Circundada de ascuas, se silueteaba contra el
purpúreo firmamento cual una siniestra torre exenta, sin trabas que la
vinculasen a ningún entorno ni episodio. Una figura yacía en su base, una mujer
que en su día debió de ataviarse de blanco, pero que ahora no vestía sino
andrajos ennegrecidos. El olor a carne chamuscada que despedía era intenso.
El hechicero fue hacia ella y, arrodillándose junto a las
todavía ígneas cenizas, examinó a la yaciente.
—¿Crysania?
—¿Eres tú, Raistlin? —indagó la mujer en un plañido lastimero.
La sacerdotisa tenía la tez espantosamente llagada. Sus ojos
giraban fuera de las órbitas, ciegos, de un lado a otro y también su mano, poco
más que una pezuña informe, palpaba el aire en busca de un objeto por el que
orientarse. Al notar los dedos de su compañero sobre la maltrecha a mano, lloró
desconsolada:
— ¡Mi vista se ha empañado! No hay en mi derredor más que
tinieblas. ¿Seguro que eres tú?
—Sí —confirmó él.
—Raistlin, he fracasado —siguió lamentándose la mujer.
—No, Crysania —discrepó el mago con un tono frío, regular, que
nada delataba—. Estoy intacto y mis poderes, entretanto, se han fortalecido. Lo
cierto es que me siento más imbatible ahora que en ninguna de las experiencias
que he afrontado en todas las eras de la historia: lucharé contra la Reina
Oscura y la aniquilaré.
Los labios cuarteados, en carne viva, de la sacerdotisa se
separaron en una sonrisa, mientras que la mano que sostenía Raistlin
incrementaba su escasa presión.
—Mis ruegos han sido atendidos —balbuceó antes de atragantarse,
convulsionado su cuerpo por un dolor espasmódico. Cuando al fin recuperó el
aliento murmuró algo ininteligible que Raistlin no entendió hasta que se
inclinó sobre ella—: Me estoy muriendo. Los tormentos a los que me han
sometido sin tregua durante nuestro viaje han reducido mi capacidad de
resistencia, la han extinguido. Paladine no tardará en llevarme a su seno.
Quédate conmigo, Raistlin, asísteme en este trance.
El interpelado examinó los restos de la criatura que yacía bajo
la pira. A causa, quizá, de las emociones que le transmitían sus delicados
dedos, se dibujó en su memoria la figura femenina tal como se le presentara en
el bosque de Caergoth, en aquella única ocasión en la que estuvo a punto de
perder el control y hacerla suya, poseer su piel blanca, su sedoso cabello y
sus refulgentes ojos. Rememoró el amor que destilaba, sus propias sensaciones
al estrecharla en sus brazos y llenarla de besos.
Una tras otra, Raistlin consumió tales evocaciones. Las incendió
con su arte y observó cómo se reducían a rescoldos y humo que el viento
dispersaba.
Alargando una mano, se desembarazó de aquella otra mano que le
estrujaba como si él fuera su tabla de salvación.
— ¡Raistlin! —suplicó la sacerdotisa, arañando el vacuo aire en
un ímpetu fruto del terror.
—Has servido mis propósitos, Hija Venerable —la desencantó el
nigromante, tan glacial su acento, tan carente de matices, como la hoja de la
argéntea daga que guardaba en su muñeca—. El tiempo apremia. Mientras yo me
entretengo a tu lado, aquellos que se han aliado para detenerme se encaminan hacia
el Portal de Palanthas. He de desafiar a la Reina, librar la última batalla
contra sus esbirros y, una vez me alce con la victoria, traspasar el Portal
antes de que alguien pueda interceptarme.
—¡Raistlin, no me dejes! —mendigó la mujer, sorda a sus
explicaciones—. ¡No permitas que perezca sola en la negrura!
Reclinándose en el Bastón de Mago, cuyo pomo reverberaba ahora
con una luz radiante, deslumbradora, el hechicero se puso de pie.
—Adiós, Hija Venerable —se despidió con un susurro quedo,
siseante—. Ya no te necesito.
Llegaron a los oídos de Crysania unos crujidos de tela,
inconfundible síntoma de que Raistlin había partido. Al revoloteo del borde de
su túnica se sumaron los acompasados baques del bastón, a la vez que en
peculiar armonía con el asfixiante hedor, con los acres efluvios de carne
socarrada, una fragancia de pétalos de rosa impregnaba las vías olfativas de la
mujer.
Luego el silencio descendió como una losa, una quietud que
atestiguaba la marcha de su ídolo. Estaba sola, la vida oscilaba en sus venas
del mismo modo que sus más íntimas ilusiones parpadeaban en su mente para,
despacio, apagarse.
Solostoran, el clérigo elfo, había pronunciado su augurio poco
antes de la hecatombe de Istar, había profetizado que recuperaría la visión
cuando la cegasen «unas tinieblas infinitas». La sacerdotisa habría roto en
llanto al asaltarle tales recuerdos, pero el fuego había destruido sus lágrimas
y la fuente de la que manaban.
—Tenía razón aquel eclesiástico, mis ojos se han abierto al
cerrarse —dialogó con las brumas—. ¡Cuan clara es ahora mi percepción! Me he
confeccionado mi propia fábula, y he sucumbido a ella. Nunca signifiqué nada
para Raistlin, tan sólo fui un peón que movía a su capricho en un inmenso tablero
de juego. Y lo peor de todo es que también yo utilicé al nigromante —gimió—.
Nuestros intercambios, sus promesas, exacerbaban mi orgullo, mis ambiciones.
Mi oscuridad ensombrecía la suya y, en esta hora en la que me abandona, está
perdido. Le he empujado a su perdición, porque, si elimina a la Reina, la
reemplazará y se investirá de su infame poderío.
Vuelto el rostro hacia un cielo que le estaba negado
contemplar, exhaló un aullido agónico:
— ¡He sido impía, Paladine! Me he pervertido a mí misma y he
perjudicado al mundo. Pero ¡oh, mi dios!, ¿sobre quién caerán mis errores más
que sobre él?
Postrada en la oscuridad eterna, su corazón lloró en sustitución
de sus resecos lagrimales.
—Te amo, Raistlin —confesó—. Nunca pude revelártelo, pues ni yo
misma aceptaba la evidencia. —Sacudió la cabeza, agarrotado su ser por un sufrimiento
más desolador que el que le infligieran las llamas—. ¿Habría cambiado algo si
hubiera tenido el valor suficiente para sincerarme?
Se amortiguó el acceso de dolor, al unísono con su conciencia.
Se diría que Crysania se deslizaba hacia una órbita donde nada contaba, ni sus
avatares ni su actual decadencia.
«Por suerte, voy a morir —se alegró mentalmente—. Acuda raudo
el ocaso, termine mi amarga tortura.»
Concluida su oración, le llegó el momento de arrepentirse.
—Perdóname, Paladine. —No le quedaba aliento para recitar una
letanía, así que respiró hondo y apostilló—: Perdóname, Raistlin.
CÁNTICO DE CRYSANIA
Agua que del polvo surge,
polvo que hacia el agua va,
que forma continentes, abstractos como el color
para los ojos ciegos, para el tacto de una mujer altiva,
Hija de Paladine, que sólo sabe de textura, de olor.
De las aguas un país nace,
una tierra imposible
cuando al principio en los rezos se imagina,
donde el sol es, como los mares y estrellas, invisible,
y la divinidad en el código del aire se difumina.
Polvo que del agua viene,
agua que el polvo invocará.
Y la túnica que en el blanco toda la gama resume,
en la memoria, en regiones ocultas, se imprimirá,
por si vuelve la luz, el arco iris, así se presume.
Un pozo abundante en lágrimas se esboza
en lontananza,
para alimentar el duro trabajo de nuestras manos,
en una esfera siempre fértil de anhelos,
de remembranza,
una esfera donde, redimidos, vivirán un día
los humanos.
9
La historia de los Portales
Tanis se hallaba en el exterior del Templo, meditando sobre los
vaticinios del extravagante mago: «Hay esperanzas, pero debe triunfar el amor».
Se enjugó las lágrimas y meneó la cabeza mientras se repetía, afligido,
que en esta ocasión no se cumplirían los estimulantes presagios de Fizban. El
amor nunca desempeñó un papel en aquel juego. Raistlin manipuló los nobles
sentimientos de Caramon, succionó toda su esencia hasta aplastarle y reducirle
a una masas de mantecosos rollos y aguardiente enanil. El mármol tenía más
capacidad de albergar sentimientos que Crysania, la doncella estatua y, en
cuanto a Kitiara, ¿acaso alguna vez buscó relaciones que no presidiera la
lujuria?
Se reconvino a sí mismo por pensar en su antigua amante. No era
su intención revivir su pasado juntos, su idilio, pero bastaba que se
propusiese recluir los recuerdos en un inaccesible departamento de su alma para
que una luz los enfocase y brillara esplendorosa sobre ellos. Sorprendió a su
mente en el acto de remontarse a su primer encuentro en la espesura próxima a
Solace, donde, al descubrir el semielfo a una mujer que defendía su vida contra
unos goblins, corrió a rescatarla y la dama, airada, se revolvió frente a su
salvador y le acusó de estropear su pasatiempo.
Tanis quedó cautivado. Hasta entonces sus únicos galanteos
fueron los que había dedicado a Laurana, una delicada muchacha elfa, pero fue
un romance que sólo podía calificarse de infantil. La joven y él habían crecido
juntos, después de que el padre de la Princesa —tal era el título que ostentaba
la deliciosa criatura— adoptara al bastardo semielfo, por razones caritativas,
al morir su madre en el alumbramiento. Se debió, en parte, a la pueril
infatuación de Laurana respecto a su pretendiente, un enlace que su progenitor
nunca habría aprobado, la determinación de éste de abandonar su patria y
lanzarse a viajar a través del mundo en compañía del viejo Flint, el enano
herrero.
Evidentemente, en su plácida adolescencia, Tanis no había
conocido a nadie como Kitiara, descarada, pendenciera, embrujadora y sensual.
No se esforzó la muchacha en disimular que el joven le atraía, pese a su
inoportuna irrupción en lo que ella denominaba sus «pasatiempos». Una batalla
lúdica entre ambos culminó en una noche de pasiones desatadas bajo las mantas
de Kit y, tras este escarceo, gozaron de muchas horas en la intimidad, tanto en
sus excursiones en solitario como cuando se desplazaban con sus amigos, Sturm
Brightblade y los hermanastros de ella, Caramon y su frágil gemelo Raistlin.
Al oír, como si fuera ajeno, que un suspiro escapaba de su
garganta, procuró contener sus ensoñaciones. Precipitó las imágenes en la
celda de donde no deberían haber salido, cerrando y atrancando la puerta.
Kitiara nunca le amó, no representó para aquella devoradora de hombres más que
un simple entretenimiento. En cuanto se presentó la oportunidad de conseguir
lo que de verdad la motivaba, el poder, le dejó sin la más leve vacilación. No
obstante, y pese a nacerse todas estas reflexiones, Tanis no había terminado
de girar en su cerradura la llave de su espíritu cuando, una vez más, la voz de
la dignataria retumbó en sus entrañas. De nuevo profirió las frases que le
dirigiera la noche en la que la Reina de la Oscuridad fue expulsada del mundo,
la noche en la que la Señora del Dragón, infiel a su soberana, les había
ayudado a evadirse a él y a Laurana: «Adiós... recuerda que sólo me guía el
amor.»
Una lóbrega figura, que más se asemejaba a la encarnación de su
propia sombra, apareció al lado del semielfo. Éste dio un respingo, causado por
el repentino e irracional temor de que se tratase de una ilusión de su
subconsciente Pero se equivocaba. El supuesto fantasma que se había
materializado de la nada le saludó lacónicamente y Tanis comprendió que era una
persona, un ser de carne y hueso. Más todavía, le identificó como Dalamar.
Expelió una bocanada de aire para relajarse. Le inquietaba la probabilidad de
que el elfo oscuro se hubiera percatado de cuán abstraído se hallaba en sus
cábalas, que hubiera adivinado incluso el objeto de su agitación. Aclarándose
una inoportuna ronquera, observó al nigromante y le consultó:
—¿Acaso Elistan...?
—¿Ha muerto? —concluyó el otro al advertir su angustia—. No, aún
no. Pero he presentido la intromisión de alguien cuya presencia no iba a
resultarme grata y, como mis servicios no eran requeridos, he optado por
retirarme.
Deteniéndose sobre el césped, por el que había echada a andar,
el semielfo sometió a su oponente a un prolongado escrutinio. Dalamar no se
cubría con la capucha. Sus rasgos eran plenamente visibles en el sereno
anochecer.
—¿Por qué lo has hecho? —le interrogó a bocajarro.
El hechicero se detuvo también sobre sus pasos y, mirando a su
acompañante con una sonrisa indefinible, le invitó a concretar:
—¿Por qué he hecho qué?
—Acudir a la cabecera de Elistan, aliviar su dolor —le explicó
Tanis, y señaló la hierba circundante—. Por lo que he podido comprobar, pisar
este recinto equivale, en tu caso, a subir al patíbulo de los condenados.
Además —agregó, y se endureció su expresión—, me cuesta creer que a un pupilo
de Raistlin le preocupe el devenir de un congénere, ni siquiera su agonía.
—Cierto —parafraseó el mago—, a un alumno del shalafi le
tiene sin cuidado lo que pueda sucederle al clérigo. Desde un punto de vista
personal, me es indiferente, pero eso no implica que no posea mi propio código
del honor. Me enseñaron a pagar mis deudas, porque la gratitud es una forma de
dependencia que siempre rechacé. ¿Concuerda, a tu juicio, esta postura con la
conducta habitual del maestro?
—Sí, pero... —quiso objetar el semielfo.
—Te repito que he saldado una cuenta, eso es todo —le atajó el
aprendiz.
Mientras reanudaban su paseo por aquel tramo de verdor, el héroe
atisbo una contracción en el semblante de su compañero. Era ostensible que el
oscuro personaje ansiaba abandonar aquellos hostiles parajes, porque aceleró
tanto la marcha que el antiguo aventurero hubo de forzar su paso para no quedarse
rezagado.
—Verás —le desveló Dalamar el misterio—, Elistan visitó una vez
la Torre de la Alta Hechicería para ayudar al shalafi.
—¿A Raistlin? —se
aseguró Tanis, tan anonadado que hizo un alto.
Pero el acólito no le imitó, por lo que hubo de apresurarse
para no perderse ningún detalle.
—Sí —estaba diciendo el narrador, concentrado en su historia y
sin que al parecer le importase la audiencia—, es un secreto que nadie conoce,
ni aun el mismo afectado. El maestro enfermó hace poco más de un año. Cayó en
estado de coma, y me asusté. Como estaba solo y soy una perfecta nulidad en
dolencias, mandé aviso a Elistan.
—¿El Hijo Venerable curó a esa criatura? —se asombró su
interlocutor.
—No. —Acompañó la sucinta negativa confín gesto, y su larga
melena negra se esparció alrededor de los hombros—. El mal que aqueja a
Raistlin no tiene remedio. Es la secuela de un sacrificio que hizo a cambio de
enriquecer su erudición arcana. Pero Elistan logró calmar la violencia de sus
ataques y proporcionarle descanso. Y, ahora, yo me he librado de un deber.
—¿Tanta ley le tienes al archimago? —indagó, dubitativo, su
oyente.
—No me vengas con monsergas —le reprochó Dalamar, en un
exabrupto fruto de la impaciencia. Estaban en el límite del cuidado césped y
las sombras del anochecer se alargaban cual dedos que, benéficos, hubieran de
entornar los párpados de los infelices— Al igual que Raistlin, únicamente guardo
fidelidad a nuestro arte y la soberanía que otorga. Por adueñarme de sus
misterios, renuncié a mi pueblo, a mi hogar y a mi herencia, me zambullí de
manera voluntaria en el universo de las tinieblas. Él es mi shalafi, mi
instructor, mi maestro, su sapiencia y habilidad no hallarían parangón aunque
retrocediéramos a eras remotas —ensalzó al amo de la Torre—. Cuando me ofrecí
como espía frente al cónclave, era consciente de que mi vida pendía de un
hilo, pero se me antojó un precio irrisorio si en contrapartida podía
instalarme en su morada y estudiar con tan dotado tutor. Su pérdida será algo
irreparable. Siempre que pienso en lo que he de hacerle, en que la información
que ha recabado y la experiencia que ha adquirido se perderán en el momento de
su muerte, estoy tentado de...
—¿De qué? —le instó Tanis, hostigado por un súbito resquemor—.
¿De dejar que realice sus designios? Sé franco, Dalamar, y contesta a estas
preguntas: ¿Estás en situación de impedir su regreso? ¿Quieres evitar que
cruce el Portal?
Habían llegado al extremo de los jardines del Templo. Una
agradable penumbra alfombraba el terreno, se anunciaba una velada cálida,
fragante, perfumada por los brotes que precedían a las nuevas manifestaciones
de vida. Entre los macizos del seto, en las ramas del álamo, algunos pájaros
trinaban somnolientos, mientras que en la ciudad los farolillos ardían
enmarcados en las ventanas para guiar el retorno a casa de los seres queridos.
Solinari refulgía en el horizonte, cual si los dioses hubieran encendido su
propio candil en su afán de eclipsar la oscuridad. Un retazo de gélida negrura
en la benigna, aromática atmósfera atrajo a Tanis. Y supuso que allí estaba
enclavada la Torre de la Alta hechicería, tétrica e imponente, sin acogedoras
velas que oscilasen tras los cristales. Se preguntó quién o qué aguardaba al
acólito en aquella lobreguez.
—Permíteme que te hable de Portales —repuso Dalamar al rato,
respetuoso hasta entonces del silencio, pero ajeno a la belleza que tanto
solían valorar los de su raza—. Te ilustraré, tal como el shalafi hizo
conmigo —propuso al semielfo a la vez que, por mimetismo, su vista se fijaba en
la mole donde residía. Siguiendo ahora su propia iniciativa, desvió los ojos
hacia la estancia de la cúspide e inició su exposición—. En el laboratorio del
piso superior de ese edificio hay una puerta sin cerrojo ni pestillo. Cinco
cabezas de dragones, todas ellas metálicas, adornan la arcada. Si te asomas al
otro lado, no vislumbrarás más que un vacío insondable, mientras que las
figuras reptilianas son frías al tacto, simples máscaras esculpidas, si das
crédito a las apariencias. Acabo de describirte el Portal —recapituló, no sin
cierta teatralidad—. Existe otro de características análogas en la Torre
hermana de Wayreth y, en cuanto al tercero, el de Istar, todo indica que fue
destruido en el Cataclismo. El de Palanthas fue trasladado a la fortaleza
mágica de Zhaman a fin de protegerlo del populacho y del Príncipe de los
Sacerdotes, que intentó instalarse en la mole hace ya algunas centurias. Al
derrumbar Fistandantilus el alcázar de Zhaman, el arcano acceso fue restituido
a su emplazamiento de origen, es decir, esta ciudad. Creado tiempo atrás bajo
los auspicios de hechiceros que anhelaban disponer de vías rápidas de
comunicación entre ellos, a la larga sobrepasó tan elementales proyectos. En
sus exploraciones, un alocado miembro de la Orden viajó a otro plano.
—Al Abismo —intervino Tanis.
—En efecto —confirmó el aprendiz—. Era ya demasiado tarde
cuando los hechiceros se dieron cuenta de los peligros que entrañaba el
hallazgo, de su magnitud. Tras interminables asambleas, dedujeron que si
alguien de nuestra órbita vital se infiltraba en el Abismo y volvía a través
del Portal propiciaría la introducción en el mundo de la Reina de la Oscuridad,
le abriría la brecha que ella acecha durante siglos. Así, con el concurso de
los clérigos de Paladine los exponentes de las Tres Túnicas tomaron medidas,
que juzgaron infalibles, para que nadie se catapultara a los dominios de la
soberana. No estaba en su mano clausurar el paso. De modo que exigieron como
condición insoslayable que sólo un ente de arraigadas virtudes maléficas, que
hubiera hipotecado su alma a tan temible señora, entrara en el secreto de los
esotéricos encantamientos destinados a franquearle la entrada en el más allá. Y
aún fueron más lejos en sus requerimientos. Decidieron que quien mantendría
despejado el puente entre ambas esferas sería alguien puro en el Bien, capaz de
confiar en su contrapunto perverso, pese a ser éste el único mortal que no
merecía tal honor.
—Raistlin y Crysania —apuntó el otro.
—En su infinita sabiduría —prosiguió Dalamar esbozando una
cínica sonrisa—, los magos y los clérigos pasaron por alto la posibilidad de
que el amor, un sentimiento vulgar, diera al traste con sus magnos designios.
Te he contado toda esta historia para convencerte, semielfo, de que estoy
obligado a detener a Raistlin cuando intente volver al mundo, ya que la Reina
de la Oscuridad estará en la retaguardia.
Ninguna de las plausibles aclaraciones del acólito, sin
embargo, disipó las dudas de Tanis. Era evidente que el elfo oscuro estaba
alerta y se hacía cargo del riesgo, que actuaba con plena serenidad, pero...
——¿Podrás imponerte a él? —insistió.
Prendió su mirada, sin premeditación, en el pecho de su
interlocutor, donde había visto cinco estigmas grabados al fuego en la carne.
Al reparar en el instintivo gesto del semielfo, el hechicero se llevó, también
en un impulso reflejo, la mano al torso. Sus iris se ensombrecieron, como
embrujados por una presencia que sólo él percibía.
—Semielfo —dijo, una invocación que prologaba una nueva
parrafada—, voy a ser sincero contigo. Si mi shalafi conservara
intactas, íntegras sus facultades en el instante de acometer el Portal, he de
admitir que no, nada podría hacer para obstaculizar su avance. Ni yo ni nadie.
Pero, no será ésa la circunstancia, dado que Raistlin habrá invertido una
parte de sus energías en destruir a los esbirros de la Reina y en forzarla a
ella a un combate singular. Estará débil, quizá malherido. Su única esperanza
residirá en embaucar a su adversaria de tal modo que ella descienda a su plano.
El nigromante hará entonces acopio de poder y la soberana, por el contrario, se
encontrará en inferioridad. El maestro prevalecerá en la contienda. Pero a
consecuencia del detrimento que habrá sufrido durante su odisea, yo tendré la
oportunidad de vencerlo. Podré y querré hacerlo —subrayó.
Al detectar, todavía, un amago de incertidumbre en la expresión
de Tanis, el aprendiz mudó su sonrisa en una mueca y planteó el argumento
definitivo.
—Escúchame, semielfo —apostilló—, me han ofrecido lo suficiente
para que ponga en tal misión todo mi empeño.
Y, concluida esta frase, murmuró la fórmula de un hechizo y
desapareció. Pero, después incluso de esfumarse, su insinuante voz de elfo
resonó en el apacible ambiente nocturno.
—Has contemplado el sol por vez postrera —sentenció—. Raistlin
y Su Oscura Majestad se preparan. Ella reúne sus ejércitos espectrales, él la
incita a la liza. Estalla el conflicto. No habrá un nuevo amanecer.
10
La última jugada
—Volvemos a encontrarnos, Raistlin.
—Así es, mi Reina.
—¿Te inclinas ante mí, mago?
—Te rindo un último homenaje.
—También yo te saludo con respeto.
—Es un honor excesivo el que me concedes. Majestad.
—Al contrario. He observado tu juego con el más vivo placer y he
constatado que respondías a cada uno de mis movimientos mediante otro
igualmente certero. En más de una ocasión, has arriesgado todo cuanto poseías a
cambio de cobrar una sola pieza. Has demostrado ser un contrincante habilidoso,
y la partida me ha aportado un inesperado entretenimiento. Pero ahora, digno
rival, ha llegado la hora del jaque. Te queda en el tablero el rey, remedo de
tu persona, y en el lado opuesto se alinean mis peones, mis tropas, investidas
de su máximo poder. Aunque mis legiones te superan, me satisface tu actuación
y he resuelto concederte una gracia.
»Regresa junto a la sacerdotisa. Yace moribunda, sola, azotados
su mente y su cuerpo por una tortura como las que nadie, sino yo, puede
infligir. Vuelve a su lado, arrodíllate, tómala en tus brazos y estréchala
entre ellos. El manto del olvido se desplegará sobre ambos, os cubrirá con
tanta dulzura que, arropado en él, te abandonarás al vacío y hallarás descanso
eterno.
—Mi Señora...
—Niegas con la cabeza. ¿Rehusas acaso?
—Takhisis, Gran Soberana, agradezco tan generoso ofrecimiento.
Pero participo en este juego, como tú lo llamas, para ganar. Llegaré hasta el
final, sea cual fuere.
— ¡Uno muy cruel para ti, no lo dudes! Te he dado la oportunidad
a la que te hacían acreedor tu sapiencia y tu osadía. ¿Te obstinas en
despreciarla?
—Su Majestad es demasiado desprendida. No merezco tan delicada
atención.
—¿Te burlas de mí, insensato? Adopta esa mueca, grotesca réplica
de una sonrisa, mientras puedas, porque cuando cometas un desliz o incurras en
un fallo, por leve que éste sea, me abalanzaré sobre ti. Hincaré las uñas en tu
carne y, al sentir su contacto, mendigarás el alivio de la muerte. No lo obtendrás.
Los días duran eones en mis dominios, Raistlin Majere, y no pasará uno solo en
el que no venga a visitarte en tu mazmorra, la de tu propio pensamiento, para
que sigas divirtiéndome como has hecho hasta ahora. Te atormentaré en materia
y en espíritu. Y seré tan despiadada, que al concluir cada sesión perecerás a
causa de los insoportables dolores; sin embargo, no llegará la noche infinita,
porque te devolveré a la vida en el instante del tránsito. No conciliarás el
sueño, guardarás vela en escalofriante anticipación de la próxima jornada. En
cuanto claree, tras el intervalo de oscuridad que en nada ha de beneficiarte,
será mi rostro lo primero que veas.
»Advierto que palideces, mago. Tu frágil cuerpo se estremece,
tus manos tiemblan y tus ojos se dilatan de miedo. ¡Póstrate ante mí y suplica
el perdón!
—Mi Reina...
—¿Cómo? ¿Aún no te has arrodillado?
—Mi Reina, te toca a ti jugar.
11
La cuidadela flotante
— ¡Cuan encapotado está
el cielo! —refunfuñó Gunthar—. Si hemos de tener tormenta, ojalá se desate
cuanto antes y acabemos de una vez.
«Vientos de pésimo augurio», barruntó Tanis. Pero prefirió no
exteriorizar sus pensamientos, como tampoco había comunicado a nadie su
entrevista con Dalamar, sabedor de que el coronel no creería una palabra de lo
explicado por el aprendiz.
El semielfo tenía los nervios de punta. Hallaba cierta
dificultad en tratar con paciencia al caballero, quien, aunque protestaba por
el tiempo, parecía en plena forma. Parte de su desazón se debía al extraño
aspecto del cielo. Aquella mañana, según preconizara el hechicero, no despuntó
mediante lo que cabe designar como un amanecer. En lugar del alba, tiñó la
bóveda celeste un cúmulo de nubes entre el escarlata y el azul, que, salpicado
de matices verdosos y el intermitente relumbrar de los relámpagos, bullía
sobre sus cabezas en un multicolor vaivén. El viento que trajo tan densa
borrasca se disipó en cuanto la hubo depositado y, al no caer una gota de
lluvia, la atmósfera se enrareció hasta hacerse tórrida y agobiante. Mientras
efectuaban su ronda a través de las almenas de la Torre del Sumo Sacerdote,
los centinelas, enfundados en sus pesadas cotas de malla, se secaban el sudor
de las sienes e intercambiaban reniegos contra las tempestades primaverales.
Sólo dos horas antes, Tanis estaba en Palanthas, dando
incesantes vueltas entre las sedosas sábanas del lecho que presidía el aposento
de huéspedes de la mansión de Amothus, mientras ponderaba los augurios de
Dalamar. Había pasado despierto casi toda la noche, abstraído en tales
meditaciones y con la mente puesta, también, en Elistan.
En efecto, poco después de la medianoche había llegado a palacio
la noticia de que el clérigo de Paladine había dejado este mundo para volar a
otro plano de existencia, incorpóreo e inundado de luz. Había expirado en
paz, acunado por un afable pero estrafalario anciano, que, tras personarse en
circunstancias misteriosas, se había evaporado de un modo no menos singular.
Preocupado a causa de las advertencias del pupilo de Raistlin, diciéndose
también que había visto perecer a demasiadas personas poseedoras de su estima,
el semielfo fue víctima del insomnio.
Acababa de zambullirse en un exhausto sopor, ya de madrugada,
cuando arribó un emisario a sus dependencias. El mensaje que portaba era
conciso y apremiante. Rezaba así:
«Tu presencia es requerida de inmediato. Torre del Sumo
Sacerdote.
«Caballero Gunthar uth Wistan.»
Tanis se refrescó mediante un somero aseo. Luego despidió a uno
de los obsequiosos criados del Señor de la ciudad, que pretendía ajustar las
hebillas de su pectoral, y se vistió él mismo. Dando tumbos, recorrió después
los corredores del edificio, rehusando con la mayor cortesía posible el
ofrecimiento de Charles de improvisarle un desayuno. En el exterior, le
aguardaba un joven Dragón Broncíneo, que se presentó como ígneo Resplandor,
aunque, entre los reptiles, su nombre secreto era Khirsah.
—Conozco a dos de tus amigos, Tanis el Semielfo —dijo el animal
mientras sobrevolaban la dormida urbe, impulsados por sus membrudas alas—. Tuve
el privilegio de participar en la batalla de las Montañas de Vingaard portando
sobre mi grupa a Flint Fireforge, el enano, y al kender Tasslehoff Burrfoot.
—Flint murió —respondió el jinete con tono de tribulación,
empañadas sus pupilas. Al evocar a su compañero, no pudo por menos que
repetirse que había asistido a excesivas muertes, todas deplorables.
—Fui informado de tan triste suceso —corroboró el Dragón,
respetuoso—, y me apené al enterarme. No obstante, el enano gozó de una vida
rica en afectos y peripecias. Imagino que el ocaso debe de ser el último honor
para una criatura como él.
«He aquí la filosofía del conformista —caviló Tanis—. Quizá
sería aplicable al caso que se refiere, pero ¿y a Tasslehoff ? El kender fue un
ser jovial, ingenuo y bondadoso, que lo único que pedía a la existencia era
alguna que otra aventura y un saquillo repleto de tesoros. Si es verdad, como
Dalarnar me dio a entender, que Raistlin le eliminó, ¿qué tuvo su muerte de
honorable? Y Caramon —prosiguió en una alusión inevitable—, infeliz borrachín,
¿vio en su horrible final a manos de su gemelo una gracia o la puñalada que
coronaba sus miserias?»
Sumido en tales elucubraciones, en antiguas nostalgias, le
venció el cansancio. Cayó, fláccido, sobre el lomo de Khirsah y no salió de su
letargo hasta que el reptil descendió sobre el patio de la Torre. Oteó entonces
el recinto, y su ánimo no renació precisamente al recapacitar que había
cabalgado con la muerte para descubrir, ya en su destino, que ésta aún le
escoltaba. En el paraje estaba sepultado Sturm, otro «honroso» cadáver.
En tal estado de cosas, es superfluo mencionar que el semielfo
no exhibía su mejor humor cuando le introdujeron en las cámaras privadas de
Gunthar, situadas en uno de los elevados torreones que flanqueaban la mole.
Desde aquella atalaya, se divisaba un espléndido panorama, tanto del cielo como
de las tierras colindantes. Al asomarse a la ventana y contemplar las nubes,
con la creciente sensación de que vaticinaban ominosos eventos, quedó tan
impresionado que tardó unos segundos en percibir que el dignatario había
entrado en la antecámara donde aguardaba y se dirigía a él.
—Disculpa, estaba distraído —se excusó, dando media vuelta hacia
su anfitrión.
—¿Te apetece un té con canela? —le ofreció éste, al mismo tiempo
que le tendía un cuenco donde borboteaba el sabroso brebaje.
—Te lo agradezco —aceptó Tanis sin remilgos y lo ingirió de una
sentada. Estaba tan necesitado de un tónico que calentara su estómago, que ni
siquiera se percató de que se había quemado la lengua.
Aproximándose a su huésped, fija la mirada en la conflagración
meteorológica que se perfilaba en las alturas, Gunthar sorbió su té, con una
calma que exasperó al semielfo hasta infundirle el deseo de arrancarle los
mostachos.
—¿Por qué me has mandado llamar? —inquirió el visitante en tono
perentorio, aunque sabía de sobra que el caballero no renunciaría a cumplir con
la ancestral prosopopeya propia de su Orden antes de abordar la cuestión—.
Elistan ha cesado de existir —rectificó, rendido a la evidencia.
—Sí, anoche enviaron una nota desde Palanthas —asintió el
mandatario—. Mi hermandad celebrará unas exequias en su memoria, si nos es
posible hacerlo.
Tanis tragó saliva, de forma tan precipitada que se atragantó.
Sólo un acontecimiento podía impedir a los Caballeros de Solamnia consagrar una
ceremonia fúnebre a un sacerdote de Paladine, su dios: la guerra.
—¿Permiten? —recalcó—. Si empleas semejante término, es porque
algo muy grave está ocurriendo en Sanction. ¿Acaso los espías...?
—Nuestros espías han sido asesinados —le interrumpió Gunthar,
desapasionado su acento, como si, por una paradoja nada infrecuente, ocultara
una tremenda emoción.
— ¡No puede ser! —se horrorizó el héroe.
—Sus cuerpos mutilados fueron transportados por Dragones Negros
a la fortaleza de Solanthus y arrojados sobre su patio —resumió el adalid
humano—. Fue ayer por la tarde, antes de que cubriera el cielo este banco
nuboso que constituye un perfecto escudo protector para los reptiles y...
Enmudeció, arrugando el entrecejo y ojeando la extensión de
mullida textura que les oprimía.
—¿Y quién? —le instó su interlocutor, con el alma en vilo.
En su mente comenzaba a tomar cuerpo un presentimiento. Se
sirvió un poco más de té, que derramó a causa de su vacilante pulso. Inseguro,
depositó el tazón en la repisa interior de la ventana.
Gunthar se atusó los bigotes, a la vez que se hundían más
todavía los surcos de su frente.
—Se han difundido por el territorio unos misteriosos rumores,
procedentes primero de Solanthus y luego de Vingaard —manifestó.
—¿De qué clase? ¿Qué han visto en esos parajes?
—No se trata de lo que hayan visto, sino de lo que han oído
—puntualizó Gunthar—. Al parecer, han cargado el ambiente unos curiosos sonidos
originados en las nubes, quizás encima de ellas.
—¿Dragones? —indagó Tanis, rememorando la descripción que
hiciera Riverwind del sitio de Kalaman.
Su contertulio meneó la cabeza negativamente, y trató de
precisar:
—Más bien era una mezcla de voces, risas, puertas que se abrían
y cerraban, ajetreo de pisadas, crujidos...
— ¡Estaba seguro! —rugió el semielfo, y descargó el puño sobre
la repisa del ventanal—. ¡Sabía que Kitiara tenía un plan, no podía ser de otro
modo! Ha puesto en movimiento una ciudadela flotante —dictaminó mientras,
pesaroso, estudiaba la turbulencia climática.
A su lado, el coronel exhaló un prolongado suspiro y declaró:
—Te dije que respetaba a esa Señora del Dragón, Tanis, aunque
como tú bien señalaste no la temía lo suficiente. Ha resuelto de un solo golpe
sus problemas de maniobrabilidad y abastos, ya que transporta a las tropas
sin interferencias y lleva todos los suministros que necesita, sin necesidad
de recurrir a vulnerables caravanas. Además, esta Torre fue concebida como un
bastión defensivo contra los ataques terrestres, pero ignoro su capacidad de
resistencia al acoso de una de las ciudadelas. En Kalaman los draconianos se
arrojaron desde la plataforma voladora y, gracias a sus flexibles alas,
descendieron hasta las calles y sembraron la muerte. Grupos de nigromantes les
reforzaron expeliendo bolas de fuego, a la vez que los reptiles del Mal
prestaban su concurso a las huestes desplegadas.
»No intento insinuar —agregó con firmeza— que los miembros de mi
Orden están desvalidos frente a un asedio desde el aire. Incluso les auguro la
victoria, pero, a qué engañarnos, la lucha será mucho más ardua y trabajosa de
lo que había previsto. He reajustado mi estrategia —explicó a su interesado
oyente— apoyándome en el caso de Kalaman. Si aquella urbe sobrevivió a la
arremetida de la ciudadela fue porque no se dejó dominar por el pánico y
aguardó hasta que se hubieron lanzado la mayor parte de las tropas enemigas
para, de manera organizada, enviar a sus hombres armados a lomos de los
Dragones y asumir el control de la plataforma casi vacía. Nosotros
distribuiremos el grueso de los caballeros en el recinto, con el fin de
contener la embestida de los draconianos que caigan sobre la guarnición. Pero
siguiendo la pauta de aquel otro enfrentamiento, he destacado a un centenar
que, a la grupa de Dragones Broncíneos, emprenderán el vuelo en el momento
oportuno y asaltarán la ciudadela.
Tanis admitió la prudencia de la estratagema. Riverwind le había
relatado la batalla a la que aludía ahora su interlocutor, y era cierto que se
había desarrollado tal como él la evocaba. Sin embargo, hubo en el desenlace
una diferencia de matiz, pequeña pero de suma importancia. Los habitantes de
Kalaman no retuvieron en su poder la ciudadela flotante; se limitaron a
imponerle una rápida retirada. Al comprobar que sus adversarios tomaban la mole
suspendida sobre sus cabezas, los draconianos abandonaron la liza en tierra
y, recuperando sin dificultad su mejor herramienta bélica, la condujeron de nuevo
a Sanction y, bajo los auspicios de Kitiara, recompusieron sus desperfectos.
Se disponía el semielfo a subrayar este hecho en voz alta cuando Gunthar, ajeno
a sus cábalas, se le adelantó.
—Esperamos que la ciudadela haga su aparición en cualquier
instante —aseveró, sereno, sin miedo—. No tardará en...
—¡Allí! —le atajó el otro, extendiendo el índice hacia un punto
no muy lejano.
El mandatario fijó la vista donde le indicaban y, tras asentir,
empezó a tomar medidas.
—¡Que suene la alarma! ¡Prevenid a todos los oficiales! —ordenó
a la guardia.
Los clarines rasgaron el aire, secundados por el sordo retumbar
de los tambores, y los caballeros ocuparon sus puestos en las almenas de la
Torre del Sumo Sacerdote con ordenada eficiencia.
—Hemos permanecido alerta toda la noche —aclaró Gunthar
innecesariamente.
Tan disciplinados eran los integrantes de la ancestral
hermandad que nadie, con o sin rango, profirió un grito al atravesar la
fortaleza voladora el esponjoso muro tras el que se parapetaba y exhibirse a
los ojos de sus rivales. Los capitanes hicieron la ronda convenida, impartiendo
instrucciones en tonos quedos y, en medio de los prístinos ecos musicales,
Tanis oyó el metálico repiqueteo de algunas armaduras, las que vestían los más
jóvenes y, por consiguiente, también los más nerviosos. Como prolongación del
desafío que se respiraba en la Torre, resonó el batir de varios pares de alas
al izarse en el cielo las escuadras de Dragones Broncíneos, que, bajo el
caudillaje de Khirsah, formaron un ancho círculo en torno al edificio.
—Menos mal que seguí tu consejo de fortificar la Torre del Sumo
Sacerdote, Tanis —agradeció el adalid a su visitante, hablando aún con una
parsimonia tan elaborada que despertó el resquemor de éste—. Dada la premura,
tan sólo pude congregar a los que estaban en condiciones de acudir sin previo
aviso, pero, aun así, he conseguido reunir a unos dos mil. Estamos, por
añadidura, bien pertrechados, y no abrigo la menor duda de que protegeremos la
mole de la ciudadela —abundó en sus palabras de antes—. Kitiara no tiene
espacio para más de un millar de hombres en ese artefacto.
El semielfo deseó fervientemente que su interlocutor no hubiera
hecho tanto hincapié en sus posibilidades de éxito. Su insistencia delataba la
necesidad de convencerse a sí mismo. Concentrado en el ingenio que se acercaba
cual un ave siniestra, el héroe era sensible a una voz interior que, abstracta
y reiterativa, le advertía en una cadencia agobiante que algo no encajaba.
Pese a lo urgente de tal mensaje, Tanis no podía moverse ni
reflexionar. La ciudadela flotante se mostraba ya en toda su envergadura,
distanciada del cúmulo que enmascarase su viaje hasta allí, y absorbía por
entero su atención. Recordó el episodio de Kalaman cuando se ofreció a su
examen el primer alcázar errabundo, el impacto de aquel espectáculo que, no
sólo escalofriante, le llenó asimismo de un insondable sobrecogimiento.
Entonces, al igual que ahora, no atinó sino a contemplarlo petrificado.
En las profundidades de los templos subterráneos de la ciudad de
Sanction, y bajo la supervisión de Ariakas, conductor incontestable de los
ejércitos de los Dragones, cuyo retorcido ingenio casi obró la victoria de la
Reina de la Oscuridad, las legiones mancomunadas de magos de Túnica Negra y
clérigos portadores del mismo y emblemático color arrancaron, mediante el arte
arcano, un castillo de sus cimientos y lo catapultaron a las alturas. Una tras
otra, las ciudadelas así engendradas se deslizaron a través del espacio y
atacaron diversos burgos durante la Guerra de la Lanza, siendo el último
Kalaman, en la etapa decisiva de la contienda. Casi desarbolaron las
guarniciones de una ciudad amurallada que, además, se había preparado de
antemano para recibirlas.
Aureolado por una neblina sobrenatural, que era también su
impulsora, con el carácter fantasmagórico que le confería su iluminación a
base de relámpagos cegadores, el inefable objeto avanzaba sin pausa. En su
imparable singladura, Tanis atisbo el resplandor de unas luces en las ventanas
de sus tres torres, percibió ruidos que eran comunes en tierra firme pero, al
provenir de la bóveda celeste, se volvían ominosos y desquiciantes: voces
roncas que dirigían improperios a los desobedientes u holgazanes, el estruendo
de las armas y, sobre todo, unos ecos que siempre infundían desasosiego, los
cánticos de los hechiceros mientras ensayaban sus sortilegios. De todos modos,
no tenía la absoluta certeza de distinguir unos de otros. «Algo no encaja.»
Cuando se acortó más aún el trecho que les separaba, y dentro
del corro que configuraban los reptiles maléficos en su perezoso aletear, el
semielfo reparó en el ruinoso patio de la fortaleza. Era evidente que los
muros se habían derribado al desarraigarse el edificio de su sólido
emplazamiento.
Tanis observaba todos estos prodigios, en una suerte de
fascinación, mientras entablaba una lucha dialéctica en su propia mente.
«Dos mil caballeros —argumentaba una intangible objetora—,
convocados a última hora y por lo tanto sin adiestramiento conjunto. Y sólo
unas pocas escuadras de Dragones. Aunque la Torre aguante, será a un alto
precio.»
«La resistencia no habrá de ser larga —corregía la parte más
optimista de sí mismo—. Durará unos días, hasta que Raistlin resulte derrotado.
Entonces Kitiara desistirá de su proyecto, porque nada ha de ganar
personalmente atacando Palanthas si su hermanastro ha dejado de existir y,
además, en ese lapso de tiempo habrán llegado refuerzos, tanto de humanos
como de monturas, al lugar. En el caso de que ella se muestre pertinaz, podrán
abatirla de una vez para siempre.»
La dama había roto la inestable tregua que mediaba entre sus
seguidores y el pueblo libre de Ansalon. Había abandonado su reducto en
Sanction para exponerse a sus rivales, de manera que sería imperdonable
—continuó cavilando su ser consciente— desaprovechar la oportunidad. La
vencerían, quizá la capturarían. Sintió una opresión en el pecho, al comprender
que Kitiara nunca permitiría que la apresaran viva. Sobre la empuñadura de la
espada, cerróse la mano del que fuera amante de la mujer al mismo tiempo que
se decía que él se hallaría presente en la intentona de los caballeros de
rendirla y la exhortaría a claudicar. Más tarde se ocuparía de que la tratasen
con justicia, como correspondía a un enemigo honorable.
¡La veía con tal nitidez en el momento supremo!
La dignataria se plantaría desafiante, circundada de
adversarios, y por su postura les daría a entender que no estaba dispuesta a
someterse sin derramar la sangre de un nutrido número de aprehensores. Al
escrutar al apretado grupo le distinguiría a él; acaso entonces se suavizaría
la mirada de sus centelleantes ojos y, en un rapto, soltaría el arma y le
tendería las manos...
«¿Qué monstruosidades estoy concibiendo?», se recriminó el
semielfo, y descartó aquellas ensoñaciones de adolescente lunático. Aun así,
decidió que se uniría al batallón solámnico que había de acometer la ciudadela.
Una conmoción en las almenas le indujo a estirar el cuello,
aunque conocía el motivo antes de verificarlo: el pánico. Más destructivo que
una andanada de proyectiles, el pavor que siempre generasen los reptiles
demoníacos se hacía sentir entre los caballeros, se intensificaba a medida que
sus contornos negros, azulados, se recortaban más precisos contra el manto de
nubes. Los veteranos de la Guerra de la Lanza mantuvieron sus posiciones,
aferraron sus armas para combatir el terror que inundaba sus corazones cual una
marea; pero los jóvenes, aquellos que no se habían enfrentado en el pasado a
semejante influencia, se acobardaron, incurriendo en el vergonzoso acto de
gritar o velando a sus ojos la espeluznante escena.
Al ver que aquellos inexpertos luchadores se debatían contra
una emoción tan irracional, el semielfo se esforzó en no seguir su ejemplo.
Apretó los dientes, tensó los músculos... y tuvo que aceptar que era
irremediable. También a él le bañó la oleada, en forma de una náusea en el
estómago que le provocó espasmos y el afluir de la bilis a la boca. Espió a
Gunthar, quien también experimentaba los efectos devastadores del embate, a
juzgar por sus comprimidos, desencajados rasgos.
El héroe atisbo a los Dragones Broncíneos que servían a los
Caballeros de Solamnia y que surcaban el aire en perfecta formación, a la
expectativa, encima de la Torre. No atacarían hasta ser atacados, tal era el
plan y, lo que era más importante, así lo establecía el pacto que suscribieron
los animales de ambos bandos al concluir la guerra. Pero el espectador se
percató de que Khirsah, el cabecilla de la facción amiga, sacudía la cabeza,
orgulloso, y que sus zarpas, punzantes y duras, destellaban en las auras de los
relámpagos. Era indudable que no vacilaría en intervenir en cuanto le
instigaran.
La voz interior, la que le susurraba que «algo no encajaba», se
hacía audible, apremiante por segundos. Todo parecía demasiado sencillo.
Kitiara enseñaba sus cartas como nunca lo hiciera un estratega de su
categoría.
La ciudadela se agrandaba en su lento navegar comparable no ya a
un pájaro, sino a una colmena poblada por una colonia de venenosas abejas, o al
menos así se la representó Tanis. Los draconianos cubrían la plataforma en un
auténtico enjambre y, apiñados en cada cuadrícula de espacio disponible, desplegaban
sus alas cortas y membranosas, o bien se suspendían de las paredes o de los
cimientos, se encaramaban a las almenas o hacían piruetas para sostenerse en
la cúspide de alguna de las tórrelas. Sus rostros reptilianos, sus viscosos
cuerpos, se enmarcaban en las ventanas o bajo los dinteles. El silencio
ribeteado de angustia que reinaba en la Torre del Sumo Sacerdote era una
quietud perfecta si no hubiera sido rota por el llanto de algún que otro caballero
incapaz de refrenar sus aprensiones. Se percibían los zumbidos crepitantes que
emitían los miembros aéreos de las hordas hostiles y, aún más sonoros, los
estribillos de unas melodías en las que, ahora sí, Tanis reconoció el cantar
concertado de los magos y los clérigos cuyos infernales poderes preservaban
íntegro y a flote el espantoso ingenio. No ensayaban, pues, sus encantamientos
guerreros. «Algo no encaja.»
Frente a la vecindad del alcázar volador, cundió la tensión
entre los moradores de la Torre. Circularon órdenes en un cuchicheo y las
espadas dejaron sus vainas, se equilibraron las lanzas, los arqueros aplicaron
las flechas a las tirantes cuerdas, los soldados asignados a esta tarea
colocaron cubos llenos de agua allí donde podía declararse fuego y, en
definitiva, se ordenaron las divisiones en el patio para poner a raya a los
draconianos que pronto lloverían del cielo.
Arriba, en el etéreo elemento, Khirsah alineó a sus Dragones en
grupúsculos de dos y tres que, bien entrenados, al recibir la señal, se
lanzarían en picado sobre el adversario cual rayos de bronce.
—Me necesitan mis hombres —constató Gunthar y, ajustándose el
yelmo, cruzó la puerta de sus habitaciones privadas para encaminarse a la
atalaya de vigilancia, seguido por un séquito de oficiales y ayudantes.
Tanis no partió tras la comitiva, ni siquiera respondió a la
discreta invitación del caballero. La razón era que la voz de sus entrañas, la
que trataba de prevenirle de un peligro, crecía en volumen. Deseoso de captar
su mensaje, el semielfo cerró los ojos y se apartó de la ventana para aislarse
del debilitante temor reptiliano y de la imagen de aquella fortaleza de
muerte, que le impedían concentrarse.
Cuando hubo conseguido su propósito preguntó a la presencia
invisible «qué era lo que no encajaba», y ésta contestó diáfana, inconfundible.
—¡En nombre de los dioses, no! —se lamentó—. ¡Cuan estúpidos
hemos sido al prestarnos a su juego!
De pronto, comprendía el plan de Kitiara sin posible margen de
error. Era casi como si ella estuviera en la estancia y se lo expusiera con
todo lujo de detalles. Convulsionado su pecho, alzó los párpados y, situándose
de un brinco frente a la ventana, la abrió y estampó su puño en el alféizar. En
su arrebato se cortó la carne y el brazo volcó el cuenco de té, que se hizo
añicos en el suelo; pero no notó ni la sangre que brotaba de su mano herida ni
el brebaje derramado a sus pies. Clavadas las pupilas en el encapotado,
irreal firmamento, estudió la marcha de la ciudadela.
Estaba al alcance de sus flechas, de sus lanzas. Alzando la
vista, medio deslumbrado por los incesantes relámpagos, vislumbró, aunque no
con detalle, las armaduras de los draconianos, las aviesas sonrisas de los
humanos mercenarios que peleaban a su lado y las escamas de los Dragones
peregrinos.
Como intuía el semielfo, la fortaleza pasó de largo sin
detenerse.
No se había disparado un proyectil, ninguna bola mágica había
socarrado a las tropas de la Torre. Khirsah y sus animales se incomodaron,
ojearon enfurecidos a sus hermanos de raza y enconados rivales, pero su
solemne juramento de no iniciar una trifulca sin ser hostigados creaba una
ligadura más fuerte que el odio. Los caballeros casi se descoyuntaron en su
afán de examinar aquel mecanismo inmenso, abrumador, que se desplazaba hacia
lo desconocido, no infligiéndoles más daños que el desprendimiento de algunas
piedras del torreón más alto al rozarlo su base desigual.
Profiriendo blasfemias entre dientes, Tanis echó a correr hacia
la puerta y se tropezó con Gunthar en el instante en que el mandatario, con el
rostro desfigurado, entraba en la cámara.
—Estoy estupefacto —venía diciendo el coronel a sus asistentes
antes de que se produjera el choque—. ¿Por qué no nos ha atacado? ¿Qué se
propone esa mujer?
—¡Sitiar la ciudad directamente! —le espetó el semielfo,
rehecho del inesperado encontronazo y en un paroxismo tal que, sin darse
cuenta, empezó a zarandear al coronel—. Eso era lo que Dalamar pronosticó. La
misión de Kitiara consiste en reducir a los palanthianos, no va a perder tiempo
y hombres con nosotros cuando no hay motivo para ello. Ha sobrevolado la
Torre, y continúa hacia su objetivo.
Los ojos del dignatario, apenas visibles tras las rendijas del
yelmo, se empequeñecieron al fruncir éste el entrecejo.
—Ella no cometería tamaña insensatez —discrepó, acariciándose
pensativo el mostacho. Al fin, exasperado, se desembarazó de su huésped y
también del casco—. En nombre de los dioses, Tanis, ¿qué clase de táctica
militar es ésa? Ha dejado desprotegida la retaguardia de su ejército de tal
modo que, aunque tome Palanthas, no podrá conservarla más que unas jornadas
bajo su yugo. Ella misma se habrá atrapado entre nosotros y las murallas de la
urbe. No, ha de desarticular nuestra guarnición y luego emprenderla contra la
ciudad. De lo contrario —insistió— la destruiremos. ¡No le quedará ni una vía
de escape! «Quizá —conjeturó, vuelta la mirada hacia su escolta personal—, no
sea más que un ardid destinado a sorprendernos con la guardia baja.
Reagrupémonos y vigilemos el horizonte. Temo que nos tienda una emboscada desde
el otro lado...
— ¡Haz el favor de escucharme! —le conminó el semielfo, airado
ante la ceguera del caballero—. No es ningún ardid. Kit va hacia Palanthas
resuelta a someterla. Cuando tus tropas y tú lleguéis a la ciudad, su
hermanastro habrá regresado a nuestro mundo a través del Portal, y ella le
aguardará con la ciudad a sus pies.
— ¡Incongruencias! —le reprendió Gunthar—. Por muy poderosa que
sea la dama, Palanthas no capitulará a tan corto plazo. Los Dragones del Bien
presentarán batalla y, aunque los ciudadanos no sean luchadores avezados,
sabrán cómo refrenar al enemigo gracias a su ventaja numérica. Mis oficiales
marcharán enseguida. Estarán allí dentro de cuatro días.
—Olvidas algo —declaró Tanis, a la vez que, firme pero cortés,
se abría paso entre los presentes—. Ni tú ni yo hemos pensado en el elemento
que iguala las fuerzas en esta pugna: el espectro Soth.
12
Palanthas, simbolo roto de la paz
Impulsado por sus magníficos cuartos traseros, Khirsah dio un
salto y surcó el aire, con grácil desenvoltura, sobre las tapias de la Torre
del Sumo Sacerdote. El contundente batir de sus alas les permitió sobrepasar,
a él y a su jinete, la lenta trayectoria de la ciudadela flotante mucho antes
de que ésta cubriera la mitad del recorrido. «De todos modos —calculó Tanis,
pues no era otra la cabalgadura—, la fortaleza se mueve lo bastante deprisa
para plantarse en Palanthas, con toda probabilidad, mañana al amanecer.»
—No te acerques demasiado —ordenó, cauto, al reptil.
Un Dragón Negro hizo sobre ellos un indolente vuelo de
reconocimiento, trazando círculos que derivaron en espirales. Se divisaba en
la distancia a algunos de sus secuaces y, ahora que se hallaba a la altura del
alcázar, el semielfo distinguió también a los animales de escamas azules, que,
persistentes, dibujaban elipses regulares en torno a las tórrelas del
edificio. Posó sus ojos especialmente en uno al que identificó como Skie, la
montura predilecta de Kitiara.
«¿Dónde estará Kit?», se preguntó, tratando sin éxito de espiar
el interior del castillo a través de las ventanas rebosantes de draconianos,
que, jocosos, le señalaban entre mofas. El repentino resquemor de que la dama
le identificase, en el caso de que estuviera ojo avizor, le llevó a esconder
el rostro bajo la capucha. Una vez tomada tal precaución, no obstante, fue él
quien se burló de sí mismo y se mesó la barba, mientras se repetía que, aunque
Kitiara le viese, no distinguiría sino a un solitario viajero a lomos de un
dragón alado y deduciría que era un emisario de los caballeros.
Imaginó, como si lo estuviera viviendo, lo que ocurría dentro
de la fortificación.
—Podríamos derribarle en el cielo, señora —sugeriría uno de los
oficiales a la mandataria.
—No; dejemos que comunique la noticia a los palanthianos y que
éstos averigüen qué les espera —respondería ella, emitiendo una risa taimada
que casi resonó en los tímpanos del que la evocaba—. Así tendrán tiempo para
sudar.
«Tiempo para sudar.» Tanis se enjugó la frente. A pesar de la
brisa glacial que soplaba sobre las cumbres montañosas, la camisola que se
ajustaba a su carne, oculta por el peto de cuero y la cota de malla, estaba
húmeda y pegajosa. En un desagradable contraste, tiritaba sin pausa en el frío
ambiental y hubo de arroparse con la capa. Le dolían los músculos porque,
acostumbrado a los carruajes y no a la grupa desnuda de un dragón, el esfuerzo
físico le suponía una dificultad adicional. Iba a abandonarse al nostálgico
recuerdo de su confortable vehículo cuando, enojado con su flaqueza, sacudió la
cabeza para despejarse —tampoco iba a consentir que una noche en vela le
afectara tanto— y desechó los problemas nimios para pensar en otros, mucho más
espinosos, que tenía que solventar.
Khirsah hacía todo lo posible por ignorar a su congénere de
piel oscura que, en aquel momento, se encontraba suspendido en la vecindad. El
broncíneo animal imprimió mayor velocidad a sus miembros hasta que el rival,
que tan sólo les acechaba porque le habían mandado observarles, dio media
vuelta hacia la ciudadela. La mole había quedado rezagada. Se deslizaba sin
dificultad sobre unos cerros escarpados que habrían obstaculizado el avance de
un ejército de tierra.
El semielfo empezó a planificar su acción. Pero todo cuanto
decidía hacer exigía unos preliminares tan largos e ineludibles que, al rato,
se sintió como uno de aquellos ratones de feria que corrían sin cesar sobre
una rueda y no llegaban a ninguna parte, a pesar del empeño que ponían.
Gunthar, al menos, había intimidado, merced a sus arengas, a los generales de
Amothus. Éste era un título honorífico que se concedía en Palanthas a quienes
habían destacado en la comunidad, pero que en modo alguno significaba que
tales «generales» hubieran participado jamás en una batalla. Gunther les había
dirigido sus arengas con tal acierto, que los generales habían movilizado la
milicia local. Lamentablemente, la mayoría de los habitantes de la ciudad sólo
vieron en el cambio de rutina una excelente excusa para gozar de un período de
asueto.
El caudillo solámnico y sus hombres habían presenciado, sin
poder evitar la chanza, las torpes evoluciones de los soldados civiles.
Concluidos los adiestramientos, Amothus pronunció un discurso de dos horas.
Los voluntarios elegidos celebraron su hazaña bebiendo alcohol hasta la
extenuación y, en conjunto, todos se divirtieron de lo lindo.
Al representarse en su mente las figuras rechonchas de los
taberneros, los no menos orondos comerciantes, los aseados sastres y los
forjadores, fuertes pero torpes, tropezando con sus armas y entre sí,
obedeciendo instrucciones que no se habían dado mientras pasaban por alto otras
manifestadas en tono perentorio, Tanis tuvo que reprimir el llanto. Era aquella
caterva de incompetentes, reflexionó compungido, el adversario que había de
interceptar al Caballero de la Muerte y sus legiones de guerreros espectrales
en las puertas de Palanthas. Y no habían de perfeccionarse sus artes
marciales, pues la confrontación era inminente.
—¿Dónde está Amothus? —preguntó Tanis, y cruzó las colosales
puertas del palacio antes de que se abrieran oficialmente, con tanta energía
que a punto estuvo de atropellar a un atónito lacayo.
—Duerme, señor —contestó éste—, es aún muy temprano.
—Despiértale. ¿Quién se halla a cargo de los caballeros?
El interpelado, desorbitadas las pupilas, solicitó una
aclaración.
—¡Maldita sea! —se impacientó el semielfo—. Lo que quiero saber,
cerebro de mosquito, es el nombre del caballero de mayor rango.
—El comandante Markham, señoría, apodado «el de la Rosa»
—colaboró Charles, que, con su digna flema, acababa de salir de una
antecámara—. ¿Envío a alguien en su busca?
—¡Sí! —bramó el visitante.
Al comprobar que todos cuantos se habían reunido en el
vestíbulo de la mansión le miraban como si hubiera perdido el juicio, y razonar
también que el pánico sólo había de favorecer en la liza al enemigo, Tanis se
cubrió los ojos con una mano, inhaló una bocanada de aire y se exhortó a la
serenidad.
—Sí —reiteró con voz pausada—, traed a Markham y a Dalamar, el
mago.
Este último requerimiento pareció confundir incluso al
imperturbable Charles. El criado meditó unos momentos y, con una expresión que
denotaba tristeza, se aventuró a poner trabas.
—Lo siento muchísimo, señoría —se disculpó—, pero no dispongo de
medios para mandar un mensaje a la Torre de la Alta Hechicería. Ningún ser
viviente accedería a internarse en ese malhadado Robledal, ni siquiera un
kender.
—¡No puede ser! —se revolvió el héroe frente al impedimento—.
¡Tengo que hablar con él! —Su mente, siempre activa, se convirtió en un
hervidero de ideas, no todas practicables. Al fin se decidió a exponer una—:
Recurriremos a uno de los prisioneros goblins de vuestros calabozos. Los de su
raza pueden cruzar el Bosque sanos y salvos, o al menos eso creo, así que
convencedle. Os autorizo a prometerle la libertad, dinero, medio reino o al
mismísimo Amothus. No reparéis en ofrendas hasta motivarlo.
—Todo eso no será necesario, amigo mío —dijo alguien en un
enigmático siseo, a la vez que una figura de negra indumentaria se
materializaba en el zaguán y, al hacerlo, sobresaltaba a Tanis, aterrorizaba a
los lacayos y, lo que era más insólito, causaba el momentáneo enarcamiento de
las cejas de Charles.
—Me rindo ante tus poderes —le alabó el semielfo, aproximándose
al aparecido, que era, como cabe adivinar, el elfo oscuro en persona—. Debemos
conferenciar en privado. Te ruego que vengas conmigo —le instó, tras
asegurarse de que el anciano servidor encargaba a uno de sus subordinados que
alertase al Señor de la ciudad y a otro que localizara al caballero Markham.
Mientras caminaban hacia una dependencia vacía, Dalamar comentó
a su guía:
—Me gustaría merecer tu cumplido. Pero ha sido mi sentido
visual, no una mágica lectura de tu mente, lo que me ha permitido discernir tu
llegada. Divisé desde la ventana del laboratorio el aterrizaje del Dragón
Broncíneo en el patio del palacio y, también, cómo desmontabas y atravesabas el
umbral. Dado que era para mí de extrema urgencia que sostuviéramos una
entrevista, acudí al instante. Imagino que ambos queremos tratar el mismo
asunto.
—Rápido, antes de que se nos unan los otros —le apremió Tanis,
cerrando la puerta de la estancia en la que le había introducido—. ¿Estás al
corriente de la amenaza que se cierne sobre nosotros?
—Me enteré anoche —repuso el aprendiz—. Quise ponerme en
contacto contigo, pero ya habías partido. —Su sonrisa se torció sinuosa,
maligna, al añadir—: Mis espías vuelan sobre las alas del viento.
—Dudo que lo hagan sobre alas de ninguna clase, por inmateriales
que éstas sean —gruñó su contertulio.
Suspiró, se atusó la barba en un gesto atávico y, levantando la
cabeza, miró fijamente a Dalamar. El hechicero elfo estaba erguido frente a él,
enlazadas las manos bajo las bocamangas de la negra túnica y en una actitud de
sosiego, de paz. Su aspecto era el de alguien en quien podía confiarse para
realizar un acto de frío valor en una situación de crisis. Lo único que quedaba
por definir era qué bando elegiría en las presentes circunstancias.
Tanis se frotó las sienes, inmerso en un laberinto que le
producía migraña. ¡Cuánto más fácil era todo en épocas pasadas! —pensaba como
un anciano, pero no dejaría de ser franco consigo mismo—, cuando el Bien y el
Mal estaban claramente delimitados y cada uno se enrolaba en unas y otras filas
según el dictado de su conciencia. Ahora se había aliado con un hijo de la
maldad para combatir al máximo exponente de lo demoníaco, a su criterio una
pura contradicción. «El Mal se vuelve contra sí mismo», había leído Elistan
en los Discos de Mishakal; quizás en esta frase se hallaba la clave. Sea como
fuere, no podía malgastar su escaso tiempo en vacilaciones. Depositaría su fe
en Dalamar, una criatura ambiciosa que tenía interés en ayudarles si deseaba
ver cumplidas sus aspiraciones.
—¿Existe algún método para detener a Soth? —interrogó al acólito
en tono confidencial.
—Eres ágil discurriendo, semielfo —admitió el aludido, y
asintió—. ¿También tú opinas que el Caballero de la Muerte atacará Palanthas?
—Resulta evidente, ¿no? —le espetó Tanis—. Ese fantasma ha de
formar parte de las maquinaciones de Kit. Él equilibra ambas facciones.
—No hay nada que pueda hacerse —negó el mago—. En cualquier
caso, ahora todavía no.
—Y tú, ¿no serías tú capaz de interferirte en sus designios y
desbaratarlos? —insistió el otro, remiso a ceder.
—No me atrevo a dejar mi puesto junto al Portal. He venido
porque tengo la total constancia de que Raistlin está aún lejos —le reveló—,
pero se acerca con cada exhalación. Ésta es mi última oportunidad de ausentarme
de la Torre, y la he aprovechado para advertirte. El desenlace sobrevendrá muy
pronto.
—Así que el nigromante va a vencer a la Reina de la Oscuridad
—apuntó Tanis, incrédulo.
—Siempre lo infravaloraste —le reprochó Dalamar con una mueca
sarcástica—. Su fuerza, como ya he recalcado, es grande, sus facultades han
crecido hasta hacer de él el mago más poderoso que nunca alumbró Krynn. ¡Claro
que se proclamará ganador! Sin embargo, será a un alto precio.
Una sombra de inquietud nubló las facciones del semielfo, al que
desagradaba profundamente la nota de orgullo que destilaba la voz de Dalamar
cuando mencionaba a Raistlin. No era aquel sentimiento el que debía rezumar un
aprendiz resuelto a matar a su shalafi si surgía tal necesidad.
—Volviendo a Soth —prosiguió el oscuro personaje, quien había
adivinado en el rostro del héroe la zozobra que le agitaba, pese al afán que
éste ponía en disimularla—, te contaré los pasos que he dado. Me percaté de que
el espectro sacaría el mayor partido posible de la opción que le brindaba el
plan de Kit de perpetrar su venganza contra una ciudad y unas gentes que habían
suscitado su inquina siglos antes, si hemos de prestar oídos a las leyendas que
circulan acerca de su caída. Apelé entonces a los moradores de la Torre de la
Alta Hechicería sita en el Bosque de Wayreth.
—¡Por supuesto! —se regocijó su oyente—. Par-Salian y su
cónclave podrían des...
—No obtuve respuesta a mi petición —le interrumpió Dalamar,
indiferente a sus emociones—. Algo extraño sucede en ese lugar, aunque ignoro
qué acontecimientos les han forzado a inhibirse. Mi emisario encontró el
camino obstruido, lo que, en un ser de naturaleza ligera, etérea, constituye un
fenómeno inusitado.
—Pero...
—Descuida —siguió el elfo, anticipándose a las recomendaciones
de Tanis y encogiéndose de hombros—, no cejaré. Haré nuevas tentativas, aunque
te prevengo que no podemos contar con ellos y que, por otro lado, son los
únicos magos capaces de poner freno a los impulsos asesinos de un alma errante.
—¿Y los clérigos de Paladine? —propuso el semielfo.
—Su Orden, aunque antigua, ha sido rehabilitada hace poco
tiempo. Sus dotes están en una fase inicial, balbuceante. En la era de Huma,
los sacerdotes auténticos, así lo afirma el rumor, invocaban el concurso de su
dios y, con unos versos santos, neutralizaban a tales apariciones. Si existió
esta intimidad entre el hacedor y sus hijos preferidos, se ha perdido. Hoy en
día no hay en todo el continente de Ansalon un eclesiástico que pueda jactarse
de poseer semejantes virtudes.
Tras recapacitar unos minutos, Tanis inquirió:
—El destino de Kit será la Torre de la Alta Hechicería,
¿verdad? Allí coincidirá con su hermano y le respaldará en sus proyectos.
—Además de hacer cuanto esté en su mano para eliminarme
—apostilló Dalamar, rígido su cuerpo.
—¿Salvará la Señora del Dragón la prueba del Robledal de
Shoikan?
Aunque el aprendiz se encogió de hombros, a su acompañante no le
pasó inadvertido que su semblante se demudaba, que su frialdad era fingida.
—La arboleda se halla bajo mi control y ha de permanecer
inaccesible a cualquier intruso, vivo o muerto —sentenció, con una sonrisa tan
forzada como su indiferencia—. Por cierto, tu goblin no habría durado ni cinco
segundos. Sin embargo, Kitiara tenía el talismán que le obsequió Raistlin, de
modo que, si todavía lo guarda y no le traiciona el coraje a la hora de
utilizarlo, podría superar el escollo, más aún si Soth la escolta. Ahora bien,
después de jalonar el Robledal, deberá hacer frente a los centinelas de la
Torre, que, te lo garantizo, no son menos formidables que los del exterior.
Pero yo soy el responsable de lo que suceda en mis dominios, no tú.
— ¡Eso es lo que me asusta, que te otorgues tantas atribuciones!
—le recriminó el semielfo—. ¡Dame también a mí algún amuleto! Me introduciré en
la Torre y me ocuparé de ella.
—Sí, de la misma manera que lo hiciste en vuestros anteriores
intercambios —le humilló el mago—. Escucha, amigo mío, estarás demasiado
atareado procurando que la ciudad no caiga en poder de las tropas hostiles como
para pensar en imponerte a Kitiara. Y, obsesionado con el Portal, has
desestimado un factor muy importante: los propósitos, de Soth. Quiere a la dama
muerta, anhela poseerla sin competidores. Naturalmente, ha de jugar su doble
baza. Si consigue que ella perezca y desquitarse de la afrenta que, según su
versión, le hizo Palanthas, habrá satisfecho dos grandes objetivos. Nada le
importa menos que Raistlin y sus conjuras.
Impresionado en lo más recóndito de su ser, Tanis no contestó.
Como había denunciado su interlocutor, se había borrado de su cerebro la meta
que perseguía el espectro. Paralizado, tan sólo le animaban unos escalofríos
mientras cavilaba que la lista de acciones infames de la Dama Oscura era
interminable. Pero desde las múltiples criaturas que habían sucumbido a una
orden suya, las que habían sufrido y aún sufrían por su causa, hasta el
trágico final de Sturm en la punta de su lanza, no merecían un sino tan cruel.
No se había hecho acreedora a llevar una vida eterna de tormentos y vacuidad,
vinculada mediante el nexo de un matrimonio profano a un morador del Abismo.
Una cortina de negrura oscureció la visión del semielfo.
Mareado, débil, se adentró en un espejismo en el que caminaba haciendo
equilibrios por el borde de un precipicio y, de pronto, se despeñaba. Se
zambulló en un universo acogedor, hecho de acariciantes urdimbres, y unas
garras férreas le sostuvieron en su amortiguado descenso.
Después, lo engulló la nada.
El fresco reborde de un recipiente de cristal tocó los labios
del desmayado Tanis. Un trago de coñac quemó su lengua y le entibió el gaznate.
Alelado, alzó la mirada y descubrió a Charles inclinado sobre él, observándolo
detenidamente.
—Has recorrido un largo trayecto sin comer ni beber, si he de
atenerme a la información del hechicero.
Detrás del criado, se erguía la figura que había hablado,
Amothus. Lívida su tez, abrigado en su túnica de irreal blancura, su
apariencia apenas difería de la de un fantasma torturado que pululase por los
contornos.
—Así es —ratificó el semielfo en un susurro, apartando la copa
de licor y haciendo ademán de levantarse. No obstante, sintió que la sala se
movía bajo sus pies y decidió que estaba mejor sentado—. Tienes razón, no he
probado bocado desde ayer y me lo pide el organismo. ¿Dónde está Dalamar?
—inquirió al explorar la estancia.
—¿Quién sabe, señoría? —intervino Charles, severo el talante—.
Supongo que ha regresado a su enigmática morada. Nos aseguró que habíais
terminado de debatir vuestro asunto y que ya nada le retenía. Con vuestro
permiso —cambió de tema—, daré instrucciones al cocinero para que os prepare
un buen desayuno.
Hizo una reverencia y se retiró, no sin antes anunciar la
llegada del joven caballero Markham.
—¿Has almorzado ya, Markham? —le preguntó Amothus, dubitativo,
inseguro sobre lo que sucedía a su alrededor y del todo anonadado por el hecho
de que un mago, un elfo oscuro para más señas, se considerase libre de
materializarse en su casa y desaparecer a su antojo—. ¿No? Entonces compartiremos
la mesa con mi otro huésped. ¿Cómo prefieres los huevos?
—Quizá no es ésta una ocasión propicia para departir sobre
gastronomía —insinuó el comandante, a la vez que dedicaba a Tanis una sonrisa.
El caballero observó al semielfo y, al comprobar que fruncía el
entrecejo y que su desaliño y agotamiento presagiaban noticias adversas,
aguardó en silencio que las expusiera. Amothus, por su parte, suspiró,
resignado a no posponer más lo inevitable con conversaciones triviales.
Consciente de que ambos habían centrado su atención en él, Tanis inició su relato.
—He regresado esta misma mañana de la Torre del Sumo Sacerdote.
—Ayer recibí una nota de Gunthar, mi superior —interrumpió
Markham, al mismo tiempo que se acomodaba negligentemente en una butaca y se
servía una moderada cantidad de coñac—. Decía que hoy se enzarzaría en una
cruenta batalla con el enemigo. ¿Cómo se desarrolla el altercado?
El orador era un noble apuesto, gentil, despreocupado y rico
que se había destacado en la Guerra de la Lanza, luchando bajo el liderazgo de
Laurana. Como premio a su gallardía, se le había concedido un ascenso en su
graduación y el honor de nombrarle Caballero de la Rosa, un privilegio que
exhibía con tal donaire, que el emblema había pasado a formar parte de su
apelativo. De todos modos, el semielfo recordó que su esposa, al enjuiciar al
entonces capitán, le describió con los adjetivos «desenfadado, casual, incluso
en sus aciertos, y poco fiable». («Siempre tuve la impresión —fueron sus
palabras textuales— de que participaba en la contienda porque no se le había
presentado una actividad más interesante.»)
Al evocar tales apreciaciones y percibir el tono del joven,
jovial y revelador de un singular distanciamiento respecto a la grave
situación, Tanis se hundió en el desánimo.
—No ha habido «altercado» —negó de forma abrupta, poniendo un
énfasis especial al repetir el inadecuado término que había empleado su interlocutor.
Una expresión de esperanza y de alivio, rayana en lo cómico,
iluminó el rostro de Amothus, y el semielfo estuvo tentado de reírse. Se
contuvo a tiempo, temeroso de caer en la histeria, y atendió al caballero, que
le consultaba sin salir de su pasmo:
—¿No hay confrontación? ¿Acaso el adversario no ha hecho acto de
presencia?
—Desde luego que sí —le corrigió el narrador—. Ha acudido a su
cita, aunque de un modo harto peculiar. Vino, pasó entre nosotros y se fue sin
rozarnos siquiera.
—No comprendo —confesó el Señor de la ciudad.
—No viajaba por tierra, sino a bordo de una ciudadela flotante
—le ilustró Tanis.
—¡En nombre del Abismo! —renegó Markham, el de la Rosa, y
ribeteó su exclamación con un silbido. Estuvo pensativo unos instantes, durante
los cuales se alisó el elegante atuendo de montar—. No han atacado la Torre
—recapituló al fin—, y vuelan por encima de las montañas, lo que significa
que...
—Planean arrojar todo su contingente de tropas sobre Palanthas
—concluyó Tanis.
—Continúo en la oscuridad —insistió Amothus, tan elocuentes sus
desencajadas facciones que no precisaba explicarse—. ¿Por qué no les detuvieron
los nuestros?
—En nuestras actuales condiciones, habría sido vana toda
intentona —se anticipó el comandante, pese a su ostensible desgana, al testigo
de la escena—. No existe otro medio para asaltar con éxito esos castillos
aéreos que enviar una escuadra de Dragones.
—Según se especifica en el tratado de rendición firmado después
de la guerra —completó Tanis el discurso del caballero—, los reptiles benévolos
no atacarán a menos que se les provoque. Además, en la Torre del Sumo Sacerdote
sólo hay un destacamento de animales broncíneos, un número irrisorio contra
una ciudadela sin el refuerzo de batallones áureos y plateados.
Arrellanándose desidioso en su silla, Markham barruntó.
—Hay algunos grupos en la zona —aseguró—, que alzarán el vuelo
en cuanto se divise a los perversos; pero no basta. Quizá deberíamos mandar
emisarios en busca de...
—La ciudadela no es el peor peligro que nos acecha —le atajó el
semielfo, mientras, entornando los párpados, trataba de zafarse de las
vertiginosas evoluciones de la sala.
«¿Qué me pasa? Me hago viejo —se contestó él mismo—, demasiado
para tantos avatares.»
—¿Cómo?
Amothus le instó a seguir, al borde del colapso ante este nuevo
golpe, pero, fiel a su estirpe aristocrática, obstinado en no ceder a un
vejatorio vahído.
—Todos los indicios señalan que Soth acompaña a Kitiara en esta
expedición —fue la escueta, terrible respuesta.
— ¡Un Caballero de la Muerte! —murmuró Markham en lugar del
máximo mandatario de la ciudad, que había quedado sin habla.
El inconsciente joven sonrió al reparar en Amothus. Tan pálido
estaba el augusto noble, que Charles, que acababa de entrar cargado de platos
humeantes, los dejó a toda prisa en el suelo y corrió junto a su amo.
—Gracias por socorrerme —titubeó éste con una voz sobrenatural,
que se diría surgida de ultratumba—. Quizá un sorbo de coñac.
—Un litro sería más apropiado —bromeó el representante de la
Orden de la Rosa, apurando el contenido de su copa—. En el fondo, ante el
acoso de un espectro de esa índole, estar sobrio resulta perjudicial. La
embriaguez incita a la chanza, a las alucinaciones, nos transporta a un mundo
donde hasta una legión de fantasmas se nos antoja un grato espectáculo.
—Señores, haced una pausa y alimentaos —ordenó Charles a las
tres autoridades, con esa superioridad doméstica de la que se revisten los
criados de toda la vida.
Ofreció el elixir a Amothus, y una sombra de color tiñó sus
blanquecinos pómulos. Tanis, por su parte, se dio cuenta de que estaba
hambriento. Así que no protestó cuando el servidor, en medio del ajetreo que
caracteriza a la persona diligente, trasladó una mesa y distribuyó vajilla y
fuentes.
—¿Alguien podría ponerme al corriente, darme detalles sobre ese
ente de las tinieblas? —solicitó el anfitrión, ya algo repuesto, a la vez que
desplegaba la servilleta en su regazo—. He oído historias, pues un ancestro mío
por línea directa asistió al juicio al que Soth fue sometido en Palanthas. Ya
muerto, si no me equivoco, fue él quien raptó a Laurana.
Calló para consultar con la mirada al esposo de la Princesa,
pero éste se mostró taciturno y no despegó los labios.
—Sea como fuere —desistió el inquisitivo dignatario—, aunque
sea capaz de horrendas fechorías ¿qué daño puede infligirle a una urbe?
Perduró el silencio, aunque fue lo bastante expresivo como para
obviar los discursos. El noble espió de hito en hito al exhausto semielfo y al
joven caballero, que sonreía con actitud, mientras, metódico, insertaba el
cuchillo en los calados de los motivos florales que manos primorosas bordaran
en el mantel. Se hizo la luz en su mente.
Sin probar el desayuno, tirando al suelo el paño que tenía sobre
sus rodillas, Amothus se incorporó y cruzó la suntuosa sala de visitantes para
dirigirse a una ventana de cristal tallada a mano, en un complicado diseño. En
el centro de un gran óvalo se enmarcaba una vista de la bella ciudad. Aunque el
cielo estaba cubierto por aquel encrespado océano de nubes en ebullición, la
atmósfera tormentosa no hacía sino realzar la hermosura de las tranquilas
calles. El personaje se detuvo durante varios minutos junto a la ventana,
apoyando la mano en la cortina de satén y absorto en la contemplación del
panorama. Era día de mercado y los habitantes pasaban por delante del palacio
camino de la plaza entre el bullicio que armaban el traquetear de las carretas,
las madres al reprender a sus hijos o las chácharas que, hoy, versaban sobre
la ominosa bóveda celeste.
—Sé qué clase de sentimientos te inspiran los palanthianos,
Tanis —denunció Amothus al rato, quebrado el timbre de su voz—. Primero revives
lo acaecido en Tarsis, Solace, Silvanesti y Kalaman, el fallecimiento de tu
amigo en la Torre del Sumo Sacerdote y, junto a tales recuerdos, lamentas la
suerte de los que intervinieron en la última guerra. Luego te viene a la
memoria que, a pesar del caos, nuestros edificios se sostuvieron intactos, a
salvo de las vicisitudes.
El interpelado no confirmó ni rechazó tales presunciones; se
limitó a ingerir su ágape en un insondable mutismo.
—Tampoco desconozco tu actitud, Markham —reanudó su parrafada el
dignatario—. La otra tarde te oí reír con tus hombres, y vuestra hilaridad se
debía a la ocurrencia de uno, poco importa su nombre, quien imaginó a mis
conciudadanos llevando sus sacos repletos de monedas a la batalla y
pretendiendo derrotar al enemigo con una simple dádiva y al grito paternalista
de «¡Idos, no molestéis!».
—Contra Soth, no es peor ese método que esgrimir las espadas.
Después de tan sarcástica réplica, el comandante levantó su copa
para que Charles le echara más coñac.
Amothus reclinó la cabeza en el batiente de la ventana y se
lamentó con amargura, ajeno a la ironía de su huésped:
—¡Nunca creímos que el azote de la guerra nos fustigaría a
nosotros! A través de incontables generaciones, Palanthas se ha erigido como
un lugar donde reinaban la concordancia, la luz y la armonía. Los dioses nos
respetaron siempre, incluso cuando decretaron el Cataclismo nos dejaron al
margen. Y ahora, cuando hay paz en el mundo, sobreviene esta catástrofe. —Se
volvió hacia sus oyentes, demacrado por la angustia—. ¿Por qué ensañarse con un
pueblo tranquilo, amistoso?
Apartando su plato a un lado, Tanis se desperezó para mitigar
los calambres de sus músculos. «Me hago viejo —reflexionó—, y también blando.
Resisto mal una noche en vela, desfallezco si me falta una sola comida, añoro
el pasado y los compañeros que se fueron. ¡Y me pone enfermo ver morir a las
personas en un enfrentamiento absurdo!» Frotóse los pesados párpados y, con
los codos apoyados en la mesa, enterró el rostro entre las manos.
—Hace un momento has pronunciado la palabra «paz» —invocó al
Señor de la Ciudad—. ¿A qué paz te referías? ¿Al simulacro de bienestar en el
que nos movemos? Nos hemos comportado como un puñado de niños en una casa
donde los padres han mantenido acaloradas discusiones durante varias semanas
y, por una extraña tregua, se muestran civilizados. Sonreímos, exhibimos un
fingido optimismo, engullimos la verdura como está mandado y andamos de
puntillas, cuidando de no hacer ruido. ¿Cuál es el motivo de tal discreción?
Sencillamente, la total seguridad de que, al más pequeño descuido, la
trifulca estallará de nuevo. ¡A eso es a lo que llamamos «paz»! —repitió, con
acento amargo—. Incurre en un insignificante desliz, amigo mío, y Porthios te
echará encima a los elfos de Krynn. Acaríciate la barba de un modo distinto al
que establece el protocolo, y los enanos atrancarán los francos accesos de la
montaña.
Observó a Amothus y se ofreció a su examen un hombre alicaído,
cabizbajo, que se enjugaba el mal controlado llanto y encorvaba los omóplatos.
La ira del semielfo se encendió, aunque tuvo que preguntarse en quién debía
proyectarla. ¿En el azar? ¿En el destino? ¿En los dioses quizá?
Enderezándose con ademán displicente, se situó junto al
mandatario y escudriñó la pacífica, animada ciudad, que exultaba de vida sin
presentir el naufragio.
—No puedo despejar tus incógnitas —reconoció—. Si tuviera tal
clarividencia, a estas alturas ya me habrían construido un templo y una
cohorte de clérigos acataría mi mandato sin chistar. Lo único que estoy en
posición de decir es que no debemos rendirnos.
—Otro poco más de coñac, Charles, haz el favor —pidió Markham al
mismo tiempo que, una vez más, alargaba el brazo con el que sostenía el
recipiente—. Propongo un brindis: por persistir, que rima con morir.
13
Tanis expone su plan
Alguien golpeó, quedamente, en la puerta con los nudillos.
Absorto en su trabajo, Tanis dio un respingo.
—¿Quién es? —inquirió.
—Soy Charles, señoría —se anunció el criado y, asomándose al
interior de la estancia, informó de su cometido—: Me ordenasteis que os llamara
durante el cambio de guardia.
Ladeada la cabeza, Tanis aguzó la vista para atisbar el panorama
al otro lado del ventanal. Lo había entreabierto en busca de aire, pero la
brisa no soplaba en la cálida, incluso bochornosa, noche de primavera. El
firmamento estaba oscuro salvo por unas zigzagueantes hebras de tonos rosados,
los fantasmales relámpagos, que festoneaban las nubes y, al fijar su atención,
el semielfo oyó las campanadas de la Hora de la Vigilia, las voces de los
centinelas que relevaban al turno anterior y, al fin, el acompasado caminar
de los soldados que se retiraban a descansar.
Exiguo sería el lapso de vida que sucedería a su reposo.
—Gracias, Charles —susurró el digno invitado con tono cortés—.
¿Puedes entrar unos minutos? Prometo no retenerte.
—Será un placer serviros, señoría.
El anciano avanzó unos pasos y, moderado en todas sus acciones,
cerró la puerta tras de sí. Tanis leyó el texto que estaba redactando, y que se
hallaba desplegado sobre el escritorio, antes de comprimir los labios y,
resuelto, añadir un par de líneas con el delicado trazo elfo. Esparció arena
encima de la tinta para secarla y procedió, de nuevo, a revisar la misiva.
Pero, a pesar del empeño que puso, le falló la vista. Los caracteres se
enturbiaron en una danzarina amalgama y, frente a tan insalvable contrariedad,
se resignó a estampar su firma y enrollar el pergamino. Concluidas estas
operaciones, aferró el documento y permaneció sentado, inmóvil cual una
estatua, lo que incitó al servidor a indagar:
—Señoría, ¿seguro que os encontráis bien?
—Charles —empezó a hablar el interrogado, manoseando una
sortija de acero y oro que se ceñía a su dedo—. Charles... —repitió, y su voz
languideció.
—Decid, señoría —le urgió el otro, más alarmado a cada segundo.
—Ésta es una carta para mi esposa —continuó el semielfo en un
murmullo apenas audible, desviando el rostro—. Encárgate de que se la
entreguen en Silvanesti, donde la han reclamado sus obligaciones. La misiva
debe salir de inmediato, antes de que sea tarde.
—Comprendido, así se hará —le garantizó el criado y, avanzando
un paso, tomó posesión del mensaje que le confiaban.
—Soy consciente de que hay diligencias mucho más importantes —se
disculpó Tanis, ruborizándose en actitud culpable— en un momento tan crítico,
como despachos para los caballeros, solicitudes de refuerzos y avisos en
general, pero...
—Tengo al emisario idóneo, señoría —desoyó el anciano su
comentario para tranquilizarlo—. Es elfo, concretamente de Silvanesti, leal y,
si he de ser honesto, confesaré que va a causarle un gran placer abandonar la
ciudad en una misión honorable.
—Gracias de nuevo, Charles. —Tanis suspiró y se obstinó en
justificarse—: Si sucediera lo irreparable, quiero que Laurana se entere de las
causas por mi puño y letra. Además, hay ciertas cosas que deseaba comunicarle.
—Lo que es muy lógico y natural, señoría —le ayudó Charles—. No
lo penséis más. Quizá os gustaría lacrar la nota con vuestro sello —sugirió.
— ¡Por supuesto! —asintió Tanis.
Quitándose el anillo, el semielfo lo aplicó sobre la cera
caliente que vertía el servicial Charles en el pergamino e imprimió la sobria
imagen de una hoja de álamo.
—Ha llegado el coronel Gunthar, señoría. Ahora mismo está
entrevistándose con su delegado en Palanthas, el comandante Markham.
El criado le transmitió tal noticia de un modo repentino, casi
abrupto para alguien de sus esmerados modales, pero este hecho no menguó el
entusiasmo de Tanis. Desaparecidos los hondos surcos de su frente, exclamó:
— ¡Eso es excelente! ¿Debo...?
—Os suplican que os reunáis con ellos, señoría, si no hay
inconveniente —se le adelantó el otro, tan ceremonioso como de costumbre.
—Al contrario, me encantará verles —declaró el semielfo, y se
puso de pie—. Supongo que no se ha divisado la ciuda...
—Todavía no —contestó Charles—. Los caballeros os aguardan en el
comedor de verano, señoría, ahora cámara del consejo guerrero.
—De acuerdo, iré en su busca sin tardanza —decidió el huésped,
perplejo por haber podido al fin completar una frase.
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudaros?
—Eso es todo, mi gentil Charles. Conozco el cami...
—Siempre a vuestra disposición, señoría.
Tras esta nueva interrupción, inclinó respetuoso la cabeza y,
misiva en mano, abrió la puerta para franquear el paso al insigne invitado y la
cerró cuando éste hubo cruzado el umbral. Esperó aún unos instantes, por si a
Tanis le asaltaba un antojo de última hora antes de alejarse, reverencioso.
Con el pensamiento puesto aún en la carta, arropado en la
umbría quietud del mal iluminado pasillo, el semielfo se recreó durante un
breve lapso en su soledad. Luego inició su firme andadura hacia el comedor de
verano, donde pocos días antes se celebraban los ágapes de gala pero que, en
efecto, se había transformado en cuartel general de la milicia.
Tanis tenía los dedos cerrados en torno al picaporte, y se
disponía a internarse en la sala, cuando vislumbró por el rabillo del ojo
señales de movimiento. Deteniéndose a inspeccionar, observó cómo se
materializaba una tenebrosa figura al fondo del corredor.
—¿Dalamar? —intentó cerciorarse, y se apartó del acceso a la
cámara para acercarse al acólito, en el caso de que fuera éste el aparecido.
—Sí, soy yo —se identificó el hechicero—. Me alegro de haber
dado contigo tan fácilmente.
—¿Traes nuevas interesantes?
—Las que hay no te complacerían —fue la evasiva respuesta del
aprendiz—. No puedo quedarme mucho rato; nuestro destino se balancea en el
filo de una daga. Así que iré derecho al asunto. He venido para obsequiarte con
algo.
Hurgó en el interior de una bolsa de terciopelo negro que
colgaba de su costado, extrajo un brazalete y se lo alargó al semielfo. Éste
lo asió y lo examinó, sin tratar de disimular su curiosidad. La joya medía
unos diez centímetros de anchura y, confeccionada en plata maciza, su diámetro
y peso correspondía a una muñeca masculina. Algo deslustrada, salpicaban su
superficie unos ónices cuyas caras, talladas en numerosas facetas, refulgían
bajo las oscilantes antorchas del pasillo. Procedía de la Torre de la Alta
Hechicería, Tanis no abrigaba la menor duda al respecto.
—¿Es acaso...?
Por una parte ansiaba conocer los pormenores, pero por otra,
prefería permanecer en la ignorancia.
—¿Una pulsera mágica? —adivinó Dalamar—. Sí.
—¿Pertenece a Raistlin?
El héroe había vencido su vacilación. Y una vez más, frunció el
entrecejo al citar a su antiguo compañero.
—No —contestó el acólito; pero comprendiendo que el semielfo no
había de conformarse con un monosílabo, se decidió a explicarle lo esencial—.
El shalafi nunca recurriría a defensas tan rudimentarias en comparación
con lo que sus facultades pueden obrar. Este brazalete forma parte de las
colecciones atesoradas en la Torre y es una pieza muy antigua. Yo diría que
data de la época de Huma.
—¿Qué virtudes encierra?
Mientras preguntaba, Tanis daba vueltas en la palma de la mano
a aquel peculiar objeto que, no podía evitarlo, le inspiraba todo género de
aprensiones.
—Aquel que lo luzca será inmune a los ataques arcanos
—esclareció, lacónico, el oscuro personaje.
—¿Incluidos los del espectro Soth?
—En efecto. La alhaja protegerá a su portador de los hechizos
que invoque el caballero a través de los términos «muerte», «pasmo», «ceguera».
También impedirá que le afecten los temores que infunde el halo del fantasma
—siguió enumerando Dalamar—, así como los sortilegios formulados para generar
fuego y hielo.
— ¡Es, en verdad, un regalo valioso! —se congratuló el
semielfo, fascinado por tal cúmulo de propiedades—. Nos proporciona una opción
de victoria, ni más ni menos.
—Agradece mi presente cuando regreses, si es que lo haces —atajó
el aprendiz a su excitado contertulio, y enlazó las manos bajo las bocamangas
de la túnica—. Incluso privado de su magia, Soth es un contrincante formidable,
más todavía si recapacitas que sus seguidores se han consagrado a su servicio
mediante votos que ni siquiera la muerte pudo romper. Sí, amigo mío, guarda
ese regocijo para tu regreso.
—¿Mi regreso? —puntualizó, atónito, el otro—. ¡Pero si yo no he
blandido una espada desde hace más de dos años! —protestó. Miró al hechicero
con detenimiento y, nacida la suspicacia, indagó—: ¿Por qué he de ser yo?
La sonrisa de Dalamar se ensanchó, sus almendrados ojos
despidieron ominosos destellos cuando apuntó:
—Descubrirás el motivo haciendo una simple prueba, consistente
en dar la pulsera a un Caballero de Solamnia, el que tú designes, y rogarle
que la sostenga. Recuerda que el talismán proviene del reino de la oscuridad.
Sólo se acoplará a alguien que haya navegado por ella.
— ¡No te precipites! —bramó Tanis, agarrando el enlutado brazo
del nigromante al percatarse de que se disponía a partir—. No te entretendré,
pero antes has aludido a ciertas nuevas...
—No te conciernen.
Aunque tan hosca postura habría arredrado a cualquier otro,
Tanis determinó que le obligaría a compartir el secreto.—Cuéntame de qué se
trata —exigió.
El mago hizo una pausa, y se juntaron sus pobladas cejas frente
a aquel retraso en sus planes. Pero bajo su impaciencia se ocultaba otro
sentimiento. El semielfo notó que la mano que lo aprisionaba se ponía tensa y
dedujo que se debía a un espasmo de miedo. Pero no tuvo tiempo de reflexionar,
porque, antes de que esta intuición tomara cuerpo en su mente, el aprendiz
recobró el control. Sus bellos rasgos, cincelados cual una escultura, se
relajaron hasta asumir una perfecta calma.
—La sacerdotisa Crysania ha sido herida mortalmente —recitó
frío, con desapego—. Sin embargo, consiguió salvaguardar a Raistlin quien,
ileso, ha emprendido la búsqueda de la Reina para la confrontación
definitiva. Así me lo ha relatado Su Oscura Majestad.
—¿Qué ha sido de la sacerdotisa? —A Tanis se le hizo un nudo en
la garganta al formular esta pregunta—. ¿La ha abandonado tu maestro para que
sucumba sin amparo?
—Claro —repuso el otro, sorprendido de que se planteara siquiera
la cuestión—. Ha dejado de serle útil.
Sopesando el brazalete, el semielfo estuvo tentado de
incrustarlo en la blanca dentadura de aquel ser sin entrañas. Por fortuna,
caviló a tiempo que la cólera era un lujo fuera de su alcance y que, en una
sinrazón como la que ahora vivían, debía abstenerse de juzgar verbalmente el
proceder de otros. «¡Qué retahíla de contradicciones, de ingratitudes! —se
escandalizó—. Elistan se desplaza a la Torre para socorrer al archimago, y
éste se comporta cruelmente con la sucesora del clérigo.»
Girando sobre sus talones, Tanis echó a andar por el corredor en
largas zancadas, que, resonando sobre la roca, exteriorizaban la furia que
debía reprimir. Pero, aunque se sentía irritado, no soltó el brazalete que le
había dado aquella criatura de las tinieblas.
—La magia se activará en cuanto te lo pongas en la muñeca.
La precisión de Dalamar, enunciada en un tono sinuoso, flotó
hasta el semielfo y traspasó el halo que formaba su rabia. Habría jurado que el
acólito se reía de su mal humor.
—¿Qué ocurre, Tanis? —inquirió Gunthar cuando éste se hubo
introducido en la cámara del consejo guerrero—. Mi querido colega, estás tan
pálido como la misma muerte.
—Nada grave. Acaban de comunicarme unas noticias perturbadoras,
pero no tardaré en reponerme. —El semielfo respiró hondo y, para atajar un posible
interrogatorio, aventuró—: Tampoco vosotros tenéis buen aspecto.
—¿Brindamos por nuestras penurias? —ofreció Markham, levantando
su panzuda copa de coñac.
El otro caballero le miró con expresión reprobatoria, severa.
Pero el indisciplinado comandante le ignoró y engulló el licor de un solo
trago.
—Se ha avistado la ciudadela cruzando las montañas —anunció el
digno mandatario solámnico—. Arribará mañana, poco después del alba.
—Tal como me figuraba —asintió Tanis.
Se rascó la barba y, somnoliento, se frotó los párpados.
Consideró la posibilidad de ingerir unos sorbos del elixir que tan
pródigamente consumía el noble Markham. Pero lo contuvo el pensamiento de que
podía ejercer una influencia contraria y embotarle todavía más.
—¿Qué llevas en la mano? —indagó Gunthar, quien, tras señalar la
pulsera, alargó un brazo para tantearla—. ¿Una especie de amuleto elfo?
—Yo no tocaría esta joya —le recomendó su nuevo propietario, en
el instante en que el otro apoyaba las yemas de los dedos en la empañada plata.
— ¡Maldición! —rugió Gunthar, a quien la advertencia le llegaba
unos segundos tarde.
Retiró tan deprisa el brazo que el brazalete, en el impulso,
cayó al suelo, yendo a parar sobre una alfombra tejida por hábiles artesanos.
Gunthar se retorció por el dolor que sentía en la muñeca, mientras el semielfo
se agachaba y recogía la alhaja bajo su atento, incrédulo escrutinio, todo ello
con el telón de fondo que prestaba a la escena la risa sofocada de Markham.
—Nos la ha traído el mago Dalamar desde la Torre —refirió Tanis
a la reducida concurrencia, ajeno al rictus de dolor de Gunthar—. Protege a su
portador de las agresiones arcanas, lo que, sea quien fuere el escogido, le
franqueará el acceso hasta el espectro Soth.
—¡Sea quien fuere! —gruñó el coronel a la vez que, enojado,
observaba el enrojecimiento de su carne en los puntos de fricción con la joya—.
Fijaos, dentro de unos minutos me saldrán las ampollas de las quemaduras y,
por si eso fuera poco, he recibido una descarga que casi me ha provocado un
fallo cardíaco. ¿Quién, en nombre del Abismo, puede lucir tan dañino ingenio?
—Yo mismo —terminó de desconcertarle el semielfo. «Proviene del
reino de la oscuridad, sólo se acoplará a alguien que haya navegado por ella.»
Incapaz de someterse a la vergüenza de citar las palabras del aprendiz,
sonrojándose, mintió—: Si vosotros no resistís su contacto es porque, como
Caballeros de Solamnia, hicisteis votos a Paladine en el acto de investidura.
— ¡Entiérralo! —le ordenó Gunthar, por completo impasible frente
a sus argumentos—. No necesitamos la ayuda que pueda proporcionarnos uno de
esos Túnicas Negras.
—Yo opino que debemos aceptar el concurso de cualquiera, aunque
nos disgusten sus métodos —discrepó Tanis—. Permíteme que te haga memoria sobre
el hecho, no por peculiar menos auténtico, de que Dalamar y nosotros luchamos
en el mismo bando. Y ahora, Markham, ten la bondad de revelarnos tus planes
para la defensa de la ciudad.
Deslizando el brazalete en un saquillo y fingiendo no percatarse
de la mirada fulgurante del dignatario, se dirigió hacia el otro caballero, el
cual, pese a su sobresalto por tan repentina invocación, aportó su informe en
auxilio del semielfo.
Las tropas solámnicas habían emprendido la marcha desde la
Torre del Sumo Sacerdote, y pasarían varias jornadas antes de que alcanzasen
Palanthas. El comandante, a su vez, había enviado un emisario para alertar a
los Dragones del Bien. Pero no era probable que estos últimos se presentasen
en la urbe con la antelación necesaria.
En vista de tales contratiempos, la ciudad misma se había puesto
en guardia. Amothus había convocado a sus habitantes y, en un discurso de
sencilla oratoria, les había advertido de lo que se avecinaba. Markham aseveró
que no había cundido el pánico. Pero Gunther halló aquello inverosímil y obligó
al narrador a admitir que había habido algunas deshonrosas excepciones entre
los más ricos, quienes habían intentado persuadir a los capitanes de navío,
mediante sustanciosas sumas, de que les transportasen a puertos más seguros.
Sea como fuere, éstos no se habían dejado sobornar y, además, ninguno se habría
hecho a la mar bajo la amenaza que representaban los tormentosos frentes de
nubes. Naturalmente, se habían abierto las puertas de la antigua muralla para
que el que deseara correr tal riesgo se refugiara en la espesura. Pero fueron
pocos los que tomaron esa opción. Eran conscientes de que en Palanthas les
protegerían, al menos, las recias fortificaciones y los adiestrados
caballeros.
En su fuero interno, Tanis conjeturó que de haber conocido los
ciudadanos el verdadero horror al que se enfrentaban, habrían huido, en el
convencimiento de que cualquier avatar era más liviano que el ataque de la
ciudadela. No obstante, tal como se desarrollaron los acontecimientos, todos
colaboraron en la común tarea de protegerse. Las mujeres se despojaron de sus
vestidos de brocado y llenaron innumerables recipientes con agua destinada a
apagar los fuegos del combate. Los moradores de la Ciudad Nueva, que carecían
de un recinto amurallado, fueron evacuados a la Vieja, cuyos muros y torreones
se fortificaron lo mejor posible en el mínimo plazo del que disponían. Se alojó
a los niños en las bodegas y los cobertizos para protegerlos de la lluvia; los
mercaderes abrieron sus establecimientos para suministrar los enseres
imprescindibles, mientras los armeros, por su parte, distribuían pertrechos y
las fraguas se mantenían perennemente encendidas, incluso de madrugada, para
templar espadas, armaduras y escudos.
Al pasear la vista por el lugar, el semielfo distinguió luces
en la mayoría de los hogares, los candiles que alumbraban a otras tantas
familias ocupadas en ultimar los preparativos para una conflagración que, así
lo dictaba su propia experiencia, sobrepasaría todos los cálculos y
previsiones.
Pensando en su carta a Laurana, inhalando aire como si así fuera
a disiparse su amargura, resolvió lo que haría. Pero era consciente de que su
determinación sería ampliamente debatida, de tal suerte que debía trabajar
antes el terreno.
—¿Te has planteado qué estrategia empleará Kitiara? —preguntó a
Gunthar, lo que entrañaba interrumpir al locuaz Markham.
—Dudo que se devane los sesos urdiendo estratagemas —apuntó el
interrogado, y se atusó el mostacho—. Harán lo mismo que en Kalaman. Acercar
su artefacto cuanto puedan. Aunque conviene hacer hincapié en que allí no
lograron situarse a su albedrío porque los dragones enemigos les pusieron a
raya y en Palanthas, en cambio —se encogió de hombros—, no contamos más que con
un limitado contingente reptiliano. Una vez se halle suspendida la ciudadela
encima de nosotros, los draconianos saltarán de la plataforma y nos reducirán
desde dentro, mientras los dragones hostiles, en un vuelo rasante, se
enseñorearán del aire...
—Y Soth traspasará las puertas, quedando así cubiertos todos
los flancos —concluyó Tanis.
—Confío en que los refuerzos de nuestras huestes lleguen a
tiempo, por lo menos —intervino Markham, y vació de nuevo la copa— para
impedir el pillaje y la profanación de los cadáveres.
—Kitiara —continuó especulando el semielfo— tiene que acceder a
toda costa a la Torre de la Alta Hechicería. Según Dalamar, nadie sale vivo del
Robledal de Shoikan, pero también me contó que Raistlin había entregado un
talismán a la dama. Quizás aguarde a Soth para que la secunde. El respaldo de
un espectro en tan sórdidos menesteres ha de ser inapreciable.
—Si la Torre es en realidad su objetivo —declaró Gunthar, con
especial énfasis en el «si». Quedaba patente que la historia del nigromante y
el Portal no le parecía creíble—. Partiendo del supuesto de que estés en lo
cierto, imagino que utilizará la pugna como pantalla para sobrevolar los muros
a lomos de su animal y posarse en un paraje próximo al edificio. Podríamos
apostar en las inmediaciones de la arboleda a algunos caballeros y, así,
impedirle el avance.
—Nunca estrecharían convenientemente el cerco —opuso Markham, y
apostilló un tardío «amigo mío»—. El Robledal tiene la virtud de desestabilizar
los nervios de todos cuantos se mueven en un radio de varias millas.
—Además —coreó Tanis— no podemos prescindir de un solo soldado.
Hemos de reservarlos todos para la ofensiva contra Soth y sus legiones
fantasmales.
—Hizo un alto y, tras reunir una buena provisión de valor,
manifestó—: He concebido un plan. Si me autorizáis, os lo propondré.
—Estamos ansiosos por oírlo, semielfo —le invitaron ambos.
—Tú presumes que la ciudadela nos acometerá desde arriba y el
Caballero de la Muerte entrará por la puerta principal, creando una diversión
que dará a Kit la oportunidad de escabullirse hacia la Torre. ¿Voy bien?
—Lo has comprendido con exactitud —corroboró Gunthar.
—Entonces, sugiero que unos cuantos hombres monten sobre la
grupa de los Dragones Broncíneos y se lancen a la batalla. Yo cabalgaré a Igneo
Resplandor —prosiguió el aguerrido semielfo—. Dado que soy el único a quien la
pulsera defiende de Soth, me comprometo a ocuparme de él mientras mi escuadra
se concentra en los esbirros de ese engendro. Existe, de todos modos, cierta
deuda entre nosotros que deseo zanjar —adujo al ver que el coronel hacía una
mueca.
—Te lo prohibo de manera rotunda —rechazó éste—. En la Guerra de
la Lanza demostraste tu valía, pero nunca aprendiste artes marciales y no puedes
derrotar a un Caballero de Solamnia...
—Aunque ese caballero esté ya muerto —intervino Markham, con una
risita entre picara y divertida que delataba su incipiente ebriedad.
Los bigotes de Gunthar vibraron, rebosante como estaba de ira,
pero acabó de hilvanar su razonamiento.
—Un individuo experto como Soth te aniquilará, con o sin
amuletos.
—Debo señalar, sin embargo —volvió a la carga el responsable de
la milicia palanthiana, y se obsequió con otra dosis de alcohol—, que la
pericia en el manejo de la espada de nada sirve en este caso sin el brazalete.
Un adversario dotado para fulminarte mediante un simple vocablo posee una
clara ventaja.
—Por favor, Gunthar, escúchame —insistió Tanis, fortalecido por
aquellos comentarios que tanto le beneficiaban—. Admito que mi preparación
formal ha sido escasa, casi nula, pero mis años de espadachín sobrepasan a los
tuyos en una proporción de dos o tres a uno. Mi sangre elfa...
—El Abismo confunda tu sangre elfa —farfulló el caballero.
Examinó el coronel al incansable bebedor, que en aquel instante
olisqueaba los vapores etílicos de la licorera, y le clavó unas pupilas
destellantes que habrían paralizado a un regimiento. Markham, flemático o
rebelde, hizo caso omiso de su superior y se escanció otra ración.
—Si no me dejas otra alternativa, apelaré a mi rango —desafió
Tanis al mandatario, también sin inmutarse.
— ¡El tuyo fue un nombramiento honorífico! —objetó Gunthar,
purpúreo su rostro.
—El Código no establece distinciones —le recordó el semielfo
mostrando una gran sonrisa de triunfo—. Sea cual fuere la causa, la intención
al rendirme homenaje, ahora soy un Caballero de la Rosa. Y mi edad, que supera
la centuria, me confiere veteranía.
— ¡Por los dioses, Gunthar, permítele que muera! —le imprecó el
comandante Markham, en medio de unas carcajadas a destiempo que denunciaban su
embriaguez—. En el fondo, da igual sucumbir unas horas antes o después.
—Está borracho —le censuró el cabecilla de la Orden, tan
exasperado que se desfiguraron sus rasgos.
—Es joven —le disculpó el semielfo—, y nuestro destino, poco
halagüeño. Y bien, ¿tienes ya un veredicto? —apremió.
El aludido echaba chispas por los ojos, tal era su cólera. Se
plantó a unos centímetros de su interlocutor y afloró a sus labios una dura
reprimenda, que nunca se articuló en sonidos. El mandatario sabía que aquel que
se atreviera a retar a la criatura espectral no coronaría su hazaña sino
expirando en el acto, aunque le protegiese un talismán poderoso. Y había
comprendido que el semielfo era tan cándido, o tan atolondrado, que no
reconocía esta verdad. Pero ahora escrutó su sombrío semblante y vio que, una
vez más, había errado al juzgarlo.
—Encárgate de que recupere la sobriedad —accedió, tragándose el
originario impulso verbal con una tos ronca y extendiendo el índice hacia
Markham—. En cuanto lo consigas, toma posiciones y adelante. Los caballeros
esperarán tu señal.
—Gracias por transigir, amigo mío —murmuró el héroe, conmovido.
—No me resta sino rezar para que los dioses te guarden —añadió
el coronel con una voz estrangulada por la angustia. Y, tras estrujar la mano
de su interlocutor, dio media vuelta y abandonó la cámara.
El semielfo caminó unos pasos hacia el caudillo militar de la
ciudad que, tras agotar el contenido de la botella de coñac, la contemplaba con
alelada obstinación. No obstante, vio una mueca burlona en su boca, que
despertó sus resquemores. «No está tan ido como aparenta —se dijo—, o acaso
como querría.»
Alejándose del caballero, Tanis se asomó a la ventana y,
contemplando la hermosa ciudad de Palanthas, aguardó los primeros albores del
amanecer.
A Laurana
«Mi esposa querida:
«Cuando nos despedimos, hace ahora una semana, mal podíamos
suponer que nuestra separación habría de prolongarse tanto tiempo. ¡Hemos
pasado lejos el uno del otro durante períodos tan largos de nuestra vida! Sin
embargo, admito que en las presentes circunstancias no lamento que así sea y
que, incluso, me reconforta saber que estás a salvo; aunque si Raistlin logra
realizar sus designios, temo que no quedarán reductos seguros en toda la
extensión de Krynn.
»Debo ser honesto, amada mía. No abrigo ninguna esperanza de que
sobrevivamos. Creo poder afirmarlo sin romper mi voto de sinceridad, que no me
inspira miedo la perspectiva de morir. Pero me enfrento a mi destino con
acerba furia. En la última guerra podía permitirme el lujo del valor, ya que
nada poseía y nada tenía que perder. Ahora, al contrario, mi deseo de vivir es
grande, porque me siento como un desheredado después de haberme arrullado en la
dicha que ambos compartimos y no soporto la idea de que me arrebaten el
futuro, nuestro futuro. Pienso en nuestros planes, en los hijos que anhelamos
concebir y sobre todo en ti, mi adorada Laurana, en el dolor que ha de
infligirte la noticia de mi muerte.
»Las lágrimas de la ira, del pesar, oscurecen mi visión. Sólo me
queda rogarte que hagas tuyo el único consuelo que a mí me anima: esta
despedida será la última. El mundo no volverá a distanciarnos. Te esperaré, mi
Laurana, en ese reino donde hasta el tiempo expira.
»Un atardecer, en las regiones de la eterna primavera, del
perpetuo claroscuro, posaré mi mirada en la senda y distinguiré tu entrañable
silueta caminando hacia mí. ¡Es tanta la nitidez con la que te imagino, dama
de mis sueños! Los postreros rayos del sol poniente bañan tu áureo cabello,
mientras ilumina tus ojos un amor que es reflejo del que yo mismo irradio.
«Vendrás a mí, te estrecharé entre mis brazos y, enlazados, nos
abandonaremos a ensoñaciones de las que nunca habremos de despertar.
«Eternamente tuyo
Tanis.»
libro III
El retorno
El guarda holgazaneaba en la penumbra de una garita, situada
junto a la puerta de la Ciudad Vieja. Oía al otro lado, en el exterior, las
voces de los centinelas, que, tensos por la excitación y el miedo, presumían
de su coraje. Debía de haber una veintena de soldados, pensó el anciano en su
refugio. Habían doblado la vigilancia nocturna y, además, aquellos que
concluían su servicio preferían quedarse en lugar de aprovechar el relevo para
retirarse. Sobre la cabeza del solitario personaje retumbaban las marciales,
rítmicas pisadas de los Caballeros de Solamnia y mucho más arriba, en el aire,
percibía el crujiente batir de alas de los dragones e incluso las
conversaciones que sostenían los reptiles en su secreto lenguaje. Se trataba
de los animales broncíneos que Gunthar había traído desde la Torre del Sumo
Sacerdote y que, al igual que hacían los humanos en tierra, custodiaban el
cielo ante la eventualidad de un ataque.
En los tímpanos del vigilante se entremezclaban los sonidos, que
eran como los heraldos de un destino inminente. Sí, tal era la idea que
rondaba por su cabeza, aunque, en honor a la verdad, no la formulaba en estos
términos, ya que las palabras «destino» ni, menos aún, «inminente» formaban
parte de su vocabulario. Sea como fuere, el conocimiento de lo que se
avecinaba estaba en esencia en su mente, y eso era lo importante. El viejo era
un antiguo mercenario, había vivido infinidad de episodios semejantes en su
juventud y, hay cosas que no cambian, también él se había vanagloriado de las
proezas que realizaría al día siguiente, del mismo modo que ahora se jactaban
los soldados detrás del acceso. Sin embargo, en su primera batalla, el pánico
le había dominado hasta tal extremo que no recordaba de él ni el más nimio
detalle.
Luego vinieron muchos otros combates, que amoldaron las
aprensiones a su cuerpo como una segunda piel. El pavor no se vencía sino que
pasaba a formar parte de uno, se blandía junto a la espada hasta que se
convertía en algo inseparable. La representación de la batalla que ahora se
anunciaba no era distinta. Llegaría la mañana y, para los afortunados, una
nueva noche.
Un repentino bullicio de lanzas y voces, un alboroto general,
sacó al anciano guarda de sus filosóficas reflexiones. A regañadientes, pero
con un amago de emoción comparable a la de otros tiempos, asomó la cabeza por
la entrada de la garita.
—¡He detectado algo! —alertó a sus superiores un soldado que,
jadeante, se personó en las proximidades de la puerta—. ¡Era un tintineo de
armaduras, como si se acercase una tropa completa!
Los otros guardianes espiaron las tinieblas, mientras los
caballeros, interrumpiendo la ronda, escrutaban la ancha avenida de la Ciudad
Nueva, que desembocaba en el portalón principal de la antigua. Se sumaron
nuevas antorchas a las que ardían ya en los pedestales de tal modo que, entre
todas, proyectaron un círculo de luz en el terreno adyacente. Pero la zona
iluminada se terminaba a escasos metros y confería una nota todavía más oscura,
más lóbrega, a la negrura del entorno. El mercenario oyó los ruidos que
describiera el acalorado muchacho. Pero, lejos de espantarse, atendió al
consejo de su propia veteranía y se dijo que cuando reinaba la incertidumbre,
con el aditamento del terror y la nocturnidad, un solo hombre podía tomarse por
un regimiento.
Salió de la garita y, ondeando ambas manos, ordenó a los
desconcertados centinelas:
—Volved a vuestros puestos, los de dentro y los de fuera.
Los inexpertos soldados obedecieron. Una vez en las posiciones
que les fueran asignadas, prepararon las armas. El viejo luchador, cerrando los
dedos sobre la empuñadura de su espada, atravesó una trampilla lateral y en
solitario, sin aceptar la ayuda de los más serenos oficiales, se plantó en
medio de la calle y aguardó.
Como había vaticinado, a los pocos segundos se expuso al radio
delimitado por las teas no una división de draconianos, sino un humano que,
hubo de admitirlo, equivalía a dos en cuanto a la corpulencia. Detrás de él
apareció un kender.
Ambos se detuvieron, parpadeando bajo el brillo de las llamas
embreadas, y el viejo aventurero les examinó. El grandullón no se cubría con la
capa habitual, los ígneos perfiles se reflejaban en una armadura que quizás
había sido lustrosa en un tiempo, pero que, ahora, se hallaba semioculta por
una auténtica costra de fango y en los puntos descubiertos se veía
ennegrecida, como si hubiera sufrido el flagelo de un incendio. El cuerpo del
kender también estaba cubierto de barro; aunque era ostensible el esfuerzo que
había hecho para limpiarlo en los llamativos calzones azules. El hombre
renqueaba al andar, y en los dos viajeros se adivinaban vestigios de una reciente
lucha.
«Resulta extraño —recapacitó el mercenario—. Todavía no ha
estallado ningún conflicto, o al menos a nosotros no se nos ha comunicado.»
—He aquí un par de truhanes, quizá salteadores —masculló el
guarda, observando que el hombretón apoyaba la mano en su arma, mientras
reconocía el terreno, con la desenvoltura de quien sabe utilizarla.
En cuanto al kender, el veterano advirtió que lo miraba todo
con la curiosidad natural de su raza. Sin embargo, no dejó de sorprenderle el
hecho de que sujetara en sus manos un enorme libro encuadernado en piel.
—¿Qué hacéis aquí? —interrogó el mercenario a los recién
llegados, y dio un paso al frente—. ¿Cuál es el propósito de vuestra visita a
una hora tan intempestiva?
—Me llamo Tasslehoff Burrfoot —se presentó el hombrecillo,
logrando, tras un breve forcejeo con el libro, liberar la mano y tendérsela al
centinela—. Y éste es mi amigo Caramon. Procedemos de Sol...
—El motivo de nuestra «visita», como tú la denominas, depende
de dónde nos encontremos —atajó a su acompañante el individuo hercúleo, cordial
en su tono pero con una grave expresión que hizo titubear al anciano.
—¿Significa eso que ignoráis vuestro paradero? —indagó éste, más
desconfiado a cada segundo.
—No somos de esta parte del país —contestó aquel que el kender
identificara como Caramon—. Perdimos nuestro mapa, y al divisar las luces nos
encaminamos hacia aquí.
—Estáis en Palanthas —reveló el vigilante que, en su fuero
interno, se repetía: «Si vuestra fábula es cierta, yo soy Amothus».
El hombretón echó un vistazo a su espalda; luego, clavando de
nuevo los ojos en el mercenario, al que sobrepasaba toda la cabeza, declaró:
—Así que acabamos de llegar a la Ciudad Nueva. Lo que nos ha
despistado —explicó— es que se halla vacía. La hemos recorrido de un extremo a
otro y no hemos visto señales de vida. ¿Dónde se ha metido la población?
—En el interior. Se ha instaurado el estado de sitio y los
palanthianos se han congregado al amparo de las murallas. Supongo que, por el
momento, es cuanto necesito contarte —repuso el viejo—. Y bien, ¿puedes ya
decirme cuál es el objeto de esta incursión? ¿Y cómo es posible que no estéis
enterados de lo que sucede? La noticia se ha propagado por todo Krynn —agregó,
suspicaz.
El gigantesco guerrero se acarició la cara, que no se había
rasurado durante varias semanas, y esbozó una sonrisa de complicidad cuando
susurró:
—Una redoma de aguardiente enanil le nubla a uno el
entendimiento; ¿no estás de acuerdo, capitán?
El aludido asintió, aunque no se dejó llevar por el halago que
el otro pretendía hacerle al atribuirle un rango ficticio. Lúcido e
incorruptible, se dijo que las pupilas de aquel individuo destilaban una
determinación que nunca tendría un borrachín. No iba a engañarle. Había
contemplado antes miradas agudas, limpias como aquélla en combatientes que,
sabedores de que les esperaba la muerte, se habían reconciliado con los
dioses y consigo mismos.
—¿Nos permitirás entrar? —inquirió el hombretón—. Dadas las
circunstancias, creo que no os vendrán nada mal un par de bravíos y veteranos
luchadores.
—Nos será útil un tipo de tu fornida estructura —confirmó el
guarda—. Pero quizá sea mejor abandonar a éste —hizo un gesto despectivo hacia
el kender—, dudo que sirva ni siquiera como carroña para los buitres.
—¡Soy un maestro en pelear! —protestó indignado el tal
Tasslehoff—. En una ocasión incluso salvé a Caramon, al que tanto admiras.
¿Quieres que te relate la historia? —propuso, desechado el enfado en favor del
entusiasmo—. ¡Te aseguro que es fantástica! Verás, estábamos en una fortaleza
mágica donde Raistlin, el nigromante, me había escondido después de matar a
mi amigo... Pasaré por alto esa parte, me entristece recordarla. En cualquier
caso, unos enanos oscuros que conspiraban contra Caramon se abalanzaron sobre
él y, al resbalar...
— ¡Abrid la puerta! —pidió, horrorizado, el centinela.
—Vamos, Tas —apremió el humano al kender.
— ¡Pero si aún falta lo más emocionante! —se lamentó éste.
—Por cierto, ¿serías tan amable de especificarme la fecha? —rogó
al mercenario el individuo musculoso a la vez que, con gran agilidad,
amordazaba a su compañero para imponerle silencio.
—Día tercero, quinto mes, año 356 —se avino el veterano, tan
preciso como socarrón—. Te recomiendo que consultes a algún clérigo en la urbe,
él sanará tu rodilla.
—Clérigos —musitó el interpelado—, casi había olvidado que en
esta época vuelve a haberlos. Gracias
—apostilló con voz sonora, para ser oído.
Traspasaron el umbral de la Ciudad Vieja y el guardián, que no
cesó de observarlos, comprobó que el hombrecillo se liberaba de la manaza con
la que el otro le aprisionaba a fin de acallar su parloteo y, acto seguido,
escuchó su regañina:
—¡Qué asco! Deberías lavarte, Caramon; casi me asfixias con tus
efluvios. ¡Caramba, tengo la boca llena de barro! ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí!
Estoy enojado porque no me has dejado acabar la narración. Me has interrumpido
en el momento en que iba a hablar de tu desliz en la sangre...
Meneando la cabeza, el vigilante se ocupó de que se cerraran de
nuevo los accesos. «Esta pareja debe de haber vivido una experiencia abrumadora
—intuyó—, tanto que incluso un kender se quedaría corto al referirla.»
1
Triste despedida
—¿Qué contiene ese
párrafo, Caramon? —preguntó Tas mientras, de puntillas, intentaba ver el texto
por encima del brazo de su amigo.
— ¡Chitón! —le ordenó el guerrero, irritado—. Estoy leyendo.
Suéltame y no molestes.
El hombretón, después de pasar precipitadamente las páginas de
las Crónicas que incitara a confiarle a Astinus, se detuvo en una y
procedió a estudiarla con sumo celo.
Exhalando un suspiro que venía a significar: «¡Esto es injusto,
soy yo quien ha cargado con el libro! », Tasslehoff se reclinó en el muro y
observó el paraje, dolido aún por el exabrupto. Se encontraban debajo de uno de
los fanales que usaban los palanthianos para el alumbrado nocturno de sus
avenidas. Debía de haber despuntado el nuevo día, se dijo el kender, porque
aunque los nubarrones tormentosos oscurecían la luz, la deformaban, envolvía la
ciudad una aureola grisácea. Una gélida bruma se elevaba en volutas sobre la
bahía y, en torbellinos, fluía a través de las calles, confiriéndoles una
opacidad fantasmal.
Los candiles brillaban junto a la mayoría de las ventanas. Pero
había escasos paseantes, porque se había recomendado a los ciudadanos
permanecer en sus casas a menos que fueran miembros de la milicia. Tas
vislumbraba los rostros de las mujeres aplastados contra los cristales, al
acecho del regreso del esposo o el hijo. Alguna que otra figura solitaria
pasaba a toda prisa junto a los dos viajeros, aferrada su arma, hacia la puerta
principal de la muralla. Dado el carácter inquieto del hombrecillo, no dejó de
satisfacerle presenciar una de las numerosas escenas familiares que se habían
sucedido a lo largo de la noche: una rendija luminosa frente a ellos anunció
que se había entreabierto la puerta de una vivienda, y al punto cruzó el
umbral un humano varón, con una herrumbrosa espada al cinto, seguido por una
mujer, inmersa en llanto. Él se inclinó y le dio un tierno beso, antes de
besar también al pequeño que la dama acunaba en sus brazos. Luego, girando de
manera brusca, el individuo se alejó raudo y, cuando atravesaba la calzada, el
kender reparó en que unos gruesos lagrimones surcaban sus pómulos.
— ¡Oh, no! —exclamó Caramon.
—¿Qué ocurre? —indagó Tas, y se alzó en un brinco para examinar
por sí mismo los sucesos que tanto disgustaban al luchador.
—Escucha —le invitó éste.
Y ambos averiguaron lo que no tardaría en sobrevenir, según el
fiel registro del historiador de la gran biblioteca. El pasaje rezaba así:
En la mañana del tercer día apareció la ciudadela flotante sobre
Palanthas, escoltada por escuadras de Dragones Azules y Negros. Y, al unísono
con el aéreo castillo, surgió delante de las puertas de la Ciudad Vieja otro
espectáculo, el de un personaje que forzó a los veteranos de incontables
campañas a palidecer de miedo.
El fantasma que ocasionó tal revuelo, un ente que se diría
creado a partir de los jirones de la noche misma, era Soth, el Caballero de la
Rosa Negra. El espectro se materializó a lomos de una pesadilla poblada de ojos,
de cascos ígneos. Cabalgó en medio de unas nebulosas huestes, sin que nadie
osara desafiarle, hasta el acceso a la ciudad, y los centinelas se dieron a
una despavorida fuga.
Una vez allí, se detuvo.
—Señor de Palanthas —invocó el Caballero de la Muerte al máximo
diagnatario, con una voz incorpórea que provenía del reino de ultratumba—,
rinde a la Señora del Dragón, Kitiara, la urbe que gobiernas.
Entrégale las llaves de la Torre de la Alta Hechicería,
nómbrala adalid absoluto de tus dominios y ella, a cambio, os concederá la
gracia de la paz y perdonará vuestros gráciles edificios de la destrucción.
Amothus ocupó el lugar que le correspondía en las almenas, y se
enfrentó a tan poderoso oponente. Fueron muchos los miembros de su séquito que
no resistieron la mirada del adversario, azuzados como estaban por el terror,
pero el mandatario se mantuvo enhiesto e, impasible a su propia lividez,,
pronunció unas palabras que devolvieron la valentía a aquellos que la habían
perdido.
—Transmite este mensaje a tu cabecilla —encomendó al espíritu—:
Palanthas ha gozado del bienestar y la belleza durante numerosas centurias,
pero no compraremos ninguna de estas bendiciones si el precio es nuestra
libertad.
—Salvaguardas una prerrogativa para empeñar otra más sagrada: la
vida —se enfureció Soth.
Sin que mediara más diálogo entre ellos, las legiones del
caballero cesaron de insinuarse para tomar forma. Le acompañaban trece
guerreros cadavéricos que, a la grupa de equinos llameantes, se pusieron en
formación a su espalda mientras a su vez, detrás de los luchadores, erguidas en
cuádrigas confeccionadas con huesos humanos y tiradas por salamandras aladas,
se dibujaban las mujeres elfas que los dioses condenaran a servir al infame
caudillo solámnico. Blandían en la mano espadas de hielo, y el mero eco de sus
alaridos presagiaba muerte.
Levantando una mano que sólo era visible merced al guante de
acerada malla que la cubría, Soth señaló la puerta de la urbe, que, cerrada,
le impedía el paso. Susurró un vocablo mágico y, de manera instantánea, un
frío estremecedor invadió a los presentes hasta congelar sus almas, que no ya
su carne. Los remaches metálicos que adornaban las hojas de la puerta se
tornaron blancos bajo la escarcha y, al asumir también la madera la textura
del hielo, el errabundo ser la sumió en un sortilegio y la hizo estallar en
pedazos.
El engendro del más allá posó los dedos en el pomo de la silla y cargó a través de la destrozada puerta,
encabezando a sus imbatibles legiones.
AI otro lado, montando a Igneo Resplandor —un Dragón Broncíneo
cuyo nombre reptiliano era Khirsah—,
se hallaba Tanis el Semielfo, héroe de la Lanza. En cuanto avistó a su
rival, el Caballero de la Rosa Negra quiso fulminarle de inmediato mencionando
el término «muerte», uno de los más eficaces de su repertorio arcano. Al
agredido, que estaba protegido por un brazalete de plata inmune a la magia, no
le afectó el encantamiento. Pero la pulsera ya le había salvado en una ocasión
y no le protegería en un segundo ataque.
Incapaz de guardar silencio por más tiempo, Tas interrumpió a su
amigo.
—¿Qué significa eso de que sólo valía para una confrontación,
Caramon? —le interrogó.
El interpelado, que ansiaba proseguir, le indicó con un siseo
que se callara y se enfrascó de nuevo en la lectura.
... en un segundo ataque. El Dragón Broncíneo del semielfo,
que carecía del influjo de un talismán, expiro al proferir Soth tan letal
sustantivo, y su jinete hubo de luchar en tierra. Soth desmontó a fin de ofrecer
al contrincante la oportunidad de defenderse según las leyes de combate de la
Orden solámnica, unos preceptos a los que todavía estaba vinculado pese a que
había transgredido las fronteras de su jurisdicción varios año atrás. Tanis se debatió con sorpréndeme
arrojo, pero ni sus fuerzas ni sus recursos eran equiparables a los de un
espectro. Al fin cayó mortalmente herido, traspasado su pecho por la espada del caballero.
— ¡No! —se revolvió el
kender—. ¡No podemos permitir que perezca! Corramos —urgió al guerrero,
zarandeando su brazo—, quizás aún podamos prevenirle del peligro.
—Yo debo ir a la Torre sin demora, Tas —se opuso Caramon sin
alterarse—. No tengo tiempo de buscar al semielfo. Siento la proximidad de
Raistlin y he de acudir a su encuentro.
—Bromeas, ¿verdad? —susurró Tasslehoff y, boquiabierto, miró
ansioso al fortachón—. ¡No pienso cruzarme de brazos y abandonarle a su suerte1.
—insistió.
—Por supuesto que no. Yo asistiré a mi cita, pero tú te
encargarás de rescatar a Tanis de tan terrible destino —dictaminó el fornido
luchador.
El hombrecillo quedó literalmente sin aliento al oír aquella
sentencia. Cuando, pasado el primer estupor, recobró el habla, su protesta fue
poco más que un incoherente y chillón graznido.
—¿Yo? Pero Caramon, sabes tan bien como yo que soy un inepto en
las artes marciales. De acuerdo en que presumí frente al guarda...
—Tasslehoff Burrfoot —le imprecó su compañero—, cabe dentro de
lo posible que los dioses organizaran toda esta hecatombe para tu particular
diversión, pero, si he de ser franco, añadiré que lo dudo. Somos criaturas
integrantes del mundo en que vivimos, Tas, y debemos aceptar la responsabilidad
que nos compete. Es algo que, después de interminables y dolorosos azares, he
llegado a comprender.
Suspiró, y empañó su rostro una solemnidad tan atribulada que el
kender notó que se le hacía un nudo en la garganta.
—Soy consciente de mis obligaciones, del deber que he contraído
con la tierra donde nací —afirmó, compungido—, y estoy dispuesto a participar
en todo aquello que esté a mi alcance. Pero no olvides mi insignificancia. No
se puede pedir a un ser «pequeño» como yo que desafíe a Soth, ese coloso de
«altura». Espero que entiendas lo que simbolizan esos adjetivos, ya...
Hendieron el ambiente las notas de un clarín, luego de otro.
Caramon y Tas enmudecieron, quedaron inmóviles hasta que se hubieron disipado
los sones.
—Es la hora, ¿no? —consultó el kender al guerrero.
—Sí —ratificó éste—. Será mejor que te apresures.
Cerrando el libro, el hombretón lo introdujo en una vieja mochila
que Tas había requisado —él prefería emplear este término— mientras
inspeccionaban la desierta Ciudad Nueva. También había tomado prestadas —otra
de sus definiciones favoritas— algunas bolsas para su uso personal, así como
objetos de interés que, por no cansarle, había omitido mostrar al humano. Puso
la palma de la mano sobre la cabeza de su entrañable amigo y le dijo, a la vez
que le acariciaba el ridículo y desgreñado copete:
—Adiós y gracias, mi querido Tas.
—Pero Caramon, ¿qué haré sin ti? —El kender miró al grandullón
en la actitud de quien no ha de sobreponerse al desvalimiento, a la soledad—.
¿Dónde te hallaré si preciso tu ayuda?
El aludido alzó los ojos al cielo, allí donde la Torre de la
Alta Hechicería surcaba, cual una negra fisura, el manto de la borrasca. Las
llamas de unos candiles ardían tras las ventanas de la planta superior de la
mole, actual emplazamiento del laboratorio... y del Portal.
El hombrecillo imitó al luchador, y se detuvo a contemplar el
lóbrego edificio. El frente de nubes descendía en su derredor y los relámpagos
jugueteaban, no menos ominosos, con su pétreo contorno. Recordó el día en
que, en el lapso que dura una exhalación, columbró un primer plano del
Robledal de Shoikan, y un escalofrío convulsionó su cuerpo.
— ¡No te internes en ese paraje, Caramon! —suplicó, aferrando
la manaza del guerrero.
—Adiós, Tas —reiteró éste su despedida, y se deshizo de la
garra del hombrecillo—. Tengo que hacer lo que he planeado para modificar el
desenlace de nuestra historia, y también tú has de imbuirte de la misión que te
he asignado. Vamos, no te entretengas, la ciudadela debe de estar suspendida
encima de las puertas mientras cotorreamos.
—Pero... —gimió el kender, con la voz entrecortada.
— ¡No hay peros que valgan! —le amonestó el corpulento humano—.
¡Déjate de titubeos y cumple tu cometido! —bramó, y los ecos de su cólera se
difundieron por la calle vacía—. ¿Acaso no te importa que Tanis muera sin
mover un dedo en su favor?
Tasslehoff se amedrentó. Nunca antes había visto a su amigo tan
airado, al menos no contra él. En sus múltiples aventuras no se produjo ninguna
situación que le impulsara a gritarle.
—Claro que me importa —le aseguró dócil, encogido—. Es que no
sé cómo puedo socorrerle.
—Improvisa —le aconsejó el otro, deseoso de infundirle ánimos—.
Siempre lo hiciste, y con espléndidos resultados.
Dando media vuelta, Caramon se alejó. El kender le observó,
desconsolado, mientras partía.
—Adiós, amigo —murmuró a la figura en retirada—. No te
decepcionaré.
El guerrero debió de oírle, pues hizo un alto y giró la cabeza
para dirigirse a él con un acento singular, como si se hubiera atragantado, o
así se lo pareció al hombrecillo.
—Tengo plena confianza en ti y siempre la conservaré,
independientemente del desarrollo de los acontecimientos —le prometió. Y,
ondeando la mano, echó de nuevo a andar.
Tas atisbo en la distancia las sombras del Robledal, unas
brumas que ni el sol lograba disolver en las que, siempre agazapados, anidaban
los guardianes de la Torre.
Estuvo quieto unos momentos, atento a las evoluciones de
Caramon hasta que le engulló la penumbra. Abrigaba la secreta esperanza, se
sintió capaz de admitirlo en un inusitado alarde de sinceridad, de que el
guerrero cambiara de idea y, antes de esfumarse, le ofreciera: «¡Aguarda, iré
contigo al rescate de Tanis!».
No fue así. «Lo que pone el asunto enteramente en mis manos
—pensó el kender—. ¡Y me ha reprendido de modo brusco!», se autocompadeció
mientras, lloroso, tomaba el rumbo opuesto al de su compañero, es decir, el de
la puerta. Tan deprimido estaba, que el corazón, de un vuelco, fue a refugiarse
en las enfangadas botas, aumentando su peso. No conocía un método practicable
para liberar a Tanis de la embestida de un Caballero de la Muerte. Cuanto más
reflexionaba, más incongruente se le antojaba que Caramon le hubiera encargado
tal empresa.
—De todos modos, salvé la vida del hombretón —farfulló—. Quizá
por eso ha decidido...
Se detuvo de repente y se plantó, cual una estatua, en medio de
la calzada.
— ¡Se ha deshecho de mí! —vociferó—. Tasslehoff Burrfoot, tienes
menos seso que un mosquito o, como solía calificarte Flint, eres un perfecto
botarate. Se ha desembarazado de mi presencia porque no quiere que sea testigo
de su muerte, se encamina hacia su propio fin. ¡Lo del rescate del semielfo era
un subterfugio!
Desdichado, confundido, exploró la avenida en ambos sentidos.
«¿Qué puedo hacer?», se preguntó. Dio un paso hacia Caramon, pero frenó su
impulso un nuevo clamor musical, esta vez estridente y discorde como si el
instrumento, por su propia iniciativa, expresara alarma. E, imponiéndose a
éste, creyó reconocer la voz de una criatura que impartía órdenes: la de
Tanis.
—Si me uno al guerrero, será el semielfo quien no tardará en
exhalar su último suspiro —vaticinó, y avanzó un paso hacia donde éste se
hallaba.
Su elección, no obstante, fue pasajera. Hizo otro alto,
ensortijando un mechón del copete en su mano como para significar hasta qué
extremo también su mente se encontraba sumida en un remolino. Nunca, en su
dilatada existencia, había sido víctima de tan hondas frustraciones.
—Los dos me necesitan —razonó—, y yo no puedo escoger.
«¡Ya lo tengo!» Estaba pictórico de felicidad, la solución se
había dibujado en su cerebro cuando más proclive se sentía al pesimismo. Ahora
resuelto, el hombrecillo emprendió una rápida carrera hacia la entrada de la
ciudad.
—Rescataré a Tanis —musitó jadeante, en el mismo momento en que
se adentraba en una calleja que acortaría el trayecto—, y más tarde regresaré
para prestar mi ayuda a Caramon. Imagino que el semielfo me será útil en el
segundo empeño.
Mientras corría por el atajo, haciendo huir a los asustados
gatos, frunció el entrecejo y caviló: «He perdido la cuenta de la cantidad de
héroes que he tenido que salvar. ¡Empiezo a hastiarme de todos ellos!»
La ciudadela flotante hizo su aparición en el cielo de Palanthas
coincidiendo con el cambio de guardia, motivo por el que sonaron los clarines.
Los majestuosos, si bien algo derruidos, torreones, las almenas, los
imponentes muros de roca, las ventanas iluminadas y repletas de tropas
draconianas, todos estos pormenores se hicieron ostensibles a medida que el
artefacto descendía, siempre sustentado por sus cimientos de nubes mágicas,
hirvientes.
La muralla de la Ciudad Vieja estaba atestada de hombres, ya
fueran ciudadanos, caballeros o mercenarios. Ninguno despegó los labios, se
contentaron con apretar sus armas y, silenciosos, presenciar la escena.
De todas maneras, en la quietud general, retumbaron algunas
palabras al aproximarse el castillo volador o, en honor a la verdad, fueron
muchas las que brotaron de una sola garganta. Tas, en efecto, palmeó
sobrecogido frente a la espectacular visión y comentó:
—¿No es avasalladora? ¡Había olvidado cuan magníficas y
gloriosas pueden resultar estas fortalezas aéreas en su vuelo! Daría cualquier
cosa por viajar en una de ellas. —El kender meneó la cabeza y, como nadie más
podía hacerlo, se reprendió a sí mismo, aunque adoptando el tono de Flint—:
Ahora no, Burrfoot, tienes un trabajo que hacer. Aquí está la puerta, allí la
ciudadela —reconoció el terreno—, y Amothus se acerca entre sus guarniciones.
Presenta un aspecto horrible, he visto cadáveres más risueños. Pero ¿dónde se
ha metido...? ¡Creo que ya viene!
Una procesión asomó por detrás de un recodo y marchó, calle
adelante, hacia donde estaba Tasslehoff. La componían un grupo de Caballeros de
Solamnia que conducían sus caballos de la mano y, en su lento desfilar,
exhibían unos rostros solemnes y tensos, sin intercambiar las chanzas
habituales poco antes de la batalla. No hablaban, no se molestaban en disimular
su triste conocimiento de que, en la mayoría de los casos, la muerte acechaba
al final del recorrido. Les acaudillaba un individuo cuya poblada barba
destacaba en brusco contraste respecto a los semblantes rasurados, provistos de
mostachos, de los soldados. Además, pese a que lucía la armadura que le
acreditaba como Caballero de la Rosa, no mostraba la soltura de otros
portadores de idéntico emblema.
—Tanis siempre detestó las cotas de malla y otros atuendos
guerreros —rememoró el kender a media voz, mientras examinaba a su amigo—, y
sin embargo no ha podido negarse a vestir el uniforme de la hermandad
solámnica. ¿Qué diría Sturm si estuviese aquí? ¡Ojalá se hallara en mi flanco,
él o alguien de su inteligencia y agallas! —deseó, y una lágrima surcó su nariz
antes de que acertara a enjugarla.
Cuando los caballeros se hubieron aproximado al portalón, Tanis
se detuvo y volvió la cara para dar las oportunas instrucciones a las filas. El
crujir de las alas reptilianas restallaba en las alturas y, al alzar el rostro
en un gesto mecánico, Tasslehoff descubrió a Khirsah que, en estrecho círculo,
capitaneaba una formación de Dragones Broncíneos. La ciudadela también se
desplazaba hacia el muro a un ritmo tan regular, tan pausado, como si se
descolgase sujeta de una cuerda.
«Sturm no está junto a mí, ni Caramon, ni nadie —se desengañó el
kender, que con sólo evocar a aquellos personajes ya los había visualizado—.
Una vez más, Burrfoot, eres tú quien ha de organizar la ofensiva. Tienes que
discurrir», se arengó, y secó las lágrimas que bañaban sus mejillas.
Por su mente cruzaron todo tipo de proyectos, cada uno más
disparatado que el precedente. El primero consistía en inmovilizar al semielfo
a punta de espada («Te clavaré una estocada si no levantas las manos, Tanis,
hablo muy en serio»), luego estudió un ardid para golpearle en el cráneo con
una roca («Despójate de tu yelmo, amigo, será sólo un instante») e incluso,
insatisfecho con tales soluciones, llegó a considerar la alternativa de decir
la verdad («Verás, retrocedimos en el tiempo y, cuando regresamos, cometimos
un error de cálculo y nos desplazamos al futuro de tal modo que Caramon, en un
arrebato, quitó este libro a Astinus poco antes del fin del mundo y así,
gracias a lo que había escrito en sus páginas, en el último capítulo, averiguó
que habías de morir y...»).
De repente, el objeto de sus bien intencionadas maquinaciones
alzó el brazo derecho. Un resplandor argénteo capturó la atención de Tas,
quien, suspirando a modo de desahogo, musitó:
—Ahora sí sé cómo solventar el conflicto. Es muy simple, haré
aquello para lo que estoy más dotado.
—Sea cual fuere el desarrollo de los acontecimientos, dejadme a
Soth —pidió Tanis, mirando con sombría actitud a los caballeros que se habían
cuadrado a su alrededor.
—Pero, mi apreciado colega... —empezó a sermonearle Markham,
deseoso de hacerle entrar en razón.
—No voy a discutir contigo —le atajó el semielfo—. Sin un
talismán ninguno de vosotros tiene la más mínima posibilidad de vencer al
espectro y, además, sois necesarios para combatir contra sus legiones. Jura por
el Código y la Medida que no te inmiscuirás en mi terreno, o me obligarás a
expulsarte del campo de batalla. ¡Jurad todos que acataréis mi voluntad!
—exigió de los hombres.
Al otro lado de la puerta cerrada, una voz profunda, hueca como
si brotase de una caverna, invitó a Palanthas a rendirse. Los soldados
solámnicos se consultaron unos a otros con los ojos, trémulos sus cuerpos
debido al miedo que les infundía aquel sonido inhumano. Se produjeron unos
segundos de silencio, una letal expectación que sólo rompía el batir de las
alas reptilianas mientras las desmesuradas criaturas de escamas de bronce, de
plata, azules y negras describían elipses en las alturas, espiándose y al
acecho de la señal de ataque. Khirsah, el Dragón de Tanis, planeaba no muy
lejos de su jinete, presto a recogerle en cuanto éste se lo ordenase.
Resonó en el ambiente otra voz articulada, la de Amothus, que
respondió al Caballero de la Muerte firme, inconmovible, aunque con un delator
quiebro en las inflexiones del discurso.
—Transmite este mensaje a tu cabecilla: Palanthas ha gozado del
bienestar y la belleza durante numerosas centurias, pero no compraremos
ninguna de estas bendiciones si el precio es nuestra libertad.
—Juro por el Código y la Medida someterme a tus decisiones
—cedió Markham al imperativo semielfo.
—También nosotros —le corearon los hombres que tenía a su cargo.
—Gracias —se congratuló Tanis, posando la vista en aquellos
guerreros leales y meditando que no tardaría en malograrse su juventud, que
también él... No, no debía comportarse como una plañidera. Meneó la cabeza y
llamó a su cabalgadura—: Khirsah, ya puedes...
No concluyó la frase, pues, cuando ésta afloraba a sus labios,
oyó una espantosa conmoción en las filas de la retaguardia.
— ¡Quita las pezuñas de mis pies, animal desmañado! —gritó el
supuesto alborotador.
Piafó un caballo y en los tímpanos del barbudo semielfo vibró
el reniego de un soldado, seguido por las porfías de alguien que, en tono
chillón, protestaba su inocencia.
—El afrentado soy yo —afirmó—, tu caballo me ha pisado. Flint no
se equivocaba al evitar a esas bestias estúpidas.
Los otros cuadrúpedos, que presentían la inminente contienda y
afectados por el nerviosismo de sus amos, por la contagiosa tensión que
presidía la espera, irguieron las orejas y relincharon ruidosamente. Uno
incluso se salió de la hilera, sin que un inmediato tirón de las bridas le
restituyera a su lugar.
—¿Acaso no sois capaces ni de dominar a vuestros caballos?
—rugió Tanis—. ¿Qué ocurre ahí atrás?
—¡Dejadme pasar! Apartaos de mi camino y no me importunéis. ¿Es
tuya esta daga? Sin duda ha resbalado hasta el suelo. Tienes suerte de que yo,
por pura casualidad —prosiguió el personaje de pretendida candidez—, haya
reparado en ella.
Fuera, en la Ciudad Nueva, volvió a elevarse la voz del
caballero espectral augurando la muerte de todos sus rivales. Casi al unísono,
a unos pasos del semielfo, el intruso se dio a conocer:
—Soy yo, Tanis, Tasslehoff.
El héroe de la Lanza se sintió al borde del desmayo. No habría
podido discernir, en aquel preciso instante, cuál de las dos voces le
aterrorizaba más. Sin embargo, no había tiempo para reflexionar ni desentrañar
sus emociones: por encima del hombro, el adalid advirtió que la puerta se
tornaba de hielo y comenzaba a resquebrajarse.
— ¡Tanis! —le invocó alguien, colgado de su brazo—. ¡Oh, Tanis,
cuánto me alegro de encontrarte! —persistió aquel ser en aturdirle, en
vapulearle—. ¡Tienes que acompañarme y salvar a Caramon! Se dirige en solitario
al Robledal de Shoikan; ¡hemos de socorrerle sin tardanza!
«¡Caramon ha muerto! —fue el primer pensamiento del semielfo,
pero se abstuvo de expresarlo en voz alta, porque según sus noticias, también
el kender había expirado—. ¿Tanto me enajena el pánico que veo visiones?»
Alguien gritó y, al mirar con aire ausente a sus seguidores,
Tanis observó que sus rostros se demudaban bajo los yelmos y asumían una
lividez cadavérica. Comprendió que Soth y sus huestes habían atravesado el
umbral de la Ciudad, y regresó a la realidad.
— ¡Montad! —mandó a los suyos a la vez que, en un frenesí,
forcejeaba para desembarazarse de las garras del tenaz hombrecillo—. Escucha,
amigo, no es ésta ocasión propicia para distraerme. ¡Vete, maldita sea! —le
imprecó al fin.
—¿Distraerte? —se soliviantó Tasslehoff—. Te comunico que
Caramon va a morir y eso es lo único que se te ocurre decir, ¡una bonita manera
de reaccionar!
—Nuestro compañero ya ha muerto —repuso el aludido con evidente
impaciencia.
Khirsah aterrizó a su lado, lanzando un belicoso bramido.
Bondadosos y perversos, en ese punto todos coincidían, los otros dragones le
imitaron antes de, en una auténtica exhibición de fiereza, abalanzarse contra
los rivales más cercanos con las zarpas extendidas. La refriega había
estallado, la atmósfera se impregnó de llamaradas y de ácidos malolientes. En
la ciudadela flotante los clarines proclamaron el zafarrancho y, entre vítores
de entusiasmo, los draconianos iniciaron sus descensos sobre la ciudad,
desplegadas sus correosas alas para amortiguar la caída.
El Caballero de la Rosa Negra, envuelto en los efluvios de
muerte que despedía su ser descarnado, avanzaba implacable hacia el interior
de la bella Palanthas.
A pesar de sus denodados afanes, el semielfo no conseguía
desprenderse de su eventual aprehensor. Al rato, renegando entre dientes, pasó
a la contraofensiva: asió al kender por la cintura y, tan rabioso que casi se
asfixió él mismo, lo arrojó cual un proyectil a una calleja vecina.
—¡Y haz el favor de quedarte ahí! —vociferó.
—¡No vayas! —suplicó el otro—. ¡Sé de buena tinta que no
sobrevivirás!
Tras examinar por última vez al impertinente Tas, sin plantearse
la posibilidad de prestar oídos a todos aquellos despropósitos, el héroe giró
sobre sus talones y echó a correr, mientras repetía el nombre de Igneo
Resplandor. El reptil, que durante la reyerta particular de los viejos
compañeros había volado para conducir a su escuadra, acudió raudo. En un
santiamén, se posó en la calle.
— ¡Tanis, no puedes encararte con Soth sin el brazalete! —le
avisó el astuto hombrecillo.
2
Caramon, su misión y el Robledal
¡El brazalete! Tanis miró su muñeca y constató que, en efecto,
la alhaja había desaparecido. Agil de reflejos, el semielfo se volvió y
arremetió contra el kender, pero éste, no menos veloz, había emprendido la
fuga. El hombrecillo corría calle abajo como si en ello le fuera la vida y, en
realidad, cualquier espectador que pudiera atisbar la faz del héroe concluiría
que tal manera de expresarse nada tenía de metafórica.
Cuando se disponía a perseguir al huido, una llamada de Markham
detuvo al semielfo. Centró unos minutos su atención en el paraje donde
aguardaban las tropas y contempló al caballero Soth a lomos de su pesadilla,
enmarcado por los ajustados bloques de piedra que, antes de desintegrarse las
puertas, las circundaban. Al entrar en la fabulosa ciudad de Palanthas, el
espectro fijó sus llameantes pupilas en Tanis y le forzó a sostener aquella
mirada indefinible. Incluso a tanta distancia como aún les separaba, el héroe
sintió que su alma se retorcía en el halo de pavor que siempre destilan los
muertos errantes.
¿Qué podía hacer? Le habían arrebatado su amuleto, sin él
estaba indefenso. No tenía ninguna probabilidad de éxito. «Gracias a los
dioses —pensó en la fracción de segundo de que disponía—, no soy un Caballero
de Solamnia y, por consiguiente, no he jurado morir con honor.»
— ¡Escapad! —ordenó a través de unos labios tan resecos, de unos
músculos tan rígidos, que apenas podía articular los sonidos—. Batíos en
retirada, nunca venceríais a semejante ejército. ¡Recordad vuestra solemne
promesa de obedecerme! —insistió frente a la reticencia de sus hombres—.
Sacrificad vuestras vidas, si así lo queréis, luchando contra criaturas de
carne y hueso.
Mientras aleccionaba a las tropas, un draconiano tomó tierra
delante de él, desfigurada su ya horrenda faz por la sed de sangre.
Conminándose a no ensartar la espada en aquel engendro inmundo cuyo cuerpo, al
convertirse en piedra, atenazaría el filo sin darle opción a desincrustarlo,
acometió su rostro con la empuñadura, le propinó una lluvia de puntapiés en el
estómago y saltó sobre él en cuanto se derrumbó.
Oyó a su espalda, después de rematar a su agresor, un gran
estrépito de cascos y relinchos de pánico. Confiaba en que los caballeros
cumplirían la palabra que habían empeñado, sobre todo en su propio beneficio;
pero no podía quedarse para comprobarlo. Quizá todavía no era demasiado tarde.
Si atrapaba a Tasslehoff y recuperaba el brazalete mágico se enfrentaría a su
portentoso contrincante hasta derrotarlo o sucumbir.
—¡El kender! —urgió al dragón, a la vez que señalaba con el
dedo a una figura en movimiento que parecía tener alas en los pies.
Khirsah comprendió la indicación y partió sin demora, tan
rasante su vuelo que las puntas de sus alas rozaron los edificios y provocaron
un verdadero alud de piedras y ladrillos en la avenida. El semielfo le siguió a
la carrera, esquivando los escombros y sin volver la vista atrás. Por otra
parte, no era necesario presenciar la escena, ya que los alaridos agónicos, los
gemidos de angustia, le revelaban lo que estaba sucediendo.
Aquella mañana, la muerte cabalgó a placer por las calles de
Palanthas. Bajo el caudillaje de Soth, las huestes de ultratumba traspasaron el
umbral cual una glacial ventolera y marchitaron todo cuanto interceptaba su
avance.
Cuando el semielfo les alcanzó, Igneo Resplandor sujetaba a
Tasslehoff entre sus dientes. Después de morder la parte trasera de sus
calzones azules, el reptil le alzó en posición invertida y comenzó a zarandearlo
a la manera de los más eficientes celadores, quienes, antes de encerrar a los
prisioneros, solían registrarles de arriba abajo. Se abrieron los recién
«requisados» saquillos de la víctima y brotó de su interior un curioso amasijo
de anillos, cucharas y otras bagatelas, así como un servilletero de elegante
talla y, junto a él, medio queso.
Sin embargo, al hacer inventario mental de los tesoros, el
héroe de la Lanza no halló su joya.
—¿Dónde está, Tas? —interrogó al cautivo, exasperado, asioso de
agarrarle por los hombros y agitarle personalmente.
—Nunca darás con esa pulsera —replicó el otro con las mandíbulas
apretadas.
—Khirsah, puedes bajarle —dictaminó Tanis—. Vigila mientras
conferenciamos.
La ciudadela se siluetaba, egregia, encima de la muralla. Desde
su ahora inmóvil plataforma sus oscuros magos y clérigos trataban de tener a
raya a los fieros Dragones Broncíneos, rodeados por los cegadores destellos de
los relámpagos, sus propios rayos arcanos y la bruma que formaba el humo. En
esta creciente neblina, el semielfo creyó columbrar, aunque en una imagen
fugaz y confusa, a un reptil azul en el acto de abandonar el castillo. «A su
grupa debe de ir Kitiara», intuyó, pero sus numerosas cuitas de otro orden no
admitían digresiones íntimas.
Khirsah, sumiso, soltó a su presa —que casi se desplomó de
bruces— y, extendiendo sus apéndices voladores, se situó de frente a la zona
sur de la ciudad, donde se agrupaba el enemigo y los defensores palanthianos se
debatían valientemente para refrenar su ímpetu.
El semielfo escrutó al pequeño rehén, quien, lejos de
amedrentarse, se incorporó y adoptó una postura desafiante.
—Tasslehoff —le reconvino el adalid, con voz quebrada debido al
supremo alarde de voluntad que entrañaba refrenar la ira—, esta vez has ido
demasiado lejos. Tu travesura, si se la puede denominar así, quizá cueste la
vida a centenares de ciudadanos.
Entrégame el brazalete y, a partir de este instante, olvida
nuestra amistad.
Persuadido de que el kender le ofrecería alguna excusa
descabellada o se ampararía en el llanto a fin de hacerse perdonar, Tanis no
estaba preparado para encararse con él, que con serena dignidad, pálido y
ligeramente tembloroso, sentenció:
—Es muy difícil de explicar, y no tengo tiempo de hacerlo en las
presentes circunstancias, pero tu combate singular contra Soth no habría
alterado el desenlace de este asedio más que en un aspecto. Has de escucharme,
Tanis —reclamó de su interlocutor—, porque estoy diciendo la verdad. Los
palanthianos que estaban condenados habrían muerto igual, y la diferencia a la
que aludía es que también tú habrías perecido. Todavía hay algo más que debes
conocer: tu destrucción habría preludiado la del mundo, así que el hecho de que
vivas quizá sea beneficioso para quienes superen el percance. Ahora —terminó
autoritario, imbuido de la trascendencia de su empeño, mientras recomponía su
atuendo y enderezaba los saquillos en su cintura—, vamos a rescatar a Caramon.
Tanis lo miró con las pupilas dilatadas antes de que, mostrando
palpables síntomas de fatiga, se llevara las manos a la cabeza y prescindiera
del acerado yelmo. Incapaz de despejar las incógnitas del acertijo, tuvo que
claudicar.
—De acuerdo, Tasslehoff, tú ganas —susurró—. Dejemos al margen
esa historia. Háblame sólo de nuestro objetivo. ¿Está vivo el guerrero? ¿Dónde
se encuentra?
—Eso es lo que me inquieta —contestó el hombrecillo, satisfecho
de haber arrastrado al semielfo a su terreno pero con las facciones contraídas
por la preocupación—. Ignoro su estado actual. Lo único que puedo asegurar es
que no durará mucho, aun en el caso de que ahora respire. Se ha obstinado en internarse
en el Robledal de Shoikan.
—¿En esa satánica arboleda? —se asombró el héroe—. ¡Es imposible
atravesarla, sortear ileso sus peligros!
—¡Exacto! —exclamó el kender. Tirando nervioso de su copete,
añadió—: ¿Por qué si no iba a acudir a ti en un momento tan crucial? Se ha
formado el propósito de introducirse en la Torre de la Alta Hechicería para
frustrar el regreso de Raistlin.
—Empiezo a figurarme lo que pasa —declaró Tanis, que había atado
los primeros cabos—. ¡En marcha! Guíame tú. ¿Adonde nos dirigimos?
—¿Me acompañarás? ¿Has decidido darme ese voto de confianza? —A
Tasslehoff se le iluminó el semblante al saberse secundado—. ¡Me alegro tanto!
No tienes idea de la responsabilidad que entraña ocuparse de Caramon. Por aquí
—indicó, jubiloso.
—¿Hay algo más que pueda hacer por ti, semielfo? —preguntó
Khirsah a su jinete, antes de que partieran, aleteando y prendiendo una
anhelante mirada en la batalla que se libraba en el aire.
—No, nada, a menos que poseas inmunidad contra los entes del
Robledal de Shoikan —contestó éste.
—Temo que no, señor —dijo el reptil, compungido—. Ni siquiera
los dragones pueden cruzar ese paraje maldito. Te deseo la mejor de las
fortunas, pero no abrigues esperanzas respecto a tu amigo. Lo más probable es
que haya muerto.
Pronunciadas tales frases de despedida, el espléndido animal
dio un brinco y surcó las aéreas corrientes en busca de acción. Meneando la
cabeza, el semielfo echó a andar calle abajo a buen ritmo seguido por el
kender, que hubo de emprender un ágil trotecillo para no quedar rezagado.
—Quizá Caramon haya retrocedido después de alcanzar los
aledaños del bosque —aventuró Tas, animoso—. La última vez que Flint y yo lo
visitamos, me paralizó el terror; confieso que acabé huyendo despavorido. ¡Y
eso que a los de mi raza no nos asusta nada!
—La misión que se ha trazado es detener a Raistlin, ¿no es así?
El hombrecillo asintió con un ademán.
—Entonces —vaticinó el semielfo—, nada se interpondrá en su
camino.
Caramon había tenido que hacer acopio de todos sus arrestos para
aproximarse siquiera a la mágica arboleda. Merced a sus inherentes cualidades
guerreras, a su disciplina, consiguió acceder a un lugar más cercano que
ningún otro mortal que, al igual que él, careciese de un amuleto, único
salvoconducto seguro en el universo arcano. Se hallaba ahora frente a los
troncos fantasmales, silenciosos, sudando a borbotones mientras trataba de
exhortarse a avanzar un nuevo paso.
—Me aguarda la muerte en ese recinto —murmuró, y se lamió los
cuarteados labios—. Pero esa perspectiva no ha de acobardar a alguien como yo,
que he topado con el destino en innumerables ocasiones.
Tensa la mano en torno a la empuñadura de su espada, avanzó un
paso.
—Además —prosiguió con sus cábalas verbales—, no es tan fácil
aniquilarme. Son muchos los seres que dependen de mí. No pienso permitir que
unos simples vegetales se interfieran en la ejecución de mi cometido.
¡Viviré!
Su pierna recorrió otro tramo.
—He deambulado por paisajes más siniestros que éste. —Y, junto a
esta reiterada infusión de optimismo, sus piernas volvieron a moverse hacia
los robles—. He estado en el Bosque de Wayreth, en un Krynn moribundo y, en tal
odisea, he presenciado el fin del mundo. No —persistió—, no se ocultan aquí
horrores a los que no pueda sobreponerme.
Y, bajo el efecto estimulante de su propia arenga, reanudó el
accidentado caminar y penetró en el Robledal de Shoikan.
Se zambulló de inmediato en una negrura eterna, infinita, y
voló con la memoria al día aciago en que viajó de Istar a la Torre cegado por
el encantamiento de Crysania. Sin embargo, entonces no estaba solo. El pánico
se apoderó de él al hacerse esta consideración y al percibir, también, el
vibrante palpito de las tinieblas. Era el latir de una existencia profana, de
una vida que no era tal sino una febril perseverancia después del ocaso. Sus
vísceras perdieron tersura, cayó de rodillas entre sollozos y convulsiones.
—Eres nuestro —le siseaban unas voces suaves, embrujadoras—. Tu
carne, tu calor, tu vida nos pertenecen. Ven hacia nosotras, deleita el errar
de estas criaturas con la dulce savia de tus venas, con la tibieza de tu piel.
Tenemos más frío del que nadie soportaría, caldea el ambiente y perdura en este
plano superior.
Entre hipnotizado y presa del espanto, el hombretón vaciló.
Cuando parecía vencer el miedo y el abrumado luchador se decía que, con sólo
dar media vuelta, podría huir de aquellas engañosas hechiceras, surgió una
insospechada energía de sus entrañas y le espoleó mediante el simple
recordatorio de su empresa: «Debes desbaratar los planes de Raistlin, continúa».
Por primera vez en varios años, y tras desoír los cánticos
femeninos, el guerrero rebuscó en su alma y sacó de un prolongado letargo
aquella misma voluntad indómita que llevara a su gemelo a menospreciar su
fragilidad, el dolor e incluso la muerte para realizar sus aspiraciones.
Rechinantes los dientes, incapaz de mantenerse erguido pero resuelto a no
desfallecer, Caramon gateó a través del sotobosque.
Fue un gallardo esfuerzo que, desgraciadamente, no le condujo a
ninguna parte. Al examinar la espesura, vio, en una especie de paralizada
fascinación, una mano incorpórea que había brotado de la tierra y, con dedos
glaciales y suaves como el mármol, se cerraba alrededor de su muñeca y le
atraía hacia simas ignotas. Se debatió a la desesperada para liberarse, pero
otras manos de análoga textura se abrieron paso en la hojarasca y le
aprisionaron, le clavaron afiladas uñas en sus extremidades. Sintió que le
succionaban. Los insinuantes coros de antes comenzaron de nuevo a envolverle y,
al mismo tiempo, labios duros, córneos, le besaron en un rito maléfico. Su
corazón se congeló.
—He fracasado —gimió.
—¿Caramon? —invocó alguien, con una nota de angustia.
El guerrero pestañeó.
— ¡Tanis, ya vuelve en sí! —anunció el mismo personaje, ahora
reconfortado.
El yaciente abrió los ojos y se tropezó con el rostro del
semielfo, quien le estudiaba aliviado si bien a este sentimiento se mezclaban
el asombro, cierta dosis de incredulidad y la más patente admiración.
— ¡Tanis!
Sentándose tambaleante, entumecido aún por el pavor, el guerrero
estrechó en sus brazos a aquel amigo de aventuras y le estrujó con fuerza,
entre lágrimas.
— ¡Mi viejo compañero! —le saludó el semielfo, y no pudo
expresar su emoción porque el llanto sofocó, también en su caso, toda
intentona.
—¿Cómo te encuentras? —intervino Tas, que no se había separado
del guerrero mientras éste permaneció desmayado.
—Bien —informó el interpelado con un quebrado suspiro—. Eso
creo.
—Tu hazaña ha sido la mayor prueba de valor que vi jamás en un
hombre —ensalzó Tanis a su forzudo amigo y, solemne su porte, reculó para
observarle acuclillado—. De valor... y de estulticia.
—Tienes razón —admitió Caramon, ruboroso, avergonzado—. Ya me
conoces, en ocasiones me comporto de un modo irracional.
—¿Te conozco? —repitió el semielfo y, a fin de subrayar su duda,
se rascó la barba. Escrutó la espléndida constitución del humano, su tez
bronceada, la madurez y la entereza que se leían en sus pupilas—. ¡No puedo
asimilarlo! —le imprecó—. Hace un mes te desplomaste a mis pies como un fardo,
ebrio hasta la inconsciencia. ¡Casi te pisabas los rollos mantecosos del
estómago! Y ahora...
—En la experiencia que me ha tocado sufrir —relató el luchador—,
las semanas debían contarse como décadas. Es todo cuanto puedo revelarte. Pero
¿qué hacéis aquí? ¿Cómo me habéis sacado de esa escalofriante arboleda?
—inquirió también él y, al lanzar una furtiva mirada atrás, distinguió los contornos
de los robles al fondo de la calle y no pudo dejar de estremecerse.
—Fui yo quien di con tu paradero —le esclareció el semielfo,
incorporándose y ayudando al conmocionado hombretón a hacer lo mismo—. Aquellas
manos tiraban de ti, mi buen amigo. Presiento que no habrías hallado bajo esa
tierra el reposo que mereces.
—Pero ¿cómo os internasteis vosotros? —volvió a interrogarle
Caramon.
—Utilizando esta hermosa obra
de orfebrería —bromeó Tanis, y le enseñó el argénteo brazalete.
—¿Y os escudó a ambos de esos engendros del Mal? Quizá...
—No te hagas ilusiones —se anticipó el semielfo a lo que el
guerrero iba a proponer y embutió la joya en su cinturón mientras, receloso,
espiaba a Tas, quien se había convertido en la viva estampa del candor—. Su
aura mágica a duras penas me ha franqueado el acceso a esa malhadada espesura.
En más de un momento he notado que su poder disminuía.
Se disolvió la jovialidad en los rasgos de Caramon.
—También yo recurrí al ingenio arcano que compartimos —comentó,
más al kender que al semielfo, ya que este último ignoraba la existencia de tal
artilugio—. Fue en vano, aunque no me decepcionó constatarlo porque lo intuí
desde el principio. No nos salvaguardaría ni de los fantasmas de Wayreth, a todas
luces más benignos. ¡Ni siquiera se transformó! Estuvo a punto de desmembrarse,
así que renuncié. —Guardó unos segundos de silencio y, deformada la voz por la
ansiedad, estalló—: ¡Tanis, debo llegar hasta la Torre! No voy ahora a
desvelarte el secreto, pero un cúmulo de circunstancias me han hecho testigo
del futuro, de las calamidades que arrasarán Krynn si no penetro en el Portal y
freno a mi hermano cuando inicie el retorno. ¡Soy el único que puede
interceptarle!
Sobresaltado por tanta vehemencia, el aludido posó una mano en
el hombro del grandullón con intención de invitarle a la calma.
—Algo así me ha esbozado Tas —rememoró—. Pero creo que Dalamar,
apostado ya junto al umbral, es más indicado... ¡En nombre de los dioses! —se
interrumpió él mismo—. ¿Cómo vas a cruzar ese puente a la eternidad?
—No comprendes la situación, Tanis, porque es demasiado
compleja y no soy libre de ilustrarte por diversos motivos, el primordial la
escasez de tiempo —se disculpó el guerrero, con tal severidad que el semielfo
parpadeó atónito—. A pesar de ello, he de pedirte que tengas fe en mi y que
juntos discurramos un medio para colarme en el edificio.
—Acertaste, no entiendo nada —corroboró el héroe sin disimular
su pasmo—. No obstante, prometo colaborar en todo cuanto sea preciso.
—Gracias, compañero —mascullo Caramon con plena sinceridad,
hundiendo los hombros y ladeando la cabeza para significar no desencanto, sino
lo mucho que le relajaba saberse respaldado—. He estado muy solo en todas mis
peripecias, de no haber sido por Tas...
Desvió el semblante hacia el kender, pero éste había cesado de
escucharles. Tenía las pupilas prendidas, en una especie de rapto, de la
ciudadela flotante, que todavía se hallaba suspendida sobre la muralla. La
lucha entre los dragones se había recrudecido y, en tierra, no se había
zanjado precisamente a juzgar por las cenicientas columnas de humo que se
alzaban en la zona sur de la ciudad, la barahúnda de aullidos y órdenes, el
estruendo de las armas, los estampidos de cascos y, en síntesis, los fragores
de toda índole.
—Estoy seguro de que una persona capacitada para gobernarla
podría maniobrar esa nave aérea hasta la Torre —barruntó en voz alta, ojeándola
con sumo interés—. Una mínima pericia y se deslizaría sobre el Robledal. Al fin
y al cabo, la magia que la propulsa es de naturaleza perversa y la que cerca el
bosque también. Se complementan más que neutralizarse. ¡Es tan grande! Me
refiero a la plataforma voladora, no al paraje. Aun cuando existiera una incompatibilidad,
impedir su avance requeriría un poder arcano muy grande.
— ¡Tas!
El hombrecillo se volvió, y se vio enfrentado a dos pares de
ojos que, centelleantes, le taladraban. Interpretando aquella común actitud
como el prólogo de una reprimenda, se apresuró a defenderse.
—¡Yo no lo hice! ¡No ha sido culpa mía!
—Si pudiéramos catapultarnos al castillo, no habría que buscar
más soluciones —sugirió Tanis, sin sacar de su error al kender.
—¡El ingenio! —bramó Caramon, sobreexcitado, a la vez que
extraía el colgante de la camisola que vestía debajo de la armadura—. ¡Nos
desplazaremos en un santiamén!
—¿Adonde? —le interrogó Tasslehoff, quien, pese a adivinar que
algo se fraguaba, no se había percatado de que era él el inductor—. ¿A la mole
flotante? —atinó de pronto, y sus iris irradiaron fulgores que los hacían
equiparables a estrellas—. ¿Es ése vuestro proyecto? ¿De verdad, no me
engañáis? ¡Será una aventura fabulosa! Estoy listo, podéis empezar con los
preliminares. Pero Caramon —la sombra de un escollo nubló su exultación—, las
facultades de ese artefacto sólo abarcan a dos personas. ¿Cómo subirá Tanis?
El hombretón se aclaró la carraspera y se balanceó, incómodo,
turbado. No hizo falta que se manifestara. La elocuencia de sus gestos no pasó
inadvertida al kender.
— ¡Oh, no! —se sublevó éste—. ¡Es una injusticia excluirme!
—Deploro tener que hacerlo —razonó el humano, mientras, con
pulso inestable, metamorfoseaba la vulgar quincalla en un cerro cuajado de
joyas—, pero deberemos sostener una cruenta batalla para abrir una brecha entre
nuestros adversarios de ahí arriba.
— ¡Quiero formar parte de esa expedición! Ha sido idea mía y,
además, sabré pelear como el primero.
—Para demostrar la validez de este aserto. Tasslehoff hurgó en
su cinto y blandió el cuchillo que siempre portaba—. ¡He salvado tu vida,
Caramon, y también la de Tanis! —reprochó a aquellos ingratos.
Al advertir, por la expresión que había adoptado el musculoso
luchador, que no desarmaría su terquedad, el kender juzgó más prudente
dialogar con el semielfo. Se echó implorante, teatral, a sus brazos, y
argumentó:
—Quizá el ingenio funcione con tres. ¿Por qué no probamos
suerte? Seríamos en realidad dos y medio, yo soy pequeño y peso poco. ¡A lo
mejor la onda magnética no repara en mi presencia!
—No, Tas —rechazó asimismo el recién hallado compañero. Más
abrupto que el hombretón, el barbudo personaje se desembarazó de su abrazo y
se colocó frente a él para, estirando un incisivo índice y con una mirada que
el kender conocía bien, prevenirle—: No me obligues a tomar medidas drásticas.
El amenazado se inmovilizó, con tal desolación reflejada en sus
rasgos que Caramon, apiadándose, se arrodilló a su lado y le aleccionó
cariñoso:
—Apelo a tu buen sentido, Tasslehoff, ya que tú mismo viste lo
que acontecerá si fallamos. Necesito a Tanis, su vigor y las dotes innatas que
posee como espadachín. Hazte cargo, te lo ruego.
El hombrecillo esbozó una sonrisa, que se quedó en un rictus.
—Sí, Caramon, es lógico que prefieras la ayuda del semielfo —se
sometió—. Perdona mi arranque.
—Y, como acabas de decir, el plan se te ocurrió a ti —continuó
consolándole el guerrero—. No podría concebirse una ayuda mejor.
Aunque este argumento pareció conformar a la criatura a quien
iba dirigida, fue harto distinta la influencia que ejerció sobre la confianza
de Tanis.
—Por alguna razón que no consigo determinar, eso es lo que me
preocupa —refunfuñó y, mientras el gigantesco humano caminaba hacia él para
partir, asumió un aire de extrema severidad y demandó del kender—: Tas,
prométeme que te pondrás a salvo, nos aguardarás en el escondrijo que elijas y
no te interferirás en este asunto. ¡Júrame que no crearás complicaciones!
Ante la imposibilidad de escabullirse con una evasiva,
distorsionado el semblante a consecuencia de un remolino interior, el aludido
se mordió los labios, juntó las cejas en una arrugada línea y anudó los mechones
sueltos de su copete hasta enmarañarlos en auténticas greñas.
—Lo prometo —tuvo que acceder. Sin embargo, unos segundos
después sus ojos se dilataron en una repentina inspiración y, tras soltar las
hebras de su cabello, que se derramaron en desorden sobre la espalda,
repitió—: Te lo prometo —con una ingenuidad tan aparente que el semielfo volvió
a gruñir.
No había nada que pudiera hacer Tanis para inducirle a confesar
la causa de tan súbito cambio, pues Caramon había comenzado a recitar el
cántico y a activar los resortes del artilugio. Lo último que el héroe
vislumbró, antes de sumergirse en las multicolores brumas de la magia, fue la
imagen de Tasslehoff erguido sobre un pie y frotándose la pernera del calzón a
la vez que, jovial, dedicaba a los viajeros una ancha sonrisa de despedida.
3
Un vuelo con incidentes
—¡Igneo Resplandor!
—se dijo Tasslehoff a sí mismo en cuanto Caramon y Tanis desaparecieron de su
vista.
Girando sobre sus talones, el kender emprendió una carrera hacia
el confín meridional de la urbe donde, a juzgar por la humareda y el griterío,
la lucha era más encarnizada. «Lo más probable —razonó— es que los dragones
también batallen en esa zona.»
De repente, en plena marcha, el hombrecillo descubrió una
laguna en su proyecto, una imprevisión hija de la prisa. Se detuvo y, atisbando
el cielo abarrotado de reptiles que, con inusitada fiereza, hincaban las
zarpas en las escamas de los adversarios, mordían las partes más blandas o les
arrojaban sus abrasadoras llamaradas, farfulló:
—¡Qué fastidio! ¿Cómo voy a reconocerle en ese revoltillo?
Tragó aire en una honda, exasperada inhalación, y le sobrevino
un espasmo de tos. Estudió entonces los contornos, y comprobó que el ambiente
estaba en extremo viciado a la vez que las alturas, antes pintadas de gris
bajo el tamiz impuesto al alba por los nubarrones, se había investido ahora de
fulgores encarnados. Palanthas ardía.
—No es éste un lugar seguro donde refugiarse —musitó—. Tanis me
ha recomendado que busque un escondrijo que ofrezca garantías, y yo sólo me
sentina a salvo junto a ellos, mis amigos. Dado que
292ahora
se encuentran en la ciudadela y que, por añadidura, se habrán metido en un
sinfín de enredos, lo que he de hacer es volar a su lado. ¡No soporto la idea
de quedar acorralado en una ciudad incendiada, hervidero de pillajes y otros
desafueros! Meditó con ahínco, y al rato halló una respuesta.
—¡Ya lo tengo! —exclamó—. Rezaré a Fizban. Escuchó mis preces
en un par de ocasiones y, aunque su sistema no es del todo ortodoxo, nada
pierdo intentándolo.
Al distinguir a una patrulla de draconianos al fondo de la
avenida, Tas se internó en una calleja lateral y se agazapó detrás de un
montículo de escombros no por temor sino, según él mismo susurró, porque no
deseaba ser interrumpido. Así resguardado, alzó los ojos a la bóveda celeste y
recitó esta plegaria:
—Fizban, préstame mucha atención. «Si no salimos del apuro, ya
podemos tirar la plata al pozo y unirnos a las gallinas.» Mi madre solía
utilizar este viejo axioma y, pese a que no acabo de comprender a qué se
refería, no me negarás que lo de la joya y la volatería suena a ruina absoluta.
Necesito desplazarme junto a Tanis y Caramón, quienes, como sabes, no podrán
arreglárselas sin mí. Y para ir hasta ellos, he de rogarte que pongas a mi
disposición uno de esos reptiles alados. No te quejes, no es mucho pedirle a
alguien con tus recursos. Estarías en tu derecho a disgustarte si solicitara
que me propulses mediante un colosal salto, pero he preferido mostrarme
comedido. Mándame un dragón, uno de los múltiples que debes de gobernar. Nada
más.
Aguardó unos instantes. Al ver que nada ocurría, espió el cielo
en actitud inquisitiva y esperó un poco más. Siguió sin obrarse el milagro.
—De acuerdo, pactaremos —propuso y, en un acto de humildad,
confesó—: Admito que me apetece mucho visitar la ciudadela, incluso
renunciaría para hacerlo al contenido de un saquillo... o de dos. Ya te he
revelado toda la verdad y, por otra parte, te recuerdo que siempre era yo
quien te restituía el sombrero cuando lo extraviabas.
A despecho de su magnánimo gesto, y de haber refrescado la
memoria del extravagante mago, no se personó ningún dragón. El hombrecillo
resolvió desistir. De modo que, tras cerciorarse de que la patrulla enemiga
había pasado de largo, salió de su parapeto de inmundicia y del callejón para
situarse de nuevo en la ancha avenida.
—Supongo, Fizban —hizo una última tentativa—, que estás muy
atareado y...
En aquel preciso momento, el suelo se convulsionó bajo sus pies
e invadió el aire un aluvión de rocas y adoquines fragmentados, a la par que un
fragor semejante a un trueno removía los cimientos mismos de las casas. Pero
tan pronto como empezó el ensordecedor estruendo se acalló, sumiendo la avenida
en un silencio sepulcral.
Después de recomponerse, de desempolvar sus calzones,
Tasslehoff trató de penetrar el velo de humo y partículas para averiguar lo
sucedido. Aventuró que quizá se había desmoronado un edificio sobre él, como en
Tarsis; pero no tardó en averiguar que no era tal el caso.
El causante de la conmoción era un Dragón Broncíneo, que yacía
boca arriba sobre la calzada. Estaba bañado en sangre: sus alas, extendidas
sobre dos manzanas de viviendas, habían derruido las paredes maestras y la
larga cola, también desplegada, sepultó en la caída otros varios habitáculos.
El animal tenía los párpados entornados, surcaban sus flancos llagas socarradas
y ningún bombeo en el pecho anunciaba que respirase.
—No era esto, te has equivocado —imprecó el kender al excéntrico
Fizban—. ¿De qué me sirven unos despojos?
Pero cejó en sus reconvenciones, porque el reptil dio señales de
vida. En efecto, abrió un ojo y, a pesar de su aturdimiento, dirigió al kender
una de esas miradas que sólo se dedican a los antiguos conocidos.
— ¡Igneo Resplandor! —le identificó Tas, y se encaramó por una
de sus patas para asomarse a la gigantesca pupila—. ¡Es maravilloso! ¡Hace unos
minutos recorría la ciudad con el propósito de localizarte! ¿Estás malherido?
El joven dragón hizo ademán de contestar, pero enmudeció al
cubrirles a ambos una oscura sombra. Khirsah la contempló excitado, emitió un
amortiguado rugido y estiró el cuello, en un ímprobo esfuerzo que se reveló
excesivo. Hubo de recostarse de nuevo mientras Tas, alerta al fenómeno,
comprobaba que lo originaba otro dragón, éste de escamas negras, que tras
abatir a su víctima planeaba en su derredor para rematarla.
—¡No lo hagas! —imploró—. Esta criatura me pertenece. Me la ha
enviado Fizban. ¿Cómo se combate contra uno de su especie? —agregó en voz baja.
Revisó en su mente las leyendas acerca de Huma, protagonista de
innumerables lides de aquella naturaleza. Pero no le sugirieron ninguna
iniciativa, porque, a diferencia del caballero, él carecía de la valiosa
Dragonlance y hasta de una espada corriente. Al evocar tales armas, desenvainó
su cuchillo; pero le bastó con una breve ojeada. Convencido de su inutilidad,
volvió a ajustarlo a su cinto y se decidió por otra acción. Lo primero que
debía hacer era dar instrucciones a su lisiado compañero.
—Igneo Resplandor —le invocó, erguido ahora sobre su córneo
estómago—. Procura quedarte donde estás sin hacer el menor movimiento. ¿Crees
que serás capaz? Y no me vengas con sermones acerca de la muerte honorable, en
valiente pugna contra el rival, pues los he oído incontables veces en boca de
un heroico amigo, ya fallecido, que era miembro de la hermandad solámnica. Al
igual que le opondría a él, he de informarte que en las presentes circunstancias
tan nobles sentimientos son del todo superfluos. ¿Te preguntas el motivo? Muy
sencillo, porque otros dos seres a los que estimo profundamente, y que ahora
gozan del don de la vida, podrían morir de forma atroz si tú y yo no vamos en
su auxilio. Si a eso sumamos el hecho de que esta misma mañana te he salvado la
vida, aunque no te resulte obvio, convendrás conmigo en que me debes
fidelidad.
Nunca habría de saber el locuaz orador si Khirsah había
comprendido y obedecía órdenes o si, simplemente, se desmayó. Sea como fuere,
no tenía tiempo para preocuparse de tales banalidades. Erguido sobre el
vientre del gigantesco reptil, el hombrecillo registró a fondo una de sus
bolsas a la búsqueda del objeto que posibilitaría la ejecución de sus
designios. Entre todos, eligió el argénteo brazalete de Tanis.
— ¡Cuan descuidado es este semielfo! —comentó, y acomodó la
alhaja a su brazo—. Debe de haberse deslizado de su talle cuando atendía al
pobre Caramon. Ha sido una suerte que yo lo recogiera.
Tranquilizada su conciencia, o persuadido de que su historia se
ceñía a la verdad, olvidó el incidente para encararse con el Dragón Negro.
Señalando en postura retadora a aquel monstruo que les acechaba con las
mandíbulas separadas, a punto de vomitar el letal ácido sobre el postrado,
exigió:
— ¡Refrena tu ímpetu! Este cadáver es mío. Yo he dado con él y
reclamo su propiedad. O sería más adecuado decir —se corrigió— que él me ha
encontrado a mí, ya que casi ha cavado mi tumba. Poco importa, lo que has de
hacer es esfumarte y no destrozarle con esas corrosivas llamas de los de tu
especie.
El dragón, perplejo, bajó la mirada. Era en realidad una
soberbia hembra que, en esporádicos alardes de generosidad, había cedido algún
trofeo a los draconianos o los goblins, pero nunca a un kender. También ella
había sufrido heridas en la lucha, y a consecuencia de la pérdida de sangre y
un brutal golpe en el hocico sentía un ligero vahído, lo que no fue óbice para
que algo en su interior le avisara de que su oponente quería engañarla. No
podía ser de los suyos, jamás se había tropezado con un miembro de esta tribu
entre las hordas perversas. No obstante, siempre existían excepciones y era
indudable que aquella criatura portaba una pulsera donada por un practicante de
la nigromancia. Notaba cómo las virtudes del objeto neutralizaban sus
hechizos.
—¿Tienes la más mínima noción de lo que, en los tiempos que
corren, me pagarán en Sanction por unos dientes de dragón? —argumentó
Tasslehoff—. ¡Y me abstengo de mencionar las zarpas! Un mago de esa ciudad
recompensaría con treinta monedas de cobre a quienquiera que le facilitara uno
solo de estos apéndices.
La hembra reptiliana rezongó algo ininteligible. Estaba
sosteniendo una conversación ridícula con aquel mequetrefe en lugar de
reintegrarse a la reyerta u ocuparse del dolor que contorsionaba su cuerpo,
de manera que, furiosa, determinó destruir al irritante hombrecillo, que además
era su enemigo. Abrió la bocaza... y otro Dragón Broncíneo la embistió por la
espalda. Tras exhalar un alarido, el negro animal abandonó a su presa en aras
de su propia supervivencia y acometió la huida, volando en un desesperado
aleteo aunque sin agrandar apenas la distancia respecto a su perseguidor.
Con un satisfecho suspiro, Tas se sentó en el abultado cuerpo
de Khirsah.
—Por un momento temí no poder contarlo —masculló, quitándose el
brazalete y embutiéndolo en la bolsa.
El reptil se agitó. Al percibirlo, el kender descendió
suavemente por su costado. Tras posarse en tierra, le consultó:
—¿Cómo estás, Igneo Resplandor? Ignoro el tratamiento que hay
que aplicar a los dragones, pero puedo traerte un clérigo para sanarte. El
único problema es que en este caos, quizá me cueste un poco hallar a uno
disponible.
—No te molestes, no preciso ninguna ayuda —repuso Khirsah con
ronco acento, y torció su interminable cuello para examinar al hombrecillo—.
Estoy vivo gracias a ti —declaró, prendidas de aquel diminuto ser unas pupilas
dilatadas por el asombro.
—Sí —ratificó éste—, y por dos veces en el día de hoy. La
primera fue esta mañana —le indicó, jubiloso—, cuando Soth atravesó las
puertas. Verás, mi amigo Caramon se ha apoderado de un libro en el que se
relata lo que va a acontecer en el futuro o, más concretamente, lo que no va a
acontecer, puesto que lo estamos alterando. De no haberlo impedido yo al
requisar esta alhaja, Tanis y tú os habrías enfrentado al caballero espectral.
La muerte era el destino que os deparaba tal desafío. Ambos habríais fenecido.
He entrado en escena —insistió—, y no has sido aniquilado.
—Cierto.
Reclinándose sobre un costado, el inmenso dragón desdobló una de
sus membranosas alas en el túrbido aire y la escudriñó de una punta a otra. El
miembro exhibía cortes y coágulos sanguinolentos, pero no había desgarros.
Repitió la operación con la segunda extremidad, mientras Tas le contemplaba absorto,
ensimismado.
—Me encantaría ser como tú —dijo.
—Naturalmente —apuntó Khirsah y, dándose impulso, irguió su
portentosa estructura sobre las garras, no sin antes liberar su cola de los
restos de la casa que había echado abajo—. Somos los escogidos de los dioses
—continuó sin jactancia, con perfecta naturalidad—. Nuestros índices de vida
son tan prolongados que los elfos, tan longevos para vosotros, se nos antojan
efímeros pabilos de candela y, en cuanto a humanos y kenders, os consideramos
estrellas fugaces. Nuestro aliento transmite muerte, nuestra magia posee tan
inconmensurable poder que sólo los más insignes hechiceros nos superan.
—Tenía noticia de vuestras prerrogativas —le atajó Tasslehoff,
que comenzaba a impacientarse—. ¿Estás seguro de que no hay nada seriamente
dañado en tu organismo?
—Lo estoy, amigo mío —aseveró Khirsah, disimulando una sonrisa
con escasa fortuna—. Todo funciona, como tú dirías; salvo que la cabeza
todavía me da vueltas. Pero cambiemos de tema. Justo es que, si tú me has
salvado de perecer...
—Por partida doble —puntualizó el otro.
—Por partida doble —subrayó el dragón—. Justo es —concluyó— que
te rinda un servicio. ¿Qué deseas que haga?
—Transportarme a la ciudadela flotante —se sinceró Tas sin
remilgos. Inició el ascenso a la grupa del animal, pero Igneo Resplandor le
agarró por el cuello de la camisola, que quedó colgado de la ganchuda uña, y
le izó—. Aunque agradezco tu colaboración, podría haber subido solo —gruñó.
Sin embargo, no fue depositado en el lomo del reptil sino en la
cavidad que formaba el nacimiento del hocico. Así, los ojillos del kender
toparon casi con unos iris que más se asemejaban a las aguas negruzcas de un
gran lago.
—Una expedición a ese castillo sería muy arriesgada, acaso
desastrosa, para ti —vaticinó Khirsah con firmeza—. No puedo tolerar que te
pase nada, y menos aún a sabiendas de los peligros que corres. Te conduciré
junto a los Caballeros de Solamnia, que se han congregado en la Torre del Sumo
Sacerdote.
— ¡Ya he estado allí! —se rebeló el hombrecillo—. Tengo que ir a
la ciudadela y socorrer a Tanis el Semielfo o, hablando con propiedad
—rectificó al distinguir un amago de desconfianza en aquellas pupilas tan
próximas—, comunicarle ciertas nuevas. Antes de partir hacia la plataforma, el
héroe me encomendó la misión de permanecer en Palanthas para recabar ciertos
datos de la mayor importancia. Si no los pongo en su conocimiento, de nada...
—Dime a mí de qué se trata —le urgió su interlocutor—, y me
encargaré personalmente de informarle.
—N... no puede ser —balbuceó el otro, devanándose los sesos
para elaborar un pretexto—. El mensaje que he de transmitir a Tanis me ha sido
dado en dialecto kender, y bajo ningún concepto debe traducirse a lengua
común. Tú no hablas mi idioma natal ¿verdad, Igneo Resplandor? —inquirió con
resquemor.
— ¡Desde luego! —iba a regañarle el dragón, pero, conmovido por
la esperanza que se leía en la mirada del kender, que animaba sus rasgos,
determinó no decepcionarle—. ¡Desde luego que no! —se enmendó, y lo hizo con
fingido desdén. Despacio, amoroso, colocó al hombrecillo entre sus alas—. Te
llevaré junto al semielfo, si tal es tu anhelo... tu deber. Como no estaba
previsto que me montase más jinete que él en esta conflagración, no luzco
silla ni arreos. Acomódate y aferra mi crin.
—Así lo haré —se avino Tas y, gozoso, distribuyó sus saquillos y
asió la broncínea crin de Khirsah con ambas manos. Una súbita aprensión, no
obstante, le obligó a indagar—: Espero que no entrará en tus planes realizar
piruetas azarosas, como trazar círculos en vertical o lanzarte en picado hasta
rozar el suelo. No es que me disgusten, al contrario, me parecen de lo más
emocionantes, pero temo que me resulten incómodas al no poder atarme ninguna
cincha.
—No padezcas, mi intención es que nos traslademos sin demora
para reanudar cuanto antes la batalla —le calmó el reptil.
—¡Estoy listo! —vociferó el hombrecillo, y azuzó a su
cabalgadura en los flancos para que emprendiese el vuelo.
Igneo Resplandor se elevó en el aire y, beneficiándose de las
fuertes ráfagas de viento, pronto navegó muy por encima de Palanthas.
No fue una excursión placentera. Al otear el panorama el kender
tuvo que contener el resuello, ya que, para empezar, la Ciudad Nueva se había
convertido en una gran hoguera. Como había sido evacuada, los draconianos la
devastaban a capricho, prendiendo fuego y saqueando a su pleno albedrío. Por
otra parte, la zona antigua, aunque en mejor estado, no auguraba un final más
feliz. Era cierto que los Dragones del Bien había obstaculizado los afanes
destructivos de sus adversarios Negros y Azules, de tal modo que éstos no la
habían arrasado al igual que hicieran en Tarsis, y que las guarniciones
pedestres resistían valientemente las embestidas de aquellos engendros mitad
hombres y mitad reptiles; pero las huestes de Soth habían hecho estragos.
Tasslehoff avistó, desde su atalaya, a decena de cadáveres de caballeros
diseminados junto a sus corceles a lo largo de las calles, cual si se tratara
de soldaditos de plomo que hubiera despedazado un niño de instintos vengativos.
Y, recreándose frente al dantesco espectáculo, el espectro se silueteaba
incólume en una aura de vapores mientras sus sanguinarios guerreros asesinaban
a todo ente vivo que se cruzase en su camino y las elfas, en su eterno luto,
entonaban lúgubres cánticos a fin de acallar los estertores de los moribundos.
—¿Y si fuera yo el responsable? —se torturó el hombrecillo,
deprimido—. Después de todo, Caramon se detuvo en la lectura de las Crónicas
y sólo me basé en presentimientos, en conjeturas, para actuar como lo hice.
¡No seas necio, Burrfoot! —se amonestó él mismo—. De no haber salvaguardado la
integridad de Tanis, tu otro amigo habría expirado en el Robledal. Dado que
todo esto es un gran embrollo, y que al menos tienes constancia de haber obrado
acertadamente al rescatar a tus dos compañeros, debes descartar cualquier
elucubración pesimista.
Resuelto a acatar su propio mandato, a desembarazarse de sus
problemas mentales y de los sentimientos que le inspiraba la masacre de la
ciudad, Tas espió las regiones donde ahora se hallaba. A pesar del denso humo,
que se rizaba en volutas a su alrededor, su agudo sentido de la percepción le
permitió columbrar una figura en movimiento a su espalda. Era el cuerpo de un
Dragón Azul, un magnífico ejemplar que tomaba altura desde una avenida lindante
con la espesura mágica de Shoikan. «¡El animal de Kitiara!», se alarmó ante la
inconfundible, mortífera figura de Skie. Aguzó la vista en busca de la amazona,
pero no había tal.
—¡Igneo Resplandor! —previno a su reptil, pendiente de vigilar
al adversario que, tras reparar a su vez en ellos, había girado para
acometerles.
—Soy consciente de sus maniobras —murmuró Khirsah,
impertérrito—. No te asustes, kender, estamos ya muy cerca de tu destino.
Después de que descabalgues, dispensaré a mi enemigo el trato que merece.
En efecto, al enderezar el cuello, Tasslehoff verificó que la
ciudadela flotante estaba casi a su alcance. La invocada imagen de Kitiara y
la más real de su dragón se borraron del cerebro del hombrecillo por arte de
encantamiento. El castillo poseía un embrujo mucho más estremecedor en primer
plano que desde el suelo, con los nítidos perfiles de las rocas que, en un
tiempo, configuraran el lecho sobre el que se asentaba la mole arrancados en
forma de auténticas sierras colgantes.
Unas nubes arcanas bullían en su entorno, manteniéndola a
flote, relámpagos de idéntico origen siseaban deslumbradores entre las torres.
Al pequeño viajero no le pasaron inadvertidas las grietas que reptaban cual
culebras en la maciza estructura, derivadas del tremendo impacto que debió de
entrañar separar el edificio de la osamenta del mundo.
Brillaban luces tras las ventanas de las tres tórrelas, y
también surgía un poderoso haz del rastrillo levantado, pero no había otras
señales externas de vida. De todos modos, al espectador no le cabía la menor
duda de que dentro medraban las criaturas más variopintas.
—¿Dónde aterrizo? —preguntó Khirsah, cortés, aunque con una nota
de apremio.
—Lo dejo a tu elección —concedió el kender, quien comprendía el
ansia del animal por enzarzarse en una escaramuza contra Skie.
—Yo creo que no es aconsejable la entrada principal —ponderó el
reptil, modificando abruptamente la trayectoria a fin de rodear la plataforma—.
En la parte trasera no habrá centinelas.
Tasslehoff despegó los labios con el propósito de darle las
gracias pero, por algún motivo que no atinaba a definir, tuvo la sensación de
que el estómago le caía a peso hasta los pies, como si fuera atravesarlos y
descolgarse en el vacío, a la par que el corazón le brincaba hasta la
garganta. El hombrecillo rechazó de forma enérgica que le hubiera trastornado
el repentino giro de Khirsah que, si bien les había ladeado a ambos a una
vertiginosa velocidad, no duró más que unos segundos. El dragón se estabilizó
sobre un patio desierto y, sin apenas batir las alas, se posó en el empedrado
en una sutil maniobra, digna de su maestría.
Ocupado en reorganizar su revuelto sistema, el kender se deslizó
como un autómata por el metálico flanco y cayó en el sombrío paraje sin
intercambiar las fórmulas que le exigían sus modales. Una vez en terreno
sólido, sin embargo, si así podía denominarse a un castillo suspendido en el
aire, recobró el dominio de sí mismo.
—Adiós, Igneo Resplandor —se despidió de su montura, ondeando la
mano en apoyo a sus palabras—. Te estoy muy agradecido. ¡Buena suerte!
Si el aludido le oyó, no expresó reciprocidad. Había empezado a
ascender en el espacio sin desperdiciar un solo instante, seguido por su
rival, que, tan raudo que propagaba zumbidos al desplazar el aire, le acechaba
con ojos enrojecidos, rebosantes de odio.
Tas, resignado, se encogió de hombros y les dejó a sus
auspicios. Dando media vuelta, exploró el paisaje circundante.
Se hallaba en la zona posterior de la antigua fortaleza, dentro
de lo que podría describirse como un patio cercenado, ya que le faltaba, al
menos, la mitad. Este hecho se hacía ostensible en la ausencia de una tapia y
en los cortes irregulares de los adoquines, que indujeron al kender a concluir
que la otra porción se desgajó al ser arrastrada la mole. Incómodo frente a
aquellos cantos quebrados que le invitaban a despeñarse, Tasslehoff se apresuró
a visitar el interior del alcázar, sin incurrir, por ello, en negligencia.
Avanzó despacio, arrimado a las sombras de los muros y con ese sigilo innato
en los de su raza que les protege de inoportunos guardianes.
Hizo una pausa antes de internarse, incierto sobre la ruta
idónea. Una puerta comunicaba el recinto con las dependencias, pero las hojas
de madera estaban reforzadas mediante gruesas barras de hierro y, aunque
exhibía el cerrojo de aspecto más sugerente en que el hombrecillo jamás hubiera
insertado sus dedos, supuso que al otro lado debía de custodiarla un soldado
no menos prometedor. Era preferible encaramarse a una ventana. Quiso la
casualidad que se dibujara una, bien iluminada por añadidura, encima de él.
En el término «encima» estribaba, precisamente, la dificultad.
El alféizar se hallaba a casi a un metro y medio del suelo lo que, para
alguien de la estatura del kender, convertía la escalada en una ardua empresa.
Sabedor de que era su única alternativa, Tasslehoff inspeccionó el patio y no
tardó en divisar un bloque de roca suelto, roto. Tras una dura sesión de
empellones y altos para allanar el camino, consiguió colocar el pedrusco
debajo de su objetivo. Subió entonces hasta su cúspide y, cauteloso, se asomó
al interior.
Dos draconianos yacían en una sala, convertidos en estatuas de
piedra y con los cráneos aplastados como si los hubieran entrechocado. Un
tercero, éste sin cabeza, se perfilaba en la retaguardia. Aparte de tales
despojos, no había nadie en la cámara. Poniéndose de puntillas, el hombrecillo
aplicó el oído y detectó un sonoro tintineo de acero coreado por gemidos y
lamentos y también, durante un breve lapso, por rugidos ensordecedores.
— ¡Es Caramon! —exclamó.
Gateó presto hasta la repisa, se afianzó y, de un salto, se
introdujo en la habitación, no sin recapacitar que en la fortaleza reinaba una
estupenda inmovilidad y bendecir su buena estrella. De haber viajado el
edificio, se habría complicado su tránsito. Volvió a escuchar y, en sus finos
tímpanos, los reniegos de Tanis vinieron a mezclarse a los familiares bramidos
del guerrero.
— ¡Cuan amables han sido! —se congratuló Tas, mientras recorría
la estancia—. Han tenido la deferencia de aguardarme.
Salió a un pasillo de desnudas paredes y el kender echó una
ojeada para orientarse. La pendencia se desarrollaba en una planta superior,
así que, viendo una escalera en un rincón alumbrado por antorchas, corrió
hacia ella. Desenvainó su cuchillo en anticipación de algún conflicto, pero mal
había de suscitarse en aquella ala deshabitada del castillo.
«Aquí estaré mucho más a salvo —meditó al coronar un tramo de
peldaños particularmente estrechos y empinados— que en la ciudad. Debo
acordarme de mencionárselo a Tanis. Y, hablando del semielfo, ¿dónde se han
metido Caramon y él? ¿Cómo llegaré junto a mis compañeros?»
Después de una odisea de más de diez minutos, convencido de
hallarse en el umbral del cielo a tenor del esfuerzo que le exigían los
altísimos escalones, Tas se concedió un descanso en uno de los angostos
rellanos. Dedujo, dada la configuración redonda de los muros, que estaba en una
de las torres de la ciudadela, adosada a la construcción misma. Los fragores
de la reyerta, algo difuminados pero todavía audibles, indicaban que los héroes
de la Lanza estaban en el lado opuesto, es decir, en el cuerpo compacto del
alcázar. De haber podido cruzar la pared, seguramente habría ido a parar frente
a ellos. Frustrado, doloridos los músculos de las piernas, se sumió en hondas
deliberaciones.
«Se me ofrecen dos opciones —razonó—: hacer marcha atrás y, ya
en la base, ensayar otro itinerario, o continuar. Bajar, aunque menos fatigoso
para los pies, significa arriesgarme a tener que sortear multitudes. Lo
contrario quizá me conduzca a la puerta de algún aposento secreto. ¿De qué
serviría si no la escalera?»
Hallando esta vertiente de su lógica más atractiva, decidió
escalar aquellos recovecos a pesar de que los clamores de los contendientes
perdían definición a medida que se alejaba hacia la cumbre. De súbito, cuando
empezaba a pensar que el artífice de tan descabellada obra de mampostería debió
de ser un enano borrachín y con un retorcido sentido del humor, arribó a la
cima y encontró su puerta.
—¡Aja! Un cerrojo —se regocijó, frotándose las manos.
No había tenido oportunidad de forzar uno en mucho tiempo, y le
inquietaba la perspectiva de oxidarse —él, no la pieza que debía trabajar—.
Examinó con ojo experto el candado. Pero, antes de iniciar la tarea, apoyó
delicadamente la palma de la mano encima del picaporte. ¡Cuál no sería su
desencanto cuando la puerta cedió a la más mínima presión!
—De todos modos, carezco de herramientas —se consoló.
Empujó la puerta unos centímetros y, a través de la rendija, sus
pupilas toparon con algo tan anodino como una barandilla. Osó abrir un poco
más y, dando un paso adelante, se encontró en un balcón circular que jalonaba
el perímetro interior de la torre.
Ahora los ecos del combate se tornaron diáfanos, rebotando
contra la roca y despidiendo retumbos sordos, estentóreos. Tas se acercó a toda
prisa a la baranda y sacó medio cuerpo en un intento de discernir la fuente de
la batahola, que era una mescolanza de crujidos, estrépitos de acero, gritos y
baques.
— ¡Hola, Tanis! ¿Qué tal, Caramon? —llamó a sus amigos—. ¿Habéis
encontrado un método para gobernar esta mole ambulante?
4
Runce, el enano gully
Atrapados en otro balcón varios pisos por debajo de aquel al que
Tas se había asomado, Tanis y Caramon se debatían para salvar sus vidas.
Estaban en el lado opuesto al que ocupaba el kender, y lo que parecía un
pequeño ejército de draconianos y goblins les hostigaba arracimado en la
escalera, en un plano inferior respecto a ellos.
Los dos héroes se habían parapetado detrás de un enorme banco de
madera, que habían arrastrado por la estancia hasta colocarlo atravesado en el
último peldaño. A su espalda, se recortaba una puerta, y a Tasslehoff se le
antojó que habían ascendido la escalera hacia la hoja en una tentativa de huir,
pero les habían interceptado antes de conseguir su propósito.
Caramon, cubiertos los brazos de sangre verdosa hasta la altura
de los codos, golpeaba cabezas con una estaca de madera que había arrancado de
la barandilla, un arma más efectiva que la espada a la hora de combatir contra
aquellas criaturas cuyos cuerpos, al morir, asumían la consistencia de la roca.
Tanis había mellado la espada en varios puntos, porque la había utilizado a la
manera de una maza. Y sangraba a consecuencia de diversos tajos practicados a
través de la desgarrada cota de malla mientras que en el peto, de sólida
textura, se apreciaba una considerable abolladura. Después de someter a los
contendientes a un febril examen, el kender decidió que la pugna estaba en
tablas. Los draconianos no podían acercarse lo bastante al banco para apartarlo
o sortearlo de un salto, pero en el momento en que los compañeros abandonasen
su posición, el enemigo volcaría el escollo y arremetería.
— ¡Tanis, Caramon! —les invocó el hombrecillo—. ¡Estoy aquí
arriba!
Ambos levantaron una mirada de pasmo al oír aquel acento
familiar. Fue el guerrero el primero en localizarle y, señalando su paradero al
otro luchador, le urgió:
— ¡Tasslehoff, escucha! La puerta está atrancada y no podemos
salir. ¡Ayúdanos!
Su voz, estridente por naturaleza, resonó imperiosa en el pozo
que jalonaban las galerías.
— ¡Estaré con vosotros en un abrir y cerrar de ojos! —respondió
el kender y, optando por la vía más rápida, se encaramó al pretil y se dispuso
a saltar en medio mismo del alboroto.
— ¡No! —le frenó Tanis—. ¡Debes abrirla desde fuera! —Y, para
respaldar sus instrucciones, hizo un gesto circular con el índice.
—De acuerdo —accedió Tas a regañadientes, decepcionado—. No
habrá problema.
Bajó de su proyectado trampolín. Pero, en el momento en el que
comenzaba a retroceder hacia el balcón superior, advirtió que los draconianos
que se apiñaban detrás de la barrera impuesta por sus amigos cesaban en su
ataque. Algo o alguien debía de haber acaparado su interés, una sospecha que
se confirmó al sonar una voz de mando que indujo a aquellos reptiles a
apartarse entre empellones y, Tasslehoff lo observó desde su puesto de vigilancia,
esbozar distorsionadas sonrisas en las que exhibieron sus colmillos. Los
héroes, sin saber a qué atenerse, se arriesgaron a otear el panorama a través
del banco, mientras el kender descolgaba medio cuerpo en su empeño por
averiguar la causa del fenómeno.
Una criatura, otro draconiano ataviado con negros ropajes
decorados con runas arcanas, subía parsimoniosa por la escalera. Sostenía un
cayado en su mano ganchuda, tallado en forma de un áspid presto a inocular su
veneno.
¡Era un mago bozak! Asaltó al hombrecillo una extraña sensación
de vacío en la boca del estómago, casi tan perturbadora como la que
experimentara poco antes de aterrizar el dragón. Los soldados de piel escamosa
envainaron sus aceros, a todas luces convencidos de que había terminado su
servicio. El hechicero zanjaría la disputa sencilla y limpiamente.
El kender vio cómo el semielfo hundía la mano en su cinto,
sacaba la palma desnuda y, nervioso, lívido el rostro debajo de la hirsuta
barba, la embutía en el otro costado. Tampoco ahora extrajo nada; así que, al
borde del colapso, inspeccionó el suelo.
«Intuyo —se dijo el menudo espectador— que el brazalete de
resistencia a la magia le resultaría de cierta utilidad. Quizá sea lo que busca
con tanto ahínco; es vidente que ignora haberlo extraviado.»
Al hilo de sus pensamientos, introdujo los dedos en uno de sus
saquillos y, al tantear la pulsera, la blandió en el aire mientras informaba:
—¡La tengo yo, Tanis, no te preocupes! La perdiste, pero por
fortuna yo me di cuenta y la recuperé.
El aludido alzó la faz, fruncido el entrecejo en una expresión
de fiereza tan alarmante que Tasslehoff le arrojó la alhaja sin un titubeo.
Tras aguardar unos instantes que le agradeciera su meticulosidad, algo que el
semielfo no se dignó hacer, exhaló un suspiro y anunció:
— ¡No tardo ni un minuto!
Y, raudo como solía serlo cuando se lo proponía, el hombrecillo
emprendió una desenfrenada carrera hacia los acorralados personajes.
«Desde luego, su actual conducta deja mucho que desear —censuró
al semielfo en el trayecto—. No se parece en nada al viejo Tanis, aquel colega
dicharachero capaz de valorar un buen rato de diversión. Su flamante título de
héroe se le ha indigestado.»
Desvirtuados por el muro medianero, llegaron hasta él los ecos
de unos ásperos cánticos acompañados de explosiones. Acto seguido, se elevaron
unas voces draconianas que denotaban cólera y desilusión.
«El brazalete hace su labor —dedujo el kender—. Les tendrá
distraídos un tiempo, pero no muy largo, así que he de esmerarme en descubrir
cuanto antes un puente de unión entre esta torre y el edificio principal.
Supongo que el procedimiento más sensato será desandar lo andado hasta el nivel
inferior.»
Salvando los escalones de dos en dos, Tas alcanzó la base en
cuestión de segundos y, después de enfilar el corredor que desembocaba en la
escalera, retrocedió hasta la estancia por la que se había internado en la
ciudadela y continuó pasillo adelante, sin molestarse en entrar. Arribó a un
punto en el que una ramificación partía en ángulo recto del túnel central y,
juzgando como un buen augurio aquella alternativa de desviarse hacia donde,
probablemente, los adversarios habían arrinconado a sus amigos, no vaciló en
doblar el recodo.
Vibraron sus tímpanos con otro estallido que, esta vez,
conmocionó la mole entera, al menos el ala donde estaba el emprendedor
hombrecillo. Éste imprimió a sus piernas un ritmo veloz, pero, al rodear una
esquina llevado por el impulso de la marcha, sufrió una parada forzosa.
En efecto, el infortunado Tasslehoff tropezó contra un fardo
viviente y achaparrado que, de resultas del encontronazo, dio un traspié y se
desmoronó. También él salió despedido, cayendo despatarrado y permaneciendo en
tal postura debido al impacto.
Sumido en el natural atontamiento, el kender no se incorporó de
inmediato. El hedor reinante suscitó en su ánimo la impresión de haber sido
atropellado por un saco de inmundicia, lo que no contribuyó a despejar su
cabeza. Pero hizo acopio de voluntad y logró erguirse. Empuñando el cuchillo de
caza, bamboleante, se puso en guardia para defenderse de la enigmática
criatura que le había desequilibrado y que, también, había acertado a ponerse
en pie.
Para asombro de Tas, el que había de ser su oponente se aplicó
la mano a las sienes y se limitó a proferir un gemido inarticulado por el que
manifestaba un intenso dolor. Examinó luego su entorno en un estado de
embotamiento muy superior al del hombrecillo y, al distinguir su perfil
enhiesto, determinado a la acción y con los fulgores de una antorcha
reverberando en la hoja de su espada, el susto se sumó al mareo y se desmayó.
Preludió su derrumbamiento un alarido de pánico, de tal suerte que la baharada
de su aliento magnificó aún más su halo de pestilencia.
—¡Un enano gully! —le identificó el otro, arrugando la nariz
con repugnancia. Enfundó de nuevo el cuchillo e hizo ademán de alejarse, pero
le refrenó una súbita idea. «Quizá pueda servirme de él», recapacitó y, tras
inclinarse sobre el yaciente, lo asió de los harapos y lo zarandeó—: ¡Vamos,
despierta!
Exhalando una bocanada de aire que brotó trémula, entrecortada,
el gully alzó los párpados. Sin embargo, la visión de aquel kender que le
espiaba desafiante le incitó a entornar de nuevo los ojos y fingirse
inconsciente, blanca su tez como la nieve.
Tasslehoff volvió a zarandearle. Arropado por la penumbra, el
enano le miró con disimulo a través de las pupilas entreabiertas y, al
comprobar que su rival seguía allí, concluyó que no le restaba más opción que
hacerse el muerto. Los de su raza consiguen este efecto conteniendo la
respiración y adoptando una engañosa rigidez, un método infalible que puso en
práctica sin dilación.
—¡Déjate de farsas! —le reconvino el kender, exasperado—.
Necesito tu ayuda.
—Vete —le instó el otro en tono ronco, sepulcral—. Soy un
cadáver inerte.
—Todavía no —declaró Tas, con una insólita hosquedad destinada
a amedrentarle—, pero yo me encargaré de convertirte en tal si no obedeces.
Esgrimió de nuevo su arma, portentosa para aquel ser cobarde y
desvalido, y éste, tragando saliva, se sentó y empezó a pellizcarse la carne
como si no creyera haber regresado al mundo de los vivos. Abrazó entonces al
kender y exclamó:
— ¡Me has curado, me has hecho volver de ultratumba! Eres un
clérigo poderoso.
—De eso nada —le espetó el hombrecillo, sobresaltado ante
semejante reacción—. Suéltame enseguida. No, así no, te has enredado en mis
bolsas y me las romperías. Prueba de esta otra manera.
Transcurrió un lapso nada desdeñable antes de que Tasslehoff se
desembarazara del «resucitado». Tirando de él hasta ponerlo en posición
erguida, le dedicó una mirada fulgurante y le interrogó:
—Intento pasar al otro lado de la torre, a la mole central. ¿Es
ésta la ruta correcta?
El gully estudió meditabundo el pasillo y, al fin, se encaró con
su salvador y le notificó que así era, mientras apuntaba con un dedo en la
dirección que había tomado de antemano el visitante.
— ¡Espléndido! —se alegró el kender, y reanudó su viaje.
—¿Qué torre? ¿Qué mole? —indagó de pronto el enano, rascándose
el cuero cabelludo.
Tas se congeló sobre sus pies y, apretados los dedos en torno a
la empuñadura de su arma, sometió a aquel prototipo de la torpeza a un
escrutinio avasallador.
—Yo iba al encuentro del gran sacerdote. Si quieres, puedo
guiarte —propuso el enano.
El kender caviló que no era aquél un mal ofrecimiento y, sin
que mediara más diálogo entre ellos, le agarró de la mano y le azuzó a caminar.
Poco después llegaron al pie de una escalera. Los clamores de la batalla
habían aumentado, invadían la zona, y este hecho consternó al guía, quien,
comprimido el semblante, rehusó acercarse al lugar del altercado.
—Ya he fenecido una vez —protestó, mientras hacía esfuerzos
denodados para liberar su mano—. Cuando mueres otra vez más, te tienden en un
ataúd y te tiran a un enorme agujero. A mí eso no me gusta.
Aunque tal concepto se le antojó intrigante. Tas no tenía ahora
tiempo de ahondar en él. Haciendo más fuerte su presa sobre la muñeca del
gully, le obligó a subir los peldaños, estimulado, además, por la creciente
barahúnda que se percibía detrás de la pared. Como ocurriera en el anterior
itinerario, al coronar el ascenso se halló frente a una puerta. La proximidad
de los estacazos de Caramon, de sus improperios, era patente. El kender estaba
seguro de haber dado con el flanco de la torre que le permitiría llegar hasta
sus amigos.
Apoyó la mano en el picaporte y, a diferencia de la puerta del
piso más alto, comprobó que habían sellado la hoja a cal y canto. Ejercitó sus
hábiles dedos, únicas herramientas de las que nunca podría prescindir, y
ensalzó en su fuero interno la sólida estructura que debía forzar.
—¡Ya estoy aquí! —comunicó a los dos héroes, tratando de
enfocarlos a través del ojo de la cerradura.
—¡Abre la puerta! —exigió Caramon, con un zumbido apabullante
que presagiaba el desastre de quien recibiera su descarga.
—¡Hago todo lo que puedo! —gritó el hombrecillo, irritado—.
Tengo que improvisar sin mis ganzúas. No es tan fácil —apostilló, más para
darse importancia que porque desconfiara de su éxito—. ¡Quédate donde estás!
Este desabrido mandato estaba dirigido al enano, quien
aprovechando el desconcierto, pretendía escapar. Se lo impidió el mero
destellar del cuchillo, una estratagema que su aprehensor había aprendido a
explotar. El infeliz se situó en un rincón, cual una masa andrajosa, y se
resignó.
—Prometo no moverme.
Fijos los cinco sentidos en su objetivo, Tasslehoff insertó el
filo de su polifacético cuchillo en el cerrojo y lo hizo girar con cuidado.
Palpó el dispositivo, pero, en el instante en que cedía, alguien o algo se
estrelló contra la puerta y el instrumento fue proyectado al aire.
—¡No puede decirse que colaboréis! —regañó a los del otro lado
y, con un resoplido, inició de nuevo la operación.
El prisionero abandonó el sitio que él mismo había escogido y
se situó gateando debajo del kender para contemplar sus evoluciones desde el
suelo.
—No eres sabio —le acusó— ni un gran clérigo, como yo pensaba.
—¿A qué vienen esas críticas? —inquirió el otro, absorto en su
quehacer.
—No son los cuchillos los que abren las puertas, sino las llaves
—aleccionó el enano a aquella criatura que, en su opinión, se complicaba tanto
la existencia.
—No me cuentas nada nuevo —replicó el atareado Tas, indiferente
al comentario—, pero a falta de... ;Dame eso!
En un arrebato airado, arrancó del mugriento puño del gully el
objeto que sostenía, una reluciente llave, y la introdujo en la cerradura. No
tuvo que presionar mucho. La puerta se abrió y balanceó sobre los goznes a la
primera intentona. Tanis cruzó el umbral a trompicones, aplastando casi al
kender, y Caramon lo hizo a toda prisa, aunque más firme. El guerrero se
apresuró a cerrar otra vez la hoja, con tal ímpetu que incluso quebró el
extremo de una espada draconiana que hacía palanca a fin de evitar que les
cortasen el paso. Apoyando los hombros en la madera, el hombretón respiró
hondo mientras oponía su peso a las arremetidas del enemigo.
—¡Echad esa maldita llave! —renegó, todavía jadeante.
Tas acudió presto en su ayuda. En el otro lado, los reptiles se
dedicaban, entre grotescos bramidos, a astillar el nuevo obstáculo.
—Espero que aguante —susurró Tanis, tomándose un corto
descanso.
—No lo hará eternamente —hubo de contrariarle Caramon—. Además,
ese mago bozac debe de tener métodos eficaces para aligerar el proceso de derribarla
—recordó al semielfo, puestos los ojos en la puerta—. Vayámonos de aquí.
—¿Adonde? —le cuestionó el otro héroe, al mismo tiempo que se
enjugaba el sudor de la frente. La sangre le manaba abundante de un arañazo en
el dorso de la mano y tenía otras muchas heridas de pronóstico leve en el
brazo; pero por lo demás parecía incólume—. ¡Aún no hemos localizado al ingenio
que mueve este castillo! —se lamentó.
—Quizá él esté al corriente de su paradero —sugirió Tas,
haciendo un significativo gesto hacia el enano gully—. Por eso le he traído
—agregó, orgulloso de su astucia.
Oyeron un estampido fenomenal, y tembló el escollo que les
separaba de sus perseguidores.
—Tenías razón, Caramon —aseveró Tanis—. Esfumémonos sin
tardanza. ¿Cómo te llamas? —preguntó al callado enano, ya en la escalera.
—Runce —se presentó éste, ojeando al semielfo con extrema
suspicacia.
—Hay algo que debo pedirte, Runce —le planteó el héroe en tono
cordial, persuasivo, a la vez que hacía un alto en un oscuro rellano—.
¿Podrías mostrarnos la cámara donde está el mecanismo que gobierna la
ciudadela?
—El Timón del Capitán de los Vientos —apostilló el guerrero y,
para contrarrestar la dulzura de su compañero, clavó en el gully unas pupilas
fulminantes—. Al menos, uno de los goblins lo ha denominado así.
—¡Es un secreto! —se soliviantó el enano—. No estoy autorizado
a revelároslo; presté juramento solemne.
Caramon gruñó con tal furia que el color abandonó los pómulos
de Runce bajo la capa de suciedad y Tasslehoff intervino, temeroso de que
sufriera un nuevo vahído.
—¡Bah! ¿No ves que lo ignora? —abordó al hombretón y le hizo un
guiño de complicidad, procurando que el gully no lo advirtiera.
—¡Eso no es verdad! ¡Conozco bien el emplazamiento del Timón!
—se indignó el otro—. De todos modos, no soy tan estúpido como para no darme
cuenta de que quieres tenderme una trampa. No me sonsacarás nada.
El kender se desplomó contra la pared, casi derrotado frente a
tan singular atisbo de lucidez, mientras Caramon volvía a rezongar. Azotó al
cautivo un ligero temblor, pero no renunció a su valeroso reto.
—No consentiré que unos mercenarios me embauquen —persistió—, y
menos cuanto está en juego un enigma tan sagrado.
Runce cruzó los brazos grasientos, pegajosos, sobre la pechera
de la camisa, que, a su vez, estaba llena de lamparones. Una algarabía de
voces draconianas, que sonaban nítidas al filtrarse por las primeras fisuras
en la hoja de la puerta, estimuló a Tanis a pensar deprisa.
—Aclárame una cosa, amigo —suplicó al enano y, para tener más
intimidad, se acuclilló a su altura—. ¿Qué es exactamente lo que no debes
contarnos?
—Que el Timón del Capitán de los Vientos está en el pináculo de
la torre central —espetó el gully a su interrogador, con una candidez
conmovedora. Y añadió, enseñándole un puño cerrado que expresaba su agresiva
determinación—: Por mucho que te esfuerces, seré una tumba a ese respecto.
Los compañeros arribaron al corredor que había de conducirles a
la estancia donde no se encontraba el Timón del Capitán de los Vientos —según
Runce quien, mientras les guiaba, no se cansaba de repetir: «Ésa no es la
puerta, o aquél no es el conducto, que da acceso a la escalera de la cámara
secreta»—. Lo acometieron cautelosos, barruntando que había reinado en el
trayecto una calma excesiva, y sus resquemores se confirmaron. En efecto,
cuando habían recorrido la mitad del pasillo, surgieron, de una de las habitaciones
que lo flanqueaban, una veintena de draconianos, seguidos por el mago bozac, el
cual, al avistarles, empezó a impartir órdenes confusas.
—Poneos detrás de mí —ordenó Tanis a sus amigos antes de que
los otros se abalanzaran—. Conservo el brazalete —señaló; pero, al observar a
Tas, tuvo que apostillar—: Eso creo.
Tanteó su brazo, no obstante, y comprobó que aún ceñía la
alhaja.
Desenvainando la espada como el semielfo, que había posado la
mano en la empuñadura de la suya, aprovechando el momentáneo balbuceo de los
adversarios para recular prudentemente, Caramon vertió en el oído del
cabecilla un mensaje de la mayor premura.
—Tanis, mi tiempo se agota —murmuró, inmóviles todavía los
reptiles al no recibir instrucciones—. ¡Lo presiento! Es imprescindible que
vaya a la Torre de la Alta Hechicería. Quizá durante la batalla que se avecina
alguien podría escabullirse y poner en marcha la ciudadela.
—Tanto tú como yo somos indispensables para contener la
embestida de esas feroces criaturas —repuso el otro héroe—. Así pues, no queda
nadie capaz de operar el Timón... —La frase murió inconclusa en sus labios, a
la vez que, atónito, escrutaba al guerrero—. ¡Dime que bromeas! —imploró.
—No tenemos otra elección —se limitó a sentenciar su
interlocutor. Calló, y los cánticos del bozac impregnaron el ambiente de negras
premoniciones.
—No puede ser —se empecinó Tanis, puesta la mirada en
Tasslehoff.
—No existe otra salida —razonó de nuevo el hombretón, con la
pertinacia que otorga la certidumbre.
El semielfo suspiró y meneó la cabeza. Por su parte el kender,
que era consciente de protagonizar su conciliábulo, pestañeó perplejo hasta
que, de pronto, comprendió.
—¡Oh, Caramon! —masculló entre dientes, una discreción que se
contradecía con el hecho de que se pusiera a palmear y brincar hasta casi
hender el cuchillo en su propia carne—. Y tú también, semielfo, ¡sois
maravillosos! Os trasladaré a la Torre sanos y salvos. No lamentaréis esta
prueba de confianza. ¡Seré vuestro orgullo! Ven, Runce, te necesitaré.
Aferrando el brazo del enano, recorrió presuroso el pasadizo
hacia una escalera de caracol que, de acuerdo con el «avispado» guía, no
desembocaba en la sala del mecanismo.
Diseñado por Ariakas, fallecido mandatario de las fuerzas de la
Reina de la Oscuridad durante la Guerra de la Lanza, el Timón del Capitán de
los Vientos que gobierna las ciudadelas flotantes ha sido registrado en los
anales de la Historia como una de las más brillantes creaciones de la preclara,
aunque enrevesada y maligna, mente de tal Señor.
Se halla enclavado el ingenio en una cámara construida
expresamente a tal fin en la cúspide de cada castillo. Tras encaramarse a un
tramo de angostos peldaños el capitán de los Vientos, rango reservado a quien
ostenta el honor de manipularlo, asciende una segunda escala, ésta de hierro y
sujeta al muro, hasta la trampilla que la bloquea. No le resta sino abrir la
portezuela y penetrar en una estancia circular, de reducido tamaño y
desprovista de ventanas u otras formas de ventilación. En el centro del aposento,
se yergue una plataforma elevada sobre la que, a una distancia aproximada de
ochenta centímetros, hay dos imponentes pedestales.
Al ver estos pedestales, Tas, que arrastraba al reacio Runce,
quedó estupefacto, sin habla. Trabajados en plata, de una altura de algo más
de un metro, eran las más bellas obras de orfebrería que nunca tuvo ocasión de
contemplar. Una serie de intrincados motivos y símbolos arcanos surcaban su
superficie y, en las líneas que trazaban los relieves, reverberaban hebras de
oro bajo la luz de las antorchas que iluminaban la escalera. Encima de cada
uno de estos inefables soportes descansaba un inmenso globo, confeccionado en
refulgente cristal negro.
—No se te ocurra subir a la plataforma —avisó el gully, tajante,
a aquel entrometido que abusaba de su bondad.
—¿Tienes idea de cómo funcionan estos artilugios? —indagó el
kender, izándose hasta el lugar prohibido.
—No —contestó el otro hombrecillo, imperturbable frente
a semejante descaro— No he estado aquí infinidad de veces, el gran mago nunca
me encomienda tareas ni me utiliza como mozo. No he entrado con frecuencia en
esta habitación porque el hechicero me llamara para que le trajera esto o
aquello. ¿Estar yo presente mientras el mandamás variaba el itinerario? ¡Jamás!
—¿Quién es ese
mandamás, ese mago que has mencionado? —preguntó Tasslehoff, y reconoció la pequeña
sala por si detectaba alguna figura entre sus sombras—. ¿Dónde está ahora?
—No ha ido a la planta inferior —negó Runce, porfiado— para
desintegrar a tus amigos.
— ¡Ah, bueno! —se tranquilizó el kender—. Pero si él se ha
ausentado, ¿quién se ocupa de la navegación?
«Comienzo a vislumbrarlo», se alentó, al mismo tiempo que se
adentraba en el área delimitada por unas circunferencias de cristal incrustadas
en el suelo, entre ambos pedestales. Estaban hechas del mismo material que los
globos, e idéntico color, y poseían similar textura. Oyó en el corredor un
estruendo y, de nuevo, los rugidos de los draconianos. Interpretando la nota
de frustración que estos últimos destilaban, decidió que el brazalete de Tanis
se interponía en los encantamientos del bozac y los desbarataba.
—No debes mirar el círculo del techo —anunció el contumaz gully.
Tas sofocó una exclamación. Sobre su cabeza, un redondel de
igual tamaño y diámetro que la plataforma donde se alzaba irradiaba unos
destellos fantasmales, entre el azul y el blanco, que adquirían vivacidad a
ojos vistas.
—¿Qué no he de hacer ahora, Runce? —sondeó el kender a su
contertulio, chillona su voz a causa de la excitación—. ¿Cuál es el paso que no
tengo que dar?
—No deposites tus manos sobre las esferas negras, no les
detalles el curso que te interesa —sugirió el otro, subrayando las negaciones
con especial énfasis—. ¡Nunca hallarás el procedimiento adecuado para accionar
tan poderosa magia! —se mofó.
—¡Tanis! —vociferó Tasslehoff a través de la abertura que le
proporcionaba la trampilla abierta—. ¿Cuáles son las coordenadas de la Torre de
la Alta Hechicería?
Durante unos minutos no llegaron hasta él más que estruendos de
armas y algunos aullidos. Pero, al fin, flotó en el aire la familiar voz del
semielfo, que aumentaba de volumen a medida que los dos héroes se aproximaban
por el pasillo.
—¡Pon rumbo noroeste! —le indicó—. Casi no habrás de virar, el
camino es recto.
—¡Maravilloso! Eso está hecho.
Tras afirmar los pies a horcajadas sobre las circunferencias,
en unas cavidades obviamente concebidas para este propósito, Tas cobró aliento
y estiró las extremidades superiores hacia las oscuras bolas.
—¡Maldita sea! Soy demasiado corto de talla —se lamentó—.
Presumo —se dirigió a Runce— que las manos no han de tocar los globos y los
pies apoyarse en las cavidades simultáneamente.
Le asaltó, cual un aguijonazo, la impresión de conocer la
respuesta, aunque el aludido no atinara a pronunciarla. La consulta que le
habían formulado hundió al gully en un trance tal que no pudo sino estudiar el
kender boquiabierto, paralizado.
Clavando en el enano unas pupilas centelleantes, no porque le
aborreciese, sino porque en alguien debía desahogar su sentimiento de
impotencia, el kender permaneció unos segundos inmóvil, entregado a sus
disquisiciones. Tras concluir que la única solución era dar brincos hasta rozar
las esferas, ensayó el ejercicio, lo que evidenció la imposibilidad de
alcanzar su objetivo. Alcanzaba los globos, cierto, pero a costa de perder
contacto con las cavidades y, a consecuencia de ello, la luz del techo se
tornaba mortecina.
—¿Cómo solventar esta complicación ? —discurrió—. Caramon y
Tanis podrían adoptar la postura correcta, pero no están en la cámara y, dado
el barullo que sube desde el pasadizo, tardarán un buen rato en deshacerse de
esos draconianos. ¡Ya lo tengo! —gritó de pronto—. ¡Runce, acércate!
El enano entrecerró los párpados en estrechas rendijas.
—No me está permitido —adujo, anticipándose al vituperio y
apartándose de la plataforma.
—¡Aguarda, no te vayas! Sólo quiero ofrecerte la oportunidad de
activar este artilugio conmigo —intentó Tasslehoff engatusarlo.
—¿Igual que hace el gran mago? —puntualizó el otro, incrédulo,
abiertos los ojos como platos.
—¡Sí, Runce! Adelante —le exhortó—, no tienes más que colocarte
sobre mis hombros y...
Enmudeció, al apercibirse de que era prematuro exponerle el
plan. Hipnotizado, en una especie de éxtasis, el gully recitó hasta la
saciedad la misma letanía:
—Dirigir yo el vuelo como hace el mandamás, ¡usurpar su puesto!
—Sí, Runce —corroboró el kender en análoga cadencia—. Pero debes
apresurarte, de lo contrario tu gran mago mandamás podría sorprendernos.
—De acuerdo, voy en el acto —despertó el enano y, mientras se
daba impulso para subir primero el entarimado y luego a la espalda de Tas, dio
rienda suelta a su emoción—: Controlar esta ciudadela, hacerla viajar a través
del aire fue siempre una de mis mayores aspiraciones —confesó, henchido de felicidad.
—Ya tengo sujetos tus tobillos —le atajó d kender, concentrado
en las cuestiones prácticas—. ¡Ay! Suéltame el pelo. No resisto tus tirones.
Sosiégate, no te dejaré caer. Ahora debes incorporarte, pero para lograrlo has
de extender las piernas en lugar de doblarlas. No te soltaré los pies —prometió
a aquel manojo de nervios, cargándose de paciencia—. ¡Cuidado, trata de
mantener el equilibrio!
Los dos hombrecillos se desplomaron cual un castillo de naipes,
y rodaron por la plataforma.
—Tas, ¿qué sucede? —brotó la voz de Caramon desde la escalera.
—¡Ya casi está! —mintió el interpelado, aunque perseveró en su
afán. Tras sacudir a su inepto colaborador hasta que se hubo enderezado,
renovó sus recomendaciones—: Equilibrio, ésa es la clave. Recuérdalo, has de
estabilizarte.
—Equilibrio, estabilidad —se aprendió el enano la lección.
El kender volvió a adoptar la pose erguida en los círculos de
cristal, y el gully gateó hasta sus omóplatos para hacer una segunda
tentativa. Obtuvieron la merecida victoria, pese a unos pocos halagüeños
bamboleos; Runce posó al fin sus inmundas manos en las lisas superficies de las
bolas, después de hacer algunos experimentos previos, que fueron del todo
infructuosos.
Al instante, les envolvió una cortina de haces luminosos, que,
procedentes del redondel del techo, se derramaron en su derredor hasta
cercarles por completo. Unas runas fúlgidas se esbozaron encima de las dos
criaturas, esculpidas en suaves tonalidades rojizas y violáceas.
Con una sacudida capaz de interrumpir los latidos de más de un
corazón, la ciudadela flotante inició su singladura.
Abajo, en el pasadizo, la fuerza del despegue arrojó a algunos
draconianos y su hechicero a las frías baldosas de roca, tras dar unos cuantos
bandazos al son del traqueteo. Tanis se desmoronó de espaldas contra una pared
y Caramon fue a dar con sus huesos en el pecho del compañero.
Soltando maldiciones y alaridos de la más diversa índole, el
bozac luchó por ponerse en pie y, una vez en esta posición, pisoteó a sus
hombres, que alfombraban el estrecho túnel, e ignoró a Tanis y Caramon con el
único anhelo de irrumpir en la cámara donde se hallaba el Timón del Capitán de
los Vientos.
—¡Córtale el paso! —rugió Caramon al semielfo, portador de la
alhaja, al mismo tiempo que la ciudadela escoraba cual un navío en la tormenta
y toda la humanidad de Caramon era despedida hacia la pared opuesta—. Si
asciende estos peldaños, todo habrá terminado.
—Haré cuanto esté en mí mano —tartamudeó el héroe, debido a que
su amigo, al aplastarle, le había dejado sin aire—. Pero temo que el poder del
brazalete esté próximo a extinguirse.
Echó a correr hacia el arcano reptil, pero el castillo
describió un brusco giro en dirección contraria. Tanis, sin un agarradero, se
vino abajo, mientras que el perseguido, más pertinaz y obsesionado por capturar
a los ladrones que trataban de robarle su fortaleza, tan sólo aminoró el
avance. Blandiendo su daga auxiliar, Caramon se lanzó sobre aquel individuo.
De nada le valió el asalto. Su arma topó contra una transparente barrera antes
de ensartar los negros ropajes y, a causa del impulso de la arremetida, trazó
unas piruetas en el aire y rebotó en las losas hasta yacer inofensiva,
estéril.
El bozac estaba ya en la escalera de caracol, la que conducía al
segundo tramo de barras férreas; los otros draconianos iban recobrando la
compostura y, en definitiva, todo se normalizaba, cuando la ciudadela dio un
nuevo bandazo. El mago cayó sobre Tanis, que había emprendido un nuevo intento
y estaba a escasos centímetros. Los soldados volaron hacia los cuatro puntos
cardinales y el guerrero, en pleno proceso de recuperación, salió catapultado
por encima del amasijo que formaban el semielfo y el bozac.
El abrupto virar y contravirar de la fortaleza rompió la
concentración del hechicero y se desvaneció su aura protectora. Se debatió a la
desesperada el infame monstruo, con zarpas y colmillos, pero Caramon, que no
se había derrumbado al dictarle la experiencia cómo apoyar y flexionar las
piernas, le arrancó del cuerpo del otro héroe y hundió en su carne la espada,
en el instante en que invocaba un nuevo sortilegio.
La figura del draconiano se disolvió en una gelatinosa charca de
líquido amarillento. Manaron de esta laguna unas nubes de humo maloliente,
emponzoñado, que se esparcieron por el recinto.
—¡Salvémonos!
Era Tanis quien así gritaba. Uniendo la acción a la palabra, el
semielfo fue hasta una ventana y, entre toses, medio intoxicado, llenó sus
pulmones de fresca brisa.
—¡Tas! —llamó él mismo al hombrecillo—. ¡Has cometido un error!
¡Creo haberte dicho que debíamos ir hacia el noroeste!
—¡Piensa en el noroeste, Runce! —oyó que el kender apremiaba al
enano.
—¿Runce? —susurró Caramon, mirando a su amigo con repentina
alarma.
—¿Cómo puedo dar dos indicaciones contrapuestas? —protestó la
aguda voz del gully—. ¿Quieres ir al norte o al oeste? ¡Decídete!
—El noroeste es un único sentido, y muy concreto —empezó a
explicarle Tasslehoff. —No importa —rectificó—, visualiza tú el
norte y yo transmitiré la orden del oeste. Quizá así surta efecto.
Cerrando los ojos, el hombretón exhaló el suspiro del derrotado
y se reclinó contra el muro.
—¿Qué te parece, Tanis, les auxiliamos?
—No hay tiempo —contestó el aludido, también desazonado pero
con la espada en alto—. Ahí vienen.
Se refería a los soldados de piel escamosa, que se habían
reagrupado. Pero la muerte de su adalid y su absoluta incapacidad para entender
lo que estaba aconteciendo en su ciudadela hizo que éstos, desconcertados, se
contentaran con mirarse de hito en hito entre sí y al enemigo. Durante este
lapso de inactividad el castillo alteró, por enésima vez, su trayectoria,
ahora hacia el noroeste y cayendo durante varios metros, como si lo zarandeara
una huracanada ráfaga.
Los miembros de la infame patrulla dieron media vuelta y a
empellones, tropezando y resbalando, acometieron el corredor y atravesaron en
tropel el umbral de la misteriosa estancia por la que habían hecho su
entrada.
—Por fin seguimos el rumbo correcto —confirmó Tanis,
contemplando el panorama desde el ventanal.
Al reunirse con él, Caramon divisó la Torre de la Alta
Hechicería.
—Veamos cómo se las arreglan ahí arriba —propuso el guerrero al
columbrar su destino, y empezó a subir.
—No, no lo hagas —le rogó el semielfo—. Al parecer, Tas conduce
la fortaleza a ciegas. Lo más probable es que tengamos que guiarle. Además, no
me fío de esos draconianos. No me extrañaría nada que volvieran a presentarse
con nutridos refuerzos.
—Una suposición muy lógica —le alabó el fornido humano.
Sin embargo, escudriñó el hueco de la trampilla: no estaba
tranquilo al saberse en manos de quienes él juzgaba como un par de nulidades.
—Llegaremos dentro de unos minutos —calculó el mestizo,
apoyándose displicente en el alféizar—. Pero serán suficientes para que me
hagas una síntesis de los últimos sucesos que has vivido.
—Cuesta creerlo —dijo Tanis cuando el guerrero hubo terminado
su escueto relato—, incluso de Raistlin.
—Cierto —masculló Caramon—; al principio también yo me negué a
prestar oídos a tan descabellada historia. Pero al verlo erguido frente al
Portal, al escuchar todas las enormidades que se proponía hacer a Crysania,
tuve que rendirme a la triste verdad. El Mal con mayúsculas había corroído su
alma y devoraría a todo aquel que le secundase.
—Tienes razón al asignarte la empresa de desarticular sus
planes —admitió el semielfo, estirando el brazo a fin de estrujar aquella
entrañable manaza—. Tus motivos para intervenir en semejante hazaña están más
que justificados, pero opino que no debes entrar en el Abismo tras el
nigromante. Dalamar está en la Torre, apostado en el acceso, y entre los dos
detendréis a Raistlin en cuanto se persone, sin necesidad de que te aventures
en el plano de ultratumba.
—No, Tanis —le desengañó el hombretón—. Dalamar fracasó en su
anterior enfrentamiento con mi gemelo. Estoy persuadido de que el archimago le
domina, que un terrible accidente impedirá al elfo oscuro impedir su cometido.
—Al percibir que su amigo le observaba suspicaz, el guerrero resolvió
sincerarse—. El término «persuadido» era un eufemismo; está escrito que el
aprendiz no sobrevivirá.
Y, tras hurgar en su mochila, sacó a la luz las primorosamente
encuadernadas Crónicas.
—¿Ni siquiera el
conocimiento del futuro puede darnos una ventaja? —apuntó el otro héroe—. Si
llegamos antes de que se produzca el evento, acaso lo modifiquemos.
Sin responder a tan absurda teoría, Caramon buscó la página que
había señalado en el tomo. Tragó saliva, emitió un silbido apenas audible y,
aclarada la garganta, aguardó.
—Me tienes sobre ascuas —le recriminó Tanis, quien, impulsivo,
tensó el cuello a fin de leer él mismo el párrafo.
—Yo te lo contaré —determinó el gigantesco humano. Cerró el
ejemplar y, eludiendo los ansiosos ojos de su compañero, le aclaró—: A Dalamar
lo destruirá Kitiara.
5
La Avenida de la Muerte
Dalamar estaba solo en el laboratorio de la Torre de la Alta
Hechicería. Los guardianes, tanto los vivos como los de ultratumba, ocupaban
sus puestos en la entrada y esperaban, vigilantes.
Desde la ventana de la sala, el elfo oscuro vio cómo ardía la
ciudad de Palanthas y también, debido a la ventajosa situación de su atalaya,
siguió el proceso de la contienda. Había detectado al caballero Soth cuando
cruzaba las puertas, fue testigo de la dispersión y caída de los soldados
solámnicos y del lanzamiento de los draconianos hacinados en la ciudadela.
Durante todas estas fases de la lucha los dragones batallaron en las alturas y,
en consecuencia, su sangre inundó cual una teñida lluvia las calles de la
ciudad.
El último espectáculo que se le ofreció, antes de que las
volutas de negro humo procedentes de los múltiples incendios nublasen su
visión, fue el del castillo volador en dispar avance hacia él. No cabía tildar
de otro modo el vuelo del artilugio, que de pronto parecía errar a la deriva,
luego tomaba una marcha más regular y en una tercera instancia, sin que ningún
factor externo lo justificase, alteraba el rumbo y se dirigía directamente a
las montañas tras las que había surgido. Asombrado, el acólito espió sus
evoluciones durante unos minutos y se preguntó qué significaban. ¿Era así como
Kitiara pretendía introducirse en la Torre?
El hechicero tuvo un espasmo de miedo. ¿Podía volar la ciudadela
sobre el Robledal de Shoikan sin peligro? ¡Por supuesto que sí! Apretó el puño,
recriminándose su negligencia al no plantearse tal probabilidad, y escrutó el
panorama que, con la humareda, no tardaría en difuminarse. A través de un claro
fugaz entre las brumas, divisó la fortaleza: una vez más, torcía ésta su
trayectoria, haciendo eses en el cielo como un borrachín que buscara su
olvidado hogar.
Se movía, de nuevo, hacia la mole, pero a una velocidad que no
excedía la de un caracol. ¿Qué ocurría? ¿Habían herido quizás al piloto, a la
privilegiada criatura que la gobernaba? Dalamar aguzó los sentidos, ansioso de
pistas, un intento que no dio fruto a causa de la creciente densidad de la
neblina que, además, la brisa transportó hasta formar una cortina delante
mismo de las cristaleras. La ciudadela se desdibujó, a la par que impregnaba el
ambiente un intenso olor a cáñamo y brea quemados, que el mago atribuyó al
incendio de los almacenes.
En el instante en que se alejaba, blasfemando, del ventanal,
atrajo su atención un ígneo fulgor en un edificio que se alzaba frente al suyo,
aunque a prudencial distancia: el Templo de Paladine. Vislumbró, incluso entre
las tinieblas, cómo aumentaba el brillo, y se representó en la mente a los
clérigos de blanco atavío en el acto de aplastar a sus enemigos pertrechados
con bastones y rotundos mazos, pero, eso sí, rogando a su dios.
Esbozó una sarcástica sonrisa y atravesó a toda prisa la
estancia, sin detenerse en la gran mesa de piedra donde antes yacieran sus
frascos, tarros y alambiques, que él mismo había apartado a fin de instalar
libros de encantamientos, pergaminos y artilugios arcanos. Dedicó, en su
presuroso andar, una enésima ojeada a tales objetos, con el propósito de
asegurarse de que todo estaba dispuesto y continuó recorriendo los anaqueles
donde se alineaban los volúmenes encuadernados en azul marino de
Fistandantilus y, al lado, los no menos esotéricos tomos negros de Raistlin.
Ya en la puerta del laboratorio, la abrió y pronunció una palabra, una orden,
que se deshizo en mil ecos en la penumbra de los pasillos.
No cayó su invocación en el vacío. Un par de ojos destellantes
se materializaron de inmediato frente a él y un cuerpo espectral, que mudaba
sus contornos al compás de las ráfagas del viento.
—Quiero que apostéis centinelas en la cúspide de la Torre
—impartió el elfo sus instrucciones.
—¿Dónde exactamente, aprendiz? —consultó el fantasmal esbirro.
—En el acceso de la azotea y la Avenida de la Muerte —concretó
Dalamar.
Oscilaron las llamas de las etéreas pupilas en señal de
asentimiento, y se evaporó el ente del más allá. El acólito volvió a la cámara
e hizo ademán de cerrar la puerta tras él, pero se interrumpió en un titubeo
nacido de sus reflexiones. Podía formular un sortilegio que evitase la
irrupción de visitantes poco gratos en el laboratorio, una medida que Raistlin
adoptaba siempre que deseaba poner en práctica algún experimento
particularmente complicado, en el que cualquier intruso podía desencadenar
fenómenos desastrosos. En algunos de sus hechizos, inhalar aire a destiempo
equivalía a liberar fuerzas capaces de derrumbar los muros desde los mismos
cimientos. Extendidos sus delicados dedos sobre la superficie de madera, el
espía comenzó a ordenar los versículos.
Lo pensó mejor, y renunció. «Si necesito ayuda —se dijo—, los
custodios han de traspasar el umbral del aposento sin trabas de ninguna clase.
Según la naturaleza del atolladero en que me encuentre, no, atinaré a anular el
escudo.» Retrocedió entonces al punto donde había iniciado su deambular y se
sentó en la confortable butaca que era su favorita, la que había transportado
desde su alcoba para paliar la fatiga de su vigilia.
«No atinaré a anular el escudo», repitió y, arrellanándose en
los mullidos cojines de terciopelo que engalanaban su asiento, caviló sobre la
muerte. Era ineludible, en tales circunstancias, mirar el Portal. Su
apariencia era la de costumbre: las cinco cabezas de dragón, cada una de un
color diferente, se inclinaban hacia el interior, abiertas sus bocas en silenciosos
bramidos por los que rendían tributo a su Reina. Sí, aquellos cráneos
reptilianos se mostraban apagados, carentes de actividad, y la vacuidad del
otro lado sugería un desierto eterno e inmutable, idéntico al de otras
ocasiones. ¿O no? Dalamar pestañeó, porque, aunque podía tratarse de una
jugarreta de su turbada imaginación, creyó percibir que los ojos de los
animales irradiaban unos tenues resplandores.
Se le tensaron los músculos del cuello, le afloró el sudor a los
poros de las palmas de las manos y hubo de frotar éstas en la túnica. ¿Se
acercaba la hora de la verdad, aquella en la que exhalaría su último suspiro?
Tanteó las argénteas runas que, bordadas, festoneaban el pectoral de su
atuendo, runas que obstruirían o repelerían ciertos ataques. Examinó sus
manos, el relumbrar de una bella esmeralda que, montada sobre platino,
configuraba una sortija de poderes curativos. Era una herramienta poderosa, el
único inconveniente estribaba en que sus facultades sólo podían utilizarse una
vez.
Con precipitación, el acólito revisó las enseñanzas que le había
impartido Raistlin sobre los métodos que permitían juzgar si una herida era
letal y debía sanarse en seguida o si, por el contrario, resultaba preferible
no malgastar las virtudes de la joya.
Un escalofrío fustigó al elfo. Casi podía oír la voz del shalaji
enumerando y describiendo los distintos grados de dolor, sentía las yemas
del nigromante, dotadas de aquel extraño calor interior, en un ágil recorrido
por su anatomía para señalar las zonas vitales. De manera mecánica, Dalamar se
llevó la mano al torso y palpó las cinco llagas que imprimiera en él su
maestro, siempre sangrantes y purulentas. Al mismo tiempo, los ojos del
archimago se siluetearon en su memoria, dorados, mortíferos, similares a espejos
que invitaban a contemplar no la vida, sino la podredumbre que anidaba en cada
mortal.
Deseoso de conjurar su estremecimiento, el aprendiz se exhortó
al optimismo. «Me rodean campos de energía de probada eficacia que, activados
en conjunción con mis portentos personales, me mantendrán inmune a las peores
agresiones arcanas. Tengo experiencia en el arte y, aunque mis conocimientos no
sean equiparables a los del shalafi, él retornará débil, maltrecho, al
borde del colapso. No ha de serme difícil destruirle. ¿Por qué, dada mi
superioridad, me asfixia literalmente el pánico?»
Tañió, una sola vez, una campana de plata. Dalamar se levantó,
reemplazadas sus vagas aprensiones por el miedo a algo tangible. Al asaltarle
este sentimiento más punzante, las vísceras de su cuerpo se endurecieron en
estado de alerta, la sangre se le heló en las venas y se disiparon las sombras
de sus ensoñaciones. En definitiva, recobró el control.
El musical repicar anunciaba la presencia de alguien que, tras
abrirse paso en el Robledal de Shoikan, había llegado a la puerta principal de
la Torre. La reacción ordinaria del hechicero frente a la visita inopinada de
un huésped habría sido abandonar el laboratorio y, mediante la magia,
encarnarse de nuevo bajo el dintel para interrogarle. Pero ahora no osaba
dejar el Portal. Era imprescindible permanecer siempre al acecho y más aún
habida cuenta de que, como antes atisbara, las pupilas de los dragones se
habían iluminado. Estudió el prodigio y, tras cerciorarse, posó la vista en la
nada que se desplegaba en la retaguardia. También desde allí recibió aviso de
que algo iba a acontecer, en forma de una ondulación en el aire que, cual un
rizo en un sereno lago, presagiaba eventos inminentes.
No, no podía acudir, debía confiar en los guardianes. Arrimó el
oído a la hoja de la puerta, a la expectativa, hasta que sus tímpanos captaron
los sonidos amortiguados de lo que tomó por unos gritos y el estruendo del
acero. Sobrevino luego el silencio y, confundido, contuvo el resuello, de tal
manera que sólo los latidos de su corazón rompían la calma.
Decidiendo que los espectros habían solventado el asunto, y en
su afán de descubrir la ciudadela, hizo una nueva intentona en la ventana. No
distinguió nada en absoluto, se diría que el humo se había solidificado en una
lóbrega pared. Retumbó un trueno en lontananza, ¿o se trataba de una explosión?
¿Quién era el inconsciente que se había internado en el Robledal?, especuló sin
proponérselo. ¿Un draconiano codicioso de botín, sediento de matar? Un sujeto
de esta raza podría haber superado las pruebas de la arboleda, aunque no el
embate de los formidables inquilinos que él, el aprendiz de nigromancia,
comandaba.
En el fondo, no importaba. Cuando todo hubiese pasado, bajaría a
la planta inferior y reconocería el cadáver.
— ¡Dalamar!
El corazón le dio un vuelco, el pavor se mezcló a la esperanza
en sus entrañas al escuchar aquella voz familiar.
—Sé precavido, amigo —se aconsejó a sí mismo en un susurro—. Ha
traicionado a su hermano, y también a ti. No descuides las defensas.
Sin embargo, a pesar de su determinación, le temblaban la manos
mientras, despacio, caminaba hacia la puerta.
—¡Dalamar! —La dama apelaba a él en una segunda invocación en
la que la inflexión de su acento, un leve quiebro, denunciaba sufrimiento y
terror. Un ruido sordo en el exterior, sucedido por el roce de un cuerpo contra
la puerta, ribeteó otra llamada más, ésta debilitada—: Dalamar.
La mano del aludido aferraba ya el pomo de la puerta. A su
espalda, de los ojos de los dragones, dimanaban haces rojizos, blancos,
azules, verdes y negros.
—Dalamar —persistió Kitiara en un balbuceo—, he... venido a...
darte mi respaldo.
Cauteloso, el mago abrió la puerta. Kit yacía en el suelo, a sus
pies, en tan lamentable condición que el acólito quedó sin habla cuando se
expuso a su escrutinio. Si antes se cubría con una armadura, manos inhumanas
habían arrancado las piezas para someterla a un bárbaro asedio que se plasmó en
una serie de surcos en su piel, hollados por cortantes uñas. La prenda que,
negra y ajustada, lucía la fémina debajo del metal había sido desgarrada hasta
reducirla a harapos, revelando su curtida epidermis, los níveos senos.
Rezumaba la sangre a través de un tajo en una pierna y las botas de cuero no
habían corrido mejor fortuna: los asaltantes las hicieron trizas. No obstante,
la mujer miró al hechicero sin que sus facciones, sus transparentes iris
reflejaran el más mínimo menoscabo en su serenidad. Sostenía en la palma de una
mano la alhaja que, a guisa de talismán, le obsequiara Raistlin a fin de que
coronara ilesa la travesía del Robledal, y el influjo de ésta impidió que se
amilanara en el altercado.
—He conservado mi fuerza, aunque a duras penas —declaró. Se
entreabrieron sus labios en aquella ambigua, tentadora sonrisa que encendía la
pasión de Dalamar, y le tendió los brazos a la vez que solicitaba—: Puesto que
he resuelto ayudarte, haz tú algo por mí e incorpórame.
Encorvándose, el aprendiz asió a la dama por el talle y la alzó.
Tanto impulso tomó, que sus cuerpos se entrechocaron y el elfo sintió, al
entrar en contacto, que el cuerpo de Kitiara se agitaba en trémulas
convulsiones. Meneó la cabeza, sabedor de que un singular veneno circulaba
junto a sus fluidos vitales, y la arrastró hacia el interior en un firme
abrazo.
Después de que su cayado viviente atrancara la puerta, la joven
murmuró:
—¡Oh, Dalamar!
Tenía los ojos fuera de las órbitas, y el acólito comprendió
que iba a desmayarse. Terminó de estrecharla entre sus viriles brazos y ella
apoyó la cabeza contra su pecho, respirando aliviada.
Inundó las ventanas nasales del mago la embrujadora fragancia
adherida a los cabellos de la dignataria, aquella mixtura en la que al perfume
natural se sumaban efluvios de batallas, remembranzas hechas olor. Vibró la
sinuosa figura y, al apretar él el abrazo, Kit despegó los párpados y dijo,
contemplándole:
—Ya estoy mejor.
Sus manos descendieron a la altura del vientre de Dalamar,
quien, demasiado tarde, tomó conciencia de un siniestro centelleo en los mares
color pardo de sus pupilas y de la mueca en la que, ahora, se había torcido su
boca. Demasiado tarde vio el gesto brusco de su brazo derecho, demasiado tarde
notó la fría textura del arma que le apuñalaba.
—Lo hemos conseguido —vociferó Caramon, erguido en el ruinoso
patio de la ciudadela flotante para otear mejor los tortuosos robles que, por
un efecto óptico nada infrecuente, reculaban en la lejana tierra.
—Así es, al menos de momento —masculló Tanis.
A pesar de la distancia que se interponía entre ellos y las
copas de los árboles, una marea de odio y apetito de carne fresca, tersa, se
elevaba hasta su altura como si los guardianes pudieran hincarles la zarpa y
succionarles. Tiritando, el semielfo se obligó a centrar sus esfuerzos en
hallar un sistema para descolgarse en la cúspide de la Torre de la Alta Hechicería,
que se perfilaba con nitidez.
—Si podemos colocarnos estratégicamente —planteó a Caramon, con
el mayor volumen de voz que admitían sus cuerdas vocales a fin de imponerse al
ulular del viento—, nos dejaremos caer en ese pasadizo que hay en lo alto.
—La Avenida de la Muerte —especificó el guerrero.
—¿Cómo?
—Ese «pasadizo» al que aludes se denomina la Avenida de la
Muerte —repitió el hombretón, al mismo tiempo que acortaba la distancia que lo
separaba de su amigo tanteando el terreno que pisaba, ya que si se despeñaba,
se precipitaría en aquel océano de ominoso ramaje—. Fue allí donde se encaramó
el hechicero perverso antes de maldecir la Torre y lanzarse sobre la verja,
según la versión de los hechos que me relató Raistlin.
—Tanto el apelativo como las connotaciones son de lo más
estimulantes —rezongó el semielfo.
Las columnas de humo se arremolinaban en su derredor,
dificultando la observación que, en perspectiva, habrían disfrutado de los
árboles. El compañero semielfo trató de descartar de su pensamiento los
sucesos que se desarrollaban en la ciudad. Le bastaba con haber avistado el
Templo de Paladine en un círculo flamígero.
—Tendrás tan presente como yo —apuntó, y se agarró al hombro de
Caramon en el mismo límite del patio— que Tasslehoff podría provocar una
colisión contra la mole.
—Si hemos llegado hasta los aledaños del edificio es porque nos
guían los dioses —le sermoneó el luchador—. No hay razón para que dejen de
hacerlo.
—Esa sentencia —repuso Tanis, parpadeando como si temiera no
haber oído bien— no armoniza con el jovial mercenario con el que compartí
tantas correrías.
—Aquel muchacho inmaduro murió —aseguró el otro, más pendiente
de su ya cercano destino.
—Lo lamento —fue todo lo que el semielfo acertó a susurrar,
dulcificado en un suspiro el rictus de amargura que había deformado sus
mandíbulas.
El hombretón se encaró con él y, límpidos sus ojos aún jóvenes,
le corrigió:
—No es la lástima el sentimiento adecuado, querido amigo. Al
enviarme al pasado, Par-Salian me explicó que yo salvaría un alma y que, por
lo tanto, mi misión revestía una gran trascendencia. Me figuré que se refería a
la de mi gemelo, pero ahora sé que me equivoqué en mis presunciones y que era
mi espíritu el náufrago que tenía que rescatar. Vamos —cambió de tema, tenso—,
no se presentará una oportunidad mejor para saltar.
Apareció bajo sus pies un balcón que circundaba la plataforma
superior de la sede del Mal, apenas visible en la brumosa atmósfera. El
vértigo se apoderó de Tanis, manifestándose en una súbita náusea y la
sensación, aunque su raciocinio le decía que era imposible, de que la Torre
giraba y él era el inamovible eje central. A medida que se aproximaban, le
había sorprendido su colosal tamaño y ahora, sin embargo, se le antojó que
debía arrojarse desde un vallenwood al tejado de una casa de juguete.
Para empeorar las cosas todavía más, la fortaleza siguió
navegando inexorable, ajena a la desazón del héroe, hacia aquel portaestandarte
de todo lo vil, y los torreones, con sus techumbres de sanguinolentas tejas,
danzaron frente a sus pupilas en un mareante vaivén. Pero no era su mente la
única culpable: también los timoneles, el kender y su ayudante gully
contribuían al espejismo con las continuadas sacudidas y descompensaciones de
altura que provocaba su torpe manejo.
—¡Adelante! —ordenó Caramon y, dando el ejemplo, se aventuró en
el espacio.
Una sortija de humo envolvió a Tanis y, tras cegarle de forma
momentánea, paso de largo, prueba indefectible de que la ciudadela no había
cesado de moverse. De pronto al despejarse de nuevo su visión, se moldeo ante
el un pilar de roca negra. O se decidía a saltar o quedaría aplastado. Optando
por el primer azar, más prometedor, imitó al guerrero en el instante en el que
un estrépito discordante, chirriante, rasgaba el aire sobre su cabeza. Presa
de una plomiza gravidez, el semielfo se precipitó, en una nada informe que solo
poblaban las tinieblas. No dispuso mas que de una tracción de segundo para
flexionar sus entumecidas piernas, al materializarse a escasos centímetros las
losas que delimitaban la azotea de la Torre.
Aterrizó con un batacazo que transmitió punzadas de dolor a
todos los huesos de su esqueleto y le dejó tundido, sin aliento. Tan sólo un
instinto innato, el sentido de la supervivencia inherente a cualquier criatura,
le permitió rodar sobre su vientre y cobijar la cabeza entre los brazos al
llover a su alrededor fragmentos de piedra, que se habían desprendido.
El guerrero, plantado sobre sus robustas piernas, rugió:
— ¡Rectifica el itinerario! ¡Debes ir hacia el norte! Una voz
chillona, apenas audible para el conmocionado Tanis, aulló desde el alcázar:
— ¡Al norte, Runce! ¡Y en línea recta, no te desvíes!
Se diluyó el áspero matraqueo que atronaba la atmósfera y, al
alzar receloso la mirada, el barbudo semielfo comprobó a través de una fisura
en la humareda que la fortaleza enfilaba su nueva trayectoria en una
singladura que, entre aéreos meandros, había de conducirla al palacio de
Amothus.
—¿Te has hecho daño? —se interesó Caramon por su amigo mientras
le izaba.
—No —contestó el otro héroe y, secándose un hilillo de sangre
que asomaba por las comisuras de sus labios, apostilló—: No mucho, pero me he
mordido la lengua y resulta doloroso.
—La única vía para entrar es ésta —informó el gigantesco
humano, y encabezó la marcha por la azotea hasta una puerta que, cerrada y
atrancada, se oponía a su avance.
Temeroso de que los custodios del recinto montaran guardia en
la Avenida de la Muerte, como así era, el astuto guerrero la había sorteado con
sigilo. Ahora no tenía más remedio que arriesgarse, por no existir otros
accesos cercanos.
—Habrá centinelas en el interior —pronosticó—, y no
encontraremos ningún modo de escabullirse.
El hombretón retrocedió, indiferente a sus propios augurios,
para tomar carrerilla y descargar el peso de su poderosa estructura contra la
puerta. Se abalanzó con el ímpetu de un ariete empujado por un ejército,
dejando que le detuviera el impacto mismo. Las planchas de madera crujieron, se
quebraron, despidieron astillas, pero resistieron el embate. Caramon, tenaz,
se frotó el hombro y volvió a retroceder para repetir la operación. Examinó el
marco, acumuló energías y arremetió. Esta vez el obstáculo cedió, se derrumbó
y arrastró al esforzado atacante.
Penetrando en la Torre, Tanis espió la penumbra reinante hasta
distinguir a Caramon tumbado en el suelo, sobre una alfombra de virutas. El
semielfo estiró el brazo con objeto de auxiliar a su compañero, pero se
paralizó.
— ¡En nombre del Abismo! —renegó, atascado el aire en su
garganta.
El luchador se puso de pie y se limitó a confirmar, con aparente
hastío:
—Sí, ya me había tropezado con esos entes.
La causa de tan breve diálogo eran dos globos oculares que,
carentes de cuencas, flotaban delante de ellos, translúcidos en sus destellos
indefinibles y casi irreales.
—No consientas que te toquen —avisó el guerrero en voz baja—.
Absorberían tus esencias vitales.
Las pupilas estrecharon filas, y el humano escudó presto al
semielfo.
—Soy Caramon Majere —se identificó frente al espectro—, hermano
de Fistandantilus. Ya me conoces; nos vimos en tiempos remotos.
Cejaron los ojos en su pulular y Tanis, precavido pero sin
amedrentarse, les mostró el brazo de la pulsera. Los fríos focos de luz se
reflejaron en la exquisita talla de orfebrería mientras su portador se
presentaba, al igual que hiciera el otro visitante.
—Soy un aliado de Dalamar, tu amo; fue él quien me regaló la
pulsera.
No pudo extenderse en su plática porque, de repente, una garra
atenazó su brazo. Un espasmo lacerante recorrió sus entrañas, interrumpió su
palpito y, bamboleándose, estuvo a punto de caer. Por fortuna, Caramon se
hallaba a su lado y le sostuvo.
—¡La alhaja se ha esfumado! —exclamó el semielfo.
—¡Dalamar! —colaboró el guerrero a la causa común de su
salvación, con una voz cavernosa que arrancó ecos de las paredes de la cámara—.
¡Soy yo, Caramon, el gemelo de Raistlin! Tengo que atravesar el Portal. Estoy
seguro de poder desbaratar los planes del archimago. ¡Manda a tus guardianes
que se retiren, Dalamar! —le conminó.
—Quizá sea demasiado tarde —masculló el otro héroe de la Lanza,
mirando aquel par de candiles fantasmales que permanecían al acecho—. Si Kit
se nos ha adelantado, lo más probable es que el aprendiz haya muerto.
—En ese caso, nosotros no tardaremos en sucumbir —afirmó
Caramon.
6
Una Incursión en las tinieblas
— ¡Maldita seas, Kitiara!
El sufrimiento acalló a Dalamar como una mordaza.
Tambaleándose, el acólito se puso una mano en un costado y notó la cálida
afluencia de sangre.
Ninguna sonrisa de triunfo iluminó la faz de la agresora. Si
algo se grabó en ella fueron más bien las arrugas del miedo, de la
incertidumbre, al advertir que un golpe letal había errado en su diana. «¿Por
qué?», se preguntó en un arranque de furia. Había matado con idéntico proceder
a centenares de hombres, ¿cómo era posible que fallase ahora? Tras soltar el
cuchillo, desenvainó la espada y atacó en una misma secuencia.
El acero silbó en el aire debido a la fuerza de la embestida,
pero se estrelló contra un muro sólido. Brotaron las chispas al tomar contacto
el metal con el escudo mágico que el hechicero había invocado como protección
personal, y un impacto paralizador iniciado en el filo recorrió el arma, la
empuñadura y el brazo que la blandía. La espada se deslizó de la mano
entumecida a la vez que, sujetándose el brazo, la perpleja Kit hincaba la
rodilla en el suelo.
Dalamar se recobró del efecto abrumador del aguijonazo. Los
encantamientos defensivos tras los que se parapetaba eran fruto de un acto
reflejo, el resultado de numerosos años de práctica. Ni siquiera necesitaba
formularlos de manera consciente: un simple atisbo de peligro activaba estos
resortes de su sapiencia, que en nada se asemejaban a los que había reservado
para el enfrentamiento contra el shalafi. Sea como fuere, no debía
desestimar las cualidades guerreras de la mujer que se hallaba postrada en el
laboratorio y, mientras ejercitaba la mano derecha, que quedó insensibilizada,
estiraba la izquierda en busca de su arma.
La lucha había comenzado.
Con felina agilidad, la dama se enderezó. Ardía en sus ojos la
fiereza de la batalla, la lujuria casi sexual que la consumía siempre que
peleaba y que Dalamar había detectado en otras pupilas, las de Raistlin cuando
vagaba en el éxtasis de su magia. El elfo oscuro sofocó una sensación
agobiante nacida en los recovecos de su ser y trató de conjurar, asimismo, el
pánico y el dolor a fin de concentrarse exclusivamente en los sortilegios
apropiados.
—No me obligues a matarte, Kitiara —la amenazó, deseoso de
ganar tiempo y recuperar su fuerza.
Sus energías crecían por segundos, pero, una vez recuperadas,
tenía que conservarlas intactas. De nada le serviría abatir a Kitiara para
perecer, poco después, a manos de su hermanastro. Vencido su primitivo impulso
de llamar a los guardianes, ya que si la mujer los había burlado en el
altercado del vestíbulo merced, sin duda, a la joya nocturna que le otorgase
Raistlin, volvería a ahuyentarlos sin dificultad, el taimado aprendiz recurrió
a otra iniciativa.
Reculando unos pasos frente a la Señora del Dragón, el
hechicero se acercó a la pétrea mesa donde descansaban sus artilugios arcanos.
Localizó discreto, por el rabillo del ojo, una varita de oro que relumbraba
en la exigua luz del aposento, y perfiló su plan. Era imprescindible conjugar
con precisa exactitud las distintas fases, ya que el uso de la áurea pieza
exigía disolver antes el escudo invisible. Leyó en la mirada de la Dama Oscura
que había adivinado sus confabulaciones, que aguardaba ansiosa cualquier desliz
para acometerle.
—Has sido engañada, Kitiara —dijo con su acento más sugerente,
abrigando la esperanza de distraerla.
—¡Por ti! —le espetó ella, enojada.
Asió entonces un candelabro de plata, consistente en un macizo
pedestal y varios brazos de elegante diseño, y se lo arrojó a su adversario.
El proyectil rebotó contra el muro mágico y, sin infligir daño a la supuesta
víctima, cayó a sus pies. Una nube de humo procedente de las velas se elevó en
volutas sobre la alfombra, pero el conato de incendio fue extinguido por la
propia cera al derretirse.
—Por el caballero Soth —afirmó Dalamar.
— ¡Ja! —se mofó la dignataria.
Una redoma sucedió al candelabro en su aérea trayectoria, con
un desenlace menos venturoso, puesto que, al topar contra la barrera, se
desintegró en una rociada de cristales. Al ver cómo volaban los añicos en todas
direcciones, Kitiara agarró otro candelabro de plata, pareja del anterior, y le
dio idéntico trato. Su obstinación no era consecuencia de la ignorancia.
Conocía de sobra los sistemas para derrotar a los magos de mayores o menores
virtudes. Si lanzaba a su oponente todos aquellos proyectiles era precisamente
porque quería debilitarle, forzarle a emplear sus facultades en mantener
íntegro el escudo en detrimento de otras argucias.
—Has encontrado Palanthas fortificada —argumentó el elfo con su
objetivo, la varita, casi al alcance—. ¿No intuyes el motivo? Es muy sencillo,
se declaró en la ciudad el estado de sitio después de que tu desleal esbirro me
comunicara tus designios. Me aseguró que asediarías la ciudad a fin de ayudar
al shalafi de tal suerte que, cuando cruce el Portal e incite a hacer lo
mismo a la Reina de la Oscuridad, tú puedas brindarle la acogida de una amante
hermana y contribuir a exterminar a la soberana.
Tan convincente fue el discurso, que la fémina hizo una pausa.
Incluso la espada descendió unos milímetros, un tramo inapreciable pero
significativo.
—¿Soth te contó todo eso? —indagó.
—Así es —se ratificó el acólito, aliviado ante los titubeos de
aquella férrea contrincante.
Las molestias de su herida habían remitido, aunque perduraba
una secuela a modo, acaso, de recordatorio sobre la pericia de la mujer. Sin
perder a ésta de vista, el aprendiz se aventuró a reconocer el lugar donde el
acero había hendido su carne y halló su ropa adherida, tosco remedo de un
vendaje. La hemorragia se había contenido.
—¿Por qué? —insistió Kit, enarcando las cejas en una parodia de
asombro—. ¿Qué gana Soth vendiéndome a ti, elfo oscuro?
—Tu posesión —susurró el aludido, malicioso, insinuante—.
Pretende hacerte suya por el único medio que se le ofrece.
Cual una afilada aguja, el terror penetró los órganos de la
mandataria hasta clavarse en su corazón. Evocó el macabro acento que
festoneaba la voz hueca del Caballero de la Rosa Negra al sugerirle, porque la
idea partió de él, que redujera a los palanthianos. Trocada su rabia en pánico,
entre convulsiones, se dijo asimismo, que los centinelas le habían empozoñado,
que los arañazos de sus brazos recogieron la funesta dádiva de los fantasmas
que los flagelaron y, de nuevo, creyó sentir el tacto glacial de sus zarpas.
La ración del veneno y la nebulosa efigie de Soth nublaron su raciocinio y
apenas columbró la sonrisa victoriosa de Dalamar.
Mientras su rival combatía con denuedo el pavor, el vahído, el
acólito aprovechó un momento en el que ella había ladeado el rostro en un vano
afán por disimular sus emociones para comprobar la situación de la varita,
tanteando el borde de la mesa.
Kitiara hundió los hombros, la cabeza. Sostenía la espada con la
muñeca laxa y utilizaba la otra mano para manosear la hoja, en el gesto de
quien ha sido vencido. Sin embargo, este alarde de flaqueza física era puro
fingimiento. El brazo que sostenía la espada se había fortalecido, la sangre
volvía a circular e infundirle vitalidad, y también su pensamiento se había
centrado. Era su propósito dar a entender al elfo que había quedado desvalida.
«Dejemos que se recree en sus laureles —proyectó—, y en cuanto pronuncie una
sílaba arcana le abriré en canal.»
Aguzó el oído, ya que era demasiado arriesgado espiar al otro
contendiente con los ojos; pero nada percibió salvo el suave crujir de las
negras vestiduras y una entrecortada cadencia respiratoria. ¿Era cierto lo de
Soth? Y, en caso afirmativo, ¿qué importaba? En el fondo resultaba divertido.
Otros pretendientes habían incurrido en peores avatares para obtener su favor
y, pese a sus artimañas, seguía libre. Resolvió que tendría tiempo más tarde
de escarmentar al espectro. Ahora debía ocuparse de otro comentario de Dalamar,
concerniente a Raistlin, que la intrigaba sobremanera. ¿Podía el nigromante
destruir a la soberana de las tinieblas, o sería ella quien le pulverizase?
La perspectiva de que el archimago consiguiera atraer a Takhisis
a su plano de existencia espantaba a la Señora del Dragón. Más que eso, la
horrorizaba.
«Te fui útil una vez, ¿no es verdad, Oscura Majestad? —pensó—.
Entonces no eras sino una sombra en este lado del espejo, pero, si adquieres la
supremacía, ¿qué puesto me asignarás en el mundo? Ninguno, porque me
aborreces tanto como yo a ti.
»En lo relativo a esa viscosa larva que tengo por hermano, hay
alguien que le aguarda impaciente: Dalamar. Pertenece a su shalafi en
cuerpo y alma, su aspiración es respaldarle y no interceptarle el paso cuando
asome tras el Portal. No, querido amante, tus embustes no han de embaucarme.
Confiar en ti es un lujo demasiado caro.»
El aprendiz reparó en que Kitiara se estremecía, que sus
magulladuras asumían una tonalidad cárdena. Era obvio que se estaba
debilitando, ya que no le concedía tanta voluntad como para inocular una dosis
de euforia, ni siquiera pasajera, en sus venas, y tenía constancia de los
efectos retardados que un sencillo roce de sus secuaces causaba en quien osaba
desafiarles si no perecía en el acto. Además, no le había pasado inadvertida la
palidez del rostro femenino al mencionar él a Soth. A estas alturas, la dama
ya no podía zafarse a su estulticia al obedecer los consejos del maligno
caballero de ultratumba; aunque, dada la inminencia del fin, era superfluo obcecarse.
«De todos modos —recapacitó el inteligente mago—, su representación de antes
ha sido exagerada. Algo trama; será mejor que no descuide la vigilancia. Mi
sensual amante —parafraseó sin haberlo premeditado—, la confianza es un error
que no he de permitirme.»
Tanteó la superficie de roca y, agarrando la varita, la
esgrimió, al mismo tiempo que entonaba el versículo que neutralizaría el
escudo. En aquel instante la dignataria dio media vuelta y trazó un sesgo en
el aire, manejando la espada con ambas manos para asestar un golpe más fuerte.
La estocada habría decapitado al elfo de no haber encorvado éste la espalda
al alargar el brazo hacia el ingenio.
Tal como sucedieron las cosas, el filo cortó el omóplato
derecho y, ensartándolo a considerable profundidad, desgarró músculos y casi
cercenó el brazo. El acólito soltó la varita con un alarido, pero no antes de
desencadenar sus poderes. Un relámpago ahorquillado fulminó el pecho de Kit a
través de tres puntas siseantes, lanzó su contusionado cuerpo hacia atrás y lo
aplastó contra el suelo.
Dalamar se volcó sobre la mesa, jadeante y malherido. La sangre
manaba a rítmicos borbotones de su brazo, un misterio que no desentrañó hasta
unos segundos después, cuando acudieron a su memoria las lecciones de anatomía
de Raistlin. Lo que se vertía era la savia purificada en el corazón, así que
la muerte sobrevendría en un breve lapso. El anillo curativo se ceñía al anular
derecho, en el flanco dañado, de manera que apretujó la esmeralda con los
dedos sanos y farfulló el vocablo que activaba la magia.
Se desmayó, y cayó desplomado en un charco formado por su propia
sangre.
—¡Dalamar! —llamó una voz.
Aturdido, el elfo oscuro rebulló. Un dolor inenarrable sacudió
todo su cuerpo y, entre gemidos, intentó abandonarse a la dulce penumbra del olvido.
Se lo impidió un nuevo grito, urgente y sonoro, que no le daba más opción que
retornar a la vigilia. Con la lucidez vino el miedo.
Hizo ademán de sentarse, estimulado por este sentimiento, pero
el impacto sufrido volvió a azotarle y hubo de desistir. Semiconsciente, notó
que los alvéolos óseos bailaban una siniestra danza y que el brazo diestro
colgaba, tumefacto y sin vida, de su costado. La sortija había evitado que se
desangrase, viviría... para dejar al shalafi el privilegio de aniquilarle.
— ¡Dalamar, soy Caramon! —se identificó el dueño de aquella voz
estentórea.
El aprendiz sollozó esperanzado. Torciendo el cuello, un
movimiento que le exigió un esfuerzo supremo, miró el Portal. Los ojos
reptilianos brillaban con intensidad y, al hacerlo, creaban un aura que se había
difundido por todo su contorno. El vacío bullía en vibraciones, de él brotaba
un viento caliente que acarició sus pómulos. ¿O su temperatura no era tal, sino
que respondía a la fiebre que le consumía?
Oyó un ruido apagado en un umbrío rincón del laboratorio, y le
asaltó una aprensión de otra naturaleza. ¡No, era imposible que Kitiara
hubiera sobrevivido! Rechinante su dentadura, dirigió sus pupilas hacia la
dignataria y distinguió las piezas de la armadura que respetaran los espectros
donde, diáfanas, reverberaban las dimanaciones luminosa de los dragones. La
dama estaba quieta, y se olía a carne quemada. Pero los ecos que suscitaron en
el acólito la necesidad de examinarla habían sido reales.
Extenuado, entornó los párpados. Las tinieblas se arremolinaron
en su interior, deseosas de cobrarse un nuevo habitante para el universo
eterno, y Dalamar se entregó a sus auspicios. De pronto, no obstante, una
orden de su cerebro interrumpió su descanso. Si Caramon no se había personado
en la sala, si se empecinaba en invocarle, era porque los guardianes
obstaculizaban su marcha. Sólo él, amo de aquellos entes infernales, podía
despejarle el camino.
—Escuchad, centinelas, mi mandato, y acatadlo.
Después de alertar a los destinatarios de su mensaje, recitó en
un tartamudeo, hijo de su postración, las frases que inmunizarían al guerrero
contra los formidables defensores de la Torre.
Detrás del elfo, se incrementaban los fúlgidos halos de las
estatuas; delante, en la esquina que escrutara, una mano hurgó en un cinto
ensangrentado y, con su postrer hálito, palpó la empuñadura de una daga.
—Caramon —murmuró Tanis, observando los globos oculares que les
contemplaban—, salgamos de aquí. Subamos a la azotea e inspeccionemos el lugar
para descubrir otra senda.
—No existe tal y, por mucho que insistas, no me iré —se opuso el
guerrero con terquedad.
—¡En nombre de los dioses! —le imprecó el semielfo—. No puedes
luchar contra esas criaturas.
—¡Dalamar! —probó de nuevo suerte el hombretón, a la
desesperada—. Dalamar, no...
Con la misma prontitud con que se extingue el pabilo de una
vela, un soplo apagó los resplandores de las pupilas fantasmales.
—¡Se han difuminado! —cambió de tema el luchador, y echó a
andar a un ritmo impetuoso.
—Podría ser una trampa, una encerrona —le retuvo el otro héroe.
Y, para que Caramon no le ignorase, posó una mano en su brazo.
—No —discrepó éste y reanudó el avance, arrastrando al
compañero—. Aunque no se les vea, su presencia se siente. Yo he cesado de
detectar ese algo indefinible que les denuncia; ¿tú no?
—No, yo recibo una sensación singular —aseveró Tanis.
—En efecto —admitió el fortachón—, pero no la irradian ellos, ni
tampoco guarda relación con nosotros.
Tras emitir su dictamen, el gigantesco personaje descendió a
toda prisa la escalera de caracol que conducía a los aposentos. Había en su
pie, al igual que en la azotea, una puerta, pero ésta la halló abierta. Sabedor
de que el acceso comunicaba el ala superior con el bloque principal del
edificio, hizo una pausa y se asomó sigiloso.
La oscuridad era tan insondable como si la luz aún no hubiese
sido concebida. No ardía antorcha alguna en los pedestales, no se divisaban
ventanas por las que pudiera filtrarse el reflejo difuso, humeante, de la
calle. El semielfo, en esta peculiar atmósfera, tuvo una alucinación en la que
su imagen se adentraba en la negrura y se desvanecía para siempre, fundida en
el devorador maleficio que permeaba cada roca, cada losa. A su lado, se
aceleraron los latidos del guerrero y se tensó su cuerpo.
—¿Qué es lo que hay ahí dentro? —le preguntó al percatarse.
—Nada —le explicó el humano—, tan sólo un pozo hasta la base. El
centro de la Torre es hueco, y unos tramos de pronunciados peldaños se
proyectan en una larga elipse sobre el muro sin más barandilla que el
precipicio. En los rellanos hay entradas a los distintos niveles; si no me
equivoco, estamos en uno de ellos. El laboratorio se oculta dos plantas más
abajo. Tenemos que seguir adelante —exhortó a su amigo—. Mientras perdemos
estos minutos preciosos él se acerca. No te dejes impresionar; lo único que
has de hacer es arrimarte a la pared.
Pero, desmitiendo sus propias palabras de aliento, cerró los
dedos en torno al brazo del semielfo y aminoró la longitud de sus zancadas.
—Un paso en falso en esta lobreguez y ya no tendremos que
preocuparnos por las felonías de tu gemelo —protestó Tanis.
Sus reconvenciones no disuadirían al hombretón y, a decir
verdad, si las expresaba era para desahogar su nerviosismo, no con otra
finalidad. Ciego en aquella noche infinita, avasalladora, visualizó las facciones
de Caramon comprimidas en la actitud de quien, tras debatirse en una
disyuntiva, ha escogido una de las posibilidades y va a llevarla hasta sus últimas
consecuencias. Su gigantesco compañero, pesado y a la vez flexible, andaba sin
vacilaciones, explorando el entorno antes de apoyar un pie. Más tranquilo,
imbuido de la seguridad que le transmitía, el semielfo le siguió.
De manera súbita, al principio de su excursión, los ojos sin
cuencas se les aparecieron de nuevo, flotando cual luciérnagas y clavados en
ellos como si quisieran sorber sus esencias. El héroe semielfo agarró la
espada instigado por un impulso fútil, absurdo en aquellas circunstancias.
Imperturbables, las ígneas pupilas perseveraron en su escrutinio mientras una
voz les indicaba:
—Venid por aquí.
Una mano ondeó en el aire, etérea pero perentoria.
—¡Es imposible orientarse en esta penumbra, maldita sea! —se
rebeló Tanis.
En la incorpórea palma prendió una llama sin candil, no menos
fantasmal. El barbudo semielfo meditó, con un escalofrío, que era preferible
la penumbra; pero se abstuvo de exteriorizarlo, porque Caramon había
emprendido un veloz trotecillo en la que ahora se presentaba como una escalera
circular. Ojos, mano y vela se detuvieron en un descansillo y así lo hicieron
también ellos, ante una puerta franca y, sin pasillo intermedio, una
habitación. Dentro de la alcoba tenían su origen unos haces luminosos que,
aunque tenues, bañaban todo su perímetro. El guerrero se internó y el héroe,
menos robusto, lo hizo tras él, apresurándose a cerrar la puerta de tal suerte
que los globos oculares no pudieran acompañarles.
Se impuso una pausa para echar una ojeada a la estancia, y al
instante la identificó como el laboratorio de Raistlin. Rígido, envarado,
manteniendo la espalda apoyada sobre la madera por si algún inoportuno
engendro intentaba colarse, escudriñó las evoluciones del luchador que, después
de cruzar una parte del aposento, se arrodilló junto a una figura que había en
el suelo, enroscada sobre sí misma en un charco de sangre. «Dalamar», reconoció
el semielfo al avistar la mancillada túnica, pero fue incapaz de reaccionar,
de aproximarse.
La perversidad que rezumaban las brumas del pozo era añeja,
llena de polvo, contaba centurias. La que rebosaba el laboratorio, en cambio,
estaba viva, respiraba y palpitaba. Su faceta gélida se generaba en los libros
de hechicería encuadernados en azul mar que atiborraban los anaqueles, la tibia
se elevaba a partir de una nueva colección de tomos también arcanos que, éstos
negros y con estampaciones configuradas por runas y relojes de arena, se
alineaban a su lado. El horrorizado espectador paseó la mirada entre redomas,
alambiques, y discernió unos pares de ojos que, atormentados, le acechaban a
él. Le asfixiaban los olores de especies, de moho, de rosas y, en una fúnebre
mixtura, le invadió una vaharada que transportaba la dulce acritud de la carne
socarrada.
Fue entonces cuando capturó su atención un destello que,
impreciso, irradiaba de un extremo apartado. Sus dimanaciones eran hermosas y,
sin embargo, le llenaron de sobrecogimiento al recordarle su encuentro con la
Reina de la Oscuridad, la única audiencia que le había concedido. Hipnotizado,
Tanis fijó la vista en aquel espectro albo que se descomponía y sintetizaba al
mismo tiempo en distintos colores, que los encerraba todos y era de uno solo.
Mientras contemplaba el fenómeno agarrotado, preso de una fascinación que le
impedía apartar las pupilas, el remolino se tornó compacto, se definió en las
formas inequívocas de cinco cabezas de dragón.
«¡Es una puerta, un acceso!», concluyó el semielfo. Las cabezas
reptilianas, que se alzaban sobre un estrado, delimitaban el marco ovalado con
sus erectos cuellos vueltos todos hacia el interior y las bocas congeladas en
alaridos, acaso gritos en alabanza a su soberana. El héroe forzó sus sentidos y
atisbo la vacua sima que se anunciaba detrás. Si alguna vez hubo una puerta que
obstaculizara el paso, parecía haberse disipado en la nada. Nadie habitaba la
niebla, pero ese «nadie» se agitaba. El desierto latía. No hubo de barruntar
mucho para adivinar qué anidaba en el reino de negrura que se insinuaba, y
quedó paralizado.
—El Portal —ratificó Caramon sus impresiones, indiferente a su
lividez y al susto que delataban sus ojos desorbitados—. Te ruego que vengas a
ayudarme.
—¿Vas a traspasar el umbral, a pisar la antesala del Abismo?
—indagó Tanis en un bramido salvaje, más aún en contraste con la calma del
colosal humano, y se situó a su lado—. ¡Es una locura!
—No tengo otra alternativa —repuso el interpelado con aquella
expresión de placidez, de serenidad, que había sorprendido a su amigo unas
horas antes.
El semielfo se dispuso a discutir, pero Caramon se desentendió
para observar al herido aprendiz.
—He leído lo que acontecerá; no puedo sustraerme a este hecho
—declaró, anticipándose a las argumentaciones de su compañero.
El que había de ser locuaz objetor se tragó las palabras y,
entre toses, como si aquéllas pudieran atragantarse, hincó la rodilla junto a
Dalamar. El elfo oscuro había conseguido girar su maltrecha figura a fin de
colocarse frente al Portal y, pese a haber sucumbido a un segundo desmayo,
despertó de tales vapores al oír las voces de sus aliados.
—¡Caramon! —increpó al guerrero, en un débil balbuceo y
tratando sin éxito de zarandearlo—. Tienes que reprimir...
—Lo sé, Dalamar —contestó éste con amabilidad—, y cumpliré mi
misión. Pero hay ciertos detalles que me gustaría concretar.
Los párpados del acólito se sellaron temblorosos, confiriendo un
mayor patetismo a su tez cenicienta y, en general, a su aspecto depauperado.
Tanis alargó el brazo en diagonal para buscar el pulso en el cuello del mago.
Pero en el momento en que tocaba la piel, resonó un tintineo en la cámara. Algo
se estrelló contra la placa metálica que le cubría el brazo y salió despedido
en aparatosas piruetas, hasta desplomarse con estrépito. El semielfo bajó la
cabeza, y vislumbró una daga manchada de sangre. Atónito, dio media vuelta y
se puso de pie, desenvainando su acero.
—Kitiara —gimió el yaciente, endeble su voz como sus músculos y
con un ligero asentimiento.
En efecto, un reconocimiento más minucioso le reveló al
semielfo las redondeadas líneas de un cuerpo echado entre las sombras, en un
rincón.
—Así era como debía matarle —rememoró Caramon la historia de
las Crónicas, a la vez que se apoderaba del arma—. Por un abstruso
avatar, Tanis, tu interferencia ha frustrado el atentado.
El semielfo no le escuchaba. Había guardado la espada en su
lugar e iniciado la travesía del laboratorio, un trayecto que no carecía de
escollos. Hubo de patear fragmentos de cristales que se incrustaban en sus
suelas y deshacerse de un puntapié de un candelabro, que a punto estuvo de
provocar su caída. Cuando llegó a su destino, a Kitiara, se detuvo.
La dama estaba tendida boca arriba, reclinando el pómulo en la
ahora purpúrea roca y con los cabellos desparramados sobre los ojos. Arrojar
la daga debía de haberle arrebatado sus postreras energías o así se le antojó
al semielfo, quien, frente a su quietud, presumió que había muerto.
No era así. La indómita voluntad que había impulsado a un
hermano a tomar la senda de las tinieblas y al otro a desecharla, a caminar
hacia la luz, ardía inextinguible en el ánimo de la mujer con la que tan
estrechos vínculos les emparentaban.
Kit percibió las pisadas, las asoció con su enemigo y rebuscó
en su cinto la vaina donde permanecía embutida su espada. ¿O no? Sin
responderse, alzó el mentón y trató de verificar sus sospechas.
—¡Tanis! —exclamó, sorprendida, víctima de una abrumadora
confusión.
¿Dónde estaba? ¿En Flotsam? ¿O acaso había renacido su idilio y
volvían a estar juntos? ¡Claro, él había regresado a fin de entablar una relación
amorosa más apasionada que la anterior! Sonriente, le tendió la mano.
El semielfo, azotado por una revulsión interior, cesó incluso de
respirar. Al rebullir la masa a la que su antigua amante se había reducido, se
expuso a su vista un renegrido agujero en el pecho. La carne chamuscada se
había derretido, los blancos huesos relucían a la escasa iluminación y
protagonizaban una escena espeluznante, que enfermó al héroe de la Lanza. La
náusea, la punzada de la memoria le obligaron a ladear el rostro.
—¡Tanis! —insistió la mandataria en un plañido fervoroso,
suplicante—. ¡Ven junto a mí!
Apiadado ante una demanda tan poco acorde con el temperamento
femenino, el noble semielfo se arrodilló para arrullarla en los brazos. Ella
miró su rostro y, grabada al fuego, halló su propia muerte. Hostigada por el
miedo, forcejeó para incorporarse. Pero no lo logró; el gesto quedó en un
amago.
—Me han lastimado —masculló, entre la fatiga y la ira—. Pero no
puedo diagnosticar la gravedad. —Y comenzó a palparse la tremenda herida.
Desprendiéndose de su capa, Tanis arrebujó en ella a la
malherida luchadora.
—No te excites. Te repondrás —mintió, afectuoso el tono.
—Eres un embustero —le regañó la mujer, una acusación análoga a
la que profiriera Elistan, también moribundo, días atrás. La diferencia
estribaba en que el anciano clérigo estaba pleno de beatitud y la mandataria,
por el contrario, apretó exasperada los puños—. ¡Ese condenado elfo ha acabado
conmigo! ¡Él es el artífice de mi desgracia! De todos modos, le he dado su
merecido —se congratuló en una mueca pavorosa—. No podrá respaldar a Raistlin.
La Reina de la Oscuridad lo eliminará a él y a los demás.
Exhaló un murmullo quejumbroso, que precedió a un estertor
agónico. Al sentir tan cerca el final, la que fuera valerosa Señora del Dragón
atenazó al semielfo y éste estrechó su abrazo consolador. Una vez hubo pasado
el aguijonazo, Kitiara dictaminó con un acento que rebosaba amargo desdén,
acerba añoranza:
—Si no hubieras sido un títere, tan débil y mudable, tú y yo
habríamos gobernado el mundo.
—Lo que yo ansiaba gobernar, o poseer, ya lo tengo —sentenció
él, destrozado por la pena y con una cierta dosis, hubo de confesárselo, de
repulsión.
Molesta por aquella pretensión de superioridad en un ser que
ella juzgaba manejable, Kit acometió la réplica. No habían aflorado a sus
labios las primeras frases, sin embargo, cuando se dilataron sus pupilas al
vislumbrar algo, o a alguien, en el extremo opuesto de la sala.
—¡No! —vociferó, en un arrebato de pánico que ningún suplicio
terrenal le habría inspirado—. ¡No! —repitió, encogiéndose y refugiándose en su
viril protector—. ¡No dejes que me lleve, Tanis, manténlo alejado! Siempre te
amé, semielfo —musitó como en una conjura, una letanía—. Siempre... te...
amé...
Su griterío se convirtió en un siseo, en un quebranto apenas
inteligible.
El héroe, alarmado, alzó la mirada. Tanto el Portal como el
acceso a la alcoba estaban vacíos; ningún conocido ni extraño se había
introducido. ¿Se refería a Dalamar?
—¿A quién he de detener, Kitiara? —preguntó—. No lo comprendo.
Pero los tímpanos de la mujer estaban ya sordos a las
disquisiciones de los mortales. Los únicos ecos que oía ahora eran los de una
voz que, reiterativa, la obsesionaría durante toda la eternidad.
Tanis notó que los músculos de aquel amasijo que tenía abrazado
se relajaban y, mientras acariciaba la crespa melena, sondeó los rasgos por si
también en ellos el tránsito al más allá había proporcionado paz a su alma.
Desgraciadamente, la expresión de la mujer no reflejaba un espíritu sosegado,
sino un horror sin matices: sus pardos ojos se extraviaban, prestos a salirse
de sus órbitas, en un paraje de imperecedera pesadilla, y la hechicera
sonrisa, hecha ya mueca, se había tergiversado aún más hasta transformarse en
rictus.
Tras consultar con la mirada a Caramon, quien, grave y afligido,
meneó la cabeza en una negación, el semielfo depositó el cadáver de la
mandataria en la fría losa e, inclinándose, fue a besar su frente. No pudo.
Aquella estructura calcinada en nada se asemejaba a un ser de carne y hueso.
Benévolo, desplegó la capa sobre el cráneo de la exánime mujer y
se demoró unos segundos arrodillado junto a sus despojos, circundado por las
tinieblas. Fueron las pisadas del hombretón, el contacto de su cálida manaza
en el brazo, los elementos de la realidad inmediata que le sacaron de su
ensimismamiento.
—¿Tanis?
—Estoy bien —aseveró, con voz ronca por el conflicto de
emociones.
En su mente sonaba todavía lo último que Kitiara dijera antes de
expirar, el favor que había implorado de él: «¡Mantenlo alejado!»
7
En busca del destino
—Me reconforta que
estés aquí conmigo, Tanis —agradeció Caramon.
Se hallaba frente al Portal, examinándolo exhaustivamente y al acecho
de cualquier indicio de movimiento, de las ondulaciones del vacío que bullía
al otro lado. A su lado estaba sentado Dalamar, erecta la espalda merced a los
almohadones que habían colocado en su butaca; aunque contradecían la firmeza
de su postura el rostro demacrado y el tosco cabestrillo que llevaba en un
brazo. Tanis caminaba desasosegado de un extremo a otro del laboratorio y, en
cuanto a los otros ocupantes, las cabezas reptilianas, sus relampagueos eran
tan intensos que deslumbraban a aquel que osase mirarlas sin protegerse los
ojos.
—Caramon, te ruego... —empezó a exponer el semielfo.
El aludido le observó, inalterable su expresión grave y
pausada, y el improvisado orador hubo de desistir. ¿Quién era capaz de razonar
con el granito?
—¿Cómo vas a arreglártelas para entrar en esa sima? —rectificó
de forma abrupta.
El hombretón sonrió, consciente de lo que había estado a punto
de decir su compañero y alegrándose de que se hubiera contenido.
Tras dirigir a la puerta un escrutinio atribulado, el semielfo
hizo un gesto hacia la abertura y recapituló:
—Según tú mismo me has relatado, Raistlin tuvo que estudiar e
investigar durante años, suplantar a Fistandantilus y embrujar a la sacerdotisa
Crysania para que le siguiera, y apenas lo consiguió. ¿Podrías tú traspasar el
umbral, Dalamar? —interrogó al elfo oscuro.
—No —fue la clara respuesta del aprendiz—. Tu información es
correcta. Se requiere a una criatura de ingentes facultades para hacerlo. Yo no
atesoro tales virtudes, y quizá no las adquiera nunca. De todos modos, amigo
mío, no te precipites en tus apreciaciones ni cedas a la cólera. Estoy seguro
de que Caramon no habría emprendido esta misión de no haber concebido un medio
practicable de internarse en el Abismo. Tiene que ser así, porque si fracasa
en su empeño estamos todos condenados —apostilló, y sus pupilas se clavaron en
el guerrero.
—Cuando mi gemelo luche contra la Reina de la Oscuridad y sus
esbirros —intervino quien, en definitiva, debía hablar, sin perder la peculiar
serenidad de la que se había investido— tendrá que concentrarse por completo
en la lucha, excluyendo cualquier otro objetivo. ¿Me equivoco, Dalamar?
—Ni un ápice —contestó el acólito al mismo tiempo que, aterido,
se arrebujaba en los negros ropajes con la mano sana.—. Una inhalación de aire,
un guiño, una crispación inoportuna y le despedazarán un miembro tras otro,
hasta devorarlo.
El luchador dio su beneplácito a tales aseveraciones, y guardó
unos instantes de silencio. «¿Cómo puede estar tan tranquilo?», se preguntó
Tanis. Una voz interior se encargó de disipar sus dudas, al susurrarle que su
talante apacible se debía al hecho de que conocía y aceptaba su destino.
—En el libro de Astinus —continuó el descomunal humano, sin
mencionar la transposición temporal— consta que Raistlin, sabedor de que
tendrá que consagrar todas sus aptitudes mágicas a combatir a la soberana,
abrirá el Portal antes de enzarzarse en la pugna a fin de dejar una vía de
escape. Así, al regresar a este mundo encontrará tendido el puente a nuestro
plano de existencia.
—También ha previsto —completó el discípulo— que durante el
conflicto se debilitará y, llegado el momento, le costará un gran esfuerzo
formular los encantamientos que han de franquearle el paso. Recitar tales
hechizos exige estar en plena forma, en la cumbre de las energías. La puerta ya
ha desaparecido, la brecha no tardará en ensancharse y, cuando eso suceda,
cualquier mortal dotado de arrojo podrá cruzar la frontera.
Entornó los párpados, mordiéndose el labio para no gritar. Había
rechazado una pócima de efectos sedantes con el pretexto de que embotaba las
ideas. «Si fallas —le había indicado a Caramon—, yo soy vuestra última
esperanza.»
«Nuestra última esperanza —evocó asimismo el semielfo— es un
nigromante que ha sido repudiado hasta por su pueblo. ¡Qué aberración! Todo
esto no puede estar pasando.» Apoyó ambos codos en la mesa de piedra y hundió
el rostro entre las manos, extenuado, dolorido el cuerpo y sensible a la punzante
comezón de sus heridas. Se había quitado el pectoral de la armadura, que,
suspendido de su cuello, pesaba más que una lápida mortuoria, pero, pese a
aliviarle de molestias físicas, la ausencia de la pieza no libró a su alma de
retorcerse en un sufrimiento mucho peor.
Los recuerdos revoloteaban en su derredor como los centinelas de
la Torre y, al igual que ellos, estiraban sus tentáculos para tocarle con los
carámbanos que tenían por dedos. Rememoró el episodio en el que Caramon robó la
comida del plato de Flint aprovechando que el enano se hallaba de espaldas, y
aquel otro en que Raistlin invocó ilusiones maravillosas a fin de deleitar a
los niños de Flotsam. También se representó a Kitiara en el acto de abrazarle
risueña, y susurrar bellas palabras en su oído. El azote de estas vivencias
radicaba en su carácter entrañable, y el semielfo quedó tan alicaído que las
lágrimas afloraron a sus ojos. ¡Alguien había cometido un error monstruoso,
porque era impensable que tal cúmulo de venturas tuviera un trágico desenlace!
Un libro se dibujó en su oscurecida visión, el de Astinus, que,
propiedad ahora de su forzudo compañero, reposaba sobre la pétrea mesa.
Contenía los pasajes decisivos de la historia, las postrimerías de su
universo. De pronto, sin embargo, una idea surcó su mente. ¿Acaso no era aquél
el final de una serie de eventos determinados y, si se alterase el más mínimo
detalle, cambiaría también el resultado?
Juzgando este hilo de reflexión interesante, quiso enfrascarse
en sus derivaciones. Se lo impidió el guerrero que, al mirarlo preocupado, lo
interrumpió. Enojado consigo mismo por la flaqueza de sus emociones, Tanis se
enjugó el llanto y se levantó.
Los espectros persistían en acosarle, a él y a aquel cadáver
carbonizado que yacía en un rincón, arropado piadosamente por su capa.
Un humano, un semielfo y un elfo oscuro, tres eslabones de una
cadena vital, contemplaban el Portal en absoluto mutismo. Un reloj de agua
situado en la repisa de la chimenea registraba el fluir del tiempo, cayendo sus
lánguidas gotas con la regularidad de unas pulsaciones. La tensión que se
palpaba en la estancia dio tanto de sí que parecía próxima a explotar y, en
un violento restallido, flagelar sus confines. Dalamar empezó a musitar unas
frases en lengua elfa y Tanis le miró inquieto, temeroso de que hubiera caído
en una suerte de delirio. El semblante del mago era cadavérico, unos cercos
amoratados ceñían sus globos oculares y les conferían una tétrica profundidad
que subrayaba la fijación de sus iris en la nada turbulenta, oscura, del umbral
del Abismo.
La habitual flema de Caramon se había desmoronado, lo cual se
advertía en su manera de abrir y cerrar los puños o en el sudor de su
epidermis, que brillaba bajo la luz de las cabezas de dragón. Un involuntario
escalofrío precedió a otros, mientras los músculos de los brazos le vibraban
espasmódicamente.
El semielfo fue invadido por una sensación extraña. El fragor
de la batalla, el estrépito de la encarnizada contienda que se desarrollaba en
la ciudad y que había percibido sin percatarse cesó, se apagó de forma
repentina.
También dentro de la Torre los sonidos se amortiguaron, murieron
los murmullos del acólito antes de que los articulase.
Un manto de quietud cayó sobre el trío, tan denso y asfixiante
como la penumbra del corredor o como el maléfico aire de la sala. Se magnificó
el goteo medidor de los minutos, sus monótonas resonancias amenazaron con
fracturar los ya dañados hilos de la cordura del héroe. El aprendiz alzó
abruptamente los entrecerrados párpados y su mano, trémula, aferró la túnica
entre unos dedos agarrotados donde destacaba la blancura de los nudillos.
Tanis se acercó a su amigo, guiado por el impulso que había
empujado asimismo a éste a buscar la proximidad de aquél. Ambos se
interpelaron al unísono:
—Caramon...
—Tanis...
Desesperado, el gigantesco luchador zarandeó el brazo del otro,
mientras le hacía un ruego.
—Por favor, encárgate del bienestar de Tika si yo sucumbo. ¿Lo
prometes?
—No voy a consentir que te adentres solo en esos parajes
—declaró el semielfo y, a su vez, apretó el brazo de su compañero—. He decidido
incorporarme a la expedición.
—Eso es imposible —le atajó el guerrero, gentil pero
contundente—. Si yo fracaso, Dalamar necesitará tu ayuda. Despídete de Tika en
mi nombre e intenta explicarle mis motivos, rehabilitarme frente a ella. Dile
que la amo inmensamente.
Se le quebró la voz y no pudo concluir.
—Descuida, soy capaz de entender tus sentimientos y elocuencia
no me falta —le garantizó el semielfo, reproduciéndose en su memoria su última
misiva a Laurana.
—Son los ingredientes esenciales —asintió el humano, mientras
sorbía las lágrimas y exhalaba un prolongado suspiro—. Habla también con Tas.
Él ignora la magnitud del riesgo al que me expongo y la noticia de mi muerte
le entristecerá. Claro que —bromeó— antes tendrás que sacarle de ese castillo
volador.
—El kender no es tan atolondrado como supones, Caramon —discrepó
su interlocutor—. Estoy persuadido de que algo ha intuido.
Las esculpidas cabezas comenzaron a emitir unos ruidos
discordantes, unos alaridos que parecían originarse en la lejanía. El guerrero
adoptó la posición de alerta al advertir que aumentaba su volumen y que, por
otra parte, el abanico multicolor que surgía del Portal se incrementaba hasta
hacer refulgir figuras en halos casi incandescentes.
—Prepárate —ordenó Dalamar, balbuceante.
—Adiós, Tanis.
—Adiós, Caramon.
Sobraban los discursos afectuosos. El apretón de manos que
intercambiaron los viejos compañeros expresó del modo más fehaciente su pesar.
Transcurrido un breve lapso, el semielfo soltó aquella mano
familiar, cálida, y retrocedió. El vacío se dividió, surgió la fisura en el
Portal.
Tanis prendió las pupilas en aquella escena porque no podía
desviarlas. Pero, si algo vio, nunca habría de describirlo. Lo que se desveló
a sus sentidos nunca se imprimió en su retina. Los sueños que más tarde le
atormentarían serían abstracciones de una pesadilla irreal. No se moldearían
contornos en las pertinaces secuencias oníricas, que habían de durar años. La
única clave sería, al despertar en medio de la noche bañado en sudor, la
disolución de unas imágenes imprecisas, que no le estaba permitido capturar.
Siempre que le asediara este recuerdo, permanecería horas tendido en el lecho,
en una vigilia agobiante.
Pero todo eso acontecería después. Ahora lo único de lo que
tenía conciencia era de que debía detener a Caramon.
No acertó a moverse, a llamarle mediante un grito.
Transfigurado, con la parálisis del terror, observó cómo el humano trepaba sin
inmutarse a la dorada plataforma. Los dragones entonaron cánticos que
destilaban odio, triunfo, quizá resquemor, el semielfo no pudo discernirlo. Su
propio rugido, que una fuerza ignota arrancó de su garganta, se disolvió en
medio de una barahúnda.
Una marea de luz cegadora, un torbellino infinito en matices,
arrasó el laboratorio, y se hizo la negrura. Caramon se había ido.
—Que Paladine oriente tus pasos —deseó Tanis al mismo tiempo
que, desencantado, oía la oración de Dalamar:
—Takhisis, mi Reina, estará a tu lado.
—Le vislumbro —anunció Dalamar al poco rato.
Nublada todavía su visión, el acólito se incorporó en su silla y
se inclinó hacia adelante para asomarse a los vapores del Abismo. Olvidada la
compostura en tan emocionante trance, se le escapó una exclamación de dolor y,
entre reniegos, volvió a sentarse con el rostro desencajado.
Tanis, que recorría la cámara en largas y discordantes
zancadas, fue junto al aprendiz.
—Allí —señaló el oscuro hechicero, sin vocalizar por tener las
mandíbulas apretadas.
El semielfo se mostró reticente. Se hallaba bajo los efectos del
impacto recibido al enfrentarse por vez primera a la brecha del acceso arcano,
unos efectos que se dilatarían a lo largo de toda su existencia. Sin embargo,
se aventuró de nuevo. Al principio, sólo atisbo un paisaje yermo y desolado,
que confluía en el horizonte con un cielo abrasador, inyectado en llamas. Pero
al acostumbrarse sus ojos a aquel desierto, distinguió las reverberaciones de
la rojiza luminosidad en una bruñida armadura y, embutida en esta última, a
una criatura que, blandiendo su acero y de espaldas a ellos, aguardaba.
—¿Cómo cerrara el Portal? —preguntó a Dalamar, con un aplomo
aparente que contradecían su ahogo, su inflexión incierta.
—No podrá hacerlo —le ilustró el mago.
—En ese caso, ¿qué o quién ha de interceptar el retorno de la
Reina de la Oscuridad a nuestra órbita? —se espantó el semielfo.
—Su Majestad no puede atravesar el umbral a menos que alguien
lo haga antes y le marque el camino —respondió Dalamar, algo irritado—. De otra
manera haría ya tiempo que se habría introducido en el mundo. Raistlin
mantiene un resquicio abierto. Si él viene, la soberana le seguirá y si, por
uno u otro azar, el shalafi muere, se sellará la grieta.
—¿Significa eso que Caramon tiene que destruir a su hermano?
—Sí.
—Y también él debe perecer —acabó de deducir Tanis.
—Reza para que así sea —le recomendó el aprendiz, y se
humedeció los resecos labios. Las punzadas de sus llagas le mareaban, le
producían náuseas—. Sea quien fuere el vencedor de la liza, el guerrero no
podrá desandar lo andado y, aunque fenecer en manos de la soberana sea un
proceso lento, ingrato, resulta preferible a vivir en según qué condiciones.
—¿El lo sabía de antemano? —insistió el héroe.
—Por supuesto que sí, semielfo. Pero con su sacrificio salvará
a Krynn —apuntó Dalamar, entre la admiración y el cinismo.
Acomodándose de nuevo en su butaca, el acólito inspeccionó,
obstinado, el Portal, mientras con las manos arrugaba y alisaba, en una curiosa
alternancia, los pliegues de su atavío cubierto de runas.
—No es Krynn lo que debe rescatar —le corrigió Tanis—, sino un
alma.
No se extendió en su disertación, amarga y recriminatoria,
porque la puerta del laboratorio crujió tras él y este hecho le sobresaltó.
Destellantes sus pupilas, también sorprendido, el elfo oscuro tanteó un
pergamino que había deslizado en su cinto y donde figuraban los sortilegios
con los que podía prevenir cualquier intrusión.
—Todo está en orden —afirmó—. Cualquier visitante se topará con
un muro inaccesible. Los guardianes...
—No pueden interponerse en el avance de ese ente —concluyó Tanis
por él, espiando la puerta con un atisbo de pánico que, durante unos segundos,
reflejó cual un fiel espejo el rictus de la difunta Kitiara.
Dalamar esbozó una sombría sonrisa y, una vez más, se arrellanó
en su asiento. Los glaciales efluvios de la muerte flotaron en la alcoba,
diluidos en una hedionda neblina.
—Adelante, Soth —invitó el mago—. Te esperaba.
8
Dilema entre la vida y la muerte
A Caramon lo deslumbró una luz fulgurante, que atravesó incluso
sus párpados cerrados, antes de que la penumbra volviera a cernerse sobre él.
Al abrir los ojos, nada distinguió y le dominó el pánico, porque, sin poder
evitarlo, recordó la ocasión en la que había quedado ciego en la Torre de la
Alta Hechicería.
Pero ahora no sufrió tal accidente. De forma gradual, la
negrura remitió y sus pupilas, avezadas a los cambios bruscos, se aclimataron a
la luminosidad indefinible, sobrenatural, de los contornos. Como le refiriera
Tasslehoff, incendiaban la atmósfera los fulgores sanguinolentos de un perenne
ocaso. El paisaje también se ajustaba a las descripciones del kender. Era un
terreno vasto y desnudo bajo un cielo de idénticas características. Suelo y
bóveda presentaban las mismas tonalidades dondequiera que mirase, en cualquier
dirección.
En todas excepto una. Al girar la cabeza, el guerrero vislumbró
el Portal que había dejado atrás. Constituía el acceso una pincelada de vivos
colores en aquella monotonía, enmarcado en el arco ovalado de las cinco cabezas
de dragón y en una falsa perspectiva, pues parecía lejano cuando en realidad
estaba muy cerca. El humano lo visualizó como un cuadro colgado de un muro
anaranjado, donde si destacaban dos figuras, las de Tanis y Dalamar, diminutas
pero nítidas. Sí, hasta sus siluetas inmóviles podían deberse a un minucioso
pincel, pertenecer a sendas criaturas capturadas en un momento de estatismo y
forzadas a pasar su ilusoria eternidad en la contemplación de la nada.
Volviéndoles la espalda con ademán resuelto, preguntándose si
podían verle como él a ellos, Caramon desenvainó la espada y aguardó a su
gemelo, plantando firmemente los pies en el inestable suelo.
No abrigaba la menor duda de que una batalla entre Raistlin y
él terminaría con su propia muerte. Aun disminuidas, las dotes del mago
conservarían una parte de su vigor y, el hombretón bien lo sabía, su hermano
nunca permitiría que le redujera a un estado de total vulnerabilidad.
Escondería bajo la manga el último sortilegio disponible o, al menos, la
material y práctica daga de plata.
«No importa que yo sea abatido —razonó, tranquilo,
clarividente—. Habré cumplido mi propósito y eso es lo que cuenta. Soy un
hombre fuerte, sano, experto en la liza, y lo único que he de conseguir es
ensartar su enteco cuerpo en mi acero.»
Estaba seguro de poder infligir la estocada letal antes de que
las artes de su oponente le marchitaran, como había sucedido, años atrás, en
la Torre donde Raistlin se sometió a la Prueba.
Las lágrimas brotaron como saetas que, punzantes, desgarraran
las córneas, para formar riachuelos en su rostro. Las enjugó, mientras se
forzaba a pensar en algo diferente, para superar el miedo y la consternación
que tanto le desequilibraban.
El primer recuerdo que acudió a su cita mental fue el de la
sacerdotisa Crysania. La compadeció, deseó, por su bien, que hubiera muerto
deprisa, sin sospechar que quien ella erigiera en su adalid la había utilizado.
Perplejo, parpadeó y aguzó la vista. ¿Qué estaba ocurriendo? En
un lugar en el que segundos antes no había sino una desértica planicie,
difuminada en el cobrizo horizonte, se adivinaba ahora una presencia. Era un
objeto negro que se perfilaba contra el cielo y carecía de la tercera
dimensión, la profundidad, como los bocetos que se dibujan sobre papel y luego
se recortan con unas tijeras. De nuevo resonaron en su interior las palabras
de Tas, cuando le relató sus aventuras, sus espejismos, en el tenebroso reino
de Takhisis.
Tras una breve inspección, reconoció aquel perímetro alargado
como una estaca de madera, análoga a aquellas en las que, en su juventud, se
quemaba a las brujas.
Su memoria se convirtió en un volcán al aparecérsele Raistlin
atado a tal suerte de patíbulo, amontonados los haces de leña a su alrededor.
El condenado luchaba por liberarse, lanzaba gritos desafiantes a quienes había
intentado salvar de su simpleza poniendo en evidencia a un clérigo charlatán,
un acto altruista que le había valido la acusación de brujería.
—Sturm y yo llegamos justo a tiempo —musitó el humano a la vez
que se representaba la espada del caballero bajo el sol, tan llameantes sus
reverberaciones que provocaron la dispersión del supersticioso populacho.
Mirando más atentamente a la estaca que, por su propia
iniciativa, había comenzado a desplazarse hacia él, reparó en que alguien
yacía junto a la base. ¿Acaso era Raistlin? Continuó el avance de la estaca...
¿o era él mismo el que se aproximaba? Frente a un fenómeno tan singular, hizo
un alto y ojeó el Portal como posible referencia. Había retrocedido, o el
guerrero se alejaba, el caso era que había menguado su tamaño sin que este
hecho facilitara sus conclusiones.
Temeroso de que el magnetismo del Abismo le succionase, Caramon
se forzó a sí mismo a detenerse, lo que hizo de manera inmediata. También en
este trance, la voz de Tasslehoff revivió para explicarle que si uno quería
viajar no tenía más que concentrarse en su destino, del mismo modo que
cualquier objeto se materializaba sólo con invocarlo, aunque había que ser
precavido porque el universo de ultratumba distorsionaba todo cuanto se
concebía.
El luchador clavó los ojos en la estaca y formuló el deseo de
alcanzarla. Sin darse cuenta, en una fracción de segundo, se catapultó hasta
ella y, al espiar de nuevo el Portal, descubrió que se había transformado en
un lienzo en miniatura suspendido entre el firmamento y la tierra. Satisfecho
ante la idea de que podía regresar a su antojo, el guerrero investigó sus
aledaños y la figura que yacía al pie de la estaca. Creyó adivinar que vestía
una túnica de terciopelo negro, y su corazón cesó casi de latir. Pero un
examen más concienzudo le reveló que se trataba de un efecto óptico: era el
cuerpo el que parecía más oscuro en contraste con el fondo rojizo. La
indumentaria que cubría la ajada carne era de color blanco. «Claro
—comprendió—, antes he pensado en ella.»
—Crysania —la llamó.
La dama ladeó la cabeza al escuchar su hombre. Pero las pupilas,
errabundas, no enfocaron a Caramon y éste, al comprobar que vagaban, concluyó
que sus atroces peripecias las habían nublado.
—¿Raistlin? —inquirió la sacerdotisa, en un tono tan rebosante
de esperanza y ansiedad que Caramon habría dado cualquier cosa, incluida la
vida, para confirmar su anhelo.
—Soy yo, Caramon —hubo de desencantarla, al mismo tiempo que se
arrodillaba y tomaba la mano femenina entre las suyas.
La sacerdotisa, aunque invidente, siguió con el rostro el eco
de su voz y posó la mano libre sobre el dorso de la que la arropaba.
—¿Caramon? —repitió, ostensiblemente confundida—. ¿Dónde
estamos?
—He franqueado el Portal —informó él.
—Así que has entrado en el Abismo —corroboró Crysania, y emitió
un suspiro de indescifrable significado.
—Así es.
—Me comporté como una necia —murmuró la mujer—, pero he pagado
caro mi error. ¡Cuánto me gustaría averiguar si, además de yo misma, alguien ha
salido perjudicado! Dime, Caramon, ¿has tenido noticias de tu hermano?
—preguntó, apenas audible la última frase.
—Crysania... —balbuceó el interpelado, incapaz de improvisar una
respuesta verdadera ni falsa.
La sacerdotisa le interrumpió al percibir la nota de tristeza
que destilaba su ronco acento. Inmersa en un llanto sosegado, sin aspavientos,
se llevó la mano del guerrero a los labios y la besó.
— ¡Ahora lo entiendo! —exclamó, en poco más que un susurro—. Es
por Raistlin por quien están aquí. Lo lamento, Caramon; me duele tanto como a
ti.
Rompió a llorar y el guerrero, estrechándola contra su torso,
la arrulló como si fuera una niña asustada. Fue al abrazarla cuando comprobó
que se hallaba en el umbral de la muerte, que la vida escapaba a borbotones a
través de todos los orificios. Sin embargo, no adivinaba las causas de su
agonía, porque no había heridas de ninguna clase en su piel, ni siquiera
arañazos.
—No debes disculparte —la consoló y, protector, apartó la melena
azabache, que se derramaba en mechones apelmazados sobre su lívida tez—. Le amabas.
Si ésa fue tu equivocación también yo he de reprochármela y, al igual que tú,
soportar mi castigo.
—¡Ojalá pudiera darte la razón! —se desesperó la mujer—. El amor
es un sentimiento hermoso, que justifica las acciones más disparatadas, pero lo
cierto es que me embarqué en esta empresa guiada por el orgullo, por la
ambición.
—¿Estás persuadida de que es así? —preguntó el hercúleo
luchador—. Entonces, ¿por qué supones que Paladine atendió a tus plegarias y te
abrió el Portal, después de rechazar incluso las demandas del Príncipe de los
Sacerdotes? ¿Qué le movió a mostrar su indulgencia, a otorgarte tan importante
dádiva, unas aspiraciones mezquinas como las que has enumerado y que él, en su
sabiduría, no dejó de leer en tu corazón? No, Crysania, no has aprendido a evaluar
tus cualidades.
—No olvides —porfió la sacerdotisa— que mi dios me ha
abandonado. —Asió el Medallón para tirar de la cadena y arrancarlo, pero su
endeblez frenó tal impulso. Resignada, cerró los dedos sobre la alhaja y se
obró en su semblante una metamorfosis— No —rectificó llena de paz—, continúa
aquí, me sostiene y me apoya.
Caramon se incorporó y alzó en volandas a aquella frágil figura
que, reclinada en su ancho hombro, se relajó.
—Vamos a regresar al Portal —anunció el colosal humano.
Crysania sonrió en silencio. ¿Le había oído, o era otra voz la
que suscitaba su beatitud? Sin meditar sobre el asunto, el guerrero se colocó
frente al acceso, aquella abigarrada joya que refulgía en la distancia, borró
de su cerebro toda noción que no fuera la de hallarse en su proximidad y empezó
a trasladarse sin demora.
De pronto, el aire se rasgó, se partió en una ominosa
resquebrajadura. Surcó el cielo un relámpago, un puñal ígneo al que sucedieron
otros muchos. Millares de ramificaciones purpúreas, siseantes, cruzaron el
paisaje, aprisionando a la pareja durante un espectacular segundo en un
calabozo cuyos barrotes eran la muerte, simbolizada en aquellas sierras de
fuego. Paralizado por semejante sacudida, Caramon permaneció a mitad de camino,
incluso tras desvanecerse la descarga, a la expectativa del explosivo fragor
de un trueno que, a tenor de sus heraldos, le dejaría sordo sin remedio.
Pero no coronó la conflagración sino la quietud y, en una
nebulosa debido a la lejanía en que se produjo, un alarido agónico,
desgarrador.
—Raistlin —apuntó la sacerdotisa, agarrando todavía el Medallón
de Paladine.
—Sí —ratificó su compañero.
La mujer que, pese a su ceguera, había abierto los ojos al
producirse el estallido, se secó los húmedos lagrimales y volvió a entornar los
párpados, mientras Caramon reanudaba la marcha despacio, analizando un
perturbador presentimiento que le había asaltado de manera tan repentina como
los rayos. Era innegable que la sacerdotisa estaba desahuciada, su pulso era
más intermitente que el palpito de un ave recién nacida. Así, él había decidido
conducirla al otro lado del Portal por si, al restituirla a su plano, podía
aún salvarse. No obstante, lo que le preocupaba era la posibilidad de que, en
el momento de enviarla al mundo, fuera arrastrado él mismo. ¿Tenía la facultad
de mandarla junto a Tanis sin escoltarla?
Abstraído en estas cábalas, vio cómo se acortaba la distancia
que le separaba del acceso. Más que ir hacia éste, tuvo la palpable impresión
de que era el adornado marco el que acudía a su encuentro, creciendo sus
dimensiones y observándole los dragones con los iris encendidos y las bocas
abiertas para devorarle.
Vislumbraba en el laboratorio al semielfo y a Dalamar, de pie el
uno, sentado el otro y ambos rígidos, congelados en el tiempo. ¿Podrían
ayudarle, atraer a Crysania?.
— ¡Tanis, Dalamar! —vociferó.
Si la onda sonora llegó hasta ellos, no reaccionaron.
Con suma delicadeza, el guerrero depositó su carga en la
ondulante llanura que se combaba delante del Portal y supo, en una súbita
inspiración, que sería inútil. O quizá sería más apropiado decir que se rindió
a una evidencia que se había empeñado en disfrazar. Podía reintegrar a la dama
en su órbita para que se recuperase, pero eso redundaría en beneficio de
Raistlin, quien, exento de toda amenaza, engatusaría a la Reina a entrar en la
otra esfera y sentenciaría a los habitantes de Krynn a una hecatombe sin
precedentes.
Se dejó caer en la fantasmal explanada y, situándose cerca de
Crysania, acarició su mano. Se alegraba de que ella estuviera en el Abismo,
porque la soledad en tales simas debía de ser aterradora y la mera tibieza de
su piel le alentaba a perseverar. Sin embargo, se sentía culpable por no
salvarla de la zarpa de la muerte.
—¿Qué planes te has trazado respecto al nigromante, Caramon?
—indagó la sacerdotisa tras una pausa.
—Impedirle que salga de estos confines —confesó el aludido, con
acento desapasionado y una máscara de forzada impasibilidad en el semblante.
La mujer asintió y, lúcida pese a haberse extinguido la luz de
su visión, presionando los dedos masculinos, comentó:
—Te matará; es un poderoso adversario.
—Sí, pero no antes de hender yo mi filo. También él expirará
—declaró Caramon.
Un espasmo de sufrimiento desfiguró las facciones de la Hija
Venerable, que, en una cadencia entrecortada, le propuso:
—Te esperaré y, cuando se haya zanjado la pugna, serás mi guía
en el camino de tinieblas que he de recorrer. Tú conjurarás la maldad y me
pondrás en la senda de Paladine.
Echó hacia atrás la cabeza en busca de un lugar donde
reclinarla, con tanta suavidad que parecía haberla hundido en una alta y
mullida almohada. El pecho se movía al ritmo de la respiración y, al ponerle
los dedos en el cuello, Caramon notó sus latidos, el fluir de la savia vital.
Estaba preparado para afrontar su propia muerte, para ser el
justiciero artífice de la de su gemelo. ¡Era simple, puesto que ambos lo
merecían! Pero ¿quién era él para segar la existencia de aquella mujer o, lo
que es lo mismo, hacerse responsable de su tránsito?
Quizá le quedaba aún tiempo suficiente para posar su cuerpo en
el laboratorio, confiarlo a los cuidados de Tanis y retornar al universo de la
eternidad. Esperanzado, el guerrero se incorporó y empezó a levantar de nuevo
a la liviana Crysania.
Se disponía a hacer la travesía, cuando columbró por el rabillo
del ojo una sombra que se movía. Dio media vuelta y se topó con Raistlin.
9
El espectro enamorado
—Entra, Caballero de
la Rosa Negra —repitió Dalamar.
Unos ojos llameantes escrutaron a Tanis, quien se llevó una mano
a la empuñadura de la espada en el mismo instante en que unos dedos delgados,
nervudos, le tocaban en un brazo y le provocaban un gran sobresalto.
—No te interfieras, amigo mío —le aconsejó el elfo—. Nosotros
poco le importamos; es otro el propósito de su visita.
La mirada oscilante e hipnotizadora de aquellas ígneas pupilas
pasó de largo, apenas se detuvo en el barbudo héroe. Las candelas de la
estancia arrancaron destellos de la anticuada armadura. Entre los ricos
adornos y debajo de las ennegrecidas manchas de un añejo fuego, entremezcladas
con la sangre convertida en polvo tiempo atrás, la armadura todavía exhibía el
contorno de la Rosa, símbolo de los Caballeros de Solamnia. Cruzaron la
estancia unas botas, que no hacían ruido de ninguna clase, ya que el espectro
había hallado a la criatura que perseguía en un oscuro rincón: el cadáver de
Kitiara, oculto por la capa de Tanis.
«¡Mantenlo alejado! Siempre te amé, semielfo», resonaron en la
mente de éste las postreras palabras de la mandataria.
Soth llegó hasta el inerte cuerpo y se arrodilló. Fue incapaz de
rozarlo siquiera, como si una fuerza invisible le coaccionara en su intento, y
se puso en pie de nuevo. Ya erguido, dio media vuelta, y sus anaranjadas
cuencas oculares centellearon en unas insondables tinieblas que, bajo su yelmo,
sustituían a los rasgos de un rostro vivo.
—Entrégamela, Tanis el Semielfo —ordenó con su voz hueca—. Los
sentimientos amorosos que compartió contigo la vinculan a este mundo. Debes
romper el yugo.
El aludido, impulsivo por naturaleza, avanzó unos pasos con el
acero aferrado.
— ¡Te matará, Tanis! —le previno Dalamar—. Te aniquilará sin
más. Deja que vaya con él. Al fin y al cabo, es el único de nosotros que supo
comprenderla.
—Más que eso —replicó el caballero espectral, fulgurante el
brillo de su portentosa visión—, yo la admiraba. Ambos nacimos para gobernar,
la conquista era nuestro común destino. Aunque debo confesar, y quizá por eso
la reverenciaba aún más, que su temple inflexible le confería una cierta
superioridad sobre mí. Sí, Kitiara menospreciaba el amor cuando éste amenazaba
con encadenarla. De no haber sufrido los acontecimientos un repentino sesgo,
se habría proclamado reina de todo Ansalon.
El cavernoso acento del fantasma esparció por el laboratorio
notas de pasión, de odio, que asombraron al semielfo.
— ¡Cuánto se degradó! —continuó el etéreo orador—. Tras la
vergonzosa derrota de Neraka, quedó atrapada en Sanction como una fiera
enjaulada, planeando una nueva guerra que ni siquiera ella abrigaba esperanzas
de ganar. Su coraje, su resolución, comenzaron a flaquear, e incluso permitió
que la esclavizara un amante hechicero y espía, aquí presente —apostilló, y
señaló al acólito con un índice translúcido—. Si la incité al combate fue
porque decidí que más le valía perecer en un conflicto armado que consumirse
cual la cera de una insignificante vela.
— ¡Todo eso son embustes, patrañas! —se indignó Tanis, a la vez
que, enajenado, se aprestaba a desenvainar su espada—. No...
Dalamar contuvo su ímpetu, sujetándole la muñeca y
aleccionándole con tacto, con suavidad.
—Nunca te quiso de verdad, mi apreciado compañero; es
fundamental que lo entiendas. Te manipuló como hizo con todos, incluido él.
—Miró de soslayo a Soth; pero, al advertir que su contertulio se disponía a
discutir, reanudó la explicación—. Se burló de ti hasta el final, ¿no te das
cuenta? Incluso ahora te tiende sus tentáculos desde el más allá. Ha hecho de
tu persona una tabla salvadora a la que agarrarse aun a costa de arruinar tu
existencia.
Tanis vaciló ante la rotundidad de tales argumentos. Ardía en
su memoria la imagen de la faz femenina arrasada por el terror y, en medio de
aquel incendio, surgió otro que se impuso lentamente al anterior, difuminando
la efigie. Tras una cortina de fuego, visualizó un castillo que, noble y
majestuoso en un tiempo, se desmoronaba hasta reducirse a escombros. Atisbo a
una adorable, delicada doncella elfa que sucumbía con un recién nacido en
brazos y a guerreros que huían, que morían carbonizados. En el apocalíptico
espectáculo, rugió la voz de Soth.
—Preserva el don de la vida, semielfo. Te sobran los motivos
para seguir en el mundo, muchos son los mortales que dependen de ti. Tus
posibilidades son envidiables. Nadie puede juzgarlo mejor que yo mismo pues,
en una era remota, gocé de las venturas que a ti se te ofrecen. Desdeñé mi
oportunidad al elegir la senda nocturna en lugar de la luz del sol. ¿Vas a
imitarme? ¿Desecharás el privilegio del que ahora disfrutas? ¿Renunciarás a
todo cuanto tienes en beneficio de alguien que se adentró desde el principio
en los tortuosos caminos de la perversidad? ¡No te malogres! —le exhortó.
«Lo que yo ansiaba poseer, ya lo tengo», se coreó el propio
semielfo al recordar su última conversación con la postrada mujer. Y la sonrisa
de Laurana invadió sus pensamientos.
Entornó los párpados a fin de contemplar la bella faz de su
esposa, la expresión tierna y apacible de la que solía revestirse. Un halo de
prístina claridad envolvía su áurea melena, realzaba sus almendrados ojos de
elfa. Se intensificó el cerco, radiante cual una estrella, y su pureza inundó
los sentidos, la mente de Tanis hasta eclipsar la máscara de muerte en la que
se había transformado el otrora sensual rostro de Kit.
Bajo el influjo de esta visión, el héroe de la Lanza envainó la
espada y retiró la mano. Soth, mientras tanto, se agachó y alzó los despojos
amortajados por la capa, ahora ensangrentada, en sus intangibles brazos.
El caballero formuló un hechizo, consistente en un solo vocablo,
y se abrió una sima a sus pies, o así se la describió Tanis a sí mismo. Una
oleada de frío capaz de desgajar el alma fluyó a través de la sala, en una
feroz arremetida que forzó al semielfo a, estremecido, desviar la cabeza como
si hubiera de protegerla de un vendaval.
Cuando pudo examinar lo ocurrido, Tanis constató que en la
umbría esquina no había nadie, salvo Dalamar.
—Han partido —informó el aprendiz—. Y Caramon también.
—¿Cómo?
Volviéndose con un ligero bamboleo, tembloroso y empapado el
cuerpo en un sudor gélido, Tanis prendió la vista del paisaje desértico que se
adivinaba pasado el Portal. Se le encogió el ánimo, tan desolado como aquella
planicie infinita, al descubrir que su amigo se había evaporado.
«¿Renunciarás a todo cuanto tienes en beneficio de alguien que
se adentró desde el principio en los tortuosos caminos de la perversidad?», le
imprecó, una vez más, el desaparecido Caballero de la Muerte.
CÁNTICO DE SOTH
Aparta la luz sepultada
del candil, la antorcha sin raigambre,
y escucha el eco de la noche enlutada
capturado en tu inflamada sangre.
Cuan serena es la medianoche, amor,
cuan tibios los vientos donde el cuervo vuela,
donde el cambiante claro de luna, amor,
palidece en tu ciega retina, se congela.
Tu corazón a gritos me llama, amor,
la oscuridad en tu seno ha abierto una brecha,
por la que corren los ríos de la sangre, amor,
en la que, sugerente, penetra esta endecha.
Amor, el calor que encierra tu piel en agonía,
puro como la sal, como la muerte devastador,
cabalga a lomos de la luna roja, en la lejanía,
desde la fosforescencia de tu aliento, tu estertor.
10
Los caminos se separan
Frente a él, el Portal; detrás, la Reina. A su espalda, dolor, sufrimiento;
delante, la victoria.
Apoyado en el Bastón de Mago, tan débil que a duras penas se
sostenía, Raistlin invocó en su mente la imagen del acceso y la fijó de manera
que no se borrase. Le asaltó la idea falaz de haber caminado, tropezado y hasta
gateado a lo largo de un trecho interminable para alcanzarlo. Pero ahora se
hallaba cerca y este hecho le recompensaba por las vicisitudes pasadas.
Distinguía su llamativo espectro cromático, los colores de la vida: el verde
de la hierba, el azul del cielo, el blanco de los cirros nubosos, el negro de
la noche y el rojo de la sangre...
Sangre. Se miró las manos, manchadas de su propia savia, y
asoció tal visión a sus heridas, demasiado numerosas para contarlas. Golpeado
por un mazo, apuñalado por dagas y espadas, socarrado por relámpagos, llagado
por el fuego, en su contra se habían aunado las fuerzas de clérigos oscuros,
nigromantes, legiones de espíritus carnívoros y demonios, todos ellos al
servicio de Su Majestad. La túnica emblemática de su rango caía en torno a los
hombros andrajosa, mancillada; no exhalaba una vez su aliento sin
convulsionarse en una agonía y, en su interminable periplo, había vomitado las
últimas gotas de sangre que atesoraba en sus venas. Aunque tosía, tanto que
debía interrumpir la marcha durante los ataques e hincar ambas rodillas, al
arrojar el esputo nada brotaba, porque nada había en su interior.
Pero, a pesar de tan pavorosos avatares, había conseguido
resistir.
Secas de sangre, por sus venas circulaba un febril alborozo.
Había aguantado, soportado las arremetidas de sus adversarios. Decir que
estaba vivo era casi un eufemismo, pero faltaba el casi. La ira de la soberana
atronaba sus oídos cual un timbal inclemente, la tierra y la bóveda celeste
latían a su compás. El hechicero había derrotado a sus más poderosos secuaces.
Nadie quedaba para desafiarle en un combate decisivo, excepto ella misma.
El Portal resplandecía, con lujuriantes matices, en los relojes
de arena que configuraban sus pupilas. Se aproximó sin tregua, atento a la
furia de la soberana, que, desatada, la incitaba al descuido, a la demencia,
y recapacitó que aquélla era su mejor garantía de éxito en la fuga del Abismo.
No era la diosa quien había de interceptarle; de modo que se creyó a salvo.
De pronto, una sombra procedente de las alturas le petrificó.
Alzó la vista y detectó los dedos de una mano gigantesca que oscurecían el
firmamento y cuyas uñas estaban teñidas, como si las hubiesen pintado, de un
rojo sanguinolento.
Sonrió y resolvió proseguir. Era lo que en principio
pronosticó, una sombra y nada más. La mano que la proyectaba trataba de
atraparle en vano. Él estaba en la vecindad del puente que conducía a su mundo
y ella, la gran dama, había quedado postergada al confiar en sus esbirros y no
intervenir en la contienda. Sus garras prensiles asirían el repulgo de las
aterciopeladas, y ahora harapientas, vestiduras en el momento en que traspasara
el umbral, una ocasión que el mago aprovecharía para hacer acopio de energías y
arrastrarla a la órbita que le interesaba.
Ya al otro lado, ¿quién sería el más fuerte? Raistlin tosió, a
despecho de los espasmos, la asfixia y los aguijonazos, ensayó una sonrisa —una
mueca— con los finos labios retorcidos y espumeantes. No abrigaba dudas
respecto al desenlace.
Cerrada una mano sobre el pecho, la otra sobre la vara arcana,
reemprendió la caminata midiendo los jirones de vida que dejaba en cada
zancada, las exhalaciones de sus abrasados pulmones, con idéntico afán con el
que un mendigo sopesaría una moneda de cobre. La batalla que se avecinaba le
proporcionaría la gloria. Sería su turno de convocar las huestes para que se
batieran en su nombre. Los dioses responderían a su llamada, porque la
aparición de la Reina en el mundo investida de todos sus atributos desencadenaría
la cólera de los otros hacedores. Se desprenderían las lunas del manto
nocturno, los planetas alterarían sus revoluciones y las estrellas también,
mientras los elementos acataban su mandato, los cuatro sumisos frente a tan
ineludible autoridad.
Delante del nigromante, en derredor del Portal, las cabezas
reptilianas lanzaban bramidos impotentes, sabedor el simbólico animal de que
carecía de las facultades precisas para oponerse a sus designios. Un palpito
más, una sola inhalación de aire y, con el subsiguiente resoplido, el anhelado
objetivo.
Alzó la encapuchada cabeza... e hizo una pausa forzosa. Una
figura en la que antes no había reparado, ensombrecida por la bruma del dolor,
la sangre y la quintaesencia de la muerte, se silueteaba frente a él,
esgrimiendo una reluciente espada. Confundido, perplejo, estudió al intruso
sin reconocerle, hasta trocarse su alejamiento en regocijo.
— ¡Caramon, eres tú! —exclamó.
Estiró la mano hacia el guerrero. Ignoraba cómo se había obrado
el milagro, pero su gemelo estaba allí, a la expectativa, aguardando como hizo
siempre, para respaldarlo en su más trascendental aventura.
—¡Caramon! —insistió, jadeante—. Ayúdame, hermano.
El agotamiento, las secuelas del severo castigo al que había
sido sometido, dificultaban la actividad de su cerebro y su habitualmente
espléndida concentración. La magia ya no borboteaba en sus entrañas como el
azogue, sino que, perezosa, se demoraba en los escollos que encontraba en su
curso y le negaba el riego que sus órganos precisaban.
—Caramon, ven junto a mí. No puedo andar solo. El recio luchador
no se movió. Permaneció inmóvil cual una pétrea estatua, equilibrado el acero
en su mano y examinándole con una mezcla de amor y pesadumbre, una tristeza a
la vez hosca y acusadora, que, tras rasgar el velo de su dolorido cuerpo,
expuso a la luz su alma vacua, estéril. Aprehendió entonces el hechicero el
porqué de su presencia.
—Obstruyes mi avance, hermano —le dijo con frialdad.
—No me cuentas nada nuevo —repuso el otro.
—Si no quieres ayudarme, lo que me parece obvio, apártate al
menos.
La voz del archimago brotaba de su garganta en quiebros airados.
—No.
—Morirás si no lo haces —siseó Raistlin, cínico.
—Sí —aceptó Caramon sin arredrarse—, pero no creas que tú vas a
sobrevivir.
La atmósfera, monótona y al mismo tiempo flamígera, se sumió en
un tenebroso ocaso. En el paraje se acumuló una niebla densa que absorbió los
ya opacos fulgores y, a medida que éstos se extinguían, un frío invernal se
propagó por los contornos. Sólo quedó un punto de calor, la vasta llama que
alimentaba la inquina de la Reina.
El miedo revolvió los intestinos del nigromante, la rabia
enardeció su mente. Los términos del arte arcano hostigaron sus músculos, se
agolparon en sus labios con un sabor dulzón, similar al de la sangre. Comenzó a
arrojar tales proyectiles contra el guerrero, pero le sobrevino la tos y se
atragantó. Encorvado, acuclillado, se exhortó a la calma, repitiéndose que la
magia que siempre le amparara no se había esfumado, que no tenía más que
invocarla y ella, dócil, consumiría a su oponente en un incendio semejante a
aquel otro que carbonizó a su réplica, años atrás, en la Torre de la Alta
Hechicería. Una bocanada y recobraría el temple.
Pasó el virulento acceso. Se aposentaron los salmos en su
intelecto y, alzando la vista con un grotesco remedo de sonrisa, desplegó los
brazos para cantarlos y arrancarles sus virtudes.
Su gemelo no mudó la postura. Erguido, bien pertrechado, le
contemplaba con un asomo de conmiseración en sus ojos pardos.
«¡Me tiene lástima!» Esta constatación vapuleó a Raistlin con el
vigor de cien mazos, más punzante que el filo de una espada. No consentiría que
aquella insolente criatura sucumbiese sin antes eliminar los sentimientos que
inspiraban esta actitud.
Con el soporte del bastón, el hechicero se afirmó en el suelo y
se desembarazó de la negra capucha para que Caramon leyera, en sus doradas
pupilas, la condena que sobre él pesaba.
—Así que te compadeces de mí, ¡botarate con cabeza de mosquito!
—le insultó—. Tú que estás totalmente incapacitado para atisbar siquiera la
magnitud de mi poder, los suplicios a los que he debido sobreponerme, los
combates que he librado en la senda del triunfo, osas humillarme mediante la
vil piedad. Si no te he matado todavía, y te aseguro que ansío hacerlo, es
porque he decidido que no fenezcas sin adquirir primero plena conciencia de que
voy a irrumpir en el mundo a fin de instituirme en divinidad.
—Estoy al corriente, Raistlin —contestó Caramon y, lejos de
atenuarse, aquella hiriente misericordia se acentuó—. Por eso me das tanta
pena, ya que he visto el futuro y he asistido al desenlace.
El nigromante le examinó, sospechando que la Señora del Abismo
le tendía una trampa. Los resplandores rojizos del cielo no cesaban de
diluirse en la creciente neblina, pero la palma extendida se había inmovilizado
y el personaje arcano sintió que la soberana titubeaba, alerta frente a la
intromisión del guerrero y llena de aprehensiones que no acertaba a disimular.
El recelo de que su hermano fuera un espejismo destinado a entorpecer su
empresa, una de las apariciones de las que usaba y abusaba Takhisis, se disipó.
—¿Has visto el futuro? —parafraseó el comentario del luchador—.
¿Cómo? ¿En qué dimensión?
—Cuando, en nuestro último encuentro, atravesaste el Portal, el
campo magnético que generaste afectó al ingenio. Tasslehoff y yo fuimos
catapultados a una época ulterior al presente al que pretendíamos retornar.
—¿Qué sucederá? —inquirió el mago, sus ojos tan exageradamente
abiertos que de haber sido fauces habrían devorado al interpelado.
—Que vencerás —resumió éste en lenguaje llano, sin enigmas—. Y
no sólo a la Reina de la Oscuridad, sino a todos los otros dioses mayores o
menores. Tu constelación será la única que brillará en las alturas, durante un
tiempo.
—¿Durante un tiempo? —repitió Raistlin, a quien no había pasado
inadvertido el énfasis con que el narrador recalcó estas palabras—. ¿Quién me
amenaza? ¿Quién me destrona? ¡Vamos, no te interrumpas!
—Tú mismo —murmuró el guerrero, afligido por la crueldad de este
aserto—. Gobernarás un mundo periclitado, muerto, un universo de cenizas, de
ruinas informes y cadáveres mutilados. Nadie te acompañará en tu palacio
celeste y, aunque tratarás de crear, no quedará ni un soplo en tu interior que
puedas insuflar en los nuevos moldes o purificar en tu propio beneficio. Te
nutrirás de las estrellas hasta que, exprimidas, estallen, y una vez agotada la
fuente nada quedará a tu alrededor, nada en tu alma...
—¡Mientes! —se rebeló el oyente—. ¡Maldito seas, todo eso es una
sarta de embustes!
Desechando el bastón en un arrebato, el nigromante se abalanzó
sobre su gemelo y le zarandeó con sus ganchudas manos. Sobresaltado, Caramon
enarboló la espada en un acto reflejo. Pero, antes de que el arma iniciara el
descenso, salió despedida por orden del hechicero y cayó en el intrincado
terreno. El forzudo humano, al saberse inerme, aferró a su adversario entre
sus brazos. «Podría partirme en dos —reflexionó éste—, pero no lo hará. Es
débil, noto las convulsiones de sus brazos, su incertidumbre, su inquietud.
Está perdido, y yo conoceré la verdad a su costa.»
Ejerció presión con sus ensangrentados dedos en las sienes del
guerrero, de tal manera que las experiencias que acababa de referirle se
desplazasen allí donde él pudiera analizarlas, a su propia inteligencia.
El preclaro archimago presenció todos los episodios del
devenir. Vislumbró la osamenta de Krynn, el fango viscoso y ceniciento, las
rocas segmentadas, el humo elevándose en volutas, los putrefactos despojos de
los muertos.
Se observó a sí mismo, suspendido en la nada y cercado por un
vacío que, no sólo exterior, había anidado también en su espíritu y le
apretujaba, le aplastaba y le roía, presto a engullirle. Culebreó en un
círculo vicioso, eterno, sobre su persona, en una búsqueda desesperada de un
indicio vital, una gota de sangre o una pizca de dolor. No lo había, nunca
hallaría este consuelo. Al contrario, seguiría enroscándose cual un áspid sin
clavar los colmillos ni siquiera en su carne. Sus introspecciones le conducirían,
invariablemente, a los vestigios inanimados de una antigua entidad.
Ladeóse su cabeza como si fuera de plomo, la mano que había
aplicado a la frente de Caramon cayó, erizada, hasta su costado. Había intuido
que así ocurriría. Se lo gritaba cada fibra de su magullado cuerpo pues, a qué
engañarse, el vértigo de la negación ya asomaba entre sus poros, lo había acunado
durante años. Todavía no había socavado los recovecos, pero se lo representaba
arrinconando su alma hasta dejarla, doblegada e infecunda, en un pozo sin
nombre.
Exhalando un amargo aullido, se deshizo de su hermano y estudió
los alrededores. Las sombras habían aumentado, la Reina ultimaba los
preparativos sin que las previas vacilaciones hubieran mermado su poderío.
Raistlin se esforzó en meditar. Era imprescindible que
resurgiera su furia, que se alumbrara el candil de su magia para avasallar a la
soberana. Al comprobar que incluso los últimos resquicios de sus facultades
le abandonaban, le dominó el pánico y se dio a la fuga aunque, endeble como
estaba, se desmoronó al primer paso. Postrado sobre manos y pies, le azotó el
miedo e inició un frenético tanteo hasta topar con algo sólido, capaz de
socorrerle.
Sus dedos se cerraron en derredor de un tejido blanco, tocó
carne viva, cálida, mientras oía en la proximidad un gemido ahogado.
—Bupu —identificó la voz, la textura.
Sollozante, el hechicero se volcó sobre la enana gully, que,
desorbitados los ojos por el terror, con las huellas del hambre y la agonía en
sus desencajados rasgos, retrocedió al verle.
— ¡Bupu! —insistió él, tan falto de cordura que la zarandeó
salvajemente—. Bupu, ¿no te acuerdas de mí? En una ocasión me regalaste un
libro, un libro y una esmeralda. —Hurgó en uno de sus bolsillos y extrajo la
gema verde, de bellísimas irisaciones—. Te devuelvo la «piedra bonita», como tú
la llamabas, para que te salvaguarde de todo mal.
La mujer hizo ademán de asirla, pero las yemas de sus dedos se
endurecieron con el rigor de la muerte.
— ¡No! —bramó el mago, y notó en su hombro la contundente palma
de Caramon.
— ¡Déjala en paz! —le conminó el guerrero con tono áspero, y
tiró de él para apartarlo de la infortunada gully—. ¿No le has hecho aún
bastante daño?
Sostenía en la mano la espada que Raistlin le arrebatase, y los
destellos de su inmaculada superficie deslumbraron a éste. Bajo tales
resplandores, de misterioso origen, se esbozó ante el nigromante la efigie no
de Bupu, sino de Crysania, renegrida y marchita, patética en su ceguera.
El vacío se agrandaba, casi insondable. ¿No había nada dentro de
él ? Sí, algo remoto y nimio, pero algo a fin de cuentas. El tentáculo de su
alma y su mano se precipitaron al unísono a la caza del hallazgo. La mano
acarició la tez cuarteada de la mujer.
—No ha perecido todavía —dijo.
—No —confirmó el hombretón, alzando la espada—. ¡No te atrevas
a molestarla! Permite al menos que expire tranquila, libre de tu perniciosa influencia.
—Si la llevas al otro lado del Portal, vivirá —profetizó el
archimago.
—Sí, claro, y además te facilitará a ti las cosas —replicó
Caramon, no menos sarcástico que se mostrase antes su hermano—. Yo encabezo la
marcha al plano salvador, y tú irás pegado a mis talones.
—Hazlo, rescátala —le azuzó Raistlin.
— ¡No! —rugió el inveterado luchador.
Aunque brillaban sendas lágrimas en sus ojos, y oprimían sus
rasgos las contracciones de la tortura que experimentaba, avanzó hacia el
hechicero con la espada presta.
Una vez más, la criatura arcana hizo un gesto con la mano y el
rival se paralizó, de manera tan repentina que el acero quedó cautivo en el
tórrido y voluble aire.
—Condúcela a su salvación, provisto de este talismán infalible
—le ofreció el nigromante.
Sus frágiles dedos sujetaron el bastón, que yacía en su flanco,
y la luz del globo de cristal prendió en la penumbra, proyectando sus fabulosos
haces sobre el trío. Después de iluminarlo, el mago se lo alargó a su gemelo.
Éste, desconfiado, se resistió con el entrecejo fruncido.
—¡Tómalo! —le espetó Raistlin, imperativo, y el objeto se agitó
debido a un carraspeo que presagiaba nuevas toses—. ¡Vamos, hazte con él!
—apremió consciente de que disminuían sus energías—. Trasladaos ambos a la
Torre, y utiliza luego el cayado para cerrar el acceso.
Caramon le miró, sus ojos convertidos en rendijas y remiso a
acatar las instrucciones de un ser tan poco fiable. Su hermano era demasiado
egoísta para renunciar a sus ambiciones en el momento culminante. Alguna
barbaridad tramaba.
—No conspiro contra vosotros ni pretendo engañarte —expresó el
mago sus cábalas, sólo para rebatirlas—. Te he traicionado en determinadas circunstancias.
Pero ésta no es una de ellas. Pon a prueba mi honradez —le exhortó—,
cerciórate tú mismo. Desharé el encantamiento y, como ya no me resta la
posibilidad de formular otro, ensártame en el filo de tu espada si descubres
que es una patraña. Estoy indefenso; no he de frustrar tu agresión.
El brazo petrificado de Caramon recobró la flexibilidad. Sin
soltar el arma, clavada la mirada en su gemelo, estiró el otro brazo,
precavido, crispado. Las yemas de sus dedos, aunque huidizas, entraron al fin
en contacto con la bola del puño y supuso que, frente a la proximidad de un
profano, desaparecerían los destellos y volverían a sumirse en las lóbregas
tinieblas.
No fue así. Perseveraron las ondas que les alumbraban. La
manaza del guerrero se aposentó sobre el huesudo dorso de la de Raistlin, se
acopló a él, mientras la aureola del globo se incrementaba y ponía de relieve
las sanguinolentas vestiduras negras, la deslucida armadura donde se
incrustasen algunos terrones de limo. Poco duró esta comunión. El archimago se
apresuró a desasir el bastón.
Perdió el equilibrio y estuvo a punto de desplomarse; pero,
tras un bamboleo, consiguió recuperarse y recobró la postura erguida, orgulloso
de haber realizado tal hazaña sin precisar auxilio. El Bastón de Mago, ahora
propiedad exclusiva de Caramon, seguía encendido.
—Distraeré a la Reina para que no os intercepte —comunicó el
nigromante al otro humano—; pero no podré cubrir la retirada mucho rato. Mis
fuerzas se quiebran.
Caramon observó de hito en hito el rostro demudado del
hechicero, el cayado que sujetaba y, emitiendo un resoplido que más se
asemejaba a un sollozo, envainó la espada.
—¿Qué te pasará a ti? —indagó, a la vez que recogía la inerte
forma de Crysania.
«Te atormentaré en materia y en espíritu, y seré tan despiadada
que al concluir cada sesión perecerás a causa de los insoportables dolores; sin
embargo, no llegará la noche infinita porque te devolveré a la vida en el
instante del tránsito. No conciliarás el sueño, guardarás vela en
escalofriante anticipación de la próxima jornada. En cuanto claree, tras el
intervalo de oscuridad que en nada ha de beneficiarte, será mi rostro lo
primero que veas.»
Las premonitorias frases de la soberana se enroscaron cual una
serpiente en el cerebro de Raistlin, coreadas por una risa burlona, voluptuosa.
—Parte sin dilación, Caramon —urgió a su gemelo—. Ella se
acerca.
La cabeza de la sacerdotisa reposaba en el ancho torso de su
paladín. La cascada de su cabello le caía sobre el rostro y aferraba todavía el
Medallón de Paladine, que tanta fortaleza le confería. Bajo el escrutinio del
hechicero, los estragos del fuego perdieron su carácter indeleble hasta
restituir la tersura a la piel, sin cicatrices y embellecida además por la dulzura
que la confería el descanso reparador. El mago desvió entonces la vista hacia
su hermano y halló la misma estulticia que siempre lucía, el exasperante
embotamiento del animal herido que ignora la causa de su padecer.
—¿Qué te importa a ti mi sino, gusano baboso? —volvió a
increparle, desabrido como en sus mejores tiempos—. ¡Vete!
La expresión del guerrero se alteró... ¿o acaso no? Quizás había
ostentado cualidades que nunca fue capaz de atribuirle, empecinado en
despreciarlo. Sea como fuere, y en una nebulosa, debido a que al abandonarle
sus mejores esencias hasta su percepción se resentía, creyó leer en las pupilas
de Caramon un mensaje de sapiencia. Se diría que, clarividente, se hacía cargo
de que iba a ser destruido.
—Adiós, Raistlin —musitó el fornido humano.
Con la dama abrazada y el cayado mágico en una mano, el luchador
dio media vuelta y se alejó. La luz del bastón creaba en su derredor un círculo
de plata, que refulgía en la oscuridad como los rayos de Solinari al
plasmarse, en etéreas pinceladas, sobre las remansadas aguas del lago
Crystalmir. Sus argénteas hebras se posaron en las cabezas reptilianas y las
metamorfosearon en inmensas tallas de orfebrería, silenciando sus cacofónicos
alaridos.
Caramon traspasó el umbral y Raistlin, vigilante, vislumbró con
los ojos del alma un abanico de colores, símbolo de vitalidad, a la par que
una vaharada de fragante tibieza vigorizaba sus hundidos pómulos.
Tras él, las carcajadas, la mofa sensual, gorgotearon hasta
deformarse en un aliento sibilante. Oyó los sinuosos sonidos de una cola
descomunal, el crujir de los tendones de unas alas. Cinco cabezas le hablaban
en los términos del terror desnudo, sin paliativos.
Permaneció frente al Portal, al laboratorio que fuese suyo y
donde ahora se desarrollaba una escena a la que debía mantenerse ajeno.
Presenció cómo Tanis corría hacia Caramon y, a fin de socorrerle, le aliviaba
del peso de la dama. En aquel instante, Raistlin lloró. Quería unirse a ellos,
estrechar la mano del semielfo y amar a la mujer. Echó a andar.
El guerrero se volvió en ese momento y, blandiendo el bastón,
se encaró con él. No mediaron diálogos. Era evidente por el espanto que se
dibujó en el semblante del luchador al espiar a su gemelo, a lo que había en la
retaguardia, que Takhisis estaba agazapada, alerta a su oportunidad. El mago no
necesitó girarse, ni preguntarse el porqué de aquellas pupilas desorbitadas,
ya que además de éstas otras pruebas fehacientes delataban la vecindad de su
enemiga. La gélida aureola de su repulsivo cuerpo de dragón penetró los poros
de la proyectada víctima, balanceando sus ropajes en una ventolera.
De pronto, el sexto sentido que siempre poseyera el nigromante
le puso en guardia. La Reina había cesado de acecharle para concentrarse en
algo más interesante, más embrujador: la brecha que, todavía abierta, había de
permitirle ingresar en el mundo de los mortales.
—¡Cierra el Portal! —vociferó Raistlin.
Una llamarada chamuscó su carne, una garra más cortante que un
puñal laceró su enteca espalda. Dio un traspié y cayó cuan largo era. Pero no
apartó la vista del Portal y, así, distinguió a Caramon cuando, trastornado,
avanzaba en su dirección.
—¡No cometas una locura! —se horrorizó—. Retrocede y sella el
acceso, ¡rápido! Déjame a mis auspicios. No preciso de ti ni volveré a hacerlo
nunca más —le agravió con objeto de detenerle.
Se cerró la grieta en un perfecto ajuste, y en las inmediaciones
del postrado vibró la oscuridad con una fiereza sobrenatural, apabullante.
Varios pares de uñas reptilianas destrozaron su ser, le despellejaron;
dentelladas asesinas desgarraron los músculos y, al llegar al hueso, lo
astillaron. El manantial casi exhausto de su sangre regó sus entrañas, aunque
no era vida lo que aportaba.
Se convulsionó, chilló, en el convencimiento de que sus lamentos
se repetirían en una continuidad infinita.
Cual una alucinación, se mezclaron a sus desvaríos los sueños de
la infancia. Rememoró cuando, en lo más crudo de una pesadilla, una mano le
despertaba y apaciguaba. «No osarán lastimarte mientras yo esté a tu lado.
Fíjate, haré algo divertido.»
Unos segmentos de escamas le estrujaron, le privaron del
resuello, mientras unos colmillos negros, esplendorosos, le devoraban las
vísceras, incluido el corazón, que tragaron de un bocado, en busca del alma, el
manjar más apetecible.
De nuevo se agolparon los recuerdos, el de aquel brazo
inconmensurable que le rodeaba y ceñía, o la mano que, recortada sobre un fondo
plateado, reproducía animales a la manera de las sombras chinescas, mientras,
apenas audible, una voz murmuraba: «Mira, Raistlin, conejos». Y él sonreía,
vencido el susto. Caramon estaba allí.
Se calmaron los dolores, las visiones fueron relegadas donde no
pudieran perturbarle. En la distancia, retumbó un aullido de furia y
desencanto; pero ya no le inquietaba. Sólo era sensible a la fatiga. Estaba
extenuado y debía dormir.
Recostando la cabeza en el robusto brazo de su gemelo, Raistlin
entornó los párpados y se hundió en una noche perpetua, en un letargo
despoblado de formas, de figuras, que jamás terminaría.
11
otra visión de los hechos
En el reloj de agua las gotas caían acompasadas, implacables,
difundiendo su eco por el laboratorio. Al contemplar el Portal, con los ojos
irritados a causa de la tensión, Tanis imaginó que caían una tras otra sobre
sus nervios tirantes, próximos a estallar.
Frotóse los párpados y volvió la espalda al acceso con un seco
gruñido; luego se asomó a la ventana. Quedó perplejo al comprobar que sólo era
media tarde. Después de las experiencias sufridas, no le habría extrañado
descubrir que la primavera se había acabado, el verano se había consumido hasta
la decadencia y, ahora, comenzaba el otoño.
La densa capa de humo no se elevaba ya frente a la cristalera.
Los incendios, nutridos hasta saciarse de su habitual alimento, se extinguían,
y habían desaparecido del cielo los dragones de ambos bandos. El semielfo
aguzó el oído, aunque no logró captar ningún ruido, ni siquiera un murmullo,
procedente de la ciudad. Se extendía sobre ella una capa de bruma, una negra
humareda que las emanaciones del Robledal de Shoikan no hacían sino
ensombrecer.
«La batalla ha terminado —se dijo, aturdido, descontento—. Hemos
ganado; pero nuestra victoria es funesta, carente de sentido.»
Una mancha azul se impresionó repentinamente en su retina y, al
buscar con la mirada el origen, las alturas, el héroe de la Lanza quedó
boquiabierto.
La ciudadela flotante había entrado en escena de manera
imprevista. Tras efectuar un descenso vertical desde las nubes, carenaba en un
alegre vaivén mientras ondeaba al viento una banderola de tonos similares al
zafiro, que sus ocupantes habían adquirido en un lugar ignoto.
Al intensificar su observación, el semielfo creyó reconocer no
sólo el emblema de la bandera, sino incluso el grácil mástil sobre el que ésta
ondeaba y que, inclinado como el borrachín que regresa a su hogar, una vez
concluida la ronda de tabernas, coronaba una de las torres del alcázar.
Tanis no pudo reprimir una sonrisa: bandera y torre formaron
parte, en su día, del palacio de Amothus, Señor de Palanthas. Apoyando la
frente en uno de los batientes, siguió espiando la ciudadela, custodiada, como
guardia de honor, por un espléndido Dragón Broncíneo, y se apercibió de que su
cuerpo se relajaba, que el desasosiego, el pesar y el miedo cedían a un estado
más placentero. Motivaba su alivio aquella prueba indefectible de que,
cualesquiera que fuesen los sucesos presentes o venideros en el mundo, en los
planos astrales, ciertas cosas siempre perdurarían, entre ellas la naturaleza
de los kenders.
Observó que el castillo volador surcaba en desiguales
oscilaciones el llano circundado de colinas donde se asentaba la ciudad y,
aunque cabía esperar cualquier pirueta, no dejó de sobresaltarse al ver que
daba de forma súbita, como si hubiera perdido el norte, una vuelta de campana y
se inmovilizaba, boca abajo, en el espacio.
—Ese Tas es un alocado. ¿Qué estará haciendo? —farfulló.
No tardó en comprenderlo. La ciudadela empezó a agitarse en
rápidas sacudidas, como un salero cuando se sazona un manjar. Aunque, en este
caso, en lugar de sal, lo que llovió de puertas y ventanas fueron unas
repugnantes criaturas provistas de alas correosas. Aumentó el ajetreo y arreció
la tormenta de siniestros contornos. «Curioso modo de hacer limpieza general
de centinelas», bromeó el semielfo para sus adentros. Al fin, después de
descargarse de cuantos draconianos albergaba, la mole se enderezó y reanudó su
ruta.
La fortaleza navegó sobre la ciudad de Palanthas, ondeando en su
pináculo el estandarte azulado, hasta que la atrapó una bolsa de aire y fue
arrastrada en su declive hacia el cercano océano. Al héroe se le entrecortó el
resuello. Pero casi de inmediato emergió otra vez el gigantesco artilugio y, en
un brinco que se asemejaba al delfín que surge de las olas —una semblanza aún
mayor debido a que chorreaba agua por los cuatro costados—, se izó en los cielos
y desapareció entre los tempestuosos cúmulos.
Meneando la cabeza, divertido, Tanis giró sobre sus talones, en
el instante mismo en el que Dalamar señalaba el Portal.
—Ahí está —informó éste—. Caramon ha vuelto a su posición de
antes.
El semielfo atravesó raudo la estancia, y se plantó delante del
puente con el más allá. Distinguió al otro lado una diminuta figura, la del
guerrero, a juzgar por la lustrosa armadura. Pero ahora transportaba a alguien
en brazos.
—¿Raistlin? —indagó, refiriéndose a la carga que portaba
Caramon.
—La sacerdotisa Crysania —corrigió el acólito.
— ¡Quizá todavía viva!
—Más le vale estar muerta —comentó el elfo, frío, con una
amargura que endurecía su voz y su expresión—. ¡A ella y a todos nosotros! Si
en su cuerpo palpita un solo hálito de vida, Caramon se enfrenta a un grave
dilema.
—¿Por qué?
Su interlocutor, aunque de mente ágil, se perdía en todo aquel
galimatías.
—Porque es inevitable que a tu amigo se le ocurra la idea de
traerla a nuestra órbita y rescatarla. Si lo hace, nos dejará a merced de su
hermano, la Reina o ambos, ya que ha de transportarla él en persona.
El barbudo personaje guardó silencio mientras contemplaba el
avance de su compañero hacia el Portal, sosteniendo a la mujer de alba túnica
que, ahora en las inmediaciones, presentaba una silueta fácilmente
identificable.
—Tú que le conoces —le interpeló Dalamar de manera abrupta—,
acaso puedas ilustrarme sobre sus reacciones. La última ocasión en la que
coincidimos, era un monigote, un barril de aguardiente; pero sus peripecias
parecen haberle transformado. ¿Qué presumes que decidirá?
—Lo ignoro —confesó Tanis, desorientado, incómodo, hablando más
para sí mismo que al aprendiz—. El Caramon con el que trabé amistad era sólo
medio hombre; el otro medio pertenecía a su gemelo. ¡Ha cambiado tanto! —Se
mesó la barba, frunciendo el entrecejo—. ¡Pobre! Su situación no puede ser más
desgarradora.
—Temo que han elegido por él —anunció Dalamar, mezclando en su
voz la aprensión y la felicidad.
El semielfo fijó los ojos en el Portal y presenció el último
intercambio entre aquellas antagónicas criaturas. Fue un testigo mudo, y mudo
se mostró también frente a quienes pretendieron sonsacarle el relato de tal
confrontación.
La prudencia, el respeto y su propia introversión le obligaron a
callar. Aunque las acciones y las palabras se grabaron indelebles en su
memoria, no pudo nunca describirlas ni repetirlas. Darles voz equivalía a
degradarlas, a vaciarlas de su espantoso horror, de su terrible belleza. A
menudo, en los momentos más melancólicos, evocaría la postrera dádiva de un
alma condenada y, cerrando los párpados, oraría a los dioses para agradecerles
sus bendiciones.
Caramon viajó con la sacerdotisa a través del Portal. Corriendo
a ayudarle, Tanis tomó en sus brazos a la dama y quedó anonadado frente a la
visión que ofrecía el corpulento humano y el arma que portaba, el bastón
mágico, cuyo puño emitía brillantes destellos.
—Cuídala, te lo ruego —le encomendó el guerrero—, mientras yo
clausuro el acceso.
—Hazlo enseguida —le instó Dalamar, y el semielfo oyó el
quebranto de su respiración al estudiar, presa del pánico, los acontecimientos
del universo tenebroso.
Al observar a Crysania, el barbudo héroe constató que estaba
moribunda. Su respiración era irregular, revestía su tez un matiz ceniciento y
sus labios se habían amoratado. No obstante, él no podía hacer nada, excepto
llevarla a un rincón seguro.
«¡Seguro!» Miró de reojo, en un gesto instintivo, la esquina
donde yaciera otra mujer a punto de expirar y que era, además, la más apartada
del Portal. Allí estaría a salvo..., tan a salvo como en cualquier otro paraje,
se figuró, compungido. Depositó a la sacerdotisa en el suelo, acomodándola lo
mejor posible, y regresó de inmediato a la abertura del vacío.
Se detuvo, hipnotizado por los portentos que se desplegaban en
la frontera de lo irreal, en los albores del reino de Takhisis.
Una sombra maléfica colmaba el umbral, y las cabezas metálicas
que constituían el marco de la puerta emitían aullidos de triunfo, a la vez que
sus hermanas, las cabezas vivas que se insinuaban detrás, se enlazaban y
serpenteaban sobre su víctima, el archimago, quien había sucumbido a sus
letales arañazos.
—¡No, Raistlin! —se desesperó Caramon, desfigurado por la
angustia, al caer éste, y dio un paso hacia el Portal.
—¡Alto! —le ordenó Dalamar, enfurecido—. ¡Refrénale tú,
semielfo, mátale si es necesario! Hay que sellar la entrada.
Una mano femenina reptó hacia la rendija que la separaba del
laboratorio y, bajo el aterrorizado examen de sus actuales moradores, se
metamorfoseó en una garra de dragón, con las uñas punteadas de rojo y la carne
manchada inequívocamente de sangre. Era la mano de la soberana del Abismo, que
se acercaba veloz para mantener franca la vía y, así, irrumpir en el plano de
los vivos como hiciera en la Guerra de la Lanza.
—¡Caramon! —bramó Tanis, y comenzó a abalanzarse.
Pero lo detuvieron sus reflexiones. ¿Qué recursos iba a emplear?
En el aspecto físico, no era lo bastante fuerte para imponerse al hombretón,
no evitaría que fuera en auxilio de su gemelo. «No consentirá que muera»,
recapacitó en un paroxismo hijo del desvalimiento.
«No —discrepó una voz interior—, la salvación de Krynn depende
de él y sabrá anteponerla a sus impulsos.»
Sea cual fuere el motivo, el guerrero hizo una pausa. ¿Había
meditado? ¿Sostenía quizás un diálogo telepático con el nigromante, quien le
conminaba a abandonarle con frases agraviantes que nunca podrían ofenderle, al
quedar patente su intencionalidad? ¿Le paralizaba el poder de la transformada
mano? Esta última, hecha zarpa reptiliana, estaba a una ínfima distancia, y
tras ella centelleaban ojos malévolos, triunfantes, animados por una pérfida
risa. Despacio, en pugna declarada contra la quintaesencia del Mal, Caramon
esgrimió el Bastón de Mago.
¡No se produjo el resultado que ansiaban!
Las cabezas del óvalo rasgaron el aire con sus clarines, con
los vítores destinados a aclamar a su monarca en el desfile de retorno.
Entonces, en una tergiversación de secuencias respecto de las
que viviera el hechicero en el otro universo, donde tiempo y espacio se
deformaban en una infinita espiral, su sombría figura se materializó junto al
conmocionado gemelo. Ataviado de negro, con el cabello ahora cano esparcido
sobre sus hombros, Raistlin alzó una mano dorada y, asiendo el bastón, puso sus
dedos en la proximidad de los del luchador.
Manó del arcano cayado un torrente de luz plateada, purísima.
El espectro multicolor del acceso se enzarzó en una lucha denodada por
sobrevivir. Pero aquellos fulgores argénteos encerraban, contenían, la radiante
cualidad de la estrella del ocaso cuando parpadea en el claroscuro del cielo.
El Portal se cerró.
Los enardecidos gritos de las cabezas de metal cesaron de
manera tan súbita, tan brutal incluso, que el silencio retumbó en los tímpanos
de las criaturas presentes en la cámara. En el lado opuesto no había nada, ni
movimiento ni quietud, ni oscuridad ni luz. Era, simplemente, el vacío.
El guerrero se detuvo unos minutos frente a aquella negación de
la existencia, sujetando el instrumento de su victoria. Los flamígeros
resplandores del globo ardieron unos momentos, antes de empezar a oscilar y,
casi sin intervalo, extinguirse.
El laboratorio se sumió en una penumbra que a todos se les
antojó acogedora, un auténtico descanso para los ojos después de la cegadora
batalla. En aquella confortable beatitud, una voz cavernosa susurró:
—Adiós, mi querido hermano.
12
Depués de las batallas
Astinus de Palanthas, sentado en su estudio de la Gran
Biblioteca, escribía la historia de Krynn con el trazo negro, ágil y al mismo
tiempo delicado con que registrara todos los eventos acaecidos en el mundo
desde el primer día en el que los dioses posaran su mirada en el territorio, y
seguiría haciéndolo hasta aquel otro, el postrero, cuando se cerrara para
siempre el enorme volumen. El cronista se afanaba en su tarea, ajeno al caos
que le circundaba o, mejor dicho, obligando —mediante su peculiar presencia— a
este caos a prescindir de él.
Habían transcurrido sólo dos días desde que tuvieran lugar los
hechos que Astinus reflejó en sus Crónicas y que la vox populi
denominaba «La Batalla de Palanthas». La ciudad estaba en ruinas; los dos
únicos edificios que permanecían en pie eran la Torre de la Alta Hechicería y
la Gran Biblioteca, y ésta, aunque no del todo derruida, no había escapado
indemne al conflicto.
Si no fue completamente demolida se debió, en gran medida, al
heroísmo de los Estetas. Encabezados por Bertrem, cuyo coraje inflamó, según
el rumor, un draconiano que osó tocar con su ganchuda mano los libros
sagrados, los habitantes del recinto atacaron al enemigo tan celosos de su
cometido, tan despreciativos de sus vidas, que pocas criaturas reptilianas
pudieron eludir su embate.
No obstante, y al igual que los otros palanthianos, los Estetas
pagaron a un alto precio su victoria.
Muchos miembros de su Orden perecieron en la liza y recibieron
las exequias fúnebres de los demás cofrades, sepultándose sus homenajeadas
cenizas entre los volúmenes por cuya protección habían sacrificado sus vidas.
El valeroso Bertrem no murió. Tras sufrir leves heridas, vio su nombre anotado
en uno de los grandes tomos, junto a los de los principales héroes de
Palanthas, y tal distinción constituyó la mejor recompensa a la que jamás
aspirara un ser sencillo como él. Nunca pasaba por delante del anaquel donde
reposaba este ejemplar concreto sin asirlo sigiloso, revisar la página y
recrearse en su gloria.
La que fuera hermosa ciudad, símbolo además de la paz, no era ya
sino un recuerdo y el objeto de algunos párrafos descriptivos en los anales de
Astinus. Montículos de piedra ennegrecida, castigada por el fuego, delimitaban
las tumbas de las mansiones palaciegas, mientras que los ricos almacenes, con
sus toneles de añejos vinos y cerveza, sus balas de algodón y de trigo, los
baúles repletos de maravillas de los cuatro confines del país, yacían en pilas
de ascuas todavía no apagadas. Los cascos de las naves, que también carcomió
el fuego, perdieron sus amarras en el próximo fondeadero y flotaban a la
deriva en las costas adyacentes. Los comerciantes hurgaban atareados entre los
escombros de sus establecimientos, a fin de rescatar el mayor número posible
de mercancías; las familias contemplaban sus arrasados hogares, fortalecidos
en la desgracia y agradeciendo a los dioses la gracia, al menos, de la supervivencia.
En efecto, fueron incontables los que no gozaron de esta merced.
De los Caballeros de Solamnia que guardaban la ciudad apenas había resistido
ninguno, pereciendo en su mayoría en el desigual combate contra Soth y sus
legiones espectrales. Uno de los primeros en caer fue el ostentoso comandante
Markham, quien, fiel al juramento prestado a Tanis, no se enfrentó al fantasmal
caudillo, sino que, una vez agrupadas las tropas, inició la carga que había de
abatir a los guerreros cadavéricos. Aunque hendieron su cuerpo un sinfín de
filos, perseveró aguerrido en conducir a sus ensangrentados y fatigados
hombres hasta que, al fin, se desplomó muerto en su caballo.
El bravío proceder de los caballeros permitió que se salvaran
centenares de ciudadanos que, de otro modo, habrían sucumbido a los aceros de
los muertos errantes. Éstos, así había de propagarlo la leyenda, se
desvanecieron por arte de magia en el momento en el que su cabecilla, con un
amortajado cadáver en los brazos, se materializó entre sus filas.
Agasajados como héroes, los despojos de los luchadores
solámnicos fueron transportados por sus compañeros a la Torre del Sumo
Sacerdote. En tan antigua mole, se les enterró en un sepulcro donde se
conservaba el cuerpo de Sturm Brightblade, héroe antes que ellos, en la Guerra
de la Lanza.
Cuando se abrió el mausoleo, cerrado desde que se inhumara al
referido Sturm, fue grande la sorpresa de los soldados al descubrir que el
término «conservado» se había cumplido al pie de la letra y que el cuerpo del
caballero Brightblade estaba intacto, inmune a los estragos del tiempo. La
única explicación con visos de verosimilitud que pudo darse al milagro fue
una joya elfa de singular apariencia que refulgía en su pecho. Todos cuantos
entraron aquel día en la cripta, como participantes en el duelo y llorando a
sus seres queridos, examinaron la esplendorosa alhaja y sintieron que un
bálsamo de paz mitigaba el punzante dolor.
No sólo se guardó luto por los combatientes, porque fueron
asimismo innumerables los civiles que habían fallecido en la defensa de
Palanthas. Los hombres trataron de salvaguardar la urbe y a sus familiares,
las mujeres se alzaron en paladines de sus casas y sus hijos. Los moradores
del lugar incineraron a sus muertos, como exigía la secular costumbre, para
esparcir luego las cenizas sobre el mar, donde, en un luctuoso concierto,
habían de mezclarse con las de la ciudad a la que tanto amor profesaran.
Siguiendo un hábito ancestral, Astinus relató tales eventos a
medida que ocurrían. Continuó absorto en su quehacer, o así lo comentaron los
Estetas, sobrecogidos, incluso mientras Bertrem, sin más defensa que las manos
desnudas, propinaba una paliza a un draconiano que se había atrevido a invadir
la cámara donde trabajaba su superior. Y, si el cronista cesó en su labor, fue
porque el improvisado guardián le bloqueó la luz y no a causa de los zumbidos,
resoplidos y boqueadas que se sucedían en la sala.
Alzando la cabeza, el historiador frunció el entrecejo y
Bertrem, que no había vacilado frente a su rival, se puso muy pálido y
retrocedió de inmediato para dejar que los rayos del sol bañasen la página.
También hoy estaba el escriba concentrado en su narración,
cuando penetró en el estudio su leal servidor. Astinus tardó unos momentos en
preguntar, sin desatender, por supuesto, su labor:
—¿Qué deseas?
—Caramon Majere y un k... kender solicitan audiencia, Maestro.
De no haber informado que era un demonio del Abismo el que
quería ver a Astinus, el Esteta no habría infundido más terror a su voz que al
mencionar la palabra «kender».
—Hazles pasar —ordenó el cronista.
—¿A ambos? —quiso cerciorarse el otro, entre escandalizado e
incrédulo.
—Confío en que aquel draconiano no dañara tu oído, Bertrem
—declaró el historiador, y se abultaron las arrugas de su entrecejo—. ¿No te
daría, por ejemplo, un golpe en el cráneo?
—No, Maestro —le aseguró el aludido y, con un ostensible rubor
en los pómulos, salió de la estancia no sin antes, en su azoramiento, pisarse
el borde de la túnica.
Unos minutos después, regresó el turbado Esteta y, con voz
temblorosa, introdujo a los visitantes.
—Caramon Majere y Tassle-f-foot Burr-hoof —susurró en un
trabalenguas.
—Tasslehoof Burrfoot —le enmendó el hombrecillo y tendió una
mano al escriba, quien la estrechó sin prejuicios—. Y tú eres el renombrado
Astinus de Palanthas —prosiguió el recién llegado, saltarín el copete a
consecuencia de la excitación—. Lo cierto es que nuestros caminos se han
cruzado con anterioridad —aseveró, enigmático— pero no puedes acordarte porque
eso es algo que aún está por venir. O, bien pensado, nuestra entrevista
pertenece a un futuro que nunca será. ¿Me equivoco, Caramon?
—No, lo que dices es exacto —corroboró éste.
Astinus desvió la vista hacia el guerrero y le sometió a un
exhaustivo examen, para dictaminar al rato:
—No te pareces a tu gemelo. Aunque debe tenerse presente que
Raistlin tuvo que soportar pruebas que le afectaron tanto en el aspecto físico
como en el mental. Si a eso agregamos la indefinible expresión de tus ojos, que
te emparenta con él, quizás hallemos más similitudes de las que en principio se
adivinan.
El cronista interrumpió su análisis, confundido al asaltarle la
idea de que, como había apuntado, no comprendía lo que destilaban las pupilas
de su interlocutor. Nada sobre la faz de Krynn eludía su sagaz percepción y,
por lo tanto, le enojaba sobremanera esta contrariedad.
Raras eran las ocasiones en las que Astinus se encolerizaba,
una circunstancia afortunada, porque su mera irritación provocaba una marea de
pánico entre los pusilánimes Estetas. Ahora, contraviniendo todas las normas,
estaba furioso. Crispó las hirsutas cejas, comprimió los labios y su rasgo más
elocuente, los ojos, irradiaron unas chispas que impulsaron al kender a
preguntarse si no había dejado nada en el vestíbulo que pudiera necesitar ahora
mismo, lo que hubiera sido un excelente pretexto para escabullirse.
—¿De qué se trata? —preguntó el historiador de forma brusca,
descargando un puñetazo sobre el escritorio que hizo que la pluma saltara por
el aire, la tinta se derramara y Bertrem, que aguardaba en el pasillo,
emprendiera la fuga a la limitada velocidad que imponían sus piernas y el miedo
a dar un traspié con sus inconsistentes sandalias.
Mientras retumbaban aún en los corredores los ecos de las
zancadas del asustado Esteta, Astinus reanudó su interrumpida parrafada sin
conceder importancia a su reacción.
—Te envuelve un misterio impenetrable, Caramon Majere —increpó
al musculoso humano—, y no tolero que se me oculte nada de lo que acontece en
el mundo. Conozco los pensamientos más íntimos de todo ente vivo, presencio sus
acciones, interpreto los anhelos de sus corazones. Pero, por alguna razón, ignoro
cómo he de traspasar el muro que tú interpones entre nosotros y eso me
desquicia.
—Tas acaba de revelarte el secreto —replicó el guerrero,
impertérrito.
Rebuscó en la mochila que llevaba suspendida del hombro, y que
hallara en una casa deshabitada de la Ciudad Nueva, y sacó un enorme volumen
encuadernado en piel, que, cuidadoso, dejó en la escribanía, delante del
cronista.
—¡Es una de mis obras! —exclamó éste, desfigurado su rostro en
una mueca enloquecida—. ¿De dónde ha salido? —interrogó, tan impaciente que
gritó, más que pronunciar, la frase—. Ninguno de mis libros se presta a
personas del exterior sin que yo esté al corriente y dé de antemano mi
consentimiento. Bertrem...
—Fíjate en la fecha —le recomendó Caramon, tajante pero con el
aplomo del que se había investido en los últimos tiempos.
Astinus le lanzó un furibundo escrutinio, que acto seguido
dedicó también al libro. Consultó la fecha, como le habían indicado, presto a
llamar al Esteta. Pero la invocación murió en su garganta con un audible
siseo, cuando comprobó la época a la que correspondían aquellas cifras.
Dilatadas las pupilas, se hundió en su butaca y volvió a observar, de hito en
hito, a Caramon y al tomo.
—Entonces —recapituló— es el futuro al que aludía tu amigo lo
que he logrado leer en tus facciones.
—El futuro que encierra este libro —puntualizó Caramon,
dirigiendo al volumen una ojeada solemne.
—¡Estuvimos allí! —intervino el kender, alerta a su
oportunidad—. Puedo contarte todas nuestras peripecias. Te garantizo que son
fascinantes —propuso, desinteresadamente, al cronista—. Verás, regresamos a
Solace. Pero va no era el burgo que un día nos albergó sino un lodazal, un
paraje desolado. Incluso creí que nos habíamos catapultado a una de las lunas,
pues había visualizado un satélite al activar mi compañero el ingenio arcano...
—Calla, Tas —le refrenó el luchador con amable autoridad, a la
vez que apoyaba una mano en su brazo y le incitaba a partir.
En el trayecto hacia la puerta, el hombrecillo logró, pese a
que Caramon guiaba sus pasos para prevenir imprevistos, volverse y proceder a
una cortés despedida.
—Adiós, Astinus. Ha sido un placer departir contigo después
de... antes..., bien, será mejor dejar a un lado las cuestiones temporales.
El historiador no lo escuchó, ni siquiera era consciente de que
aún se hallaba en el estudio. El día en el que Caramon Majere le entregara el
escrito fue el único en todo el devenir de Palanthas en el que no hubo nuevas
aportaciones a su escrupulosa plasmación de cuanto allí concedía, salvo una
breve nota:
En el día de hoy, Hora Postvigilia subiendo hacia el 14, Caramon
Majere me ha traído las Crónicas de Krynn, volumen
2.000, un tomo de mi puño y letra que nunca escribiré.
Para los palanthianos, el funeral de Elistan representó una
póstuma ceremonia en alabanza a su admirada ciudad. El sepelio se celebró poco
después del alba, como el clérigo pidiera, y asistieron todos los pobladores de
la ciudad: viejos, jóvenes, ricos y pobres. Los heridos que no podían valerse
fueron llevados en angarillas, las cuales se ordenaron sobre los agostados
céspedes que una semana antes tapizaron los aledaños del Templo.
Uno de los heridos a los que hubo que ayudar fue Dalamar. Nadie
manifestó su desaprobación, mientras, renqueante, caminaba sobre la hierba,
seguido por Tanis y Caramon, a fin de ocupar su puesto debajo del álamo que se
erguía, moribundo, junto a los setos. El motivo de la unánime aquiescencia era
que, según las habladurías, el joven aprendiz de nigromancia había desafiado y
vencido a la Dama Oscura, sobrenombre de Kitiara, acarreando así la derrota
definitiva de sus huestes.
Elistan había expresado su voluntad de que sus restos
descansaran en el santuario, lo que resultaba imposible dado que del edificio
no quedaba más que la cúpula, una especie de concha marmórea totalmente hueca,
y los tabiques que la sostenían. Amothus ofreció su panteón familiar. Pero
Crysania declinó el ofrecimiento por considerarlo inapropiado. Sabedora de que
Elistan se había iniciado en la fe cuando trabajaba como esclavo en las minas
de Pax Tharkas, la Hija Venerable —matriarca ahora de la Iglesia— decretó que a
su predecesor le fuera creado un ambiente evocador de aquella experiencia en
una de las cavernas subterráneas del edificio y que, en el pasado, sirvieron de
despensa.
Aunque esta decisión suscitó opiniones contrarias, nadie
cuestionó las órdenes de la sacerdotisa. Se limpiaron y santificaron las
grutas, eso sí, y se construyó un féretro digno con los fragmentos de mármol
desprendidos del Templo. A partir de entonces, incluso en la época dorada que
había de vivir la sagrada institución, cualquier clérigo de rango sería enterrado
en tan humildes vericuetos, que acogerían a millares de peregrinos provenientes
de todos los confines de Krynn.
Los congregados se instalaron en la explanada sin romper el
silencio. Entretanto las aves, que nada entendían de muertos, guerras y dolor,
pero que, por el contrario, eran sensibles al calor del sol, y al despuntar
éste, se sentían más vivas, impregnaron el aire de trinos y gorgeos. Los rayos
del astro diurno tiñeron de áureas tonalidades las cumbres montañosas,
desterrando la negrura de la noche y brindando cierto consuelo a los
ciudadanos, abrumados por el pesar.
Sólo una persona se levantó para hablar, para hacer el
panegírico del sacerdote, y todos los fieles juzgaron oportuno que se
encargara ella de recitarlo. Por un lado, porque iba ser su sucesora en el
cargo y, por otro, porque los palanthianos coincidían en afirmar que en la
insigne dama, en su desdicha, se sintetizaba el sufrimiento de la comunidad.
Circuló la noticia, recabada a través de medios de dudosa
oficialidad, que aquella mañana era la primera que abandonaba el lecho desde
que Tanis el Semielfo la trasladara de la Torre de la Alta Hechicería a la
escalinata de la Gran Biblioteca, donde los eclesiásticos velaban por los
heridos y los agonizantes. La mujer estuvo en el umbral de la muerte, pero la
fuerza de sus arraigadas creencias y las plegarias de sus cuidadores le
restituyeron la salud. Real o inventado, lo cierto era que su ceguera persistía
y, al parecer, era incurable.
Sana o no, más o menos recuperada de su espantosa odisea,
Crysania presidió la asamblea y, debido a su invidencia, pudo alzar los ojos
hacia un cielo soleado que le estaba negado vislumbrar. Los rayos aureolaron
su negra melena, que, a su vez, enmarcaba una faz sublimada por el nuevo
brillo de la compasión, de la humanidad.
—Desde mis tinieblas —preludió su arenga, el epitafio de
Elistan—, noto una grata tibieza en mi piel e intuyo que tengo el rostro vuelto
hacia el rey de los astros. Ahora soy capaz de penetrar su ígnea esfera, porque
obstruye mi visión una perenne oscuridad; si vosotros me imitarais seríais
pronto deslumbrados, ya que quienes poseen el sentido que a mí me falta se
extravían en el exceso de luminosidad del mismo modo que, también aquellos que
moran largo tiempo en la penumbra terminan por perder la noción de su propio
universo.
»Me enseñó mi maestro, al que ahora honramos todos reunidos, que
los mortales no han nacido para vivir de manera exclusiva en el sol ni en la
sombra, sino que han de compaginar ambos. Adaptarse a estos mundos
complementarios entraña riesgos si no se utilizan bien sus resortes, pero
proporciona recompensas. Hemos soportado las pruebas de la sangre, de la
negrura, del fuego. —En este punto se quebró su voz, y los asistentes más
próximos vieron que las lágrimas se deslizaban por sus pómulos, lo que no le impidió
reemprender su discurso en seguida y hacerlo, además, con renovada entereza—.
Hemos experimentado vicisitudes equiparables a las que venció Huma y, al igual
que en su caso, grandes han sido nuestros sacrificios. A cambio, albergamos el
fortalecedor conocimiento de que nuestros espíritus se han redimido de sus
flaquezas y que nuestra estrella es, quizás, una de las más refulgentes que
pueblan los cielos.
«Algunos han elegido las sendas nocturnas con Nuitari, la luna
negra, como brújula; otros prefieren adentrarse en los caminos diurnos. Pero
como me comunicó Elistan, uno de los mayores sabios que haya servido a la
Iglesia, todos se han beneficiado del contacto de una mano o el aliento de un
auténtico amigo aunque los caminos sean antagónicos y estén surcados de
pedregales y espinas. La capacidad de amar, de preocuparnos de nuestro prójimo,
nos es otorgada a la totalidad de las criaturas, es el mayor don que puedan
hacer los dioses a las razas hermanas. Tal es el legado del inefable sacerdote
que me ha precedido en el lugar que ahora ostento, y de él me propongo ser fiel
continuadora.
«Nuestra portentosa urbe se ha consumido entre llamas —acometió
el epílogo, y su acento adoptó aún mayor calidez—. Hemos sido separados de
muchos de nuestros seres más allegados, y algunos considerarán la vida una
carga demasiado pesada. Quienes así se sientan que extiendan la mano pues, al
rozar la de otros que hayan alargado la suya hacia ellos, hallarán juntos la
energía y la esperanza que precisan para no desfallecer.
Concluido el ritual, cuando los clérigos hubieron escoltado a
Elistan al subterráneo donde había de inaugurarse una nueva tradición, Caramon
y Tas fueron al encuentro de Crysania. Estaba la dama entre sus cofrades,
cerrada su mano en torno al antebrazo de la muchacha que había de hacerle de
lazarillo.
—Hija Venerable, alguien
reclama tu atención —le avisó la joven acólita. La sacerdotisa se giró y rogó
al demandante:
—Deja que te toque.
—Soy Caramon —se identificó el guerrero, que era el que estaba
más cerca— y me acompaña...
—Tas —se le adelantó el interesado, con voz dócil e incluso
apagada para alguien de su alborotado carácter.
—¿Habéis venido a despediros? —indagó la sacerdotisa.
—Sí, partimos hoy —confirmó el luchador, amparando la mano
femenina entre las suyas.
—¿Regresáis a Solace, o habéis planeado deteneros en algún otro
sitio?
—De momento iremos a Solanthus, con nuestro amigo Tanis
—especificó el hombretón dubitativo, casi titubeante—. En cuanto me haya
repuesto del todo de la última epopeya, usaré el artilugio mágico para
trasladarme a mi ciudad natal.
Crysania tomó una mano del guerrero, a fin de atraer a su dueño
hacia ella, y musitó:
—Raistlin está en paz, Caramon. Y tú, ¿todavía pugnas contra ti
mismo?
—No, nada de eso —negó el guerrero, ahora resuelto—. Me ha
costado muchos sinsabores, pero he hallado el sosiego del que carecía. Lo que
ocurre es que hay un sinfín de asuntos que debo tratar con el semielfo, y
pretendo también poner mi vida en orden, organizarme. Lo primero que he de
hacer —confesó, sonrojado— es aprender a edificar. Durante los meses en los
que trabajé en mi nueva casa estaba casi siempre ebrio. Supongo que cometí mil
desatinos.
Miró a la dama y ella, al presentirlo, sonrió, con un tinte
rosáceo en las mejillas. Al reparar en el ensanchamiento de sus labios, así
como en las secuelas de llanto que los flanqueaban, el viril humano se
compadeció y, rodeando su cintura, confidencial, se lamentó:
—Estoy consternado. ¡Ojalá hubiera podido ahorrarte esta
desgracia!
—No, Caramon, mi ceguera es en el fondo una bendición —le
amonestó la sacerdotisa—. Como predijo Loralon, es ahora cuando veo de verdad.
Adiós, amigo, sólo me resta desear que Paladine te libre de todo mal. —Dio por
terminado su coloquio, y besó la mano con que él la ceñía.
—Que el dios del Bien inspire siempre los dictados de tu
albedrío —se interfirió Tasslehoff con un hilillo de voz, teniendo la impresión
repentina de ser un gusano insignificante—. Disculpa, Hija Venerable, los
barullos que he armado.
Crysania, apartándose de Caramon, acarició el copete del kender
y replicó:
—La mayoría de nosotros nos topamos en nuestra andadura con las
encrucijadas que plantean la bondad, el día, y la oscuridad de lo maligno.
Pero existe una minoría de elegidos que recorren su camino, el mundo,
alumbrados por su propia luz y prescindiendo de los elementos externos.
—¿Lo dices en serio? —se horrorizó el hombrecillo con deliciosa
ingenuidad—. Debe de ser muy tedioso viajar de un sitio a otro así cargado.
Supongo que usarán una antorcha o un fanal; una vela resultaría mucho más
molesta, ya que la cera, al derretirse, mancharía su calzado y les conferiría
un aspecto impresentable. Hablando de presentar —asoció—, ¿podrías citar el
nombre de alguien de estas características? Me gustaría averiguar cómo se las
arreglan.
—Tú eres uno de ellos —le aclaró Crysania—, y no creo que deba
inquietarte la idea de ensuciarte las botas. Adiós, Tasslehoff Burrfoot. En tu caso, no necesito invocar la protección de Paladine,
puesto que eres uno de sus amigos más íntimos.
—Y bien —abordó Caramon a Tas mientras ambos se abrían paso
entre la muchedumbre—, ¿has determinado ya qué vas a hacer? Eres el
propietario de la ciudadela flotante. Amothus te la asignó en exclusiva, de
manera que puedes visitar los parajes más recónditos de Krynn y quizás incluso
una luna, si es eso lo que te apetece.
—Ya no tengo la nave voladora —informó el kender después de un
lapso de mutismo. Era evidente que la conversación con Crysania le había
afectado, hasta tal extremo que le costaba asimilar los razonamientos del
guerrero—. Era demasiado grande y aburrida, una vez explorada un ala, las otras
se le asemejaban como gotas de agua. Además, nunca habría llegado a los
satélites —se quejó, ya más centrado—. ¿Sabías que cuando se eleva uno más de
la cuenta le sangra la nariz? El ambiente se enfría, el edificio carece de
comodidad y, por si fuera poco, las lunas están mucho más lejos de lo que en
principio calculé. Si aún se hallara en mi poder el ingenio arcano...
—insinuó, y espió de soslayo al grandullón.
—No, bajo ningún concepto —fue la radical negativa de éste—.
Debo devolvérselo a Par-Salian.
—Podría ocuparme yo mismo de dárselo —sugirió, solícito,
Tasslehoff—. Así tendría ocasión de exponerle los pormenores de las
reparaciones que aplicó Gnimsh, mi irrupción en el hechizo... ¿No? —coreó el
gesto del humano—. En tales circunstancias, lo más aconsejable es que me arrime
a Tanis y a ti y os siga en vuestros desplazamientos. Si no os importuno,
claro está.
Caramon, poco dado a remilgos y fingimientos, optó por el método
de expresión más inconfundible. Abrazó a su compañero, con tal entusiasmo que
hizo añicos algunos de los objetos de interés y valor imprecisos que éste
había comenzado a coleccionar en sus saquillos.
—Por cierto —redondeó sus efusiones con palabras—, ¿qué has
hecho con la ciudadela?
—Se la obsequié a Runce —le comunicó el kender, desenfadado,
ondeando la mano en actitud displicente—, en premio a su ayuda.
— ¡Al enano gully!
El guerrero estaba perplejo frente a tamaña insensatez.
—No puede gobernarla en solitario —le apaciguó el otro—. Aunque,
si recurriera a otros de su raza, quizá activaría las dos partes del Timón
—reconoció—. No había pensado en esta posibilidad.
—¿Dónde está ahora? —gimió Caramon.
—Hice aterrizar la fortaleza en un enclave precioso, en las
afueras de una ciudad que estábamos sobrevolando —fue la incompleta
descripción de Tasslehoff—. Runce se encaprichó de ella, de la ciudadela,
naturalmente, no de la ciudad; así que le pregunté si la quería y, al repetir
él que le hacía mucha ilusión, la posé en un terreno desocupado.
«Nuestra llegada causó un enorme revuelo —continuó, jubiloso—.
Un individuo salió a todo correr de su castillo, una mole que se izaba en una
colina próxima a la llanura donde habíamos tomado tierra, e intentó
expulsarnos arguyendo que aquélla era su hacienda y no teníamos derecho a
plantar nuestra propia mansión. Montó un terrible alboroto, pero no me dejé
amilanar y señalé que su alcázar no cubría más que una zona reducida del
territorio, amén de impartirle ciertos consejos sobre el placer de compartir
que, de haberme escuchado, le habrían resultado harto beneficiosos. Runce, que
nada entiende de reyertas ni de tácticas, le dijo que instalaría en la
ciudadela al clan Burp para vivir allí todos juntos, y el hombre de las
protestas sufrió un ataque de nervios que obligó a sus servidores a recogerlo y
acostarlo en sus aposentos. Los habitantes del burgo no tardaron en hacer un
corro en nuestro derredor. Pero, pasada la primera emoción, me hastié de tantas
demostraciones. Suerte que Igneo Resplandor accedió a transportarme de regreso
a Palanthas.
—¿Por qué no me he enterado yo antes de tan sorprendente
historia? —indagó Caramon, realizando un esfuerzo para aparentar indignación.
—Ha sido un fallo involuntario —se excusó el kender—. Las cuitas
que me han abrumado últimamente han eclipsado los hechos anecdóticos.
—Sí, Tas, me hago cargo —le calmó su amigo—. En lo concerniente
a tu futuro —aventuró, convencido de que el vocablo «cuitas» englobaba una
serie de cábalas sobre cómo debía orientar su existencia—, ayer te vi en
secreto conciliábulo con otro kender y me planteé si no serías más feliz
regresando a tu patria. Recuerdo que en un momento de sinceridad admitiste que
sentías añoranza de Kendermore.
Una inusitada tristeza empañó las pupilas de Tasslehoff
mientras, arropando su mano entre las palmas del gigantesco humano, le hacía
partícipe de un reciente descubrimiento.
—Ni siquiera puedo parlotear ya con los de mi raza, Caramon. Si
me he acercado a ellos, ha sido con el fin de constatar qué vínculos me ataban
a ellos, y mis pesquisas me han acabado de desengañar —susurró, meneando
impetuoso la cabeza e indiferente a los balanceos del copete—. Quise relatarles
las hazañas de Fizban y su sombrero, las villanías de Raistlin y la muerte del
genial Gnimsh. No han comprendido una palabra, ni tampoco les importa. Es duro
solidarizarse, amigo, ya que la clave del compañerismo estriba en no rehuir el
dolor —sentenció, y procedió a enjugarse los húmedos lagrimales.
—En efecto, Tas —ratificó el guerrero—. Pero, aunque se pasan
amargos tragos, siempre es preferible a estar vacío por dentro.
Se internaron en una arboleda. Tanis les aguardaba debajo de un
álamo. Al divisarlos, el semielfo echó a andar hacia ellos y, situándose en
medio, pasó un brazo por sus respectivos hombros.
—¿Preparado? —preguntó al poderoso luchador.
—A tu entera disposición.
—Estupendo. He mandado embridar los caballos y los tengo aquí
mismo. Se me ocurrió que nos convenía cabalgar para despejarnos —justificó el
barbudo semielfo la ausencia de un carruaje—, así que despaché al cochero. No,
no es cierto —rectificó sin que nadie le acusara—. Si me he liberado del vehículo,
ha sido porque detesto estar encerrado en sus asfixiantes paredes. Laurana
también lo aborrece, aunque antes se dejaría matar que confesarlo. El campo
luce sus mejores galas en esta estación del año. Disfrutémoslas.
Montaron a la grupa de los caballos e iniciaron su itinerario, a
través de una avenida de negruzcas ruinas que conducía a los arrabales de
Palanthas. Los grupos que, tras abandonar el escenario del funeral, se dirigían
a sus casas para recomponer los fragmentos desgarrados de sus vidas, oyeron
los ecos de la voz del kender bastante rato después de su marcha.
—Si mis datos no son erróneos, Tanis —arremetió éste—, ahora
resides en Solanthus. Hay allí un calabozo digno de ganar un concurso
—continuó, ya que era superflua cualquier puntualización que el semielfo
pudiera hacer—; nunca olvidaré mí confinamiento en sus celdas. Me enviaron por
un malentendido, huelga decirlo, debido a una tetera que fue a parar
accidentalmente a mis bolsas...
Dalamar trepó por la empinada y retorcida escalera que
desembocaba en el laboratorio sito en la cúspide de la Torre de la Alta
Hechicería. Si practicaba este ejercicio, en lugar de catapultarse mediante la
magia, era por una sola razón: aquella noche le esperaba un largo viaje.
Aunque los clérigos de Elistan habían sanado sus heridas, estaba todavía débil
y había de reservar sus energías.
Más tarde, cuando la luna negra se hallara en su cenit, surcaría
los vapores celestes hasta la mole gemela de Wayreth, donde se había convocado
uno de los cónclaves más importantes de la presente era. Par-Salian sería
formalmente derrocado como máximo mandatario de la Orden y habría que elegir a
su sucesor, un título que recaería con toda probabilidad en la persona de
Justarius, de los Túnicas Rojas. Dalamar, que aún no había conquistado la respetabilidad
que confiere el poderío, encontraba justa la sustitución, si bien no sólo le
animaba a asistir el cumplimiento del deber, que le exigía aportar su voto,
sino otras ambiciones más secretas. Esta noche debía nombrarse, también, a un
nuevo caudillo de los nigromantes, y no le cabía ninguna duda acerca de quién
sería el afortunado.
Había ultimado todos los preparativos antes de partir. Los
guardianes tenían sus instrucciones: ninguna criatura, viva ni muerta, debía
entrar en la Torre durante su ausencia. No contaba en realidad con que eso
sucediera, ya que el Robledal de Shoikan, incombustible a los incendios que
destruyeron el resto de Palanthas, permanecía en una perpetua y tétrica
vigilia. Pero la regla de aislamiento que había regido en la Torre a través de
las generaciones pronto sería abolida y cualquier precaución era poca.
Por mandato del elfo, se habían remozado y amueblado diversas
estancias del edificio. El nuevo amo proyectaba convivir con sus futuros
aprendices, sobre todo Túnicas Negras, aunque también algún acólito de la
Neutralidad, si, tras un examen previo, discernía en él facultades
prometedoras. No estaba dispuesto a morir sin transmitir a los más jóvenes la
habilidad, la erudición que obtuviera de su maestro, ni tampoco —recapacitó en
un alarde de franqueza— le desagradaba la compañía de seres que amenizasen su
vida.
Antes de fundar la escuela, y poniendo punto final a los
preliminares, había una sagrada misión a la que no podía sustraerse. Esa misión
fue la que le forzó a ascender hasta el laboratorio.
Se detuvo en el umbral. No había pisado la cámara desde el día
fatídico en el que Caramon traspasara el Portal y pusiera su maltrecho cuerpo
en manos de los sacerdotes. Ahora era de noche y reinaba una densa penumbra en
el recinto. Siseó un único vocablo y prendieron los pabilos en sus ornamentados
soportes, los candelabros de plata, caldeando la atmósfera al derramar los
parpadeantes destellos de las llamas. Pero las sombras no se disiparon.
Pulularon en los rincones cual entes vibrantes, fantasmagóricos.
Tras agarrar uno de los candelabros, Dalamar recorrió e
inspeccionó la sala. Seleccionó varios artículos, como pergaminos, una varita
y media docena de sortijas, que envió a su propio estudio valiéndose de su
arte.
Pasó junto a la esquina donde pereciera Kitiara. Su sangre,
lúgubre recordatorio, formaba todavía en el suelo un charco de irregular
contorno, y prevalecía en aquella zona un frío antinatural que incitó al elfo
a no demorarse. Alcanzó la mesa de piedra con sus tarros y alambiques y,
aprisionados en las cristalinas superficies, columbró un par de ojos suplicantes.
De nuevo un encantamiento los cerró para toda la eternidad.
Llegó al fin frente al Portal. Las cinco cabezas de dragón,
encaradas con un imperecedero vacío, perseveraban en su loa silenciosa,
congelada, a la Reina. La única luz que brotaba de sus mortecinas máscaras de
metal eran las reverberaciones de las velas. El mago se asomó a la nada, la
escrutó unos minutos y tiró de un cordón de seda que pendía del techo. Una
cortina de aterciopelados pliegues carmesí veló la abertura que, en aquella
inactividad, parecía inofensiva.
Dio entonces media vuelta, y se aproximó a las estanterías de
libros que se apiñaban en el muro trasero del laboratorio. Bajo los oscilantes
resplandores brillaron unas hileras de ejemplares encuadernados en azul
marino y decorados con runas argénteas, de los que manaba un aire glacial.
Contenían los encantamientos de Fistandantilus, ahora suyos.
Y, allí donde terminaba esta sucesión de volúmenes, se
alineaban otros de lomo negro y símbolos similares. La particularidad del
segundo compendio radicaba, Dalamar así lo notó al tocar uno, en que destilaban
un calor interior que les infundía un hálito vital. En sus páginas se
acumulaban los sortilegios de Raistlin, que, asimismo, le pertenecían tras
condenarse el archimago.
Dalamar revisó minuciosamente las cubiertas, como si su
intelecto hubiera de traspasarlas e imbuirse de los prodigios, los misterios y
el poder que atesoraba cada pergamino, cada apartado. Ya en el límite de los
anaqueles, al lado casi de la puerta, empleó la telequinesia para posar el
candelabro en la mesa y, sujetando el picaporte, atisbo un último objeto antes
de salir.
En un sombrío ángulo, estaba, erguido, el Bastón de Mago. El
observador contuvo el resuello al detectar un fulgor en el globo de la
empuñadura, una pieza extinta desde la trágica jornada, y grande fue su alivio
al verificar que se trataba tan sólo del reflejo de las llamas. Apagó las
velas, no de un soplo sino mediante un versículo, y la cámara volvió a fundirse
en las tinieblas.
Con un suspiro, no sin dirigir una ojeada al lugar donde se
alzaba la vara para asegurarse de que se había difuminado, el elfo oscuro
abandonó el laboratorio y atrancó el acceso. Alcanzó acto seguido un cofre de
madera situado en una hornacina del descansillo, retiró de la cavidad una llave
de plata y la insertó en una cerradura de idéntico metal, cuyo primoroso
diseño no habían tallado los cerrajeros, ni aun los orfebres, de Krynn. Hizo
girar el argénteo instrumento mientras recitaba unas frases arcanas y oyó un
chasquido, señal de que el mecanismo, la trampa de nefandos efectos, había sido
accionada.
Llamó a uno de los guardianes. Las descarnadas cuencas oculares
de éste avanzaron por el piso hasta inmovilizarse delante de él.
—Toma esta llave y custódiala hasta el final de los tiempos —le
encargó—. No se la des a nadie, ni siquiera a mí. Tu puesto estará, a partir
de hoy, en la puerta, que no dejarás atravesar a ningún ente, sea cual fuere su
plano de existencia. Infligirás una rápida muerte al intruso que pretenda
burlarte.
El espectro cerró los ojos, si así podían denominarse, para
significar su asentimiento. Tras iniciar el descenso de la escalera, Dalamar se
volvió una vez y vio aquel par de incorpóreas pupilas enmarcadas en la entrada,
acechantes en la oscuridad.
El nigromante esbozó una sonrisa y, satisfecho, se alejó.
Epílogo
Regreso al hogar
Un golpe, otro, otro más. Tika Waylan Majere, que dormía
plácidamente, se sentó sobresaltada en el lecho y, después de acallar el
sonoro bombeo de su corazón, aguzó el oído con la esperanza de identificar el
ruido que la había despertado.
Nada percibió. ¿Acaso lo había soñado? Apartando los
tirabuzones pelirrojos que le tapaban el rostro, todavía amodorrada, espió la
ventana. Rayaba el alba, el sol no había aparecido en el horizonte pero las
brumas nocturnas se batían en retirada y, al hacerlo, revelaban un cielo
limpio, azul, en la media luz que precede al amanecer. Los pájaros, como de costumbre,
habían madrugado y ensayaban sus coros domésticos, silbando y canturreando
entre ellos. Eran los únicos habitantes de Solace que saludaban tan
tempranamente la creciente luminosidad, pues a aquella hora incluso el
centinela que hacía la ronda nocturna solía rendirse a la influencia del benigno
clima primaveral y dar una cabezada, incrustando el mentón en el pecho y
lanzando estentóreos ronquidos.
«Sí, lo he soñado —insistió Tika en su fuero interno,
somnolienta y afligida—. Me pregunto cuándo voy a habituarme a dormir sola. El
más suave tintineo me arranca de mi letargo.»
Arrebujóse de nuevo entre las sábanas, estiró el embozo por
encima de la cabeza para que la claridad no la desvelase y, deseosa de sumirse
en un apacible sopor, se esforzó en cerrar los párpados.
También recurrió a la táctica de tantas otras ocasiones,
imaginar que Caramon estaba tendido a su lado, la estrechaba contra su pecho y,
respirando fuerte, vivo su corazón en un latir que transmitía confianza,
ternura, le murmuraba mientras le daba cariñosas palmadas en el hombro: «Ha
sido una pesadilla. No te preocupes, mañana la habrás olvidado.»
Un cuarto golpe y luego el siguiente, hasta perder la cuenta. La
muchacha abrió rauda los ojos y se dijo, ahora convencida, que no era una
jugarreta de su mente sino un tamborileo real, originado en las alturas.
¡Había alguien entre las ramas del vallenwood!
Se levantó y, con el sigilo que aprendiera a adoptar en sus
aventuras bélicas, asió la bata que yacía extendida al pie de la cama, se
embutió en ella —no sin confundirse de mangas y tener que repetir la operación—
y abandonó el dormitorio.
Los golpes arreciaron, su ritmo fue in crescendo. Tika se
mordió el labio, en una mezcla de resolución y temor. ¿Quién merodeaba por la
casa que su esposo empezara a construirle en el árbol? Había localizado la
procedencia del ruido, pero no atinaba a explicarse qué estaba sucediendo.
¿Eran quizá ladrones? Allí sólo estaban las herramientas de Caramon.
Lanzó una risotada, que se trocó en sollozo al evocar el
trabajo del hombretón. Configuraban sus útiles un martillo con la cabeza
desencajada, que saltaba por los aires siempre que se ponía a clavar una
tachuela, una sierra tan desdentada que se asemejaba a la sonrisa de un enano
gully y una garlopa que no alisaría ni la mantequilla del desayuno. Todos
ellos inservibles, aunque en extremo valiosos para la mujer, quien no los había
tocado desde que él partiera.
Más y más golpeteos, ahora rítmicos como si, al fin, hubieran
encontrado su cadencia. La posadera cruzó la sala de estar; pero, cuando tenía
ya la mano en el pomo de la puerta principal, una reflexión hizo que se
detuviera.
«Sería más prudente llevar un arma», se aconsejó a sí misma y,
tras un corto reconocimiento, agarró un cazo de la cocina, el sucedáneo de arma
más contundente que se expuso a su inspección. Sujetándolo por el mango,
entreabrió la puerta y, silenciosa, salió a través de la rendija.
Los rayos solares empezaban a festonear de un halo incandescente
las cumbres montañosas, que, todavía nevadas, asumían una indescriptible
belleza gracias al contraste del blanco y el oro y, además, se realzaban al
recortarse contra el cielo sin nubes. La hierba brillaba con el rocío cual una
ristra de diminutas perlas, la atmósfera embriagaba en su prístina pureza,
las hojas nuevas de los vallenwoods se mecían y alborozaban bajo la caricia del
astro y, en resumen, tan espléndido se anunciaba el día que podría haber sido
el primero de todas las eras, aquel en el que los dioses contemplaron,
exuberantes de gozo, su creación sin mácula.
Pero Tika no estaba de humor para hacedores, paisajes
verdeantes ni baños de rocío, y sentía frío bajo el contacto de sus pies
desnudos. Con el cazo en el puño cerrado, oculto detrás de su espalda, se encaramó
a la escala que conducía al inconcluso refugio, un nido humano, sencillo y a un
tiempo ambicioso entretejido en la confluencia de dos ramas. Hizo una pausa
cerca de la copa y, discreta, se asomó entre dos troncos que constituían un
buen puesto de observación.
Sus sospechas se confirmaron. Allí había alguien. Apenas
distinguía la figura que se agazapaba en un oscuro rincón; pero le bastó con
detectar su presencia para trepar por la rama, que hacía las veces de puente
y, ya en el entarimado, cruzar las planchas sin provocar ni un solo crujido.
Mientras realizaba la travesía, no obstante, vibró en sus
tímpanos una risita jocosa y como amortiguada que se le antojó familiar.
Vaciló, pero reanudó presta la marcha, cavilando que eran figuraciones suyas.
Próxima ya al individuo que osaba allanar su futura morada, y
que llevaba una capa alrededor de los hombros, Tika se hizo una idea más
concreta de su apariencia. Era un humano y, a juzgar por la musculatura de sus
brazos, uno de los más gigantescos que había visto nunca, con una complexión
que la anchura de los omóplatos acababa de perfilar. Estaba acuclillado, de
espaldas y, ajeno al escrutinio de la posadera, alzó la mano.
¡Blandía el martillo de Caramon!
«¿Cómo se atreve a manipular las cosas de mi esposo? —se
encolerizó la mujer—. Corpulento o no, todos son iguales cuando caen
inconscientes al suelo.»
Decidida a darle un escarmiento, elevó el cazo...
—¡Cuidado, Caramon! —gritó una vocecilla aguda.
El grandullón, frente a tan urgente aviso, se puso en pie y dio
media vuelta. El recipiente culinario se estrelló contra el entarimado
estrepitosamente, mientras el martillo y sus inseparables clavos corrían
idéntica suerte.
Llorando de alegría, Tika se arrojó a los brazos de su amado.
—¿No es fantástico, Tika? Te has llevado una sorpresa
mayúscula, ¿verdad? Vamos, di que sí, no me defraudes. ¿Habrías aplastado el
cráneo de Caramon de no impedirlo yo? Quizá me he precipitado al interrumpir
un reencuentro tan interesante, aunque creo que a tu marido no le habría
sentado nada bien. ¿Recuerdas cuando atacaste con un objeto semejante a un
draconiano que se disponía a maltratar a Gilthanas?
Tal fue la retahíla de comentarios y preguntas que formuló
Tasslehoff mientras sus supuestos contertulios se abrazaban. Éstos nada
contestaron, porque nada oyeron. Se contentaron con mirarse, con fundirse en
uno solo, y el kender notó un delator humedecimiento en sus lagrimales, que le
impulsó a esfumarse de la escena.
—Será mejor que baje y os aguarde en el comedor —propuso, y se
encaminó hacia la escala.
Ya al pie del árbol, el hombrecillo penetró en la pulcra,
acogedora vivienda que se alzaba bajo el cobijo de su sombra. Después de
sonarse la nariz, jovial como siempre, emprendió la investigación de todos y
cada uno de los muebles.
—Todo parece indicar —razonó, admirando un recipiente de vidrio
esmerilado repleto de galletas que, distraído, incorporó a sus saquillos sin
dudar ni por un instante de que lo había colocado de nuevo en su alacena— que
Caramon y Tika permanecerán mucho rato en el vallenwood, acaso varias horas.
Tengo, pues, una magnífica oportunidad para clasificar mis pertenencias.
Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, volcó sobre la
alfombra el contenido de sus bolsas y, mientras mordisqueaba algunas galletas
en un absoluto ensimismamiento, inició el inventario. Lo primero que atrajo
su mirada fue un pliego de mapas que le había regalado Tanis. Desenrolló los
documentos, uno después de otro, y con un dedo siguió, en una ruta
verdaderamente intrincada, los parajes que había visitado en sus innumerables
correrías.
—Viajar me ha proporcionado experiencias enriquecedoras
—recapituló—, pero ninguna tan grata como el retorno al hogar. Me alojaré junto
a esta pareja, instituiremos una familia y yo, al fin, gozaré del merecido
solaz. Incluso me asignarán un aposento privado en el nuevo refugio. Caramon
así me lo prometió. ¿Qué es esto? —cambió de pronto el voluble hombrecillo,
prendidos los ojos de uno de los documentos cartográficos—. ¿Merilon? Nunca oí
hablar de una ciudad con ese nombre. Me gustaría saber qué aspecto tiene...
—No, Burrfoot —replicó el Tas maduro, sosegado—, se terminó tu
época de trotamundos. Tu acervo de historias para relatar a Flint está más que
completo. De manera que a partir de hoy olvidarás esa inquietud de adolescente
y te convertirás en un respetable miembro de la sociedad. A lo mejor hasta te
nombran alguacil «honorario».
Recogiendo el mapa que había excitado su curiosidad, perdido en
una ensoñación en la que ya desempeñaba las funciones de su cargo —sin
meditar, claro está, que pocas funciones había de ejercer dada la apostilla con
la que él mismo había rematado el título—, cerró el alargado estuche y se
enfrascó en el recuento de sus tesoros.
—Una pluma blanca de pollo, una esmeralda, una rata muerta...
Por cierto, ¿de dónde la saqué? No importa, sigamos: un anillo tallado en forma
de hojas de enredadera, un dragón dorado en miniatura que, hagamos un inciso,
no he depositado yo en mi bolsa, un fragmento de cristal azul, un colmillo
reptiliano, pétalos de rosa Hiemis, una pata de conejo de esas que
llevan los niños a modo de talismán y... ¡Caramba! Aquí están los planos del
ascensor mecánico de Gnimsh y también un libro, Técnicas de la prestidigitación
para pasmar y deleitar. ¿No es increíble que la casualidad haya puesto en
mis manos algo tan útil? ¡Oh, no! —se lamentó—. ¡Otra vez el brazalete de
Tanis! No me explico cómo se las arregla el semielfo cuando no estoy a su lado
y rescato todo lo que él extravía. Es demasiado descuidado. Me asombra que
Laurana se lo consienta.
«Parece ser que no queda nada —continuó hurgando en el saquillo
por si quedaba algo—. Cada uno de estos artículos evoca una vivencia
apasionante, entrañable. Y, a propósito de vivencias, son muchas las que me
vienen a la memoria, tantas que me hago un lío al rememorarlas. He conocido a
varios reptiles alados, navegado en una ciudadela flotante —enumeró—, roto un
Orbe de los Dragones, incluso me he transformado en ratoncillo y, como colofón
de todas estas maravillas, he trabado íntima amistad con el mismísimo
Paladine.
«También he vivido instantes de tristeza —reconoció—, pero su
carácter negativo se disipó hace tiempo y no ha dejado más huella que un dolor
casi imperceptible en este órgano infatigable —se refería al corazón, y se
presionó en el pecho con los dedos—. Añoraré mucho mis andanzas pasadas, la
vida errabunda, y quizá aún me animaría a hacer alguna escapada si mis
compañeros no se hubieran aposentado. Sin embargo —se sermoneó al advertir que
su mitad irracional comenzaba a entusiasmarse— en lugar de intentar
arrastrarles, lo que he de hacer es imitar su ejemplo y llevar una existencia
feliz, placentera. Si consiguiera el puesto de alguacil honorario llevaría a
cabo actividades fascinantes...»
Se interrumpió porque en su postrera exploración de los
saquillos, escondido entre sus pliegues, había tanteado algo. Se trataba de un
artículo de reducido tamaño, que debió de haber quedado oculto en el forro
antes de que el hombrecillo invirtiera la bolsa y no cayó, por consiguiente,
con el resto de los enseres. Tirando de él, Tas lo sacó al exterior y lo sostuvo
en la palma de una mano, no sin dar un respingo al identificarlo.
«¿Cómo ha podido Caramon cometer esta negligencia? ¡Ni siquiera
se ha percatado de que ya no lo tiene! —se escandalizó mentalmente—. Aunque he
de decir en su descargo que, en las últimas etapas de nuestro viaje, eran
muchas las preocupaciones que le abrumaban. Le comunicaré mi hallazgo y él
decidirá si conviene restituírselo a Par-Salian.»
Tan concentrado estaba en estudiar aquel colgante liso, sin
atractivo de ninguna especie, que no reparó en que su otra mano, actuando por
propia iniciativa, puesto que él había renunciado a la vida aventurera,
burlaba su vigilancia y se cerraba sobre la funda de los mapas.
—¿Cuál era el nombre de aquel burgo? ¿Merilon?
Era alguno de sus dedos el que había solicitado tal aclaración,
en secreto coloquio con los demás, ya que Tasslehoff no sentía ningún deseo de
desplazarse de un sitio a otro como las tribus nómadas. Sin hacer indagaciones
para desenmascarar al culpable, ni sorprenderse por haber recuperado aquellas
piezas que le arrebatasen en un mugriento calabozo —quién se las dio y en qué
circunstancias es un enigma impenetrable de los múltiples que figuran en los
anales de Krynn—, el kender fue mudo testigo de las manipulaciones de su mano,
que se apresuró a atiborrar de nuevo los saquillos.
Puesta ya a buen recaudo toda su colección, la furtiva y afanosa
mano suspendió una bolsa de los hombros, anudó dos o tres al cinto e introdujo
una más en el interior de los calzones rojos, que, llamativos y nuevos, vestía
su desobedecido amo.
Con idéntico desacato, los ágiles dedos comenzaron a activar
los resortes de la joya opaca y sin interés hasta trocarla en un cetro de
prodigiosa belleza, pues a sus titilantes incrustaciones se sumaba el embrujo
de la magia.
—Cuando hayas concluido —regañó Tasslehoff a la desvergonzada
mano—, te quitaré el ingenio y se lo entregaré de inmediato a Caramon.
—¿Dónde se ha metido Tas? —inquirió Tika, dejándose acunar por
los cálidos y fuertes brazos de Caramon.
El hombretón juntó su mejilla a la de su esposa y, mientras
besaba los rojizos bucles, musitó:
—No podría garantizarlo, pero tengo la vaga impresión de que ha
farfullado algo acerca de esperarnos en casa.
—O, lo que es lo mismo —bromeó la mujer—, a estas alturas ya no
nos queda ni una cuchara.
El guerrero sonrió y, sujetando el mentón femenino con dos
dedos, le dio un beso prolongado, sentido, en los labios.
Una hora más tarde, todavía entre arrullos, la pareja caminaba
a través de las estancias de su futura vivienda, delimitadas por tabiques a
medio construir. Mientras paseaban, Caramon señaló las mejoras que quería
hacer ahora que era capaz de planear su tarea.
—Ésta será la habitación de nuestros hijos pequeños, al lado de
la nuestra —especificó—, y en la más apartada instalaremos a los mayores. No,
dividiré el espacio en dos alcobas. Varones y hembras se sentirán más a sus
anchas separados. A la izquierda, la cocina; en la parte trasera, el habitáculo
de Tas, para respetar su independencia, y en la zona más soleada, se
hospedarán los invitados, Tanis y Laurana...
Enmudeció al llegar a la única dependencia que había terminado,
aquella con el emblema de los nigromantes tallado en una insignia que,
caprichosa, se columpiaba en la brisa. Tika le miró y su rostro risueño,
ruboroso, asumió una máscara de pálida seriedad.
Caramon alargó una mano, desprendió la placa de su gancho y
examinó unos minutos su superficie antes de alargársela, afable, a su esposa.
—La confío a tu custodia —susurró, palpable su emoción—. Sólo te
pido que no la destruyas.
—No lo haré. —La posadera escrutó los rasgos de su marido,
rozando tímidamente los cantos de la insignia y el símbolo arcano en ella
inscrito—. ¿Vas a contarme lo sucedido, Caramon?
—Algún día —aseveró el aludido, al mismo tiempo que la envolvía
en un abrazo y la estrujaba, amoroso—. Algún día —repitió y oteó la ciudad que,
a sus pies, se desperezaba antes de empezar una nueva jornada.
Mientras jugueteaba con los seductores rizos de su mujer,
vislumbró, a través de las tupidas hojas del vallenwood, el tejado de la
posada. Oyó un murmullo de voces, unas alegres, refunfuñantes otras, todas
adormecidas, e impregnaron su olfato los aromas de las hogueras que,
transportados por el viento, invadieron el valle. Así, difuminó el fresco
verdor una bruma que propagaba un mensaje de vida en su olor a leña y
alimentos.
Caramon abrazó el cuerpo de su dama y, sumergido en el halo de
plenitud que exudaban todos sus poros, notó cómo el amor surgía de su ser para
brillar eternamente, más níveo e impoluto que la luz de Solinari o los fúlgidos
resplandores de un globo cristalino, un puño de bastón de mágicas cualidades.
Suspiró, pesaroso por lo que podría haber sido, pero con la
complacencia que otorga la perspectiva de una dicha perenne.
—No hay nada por lo que deba perturbarme; estoy en casa
—concluyó.
VOTOS NUPCIALES
(Repetición)
Pero tú y yo, atravesando ardientes praderas,
caminando en la oscuridad de la tierra,
confirmamos a este mundo, a estas gentes,
los cielos que les dieran vida,
los vientos que nos despiertan,
este nuevo hogar en el que estamos.
Y todo se hace más importante
tras la promesa de una mujer y un hombre.

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