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© Libro N° 5996. Leyendas De La Dragonlance. Volumen III. El Umbral Del Poder. Weis, Margaret;  Hickman, Tracy. Emancipación. Mayo 11 de 2019.

Título original: © Dragonlance Legends™ - War of the Twins

 

Versión Original: © Leyendas De La Dragonlance. Volumen III. El Umbral Del Poder. Margaret Weis - Tracy Hickman

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leyendas De La Dragonlance

Volumen III

EL UMBRAL DEL PODER

Margaret Weis - Tracy Hickman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mi hermano, Gerry Hickman, quien me enseñó cómo debe ser una relación fraternal.

Tracy Hickman

 

 

A Tracy, con mi más efusivo agradecimiento por ha­berme permitido entrar en su mundo.

Margaret Weis

 

 

 

 


AGRADECIMIENTOS

 

 

Quisiéramos dar las gracias al equipo Dragonlance: Tracy Hickman, Harold Johnson, Jeff Grubb, Michael Williams, Gali Sánchez, Gary Spiegle y Carl Smith.

 

Queremos dar también las gracias a aquellos que se nos unieron en Krynn: Doug Niles, Laura Hickman, Michael Dobson, Bruce Nesmith, Bruce Heard, Mi­chael Breault y Roger E. Moore.

 

Nuestro agradecimiento a la editora, Jean Blashfield Black, quien tuvo fe en nosotras.

 

Y, finalmente, nuestro más profundo reconocimien­to a todos los que nos han ayudado: David «Zeb» Look, Larry Elmore, Keith Parkinson, Clyde Caldwell, Jeff Easley, Ruth Hoyer, Carolyn Vanderbilt, Patrick L. Price, Bill Larson, Steve Sullivan, Denis Beauvais, Valerie Valusek, Dezra y Terry Phillips, Janet y Gary Pack, a nuestras familias y a todos los que nos han escrito.

 

 

Margaret Weis y Tracy Hickman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro I

 

 

 

 

 

El mazo de los dioses

 

 

Como un afilado acero, el clarín rasgó el aire oto­ñal, mientras los ejércitos enaniles de Thorbardin avanzaban hacia los llanos de Dergoth para enfren­tarse con sus enemigos, sus hermanos. Varias cen­turias de odio e incomprensión entre los habitantes de las colinas y sus parientes de las montañas se ver­tieron, en forma de sangre, sobre la planicie. La vic­toria, una meta que nadie perseguía, se convirtió en algo absurdo, carente de sentido. Vengar agravios co­metidos mucho tiempo atrás por los ancestros de ambos bandos, por criaturas muertas y olvidadas, era la finalidad común: matar, destruir, ése fue el ob­jetivo de la guerra de Dwarfgate.

Fiel a su palabra, Kharas, el héroe de los enanos, batalló en defensa de su rey. Barbilampiño, inmo­lada su barba como símbolo de la vergüenza que le producía luchar contra quienes consideraba sus pa­rientes, se situó a la cabeza de las tropas y sollozó, desconsolado, mientras abatía a quien se ponía al al­cance de su mazo. Cada vez que asestaba un golpe mortal se repetía, sin poder evitarlo, que el término «triunfo» se había tergiversado hasta transformar­se en sinónimo de aniquilamiento. Vio caer los es­tandartes de los dos grupos rivales, mezclarse con el fango y yacer mancillados en la llanura cuando el ansia de desquitarse, en una marea sanguinolenta, dominó a los contendientes. Comprendió que fuera quien fuese el ganador todos habían de perder, así que desechó su pertrecho, aquella portentosa herramienta confeccionada bajo los auspicios de Reorx, su dios, y abandonó el campo.

Muchas fueron las voces que lo tildaron de cobar­de. Si Kharas las oyó, fingió ignorarlas. Su corazón conocía el significado de aquel acto; no necesitaba escuchar a quienes calificaban su conducta sin en­tenderla. Derramando amargas lágrimas, limpiándo­se las manos de la savia vital de sus congéneres, bus­có entre los cadáveres los cuerpos exánimes de los dos amados hijos del rey Duncan. Cuando los hubo encontrado, arrojó sus restos mutilados, despedaza­dos, sobre la grupa de un caballo y se alejó de los llanos de Dergoth en dirección a Thorbardin.

Muy pronto, Kharas interpuso distancia, pero no la suficiente para que no llegaran a sus tímpanos las llamadas a la venganza, el estrépito del acero, los gri­tos de los moribundos. No volvió la mirada, pero sa­bía que aquellos sonidos retumbarían en su memo­ria hasta el fin de sus días.

A lomos de un segundo corcel que halló en las in­mediaciones suelto, perdido su jinete, cabalgó hacia las Montañas Kharolis. En el instante en que reco­rría sus estribaciones, impregnó el ambiente un fan­tasmal zumbido, un eco ominoso que hizo piafar a su montura. El consejero detuvo el caballo y le aca­rició la testuz, deseoso de sosegarlo, mientras otea­ba, inquieto, su entorno. ¿Qué había sido aquello? No era uno de los ruidos propios de la guerra ni, desde luego, lo había originado la naturaleza.

Ahora sí giró el rostro. El estampido procedía de las tierras de las que acababa de desertar, del para­je donde los enanos se sometían a una cruenta ma­tanza mutua en nombre de la justicia. Aumentó la magnitud del singular fragor; sus notas sordas, amenazadoras, adquirieron un volumen de pésimo augu­rio. El héroe se estremeció y bajó la cabeza al acer­carse el temible rugido, semejante a un trueno brotado de las entrañas del mundo.

«Es Reorx quien lo provoca —aventuró, aterro­rizado—. Nuestra divinidad manifiesta así su ira, nos anuncia que estamos condenados.»

La onda sónica se propagó hasta agredir a Kha­ras como una ventolera tórrida, abrasadora y pestilente, que, en su arremetida, casi le arrancó de la silla. Nubes de arena y polvo le envolvieron, metamorfoseando el día en una noche horrible, perverti­da. Los árboles se retorcieron en su derredor, los ca­ballos relincharon espantados y a punto estuvieron de lanzarse, desbocados, a una desenfrenada carre­ra. En aquella barahúnda, lo único que podía hacer el consejero era mantener el control de los équidos.

Cegado por el hediondo huracán, medio asfixiado y tosiendo, el enano se cubrió la boca e intentó, como pudo en la repentina oscuridad, proteger también los ojos de los corceles. Nunca sabría cuánto tiempo pasó inmerso en aquel torbellino de cenizas, en aque­lla corriente ígnea cargada de presagios pero, tan sú­bitamente como se había iniciado, cesó su embestida.

Se asentó la polvareda. Los torturados troncos se enderezaron, los animales recobraron la calma. El ciclón se disolvió en las suaves brisas del otoño, de­jando tras de sí un silencio más agobiante que el atro­nador estruendo.

Lleno de presentimientos, Kharas azuzó a los ca­ballos a seguir tan deprisa como les permitían sus exhaustas patas y ascendió a las montañas, ansioso de encontrar una atalaya desde donde divisar el pa­norama. Al fin, la descubrió en un peñasco que se proyectaba sobre el precipicio. Ató las cabalgaduras y su lastimero fardo en un matorral cercano, se aso­mó a las planicies de Dergoth y, temeroso, contem­pló la región que se extendía a sus pies.

Sobrecogido, comprobó que no se movía una cria­tura viviente en el escenario de la batalla. Nada que­daba allí salvo rocas y suelos devastados.

Los ejércitos rivales parecían haber sido borrados de la faz de Krynn. Tan destructor había sido el en­cuentro que ni siquiera se veían cadáveres en la an­tes atestada planicie. Incluso el aspecto del terreno se había modificado. La mirada de Kharas se centró en el punto donde se alzara la fortaleza de Zhaman con sus torres, altas y gráciles, imponiéndose a los accidentes naturales. Se había derrumbado, aunque no del todo. Como vestigio de su existencia, se había formado, en su antiguo emplazamiento, configura­do por sus mismas ruinas, un montículo que al apabullado observador se le antojó un cráneo humano que, en un rictus sarcástico, oteaba una desértica lla­nura de muerte.

—Reorx, padre, Gran Forjador del Universo, per­dónanos —murmuró Kharas, nublada su visión por las lágrimas.

Luego, inclinando la cabeza, compungido, el héroe reemprendió la marcha hacia Thorbardin.

Los enanos creerían, porque él así se lo comuni­caría, que la hecatombe de la planicie había sido de­cidida por la divinidad. El hacedor, en su infinita có­lera, había descargado su hacha sobre el país para aplastar a sus criaturas.

Las Crónicas de Astinus, no obstante, registrarían los sucesos tal como en realidad se desarrollaron:

 

En la cúspide de sus poderes mágicos, Raistlin, el archimago, también conocido como Fistandantilus, y Crysania, la sacerdotisa de Paladine, investida de blanco hábito, intentaron traspasar el Portal que con­duce al Abismo a fin de desafiar, una vez al otro lado, a la Reina de la Oscuridad.

Eran infames e inconfesables los crímenes que ha­bía cometido el nigromante para llegar a este punto, colofón de sus ambiciones. La túnica negra que vestía estaba manchada de sangre, la suya propia en gran par­te. Sin embargo, aquel hombre conocía el corazón de los mortales y sabía cómo manipularlo, envilecerlo de tal modo que aquellos que deberían haber denos­tado sus acciones acabaran admirándole. Tal era el caso de Crysania, de la casa de Tarinius. Hija Vene­rable de la Iglesia, la dama poseía una fisura fatal en la marmórea superficie del alma. Su hendidura, su flaqueza, fue detectada por Raistlin, quien, lejos de respetarla, la ensanchó hasta abrir una brecha sus­ceptible de dividir su ser y, al fin, engullir sus senti­mientos.

La sacerdotisa, ignorante de los oscuros manejos del hechicero, lo siguió hasta el Portal. Allí invocó a Paladine, su dios, y éste escuchó sus plegarias, pues, en verdad, la mujer era su elegida. Raistlin apeló a su arte arcano y tuvo éxito, ya que ningún mago ha­bía ostentado antes el poderío de aquel joven.

El Portal se desencajó, presto a admitirles.

Comenzó el nigromante a atravesar el acceso, pero un ingenio para viajaren el tiempo, que, en aquel mis­mo instante, activó Caramon, su hermano gemelo, junto al kender llamado Tasslehoff Burrfoot, se in­terfirió en el sortilegio destinado a romper el sello de la inigualable entrada a ultratumba. El campo magnético se deshizo con consecuencias imprevistas y desastrosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

¿Dónde estamos?

 

 

¡No puede ser! —exclamó Tasslehoff. Caramon clavó una severa mirada en el kender.

—Te aseguro que no ha sido culpa mía, amigo —protestó el hombrecillo.

Mientras hablaba, examinó el paraje; luego, unos segundos más tarde, observó a su corpulento com­pañero, sin perder por ello de vista cuanto les rodea­ba. Comenzó a temblarle el labio inferior y buscó su pañuelo, para contener un estornudo o, quizá, para secarse las lágrimas. No lo encontró. Tanto el fino paño como sus saquillos se habían volatilizado; en la excitación del momento, no recordaba que todas sus pertenencias habían quedado en las mazmorras de Thorbardin.

La experiencia fue emocionante. Unos segundos antes, Caramon y él se hallaban en la fortaleza má­gica de Zhaman, manejando el artilugio que debía teletransportarles al hogar y, al formular Raistlin su encantamiento, se había originado una terrible conmoción. Las rocas crujían y se desencajaban de su asentamiento hasta que, tras sentir el hombrecillo que las fuerzas en conflicto tiraban de su persona en seis direcciones diferentes, le circundaron unos vertiginosos vapores y apareció en aquel lugar.

En aquel lugar, sí, pero ¿dónde? No supo identifi­carlo, fuera cual fuese el punto de destino, no era como su añorada patria.

El guerrero y él se hallaban en un sendero de mon­taña, en la proximidad de un enorme peñasco y cubiertos hasta los tobillos por un fango viscoso y ce­niciento que alfombraba el terreno hasta el lejano horizonte. Aquí y allí se proyectaban, sobre el blando manto del lodazal, los pináculos aserrados de al­gunas rocas partidas. No había señales de vida, nada ni nadie podía medrar en semejante desolación. Nin­gún árbol se mantenía en pie, sólo tocones chamus­cados se perfilaban en aquella densa y mullida capa que todo lo desfiguraba. Hasta donde alcanzaba la vista, hasta la límpida línea en que la tierra se unía con el cielo, no se divisaba sino una ciénaga yerma, inmensa.

Tampoco el firmamento ofrecía consuelo. Exten­diéndose sobre ellos, era gris y vacío. Al oeste, no obs­tante, rompía la monotonía una zona de extraños to­nos violáceos, una masa de nubes tormentosas que bullían al iluminarlas los mortecinos relámpagos, tan distantes que únicamente arrancaban fulgores azulados de los espesos cúmulos donde se cobijaban. Y, en cuanto al sonido, sólo el vago retumbar del true­no se abría paso en el silencio. No se detectaban otros ruidos, ni movimiento, ni nada de nada.

Caramon exhaló un profundo suspiro y se frotó la cara con una mano. El calor era intenso y, aunque no llevaban sino unos minutos en el lugar, una fina película de ceniza se había adherido a su piel sudo­rosa.

—¿Dónde estamos? —preguntó en tonos regulares, mesurados.

—No tengo la menor idea —confesó Tas. Hizo una pausa, e inquirió a su vez—: ¿Y tú?

—He seguido tus instrucciones al pie de la letra —repuso el aludido, impregnada su voz de una omi­nosa calma—. Según Gnimsh, al menos así lo afir­maste, lo único que debíamos hacer era pensar en el punto al que queríamos trasladarnos y nos materializaríamos en él. Puedo asegurarte que sólo he in­vocado en mi mente la imagen de Solace.

—¡También yo! —se defendió el kender, que había percibido un velado reproche en la explicación de su compañero—. Bueno —rectificó, consciente del es­crutinio del hombretón—, al menos me he concen­trado en esa ciudad la mayor parte del tiempo.

—¿Cómo? —se escandalizó Caramon, aunque pro­curó mantener la tranquilidad.

—Verás —admitió Tasslehoff tragando saliva—, por un breve instante, me ha asaltado la idea de cuan divertido e interesante, cuan extraordinario sería vi­sitar...

—Visitar ¿qué? —indagó Caramon.

—Una l... lu... —tartamudeó el otro. Pero, al adver­tir que el guerrero se impacientaba, se armó de va­lor y vociferó—: ¡Una luna!

—¡Una luna! —se horrorizó su fornido amigo—. ¿Puedo saber cuál de ellas? —añadió unos momen­tos más tarde, mientras oteaba el panorama con cre­ciente resquemor.

—Cualquiera de las tres. Supongo que no hay mu­chas diferencias entre una y otra —comentó el hom­brecillo, encogiéndose de hombros—. Salvo, por supuesto, que Solinari debe estar plagada de refulgentes rocas de plata y Lunitari de piedras encarnadas. La otra es, sin duda, un espacio de tinie­blas, aunque como nunca la he vislumbrado, no po­dría asegurarlo.

El corpulento luchador emitió un gruñido. Tas de­cidió que más valía contener la lengua. Calló, pues, mientras su compañero paseaba una solemne mira­da por las inmediaciones. No duró la pausa, sin em­bargo, más de tres minutos, ya que se necesitaba una paciencia superior a la que el kender podía imponer­se, o una daga apuntada a su garganta, para prolon­gar su mutismo.

—Caramon —lo interpeló—, ¿crees que lo hemos logrado? Me refiero, claro está, a catapultarnos a un satélite. Lo cierto es que este paisaje en nada se ase­meja a cuantos he contemplado, aunque su superfi­cie no es argéntea, ni roja, ni siquiera negra.

—No me extrañaría demasiado —farfulló el inter­pelado en sombría actitud—, teniendo en cuenta que una vez nos guiaste a un puerto de recreo que esta­ba situado en el centro de un desierto.

— ¡Aquello tampoco fue culpa mía! —se defendió, indignado, Tasslehoff—. Hasta Tanis aseveró...

—Sea como fuere —le interrumpió el guerrero con palpable desconcierto—, a pesar de su insólita apariencia, este lugar me resulta vagamente familiar.

—Muy cierto —corroboró el hombrecillo, al mis­mo tiempo que ojeaba de nuevo aquellas extensio­nes de lodazal desfigurado por la ceniza—. Me re­cuerda a algo, ahora que lo mencionas, aunque no atino a saber qué. El único paraje comparable a éste que me viene a la memoria es el Abismo —dijo, en un quedo y tembloroso susurro.

Los cargados nubarrones se habían acercado de manera inexorable durante este diálogo, proyectan­do sobre el desnudo territorio unas sombras aún más fantasmagóricas. Trajeron consigo un viento calien­te y, al detenerse, esparcieron una fina lluvia que se mezcló a la volátil ceniza. Se disponía Tas a hacer una observación acerca de la cualidad pegajosa de la lluvia, cuando, sin previo aviso, el mundo estalló a su alrededor.

Al menos, así se le antojó al kender. Sacudieron la tierra una luz deslumbradora, un sonido sibilante y un baque estentóreo, sordo, y el hombrecillo se en­contró sentado en el barro, al borde de un gigantes­co agujero que había engullido el suelo a escasos me­tros de ellos.

—¡En nombre de los dioses! —renegó Caramon, y se inclinó hacia su amigo para ayudarle a incor­porarse—. ¿Estás bien?

—Creo que sí —repuso éste, conmocionado. Antes de que reaccionara, un segundo relámpago fulminó los contornos y arrojó al aire cantos de roca, que se desparramaron entre los cenicientos vapores—. ¡Caramba, ha sido espléndido! Aunque, si he de ser­te sincero, no me apetece nada que se repita —se apresuró a agregar, por temor a que el cielo, más os­curo a cada instante, resolviera mostrarse compla­ciente y le obsequiara con un nuevo fogonazo.

—Dondequiera que nos encontremos —sentenció el guerrero—, debemos alejarnos de estas alturas. Al menos hay un camino, que conducirá a algún sitio.

Al otear el encharcado sendero y el valle que se abría a su término, no menos cenagoso, Tasslehoff se dijo que cualquier otro enclave de la región sería tan poco halagüeño como aquél; pero, consciente del estado taciturno en el que se había sumido Caramon, optó por guardarse sus cábalas para sí mismo.

Mientras vadeaban el légamo que inundaba el úni­co camino practicable, la ventolera arreció, clavan­do en su carne astillas ennegrecidas y rescoldos ape­nas apagados. Los rayos danzaban entre los árboles y los hacían explotar en bolas de fuego verde o azu­lado. La tierra se agitaba bajo el bramido del trueno y, en suma, la tempestad, enseñoreada de la atmós­fera, persistía en castigar aquella zona hasta el ex­tremo que, ahora, las nubes se amasaban como un manto uniforme.

Caramon, que era quien marcaba el paso, aceleró la marcha. Forzaron ambos su trabajoso avance por la ladera y al rato llegaron a lo que, en un tiempo más o menos remoto, debió de ser una hermosa va­guada. Tas se representó la explanada que se desple­gaba ante sus ojos como una pradera salpicada de árboles, que, en el otoño, se vestían de oro, color que, cuando llegaba la primavera, mudaban por el verde.

Vio aquí y allí espirales de humo que, casi antes de elevarse, eran arrastradas por el huracán. «Segu­ramente esas volutas son producidas por el embate de los relámpagos», reflexionó. Pero, a causa de una intrigante asociación de ideas, aquel espectáculo le traía reminiscencias de otro. Como le sucedía a su compañero humano, estaba convencido de que cono­cía el paraje.

Sorteando el limo, tratando de ignorar los estra­gos que aquella desagradable sustancia producía en su calzado y sus vistosos calzones azules, Tasslehoff recurrió a una vieja estratagema de su raza, que sólo debía utilizarse en caso de extravío inminente. Entornó los ojos, vació su mente de cualquier preocu­pación y, acto seguido, ordenó a su cerebro que es­bozara las líneas de un paisaje idéntico al que les circundaba. La lógica que se escondía tras este pro­ceder era que, como resultaba más que probable que algún miembro de su familia hubiera recorrido an­tes la zona, el recuerdo de ésta habría sido transmi­tido de alguna manera a sus descendientes. Aunque esta teoría nunca había podido probarse científica­mente —los gnomos trabajaban en ella y habían ex­puesto sus conclusiones—, no era menos cierto que no se habían registrado kenders perdidos en toda la historia de Krynn.

Sea como fuere, Tas, hundido hasta la espinilla en el encharcado camino, bloqueó toda visión suscep­tible de distraerle y trazó en su cerebro una réplica de los alrededores. Acudió a su llamada interior un diseño tan límpido, tan claro, que se sobresaltó, persuadido de que los mapas de su ancestro nunca asu­mieron semejante perfección. Distinguió en el cua­dro árboles colosales, montañas en el horizonte y un lago.

Abrió los ojos con un respingo. ¡Un lago! No lo ha­bía detectado antes, acaso porque había adoptado la misma tonalidad grisácea, indefinida, que el ceni­ciento terreno. ¿Quedaba agua en su recinto, o se ha­bía colmado de barro?

«Me pregunto —pensó— si mi tío Saltatrampas vi­sitó alguna vez una luna. Si fue así, ya entiendo por qué reconozco el terreno. Sin embargo, de haber vi­vido una experiencia de tal calibre se la habría rela­tado a alguien. Quizá quiso hacerlo, pero los goblins le devoraron antes de que tuviera oportunidad de compartir su viaje. Y, hablando de devorar...»

—Caramon —interpeló al hombretón—, ¿te pro­veíste de agua para el viaje? —Hubo de alzar la voz, de otro modo el estruendo reinante habría ahogado sus palabras—. Yo no, ni tampoco de alimento sóli­do. No creí que fuéramos a necesitarlo, dado que regresábamos a casa.

Iba a continuar, pero, de pronto, distinguió algo que borró de su ánimo toda noción de necesidades materiales y, también, el recuerdo del tío Salta­trampas.

— ¡Oh, Caramon! —Se agarró al guerrero, y estiró el índice en dirección al fenómeno—. ¿Es el sol aque­llo que despunta en el firmamento?

—¿Qué otra cosa podría ser? —contestó, malhu­morado, su acompañante, examinando a su vez el dis­co, que acuoso y amarillento, había asomado a tra­vés de una brecha en los nubarrones—. Y no, no tengo agua con la que saciar nuestra sed, así que te recomiendo que te abstengas de importunarme so­bre ese particular.

—¿Por qué has de ser tan antipático? —le regañó el kender, pero, al observar la expresión del guerre­ro, desistió de su empeño.

Hicieron un alto en mitad del inseguro, resbaladi­zo sendero. El tórrido viento soplaba en su derredor, azotando los mechones sueltos del copete de Tas como si fueran una bandera y ondulando la capa del que había sido general. El hombretón reparó en el lago, el mismo que visualizara su pequeño amigo, y su rostro se tornó pálido, sus pupilas se enturbiaron. Transcurridos unos momentos echó de nuevo a an­dar, con ostensible desaliento, y el kender, entre sus­piros, acometió también el accidentado trayecto. Ha­bía tomado una decisión.

—Caramon —propuso—, salgamos de aquí. Aban­donemos este lugar. Aunque sea uno de los satélites que mi tío Saltatrampas debió de inspeccionar an­tes de convertirse en un festín para los goblins, no resulta nada divertido. Hablo de la luna, no del he­cho de servir de cena a esos monstruos, lo que, bien pensado, tampoco debe de ser muy entretenido. Con toda franqueza, opino que este astro es tan tedioso como el Abismo y, además, huele todavía peor. Por otra parte, allí nunca estaba sediento y aquí, en cam­bio..., tampoco —rectificó, recordando demasiado tarde que era un tema prohibido—. Lo que ocurre es que tengo la boca seca, pastosa, y me cuesta un gran trabajo hablar en tales condiciones. Conservamos el ingenio mágico —afirmó y, a fin de recalcarlo, alzó el cetro incrustado de joyas, temeroso de que el gue­rrero hubiera olvidado su existencia durante la últi­ma media hora—. Te prometo, te juro solemnemente, que en esta segunda intentona me concentraré en Solace y descartaré cualquier otro anhelo.

—Calla, Tas —le conminó el férreo luchador.

Habían llegado al valle. El cieno alcanzaba los to­billos del grandullón, lo que significaba que había engullido las piernas de Tasslehoff hasta la pantorrilla. Las vicisitudes sufridas durante la fatigosa marcha habían hecho renquear de nuevo al antiguo general. Era una secuela de la herida que le dejara en una pierna la batalla librada contra los conspira­dores dewar en la fortaleza mágica de Zhaman. Y, para colmo de males, exhibía en su rostro la huella de un agudo dolor.

También se adivinaba otro sentimiento en sus con­traídas facciones, un resquicio de temor, que provo­có una honda desazón en el kender. Deseoso de ave­riguar el motivo de tan desusado talante, Tasslehoff escrutó la planicie. Pero, tras un breve reconocimiento, meditó que el panorama no era desde abajo más gris que desde la loma. Nada había cambiado, excep­to la penumbra, que se había incrementado. Las nu­bes eclipsaron de nuevo el sol, lo que no dejó de ali­viar al hombrecillo, porque aquel disco más parecía una siniestra ilusión que, en lugar de iluminar la tie­rra, le confería una lobreguez de nefasto portento. La lluvia se había intensificado al acumularse las nu­bes sobre las cabezas de los viajeros, pero, aunque molesta, no producía espanto.

Hizo todo lo posible para no romper el silencio. Pero fueron inútiles sus esfuerzos. Las palabras afluían a sus labios antes de que pudiera refrenarlas.

—¿Qué sucede, Caramon? —preguntó—. No veo nada especial. ¿Se trata de tu maltrecha rodilla?

—Guarda silencio, Tas —ordenó el aludido con tono tenso, tajante.

Y, sin más comunicación que este exabrupto, el hombretón siguió oteando los alrededores. Tenía las pupilas dilatadas y apretaba un puño, que, nervio­so, volvía a abrir.

El kender se llevó una mano a los labios para aca­llar cualquier comentario, resuelto a permanecer mudo aunque en ello le fuera la vida. Al extinguirse los ecos de su breve y desabrido diálogo, percibió, de modo repentino, la quietud que presidía la escena. Cuando no rugía el trueno nada se oía, ni siquie­ra los sonidos propios de la lluvia como el gotear en las hojas de los árboles, el chapoteo en los charcos, el murmullo de la brisa en las ramas o los trinos de los pájaros, gorjeos de protesta por la humedad que saturaba sus plumas.

Le invadió una emoción ignota, estremecedora. Miró con mayor detenimiento los tocones socarrados de los árboles y dedujo que, aunque ahora estaban quemados, debían de haber sustentado los troncos más altos y poderosos que hubiera contemplado en toda su existencia, tan imponentes como...

Tragó saliva. Las hojas revestidas de los colores del otoño, el humo elevándose en olorosas columnas so­bre el valle, un lago remansado, azul y transparente cual el cristal...

Pestañeando, limpió sus párpados de la viscosa pe­lícula formada por el limo, por la mojada ceniza. Dio media vuelta, contempló el sendero y el descomunal peñasco, desvió luego su atención hacia el lago que se silueteaba detrás de los maltrechos árboles y, tam­bién, clavó sus ojos en las montañas, con sus cum­bres puntiagudas, aserradas.

No era el tío Saltratrampas quien había estado allí con anterioridad.

—¡Oh, Caramon! —musitó, impresionado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 El obelisco

 

 

—¿Qué te sucede?

Caramon lanzó a Tas una mirada tan extraña, que éste sintió cómo aquellas súbitas emociones que le habían embargado y estremecido se propagaban al exterior en forma de una molesta comezón. Unas pro­tuberancias rojizas aparecieron a lo largo de sus brazos.

—N... nada —balbuceó—, creo que mi fantasía me ha jugado una mala pasada. Escúchame —exhortó a su compañero—, hazme caso y vayámonos de aquí ahora mismo. Podemos viajar a donde queramos, re­troceder a la época en que estábamos todos juntos y éramos felices. Regresemos a aquellos días dicho­sos en los que Flint y Sturm aún no habían pereci­do, cuando Raistlin vestía la túnica de la Neutrali­dad y Tika...

—Cállate, Tas —le atajó el guerrero, amenazador. Su orden fue subrayada por el resplandor de un re­lámpago que provocó un respingo del kender.

El viento seguía ululando, atravesaba sibilante los tocones y les arrancaba unas notas fantasmales, como si fueran criaturas dotadas de vida que respi­rasen con los dientes apretados. La pegajosa, fina llu­via, había cesado. Los nubarrones reanudaron su periplo en las alturas y descubrieron un pálido sol que apenas se atrevía a brillar en el grisáceo manto ce­leste. En el horizonte, sin embargo, los emisarios de la tormenta continuaban acumulándose, más densos y negros a cada instante. Los dos personajes se hallaban en un claro, donde por doquier eran acosa­dos por el multicolor y oscilante embate de los ra­yos, que, en la distancia, tenían una mortífera belleza.

Caramon echó a andar por el camino, que trazaba un pronunciado recodo antes de desembocar en el valle. El hombretón tiritaba con violencia, mas no a causa del frío, sino por el dolor que le atenazaba la pierna herida. Oteó el sendero que tan bien cono­cía y se dijo que, aunque su aspecto había cambiado mucho, sabía lo que iba a encontrar cuando doblase la curva. Tasslehoff se inmovilizó, se plantó firme­mente en medio del légamo y clavó los ojos en la es­palda de su amigo.

Tras unos momentos de inusitado silencio, Cara­mon presintió que algo ocurría y también se detuvo, el rostro demacrado por el malestar y la fatiga.

—Vamos, Tas, no te detengas —le azuzó, irritado.

Enroscando un mechón de su desaliñado copete en un dedo, el kender meneó la cabeza en sentido ne­gativo. Su compañero le sometió a un fulgurante es­crutinio, que provocó la ira del hombrecillo.

—Todos esos troncos cercenados son de vallenwood, Caramon —declaró.

—Me he dado cuenta —repuso el hercúleo lucha­dor, y su expresión se suavizó— Estamos en Solace.

—¡No es posible! —se rebeló el otro, reacio a acep­tar la evidencia que él mismo había expuesto. Tan sólo se trata de otro lugar donde crecen esos árbo­les; debe de haberlos por centenares.

—Quizá, pero no existe más que un lago Crystalmir, Tas, ni tampoco he visto unas montañas tan in­confundibles como las Montañas Kharolis. Incluso ese peñasco que hemos dejado atrás posee un carác­ter, un significado único para nosotros, ya que era allí donde se sentaba Flint y tallaba la madera en de­licadas figuras. Esta trocha enfangada, también fa­miliar, conduce a...

—¡No puedes estar seguro! —lo interrumpió el kender. Corrió, o lo intentó, hacia la robusta figura de su acompañante, arrastrando los pies por el re­zumante limo tan deprisa como pudo. Al alcanzarlo, le tiró de una mano y suplicó—: ¡Abandonemos este desierto! Podríamos volver a Tarsis, donde los dragones me derribaron un edificio encima. Fue diver­tido, interesante, ¿recuerdas?

Mientras hablaba, con una vocecilla chillona que pareció abrir fisuras en los agostados tocones, sacó de su cinto el ingenio arcano. Caramon, sombrío su rostro, estiró una mano y se lo arrebató. Ignorando sus vehementes protestas, manipuló las joyas que lo adornaban. De forma gradual, el refulgante cetro se transformó en un colgante liso y opaco.

—¿Por qué no nos alejamos de este horrible para­je? —insistió Tasslehoff, descorazonado—. No tene­mos agua ni comida y, por lo visto, no contamos con muchas posibilidades de encontrarlas en los alrede­dores. Además, si uno de esos relámpagos nos cae encima, nos fulminará en un santiamén. La tempes­tad que se avecina es peor que la que se aleja, y no hay razón para que nos expongamos, puesto que no tenemos la certeza de hallarnos en Solace.

—Para adquirir esa certeza —le arengó el for­tachón—, no hay otro medio que investigar. ¿No sientes curiosidad? ¿Desde cuándo renuncia un kender a vivir una nueva aventura? —le imprecó, deseo­so de alentarle, y empezó a cojear de nuevo por la senda.

—Conservo esa cualidad, y en más alto grado que ningún otro miembro de mi raza —masculló el hom­brecillo, mientras reanudaba, penosamente, la marcha—. Pero una cosa es el natural afán de explo­rar un enclave ignoto y otra muy distinta merodear despistado por el propio hogar. Tu casa no cambia, se limita a aguardar inmutable tu retorno y, en el mo­mento del reencuentro, te inspira frases como «Fíja­te, está todo igual que cuando lo dejé». Aquí, en cam­bio, tiene uno la impresión de que seis millones de reptiles han sobrevolado la zona y la han destroza­do. ¡El hogar no es un lugar que invite a experien­cias excitantes, sino al solaz!

Espió el semblante del guerrero para comprobar si su parlamento había producido algún efecto. Si fue así, en nada se evidenciaba: una máscara de resolu­ción inapelable cubría aquellas facciones, mezclán­dose con el rictus de dolor. Este talante inquietó so­bremanera al kender.

«No es el de antes —reflexionó—. Y no me refiero a los tiempos en los que bebía. Su evolución es más radical y profunda. Se ha vuelto más serio, más res­ponsable, de eso no cabe duda, pero también advierto la presencia de un nuevo sentimiento. El orgullo —determinó—; ha aprendido a valorarse a sí mismo y a resolver sus contradicciones.»

No era éste un Caramon propicio a hacer conce­siones, se dijo Tas, entristecido; no era el hombretón desorientado que necesitaba que un kender lo salvase de pendencias y tabernas. Suspiró, sin po­der sustraerse al pensamiento de que añoraba al vie­jo y, a pesar de su fuerza, desvalido compañero.

Llegaron al recodo y ambos lo reconocieron, aun­que ninguno despegó los labios. El guerrero porque no había nada que comentar, Tasslehoff porque de nada le serviría empecinarse en negar que ya había estado allí. Instintivamente, uno y otro aminoraron el ritmo de la marcha.

Años atrás, cualquier viajero habría topado con las cálidas luces de «El Ultimo Hogar», la posada que regentara Otik. Habría husmeado los efluvios de las patatas especiadas y oído el estruendo de las risas y las chanzas que se escapaban por las rendijas cada vez que se abría la puerta para admitir al viajero o al parroquiano de Solace. Caramon y Tas hicieron un alto, en una suerte de acuerdo tácito, antes de ja­lonar la curva.

Siguieron mudos, mientras examinaban la desola­ción circundante, los lastimeros vestigios de lo que fuera verdeante vegetación, el terreno cubierto de ce­nizas y las rocas ennegrecidas. Retumbaba en sus tímpanos un silencio que debido, paradójicamente, a la ausencia de ruidos, se les antojó más escalofrian­te que el fragor del trueno. Los dos sabían que, an­tes de ver Solace, deberían haberla oído. Debería de haber invadido sus sentidos el estrépito propio de la ciudad, la fragua en plena actividad, el bullicioso mercado, los gritos de los buhoneros, los niños y los comerciantes establecidos, la algazara de los clien­tes congregados en la venta donde trabajaba Tika.

Nada percibieron salvo quietud y, todavía lejos, el ominoso zumbido de los elementos.

—Vamos allá —decidió al fin Caramon, y avanzó hacia su destino.

Tas caminaba más despacio, tan llenos de barro sus pies que tuvo la sensación de haberse calzado las férreas botas de los enanos. No obstante, no le pesaban tanto los miembros como el corazón. No ce­saba de repetirse: «Esto no es Solace, esto no es Solace», con una tenacidad que asemejaba su letanía a los encantamientos de Raistlin.

Acometió el recodo y, cargado de presagios, alzó la vista. No había concluido esta acción cuando ex­haló un suspiro que denotaba un inmenso alivio.

—¿Te convences ahora? —reprendió a Caramon, con un resoplido que por sí solo venció al aullido del viento—. No hay nada, ni albergue, ni burgo ni nin­gún otro signo de civilización. —Introdujo una mano en la colosal palma del luchador, y trató de forzarle a recular—. Ya podemos irnos —sugirió—, se me ha ocurrido una idea que te gustará. ¿Por qué no retro­cedemos al episodio en que Fizban hizo bajar del cie­lo el puente dorado?

Pero el hombretón se desprendió de él y siguió ade­lante, con torpeza a causa de su dislocada rodilla. Apesadumbrado, hizo una nueva pausa y preguntó, rebosante su acento de miedo:

—Entonces, ¿qué es esto?

Mordisqueando las puntas de su suelto cabello, tes­tarudo, el kender indagó a su vez:

—¿Qué es qué?

El guerrero señaló un punto concreto.

—Un terreno desbrozado —rezongó Tasslehoff, remiso a interpretar lo que su amigo pretendía demostrarle—. Concedido, aquí hubo algo. Quizás un alto edificio, pero, dado que ya no existe, ¿por qué preocuparse? Atiende, Caramon... ¡Caramon!

El motivo de su alarido fue que, mientras habla­ban, flaqueó la lastimada pierna de su interlocutor y, de no ser por la rápida intervención del hombre­cillo, aquél se habría desplomado. Con su ayuda, Ca­ramon alcanzó el tocón del que había sido un ma­jestuoso vallenwood, situado en un extremo del retazo de tierra removida. Apoyándose en él, lívida la tez y sudoroso, se frotó la magullada pierna.

—¿Qué puedo hacer por ti? —inquirió e! kender—. ¡Ya lo tengo! Improvisaré una muleta. Debe de haber montones de ramas rotas en los alrededores; buscaré una adecuada y te la traeré.

El herido nada repuso, tan sólo asintió con una inclinación de cabeza.

Tasslehoff inició presto la tarea, registrando con su aguda visión el cenagoso suelo y, en el fondo, sa­tisfecho por haber hallado algo útil en que ocupar­se en lugar de desentrañar absurdos dilemas acerca de una parcela destinada a construir una casa que se había volatilizado. Pronto halló lo que precisaba, el extremo de una tabla que sobresalía en el loda­zal. La asió e intentó tirar de ella, pero sus manos resbalaron en el barro que la cubría y salió despedi­do hacia atrás. Se incorporó, contempló disgustado el fango adherido a sus llamativos calzones, que qui­so sacudir sin éxito, y volvió a la carga. Esta vez notó que la incrustada estaca se movía un poco.

— ¡Ya casi es mía, Caramon! —informó—. Sólo me falta…

Una exclamación desgarrada, totalmente impropia de un kender, rasgó el aire. El guerrero alzó los ojos alarmado, justo a tiempo para constatar cómo su amigo se precipitaba en un vasto agujero que, al pa­recer, se había abierto bajo sus pies.

—¡Voy a socorrerte, Tas! ¡Resiste! —animó al ac­cidentado y, renqueante, se encaminó hacia él.

Antes de que llegara, el hombrecillo logró encara­marse de nuevo por la pared de la oquedad. Su ros­tro no era comparable a ningún otro que el lucha­dor hubiera tenido ocasión de examinar: estaba macilento, los labios blancos y los ojos, en general vivaces, se habían ensombrecido.

—No te acerques, Caramon —susurró Tasslehoff, acompañando su ruego con un gesto de la mano—. ¡Te lo suplico, manténte apartado!

Demasiado tarde, el humano se había aproxima­do al borde y clavado su mirada en lo que contenía la fosa. El kender se acurrucó a su lado, sumido en un llanto plañidero.

—Están todos muertos —afirmó entre desgarra­dores sollozos.

Y, hundido el rostro entre las manos, comenzó a balancearse en violentos espasmos.

En el fondo del agujero, que la capa de barro había sellado piadosamente, yacía un enjambre de cuer­pos, de cadáveres de hombres, mujeres y niños. Preservados del corrosivo azote de los elementos, algunos de ellos aún eran reconocibles o así, al menos, lo imaginó Caramon en su febril escrutinio. Voló su memoria a la última tumba colectiva que ha­bía visto, la de la aldea asolada por la epidemia que descubriera Crysania, y recordó también la feroci­dad teñida de pesar que había demudado a Raistlin. Evocó el sortilegio que formulara el nigromante, el hechizo que creó relámpagos, fuego, que calcinó el pueblo hasta reducirlo a cenizas.

Rechinando los dientes, se obligó a sí mismo a so­breponerse y estudiar los cadáveres para tratar de distinguir, entre los restos, una ondulada melena pe­lirroja.

No halló tal. Con un tembloroso suspiro, se volvió y emprendió una desenfrenada carrera hacía el emplazamiento de «El Último Hogar», a pesar de su cojera.

— ¡Tika! —vociferó una y otra vez durante el tra­yecto.

Tas alzó la cabeza y se puso en pie de un salto. Qui­so lanzarse en persecución de su compañero, pero tropezó con un saliente rocoso y cayó en un charco.

—¡Tika! —se obstinaba en gritar el guerrero, una llamada angustiosa que los rugidos del viento y los distantes truenos no consiguieron mitigar.

Olvidado el dolor que le infligía la rodilla, conti­nuó la marcha hasta arribar a un tramo despejado, libre de árboles, donde se adivinaban los lindes de una trocha. «La senda que discurría junto a la posa­da», reconoció el kender desde su postrada postura y, enderezándose, aceleró el paso detrás de Caramon quien avanzaba rápido, ajeno a sus propios bambo­leos. Guiado por la aprensión y la esperanza, el in­veterado luchador se había investido de una energía impensable unos minutos antes.

Tasslehoff lo perdió de vista entre los cercenados bosques de vallenwoods, pero ni un solo segundo dejó de oír su voz invocando el nombre de Tika. Cons­ciente de hacia dónde se dirigía, caminó con más len­titud, porque, víctima ya de una terrible migraña pro­vocada por el calor y los hediondos vapores que saturaban el lugar, vino a sumarse a su zozobra el horror de la escena que había presenciado. Levan­tando como pudo sus embarradas botas, más seme­jantes a la consistencia del plomo en cada zancada, el hombrecillo continuó.

Al fin divisó al huido, de pie en un espacio yermo próximo a un tocón de considerable diámetro. Sos­tenía algo en una mano y lo contemplaba con la ex­presión de quien, pese a su denodado empeño, ha sido derrotado.

Bañado en légamo, enturbiados su cuerpo y su alma, Tas se afianzó frente al entrañable grandullón.

—¿Qué es eso? —preguntó con la boca pequeña, estirando el índice hacia el objeto cuyo hallazgo tanto había afectado a su amigo.

—Un martillo —especificó el otro con evidente ansiedad—. Temo que el mío.

El kender inspeccionó la herramienta. De acuer­do, era un martillo o, por lo menos, lo fue. El mango de madera se había quemado en tres cuartas partes, no quedaban sino una chamuscada porción y la cabeza metálica, negra tras lamerla las llamas pero incólume.

—¿Qué pruebas tienes de que es en realidad el que tú utilizabas? —inquirió aún incrédulo.

—Una prueba irrevocable —murmuró Caramon con creciente amargura—. Fíjate en el encaje, todo baila al tocarlo. —A guisa de demostración, hizo gi­rar el engarce, y el instrumento casi se desmembró—. Lo confeccioné cuando me hallaba en estado de perpetua ebriedad, por eso quedó defectuoso. Siempre que me ponía a trabajar, se soltaba el metal y tenía que ensamblarlo aunque, para ser francos, tampo­co me aplicaba en exceso, porque no me importaba.

Debilitado por el esfuerzo, su tullida pierna vol­vió a quebrarse. Esta vez, sin embargo, no intentó mantener el equilibrio y se desmoronó, resignado, en el cieno. Sentado en el desbroce que fuera su vi­vienda, aferró el martillo y estalló en llanto.

Tas respetó su desahogo. Incluso desvió los ojos, por considerar que la consternación de su amigo era demasiado sagrada, demasiada íntima, para que él se entrometiera testimoniándola. Ignoró el hombre­cillo sus propias lágrimas, que formaban riachuelos en los pómulos, y procuró distraerse en el examen de su malhadado entorno. Nunca antes se había sen­tido tan desvalido, tan solo. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había fallado? Tenía que haber una clave, una respuesta.

—Si no me necesitas daré un paseo —avisó al gue­rrero, quien ni siquiera le oyó.

Se alejó despacio, con dificultad. Ahora sabía, sin ningún género de dudas, dónde habían ido a parar, ya no podía apoyarse en su obstinación. La casa de Caramon, cuando aún se erguía en el valle, estaba en el centro del burgo, cerca de la posada, y la ruta que eligió el kender fue la calzada que unía ambas construcciones y que, en un tiempo, fue una calle flanqueada por sendas hileras de habitáculos. Aun­que nada confirmaba que allí hubiera prosperado una ciudad, ni avenida, ni hogares, ni los vallenwoods que les servían de soporte, recordaba la exacta localización de todo. Hubiera deseado que no fuera así, pero aquellas ramas que se abrían paso en el barri­zal le traían nostálgicas asociaciones de las que le habría gustado zafarse. No se discernían puntos de referencia, edificaciones sólidas, salvo...

—¡Caramon! —El nombre de su compañero brotó de su garganta con un timbre exultante, fruto de la alegría que le inspiraba tener ante sí algo que mere­cía la pena rastrear y que, así lo esperaba, arranca­ría al luchador de su ensimismamiento—. Caramon, creo que deberías venir a ver esto.

El interpelado no le prestó atención, de manera que Tasslehoff tuvo que acercarse sin él al hallazgo que acababa de hacer. Al final de la calle, en lo que fuera un pequeño jardín, se elevaba un obelisco de piedra. El parquecillo le era más que familiar, y es­taba seguro de que nunca hubo un monolito en su recinto. Cuando abandonó Solace, sólo había allí plantas y flores.

Alto, toscamente tallado, el monumento había sobrevivido al acoso de las llamas, los vientos y las tor­mentas. Su superficie, al igual que todo lo demás, había sufrido menoscabo, pero ello no obstaba para que pudiera leerse la leyenda esculpida en la pared frontal, o así se lo pareció al kender, en cuanto hu­biese limpiado el hollín y el moho.

Realizada esta operación, libres las letras de los últimos restos de suciedad, Tas las escudriñó larga­mente y, al fin, llamó de nuevo a Caramon.

Aunque ahora no emitió sino un quedo susurro, la extraña nota en la que fue pronunciado penetró la aureola de desaliento tras la que se parapetaba el hombretón. Vislumbrando el singular obelisco, y per­catándose de la repentina seriedad de Tas, el guerre­ro se izó como mejor pudo y acudió a su lado.

—¿Qué es esto? —le consultó.

El kender fue incapaz de responder; tuvo que con­formarse con menear la cabeza y señalar la mole.

Erecto, quieto, Caramon obedeció a la muda indi­cación de su acompañante y revisó las líneas que, en lengua común, se ordenaban frente a él en una espe­cie de epitafio.

 

A Tika Waylan Majere,

Heroína de la Lanza.

Fallecida en el año 358.

El árbol de tu vida fue precozmente talado.

Temo que en mis manos el hacha se encuentre.

 

—Estoy desolado —acertó a titubear Tas, deslizan­do una mano entre los entumecidos, fláccidos dedos de Caramon.

Éste bajó la cabeza y, posando la palma en el obe­lisco, acarició la fría y empapada roca que tan luc­tuoso mensaje le transmitía. Mecidas por la perti­naz brisa, las gotas de lluvia se estrellaban contra la inscripción.

—Murió sola —gimió y, trocado en furia su pesar, en indignación contra sí mismo, cerró el puño y pro­pinó al desgastado muro un golpe que surcó su car­ne de arañazos—. ¡La dejé a sus auspicios, me fui y ni siquiera la velé en tan temible trance! Debería ha­berme quedado. ¡Maldita sea, hice mal en partir!

Se estremecieron sus hombros al ritmo del llanto. El kender, al advertir que los nubarrones no cejaban en su avance y que pronto les alcanzarían, estrechó la manaza del guerrero y ensayó una arenga.

—No podrías haberla ayudado de haber estado junto a ella, Caramon...

Se interrumpió, de modo tan brusco que casi se mordió la lengua. Retirando la mano con la que su­jetaba al guerrero, un movimiento en el que éste ni siquiera reparó, se arrodilló en el viscoso suelo. Con su aguda vista, había detectado un fulgor, como si algo compacto reverberase bajo los enfermizos ra­yos del sol. Estiró el brazo en actitud incierta y, a toda prisa, comenzó a apartar los blandos terrones que escondían el destellante objeto.

—¡En nombre de los dioses! —renegó, abrumado por el asombro—. Caramon, no te atormentes más. ¡Estuviste aquí!

—¿Cómo? —rugió el otro.

El kender le conminó a mirar y el guerrero, rece­loso, obedeció. A sus pies, yacía su propio cadáver.

 

 

3

Un error de cálculo

 

 

Al menos, aquel cadáver se asemejaba a la figura de Caramon. Vestía la armadura adquirida en Solamnia, la que había lucido en las guerras de Dwarfgate y cuando Tasslehoff y él salieron catapultados de la fortaleza de Zhaman. La armadura con la que ahora se cubría.

Por lo demás, no había nada específico que per­mitiera identificarlo. A diferencia de los cuerpos que descubriera el kender, preservados gracias al fango de las inclemencias del tiempo, sus restos se halla­ban sepultados relativamente cerca de la superficie y, debido a tal circunstancia, se habían descompues­to. No quedaba en la base del obelisco sino el esque­leto del que fuera un humano colosal. Una de sus ma­nos, apretada en torno a un cincel, reposaba debajo del pétreo monumento, como si su postrera acción hubiera sido tallar las frases del epitafio.

No había rastro susceptible de ilustrarles sobre la causa de su repentina muerte.

—¿Qué es lo que ocurre? —inquirió Tas con voz entrecortada—. Si de verdad eres tú y has perecido, ¿cómo puedes estar aquí ahora mismo? ¡Oh, no! —exclamó, víctima de una idea tan súbita como poco halagüeña—. A lo peor quien se yergue ante mí no eres tú, sino una réplica fraguada por mi imagina­ción. —Agarró las hebras colgantes de su cabello y empezó a ensortijarlas en sus dedos—. ¿Te he conce­bido yo? Nunca creí poseer una fantasía tan exacer­bada, tu aspecto no puede ser más real. —Alargó una mano a fin de tocar a su amigo, y agregó—: La textu­ra de tu piel parece auténtica y, disculpa mi imper­tinencia, tus efluvios todavía más. Caramon, voy a volverme loco —se desesperó—. Si continúo desva­riando, no tardaré en asemejarme a los enanos os­curos de Thorbardin.

—Cálmate, Tas —le suplicó el hombretón—. Todo esto es verdadero; yo diría que demasiado. —Miró de hito en hito al corrompido yaciente y al monumen­to, que comenzaba a desdibujarse en la exigua luz del atardecer—. Y, por otra parte, presiento que es­toy a punto de desentrañar el enigma. Si pudiera... —Hizo una pausa, durante la cual escrutó el mo­nolito—. ¡Claro, ya lo entiendo! Fíjate en esa fecha.

Con reticencia, el kender levantó la vista.

—358 —leyó con monótono acento—. ¿358? —repi­tió, desorbitados ahora sus ojos—. ¡Caramon, corría el año 356 cuando partimos de Solace!

—En efecto —corroboró el guerrero—. Nos hemos extralimitado en nuestro viaje. Nos hallamos en el futuro.

 

 

Las nubes, que se habían arremolinado en el ho­rizonte cual un ejército que se reorganizara para el ataque, iniciaron su arremetida justo antes del cre­púsculo, camuflando en un alarde de benignidad los últimos momentos de existencia del vencido sol.

La tempestad se desató con una furia indescrip­tible. Una ráfaga de aire caliente, la avanzadilla, elevó a Tas hacia las alturas e, incapaz de arrastrar también al más pesado Caramon, lo lanzó contra el obelisco. Irrumpió luego en escena la lluvia, la ca­ballería. Una cortina de gruesas gotas que, simila­res a lenguas de plomo, tamborilearon sobre los crá­neos de las dos criaturas. Y escoltó al aguacero una descarga de granizo, de sólidas armas arrojadizas dispuestas a magullar la carne de quienes a ellas se expusieran.

No obstante, más inmisericordes que la turbona­da de gases y agua eran los abigarrados relámpagos, letales sierras que saltaban del mullido manto a la tierra y fulminaban los ya devastados tocones, transformándolos en columnas de llamas visibles desde la lejanía. El estentóreo retumbar de los truenos era constante, ensordecía la tierra y embotaba los sen­tidos.

Tras buscar a la desesperada un refugio donde fue­ra más fácil resistir la conflagración, los sitiados di­visaron un vallenwood caído y lograron acuclillarse bajo su tronco, en un hoyo que escarbó el guerrero en el gris, exudado cieno. Desde tan insuficiente co­bijo, ambos personajes asistieron incrédulos a los destructivos afanes de la tormenta, que había deci­dido ensañarse en una tierra muerta de antemano. En las laderas montañosas se declaraban incendios dispersos, el olor a madera quemada se adhirió a las vías olfativas de los observadores mientras los ra­yos, al cerrar filas, hacían explotar los troncos veci­nos y les arrancaban ascuas incandescentes. Tam­bién de la tierra brotaban proyectiles en forma de terrones voladores, tan próximos que salpicaban sus atuendos. Y, en cuanto a los truenos, su ensordece­dora algarabía amenazaba con neutralizar sus tím­panos.

Sólo una bendición ofrecía aquella borrasca: el agua de lluvia. Caramon no desaprovechó la oportu­nidad de invertir su yelmo y sacarlo a la intemperie, con tal fortuna que recogió de inmediato bastante líquido para saciar su sed. Su sabor era espantoso, se­mejante al de los huevos podridos, según Tasslehoff, quien, sabedor de que no debía desperdiciarlo, puso los dedos en tenaza sobre su nariz mientras bebía.

Ninguno mencionó, pese a que ambos lo pensaron, que no tenían donde almacenar algunos litros ni es­taban provistos, tampoco, de alimento.

Sintiéndose más reconfortado ahora que había de­terminado su paradero y el período de la historia al que se habían desplazado, aunque no por qué ni cómo estaban allí, el kender incluso disfrutó del es­pectáculo durante la primera hora.

—Nunca había visto un relámpago de este color —comentó alborozado, contemplando el fenómeno con sumo interés—. ¡Es maravilloso, como los tru­cos de los ilusionistas callejeros!

Pero su entusiasmo no tardó en ceder al tedio.

—Hasta el abatimiento de un árbol, por esplendo­roso que sea —aseveró al rato—, pierde una parte de su embrujo cuando se ha presenciado cincuenta veces. Si no te opones, Caramon —sugirió entre bostezos—, voy a dar una cabezada. Monta guardia ahora, luego te reemplazaré y podrás dormir. ¿De acuerdo?

En el instante en que el hombretón iba a expresar su asentimiento, le sobresaltó un ruido sibilante. Un ancho tocón, situado a escasos metros, había desa­parecido en medio de una flamígera aura de tonos verdosos.

«Podríamos haber sido nosotros —recapacitó, puestos los ojos en los ardientes rescoldos y tapona­da su nariz por los vapores del azufre—. Quizá sea­mos los siguientes.»

Le asaltó un salvaje deseo de huir, un ansia tan in­tensa, que se crisparon sus músculos y tuvo que ha­cer un gran esfuerzo de voluntad para refrenarse.

«Si me aventuro en campo abierto me espera una muerte segura —continuó barruntando—. En este agujero, al menos, estamos debajo de la superficie.»

Sin embargo, un suceso desmanteló sus argumen­tos. Mientras se daba ánimos, un relámpago horadó en el suelo un gigantesco boquete, lo que le hizo com­prender que no se hallarían a salvo en ningún lugar. No le quedaba sino aguardar y confiar en los dioses.

Giró el rostro hacia Tas, persuadido de que esta­ría asustado y con la intención de prodigarle unas palabras de consuelo. Pero estas palabras murieron en sus labios, y se sintetizaron en un suspiro. Había cosas que nunca cambiarían, entre ellas la increíble valentía, o insensatez, de los kenders. Hecho una bola, totalmente ajeno a los horrores que les acecha­ban, el hombrecillo se había sumido en un plácido sopor.

El guerrero se agazapó en el fondo de la oquedad, fijos sus sentidos en los nubarrones que los rayos en­lazaban en una siniestra pasamanería. Para conju­rar el miedo, trató de concentrarse en dilucidar por qué se hallaban en semejante apuro y en un tiempo equivocado. Al entornar los párpados y, así, aislarse de las fuerzas desencadenadas, se perfiló una vez más en su memoria la efigie de Raistlin erguido ante el Portal. Oyó su voz apelando a los cinco dragones que lo custodiaban para que, atentos a su reclamo, le franquearan el acceso al reino de las tinieblas y visualizó, asimismo, a Crysania —la sacerdotisa de Paladine— en el acto de orar a su dios, extraviada en el éxtasis de la fe y ciega a la perversidad del he­chicero.

En una vivida secuencia, desfilaron frente a Caramon los recientes intercambios habidos con su ge­melo, aureolados por el discurso, la confesión, de que le hiciera partícipe el archimago.

«La eclesiástica entrará en el Abismo conmigo. Ca­minará delante de mí y librará mis batallas, se en­frentará en mi lugar a clérigos oscuros, a nigroman­tes despiadados, a los espíritus de los muertos condenados a vagar por esos inhóspitos parajes y, en definitiva, a los inverosímiles tormentos que le de­pare mi Reina. Tantos avatares lastimarán su cuer­po, devorarán su mente y desgajarán su alma. Al fin, cuando se agote su resistencia, se derrumbará en el suelo, a mis pies, sangrante y moribunda.

»Con sus últimas energías, me tenderá la mano, buscará mi consuelo. No pedirá que la rescate; es de­masiado fuerte para eso. Sacrificará su vida gusto­sa, feliz, y no solicitará sino que permanezca a su lado mientras expira.

»Pero yo, Caramon, pasaré sobre ella sin detener­me. La dejaré tendida e indefensa, no le dedicaré una frase amable ni me molestaré en mirarla. ¿Por qué? Porque ya no la necesitaré.»

Fue al escuchar tan aborrecibles manifestaciones cuando el hombretón tomó plena conciencia de que su hermano era irredimible. Y se desentendió de él.

«Que se hunda en las simas del Mal si es eso lo que quiere —había resuelto—. Desafiará a la Reina de la Oscuridad, quizá hasta se convierta en una de las divinidades, pero en cualquier caso no es asunto de mi incumbencia lo que pueda acontecerle a par­tir de ahora. Me he liberado de su influjo, de la mis­ma forma que él se ha desvinculado de las ligadu­ras que le ataban a mí.»

Activó junto a Tas el ingenio arcano, recitando las rimas que le enseñase Par-Salian. Las rocas comen­zaron a crujir, como lo hicieran en las anteriores oca­siones en las que, en su presencia, entró en acción el artilugio.

No obstante, algo se había alterado en el momen­to cumbre. Ahora que se hallaba en disposición de meditar, recordó que antes de iniciar el viaje se ha­bía preguntado, en un arrebato de pánico, si había cometido algún error, pues el desarrollo de los por­tentos se le antojó distinto. Era inútil devanarse los sesos; nunca lograría averiguarlo.

«Tampoco habría podido hacer nada para modifi­car el curso de los acontecimientos —reconoció con amargura—. La magia siempre escapó a mi inteligencia y, además, es un arte que no me inspira con­fianza. »

Otro relámpago surcó el espacio en las cercanías y su virulencia deshizo la concentración del fornido humano, al mismo tiempo que provocaba un respin­go en el kender. El durmiente se tapó los ojos con las manos y, cual un topo apretujado en su madrigue­ra, se sumió de nuevo en el letargo que le acunaba.

En un alarde de determinación, el guerrero vació su cerebro de conceptos tales como tormentas y li­rones, con el fin de retomar el hilo de sus evocacio­nes, de retroceder al instante en el que se había ope­rado el hechizo en los subterráneos de Zhaman.

«Tuve la sensación de que tiraban de mí —reme­moró—, de que desgarraban mis articulaciones dos entes en conflicto, que pretendían arrastrarme a sus opuestas esferas. ¿Qué hacía Raistlin mientras tanto?»

Luchó en su fuero interno por esclarecer los he­chos, y el vago contorno del mago tomó cuerpo en las brumas del recuerdo. Su faz reflejaba terror, ob­servaba el Portal con espasmos delirantes, y Crysania, por su parte, todavía en el marco del acceso, ha­bía cesado de rezar. También su figura se retorcía, sus pupilas destilaban un pavor sobrenatural.

Caramon se estremeció y se humedeció los labios. El agua que antes bebiera le había dejado un desa­gradable sabor, un gusto similar al que queda en la boca después de introducir un clavo oxidado, como los que sujetaba entre sus dientes cuando edificaba el refugio para el hechicero. Escupió, se secó las co­misuras de los labios y apoyó la espalda en la terro­sa pared.

Otro estallido le sobresaltó, al igual que la atro­nadora respuesta, que no por esperada resultaba me­nos apabullante.

Su gemelo había fracasado. Le había ocurrido lo mismo que a Fistandantilus, había perdido el con­trol de sus facultades en la hora decisiva. El campo magnético del artilugio de Par-Salian se había inter­puesto en su sortilegio. Ésta era la única explicación plausible.

El hombretón frunció el ceño. No, era evidente que Raistlin había previsto y descartado tal contingen­cia, ya que, de otro modo, el miedo a sufrir interfe­rencias le habría impulsado a tomar precauciones. Conocedor de los secretos de su arte, si hubiera abri­gado la más mínima sospecha, les habría impedido utilizar el ingenio, les habría matado como hiciera con el gnomo, el amigo de Tas. «Pero entonces, si no fue ésa la causa del desastre, ¿qué pudo motivarlo?»

Meneando la cabeza para desembarazarse de tan confusas conjeturas, empezó de nuevo. Dio vueltas y más vueltas al problema, trató de descifrarlo des­de todos los ángulos, como hacía con los odiosos ejer­cicios que, de niño, solía plantearle su madre. Por un prodigio ignoto, el campo magnético se había desar­ticulado y los había teleportado demasiado lejos en el tiempo, hacia el futuro en lugar del presente.

«Lo que significa —recapituló— que lo único que he de hacer es calibrar el cetro de manera que nos retraiga al Solace que anhelábamos visitar, a casa, a Tika.»

Abrió los ojos para examinar su entorno. ¿Se en­frentarían igualmente a aquella devastación al retor­nar? Ignoraba cuándo se había iniciado.

Al contemplar la realidad, despertando de sus en­soñaciones, se percató de que todo él tiritaba. No era extraño. La torrencial lluvia lo había calado hasta los huesos. Pero, aunque la noche se anunciaba glacial, no era esta perspectiva lo que lo acongojaba, sino otra más lacerante, más cruel. Sabía lo que entrañaba vivir con la conciencia de lo que había de acae­cer, sin la tabla salvadora de la esperanza. ¿Cómo en­frentarse a su esposa, a los compañeros, ahora que había visto lo que les aguardaba? Pensó en el cadáver que yacía bajo el monumento, en su propio des­tino, y se sintió aún más incapaz de regresar al pre­sente y llevar una existencia normal. Aquella imagen de su podredumbre le obsesionaría, modificaría sus costumbres y su talante.

Todo ello, claro está, en el supuesto de que aque­llos despojos fueran los suyos. Evocó la última con­versación sostenida con su hermano. Según Raistlin, Tas había cambiado la historia. Dado que los kenders, los enanos y los gnomos eran razas creadas por accidente, no por designio expreso de los hacedores, no se hallaban inmersos en el fluir del tiempo como los humanos, los elfos y los ogros. Así, las criaturas inferiores tenían prohibido desplazarse en tal dimen­sión pues, de hacerlo, podían tergiversar los eventos de mayor trascendencia.

En efecto, si Tasslehoff se había trasladado a la re­mota Istar fue porque, transgrediendo todas las le­yes, se internó en el círculo mágico creado por Par-Salian, máximo dignatario de la Torre de la Alta He­chicería, cuando éste formulaba un encantamiento que sólo debía afectar a Caramon y Crysania. Si­guiendo esta premisa, el archimago, al descubrirlo, intuyó que se le ofrecía la oportunidad de no sucum­bir al sino de Fistandantilus. Habida cuenta del po­der del hombrecillo para instaurar un nuevo orden, existía la posibilidad de evitar el fatal desenlace que auguraban las Crónicas. Allí donde su predecesor ha­bía perecido, Raistlin quizá sobreviviría.

Hundidos los hombros, el guerrero advirtió que un repentino mareo se había apoderado de él. ¿Cómo hallar un sentido a aquel galimatías? ¿Qué hacía en el valle, sepultado al pie del obelisco y a la vez res­guardado del aguacero en un hoyo excavado por él mismo? Si el kender había ejercido una influencia sobre los acontecimientos, el cadáver hallado bajo el monolito bien podía pertenecer a otro. En el vór­tice del huracán, una pregunta se imponía a todas las demás: ¿qué había pasado en Solace?

—¿Es mi gemelo el responsable de esta hecatom­be? —murmuró en voz baja, con el propósito de es­cuchar el timbre de su propia voz en la barahúnda—. ¿Es la tempestad una prueba de que ha sido derro­tado? ¿Guardan alguna relación sus propósitos y el atolladero en el que nos hemos metido?

Contuvo el resuello. A su lado, Tas se agitó y co­menzó a proferir alaridos.

—Es sólo una pesadilla —le aseguró, y en el mis­mo impulso dio unas ausentes palmadas en su costado—. Tranquilízate, amigo —insistió, al notar que el cuerpo del hombrecillo se contorsionaba bajo su mano—. Descansa.

El aludido, aunque inconsciente, dio media vuel­ta y se acurrucó contra el humano sin apartar las manos de sus ojos.

Caramon continuó acariciándolo, deseoso también de que sus sinsabores fueran fruto de un mal sueño. Habría renunciado a años enteros de su existencia a cambio de despertar en su cama, fatigado su cora­zón debido a los excesos de la víspera en la taberna. ¡Qué no habría dado por oír el estrépito de platos rotos en la cocina, la regañina de Tika acusándolo de ser un holgazán y un borrachín mientras le pre­paraba su desayuno favorito! Ansiaba aferrarse a su perenne ebriedad, un estado de aturdimiento que lo conduciría a la muerte en la más perfecta ignorancia.

—¡Ojalá fuera todo esto el efecto de una curda! —suplicó, a la vez que reclinaba la cabeza en las rodi­llas y dejaba que unas acerbas lágrimas afluyeran entre sus pestañas.

Permaneció durante un largo intervalo en esta pos­tura, indiferente a la borrasca y aplastado bajo el peso de sus dilemas, de sus elucubraciones. Tas sus­piró y tembló, pero siguió durmiendo. Inmóvil, el hombretón intentó imitarlo. No puedo. Se había introducido ya en un universo de sopores ficticios, zam­bullido en una alucinación que espeluznaba, preci­samente, por su verismo. Sólo le faltaba un detalle para confirmar el conocimiento de lo que, en el fon­do de sus entrañas, sabía que no necesitaba verificar.

 

 

La tormenta amainó de manera gradual, ponien­do rumbo sur. Caramon la oyó partir, percibió casi el caminar de los truenos sobre la tierra como si fue­ran pies de gigantes y, cuando se hubo alejado, el si­lencio retumbó en sus tímpanos con mayor apremio que los fragores de los elementos. El cielo se halla­ba despejado, y así seguiría hasta el próximo adve­nimiento de nubes perturbadoras. Ahora podría ver las lunas, las estrellas.

No tenía más que alzar el rostro hacia el firma­mento, el claro manto celeste, y se cercioraría.

Pasó unos momentos más sentado, ansiando que el aroma de las patatas especiadas de Otik invadie­ra su olfato, que la risa de Tika conjurara la quie­tud, que una migraña etílica sustituyera al irresisti­ble dolor de su corazón.

Pero nada vino a aliviarlo. Tan sólo recibió la ca­llada resonancia que envolvía aquella tierra yerma, sin más intromisión que unos lejanos zumbidos in­corpóreos, a caballo de la remitente turbonada.

Con una exhalación, apenas audible incluso para él, el guerrero levantó la vista y escudriñó las alturas.

Tragó saliva, el agrio licor que envenenaba su boca, y casi se asfixió. Refrenó el llanto que afloraba a sus lagrimales. Nada debía entelar sus ojos en la bús­queda.

Leyó en el espectáculo nocturno el mensaje del destino, comprobó que, por desgracia, sus aprensio­nes no eran infundadas.

Una nueva constelación había aparecido entre las otras. Tenía la forma de un reloj de arena.

 

 

—¿Qué significa? —inquirió Tas, frotándose los ojos y contemplando, todavía somnoliento, las estre­llas.

—Que Raistlin ha salido victorioso —contestó Ca­ramon con un tono que era una explosiva mezcla de miedo, pesadumbre y orgullo—. El cielo nos revela que ha entrado en el Abismo, desafiado a la Reina de la Oscuridad y triunfado en la lid.

—Yo no lo interpreto así —aventuró el kender, extendiendo el índice hacia un punto determinado—. La constelación de Takhisis ha cambiado de empla­zamiento, pero sigue allí arriba. Fíjate en Paladine. No acierto a dilucidar si ha intervenido en el altercado. Pobre Fizban —se lamentó—, espero que no se haya visto obligado a luchar contra tu hermano. No creo que le haya complacido hacerlo. Siempre tuve la sensación de que comprendía al archimago me­jor que cualquiera de nosotros.

—Quizá la batalla todavía se esté librando —apostilló el guerrero—, y ésa sea la razón de que tengamos tormenta.

Guardó unos momentos de silencio, durante los cuales estudió el parpadeante reloj de arena. Visua­lizó en su memoria las pupilas de su hermano tal como las exhibía al emerger, muchos años atrás, de la terrible Prueba en la Torre de la Alta Hechicería. Metamorfoseados sus órganos visuales en sendos artilugios para medir el tiempo, Par-Salian le había dirigido una arenga aleccionadora al relatarle el motivo de tal transformación. No recordaba exac­tamente sus palabras, pero había expresado su esperanza de que, presenciando de antemano los estragos que obraban los avatares de la vida en las criaturas, aprendería a compadecer a quienes le ro­deaban.

No fue así.

—Raistlin ha ganado la contienda —afirmó Caramon—. Ahora se han cumplido sus más íntimas aspiraciones, aniquilar a la soberana de la maligni­dad e instituirse en dios. Pero gobierna un mundo muerto.

—¿Un mundo muerto? —repitió, alarmado, su compañero—. ¿Insinúas que todo Krynn ha sido re­ducido a cenizas, que Palanthas, Haven y Qualinesti no son sino ciénagas calcinadas? ¿Y también K... Kendermore?

—Mira a tu alrededor —le conminó el guerrero— y dame tu sincera opinión. ¿Has visto a algún otro ser vivo desde nuestra llegada? —Ondeó la mano, poco ostensible bajo la tenue luz de Solinari, que, al desaparecer las nubes, brillaba en el cielo y observaba, ojo avizor, a los insignificantes mortales—. Am­bos hemos sido testigos de los incendios en las lade­ras y los relámpagos vengadores prosiguen su viaje hacia el horizonte. Por el este se avecina otro núcleo borrascoso —añadió, señalando en aquella direc­ción—. Desengáñate, Tas, nadie aguanta tantos ataques sin sucumbir. Nosotros mismos seremos desintegrados dentro de poco.

—O algo peor —presagió el hombrecillo—. Te con­fieso que no me encuentro bien, amigo. O me ha sentado mal el agua de lluvia o estoy sufriendo una recaída y, como sabes, la peste no perdona.

—Desencajadas las facciones por el dolor, se llevó una mano al estómago—. Se me revuelven las tripas. Se diría que he engullido una serpiente.

—En ese caso, es el agua —dictaminó su interlo­cutor con una mueca—. A mí me sucede algo simi­lar. Quizá las nubes destilen líquido emponzoñado.

—¿Vamos a morir de inmediato, Caramon? —le consultó Tasslehoff tras unos minutos de reflexión—. Porque, si es así, me agradaría tenderme junto al obe­lisco de Tika. A menos que te cause algún inconve­niente, por supuesto. Verás, sería una manera de sen­tirme como en casa antes de volar al árbol de Flint.

—Resignado a su suerte, recostó la cabeza en el mus­culoso brazo del luchador y comentó—: ¡Le podré con­tar un sinfín de peripecias a ese gruñón! Le hablaré del Cataclismo, de la montaña ígnea, de mi oportu­na irrupción en la emboscada de Zhaman, que te sal­vó la vida, y de las confabulaciones de Raistlin para convertirse en un dios. Él no querrá creerlo, sobre todo esta última parte, pero si tú estás a mi lado in­tercederás en mi favor, podrás garantizarle que no exagero ni un ápice.

—Morir sería fácil —repuso el que fuera un ague­rrido general, lanzando un vistazo de soslayo al mo­nolito.

Lunitari, hasta entonces ausente, inició su ascen­sión hacia el cenit. El halo sanguinolento que irra­diaba se fundió con los blancos, mortíferos rayos de Solinari para proyectar una luz fantasmal sobre el maltratado paraje. La pétrea superficie del monumento, saturada de lluvia, reverberó en el claro de luna y la leyenda, esculpida en bajorrelieve, adqui­rió realce merced al contraste de los trazos en el liso muro.

—Sería fácil acabar con todo —persistió Caramon, más para sí mismo que para ser escuchado—. Sería sencillo acostarme y dejar que me absorbiesen las tinieblas. Resulta curioso que Raist me interrogase, en una ocasión, sobre si sería capaz de seguirle a su universo de oscuridad —agregó, a la vez que desen­vainaba la espada y comenzaba a cortar una de las ramas del vallenwood donde se habían refugiado.

—¿Qué haces? —preguntó el kender, sorprendido, consciente de que, a medida que hablaba, se había obrado una sutil evolución en la actitud de su amigo.

El guerrero nada dijo. Absorto en su labor, conti­nuó arrancando astillas de la rama que pretendía desgajar del colosal tronco.

—¡Vas a confeccionarte una muleta! —exclamó Tasslehoff, y dio un brinco que denotaba extrema inquietud—. ¡Adivino tus intenciones! ¡Y es una lo­cura! Me acuerdo muy bien de ese episodio, y más aún de cómo reaccionó el mago cuando aseguraste que partirías tras él sin vacilar. Declaró que no so­brevivirías, Caramon, que tu hercúlea fuerza de nada había de servirte.

El aludido se encerró en su mutismo. La húmeda madera se astillaba bajo sus poderosos mandobles. Una vez hendida, el hombretón se dedicó a aserrar con la hoja la parte central. Hizo algunas pausas es­porádicas para examinar el nuevo frente de nubes que se aproximaba, eclipsando las constelaciones y fluyendo hacia los satélites.

—Hazme caso, te lo suplico —le exhortó Tas y, a fin de llamar su atención, lo zarandeó por el brazo que sostenía la espada—. Aunque viajaras al... allí —no consiguió reunir el coraje suficiente para pro­nunciar el nombre—, ¿qué harías?

—Lo   que   debería   haber   hecho   hace   tiempo —sentenció Caramon con resolución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

Viaje en el futuro

 

 

Has decidido ir a su encuentro, ¿no es verdad? —vociferó Tas, tan excitado que dio un nuevo salto y se puso frente a los ojos de Caramon, atareado en cortar la rama—. ¡Es un perfecto desatino! ¿Cómo te las arreglarás para llegar junto a él, dondequiera que esté? Exacto —se reafirmó—, ni siquiera cono­ces su paradero.

—Tengo un medio infalible —le atajó el hombretón al mismo tiempo que, sin inmutarse, devolvía la espada a su vaina. Agarró acto seguido la zona tra­bajada con sus manazas y, doblándola y torciéndo­la, consiguió al fin romperla—. Préstame tu cuchi­llo —le pidió al kender.

El hombrecillo obedeció y quiso reanudar sus pro­testas mientras el compañero eliminaba las protu­berancias del leño, sus marchitas ramificaciones, pero éste no le permitió iniciar su discurso.

—Conservo el ingenio arcano —se ratificó Cara­mon—, que me transportará a donde desee. ¡Y sabes dónde está el archimago tan bien como yo! —le reprendió a su amigo.

—¿El abismo? —preguntó Tasslehoff, tímido, que­brada su voz.

Un sordo trueno les incitó a espiar, temerosos, a los heraldos de la tempestad. El guerrero volvió a su tarea con renovado ímpetu y el hombrecillo, por su parte, expuso sus argumentos.

—El artilugio mágico nos sacó, a Gnimsh y a mí, del reino de la noche, pero estoy persuadido de que no te introducirá en él. Si lo activas, sufrirás una de­cepción, aunque será aún peor en el caso de que aca­te tu mandato. ¡Es un paraje escalofriante!

—No te precipites en tus conjeturas; soy consciente de que el cetro podría negarse a conducirme al Abis­mo —le sermoneó el corpulento humano, y le hizo una seña para que se aproximara—. De momento, comprobemos si mi muleta responde. Vamos a la tum..., al obelisco de Tika, antes de que se desate otra turbonada.

Haciendo jirones el repulgo de su empapada capa, el hombretón la anudó en torno al extremo superior de la rama, encajó ésta en su axila y, a guisa de ex­perimento, apoyó su humanidad sobre la estaca. El tosco soporte se hundió varios centímetros en el fan­go, pero él lo arrancó y dio una segunda zancada. El resultado fue idéntico, lo que no le impidió avanzar a ritmo lento y liberar de su peso la rodilla herida. Tas le ayudó a caminar y así, a trompicones, se abrie­ron camino en el encharcado terreno.

«¿Adonde nos dirigimos?», deseaba preguntar el kender, pero le asustaba la respuesta, de modo que, por una vez, no tuvo dificultad en callar. Sin embar­go, Caramon pareció oír sus cavilaciones, pues, a los pocos instantes, le comunicó su plan.

—Es posible que el ingenio no me catapulte a las esferas de la Reina Oscura, pero hay alguien que sí posee la facultad de hacerlo —dijo, con el resuello alterado por el esfuerzo—. Accionaré este portento­so instrumento y me personaré ante él.

—¿Quién? —inquirió el otro, impregnado el tono de su voz de resquemor.

—Par-Salian. Nos referirá lo sucedido y me envia­rá donde tenga que ir.

—¿Par-Salian? —Tasslehoff se alarmó tanto como si el guerrero hubiera mencionado a la misma Takhisis— ¡Cometes una insensatez todavía mayor!

Trató de proseguir, pero una violenta náusea ta­ponó la boca de su estómago y hubo de desistir. Se detuvo para vomitar y Caramon le aguardó, enfer­mizo su semblante bajo las luces de las lunas.

Convencido de haberse vaciado desde el copete hasta las botas, el kender se sintió un poco mejor.

Indicó con un ademán al grandullón que ya había pa­sado el ataque, demasiado exhausto aún para hablar, y le alcanzó con paso bamboleante.

Vadeando en el fango, arribaron al obelisco y se apoyaron en él en busca de apoyo, agotados, como si en lugar de haber recorrido unos pocos metros hu­bieran atravesado medio Krynn. Caldeó la atmósfe­ra un viento asfixiante, similar al que había acom­pañado la batalla. Los truenos, sus ecos, aumentaron de volumen de forma patente en su veloz recorrido a través de los planos superiores.

Bañado el rostro en sudor, los labios violáceos, Tas esbozó una sonrisa que pretendía ser ingenua y abor­dó al fornido, aunque ahora debilitado, humano.

—¿Sugerías hace unos momentos que visitásemos a Par-Salian? —le interrogó con aire casual, mien­tras se enjugaba las sienes—. Yo te lo desaconseja­ría. No estás en condiciones de emprender la larga aventura que supone llegar hasta allí y, sin agua ni alimento, sería doblemente duro.

—No me has entendido —se disgustó Caramon—. Con el artilugio no tenemos necesidad de someter­nos a ninguna vicisitud. Bastará recitar la fórmula.

Y, extrayendo de su bolsillo el colgante, desarro­lló el proceso que había de metamorfosearlo en un hermoso, enjoyado símbolo de poder. Observando sus movimientos, el kender tragó saliva y concibió nuevas argucias para instarle a renunciar.

—Imagino que el anciano debe de estar muy ocu­pado —apuntó, contrayendo la boca en una mueca—, demasiado para recibirnos. Este caos le exige sin duda una febril actividad, así que sería más conve­niente no molestarlo y retroceder a una época divertida. ¿Por qué no revivimos la escena en la que Raistlin hechizó a Bupu y la enana se enamoró de él? ¡Fue fantástico! Aún veo a esa achaparrada mujer siguién­dole a todas partes.

Su oyente, si es que le prestó alguna atención, no lo demostró. Temeroso de perder la partida, el hom­brecillo se estrujó el cerebro a la búsqueda de otro razonamiento disuasorio.

—Ha muerto —afirmó al fin, y exhaló un pesaro­so suspiro—. Pobre Par-Salian, sus días se han acabado. Después de todo, era ya muy viejo cuando nos separamos de él en el año 356 y su aspecto no era, ya entonces, el de una criatura sana. Le habrá cau­sado un tremendo impacto que tu hermano se erija en una divinidad. Lo más probable es que su cora­zón, al no haberlo podido resistir, haya cesado de la­tir, acaso de manera instantánea.

Consultó al guerrero con la mirada. Una leve son­risa animaba la expresión de su acompañante, aun­que éste, mudo como una lápida, continuó ajustando y armando las piezas del colgante. El súbito resplandor de un rayo interrumpió su quehacer. Alzó la vista al cielo y asumió, de nuevo, la seriedad que le había caracterizado durante las últimas horas.

—¡Seguro que la Torre de la Alta Hechicería ya no se encuentra en su antiguo emplazamiento! —gritó Tasslehoff a la desesperada—. Si has acertado y todo el mundo se ha reducido a esto —ondeó la mano en un movimiento circular, en el instante mismo en que empezaba a caer la insalubre lluvia—, la mole debió de ser una de las primeras que se desmoronaron. Era más alta que la mayoría de los árboles que pobla­ban el país. Fue un objetivo fácil para los relámpagos.

—La Torre se mantiene en pie —le espetó Caramon, tan tajante que el kender cejó en su idea.

Hizo los últimos engarces en el artilugio, lo sostu­vo en alto y, al reflejarse en las gemas la luz de Solinari, éstas refulgieron como si tuvieran vida propia. Pero los nubarrones se interpusieron pronto, ocul­tando la luna y creando una intensa penumbra que tan sólo rasgaban los aserrados, magníficos y leta­les relámpagos.

Apretando los dientes para aliviar el dolor de su lisiada pierna, el hombretón asió la muleta y se in­corporó. Tas le imitó más despacio, puestos en su amigo unos ojos que destilaban tristeza.

—En todo este tiempo, he aprendido a conocer a Raistlin —dictaminó el guerrero, consciente del aba­timiento del hombrecillo, aunque fingió ignorarlo—. Me ha costado mucho, quizá demasiado, pero ahora ninguno de sus sentimientos se me escapa. Detesta­ba la Torre y también a sus moradores, por el supli­cio al que le sometieron entre sus paredes. Sin embargo, su odio se confunde con un amor ilimitado porque, pese al sufrimiento que ha padecido, ese edi­ficio constituye el emblema de su arte. Y tal arte, la magia, significa más para mi gemelo que la existen­cia misma. No, la Torre de la Alta Hechicería no ha sido derruida.

Exhibió el inefable objeto a los elementos y, sin más preámbulos, acometió el cántico:

—Tu tiempo te pertenece,  aunque viajes por él...

—¡Detente, Caramon! —le ordenó Tasslehoff, aun­que su acento imperativo era fruto del pánico y no de la voluntad de imponerse—. ¡No puedes llevarme a presencia de Par-Salian! Me infligirá un castigo terrible, me transformará en..., en un murciélago, por ejemplo. Aunque sería una experiencia interesante, no sé si lograré acostumbrarme a dormir en posi­ción invertida, con la cabeza colgando. Me gusta ser un kender. No me apetece encarnarme en un animal.

—¿Qué jerigonza es ésta? —se encolerizó su inter­locutor, más aún porque sentía sobre su piel el em­bate del incipiente granizo.

—Me inmiscuí en su sortilegio —se explicó el hom­brecillo, tan frenético que apenas podía ordenar sus ideas—. Hice un viaje que estaba vedado a los de mi raza, desoyendo el mandato del insigne anciano, y por si eso fuera poco ro..., me apropié de un anillo con virtudes esotéricas que alguien había dejado ol­vidado y me lo ceñí al dedo. ¡Perpetré dos delitos que los magos juzgan imperdonables! Luego, ya en Istar, rompí el ingenio —prosiguió, dispuesto a enumerar todas sus faltas—. No fui yo el responsable de aquel accidente, sino Raistlin. Pero una persona estricta po­dría sacar la conclusión de que si no me hubiera atre­vido a tocarlo, no habría sucedido nada. Y Par-Salian es, a mi entender, una criatura de conceptos rígidos. Cuando encargué a Gnimsh que recompusiera los fragmentos, no le restituyó exactamente sus facul­tades originales, lo que tampoco suscitará los elo­gios del dignatario.

—Tas —rezongó el guerrero, mareado por tan ve­hemente parrafada—, haz el favor de callarte.

—Sí, Caramon —accedió el otro con inusitada do­cilidad.

El enorme humano examinó a aquella pequeña fi­gura que, compungida, se recortaba en la claridad de la tormenta, y trató de ofrecerle consuelo.

—Te prometo, amigo, que no permitiré que Par-Salian te haga ningún daño. Antes tendrá que con­vertirme en murciélago.

—¿De verdad? —se esperanzó el aludido.

—Empeño en ello mi palabra —insistió el colosal luchador y, oteando su entorno, le indicó—: Ahora, dame la mano y partamos sin demora.

—De acuerdo —se avino el kender y, jubiloso, des­lizó una mano en la inconmensurable palma que le tendía su compañero.

—He de hacerte una última recomendación —declaró el portador del arcano objeto.

—¿Cuál?

—Esta vez, todos tus pensamientos han de confluir en la Torre de la Alta Hechicería. ¡Nada de lunas ni de divagaciones!

—Descuida —garantizó el errabundo hombrecillo.

Comenzó de nuevo el guerrero a entonar las rimas y, mientras lo hacía, Tasslehoff no pudo sustraerse a una fugaz idea, que descartó de inmediato.

«Me pregunto qué apariencia ofrecería este gigante si se metamorfoseara en un mamífero volador —se dijo—. ¡Su aleteo sería imponente!»

 

 

Los dos personajes se materializaron en el linde­ro de un bosque.

—No ha sido culpa mía —se apresuró a defender­se el kender—. He puesto alma y vida en desechar cualquier imagen que no fuera la de la Torre. Tengo la total certeza de no haber evocado ninguna espe­sura.

Caramon estudió el panorama con suma atención. Era todavía de noche, pero se vislumbraba una mis­teriosa claridad a pesar de las nubes que se perfila­ban en el horizonte. Lunitari derramaba su tami­zada luz de sangre sobre la tierra mientras que Solinari, perturbado su recorrido, se eclipsaba tras un frente borrascoso. Encima de ambas, se divisaba el reloj de arena formado por ristras de estrellas.

—Estamos en el período adecuado —masculló el hombretón— pero, en nombre de los dioses, ¿dónde hemos ido a parar? —Apoyóse en la muleta y clavó en el ingenio una mirada acusadora, antes de inspec­cionar los sombríos árboles cercanos, los troncos iluminados por las lunas. De pronto, se ensancharon sus contraídos rasgos—. ¡No ocurre nada. Tas! —exclamó, alborozado—. ¿No lo reconoces? Es el Bosque de Wayreth, el paraje mágico que custodia el edificio.

—¿Estás seguro? —quiso cerciorarse Tasslehoff—. La última vez que anduve por aquí, me enfrenté a un paisaje muy distinto, una maraña de árboles que me acechaban como si una fuerza ignota los hubiera do­tado de vida y que, al tratar de adentrarme, me ata­caron. Más tarde, cuando pretendí alejarme, tampo­co me lo permitieron.

—Así era, en efecto —subrayó el guerrero, doblan­do el cetro hasta devolverle la forma de un colgante común.

—Entonces, ¿a qué se debe esta mutación?

—A las mismas causas que han alterado la apa­riencia de todo nuestro mundo —repuso Caramon mientras, cuidadoso, guardaba el artilugio en un saquillo de cuero.

El kender rememoró el episodio de su anterior vi­sita a la mágica arboleda. Concebida para proteger la Torre de los intrusos, era un lugar de pesadilla, porque, fiel al carácter sobrenatural que le habían conferido quienes la engendraron, era ella la que encontraba a las personas y no al revés, como manda­ban los cánones. La primera vez que sorprendió al luchador y a Tas fue poco después de que Soth, el caballero espectral, envolviera a Crysania en un encantamiento destinado a matarla. El hombrecillo se había despertado de un profundo sueño y descu­bierto, perplejo, que se elevaba un bosque donde nada había la víspera.

Los troncos, las ramas, estaban desnudos y tortu­rados, una gélida bruma surgía de las cortezas. En el interior moraban entes oscuros, espíritus conde­nados a vagar toda la eternidad. No tardó el kender en comprobar que, en aquel ambiente de ultratumba, también los árboles poseían el don de la existen­cia y tenían la costumbre de seguir a los mortales. Recordaba que siempre que había intentado apartar­se, en cualquier dirección que tomase, volvía a topar con aquel hervidero de prodigios.

Esta mera circunstancia era ya bastante abruma­dora, pero cuando el hombretón traspasó sus lími­tes, se produjo un hecho todavía más espeluznante. Los árboles, en una dramática farsa, empezaron a crecer y moldearse hasta trocarse en vallenwoods. La espesura, antes cubil de muerte, lóbrega y carga­da de malos presagios, se transformó en un bosque hermoso, teñido de los verdes y los ocres de las esta­ciones, de la vida. Los pájaros trinaban felices en las ramas, invitándolos a participar de la belleza.

Ahora había sufrido una nueva mutación. Tasslehoff lo contempló anonadado, porque, si bien halló en sus contornos reminiscencias de las dos versio­nes que conocía, lo cierto era que no se asemejaba a ninguna. Los troncos parecían vegetales muertos, sus lisas superficies, resecas por la podredumbre, no exhibían síntomas de que nada pudiera medrar. Y, no obstante, al mirarlo, vislumbró unas señales de movimiento que sugerían la presencia de un hálito vibrante. Las ramas se proyectaban como tentáculos atenazadores.

Volviendo la espalda al embrujado Bosque de Wayreth, el hombrecillo escrutó el llano que se extendía en las cercanías. La escena era idéntica a la de Sola­ce. No había vegetación ninguna, ni viva ni muerta. Le circundaban tocones negruzcos e informes, que, dispersos, se arraigaban con sus postreras energías a una ciénaga escurridiza. En todo el perímetro que abarcaba su visión, no había sino tramos uniformes de lo que podía definirse como un desierto de ce­nizas.

—¡Caramon! —gritó de pronto, estirando el índice.

El aludido desvió el rostro en la dirección que se­ñalaba. Junto a uno de los troncos yacía una figura, recogida sobre sí misma.

—¡Una persona! —se excitó el kender—. ¡Hay al­guien más aquí!

—¡Tas!

Aquella llamada era un aviso del guerrero, para prevenirlo contra un posible espejismo; pero antes de que acertara a actuar, el hombrecillo había echa­do a correr.

—¡Hola! —saludó a la inerte forma—. ¿Duermes? Por favor, despierta.

Se inclinó sobre el bulto y lo zarandeó. Pero sólo consiguió que la criatura rodara sobre su espalda. Boca arriba, tensa y rígida, pudo contemplarla.

—¡Oh! —se asombró Tasslehoff, a la vez que recu­laba unos pasos—. ¡Es Bupu!

Hubo un tiempo en el que Raistlin trabó amistad con la enana gully, con aquel despojo que ahora oteaba el estrellado cielo con ojos extraviados, hun­didos en las cuencas. Cubrían su enflaquecido cuer­po unos harapos mugrientos, raídos hasta lo impen­sable, y en su rostro tumefacto se evidenciaban las huellas de la devastación. Se ceñía a su cuello una correa de cuero y, atada a su extremo, como una si­niestra alhaja, había una lagartija disecada. Aferra­ba en una mano una rata en iguales condiciones y en la otra mano, una pata de pollo. Tas comprendió, decaído, que, al acosarla la muerte, la diminuta mu­jer había recurrido a toda la magia que atesoraba. Pero a juzgar por las consecuencias, no había teni­do éxito.

—No hace mucho que falleció —murmuró Caramon, caminando hasta ellos y arrodillándose para observar a la infortunada—. Fue sin duda el hambre lo que acabó con ella —diagnosticó, mientas entor­naba caritativamente los párpados—. ¿Cómo pudo sobrevivir tanto tiempo a la catástrofe? Los habitan­tes de Solace llevaban muertos varios meses.

—Quizá Raistlin la socorrió —sugirió el kender.

—No, es una simple coincidencia —opuso el gue­rrero con áspero acento—. Los enanos gully son ca­paces de resistir las peores penurias. Imagino que fueron los últimos en expirar y que Bupu, más avis­pada que sus congéneres, aguantó durante un perío­do mayor que los otros. Mas, al fin, incluso alguien de su fortaleza pereció en esta tierra maldita. Ayú­dame a levantarme —rogó a su amigo, encogiéndo­se de hombros.

—¿Qué vamos a hacer con sus restos? —preguntó éste—. No podemos dejarla aquí.

—¿Por qué no? —replicó Caramon, malhumorado. El espectáculo de la enana y la proximidad del Bos­que habían traído a su mente una oleada de peno­sos recuerdos. —¿Te agradaría a ti que te sepultaran en el fango? Además, no podemos perder ni un minuto.

Le inspiró esta decisión el hecho de que los nuba­rrones, con su séquito de relámpagos y rugientes truenos, se habían situado prácticamente sobre sus cabezas. Al advertir que Tasslehoff se empeñaba en atender a la yaciente y que un velado reproche teñía sus pupilas, Caramon endureció su expresión.

—No queda nadie vivo susceptible de mancillar­la, Tas —reconvino, irritado, al kender, aunque para satisfacer a su alicaído compañero, se quitó la capa y cubrió el cadáver—. Vámonos —ordenó.

—Adiós, Bupu —se despidió Tas de aquella desdi­chada que no podía oírle.

Al dar una cariñosa palmada en la exánime mano que asía al roedor, y estirar la improvisada mortaja sobre ella, vislumbró un resplandor bajo la luz rojiza de Lunitari. Contuvo el aliento, convencido de que identificaba el origen del resplandor y, con extrema suavidad, separó los acartonados dedos. Cayó la rata y, junto a ésta, una esmeralda.

Se hizo con la gema y, conocedor de sus asociacio­nes, se zambulló en el recuerdo de un remoto suce­so. ¿Dónde fue, en Xak Tsaroth? Sí, su grupo se ha­bía escondido de las tropas draconianas en un fétido subterráneo y tenía que jalonar una tubería. Al nigromante le sobrevino un espasmo de tos...

 

 

«Bupu le miró preocupada y, metiendo su peque­ña mano en la bolsa, revolvió unos segundos y sacó un objeto, que sostuvo bajo la luz. Lo miró, suspiró y negó con la cabeza.

»—Esto no ser lo que quería —musitó.

«Tasslehoff, al ver un reflejo de brillantes colores, se acercó a ella.

»—¿Qué es eso? —preguntó, aunque conocía la respuesta. Raistlin también observaba el objeto con ojos brillantes.

»Bupu se encogió de hombros.

»—Piedra bonita —dijo sin interés, volviendo a re­buscar en la bolsa.

»—¡Una esmeralda! —exclamó Raistlin.

»Bupu levantó la mirada.

»—¿Tú gustar?

»—¡Mucho!

»—Tú guardar.

»Bupu depositó la joya en las manos del mago y, con un grito de triunfo, sacó lo que había estado bus­cando. Tas, acercándose a ver la nueva maravilla, se apartó asqueado. Era una lagartija muerta, absolu­tamente muerta. Alrededor de la cola tiesa de la la­gartija había atado un cordón de cuero. Bupu se lo acercó a Raistlin.

»—Llevarlo alrededor del cuello —le dijo—. Cura tos.»

 

 

—El archimago ha estado aquí recientemente —concluyó el kender—. Nadie sino él pudo entregar­le esto, pero ¿por qué? ¿Fue un obsequio, acaso un amuleto protector? Caramon, escucha...

No terminó la frase, pues el robusto guerrero se hallaba abstraído en la contemplación del Bosque de Wayreth y, al reparar en su lívida tez, el hombrecillo intuyó que volaba a la grupa de nostálgicas, a la vez que pavorosas, ensoñaciones.

En silencio, Tasslehoff metió la esmeralda dentro de su bolsillo.

 

 

La arcana espesura parecía tan estéril y desolada como el resto del mundo. Mas, para Caramon, bullía de recuerdos. Estudió, nervioso, los singulares árbo­les, los mojados troncos y las retorcidas ramas, que, por el influjo de Lunitari, rezumaban un líquido similar a la sangre.

—Pasé miedo la primera vez que visité este bos­que —masculló, cerrando los dedos en torno a la empuñadura de la espada—. No me habría aventurado de no ser por Raistlin. La segunda ocasión, cuando transportamos a Crysania para que los magos la sanasen, mi pánico fue en aumento; tampoco me ha­bría adentrado si no me hubieran hechizado las aves con sus seductores gorjeos. «Sereno el bosque, sere­nas sus perfectas mansiones donde crecemos en lu­gar de marchitarnos», rezaba su estribillo. Yo vi en sus palabras la promesa de una respuesta a todas mis elucubraciones, pero hasta ahora no he desen­trañado el mensaje de muerte que transmitían. Sí, de muerte, ella es la única mansión perfecta, la eter­na residencia donde nuestra alma se engrandece y cesan de corrompernos las influencias externas.

Sin apartar los ojos de la arboleda, el guerrero tuvo un escalofrío a pesar del calor sofocante que derretía hasta el aire. «Hoy me asalta un temor todavía más insondable que en aquellas dos situa­ciones —se confesó para sí mismo—. Algo terrible anida ahí dentro.»

Una sierra luminosa alumbró la bóveda celeste, el plano inferior donde se hallaba el humano, con tan­ta intensidad como si fuera de día. Fue sucedido por un sordo estruendo y por el chapaleo de la lluvia en los pómulos de éste.

—Al menos los troncos se sostienen en pie —su­surró—. Deben de estar dotados de una magia tre­mendamente poderosa para soportar la arremetida de las tempestades. —Sus tripas se revolvieron re­clamando alimento y, como no podía proporcionár­selo, ni siquiera engullir aquel líquido malsano que manaba del cielo, se contentó con humedecerse los labios—. Sereno el bosque... —recitó de nuevo.

—¿Qué decías? —inquirió Tas, situándose a su lado.

—Que, en el fondo, da lo mismo sucumbir de un modo u otro —contestó el hombretón con cierta in­diferencia.

—Yo he muerto tres veces —explicó el kender—. La primera fue en Tarsis, cuando los dragones de­rribaron un edificio sobre mí. Luego vino el acciden­te de Neraka, donde el mecanismo de una trampa en­venenó mi sangre y Raistlin me salvó y, por último, fui catapultado al más allá tras la hecatombe de Istar. Tengo, pues, suficiente materia de juicio para co­rroborar tu dictamen: una muerte no difiere en ex­ceso de otra. Sin embargo, existen matices, ventajas e inconvenientes, en cada modalidad. La ponzoña era dolorosa pero de efectos rápidos, mientras que la casa que me cayó encima...

—Resérvate algo para narrárselo a Flint —le ata­jó Caramon y, desenvainando su espada, le con­sultó—: ¿Estás preparado?

—Lo estoy —le aseguró el otro en postura marcial—. «Guárdate lo mejor para el final», solía comentar mi padre. Claro que —hizo una pausa— ci­taba este sabio proverbio en relación con la cena, no con el destino. No importa —caviló—, el significado es válido en ambos contextos.

Enarboló su pequeño cuchillo y siguió al guerre­ro hacia las entrañas del embrujado Bosque de Wayreth.

5

El Bosque de Wayreth

 

 

Los engulló la negrura. Ni la luz de la única luna que brillaba en el cielo, ni tampoco la de las estre­llas, podía penetrar la noche del Bosque de Wayreth. En el lóbrego ambiente, incluso los fulgores de los relámpagos pasaban inadvertidos. Y, aunque se oían las resonancias de los truenos, parecían unos empobrecidos ecos de sí mismos. En los tímpanos de Caramon repiqueteaban los tamborileos de la llu­via y el granizo. Pero la espesura estaba seca y tan sólo los árboles del lindero habían recibido la ro­ciada.

— ¡Qué alivio! —se alegró Tas—. Si nos alumbrase alguna luz...

Apagó su voz un gorgoteo, síntoma inequívoco de ahogo. El guerrero detectó un ruido sordo y el cre­pitar de la madera, sucedido por el sonido que emi­tiría un cuerpo al ser arrastrado.

—Tasslehoff, ¿estás bien? —indagó, alarmado.

— ¡No, Caramon! —contestó éste—. Me ha atrapa­do uno de estos horribles vegetales. ¡Socórreme, te lo suplico!

—No me estarás gastando una broma, ¿verdad, amigo? —quiso cerciorarse el hombretón—. Porque, si es así, no tiene ninguna gracia.

— ¡Claro que no! —aulló el kender—. Me ha apri­sionado y me lleva hacia algún lugar.

—¿Dónde? ¿En qué dirección? —demandó el luchador—. ¡No veo nada en estas tinieblas!

— ¡Aquí! —trató de orientarle el cautivo—. ¡Me ha agarrado por el pie y está dispuesto a partirme en dos!

— ¡No dejes de gritar, Tas! —le urgió Caramon, que deambulaba a trompicones en la susurrante ma­raña—. Creo que ando cerca.

Una enorme rama azotó al guerrero en el pecho, tan contundente que le arrojó al suelo y le privó del resuello. Mientras, estirado cuan largo era, intenta­ba inhalar aire, percibió un crujido a su derecha. Arremetió a ciegas con su espada, a la vez que se decantaba hacia un lado, justo a tiempo para evitar un tronco que, en vez de aplastarlo, se estrelló donde ya­ciera segundos antes. Se incorporó torpemente, pero otra rama le golpeó la parte inferior de la espalda y lo lanzó de bruces sobre el duro terreno.

La rama le flageló los riñones, causándole un agu­do dolor. Luchó para erguirse de nuevo, pero la rodi­lla le palpitaba en una suerte de agonía y la cabeza le daba vueltas. Había cesado de oír a Tasslehoff. No era consciente sino del restallar de los látigos arbóreos y de su avance implacable. El enemigo cerró fi­las a su alrededor, uno de sus tentáculos le arañó el brazo y, sensible a su proximidad, el humano reculó fuera de su alcance. De poco le sirvió. Algo se enros­có en torno a su tobillo y, pese a que una ágil estoca­da hizo saltar astillas sobre su pierna, no lastimó al atacante.

La fuerza de innumerables siglos anidaba en las macizas ramificaciones de los moradores del Bos­que; su magia les infundía raciocinio y voluntad pro­pias. Caramon había traspasado las fronteras del te­rritorio que guardaban, una región vedada a los intrusos y, lo sabía bien, iban a matarle.

Otra rama más se enredó en su poderoso muslo, unos leños semejantes a lianas buscaron un asimien­to firme en sus extremidades. Pronto le despedaza­rían, como quizás habían empezado a hacer con el hombrecillo, que, en una nebulosa, profería alaridos desgarrados.

Alzando la voz, el atenazado luchador proclamó:

— ¡Soy Caramon Majere, hermano de Raistlin! Debo hablar con Par-Salian o con el actual Señor de la Torre, sea quien fuere.

Hubo un momento de silencio, de titubeo. El im­provisado orador notó que flaqueaba la determina­ción de los árboles y que aflojaban su presa.

—Par-Salian, ¿estás ahí? —insistió—. Par-Salian, has de conocerme. ¡Soy su gemelo, y tu única esperanza!

—¿Caramon? —le invocó alguien con acento inse­guro.

—Calla, Tas —siseó el aludido a su amigo, pues era él quien le requería.

La quietud se hizo tan densa como la oscuridad. Transcurrido un breve lapso, los aprehensores sol­taron al humano y los quiebros disonantes, sinies­tros, que antes anunciaran su vecindad flanquearon ahora su retroceso. Con un suspiro, con una debilidad hija del miedo, el sufrimiento y el creciente ma­reo, el guerrero apoyó la cabeza en un brazo hasta que se hubo normalizado su ritmo respiratorio.

—Tas, ¿cómo te encuentras? —le preguntó al kender.

—Mejor —contestó su compañero a muy escasa distancia, tanto que el hombretón no tuvo más que estirar el brazo para tocarlo y atraerlo hacia sí.

Aunque oía la agitación que reinaba entre sus ad­versarios al replegarse, a Caramon no le cabía la me­nor duda de que vigilaban todos sus movimientos, de que registraban cada palabra surgida de sus la­bios. Cauteloso, envainó la espada.

—Te agradezco sinceramente que revelaras quién eres a Par-Salian —murmuró Tasslehoff, aún jadean­te—. No imagino cómo podría relatarle a Flint que fui asesinado por un árbol. Ignoro si está permitido reír en el universo de ultratumba, pero el enano habría estallado en jocosos aspavientos al enterarse.

—Chitón —conminó el otro.

Obediente, el hombrecillo calló. No duró mucho, sin embargo, su silencio.

—¿Cómo estás tú? —se interesó, procurando man­tener un volumen de voz moderado.

—Bien, sólo necesito recuperar el aliento. Pero he perdido la muleta.

—Está aquí, he tropezado con ella. —Tas se alejó unos pasos, y regresó al punto con la pesada vara—. Toma —se la ofreció, y le ayudó a enderezarse.

—Caramon —preguntó tras una corta pausa—, ¿cuánto tiempo calculas que tardaremos en llegar a la Torre? Tengo muchísima sed y, aunque mis tri­pas se han aposentado después de desalojarlas, ha sustituido al cólico un fastidioso ronroneo.

—No podría precisarlo —confesó el interpelado—. No vislumbro nada en las sombras que me indique adonde vamos, que me oriente en la dirección correcta o que me prevenga contra los posibles escollos.

Volvieron a iniciarse los crujidos de forma súbi­ta, como si un huracán nacido en las entrañas mis­mas de la espesura balanceara a su capricho las copas de los árboles. Caramon se puso tenso. Tas se alarmó al advertir que el retirado ejército reanuda­ba su acercamiento. Quietos, desvalidos, dejaron que los temibles vegetales les circundasen, sintiendo el contacto de las cortezas sobre su piel, la infame ca­ricia de las hojas muertas en su cabello, el susurro de las extrañas frases que vertían en sus tímpanos. El guerrero, en un gesto instintivo, aferró la empu­ñadura de su arma, pese a conocer su inutilidad en tan graves circunstancias. Pero cuando los agresivos soldados de las huestes arbóreas hubieron estrecha­do su círculo, cesó todo signo de actividad. Una vez más, reinó la calma.

Extendiendo la mano, el corpulento luchador pal­pó sólidos troncos a derecha e izquierda y, también, una apretada formación a su espalda. Inspirado por una repentina idea, hizo lo mismo hacia adelante y, tras otear el panorama, se confirmaron sus sospechas: estaba despejado.

—No te separes de mí, Tas —ordenó y, por una cu­riosa y bienaventurada excepción, el kender acató su mandato sin rechistar.

Juntos, echaron a andar por el camino que deli­mitaban aquellas prodigiosas criaturas. Al principio, su marcha fue lenta, ya que no resultaba nada hala­güeña la perspectiva de topar con una abultada raíz, enredarse en un matorral o precipitarse en un hoyo. Pero apresuraron el paso de manera gradual, al cons­tatar que el suelo era llano, libre de obstáculos y sotobosque. No sabían adonde se dirigían, las perpetuas tinieblas les obligaban a seguir la irreversible trocha que creaba su espectral escolta al apartarse a su paso y cerrarse tras ellos. Cualquier desviación en la ruta preestablecida les conducía a una pared de troncos revestidos de un intrincado ramaje.

El calor era sofocante. No soplaba la brisa, no caía la lluvia. La sed, mitigada antes por el pánico, les inundó cual una epidemia. Secándose el sudor de la frente, Caramon buscó una explicación a aquella at­mósfera opresiva que era mucho más agobiante den­tro que fuera del paraje. Se diría que la generaba la misma espesura. Se le antojó que la animaba una vida más intensa que en las dos anteriores ocasio­nes en que la había recorrido y, desde luego, conclu­yó que el palpito era allí mucho más ostensible que en el mundo exterior. En medio del murmullo de los árboles se distinguían, o a él así se lo pareció, el deambular de animales terrestres, el aleteo de las aves e incluso columbró varios pares de ojos que, bri­llantes, le espiaban desde los arbustos. Pero el he­cho de hallarse entre seres vivientes no apaciguó su ánimo; al contrario, el odio y la ira que éstos desti­laban tuvieron el don de alterar sus nervios. ¿Quién era el destinatario de aquel resentimiento, de la có­lera que rezumaban los pobladores del Bosque? Comprendió que no convergían en su persona, sino en la esencia mágica del entorno.

Y, de pronto, oyó de nuevo los trinos de los pája­ros, tal como sonaron en el último periplo que reali­zó allí. Agudas, dulces y puras, elevándose por enci­ma de la muerte, la negrura y la derrota, retumbaron las notas de la alondra. Se detuvo a escuchar, llenos sus ojos de lágrimas frente a la belleza de aquel canto que tonificaba su herido corazón.

 

La luz en el horizonte oriental,

es perenne y matutina.

Renueva el aire con su hálito vital.

La fe, el anhelo aglutina.

 

Como ángeles las alondras emprenden su vuelo,

como ángeles las alondras ascienden

de la hierba soleada hacia el benigno cielo;

mas fúlgidas que alhajas el aire encienden.

 

Pero al mismo tiempo que la tonada, el bálsamo del ave diurna, relajaba sus vísceras, un abrupto chasquido le estremeció. Alas negras revolotearon en su derredor y su alma se colmó de sombras.

 

La tenue luz del este

arranca de la oscuridad

la maquinaria del fulgor celeste,

de la alondra la prístina ingenuidad.

Pero los cuervos en la noche abundan,

y las brumas que emergen de poniente,

en sus corazones soterrados alumbran

un nido de maldad rugiente.

 

 

—¿Qué significa, Caramon? —le interrogó Tas mientras continuaban avanzando en la arboleda, guiados por la furibunda vegetación.

Le respondió no su amigo, sino un coro de otras voces que hondas, melodiosas, impregnadas de tris­teza, delataban la añeja sabiduría de la lechuza.

 

A través de la noche, en la penumbra,

cabalgan las estaciones,

se rinden los años a la cambiante luz

de las esferas, y en el alba o crepúsculo vacuas

se tornan las emociones, en la abstracción de las luchas postreras.

 

Pues siempre hay vestigios de muerte

en el verde prado,

y estrellas fugaces sobre el cruel matadero,

siempre, aunque sombríos sus copas y trazado,

en los vallewood reverbera la luz del día venidero.

 

 

—Significa que las fuerzas arcanas están en con­flicto, que han escapado al control de sus hacedores —dictaminó el guerrero—. La energía que debe go­bernar al Bosque apenas conserva su integridad. ¿Qué vamos a encontrar en la Torre?

—Si logramos alcanzarla —apostilló el kender—. ¿Qué pruebas tenemos de que estos viejos, escalo­friantes árboles no nos empujarán a una sima?

Caramon impuso un descanso, incapaz de respi­rar en la tórrida oleada que transportaba el viento. La burda muleta se le clavaba en la axila y, ahora que la había descargado de su peso, la rodilla heri­da había empezado a embotarse. Tenía la pierna inflamada y tumefacta. Era evidente que su resisten­cia se agotaba por momentos. También él había sido víctima de la náusea; al expulsar el veneno, se había paliado el malestar de su estómago; pero la sed se había convertido en una tortura y, para colmo de ma­les, como Tasslehoff había señalado, ignoraban las intenciones de los moradores del Bosque respecto a ellos. Ningún indicio le permitía adivinar hacia dón­de les guiaban.

En una nueva intentona de comunicarse con el an­ciano dignatario de la mole volvió a imprecarle, in­diferente a la irritación de su garganta:

—Par-Salian, contéstame o rehusaré seguir adelan­te. ¡Háblame!

Un clamor inarticulado se propagó por la arbo­leda. Las ramas se agitaron y retorcieron como si soplara un auténtico tifón, a pesar de que, por des­gracia, ningún soplo vino a refrescar a los dos personajes. Los gorjeos de los pájaros se mezclaron en una desagradable cacofonía, replicándose unos a otros y tergiversando sus estribillos hasta diluirlos en una batahola que, en la confusión, se impregnó de augurios maléficos.

Incluso Tas sufrió un cierto sobresalto y se arri­mó a su acompañante —por si necesitaba que le reconfortase, naturalmente—, pero el guerrero se plantó con los brazos en jarras, resuelto su ademán, y contempló las inefables brumas sin prestar aten­ción al torbellino.

— ¡Par-Salian! —vociferó.

Y, al fin, obtuvo respuesta: un aullido proferido en tono chillón, casi tan inconexo como los desvirtua­dos cánticos.

Al percibir aquel absurdo sonido, a Caramon se le puso la piel de gallina. Había desgarrado el manto de oscuridad y de calor, alzándose sobre la barahúnda y ahogando el entrechocar de los miembros ar­bóreos. El humano tuvo la impresión de que todo el pavor, la agonía del mundo en declive se cristaliza­ba y se definía en aquel grito.

— ¡En nombre de los dioses! —renegó el kender asiéndose a la mano del luchador, según él, por si se había asustado—. ¿Qué sucede?

El guerrero nada repuso. Su despierta mente ca­viló que la furia del Bosque se había recrudecido, ribeteada ahora de un miedo y una pesadumbre in­descriptible. Los árboles les azuzaban, se arracima­ban en torno a sus cuerpos para apremiarles en su viaje. Se prolongaron los lamentos el tiempo que tar­daría un hombre en inhalar una bocanada de aire, se interrumpieron durante el mismo intervalo de tiempo y volvieron a comenzar. El sudor se heló en las sienes del sobrecogido Caramon.

Reanudó la marcha, llevando a Tas a su lado. Ha­cían pocos progresos, una circunstancia que empeo­raba el hecho de que no sabían cuál era su punto de destino y ni siquiera les quedaba el recurso de dis­cutir el rumbo. La única brújula que orientaba sus pasos hacia la Torre, o así cabía esperarlo, era aquel plañido inhumano.

A empellones, exhaustos, anduvieron sin norte y, aunque el kender hizo cuanto pudo para sostenerle, Caramon se creía a punto de desfallecer a cada nue­va zancada. El dolor de su tullida pierna se enseño­reó de él, obsesionándole hasta tal extremo que perdió la noción del tiempo. Olvidó por qué habían venido, cuál era su objetivo; dar un paso y otro en la negrura, unas tinieblas que habían socavado su espíritu, era lo único a lo que aspiraba.

Caminó sin tregua, sin aliento, como un autóma­ta. Y, durante la odisea, matraqueaba en su cerebro aquel aullido pavoroso de una criatura que parecía morir en vida.

—¡Caramon!

Esta llamada penetró en su aturdido, abotargado cerebro. Le asaltó la sensación de que hacía ya un rato que se repetía por encima de los estertores. Pero si era así, no había conseguido atravesar la maléfi­ca niebla que le aislaba cual una mortaja.

—¿Cómo? —farfulló, y tomó conciencia de que unas manos le agarraban, le vapuleaban—. ¿Cómo?—volvió a preguntar, esforzándose en regresar al universo real—. ¿Eres tú, Tas?

— ¡Mira, Caramon!

La voz del kender le llegó como una abstracción y, frenético, meneó la cabeza, para dispersar las bru­mas interiores. Reparó entonces en que podía ver, que la luna se exponía a sus ojos en un nítido cerco. Tras pestañear, inspeccionó el panorama.

—¿Y el Bosque? —indagó.

—Detrás de nosotros —le informó Tasslehoff en tono confidencial, como si la mera mención de la ar­boleda fuera a abalanzarla sobre ellos—. Nos ha traí­do hasta aquí, aunque no identifico el lugar. Echa un vistazo al paraje y dime si lo recuerdas.

El guerrero obedeció. Las sombras se habían disi­pado, se hallaban en un claro que a hurtadillas, te­meroso, procedió a examinar.

Ante él se insinuaba un precipicio y, a su espalda, la espesura aguardaba. No necesitaba volverse para comprobarlo. Presentía su vecindad y, también, que no podían entrar en ella sin sucumbir a sus horro­res. Les había conducido hasta allí, su misión estaba cumplida. ¿Dónde se encontraban? Detrás les ace­chaban los árboles, delante no había sino un vasto, tenebroso vacío. Quizá Tas acertó al apuntar que que­darían acorralados en el borde de un risco.

Unas nubes de tormenta ensombrecían el horizon­te. Pero, de momento, no les amenazaba ninguna des­carga. Muy lejos, en la bóveda celeste, brillaban las lunas y las constelaciones. Lunitari ardía en llamas incandescentes y el otro satélite, el argénteo, se ha­bía liberado de su algodonada prisión y vertía unos fulgores que Caramon nunca había observado. Y aho­ra, quizá debido al contraste que ofrecía la luz de los astros sobrepuesta al negro, divisó a Nuitari, aquel redondel que tan sólo se exhibía a las pupilas de su hermano. Alrededor de las tres lunas evolucionaban las destellantes estrellas, ninguna tan ostensible como las que configuraban el extraño reloj de arena.

Los únicos ecos que alteraban la paz eran los en­furecidos pero amortiguados cuchicheos del Bosque y, en lontananza, el incorpóreo gemido que no había cesado de acompañarles.

«No tenemos alternativa —reflexionó Caramon. No podemos retroceder. Nuestra fantasmal escolta no lo permitirá. Además, ¿qué es la muerte sino el final del sufrimiento, la sed y la opresión que me desga­rran las entrañas?»

—Aguarda aquí —ordenó al kender mientras trataba de desembarazarse de su zarpa, presto a internarse en el pozo—. Quiero explorar los con­tornos.

— ¡No irás a ninguna parte sin mí! —se opuso el aludido y, en vez de soltarle, se afianzó todavía más—. Cuando estabas solo, en las guerras de los enanos, te tropezaste con un sinfín de problemas —denunció, estrangulada su garganta—. Lo prime­ro, o casi, que hice al catapultarme a tu lado fue sal­varte la vida. —Oteó el mar de penumbras que ondulaba a sus pies antes de, rechinantes sus man­díbulas, clavar en su amigo unos ojos que delata­ban su firme resolución—. Te seguiré, no me seduce la idea de viajar en solitario al plano de ultratumba y, por añadidura, imagino los insultos de Flint: «¿Qué has hecho ahora, botarate? Se te ha escapado esa bola de sebo, ya me figuraba yo que no se puede con­fiar en un atolondrado de tu calibre. Supongo que, dadas las circunstancias, tendré que abandonar mi cómoda morada bajo el árbol y partir en busca de ese saco de músculo sin raciocinio. Nunca supiste tomar precauciones ni tampoco guarecerte de la llu­via de contratiempos...»

—De acuerdo, Tas —se rindió Caramon sonriente, mirando al gruñón enano—. No seré yo quien per­turbe el reposo de nuestro viejo amigo. Su reprimen­da sería interminable, no la resistiría.

—Y, por otra parte —argumentó el hombrecillo—, carece de sentido que el Bosque nos haya guiado has­ta aquí para arrojarnos a la nada.

—Cierto.

Sin pensarlo dos veces, el valeroso humano se armó con la muleta y empezó a avanzar hacia el oscuro panorama que se desplegaba frente a ellos.

—A menos —concluyó e] kender tragando saliva— que Par-Salian pretenda castigarme así por mi osadía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

Las Crónicas y el fin del mundo

 

 

La Torre de la Alta Hechicería se perfilaba a la luz de las lunas y las estrellas, convertida en un objeto de negrura que parecía haber sido creado a partir de la noche. Durante siglos, se erigió en estandarte de la magia, en depositaría de los libros y artilugios del arte arcano que se habían ido recopilando a tra­vés de los años.

Aquí se refugiaron los magos cuando fueron expul­sados de la mole hermana de Palanthas por el Prín­cipe de los Sacerdotes. Entre sus muros salvaron las más valiosas pertenencias de la Orden de las turbas enardecidas. Los hechiceros vivieron en paz en su inexpugnable recinto, merced al escudo protector que les brindaba el Bosque de Wayreth. En sus cá­maras se sometían los jóvenes aprendices a la Prue­ba que entrañaba la muerte para quien fracasara.

Raistlin cruzó las tapias y, antes de investirse la túnica negra, vendió el alma a Fistandantilus. Caramon, en una de sus lóbregas dependencias, hubo de presenciar cómo el aspirante asesinaba a una iluso­ria réplica de su gemelo, de él mismo.

También a este edificio regresaron el guerrero y Tas junto a Bupu, la enana gully, transportando el comatoso cuerpo de Crysania, y asistieron a un cón­clave de los exponentes de las tres Túnicas, la Blan­ca, la Roja y la Negra. En la asamblea, descubrieron la ambición de Raistlin de desafiar a la Reina, cono­cieron a Dalamar, acólito del nigromante y espía de sus rivales.

En otra de sus habitaciones, Par-Salian, el gran archimago, formuló el hechizo que había de trasladar a Caramon y la sacerdotisa a Istar, a una época pre­via al Cataclismo. Y, por último, en aquella misma sala había irrumpido Tasslehoff mientras se desa­rrollaba el encantamiento. Así fue como la presen­cia de un kender, prohibida explícitamente en las leyes que regían a la comunidad, posibilitó que el tiempo se alterase.

Ahora, el hombretón y su pequeño amigo habían regresado. ¿Qué encontrarían en su interior?

Con el corazón encogido, el humano contempló la Torre, víctima de unas aprensiones que enturbiaban su coraje. No hallaba ánimos para entrar, no en tan­to perdurase aquella sórdida resonancia en su oído. Era preferible recular, enfrentarse a un destino más rápido en el Bosque. Además, había olvidado las puertas que, imponentes, de oro y de plata, solían obs­truir el acceso. Se presentaban delgadas, quebradi­zas cual una telaraña, cual un entramado de hebras pintado sobre el fondo del cielo que fuera a desmo­ronarse bajo el más leve contacto; sin embargo, los esotéricos sortilegios que las sellaban habrían dete­nido a un ejército de ogros provistos de arietes. Su fragilidad era una falacia.

Los alaridos resonaban muy cerca, tanto que re­sultaba obvia su procedencia. El guerrero dio un paso al frente, unido el entrecejo en una rugosa lí­nea, y las puertas se expusieron a su vista. Le fue en­tonces revelada la fuente de aquellos gritos que se le antojaran los de un agonizante.

Las hojas ya no estaban atrancadas, ni siquiera ce­rradas. Una permanecía ajustada, sujeta a la magia, pero la otra se había resquebrajado y ahora colgaba de un gozne, meciéndose en el tórrido viento. En el incesante vaivén, chirriaba estrepitosamente, como si la brisa le arrancara plañidos de dolor.

—No hay candado —dijo Tas con honda decepción.

Sus manos ya habían emprendido la infructuosa búsqueda de las herramientas que tanto le gustaba manipular, y que le fueron arrebatadas junto a sus saquillos.

—No  —corroboró  su  compañero,   prendida  la mirada del crujiente gozne—. Ésa es la voz que escu­chamos, la de un metal oxidado —declaró; y aunque este hecho debería haberle tranquilizado, sólo con­tribuyó a magnificar el misterio—. Si no fue Par-Salian ni otro morador de la Torre quien nos ayudó a salir ilesos del Bosque —recapacitó—, ¿qué ente enigmático obró el prodigio?

—Quizá nadie —sugirió Tasslehoff—. ¿Por qué no nos vamos? Es evidente que el lugar está deshabitado.

—Discrepo —se obstinó el luchador—. Alguien, o algo, ordenó a los árboles que nos dejaran pasar.

El kender suspiró, ladeando la cabeza. Caramon advirtió, en el claro de luna, que tenía la tez pálida y demacrada. Unos cercos negruzcos ceñían sus ojos, le temblaba el labio inferior y una lágrima discurría por su achatada nariz.

—Espera un poco más —le rogó con amabilidad—. ¿Podrás aguantar, mi querido amigo?

Alzando la vista, tragando aquellas traidoras lágri­mas, que goteaban sobre la cuarteada boca, Tas en­sayó una sonrisa jovial.

—¡Naturalmente! —aseguró y ni siquiera la seque­dad de su garganta, la imperiosa necesidad de saciar la sed, le impidieron agregar—: Me conoces bien, siempre estoy a punto para la aventura. La mole debe de encerrar innumerables artilugios mágicos, mara­villas que nunca renunciaría a examinar. Es posible que algunas de ellas no sean echadas en falta si me las llevo, ¿no opinas tú igual? Prometo no tocar las sortijas. He acabado con ellas después de que una me catapultase a un castillo donde anidaba un de­monio cruel, perverso, y otra me transformara en ra­tón. He decidido que...

El hombretón dejó que su acompañante continua­ra con su parloteo, satisfecho de que hubiera vuelto a la normalidad, y puso una mano sobre la puerta oscilante para empujarla. Recibió una sorpresa ma­yúscula cuando la hoja se rompió, al ceder el gozne a su liviana presión. La puerta se derrumbó sobre el adoquinado, cayendo de manera tan estruendosa que ambos se sobresaltaron. El estampido retumbó en las lisas paredes de la Torre, se propagó en la ca­lurosa atmósfera y rasgó el silencio.

—Ahora ya están informados de nuestra presencia —comentó Tasslehoff.

Una vez más, Caramon aferró la empuñadura de su espada. Pero no tuvo que desenvainarla. Los ecos se diluyeron y reinó de nuevo la quietud. Nada ocu­rrió, nadie vino, ninguna voz les habló.

—Por lo menos ya no nos molestará más ese estri­dente crujido —se alegró el kender, que acudió pres­to a auxiliar al guerrero—. Admito que empezaba a desequilibrar mis nervios, ya que en ningún momen­to lo asocié con una puerta. Más se asemejaba, o así me lo pareció, a...

—A un aullido articulado, como éste —susurró el hercúleo humano.

Un lamento surcó el aire, lo hendió, haciendo añi­cos las cristalinas capas que fluctuaban en la noche. Había palabras en aquel quiebro, frases que se adi­vinaban pese a la imposibilidad de descifrarlas.

Caramon, en un gesto involuntario, desvió su aten­ción hacia la hoja. Como intuía, yacía sobre la roca muda, inmóvil.

—Ha surgido de dentro —indicó Tas, atemo­rizado—, de alguna de las estancias del edificio.

 

 

—Ya es suficiente —se quejó Par-Salian—. Acabe­mos con este tormento. No me fuerces a soportarlo.

—¿Cuánto me forzaste tú a soportar, gran manda­tario de los Túnicas Blancas? —parafraseó una voz socarrona y sibilina en la mente del mago. El ancia­no se convulsionó, pero su oponente persistió tenaz, inflexible, azotando su alma como una plaga—. Me convocaste en la Torre para entregarme a Fistandantilus, te regodeaste mientras mi antecesor succiona­ba mi energía vital, me vaciaba de mis esencias a fin de reencarnarse y descender a este plano.

—Tú pactaste con él —recriminó el hechicero a su verdugo, y su agudo timbre se derramó por las va­cías estancias—. Pudiste rechazar su ofrecimiento.

—¿Y qué suerte habría corrido? ¿Morir honorable­mente? —se burló el invisible adversario—. No me quedó otra opción que aceptar el trato. Quería vivir y crecer en mi arte. Lo logré, superé la Prueba y tú, en tu actitud, incorporaste a mis pupilas unos relojes de arena que sólo atisbaban podredumbre. Mira a tu alrededor, Par-Salian. ¿Qué se graba en tu reti­na? Destrucción, decadencia. Ahora estamos en paz.

El aludido gimió pero prosiguió inclemente, des­piadado:

—Sí, en paz. Voy a pulverizarte, Par-Salian, y el me­jor modo de hacerlo es que seas testigo de mi triunfo. Mi constelación ocupa su lugar en el firmamento, la Reina parpadea y no tardará en difuminarse. Mi úl­timo enemigo, Paladine, me espía. Siento que se acer­ca, pero no constituye una amenaza, pues se ha trans­formado en un viejo decrépito, su rostro se ha teñido de una pesadumbre que le hace vulnerable. Está debilitado, herido más allá de lo que puede sanarse, como Crysania, su desdichada sacerdotisa, que mu­rió en las arremolinadas esferas del Abismo. Dejaré que te revuelques en el sufrimiento que ha de infli­girte su derrota y, cuando concluya la contienda, cuando el Dragón de Platino se precipite desde el cie­lo y se extinga la luz de Solinari, cuando te hayas doblegado al poder de la luna negra y homenajeado al nuevo único dios, a mí, te concederé la libertad para que busques en la muerte el solaz que haya de brindarte.

Astinus de Palanthas registró esta alocución con el mismo celo con el que reprodujo los gritos de Par-Salian, escribiendo los caracteres de manera pausa­da en letra gótica, negra y primorosa al igual que el resto de las Crónicas. Se hallaba sentado frente al gran Portal en la Torre de la Alta Hechicería, obser­vando sus profundidades y, en ellas, a una figura más sombría que el ambiente que la circundaba. Lo úni­co que distinguía el historiador eran un par de ojos dorados, moldeados como sendos relojes de arena, que le devolvían la mirada y, atrapado en su proxi­midad, al mago de Túnica Blanca.

Par-Salian era, así, un cautivo en su antiguo hogar. De cintura para arriba, conservaba sus atributos hu­manos, su cabello cano caía en cascada en torno a los hombros y su atuendo cubría un cuerpo flaco y descarnado. Las escenas que se desplegaban ante él eran escalofriantes, tanto que en más de una ocasión habían nublado su lucidez y, temeroso de que aque­llas alucinaciones acabasen de aniquilarle, intentó apartar la vista. No pudo hacerlo porque, aunque una mitad de su persona estaba viva, la inferior se había metamorfoseado en un pilar de mármol. Bajo el maleficio de Raistlin, hubo de quedar petrificado en la sala más alta de la Torre y asistir al ocaso del mundo.

A pocos metros estaba Astinus, historiador de Krynn, afanado en redactar el último capítulo de su breve y esplendoroso devenir. La hermosa Palanthas, donde residiera el cronista y se erigiera la Gran Bi­blioteca, se había reducido a un montón de cenizas y cadáveres chamuscados. Se había personado el na­rrador en este postrer reducto de vida a fin de dar testimonio de las terroríficas horas de un universo condenado. Una vez concluida su labor, partiría con el libro cerrado y lo depositaría en el altar de Gilean, dios de la Neutralidad. Ése sería el desenlace defi­nitivo, inapelable.

Sintiendo que desde el Portal, restituido a su pri­mitivo emplazamiento por una serie de azares, la en­lutada figura le escrutaba sin un parpadeo, Astinus anotó la sentencia que había escuchado y se enfren­tó a sus encendidos iris.

—Fuiste el primero, Astinus —declaró el ente de las tinieblas—, y te corresponde también ser el últi­mo. Cuando hayas relatado mi victoria incontesta­ble, el epílogo, quedará clausurada tu minuciosa re­capitulación y gobernaré a mi antojo.

—Cierto, a tu antojo —repuso el escriba—, pero ejercerás tu poder sobre un mundo muerto, arrasa­do por la misma magia que te otorgara la suprema­cía. Reinarás solo y solo estarás en un vacío eterno.

Par-Salian, a su lado, masculló un gemido y se mesó la alba melena, pero Astinus, imperturbable, apuntó sus propias frases fiel a su misión de no omi­tir ningún detalle. Estaba tan concentrado en su os­curo interlocutor, que apretó los puños al exclamar:

—¡Eso es mentira, viejo amigo! Crearé, concebiré nuevas existencias que me pertenecerán. Inventa­ré pueblos enteros, razas ahora ignotas que me vene­rarán como su hacedor.

—El Mal no puede crear —persistió el cronista—, únicamente destruir. Se vuelve contra sí mismo y se despedaza. En este instante, mientras platicamos, eres consciente de su mordedura y del efecto que produce en tu alma. Estudia la faz de Paladine, Raistlin, examínala a fondo como hiciste una vez en las llanuras de Dergoth, después de que te hiriese mortalmente la daga del enano y Crysania posara en ti su mano curativa. Entonces supiste interpretar el infi­nito abatimiento de la divinidad, parangonable con el que hoy trasluce. Supiste, y sigues sabiéndolo aun­que te niegues a admitirlo, que la consternación de Paladine no es por él mismo, sino por ti.

»Para nosotros será fácil acogernos a un letargo sin sueños. Tú, en cambio, no dormirás. Vivirás en un interminable duermevela, aguzarás sin descan­so tu oído en busca de sonidos que nunca han de vi­brar, te asomarás a un vacío infinito que no contie­ne luz ni penumbra y proferirás órdenes, quejas, que nadie recibirá, tejiendo planes que no darán fruto mientras, como un carrusel, giras en un círculo del que no has de salir. Al fin, enloquecido, asirás la cola de tu propia entidad y, como una serpiente ham­brienta, te devorarás en un esfuerzo por hallar ali­mento espiritual.

»Será vano tu empeño, te toparás con la nada ab­soluta. Continuarás para toda la eternidad suspen­dido de esos hilos intangibles y te consumirás sin perecer, como un punto ingrávido que, al succionar su entorno, jamás logrará saciar su apetito.

El Portal comenzó a oscilar y Astinus, que escri­bía a la par que vaticinaba tan terrible futuro, levantó los ojos al notar que flaqueaba la voluntad sinteti­zada en los radiantes relojes. Penetrando los espe­jos de su superficie, vio confirmados, en una fracción de segundo, el suplicio y la tortura que había descrito. Discernió un alma asustada, prisionera en su propia trampa, ansiosa por escapar, y entonces nació en sus entrañas un sentimiento que nunca antes había experimentado: la piedad. Conmovido, hizo ademán de incorporarse con una mano apoya­da en el vetusto ejemplar y la otra extendida hacia el Portal.

Interrumpió su movimiento una risa fantasmal, es­carnecedora y acerba, unas carcajadas que no iban dirigidas a él, sino a quien inició la burla, a su fuen­te. La figura del acceso se desvaneció.

El cronista se acomodó de nuevo en su asiento. Al mismo tiempo, un relámpago convocado por la magia surcó el umbral y dio un respingo que le de­sestabilizó. Respondió a la descarga un haz fulmi­nante, blanco, y Astinus comprendió que se había desencadenado la batalla decisiva entre Paladine y el joven que, tras vencer a la Reina de la Oscuridad, había ocupado su puesto.

También en el exterior se sucedían los centelleos de los rayos, que cegaron con su brillo a los escasos pobladores de Krynn. Rugió el trueno, las piedras de la Torre se desencajaron desde los cimientos, la ven­tolera arreció y, en su furia, ahogó los aullidos de Par-Salian.

Ladeando su rostro macilento, el viejo archimago miró las ventanas con expresión de terror.

—Éste es el fin —murmuró, a la vez que arañaba el aire con sus huesudas manos—. La hecatombe ha llegado.

—Sí —corroboró el historiador.

Frunció el ceño, disgustado, porque un repentino bamboleo del edificio le obligó a cometer un error. Sujetó el libro con mayor firmeza y, prendidas sus pupilas del Portal, relató la contienda mientras ocu­rría.

El conflicto tardó poco en zanjarse. El aura blan­ca destello en un espectro multicolor, tan hermosa como una aurora boreal, y se extinguió. En el acce­so arcano se hizo la negrura.

Par-Salian prorrumpió en llanto. Sus lágrimas ca­yeron sobre el suelo y, al permear la roca, ésta se es­tremeció cual un ser vivo. Se diría que la mole pre­sentía su destino y se convulsionaba en un arrebato de terror.

Ignorando el derrumbamiento y el estrépito que le rodeaban, Astinus grabó en el pergamino los últi­mos trazos.

En el cuarto día del mes quinto, año 358, el mun­do expira.

Con una honda inhalación, empezó el atemporal humano a cerrar el volumen. De pronto, una mano se introdujo entre las páginas para evitar que las se­llara.

 

 

—No, todavía no has terminado —bramó una voz cavernosa.

Pillado por sorpresa, Astinus soltó la pluma y la tinta se desparramó sobre el papel, emborronando algunas palabras.

— ¡Caramon Majere! —reconoció Par-Salian al re­cién llegado, y se inclinó hacia él como si quisiera palparlo—. ¡Fue a ti a quien oí en el Bosque!

—¿Lo dudabas? —rezongó el guerrero.

Aunque impresionado por el espectáculo que pre­sentaba el anciano, por su lamentable estado, no pudo compadecerse de su suerte. Al examinar al reo y el bloque de mármol que encerraba sus miembros inferiores recordó, con punzante claridad, el tormen­to que sufriera su gemelo en la Torre, el suyo antes de ser enviado a Istar junto a Crysania.

—Adiviné que eras tú —le explicó el archimago—, pero al detectar tu presencia creí haber perdido el último vestigio de cordura. ¿No lo entiendes? Me pa­reció imposible que hubieras regresado y, sobre todo, que sobrevivieras a las pugnas que obraron esta de­vastación.

—No lo hizo —comentó Astinus que, recuperada la compostura, depositó el libro abierto en el suelo y se enderezó. Espiando a Caramon, le señaló con dedo acusador y le interrogó—: ¿Qué clase de arti­maña es ésta? ¡Sé que has sucumbido! ¿Qué signi­fica...?

Sin despegar los labios, el imprecado arrastró a Tasslehoff a un lugar visible. Privado del refugio que le brindaba la ancha espalda de su amigo, perplejo ante la solemnidad de la ocasión, el kender se acu­rrucó en el costado del luchador y clavó una mirada de súplica en Par-Salian.

—¿Quieres que intervenga, Caramon? —consultó al humano con la boca pequeña, tan retraído e inde­ciso que los truenos distorsionaron la pregunta—.

Considero un deber informar al dignatario de los mo­tivos que me llevaron a interferir en el hechizo para viajar en el tiempo —añadió, ya más seguro—, y de cómo Raistlin me dio mal las instrucciones hasta hacerme romper el ingenio, aunque supongo que tu­ve una parte de culpa. Deseo que conozcan mi aven­tura en el Abismo, mi encuentro con Gnimsh y el abyecto asesinato del nigromante.

—Estoy al corriente de todas esas historias —atajó el cronista al hombrecillo, más interesado en su cor­pulento compañero—. Has podido llegar hasta aquí gracias al kender —constató—. ¿Qué te propones, Caramon Majere? Nuestro tiempo se agota.

En vez de contestar, el interpelado centró su aten­ción en Par-Salian.

—No te profeso ningún cariño, mago —le espetó—. En ese aspecto, coincido con mi gemelo. Quizá te mo­vieron razones de peso al someterme a mí y a la sa­cerdotisa a tan dura prueba en Istar. Si es así —alzó la mano para imponer silencio a su interlocutor, que había hecho ademán de hablar—, si es así puedes guardártelas, prefiero ignorarlas. Lo importante aho­ra es que he adquirido la facultad de alterar los acontecimientos. Raistlin me reveló que, a través de Tasslehoff, existe la posibilidad de que modifique­mos lo sucedido.

»Dime qué circunstancias desencadenaron esta ca­tástrofe y, con el artilugio arcano, viajaré hasta su origen a fin de impedirla.

Desvió los ojos hacia Astinus, pero el historiador meneó la cabeza negativamente.

—No recurras a mí, Caramon Majere. Yo soy neu­tral en todo cuanto acontece y no puedo ayudarte. Permíteme, sin embargo, que te haga una adverten­cia: quizá vayas al pasado y no consigas nada. Lo más probable es que tus acciones no sean más eficaces que las de un guijarro al saltar al lecho de un cau­daloso río con la pretensión de rectificar su curso.

—En el caso de que aciertes —replicó el otro—, al menos moriré tranquilo por haber tratado de paliar mi fracaso.

El cronista sometió al guerrero a un ávido escru­tinio.

—¿A qué fracaso te refieres? —indagó—. Arriesgas­te la vida al seguir a tu hermano, hiciste cuanto es­tuvo en tu mano para convencerle de que la senda que había elegido le conduciría a su propia perdi­ción. ¿Has oído nuestro intercambio? ¿Eres conscien­te de lo que afronta?

El fornido luchador asintió en silencio, con la an­gustia reflejada en el rostro.

—Vamos, cuéntame en qué fallaste —le apremió, intrigado, el historiador.

La Torre se tambaleó. El vendaval azotó las pare­des, los relámpagos transformaron la languidecien­te noche del mundo en un día deslumbrador. La des­nuda cámara en la que se hallaban tembló, víctima de violentas sacudidas y, aunque estaban solos en el recinto, Caramon creyó percibir sollozos. Dedujo que eran las rocas las que lloraban y observó su en­torno.

—Como antes decía, disponemos de poco tiempo —continuó Astinus a la vez que, sentándose, recogía el grueso ejemplar—. No obstante, los minutos que restan serán suficientes. ¿En qué fallaste? —repitió.

El hombretón inhaló aire y, encolerizado, se vol­vió hacia Par-Salian.

—Fue todo una estratagema, ¿no es verdad? —de­nunció—. Urdisteis una hábil patraña para que yo hiciera lo que vosotros, los egregios magos, no esta­bais en situación de lograr: frustrar las ambiciones de Raistlin. Pero no surtió efecto. Mandasteis a Crysania a la muerte porque la temíais, sin intuir que su amor podía alcanzar una magnitud insospecha­da. La sacerdotisa vivió y, cegada por sus sentimien­tos y por sus propias aspiraciones, se precipitó en el Abismo tras el nigromante. No comprendo qué im­pulsó a Paladine a concederle su gracia, a escuchar sus plegarias y ayudarla a traspasar el portentoso umbral.

—No eres quién para poner en tela de juicio las decisiones de los dioses —le reprendió Astinus—. Sus caminos son inescrutables, aunque no descarto que, también ellos, se equivoquen de vez en cuando. O aca­so es que arriesgan lo que tienen con la esperanza de mejorarlo.

—Sea como fuere —prosiguió Caramon, preocupa­do, contraídas sus facciones— los hechiceros dieron a mi gemelo, al entregarle a la sacerdotisa, la llave que había de abrirle el Portal. Todos fracasamos, los magos, los hacedores y yo mismo.

»Creí que disuadiría a Raistlin con palabras, que le incitaría a desechar sus mortíferos proyectos. Fui un estúpido —sonrió, cruel frente a su propia infatuación—. ¿Qué consejos míos le afectaron nun­ca en lo más mínimo? Cuando se erguía delante del acceso preparándose para entrar en el universo de ultratumba, me hizo partícipe de sus intenciones. ¿Cómo reaccioné? Le abandoné. Era lo más fácil, así que le volví la espalda y me alejé.

—¡Sandeces! —le amonestó el cronista—. ¿Qué otra cosa podías hacer? El archimago se hallaba en­tonces en la plenitud de sus energías, era más pode­roso de lo que nosotros seríamos capaces de imagi­nar. Mantuvo íntegro el campo magnético con la fuerza sublime de sus dotes, no existía criatura en Krynn capaz de detenerle. Aunque hubieras atenta­do contra él, de nada te habría servido.

—Cierto —admitió el guerrero, dejando de obser­var a los presentes para posar la vista en la demole­dora tempestad—, pero podría haber corrido en su busca y adentrarme en el reino de las tinieblas. Exis­tía la eventualidad de que este proceder me acarrea­ra el peor de los destinos, aunque algo habría gana­do al demostrarle que estaba resuelto a sacrificar en aras de la solidaridad lo que él inmolaba a su arte. Me habría granjeado su respeto —sentenció, y su mi­rada se prendió de nuevo de sus oyentes—. Quizás así habría accedido a desistir. Y, ahora, quiero en­mendar mi conducta, aventurarme en el Abismo y cumplir mi cometido —concluyó, indiferente al espanto que su discurso había inspirado a Tasslehoff.

—Ignoras lo que entrañaría tu misión —se opuso Par-Salian con voz entrecortada, febril.

Un relámpago se introdujo en la estancia y se des­compuso en un estallido que, estentóreo a la par que luminoso, arrojó a sus ocupantes contra los muros. Nadie percibió nada mientras el trueno retumbaba sobre sus cabezas, pero, antes de que se mitigase el caos, un alarido se elevó en la asfixiante atmósfera.

Apabullado por aquel gemido, que rebosaba un do­lor sin límites, Caramon abrió los párpados y, al ins­tante, deseó que se entornaran para toda la eterni­dad antes de tener que contemplar una escena tan espeluznante.

Par-Salian, incrustado en su pilar de mármol, veía sumado el fuego a su pétreo patíbulo. ¡Pronto sería una tea humana! Desvalido a causa del sortilegio de Raistlin, no tenía otra opción que vociferar mientras las llamas se encaramaban, despacio, hacia su inmó­vil cuerpo.

Apenas consciente, Tas enterró el rostro entre las manos y se aisló en un rincón, presa de inconteni­bles espasmos. Astinus se levantó de donde le había postrado el ataque de los elementos y estiró el bra­zo hacia el libro, que todavía sujetaba. Intentó escri­bir, pero su mano cayó aplomada y la pluma se des­lizó de los inertes dedos. Una vez más, empezó a cerrar el libro.

— ¡No! —exclamó el luchador y, abalanzándose, in­terpuso las manos entre las páginas.

El historiador le escrutó. El guerrero vaciló bajo el influjo de aquellos iris, que parecían estar más allá de la muerte. Las manos le temblaban, pero no deja­ron de aprisionar el blanco pergamino. Entretanto, el archimago se contorsionaba, al borde del colapso.

Astinus soltó el volumen, sin sellarlo.

—Sostenlo —ordenó Caramon a Tasslehoff, alar­gándole el valioso manuscrito.

El kender obedeció. Todavía mareado, rodeó con sus brazos la encuadernación de piel de aquella gi­gantesca obra que era casi de su tamaño y, agazapa­do en su esquina, aguardó instrucciones del hombretón. En aquel mismo instante, su amigo cruzaba la sala para abordar al moribundo hechicero.

— ¡No te acerques a mí! —le imploró Par-Salian.

Su fluctuante cabellera, la luenga barba danzaban y crujían, su piel se abultaba en dolorosas ampollas y, en definitiva, el agridulce olor de la carne quema­da se entremezclaba con la nauseabunda fetidez del azufre.

— ¡Revélamelo! —le exhortó Caramon, alzado el brazo a modo de escudo contra el calor y tan próxi­mo al mago como le era posible—. ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo evitaré que sobrevenga esta segunda versión del Cataclismo?

Los ojos del anciano se disolvieron, la boca pasó a ser un inmenso agujero en la masa informe que sustituía ahora al semblante. Sin embargo, pese a ha­ber perdido su entidad, las palabras que pronunció atravesaron la mente del guerrero con la virulencia del relámpago, imprimiéndose en su memoria como la marca de un hierro candente.

—¡No permitas que Raistlin abandone el Abismo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Caballero de la Rosa Negra

 

 

Soth, el ente espectral, se hallaba sentado en el rui­noso y ennegrecido trono que se erguía cual una pila de escombros en uno de los salones que, en su día, labraran la fama del alcázar de Dargaard. Sus fla­mígeros ojos ardían en cuencas invisibles, únicos ex­ponentes de la vida que bullía bajo la gastada arma­dura de Caballero de Solamnia.

Estaba solo. Había despachado a sus sirvientes, ca­balleros como él que le rindieron pleitesía en vida y fueron condenados a honrarle también después de muerto. Se había desembarazado asimismo de los espíritus femeninos, las mujeres elfas que desempe­ñaran un papel en su declive y, ahora, permanecían ligadas a su señor por un vínculo irrenunciable. Durante siglos, desde la terrible noche de su falleci­miento, Soth exigía a aquellas desheredadas que re­vivieran la historia de su destino. Todas las veladas se arrellenaba en el trono y las obligaba a relatar, en una macabra serenata, su desgracia y la de ellas mismas.

Aquel cántico causaba un hondo dolor al caballe­ro, pero se recreaba en el sufrimiento, porque, des­pués de todo, era infinitamente mejor que el vacío que presidía su ingrata existencia en las demás oca­siones. Hoy, sin embargo, en lugar de escuchar la tonada de costumbre, prestaba oídos a otra voz, la del viento que, ululando entre los aleros de la forta­leza, transportaba reminiscencias de un pasado le­jano. En primera persona, la brisa pasó revista a los momentos cumbres de su vida real, tanto los felices como los desdichados.

«Una vez, hace ya mucho tiempo, fui un respeta­ble Caballero de Solamnia. Entonces lo tenía todo: apostura, encanto, arrojo y una esposa rica, aunque no hermosa. Mis seguidores me profesaban respeto y fidelidad y los demás me envidiaban. Sentían celos de mi fortuna, de mi condición privilegiada como amo de Dargaard.

»En la primavera anterior al Cataclismo, abando­né mi amurallado hogar y, con un nutrido séquito, cabalgué hacia Palanthas. El motivo de mi viaje era que se había convocado un consejo y se requería mi presencia. Tal fue, al menos, mi excusa oficial, pues lo cierto era que poco me importaban las reuniones, los conciliábulos sobre cuestiones insignificantes, que se prolongarían hasta lo impensable si lo que había de debatirse era alguna modificación en el Có­digo y la Medida de nuestra hermandad. Lo que, en realidad, me atraía era la abundancia de bebida, la atmósfera de camaradería que solía haber en tales acontecimientos y las fabulosas narraciones de ba­tallas y aventuras de mis compañeros. Aquello sí me­recía la pena.

«Avanzamos sin prisas, tomándonos el tiempo ne­cesario y prevaleciendo en nuestras jornadas el buen humor, los cánticos y las chanzas. Pernoctábamos en posadas o donde podíamos, al raso si aquéllas esta­ban llenas o el crepúsculo nos sorprendía en un des­poblado. La temperatura era benigna. Disfrutábamos de una espléndida primavera aquel año. El sol nos calentaba de día y la refrescante brisa nocturna re­lajaba nuestros cuerpos. Yo acababa de cumplir treinta y dos años. En mi vida reinaba un perfecto equilibrio y, a decir verdad, no recuerdo haber dis­frutado de otra época más venturosa.

»Una noche, maldita sea por siempre la luna de plata que la alumbraba, estábamos acampados en un lugar agreste cuando, de pronto, un grito rasgó la pe­numbra y nos despertó de nuestro sueño. Era una mujer. Sucedieron a este primero una retahíla de ala­ridos también femeninos, entremezclados con los tos­cos reniegos de unos ogros.

«Blandiendo nuestras armas, nos enzarzamos en una cruenta lucha contra los agresores y obtuvimos la victoria sin dificultad, ya que se trataba de una cuadrilla de ladrones nómadas. La mayoría se dio a la fuga al vernos. Pero el cabecilla, más bravío o más ebrio que el resto, defendió a ultranza su botín. Personalmente, no pude reprochárselo: había captu­rado a una adorable doncella elfa. Su belleza se adi­vinaba radiante en el claro de luna y el pánico no ha­cía sino realzar su poderoso embrujo. Desafié a su aprehensor en combate singular, salí triunfador y me concedí la recompensa —¡dulce y amarga recompen­sa!— de llevar en volandas a la desmayada mucha­cha junto a sus compañeras.

«Todavía veo, en mis frecuentes ensoñaciones, su cabello, que vaporoso, tejido de hebras de oro, rever­beraba en los rayos del satélite. Recuerdo sus ojos cuando se abrieron para contemplarme, el amane­cer del amor en sus pupilas mientras ella leía, en las mías, una admiración que no acerté a ocultar. Mi es­posa, mi honor, mi castillo, todas las nociones de la que antes me enorgulleciera se desvanecieron como el humo al competir con aquellos maravillosos rasgos.

«Agradeció mi gesto con delicioso recato y la res­tituí a su grupo, formado por varias sacerdotisas que habían organizado una peregrinación de su tierra a Istar, pasando por Palanthas. Ella no era más que una acólita, que en el curso de aquel periplo había de ser elevada a la categoría de Hija Venerable de Paladine. Las dejé, recuperadas ya del susto, para re­gresar al lado de mis hombres. Una vez en el campa­mento, intenté dormir, pero la delicada figura de la etérea doncella, su talle sinuoso, parecía mecerse aún en mis brazos. Nunca me había consumido una pa­sión amorosa hasta tal extremo.

«Cuando al fin me sumí en un breve letargo, mi mente se llenó de imágenes, que se me antojaron un embriagador suplicio; y, al abrir los párpados, la idea de que debíamos separarnos me traspasó el co­razón cual una daga. Me levanté temprano, me en­caminé al paraje donde se hallaban congregadas las mujeres elfas y, elaborando una sutil patraña sobre los numerosos salteadores goblins que merodeaban entre aquel punto y Palanthas, las convencí para que se dejaran custodiar por nosotros. Mis seguidores no se mostraron contrarios a tan agradable compañía, así que reemprendimos la marcha sin más compli­caciones. Este hecho, lejos de apaciguar mi desazón, la intensificó. Día tras día, la espiaba mientras ca­balgaba a mi lado, próxima pero no lo bastante, y al llegar la noche me acostaba solo, revuelta mi cabe­za en un torbellino.

»La deseaba más de lo que nunca ambicioné po­seer en el mundo y, por otro lado, no cesaba de repe­tirme que era un caballero, que me había compro­metido a través de un estricto voto a respetar el Código y la Medida y que había jurado, en el más sa­grado momento de mi ceremonia nupcial, guardar fidelidad a mi esposa. También me inquietaba la trai­ción que haría a mi séquito si incurría en una velei­dad, ya que cuando fui investido, prometí solemne­mente guiar a cuantos estuvieran bajo mi mando hacia la senda del honor. Luché contra mí mismo y, después de múltiples escaramuzas, creí haber ven­cido sobre mi flaqueza. "Mañana me iré", resolví, col­mado de una prematura paz interior.

«Empleo el término "prematura" a conciencia, ya que los acontecimientos discurrieron por otros de­rroteros, pero he de puntualizar que mi propósito era firme. Tenía la intención de partir cuanto antes. Los hados quisieron que, en la jornada de nuestra des­pedida, participara en una cacería en el bosque y to­para con ella en un punto alejado del campamento, donde la habían enviado a buscar plantas medici­nales.

»Ella estaba sola, yo también. No había rastro de nuestros respectivos acompañantes en los alrededo­res. El amor naciente que había descubierto en sus pupilas brillaba aún en su fúlgida aureola y, como una gracia añadida a las múltiples que atesoraba, se había soltado la cabellera y ésta se derramaba, se­mejante a una nube de oro, hasta rozarle casi los pies. Mi arrogancia, mi determinación se disolvieron en un instante, abrasadas por la llama pasional que prendió en mis entrañas. Fue sencillo seducirla pobre pequeña. Un beso, luego otro, al mismo tiempo que la reclinaba en la fresca hierba y, acariciándola con mis manos, aplicando mis labios a los suyos a fin de sellar sus protestas, la hice mía. Más tarde, consumada nuestra unión, sorbí sus lágrimas con tiernos besos.

«Aquella noche, me visitó en mi tienda y, transpor­tado por el éxtasis de nuestro nuevo encuentro, le di mi palabra de que la desposaría. ¿Qué otra cosa po­día hacer? Al principio, lo reconozco, ni siquiera con­sideré tal posibilidad, ya que estaba casado y, además, con una dama acaudalada que sufragaba mis cuantiosos dispendios. Sin embargo una madruga­da, cuando tenía a la candorosa elfa en mis brazos, comprendí que nunca podría abandonarla. Entonces fragüé ciertos planes para deshacerme de mi cónyu­ge para siempre.

»Proseguimos viaje. Las sacerdotisas abrigaban sospechas respecto a nosotros, y no podía ser de otro modo. Nos costaba un gran esfuerzo disimular las sonrisas veladas que intercambiábamos de día, desdeñar las oportunidades que la penumbra nos ofrecía.

»Tuvimos que separarnos al llegar a Palanthas. Las mujeres se hospedaron en una de las suntuosas man­siones que solía utilizar el Príncipe de los Sacerdo­tes durante sus largas estancias en la ciudad y mi grupo se instaló en unos aposentos reservados a los miembros de nuestra hermandad. No obstante, con­fiaba en que mi amante hallaría el medio de reunir­se conmigo, porque, desgraciadamente, yo no podía ausentarme sin levantar suspicacias. Pasó la prime­ra noche y, aunque no tuve noticias, no me preocu­pé demasiado. Pero transcurrieron la segunda, la ter­cera, y mi bella elfa no aparecía.

»Por fin, alguien llamó a mi puerta. No era ella, la esperada, sino el máximo dignatario de los Caba­lleros de Solamnia con una escolta de pésimo augu­rio, los adalides de las tres Órdenes en que nuestra entidad se divide. Supe, en cuanto les vi, que mi amada les había revelado nuestro prohibido romance, po­niéndome en un grave apuro.

»Averigüé después que no era ella quien me había colocado en tan embarazosa situación, sino las mu­jeres elfas. La muchacha cayó enferma y, al tratar de identificar los síntomas de su dolencia, la ha­llaron encinta de un hijo mío. Ella no se lo había contado a nadie, incluso yo lo ignoraba. Sus celosas guardianas le informaron de la existencia de mi es­posa y, peor todavía, circuló por Palanthas el rumor de que esta última había desaparecido en circuns­tancias misteriosas.

»Fui arrestado, me llevaron entre cadenas por las calles para humillarme públicamente y tuve que so­portar la picaresca de la plebe, que, en casos como el que se me imputaba, siempre hace gala de un in­genio escarnecedor. No hay nada que produzca al vi­llano mayor placer que ver a un caballero de rango rebajado a su nivel. Juré que, algún día, me venga­ría de tan crueles criaturas y su urbe. No obstante, no abrigaba esperanzas de desquitarme. El juicio fue rápido. Me declararon culpable de alta traición a los valores eternos de mi Orden y me condenaron a muerte: tras despojarme de mi hacienda y de mis tí­tulos, sería decapitado con mi propia espada. Acep­té la sentencia, incluso la deseaba, persuadido como estaba de que mi elfa me había repudiado.

»Pero la víspera de la ejecución, mis hombres, que me profesaban inviolable lealtad, me libertaron. Ella se encontraba en el grupo y me relató toda la histo­ria, incluida la del niño que habíamos engendrado.

«Afirmó que las sacerdotisas la habían perdona­do y, aunque no podía convertirse en una Hija Vene­rable de Paladine, le estaba permitido vivir junto a su pueblo si se resignaba a ocupar el lugar que su desgracia exigía. Estaba dispuesta a cargar con el peso de su culpa el resto de su vida, mas no sin an­tes entrevistarse conmigo. Era evidente que me ama­ba, tanto que no resistía los relatos que se habían propagado sobre mí y prefería decirme adiós para siempre.

«Urdí un embuste cualquiera acerca de mi espo­sa, y ella me creyó. De habérmelo propuesto, la ha­bría convencido de que la noche era día. Renacido su ánimo, accedió a fugarse conmigo y, sin plantear­me que a eso había venido, que tal era su proyecto desde el principio, iniciamos la huida hacia el alcá­zar de Dargaard en compañía de mi séquito.

»Fue toda una odisea burlar la vigilancia de los otros caballeros, la persecución de los que se lanza­ron en pos de nosotros, pero al fin llegamos y nos atrincheramos en el castillo. Era fácil defender la for­taleza, encaramada como estaba en un risco escar­pado, vertical. Disponíamos de provisiones y podría­mos aguantar todo el invierno, que se anunciaba en las cumbres nevadas y en los gélidos vientos que co­menzaban a soplar.

«Debería haberme sentido satisfecho de mí mis­mo, de la vida, de mi nueva esposa, a pesar de que la ceremonia de nuestro enlace fue una parodia. Pero me atormentaba la conciencia de mis crímenes y, so­bre todo, la de haber perdido el honor. Me di cuenta demasiado tarde de que había escapado de una pri­sión para encerrarme en otra, que nadie sino yo ha­bía elegido. Me había salvado de un ajusticiamiento digno para morir lentamente, ahogándome en una existencia oscura y desdichada. Mi talante se tornó mudable, taciturno y el peor defecto que siempre tuve, la propensión a encolerizarme y entrar en pen­dencia por cualquier nimiedad, se acentuó hasta ex­tremos inverosímiles. La servidumbre abandonó el alcázar después de que golpeara a algunos de ellos y mis hombres de confianza procuraban esquivarme. Una noche, víctima de uno de mis raptos, abofeteé a mi mujer, a la única persona en el mundo capaz de brindarme apoyo y consuelo.

»Al verme reflejado en sus ojos bañados de lágri­mas, me percaté de que me había transformado en un monstruo. Estreché a la agraviada elfa entre mis brazos, supliqué su clemencia y, arropado en el cáli­do manto de sus cabellos, percibí los movimientos de mi vástago en sus entrañas. Arrodillándonos allí mismo, oramos juntos a Paladine. Prometí ante el dios que haría lo que estuviera en mi mano con tal de recuperar la honorabilidad, le imploré que mi hijo no naciera si así había de evitar que conociese mi vergüenza.

»El hacedor respondió. Me habló del Príncipe de los Sacerdotes, de las exigencias que aquel hombre infatuado pretendía presentar a las divinidades. Me comunicó que, a consecuencia de tales demandas, todo Krynn sería sometido a la ira de los dioses, a menos que alguien, como hiciera Huma, se sacrifi­cara voluntariamente para redimir a los culpables y preservar a los inocentes.

»La luz de Paladine alumbró mi mente, inundó mi alma y la llenó de sosiego. Se me antojó una liviana empresa inmolarme en aras de la felicidad de mi pro­genie y la salvación del mundo. Cabalgué hacia Istar, resuelto a detener al mayor representante de la Iglesia y sabedor de que Paladine estaba a mi lado.

«Pero alguien más, alguien que no había sido invi­tado, viajó conmigo en tan trascendental ocasión: la Reina de la Oscuridad. Así mantiene encendida, en los espíritus que se recrea en sojuzgar, la llama de la guerra. ¿De quién se valió para derrotarme? De las mujeres elfas, de las sacerdotisas del dios que me había encomendado tan apremiante misión.

»Por paradójico que parezca, aquellas sacerdoti­sas habían olvidado tiempo atrás el nombre de Pa­ladine. Al igual que el Príncipe, se escudaban en su proba rectitud y nada vislumbraban a través de sus velos de perfección. Obediente a mi propia compla­cencia, al orgullo que me inspiraba mi generosidad de héroe, las puse en antecedentes de mi empeño. Grande fue su temor y, tras interminables delibera­ciones, concluyeron que los hacedores no castigarían a sus siervos. Algunas incluso explicaron sus sueños premonitorios acerca de un día en el que, aniquila­da la perversidad, sólo los seres bondadosos —los elfos, según ellas— habitarían Krynn.

»Tenían que impedir que cumpliera mis designios. Elaboraron una argucia y su éxito fue rotundo.

»La Reina poseía una extensa sapiencia, los reco­vecos del corazón humano no constituían un miste­rio para ella. Yo habría desmantelado un ejército si se hubiera interpuesto en mi camino, pero las pala­bras de aquellas féminas emponzoñaron mi sangre sin que, en mi ingenuidad, lo advirtiera. ¡Cuan hábil había sido la doncella al desembarazarse de mí poco después de la boda!, comentaron. Ahora era la due­ña de mi castillo, de mi riqueza, todo le pertenecía en exclusiva y, a cambio, no tenía que soportar los inconvenientes de un esposo humano. ¿Estaba segu­ro de que el hijo era mío? La habían visto a menudo en compañía de uno de mis apuestos soldados. Nadie podía garantizar que se recluyese en su refugio tras abandonar mi tienda a altas horas de la madrugada.

«Naturalmente no lo expresaron en estos términos, no incurrieron en la torpeza de insultarla mediante alusiones directas. Sembraron la duda lanzando al aire preguntas que me corroyeron el alma, que me incitaron a rememorar incidentes, miradas, susurros. Yo mismo hallé una respuesta: había sido traiciona­do y debía pillarles desprevenidos, en pleno delito. ¡A él lo mataría, a la esposa infiel la haría sufrir un tormento digno de su iniquidad!

«Volví la espalda a Istar.

«Al arribar a casa, a punto estuve de derribar las inmensas puertas. La joven elfa, alarmada, corrió a recibirme con el recién nacido vástago en sus bra­zos. Tenía los rasgos desencajados, su rostro deno­taba una zozobra que yo tomé por una muda confe­sión de culpabilidad. La maldije, a ella y al niño. En el instante en que profería mis imprecaciones, la montaña ígnea se desplomó sobre Ansalon.

«Las estrellas se desprendieron de la bóveda ce­leste, el suelo se resquebrajó entre indescriptibles sa­cudidas y una lámpara de araña, iluminada mediante un centenar de velas, cayó del techo. Mi mujer fue engullida por un cerco flamígero. Pero antes, consciente de que iba a morir, me entregó al pequeño para que lo rescatara del fuego que a ella la consu­mía. Titubeé unos segundos y, presa aún de mi in­justificado arranque de celos, rehusé atenderla.

«Con su último aliento, descargó sobre mí la cóle­ra de las divinidades. "Sucumbirás al incendio, como nuestro hijo y como yo —vaticinó—. Pero, a diferen­cia de nosotros, pervivirás en una eterna negrura donde, para expiar el vano derramamiento de san­gre que tu mezquina obsesión ha desencadenado esta noche, revivirás una existencia completa por cada una de las que has agostado." Y expiró.

«Las llamas se enseñorearon y mi castillo no tar­dó en arder cual una pira funeraria. Ninguno de los métodos que ensayamos extinguió, controló al me­nos, aquella hoguera, que, dada su singular natu­raleza, socarraba hasta las piedras. Mis hombres quisieron huir, pero, ante mis horrorizados ojos, también ellos fueron acorralados por el ígneo ene­migo y disueltos en siniestras antorchas. Sólo yo que­daba vivo en la fortaleza, enhiesto en el vestíbulo y con un círculo de fuego a mi alrededor, que no se atrevía a tocarme. No obstante, comprendí que an­tes o después lamería mis miembros, que su avance era inevitable.

»Mi muerte fue lenta, mi agonía espeluznante y, cuando al fin sobrevino el tránsito, no me aportó nin­gún alivio. Cerré los ojos para volver a abrirlos frente a un universo vacuo, una esfera de desesperanza y perenne suplicio. A lo largo de innumerables años, me he sentado en este trono todas las veladas y es­cuchado mi epopeya en boca de las mujeres elfas.

»Pero esta situación ha cambiado. Tú has acaba­do con ella, Kitiara.

»Al invocarme la Reina de la Oscuridad para que la respaldara en la guerra, accedí, con una única con­dición: que me pusiera al servicio de una criatura aguerrida, capaz de pernoctar en el alcázar de Dargaard sin salir despavorida en pleno sueño. Sólo uno de los Señores de los Dragones cumplió tal requi­sito. Fuiste tú, mi bella niña, tú, querida Kitiara. Te admiré por tu valor, por tu destreza, por esa férrea voluntad que no repara en medios. Vi en ti mi pro­pio reflejo, la evidencia de lo que podría haber sido.

»Mi concurso te fue decisivo una vez concluida la contienda. Sin mí, te habría resultado imposible ase­sinar a los otros mandatarios en la desbandada general que sucedió a la derrota de Neraka. Volé a Sanction a tu lado, y allí te ayudé a restaurar tu predominio en el continente. También tomé parte activa cuando pretendiste frustrar los planes de Raistlin, tu hermanastro, empecinado en retar y suplantar luego a la Reina de la Oscuridad. No, no me extrañó que el mago, más sabio y taimado, diera al traste con nuestro proyecto. De todos los seres vi­vientes que he conocido, es a él a quien más temo.

»Incluso me han divertido tus devaneos amorosos, Kitiara. Los espíritus errantes somos ajenos a la lujuria, una pasión de la sangre que mal puede subsistir en unas venas glaciales, estériles, vacías de savia. Presencié cómo trastornabas los sentidos de Tanis el Semielfo, un simple títere que manejaste a tu capricho, y confieso que gocé del juego más to­davía que tú misma.

»Pero ahora, Kitiara, ¿qué ha sido de ti? El ama y señora se ha convertido en esclava. ¡Y por un mal­dito elfo! He observado cómo destellaban tus ojos al mencionar su nombre, cómo temblaban las car­tas en tus ahora frágiles manos. Piensas en él duran­te los momentos en las que deberías organizar la estrategia bélica. Ni siquiera tus generales logran retener tu atención.

«Repito que los espectros ignoramos qué es la lu­juria. A fuerza de no experimentarla, la hemos olvi­dado. Pero no ocurre lo mismo con el odio, la envi­dia, los celos o el ansia de posesión. Tales emociones permanecen tan vigentes como en nuestro período vital.

«Podría matar a Dalmar, ese elfo oscuro que, si bien es un excelente aprendiz, no constituye un ad­versario digno de mis facultades. Su maestro, Raistlin, es ya otro cantar.

»Mi soberana, tú que moras en el Abismo, ¡guár­date del nigromante! Él personifica el más grave de­safío que jamás irrumpió en tu gloriosa órbita y, al fin, deberás afrontarlo en solitario. Nada puedo ha­cer en tu plano astral, Oscura Majestad; pero quizá esté en mi mano asistirte en el mío.

»Sí, Dalamar, podría aniquilarte. Pero la muerte es en sí misma algo mezquino, infame, precedido por un sufrimiento que pronto pasa y no deja huella. El verdadero dolor reside en perdurar suspendido en­tre dos mundos, atisbar a los vivos, oler sus cálidos efluvios, acariciar su carne con la conciencia de que nunca hemos de recuperar el hálito que, también, nos alimentó un día. ¡Ah, elfo oscuro, pronto averigua­rás lo que tales sensaciones significan!

»En cuanto a ti, Kitiara, has de saber que antes me avendría a padecer durante una centuria los ho­rrores propios de estas regiones de ultratumba que consentir que otro hombre vivo te estreche entre sus brazos.»

El fantasmal caballero caviló y maquinó, retorcién­dose su cerebro como las espinosas ramas de las ro­sas negras que, en una jungla casi impenetrable, in­vadían su castillo. Los cadavéricos guerreros hacían su ronda en las almenas, cada uno próximo al lugar donde el fuego segara su existencia, mientras las mujeres elfas frotaban sus manos descarnadas y ele­vaban gemidos a las alturas, melodías impregnadas de pesar frente a su trágico sino.

Soth nada oyó, nada le interesaba. Siguió sentado en el ennegrecido trono, fijas sus pupilas, aunque al mismo tiempo extraviadas, en un contorno que se dibujaba en el rocoso suelo, una mancha que había intentado borrar en incontables ocasiones con su ma­gia. Aquella sombra representaba un cuerpo feme­nino, simbolizaba su penitencia.

Tras un prolongado intervalo de silencio, el espec­tro esbozó una sonrisa, invisible, pero tácita como sus labios, y las llamas anaranjadas de sus ojos se avivaron en una noche insondable.

—Tú, Kitiara —declaró—, serás mía para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Cita en Palanthas

 

 

El carruaje se detuvo bruscamente. Los caballos piafaron haciendo tintinear los arneses, pateando las lisas piedras del adoquinado con los cascos como si, mediante tales movimientos, pretendieran dar por terminado el viaje y regresar a sus acogedoras cuadras.

Desde el exterior, una cabeza se recortó en la ven­tanilla del vehículo.

—Buenos días, señor, sed bienvenido a Palanthas. Os ruego que os identifiquéis y expongáis el asunto que os trae.

Enunció tan formal solicitud un joven oficia], de voz diáfana y cortés, que poco antes había entrado de servicio. Al inspeccionar el interior del carruaje, pestañeó, en un intento de ajustar sus ojos a las fres­cas sombras que lo velaban. El sol primaveral bri­llaba con un fulgor similar al rostro del soldado, pro­bablemente porque también él acababa de comenzar su ronda.

—Me llamo Tanis el Semielfo —se presentó el re­cién llegado—, y he venido por invitación de Elistan, Hijo Venerable de Paladine. Avalo mis afirmaciones con una misiva. Si aguardas un momento, te la mos­traré.

—¡El insigne Tanis! —exclamó el oficial. La faz enmarcada en el cristal del carruaje se tiñó de púrpu­ra, de una tonalidad a juego con el ridículo unifor­me que, repleto de alamares, estaba coronado por sendas charreteras distintivas de su rango—. Os pido mil perdones, señor. No os he reconocido o, mejor dicho, no he podido veros bien, pues, de haberlo he­cho, no habría dejado de...

— ¡Maldita sea! —se encolerizó el semielfo—. No te disculpes por cumplir con tu deber, soldado. Aquí tienes la carta.

—No volveré a hacerlo, señor. Me refiero a excu­sarme, no a desempeñar mis funciones —se azoró el reprendido—. Lo lamento de veras, señor. ¿La car­ta? No será necesaria. Podéis pasar.

El centinela ensayó un marcial saludo, se golpeó la cabeza contra uno de los salientes que adornaban la ventana, se le enredó en la portezuela la manga de la camisa, se cuadró de nuevo y, al fin, se retiró a su puesto tan bamboleante como si se hubiera enfrentado a una horda de goblins.

Sonriendo para sus adentros, aunque más era una mueca de enojo que una manifestación de jocosidad, Tanis se apoyó en el respaldo de su asiento mientras traspasaba el acceso de la Ciudad Vieja. La idea de apostar guardianes había sido suya. Había precisa­do de todas sus dotes persuasivas para convencer a Amothus de Palanthas de que la muralla debía per­manecer no sólo cerrada, sino también custodiada a todas horas.

—Pero entonces los visitantes podrían sentirse rechazados y ofenderse —había protestado el dig­natario—. Después de todo, la guerra ha concluido.

El semielfo suspiró. ¿Cuándo aprenderían? Nun­ca, supuso alicaído, a la vez que contemplaba aque­lla urbe que simbolizaba, como ninguna otra en el continente de Ansalon, la complacencia a la que se había abandonado el mundo después de la Guerra de la Lanza. Aquella primavera se cumplirían dos años desde el final del conflicto.

Tal pensamiento le arrancó otro suspiro. ¡Había olvidado la fiesta conmemorativa de la paz! Se ce­lebraría dentro de dos o tres semanas, no atinó con la fecha exacta, y tendría que ponerse aquel absur­do disfraz mezcla de la armadura de gala de los Caballeros de Solamnia, los regios emblemas elfos y los arreos enaniles. Se organizarían ágapes fastuo­sos, que le mantendrían despierto media noche, se pronunciarían discursos que le incitarían al sueño después de la cena, y Laurana...

Contuvo un reniego. ¡Laurana sí se había acorda­do! ¿Cómo pudo ser tan cándido? Habían vuelto a su hogar de Solanthus, tras asistir a las exequias fú­nebres por Solostaran en Qualinesti, y él había rea­lizado un infructuoso viaje a Solace en busca de la sacerdotisa Crysania, cuando llegó un mensaje para Laurana. Estaba escrito en el fluido trazo de los el­fos y su contenido era un breve pero explícito apre­mio: «Se requiere urgentemente tu presencia en Silvanesti.»

—Tardaré unas cuatro semanas, querido —le anun­ció su amada cónyuge, besándole cariñosa, aunque sus pupilas, aquellas adorables pupilas, reían con pi­cardía.

¡Había desertado, le había cedido el «honor» de presidir los tediosos festejos! Mientras, ella prolon­garía un poco más de lo debido la estancia en su pa­tria, que, aunque se hallase inmersa en una lucha de­nodada para escapar de los horrores que le infligiera la pesadilla de Lorac, era siempre preferible a una velada en compañía de Amothus, máximo mandata­rio de la ciudad.

Sin perder el hilo de tales cavilaciones, en la men­te de Tanis se dibujó una imagen de Silvanesti con sus torturados árboles rezumando sangre, con los in­formes semblantes de los guerreros elfos, muertos tiempo atrás, agazapados en las sombras. A título comparativo, invocó una secuencia de los festines de Amothus... y estalló en carcajadas. Cualquier día lle­varía a los espectros a una de aquellas reuniones.

En cuanto a Laurana, no podía reprocharle que hu­biera ingeniado semejante estratagema. Las ceremo­nias constituían un ahogo para él y adivinaba hasta qué extremo debía hallarlas agobiantes su esposa, el orgullo de los palanthianos, el Áureo General que salvara la hermosa urbe de los estragos de la gue­rra. No había nada que no fueran capaces de hacer por ella, salvo respetar su intimidad. En la última Fiesta de la Paz, Tanis había tenido que llevarla a casa en brazos, más exhausta que después de tres días ininterrumpidos de acciones bélicas.

La imaginó en Silvanesti, replantando las flores, para dulcificar los sueños de los tortuosos troncos y, despacio, mediante sus pródigos cuidados, devol­verlos a la vida, o visitando a Alhana Starbreeze, aho­ra su cuñada, que seguramente había regresado también sin Porthios, su nuevo marido. El suyo era un matrimonio de conveniencia y el semielfo se pregun­tó, por un breve instante, si Alhana no se refugiaba en aquellas tierras deseosa, a su vez, de eludir las conmemoraciones. La evocación del final de la con­tienda debía llenarla de recuerdos de Sturm Brightblade, el caballero que conquistó su corazón y que, sepultado en la Torre de los Sumos Sacerdotes, des­pertó asimismo la añoranza de Tanis. No se detuvo el semielfo en su recto amigo; el recuerdo de éste arrastró los de tantos otros compañeros y, sin ape­nas intervalo, los de sus adversarios.

Invocada al parecer por los arremolinados recuer­dos, una sombra oscureció las proximidades del ca­rruaje. El ocupante estiró el cuello por la ventanilla y, al fondo de una calleja angosta, larga y desierta, vislumbró una mancha de negrura: el Robledal de Shoikan, el bosque tras el que se escudaba de los in­trusos la Torre de la Alta Hechicería, propiedad de Raistlin.

Incluso a tanta distancia, Tanis sintió la gélida bri­sa que surgía de aquellos árboles, un frío que con­gelaba el alma. Fijó la mirada en la Torre, que se er­guía sobre los bellos edificios de Palanthas como una lanza de hierro forjado que hubieran clavado en el albo pecho de la metrópoli.

En su inconexo deambular, las cábalas de Tanis discurrieron hacia la carta que había motivado su presencia en Palanthas. Como aún la sostenía en la mano, se apresuró a releerla:

«Tanis el Semielfo:

»Es preciso que nos entrevistemos. Se trata de una cuestión de suma importancia. Nos veremos en el Templo de Paladine, hora Postvigilia subiendo hacia el 12, cuarto día, año 356.»

 

Aquello era todo. No había firma, ni aclaración sobre el asunto que obligaba a concertar tan inespe­rado encuentro. Lo único que el destinatario sabía era que se hallaba en el cuarto día y que, al recibir el mensaje la vigilia misma, hubo de recorrer el tra­yecto sin descanso para llegar a tiempo. La nota esta­ba escrita en elfo. Nada le revelaba este detalle, pues Elistan estaba rodeado de clérigos de aquella raza, por lo que nada tenía de particular que uno de ellos se hubiera encargado de transcribir sus palabras. Lo extraño era que no hubiera estampado su firma, si era él quien le mandaba la misiva. Claro que, bien pensado, ¿qué otra persona podía permitirse el lujo de citarlo libremente en el Templo de Paladine?

Encogiéndose de hombros, diciéndose que ya se había planteado en más de una ocasión tales inte­rrogantes sin haber extraído conclusiones satisfac­torias, el semielfo metió el pergamino en su bolsa y, sin proponérselo, estudió de nuevo la arcana Torre.

—Presumo que guarda alguna relación contigo, viejo amigo —murmuró, frunciendo el entrecejo y centrando sus meditaciones en Crysania y las singu­lares circunstancias en las que desapareció.

El vehículo volvió a detenerse, arrancando al hé­roe de su ensimismamiento. Atisbo el Templo, ma­jestuoso y sugerente, en las cercanías, pero se con­minó a sí mismo a esperar hasta que el lacayo le abriese la portezuela. Sonrió en su fuero interno al rememorar la época en que Laurana, sentada frente a él, solía retarlo con los ojos a que osara tocar el tirador. Tardó varios meses en corregir su antiguo e impulsivo hábito de abrir la puerta de un empe­llón, apartar al criado y seguir su camino sin hacer el más mínimo caso del cochero, los caballos ni nin­guna otra contingencia.

Ahora se había convertido en una broma secreta, que ambos compartían. A Tanis le encantaba obser­var cómo su esposa arrugaba el entrecejo con fingi­do susto mientras él extendía el brazo en dirección al tirador. Sin embargo, consideró que no era mo­mento de revivir tales episodios porque, si no los des­cartaba, sólo lograría sumirse en la melancolía. ¡La echaba tanto de menos!

¿Dónde se había metido el lacayo? Juró por los dioses que, si estaba solo, saldría a su manera e in­troduciría un agradable cambio en la rutina. Hubo suerte, porque, aunque la puerta giró sobre sus goznes, el servidor se enzarzó en una inusitada lu­cha contra el escalón que, rebelde, se negaba a des­plegarse para facilitar el descenso.

—Olvídalo —le espetó Tanis, y se apeó de un salto.

Ignorando la expresión de sensibilidad ultrajada que adoptó el criado, el semielfo inhaló aire, conten­to por haber podido escapar, al fin, de los viciados confines del carruaje.

Escrutó su entorno, dejó que la espléndida aureo­la de placidez y bienestar que irradiaba del Templo de Paladine arrullara su espíritu. Ningún bosque protegía el sagrado recinto. Un vasto césped, verde y mullido cual el terciopelo, invitaba al viajero a pisarlo, sentarse, reposar. Numerosos parterres de flores multicolores deleitaban las pupilas, embria­gando el aire con su fragancia, y en algunos parajes apartados unos setos meticulosamente podados pro­porcionaban cobijo a quienes no resistían la poten­te luz solar. En las fuentes, borboteaban chorros de agua fresca, pura. Los clérigos, ataviados de blanco, iban y venían en pequeños grupos a través de los jar­dines, juntando las cabezas en solemnes discusiones teológicas.

Entre los floridos retazos, los umbríos rincones y la alfombra de hierba, se alzaba el edificio, rever­berante a los rayos del astro diurno. Construido de mármol níveo, su estructura lisa y sin ornamentos magnificaba la impresión de beatitud, de paz, que prevalecía en sus contornos.

Había puertas, pero no centinelas. Cualquiera era bienvenido y, frente a tal prueba de confianza, eran innumerables las criaturas que entraban. Aquel san­to lugar era un puerto seguro para los que sufrían, los desheredados y quienes padecían privaciones o carencias de toda índole. Cuando Tanis inició su an­dadura por el acogedor prado, vio a numerosas per­sonas sentadas o tendidas, que, por los rictus de aba­timiento que mostraban en sus semblantes, no debían gozar a menudo de tan apacible recreo.

Tras avanzar algunas zancadas, Tanis hubo de hacer un alto, al percatarse de que no había impar­tido instrucciones al cochero. Pero, en el instante en que se disponía a ordenarle que aguardara, una fi­gura surgió de una tupida pared vegetal, lindante con la mole del Templo, e inquirió:

—¿Tanis el Semielfo?

Al exponerse quien así lo interpelaba a la lumino­sidad, el viajero dio un respingo. Se cubría aquel ente con negras vestiduras, un sinfín de saquillos y artilugios mágicos pendían de su cinto, sendas ristras de runas bordadas en hebras de plata festoneaban mangas y capucha. «¡Raistlin!», aventuró Tanis, que había tenido al archimago presente en sus disquisi­ciones, unos minutos antes.

No, no lo era. El semielfo respiró al comprobar que aquel nigromante sobrepasaba por lo menos en una cabeza la estatura de su antiguo compañero . Exhi­bía un talle esbelto y bien formado, unos hombros musculosos y un paso juvenil, pleno de vigor. Ade­más, ahora que le prestaba atención, reparó en que su voz destilaba firmeza, seguridad, en nada se ase­mejaba al ambiguo siseo de Raistlin. Y, aunque se le antojaba imposible, creyó detectar el acento pro­pio de su raza en el timbre del desconocido.

—Soy Tanis el Semielfo, en efecto —admitió, re­miso.

Aunque no distinguía los rasgos de la figura, oculta como estaba por los pliegues de su embozo, intuyó que sonreía.

—Estaba seguro de haberte reconocido; me han descrito tu aspecto infinidad de veces —explicó el hechicero—. Puedes despedir a tus criados. No pre­cisarás del vehículo durante algunos días, acaso se­manas. Tu estancia en Palanthas será larga.

¡Aquel individuo le estaba hablando en el idioma elfo, en el dialecto de Silvanesti! Al principio, Tanis quedó tan anonadado que tan sólo acertó a espiar a su oponente, mudo, incapaz de reaccionar. El co­chero se aclaró la garganta. Había realizado un agotador viaje y en la ciudad abundaban las tabernas donde servían una cerveza que había dado pábulo a toda suerte de leyendas a lo largo y ancho de Ansalon. Una sílaba de su señor y sería libre de degustarla.

Pero el héroe no iba a despachar a sus lacayos y medios de transporte sólo porque así se lo sugería un Túnica Negra. Despegó los labios para interrogar­lo, pero el intrigante personaje extrajo las manos de las bocamangas, donde las había mantenido enlaza­das, e hizo un movimiento negativo, rotundo, con una mientras le invitaba a seguirlo con la otra.

—¿No quieres caminar a mi lado? —se anticipó a proponerle—. Ambos nos dirigimos al mismo sitio. Elistan nos espera.

«¡Nos!», repitió Tanis mentalmente, navegando en un océano de confusión. ¿Desde cuándo convocaba el poderoso clérigo a los nigromantes en el santua­rio de su dios y desde cuándo accedían éstos de for­ma voluntaria a penetrar en la morada de su rival?

Si de verdad deseaba averiguarlo, no tenía otra op­ción que acompañar a aquella enigmática criatura y reservar todas las preguntas para la intimidad. Así pues, todavía perplejo, el semielfo indicó a sus ser­vidores que les mandaría aviso más adelante. El hechicero permaneció silencioso a su lado y, una vez hubo partido el carruaje, escuchó atento su solicitud.

—Tienes ventaja sobre mí —insinuó el viajero en alto silvanesti, una lengua elfa más pura que la que le habían enseñado en Qualinesti durante su infancia.

No tuvo que extenderse. El desconocido compren­dió y, tras retirar la capucha para que la luz diurna bañara sus facciones, dijo:

—Me llamo Dalamar.

Después de proferir tan escueta frase, recogió de nuevo las manos bajo las mangas de su túnica, ya que pocos eran los habitantes de Krynn que estre­chaban la mano de un ente consagrado a la nigro­mancia.

— ¡Un elfo oscuro! —se asombró Tanis, que, debi­do precisamente a su pasmo, actuó de modo espon­táneo, sin previa reflexión—. Lo siento —hubo de rectificar—, nunca me había tropezado con nadie...

—¿De mi especie? —terminó el otro por él, ilumi­nado su rostro, de hermosos rasgos, aunque frío y desapasionado, en un curioso halo de cordialidad que ensanchaba sus labios—. No, es lógico que así sea, puesto que nosotros, «los que vivimos privados del tibio sol» —parafraseó, burlón, el estigma que les habían impuesto—, no solemos aventurarnos en los planos de la existencia donde brilla el astro. —Su mueca ganó, de pronto, calidez, y a su interlocutor no le pasó inadvertida la mirada de nostalgia que lanzaba al verde seto donde se había agazapado—. En ocasiones, incluso nosotros anhelamos volver al hogar.

El semielfo inspeccionó, a su vez, la vegetación que crecía junto a un álamo, el árbol más apreciado por los de su raza. La proximidad de su ramaje, mecido en la brisa, tuvo el don de diluir su agarrotamiento. Ya más relajado, recapacitó que él también se había internado en sendas diabólicas y que, en su ofusca­ción, había estado a punto de arrojarse algunos pre­cipicios sin salida. No había de resultarle difícil en­tender.

—Se acerca la hora de mi entrevista —señaló— y, por lo que me has insinuado, lo que he de tratar en ella te concierne tanto como a mí. Quizá deberíamos proceder.

—Naturalmente.

Dalamar se encerró en su mutismo y, sin vacila­ciones, inició detrás de Tanis la travesía del ondean­te mar de hierba. No obstante, el semielfo se volvió de forma casual para comprobar si le seguía y que­dó boquiabierto al descubrir el espasmo de dolor que contraía los delicados rasgos del mago, y que le arrancaba violentas convulsiones.

—¿Qué sucede? —indagó, deteniéndose de inme­diato—. ¿Puedo socorrerte?

—No, semielfo —repuso el interpelado, en un frustrado intento de trocar el sufrimiento por una sonrisa—. No hay nada que puedas hacer ni, de he­cho, me aqueja ninguna dolencia que no sea transi­toria. Peor aspecto tendrías tú si pisaras tan sólo el Robledal de Shoikan, la arboleda que custodia mi re­sidencia.

El héroe asintió en señal de comprensión y, casi sin quererlo, oteó la lóbrega Torre que despunta­ba en la distancia sobre las otras edificaciones de Palanthas. Se apoderó de él un vago desasosiego, que fue en aumento cuando, llevado de un instinto que obedecía a un mandato interior, posó la vista en el blanco Templo para examinar, de hito en hito, las dos moles. Al escrutarlas al unísono, cual imágenes superpuestas en rápida secuencia, ambas se le an­tojaron más completas, más acabadas, que en las distintas circunstancias en que las ojeara por separa­do. ¿Acaso se complementaban? Fue una impresión fugaz, que ni siquiera consideró más tarde y menos ahora, en que vino a turbarlo una inquietud más acu­ciante.

—¿Vives allí? ¿Con Rai... con él?

Necesitaba cerciorarse. Pero como, por mucho que se esforzara, no podía pronunciar el nombre de Raistlin sin enfurecerse, prefirió omitirlo.

—Es mi shalafi —contestó Dalamar, con acento tenso, a causa de la prueba a la que le estaban so­metiendo.

—De modo que eres su aprendiz —apuntó Tanis, quien, pese a que ahora dialogaban en común, cono­cía el vocablo elfo equivalente a «maestro»—. ¿Qué haces en este lugar? ¿Te ha enviado tu señor?

«Si es así —pensó—, partiré sin demora aun a cos­ta de tener que cubrir a pie la ruta de Solanthus.»

—No —le tranquilizó el elfo oscuro, desnuda su tez de los rosados colores de la vida—. Pero el archimago será el protagonista de nuestra conferencia. —Se echó el embozo sobre la cabeza y, con visible angus­tia, agregó—: Y, ahora, debo suplicarte que te apre­sures. El talismán que me ha otorgado Elistan para resistir hasta que entre en el santuario no palia del todo el acoso de mis enemigos. Así que deseo acor­tar la epopeya.

¿Elistan entregaba escudos protectores a los Tú­nicas Negras? ¿Aquel individuo era acólito de Raist­lin? Desbordado por tanta incongruencia, Tanis se alegró de poder acelerar la marcha.

 

 

—¡Mi querido Tanis!

Elistan, clérigo de Paladine y patriarca de la Igle­sia en el continente de Ansalon, le tendió la mano al semielfo, mientras le brindaba una calurosa aco­gida. Tanis le estrechó la mano con vehemencia, tratando de ignorar cuan débil y marchita estaba la otrora fuerte garra del sacerdote. El visitante se es­meró también en controlar su expresión, temeroso de que trasluciera el impacto, el sentimiento de lás­tima que le inspiraba aquella figura que frágil, casi esquelética, descansaba en el lecho sobre altas almo­hadas.

—Elistan —empezó a decir con ternura. Uno de los eclesiásticos de blanco hábito que deambulaban afa­nosos en torno al mandatario alzó sus pupilas y, al percibir su actitud reprobatoria, el recién llegado rectificó—: Hijo Venerable, me complace encontrarte en tan buen estado.

—Pues a mí, Tanis el Semielfo, no me complace que te hayas degenerado hasta convertirte en un embus­tero —le amonestó el anciano, aunque su tono nada tenía de amargo. Lo único que le entristecía era el mal rato que estaba pasando su amigo al creerse for­zado a disimular el efecto que le había causado su irreversible declive.

Con sus dedos flacos, tumefactos, dio unas palma­das en el dorso de la curtida mano del héroe y rea­nudó la regañina:

—Haz el favor de no invocarme por mi título ni to­das esas memeces que exige el protocolo. Ya sé que es lo propio y correcto, Garad —se adelantó a las pro­testas del subordinado que había inducido al semielfo a utilizar el tratamiento—, pero este joven me co­noció cuando yo trabajaba como esclavo en las minas de Fax Tharkas. Todos vosotros —ordenó a los ata­reados presentes—, traed cuanto sea preciso para ob­sequiar a nuestros huéspedes.

Espió al elfo oscuro, desplomado en una butaca junto al fuego, que, ahora, caldeaba de manera pe­renne el aposento privado del dignatario.

—Dalamar —murmuró amablemente—, este via­je debe de haberte extenuado. Estoy en deuda conti­go por haber accedido a realizarlo, aun a sabiendas de lo mucho que había de afectarte. Pero en estas cá­maras hallarás alivio. ¿Qué te apetece tomar?

—Vino —consiguió balbucear el mago a través de unas mandíbulas rígidas, cenicientas, a la vez que sus manos temblaban sobre el brazo del asiento, un detalle que no escapó a la observación de Tanis.

—Servid a nuestros invitados alimento y licor —apremió el sacerdote a su cohorte de seguidores, que, obedientes, comenzaron a desfilar hacia el ex­terior de la estancia, sin poder reprimir muecas re­probatorias al pasar junto al hechicero de negros ropajes—. Escoltad a Astinus hasta aquí en cuanto haga acto de presencia, y procurad que nadie nos mo­leste.

—¿Astinus? —repitió el semielfo—. ¿Te refieres al cronista?

—¿A quién si no? —corroboró el anciano—. La ve­cindad de la muerte nos inviste de una excelencia es­pecial: «Formarán cola para tributo rendirte quienes en vida optaron por eludirte», sentenció el poeta. Ya ves, incluso Astinus se digna desplazarse hasta el Templo. Ahora que se ha despejado el panorama, mi buen Tanis, seamos sinceros —le conminó—. Mi tiempo se agota, dentro de unos días, semanas a lo sumo, se extinguirá la llama de mi existencia. ¿Qué significa esa consternación que leo en tu semblan­te? —le recriminó—. No es la primera vez que asis­tes a un hombre próximo a expirar y, además, te garantizo que pueden aplicarse a mi caso las sabias palabras del Señor del Bosque Oscuro. ¿Cómo de­cían? Vamos, ayúdame, tú mismo me las recitaste: «No lamentemos la pérdida de aquellos que mueren alcanzando su destino». He cumplido ese requisito. A lo largo de mi vida he realizado las empresas que me han sido encomendadas, unas tareas tan enriquecedoras que yo nunca habría osado concebirlas por no pecar de arrogante.

Calló y desvió los ojos hacia la ventana, hacia el espacioso césped, los jardines en floración y, en lon­tananza, la sombría Torre de la Alta Hechicería.

—Me fue concedido el privilegio de devolver la es­peranza al mundo, semielfo —recordó con una mez­cla de orgullo y gratitud—. Y se me transmitieron do­tes curativas para el cuerpo y el alma. No pretendo alardear, pero ¿quién puede afirmar otro tanto de su propia experiencia? Me voy en el conocimiento de que la Iglesia ha sido firmemente instaurada, de que la configuran clérigos de todas las razas. Sí, incluso kenders. —Sonriente, retiró de su frente un mechón de cabello cano y, suspirando, confesó—: ¡Aquél fue un período de prueba, que hizo que se bamboleara mi fe! Todavía no hemos evaluado la cantidad exac­ta de objetos desaparecidos, ni su valor, si bien hay que admitir que son criaturas de corazón puro, vo­luntariosas y amenas, esta última una cualidad apreciable. Siempre que sentía languidecer mi paciencia durante su aprendizaje, me figuraba qué haría Fizban o Paladine según se nos reveló a nosotros y en especial a Tasslehoff, tu pequeño amigo, a quien pro­fesaba una estima muy particular. Así hallaba solu­ciones a todos los conflictos.

El rostro del héroe se ensombreció cuando el an­ciano mencionó al entrañable kender. Le pareció que Dalamar levantaba un instante la cabeza desde las profundidades de la butaca, donde, abstraído, con­templaba las candentes brasas. Pero si lo hizo, a Elistan le pasó inadvertido.

—Lo que más me preocupa es no dejar a un suce­sor en mi puesto, a alguien que perpetúe mi misión —gimió el moribundo, pero aún sereno, clérigo—. Garad es un hombre bondadoso, quizá demasiado. Po­see las virtudes de un Príncipe de los Sacerdotes, pero al igual que nuestros ancestros en el cargo, no comprende que hay que mantener el equilibrio y con­tar con la aportación de todos para que el mundo no sucumba. ¿No opinas lo mismo, Dalamar? —con­sultó al elfo oscuro.

Con gran sorpresa de Tanis, el aludido significó su asentimiento mediante una leve inclinación de la bar­billa. Se había desprendido del embozo para beber con más comodidad unos sorbos del vino tinto que los servidores le habían ofrecido. Tenía los pómulos sonrosados y las extremidades ya no le temblaban.

—Eres prudente, Elistan —ensalzó al dignata­rio—. Ojalá otros gozaran de tu clarividencia, de tu erudición.

—Más lo primero que lo segundo —puntualizó el sacerdote—. No se trata de atesorar cultura, sino de juzgar los asuntos desde todos los ángulos, en lugar de ceñirse a prejuicios que estrechan los ángulos de mira. Y tú, Tanis —abordó a su otro oyente—, ¿has aprovechado para explorar tu entorno, para analizar el paisaje y detectar ciertas irregularidades?

Señaló con el índice hacia el ventanal, en cuyo mar­co se perfilaba, nítida sobre el intenso azul del cie­lo, la Torre de la Alta Hechicería.

—No estoy seguro de haber captado tu mensaje —se excusó el semielfo, quien, dado su pudoroso ta­lante, detestaba manifestar sus emociones, rehuía compartirlas.

—No te muestres esquivo —le reconvino su inter­locutor, con una energía insólita en un enfermo—. Pasaste revista a la estructura de la Torre, luego a la del Templo, y decidiste que era muy adecuado que se irguieran una frente a otro. Fueron muchos los que se opusieron a construir el santuario en este lu­gar; a Garad le pareció un emplazamiento desafor­tunado y, ¡cómo no!, también a Crysania.

Al oír aquel nombre, Dalamar, parco hasta enton­ces en palabras y ademanes, se atragantó, sufrió un repentino ataque de tos y se vio obligado a posar la copa en la mesa auxiliar a fin de no derramar su con­tenido. Tanis, por su parte, comenzó a caminar desazonado de un lado a otro del aposento, según su arraigada costumbre, hasta que cayó en la cuenta de que podía importunar al yaciente y volvió a sentar­se, moviéndose luego, inquieto, en tan opresiva pos­tura.

—¿Se han recibido noticias de la Hija Venerable? —inquirió en voz baja.

—Perdóname, Tanis —se disculpó Elistan—, no era mi intención trastornarte. Te aconsejo que deseches esos reproches con los que tú mismo te atormentas. Lo que hizo Crysania fue seguir los dictados de su albedrío y, si te sirve de consuelo, agregaré que ni siquiera yo podría haber influido en su determina­ción. Nunca la habrías detenido, ni tampoco resca­tado de lo que su sino le haya deparado. No, no han llegado hasta mí nuevas acerca de su paradero.

—Pero hasta mí sí —se interpuso el mago, tan con­tundente e impersonal que, al instante, captó la aten­ción de sus dos contertulios—. Ése es uno de los mo­tivos por los que os he congregado hoy aquí.

—¿Cómo? —vociferó el semielfo, a la vez que se ponía de nuevo en pie—. ¿Eres tú quien nos ha con­vocado? Estaba persuadido de que la iniciativa fue de Elistan. ¿Se oculta tu shalafi detrás de todo esto? ¿Es él el responsable de la desaparición de la dama? —Avanzó un paso, sonrojada la faz detrás de la barba pelirroja. Dalamar se incorporó, mostrando un peligroso centelleo en los iris de sus ojos y desli­zando la mano de modo casi imperceptible hacia una de las bolsas que colgaban de su cinto—. Porque, si le ha hecho el menor daño, pongo a los dioses por testigos de que le retorceré su dorado cuello.

—Astinus de Palanthas —anunció un clérigo, muy oportunamente, desde el umbral.

El historiador se situó en el marco de la puerta. Su rostro atemporal no exhibió ninguna expresión mientras sus ojos estudiaban la alcoba y registraban los pormenores de muebles y seres vivos para, des­pués de clasificarlos, registrarlos en el libro que re­gía su existencia. En sus sensibles retinas se graba­ron el semblante enrojecido, iracundo de Tanis, la altivez y el desafío que alteraban las cinceladas fac­ciones del elfo oscuro, los surcos dejados por e! ago­tamiento en el rostro del moribundo eclesiástico.

—Dejad que adivine —pidió a los presentes al mis­mo tiempo que, imperturbable, penetraba en la sala.

Una vez en el centro de la estancia, depositó el enorme ejemplar que siempre llevaba consigo sobre una mesa escritorio, tomó asiento, abrió el tomo por una página en blanco, sacó una pluma de un ador­nado estuche, inspeccionó la punta y, alzando la vis­ta, ordenó al clérigo que le había acompañado que le trajese tinta. Éste, sobresaltado, no atinó a moverse hasta que Elistan le hizo una señal, momento en el que abandonó a toda prisa la habitación.

—Dejad que adivine —repitió el cronista su origi­nal preámbulo—. Estabais discutiendo sobre Raistlin Majere.

 

 

—Es verdad —proclamó Dalamar— que soy yo quien os ha reunido en el Templo.

El acólito se instaló de nuevo ante la chimenea y Tanis, todavía renegando, lo hizo en la cabecera del paciente. Garad, el sacerdote encargado de propor­cionar tinta al historiador, regresó con ella y pregun­tó si requerían sus servicios, antes de, al obtener una respuesta negativa, recordar a los visitantes que no debían cansar a su superior. Su recomendación fue severa y estaba justificada; pero no pareció merecer la atención de los tres invitados. Así que dio media vuelta y se alejó, enfurruñado.

—Mi llamada os habrá acarreado algunos incon­venientes —continuó el nigromante, sin dejar de ob­servar a Tanis—; pero serán livianos comparados con lo que a mí me espera. Al igual que todos mis her­manos de credo, el hecho de pisar este recinto sagra­do entraña un castigo inenarrable, que habré de aceptar. Sin embargo, era urgente que os hablara a los tres. Elistan no podía acudir hasta mí, y supuse que el semielfo rehusaría hacerlo. En consecuencia, no me quedó otra alternativa.

—¿No podrías entrar en materia? —exigió, más que pedirlo, Astinus—. El universo evoluciona, la vida transcurre mientras estamos aquí encerrados. Ya has explicado que debías reunimos a todos. ¿Por qué razón?

El hechicero guardó un corto silencio, otra vez con las pupilas fijas en las llamas. Cuando hizo su gran revelación, no varió su cabizbaja postura.

—Nuestros temores más acendrados se hacen rea­lidad. Él ha cumplido su propósito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 Raistlin y Crysania llegan al Abismo

 

 

«Ven a casa.»

Aquella voz se dilataba en su memoria. Alguien se había arrodillado junto a la acuosa laguna de su mente y vertía las palabras sobre su tranquila, trans­parente superficie. Los rizos de la conciencia le per­turbaban, le despertaban de un sueño pacífico y re­parador.

«Ven a casa, hijo mío, ven a casa.»

Al entreabrir los párpados, Raistlin se topó con la cara de su madre, quien, sonriente, extendió una mano y acarició las finas hebras de cabello que se esparcían indómitas sobre su frente.

—Mi desdichado pequeño —dijo la mujer, ahora con tanta nitidez que su proximidad se hizo tangible—, he visto todo lo que te han hecho. ¡He pasado tanto tiempo a la expectativa! He sollozado —afirmó, y sus pupilas humedecidas confirmaron este aserto—. Sí, hijo mío, los muertos también llo­ramos y, a qué engañarnos, es el único consuelo que tenemos. Pero la pesadilla ha concluido. Estás a mi lado y puedes descansar.

El archimago forcejeó contra su propia flaqueza para incorporarse. Al examinar su cuerpo, compro­bó, horrorizado, que lo cubría un manto de sangre, pero no sentía dolor ni descubrió ninguna herida. Jadeaba y, cuando quiso respirar, apenas pudo in­halar una bocanada de aire.

—Yo te auxiliaré —ofreció su madre.

Comenzó a aflojar el cordón de seda que ceñía la cintura del nigromante, el fajín del que se hallaban suspendidos sus saquillos y los valiosos ingredien­tes de sus sortilegios. En un impulso reflejo, Raistlin apartó aquella mano intrusa y, mitigando un poco su ahogo, observó el paraje.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy? —indagó.

En medio del caos que le rodeaba, se destacaron los recuerdos de su infancia, ¡de dos infancias dis­tintas! La suya e, inexplicablemente ligada, la de otro. Miró a su progenitura, y se le antojó al mismo tiem­po la mujer que le había dado la vida y una perfecta desconocida.

—¿Qué ha ocurrido? —repitió, irritado, luchando con los recuerdos, que amenazaban con arrebatarle el último resquicio de lucidez.

—Has muerto, hijo —le descubrió su fantasmal acompañante—. Has entrado en el seno del más allá. Ahora nadie podrá separarnos.

Raistlin quedó estupefacto, incapaz de reaccionar. Al rato, sucedida la laxitud por el frenesí, rebuscó entre las evocaciones que antes había intentado con­jurar y, despacio, ordenó el rompecabezas. Algo fa­lló, y había estado al borde de perecer. ¿En qué pudo equivocarse? Se llevó la mano a las sienes, palpó car­ne, hueso, calor, y entonces se hizo la luz. ¡El Portal!

—¡No! —se rebeló, clavando en su madre unos ojos que irradiaban chispas—. Es imposible.

—Perdiste el control de la magia —susurró ella, paciente, alargando de nuevo los dedos para tocar­lo. El hechicero eludió su contacto y la aparecida, con la triste sonrisa que le era peculiar y que Raistlin tan bien conocía, dejó caer la mano en el regazo—. El campo magnético se deshizo, las fuerzas enfren­tadas te despedazaron. Se produjo una terrible ex­plosión, que mudó la faz de las llanuras de Dergoth, y la fortaleza de Zhaman se vino abajo. Fue una ago­nía tener que presenciar el espectáculo de tu sufri­miento.

—Sí, conservo una vaga noción del dolor —corro­boró el nigromante—. Pero hay algo más.

¿Qué era? Revivió en su mente la escena en que, circundado por los brillantes estallidos de luces mul­ticolores, invadió su alma un éxtasis exultante. Más tarde, las cabezas de dragón que guardaban el Por­tal bramaron enfurecidas y él envolvió a Crysania en un abrazo protector.

Se enderezó, para ampliar su campo de visión. Se encontraba en un terreno liso y regular, una especie de desierto. En lontananza, se insinuaban unas mon­tañas, unas cumbres de aserrado perfil, que creyó identificar. ¡Claro, era el reino de Thorbardin! Ladeó el rostro y divisó las ruinas del alcázar, desfigurado en una calavera que parecía engullir la planicie a tra­vés del eterno rictus de su boca. Dedujo que estaba en las llanuras de Dergoth. El paisaje era inconfun­dible. No obstante, al mismo tiempo que lo recono­cía, detectaba algo en él que lo hacía nuevo, diferen­te, acaso el aura rojiza que lo teñía todo y que le sugirió la idea de estar espiando aquellos rincones familiares con los ojos inyectados en sangre. Así, aun­que los objetos conservaban sus formas originarias, el purpúreo tamiz les confería una entidad distinta, opuesta incluso a la que se imprimía en su retina.

Estaba seguro de haber visto la Calavera durante la Guerra de la Lanza, una vez asumida su actual apa­riencia de montaña, y desde luego no tenía el rictus de obscenidad que había ahora en sus pétreos labios. También la cordillera del fondo marcaba un pronunciado relieve, más sobresaliente del habitual, al definirse sus líneas sobre el cielo. ¡El cielo! Al con­templar el contraste, Raistlin tragó saliva. ¡El firma­mento era un inmenso espacio vacío! Giró la cabeza en todas direcciones y comprobó que, pese a la ausencia de sol, no era de noche. No se veían lunas ni estrellas y el color indescriptible de la bóveda ce­leste, entre rosáceo y carmesí, se asemejaba al refle­jo del crepúsculo.

Bajó la mirada hacia la mujer que, frente a él, con­tinuaba arrodillada en el suelo. Endureció los ras­gos, indescifrables sus emociones, y declaró en un acento que denotaba firmeza, confianza:

—No he muerto. He vencido. Ésta es una prueba fehaciente de mi triunfo. No he olvidado los relatos del kender cuando, tras salvarse del abismo, se per­sonó en aquel campamento y fue mi prisionero en Zhaman. Dijo que el reino de las tinieblas era una extensión monótona, similar a todos los lugares que había visitado pero igual a ninguno. He traspasado el Portal y accedido al plano de la inmortalidad.

Inclinándose hacia adelante, el mago agarró a la mujer por el brazo y la obligó a ponerse en pie.

—¡Fantasma ilusorio! —la imprecó—. ¿Dónde está Crysania? Confiesa, quienquiera que seas, o haré caer sobre ti la ira de los dioses.

— ¡Raistlin, basta ya! Me estás lastimando.

El aludido se inmovilizó. Aquel timbre era el de la sacerdotisa y, al aguzar la vista para cerciorarse, advirtió que era su brazo el que oprimía. Avergonza­do, redujo al instante la presión; pero recobró la com­postura en un santiamén y atrajo aquel cuerpo hacia sí, inconmovible frente a sus intentos de liberarse.

—¿Crysania? —la interrogó, examinándola con suma atención.

—Por supuesto —titubeó la mujer, sin saber a qué atenerse—. Algo anda mal. Te suplico que me expli­ques de qué se trata. Desde hace unos minutos, no oigo más que desatinos.

El archimago oprimió de nuevo el brazo de su pre­sa, que emitió un grito. El dolor que distorsionaba sus facciones era real, su miedo también. Satisfecho de la prueba, el humano la estrechó contra su pecho y se dejó embriagar por la tibieza de su carne, su aro­ma, el palpito de su corazón y, en definitiva, la vida que emanaba de ella.

— ¡Oh, Raistlin! —gimió la sacerdotisa, acurruca­da en el cálido nido—. El pánico se apoderó de mí al creerme sola en esta desolación.

La mano del hechicero se enredó en la negra me­lena. La suavidad y la fragancia de aquella criatura le intoxicaban, le incitaban a una pasión irrefrena­ble, y su embrujo no hizo sino intensificarse al ar­quear ella la cintura y echar la cabeza hacia atrás. Sus labios eran sensuales, ansiaban el placer del beso. Raistlin asió su mentón a fin de admirar el exquisito rostro, y se encontró con unas cuencas ocu­lares en las que ardían infernales llamas.

— ¡Al fin has venido a casa, mago! Unas carcajadas estentóreas, acordes con la infla­mada mirada, abrasaron sus entrañas, al mismo tiempo que la esbelta figura femenina se contorsio­naba y se desvanecía hasta que se halló unido al cue­llo de un dragón de cinco cabezas. Las comisuras des­pedían ácidos corrosivos sobre él, el fuego rugía en su derredor, le asfixiaban vapores sulfurosos. Ser­penteante, el monstruo puso la cabeza a su altura y se aprestó al ataque.

Desesperado, el archimago invocó su arte. Pero, mientras se ordenaban en su mente los versículos que componían el hechizo defensivo, le fustigó la punzada de la duda. ¡Quizá su magia no surtiría efec­to! «Estoy débil, el viaje a través del Portal ha mermado mi energía.» El pavor, cortante cual una daga, penetró en su espíritu, y las frases del sortilegio se diluyeron en la nada. «¡Es la Reina quien me tiende esta emboscada! —comprendió—. Ast takar ist... ¡No, he cometido un error!»

Resonaron en sus tímpanos nuevas risotadas. Era el modo con el que la soberana exteriorizaba su vic­toria. Cegó al cautivo una luz blanca, radiante, y se precipitó en una espiral interminable, que llevaba de la oscuridad al día.

 

 

Al abrir los párpados, Raistlin distinguió el ros­tro de Crysania.

Era, en efecto, su semblante, pero no el que él re­cordaba. Estaba avejentado, el sello de la muerte había marchitado los últimos vestigios de juven­tud. Aferraba en su palma el Medallón de Platino de Paladine, cuyos prístinos destellos refulgían en el fantasmagórico ambiente.

El archimago cerró los ojos para ocultar la visión de aquel rostro en pleno ocaso. Y ayudó a su fanta­sía con ensoñaciones, en las que se lo representaba delicado, hermoso, iluminado por el amor que él le inspiraba y provisto de sus anteriores atributos.

—Poco ha faltado para que te perdiera.

Fue la mujer quien profirió esta frase, con tono frío y sosegado. El nigromante, a tientas porque le ate­rrorizaba la idea de afrontar unos hechos que intuía, la agarró por los brazos y, zarandeándola, preguntó bruscamente:

—¿Cuál es ahora mi apariencia? Se ha obrado en mí una mutación, ¿no es cierto?

—Eres igual que cuando nos entrevistamos por vez primera en la Gran Biblioteca —repuso Crysania, co­rrecta y mesurada, quizá en demasía, ya que la ten­sión se hacía aún más ostensible bajo la gélida capa de su aplomo.

«Me lo temía —se dijo Raistlin—. Eso significa que he regresado al presente.»

Tomó conciencia de su antigua fragilidad, del pe­renne malestar de sus pulmones y, con él, de la ron­quera que provocaban los espasmos de la tos, como si unas puntiagudas agujas tejieran una telaraña en sus vías respiratorias. No tenía más que hacer aco­pio de valor, salir de su voluntaria ceguera y, frente a un espejo, contemplar la tez dorada, el cabello cano, las pupilas en forma de relojes de arena...

Apartando de un empellón a la Hija Venerable, se arrojó al suelo y se revolcó sobre su estómago, sin cesar de propinar puntapiés y abandonado a un de­lirio en el que los arranques de cólera se sumaban a los plañidos de desaliento.

—¿Qué sucede? —inquirió la sacerdotisa, asusta­da, sin molestarse ya en fingir—. ¿Dónde hemos ve­nido a parar, Raistlin? ¿Hemos fracasado?

—No, hemos triunfado —rectificó él—. Estamos en el Abismo. Todo se ha cumplido según mis designios —apostilló, aunque su actitud anunciaba perspecti­vas menos halagüeñas.

Crysania se alarmó, tanto por los resquemores que suscitaba el equívoco comentario como por la for­ma en que el mago la observaba. Ella ignoraba que la veía en un proceso senil, de degeneración. Tras un momento de balbuceo, no obstante, se impuso la con­fianza, y la sacerdotisa despegó los labios para ma­nifestarla. Pero antes de que acertara a hablar, el he­chicero se le anticipó.

—Mi magia se ha evaporado.

Sobresaltada por tan asombrosa revelación, la sa­cerdotisa nada dijo. Tuvieron que pasar unos segun­dos para que, algo recuperada, pidiera a su compa­ñero una aclaración.

—No entiendo a qué te refieres.

—Es muy sencillo. ¡Mis poderes se han desvanecido! ¡Estoy tan indefenso como cualquier mortal! —le espetó el archimago, como si fuera ella la cul­pable de semejante catástrofe—. Soy un hombreci­llo vulnerable, en un reino de gigantes.

Se percató de pronto de que su adversaria podía estar escuchando, espiando, regodeándose, y en­tonces enmudeció. Sus voces se extinguieron en el esputo que, espumeante y sanguinolento, afloró a su boca.

—Sin embargo —murmuró—, todavía no me ha derrotado.

Cerró los dedos en torno al Bastón de Mago, que yacía a su lado, y se apoyó en él para incorporarse. Crysania corrió a prestarle el soporte de su brazo, ya que el bastón se le antojó insuficiente.

—No me engañarás, no ha de serme difícil averi­guar dónde te agazapas —retó Raistlin a Su Oscura Majestad, mientras, con la mirada, recorría la vasta planicie y el no menos inconmensurable cielo—. Aho­ra adivino tu paradero. Estás en la Morada de los Dio­ses y, gracias a las errabundas divagaciones del Kender, conozco el terreno en el que me muevo. Las esferas inferiores reflejan cual un espejo los planos de arriba. Así que emprenderé tu búsqueda, aunque el viaje sea prolongado y traicionero.

»Sí —prosiguió, acechante—, noto cómo hurgas en mi cerebro, cómo interpretas mis intenciones y pre­vés todos mis actos, mis expresiones verbales. Estás convencida de que abatirme será un juego de niños. Pero también yo poseo una cierta dosis de perspicacia, que me permite evaluar tu honda confusión. Me acompaña alguien cuya mente no puedes sondear, alguien que me protegerá de ti. ¿No es verdad, Crysania?

—Así ha de ser —ratificó la mujer, leal a su ídolo.

El nigromante dio un paso al frente, luego otro, res­paldado por el cayado y por la sacerdotisa. Cada paso le costaba un gran esfuerzo, cada inhalación quema­ba sus órganos y, al contemplar el universo, no ha­llaba sino vacuidad, una vacuidad que se aposentó en su alma ahora que el arte arcano le había aban­donado.

Raistlin tropezó. Para evitar su caída, la sacerdo­tisa le sujetó con fuerza, anegados los ojos en lá­grimas.

Las carcajadas se alejaban en punzantes ecos. Y era tan insufrible oírlas, que Raistlin estuvo ten­tado de desistir. «Me siento cansado —meditó, deprimido—, exhausto. ¿Qué soy sin mi magia? Nada, un insecto torpe y desvalido.»

3

Maquinaciones al descubierto

 

 

Después de que Dalamar condujera los prolegóme­nos, un largo silencio se estableció en el aposento. Tan sólo lo perturbaba el ágil garabatear de la plu­ma sobre el pergamino del volumen donde Astinus copiaba las frases del elfo oscuro.

—No nos resta sino encomendarla a la clemencia de Paladine —invocó Elistan—. ¿Está el archimago con ella?

— ¡Naturalmente! —le espetó el aprendiz, delatan­do un nerviosismo que las ardides de su arte no lo­graron camuflar—. ¿De qué otro modo podría haber alcanzado su propósito? El Portal es inaccesible a todos salvo a las fuerzas combinadas de un Túnica Negra tan dotado como él y una sacerdotisa de blan­co hábito, en este caso Crysania, intachable en su fe.

Tanis les miró de hito en hito y, antes de que se enzarzaran en una discusión ininteligible, declaró:

—No entiendo una palabra de lo que aquí se está debatiendo. ¿Qué sucede? ¿Habláis quizá de Raistlin? ¿Qué ha hecho? ¿Qué relación mantiene con Crysania? ¿Por qué nadie alude a Caramon? Al fin y al cabo, también él parece haber sido borrado de la faz de Krynn, al igual que Tas.

—Procura contener los arranques de impaciencia, ese exponente de la mitad humana de tu ser —le aconsejó Astinus sin dejar por ello de escribir con su caligrafía esmerada, puntillosa—. Y tú, elfo, ini­cia tu relato por el comienzo, en lugar de referirte a un pasaje intermedio.

—O, dadas las circunstancias, al desenlace —apun­tó el yaciente en tono quedo.

Humedeciéndose los labios con el vino, Dalamar, prendidas sus pupilas en el fuego, narró las sin­gulares peripecias que, hasta entonces, Tanis sólo conocía en parte. Algunos eventos habría podido de­ducirlos, otros le sorprendieron, los más le escandalizaron.

—La Hija Venerable fue cautivada por Raistlin y, con franqueza, añadiré que la atracción fue recípro­ca, aunque, tratándose del archimago, sólo caben conjeturas. El agua de un glaciar en deshielo es de­masiado caliente para circular a través de sus venas. Así que sería prolija cualquier tentativa de ahondar en sus emociones. ¿Quién podría determinar cuán­do concibió esto o soñó aquello otro? Sea como fue­re, ultimó los preparativos y me puso al corriente de sus planes: viajar al pasado en busca de Fistandantilus, su precursor en la saga arcana, y apoderarse de su vasta sapiencia.

»Le tendió una trampa a Crysania, deseoso de em­baucarla para que retrocediera en el tiempo junto a él, e hizo algo análogo con su gemelo...

—¿Con Caramon? —preguntó el héroe, perplejo. Dalamar le ignoró y continuó, como si la interrup­ción no se hubiera producido.

—Pero ocurrió algo imprevisto. Kitiara, hermanas­tra del shalafi y Señora del Dragón...

La sangre se agolpó en las venas de Tanis, entur­biando su vista y su oído. Sintió un palpito similar en los pómulos e intuyó que su tez abrasaba al tac­to, tan encendido debía de ser su sonrojo.

¡Kitiara! La figura de la mujer que había amado se dibujó en su memoria con los ojos destellantes, el crespo cabello arremolinado en torno al rostro, los labios separados en aquella hechicera, ambigua son­risa, y una seductora silueta que resaltaba, más to­davía, la ceñida armadura.

La dama de su espejismo le estudió desde la gru­pa de un reptil azul flanqueada por sus esbirros, al­tiva, regia, especialmente bella en su crueldad para, sin transición, rendirse a su abrazo con tierna lan­guidez.

El semielfo notó, aunque no puedo percibirla, la expresión de simpatía que había adoptado Elistan al adivinar su zozobra, y eludió la censura que, así lo creyó, contraía los rasgos del omnisciente cronis­ta. Abrumado por el peso de su propia culpa, no re­paró en que Dalamar, a su vez, libraba una batalla con sus traicioneras mejillas, las cuales, más que su­bir de color, habían quedado exangües. No se perca­tó del quiebro que rompió la voz del acólito al pro­nunciar el nombre de la bella mujer.

Pasados unos segundos, Tanis recuperó la compos­tura y pudo seguir escuchando. No obstante, le fue imposible sustraerse al dolor que atenazaba su co­razón y que estaba persuadido de haber curado de­finitivamente. Era feliz junto a Laurana, la amaba con más entrega de la que nunca había creído ateso­rar antes de desposarla. Gozaba de paz interior, su vida discurría enriquecedora, colmada de venturas. Quizá fue ésta la causa de que el mundo se le vinie­ra abajo al descubrir que la negrura aún anidaba en él, un pozo de pasiones inconfesables que en su día creyó haber desterrado para siempre.

—Por orden de Kitiara —reanudó su relato el narrador—, Soth, el Caballero de la Muerte, sumió a Crysania en un encantamiento destinado a matar­la. Pero Paladine intercedió. Guió el alma de la sa­cerdotisa a su morada celestial, a fin de hacerle un lugar entre sus siervos y dejó tendida en el suelo el despojo de su cuerpo. Yo creí que el shalafi había su­frido un revés irreversible. Pero grande fue mi sor­presa al comprobar que me había precipitado y que Raistlin, en su infinita astucia, hacía que repercu­tiera en su beneficio la conjura de sus rivales. Su her­mano Caramon y Tasslehoff, el kender, llevaron a la maltrecha sacerdotisa a la Torre de la Alta Hechice­ría de Wayreth, en la confianza de que sus arcanos habitantes la sanarían. Éstos no pudieron ayudarla, como el nigromante bien sabía, y entonces decidie­ron enviarla al único período de la historia de Krynn en el que vivió un Príncipe de los Sacerdotes lo bas­tante poderoso para reclamar el concurso de Pala­dine, para inducirle a devolver a aquella devastada forma terrenal el soplo del espíritu. Era eso, desde luego, lo que quería mi maestro. ¡Previne a los ma­gos! —exclamó, apretando el puño—. Avisé a esos ne­cios de que le estaban allanando el terreno.

—¿Les avisaste? —repitió Tanis, que se había inte­grado ya a la realidad inmediata—. ¿Actuaste contra tu shalafi ? —insistió, incrédulo frente a un hecho tan inverosímil.

—Participo en un juego peligroso, semielfo —fue la lacónica respuesta. El aprendiz clavó las pupilas en su interlocutor y éste se estremeció al observar que estaban iluminadas desde dentro, como las ascuas de un fogata. Tras una corta pausa, Dalamar amplió su explicación—: Soy un espía al servicio del cón­clave de hechiceros, encargado de vigilar todos los movimientos de Raistlin. ¿Te quedas boquiabierto? No te lo reprocho. Un ser ajeno a la Orden no puede estar al corriente de nuestras intrigas. Mis superio­res le temen, y no sólo los defensores del Bien y la Neutralidad, sino, y muy específicamente, los Túni­cas Negras, ya que estamos enterados de cuál será nuestro destino si se alza con el predominio de las esferas.

Viendo que había cautivado el interés de su oyen­te, el oscuro mago levantó la mano y, parsimonioso, abrió el pectoral de su atuendo para mostrarle el pe­cho desnudo. Cinco heridas purulentas llagaban la que, de otro modo, hubiera sido tersa piel.

—La marca de su mano —dijo con acento ano­dino—, una recompensa digna de mi insidia.

Tanis imaginó a Raistlin en el acto de depositar sus flexibles dorados dedos sobre el torso de aquel joven, se representó su rostro desapasionado, sin malicia, ensañamiento ni ningún otro resquicio de humanidad mientras infligía el castigo. Casi olfa­teó el olor de la carne socarrada y, mareado, se hundió en su asiento y permaneció allí cabizbajo, mudo.

—Pero aquellos insensatos, en su terquedad, deso­yeron mi advertencia —retomó Dalamar el hilo de su historia—. Se aferraron a un clavo ardiendo, co­rrieron el riesgo de mandar a Crysania a una época previa al Cataclismo, porque ella encarnaba, a la vez que sus mayores miedos, su única esperanza. El nigromante así lo había preconizado. De nuevo se sa­tisfacían sus aspiraciones. La versión formal, la que expusieron ante Caramon para asegurarse de que no les abandonaría, fue que el Príncipe de Istar auxi­liaría a la sacerdotisa. No obstante, su auténtico ob­jetivo era que muriera o, al menos, desapareciese, como hicieron los otros clérigos poco antes de la he­catombe. Si se esfumaba, Raistlin habría de prescin­dir de ella y nunca atravesaría el Portal, aunque existía el peligro de que la rescatase a tiempo, de ahí la ambivalencia del plan. También barajaron la posibi­lidad de que Caramon, al catapultarse al pasado y averiguar la verdad sobre su hermano, a saber, que había succionado la esencia de Fistandantilus, aten­tara contra su vida.

—¿Caramon? —El semielfo rió de mala gana, en­tre el sarcasmo y la cólera—. ¿Cómo pudieron incu­rrir en un error de tal calibre? El guerrero es ahora un enfermo. Lo único que está en situación de ma­tar es un barril de aguardiente enanil. De alguna ma­nera su gemelo ya le ha destruido. ¿Por qué no...?

Objeto del escrutinio inquisitivo de Astinus, optó por callar. Su cabeza giraba en un torbellino enlo­quecido. Nada de aquello tenía sentido. Consultó a Elistan con los ojos y concluyó que el anciano debía de estar en antecedentes de buena parte del relato, pues no se reflejó en su semblante un asomo de sor­presa, de disgusto, al mencionar Dalamar que los magos habían dispuesto la muerte de Crysania. Sólo un profundo pesar desencajaba sus marchitas fac­ciones.

—Tasslehoff Burrfoot, el kender —prosiguió el acólito—, se entrometió en el hechizo de Par-Salian y, accidentalmente, se desplazó al pasado con Cara­mon. La introducción de un miembro de su raza en el fluir de las eras propiciaba que se alterasen los sucesos, lo que revestía una capital importancia. Lo que sucedió en Istar sólo podemos presumirlo. Pero en mi mano está afirmar que Crysania no pereció, Caramon no eliminó a su hermano y éste recopiló para su acervo la ingente erudición de Fistandanti­lus. Acompañado del guerrero y la sacerdotisa, Raist­lin avanzó hasta una época en la que, al preservar a la dama, se convertía en dueño y señor del único clérigo verdadero en todo el país. Minucioso en sus cálculos, viajó al momento de la historia en el que la Reina de la Oscuridad había de presentarle me­nos réplica y, vulnerable, fracasaría si se empeñaba en detenerlo.

«Como hiciera antes Fistandantilus, el archimago influyó de manera decisiva en el estallido de las gue­rras de Dwarfgate y, así, obtuvo acceso al Portal, que se encontraba, por aquel entonces, en la fortaleza de Zhaman. Si se hubiera repetido el episodio que había protagonizado su ancestro, y que consta en las Crónicas, Raistlin habría sucumbido frente al por­tentoso umbral del más allá, ya que tal fue el final del llamado Ente Oscuro.

—Con eso contábamos —intervino Elistan, estiran­do débilmente el embozo del lecho—. Par-Salian nos garantizó que el nigromante no cambiaría el porve­nir, que ni siquiera él poseía tales facultades.

—¡Maldito kender! —renegó Dalamar—. Par-Salian cometió una grave imprevisión. Es imperdo­nable que no tomara precauciones para evitar que el hombrecillo reaccionase de la forma más natural en uno de su tribu: ¡aprovechar la primera oportunidad que se le ofrecía de vivir una aventura! Debe­ría haber atendido nuestro consejo y estrangular al pequeño intruso.

—Dime qué ha sido de Caramon y Tasslehoff —le atajó Tanis con frialdad—. Nada me importa la suer­te de Raistlin ni, y te ruego que me disculpes, la de Elistan, ni la de Crysania. A la sacerdotisa la cegó su propia perfección, la drástica rigidez de su probidad. Lo siento por ella, pero rehusó quitarse la ven­da que la aislaba de la verdad. Mis amigos, en cam­bio, me inquietan. ¿Qué ha sido de ellos?

—No tengo la menor idea —respondió el aprendiz, y se encogió de hombros—. Pero, en tu lugar, descar­taría cualquier ilusión de volver a verlos en esta vida. De poco deben de servirle ya al shalafi.

Eso es todo cuanto necesitaba oír —declaró el semielfo y se puso en pie, teñido de furia el timbre de su voz—. Aunque sea lo último que haga, perse­guiré a Raistlin sin concederle una tregua...

—Siéntate —le ordenó, de pronto, Dalamar.

El mago no levantó la voz, pero había en sus ojos una amenaza, un reto que impulsó al interpelado a tantear la empuñadura de su espada, sin recordar que, puesto que había sido invitado como huésped en el Templo de Paladine, resolvió no portarla. Más airado al palpar aire en lugar de su arma, dedicó sen­das reverencias al patriarca y a Astinus y echó a an­dar hacia la puerta.

—No tardará en interesarte el devenir de Raistlin, semielfo —le interceptó el sibilino acólito—, porque nos afecta a todos. De él dependemos nosotros y tú mismo. El futuro del mundo se halla en sus manos. ¿Son ciertas mis palabras, Hijo Venerable?

—Lo son —ratificó el aludido—. Me hago cargo de tus sentimientos, Tanis, pero debo conminarte a de­secharlos.

El cronista no despegó los labios. Los sonidos pro­pios de la escritura constituían la única evidencia de su presencia en la sala. El héroe cerró los puños y, con una agresividad que obligó incluso al impasi­ble Astinus a alzar la cabeza, imprecó a Dalamar:

—De acuerdo, me reprimiré. ¿Qué más puede ha­cer tu envilecido maestro en su afán de lastimar, ani­quilar y someter a inenarrables suplicios a quienes le rodean?

—Al comienzo de mi plática he anunciado que nuestros temores más acendrados se hacen realidad —susurró el elfo oscuro, clavando sus pupilas almen­dradas en las de su oyente, que, debido a su mezcla racial poseía unos rasgos oblicuos más atenuados.

—Sí.

Más que una afirmación, lo que profirió Tanis fue un expresivo apremio.

El narrador hizo una pausa exagerada, teatral. As­tinus, alerta, enarcó las grisáceas cejas.

—Pues bien, ahora lo subrayo. Raistlin ha entra­do en el Abismo donde, junto a Crysania, desafiará a la Reina de la Oscuridad.

Tanis, en franca mofa del dramatismo que el jo­ven nigromante había dado a sus palabras, estalló en carcajadas.

—No parece que debamos preocuparnos por ello —replicó—. Esa criatura se ha lanzado a su propio exterminio.

La risa del semielfo no fue bienvenida, no obtuvo el beneplácito de los reunidos. Dalamar le espió en­tre cínico y divertido, como si esperara tan incon­gruente actitud en alguien que era mitad humano; Astinus emitió un resoplido y se concentró en su quehacer; Elistan hundió en el lecho sus ya caídos hombros y, entornando los párpados, se reclinó en la almohada sobre la que se había incorporado.

—¡No podéis tomaros tan en serio la situación! —les regañó, dolido, el ahora habitante de Silvanesti—. ¡Por los dioses, la soberana de las tinieblas me ha recibido en audiencia! He sentido su poder, su majestad, cuando sólo había logrado asomarse parcialmente a nuestro plano —recalcó, y un esca­lofrío recorrió su espina dorsal al evocar los suce­sos de Neraka—. No quiero ni pensar lo que ha de ser enfrentarse a ella en la plenitud de sus faculta­des, en su propia órbita.

—No has sido tú el único, Tanis —musitó el pos­trado anciano—, también yo he conversado con la Reina Oscura. ¿Te sorprende? No hay motivo. He te­nido que superar tantas pruebas y tentaciones como cualquier otro hombre.

—Sólo en una ocasión me ha honrado con su visi­ta. —Era Dalamar quien, llegado su turno, informa­ba de su experiencia, pero al hacerlo su tez palide­ció y el pánico ensombreció sus ojos—. Vino a referirme los hechos que acabo de transmitiros.

Astinus no participó en las confidencias, pero abandonó su tarea. De las paredes de roca emana­ba más vivacidad que del semblante del historiador.

—Si has conocido a la soberana, Elistan —invocó Tanis al enfermo—, habrás vislumbrado la suprema­cía que ostenta sobre todas las cosas. ¿Cómo puedes creer que un archimago demente y una sacerdotisa que no es más que una infatuada solterona puedan causarle el menor daño?

Un relámpago de indignación cruzó por los ojos del clérigo, sus labios se tensaron en una estrecha línea y el semielfo supo que le había agraviado con su insulto. Ruborizándose, se rascó la barba y empezó a disculparse, aunque, persuadido de que iba a estropearlo aún más, selló su boca.

—Todo esto es una sinrazón —se limitó a farfullar, al mismo tiempo que regresaba a su silla y se de­rrumbaba en ella—. En nombre del Abismo, ¿cómo frustraremos sus ambiciones? —continuó; pero, al darse cuenta de la impropiedad de la fórmula que había elegido, su sonrojo fue en aumento—. Lo sien­to, mi juego de palabras no ha sido premeditado. Cada vez que intento decir algo, mi lengua corre más que mi mente. ¡Pero es que no entiendo nada! ¿Cuál es nuestro cometido? ¿Detener a Raistlin o alentarle?

—No puedes detenerle —interpuso fríamente Dalamar, en el instante en que Elistan se disponía a hablar—. Tan sólo los magos tenemos capacidad para hacerlo, y no hemos dejado de elaborar planes en­caminados a tal efecto durante varias semanas, porque, desde el principio, vaticinamos este desastre. En cierto modo, semielfo, tus presunciones son correc­tas. Raistlin no puede vencer a tan colosal rival en su propio mundo y, puesto que es consciente de su inferioridad, proyecta contrarrestarla. ¿Cómo? En­gatusando a la soberana, induciéndola a atravesar el Portal y a plantarse en el universo de los vivos.

Tanis sintió que una invisible estocada ensartaba su estómago. Quedó sin resuello. Transcurrieron unos segundos antes de que, encrespadas las manos en el brazo de la butaca hasta el punto de que los nudillos se le tornaron blancos, atinara a protestar:

—Es una locura. En la Guerra de la Lanza la aba­timos con penas y trabajos. Sobrevendrá una catás­trofe si ese chiflado le franquea el acceso a Krynn.

—Es a mi Orden, como ya he indicado, a quien corresponde impedirlo —concretó el aprendiz.

—He comprendido cuál es tu deber, tu sagrada mi­sión. Sin embargo, algo no encaja. ¿Por qué nos has convocado? ¿Qué papel desempeñamos en esta obra magna? ¿El de meros espectadores? —le interrogó el héroe, hiriente, ofensivo.

—¡Cálmate, Tanis! —le reconvino Elistan—. Estás nervioso y asustado. Pero, aunque todos comparti­mos tu desasosiego —«salvo ese cronista esculpido en granito», recapacitó el aludido—, nada ganarás dejándote llevar por tus impulsos. Apacigua tu fue­go y apresta el oído, pues presiento que todavía ig­noramos lo peor. ¿Me equivoco, Dalamar? —se diri­gió al oscuro personaje, suavizando el tono de su voz.

—No, Hijo Venerable —confirmó el acólito, y el semielfo percibió un amago de emoción en las rasga­das pupilas de su, en cierta medida, congénere—. Me he enterado de que Kitiara, la Señora del Dragón —sufrió un repentino ahogo—, prepara un asalto a gran escala sobre Palanthas.

Tanis se sumió en sus cábalas. La primera oleada que se desató en su interior fue de rabia, de impo­tencia. «Te lo advertí, Amothus, y también a Porthios y a todos cuantos se empeñan en reptar hasta sus algodonosos y cálidos refugios para, allí recluidos, olvidarse de que hubo una guerra.» La segunda ma­rea fue a la par más serena y lacerante, compuesta como estaba de recuerdos de la ciudad de Tarsis en llamas, el asedio infligido a Solace por los ejércitos draconianos, el sufrimiento y la muerte.

Elistan se demoraba en su discurso pero, en lugar de escucharle, el semielfo se zambulló en sus refle­xiones. Dalamar había citado a Kitiara en su ante­rior relato, y pretendía capturar el contexto de su co­mentario que, esquivo, revoloteaba en los lindes de su memoria. En efecto, cuando el espía de Raistlin aludió a la dama, el nombre de ésta le había arras­trado como en un sortilegio y había dejado de lado las otras explicaciones. Las frases del aprendiz flo­taban ahora en una bruma.

—¡Aguarda! —aulló, eufórico, al recordar y ajeno a la desconsideración en que quizá incurría—. An­tes has asegurado que Kitiara denostaba las accio­nes de Raistlin tanto como nosotros, que le aterrori­zaba la posibilidad de que la Reina se introdujera en el mundo y tal fue el motivo de que encargase al ca­ballero Soth la muerte de Crysania. Si es así, ¿por qué se propone atacar Palanthas? ¡No tiene lógica! En Sanction se fortalece cada día que pasa, los Dra­gones del Mal se han congregado en esa urbe y, se­gún los rumores que se propagan a lo largo del te­rritorio, los draconianos que se diseminaron después del conflicto se están reagrupando bajo su mando.

No obstante, Sanction está lejos de esta metrópoli. Los Caballeros de Solamnia impedirán su marcha, los reptiles bondadosos se alzarán de su letargo en cuanto sus acérrimos enemigos se enseñoreen de los cielos. ¿Por qué arriesgarse a perder todo lo que ha conquistado? ¿Con qué objeto?

—Si mis datos no son erróneos, te une una vieja amistad a la Señora del Dragón —insinuó Dalamar, mordaz en su misma cortesía.

El héroe se atragantó, tosió y balbuceó unas síla­bas entrecortadas.

—¿Cómo? —El elfo oscuro se hizo el sordo. Era evi­dente que se complacía en mortificarle.

—¡Sí!

La confesión surgió en un alarido. Al detectar la severa mirada de Elistan.Tanis se recogió en su asiento sin palparse la encendida epidermis.

—Tus apreciaciones son del todo exactas —le ala­bó el mago, con un acento socarrón que se reflejaba en las ligeras arrugas de sus facciones—. Al princi­pio, a Kitiara le espantaron las maquinaciones de Raistlin. No por lo que al hechicero pudiera acontecerle, sino porque quizá su osadía le acarrearía con­secuencias nefastas como oficial de rango de Su Os­cura Majestad. No le seducía la perspectiva de que la soberana desahogara su cólera en ella. Pero eso fue —el narrador se encogió de hombros— mientras no le cupo ninguna duda de que el nigromante per­dería en la pugna. Ahora, al parecer, le otorga una probabilidad de triunfo y, obediente a su carácter, trata de subirse al carro del vencedor. Sitiará Palanthas y dispensará a su hermanastro una calurosa acogida una vez emerja éste al otro lado del Portal, ofreciéndole el liderazgo de sus tropas. El poderío de Kit prosperará y Raistlin, si ha acumulado ener­gías suficientes, no hallará dificultad en vincular a su causa a los antiguos aliados de la Reina Oscura.

—¿Kit? —observó el semielfo, satisfecho de pillar en falta a su oponente.

—No te extrañe que emplee ese apelativo familiar —le defraudó el acólito, que permaneció imper­térrito—. Me liga a esa dama la misma intimidad de la que un día gozaste tú.

No duró mucho su flema, que, en un proceso inconsciente, inevitable, se trocó en acidez. El elfo entrechocó las manos, se agitó preso de la furia y Tanis asintió en un signo de comprensión, de solida­ridad con aquel individuo al que, paradójicamente, detestaba.

—Veo que te ha traicionado también a ti —aven­turó, sin disimular aquel curioso sentimiento naci­do en sus entrañas—. Te prometió respaldo, te juró incluso que se mantendría a tu lado y, cuando regre­sara Raistlin, lucharía en tu bando.

Dalamar echó a andar, y el borde de la túnica se le enredó en torno a los tobillos.

—Nunca confié en ella —masculló; les volvió la es­palda y contempló testarudo el fuego, desviando el rostro por temor a delatarse—. Sabía qué enormida­des era capaz de cometer. Su villanía no me pilla des­prevenido.

Estaba enhiesto frente a la chimenea, y el héroe advirtió que se le agarrotaba la mano que tenía apo­yada en la repisa. Comprensivo, respetó su dolor.

—¿De dónde has sacado esa información? —pre­guntó Astinus de forma abrupta. El semielfo dio un respingo, ya que el historiador se había borrado por completo de su mente—. A la soberana no le intere­sa la estrategia bélica. No ha podido ser ella.

—No. —El aprendiz estaba confundido. Resultaba ostensible que sus cavilaciones discurrían por otros derroteros. Suspiró y, encarándose con el inquisiti­vo cronista, le reveló—: Fue Soth, el caballero espec­tral, quien me puso al corriente de los designios de la mandataria.

Una vez más, Tanis tuvo la impresión de que se vol­vía loco. Era como si sus dedos aferrasen la tapia de un edificio —la realidad— y un ente ignoto le arran­case de su agarradero. Frenético, buscó en su inte­rior un saliente de lucidez donde asirse. Se precipi­taba en una sima poblada de alucinaciones: magos que espiaban a otros magos, clérigos de la luz ali­neados junto a hechiceros de las tinieblas, la oscu­ridad confraternizando con el Bien, en contra de sus propias huestes, una luminosidad que se fundía en las sombras...

Soth es un servidor incondicional de Kitiara —constató, para refrescar más su propia memoria que la de los otros—. ¿Por qué había de perjudicar­la confabulando contigo?

Dalamar se volvió. Se cruzaron las pupilas de los dos primos de raza y, durante el tiempo que se pro­longa un palpito, se anudó un lazo entre los dos, el eslabón de una cadena que forjaban el mutuo enten­dimiento, las desventuras paralelas, un único supli­cio y las pasiones derrochadas en un mismo cuer­po. Tanis adivinó lo que estaba sucediendo, y su alma se convulsionó.

—Le conviene que ella muera. Así podrá poseerla —aclaró el espía, aunque era ya innecesario.

 

 

 

 

 

 

4

Una infancia atormentada

 

 

Un muchacho caminaba por las calles de Solace. No era atractivo para sus vecinos, y lo sabía; a decir verdad, se conocía mejor a sí mismo, sus recursos y los entresijos de su mente, de lo que era habitual en un joven de sus años. Claro que pasaba mucho tiempo encerrado en su soledad, precisamente por­que a nadie gustaba y todos rehuían a tan sapiente criatura.

Hoy, sin embargo, el introvertido joven no estaba solo. Le acompañaba Caramon, su hermano gemelo. Raistlin, que así se llamaba el muchacho, refunfu­ñó, avanzó arrastrando los pies por el polvo de la ca­lleja y observó cómo éste se elevaba, en densas nu­bes, a su alrededor. No paseaba en solitario, pero en cierto sentido su aislamiento se hacía más patente cuando Caramon se hallaba a su lado. Todo el mun­do dirigía amables saludos al simpático, apuesto muchachote; nadie le dedicaba a él una palabra. Los otros adolescentes le pedían a Caramon que se inte­grase en sus correrías, sin invitar jamás a Raistlin. Las muchachas solicitaban la atención de Caramon mediante picaras y soslayadas miradas, rebosantes de esa coquetería que únicamente las mujeres cono­cen; pero, pese a la proximidad del hermano, ningu­na se percataba de su presencia.

—Caramon, ¿te apetece jugar a «reyes y castillos»? —propuso una voz.

—¿Qué opinas, Raist? —consultó el aludido a su acompañante, iluminado su rostro por el entusiasmo.

Fuerte y altletico, poseedor, aunque en embrión de las cualidades de un guerrero, el joven Caramon dis­frutaba en aquellos simulacros de batallas feudales, donde reinaba la brutalidad y se exigía de los parti­cipantes cierta dosis de esfuerzo y resistencia. Ése era el motivo de que a Raistlin, de naturaleza ende­ble, no le interesase. No tardaría en fatigarse y, ade­más, a la hora de formar los bandos, todos regaña­rían por su causa, porque nadie querría admitirle en su grupo.

—No, yo no estoy de humor —rehusó—. Pero eso no significa que no puedas ir tú. Vamos, únete a ellos —animó a su gemelo.

—Prefiero quedarme contigo —decidió Caramon. Aunque resignado, no pudo disimular su desencanto.

Raistlin notó que un nudo le aprisionaba la gar­ganta y la boca del estómago.

—Estaré más tranquilo si juegas. Me entristece pensar que yo te privo de hacer tu voluntad —persistió.

—Me inquieta tu aspecto, Raist —se obstinó tam­bién Caramon—. Tengo la sensación de que te en­cuentras mal. Por otra parte, no creas que me emo­ciona la perspectiva de perseguir a esos mequetrefes. ¿Por qué no me enseñas el truco de las monedas, el que antes practicabas?

—¡No me trates así! —se encolerizó el aprendiz de mago—. ¡No te necesito! ¡Deja de merodear a mi al­rededor naciéndote el mártir! Diviértete junto a ese hatajo de atolondrados, al fin y al cabo eres igual que ellos. ¡Me repugnáis! ¡No os soporto!

Frente a semejante explosión, el corpulento mozo se desmoronó. Raistlin se sintió como si hubiera ex­pulsado a puntapiés a un molesto perro, pero este hecho no hizo sino intensificar su ira. Se detuvo y se plantó de espaldas a su compungido hermano.

—Si tal es tu deseo, lo acataré —accedió éste.

Espiándole por encima del hombro, el susceptible joven constató que el muchachote corría al encuen­tro de los otros zagales y, ajeno, dentro de lo posi­ble, a los gritos y las risas que compartían, se sentó en un rincón umbrío y se puso a estudiar. Pronto el embrujo del arte arcano eclipsó la polvareda, la algarabía y la dolida expresión de su gemelo. El neó­fito fue transportado a un país encantado donde gobernaba los elementos, encauzaba la realidad y la doblegaba a sus designios.

Pero tuvo que soltar el libro que leía, que fue a pa­rar a sus pies. Sobresaltado por la brusquedad con que se lo habían arrebatado, alzó la vista y descu­brió a dos adolescentes de edad similar a la suya. Uno de ellos sostenía una vara, una tosca rama que utilizó, tras apartar el libro con la punta, para azu­zar a Raistlin en el pecho.

«Sois unas lombrices —insultó el agredido a aque­llos fanfarrones, aunque en silencio—. Unos insigni­ficantes parásitos que no sirven para nada.» Ignoran­do la punzada que hería su torso, y la vida insectívora que le acechaba, estiró la mano a fin de alcanzar el valioso tomo. El muchacho del bastón pisoteó sus dedos.

Espantado, sí, pero más aún furioso, el novicio se incorporó. Las manos eran su vida: con ellas mane­jaba los delicados ingredientes de hechicería, con ellas trazaba los esotéricos símbolos que anuncia­ban grandes maravillas y, algún día, con ellas libe­raría las fuerzas ocultas del universo.

—Dejadme en paz —ordenó, desdeñoso, tranqui­lo, aunque el centelleo de sus ojos y una extraña resonancia en su voz hicieron recular a los provo­cadores.

Lamentablemente, se había formado un corrillo de curiosos. Los otros muchachos, frente a la promesa de una reyerta divertida, habían abandonado el jue­go para presenciar el enfrentamiento y, al saberse observado, el adolescente de la vara resolvió que no podía dejarse amilanar por aquel delgaducho, visco­so y serpenteante gusano.

—¿Qué pretendes hacer? ¿Convertirme en sapo? —se burló de su adversario.

En medio de la algazara general, en la mente de Raistlin se formaron los versículos de una fórmula mágica. No era aquél un encantamiento adecuado para un no iniciado como él, ya que sólo debía utili­zarse con fines destructivos y en casos de peligro ex­tremo. Su maestro le daría una seria reprimenda al enterarse. Se esbozó en sus finos labios una aviesa, taimada sonrisa y el rival, que estaba desarmado, más sensible a la mueca y a la expresión de su ros­tro que su jactancioso amigo, se apartó unos pasos.

—Vámonos —aconsejó al compañero.

Pero el interpelado se mantuvo inmóvil en su pues­to de combate, como si hubiera echado raíces. El aprendiz arcano distinguió entre el gentío, en segun­da o tercera fila, la figura de su hermano, que exhi­bía una expresión de cólera. Indiferente, comenzó a entonar el cántico.

No había recitado media docena de palabras cuan­do se paralizó. ¡Algo iba mal! No lograba recordar la continuación, y el sortilegio no produciría efecto a menos que lo invocara íntegramente. Las sílabas se combinaban a su antojo, en desorden y carentes de la imprescindible cadencia rítmica. Nada suce­dió, salvo que los presentes le abuchearon y el mu­chacho de la vara la enarboló para clavársela en el estómago, derribarle y privarle del resuello.

A gatas, Raistlin trató de respirar. Alguien le pro­pinó un puntapié, el bastón se partió en su espalda, le zarandearon y vapulearon hasta que rodó sobre sí mismo, revolcándose en el polvo y cubriéndose la cabeza con los brazos sin que éstos le brindaran, sin embargo, mucha protección. Era una lluvia de gol­pes lo que se había desencadenado.

—¡Caramon, ayúdame! —gimió a la desesperada.

—Si no me equivoco, antes afirmaste que no me necesitabas —repuso una voz firme, cavernosa.

Una piedra se estrelló contra su cráneo. Intuyó, pese a que no localizaba su posición, que era su ge­melo quien la había arrojado. Estaba a punto de des­mayarse, varios pares de manos le arrastraban por la calzada y, antes de que pudiera protestar, le des­colgarían en un pozo negro, inescrutable y muy frío. Se precipitaría a través de una noche infinita, de per­petuo invierno, y nunca llegaría al fondo, porque, era consciente, no existía tal en aquel agujero.

Crysania examinó su entorno. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba Raistlin? Unos momentos antes, el mago se reclinaba extenuado en su brazo; pero, de pronto, se había evaporado y la había dejado sola, desamparada, en el centro de una enigmática aldea.

¿Era tan enigmática como suponía? La asaltó la vaga noción de haberla visitado en el pasado, ésta u otra muy similar. Circundaba a la sacerdotisa un bosque de vallenwoods, provistos de un frondoso ramaje donde se asentaban las casas. En uno de los árboles había una posada y, cerca de la enseña, un poste indicador donde leyó la palabra Solace.

«¡Esto sí que es raro!», se dijo, oteando de nuevo el panorama. De acuerdo, era la ciudad adonde re­cientemente la había conducido Tanis el Semielfo por residir allí Caramon. Sin embargo, algo había cam­biado. Las construcciones poseían iguales características en su conjunto, pero una aureola rojiza teñía la atmósfera y los objetos hasta distorsionar­los. Habría querido frotarse los ojos para despejar su visión, como si fueran sus retinas las que defor­maban el paisaje.

—¡Raistlin! —exclamó.

No obtuvo contestación y, aunque el paraje esta­ba habitado, aquellas gentes pasaban por su lado como si no la vieran ni oyesen. Llamó de nuevo al nigromante, cada vez con mayor vehemencia. ¿Qué había sido de él? ¿Cómo podía haber desaparecido de un modo tan repentino? ¿Acaso la Reina Oscura lo había transportado lejos de su influjo?

En un caos de incertidumbre, aturdida, creyó de­tectar los ecos de una conmoción. Vibró en sus tím­panos un griterío de voces jóvenes, casi de niños y, por encima de la batahola, surgió el timbre angus­tiado de alguien que pedía socorro.

Giró sobre sus talones y reparó, a escasa distan­cia, en un grupo de adolescentes apiñados en torno a un fardo de contorno humano. Decenas de puños surcaban el aire en busca del amasijo, los pies no les iban a la zaga y, en un momento dado, alguien alzó un bastón y asestó un despiadado golpe. Crysania miró a derecha e izquierda, pero los habitantes de Solace no dieron muestras de inquietarse. Se diría que aquella violenta escena era un hecho cotidiano.

Tras recogerse con una mano la holgada falda del hábito, la sacerdotisa corrió hacia el círculo de ata­cantes y, al aproximarse, comprobó que la figura que azotaban era también un muchacho. ¡Aquellos sal­vajes le estaban matando! Horrorizada, aceleró la marcha y asió por la nuca al primer chiquillo que se le puso a su alcance, con la intención de apartar­lo. Su contacto hizo que la proyectada presa se vol­viese y la sacerdotisa, frente a la insólita apariencia que presentaba, retrocedió alarmada.

Tenía la faz blanquecina, cadavérica. La piel for­maba una película tirante sobre los huesos, ribetea­ba los labios el matiz violáceo de la muerte y, cuan­to su oponente abrió la boca en un feroz gruñido, Crysania se enfrentó a sendas ristras de colmillos negros y putrefactos. Sedienta de sangre, aquella cria­tura engendrada por artes diabólicas extendió hacia la mujer sus garras retráctiles y sus uñas le araña­ron la carne de tal manera que, cual si de una mor­dedura de ofidio se tratase, un agudo y paralizante dolor se difundió a través de sus venas. Jadeando, hubo de soltar al demonio. Éste, ensanchado su ros­tro en una perversa mueca de placer, reanudó su ta­rea de torturar al infeliz postrado.

Mientras la sacerdotisa inspeccionaba su herida, los estigmas rezumantes que el monstruo le había dejado en el brazo, un nuevo plañido del indefenso muchacho puso momentáneo freno al mareo que amenazaba con fulminarla.

—Paladine, auxíliame —oró, hondamente conmo­vida—. Infúndeme ánimos.

Reconfortada tras la breve comunión con su dios, Crysania atrapó a uno de los falsos muchachos y lo catapultó al espacio para, sin tregua, desembarazar­se por idéntico método de todos cuantos obstaculi­zaban su paso. El círculo se fue despoblando hasta dejarle libre acceso al yaciente. Escudó entonces aquel cuerpo mutilado, inconsciente, con el suyo, alerta a las embestidas de los engendros que aún no había abatido.

Centenares de afiladas uñas rasgaron su epider­mis. El veneno que le inyectaban fluía a raudales por sus entrañas o, al menos, así lo temió la sacerdotisa. No obstante, un poco más tarde se apercibió de que, una vez la habían tocado, los grotescos adoles­centes retiraban la mano en un movimiento reflejo, como si ella también les impusiera un sufrimiento espasmódico. Al fin, desencajados sus rasgos de pesadilla, todos retrocedieron, dejándola —sola y sangrando— con el que fuera su víctima.

Con sumo cuidado, Crysania puso boca arriba al magullado muchacho. Acarició su fino cabello mo­reno, echó hacia atrás un mechón que le caía sobre la frente para examinar su semblante y, trémula la mano, se interrumpió. Los rasgos bien definidos, los frágiles huesos, la barbilla proyectada, todos aque­llos detalles eran inconfundibles.

—¡Raistlin! —susurró y, reconociéndolos también, apretó sus dedos entre las palmas.

El muchacho abrió los ojos. Cuando se incorporó, era ya el hombre de enlutados ropajes.

La sacerdotisa le espió mientras él, deprimido, pa­saba revista a la desvirtuada Solace.

—¿Qué sucede? —indagó, agitada por las convul­siones que la ponzoña arrancaba de su ser.

—Es su manera de debilitarme —musitó el nigro­mante, más para sus adentros que en respuesta a la pregunta de la mujer—. Su estrategia consiste en za­herirme, en ahondar donde más duele. Y no le es di­fícil hallar los puntos flacos. —Fijó los áureos ojos en Crysania y, sonriente, le reveló—: Te has debati­do en mi lugar, y has salido victoriosa. Ahora debes descansar —agregó, al mismo tiempo que la arropa­ba en sus aterciopelados pliegues y la acunaba en su regazo—. Tu malestar es pasajero. Pronto estarás en condiciones de seguir viaje.

Todavía temblorosa, la sacerdotisa apoyó la cabe­za en el pecho masculino. Inmersa en su calidez, oyó el disonante zumbido del aire en sus pulmones y olis­queó, embriagada, aquella mixtura de fragancia de rosas y fetidez de muerte que exudaba por los poros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

La reticencia de Gunthar

 

 

Éste es el resultado de sus valerosas promesas —murmuró Kitiara sin alzar la voz.

—¿Qué esperabas si no? —preguntó Soth.

Las palabras del caballero, coreadas por el tinti­neo de la añeja armadura, sonaron casuales y al mis­mo tiempo retóricas. Fueron dichas en un tono sin­gular que impulsaron a la sacerdotisa a lanzar una penetrante mirada a su interlocutor. Al notar que los ojos anaranjados de él, relumbrando en sus vacías cuencas, se clavaban en su persona con nueva in­tensidad, la Señora del Dragón se ruborizó. Com­prendió entonces que delataba más emociones de lo aconsejable y, encolerizada, desvió el rostro abrup­tamente.

Mientras recorría la estancia, amueblada con una pintoresca mezcla de armaduras, viejas armas, sá­banas de seda perfumadas y gruesas alfombras de pieles de animales, Kitiara cruzó sobre sus senos ambos ribetes del escotado pectoral de su camisa de dormir, transparente y vaporosa, y se apercibió de que le temblaban las manos. Poco conseguía con aquel gesto en lo concerniente al recato y, además, ni siquiera acertaba a discernir los motivos que la habían impulsado a hacerlo. Nunca la había asalta­do tal arrebato de pudor, y menos aún en compañía de una criatura que se había descompuesto en un montículo de cenizas trescientos años atrás. Pero lo cierto era que se había sentido incómoda frente al escrutinio de los ojos centelleantes de Soth, que la contemplaban desde un rostro inexistente. De pron­to, se sintió desnuda y frágil.

—Nada en absoluto —contestó tardíamente al co­mentario del caballero.

—Después de todo, sólo es un elfo oscuro —pro­siguió él en el tono monótono, casi de tedio, que le caracterizaba—. Nunca ha guardado en secreto que teme a tu hermano más que a la misma muerte. ¿Qué tiene de extraño que elija luchar en las filas de Raistlin en lugar de enrolarse en las de una ca­terva de magos seniles y débiles, que apenas se sos­tienen sobre sus botas?

—¡Pero era tanto lo que podía ganar! —argumentó la mujer, haciendo un esfuerzo para que su acento no desentonara del de su interlocutor y, a la vez, arrebujándose en un pellejo que yacía extendido en su lecho a modo de colcha—. Los hechiceros le ofrecie­ron el liderazgo de los Túnicas Negras, y él mismo me aseguró que nadie sería capaz de arrebatarle el puesto de Par-Salian como mandatario de cónclave, como cabeza suprema del arte arcano en Krynn.

«Habrías obtenido también otras recompensas, elfo oscuro» añadió en su pensamiento, y llenó su copa de vino tinto.

Luego agregó en voz alta:

—En cuanto haya derrotado a mi trastocado her­mano, ¿quién quedará en el mundo capaz de dete­nernos? ¿Qué ha sido de nuestro proyecto de gober­nar juntos, tú con la vara y yo con la espada? Sería magnífico obligar a hincar la rodilla a los Caballe­ros de Solamnia y expulsar de su patria, ¡tu patria!, a los elfos, de tal manera que regresaras triunfante y yo, querido, cabalgase a tu lado.

El tallado recipiente donde escanciara el licor se deslizó de su mano y, aunque intentó atraparlo, su movimiento fue demasiado precipitado y apretó más fuerte de lo debido. El frágil cristal se hizo añicos, que traspasaron su carne. La sangre se confundió con el vino al gotear sobre el mullido suelo.

Las cicatrices de guerra sembraban de recuerdos el cuerpo de Kitiara, tan abundantes como las intan­gibles huellas que dejaran sus amantes. Hasta aho­ra había soportado las heridas sin un pestañeo, pero el liviano incidente de la rotura de la copa convocó un torrente de lágrimas en sus pupilas, manifesta­ciones de un dolor que parecía insostenible.

Había en la sala una jofaina. La sacerdotisa intro­dujo la mano en el agua, sin cesar de morderse el labio para reprimir un inminente grito. El cristali­no líquido se tornó rojo al instante.

— ¡Manda a buscar a uno de los clérigos! —ordenó a Soth, que, impertérrito, permanecía erguido en su proximidad y la estudiaba con las fluctuantes chis­pas de fuego que sustituían a los globos oculares.

Obediente, el caballero espectral llamó a un cria­do y le impartió instrucciones. Éste abandonó la es­cena sin tardanza y Kitiara, profiriendo maldiciones y parpadeando para contener su llanto, se hizo con un retazo de lino y se vendó la mano lastimada. Cuan­do al fin llegó el clérigo, a trompicones a causa de la prisa, el fino tejido estaba empapado y la tez de la mujer se adivinaba cenicienta bajo el perenne bronceado.

El medallón con el Dragón de las Cinco Cabezas que portaba el sacerdote rozó la palma de Kit al in­clinarse éste sobre ella, absorto en musitar plegarias a la Reina de la Oscuridad. Unos segundos más tar­de, se contuvo la hemorragia y la carne se cerró, uni­da por unos invisibles puntos de sutura.

—Los cortes no eran hondos. Las molestias desa­parecerán pronto —dictaminó el clérigo con afabi­lidad.

—¡Más te vale! —le amenazó la dignataria, que aún se debatía contra el irrazonable desmayo que la arrastraba a otras esferas—. Es la mano de la espada.

—Blandirás el acero con la facilidad y destreza acostumbradas, señora —le garantizó el mágico curandero—. ¿Hay algo más que pueda...?

—No, sal de mi alcoba.

—Como quieras —se sometió el aludido con una reverencia—. Adiós —saludó también a Soth y, hu­milde, partió.

Reticente a la idea de enfrentarse al flamígero exa­men de su acompañante, la dama mantuvo la cabe­za ladeada mientras refunfuñaba contra la Orden que representaba aquella criatura en retirada, aquel sacerdote de negro hábito inmerso en el crujir de sus ropajes.

—¡Ineptos! Detesto que merodeen a mi alrededor —les insultó—. Sin embargo, en momentos excepcio­nales reconozco que resultan útiles —rectificó al ob­servar su mano, que, aunque resentida, estaba com­pletamente curada—. Y bien —se dirigió a su fantasmal esbirro—, ¿qué propones que haga con el elfo oscuro?

Antes de que el espectro respondiera, Kitiara se in­corporó y reclamó la presencia de un sirviente.

—Recoge los fragmentos y arregla un poco este de­sorden —ordenó cuando el criado se hubo presen­tado—. Luego tráeme otra copa —agregó, propinando una sonora bofetada al amilanado personaje—, una de oro. ¡Te he repetido un sinfín de veces que abo­rrezco estas bagatelas de factura elfa! ¡Quita todo el juego de mi vista, tíralo!

—¡Tirarlo! —se aventuró a protestar el subor­dinado—. Estas piezas son muy valiosas, señora, proceden de la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas y fueron obsequiadas por...

—¡He dicho que las destruyas! O, mejor todavía, lo haré yo.

Tomada esta resolución, la impulsiva mujer aga­rró las copas una tras otra y las arrojó contra la pa­red del dormitorio. El criado esquivó los proyecti­les que, tras sobrevolar su cráneo, se estrellaban en la piedra, y aguardó hasta que hubo concluido la dignataria, la cual, desahogado su ímpetu, se desplomó en una silla situada en un rincón y cayó en un obsti­nado mutismo.

El sirviente se apresuró a recoger los cristales ro­tos, vaciar la jofaina y renovar el agua. Se ausentó unos minutos y, cuando volvió con más vino y los re­cipientes que solicitara la Dama Oscura, ni ésta ni Soth habían mudado sus posturas. El Caballero de la Muerte continuaba enhiesto en el centro de la ha­bitación, refulgentes sus iris en la creciente penum­bra que convocaba el crepúsculo.

—¿Enciendo los candelabros, señora? —inquirió el discreto camarero, mientras depositaba la bande­ja en una mesita destinada a tal efecto.

—Vete —lo despachó Kitiara con la boca reseca.

Retiróse raudo aquel infeliz, cerrando la puerta tras él. Con pasos inaudibles, el caballero atravesó la alcoba y, tras detenerse junto a la extraviada mu­jer, posó la mano en su hombro. Ella, pese a flotar en sus divagaciones, se encogió al recibir el contac­to de aquellos dedos, cuyo frío congelaba las entra­ñas. Pero no reculó ni hizo ademán de evitarlo.

—Y bien —consultó de nuevo al fantasma, estu­diando el entorno que, ahora, sólo iluminaban sus flamígeros ojos—, ¿cómo interceptaremos a esos in­sensatos de Dalamar y Raistlin? ¿De qué forma im­pediremos que la Reina nos aniquile a todos?

—Debes atacar Palanthas —le recomendó Soth.

 

 

—Creo que puede hacerse —masculló Kitiara, tam­borileando con la empuñadura de la daga sobre su muslo.

—Tu plan es realmente ingenioso, señora —la felici­tó el primer oficial de sus tropas, impregnada su voz de una admiración que no trató de disimular.

Aquel individuo, un humano entrado en la cuaren­tena, había escalado los peldaños de la carrera mili­tar hasta ocupar su actual dignidad sin reparar en intrigas, traiciones y asesinatos para lograrlo. Así, tenaz y poco escrupuloso a la hora de plasmar sus ambiciones, se había ganado el nombramiento de ge­neral del ejército de los Dragones. Encorvado, caren­te de apostura y desfigurado por una cicatriz que le surcaba el rostro, nunca había degustado los favo­res que su adalid prodigaba entre sus capitanes más apuestos, pero no había perdido la esperanza. Al es­piar la reacción que producía su halago, advirtió que en la habitualmente fría y severa faz de la dama pren­día la luz de la complacencia. Incluso se dignó sonreírle y separar los labios en aquella ambigua mue­ca que tan bien sabía utilizar y que hizo que se acelerase el pulso masculino.

—Me alegra comprobar que la falta de práctica no ha anquilosado ese sexto sentido —la alabó también Soth, y su voz incorpórea se difundió en mil ecos por la sala de cartografía.

El oficial se estremeció. A pesar de haber comba­tido junto al Caballero de la Muerte y sus guerreros de ultratumba en defensa de la Reina Oscura, de haber librado innumerables batallas en el mismo bando, era incapaz de mostrarse indiferente ante la gélida aureola de eternidad que le circundaba, que le envolvía, tan amorosa como la capa guardaba la abollada armadura donde se dibujaba el emblema de su hermandad.

«¿Cómo le resiste ella? —se escandalizó para sus adentros —. Se rumorea que hasta tiene libre entra­da en sus aposentos privados.» Tal ocurrencia tuvo el don de normalizar los latidos de su corazón. Qui­zá, después de todo, las mujeres esclavas no eran tan terribles. Al menos, cuando uno estaba solo con ellas en la noche poseía la certeza de que nadie le ace­chaba.

—¡Claro que no! —se revolvió Kitiara contra la ob­servación de Soth, tan furiosa que el humano se agi­tó turbado, ansioso por encontrar una excusa que le permitiera dejarles.

Las circunstancias le favorecían. Dado que la ciu­dad entera de Sanction se preparaba para entrar en liza, no era demasiado difícil inventar un pretexto ve­rosímil.

—Si no me necesitas, señora —se despidió, con una reverencia en señal de respeto—, debo controlar los trabajos de aprovisionamiento en la armería. Hay mucho que hacer, y el tiempo apremia.

—Cumple con tu deber —le autorizó Kitiara, ausente, puesta la vista en el enorme mapa que, gra­bado en las losetas, se extendía en el suelo bajo sus pies.

Dando media vuelta, el militar comenzó a alejar­se entre el repiqueteo de su espadón contra las pie­zas metálicas de su atuendo guerrero. No obstante, antes de que cruzara el umbral, le detuvo la voz de su jefe.

—¿General?

—¿Sí, señora? —indagó, solícito, y se volvió hacia ella.

La dama vaciló, como si buscase las palabras ade­cuadas; luego formuló su invitación:

—Quizá te apeteciera cenar hoy conmigo. Soy cons­ciente de que es un poco tarde. Ya habrás concerta­do alguna otra cita.

El aludido, confundido, titubeó y notó que sus pal­mas se humedecían con un sudor frío.

—Si he de serte sincero, confesaré que, en efecto, he adquirido un compromiso previo —mintió—. Pero podría aplazarlo.

—De ningún modo —rehusó Kit, y un suspiro de alivio mal disimulado ensanchó su faz—. No hay ra­zón para ello. Quedas disculpado. Otra vez será.

El hombre, aún desconcertado, giró de nuevo so­bre sus talones y se dispuso a abandonar la sala, pero, antes de desaparecer, vislumbró los ojos ígneos del caballero espectral, que se habían fijado en un punto insondable.

Recapacitó que, si era a él a quien escrutaban, de­bía organizar una auténtica velada íntima a fin de no levantar suspicacias. Mientras caminaba por el largo corredor, decidió ordenar que condujeran a su alcoba a una de las muchachas esclavas, a su favorita.

—Creo que te conviene relajarte. ¿Por qué no te concedes una noche de placer? —sugirió Soth a Kitiara en cuanto las pisadas del oficial se hubieron alejado en el pasillo del cuartel general de la dignataria.

—Como bien ha apuntado nuestro amigo —aludió la mujer al esbirro que acababa de irse—, la tarea es dura y el plazo breve.

Se concentró por completo en el estudio del docu­mento cartográfico. Se hallaba erguida sobre el lu­gar designado como Sanction, y revisó la senda hasta el extremo noroccidental de la estancia donde, señalada en el seno del nido protector que le proporcionaban sus colinas, figuraba Palanthas.

Siguiendo su mirada, el descarnado fantasma re­corrió la distancia entre ambas urbes. Hizo un úni­co alto, en la representación de un paso montañoso señalizado con el nombre de Torre del Sumo Sacer­dote.

—Los Caballeros de Solamnia intentarán obstacu­lizar tu marcha en este lugar —anunció—, el mismo donde te opusieron resistencia en la Guerra de la Lanza.

La mandataria ensayó una torcida sonrisa, sacu­dió su rizada melena y echó a andar hacia Soth, si­nuoso su contoneo como no lo había sido semanas atrás.

—Ya me imagino el espectáculo —se mofó— de to­dos los aguerridos soldaditos formados en filas per­fectas. —De pronto, recobrada de las tribulaciones que la acosaron hasta unos minutos antes, estalló en carcajadas—. Su expresión cuando vean la sorpresa que les deparamos merecerá todos los sinsabores que hayamos podido sufrir en la campaña.

De pie sobre la Torre, la aplastó con el talón y, avan­zando unos pasos más, se plantó en los aledaños de Palanthas, su objetivo.

—Al fin —siseó, serena y cruel—, la bella y majes­tuosa dama saboreará la amarga humillación de ser traspasada en lo más tierno de su carne por el acero. —Complacida, se encaró de nuevo con el Caballero de la Muerte—. Lo he pensado mejor, quiero que el general comparta mi cena. Envíale aviso de que le espero.

Soth expresó su aquiescencia con una inclinación de la translúcida cabeza y su divertida complicidad con unos destellos en las órbitas oculares.

—Tenemos que discutir ciertas estrategias milita­res —concluyó la mujer, y empezó a desabrocharse las hebillas de su armadura—. Hemos de hablar sobre flancos desprotegidos, grietas en los muros...

 

 

—Procura calmarte, Tanis —rogó el caballero Gunthar con la mejor de las intenciones—. Estás so­breexcitado.

Tanis el Semielfo, pues no era otro al que el anti­guo comandante, hoy coronel, exhortaba a la tran­quilidad, farfulló algo.

—¿Qué gruñido ha sido ése? —interrogó el caba­llero, a la vez que daba media vuelta y tendía a su nervioso interlocutor una jarra de rica cerveza, la más sabrosa de la región (extraída del barril que se hallaba junto a la escalera de la bodega).

—Decía que tienes razón, que no hay manera de apaciguar mis alterados ánimos —repuso el semielfo.

No habían sido aquéllas sus palabras, pero era innegable que resultaban más adecuadas en una entrevista con el adalid de la Orden solámnica que las que en realidad susurró.

El coronel Gunthar uth Wistan se atusó los largos mostachos, símbolo ancestral de su hermandad y úl­timamente muy en boga entre sus miembros, a fin de ocultar su sonrisa. Había oído los velados renie­gos de Tanis, cosa inevitable dada su proximidad, y meneó la cabeza. ¿Por qué no se había expuesto se­mejante asunto a la milicia? Ahora, además de pre­pararse para sofocar el que había de ser un frustra­do levantamiento de una parte de las facciones enemigas, se vería obligado a tratar con un apren­diz de nigromante, un clérigo de albo hábito, un hé­roe desquiciado y un bibliotecario. Suspiró, medita­bundo, sin dejar de atusarse los extremos del bigote.

—Siéntate, ponte cómodo —ofreció en voz alta a su visitante—. Caliéntate junto al fuego. Has hecho un prolongado viaje y el aire es glacial para la esta­ción. Los navegantes comentan la fuerza desusada de los vientos de poniente u otro tecnicismo similar. Confío en que tu periplo haya sido placentero a pesar de esas huracanadas ráfagas. No me importa admitir que prefiero los grifos a los dragones.

—No he volado, eminente Gunthar —intervino Ta­nis, tenso, sin moverse—, hasta Sanscrit para conver­sar acerca de los elementos o las ventajas de unos animales de monta sobre otros. Estamos en grave peligro, no sólo en Palanthas sino en el resto de nues­tro mundo. Si Raistlin sale victorioso de su empe­ño... —Apretó el puño, falto de expresiones verbales con las que exteriorizar sus sentimientos.

Tras llenar su propia jarra del pequeño tonel que Wills, su viejo criado, subiera de las cavas subterrá­neas, Gunthar se acercó al huésped y, apoyándole una mano en un hombro, le obligó a girarse hacia él.

—Sturm Brightblade solía referirse a ti en térmi­nos laudatorios —rememoró—. Junto con tu esposa Laurana, os consideraba sus más íntimos amigos.

El semielfo, cabizbajo, desvió la mirada. Hacía ya más de dos años de la muerte de Sturm, pero no po­día pensar en la pérdida de tan querido compañero sin apenarse.

—Te habría brindado mi afecto tan sólo a tenor de esa recomendación, ya que siempre profesé al valien­te caballero una estima equiparable a la que me ins­piran mis propios hijos —continuó el mandatario—, de no haber llegado a admirarte por mi propia ini­ciativa, joven Tanis. Tu bravía conducta en la batalla es un hecho incuestionable, tu honor y nobleza te ha­cen digno de pertenecer a nuestra estirpe. —El aludi­do frunció el entrecejo frente a aquel discurso sobre las virtudes sagradas que se le atribuían, pero Gunthar no se percató—. Los homenajes que te fueron rendidos al concluir la contienda los merecías de so­bra, mientras que el trabajo que has realizado en el período de paz debe tildarse de sobresaliente. Laurana y tú habéis forjado la alianza de naciones que llevaban varios siglos divididas, Porthios ha firma­do el tratado y, en cuanto los enanos de Thorbardin elijan a su nuevo rey, también ellos estamparán su rúbrica.

—Me abruman tantos elogios, mi generoso anfi­trión —le agradeció el semielfo, con la jarra de cer­veza intacta en la mano y la vista fija en el hogar—. Ojalá me los hubiera ganado. De todos modos, te que­daré muy reconocido si me revelas en qué río ha de desembocar este afluente de miel y de mirlos, como reza el proverbio.

—Compruebo que la naturaleza humana de tu ser prevalece sobre la otra —apuntó el caballero con una sonrisa, ahora franca—. De acuerdo, pasaré por alto las amenidades elfas e iré directamente al meollo de la cuestión. Creo que las experiencias que habéis vi­vido han exacerbado vuestras aprensiones, las tuyas y las de Elistan. Seamos honestos amigo mío: no eres un auténtico guerrero, nunca fuiste adiestrado en las artes marciales y, si participaste en la guerra, fue un accidente el que te involucró. Deseo mostrarte algo. Ven conmigo.

Frente a tan imperiosa demanda, Tanis apoyó su colmada jarra en la repisa de la chimenea y dejó que le guiase la firme mano del coronel. Atravesaron la sala, amueblada según los requisitos de la Orden, a saber, mediante piezas austeras pero confortables. Era ésta la estancia donde se celebraban los conse­jos bélicos, y tal era el motivo de que adornasen las paredes escudos y armas, así como banderas que exhibían los emblemas de los tres grupos de la her­mandad, la Rosa, la Espada y la Corona. Numerosos trofeos ganados en las esporádicas justas que se convocaban en las ocasiones muy especiales reful­gían en las vitrinas, que los preservaban de los es­tragos del tiempo. En un lugar destacado, ocupando toda la longitud del muro, había una Dragonlance, la primera que fraguara Theros Ironfeld. A su alre­dedor se podía observar una variopinta colección de dagas de goblins, la aserrada hoja de un acero dra­coniano, un enorme espadón de doble filo conquis­tado a un ogro y los restos del arma que, en su día, blandiera el malogrado caballero Derek Crownguard.

Constituía aquél un impresionante despliegue, que atestiguaba los servicios prestados a Krynn por múl­tiples generaciones de paladines solámnicos. No obs­tante, Gunthar cruzó sin dedicarle una ojeada y se encaminó hacia un rincón, donde se recortaba una mesa de notorias dimensiones. Debajo de la vetusta tabla, en unas casillas dispuestas a tal electo y con su correspondiente etiqueta, se hacinaban distintos mapas primorosamente enrollados y, a pesar del atiborramiento, en aceptables condiciones. Tras estu­diar unos instantes los compartimientos, Gunthar se agachó, extrajo un documento y lo extendió encima de la superficie del mueble. Hizo a Tanis un gesto para que se aproximara y éste, rascándose la barba e intentando parecer interesado, obedeció.

El dignatario de los caballeros se frotó, satisfecho, las manos. Era evidente que se encontraba a gusto en su propio terreno.

—Utilicemos   la   lógica,   mi   querido   huésped —propuso—, la lógica desnuda, pura y sencilla. Los ejércitos de la Señora del Dragón están en Sanction —señaló el punto—, arracimados y concentrados, sin refuerzos en otros enclaves. Admito que su cabeci­lla es una mujer poderosa y que la respaldan hor­das de draconianos, goblins y mercenarios que estarían encantados de desencadenar una segunda catástrofe. Acepto también, puesto que así me lo han comunicado nuestros espías, que en las últimas semanas ha aumentado la actividad en esos confines y, por consiguiente, que la Dama Oscura trama algo. ¡Pero de ahí a atacar Palanthas! En nombre del Abis­mo, Tanis, observa la magnitud del territorio que tendría que cubrir, bajo la jurisdicción en su mayor parte de mis hombres. Aunque poseyera tropas suficientes para abrirse paso entre nuestros exper­tos luchadores, sus caravanas de abastecimiento habrían de seguir una ruta en exceso larga, necesi­taría un contingente tan nutrido como sus propias fuerzas de combate a fin de guardarla. Cortaríamos el suministro en una docena de sitios, y sin la me­nor dificultad.

Una vez más, se retorció las puntas de los mosta­chos e hizo un alto antes de proseguir, en estos tér­minos:

—Si algún conductor de nuestros adversarios se granjeó mi respeto durante la conflagración anterior fue Kitiara, mi buen Tanis. Es despiadada y ambi­ciosa, pero también inteligente y, en consecuencia, poco proclive a correr riesgos fortuitos. Ha espera­do dos años, en los que ha congregado a sus disper­sos partidarios y fortificado sus defensas donde no osamos agredirla, algo de lo que es consciente. Es mucho lo que ha conseguido para tirarlo todo por la borda en un plan tan desatinado como el que sugieres.

—Quizá no es ésa la línea de actuación que se ha trazado —aventuró el semielfo.

—¿Acaso existe otra? —preguntó Gunthar, con la paciencia del anciano frente al niño testarudo.

—¡Lo ignoro! —se violentó el interrogado—. Afir­mas respetarla, aunque quizá no es bastante. ¿La temes? ¿Intuyes siquiera de lo que es capaz? Yo la co­nozco, y tengo la sensación de que una idea maquia­vélica ha cruzado por su retorcida mente.

Se quebró su acento al mencionar tan repetida­mente a su antigua amante, y tuvo que refugiarse en la contemplación del mapa. El caballero guardó si­lencio, ya que había oído extraños rumores sobre aquel joven y la llamada Kitiara y, aunque nunca les dio crédito, juzgó oportuno no profundizar en el gra­do de intimidad que alcanzó su huésped con la mujer.

—No crees una palabra, ¿verdad? —le abordó Tanis de forma abrupta.

Turbado, pillado por sorpresa, Gunthar se alisó los hirsutos bigotes e, inclinándose, empezó a enrollar el mapa con un celo antinatural.

—Tanis, hijo, sabes que te has hecho acreedor a mi más sincero elogio...

—Sí, ya hemos discutido antes mis merecimientos.

—Y que —continuó el coronel sin hacer caso de la interrupción— no hay nadie en Krynn a quien reve­rencie tanto como a Elistan. Pero me colocas en una situación espinosa al presentarte aquí y relatarme la historia que, a su vez, te ha narrado a ti un Túnica Negra, y de la raza elfa por añadidura, acerca de Raistlin, de su proyecto de penetrar en el Abismo y desafiar a la Reina de la Oscuridad. No, peor toda­vía —rectificó—, pretendes convencerme de que ese inefable hechicero ha puesto en práctica con éxito tan desmesurada empresa. Ya no soy joven, en nin­gún aspecto, y te aseguro que he asistido a singula­res fenómenos a lo largo de mi existencia. No obs­tante, las nuevas que me has transmitido se asemejan sospechosamente a esos cuentos que tanto gustan a los niños cuando el sueño se muestra esquivo.

—Eso mismo dijeron de los dragones —persistió su interlocutor, sonrojado su rostro bajo la barba. Mantuvo unos momentos la cabeza baja antes de ex­plicar, mesándose la pelirroja maraña que cubría su mentón y con la mirada clavada en el mandatario—: Mi venerado señor, he viajado junto a Raistlin, me he debatido con él y en su contra, he presenciado cómo crecían sus dotes y su malignidad. ¡No hay lí­mites que no esté dispuesto a transgredir para incre­mentar su ya vasta soberanía en el universo arcano! Si mi consejo no te basta, acata al menos el de Elis­tan —le invocó, y zarandeó su brazo—. ¡Te necesita­mos, Gunthar, a ti y a tus caballeros! Debes ampliar la guarnición en la Torre del Sumo Sacerdote. El pla­zo se agota, pues, según Dalamar, en las esferas de la Reina Oscura no existen los conceptos témporales. De modo que, aunque Raistlin se enfrente a la soberana durante meses o años, en nuestro plano sólo transcurrirán días. El elfo oscuro se halla per­suadido de que el retorno de su maestro es inminen­te. Yo no pongo en duda ninguna de sus revelacio­nes, ni tampoco el anciano eclesiástico. ¿Por qué? Porque el aprendiz está asustado. Siente miedo, y nos lo ha contagiado a nosotros.

»Tus espías te han referido el inusitado ajetreo que conmueve la ciudad de Sanction. ¿Qué más eviden­cias precisas? Confía en mí, señor. Kitiara ayudará a su hermano, ansiosa de obtener la recompensa que él debe haberle prometido. Si triunfan, Raistlin, con­vertido en dios, entronizará a la dama y dejará que gobierne el mundo. A ella siempre le atrajo el juego, apostaría su propia vida a cambio de tan apetecible premio. Te lo suplico, Gunthar —exclamó, ferviente, perentorio—, si no quieres escucharme, acompáña­me a Palanthas y entrevístate con Elistan.

El caballero examinó a la porfiada criatura, mez­cla de elfo y humano, que tanta vehemencia impri­mía a sus alocuciones. Si Gunthar había ascendido a su rango como adalid de la Orden era debido, bá­sicamente, a su honradez y ecuanimidad. Era asimis­mo un buen observador del carácter ajeno. Desde que le presentaran a Tanis, después de finalizar la Guerra de la Lanza, el semielfo había despertado sus simpatías. Aunque en seguida captó que algo les se­paraba. Aquel que ahora recibía en calidad de hués­ped se recluía en una aureola de reserva, de aisla­miento, tras una barrera invisible que nadie podía franquear.

Al escrutarle ahora, sin embargo, se sintió más cer­ca del misterioso joven de lo que nunca soñó. Eva­luó la sapiencia que reflejaban sus almendrados ojos, una prudente erudición que había adquirido a tra­vés del dolor, de suplicios interiores. Leyó temor en aquel libro abierto, el temor propio de quien, posee­dor de un arrojo intrínseco, no oculta su desasosie­go. Adivinó en su porte al cabecilla nato, no al que esgrime una espada y organiza la carga de la bata­lla, sino al que se impone de manera pausada, sere­na, arrancando lo mejor de los demás y alentándoles hasta suscitar en ellos virtudes en embrión, que nunca imaginaron atesorar.

Comprendió Gunthar, en definitiva, algo que siem­pre se le antojó oscuro y desentrañable, las motiva­ciones que impulsaron a Sturm Brightblade, cuyo li­naje se remontaba impoluto a antepasados caídos en el olvido por su antigüedad, a seguir a aquel semielfo bastardo, fruto de una brutal violación al decir del siempre entrometido populacho. Entendió la causa de que la Laurana, Princesa elfa y una de las muje­res más fuertes y hermosas que jamás conoció, se declarase dispuesta a sacrificarlo todo en aras del amor de aquel hombre.

—Me avengo, Tanis —murmuró el coronel y se re­lajaron sus facciones, una nota de tibieza enrique­ció el acento fríamente correcto que antes presidie­ra su diálogo—. Iré a Palanthas contigo, movilizaré a los Caballeros de Solamnia y reforzaremos la To­rre del Sumo Sacerdote para prevenirnos contra po­sibles incursiones. Como antes he indicado, nuestros espías anuncian que algo desacostumbrado bulle en Sanction. En cualquier caso, aunque se trate de una falsa alarma, a mis seguidores no les vendrá mal ejercitarse después de tan larga tregua. Todos se be­neficiarán de un período de prácticas al aire libre.

Tomada su decisión, Gunthar procedió a organi­zar un pequeño caos doméstico. Llamó a gritos a Wills, su sirviente personal, y ordenó en una bata­hola arrolladora que le bruñesen la armadura y afi­laran su espada, mientras, en el patio, los caballeri­zos preparaban el grifo. Pronto corrieron de un lado a otro los afanosos criados y el ama que siempre ha­bía residido en la mansión entró, resignada, en la sala, para insistir en que se arropase en su capa fo­rrada de piel, pese a la vecindad de las Fiestas de Primavera, dada la inestabilidad climatológica.

Aturdido en medio de la confusión, Tanis volvió junto a la chimenea, recogió su jarra de cerveza y tomó asiento para saborearla mejor. Pero, después de todo, no la degustó, apenas se mojó los labios. Al contemplar las llamas, vislumbró, una vez más, una sonrisa embrujadora, ambigua, enmarcada en unos tirabuzones de oscuro cabello, no menos irresistibles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

 El maestro

 

 

Crysania no tenía idea de cuánto tiempo llevaban Raistlin y ella recorriendo las tierras distorsionadas, bañadas en matizaciones rojizas que configuraban el Abismo. El transcurso de las horas se había con­vertido en un concepto trivial, intranscendente, ya que en ocasiones le asaltaba la impresión de haber per­manecido en aquellos parajes unos breves segundos y poco después quedaba convencida de que su odi­sea a través del monótono y, a la vez, mudable terri­torio se había prolongado años enteros, sin que esta circunstancia alterase nada. Se había curado de los efectos del veneno, pero se sentía débil, exhausta, y los arañazos que tenía en los brazos no le cicatriza­ban. Cada mañana, si así podía llamarse a la ligera intensificación de la claridad, renovaba las vendas, para hallarlas al anochecer saturadas de sangre.

Estaba hambrienta. Pero su apetito no era tanto la necesidad de alimentos sólidos para conservar la vida como un ansia de saborear una fresa, o un bo­cado de pan recién horneado o, también, una rama de menta. No la acuciaba la sed, pero soñaba a me­nudo en un manantial de agua nítida, en una copa de vino espumeante y en el aroma, tan difícil de per­cibir en el mundo onírico, del té aderezado con canela. En este país el líquido presentaba colores pardos y olía a putrefacción.

Avanzaban, o eso afirmaba Raistlin. El nigroman­te recobraba las fuerzas a medida que la sacerdoti­sa las perdía. Ahora, pues, era él quien ayudaba a su compañera a caminar en los tramos difíciles, quien encabezaba la marcha sin descanso, atravesando una ciudad tras otra y acercándose, según aseguraba a la languideciente mujer, a la Morada de los Dioses. Los pueblos, imágenes distorsionadas de la realidad, que surcaban la región se mezclaban confusos en la mente de Crysania, que no acertaba a distinguir los refugios que-shu de Xak Tsaroth. Cruzaron el Mar Nuevo del Abismo, una singladura espeluznante en la que la dama, al asomarse a la superficie de las aguas, se enfrentó a los semblantes despavoridos de todos cuantos habían muerto en el Cataclismo.

Desembarcaron en un punto que Raistlin identifi­có como Sanction. La sacerdotisa notó que flaqueaban sus energías más que en ningún otro episodio de su itinerario y así se lo comunicó al mago, quien le explicó que era del todo normal puesto que se tra­taba del centro de culto por antonomasia de la Rei­na de la Oscuridad. Los seguidores de la diosa pere­grinaban hasta la urbe desde recónditos confines para adorarla en los templos, construidos en los sub­terráneos de las montañas llamadas Señores de la Muerte. Durante la guerra, según el relato del hechi­cero, se realizaron en tales vericuetos los ritos que metamorfosearon a los incubados hijos de los Dra­gones del Bien en viles y aviesos draconianos.

Nada digno de mención ocurrió durante largo rato, o acaso habría que decir en unos instantes. Nadie se volvió a fin de examinar a Raistlin por segunda vez, nadie reparó en Crysania ni siquiera una, como si fuera invisible. Jalonaron la ciudad de Sanction sin novedad, el archimago más firme y confiado a cada paso. Ya en las afueras, anunció a su acompa­ñante que su objetivo estaba próximo, que la Mora­da de los Dioses se encontraba en una hondonada de las Montañas Khalkist, hacia el norte.

Cómo podía orientarse en aquellos desfigurados paisajes escapaba al entendimiento de la sacerdoti­sa, incapaz de discernir la dirección en que avanza­ban sin la guía del sol, las lunas ni las estrellas. Nun­ca era del todo de noche ni tampoco de día, reinaba una luminosidad intermedia semejante, en su flamí­gera aureola, por igual al alba y al crepúsculo, con la única salvedad de los fugaces tránsitos a los que antes se ha aludido. Pensaba la mujer en tan fantas­males portentos, arrastrando los pies junto al mago y olvidada toda atención al trayecto dada la ausen­cia de hitos, cuando aquél se detuvo de forma repen­tina. Al oírle inhalar aire en un ronco suspiro, al tan­tear su brazo más cercano y hallarlo rígido, Crysania alzó la vista, alarmada.

Un hombre de mediana edad, ataviado con las al­bas vestiduras de un maestro, caminaba por la vere­da hacia la pareja.

 

 

—Recitad las palabras después de mí, recordan­do que es importante darles la inflexión adecuada.

Despacio, pronunció las frases. También despacio, en fiel imitación de su ritmo, la clase las repitió. To­dos excepto uno.

—¡Raistlin!

Se hizo el silencio entre los alumnos.

—¿Maestro?

Fueron tres sílabas, pero el aludido no se molestó en disfrazar el tono de mofa que las ribeteaba.

—No he observado el movimiento de tus labios.

—Quizá se deba a que no los he despegado —replicó el discípulo.

Si algún otro hubiera proferido tan desvergonza­do comentario, los jóvenes estudiantes de hechice­ría habrían intercambiado risas de complicidad, pero todos sabían que Raistlin les profesaba idénti­co desdén que al profesor y, en consecuencia, le espiaron iracundos y se agitaron incómodos en sus pupitres.

—Conoces ya la fórmula del encantamiento, ¿ver­dad, aprendiz?

—Por supuesto que sí —le espetó el muchacho—, desde que tenía seis años. ¿Acaso a ti te la enseña­ron anoche?

El maestro bramó, echando chispas por los ojos y con la faz purpúrea a causa de la rabia:

—¡Esta vez has ido demasiado lejos! No puedo con­sentir que adquieras el hábito de insultarme. El aula se desvaneció del campo de visión del joven, se disolvió en el vacío. Sólo el maestro se man­tuvo inmutable, mientras, bajo su escrutinio, los blancos ropajes que le cubrían se transformaban en una túnica de nigromante. Aquellos rasgos fláccidos, anodinos, de persona insípida se transformaron hasta investirse de la sutil malevolencia de la perversidad, al mismo tiempo que aparecía en derredor del cue­llo un talismán, un enorme rubí a guisa de colgante.

—Fistandantilus —lo reconoció Raistlin, demasia­do asombrado para gritar.

—Volvemos a encontrarnos, aprendiz, aunque en una situación muy diferente. ¿Qué ha sido de tu magia?

El arcano personaje prorrumpió en carcajadas y acarició, con dedos marchitos, la alhaja que pendía sobre el terciopelo.

Un espasmo de pánico estremeció al alumno, res­tituido a su condición de humano adulto. ¿Pregun­taba el archimago por su magia? Se había evapora­do. Consciente del peligro, trémulas sus manos, hizo un esfuerzo para invocar un sortilegio defensivo, pero los versículos giraban en un torbellino en su cere­bro y se deslizaban hacia simas inexpugnables an­tes de que los atrapara en su zarpa. Una bola de fue­go brotó de las llamas de su adversario, y ensayó un angustiado alarido.

«¡El Bastón de Mago!», se dijo de pronto. Sin duda los poderes del cayado no resultaron afectados al in­ternarse en el abismo, así que lo alzó en el aire y, sos­teniéndolo en alto, le exhortó a protegerle. De nada sirvió. El bastón empezó a ondularse y enroscarse sobre sí mismo.

—¡Obedece mi mandato! —le imprecó, con la pre­mura que le dictaban a la par la furia y el terror.

Mientras formaba resbaladizos tirabuzones, el que fuera un objeto inanimado descendió por su brazo. No era ya un bastón sino una descomunal serpien­te, que clavaba los colmillos en su carne.

Entre aullidos lastimeros, Raistlin cayó de rodi­llas y se debatió a la desesperada para eludir la em­ponzoñada mordedura del ofidio. Pero, en su lucha contra un enemigo, había olvidado al otro. Resona­ron en sus tímpanos los intrincados cánticos de un hechizo y, al levantar la vista, constató que Fistandantilus se había esfumado y ocupaba su lugar un es­pectro, un elfo oscuro. Era aquélla la criatura que hubo de derrotar en la fase definitiva de la Prueba.

No había reaccionado a la presencia del muerto viviente cuando éste, a su vez, fue reemplazado por Dalamar. Sin concederle una tregua, el acólito le lan­zó un relámpago ígneo. El proyectil dio paso a una espada, que se incrustó en su vientre hecha daga, es­grimida por un enano barbilampiño.

Un incendio abrasador socarró su piel, el acero en­sartó sus órganos, los colmillos perforaron sus su­dorosos poros. Tuvo la sensación de zambullirse en la negrura, condenado sin remedio, pero en el últi­mo instante le deslumbró un haz de luz blanca, le envolvieron unos pliegues de igual color y le arropó un pecho blando, cálido.

El mago sonrió, pues las convulsiones que casti­gaban aquel cuerpo que escudaba al suyo y los pla­ñidos de dolor le revelaban que las armas lastima­ban a su dueña, a la sacerdotisa, no a él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

El viejo colega

 

 

¡El caballero Gunthar, qué inesperado placer! —saludó Amothus, Señor de Palanthas, poniéndose en pie—. También me alegra mucho verte a ti, Tanis. Presumo que ambos habéis venido para dirigir los preparativos de las celebraciones que se avecinan, la Fiesta de la Paz. Me complace sobremanera que este año podamos iniciarlos con la suficiente ante­lación. Yo o, mejor dicho, el comité y yo pensamos...

—Te equivocas —le sacó Gunthar de su error, a la vez que recorría la sala de audiencias de la máxima autoridad de la urbe y la examinaba con ojo crítico, calculando ya mentalmente qué medidas se tomarían si se hacía imprescindible fortificarla—. El propósi­to de nuestra visita es discutir la defensa de tu ciudad.

Amothus observó con un pestañeo de perplejidad al adalid de la Orden solámnica, que se había acer­cado a la ventana.

—Demasiadas cristaleras —protestó el coronel al cabo de unos segundos, una aseveración que incre­mentó hasta tal extremo el asombro del mandatario que éste, como si fuera culpable, balbuceó una dis­culpa y se inmovilizó desconcertado en el centro de la estancia.

—¿Hemos sido atacados? —se aventuró a indagar, transcurridos unos minutos de inspección por par­te del recién llegado.

Gunthar dirigió a Tanis una penetrante mirada. Con un suspiro, el semielfo recordó a Amothus en actitud de delicada cortesía la advertencia del elfo oscuro, Dalamar, acerca de los planes que había concebido Kitiara, la Señora del Dragón, de entrar en Palanthas a fin de ayudar a su hermano Raistlin, amo de la Torre de la Alta Hechicería, en su lucha contra la Reina de la Oscuridad.

Concluido tan complicado parlamento, que habría sumido en la confusión a cualquiera que no cono­ciera de antemano sus maquinaciones, el digno oyen­te declaró:

—¡Ah, sí! Pero no creo que debáis preocuparos por Palanthas. —Y ondeó una mano displicente, cual si ahuyentara una mosca—. La Torre del Sumo Sacer­dote, Gunthar...

—He dado orden de reforzar la guarnición —re­puso el interpelado, en una brusca interrupción que denotaba su impaciencia—. He doblado el con­tingente de tropas en ese punto estratégico, ya que es allí donde más cruento será el asalto. No existe otro medio de alcanzar Palanthas salvo el mar, y os­tentamos una absoluta supremacía en el elemento acuático. No, el adversario avanzará por tierra si bien, celoso de mi deber, he de tomar precauciones. Quiero estar seguro de que, en el caso improbable de que sufriéramos un revés o nos tendieran una trampa, Palanthas será capaz de salvaguardarse a sí misma.

Ahora que había tomado las riendas de la acción, Gunthar se lanzó a la carga. Saltando imaginaria­mente sobre el obstáculo que le oponía Amothus cuando insinuó, disgustado, la conveniencia de ela­borar las tácticas con sus generales, arreció el galo­pe y no tardó en dejar al mandatario civil asfixiado en la polvareda verbal de sus disquisiciones acerca de la dispersión de los cuerpos de ejército, las re­quisas de abastos, las reservas secretas de material y otros tecnicismos similares. El Señor de la ciudad se dio por vencido, pero, temeroso de herir suscepti­bilidades, se sentó y aparentó interés en la arenga mientras, parapetado tras la máscara de los buenos modales, se abandonaba a otras reflexiones. Todo aquello era una insensatez; Palanthas nunca había sufrido los efectos de una contienda. Quien pretendiera acceder a ella debería franquear antes el obstáculo de la Torre del Sumo Sacerdote y nadie ha­bía logrado romper tal barrera, ni siquiera las fuer­zas del Mal en la última guerra.

Tanis, discreto espectador de la escena, adivinó el distanciamiento mental de Amothus y sonrió. Em­pezaba a preguntarse cómo escaparía, también él, de la matanza por donde ahora discurría la inagota­ble verborrea del caballero, cuando se oyó el repicar de unos nudillos en una de las egregias, áureas y pro­fusamente talladas puertas. El dignatario se incor­poró con la expresión de quien escucha los clarines del rescate, pero antes de que atinara a pronunciar una palabra se abrió la puerta y penetró en la sala un anciano criado.

Charles, procedente de las remotas tribus de Sajonia, estaba al servicio de la casa real de Palanthas desde hacía más de medio siglo. No podían arreglár­selas sin él, y era consciente de este hecho. Se halla­ba al corriente de todo, del número exacto de barri­les de vino que dormitaban en las bodegas, de dónde debía acomodarse a determinado elfo en un ágape protocolario, si al lado de una dama de su raza o me­jor de una humana, como era el caso en los festines de confraternización, incluso de la fecha exacta en que se había ventilado la lencería por última vez. Aunque su conducta fue siempre deferente y respe­tuosa, algo en su manera de torcer el labio implica­ba una exigencia de que el día de su muerte, lo mí­nimo que podía hacer el palacio entero era desmoronarse alrededor de su amo.

—Lamento molestaros, señor —se excusó.

—No te inquietes— le tranquilizó el otro, que no cabía en sí de gozo—. Estás dispensado, te lo garan­tizo en nombre de mis huéspedes y de...

—Pero traen un mensaje urgente para Tanis el Semielfo —terminó Charles, inflexible, con una mue­ca de reproche a su superior por perderse en vague­dades.

— ¡Oh! —exclamó Amothus, incapaz de ocultar su desencanto—. ¿Para Tanis el Semielfo? —se cercioró.

—Así es, señor —confirmó el servidor.

—¿No es para mí? —persistió el adalid palanthiano, viendo que la salvación desaparecía en el horizonte de sus anhelos.

—No, señor.

—De acuerdo. Gracias, Charles. —Amothus suspi­ró, y se dirigió al afortunado— Tanis, será mejor que acompañes...

Pero el semielfo ya había cruzado la sala.

—¿De qué se trata? —interrogó al criado—. ¿No serán noticias de Laurana?

—Os ruego que me sigáis, señoría —eludió el cria­do con su habitual prosopopeya, mientras que, ex­tendida la mano, le invitaba a cruzar el umbral.

Una mirada del enigmático anciano recordó al hé­roe de la Lanza, cuando se aprestaba a salir, que de­bía volverse y saludar mediante una inclinación de cabeza a las dos autoridades presentes. El coronel Gunthar le sonrió y agitó la mano en señal de despe­dida, mientras que Amothus, la máxima dignidad civil de la ciudad, no pudo refrenar la envidia que delataban sus pupilas y tuvo que evitar todo gesto expresivo. Sin más que un leve ademán, el mandatario se hundió en su butaca y se preparó para escuchar una enumeración del equipo que precisaba el aceite hirviendo si había de producir las bajas deseadas.

Con sumo cuidado, Charles cerró la puerta una vez hubo pasado el huésped.

—¿Qué sucede? —le apremió éste, solos ya en el corredor—. ¿Te ha comunicado algo el emisario?

—Sí, señoría —se sinceró al fin Charles, mudán­dose su expresión hasta asumir la dulzura nostálgi­ca del pesar—. No debía revelároslo a menos que fue­ra absolutamente indispensable para liberaros de vuestro compromiso. Elistan, el Hijo Venerable, está en trance de muerte. Quienes le asisten no le augu­ran más que unas horas. Sus ojos han visto ya el úl­timo amanecer.

 

 

El césped del Templo se mecía pacífico, sereno, en la brisa que preludiaba el ocaso. El sol se ponía no con fúlgido esplendor, sino con una luminosidad perlífera que invadía el cielo en un arco iris de suaves colores, un tornasol comparable a una concha marina. Tanis, que esperaba hallar en los aledaños a una muchedumbre ansiosa de nuevas mientras los clérigos de albo hábito corrían de un lado a otro, se sorprendió frente al orden y la calma reinantes. Al­gunos grupos descansaban sobre la hierba como de costumbre, los sacerdotes paseaban junto a los ma­cizos de flores departiendo en tonos quedos o, si es­taban solos, perdidos en silenciosas elucubraciones.

Quizá el emisario se había equivocado o había recibido una información inexacta, decidió el semielfo. Hubo de rectificar, no obstante, cuando pasó por su lado, mientras cruzaba el aterciopelado tra­mo de verdor, una joven novicia. La muchacha alzó el rostro y Tanis descubrió que tenía los ojos enroje­cidos e hinchados a causa del llanto, lo que no le impidió sonreír, secar las huellas de su tribulación y seguir su camino.

De repente el visitante cayó en la cuenta de que ni Amothus, gobernante de Palanthas, ni Gunthar, pa­ladín de los Caballeros de Solamnia, habían sido puestos en antecedentes. Entristecido, comprendió el motivo: Elistan moriría como había vivido, reves­tido de una callada sobriedad.

Un acólito, poco más que un adolescente, salió a su encuentro a la puerta del Templo.

—Bienvenido, Tanis el Semielfo —le susurró—. Aguardan tu llegada. Acompáñame, te lo suplico.

Unas sombras perturbadoras se cerraron sobre el huésped al percatarse de que, dentro del edificio, el duelo era patente. Un elfo tañía el arpa, arrancán­dole armoniosas melodías, y los clérigos formaban corrillos en los que, enlazados sus brazos, compar­tían cierto solaz en aquella hora de prueba. Sin que pudiera evitarlo, las lágrimas nublaron momentánea­mente la visión de Tanis.

—Te agradecemos que hayas regresado a tiempo —continuó el neófito, que, diligente, guiaba al invi­tado hacia las entrañas del Templo—. Temimos que te fuera imposible. Difundimos la inminencia del su­ceso tan sólo entre quienes habían de guardar el se­creto de nuestra consternación, en obediencia a la voluntad de Elistan de partir de este mundo con pla­cidez.

El semielfo asintió de forma brusca, congratulán­dose de que la barba camuflara sus lágrimas de de­caimiento. No se avergonzaba de sus sollozos: circu­laba por sus venas sangre elfa y las criaturas de esta raza consideran la vida como el más sagrado don de los dioses, así que lamentar su pérdida o, de hecho, exteriorizar los sentimientos, es algo natural en ellos, al contrario de lo que les ocurre a los humanos. El motivo de que Tanis prefiriese encubrir su pesadum­bre era el miedo a que tal despliegue abatiera a Elistan. Sabía la gran aflicción que causaba al bonda­doso anciano el conocimiento de la amargura en que su fallecimiento había de sumir a quienes dejaba.

Entraron ambos personajes en una cámara inte­rior donde estaban reunidos Garad y otros Hijos Ve­nerables de ambos sexos, cabizbajos y ocupados en dedicarse recíprocas frases de consuelo. Tras ellos se erguía una puerta cerrada, en la que confluían fur­tivos escrutinios. Tanis no abrigaba la menor duda acerca de quién era el ocupante de la alcoba que se hallaba al otro lado.

Al oír sus pisadas, Garad atravesó la cámara para saludarle.

—Es un alivio que hayas podido desatender tus obligaciones —dijo con acento cordial. Era un elfo Silvanesti, probablemente uno de los primeros con­versos de su pueblo a la religión olvidada decenios atrás—. Nos inquietaba que contestaras a nuestro re­querimiento demasiado tarde.

—La evolución de su enfermedad debe haberse precipitado —murmuró el visitante, incómodo al apercibirse de que, con las prisas, no se había des­prendido de su espada y ahora ésta repiqueteaba en áspera barahúnda en medio del callado entorno.

—Sí, se puso muy grave la noche de tu partida —informó Garad—. Ignoro el contenido de vuestro postrer conciliábulo, pero Elistan recibió un gran im­pacto y no ha cesado de sufrir desde entonces. Nada de lo que hacíamos parecía ayudarle, hasta que se personó en el Templo Dalamar, el aprendiz del nigro­mante. —Al mencionar este nombre, el narrador frunció el entrecejo—. Traía consigo una poción sus­ceptible, según aseveró, de mitigar el dolor. Cómo se enteró de los luctuosos eventos es para mí un misterio, aunque nada me sorprende proviniendo de un habitante de esa extraña mole.

Al proferir esta frase oteó, a través de la ventana, el perfil de la Torre. Su contorno se elevaba desafian­te, cual una sombra fantasmal que negase a los con­gregados la brillante luz del sol.

—¿Le dejaste entrar? —preguntó Tanis, anonadado.

—Yo habría rehusado —afirmó el aludido—, pero Elistan dio órdenes concretas de que se le admitie­ra. Y he de reconocer que su pócima surtió efecto. En cuanto se la administró al agonizante, los ataques cedieron. Ahora el maestro gozará de su pleno dere­cho a morir con serenidad.

—¿Y Dalamar?

—En la alcoba. No se ha movido ni hablado desde que se instaló, se limita a ocupar un rincón y guar­dar silencio. No obstante —puntualizó el clérigo—, su presencia reconforta a Elistan y permitimos que se quede.

«Me gustaría verte en el trance de sugerirle que se vaya», pensó el semielfo.

Se abrió la puerta de la estancia vecina. Los ecle­siásticos alzaron la vista asaltados por un mal pre­sagio, pero era sólo el acólito. El joven novicio había llamado mediante un suave golpeteo y, tras entrea­brirse la puerta, sostuvo una conferencia particular con quien había acudido desde el otro lado. A los po­cos segundos, se volvió e indicó a Tanis que se acer­case.

El semielfo se introdujo en el pequeño, apenas amueblado aposento con el propósito de no armar revuelo, de avanzar sigiloso como aquellos clérigos de hábitos susurrantes y acolchadas pantuflas. Fue inútil: su espada matraqueaba, las botas crujían y las hebillas tintineaban al entrechocar. Para sus pro­pios oídos, el estruendo que provocaba en nada difería del de un ejército de enanos. Ardientes sus pómulos, trató de poner remedio caminando de puntillas. En aquel instante, Elistan giró la cabeza en la almohada y, pese a su ostensible debilidad, se carcajeó.

—Mi  querido  amigo,   cualquiera  que   te  viera deduciría que te has colado aquí para robarme —co­mentó el yaciente, al mismo tiempo que levantaba su mano y se la tendía en actitud afectuosa.

Tanis ensayó una sonrisa, una frustrada tentativa. Oyó cómo cerraban quedamente la puerta a su es­palda y, de manera instintiva, fijó su atención en la tenebrosa figura que oscurecía una esquina. No la inspeccionó mucho rato. Prefirió centrar su interés en aquella criatura que se hallaba postrada en su úl­timo lecho. Arrodillándose junto al anciano, junto al hombre al que había rescatado de las minas de Pax Tharkas y que, merced a su benéfica influencia, ha­bía desempeñado un papel tan importante en su vida y la de Laurana, el semielfo asió la mano que le ofre­cía y la estrechó con fuerza.

—¡Cuánto desearía poder enfrentarme a este ene­migo en tu lugar, Elistan! —exclamó, puesta su mi­rada en la mano fláccida, blanquecina que encerra­ba la suya, firme y curtida.

—No es ningún adversario quien viene en mi bus­ca, Tanis, sino un viejo colega. —El enfermo retiró, sin violencia, la mano para dar al semielfo unas palmadas en el hombro—. Ahora no eres capaz de en­tenderlo, pero te garantizo que algún día lo harás. De todos modos, mi objetivo al mandarte recado de mi situación no era abrumarte con una lastimera despedida, sino encomendarte una tarea.

Hizo un significativo gesto y el acólito, que estaba también en la habitación, dio unos pasos hacia ellos con un cofre de madera y se lo entregó a su supe­rior. El ente de la esquina no pestañeó, se diría que se había convertido en estatua.

Tras izar la tapa del objeto, el moribundo extrajo de su interior un rollo de blanco pergamino. Alcan­zó la palma de Tanis, posó el documento y cerró los dedos sobre él.

—Dale esto a Crysania —encargó a su atento oyente—. Si sobrevive, la sacerdotisa ha de ser mi sucesora como cabeza de la Iglesia. —Iba a enmude­cer pero al ver la expresión dubitativa, reprobatoria que adoptó el semielfo, le aleccionó—: Amigo mío, tú mismo has recorrido las sendas de la noche. Na­die sabe de tus luchas y padecimientos más que yo, pues estuvimos a punto de perderte y esta perspec­tiva me apenaba inmensamente. Al fin te resististe a las tinieblas y volviste a disfrutar de la luminosi­dad diurna, enriquecido por el conocimiento de lo que habías ganado. En un desenlace análogo estri­ban mis esperanzas respecto a Crysania. Su fe es in­quebrantable, su único defecto es, tú bien lo enjui­ciaste, su carencia de calidez, de conmiseración y de humanidad. Tendría que aprender, presenciando la escena, las lecciones que nos ha enseñado la caída del Príncipe de los Sacerdotes. Era imprescindible infligirle heridas, Tanis, abrir en sus entrañas pro­fundas llagas, antes de que reaccionase a los daños ajenos. Y, sobre todo, tenía que amar.

Entornó los párpados, lleno de angustia su rostro demacrado, estragado por el sufrimiento.

—De haber podido, amigo, habría elegido para ella un destino diferente —prosiguió—, la habría lle­vado por otros derroteros menos peligrosos. Sin embargo, ¿quién osa cuestionar los designios de los dioses? Yo no, desde luego. Aunque —admitió—, en ocasiones, me entran ganas de discrepar.

Abrió los ojos mientras así se expresaba y, al cla­varlos en Tanis, éste detectó en ellos un amago de ira. El neófito se aproximó entonces con paso amor­tiguado. Las resonancias de su desplazamiento no pa­saron inadvertidas al semielfo, pese a su sigilo y al hecho de que él estaba de espaldas.

—En cuanto creen que me excito —explicó Elistan— vienen prestos a interrumpir mi conversa­ción. Les preocupa que los visitantes me cansen o al­teren y lo cierto es que lo hacen, pero yo apuro mis energías porque pronto me repondré en un reposo eterno. —Cerró las pupilas, y sonrió—. Sí, eterno. Mi viejo colega me recogerá y andará a mi lado, guiará mi incierto deambular.

Poniéndose en pie, el semielfo consultó al acólito con un ademán. El joven meneó la cabeza y musitó:

—Ignoramos la identidad de ese «viejo colega» al que alude constantemente. Incluso se nos ocurrió que podrías ser tú...

Le interceptó la voz del patriarca, cristalina a des­pecho de los quiebros que le imponía la edad.

—Adiós, Tanis el Semielfo. Transmite mi cariño a Laurana. Garad y los otros —apuntó a la puerta con la barbilla— están al corriente de mi dictamen en el asunto de la sucesión, y del cometido que te he confiado. Te prestarán su apoyo en todo cuanto les sea posible. Y, ahora, adiós de nuevo y para siempre. Que Paladine te colme de bendiciones.

El héroe de la Lanza no despegó los labios. Las pa­labras habrían sido una pálida representación de sus emociones. Se agachó, apretujó la mano del clérigo, asintió y, volviéndose abruptamente, atravesó la es­tancia sin examinar a la negra figura de la esquina y salió envuelto en un mar de lágrimas.

 

 

Garad acompañó al visitante hasta el pórtico prin­cipal del Templo.

—Conozco la misión de la que tú eres responsable —anunció el clérigo—, y puedes creerme cuando te digo que anhelo fervientemente que las aspiraciones de Elistan se hagan realidad. Según se me ha comu­nicado, la Hija Venerable Crysania participa en un peregrinaje que acaso resulte azaroso.

—Más que eso —se atrevió a contestar el semielfo, sin extenderse en aclaraciones.

—Ojalá Paladine la acompañe —deseó Garad con un suspiro—. Todos rezamos por ella. Es una mujer fuerte y nuestra institución precisa de juventud y vi­talidad si pretende crecer, propagarse. Cualquier tipo de ayuda que necesites, Tanis, no dudes en planteár­nosla.

El interpelado, en su desolación, sólo atinó a inter­poner un cortés, escueto aserto de gratitud. Con una reverencia, Garad corrió junto al agonizante maes­tro mientras el semielfo hacía una pausa cerca del portalón, en un esfuerzo por recuperar el control antes de lanzarse a la calle. Se encontraba apoyado en el muro, reconsiderando las frases de Elistan, cuan­do llegó a sus oídos una reyerta que, habida cuenta de la intensidad sonora, tenía lugar en el mismo acceso.

—Lo siento, señor, no puedo consentir que penetren extraños en el Templo —declaró un acólito con de­terminación, aunque amable.

— ¡Un extraño! —se encolerizó la criatura a quien iba dirigido tal rechazo—. Pero no perdamos tiempo en argumentos banales. Tengo que ver a Elistan sin demora —exigió en un tono quejumbroso y desafina­do que denunciaba un carácter excéntrico.

Tanis hubo de sujetarse a la pared para no desplo­marse. Aquella voz le era familiar. Los recuerdos se agolparon en su cerebro en un embate tan poderoso que, durante unos segundos, no consiguió moverse ni articular una sílaba.

—Quizá si os presentarais debidamente, por vues­tro nombre —propuso el neófito—, podría enviarle noticia...

—¿Mi nombre? —repitió el otro—. ¡Haber empeza­do por ahí! Me llamo... me llamo... —balbuceó un poco trastornado—. Te aseguro que ayer lo sabía.

Resonó en el ambiente el irritado tamborileo de un bastón sobre los peldaños de la escalinata, y el visi­tante persistió con timbre agudo, chirriante casi:

—Soy una persona muy importante, jovencito, y no estoy acostumbrado a que se me trate con semejante impertinencia. Apártate de mi camino antes de obli­garme a hacer algo que haya de lamentar. Perdón, me he confundido —se corrigió—, serás tú quien lo la­mente. ¿O acaso los dos? Sea como fuere, yo pasaré a la acción y alguien saldrá perjudicado.

—Os suplico que me disculpéis, señor —se impa­cientó el clérigo, a pesar de sus exquisitos modales—, pero sin una referencia clara no permitiré que os in­ternéis en este recinto.

Un breve forcejeo inundó los tímpanos de Tanis, su­cedido por el silencio y un murmullo auténticamen­te siniestro, el de las páginas de un libro hojeado a toda velocidad. Sonriendo entre sollozos, el semielfo se asomó al lugar del altercado, y al espiar la figura del recién llegado, distinguió a un anciano mago en los sobrios escalones del Templo. Ataviado con ro­pajes de tonalidades grisáceas, a punto su deforma­do y picudo sombrero de liberarse de la atadura de su cabeza, el vetusto viajero constituía un espectácu­lo que en nada favorecía su reputación. Había apoya­do el sencillo bastón de madera que portaba contra un tabique e, indiferente al enrojecido e indignado acólito, revisaba su libro de encantamientos en ab­soluto desconcierto y farfullando:

—Bola de fuego... ¿Dónde se ha escondido ese di­choso sortilegio?

Tanis resolvió interceder. Posó la mano en el hom­bro del neófito, y corroboró:

—Es, en efecto, una persona importante. Puedes de­jarle entrar, yo respondo por él.

—¿De verdad? —indagó el joven, todavía circuns­pecto, reacio. Al oír una tercera voz, el mago alzó la vista.

—¿Una persona importante? —recitó por inercia, pues sólo había reparado en esta parte de la alocu­ción del semielfo—. ¿Quién es? ¿Vos, señor? —abordó a su fiador—. ¿Cómo estáis?

Comenzó a alargar la mano a la vez que, entusias­mado, daba un paso al frente. Pero se enredó en los pliegues de su sayo y el arcano volumen se estrelló contra su pie. Al inclinarse para asirlo, tropezó con el bastón, que salió rodando escaleras abajo en medio de un gran estrépito, y, por si tales desgracias fue­ran pocas, el sombrero echó a volar en una de las in­conexas secuencias. Tanis y el clérigo tuvieron que aunar sus esfuerzos a fin de devolver al anciano la compostura.

—¡Me  ha  dado  en  el  dedo  más  encallecido! —protestó el accidentado mientras le auxiliaban—. He perdido la noción de mi paradero. ¡Estúpido cayado! ¿Dónde ha ido a parar mi sombrero?

Pese a tamañas peripecias, quedó más o menos incólume. Embutió el tomo en una bolsa, que le servía de funda, y se caló el redondel de fieltro en el cráneo, no sin antes invertir el orden lógico de las ope­raciones y tener que empezar de nuevo. Por desgra­cia, su rebelde tocado rehusó acoplarse y el ala se des­lizó hasta cubrirle los ojos.

—¡Los dioses me han castigado con la ceguera! —aventuró el hechicero, tanteando el aire con frenesí. Este percance pronto se solventó. El acólito, estu­diando a Tanis con una creciente incertidumbre, aga­rró el sombrero y, gentil, lo retiró de manera que se encajara en el canoso cabello. Esta amabilidad eno­jó al veterano personaje, quien, tras censurar al joven a través de sus dilatadas pupilas, observó al semielfo y demandó:

—¿Persona importante? Sí, creo que lo eres. ¿No hemos coincidido ya en alguna ocasión?

—Naturalmente —repuso el otro—. Pero eres tú la criatura importante a la que me refería, Fizban.

—¿Yo? —El mago quedó unos momentos petrifica­do hasta que, dueño de nuevo de sí mismo, emitió un gruñido y se ensañó con el pobre novicio—. Claro, tú tienes la culpa de todo este embrollo. Deja ya de in­terponerte en mi camino. No permanezcas tieso como un pasmarote —le apremió.

Después de atravesar el umbral del Templo, el vie­jo examinó a Tanis desde debajo del ala del andra­joso sombrero. Descansó la mano en el brazo del semielfo y, desvanecida la nota de atolondramiento de sus rasgos y su voz, le contempló sin un pestañeo y sentenció:

—Nunca antes afrontaste una hora tan negra como la que te aguarda, héroe de la Lanza. Hay esperan­zas, pero debe triunfar el amor.

Dicho esto se alejó, a un ágil trotecillo que desen­tonaba con su añejo aspecto. Pero casi de inmediato, se equivocó en el rumbo y acabó en el interior de un estrecho gabinete. Dos sacerdotes corrieron a resca­tarle y le hicieron de guías.

—¿Quién es? —preguntó el neófito, perplejo, al mis­mo tiempo que echaba a andar detrás del trío.

—Un amigo de Elistan —especificó Tanis—. Lo que podría denominarse un viejo colega.

Cuando partía del santuario, una nueva impreca­ción retumbó en las vías auditivas del semielfo:

—¡Que alguien me traiga el sombrero!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8

El juicio

 

 

¿Crysania?

No hubo más contestación que un tenue gemido.

—Serénate, tus heridas revisten cierta gravedad pero el enemigo ya se ha ido. Bebe este preparado para calmar el dolor.

Extrayendo varias hierbas de unos saquillos, Raistlin elaboró una mixtura en un cuenco de agua calien­te y, tras incorporar a la sacerdotisa en el lecho de hojas ensangrentadas donde yacía, llevó el recipien­te a sus labios. Cuando hubo sorbido el brebaje, la mujer abrió los ojos y sus contraídas facciones se ensancharon.

—Tenías razón —admitió, reclinada en su pro­tector—. Me encuentro algo restablecida.

—Y ahora debes orar a Paladine para que te cure, Hija Venerable. Tenemos que seguir adelante.

—No sé, Raistlin —titubeó ella—. Flaquean mis energías, y la divinidad parece hallarse muy lejos de nosotros.

—¿Rezar a Paladine? —se interfirió una tercera voz, firme y cavernosa—. ¡Eres un blasfemo, Túnica Negra!

Molesto, pero más aún inquieto, el aludido levan­tó los ojos. Casi se le salieron de las órbitas.

— ¡Sturm! —exclamó sin resuello.

El caballero no le oyó, estaba demasiado absorto en la contemplación de Crysania y las llagas de su cuerpo que, aunque no sanaron del todo, se secaron en unos segundos.

—¡Brujería! —la acusó el atónito observador, y de­senvainó la espada.

—Nada de eso, buen caballero —le enmendó la sacerdotisa—. No soy una bruja, sino una sacerdoti­sa de Paladine, como podéis comprobarlo por mi Medallón.

— ¡Mientes! —replicó, furioso, Sturm—. Los cléri­gos desaparecieron antes del Cataclismo. Y, además, si lo fueras repudiarías la compañía de este engen­dro del Mal.

—Sturm, ¿no me reconoces? Soy yo, Raistlin. —Excitado, el archimago se puso en pie—. Mírame con atención. No puedes haberme olvidado.

El que fuera bravo guerrero se volvió hacia el que así lo interpelaba y le puso el filo de su acero en la garganta.

—Ignoro por qué medios esotéricos has averigua­do mi nombre —le espetó—, pero si lo pronuncias una vez más habrás de atenerte a las consecuencias. En Solace empleamos sistemas expeditivos para de­sembarazarnos de los de tu calaña.

—Siendo un virtuoso caballero, ligado por votos de equidad y obediencia, invoco a tu sentido de la justicia —dijo Crysania, al mismo tiempo que se en­derezaba, con ayuda de Raistlin.

Se suavizó el semblante del aparecido quien, re­verente, inclinó la cabeza y envainó la espada, no sin dirigir a Raistlin una mirada de soslayo.

—Es cierto lo que afirmas, señora —concedió—. Estoy vinculado a inviolables promesas. Te garanti­zo un comportamiento ecuánime.

Mientras hacía tan nobles comentarios, la alfom­bra de hojarasca se transformó en un suelo de ma­dera, el cielo en techo, la senda en un pasillo entre dos hileras de bancos. «Estamos en una especie de tribunal», pensó Raistlin, aturdido por el cambio. Doblado aún su brazo para que se apoyara la mu­jer, avanzaron a través de la nave y la ayudó a sen­tarse frente a una mesa colocada en el centro de la sala. Se erguía delante de ellos una plataforma y, al volver la vista atrás, el mago descubrió que la estancia estaba abarrotada de personas, todas rebo­santes de gozo.

Examinó mejor a la concurrencia. ¡Conocía aque­llas criaturas! Allí estaba Otik, propietario de la po­sada «El Último Hogar», devorando una fuente en­tera de patatas especiadas. Tika, a su lado, ondeaba los pelirrojos tirabuzones de su melena, a la vez que señalaba a Crysania y chismorreaba entre sonoras risotadas. ¡Y también Kitiara se hallaba presente! Re­costada en actitud displicente en el marco de la puer­ta, ajena al acoso de una turba de admiradores, de­tuvo su mirada en Raistlin y le dedicó un guiño.

Pero el hechicero no hizo caso de tan insidiosa complicidad y, febril, siguió con su inspección. Su padre, un paupérrimo leñador, estaba sentado en un discreto rincón, hundidos los hombros y cruzado su rostro por los surcos perpetuos de la angustia y la infelicidad. Laurana se había acomodado en un lu­gar apartado, donde su belleza de elfa destacaba cual una estrella en la negra noche.

Junto a Raistlin, la sacerdotisa, que también se ha­bía girado, gritó:

— ¡Elistan, préstame tu respaldo!

Uniendo la acción a la palabra, la mujer abando­nó su asiento y retrocedió unos pasos con la mano extendida. Pero el clérigo se limitó a mirarla entris­tecido y significarle su negativa mediante un gesto.

—Levantaos y honrad a su señoría.

Con más ajetreo y bullicio del deseable, el pleno de la sala se puso de pie. Un respetuoso silencio, no obstante, sucedió al crujir del entarimado cuando el juez se personó en el atestado tribunal. Vestía la in­dumentaria encarnada que correspondía a los ser­vidores de Gilean, dios de la Neutralidad, y su porte le delataba como un ser joven, aunque en la penum­bra el nigromante no logró verlo bien. Hasta que se acomodó en su butaca, detrás del estrado, no expu­so sus rasgos de semielfo a la luz del sol que entra­ba por una ventana.

—¡Tanis! —vociferó Raistlin, y dio una zancada en su dirección.

Pero el barbudo semielfo frunció el entrecejo, fren­te a tan insólita conducta, al mismo tiempo que un enano viejo y gruñón, el ujier, azuzaba al mago en el costado con el extremo romo de su hacha.

—Siéntate, brujo, y no hables hasta que se te autorice.

—¿Flint? —inquirió el hechicero, y le zarandeó por el brazo—. ¿No ves que soy Raistlin, tu antiguo com­pañero de infortunio?

—¡No oses tocar a un funcionario de la justicia! —rugió el hombrecillo en la cumbre del enfado, apar­tando el brazo de un brusco tirón y, sin cesar de re­funfuñar, ocupando su puesto en la plataforma—. No muestran la menor deferencia a una persona de mi veteranía y condición. Te tratan como un saco de ha­rina que cualquiera tuviera derecho a manosear.

—No te exaltes, Flint, es suficiente —le atajó Tanis. Espiando receloso a la pareja de la mesa, inau­guró la sesión—. ¿Quién presentará los cargos con­tra los inculpados?

—Yo lo haré —anunció un caballero enfundado en una reluciente armadura, y se incorporó en el ban­quillo.

—De acuerdo, Sturm Brightblade —asintió el juez—, en su momento podrás relatar al tribunal los crímenes que les atribuyes. ¿Quién será el defensor?

Raistlin quiso intervenir, pero le interrumpieron.

— ¡Yo! —propuso alguien, exultante de alegría—. Estoy aquí, Tanis... Perdón, señoría. Aguarda, al pa­recer me he hecho un lío.

Un estallido de risas conmovió el tribunal. La mul­titudinaria audiencia volcó su jocosidad en un kender que, cargado de libros, forcejeaba por traspasar el acceso. Kitiara, que estaba cerca, esbozó una mue­ca socarrona, aferró al personaje por el copete y le arrancó de su prisión, aunque con tal fuerza que éste cayó despatarrado, una postura poco adecuada al ce­remonial de rigor, en el pasillo. Los libros se espar­cieron en una contundente lluvia, y arreciaron las carcajadas. Impertérrito, el kender puso el cuerpo enhiesto, se sacudió el polvo y, sorteando la despa­rramada literatura, consiguió arribar a su destino.

—Me llamo Tasslehoff Burrfoot —saludó formal­mente, y alargó la mano a Raistlin para que se la estrechara. El nigromante no hizo tal, no por descor­tesía sino porque se lo impedía la sorpresa. Así que el aspirante a letrado se encogió de hombros, miró su solitaria mano, suspiró y, situándose de perfil, se encaró con el juez—. Hola, mi nombre es Tasslehoff Burrfoot.

—¡Siéntate! —bramó el ujier—. No se emplea ese tono de familiaridad con personas de tan alto ran­go, botarate.

—¡Sandeces! —se rebeló el reprendido, inflamado de indignación—. ¿Por qué no hacerlo si a uno le apetece? Después de todo, no es un delito ser educa­do, aunque, como es natural, vosotros, los enanos, nada sabéis de modales. Brutos, eso...

— ¡Cállate! —se exasperó Flint. Ronco después de tan imperativo grito, para reforzar su autoridad el hombrecillo tuvo que golpear el suelo con el astil de su hacha.

Danzante el despeinado copete, Tas dio media vuel­ta y, dócil, se encaminó al banquillo donde se encon­traba Raistlín. Pero, antes de tomar asiento, se plan­tó frente al público e imitó los aspavientos del enano, con tan buen acierto que el gentío se entregó a una verdadera algazara, cuya consecuencia directa fue, inevitablemente, que la víctima de la mofa se enco­lerizó todavía más. Esta vez intervino el juez.

—¡Basta de alboroto! —se impuso con tono peren­torio, y se hizo el silencio en la sala.

El kender se arrellanó en la silla reservada al de­fensor, junto al reo. Al notar un ligero contacto en su cinto, el archimago clavó en el ficticio letrado una fulgurante mirada y le ordenó, abierta la palma de su mano:

— ¡Devuélveme eso!

—¿Cómo? ¡Ah, te refieres a este saquillo! Debe de haberse soltado sin que te percatases —apuntó y, con un aire de candor capaz de desarmar al más severo de los mortales, le entregó una bolsa que contenía ingredientes de hechizos—. Estaba en el suelo. Me he limitado a recogerlo.

Tras arrebatárselo a Tasslehoff, el nigromante vol­vió a atar el valioso saquillo al cordón de seda que lucía en su talle.

—Al menos podrías haberme dado las gracias —le reprochó el kender en un suspiro, que reprimió al advertir que el juez le estudiaba con aire severo.

—¿Cuáles son los cargos contra los acusados? —interrogó Tanis a Sturm Brightblade.

El aludido fue hasta el estrado y, ya a su pie, dejó libre curso a los aplausos de la audiencia. Debido a su estirpe, su código de honor y un cierto atisbo de melancolía que se adivinaba en su expresión, había adquirido una notoria popularidad entre la plebe.

—Hallé a esta pareja en  la espesura,  señoría —inició su alegato—. El Túnica Negra mencionó a Paladine —se oyeron murmullos recriminatorios en los bancos— y, estando yo a corta distancia, hirvió una infusión de ignotas virtudes y se la dio a la mu­jer. Cuando les vi, ella era presa de convulsiones. Exhibía heridas en todo su cuerpo, tenía el vestido manchado de sangre y su rostro aparecía quemado y plagado de cicatrices, como si hubiera ardido en un incendio. Sin embargo, al ingerir la pócima del brujo se curó al instante.

—¡No! —se soliviantó Crysania, incorporándose en un estado de total inseguridad—. La interpreta­ción del acusador es errónea; el elixir que me admi­nistró Raistlin tan sólo mitigó el dolor; si sanaron mis llagas fue gracias a mis oraciones. Soy una sa­cerdotisa de Paladine...

—Excusa a la dama, Ta... señoría —irrumpió Tas en el parlamento—, mi cliente no pretendía insinuar que es una genuina representante del dios del Bien. Concibieron una pantomima, eso fue todo, y ella en­carnaba a una de esas extinguidas hijas de la Iglesia. Está nerviosa y no ha acertado a explicarlo —se reafirmó, con una astuta risita entre dientes que re­velaba su satisfacción—. Se entretenían un rato a fin de amenizar el largo viaje. Es un juego que ambos practican a menudo.

Terminada su parrafada, el kender se tomó un bre­ve respiro y amonestó a Crysania, pretendidamente en voz baja pero con tal vehemencia que su regañi­na fue escuchada por todos:

—¿Qué clase de imprudencias cometes? ¿Cómo puedo sacaros de este atolladero si te empeñas en decir la verdad? ¡No lo toleraré!

—Chitón —le ordenó el enano.

— ¡Y también me estoy hartando de ti, Flint! —se revolvió Tasslehoff—. O dejas ahora mismo de ar­mar escándalo con esa hacha o te la enrosco alrede­dor del cuello —le amenazó, ya que el ujier había ad­quirido el vicio de utilizarla para patear el suelo. La sala se deshizo en vítores, e incluso el juez se hizo cómplice de la algarabía mediante una leve son­risa. Crysania se desmoronó al lado de Raistlin, lívi­da su tez.

—¿Qué significa esta farsa? —le preguntó.

—No lo sé, pero voy a acabar con ella —la alentó el nigromante, y se puso de pie, para imponerse—. Callaos todos —exigió, y su sibilino timbre tuvo el don de sumir a la audiencia en absoluta quietud—. Esta mujer es una sagrada sacerdotisa de Paladine y yo un hechicero Túnica Negra, experto en el arte de la magia.

—¡Obra un prodigio! —le suplicó el kender, saltan­do de emoción—. Catapúltame a un estanque de pa­tos o algo similar.

— ¡Siéntate y permanece quieto! —vociferó Flint.

— ¡Prende fuego a la barba del enano! —bromeó Tasslehoff.

Esta divertida sugerencia desencadenó una ronda de aplausos.

—Sí, haznos una demostración de tus facultades —coreó Tanis por encima de la ruidosa hilaridad del tribunal.

Tras un lapso de expectación, el populacho inició un cántico que, dadas las circunstancias, se aseme­jaba más a una condena:

—Despliega tus virtudes ante nosotros, mago, in­voca un portento que nos convenza.

Hasta Kitiara, que se había mantenido al margen, clamó sobre los otros con timbre cristalino, inelu­dible:

—Vamos, ruina frágil y enfermiza, deléitanos si puedes mediante un sortilegio.

La lengua de Raistlin se adhirió a su paladar, mien­tras Crysania, con una mezcla de pavor y esperanza, le animaba a intentarlo. El hechicero asió el bastón arcano, que estaba a su alcance; pero recordó su an­terior metamorfosis y no se atrevió a usarlo.

Atenazado por la impotencia, se recubrió de una capa de superioridad. Dirigió una desdeñosa, altiva mirada a las personas congregadas en la estancia y manifestó:

—No me rebajaré a ponerme a prueba frente a criaturas como vosotros.

—Yo opino que es una buena idea complacerles —masculló Tas, tirando de sus ropajes para incitar­le a la reflexión.

—Ya lo habéis visto —se ratificó Sturm—. ¡El bru­jo no puede satisfacernos, es un impostor! Solicito para ambos la pena capital.

— ¡A muerte, a muerte! —le secundó la multitud—. ¡Que ardan los cuerpos de los brujos! ¡Así se salva­rán sus almas!

—Y bien, mago —insistió Tanis, deseoso de conce­derle una última oportunidad—, ¿puedes corroborar que eres quien afirmas?

Los versículos de un encantamiento afloraron a los labios del nigromante, pero se desintegraron antes de coordinarse en palabras. Crysania se aferraba a sus vestiduras, la batahola era ensordecedora y no podía pensar. Ansiaba estar solo, lejos de las humillantes risas y de aquellas pupilas llenas de terror.

—Yo...

La voz se le quebró y hundió la cabeza en el pecho.

—Quemadles en la hoguera.

 

 

Unas toscas manazas atraparon a Raistlin, al mis­mo tiempo que se desvanecía la sala del juicio. For­cejeó, pero fue inútil. El hombre que le inmovili­zaba poseía unos músculos de acero, un tamaño descomunal y en su rostro se dibujaban las huellas de un talante que, originariamente jovial, se había tornado grave y huraño.

— ¡Caramon, hermano! —gritó el mago, retorcién­dose en las enormes zarpas para encararse con su gemelo.

El aludido le ignoró. Sin aflojar un ápice su pre­sa, arrastró al enjuto mago colina arriba. Durante el ascenso, el prisionero examinó el panorama y vis­lumbró, en la cumbre de la cuesta, dos altas estacas clavadas en la tierra. Al pie de cada una de ellas, los ciudadanos, sus amigos y vecinos se afanaban en acumular grandes brazadas de leña seca. Era su pira funeraria.

—¿Dónde está Crysania? —preguntó Raistlin al guerrero, persuadido de que la sacerdotisa había es­capado y volvería para rescatarle.

Pero pronto se desengañó, al distinguir el blanco hábito de la mujer junto a una de las pértigas. Elistan se encargaba de anudar unas cuerdas en sus bra­zos y, aunque ella se debatía en una última intento­na de fuga, los innumerables suplicios previos la habían debilitado y tuvo que desistir. Sollozando de miedo y desesperación, la sacerdotisa se abandonó. Habría caído desplomada de no sujetarla las ligadu­ras de las manos y los pies, estos últimos atados a la base del madero.

En la agitación del llanto, su negra melena se de­rramó sobre los hombros tersos, desnudos. Sus he­ridas se habían abierto y la sangre teñía de rojo su alba indumentaria. El hechicero creyó percibir que invocaba a Paladine, pero si en realidad lo hizo, la enfervorizada barahúnda que formaba la plebe le im­pidió entender el contenido de sus plegarias. Además, la fe de la mujer sufría un menoscabo proporcional al de su cuerpo.

Tanis avanzó hacia la convicta con una llameante antorcha en la mano. Antes de cumplir su cometido, se giró hacia Raistlin y le conminó:

—Presencia su destino y verás el tuyo.

—¡No! —El mago forcejeó con su aprehensor, pero Caramon no se inmutó.

Encorvando la espalda, el juez y verdugo arrojó la tea sobre la leña rociada con aceite. La combustión fue instantánea. El fuego se extendió rápidamente y prendió en el inflamable tejido del vestido femeni­no. Un alarido de la prisionera, más estentóreo que el crepitar de la fogata, hirió los tímpanos del mago. Al mismo tiempo, la ajusticiada estiró el cuello para dedicarle una postrera mirada. Al leer el dolor y el pánico en sus pupilas, al descubrir también el amor que le profesaba, el corazón de Raistlin se consumió en una hoguera más abrasadora que la que ningún mortal era capaz de encender.

—Si quieren magia se la brindaré, y a raudales —decidió el trastornado espectador.

Sin proyectar de antemano sus acciones, el hechi­cero apartó al perplejo hombretón y, ya libre, elevó los brazos al cielo. Fue un impulso instintivo; pero, en el mismo momento de darle rienda suelta, las fra­ses arcanas penetraron en sus entrañas para no huir nunca más.

Un relámpago se formó en las yemas de sus dedos y, veloz, acometió contra las nubes que flotaban en el ahora rojizo cielo. Aquéllas respondieron con una descarga idéntica, fulminando el terreno a pocos pa­sos del hechicero.

En su afán por comprobar el efecto que, de rebo­te, podían haber producido otros proyectiles sobre la plebe, Raistlin se volvió. No había nadie. Sus con­ciudadanos habían desaparecido como si jamás hu­bieran existido.

— ¡Ah, mi Reina! —exclamó. Y las carcajadas sa­lieron como burbujas de su boca.

El regocijo invadió su alma a medida que el éxta­sis de su magia ensanchaba sus venas. Al fin com­prendía su gran necedad y también, en una indisociable ilación, la maravillosa perspectiva que se le ofrecía.

Había vivido en una falacia, concebida por él mis­mo. Tas le dio en Zhaman la clave del enigma, pero él no se dignó recapacitar. Durante las fatigosas plá­ticas sostenidas en los calabozos de la fortaleza, el kender le había comentado que no tenía más que vi­sualizar un paraje, auténtico o inventado, y sería transportado en un santiamén. O, mejor dicho, no po­día garantizar si era su persona quien viajaba o a la inversa, su ensoñación la que volaba hacia el lugar invocado. En su vagabundeo, había recorrido, así, to­das las ciudades que visitara en sus correrías; las reconocía y al mismo tiempo, le parecían distintas, nuevas.

«Comprendí, a raíz de estas declaraciones, que el Abismo era un reflejo del mundo, y emprendí mi deambular. Me equivoqué —admitió en su fuero interno—. No se contempla esta sima en el espejo del universo material, sino en el de mi cerebro, de tal manera que soy yo quien la forjo e, inevitablemente, la desvirtúo a través de mi visión peculiar. ¡Lo que he estado haciendo todo este tiempo ha sido internar­me en las regiones más ocultas de mi pensamiento! »La Reina está en la Morada de los Dioses —se dijo— sólo porque mi voluntad la emplazó allí; ese lugar se aproximará o alejará a mi antojo. Mi magia no funcionaba debido a mi flaqueza, a las dudas que abrigaba sobre su eficacia, y no a consecuencia de una prohibición de la soberana. ¡He estado a punto de derrotarme a mí mismo, engañado por una absur­da patraña! Pero ahora se ha iluminado mi entendimiento, Majestad, sé que puedo triunfar. La Morada de los Dioses constituye una etapa marginal y tam­bién una avance directo hacia el Portal, según yo lo determine.»

—Raistlin.

La voz que le llamaba era queda, la de una agoni­zante exhausta y vencida. El archimago giró la ca­beza y, reanudando sus deliberaciones desde el punto de partida, constató que la turba se había evapora­do en efecto, porque nunca existió. El pueblo, la co­marca, el continente, todo cuanto había imaginado se desvaneció en etéreos vapores. Se erguía en una nada monótona, ondulante, en la que la bóveda ce­leste se hermanaba con la esfera terrenal al estar am­bas envueltas en un halo fantasmagórico. La impre­cisa línea del horizonte era equiparable al fino tajo de un cuchillo entre dos masas incandescentes.

Sin embargo, un objeto perduraba en aquel desier­to vacío de ideas: la estaca de madera. Circundada de ascuas, se silueteaba contra el purpúreo firma­mento cual una siniestra torre exenta, sin trabas que la vinculasen a ningún entorno ni episodio. Una figura yacía en su base, una mujer que en su día de­bió de ataviarse de blanco, pero que ahora no vestía sino andrajos ennegrecidos. El olor a carne chamus­cada que despedía era intenso.

El hechicero fue hacia ella y, arrodillándose junto a las todavía ígneas cenizas, examinó a la yaciente.

—¿Crysania?

—¿Eres tú, Raistlin? —indagó la mujer en un pla­ñido lastimero.

La sacerdotisa tenía la tez espantosamente llaga­da. Sus ojos giraban fuera de las órbitas, ciegos, de un lado a otro y también su mano, poco más que una pezuña informe, palpaba el aire en busca de un ob­jeto por el que orientarse. Al notar los dedos de su compañero sobre la maltrecha a mano, lloró descon­solada:

— ¡Mi vista se ha empañado! No hay en mi derre­dor más que tinieblas. ¿Seguro que eres tú?

—Sí —confirmó él.

—Raistlin, he fracasado —siguió lamentándose la mujer.

—No, Crysania —discrepó el mago con un tono frío, regular, que nada delataba—. Estoy intacto y mis poderes, entretanto, se han fortalecido. Lo cierto es que me siento más imbatible ahora que en ninguna de las experiencias que he afrontado en todas las eras de la historia: lucharé contra la Reina Oscura y la aniquilaré.

Los labios cuarteados, en carne viva, de la sacer­dotisa se separaron en una sonrisa, mientras que la mano que sostenía Raistlin incrementaba su escasa presión.

—Mis ruegos han sido atendidos —balbuceó an­tes de atragantarse, convulsionado su cuerpo por un dolor espasmódico. Cuando al fin recuperó el alien­to murmuró algo ininteligible que Raistlin no enten­dió hasta que se inclinó sobre ella—: Me estoy mu­riendo. Los tormentos a los que me han sometido sin tregua durante nuestro viaje han reducido mi capa­cidad de resistencia, la han extinguido. Paladine no tardará en llevarme a su seno. Quédate conmigo, Raistlin, asísteme en este trance.

El interpelado examinó los restos de la criatura que yacía bajo la pira. A causa, quizá, de las emocio­nes que le transmitían sus delicados dedos, se dibu­jó en su memoria la figura femenina tal como se le presentara en el bosque de Caergoth, en aquella úni­ca ocasión en la que estuvo a punto de perder el con­trol y hacerla suya, poseer su piel blanca, su sedoso cabello y sus refulgentes ojos. Rememoró el amor que destilaba, sus propias sensaciones al estrechar­la en sus brazos y llenarla de besos.

Una tras otra, Raistlin consumió tales evocaciones. Las incendió con su arte y observó cómo se reducían a rescoldos y humo que el viento dispersaba.

Alargando una mano, se desembarazó de aquella otra mano que le estrujaba como si él fuera su tabla de salvación.

— ¡Raistlin! —suplicó la sacerdotisa, arañando el vacuo aire en un ímpetu fruto del terror.

—Has servido mis propósitos, Hija Venerable —la desencantó el nigromante, tan glacial su acento, tan carente de matices, como la hoja de la argéntea daga que guardaba en su muñeca—. El tiempo apre­mia. Mientras yo me entretengo a tu lado, aquellos que se han aliado para detenerme se encaminan ha­cia el Portal de Palanthas. He de desafiar a la Reina, librar la última batalla contra sus esbirros y, una vez me alce con la victoria, traspasar el Portal antes de que alguien pueda interceptarme.

—¡Raistlin, no me dejes! —mendigó la mujer, sor­da a sus explicaciones—. ¡No permitas que perezca sola en la negrura!

Reclinándose en el Bastón de Mago, cuyo pomo re­verberaba ahora con una luz radiante, deslumbrado­ra, el hechicero se puso de pie.

—Adiós, Hija Venerable —se despidió con un su­surro quedo, siseante—. Ya no te necesito.

 

 

Llegaron a los oídos de Crysania unos crujidos de tela, inconfundible síntoma de que Raistlin había partido. Al revoloteo del borde de su túnica se suma­ron los acompasados baques del bastón, a la vez que en peculiar armonía con el asfixiante hedor, con los acres efluvios de carne socarrada, una fragancia de pétalos de rosa impregnaba las vías olfativas de la mujer.

Luego el silencio descendió como una losa, una quietud que atestiguaba la marcha de su ídolo. Es­taba sola, la vida oscilaba en sus venas del mismo modo que sus más íntimas ilusiones parpadeaban en su mente para, despacio, apagarse.

Solostoran, el clérigo elfo, había pronunciado su augurio poco antes de la hecatombe de Istar, había profetizado que recuperaría la visión cuando la ce­gasen «unas tinieblas infinitas». La sacerdotisa ha­bría roto en llanto al asaltarle tales recuerdos, pero el fuego había destruido sus lágrimas y la fuente de la que manaban.

—Tenía razón aquel eclesiástico, mis ojos se han abierto al cerrarse —dialogó con las brumas—. ¡Cuan clara es ahora mi percepción! Me he confec­cionado mi propia fábula, y he sucumbido a ella. Nunca signifiqué nada para Raistlin, tan sólo fui un peón que movía a su capricho en un inmenso table­ro de juego. Y lo peor de todo es que también yo uti­licé al nigromante —gimió—. Nuestros intercambios, sus promesas, exacerbaban mi orgullo, mis ambicio­nes. Mi oscuridad ensombrecía la suya y, en esta hora en la que me abandona, está perdido. Le he empuja­do a su perdición, porque, si elimina a la Reina, la reemplazará y se investirá de su infame poderío.

Vuelto el rostro hacia un cielo que le estaba nega­do contemplar, exhaló un aullido agónico:

— ¡He sido impía, Paladine! Me he pervertido a mí misma y he perjudicado al mundo. Pero ¡oh, mi dios!, ¿sobre quién caerán mis errores más que sobre él?

Postrada en la oscuridad eterna, su corazón lloró en sustitución de sus resecos lagrimales.

—Te amo, Raistlin —confesó—. Nunca pude reve­lártelo, pues ni yo misma aceptaba la evidencia. —Sacudió la cabeza, agarrotado su ser por un sufri­miento más desolador que el que le infligieran las llamas—. ¿Habría cambiado algo si hubiera tenido el valor suficiente para sincerarme?

Se amortiguó el acceso de dolor, al unísono con su conciencia. Se diría que Crysania se deslizaba ha­cia una órbita donde nada contaba, ni sus avatares ni su actual decadencia.

«Por suerte, voy a morir —se alegró mentalmen­te—. Acuda raudo el ocaso, termine mi amarga tortura.»

Concluida su oración, le llegó el momento de arre­pentirse.

—Perdóname, Paladine. —No le quedaba aliento para recitar una letanía, así que respiró hondo y apostilló—: Perdóname, Raistlin.

 

 

 

 

 

 

CÁNTICO DE CRYSANIA

 

 

Agua que del polvo surge,

polvo que hacia el agua va,

que forma continentes, abstractos como el color

para los ojos ciegos, para el tacto de una mujer altiva,

Hija de Paladine, que sólo sabe de textura, de olor.

De las aguas un país nace,

una tierra imposible

cuando al principio en los rezos se imagina,

donde el sol es, como los mares y estrellas, invisible,

y la divinidad en el código del aire se difumina.

 

 

Polvo que del agua viene,

agua que el polvo invocará.

Y la túnica que en el blanco toda la gama resume,

en la memoria, en regiones ocultas, se imprimirá,

por si vuelve la luz, el arco iris, así se presume.

Un pozo abundante en lágrimas se esboza

en lontananza,

para alimentar el duro trabajo de nuestras manos,

en una esfera siempre fértil de anhelos,

de remembranza,

una esfera donde, redimidos, vivirán un día

los humanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

 La historia de los Portales

 

 

Tanis se hallaba en el exterior del Templo, medi­tando sobre los vaticinios del extravagante mago: «Hay esperanzas, pero debe triunfar el amor».

Se enjugó las lágrimas y meneó la cabeza mien­tras se repetía, afligido, que en esta ocasión no se cumplirían los estimulantes presagios de Fizban. El amor nunca desempeñó un papel en aquel juego. Raistlin manipuló los nobles sentimientos de Caramon, succionó toda su esencia hasta aplastarle y re­ducirle a una masas de mantecosos rollos y aguardiente enanil. El mármol tenía más capacidad de albergar sentimientos que Crysania, la doncella es­tatua y, en cuanto a Kitiara, ¿acaso alguna vez bus­có relaciones que no presidiera la lujuria?

Se reconvino a sí mismo por pensar en su antigua amante. No era su intención revivir su pasado jun­tos, su idilio, pero bastaba que se propusiese recluir los recuerdos en un inaccesible departamento de su alma para que una luz los enfocase y brillara esplendorosa sobre ellos. Sorprendió a su mente en el acto de remontarse a su primer encuentro en la es­pesura próxima a Solace, donde, al descubrir el semielfo a una mujer que defendía su vida contra unos goblins, corrió a rescatarla y la dama, airada, se revolvió frente a su salvador y le acusó de estropear su pasatiempo.

Tanis quedó cautivado. Hasta entonces sus únicos galanteos fueron los que había dedicado a Laurana, una delicada muchacha elfa, pero fue un romance que sólo podía calificarse de infantil. La joven y él habían crecido juntos, después de que el padre de la Princesa —tal era el título que ostentaba la deli­ciosa criatura— adoptara al bastardo semielfo, por razones caritativas, al morir su madre en el alum­bramiento. Se debió, en parte, a la pueril infatuación de Laurana respecto a su pretendiente, un enlace que su progenitor nunca habría aprobado, la determina­ción de éste de abandonar su patria y lanzarse a via­jar a través del mundo en compañía del viejo Flint, el enano herrero.

Evidentemente, en su plácida adolescencia, Tanis no había conocido a nadie como Kitiara, descarada, pendenciera, embrujadora y sensual. No se esforzó la muchacha en disimular que el joven le atraía, pese a su inoportuna irrupción en lo que ella denomina­ba sus «pasatiempos». Una batalla lúdica entre am­bos culminó en una noche de pasiones desatadas bajo las mantas de Kit y, tras este escarceo, gozaron de muchas horas en la intimidad, tanto en sus excur­siones en solitario como cuando se desplazaban con sus amigos, Sturm Brightblade y los hermanastros de ella, Caramon y su frágil gemelo Raistlin.

Al oír, como si fuera ajeno, que un suspiro escapa­ba de su garganta, procuró contener sus ensoñacio­nes. Precipitó las imágenes en la celda de donde no deberían haber salido, cerrando y atrancando la puerta. Kitiara nunca le amó, no representó para aquella devoradora de hombres más que un simple entretenimiento. En cuanto se presentó la oportuni­dad de conseguir lo que de verdad la motivaba, el poder, le dejó sin la más leve vacilación. No obstan­te, y pese a nacerse todas estas reflexiones, Tanis no había terminado de girar en su cerradura la llave de su espíritu cuando, una vez más, la voz de la dignataria retumbó en sus entrañas. De nuevo profirió las frases que le dirigiera la noche en la que la Reina de la Oscuridad fue expulsada del mundo, la noche en la que la Señora del Dragón, infiel a su sobera­na, les había ayudado a evadirse a él y a Laurana: «Adiós... recuerda que sólo me guía el amor.»

Una lóbrega figura, que más se asemejaba a la en­carnación de su propia sombra, apareció al lado del semielfo. Éste dio un respingo, causado por el repen­tino e irracional temor de que se tratase de una ilu­sión de su subconsciente Pero se equivocaba. El supuesto fantasma que se había materializado de la nada le saludó lacónicamente y Tanis comprendió que era una persona, un ser de carne y hueso. Más todavía, le identificó como Dalamar. Expelió una bo­canada de aire para relajarse. Le inquietaba la probabilidad de que el elfo oscuro se hubiera percata­do de cuán abstraído se hallaba en sus cábalas, que hubiera adivinado incluso el objeto de su agitación. Aclarándose una inoportuna ronquera, observó al ni­gromante y le consultó:

—¿Acaso Elistan...?

—¿Ha muerto? —concluyó el otro al advertir su angustia—. No, aún no. Pero he presentido la intro­misión de alguien cuya presencia no iba a resultarme grata y, como mis servicios no eran requeridos, he optado por retirarme.

Deteniéndose sobre el césped, por el que había echada a andar, el semielfo sometió a su oponente a un prolongado escrutinio. Dalamar no se cubría con la capucha. Sus rasgos eran plenamente visibles en el sereno anochecer.

—¿Por qué lo has hecho? —le interrogó a bocajarro.

El hechicero se detuvo también sobre sus pasos y, mirando a su acompañante con una sonrisa inde­finible, le invitó a concretar:

—¿Por qué he hecho qué?

—Acudir a la cabecera de Elistan, aliviar su dolor —le explicó Tanis, y señaló la hierba circundante—. Por lo que he podido comprobar, pisar este recinto equivale, en tu caso, a subir al patíbulo de los condenados. Además —agregó, y se endureció su expresión—, me cuesta creer que a un pupilo de Raistlin le preocupe el devenir de un congénere, ni siquiera su agonía.

—Cierto —parafraseó el mago—, a un alumno del shalafi le tiene sin cuidado lo que pueda sucederle al clérigo. Desde un punto de vista personal, me es indiferente, pero eso no implica que no posea mi pro­pio código del honor. Me enseñaron a pagar mis deudas, porque la gratitud es una forma de depen­dencia que siempre rechacé. ¿Concuerda, a tu juicio, esta postura con la conducta habitual del maestro?

—Sí, pero... —quiso objetar el semielfo.

—Te repito que he saldado una cuenta, eso es todo —le atajó el aprendiz.

Mientras reanudaban su paseo por aquel tramo de verdor, el héroe atisbo una contracción en el sem­blante de su compañero. Era ostensible que el oscu­ro personaje ansiaba abandonar aquellos hostiles pa­rajes, porque aceleró tanto la marcha que el antiguo aventurero hubo de forzar su paso para no quedar­se rezagado.

—Verás —le desveló Dalamar el misterio—, Elistan visitó una vez la Torre de la Alta Hechicería para ayudar al shalafi.

¿A Raistlin? —se aseguró Tanis, tan anonadado que hizo un alto.

Pero el acólito no le imitó, por lo que hubo de apre­surarse para no perderse ningún detalle.

—Sí —estaba diciendo el narrador, concentrado en su historia y sin que al parecer le importase la audiencia—, es un secreto que nadie conoce, ni aun el mismo afectado. El maestro enfermó hace poco más de un año. Cayó en estado de coma, y me asus­té. Como estaba solo y soy una perfecta nulidad en dolencias, mandé aviso a Elistan.

—¿El Hijo Venerable curó a esa criatura? —se asombró su interlocutor.

—No. —Acompañó la sucinta negativa confín ges­to, y su larga melena negra se esparció alrededor de los hombros—. El mal que aqueja a Raistlin no tie­ne remedio. Es la secuela de un sacrificio que hizo a cambio de enriquecer su erudición arcana. Pero Elistan logró calmar la violencia de sus ataques y proporcionarle descanso. Y, ahora, yo me he librado de un deber.

—¿Tanta ley le tienes al archimago? —indagó, du­bitativo, su oyente.

—No me vengas con monsergas —le reprochó Dalamar, en un exabrupto fruto de la impaciencia. Estaban en el límite del cuidado césped y las som­bras del anochecer se alargaban cual dedos que, benéficos, hubieran de entornar los párpados de los infelices— Al igual que Raistlin, únicamente guar­do fidelidad a nuestro arte y la soberanía que otorga. Por adueñarme de sus misterios, renuncié a mi pueblo, a mi hogar y a mi herencia, me zambullí de manera voluntaria en el universo de las tinieblas. Él es mi shalafi, mi instructor, mi maestro, su sapien­cia y habilidad no hallarían parangón aunque retro­cediéramos a eras remotas —ensalzó al amo de la Torre—. Cuando me ofrecí como espía frente al cón­clave, era consciente de que mi vida pendía de un hilo, pero se me antojó un precio irrisorio si en con­trapartida podía instalarme en su morada y estudiar con tan dotado tutor. Su pérdida será algo irrepara­ble. Siempre que pienso en lo que he de hacerle, en que la información que ha recabado y la experien­cia que ha adquirido se perderán en el momento de su muerte, estoy tentado de...

—¿De qué? —le instó Tanis, hostigado por un sú­bito resquemor—. ¿De dejar que realice sus desig­nios? Sé franco, Dalamar, y contesta a estas pregun­tas: ¿Estás en situación de impedir su regreso? ¿Quieres evitar que cruce el Portal?

Habían llegado al extremo de los jardines del Tem­plo. Una agradable penumbra alfombraba el terre­no, se anunciaba una velada cálida, fragante, per­fumada por los brotes que precedían a las nuevas manifestaciones de vida. Entre los macizos del seto, en las ramas del álamo, algunos pájaros trinaban somnolientos, mientras que en la ciudad los faroli­llos ardían enmarcados en las ventanas para guiar el retorno a casa de los seres queridos. Solinari re­fulgía en el horizonte, cual si los dioses hubieran en­cendido su propio candil en su afán de eclipsar la oscuridad. Un retazo de gélida negrura en la benigna, aromática atmósfera atrajo a Tanis. Y supuso que allí estaba enclavada la Torre de la Alta hechicería, tétrica e imponente, sin acogedoras velas que osci­lasen tras los cristales. Se preguntó quién o qué aguardaba al acólito en aquella lobreguez.

—Permíteme que te hable de Portales —repuso Da­lamar al rato, respetuoso hasta entonces del silen­cio, pero ajeno a la belleza que tanto solían valorar los de su raza—. Te ilustraré, tal como el shalafi hizo conmigo —propuso al semielfo a la vez que, por mimetismo, su vista se fijaba en la mole donde resi­día. Siguiendo ahora su propia iniciativa, desvió los ojos hacia la estancia de la cúspide e inició su exposición—. En el laboratorio del piso superior de ese edificio hay una puerta sin cerrojo ni pestillo. Cinco cabezas de dragones, todas ellas metálicas, adornan la arcada. Si te asomas al otro lado, no vis­lumbrarás más que un vacío insondable, mientras que las figuras reptilianas son frías al tacto, simples máscaras esculpidas, si das crédito a las apariencias. Acabo de describirte el Portal —recapituló, no sin cierta teatralidad—. Existe otro de características análogas en la Torre hermana de Wayreth y, en cuan­to al tercero, el de Istar, todo indica que fue destrui­do en el Cataclismo. El de Palanthas fue trasladado a la fortaleza mágica de Zhaman a fin de protegerlo del populacho y del Príncipe de los Sacerdotes, que intentó instalarse en la mole hace ya algunas centu­rias. Al derrumbar Fistandantilus el alcázar de Zha­man, el arcano acceso fue restituido a su empla­zamiento de origen, es decir, esta ciudad. Creado tiempo atrás bajo los auspicios de hechiceros que an­helaban disponer de vías rápidas de comunicación entre ellos, a la larga sobrepasó tan elementales pro­yectos. En sus exploraciones, un alocado miembro de la Orden viajó a otro plano.

—Al Abismo —intervino Tanis.

—En efecto —confirmó el aprendiz—. Era ya de­masiado tarde cuando los hechiceros se dieron cuen­ta de los peligros que entrañaba el hallazgo, de su magnitud. Tras interminables asambleas, dedujeron que si alguien de nuestra órbita vital se infiltraba en el Abismo y volvía a través del Portal propiciaría la introducción en el mundo de la Reina de la Oscu­ridad, le abriría la brecha que ella acecha durante siglos. Así, con el concurso de los clérigos de Paladi­ne los exponentes de las Tres Túnicas tomaron medidas, que juzgaron infalibles, para que nadie se ca­tapultara a los dominios de la soberana. No estaba en su mano clausurar el paso. De modo que exigie­ron como condición insoslayable que sólo un ente de arraigadas virtudes maléficas, que hubiera hipote­cado su alma a tan temible señora, entrara en el se­creto de los esotéricos encantamientos destinados a franquearle la entrada en el más allá. Y aún fueron más lejos en sus requerimientos. Decidieron que quien mantendría despejado el puente entre ambas esferas sería alguien puro en el Bien, capaz de con­fiar en su contrapunto perverso, pese a ser éste el único mortal que no merecía tal honor.

—Raistlin y Crysania —apuntó el otro.

—En su infinita sabiduría —prosiguió Dalamar es­bozando una cínica sonrisa—, los magos y los cléri­gos pasaron por alto la posibilidad de que el amor, un sentimiento vulgar, diera al traste con sus mag­nos designios. Te he contado toda esta historia para convencerte, semielfo, de que estoy obligado a dete­ner a Raistlin cuando intente volver al mundo, ya que la Reina de la Oscuridad estará en la retaguardia.

Ninguna de las plausibles aclaraciones del acó­lito, sin embargo, disipó las dudas de Tanis. Era evidente que el elfo oscuro estaba alerta y se hacía cargo del riesgo, que actuaba con plena serenidad, pero...

——¿Podrás imponerte a él? —insistió.

Prendió su mirada, sin premeditación, en el pecho de su interlocutor, donde había visto cinco estigmas grabados al fuego en la carne. Al reparar en el ins­tintivo gesto del semielfo, el hechicero se llevó, tam­bién en un impulso reflejo, la mano al torso. Sus iris se ensombrecieron, como embrujados por una pre­sencia que sólo él percibía.

—Semielfo —dijo, una invocación que prologaba una nueva parrafada—, voy a ser sincero contigo. Si mi shalafi conservara intactas, íntegras sus facultades en el instante de acometer el Portal, he de admi­tir que no, nada podría hacer para obstaculizar su avance. Ni yo ni nadie. Pero, no será ésa la circuns­tancia, dado que Raistlin habrá invertido una parte de sus energías en destruir a los esbirros de la Rei­na y en forzarla a ella a un combate singular. Estará débil, quizá malherido. Su única esperanza residirá en embaucar a su adversaria de tal modo que ella descienda a su plano. El nigromante hará entonces acopio de poder y la soberana, por el contrario, se encontrará en inferioridad. El maestro prevalecerá en la contienda. Pero a consecuencia del detrimento que habrá sufrido durante su odisea, yo tendré la oportunidad de vencerlo. Podré y querré hacerlo —subrayó.

Al detectar, todavía, un amago de incertidumbre en la expresión de Tanis, el aprendiz mudó su sonri­sa en una mueca y planteó el argumento definitivo.

—Escúchame, semielfo —apostilló—, me han ofre­cido lo suficiente para que ponga en tal misión todo mi empeño.

Y, concluida esta frase, murmuró la fórmula de un hechizo y desapareció. Pero, después incluso de es­fumarse, su insinuante voz de elfo resonó en el apa­cible ambiente nocturno.

—Has contemplado el sol por vez postrera —sen­tenció—. Raistlin y Su Oscura Majestad se prepa­ran. Ella reúne sus ejércitos espectrales, él la incita a la liza. Estalla el conflicto. No habrá un nuevo amanecer.

 

 

10

La última jugada

 

 

—Volvemos a encontrarnos, Raistlin.

—Así es, mi Reina.

—¿Te inclinas ante mí, mago?

—Te rindo un último homenaje.

—También yo te saludo con respeto.

—Es un honor excesivo el que me concedes. Ma­jestad.

—Al contrario. He observado tu juego con el más vivo placer y he constatado que respondías a cada uno de mis movimientos mediante otro igualmente certero. En más de una ocasión, has arriesgado todo cuanto poseías a cambio de cobrar una sola pieza. Has demostrado ser un contrincante habilidoso, y la partida me ha aportado un inesperado entreteni­miento. Pero ahora, digno rival, ha llegado la hora del jaque. Te queda en el tablero el rey, remedo de tu persona, y en el lado opuesto se alinean mis peones, mis tropas, investidas de su máximo poder. Aun­que mis legiones te superan, me satisface tu actua­ción y he resuelto concederte una gracia.

»Regresa junto a la sacerdotisa. Yace moribunda, sola, azotados su mente y su cuerpo por una tortura como las que nadie, sino yo, puede infligir. Vuelve a su lado, arrodíllate, tómala en tus brazos y estré­chala entre ellos. El manto del olvido se desplegará sobre ambos, os cubrirá con tanta dulzura que, arro­pado en él, te abandonarás al vacío y hallarás des­canso eterno.

—Mi Señora...

—Niegas con la cabeza. ¿Rehusas acaso?

—Takhisis, Gran Soberana, agradezco tan genero­so ofrecimiento. Pero participo en este juego, como tú lo llamas, para ganar. Llegaré hasta el final, sea cual fuere.

— ¡Uno muy cruel para ti, no lo dudes! Te he dado la oportunidad a la que te hacían acreedor tu sapien­cia y tu osadía. ¿Te obstinas en despreciarla?

—Su Majestad es demasiado desprendida. No me­rezco tan delicada atención.

—¿Te burlas de mí, insensato? Adopta esa mueca, grotesca réplica de una sonrisa, mientras puedas, porque cuando cometas un desliz o incurras en un fallo, por leve que éste sea, me abalanzaré sobre ti. Hincaré las uñas en tu carne y, al sentir su contac­to, mendigarás el alivio de la muerte. No lo obten­drás. Los días duran eones en mis dominios, Raistlin Majere, y no pasará uno solo en el que no venga a visitarte en tu mazmorra, la de tu propio pensa­miento, para que sigas divirtiéndome como has he­cho hasta ahora. Te atormentaré en materia y en espíritu. Y seré tan despiadada, que al concluir cada sesión perecerás a causa de los insoportables dolo­res; sin embargo, no llegará la noche infinita, por­que te devolveré a la vida en el instante del tránsito. No conciliarás el sueño, guardarás vela en escalo­friante anticipación de la próxima jornada. En cuan­to claree, tras el intervalo de oscuridad que en nada ha de beneficiarte, será mi rostro lo primero que veas.

»Advierto que palideces, mago. Tu frágil cuerpo se estremece, tus manos tiemblan y tus ojos se dilatan de miedo. ¡Póstrate ante mí y suplica el perdón!

—Mi Reina...

—¿Cómo? ¿Aún no te has arrodillado?

—Mi Reina, te toca a ti jugar.

 

 

11

La cuidadela flotante

 

 

¡Cuan encapotado está el cielo! —refunfuñó Gunthar—. Si hemos de tener tormenta, ojalá se de­sate cuanto antes y acabemos de una vez.

«Vientos de pésimo augurio», barruntó Tanis. Pero prefirió no exteriorizar sus pensamientos, como tam­poco había comunicado a nadie su entrevista con Dalamar, sabedor de que el coronel no creería una pa­labra de lo explicado por el aprendiz.

El semielfo tenía los nervios de punta. Hallaba cierta dificultad en tratar con paciencia al caballe­ro, quien, aunque protestaba por el tiempo, parecía en plena forma. Parte de su desazón se debía al ex­traño aspecto del cielo. Aquella mañana, según preconizara el hechicero, no despuntó mediante lo que cabe designar como un amanecer. En lugar del alba, tiñó la bóveda celeste un cúmulo de nubes entre el escarlata y el azul, que, salpicado de matices verdo­sos y el intermitente relumbrar de los relámpagos, bullía sobre sus cabezas en un multicolor vaivén. El viento que trajo tan densa borrasca se disipó en cuanto la hubo depositado y, al no caer una gota de lluvia, la atmósfera se enrareció hasta hacerse tórri­da y agobiante. Mientras efectuaban su ronda a tra­vés de las almenas de la Torre del Sumo Sacerdote, los centinelas, enfundados en sus pesadas cotas de malla, se secaban el sudor de las sienes e intercam­biaban reniegos contra las tempestades primave­rales.

Sólo dos horas antes, Tanis estaba en Palanthas, dando incesantes vueltas entre las sedosas sábanas del lecho que presidía el aposento de huéspedes de la mansión de Amothus, mientras ponderaba los augurios de Dalamar. Había pasado despierto casi toda la noche, abstraído en tales meditaciones y con la mente puesta, también, en Elistan.

En efecto, poco después de la medianoche había llegado a palacio la noticia de que el clérigo de Pala­dine había dejado este mundo para volar a otro pla­no de existencia, incorpóreo e inundado de luz. Ha­bía expirado en paz, acunado por un afable pero estrafalario anciano, que, tras personarse en circuns­tancias misteriosas, se había evaporado de un modo no menos singular. Preocupado a causa de las adver­tencias del pupilo de Raistlin, diciéndose también que había visto perecer a demasiadas personas poseedoras de su estima, el semielfo fue víctima del in­somnio.

Acababa de zambullirse en un exhausto sopor, ya de madrugada, cuando arribó un emisario a sus de­pendencias. El mensaje que portaba era conciso y apremiante. Rezaba así:

 

«Tu presencia es requerida de inmediato. Torre del Sumo Sacerdote.

«Caballero Gunthar uth Wistan.»

 

Tanis se refrescó mediante un somero aseo. Luego despidió a uno de los obsequiosos criados del Señor de la ciudad, que pretendía ajustar las hebillas de su pectoral, y se vistió él mismo. Dando tumbos, re­corrió después los corredores del edificio, rehusan­do con la mayor cortesía posible el ofrecimiento de Charles de improvisarle un desayuno. En el exterior, le aguardaba un joven Dragón Broncíneo, que se pre­sentó como ígneo Resplandor, aunque, entre los rep­tiles, su nombre secreto era Khirsah.

—Conozco a dos de tus amigos, Tanis el Semielfo —dijo el animal mientras sobrevolaban la dormida urbe, impulsados por sus membrudas alas—. Tuve el privilegio de participar en la batalla de las Mon­tañas de Vingaard portando sobre mi grupa a Flint Fireforge, el enano, y al kender Tasslehoff Burrfoot.

—Flint murió —respondió el jinete con tono de tri­bulación, empañadas sus pupilas. Al evocar a su compañero, no pudo por menos que repetirse que ha­bía asistido a excesivas muertes, todas deplorables.

—Fui informado de tan triste suceso —corroboró el Dragón, respetuoso—, y me apené al enterarme. No obstante, el enano gozó de una vida rica en afec­tos y peripecias. Imagino que el ocaso debe de ser el último honor para una criatura como él.

«He aquí la filosofía del conformista —caviló Tanis—. Quizá sería aplicable al caso que se refiere, pero ¿y a Tasslehoff ? El kender fue un ser jovial, in­genuo y bondadoso, que lo único que pedía a la exis­tencia era alguna que otra aventura y un saquillo re­pleto de tesoros. Si es verdad, como Dalarnar me dio a entender, que Raistlin le eliminó, ¿qué tuvo su muerte de honorable? Y Caramon —prosiguió en una alusión inevitable—, infeliz borrachín, ¿vio en su ho­rrible final a manos de su gemelo una gracia o la pu­ñalada que coronaba sus miserias?»

Sumido en tales elucubraciones, en antiguas nos­talgias, le venció el cansancio. Cayó, fláccido, sobre el lomo de Khirsah y no salió de su letargo hasta que el reptil descendió sobre el patio de la Torre. Oteó entonces el recinto, y su ánimo no renació precisa­mente al recapacitar que había cabalgado con la muerte para descubrir, ya en su destino, que ésta aún le escoltaba. En el paraje estaba sepultado Sturm, otro «honroso» cadáver.

En tal estado de cosas, es superfluo mencionar que el semielfo no exhibía su mejor humor cuando le in­trodujeron en las cámaras privadas de Gunthar, situadas en uno de los elevados torreones que flan­queaban la mole. Desde aquella atalaya, se divisaba un espléndido panorama, tanto del cielo como de las tierras colindantes. Al asomarse a la ventana y con­templar las nubes, con la creciente sensación de que vaticinaban ominosos eventos, quedó tan impresio­nado que tardó unos segundos en percibir que el dignatario había entrado en la antecámara donde aguardaba y se dirigía a él.

—Disculpa, estaba distraído —se excusó, dando media vuelta hacia su anfitrión.

—¿Te apetece un té con canela? —le ofreció éste, al mismo tiempo que le tendía un cuenco donde bor­boteaba el sabroso brebaje.

—Te lo agradezco —aceptó Tanis sin remilgos y lo ingirió de una sentada. Estaba tan necesitado de un tónico que calentara su estómago, que ni siquiera se percató de que se había quemado la lengua.

Aproximándose a su huésped, fija la mirada en la conflagración meteorológica que se perfilaba en las alturas, Gunthar sorbió su té, con una calma que exasperó al semielfo hasta infundirle el deseo de arrancarle los mostachos.

—¿Por qué me has mandado llamar? —inquirió el visitante en tono perentorio, aunque sabía de sobra que el caballero no renunciaría a cumplir con la an­cestral prosopopeya propia de su Orden antes de abordar la cuestión—. Elistan ha cesado de existir —rectificó, rendido a la evidencia.

—Sí, anoche enviaron una nota desde Palanthas —asintió el mandatario—. Mi hermandad celebrará unas exequias en su memoria, si nos es posible hacerlo.

Tanis tragó saliva, de forma tan precipitada que se atragantó. Sólo un acontecimiento podía impedir a los Caballeros de Solamnia consagrar una ceremo­nia fúnebre a un sacerdote de Paladine, su dios: la guerra.

—¿Permiten? —recalcó—. Si empleas semejante término, es porque algo muy grave está ocurriendo en Sanction. ¿Acaso los espías...?

—Nuestros espías han sido asesinados —le inte­rrumpió Gunthar, desapasionado su acento, como si, por una paradoja nada infrecuente, ocultara una tre­menda emoción.

— ¡No puede ser! —se horrorizó el héroe.

—Sus cuerpos mutilados fueron transportados por Dragones Negros a la fortaleza de Solanthus y arro­jados sobre su patio —resumió el adalid humano—. Fue ayer por la tarde, antes de que cubriera el cielo este banco nuboso que constituye un perfecto escu­do protector para los reptiles y...

Enmudeció, arrugando el entrecejo y ojeando la extensión de mullida textura que les oprimía.

—¿Y quién? —le instó su interlocutor, con el alma en vilo.

En su mente comenzaba a tomar cuerpo un pre­sentimiento. Se sirvió un poco más de té, que derra­mó a causa de su vacilante pulso. Inseguro, deposi­tó el tazón en la repisa interior de la ventana.

Gunthar se atusó los bigotes, a la vez que se hun­dían más todavía los surcos de su frente.

—Se han difundido por el territorio unos miste­riosos rumores, procedentes primero de Solanthus y luego de Vingaard —manifestó.

—¿De qué clase? ¿Qué han visto en esos parajes?

—No se trata de lo que hayan visto, sino de lo que han oído —puntualizó Gunthar—. Al parecer, han cargado el ambiente unos curiosos sonidos origina­dos en las nubes, quizás encima de ellas.

—¿Dragones? —indagó Tanis, rememorando la descripción que hiciera Riverwind del sitio de Kalaman.

Su contertulio meneó la cabeza negativamente, y trató de precisar:

—Más bien era una mezcla de voces, risas, puer­tas que se abrían y cerraban, ajetreo de pisadas, cru­jidos...

— ¡Estaba seguro! —rugió el semielfo, y descargó el puño sobre la repisa del ventanal—. ¡Sabía que Kitiara tenía un plan, no podía ser de otro modo! Ha puesto en movimiento una ciudadela flotante —dic­taminó mientras, pesaroso, estudiaba la turbulencia climática.

A su lado, el coronel exhaló un prolongado suspi­ro y declaró:

—Te dije que respetaba a esa Señora del Dragón, Tanis, aunque como tú bien señalaste no la temía lo suficiente. Ha resuelto de un solo golpe sus proble­mas de maniobrabilidad y abastos, ya que transpor­ta a las tropas sin interferencias y lleva todos los su­ministros que necesita, sin necesidad de recurrir a vulnerables caravanas. Además, esta Torre fue con­cebida como un bastión defensivo contra los ataques terrestres, pero ignoro su capacidad de resisten­cia al acoso de una de las ciudadelas. En Kalaman los draconianos se arrojaron desde la plataforma voladora y, gracias a sus flexibles alas, descendieron hasta las calles y sembraron la muerte. Grupos de nigromantes les reforzaron expeliendo bolas de fue­go, a la vez que los reptiles del Mal prestaban su concurso a las huestes desplegadas.

»No intento insinuar —agregó con firmeza— que los miembros de mi Orden están desvalidos frente a un asedio desde el aire. Incluso les auguro la vic­toria, pero, a qué engañarnos, la lucha será mucho más ardua y trabajosa de lo que había previsto. He reajustado mi estrategia —explicó a su interesado oyente— apoyándome en el caso de Kalaman. Si aquella urbe sobrevivió a la arremetida de la ciudadela fue porque no se dejó dominar por el pánico y aguardó hasta que se hubieron lanzado la mayor par­te de las tropas enemigas para, de manera organiza­da, enviar a sus hombres armados a lomos de los Dragones y asumir el control de la plataforma casi vacía. Nosotros distribuiremos el grueso de los caballeros en el recinto, con el fin de contener la embestida de los draconianos que caigan sobre la guarnición. Pero siguiendo la pauta de aquel otro enfrentamiento, he destacado a un centenar que, a la grupa de Dragones Broncíneos, emprenderán el vuelo en el momento oportuno y asaltarán la ciudadela.

Tanis admitió la prudencia de la estratagema. Riverwind le había relatado la batalla a la que aludía ahora su interlocutor, y era cierto que se había de­sarrollado tal como él la evocaba. Sin embargo, hubo en el desenlace una diferencia de matiz, pequeña pero de suma importancia. Los habitantes de Kala­man no retuvieron en su poder la ciudadela flotan­te; se limitaron a imponerle una rápida retirada. Al comprobar que sus adversarios tomaban la mole sus­pendida sobre sus cabezas, los draconianos abando­naron la liza en tierra y, recuperando sin dificultad su mejor herramienta bélica, la condujeron de nue­vo a Sanction y, bajo los auspicios de Kitiara, recom­pusieron sus desperfectos. Se disponía el semielfo a subrayar este hecho en voz alta cuando Gunthar, ajeno a sus cábalas, se le adelantó.

—Esperamos que la ciudadela haga su aparición en cualquier instante —aseveró, sereno, sin miedo—. No tardará en...

—¡Allí! —le atajó el otro, extendiendo el índice ha­cia un punto no muy lejano.

El mandatario fijó la vista donde le indicaban y, tras asentir, empezó a tomar medidas.

—¡Que suene la alarma! ¡Prevenid a todos los ofi­ciales! —ordenó a la guardia.

Los clarines rasgaron el aire, secundados por el sordo retumbar de los tambores, y los caballeros ocu­paron sus puestos en las almenas de la Torre del Sumo Sacerdote con ordenada eficiencia.

—Hemos permanecido alerta toda la noche —acla­ró Gunthar innecesariamente.

Tan disciplinados eran los integrantes de la ances­tral hermandad que nadie, con o sin rango, profirió un grito al atravesar la fortaleza voladora el espon­joso muro tras el que se parapetaba y exhibirse a los ojos de sus rivales. Los capitanes hicieron la ronda convenida, impartiendo instrucciones en tonos que­dos y, en medio de los prístinos ecos musicales, Tanis oyó el metálico repiqueteo de algunas arma­duras, las que vestían los más jóvenes y, por consiguiente, también los más nerviosos. Como pro­longación del desafío que se respiraba en la Torre, resonó el batir de varios pares de alas al izarse en el cielo las escuadras de Dragones Broncíneos, que, bajo el caudillaje de Khirsah, formaron un ancho círculo en torno al edificio.

—Menos mal que seguí tu consejo de fortificar la Torre del Sumo Sacerdote, Tanis —agradeció el ada­lid a su visitante, hablando aún con una parsimonia tan elaborada que despertó el resquemor de éste—. Dada la premura, tan sólo pude congregar a los que estaban en condiciones de acudir sin previo aviso, pero, aun así, he conseguido reunir a unos dos mil. Estamos, por añadidura, bien pertrechados, y no abrigo la menor duda de que protegeremos la mole de la ciudadela —abundó en sus palabras de antes—. Kitiara no tiene espacio para más de un millar de hombres en ese artefacto.

El semielfo deseó fervientemente que su inter­locutor no hubiera hecho tanto hincapié en sus posibilidades de éxito. Su insistencia delataba la ne­cesidad de convencerse a sí mismo. Concentrado en el ingenio que se acercaba cual un ave siniestra, el héroe era sensible a una voz interior que, abstracta y reiterativa, le advertía en una cadencia agobiante que algo no encajaba.

Pese a lo urgente de tal mensaje, Tanis no podía moverse ni reflexionar. La ciudadela flotante se mos­traba ya en toda su envergadura, distanciada del cú­mulo que enmascarase su viaje hasta allí, y absor­bía por entero su atención. Recordó el episodio de Kalaman cuando se ofreció a su examen el primer alcázar errabundo, el impacto de aquel espectáculo que, no sólo escalofriante, le llenó asimismo de un insondable sobrecogimiento. Entonces, al igual que ahora, no atinó sino a contemplarlo petrificado.

En las profundidades de los templos subterráneos de la ciudad de Sanction, y bajo la supervisión de Ariakas, conductor incontestable de los ejércitos de los Dragones, cuyo retorcido ingenio casi obró la victoria de la Reina de la Oscuridad, las legiones mancomunadas de magos de Túnica Negra y clérigos portadores del mismo y emblemático color arranca­ron, mediante el arte arcano, un castillo de sus ci­mientos y lo catapultaron a las alturas. Una tras otra, las ciudadelas así engendradas se deslizaron a través del espacio y atacaron diversos burgos durante la Guerra de la Lanza, siendo el último Kalaman, en la etapa decisiva de la contienda. Casi desarbolaron las guarniciones de una ciudad amurallada que, ade­más, se había preparado de antemano para recibirlas.

Aureolado por una neblina sobrenatural, que era también su impulsora, con el carácter fantasma­górico que le confería su iluminación a base de re­lámpagos cegadores, el inefable objeto avanzaba sin pausa. En su imparable singladura, Tanis atisbo el resplandor de unas luces en las ventanas de sus tres torres, percibió ruidos que eran comunes en tierra firme pero, al provenir de la bóveda celeste, se vol­vían ominosos y desquiciantes: voces roncas que di­rigían improperios a los desobedientes u holgazanes, el estruendo de las armas y, sobre todo, unos ecos que siempre infundían desasosiego, los cánticos de los hechiceros mientras ensayaban sus sortilegios. De todos modos, no tenía la absoluta certeza de dis­tinguir unos de otros. «Algo no encaja.»

Cuando se acortó más aún el trecho que les sepa­raba, y dentro del corro que configuraban los repti­les maléficos en su perezoso aletear, el semielfo re­paró en el ruinoso patio de la fortaleza. Era evidente que los muros se habían derribado al desarraigarse el edificio de su sólido emplazamiento.

Tanis observaba todos estos prodigios, en una suer­te de fascinación, mientras entablaba una lucha dia­léctica en su propia mente.

«Dos mil caballeros —argumentaba una intangi­ble objetora—, convocados a última hora y por lo tan­to sin adiestramiento conjunto. Y sólo unas pocas es­cuadras de Dragones. Aunque la Torre aguante, será a un alto precio.»

«La resistencia no habrá de ser larga —corregía la parte más optimista de sí mismo—. Durará unos días, hasta que Raistlin resulte derrotado. Entonces Kitiara desistirá de su proyecto, porque nada ha de ganar personalmente atacando Palanthas si su her­manastro ha dejado de existir y, además, en ese lap­so de tiempo habrán llegado refuerzos, tanto de hu­manos como de monturas, al lugar. En el caso de que ella se muestre pertinaz, podrán abatirla de una vez para siempre.»

La dama había roto la inestable tregua que media­ba entre sus seguidores y el pueblo libre de Ansalon. Había abandonado su reducto en Sanction para ex­ponerse a sus rivales, de manera que sería imperdo­nable —continuó cavilando su ser consciente— desaprovechar la oportunidad. La vencerían, quizá la capturarían. Sintió una opresión en el pecho, al com­prender que Kitiara nunca permitiría que la apre­saran viva. Sobre la empuñadura de la espada, ce­rróse la mano del que fuera amante de la mujer al mismo tiempo que se decía que él se hallaría pre­sente en la intentona de los caballeros de rendirla y la exhortaría a claudicar. Más tarde se ocuparía de que la tratasen con justicia, como correspondía a un enemigo honorable.

¡La veía con tal nitidez en el momento supremo!

La dignataria se plantaría desafiante, circundada de adversarios, y por su postura les daría a entender que no estaba dispuesta a someterse sin derramar la sangre de un nutrido número de aprehensores. Al escrutar al apretado grupo le distinguiría a él; aca­so entonces se suavizaría la mirada de sus centellean­tes ojos y, en un rapto, soltaría el arma y le tendería las manos...

«¿Qué monstruosidades estoy concibiendo?», se re­criminó el semielfo, y descartó aquellas ensoñacio­nes de adolescente lunático. Aun así, decidió que se uniría al batallón solámnico que había de acometer la ciudadela.

Una conmoción en las almenas le indujo a estirar el cuello, aunque conocía el motivo antes de verifi­carlo: el pánico. Más destructivo que una andanada de proyectiles, el pavor que siempre generasen los reptiles demoníacos se hacía sentir entre los caballeros, se intensificaba a medida que sus contornos negros, azulados, se recortaban más precisos con­tra el manto de nubes. Los veteranos de la Guerra de la Lanza mantuvieron sus posiciones, aferraron sus armas para combatir el terror que inundaba sus corazones cual una marea; pero los jóvenes, aquellos que no se habían enfrentado en el pasado a seme­jante influencia, se acobardaron, incurriendo en el vergonzoso acto de gritar o velando a sus ojos la es­peluznante escena.

Al ver que aquellos inexpertos luchadores se de­batían contra una emoción tan irracional, el semiel­fo se esforzó en no seguir su ejemplo. Apretó los dien­tes, tensó los músculos... y tuvo que aceptar que era irremediable. También a él le bañó la oleada, en for­ma de una náusea en el estómago que le provocó espasmos y el afluir de la bilis a la boca. Espió a Gunthar, quien también experimentaba los efectos devastadores del embate, a juzgar por sus compri­midos, desencajados rasgos.

El héroe atisbo a los Dragones Broncíneos que servían a los Caballeros de Solamnia y que surca­ban el aire en perfecta formación, a la expectativa, encima de la Torre. No atacarían hasta ser ataca­dos, tal era el plan y, lo que era más importante, así lo establecía el pacto que suscribieron los animales de ambos bandos al concluir la guerra. Pero el espec­tador se percató de que Khirsah, el cabecilla de la facción amiga, sacudía la cabeza, orgulloso, y que sus zarpas, punzantes y duras, destellaban en las auras de los relámpagos. Era indudable que no va­cilaría en intervenir en cuanto le instigaran.

La voz interior, la que le susurraba que «algo no encajaba», se hacía audible, apremiante por segun­dos. Todo parecía demasiado sencillo. Kitiara ense­ñaba sus cartas como nunca lo hiciera un estratega de su categoría.

La ciudadela se agrandaba en su lento navegar comparable no ya a un pájaro, sino a una colmena poblada por una colonia de venenosas abejas, o al menos así se la representó Tanis. Los draconianos cu­brían la plataforma en un auténtico enjambre y, apiñados en cada cuadrícula de espacio disponible, des­plegaban sus alas cortas y membranosas, o bien se suspendían de las paredes o de los cimientos, se en­caramaban a las almenas o hacían piruetas para sos­tenerse en la cúspide de alguna de las tórrelas. Sus rostros reptilianos, sus viscosos cuerpos, se enmar­caban en las ventanas o bajo los dinteles. El silencio ribeteado de angustia que reinaba en la Torre del Sumo Sacerdote era una quietud perfecta si no hubiera sido rota por el llanto de algún que otro ca­ballero incapaz de refrenar sus aprensiones. Se per­cibían los zumbidos crepitantes que emitían los miembros aéreos de las hordas hostiles y, aún más sonoros, los estribillos de unas melodías en las que, ahora sí, Tanis reconoció el cantar concertado de los magos y los clérigos cuyos infernales poderes pre­servaban íntegro y a flote el espantoso ingenio. No ensayaban, pues, sus encantamientos guerreros. «Algo no encaja.»

Frente a la vecindad del alcázar volador, cundió la tensión entre los moradores de la Torre. Circula­ron órdenes en un cuchicheo y las espadas dejaron sus vainas, se equilibraron las lanzas, los arqueros aplicaron las flechas a las tirantes cuerdas, los soldados asignados a esta tarea colocaron cubos lle­nos de agua allí donde podía declararse fuego y, en definitiva, se ordenaron las divisiones en el patio para poner a raya a los draconianos que pronto llo­verían del cielo.

Arriba, en el etéreo elemento, Khirsah alineó a sus Dragones en grupúsculos de dos y tres que, bien en­trenados, al recibir la señal, se lanzarían en picado sobre el adversario cual rayos de bronce.

—Me necesitan mis hombres —constató Gunthar y, ajustándose el yelmo, cruzó la puerta de sus habi­taciones privadas para encaminarse a la atalaya de vigilancia, seguido por un séquito de oficiales y ayu­dantes.

Tanis no partió tras la comitiva, ni siquiera respon­dió a la discreta invitación del caballero. La razón era que la voz de sus entrañas, la que trataba de pre­venirle de un peligro, crecía en volumen. Deseoso de captar su mensaje, el semielfo cerró los ojos y se apartó de la ventana para aislarse del debilitante te­mor reptiliano y de la imagen de aquella fortaleza de muerte, que le impedían concentrarse.

Cuando hubo conseguido su propósito preguntó a la presencia invisible «qué era lo que no encajaba», y ésta contestó diáfana, inconfundible.

—¡En nombre de los dioses, no! —se lamentó—. ¡Cuan estúpidos hemos sido al prestarnos a su juego!

De pronto, comprendía el plan de Kitiara sin posi­ble margen de error. Era casi como si ella estuviera en la estancia y se lo expusiera con todo lujo de de­talles. Convulsionado su pecho, alzó los párpados y, situándose de un brinco frente a la ventana, la abrió y estampó su puño en el alféizar. En su arrebato se cortó la carne y el brazo volcó el cuenco de té, que se hizo añicos en el suelo; pero no notó ni la sangre que brotaba de su mano herida ni el brebaje derra­mado a sus pies. Clavadas las pupilas en el encapo­tado, irreal firmamento, estudió la marcha de la ciudadela.

Estaba al alcance de sus flechas, de sus lanzas. Al­zando la vista, medio deslumbrado por los incesan­tes relámpagos, vislumbró, aunque no con detalle, las armaduras de los draconianos, las aviesas sonri­sas de los humanos mercenarios que peleaban a su lado y las escamas de los Dragones peregrinos.

Como intuía el semielfo, la fortaleza pasó de largo sin detenerse.

No se había disparado un proyectil, ninguna bola mágica había socarrado a las tropas de la Torre. Khirsah y sus animales se incomodaron, ojearon en­furecidos a sus hermanos de raza y enconados riva­les, pero su solemne juramento de no iniciar una trifulca sin ser hostigados creaba una ligadura más fuerte que el odio. Los caballeros casi se descoyun­taron en su afán de examinar aquel mecanismo in­menso, abrumador, que se desplazaba hacia lo des­conocido, no infligiéndoles más daños que el desprendimiento de algunas piedras del torreón más alto al rozarlo su base desigual.

Profiriendo blasfemias entre dientes, Tanis echó a correr hacia la puerta y se tropezó con Gunthar en el instante en que el mandatario, con el rostro des­figurado, entraba en la cámara.

—Estoy estupefacto —venía diciendo el coronel a sus asistentes antes de que se produjera el choque—. ¿Por qué no nos ha atacado? ¿Qué se propone esa mujer?

—¡Sitiar la ciudad directamente! —le espetó el se­mielfo, rehecho del inesperado encontronazo y en un paroxismo tal que, sin darse cuenta, empezó a zaran­dear al coronel—. Eso era lo que Dalamar pronosti­có. La misión de Kitiara consiste en reducir a los palanthianos, no va a perder tiempo y hombres con nosotros cuando no hay motivo para ello. Ha sobre­volado la Torre, y continúa hacia su objetivo.

Los ojos del dignatario, apenas visibles tras las ren­dijas del yelmo, se empequeñecieron al fruncir éste el entrecejo.

—Ella no cometería tamaña insensatez —discrepó, acariciándose pensativo el mostacho. Al fin, exaspe­rado, se desembarazó de su huésped y también del casco—. En nombre de los dioses, Tanis, ¿qué clase de táctica militar es ésa? Ha dejado desprotegida la retaguardia de su ejército de tal modo que, aunque tome Palanthas, no podrá conservarla más que unas jornadas bajo su yugo. Ella misma se habrá atrapa­do entre nosotros y las murallas de la urbe. No, ha de desarticular nuestra guarnición y luego emprenderla contra la ciudad. De lo contrario —insistió— la destruiremos. ¡No le quedará ni una vía de escape! «Quizá —conjeturó, vuelta la mirada hacia su es­colta personal—, no sea más que un ardid destinado a sorprendernos con la guardia baja. Reagrupémonos y vigilemos el horizonte. Temo que nos tienda una emboscada desde el otro lado...

— ¡Haz el favor de escucharme! —le conminó el semielfo, airado ante la ceguera del caballero—. No es ningún ardid. Kit va hacia Palanthas resuelta a someterla. Cuando tus tropas y tú lleguéis a la ciu­dad, su hermanastro habrá regresado a nuestro mundo a través del Portal, y ella le aguardará con la ciudad a sus pies.

— ¡Incongruencias! —le reprendió Gunthar—. Por muy poderosa que sea la dama, Palanthas no capi­tulará a tan corto plazo. Los Dragones del Bien pre­sentarán batalla y, aunque los ciudadanos no sean luchadores avezados, sabrán cómo refrenar al ene­migo gracias a su ventaja numérica. Mis oficiales marcharán enseguida. Estarán allí dentro de cuatro días.

—Olvidas algo —declaró Tanis, a la vez que, firme pero cortés, se abría paso entre los presentes—. Ni tú ni yo hemos pensado en el elemento que iguala las fuerzas en esta pugna: el espectro Soth.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

Palanthas, simbolo roto de la paz

 

 

Impulsado por sus magníficos cuartos traseros, Khirsah dio un salto y surcó el aire, con grácil de­senvoltura, sobre las tapias de la Torre del Sumo Sacerdote. El contundente batir de sus alas les per­mitió sobrepasar, a él y a su jinete, la lenta trayectoria de la ciudadela flotante mucho antes de que ésta cubriera la mitad del recorrido. «De todos modos —calculó Tanis, pues no era otra la cabalgadura—, la fortaleza se mueve lo bastante deprisa para plan­tarse en Palanthas, con toda probabilidad, mañana al amanecer.»

—No te acerques demasiado —ordenó, cauto, al reptil.

Un Dragón Negro hizo sobre ellos un indolente vue­lo de reconocimiento, trazando círculos que deriva­ron en espirales. Se divisaba en la distancia a algu­nos de sus secuaces y, ahora que se hallaba a la altura del alcázar, el semielfo distinguió también a los animales de escamas azules, que, persistentes, di­bujaban elipses regulares en torno a las tórrelas del edificio. Posó sus ojos especialmente en uno al que identificó como Skie, la montura predilecta de Kitiara.

«¿Dónde estará Kit?», se preguntó, tratando sin éxito de espiar el interior del castillo a través de las ventanas rebosantes de draconianos, que, jocosos, le señalaban entre mofas. El repentino resquemor de que la dama le identificase, en el caso de que estu­viera ojo avizor, le llevó a esconder el rostro bajo la capucha. Una vez tomada tal precaución, no obstan­te, fue él quien se burló de sí mismo y se mesó la barba, mientras se repetía que, aunque Kitiara le vie­se, no distinguiría sino a un solitario viajero a lomos de un dragón alado y deduciría que era un emisario de los caballeros.

Imaginó, como si lo estuviera viviendo, lo que ocu­rría dentro de la fortificación.

—Podríamos derribarle en el cielo, señora —suge­riría uno de los oficiales a la mandataria.

—No; dejemos que comunique la noticia a los palanthianos y que éstos averigüen qué les espera —res­pondería ella, emitiendo una risa taimada que casi resonó en los tímpanos del que la evocaba—. Así ten­drán tiempo para sudar.

«Tiempo para sudar.» Tanis se enjugó la frente. A pesar de la brisa glacial que soplaba sobre las cum­bres montañosas, la camisola que se ajustaba a su carne, oculta por el peto de cuero y la cota de malla, estaba húmeda y pegajosa. En un desagradable contraste, tiritaba sin pausa en el frío ambiental y hubo de arroparse con la capa. Le dolían los músculos por­que, acostumbrado a los carruajes y no a la grupa desnuda de un dragón, el esfuerzo físico le suponía una dificultad adicional. Iba a abandonarse al nostálgico recuerdo de su confortable vehículo cuando, enojado con su flaqueza, sacudió la cabeza para des­pejarse —tampoco iba a consentir que una noche en vela le afectara tanto— y desechó los problemas ni­mios para pensar en otros, mucho más espinosos, que tenía que solventar.

Khirsah hacía todo lo posible por ignorar a su con­génere de piel oscura que, en aquel momento, se en­contraba suspendido en la vecindad. El broncíneo animal imprimió mayor velocidad a sus miembros hasta que el rival, que tan sólo les acechaba porque le habían mandado observarles, dio media vuelta ha­cia la ciudadela. La mole había quedado rezagada. Se deslizaba sin dificultad sobre unos cerros escar­pados que habrían obstaculizado el avance de un ejército de tierra.

El semielfo empezó a planificar su acción. Pero todo cuanto decidía hacer exigía unos preliminares tan largos e ineludibles que, al rato, se sintió como uno de aquellos ratones de feria que corrían sin ce­sar sobre una rueda y no llegaban a ninguna parte, a pesar del empeño que ponían. Gunthar, al menos, había intimidado, merced a sus arengas, a los gene­rales de Amothus. Éste era un título honorífico que se concedía en Palanthas a quienes habían destaca­do en la comunidad, pero que en modo alguno significaba que tales «generales» hubieran participado ja­más en una batalla. Gunther les había dirigido sus arengas con tal acierto, que los generales habían mo­vilizado la milicia local. Lamentablemente, la mayo­ría de los habitantes de la ciudad sólo vieron en el cambio de rutina una excelente excusa para gozar de un período de asueto.

El caudillo solámnico y sus hombres habían pre­senciado, sin poder evitar la chanza, las torpes evo­luciones de los soldados civiles. Concluidos los adies­tramientos, Amothus pronunció un discurso de dos horas. Los voluntarios elegidos celebraron su haza­ña bebiendo alcohol hasta la extenuación y, en con­junto, todos se divirtieron de lo lindo.

Al representarse en su mente las figuras rechon­chas de los taberneros, los no menos orondos comer­ciantes, los aseados sastres y los forjadores, fuertes pero torpes, tropezando con sus armas y entre sí, obedeciendo instrucciones que no se habían dado mientras pasaban por alto otras manifestadas en tono perentorio, Tanis tuvo que reprimir el llanto. Era aquella caterva de incompetentes, reflexionó compungido, el adversario que había de interceptar al Caballero de la Muerte y sus legiones de guerre­ros espectrales en las puertas de Palanthas. Y no ha­bían de perfeccionarse sus artes marciales, pues la confrontación era inminente.

 

 

—¿Dónde está Amothus? —preguntó Tanis, y cru­zó las colosales puertas del palacio antes de que se abrieran oficialmente, con tanta energía que a pun­to estuvo de atropellar a un atónito lacayo.

—Duerme, señor —contestó éste—, es aún muy temprano.

—Despiértale. ¿Quién se halla a cargo de los ca­balleros?

El interpelado, desorbitadas las pupilas, solicitó una aclaración.

—¡Maldita sea! —se impacientó el semielfo—. Lo que quiero saber, cerebro de mosquito, es el nombre del caballero de mayor rango.

—El comandante Markham, señoría, apodado «el de la Rosa» —colaboró Charles, que, con su digna flema, acababa de salir de una antecámara—. ¿En­vío a alguien en su busca?

—¡Sí! —bramó el visitante.

Al comprobar que todos cuantos se habían reuni­do en el vestíbulo de la mansión le miraban como si hubiera perdido el juicio, y razonar también que el pánico sólo había de favorecer en la liza al enemi­go, Tanis se cubrió los ojos con una mano, inhaló una bocanada de aire y se exhortó a la serenidad.

—Sí —reiteró con voz pausada—, traed a Markham y a Dalamar, el mago.

Este último requerimiento pareció confundir in­cluso al imperturbable Charles. El criado meditó unos momentos y, con una expresión que denotaba tristeza, se aventuró a poner trabas.

—Lo siento muchísimo, señoría —se disculpó—, pero no dispongo de medios para mandar un men­saje a la Torre de la Alta Hechicería. Ningún ser viviente accedería a internarse en ese malhadado Robledal, ni siquiera un kender.

—¡No puede ser! —se revolvió el héroe frente al impedimento—. ¡Tengo que hablar con él! —Su men­te, siempre activa, se convirtió en un hervidero de ideas, no todas practicables. Al fin se decidió a ex­poner una—: Recurriremos a uno de los prisioneros goblins de vuestros calabozos. Los de su raza pue­den cruzar el Bosque sanos y salvos, o al menos eso creo, así que convencedle. Os autorizo a prometerle la libertad, dinero, medio reino o al mismísimo Amothus. No reparéis en ofrendas hasta motivarlo.

—Todo eso no será necesario, amigo mío —dijo al­guien en un enigmático siseo, a la vez que una figu­ra de negra indumentaria se materializaba en el za­guán y, al hacerlo, sobresaltaba a Tanis, aterrorizaba a los lacayos y, lo que era más insólito, causaba el momentáneo enarcamiento de las cejas de Charles.

—Me rindo ante tus poderes —le alabó el semielfo, aproximándose al aparecido, que era, como cabe adivinar, el elfo oscuro en persona—. Debemos con­ferenciar en privado. Te ruego que vengas conmigo —le instó, tras asegurarse de que el anciano servi­dor encargaba a uno de sus subordinados que aler­tase al Señor de la ciudad y a otro que localizara al caballero Markham.

Mientras caminaban hacia una dependencia vacía, Dalamar comentó a su guía:

—Me gustaría merecer tu cumplido. Pero ha sido mi sentido visual, no una mágica lectura de tu men­te, lo que me ha permitido discernir tu llegada. Di­visé desde la ventana del laboratorio el aterrizaje del Dragón Broncíneo en el patio del palacio y, también, cómo desmontabas y atravesabas el umbral. Dado que era para mí de extrema urgencia que sostuvié­ramos una entrevista, acudí al instante. Imagino que ambos queremos tratar el mismo asunto.

—Rápido, antes de que se nos unan los otros —le apremió Tanis, cerrando la puerta de la estancia en la que le había introducido—. ¿Estás al corriente de la amenaza que se cierne sobre nosotros?

—Me enteré anoche —repuso el aprendiz—. Quise ponerme en contacto contigo, pero ya habías par­tido. —Su sonrisa se torció sinuosa, maligna, al añadir—: Mis espías vuelan sobre las alas del viento.

—Dudo que lo hagan sobre alas de ninguna clase, por inmateriales que éstas sean —gruñó su con­tertulio.

Suspiró, se atusó la barba en un gesto atávico y, levantando la cabeza, miró fijamente a Dalamar. El hechicero elfo estaba erguido frente a él, enlazadas las manos bajo las bocamangas de la negra túnica y en una actitud de sosiego, de paz. Su aspecto era el de alguien en quien podía confiarse para realizar un acto de frío valor en una situación de crisis. Lo único que quedaba por definir era qué bando elegi­ría en las presentes circunstancias.

Tanis se frotó las sienes, inmerso en un laberinto que le producía migraña. ¡Cuánto más fácil era todo en épocas pasadas! —pensaba como un anciano, pero no dejaría de ser franco consigo mismo—, cuando el Bien y el Mal estaban claramente delimitados y cada uno se enrolaba en unas y otras filas según el dictado de su conciencia. Ahora se había aliado con un hijo de la maldad para combatir al máximo exponente de lo demoníaco, a su criterio una pura con­tradicción. «El Mal se vuelve contra sí mismo», ha­bía leído Elistan en los Discos de Mishakal; quizás en esta frase se hallaba la clave. Sea como fuere, no podía malgastar su escaso tiempo en vacilaciones. Depositaría su fe en Dalamar, una criatura ambicio­sa que tenía interés en ayudarles si deseaba ver cum­plidas sus aspiraciones.

—¿Existe algún método para detener a Soth? —interrogó al acólito en tono confidencial.

—Eres ágil discurriendo, semielfo —admitió el alu­dido, y asintió—. ¿También tú opinas que el Caballe­ro de la Muerte atacará Palanthas?

—Resulta evidente, ¿no? —le espetó Tanis—. Ese fantasma ha de formar parte de las maquinaciones de Kit. Él equilibra ambas facciones.

—No hay nada que pueda hacerse —negó el mago—. En cualquier caso, ahora todavía no.

—Y tú, ¿no serías tú capaz de interferirte en sus designios y desbaratarlos? —insistió el otro, remiso a ceder.

—No me atrevo a dejar mi puesto junto al Portal. He venido porque tengo la total constancia de que Raistlin está aún lejos —le reveló—, pero se acerca con cada exhalación. Ésta es mi última oportunidad de ausentarme de la Torre, y la he aprovechado para advertirte. El desenlace sobrevendrá muy pronto.

—Así que el nigromante va a vencer a la Reina de la Oscuridad —apuntó Tanis, incrédulo.

—Siempre lo infravaloraste —le reprochó Dalamar con una mueca sarcástica—. Su fuerza, como ya he recalcado, es grande, sus facultades han crecido hasta hacer de él el mago más poderoso que nunca alumbró Krynn. ¡Claro que se proclamará ganador! Sin embargo, será a un alto precio.

Una sombra de inquietud nubló las facciones del semielfo, al que desagradaba profundamente la nota de orgullo que destilaba la voz de Dalamar cuando mencionaba a Raistlin. No era aquel sentimiento el que debía rezumar un aprendiz resuelto a matar a su shalafi si surgía tal necesidad.

—Volviendo a Soth —prosiguió el oscuro persona­je, quien había adivinado en el rostro del héroe la zo­zobra que le agitaba, pese al afán que éste ponía en disimularla—, te contaré los pasos que he dado. Me percaté de que el espectro sacaría el mayor partido posible de la opción que le brindaba el plan de Kit de perpetrar su venganza contra una ciudad y unas gentes que habían suscitado su inquina siglos antes, si hemos de prestar oídos a las leyendas que circu­lan acerca de su caída. Apelé entonces a los mora­dores de la Torre de la Alta Hechicería sita en el Bos­que de Wayreth.

—¡Por supuesto! —se regocijó su oyente—. Par-Salian y su cónclave podrían des...

—No obtuve respuesta a mi petición —le interrum­pió Dalamar, indiferente a sus emociones—. Algo ex­traño sucede en ese lugar, aunque ignoro qué acon­tecimientos les han forzado a inhibirse. Mi emisario encontró el camino obstruido, lo que, en un ser de naturaleza ligera, etérea, constituye un fenómeno inusitado.

—Pero...

—Descuida —siguió el elfo, anticipándose a las recomendaciones de Tanis y encogiéndose de hombros—, no cejaré. Haré nuevas tentativas, aun­que te prevengo que no podemos contar con ellos y que, por otro lado, son los únicos magos capaces de poner freno a los impulsos asesinos de un alma errante.

—¿Y los clérigos de Paladine? —propuso el semielfo.

—Su Orden, aunque antigua, ha sido rehabilitada hace poco tiempo. Sus dotes están en una fase ini­cial, balbuceante. En la era de Huma, los sacerdotes auténticos, así lo afirma el rumor, invocaban el con­curso de su dios y, con unos versos santos, neutralizaban a tales apariciones. Si existió esta intimidad entre el hacedor y sus hijos preferidos, se ha per­dido. Hoy en día no hay en todo el continente de Ansalon un eclesiástico que pueda jactarse de poseer semejantes virtudes.

Tras recapacitar unos minutos, Tanis inquirió:

—El destino de Kit será la Torre de la Alta Hechi­cería, ¿verdad? Allí coincidirá con su hermano y le respaldará en sus proyectos.

—Además de hacer cuanto esté en su mano para eliminarme —apostilló Dalamar, rígido su cuerpo.

—¿Salvará la Señora del Dragón la prueba del Ro­bledal de Shoikan?

Aunque el aprendiz se encogió de hombros, a su acompañante no le pasó inadvertido que su semblan­te se demudaba, que su frialdad era fingida.

—La arboleda se halla bajo mi control y ha de permanecer inaccesible a cualquier intruso, vivo o muerto —sentenció, con una sonrisa tan forzada como su indiferencia—. Por cierto, tu goblin no ha­bría durado ni cinco segundos. Sin embargo, Kitiara tenía el talismán que le obsequió Raistlin, de modo que, si todavía lo guarda y no le traiciona el coraje a la hora de utilizarlo, podría superar el escollo, más aún si Soth la escolta. Ahora bien, después de jalo­nar el Robledal, deberá hacer frente a los centinelas de la Torre, que, te lo garantizo, no son menos formi­dables que los del exterior. Pero yo soy el responsable de lo que suceda en mis dominios, no tú.

— ¡Eso es lo que me asusta, que te otorgues tantas atribuciones! —le recriminó el semielfo—. ¡Dame también a mí algún amuleto! Me introduciré en la Torre y me ocuparé de ella.

—Sí, de la misma manera que lo hiciste en vues­tros anteriores intercambios —le humilló el mago—. Escucha, amigo mío, estarás demasiado atareado procurando que la ciudad no caiga en poder de las tropas hostiles como para pensar en imponerte a Kitiara. Y, obsesionado con el Portal, has desestimado un factor muy importante: los propósitos, de Soth. Quiere a la dama muerta, anhela poseerla sin competidores. Naturalmente, ha de jugar su doble baza. Si consigue que ella perezca y desqui­tarse de la afrenta que, según su versión, le hizo Palanthas, habrá satisfecho dos grandes objetivos. Nada le importa menos que Raistlin y sus conjuras.

Impresionado en lo más recóndito de su ser, Tanis no contestó. Como había denunciado su interlo­cutor, se había borrado de su cerebro la meta que perseguía el espectro. Paralizado, tan sólo le anima­ban unos escalofríos mientras cavilaba que la lista de acciones infames de la Dama Oscura era intermi­nable. Pero desde las múltiples criaturas que habían sucumbido a una orden suya, las que habían sufri­do y aún sufrían por su causa, hasta el trágico final de Sturm en la punta de su lanza, no merecían un sino tan cruel. No se había hecho acreedora a llevar una vida eterna de tormentos y vacuidad, vinculada mediante el nexo de un matrimonio profano a un mo­rador del Abismo.

Una cortina de negrura oscureció la visión del semielfo. Mareado, débil, se adentró en un espejismo en el que caminaba haciendo equilibrios por el bor­de de un precipicio y, de pronto, se despeñaba. Se zambulló en un universo acogedor, hecho de acari­ciantes urdimbres, y unas garras férreas le sostuvie­ron en su amortiguado descenso.

Después, lo engulló la nada.

 

 

El fresco reborde de un recipiente de cristal tocó los labios del desmayado Tanis. Un trago de coñac quemó su lengua y le entibió el gaznate. Alelado, alzó la mirada y descubrió a Charles inclinado sobre él, observándolo detenidamente.

—Has recorrido un largo trayecto sin comer ni be­ber, si he de atenerme a la información del hechicero.

Detrás del criado, se erguía la figura que había hablado, Amothus. Lívida su tez, abrigado en su tú­nica de irreal blancura, su apariencia apenas dife­ría de la de un fantasma torturado que pululase por los contornos.

—Así es —ratificó el semielfo en un susurro, apar­tando la copa de licor y haciendo ademán de levan­tarse. No obstante, sintió que la sala se movía bajo sus pies y decidió que estaba mejor sentado—. Tie­nes razón, no he probado bocado desde ayer y me lo pide el organismo. ¿Dónde está Dalamar? —inqui­rió al explorar la estancia.

—¿Quién sabe, señoría? —intervino Charles, seve­ro el talante—. Supongo que ha regresado a su enig­mática morada. Nos aseguró que habíais termina­do de debatir vuestro asunto y que ya nada le retenía. Con vuestro permiso —cambió de tema—, daré ins­trucciones al cocinero para que os prepare un buen desayuno.

Hizo una reverencia y se retiró, no sin antes anun­ciar la llegada del joven caballero Markham.

—¿Has almorzado ya, Markham? —le preguntó Amothus, dubitativo, inseguro sobre lo que sucedía a su alrededor y del todo anonadado por el hecho de que un mago, un elfo oscuro para más señas, se considerase libre de materializarse en su casa y desaparecer a su antojo—. ¿No? Entonces compartire­mos la mesa con mi otro huésped. ¿Cómo prefieres los huevos?

—Quizá no es ésta una ocasión propicia para de­partir sobre gastronomía —insinuó el comandante, a la vez que dedicaba a Tanis una sonrisa.

El caballero observó al semielfo y, al comprobar que fruncía el entrecejo y que su desaliño y agota­miento presagiaban noticias adversas, aguardó en si­lencio que las expusiera. Amothus, por su parte, sus­piró, resignado a no posponer más lo inevitable con conversaciones triviales. Consciente de que ambos habían centrado su atención en él, Tanis inició su re­lato.

—He regresado esta misma mañana de la Torre del Sumo Sacerdote.

—Ayer recibí una nota de Gunthar, mi superior —interrumpió Markham, al mismo tiempo que se acomodaba negligentemente en una butaca y se ser­vía una moderada cantidad de coñac—. Decía que hoy se enzarzaría en una cruenta batalla con el ene­migo. ¿Cómo se desarrolla el altercado?

El orador era un noble apuesto, gentil, despreocu­pado y rico que se había destacado en la Guerra de la Lanza, luchando bajo el liderazgo de Laurana. Como premio a su gallardía, se le había concedido un ascenso en su graduación y el honor de nombrarle Caballero de la Rosa, un privilegio que exhibía con tal donaire, que el emblema había pasado a formar parte de su apelativo. De todos modos, el semielfo recordó que su esposa, al enjuiciar al entonces capi­tán, le describió con los adjetivos «desenfadado, casual, incluso en sus aciertos, y poco fiable». («Siem­pre tuve la impresión —fueron sus palabras textuales— de que participaba en la contienda por­que no se le había presentado una actividad más in­teresante.»)

Al evocar tales apreciaciones y percibir el tono del joven, jovial y revelador de un singular distanciamiento respecto a la grave situación, Tanis se hun­dió en el desánimo.

—No ha habido «altercado» —negó de forma abrupta, poniendo un énfasis especial al repetir el inadecuado término que había empleado su interlo­cutor.

Una expresión de esperanza y de alivio, rayana en lo cómico, iluminó el rostro de Amothus, y el semielfo estuvo tentado de reírse. Se contuvo a tiempo, teme­roso de caer en la histeria, y atendió al caballero, que le consultaba sin salir de su pasmo:

—¿No hay confrontación? ¿Acaso el adversario no ha hecho acto de presencia?

—Desde luego que sí —le corrigió el narrador—. Ha acudido a su cita, aunque de un modo harto pe­culiar. Vino, pasó entre nosotros y se fue sin rozar­nos siquiera.

—No comprendo —confesó el Señor de la ciudad.

—No viajaba por tierra, sino a bordo de una ciudadela flotante —le ilustró Tanis.

—¡En nombre del Abismo! —renegó Markham, el de la Rosa, y ribeteó su exclamación con un silbido. Estuvo pensativo unos instantes, durante los cuales se alisó el elegante atuendo de montar—. No han ata­cado la Torre —recapituló al fin—, y vuelan por en­cima de las montañas, lo que significa que...

—Planean arrojar todo su contingente de tropas sobre Palanthas —concluyó Tanis.

—Continúo en la oscuridad —insistió Amothus, tan elocuentes sus desencajadas facciones que no precisaba explicarse—. ¿Por qué no les detuvieron los nuestros?

—En nuestras actuales condiciones, habría sido vana toda intentona —se anticipó el comandante, pese a su ostensible desgana, al testigo de la escena—. No existe otro medio para asaltar con éxito esos cas­tillos aéreos que enviar una escuadra de Dragones.

—Según se especifica en el tratado de rendición firmado después de la guerra —completó Tanis el discurso del caballero—, los reptiles benévolos no atacarán a menos que se les provoque. Además, en la Torre del Sumo Sacerdote sólo hay un destacamen­to de animales broncíneos, un número irrisorio contra una ciudadela sin el refuerzo de batallones áureos y plateados.

Arrellanándose desidioso en su silla, Markham ba­rruntó.

—Hay algunos grupos en la zona —aseguró—, que alzarán el vuelo en cuanto se divise a los perversos; pero no basta. Quizá deberíamos mandar emisarios en busca de...

—La ciudadela no es el peor peligro que nos ace­cha —le atajó el semielfo, mientras, entornando los párpados, trataba de zafarse de las vertiginosas evo­luciones de la sala.

«¿Qué me pasa? Me hago viejo —se contestó él mismo—, demasiado para tantos avatares.»

—¿Cómo?

Amothus le instó a seguir, al borde del colapso ante este nuevo golpe, pero, fiel a su estirpe aristocráti­ca, obstinado en no ceder a un vejatorio vahído.

—Todos los indicios señalan que Soth acompaña a Kitiara en esta expedición —fue la escueta, terri­ble respuesta.

— ¡Un Caballero de la Muerte! —murmuró Mark­ham en lugar del máximo mandatario de la ciudad, que había quedado sin habla.

El inconsciente joven sonrió al reparar en Amo­thus. Tan pálido estaba el augusto noble, que Char­les, que acababa de entrar cargado de platos hu­meantes, los dejó a toda prisa en el suelo y corrió junto a su amo.

—Gracias por socorrerme —titubeó éste con una voz sobrenatural, que se diría surgida de ultra­tumba—. Quizá un sorbo de coñac.

—Un litro sería más apropiado —bromeó el representante de la Orden de la Rosa, apurando el conte­nido de su copa—. En el fondo, ante el acoso de un espectro de esa índole, estar sobrio resulta perjudi­cial. La embriaguez incita a la chanza, a las alucinaciones, nos transporta a un mundo donde hasta una legión de fantasmas se nos antoja un grato espec­táculo.

—Señores, haced una pausa y alimentaos —ordenó Charles a las tres autoridades, con esa superioridad doméstica de la que se revisten los criados de toda la vida.

Ofreció el elixir a Amothus, y una sombra de co­lor tiñó sus blanquecinos pómulos. Tanis, por su par­te, se dio cuenta de que estaba hambriento. Así que no protestó cuando el servidor, en medio del ajetreo que caracteriza a la persona diligente, trasladó una mesa y distribuyó vajilla y fuentes.

—¿Alguien podría ponerme al corriente, darme de­talles sobre ese ente de las tinieblas? —solicitó el an­fitrión, ya algo repuesto, a la vez que desplegaba la servilleta en su regazo—. He oído historias, pues un ancestro mío por línea directa asistió al juicio al que Soth fue sometido en Palanthas. Ya muerto, si no me equivoco, fue él quien raptó a Laurana.

Calló para consultar con la mirada al esposo de la Princesa, pero éste se mostró taciturno y no des­pegó los labios.

—Sea como fuere —desistió el inquisitivo digna­tario—, aunque sea capaz de horrendas fechorías ¿qué daño puede infligirle a una urbe?

Perduró el silencio, aunque fue lo bastante expre­sivo como para obviar los discursos. El noble espió de hito en hito al exhausto semielfo y al joven caba­llero, que sonreía con actitud, mientras, metódico, insertaba el cuchillo en los calados de los motivos florales que manos primorosas bordaran en el man­tel. Se hizo la luz en su mente.

Sin probar el desayuno, tirando al suelo el paño que tenía sobre sus rodillas, Amothus se incorporó y cruzó la suntuosa sala de visitantes para dirigirse a una ventana de cristal tallada a mano, en un com­plicado diseño. En el centro de un gran óvalo se enmarcaba una vista de la bella ciudad. Aunque el cielo estaba cubierto por aquel encrespado océano de nubes en ebullición, la atmósfera tormentosa no ha­cía sino realzar la hermosura de las tranquilas calles. El personaje se detuvo durante varios minutos jun­to a la ventana, apoyando la mano en la cortina de satén y absorto en la contemplación del panorama. Era día de mercado y los habitantes pasaban por de­lante del palacio camino de la plaza entre el bullicio que armaban el traquetear de las carretas, las ma­dres al reprender a sus hijos o las chácharas que, hoy, versaban sobre la ominosa bóveda celeste.

—Sé qué clase de sentimientos te inspiran los palanthianos, Tanis —denunció Amothus al rato, quebrado el timbre de su voz—. Primero revives lo acaecido en Tarsis, Solace, Silvanesti y Kalaman, el fallecimiento de tu amigo en la Torre del Sumo Sacerdote y, junto a tales recuerdos, lamentas la suerte de los que intervinieron en la última guerra. Luego te viene a la memoria que, a pesar del caos, nuestros edificios se sostuvieron intactos, a salvo de las vicisitudes.

El interpelado no confirmó ni rechazó tales pre­sunciones; se limitó a ingerir su ágape en un inson­dable mutismo.

—Tampoco desconozco tu actitud, Markham —reanudó su parrafada el dignatario—. La otra tarde te oí reír con tus hombres, y vuestra hilaridad se de­bía a la ocurrencia de uno, poco importa su nombre, quien imaginó a mis conciudadanos llevando sus sa­cos repletos de monedas a la batalla y pretendiendo derrotar al enemigo con una simple dádiva y al gri­to paternalista de «¡Idos, no molestéis!».

—Contra Soth, no es peor ese método que esgri­mir las espadas.

Después de tan sarcástica réplica, el comandante levantó su copa para que Charles le echara más coñac.

Amothus reclinó la cabeza en el batiente de la ven­tana y se lamentó con amargura, ajeno a la ironía de su huésped:

—¡Nunca creímos que el azote de la guerra nos fus­tigaría a nosotros! A través de incontables genera­ciones, Palanthas se ha erigido como un lugar donde reinaban la concordancia, la luz y la armonía. Los dioses nos respetaron siempre, incluso cuando decretaron el Cataclismo nos dejaron al margen. Y aho­ra, cuando hay paz en el mundo, sobreviene esta ca­tástrofe. —Se volvió hacia sus oyentes, demacrado por la angustia—. ¿Por qué ensañarse con un pue­blo tranquilo, amistoso?

Apartando su plato a un lado, Tanis se desperezó para mitigar los calambres de sus músculos. «Me hago viejo —reflexionó—, y también blando. Resis­to mal una noche en vela, desfallezco si me falta una sola comida, añoro el pasado y los compañeros que se fueron. ¡Y me pone enfermo ver morir a las per­sonas en un enfrentamiento absurdo!» Frotóse los pesados párpados y, con los codos apoyados en la mesa, enterró el rostro entre las manos.

—Hace un momento has pronunciado la palabra «paz» —invocó al Señor de la Ciudad—. ¿A qué paz te referías? ¿Al simulacro de bienestar en el que nos movemos? Nos hemos comportado como un puña­do de niños en una casa donde los padres han man­tenido acaloradas discusiones durante varias se­manas y, por una extraña tregua, se muestran civilizados. Sonreímos, exhibimos un fingido opti­mismo, engullimos la verdura como está mandado y andamos de puntillas, cuidando de no hacer rui­do. ¿Cuál es el motivo de tal discreción? Sencillamen­te, la total seguridad de que, al más pequeño descui­do, la trifulca estallará de nuevo. ¡A eso es a lo que llamamos «paz»! —repitió, con acento amargo—. In­curre en un insignificante desliz, amigo mío, y Porthios te echará encima a los elfos de Krynn. Acaríciate la barba de un modo distinto al que establece el protocolo, y los enanos atrancarán los francos ac­cesos de la montaña.

Observó a Amothus y se ofreció a su examen un hombre alicaído, cabizbajo, que se enjugaba el mal controlado llanto y encorvaba los omóplatos. La ira del semielfo se encendió, aunque tuvo que pregun­tarse en quién debía proyectarla. ¿En el azar? ¿En el destino? ¿En los dioses quizá?

Enderezándose con ademán displicente, se situó junto al mandatario y escudriñó la pacífica, animada ciudad, que exultaba de vida sin presentir el nau­fragio.

—No puedo despejar tus incógnitas —reconoció—. Si tuviera tal clarividencia, a estas alturas ya me ha­brían construido un templo y una cohorte de cléri­gos acataría mi mandato sin chistar. Lo único que estoy en posición de decir es que no debemos rendirnos.

—Otro poco más de coñac, Charles, haz el favor —pidió Markham al mismo tiempo que, una vez más, alargaba el brazo con el que sostenía el recipiente—. Propongo un brindis: por persistir, que rima con morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

Tanis expone su plan

 

 

Alguien golpeó, quedamente, en la puerta con los nudillos. Absorto en su trabajo, Tanis dio un res­pingo.

—¿Quién es? —inquirió.

—Soy Charles, señoría —se anunció el criado y, asomándose al interior de la estancia, informó de su cometido—: Me ordenasteis que os llamara durante el cambio de guardia.

Ladeada la cabeza, Tanis aguzó la vista para atisbar el panorama al otro lado del ventanal. Lo había entreabierto en busca de aire, pero la brisa no sopla­ba en la cálida, incluso bochornosa, noche de prima­vera. El firmamento estaba oscuro salvo por unas zigzagueantes hebras de tonos rosados, los fantasma­les relámpagos, que festoneaban las nubes y, al fijar su atención, el semielfo oyó las campanadas de la Hora de la Vigilia, las voces de los centinelas que re­levaban al turno anterior y, al fin, el acompasado ca­minar de los soldados que se retiraban a descansar.

Exiguo sería el lapso de vida que sucedería a su reposo.

—Gracias, Charles —susurró el digno invitado con tono cortés—. ¿Puedes entrar unos minutos? Prome­to no retenerte.

—Será un placer serviros, señoría.

El anciano avanzó unos pasos y, moderado en to­das sus acciones, cerró la puerta tras de sí. Tanis leyó el texto que estaba redactando, y que se hallaba des­plegado sobre el escritorio, antes de comprimir los labios y, resuelto, añadir un par de líneas con el delicado trazo elfo. Esparció arena encima de la tinta para secarla y procedió, de nuevo, a revisar la misi­va. Pero, a pesar del empeño que puso, le falló la vis­ta. Los caracteres se enturbiaron en una danzarina amalgama y, frente a tan insalvable contrariedad, se resignó a estampar su firma y enrollar el pergami­no. Concluidas estas operaciones, aferró el documen­to y permaneció sentado, inmóvil cual una estatua, lo que incitó al servidor a indagar:

—Señoría, ¿seguro que os encontráis bien?

—Charles —empezó a hablar el interrogado, ma­noseando una sortija de acero y oro que se ceñía a su dedo—. Charles... —repitió, y su voz languideció.

—Decid, señoría —le urgió el otro, más alarmado a cada segundo.

—Ésta es una carta para mi esposa —continuó el semielfo en un murmullo apenas audible, desvian­do el rostro—. Encárgate de que se la entreguen en Silvanesti, donde la han reclamado sus obligaciones. La misiva debe salir de inmediato, antes de que sea tarde.

—Comprendido, así se hará —le garantizó el cria­do y, avanzando un paso, tomó posesión del mensa­je que le confiaban.

—Soy consciente de que hay diligencias mucho más importantes —se disculpó Tanis, ruborizándo­se en actitud culpable— en un momento tan crítico, como despachos para los caballeros, solicitudes de refuerzos y avisos en general, pero...

—Tengo al emisario idóneo, señoría —desoyó el anciano su comentario para tranquilizarlo—. Es elfo, concretamente de Silvanesti, leal y, si he de ser ho­nesto, confesaré que va a causarle un gran placer abandonar la ciudad en una misión honorable.

—Gracias de nuevo, Charles. —Tanis suspiró y se obstinó en justificarse—: Si sucediera lo irreparable, quiero que Laurana se entere de las causas por mi puño y letra. Además, hay ciertas cosas que deseaba comunicarle.

—Lo que es muy lógico y natural, señoría —le ayu­dó Charles—. No lo penséis más. Quizá os gustaría lacrar la nota con vuestro sello —sugirió.

— ¡Por supuesto! —asintió Tanis.

Quitándose el anillo, el semielfo lo aplicó sobre la cera caliente que vertía el servicial Charles en el per­gamino e imprimió la sobria imagen de una hoja de álamo.

—Ha llegado el coronel Gunthar, señoría. Ahora mismo está entrevistándose con su delegado en Palanthas, el comandante Markham.

El criado le transmitió tal noticia de un modo re­pentino, casi abrupto para alguien de sus esmerados modales, pero este hecho no menguó el entusiasmo de Tanis. Desaparecidos los hondos surcos de su fren­te, exclamó:

— ¡Eso es excelente! ¿Debo...?

—Os suplican que os reunáis con ellos, señoría, si no hay inconveniente —se le adelantó el otro, tan ce­remonioso como de costumbre.

—Al contrario, me encantará verles —declaró el se­mielfo, y se puso de pie—. Supongo que no se ha di­visado la ciuda...

—Todavía no —contestó Charles—. Los caballeros os aguardan en el comedor de verano, señoría, aho­ra cámara del consejo guerrero.

—De acuerdo, iré en su busca sin tardanza —decidió el huésped, perplejo por haber podido al fin completar una frase.

—¿Hay algo más en lo que pueda ayudaros?

—Eso es todo, mi gentil Charles. Conozco el cami...

—Siempre a vuestra disposición, señoría.

Tras esta nueva interrupción, inclinó respetuoso la cabeza y, misiva en mano, abrió la puerta para franquear el paso al insigne invitado y la cerró cuan­do éste hubo cruzado el umbral. Esperó aún unos instantes, por si a Tanis le asaltaba un antojo de última hora antes de alejarse, reverencioso.

Con el pensamiento puesto aún en la carta, arro­pado en la umbría quietud del mal iluminado pasi­llo, el semielfo se recreó durante un breve lapso en su soledad. Luego inició su firme andadura hacia el comedor de verano, donde pocos días antes se celebraban los ágapes de gala pero que, en efec­to, se había transformado en cuartel general de la milicia.

Tanis tenía los dedos cerrados en torno al picapor­te, y se disponía a internarse en la sala, cuando vis­lumbró por el rabillo del ojo señales de movimien­to. Deteniéndose a inspeccionar, observó cómo se materializaba una tenebrosa figura al fondo del co­rredor.

—¿Dalamar? —intentó cerciorarse, y se apartó del acceso a la cámara para acercarse al acólito, en el caso de que fuera éste el aparecido.

—Sí, soy yo —se identificó el hechicero—. Me ale­gro de haber dado contigo tan fácilmente.

—¿Traes nuevas interesantes?

—Las que hay no te complacerían —fue la evasiva respuesta del aprendiz—. No puedo quedarme mu­cho rato; nuestro destino se balancea en el filo de una daga. Así que iré derecho al asunto. He venido para obsequiarte con algo.

Hurgó en el interior de una bolsa de terciopelo negro que colgaba de su costado, extrajo un braza­lete y se lo alargó al semielfo. Éste lo asió y lo exa­minó, sin tratar de disimular su curiosidad. La joya medía unos diez centímetros de anchura y, confeccionada en plata maciza, su diámetro y peso correspondía a una muñeca masculina. Algo deslustrada, salpicaban su superficie unos ónices cuyas caras, talladas en numerosas facetas, refulgían bajo las oscilantes antorchas del pasillo. Procedía de la Torre de la Alta Hechicería, Tanis no abrigaba la me­nor duda al respecto.

—¿Es acaso...?

Por una parte ansiaba conocer los pormenores, pero por otra, prefería permanecer en la ignorancia.

—¿Una pulsera mágica? —adivinó Dalamar—. Sí.

—¿Pertenece a Raistlin?

El héroe había vencido su vacilación. Y una vez más, frunció el entrecejo al citar a su antiguo com­pañero.

—No —contestó el acólito; pero comprendiendo que el semielfo no había de conformarse con un mo­nosílabo, se decidió a explicarle lo esencial—. El shalafi nunca recurriría a defensas tan rudimentarias en comparación con lo que sus facultades pueden obrar. Este brazalete forma parte de las colecciones atesoradas en la Torre y es una pieza muy antigua. Yo diría que data de la época de Huma.

—¿Qué virtudes encierra?

Mientras preguntaba, Tanis daba vueltas en la pal­ma de la mano a aquel peculiar objeto que, no podía evitarlo, le inspiraba todo género de aprensiones.

—Aquel que lo luzca será inmune a los ataques ar­canos —esclareció, lacónico, el oscuro personaje.

—¿Incluidos los del espectro Soth?

—En efecto. La alhaja protegerá a su portador de los hechizos que invoque el caballero a través de los términos «muerte», «pasmo», «ceguera». También impedirá que le afecten los temores que infunde el halo del fantasma —siguió enumerando Dalamar—, así como los sortilegios formulados para generar fue­go y hielo.

— ¡Es, en verdad, un regalo valioso! —se congra­tuló el semielfo, fascinado por tal cúmulo de propie­dades—. Nos proporciona una opción de victoria, ni más ni menos.

—Agradece mi presente cuando regreses, si es que lo haces —atajó el aprendiz a su excitado contertu­lio, y enlazó las manos bajo las bocamangas de la túnica—. Incluso privado de su magia, Soth es un contrincante formidable, más todavía si recapacitas que sus seguidores se han consagrado a su servicio mediante votos que ni siquiera la muerte pudo rom­per. Sí, amigo mío, guarda ese regocijo para tu re­greso.

—¿Mi regreso? —puntualizó, atónito, el otro—. ¡Pero si yo no he blandido una espada desde hace más de dos años! —protestó. Miró al hechicero con detenimiento y, nacida la suspicacia, indagó—: ¿Por qué he de ser yo?

La sonrisa de Dalamar se ensanchó, sus almendra­dos ojos despidieron ominosos destellos cuando apuntó:

—Descubrirás el motivo haciendo una simple prueba, consistente en dar la pulsera a un Caballe­ro de Solamnia, el que tú designes, y rogarle que la sostenga. Recuerda que el talismán proviene del rei­no de la oscuridad. Sólo se acoplará a alguien que haya navegado por ella.

— ¡No te precipites! —bramó Tanis, agarrando el enlutado brazo del nigromante al percatarse de que se disponía a partir—. No te entretendré, pero antes has aludido a ciertas nuevas...

—No te conciernen.

Aunque tan hosca postura habría arredrado a cualquier otro, Tanis determinó que le obligaría a com­partir el secreto.—Cuéntame de qué se trata —exigió.

El mago hizo una pausa, y se juntaron sus pobla­das cejas frente a aquel retraso en sus planes. Pero bajo su impaciencia se ocultaba otro sentimiento. El semielfo notó que la mano que lo aprisionaba se po­nía tensa y dedujo que se debía a un espasmo de mie­do. Pero no tuvo tiempo de reflexionar, porque, an­tes de que esta intuición tomara cuerpo en su mente, el aprendiz recobró el control. Sus bellos rasgos, cin­celados cual una escultura, se relajaron hasta asu­mir una perfecta calma.

—La sacerdotisa Crysania ha sido herida mortalmente —recitó frío, con desapego—. Sin embargo, consiguió salvaguardar a Raistlin quien, ileso, ha em­prendido la búsqueda de la Reina para la confronta­ción definitiva. Así me lo ha relatado Su Oscura Ma­jestad.

—¿Qué ha sido de la sacerdotisa? —A Tanis se le hizo un nudo en la garganta al formular esta pregunta—. ¿La ha abandonado tu maestro para que sucumba sin amparo?

—Claro —repuso el otro, sorprendido de que se planteara siquiera la cuestión—. Ha dejado de serle útil.

Sopesando el brazalete, el semielfo estuvo tenta­do de incrustarlo en la blanca dentadura de aquel ser sin entrañas. Por fortuna, caviló a tiempo que la cólera era un lujo fuera de su alcance y que, en una sinrazón como la que ahora vivían, debía abstener­se de juzgar verbalmente el proceder de otros. «¡Qué retahíla de contradicciones, de ingratitudes! —se escandalizó—. Elistan se desplaza a la Torre para so­correr al archimago, y éste se comporta cruelmente con la sucesora del clérigo.»

Girando sobre sus talones, Tanis echó a andar por el corredor en largas zancadas, que, resonando sobre la roca, exteriorizaban la furia que debía re­primir. Pero, aunque se sentía irritado, no soltó el brazalete que le había dado aquella criatura de las tinieblas.

—La magia se activará en cuanto te lo pongas en la muñeca.

La precisión de Dalamar, enunciada en un tono si­nuoso, flotó hasta el semielfo y traspasó el halo que formaba su rabia. Habría jurado que el acólito se reía de su mal humor.

 

 

—¿Qué ocurre, Tanis? —inquirió Gunthar cuando éste se hubo introducido en la cámara del consejo guerrero—. Mi querido colega, estás tan pálido como la misma muerte.

—Nada grave. Acaban de comunicarme unas noti­cias perturbadoras, pero no tardaré en reponerme. —El semielfo respiró hondo y, para atajar un posi­ble interrogatorio, aventuró—: Tampoco vosotros tenéis buen aspecto.

—¿Brindamos por nuestras penurias? —ofreció Markham, levantando su panzuda copa de coñac.

El otro caballero le miró con expresión reproba­toria, severa. Pero el indisciplinado comandante le ignoró y engulló el licor de un solo trago.

—Se ha avistado la ciudadela cruzando las mon­tañas —anunció el digno mandatario solámnico—. Arribará mañana, poco después del alba.

—Tal como me figuraba —asintió Tanis.

Se rascó la barba y, somnoliento, se frotó los pár­pados. Consideró la posibilidad de ingerir unos sor­bos del elixir que tan pródigamente consumía el no­ble Markham. Pero lo contuvo el pensamiento de que podía ejercer una influencia contraria y embotarle todavía más.

—¿Qué llevas en la mano? —indagó Gunthar, quien, tras señalar la pulsera, alargó un brazo para tantearla—. ¿Una especie de amuleto elfo?

—Yo no tocaría esta joya —le recomendó su nuevo propietario, en el instante en que el otro apoyaba las yemas de los dedos en la empañada plata.

— ¡Maldición! —rugió Gunthar, a quien la adver­tencia le llegaba unos segundos tarde.

Retiró tan deprisa el brazo que el brazalete, en el impulso, cayó al suelo, yendo a parar sobre una alfombra tejida por hábiles artesanos. Gunthar se retorció por el dolor que sentía en la muñeca, mien­tras el semielfo se agachaba y recogía la alhaja bajo su atento, incrédulo escrutinio, todo ello con el te­lón de fondo que prestaba a la escena la risa sofoca­da de Markham.

—Nos la ha traído el mago Dalamar desde la To­rre —refirió Tanis a la reducida concurrencia, aje­no al rictus de dolor de Gunthar—. Protege a su por­tador de las agresiones arcanas, lo que, sea quien fuere el escogido, le franqueará el acceso hasta el es­pectro Soth.

—¡Sea quien fuere! —gruñó el coronel a la vez que, enojado, observaba el enrojecimiento de su carne en los puntos de fricción con la joya—. Fijaos, dentro de unos minutos me saldrán las ampollas de las que­maduras y, por si eso fuera poco, he recibido una des­carga que casi me ha provocado un fallo cardíaco. ¿Quién, en nombre del Abismo, puede lucir tan dañino ingenio?

—Yo mismo —terminó de desconcertarle el semiel­fo. «Proviene del reino de la oscuridad, sólo se aco­plará a alguien que haya navegado por ella.» Inca­paz de someterse a la vergüenza de citar las palabras del aprendiz, sonrojándose, mintió—: Si vosotros no resistís su contacto es porque, como Caballeros de Solamnia, hicisteis votos a Paladine en el acto de in­vestidura.

— ¡Entiérralo! —le ordenó Gunthar, por completo impasible frente a sus argumentos—. No necesita­mos la ayuda que pueda proporcionarnos uno de esos Túnicas Negras.

—Yo opino que debemos aceptar el concurso de cualquiera, aunque nos disgusten sus métodos —discrepó Tanis—. Permíteme que te haga memoria sobre el hecho, no por peculiar menos auténtico, de que Dalamar y nosotros luchamos en el mismo ban­do. Y ahora, Markham, ten la bondad de revelarnos tus planes para la defensa de la ciudad.

Deslizando el brazalete en un saquillo y fingiendo no percatarse de la mirada fulgurante del dignata­rio, se dirigió hacia el otro caballero, el cual, pese a su sobresalto por tan repentina invocación, apor­tó su informe en auxilio del semielfo.

Las tropas solámnicas habían emprendido la mar­cha desde la Torre del Sumo Sacerdote, y pasarían varias jornadas antes de que alcanzasen Palanthas. El comandante, a su vez, había enviado un emisario para alertar a los Dragones del Bien. Pero no era pro­bable que estos últimos se presentasen en la urbe con la antelación necesaria.

En vista de tales contratiempos, la ciudad misma se había puesto en guardia. Amothus había convo­cado a sus habitantes y, en un discurso de sencilla oratoria, les había advertido de lo que se avecinaba. Markham aseveró que no había cundido el pánico. Pero Gunther halló aquello inverosímil y obligó al narrador a admitir que había habido algunas des­honrosas excepciones entre los más ricos, quienes habían intentado persuadir a los capitanes de navío, mediante sustanciosas sumas, de que les transpor­tasen a puertos más seguros. Sea como fuere, éstos no se habían dejado sobornar y, además, ninguno se habría hecho a la mar bajo la amenaza que repre­sentaban los tormentosos frentes de nubes. Natural­mente, se habían abierto las puertas de la antigua muralla para que el que deseara correr tal riesgo se refugiara en la espesura. Pero fueron pocos los que tomaron esa opción. Eran conscientes de que en Pa­lanthas les protegerían, al menos, las recias fortifi­caciones y los adiestrados caballeros.

En su fuero interno, Tanis conjeturó que de haber conocido los ciudadanos el verdadero horror al que se enfrentaban, habrían huido, en el convencimien­to de que cualquier avatar era más liviano que el ata­que de la ciudadela. No obstante, tal como se desa­rrollaron los acontecimientos, todos colaboraron en la común tarea de protegerse. Las mujeres se despo­jaron de sus vestidos de brocado y llenaron innume­rables recipientes con agua destinada a apagar los fuegos del combate. Los moradores de la Ciudad Nueva, que carecían de un recinto amurallado, fueron evacuados a la Vieja, cuyos muros y torreones se fortificaron lo mejor posible en el mínimo plazo del que disponían. Se alojó a los niños en las bode­gas y los cobertizos para protegerlos de la lluvia; los mercaderes abrieron sus establecimientos para su­ministrar los enseres imprescindibles, mientras los armeros, por su parte, distribuían pertrechos y las fraguas se mantenían perennemente encendidas, in­cluso de madrugada, para templar espadas, arma­duras y escudos.

Al pasear la vista por el lugar, el semielfo distin­guió luces en la mayoría de los hogares, los candiles que alumbraban a otras tantas familias ocupadas en ultimar los preparativos para una conflagración que, así lo dictaba su propia experiencia, sobrepasaría to­dos los cálculos y previsiones.

Pensando en su carta a Laurana, inhalando aire como si así fuera a disiparse su amargura, resolvió lo que haría. Pero era consciente de que su determi­nación sería ampliamente debatida, de tal suerte que debía trabajar antes el terreno.

—¿Te has planteado qué estrategia empleará Kitiara? —preguntó a Gunthar, lo que entrañaba inte­rrumpir al locuaz Markham.

—Dudo que se devane los sesos urdiendo estrata­gemas —apuntó el interrogado, y se atusó el mos­tacho—. Harán lo mismo que en Kalaman. Acercar su artefacto cuanto puedan. Aunque conviene hacer hincapié en que allí no lograron situarse a su albedrío porque los dragones enemigos les pusieron a raya y en Palanthas, en cambio —se encogió de hombros—, no contamos más que con un limitado contingente reptiliano. Una vez se halle suspendida la ciudadela encima de nosotros, los draconianos saltarán de la plataforma y nos reducirán desde dentro, mien­tras los dragones hostiles, en un vuelo rasante, se enseñorearán del aire...

—Y Soth traspasará las puertas, quedando así cu­biertos todos los flancos —concluyó Tanis.

—Confío en que los refuerzos de nuestras huestes lleguen a tiempo, por lo menos —intervino Mark­ham, y vació de nuevo la copa— para impedir el pi­llaje y la profanación de los cadáveres.

—Kitiara —continuó especulando el semielfo— tiene que acceder a toda costa a la Torre de la Alta Hechicería. Según Dalamar, nadie sale vivo del Ro­bledal de Shoikan, pero también me contó que Raistlin había entregado un talismán a la dama. Quizás aguarde a Soth para que la secunde. El respaldo de un espectro en tan sórdidos menesteres ha de ser ina­preciable.

—Si la Torre es en realidad su objetivo —declaró Gunthar, con especial énfasis en el «si». Quedaba pa­tente que la historia del nigromante y el Portal no le parecía creíble—. Partiendo del supuesto de que estés en lo cierto, imagino que utilizará la pugna como pantalla para sobrevolar los muros a lomos de su animal y posarse en un paraje próximo al edifi­cio. Podríamos apostar en las inmediaciones de la arboleda a algunos caballeros y, así, impedirle el avance.

—Nunca estrecharían convenientemente el cerco —opuso Markham, y apostilló un tardío «amigo mío»—. El Robledal tiene la virtud de desestabilizar los nervios de todos cuantos se mueven en un radio de varias millas.

—Además —coreó Tanis— no podemos prescindir de un solo soldado. Hemos de reservarlos todos para la ofensiva contra Soth y sus legiones fantasmales.

—Hizo un alto y, tras reunir una buena provisión de valor, manifestó—: He concebido un plan. Si me auto­rizáis, os lo propondré.

—Estamos ansiosos por oírlo, semielfo —le invi­taron ambos.

—Tú presumes que la ciudadela nos acometerá desde arriba y el Caballero de la Muerte entrará por la puerta principal, creando una diversión que dará a Kit la oportunidad de escabullirse hacia la Torre. ¿Voy bien?

—Lo has comprendido con exactitud —corroboró Gunthar.

—Entonces, sugiero que unos cuantos hombres monten sobre la grupa de los Dragones Broncíneos y se lancen a la batalla. Yo cabalgaré a Igneo Res­plandor —prosiguió el aguerrido semielfo—. Dado que soy el único a quien la pulsera defiende de Soth, me comprometo a ocuparme de él mientras mi es­cuadra se concentra en los esbirros de ese engendro. Existe, de todos modos, cierta deuda entre nosotros que deseo zanjar —adujo al ver que el coronel hacía una mueca.

—Te lo prohibo de manera rotunda —rechazó éste—. En la Guerra de la Lanza demostraste tu va­lía, pero nunca aprendiste artes marciales y no pue­des derrotar a un Caballero de Solamnia...

—Aunque ese caballero esté ya muerto —intervino Markham, con una risita entre picara y divertida que delataba su incipiente ebriedad.

Los bigotes de Gunthar vibraron, rebosante como estaba de ira, pero acabó de hilvanar su razona­miento.

—Un individuo experto como Soth te aniquilará, con o sin amuletos.

—Debo señalar, sin embargo —volvió a la carga el responsable de la milicia palanthiana, y se obse­quió con otra dosis de alcohol—, que la pericia en el manejo de la espada de nada sirve en este caso sin el brazalete. Un adversario dotado para fulmi­narte mediante un simple vocablo posee una clara ventaja.

—Por favor, Gunthar, escúchame —insistió Tanis, fortalecido por aquellos comentarios que tanto le beneficiaban—. Admito que mi preparación formal ha sido escasa, casi nula, pero mis años de espada­chín sobrepasan a los tuyos en una proporción de dos o tres a uno. Mi sangre elfa...

—El Abismo confunda tu sangre elfa —farfulló el caballero.

Examinó el coronel al incansable bebedor, que en aquel instante olisqueaba los vapores etílicos de la licorera, y le clavó unas pupilas destellantes que ha­brían paralizado a un regimiento. Markham, flemá­tico o rebelde, hizo caso omiso de su superior y se escanció otra ración.

—Si no me dejas otra alternativa, apelaré a mi ran­go —desafió Tanis al mandatario, también sin inmu­tarse.

— ¡El tuyo fue un nombramiento honorífico! —ob­jetó Gunthar, purpúreo su rostro.

—El Código no establece distinciones —le recor­dó el semielfo mostrando una gran sonrisa de triunfo—. Sea cual fuere la causa, la intención al ren­dirme homenaje, ahora soy un Caballero de la Rosa. Y mi edad, que supera la centuria, me confiere veteranía.

— ¡Por los dioses, Gunthar, permítele que muera! —le imprecó el comandante Markham, en medio de unas carcajadas a destiempo que denunciaban su embriaguez—. En el fondo, da igual sucumbir unas horas antes o después.

—Está borracho —le censuró el cabecilla de la Or­den, tan exasperado que se desfiguraron sus rasgos.

—Es joven —le disculpó el semielfo—, y nuestro destino, poco halagüeño. Y bien, ¿tienes ya un vere­dicto? —apremió.

El aludido echaba chispas por los ojos, tal era su cólera. Se plantó a unos centímetros de su interlo­cutor y afloró a sus labios una dura reprimenda, que nunca se articuló en sonidos. El mandatario sabía que aquel que se atreviera a retar a la criatura es­pectral no coronaría su hazaña sino expirando en el acto, aunque le protegiese un talismán poderoso. Y había comprendido que el semielfo era tan cándido, o tan atolondrado, que no reconocía esta verdad. Pero ahora escrutó su sombrío semblante y vio que, una vez más, había errado al juzgarlo.

—Encárgate de que recupere la sobriedad —acce­dió, tragándose el originario impulso verbal con una tos ronca y extendiendo el índice hacia Markham—. En cuanto lo consigas, toma posiciones y adelante. Los caballeros esperarán tu señal.

—Gracias por transigir, amigo mío —murmuró el héroe, conmovido.

—No me resta sino rezar para que los dioses te guarden —añadió el coronel con una voz estran­gulada por la angustia. Y, tras estrujar la mano de su interlocutor, dio media vuelta y abandonó la cámara.

El semielfo caminó unos pasos hacia el caudillo militar de la ciudad que, tras agotar el contenido de la botella de coñac, la contemplaba con alelada obs­tinación. No obstante, vio una mueca burlona en su boca, que despertó sus resquemores. «No está tan ido como aparenta —se dijo—, o acaso como querría.»

Alejándose del caballero, Tanis se asomó a la ven­tana y, contemplando la hermosa ciudad de Palanthas, aguardó los primeros albores del amanecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Laurana

 

 

«Mi esposa querida:

«Cuando nos despedimos, hace ahora una semana, mal podíamos suponer que nuestra separación habría de prolongarse tanto tiempo. ¡Hemos pasado lejos el uno del otro durante períodos tan largos de nuestra vida! Sin embargo, admito que en las presentes cir­cunstancias no lamento que así sea y que, incluso, me reconforta saber que estás a salvo; aunque si Raistlin logra realizar sus designios, temo que no queda­rán reductos seguros en toda la extensión de Krynn.

»Debo ser honesto, amada mía. No abrigo ninguna esperanza de que sobrevivamos. Creo poder afirmar­lo sin romper mi voto de sinceridad, que no me ins­pira miedo la perspectiva de morir. Pero me enfrento a mi destino con acerba furia. En la última guerra podía permitirme el lujo del valor, ya que nada po­seía y nada tenía que perder. Ahora, al contrario, mi deseo de vivir es grande, porque me siento como un desheredado después de haberme arrullado en la di­cha que ambos compartimos y no soporto la idea de que me arrebaten el futuro, nuestro futuro. Pienso en nuestros planes, en los hijos que anhelamos conce­bir y sobre todo en ti, mi adorada Laurana, en el do­lor que ha de infligirte la noticia de mi muerte.

»Las lágrimas de la ira, del pesar, oscurecen mi visión. Sólo me queda rogarte que hagas tuyo el úni­co consuelo que a mí me anima: esta despedida será la última. El mundo no volverá a distanciarnos. Te esperaré, mi Laurana, en ese reino donde hasta el tiempo expira.

»Un atardecer, en las regiones de la eterna prima­vera, del perpetuo claroscuro, posaré mi mirada en la senda y distinguiré tu entrañable silueta caminan­do hacia mí. ¡Es tanta la nitidez con la que te imagi­no, dama de mis sueños! Los postreros rayos del sol poniente bañan tu áureo cabello, mientras ilumina tus ojos un amor que es reflejo del que yo mismo irradio.

«Vendrás a mí, te estrecharé entre mis brazos y, enlazados, nos abandonaremos a ensoñaciones de las que nunca habremos de despertar.

«Eternamente tuyo

Tanis.»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El retorno

 

 

El guarda holgazaneaba en la penumbra de una garita, situada junto a la puerta de la Ciudad Vieja. Oía al otro lado, en el exterior, las voces de los centi­nelas, que, tensos por la excitación y el miedo, pre­sumían de su coraje. Debía de haber una veintena de soldados, pensó el anciano en su refugio. Habían doblado la vigilancia nocturna y, además, aquellos que concluían su servicio preferían quedarse en lu­gar de aprovechar el relevo para retirarse. Sobre la cabeza del solitario personaje retumbaban las mar­ciales, rítmicas pisadas de los Caballeros de Solamnia y mucho más arriba, en el aire, percibía el cru­jiente batir de alas de los dragones e incluso las conversaciones que sostenían los reptiles en su se­creto lenguaje. Se trataba de los animales broncíneos que Gunthar había traído desde la Torre del Sumo Sacerdote y que, al igual que hacían los humanos en tierra, custodiaban el cielo ante la eventualidad de un ataque.

En los tímpanos del vigilante se entremezclaban los sonidos, que eran como los heraldos de un desti­no inminente. Sí, tal era la idea que rondaba por su cabeza, aunque, en honor a la verdad, no la formula­ba en estos términos, ya que las palabras «destino» ni, menos aún, «inminente» formaban parte de su vo­cabulario. Sea como fuere, el conocimiento de lo que se avecinaba estaba en esencia en su mente, y eso era lo importante. El viejo era un antiguo mercenario, había vivido infinidad de episodios semejantes en su juventud y, hay cosas que no cambian, también él se había vanagloriado de las proezas que realizaría al día siguiente, del mismo modo que ahora se jacta­ban los soldados detrás del acceso. Sin embargo, en su primera batalla, el pánico le había dominado has­ta tal extremo que no recordaba de él ni el más ni­mio detalle.

Luego vinieron muchos otros combates, que amol­daron las aprensiones a su cuerpo como una segun­da piel. El pavor no se vencía sino que pasaba a for­mar parte de uno, se blandía junto a la espada hasta que se convertía en algo inseparable. La representa­ción de la batalla que ahora se anunciaba no era dis­tinta. Llegaría la mañana y, para los afortunados, una nueva noche.

Un repentino bullicio de lanzas y voces, un albo­roto general, sacó al anciano guarda de sus filosófi­cas reflexiones. A regañadientes, pero con un ama­go de emoción comparable a la de otros tiempos, asomó la cabeza por la entrada de la garita.

—¡He detectado algo! —alertó a sus superiores un soldado que, jadeante, se personó en las proximida­des de la puerta—. ¡Era un tintineo de armaduras, como si se acercase una tropa completa!

Los otros guardianes espiaron las tinieblas, mien­tras los caballeros, interrumpiendo la ronda, escru­taban la ancha avenida de la Ciudad Nueva, que desembocaba en el portalón principal de la antigua. Se sumaron nuevas antorchas a las que ardían ya en los pedestales de tal modo que, entre todas, proyectaron un círculo de luz en el terreno adyacente. Pero la zona iluminada se terminaba a escasos metros y confería una nota todavía más oscura, más lóbrega, a la ne­grura del entorno. El mercenario oyó los ruidos que describiera el acalorado muchacho. Pero, lejos de espantarse, atendió al consejo de su propia veteranía y se dijo que cuando reinaba la incertidumbre, con el aditamento del terror y la nocturnidad, un solo hombre podía tomarse por un regimiento.

Salió de la garita y, ondeando ambas manos, or­denó a los desconcertados centinelas:

—Volved a vuestros puestos, los de dentro y los de fuera.

Los inexpertos soldados obedecieron. Una vez en las posiciones que les fueran asignadas, prepararon las armas. El viejo luchador, cerrando los dedos so­bre la empuñadura de su espada, atravesó una tram­pilla lateral y en solitario, sin aceptar la ayuda de los más serenos oficiales, se plantó en medio de la calle y aguardó.

Como había vaticinado, a los pocos segundos se ex­puso al radio delimitado por las teas no una división de draconianos, sino un humano que, hubo de admi­tirlo, equivalía a dos en cuanto a la corpulencia. De­trás de él apareció un kender.

Ambos se detuvieron, parpadeando bajo el brillo de las llamas embreadas, y el viejo aventurero les examinó. El grandullón no se cubría con la capa ha­bitual, los ígneos perfiles se reflejaban en una arma­dura que quizás había sido lustrosa en un tiempo, pero que, ahora, se hallaba semioculta por una autén­tica costra de fango y en los puntos descubiertos se veía ennegrecida, como si hubiera sufrido el flagelo de un incendio. El cuerpo del kender también esta­ba cubierto de barro; aunque era ostensible el esfuer­zo que había hecho para limpiarlo en los llamativos calzones azules. El hombre renqueaba al andar, y en los dos viajeros se adivinaban vestigios de una re­ciente lucha.

«Resulta extraño —recapacitó el mercenario—. To­davía no ha estallado ningún conflicto, o al menos a nosotros no se nos ha comunicado.»

—He aquí un par de truhanes, quizá salteadores —masculló el guarda, observando que el hombretón apoyaba la mano en su arma, mientras reconocía el terreno, con la desenvoltura de quien sabe utilizarla.

En cuanto al kender, el veterano advirtió que lo mi­raba todo con la curiosidad natural de su raza. Sin embargo, no dejó de sorprenderle el hecho de que sujetara en sus manos un enorme libro encuaderna­do en piel.

—¿Qué hacéis aquí? —interrogó el mercenario a los recién llegados, y dio un paso al frente—. ¿Cuál es el propósito de vuestra visita a una hora tan in­tempestiva?

—Me llamo Tasslehoff Burrfoot —se presentó el hombrecillo, logrando, tras un breve forcejeo con el libro, liberar la mano y tendérsela al centinela—. Y éste es mi amigo Caramon. Procedemos de Sol...

—El motivo de nuestra «visita», como tú la deno­minas, depende de dónde nos encontremos —atajó a su acompañante el individuo hercúleo, cordial en su tono pero con una grave expresión que hizo titu­bear al anciano.

—¿Significa eso que ignoráis vuestro paradero? —indagó éste, más desconfiado a cada segundo.

—No somos de esta parte del país —contestó aquel que el kender identificara como Caramon—. Perdi­mos nuestro mapa, y al divisar las luces nos enca­minamos hacia aquí.

—Estáis en Palanthas —reveló el vigilante que, en su fuero interno, se repetía: «Si vuestra fábula es cierta, yo soy Amothus».

El hombretón echó un vistazo a su espalda; luego, clavando de nuevo los ojos en el mercenario, al que sobrepasaba toda la cabeza, declaró:

—Así que acabamos de llegar a la Ciudad Nueva. Lo que nos ha despistado —explicó— es que se ha­lla vacía. La hemos recorrido de un extremo a otro y no hemos visto señales de vida. ¿Dónde se ha me­tido la población?

—En el interior. Se ha instaurado el estado de si­tio y los palanthianos se han congregado al amparo de las murallas. Supongo que, por el momento, es cuanto necesito contarte —repuso el viejo—. Y bien, ¿puedes ya decirme cuál es el objeto de esta incursión? ¿Y cómo es posible que no estéis enterados de lo que sucede? La noticia se ha propagado por todo Krynn —agregó, suspicaz.

El gigantesco guerrero se acarició la cara, que no se había rasurado durante varias semanas, y esbozó una sonrisa de complicidad cuando susurró:

—Una redoma de aguardiente enanil le nubla a uno el entendimiento; ¿no estás de acuerdo, capitán?

El aludido asintió, aunque no se dejó llevar por el halago que el otro pretendía hacerle al atribuirle un rango ficticio. Lúcido e incorruptible, se dijo que las pupilas de aquel individuo destilaban una determi­nación que nunca tendría un borrachín. No iba a engañarle. Había contemplado antes miradas agu­das, limpias como aquélla en combatientes que, sabe­dores de que les esperaba la muerte, se habían re­conciliado con los dioses y consigo mismos.

—¿Nos permitirás entrar? —inquirió el hombretón—. Dadas las circunstancias, creo que no os ven­drán nada mal un par de bravíos y veteranos lucha­dores.

—Nos será útil un tipo de tu fornida estructura —confirmó el guarda—. Pero quizá sea mejor aban­donar a éste —hizo un gesto despectivo hacia el kender—, dudo que sirva ni siquiera como carroña para los buitres.

—¡Soy un maestro en pelear! —protestó indigna­do el tal Tasslehoff—. En una ocasión incluso salvé a Caramon, al que tanto admiras. ¿Quieres que te re­late la historia? —propuso, desechado el enfado en favor del entusiasmo—. ¡Te aseguro que es fantástica! Verás, estábamos en una fortaleza mágica don­de Raistlin, el nigromante, me había escondido des­pués de matar a mi amigo... Pasaré por alto esa parte, me entristece recordarla. En cualquier caso, unos enanos oscuros que conspiraban contra Caramon se abalanzaron sobre él y, al resbalar...

— ¡Abrid la puerta! —pidió, horrorizado, el centi­nela.

—Vamos, Tas —apremió el humano al kender.

— ¡Pero si aún falta lo más emocionante! —se la­mentó éste.

—Por cierto, ¿serías tan amable de especificarme la fecha? —rogó al mercenario el individuo muscu­loso a la vez que, con gran agilidad, amordazaba a su compañero para imponerle silencio.

—Día tercero, quinto mes, año 356 —se avino el ve­terano, tan preciso como socarrón—. Te recomiendo que consultes a algún clérigo en la urbe, él sanará tu rodilla.

—Clérigos —musitó el interpelado—, casi había ol­vidado que en esta época vuelve a haberlos. Gracias

—apostilló con voz sonora, para ser oído.

Traspasaron el umbral de la Ciudad Vieja y el guar­dián, que no cesó de observarlos, comprobó que el hombrecillo se liberaba de la manaza con la que el otro le aprisionaba a fin de acallar su parloteo y, acto seguido, escuchó su regañina:

—¡Qué asco! Deberías lavarte, Caramon; casi me asfixias con tus efluvios. ¡Caramba, tengo la boca lle­na de barro! ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Estoy enojado porque no me has dejado acabar la narración. Me has interrumpido en el momento en que iba a hablar de tu desliz en la sangre...

Meneando la cabeza, el vigilante se ocupó de que se cerraran de nuevo los accesos. «Esta pareja debe de haber vivido una experiencia abrumadora —intuyó—, tanto que incluso un kender se quedaría corto al referirla.»

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 Triste despedida

 

 

¿Qué contiene ese párrafo, Caramon? —preguntó Tas mientras, de puntillas, intentaba ver el texto por encima del brazo de su amigo.

— ¡Chitón! —le ordenó el guerrero, irritado—. Es­toy leyendo. Suéltame y no molestes.

El hombretón, después de pasar precipitadamen­te las páginas de las Crónicas que incitara a confiar­le a Astinus, se detuvo en una y procedió a estudiar­la con sumo celo.

Exhalando un suspiro que venía a significar: «¡Esto es injusto, soy yo quien ha cargado con el li­bro! », Tasslehoff se reclinó en el muro y observó el paraje, dolido aún por el exabrupto. Se encontraban debajo de uno de los fanales que usaban los palanthianos para el alumbrado nocturno de sus avenidas. Debía de haber despuntado el nuevo día, se dijo el kender, porque aunque los nubarrones tormentosos oscurecían la luz, la deformaban, envolvía la ciudad una aureola grisácea. Una gélida bruma se elevaba en volutas sobre la bahía y, en torbellinos, fluía a tra­vés de las calles, confiriéndoles una opacidad fan­tasmal.

Los candiles brillaban junto a la mayoría de las ventanas. Pero había escasos paseantes, porque se ha­bía recomendado a los ciudadanos permanecer en sus casas a menos que fueran miembros de la mili­cia. Tas vislumbraba los rostros de las mujeres aplas­tados contra los cristales, al acecho del regreso del esposo o el hijo. Alguna que otra figura solitaria pasaba a toda prisa junto a los dos viajeros, aferrada su arma, hacia la puerta principal de la muralla. Dado el carácter inquieto del hombrecillo, no dejó de satisfacerle presenciar una de las numerosas es­cenas familiares que se habían sucedido a lo largo de la noche: una rendija luminosa frente a ellos anun­ció que se había entreabierto la puerta de una vivien­da, y al punto cruzó el umbral un humano varón, con una herrumbrosa espada al cinto, seguido por una mujer, inmersa en llanto. Él se inclinó y le dio un tier­no beso, antes de besar también al pequeño que la dama acunaba en sus brazos. Luego, girando de ma­nera brusca, el individuo se alejó raudo y, cuando atravesaba la calzada, el kender reparó en que unos gruesos lagrimones surcaban sus pómulos.

— ¡Oh, no! —exclamó Caramon.

—¿Qué ocurre? —indagó Tas, y se alzó en un brin­co para examinar por sí mismo los sucesos que tan­to disgustaban al luchador.

—Escucha —le invitó éste.

Y ambos averiguaron lo que no tardaría en sobre­venir, según el fiel registro del historiador de la gran biblioteca. El pasaje rezaba así:

En la mañana del tercer día apareció la ciudadela flotante sobre Palanthas, escoltada por escuadras de Dragones Azules y Negros. Y, al unísono con el aéreo castillo, surgió delante de las puertas de la Ciudad Vieja otro espectáculo, el de un personaje que forzó a los veteranos de incontables campañas a palidecer de miedo.

El fantasma que ocasionó tal revuelo, un ente que se diría creado a partir de los jirones de la noche mis­ma, era Soth, el Caballero de la Rosa Negra. El es­pectro se materializó a lomos de una pesadilla pobla­da de ojos, de cascos ígneos. Cabalgó en medio de unas nebulosas huestes, sin que nadie osara desafiar­le, hasta el acceso a la ciudad, y los centinelas se die­ron a una despavorida fuga.

Una vez allí, se detuvo.

—Señor de Palanthas —invocó el Caballero de la Muerte al máximo diagnatario, con una voz incorpó­rea que provenía del reino de ultratumba—, rinde a la Señora del Dragón, Kitiara, la urbe que gobiernas.

Entrégale las llaves de la Torre de la Alta Hechi­cería, nómbrala adalid absoluto de tus dominios y ella, a cambio, os concederá la gracia de la paz y perdonará vuestros gráciles edificios de la destruc­ción.

Amothus ocupó el lugar que le correspondía en las almenas, y se enfrentó a tan poderoso oponente. Fue­ron muchos los miembros de su séquito que no re­sistieron la mirada del adversario, azuzados como es­taban por el terror, pero el mandatario se mantuvo enhiesto e, impasible a su propia lividez,, pronunció unas palabras que devolvieron la valentía a aquellos que la habían perdido.

—Transmite este mensaje a tu cabecilla —enco­mendó al espíritu—: Palanthas ha gozado del bienes­tar y la belleza durante numerosas centurias, pero no compraremos ninguna de estas bendiciones si el pre­cio es nuestra libertad.

—Salvaguardas una prerrogativa para empeñar otra más sagrada: la vida —se enfureció Soth.

Sin que mediara más diálogo entre ellos, las legio­nes del caballero cesaron de insinuarse para tomar forma. Le acompañaban trece guerreros cadavéricos que, a la grupa de equinos llameantes, se pusieron en formación a su espalda mientras a su vez, detrás de los luchadores, erguidas en cuádrigas confeccio­nadas con huesos humanos y tiradas por salaman­dras aladas, se dibujaban las mujeres elfas que los dioses condenaran a servir al infame caudillo solámnico. Blandían en la mano espadas de hielo, y el mero eco de sus alaridos presagiaba muerte.

Levantando una mano que sólo era visible merced al guante de acerada malla que la cubría, Soth seña­ló la puerta de la urbe, que, cerrada, le impedía el paso. Susurró un vocablo mágico y, de manera ins­tantánea, un frío estremecedor invadió a los presen­tes hasta congelar sus almas, que no ya su carne. Los remaches metálicos que adornaban las hojas de la puerta se tornaron blancos bajo la escarcha y, al asu­mir también la madera la textura del hielo, el erra­bundo ser la sumió en un sortilegio y la hizo estallar en pedazos.

El engendro del más allá posó los dedos en el pomo de la silla y cargó a través de la destrozada puerta, encabezando a sus imbatibles legiones.

AI otro lado, montando a Igneo Resplandor —un Dragón Broncíneo cuyo nombre reptiliano era Khirsah—, se hallaba Tanis el Semielfo, héroe de la Lanza. En cuanto avistó a su rival, el Caballero de la Rosa Negra quiso fulminarle de inmediato men­cionando el término «muerte», uno de los más efica­ces de su repertorio arcano. Al agredido, que estaba protegido por un brazalete de plata inmune a la ma­gia, no le afectó el encantamiento. Pero la pulsera ya le había salvado en una ocasión y no le protegería en un segundo ataque.

Incapaz de guardar silencio por más tiempo, Tas interrumpió a su amigo.

—¿Qué significa eso de que sólo valía para una confrontación, Caramon? —le interrogó.

El interpelado, que ansiaba proseguir, le indicó con un siseo que se callara y se enfrascó de nuevo en la lectura.

... en un segundo ataque. El Dragón Broncíneo del semielfo, que carecía del influjo de un talismán, expiro al proferir Soth tan letal sustantivo, y su jinete hubo de luchar en tierra. Soth desmontó a fin de ofre­cer al contrincante la oportunidad de defenderse se­gún las leyes de combate de la Orden solámnica, unos preceptos a los que todavía estaba vinculado pese a que había transgredido las fronteras de su jurisdicción varios año  atrás. Tanis se debatió con sorprén­deme arrojo, pero ni sus fuerzas ni sus recursos eran equiparables a los de un espectro. Al fin cayó mortalmente herido, traspasado  su pecho por la espada del caballero.

¡No! —se revolvió el kender—. ¡No podemos per­mitir que perezca! Corramos —urgió al guerrero, zarandeando su brazo—, quizás aún podamos preve­nirle del peligro.

—Yo debo ir a la Torre sin demora, Tas —se opuso Caramon sin alterarse—. No tengo tiempo de buscar al semielfo. Siento la proximidad de Raistlin y he de acudir a su encuentro.

—Bromeas, ¿verdad? —susurró Tasslehoff y, bo­quiabierto, miró ansioso al fortachón—. ¡No pienso cruzarme de brazos y abandonarle a su suerte1. —insistió.

—Por supuesto que no. Yo asistiré a mi cita, pero tú te encargarás de rescatar a Tanis de tan terrible destino —dictaminó el fornido luchador.

El hombrecillo quedó literalmente sin aliento al oír aquella sentencia. Cuando, pasado el primer es­tupor, recobró el habla, su protesta fue poco más que un incoherente y chillón graznido.

—¿Yo? Pero Caramon, sabes tan bien como yo que soy un inepto en las artes marciales. De acuerdo en que presumí frente al guarda...

—Tasslehoff Burrfoot —le imprecó su compa­ñero—, cabe dentro de lo posible que los dioses organizaran toda esta hecatombe para tu particu­lar diversión, pero, si he de ser franco, añadiré que lo dudo. Somos criaturas integrantes del mundo en que vivimos, Tas, y debemos aceptar la responsabi­lidad que nos compete. Es algo que, después de in­terminables y dolorosos azares, he llegado a com­prender.

Suspiró, y empañó su rostro una solemnidad tan atribulada que el kender notó que se le hacía un nudo en la garganta.

—Soy consciente de mis obligaciones, del deber que he contraído con la tierra donde nací —afirmó, compungido—, y estoy dispuesto a participar en todo aquello que esté a mi alcance. Pero no olvides mi in­significancia. No se puede pedir a un ser «pequeño» como yo que desafíe a Soth, ese coloso de «altura». Espero que entiendas lo que simbolizan esos adjeti­vos, ya...

Hendieron el ambiente las notas de un clarín, lue­go de otro. Caramon y Tas enmudecieron, quedaron inmóviles hasta que se hubieron disipado los sones.

—Es la hora, ¿no? —consultó el kender al guerrero.

—Sí —ratificó éste—. Será mejor que te apresures.

Cerrando el libro, el hombretón lo introdujo en una vieja mochila que Tas había requisado —él prefería emplear este término— mientras inspeccionaban la desierta Ciudad Nueva. También había tomado prestadas —otra de sus definiciones favoritas— algu­nas bolsas para su uso personal, así como objetos de interés que, por no cansarle, había omitido mostrar al humano. Puso la palma de la mano sobre la cabe­za de su entrañable amigo y le dijo, a la vez que le acariciaba el ridículo y desgreñado copete:

—Adiós y gracias, mi querido Tas.

—Pero Caramon, ¿qué haré sin ti? —El kender miró al grandullón en la actitud de quien no ha de sobreponerse al desvalimiento, a la soledad—. ¿Dón­de te hallaré si preciso tu ayuda?

El aludido alzó los ojos al cielo, allí donde la To­rre de la Alta Hechicería surcaba, cual una negra fi­sura, el manto de la borrasca. Las llamas de unos candiles ardían tras las ventanas de la planta supe­rior de la mole, actual emplazamiento del laborato­rio... y del Portal.

El hombrecillo imitó al luchador, y se detuvo a contemplar el lóbrego edificio. El frente de nubes descendía en su derredor y los relámpagos juguetea­ban, no menos ominosos, con su pétreo contorno. Re­cordó el día en que, en el lapso que dura una exhala­ción, columbró un primer plano del Robledal de Shoikan, y un escalofrío convulsionó su cuerpo.

— ¡No te internes en ese paraje, Caramon! —supli­có, aferrando la manaza del guerrero.

—Adiós, Tas —reiteró éste su despedida, y se des­hizo de la garra del hombrecillo—. Tengo que hacer lo que he planeado para modificar el desenlace de nuestra historia, y también tú has de imbuirte de la misión que te he asignado. Vamos, no te entretengas, la ciudadela debe de estar suspendida encima de las puertas mientras cotorreamos.

—Pero... —gimió el kender, con la voz entrecortada.

— ¡No hay peros que valgan! —le amonestó el cor­pulento humano—. ¡Déjate de titubeos y cumple tu cometido! —bramó, y los ecos de su cólera se difun­dieron por la calle vacía—. ¿Acaso no te importa que Tanis muera sin mover un dedo en su favor?

Tasslehoff se amedrentó. Nunca antes había visto a su amigo tan airado, al menos no contra él. En sus múltiples aventuras no se produjo ninguna situación que le impulsara a gritarle.

—Claro que me importa —le aseguró dócil, enco­gido—. Es que no sé cómo puedo socorrerle.

—Improvisa —le aconsejó el otro, deseoso de in­fundirle ánimos—. Siempre lo hiciste, y con esplén­didos resultados.

Dando media vuelta, Caramon se alejó. El kender le observó, desconsolado, mientras partía.

—Adiós, amigo —murmuró a la figura en reti­rada—. No te decepcionaré.

El guerrero debió de oírle, pues hizo un alto y giró la cabeza para dirigirse a él con un acento singular, como si se hubiera atragantado, o así se lo pareció al hombrecillo.

—Tengo plena confianza en ti y siempre la conser­varé, independientemente del desarrollo de los acon­tecimientos —le prometió. Y, ondeando la mano, echó de nuevo a andar.

Tas atisbo en la distancia las sombras del Roble­dal, unas brumas que ni el sol lograba disolver en las que, siempre agazapados, anidaban los guardia­nes de la Torre.

Estuvo quieto unos momentos, atento a las evolu­ciones de Caramon hasta que le engulló la penum­bra. Abrigaba la secreta esperanza, se sintió capaz de admitirlo en un inusitado alarde de sinceridad, de que el guerrero cambiara de idea y, antes de es­fumarse, le ofreciera: «¡Aguarda, iré contigo al res­cate de Tanis!».

No fue así. «Lo que pone el asunto enteramente en mis manos —pensó el kender—. ¡Y me ha reprendi­do de modo brusco!», se autocompadeció mientras, lloroso, tomaba el rumbo opuesto al de su compa­ñero, es decir, el de la puerta. Tan deprimido estaba, que el corazón, de un vuelco, fue a refugiarse en las enfangadas botas, aumentando su peso. No conocía un método practicable para liberar a Tanis de la embestida de un Caballero de la Muerte. Cuanto más reflexionaba, más incongruente se le antojaba que Caramon le hubiera encargado tal empresa.

—De todos modos, salvé la vida del hombretón —farfulló—. Quizá por eso ha decidido...

Se detuvo de repente y se plantó, cual una estatua, en medio de la calzada.

— ¡Se ha deshecho de mí! —vociferó—. Tasslehoff Burrfoot, tienes menos seso que un mosquito o, como solía calificarte Flint, eres un perfecto botarate. Se ha desembarazado de mi presencia porque no quie­re que sea testigo de su muerte, se encamina hacia su propio fin. ¡Lo del rescate del semielfo era un sub­terfugio!

Desdichado, confundido, exploró la avenida en am­bos sentidos. «¿Qué puedo hacer?», se preguntó. Dio un paso hacia Caramon, pero frenó su impulso un nuevo clamor musical, esta vez estridente y discor­de como si el instrumento, por su propia iniciativa, expresara alarma. E, imponiéndose a éste, creyó re­conocer la voz de una criatura que impartía órdenes: la de Tanis.

—Si me uno al guerrero, será el semielfo quien no tardará en exhalar su último suspiro —vaticinó, y avanzó un paso hacia donde éste se hallaba.

Su elección, no obstante, fue pasajera. Hizo otro alto, ensortijando un mechón del copete en su mano como para significar hasta qué extremo también su mente se encontraba sumida en un remolino. Nun­ca, en su dilatada existencia, había sido víctima de tan hondas frustraciones.

—Los dos me necesitan —razonó—, y yo no puedo escoger.

«¡Ya lo tengo!» Estaba pictórico de felicidad, la so­lución se había dibujado en su cerebro cuando más proclive se sentía al pesimismo. Ahora resuelto, el hombrecillo emprendió una rápida carrera hacia la entrada de la ciudad.

—Rescataré a Tanis —musitó jadeante, en el mis­mo momento en que se adentraba en una calleja que acortaría el trayecto—, y más tarde regresaré para prestar mi ayuda a Caramon. Imagino que el semiel­fo me será útil en el segundo empeño.

Mientras corría por el atajo, haciendo huir a los asustados gatos, frunció el entrecejo y caviló: «He perdido la cuenta de la cantidad de héroes que he tenido que salvar. ¡Empiezo a hastiarme de todos ellos!»

 

 

La ciudadela flotante hizo su aparición en el cielo de Palanthas coincidiendo con el cambio de guardia, motivo por el que sonaron los clarines. Los majes­tuosos, si bien algo derruidos, torreones, las alme­nas, los imponentes muros de roca, las ventanas iluminadas y repletas de tropas draconianas, todos estos pormenores se hicieron ostensibles a medida que el artefacto descendía, siempre sustentado por sus ci­mientos de nubes mágicas, hirvientes.

La muralla de la Ciudad Vieja estaba atestada de hombres, ya fueran ciudadanos, caballeros o merce­narios. Ninguno despegó los labios, se contentaron con apretar sus armas y, silenciosos, presenciar la escena.

De todas maneras, en la quietud general, retum­baron algunas palabras al aproximarse el castillo vo­lador o, en honor a la verdad, fueron muchas las que brotaron de una sola garganta. Tas, en efecto, palmeó sobrecogido frente a la espectacular visión y co­mentó:

—¿No es avasalladora? ¡Había olvidado cuan mag­níficas y gloriosas pueden resultar estas fortalezas aéreas en su vuelo! Daría cualquier cosa por viajar en una de ellas. —El kender meneó la cabeza y, como nadie más podía hacerlo, se reprendió a sí mismo, aunque adoptando el tono de Flint—: Ahora no, Burrfoot, tienes un trabajo que hacer. Aquí está la puer­ta, allí la ciudadela —reconoció el terreno—, y Amothus se acerca entre sus guarniciones. Presenta un aspecto horrible, he visto cadáveres más risueños. Pero ¿dónde se ha metido...? ¡Creo que ya viene!

Una procesión asomó por detrás de un recodo y marchó, calle adelante, hacia donde estaba Tasslehoff. La componían un grupo de Caballeros de Solamnia que conducían sus caballos de la mano y, en su lento desfilar, exhibían unos rostros solemnes y tensos, sin intercambiar las chanzas habituales poco antes de la batalla. No hablaban, no se molestaban en disimular su triste conocimiento de que, en la ma­yoría de los casos, la muerte acechaba al final del recorrido. Les acaudillaba un individuo cuya pobla­da barba destacaba en brusco contraste respecto a los semblantes rasurados, provistos de mostachos, de los soldados. Además, pese a que lucía la arma­dura que le acreditaba como Caballero de la Rosa, no mostraba la soltura de otros portadores de idén­tico emblema.

—Tanis siempre detestó las cotas de malla y otros atuendos guerreros —rememoró el kender a media voz, mientras examinaba a su amigo—, y sin embar­go no ha podido negarse a vestir el uniforme de la hermandad solámnica. ¿Qué diría Sturm si estuvie­se aquí? ¡Ojalá se hallara en mi flanco, él o alguien de su inteligencia y agallas! —deseó, y una lágrima surcó su nariz antes de que acertara a enjugarla.

Cuando los caballeros se hubieron aproximado al portalón, Tanis se detuvo y volvió la cara para dar las oportunas instrucciones a las filas. El crujir de las alas reptilianas restallaba en las alturas y, al alzar el rostro en un gesto mecánico, Tasslehoff descubrió a Khirsah que, en estrecho círculo, capi­taneaba una formación de Dragones Broncíneos. La ciudadela también se desplazaba hacia el muro a un ritmo tan regular, tan pausado, como si se descolga­se sujeta de una cuerda.

«Sturm no está junto a mí, ni Caramon, ni nadie —se desengañó el kender, que con sólo evocar a aque­llos personajes ya los había visualizado—. Una vez más, Burrfoot, eres tú quien ha de organizar la ofen­siva. Tienes que discurrir», se arengó, y secó las lágrimas que bañaban sus mejillas.

Por su mente cruzaron todo tipo de proyectos, cada uno más disparatado que el precedente. El primero consistía en inmovilizar al semielfo a punta de es­pada («Te clavaré una estocada si no levantas las ma­nos, Tanis, hablo muy en serio»), luego estudió un ardid para golpearle en el cráneo con una roca («Despójate de tu yelmo, amigo, será sólo un instan­te») e incluso, insatisfecho con tales soluciones, lle­gó a considerar la alternativa de decir la verdad («Verás, retrocedimos en el tiempo y, cuando regre­samos, cometimos un error de cálculo y nos despla­zamos al futuro de tal modo que Caramon, en un arrebato, quitó este libro a Astinus poco antes del fin del mundo y así, gracias a lo que había escrito en sus páginas, en el último capítulo, averiguó que habías de morir y...»).

De repente, el objeto de sus bien intencionadas maquinaciones alzó el brazo derecho. Un resplandor argénteo capturó la atención de Tas, quien, suspi­rando a modo de desahogo, musitó:

—Ahora sí sé cómo solventar el conflicto. Es muy simple, haré aquello para lo que estoy más dotado.

 

 

—Sea cual fuere el desarrollo de los acontecimien­tos, dejadme a Soth —pidió Tanis, mirando con som­bría actitud a los caballeros que se habían cuadra­do a su alrededor.

—Pero, mi apreciado colega... —empezó a sermo­nearle Markham, deseoso de hacerle entrar en razón.

—No voy a discutir contigo —le atajó el semielfo—. Sin un talismán ninguno de vosotros tiene la más mí­nima posibilidad de vencer al espectro y, además, sois necesarios para combatir contra sus legiones. Jura por el Código y la Medida que no te inmiscui­rás en mi terreno, o me obligarás a expulsarte del campo de batalla. ¡Jurad todos que acataréis mi vo­luntad! —exigió de los hombres.

Al otro lado de la puerta cerrada, una voz profun­da, hueca como si brotase de una caverna, invitó a Palanthas a rendirse. Los soldados solámnicos se consultaron unos a otros con los ojos, trémulos sus cuerpos debido al miedo que les infundía aquel so­nido inhumano. Se produjeron unos segundos de si­lencio, una letal expectación que sólo rompía el ba­tir de las alas reptilianas mientras las desmesuradas criaturas de escamas de bronce, de plata, azules y negras describían elipses en las alturas, espiándose y al acecho de la señal de ataque. Khirsah, el Dra­gón de Tanis, planeaba no muy lejos de su jinete, presto a recogerle en cuanto éste se lo ordenase.

Resonó en el ambiente otra voz articulada, la de Amothus, que respondió al Caballero de la Muerte firme, inconmovible, aunque con un delator quiebro en las inflexiones del discurso.

—Transmite este mensaje a tu cabecilla: Palanthas ha gozado del bienestar y la belleza durante nume­rosas centurias, pero no compraremos ninguna de estas bendiciones si el precio es nuestra libertad.

—Juro por el Código y la Medida someterme a tus decisiones —cedió Markham al imperativo semielfo.

—También nosotros —le corearon los hombres que tenía a su cargo.

—Gracias —se congratuló Tanis, posando la vista en aquellos guerreros leales y meditando que no tar­daría en malograrse su juventud, que también él... No, no debía comportarse como una plañidera. Me­neó la cabeza y llamó a su cabalgadura—: Khirsah, ya puedes...

No concluyó la frase, pues, cuando ésta afloraba a sus labios, oyó una espantosa conmoción en las fi­las de la retaguardia.

— ¡Quita las pezuñas de mis pies, animal desma­ñado! —gritó el supuesto alborotador.

Piafó un caballo y en los tímpanos del barbudo se­mielfo vibró el reniego de un soldado, seguido por las porfías de alguien que, en tono chillón, protesta­ba su inocencia.

—El afrentado soy yo —afirmó—, tu caballo me ha pisado. Flint no se equivocaba al evitar a esas bes­tias estúpidas.

Los otros cuadrúpedos, que presentían la inminen­te contienda y afectados por el nerviosismo de sus amos, por la contagiosa tensión que presidía la es­pera, irguieron las orejas y relincharon ruidosamen­te. Uno incluso se salió de la hilera, sin que un in­mediato tirón de las bridas le restituyera a su lugar.

—¿Acaso no sois capaces ni de dominar a vuestros caballos? —rugió Tanis—. ¿Qué ocurre ahí atrás?

—¡Dejadme pasar! Apartaos de mi camino y no me importunéis. ¿Es tuya esta daga? Sin duda ha res­balado hasta el suelo. Tienes suerte de que yo, por pura casualidad —prosiguió el personaje de preten­dida candidez—, haya reparado en ella.

Fuera, en la Ciudad Nueva, volvió a elevarse la voz del caballero espectral augurando la muerte de to­dos sus rivales. Casi al unísono, a unos pasos del se­mielfo, el intruso se dio a conocer:

—Soy yo, Tanis, Tasslehoff.

El héroe de la Lanza se sintió al borde del des­mayo. No habría podido discernir, en aquel preciso instante, cuál de las dos voces le aterrorizaba más. Sin embargo, no había tiempo para reflexionar ni desentrañar sus emociones: por encima del hombro, el adalid advirtió que la puerta se tornaba de hielo y comenzaba a resquebrajarse.

— ¡Tanis! —le invocó alguien, colgado de su bra­zo—. ¡Oh, Tanis, cuánto me alegro de encontrarte! —persistió aquel ser en aturdirle, en vapulearle—. ¡Tienes que acompañarme y salvar a Caramon! Se dirige en solitario al Robledal de Shoikan; ¡hemos de socorrerle sin tardanza!

«¡Caramon ha muerto! —fue el primer pensamien­to del semielfo, pero se abstuvo de expresarlo en voz alta, porque según sus noticias, también el kender había expirado—. ¿Tanto me enajena el pánico que veo visiones?»

Alguien gritó y, al mirar con aire ausente a sus se­guidores, Tanis observó que sus rostros se demuda­ban bajo los yelmos y asumían una lividez cadavéri­ca. Comprendió que Soth y sus huestes habían atravesado el umbral de la Ciudad, y regresó a la rea­lidad.

— ¡Montad! —mandó a los suyos a la vez que, en un frenesí, forcejeaba para desembarazarse de las ga­rras del tenaz hombrecillo—. Escucha, amigo, no es ésta ocasión propicia para distraerme. ¡Vete, maldi­ta sea! —le imprecó al fin.

—¿Distraerte? —se soliviantó Tasslehoff—. Te co­munico que Caramon va a morir y eso es lo único que se te ocurre decir, ¡una bonita manera de reac­cionar!

—Nuestro compañero ya ha muerto —repuso el aludido con evidente impaciencia.

Khirsah aterrizó a su lado, lanzando un belicoso bramido. Bondadosos y perversos, en ese punto to­dos coincidían, los otros dragones le imitaron antes de, en una auténtica exhibición de fiereza, abalan­zarse contra los rivales más cercanos con las zarpas extendidas. La refriega había estallado, la atmósfe­ra se impregnó de llamaradas y de ácidos malolien­tes. En la ciudadela flotante los clarines proclama­ron el zafarrancho y, entre vítores de entusiasmo, los draconianos iniciaron sus descensos sobre la ciudad, desplegadas sus correosas alas para amortiguar la caída.

El Caballero de la Rosa Negra, envuelto en los eflu­vios de muerte que despedía su ser descarnado, avan­zaba implacable hacia el interior de la bella Palanthas.

A pesar de sus denodados afanes, el semielfo no conseguía desprenderse de su eventual aprehensor. Al rato, renegando entre dientes, pasó a la contra­ofensiva: asió al kender por la cintura y, tan rabioso que casi se asfixió él mismo, lo arrojó cual un proyectil a una calleja vecina.

—¡Y haz el favor de quedarte ahí! —vociferó.

—¡No vayas! —suplicó el otro—. ¡Sé de buena tin­ta que no sobrevivirás!

Tras examinar por última vez al impertinente Tas, sin plantearse la posibilidad de prestar oídos a to­dos aquellos despropósitos, el héroe giró sobre sus talones y echó a correr, mientras repetía el nombre de Igneo Resplandor. El reptil, que durante la reyer­ta particular de los viejos compañeros había volado para conducir a su escuadra, acudió raudo. En un santiamén, se posó en la calle.

— ¡Tanis, no puedes encararte con Soth sin el bra­zalete! —le avisó el astuto hombrecillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 Caramon, su misión y el Robledal

 

 

¡El brazalete! Tanis miró su muñeca y constató que, en efecto, la alhaja había desaparecido. Agil de reflejos, el semielfo se volvió y arremetió contra el kender, pero éste, no menos veloz, había emprendi­do la fuga. El hombrecillo corría calle abajo como si en ello le fuera la vida y, en realidad, cualquier espectador que pudiera atisbar la faz del héroe con­cluiría que tal manera de expresarse nada tenía de metafórica.

Cuando se disponía a perseguir al huido, una lla­mada de Markham detuvo al semielfo. Centró unos minutos su atención en el paraje donde aguardaban las tropas y contempló al caballero Soth a lomos de su pesadilla, enmarcado por los ajustados bloques de piedra que, antes de desintegrarse las puertas, las circundaban. Al entrar en la fabulosa ciudad de Palanthas, el espectro fijó sus llameantes pupilas en Ta­nis y le forzó a sostener aquella mirada indefinible. Incluso a tanta distancia como aún les separaba, el héroe sintió que su alma se retorcía en el halo de pa­vor que siempre destilan los muertos errantes.

¿Qué podía hacer? Le habían arrebatado su amu­leto, sin él estaba indefenso. No tenía ninguna pro­babilidad de éxito. «Gracias a los dioses —pensó en la fracción de segundo de que disponía—, no soy un Caballero de Solamnia y, por consiguiente, no he ju­rado morir con honor.»

— ¡Escapad! —ordenó a través de unos labios tan resecos, de unos músculos tan rígidos, que apenas podía articular los sonidos—. Batíos en retirada, nunca venceríais a semejante ejército. ¡Recordad vuestra solemne promesa de obedecerme! —insistió frente a la reticencia de sus hombres—. Sacrificad vuestras vidas, si así lo queréis, luchando contra cria­turas de carne y hueso.

Mientras aleccionaba a las tropas, un draconiano tomó tierra delante de él, desfigurada su ya horren­da faz por la sed de sangre. Conminándose a no en­sartar la espada en aquel engendro inmundo cuyo cuerpo, al convertirse en piedra, atenazaría el filo sin darle opción a desincrustarlo, acometió su rostro con la empuñadura, le propinó una lluvia de puntapiés en el estómago y saltó sobre él en cuanto se de­rrumbó.

Oyó a su espalda, después de rematar a su agre­sor, un gran estrépito de cascos y relinchos de páni­co. Confiaba en que los caballeros cumplirían la pa­labra que habían empeñado, sobre todo en su propio beneficio; pero no podía quedarse para comprobar­lo. Quizá todavía no era demasiado tarde. Si atrapa­ba a Tasslehoff y recuperaba el brazalete mágico se enfrentaría a su portentoso contrincante hasta de­rrotarlo o sucumbir.

—¡El kender! —urgió al dragón, a la vez que seña­laba con el dedo a una figura en movimiento que pa­recía tener alas en los pies.

Khirsah comprendió la indicación y partió sin de­mora, tan rasante su vuelo que las puntas de sus alas rozaron los edificios y provocaron un verdadero alud de piedras y ladrillos en la avenida. El semielfo le siguió a la carrera, esquivando los escombros y sin volver la vista atrás. Por otra parte, no era necesario presenciar la escena, ya que los alaridos agónicos, los gemidos de angustia, le revelaban lo que estaba sucediendo.

Aquella mañana, la muerte cabalgó a placer por las calles de Palanthas. Bajo el caudillaje de Soth, las huestes de ultratumba traspasaron el umbral cual una glacial ventolera y marchitaron todo cuan­to interceptaba su avance.

Cuando el semielfo les alcanzó, Igneo Resplandor sujetaba a Tasslehoff entre sus dientes. Después de morder la parte trasera de sus calzones azules, el rep­til le alzó en posición invertida y comenzó a zaran­dearlo a la manera de los más eficientes celadores, quienes, antes de encerrar a los prisioneros, solían registrarles de arriba abajo. Se abrieron los recién «requisados» saquillos de la víctima y brotó de su interior un curioso amasijo de anillos, cucharas y otras bagatelas, así como un servilletero de elegante talla y, junto a él, medio queso.

Sin embargo, al hacer inventario mental de los te­soros, el héroe de la Lanza no halló su joya.

—¿Dónde está, Tas? —interrogó al cautivo, exas­perado, asioso de agarrarle por los hombros y agi­tarle personalmente.

—Nunca darás con esa pulsera —replicó el otro con las mandíbulas apretadas.

—Khirsah, puedes bajarle —dictaminó Tanis—. Vi­gila mientras conferenciamos.

La ciudadela se siluetaba, egregia, encima de la muralla. Desde su ahora inmóvil plataforma sus os­curos magos y clérigos trataban de tener a raya a los fieros Dragones Broncíneos, rodeados por los cega­dores destellos de los relámpagos, sus propios rayos arcanos y la bruma que formaba el humo. En esta creciente neblina, el semielfo creyó columbrar, aun­que en una imagen fugaz y confusa, a un reptil azul en el acto de abandonar el castillo. «A su grupa debe de ir Kitiara», intuyó, pero sus numerosas cuitas de otro orden no admitían digresiones íntimas.

Khirsah, sumiso, soltó a su presa —que casi se des­plomó de bruces— y, extendiendo sus apéndices vo­ladores, se situó de frente a la zona sur de la ciudad, donde se agrupaba el enemigo y los defensores palanthianos se debatían valientemente para refrenar su ímpetu.

El semielfo escrutó al pequeño rehén, quien, lejos de amedrentarse, se incorporó y adoptó una postu­ra desafiante.

—Tasslehoff —le reconvino el adalid, con voz que­brada debido al supremo alarde de voluntad que entrañaba refrenar la ira—, esta vez has ido demasia­do lejos. Tu travesura, si se la puede denominar así, quizá cueste la vida a centenares de ciudadanos.

Entrégame el brazalete y, a partir de este instante, ol­vida nuestra amistad.

Persuadido de que el kender le ofrecería alguna ex­cusa descabellada o se ampararía en el llanto a fin de hacerse perdonar, Tanis no estaba preparado para encararse con él, que con serena dignidad, pálido y ligeramente tembloroso, sentenció:

—Es muy difícil de explicar, y no tengo tiempo de hacerlo en las presentes circunstancias, pero tu com­bate singular contra Soth no habría alterado el de­senlace de este asedio más que en un aspecto. Has de escucharme, Tanis —reclamó de su interlocutor—, porque estoy diciendo la verdad. Los palanthianos que estaban condenados habrían muerto igual, y la diferencia a la que aludía es que también tú habrías perecido. Todavía hay algo más que debes conocer: tu destrucción habría preludiado la del mundo, así que el hecho de que vivas quizá sea beneficioso para quienes superen el percance. Ahora —terminó auto­ritario, imbuido de la trascendencia de su empeño, mientras recomponía su atuendo y enderezaba los saquillos en su cintura—, vamos a rescatar a Caramon.

Tanis lo miró con las pupilas dilatadas antes de que, mostrando palpables síntomas de fatiga, se lle­vara las manos a la cabeza y prescindiera del acera­do yelmo. Incapaz de despejar las incógnitas del acer­tijo, tuvo que claudicar.

—De acuerdo, Tasslehoff, tú ganas —susurró—. Dejemos al margen esa historia. Háblame sólo de nuestro objetivo. ¿Está vivo el guerrero? ¿Dónde se encuentra?

—Eso es lo que me inquieta —contestó el hombre­cillo, satisfecho de haber arrastrado al semielfo a su terreno pero con las facciones contraídas por la preocupación—. Ignoro su estado actual. Lo único que puedo asegurar es que no durará mucho, aun en el caso de que ahora respire. Se ha obstinado en in­ternarse en el Robledal de Shoikan.

—¿En esa satánica arboleda? —se asombró el héroe—. ¡Es imposible atravesarla, sortear ileso sus peligros!

—¡Exacto! —exclamó el kender. Tirando nervioso de su copete, añadió—: ¿Por qué si no iba a acudir a ti en un momento tan crucial? Se ha formado el propósito de introducirse en la Torre de la Alta He­chicería para frustrar el regreso de Raistlin.

—Empiezo a figurarme lo que pasa —declaró Tanis, que había atado los primeros cabos—. ¡En mar­cha! Guíame tú. ¿Adonde nos dirigimos?

—¿Me acompañarás? ¿Has decidido darme ese voto de confianza? —A Tasslehoff se le iluminó el semblante al saberse secundado—. ¡Me alegro tan­to! No tienes idea de la responsabilidad que entra­ña ocuparse de Caramon. Por aquí —indicó, jubiloso.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ti, semielfo? —preguntó Khirsah a su jinete, antes de que par­tieran, aleteando y prendiendo una anhelante mira­da en la batalla que se libraba en el aire.

—No, nada, a menos que poseas inmunidad con­tra los entes del Robledal de Shoikan —contestó éste.

—Temo que no, señor —dijo el reptil, compun­gido—. Ni siquiera los dragones pueden cruzar ese paraje maldito. Te deseo la mejor de las fortunas, pero no abrigues esperanzas respecto a tu amigo. Lo más probable es que haya muerto.

Pronunciadas tales frases de despedida, el esplén­dido animal dio un brinco y surcó las aéreas corrien­tes en busca de acción. Meneando la cabeza, el semielfo echó a andar calle abajo a buen ritmo seguido por el kender, que hubo de emprender un ágil trotecillo para no quedar rezagado.

—Quizá Caramon haya retrocedido después de al­canzar los aledaños del bosque —aventuró Tas, animoso—. La última vez que Flint y yo lo visitamos, me paralizó el terror; confieso que acabé huyendo despavorido. ¡Y eso que a los de mi raza no nos asus­ta nada!

—La misión que se ha trazado es detener a Raist­lin, ¿no es así?

El hombrecillo asintió con un ademán.

—Entonces —vaticinó el semielfo—, nada se inter­pondrá en su camino.

 

 

Caramon había tenido que hacer acopio de todos sus arrestos para aproximarse siquiera a la mágica arboleda. Merced a sus inherentes cualidades gue­rreras, a su disciplina, consiguió acceder a un lugar más cercano que ningún otro mortal que, al igual que él, careciese de un amuleto, único salvoconducto se­guro en el universo arcano. Se hallaba ahora frente a los troncos fantasmales, silenciosos, sudando a borbotones mientras trataba de exhortarse a avan­zar un nuevo paso.

—Me aguarda la muerte en ese recinto —mur­muró, y se lamió los cuarteados labios—. Pero esa perspectiva no ha de acobardar a alguien como yo, que he topado con el destino en innumerables oca­siones.

Tensa la mano en torno a la empuñadura de su es­pada, avanzó un paso.

—Además —prosiguió con sus cábalas verbales—, no es tan fácil aniquilarme. Son muchos los seres que dependen de mí. No pienso permitir que unos sim­ples vegetales se interfieran en la ejecución de mi co­metido. ¡Viviré!

Su pierna recorrió otro tramo.

—He deambulado por paisajes más siniestros que éste. —Y, junto a esta reiterada infusión de optimis­mo, sus piernas volvieron a moverse hacia los robles—. He estado en el Bosque de Wayreth, en un Krynn moribundo y, en tal odisea, he presenciado el fin del mundo. No —persistió—, no se ocultan aquí horrores a los que no pueda sobreponerme.

Y, bajo el efecto estimulante de su propia arenga, reanudó el accidentado caminar y penetró en el Ro­bledal de Shoikan.

Se zambulló de inmediato en una negrura eter­na, infinita, y voló con la memoria al día aciago en que viajó de Istar a la Torre cegado por el encantamiento de Crysania. Sin embargo, entonces no esta­ba solo. El pánico se apoderó de él al hacerse esta consideración y al percibir, también, el vibrante pal­pito de las tinieblas. Era el latir de una existencia profana, de una vida que no era tal sino una febril perseverancia después del ocaso. Sus vísceras per­dieron tersura, cayó de rodillas entre sollozos y con­vulsiones.

—Eres nuestro —le siseaban unas voces suaves, embrujadoras—. Tu carne, tu calor, tu vida nos per­tenecen. Ven hacia nosotras, deleita el errar de es­tas criaturas con la dulce savia de tus venas, con la tibieza de tu piel. Tenemos más frío del que nadie soportaría, caldea el ambiente y perdura en este pla­no superior.

Entre hipnotizado y presa del espanto, el hombretón vaciló. Cuando parecía vencer el miedo y el abru­mado luchador se decía que, con sólo dar media vuel­ta, podría huir de aquellas engañosas hechiceras, surgió una insospechada energía de sus entrañas y le espoleó mediante el simple recordatorio de su em­presa: «Debes desbaratar los planes de Raistlin, con­tinúa».

Por primera vez en varios años, y tras desoír los cánticos femeninos, el guerrero rebuscó en su alma y sacó de un prolongado letargo aquella misma vo­luntad indómita que llevara a su gemelo a menos­preciar su fragilidad, el dolor e incluso la muerte para realizar sus aspiraciones. Rechinantes los dien­tes, incapaz de mantenerse erguido pero resuelto a no desfallecer, Caramon gateó a través del sotobosque.

Fue un gallardo esfuerzo que, desgraciadamente, no le condujo a ninguna parte. Al examinar la espe­sura, vio, en una especie de paralizada fascinación, una mano incorpórea que había brotado de la tierra y, con dedos glaciales y suaves como el mármol, se cerraba alrededor de su muñeca y le atraía hacia si­mas ignotas. Se debatió a la desesperada para libe­rarse, pero otras manos de análoga textura se abrie­ron paso en la hojarasca y le aprisionaron, le clavaron afiladas uñas en sus extremidades. Sintió que le succionaban. Los insinuantes coros de antes comenzaron de nuevo a envolverle y, al mismo tiem­po, labios duros, córneos, le besaron en un rito ma­léfico. Su corazón se congeló.

—He fracasado —gimió.

 

 

—¿Caramon? —invocó alguien, con una nota de angustia.

El guerrero pestañeó.

— ¡Tanis, ya vuelve en sí! —anunció el mismo per­sonaje, ahora reconfortado.

El yaciente abrió los ojos y se tropezó con el ros­tro del semielfo, quien le estudiaba aliviado si bien a este sentimiento se mezclaban el asombro, cierta dosis de incredulidad y la más patente admiración.

— ¡Tanis!

Sentándose tambaleante, entumecido aún por el pavor, el guerrero estrechó en sus brazos a aquel ami­go de aventuras y le estrujó con fuerza, entre lá­grimas.

— ¡Mi viejo compañero! —le saludó el semielfo, y no pudo expresar su emoción porque el llanto sofo­có, también en su caso, toda intentona.

—¿Cómo te encuentras? —intervino Tas, que no se había separado del guerrero mientras éste permane­ció desmayado.

—Bien —informó el interpelado con un quebrado suspiro—. Eso creo.

—Tu hazaña ha sido la mayor prueba de valor que vi jamás en un hombre —ensalzó Tanis a su forzudo amigo y, solemne su porte, reculó para observarle acuclillado—. De valor... y de estulticia.

—Tienes razón —admitió Caramon, ruboroso, avergonzado—. Ya me conoces, en ocasiones me com­porto de un modo irracional.

—¿Te conozco? —repitió el semielfo y, a fin de subrayar su duda, se rascó la barba. Escrutó la es­pléndida constitución del humano, su tez broncea­da, la madurez y la entereza que se leían en sus pupilas—. ¡No puedo asimilarlo! —le imprecó—. Hace un mes te desplomaste a mis pies como un far­do, ebrio hasta la inconsciencia. ¡Casi te pisabas los rollos mantecosos del estómago! Y ahora...

—En la experiencia que me ha tocado sufrir —relató el luchador—, las semanas debían contarse como décadas. Es todo cuanto puedo revelarte. Pero ¿qué hacéis aquí? ¿Cómo me habéis sacado de esa escalofriante arboleda? —inquirió también él y, al lanzar una furtiva mirada atrás, distinguió los con­tornos de los robles al fondo de la calle y no pudo dejar de estremecerse.

—Fui yo quien di con tu paradero —le esclareció el semielfo, incorporándose y ayudando al conmocionado hombretón a hacer lo mismo—. Aquellas ma­nos tiraban de ti, mi buen amigo. Presiento que no habrías hallado bajo esa tierra el reposo que me­reces.

—Pero ¿cómo os internasteis vosotros? —volvió a interrogarle Caramon.

—Utilizando esta hermosa obra  de orfebrería —bromeó Tanis, y le enseñó el argénteo brazalete.

—¿Y os escudó a ambos de esos engendros del Mal? Quizá...

—No te hagas ilusiones —se anticipó el semielfo a lo que el guerrero iba a proponer y embutió la joya en su cinturón mientras, receloso, espiaba a Tas, quien se había convertido en la viva estampa del candor—. Su aura mágica a duras penas me ha fran­queado el acceso a esa malhadada espesura. En más de un momento he notado que su poder disminuía.

Se disolvió la jovialidad en los rasgos de Caramon.

—También yo recurrí al ingenio arcano que com­partimos —comentó, más al kender que al semielfo, ya que este último ignoraba la existencia de tal artilugio—. Fue en vano, aunque no me decepcionó constatarlo porque lo intuí desde el principio. No nos salvaguardaría ni de los fantasmas de Wayreth, a to­das luces más benignos. ¡Ni siquiera se transformó! Estuvo a punto de desmembrarse, así que renuncié. —Guardó unos segundos de silencio y, deformada la voz por la ansiedad, estalló—: ¡Tanis, debo llegar has­ta la Torre! No voy ahora a desvelarte el secreto, pero un cúmulo de circunstancias me han hecho testigo del futuro, de las calamidades que arrasarán Krynn si no penetro en el Portal y freno a mi hermano cuan­do inicie el retorno. ¡Soy el único que puede interceptarle!

Sobresaltado por tanta vehemencia, el aludido posó una mano en el hombro del grandullón con in­tención de invitarle a la calma.

—Algo así me ha esbozado Tas —rememoró—. Pero creo que Dalamar, apostado ya junto al umbral, es más indicado... ¡En nombre de los dioses! —se interrumpió él mismo—. ¿Cómo vas a cruzar ese puente a la eternidad?

—No comprendes la situación, Tanis, porque es de­masiado compleja y no soy libre de ilustrarte por di­versos motivos, el primordial la escasez de tiempo —se disculpó el guerrero, con tal severidad que el semielfo parpadeó atónito—. A pesar de ello, he de pedirte que tengas fe en mi y que juntos discurra­mos un medio para colarme en el edificio.

—Acertaste, no entiendo nada —corroboró el hé­roe sin disimular su pasmo—. No obstante, prometo colaborar en todo cuanto sea preciso.

—Gracias, compañero —mascullo Caramon con plena sinceridad, hundiendo los hombros y ladean­do la cabeza para significar no desencanto, sino lo mucho que le relajaba saberse respaldado—. He es­tado muy solo en todas mis peripecias, de no haber sido por Tas...

Desvió el semblante hacia el kender, pero éste ha­bía cesado de escucharles. Tenía las pupilas prendi­das, en una especie de rapto, de la ciudadela flotan­te, que todavía se hallaba suspendida sobre la muralla. La lucha entre los dragones se había recru­decido y, en tierra, no se había zanjado precisamen­te a juzgar por las cenicientas columnas de humo que se alzaban en la zona sur de la ciudad, la barahúnda de aullidos y órdenes, el estruendo de las ar­mas, los estampidos de cascos y, en síntesis, los fra­gores de toda índole.

—Estoy seguro de que una persona capacitada para gobernarla podría maniobrar esa nave aérea hasta la Torre —barruntó en voz alta, ojeándola con sumo interés—. Una mínima pericia y se deslizaría sobre el Robledal. Al fin y al cabo, la magia que la propulsa es de naturaleza perversa y la que cerca el bosque también. Se complementan más que neutra­lizarse. ¡Es tan grande! Me refiero a la plataforma voladora, no al paraje. Aun cuando existiera una in­compatibilidad, impedir su avance requeriría un po­der arcano muy grande.

— ¡Tas!

El hombrecillo se volvió, y se vio enfrentado a dos pares de ojos que, centelleantes, le taladraban. Interpretando aquella común actitud como el pró­logo de una reprimenda, se apresuró a defenderse.

—¡Yo no lo hice! ¡No ha sido culpa mía!

—Si pudiéramos catapultarnos al castillo, no ha­bría que buscar más soluciones —sugirió Tanis, sin sacar de su error al kender.

—¡El ingenio! —bramó Caramon, sobreexcitado, a la vez que extraía el colgante de la camisola que ves­tía debajo de la armadura—. ¡Nos desplazaremos en un santiamén!

—¿Adonde? —le interrogó Tasslehoff, quien, pese a adivinar que algo se fraguaba, no se había percata­do de que era él el inductor—. ¿A la mole flotante? —atinó de pronto, y sus iris irradiaron fulgores que los hacían equiparables a estrellas—. ¿Es ése vues­tro proyecto? ¿De verdad, no me engañáis? ¡Será una aventura fabulosa! Estoy listo, podéis empezar con los preliminares. Pero Caramon —la sombra de un escollo nubló su exultación—, las facultades de ese artefacto sólo abarcan a dos personas. ¿Cómo subi­rá Tanis?

El hombretón se aclaró la carraspera y se balan­ceó, incómodo, turbado. No hizo falta que se mani­festara. La elocuencia de sus gestos no pasó inadver­tida al kender.

— ¡Oh, no! —se sublevó éste—. ¡Es una injusticia excluirme!

—Deploro tener que hacerlo —razonó el humano, mientras, con pulso inestable, metamorfoseaba la vulgar quincalla en un cerro cuajado de joyas—, pero deberemos sostener una cruenta batalla para abrir una brecha entre nuestros adversarios de ahí arriba.

— ¡Quiero formar parte de esa expedición! Ha sido idea mía y, además, sabré pelear como el primero.

—Para demostrar la validez de este aserto. Tasslehoff hurgó en su cinto y blandió el cuchillo que siempre portaba—. ¡He salvado tu vida, Caramon, y también la de Tanis! —reprochó a aquellos ingratos.

Al advertir, por la expresión que había adoptado el musculoso luchador, que no desarmaría su terque­dad, el kender juzgó más prudente dialogar con el semielfo. Se echó implorante, teatral, a sus brazos, y argumentó:

—Quizá el ingenio funcione con tres. ¿Por qué no probamos suerte? Seríamos en realidad dos y me­dio, yo soy pequeño y peso poco. ¡A lo mejor la onda magnética no repara en mi presencia!

—No, Tas —rechazó asimismo el recién hallado compañero. Más abrupto que el hombretón, el bar­budo personaje se desembarazó de su abrazo y se colocó frente a él para, estirando un incisivo índi­ce y con una mirada que el kender conocía bien, prevenirle—: No me obligues a tomar medidas drás­ticas.

El amenazado se inmovilizó, con tal desolación re­flejada en sus rasgos que Caramon, apiadándose, se arrodilló a su lado y le aleccionó cariñoso:

—Apelo a tu buen sentido, Tasslehoff, ya que tú mismo viste lo que acontecerá si fallamos. Necesito a Tanis, su vigor y las dotes innatas que posee como espadachín. Hazte cargo, te lo ruego.

El hombrecillo esbozó una sonrisa, que se quedó en un rictus.

—Sí, Caramon, es lógico que prefieras la ayuda del semielfo —se sometió—. Perdona mi arranque.

—Y, como acabas de decir, el plan se te ocurrió a ti —continuó consolándole el guerrero—. No podría concebirse una ayuda mejor.

Aunque este argumento pareció conformar a la criatura a quien iba dirigida, fue harto distinta la in­fluencia que ejerció sobre la confianza de Tanis.

—Por alguna razón que no consigo determinar, eso es lo que me preocupa —refunfuñó y, mientras el gi­gantesco humano caminaba hacia él para partir, asu­mió un aire de extrema severidad y demandó del kender—: Tas, prométeme que te pondrás a salvo, nos aguardarás en el escondrijo que elijas y no te inter­ferirás en este asunto. ¡Júrame que no crearás com­plicaciones!

Ante la imposibilidad de escabullirse con una eva­siva, distorsionado el semblante a consecuencia de un remolino interior, el aludido se mordió los labios, juntó las cejas en una arrugada línea y anudó los me­chones sueltos de su copete hasta enmarañarlos en auténticas greñas.

—Lo prometo —tuvo que acceder. Sin embargo, unos segundos después sus ojos se dilataron en una repentina inspiración y, tras soltar las hebras de su cabello, que se derramaron en desorden sobre la es­palda, repitió—: Te lo prometo —con una ingenuidad tan aparente que el semielfo volvió a gruñir.

No había nada que pudiera hacer Tanis para in­ducirle a confesar la causa de tan súbito cambio, pues Caramon había comenzado a recitar el cántico y a activar los resortes del artilugio. Lo último que el héroe vislumbró, antes de sumergirse en las multicolores brumas de la magia, fue la imagen de Tasslehoff erguido sobre un pie y frotándose la pernera del calzón a la vez que, jovial, dedicaba a los viaje­ros una ancha sonrisa de despedida.

 

 

 

 

 

 

 

 

3

Un vuelo con incidentes

 

 

¡Igneo Resplandor! —se dijo Tasslehoff a sí mis­mo en cuanto Caramon y Tanis desaparecieron de su vista.

Girando sobre sus talones, el kender emprendió una carrera hacia el confín meridional de la urbe donde, a juzgar por la humareda y el griterío, la lucha era más encarnizada. «Lo más probable —razonó— es que los dragones también batallen en esa zona.»

De repente, en plena marcha, el hombrecillo des­cubrió una laguna en su proyecto, una imprevisión hija de la prisa. Se detuvo y, atisbando el cielo aba­rrotado de reptiles que, con inusitada fiereza, hin­caban las zarpas en las escamas de los adversarios, mordían las partes más blandas o les arrojaban sus abrasadoras llamaradas, farfulló:

—¡Qué fastidio! ¿Cómo voy a reconocerle en ese revoltillo?

Tragó aire en una honda, exasperada inhalación, y le sobrevino un espasmo de tos. Estudió entonces los contornos, y comprobó que el ambiente estaba en extremo viciado a la vez que las alturas, antes pin­tadas de gris bajo el tamiz impuesto al alba por los nubarrones, se había investido ahora de fulgores en­carnados. Palanthas ardía.

—No es éste un lugar seguro donde refugiarse —musitó—. Tanis me ha recomendado que busque un escondrijo que ofrezca garantías, y yo sólo me sentina a salvo junto a ellos, mis amigos. Dado que

292ahora se encuentran en la ciudadela y que, por aña­didura, se habrán metido en un sinfín de enredos, lo que he de hacer es volar a su lado. ¡No soporto la idea de quedar acorralado en una ciudad incen­diada, hervidero de pillajes y otros desafueros! Meditó con ahínco, y al rato halló una respuesta.

—¡Ya lo tengo! —exclamó—. Rezaré a Fizban. Es­cuchó mis preces en un par de ocasiones y, aunque su sistema no es del todo ortodoxo, nada pierdo in­tentándolo.

Al distinguir a una patrulla de draconianos al fondo de la avenida, Tas se internó en una calleja lateral y se agazapó detrás de un montículo de es­combros no por temor sino, según él mismo susu­rró, porque no deseaba ser interrumpido. Así res­guardado, alzó los ojos a la bóveda celeste y recitó esta plegaria:

—Fizban, préstame mucha atención. «Si no sali­mos del apuro, ya podemos tirar la plata al pozo y unirnos a las gallinas.» Mi madre solía utilizar este viejo axioma y, pese a que no acabo de comprender a qué se refería, no me negarás que lo de la joya y la volatería suena a ruina absoluta. Necesito despla­zarme junto a Tanis y Caramón, quienes, como sa­bes, no podrán arreglárselas sin mí. Y para ir hasta ellos, he de rogarte que pongas a mi disposición uno de esos reptiles alados. No te quejes, no es mucho pedirle a alguien con tus recursos. Estarías en tu derecho a disgustarte si solicitara que me propulses mediante un colosal salto, pero he preferido mos­trarme comedido. Mándame un dragón, uno de los múltiples que debes de gobernar. Nada más.

Aguardó unos instantes. Al ver que nada ocurría, espió el cielo en actitud inquisitiva y esperó un poco más. Siguió sin obrarse el milagro.

—De acuerdo, pactaremos —propuso y, en un acto de humildad, confesó—: Admito que me apetece mu­cho visitar la ciudadela, incluso renunciaría para ha­cerlo al contenido de un saquillo... o de dos. Ya te he revelado toda la verdad y, por otra parte, te recuer­do que siempre era yo quien te restituía el sombre­ro cuando lo extraviabas.

A despecho de su magnánimo gesto, y de haber refrescado la memoria del extravagante mago, no se personó ningún dragón. El hombrecillo resolvió de­sistir. De modo que, tras cerciorarse de que la patru­lla enemiga había pasado de largo, salió de su para­peto de inmundicia y del callejón para situarse de nuevo en la ancha avenida.

—Supongo, Fizban —hizo una última tentativa—, que estás muy atareado y...

En aquel preciso momento, el suelo se convul­sionó bajo sus pies e invadió el aire un aluvión de rocas y adoquines fragmentados, a la par que un fra­gor semejante a un trueno removía los cimientos mismos de las casas. Pero tan pronto como empezó el ensordecedor estruendo se acalló, sumiendo la avenida en un silencio sepulcral.

Después de recomponerse, de desempolvar sus cal­zones, Tasslehoff trató de penetrar el velo de humo y partículas para averiguar lo sucedido. Aventuró que quizá se había desmoronado un edificio sobre él, como en Tarsis; pero no tardó en averiguar que no era tal el caso.

El causante de la conmoción era un Dragón Bron­cíneo, que yacía boca arriba sobre la calzada. Esta­ba bañado en sangre: sus alas, extendidas sobre dos manzanas de viviendas, habían derruido las paredes maestras y la larga cola, también desplegada, sepultó en la caída otros varios habitáculos. El animal tenía los párpados entornados, surcaban sus flancos llagas socarradas y ningún bombeo en el pecho anun­ciaba que respirase.

—No era esto, te has equivocado —imprecó el kender al excéntrico Fizban—. ¿De qué me sirven unos despojos?

Pero cejó en sus reconvenciones, porque el reptil dio señales de vida. En efecto, abrió un ojo y, a pe­sar de su aturdimiento, dirigió al kender una de esas miradas que sólo se dedican a los antiguos cono­cidos.

— ¡Igneo Resplandor! —le identificó Tas, y se en­caramó por una de sus patas para asomarse a la gigantesca pupila—. ¡Es maravilloso! ¡Hace unos minutos recorría la ciudad con el propósito de localizarte! ¿Estás malherido?

El joven dragón hizo ademán de contestar, pero en­mudeció al cubrirles a ambos una oscura sombra. Khirsah la contempló excitado, emitió un amortigua­do rugido y estiró el cuello, en un ímprobo esfuerzo que se reveló excesivo. Hubo de recostarse de nuevo mientras Tas, alerta al fenómeno, comprobaba que lo originaba otro dragón, éste de escamas negras, que tras abatir a su víctima planeaba en su derre­dor para rematarla.

—¡No lo hagas! —imploró—. Esta criatura me per­tenece. Me la ha enviado Fizban. ¿Cómo se combate contra uno de su especie? —agregó en voz baja.

Revisó en su mente las leyendas acerca de Huma, protagonista de innumerables lides de aquella natu­raleza. Pero no le sugirieron ninguna iniciativa, por­que, a diferencia del caballero, él carecía de la valio­sa Dragonlance y hasta de una espada corriente. Al evocar tales armas, desenvainó su cuchillo; pero le bastó con una breve ojeada. Convencido de su inuti­lidad, volvió a ajustarlo a su cinto y se decidió por otra acción. Lo primero que debía hacer era dar ins­trucciones a su lisiado compañero.

—Igneo Resplandor —le invocó, erguido ahora so­bre su córneo estómago—. Procura quedarte donde estás sin hacer el menor movimiento. ¿Crees que se­rás capaz? Y no me vengas con sermones acerca de la muerte honorable, en valiente pugna contra el ri­val, pues los he oído incontables veces en boca de un heroico amigo, ya fallecido, que era miembro de la hermandad solámnica. Al igual que le opondría a él, he de informarte que en las presentes circuns­tancias tan nobles sentimientos son del todo superfluos. ¿Te preguntas el motivo? Muy sencillo, porque otros dos seres a los que estimo profundamente, y que ahora gozan del don de la vida, podrían morir de forma atroz si tú y yo no vamos en su auxilio. Si a eso sumamos el hecho de que esta misma mañana te he salvado la vida, aunque no te resulte obvio, con­vendrás conmigo en que me debes fidelidad.

Nunca habría de saber el locuaz orador si Khir­sah había comprendido y obedecía órdenes o si, sim­plemente, se desmayó. Sea como fuere, no tenía tiem­po para preocuparse de tales banalidades. Erguido sobre el vientre del gigantesco reptil, el hombrecillo registró a fondo una de sus bolsas a la búsqueda del objeto que posibilitaría la ejecución de sus designios. Entre todos, eligió el argénteo brazalete de Tanis.

— ¡Cuan descuidado es este semielfo! —comentó, y acomodó la alhaja a su brazo—. Debe de haberse deslizado de su talle cuando atendía al pobre Caramon. Ha sido una suerte que yo lo recogiera.

Tranquilizada su conciencia, o persuadido de que su historia se ceñía a la verdad, olvidó el incidente para encararse con el Dragón Negro. Señalando en postura retadora a aquel monstruo que les acecha­ba con las mandíbulas separadas, a punto de vomi­tar el letal ácido sobre el postrado, exigió:

— ¡Refrena tu ímpetu! Este cadáver es mío. Yo he dado con él y reclamo su propiedad. O sería más ade­cuado decir —se corrigió— que él me ha encontra­do a mí, ya que casi ha cavado mi tumba. Poco importa, lo que has de hacer es esfumarte y no destrozarle con esas corrosivas llamas de los de tu especie.

El dragón, perplejo, bajó la mirada. Era en reali­dad una soberbia hembra que, en esporádicos alar­des de generosidad, había cedido algún trofeo a los draconianos o los goblins, pero nunca a un kender. También ella había sufrido heridas en la lucha, y a consecuencia de la pérdida de sangre y un brutal gol­pe en el hocico sentía un ligero vahído, lo que no fue óbice para que algo en su interior le avisara de que su oponente quería engañarla. No podía ser de los suyos, jamás se había tropezado con un miembro de esta tribu entre las hordas perversas. No obstante, siempre existían excepciones y era indudable que aquella criatura portaba una pulsera donada por un practicante de la nigromancia. Notaba cómo las vir­tudes del objeto neutralizaban sus hechizos.

—¿Tienes la más mínima noción de lo que, en los tiempos que corren, me pagarán en Sanction por unos dientes de dragón? —argumentó Tasslehoff—. ¡Y me abstengo de mencionar las zarpas! Un mago de esa ciudad recompensaría con treinta monedas de cobre a quienquiera que le facilitara uno solo de estos apéndices.

La hembra reptiliana rezongó algo ininteligible. Es­taba sosteniendo una conversación ridícula con aquel mequetrefe en lugar de reintegrarse a la reyer­ta u ocuparse del dolor que contorsionaba su cuer­po, de manera que, furiosa, determinó destruir al irritante hombrecillo, que además era su enemigo. Abrió la bocaza... y otro Dragón Broncíneo la embis­tió por la espalda. Tras exhalar un alarido, el negro animal abandonó a su presa en aras de su propia supervivencia y acometió la huida, volando en un desesperado aleteo aunque sin agrandar apenas la distancia respecto a su perseguidor.

Con un satisfecho suspiro, Tas se sentó en el abul­tado cuerpo de Khirsah.

—Por un momento temí no poder contarlo —mas­culló, quitándose el brazalete y embutiéndolo en la bolsa.

El reptil se agitó. Al percibirlo, el kender descen­dió suavemente por su costado. Tras posarse en tie­rra, le consultó:

—¿Cómo estás, Igneo Resplandor? Ignoro el tra­tamiento que hay que aplicar a los dragones, pero puedo traerte un clérigo para sanarte. El único pro­blema es que en este caos, quizá me cueste un poco hallar a uno disponible.

—No te molestes, no preciso ninguna ayuda —repuso Khirsah con ronco acento, y torció su in­terminable cuello para examinar al hombrecillo—. Estoy vivo gracias a ti —declaró, prendidas de aquel diminuto ser unas pupilas dilatadas por el asombro.

—Sí —ratificó éste—, y por dos veces en el día de hoy. La primera fue esta mañana —le indicó, jubiloso—, cuando Soth atravesó las puertas. Verás, mi amigo Caramon se ha apoderado de un libro en el que se relata lo que va a acontecer en el futuro o, más concretamente, lo que no va a acontecer, pues­to que lo estamos alterando. De no haberlo impedi­do yo al requisar esta alhaja, Tanis y tú os habrías enfrentado al caballero espectral. La muerte era el destino que os deparaba tal desafío. Ambos habríais fenecido. He entrado en escena —insistió—, y no has sido aniquilado.

—Cierto.

Reclinándose sobre un costado, el inmenso dragón desdobló una de sus membranosas alas en el túrbi­do aire y la escudriñó de una punta a otra. El miem­bro exhibía cortes y coágulos sanguinolentos, pero no había desgarros. Repitió la operación con la se­gunda extremidad, mientras Tas le contemplaba ab­sorto, ensimismado.

—Me encantaría ser como tú —dijo.

—Naturalmente —apuntó Khirsah y, dándose im­pulso, irguió su portentosa estructura sobre las ga­rras, no sin antes liberar su cola de los restos de la casa que había echado abajo—. Somos los escogidos de los dioses —continuó sin jactancia, con perfecta naturalidad—. Nuestros índices de vida son tan pro­longados que los elfos, tan longevos para vosotros, se nos antojan efímeros pabilos de candela y, en cuanto a humanos y kenders, os consideramos estre­llas fugaces. Nuestro aliento transmite muerte, nues­tra magia posee tan inconmensurable poder que sólo los más insignes hechiceros nos superan.

—Tenía noticia de vuestras prerrogativas —le ata­jó Tasslehoff, que comenzaba a impacientarse—. ¿Es­tás seguro de que no hay nada seriamente dañado en tu organismo?

—Lo estoy, amigo mío —aseveró Khirsah, disimu­lando una sonrisa con escasa fortuna—. Todo funcio­na, como tú dirías; salvo que la cabeza todavía me da vueltas. Pero cambiemos de tema. Justo es que, si tú me has salvado de perecer...

—Por partida doble —puntualizó el otro.

—Por partida doble —subrayó el dragón—. Justo es —concluyó— que te rinda un servicio. ¿Qué de­seas que haga?

—Transportarme a la ciudadela flotante —se sin­ceró Tas sin remilgos. Inició el ascenso a la grupa del animal, pero Igneo Resplandor le agarró por el cuello de la camisola, que quedó colgado de la gan­chuda uña, y le izó—. Aunque agradezco tu colabo­ración, podría haber subido solo —gruñó.

Sin embargo, no fue depositado en el lomo del rep­til sino en la cavidad que formaba el nacimiento del hocico. Así, los ojillos del kender toparon casi con unos iris que más se asemejaban a las aguas negruz­cas de un gran lago.

—Una expedición a ese castillo sería muy arries­gada, acaso desastrosa, para ti —vaticinó Khirsah con firmeza—. No puedo tolerar que te pase nada, y menos aún a sabiendas de los peligros que corres. Te conduciré junto a los Caballeros de Solamnia, que se han congregado en la Torre del Sumo Sacerdote.

— ¡Ya he estado allí! —se rebeló el hombrecillo—. Tengo que ir a la ciudadela y socorrer a Tanis el Semielfo o, hablando con propiedad —rectificó al distinguir un amago de desconfianza en aquellas pu­pilas tan próximas—, comunicarle ciertas nuevas. Antes de partir hacia la plataforma, el héroe me en­comendó la misión de permanecer en Palanthas para recabar ciertos datos de la mayor importancia. Si no los pongo en su conocimiento, de nada...

—Dime a mí de qué se trata —le urgió su inter­locutor—, y me encargaré personalmente de in­formarle.

—N... no puede ser —balbuceó el otro, devanándo­se los sesos para elaborar un pretexto—. El mensaje que he de transmitir a Tanis me ha sido dado en dia­lecto kender, y bajo ningún concepto debe traducir­se a lengua común. Tú no hablas mi idioma natal ¿verdad, Igneo Resplandor? —inquirió con res­quemor.

— ¡Desde luego! —iba a regañarle el dragón, pero, conmovido por la esperanza que se leía en la mira­da del kender, que animaba sus rasgos, determinó no decepcionarle—. ¡Desde luego que no! —se en­mendó, y lo hizo con fingido desdén. Despacio, amo­roso, colocó al hombrecillo entre sus alas—. Te lle­varé junto al semielfo, si tal es tu anhelo... tu deber. Como no estaba previsto que me montase más jine­te que él en esta conflagración, no luzco silla ni arreos. Acomódate y aferra mi crin.

—Así lo haré —se avino Tas y, gozoso, distribuyó sus saquillos y asió la broncínea crin de Khirsah con ambas manos. Una súbita aprensión, no obstante, le obligó a indagar—: Espero que no entrará en tus pla­nes realizar piruetas azarosas, como trazar círculos en vertical o lanzarte en picado hasta rozar el suelo. No es que me disgusten, al contrario, me parecen de lo más emocionantes, pero temo que me resulten in­cómodas al no poder atarme ninguna cincha.

—No padezcas, mi intención es que nos traslade­mos sin demora para reanudar cuanto antes la ba­talla —le calmó el reptil.

—¡Estoy listo! —vociferó el hombrecillo, y azuzó a su cabalgadura en los flancos para que emprendie­se el vuelo.

Igneo Resplandor se elevó en el aire y, beneficián­dose de las fuertes ráfagas de viento, pronto navegó muy por encima de Palanthas.

No fue una excursión placentera. Al otear el pano­rama el kender tuvo que contener el resuello, ya que, para empezar, la Ciudad Nueva se había convertido en una gran hoguera. Como había sido evacuada, los draconianos la devastaban a capricho, prendiendo fuego y saqueando a su pleno albedrío. Por otra par­te, la zona antigua, aunque en mejor estado, no augu­raba un final más feliz. Era cierto que los Dragones del Bien había obstaculizado los afanes destructivos de sus adversarios Negros y Azules, de tal modo que éstos no la habían arrasado al igual que hicieran en Tarsis, y que las guarniciones pedestres resistían va­lientemente las embestidas de aquellos engendros mitad hombres y mitad reptiles; pero las huestes de Soth habían hecho estragos. Tasslehoff avistó, des­de su atalaya, a decena de cadáveres de caballeros diseminados junto a sus corceles a lo largo de las calles, cual si se tratara de soldaditos de plomo que hubiera despedazado un niño de instintos vengativos. Y, recreándose frente al dantesco espectáculo, el espectro se silueteaba incólume en una aura de vapo­res mientras sus sanguinarios guerreros asesinaban a todo ente vivo que se cruzase en su camino y las elfas, en su eterno luto, entonaban lúgubres cánticos a fin de acallar los estertores de los moribundos.

—¿Y si fuera yo el responsable? —se torturó el hombrecillo, deprimido—. Después de todo, Caramon se detuvo en la lectura de las Crónicas y sólo me basé en presentimientos, en conjeturas, para actuar como lo hice. ¡No seas necio, Burrfoot! —se amonestó él mismo—. De no haber salvaguardado la integridad de Tanis, tu otro amigo habría expirado en el Roble­dal. Dado que todo esto es un gran embrollo, y que al menos tienes constancia de haber obrado acerta­damente al rescatar a tus dos compañeros, debes des­cartar cualquier elucubración pesimista.

Resuelto a acatar su propio mandato, a desemba­razarse de sus problemas mentales y de los senti­mientos que le inspiraba la masacre de la ciudad, Tas espió las regiones donde ahora se hallaba. A pesar del denso humo, que se rizaba en volutas a su alre­dedor, su agudo sentido de la percepción le permi­tió columbrar una figura en movimiento a su espal­da. Era el cuerpo de un Dragón Azul, un magnífico ejemplar que tomaba altura desde una avenida lin­dante con la espesura mágica de Shoikan. «¡El ani­mal de Kitiara!», se alarmó ante la inconfundible, mortífera figura de Skie. Aguzó la vista en busca de la amazona, pero no había tal.

—¡Igneo Resplandor! —previno a su reptil, pen­diente de vigilar al adversario que, tras reparar a su vez en ellos, había girado para acometerles.

—Soy consciente de sus maniobras —murmuró Khirsah, impertérrito—. No te asustes, kender, esta­mos ya muy cerca de tu destino. Después de que des­cabalgues, dispensaré a mi enemigo el trato que me­rece.

En efecto, al enderezar el cuello, Tasslehoff verifi­có que la ciudadela flotante estaba casi a su alcan­ce. La invocada imagen de Kitiara y la más real de su dragón se borraron del cerebro del hombrecillo por arte de encantamiento. El castillo poseía un embrujo mucho más estremecedor en primer plano que desde el suelo, con los nítidos perfiles de las rocas que, en un tiempo, configuraran el lecho sobre el que se asentaba la mole arrancados en forma de autén­ticas sierras colgantes.

Unas nubes arcanas bullían en su entorno, mante­niéndola a flote, relámpagos de idéntico origen si­seaban deslumbradores entre las torres. Al peque­ño viajero no le pasaron inadvertidas las grietas que reptaban cual culebras en la maciza estructura, derivadas del tremendo impacto que debió de entra­ñar separar el edificio de la osamenta del mundo.

Brillaban luces tras las ventanas de las tres tórre­las, y también surgía un poderoso haz del rastrillo levantado, pero no había otras señales externas de vida. De todos modos, al espectador no le cabía la menor duda de que dentro medraban las criaturas más variopintas.

—¿Dónde aterrizo? —preguntó Khirsah, cortés, aunque con una nota de apremio.

—Lo dejo a tu elección —concedió el kender, quien comprendía el ansia del animal por enzarzarse en una escaramuza contra Skie.

—Yo creo que no es aconsejable la entrada princi­pal —ponderó el reptil, modificando abruptamente la trayectoria a fin de rodear la plataforma—. En la parte trasera no habrá centinelas.

Tasslehoff despegó los labios con el propósito de darle las gracias pero, por algún motivo que no ati­naba a definir, tuvo la sensación de que el estómago le caía a peso hasta los pies, como si fuera atrave­sarlos y descolgarse en el vacío, a la par que el cora­zón le brincaba hasta la garganta. El hombrecillo re­chazó de forma enérgica que le hubiera trastornado el repentino giro de Khirsah que, si bien les había ladeado a ambos a una vertiginosa velocidad, no duró más que unos segundos. El dragón se estabili­zó sobre un patio desierto y, sin apenas batir las alas, se posó en el empedrado en una sutil maniobra, dig­na de su maestría.

Ocupado en reorganizar su revuelto sistema, el kender se deslizó como un autómata por el metáli­co flanco y cayó en el sombrío paraje sin intercam­biar las fórmulas que le exigían sus modales. Una vez en terreno sólido, sin embargo, si así podía denominarse a un castillo suspendido en el aire, reco­bró el dominio de sí mismo.

—Adiós, Igneo Resplandor —se despidió de su montura, ondeando la mano en apoyo a sus pala­bras—. Te estoy muy agradecido. ¡Buena suerte!

Si el aludido le oyó, no expresó reciprocidad. Ha­bía empezado a ascender en el espacio sin desperdi­ciar un solo instante, seguido por su rival, que, tan raudo que propagaba zumbidos al desplazar el aire, le acechaba con ojos enrojecidos, rebosantes de odio.

Tas, resignado, se encogió de hombros y les dejó a sus auspicios. Dando media vuelta, exploró el pai­saje circundante.

Se hallaba en la zona posterior de la antigua for­taleza, dentro de lo que podría describirse como un patio cercenado, ya que le faltaba, al menos, la mi­tad. Este hecho se hacía ostensible en la ausencia de una tapia y en los cortes irregulares de los ado­quines, que indujeron al kender a concluir que la otra porción se desgajó al ser arrastrada la mole. Incómodo frente a aquellos cantos quebrados que le invitaban a despeñarse, Tasslehoff se apresuró a vi­sitar el interior del alcázar, sin incurrir, por ello, en negligencia. Avanzó despacio, arrimado a las som­bras de los muros y con ese sigilo innato en los de su raza que les protege de inoportunos guardianes.

Hizo una pausa antes de internarse, incierto sobre la ruta idónea. Una puerta comunicaba el recinto con las dependencias, pero las hojas de madera estaban reforzadas mediante gruesas barras de hierro y, aun­que exhibía el cerrojo de aspecto más sugerente en que el hombrecillo jamás hubiera insertado sus de­dos, supuso que al otro lado debía de custodiarla un soldado no menos prometedor. Era preferible enca­ramarse a una ventana. Quiso la casualidad que se dibujara una, bien iluminada por añadidura, enci­ma de él.

En el término «encima» estribaba, precisamente, la dificultad. El alféizar se hallaba a casi a un me­tro y medio del suelo lo que, para alguien de la esta­tura del kender, convertía la escalada en una ardua empresa. Sabedor de que era su única alternativa, Tasslehoff inspeccionó el patio y no tardó en divisar un bloque de roca suelto, roto. Tras una dura sesión de empellones y altos para allanar el camino, consi­guió colocar el pedrusco debajo de su objetivo. Su­bió entonces hasta su cúspide y, cauteloso, se aso­mó al interior.

Dos draconianos yacían en una sala, convertidos en estatuas de piedra y con los cráneos aplastados como si los hubieran entrechocado. Un tercero, éste sin cabeza, se perfilaba en la retaguardia. Aparte de tales despojos, no había nadie en la cámara. Poniéndose de puntillas, el hombrecillo aplicó el oído y detectó un sonoro tintineo de acero coreado por ge­midos y lamentos y también, durante un breve lap­so, por rugidos ensordecedores.

— ¡Es Caramon! —exclamó.

Gateó presto hasta la repisa, se afianzó y, de un salto, se introdujo en la habitación, no sin reca­pacitar que en la fortaleza reinaba una estupenda inmovilidad y bendecir su buena estrella. De haber viajado el edificio, se habría complicado su tránsi­to. Volvió a escuchar y, en sus finos tímpanos, los reniegos de Tanis vinieron a mezclarse a los familia­res bramidos del guerrero.

— ¡Cuan amables han sido! —se congratuló Tas, mientras recorría la estancia—. Han tenido la defe­rencia de aguardarme.

Salió a un pasillo de desnudas paredes y el kender echó una ojeada para orientarse. La pendencia se desarrollaba en una planta superior, así que, vien­do una escalera en un rincón alumbrado por antor­chas, corrió hacia ella. Desenvainó su cuchillo en anticipación de algún conflicto, pero mal había de suscitarse en aquella ala deshabitada del castillo.

«Aquí estaré mucho más a salvo —meditó al coro­nar un tramo de peldaños particularmente estrechos y empinados— que en la ciudad. Debo acordarme de mencionárselo a Tanis. Y, hablando del semielfo, ¿dónde se han metido Caramon y él? ¿Cómo llegaré junto a mis compañeros?»

Después de una odisea de más de diez minutos, convencido de hallarse en el umbral del cielo a te­nor del esfuerzo que le exigían los altísimos escalo­nes, Tas se concedió un descanso en uno de los angostos rellanos. Dedujo, dada la configuración redonda de los muros, que estaba en una de las to­rres de la ciudadela, adosada a la construcción mis­ma. Los fragores de la reyerta, algo difuminados pero todavía audibles, indicaban que los héroes de la Lanza estaban en el lado opuesto, es decir, en el cuerpo compacto del alcázar. De haber podido cruzar la pared, seguramente habría ido a parar frente a ellos. Frustrado, doloridos los músculos de las piernas, se sumió en hondas deliberaciones.

«Se me ofrecen dos opciones —razonó—: hacer marcha atrás y, ya en la base, ensayar otro itinera­rio, o continuar. Bajar, aunque menos fatigoso para los pies, significa arriesgarme a tener que sortear multitudes. Lo contrario quizá me conduzca a la puerta de algún aposento secreto. ¿De qué serviría si no la escalera?»

Hallando esta vertiente de su lógica más atracti­va, decidió escalar aquellos recovecos a pesar de que los clamores de los contendientes perdían definición a medida que se alejaba hacia la cumbre. De súbito, cuando empezaba a pensar que el artífice de tan descabellada obra de mampostería debió de ser un enano borrachín y con un retorcido sentido del hu­mor, arribó a la cima y encontró su puerta.

—¡Aja! Un cerrojo —se regocijó, frotándose las manos.

No había tenido oportunidad de forzar uno en mu­cho tiempo, y le inquietaba la perspectiva de oxidar­se —él, no la pieza que debía trabajar—. Examinó con ojo experto el candado. Pero, antes de iniciar la tarea, apoyó delicadamente la palma de la mano encima del picaporte. ¡Cuál no sería su desencanto cuando la puerta cedió a la más mínima presión!

—De todos modos, carezco de herramientas —se consoló.

Empujó la puerta unos centímetros y, a través de la rendija, sus pupilas toparon con algo tan ano­dino como una barandilla. Osó abrir un poco más y, dando un paso adelante, se encontró en un balcón circular que jalonaba el perímetro interior de la torre.

Ahora los ecos del combate se tornaron diáfanos, rebotando contra la roca y despidiendo retumbos sordos, estentóreos. Tas se acercó a toda prisa a la baranda y sacó medio cuerpo en un intento de dis­cernir la fuente de la batahola, que era una mesco­lanza de crujidos, estrépitos de acero, gritos y ba­ques.

— ¡Hola, Tanis! ¿Qué tal, Caramon? —llamó a sus amigos—. ¿Habéis encontrado un método para go­bernar esta mole ambulante?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

Runce, el enano gully

 

 

Atrapados en otro balcón varios pisos por debajo de aquel al que Tas se había asomado, Tanis y Caramon se debatían para salvar sus vidas. Estaban en el lado opuesto al que ocupaba el kender, y lo que parecía un pequeño ejército de draconianos y goblins les hostigaba arracimado en la escalera, en un pla­no inferior respecto a ellos.

Los dos héroes se habían parapetado detrás de un enorme banco de madera, que habían arrastrado por la estancia hasta colocarlo atravesado en el último peldaño. A su espalda, se recortaba una puerta, y a Tasslehoff se le antojó que habían ascendido la escalera hacia la hoja en una tentativa de huir, pero les habían interceptado antes de conseguir su pro­pósito.

Caramon, cubiertos los brazos de sangre verdosa hasta la altura de los codos, golpeaba cabezas con una estaca de madera que había arrancado de la ba­randilla, un arma más efectiva que la espada a la hora de combatir contra aquellas criaturas cuyos cuerpos, al morir, asumían la consistencia de la roca. Tanis había mellado la espada en varios puntos, por­que la había utilizado a la manera de una maza. Y sangraba a consecuencia de diversos tajos practica­dos a través de la desgarrada cota de malla mientras que en el peto, de sólida textura, se apreciaba una considerable abolladura. Después de someter a los contendientes a un febril examen, el kender decidió que la pugna estaba en tablas. Los draconianos no podían acercarse lo bastante al banco para apartar­lo o sortearlo de un salto, pero en el momento en que los compañeros abandonasen su posición, el enemi­go volcaría el escollo y arremetería.

— ¡Tanis, Caramon! —les invocó el hombrecillo—. ¡Estoy aquí arriba!

Ambos levantaron una mirada de pasmo al oír aquel acento familiar. Fue el guerrero el primero en localizarle y, señalando su paradero al otro lucha­dor, le urgió:

— ¡Tasslehoff, escucha! La puerta está atrancada y no podemos salir. ¡Ayúdanos!

Su voz, estridente por naturaleza, resonó imperio­sa en el pozo que jalonaban las galerías.

— ¡Estaré con vosotros en un abrir y cerrar de ojos! —respondió el kender y, optando por la vía más rá­pida, se encaramó al pretil y se dispuso a saltar en medio mismo del alboroto.

— ¡No! —le frenó Tanis—. ¡Debes abrirla desde fue­ra! —Y, para respaldar sus instrucciones, hizo un ges­to circular con el índice.

—De acuerdo —accedió Tas a regañadientes, decepcionado—. No habrá problema.

Bajó de su proyectado trampolín. Pero, en el mo­mento en el que comenzaba a retroceder hacia el balcón superior, advirtió que los draconianos que se apiñaban detrás de la barrera impuesta por sus amigos cesaban en su ataque. Algo o alguien de­bía de haber acaparado su interés, una sospecha que se confirmó al sonar una voz de mando que indujo a aquellos reptiles a apartarse entre empellones y, Tasslehoff lo observó desde su puesto de vigi­lancia, esbozar distorsionadas sonrisas en las que ex­hibieron sus colmillos. Los héroes, sin saber a qué atenerse, se arriesgaron a otear el panorama a través del banco, mientras el kender descolgaba medio cuerpo en su empeño por averiguar la causa del fe­nómeno.

Una criatura, otro draconiano ataviado con negros ropajes decorados con runas arcanas, subía parsimo­niosa por la escalera. Sostenía un cayado en su mano ganchuda, tallado en forma de un áspid presto a inocular su veneno.

¡Era un mago bozak! Asaltó al hombrecillo una extraña sensación de vacío en la boca del estómago, casi tan perturbadora como la que experimentara poco antes de aterrizar el dragón. Los soldados de piel escamosa envainaron sus aceros, a todas luces convencidos de que había terminado su servicio. El hechicero zanjaría la disputa sencilla y limpiamente.

El kender vio cómo el semielfo hundía la mano en su cinto, sacaba la palma desnuda y, nervioso, lívi­do el rostro debajo de la hirsuta barba, la embutía en el otro costado. Tampoco ahora extrajo nada; así que, al borde del colapso, inspeccionó el suelo.

«Intuyo —se dijo el menudo espectador— que el brazalete de resistencia a la magia le resultaría de cierta utilidad. Quizá sea lo que busca con tanto ahínco; es vidente que ignora haberlo extraviado.»

Al hilo de sus pensamientos, introdujo los dedos en uno de sus saquillos y, al tantear la pulsera, la blandió en el aire mientras informaba:

—¡La tengo yo, Tanis, no te preocupes! La perdis­te, pero por fortuna yo me di cuenta y la recuperé.

El aludido alzó la faz, fruncido el entrecejo en una expresión de fiereza tan alarmante que Tasslehoff le arrojó la alhaja sin un titubeo. Tras aguardar unos instantes que le agradeciera su meticulosidad, algo que el semielfo no se dignó hacer, exhaló un suspiro y anunció:

— ¡No tardo ni un minuto!

Y, raudo como solía serlo cuando se lo proponía, el hombrecillo emprendió una desenfrenada carre­ra hacia los acorralados personajes.

«Desde luego, su actual conducta deja mucho que desear —censuró al semielfo en el trayecto—. No se parece en nada al viejo Tanis, aquel colega dichara­chero capaz de valorar un buen rato de diversión. Su flamante título de héroe se le ha indigestado.»

Desvirtuados por el muro medianero, llegaron has­ta él los ecos de unos ásperos cánticos acompaña­dos de explosiones. Acto seguido, se elevaron unas voces draconianas que denotaban cólera y desilu­sión.

«El brazalete hace su labor —dedujo el kender—. Les tendrá distraídos un tiempo, pero no muy largo, así que he de esmerarme en descubrir cuanto antes un puente de unión entre esta torre y el edificio prin­cipal. Supongo que el procedimiento más sensato será desandar lo andado hasta el nivel inferior.»

Salvando los escalones de dos en dos, Tas alcanzó la base en cuestión de segundos y, después de enfi­lar el corredor que desembocaba en la escalera, re­trocedió hasta la estancia por la que se había inter­nado en la ciudadela y continuó pasillo adelante, sin molestarse en entrar. Arribó a un punto en el que una ramificación partía en ángulo recto del túnel central y, juzgando como un buen augurio aquella alterna­tiva de desviarse hacia donde, probablemente, los ad­versarios habían arrinconado a sus amigos, no vaci­ló en doblar el recodo.

Vibraron sus tímpanos con otro estallido que, esta vez, conmocionó la mole entera, al menos el ala don­de estaba el emprendedor hombrecillo. Éste impri­mió a sus piernas un ritmo veloz, pero, al rodear una esquina llevado por el impulso de la marcha, sufrió una parada forzosa.

En efecto, el infortunado Tasslehoff tropezó con­tra un fardo viviente y achaparrado que, de resultas del encontronazo, dio un traspié y se desmoronó. También él salió despedido, cayendo despatarrado y permaneciendo en tal postura debido al impacto.

Sumido en el natural atontamiento, el kender no se incorporó de inmediato. El hedor reinante susci­tó en su ánimo la impresión de haber sido atrope­llado por un saco de inmundicia, lo que no contri­buyó a despejar su cabeza. Pero hizo acopio de voluntad y logró erguirse. Empuñando el cuchillo de caza, bamboleante, se puso en guardia para defen­derse de la enigmática criatura que le había dese­quilibrado y que, también, había acertado a poner­se en pie.

Para asombro de Tas, el que había de ser su opo­nente se aplicó la mano a las sienes y se limitó a pro­ferir un gemido inarticulado por el que manifesta­ba un intenso dolor. Examinó luego su entorno en un estado de embotamiento muy superior al del hombrecillo y, al distinguir su perfil enhiesto, deter­minado a la acción y con los fulgores de una antorcha reverberando en la hoja de su espada, el susto se sumó al mareo y se desmayó. Preludió su derrum­bamiento un alarido de pánico, de tal suerte que la baharada de su aliento magnificó aún más su halo de pestilencia.

—¡Un enano gully! —le identificó el otro, arrugan­do la nariz con repugnancia. Enfundó de nuevo el cu­chillo e hizo ademán de alejarse, pero le refrenó una súbita idea. «Quizá pueda servirme de él», recapa­citó y, tras inclinarse sobre el yaciente, lo asió de los harapos y lo zarandeó—: ¡Vamos, despierta!

Exhalando una bocanada de aire que brotó trému­la, entrecortada, el gully alzó los párpados. Sin em­bargo, la visión de aquel kender que le espiaba de­safiante le incitó a entornar de nuevo los ojos y fingirse inconsciente, blanca su tez como la nieve.

Tasslehoff volvió a zarandearle. Arropado por la penumbra, el enano le miró con disimulo a través de las pupilas entreabiertas y, al comprobar que su rival seguía allí, concluyó que no le restaba más op­ción que hacerse el muerto. Los de su raza consiguen este efecto conteniendo la respiración y adoptando una engañosa rigidez, un método infalible que puso en práctica sin dilación.

—¡Déjate de farsas! —le reconvino el kender, exasperado—. Necesito tu ayuda.

—Vete —le instó el otro en tono ronco, sepulcral—. Soy un cadáver inerte.

—Todavía no —declaró Tas, con una insólita hos­quedad destinada a amedrentarle—, pero yo me en­cargaré de convertirte en tal si no obedeces.

Esgrimió de nuevo su arma, portentosa para aquel ser cobarde y desvalido, y éste, tragando saliva, se sentó y empezó a pellizcarse la carne como si no cre­yera haber regresado al mundo de los vivos. Abrazó entonces al kender y exclamó:

— ¡Me has curado, me has hecho volver de ultra­tumba! Eres un clérigo poderoso.

—De eso nada —le espetó el hombrecillo, sobre­saltado ante semejante reacción—. Suéltame ensegui­da. No, así no, te has enredado en mis bolsas y me las romperías. Prueba de esta otra manera.

Transcurrió un lapso nada desdeñable antes de que Tasslehoff se desembarazara del «resucitado». Tirando de él hasta ponerlo en posición erguida, le dedicó una mirada fulgurante y le interrogó:

—Intento pasar al otro lado de la torre, a la mole central. ¿Es ésta la ruta correcta?

El gully estudió meditabundo el pasillo y, al fin, se encaró con su salvador y le notificó que así era, mientras apuntaba con un dedo en la dirección que había tomado de antemano el visitante.

— ¡Espléndido! —se alegró el kender, y reanudó su viaje.

—¿Qué torre? ¿Qué mole? —indagó de pronto el enano, rascándose el cuero cabelludo.

Tas se congeló sobre sus pies y, apretados los de­dos en torno a la empuñadura de su arma, sometió a aquel prototipo de la torpeza a un escrutinio ava­sallador.

—Yo iba al encuentro del gran sacerdote. Si quie­res, puedo guiarte —propuso el enano.

El kender caviló que no era aquél un mal ofreci­miento y, sin que mediara más diálogo entre ellos, le agarró de la mano y le azuzó a caminar. Poco des­pués llegaron al pie de una escalera. Los clamores de la batalla habían aumentado, invadían la zona, y este hecho consternó al guía, quien, comprimido el semblante, rehusó acercarse al lugar del altercado.

—Ya he fenecido una vez —protestó, mientras ha­cía esfuerzos denodados para liberar su mano—. Cuando mueres otra vez más, te tienden en un ataúd y te tiran a un enorme agujero. A mí eso no me gusta.

Aunque tal concepto se le antojó intrigante. Tas no tenía ahora tiempo de ahondar en él. Haciendo más fuerte su presa sobre la muñeca del gully, le obligó a subir los peldaños, estimulado, además, por la cre­ciente barahúnda que se percibía detrás de la pared. Como ocurriera en el anterior itinerario, al coronar el ascenso se halló frente a una puerta. La proximi­dad de los estacazos de Caramon, de sus imprope­rios, era patente. El kender estaba seguro de haber dado con el flanco de la torre que le permitiría lle­gar hasta sus amigos.

Apoyó la mano en el picaporte y, a diferencia de la puerta del piso más alto, comprobó que habían sellado la hoja a cal y canto. Ejercitó sus hábiles de­dos, únicas herramientas de las que nunca podría prescindir, y ensalzó en su fuero interno la sólida es­tructura que debía forzar.

—¡Ya estoy aquí! —comunicó a los dos héroes, tra­tando de enfocarlos a través del ojo de la cerradura.

—¡Abre la puerta! —exigió Caramon, con un zum­bido apabullante que presagiaba el desastre de quien recibiera su descarga.

—¡Hago todo lo que puedo! —gritó el hombreci­llo, irritado—. Tengo que improvisar sin mis ganzúas. No es tan fácil —apostilló, más para darse impor­tancia que porque desconfiara de su éxito—. ¡Qué­date donde estás!

Este desabrido mandato estaba dirigido al enano, quien aprovechando el desconcierto, pretendía esca­par. Se lo impidió el mero destellar del cuchillo, una estratagema que su aprehensor había aprendido a explotar. El infeliz se situó en un rincón, cual una masa andrajosa, y se resignó.

—Prometo no moverme.

Fijos los cinco sentidos en su objetivo, Tasslehoff insertó el filo de su polifacético cuchillo en el cerro­jo y lo hizo girar con cuidado. Palpó el dispositivo, pero, en el instante en que cedía, alguien o algo se estrelló contra la puerta y el instrumento fue proyectado al aire.

—¡No puede decirse que colaboréis! —regañó a los del otro lado y, con un resoplido, inició de nuevo la operación.

El prisionero abandonó el sitio que él mismo ha­bía escogido y se situó gateando debajo del kender para contemplar sus evoluciones desde el suelo.

—No eres sabio —le acusó— ni un gran clérigo, como yo pensaba.

—¿A qué vienen esas críticas? —inquirió el otro, absorto en su quehacer.

—No son los cuchillos los que abren las puertas, sino las llaves —aleccionó el enano a aquella criatura que, en su opinión, se complicaba tanto la existencia.

—No me cuentas nada nuevo —replicó el atarea­do Tas, indiferente al comentario—, pero a falta de... ;Dame eso!

En un arrebato airado, arrancó del mugriento puño del gully el objeto que sostenía, una reluciente llave, y la introdujo en la cerradura. No tuvo que pre­sionar mucho. La puerta se abrió y balanceó sobre los goznes a la primera intentona. Tanis cruzó el um­bral a trompicones, aplastando casi al kender, y Caramon lo hizo a toda prisa, aunque más firme. El gue­rrero se apresuró a cerrar otra vez la hoja, con tal ímpetu que incluso quebró el extremo de una espa­da draconiana que hacía palanca a fin de evitar que les cortasen el paso. Apoyando los hombros en la ma­dera, el hombretón respiró hondo mientras oponía su peso a las arremetidas del enemigo.

—¡Echad esa maldita llave! —renegó, todavía ja­deante.

Tas acudió presto en su ayuda. En el otro lado, los reptiles se dedicaban, entre grotescos bramidos, a as­tillar el nuevo obstáculo.

—Espero que aguante —susurró Tanis, tomándo­se un corto descanso.

—No lo hará eternamente —hubo de contrariarle Caramon—. Además, ese mago bozac debe de tener métodos eficaces para aligerar el proceso de derri­barla —recordó al semielfo, puestos los ojos en la puerta—. Vayámonos de aquí.

—¿Adonde? —le cuestionó el otro héroe, al mismo tiempo que se enjugaba el sudor de la frente. La san­gre le manaba abundante de un arañazo en el dorso de la mano y tenía otras muchas heridas de pronós­tico leve en el brazo; pero por lo demás parecía incólume—. ¡Aún no hemos localizado al ingenio que mueve este castillo! —se lamentó.

—Quizá él esté al corriente de su paradero —su­girió Tas, haciendo un significativo gesto hacia el enano gully—. Por eso le he traído —agregó, orgu­lloso de su astucia.

Oyeron un estampido fenomenal, y tembló el es­collo que les separaba de sus perseguidores.

—Tenías razón, Caramon —aseveró Tanis—. Esfu­mémonos sin tardanza. ¿Cómo te llamas? —preguntó al callado enano, ya en la escalera.

—Runce —se presentó éste, ojeando al semielfo con extrema suspicacia.

—Hay algo que debo pedirte, Runce —le planteó el héroe en tono cordial, persuasivo, a la vez que ha­cía un alto en un oscuro rellano—. ¿Podrías mostrar­nos la cámara donde está el mecanismo que gobier­na la ciudadela?

—El Timón del Capitán de los Vientos —apostilló el guerrero y, para contrarrestar la dulzura de su compañero, clavó en el gully unas pupilas fulmi­nantes—. Al menos, uno de los goblins lo ha deno­minado así.

—¡Es un secreto! —se soliviantó el enano—. No es­toy autorizado a revelároslo; presté juramento so­lemne.

Caramon gruñó con tal furia que el color abando­nó los pómulos de Runce bajo la capa de suciedad y Tasslehoff intervino, temeroso de que sufriera un nuevo vahído.

—¡Bah! ¿No ves que lo ignora? —abordó al hombretón y le hizo un guiño de complicidad, procuran­do que el gully no lo advirtiera.

—¡Eso no es verdad! ¡Conozco bien el emplaza­miento del Timón! —se indignó el otro—. De todos modos, no soy tan estúpido como para no darme cuenta de que quieres tenderme una trampa. No me sonsacarás nada.

El kender se desplomó contra la pared, casi derro­tado frente a tan singular atisbo de lucidez, mien­tras Caramon volvía a rezongar. Azotó al cautivo un ligero temblor, pero no renunció a su valeroso reto.

—No consentiré que unos mercenarios me embau­quen —persistió—, y menos cuanto está en juego un enigma tan sagrado.

Runce cruzó los brazos grasientos, pegajosos, so­bre la pechera de la camisa, que, a su vez, estaba lle­na de lamparones. Una algarabía de voces draconia­nas, que sonaban nítidas al filtrarse por las primeras fisuras en la hoja de la puerta, estimuló a Tanis a pensar deprisa.

—Aclárame una cosa, amigo —suplicó al enano y, para tener más intimidad, se acuclilló a su altura—. ¿Qué es exactamente lo que no debes contarnos?

—Que el Timón del Capitán de los Vientos está en el pináculo de la torre central —espetó el gully a su interrogador, con una candidez conmovedora. Y aña­dió, enseñándole un puño cerrado que expresaba su agresiva determinación—: Por mucho que te esfuer­ces, seré una tumba a ese respecto.

 

 

Los compañeros arribaron al corredor que había de conducirles a la estancia donde no se encontraba el Timón del Capitán de los Vientos —según Runce quien, mientras les guiaba, no se cansaba de repe­tir: «Ésa no es la puerta, o aquél no es el conducto, que da acceso a la escalera de la cámara secreta»—. Lo acometieron cautelosos, barruntando que había reinado en el trayecto una calma excesiva, y sus resquemores se confirmaron. En efecto, cuando habían recorrido la mitad del pasillo, surgieron, de una de las habitaciones que lo flanqueaban, una veintena de draconianos, seguidos por el mago bozac, el cual, al avistarles, empezó a impartir órdenes confusas.

—Poneos detrás de mí —ordenó Tanis a sus ami­gos antes de que los otros se abalanzaran—. Conser­vo el brazalete —señaló; pero, al observar a Tas, tuvo que apostillar—: Eso creo.

Tanteó su brazo, no obstante, y comprobó que aún ceñía la alhaja.

Desenvainando la espada como el semielfo, que ha­bía posado la mano en la empuñadura de la suya, aprovechando el momentáneo balbuceo de los adver­sarios para recular prudentemente, Caramon vertió en el oído del cabecilla un mensaje de la mayor pre­mura.

—Tanis, mi tiempo se agota —murmuró, inmóvi­les todavía los reptiles al no recibir instrucciones—. ¡Lo presiento! Es imprescindible que vaya a la Torre de la Alta Hechicería. Quizá durante la batalla que se avecina alguien podría escabullirse y poner en marcha la ciudadela.

—Tanto tú como yo somos indispensables para con­tener la embestida de esas feroces criaturas —repuso el otro héroe—. Así pues, no queda nadie capaz de operar el Timón... —La frase murió inconclusa en sus labios, a la vez que, atónito, escrutaba al guerrero—. ¡Dime que bromeas! —imploró.

—No tenemos otra elección —se limitó a senten­ciar su interlocutor. Calló, y los cánticos del bozac impregnaron el ambiente de negras premoniciones.

—No puede ser —se empecinó Tanis, puesta la mi­rada en Tasslehoff.

—No existe otra salida —razonó de nuevo el hombretón, con la pertinacia que otorga la certidumbre.

El semielfo suspiró y meneó la cabeza. Por su parte el kender, que era consciente de protagonizar su con­ciliábulo, pestañeó perplejo hasta que, de pronto, comprendió.

—¡Oh, Caramon! —masculló entre dientes, una dis­creción que se contradecía con el hecho de que se pusiera a palmear y brincar hasta casi hender el cu­chillo en su propia carne—. Y tú también, semielfo, ¡sois maravillosos! Os trasladaré a la Torre sanos y salvos. No lamentaréis esta prueba de confianza. ¡Seré vuestro orgullo! Ven, Runce, te necesitaré.

Aferrando el brazo del enano, recorrió presuroso el pasadizo hacia una escalera de caracol que, de acuerdo con el «avispado» guía, no desembocaba en la sala del mecanismo.

Diseñado por Ariakas, fallecido mandatario de las fuerzas de la Reina de la Oscuridad durante la Gue­rra de la Lanza, el Timón del Capitán de los Vientos que gobierna las ciudadelas flotantes ha sido regis­trado en los anales de la Historia como una de las más brillantes creaciones de la preclara, aunque en­revesada y maligna, mente de tal Señor.

Se halla enclavado el ingenio en una cámara cons­truida expresamente a tal fin en la cúspide de cada castillo. Tras encaramarse a un tramo de angostos peldaños el capitán de los Vientos, rango reservado a quien ostenta el honor de manipularlo, asciende una segunda escala, ésta de hierro y sujeta al muro, hasta la trampilla que la bloquea. No le resta sino abrir la portezuela y penetrar en una estancia cir­cular, de reducido tamaño y desprovista de ventanas u otras formas de ventilación. En el centro del apo­sento, se yergue una plataforma elevada sobre la que, a una distancia aproximada de ochenta centímetros, hay dos imponentes pedestales.

Al ver estos pedestales, Tas, que arrastraba al reacio Runce, quedó estupefacto, sin habla. Trabaja­dos en plata, de una altura de algo más de un metro, eran las más bellas obras de orfebrería que nunca tuvo ocasión de contemplar. Una serie de intrincados motivos y símbolos arcanos surcaban su superficie y, en las líneas que trazaban los relieves, reverberaban hebras de oro bajo la luz de las antorchas que ilumi­naban la escalera. Encima de cada uno de estos ine­fables soportes descansaba un inmenso globo, con­feccionado en refulgente cristal negro.

—No se te ocurra subir a la plataforma —avisó el gully, tajante, a aquel entrometido que abusaba de su bondad.

—¿Tienes idea de cómo funcionan estos artilugios? —indagó el kender, izándose hasta el lugar prohi­bido.

—No contestó el otro hombrecillo, imperturba­ble frente a semejante descaro— No he estado aquí infinidad de veces, el gran mago nunca me encomien­da tareas ni me utiliza como mozo. No he entrado con frecuencia en esta habitación porque el hechicero me llamara para que le trajera esto o aquello. ¿Estar yo presente mientras el mandamás variaba el itinera­rio? ¡Jamás!

¿Quién es ese mandamás, ese mago que has men­cionado? —preguntó Tasslehoff, y reconoció la pe­queña sala por si detectaba alguna figura entre sus sombras—. ¿Dónde está ahora?

—No ha ido a la planta inferior —negó Runce, porfiado— para desintegrar a tus amigos.

— ¡Ah, bueno! —se tranquilizó el kender—. Pero si él se ha ausentado, ¿quién se ocupa de la navegación?

«Comienzo a vislumbrarlo», se alentó, al mismo tiempo que se adentraba en el área delimitada por unas circunferencias de cristal incrustadas en el suelo, entre ambos pedestales. Estaban hechas del mismo material que los globos, e idéntico color, y poseían similar textura. Oyó en el corredor un estruendo y, de nuevo, los rugidos de los draconia­nos. Interpretando la nota de frustración que estos últimos destilaban, decidió que el brazalete de Tanis se interponía en los encantamientos del bozac y los desbarataba.

—No debes mirar el círculo del techo —anunció el contumaz gully.

Tas sofocó una exclamación. Sobre su cabeza, un redondel de igual tamaño y diámetro que la plata­forma donde se alzaba irradiaba unos destellos fan­tasmales, entre el azul y el blanco, que adquirían vi­vacidad a ojos vistas.

—¿Qué no he de hacer ahora, Runce? —sondeó el kender a su contertulio, chillona su voz a causa de la excitación—. ¿Cuál es el paso que no tengo que dar?

—No deposites tus manos sobre las esferas negras, no les detalles el curso que te interesa —sugirió el otro, subrayando las negaciones con especial énfasis—. ¡Nunca hallarás el procedimiento adecua­do para accionar tan poderosa magia! —se mofó.

—¡Tanis! —vociferó Tasslehoff a través de la aber­tura que le proporcionaba la trampilla abierta—. ¿Cuáles son las coordenadas de la Torre de la Alta Hechicería?

Durante unos minutos no llegaron hasta él más que estruendos de armas y algunos aullidos. Pero, al fin, flotó en el aire la familiar voz del semielfo, que aumentaba de volumen a medida que los dos héroes se aproximaban por el pasillo.

—¡Pon rumbo noroeste! —le indicó—. Casi no ha­brás de virar, el camino es recto.

—¡Maravilloso! Eso está hecho.

Tras afirmar los pies a horcajadas sobre las cir­cunferencias, en unas cavidades obviamente conce­bidas para este propósito, Tas cobró aliento y estiró las extremidades superiores hacia las oscuras bolas.

—¡Maldita sea! Soy demasiado corto de talla —se lamentó—. Presumo —se dirigió a Runce— que las manos no han de tocar los globos y los pies apoyar­se en las cavidades simultáneamente.

Le asaltó, cual un aguijonazo, la impresión de co­nocer la respuesta, aunque el aludido no atinara a pronunciarla. La consulta que le habían formulado hundió al gully en un trance tal que no pudo sino estudiar el kender boquiabierto, paralizado.

Clavando en el enano unas pupilas centelleantes, no porque le aborreciese, sino porque en alguien debía desahogar su sentimiento de impotencia, el kender permaneció unos segundos inmóvil, entregado a sus disquisiciones. Tras concluir que la única solución era dar brincos hasta rozar las esferas, ensa­yó el ejercicio, lo que evidenció la imposibilidad de alcanzar su objetivo. Alcanzaba los globos, cierto, pero a costa de perder contacto con las cavidades y, a consecuencia de ello, la luz del techo se tornaba mortecina.

—¿Cómo solventar esta complicación ? —discu­rrió—. Caramon y Tanis podrían adoptar la postura correcta, pero no están en la cámara y, dado el ba­rullo que sube desde el pasadizo, tardarán un buen rato en deshacerse de esos draconianos. ¡Ya lo ten­go! —gritó de pronto—. ¡Runce, acércate!

El enano entrecerró los párpados en estrechas rendijas.

—No me está permitido —adujo, anticipándose al vituperio y apartándose de la plataforma.

—¡Aguarda, no te vayas! Sólo quiero ofrecerte la oportunidad de activar este artilugio conmigo —intentó Tasslehoff engatusarlo.

—¿Igual que hace el gran mago? —puntualizó el otro, incrédulo, abiertos los ojos como platos.

—¡Sí, Runce! Adelante —le exhortó—, no tienes más que colocarte sobre mis hombros y...

Enmudeció, al apercibirse de que era prematuro exponerle el plan. Hipnotizado, en una especie de éx­tasis, el gully recitó hasta la saciedad la misma le­tanía:

—Dirigir yo el vuelo como hace el mandamás, ¡usurpar su puesto!

—Sí, Runce —corroboró el kender en análoga cadencia—. Pero debes apresurarte, de lo contrario tu gran mago mandamás podría sorprendernos.

—De acuerdo, voy en el acto —despertó el enano y, mientras se daba impulso para subir primero el entarimado y luego a la espalda de Tas, dio rienda suelta a su emoción—: Controlar esta ciudadela, ha­cerla viajar a través del aire fue siempre una de mis mayores aspiraciones —confesó, henchido de feli­cidad.

—Ya tengo sujetos tus tobillos —le atajó d kender, concentrado en las cuestiones prácticas—. ¡Ay! Suél­tame el pelo. No resisto tus tirones. Sosiégate, no te dejaré caer. Ahora debes incorporarte, pero para lograrlo has de extender las piernas en lugar de doblarlas. No te soltaré los pies —prometió a aquel manojo de nervios, cargándose de paciencia—. ¡Cui­dado, trata de mantener el equilibrio!

Los dos hombrecillos se desplomaron cual un cas­tillo de naipes, y rodaron por la plataforma.

—Tas, ¿qué sucede? —brotó la voz de Caramon des­de la escalera.

—¡Ya casi está! —mintió el interpelado, aunque perseveró en su afán. Tras sacudir a su inepto cola­borador hasta que se hubo enderezado, renovó sus recomendaciones—: Equilibrio, ésa es la clave. Re­cuérdalo, has de estabilizarte.

—Equilibrio, estabilidad —se aprendió el enano la lección.

El kender volvió a adoptar la pose erguida en los círculos de cristal, y el gully gateó hasta sus omó­platos para hacer una segunda tentativa. Obtuvieron la merecida victoria, pese a unos pocos halagüeños bamboleos; Runce posó al fin sus inmundas manos en las lisas superficies de las bolas, después de ha­cer algunos experimentos previos, que fueron del todo infructuosos.

Al instante, les envolvió una cortina de haces lu­minosos, que, procedentes del redondel del techo, se derramaron en su derredor hasta cercarles por com­pleto. Unas runas fúlgidas se esbozaron encima de las dos criaturas, esculpidas en suaves tonalidades rojizas y violáceas.

Con una sacudida capaz de interrumpir los lati­dos de más de un corazón, la ciudadela flotante ini­ció su singladura.

Abajo, en el pasadizo, la fuerza del despegue arro­jó a algunos draconianos y su hechicero a las frías baldosas de roca, tras dar unos cuantos bandazos al son del traqueteo. Tanis se desmoronó de espaldas contra una pared y Caramon fue a dar con sus hue­sos en el pecho del compañero.

Soltando maldiciones y alaridos de la más diver­sa índole, el bozac luchó por ponerse en pie y, una vez en esta posición, pisoteó a sus hombres, que alfom­braban el estrecho túnel, e ignoró a Tanis y Caramon con el único anhelo de irrumpir en la cámara donde se hallaba el Timón del Capitán de los Vientos.

—¡Córtale el paso! —rugió Caramon al semielfo, portador de la alhaja, al mismo tiempo que la ciudadela escoraba cual un navío en la tormenta y toda la humanidad de Caramon era despedida hacia la pa­red opuesta—. Si asciende estos peldaños, todo ha­brá terminado.

—Haré cuanto esté en mí mano —tartamudeó el héroe, debido a que su amigo, al aplastarle, le había dejado sin aire—. Pero temo que el poder del braza­lete esté próximo a extinguirse.

Echó a correr hacia el arcano reptil, pero el casti­llo describió un brusco giro en dirección contraria. Tanis, sin un agarradero, se vino abajo, mientras que el perseguido, más pertinaz y obsesionado por cap­turar a los ladrones que trataban de robarle su fortaleza, tan sólo aminoró el avance. Blandiendo su daga auxiliar, Caramon se lanzó sobre aquel indivi­duo. De nada le valió el asalto. Su arma topó contra una transparente barrera antes de ensartar los ne­gros ropajes y, a causa del impulso de la arremeti­da, trazó unas piruetas en el aire y rebotó en las lo­sas hasta yacer inofensiva, estéril.

El bozac estaba ya en la escalera de caracol, la que conducía al segundo tramo de barras férreas; los otros draconianos iban recobrando la compostura y, en definitiva, todo se normalizaba, cuando la ciudadela dio un nuevo bandazo. El mago cayó sobre Tanis, que había emprendido un nuevo intento y estaba a escasos centímetros. Los soldados volaron hacia los cuatro puntos cardinales y el guerrero, en pleno proceso de recuperación, salió catapultado por encima del amasijo que formaban el semielfo y el bozac.

El abrupto virar y contravirar de la fortaleza rom­pió la concentración del hechicero y se desvaneció su aura protectora. Se debatió a la desesperada el infame monstruo, con zarpas y colmillos, pero Ca­ramon, que no se había derrumbado al dictarle la experiencia cómo apoyar y flexionar las piernas, le arrancó del cuerpo del otro héroe y hundió en su carne la espada, en el instante en que invocaba un nuevo sortilegio.

La figura del draconiano se disolvió en una gelatinosa charca de líquido amarillento. Manaron de esta laguna unas nubes de humo maloliente, emponzoñado, que se esparcieron por el recinto.

—¡Salvémonos!

Era Tanis quien así gritaba. Uniendo la acción a la palabra, el semielfo fue hasta una ventana y, en­tre toses, medio intoxicado, llenó sus pulmones de fresca brisa.

—¡Tas! —llamó él mismo al hombrecillo—. ¡Has cometido un error! ¡Creo haberte dicho que debía­mos ir hacia el noroeste!

—¡Piensa en el noroeste, Runce! —oyó que el kender apremiaba al enano.

—¿Runce? —susurró Caramon, mirando a su ami­go con repentina alarma.

—¿Cómo puedo dar dos indicaciones contrapues­tas? —protestó la aguda voz del gully—. ¿Quieres ir al norte o al oeste? ¡Decídete!

—El noroeste es un único sentido, y muy concreto —empezó a explicarle  Tasslehoff.  —No importa —rectificó—, visualiza tú el norte y yo transmitiré la orden del oeste. Quizá así surta efecto.

Cerrando los ojos, el hombretón exhaló el suspiro del derrotado y se reclinó contra el muro.

—¿Qué te parece, Tanis, les auxiliamos?

—No hay tiempo —contestó el aludido, también de­sazonado pero con la espada en alto—. Ahí vienen.

Se refería a los soldados de piel escamosa, que se habían reagrupado. Pero la muerte de su adalid y su absoluta incapacidad para entender lo que estaba aconteciendo en su ciudadela hizo que éstos, descon­certados, se contentaran con mirarse de hito en hito entre sí y al enemigo. Durante este lapso de inactivi­dad el castillo alteró, por enésima vez, su trayecto­ria, ahora hacia el noroeste y cayendo durante varios metros, como si lo zarandeara una huracanada rá­faga.

Los miembros de la infame patrulla dieron media vuelta y a empellones, tropezando y resbalando, acometieron el corredor y atravesaron en tropel el um­bral de la misteriosa estancia por la que habían he­cho su entrada.

—Por fin seguimos el rumbo correcto —confirmó Tanis, contemplando el panorama desde el ventanal.

Al reunirse con él, Caramon divisó la Torre de la Alta Hechicería.

—Veamos cómo se las arreglan ahí arriba —pro­puso el guerrero al columbrar su destino, y empezó a subir.

—No, no lo hagas —le rogó el semielfo—. Al pare­cer, Tas conduce la fortaleza a ciegas. Lo más proba­ble es que tengamos que guiarle. Además, no me fío de esos draconianos. No me extrañaría nada que vol­vieran a presentarse con nutridos refuerzos.

—Una suposición muy lógica —le alabó el forni­do humano.

Sin embargo, escudriñó el hueco de la trampilla: no estaba tranquilo al saberse en manos de quienes él juzgaba como un par de nulidades.

—Llegaremos dentro de unos minutos —calculó el mestizo, apoyándose displicente en el alféizar—. Pero serán suficientes para que me hagas una síntesis de los últimos sucesos que has vivido.

 

 

—Cuesta creerlo —dijo Tanis cuando el guerre­ro hubo terminado su escueto relato—, incluso de Raistlin.

—Cierto —masculló Caramon—; al principio tam­bién yo me negué a prestar oídos a tan descabellada historia. Pero al verlo erguido frente al Portal, al es­cuchar todas las enormidades que se proponía ha­cer a Crysania, tuve que rendirme a la triste verdad. El Mal con mayúsculas había corroído su alma y de­voraría a todo aquel que le secundase.

—Tienes razón al asignarte la empresa de desarti­cular sus planes —admitió el semielfo, estirando el brazo a fin de estrujar aquella entrañable manaza—. Tus motivos para intervenir en semejante hazaña es­tán más que justificados, pero opino que no debes entrar en el Abismo tras el nigromante. Dalamar está en la Torre, apostado en el acceso, y entre los dos detendréis a Raistlin en cuanto se persone, sin nece­sidad de que te aventures en el plano de ultratumba.

—No, Tanis —le desengañó el hombretón—. Dalamar fracasó en su anterior enfrentamiento con mi gemelo. Estoy persuadido de que el archimago le domina, que un terrible accidente impedirá al elfo oscuro impedir su cometido. —Al percibir que su amigo le observaba suspicaz, el guerrero resolvió sincerarse—. El término «persuadido» era un eufe­mismo; está escrito que el aprendiz no sobrevivirá.

Y, tras hurgar en su mochila, sacó a la luz las pri­morosamente encuadernadas Crónicas.

¿Ni siquiera el conocimiento del futuro puede darnos una ventaja? —apuntó el otro héroe—. Si lle­gamos antes de que se produzca el evento, acaso lo modifiquemos.

Sin responder a tan absurda teoría, Caramon bus­có la página que había señalado en el tomo. Tragó saliva, emitió un silbido apenas audible y, aclarada la garganta, aguardó.

—Me tienes sobre ascuas —le recriminó Tanis, quien, impulsivo, tensó el cuello a fin de leer él mis­mo el párrafo.

—Yo te lo contaré —determinó el gigantesco hu­mano. Cerró el ejemplar y, eludiendo los ansiosos ojos de su compañero, le aclaró—: A Dalamar lo des­truirá Kitiara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

La Avenida de la Muerte

 

 

Dalamar estaba solo en el laboratorio de la Torre de la Alta Hechicería. Los guardianes, tanto los vi­vos como los de ultratumba, ocupaban sus puestos en la entrada y esperaban, vigilantes.

Desde la ventana de la sala, el elfo oscuro vio cómo ardía la ciudad de Palanthas y también, debido a la ventajosa situación de su atalaya, siguió el proceso de la contienda. Había detectado al caballero Soth cuando cruzaba las puertas, fue testigo de la disper­sión y caída de los soldados solámnicos y del lanza­miento de los draconianos hacinados en la ciudadela. Durante todas estas fases de la lucha los dragones batallaron en las alturas y, en consecuencia, su san­gre inundó cual una teñida lluvia las calles de la ciudad.

El último espectáculo que se le ofreció, antes de que las volutas de negro humo procedentes de los múltiples incendios nublasen su visión, fue el del castillo volador en dispar avance hacia él. No cabía tildar de otro modo el vuelo del artilugio, que de pronto parecía errar a la deriva, luego tomaba una marcha más regular y en una tercera instancia, sin que ningún factor externo lo justificase, alteraba el rumbo y se dirigía directamente a las montañas tras las que había surgido. Asombrado, el acólito espió sus evoluciones durante unos minutos y se pregun­tó qué significaban. ¿Era así como Kitiara preten­día introducirse en la Torre?

El hechicero tuvo un espasmo de miedo. ¿Podía volar la ciudadela sobre el Robledal de Shoikan sin peligro? ¡Por supuesto que sí! Apretó el puño, recri­minándose su negligencia al no plantearse tal probabilidad, y escrutó el panorama que, con la humareda, no tardaría en difuminarse. A través de un claro fugaz entre las brumas, divisó la fortaleza: una vez más, torcía ésta su trayectoria, haciendo eses en el cielo como un borrachín que buscara su olvidado hogar.

Se movía, de nuevo, hacia la mole, pero a una ve­locidad que no excedía la de un caracol. ¿Qué ocu­rría? ¿Habían herido quizás al piloto, a la privilegia­da criatura que la gobernaba? Dalamar aguzó los sentidos, ansioso de pistas, un intento que no dio fru­to a causa de la creciente densidad de la neblina que, además, la brisa transportó hasta formar una corti­na delante mismo de las cristaleras. La ciudadela se desdibujó, a la par que impregnaba el ambiente un intenso olor a cáñamo y brea quemados, que el mago atribuyó al incendio de los almacenes.

En el instante en que se alejaba, blasfemando, del ventanal, atrajo su atención un ígneo fulgor en un edificio que se alzaba frente al suyo, aunque a pru­dencial distancia: el Templo de Paladine. Vislumbró, incluso entre las tinieblas, cómo aumentaba el bri­llo, y se representó en la mente a los clérigos de blan­co atavío en el acto de aplastar a sus enemigos per­trechados con bastones y rotundos mazos, pero, eso sí, rogando a su dios.

Esbozó una sarcástica sonrisa y atravesó a toda prisa la estancia, sin detenerse en la gran mesa de piedra donde antes yacieran sus frascos, tarros y alambiques, que él mismo había apartado a fin de instalar libros de encantamientos, pergaminos y artilugios arcanos. Dedicó, en su presuroso andar, una enésima ojeada a tales objetos, con el propósito de asegurarse de que todo estaba dispuesto y continuó recorriendo los anaqueles donde se alineaban los vo­lúmenes encuadernados en azul marino de Fistandantilus y, al lado, los no menos esotéricos tomos ne­gros de Raistlin. Ya en la puerta del laboratorio, la abrió y pronunció una palabra, una orden, que se deshizo en mil ecos en la penumbra de los pasillos.

No cayó su invocación en el vacío. Un par de ojos destellantes se materializaron de inmediato frente a él y un cuerpo espectral, que mudaba sus contornos al compás de las ráfagas del viento.

—Quiero que apostéis centinelas en la cúspide de la Torre —impartió el elfo sus instrucciones.

—¿Dónde exactamente, aprendiz? —consultó el fantasmal esbirro.

—En el acceso de la azotea y la Avenida de la Muer­te —concretó Dalamar.

Oscilaron las llamas de las etéreas pupilas en se­ñal de asentimiento, y se evaporó el ente del más allá. El acólito volvió a la cámara e hizo ademán de ce­rrar la puerta tras él, pero se interrumpió en un ti­tubeo nacido de sus reflexiones. Podía formular un sortilegio que evitase la irrupción de visitantes poco gratos en el laboratorio, una medida que Raistlin adoptaba siempre que deseaba poner en práctica al­gún experimento particularmente complicado, en el que cualquier intruso podía desencadenar fenóme­nos desastrosos. En algunos de sus hechizos, inha­lar aire a destiempo equivalía a liberar fuerzas ca­paces de derrumbar los muros desde los mismos cimientos. Extendidos sus delicados dedos sobre la superficie de madera, el espía comenzó a ordenar los versículos.

Lo pensó mejor, y renunció. «Si necesito ayuda —se dijo—, los custodios han de traspasar el umbral del aposento sin trabas de ninguna clase. Según la naturaleza del atolladero en que me encuentre, no, atinaré a anular el escudo.» Retrocedió entonces al punto donde había iniciado su deambular y se sen­tó en la confortable butaca que era su favorita, la que había transportado desde su alcoba para paliar la fatiga de su vigilia.

«No atinaré a anular el escudo», repitió y, arrella­nándose en los mullidos cojines de terciopelo que en­galanaban su asiento, caviló sobre la muerte. Era ine­ludible, en tales circunstancias, mirar el Portal. Su apariencia era la de costumbre: las cinco cabezas de dragón, cada una de un color diferente, se incli­naban hacia el interior, abiertas sus bocas en silen­ciosos bramidos por los que rendían tributo a su Reina. Sí, aquellos cráneos reptilianos se mostraban apagados, carentes de actividad, y la vacuidad del otro lado sugería un desierto eterno e inmutable, idéntico al de otras ocasiones. ¿O no? Dalamar pes­tañeó, porque, aunque podía tratarse de una jugarre­ta de su turbada imaginación, creyó percibir que los ojos de los animales irradiaban unos tenues resplan­dores.

Se le tensaron los músculos del cuello, le afloró el sudor a los poros de las palmas de las manos y hubo de frotar éstas en la túnica. ¿Se acercaba la hora de la verdad, aquella en la que exhalaría su último sus­piro? Tanteó las argénteas runas que, bordadas, fes­toneaban el pectoral de su atuendo, runas que obs­truirían o repelerían ciertos ataques. Examinó sus manos, el relumbrar de una bella esmeralda que, montada sobre platino, configuraba una sortija de poderes curativos. Era una herramienta poderosa, el único inconveniente estribaba en que sus facultades sólo podían utilizarse una vez.

Con precipitación, el acólito revisó las enseñanzas que le había impartido Raistlin sobre los métodos que permitían juzgar si una herida era letal y debía sanarse en seguida o si, por el contrario, resultaba preferible no malgastar las virtudes de la joya.

Un escalofrío fustigó al elfo. Casi podía oír la voz del shalaji enumerando y describiendo los distintos grados de dolor, sentía las yemas del nigromante, do­tadas de aquel extraño calor interior, en un ágil re­corrido por su anatomía para señalar las zonas vi­tales. De manera mecánica, Dalamar se llevó la mano al torso y palpó las cinco llagas que imprimiera en él su maestro, siempre sangrantes y purulentas. Al mismo tiempo, los ojos del archimago se siluetearon en su memoria, dorados, mortíferos, similares a es­pejos que invitaban a contemplar no la vida, sino la podredumbre que anidaba en cada mortal.

Deseoso de conjurar su estremecimiento, el apren­diz se exhortó al optimismo. «Me rodean campos de energía de probada eficacia que, activados en con­junción con mis portentos personales, me manten­drán inmune a las peores agresiones arcanas. Tengo experiencia en el arte y, aunque mis conocimientos no sean equiparables a los del shalafi, él retornará débil, maltrecho, al borde del colapso. No ha de ser­me difícil destruirle. ¿Por qué, dada mi superioridad, me asfixia literalmente el pánico?»

Tañió, una sola vez, una campana de plata. Dalamar se levantó, reemplazadas sus vagas aprensiones por el miedo a algo tangible. Al asaltarle este senti­miento más punzante, las vísceras de su cuerpo se endurecieron en estado de alerta, la sangre se le heló en las venas y se disiparon las sombras de sus enso­ñaciones. En definitiva, recobró el control.

El musical repicar anunciaba la presencia de al­guien que, tras abrirse paso en el Robledal de Shoikan, había llegado a la puerta principal de la Torre. La reacción ordinaria del hechicero frente a la visita inopinada de un huésped habría sido abando­nar el laboratorio y, mediante la magia, encarnarse de nuevo bajo el dintel para interrogarle. Pero aho­ra no osaba dejar el Portal. Era imprescindible per­manecer siempre al acecho y más aún habida cuen­ta de que, como antes atisbara, las pupilas de los dragones se habían iluminado. Estudió el prodigio y, tras cerciorarse, posó la vista en la nada que se desplegaba en la retaguardia. También desde allí re­cibió aviso de que algo iba a acontecer, en forma de una ondulación en el aire que, cual un rizo en un se­reno lago, presagiaba eventos inminentes.

No, no podía acudir, debía confiar en los guardia­nes. Arrimó el oído a la hoja de la puerta, a la expec­tativa, hasta que sus tímpanos captaron los sonidos amortiguados de lo que tomó por unos gritos y el es­truendo del acero. Sobrevino luego el silencio y, confundido, contuvo el resuello, de tal manera que sólo los latidos de su corazón rompían la calma.

Decidiendo que los espectros habían solventado el asunto, y en su afán de descubrir la ciudadela, hizo una nueva intentona en la ventana. No distinguió nada en absoluto, se diría que el humo se había soli­dificado en una lóbrega pared. Retumbó un trueno en lontananza, ¿o se trataba de una explosión? ¿Quién era el inconsciente que se había internado en el Robledal?, especuló sin proponérselo. ¿Un draco­niano codicioso de botín, sediento de matar? Un sujeto de esta raza podría haber superado las pruebas de la arboleda, aunque no el embate de los formi­dables inquilinos que él, el aprendiz de nigroman­cia, comandaba.

En el fondo, no importaba. Cuando todo hubiese pasado, bajaría a la planta inferior y reconocería el cadáver.

— ¡Dalamar!

El corazón le dio un vuelco, el pavor se mezcló a la esperanza en sus entrañas al escuchar aquella voz familiar.

—Sé precavido, amigo —se aconsejó a sí mismo en un susurro—. Ha traicionado a su hermano, y tam­bién a ti. No descuides las defensas.

Sin embargo, a pesar de su determinación, le tem­blaban la manos mientras, despacio, caminaba ha­cia la puerta.

—¡Dalamar! —La dama apelaba a él en una segun­da invocación en la que la inflexión de su acento, un leve quiebro, denunciaba sufrimiento y terror. Un ruido sordo en el exterior, sucedido por el roce de un cuerpo contra la puerta, ribeteó otra llamada más, ésta debilitada—: Dalamar.

La mano del aludido aferraba ya el pomo de la puerta. A su espalda, de los ojos de los dragones, di­manaban haces rojizos, blancos, azules, verdes y ne­gros.

—Dalamar —persistió Kitiara en un balbuceo—, he... venido a... darte mi respaldo.

Cauteloso, el mago abrió la puerta. Kit yacía en el suelo, a sus pies, en tan lamentable condición que el acólito quedó sin habla cuando se expuso a su es­crutinio. Si antes se cubría con una armadura, ma­nos inhumanas habían arrancado las piezas para someterla a un bárbaro asedio que se plasmó en una serie de surcos en su piel, hollados por cortantes uñas. La prenda que, negra y ajustada, lucía la fémina debajo del metal había sido desgarrada hasta re­ducirla a harapos, revelando su curtida epidermis, los níveos senos. Rezumaba la sangre a través de un tajo en una pierna y las botas de cuero no habían corrido mejor fortuna: los asaltantes las hicieron tri­zas. No obstante, la mujer miró al hechicero sin que sus facciones, sus transparentes iris reflejaran el más mínimo menoscabo en su serenidad. Sostenía en la palma de una mano la alhaja que, a guisa de talismán, le obsequiara Raistlin a fin de que coro­nara ilesa la travesía del Robledal, y el influjo de ésta impidió que se amilanara en el altercado.

—He conservado mi fuerza, aunque a duras penas —declaró. Se entreabrieron sus labios en aquella am­bigua, tentadora sonrisa que encendía la pasión de Dalamar, y le tendió los brazos a la vez que solicitaba—: Puesto que he resuelto ayudarte, haz tú algo por mí e incorpórame.

Encorvándose, el aprendiz asió a la dama por el talle y la alzó. Tanto impulso tomó, que sus cuerpos se entrechocaron y el elfo sintió, al entrar en contac­to, que el cuerpo de Kitiara se agitaba en trémulas convulsiones. Meneó la cabeza, sabedor de que un singular veneno circulaba junto a sus fluidos vita­les, y la arrastró hacia el interior en un firme abrazo.

Después de que su cayado viviente atrancara la puerta, la joven murmuró:

—¡Oh, Dalamar!

Tenía los ojos fuera de las órbitas, y el acólito com­prendió que iba a desmayarse. Terminó de estrechar­la entre sus viriles brazos y ella apoyó la cabeza con­tra su pecho, respirando aliviada.

Inundó las ventanas nasales del mago la embru­jadora fragancia adherida a los cabellos de la dignataria, aquella mixtura en la que al perfume natu­ral se sumaban efluvios de batallas, remembranzas hechas olor. Vibró la sinuosa figura y, al apretar él el abrazo, Kit despegó los párpados y dijo, contem­plándole:

—Ya estoy mejor.

Sus manos descendieron a la altura del vientre de Dalamar, quien, demasiado tarde, tomó conciencia de un siniestro centelleo en los mares color pardo de sus pupilas y de la mueca en la que, ahora, se ha­bía torcido su boca. Demasiado tarde vio el gesto brusco de su brazo derecho, demasiado tarde notó la fría textura del arma que le apuñalaba.

 

 

—Lo hemos conseguido —vociferó Caramon, er­guido en el ruinoso patio de la ciudadela flotante para otear mejor los tortuosos robles que, por un efecto óptico nada infrecuente, reculaban en la le­jana tierra.

—Así es, al menos de momento —masculló Tanis.

A pesar de la distancia que se interponía entre ellos y las copas de los árboles, una marea de odio y apetito de carne fresca, tersa, se elevaba hasta su altura como si los guardianes pudieran hincarles la zarpa y succionarles. Tiritando, el semielfo se obli­gó a centrar sus esfuerzos en hallar un sistema para descolgarse en la cúspide de la Torre de la Alta He­chicería, que se perfilaba con nitidez.

—Si podemos colocarnos estratégicamente —plan­teó a Caramon, con el mayor volumen de voz que admitían sus cuerdas vocales a fin de imponerse al ulular del viento—, nos dejaremos caer en ese pasa­dizo que hay en lo alto.

—La Avenida de la Muerte —especificó el guerrero.

—¿Cómo?

—Ese «pasadizo» al que aludes se denomina la Ave­nida de la Muerte —repitió el hombretón, al mismo tiempo que acortaba la distancia que lo separaba de su amigo tanteando el terreno que pisaba, ya que si se despeñaba, se precipitaría en aquel océano de omi­noso ramaje—. Fue allí donde se encaramó el hechi­cero perverso antes de maldecir la Torre y lanzarse sobre la verja, según la versión de los hechos que me relató Raistlin.

—Tanto el apelativo como las connotaciones son de lo más estimulantes —rezongó el semielfo.

Las columnas de humo se arremolinaban en su de­rredor, dificultando la observación que, en perspec­tiva, habrían disfrutado de los árboles. El compañe­ro semielfo trató de descartar de su pensamiento los sucesos que se desarrollaban en la ciudad. Le basta­ba con haber avistado el Templo de Paladine en un círculo flamígero.

—Tendrás tan presente como yo —apuntó, y se aga­rró al hombro de Caramon en el mismo límite del patio— que Tasslehoff podría provocar una colisión contra la mole.

—Si hemos llegado hasta los aledaños del edificio es porque nos guían los dioses —le sermoneó el luchador—. No hay razón para que dejen de hacerlo.

—Esa sentencia —repuso Tanis, parpadeando como si temiera no haber oído bien— no armoniza con el jovial mercenario con el que compartí tantas correrías.

—Aquel muchacho inmaduro murió —aseguró el otro, más pendiente de su ya cercano destino.

—Lo lamento —fue todo lo que el semielfo acertó a susurrar, dulcificado en un suspiro el rictus de amargura que había deformado sus mandíbulas.

El hombretón se encaró con él y, límpidos sus ojos aún jóvenes, le corrigió:

—No es la lástima el sentimiento adecuado, que­rido amigo. Al enviarme al pasado, Par-Salian me ex­plicó que yo salvaría un alma y que, por lo tanto, mi misión revestía una gran trascendencia. Me figuré que se refería a la de mi gemelo, pero ahora sé que me equivoqué en mis presunciones y que era mi es­píritu el náufrago que tenía que rescatar. Vamos —cambió de tema, tenso—, no se presentará una oportunidad mejor para saltar.

Apareció bajo sus pies un balcón que circundaba la plataforma superior de la sede del Mal, apenas vi­sible en la brumosa atmósfera. El vértigo se apode­ró de Tanis, manifestándose en una súbita náusea y la sensación, aunque su raciocinio le decía que era imposible, de que la Torre giraba y él era el inamo­vible eje central. A medida que se aproximaban, le había sorprendido su colosal tamaño y ahora, sin em­bargo, se le antojó que debía arrojarse desde un vallenwood al tejado de una casa de juguete.

Para empeorar las cosas todavía más, la fortaleza siguió navegando inexorable, ajena a la desazón del héroe, hacia aquel portaestandarte de todo lo vil, y los torreones, con sus techumbres de sanguinolen­tas tejas, danzaron frente a sus pupilas en un ma­reante vaivén. Pero no era su mente la única culpa­ble: también los timoneles, el kender y su ayudante gully contribuían al espejismo con las continuadas sacudidas y descompensaciones de altura que pro­vocaba su torpe manejo.

—¡Adelante! —ordenó Caramon y, dando el ejem­plo, se aventuró en el espacio.

Una sortija de humo envolvió a Tanis y, tras cegarle de forma momentánea, paso de largo, prueba indefectible de que la ciudadela no había cesado de mo­verse. De pronto al despejarse de nuevo su visión, se moldeo ante el un pilar de roca negra. O se deci­día a saltar o quedaría aplastado. Optando por el primer azar, más prometedor, imitó al guerrero en el instante en el que un estrépito discordante, chi­rriante, rasgaba el aire sobre su cabeza. Presa de una plomiza gravidez, el semielfo se precipitó, en una nada informe que solo poblaban las tinieblas. No dis­puso mas que de una tracción de segundo para flexionar sus entumecidas piernas, al materializarse a escasos centímetros las losas que delimitaban la azo­tea de la Torre.

Aterrizó con un batacazo que transmitió punzadas de dolor a todos los huesos de su esqueleto y le dejó tundido, sin aliento. Tan sólo un instinto innato, el sentido de la supervivencia inherente a cualquier criatura, le permitió rodar sobre su vientre y cobi­jar la cabeza entre los brazos al llover a su alrede­dor fragmentos de piedra, que se habían despren­dido.

El guerrero, plantado sobre sus robustas piernas, rugió:

— ¡Rectifica el itinerario! ¡Debes ir hacia el norte! Una voz chillona, apenas audible para el conmocionado Tanis, aulló desde el alcázar:

— ¡Al norte, Runce! ¡Y en línea recta, no te desvíes!

Se diluyó el áspero matraqueo que atronaba la atmósfera y, al alzar receloso la mirada, el barbudo semielfo comprobó a través de una fisura en la hu­mareda que la fortaleza enfilaba su nueva trayecto­ria en una singladura que, entre aéreos meandros, había de conducirla al palacio de Amothus.

—¿Te has hecho daño? —se interesó Caramon por su amigo mientras le izaba.

—No —contestó el otro héroe y, secándose un hilillo de sangre que asomaba por las comisuras de sus labios, apostilló—: No mucho, pero me he mor­dido la lengua y resulta doloroso.

—La única vía para entrar es ésta —informó el gi­gantesco humano, y encabezó la marcha por la azo­tea hasta una puerta que, cerrada y atrancada, se oponía a su avance.

Temeroso de que los custodios del recinto monta­ran guardia en la Avenida de la Muerte, como así era, el astuto guerrero la había sorteado con sigilo. Aho­ra no tenía más remedio que arriesgarse, por no exis­tir otros accesos cercanos.

—Habrá centinelas en el interior —pronosticó—, y no encontraremos ningún modo de escabullirse.

El hombretón retrocedió, indiferente a sus propios augurios, para tomar carrerilla y descargar el peso de su poderosa estructura contra la puerta. Se aba­lanzó con el ímpetu de un ariete empujado por un ejército, dejando que le detuviera el impacto mismo. Las planchas de madera crujieron, se quebraron, des­pidieron astillas, pero resistieron el embate. Caramon, tenaz, se frotó el hombro y volvió a retroceder para repetir la operación. Examinó el marco, acumu­ló energías y arremetió. Esta vez el obstáculo cedió, se derrumbó y arrastró al esforzado atacante.

Penetrando en la Torre, Tanis espió la penumbra reinante hasta distinguir a Caramon tumbado en el suelo, sobre una alfombra de virutas. El semielfo es­tiró el brazo con objeto de auxiliar a su compañero, pero se paralizó.

— ¡En nombre del Abismo! —renegó, atascado el aire en su garganta.

El luchador se puso de pie y se limitó a confirmar, con aparente hastío:

—Sí, ya me había tropezado con esos entes.

La causa de tan breve diálogo eran dos globos ocu­lares que, carentes de cuencas, flotaban delante de ellos, translúcidos en sus destellos indefinibles y casi irreales.

—No consientas que te toquen —avisó el guerre­ro en voz baja—. Absorberían tus esencias vitales.

Las pupilas estrecharon filas, y el humano escu­dó presto al semielfo.

—Soy Caramon Majere —se identificó frente al espectro—, hermano de Fistandantilus. Ya me cono­ces; nos vimos en tiempos remotos.

Cejaron los ojos en su pulular y Tanis, precavido pero sin amedrentarse, les mostró el brazo de la pulsera. Los fríos focos de luz se reflejaron en la exquisita talla de orfebrería mientras su portador se presentaba, al igual que hiciera el otro visitante.

—Soy un aliado de Dalamar, tu amo; fue él quien me regaló la pulsera.

No pudo extenderse en su plática porque, de re­pente, una garra atenazó su brazo. Un espasmo lace­rante recorrió sus entrañas, interrumpió su palpito y, bamboleándose, estuvo a punto de caer. Por fortu­na, Caramon se hallaba a su lado y le sostuvo.

—¡La alhaja se ha esfumado! —exclamó el semielfo.

—¡Dalamar! —colaboró el guerrero a la causa co­mún de su salvación, con una voz cavernosa que arrancó ecos de las paredes de la cámara—. ¡Soy yo, Caramon, el gemelo de Raistlin! Tengo que atrave­sar el Portal. Estoy seguro de poder desbaratar los planes del archimago. ¡Manda a tus guardianes que se retiren, Dalamar! —le conminó.

—Quizá sea demasiado tarde —masculló el otro héroe de la Lanza, mirando aquel par de candiles fan­tasmales que permanecían al acecho—. Si Kit se nos ha adelantado, lo más probable es que el aprendiz haya muerto.

—En ese caso, nosotros no tardaremos en sucum­bir —afirmó Caramon.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

Una Incursión en las tinieblas

 

 

¡Maldita seas, Kitiara!

El sufrimiento acalló a Dalamar como una mor­daza. Tambaleándose, el acólito se puso una mano en un costado y notó la cálida afluencia de sangre.

Ninguna sonrisa de triunfo iluminó la faz de la agresora. Si algo se grabó en ella fueron más bien las arrugas del miedo, de la incertidumbre, al adver­tir que un golpe letal había errado en su diana. «¿Por qué?», se preguntó en un arranque de furia. Había matado con idéntico proceder a centenares de hom­bres, ¿cómo era posible que fallase ahora? Tras sol­tar el cuchillo, desenvainó la espada y atacó en una misma secuencia.

El acero silbó en el aire debido a la fuerza de la embestida, pero se estrelló contra un muro sólido. Brotaron las chispas al tomar contacto el metal con el escudo mágico que el hechicero había invocado como protección personal, y un impacto paralizador iniciado en el filo recorrió el arma, la empuñadura y el brazo que la blandía. La espada se deslizó de la mano entumecida a la vez que, sujetándose el brazo, la perpleja Kit hincaba la rodilla en el suelo.

Dalamar se recobró del efecto abrumador del agui­jonazo. Los encantamientos defensivos tras los que se parapetaba eran fruto de un acto reflejo, el resul­tado de numerosos años de práctica. Ni siquiera ne­cesitaba formularlos de manera consciente: un sim­ple atisbo de peligro activaba estos resortes de su sapiencia, que en nada se asemejaban a los que había reservado para el enfrentamiento contra el shalafi. Sea como fuere, no debía desestimar las cuali­dades guerreras de la mujer que se hallaba postra­da en el laboratorio y, mientras ejercitaba la mano derecha, que quedó insensibilizada, estiraba la iz­quierda en busca de su arma.

La lucha había comenzado.

Con felina agilidad, la dama se enderezó. Ardía en sus ojos la fiereza de la batalla, la lujuria casi sexual que la consumía siempre que peleaba y que Dalamar había detectado en otras pupilas, las de Raistlin cuando vagaba en el éxtasis de su magia. El elfo os­curo sofocó una sensación agobiante nacida en los recovecos de su ser y trató de conjurar, asimismo, el pánico y el dolor a fin de concentrarse exclusiva­mente en los sortilegios apropiados.

—No me obligues a matarte, Kitiara —la amena­zó, deseoso de ganar tiempo y recuperar su fuerza.

Sus energías crecían por segundos, pero, una vez recuperadas, tenía que conservarlas intactas. De nada le serviría abatir a Kitiara para perecer, poco después, a manos de su hermanastro. Vencido su pri­mitivo impulso de llamar a los guardianes, ya que si la mujer los había burlado en el altercado del ves­tíbulo merced, sin duda, a la joya nocturna que le otorgase Raistlin, volvería a ahuyentarlos sin dificul­tad, el taimado aprendiz recurrió a otra iniciativa.

Reculando unos pasos frente a la Señora del Dra­gón, el hechicero se acercó a la pétrea mesa donde descansaban sus artilugios arcanos. Localizó discre­to, por el rabillo del ojo, una varita de oro que relum­braba en la exigua luz del aposento, y perfiló su plan. Era imprescindible conjugar con precisa exactitud las distintas fases, ya que el uso de la áurea pieza exigía disolver antes el escudo invisible. Leyó en la mirada de la Dama Oscura que había adivinado sus confabulaciones, que aguardaba ansiosa cualquier desliz para acometerle.

—Has sido engañada, Kitiara —dijo con su acen­to más sugerente, abrigando la esperanza de dis­traerla.

—¡Por ti! —le espetó ella, enojada.

Asió entonces un candelabro de plata, consistente en un macizo pedestal y varios brazos de elegante di­seño, y se lo arrojó a su adversario. El proyectil re­botó contra el muro mágico y, sin infligir daño a la supuesta víctima, cayó a sus pies. Una nube de humo procedente de las velas se elevó en volutas sobre la alfombra, pero el conato de incendio fue extinguido por la propia cera al derretirse.

—Por el caballero Soth —afirmó Dalamar.

— ¡Ja! —se mofó la dignataria.

Una redoma sucedió al candelabro en su aérea tra­yectoria, con un desenlace menos venturoso, puesto que, al topar contra la barrera, se desintegró en una rociada de cristales. Al ver cómo volaban los añicos en todas direcciones, Kitiara agarró otro candelabro de plata, pareja del anterior, y le dio idéntico trato. Su obstinación no era consecuencia de la ignoran­cia. Conocía de sobra los sistemas para derrotar a los magos de mayores o menores virtudes. Si lanza­ba a su oponente todos aquellos proyectiles era pre­cisamente porque quería debilitarle, forzarle a em­plear sus facultades en mantener íntegro el escudo en detrimento de otras argucias.

—Has encontrado Palanthas fortificada —argu­mentó el elfo con su objetivo, la varita, casi al alcance—. ¿No intuyes el motivo? Es muy sencillo, se declaró en la ciudad el estado de sitio después de que tu desleal esbirro me comunicara tus designios. Me aseguró que asediarías la ciudad a fin de ayudar al shalafi de tal suerte que, cuando cruce el Portal e incite a hacer lo mismo a la Reina de la Oscuridad, tú puedas brindarle la acogida de una amante her­mana y contribuir a exterminar a la soberana.

Tan convincente fue el discurso, que la fémina hizo una pausa. Incluso la espada descendió unos milí­metros, un tramo inapreciable pero significativo.

—¿Soth te contó todo eso? —indagó.

—Así es —se ratificó el acólito, aliviado ante los titubeos de aquella férrea contrincante.

Las molestias de su herida habían remitido, aun­que perduraba una secuela a modo, acaso, de recor­datorio sobre la pericia de la mujer. Sin perder a ésta de vista, el aprendiz se aventuró a reconocer el lu­gar donde el acero había hendido su carne y halló su ropa adherida, tosco remedo de un vendaje. La he­morragia se había contenido.

—¿Por qué? —insistió Kit, enarcando las cejas en una parodia de asombro—. ¿Qué gana Soth vendién­dome a ti, elfo oscuro?

—Tu posesión —susurró el aludido, malicioso, insinuante—. Pretende hacerte suya por el único me­dio que se le ofrece.

Cual una afilada aguja, el terror penetró los órga­nos de la mandataria hasta clavarse en su cora­zón. Evocó el macabro acento que festoneaba la voz hueca del Caballero de la Rosa Negra al sugerirle, porque la idea partió de él, que redujera a los palanthianos. Trocada su rabia en pánico, entre convul­siones, se dijo asimismo, que los centinelas le habían empozoñado, que los arañazos de sus brazos recogie­ron la funesta dádiva de los fantasmas que los fla­gelaron y, de nuevo, creyó sentir el tacto glacial de sus zarpas. La ración del veneno y la nebulosa efi­gie de Soth nublaron su raciocinio y apenas colum­bró la sonrisa victoriosa de Dalamar.

Mientras su rival combatía con denuedo el pavor, el vahído, el acólito aprovechó un momento en el que ella había ladeado el rostro en un vano afán por di­simular sus emociones para comprobar la situación de la varita, tanteando el borde de la mesa.

Kitiara hundió los hombros, la cabeza. Sostenía la espada con la muñeca laxa y utilizaba la otra mano para manosear la hoja, en el gesto de quien ha sido vencido. Sin embargo, este alarde de flaqueza física era puro fingimiento. El brazo que sostenía la espa­da se había fortalecido, la sangre volvía a circular e infundirle vitalidad, y también su pensamiento se había centrado. Era su propósito dar a entender al elfo que había quedado desvalida. «Dejemos que se recree en sus laureles —proyectó—, y en cuanto pro­nuncie una sílaba arcana le abriré en canal.»

Aguzó el oído, ya que era demasiado arriesgado espiar al otro contendiente con los ojos; pero nada percibió salvo el suave crujir de las negras vesti­duras y una entrecortada cadencia respiratoria. ¿Era cierto lo de Soth? Y, en caso afirmativo, ¿qué importaba? En el fondo resultaba divertido. Otros pretendientes habían incurrido en peores avatares para obtener su favor y, pese a sus artimañas, se­guía libre. Resolvió que tendría tiempo más tarde de escarmentar al espectro. Ahora debía ocuparse de otro comentario de Dalamar, concerniente a Raistlin, que la intrigaba sobremanera. ¿Podía el nigroman­te destruir a la soberana de las tinieblas, o sería ella quien le pulverizase?

La perspectiva de que el archimago consiguiera atraer a Takhisis a su plano de existencia espantaba a la Señora del Dragón. Más que eso, la horrorizaba.

«Te fui útil una vez, ¿no es verdad, Oscura Majes­tad? —pensó—. Entonces no eras sino una sombra en este lado del espejo, pero, si adquieres la supre­macía, ¿qué puesto me asignarás en el mundo? Nin­guno, porque me aborreces tanto como yo a ti.

»En lo relativo a esa viscosa larva que tengo por hermano, hay alguien que le aguarda impaciente: Da­lamar. Pertenece a su shalafi en cuerpo y alma, su aspiración es respaldarle y no interceptarle el paso cuando asome tras el Portal. No, querido amante, tus embustes no han de embaucarme. Confiar en ti es un lujo demasiado caro.»

El aprendiz reparó en que Kitiara se estremecía, que sus magulladuras asumían una tonalidad cár­dena. Era obvio que se estaba debilitando, ya que no le concedía tanta voluntad como para inocular una dosis de euforia, ni siquiera pasajera, en sus venas, y tenía constancia de los efectos retardados que un sencillo roce de sus secuaces causaba en quien osa­ba desafiarles si no perecía en el acto. Además, no le había pasado inadvertida la palidez del rostro fe­menino al mencionar él a Soth. A estas alturas, la dama ya no podía zafarse a su estulticia al obedecer los consejos del maligno caballero de ultratumba; aunque, dada la inminencia del fin, era superfluo ob­cecarse. «De todos modos —recapacitó el inteligen­te mago—, su representación de antes ha sido exa­gerada. Algo trama; será mejor que no descuide la vigilancia. Mi sensual amante —parafraseó sin ha­berlo premeditado—, la confianza es un error que no he de permitirme.»

Tanteó la superficie de roca y, agarrando la varita, la esgrimió, al mismo tiempo que entonaba el ver­sículo que neutralizaría el escudo. En aquel instan­te la dignataria dio media vuelta y trazó un sesgo en el aire, manejando la espada con ambas manos para asestar un golpe más fuerte. La estocada habría de­capitado al elfo de no haber encorvado éste la espal­da al alargar el brazo hacia el ingenio.

Tal como sucedieron las cosas, el filo cortó el omó­plato derecho y, ensartándolo a considerable profun­didad, desgarró músculos y casi cercenó el brazo. El acólito soltó la varita con un alarido, pero no antes de desencadenar sus poderes. Un relámpago ahorquillado fulminó el pecho de Kit a través de tres pun­tas siseantes, lanzó su contusionado cuerpo hacia atrás y lo aplastó contra el suelo.

Dalamar se volcó sobre la mesa, jadeante y mal­herido. La sangre manaba a rítmicos borbotones de su brazo, un misterio que no desentrañó hasta unos segundos después, cuando acudieron a su memoria las lecciones de anatomía de Raistlin. Lo que se ver­tía era la savia purificada en el corazón, así que la muerte sobrevendría en un breve lapso. El anillo curativo se ceñía al anular derecho, en el flanco da­ñado, de manera que apretujó la esmeralda con los dedos sanos y farfulló el vocablo que activaba la magia.

Se desmayó, y cayó desplomado en un charco formado por su propia sangre.

 

 

—¡Dalamar! —llamó una voz.

Aturdido, el elfo oscuro rebulló. Un dolor inena­rrable sacudió todo su cuerpo y, entre gemidos, in­tentó abandonarse a la dulce penumbra del olvido. Se lo impidió un nuevo grito, urgente y sonoro, que no le daba más opción que retornar a la vigilia. Con la lucidez vino el miedo.

Hizo ademán de sentarse, estimulado por este sen­timiento, pero el impacto sufrido volvió a azotarle y hubo de desistir. Semiconsciente, notó que los alvéolos óseos bailaban una siniestra danza y que el brazo diestro colgaba, tumefacto y sin vida, de su costado. La sortija había evitado que se desangrase, viviría... para dejar al shalafi el privilegio de aniqui­larle.

— ¡Dalamar, soy Caramon! —se identificó el due­ño de aquella voz estentórea.

El aprendiz sollozó esperanzado. Torciendo el cue­llo, un movimiento que le exigió un esfuerzo supre­mo, miró el Portal. Los ojos reptilianos brillaban con intensidad y, al hacerlo, creaban un aura que se ha­bía difundido por todo su contorno. El vacío bullía en vibraciones, de él brotaba un viento caliente que acarició sus pómulos. ¿O su temperatura no era tal, sino que respondía a la fiebre que le consumía?

Oyó un ruido apagado en un umbrío rincón del la­boratorio, y le asaltó una aprensión de otra natura­leza. ¡No, era imposible que Kitiara hubiera sobre­vivido! Rechinante su dentadura, dirigió sus pupilas hacia la dignataria y distinguió las piezas de la ar­madura que respetaran los espectros donde, diáfa­nas, reverberaban las dimanaciones luminosa de los dragones. La dama estaba quieta, y se olía a carne quemada. Pero los ecos que suscitaron en el acólito la necesidad de examinarla habían sido reales.

Extenuado, entornó los párpados. Las tinieblas se arremolinaron en su interior, deseosas de cobrarse un nuevo habitante para el universo eterno, y Dala­mar se entregó a sus auspicios. De pronto, no obs­tante, una orden de su cerebro interrumpió su descanso. Si Caramon no se había personado en la sala, si se empecinaba en invocarle, era porque los guardianes obstaculizaban su marcha. Sólo él, amo de aquellos entes infernales, podía despejarle el camino.

—Escuchad, centinelas, mi mandato, y acatadlo.

Después de alertar a los destinatarios de su men­saje, recitó en un tartamudeo, hijo de su postración, las frases que inmunizarían al guerrero contra los formidables defensores de la Torre.

Detrás del elfo, se incrementaban los fúlgidos ha­los de las estatuas; delante, en la esquina que escru­tara, una mano hurgó en un cinto ensangrentado y, con su postrer hálito, palpó la empuñadura de una daga.

 

 

—Caramon —murmuró Tanis, observando los glo­bos oculares que les contemplaban—, salgamos de aquí. Subamos a la azotea e inspeccionemos el lu­gar para descubrir otra senda.

—No existe tal y, por mucho que insistas, no me iré —se opuso el guerrero con terquedad.

—¡En nombre de los dioses! —le imprecó el semielfo—. No puedes luchar contra esas cria­turas.

—¡Dalamar! —probó de nuevo suerte el hombretón, a la desesperada—. Dalamar, no...

Con la misma prontitud con que se extingue el pa­bilo de una vela, un soplo apagó los resplandores de las pupilas fantasmales.

—¡Se han difuminado! —cambió de tema el lucha­dor, y echó a andar a un ritmo impetuoso.

—Podría ser una trampa, una encerrona —le re­tuvo el otro héroe. Y, para que Caramon no le igno­rase, posó una mano en su brazo.

—No —discrepó éste y reanudó el avance, arras­trando al compañero—. Aunque no se les vea, su pre­sencia se siente. Yo he cesado de detectar ese algo indefinible que les denuncia; ¿tú no?

—No, yo recibo una sensación singular —aseveró Tanis.

—En efecto —admitió el fortachón—, pero no la irradian ellos, ni tampoco guarda relación con no­sotros.

Tras emitir su dictamen, el gigantesco personaje descendió a toda prisa la escalera de caracol que con­ducía a los aposentos. Había en su pie, al igual que en la azotea, una puerta, pero ésta la halló abierta. Sabedor de que el acceso comunicaba el ala supe­rior con el bloque principal del edificio, hizo una pausa y se asomó sigiloso.

La oscuridad era tan insondable como si la luz aún no hubiese sido concebida. No ardía antorcha algu­na en los pedestales, no se divisaban ventanas por las que pudiera filtrarse el reflejo difuso, humeante, de la calle. El semielfo, en esta peculiar atmósfera, tuvo una alucinación en la que su imagen se aden­traba en la negrura y se desvanecía para siempre, fundida en el devorador maleficio que permeaba cada roca, cada losa. A su lado, se aceleraron los la­tidos del guerrero y se tensó su cuerpo.

—¿Qué es lo que hay ahí dentro? —le preguntó al percatarse.

—Nada —le explicó el humano—, tan sólo un pozo hasta la base. El centro de la Torre es hueco, y unos tramos de pronunciados peldaños se proyectan en una larga elipse sobre el muro sin más barandilla que el precipicio. En los rellanos hay entradas a los distintos niveles; si no me equivoco, estamos en uno de ellos. El laboratorio se oculta dos plantas más abajo. Tenemos que seguir adelante —exhortó a su amigo—. Mientras perdemos estos minutos precio­sos él se acerca. No te dejes impresionar; lo único que has de hacer es arrimarte a la pared.

Pero, desmitiendo sus propias palabras de alien­to, cerró los dedos en torno al brazo del semielfo y aminoró la longitud de sus zancadas.

—Un paso en falso en esta lobreguez y ya no ten­dremos que preocuparnos por las felonías de tu ge­melo —protestó Tanis.

Sus reconvenciones no disuadirían al hombretón y, a decir verdad, si las expresaba era para desaho­gar su nerviosismo, no con otra finalidad. Ciego en aquella noche infinita, avasalladora, visualizó las fac­ciones de Caramon comprimidas en la actitud de quien, tras debatirse en una disyuntiva, ha escogido una de las posibilidades y va a llevarla hasta sus úl­timas consecuencias. Su gigantesco compañero, pesado y a la vez flexible, andaba sin vacilaciones, explorando el entorno antes de apoyar un pie. Más tranquilo, imbuido de la seguridad que le transmi­tía, el semielfo le siguió.

De manera súbita, al principio de su excursión, los ojos sin cuencas se les aparecieron de nuevo, flotan­do cual luciérnagas y clavados en ellos como si qui­sieran sorber sus esencias. El héroe semielfo agarró la espada instigado por un impulso fútil, absurdo en aquellas circunstancias. Imperturbables, las ígneas pupilas perseveraron en su escrutinio mientras una voz les indicaba:

—Venid por aquí.

Una mano ondeó en el aire, etérea pero perentoria.

—¡Es imposible orientarse en esta penumbra, mal­dita sea! —se rebeló Tanis.

En la incorpórea palma prendió una llama sin can­dil, no menos fantasmal. El barbudo semielfo me­ditó, con un escalofrío, que era preferible la pe­numbra; pero se abstuvo de exteriorizarlo, porque Caramon había emprendido un veloz trotecillo en la que ahora se presentaba como una escalera circular. Ojos, mano y vela se detuvieron en un descansillo y así lo hicieron también ellos, ante una puerta fran­ca y, sin pasillo intermedio, una habitación. Dentro de la alcoba tenían su origen unos haces luminosos que, aunque tenues, bañaban todo su perímetro. El guerrero se internó y el héroe, menos robusto, lo hizo tras él, apresurándose a cerrar la puerta de tal suerte que los globos oculares no pudieran acompañarles.

Se impuso una pausa para echar una ojeada a la estancia, y al instante la identificó como el labora­torio de Raistlin. Rígido, envarado, manteniendo la espalda apoyada sobre la madera por si algún ino­portuno engendro intentaba colarse, escudriñó las evoluciones del luchador que, después de cruzar una parte del aposento, se arrodilló junto a una figura que había en el suelo, enroscada sobre sí misma en un charco de sangre. «Dalamar», reconoció el semiel­fo al avistar la mancillada túnica, pero fue incapaz de reaccionar, de aproximarse.

La perversidad que rezumaban las brumas del pozo era añeja, llena de polvo, contaba centurias. La que rebosaba el laboratorio, en cambio, estaba viva, respiraba y palpitaba. Su faceta gélida se ge­neraba en los libros de hechicería encuadernados en azul mar que atiborraban los anaqueles, la ti­bia se elevaba a partir de una nueva colección de tomos también arcanos que, éstos negros y con estampaciones configuradas por runas y relojes de arena, se alineaban a su lado. El horrorizado espectador paseó la mirada entre redomas, alam­biques, y discernió unos pares de ojos que, ator­mentados, le acechaban a él. Le asfixiaban los olores de especies, de moho, de rosas y, en una fú­nebre mixtura, le invadió una vaharada que trans­portaba la dulce acritud de la carne socarrada.

Fue entonces cuando capturó su atención un des­tello que, impreciso, irradiaba de un extremo apar­tado. Sus dimanaciones eran hermosas y, sin embar­go, le llenaron de sobrecogimiento al recordarle su encuentro con la Reina de la Oscuridad, la única audiencia que le había concedido. Hipnotizado, Tanis fijó la vista en aquel espectro albo que se des­componía y sintetizaba al mismo tiempo en distintos colores, que los encerraba todos y era de uno solo. Mientras contemplaba el fenómeno agarrotado, pre­so de una fascinación que le impedía apartar las pupilas, el remolino se tornó compacto, se definió en las formas inequívocas de cinco cabezas de dragón.

«¡Es una puerta, un acceso!», concluyó el semielfo. Las cabezas reptilianas, que se alzaban sobre un estrado, delimitaban el marco ovalado con sus erec­tos cuellos vueltos todos hacia el interior y las bo­cas congeladas en alaridos, acaso gritos en alabanza a su soberana. El héroe forzó sus sentidos y atisbo la vacua sima que se anunciaba detrás. Si alguna vez hubo una puerta que obstaculizara el paso, parecía haberse disipado en la nada. Nadie habitaba la nie­bla, pero ese «nadie» se agitaba. El desierto latía. No hubo de barruntar mucho para adivinar qué anida­ba en el reino de negrura que se insinuaba, y quedó paralizado.

—El Portal —ratificó Caramon sus impresiones, in­diferente a su lividez y al susto que delataban sus ojos desorbitados—. Te ruego que vengas a ayu­darme.

—¿Vas a traspasar el umbral, a pisar la antesala del Abismo? —indagó Tanis en un bramido salvaje, más aún en contraste con la calma del colosal hu­mano, y se situó a su lado—. ¡Es una locura!

—No tengo otra alternativa —repuso el interpela­do con aquella expresión de placidez, de serenidad, que había sorprendido a su amigo unas horas antes.

El semielfo se dispuso a discutir, pero Caramon se desentendió para observar al herido aprendiz.

—He leído lo que acontecerá; no puedo sustraer­me a este hecho —declaró, anticipándose a las ar­gumentaciones de su compañero.

El que había de ser locuaz objetor se tragó las palabras y, entre toses, como si aquéllas pudieran atragantarse, hincó la rodilla junto a Dalamar. El elfo oscuro había conseguido girar su maltrecha figura a fin de colocarse frente al Portal y, pese a haber su­cumbido a un segundo desmayo, despertó de tales vapores al oír las voces de sus aliados.

—¡Caramon! —increpó al guerrero, en un débil bal­buceo y tratando sin éxito de zarandearlo—. Tienes que reprimir...

—Lo sé, Dalamar —contestó éste con amabili­dad—, y cumpliré mi misión. Pero hay ciertos deta­lles que me gustaría concretar.

Los párpados del acólito se sellaron temblorosos, confiriendo un mayor patetismo a su tez cenicienta y, en general, a su aspecto depauperado. Tanis alar­gó el brazo en diagonal para buscar el pulso en el cuello del mago. Pero en el momento en que tocaba la piel, resonó un tintineo en la cámara. Algo se es­trelló contra la placa metálica que le cubría el bra­zo y salió despedido en aparatosas piruetas, hasta desplomarse con estrépito. El semielfo bajó la cabe­za, y vislumbró una daga manchada de sangre. Ató­nito, dio media vuelta y se puso de pie, desenvainan­do su acero.

—Kitiara —gimió el yaciente, endeble su voz como sus músculos y con un ligero asentimiento.

En efecto, un reconocimiento más minucioso le re­veló al semielfo las redondeadas líneas de un cuer­po echado entre las sombras, en un rincón.

—Así era como debía matarle —rememoró Cara­mon la historia de las Crónicas, a la vez que se apo­deraba del arma—. Por un abstruso avatar, Tanis, tu interferencia ha frustrado el atentado.

El semielfo no le escuchaba. Había guardado la es­pada en su lugar e iniciado la travesía del laborato­rio, un trayecto que no carecía de escollos. Hubo de patear fragmentos de cristales que se incrustaban en sus suelas y deshacerse de un puntapié de un can­delabro, que a punto estuvo de provocar su caída. Cuando llegó a su destino, a Kitiara, se detuvo.

La dama estaba tendida boca arriba, reclinando el pómulo en la ahora purpúrea roca y con los cabe­llos desparramados sobre los ojos. Arrojar la daga debía de haberle arrebatado sus postreras energías o así se le antojó al semielfo, quien, frente a su quie­tud, presumió que había muerto.

No era así. La indómita voluntad que había impul­sado a un hermano a tomar la senda de las tinieblas y al otro a desecharla, a caminar hacia la luz, ardía inextinguible en el ánimo de la mujer con la que tan estrechos vínculos les emparentaban.

Kit percibió las pisadas, las asoció con su enemi­go y rebuscó en su cinto la vaina donde permanecía embutida su espada. ¿O no? Sin responderse, alzó el mentón y trató de verificar sus sospechas.

—¡Tanis! —exclamó, sorprendida, víctima de una abrumadora confusión.

¿Dónde estaba? ¿En Flotsam? ¿O acaso había re­nacido su idilio y volvían a estar juntos? ¡Claro, él había regresado a fin de entablar una relación amo­rosa más apasionada que la anterior! Sonriente, le tendió la mano.

El semielfo, azotado por una revulsión interior, cesó incluso de respirar. Al rebullir la masa a la que su antigua amante se había reducido, se expuso a su vista un renegrido agujero en el pecho. La carne cha­muscada se había derretido, los blancos huesos re­lucían a la escasa iluminación y protagonizaban una escena espeluznante, que enfermó al héroe de la Lan­za. La náusea, la punzada de la memoria le obliga­ron a ladear el rostro.

—¡Tanis! —insistió la mandataria en un plañido fervoroso, suplicante—. ¡Ven junto a mí!

Apiadado ante una demanda tan poco acorde con el temperamento femenino, el noble semielfo se arro­dilló para arrullarla en los brazos. Ella miró su ros­tro y, grabada al fuego, halló su propia muerte. Hos­tigada por el miedo, forcejeó para incorporarse. Pero no lo logró; el gesto quedó en un amago.

—Me han lastimado —masculló, entre la fatiga y la ira—. Pero no puedo diagnosticar la gravedad. —Y comenzó a palparse la tremenda herida.

Desprendiéndose de su capa, Tanis arrebujó en ella a la malherida luchadora.

—No te excites. Te repondrás —mintió, afectuoso el tono.

—Eres un embustero —le regañó la mujer, una acusación análoga a la que profiriera Elistan, tam­bién moribundo, días atrás. La diferencia estribaba en que el anciano clérigo estaba pleno de beatitud y la mandataria, por el contrario, apretó exasperada los puños—. ¡Ese condenado elfo ha acabado conmigo! ¡Él es el artífice de mi desgracia! De todos modos, le he dado su merecido —se congratu­ló en una mueca pavorosa—. No podrá respaldar a Raistlin. La Reina de la Oscuridad lo eliminará a él y a los demás.

Exhaló un murmullo quejumbroso, que precedió a un estertor agónico. Al sentir tan cerca el final, la que fuera valerosa Señora del Dragón atenazó al semielfo y éste estrechó su abrazo consolador. Una vez hubo pasado el aguijonazo, Kitiara dictaminó con un acento que rebosaba amargo desdén, acerba año­ranza:

—Si no hubieras sido un títere, tan débil y muda­ble, tú y yo habríamos gobernado el mundo.

—Lo que yo ansiaba gobernar, o poseer, ya lo ten­go —sentenció él, destrozado por la pena y con una cierta dosis, hubo de confesárselo, de repulsión.

Molesta por aquella pretensión de superioridad en un ser que ella juzgaba manejable, Kit acometió la réplica. No habían aflorado a sus labios las prime­ras frases, sin embargo, cuando se dilataron sus pu­pilas al vislumbrar algo, o a alguien, en el extremo opuesto de la sala.

—¡No! —vociferó, en un arrebato de pánico que ningún suplicio terrenal le habría inspirado—. ¡No! —repitió, encogiéndose y refugiándose en su viril protector—. ¡No dejes que me lleve, Tanis, manténlo alejado! Siempre te amé, semielfo —musitó como en una conjura, una letanía—. Siempre... te... amé...

Su griterío se convirtió en un siseo, en un quebran­to apenas inteligible.

El héroe, alarmado, alzó la mirada. Tanto el Por­tal como el acceso a la alcoba estaban vacíos; nin­gún conocido ni extraño se había introducido. ¿Se refería a Dalamar?

—¿A quién he de detener, Kitiara? —preguntó—. No lo comprendo.

Pero los tímpanos de la mujer estaban ya sordos a las disquisiciones de los mortales. Los únicos ecos que oía ahora eran los de una voz que, reiterativa, la obsesionaría durante toda la eternidad.

Tanis notó que los músculos de aquel amasijo que tenía abrazado se relajaban y, mientras acariciaba la crespa melena, sondeó los rasgos por si también en ellos el tránsito al más allá había proporcionado paz a su alma. Desgraciadamente, la expresión de la mujer no reflejaba un espíritu sosegado, sino un ho­rror sin matices: sus pardos ojos se extraviaban, prestos a salirse de sus órbitas, en un paraje de im­perecedera pesadilla, y la hechicera sonrisa, hecha ya mueca, se había tergiversado aún más hasta trans­formarse en rictus.

Tras consultar con la mirada a Caramon, quien, grave y afligido, meneó la cabeza en una negación, el semielfo depositó el cadáver de la mandataria en la fría losa e, inclinándose, fue a besar su frente. No pudo. Aquella estructura calcinada en nada se asemejaba a un ser de carne y hueso.

Benévolo, desplegó la capa sobre el cráneo de la exánime mujer y se demoró unos segundos arrodi­llado junto a sus despojos, circundado por las tinie­blas. Fueron las pisadas del hombretón, el contacto de su cálida manaza en el brazo, los elementos de la realidad inmediata que le sacaron de su ensimisma­miento.

—¿Tanis?

—Estoy bien —aseveró, con voz ronca por el con­flicto de emociones.

En su mente sonaba todavía lo último que Kitiara dijera antes de expirar, el favor que había implora­do de él: «¡Mantenlo alejado!»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

En busca del destino

 

 

Me reconforta que estés aquí conmigo, Tanis —agradeció Caramon.

Se hallaba frente al Portal, examinándolo exhaus­tivamente y al acecho de cualquier indicio de movi­miento, de las ondulaciones del vacío que bullía al otro lado. A su lado estaba sentado Dalamar, erecta la espalda merced a los almohadones que habían co­locado en su butaca; aunque contradecían la firme­za de su postura el rostro demacrado y el tosco ca­bestrillo que llevaba en un brazo. Tanis caminaba desasosegado de un extremo a otro del laboratorio y, en cuanto a los otros ocupantes, las cabezas reptilianas, sus relampagueos eran tan intensos que deslumbraban a aquel que osase mirarlas sin proteger­se los ojos.

—Caramon, te ruego... —empezó a exponer el semielfo.

El aludido le observó, inalterable su expresión gra­ve y pausada, y el improvisado orador hubo de de­sistir. ¿Quién era capaz de razonar con el granito?

—¿Cómo vas a arreglártelas para entrar en esa sima? —rectificó de forma abrupta.

El hombretón sonrió, consciente de lo que había estado a punto de decir su compañero y alegrándo­se de que se hubiera contenido.

Tras dirigir a la puerta un escrutinio atribulado, el semielfo hizo un gesto hacia la abertura y reca­pituló:

—Según tú mismo me has relatado, Raistlin tuvo que estudiar e investigar durante años, suplantar a Fistandantilus y embrujar a la sacerdotisa Crysania para que le siguiera, y apenas lo consiguió. ¿Podrías tú traspasar el umbral, Dalamar? —interrogó al elfo oscuro.

—No —fue la clara respuesta del aprendiz—. Tu información es correcta. Se requiere a una criatura de ingentes facultades para hacerlo. Yo no atesoro tales virtudes, y quizá no las adquiera nunca. De to­dos modos, amigo mío, no te precipites en tus apreciaciones ni cedas a la cólera. Estoy seguro de que Caramon no habría emprendido esta misión de no haber concebido un medio practicable de internar­se en el Abismo. Tiene que ser así, porque si fracasa en su empeño estamos todos condenados —apostilló, y sus pupilas se clavaron en el guerrero.

—Cuando mi gemelo luche contra la Reina de la Oscuridad y sus esbirros —intervino quien, en defi­nitiva, debía hablar, sin perder la peculiar serenidad de la que se había investido— tendrá que concentrar­se por completo en la lucha, excluyendo cualquier otro objetivo. ¿Me equivoco, Dalamar?

—Ni un ápice —contestó el acólito al mismo tiem­po que, aterido, se arrebujaba en los negros ropajes con la mano sana.—. Una inhalación de aire, un gui­ño, una crispación inoportuna y le despedazarán un miembro tras otro, hasta devorarlo.

El luchador dio su beneplácito a tales asevera­ciones, y guardó unos instantes de silencio. «¿Cómo puede estar tan tranquilo?», se preguntó Tanis. Una voz interior se encargó de disipar sus dudas, al su­surrarle que su talante apacible se debía al hecho de que conocía y aceptaba su destino.

—En el libro de Astinus —continuó el descomu­nal humano, sin mencionar la transposición tem­poral— consta que Raistlin, sabedor de que tendrá que consagrar todas sus aptitudes mágicas a com­batir a la soberana, abrirá el Portal antes de enzar­zarse en la pugna a fin de dejar una vía de escape. Así, al regresar a este mundo encontrará tendido el puente a nuestro plano de existencia.

—También ha previsto —completó el discípulo— que durante el conflicto se debilitará y, llegado el momento, le costará un gran esfuerzo formular los encantamientos que han de franquearle el paso. Reci­tar tales hechizos exige estar en plena forma, en la cumbre de las energías. La puerta ya ha desapareci­do, la brecha no tardará en ensancharse y, cuando eso suceda, cualquier mortal dotado de arrojo po­drá cruzar la frontera.

Entornó los párpados, mordiéndose el labio para no gritar. Había rechazado una pócima de efectos se­dantes con el pretexto de que embotaba las ideas. «Si fallas —le había indicado a Caramon—, yo soy vues­tra última esperanza.»

«Nuestra última esperanza —evocó asimismo el semielfo— es un nigromante que ha sido repudiado hasta por su pueblo. ¡Qué aberración! Todo esto no puede estar pasando.» Apoyó ambos codos en la mesa de piedra y hundió el rostro entre las manos, extenuado, dolorido el cuerpo y sensible a la punzan­te comezón de sus heridas. Se había quitado el pec­toral de la armadura, que, suspendido de su cuello, pesaba más que una lápida mortuoria, pero, pese a aliviarle de molestias físicas, la ausencia de la pieza no libró a su alma de retorcerse en un sufrimiento mucho peor.

Los recuerdos revoloteaban en su derredor como los centinelas de la Torre y, al igual que ellos, estira­ban sus tentáculos para tocarle con los carámbanos que tenían por dedos. Rememoró el episodio en el que Caramon robó la comida del plato de Flint aprovechando que el enano se hallaba de espaldas, y aquel otro en que Raistlin invocó ilusiones maravi­llosas a fin de deleitar a los niños de Flotsam. Tam­bién se representó a Kitiara en el acto de abrazarle risueña, y susurrar bellas palabras en su oído. El azo­te de estas vivencias radicaba en su carácter entrañable, y el semielfo quedó tan alicaído que las lágri­mas afloraron a sus ojos. ¡Alguien había cometido un error monstruoso, porque era impensable que tal cúmulo de venturas tuviera un trágico desenlace!

Un libro se dibujó en su oscurecida visión, el de Astinus, que, propiedad ahora de su forzudo compa­ñero, reposaba sobre la pétrea mesa. Contenía los pa­sajes decisivos de la historia, las postrimerías de su universo. De pronto, sin embargo, una idea surcó su mente. ¿Acaso no era aquél el final de una serie de eventos determinados y, si se alterase el más míni­mo detalle, cambiaría también el resultado?

Juzgando este hilo de reflexión interesante, quiso enfrascarse en sus derivaciones. Se lo impidió el gue­rrero que, al mirarlo preocupado, lo interrumpió. Enojado consigo mismo por la flaqueza de sus emo­ciones, Tanis se enjugó el llanto y se levantó.

Los espectros persistían en acosarle, a él y a aquel cadáver carbonizado que yacía en un rincón, arro­pado piadosamente por su capa.

 

 

Un humano, un semielfo y un elfo oscuro, tres es­labones de una cadena vital, contemplaban el Por­tal en absoluto mutismo. Un reloj de agua situado en la repisa de la chimenea registraba el fluir del tiempo, cayendo sus lánguidas gotas con la regula­ridad de unas pulsaciones. La tensión que se palpa­ba en la estancia dio tanto de sí que parecía próxi­ma a explotar y, en un violento restallido, flagelar sus confines. Dalamar empezó a musitar unas frases en lengua elfa y Tanis le miró inquieto, temero­so de que hubiera caído en una suerte de delirio. El semblante del mago era cadavérico, unos cercos amoratados ceñían sus globos oculares y les conferían una tétrica profundidad que subrayaba la fijación de sus iris en la nada turbulenta, oscura, del umbral del Abismo.

La habitual flema de Caramon se había desmo­ronado, lo cual se advertía en su manera de abrir y cerrar los puños o en el sudor de su epidermis, que brillaba bajo la luz de las cabezas de dragón. Un involuntario escalofrío precedió a otros, mientras los músculos de los brazos le vibraban espasmódicamente.

El semielfo fue invadido por una sensación extra­ña. El fragor de la batalla, el estrépito de la encarni­zada contienda que se desarrollaba en la ciudad y que había percibido sin percatarse cesó, se apagó de forma repentina.

También dentro de la Torre los sonidos se amortiguaron, murieron los murmullos del acólito antes de que los articulase.

Un manto de quietud cayó sobre el trío, tan denso y asfixiante como la penumbra del corredor o como el maléfico aire de la sala. Se magnificó el goteo me­didor de los minutos, sus monótonas resonancias amenazaron con fracturar los ya dañados hilos de la cordura del héroe. El aprendiz alzó abruptamen­te los entrecerrados párpados y su mano, trémula, aferró la túnica entre unos dedos agarrotados don­de destacaba la blancura de los nudillos.

Tanis se acercó a su amigo, guiado por el impulso que había empujado asimismo a éste a buscar la pro­ximidad de aquél. Ambos se interpelaron al uní­sono:

—Caramon...

—Tanis...

Desesperado, el gigantesco luchador zarandeó el brazo del otro, mientras le hacía un ruego.

—Por favor, encárgate del bienestar de Tika si yo sucumbo. ¿Lo prometes?

—No voy a consentir que te adentres solo en esos parajes —declaró el semielfo y, a su vez, apretó el brazo de su compañero—. He decidido incorporar­me a la expedición.

—Eso es imposible —le atajó el guerrero, gentil pero contundente—. Si yo fracaso, Dalamar necesi­tará tu ayuda. Despídete de Tika en mi nombre e in­tenta explicarle mis motivos, rehabilitarme frente a ella. Dile que la amo inmensamente.

Se le quebró la voz y no pudo concluir.

—Descuida, soy capaz de entender tus sentimien­tos y elocuencia no me falta —le garantizó el semiel­fo, reproduciéndose en su memoria su última misi­va a Laurana.

—Son los ingredientes esenciales —asintió el hu­mano, mientras sorbía las lágrimas y exhalaba un prolongado suspiro—. Habla también con Tas. Él ig­nora la magnitud del riesgo al que me expongo y la noticia de mi muerte le entristecerá. Claro que —bromeó— antes tendrás que sacarle de ese casti­llo volador.

—El kender no es tan atolondrado como supones, Caramon —discrepó su interlocutor—. Estoy persua­dido de que algo ha intuido.

Las esculpidas cabezas comenzaron a emitir unos ruidos discordantes, unos alaridos que parecían ori­ginarse en la lejanía. El guerrero adoptó la posición de alerta al advertir que aumentaba su volumen y que, por otra parte, el abanico multicolor que surgía del Portal se incrementaba hasta hacer refulgir figuras en halos casi incandescentes.

—Prepárate —ordenó Dalamar, balbuceante.

—Adiós, Tanis.

—Adiós, Caramon.

Sobraban los discursos afectuosos. El apretón de manos que intercambiaron los viejos compañeros ex­presó del modo más fehaciente su pesar.

Transcurrido un breve lapso, el semielfo soltó aquella mano familiar, cálida, y retrocedió. El vacío se dividió, surgió la fisura en el Portal.

Tanis prendió las pupilas en aquella escena por­que no podía desviarlas. Pero, si algo vio, nunca ha­bría de describirlo. Lo que se desveló a sus sentidos nunca se imprimió en su retina. Los sueños que más tarde le atormentarían serían abstracciones de una pesadilla irreal. No se moldearían contornos en las pertinaces secuencias oníricas, que habían de durar años. La única clave sería, al despertar en medio de la noche bañado en sudor, la disolución de unas imá­genes imprecisas, que no le estaba permitido captu­rar. Siempre que le asediara este recuerdo, perma­necería horas tendido en el lecho, en una vigilia agobiante.

Pero todo eso acontecería después. Ahora lo úni­co de lo que tenía conciencia era de que debía dete­ner a Caramon.

No acertó a moverse, a llamarle mediante un gri­to. Transfigurado, con la parálisis del terror, obser­vó cómo el humano trepaba sin inmutarse a la dora­da plataforma. Los dragones entonaron cánticos que destilaban odio, triunfo, quizá resquemor, el semiel­fo no pudo discernirlo. Su propio rugido, que una fuerza ignota arrancó de su garganta, se disolvió en medio de una barahúnda.

Una marea de luz cegadora, un torbellino infinito en matices, arrasó el laboratorio, y se hizo la negru­ra. Caramon se había ido.

—Que Paladine oriente tus pasos —deseó Tanis al mismo tiempo que, desencantado, oía la oración de Dalamar:

—Takhisis, mi Reina, estará a tu lado.

 

 

—Le vislumbro —anunció Dalamar al poco rato.

Nublada todavía su visión, el acólito se incorporó en su silla y se inclinó hacia adelante para asomar­se a los vapores del Abismo. Olvidada la compos­tura en tan emocionante trance, se le escapó una exclamación de dolor y, entre reniegos, volvió a sentarse con el rostro desencajado.

Tanis, que recorría la cámara en largas y discor­dantes zancadas, fue junto al aprendiz.

—Allí —señaló el oscuro hechicero, sin vocalizar por tener las mandíbulas apretadas.

El semielfo se mostró reticente. Se hallaba bajo los efectos del impacto recibido al enfrentarse por vez primera a la brecha del acceso arcano, unos efectos que se dilatarían a lo largo de toda su existencia. Sin embargo, se aventuró de nuevo. Al principio, sólo atis­bo un paisaje yermo y desolado, que confluía en el horizonte con un cielo abrasador, inyectado en lla­mas. Pero al acostumbrarse sus ojos a aquel desier­to, distinguió las reverberaciones de la rojiza lumi­nosidad en una bruñida armadura y, embutida en esta última, a una criatura que, blandiendo su ace­ro y de espaldas a ellos, aguardaba.

—¿Cómo cerrara el Portal? —preguntó a Dalamar, con un aplomo aparente que contradecían su ahogo, su inflexión incierta.

—No podrá hacerlo —le ilustró el mago.

—En ese caso, ¿qué o quién ha de interceptar el retorno de la Reina de la Oscuridad a nuestra órbi­ta? —se espantó el semielfo.

—Su Majestad no puede atravesar el umbral a me­nos que alguien lo haga antes y le marque el camino —respondió Dalamar, algo irritado—. De otra mane­ra haría ya tiempo que se habría introducido en el mundo. Raistlin mantiene un resquicio abierto. Si él viene, la soberana le seguirá y si, por uno u otro azar, el shalafi muere, se sellará la grieta.

—¿Significa eso que Caramon tiene que destruir a su hermano?

—Sí.

—Y también él debe perecer —acabó de deducir Tanis.

—Reza para que así sea —le recomendó el apren­diz, y se humedeció los resecos labios. Las punzadas de sus llagas le mareaban, le producían náuseas—. Sea quien fuere el vencedor de la liza, el guerrero no podrá desandar lo andado y, aunque fenecer en manos de la soberana sea un proceso lento, ingrato, re­sulta preferible a vivir en según qué condiciones.

—¿El lo sabía de antemano? —insistió el héroe.

—Por supuesto que sí, semielfo. Pero con su sacri­ficio salvará a Krynn —apuntó Dalamar, entre la ad­miración y el cinismo.

Acomodándose de nuevo en su butaca, el acólito inspeccionó, obstinado, el Portal, mientras con las manos arrugaba y alisaba, en una curiosa alternan­cia, los pliegues de su atavío cubierto de runas.

—No es Krynn lo que debe rescatar —le corrigió Tanis—, sino un alma.

No se extendió en su disertación, amarga y recri­minatoria, porque la puerta del laboratorio crujió tras él y este hecho le sobresaltó. Destellantes sus pupilas, también sorprendido, el elfo oscuro tanteó un pergamino que había deslizado en su cinto y don­de figuraban los sortilegios con los que podía preve­nir cualquier intrusión.

—Todo está en orden —afirmó—. Cualquier visitan­te se topará con un muro inaccesible. Los guar­dianes...

—No pueden interponerse en el avance de ese ente —concluyó Tanis por él, espiando la puerta con un atisbo de pánico que, durante unos segundos, refle­jó cual un fiel espejo el rictus de la difunta Kitiara.

Dalamar esbozó una sombría sonrisa y, una vez más, se arrellanó en su asiento. Los glaciales eflu­vios de la muerte flotaron en la alcoba, diluidos en una hedionda neblina.

—Adelante, Soth —invitó el mago—. Te esperaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8

 Dilema entre la vida y la muerte

 

 

A Caramon lo deslumbró una luz fulgurante, que atravesó incluso sus párpados cerrados, antes de que la penumbra volviera a cernerse sobre él. Al abrir los ojos, nada distinguió y le dominó el pánico, por­que, sin poder evitarlo, recordó la ocasión en la que había quedado ciego en la Torre de la Alta Hechi­cería.

Pero ahora no sufrió tal accidente. De forma gra­dual, la negrura remitió y sus pupilas, avezadas a los cambios bruscos, se aclimataron a la luminosidad indefinible, sobrenatural, de los contornos. Como le refiriera Tasslehoff, incendiaban la atmósfera los ful­gores sanguinolentos de un perenne ocaso. El paisaje también se ajustaba a las descripciones del kender. Era un terreno vasto y desnudo bajo un cielo de idénticas características. Suelo y bóveda presentaban las mismas tonalidades dondequiera que mirase, en cualquier dirección.

En todas excepto una. Al girar la cabeza, el guerrero vislumbró el Portal que había dejado atrás. Constituía el acceso una pincelada de vivos colores en aquella monotonía, enmarcado en el arco ovalado de las cinco cabezas de dragón y en una falsa perspectiva, pues parecía lejano cuando en realidad estaba muy cerca. El humano lo visualizó como un cuadro colgado de un muro anaranjado, donde si destacaban dos figuras, las de Tanis y Dalamar, diminutas pero nítidas. Sí, hasta sus siluetas inmóviles podían deberse a un minucioso pincel, pertenecer a sendas criaturas capturadas en un momento de estatismo y forzadas a pasar su ilusoria eterni­dad en la contemplación de la nada.

Volviéndoles la espalda con ademán resuelto, pre­guntándose si podían verle como él a ellos, Caramon desenvainó la espada y aguardó a su gemelo, plan­tando firmemente los pies en el inestable suelo.

No abrigaba la menor duda de que una batalla en­tre Raistlin y él terminaría con su propia muerte. Aun disminuidas, las dotes del mago conservarían una parte de su vigor y, el hombretón bien lo sabía, su hermano nunca permitiría que le redujera a un estado de total vulnerabilidad. Escondería bajo la manga el último sortilegio disponible o, al menos, la material y práctica daga de plata.

«No importa que yo sea abatido —razonó, tranqui­lo, clarividente—. Habré cumplido mi propósito y eso es lo que cuenta. Soy un hombre fuerte, sano, exper­to en la liza, y lo único que he de conseguir es ensar­tar su enteco cuerpo en mi acero.»

Estaba seguro de poder infligir la estocada letal antes de que las artes de su oponente le marchita­ran, como había sucedido, años atrás, en la Torre donde Raistlin se sometió a la Prueba.

Las lágrimas brotaron como saetas que, punzan­tes, desgarraran las córneas, para formar riachue­los en su rostro. Las enjugó, mientras se forzaba a pensar en algo diferente, para superar el miedo y la consternación que tanto le desequilibraban.

El primer recuerdo que acudió a su cita mental fue el de la sacerdotisa Crysania. La compadeció, deseó, por su bien, que hubiera muerto deprisa, sin sospe­char que quien ella erigiera en su adalid la había uti­lizado.

Perplejo, parpadeó y aguzó la vista. ¿Qué estaba ocurriendo? En un lugar en el que segundos antes no había sino una desértica planicie, difuminada en el cobrizo horizonte, se adivinaba ahora una presen­cia. Era un objeto negro que se perfilaba contra el cielo y carecía de la tercera dimensión, la profundi­dad, como los bocetos que se dibujan sobre papel y luego se recortan con unas tijeras. De nuevo resona­ron en su interior las palabras de Tas, cuando le relató sus aventuras, sus espejismos, en el tenebroso reino de Takhisis.

Tras una breve inspección, reconoció aquel perí­metro alargado como una estaca de madera, análo­ga a aquellas en las que, en su juventud, se quema­ba a las brujas.

Su memoria se convirtió en un volcán al aparecérsele Raistlin atado a tal suerte de patíbulo, amonto­nados los haces de leña a su alrededor. El condena­do luchaba por liberarse, lanzaba gritos desafiantes a quienes había intentado salvar de su simpleza poniendo en evidencia a un clérigo charlatán, un acto altruista que le había valido la acusación de brujería.

—Sturm y yo llegamos justo a tiempo —musitó el humano a la vez que se representaba la espada del caballero bajo el sol, tan llameantes sus reverbera­ciones que provocaron la dispersión del supersticio­so populacho.

Mirando más atentamente a la estaca que, por su propia iniciativa, había comenzado a desplazarse ha­cia él, reparó en que alguien yacía junto a la base. ¿Acaso era Raistlin? Continuó el avance de la esta­ca... ¿o era él mismo el que se aproximaba? Frente a un fenómeno tan singular, hizo un alto y ojeó el Por­tal como posible referencia. Había retrocedido, o el guerrero se alejaba, el caso era que había mengua­do su tamaño sin que este hecho facilitara sus con­clusiones.

Temeroso de que el magnetismo del Abismo le suc­cionase, Caramon se forzó a sí mismo a detenerse, lo que hizo de manera inmediata. También en este trance, la voz de Tasslehoff revivió para explicarle que si uno quería viajar no tenía más que concen­trarse en su destino, del mismo modo que cualquier objeto se materializaba sólo con invocarlo, aunque había que ser precavido porque el universo de ultra­tumba distorsionaba todo cuanto se concebía.

El luchador clavó los ojos en la estaca y formuló el deseo de alcanzarla. Sin darse cuenta, en una frac­ción de segundo, se catapultó hasta ella y, al espiar de nuevo el Portal, descubrió que se había transfor­mado en un lienzo en miniatura suspendido entre el firmamento y la tierra. Satisfecho ante la idea de que podía regresar a su antojo, el guerrero investigó sus aledaños y la figura que yacía al pie de la estaca. Creyó adivinar que vestía una túnica de terciope­lo negro, y su corazón cesó casi de latir. Pero un examen más concienzudo le reveló que se trataba de un efecto óptico: era el cuerpo el que parecía más oscu­ro en contraste con el fondo rojizo. La indumentaria que cubría la ajada carne era de color blanco. «Cla­ro —comprendió—, antes he pensado en ella.»

—Crysania —la llamó.

La dama ladeó la cabeza al escuchar su hombre. Pero las pupilas, errabundas, no enfocaron a Caramon y éste, al comprobar que vagaban, concluyó que sus atroces peripecias las habían nublado.

—¿Raistlin? —inquirió la sacerdotisa, en un tono tan rebosante de esperanza y ansiedad que Caramon habría dado cualquier cosa, incluida la vida, para confirmar su anhelo.

—Soy yo, Caramon —hubo de desencantarla, al mismo tiempo que se arrodillaba y tomaba la mano femenina entre las suyas.

La sacerdotisa, aunque invidente, siguió con el ros­tro el eco de su voz y posó la mano libre sobre el dor­so de la que la arropaba.

—¿Caramon? —repitió, ostensiblemente confun­dida—. ¿Dónde estamos?

—He franqueado el Portal —informó él.

—Así que has entrado en el Abismo —corroboró Crysania, y emitió un suspiro de indescifrable sig­nificado.

—Así es.

—Me comporté como una necia —murmuró la mujer—, pero he pagado caro mi error. ¡Cuánto me gustaría averiguar si, además de yo misma, alguien ha salido perjudicado! Dime, Caramon, ¿has tenido noticias de tu hermano? —preguntó, apenas audible la última frase.

—Crysania... —balbuceó el interpelado, incapaz de improvisar una respuesta verdadera ni falsa.

La sacerdotisa le interrumpió al percibir la nota de tristeza que destilaba su ronco acento. Inmer­sa en un llanto sosegado, sin aspavientos, se llevó la mano del guerrero a los labios y la besó.

— ¡Ahora lo entiendo! —exclamó, en poco más que un susurro—. Es por Raistlin por quien están aquí. Lo lamento, Caramon; me duele tanto como a ti.

Rompió a llorar y el guerrero, estrechándola con­tra su torso, la arrulló como si fuera una niña asus­tada. Fue al abrazarla cuando comprobó que se ha­llaba en el umbral de la muerte, que la vida escapaba a borbotones a través de todos los orificios. Sin em­bargo, no adivinaba las causas de su agonía, porque no había heridas de ninguna clase en su piel, ni si­quiera arañazos.

—No debes disculparte —la consoló y, protector, apartó la melena azabache, que se derramaba en mechones apelmazados sobre su lívida tez—. Le ama­bas. Si ésa fue tu equivocación también yo he de reprochármela y, al igual que tú, soportar mi castigo.

—¡Ojalá pudiera darte la razón! —se desesperó la mujer—. El amor es un sentimiento hermoso, que justifica las acciones más disparatadas, pero lo cierto es que me embarqué en esta empresa guiada por el orgullo, por la ambición.

—¿Estás persuadida de que es así? —preguntó el hercúleo luchador—. Entonces, ¿por qué supones que Paladine atendió a tus plegarias y te abrió el Por­tal, después de rechazar incluso las demandas del Príncipe de los Sacerdotes? ¿Qué le movió a mostrar su indulgencia, a otorgarte tan importante dádiva, unas aspiraciones mezquinas como las que has enu­merado y que él, en su sabiduría, no dejó de leer en tu corazón? No, Crysania, no has aprendido a eva­luar tus cualidades.

—No olvides —porfió la sacerdotisa— que mi dios me ha abandonado. —Asió el Medallón para tirar de la cadena y arrancarlo, pero su endeblez frenó tal im­pulso. Resignada, cerró los dedos sobre la alhaja y se obró en su semblante una metamorfosis— No —rectificó llena de paz—, continúa aquí, me sostie­ne y me apoya.

Caramon se incorporó y alzó en volandas a aque­lla frágil figura que, reclinada en su ancho hombro, se relajó.

—Vamos a regresar al Portal —anunció el colosal humano.

Crysania sonrió en silencio. ¿Le había oído, o era otra voz la que suscitaba su beatitud? Sin meditar sobre el asunto, el guerrero se colocó frente al acce­so, aquella abigarrada joya que refulgía en la distan­cia, borró de su cerebro toda noción que no fuera la de hallarse en su proximidad y empezó a trasladar­se sin demora.

De pronto, el aire se rasgó, se partió en una omi­nosa resquebrajadura. Surcó el cielo un relámpago, un puñal ígneo al que sucedieron otros muchos. Mi­llares de ramificaciones purpúreas, siseantes, cru­zaron el paisaje, aprisionando a la pareja durante un espectacular segundo en un calabozo cuyos barro­tes eran la muerte, simbolizada en aquellas sierras de fuego. Paralizado por semejante sacudida, Caramon permaneció a mitad de camino, incluso tras des­vanecerse la descarga, a la expectativa del explosivo fragor de un trueno que, a tenor de sus heraldos, le dejaría sordo sin remedio.

Pero no coronó la conflagración sino la quietud y, en una nebulosa debido a la lejanía en que se pro­dujo, un alarido agónico, desgarrador.

—Raistlin —apuntó la sacerdotisa, agarrando to­davía el Medallón de Paladine.

—Sí —ratificó su compañero.

La mujer que, pese a su ceguera, había abierto los ojos al producirse el estallido, se secó los húmedos lagrimales y volvió a entornar los párpados, mien­tras Caramon reanudaba la marcha despacio, anali­zando un perturbador presentimiento que le había asaltado de manera tan repentina como los rayos. Era innegable que la sacerdotisa estaba desahucia­da, su pulso era más intermitente que el palpito de un ave recién nacida. Así, él había decidido condu­cirla al otro lado del Portal por si, al restituirla a su plano, podía aún salvarse. No obstante, lo que le preo­cupaba era la posibilidad de que, en el momento de enviarla al mundo, fuera arrastrado él mismo. ¿Te­nía la facultad de mandarla junto a Tanis sin escol­tarla?

Abstraído en estas cábalas, vio cómo se acortaba la distancia que le separaba del acceso. Más que ir hacia éste, tuvo la palpable impresión de que era el adornado marco el que acudía a su encuentro, cre­ciendo sus dimensiones y observándole los dragones con los iris encendidos y las bocas abiertas para de­vorarle.

Vislumbraba en el laboratorio al semielfo y a Dalamar, de pie el uno, sentado el otro y ambos rígi­dos, congelados en el tiempo. ¿Podrían ayudarle, atraer a Crysania?.

— ¡Tanis, Dalamar! —vociferó.

Si la onda sonora llegó hasta ellos, no reaccio­naron.

Con suma delicadeza, el guerrero depositó su car­ga en la ondulante llanura que se combaba delante del Portal y supo, en una súbita inspiración, que se­ría inútil. O quizá sería más apropiado decir que se rindió a una evidencia que se había empeñado en disfrazar. Podía reintegrar a la dama en su órbita para que se recuperase, pero eso redundaría en beneficio de Raistlin, quien, exento de toda amenaza, engatu­saría a la Reina a entrar en la otra esfera y senten­ciaría a los habitantes de Krynn a una hecatombe sin precedentes.

Se dejó caer en la fantasmal explanada y, situán­dose cerca de Crysania, acarició su mano. Se alegra­ba de que ella estuviera en el Abismo, porque la so­ledad en tales simas debía de ser aterradora y la mera tibieza de su piel le alentaba a perseverar. Sin embargo, se sentía culpable por no salvarla de la zar­pa de la muerte.

—¿Qué planes te has trazado respecto al nigroman­te, Caramon? —indagó la sacerdotisa tras una pausa.

—Impedirle que salga de estos confines —confesó el aludido, con acento desapasionado y una másca­ra de forzada impasibilidad en el semblante.

La mujer asintió y, lúcida pese a haberse extingui­do la luz de su visión, presionando los dedos mascu­linos, comentó:

—Te matará; es un poderoso adversario.

—Sí, pero no antes de hender yo mi filo. También él expirará —declaró Caramon.

Un espasmo de sufrimiento desfiguró las faccio­nes de la Hija Venerable, que, en una cadencia en­trecortada, le propuso:

—Te esperaré y, cuando se haya zanjado la pugna, serás mi guía en el camino de tinieblas que he de re­correr. Tú conjurarás la maldad y me pondrás en la senda de Paladine.

Echó hacia atrás la cabeza en busca de un lugar donde reclinarla, con tanta suavidad que parecía ha­berla hundido en una alta y mullida almohada. El pecho se movía al ritmo de la respiración y, al po­nerle los dedos en el cuello, Caramon notó sus lati­dos, el fluir de la savia vital.

Estaba preparado para afrontar su propia muer­te, para ser el justiciero artífice de la de su gemelo. ¡Era simple, puesto que ambos lo merecían! Pero ¿quién era él para segar la existencia de aquella mu­jer o, lo que es lo mismo, hacerse responsable de su tránsito?

Quizá le quedaba aún tiempo suficiente para po­sar su cuerpo en el laboratorio, confiarlo a los cui­dados de Tanis y retornar al universo de la eterni­dad. Esperanzado, el guerrero se incorporó y empezó a levantar de nuevo a la liviana Crysania.

Se disponía a hacer la travesía, cuando columbró por el rabillo del ojo una sombra que se movía. Dio media vuelta y se topó con Raistlin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

El espectro enamorado

 

 

Entra, Caballero de la Rosa Negra —repitió Dalamar.

Unos ojos llameantes escrutaron a Tanis, quien se llevó una mano a la empuñadura de la espada en el mismo instante en que unos dedos delgados, nervu­dos, le tocaban en un brazo y le provocaban un gran sobresalto.

—No te interfieras, amigo mío —le aconsejó el elfo—. Nosotros poco le importamos; es otro el pro­pósito de su visita.

La mirada oscilante e hipnotizadora de aquellas ígneas pupilas pasó de largo, apenas se detuvo en el barbudo héroe. Las candelas de la estancia arranca­ron destellos de la anticuada armadura. Entre los ri­cos adornos y debajo de las ennegrecidas manchas de un añejo fuego, entremezcladas con la sangre con­vertida en polvo tiempo atrás, la armadura todavía exhibía el contorno de la Rosa, símbolo de los Caba­lleros de Solamnia. Cruzaron la estancia unas botas, que no hacían ruido de ninguna clase, ya que el es­pectro había hallado a la criatura que perseguía en un oscuro rincón: el cadáver de Kitiara, oculto por la capa de Tanis.

«¡Mantenlo alejado! Siempre te amé, semielfo», re­sonaron en la mente de éste las postreras palabras de la mandataria.

Soth llegó hasta el inerte cuerpo y se arrodilló. Fue incapaz de rozarlo siquiera, como si una fuerza in­visible le coaccionara en su intento, y se puso en pie de nuevo. Ya erguido, dio media vuelta, y sus anaran­jadas cuencas oculares centellearon en unas insondables tinieblas que, bajo su yelmo, sustituían a los rasgos de un rostro vivo.

—Entrégamela, Tanis el Semielfo —ordenó con su voz hueca—. Los sentimientos amorosos que compar­tió contigo la vinculan a este mundo. Debes romper el yugo.

El aludido, impulsivo por naturaleza, avanzó unos pasos con el acero aferrado.

— ¡Te matará, Tanis! —le previno Dalamar—. Te aniquilará sin más. Deja que vaya con él. Al fin y al cabo, es el único de nosotros que supo comprenderla.

—Más que eso —replicó el caballero espectral, fulgurante el brillo de su portentosa visión—, yo la admiraba. Ambos nacimos para gobernar, la conquis­ta era nuestro común destino. Aunque debo confesar, y quizá por eso la reverenciaba aún más, que su tem­ple inflexible le confería una cierta superioridad so­bre mí. Sí, Kitiara menospreciaba el amor cuando éste amenazaba con encadenarla. De no haber sufri­do los acontecimientos un repentino sesgo, se habría proclamado reina de todo Ansalon.

El cavernoso acento del fantasma esparció por el laboratorio notas de pasión, de odio, que asombra­ron al semielfo.

— ¡Cuánto se degradó! —continuó el etéreo ora­dor—. Tras la vergonzosa derrota de Neraka, quedó atrapada en Sanction como una fiera enjaulada, planeando una nueva guerra que ni siquiera ella abri­gaba esperanzas de ganar. Su coraje, su resolución, comenzaron a flaquear, e incluso permitió que la esclavizara un amante hechicero y espía, aquí pre­sente —apostilló, y señaló al acólito con un índice translúcido—. Si la incité al combate fue porque de­cidí que más le valía perecer en un conflicto arma­do que consumirse cual la cera de una insignifican­te vela.

— ¡Todo eso son embustes, patrañas! —se indignó Tanis, a la vez que, enajenado, se aprestaba a desen­vainar su espada—. No...

Dalamar contuvo su ímpetu, sujetándole la muñe­ca y aleccionándole con tacto, con suavidad.

—Nunca te quiso de verdad, mi apreciado compa­ñero; es fundamental que lo entiendas. Te manipuló como hizo con todos, incluido él. —Miró de soslayo a Soth; pero, al advertir que su contertulio se dispo­nía a discutir, reanudó la explicación—. Se burló de ti hasta el final, ¿no te das cuenta? Incluso ahora te tiende sus tentáculos desde el más allá. Ha hecho de tu persona una tabla salvadora a la que agarrarse aun a costa de arruinar tu existencia.

Tanis vaciló ante la rotundidad de tales argumen­tos. Ardía en su memoria la imagen de la faz feme­nina arrasada por el terror y, en medio de aquel in­cendio, surgió otro que se impuso lentamente al anterior, difuminando la efigie. Tras una cortina de fuego, visualizó un castillo que, noble y majestuoso en un tiempo, se desmoronaba hasta reducirse a es­combros. Atisbo a una adorable, delicada doncella elfa que sucumbía con un recién nacido en brazos y a guerreros que huían, que morían carbonizados. En el apocalíptico espectáculo, rugió la voz de Soth.

—Preserva el don de la vida, semielfo. Te sobran los motivos para seguir en el mundo, muchos son los mortales que dependen de ti. Tus posibilidades son envidiables. Nadie puede juzgarlo mejor que yo mis­mo pues, en una era remota, gocé de las venturas que a ti se te ofrecen. Desdeñé mi oportunidad al elegir la senda nocturna en lugar de la luz del sol. ¿Vas a imitarme? ¿Desecharás el privilegio del que ahora disfrutas? ¿Renunciarás a todo cuanto tienes en be­neficio de alguien que se adentró desde el principio en los tortuosos caminos de la perversidad? ¡No te malogres! —le exhortó.

«Lo que yo ansiaba poseer, ya lo tengo», se coreó el propio semielfo al recordar su última conversación con la postrada mujer. Y la sonrisa de Laurana in­vadió sus pensamientos.

Entornó los párpados a fin de contemplar la bella faz de su esposa, la expresión tierna y apacible de la que solía revestirse. Un halo de prístina claridad envolvía su áurea melena, realzaba sus almendrados ojos de elfa. Se intensificó el cerco, radiante cual una estrella, y su pureza inundó los sentidos, la mente de Tanis hasta eclipsar la máscara de muerte en la que se había transformado el otrora sensual rostro de Kit.

Bajo el influjo de esta visión, el héroe de la Lanza envainó la espada y retiró la mano. Soth, mientras tanto, se agachó y alzó los despojos amortajados por la capa, ahora ensangrentada, en sus intangibles brazos.

El caballero formuló un hechizo, consistente en un solo vocablo, y se abrió una sima a sus pies, o así se la describió Tanis a sí mismo. Una oleada de frío capaz de desgajar el alma fluyó a través de la sala, en una feroz arremetida que forzó al semielfo a, es­tremecido, desviar la cabeza como si hubiera de pro­tegerla de un vendaval.

Cuando pudo examinar lo ocurrido, Tanis consta­tó que en la umbría esquina no había nadie, salvo Dalamar.

—Han partido —informó el aprendiz—. Y Caramon también.

—¿Cómo?

Volviéndose con un ligero bamboleo, tembloroso y empapado el cuerpo en un sudor gélido, Tanis pren­dió la vista del paisaje desértico que se adivinaba pa­sado el Portal. Se le encogió el ánimo, tan desolado como aquella planicie infinita, al descubrir que su amigo se había evaporado.

«¿Renunciarás a todo cuanto tienes en beneficio de alguien que se adentró desde el principio en los tortuosos caminos de la perversidad?», le imprecó, una vez más, el desaparecido Caballero de la Muerte.

 

 

 

 

CÁNTICO DE SOTH

 

 

Aparta la luz sepultada

del candil, la antorcha sin raigambre,

y escucha el eco de la noche enlutada

capturado en tu inflamada sangre.

 

 

Cuan serena es la medianoche, amor,

cuan tibios los vientos donde el cuervo vuela,

donde el cambiante claro de luna, amor,

palidece en tu ciega retina, se congela.

 

 

Tu corazón a gritos me llama, amor,

la oscuridad en tu seno ha abierto una brecha,

por la que corren los ríos de la sangre, amor,

en la que, sugerente, penetra esta endecha.

 

 

Amor, el calor que encierra tu piel en agonía,

puro como la sal, como la muerte devastador,

cabalga a lomos de la luna roja, en la lejanía,

desde la fosforescencia de tu aliento, tu estertor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

 Los caminos se separan

 

 

Frente a él, el Portal; detrás, la Reina. A su espal­da, dolor, sufrimiento; delante, la victoria.

Apoyado en el Bastón de Mago, tan débil que a du­ras penas se sostenía, Raistlin invocó en su mente la imagen del acceso y la fijó de manera que no se borrase. Le asaltó la idea falaz de haber caminado, tropezado y hasta gateado a lo largo de un trecho interminable para alcanzarlo. Pero ahora se hallaba cerca y este hecho le recompensaba por las vicisitu­des pasadas. Distinguía su llamativo espectro cromá­tico, los colores de la vida: el verde de la hierba, el azul del cielo, el blanco de los cirros nubosos, el ne­gro de la noche y el rojo de la sangre...

Sangre. Se miró las manos, manchadas de su pro­pia savia, y asoció tal visión a sus heridas, dema­siado numerosas para contarlas. Golpeado por un mazo, apuñalado por dagas y espadas, socarrado por relámpagos, llagado por el fuego, en su contra se ha­bían aunado las fuerzas de clérigos oscuros, nigro­mantes, legiones de espíritus carnívoros y demonios, todos ellos al servicio de Su Majestad. La túnica emblemática de su rango caía en torno a los hom­bros andrajosa, mancillada; no exhalaba una vez su aliento sin convulsionarse en una agonía y, en su interminable periplo, había vomitado las últimas go­tas de sangre que atesoraba en sus venas. Aunque to­sía, tanto que debía interrumpir la marcha durante los ataques e hincar ambas rodillas, al arrojar el es­puto nada brotaba, porque nada había en su interior.

Pero, a pesar de tan pavorosos avatares, había con­seguido resistir.

Secas de sangre, por sus venas circulaba un febril alborozo. Había aguantado, soportado las arremeti­das de sus adversarios. Decir que estaba vivo era casi un eufemismo, pero faltaba el casi. La ira de la so­berana atronaba sus oídos cual un timbal inclemen­te, la tierra y la bóveda celeste latían a su compás. El hechicero había derrotado a sus más poderosos secuaces. Nadie quedaba para desafiarle en un com­bate decisivo, excepto ella misma.

El Portal resplandecía, con lujuriantes matices, en los relojes de arena que configuraban sus pupilas. Se aproximó sin tregua, atento a la furia de la sobe­rana, que, desatada, la incitaba al descuido, a la de­mencia, y recapacitó que aquélla era su mejor garan­tía de éxito en la fuga del Abismo. No era la diosa quien había de interceptarle; de modo que se creyó a salvo.

De pronto, una sombra procedente de las alturas le petrificó. Alzó la vista y detectó los dedos de una mano gigantesca que oscurecían el firmamento y cu­yas uñas estaban teñidas, como si las hubiesen pin­tado, de un rojo sanguinolento.

Sonrió y resolvió proseguir. Era lo que en princi­pio pronosticó, una sombra y nada más. La mano que la proyectaba trataba de atraparle en vano. Él esta­ba en la vecindad del puente que conducía a su mun­do y ella, la gran dama, había quedado postergada al confiar en sus esbirros y no intervenir en la con­tienda. Sus garras prensiles asirían el repulgo de las aterciopeladas, y ahora harapientas, vestiduras en el momento en que traspasara el umbral, una ocasión que el mago aprovecharía para hacer acopio de ener­gías y arrastrarla a la órbita que le interesaba.

Ya al otro lado, ¿quién sería el más fuerte? Raistlin tosió, a despecho de los espasmos, la asfixia y los aguijonazos, ensayó una sonrisa —una mueca— con los finos labios retorcidos y espumeantes. No abrigaba dudas respecto al desenlace.

Cerrada una mano sobre el pecho, la otra sobre la vara arcana, reemprendió la caminata midiendo los jirones de vida que dejaba en cada zancada, las exhalaciones de sus abrasados pulmones, con idénti­co afán con el que un mendigo sopesaría una mone­da de cobre. La batalla que se avecinaba le propor­cionaría la gloria. Sería su turno de convocar las huestes para que se batieran en su nombre. Los dio­ses responderían a su llamada, porque la aparición de la Reina en el mundo investida de todos sus atri­butos desencadenaría la cólera de los otros hacedo­res. Se desprenderían las lunas del manto nocturno, los planetas alterarían sus revoluciones y las estre­llas también, mientras los elementos acataban su mandato, los cuatro sumisos frente a tan ineludible autoridad.

Delante del nigromante, en derredor del Portal, las cabezas reptilianas lanzaban bramidos impotentes, sabedor el simbólico animal de que carecía de las facultades precisas para oponerse a sus designios. Un palpito más, una sola inhalación de aire y, con el subsiguiente resoplido, el anhelado objetivo.

Alzó la encapuchada cabeza... e hizo una pausa for­zosa. Una figura en la que antes no había reparado, ensombrecida por la bruma del dolor, la sangre y la quintaesencia de la muerte, se silueteaba frente a él, esgrimiendo una reluciente espada. Confundido, per­plejo, estudió al intruso sin reconocerle, hasta tro­carse su alejamiento en regocijo.

— ¡Caramon, eres tú! —exclamó.

Estiró la mano hacia el guerrero. Ignoraba cómo se había obrado el milagro, pero su gemelo estaba allí, a la expectativa, aguardando como hizo siempre, para respaldarlo en su más trascendental aventura.

—¡Caramon! —insistió, jadeante—. Ayúdame, her­mano.

El agotamiento, las secuelas del severo castigo al que había sido sometido, dificultaban la actividad de su cerebro y su habitualmente espléndida concen­tración. La magia ya no borboteaba en sus entrañas como el azogue, sino que, perezosa, se demoraba en los escollos que encontraba en su curso y le negaba el riego que sus órganos precisaban.

—Caramon, ven junto a mí. No puedo andar solo. El recio luchador no se movió. Permaneció inmó­vil cual una pétrea estatua, equilibrado el acero en su mano y examinándole con una mezcla de amor y pesadumbre, una tristeza a la vez hosca y acusadora, que, tras rasgar el velo de su dolorido cuerpo, expuso a la luz su alma vacua, estéril. Aprehendió entonces el hechicero el porqué de su presencia.

—Obstruyes mi avance, hermano —le dijo con frialdad.

—No me cuentas nada nuevo —repuso el otro.

—Si no quieres ayudarme, lo que me parece ob­vio, apártate al menos.

La voz del archimago brotaba de su garganta en quiebros airados.

—No.

—Morirás si no lo haces —siseó Raistlin, cínico.

—Sí —aceptó Caramon sin arredrarse—, pero no creas que tú vas a sobrevivir.

La atmósfera, monótona y al mismo tiempo flamí­gera, se sumió en un tenebroso ocaso. En el paraje se acumuló una niebla densa que absorbió los ya opacos fulgores y, a medida que éstos se extinguían, un frío invernal se propagó por los contornos. Sólo quedó un punto de calor, la vasta llama que alimen­taba la inquina de la Reina.

El miedo revolvió los intestinos del nigromante, la rabia enardeció su mente. Los términos del arte ar­cano hostigaron sus músculos, se agolparon en sus labios con un sabor dulzón, similar al de la sangre. Comenzó a arrojar tales proyectiles contra el guerre­ro, pero le sobrevino la tos y se atragantó. Encorva­do, acuclillado, se exhortó a la calma, repitiéndose que la magia que siempre le amparara no se había esfumado, que no tenía más que invocarla y ella, dó­cil, consumiría a su oponente en un incendio seme­jante a aquel otro que carbonizó a su réplica, años atrás, en la Torre de la Alta Hechicería. Una bocana­da y recobraría el temple.

Pasó el virulento acceso. Se aposentaron los sal­mos en su intelecto y, alzando la vista con un grotes­co remedo de sonrisa, desplegó los brazos para can­tarlos y arrancarles sus virtudes.

Su gemelo no mudó la postura. Erguido, bien per­trechado, le contemplaba con un asomo de conmi­seración en sus ojos pardos.

«¡Me tiene lástima!» Esta constatación vapuleó a Raistlin con el vigor de cien mazos, más punzante que el filo de una espada. No consentiría que aque­lla insolente criatura sucumbiese sin antes eliminar los sentimientos que inspiraban esta actitud.

Con el soporte del bastón, el hechicero se afirmó en el suelo y se desembarazó de la negra capucha para que Caramon leyera, en sus doradas pupilas, la condena que sobre él pesaba.

—Así que te compadeces de mí, ¡botarate con ca­beza de mosquito! —le insultó—. Tú que estás total­mente incapacitado para atisbar siquiera la magni­tud de mi poder, los suplicios a los que he debido sobreponerme, los combates que he librado en la sen­da del triunfo, osas humillarme mediante la vil pie­dad. Si no te he matado todavía, y te aseguro que ansío hacerlo, es porque he decidido que no fenezcas sin adquirir primero plena conciencia de que voy a irrumpir en el mundo a fin de instituirme en divi­nidad.

—Estoy al corriente, Raistlin —contestó Caramon y, lejos de atenuarse, aquella hiriente misericordia se acentuó—. Por eso me das tanta pena, ya que he visto el futuro y he asistido al desenlace.

El nigromante le examinó, sospechando que la Se­ñora del Abismo le tendía una trampa. Los resplan­dores rojizos del cielo no cesaban de diluirse en la creciente neblina, pero la palma extendida se había inmovilizado y el personaje arcano sintió que la soberana titubeaba, alerta frente a la intromisión del guerrero y llena de aprehensiones que no acertaba a disimular. El recelo de que su hermano fuera un espejismo destinado a entorpecer su empresa, una de las apariciones de las que usaba y abusaba Takhisis, se disipó.

—¿Has visto el futuro? —parafraseó el comenta­rio del luchador—. ¿Cómo? ¿En qué dimensión?

—Cuando, en nuestro último encuentro, atravesas­te el Portal, el campo magnético que generaste afec­tó al ingenio. Tasslehoff y yo fuimos catapultados a una época ulterior al presente al que pretendíamos retornar.

—¿Qué sucederá? —inquirió el mago, sus ojos tan exageradamente abiertos que de haber sido fauces habrían devorado al interpelado.

—Que vencerás —resumió éste en lenguaje llano, sin enigmas—. Y no sólo a la Reina de la Oscuridad, sino a todos los otros dioses mayores o menores. Tu constelación será la única que brillará en las altu­ras, durante un tiempo.

—¿Durante un tiempo? —repitió Raistlin, a quien no había pasado inadvertido el énfasis con que el narrador recalcó estas palabras—. ¿Quién me ame­naza? ¿Quién me destrona? ¡Vamos, no te inte­rrumpas!

—Tú mismo —murmuró el guerrero, afligido por la crueldad de este aserto—. Gobernarás un mundo periclitado, muerto, un universo de cenizas, de rui­nas informes y cadáveres mutilados. Nadie te acom­pañará en tu palacio celeste y, aunque tratarás de crear, no quedará ni un soplo en tu interior que pue­das insuflar en los nuevos moldes o purificar en tu propio beneficio. Te nutrirás de las estrellas hasta que, exprimidas, estallen, y una vez agotada la fuen­te nada quedará a tu alrededor, nada en tu alma...

—¡Mientes! —se rebeló el oyente—. ¡Maldito seas, todo eso es una sarta de embustes!

Desechando el bastón en un arrebato, el nigroman­te se abalanzó sobre su gemelo y le zarandeó con sus ganchudas manos. Sobresaltado, Caramon enarboló la espada en un acto reflejo. Pero, antes de que el arma iniciara el descenso, salió despedida por or­den del hechicero y cayó en el intrincado terreno. El forzudo humano, al saberse inerme, aferró a su ad­versario entre sus brazos. «Podría partirme en dos —reflexionó éste—, pero no lo hará. Es débil, noto las convulsiones de sus brazos, su incertidumbre, su inquietud. Está perdido, y yo conoceré la verdad a su costa.»

Ejerció presión con sus ensangrentados dedos en las sienes del guerrero, de tal manera que las expe­riencias que acababa de referirle se desplazasen allí donde él pudiera analizarlas, a su propia inteligencia.

El preclaro archimago presenció todos los episo­dios del devenir. Vislumbró la osamenta de Krynn, el fango viscoso y ceniciento, las rocas segmentadas, el humo elevándose en volutas, los putrefactos des­pojos de los muertos.

Se observó a sí mismo, suspendido en la nada y cercado por un vacío que, no sólo exterior, había ani­dado también en su espíritu y le apretujaba, le aplas­taba y le roía, presto a engullirle. Culebreó en un círculo vicioso, eterno, sobre su persona, en una búsqueda desesperada de un indicio vital, una gota de sangre o una pizca de dolor. No lo había, nunca hallaría este consuelo. Al contrario, seguiría enros­cándose cual un áspid sin clavar los colmillos ni si­quiera en su carne. Sus introspecciones le conduci­rían, invariablemente, a los vestigios inanimados de una antigua entidad.

Ladeóse su cabeza como si fuera de plomo, la mano que había aplicado a la frente de Caramon cayó, erizada, hasta su costado. Había intuido que así ocurriría. Se lo gritaba cada fibra de su magu­llado cuerpo pues, a qué engañarse, el vértigo de la negación ya asomaba entre sus poros, lo había acu­nado durante años. Todavía no había socavado los re­covecos, pero se lo representaba arrinconando su alma hasta dejarla, doblegada e infecunda, en un pozo sin nombre.

Exhalando un amargo aullido, se deshizo de su her­mano y estudió los alrededores. Las sombras habían aumentado, la Reina ultimaba los preparativos sin que las previas vacilaciones hubieran mermado su poderío.

Raistlin se esforzó en meditar. Era imprescindible que resurgiera su furia, que se alumbrara el candil de su magia para avasallar a la soberana. Al compro­bar que incluso los últimos resquicios de sus facul­tades le abandonaban, le dominó el pánico y se dio a la fuga aunque, endeble como estaba, se desmoro­nó al primer paso. Postrado sobre manos y pies, le azotó el miedo e inició un frenético tanteo hasta to­par con algo sólido, capaz de socorrerle.

Sus dedos se cerraron en derredor de un tejido blanco, tocó carne viva, cálida, mientras oía en la pro­ximidad un gemido ahogado.

—Bupu —identificó la voz, la textura.

Sollozante, el hechicero se volcó sobre la enana gully, que, desorbitados los ojos por el terror, con las huellas del hambre y la agonía en sus desencajados rasgos, retrocedió al verle.

— ¡Bupu! —insistió él, tan falto de cordura que la zarandeó salvajemente—. Bupu, ¿no te acuerdas de mí? En una ocasión me regalaste un libro, un libro y una esmeralda. —Hurgó en uno de sus bolsillos y extrajo la gema verde, de bellísimas irisaciones—. Te devuelvo la «piedra bonita», como tú la llamabas, para que te salvaguarde de todo mal.

La mujer hizo ademán de asirla, pero las yemas de sus dedos se endurecieron con el rigor de la muerte.

— ¡No! —bramó el mago, y notó en su hombro la contundente palma de Caramon.

— ¡Déjala en paz! —le conminó el guerrero con tono áspero, y tiró de él para apartarlo de la infortu­nada gully—. ¿No le has hecho aún bastante daño?

Sostenía en la mano la espada que Raistlin le arre­batase, y los destellos de su inmaculada superficie deslumbraron a éste. Bajo tales resplandores, de mis­terioso origen, se esbozó ante el nigromante la efi­gie no de Bupu, sino de Crysania, renegrida y marchita, patética en su ceguera.

El vacío se agrandaba, casi insondable. ¿No había nada dentro de él ? Sí, algo remoto y nimio, pero algo a fin de cuentas. El tentáculo de su alma y su mano se precipitaron al unísono a la caza del hallazgo. La mano acarició la tez cuarteada de la mujer.

—No ha perecido todavía —dijo.

—No —confirmó el hombretón, alzando la espa­da—. ¡No te atrevas a molestarla! Permite al menos que expire tranquila, libre de tu perniciosa in­fluencia.

—Si la llevas al otro lado del Portal, vivirá —pro­fetizó el archimago.

—Sí, claro, y además te facilitará a ti las cosas —replicó Caramon, no menos sarcástico que se mos­trase antes su hermano—. Yo encabezo la marcha al plano salvador, y tú irás pegado a mis talones.

—Hazlo, rescátala —le azuzó Raistlin.

— ¡No! —rugió el inveterado luchador.

Aunque brillaban sendas lágrimas en sus ojos, y oprimían sus rasgos las contracciones de la tortura que experimentaba, avanzó hacia el hechicero con la espada presta.

Una vez más, la criatura arcana hizo un gesto con la mano y el rival se paralizó, de manera tan repen­tina que el acero quedó cautivo en el tórrido y volu­ble aire.

—Condúcela a su salvación, provisto de este talis­mán infalible —le ofreció el nigromante.

Sus frágiles dedos sujetaron el bastón, que yacía en su flanco, y la luz del globo de cristal prendió en la penumbra, proyectando sus fabulosos haces so­bre el trío. Después de iluminarlo, el mago se lo alar­gó a su gemelo. Éste, desconfiado, se resistió con el entrecejo fruncido.

—¡Tómalo! —le espetó Raistlin, imperativo, y el ob­jeto se agitó debido a un carraspeo que presagiaba nuevas toses—. ¡Vamos, hazte con él! —apremió cons­ciente de que disminuían sus energías—. Trasladaos ambos a la Torre, y utiliza luego el cayado para ce­rrar el acceso.

Caramon le miró, sus ojos convertidos en rendi­jas y remiso a acatar las instrucciones de un ser tan poco fiable. Su hermano era demasiado egoísta para renunciar a sus ambiciones en el momento culmi­nante. Alguna barbaridad tramaba.

—No conspiro contra vosotros ni pretendo enga­ñarte —expresó el mago sus cábalas, sólo para rebatirlas—. Te he traicionado en determinadas cir­cunstancias. Pero ésta no es una de ellas. Pon a prue­ba mi honradez —le exhortó—, cerciórate tú mismo. Desharé el encantamiento y, como ya no me resta la posibilidad de formular otro, ensártame en el filo de tu espada si descubres que es una patraña. Estoy in­defenso; no he de frustrar tu agresión.

El brazo petrificado de Caramon recobró la flexi­bilidad. Sin soltar el arma, clavada la mirada en su gemelo, estiró el otro brazo, precavido, crispado. Las yemas de sus dedos, aunque huidizas, entraron al fin en contacto con la bola del puño y supuso que, fren­te a la proximidad de un profano, desaparecerían los destellos y volverían a sumirse en las lóbregas tinie­blas.

No fue así. Perseveraron las ondas que les alum­braban. La manaza del guerrero se aposentó sobre el huesudo dorso de la de Raistlin, se acopló a él, mientras la aureola del globo se incrementaba y po­nía de relieve las sanguinolentas vestiduras negras, la deslucida armadura donde se incrustasen algunos terrones de limo. Poco duró esta comunión. El archimago se apresuró a desasir el bastón.

Perdió el equilibrio y estuvo a punto de desplomar­se; pero, tras un bamboleo, consiguió recuperarse y recobró la postura erguida, orgulloso de haber rea­lizado tal hazaña sin precisar auxilio. El Bastón de Mago, ahora propiedad exclusiva de Caramon, seguía encendido.

—Distraeré a la Reina para que no os intercepte —comunicó el nigromante al otro humano—; pero no podré cubrir la retirada mucho rato. Mis fuerzas se quiebran.

Caramon observó de hito en hito el rostro demu­dado del hechicero, el cayado que sujetaba y, emitien­do un resoplido que más se asemejaba a un sollozo, envainó la espada.

—¿Qué te pasará a ti? —indagó, a la vez que reco­gía la inerte forma de Crysania.

«Te atormentaré en materia y en espíritu, y seré tan despiadada que al concluir cada sesión perecerás a causa de los insoportables dolores; sin embargo, no llegará la noche infinita porque te devolveré a la vida en el instante del tránsito. No conciliarás el sue­ño, guardarás vela en escalofriante anticipación de la próxima jornada. En cuanto claree, tras el inter­valo de oscuridad que en nada ha de beneficiarte, será mi rostro lo primero que veas.»

Las premonitorias frases de la soberana se enros­caron cual una serpiente en el cerebro de Raistlin, coreadas por una risa burlona, voluptuosa.

—Parte sin dilación, Caramon —urgió a su geme­lo—. Ella se acerca.

La cabeza de la sacerdotisa reposaba en el ancho torso de su paladín. La cascada de su cabello le caía sobre el rostro y aferraba todavía el Medallón de Pa­ladine, que tanta fortaleza le confería. Bajo el escru­tinio del hechicero, los estragos del fuego perdieron su carácter indeleble hasta restituir la tersura a la piel, sin cicatrices y embellecida además por la dul­zura que la confería el descanso reparador. El mago desvió entonces la vista hacia su hermano y halló la misma estulticia que siempre lucía, el exasperante embotamiento del animal herido que ignora la cau­sa de su padecer.

—¿Qué te importa a ti mi sino, gusano baboso? —volvió a increparle, desabrido como en sus mejo­res tiempos—. ¡Vete!

La expresión del guerrero se alteró... ¿o acaso no? Quizás había ostentado cualidades que nunca fue ca­paz de atribuirle, empecinado en despreciarlo. Sea como fuere, y en una nebulosa, debido a que al aban­donarle sus mejores esencias hasta su percepción se resentía, creyó leer en las pupilas de Caramon un mensaje de sapiencia. Se diría que, clarividente, se hacía cargo de que iba a ser destruido.

—Adiós, Raistlin —musitó el fornido humano.

Con la dama abrazada y el cayado mágico en una mano, el luchador dio media vuelta y se alejó. La luz del bastón creaba en su derredor un círculo de pla­ta, que refulgía en la oscuridad como los rayos de Solinari al plasmarse, en etéreas pinceladas, sobre las remansadas aguas del lago Crystalmir. Sus ar­génteas hebras se posaron en las cabezas reptilianas y las metamorfosearon en inmensas tallas de orfe­brería, silenciando sus cacofónicos alaridos.

Caramon traspasó el umbral y Raistlin, vigilante, vislumbró con los ojos del alma un abanico de colo­res, símbolo de vitalidad, a la par que una vaharada de fragante tibieza vigorizaba sus hundidos pómulos.

Tras él, las carcajadas, la mofa sensual, gorgotea­ron hasta deformarse en un aliento sibilante. Oyó los sinuosos sonidos de una cola descomunal, el crujir de los tendones de unas alas. Cinco cabezas le ha­blaban en los términos del terror desnudo, sin pa­liativos.

Permaneció frente al Portal, al laboratorio que fue­se suyo y donde ahora se desarrollaba una escena a la que debía mantenerse ajeno. Presenció cómo Tanis corría hacia Caramon y, a fin de socorrerle, le aliviaba del peso de la dama. En aquel instante, Raistlin lloró. Quería unirse a ellos, estrechar la mano del semielfo y amar a la mujer. Echó a andar.

El guerrero se volvió en ese momento y, blandien­do el bastón, se encaró con él. No mediaron diálo­gos. Era evidente por el espanto que se dibujó en el semblante del luchador al espiar a su gemelo, a lo que había en la retaguardia, que Takhisis estaba agazapada, alerta a su oportunidad. El mago no necesi­tó girarse, ni preguntarse el porqué de aquellas pu­pilas desorbitadas, ya que además de éstas otras pruebas fehacientes delataban la vecindad de su ene­miga. La gélida aureola de su repulsivo cuerpo de dragón penetró los poros de la proyectada víctima, balanceando sus ropajes en una ventolera.

De pronto, el sexto sentido que siempre poseyera el nigromante le puso en guardia. La Reina había ce­sado de acecharle para concentrarse en algo más in­teresante, más embrujador: la brecha que, todavía abierta, había de permitirle ingresar en el mundo de los mortales.

—¡Cierra el Portal! —vociferó Raistlin.

Una llamarada chamuscó su carne, una garra más cortante que un puñal laceró su enteca espalda. Dio un traspié y cayó cuan largo era. Pero no apartó la vista del Portal y, así, distinguió a Caramon cuando, trastornado, avanzaba en su dirección.

—¡No cometas una locura! —se horrorizó—. Re­trocede y sella el acceso, ¡rápido! Déjame a mis aus­picios. No preciso de ti ni volveré a hacerlo nunca más —le agravió con objeto de detenerle.

Se cerró la grieta en un perfecto ajuste, y en las inmediaciones del postrado vibró la oscuridad con una fiereza sobrenatural, apabullante. Varios pares de uñas reptilianas destrozaron su ser, le despelle­jaron; dentelladas asesinas desgarraron los múscu­los y, al llegar al hueso, lo astillaron. El manantial casi exhausto de su sangre regó sus entrañas, aun­que no era vida lo que aportaba.

Se convulsionó, chilló, en el convencimiento de que sus lamentos se repetirían en una continuidad infi­nita.

Cual una alucinación, se mezclaron a sus desvaríos los sueños de la infancia. Rememoró cuando, en lo más crudo de una pesadilla, una mano le desper­taba y apaciguaba. «No osarán lastimarte mientras yo esté a tu lado. Fíjate, haré algo divertido.»

Unos segmentos de escamas le estrujaron, le pri­varon del resuello, mientras unos colmillos negros, esplendorosos, le devoraban las vísceras, incluido el corazón, que tragaron de un bocado, en busca del alma, el manjar más apetecible.

De nuevo se agolparon los recuerdos, el de aquel brazo inconmensurable que le rodeaba y ceñía, o la mano que, recortada sobre un fondo plateado, repro­ducía animales a la manera de las sombras chines­cas, mientras, apenas audible, una voz murmuraba: «Mira, Raistlin, conejos». Y él sonreía, vencido el sus­to. Caramon estaba allí.

Se calmaron los dolores, las visiones fueron rele­gadas donde no pudieran perturbarle. En la distan­cia, retumbó un aullido de furia y desencanto; pero ya no le inquietaba. Sólo era sensible a la fatiga. Es­taba extenuado y debía dormir.

Recostando la cabeza en el robusto brazo de su ge­melo, Raistlin entornó los párpados y se hundió en una noche perpetua, en un letargo despoblado de for­mas, de figuras, que jamás terminaría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11

 otra visión de los hechos

 

 

En el reloj de agua las gotas caían acompasadas, implacables, difundiendo su eco por el laboratorio. Al contemplar el Portal, con los ojos irritados a cau­sa de la tensión, Tanis imaginó que caían una tras otra sobre sus nervios tirantes, próximos a estallar.

Frotóse los párpados y volvió la espalda al acceso con un seco gruñido; luego se asomó a la ventana. Quedó perplejo al comprobar que sólo era media tar­de. Después de las experiencias sufridas, no le ha­bría extrañado descubrir que la primavera se había acabado, el verano se había consumido hasta la de­cadencia y, ahora, comenzaba el otoño.

La densa capa de humo no se elevaba ya frente a la cristalera. Los incendios, nutridos hasta saciarse de su habitual alimento, se extinguían, y habían de­saparecido del cielo los dragones de ambos bandos. El semielfo aguzó el oído, aunque no logró captar ningún ruido, ni siquiera un murmullo, procedente de la ciudad. Se extendía sobre ella una capa de bru­ma, una negra humareda que las emanaciones del Robledal de Shoikan no hacían sino ensombrecer.

«La batalla ha terminado —se dijo, aturdido, descontento—. Hemos ganado; pero nuestra victoria es funesta, carente de sentido.»

Una mancha azul se impresionó repentinamente en su retina y, al buscar con la mirada el origen, las alturas, el héroe de la Lanza quedó boquiabierto.

La ciudadela flotante había entrado en escena de manera imprevista. Tras efectuar un descenso vertical desde las nubes, carenaba en un alegre vai­vén mientras ondeaba al viento una banderola de tonos similares al zafiro, que sus ocupantes habían adquirido en un lugar ignoto.

Al intensificar su observación, el semielfo creyó re­conocer no sólo el emblema de la bandera, sino in­cluso el grácil mástil sobre el que ésta ondeaba y que, inclinado como el borrachín que regresa a su hogar, una vez concluida la ronda de tabernas, coro­naba una de las torres del alcázar.

Tanis no pudo reprimir una sonrisa: bandera y to­rre formaron parte, en su día, del palacio de Amothus, Señor de Palanthas. Apoyando la frente en uno de los batientes, siguió espiando la ciudadela, cus­todiada, como guardia de honor, por un espléndido Dragón Broncíneo, y se apercibió de que su cuer­po se relajaba, que el desasosiego, el pesar y el miedo cedían a un estado más placentero. Motivaba su ali­vio aquella prueba indefectible de que, cualesquie­ra que fuesen los sucesos presentes o venideros en el mundo, en los planos astrales, ciertas cosas siem­pre perdurarían, entre ellas la naturaleza de los kenders.

Observó que el castillo volador surcaba en desi­guales oscilaciones el llano circundado de colinas donde se asentaba la ciudad y, aunque cabía espe­rar cualquier pirueta, no dejó de sobresaltarse al ver que daba de forma súbita, como si hubiera perdido el norte, una vuelta de campana y se inmovilizaba, boca abajo, en el espacio.

—Ese Tas es un alocado. ¿Qué estará haciendo? —farfulló.

No tardó en comprenderlo. La ciudadela empe­zó a agitarse en rápidas sacudidas, como un salero cuando se sazona un manjar. Aunque, en este caso, en lugar de sal, lo que llovió de puertas y ventanas fue­ron unas repugnantes criaturas provistas de alas correosas. Aumentó el ajetreo y arreció la tormenta de siniestros contornos. «Curioso modo de hacer lim­pieza general de centinelas», bromeó el semielfo para sus adentros. Al fin, después de descargarse de cuan­tos draconianos albergaba, la mole se enderezó y reanudó su ruta.

La fortaleza navegó sobre la ciudad de Palanthas, ondeando en su pináculo el estandarte azulado, hasta que la atrapó una bolsa de aire y fue arrastrada en su declive hacia el cercano océano. Al héroe se le en­trecortó el resuello. Pero casi de inmediato emergió otra vez el gigantesco artilugio y, en un brinco que se asemejaba al delfín que surge de las olas —una semblanza aún mayor debido a que chorrea­ba agua por los cuatro costados—, se izó en los cie­los y desapareció entre los tempestuosos cúmulos.

Meneando la cabeza, divertido, Tanis giró sobre sus talones, en el instante mismo en el que Dalamar se­ñalaba el Portal.

—Ahí está —informó éste—. Caramon ha vuelto a su posición de antes.

El semielfo atravesó raudo la estancia, y se plantó delante del puente con el más allá. Distinguió al otro lado una diminuta figura, la del guerrero, a juzgar por la lustrosa armadura. Pero ahora transportaba a alguien en brazos.

—¿Raistlin? —indagó, refiriéndose a la carga que portaba Caramon.

—La sacerdotisa Crysania —corrigió el acólito.

— ¡Quizá todavía viva!

—Más le vale estar muerta —comentó el elfo, frío, con una amargura que endurecía su voz y su expre­sión—. ¡A ella y a todos nosotros! Si en su cuerpo palpita un solo hálito de vida, Caramon se enfrenta a un grave dilema.

—¿Por qué?

Su interlocutor, aunque de mente ágil, se perdía en todo aquel galimatías.

—Porque es inevitable que a tu amigo se le ocurra la idea de traerla a nuestra órbita y rescatarla. Si lo hace, nos dejará a merced de su hermano, la Reina o ambos, ya que ha de transportarla él en persona.

El barbudo personaje guardó silencio mientras contemplaba el avance de su compañero hacia el Por­tal, sosteniendo a la mujer de alba túnica que, aho­ra en las inmediaciones, presentaba una silueta fá­cilmente identificable.

—Tú que le conoces —le interpeló Dalamar de ma­nera abrupta—, acaso puedas ilustrarme sobre sus reacciones. La última ocasión en la que coincidimos, era un monigote, un barril de aguardiente; pero sus peripecias parecen haberle transformado. ¿Qué pre­sumes que decidirá?

—Lo ignoro —confesó Tanis, desorientado, incómo­do, hablando más para sí mismo que al aprendiz—. El Caramon con el que trabé amistad era sólo medio hombre; el otro medio pertenecía a su gemelo. ¡Ha cambiado tanto! —Se mesó la barba, frunciendo el entrecejo—. ¡Pobre! Su situación no puede ser más desgarradora.

—Temo que han elegido por él —anunció Dalamar, mezclando en su voz la aprensión y la felicidad.

El semielfo fijó los ojos en el Portal y presenció el último intercambio entre aquellas antagónicas criaturas. Fue un testigo mudo, y mudo se mostró también frente a quienes pretendieron sonsacarle el relato de tal confrontación.

La prudencia, el respeto y su propia introversión le obligaron a callar. Aunque las acciones y las pala­bras se grabaron indelebles en su memoria, no pudo nunca describirlas ni repetirlas. Darles voz equiva­lía a degradarlas, a vaciarlas de su espantoso horror, de su terrible belleza. A menudo, en los momentos más melancólicos, evocaría la postrera dádiva de un alma condenada y, cerrando los párpados, oraría a los dioses para agradecerles sus bendiciones.

 

 

Caramon viajó con la sacerdotisa a través del Por­tal. Corriendo a ayudarle, Tanis tomó en sus brazos a la dama y quedó anonadado frente a la visión que ofrecía el corpulento humano y el arma que porta­ba, el bastón mágico, cuyo puño emitía brillantes des­tellos.

—Cuídala, te lo ruego —le encomendó el guerre­ro—, mientras yo clausuro el acceso.

—Hazlo enseguida —le instó Dalamar, y el semiel­fo oyó el quebranto de su respiración al estudiar, pre­sa del pánico, los acontecimientos del universo te­nebroso.

Al observar a Crysania, el barbudo héroe constató que estaba moribunda. Su respiración era irregular, revestía su tez un matiz ceniciento y sus labios se habían amoratado. No obstante, él no podía hacer nada, excepto llevarla a un rincón seguro.

«¡Seguro!» Miró de reojo, en un gesto instintivo, la esquina donde yaciera otra mujer a punto de ex­pirar y que era, además, la más apartada del Portal. Allí estaría a salvo..., tan a salvo como en cualquier otro paraje, se figuró, compungido. Depositó a la sa­cerdotisa en el suelo, acomodándola lo mejor posi­ble, y regresó de inmediato a la abertura del vacío.

Se detuvo, hipnotizado por los portentos que se desplegaban en la frontera de lo irreal, en los albo­res del reino de Takhisis.

Una sombra maléfica colmaba el umbral, y las cabezas metálicas que constituían el marco de la puerta emitían aullidos de triunfo, a la vez que sus hermanas, las cabezas vivas que se insinuaban de­trás, se enlazaban y serpenteaban sobre su víctima, el archimago, quien había sucumbido a sus letales arañazos.

—¡No, Raistlin! —se desesperó Caramon, desfigu­rado por la angustia, al caer éste, y dio un paso ha­cia el Portal.

—¡Alto! —le ordenó Dalamar, enfurecido—. ¡Refré­nale tú, semielfo, mátale si es necesario! Hay que se­llar la entrada.

Una mano femenina reptó hacia la rendija que la separaba del laboratorio y, bajo el aterrorizado exa­men de sus actuales moradores, se metamorfoseó en una garra de dragón, con las uñas punteadas de rojo y la carne manchada inequívocamente de sangre. Era la mano de la soberana del Abismo, que se acercaba veloz para mantener franca la vía y, así, irrumpir en el plano de los vivos como hiciera en la Guerra de la Lanza.

—¡Caramon! —bramó Tanis, y comenzó a abalan­zarse.

Pero lo detuvieron sus reflexiones. ¿Qué recursos iba a emplear? En el aspecto físico, no era lo bas­tante fuerte para imponerse al hombretón, no evita­ría que fuera en auxilio de su gemelo. «No consenti­rá que muera», recapacitó en un paroxismo hijo del desvalimiento.

«No —discrepó una voz interior—, la salvación de Krynn depende de él y sabrá anteponerla a sus im­pulsos.»

Sea cual fuere el motivo, el guerrero hizo una pau­sa. ¿Había meditado? ¿Sostenía quizás un diálogo te­lepático con el nigromante, quien le conminaba a abandonarle con frases agraviantes que nunca po­drían ofenderle, al quedar patente su intencionali­dad? ¿Le paralizaba el poder de la transformada mano? Esta última, hecha zarpa reptiliana, estaba a una ínfima distancia, y tras ella centelleaban ojos malévolos, triunfantes, animados por una pérfida risa. Despacio, en pugna declarada contra la quin­taesencia del Mal, Caramon esgrimió el Bastón de Mago.

¡No se produjo el resultado que ansiaban!

Las cabezas del óvalo rasgaron el aire con sus cla­rines, con los vítores destinados a aclamar a su mo­narca en el desfile de retorno.

Entonces, en una tergiversación de secuencias res­pecto de las que viviera el hechicero en el otro uni­verso, donde tiempo y espacio se deformaban en una infinita espiral, su sombría figura se materializó jun­to al conmocionado gemelo. Ataviado de negro, con el cabello ahora cano esparcido sobre sus hombros, Raistlin alzó una mano dorada y, asiendo el bastón, puso sus dedos en la proximidad de los del luchador.

Manó del arcano cayado un torrente de luz platea­da, purísima. El espectro multicolor del acceso se enzarzó en una lucha denodada por sobrevivir. Pero aquellos fulgores argénteos encerraban, contenían, la radiante cualidad de la estrella del ocaso cuando parpadea en el claroscuro del cielo.

El Portal se cerró.

Los enardecidos gritos de las cabezas de metal ce­saron de manera tan súbita, tan brutal incluso, que el silencio retumbó en los tímpanos de las criaturas presentes en la cámara. En el lado opuesto no había nada, ni movimiento ni quietud, ni oscuridad ni luz. Era, simplemente, el vacío.

El guerrero se detuvo unos minutos frente a aque­lla negación de la existencia, sujetando el instru­mento de su victoria. Los flamígeros resplandores del globo ardieron unos momentos, antes de empe­zar a oscilar y, casi sin intervalo, extinguirse.

El laboratorio se sumió en una penumbra que a todos se les antojó acogedora, un auténtico descan­so para los ojos después de la cegadora batalla. En aquella confortable beatitud, una voz cavernosa susurró:

—Adiós, mi querido hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

 Depués de las batallas

 

 

Astinus de Palanthas, sentado en su estudio de la Gran Biblioteca, escribía la historia de Krynn con el trazo negro, ágil y al mismo tiempo delicado con que registrara todos los eventos acaecidos en el mun­do desde el primer día en el que los dioses posaran su mirada en el territorio, y seguiría haciéndolo has­ta aquel otro, el postrero, cuando se cerrara para siempre el enorme volumen. El cronista se afanaba en su tarea, ajeno al caos que le circundaba o, mejor dicho, obligando —mediante su peculiar presencia— a este caos a prescindir de él.

Habían transcurrido sólo dos días desde que tu­vieran lugar los hechos que Astinus reflejó en sus Crónicas y que la vox populi denominaba «La Bata­lla de Palanthas». La ciudad estaba en ruinas; los dos únicos edificios que permanecían en pie eran la Torre de la Alta Hechicería y la Gran Biblioteca, y ésta, aunque no del todo derruida, no había escapa­do indemne al conflicto.

Si no fue completamente demolida se debió, en gran medida, al heroísmo de los Estetas. Encabeza­dos por Bertrem, cuyo coraje inflamó, según el ru­mor, un draconiano que osó tocar con su ganchuda mano los libros sagrados, los habitantes del recinto atacaron al enemigo tan celosos de su cometido, tan despreciativos de sus vidas, que pocas criaturas reptilianas pudieron eludir su embate.

No obstante, y al igual que los otros palanthianos, los Estetas pagaron a un alto precio su victoria.

Muchos miembros de su Orden perecieron en la liza y recibieron las exequias fúnebres de los demás cofra­des, sepultándose sus homenajeadas cenizas entre los volúmenes por cuya protección habían sacrifica­do sus vidas. El valeroso Bertrem no murió. Tras su­frir leves heridas, vio su nombre anotado en uno de los grandes tomos, junto a los de los principales hé­roes de Palanthas, y tal distinción constituyó la me­jor recompensa a la que jamás aspirara un ser sen­cillo como él. Nunca pasaba por delante del anaquel donde reposaba este ejemplar concreto sin asirlo si­giloso, revisar la página y recrearse en su gloria.

La que fuera hermosa ciudad, símbolo además de la paz, no era ya sino un recuerdo y el objeto de al­gunos párrafos descriptivos en los anales de Astinus. Montículos de piedra ennegrecida, castigada por el fuego, delimitaban las tumbas de las mansiones pa­laciegas, mientras que los ricos almacenes, con sus toneles de añejos vinos y cerveza, sus balas de algo­dón y de trigo, los baúles repletos de maravillas de los cuatro confines del país, yacían en pilas de as­cuas todavía no apagadas. Los cascos de las naves, que también carcomió el fuego, perdieron sus ama­rras en el próximo fondeadero y flotaban a la deriva en las costas adyacentes. Los comerciantes hurgaban atareados entre los escombros de sus establecimien­tos, a fin de rescatar el mayor número posible de mercancías; las familias contemplaban sus arrasa­dos hogares, fortalecidos en la desgracia y agrade­ciendo a los dioses la gracia, al menos, de la super­vivencia.

En efecto, fueron incontables los que no gozaron de esta merced. De los Caballeros de Solamnia que guardaban la ciudad apenas había resistido ningu­no, pereciendo en su mayoría en el desigual comba­te contra Soth y sus legiones espectrales. Uno de los primeros en caer fue el ostentoso comandante Markham, quien, fiel al juramento prestado a Tanis, no se enfrentó al fantasmal caudillo, sino que, una vez agrupadas las tropas, inició la carga que había de abatir a los guerreros cadavéricos. Aunque hendie­ron su cuerpo un sinfín de filos, perseveró aguerri­do en conducir a sus ensangrentados y fatigados hombres hasta que, al fin, se desplomó muerto en su caballo.

El bravío proceder de los caballeros permitió que se salvaran centenares de ciudadanos que, de otro modo, habrían sucumbido a los aceros de los muer­tos errantes. Éstos, así había de propagarlo la leyen­da, se desvanecieron por arte de magia en el momen­to en el que su cabecilla, con un amortajado cadáver en los brazos, se materializó entre sus filas.

Agasajados como héroes, los despojos de los lucha­dores solámnicos fueron transportados por sus com­pañeros a la Torre del Sumo Sacerdote. En tan anti­gua mole, se les enterró en un sepulcro donde se conservaba el cuerpo de Sturm Brightblade, héroe antes que ellos, en la Guerra de la Lanza.

Cuando se abrió el mausoleo, cerrado desde que se inhumara al referido Sturm, fue grande la sorpre­sa de los soldados al descubrir que el término «con­servado» se había cumplido al pie de la letra y que el cuerpo del caballero Brightblade estaba intacto, inmune a los estragos del tiempo. La única explica­ción con visos de verosimilitud que pudo darse al mi­lagro fue una joya elfa de singular apariencia que refulgía en su pecho. Todos cuantos entraron aquel día en la cripta, como participantes en el duelo y llo­rando a sus seres queridos, examinaron la esplendo­rosa alhaja y sintieron que un bálsamo de paz miti­gaba el punzante dolor.

No sólo se guardó luto por los combatientes, por­que fueron asimismo innumerables los civiles que habían fallecido en la defensa de Palanthas. Los hom­bres trataron de salvaguardar la urbe y a sus fami­liares, las mujeres se alzaron en paladines de sus ca­sas y sus hijos. Los moradores del lugar incineraron a sus muertos, como exigía la secular costumbre, para esparcir luego las cenizas sobre el mar, donde, en un luctuoso concierto, habían de mezclarse con las de la ciudad a la que tanto amor profesaran.

 

 

Siguiendo un hábito ancestral, Astinus relató tales eventos a medida que ocurrían. Continuó ab­sorto en su quehacer, o así lo comentaron los Estetas, sobrecogidos, incluso mientras Bertrem, sin más defensa que las manos desnudas, propinaba una pa­liza a un draconiano que se había atrevido a invadir la cámara donde trabajaba su superior. Y, si el cro­nista cesó en su labor, fue porque el improvisado guardián le bloqueó la luz y no a causa de los zum­bidos, resoplidos y boqueadas que se sucedían en la sala.

Alzando la cabeza, el historiador frunció el entre­cejo y Bertrem, que no había vacilado frente a su ri­val, se puso muy pálido y retrocedió de inmediato para dejar que los rayos del sol bañasen la página.

También hoy estaba el escriba concentrado en su narración, cuando penetró en el estudio su leal ser­vidor. Astinus tardó unos momentos en preguntar, sin desatender, por supuesto, su labor:

—¿Qué deseas?

—Caramon Majere y un k... kender solicitan audien­cia, Maestro.

De no haber informado que era un demonio del Abismo el que quería ver a Astinus, el Esteta no ha­bría infundido más terror a su voz que al mencio­nar la palabra «kender».

—Hazles pasar —ordenó el cronista.

—¿A ambos? —quiso cerciorarse el otro, entre es­candalizado e incrédulo.

—Confío en que aquel draconiano no dañara tu oído, Bertrem —declaró el historiador, y se abulta­ron las arrugas de su entrecejo—. ¿No te daría, por ejemplo, un golpe en el cráneo?

—No, Maestro —le aseguró el aludido y, con un os­tensible rubor en los pómulos, salió de la estancia no sin antes, en su azoramiento, pisarse el borde de la túnica.

Unos minutos después, regresó el turbado Esteta y, con voz temblorosa, introdujo a los visitantes.

—Caramon Majere y Tassle-f-foot Burr-hoof —su­surró en un trabalenguas.

—Tasslehoof Burrfoot —le enmendó el hombreci­llo y tendió una mano al escriba, quien la estrechó sin prejuicios—. Y tú eres el renombrado Astinus de Palanthas —prosiguió el recién llegado, saltarín el copete a consecuencia de la excitación—. Lo cierto es que nuestros caminos se han cruzado con ante­rioridad —aseveró, enigmático— pero no puedes acordarte porque eso es algo que aún está por venir. O, bien pensado, nuestra entrevista pertenece a un futuro que nunca será. ¿Me equivoco, Caramon?

—No, lo que dices es exacto —corroboró éste.

Astinus desvió la vista hacia el guerrero y le so­metió a un exhaustivo examen, para dictaminar al rato:

—No te pareces a tu gemelo. Aunque debe tenerse presente que Raistlin tuvo que soportar pruebas que le afectaron tanto en el aspecto físico como en el mental. Si a eso agregamos la indefinible expresión de tus ojos, que te emparenta con él, quizás hallemos más similitudes de las que en principio se adivinan.

El cronista interrumpió su análisis, confundido al asaltarle la idea de que, como había apuntado, no comprendía lo que destilaban las pupilas de su interlocutor. Nada sobre la faz de Krynn eludía su sagaz percepción y, por lo tanto, le enojaba sobre­manera esta contrariedad.

Raras eran las ocasiones en las que Astinus se en­colerizaba, una circunstancia afortunada, porque su mera irritación provocaba una marea de pánico en­tre los pusilánimes Estetas. Ahora, contraviniendo todas las normas, estaba furioso. Crispó las hirsu­tas cejas, comprimió los labios y su rasgo más elo­cuente, los ojos, irradiaron unas chispas que impul­saron al kender a preguntarse si no había dejado nada en el vestíbulo que pudiera necesitar ahora mis­mo, lo que hubiera sido un excelente pretexto para escabullirse.

—¿De qué se trata? —preguntó el historiador de forma brusca, descargando un puñetazo sobre el es­critorio que hizo que la pluma saltara por el aire, la tinta se derramara y Bertrem, que aguardaba en el pasillo, emprendiera la fuga a la limitada velocidad que imponían sus piernas y el miedo a dar un tras­pié con sus inconsistentes sandalias.

Mientras retumbaban aún en los corredores los ecos de las zancadas del asustado Esteta, Astinus rea­nudó su interrumpida parrafada sin conceder impor­tancia a su reacción.

—Te envuelve un misterio impenetrable, Caramon Majere —increpó al musculoso humano—, y no to­lero que se me oculte nada de lo que acontece en el mundo. Conozco los pensamientos más íntimos de todo ente vivo, presencio sus acciones, interpreto los anhelos de sus corazones. Pero, por alguna razón, ig­noro cómo he de traspasar el muro que tú interpo­nes entre nosotros y eso me desquicia.

—Tas acaba de revelarte el secreto —replicó el gue­rrero, impertérrito.

Rebuscó en la mochila que llevaba suspendida del hombro, y que hallara en una casa deshabitada de la Ciudad Nueva, y sacó un enorme volumen encua­dernado en piel, que, cuidadoso, dejó en la escriba­nía, delante del cronista.

—¡Es una de mis obras! —exclamó éste, desfigu­rado su rostro en una mueca enloquecida—. ¿De dón­de ha salido? —interrogó, tan impaciente que gritó, más que pronunciar, la frase—. Ninguno de mis li­bros se presta a personas del exterior sin que yo esté al corriente y dé de antemano mi consentimiento. Bertrem...

—Fíjate en la fecha —le recomendó Caramon, ta­jante pero con el aplomo del que se había investido en los últimos tiempos.

Astinus le lanzó un furibundo escrutinio, que acto seguido dedicó también al libro. Consultó la fecha, como le habían indicado, presto a llamar al Esteta. Pero la invocación murió en su garganta con un audi­ble siseo, cuando comprobó la época a la que corres­pondían aquellas cifras. Dilatadas las pupilas, se hundió en su butaca y volvió a observar, de hito en hito, a Caramon y al tomo.

—Entonces —recapituló— es el futuro al que aludía tu amigo lo que he logrado leer en tus fac­ciones.

—El futuro que encierra este libro —puntualizó Caramon, dirigiendo al volumen una ojeada solemne.

—¡Estuvimos allí! —intervino el kender, alerta a su oportunidad—. Puedo contarte todas nuestras peri­pecias. Te garantizo que son fascinantes —propuso, desinteresadamente, al cronista—. Verás, regresamos a Solace. Pero va no era el burgo que un día nos albergó sino un lodazal, un paraje desolado. Incluso creí que nos habíamos catapultado a una de las lu­nas, pues había visualizado un satélite al activar mi compañero el ingenio arcano...

—Calla, Tas —le refrenó el luchador con amable autoridad, a la vez que apoyaba una mano en su bra­zo y le incitaba a partir.

En el trayecto hacia la puerta, el hombrecillo lo­gró, pese a que Caramon guiaba sus pasos para pre­venir imprevistos, volverse y proceder a una cortés despedida.

—Adiós, Astinus. Ha sido un placer departir con­tigo después de... antes..., bien, será mejor dejar a un lado las cuestiones temporales.

El historiador no lo escuchó, ni siquiera era cons­ciente de que aún se hallaba en el estudio. El día en el que Caramon Majere le entregara el escrito fue el único en todo el devenir de Palanthas en el que no hubo nuevas aportaciones a su escrupulosa plasmación de cuanto allí concedía, salvo una breve nota:

En el día de hoy, Hora Postvigilia subiendo hacia el 14, Caramon Majere me ha traído las Crónicas de Krynn, volumen 2.000, un tomo de mi puño y letra que nunca escribiré.

 

 

Para los palanthianos, el funeral de Elistan repre­sentó una póstuma ceremonia en alabanza a su ad­mirada ciudad. El sepelio se celebró poco después del alba, como el clérigo pidiera, y asistieron todos los pobladores de la ciudad: viejos, jóvenes, ricos y pobres. Los heridos que no podían valerse fueron lle­vados en angarillas, las cuales se ordenaron sobre los agostados céspedes que una semana antes tapi­zaron los aledaños del Templo.

Uno de los heridos a los que hubo que ayudar fue Dalamar. Nadie manifestó su desaprobación, mien­tras, renqueante, caminaba sobre la hierba, seguido por Tanis y Caramon, a fin de ocupar su puesto debajo del álamo que se erguía, moribundo, junto a los setos. El motivo de la unánime aquiescencia era que, según las habladurías, el joven aprendiz de ni­gromancia había desafiado y vencido a la Dama Oscura, sobrenombre de Kitiara, acarreando así la derrota definitiva de sus huestes.

Elistan había expresado su voluntad de que sus restos descansaran en el santuario, lo que resultaba imposible dado que del edificio no quedaba más que la cúpula, una especie de concha marmórea total­mente hueca, y los tabiques que la sostenían. Amothus ofreció su panteón familiar. Pero Crysania de­clinó el ofrecimiento por considerarlo inapropiado. Sabedora de que Elistan se había iniciado en la fe cuando trabajaba como esclavo en las minas de Pax Tharkas, la Hija Venerable —matriarca ahora de la Iglesia— decretó que a su predecesor le fuera crea­do un ambiente evocador de aquella experiencia en una de las cavernas subterráneas del edificio y que, en el pasado, sirvieron de despensa.

Aunque esta decisión suscitó opiniones contrarias, nadie cuestionó las órdenes de la sacerdotisa. Se lim­piaron y santificaron las grutas, eso sí, y se constru­yó un féretro digno con los fragmentos de mármol desprendidos del Templo. A partir de entonces, incluso en la época dorada que había de vivir la sagra­da institución, cualquier clérigo de rango sería en­terrado en tan humildes vericuetos, que acogerían a millares de peregrinos provenientes de todos los confines de Krynn.

Los congregados se instalaron en la explanada sin romper el silencio. Entretanto las aves, que nada en­tendían de muertos, guerras y dolor, pero que, por el contrario, eran sensibles al calor del sol, y al des­puntar éste, se sentían más vivas, impregnaron el aire de trinos y gorgeos. Los rayos del astro diurno tiñeron de áureas tonalidades las cumbres montañosas, desterrando la negrura de la noche y brindando cier­to consuelo a los ciudadanos, abrumados por el pesar.

Sólo una persona se levantó para hablar, para ha­cer el panegírico del sacerdote, y todos los fieles juz­garon oportuno que se encargara ella de recitarlo. Por un lado, porque iba ser su sucesora en el cargo y, por otro, porque los palanthianos coincidían en afirmar que en la insigne dama, en su desdicha, se sintetizaba el sufrimiento de la comunidad.

Circuló la noticia, recabada a través de medios de dudosa oficialidad, que aquella mañana era la pri­mera que abandonaba el lecho desde que Tanis el Semielfo la trasladara de la Torre de la Alta Hechice­ría a la escalinata de la Gran Biblioteca, donde los eclesiásticos velaban por los heridos y los agonizan­tes. La mujer estuvo en el umbral de la muerte, pero la fuerza de sus arraigadas creencias y las plegarias de sus cuidadores le restituyeron la salud. Real o in­ventado, lo cierto era que su ceguera persistía y, al parecer, era incurable.

Sana o no, más o menos recuperada de su espan­tosa odisea, Crysania presidió la asamblea y, debi­do a su invidencia, pudo alzar los ojos hacia un cie­lo soleado que le estaba negado vislumbrar. Los rayos aureolaron su negra melena, que, a su vez, enmarca­ba una faz sublimada por el nuevo brillo de la com­pasión, de la humanidad.

—Desde mis tinieblas —preludió su arenga, el epi­tafio de Elistan—, noto una grata tibieza en mi piel e intuyo que tengo el rostro vuelto hacia el rey de los astros. Ahora soy capaz de penetrar su ígnea esfera, porque obstruye mi visión una perenne oscuridad; si vosotros me imitarais seríais pronto deslumbrados, ya que quienes poseen el sentido que a mí me falta se extravían en el exceso de luminosidad del mismo modo que, también aquellos que moran lar­go tiempo en la penumbra terminan por perder la noción de su propio universo.

»Me enseñó mi maestro, al que ahora honramos todos reunidos, que los mortales no han nacido para vivir de manera exclusiva en el sol ni en la sombra, sino que han de compaginar ambos. Adaptarse a es­tos mundos complementarios entraña riesgos si no se utilizan bien sus resortes, pero proporciona re­compensas. Hemos soportado las pruebas de la san­gre, de la negrura, del fuego. —En este punto se que­bró su voz, y los asistentes más próximos vieron que las lágrimas se deslizaban por sus pómulos, lo que no le impidió reemprender su discurso en se­guida y hacerlo, además, con renovada entereza—. Hemos experimentado vicisitudes equiparables a las que venció Huma y, al igual que en su caso, grandes han sido nuestros sacrificios. A cambio, albergamos el fortalecedor conocimiento de que nuestros espí­ritus se han redimido de sus flaquezas y que nues­tra estrella es, quizás, una de las más refulgentes que pueblan los cielos.

«Algunos han elegido las sendas nocturnas con Nuitari, la luna negra, como brújula; otros prefieren adentrarse en los caminos diurnos. Pero como me co­municó Elistan, uno de los mayores sabios que haya servido a la Iglesia, todos se han beneficiado del con­tacto de una mano o el aliento de un auténtico ami­go aunque los caminos sean antagónicos y estén surcados de pedregales y espinas. La capacidad de amar, de preocuparnos de nuestro prójimo, nos es otorgada a la totalidad de las criaturas, es el mayor don que puedan hacer los dioses a las razas herma­nas. Tal es el legado del inefable sacerdote que me ha precedido en el lugar que ahora ostento, y de él me propongo ser fiel continuadora.

«Nuestra portentosa urbe se ha consumido entre llamas —acometió el epílogo, y su acento adoptó aún mayor calidez—. Hemos sido separados de muchos de nuestros seres más allegados, y algunos conside­rarán la vida una carga demasiado pesada. Quienes así se sientan que extiendan la mano pues, al rozar la de otros que hayan alargado la suya hacia ellos, hallarán juntos la energía y la esperanza que preci­san para no desfallecer.

 

 

Concluido el ritual, cuando los clérigos hubieron escoltado a Elistan al subterráneo donde había de inaugurarse una nueva tradición, Caramon y Tas fue­ron al encuentro de Crysania. Estaba la dama entre sus cofrades, cerrada su mano en torno al antebra­zo de la muchacha que había de hacerle de lazarillo.

—Hija Venerable,  alguien reclama tu atención —le avisó la joven acólita. La sacerdotisa se giró y rogó al demandante:

—Deja que te toque.

—Soy Caramon —se identificó el guerrero, que era el que estaba más cerca— y me acompaña...

—Tas —se le adelantó el interesado, con voz dócil e incluso apagada para alguien de su alborotado carácter.

—¿Habéis venido a despediros? —indagó la sacer­dotisa.

—Sí, partimos hoy —confirmó el luchador, ampa­rando la mano femenina entre las suyas.

—¿Regresáis a Solace, o habéis planeado detene­ros en algún otro sitio?

—De momento iremos a Solanthus, con nuestro amigo Tanis —especificó el hombretón dubitativo, casi titubeante—. En cuanto me haya repuesto del todo de la última epopeya, usaré el artilugio mágico para trasladarme a mi ciudad natal.

Crysania tomó una mano del guerrero, a fin de atraer a su dueño hacia ella, y musitó:

—Raistlin está en paz, Caramon. Y tú, ¿todavía pugnas contra ti mismo?

—No, nada de eso —negó el guerrero, ahora resuelto—. Me ha costado muchos sinsabores, pero he hallado el sosiego del que carecía. Lo que ocurre es que hay un sinfín de asuntos que debo tratar con el semielfo, y pretendo también poner mi vida en orden, organizarme. Lo primero que he de hacer —confesó, sonrojado— es aprender a edificar. Duran­te los meses en los que trabajé en mi nueva casa estaba casi siempre ebrio. Supongo que cometí mil desatinos.

Miró a la dama y ella, al presentirlo, sonrió, con un tinte rosáceo en las mejillas. Al reparar en el en­sanchamiento de sus labios, así como en las secue­las de llanto que los flanqueaban, el viril humano se compadeció y, rodeando su cintura, confidencial, se lamentó:

—Estoy consternado. ¡Ojalá hubiera podido aho­rrarte esta desgracia!

—No, Caramon, mi ceguera es en el fondo una ben­dición —le amonestó la sacerdotisa—. Como predi­jo Loralon, es ahora cuando veo de verdad. Adiós, amigo, sólo me resta desear que Paladine te libre de todo mal. —Dio por terminado su coloquio, y besó la mano con que él la ceñía.

—Que el dios del Bien inspire siempre los dicta­dos de tu albedrío —se interfirió Tasslehoff con un hilillo de voz, teniendo la impresión repentina de ser un gusano insignificante—. Disculpa, Hija Venerable, los barullos que he armado.

Crysania, apartándose de Caramon, acarició el co­pete del kender y replicó:

—La mayoría de nosotros nos topamos en nuestra andadura con las encrucijadas que plantean la bon­dad, el día, y la oscuridad de lo maligno. Pero existe una minoría de elegidos que recorren su camino, el mundo, alumbrados por su propia luz y prescindiendo de los elementos externos.

—¿Lo dices en serio? —se horrorizó el hombrecillo con deliciosa ingenuidad—. Debe de ser muy tedio­so viajar de un sitio a otro así cargado. Supongo que usarán una antorcha o un fanal; una vela resultaría mucho más molesta, ya que la cera, al derretirse, mancharía su calzado y les conferiría un aspecto impresentable. Hablando de presentar —asoció—, ¿podrías citar el nombre de alguien de estas caracte­rísticas? Me gustaría averiguar cómo se las arreglan.

—Tú eres uno de ellos —le aclaró Crysania—, y no creo que deba inquietarte la idea de ensuciarte las botas. Adiós, Tasslehoff Burrfoot. En tu caso, no ne­cesito invocar la protección de Paladine, puesto que eres uno de sus amigos más íntimos.

 

 

—Y bien —abordó Caramon a Tas mientras ambos se abrían paso entre la muchedumbre—, ¿has deter­minado ya qué vas a hacer? Eres el propietario de la ciudadela flotante. Amothus te la asignó en exclu­siva, de manera que puedes visitar los parajes más recónditos de Krynn y quizás incluso una luna, si es eso lo que te apetece.

—Ya no tengo la nave voladora —informó el ken­der después de un lapso de mutismo. Era evidente que la conversación con Crysania le había afectado, hasta tal extremo que le costaba asimilar los razo­namientos del guerrero—. Era demasiado grande y aburrida, una vez explorada un ala, las otras se le asemejaban como gotas de agua. Además, nunca habría llegado a los satélites —se quejó, ya más centrado—. ¿Sabías que cuando se eleva uno más de la cuenta le sangra la nariz? El ambiente se enfría, el edificio carece de comodidad y, por si fuera poco, las lunas están mucho más lejos de lo que en princi­pio calculé. Si aún se hallara en mi poder el ingenio arcano... —insinuó, y espió de soslayo al grandullón.

—No, bajo ningún concepto —fue la radical nega­tiva de éste—. Debo devolvérselo a Par-Salian.

—Podría ocuparme yo mismo de dárselo —sugirió, solícito, Tasslehoff—. Así tendría ocasión de exponer­le los pormenores de las reparaciones que aplicó Gnimsh, mi irrupción en el hechizo... ¿No? —coreó el gesto del humano—. En tales circunstancias, lo más aconsejable es que me arrime a Tanis y a ti y os siga en vuestros desplazamientos. Si no os impor­tuno, claro está.

Caramon, poco dado a remilgos y fingimientos, optó por el método de expresión más inconfundible. Abrazó a su compañero, con tal entusiasmo que hizo añicos algunos de los objetos de interés y valor im­precisos que éste había comenzado a coleccionar en sus saquillos.

—Por cierto —redondeó sus efusiones con pala­bras—, ¿qué has hecho con la ciudadela?

—Se la obsequié a Runce —le comunicó el kender, desenfadado, ondeando la mano en actitud displi­cente—, en premio a su ayuda.

— ¡Al enano gully!

El guerrero estaba perplejo frente a tamaña insen­satez.

—No puede gobernarla en solitario —le apaciguó el otro—. Aunque, si recurriera a otros de su raza, quizá activaría las dos partes del Timón —reco­noció—. No había pensado en esta posibilidad.

—¿Dónde está ahora? —gimió Caramon.

—Hice aterrizar la fortaleza en un enclave precio­so, en las afueras de una ciudad que estábamos so­brevolando —fue la incompleta descripción de Tasslehoff—. Runce se encaprichó de ella, de la ciu­dadela, naturalmente, no de la ciudad; así que le pre­gunté si la quería y, al repetir él que le hacía mucha ilusión, la posé en un terreno desocupado.

«Nuestra llegada causó un enorme revuelo —con­tinuó, jubiloso—. Un individuo salió a todo correr de su castillo, una mole que se izaba en una colina pró­xima a la llanura donde habíamos tomado tierra, e intentó expulsarnos arguyendo que aquélla era su ha­cienda y no teníamos derecho a plantar nuestra pro­pia mansión. Montó un terrible alboroto, pero no me dejé amilanar y señalé que su alcázar no cubría más que una zona reducida del territorio, amén de impar­tirle ciertos consejos sobre el placer de compartir que, de haberme escuchado, le habrían resultado harto beneficiosos. Runce, que nada entiende de re­yertas ni de tácticas, le dijo que instalaría en la ciudadela al clan Burp para vivir allí todos juntos, y el hombre de las protestas sufrió un ataque de nervios que obligó a sus servidores a recogerlo y acostarlo en sus aposentos. Los habitantes del burgo no tar­daron en hacer un corro en nuestro derredor. Pero, pasada la primera emoción, me hastié de tantas de­mostraciones. Suerte que Igneo Resplandor accedió a transportarme de regreso a Palanthas.

—¿Por qué no me he enterado yo antes de tan sor­prendente historia? —indagó Caramon, realizando un esfuerzo para aparentar indignación.

—Ha sido un fallo involuntario —se excusó el kender—. Las cuitas que me han abrumado última­mente han eclipsado los hechos anecdóticos.

—Sí, Tas, me hago cargo —le calmó su amigo—. En lo concerniente a tu futuro —aventuró, conven­cido de que el vocablo «cuitas» englobaba una serie de cábalas sobre cómo debía orientar su existencia—, ayer te vi en secreto conciliábulo con otro kender y me planteé si no serías más feliz regresando a tu pa­tria. Recuerdo que en un momento de sinceridad admitiste que sentías añoranza de Kendermore.

Una inusitada tristeza empañó las pupilas de Tasslehoff mientras, arropando su mano entre las palmas del gigantesco humano, le hacía partícipe de un re­ciente descubrimiento.

—Ni siquiera puedo parlotear ya con los de mi raza, Caramon. Si me he acercado a ellos, ha sido con el fin de constatar qué vínculos me ataban a ellos, y mis pesquisas me han acabado de desengañar —su­surró, meneando impetuoso la cabeza e indiferente a los balanceos del copete—. Quise relatarles las hazañas de Fizban y su sombrero, las villanías de Raistlin y la muerte del genial Gnimsh. No han com­prendido una palabra, ni tampoco les importa. Es duro solidarizarse, amigo, ya que la clave del com­pañerismo estriba en no rehuir el dolor —sentenció, y procedió a enjugarse los húmedos lagrimales.

—En efecto, Tas —ratificó el guerrero—. Pero, aun­que se pasan amargos tragos, siempre es preferible a estar vacío por dentro.

Se internaron en una arboleda. Tanis les aguarda­ba debajo de un álamo. Al divisarlos, el semielfo echó a andar hacia ellos y, situándose en medio, pasó un brazo por sus respectivos hombros.

—¿Preparado? —preguntó al poderoso luchador.

—A tu entera disposición.

—Estupendo. He mandado embridar los caballos y los tengo aquí mismo. Se me ocurrió que nos con­venía cabalgar para despejarnos —justificó el bar­budo semielfo la ausencia de un carruaje—, así que despaché al cochero. No, no es cierto —rectificó sin que nadie le acusara—. Si me he liberado del ve­hículo, ha sido porque detesto estar encerrado en sus asfixiantes paredes. Laurana también lo aborrece, aunque antes se dejaría matar que confesarlo. El campo luce sus mejores galas en esta estación del año. Disfrutémoslas.

Montaron a la grupa de los caballos e iniciaron su itinerario, a través de una avenida de negruzcas rui­nas que conducía a los arrabales de Palanthas. Los grupos que, tras abandonar el escenario del funeral, se dirigían a sus casas para recomponer los fragmen­tos desgarrados de sus vidas, oyeron los ecos de la voz del kender bastante rato después de su marcha.

—Si mis datos no son erróneos, Tanis —arremetió éste—, ahora resides en Solanthus. Hay allí un cala­bozo digno de ganar un concurso —continuó, ya que era superflua cualquier puntualización que el se­mielfo pudiera hacer—; nunca olvidaré mí confina­miento en sus celdas. Me enviaron por un malenten­dido, huelga decirlo, debido a una tetera que fue a parar accidentalmente a mis bolsas...

 

 

Dalamar trepó por la empinada y retorcida esca­lera que desembocaba en el laboratorio sito en la cús­pide de la Torre de la Alta Hechicería. Si practicaba este ejercicio, en lugar de catapultarse mediante la magia, era por una sola razón: aquella noche le es­peraba un largo viaje. Aunque los clérigos de Elistan habían sanado sus heridas, estaba todavía débil y había de reservar sus energías.

Más tarde, cuando la luna negra se hallara en su cenit, surcaría los vapores celestes hasta la mole ge­mela de Wayreth, donde se había convocado uno de los cónclaves más importantes de la presente era. Par-Salian sería formalmente derrocado como má­ximo mandatario de la Orden y habría que elegir a su sucesor, un título que recaería con toda probabi­lidad en la persona de Justarius, de los Túnicas Ro­jas. Dalamar, que aún no había conquistado la res­petabilidad que confiere el poderío, encontraba justa la sustitución, si bien no sólo le animaba a asistir el cumplimiento del deber, que le exigía aportar su voto, sino otras ambiciones más secretas. Esta no­che debía nombrarse, también, a un nuevo caudillo de los nigromantes, y no le cabía ninguna duda acer­ca de quién sería el afortunado.

Había ultimado todos los preparativos antes de partir. Los guardianes tenían sus instrucciones: nin­guna criatura, viva ni muerta, debía entrar en la To­rre durante su ausencia. No contaba en realidad con que eso sucediera, ya que el Robledal de Shoikan, in­combustible a los incendios que destruyeron el res­to de Palanthas, permanecía en una perpetua y té­trica vigilia. Pero la regla de aislamiento que había regido en la Torre a través de las generaciones pron­to sería abolida y cualquier precaución era poca.

Por mandato del elfo, se habían remozado y amue­blado diversas estancias del edificio. El nuevo amo proyectaba convivir con sus futuros aprendices, so­bre todo Túnicas Negras, aunque también algún acó­lito de la Neutralidad, si, tras un examen previo, discernía en él facultades prometedoras. No esta­ba dispuesto a morir sin transmitir a los más jóve­nes la habilidad, la erudición que obtuviera de su maestro, ni tampoco —recapacitó en un alarde de franqueza— le desagradaba la compañía de seres que amenizasen su vida.

Antes de fundar la escuela, y poniendo punto fi­nal a los preliminares, había una sagrada misión a la que no podía sustraerse. Esa misión fue la que le forzó a ascender hasta el laboratorio.

Se detuvo en el umbral. No había pisado la cáma­ra desde el día fatídico en el que Caramon traspa­sara el Portal y pusiera su maltrecho cuerpo en manos de los sacerdotes. Ahora era de noche y rei­naba una densa penumbra en el recinto. Siseó un único vocablo y prendieron los pabilos en sus orna­mentados soportes, los candelabros de plata, caldeando la atmósfera al derramar los parpadeantes destellos de las llamas. Pero las sombras no se disi­paron. Pulularon en los rincones cual entes vibran­tes, fantasmagóricos.

Tras agarrar uno de los candelabros, Dalamar re­corrió e inspeccionó la sala. Seleccionó varios artícu­los, como pergaminos, una varita y media docena de sortijas, que envió a su propio estudio valiéndose de su arte.

Pasó junto a la esquina donde pereciera Kitiara. Su sangre, lúgubre recordatorio, formaba todavía en el suelo un charco de irregular contorno, y prevale­cía en aquella zona un frío antinatural que incitó al elfo a no demorarse. Alcanzó la mesa de piedra con sus tarros y alambiques y, aprisionados en las cris­talinas superficies, columbró un par de ojos supli­cantes. De nuevo un encantamiento los cerró para toda la eternidad.

Llegó al fin frente al Portal. Las cinco cabezas de dragón, encaradas con un imperecedero vacío, perseveraban en su loa silenciosa, congelada, a la Reina. La única luz que brotaba de sus morteci­nas máscaras de metal eran las reverberaciones de las velas. El mago se asomó a la nada, la escrutó unos minutos y tiró de un cordón de seda que pendía del techo. Una cortina de aterciopelados pliegues carme­sí veló la abertura que, en aquella inactividad, pare­cía inofensiva.

Dio entonces media vuelta, y se aproximó a las estanterías de libros que se apiñaban en el muro trasero del laboratorio. Bajo los oscilantes resplan­dores brillaron unas hileras de ejemplares encua­dernados en azul marino y decorados con runas argénteas, de los que manaba un aire glacial. Conte­nían los encantamientos de Fistandantilus, ahora suyos.

Y, allí donde terminaba esta sucesión de volúme­nes, se alineaban otros de lomo negro y símbolos si­milares. La particularidad del segundo compendio radicaba, Dalamar así lo notó al tocar uno, en que destilaban un calor interior que les infundía un há­lito vital. En sus páginas se acumulaban los sortile­gios de Raistlin, que, asimismo, le pertenecían tras condenarse el archimago.

Dalamar revisó minuciosamente las cubiertas, como si su intelecto hubiera de traspasarlas e im­buirse de los prodigios, los misterios y el poder que atesoraba cada pergamino, cada apartado. Ya en el límite de los anaqueles, al lado casi de la puerta, empleó la telequinesia para posar el candelabro en la mesa y, sujetando el picaporte, atisbo un último ob­jeto antes de salir.

En un sombrío ángulo, estaba, erguido, el Bastón de Mago. El observador contuvo el resuello al detec­tar un fulgor en el globo de la empuñadura, una pie­za extinta desde la trágica jornada, y grande fue su alivio al verificar que se trataba tan sólo del reflejo de las llamas. Apagó las velas, no de un soplo sino mediante un versículo, y la cámara volvió a fundir­se en las tinieblas.

Con un suspiro, no sin dirigir una ojeada al lugar donde se alzaba la vara para asegurarse de que se había difuminado, el elfo oscuro abandonó el labo­ratorio y atrancó el acceso. Alcanzó acto seguido un cofre de madera situado en una hornacina del descansillo, retiró de la cavidad una llave de plata y la insertó en una cerradura de idéntico metal, cuyo pri­moroso diseño no habían tallado los cerrajeros, ni aun los orfebres, de Krynn. Hizo girar el argénteo instrumento mientras recitaba unas frases arcanas y oyó un chasquido, señal de que el mecanismo, la trampa de nefandos efectos, había sido accionada.

Llamó a uno de los guardianes. Las descarnadas cuencas oculares de éste avanzaron por el piso has­ta inmovilizarse delante de él.

—Toma esta llave y custódiala hasta el final de los tiempos —le encargó—. No se la des a nadie, ni si­quiera a mí. Tu puesto estará, a partir de hoy, en la puerta, que no dejarás atravesar a ningún ente, sea cual fuere su plano de existencia. Infligirás una rápida muerte al intruso que pretenda burlarte.

El espectro cerró los ojos, si así podían denomi­narse, para significar su asentimiento. Tras iniciar el descenso de la escalera, Dalamar se volvió una vez y vio aquel par de incorpóreas pupilas enmarcadas en la entrada, acechantes en la oscuridad.

El nigromante esbozó una sonrisa y, satisfecho, se alejó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

Regreso al hogar

 

 

Un golpe, otro, otro más. Tika Waylan Majere, que dormía plácidamente, se sentó sobresaltada en el le­cho y, después de acallar el sonoro bombeo de su co­razón, aguzó el oído con la esperanza de identificar el ruido que la había despertado.

Nada percibió. ¿Acaso lo había soñado? Apartan­do los tirabuzones pelirrojos que le tapaban el ros­tro, todavía amodorrada, espió la ventana. Rayaba el alba, el sol no había aparecido en el horizonte pero las brumas nocturnas se batían en retirada y, al ha­cerlo, revelaban un cielo limpio, azul, en la media luz que precede al amanecer. Los pájaros, como de cos­tumbre, habían madrugado y ensayaban sus coros domésticos, silbando y canturreando entre ellos. Eran los únicos habitantes de Solace que saludaban tan tempranamente la creciente luminosidad, pues a aquella hora incluso el centinela que hacía la ron­da nocturna solía rendirse a la influencia del benig­no clima primaveral y dar una cabezada, incrustan­do el mentón en el pecho y lanzando estentóreos ronquidos.

«Sí, lo he soñado —insistió Tika en su fuero inter­no, somnolienta y afligida—. Me pregunto cuándo voy a habituarme a dormir sola. El más suave tintineo me arranca de mi letargo.»

Arrebujóse de nuevo entre las sábanas, estiró el embozo por encima de la cabeza para que la cla­ridad no la desvelase y, deseosa de sumirse en un apacible sopor, se esforzó en cerrar los párpados.

También recurrió a la táctica de tantas otras oca­siones, imaginar que Caramon estaba tendido a su lado, la estrechaba contra su pecho y, respirando fuerte, vivo su corazón en un latir que transmitía con­fianza, ternura, le murmuraba mientras le daba cariñosas palmadas en el hombro: «Ha sido una pesa­dilla. No te preocupes, mañana la habrás olvidado.»

Un cuarto golpe y luego el siguiente, hasta perder la cuenta. La muchacha abrió rauda los ojos y se dijo, ahora convencida, que no era una jugarreta de su mente sino un tamborileo real, originado en las al­turas. ¡Había alguien entre las ramas del vallenwood!

Se levantó y, con el sigilo que aprendiera a adop­tar en sus aventuras bélicas, asió la bata que yacía extendida al pie de la cama, se embutió en ella —no sin confundirse de mangas y tener que repetir la operación— y abandonó el dormitorio.

Los golpes arreciaron, su ritmo fue in crescendo. Tika se mordió el labio, en una mezcla de resolución y temor. ¿Quién merodeaba por la casa que su espo­so empezara a construirle en el árbol? Había loca­lizado la procedencia del ruido, pero no atinaba a explicarse qué estaba sucediendo. ¿Eran quizá ladrones? Allí sólo estaban las herramientas de Ca­ramon.

Lanzó una risotada, que se trocó en sollozo al evo­car el trabajo del hombretón. Configuraban sus úti­les un martillo con la cabeza desencajada, que sal­taba por los aires siempre que se ponía a clavar una tachuela, una sierra tan desdentada que se aseme­jaba a la sonrisa de un enano gully y una garlopa que no alisaría ni la mantequilla del desayuno. To­dos ellos inservibles, aunque en extremo valiosos para la mujer, quien no los había tocado desde que él partiera.

Más y más golpeteos, ahora rítmicos como si, al fin, hubieran encontrado su cadencia. La posadera cruzó la sala de estar; pero, cuando tenía ya la mano en el pomo de la puerta principal, una reflexión hizo que se detuviera.

«Sería más prudente llevar un arma», se aconsejó a sí misma y, tras un corto reconocimiento, agarró un cazo de la cocina, el sucedáneo de arma más contundente que se expuso a su inspección. Sujetán­dolo por el mango, entreabrió la puerta y, silencio­sa, salió a través de la rendija.

Los rayos solares empezaban a festonear de un halo incandescente las cumbres montañosas, que, to­davía nevadas, asumían una indescriptible belleza gracias al contraste del blanco y el oro y, además, se realzaban al recortarse contra el cielo sin nubes. La hierba brillaba con el rocío cual una ristra de di­minutas perlas, la atmósfera embriagaba en su prís­tina pureza, las hojas nuevas de los vallenwoods se mecían y alborozaban bajo la caricia del astro y, en resumen, tan espléndido se anunciaba el día que po­dría haber sido el primero de todas las eras, aquel en el que los dioses contemplaron, exuberantes de gozo, su creación sin mácula.

Pero Tika no estaba de humor para hacedores, pai­sajes verdeantes ni baños de rocío, y sentía frío bajo el contacto de sus pies desnudos. Con el cazo en el puño cerrado, oculto detrás de su espalda, se enca­ramó a la escala que conducía al inconcluso refugio, un nido humano, sencillo y a un tiempo ambicioso entretejido en la confluencia de dos ramas. Hizo una pausa cerca de la copa y, discreta, se asomó entre dos troncos que constituían un buen puesto de observación.

Sus sospechas se confirmaron. Allí había alguien. Apenas distinguía la figura que se agazapaba en un oscuro rincón; pero le bastó con detectar su presen­cia para trepar por la rama, que hacía las veces de puente y, ya en el entarimado, cruzar las planchas sin provocar ni un solo crujido.

Mientras realizaba la travesía, no obstante, vibró en sus tímpanos una risita jocosa y como amortigua­da que se le antojó familiar. Vaciló, pero reanudó presta la marcha, cavilando que eran figuraciones suyas.

Próxima ya al individuo que osaba allanar su fu­tura morada, y que llevaba una capa alrededor de los hombros, Tika se hizo una idea más concreta de su apariencia. Era un humano y, a juzgar por la mus­culatura de sus brazos, uno de los más gigantescos que había visto nunca, con una complexión que la anchura de los omóplatos acababa de perfilar. Esta­ba acuclillado, de espaldas y, ajeno al escrutinio de la posadera, alzó la mano.

¡Blandía el martillo de Caramon!

«¿Cómo se atreve a manipular las cosas de mi esposo? —se encolerizó la mujer—. Corpulento o no, todos son iguales cuando caen inconscientes al suelo.»

Decidida a darle un escarmiento, elevó el cazo...

—¡Cuidado, Caramon! —gritó una vocecilla aguda.

El grandullón, frente a tan urgente aviso, se puso en pie y dio media vuelta. El recipiente culinario se estrelló contra el entarimado estrepitosamente, mientras el martillo y sus inseparables clavos co­rrían idéntica suerte.

Llorando de alegría, Tika se arrojó a los brazos de su amado.

 

 

—¿No es fantástico, Tika? Te has llevado una sor­presa mayúscula, ¿verdad? Vamos, di que sí, no me defraudes. ¿Habrías aplastado el cráneo de Caramon de no impedirlo yo? Quizá me he precipitado al in­terrumpir un reencuentro tan interesante, aunque creo que a tu marido no le habría sentado nada bien. ¿Recuerdas cuando atacaste con un objeto semejan­te a un draconiano que se disponía a maltratar a Gilthanas?

Tal fue la retahíla de comentarios y preguntas que formuló Tasslehoff mientras sus supuestos conter­tulios se abrazaban. Éstos nada contestaron, porque nada oyeron. Se contentaron con mirarse, con fun­dirse en uno solo, y el kender notó un delator humedecimiento en sus lagrimales, que le impulsó a es­fumarse de la escena.

—Será mejor que baje y os aguarde en el come­dor —propuso, y se encaminó hacia la escala.

Ya al pie del árbol, el hombrecillo penetró en la pulcra, acogedora vivienda que se alzaba bajo el cobijo de su sombra. Después de sonarse la nariz, jovial como siempre, emprendió la investigación de todos y cada uno de los muebles.

—Todo parece indicar —razonó, admirando un recipiente de vidrio esmerilado repleto de galletas que, distraído, incorporó a sus saquillos sin dudar ni por un instante de que lo había colocado de nue­vo en su alacena— que Caramon y Tika permanece­rán mucho rato en el vallenwood, acaso varias ho­ras. Tengo, pues, una magnífica oportunidad para clasificar mis pertenencias.

Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, vol­có sobre la alfombra el contenido de sus bolsas y, mientras mordisqueaba algunas galletas en un ab­soluto ensimismamiento, inició el inventario. Lo pri­mero que atrajo su mirada fue un pliego de mapas que le había regalado Tanis. Desenrolló los documentos, uno después de otro, y con un dedo siguió, en una ruta verdaderamente intrincada, los parajes que había visitado en sus innumerables correrías.

—Viajar me ha proporcionado experiencias enriquecedoras —recapituló—, pero ninguna tan grata como el retorno al hogar. Me alojaré junto a esta pa­reja, instituiremos una familia y yo, al fin, gozaré del merecido solaz. Incluso me asignarán un aposento privado en el nuevo refugio. Caramon así me lo pro­metió. ¿Qué es esto? —cambió de pronto el voluble hombrecillo, prendidos los ojos de uno de los docu­mentos cartográficos—. ¿Merilon? Nunca oí hablar de una ciudad con ese nombre. Me gustaría saber qué aspecto tiene...

—No, Burrfoot —replicó el Tas maduro, sose­gado—, se terminó tu época de trotamundos. Tu acervo de historias para relatar a Flint está más que completo. De manera que a partir de hoy olvidarás esa inquietud de adolescente y te convertirás en un respetable miembro de la sociedad. A lo mejor has­ta te nombran alguacil «honorario».

Recogiendo el mapa que había excitado su curio­sidad, perdido en una ensoñación en la que ya de­sempeñaba las funciones de su cargo —sin meditar, claro está, que pocas funciones había de ejercer dada la apostilla con la que él mismo había rematado el título—, cerró el alargado estuche y se enfrascó en el recuento de sus tesoros.

—Una pluma blanca de pollo, una esmeralda, una rata muerta... Por cierto, ¿de dónde la saqué? No importa, sigamos: un anillo tallado en forma de hojas de enredadera, un dragón dorado en miniatura que, hagamos un inciso, no he depositado yo en mi bol­sa, un fragmento de cristal azul, un colmillo reptiliano, pétalos de rosa Hiemis, una pata de conejo de esas que llevan los niños a modo de talismán y... ¡Ca­ramba! Aquí están los planos del ascensor mecáni­co de Gnimsh y también un libro, Técnicas de la prestidigitación para pasmar y deleitar. ¿No es increíble que la casualidad haya puesto en mis manos algo tan útil? ¡Oh, no! —se lamentó—. ¡Otra vez el brazalete de Tanis! No me explico cómo se las arregla el semielfo cuando no estoy a su lado y rescato todo lo que él extravía. Es demasiado descuidado. Me asom­bra que Laurana se lo consienta.

«Parece ser que no queda nada —continuó hurgan­do en el saquillo por si quedaba algo—. Cada uno de estos artículos evoca una vivencia apasionante, en­trañable. Y, a propósito de vivencias, son muchas las que me vienen a la memoria, tantas que me hago un lío al rememorarlas. He conocido a varios repti­les alados, navegado en una ciudadela flotante —enumeró—, roto un Orbe de los Dragones, incluso me he transformado en ratoncillo y, como colofón de todas estas maravillas, he trabado íntima amis­tad con el mismísimo Paladine.

«También he vivido instantes de tristeza —reco­noció—, pero su carácter negativo se disipó hace tiempo y no ha dejado más huella que un dolor casi imperceptible en este órgano infatigable —se refe­ría al corazón, y se presionó en el pecho con los dedos—. Añoraré mucho mis andanzas pasadas, la vida errabunda, y quizá aún me animaría a hacer al­guna escapada si mis compañeros no se hubieran aposentado. Sin embargo —se sermoneó al advertir que su mitad irracional comenzaba a entusias­marse— en lugar de intentar arrastrarles, lo que he de hacer es imitar su ejemplo y llevar una existencia feliz, placentera. Si consiguiera el puesto de alguacil honorario llevaría a cabo actividades fas­cinantes...»

Se interrumpió porque en su postrera exploración de los saquillos, escondido entre sus pliegues, había tanteado algo. Se trataba de un artículo de reducido tamaño, que debió de haber quedado oculto en el fo­rro antes de que el hombrecillo invirtiera la bolsa y no cayó, por consiguiente, con el resto de los ense­res. Tirando de él, Tas lo sacó al exterior y lo sostu­vo en la palma de una mano, no sin dar un respingo al identificarlo.

«¿Cómo ha podido Caramon cometer esta negli­gencia? ¡Ni siquiera se ha percatado de que ya no lo tiene! —se escandalizó mentalmente—. Aunque he de decir en su descargo que, en las últimas etapas de nuestro viaje, eran muchas las preocupaciones que le abrumaban. Le comunicaré mi hallazgo y él decidirá si conviene restituírselo a Par-Salian.»

Tan concentrado estaba en estudiar aquel colgan­te liso, sin atractivo de ninguna especie, que no re­paró en que su otra mano, actuando por propia ini­ciativa, puesto que él había renunciado a la vida aventurera, burlaba su vigilancia y se cerraba sobre la funda de los mapas.

—¿Cuál era el nombre de aquel burgo? ¿Merilon?

Era alguno de sus dedos el que había solicitado tal aclaración, en secreto coloquio con los demás, ya que Tasslehoff no sentía ningún deseo de desplazar­se de un sitio a otro como las tribus nómadas. Sin hacer indagaciones para desenmascarar al culpable, ni sorprenderse por haber recuperado aquellas pie­zas que le arrebatasen en un mugriento calabozo —quién se las dio y en qué circunstancias es un enig­ma impenetrable de los múltiples que figuran en los anales de Krynn—, el kender fue mudo testigo de las manipulaciones de su mano, que se apresuró a ati­borrar de nuevo los saquillos.

Puesta ya a buen recaudo toda su colección, la furtiva y afanosa mano suspendió una bolsa de los hombros, anudó dos o tres al cinto e introdujo una más en el interior de los calzones rojos, que, llama­tivos y nuevos, vestía su desobedecido amo.

Con idéntico desacato, los ágiles dedos comenza­ron a activar los resortes de la joya opaca y sin inte­rés hasta trocarla en un cetro de prodigiosa belleza, pues a sus titilantes incrustaciones se sumaba el em­brujo de la magia.

—Cuando hayas concluido —regañó Tasslehoff a la desvergonzada mano—, te quitaré el ingenio y se lo entregaré de inmediato a Caramon.

 

 

—¿Dónde se ha metido Tas? —inquirió Tika, de­jándose acunar por los cálidos y fuertes brazos de Caramon.

El hombretón juntó su mejilla a la de su esposa y, mientras besaba los rojizos bucles, musitó:

—No podría garantizarlo, pero tengo la vaga im­presión de que ha farfullado algo acerca de esperar­nos en casa.

—O, lo que es lo mismo —bromeó la mujer—, a es­tas alturas ya no nos queda ni una cuchara.

El guerrero sonrió y, sujetando el mentón femeni­no con dos dedos, le dio un beso prolongado, senti­do, en los labios.

Una hora más tarde, todavía entre arrullos, la pa­reja caminaba a través de las estancias de su futura vivienda, delimitadas por tabiques a medio cons­truir. Mientras paseaban, Caramon señaló las mejo­ras que quería hacer ahora que era capaz de planear su tarea.

—Ésta será la habitación de nuestros hijos peque­ños, al lado de la nuestra —especificó—, y en la más apartada instalaremos a los mayores. No, dividiré el espacio en dos alcobas. Varones y hembras se senti­rán más a sus anchas separados. A la izquierda, la cocina; en la parte trasera, el habitáculo de Tas, para respetar su independencia, y en la zona más solea­da, se hospedarán los invitados, Tanis y Laurana...

Enmudeció al llegar a la única dependencia que había terminado, aquella con el emblema de los ni­gromantes tallado en una insignia que, caprichosa, se columpiaba en la brisa. Tika le miró y su rostro risueño, ruboroso, asumió una máscara de pálida se­riedad.

Caramon alargó una mano, desprendió la placa de su gancho y examinó unos minutos su superficie an­tes de alargársela, afable, a su esposa.

—La confío a tu custodia —susurró, palpable su emoción—. Sólo te pido que no la destruyas.

—No lo haré. —La posadera escrutó los rasgos de su marido, rozando tímidamente los cantos de la in­signia y el símbolo arcano en ella inscrito—. ¿Vas a contarme lo sucedido, Caramon?

—Algún día —aseveró el aludido, al mismo tiem­po que la envolvía en un abrazo y la estrujaba, amoroso—. Algún día —repitió y oteó la ciudad que, a sus pies, se desperezaba antes de empezar una nue­va jornada.

Mientras jugueteaba con los seductores rizos de su mujer, vislumbró, a través de las tupidas hojas del vallenwood, el tejado de la posada. Oyó un mur­mullo de voces, unas alegres, refunfuñantes otras, to­das adormecidas, e impregnaron su olfato los aro­mas de las hogueras que, transportados por el viento, invadieron el valle. Así, difuminó el fresco verdor una bruma que propagaba un mensaje de vida en su olor a leña y alimentos.

Caramon abrazó el cuerpo de su dama y, sumergi­do en el halo de plenitud que exudaban todos sus po­ros, notó cómo el amor surgía de su ser para brillar eternamente, más níveo e impoluto que la luz de Solinari o los fúlgidos resplandores de un globo cristalino, un puño de bastón de mágicas cualidades.

Suspiró, pesaroso por lo que podría haber sido, pero con la complacencia que otorga la perspectiva de una dicha perenne.

—No hay nada por lo que deba perturbarme; es­toy en casa —concluyó.

 

 

 

 

VOTOS NUPCIALES

(Repetición)

 

 

 

Pero tú y yo, atravesando ardientes praderas,

caminando en la oscuridad de la tierra,

confirmamos a este mundo, a estas gentes,

los cielos que les dieran vida,

los vientos que nos despiertan,

este nuevo hogar en el que estamos.

Y todo se hace más importante

tras la promesa de una mujer y un hombre.

 

 

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