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Libro N° 5995. Leyendas De La Dragonlance. Volumen II. La Guerra De Los Enanos. Weis, Margaret; Hickman, Tracy.

 


© Libro N° 5995. Leyendas De La Dragonlance. Volumen II. La Guerra De Los Enanos. Weis, Margaret;  Hickman, Tracy. Emancipación. Mayo 11 de 2019.

Título original: © Dragonlance Legends™ - War of the Twins

 

Versión Original: © Leyendas De La Dragonlance. Volumen II. La Guerra De Los Enanos. Margaret Weis - Tracy Hickman

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leyendas De La Dragonlance

Volumen II

LA GUERRA DE LOS ENANOS

Margaret Weis - Tracy Hickman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A vosotros, que nos acompañáis en nuestra andadu­ra por Krynn. Gracias, lectores, por recorrer el cami­no con nosotras.

Margaret Weis y Tracy Hickman

 

 

 

 

 

 

 

 

 


AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

Muchas personas han intervenido en la creación de la colección Dragonlance, lo que ha hecho posible el gran éxito alcanzado. Les agradecemos profundamente su ayuda y apoyo.

 

El equipo Dragonlance TM: Harold Johnson, Laura Hickman, Douglas Niles, Jeff Grubb, Michael Dobson, Michael Breault, Bruce Heard y Roger E. Moore

Michael Williams, por sus poemas.

Larry Elmore, por su ilustración de cubierta.

Valerie A. Valusek, por sus ilustraciones interiores.

Ruth Hoyer, por sus diseños.

Steve Sullivan, por sus mapas.

Jean Blashfield Black, nuestra editora.

Patrick L. Price, Dezra y Terry Phillips, John «Dala-

mar» Walker, Carolyn Vanderbilt, Bill Larson, Janet

y Gary Pack, por sus útiles consejos y críticas.

Los artistas del calendario dragonlance 1987: Clyde

Caldwell,  Larry Elmore,  Keith Parkinson y Jeff

Easley.

 

 

Y, finalmente, queremos dar las gracias a todos aque­llos que nos han escrito para animarnos con sus co­mentarios.

Margaret Weis y Tracy Hickman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El rio sigue su curso

 

Las oscuras aguas del tiempo se arremolinaron en torno a la túnica del archimago, arrastrándolo ha­cia el futuro junto a sus acompañantes.

En medio de una lluvia de fuego, la montaña íg­nea cayó sobre Istar para zambullirla en las entra­ñas de la tierra. Las aguas del océano, apiadadas de tanta desolación, se apresuraron a unirse y, así, lle­naron el vacío. El Templo, donde el Príncipe de los Sacerdotes aguardaba aún que los dioses le otorga­ran sus demandas, desapareció de la faz de Krynn, y los elfos marinos que se aventuraron a alojarse en el recién creado Mar Sangriento contemplaron atónitos el antiguo enclave del santuario. No había allí sino un insondable pozo de negrura. Las corrien­tes que lo circundaban eran tan túrbidas, tan géli­das, que ni siquiera aquellas criaturas acostumbra­das a vivir en las profundidades osaban acercarse.

Fueron muchos, sin embargo, quienes envidiaron a los habitantes de Istar. A ellos, al menos, la muer­te les había sobrevenido de manera repentina.

En efecto, los sobrevivientes de la destrucción del continente de Ansalon sucumbieron al destino en su aspecto más aterrador: hambre, enfermedades, ase­sinatos... la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro I

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Los Engendros Vivientes

 

 

Un áspero alarido, cargado de horror y de an­gustia, agitó a Crysania en su sueño. Tan acuciante era el grito, tan profundo su propio letargo, que al principio la sacerdotisa no comprendió lo ocurrido. Confundida, asustada, abrió los ojos y trató de iden­tificar su entorno, de descubrir qué la había sobre­saltado hasta el extremo de dejarla sin aliento.

Se hallaba postrada en un suelo duro, mohoso. Su cuerpo se convulsionaba en escalofríos a causa de la humedad que penetraba sus huesos y le rechina­ban los dientes. Contuvo el resuello a fin de prestar atención a cualquier movimiento, de distinguir algún objeto familiar, mas la negrura se reveló insondable y el silencio intenso.

Expelió el aire de sus pulmones y se esforzó en in­halar una nueva bocanada, sin éxito. Las tinieblas parecían robarle el soplo salvador y, azuzada por el pánico, buscó formas en la penumbra, trató de po­blarla de indicios de vida. Ningún contorno se per­filó en su mente; se hallaba sumida en un vacío in­conmensurable, eterno.

Oyó entonces un nuevo aullido, que reconoció como una continuación del que la había desperta­do. Casi emitió un suspiro de alivio al asaltar sus tím­panos otra voz humana, si bien el temor que delata­ba aquel timbre discordante resonó en los recovecos de su alma.

Desesperada, ansiosa por conjurar la asfixia, se obligó a sí misma a pensar, a recordar. Evocó unas piedras que cantaban, una voz —la de Raistlin— y unos brazos alrededor de su talle, revivió la sensa­ción de zambullirse en unas aguas cuyo curso la ha­bía arrastrado en pos de la nada, del olvido.

¡Raistlin! Extendiendo una trémula mano, Crysania tanteó el suelo y no encontró sino la fría, satura­da roca. Fue entonces cuando recobró la memoria y visualizó, con espantosa claridad, a Caramon en el acto de abalanzarse sobre su hermano. Portaba el guerrero una refulgente espada, y ella se apresuró a invocar un hechizo clerical a fin de proteger al mago. Repiqueteó en sus sienes el estampido del ace­ro al chocar contra la piedra.

Pero aquel grito sólo podía provenir del hombretón, su acento era inconfundible. ¿Y si había logra­do su propósito?

—¡Raistlin! —vociferó la dama, despavorida, al mismo tiempo que luchaba por levantarse.

Su llamada se disolvió en el ambiente, engullida por la oscuridad. Este extraño fenómeno le provocó una sensación tan inquietante que no osó despegar de nuevo los labios y permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si pretendie­ra ahuyentar el intenso frío. Su mano se posó, de ma­nera involuntaria, en el Medallón de Paladine que se ceñía a su cuello. El influjo benefactor de su dios inundó al instante todo su ser.

—Luz —susurró y, aferrando el talismán, rogó al hacedor que iluminase la negrura.

Un suave fulgor brotó de la alhaja para, tras desli­zarse entre sus dedos, retirar el manto de terciopelo que la cercaba y, así, permitirle respirar. Más sere­na al saberse alumbrada, la Hija Venerable intentó recordar de qué dirección procedían los desgarrados lamentos.

Vislumbró fugazmente algunos muebles desven­cijados, ennegrecidos, telarañas de ominoso aspec­to, libros esparcidos por el suelo y estantes que se desprendían de los muros. Lejos de tranquilizarla, estos objetos contribuyeron a desestabilizarla toda­vía más. Eran las tinieblas las que los engendraban, tenían más razón de ser que ella misma en el abis­mo donde la había precipitado el viaje.

Surcó el espacio un tercer alarido y Crysania se volvió, rauda, hacia el punto donde se había origi­nado. La luz del Medallón rasgó la penumbra, po­niendo de relieve dos figuras humanas. Una, atavia­da con una túnica azabache, yacía inanimada en el pétreo suelo mientras que la otra, descomunal, es­taba volcada sobre el rígido pecho del postrado. Cu­bría al hombre más corpulento una capa dorada, aunque manchada de sangre, y bajo sus pliegues se adivinaban unas piezas de armadura de idéntica to­nalidad. Aprisionado su cuello por una argolla de hierro, la criatura oteaba las tinieblas en un ademán que reflejaba un pánico irrefrenable: tenía las ma­nos extendidas, la boca abierta y el rostro ceniciento.

Crysania acercó la joya al ser que permanecía tumbado como un fardo a los píes del guerrero y, al reconocerle en su halo luminoso, languidecieron sus nervios hasta tal punto que soltó la cadena.

—Raistlin —murmuró.

Sólo cuando sintió que los eslabones de platino es­capaban a su garra, sólo cuando la valiosa luz comen­zó a oscilar, reaccionó y se apresuró a recoger el col­gante antes de que se estrellara.

Sostuvo el Medallón insegura, temerosa de que el mundo se extinguiera con él si renunciaba a su be­nigna influencia. Dominada por un miedo más sofo­cante que la penumbra, Crysania se arrodilló junto al mago alejando, sin advertirlo, a unos entes sombríos que se escabulleron entre sus pies.

El nigromante estaba acostado de bruces, con la capucha sobre la cabeza. Crysania le dio vuelta con suavidad, retiró el embozo que le ocultaba el ros­tro y suspendió sobre él el talismán a fin de exami­narlo.

El miedo heló la sangre en sus venas. La tez del hechicero presentaba unos matices blanquecinos que contrastaban con sus labios amoratados y sus ojos se hundían en sendos alvéolos negros, profundos.

—¿Qué le has hecho? —interrogó a Caramon, a la vez que alzaba la vista sin modificar su postura jun­to al cuerpo, en apariencia exánime, de Raistlin—. ¿Qué le has hecho? —insistió, quebrado su timbre por el dolor y la ira.

—Crysania, ¿eres tú? —preguntó el hombretón con su peculiar acento cavernoso.

La luz del talismán proyectaba extrañas sombras sobre el contorno del imponente gladiador. Separa­dos aún sus brazos, arañando el aire con los dedos, ladeó la cabeza en busca de los ecos femeninos.

—¿Crysania? —repitió, quejumbroso.

El guerrero se incorporó y, al dar un paso al fren­te, tropezó con las piernas de su hermano y cayó cuan largo era. Sólo tardó unos segundos en volver a levantarse para, sin resuello, reanudar la febril bús­queda de la sacerdotisa. Sus ojos desorbitados se perdían en el vacío, su palma abierta iba de un lado a otro, incapaz de asirse a un objeto sólido, tangible.

—Te lo ruego, Crysania, alúmbranos con tu luz. Apresúrate —le urgió, al borde de la desesperación.

—Pero ¡si mi alhaja está encendida! —protestó la sacerdotisa—. Paladine me ha otorgado la gracia de... ¡Ahora lo comprendo! —exclamó, escrutando al hu­mano bajo la aureola del Medallón—. Caramon, ¡te has quedado ciego!

Le tendió una mano de inmediato y dejó que se ce­rrasen en torno a ella los anhelantes dedos. Al sen­tir su contacto, el gladiador sollozó aliviado y se agarró con toda su fuerza a aquella tabla salvadora, tanto que la dama se mordió el labio a fin de conte­ner un grito de dolor. Siguió sujetando al desvalido humano, sin descuidar por ello la cadena de la joya, ajena al crujir de sus maltratados huesos.

Se puso de pie, pues no quería desequilibrar al guerrero, y éste la abrazó aterrorizado, víctima del extravío que le imponía su ceguera. Consciente de su desmayo, Crysania escudriñó la penumbra. Tenía que encontrar una silla, un sofá, algún lugar donde acomodarlo antes de que se desmoronara.

En ese instante, se percató, como una súbita reve­lación, de que las ominosas brumas le devolvían la mirada, la observaban. Desvió presta los ojos y, pa­rapetada en el halo protector que le brindaba el col­gante, guió a Caramon hasta el único mueble que pudo atisbar.

—Siéntate aquí —le indicó—; apoya la espalda. Había instalado al hombretón en el suelo, haciendo que se reclinara en una adornada escribanía de madera, que se le antojó vagamente familiar. Al ver­la, afloraron a su recuerdo unas imágenes laceran­tes y supo que la había visto en circunstancias poco halagüeñas. Pero, preocupada como estaba, no se de­tuvo a reflexionar.

—Caramon, ¿por qué yace inconsciente tu herma­no? —indagó en un murmullo apenas audible—. ¿Acaso le ma...? —No pudo concluir.

—¿Qué me dices de Raistlin? —inquirió él a su vez. Se contrajeron sus desencajadas facciones, alarma­do hasta lo inimaginable—. ¿Dónde estás, Raist? —vociferó, dispuesto a levantarse pese a su absolu­ta desorientación.

—¡No te muevas! —le espetó la sacerdotisa, en un acceso mezcla de cólera y miedo, al mismo tiempo que presionaba su hombro con mano firme.

El guerrero entornó los ojos, retorcidos los labios en una mueca que, por unos segundos, le otorgó una expresión similar a la de su gemelo.

—No, no lo maté si te referías a eso —contestó, ri­beteadas sus palabras de amargura—. ¿Cómo iba a hacerlo? Lo último que oí fue tu voz invocando a Pa­ladine, y el mundo se sumió en la oscuridad. Mis músculos se agarrotaron, la espada se desplomó sin que lograra sujetarla. Luego...

Crysania había dejado de escucharle. Obsesiona­da por la figura que se arrebujaba en el suelo a es­casa distancia, volvió a arrodillarse a su lado. Tras aproximar el Medallón al macilento semblante, in­trodujo su palma bajo el embozo a fin de sentir el palpito en la garganta y, reconfortada, alzó a su dios una muda plegaria.

—Está vivo —anunció al inquieto Caramon—. Mas, en ese caso, ¿qué le ocurre?

—Explícamelo tú —la imprecó el gladiador, entre áspero y temeroso—. Yo estoy ciego.

La dama se ruborizó, azotada por un repentino sentimiento de culpabilidad, y procedió a enumerar los síntomas.

—No es nada grave —dictaminó el hombretón en­cogiéndose de hombros, vacía su voz de emociones—. El encantamiento le ha agotado, más aún si, como tú misma afirmaste, ya estaba débil desde el princi­pio. La proximidad de los dioses, aunque ignoro qué puede significar, le enfermó, y este hecho retrasará su recuperación. No es la primera vez que le sucede. Recuerdo que cuando utilizó el Orbe de los Drago­nes antes de dominar su manejo también quedó sin energías para sostenerse de pie. Tuve que prestarle mis brazos.

Enmudeció, perdido en las sombras, sereno aun­que pesaroso.

—No podemos hacer nada por él —declaró tras una breve pausa—. Debe descansar; es la única me­dicina eficaz contra su mal.

Se produjo un nuevo silencio, en el que ambos se concentraron en sus propias cavilaciones.

—Hija Venerable, ¿puedes curarme? —preguntó al fin el hombretón.

Su tono quedo compensó lo abrupto de su de­manda.

—Me temo que no —repuso la sacerdotisa, ardien­tes sus pómulos—. Debió de ser mi hechizo lo que provocó tu ceguera.

Una vez más revivió en su memoria la escena en la que el robusto gladiador, armado con su ensan­grentado acero, arremetió contra Raistlin resuelto a traspasarlo, a segar también su vida si osaba interferirse entre ambos.

—Lo lamento —se disculpó, tan exhausta que in­cluso sentía náuseas—. El pavor, el más hondo desa­liento, se adueñaron de mí y me impulsaron a actuar de manera irreflexiva. Pero no debes preocuparte —añadió—. El efecto no es permanente. Se disipará con el tiempo.

—Comprendo —asintió Caramon—. ¿Hay alguna luz en esta sala? Dijiste que tenías una.

—Sí, la del Medallón —corroboró la dama.

—En ese caso, te ruego que eches una ojeada y me informes de todo cuanto llame tu atención.

—Pero Raistlin...

—Olvídate ahora de él —espetó el hombretón a su oponente, en tono imperioso—. Vuelve junto a mí y otea el panorama. ¡Vamos, obedece! Nuestras vidas, y también la suya, pueden depender de lo que me reveles. Fíjate bien en todos los detalles, hemos de ave­riguar dónde estamos.

Al posar sus ojos en las tinieblas, renacieron los temores de la sacerdotisa, quien, abandonando al ni­gromante en contra de su voluntad, fue a sentarse al lado de Caramon.

—Apenas distingo nada fuera del radio de acción de la alhaja —confesó, a la vez que sostenía en alto el refulgente disco—. Al espiar la cámara me asalta la sensación de haberla visto antes, de haberla visi­tado, mas no atino a localizarla. Hay varios muebles dispersos, quemados y rotos como si se hubiera de­clarado un incendio, y montones de libros en abso­luto desorden. Atisbo asimismo una escribanía de madera, que es donde tú estás apoyado y la única pie­za que se conserva en perfectas condiciones. Me resulta familiar, con sus bellas tallas repujadas re­presentando toda suerte de criaturas extrañas.

Se interrumpió desconcertada, indecisa, ansiosa por recordar.

El guerrero tanteó con la mano el suelo y comentó:

—Palpo una alfombra sobre la roca.

—Sí, la hay... o la hubo. Está hecha jirones; parece como si la hubieran devorado.

Calló, de pronto, al percibir una diminuta criatura que huía precipitadamente del halo de claridad.

—¿Qué pasa? —indagó su interlocutor.

—Acabo de descubrir quién ha roído la alfombra —contestó Crysania con una risa nerviosa—: las ra­tas. Mientras hablaba, una de ellas se ha ocultado en un rincón. En el muro opuesto se perfila una chi­menea —continuó—, que no ha sido utilizada durante años a juzgar por las telarañas que la envuelven. Lo cierto es que la sala está repleta de urdimbres simi­lares.

La voz no le respondía. Repentinas visiones de ara­ñas caídas del techo, de roedores que acometían sus indefensos pies la sumieron en convulsiones y la im­pulsaron a recogerse en su maltrecha túnica alba. Además, el desnudo hogar tuvo la virtud de acrecen­tar la sensación de frío que la atenazaba.

Al notar el temblor de su cuerpo, el gladiador es­bozó una sonrisa y asió su mano para, con una fuerza que procedía de sus entrañas, inducirla a la cordura.

—Hija Venerable —susurró, tranquilo—, si no he­mos de enfrentarnos más que a unos cuantos animalillos podemos considerarnos afortunados.

En los tímpanos de la sacerdotisa volvió a reso­nar el aullido de terror que profiriera su compa­ñero durante el sueño, un grito hijo, ahora, de su imaginación, pues él se hallaba encerrado en su mu­tismo. Recapacitó que, estando ciego, su espanto no dejaba de ser singular.

—¿Por qué vociferabas antes? —se atrevió a inquirir—. Debiste de haber oído o sentido algo.

—«Sentido» es el término adecuado —confirmó el guerrero—. Anidan entes hostiles en este lugar, Crysania, espectros que nos contemplan. Rezuman odio. Dondequiera que hayamos venido a parar, nos hemos introducido en su mundo y acusan nuestra intrusión. ¿No recibes tú sus señales?

La sacerdotisa se concentró en las sombras, en aquella nebulosa que les miraba persistente. A eso se refería Caramon, era innegable que alguien se aga­zapaba en el manto de negrura y, cuanto más empe­ño ponía ella en descubrir su identidad, mayor era el realismo que asumía. No se trataba de una sola criatura. Pese a su invisibilidad, advirtió que eran varias y que aguardaban su oportunidad detrás del círculo luminoso del Medallón. Tal como había apun­tado Caramon, destilaban sentimientos adversos y, peor aún, la sacerdotisa tomó conciencia de la ola maléfica que la cercaba por todos los flancos. Ya ha­bía experimentado algo semejante en otra ocasión, en...

Contuvo el aliento; y el guerrero se dio cuenta.

—¿Qué sucede? —exclamó, sobresaltado.

—Sst —siseó ella—. Ya sé dónde estamos. Él nada dijo, pero giró la faz hacia aquellos ojos que sustituían los suyos.

—En la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas —aseveró la dama en un murmullo.

—¿En la morada de Raistlin? —El gladiador ex­haló un suspiro de alivio.

—Sí y no —titubeó Crysania—. Sin duda éste es el aposento que conocí, su estudio, mas su aspecto ha cambiado, como si nadie lo habitase desde hace si­glos. ¡Ya lo tengo, Caramon! Raistlin me anunció que me llevaría a un tiempo en el que no existían los clé­rigos. Y no puede ser otro que la época que medió entre el Cataclismo y las guerras posteriores. Antes...

—Antes de que él regresara a fin de reclamar la exclusiva propiedad de la Torre —terminó el huma­no por ella—. Eso significa que la maldición todavía pesa sobre la mole, Hija Venerable, que nos hallamos en el único recinto de Krynn donde el Mal reina a su antojo, sin cortapisas. Nuestro viaje nos ha lleva­do al rincón más temido de cuantos pueblan la faz del mundo, donde ningún mortal osa internarse a causa del Robledal de Shoikan, su escudo protector, y los seres siniestros que alberga. ¡Me produce es­calofríos pensar que nos hemos materializado en el seno de la perversidad!

Crysania vislumbró unos rostros lívidos que, ines­peradamente, se dibujaron a su alrededor sin atra­vesar la aureola creada por la gema. ¿Acaso los ha­bían invocado las palabras del hombretón? Aquellas cabezas desprovistas de cuerpo la contemplaban con pupilas vidriosas, selladas por la muerte años atrás; flotaban en el frío aire y abrían la boca en anticipa­ción al placer que había de proporcionarles la san­gre cálida, viva.

—Caramon, ahora distingo sus semblantes con ab­soluta nitidez —farfulló, apretujándose contra el for­nido humano.

—Yo sentí el contacto de sus manos —explicó el aludido mientras, sobreponiéndose a sus propios espasmos, atraía a la mujer, deseoso de prestarle cobijo—. Me atacaron, y su roce congeló mi piel. Ése fue el motivo de mis llamadas de auxilio.

—¿Por qué no se han manifestado en todo este rato? ¿Qué les impide agredirnos ahora?

—Tú, Crysania —aseveró él—. Eres una sacerdoti­sa de Paladine, y estos engendros han surgido de la malignidad. Nacidos a través de un conjuro, carecen de poder para lastimarte.

La dama estudió el disco de platino que sostenía. La luz irradiaba aún de su superficie, pero su ful­gor se apagaba a ojos vistas y, al percatarse, recordó con una punzada de culpabilidad a Loralon, el clé­rigo elfo. No podía sustraerse a aquellas frases que pronunciara, augurando que sólo cuando la oscuri­dad la cegara nacería en su alma la auténtica per­cepción.

—Soy una sacerdotisa —apostilló al parlamento del guerrero, sin acertar a disimular su desasosie­go—, mas mi fe es imperfecta. Estos espectros adi­vinan mis dudas, mi flaqueza. Una criatura tan fuerte como Elistan podría luchar contra ellos, yo no. Mi luz se extingue, Caramon —agregó, absorta en las in­termitencias del Medallón.

Guardó unos minutos de silencio, en los que oteó a aquellas pálidas faces en su lento, inexorable acer­camiento, y se encogió bajo el abrazo del corpulento hombretón.

—¿Qué podemos hacer? —le consultó.

—¡No me preguntes eso, estoy ciego y desarmado! —se revolvió él, agónico, cerrando los puños.

— ¡Calla! —le ordenó Crysania aferrada a su bra­zo, posados los ojos en las espeluznantes figuras—. Parecen adquirir nuevas energías al oír tus lamen­tos de impotencia. Quizá se alimenten del miedo, al igual que los moradores del Robledal de Shoikan. Dalamar así me lo contó.

El gladiador inhaló una bocanada de aire. Su piel brillaba a causa del abundante sudor, vibraban sus vísceras con inusitada violencia.

—Tenemos que despertar a Raistlin —sugirió la mujer.

—No servirá de nada —la previno el agitado guerrero—. Incluso podría ser contraproducente.

—¡Intentémoslo al menos! —se obstinó ella, mos­trando firmeza pese a que la aterrorizaba la idea de avanzar un solo paso bajo tan abrumador escrutinio.

—Actúa con cautela, muévete despacio —le acon­sejó Caramon.

La soltó y la sacerdotisa, escudada en el Medallón y sin apartar la mirada de los hijos de las tinieblas, se aproximó al mago. Posó la mano en la aterciope­lada hombrera de su túnica y le invocó, con toda la vehemencia que la situación permitía.

—¡Raistlin! —dijo una y otra vez, zarandeándolo.

No obtuvo respuesta, fue corno tratar de resuci­tar a un cadáver. Al asaltarle tal pensamiento, espió de nuevo a las acechantes figuras y se preguntó si se proponían matar al hechicero. Después de todo, no existía en este tiempo. El Amo del Pasado y del Presente aún no había regresado para enseñorearse de la Torre, su legítima propiedad.

¿O acaso se equivocaba en sus cálculos? No podía estar segura.

Insistió en llamar al yaciente y, mientras lo hacía, espió sin tregua a los seres de ultratumba. A medi­da que se difuminaba la luz, los espectros cerraban el círculo en torno a sus proyectadas víctimas.

—¡Fistandantilus! —vociferó, aunque se dirigía a Raistlin.

— ¡Buena idea! —la felicitó el gladiador—. Estoy persuadido de que reconocen ese nombre. ¿Qué ocu­rre ahora? Percibo un cambio.

—¡Se han detenido! —constató Crysania, quebrado el aliento—. Se han inmovilizado, y es a él al que exa­minan.

—Retrocede —la apremió Caramon, acuclillán­dose—. Manténte alejada de mi hermano, y aparta la luz de su semblante. Deben visualizarlo tal como lo conciben en las tinieblas.

— ¡No! —se revolvió la dama enfurecida—. ¿Has perdido el juicio? En cuanto le prive del resplandor de la alhaja, lo devorarán.

—Es nuestra única posibilidad de sobrevivir.

Se lanzó el humano sobre la sacerdotisa y, aunque tuvo que hacerlo a ciegas, le favoreció el hecho de que Crysania no estaba preparada para esta reacción. Tras sujetarla con sus colosales manos, la arrancó del lado de Raistlin y la arrojó al suelo. Cayó entonces encima de su frágil cuerpo, tan aplomado que casi la aplastó.

—¡Caramon! —suplicó ella sin resuello—. ¡Lo des­pedazarán!

Entabló un frenético forcejeo con su aprehensor, pero a éste no le resultó difícil inmovilizarla.

En medio de su trifulca no desasió el Medallón, que, más opaco a cada instante, permaneció suspen­dido de su cadena. Al estirar el cuello, la sacerdotisa comprobó que Raistlin estaba envuelto en bru­mas, privado del halo salvador.

—¡Caramon, libérame! ¿No comprendes que van a acabar con él? —ordenó.

Pero el guerrero, imperturbable, rehusó aflojar su garra e incluso la presionó más contra el suelo. Se leía en sus facciones una creciente angustia que, aun­que devastadora, no menoscabó su determinación. Tenía la piel fría, los músculos agarrotados y tensos.

«¡Debo formular un nuevo hechizo!», decidió Crysania. Pero cuando afloraban a sus labios los ver­sículos, un desgarrado grito de dolor traspasó la pe­numbra.

—¡Paladine, ayúdame! —rogó a su hacedor.

Nada ocurrió, de modo que intentó desembarazar­se del forzudo Caramon, aunque sabía de antemano que sería inútil, que nunca lo lograría por sus pro­pios medios. Al parecer, su dios la había abandona­do. Emitiendo un lamento que reflejaba frustración, maldiciendo al gladiador, cejó en su empeño y se con­formó con presenciar la escena que se desarrollaba ante ella.

Los espectros habían rodeado a Raistlin, al que sólo vislumbraba merced a la aureola que proyecta­ban sus pútridos cuerpos. Un quedo gemido escapó de los labios de la mujer cuando una de aquellas fan­tasmales criaturas alzó las manos y las extendió so­bre la figura inerte del mago.

El atacado lanzó un bramido y, bajo su negro ata­vío, todo su ser se retorció en espasmos de agonía.

Caramon oyó el alarido de su gemelo y Crysania, al advertir cómo se contraía el rostro del hombretón, reanudó sus protestas. Pero él, aunque un sudor gélido bañaba su frente, movió la cabeza negativa­mente y siguió atenazando a su presa.

La víctima de los engendros vivientes volvió a vociferar. El guerrero se estremeció y la Hija Venera­ble sintió una prometedora relajación de su zar­pa. Depositó presta el disco de platino en el suelo para, ya libres sus brazos, propinarle una lluvia de gol­pes, mas en cuanto se separó del talismán la luz de éste se apagó por completo y se sumieron en la ne­grura. De manera súbita, alguien tiró de Caramon, arrastrándolo hacia un lugar ignoto. Sus enloqueci­das quejas se entremezclaron con las de su hermano.

Acelerado su palpito hasta lo indescriptible, con la mente hecha un torbellino, Crysania intentó incor­porarse al mismo tiempo que registraba el suelo en busca del Medallón.

Sintió la proximidad de un rostro y, convencida de que era el gladiador, la dama alzó la mirada. No era él, sino una cabeza que flotaba suspendida a pocos centímetros.

—¡No! —se desesperó, incapaz de moverse. Aquel ente absorbía la vida de sus miembros, de su cora­zón. Unas manos descarnadas apretaron sus brazos para atraerla, unos labios exangües se entreabrieron, sedientos de calor.

—Paladine —quiso rezar, mas la letal criatura ha­bía insensibilizado su espíritu.

Oyó, en una confusa lontananza, que una voz en­tonaba un salmo en el lenguaje de la magia. Estalló la luz a su alrededor, y la cabeza que la acechaba se desvaneció entre aterradores jadeos. Una vez se di­solvieron las garras que la paralizaban, la sacerdo­tisa olfateó los efluvios acres del azufre y comenzó a vislumbrar la causa del prodigio.

Shirak —susurró un ser vivo, en un acento in­confundible. En el mismo instante, sucedió a la ex­plosión un leve destello que bastaba para difuminar las sombras más densas.

— ¡Raistlin! —se regocijó Crysania.

Apoyándose en sus palmas y rodillas, bambolean­te, la mujer culebreó a través de la chamuscada roca hacia el mago, que yacía boca arriba y respiraba pe­sadamente. Blandía el Bastón de Mago, de cuya bola de cristal irradiaba un tenue centelleo que recorta­ba las garras reptilianas de su engarce.

—Raistlin, ¿te encuentras mejor?

Arrodillóse a su lado a fin de examinar su angulo­so y pálido semblante. El aludido alzó los párpados y asintió en un mudo ademán antes de estirar la mano y, abrazándola, acariciar su sedoso cabello aza­bache. La extraña calidez de su cuerpo, los latidos de su sangre, conjuraron el frío que entumecía a la sacerdotisa.

—No tengas miedo —la consoló al notar sus tem­blores—. No nos harán ningún daño ahora que me han reconocido. ¿Estás herida?

La dama no pudo articular ni una palabra; se li­mitó a negar con un significativo gesto y cerró los ojos, abandonada a su benéfico contacto. Cuando, re­confortada, se dejaba acunar por los flexibles dedos que ensortijaban su melena, una palpable tensión en el cuerpo del hechicero rompió el embrujo.

En una actitud que denotaba disgusto, Raistlin la agarró por los hombros y la apartó.

—Relátame lo ocurrido —le urgió, aún débil.

—Me desperté aquí —repuso ella, si bien tuvo un ligero desfallecimiento al revivir la experiencia y también a causa de las sensaciones que le inspiraba la proximidad del mago—. Oí gritar a Caramon —prosiguió, al ver la impaciencia reflejada en los rasgos de su interlocutor—. Cuando acudió a su lla­mada...

—¿Mi hermano se halla en esta sala? —la inte­rrumpió Raistlin, con los ojos desorbitados—. Igno­raba que el encantamiento le hubiese transportado con nosotros. Me sorprende que haya resistido el via­je. ¿O quizá no? —agregó al distinguir el contorno del hombretón desplomado en el suelo—. ¿Qué le ha pasado?

—Mi hechizo le dejó ciego —declaró Crysania, ruborizándose—. No era tal mi intención, pero no po­día permitir que te matase en aquel tétrico labora­torio del Templo de Istar, unos minutos antes de que sobreviniera el Cataclismo.

—¡Tus poderes han nublado su visión! —exclamó el nigromante, perplejo—. ¡El mismo Paladine le ha infligido un castigo a través de tus oraciones! Resulta irónico.

Prorrumpió en carcajadas, que resonaron en la hueca piedra y, al hacerlo, sumieron a la sacerdoti­sa en un terror nuevo, desconocido. Sin embargo, pronto las risas sofocaron a quien las profería. Se llevó el mago las manos a la garganta, en un esfuerzo denodado por respirar.

Crysania observó, inerme, los espasmos de Raist­lin, hasta que se normalizaron sus inhalaciones.

—Continúa —le dijo éste, ya más sereno aunque ostensiblemente irritado consigo mismo.

—Deseaba comprobar la causa de sus alaridos —explicó la dama, retomando el hilo de su historia—, mas las tinieblas me impedían actuar. Entonces me acordé del Medallón de Platino y, bajo su luz, lo des­cubrí en un rincón apartado. Constaté su ceguera, y al rato oteé el entorno y reparé en tu figura inerte. Tratamos ambos de despertarte, sin resultado. Caramon me rogó que le describiera la habitación y, al espiar las sombras, se me aparecieron esos repug­nantes engendros que... —Un involuntario estreme­cimiento selló sus labios

—No te detengas —le instó Raistlin.

—En presencia de los espectros los resplandores del talismán comenzaron a amortiguarse —mur­muró la dama tras un corto intervalo—, y sus cuer­pos translúcidos cerraron filas en un implacable avance. Incapaz de rechazar su ataque, te llamé. Usé el nombre de Fistandantilus, lo que provocó una tre­gua expectante. En aquel momento —su pavor se tro­có en cólera—, Caramon me arrojó al suelo, musitan­do algo sobre la necesidad de que las criaturas te vieran tal como existes en su plano de negrura. Cuan­do la luz de Paladine cesó de alumbrarte, se abalan­zaron al unísono...

Enterró el rostro entre las manos al rememorar los bramidos del mago, y enmudeció.

—¿Eso dijo mi gemelo? —intervino Raistlin con su peculiar tono de voz.

La sacerdotisa salió de su aislamiento para con­templarlo, desconcertada por el tono, mezcla de ad­miración y pasmo, que había empleado.

—Sí —corroboró fríamente—. ¿Por qué?

—Porque ha salvado nuestras vidas —apuntó el ni­gromante, de nuevo cáustico—. No imaginaba que a un botarate como él pudieran ocurrírsele ideas tan atinadas. Deberías prolongar su ceguera, puesto que le despeja el cerebro.

Intentó sonreír, pero la tentativa degeneró en una tos que casi lo asfixió. Crysania dio un paso al fren­te, resuelta a ayudarle. Refrenó su impulso una mi rada imperativa del mago, remiso a aceptar el concurso de nadie, pese al flagelo de dolor que le consumía. Arqueó la espalda para ocultarse de ella, has­ta que se hubo mitigado el ataque y pudo incorpo­rarse, recobrando en apariencia la compostura.

Su debilitamiento se hacía patente en los labios manchados de sangre, en la crispación de sus ma­nos y en su resuello, rápido y entrecortado. Cuando parecía recuperado, un acceso aún más virulento que los anteriores dio con sus huesos en la desnuda roca.

—En una ocasión afirmaste que los dioses no po­dían sanarte —aventuró la sacerdotisa—. Pero no tar­darás en morir, Raistlin, y me gustaría hacer algo para aliviar tu dolencia. Dime solamente qué nece­sitas; si está a mi alcance, obedeceré tus instrucciones.

No osó tocarlo; durante un breve lapso reinó en la cámara un silencio sepulcral que no alteraban sino las penosas exhalaciones del hechicero. Al fin, ago­tadas casi sus energías, el postrado le hizo a la dama una señal para que se acercara. Ella se inclinó so­bre su cuerpo y Raistlin rozó su pómulo, invitándo­la a aplicar el oído a sus labios. Su aliento era cáli­do, tanto que la sacerdotisa se estremeció al sentirlo en su piel.

—¡Agua! —solicitó en un tenue murmullo, que Crysania sólo interpretó al enderezar la cabeza y leer los movimientos de sus entumecidos labios—. Una poción curativa, la guardo en el bolsillo de mi túni­ca —logró articular—. La tibieza de un fuego tam­bién me fortalecería, mas no me quedan ánimos para encenderlo.

La sacerdotisa asintió, significando por este ges­to que había comprendido.

—¿Y Caramon? —interrogó el mago, incapaz de completar una frase más después de tan larga pa­rrafada.

—Los seres de ultratumba lo atacaron —respondió la dama, a la vez que desviaba la mirada hacia el in­móvil guerrero—. No ha pestañeado en todo este rato; es posible que haya muerto.

—¡No! —se revolvió Raistlin en su agonía—. Le ne­cesitamos; tienes que curarlo si no es demasiado tarde.

Cerró los ojos, y arreciaron sus jadeos para inha­lar el aire que se empecinaba en escapar de sus pul­mones.

—¿Estás seguro? —balbuceó Crysania—. Intentó sacrificarte.

El nigromante hizo una mueca y meneó la cabeza, provocando el crujir de su capucha. Levantó acto se­guido los entornados párpados, como si quisiera con­minar a su interlocutora a escudriñar las profundi­dades de su alma a través de sus pardos iris, y su llama interior se exhibió ante ella, convertida en un mortecino centelleo muy diferente del fuego abrasa­dor que detectara en anteriores circunstancias.

—Crysania —dijo—, voy a perder el conocimien­to. Te quedarás sola en este nido de oscuridad, y mi hermano es el único que puede ayudarte.

Se entelaron sus pupilas, aunque estrechó la mano de la sacerdotisa a fin de aferrarse a la realidad me­diante la energía que de ella dimanaba. En un evi­dente forcejeo contra el desmayo, consiguió clavar la vista en la apesadumbrada mujer.

—¡No salgas de esta habitación! —ordenó en un último hálito, a punto de perderse en el vacío.

Renacido su pánico, Crysania estudió el panora­ma. Raistlin había pedido agua, calor. ¿Cómo podría proporcionárselos? En el seno de la perversidad, se sentía desvalida, sola, tal como él había preconizado.

—Reacciona —le suplicó, agarrando su delgada mano entre las suyas y llevándola a su mejilla—. ¡No me dejes, te lo ruego! —susurró, paralizada por el gélido contacto de su carne—. No puedo darte lo que precisas, carezco de poder. No sé crear agua a par­tir del polvo.

Raistlin fijó en ella los ojos, ahora casi tan negros como la estancia donde yacía. Trazó con su mano, la mano que la Hija Venerable sostenía, una línea ver­tical frente a sus lagrimales. Al instante su mano se desplomó, ladeó la cabeza y, exhausto, se abandonó al forzado sueño.

La sacerdotisa, confundida, tanteó su propia ma­no preguntándose qué había pretendido indicar el mago con su extraño movimiento. No fue una cari­cia, estaba persuadida de que quería sugerirle algo. ¿Qué podía ser? ¿Qué era lo que motivaba su persis­tente escrutinio? La asaltaron los recuerdos, en una nebulosa que no acababa de despejarse.

«No puedo crear agua a partir del polvo.»

—¡Mi llanto! —murmuró al fin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

En el seno de la perversidad

 

 

Sentada sola en la malhadada cámara, junto al cuerpo de Raistlin y cerca del demacrado Caramon, Crysania sintió envidia de ambos. «¡Cuan fácil sería —pensó— abandonarme a un prolongado letargo y dejar que me acunara la negrura!» La perversidad latente en la estancia, que al parecer había ahuyen­tado la voz del nigromante, regresó al apagarse ésta. La notaba en su nuca como una gélida ráfaga de vien­to. Varios pares de ojos la espiaban desde las som­bras, ojos que únicamente retenía la luz del Bastón de Mago. Por fortuna, el objeto arcano no había ce­sado de destellar al mantenerse sobre su superficie la mano inconsciente de su dueño.

La sacerdotisa depositó gentilmente la mano del archimago sobre el pecho de él, antes de adoptar una postura más cómoda y, mordisqueándose los la­bios, conteniendo las lágrimas, reflexionó sobre lo ocurrido.

«Depende de mí —se dijo, en un esfuerzo de con­centración destinado a conjurar los susurros que oía en su derredor—. Acuciado por su debilidad, busca respaldo en mi fuerza —se lamentó, a la vez que en­jugaba los acuosos riachuelos de sus mejillas y contemplaba las gotas prendidas de sus dedos—. No pue­do reprochárselo, he presumido de poseerla pese a que, hasta ahora, nunca supe qué era el dominio de uno mismo. Lo he comprendido gracias a él, no debo decepcionarle.

«Calor —prosiguió, en medio de unos escalofríos que agitaban todo su ser—. Necesita recibir el influ­jo de esa tibieza que nos ayuda a vivir, a él y a los demás. ¿Cómo se la proporcionaré? Si estuviéramos en el castillo del Muro de Hielo, mis oraciones bastarían para caldear el ambiente. Paladine obraría el prodigio con sólo pedírselo. ¡Pero este frío no es el que originan la nieve y la ventisca! Se trata de algo insondable, que congela más el espíritu que la san­gre. Me hallo en el corazón del Mal, donde la fe me sostiene a duras penas, así que no veo la manera de crear una aureola de calidez.»

Mientras recapacitaba, examinó la estancia, ape­nas visible más allá del círculo luminoso del bastón, y reparó sin proponérselo en unas cortinas harapientas que enmarcaban las ventanas. Confeccionadas con grueso terciopelo, eran lo bastante grandes para cubrirlos a todos. Tal visión le levantó el ánimo, si bien volvió a hundirse en el pesimismo al recordar que sólo las alcanzaría atravesando la sala y que los fulgores del cayado no alumbraban el espacio inter­medio, ni el muro remoto del que pendían.

«Tendré que surcar el manto de tinieblas —cons­tató, apesadumbrada, al borde de la locura donde la precipitaba su propia flaqueza—. Suplicaré a Pala­dine que acuda en mi auxilio —decidió, en un repen­tino acceso de coraje—. Sin embargo, dudo que me lo brinde.»

El motivo de este nuevo derrumbamiento fue que sus ojos se posaron accidentalmente en el Medallón, que se recortaba, opaco y descorazonador, en el suelo.

Ignorando sus vacilaciones, desoyendo la desazón que le causaba el hecho de que su luz se extinguiera en presencia de los espectros, se aprestó a recoger el disco

Evocó la imagen de Loralon, el sumo sacerdote elfo que le había ofrecido unirse a los clérigos auténti­cos antes del Cataclismo. Ella lo había rechazado, de­cidida a escuchar las palabras del Príncipe aun a riesgo de su vida, aquellas frases ignotas que exci­taran la ira de los dioses. ¿Estaba Paladine enfure­cido? ¿La había abandonado en su cólera, al igual que, según la opinión generalizada, había abandonado el reino de Krynn después de la hecatombe de Istar? ¿O era acaso que su poder divino no conseguía penetrar las capas de perversidad que envolvían la Torre de la Alta Hechicería?

Asustada, en un mar de incertidumbre, Crysania alzó su talismán. No brilló, no se mudó su aspecto, el metal permaneció frío al tacto. Erguida ahora en el centro de la sala, sin soltar la alhaja y tiritando, la sacerdotisa exhortó a su voluntad a conducirla ha­cia el ventanal.

—Si no lo hago —murmuró a través de los labios cuarteados—, moriré. Todos sucumbiremos a esta at­mósfera hostil.

Miró a los dos hermanos. Raistlin estaba cubier­to por sus tupidas vestiduras, pero todo su ser des­pedía un helor mortífero. En cuanto a Caramon, su caso era todavía más apremiante pues portaba el exi­guo atuendo de gladiador de los Juegos, un taparra­bos y varios accesorios de una armadura dorada que, junto a la fina capa, apenas le abrigaban.

Resuelta a no detenerse en su empeño, la dama le­vantó el mentón y clavó sus pupilas en las siseantes criaturas que pululaban en su derredor, a la vez que, con paso firme, salía del cerco de luz proyectado por el cayado.

Las tinieblas cobraron vida, los murmullos aumen­taron de volumen hasta que, horrorizada, la sacer­dotisa comenzó a desentrañar su mensaje.

 

Cuán sonora es tu llamada, amor,

cuán cerca está la penumbra de tu corazón.

Tus ríos fluyen turbulentos, amor,

a través de unas venas en putrefacción.

 

¡Ay, amor! Un calor oculta tu frágil piel,

puro como la sal, como la muerte dulce y deseada.

En la noche la luna encarnada, guía fiel,

tu hábito fosforescente certeramente conduce.

 

 

Unos dedos fantasmagóricos rozaron su pómulo y la sacerdotisa, sobresaltada, retrocedió frente al invisible enemigo. Abrumada por el pánico, por el lúgubre canto de los espectros, se inmovilizó, remisas sus piernas a obedecer su débil mandato.

—¡No! —se regañó, disgustada—. He de seguir, no permitiré que me venzan los hijos de la malignidad. ¡Soy una de las elegidas de Paladine! Aunque mi dios me vuelva la espalda en esta hora crucial, mi fe alum­brará el camino.

Estiró el brazo, como si la negrura fuera una corti­na que tuviera que apartar literalmente, y reanudó la marcha hacia la ventana. Los malévolos ecos ace­chaban sus tímpanos, incluso resonaron cavernosas risas en el aire, mas nadie osó lastimarla, ni siquie­ra tocarla. Al fin, tras recorrer un trayecto que se le antojó interminable, Crysania alcanzó su objetivo.

Temblorosa, aturdida por tanta tensión, descorrió los pesados cortinajes con la esperanza de ver las re­confortantes luces de Palanthas. «La vida bulle al otro lado de estas paredes —se alentó, aplastando la cara en el cristal—. Habitan la ciudad seres de car­ne y hueso. Divisaré las avenidas, los bellos edi­ficios.»

Peso la profecía todavía no se había cumplido. Raistlin, el Amo del Pasado y del Presente, no había regresado con el poder que había de investirle como único señor de la Torre. Transcurrirían muchas dé­cadas antes de que se produjera tal evento, razón por la que cercaba la mole una oscuridad impenetrable, una niebla arcana y perpetua. Si refulgían los fana­les en la urbe, la sacerdotisa no podía contemplarlos.

Exhalando un desazonado suspiro, Crysania suje­tó el paño y tiró de él. La roída urdimbre cedió casi al instante, cayó tan aplomada que la enterró en un manto de brocados deslucidos. No le molestó su peso, al contrario, se deshizo del enredo y se arropó en los pliegues, sosegada al sentir su calor.

Tras desgarrar la otra cortina, la arrastró por la estancia sin prestar atención a los disonantes ruidos que producían los diseminados fragmentos recogi­dos a su paso.

Los haces luminosos del bastón guiaron su anda­dura sin un parpadeo. Cuando llegó a su altura, la dama se desmoronó en el suelo. El agotamiento y el pavor sufrido en su azaroso viaje fueron los causan­tes de esta reacción.

No se había percatado Crysania de cuán fatigada estaba. No había dormido desde que se desencade­nara la tormenta en Istar y, ahora que la acunaba la tibieza de los cortinajes, el deseo de deslizarse en el olvido la tentaba hasta lo impensable.

—¡No puedes hacerlo! —se ordenó.

Forzándose a la acción, se aproximó a Caramon y se arrodilló a su lado a fin de cubrirle con el grueso terciopelo, que extendió sobre sus hombros. El cuer­po del guerrero había adquirido una textura marmó­rea, apenas respiraba. La sacerdotisa aplicó la mano a su garganta en busca de un palpito esperanzador, y lo halló lento e intermitente. Fue entonces cuando descubrió unas señales en su cuello, las huellas que imprimieran unos labios descarnados.

Se perfilaron en su memoria aquellas cabezas sin cuerpo que flotaban en el ambiente, si bien se apre­suró a descartar tan agobiantes imágenes. Centra­dos sus pensamientos en lo que se proponía hacer, posó las manos abiertas en la frente del gladiador e inició su plegaria.

—Paladine —oró—, si tu cólera no te ha apartado de tu hija y sierva, si comprendes que tan sólo quie­ro honrarte, si puedes disolver esta terrible penum­bra el tiempo suficiente para escuchar mi ruego, ¡cura a este hombre! Si su ciclo vital no ha conclui­do irreparablemente, si el destino aún le reserva al­guna empresa, restitúyele la salud. De no ser así, Pa­ladine, recoge su alma en tus brazos y asígnale una morada eterna entre tus huestes...

No pudo continuar, sus últimos restos de energía se disiparon. Víctima del terror que había presidido todos sus movimientos y de sus luchas internas, sola en medio de aquel caos insondable, hundió el rostro en sus manos y prorrumpió en el amargo llanto de quien no vislumbra una salida para su desgracia.

Una palma enorme se cerró sobre la suya. Aunque tan inesperado contacto la sobrecogió, percibió de inmediato el calor que despedía, su fuerza.

—Vamos, Tika —dijo una voz profunda y somnolienta—, no debes llorar.

Al alzar los ojos nublados por las lágrimas, Crysa­nia advirtió que el pecho de Caramon se hinchaba en inhalaciones espaciadas, que su tez había per­dido la lividez letal y, lo más importante, que las he­ridas de su cuello habían desaparecido. El guerrero esbozó incluso una sonrisa, al mismo tiempo que le daba unas palmadas en el dorso de la mano.

—Tan sólo ha sido una pesadilla, Tika —balbu­ceó—; mañana la habrás olvidado.

Arrebujándose en la cortina, refugiándose en su calidez, el hombretón dio media vuelta para entre­garse a un sueño plácido, reparador.

Tan exhausta que ni siquiera atinó a manifestar su gratitud, Crysania observó unos segundos al gladia­dor, hipnotizada ante la paz que emanaba. La sacó de su ensimismamiento un goteo que, aunque sua­ve, no dejó de sorprenderla. ¿Un líquido en aquel lu­gar? Ladeó el rostro y vislumbró, por primera vez desde su llegada, el contorno de una jarra en el bor­de de la escribanía. Tenía la boca hendida, suspen­dida en el aire, y parecía haber permanecido varios lustros vacía. Su contenido se derramó siglos atrás, no le cabía la menor duda, y no obstante ahora un fluido transparente brotaba de su fondo y chorrea­ba despacio sobre el suelo, brillando el delgado hilo bajo la luz del bastón.

La sacerdotisa extendió la palma de tal modo que las gotas se remansaran en ella, y se la llevó a los labios. En efecto, era agua.

Tenía un sabor amargo, casi salado, pero la juzgó el elixir más exquisito que nunca había bebido. Rea­lizando un supremo esfuerzo para mover su entu­mecido cuerpo, vertió una pequeña cantidad en el hueco de su mano y la sorbió de un trago, ávidamente. Saciada su sed, colocó el recipiente en posición ver­tical sobre el mueble y comprobó que el nivel del líquido subía de inmediato, que la fuente no había de secarse pues el agua consumida era reemplaza­da sin demora.

Ahora sí, ahora pudo agradecer el favor de Pala­dine con palabras que surgían de lo más hondo de su alma, desde tan recónditos recovecos que no al­canzaban sus cuerdas vocales. Se desvaneció su mie­do a la oscuridad, a las criaturas que ésta engendra­ba. Su dios no la había abandonado, seguía a su lado, aunque, quizá, le había causado cierta desilusión. Relajada, Crysania volvió los ojos hacia Caramon y, tras constatar que dormía tranquilo, que sus con­traídos rasgos se habían ensanchado, se encaminó al rincón donde yacía su gemelo al abrigo de su tú­nica, teñidos los labios de tonalidades violáceas.

Sabedora de que el calor que irradiaba su cuerpo les reconfortaría a ambos, la sacerdotisa se estiró a su lado para, en tal postura, envolverse en la corti­na. Reclinó la cabeza en el hombro del mago, cerró los ojos y se meció en la acogedora penumbra de la estancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

Recuerdos..... reencarnación

 

 

—¡Lo ha llamado Raistlin!

—¡Y también Fistandantilus!

—¿Cómo podemos estar seguros? Algo no encaja. No ha llegado por el Robledal de Shoikan, según pro­clamaba el augurio. Y ¿qué ha sido del poder que de­bía encerrar? Además le acompañan otras dos cria­turas, cuando se suponía que vendría solo.

—Y, sin embargo, siento su magia. No oso desa­fiarle.

—¿Ni siquiera a cambio de tan suculenta recom­pensa?

—¡El olor a sangre te ha trastornado el juicio! Si se trata de él, y descubre que has devorado a sus ele­gidos, te enviará de nuevo a una perenne negrura, donde soñarás con sangre fresca que nunca has de paladear.

—Pero si no es el que esperamos, y descuidamos nuestro deber de custodiar la Torre, será la sobera­na quien se materialice. Su ira nos aplastará, el cas­tigo que describes se te antojará liviano.

Se hizo el silencio, hasta que alguien propuso:

—Existe un medio de cerciorarse.

—Es peligroso. Está débil, podríamos matarle.

—¡Tenemos que saberlo! Es preferible que él pe­rezca a que nosotros defraudemos a Su Oscura Ma­jestad.

—Sí. Su muerte podría explicarse, su vida quizá no.

Un dolor lacerante penetró las esferas donde su desmayo le había sumido, como témpanos de hielo que traspasaran su cerebro. Raistlin se debatió en las brumas del cansancio, de la enfermedad, para re­cobrar unos instantes el conocimiento.

Abrió los ojos, y el pánico estuvo a punto de asfi­xiarlo cuando atisbo dos lívidas cabezas que flotaban frente a él, acechándolo a través de unas cuencas oculares que únicamente reflejaban vastas tinieblas. Tenían las manos sobre su pecho, y el contacto de aquellos gélidos dedos desgarraba su espíritu.

Al escrutar aquellos portentosos alvéolos, el mago supo qué pretendían y le asaltó un súbito terror.

—¡No! —se rebeló sin resuello—. No volveré a vi­vir esa experiencia.

—Has de hacerlo, no existe otra manera de averi­guar la verdad —sentenció, imperturbable, uno de los espectros.

Frente a semejante ultraje, el hechicero se encole­rizó. Tras ensayar una maldición, intentó levantar los brazos del suelo a fin de arrancar los fantasmales miembros de su túnica. Fue inútil. Sus músculos re­husaron obedecer, tan sólo consiguió estirar un dedo.

La rabia, la angustia y un sentimiento de honda frustración excitaron su necesidad de gritar; pero na­die oyó su alarido, ni siquiera él mismo. Las garras apretaron su torso, cual acerados puñales, y se zam­bulló no en la penumbra, sino en los recuerdos.

 

 

No se recortaba ningún ventanal en la sala de es­tudio donde los siete aprendices de hechicería tra­bajaban aquella mañana. No se admitía el paso de los rayos solares ni tampoco de los haces de las dos lunas, la de plata y la encarnada, Solinari y Lunitari. En cuanto al tercer satélite, el negro, al igual que en el resto de Krynn se sentía su presencia sin verla.

Iluminaban la estancia una serie de velas de cera encajadas en pedestales argénteos que, a su vez, des­cansaban en las mesas. De este modo, los soportes individuales podían utilizarse y transportarse según la conveniencia de cada aprendiz.

La sala de estudio era la única en el gran castillo de Fistandantilus que se alumbraba mediante can­delas. En todas las restantes, unos globos de cristal alimentados por arte de encantamiento surcaban el aire, derramando unos fulgores mágicos capaces de mitigar la lóbrega penumbra que bañaba la fortale­za de modo permanente. Si no se empleaba tal siste­ma en la habitación consagrada a las prácticas de los novicios era, además de las razones prácticas ex­puestas, porque la luz de las bolas ígneas se apaga­ba en el momento de traspasar su umbral. ¿Cuál era el motivo de este fenómeno? Simplemente, que en­volvía la estancia un hechizo constante de neutrali­zación arcana, de efecto imperecedero. De ahí que se recurriera a procedimientos más primarios y se excluyera cualquier influencia de los astros, tanto del sol como de la luna, susceptible de alterar las pecu­liares condiciones del estudio.

Seis de los aprendices estaban sentados codo con codo en torno a una mesa, parloteando unos mien­tras los otros se concentraban en su quehacer. El sép­timo se hallaba solo, apartado, en un escritorio situa­do en el extremo opuesto. De vez en cuando un miembro del grupo alzaba la cabeza y lanzaba una inquieta mirada al que permanecía aislado para, en el acto, volver a bajarla, pues, quienquiera que fue­se el espía, el singular personaje le escrutaba en una actitud retadora.

Al séptimo novicio le divertía la situación, inclu­so tenía una leve sonrisa en los labios. Raistlin no había gozado de muchos entretenimientos durante los meses que llevaba alojado en el castillo de Fis­tandantilus, ni le había resultado fácil adaptarse. No había tenido ninguna dificultad para mantener el en­gaño y evitar que el archimago adivinase su auténti­ca identidad; le bastó con no invocar sus poderes y comportarse como aquellos ignorantes que se afa­naban en complacer a su superior a fin de ganarse su confianza, de ascender al rango de acólito per­sonal.

El disimulo era a Raistlin lo que la sangre a las venas, algo indisociable. Incluso gozaba de aquellos juegos competitivos que le enfrentaban a sus supues­tos compañeros, limitándose a superarlos sin excesivos alardes, con el único objeto de ponerlos ner­viosos y pillarlos desprevenidos. También disfrutaba en sus intercambios con Fistandantilus. Notaba que el archimago lo espiaba, y sabía cuáles eran sus pen­samientos: «¿Quién es este aprendiz? ¿De dónde pro­cede ese poder que arde en sus entrañas, y que no consigo definir?»

En ocasiones descubría al maestro examinando su rostro, ávido de respuestas. Sin duda, sus rasgos se le antojaban familiares, y este hecho no hacía sino aumentar su suspicacia.

No obstante, y pese al placer que hallaba en tales escaramuzas, Raistlin no podía evitar que sus caba­las le transportasen, con más frecuencia de la desea­ble, a un tiempo en el que sólo conoció la desdicha. Por un capricho de su memoria, siempre que se complacía en su astucia venía a nublar su momentánea exaltación el recuerdo de su adolescencia, la época más ingrata de toda su vida.

Ya en la escuela de artes arcanas, los estudiantes con los que compartió sus primeros balbuceos le im­pusieron el apodo de «el Taimado». No inspiraba afecto, ni menos aún confianza, incluso su tutor re­celaba de su talante evasivo. Así, el futuro hechicero tuvo una juventud solitaria, amarga. Si bien era cier­to que Caramon cuidaba de él, su amor era tan pa­ternal y asfixiante que aceptaba mejor la inquina de los otros muchachos.

Ahora, aunque desdeñaba a aquellos necios por su servilismo frente a su traicionero superior que, al fi­nal, mataría sin contemplaciones al elegido, y aun­que se divertía provocándolos y poniéndolos en ri­dículo, en ocasiones sentía un doloroso aguijón, en la soledad de la noche, cuando les oía reír juntos en la alcoba vecina.

En uno de aquellos accesos de despecho se dijo, disgustado, que tales nimiedades estaban por deba­jo de su categoría y de sus propósitos. Debía concen­trarse, conservar intactas sus fuerzas, si quería ob­tener el éxito. Se repitió hoy sus amonestaciones, consciente de que dentro de unos minutos Fistandan­tilus elegiría a su acólito particular.

«Vosotros seis abandonaréis el castillo —pensó el mago—. Saldréis de aquí inflamados de resentimien­to y desprecio, nunca sabréis que uno de vosotros me debe la vida.»

La puerta de la sala de estudio se abrió con un ás­pero chirriar, propagando espasmos de alarma en el grupo de figuras ataviadas de negro que se reunían en torno a la mesa. Raistlin los contempló impávido, esbozada en sus labios una aviesa sonrisa que era un perfecto reflejo de la mueca exhibida por el ceni­ciento rostro que, altivo, se recortaba en el umbral.

La mirada centellante del archimago paseó de hito en hito entre los seis jóvenes, tan irresistible que éstos, uno tras otro, palidecieron y bajaron las enca­puchadas cabezas a la vez que sus dedos juguetea­ban con los ingredientes de sus hechizos o bien se retorcían encrespadas a causa del nerviosismo.

Concluido su examen, Fistandantilus posó los ojos en el séptimo aprendiz, el más adusto, que se man­tenía al margen de los otros. Raistlin alzó la vista y le devolvió el escrutinio mientras su sonrisa, perdi­da su ambigüedad, se tornaba abiertamente burlo­na. Ni siquiera parpadeó, y tal actitud movió al maes­tro a enarcar las cejas. Irritado, cerró la puerta con violencia en medio de las muestras de sobresalto de los acólitos, a quienes la brusca interrupción del si­lencio había dejado sin resuello.

El nigromante avanzó hacia el centro de la estan­cia, con paso lento e inseguro. Se apoyaba en un bastón, y sus viejos huesos crujieron cuando se acomodó en una silla. Ojeó de nuevo al sexteto de aprendices que permanecían sentados frente a él y, al reparar en sus cuerpos jóvenes, sanos, alzó una de sus marchitas manos para asir el colgante que pendía de una pesada cadena alrededor de su cue­llo. Era una alhaja de extraño aspecto, consistente en un rubí de forma ovalada y engarzado en una lisa montura de plata.

Los discípulos conjeturaban a menudo sobre la singular gema, preguntándose cuáles eran sus vir­tudes. Era el único adorno que lucía Fistandantilus, y quedaba patente el valor que le atribuía. Hasta los no­vicios más ignorantes sentían los hechizos de protección que irradiaba, unos hechizos destinados a conjurar cualquier intento arcano de agredir a su portador. ¿Cómo lo hacía, de qué modo se manifes­taba su poder? Era éste el tema central de las espe­culaciones; unos argumentaban que atraía a los se­res de los planos celestiales y otros, en cambio, aseveraban que su aura permitía al archimago co­municarse con Su Oscura Majestad en persona.

Por supuesto, había alguien capaz de esclarecer el misterio. Raistlin conocía todos los entresijos del sortilegio, pero prefirió guardar el secreto para sí mismo.

La mano arrugada, trémula, del maestro se cerró sobre la gema al mismo tiempo que sus iris traspa­saban a los aspirantes, con tanta vehemencia que pa­recía presto a devorarlos. El taciturno y fingido alumno incluso creyó advertir que humedecía sus labios, y le asaltó un repentino temor. «¿Qué ocurrirá si fracaso? —se cuestionó, estremecido—. Es muy fuerte, el brujo más poderoso que nunca vivió en Krynn. ¿Poseo la energía, la sapiencia suficientes para derrotarlo?»

—Iniciemos la prueba —declaró Fistandantilus con un chasquido, puesta la mirada en el primero de los seis acólitos.

Raistlin desechó su miedo. Se había preparado du­rante años, a conciencia; no era momento de vacilar. Si éste era su destino, moriría. Ya se había enfrenta­do antes a semejante avatar; en el fondo era como encontrarse con un antiguo amigo.

De uno en uno, los jóvenes magos se alzaron de sus asientos, abrieron sus libros de encantamientos y recitaron los que habían seleccionado. De no ha­llarse sumida en un hechizo neutralizador, la sala de estudio se habría llenado de prodigiosas visiones. Habrían estallado bolas de fuego entre sus muros, incinerando a cuantos albergaban; dragones fantas­males habrían expelido sus llamaradas, tan ilusorias como espantosas; legiones de criaturas espectrales, arrastradas desde otras esferas, habrían atronado la cámara con sus bramidos. Pero, dadas las circuns­tancias, nada inmutó el silencio salvo los cánticos de los sucesivos acólitos y el revoloteo de las pági­nas de sus esotéricos volúmenes.

Completaron su examen en perfecto orden para, una vez finalizado, volver a sentarse y dar paso al si­guiente. Todos hicieron gala de unas espléndidas do­tes, como cabía esperar. Fistandantilus sólo admitía en su fortaleza a grupos de nigromantes de eviden­tes aptitudes, que habían superado la terrible Prue­ba en la Torre de la Alta Hechicería y deseaban per­feccionarse bajo sus auspicios. Entre tan destacados eruditos, debía designar a su ayudante o así, al me­nos, lo suponían ellos.

Una vez más, el archimago acarició su rubí antes de centrar su atención en Raistlin e indicarle:

—Tu turno, aprendiz.

En sus avejentados ojos prendió un nuevo deste­llo y los surcos de su frente adquirieron mayor pro­fundidad en su afán por recordar dónde había visto el rostro del enigmático joven

Raistlin se levantó despacio, sin que se difuminara de sus labios aquella sonrisa entre ácida y cínica con la que demostraba su superioridad. Encogióse de hombros indiferente, despreocupado, y cerró su libro. Los otros seis magos intercambiaron gestos desaprobatorios frente a tan intolerable arrogancia, mas Fistandantilus, aunque frunció el entrecejo, no se molestó en disimular el interés que delataban las chispas de sus pupilas.

Con desenvoltura, socarrón, el aspirante empezó a recitar de memoria el intrincado encantamiento. Los otros acólitos se agitaron en sus sillas ante su alarde de habilidad, que no podía por menos que sus­citar envidias y un odio invencible. El archimago también se concentró en sus evoluciones, si bien sus sentimientos eran distintos: tan malévola era su an­sia de poseer aquel cuerpo para rejuvenecer sus aja­das vísceras que el avanzado discípulo, al percibir­lo, casi se interrumpió.

Obligándose a no apartar la mente de su trabajo, firme en el dominio de sus emociones, Raistlin con­cluyó el último versículo y, de pronto, la sala fue in­vadida por unos brillantes fulgores que, en abanico multicolor, estallaron en el aire. Su estrépito rasgó la quietud.

Fistandantilus se sobresaltó al producirse la inesperada explosión, borrada su anhelante mueca. En cuanto al sexteto, ahogaron al unísono un común gri­to de sorpresa.

—¿Cómo has roto el halo protector? —preguntó el maestro, enfurecido—. ¿Qué virtudes ignotas anidan en tu alma?

En respuesta a la imperiosa demanda, el discípu­lo abrió las manos. En sus palmas ardían sendas bo­las de fuego verde o azulado, cuyo resplandor deslumbraba a quien lo contemplaba hasta el punto de hacerle cerrar los ojos. Sonriente, complacido por el estupor general, Raistlin entrechocó sus manos y las llamas se extinguieron.

Una vez más el silencio se adueñó de la estancia, si bien ahora era un silencio lleno de temor. En efec­to, Fistandantilus se puso de pie, tan encoleriza­do que los efluvios de su ira creaban en su derredor una ígnea aureola. Envuelto en sus dimanaciones, el anciano avanzó hacia el séptimo aprendiz.

El humano que despertó su furia fue el único que no se amedrentó. Permaneció erguido, tranquilo, es­tudiando su marcha con un aplomo insolente.

—¿Cómo lo has hecho? —rugió el archimago fue­ra de sí.

Antes de que el aludido contestase, espió las deli­cadas manos que habían obrado el sortilegio y, en un gesto agresivo, estiró el brazo para apresar la mu­ñeca de Raistlin.

El joven sofocó un aullido de dolor, pues el con­tacto de su oponente era gélido como la tumba. Se conminó a sonreír, pese a saber que su distorsiona­da boca lo asemejaba más a una calavera que al hom­bre impertérrito que pretendía ser.

—¡Polvos de luz! —vociferó Fistandantilus, al mis­mo tiempo que arrastraba a su cautivo hacia las can­delas para cerciorarse—. Un truco ordinario, como los que utilizan los ilusionistas.

—Tal oficio me permitía ganarme el pan —replicó Raistlin, apretando los dientes para resistir el sufrimiento—. Me ha parecido apropiado utilizarlo en presencia de este hatajo de aficionados que has reunido, gran maestro.

El anciano presionó su garra en torno a la frágil carne de su víctima, quien emitió un susurro agóni­co sin hacer el menor intento de liberarse. Tampoco adoptó una actitud sumisa, aceptó el reto con el cue­llo enhiesto, orgulloso. Esta postura hizo que el ve­terano nigromante lo mirara intrigado, renacido su interés.

—Así que te consideras más apto que los otros as­pirantes —afirmó, más que preguntó, Fistandantilus, con un tono quedo, casi amable, ignorando los mur­mullos indignados de los acólitos.

—¡Sabes que lo soy! —replicó Raistlin, después de imponerse una breve pausa para acumular energías con las que mitigar el dolor.

El archimago lo escrutó, sin cesar de atenazarlo, y el joven humano vio el miedo reflejado en sus en­teladas pupilas, un pánico que en pocos segundos volvió a encubrirse tras la expresión insaciable que antes lo animara. Rehecho de su pasajera flaqueza, el anciano soltó la delgada muñeca. Su víctima no atinó a reprimir un suspiro de alivio mientras regre­saba a su asiento frotándose la zona afectada, don­de la huella del maestro se hacía ostensible en la pa­lidez mortífera, tumefacta, que había adquirido la piel.

—¡Salid todos! —ordenó Fistandantilus. Los seis hechiceros se incorporaron y comenzaron a retirar­se en medio del revoloteo de sus negras túnicas; pero cuando Raistlin se disponía a imitarlos, el amo del castillo le apuntó—: Mi mandato no te incluye a ti. Quédate.

Obediente, el aludido tomó de nuevo asiento sin dejar de acariciar su mano hasta que el fluir de la sangre le restituyó la sensibilidad. Los derrotados desfilaron hacia la puerta, seguidos por su insigne superior. Una vez los hubo despedido, el archimago se dirigió al centro de la estancia para encararse con su aprendiz personal.

—Esos muchachos no tardarán en abandonar la fortaleza. En cuanto nos quedemos solos, en la hora de la Vigilia, preséntate en la cámara secreta situa­da en el subterráneo. Realizo allí un experimento que requiere tu ayuda.

Raistlin observó, en una suerte de fascinación, cómo su interlocutor se llevaba la mano al rubí y lo tanteaba con suavidad, con amor. Tan ensimismado estaba, que de momento no respondió. Al fin, son­riendo en franca burla de su propio miedo, susurró:

—Acudiré puntualmente, maestro.

 

 

Raistlin yacía sobre una losa de piedra en el labo­ratorio, una cámara oculta en los profundos sótanos del castillo del archimago. Ni siquiera sus gruesos ropajes de terciopelo lo aislaban del frío. El joven ti­ritaba sin control, aunque no lograba discernir si era el ambiente, el terror o la excitación lo que provoca­ba aquellos temblores.

No veía a Fistandantilus, pero oía con perfecta ni­tidez el crujir de su túnica, el tamborileo del bastón en el suelo, el susurro de las páginas de su libro de encantamientos. Tumbado en la lisa roca, fingiéndo­se desvalido frente al influjo del maestro, el ayudan­te puso sus músculos en tensión. Se acercaba el mo­mento decisivo.

Como si hubiera captado su estado expectante, el anciano apareció en su campo visual para inclinar­se sobre él con ávida mirada. El rubí se balanceaba, sujeto a la cadena de su cuello.

—Sí —declaró el viejo—, posees unos dones nada comunes. Eres más diestro y sabio que cualquiera de los aprendices con los que me he tropezado en mi dilatada existencia.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —inquirió Raistlin, con un timbre de desesperación que no era del todo forzado. Tenía que conocer con exactitud el funcio­namiento del colgante, y en una hora tan crucial lo acosaban las dudas.

—Los detalles carecen de importancia —lo atajó su interlocutor, a la vez que posaba la mano en su pecho.

—Mi objetivo al venir a tu fortaleza era aprender —explicó el postrado, rechinando los dientes en un esfuerzo supremo para no retorcerse bajo el abomi­nable contacto—. Deseo enriquecer mi acervo hasta exhalar el último suspiro.

—Muy encomiable —aprobó Fistandantilus. Se abstrajo en sus cavilaciones, prendidos los ojos de la penumbra circundante, y el falso acólito se di­jo que probablemente revisaba el hechizo en su memoria—. Me proporcionará un inmenso placer ha­bitar un cuerpo y un alma sedientos de erudición, absorber la savia de una criatura que atesora cuali­dades innatas para nuestro arte. No puedo rehusar tu demanda, aprendiz. Te impartiré una postrera lec­ción.

«Ignoras, joven humano, lo que supone envejecer. Recuerdo bien mi primera vida, la terrible frustra­ción que me atenazó al comprender que yo, el hechi­cero más dotado de cuantos pisaron la faz de Krynn, estaba condenado a languidecer en la trampa de una carcasa debilitada, consumida por la edad. Mi cere­bro se conservaba sano, perspicaz, era incluso más clarividente que en mis años mozos. ¡Me horroriza­ba la idea de que tanto poder, tan vasta sapiencia, se redujeran a polvo, fueran pasto de los gusanos!

«Vestía entonces la Túnica Roja. ¿Te sobresaltas? Asumir este color fue un acto consciente, delibera­do, una decisión que tomé tras meditar los pros y los contras. La neutralidad es la mejor vía de aprendi­zaje, ya que permite relacionarse con ambos extremos del espectro sin pertenecer a ninguno. Fui en busca de Gilean, el Fiel de la Balanza, y solicité su autorización para perpetuar mi estancia en este pla­no y profundizar mis estudios. Lamentablemente, no pudo atender mi ruego. Los hombres eran obra suya; y respondía a mi impaciente naturaleza humana aquella ansia de abarcar conocimientos y trascen­der la brevedad de la existencia. Me confirmó que mi actitud era normal y me aconsejó rendirme al des­tino.

Fistandantilus se encogió de hombros y examinó a su oyente, antes de proseguir.

—Detecto en tus ojos comprensión, aprendiz. En cierto modo, siento tener que destruirte, estoy con­vencido de que juntos habríamos desarrollado una singular complicidad. Mas debo continuar mi rela­to. Maldiciendo a la luna encarnada, me adentré en las tinieblas y pedí que me fuera concedido vislum­brar el satélite negro. La Reina de la Oscuridad escuchó mi plegaria y permitió que vistiera la túnica de sus vasallos. Me apresté a mudar mi atavío a fin de consagrarme a su servicio y, a cambio, fui llevado a su órbita. He visto el futuro, he vivido el pasado. Fue la soberana quien me obsequió el colgante, de tal manera que pueda elegir un cuerpo donde alber­garme durante mi paso por este tiempo. Cuando re­suelva cruzar las fronteras y penetrar en el futuro, hallaré a un mortal preparado en el que reencarnar­me y renovar mi alma.

Raistlin no pudo reprimir el escalofrío que erizó su piel al oír estas últimas palabras. El «mortal» al que aludía el archimago era él mismo; se suponía que su única misión consistía en aguardar su llegada, presto para recibirle.

Fistandantilus no se percató de la animadversión que su parlamento había provocado en el, en aparien­cia, sumiso discípulo. Alzando su colgante, se con­centró en el hechizo que debía invocar.

También el joven nigromante espió el rubí, que re­fulgía bajo la luz proyectada por un globo en el cen­tro del laboratorio, y se aceleró su pulso. En un su­premo esfuerzo por dominarse, trémula la voz a causa de una excitación que sin duda su oponente confundió con un acceso de pánico, susurró:

—Dime cómo funciona tu artilugio y qué va a sucederme.

El maestro sonrió, complacido ante la inagotable curiosidad de su víctima, mientras hacía girar la gema en torno a su figura yaciente.

—Colocaré el talismán sobre tu pecho —le reveló—, encima de tu corazón, y sentirás que tu fuer­za vital escapa, despacio, por tus poros. Tengo enten­dido que el dolor es insoportable, pero no durará mu­cho, aprendiz, si no luchas contra él. Abandónate y no tardarás en desmayarte. La experiencia de quie­nes te han precedido en el experimento demuestra que rebelarse no sirve sino para prolongar la agonía.

—¿No has de pronunciar ningún versículo? —in­dagó Raistlin

—Por supuesto que sí —respondió Fistandantilus fríamente, volcado su cuerpo sobre el del acólito y con los ojos fijos en los suyos—. Me dispongo a recitarlos, serán los últimos sonidos que vibrarán en tus tímpanos.

Posó el colgante en el lugar que antes indicara. El fingido ayudante sintió que el vello se le erizaba al entrar en contacto con la alhaja; apenas logró con­trolar el impulso de incorporarse y emprender la hui­da. En un alarde de voluntad, apretadas las manos y hundiendo las uñas en la carne a fin de superar el miedo mediante el sufrimiento físico, se inmovili­zó. «Debo averiguar la fórmula mágica», se dijo.

Tendido en la losa, cerró los ojos. No resistía la vi­sión de aquel rostro distorsionado, perverso, que en su proximidad destilaba efluvios hediondos, cual si de un muerto viviente se tratase.

—Bien hecho —le felicitó una voz sibilina—, relá­jate.

Fistandantilus acometió su cántico. Deseoso de ais­larse de influencias perturbadoras, también él entor­nó los párpados a la vez que ejercía presión sobre el pecho de Raistlin, agitado todo su ser en un movi­miento pendular. Así, sumido en su trance, no advir­tió que la víctima repetía cada frase, cada sílaba, con una exactitud perfecta a pesar de su estado febril. Cuando detectó que algo iba mal ya había conclui­do el encantamiento y esperaba, erguido, la primera inyección de vida en sus añejos huesos.

El deseado calor no afluyó a sus venas. Alarmado, el anciano abrió los ojos y contempló atónito al mago de Túnica Negra, que permanecía acostado en la gé­lida roca. Exhaló entonces un grito extraño, inarti­culado, antes de retroceder, presa de un pavor que no acertó a ocultar.

—Al fin me reconoces —declaró Raistlin, sentán­dose y apoyando una mano en la lápida mientras, con la otra, rebuscaba en los bolsillos secretos de su atuendo—. Me temo que ningún cuerpo indefenso te aguarda en el futuro.

Fistandantilus no reaccionó, tal era su estupor. Clavó su mirada en las manipulaciones del engaño­so pupilo, como si quisiera traspasar el paño de sus vestiduras y penetrar los recovecos en los que hur­gaba.

Transcurridos unos segundos, recobró la compostura para preguntar, despreocupado, aunque sin apartar la vista del bolsillo:

—¿Es Par-Salian quien te ha enviado?

Raistlin meneó la cabeza en ademán negativo, al mismo tiempo que se deslizaba de su supuesta tum­ba. Embutido aún un brazo en los pliegues de la tú­nica, levantó la otra mano para descubrir su embozo y, así, permitir que el maestro escrutase su faz aho­ra que había desaparecido la máscara tras la que se ocultara durante meses.

—He venido por mi propia iniciativa —aseveró—. Soy el señor de la Torre.

—Eso es imposible —replicó, incrédulo, el archimago.

Su oponente esbozó una sonrisa que no se corres­pondía con la severidad de sus rasgos, de aquellos iris que atrapaban en su espejo el contorno del falli­do ejecutor.

—Comprendo tu asombro, nunca imaginaste que esto pudiera suceder —imprecó, desafiante, a su rival—. Cometiste el error de infravalorarme. Absor­biste una parte de mi savia en la Prueba, a cambio de protegerme del elfo espectral. Me obligaste a vi­vir en el perenne suplicio que me infligía mi maltre­cho cuerpo, imponiéndome una absoluta dependen­cia de mi hermano. Me enseñaste el manejo del Orbe de los Dragones y obraste mi recuperación en la Gran Biblioteca de Palanthas. Luego, cuando estalló la Guerra de la Lanza, me facilitaste el acceso a los tex­tos esotéricos de la Reina de la Oscuridad para, más tarde, ayudarme a devolverla al abismo, donde no re­presentaba una amenaza frente al mundo... ni frente a ti. Abrigabas el diabólico propósito de hacer acopio de fuerzas en este tiempo y, ya restablecido de tus achaques seniles, viajar al futuro en busca de mi torturada carcasa. ¡Pretendías usurpar mi identidad!

Arrugó Fistandantilus los ojos en actitud iracun­da y el joven hechicero se puso en tensión, cerrada la mano en torno al objeto que guardaba en su bol­sillo. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el an­ciano se limitó a confirmar:

—Todo cuanto has dicho es verdad. ¿Qué vas a ha­cer al respecto? ¿Quizás asesinarme?

—No —contestó Raistlin—, mi intención es otra. Deseo invertir los papeles; ser yo quien te suplante.

—¡Majadero! —lo insultó Fistandantilus entre chi­llonas risotadas—. El único medio de arrebatarme mis esencias es utilizar esto contra mí —le recordó, blandiendo el colgante del rubí—. Como sabes, lo protegen de cualquier manifestación arcana unos sortilegios que tu estrecha mente no atinaría ni aun a concebir, pequeño bravucón.

Su voz se redujo a un susurro, asfixiada por el pa­vor al percibir que su adversario, imperturbable, ex­traía la mano del misterioso bolsillo. En su palma exhibía la codiciada joya.

—Cierto, la magia nada puede para disolver su es­cudo —admitió con una mueca letal—. Pero no se te ocurrió pensar que existen otros métodos contra los que tus encantamientos quedan inermes, los trucos de un ilusionista callejero.

El semblante del viejo maestro se tornó pálido como el de un cadáver. Espió, aterrorizado, la cade­na que pendía de su cuello para constatar, ahora que se había descubierto la falacia, lo que ya adivinaba: la alhaja se había evaporado.

Un retumbo ensordecedor rasgó el silencio; el sue­lo del laboratorio se combó en una pétrea oleada que arrojó al joven mago por los aires. Cayó de rodillas mientras la roca se partía en dos, abriendo una fisu­ra en los cimientos mismos de la mole. En medio del estruendo, del caos, se elevó la voz de Fistandanti­lus en un cántico destinado a atraer a las fuerzas hos­tiles de los planos astrales.

Reconociendo al instante el portento que se pro­ponía realizar, Raistlin se apresuró a envolverse en una aureola que había de salvaguardar su cuerpo del ataque. Su hechizo no era muy poderoso, tan sólo le proporcionaría el tiempo indispensable para prepa­rar la defensa. Acuclillado en el suelo, vio surgir de la grieta una figura cuyo rostro malsano, horripilan­te, parecía el fruto de una pesadilla.

—¡Aprésale! —ordenó Fistandantilus a la criatu­ra abismal.

Señaló con el dedo al nigromante y el espectro sur­có la estancia tras su víctima. Se detuvo frente a la agazapada forma, rodeado de volutas de humo, que se alargaron hasta trazar un círculo a su alrededor.

El pánico hizo presa en el mago al observar cómo tendía su cerco aquel ente de ultratumba. Bajo sus insondables virtudes arcanas, el escudo protector se derrumbó a los pies del agresor; en cuestión de mi­nutos, le arrancaría el alma y celebraría un festín con sus despojos.

Las largas horas de estudio, la energía bien dosi­ficada y la rigurosa disciplina que siempre presidió sus prácticas acudieron en auxilio del atacado. Lo­gró dominarse, un hecho que le permitió rememo­rar las frases necesarias para salvarse. Completó rau­do el encantamiento, que, además de repeler al fantasma, bañó su ser en un bálsamo que lo liberó de sus temores.

La aparición vaciló, sin decidirse a obedecer las irritadas imprecaciones del anciano.

Uno le mandaba seguir, el otro lo instaba a dete­nerse. Aunque debía sumisión a aquel que lo había invocado, el halo del más joven refrenaba su impul­so. Miró de hito en hito a ambos mortales, retorcido su etéreo cuerpo, desvirtuándose su centelleante contorno en las ráfagas de viento que él mismo provo­caba. Los dos le presionaban con idéntico poder, sin dejar de acechar el pestañeo, el movimiento espasmódico de un dedo del contrincante que había de otorgarles la victoria.

Ninguno flaqueó, ninguno dio muestras de cejar en su empeño. Raistlin poseía una mayor resisten­cia, pero la magia de Fistandantilus procedía de an­tiguas fuentes. Podía llamar en su ayuda a un millar de fuerzas invisibles.

Al fin, fue la aparición la que no resistió. Atrapa­da entre dos corrientes iguales en intensidad pero contrapuestas en sus designios, ambas empujándo­le en distintas direcciones, perdió su integridad y es­talló.

La potente explosión lanzó a los dos adversarios contra sendos muros, estrellándose cada uno en el que tenía más cerca. Un olor fétido invadió la estan­cia y llovieron sobre ella fragmentos de cristal. Las paredes quedaron socarradas, ennegrecidas, a la vez que prendían pequeñas hogueras en los rincones, for­madas por llamas multicolores que proyectaban sus chispas sobre el punto donde se había esfumado el espectro.

Raistlin se incorporó y se secó la sangre que le ma­naba de una herida en la frente, aunque no se entre­tuvo en tocársela, porque sabía, al igual que el an­ciano maestro, que el menor descuido significaba la muerte. Dueño de sus acciones, se encaró con su ene­migo, que se había recuperado con similar rapidez.

—Bien, las cartas están sobre la mesa —declaró Fistandantilus—. Podrías haber llevado una placen­tera existencia, yo me habría encargado de ahorrar­te las vicisitudes, las miserias de la vejez. ¿Por qué te precipitas hacia tu propia destrucción?

—Conoces mis motivos —repuso el aludido, entre jadeos, agotadas casi sus energías.

El archimago asintió despacio, prendida la mira­da en su oponente.

—Como antes he dicho —murmuró—, siento que esto tenga que ocurrir. Juntos habríamos llegado le­jos y ahora, sin embargo...

—La vida de uno entraña la muerte del otro —con­cluyó Raistlin.

Extendió la mano para, cuidadosamente, deposi­tar el rubí sobre la losa. En aquel instante, oyó un cántico entonado en tonos quedos, y levantó la voz en unos versículos que se entremezclaron con las fra­ses de su rival.

 

 

La batalla se prolongó durante largo rato. Los guar­dianes de la Torre, que irrumpieron en la escena al penetrar los recuerdos de la figura de negra túnica postrada en el estudio, al alcance de sus garras, se sumieron en una total confusión. En un principio, vieron el conflicto a través de Raistlin, pero se acer­caron tanto a los dos hechiceros que ahora contem­plaban la liza con los ojos de ambos.

Brotaron relámpagos de las yemas de los dedos, los cuerpos de los contendientes se convulsionaron con violencia, los alaridos de dolor, de furia, resonaron junto al estrépito de rocas y listones de madera.

Se alzaron murallas de fuego para derretir tapias de hielo, se sucedieron vientos huracanados hasta formar torbellinos, las repetidas tormentas de lla­mas asolaron los pasillos mientras, en la estancia donde se libraba la lid, las criaturas del Abismo acudían a la llamada de sus amos, y los espíritus, revuel­tos, removían los cimientos del castillo. La imponente fortaleza de Fistandantilus comenzó a resquebrajar­se y se desprendieron los bloques de las almenas al unísono con los que le prestaban soporte.

De pronto, uno de los nigromantes emitió un bra­mido ensordecedor y, con un esputo sanguinolento, se desmoronó. ¿Quién era el caído? Los guardianes se esforzaron en distinguirlos, mas fue inútil.

El otro mago, exhausto, descansó unos momentos antes de arrastrarse hacia la losa. Su temblorosa mano alcanzó la gélida superficie, la tanteó y encon­tró el colgante. En un postrer alarde de vitalidad, asió la alhaja y reptó hasta su moribundo enemigo.

El hechicero que sostenía el objeto arcano vaciló. Estaba tan próximo a su víctima que pudo leer el mudo mensaje de sus ojos entreabiertos y su alma se encogió al ver lo que éstos le relataban. Vencido su titubeo, apretó los labios mientras, meneando su encapuchada cabeza y sonriendo en actitud de triun­fo, aplastaba el colgante contra el pecho del postrado.

El cuerpo que yacía en el suelo se contorsionó en espasmos de agonía, un grito desgarrado asomó a sus ensangrentados labios. Repentinamente, cesaron los lamentos. La piel del derrotado se arrugó y cuar­teó cual un pergamino reseco; su mirada se clavó en la negrura hasta que todo él se paralizó.

Con un quebrado suspiro, el otro nigromante se desplomó sobre el cadáver de su adversario, débil, herido, acechado también por la muerte. Pero soste­nía en su mano el rubí; gracias a su influjo, se intro­ducía en sus venas una sangre revitalizadora que le infundía nuevas energías y que, en poco tiempo, le restituiría la salud. Su mente era un hervidero de co­nocimientos, de recuerdos donde se entretejían los vestigios de siglos de poder, hechizos, visiones de pro­digios y horrores nacidos múltiples generaciones atrás. Habría podido asimilar tan intrincada maraña de no perfilarse, además, en su revuelta memoria la imagen de un hermano gemelo, de un cuerpo enfer­mizo, de una existencia desdichada.

Al fundirse dos seres en su interior, al contrapo­nerse centenares de vivencias en abierto conflicto, el mago sufrió un terrible impacto. Arrebujándose junto a los despojos de su rival, el vencedor de la en­carnizada contienda contempló el colgante.

—¿Quién soy? —murmuró, asustado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 ¿Dónde está el Portal?

 

 

Los guardianes abandonaron el cerebro de Raistlin para, ya a distancia, observarle desde sus vacías cuencas oculares. Incapaz de moverse, el mago les devolvió la mirada. Sus ojos no reflejaban sino una densa penumbra.

—Os lo advierto —les dijo sin voz, y su mensaje fue comprendido—: si volvéis a tocarme os conver­tiré en polvo, tal como hice con él.

—Sí, maestro —contestaron los espectros, a la vez que sus traslúcidos rostros se desdibujaban en las sombras.

—¿Me hablabas a mí? —preguntó Crysania, amo­dorrada.

Al comprobar que se había dormido con la cabe­za apoyada en su hombro, la sacerdotisa se rubori­zó y se incorporó sin demora.

—¿Necesitas algo que yo pueda proporcionarte? —ofreció.

—Agua caliente para mi poción —fue la concisa respuesta del hechicero.

Confundida, turbada, la dama se apartó el cabe­llo de la faz a fin de examinar la sala. Por las venta­nas se filtraba una luz grisácea que, aunque tenue y brumosa como un fantasma, no resultaba conforta­dora. El Bastón de Mago despedía aún destellos, manteniendo alejadas a las criaturas de la noche; pero no propagaba calor alguno. Crysania se acari­ció el dolorido cuello. Estaba rígido y entumecido, por lo que dedujo que su sueño se había prolongado varias horas. Reinaba en la sala un intenso frío, e ins­tintivamente dirigió la vista hacia la apagada chi­menea.

—Hay madera abundante en la sala —titubeó al ver los astillados muebles—, pero carezco de yesca y pedernal para hacerla prender. No puedo...

—¡Despierta a mi hermano! —la interrumpió Raistlin.

Asfixiado por sus propias palabras, el mago em­pezó a jadear. Aunque, pasado el primer acceso, in­tentó proseguir, no logró articular ningún sonido y hubo de conformarse con esbozar un gesto. En sus pupilas ardía una inextinguible cólera. Era tal la ra­bia que desfiguraba sus facciones, que la sacerdoti­sa lo espió, alarmada, presa de unos escalofríos que no provocaba, precisamente, la gélida atmósfera.

Raistlin entornó los párpados y posó una mano en su pecho, al límite de sus fuerzas.

—Te lo ruego, haz lo que te he indicado —susu­rró—. Esto es un suplicio.

—Enseguida —repuso la dama en tono quedo, avergonzada.

¿Cómo podía vivir con un dolor tan espantoso, un día tras otro? Inclinándose hacia adelante, despren­dió la cortina de sus hombros para arropar al nigro­mante. Éste asintió en mudo agradecimiento, mas no consiguió hablar; así que Crysania, sin dejar de tiri­tar, atravesó el estudio en dirección a Caramon.

Al apoyar la mano en su hombro, vaciló. «¿Y si con­tinúa ciego? —pensó—. O, peor todavía, ¿y si se ha deshecho el encantamiento de Paladine y, más segu­ro de sus posibilidades, decide matar a su gemelo?»

Sus titubeos sólo duraron unos momentos. En ac­titud resuelta, cerró los dedos y zarandeó al yacien­te mientras se repetía que, de acometer el guerrero contra el mago, ella misma lo detendría. «Lo hice una vez, nada me cuesta sumirlo en un nuevo sortilegio.»

—Caramon —lo llamó—, despierta. Por favor, te ne­cesitamos.

—¿Cómo? —inquirió el hombretón.

Se sentó como impulsado por un resorte y, sin pre­via reflexión, buscó la empuñadura de su espada, una espada que había quedado en la remota Istar. Centró acto seguido la mirada en Crysania, tan ex­presivo que ella comprendió, entre asustada y feliz, que podía distinguirla. Sin embargo, su mente no era tan aguda como su recobrado sentido. Parecía estu­pefacto, no daba muestras de reconocerla.

Estudió receloso su entorno. La sacerdotisa per­cibió que se avivaba en su cerebro el recuerdo de los últimos sucesos. En efecto, se ensombrecieron sus pupilas, invadidas por una oleada de pesar, y tam­bién se hizo patente la recuperación de la memoria en el palpito de su garganta, en las vibraciones de los músculos de la mandíbula y en su manera de mi­rarla. Se disponía la sacerdotisa a exteriorizar sus disculpas, o acaso su rechazo, cuando el rostro del hombretón se dulcificó, sus rasgos se relajaron.

—Hija Venerable —dijo, sentándose y despojándo­se de la cortina—, estás helada. Toma, abrígate.

Antes de que acertara a protestar, Caramon la cu­brió con la ajada urdimbre. Mientras la envolvía, la dama se percató de que desviaba la vista hacia su gemelo; mas tan sólo le dedicó una fugaz ojea­da. Prescindió de su preocupante postración, como si no existiera, para concentrarse en otear el pano­rama.

—Caramon, nos ha salvado la vida —explicó la sa­cerdotisa, sin respetar su esquiva postura—. Formuló un hechizo y los hijos de las tinieblas dejaron de aco­sarnos —agregó, atenazando su brazo.

—Porque es uno de los suyos —la atajó el hom­bretón—, sólo que más poderoso.

Bajó la cabeza, a la vez que se esforzaba en retirar el brazo que la mujer apresaba. Fue en vano, aunque se hubiera desembarazado de su garra no habría po­dido sustraerse a su penetrante mirada.

—Es la ocasión de matarlo —lo aleccionó Crysa­nia—, nunca estará tan indefenso como ahora. Sin duda pereceríamos todos, pero ya estás preparado para esa contingencia. Tu ansia de aniquilarlo es su­perior a tu deseo de vivir, ¿me equivoco?

—Sabes mejor que yo que no lo consentirías —se rebeló el guerrero. Destilaba una frialdad que, de nuevo, ponía de relieve su parecido con su gemelo, o así se le antojó a su oponente—. Seamos sinceros, señora; al más mínimo ademán por mi parte nublarías otra vez mi visión.

Sereno, restablecida su confianza tras tan elocuen­te discurso, arrancó la nívea mano que sujetaba su brazo y concluyó:

—Conviene que uno de nosotros conserve la clari­videncia.

Crysania se sonrojó, más aún al recapacitar que las frases del humano, su sarcasmo, no eran sino un eco del aviso que pronunciara Loralon. El guerrero, ignorante de sus cavilaciones, se puso de pie.

—Encenderé una fogata —propuso—, si me lo per­miten los fantasmales amigos de mi hermano.

—No creo que se interfieran —corroboró la sacer­dotisa, a la vez que, también ella, se incorporaba—. No me impidieron rasgar las cortinas.

No pudo contener un estremecimiento, que su voz delató, al evocar el pánico que la invadiera en la pro­ximidad de aquellas mortíferas criaturas. Caramon presintió su zozobra y la escrutó, lo que hizo tomar conciencia a la dama de su aspecto. Arropada en una descolorida pieza de terciopelo, harapiento y ensan­grentado su hábito albo, ennegrecida toda ella a cau­sa del polvo y la ceniza del suelo, no presentaba una apariencia demasiado atractiva. En un impulso in­voluntario, tanteó su cabello, una melena en otro tiempo bien cepillada, suave y trenzada con sumo primor, que ahora caía sobre su rostro en tupidas greñas.

Palpó las lágrimas secas de sus mejillas, la sucie­dad, el polvo y se pasó la mano por la faz para bo­rrar tales estigmas. También quiso recoger los de­sordenados bucles; pero, comprendiendo que era una acción fútil e incluso estúpida, y enfurecida además por la actitud compasiva de su interlocutor, asumió una forzada dignidad.

—Ya no soy la doncella de mármol que conociste —le espetó—, ni tú el borrachín incorregible con el que me tropecé en Solace. Ambos hemos aprendido algo en este viaje.

—En mi caso puedo afirmarlo —repuso el hombretón.

—¿De verdad? —cuestionó la sacerdotisa, sin perder un ápice de su altivez—. Yo no estaría tan segu­ra. Por ejemplo, ¿sospechó tu mente preclara que los magos me enviaron al pasado a sabiendas de que nunca regresaría?

Caramon la contempló atónito y ella continuó con una sonrisa teñida de resentimiento.

—No. Pasaste por alto este hecho sin importancia, o así lo aseveró tu gemelo. Tan sólo una persona po­día beneficiarse del ingenio mágico de Par-Salian, aquel a quien se lo entregó. Los hechiceros me cata­pultaron hacia una muerte cierta, porque me temían.

El guerrero frunció el entrecejo, despegó los la­bios, volvió a sellarlos y meneó la cabeza. Tardó unos minutos en centrarse lo bastante para ensayar una réplica.

—Podrías haber abandonado Istar junto al elfo que vino en tu busca —le recordó.

—¿Lo habrías hecho tú? —lo increpó Crysania—. ¿Habrías renunciado a vivir en nuestro tiempo de ofrecérsete esta alternativa? ¡Por supuesto que no! No somos tan diferentes.

Cuando Caramon se disponía a contestar, más ta­citurno a cada instante, Raistlin tosió. Ladeando la cabeza en dirección al mago, la sacerdotisa le reco­mendó:

—Será mejor que enciendas ese fuego, o de lo con­trario sucumbiremos aquí mismo al destino.

Tras darle la espalda, ajena a la perplejidad en que lo habían sumido sus revelaciones, la dama se enca­minó hacia el lugar donde estaba tendido el nigro­mante. Estudió su faz macilenta, mientras se pregun­taba si había escuchado su conversación.

Aunque había recobrado el conocimiento, se hacía imposible discernir hasta qué punto Raistlin oyó la conversación entre sus dos acompañantes. De todos modos, su debilidad inducía a pensar que, de haber presenciado la escena, no le restaban energías para prestar atención. Crysania se arrodilló a su lado, no sin antes verter un poco de agua en un cuenco res­quebrajado, y arrancó un retazo medianamente lim­pio de su vestido a fin de humedecerle el rostro. La carne del postrado ardía de fiebre, que aún contras­taba más con la gélida sala.

Mientras ella atendía a su hermano, Caramon se afanó en recoger fragmentos de los desvencijados muebles y los apiló en el hogar.

—Necesito algo delgado, muy seco, o no consegui­ré que prenda —murmuró para sus adentros—. Esos libros servirán.

La última frase vibró en los tímpanos de Raistlin como el retumbar de un trueno. Levantó presto los párpados, movió la cabeza e hizo un frustrado intento de incorporarse.

—¡Alto, Caramon! —colaboró Crysania, cuando ad­virtió la debilidad del mago.

El guerrero se detuvo con un grueso volumen en la mano.

—Es peligroso —susurró el hechicero—. Se trata de una enciclopedia de magia, no debes tocar esos tomos.

Se quebró su voz, mas fijó sus centelleantes ojos en su hermano con tan ostensible preocupación que éste acató su mandato. El fornido humano farfulló algo ininteligible, soltó el ejemplar y comenzó a re­gistrar la escribanía.

—¿Qué es esto? —preguntó al rato, a la vez que ex­traía unos pergaminos de uno de los cajones—. Pa­recen cartas. ¿Puedo utilizarlas sin riesgo? —inqui­rió con tono áspero.

Su gemelo asintió en silencio y, tras hallar junto a la chimenea cuanto precisaba para obtener la chis­pa, el hombretón hizo brotar las llamas. La sacerdo­tisa oyó de inmediato su acogedor crepitar pues, gra­cias a la laca que los cubría, los improvisados leños se inflamaron sin tardanza. La luz que despedía la fogata era brillante, agradable, si bien recortaba con inquietante nitidez los contornos de los espectros que, aunque retraídos, permanecían en la estancia. Crysania espió sus lívidos rostros; pero prefirió ignorarlos.

—Acerquemos a Raistlin al calor —indicó al guerre­ro—. Antes me habló de una pócima, una medicina.

—Sí —contestó Caramon en un tono vacío de emo­ciones. Se situó junto a la mujer y, encogiéndose de hombros, añadió—: Dejemos que se drogue con su magia, si ése es su deseo.

Un destello de ira iluminó las pupilas de la sacer­dotisa. Se encaró con el hombretón, dispuesta a de­rramar sobre él una lluvia de reproches; pero un leve gesto de Raistlin la conminó a morderse la lengua.

—Has elegido un momento inoportuno para ma­durar, hermano —comentó el nigromante.

—Quizá —repuso el aludido, contraídas sus faccio­nes en una expresión que denotaba infinita tris­teza—. En cualquier caso, ya no importa.

Deprimido, se alejó de nuevo hacia el círculo de tibieza.

La sacerdotisa vio que Raistlin seguía con la mi­rada los pasos de su gemelo y, al reparar en su sem­blante, detectó una secreta sonrisa, un ademán sa­tisfecho. Consciente de que lo estudiaba, el hechicero clavó su mirada en ella, recuperando la adustez an­tes de que la dama reaccionara de su pasmo.

—Podré caminar si tú me ayudas —solicitó, deseo­so de atajar cualquier pregunta.

—Necesitarás tu bastón —apuntó la dama, solíci­ta, olvidada su suspicacia—. Te lo traeré.

Cuando estiraba el brazo hacia el refulgente puño, el mago le ordenó, desabrido:

—¡No lo toques! Por favor —rectificó, más ama­ble—. Si lo rozan manos extrañas se extingue su luz.

Con un irrefrenable escalofrío, la mujer examinó su entorno. Al percibirlo, y al atisbar también a los entes informes que pululaban en torno al bastón, sin atreverse a penetrar en su cerco, Raistlin apaciguó a su compañera.

—No creo que nos ataquen —susurró, retorcido su labio en una mueca indefinible, mientras ella lo rodeaba con los brazos al objeto de prestarle su apoyo—. Conocen mi identidad; no osarán disgustar­me. Pero... —Un nuevo acceso de tos le obligó a des­cargar su peso sobre Crysania y a interrumpirse bruscamente. Apoyó una mano en el hombro feme­nino, posó la otra sobre el cayado y, más seguro, con­cluyó su discurso—. Pero me sentiré más tranquilo si se mantiene inalterable su haz luminoso.

No podía hablar y avanzar al mismo tiempo; a pun­to estuvo de caer al suelo. La sacerdotisa se detuvo para permitir que recobrase el resuello y, durante la pausa, recapacitó que su respiración era asimis­mo irregular, rápida en exceso. Su arritmia consti­tuía una prueba fehaciente del torbellino que la agi­taba. Al oír el matraqueo en los pulmones del hechicero, su laboriosa batalla contra la asfixia, la consumía la piedad. Pero, por otra parte, sentía como una punzada el calor abrasador de su cuerpo tan cercano. La perturbaba el aroma embriagador de sus ingredientes mágicos, mezcla de pétalos de rosa y es­pecias, la envolvía la suavidad de sus oscuros ropa­jes, más aterciopelados que la cortina que pendía de sus hombros. Se entrecruzaron sus miradas un breve instante y el espejo en el que se escudaban los ojos de Raistlin se quebró, de tal manera que la mu­jer intuyó la sensualidad, la pasión que su mera pre­sencia le inspiraba.

Movido por un reflejo que no hacía sino corrobo­rar la intuición de Crysania, el mago la estrechó con­tra sí y ella se ruborizó, deseosa de huir, mas, en abierto dilema, tan cautivada que habría querido re­fugiarse en su abrazo para toda la eternidad. De pronto, cuando cedía al embrujo, el nigromante se puso rígido y retiró bruscamente su mano. Tenía que eludir su turbador contacto. La hizo a un lado y bus­có apoyo en el bastón.

Demasiado débil para renunciar a cualquier auxi­lio, se bamboleó y se vino abajo. La sacerdotisa co­rrió a sostenerlo, pero se lo impidió un robusto cuer­po que se interpuso entre ambos. Era Caramon quien, con sus colosales brazos, alzó a su hermano en volandas y lo llevó hasta una silla deteriorada, aunque aún acolchada, que había arrastrado hasta el fuego.

Durante unos segundos, Crysania quedó petrifica­da junto a la escribanía, incapaz de transmitir órde­nes a sus piernas. Mas, en cuanto comprobó que es­taba sola en la penumbra, privada de la luz del cayado y de las llamas, fue a reunirse con los geme­los ante el hogar.

—Siéntate, Hija Venerable —la invitó al hombretón, señalando una butaca cercana y desempolván­dola lo mejor que pudo.

—Te lo agradezco —murmuró la dama.

Por alguna razón inexplicable, eludió la mirada del enorme humano. Se acomodó en el asiento y se dejó acunar por la tibieza, abstraída en el chisporroteo de las llamas hasta devolver la compostura a su de­sencajado rostro.

Cuando tuvo el suficiente ánimo para enfrentar­se a la realidad inmediata, vio a Raistlin reclinado en su silla con los ojos cerrados, inhalando aire difi­cultosamente. Caramon calentaba agua en un abo­llado cazo metálico que había rescatado, al parecer, de las cenizas de la chimenea. Se erguía frente al utensilio, prendidos los ojos del burbujeante líqui­do. Los haces luminosos reverberaban en los áureos adornos de su vestimenta, se reflejaban en su curti­da piel y los músculos de sus brazos se abultaban al flexionarlos en un intento de absorber el calor.

«Este hombre posee una constitución privilegia­da», meditó la sacerdotisa, si bien recorrió su espi­na dorsal un intenso escalofrío al verlo de nuevo en el momento de entrar en el subterráneo del malha­dado Templo de Istar, armado con una espada y di­bujada la muerte en sus pupilas.

—El agua está a punto —anunció el guerrero. Crysania, sobresaltada, volvió al presente, a la Torre.

—Yo prepararé la infusión —dijo, ansiosa por ha­cer algo positivo.

Raistlin entreabrió los párpados al sentirla pró­xima. Inclinándose sobre sus mortecinos ojos, la dama no descubrió sino una réplica de sí misma, de aquella faz demacrada, envuelta en oscuras greñas que aún destacaban más su palidez. Sin pronunciar una palabra, el mago, exhausto, le tendió una bolsita de terciopelo antes de hacer un gesto a su herma­no y arrellanarse en su asiento.

Una vez recogido el saquillo, Crysania dio media vuelta y se topó con la imponente figura de Caramon, que la observaba inmóvil, entre perplejo y entriste­cido, una mezcla de sentimientos que aportaba a su semblante una gravedad inusitada. Sin embargo, se limitó a darle instrucciones.

—Pon un puñado de hojas en este cuenco —le in­dicó—, y luego llénalo de agua.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, curiosa, mientras abría la bolsa y olfateaba los aromas amargos de las hierbas.

—Lo ignoro —respondió el guerrero, vertiendo el líquido en el receptáculo—. Raist siempre se ocupa­ba de seleccionar los componentes y establecer las proporciones adecuadas. No toleraba la intervención de nadie. Fue Par-Salian quien le proporcionó la re­ceta después de la Prueba, cuando cayó enfermo. Su olor es nauseabundo y supongo que sabe todavía peor; pero actúa como un tónico. No tardará en res­tablecerse —le aseguró con voz áspera y cavernosa.

Crysania ofreció la humeante poción al hechice­ro. Éste asió el cuenco con manos trémulas y se lo llevó raudo a los labios. Tras sorber ávidamente su contenido, emitió un suspiro de alivio y volvió a aco­modarse en el afelpado asiento.

Un tenso silencio impregnó el ambiente. Caramon, que por un instante había espiado a su hermano con ternura, volvió a encerrarse en su hosquedad, en la contemplación de las llamas. También Raistlin esta­ba absorto en sus cábalas frente al fuego, sin profe­rir el menor comentario, una actitud que impulsó a la sacerdotisa a regresar a su butaca a fin de imi­tar a los otros, de ordenar sus ideas y desmadejar la maraña de los acontecimientos hasta hallarles un sentido.

Unas horas atrás se encontraba en una ciudad sen­tenciada por los dioses, que, en su ira, habían resuel­to destruirla. Ella misma se había sentido al borde del colapso, tanto físico como mental. Ahora podía admitirlo. Entonces rehusó hacerlo por imaginar que protegía su alma el acerado escudo de su fe. ¡Acera­do! El metal, lo reconoció avergonzada, era en reali­dad una capa de hielo que se había disuelto bajo la lacerante luz de la verdad, dejándola vulnerable. De no haberse inmiscuido Raistlin, habría perecido en la remota Istar.

Raistlin... Al evocar su nombre, se sonrojó. El ni­gromante provocaba en sus entrañas una emoción que nunca creyó poseer, una sensualidad y unas pa­siones a las que siempre se había resistido. Años atrás se había prometido en matrimonio a un caballero, al que profesaba cierto afecto, pero no lo que­ría, empecinada como estaba en rehuir la suerte de amor que describían los cuentos infantiles. Conside­raba que vivir pendiente de otra persona, atrapada en sus redes, era un obstáculo y una debilidad indigna. Recordó la alusión que hiciera Tanis el Semielfo a su esposa, Laurana, durante su charla en «El Últi­mo Hogar», al referirse a su forzado distanciamiento: «Me asalta a menudo la impresión de que me fal­ta mi brazo derecho.»

Aquella noche tildó el comentario de ñoñería sen­timental, mas ahora hubo de preguntarse si no sen­tía ella lo mismo por Raistlin. Voló su recuerdo al último día en Istar, la tempestad, los fulminantes ra­yos, cómo se había abandonado en los brazos del he­chicero. Su corazón se contrajo en un espasmo de de­seo al rememorar su embriagador contacto, si bien se le apareció con idéntica nitidez el aguijonazo de miedo, la extraña repulsión que desvirtuara el mo­mentáneo placer. Evocó el brillo febril de sus ojos, su complacencia en la tormenta, como si él la hubie­ra desatado mediante su arte.

Algo similar le ocurría con los efluvios de sus com­ponentes mágicos. La agradable fragancia de péta­los de rosa, los aromas especiados que despedían no podían disociarse de un hedor repugnante, fruto de una prolongada podredumbre y del azufre nacido en los Abismos. Su cuerpo mendigaba el abrazo, su es­píritu se retorcía de terror.

El estómago de Caramon rugió sonoramente. Sus ecos, en la letal quietud, despertaron a la dama con un respingo.

Roto su ensimismamiento, la sacerdotisa alzó los ojos y vio que el guerrero se sonrojaba hasta que sus pómulos adquirieron una tonalidad purpúrea. Recor­dando su propio apetito —hacía horas, ignoraba cuántas, que no había engullido un bocado—, Crysania estalló en carcajadas.

El hombretón la examinó incierto, quizá persua­dido de que sufría un ataque de histerismo. Al ad­vertir su estupor, las risas de la dama arreciaron. A decir verdad, aquel arranque de hilaridad contribu­yó a serenarla. La oscuridad de la sala pareció retroceder, se disiparon las sombras que hostigaban su alma. Rió de buen grado hasta que al fin, conta­giado de su alegría, Caramon se unió a ella aunque tímidamente, enrojecido su rostro.

—Así es cómo los dioses ponen de manifiesto nues­tra naturaleza humana —declaró la sacerdotisa cuando pudo hablar—. Nos hallamos en un lugar de pesadilla, rodeados por criaturas que acechan la oca­sión propicia para devorarnos, y lo único que acier­to a pensar es que estoy muerta de hambre.

—Necesitamos comida —repuso Caramon, serio de repente—. Y ropa adecuada, si ha de prolongarse nuestra estancia. Por cierto, ¿cuánto tiempo pasare­mos aquí? —le preguntó a su hermano.

—No mucho —contestó Raistlin. La pócima había hecho su efecto, su voz era más firme y un fondo de color animaba su tez blanquecina—. El suficiente para que repose, recupere las fuerzas y complete mis estudios. Esta dama —desvió la mirada hacia Crysania, que se estremeció al notar su tono impersonal— debe congraciarse con su dios y renovar su fe. En­tonces podremos atravesar el Portal y tú, hermano, serás libre de dirigir tus pasos a donde te plazca.

La sacerdotisa vislumbró un interrogante en los ojos del guerrero, pero se mantuvo inexpresiva a pe­sar de que el acento casual con que el nigromante había mencionado el temible acceso al Abismo, a las simas donde habían de enfrentarse a la Reina de la Oscuridad, paralizó su palpito. Temerosa de que Ca­ramon reparase en su desazón, ladeó el rostro hacia el fuego.

El recio humano suspiró y, aclarándose la gargan­ta, preguntó a su gemelo:

—¿Me enviarás a casa?

—¿Es eso lo que deseas?

—Sí —confirmó el hombretón—. Quiero volver jun­to a Tika, y hablar con Tanis. Aunque de alguna ma­nera tendré que explicar la muerte de Tas —añadió en un balbuceo—, su destrucción en Istar.

—¡En nombre de los dioses, Caramon! —lo atajó Raistlin, a la vez que hacía un gesto desaprobatorio con su delgada mano—. Creía haber atisbado un des­tello de madurez en ese embotado cerebro tuyo. Sin duda a tu regreso encontrarás a Tasslehoff sentado en tu cocina, relatando a Tika una abrumadora aven­tura mientras os roba vuestras pertenencias.

—¿Cómo? —indagó el guerrero, pálido, desorbita­dos sus ojos.

—Escucha, hermano —siseó el hechicero, que ha­bía extendido un dedo en su dirección—. El kender decidió su propia suerte al irrumpir en el encanta­miento de Par-Salian. Existe un motivo de peso para prohibir que los de su raza, así como los enanos y los gnomos, viajen en el tiempo: todos ellos fueron creados a través de una jugarreta del destino, a cau­sa de la negligencia de Reorx, su divinidad, de tal modo que no se hallan inmersos en el fluir de las eras al igual que los humanos, los elfos y los ogros, con­cebidos por voluntad de los hacedores.

»Tas podría haber alterado la Historia; él mismo lo comprendió cuando yo cometí el error de expo­ner este hecho en voz alta. ¡No podía permitírselo! De haber impedido el Cataclismo, como el kender pretendía, nadie sabe qué calamidades se habrían desencadenado en Krynn. Acaso al catapultarnos a nuestro tiempo habríamos hallado a la Reina Oscu­ra convertida en soberana absoluta de nuestra tie­rra, ya que la hecatombe sobrevino, en parte, para preparar al mundo contra su poderoso influjo, para darle fuerzas con las que afrontar su desafío.

—¡Así que lo asesinaste! —le imprecó Caramon, fuera de sí

—Le sugerí que se apoderase del ingenio, le ense­ñé su manejo y le mandé a nuestra época —le corrigió Raistlin, no menos irritado.

—¿No me engañas? —insistió el guerrero, receloso. Emitiendo un suspiro, el mago apoyó la cabeza en el acolchado respaldo de su silla.

—Te he dicho la verdad —ratificó—, pero no espe­ro que me creas. ¿Por qué habías de hacerlo? —con­cluyó, y sus manos acariciaron la Túnica Negra que lo identificaba.

—Me parece recordar —intervino Crysania— que me tropecé con Tasslehoff poco antes de que se ini­ciara el gran terremoto. Ambos estábamos en la crip­ta secreta del Príncipe de los Sacerdotes.

Raistlin abrió los ojos en meras rendijas. Su mi­rada centelleante traspasó sus vísceras y la atenazó, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.

—Continúa —la apremió Caramon.

—Lo intentaré, aunque las imágenes surgen borro­sas en mi memoria. Tenía el artilugio mágico, de eso estoy segura, pues me explicó algo sobre él. —Se lle­vó la mano a la frente, prueba del esfuerzo que realizaba—. ¿Qué fue? Lo he olvidado, la confusión que reinaba en el Templo ensombreció todo lo demás. Pero el ingenio estaba en su poder, eso puedo afir­marlo —se obstinó.

—Supongo que confías en la Hija Venerable, her­mano —apuntó el nigromante con una leve sonrisa—. Una sacerdotisa de Paladine no incurriría en una ab­yecta mentira.

—¿Significan sus palabras que ahora mismo Tas está de vuelta en Solace, en casa? —El guerrero no dudaba de la autenticidad de las revelaciones de la dama, pero no lograba asimilar tan asombro­sas noticias—. En ese caso, a mi retorno lo encon­traré...

—Sano y salvo —apostilló su gemelo—, cargado de posesiones ajenas, sobre todo las tuyas. Si estás sa­tisfecho, concentrémonos en cuestiones más urgen­tes. Tienes razón, hermano, necesitamos alimento y atuendos confortables, y obviamente no hemos de ha­llarlos en este edificio. El tiempo al que nos hemos desplazado es un siglo después del Cataclismo. La Torre que nos alberga —ondeó una mano— ha per­manecido desierta durante todos estos años, guar­dada por los hijos de las tinieblas que invocara en su maldición el hechicero cuyo cuerpo está ensarta­do en la verja de entrada y, también, por el Robledal de Shoikan. Su amenazadora frondosidad constitu­ye una barrera infranqueable para cualquiera que in­tente acercarse.

«Para cualquiera salvo yo mismo, claro. Nadie es admitido en sus dependencias, mas los custodios no prohibirán que salga uno de nosotros, por ejemplo tú, Caramon. Irás a Palanthas, donde comprarás co­mida y ropa. Aunque podría crearlas mediante la ma­gia, no deseo malgastar energías entre este momento y el día en que atraviese el Portal..., es decir, atra­vesemos, ya que Crysania vendrá conmigo.

El hombretón lo miró estupefacto, antes de exa­minar la chamuscada ventana y rememorar las his­torias tantas veces oídas acerca del ominoso bosque al que ésta se asomaba.

—Te protegeré a través de un hechizo —lo tranqui­lizó Raistlin al leer el terror en sus dilatadas pupilas—. Es imprescindible la asistencia de un sor­tilegio, aunque no para cruzar el Robledal. El inte­rior de la mole encierra más riesgos, a causa de los centinelas espectrales. Es verdad que me obedecen, pero son voraces y tu sangre fresca, revitalizadora. No salgas de esta habitación sin mí, bajo ningún pre­texto. Tampoco tú, sacerdotisa.

—¿Dónde está ese Portal misterioso? —indagó Caramon de manera abrupta.

—En el laboratorio, en la cúspide de la Torre —ex­plicó el nigromante—. Todos los accesos arcanos fue­ron construidos en el lugar más seguro que pudie­ron concebir los magos porque, como ya habrás adivinado, son tremendamente peligrosos.

—Sospecho que los brujos siempre se han metido en terrenos que deberían quedar inviolados —gruñó el guerrero—. En nombre de los dioses, ¿cómo se les ocurrió crear una vía de comunicación con el Abismo?

Uniendo las puntas de los dedos, Raistlin se situó frente a las llamas y comenzó a hablar con la mira­da fija en ellas, como si fueran las únicas capaces de entenderle.

—El ansia de saber es el motor de numerosas ini­ciativas. Algunos de los objetos resultantes son po­sitivos, nos benefician a todos. Una espada en tus manos, Caramon, defiende la causa de la justicia, protege a los inocentes. Sin embargo, si esa misma arma cayera en posesión de Kitiara, nuestra queri­da hermana, podría convertirse en ejecutora de se­res que nunca dañaron a nadie, partiría sus cráneos si ése fuera su deseo. ¿Acaso el culpable es quien di­señó su acero y le confirió sus propiedades?

—No —intentó dialogar el hombretón, mas su ge­melo lo ignoró.

—Hace muchos siglos, en la Era de los Sueños, cuando los magos eran respetados y su arte florecía en Krynn, las cinco Torres de la Alta Hechicería se erigieron en el portaestandarte de la luz dentro del túrbido océano de ignorancia que era el mundo. Se obraban allí portentos susceptibles de enriquecer a los moradores de todo el continente y se proyecta­ban otros de mayor alcance. Quizá, de no haberse cer­cenado tales progresos, ahora podríamos surcar los aires, navegar por las alturas al igual que los drago­nes. Incluso nos sería dado repudiar las miserias que nos rodean y habitar otros planetas, astros lejanos cuya existencia apenas columbramos.

Pronunció su discurso con voz serena, aunque ve­hemente. Caramon y Crysania escucharon inmóviles, hipnotizados por su singular tono y atrapados en las visiones que sugería.

—No pudo ser —prosiguió el enteco humano tras un corto intervalo—. En su afán de perfeccionar tan prometedores logros, en su precipitación, los hechi­ceros elaboraron un sistema directo de ponerse en contacto de una Torre a otra, sin recurrir a los fa­rragosos encantamientos que hasta entonces utiliza­ban para desplazarse. Así nacieron los Portales.

—¿Consiguieron construirlos? —Era la sacerdoti­sa quien lo interrumpía, asombrada ante sus revela­ciones.

—¡Por supuesto que sí! —le espetó Raistlin—. El problema fue que su invento sobrepasó sus más am­biciosos sueños, sus peores pesadillas. Aquellos ac­cesos no sólo facilitaban el viaje entre las distintas fortalezas de la magia, sino que también permitían la entrada al reino de los dioses. Lo descubrió un inepto acólito de mi Orden, y ése fue el motivo de su infortunio.

Un repentino escalofrío selló sus labios. Arropán­dose en sus negras vestimentas, arrimándose al ca­lor del fuego, el nigromante miró a las llamas y reem­prendió su relato.

—Tentado por la Reina de la Oscuridad como sólo ella puede engatusar a un mortal cuando se lo pro­pone, utilizó el Portal a fin de introducirse en su uni­verso y reclamar el premio que en sus sueños ella le ofrecía todas las noches. —Rió, burlón y acerbo al mismo tiempo—. ¡Necio! Nadie sabe cuál fue su suerte, pero nunca regresó de su osada incursión. En cambio, la soberana sí se abrió camino hasta nuestro mundo, acompañada por varias huestes de dragones.

—¡Las primeras guerras reptilianas! —exclamó Crysania.

—Has comprendido. Lo que sin duda ignorabas era que esas guerras se desencadenaron por culpa de un miembro de mi hermandad carente de disciplina, de autocontrol. Se dejó seducir, y las consecuencias fue­ron nefastas.

Calló el hechicero para, sumido en hondas cavila­ciones, contemplar las llamas.

—No son ésas mis noticias —protestó Caramon—. Según las leyendas, los dragones vinieron por sí mis­mos, organizados de antemano.

—A tus oídos sólo han llegado fábulas infantiles, sin fundamento —lo atajó su gemelo sin poder re­primir un gesto de impaciencia—. Tu credulidad de­muestra hasta qué extremo desconoces a esos ani­males. Son criaturas independientes, orgullosas, individualistas, incapaces de reunirse ni siquiera a la hora de preparar una cena. ¡Cuánto menos habían de coordinar una estrategia bélica! Fue la Reina quien los condujo a nuestro plano de existencia, ella fue la artífice del conflicto. Se adentró en Krynn con toda su fuerza, no como la sombra que vimos cuan­do nos enfrentamos a ella, y nos sometió a una cruen­ta batalla hasta que el sacrificio de Huma la devol­vió a la negrura.

Raistlin se llevó las manos a los labios, meditabun­do, antes de reanudar su narración.

—Algunos eruditos afirman que Huma no utilizó físicamente la Dragonlance para destruirla, tal como han difundido las voces populares, sino que el arma poseía una virtud arcana susceptible de forzar su re­tirada y cerrar el Portal a piedra y lodo. Sea como fuere, su rendición pone de relieve su vulnerabilidad fuera del terreno donde gobierna: las Tinieblas. Si hubiera habido un ser dotado de auténtico poder en el momento en que irrumpió en nuestra jurisdicción, un ser capacitado para aniquilarla en lugar de limitarse a restituirla al Abismo, la Historia habría dis­currido por otros derroteros.

Se hizo el silencio. Crysania escrutó la fogata don­de, quizá, vislumbró las mismas imágenes que el archimago, las escenas de una gloria aún por venir. Caramon, menos intuitivo, estudió el lívido rostro de su hermano.

Rompió la ensoñación la voz del mago, que se vol­vió hacia sus interlocutores con una mirada diáfa­na, fría y a la vez intensa, al objeto de anunciar:

—Mañana, restablecido de mi agotamiento, subi­ré solo al laboratorio e iniciaré los preparativos. Tú, señora, deberás reconciliarte con tu dios sin perder un instante —conminó a la sacerdotisa.

Crysania tragó saliva y, temblorosa, aproximó su silla a la chimenea. Pero antes de que se instalara de nuevo, el guerrero se plantó frente a ella a fin de atenazarle los brazos de tal manera que la dama hubo de alzar forzosamente la vista.

—Vas a cometer una locura, Hija Venerable —la amonestó, aunque su tono era compasivo—. ¡Deja que te aleje de este lugar tenebroso! Tienes miedo, y a fe mía que te sobran razones para sentirlo. Quizá no era verdad todo lo que dijo Par-Salian de mi gemelo, admito que puedo haberme equivocado al juz­garlo, mas existe un hecho innegable: estás asusta­da, y no te lo reprocho. Raistlin acometerá su empeño en solitario; siempre ha actuado sin ayuda. Si quie­re desafiar a las divinidades es asunto suyo, pero no permitas que te involucre. Volvamos a casa. Yo te res­tituiré al presente y te ayudaré a olvidar toda esta insensatez.

El hechicero no intervino, pero sus pensamientos resonaron en la mente de la mujer con tanta clari­dad como si hubiera hablado.

«Oíste al Príncipe de los Sacerdotes, tú misma declaraste haber descubierto su falta, su debilidad. Paladine te favorece, incluso en esta Torre llena de malignidad ha escuchado tus plegarias. ¡Eres su elegida! Obtendrás el éxito allí donde fracasó el sumo mandatario de Istar. Acompáñame, Crysania, tales son los dictados del destino.»

—Estoy asustada, lo reconozco —musitó la sacer­dotisa mientras, con dulzura, se liberaba de las garras de Caramon—. Me conmueve tu generosa proposición, y confío en que no me tildarás de desa­gradecida si resuelvo quedarme. Estos temores míos son una flaqueza que debo combatir. Con ayuda de Paladine, lograré superarlos antes de traspasar el Portal junto a tu hermano.

—Sea —fue la lacónica respuesta del hombretón, quien, compungido, le dio la espalda.

Raistlin sonrió con una mueca sombría, secreta, que no se reflejó ni en sus ojos ni en sus palabras.

—Y ahora, Caramon —dijo con su proverbial caus­ticidad—, si ya has terminado de inmiscuirte en cues­tiones que eres incapaz de aprehender, prepárate para tu pequeña expedición. Es mediodía. En esta época gris a la que nos hemos trasladado, los mer­cados están a punto de abrir. —Introdujo una mano en un bolsillo de su túnica, extrajo varias monedas y se las arrojó—. Supongo que bastará; nuestras ne­cesidades son modestas.

El aludido recogió el dinero de un modo instinti­vo, sin recapacitar. Sin embargo, después de guar­darlo en su cinto pareció vacilar, a la vez que exami­naba al nigromante con idéntica expresión a la que Crysania observara en el Templo de Istar, cuando ve­rificó el amor infinito, el odio desgarrador que se de­batían en sus entrañas.

Al fin, el guerrero bajó la cabeza y se dispuso a partir.

—Acércate a mí, Caramon —le ordenó, en un siseo, su gemelo.

—¿Por qué he de hacerlo? —inquirió él, asaltado por un súbito resquemor.

—Tenemos que deshacernos de la argolla de tu cue­llo. ¿Acaso quieres recorrer las calles con ese sím­bolo de esclavitud? Además, olvidas mi hechizo pro­tector. —El nigromante se expresó con una inagotable paciencia, que no se alteró al agregar, a la vista de la obcecación de su fornido oponente—: Te recomiendo que no abandones esta sala sin él aun­que, por supuesto, eres tú quien debe decidir.

Desviando la mirada hacia los espectros, que los espiaban desde las sombras con ostensible voraci­dad, el guerrero optó por obedecer. Avanzó hacia su hermano y se detuvo frente a él, cruzados los brazos sobre el pecho.

—Espero instrucciones —rezongó.

—Arrodíllate.

Prendió en las pupilas del hombretón un destello de cólera, asomó a sus labios un reniego, mas, al con­sultar furtivamente a Crysania, se contuvo.

—Estoy exhausto, Caramon —explicó Raistlin a modo de disculpa—. Ni siquiera me restan fuerzas para levantarme. Por favor, haz lo que te he indicado.

Vencida su reticencia, si bien no pudo por menos que apretar las mandíbulas, el guerrero hincó la ro­dilla en el suelo a fin de descender al nivel de su frá­gil y enlutado gemelo. Surgió de la garganta de este último una frase arcana y la férrea anilla se abrió, cayendo del cuello que aprisionaba y estrellándose contra la roca.

—Aproxímate un poco más —solicitó el mago. Indeciso, Caramon acató su deseo, puestos los ojos en aquella criatura que tenía el don de desconcertarle.

—Si me doblego a tu voluntad es sólo por Crysa­nia —afirmó, ronco su acento a causa de las emo­ciones que lo agitaban—. De estar en juego nuestras vidas, la tuya y la mía, dejaría que te pudrieras en este nido de perversidad.

Raistlin extendió las manos y las posó en ambos lados del cráneo de su gemelo.

—¿Eres sincero? —lo interrogó con ternura, tan acariciadora su voz como sus manos—. ¿De verdad me abandonarías? —insistió en un susurro—. ¿Me habrías matado en aquel lóbrego subterráneo, poco antes del Cataclismo?

El hombretón no atinó a contestar, estaba dema­siado confundido. De pronto, sin que mediara una pa­labra entre ambos, el nigromante se inclinó hacia adelante y besó la frente de su hermano, quien, en un reflejo involuntario, se apartó. Se diría que lo ha­bían marcado con un hierro candente.

Desembarazado de la inquietante zarpa, Caramon miró angustiado aquella enteca faz que tanto le per­turbaba.

—¡No lo sé! —contestó en un quebrado murmu­llo—. ¡Por los dioses, debería eliminarte, pero no es­toy seguro de poder hacerlo!

Convulsionado por el llanto, el corpulento huma­no enterró el semblante entre sus palmas, al mismo tiempo que, sin proponérselo, apoyaba la cabeza en el negro regazo.

—Cálmate, Caramon —lo consoló el hechicero mientras jugueteaba con su ensortijado cabello—. Mi ósculo será tu talismán, tu salvaguarda. Los hijos de la oscuridad no osarán lastimarte si permaneces bajo mi influjo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

Una desnuda pared de piedra

 

 

Caramon se hallaba en el umbral del estudio es­crutando la penumbra del pasillo, una penumbra que bullía de vida, de susurros y de ojos. A su lado esta­ba Raistlin, posada una mano en el brazo de su ge­melo y la otra en el Bastón de Mago.

—Todo irá bien, hermano —musitó el hechicero—. Confía en mí.

El guerrero le lanzó una mirada recelosa y, al ad­vertirlo, el arcano personaje esbozó una sonrisa bur­lona.

—Ordenaré a una de esas criaturas que te escolte

—ofreció, a la vez que señalaba a los espectros del pasadizo.

—No me entusiasma la idea —protestó el hombretón al percibir que uno de los entes descarnados se le aproximaba.

—Custódiale —encargó el mago al traslúcido ser, del que no se distinguían sino un par de centellean­tes pupilas—. Está bajo mi protección; supongo que sabes quién soy.

Se entornaron los fantasmales párpados en acti­tud sumisa, antes de fijar su atención en Caramon, quien, tiritando, observó inquieto a su gemelo. Los rasgos de este último se habían endurecido, su ex­presión era severa y grave.

—Los  guardianes  te  guiarán  por  el  Robledal —anunció—. Nada debes temer hasta que hayas cru­zado la verja. Es en la ciudad donde te acechan los auténticos peligros. Sé cauteloso. Palanthas no es el lugar bello y pacífico en el que ha de convertirse den­tro de dos siglos. Está atestado de prófugos, que se agazapan en los vertederos, los callejones y los rin­cones más insospechados. Varios carromatos surcan diariamente el adoquinado para retirar los cadáve­res de quienes murieron la víspera, hay hombres que te asesinarían con el único propósito de robarte las botas. Lo primero que has de hacer es adquirir una espada, y blandiría de manera ostensible.

—Salvaré esos escollos; no me preocupan en lo más mínimo —le espetó Caramon.

Sin hacer más comentarios, el hombretón dio media vuelta para internarse en el corredor mien­tras, con escaso éxito, trataba de desentenderse de los lívidos seres que pululaban en torno a su hom­bro, de aquellos ojos desnudos de cuencas que lo contemplaban.

Raistlin permaneció en el umbral hasta que su her­mano se hubo alejado del radio de luz de su bastón, hasta que fue engullido por la animada penumbra. Esperó incluso que se desvanecieran los ecos de sus zancadas antes de volver a entrar en la estancia.

La sacerdotisa estaba sentada en su butaca, mien­tras se pasaba la mano por el cabello en un infruc­tuoso esfuerzo por alisarlo. Avanzando con sigilo a fin de no ser visto, el hechicero se detuvo tras ella y hurgó en un bolsillo secreto de su túnica, en busca de una bolsa que contenía arena blanca. Cuando la encontró, deshizo el nudo y dejó caer el polvillo so­bre la melena azabache de la dama.

Ast tasark simiralan krynawi —recitó.

Al instante la cabeza de Crysania se desplomó, se cerraron sus ojos y la mujer se abandonó a un sue­ño profundo, arcano. El mago rodeó su asiento con el objeto de examinarla detenidamente, durante va­rios minutos.

Aunque había limpiado de su rostro las manchas de sangre y de lágrimas, las huellas de su azaroso viaje por las tinieblas se hacían patentes aún en los cercos violáceos que enmarcaban sus largas pesta­ñas, un corte en el labio y la palidez de su epider­mis. Estirando la mano con suavidad, Raistlin reti­ró los mechones que cubrían sus ojos.

La sacerdotisa se había despojado de la cortina que utilizara como manta al caldear el ambiente la fogata y, ahora, su albos ropajes ondeaban vaporo­sos, aunque harapientos, alrededor de su cuerpo. Los jirones habían dejado al descubierto las incipientes curvas de sus senos, que se abultaban al ritmo de su pausada respiración, y el nigromante no pudo por menos que admirarlos.

—Si yo fuera un hombre común, la haría mía —dijo, en un murmullo apenas articulado.

Rozó con su palma los pómulos, los crespos tira­buzones que se enredaban en sus dedos.

—Pero no lo soy —se reprendió a sí mismo.

Desprendiéndose de los rizos de la sacerdotisa dis­tribuyó el aterciopelado paño sobre sus hombros y su relajado cuerpo. Crysania sonrió, quizás a cau­sa de un sueño placentero, y se arrebujó en la buta­ca, apoyada la mejilla en la mano y ésta, a su vez, en el brazo de madera.

El contacto de su fina piel evocó en la mente del mago vividos recuerdos. Empezó a temblar, mientras se decía que no tenía más que neutralizar el encan­tamiento y abrazarla como lo hiciera en su periplo por el tiempo, para sentir el femenino palpito con­tra su pecho. Disponían de una hora de intimidad an­tes de que el guerrero regresara de su expedición.

— ¡No soy como los otros humanos! —repitió, en­furecido.

Al ladear la figura para conjurar su deseo, se cru­zó su mirada con los ojos escrutadores de los guar­dianes.

—Vigilad su descanso durante mi ausencia —in­dicó a algunos de los espectros que fluctuaban en las sombras—. Vosotros seguidme —añadió, dirigién­dose a dos de los que se hallaban en el estudio cuan­do despertó de su forzado letargo, aquellos con los que había departido.

—Sí, maestro —respondieron los designados. Al iluminarles la luz del bastón, se esbozaron los con­tornos de sus brumosos atuendos.

Tras salir al corredor, Raistlin cerró quedamente la puerta del estudio. Aferró entonces el cayado, en­tonó un cántico y fue transportado en un santiamén al laboratorio situado en la cúspide de la Torre de la Alta Hechicería.

Todavía no había recobrado el resuello, ni había acabado de materializarse, cuando sufrió un violen­to ataque.

Lo envolvieron bramidos de cólera, gritos de cria­turas ultrajadas, al mismo tiempo que ominosos per­files atravesaban el aire, sin amedrentarse frente a los haces arcanos del bastón. Varios pares de manos blancas, huesudas, aprisionaron su garganta y su ata­vío, desgarrándolo en una agresión tan repentina, tan impregnada de odio, que Raistlin casi perdió el con­trol.

No tardó en dominarse. Trazó un arco en el aire con el bastón, recitó unos versículos esotéricos, y los espectros se inmovilizaron.

— ¡Habladles! —urgió a los dos guardianes que lo escoltaban—. Reveladles mi identidad.

—Es Fistandantilus —se apresuraron a obedecer éstos, si bien sus voces se confundieron con los ru­gidos de las huestes infernales—. Esta vez no se ha presentado de acuerdo con los augurios; al parecer se trata de un experimento secreto —explicaron tras imponerse, al fin, al tumulto.

Débil, mareado, el hechicero alcanzó una silla y se desmoronó sobre ella. Mientras se recriminaba por no haberse preparado de antemano para recibir tan brutal embestida, mientras maldecía su frágil cuer­po que le fallaba otra vez, se secó la sangre de una herida abierta en su faz y luchó contra el torbellino de su mente. No podía perder el conocimiento.

«Todo esto es obra tuya, mi Reina —pensó, en una inspiración que se abría camino entre los dardos del dolor—. No te atreves a luchar cara a cara conmigo porque soy demasiado fuerte en este plano de exis­tencia. Has puesto un pie en mi mundo, el Templo ha aparecido en Neraka en la forma corrupta que tú le has dado y también has despertado a los drago­nes malignos, que sustraen los huevos aún cerrados de los bondadosos. Pero la puerta sigue atrancada, obstruye tu avance una piedra angular interpuesta por un amor abnegado, capaz de inmolarse. Ese fue tu gran error, pues, al penetrar en nuestra esfera vital, nos franqueaste el acceso a la tuya. Todavía no puedo llegar hasta ti, ni tampoco tú pasar al otro lado. No obstante, el momento de enfrentarnos se acerca.

—¿Te encuentras mal, maestro? —preguntó uno de los entes espectrales—. Lamentamos no haber po­dido impedir que te lastimaran; actuaste tan depri­sa que nos fue imposible refrenarte. Te lo ruego, dis­cúlpanos. Si está en nuestra mano ayudarte...

—¿Cómo vais a hacerlo? —lo interrumpió el mago, víctima de un ataque de tos—. Dejadme descansar, sacad de aquí a esas criaturas.

—Sí, amo.

Cerrando los ojos, Raistlin aguardó en la oscuri­dad que se mitigara el desmayo, el sufrimiento. Al rato se espaciaron los espasmos, que tuvieron la vir­tud de descongestionar su pecho, y revisó mental­mente sus planes. Necesitaba dos semanas de estu­dio continuado para prepararse, un tiempo del que podía disponer sin cortapisas en la Torre. Se había ganado la voluntad de Crysania, quien acataría gus­tosa su mandato y aportaría la fuerza de Paladine en su proyecto de atravesar el Portal y combatir a los guardianes que lo custodiaban desde el batiente opuesto.

Poseía la sapiencia de Fistandantilus, unos cono­cimientos acumulados por el archimago a lo largo de múltiples generaciones. También contaba con su propia erudición, que respaldaba la energía de un cuerpo joven. Cuando estuviera a punto, llegado el instante crucial de abrir el acceso, se hallaría en la cumbre de su poder; se habría transformado en el hechicero mejor dotado que nunca pisara el suelo de Krynn.

El reconocimiento de este hecho lo reconfortó y re­novó su ánimo. El aturdimiento, el dolor físico, ce­dieron por completo, así que, incorporándose, exa­minó el laboratorio. Estaba familiarizado con sus recovecos, se conservaba —en apariencia— idéntico al día que cruzó su umbral en el pasado, un día aho­ra futuro del que le separaban doscientos años. En­tonces llegó investido de plena supremacía, tal como se había preconizado. Las puertas se abrieron, los perversos guardianes lo saludaron en actitud reve­rencial en vez de atacarlo.

Mientras recorría la estancia, alumbrado por su mágico cayado, Raistlin sintió crecer su curiosidad. No estaba todo tan inalterado como le hizo suponer la primera ojeada; advirtió cambios extraños, des­concertantes. Debería haber reinado una distribución exacta a la que encontraría dos siglos más tar­de. Sin embargo, una redoma ahora intacta había de romperse antes de su llegada y el libro de hechizos que descansaba en una larga mesa de piedra yace­ría en el suelo en el momento triunfal de proclamar su predominio.

—¿Manipulan los guardianes los objetos de la sala? —preguntó a los dos entes encargados de su escolta.

No se detuvo para esperar la contestación. Los plie­gues de sus ropajes crujieron contra sus tobillos a causa del movimiento que les imprimió en su deam­bular hacia la parte trasera del inmenso laboratorio, en busca del acceso que nunca se abría.

—No, maestro —respondió atónito uno de los espectros—. No se nos permite tocar nada.

El nigromante se encogió de hombros. Eran innu­merables los fenómenos y las circunstancias que po­dían justificar tales irregularidades. «Quizás un te­rremoto», se dijo, perdiendo todo interés en el asunto al adentrarse en las sombras más próximas al gran Portal.

Alzó el Bastón de Mago a fin de ampliar su reful­gente cerco y las tinieblas se disolvieron, huyeron bajo su influjo del extremo donde debía erguirse la hoja con sus tallas de platino representando cinco cabezas de dragón, provista de una cerradura de pla­ta que ninguna llave en Krynn era capaz de desa­trancar.

Mientras mantenía el bastón en alto, Raistlin se quedó sin resuello. Durante varios minutos no atinó sino a contemplar su objetivo hipnotizado, vacíos sus pulmones, ardientes y arremolinadas sus cábalas. Luego, cuando pudo reaccionar, brotó de sus labios un bramido de ira que sacudió los cimientos de la Torre, azotando la imperecedera negrura.

Tan espantoso fue el grito, tan estentóreos sus ecos en los corredores del edificio, que los guardianes se agazaparon en sus halos de oscuridad convencidos, acaso, de que la temible Reina había irrumpido en las dependencias.

Caramon oyó la manifestación de cólera al traspa­sar la puerta lateral de la mole. Asaltado por un sú­bito pavor, soltó los paquetes que cargaba y, con mano trémula, encendió la antorcha que acababa de adquirir. Acto seguido, enarbolando su nueva espada, el fornido guerrero ascendió los peldaños de la escalinata de dos en dos.

Cuando abrió, violentamente, la puerta del estu­dio, encontró a la sacerdotisa en su butaca. Aunque todavía amodorrada, Crysania miraba inquieta su en­torno.

—He oído un alarido —anunció, a la vez que se fro­taba los ojos y se ponía en pie.

—¿Cómo estás? —indagó Caramon, sin aliento tras la veloz escalada.

—Perfectamente —respondió ella, perpleja. Al adi­vinar los temores del hombretón, se apresuró a agregar—: No he sido yo. Creo que me quedé dormi­da, y ese aullido me ha despertado de mi letargo.

—¿Adonde ha ido Raist? —inquirió el guerrero.

—¡Raistlin! —repitió la dama alarmada y, de no impedírselo el musculoso brazo de Caramon, habría salido de la estancia a toda carrera.

—Él es el causante de tu sueño —explicó el huma­no con voz cavernosa y, para mejor demostrarlo, des­prendió del cabello femenino unos granos de arena blanca—. Te ha sumido en un hechizo.

—¿Por qué? —Crysania pestañeó incrédula al con­templar el polvillo.

—Lo averiguaremos.

—Guerrero —susurró alguien, sin duda una de las criaturas de ultratumba, a una ínfima distancia.

Caramon dio media vuelta y, tras proteger a la mu­jer con su cuerpo, alzó el acero frente a la figura fan­tasmal que se materializaba en la penumbra.

—¿Buscas al nigromante? —prosiguió el apare­cido—. Está arriba, en el laboratorio. Necesita ayu­da, pero a nosotros se nos ha prohibido tocarlo.

—Yo se la prestaré —decidió el luchador.

—Te acompañaré —ofreció Crysania—. No inten­tes impedírmelo —insistió con firmeza al ver el en­trecejo fruncido del hombretón.

Él quiso argumentar; pero al recordar que se en­frentaba a una Hija Venerable de Paladine, que, por otra parte, había ejercido ya sus poderes sobre los entes infernales de la Torre, se encogió de hombros y cedió a regañadientes.

—¿Qué le ha ocurrido a mi hermano? Sólo voso­tros podíais dañarle, y tú mismo has afirmado que no osáis acercaros a él —comentó el humano mien­tras, junto a la sacerdotisa, se dejaba guiar por la criatura hacia el lóbrego pasillo—. No te separes de mí —ordenó a Crysania, si bien tal recomendación era superflua.

Si la oscuridad se les antojó bullente de vida al pe­netrar en el edificio, ahora se había convertido en un auténtico hervidero de vibraciones, de pálpitos, pues los guardianes, desazonados por el grito, atestaban todos los rincones. Aunque lo abrigaban las prendas compradas en el mercado, Caramon tiritaba febril­mente, al introducirse en sus huesos el frío que irra­diaban los fantasmas. La mujer a sus talones, tem­blaba hasta tal extremo que apenas podía avanzar.

—Yo portaré la tea —propuso la sacerdotisa a tra­vés de sus apretadas mandíbulas.

El guerrero le confió el humeante objeto y la ro­deó con su brazo, para transmitirle calor. Ella se apretujó contra su cuerpo, de tal manera que ambos se beneficiaron de las dimanaciones de la carne ti­bia durante su ascenso.

—¿Qué ha sucedido? —volvió a preguntar el hom­bretón, pero el espectro se limitó a señalar su obje­tivo en un mudo ademán.

Aferrada la espada en su mano izquierda, sin se­pararse de su compañera, el robusto luchador aco­metió la escalera de caracol por la que fluctuaba el descarnado ente, danzando y oscilando la llama de la antorcha. Tras un periplo interminable llegaron a la cumbre de la Torre de la Alta Hechicería, am­bos exhaustos, doloridos y congeladas todas sus vísceras.

—Tenemos que descansar —dijo Caramon, tan tu­mefactos sus labios que apenas logró articular las palabras.

Crysania, por su parte, reclinó la cabeza en uno de los hombros del guerrero y cerró los ojos. Al perci­bir sus jadeos, el humano recapacitó que él mismo no podría haber salvado otro tramo a pesar de ha­llarse en plena forma.

—¿Dónde está Raist... Fistandantilus? —balbuceó la dama cuando se hubo restablecido su ritmo res­piratorio.

—En el interior.

Una vez más, el improvisado guía extendió el índi­ce, ahora hacia una puerta cerrada que, obediente a su orden, se desencajó en silencio de sus goznes.

Una ráfaga de aire frío surgió de la sala, con tal ímpetu que enmarañó el cabello de Caramon e hizo ondear la capa de la sacerdotisa. Durante unos se­gundos, ninguno atinó a moverse, sobrecogidos por la aureola de perversidad que escapaba de la cáma­ra. Fue la sacerdotisa quien, con los dedos cerrados sobre el Medallón de Paladine, dio el primer paso.

—Yo tomaré la delantera —resolvió el hombretón, obligándola a retroceder.

—En cualquier otra circunstancia, guerrero —re­puso la dama—, te concedería ese privilegio. Pero aquí mi talismán es un arma tan poderosa como tu acero.

—No precisáis ningún pertrecho —objetó el es­pectro—. El maestro nos dio órdenes concretas de custodiaros, y acataremos su voluntad.

—¿Y si ha muerto? —aventuró el humano, cons­ciente de que su hipótesis provocaría, como así lo hizo, un espasmo de miedo en Crysania.

—Si hubiera muerto —contestó el interpelado con un siniestro brillo en sus ojos—, vuestra cálida san­gre ya habría abandonado vuestras venas para ali­mentar las de los moradores de la Torre. Entrad, os lo ruego.

Vacilante, con la mujer apretujada en su flanco, Ca­ramon penetró en el laboratorio. La sacerdotisa le­vantó la tea, y ambos hicieron un alto a fin de escru­tar la estancia.

Olvidados sus temores, la dama apretó a correr seguida por el guerrero, que, más precavido, exami­nó antes la envolvente oscuridad. Raistlin yacía de costado, oculto el rostro bajo la capucha. El Bastón de Mago se hallaba a cierta distancia, extinguida su luz como si el nigromante, en un acceso de ira, lo hu­biera arrojado contra el muro. En su accidentado vuelo, había volcado una redoma y arrastrado un vo­lumen de artes arcanas.

Pasando la tea a su acompañante, que le había dado alcance, Crysania se arrodilló junto al inerte mago con la intención de tantearle el cuello. Halló unas palpitaciones débiles, arrítmicas, pero seguía vivo y este hecho le arrancó un suspiro de alivio.

—Está bien —anunció—. Pero entonces, ¿qué ha ocurrido?

—No ha sufrido heridas físicas —explicó la cria­tura de ultratumba, que revoloteaba sin tregua a su alrededor—. Vino a este rincón del laboratorio en busca de algo, un Portal a juzgar por las frases que farfullaba. Enarboló el cayado, alumbró la zona don­de lo veis postrado y, transcurridos unos momentos de estupefacción, emitió el bramido que todos escu­chamos. Se deshizo del bastón y se desplomó, exha­lando dementes maldiciones hasta perder el sentido.

Caramon permaneció largo rato callado, ansioso por desentrañar aquel galimatías en su mente. Al fin, persuadido de haber encontrado la respuesta, alum­bró el muro y murmuró:

—Empiezo a vislumbrar la causa de su disgusto, de su desfallecimiento. ¿No lo entiendes? —preguntó a la sacerdotisa—. ¡Aquí no hay más que una desnu­da pared de piedra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

El cronista y el mago

 

 

—¿Cómo sigue? —preguntó Crysania, en voz baja, al entrar en la habitación. Tras descubrirse la enca­puchada cabeza, la sacerdotisa desanudó su capa para dejar que Caramon la retirara de sus hombros.

—Desasosegado —contestó el guerrero, puesta la mirada en un sombrío rincón—. Aguarda impacien­te tu regreso.

—Ojalá trajera mejores noticias —murmuró la dama mordiéndose el labio.

—Yo me alegro de que no sea así —repuso él, a la vez que doblaba la holgada prenda de la sacerdotisa y la depositaba sobre una silla—. Quizá desista de su insensata idea y vuelva a casa.

—No puedo... —empezó a decir Crysania, pero la interrumpió una tercera voz.

—Si ya han concluido vuestras confabulaciones, Hija Venerable, te ruego que te acerques y me comu­niques el resultado de tus pesquisas.

La sacerdotisa se ruborizó y, tras contemplar irri­tada a Caramon, se apresuró a cruzar la estancia ha­cia el lugar donde yacía Raistlin sobre un improvi­sado camastro, cerca del fuego.

El acceso de furia del mago les costó a todos un alto precio. Su hermano lo transportó desde el labo­ratorio al estudio y la dama le preparó un lecho en el suelo. Después de acomodarlo del mejor modo po­sible, Crysania asistió impotente a sus delirios y a los esfuerzos del hombretón, tan solícito como se mostraría una madre al prodigar cuidados a su hijo enfermo. Sin embargo, poco pudo hacer por el frá­gil hechicero. El desmayo de Raistlin se prolongó más de una jornada, en la que no cesó de balbucear frases inconexas. Hubo un momento en el que despertó y emitió un grito de pánico, pero pronto volvió a zam­bullirse en la negrura donde vagaba su espíritu.

Privados de la luz del Bastón de Mago, que el for­nido humano ni siquiera osó tocar y hubo de dejar en el laboratorio, la sacerdotisa y él se acurrucaron al lado del nigromante. Mantuvieron la fogata encen­dida, si bien ambos eran conscientes de la presen­cia de los guardianes de la Torre, una presencia lle­na de malos presagios.

Al fin, el yaciente reaccionó. Lo primero que hizo al abrir los ojos fue ordenar a Caramon que le ad­ministrara su pócima y, después de beberla, tuvo áni­mo suficiente para indicar a uno de los espectros que le restituyese el bastón. Hizo entonces señal de aproximarse a Crysania y susurró:

—Ve al encuentro de Astinus.

— ¡Astinus! —replicó la mujer, perpleja—. ¿Te re­fieres al cronista? No comprendo tu encargo; ¿qué quieres de él?

Las pupilas de Raistlin se iluminaron, una som­bra de color se dibujó en sus lívidos pómulos con un brillo febril.

— ¡El Portal no está donde debería! —se encoleri­zó, apretando los dientes y retorciendo las manos de ira. Empezó a toser, mas esta circunstancia no ate­nuó el fulgor de su mirada—. ¡No hagas preguntas pueriles y obedéceme!

Tan imperioso fue su mandato, que la dama retro­cedió asustada.

El hechicero, sin aliento, tumbóse de nuevo en el jergón, mientras el guerrero observaba preocupado a Crysania quien, en un intento de recobrar la com­postura, se había encaminado al escritorio y fingía estudiar los amarillentos volúmenes de magia que en él se apilaban.

—No te precipites, señora —le suplicó el huma­no—. No estarás pensando en ir, ¿verdad? ¿Quién es el tal Astinus? Además, no puedes aventurarte en el Robledal de Shoikan sin un talismán.

—Tengo un talismán —replicó la dama—, me lo en­tregó tu gemelo cuando nos conocimos. Y, en lo que atañe a Astinus, es el conservador de la Biblioteca de Palanthas, donde ocupa su existencia en registrar la historia de Krynn.

—Quizá sea así en nuestro tiempo, pero ahora todavía no ha nacido —le corrigió el guerrero, exas­perado—. Recapacita, Hija Venerable.

—Eso hago —lo atajó Crysania, molesta por su ignorancia—. Astinus no es mortal común —le explicó—. Según las leyendas, fue la primera criatu­ra que habitó nuestro mundo y será la última en abandonarlo. Su edad es incalculable.

Al ver que su oponente la estudiaba en actitud escéptica, prosiguió:

—Refleja los acontecimientos meticulosamente, uno tras otro, sabe qué ha ocurrido en el pasado y también qué hechos se producen en el presente. Mas no puede predecir el futuro —añadió, desviando la faz hacia Raistlin—. Dudo que nos preste la menor ayuda.

Incrédulo frente a tan extraña fábula, Caramon porfió hasta el agotamiento a fin de impedir su des­plazamiento, pero sus reconvenciones no hicieron sino fortalecer la determinación de la sacerdotisa y, al fin, se rindió.

El estado de Raistlin se agravó en lugar de mejo­rar. Su piel ardía bajo el azote de la fiebre, sufría pe­ríodos de incoherencia de los que sólo salía para in­quirir, iracundo, por qué Crysania no había cumplido todavía su cometido.

La mujer se enfrentó a los horrores de la arbole­da y a otros, no menos pavorosos, en las calles de Pa­lanthas, en su ansia de apaciguar al desazonado mago. Ahora, terminada su misión, se arrodilló a los pies del camastro, donde contempló inerme el esfuer­zo que hizo el enfermo al incorporarse, ayudado por su hermano.

— ¡Cuéntamelo todo! —le urgió Raistlin, ya sen­tado—. No olvides ni el más ínfimo detalle; sé minu­ciosa aunque te parezca exagerado.

Asintiendo en silencio, agitada aún por el recuer­do de la peligrosa excursión, la sacerdotisa ordenó sus ideas antes de narrar lo sucedido.

—Fui hasta la Gran Biblioteca — declaró al rato—, y solicité entrevistarme con Astinus. Al principio, los Estetas rehusaron admitirme; pero cuando exhi­bí ante ellos el Medallón se organizó un enorme re­vuelo, como sin duda imaginas. —Hizo una pausa, en la que alisó los pliegues de la sencilla túnica blan­ca que Caramon le había comprado para reempla­zar al hábito ensangrentado que luciera en su periplo a través del tiempo—. Han transcurrido cien años sin que los antiguos dioses manden una señal a los mortales, de manera que, pasada la conmoción, uno de los acólitos corrió a informar al cronista de mi llegada.

»Tras una larga espera, fui conducida a la cámara donde Astinus consagra todas las horas del día, y a menudo las de la noche, a escribir la Historia.

Calló, súbitamente espantada por la intensidad con que la escrutaba el hechicero. Le asaltó la sen­sación de que pretendía arrancarle las frases del ce­rebro sin aguardar a que las pronunciara. Ladeó el semblante al objeto de recomponerse y, fija la vista en las llamas, reanudó su relato.

—Entré en la estancia y él ni siquiera alzó los ojos, absorto en su quehacer. Al advertir su indiferencia, el Esteta que me acompañaba anunció mi nombre: «Crysania, de la casa de Tarinius», tal como tú ha­bías sugerido que me presentara. Al oírlo...

Frunció el entrecejo, y su oyente la apremió:

—Al oírlo ¿qué?

—Levantó sus pupilas —contestó la dama, des­concertada—. Incluso cesó en su labor, posó la plu­ma en la escribanía para proferir un «¡Tú!», en una voz tan estentórea que yo di un respingo y el acólito casi se desvaneció. Antes de que atinara a hablar, a inquirir qué significaba su sorpresa o de qué me co­nocía, asió de nuevo su herramienta de trabajo y ta­chó las frases que acababa de anotar.

—¿Las tachó? —intervino el nigromante pensati­vo, abstraído en sus meditaciones—. Las tachó —re­pitió, reclinándose en el jergón.

La sacerdotisa respetó el silencio de su interlocu­tor. No despegó los labios hasta que él volvió a mi­rarla.

—¿Qué hizo después? —indagó el mago con débil acento.

—Garabateó algo encima del párrafo que había emborronado, como si corrigiera un error. Con­cluidas las rectificaciones, se cruzaron una vez más nuestras miradas y creí que iba a reprenderme, una impresión que ratificaron los temblores de mi acompañante. Pero Astinus se mostró tranquilo, des­pachó al Esteta y me invitó a tomar asiento. Cuando me hube instalado, me interrogó sobre el motivo de mi visita.

»Le expliqué que buscábamos el Portal. Añadí, fiel a tus instrucciones, que la información reca­bada en distintos confines nos había inducido a situarlo en la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas y, al seguir la pista hasta la mole a fin de in­vestigar su veracidad, habíamos descubierto que no era así. El Portal no se hallaba donde suponíamos.

»Asintió sin un asomo de perplejidad.

»—El acceso fue trasladado cuando el Príncipe de los Sacerdotes trató de apoderarse del edificio —re­veló—, por razones de seguridad. Es posible que con el tiempo sea devuelto a su emplazamiento de origen, pero por ahora ocupa su lugar un muro de roca.

»—¿Dónde está? —inquirí.

»Tardó varios minutos en responder. Aguardé pa­ciente, y transcurrido su lapso de mutismo...»

Se quebró su voz, incapaz de reproducir la respues­ta del cronista. Centró su atención en Caramon con el temor dibujado en sus rasgos, como si quisiera prevenirlo de una catástrofe.

Al leer el miedo, la zozobra, en su expresión, Raistlin se levantó de su lecho.

—¡Adelante, termina! —le ordenó ásperamente.

Crysania respiró hondo e intentó zafarse del escru­tinio del mago. Pero éste la asió por la muñeca y, a pesar de su fragilidad, la sujetó con tal fuerza que no pudo deshacerse de su mortífera garra.

Dijo que deberías pagar si te obstinabas en ave­riguar su paradero, que todo hombre tiene un pre­cio y él no era una excepción.

—¡Pagar! —repitió Raistlin en un murmullo, abra­sadora la llama de sus pupilas.

La sacerdotisa se esforzó en liberarse de la zarpa, más dolorosa a cada instante. Fue inútil. El nigro­mante persistió en apretar sus dedos.

—¿Qué pide a cambio de confiarme el secreto?

—Afirmó —repuso la dama, sin resuello— que sólo exigía el cumplimiento de una antigua promesa. Se­gún él, debes recordarla.

El hechicero soltó su magullada muñeca y Crysania retrocedió, eludiendo la mirada compadecida de Caramon. El hombretón se incorporó de manera abrupta para alejarse de la escena, mientras Rais­tlin, ajeno a las emociones de ambos, se desploma­ba sobre su almohada con el rostro lívido, desenca­jado, nublado el brillo de sus iris.

La sacerdotisa fue hasta el escritorio a fin de ser­virse un vaso de agua. Pero era tal el temblor de sus manos, que en vez de escanciar el cristalino líquido en el vaso lo derramó sobre el mueble y se vio obli­gada a posar la jarra. Atento a sus evoluciones, el gue­rrero acudió en su auxilio. Le tendió el recipiente lle­no, ensombrecida su faz por una gravedad poco habitual en él.

Al llevarse el agua a los labios, la mujer percibió que el humano observaba su muñeca y, en gesto institivo, lo imitó. En su carne se perfilaban las huellas que imprimiera el mago en surcos profundos, amo­ratados. Crysania se apresuró a dejar el vaso en la escribanía, deseosa de cubrir la herida con la man­ga de su nuevo atuendo.

—No pretendía lastimarme —justificó a Raistlin en respuesta a la expresión severa de su gemelo—. Es lógico que el dolor le convierta en una criatura díscola. No podemos reprochárselo. ¿Qué es nuestro sufrimiento si lo comparamos con el suyo? Tú, me­jor que nadie, deberías entenderlo. Sus esotéricas vi­siones lo capturan hasta tal extremo, que no es cons­ciente del daño que causa a los otros.

Dándole la espalda, la mujer se aproximó al camas­tro y fijó los ojos en la fogata, aunque sin verla en realidad.

—Es más que consciente de lo que hace —replicó el guerrero para sus adentros—. Y estoy comenzan­do a vislumbrar que siempre lo fue.

 

 

Astinus de Palanthas, historiador de Krynn, esta­ba sentado en una alcoba de su morada, donde se afanaba en escribir. Era una hora tardía, pasada la Vigilia Nocturna. Ya los Estetas habían atrancado las puertas de la Gran Biblioteca, pues si pocos go­zaban del privilegio de ser admitidos de día, nadie tenía acceso al lugar durante la noche. Pero tales pre­cauciones no constituían un obstáculo para el hom­bre que penetró en el edificio y ahora, envuelto en un manto de penumbra, se erguía frente al cronista.

—Empezaba a preguntarme dónde estarías —lo sa­ludó el historiador sin alzar los ojos, absorto en su trabajo.

—He estado enfermo —contestó la figura entre el crujir de su túnica negra, luchando contra un inci­piente ataque de tos.

—Espero que te sientas mejor —dijo Astinus, per­tinaz en la escritura.

—Recobro la salud despacio —comentó el apa­recido—; múltiples circunstancias retrasan mi res­tablecimiento.

—En ese caso, siéntate —lo invitó el cronista, a la vez que señalaba con el cañón de su pluma una bu­taca próxima.

La figura, distorsionando el rostro en una singu­lar mueca, dio unos pasos hacia la silla y se instaló en ella. Se produjo en la cámara un prolongado si­lencio, que sólo interrumpían los trazos nerviosos del escribano sobre el pergamino y las toses ocasionales del intruso.

Al fin, Astinus hizo un alto en su tarea y alzó los párpados para encararse con el visitante, quien reti­ró la capucha al objeto de presentar la faz a su es­crutinio. Tras observarlo unos momentos, el histo­riador meneó la cabeza.

—No reconozco tus rasgos, Fistandantilus, pero sí tus ojos. De todos modos, percibo algo peculiar en sus profundidades. Leo el futuro, un futuro que te designa como Amo del Pasado y del Presente pese a no haber venido investido del poder que vaticina­ban los augurios.

—No me llamo Fistandantilus —corrigió la figu­ra enlutada—, sino Raistlin. Supongo que huelgan las explicaciones sobre lo sucedido. —Se desvaneció su forzada sonrisa, se contrajeron sus pupilas—. Pero sin duda ya lo sabes, nuestra batalla debe estar re­gistrada en tus libros.

—Doy cuenta de la pugna —respondió el aludido con frialdad—. ¿Deseas leer lo que he anotado en la voz «Fistandantilus»?

Raistlin frunció el entrecejo, sus ojos brillaron amenazadores, mas Astinus permaneció imperturba­ble. Apoyándose en el respaldo de su silla, estudió al archimago con perfecta serenidad.

—¿Has traído lo que solicité? —inquirió.

—Sí —repuso el hechicero—. Elaborarlo me ha su­puesto varios días de dolor y ha mermado mi ener­gía, de otra manera habría venido antes.

Por primera vez a lo largo de su entrevista al sem­blante del escriba asomó un resquicio de emoción que, sin embargo, no alteró su calidad externa. Se in­clinó hacia adelante ansioso, refulgentes sus ojos, mientras Raistlin apartaba los pliegues de su atavío para mostrar un curioso objeto, un globo de cristal que pululaba en la hueca cavidad de su pecho cual un corazón cristalino, translúcido.

Astinus no pudo refrenar su sobresalto ante tan inesperada visión, que al parecer era ilusoria pues, con un gesto, el nigromante hizo que la bola empren­diera el vuelo al mismo tiempo que, usando la otra mano, cubría de nuevo su enteco torso bajo la urdimbre de sus vestiduras.

Al acercársele el fluctuante globo, el cronista esti­ró sus brazos hacia él y acarició su superficie con extrema delicadeza. El contacto hizo que el objeto se llenase de haces lunares argénteos y rojizos. In­cluso se esbozó el aura del satélite negro y, debajo de los tres, se arremolinaron innumerables imáge­nes que se sucedían a un ritmo vertiginoso.

—El tiempo discurre frente a nosotros —comentó Raistlin, ribeteada su voz de un mal disimulado orgullo—. A partir de hoy, amigo mío, no tendrás que depender de los mensajeros de los planos astrales para saber qué acontece en el mundo. Tus ojos serán tus únicos heraldos.

—¡Sí! —se entusiasmó el historiador. Las lágrimas empañaban su vista, sus manos temblaban de gozo.

—Ha llegado el momento de recibir mi recompen­sa —declaró el hechicero—. ¿Dónde está el Portal?

—¿No lo adivinas, criatura clarividente? —pre­guntó a su vez Astinus—. Has leído en mis volúme­nes el devenir de Krynn, los sucesos acaecidos en las distintas eras.

Raistlin observó a su oponente sin hablar, mien­tras su faz adquiría la gélida rigidez de una máscara.

—Tienes razón; he estudiado todos y cada uno de los episodios que figuran en las Crónicas —admi­tió—. ¿Fue ése el motivo de que Fistandantilus via­jara a Zhaman?

Su interlocutor asintió con un ligero ademán.

—Zhaman —prosiguió el archimago—, una forta­leza arcana enclavada en las llanuras de Dergoth, cer­ca de Thorbardin, la patria de los Enanos de las Mon­tañas. Se trata de un bastión erigido en una tierra controlada por esos seres —continuó, inexpresivo cual si hojeara las páginas de un libro de texto—. Allí se dirigen ahora sus parientes, los Enanos de las Co­linas, bajo el acoso de la perversidad que ha consu­mido al continente desde el Cataclismo, al objeto de pedir refugio en su antiguo hogar de las cumbres.

—En efecto —intervino el cronista—. Con todos esos datos, tú mismo puedes esclarecer el enigma.

—Eso me temo. El Portal se oculta en las mazmo­rras de Zhaman —concluyó el nigromante—. Fistan­dantilus participó desde ese reducto en la última de las guerras enaniles.

—Participará —rectificó Astinus.

—Cierto. Sea como fuere, el gran maestro tomará parte en la pugna que ha de decidir su destino, su muerte si las leyendas no mienten.

Raistlin se sumió en el silencio. Luego, de manera súbita, se levantó y caminó hacia la escribanía, don­de asiendo el tomo en el que trabajaba Astinus, le dio la vuelta. El conservador de la Biblioteca espió sus movimientos con un interés desapasionado.

—Aciertas en tu apreciación, procedo del futuro —murmuró sin dejar de escudriñar la escritura toda­vía húmeda del pergamino—. He leído las Crónicas salidas de tu pluma, incluso recuerdo lo que apun­tarás aquí —agregó, y señaló un espacio en blanco—. En e/ día de hoy, pasada la Hora de la Vigilia cayen­do hacia el 30, Fistandantilus me trajo el globo don­de se refleja el paso del tiempo presente, recitó de memoria.

Astinus nada dijo pero el archimago insistió, hen­chido su acento de cólera.

—¿Redactarás aquí ese párrafo? El aludido calló, aunque manifestó su asentimien­to mediante una inclinación de cabeza.

—Así pues, todas mis acciones estaban previstas —se lamentó el hechicero.

Cerró el puño violentamente y, cuando volvió a to­mar la palabra, su voz delató el esfuerzo que hacía para controlarse.

—Unos días atrás vino a visitarte la sacerdotisa Crysania. Me explicó que estabas escribiendo al en­trar ella y, después de reconocerla, borraste algo. Dé­jame ver qué fue.

El historiador exhibió una mueca de disgusto, re­miso a obedecer.

—¡Muéstramelo! —El apremio del mago surgió en un alarido casi inarticulado.

Depositando el globo en un ángulo de la mesa, don­de la esfera se mantuvo suspendida, Astinus levantó las manos de su perímetro. La luz parpadeó, el obje­to se oscureció y se vació de imágenes. Sin prestarle atención, a pesar suyo, el singular personaje rebus­có en el mueble hasta encontrar un volumen encua­dernado en piel, que abrió sin titubeos por la pági­na requerida. Colocó entonces el tomo frente a Raistlin y lo invitó a examinarlo.

El nigromante centró de inmediato la vista en una línea donde, sobre un nombre emborronado pero le­gible, aparecía otro. Cuando enderezó la espalda, pro­vocando un roce en su túnica al enlazar las manos bajo las bocamangas, su faz había asumido una livi­dez mortífera aunque no exenta de serenidad.

—Esto altera el tiempo —aseveró.

—Esto no altera nada —replicó Astinus—. La sa­cerdotisa ocupó un lugar que en principio no le co­rrespondía, pero tal cambio carece de importancia. La Historia sigue su curso, inviolada.

—¿Y me arrastra en su fluir?

—Sí. Nunca la modificarás, a menos que tengas el poder de desviar el cauce de un río arrojándole un guijarro —sentenció el cronista.

Raistlin le lanzó una penetrante mirada y esbozó una sonrisa antes de señalar, retador, el globo.

—Contémplalo, Astinus —lo conminó—, y pon tus sentidos alerta. El guijarro no tardará en dibujarse en el interior de la esfera. Y ahora, criatura eterna, debo despedirme.

Se desvaneció al instante y el historiador quedó solo en la cámara, absorto en sus reflexiones. Trans­curridos unos minutos, volteó el pesado ejemplar a fin de leer una vez más el evento que registraba cuan­do irrumpió en la sala la Hija Venerable.

En el día de hoy, Hora Postvigilia subiendo hacia el 15 llegó a esta Biblioteca, enviado por el archimago Fistandantilus y con el propósito de descubrir el paradero del Portal, el clérigo de Paladine llamado Denubis. En pago a mi ayuda, Fistandantilus confec­cionará lo que me prometió años atrás: el globo que refleja los acontecimientos del presente.

Aparecía tachado el término Denubis, que había sustituido por Crysania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

Tas y Takhisis frente a frente

 

 

Estoy muerto —dijo Tasslehoff Burrfoot. Permaneció expectante, como si aguardara una respuesta.

—Estoy muerto —insistió al no recibirla—. Debo de hallarme en el más allá.

Transcurrido un segundo intervalo de sepulcral si­lencio, el kender añadió:

—No cabe duda de que aquí reina una oscuridad impenetrable.

Nada ocurrió, y el interés del hombrecillo por su nuevo estado comenzó a decaer. Un breve examen de su entorno le reveló que yacía de espaldas sobre una superficie muy fría e incómoda, dura como la roca.

«Quizá me han posado sobre una losa de mármol, similar a la de Huma —pensó para estimularse—. En la cripta de un héroe, como aquella donde enterra­mos a Sturm.»

Estas cavilaciones lo entretuvieron durante un rato, más la realidad inmediata vino a reclamar sus derechos. Emitió un grito de dolor, a la vez que se frotaba el costado a fin de apaciguar sus crujientes costillas y que, sorprendido, tomaba conciencia de una molesta migraña. También advirtió que estaba tiritando, que una aguja rocosa se incrustaba en sus riñones y que tenía el cuello rígido.

—¡No era esto lo que imaginaba! —vociferó, irri­tado—. Se supone que los muertos son insensibles al sufrimiento corporal. ¡Es absurdo sentir nada después de perder la vida! —persistió, con un énfasis exagerado por si alguien lo escuchaba.

«¡Caramba! —exclamó al ver que no cesaba el dolor—. A lo mejor me hallo en una fase transitoria, un estadio en el que he muerto pero mi cuerpo aún no ha sido privado de todas sus prerrogativas. El ine­vitable rigor no ha endurecido mis músculos, eso puedo asegurarlo.»

Resolvió esperar acontecimientos. Tras retirar la aserrada piedra que torturaba su espalda, se estiró con las manos cruzadas sobre el pecho y contempló, en la postura de un cadáver, la penumbra circundan­te. Poco duró, sin embargo, su inmovilidad.

«Si la muerte es lo que ahora experimento, nada tiene que ver con lo que se comenta —protestó para sí—. Lo más triste no es haber dejado de existir, sino aburrirse inútilmente. De todos modos —agregó des­pués de espiar la oscuridad unos segundos más—, puedo luchar contra el tedio. Ha habido una confu­sión, un malentendido, debo discutir este asunto con alguien capaz de enmendarlo.»

Se sentó y, cuando tanteó el terreno con las pier­nas dobladas por si debía saltar, descubrió que se hallaba en el pétreo suelo, no en una plataforma ele­vada como había intuido.

«¡Qué desaprensivos! —se encolerizó—. ¡También podrían haberme arrojado a una húmeda bodega, sin miramientos ni exequias!»

Se incorporó, y antes de dar un paso, tropezó con­tra algo sólido, duro. «Una roca —decidió tras pal­par su contorno—. Resulta lamentable. A Flint le otorgaron un árbol como compañero de ultratumba y yo he de conformarme con una piedra. Alguien ha cometido un error imperdonable.»

—¡Hola! —saludó a los hipotéticos habitantes de las sombras—. ¿Hay alguien aquí capaz de informar­me? ¡Todavía tengo mis saquillos! —se asombró, cam­biando de tema—. Permitieron que conservara mis pertenencias, incluso el ingenio mágico, un gesto muy considerado por parte de quien dictaminara mi desti­no. Pero hay que remediar mi dolor de cabeza —mur­muró con los labios apretados—. Es insoportable.

Investigó su entorno con ambas manos, ya que sus ojos de poco le servían en la intensa negrura. Estu­dió la roca, lleno de curiosidad, al detectar en ella unas imágenes, acaso runas, que se le antojaron fa­miliares. Dedujo acto seguido su forma, y compren­dió que se había equivocado al identificarla.

—Es una mesa —concluyó, desconcertado—. Re­capitulemos: he topado con un mueble pétreo don­de hay esculpidas figuras o símbolos, y creo haber­lo visto antes. ¡Ya lo tengo! —dijo, recuperada la memoria—. Se trata de la escribanía que se erguía en el laboratorio donde se reunieron Raistlin, Caramon y Crysania antes de emprender su viaje en el tiempo y abandonarme a mi suerte. Acababa de en­trar en la estancia, ya vacía, cuando se desplomó la montaña ígnea sobre mi cabeza. No atiné a huir. La muerte me sobrevino en este mismo lugar.

Se llevó la mano al cuello para confirmar sus sos­pechas, es decir, que todavía lo circundaba la argo­lla de hierro delatora de su condición de esclavo. Con­tinuó su torpe avance por la penumbra, pero se detuvo al pisar un nuevo objeto. Quiso recogerlo y, al estirar los dedos, se abrió un corte en su carne.

—¡La espada de Caramon! —Reconoció, pletórico de júbilo, a la causante de su herida, más aún al tan­tear la empuñadura—. La encontré en el suelo poco antes de la hecatombe. Eso significa —gruñó, troca­do en furia su entusiasmo— que ni siquiera me se­pultaron. Mis compañeros ya habían partido, y na­die se molestó en rendirme honores fúnebres. Por consiguiente, estoy en los subterráneos del Templo destruido.

Se detuvo a meditar, a la vez que succionaba la san­gre de su mano, hasta que vino a perturbarle una repentina idea. «Al parecer, pretenden que deambu­le por el vacío en busca de la morada que me ha sido asignada. ¡Es el colmo, ni siquiera me proporcionan un medio de transporte!»

—Prestad atención a mis palabras —imprecó a la nada, agitando un puño en actitud amenazadora—. Exijo que me llevéis a presencia del responsable del orden en este paraje fantasmal.

No se produjo más sonido que el sus propios ecos.

—Al menos podrían encender una luz —rezongó desalentado, al interponerse en su marcha un nuevo escollo—. Estoy aprisionado en las entrañas de un Templo en ruinas, probablemente en el fondo del Mar Sangriento de Istar. Quizás encuentre a los elfos ma­rinos, como le sucedió a Tanis en su naufragio y, en tal caso, no me será difícil volver a mi mundo. —Sus esperanzas renacieron para, al instante, volver a desvanecerse—. No, claro, olvidaba que he muerto. En tales circunstancias no se conoce a nadie, salvo, según se rumorea, si se convierte uno en criatura es­pectral. El caballero Soth, por ejemplo, se relacio­naba con los mortales. ¿Cómo se consigue entrar en sus filas? Debo averiguarlo. Ha de ser emocionante ostentar la dignidad de muerto viviente. —Recon­fortado una vez más por tan prometedoras perspec­tivas, se trazó una línea de acción—. En primer lu­gar, me enteraré de adonde se supone que he de encaminarme y por qué no estoy allí.

Levantado su ánimo, Tas se abrió paso hasta la par­te anterior de la estancia mientras elucubraba sobre su paradero y se extrañaba de que, estando en el Mar Sangriento, no hubiera agua ni vestigios de hume­dad a su alrededor. De pronto, halló el motivo.

—¡Por supuesto! —farfulló—. El Templo no se hun­dió en el océano, sino que se desplazó a Neraka. Yo mismo estaba en su interior cuando derroté a la Rei­na de la Oscuridad.

Llegó a una puerta —lo comprobó al palpar el um­bral desprovisto de hoja— y se asomó a una negru­ra más densa de lo imaginable.

—Neraka —repitió en un susurro, indeciso sobre si era mejor o peor que estar sumergido en las pro­fundidades acuáticas.

Cauteloso, alzó un pie y lo posó encima de una es­tructura cilíndrica, resbaladiza. Al estirar la palma, sus dedos se cerraron en torno al mango de una an­torcha. Debía de ser la misma que reposaba en su pedestal junto a la arcada de acceso al laboratorio. Revolvió en sus bolsas, pues solía portar yesca para cualquier eventualidad, y al fin dio con ella.

—Es extraño —se dijo al examinar el corredor a la luz de la tea—, el aspecto de este pasillo es idénti­co al que presentaba tras desencadenarse el terremoto. Recuerdo que quedó atestado de escombros, casi impracticable. No me explico que la Soberana de las Tinieblas no se haya ocupado de limpiarlo; lo cierto es que durante mi visita a Neraka no percibí un caos semejante. Pero será mejor que busque la salida.

Retrocedió en busca de la escalera que había des­cendido persiguiendo a Crysania, quien a su vez acu­día a la llamada de Raistlin. Las imágenes de los muros temblorosos, quebrados, de las columnas cer­cenadas se agolparon en su mente al verse obli­gado a salvar sus ahora amontonados restos. «Temo que no lograré alcanzar mi objetivo y, además, mi cabeza está a punto de estallar. Sin embargo, no dis­tinguí ninguna otra vía de escape —reflexionó con un momentáneo desánimo. Por fortuna, se impuso a la desazón su jovial temperamento de kender—. Si los accesos están obstruidos, es posible que alguna hendidura me permita pasar al otro lado.»

Avanzando despacio, incapaz de sustraerse al do­lor que atenazaba no sólo su cabeza, sino también sus costillas, Tas recorrió un tramo del pasillo, atento a la más ínfima grieta susceptible de admitir su pe­queño cuerpo. Como sospechaba, no había manera de acceder a la escalinata, pero, cuando se hallaba a escasa distancia de ésta, detectó una abertura en la pared que, a diferencia de las anteriores, era más honda de lo que podía iluminar su antorcha.

Sólo un kender habría logrado introducirse en la resquebrajadura, que presentaba además unos can­tos afilados, y Tasslehoff hubo de distribuir sus sa­quillos a fin de deslizarse de costado.

«Me reafirmo en que estar muerto es un auténti­co fastidio», protestó, al rasgarse los calzones azu­les en su denodado esfuerzo por internarse en el túnel.

La situación no mejoró. Una de sus bolsas se en­redó en una roca, y hubo de dar repetidos tirones antes de liberarla. Un poco más adelante el túnel se tornó tan angosto que incluso dudó de poder conti­nuar, de manera que elaboró una estrategia. Se desembarazó de todos sus saquillos para ensartarlos en la tea, que sostuvo sobre su cabeza, contuvo el resuello y emprendió la travesía, no sin hacerse jirones la ca­misa en el último ímpetu. Cuando, tras una laborio­sa marcha, llegó al otro extremo, se sentía dolorido, le agobiaba el calor y se había ensombrecido su ta­lante.

—Siempre me sorprendió que la gente temiera mo­rir —balbuceó—. Ahora comprendo el motivo.

Después de hacer un alto con el fin de recobrar el aliento y reordenar sus saquillos, el kender se albo­rozó al distinguir una luz en lontananza. Alumbró el recinto con su tea para constatar que, en efecto, el pasadizo se ensanchaba progresivamente hacia una nueva abertura por la que se filtraba la lumino­sidad. Avivando la marcha, no tardó en llegar a la prometedora ventana que había de conducirlo al ex­terior.

Oteó el panorama, tragó saliva y exclamó:

—¡Esto es más de lo que nunca había soñado!

El paisaje que se ofrecía a sus ojos no se aseme­jaba en nada a cuantos contemplara a lo largo de su dilatada existencia. Era llano, desolado, se extendía sin horizonte hacia un cielo vasto e inconmensurable que teñían unos fulgores indefinibles, como si el sol acabara de ponerse o una hoguera llameara en su bó­veda. Todo el firmamento estaba revestido de estas matizaciones anaranjadas si bien, por una curiosa paradoja, su brillo confería una mayor negrura a las formas que se recortaban en su vecindad. Se diría que la tierra había sido cincelada en colores oscu­ros y adherida al mágico manto de las alturas, con relieves pero sin contraste. No se dibujaban el sol ni las lunas, ni salpicaba la superficie celeste ninguna estrella. Era la nada absoluta.

Sobrecogido, el kender avanzó unos pasos. El sue­lo no era diferente de otros salvo en que, a medida que se adentraba en el yermo paraje, advirtió que éste se mimetizaba con el cielo. Alzó los ojos para constatar que, visto en perspectiva, se volvía negro de nuevo. Tras alejarse lo suficiente, giró el rostro, deseoso de estudiar las ruinas del Templo.

—¡Por la barba del gran Reorx! —se asombró, sol­tando casi la tea. Nada había a su espalda. El edificio que abandonara minutos antes había desaparecido sin dejar ras­tro, lo que lo impulsó a trazar un círculo completo sobre sí mismo. Nada halló delante, nada detrás, nada en cualquier dirección que se volviera.

El corazón de Tasslehoff Burrfoot se zambulló en el fondo de sus verdes botas y se instaló en sus reco­vecos, remiso a aceptar toda suerte de consuelo. Era aquélla, sin ningún género de dudas, la panorámica más monótona, más aburrida con la que se había en­frentado en sus múltiples correrías.

«Ésta no puede ser la vida de ultratumba —reca­pacitó, desencantado—. Tiene que haber alguna equi­vocación, o bien soy víctima de un espejismo. Por cierto —pensó de pronto, en un arranque de ins­piración—, se supone que he de encontrar a Flint en este plano. Fizban así lo afirmó y, aunque su mente divagaba en otras cuestiones, hablaba con una cer­tidumbre irrefutable del más allá.»

—Veamos, ¿qué me contó al describir la escena, después de la Guerra de la Lanza? —recordó en voz alta—. Había un árbol bonito, frondoso, y mi gruñón amigo se acomodaba en su sombra para tallar ma­dera... ¡Allí se yergue un árbol! —gritó—. Pero ¿de dónde ha salido?

Pestañeó boquiabierto. A escasos metros, donde no había sino penumbra al irrumpir el kender en el pa­raje, se alzaba un grueso, leñoso tronco.

—No es ésta mi idea de la belleza —musitó, a la vez que se encaminaba hacia la oscura corteza y ob­servaba, al hacerlo, que el terreno había adquirido el singular hábito de deslizarse bajo sus pies—. De todos modos, los gustos de Fizban no encajaban con los míos ni tampoco, hay que reconocerlo, los de Flint.

Se acercó al perfil vegetal, que era tan morteci­no como todo lo demás y se encaramaba retorcido, torturado, a la manera de una bruja jorobada que co­noció en el pasado. Ninguna hoja adornaba sus des­nudas ramas. «¡Este árbol debió de morir hace por lo menos cien años! —se disgustó—. Si Flint cree que voy a pasar mi otra vida sentado junto a él bajo un tronco reseco, será mejor que le desengañe sin tar­danza.»

—¡Flint! —lo llamó, rodeando el grueso contorno—. ¿Estás ahí? ¡Ah, ya te veo! —declaró al divisar una figura achaparrada, de luenga barba, acomodada en­tre las robustas raíces—. Fizban me aseguró que da­ría contigo. ¿No te deja perplejo mi presencia?

El kender se plantó frente a la criatura enanil, y al instante se disipó su júbilo.

—¡Tú no eres Flint —le reprochó—, sino Arack!

El kender retrocedió indeciso cuando el enano que había ostentado el cargo de maestro de ceremonias de los Juegos levantó el rostro y lo miró, con tan per­versa mueca en sus desfigurados rasgos que a Tas se le heló la sangre en las venas. Era ésta una sensa­ción que nunca había experimentado, pero, antes de que disfrutara de la novedad, el individuo se levan­tó de un salto para lanzarse sobre él.

Ágil por naturaleza, Tasslehoff esquivó la embes­tida y meció la antorcha frente a su rival a fin de mantenerle a raya mientras, con la otra mano, bus­caba el cuchillo que solía ajustarse a su cinto. En el momento en que tanteó el arma y se dispuso a contraatacar, Arack se esfumó en el aire. También el ár­bol se disolvió, y el kender se halló de nuevo solo en el centro de un desierto, bajo un cielo de llamas ta­mizadas.

—Estoy hecho un lío —admitió, con un leve quie­bro en la voz que no acertó a disimular—. Esta si­tuación, lejos de ser divertida, resulta en extremo abrumadora, ominosa. Fizban no me prometió que la vida en el más allá sería una fiesta interminable, pero estoy convencido de que no me deparaba tan­tos horrores.

Guardó unos momentos de silencio, en los que es­cudriñó de nuevo el paisaje con el cuchillo desenvai­nado y la tea en alto.

—Sé que no he sido muy religioso —se arrepintió compungido, puestos los ojos en aquel escurridizo suelo que parecía escapar de sus talones—. De todos modos, nunca cometí faltas graves y, además, demos­tré mi buena voluntad al derrotar a la Reina de la Os­curidad. De acuerdo, me ayudaron en tal empresa —agregó en un inusitado alarde de honestidad—. Y, lo que es más importante —reanudó la enumeración de sus méritos—, me convertí en amigo personal de Paladine...

—En nombre de Su Oscura Majestad —lo inte­rrumpió una voz hueca a su espalda—, ¿qué haces aquí?

Tasslehoff, alarmado, dio tal respingo que se alzó en el aire —prueba irrefutable de que tenía los ner­vios de punta— y dio media vuelta. Muy cerca, don­de nada se dibujaba mientras trataba de ordenar sus ideas, había una figura que le recordó a Elistan, el clérigo de Paladine, sólo que el aparecido vestía una túnica negra y de su cuello pendía, en lugar del Me­dallón de Platino, otro de similares características en el que se distinguía la efigie de un dragón de cin­co cabezas.

—Debéis disculparme, señor —titubeó el kender—, si no puedo contestar a vuestra pregunta. Ignoro con qué propósito he sido enviado aquí, y ni siquiera es­toy seguro, sinceramente, de dónde me encuentro. Me llamo Tasslehoff Burrfoot —se presentó, extendien­do la mano en actitud cortés—. ¿Y vos?

La figura no se rebajó a devolver el saludo, menos aún a identificarse. Tras apartar su capuz se aproxi­mó al kender, de tal manera que el hombrecillo pudo estudiar su aspecto. Su pasmo no tuvo límites al per­cibir los mechones de cabello que caían disemina­dos entre los pliegues del embozo, en una melena tan larga que habría rozado el suelo de no flotar en tor­no a su cuerpo en un torbellino fantasmal, enmara­ñándose con la barba cana que brotó, como por arte de magia, de su cadavérico semblante mientras Tas le examinaba.

—Es extraordinario —se admiró el kender—. ¿Po­drías revelarme el secreto de este prodigio? Y, si no es molestia, ¿por que no me ilustráis también so­bre mi paradero? Os explicaré lo que me sucede —prosiguió, en el momento en que el desconocido daba un nuevo paso al frente. Aunque la figura no le inspiraba miedo, un impulso irrefrenable lo indujo a rehuir su contacto, a recular. No obstante, le impidió moverse un obstáculo invisible—. He muerto y... ¿Por casualidad sois el responsable de las almas errabun­das? —lo interrogó, más indignado que temeroso—. Creo que quien gobierna este limbo, o lo que quiera que sea, no hace bien su trabajo. ¡Siento dolores! — exclamó, lanzándole una mirada acusadora—. Mi ca­beza, mis costillas, me someten a un continuado su­plicio. Además, he tenido que recorrer un largo tra­yecto, muy fatigoso, desde los sótanos del Templo.

—¡Los sótanos del Templo! —repitió el singular clérigo, que se había detenido a escasa distancia del hombrecillo.

Su cabello, de un gris metálico, se balanceaba cual si lo agitase un viento cálido. En cuanto a sus iris, hasta ahora semiocultos, parecían reflejar las ana­ranjadas llamas del firmamento, o así se le antojó al kender. Sin dejarse amedrentar por tan siniestras peculiaridades, Tas reanudó su discurso.

—Sí, de allí vengo —corroboró. Casi hubo de ta­parse la nariz, pues la figura destilaba un olor nau­seabundo—. Yo seguía a la sacerdotisa Crysania, que corría en busca de Raistlin...

—¡Raistlin! —se asombró de nuevo el recién lle­gado. Por alguna razón, su manera de pronunciar el nombre del mago hizo que al kender se le erizara el vello—. ¡Acompáñame!

La mano de la criatura, tan peculiar como el resto de su ser, se cerró alrededor de la muñeca de su opo­nente.

— ¡Ay! —se quejó éste, presa de un dolor que se propagó por todo su brazo—. Me haces daño —afir­mó, sin percatarse de que le había apeado el trata­miento.

La figura no le hizo caso. Cerrando los ojos como los nigromantes cuando se concentraban en sus he­chizos, apretó aún más la muñeca del kender. De pronto, el suelo comenzó a ondularse sin violencia, y Tas reparó maravillado en que el paisaje fluía en un discurrir rápido, sinuoso. No eran ellos quienes se movían, sino el terreno.

—¿Dónde me has dicho que estamos? —indagó con los dientes apretados.

—En el Abismo —repuso su aprehensor. Su tono era sepulcral, más inquietante de lo que el hombre­cillo estaba dispuesto a admitir.

—No creí ser tan villano —se lamentó, suspendida una lágrima de sus pestañas—Así que me hallo en el famoso Abismo. Espero que no te disgustes si te confieso que me ha decepcionado; siempre pensé que se trataba de un lugar fascinador y, para ser franco, hasta el momento no he vivido en él más que sinsabores. Ninguna emoción, sólo tedio, fealdad y, te ruego que no te ofendas, esos efluvios fétidos que no le prestan mucho encanto. —Olisqueó el ambien­te y se limpió la nariz en la manga, tan desdichado que no atinó a utilizar el pañuelo de su bolsillo—. ¿Adonde nos dirigimos?

—Solicitaste ver al responsable de estos parajes —le recordó el supuesto clérigo, a la vez que acari­ciaba con su esquelética mano el medallón de los dragones.

Cambió el paisaje. El kender visualizó todas cuan­tas ciudades había visitado, pero ninguna en parti­cular. Distinguió formas familiares, que fue incapaz de reconocer en medio de aquella negrura bullente de vida. No logró fijar la vista en nada, nada resonó en sus tímpanos, en una atmósfera saturada de imá­genes y susurros.

Consultó con la mirada a su acompañante, espió los planos que se divisaban por todos los lados, y en­mudeció. Era la segunda ocasión en su prolongada existencia —la primera fue encontrar vivo a Fizban cuando lo suponía muerto— en la que no lograba articular las palabras.

 

 

Si a cualquier kender sobre la faz de Krynn le hu­bieran pedido que confeccionara una lista indican­do, por orden de prioridades, cuáles eran los lugares que deseaba conocer, la morada de la Reina de la Oscuridad habría ocupado al menos el tercer puesto.

Tas no habría sido una excepción y, sin embargo, ahora que se hallaba en la sala de espera de la pode­rosa monarca, en uno de los reductos más interesantes para los miembros de todas las razas, se sentía enor­memente desventurado.

El primer elemento desestabilizador era la estan­cia donde le había introducido el clérigo de cabello acerado y negro hábito. Estaba vacía, no había mesas repletas de objetos atractivos ni tampoco sillas, lo que lo obligaba a permanecer de pie. Y, peor aún, la cámara carecía de paredes. Si sabía que se halla­ba en una habitación era porque el extraño persona­je le había ordenado que aguardase «en la sala de espera», y él se había dejado influir por tal comen­tario.

Si en vez de estas palabras debía fiarse de sus ojos, estaba en medio del vacío. Tal era su desorientación, que había dejado de distinguir el techo del suelo; «arriba» y «abajo» eran conceptos abstractos. Su en­torno era una bruma confusa, un fulgor fantasmal teñido de llamas anaranjadas.

Intentó reconfortarse repitiéndose hasta la sacie­dad que iba a entrevistarse con la temida Reina y evo­có las historias que relatara Tanis sobre su estancia en Neraka poco antes de que concluyera la Guerra de la Lanza.

«—Me rodeaba una inmensa negrura —había con­tado el semielfo con una voz que, pese al tiempo transcurrido, todavía surgía entrecortada—, mas eran unas tinieblas que dimanaban de mi mente, no de una presencia real. Apenas podía respirar y, cuan­do me hallaba al borde de la asfixia, se despejó la bruma y ella me habló. No despegó los labios, la oía en los recovecos de mi cerebro sin que vibrasen mis tímpanos. La vi en todas sus encarnaciones: el Dra­gón de las Cinco Cabezas, el Guerrero Oscuro, la Be­lla Tentadora, pues todavía no había penetrado en el mundo con toda su fuerza, le faltaba control de sí misma.»

»Sin embargo, su majestad imponía a quienes go­zaban del privilegio de ser admitidos en sus salo­nes. Después de todo es una diosa, participó en la creación de Krynn y de sus habitantes. Sus negras pupilas traspasaron mi alma e, incapaz de dominarme, hinqué la rodilla para venerarla.»  Ahora era Tasslehoff Burrfoot el que conocería a la soberana en su órbita existencial plena de ener­gía y de poder. «Quizá adoptará forma de reptil», re­flexionó el hombrecillo a fin de alentarse. Pero ni si­quiera tan espléndida perspectiva le ayudó a cobrar ánimos, una extraña circunstancia si se tiene en cuenta que nunca había contemplado a un ente do­tado de cinco cabezas y, mucho menos, un dragón. Se diría que la curiosidad y el espíritu aventurero que siempre presidieron sus acciones se habían eva­porado de sus entrañas como la sangre se vierte por una herida.

«Cantaré una tonada —decidió, al único objeto de escuchar su propio timbre—. Quizá de ese modo ven­za mi decaimiento.»

Empezó a tararear la primera melodía que cruzó por su cabeza: un himno dedicado al amanecer que le enseñara Goldmoon.

 

Incluso la noche languidece,

porque la luz en los ojos duerme.

La penumbra cae sobre penumbra, eso acontece,

hasta que la oscuridad muere.

 

Pronto el ojo convierte

de la noche la complejidad

en una paz donde la mente

se mece en fabulosa luminosidad.

 

Atacaba Tas la tercera estrofa cuando detectó, ho­rrorizado, que los ecos le devolvían la cantilena ter­giversada, con unos versículos que la trasformaban en algo espeluznante.

 

Incluso la noche languidece,

cuando la luz en los ojos duerme.

La penumbra cae sobre penumbra, eso acontece,

hasta que todo en la oscuridad muere.

 

Pronto el ojo se disuelve,

perplejo por la nocturna complejidad,

en la paz eterna de la mente,

vencida para siempre la luminosidad.

 

 

— ¡Callad! —conminó frenéticamente a los mur­mullos, a aquella ardorosa quietud que le rasgaba el alma—. ¡Habéis distorsionado el sentido de mis palabras!

De una manera repentina, inesperada, el clérigo de negra túnica se materializó ante él, destacándose en el desolador ambiente y, a la vez, fundido con la neblina.

—Su Oscura Majestad te recibirá de inmediato —le anunció y, antes de que Tasslehoff pestañease, se en­contró en otro lugar.

Sabía de su desplazamiento no porque hubiera dado un paso ni, desde luego, porque este paraje di­firiera del anterior, sino porque así lo sentía. Persis­tían idénticos destellos, el mismo vacío, si bien aquí le asaltó la impresión de que no estaba solo.

En el instante en que tomó conciencia de este he­cho, vio aparecer ante él una silla de madera de éba­no. Se sentaba en ella una figura ataviada de negro, echada una capucha sobre la cabeza.

Persuadido acaso de que se había cometido un nue­vo error y el clérigo lo había conducido a la sala equi­vocada, el kender, aferradas las bolsas en su mano, rodeó cauteloso el asiento a fin de vislumbrar el ros­tro de la criatura. ¿O fue la silla la que trazó una elip­se en su derredor a fin de que su ocupante espiara sus rasgos? No consiguió resolver el enigma.

Sea como fuere, el movimiento circular puso al descubierto la faz del misterioso ser. Tasslehoff com­prendió que nadie se había confundido.

No atisbo un dragón de cinco cabezas, ni un gue­rrero cubierto por una sombría armadura. Tampoco se ofreció a su observación la seductora dama que poblaba los sueños de Raistlin, sino una mujer de as­pecto más terrenal. Vestía de negro, como ya había advertido el hombrecillo, y el embozo se ajustaba de modo tan perfecto a su cráneo que enmarcaba el óva­lo de su cara. Tenía la tez blanca, lisa, revestida de una cualidad atemporal, y los ojos grandes, del co­lor del azabache. Sus miembros embutidos en las estrechas mangas, descansaban sobre los brazos de la butaca, abandonadas sus manos cenicientas en las volutas de sus extremos cual una segunda tapicería.

Su expresión no era terrorífica, ni amenazadora, ni inspiraba sobrecogimiento. Quizás, a decir verdad, lo que preocupaba en un examen más detenido era la ausencia en aquellas facciones de una arruga, una mueca, un leve espasmo que delataran emociones de cualquier clase. A través de su máscara de intacta compostura la mujer escrutaba a Tas intensamente, penetraba su espíritu, estudiaba recónditas fibras cuya existencia el mismo kender ignoraba.

—Me llamo Tasslehoff Burrfoot, Majestad —se presentó el hombrecillo y, por la fuerza de la costum­bre, le tendió una mano.

Al caer en la cuenta de que su gesto de familiari­dad podía resultar ofensivo, comenzó a retirarse y ensayó una reverencia. Demasiado tarde, unos dedos rozaron su palma. Fue un contacto fugaz, pero sin­tió que le clavaban todas las agujas de un alfiletero. El punzante dolor se ramificó en cinco canales que recorrieron su mano hasta llegar al corazón, priván­dole del resuello.

Tan pronto como lo hubieron tocado, las yemas se apartaron. Se hallaba muy cerca de la pálida fémina, tan beatífica su mirada que Tas habría dudado que fuera la culpable de su sufrimiento de no ver en su palma la huella que imprimiera, semejante a una estrella de cinco puntas.

—Cuéntame tu historia.

El kender se sobresaltó. La mujer no había movi­do los labios, de eso estaba seguro, pero no era me­nor su certidumbre de que la había oído hablar. Re­capacitó, asustado, que su oponente conocía el relato mejor que él mismo.

Sudoroso, manoseando sus saquillos, Tasslehoff expuso frente a la soberana los eventos del día. Fue tan conciso como se lo permitió su naturaleza de ken­der. Luego, ansioso por concluir, explicó su viaje a Istar en poco más de diez segundos, aunque, en ho­nor a la verdad, su resumen reflejaba los detalles más importantes.

—Accidentalmente, Par-Salian me mandó al pasa­do junto a mi amigo Caramon. Nos proponíamos ma­tar a Fistandantilus, pero descubrimos que era Raistlin y no perpetramos el crimen. Yo debía impedir el Cataclismo con un ingenio mágico, y lo habría he­cho de no engañarme el mago e inducirme a desar­ticularlo. Seguí a una sacerdotisa llamada Crysania hasta un laboratorio situado en los subterráneos del Templo de Istar, deseoso de exigir a Raistlin que re­compusiera el artilugio. Se desplomó el techo y me aplastó. Cuando desperté todos se habían ido. El Ca­taclismo había destruido la ciudad, así que deduje que estaba muerto. Según me han informado, he sido condenado al Abismo.

Respiró hondo, lanzó un trémulo suspiro y proce­dió a enjugarse las sienes con un mechón suelto de su despeinado copete. Mientras recobraba la sereni­dad, pensó que tanto la última frase como su previa disertación sobre sus desventuras de la jornada constituían una descortesía, y se apresuró a enmendarla.

—No era mi intención proferir quejas, Majestad, imagino que quien dictaminara mi destino tenía ra­zones de peso para confinarme en vuestros dominios. Después de todo, rompí uno de los Orbes de los Dragones y, si no recuerdo mal, alguien comentó en una ocasión que sustraje un objeto que no me perte­necía. No respeté a Flint como merecía, escondí la ropa de Caramon cuando tomaba un baño y tuvo que adentrarse en Solace completamente desnudo... ¡Oh, tan sólo pretendía gastarle una broma! —se justificó—. Además, nunca dejé de ayudar a Fizban a buscar su sombrero, creo que eso redime mi peque­ña jugarreta.

—No estás muerto —dijo la voz, retomando el hilo de su narración—. No has sido «condenado» a este lugar ni, en realidad, deberías estar aquí.

Al escuchar tan sorprendentes revelaciones, Tasslehoff prendió sus ojos de las pupilas oscuras, inson­dables, de la Reina.

—¿No he muerto? —repitió, con un acento más chi­llón de lo acostumbrado, que no reconoció como propio—. Eso explica mi migraña —añadió, al mis­mo tiempo que se llevaba la mano a la caja de reso­nancias que era su cabeza—. Desde el primer mo­mento supuse que mi presencia en estos lares era fruto de un malentendido.

—A los kenders no les está permitida la entrada en mi parcela —continuó la Reina.

—No me extraña —repuso Tas, entristecido, más dueño de sus sentimientos tras averiguar que seguía vivo—. Hay numerosos lugares en Krynn donde no admiten a los de mi raza.

—Cuando entraste en el laboratorio de Fístandantilus —declaró la egregia figura a través de la tele­patía, ajena a los incisos del hombrecillo— te envol­vió el halo protector de los encantamientos por él formulados. El resto de Istar se zambulló en las profundidades al sobrevenir la hecatombe, pero pude salvar el Templo del Príncipe de los Sacerdotes. La mole regresará al mundo en cuanto esté preparada, y se convertirá en mi residencia pues, también yo, he proyectado volver.

—Sí, para desencadenar una guerra en la que se­réis derrotada —apostilló Tas sin previa reflexión—. Puedo aseverarlo —balbuceó, consciente de su imprudencia— porque yo fui, testigo de vuestra caída.

—No hables en pasado —le recomendó la sobe­rana—, esos acontecimientos todavía no han sucedi­do. Verás, kender, al irrumpir en el hechizo de Par-Salian posibilitaste algo que en principio no podía hacerse: desviar el curso de la Historia. Fistandantilus o Raistlin, como tú lo conoces, así lo sospechó. Por eso determinó enviarte a la muerte, debía desem­barazarse de tu perniciosa influencia. No deseaba que se alterase el tiempo, necesitaba el Cataclismo a fin de trasladar a la Hija Venerable de Paladine a una época en la que ella fuera el único clérigo so­breviviente.

El hombrecillo columbró, por primera vez duran­te su entrevista, un resquicio de burla en los ojos im­perturbables de la fémina, y se estremeció sin com­prender el motivo.

—Pronto lamentarás tu decisión, Fistandantilus, mi ambicioso amigo —prosiguió la Reina—. Pero tu clarividencia será tardía; nada podrás hacer para re­mediar tu fallo, un fallo que pagarás a un alto pre­cio. Has quedado atrapado en tu propio torbellino y te precipitas al fatal desenlace de tus confabula­ciones.

—No te entiendo —confesó el kender.

—No es difícil, basta con cavilar —lo amonestó la dama—. Tu venida me ha mostrado el futuro, dándo­me la opción de cambiarlo. Al intentar destruirte, Fistandantilus se privó de su único instrumento de li­bertad puesto que, a través de ti, habría manipulado su vida en su propio beneficio. Su cuerpo volverá a perecer, como está escrito en su sino, sólo que aho­ra le detendré cuando su alma busque una nueva car­casa en la que albergarse. En el futuro, Raistlin, el joven mago, se someterá a la Prueba en la Torre de la Alta Hechicería y morirá. No será un obstáculo a mis planes ni tampoco sus compañeros, que su­cumbirán uno tras otro. Para empezar, sin el concur­so de vuestro hechicero, Goldmoon no encontrará la Vara de Cristal Azul. Así, el mundo se abocará a la catástrofe.

—¡No! —gritó Tasslehoff, horrorizado—. ¡No pue­de ser! Yo no quería causar tantas desdichas; al ac­tuar como lo hice abrigaba simplemente el propósi­to de ayudar a Caramon en su aventura. ¡En solitario no habría salido airoso, me necesitaba!

El kender lanzó una rápida ojeada a la sala, tenía que emprender la fuga. Mas, aunque podía echar a correr en cualquier dirección, no había dónde ocul­tarse. Deprimido, desesperado, se derrumbó a los pies de la egregia dama.

—¿Qué he hecho? —gimió.

—Algo por lo que incluso Paladine se sentirá ten­tado de darte la espalda, hombrecillo —sentenció la reina.

—Y vos, ¿cómo dispondréis de mí? —inquirió Tas entre sollozos—. ¿No podríais mandarme junto a Ca­ramon, o al menos a mi presente real? —suplicó, al­zando hacia ella un rostro anegado en lágrimas.

—Tu presente, tu época, no llegará a existir —le atajó la soberana—. En cuanto a enviarte al lado del guerrero, imagino que entiendes mis motivos para negarme. Te quedarás aquí, conmigo; he de asegu­rarme de que no arruinas mis designios.

—¿Aquí? ¿Durante cuánto tiempo?

Nunca una idea le había parecido a Tasslehoff tan poco halagüeña.

La figura de la mujer empezó a desdibujarse ante sus ojos, inmersa en una aureola de luz, hasta disol­verse en la nada.

—No mucho, kender, tranquilízate —fueron sus postreras palabras—. Puede ser un soplo o una eter­nidad.

—¿Qué significa eso? —se encolerizó el hombre­cillo—. ¿Qué ha querido decir? —insistió.

No hablaba con la Reina, ya invisible, sino con el clérigo de cabello cano, que había tomado forma en el vacío dejado por Su Oscura Majestad e, imperté­rrito, esclareció el misterio.

—Aunque no estás muerto, tu existencia se agota a cada minuto que pasa. Tu fuerza vital escapa por todos tus poros, como le ocurre a cualquier criatu­ra que se interna indebidamente en este paraje y no posee la energía imprescindible para combatir la perversidad que lo devora desde sus mismas entra­ñas. Cuando el Mal te haya aniquilado, los dioses dic­tarán tu destino. Los conceptos temporales carecen de sentido.

—Me hago cargo —respondió Tas con un nudo en la garganta—. Supongo que me lo merezco. ¡Oh, Tanis, lo lamento! Si soy culpable no es por mi vo­luntad.

El clérigo asió su brazo y se transformó la escena, al desplazarse el suelo bajo sus pies. Pero Tasslehoff no se percató del prodigio. Enteladas sus pupilas por el llanto, se abandonó al desaliento y deseó que el fin sobreviniera con la mayor prontitud posible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 8

Gnimsk, el gnomo, en el Abismo

 

 

Hemos llegado —anunció el sombrío clérigo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Tas, apático, más por la fuerza de la costumbre que porque en reali­dad le importara.

Su acompañante reflexionó antes de contestar.

—Supongo que si hubiera calabozos en el Abismo, éste sería uno de ellos —repuso al fin.

El kender escudriñó su entorno y, como siempre, se enfrentó a una vasta extensión de yermo, fantas­mal desierto. No había muros, celdas, ventanas con barrotes, puertas, cerrojos, ni aun un fornido cela­dor. Esta ausencia de impedimentos tangibles avivó su certeza de que, esta vez, no tenía escapatoria.

—¿He de permanecer de pie hasta que desfallez­ca? —inquirió entre dientes—. Por lo menos podrías facilitarme un lecho, un taburete donde acomodar­me. ¡Oh!

Provocó su grito la aparición repentina, mientras profería sus quejas, de una cama y una banqueta de tres patas. Pero incluso objetos tan familiares se le antojaron espeluznantes; erguidos en el seno de la nada, obligaron al kender a apartar la vista.

—Gracias —balbuceó, avanzando hacia el asien­to—. También precisaré agua y comida.

Aguardó expectante que se materializaran al igual que los muebles, pero no fue así. El clérigo meneó la cabeza en ademán negativo y su melena se arre­molinó, como una nube, en torno a su cuerpo.

—Las necesidades de tu cuerpo mortal no te perturbarán durante tu estancia en estos parajes. No sentirás hambre ni sed, e incluso he tomado la pre­caución de sanar tus heridas —le reveló.

En efecto, Tas advirtió que las costillas habían ce­sado de dolerle y su migraña se había esfumado. La argolla de hierro que le aprisionara el cuello, por su parte, se había desintegrado sin que él se apercibiera.

—No me des las gracias —se anticipó el oscuro personaje al ver que abría la boca—. No lo hice para aliviarte, sino porque de lo contrario te interferirías en mi trabajo. Adiós.

Levantó las manos, dispuesto a volatilizarse.

—¡Espera! —le rogó Tas, saltando de su banqueta y aferrando la vaporosa túnica—. ¿Vendrás a visitar­me? No deseo quedarme solo.

Fue como tratar de palpar una voluta de humo. Los ropajes se deslizaron entre sus dedos, y el clérigo de­sapareció.

—Cuando hayas muerto, restituiremos tu cuerpo a los planos superiores y yo personalmente me en­cargaré de que tu alma arribe a su nuevo destino o se aposente aquí, según se determine en tu juicio. Hasta entonces, perderemos el contacto —declaró su voz hueca antes de evaporarse por completo.

—Me han abandonado —musitó el kender, más consciente que nunca del vacío hostil que lo cir­cundaba—. No me resta sino morir en solitario, lo que no tardará en suceder —añadió conmocionado, a la vez que se sentaba en el taburete—. Ojalá esta pesadilla concluya pronto; constituirá un aliciente que me trasladen a un lugar distinto... si lo hacen.

Contempló el inmenso paraje y, desalentado has­ta lo impensable, hizo recuento de su situación.

—Fizban —le invocó en un susurro—, quizá no me oigas con claridad desde tu lejana morada, o inclu­so es posible que no puedas hacer nada para soco­rrerme, pero antes de morir quiero que sepas que en ningún momento deseé crear problemas de tal envergadura. Ignoraba las consecuencias de mi acto al inmiscuirme en el hechizo de Par-Salian.

Exhaló un suspiro, enlazó sus manos y, con un pe­queño temblor en los labios, continuó:

—Imagino que a estas alturas resulta vano lo que pueda decir pero, en honor a la verdad, admitiré que una de las motivaciones que me impulsaron a seguir a Caramon fue mi inextinguible afán de vivir emo­ciones divertidas —confesó, al mismo tiempo que se secaba los torrentes de lágrimas de sus pómulos—. Sin embargo, no es menos cierto que otra parte de mí resolvió acompañarle porque, en su estado, se ha­bría metido en mil atolladeros de no guiar yo sus pa­sos —agregó en su descargo—. El aguardiente enanil había causado estragos en su mente, y prometí a Tika cuidar de él. ¡Oh, Fizban! Si existiera alguna manera de salir de este embrollo, haría cuanto estu­viera en mi mano para corregir mis errores. Soy sin­cero, honesto...

—Hola.

—¿Cómo?

Al oír que alguien lo saludaba, Tas casi se cayó del taburete.

Se apresuró el kender a dar media vuelta, conven­cido de que Fizban acudía a su llamada, pero se en­frentó a una figura achaparrada, más pequeña aún que la suya, ataviada con una túnica gris y un man­dil de tonos pardos.

—He-dicho-hola —reiteró la voz. Hablaba tan de­prisa que juntaba las palabras, sin articular apenas los sonidos.

—Hola —contestó Tas, perplejo.

Estudió a su oponente y decidió que no presenta­ba el aspecto de un clérigo oscuro o, cuando menos, nunca había visto a ninguno luciendo un delantal. Claro que, bien pensado, podía tratarse de una excepción, sobre todo si se tenía en cuenta que un mandil era una prenda de probada utilidad. En cual­quier caso, la persona que así lo abordaba se aseme­jaba a alguien que conocía, aunque no lograba recor­dar a quién.

—¡Caramba! —exclamó el kender con un brusco palmoteo—. Eres un gnomo —lo identificó—. Discúl­pame si te hago una pregunta tan personal: ¿estás muerto? —se atrevió a balbucear, sin poder disimu­lar el rubor de sus mejillas.

—¿Y tú? —inquirió a su vez el gnomo, en actitud recelosa.

—No —le aseguró Tasslehoff.

—Pues-bien-yo-tampoco —farfulló el desconocido.

—Te ruego que te expreses más despacio, con ma­yor claridad —sugirió el kender—. Se que los de tu raza usáis el lenguaje atropelladamente, pero, aun­que me esfuerzo, en ocasiones no consigo entenderos.

—Pues bien, yo tampoco —accedió a repetir el gnomo.

—Eres muy amable —le agradeció, cortés, el aún desconcertado Tas—. No soy sordo —le indicó, pues el otro había vociferado su última frase—. ¿No te es posible usar un tono más normal? Sin precipitarte, claro —se apresuró a comentar al ver que tragaba aire.

—¿Cómo te llamas? —indagó el recién llegado, ahora con exagerados intervalos, más lento que un caracol.

—Tasslehoff Burrfoot —repuso el aludido. Le ten­dió una mano, que el gnomo apretó calurosamente—. Ahora te toca a ti. ¿Cuál es tu nombre? No, aguarda —solicitó.

Demasiado tarde, el hombrecillo ya se había lan­zado a recitarlo.

—Gnimshmarigongalesefrahootsputhturandotsamanella...

—Por favor, la forma abreviada —pudo intercalar Tas cuando el gnomo se detuvo para tomar aliento.

—Gnimsh —le espetó éste, defraudado.

—Estoy encantado de conocerte, Gnimsh —aseveró el kender con un suspiro de alivio. Había olvidado que el apelativo de los miembros de esta raza infor­maba al oyente desprevenido del árbol genealógico completo de su familia desde el primer antepasado, auténtico o supuesto.

—Yo también me alegro de conocerte, Burrfoot. Intercambiadas las fórmulas de rigor, volvieron a estrechar sus manos.

—¿Te apetece sentarte? —ofreció el anfitrión cir­cunstancial, a la vez que se aposentaba en el lecho y señalaba la banqueta al invitado.

Después de escudriñar el taburete con evidente se­veridad, Gnimsh tomó asiento en una silla que se ha­bía materializado debajo de sus posaderas. Tas exhaló una exclamación al verlo y no le faltaban moti­vos, pues se trataba de un objeto extraordinario. Te­nía un descanso para los pies que subía y bajaba a voluntad, y su calidad de balancín le permitía me­cerse con tanto juego que caía por completo hacia atrás, de tal manera que uno podía tumbarse, si así lo prefería.

Desgraciadamente el gnomo, tan impulsivo de ac­ción como de palabra, se reclinó con excesiva fuer­za y la mecedora se descompensó, arrojándole por los aires en una curiosa pirueta. Tras rezongar un reniego, volvió a intentarlo. Una vez apalancado, presionó un dispositivo destinado a estabilizarla; algo falló, el descanso se alzó como si le empujara un re­sorte y le golpeó la nariz. No fue eso todo, el respal­do se volcó hacia adelante y, a los pocos segundos, Tas hubo de rescatar al infortunado Gnimsh de aque­lla silla, que parecía presta a devorarlo.

—Maldita sea —blasfemó el gnomo mientras, con un gesto de la mano, devolvía el balancín al reino de tinieblas de donde había salido. Desconsolado, se sentó en el taburete de Tasslehoff.

El kender, que había visitado a estos pueblos enaniles y contemplado sus inventos, hizo el comenta­rio más adecuado que pudo ocurrírsele.

—Muy interesante —le alabó—, un diseño realmen­te audaz.

—No lo creas —le espetó el otro—. Nunca funcio­nó bien y, además, es una antigualla. Pertenecía al primo de mi esposa. He sido un necio al imaginar que me serviría; pero, aun a pesar mío, a menudo me dejo llevar por la nostalgia.

—No me extraña —repuso Tas con acento emo­tivo—. Si no es molestia, desearía que me explicaras qué haces aquí dado que, como antes me has comu­nicado, no estás muerto.

—¿Y tú, vas a contarme tu caso? Reconocerás que no es menos intrigante que el mío —contraatacó Gnimsh.

—Por supuesto —prometió Tasslehoff, mas se in­terrumpió al perturbarle una súbita idea. Tras otear el panorama, se encorvó a fin de cuchichear—: A na­die le importará, ¿verdad? Me refiero al hecho de que estemos aquí departiendo. Quizás están prohibidos los intercambios verbales.

—No debes preocuparte —respondió el gnomo, desdeñoso—. No les interesa lo que podamos hacer, lo único que desean es que les dejemos en paz. Tene­mos plena libertad para deambular a nuestro anto­jo, aunque el paisaje es tan uniforme y aburrido que no merece la pena.

—Eso me temo —asintió el kender—. ¿Cómo se desplaza uno?

—Con la mente. ¿Todavía no lo has adivinado? No, claro —agregó el hombrecillo, despreciativo—, los de tu pueblo nunca se distinguieron por su intelecto.

—Los gnomos y los kenders son parientes próxi­mos —le recordó el otro con una risa sarcástica.

—He oído tales rumores —replicó Gnimsh. Su tono era escéptico, resultaba ostensible que no daba crédito a esta afirmación.

Tasslehoff decidió, en aras del buen entendimien­to, cambiar de tema.

—Así que, si quiero dirigirme a algún lugar, debo pensar en él y me catapultaré al instante.

—Sí, pero existen ciertas limitaciones —lo corrigió el gnomo—. Por ejemplo, no puedes introducirte en el recinto sagrado que frecuentan los clérigos.

—¡Oh! —Tas sintió una honda decepción, aquellos parajes encabezaban su lista de atracciones turísti­cas. Sin embargo, venció el desánimo para reanudar sus pesquisas— Hiciste surgir la mecedora de la nada, y yo hice lo mismo con la cama y la banqueta. ¿Significa eso que, al visualizar algo en mi cerebro, ese algo tomará cuerpo?

—Prueba suerte —le recomendó el interpelado. El kender se concentró, y Gnimsh esbozó una mue­ca al perfilarse un perchero a los pies del lecho.

—Muy práctico —se burló.

—Sólo era un ensayo —le espetó Tas, herido en su amor propio ante semejante impertinencia.

—Debes ser cauteloso con lo que invocas —ad­virtió el docto instructor, temeroso por la manera en que se había iluminado el rostro del kender—. En ocasiones los objetos brotan distorsionados, enga­ñosos.

—Sí, lo he comprobado. —El kender evocó el ár­bol y el enano, y se estremeció—. Tienes razón, con­viene tomar precauciones. Bien, al menos ahora podremos charlar entre nosotros y ayudarnos a matar el tedio. Este lugar es un auténtico fastidio —dijo, al mismo tiempo que se proveía, prudente y conci­so, de una almohada sobre la que descansar su cabeza—. Adelante, relátame tu historia.

—Tú primero —rehuyó Gnimsh, mirándolo de sos­layo.

—Tú eres mi invitado, te cedo el privilegio.

—Insisto.

—También yo.

—Ni hablar. Después de todo, yo soy más veterano.

—¿Cómo lo sabes?

—Eso carece de importancia. ¿Acaso me equivo­co? Vamos, te escucho.

—Pero...

De pronto Tasslehoff comprendió que, de seguir así, no llegarían a ninguna parte. Aunque disponían de toda la eternidad, no entraba en sus planes con­sumir su tiempo porfiando con un gnomo. Además, en el fondo de su corazón anhelaba explicar sus aventuras. Siempre había sido así, y sus últimas peripe­cias no encerraban ningún secreto digno de ser ocul­tado.

Tras hacerse tales reflexiones, el kender inició su plática. Su contertulio lo escuchó con vivo interés, si bien a Tas le irritó sobremanera que le interrum­piera para apremiarlo a continuar cuando se recrea­ba en los episodios más emocionantes. Al fin, pese a los tropiezos, concluyó.

—Por eso estoy en estos lares. Ahora te toca a ti

—conminó a Gnimsh, feliz de poder hacer una pausa.

—De acuerdo —se sometió el gnomo, fiel a su pacto. Titubeó un instante y, como si intuyera la presencia inoportuna de algún espía, examinó el paraje—. Todo empezó hace ya muchos años, a causa de la misión vital de mi familia. ¿Sabes qué es una misión vital? —preguntó a Tasslehoff.

—Claro que sí —afirmó el otro—. Mi amigo Gnosh tuvo que cumplir la suya, un trabajo relacionado con los Orbes de los Dragones. Si no me equivoco, a cada miembro de tu raza se le asigna un proyecto especí­fico que debe realizar a plena satisfacción si quiere gozar de una existencia en el más allá. No estás aquí por ese motivo, ¿verdad? —agregó al asaltarlo una súbita sospecha.

—No —contestó el gnomo, agitando su diminuta cabeza—. La misión de mi familia consistía en desa­rrollar un invento capaz de trasladarnos de un pla­no dimensional a otro. Y mi aportación surtió el efec­to deseado.

—¿Funcionó? —se aseguró Tas, a la vez que se in­corporaba excitado.

—Perfectamente —apostilló Gnimsh con ostensi­ble abatimiento.

Tasslehoff no daba crédito a sus oídos. Nunca ha­bía tenido noticias de semejante prodigio, un inven­to gnomo que llegara a buen término en todos sus detalles.

—Imagino lo que piensas —musitó Gnimsh—, y no puedo reprochártelo. Soy un fracasado, y tu juicio no hará sino reafirmarse si te confieso que aún hay más. Todo cuanto concibo, todo, termina convirtién­dose en una realidad aplicable de inmediato. Sin ex­cepciones.

—¿Cómo puede tildarse de fracasada a una cria­tura con tus dotes? El kender no comprendía una palabra.

—¿De qué sirve crear algo si responde a nuestras aspiraciones? —repuso el gnomo, erguida ahora la cabeza—. Se pierde el desafío de lo ignoto y se mar­chita la necesidad de progresar, de exprimirse el ce­rebro. Si no me hubiera refugiado aquí mis compa­triotas me habrían expulsado de nuestro territorio, por considerar que mis logros eran una amenaza para la sociedad. Provoqué una regresión de cien años en las experimentaciones científicas.

»Por eso no me importa mi destino actual —co­mentó—. Al igual que tú, lo merezco. De todos mo­dos, antes o después ésta había de ser mi morada de­finitiva.

—¿Conservas el instrumento que te trajo? —indagó Tasslehoff, en la cumbre de su entusiasmo.

—No, me lo requisaron —fue la escueta respuesta.

—Quizá podrías invocar otro de idénticas propie­dades, al igual que hiciste con la mecedora —le pro­puso Tas.

—Ya has visto el resultado —le recordó el compun­gido Gnimsh—. Lo más probable sería que arruinase toda la labor de mi padre. Él fue catapultado a otro plano de existencia, de modo que el Comité de Arte­factos Explosivos resolvió estudiar el ingenio, o al me­nos ésa era su intención cuando me impuse el casti­go de permanecer confinado en el Abismo. ¿Qué te propones, buscar un medio para recobrar la libertad?

—No tengo otro remedio que apurar las alternati­vas —explicó el kender—. Si no consigo salir de él la Reina de la Oscuridad ganará la guerra, y yo seré el culpable de la hecatombe. Además, algunos de mis amigos corren grave peligro. Bueno —rectificó—, uno de ellos no es exactamente un amigo, pero se trata de un mago admirable y, pese a que casi me destru­yó al embaucarme hasta tal extremo que me hizo de­sarticular el artilugio arcano, no me cabe la menor duda de que lo movían razones poderosas.

Calló abruptamente y, transcurrido un lapso de si­lencio, vociferó:

—¡Ya lo tengo!

Saltó del lecho, presa de un frenesí tal que causó la aparición de un bosque de percheros en su derre­dor, con gran alarma por parte del gnomo. Se desli­zó este último de su banqueta para, desconcertado, acercarse a Tas.

—¿Qué ocurre? —inquirió, tropezando contra uno de aquellos inútiles objetos hijos de la desordenada mente de su compañero.

— ¡Mira! —le urgió el kender, al mismo tiempo que rebuscaba en sus bolsas. Tras abrir varias de ellas, exclamó en actitud triunfal—: ¡Aquí está!

Cuando el gnomo se asomaba al interior del saquillo a fin de inspeccionar su contenido, Tasslehoff lo cerró en un alarde de cautela.

—¿Nos vigilan? —susurró—. ¿Se enterarán?

—¿De qué?

— ¡Oh, vamos! Ya me entiendes.

—No lo creo —apuntó Gnimsh—. Aunque no pue­do garantizártelo, pues te aseguro que no acabo de

comprender qué es lo que debemos ocultarles —pro­testó—. Sea lo que fuere, he advertido un ajetreo anormal entre los clérigos durante los días pasados. Al parecer, despertar a los Dragones del Mal es una ardua tarea.

—Arriesguémonos —decidió el kender—. Fíjate bien en lo que voy a mostrarte —indicó al gnomo, a la vez que abría de nuevo la bolsa y volcaba sobre la cama un cúmulo de piezas rotas—. Guarda semejan­za con algo que te resulta más que familiar.

—Sí, la visión de estos fragmentos me trae a la me­moria el año en que mi madre inventó un artilugio para lavar los platos —aseveró Gnimsh—. La cocina quedó atestada de restos de vajilla, desmenuzados en un montículo que nos cubría hasta la altura de la rodilla. Tuvimos que...

—¡No es eso! —lo atajó el otro, exasperado—. Se­para estas joyas, intenta ensamblarlas.

—¡Mi artefacto para viajes dimensionales! —lo re­conoció, al fin, el gnomo—. Es cierto, su aspecto era muy similar al de éste, aunque el mío no tenía tanta quincalla. ¡Qué caos! —amonestó al kender al entre­sacar las partes de una amalgama inextricable de bagatelas—. Nada encaja. El dispositivo de la dere­cha debería colocarse en el lado opuesto, la cadena se engarza en ese otro punto para enrollarla sin que se enrede. No, no es así —se corrigió al ver que no conseguía darle la vuelta—. Me temo que es un poco complicado, he de estudiarlo con calma. Primero en­sartaré esta piedra —decidió, sentándose en el lecho y presionando una de las alhajas sobre el alvéolo que le estaba destinado—. Ahora necesito otra gema co­lorada, si la encuentro en semejante galimatías. ¿Qué hiciste con tu ingenio, aplastarlo bajo el filo de un trinchante?

Absorto en su labor, ignoró la respuesta de Tas, quien, mientras su nuevo amigo manipulaba las pie­zas, aprovechó la oportunidad para relatar de nuevo su historia. Se encaramó en el taburete y disertó en tono jovial, sin interrupciones, ya que Gnimsh se había desentendido por completo de su presencia con el afán de clasificar las multicolores joyas, cadenas, accesorios de oro y plata, que agrupaba por secciones.

Aunque hablaba con vehemencia de los sucesos acaecidos en sus viajes, el kender no dejó de contem­plar las evoluciones del artesano. Sentía renacer la esperanza en sus entrañas, enturbiada tan sólo por un pensamiento: había solicitado el auxilio de Fizban de modo que, si el pequeño gnomo conseguía re­componer el artilugio arcano, existían múltiples po­sibilidades de que ambos salieran despedidos hacia una de las lunas o, más grave aún, de que se convir­tieran en pollos. No obstante, era un riesgo que estaba resuelto a asumir. Después de todo, había pro­metido enderezar la situación que él mismo enma­rañara y, si bien toparse con un miembro fracasado de las razas enaniles no era precisamente lo que pro­yectaba, resultaba más halagüeño que hundirse en la inactividad y aguardar la muerte.

Mientras el kender cavilaba así, Gnimsh imaginó una pizarra y una punta de tiza para elaborar dia­gramas y planos.

—Deslícese la joya A en el engarce dorado B...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

La emboscada de Pata de Acero

 

 

Un lugar siniestro, hermano —comentó Raistlin a la vez que despacio y con el cuerpo rígido desmon­taba del equino.

—Los hemos frecuentado peores —respondió el guerrero, ayudando a la sacerdotisa a descabalgar—. En el interior el ambiente será seco y caldeado, y eso lo hace infinitamente más acogedor que estos pára­mos. Además —añadió con tono áspero, puesta la mi­rada en su gemelo, quien, apoyado en el flanco del animal, tosía y tiritaba— todos nosotros necesitamos descansar antes de proseguir. Yo me ocuparé de los caballos. Entrad sin demora.

La Hija Venerable, arropada en su capa saturada de agua, se detuvo en el fango y observó la posada. Como afirmara el hechicero, ofrecía un aspecto ominoso.

Era imposible averiguar el nombre del estableci­miento, pues ninguna enseña esclarecedora pendía del muro. Lo único que lo designaba como local pú­blico era un desvencijado rótulo adherido a la ven­tana principal en el que podía leerse, en toscos caracteres, «Bienvenidos, viajeros». El edificio mismo estaba construido en burda piedra y, aunque ro­busto en general, su tejado amenazaba ruina, con diferentes agujeros que habían tratado de taponar mediante ramas de brezo. Uno de los ventanales aparecía roto y dos retazos de fieltro a guisa de cor­tina lo resguardaban a duras penas de la lluvia. En cuanto al patio, era un sucio lodazal salpicado de hierbajos.

Raistlin, que había tomado la delantera, se erguía en el umbral con la vista fija en Crysania. A través de la puerta entreabierta se filtraba un haz de luz, y el olor a leña quemada prometía una fogata recon­fortante. Al endurecerse el rostro del mago en una expresión de impaciencia, una ráfaga de viento reti­ró la capucha de la sacerdotisa y su faz, ahora des­cubierta, fue azotada por la turbulenta llovizna. Tras emitir un suspiro, la dama salvó los charcos a fin de alcanzar la entrada.

—Es un honor recibiros, señores.

La sacerdotisa dio un respingo al oír la voz que re­sonó a su lado pese a no haber visto a nadie al atra­vesar el umbral. Al girar la cabeza, distinguió a un hombre agazapado en las sombras de la puerta, que en aquel mismo instante se cerró con violencia.

—Hace un tiempo de todos los diablos, maestro —dijo el individuo, tan repulsivo por sus facciones como por la manera servil en que se frotaba las manos.

Su actitud, un mandil manchado de grasa y un aja­do paño en su hombro delataban en él al posadero. Era una digna representación del lugar que regen­taba, y así se le antojó a Crysania al inspeccionar la polvorienta y destartalada sala. El humano se acer­có a ellos, sin cesar de entrechocar las palmas, has­ta situarse a una proximidad tal que la sacerdotisa percibió los efluvios de su aliento, impregnado de los hedores etílicos de la cerveza y, tras embozarse el semblante con la capa, se apartó. Él exhibió una sonrisa, una mueca de beodo que le habría conferido la apariencia de un imbécil de no contrarrestar sus efectos la astucia que reflejaban sus ojos.

Mientras le estudiaba, la mujer pensó que casi pre­fería someterse a los rigores de la tormenta antes que permanecer en su proximidad. Pero Raistlin acalló su impulso de huida al ordenar fríamente al hospe­dero:

—Una mesa junto al fuego.

—Vuestros deseos son órdenes —repuso el obse­quioso individuo—. Es lo que más apetece en un día tan borrascoso, un rincón caliente donde reponer fuerzas. Seguidme, señores.

Haciendo una torpe e insulsa reverencia que, una vez más, desmentía la luz de sus pupilas, el posade­ro se encaminó hacia una mesa colocada frente a la chimenea. Avanzaba de costado y ni un solo segun­do dejó de observar a sus clientes.

—¿Sois mago, maestro? —inquirió en el trayecto, al mismo tiempo que estiraba una mano para acari­ciar los ropajes de Raistlin y, sin intervalo, la retira­ba al reparar en la penetrante mirada que éste le dirigía—. Y de los Negros —se contestó él mismo—. Hacía años que no me visitaba un miembro de vues­tra Orden.

El interpelado no hizo ningún comentario. Abru­mado por un nuevo acceso de tos, tenía que emplear sus menguadas energías en apoyarse en el cayado y, ya en el radio de acción de las llamas, permitió que Crysania lo ayudara a acomodarse en una silla. Cuan­do se hubo sentado, se inclinó hacia el anhelado calor.

—Agua caliente —pidió, imperativa, la sacerdoti­sa, liberándose de su empapada capa.

—¿Qué le sucede? —indagó el posadero, recelo­so—. No padecerá fiebres infecciosas, ¿verdad? Si es así, tendré que rogaros que salgáis por donde habéis entrado.

—No —lo atajó Crysania—, su enfermedad tan sólo le afecta a él. El peligro de contagio es nulo —apos­tilló sin poder sustraerse a la contemplación del hechicero—. ¿Vas a traer el agua? —insistió, una vez más con acento perentorio, al desagradable hospe­dero.

—Enseguida os sirvo.

Ocultas las manos bajo el grasiento delantal, olvi­dada su obsesión por frotárselas, el humano se ale­jó a toda prisa.

La repugnancia que éste le inspiraba se desvaneció en la mente de Crysania, preocupada como estaba por Raistlin. Deseosa de que el mago se sintiera lo mejor posible, desanudó su capa de viaje y lo ayudó a quitársela para, acto seguido, extenderla delante de la fogata. Luego registró la sala hasta descubrir unos cojines andrajosos y polvorientos que, tras sa­cudir sin demasiado éxito, dispuso en torno a los riñones del enfermo al objeto de que, más incorpora­do, pudiera descargar sus pulmones.

Cuando le hubo prodigado todas estas atenciones, la dama se arrodilló junto al nigromante para librar­lo de sus humedecidas botas.

—Gracias —susurró Raistlin, jugueteando con su despeinado cabello.

Al percibir tan delicada caricia, Crysania se rubo­rizó. Alzó los ojos y topó con unos iris pardos que destilaban más calor que las llamas. Raistlin bajó los dedos hasta su frente, que despejó de los apel­mazados mechones, y ella no acertó a hablar, ni si­quiera a moverse. El mago tenía el don de atraparla, de hipnotizarla.

—¿Eres su manceba?

Era el posadero quien así se interfería en su mudo intercambio. La sacerdotisa se sobresaltó, pues no había oído sus pisadas ni el roce de sus vestiduras. Se puso de pie e incapaz de buscar el auxilio de Raist­lin ante semejante afrenta, se giró bruscamente ha­cia el fuego.

—Esta dama pertenece a una de las familias más aristocráticas de Palanthas —reivindicó una voz ca­vernosa desde el umbral—. Haz el favor de tratarla con el respeto que merece, bribón.

—Sí, maestro. Disculpadme —titubeó, impresiona­do por la maciza figura de Caramon, quien, al entrar, trajo consigo un torbellino de viento y de lluvia—. Os aseguro que no pretendía ofenderla; perdonad mi impertinencia.

La Hija Venerable no se dignó responder. En alti­va postura, se limitó a indicar al infame individuo:

—Deja el agua en la mesa.

Mientras el guerrero cerraba el acceso y procedía a reunirse con sus compañeros, el mago extrajo de los pliegues de su atuendo la bolsa con la mixtura de hierbas de su infusión y, tras depositarla sobre la ta­bla de madera, hizo señal a la dama para que preparara su pócima. Con el resuello de un asmático, se arrellanó entonces entre los almohadones a fin de acunarse en el crepitar de las llamas. Sabedora de que Caramon la escrutaba, la sacerdotisa optó por eludir­lo y volcarse en la tarea que le habían encomendado.

—He alimentado y abrevado a los caballos —anun­ció el hombretón—. Como no los hemos hostigado en exceso durante la cabalgada, creo que dentro de una hora podrán reanudar la marcha. Nos conviene que así sea, ya que me gustaría llegar a Solanthus antes del crepúsculo. —Le gustaba hacer planes por­que, de ese modo, rompía el turbador silencio. Puso, también él, su capa a secar frente a la chimenea, y el vapor que exhalaba la humedad se elevó hacia el techo en densas volutas—. ¿Habéis encargado algún refresco para nuestros estómagos? —preguntó.

—No, tan sólo este tazón donde elaborar el breba­je de Raistlin —contestó Crysania quien, una vez te­ñido el líquido con las dimanaciones de las hierbas, se lo tendió al nigromante.

—Posadero, vino para la dama y el mago. Yo toma­ré agua. Sírvenos además una fuente de comida con la que saciar nuestro apetito; cualquier manjar nos parecerá estupendo después del fatigoso periplo.

Impartidas sus instrucciones, Caramon se sentó delante del hogar, frente a su hermano. Tras deam­bular durante varias semanas por un territorio de­solado, hacia las llanuras de Dergoth, los tres habían aprendido a conformarse con ingerir lo que hubiera disponible en las ventas del camino, si tenían la for­tuna de hallar algo comestible.

—Éste es sólo un heraldo de las turbonadas que van a asediarnos en los días venideros —dijo el gue­rrero a Raistlin cuando el dueño del albergue aban­donó la sala en dirección a la cocina—. Cuanto más al sur viajemos, más arreciarán. ¿Estás resuelto a seguir este curso de acción? Podría acarrearte gra­ves consecuencias.

—¿A qué te refieres? —lo imprecó el aludido, en­trecortada su voz y tan nervioso que, al erguir la es­palda, derramó unas gotas de su brebaje.

—No te alteres, Raistlin —lo apaciguó el hombre­tón al detectar su creciente resquemor—. Me inquie­ta tu salud, eso es todo. La falta de sol siempre la ha perjudicado, y pronto nos veremos inmersos en un clima incierto.

Observando meticulosamente a su gemelo, y con­vencido de que sus frases no encerraban un doble sentido, el nigromante volvió a acomodarse en los cojines.

—Nada me detendrá —declaró—, y espero que a ti tampoco. Es el único medio a tu alcance para re­gresar a tu añorado hogar.

—No me causa placer tal perspectiva si tú has de morir en el empeño —gruñó el guerrero.

Crysania miró perpleja a Caramon, si bien Raistlin se contentó con sonreír y, ribeteada su voz de amargura, le aseguró:

—Me conmueven tus buenos sentimientos, herma­no, pero no abrigo ningún temor respecto a mi esta­do físico. Conservo la fuerza suficiente para llegar a mi destino e invocar el hechizo definitivo, si no su­fro reveses inesperados en el ínterin.

—Alguien velará por ti y evitará que nada te suce­da —replicó el hombretón a la vez que, con grave ade­mán, examinaba a la sacerdotisa.

La dama se sonrojó; pero cuando se disponía a in­tervenir, regresó el hospedero. Éste se inmovilizó al lado del trío sosteniendo en una mano una marmita donde bullía un guiso humeante y, en la otra, una ja­rra, sin decidirse a posarlas sobre la mesa.

—Excusad mi atrevimiento, señores —balbuceó—, pero debo ver el color de vuestro dinero. Corremos tiempos difíciles, y...

—Aquí tienes —lo atajó Caramon quien, mientras el otro hablaba, había extraído una moneda de oro de su bolsa—. ¿Te parece un pago justo?

—Sí, señor, desde luego —corroboró el grotesco in­dividuo, animados sus ojos por un brillo equipara­ble al del dorado disco.

Se desembarazó raudo de los objetos que le ocu­paban las manos y asió su recompensa con evidente voracidad. Durante la operación no dejó de espiar al mago como para impedir que éste, mediante su arte, volatilizara su precioso premio que descansa­ba en la mano del cliente más robusto.

Tras embutir la moneda en su bolsillo, el tosco hu­mano rebuscó en el mostrador y volvió al rato con tres cuencos, tres cucharas de cuerno de venado y otros tantos vasos. Distribuyó todos estos elementos entre los comensales, colocó la marmita en el centro y retrocedió. Crysania revisó los platos y, sin po­der reprimir su repugnancia, los lavó en el agua so­brante de la pócima.

—¿Precisáis algo más, señores? —inquirió el po­sadero, con un acento tan servicial que Caramon es­bozó una mueca burlona.

—¿Tienes pan y queso?

—Sí, maestro.

—En ese caso, pon unas raciones en un cesto.

—¿Vais a seguir viaje de inmediato?

Tras dejar de nuevo los cuencos en la mesa, la sa­cerdotisa alzó la vista. Se había obrado un sutil cam­bio en la voz del hombre y la dama consultó en silencio al guerrero para comprobar si lo había percibido, pero éste se hallaba demasiado ocupado en remover el estofado de carne y patatas, en olis­quearlo ansioso. Raistlin, al margen de cuanto le ro­deaba, contemplaba absorto las llamas y tanteaba, sin prestarle atención, el vaso aún vacío.

—No pernoctaremos aquí si eso es lo que quieres saber —repuso el hombretón, afanado en servir el alimento.

—No hallaréis mejor alojamiento en... ¿Adonde habéis dicho que os dirigíais? —insistió el hospedero.

—No te lo hemos dicho, ni es asunto que te concierna —lo atajó Crysania con su habitual frialdad.

La sacerdotisa aferró un pocillo rebosante de cal­do, que dio a probar al hechicero. Pero él rehusó comerlo, una vez inspeccionada la película de grasa que cubría el extraño potaje, y su actitud influyó en la mujer que, pese al hambre que sentía, únicamente pudo engullir dos o tres cucharadas. Apartando el cuenco, casi intocada la nauseabunda sustancia, se arropó en su capa todavía húmeda y se acurrucó en la silla, antes de cerrar los ojos y esforzarse en olvi­dar que una hora más tarde estaría de nuevo sobre la grupa de su equino en una extenuante cabalgada a través de una región desértica, asolada por la tor­menta y el huracán.

Raistlin, al igual que la dama, no tardó en entor­nar los párpados y caer dormido. Los únicos ruidos que resonaban en la estancia eran los que hacía Ca­ramon al devorar aquella bazofia con un apetito digno de un soldado de campaña y el crujir de los ropa­jes del posadero, quien regresó a la cocina a fin de preparar el cesto según le habían ordenado.

Transcurrido el lapso de reposo, el guerrero reco­gió los caballos en la cuadra. Formaban un grupo de tres animales de monta y otro de carga, éste abru­mado bajo el enorme peso y cubierto por una man­ta que afianzaban resistentes cuerdas. Tras ayudar a su hermano y a la sacerdotisa a montar, y viéndo­los acomodados en sus sillas, el hombretón se enca­ramó al lomo de su gigantesco corcel. El hospedero se hallaba a la intemperie, desnuda la cabeza y con los víveres en la mano. Entregó a Caramon el capa­zo de mimbre, tembloroso a causa de la lluvia que se filtraba entre sus ropas.

Después de darle unas lacónicas gracias y de arro­jarle otra moneda, que aterrizó sobre el fango a los pies del horrendo individuo, el corpulento luchador asió las riendas del cuarto equino, el que nadie guia­ba, e inició la marcha. Raistlin y Crysania lo siguieron, embozados en sus capas a fin de protegerse del aguacero.

El hospedero, indiferente a la lluvia, recogió su re­tribución y los contempló mientras se alejaban. Dos figuras surgieron de las sombras de las cuadras, co­rriendo a su encuentro.

—Informadle de que han tomado la ruta de Solanthus —murmuró el dueño de la venta, a la vez que lanzaba la moneda al aire.

 

 

Los tres jinetes cayeron en la emboscada sin op­ción a defenderse.

Cabalgaban bajo la tenue luz del ocaso, entre fron­dosos árboles de cuyas ramas se desprendían, mo­nótonas, las gotas de la tormenta y sobre un lecho de hojarasca que amortiguaba los ecos de sus pisa­das. Abstraídos como estaban cada uno en sus cavilaciones, no oyeron el estampido de varios pares de cascos al galope ni el tintineo del acero hasta que fue demasiado tarde.

Antes de que tuvieran tiempo de preguntarse qué sucedía, unas formas sombrías saltaron de los árboles cual enormes, espantosas aves que los asfixiaran con sus negras alas. Los hechos se desarrollaron en silencio, fruto de la pericia de los atacantes.

Uno se descolgó sobre la espalda de Raistlin y le dejó inconsciente sin darle oportunidad de volver­se. Otro cayó de una rama junto a Crysania, apresu­rándose a amordarzarle la boca y a aplicar la daga a su garganta. En el caso de Caramon, fueron necesa­rios cuatro agresores para deslizarle de su caballo y aplastarlo contra el suelo. Cuando concluyeron los forcejeos, uno de los salteadores no se puso de pie ni, dada su situación, podría hacerlo nunca. Quedó postrado en el suelo, torcida la cabeza en un forza­do gesto.

—Se ha roto el cuello —anunció uno de los ladro­nes a la figura que apareció en escena una vez fina­lizada la escaramuza, con la intención de inspeccio­nar los resultados.

—Habéis hecho un buen trabajo —comentó, inmu­table, el recién llegado mientras inspeccionaba a aquel fortachón que, sujetado por varios hombres y atado con cuerdas de arco, todavía se debatía.

Un hondo corte en la frente del guerrero sangra­ba profusamente, de tal manera que, al diluir la llu­via su savia vital, teñía por completo su rostro. Pero, ajeno al sufrimiento, el hombretón se empecinaba en luchar para arrancarse las ligaduras y trataba de despejar su confusa mente.

Al reparar en los abultados músculos del prisio­nero, que ejercían una peligrosa presión sobre las cuerdas, el cabecilla no pudo por menos que admi­rarlo, si bien sus secuaces, temerosos de su fuerza, lo observaban llenos de resquemor.

Después de vencer su aturdimiento inicial, y de de­sentelar sus ojos mediante violentas sacudidas de ca­beza, Caramon examinó su entorno. Los rodeaban una treintena de hombres armados hasta los dien­tes, a las órdenes de una criatura que arrancó un reniego de los labios del guerrero. Era, sin lugar a du­das, el ser más descomunal con el que se había enfrentado en su vida.

Por una lógica asociación de ideas, recordó la are­na donde se celebraban los Juegos en Istar. «Debe de tener algo de ogro» se dijo, evocando a Raag, al mismo tiempo que escupía un diente que se le ha­bía roto durante la reyerta. Al dibujarse en su me­moria la imagen del enorme individuo que ayudaba a Arack a adiestrar a los gladiadores, el rehén com­probó que, aunque pertenecía a la raza humana, el jefe de los ladrones exhibía unos tonos amarillentos en su tez, además de una nariz en extremo achata­da, que lo emparentaban con aquel otro pueblo. Al igual que los ogros, su estatura sobrepasaba en toda una cabeza a la del hombretón y poseía unos brazos similares a troncos. Sin embargo, caminaba de un modo extraño, arrítmico, aunque Caramon no des­cubría el motivo a causa del largo manto de piel que arrastraba por el suelo, ocultando sus pies.

En el circo de Istar le enseñaron a estudiar al ene­migo hasta descubrir sus flaquezas, y el guerrero supo aprovechar su aprendizaje. Vigiló atento todos los movimientos de su aprehensor, un empeño que se vio coronado por el éxito cuando, bajo el influjo del viento, ondeó su manto y reveló el secreto al ob­servador: era cojo. Una pata no de palo, sino de ace­ro, sustituía la pierna que le faltaba.

Al detectar la atónita mirada de Caramon, el ca­becilla semiogro sonrió y se acercó a él con su manaza extendida para darle unas palmadas en la me­jilla.

—Admiro a los hombres capaces de luchar con arrojo —lo felicitó.

Antes de que su oponente reaccionara de tan im­previsto halago, el colosal salteador cerró los dedos en un puño y le propinó tal golpe en la mandíbula que le hizo dar un traspié, arrastrando casi en su caí­da a los centinelas que lo custodiaban.

—Te respeto, pero tendrás que pagar por la muer­te de mi subordinado —sentenció.

Tras recoger los holgados pliegues de su manto, el mestizo se encaminó hacia Crysania, inmovilizada entre los brazos del miembro de la cuadrilla que la había atacado. Todavía le tapaba la boca mas, pese a la palidez de su rostro, brillaba en los ojos de la sacerdotisa la llama de la ira.

—Estoy  encantado —susurró el  abyecto  semiogro—. Me brindan un presente y ni siquiera se ave­cinan las Fiestas de Invierno.

Estalló en carcajadas que retumbaron en los hue­cos troncos arbóreos, y estiró la mano a fin de des­pojarla de la capa que llevaba anudada al cuello. Sus pupilas se fijaron, concupiscentes, en la curvilínea figura de la dama, que no hizo sino acentuarse al empapar la lluvia sus blancas vestiduras. Se ensanchó su sonrisa, todo su semblante se iluminó en un si­niestro deseo. Cuando se disponía a tocarla, la sa­cerdotisa intentó zafarse de su garra, pero el gigan­te no halló dificultad en sujetarla.

—¿Qué colgante es ese que luces? —inquirió, al de­tenerse su mirada en el Medallón de Paladine que se ceñía al escote de Crysania—. Lo encuentro ina­decuado, no te favorece. ¡Caramba, es de puro plati­no! —exclamó con un silbido—. Permite que te lo guarde, querida detestaría que se perdiera en nues­tros apasionados raptos.

Caramon se había recuperado lo suficiente para ver cómo el truhán tanteaba la alhaja y también para percibir el destello que encendía los ojos de la sa­cerdotisa, no ya de cólera, sino de burla. El contac­to del hombre la hacía temblar, pero una fuerza in­terior la sostenía. Un resplandor blanco, prístino, rasgó la cortina de agua. Procedía del talismán. El semiogro apartó su mano con un grito de dolor.

Corrieron unos murmullos entre los hombres que sujetaban a la dama. Uno de ellos aflojó su garra y Crysania, acabando de liberarse de una enérgica sa­cudida, procedió a cubrir de nuevo su cuerpo.

El cabecilla alzó la palma que fulminara el Meda­llón, distorsionado el semblante. El guerrero temió que golpease a su osada cautiva, pero en aquel mo­mento uno de los secuaces vociferó:

— ¡El mago vuelve en sí!

El coloso no cesó de contemplar a su oponente, si bien bajó la mano amenazadora e incluso le dedicó una sonrisa.

—Al parecer, bruja, has ganado el primer asalto —admitió—. Me entusiasman las lizas —dijo, dirigién­dose a Caramon—, tanto en el campo de batalla como en el del amor. Esta noche promete ser divertida.

Mediante un significativo gesto, indicó al indivi­duo que vigilaba a Crysania que la agarrara de nue­vo, aunque el hombretón advirtió que éste obedecía con reticencia. Una vez se hubo asegurado de que todo estaba en orden, el jefe de los salteadores avan­zó hacia el lugar donde Raistlin, estirado en el sue­lo, se abandonaba a quedos gemidos.

—El hechicero es el más peligroso de los tres. Atad­le las manos a la espalda y amordazadle —ordenó con voz áspera—. Si emite el más leve sonido cortadle la lengua; así pondremos fin a sus fórmulas maléfi­cas para toda la eternidad.

—¿Por qué no le matamos sin más preámbulos? —propuso uno de sus hombres.

—Adelante, Brack —lo invitó el cabecilla, que se había girado para identificar al forjador de tan «in­teligente» idea—. Desenvaina tu daga y degüéllalo.

—No serán mis manos las que lo eliminen —re­husó el llamado Brack, al mismo tiempo que retro­cedía.

—¿No? ¿Prefieres que caiga sobre mí la maldición por haber segado la vida de un Túnica Negra? —con­tinuó el semiogro, más jocoso que disgustado—. Te causaría un gran placer que mi mano ejecutora se marchitase y desprendiera, ¿no es verdad?

—De ninguna manera, Pata de Acero. No he pen­sado lo que decía —balbuceó el otro.

—Pues empieza a hacerlo —lo atajó el gigante—. Ahora no puede lastimarnos; fijaos en su lamenta­ble estado.

Mientras hablaba, señaló a Raistlin, que yacía boca arriba con las manos ligadas sobre el pecho. Habían forzado su mandíbula para ajustarle la mordaza, mas sus ojos destilaban, desde las sombras de su ca­pucha, una furia desmedida, y se estrujaba los dedos con tan impotente rabia que más de uno de los forzudos que lo circundaban se preguntó si tales me­didas eran acertadas.

Quizá imbuido de tales pensamientos, Pata de Ace­ro renqueó hasta el nigromante y se detuvo a escasa distancia. Impidió que sus subordinados efectuaran el cambio de ataduras y, con una siniestra mueca afeando aún más su amarillento rostro, incrustó el extremo de su pierna falsa en el cráneo del yacien­te. El mago se desmayó bajo el brutal impacto, y Crysania lanzó un aullido de alarma entre los férreos brazos de su centinela. En cuanto a Caramon, sintió que un agudo dolor contraía sus vísceras al contem­plar la figura de su hermano inerte en el barro. Tal solidaridad no dejó de asombrarle.

—Así lo tendremos un rato tranquilo. Cuando lle­guemos al campamento, le vendaremos los ojos y lo llevaremos a pasear por el precipicio. Si resbala y se desploma aceptaremos los designios del destino. No seremos nosotros los responsables de que se vier­ta su sangre. ¿De acuerdo? —declaró el jefe a su cua­drilla.

Se oyeron risas dispersas, si bien Caramon obser­vó que algunos de los presentes intercambiaban som­brías miradas y meneaban la cabeza.

Pata de Acero abandonó a Raistlin a su obligado letargo y examinó, centelleantes sus pupilas, el ca­ballo de carga.

—Hemos obtenido un espléndido botín —comentó, satisfecho.

Oteó el panorama y, sin poder evitarlo, clavó los ojos en la forcejeante Crysania, que se debatía entre las zarpas de su nervioso aprehensor.

—Un espléndido botín —repitió en un susurro.

Caminó de nuevo hacia la cautiva para, con su manaza, atenazar la delicada barbilla femenina. Adelan­tó entonces los labios, que estampó sobre los de la dama en un salvaje beso. Atrapada como estaba, ella nada pudo hacer. No batalló, acaso porque un sexto sentido la avisaba de que era aquello lo que desea­ba el infame salteador. Permaneció enhiesta, rígido su cuerpo, pero Caramon vio que cerraba los puños y, cuando se apartó el coloso, desvió la faz de tal ma­nera que su negro cabello cubrió sus rasgos.

—Todos conocéis mis normas —arengó el jefe a sus hombres, tirando bruscamente de las greñas de la sacerdotisa—. Compartid todos los tesoros, después de que yo haya saboreado mi porción, por supuesto.

Volvieron a resonar las risas, coreadas por algu­nos vítores. El guerrero no abrigaba la menor duda sobre el significado de aquellas palabras, y los comentarios que oyó sobre cómo, en otras ocasiones, habían «compartido suculentos botines» no hicieron sino ratificar sus sospechas.

Sin embargo, no todo fueron plácemes. Algunos hombres fruncieron el ceño con ostensible desaso­siego y otros incluso manifestaron su desacuerdo con tenues cuchicheos.

—¡No quiero mantener ningún tipo de relación con una bruja! Prefiero la compañía del mago, por muy temible que sea.

«¡Bruja!» Otra vez habían pronunciado este térmi­no, que despertó en la mente del hombretón vagos recuerdos de aquellos días remotos en que Raistlin y él viajaran con Flint, el enano forjador. Era una época anterior al retorno de los dioses auténticos, y Caramon se estremeció al evocar el episodio de su llegada a una ciudad donde se disponían a quemar a una vieja mujer en la hoguera, acusada de bru­jería. Revivió cómo su hermano y Sturm, el noble caballero, arriesgaron sus vidas para salvar a la an­ciana, que resultó ser una ilusionista de ínfima ca­tegoría.

No se le había ocurrido pensar hasta ahora que los habitantes de Krynn, en el período actual, juzga­ban severamente cualquier clase de poderes mági­cos; y los dones clericales de Crysania, en una fase de la Historia en que habían desaparecido los sacerdotes, merecían la aversión de cuantos con ella se tro­pezaban. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, aunque se impuso la lógica. Morir abrasada era pe­noso, pero más rápido que...

—Traedme a la bruja. —Era Pata de Acero quien interrumpía sus elucubraciones, mientras cojeaba dirigiéndose hacia su caballo—. Seguidme con los otros rehenes —concluyó, ya sobre la silla.

El guardián de Crysania la llevó a empellones has­ta el cabecilla quien, inclinándose, la izó sobre la ca­balgadura delante de él. Asió las riendas y la envol­vió en sus brazos, tan hercúleos que la dama casi desapareció entre ellos. Mantuvo la sacerdotisa la vista al frente. No se alteró su expresión distante, im­pasible.

«¿Sabe lo que le espera? —se preguntó el guerrero al pasar por su lado Pata de Acero, ensanchado su macilento rostro en una sonrisa de triunfo—. Siempre ha vivido protegida, a salvo de los aspectos más viles de la existencia. Quizá no ha comprendi­do el ultraje que estos hombres se proponen infligir­le, desconocedora de la naturaleza humana.»

En ese instante Crysania dirigió al fornido lucha­dor una mirada de soslayo. Tras su máscara de per­fecta compostura asomaba a sus ojos un terror tan invencible, una súplica tan anhelante, que Caramon hundió su cabeza en el pecho. «Lo sabe —se respon­dió, desesperado—. ¡Los dioses la asistan, lo sabe!»

Alguien le zarandeó por detrás para alzarlo en vo­landas entre varios y arrojarle sobre su caballo. Sus­pendido boca abajo, ligados sus robusto brazos me­diante aquellas cuerdas de arco que cortaban su piel, el prisionero observó cómo repetían la operación en el fláccido cuerpo de su gemelo. Tras asegurarse de que no caerían, los bandidos montaron en sus equi­nos y los condujeron hacia el bosque.

La lluvia fluía en torrentes por el cráneo del hombretón mientras que el corcel, al pisar el barro, le salpicaba la cara. El ligero trote le hacía rebotar dolorosamente, el pomo se clavaba en su costado, la sangre se agolpaba en su cerebro. Estaba mareado, no atinaba a distinguir, en medio de la espesura, sino aquellas pupilas dilatadas de pánico que reclama­ban su auxilio.

Incapaz de mover un músculo, le asaltó la desa­lentadora certeza de que, esta vez, no la socorrería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

Capitán de mercenarios

 

 

Raistlin recorría un ardiente desierto. Ante él, en la arena, se extendía un rastro de pisadas, que seguía con perfecta meticulosidad. Las huellas le guiaban por dunas que reverberaban al sol, deslumbrándolo. Caminó sin tregua acalorado, exhausto, presa de una sed insaciable. Le dolía la cabeza, el pecho, an­siaba tumbarse a descansar. En lontananza distin­guió un pozo, un oasis a la sombra de altas palme­ras. Pero, aunque pusiera todo su empeño, no lo alcanzaría. La senda no discurría en aquella direc­ción, y no podía desviarse de la ruta.

Avanzó durante largas horas, abrumado por el peso de sus propias vestiduras. De pronto, en el límite de sus fuerzas, alzó la vista y ahogó un grito de profun­do terror. ¡Las huellas le conducían a un cadalso! Una figura ataviada de negro, cubierta con una capucha de igual color, estaba arrodillada en la plata­forma. Apoyaba su cabeza en el tajo y, pese a no dis­tinguir sus rasgos, comprendió que era él mismo quien se aprestaba a morir. El verdugo, portador de una enorme hacha, se erguía a su espalda. También él ocultaba el rostro bajo un embozo. Enarboló el arma ejecutora y vio, con una vivacidad angustiosa, que la equilibraba sobre su cuello. Al desplomarse el peso del hacha, antes de exhalar el último suspi­ro, Raistlin atisbo la cara de la criatura que lo ajus­ticiaba...

—¡Raist! —susurró una voz.

El mago sacudió su maltrecha cabeza, compren­diendo aliviado que era víctima de una pesadilla. Lu­chó por despertar, por atender la llamada y ahuyen­tar las espantosas imágenes.

—Raist —repitió quien le invocaba.

La certidumbre de un peligro real, no soñado, ter­minó de despejarle. Permaneció inmóvil unos segun­dos, con los ojos cerrados, hasta cerciorarse de su situación.

Yacía en un terreno húmedo, anudadas las manos en el pecho y atenazada su boca por una mordaza. Le atormentaba una lacerante migraña, la voz de Caramon resonaba en sus tímpanos.

Oía a su alrededor un tumulto de risas y palabras, olisqueaba los efluvios de distintos guisos sobre el sonoro crepitar de la leña. Pero la algarabía se le an­tojó lejana, tan sólo percibía en su proximidad el las­timero acento de Caramon. Súbitamente, recordó el ataque. Lo había perpetrado un individuo con una pierna de acero y, luego, el olvido. Cauteloso, levan­tó los párpados.

Su gemelo se hallaba, al igual que él, tendido en el lodo, sólo que boca abajo y con las manos atadas a la espalda. En sus ojos pardos brillaba una luz pe­culiar, una luz que hizo volar la memoria del hechi­cero hacia otros tiempos, hacia la época en que ambos luchaban juntos, combinando armónicamente espada y magia.

A pesar del dolor, de las tinieblas que les cerca­ban, Raistlin sintió un arrebato de júbilo que no ha­bía experimentado durante años. Unidos por una co­mún amenaza, sus lazos se habían estrechado y les permitían comunicarse tanto verbal como telepáti­camente.

Al comprobar que su hermano era consciente del apuro en que se hallaban, Caramon culebreó con el mayor sigilo posible a fin de preguntarle en un mur­mullo, tal como aconsejaba la prudencia:

—¿Podrías desembarazarte de tus ligaduras? ¿To­davía conservas la daga de plata?

Raistlin respondió con un leve asentimiento. En los albores de la Historia, los dioses prohibieron a los magos la tenencia de armas de cualquier naturaleza y el uso de cotas de malla u otros atuendos béli­cos. La finalidad de tal medida era, como cabe imaginar, que debían consagrarse al estudio en lugar de perder horas valiosas en el perfeccionamiento de las artes marciales. Pero, cuando los hechiceros ayuda­ron a Huma a derrotar a la Reina de la Oscuridad merced a la creación de los Orbes de los Dragones, las divinidades les otorgaron el derecho de portar da­gas durante sus desplazamientos, en memoria de la lanza del Gran Caballero.

Asida a su muñeca mediante una disimulada co­rrea de cuero que haría que el arma se deslizase hasta su palma si la necesitaba, la argéntea daga de Raistlin constituía su último recurso defensivo. Sólo debía valerse de ella en el caso de que se agotaran sus encantamientos... o en circunstancias como la que ahora vivían.

—¿Te restan fuerzas suficientes para utilizar tus dotes arcanas? —indagó el hombretón.

El nigromante cerró los ojos. Sí, le quedaban aún energías, mas no podía derrocharlas. Hacerlo signi­ficaba debilitarse, entrañaba un largo período de des­canso y cuidados exhaustivos antes de enfrentarse con poder renovado a los guardianes del Portal. Por otra parte, era imprescindible que sobreviviera. Muerto, de nada le servía el ahorro.

«¡Tengo que salir adelante a cualquier precio! —pensó—. Fistandantilus lo logró, y yo no hago sino seguir su rastro en la arena.»

Tal idea provocó su ira. La descartó presto y, abriendo los ojos, inclinó la cabeza.

—Anida en mí la fuerza necesaria —comunicó a su hermano por vía telepática.

—Raist —musitó el guerrero con una severidad que nubló su momentáneo júbilo—, supongo que adi­vinas qué suerte deparan a Crysania esos hombres.

Asaltó al mago una repentina visión de aquel individuo descomunal, mestizo entre ogro y humano, de la manera en que posara sus toscas manazas so­bre el cuerpo de la sacerdotisa, invadieron su alma unos sentimientos para él ignotos. Era la cólera, la furia, lo que le corroía, pero con una intensidad que jamás agitó sus entrañas. Se contrajo su corazón y le cegó una bruma sanguinolenta.

Al constatar que su hermano lo miraba perplejo, boquiabierto, Raistlin supuso que el torbellino que le azotaba se hacía ostensible en sus rasgos. Emitió un gruñido y Caramon se apresuró a continuar.

—Tengo un plan.

El hechicero le dio a entender, por un signo, que conocía sus intenciones.

—Si fracaso... —murmuró el hombretón.

—La mataré primero a ella y luego a mí mismo —concluyó su gemelo.

No habría que llegar a tales extremos, reflexionó. Estaba a salvo, protegido.

Oyó unas pisadas que se acercaban y entornó de nuevo los párpados para fingirse inconsciente. De ese modo ganaría unos minutos preciosos durante los cuales ordenaría la maraña de sus emociones y re­cobraría el control. La daga de plata se le antojó fría sobre su brazo y flexionó los músculos a fin de de­sagarrotarlos mientras, aún confundido, analizaba su extraña reacción frente a la desdicha de una mu­jer que nada le importaba... excepto, naturalmente, por el servicio que había de brindarle en su calidad de sacerdotisa.

 

 

Dos hombres levantaron a Caramon de una violen­ta sacudida y, no con menor brutalidad, le conmina­ron a andar. El guerrero advirtió reconfortado que, salvo una fugaz ojeada para comprobar que seguía desmayado, ninguno de ellos prestó atención a su ge­melo. Caminando a trompicones sobre el irregular terreno, rechinando sus dientes a causa del dolor que le infligían sus piernas entumecidas, el fornido lu­chador meditó sobre la fiereza que desencajara los rasgos de Raistlin al mencionarle a Crysania. En cualquier otro humano la habría definido como la cólera ilimitada de un amante ultrajado, pero no se la explicaba en su hermano. ¿Era capaz el mago de tan nobles sentimientos? En Istar dictaminó que no, que el Mal le consumía sin dejar espacio a las que él consideraba flaquezas de la carne.

Ahora, no obstante, Raistlin parecía distinto, mu­cho más semejante al compañero de antaño, a aquel ser que tantas veces combatiera a su lado, codo con codo, dependientes sus vidas de la acción del otro. Incluso lo que le dijera acerca de Tas comenzó a co­brar sentido. No había aniquilado al kender, estaba seguro, y en su conducta respecto a Crysania tan sólo los arranques de mal humor menguaban su amabilidad. Quizá...

Uno de los salteadores, al azuzarle en las costillas, le recordó lo desesperado de su situación actual. «No hay quizá que valga —se reprendió—; lo más proba­ble es que el fatal desenlace sobrevenga aquí y aho­ra. Lo único que conseguiré es sacrificar mi vida sin salvar las de los otros cautivos, que sucumbirán a un final rápido y cruel.»

Mientras avanzaba por el campamento pensó en todo cuanto había visto y oído desde la emboscada, revisando mentalmente su plan.

El asentamiento de los bandidos se asemejaba más a una pequeña ciudad que al escondrijo de unos la­drones. Vivían en toscas cabañas de troncos y cobi­jaban en una cueva a sus animales. Resultaba obvio que llevaban allí cierto tiempo y no temían el rigor de la ley, mudos testigos de la fuerza y el liderazgo del semiogro, omnipotente para ellos.

Pero Caramon, que en sus años mozos había teni­do frecuentes escaramuzas con forajidos de la más baja estofa, adivinó que muchos de aquellos hombres no eran simples rufianes ansiosos de botín. La ma­nera en que contemplaban a Crysania y meneaban la cabeza, en franca desaprobación de lo que había de ocurrirle, corroboraba este criterio. También sus armas contribuían a confirmarlo: aunque vestidos de harapos varios de ellos portaban bonitos pertre­chos, de los que se pasan de padres a hijos, y los es­grimían haciendo gala del orgullo que sólo las he­rencias familiares inspiran, no como el fruto de una rapiña. Además, pese a que en la tenue luz de la tor­menta no era fácil distinguir los detalles, el guerre­ro creía haber vislumbrado en numerosas espadas la rosa y el martín pescador, antiguos símbolos de los Caballeros de Solamnia.

Los miembros de la cuadrilla exhibían los rostros rasurados, sin los mostachos que identificaban a ta­les caballeros, mas el hombretón captó en la sobrie­dad de su porte vestigios de Sturm Brightblade, su entrañable amigo perteneciente a esta Orden. Al evocar en su memoria la figura de Sturm hizo recuento de la historia de tan insigne grupo después del Ca­taclismo.

Acusados por la mayor parte de sus vecinos de de­satar la terrible calamidad, fueron desterrados de sus hogares. Las enloquecidas turbas les asesinaron en masa, o bien mataron a sus familias ante sus ojos, y los sobrevivientes tuvieron que ocultarse, vagar en solitario de uno a otro confín de Krynn o unirse a bandas de criminales como ésta.

Al espiar durante su recorrido a los hombres que limpiaban sus armas, que conferenciaban en tonos apagados, Caramon descubrió las huellas de múlti­ples actos censurables, pero leyó asimismo resig­nación y desesperanza en más de un semblante. El también había vivido tiempos difíciles, sabía de los estragos que hacía el desaliento en el alma de los mortales.

Si sus deducciones eran acertadas, si en los cora­zones de los bandoleros brillaba aún la llama de la bondad, su plan podía resultar.

Ardía una fogata en medio del campamento, no muy lejos de donde poco antes yaciera postrado jun­to a Raistlin. Un breve vistazo le permitió compro­bar que su hermano continuaba en su simulado des­vanecimiento. Mas, sabiendo qué buscar, detectó al mismo tiempo que había adoptado una postura des­de la que podía presenciar los sucesos.

Al entrar él en el radio de luz del fuego la mayoría de los salteadores interrumpieron sus quehaceres y le siguieron, hasta formar un semicírculo a su alre­dedor. Sentado en una regia silla, próximo al calor, Pata de Acero bebía de un odre lleno a reventar. De pie, a ambos flancos, había varios individuos entre­gados a una orgía de risas y bromas, que el guerre­ro reconoció al instante como los típicos aduladores. No le sorprendió encontrar, entre estos serviles in­dividuos, al repulsivo posadero.

En otro asiento, al lado del semiogro, se hallaba Crysania. La habían despojado de la capa y hecho jirones el corpino de su vestido, una acción que el guerrero atribuyó sin vacilar a Pata de Acero. Repa­ró, presa de una creciente ira, en la mancha purpú­rea de su delicada mejilla, en la hinchazón que de­formaba la comisura de sus labios, y supo que no flaquearía en su propósito de rescatarla.

La dama, en digna actitud, mantenía la vista al frente y se esforzaba en ignorar los obscenos comen­tarios, las espantosas historias con que la obsequia­ban los auténticos miembros de la banda. Caramon esbozó una sonrisa de admiración. Al recordar el pá­nico demente al que estuvo reducida durante sus úl­timos días en Istar, al considerar su existencia ante­rior, ajena a cualquier clase de penuria, le complacía su capacidad de adaptarse a circunstancias tan ad­versas. Exhibía una serenidad que hasta Tika habría envidiado.

«Tika»... Se regañó a sí mismo, no debía pensar en ella y, menos aún, compararla con la sacerdotisa. Urgiéndose a concentrarse en la realidad inmediata, apartó la mirada de la mujer para clavarla en su ene­migo.

Pata de Acero, a su vez, cesó de conversar con sus secuaces e hizo al guerrero señal de acercarse.

—Ha llegado tu hora —le anunció socarrón antes de, sin mudar su talante, decir a Crysania—: Espero, señora, que no os importará si aplazamos nues­tra cita en la intimidad hasta que haya zanjado este asunto. Se trata de un entretenimiento previo al pla­cer, querida; tomáoslo como un obsequio.

Acarició el pómulo femenino, pero cuando ella re­huyó el contacto con pupilas centelleantes, su ade­mán afectivo se convirtió en una sonora bofetada.

La sacerdotisa no gritó, sino que irguió el cuello y con sombrío orgullo se encaró a su verdugo.

Consciente de que no debía distraerse en arreba­tos de preocupación por la sacerdotisa, Caramon prendió sus ojos del cabecilla y le estudió sosegado, gélido. «Este hombre gobierna mediante la fuerza bruta, se aprovecha del miedo que le tienen muchos de sus seguidores para imponer su voluntad. Le obedecen a regañadientes, no les queda otro remedio que acatar los designios del único ser capaz de propor­cionarles alimento en esta tierra olvidada de los dio­ses. Le rinden vasallaje porque preserva sus vidas, mas ¿hasta dónde llega su lealtad? Eso es lo que debo averiguar.»

Modulada su voz, Caramon desechó sus cábalas para, firme y desdeñoso, desafiar a su aprehensor.

—¿Es así como demuestras tu valor? —le impre­có—. En vez de golpear a una mujer indefensa, de­sátame y devuélveme mi espada. Así veremos qué cla­se de individuo eres.

Pata de Acero lo observó interesado, con un aso­mo de inteligencia en sus bestiales iris que pertur­bó al robusto luchador.

—Si he de serte franco, esperaba algo más origi­nal de ti —declaró el semiogro, poniéndose de pie y emitiendo un suspiro teatral por el que manifesta­ba su desencanto—. Tal vez no seas el reto que ima­giné en un principio, pero no tengo nada mejor que hacer esta noche. No antes de acostarme —rectificó, al mismo tiempo que le hacía una burlona reveren­cia a la indiferente Crysania.

El jefe de los ladrones arrancó de sus hombros el manto de piel, mientras ordenaba a uno de sus se­cuaces que le trajera su espada. Los aduladores abrieron el cerco a fin de cumplir sus diversas ins­trucciones y el resto de los presentes se situó en un claro cercano a la fogata, ansiosos por asistir a un espectáculo del que, sin duda, ya habían tenido oca­sión de gozar.

Durante la confusión de los preparativos, Caramon consiguió atraer la atención de la sacerdotisa. Cuan­do esto sucedió, inclinó la cabeza hacia donde yacía Raistlin. Ella comprendió al instante el significado de su gesto. Miró de soslayo al mago, sonrió pesaro­sa e hizo un ademán de asentimiento, cerrados los dedos en torno a su talismán.

Los centinelas hostigaron al guerrero a entrar en el círculo, de tal manera que perdió de vista a la dama en el momento en que ésta movía sus hincha­dos labios en una silenciosa plegaria. «Necesitaré algo más que unas oraciones a Paladine para salir de este atolladero», recapacitó el guerrero. Se pre­guntó, irónico, si su hermano también invocaba la ayuda de su ídolo, la Reina de la Oscuridad.

Él carecía de un adalid al que dirigir sus rezos. El único auxilio en el que confiaba era el que podían prestarle sus músculos, sus huesos, sus vísceras.

Cortaron las ligaduras de sus brazos. Sufrió un es­pasmo de dolor al reanudarse el riego sanguíneo en sus miembros, si bien se apresuró a flexionar sus ten­dones, a frotarlos, a fin de estimular la circulación y, además, calentarse. Acto seguido se quitó la em­papada camisa, los calzones, pues prefería luchar desnudo. La ropa daba al adversario la oportunidad de agarrarle. Así lo aprendió de Arack cuando lo pre­paraba para tomar parte en los Juegos de Istar.

Al contemplar la magnífica forma física del pri­sionero, un murmullo se extendió entre los hombres que formaban el círculo. La lluvia chorreaba sobre su bruñido, equilibrado cuerpo, el fuego refulgía en sus anchos omóplatos y en su torso, poniendo al des­cubierto las innumerables cicatrices de las heridas que recibiera en otras lides. Alguien le entregó una espada, con la que ensayó unas estocadas tan ágiles como certeras. Incluso Pata de Acero, al introducir­se en el improvisado campo de batalla, quedó desconcertado frente a la constitución del antiguo gla­diador.

Si el cabecilla se sobresaltó al examinar a su opo­nente, este último no quedó menos impresionado por la apariencia que él ofrecía. Mitad ogro y mitad hu­mano, el hercúleo individuo había heredado las me­jores características de ambas razas. Poseía la enver­gadura y la robustez de unos, los más semejantes a los animales, unidas a una rapidez de movimientos y a una peligrosa inteligencia que le emparentaban con las criaturas superiores. También él optó por la desnudez. Se presentó en el ruedo sin más atavío que un taparrabos de cuero. Pero lo que provocó un in­voluntario silbido de Caramon fue el arma que ex­hibía, la espada más portentosa que había visto en el curso de su dilatada existencia.

Era de colosales dimensiones y sólo podía ser manejada con las dos manos. El guerrero, experto en tales menesteres, se dijo al escrutarla que cono­cía a pocos hombres capaces de desenvainarla, me­nos aún de blandiría. Sin embargo, Pata de Acero mostraba una gran desenvoltura y únicamente recu­rría a su brazo derecho, lo que demostraba su fuer­za descomunal. Y no sólo eso; mientras su rival prac­ticaba percibió la precisión, el rítmico vaivén de sus sesgos. El filo atrapaba la luz de las llamas al hen­der el aire, toda ella despedía ominosos zumbidos al penetrar la penumbra y dejar, a su paso, una lí­nea de chispas ígneas.

Cuando su enemigo saltó al ruedo, refulgente la pierna metálica, Caramon comprendió desmoraliza­do que no se enfrentaba a la criatura brutal, estú­pida que concibió a partir de su conducta anterior, sino a un hábil espadachín que había superado su inferioridad física hasta batirse con un dominio que cualquiera con las dos piernas codiciaría... y te­mería.

Lo que no intuyó el guerrero fue que, además de haberse sobrepuesto a su carencia, Pata de Acero sa­bía cómo sacarle partido. Un primer escarceo bastó para que se percatase de lo mortífero que podía re­sultar aquel apéndice al servicio de tan avispado ad­versario.

Ambos se tantearon, atentos a cualquier punto fla­co en la defensa del otro. De pronto, apalancándose con gran maestría en la pierna sana, el semiogro uti­lizó la de acero como una segunda arma. Giró sobre sí mismo y golpeó tan violentamente al hombretón que éste cayó al suelo debido al impacto. Su espada salió despedida y se estrelló fuera de su alcance.

Recuperado el equilibrio, el gigante avanzó con su pertrecho enarbolado hacia el yaciente. Era osten­sible su ansia de rematarle y consagrarse a otras diversiones. Pero, aunque pillado por sorpresa, Ca­ramon no estaba tan maltrecho como aparentaba. Recordando su experiencia en la arena, permaneció tumbado y emitió sonoros jadeos, como si le faltara el aire, mientras el supuesto vencedor se acercaba a él. Entonces estiró la mano, asió la pierna buena del infatuado semiogro y tiró de ella.

Los espectadores prorrumpieron en aplausos y vítores. Sus ecos despertaron en el que fuera gladia­dor vivos recuerdos del circo, que encendieron su sangre. Se difuminó su preocupación por hermanos de Túnica Negra y sacerdotisas de túnica blanca, se desvaneció la nostalgia del hogar y, aún más impor­tante, su inseguridad. La fiebre de la batalla, la in­toxicante droga del peligro, infestaron sus venas, le envolvió un éxtasis que ni siquiera igualaba el de su gemelo al formular sus hechizos.

Incorporándose, espiando a su enemigo en idénti­ca acción, Caramon se lanzó sobre su espada. Mas, pese a su rapidez de reflejos, Pata de Acero se le ade­lantó. Alcanzó el arma con mayor celeridad y le pro­pinó un puntapié que, de nuevo, la catapultó al es­pacio.

Sin perder de vista al semiogro, el hombretón bus­có con la mirada otro pertrecho. Reparó en la hogue­ra, que ardía en uno de los flancos del cerco.

El gigante se dio cuenta y, adivinando su propósi­to, se dispuso a obstruirle el paso.

El guerrero echó a correr y, en su impulso, no pudo eludir el filo del arma enemiga, que abrió un surco en su abdomen. Ajeno al corte, a la sangre que fluía, Caramon se arrojó al suelo y rodó hasta los troncos. Asió uno por el extremo y se puso de pie, en el preci­so momento en que la espada de Pata de Acero se hundía en el lugar donde se hallaba su cabeza segun­dos antes.

El filo desgarró, una vez más, el manto de la llo­vizna y el atacado, al retumbar el silbido en sus tím­panos, apenas acertó a contener la arremetida de aquella arma que tanto le fascinaba. Se entrechoca­ron leño y acero, volaron las ardientes astillas que coronaban el recién conquistado pertrecho del hom­bretón. La fuerza del asalto fue tremenda, las ma­nos de Caramon vibraron y los afilados cantos de la madera se hundieron en su carne, pero se mantuvo firme. Su energía vital obligó al gigante a retroceder, en incierto equilibrio.

También el semiogro conservó el control de sí mis­mo. Plantó la pata de acero en la tierra y, mientras mantenía a raya a su oponente, volvió a tomar posi­ciones. Despacio, ambos trazaron círculos en espera de la oportuna brecha. Los espectadores no vieron cuándo se abrió ésta, pero, de repente, los ad­versarios se enzarzaron en una cruenta lucha rodea­dos por la luz cegadora del metal y los rescoldos le­ñosos.

Caramon no pudo calcular cuánto duró la contien­da. El tiempo se disipó en una niebla de dolor, mie­do y agotamiento. Sus pulmones parecían abrasarle el pecho, su respiración se volvió irregular, sangra­ban sus descarnadas manos. Y, pese a tan denodados esfuerzos, no adquiría ninguna ventaja. Jamás se había enfrentado a un rival semejante y algo si­milar le sucedía a Pata de Acero, quien, tras iniciar la pugna con una sonrisa de desprecio, tuvo que ha­cer acopio de toda su determinación para resistirla. Los hombres les contemplaban en silencio, hipnoti­zados ante el mortífero litigio.

Los únicos sonidos que se oían en el cerco eran el crepitar del fuego, el pesado aliento de los exhaus­tos contrincantes y el chapaleo ocasional de un cuer­po al caer en el barro, unido a quedos gemidos.

El corrillo de espectadores, las llamas, se convir­tieron en una nebulosa para Caramon. Sus maltre­chos brazos sostenían el leño como si de un árbol en­tero se tratase; el mero hecho de inhalar aire era una agonía y no hallaba más consuelo que la certidum­bre de la fatiga del coloso, no inferior a la suya, algo que constató al no embestirle éste en una oportuni­dad propicia por verse forzado a recuperar el resue­llo. Exhibía el semiogro un hondo surco purpúreo en el costado, allí donde el tronco había estampado su huella. Todos habían oído el crujir de sus costi­llas y también habían reparado en cómo se contraía su faz macilenta.

Vencido su fugaz momento de debilidad, una es­tocada le permitió desestabilizar a Caramon, el cual, bamboleándose, agitó su arma en un intento frené­tico de salvarse. Volvieron a acecharse unos segun­dos, ajenos a su entorno y con la vista puesta en el enemigo. Ambos sabían que el próximo error podía acarrearles la muerte.

Y, entonces, Pata de Acero resbaló en el fango. Fue un pequeño traspié, que le hizo hincar la rodilla auténtica y afianzarse en la falsa. Al principio de la liza se habría incorporado en un santiamén, pero su fortaleza se había mermado y tardó un poco en res­tablecerse.

El guerrero no necesitaba más que esta corta va­cilación. Se abalanzó sobre el descomunal individuo e, impulsado por un último resquicio de energía, alzó el madero y descargó su peso en el muñón al que se sujetaba el apéndice metálico. Igual que un marti­llo aplasta al clavo, la acometida incrustó la pata de acero en el fangoso suelo.

Revolviéndose en un ataque de furia, el semiogro forcejeó para liberar el miembro inmovilizado mien­tras apartaba al otro luchador con repetidos sesgos de su espada. Casi consiguió su propósito, tal era su apabullante vitalidad, y Caramon tuvo que renunciar al anhelado descanso al comprobar que no se había desvanecido el peligro.

Además, la contienda sólo podía zanjarse de una manera. Ambos lo sabían desde su inicio, así que el hombretón, en un supremo alarde, avanzó protegi­do por su tronco y arrancó la empuñadura de la ga­rra del postrado al atrapar la espada en un inespe­rado revés. Pata de Acero, consciente del mensaje de destrucción que transmitían sus ojos, reanudó sus convulsiones para desencajar el miembro del emba­rrado terreno. Incluso en el momento crucial, cuan­do el leño que el guerrero enarbolaba se irguió so­bre su cabeza, sus manazas intentaron interceptar la letal trayectoria del arma.

El leño se zambulló en el cráneo del semiogro con un ruido seco. Partido el occipucio, el herido se des­moronó al instante y, tras sufrir un indescriptible es­pasmo de agonía, quedó inerte. Aprisionado aún su miembro en la argamasa de lodo, la lluvia lavó la san­gre y los sesos que sobresalían por las heridas de la cabeza.

Víctima del dolor y el cansancio, Caramon se des­plomó en un charco para, con el apoyo de su man­chado pertrecho, rezumante de sangre y de agua, to­mar aliento. Resonó en sus oídos el rugir de los salteadores, dispuestos a acabar con su vida. No reaccionó, ya nada le importaba.

Aguardó el ataque de los encolerizados bandidos, casi lo deseó. Sin embargo, éste no se produjo.

Confundido, el hombretón alzó el rostro. Su ente­lada vista se posó en una figura ataviada de negro que se había arrodillado junto a él, y sintió el abra­zo de su hermano a la vez que vislumbraba, en las puntas de sus dedos, unos rayos de singular resplan­dor con los que amenazaba a quien osara acercarse. El luchador entornó los párpados y se refugió en el enjuto pecho de Raistlin, ansioso de calor.

Emitió un suspiro tembloroso, antes de notar el contacto de unas manos frías en su piel. Reconoció a su propietaria al acunarle una plegaria a Paladine y, abriendo los ojos, desechó su ayuda de un empe­llón. Demasiado tarde, el influjo curativo de Crysania se extendía ya por sus entrañas. Oyó los gritos sofocados de los hombres que se habían arremoli­nado a su alrededor al desaparecer sus heridas, vo­latilizarse los moretones y volver el color a su ceni­ciento rostro. Ni siquiera la pirotécnica del mago había provocado las voces de alarma que ahora cir­culaban de boca en boca.

— ¡Brujería! ¡Esa mujer le ha sanado con sus po­deres diabólicos! ¡Quemémosla!

—¡La bruja y el nigromante deben consumirse en la hoguera!

—Tienen hechizado al guerrero. Si les eliminamos, liberaremos su alma torturada.

Consultando a su gemelo con la mirada, Caramon constató por su sombría expresión que, al igual que él, revivía viejos recuerdos. Corrían un riesgo inmi­nente; debían actuar sin demora.

— ¡Esperad! —exclamó el fornido luchador, al mis­mo tiempo que se levantaba de su vulnerable pos­tura.

El cerco se había estrechado, y el nerviosismo de los hombres dejaba patente que si no se abalanza­ban era porque temían a Raistlin. Al sumirse éste en un violento acceso de tos, fue el guerrero quien se inquietó. De abandonarle las fuerzas no habría sal­vación posible.

De pronto, se le ocurrió una idea, que se apresuró a poner en práctica. Aferró a la desconcertada Crysania, la escudó tras su cuerpo y se encaró a la desa­fiante, aunque amedrentada, concurrencia.

—Tocad a esta mujer y sucumbiréis a una muerte más atroz que la de vuestro cabecilla —les advirtió, cristalina su voz en medio del aguacero.

—¿Por qué hemos de respetar la vida de una bru­ja? —cuestionó uno, coreado por susurros de asen­timiento.

—¡Porque me pertenece! —le espetó Caramon in­conmovible, en actitud retadora. Crysania, a su es­palda, quiso protestar, pero Raistlin la silenció con un significativo gesto por el que apeló a su pru­dencia—. No me tiene hipnotizado, como afirmáis; obedece mis órdenes y las del mago —continuó el hombretón—. No os causará el menor daño, os lo ga­rantizo.

Volvió a elevarse un murmullo entre los presen­tes, pero sus ojos, al mirar a Caramon, ya no refleja­ban ira. A la admiración inicial se sumaba, ahora, la voluntad de escucharle.

—Dejad que sigamos nuestro camino —solicitó Raistlin con voz queda—, y...

—Soy yo quien debe hablar —le interrumpió su ge­melo. Tiró de su brazo, consciente del asombro del hechicero, y susurró estas palabras en su tímpa­no—: He forjado un plan. Vigila a la sacerdotisa.

El nigromante asintió y fue a situarse al lado de Crysania, quien, callada y rígida, espiaba a los fora­jidos. Mientras tanto el guerrero recogió la espada que desprendiera de la zarpa de Pata de Acero y avan­zó hacia el cadáver del semiogro, tendido en un char­co enrojecido. Alzó el imponente pertrecho sobre su cabeza, con un porte triunfal que le confirió un in­negable atractivo. La luz de la fogata lamía su piel broncínea, los músculos de sus brazos se abultaban en rizos de energía, todo él constituía un espléndido espectáculo al erguirse junto a los despojos de su enemigo.

—He aniquilado a vuestro jefe. ¡Ahora reclamo el derecho de ocupar su puesto! —apuntó, y su voz re­sonó entre los árboles—. Sólo exijo una cosa, que abandonéis esta vida de asesinatos, robos y pillaje. Nos dirigiremos al sur.

Su arenga suscitó una reacción de júbilo que le de­sorientó.

— ¡Al sur, viajan hacia el sur! —entonaron varias voces al unísono, sucedidas por ovaciones dispersas.

Caramon estudió a sus oyentes de hito en hito, per­plejo frente a la algarabía general. Raistlin, pálido como la muerte, se aproximó a él para preguntarle:

—¿Qué te propones?

El aludido se encogió de hombros, sin dar crédito todavía al revuelo de entusiasmo que había creado.

—Me ha parecido adecuado aprovechar la circuns­tancia para reunir una escolta armada —confesó—. Los territorios meridionales son, en muchos aspec­tos, más salvajes que los que hemos recorrido, y he supuesto que algunos de estos hombres accederían a acompañarnos. No lo comprendo.

Un joven de noble talle que, más que cualquiera de los otros, avivaba la imagen de Sturm en la me­moria del luchador, dio un paso al frente. Tras indi­car a los restantes que guardaran silencio, hizo sus pesquisas en nombre de la comunidad.

—¿Vais al sur? —inquirió—. ¿Por ventura buscáis los fabulosos tesoros de los Enanos de Thorbardin?

—¿Lo entiendes ahora? —reprendió Raistlin a su hermano.

De nuevo la tos puso fin a su discurso. Asfixiado, se agitó en unas convulsiones que, como siempre, lo redujeron a un estado lamentable. De no ser porque Crysania acudió rápidamente en su auxilio, se habría desmayado.

—Lo que entiendo es que necesitas descansar — replicó Caramon, alicaído—. Y nosotros también. A menos que recurramos a la protección de un grupo de mercenarios expertos no tendremos una noche tranquila, de paz absoluta. ¿Qué ocurre? ¿Qué pin­tan en todo este asunto los Enanos de Thorbardin?

El nigromante bajó la cabeza, que quedó oculta en las sombras de su capucha.

—Diles que sí, que seguimos la ruta del sur y nos disponemos a atacar a esos hombrecillos —musitó al fin, en tono confidencial.

—¿Atacar Thorbardin? —repitió el corpulento hu­mano con los ojos desorbitados.

—Te lo explicaré más tarde —prometió Raistlin de mal humor—. Haz lo que te he sugerido.

Caramon titubeó. El hechicero, al ver su zozobra, esbozó una sonrisa ambigua, irónica y desagradable.

—Es tu única posibilidad de regresar a casa, her­mano —le reveló—. Y quizá también de salir con vida de este embrollo.

El guerrero oteó el panorama. Los hombres habían reemprendido sus cuchicheos durante su conferen­cia privada, recelosos de sus intenciones. Sabedor de que, si no se decidía de inmediato, perdería los puntos ganados y, acaso, se enfrentaría a otro ata­que de la cuadrilla, se volvió de espaldas a fin de re­flexionar. No podía desperdiciar un instante, pero tampoco quería actuar de forma precipitada.

—Vamos al sur —afirmó despacio, para disimular su torbellino mental—, por razones que no puedo ex­poneros. ¿Qué historia es esa de los tesoros de Thorbardin?

—Se rumorea que los enanos han acumulado una gran riqueza en el reino que se extiende bajo la mon­taña —respondió el joven que le abordara, con la aquiescencia de sus compañeros.

—Una riqueza que sustrajeron a los humanos —apostilló otro.

—Sí —intervino un tercero—. No sólo se compo­ne de dinero. Tienen además grano y ganado. Come­rán como reyes este invierno, mientras que nuestros estómagos rugirán vacíos, estragados.

—En más de una ocasión proyectamos irrumpir en su territorio y apoderarnos de una parte —con­tinuó el joven de noble aspecto—, mas, en el último momento, Pata de Acero nos conminaba a desistir. Según él aquí estábamos bien, no merecía la pena aventurarse. Nunca nos convenció del todo, algunos confabulaban a su espalda.

Caramon se sumió en sus meditaciones, lamentan­do no conocer mejor los acontecimientos del pasa­do. Pese a las escasas horas dedicadas a la lectura, había oído hablar de las guerras enaniles, o de Dwarfgate, gracias a los incesantes relatos de su amigo Flint. Este hombrecillo pertenecía a la tribu de las Colinas y le habían llenado la cabeza de narraciones sobre la crueldad de sus parientes de las Mon­tañas, asentados en Thorbardin, muy similares a las que ahora le explicaban los bandidos. La única dife­rencia era que, al decir de Flint, las riquezas ateso­radas habían sido robadas a sus primos, los miem­bros de su propia raza.

Si todo aquello era cierto, la determinación de asal­tar su ciudad estaba justificada. Podía seguir sin re­paros las recomendaciones de su hermano. No obs­tante, en Istar algo se había roto en las entrañas del hombretón y, aunque empezaba a pensar que se ha­bía equivocado al juzgar al mago, ya no se extingui­ría la llama de la desconfianza. Nunca acataría a ciegas la voluntad de Raistlin. ¡Ojalá hubiera exami­nado las Crónicas! Sin duda, allí estaba la clave.

¡Pobre Caramon! Navegaba en un mar de dudas. Por una parte sentía la ardiente mirada del hechicero en su persona, le atosigaba el eco de sus palabras: «Tu única posibilidad de regresar a casa». Por otra, sus resquemores respecto al arcano personaje le impedían obedecer. Cerró el puño presa de la cólera; sabía que su gemelo había ganado la partida.

—Nos encaminamos a Thorbardin —declaró áspe­ramente, prendida la vista en la espada. La alzó al instante, sin embargo, para escrutar a los presentes y proponer—: ¿Vendréis con nosotros?

Se produjo un letal silencio, en el que algunos de los hombres rodearon al supuesto noble, su porta­voz, y dialogaron con él. Él escuchó, asintió y se en­frentó de nuevo al guerrero.

—Seguiríamos sin vacilar a una criatura que, como tú, ha demostrado su valentía —le confirmó—. Pero ¿qué relación mantienes con este Túnica Negra? ¿Quién es él para que le profesemos lealtad?

—Me llamo Raistlin —se interfirió el mago—. Este hombre es mi escudero, mi custodio si lo preferís.

No hubo respuesta audible, tan sólo ceños frunci­dos y expresiones reticentes.

—Dice la verdad —les aseguró Caramon—, excep­to en un detalle. Su nombre auténtico no es Raistlin, sino Fistandantilus.

Todos a una, los salteadores contuvieron el resue­llo. Su hostilidad se trocó en respeto, en temor.

—Yo soy Garic —se presentó el joven, inclinándo­se frente al archimago con la anacrónica cortesía de los Caballeros de Solamnia—. Nos han llegado noti­cias de tu poder, gran maestro, y aunque tus accio­nes son tan oscuras como tu túnica, o al menos así lo cuentan quienes te han conocido, vivimos tiempos inciertos. Os escoltaremos, a ti y al guerrero que te sirve.

Avanzando hasta Caramon, posó su espada a sus pies. Otros le rindieron igual pleitesía, con mayor o menor predisposición. Hubo algunos que se refugia­ron en la penumbra y emprendieron la huida, mas, al reconocerlos como los rufianes inveterados que eran, el fornido humano nada hizo para detenerlos.

Quedaron una treintena de hombres, unos de por­te tan distinguido como Garic y los restantes, la ma­yoría, harapientos ladrones y bandidos.

—Mi ejército —masculló el hombretón aquella noche, mientras extendía su manta en la cabaña que Pata de Acero había construido para su uso per­sonal.

Oyó en el exterior las quedas conversaciones que intercambiaba Garic con el otro hombre que, en opi­nión de Caramon, ofrecía suficientes garantías como centinela. Tan exhausto estaba el luchador, que ima­ginó que el sueño acudiría presto a su llamada. Pero no fue así. Se halló solo en la negrura, tumbado en su cama de campaña y absorto en la elaboración de sus planes al mismo tiempo que los custodios, sin alzar la voz, charlaban sobre los sucesos de la velada.

Al igual que tantos soldados, el guerrero había so­ñado con ascender a oficial. Ahora, cuando menos lo esperaba, se le ofrecía la oportunidad de demos­trar sus dotes de mando y ello constituía un buen comienzo. Por primera vez desde que arribaran a esta época desolada, sintió un atisbo de júbilo.

Dio vueltas en su cerebro a las distintas cuestio­nes que debía resolver: el adiestramiento de la tro­pa, las rutas a elegir, las provisiones... Eran todos problemas nuevos, que no conoció durante su expe­riencia como mercenario pues, incluso durante la guerra de la Lanza, siguió el liderazgo de Tanis. Su hermano nada sabía de estos asuntos y así se lo había comunicado. Él sería el responsable de la orga­nización práctica de la marcha. Se trataba de un reto importante, mas Caramon lo halló liviano. No le mo­lestaba en absoluto encargarse de inmediateces tan­gibles que conjuraban en su pensamiento el enreve­sado conflicto con su gemelo.

Tales cábalas le impulsaron a fijarse en Raistlin, que se había acostado junto al fuego del pétreo ho­gar. A pesar del calor que reinaba en la estancia, el nigromante estaba arrebujado bajo su capa y tantas mantas como Crysania había podido conseguir. El aire matraqueaba en sus vías respiratorias, mientras que algunos ataques de tos enturbiaban la placidez de su descanso.

La sacerdotisa se había acomodado al otro lado de la fogata y, aunque agotada, su sueño era inquieto. En más de una ocasión emitió un grito y se incorporo de forma brusca, pálida y temblorosa. El hombretón suspiró. Le habría gustado reconfortarla, tomarla en sus brazos y ahuyentar las pesadillas. Al descubrir tal anhelo en su alma le sorprendió su in­tensidad, una vehemencia que nunca antes le movie­ra en relación con la sacerdotisa. Quizá le había tras­tornado el hecho de declarar frente a los hombres que le pertenecía, o ver las manazas del semiogro so­bre su cuerpo; no acertaba a definir sus emociones, pero estaba seguro de haber experimentado la mis­ma furia que delatara el rostro de su hermano.

Fuera cual fuese el motivo, Caramon la contempló esta noche de un modo especial. La proximidad de la mujer despertó en su persona una ansiedad que abrasaba su piel y aceleraba su pulso.

Cerrando los ojos, invocó el recuerdo de Tika, su esposa. Pero se había obstinado durante tantos me­ses en borrarla de su memoria, que no le satisfizo lo que visualizó, una efigie nebulosa, imprecisa y, so­bre todo, lejana. Crysania, en cambio, era de carne y hueso, estaba a su alcance, hasta su aliento se le antojaba material.

«¡Malditas féminas!», se dijo disgustado el guerre­ro. Se tumbó sobre el vientre, resuelto a enterrar ta­les elucubraciones en el fondo del saco donde bullían sus otras cuitas.

Tuvo éxito. Su voluntad y la fatiga le ayudaron a relajarse. No obstante, antes de abandonarse al re­poso fue asaltado por una imagen que revoloteaba en los recovecos de su ser. Nada tenía que ver con la lógica, ni con pelirrojas posaderas ni, tampoco, con bellas sacerdotisas de alba túnica.

Se trataba de una mirada, del extraño fulgor que había detectado en las pupilas de Raistlin al men­cionar él a Fistandantilus en presencia de los ban­doleros.

No fue un destello de cólera o exasperación, como cabía esperar. Lo que perturbó a Caramon, y le im­pedía ahora entregarse al olvido, fue el reflejo de un sentimiento mucho más inusual en el talante del mago: un terror puro, sin matizaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro ii

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ejercito de Fistandantilus

 

 

A medida que el grupo de hombres puesto bajo las órdenes de Caramon avanzaba hacia el sur, en direc­ción al gran reino enanil de Thorbardin, fue crecien­do su fama y, también, su número. El legendario «te­soro de la montaña» había protagonizado durante mucho tiempo las conversaciones de los míseros, hambrientos habitantes de Solamnia que, aquel mis­mo verano, habían visto cómo la mayor parte de sus cereales se socarraban y morían en los campos. De­vastadoras epidemias, más temidas que las salvajes hordas de goblins y ogros que la penuria había ex­pulsado de sus moradas, abatían la tierra.

Aunque no había finalizado el otoño, el frío heral­do del invierno se respiraba en el aire nocturno. Fren­te a la perspectiva de presenciar, inermes, la muerte de sus hijos bajo el azote de unas calamidades que los clérigos de los nuevos dioses no podían curar, los hombres y las mujeres de Solamnia estaban persua­didos de que nada tenían que perder. Abandonando sus hogares, reunieron a sus familias y pertenencias para engrosar las filas de la itinerante tropa.

Después de preocuparse en principio de alimen­tar a una treintena de soldados, Caramon se halló de pronto responsable del sustento de varios cente­nares de hombres, además de sus esposas e hijos. Cada día eran más los que afluían al campamento. Unos eran caballeros, adiestrados en el manejo de la espada y la lanza, nobles en su porte a pesar de los harapos con los que se cubrían; otros granjeros totalmente inexpertos, que sostenían las armas como si de azadas se tratase, si bien no podía ignorarse el valor que acuñara en sus ánimos la prolongada ne­cesidad padecida. En efecto, tras su penoso someti­miento a la carencia de los bienes más imprescindi­bles, el panorama de luchar contra un enemigo concreto, que podía ser combatido y derrotado, se les antojaba una bendición.

Y así, sin apenas darse cuenta, Caramon se con­virtió en el general del que habría de conocerse como el «ejército de Fistandantilus».

En los primeros tiempos, su único afán fue adqui­rir abastos para los ingentes tropeles de voluntarios y sus familias, sin orden ni concierto. Pero no en vano había llevado una larga vida de mercenario, y su ex­periencia en este terreno le dictó sabias medidas. Descubrió a los cazadores más avezados, a los que envió a los bosques en busca de presas, mientras las mujeres guisaban la carne obtenida y secaban la so­brante, almacenando todo cuanto no debía consumir­se de inmediato.

Muchos de los que se unieron al grupo llevaron el grano y la fruta que habían podido cosechar, una aportación valiosa que el hombretón aprovechó. Or­denó que el cereal fuera molido a fin de obtener ha­rina, que se prepararan confituras perdurables y, así, el maíz se convirtió en pan, duro como una piedra pero alimenticio, con el que asegurar la existencia durante meses. Incluso los niños tenían sus tareas. Unos cobraban pequeñas piezas, otros pescaban, to­dos transportaban agua y cortaban madera.

Una vez atendidas las cuestiones básicas, el gene­ral se dedicó a enseñar a los reclutas. Los entrenó en el uso de la lanza, del arco, de la espada y el escu­do. El más arduo empeño fue el de conseguir tales pertrechos.

Mientras, sin detenerse ante las dificultades, el ejército recorría el país. En el sur corrió la noticia de su llegada.

 

 

 

1

El reino de los enanos

 

 

Pax Tharkas, un monumento a la paz, se transfor­mó de la noche a la mañana en el símbolo de la guerra.

La historia de la gran fortaleza de piedra hunde sus raíces en una leyenda improbable, en el pasado de una raza enanil desaparecida que, en todos los anales, recibe el nombre de Kal-thax.

Al igual que los humanos son aficionados al me­tal, a templar armas invencibles o al brillo de una moneda, al igual que los elfos se consagran a la pre­servación de los parajes boscosos y de la vida, los enanos concentran sus esfuerzos en trabajar la roca, en moldear la osamenta del mundo.

Antes de la Era de los Sueños, Krynn estuvo inmer­so en un período denominado la Era de la Penum­bra, cuando la Historia se fundía en la niebla de sus propios albores. Habitaba entonces los grandes sa­lones de Thorbardin una raza de enanos cuyas construcciones eran tan perfectas, tan extraordinarias, que el dios Reorx, forjador del mundo, se maravilló al contemplarlas. Sabedor, en su infinita penetración de la naturaleza de los mortales, de que una vez al­canzados sus más ambiciosos proyectos éstos pier­den todo estímulo para superarse, Reorx retiró de la faz de la tierra a los kal-thax y los llevó a vivir a su reino, cerca de su fragua celeste.

Pocos exponentes quedan de la antigua artesanía de esta raza, apenas unas piezas dispersas que se conservan en Thorbardin como objetos de valor incalculable. Después de que los kal-thax abandonaran sus dominios, todos los enanos hicieron suyo el an­helo de esculpir en la roca obras tan insuperables de modo Reorx, para premiarles, les llamara junto a él.

No obstante, con el transcurrir de los años tan encomiable aspiración se pervirtió y tergiversó hasta transformarse en una manía obsesiva.

Capaces tan sólo de pensar en la piedra, de soñar con ella, las existencias de los enanos acabaron sien­do tan inflexibles como la materia prima de su arte. Se cobijaron en laberintos cavados en la montaña, de tal manera que se aislaron del exterior y ese exterior, poco a poco, les olvidó.

Siguió pasando el tiempo hasta que se desataron las cruentas guerras entre elfos y humanos, una trá­gica contienda que concluyó con la firma del Perga­mino de Swordsheath o de la Vaina de Espada, y el exilio voluntario de Kith-Kanan, junto a sus leales subordinados, de su morada en Silvanesti. Según es­pecificaba el tratado de paz, los elfos qualinesti —término que significa «nación liberada»— obtuvie­ron la zona occidental de Thorbardin para estable­cer en ella su nuevo hogar.

Hombres y elfos hallaron el pacto aceptable. Por desgracia, a nadie se le ocurrió consultar a los ena­nos, quienes, viendo en la afluencia masiva de miem­bros de otra raza una amenaza a su retirada existen­cia en el corazón de la montaña, atacaron a los intrusos. Kith-Kanan descubrió, desolado, que había zanjado un conflicto para enzarzarse en otro.

Décadas después, y tras practicar toda suerte de es­trategias, el rey elfo convenció a los testarudos ena­nos de que su piedra no le interesaba, que sólo quería complacerse en la observación de la bullente y hermo­sa espesura. Aunque este amor a algo efímero, en per­petuo cambio, era del todo incomprensible para los enanos, llegaron a admitir su presencia. Vencidos los resquemores, ambas razas pudieron trabar amistad.

Pax Tharkas se erigió como testimonio de la con­cordia. La fortaleza, que guardaba el paso montaño­so entre Qualinost y Thorbardin, se convirtió en el monumento a las diferencias, en un símbolo de unión en la diversidad.

En la época anterior al Cataclismo, elfos y enanos se alternaban la vigilancia en las almenas del impo­nente alcázar. Pero, ahora, únicamente estos últimos custodiaban el recinto desde sus dos altas torres, pues la hecatombe dividió de nuevo a tan dispares razas.

Se retiraron los elfos a su boscosa patria de Qualinost, necesitados de un refugio donde sanar sus he­ridas. A salvo en sus regiones ancestrales, su ansia de soledad les llevó a cerrar las fronteras. Quien­quiera que osara traspasarlas, humano, goblin, ena­no u ogro, era ajusticiado al instante, sin conce­dérsele la oportunidad de explicar el motivo de su incursión.

En todo ello pensaba Duncan, rey de Thorbardin, mientras veía zambullirse el sol tras los riscos cual si cayera del cielo a fin de visitar las tierras de los qualinesti. Perfilóse en su mente una divertida esce­na en la que los elfos atacaban al astro por atreverse a invadirles, y apareció en sus labios una sonrisa so­carrona.

«Tienen sus razones para comportarse de ese mo­do —rectificó—, para repudiar al mundo. ¿Qué tra­to, después de todo, han recibido de las criaturas que lo pueblan? Arrasaron sus dominios, violaron a sus mujeres, asesinaron a sus hijos, quemaron sus casas y les robaron el alimento —enumeró para sus adentros—. ¿Fueron acaso los goblins o los ogros, máximos adalides del mal? ¡No! —gruñó salvaje­mente—. Fueron aquellos en los que habían confia­do, que acogieron como hermanos: los hombres.

»Ahora ha llegado nuestro turno —recapacitó Dun­can, paseando por las almenas sin perder de vista la luz crepuscular que, con sus purpúreas matizaciones, teñía el cielo de sangre—. Como les ocurriera a los elfos, tendremos que cerrar las puertas y cas­tigar a quien pretenda atravesarlas. ¡Si el Abismo es el común destino de los mortales, que ellos se precipiten a su manera y nos dejen seguirles a la nuestra!»

Perdido en sus cavilaciones, el monarca no se per­cató hasta unos minutos más tarde de que alguien se había reunido con él en la atalaya. El recién llegado, también de raza enanil, le sobrepasaba toda la cabeza y, dada su estatura, daba una zancada por cada dos que él avanzaba. No obstante, para demos­trarle su inalterable respeto, había acomodado su paso al del cabecilla.

Duncan frunció el entrecejo. En cualquier otro mo­mento habría agradecido la compañía de aquel per­sonaje, mas ahora juzgó su presencia como un omi­noso presagio. La proximidad de tan alta figura ensombreció sus meditaciones a la vez que el sol, al desaparecer en el horizonte, prolongaba las sombras de los indiferentes picos, que se cernieron como de­dos estirados sobre la mole de Pax Tharkas.

—Guardarán bien nuestras fronteras del oeste —comentó el soberano con objeto de entablar un diá­logo, fija su mirada en las zonas limítrofes de Qualinost.

—Sí, thane respondió el otro.

Duncan escrutó a Kharas, y sus ojos centellearon bajo las pobladas cejas. Aunque su subordinado ha­bía asentido a sus palabras, se adivinaba en su tim­bre una reserva, una frialdad que sólo podían indi­car desaprobación.

Emitiendo el peculiar resoplido que caracteriza­ba a los de su raza, el monarca giró abruptamente sobre sí mismo para caminar en sentido opuesto y advirtió, satisfecho, que había pillado desprevenido a su larguirucho siervo. Pero éste, en lugar de dar un traspié en un forzado intento de alcanzarle, se de­tuvo y oteó, en triste ademán, el panorama que se extendía entre las almenas de la fortaleza y las um­brías tierras elfas.

Irritado por tal reacción, Duncan tuvo el impulso de proseguir el paseo sin su fiel súbdito. Cuando, cambiando de idea, resolvió hacer un alto para de­jar que acudiera a su lado, comprobó sorprendido que el otro enano rehusaba moverse. Exasperado, hubo de retroceder.

—Por la barba de Reorx, Kharas —rezongó—, ¿qué sucede?

—Creo que deberías hablar con Fireforge —apuntó el aludido mientras el cielo, que ahora examinaba con gran atención, se oscurecía del encarnado al gris. En su bóveda, el fulgor de una estrella solitaria se destacaba en la creciente penumbra.

—No tengo nada que decirle —atajó el rey.

—El thane es prudente.

Pronunció Kharas esta frase ritual con una reve­rencia, mas el suspiro que la acompañó, y su modo de entrechocar las manos en la espalda, desmentían su aparente sumisión.

—En tus labios, esa fórmula significa que el thane es un perfecto asno —estalló Duncan, a quien no le pasó inadvertida su actitud—. ¿He acertado? —pre­guntó, pellizcándole el brazo.

El enano de alta talla volvió el rostro hacia el mo­narca y sonrió, al mismo tiempo que se acariciaba las plateadas trenzas de su rizada barba, unas relu­cientes hebras iluminadas, en esta hora crepuscular, por las antorchas recién encendidas en los muros. En el instante en que se disponía a contestar, el aire se llenó de los ruidos disonantes que producían el crujir de varios pares de botas, estampidos de pisa­das, voces de mando y el estrépito metálico de unas hachas contra el acero, todos ellos representativos del cambio de guardia. Los capitanes intercambia­ron instrucciones, los soldados abandonaron sus puestos a fin de cederlos al relevo y Kharas, que es­pió en silencio el ajetreo, lo utilizó como un respal­do a su sentencia cuando, al fin, la profirió.

—Debes  recibirle en  audiencia,  thane Duncan —declaró—. Se rumorea que hostigas a nuestros pri­mos para que se levanten en armas.

— ¡Yo! —rugió el soberano con tono colérico—. Nunca provocaría una guerra. Son ellos quienes se han puesto en marcha y salen de sus colinas como un tropel de ratas. También fueron ellos quienes deser­taron de las montañas. Nadie les obligó a huir de la morada que, por tradición, les corresponde. Su or­gullo mal entendido los empujó...

Duncan se dilató en un relato pleno de perversi­dades, indiscutibles unas e imaginarias otras. Kha­ras permaneció mudo, sin interrumpirlo. Esperó pa­ciente hasta que hubo desahogado su ira.

—Razón de más para que escuches a Fireforge

—apostilló cuando el rey hubo concluido—; de ese modo acallarás a los murmuradores. Por otra parte, mi thane, de vuestra charla todos podemos salir beneficiados. No sólo nuestros primos nos vigilan.

El monarca masculló algo incomprensible y se su­mió en sus cábalas. Él no era un botarate, a pesar de haber acusado a Kharas de tal pensamiento, ni su subordinado lo creía. Al contrario, después de eri­girse en cabecilla de uno de los siete clanes del rei­no enanil, Duncan había logrado agrupar bajo su mando a las otras facciones, proporcionando a los habitantes de Thorbardin un único paladín por pri­mera vez en varios siglos. Incluso los dewar recono­cían su predominio, aunque a regañadientes.

Los dewar, o enanos oscuros, vivían en hondos sub­terráneos, en grutas hediondas y lóbregas en las que hasta sus hermanos de las montañas, acostumbra­dos a cobijarse al amparo de la tierra, rehusaban en­trar. Tiempo atrás el estigma de la demencia había marcado a este clan, de manera tan fehaciente que todos les habían vuelto la espalda. En la actualidad, tras numerosas centurias de multiplicarse entre ellos a causa de su aislamiento, su locura se había acen­tuado, mientras que los tildados de cuerdos formaban un grupo amargo y hosco.

De todos modos, no dejaban de resultar útiles a la comunidad. De talante irritable, feroces en sus cos­tumbres, hallaban placer en matar y este hecho les convertía en piezas valiosas del ejército del thane. Dun­can les dispensaba un trato amable por este motivo y también, en el fondo, porque era un soberano benig­no y justo, si bien no ignoraba la necesidad de man­tenerse alerta ante el más mínimo brote de rebeldía.

Esta perspicacia que le servía para guardar su se­guridad le indujo, asimismo, a recapacitar sobre las palabras de Kharas. «No sólo nuestros primos nos vigilan.» Muy cierto, hubo de admitirlo. Desviando la vista hacia el oeste, ahora circunspecto, se dijo que los elfos no deseaban complicaciones pero, si sospe­chaban de la inminencia de una guerra entre los ena­nos, su único empeño sería actuar prontamente en defensa de su territorio. Se volvió el soberano hacia el norte donde, de confirmarse las habladurías, los belicosos moradores de los llanos de Abanasinia habrían de establecer una alianza con los Enanos de las Colinas, a quienes habían permitido acampar en la zona de su jurisdicción. Quizás a estas alturas ya habían sellado el acuerdo, algo que a Duncan le in­teresaba saber y que, quizás, averiguaría en el cur­so de la entrevista solicitada por Fireforge.

Y, para colmo de desventuras, circulaba de boca en boca la noticia de que un ejército viajaba hacia Thorbardin desde la malhadada Solamnia, un ejér­cito conducido por un poderoso mago de Túnica Negra.

—Muy bien, tú ganas —se rindió el soberano ante su leal seguidor—. Puedes comunicar a ese Enano de las Colinas que nos encontraremos en la sala de los thanes o gobernadores hoy mismo, en la hora de la Vigilia. Procura convocar a los portavoces de los otros clanes. Celebraremos esa reunión, ya que tan encarecidamente la recomiendas.

Kharas, esbozada una sonrisa en sus labios, se in­clinó en tan pronunciada reverencia que las puntas de su luengua barba casi rozaron sus botas. Duncan, por su parte, respondió a su cortesía con un breve asentimiento y abandonó las almenas entre el ma­traqueo de sus pisadas, que daban la medida de su descontento como no lo habría hecho ninguna decla­ración verbal. Los centinelas apostados en las torres saludaron sin aspavientos al monarca y, de inmedia­to, reanudaron su guardia. Los enanos son criaturas independientes, que profesan fidelidad a su clan y dejan en segundo plano la obediencia a cualquier otra causa, aunque la promueva el mismo rey. Res­petaban a su paladín, mas no estaban dispuestos a someterse sin condiciones; y él lo sabía. Preservar su rango era una batalla diaria.

Los conciliábulos, interrumpidos por la veloz re­tirada de Duncan, fueron reemprendidos en cuanto el monarca entró en la mole. Los soldados eran cons­cientes de que se avecinaba una contienda y, a decir verdad, ansiaban pelear. Al oír sus inflamados co­mentarios sobre refriegas y combates, al constatar su entusiasmo, Kharas no pudo reprimir un nuevo suspiro.

Concentrándose en su quehacer, el personaje de insólita estatura —siempre según los cánones de su raza— partió en busca de la delegación del Clan de las Colinas, tan alicaído su ánimo como pesado se le antojaba el gigantesco mazo que portaba, un pertrecho que sus compañeros apenas podían levantar del suelo. También Kharas preveía el estallido de un conflicto y esta perspectiva le inspiraba reacciones similares a las que tuvo cuando, de niño, visitó la ciu­dad de Tarsis y se demoró en la playa para admirar sobrecogido el romper de las olas sobre la arena. Al igual que la hinchada marea, la reyerta era algo ine­vitable. Mas, pese a no abrigar ninguna duda al res­pecto, perserveraría hasta el último momento en su afán de impedirla.

Nunca se molestó en guardar en secreto su repul­sa a la guerra, aprovechaba la más mínima ocasión para exponer sus argumentos en favor de la concor­dia. Eran numerosos los enanos a quienes les extra­ñaban tales manifestaciones, pues Kharas era teni­do por un héroe de su raza que, en su adolescencia, había figurado entre los más encarnizados enemigos de las legiones de goblins y ogros durante las esca­ramuzas que fomentara el príncipe de los Sacerdo­tes de Istar.

Era aquélla una época de confianza entre los pue­blos. Aliados de los Caballeros de Solamnia, los enanos acudieron en su auxilio cuando los goblins invadieron su morada. Se debatieron juntos, y a Kharas le impresionó en gran medida el severo Có­digo que presidía las actuaciones de los nobles hu­manos mientras que los caballeros, a su vez, queda­ron perplejos ante la pericia del entonces joven luchador.

Más alto y fuerte que los otros miembros de su her­mandad, este enano singular blandía un mazo de grandes dimensiones que él mismo había confeccio­nado —cuenta la leyenda que con ayuda de Reorx, su dios—, siendo incontables los episodios en que contuvo en solitario el avance de los invasores para dar tiempo a sus tropas a reorganizarse.

Su valor le valió entre los caballeros el apelati­vo de Kharas que, en su lengua, significaba precisa­mente eso, «caballero». Se trataba del mayor honor que su Orden concedía a criaturas pertenecientes a otras etnias.

Al regresar a casa, el apodado Kharas descubrió que su fama se había extendido. Podría haberse ins­tituido en general de las tropas enaniles o incluso en rey, de haberlo querido. Pero no eran tales sus as­piraciones. Prefirió respaldar a Duncan, y muchos de sus congéneres creían que el soberano debía el ascenso al poder en el interior del clan a su podero­sa influencia. Si fue así, no por ello se enturbiaron sus relaciones. El ponderado monarca brindó su sin­cera amistad al laureado héroe, de tal modo que el espíritu práctico de uno frenaba el idealismo del otro.

Sobrevino el Cataclismo, el peor azote en la histo­ria de Krynn. En los años posteriores a la catástro­fe, más terribles que el terremoto mismo, la valen­tía de Kharas fue guía y ejemplo de sus hermanos. Suyo fue el discurso que obró la unión de los thanes y el nombramiento de Duncan. Las dewar deposita­ron en él su confianza, pese a su esquivo carácter y, gracias al tono conciliador de sus pláticas, las desa­venidas sectas de su pueblo no sólo lograron sobre­vivir, sino prosperar.

Ahora, este personaje que tanto hizo por los suyos se hallaba en sazón. Se casó en sus años mozos, mas su esposa murió en el Cataclismo y, fiel a las nor­mas por las que se regía su pueblo, no contrajo se­gundas nupcias. No nació de su enlace ningún hijo que perpetuase su nombre, si bien, a la vista de las perspectivas de futuro, que nada bueno auguraban, Kharas se alegró de no tener que preocuparse por un vástago.

 

 

—Reghar Fireforge, de los Enanos de las Colinas, y escolta.

El heraldo hizo esta presentación enhiesto, solem­ne, golpeando el duro suelo de granito con el extre­mo de la lanza de ceremonias. Entró inmediatamen­te el séquito de visitantes y, todos a una, avanzaron hacia el trono donde estaba sentado Duncan. Según lo acordado, se hallaban en la sala de los thanes de la legendaria fortaleza de Pax Tharkas. En torno al monarca, un poco retiradas, habían dispuesto sillas de bajo respaldo, algo desvencijadas a causa de las prisas, para los representantes de los otros clanes que actuarían como testigo de sus respectivos cabe­cillas. Tan sólo eran eso, testigos que debían infor­mar de cuanto allí se dijera o sucediese. Dado el es­tado de guerra, la autoridad descansaba en manos de Duncan, dentro, naturalmente, de las limitaciones que imponía el talante poco sumiso de los enanos.

Los seis enviados eran, en realidad, simples capi­tanes de división. Aunque en principio sólo existía una unidad colectiva formada por miembros de to­dos los clanes, las circunstancias no dejaban olvidar que la componían grupos diversos hermanados de manera ocasional. Cada uno tenía sus hombres y sus conductores, cada uno vivía separado de los otros, y no eran inusuales los enfrentamientos entre cla­nes a los que enemistaban antiguos feudos de san­gre. Duncan hizo cuanto pudo para mantener hermética la tapa de aquellas bullentes marmitas, pero las presiones la hacían saltar más a menudo de lo deseable.

Ahora, sin embargo, acechados como estaban por un adversario común, reinaba una cierta armonía. Incluso el representante de los dewar, un capitán su­cio y harapiento llamado Argat que, al estilo de sus bárbaros ancestros, llevaba la barba anudada en burdos nudos y se entretuvo durante los preliminares arrojando un cuchillo al aire y recogiéndolo en ple­no descenso, escuchó las presentaciones con un des­dén inferior al que habitualmente exhibía.

También había en la variopinta asamblea un capi­tán de enanos gully. Conocido como el Highgug, su presencia se debía tan sólo a la cortesía del máximo mandatario. Habida cuenta de que la voz high, en to­das las lenguas enaniles, significa «alto», y que gug corresponde a «privado», en el dialecto particular de los gully, su cargo era el de «alto privado» una dig­nidad irrisoria dentro del ejército si bien, para los de su clan, revestía un honor extraordinario que me­recía el respeto, la veneración casi, de las tropas a él encomendadas. Duncan, siempre diplomático, se mostró en todo momento amable con el Highgug y, así, se granjeó su lealtad, desoyendo a quienes opi­naban que tan terca obediencia era más un inconve­niente que una ayuda. Cuando alguien cuestionaba su actitud, el rey respondía que «nunca se sabe», que él consideraba una política acertada ponerse a los súbditos de su lado.

Allí estaba, pues, el Highgug, aunque pocos le vie­ron. Habían situado su asiento en un oscuro rincón, donde le ordenaron que permaneciese quieto y ca­llado, instrucciones ambas que el enano siguió al pie de la letra. A decir verdad, hubieron de retirarle dos días más tarde, ya que nadie le indicó de manera ex­presa que abandonase la sala al finalizar el cónclave.

«Los enanos son los enanos.» Era ésta una cantilena que utilizaban con frecuencia los restantes poblado­res de Krynn al referirse a las hostilidades existentes entre los habitantes de las colinas y los de las monta­ñas, como para significar que carecían de importancia.

No obstante, la rivalidad y las diferencias eran ex­tremadamente graves en la mentalidad de quienes de­bían debatirlas, aunque ningún observador extraño las otorgase el crédito debido. Los elfos nunca habría admitido, ni siquiera los enanos mismos, que los cla­nes de las colinas habían renunciado al reino de Thorbardin por idénticos motivos que impulsaron a los qualinesti a exiliarse de su hogar natal en Silvanesti.

Los habitantes de Thorbardin llevaban una exis­tencia rígida, atrapada en estructuras inamovibles. Cada uno conocía su lugar dentro de su propio clan, y los matrimonios cruzados se juzgaban una mons­truosidad al ser el vínculo con los orígenes tan indisoluble como el que nos aferra a la vida. Esta identificación plena era la fuerza motora de la cotidianeidad, y ayudaba a ahuyentar cualquier contac­to que se intentara establecer desde el exterior. Tan­to repudiaban lo foráneo, que el máximo castigo que podía infligirse a un enano era el destierro, siendo el ajusticiamiento una pena más benigna. El ideal de aquellas criaturas era nacer, crecer y morir sin asomar la nariz fuera de las puertas de Thorbardin.

Desgraciadamente, tan arraigadas ambiciones eran, o habían sido en el pasado, un sueño. Enzarzados en constantes guerras para defender su territo­rio, los hombrecillos hubieron de realizar numero­sas incursiones al otro lado de sus fronteras. Y, además de los litigios, no faltaban quienes preten­dían adquirir su habilidad constructora y estaban dispuestos a pagar cuantiosas sumas a cambio de sus servicios. La bella ciudad de Palanthas fue edi­ficada por un auténtico ejército de diestros enanos, al igual que otras muchas urbes del país, y la solici­tud con que eran requeridos obró ciertos cambios en el ánimo de los individuos más libres, que se afi­cionaron a viajar y propugnaron la apertura de sus restringidos códigos. Aquellos traidores hablaron de permitir los casamientos entre miembros de clanes distintos, discutieron las posibilidades de un fructí­fero comercio entre su pueblo y los elfos o los hu­manos, manifestaron su deseo de vivir bajo la luz del sol y, lo más aborrecible de todo, expresaron su creencia de que había actividades aún más intere­santes que la de trabajar la roca.

Ni que decir tiene que los enanos apegados a los hábitos de su raza vieron en estos postulados una franca amenaza para la sociedad y, de un modo ine­vitable, se produjo la temida ruptura. Los indepen­dientes fueron expulsados a perpetuidad de sus mo­radas subterráneas, y en la despedida no presidió la paz. Se intercambiaron insultos entre los dos ban­dos, se pronunciaron frases tan ofensivas que dieron lugar a rencillas destinadas a prolongarse a lo largo de varias generaciones. Los desterrados se instala­ron en las colinas, donde, aunque no disfrutaron de la existencia que esperaban, hallaron alivio a las car­gas que antes les refrenaran: eran libres de despo­sarse con quien quisieran, de ir y venir a su antojo, de ganar dinero si así lo elegían. Los que quedaron en la montaña cerraron filas y se tornaron aún más severos en el cumplimiento de las reglas.

Los dos dignatarios que ahora se enfrentaban pen­saban en todos estos conflictos mientras se estudia­ban mutuamente. También, quizá, reflexionaban so­bre el hecho de que aquél era un momento histórico, pues durante varios siglos nunca se habían reunido en consejo.

Reghar Fireforge era el más anciano, un miembro distinguido del clan dominante de los Enanos de las Colinas. Aunque pronto se cumplirían doscientos años de su nacimiento, desde el día en que recibiera el «don de la vida», como ellos lo denominaban, era una criatura fuerte y sana, llena de vitalidad, que procedía de una longeva estirpe. Sus hijos, por el con­trario, no habían heredado tales características. Su madre, la esposa de Reghar, murió de una enferme­dad de corazón y su mal se propagó entre los inte­grantes de la familia. Fireforge había enterrado a su primogénito y, muy a su pesar, había detectado los síntomas de un final prematuro en el segundo, un jo­ven de setenta y siete años que acababa de casarse.

Cubierto de pieles y curtidos animales, tan raída su apariencia como la del dewar, si bien más pulcro, el visitante se plantó en el centro de la sala con las piernas separadas y miró al monarca, centelleando sus ojos bajo un entrecejo hirsuto, frondoso, que hizo dudar a muchos de que en realidad pudiera verle. Tenía el cabello de un gris metálico, al igual que su barba, y lo llevaba peinado en unas larguísimas tren­zas embutidas en el cinto por los extremos, al anti­guo estilo de su clan. Le flanqueaba una escolta de sus congéneres, ataviados de manera parecida, y constituían entre todos un grupo imponente.

El rey Duncan soportó el escrutinio con firme ade­mán, sin flaquear. Tales intercambios respondían a una arcaica costumbre y, cuando los oponentes eran demasiado tercos para bajar la vista, un tercer indi­viduo, siempre neutral, les interrumpía a fin de evi­tar que el agotamiento les derrumbase. Mientras ob­servaba a Fireforge, el soberano se atusaba la barba que, sedosa y rizada, caía en cascada sobre su vien­tre. Ere éste un signo de desprecio que hizo enroje­cer de ira a Reghar, aunque fingió ignorarlo.

Los seis observadores permanecieron estoicamen­te sentados, preparados para una larga sesión, y los miembros de la escolta, tras adoptar posturas rela­jadas, fijaron sus pupilas en el vacío. El dewar con­tinuó jugando con su cuchillo, sin que nadie osara detenerle pese a los irritante de su conducta. El Highgug no se movió de supuesto, olvidado de todos salvo por el fétido olor a enano gully que despren­día su persona en la estancia y, así, los presentes en la asamblea se sumieron en una espera que hizo pen­sar a más de uno que antes se desmoronaría Pax Tharkas bajo los estragos del tiempo que alguien osara levantar la voz. Transcurrida una eternidad, Kharas fue a interponerse, en un acto premeditado, entre los dos cabecillas. Rompió de ese modo su lí­nea de fuego, y ambos contendientes pudieron entor­nar los párpados sin perder la dignidad.

Hizo el intermediario una reverencia a su rey y otra al mandatario de las Colinas, con profundo respeto en los dos casos. Se retiró al instante para permitir que los bandos enfrentados hablasen «de igual a igual», si bien cada uno tenía su propia idea sobre lo que esto significaba.

—Te he concedido audiencia, Reghar Fireforge, a fin de averiguar qué os ha impulsado a viajar hasta un reino que abandonasteis, por vuestra propia vo­luntad, hace ya muchas décadas —declaró Duncan en un alarde de cortesía que, entre enanos, no solía durar.

—Fue un día feliz aquel en que desempolvamos nuestros pies de la mohosa tumba donde vivíamos —contestó el aludido— para gozar del aire libre como los hombres honestos, en lugar de ocultarnos bajo la roca a la manera de los lagartos.

Se dio unas palmadas en la trenzada barba, y Dun­can se acarició la suya. Durante el breve silencio que sucedió a esta primera confrontación, los acompa­ñantes de Reghar menearon la cabeza en sentido afir­mativo, persuadidos de que su adalid había salido victorioso.

—Entonces, ¿por qué hombres tan honestos han regresado a la mohosa tumba? —parafraseó el so­berano las palabras del visitante—. A menos, claro está, que lo hagan en calidad de ladrones —apostilló a la vez que se apoyaba en el respaldo, satisfecho de su agudeza.

Se alzó un murmullo aprobatorios entre los testi­gos, todos ellos de la tribu de las montañas. El mo­narca, en su opinión, había ganado un punto.

Puede llamarse ladrón a quien pretende recuperar algo que le fue arrebatado? —inquirió Reghar, furioso.

—No acabo de comprender tu comentario —re­plicó el otro sin alterarse—, ya que no poseéis nada digno de despertar la codicia de vuestros semejan­tes. Se dice que incluso los kenders evitan pasar por vuestro territorio.

Los partidarios de Duncan estallaron en carcaja­das, mientras que los Enanos de las Colinas se con­vulsionaron de rabia frente a tan terrible insulto. Kharas suspiró.

— ¡Ya que has mencionado la cuestión, te expon­dré mis quejas! —exclamó el ofendido, trémula su barba—. Habéis acaparado los contratos de mampos­tería, infravalorando nuestros méritos y quitándonos el alimento de la boca. Y, además de abusar de nues­tra buena fe, habéis organizado escaramuzas en las que nos habéis despojado de nuestro grano y gana­do. ¡A eso le llamo yo robar! Sabemos que habéis amasado una fortuna a nuestras expensas. Ése es el motivo de mi presencia. ¡He venido a reclamar lo que legítimamente me pertenece, ni más ni menos!

— ¡Embustes! —rugió el monarca y, llevado por la furia, se pudo de pie—. ¡Patrañas sin fundamento! La riqueza acumulada en el corazón de la montaña es el fruto de nuestro sudor. Si has vuelto es como el hijo pródigo, protestas de tener el estómago vacío después de haraganear de un lado a otro cuando era el momento de trabajar. Fíjate en tu aspecto. Tú y tus seguidores parecéis una horda de mendigos.

—¿Mendigos? —repitió Reghar en un bramido que nada tenía que envidiar al de su rival, purpúreos aho­ra sus pómulos—. ¡Juro por el dios Reorx que si me ofrecieras un mendrugo lo escupiría en tus botas! Atrévete a negar que estáis fortificando este edificio en los confines mismos de nuestras propiedades, o que habéis instigado a los elfos a interrumpir nues­tro comercio para aprovecharos de nuestra pobreza. Reorx es testigo, con su forja y su mazo, de que re­gresaremos como conquistadores. Recuperaremos nuestros bienes y te enseñaré qué es el auténtico pillaje.

—No dudo que nos atacaréis —repuso Duncan, burlón—, mas lo haréis en consonancia con vuestro carácter. Sois unos despreciables cobardes, y como tales os agazaparéis tras la túnica de un nigroman­te y los fúlgidos escudos de los guerreros humanos, sedientos de botín. Después, cuando os hayan utili­zado, esas criaturas os apuñalarán por la espalda y saquearán hasta vuestros cadáveres.

— ¡Tú serás su maestro en ese arte! —le espetó el dignatario de las colinas—. Durante años te has de­dicado a vaciar los bolsillos de nuestros muertos.

Los seis representantes de los clanes se irguieron en sus asientos y los soldados de Reghar dieron un paso al frente. La risa chillona del dewar se impuso a la lluvia de improperios, de amenazas, y el Highgug se acurrucó, boquiabierto, en su rincón.

La guerra se habría desatado allí mismo de no in­tervenir Kharas, quien corrió a situarse entre los li­tigantes y, con su alta figura, se sobrepuso a ambos bandos. A empellones, tirando de unos y de otros, lo­gró hacerles retroceder si bien, incluso después de separarse, persistieron las risas provocadoras y los agravios verbales. El leal intermediario hubo de ha­cer acopio de toda su severidad para reinstaurar el silencio, un silencio tenso y hostil.

Kharas tomó la palabra, e inició su discurso en una voz ronca y preñada de pesadumbre.

—Hace tiempo, rogué a nuestro dios que me otor­gara la fuerza suficiente para luchar contra la per­versidad del mundo. Reorx respondió a mi plegaria invitándome a usar un anexo secreto a su fragua don­de, bajo su protección, confeccioné este mazo. Des­de entonces lo he enarbolado en todas las batallas, él me ha permitido combatir el Mal y defender mi hogar, el hogar de mi pueblo. Y ahora, mi rey, me pi­des que tan sagrado pertrecho aplaste las cabezas de mis congéneres, y también vosotros, mis primos, os aprestáis a asolar mi patria en un conflicto del que nadie ha de beneficiarse. Si no deponéis vues­tra actitud, me veré obligado a derramar la sangre de los seres que más estimo, mi propia sangre.

Nadie replicó. Los dos enemigos se dirigieron ful­minantes miradas bajo sus enmarañadas cejas, si bien se detectaba en sus pupilas un atisbo de vergüenza. La sincera arenga de Kharas conmovió a la mayor parte de los asistentes y también a los dos cabecillas, aunque éstos, dada su avanzada edad y su experiencia, no se dejaron impresionar como los otros. Ambos habían perdido la ilusión, los ideales de la juventud, conocían demasiado bien los entre­sijos del mundo y, en particular, el alcance de la bre­cha que se había abierto entre ellos para confiar en que un cónclave consiguiera sellarla.

No obstante, había que intentarlo. Fue Reghar quien hizo el primer gesto, grave su expresión.

—Ésta es mi propuesta, Duncan, rey de Thorbardin. Retira tus tropas de la fortaleza, entrega Pax Tharkas y la región circundante a nuestra tribu y a nuestros aliados humanos. Danos la mitad del teso­ro escondido en la montaña, lo que en justicia nos corresponde, y permite que aquellos que lo deseen se refugien en las rocosas grutas si la malignidad se extiende. Convence también a los elfos de reanudar las transacciones, de demoler las barreras y distri­buye de manera equitativa los contratos de construc­ción.

»A cambio, nosotros cultivaremos los campos de Thorbardin y te venderemos el cereal a un precio in­ferior al que te cuesta sembrarlo en los viciados sub­terráneos. De surgir tal necesidad, me comprometo a ayudarte a proteger tus fronteras y la montaña misma.

Kharas suplicó a su mandatario con los ojos, sin despegar los labios, que reflexionara, que negocia­ra al menos las condiciones. Pero Duncan, exaspe­rado, fue incapaz de razonar.

—¡Fuera de aquí! —ordenó a su adversario—. ¡Vuelve junto al Túnica Negra y tus amigos huma­nos! Veremos si ese hechicero puede, con sus dotes arcanas, derruir la fortaleza o arrancar la piedra del suelo, nuestro hábitat natural. Veremos cuánto tiem­po dura tu alianza, si los hombres os brindan ayuda cuando los vientos invernales apaguen las fogatas y su sangre se vierta en la nieve.

Reghar sometió al soberano a un último examen, rebosantes sus pupilas de un odio tan intenso que, si se hubiera materializado, habría supuesto un golpe mortal. Luego, giró sobre sus talones e hizo a su séquito señal de seguirle, de abandonar la sala de los thanes y Pax Tharkas.

La noticia se difundió con sorprendente celeridad. Antes de que los Enanos de las Colinas partieran del recinto, atestaron las almenas sus primos de las mon­tañas, que les despidieron entre sarcasmos y ame­nazas. Los hombres de Reghar, aleccionados por su adalid, hicieron caso omiso de las provocaciones y emprendieron su cabalgada sin volver la vista atrás.

Kharas quedó solo en la estancia junto al monar­ca, excepción hecha del olvidado Highgug. Los seis testigos regresaron presurosos a sus clanes, donde comunicaron las nuevas a sus jefes de tal modo que, al anochecer, se habían consumido litros de cerveza y del embriagador brebaje conocido como aguar­diente enanil. Las celebraciones, los ecos de los cán­ticos y la desordenada algarabía retumbaban entre los muros del monumento a la paz.

En medio del desenfreno, la voz quejumbrosa de Kharas resonó en los tímpanos de Duncan.

—¿Por qué has rehusado negociar? —inquirió.

El soberano, apaciguada su cólera, miró a su alto consejero y meneó la cabeza despacio, crujiendo su atuendo de ceremonias al rozarlo la barba cana. Es­taba en su derecho de no contestar a tan impertinen­te demanda, y lo cierto era que sólo Kharas poseía el valor necesario para cuestionar así su decisión.

—Dime, mi buen servidor —indagó, a la vez que apoyaba la mano en su brazo—¿Es verdad que guar­damos un tesoro en las entrañas del risco? ¿Hemos robado a nuestros hermanos? ¿Hacemos incursiones en sus tierras, o en las de los hombres? ¿Están justi­ficadas las acusaciones de Reghar?

—No —fue la lacónica respuesta del interpelado, y sus pupilas se encontraron con las de su superior.

—Has visto la cosecha —prosiguió el monarca—. Eres tan consciente como yo de que las últimas mo­nedas de nuestras arcas se gastarán en adquirir ali­mento con el que sobrevivir al crudo invierno.

—¡Confiésalo ante ellos! —le urgió Kharas—. No son monstruos, sino nuestros parientes. Estoy segu­ro de que comprenderán...

—No —le atajó, compungido, el rey—. No son monstruos —repitió—, pero se han convertido en algo peor, en niños. Podríamos revelarles nuestro apuro y aun así no nos creerían, no se fiarían de sus propios ojos porque, en sus mentalidades pueriles, han resuelto volcar su fe en la que ellos consideran su cruzada.

«Prefieren creer en la existencia de un tesoro; to­davía más, tienen que creer en ella —insistió al ob­servar la mueca de reticencia de su súbdito—. Es su única esperanza de vida, no resistirían si no les ani­mase el anhelo de arrebatarnos esos supuestos en­seres. Lucharán para conseguirlos, azuzados por el hambre. En el fondo entiendo su postura. La reali­dad es demasiado cruel.

Se ensombrecieron un instante sus ojos y Kharas constató, lleno de asombro, que su ira de antes ha­bía sido fingida.

—Ahora volverán al lado de sus angustiadas mu­jeres e hijos —agregó Duncan—, y les dirán: «¡Com­batiremos contra los usurpadores! Cuando venza­mos, ¡saciaremos nuestras rugientes tripas!» Así olvidarán, durante un tiempo, su penuria.

—No hace falta llegar a tales extremos —replicó su oyente—. Compartamos lo poco que tenemos.

—Mi querido Kharas, eso es imposible. ¡Que cai­ga sobre mí el mazo de Reorx si miento! Voy a ha­certe una revelación, y he de conminarte al secreto. No puedo acceder a sus exigencias porque, de hacer­lo, todos pereceríamos. Nuestra raza se borraría de la faz de Krynn.

—¿Tan mal están las cosas? —preguntó Kharas. Su perplejidad iba en aumento.

—Me temo que sí —ratificó el soberano—. Son muy pocos los que lo saben, únicamente los cabeci­llas de los clanes y, ahora, tú. La recolección de gra­no fue un desastre, el tesoro amenaza ruina y, ade­más, hemos de reservar nuestro exiguo pecunio para sufragar los gastos de la guerra. Incluso dentro de nuestros confines tendremos que racionar la comida si queremos contemplar los brotes de primavera. He­mos calculado meticulosamente los abastos, y ni si­quiera con tan duras medidas tenemos la certeza de superar la estación de los hielos. ¿Cómo agregar a la lista varios centenares de bocas?

Kharas se perdió en sus cavilaciones hasta que, al rato, alzó la cabeza y sentenció:

—Es mejor aceptar juntos el destino, morir todos de hambre, que sucumbir en una contienda entre se­res de la misma raza.

—Nobles palabras, amigo Kharas —le aplaudió Duncan.

Cuando se disponía a completar su comentario, un redoble de tambores resonó en la estancia acompa­ñado por himnos ancestrales, más viejos que las pa­redes de Pax Tharkas y, acaso, que los huesos del mundo. Los enanos se aprestaban a la batalla, y lo manifestaban según el ritual heredado a través de las generaciones.

—Nobles palabras —insistió el monarca una vez se apagó el vocerío—, pero inútiles. No puedes devo­rar el lenguaje, ni bebértelo, ni tampoco envolverte los pies con él o quemarlo en tu fría chimenea. No des frases, por hermosas que sean, al niño que llora de hambre.

—Esos niños llorarán también si sus padres par­ten para luchar y nunca regresan —objetó el ser­vidor.

—Sus sollozos no se prolongarán más de un mes —repuso Duncan—. Luego apurarán sin vacilaciones la ración de su plato. Y estoy persuadido de que es eso lo que querría el ausente.

Una vez expresado tan práctico argumento, el so­berano salió de la sala de los thanes para encami­narse, de nuevo, a las almenas.

 

 

Durante la conferencia privada de Duncan y Kha­ras, Reghar Fireforge guiaba a su grupo por la sen­da que le alejaba de Pax Tharkas a lomos de un ro­busto y achaparrado poni. Las risas y las ofensas de sus primos de las montañas retumbaban aún en sus tímpanos.

No despegó los labios hasta varias horas más tar­de, cuando se hallaron fuera del campo de visión de las enormes torres de la fortaleza. Al llegar a una encrucijada, el anciano jefe tiró de las riendas de su caballo y, volviéndose hacia el miembro más joven de su séquito, le indicó con voz monótona, desapa­sionada:

—Continúa hacia el norte, Darren Ironfist.

Extrajo el dignatario una andrajosa bolsa de piel que llevaba anudada al cinto para, tras hurgar en su interior, entregar al subordinado su última moneda de oro. Contempló el disco unos largos momentos an­tes de embutirlo en la palma del muchacho.

—Con este dinero podrás adquirir un pasaje en la nave que hace la travesía del Mar Nuevo —le aseguró—. Una vez al otro lado, ve al encuentro de Fistandantilus y dile...

Hizo una pausa, sabedor de la trascendencia de su resolución. Pero no tenía otra alternativa; así que, malhumorado, terminó de impartir sus instruc­ciones.

—Dile que, cuando llegue, le aguardará un ejérci­to dispuesto a luchar a su lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 2

Encuentro entre caballeros

 

 

La noche era fría y lóbrega en la región de Solam­nia. Las estrellas refulgían con destellos tenues, pero se destacaban de manera inconfundible en la negra bóveda. Las constelaciones de Paladine, el Dragón de Platino, y Takhisis, la Reina de la Oscuridad, evolu­cionaban en sus respectivas órbitas en torno a las Balanzas del Equilibrio sostenidas por Gilean. Trans­currirían doscientos años antes de que estos grupos estelares desaparecieran del firmamento, señal ine­quívoca de que los dioses habían descendido hasta Krynn para intervenir en la devastadora Guerra de la Lanza.

De momento, los colosos se contentaban con es­piarse mutuamente.

Si alguna de las divinidades se hubiera molesta­do en bajar la mirada, quizá le habría divertido asis­tir a lo que a él se le antojarían los torpes balbuceos de la humanidad en su intento de imitar su gloria celeste. En las llanuras de Solamnia, en los aleda­ños de la ciudad amurallada de Carnet, que era un auténtico alcázar construido sobre la ladera monta­ñosa, numerosas fogatas de campaña salpicaban la suave hierba, iluminando la penumbra como los as­tros nocturnos alumbraban las esferas superiores.

Era el ejército de Fistandantilus el artífice de tal despliegue.

Las tibias llamas se reflejaban en escudos y pec­torales, danzaban en el espejo de las espadas y arran­caban chispas de las puntas de lanza. Los fuegos reverberaban en los rostros, animados por la esperanza y un renovado orgullo, ardían en los ojos pardos de los soldados y, de sus pupilas, saltaban para presi­dir los juegos de los niños.

En torno a las fogatas había corrillos de hombres que, sentados o de pie, hablaban, bromeaban y be­bían mientras lustraban sus pertrechos. Inundaban el cortante aire relatos inverosímiles, chanzas y pro­caces reniegos que se entremezclaban con los gemi­dos de algunos de los voluntarios, poco acostumbra­dos al ejercicio y, por lo tanto, doloridos tras la larga marcha. Sus manos, encallecidas en el manejo de la azada, se habían descarnado bajo el recio contacto de las armas en sus repetidos adiestramientos. Pero aceptaban sus heridas, que eran incluso causa de jú­bilo. Ahora veían corretear a sus hijos entre las tien­das y sabían que habían cenado, si no bien al menos lo suficiente, y habían recuperado la dignidad fren­te a sus esposas. Por primera vez durante años, aquellos hombres tenían un objetivo, hallaban un senti­do a la vida.

Algunos intuían que su empeño les acarrearía la muerte, mas quienes así lo reconocieron no desistie­ron, al contrario, decidieron seguir y exponerse al riesgo.

«Después de todo —reflexionó Garic cuando lle­gó el relevo de la guardia—, morir es nuestro común destino. Es preferible enfrentarse a él bajo la luz del sol, con sus rayos refulgiendo en el acero, que sucum­bir a su emboscada en un sueño insatisfecho o afe­rrarse a la existencia enfermo, hambriento, desahu­ciado.»

Concluido su turno de vigilancia, el joven se diri­gió al lugar donde ardía la fogata de su grupo y re­cogió la capa de su hatillo. Tras abrigarse, engulló apresuradamente unas cucharadas de estofado de co­nejo y atravesó el campamento en busca de las som­bras.

Caminaba con paso resuelto, y declinó las múlti­ples invitaciones de sus amigos a integrarse en sus tertulias. Se limitó a rechazarlas mediante un expe­ditivo gesto, sin detenerse. A nadie le extrañó su ac­titud. Eran muchos los que se zafaban de la luz a fin de disfrutar, en las tinieblas, de los placeres de una compañía íntima. Durante las acampadas, el ambien­te se cargaba de apagados suspiros, de dulces mur­mullos.

Era cierto que Garic acudía a una cita secreta, pero no con una amante, pese a que, entre las mozas, go­zaba de un gran prestigio y más de una se habría sen­tido feliz de pasar la noche con tan apuesto noble. Al llegar a un peñasco, lejos de la algarabía general, el joven se arropó en su capa, se sentó y aguardó.

Su espera se prolongó apenas unos minutos.

—¿Garic? —lo llamó una voz vacilante.

—¡Michael! —exclamó el aludido con acento cor­dial, poniéndose de pie.

Los dos humanos se estrecharon calurosamente la mano y, emocionados, se fundieron en un abrazo.

—No podía dar crédito a mis ojos al verte apare­cer esta tarde, primo —declaró Garic sin soltar el apretón del otro, temeroso de que se le escapara, de que se desvaneciera en la negrura.

—Lo mismo me ha ocurrido a mí —repuso el lla­mado Michael.

También él asía con fuerza la mano de su parien­te, mientras trataba de desembarazarse de la ronque­ra que atenazaba su garganta y que, al parecer, se había adherido a sus paredes. Tosió, se instaló en la roca y su primo se acomodó a su lado. Ambos guar­daron silencio, Michael se aclaró la molesta carras­pera y ambos se esforzaron en adoptar la postura en­hiesta que como soldados les correspondía.

—Creí que eras un fantasma —confesó Michael con un fracasado esbozo de sonrisa—. Te dábamos por muerto —agregó, pero hubo de interrumpirse al sofocar su voz un nuevo acceso de tos—. Maldita hu­medad, se filtra por los poros y obstruye las vías res­piratorias.

—Me salvé de la matanza —explicó su compa­ñero—. Mis padres y mi hermana no fueron tan afor­tunados.

—¿Anne? —inquirió el recién llegado.

—Su final fue rápido, sin sufrimiento, al igual que el de mi madre —relató Garic—. Mi padre se ocupó de que así fuera antes de que la plebe se ensañara con él. Su acto les enloqueció, hicieron una carnice­ría. Mutilaron su cuerpo...

El joven calló al evocar tan dolorosos recuerdos; su pariente le dio unas cariñosas palmadas en el hombro.

—Tu padre fue una noble criatura. Pereció como un auténtico caballero, defendiendo a su familia. Otros sucumben a un sino peor —apostilló, pesaro­so, tanto que Garic olvidó su pena para clavar en él una penetrante mirada—. Pero cuéntame tu historia. ¿Cómo huiste de la muchedumbre? ¿Dónde has es­tado todos estos meses? —siguió Michael, deseoso de cambiar de tema.

—No huí —le reveló el otro, amargo ahora su tono—. Arribé a mi hogar después de que aniquila­ran a todos sus moradores. No importa dónde me en­contrara —se lamentó—, nunca me perdonaré no ha­ber muerto a su lado.

—No es eso lo que tu padre habría querido —lo consoló su primo—, de habérselo preguntado, él habría elegido que vivieras, que perpetuases su nombre.

—Quizás, aunque eso será difícil pues no he yaci­do con ninguna mujer desde entonces —confesó Ga­ric y frunció el entrecejo, con un sombrío centelleo en las pupilas—. Sea como fuere, hice por ellos lo único que estaba en mi mano. Prendí fuego al casti­llo para que no se adueñasen de él las desenfrena­das hordas. Las cenizas de mi familia quedaron entre las ennegrecidas piedras de la mole que construyera mi tatarabuelo. Luego me lancé a cabalgar sin rum­bo —prosiguió, ajeno al asombro de su interlocu­tor—, indiferente a los peligros que me acechaban, hasta que topé con un grupo de hombres, en su mayo­ría víctimas asimismo de horripilantes ataques a su honor, expulsados de sus casas por razones similares.

»Nadie cuestionó mi presencia ni mis motivos. Lo único que les interesaba era que blandiera diestra­mente la espada. Me uní a ellos y a los bandidos que, a su vez, les habían acogido, y nos dedicamos a la rapiña.

—¿Bandidos?, ¿rapiña? —lo interrumpió Michael, tratando de disimular su sobresalto.

Fracasó, sin embargo, a juzgar por la turbia mira­da que prendió el narrador en él.

—Sí, bandidos —insistió con frialdad—. ¿Te sor­prende que un caballero de Solamnia renuncie a la severa regla de la Orden para mezclarse con foraji­dos? ¿Dónde estaban nuestras normas, nuestros có­digos, cuando asesinaron a mi padre, tu tío? ¿Qué ha sido de ellos en esta tierra desolada?

—No pretendo juzgarte —se disculpó su parien­te—. Sólo te diré que, pese a tu lógico rencor, debe­rías mantener arraigados en tu corazón los axiomas por los que nos regíamos. Yo así lo hago, y no me arrepiento.

Garic rompió en llanto, en unos violentos sollozos que convulsionaron todo su cuerpo. Su primo lo ro­deó con los brazos y, arropado en su reconfortante pecho, el joven noble se calmó.

—No había llorado en todo este tiempo —susurró, a la vez que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano—. Y tu consejo no podría ser más atina­do. Al aceptar la compañía de los ladrones me hun­dí en un pozo del que no habría salido nunca de no ser por el general.

—¿Te refieres a Caramon?

—Sí —respondió Garic, recobrada la compostu­ra—. Les tendimos una emboscada una noche a él y a sus amigos. Este hecho me abrió los ojos a las atro­cidades que estaba cometiendo. Antes de conocerle, no había reparado en el daño que causaba en mis pi­llajes, incluso disfrutaba despojando de sus perte­nencias a seres que, en mi ofuscada mente, me re­presentaba como rufianes emparentados con los asesinos de mi padre. Viajaban en el grupo una mu­jer y el nigromante. El mago estaba enfermo, le golpeé y se desmoronó como un indefenso títere. Y, en cuanto a la hembra, sabía qué iban a hacerle mis ab­yectos aliados y esta idea envenenó mi sangre. No pensaba sino en impedirlo, pero frenaba mi impul­so el miedo que me inspiraba el cabecilla, un tal Pata de Acero.

»Era un semiogro feroz, gigantesco, dos rasgos que no amedrentaron al general. Lo desafió sin titubeos, y descubrí la auténtica nobleza en el gesto de aquel prisionero que arriesgaba su vida para proteger a los más débiles. Venció en la lid —anunció, pleno de ad­miración hacia el guerrero—. Su arrojo, su triunfo, me hicieron comprender mi mediocridad. Así que, cuando Caramon solicitó nuestro respaldo, no dudé en brindárselo. No fui el único, otros miembros de la banda accedieron a engrosar sus filas. Pero, aun­que no lo hubieran hecho, yo lo habría seguido has­ta el fin del mundo.

—Y ahora formas parte de su guardia personal —apuntó Michael sonriente.

—En efecto —asintió el joven soldado con un in­tenso rubor en sus mejillas—. Le advertí que no era mejor que mis compinches, que había perpetrado nu­merosos crímenes, y él no se inmutó. Me examinó como si pudiera leer en mi alma, y sereno, cordial, aseveró que todo hombre debía recorrer un largo ca­mino de tinieblas antes de, al despuntar el día, re­gresar a la senda del Bien fortalecido por la expe­riencia.

—Extrañas palabras —musitó Michael—. Me pre­gunto qué significan.

—Yo las comprendo, o así lo creo —replicó Garic. Desvió su atención hacia el extremo del campamen­to donde se erguía la tienda de Caramon, envuelto su estandarte en las volutas de humo que, impulsa­das por la fogata, acariciaban su sedoso y ondeante paño—. En ocasiones me asalta la sospecha de que también el general se halla inmerso en su «camino de tinieblas». Su rostro asume a menudo una expre­sión que... El hechicero es su hermano gemelo —con­cluyó como si éste fuera un dato esclarecedor, si bien ignoraba hasta qué punto acertaba.

Su primo lo miró boquiabierto; el redimido caba­llero confirmó su último aserto mediante una incli­nación de cabeza.

—El suyo es un singular parentesco —explicó—; no he detectado amor entre ellos.

—Dado que el mago pertenece a los Túnicas Ne­gras, no podría ser de otro modo —corroboró Mi­chael—. Todavía no imagino por qué viaja con noso­tros esa criatura. Si los rumores no mienten, los nigromantes pueden cabalgar sobre el viento y convocar a las fuerzas de ultratumba para que los espí­ritus libren sus batallas.

—Estoy convencido de que a éste no le faltan ta­les dotes —aventuró Garic, espiando receloso una pe­queña tienda que se alzaba junto a la del general—. Sólo he presenciado una breve demostración de su arte, en la guarida de los malhechores, mas he ha­llado evidencia de su poder en un sinfín de detalles. Siempre que se cruzan nuestros ojos siento que se me revuelve el estómago, que mi sangre se transfor­ma en agua. Su mera proximidad me atemoriza. Sin embargo, como antes te comentaba, ha estado muy enfermo. Una noche tras otra, cuando aún dormía al lado de su gemelo, le oí toser hasta perder el re­suello, tan asfixiado que creí que moriría instantá­neamente. Todavía hoy no adivino cómo puede vivir­se en un suplicio semejante.

—Esta tarde, al presentármelo, no he observado en él síntomas de ninguna dolencia —recordó Michael.

—Su salud ha mejorado en las últimas semanas, y no desarrolla ninguna actividad susceptible de me­noscabarla. Se limita a refugiarse bajo su techo de recia urdimbre, donde estudia unos volúmenes de he­chicería que transporta en grandes baúles. Claro que, por otra parte, es innegable que atraviesa un perío­do crítico. El suyo, a diferencia del de su hermano, se manifiesta en forma de un halo de negrura, una aureola que crece en su derredor a medida que nos acercamos a nuestro objetivo. Sufre horribles pesa­dillas. A menudo me despiertan de mis sueños los gritos desgarradores que brotan de su garganta y que levantarían a un muerto de su tumba.

Su pariente se estremeció y, tembloroso, procedió a exponerle sus resquemores, sus desdichas.

—No me agradaba la idea de enrolarme en un ejér­cito conducido, según las persistentes murmuracio­nes, por un mago de Túnica Negra. De todos los nigromantes que habitaron nuestro mundo, Fistandantilus tiene fama de ser el más poderoso. Hace unas horas, cuando llegué al campamento, aún no había tomado una decisión. Necesitaba hacer cier­tas averiguaciones antes de unirme a la causa, ase­gurarme de que en realidad viajáis hacia el sur a fin de apoyar a los oprimidos pueblos de Abanasinia en su lucha contra los Enanos de las Montañas.

Suspiró y levantó la mano como si deseara atusar­se el mostacho, pero se detuvo. Se lo había rasura­do, había eliminado el ancestral símbolo de los ca­balleros, porque, en la actualidad, exhibirlo equivalía a morir en las garras de cualquier desaprensivo.

—Aunque mi padre vive todavía, Garic —conti­nuó—, sería para él un alivio cambiarse por el tuyo, perecer dignamente. Nos plantearon una elección en el alcázar de Vingaard: o bien permanecíamos en la plaza fuerte y moríamos o bien nos retirábamos y conservábamos el don de la existencia. Mi progeni­tor, y también yo, nos habríamos acogido a la pri­mera alternativa de depender ésta de nosotros mis­mos. Pero no podíamos permitirnos el lujo de escuchar la voz del honor. Había que pensar en la familia, en la pervivencia de la estirpe. Fue un día triste aquel en que cargamos cuantos enseres pudimos en una humilde carreta y dejamos nuestra mo­rada. Antes de emprender el periplo que me ha traí­do aquí me encargué de instalarlos en Throytl, donde arrendamos una destartalada granja. Allí estarán a salvo, al menos durante el invierno. Mi madre es fuer­te, realiza sin ninguna dificultad los quehaceres de un hombre y mis hermanos son excelentes cazado­res. Saldrán adelante.

—¿Y tu padre? —indagó su joven congénere en tono quedo, vacilante por miedo a herirle.

—Su corazón se hizo trizas en aquella triste jor­nada. Pasa las horas sentado frente a la ventana con la espada sobre el regazo. No ha pronunciado pala­bra desde que renunció al hogar de sus antepasados.

—»¿Por qué he de mentirte, primo? —se rebeló de pronto, apretado el puño—. La verdad es que nada me importan los pobladores de Abanasinia. Lo úni­co que me interesa es el tesoro de la montaña... y la gloria, una gloria que restituya la luz a sus ojos. Si triunfamos, los caballeros podrán caminar de nue­vo con la cabeza erguida.

Enmudeció y ojeó la tienda vecina a la del gene­ral, la tienda que una enseña suspendida de su par­te frontal delataba como la residencia de un hechicero. Era una sombra solitaria en el campamento, que todos procuraban rehuir.

—Sin embargo, y pese a lo mucho que anhelo rei­vindicar nuestra Orden, me refrena la perspectiva de lograrlo a las órdenes de un ser que atiende al so­brenombre de Ente Oscuro. Los caballeros de anta­ño habrían rechazado tal alianza, Paladine no la aprobaría —se lamentó Michael en un mar de con­fusiones.

—Paladine nos ha olvidado —replicó su primo—, la responsabilidad de nuestras acciones es sólo nues­tra. Nada sé de personajes arcanos, y éste en parti­cular no me preocupa lo más mínimo. Si formo par­te de la tropa es por Caramon, porque me ha obligado a enmendar mi error, y nadie me impedirá seguirle hacia la victoria y la riqueza o, si fracasa­mos, hacia un final del que pueda enorgullecerme. Gracias al general, he devuelto la paz a mi espíritu, con eso me basta. ¡Ojalá encuentre él su senda! —su­surró.

Se levantó del peñasco, regresando al presente in­mediato, y anunció a Michael, que se había apresu­rado a imitarle:

—Debo regresar junto a mi fogata y dormir unas horas. Mañana tendremos que madrugar. Al parecer, reanudaremos la marcha dentro de esta misma se­mana. ¿Nos acompañarás, primo?

El aludido le miró. Luego desvió el rostro hacia la tienda de Caramon, coronada por un estandarte de vivos colores donde destacaba la estrella de nueve puntas. También espió la morada de campaña del he­chicero, arropada en un cerco de impenetrable mis­terio.

Guardó unos instantes de silencio, acariciado su rostro por la fría brisa de la noche, y al fin asintió. Garic le sonrió sin disimular su alegría y, tras estre­charse en un nuevo abrazo, ambos se dirigieron al campamento codo con codo. Nadie, de observar la manera en que se entrelazaban, habría puesto en tela de juicio la amistad que los unía.

—Hay algo que me inquieta —confesó Michael mientras caminaban—. Dime, ¿es cierto que Cara­mon está amancebado con una bruja?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

Una declaración de amor

 

 

¿Adonde vas? —preguntó Caramon, seco, tajante.

Al entrar en su tienda tuvo que pestañear varias veces para acostumbrarse a la penumbra, tras some­ter sus pupilas al reflejo del sol otoñal.

—He decidido mudarme, ni más ni menos —con­testó Crysania.

Mientras hablaba, dobló con meticulosidad algu­nos de sus hábitos clericales y los depositó en un baúl, que había arrastrado desde su camastro hasta un lugar más cómodo.

—Ya hemos discutido ese asunto —gruñó el hombretón sin levantar la voz; y, espiando a los centine­las apostados a ambos flancos del acceso, cerró la cortinilla.

La tienda era el orgullo del general, su mayor cau­sa de regocijo. Perteneciente a un acaudalado caba­llero de Solamnia, se la habían obsequiado dos hom­bres jóvenes, de severo talante, quienes, pese a afirmar que la habían encontrado en sus correrías, la montaron con tanta destreza, con tanto celo, que nadie creyó que se tratara de un hallazgo más casual que sus propias piernas.

Confeccionada con un material imposible de iden­tificar en esa época, su urdimbre era tan perfecta que ni siquiera las ráfagas de viento penetraban a través de sus costuras. La lluvia se deslizaba sobre su superficie y Raistlin, al examinarla, aseveró que le habían untado una grasa protectora de composi­ción desconocida. Era lo bastante grande para albergar el lecho de Caramon, varios cofres repletos de mapas, el dinero y las joyas recogidos en la Torre de la Alta Hechicería, su ropa y su aparejo guerrero, además de la cama de la sacerdotisa, así como su ata­vío, y pese a tan exhaustivo equipo, cuando se reci­bían visitantes no parecía atestada.

El mago dormía y estudiaba en un refugio de idén­tica textura, aunque de inferiores dimensiones, plan­tado junto al de su gemelo. Caramon se ofreció a compartir su espacioso habitáculo, mas él insistió en estar solo y el hombretón, conocedor de su nece­sidad de aislamiento y poco deseoso de toparse con su hermano a todas horas, prefirió no porfiar. Crysania, por el contrario, se rebeló abiertamente al orde­nársele que permaneciera en la morada del general.

Fueron vanas las exhaustivas explicaciones del guerrero y sus protestas en aras de la seguridad de la dama. Las viejas leyendas de brujería, el extraño medallón con el emblema de un dios denostado que lucía, el hecho de que hubiera sanado las heridas del humano habían dado pábulo a toda suerte de disqui­siciones, tanto en el campamento como fuera de él. Los recién llegados recibían advertencias contra sus poderes maléficos, y la sacerdotisa nunca abando­naba su vivienda sin que la persiguieran miradas re­celosas o, peor aún, amenazadoras. Las madres ocul­taban a sus hijos en el regazo al verla pasar, y los niños mayores se daban a la fuga en su presencia. Sin embargo, en las huidas de estos últimos el juego se entremezclaba con el temor.

—No me expongas tus argumentos, los he oído una infinidad de veces y sigo sin estar de acuerdo —dijo Crysania, indiferente, afanada en ordenar sus albos atuendos—. Me has repetido hasta la saciedad tus re­latos sobre brujas quemadas en la hoguera por la ple­be y, aunque no dudo que se cometieran tales actos de barbarie en una era remota, ahora pertenecen a la Historia.

—¿Dónde vas a cobijarte, en la tienda de Raistlin? —le increpó Caramon.

La dama cesó en su tarea, irguió la espalda y es­crutó al guerrero en actitud de desafío. Suspendida una prenda de su brazo, se encerró en un breve mutismo en el que apenas se demudó su faz, siendo, aca­so, una lividez mayor de la habitual el único indicio de su cólera. Cuando respondió, su voz resonó más gélida y diáfana que un soleado día de invierno.

—Hay una tercera, desocupada según me han in­formado, cerca de aquí. Me instalaré en ella, custo­diada por un guardián, si consideras oportuna tal medida.

—Discúlpame, Hija Venerable —le rogó el hombretón, al mismo tiempo que avanzaba hacia su esbelta figura.

Al sentir su proximidad, la sacerdotisa ladeó, es­quiva, el cuerpo, y Caramon tuvo que asirla por los antebrazos, con suma delicadeza, para obligarla a ha­cerle frente.

—No quería ofenderte —persistió—; te suplico que perdones mi torpeza. Y, en cuanto a lo de asignarte un centinela, me parece imprescindible. El proble­ma es que no confío sino en mí mismo y, aún así...

Se aceleró su pulso, apretó las manos contra la car­ne de la dama sin apenas percatarse. Las palabras se agolpaban en su garganta, pero no osaba profe­rirlas, sumido como estaba en una turbación que de­nunciaban sus ardientes pómulos.

—Te amo, Crysania —declaró al fin—. Eres distin­ta de cuantas mujeres he conocido. Nunca deseé que se adueñara de mi persona tal sentimiento, ignoro cómo ocurrió y, si he de ser sincero, te confesaré que en nuestro primer encuentro me formé una opinión desfavorable de tu carácter. Te hallé gélida, altiva, me molestaba el pétreo escudo de tu religión. Mas cuando te vi en las garras del semiogro y percibí tu valentía, cuando comprendí que aquel repulsivo in­dividuo se disponía a mancillar tu pureza, algo se transformó en mis entrañas.

Crysania se estremeció de manera involuntaria. To­davía revivía la noche de su captura en sus frecuen­tes pesadillas. Intentó hablar. Pero el guerrero, apro­vechando su reacción, concluyó a trompicones, sin darle oportunidad de intervenir:

—He observado tu conducta con mi hermano, y he descubierto un reflejo de la mía en la época de nues­tra unión. Le prodigas cuidados, ternura, como yo solía hacer, imperturbable a sus intemperancias. La dama nada hizo para apartarle. Se quedó inmó­vil, clavados en el masculino semblante sus ojos gri­ses, cristalinos, y con la túnica que sostenía apreta­da contra el pecho.

—Ése es otro motivo para que desee alejarme de ti —dijo, pesarosa, la sacerdotisa—. No me ha pa­sado inadvertido tu creciente afecto —confirmó, ruborizándose—. Y, aunque te conozco bien y estoy convencida de que nunca osarías imponerme aten­ciones que yo juzgase impropias, me resulta incómo­do dormir a solas contigo.

— ¡Crysania! —comenzó a protestar Caramon, an­gustiado, trémulas las manos en contacto con la piel femenina.

—Lo que sientes por mí no es amor —le corrigió la sacerdotisa—. Proyectas en mi persona la nostal­gia que te produce la separación de tu esposa. Es a Tika a quien quieres. He visto la ternura que asoma a tus ojos cuando hablas de ella.

La faz del guerrero se ensombreció al oírla men­cionar el nombre de su mujer.

—¿Qué puedes saber tú de una emoción tan autén­tica? —imprecó a su interlocutora de manera abrup­ta, a la vez que la soltaba y eludía su escrutinio—. ¡Por supuesto que quiero a Tika! Antes que ella, hubo otras muchas féminas que despertaron mis pasiones, y también mi esposa mantuvo relaciones con nume­rosos hombres. —Exhaló un suspiro, más de remor­dimiento que de cólera. Su historia era del todo fal­sa, si bien aliviaba la culpabilidad que le había corroído en los últimos días—. Tika es un ser humano, de carne y hueso —continuó—; no un témpano de hielo.

—¿Preguntas qué sé del amor? —replicó Crysania, perdida la calma y con los ojos centelleantes de furia—. Te lo contaré.

—¡No! —se revolvió el hombretón e, incapaz de do­minarse, la agarró de nuevo por los brazos—. ¡No me expliques que quieres a Raistlin, no lo soporto! Mi hermano no te merece, se limita a utilizarte como hizo conmigo. En el momento en que deje de necesi­tarte, se desembarazará de ti.

— ¡Suéltame! —vociferó la sacerdotisa. Sus pómulos eran ahora un incendio, sus pupilas los nubarrones que amenazan tormenta.

—Estás ciega —la acusó el guerrero, zarandeán­dola casi en su frustración.

—Disculpadme si os interrumpo —intervino al­guien—; pero acaban de comunicarme una noticia importante.

El acento del recién llegado, un quedo siseo, hizo que se demudara el semblante de la dama. Todos los colores del espectro, del blanco al escarlata, surca­ron su tez, y su efecto fue asimismo notorio en la ac­titud de Caramon quien, sobresaltado, aflojó su zarpa. Crysania retrocedió tan precipitadamente que tropezó contra el baúl y cayó de rodillas. Ocultas sus facciones bajo la negra, vaporosa cortina de sus ca­bellos, permaneció acuclillada y ungió ordenar sus pertenencias.

El hombretón se giró hacia su gemelo, ruboroso y sin acertar a contener un gruñido, mientras este lo estudiaba con su proverbial frialdad a través de los espejos que tenía por ojos. No se adivinaba ninguna expresión en ellos, como tampoco su tono había de­latado el más ínfimo sentimiento al irrumpir en la escena.

Pese a la perfecta impasibilidad de Raistlin, Cara­mon creyó detectar un atisbo de su conflicto interior. Sus iris se quebraron un instante, y los celos que re­zumaron por la grieta abrumaron al robusto huma­no más que la descarga de un golpe físico. Fue tan breve, sin embargo, la enajenación del nigromante, que su gemelo temió haberla imaginado. Sólo el nudo que se había formado en su estómago, un amargo sa­bor de boca, daban testimonio de que había sido real.

—¿qué noticia es ésa? —inquirió, tras aclararse la garganta.

—Han arribado emisarios del sur —anunció el mago.

—¿Y bien? —le urgió el general, impaciente ante su parsimonia.

Retirada la capucha bajo la que se camuflaba, Raistlin avanzó un paso. Sus ojos se encontraron con los del general y se estableció entre ellos una corriente, un desafío de tal naturaleza que, en lugar de en­frentarlos, los hermanó, realzó su semejanza. El hechicero se había desprendido de su máscara sin darse cuenta.

—Los Enanos de Thorbardin se preparan para el combate.

Fue tal la vehemencia que el mago puso en sus pa­labras, tan contundente su modo de cerrar el puño, que Caramon pestañeó asombrado y Crysania alzó la vista, sin molestarse en ocultar su preocupación.

Incómodo, desconcertado, el hombretón se zafó del influjo hipnotizador de su gemelo para buscar so­siego en el estudio de unos mapas que había exten­dido sobre la mesa.

—¿Qué otra cosa cabía esperar? —aleccionó a Raistlin, encogiéndose de hombros—. Fue idea tuya proclamar a los cuatro vientos que nos dirigíamos a ese reino con el único objetivo de cobrar un teso­ro. El lema de nuestra expedición, el reclamo para atraer reclutas, ha sido desde el principio: «¡Únete a Fistandantilus y asalta la Montaña!»

No lo animaba ninguna finalidad al pronunciar es­tas frases, no las reflexionó previamente, pero la reacción fue inmediata. El hechicero se puso lívido e intentó responder, si bien no brotó de sus labios ningún sonido inteligible, tan sólo un esputo sangui­nolento. Sus hundidos ojos se inflamaron, su puño se apretó todavía más, mientras daba un nuevo paso hacia su hermano.

Crysania se incorporó y Caramon retrocedió alar­mado, con la mano apoyada en la empuñadura de su acero. Pero, realizando un ostensible esfuerzo, Rais­tlin recobró la compostura. Ahogada su furia en un bramido de inusitada agresividad, se volvió sobre sus talones y abandonó la tienda, aunque tan furibun­do que los guardianes se estremecieron cuando cru­zó el umbral.

El guerrero quedó paralizado, presa del extravío que provocaban en su mente el miedo y su incapaci­dad para comprender el comportamiento del hechi­cero. También Crysania espió la retirada de Raistlin sin acertar a moverse, hasta que un tumulto de voces en el exterior rompió las cavilaciones de ambos.

Meneando la cabeza, el general imitó a su hermano, si bien, antes de salir, manifestó su resolución res­pecto a la sacerdotisa.

—Si es cierto que hemos de ponernos en pie de guerra, no tendré tiempo para ocuparme de ti —apuntó, tajante, aunque sin mirarla—. Como antes he indicado, no estarías segura en una tienda indivi­dual y, por consiguiente, seguirás en ésta. No te importunaré. Empeño en ello mi honor.

Concluidas sus palabras, fue a conferenciar con sus soldados.

Teñidas sus mejillas de un intenso sonrojo, fruto de la vergüenza y de una exasperación que le impe­día articular las palabras, la dama se concedió unos segundos para serenarse antes de asomarse, a su vez, al campamento. Una fugaz mirada a los centinelas le reveló que, pese a cuidar tanto ella como Caramon de no gritar, su discusión había llegado a sus oídos.

Ignorando la actitud socarrona, la malsana curio­sidad de los guardianes, oteó el panorama y descu­brió el lejano revoloteo de una túnica negra en la espesura que los circundaba. Entró rauda en la tienda, recogió su capa y, tras echársela sobre los hombros, se alejó en aquella dirección.

Caramon la vio adentrarse en el bosque y, aunque nada sabía de la huida de Raistlin, intuyó el motivo de aquel repentino impulso. Quiso llamarla, evitar que desapareciera entre los pinos. En principio nin­gún peligro la acechaba en la arboleda que crecía prístina en la falda de los montes Carnet, mas, en un tiempo tan incierto, era mejor no aventurarse.

No obstante, cuando se disponía a pronunciar su nombre detectó las sonrisas de complicidad de dos de sus seguidores y, consciente de que se ponía en ridículo, de que su ansiedad le hacía aparecer ante ellos como un adolescente enamorado, cerró la boca. Además, Garic se acercaba junto a un enano y un hombre joven, de piel oscura y ataviado con las plu­mas y los pellejos de animales que identificaban a los bárbaros.

«Deben de ser los emisarios», pensó. Tenía que re­cibirlos y olvidar sus cuitas personales.

Su deber le exigía quedarse, su deseo era emprender carrera en pos de la dama. Ojeó el lindero del bosque y, al comprobar que la sacerdotisa había de­saparecido, tuvo una premonición, tan vivida que a punto estuvo de lanzarse a perseguirla sin reparar en el efecto que su acto pudiera producir. Sus ins­tintos guerreros, el pavor le impelían a atravesar el cerco de árboles. No lograba definir sus temores, mas este hecho no los hacía menos punzantes, me­nos reales.

Por otra parte, no podía desatender a los mensaje­ros para dar caza a una mujer. Si se dejaba llevar de sus impulsos nunca volvería a granjearse el res­peto de sus soldados. Existía la alternativa de enviar a uno de sus guardianes. Pero nada ganaría con ello; quedaría igualmente en entredicho. Así que, muy a su pesar, encomendó el destino de la dama a Paladi­ne, su dios. Rechinantes los dientes, el general salu­dó a los emisarios y los condujo hasta su tienda.

Una vez los hubo acomodado, procedió a expresar las formalidades de rigor e intercambiar bromas in­trascendentes. Ordenó que les sirvieran comida, que les obsequiaran con brebajes de su gusto y, mientras ellos se regalaban, se disculpó y se escabulló por la parte trasera.

 

 

«Las huellas de la arena me marcan el camino. Al alzar la vista se despliega ante mí el cadalso, vislum­bro en el tajo la figura encapuchada y también, a su lado, el negro embozo del verdugo. La afilada hacha refulge bajo el sol abrasador.

»Cae el arma ejecutora, la cabeza de la víctima rue­da sobre la plataforma hasta que, despojada de su envoltura, descubro...»

—¡A mí mismo! —susurró Raistlin con acento fe­bril, retorciéndose las manos.

«Luego, el verdugo exhibe su rostro...»

— ¡El mío!

El pánico se adhirió a sus vísceras cual un tumor letal, el sudor y los temblores se sucedían en un caos devastador. Presionó sus dedos sobre las sienes como si, al ahogar su palpito, pudiera conjurar las terri­bles visiones que envenenaban sus sueños noche tras noche y, durante el día, transformaban en cenizas cuanto ingería.

De nada le sirvió. Las imágenes no se desvane­cieron.

«¡Amo del Pasado y del Presente! —se mofó de sí mismo entre risas huecas, burlonas—. No soy amo de nada. Mi infinito poder es una falacia, estoy atra­pado, ¡sí, atrapado! Al seguir sus improntas, sé que todo cuanto ocurre ya ha ocurrido antes. Veo a se­res con los que nunca antes me había cruzado y, sin embargo, los conozco. Oigo los ecos de mis palabras sin haberlas proferido y, aunque no quiera, acabo pronunciándolas. ¡Esa faz! —se desesperó, a la vez que auscultaba sus rasgos—. Ese semblante no es el mío. ¿Quién soy? ¡Mi propio ejecutor!»

Sus desvaríos resonaban en los recovecos de su mente, y no se dio cuenta de que los había manifes­tado en un grito desgarrado. En un frenesí, perdido por completo el dominio de sus acciones, el nigro­mante se clavó las uñas en la piel cual si su rostro fuera una máscara que pudiera arrancar de sus huesos.

—¡Detente, Raistlin! ¿Qué haces? ¡Te lo suplico, reacciona!

Ajeno a esta llamada, persistió en su afán hasta que unas manos, suaves y firmes al mismo tiempo, aferraron sus muñecas. El mago forcejeó unos ins­tantes. Pero su ataque de demencia no tardó en mi­tigarse. Las turbias aguas en las que se debatía se remansaron y, en su retroceso, le dejaron sereno, ex­hausto. Se despejaron sus sentidos, de tal modo que tomó conciencia de un lacerante dolor en los pómu­los y, al examinar sus uñas, las halló manchadas de sangre.

—¡Raistlin!

Era Crysania quien así lo invocaba. El hechicero, sentado en la hierba, contempló su figura erguida frente a él. Advirtió que lo sujetaba para impedir que se lastimase y que, en sus pupilas dilatadas, se di­bujaba una profunda angustia.

—Estoy bien —dijo secamente—. Vete, necesito un poco de soledad. No había terminado de hablar cuando, con un suspiro, bajó de nuevo la cabeza al acosarle el recuerdo de su malévola ensoñación. Extrayendo un lienzo lim­pio de su bolsillo, comenzó a tratar sus heridas.

—No, no lo estás —negó la sacerdotisa a la vez que le arrebataba el paño de las manos y tanteaba, con sumo cuidado, los sanguinolentos arañazos—. Per­míteme ayudarte —le rogó al musitar él un reniego apenas audible—. No te curaré contra tu voluntad, pero hay un torrente aquí cerca. Acompáñame has­ta su margen, podrás beber y descansar mientras yo lavo las llagas.

Se agolparon en la garganta del mago ásperas im­precaciones, que nunca afloraron pues, de pronto, comprendió que no deseaba que partiera. Encogió el brazo que había levantado para despedirla, sabe­dor de que su presencia eliminaba las pesadillas que le atormentaban, y se abandonó al cálido contacto de la carne humana, tan reconfortante después del gélido roce de la muerte.

Miró a la dama y le indicó su asentimiento median­te una leve, fatigada inclinación de cabeza.

Demacrado, contraído el rostro a causa de la cons­ternación que infundía en su ánimo el estado del mago, Crysania le rodeó con su brazo para sostener sus frágiles piernas. Así respaldado, Raistlin inició su andadura por el bosque sin poder sustraerse al calor del vecino cuerpo de su compañera.

Al llegar a la orilla del riachuelo, el enfermo se sen­tó en una roca de lisa superficie y se calentó bajo el sol otoñal. La sacerdotisa, mientras tanto, zambu­lló el lienzo en las aguas para, una vez empapado, limpiar los estigmas de su ataque contra sí mismo. La hojarasca se desprendía de los árboles y, en una lluvia de susurros, se posaba en el lecho fluvial an­tes de ser arrastrada corriente abajo.

Sin despegar los labios, Raistlin contempló cómo las hojas marchitas eran engullidas por el acuático borboteo y cómo otras, aún aferradas a sus ramas en un postrer alarde de fuerza, se resistían al emba­te de la brisa, que, aunque tibia, las arrancaba des­piadada de su fuente de vida y, entre gráciles pirue­tas, las hacía revolotear hasta el cauce. Debajo del manto vegetal, en el fondo del torrente, descubrió el reflejo de su semblante. Desvirtuaban sus mejillas sendos cortes largos, profundos, y sus ojos, en lugar de espejos, se le antojaron dos manchas mortecinas. Era el miedo lo que los apagaba, y este miedo le ins­piró desdén.

—Dime qué te sucede —lo invitó Crysania dubita­tiva, haciendo una pausa en sus cuidados y exten­diendo la mano sobre los entecos dedos del nigromante—. No comprendo por qué te has mostra­do tan taciturno desde que abandonamos la Torre. ¿Guarda tu ensimismamiento alguna relación con el Portal desaparecido, quizá con lo que te explicó Astinus en Palanthas?

El nigromante no contestó, ni siquiera la miró. Los rayos solares caldeaban su ser a través del tupido terciopelo y el contacto de la mujer era todavía más ardiente que el del astro. Pero una parte de su cere­bro se obstinaba en sopesar fríamente las ventajas de sincerarse. «¿Qué he de ganar con ello? ¿No será preferible mantener el secreto?»

Un elemento desestabilizador, su pasión, entró en escena. Anhelaba atraer a la sacerdotisa, envolver­la, mecerla en la negrura donde ambos podían fun­dirse.

—Sé —declaró al fin, obediente a su raciocinio aunque tomando la precaución de no enfrentarse a los ojos grises que lo espiaban— que el Portal se ha­lla en Zhaman, una fortaleza mágica situada en la vecindad de Thorbardin. Astinus me lo reveló.

»Cuenta la leyenda que Fistandantilus emprendió lo que se ha dado en llamar las guerras de Dwarfgate con el único propósito de reclamar la propiedad del reino enanil. El maestro de la Gran Biblioteca re­lata algo similar en sus Crónicas. Pero, si lees entre líneas, como yo debería haber hecho de no caer en la trampa de mi propia arrogancia, averiguarás la verdad.

Entrechocó, tenso, sus palmas y Crysania, acucli­llada delante de él, aguardó que prosiguiera. La dama lo había escuchado como hechizada. Y su ac­titud no varió cuando el nigromante retomó el hilo de su narración.

—Fistandantilus visitó estos parajes con la misma intención que los surco yo ahora. —Ribeteaba su dis­curso un singular siseo, augurio de una vehemencia que no tardó en brotar—. ¡Nada le importaba Thorbardin! Su plan fue una estratagema digna de su astucia. Lo que él quería era acceder al Portal, y los enanos se interponían en su camino del mismo modo que obstruyen el mío. Eran ellos los dueños de la fortaleza, quienes gobernaban los territorios adyacentes. La única manera de atravesar el escollo era desencadenar una contienda que le permitiera acercarse a su objetivo. Ya ves que la historia se re­pite.

«Tengo que seguir sus pasos. Por mucho que me rebele acabo siempre actuando como él.»

Enmudeció y, atribulado, se empecinó en obser­var el fluir de las aguas.

—Por lo que he deducido de las Crónicas de Astinus —intervino tímidamente la sacerdotisa—, la gue­rra era inevitable. Las diferencias entre los Enanos de las Montañas y sus primos de las Colinas eran irreconciliables. Su sangre se habría derramado de todas formas, así que no debes reprocharte...

—¡Los enanos no me preocupan en lo más míni­mo! —la atajó, impaciente, Raistlin—. Por lo que a mí respecta, podrían ahogarse todos en el mar de Sirrion. Afirmas conocer el episodio de los escritos de Astinus dedicado a este conflicto. Pues bien, piensa con detenimiento. ¿Qué provocó el final de la liza de Dwarfgate?

Crysania se esforzó en recordar y, tras un prolon­gado silencio, respondió:

—La explosión que destruyó las llanuras de Dergoth. Murieron millares de criaturas, y también...

— ¡Fistandantilus! —concluyó el mago por ella, con un sombrío énfasis.

Durante algunos minutos, la sacerdotisa lo miró desconcertada, hasta comprender la sentencia que entrañaba aquella mención a su predecesor arcano.

— ¡Pero no tiene por qué ser así! —protestó, sol­tando el paño y apretando entre sus palmas las ma­nos unidas de Raistlin—. No eres la misma persona y las circunstancias han cambiado. Estoy persuadi­da de que te equivocas en tu augurio.

El hechicero meneó la cabeza, tirantes sus labios en una cínica sonrisa. Se desembarazó de las deli­cadas manos femeninas y, con suavidad, alzó su men­tón para que, al cruzarse sus pupilas, se rindieran a la triste evidencia.

—Las circunstancias no han variado, ni yo he co­metido ningún error —la corrigió—. Me hallo atra­pado en el torbellino del tiempo y me precipito a mi destino.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —indagó ella.

—Existen demasiadas coincidencias para buscar una escapatoria —fue la tajante contestación—. Al­guien más pereció junto a Fistandantilus en aquella lóbrega jornada.

—¿Quién? —preguntó la dama si bien, antes de que él se lo comunicase, sintió que un manto de miedo la circundaba, depositado sobre sus hombros con un crujido tan quedo como el de la hojarasca.

—Un viejo amigo tuyo. ¡Denubis! —proclamó Raistlin, retorcidos sus labios en una grotesca mueca.

— ¡Denubis! —repitió la mujer.

—Sí —confirmó el archimago a la vez que, en un impulso inconsciente, acariciaba sus pómulos y su barbilla, que aún sostenía en alto—. Astinus me in­formó de este hecho, que no me sorprendió ya que mi poderoso maestro atraía invenciblemente al clé­rigo, aunque él rehusara admitirlo. Abrigaba sobre la Iglesia dudas muy similares a las tuyas y cabe asu­mir que, durante los escalofriantes días previos al Cataclismo, Fistandantilus le engatusase.

—Tú no me engatusaste —le espetó la sacerdotisa con firmeza—. Si te he acompañado ha sido por mi voluntad.

—En efecto.

El archimago apartó la mano, que, respondiendo a una iniciativa ajena a su control, tanteaba en acti­tud cariñosa la fina piel de la dama. Sin embargo, su recato fue tardío. El contacto le había inflamado la sangre. No logró desviar su mirada de aquellos la­bios bien torneados, del sugestivo cuello. Surgió en su memoria la imagen que percibió al entrar en la tienda, revivió el arranque de celos que sufrió al ver­la entre los brazos de su hermano.

«No debe ocurrir —se reprendió—. Si cedo se ven­drán abajo mis planes.»

Empezó a incorporarse, pero Crysania asió su mano y reclinó el rostro en la palma abierta.

—No te atormentes —le exhortó, clavados en los suyos sus ojos grises que, seductores, brillaban bajo la luz de los rayos solares al filtrarse éstos por el ramaje—. ¡Juntos alteraremos el tiempo! Tú estás mejor dotado en tu arte que Fistandantilus, y mi fe es más fuerte que la de Denubis. Escuché las exigen­cias del Príncipe de los Sacerdotes frente a los dio­ses, conozco el motivo de su fracaso. Paladine aten­derá a mis plegarias como siempre hizo en el pasado. Tú y yo escribiremos un nuevo desenlace para esta malhadada historia.

Hipnotizada por la pasión que su propia voz des­tilaba, los ojos de la dama refulgieron hasta tornar­se azules, al mismo tiempo que su tez, fresca a causa de las caricias de la mano de Raistlin, se teñía de un rubor rosáceo. Su exacerbado palpito se abrió cami­no a través de las venas del hechicero, quien, al reci­bir su ternura, al sentir su muda invitación, se hincó de rodillas a su lado. La estrechó contra su cuerpo, la besó en los labios, en los párpados, en el cuello. Sus dedos se enredaron en la larga melena, cuya fragancia invadió sus sentidos y, en suma, el dulce dolor del deseo se apoderó de todo su ser.

Ella se entregó a su fuego como antes se entrega­ra a su magia y le devolvió sus apasionados ósculos. Acostóse Raistlin en la mullida alfombra de hojas para, ya sobre su espalda, arrastrar a la sacerdotisa sin aflojar el abrazo que los enlazaba. La luz del sol otoñal, suspendido de un cielo inmensamente azul, le cegaba, y el astro mismo parecía incendiar sus ne­gras vestiduras, tan lacerante como las punzadas que surgían de sus entrañas.

La epidermis femenina se le antojó refrescante en su estado febril, sus labios eran el agua dulce que alivia al moribundo. Entrecerró los ojos a fin de za­farse de la deslumbradora luminosidad y, ya en la penumbra, se le apareció un rostro familiar: el de una diosa de cabello oscuro que, exultante, victorio­sa, reía.

— ¡No! —exclamó de pronto el archimago, al mis­mo tiempo que empujaba a la desprevenida Crysania.

Tembloroso, mareado, se puso de pie. Ardían sus pupilas, expuestas de nuevo a la luz, y estaba tan as­fixiado bajo su túnica que le faltaba el resuello. Tras cubrirse la cabeza con la capucha, permaneció in­móvil unos segundos tratando de recobrar la compostura.

— ¡Raistlin! —le invocó la dama, aferrada a su mano.

Su modo de pronunciar el nombre, el cálido acen­to de su llamada, amenazaron con quebrar su re­solución. Y la textura de su carne inmaculada, que prometía mitigar el dolor, contribuía aún más a de­bilitarla.

Enfurecido por su propia flaqueza, el nigromante se deshizo del abrazo que lo atenazaba, antes de asir, ya libre, la hombrera del frágil hábito de la sacerdo­tisa. Sin darle opción a defenderse, desgarró el paño y, con la otra mano, restregó el pecho contra la hoja­rasca.

—¿Es eso lo que quieres? —preguntó, exaspera­do—. Si es así, aguarda la llegada de mi gemelo. No tardará en presentarse, estoy persuadido.

Tumbada entre las hojas, consciente de su desnu­dez al verla reflejada en los crudos espejos que con­figuraban los ojos del hechicero, Crysania se cubrió los senos con los jirones de su vestido y le examinó callada, perpleja.

—¿Para qué hemos llegado tan lejos, para aman­cebarnos en el bosque? —le imprecó él persistente, sin la menor conmiseración—. Creí que te movían as­piraciones más elevadas. Hija Venerable. Presumes de la ayuda de Paladine, te ufanas de tus poderes, mas ¿qué uso pretendes darles? ¿Piensas que la res­puesta a tus oraciones es que yo caiga víctima de tus encantos?

El dardo acertó en su diana. La sacerdotisa se con­vulsionó e, incapaz en su vergüenza de hacerle fren­te, prorrumpió en lastimeros sollozos de espaldas a aquella criatura cruel, humillante. Sus greñas se es­parcieron sobre los hombros, cubriendo de manera desigual su piel blanca, fina, exquisita.

Girando abruptamente sobre sus talones, Raistlin se alejó. Caminaba deprisa y, a medida que interpo­nía distancia, se sosegaba su alterado ánimo. Se amortiguó la agobiante pasión y, al hacerlo, se des­pejó su cerebro.

Atisbo el fulgor de una armadura entre los arbus­tos y no pudo reprimir una sonrisa socarrona. Se cumplían sus predicciones. Caramon había empren­dido la búsqueda de la mujer. Quizá juntos se con­solarán de sus sinsabores pensó. A él poco le impor­taba.

Al arribar a la tienda, se refugió en su fresco, os­curo ambiente. La mueca desdeñosa todavía retor­cía su boca, pero se desdibujó al recordar su vulne­rabilidad frente a Crysania, lo cerca que había estado de rendirse y también, contra su deseo, los incitantes labios de la sacerdotisa, su calor. Se desmoronó en una silla y hundió la faz entre las manos.

La sonrisa volvió a ensanchar sus facciones me­dia hora más tarde, cuando Caramon irrumpió en su aposento. El hombretón tenía el rostro enrojecido, los ojos dilatados, la mano crispada sobre la empu­ñadura de su espada.

—¡Debería matarte ahora mismo, bastardo! —lo insultó en un espasmo de cólera.

—¿Por qué motivo lo harías esta vez, hermano? —indagó Raistlin, sin interrumpir la lectura de un grueso tomo de hechicería—. ¿He asesinado a otro kender a quien profesas dulce amistad?

— ¡Lo sabes muy bien, vil gusano!

El guerrero estaba fuera de sí. Lanzando un renie­go, le arrebató el libro arcano y lo cerró con estrépi­to. El contacto de la azulada cubierta le quemó los dedos, pero estaba demasiado indignado para sen­tir el dolor.

—He encontrado a Crysania en el bosque con el hábito desgarrado, llorando hasta perder el aliento. Y esos arañazos te delatan —le espetó.

—Esos arañazos me los hice yo mismo. ¿Acaso no te ha contado lo ocurrido?

—Sí.

—¿Te ha revelado que se me ofreció? —hurgó el ni­gromante en la herida.

—No puedo creerlo —fue la cortante respuesta.

—¿Y que yo la he repudiado? —continuó el mago, impasible, a la vez que clavaba en su gemelo una mi­rada fría, despreciativa.

— ¡No soporto tu presunción! —quiso replicar el general, pero Raistlin, seguro de su predominio, vol­vió a atajarlo.

—Lo más probable es que ahora, en la penumbra de su tienda, dé gracias a los dioses por mi actua­ción. Lo cierto es que la amo lo bastante para salva­guardar su virtud —confesó.

Deseoso de restar dramatismo a la escena, el he­chicero emitió una risa sarcástica que traspasó el co­razón de Caramon cual una daga envenenada.

—¡Mientes! —acusó a su hermano al mismo tiem­po que, agarrándole por el pectoral de la túnica, lo levantaba de su asiento—. Y tampoco ella ha dicho la verdad. Con tal de protegerte es capaz de fraguar cualquier embuste.

—Retira tus manos —le ordenó el archimago en un susurro.

—¡Voy a mandarte al Abismo! —lo amenazó el otro.

— ¡Retira tus manos! —insistió Raistlin.

Al comprobar que el guerrero no había de obede­cerle, que ni siquiera le escuchaba, el atacado recu­rrió a su arte. Iluminó la primorosa urdimbre un resplandor de luz azulada, sucedido por un chasqui­do y un sonido sibilante, y Caramon emitió un grito de dolor antes de soltarlo, víctima de un flagelo in­visible que paralizó sus vísceras.

—Te lo advertí —comentó el hechicero, alisando las arrugas de su atavío y volviendo a su silla.

—¡Por los dioses que he de segar tu abyecta exis­tencia! —rugió su gemelo con las mandíbulas apre­tadas.

Como para confirmar su resolución, desenvainó la espada. Raistlin, lejos de amedrentarse, abrió el vo­lumen por la página que estudiaba al aparecer el hombretón y, abstraído, lo invitó:

—Adelante, acaba cuanto antes. Tantos desafíos co­mienzan a aburrirme.

En sus ojos brillaba una llama de ambiguo por­tento, una indiferencia insolente.

—Vamos, inténtalo —azuzó a su agresor—. Nunca regresarás a casa.

—¡Eso ahora carece de importancia!

Ofuscado por el odio y los celos, el guerrero dio un paso hacia su adversario, quien, sin mover un músculo, lo aguardaba con aquella singular expre­sión en su enjuto rostro.

—¡Inténtalo! —lo apremió. Caramon elevó su arma.

— ¡General!

Quien así le llamaba, impidiéndole la realización de sus designios, era uno de sus soldados. Oyó gri­tos de alarma en el exterior, ecos de pisadas que co­rrían de un lado a otro y, frustrado, contuvo el im­pulso de su estocada. Aunque le cegaban lágrimas de ira, fijó en su víctima una sombría mirada.

—General, ¿dónde estás?

Se acercó el tumulto, dirigido hacia la tienda de Raistlin por el guardián personal de su gemelo, que conocía su paradero.

—¡Aquí! —vociferó al fin Caramon. Volvió la es­palda a su rival, encajó el filo en su funda y desco­rrió la cortinilla—. ¿Qué ocurre?

—General... ¡Pero si tienes las manos quemadas! ¿Cómo...?

—Olvídalo, no es nada. ¿Qué ibas a comunicarme? —urgió al hombre que encabezaba al agitado tropel.

—¡La bruja ha dejado el campamento!

—¿Que nos ha dejado? —repitió él, en la cumbre de la desesperación.

Tras espiar a su hermano con una hostilidad más penetrante que su templado acero, el fornido lucha­dor salió precipitadamente del lóbrego refugio. In­vadieron los tímpanos de Raistlin sus imperiosas de­mandas, las explicaciones de sus subordinados.

Resuelto a no escuchar tan molesto vocerío, el archimago cerró los ojos y suspiró. Caramon había per­dido una espléndida oportunidad de matarle.

Delante de él, extendiéndose en una línea recta y angosta, el rastro de su arcano antecesor lo guiaba de manera inexorable.

 

 

 4

 La fuga de Crysania

 

 

Caramon había alabado su pericia como amazo­na, y, sin embargo, hasta que abandonara Palanthas en compañía de Tanis el Semielfo, en un viaje que había de conducirla al bosque mágico de Wayreth, Crysania no había estado cerca de un caballo más que cuando paseaba en uno de los elegantes carrua­jes de su padre. Las mujeres de su ciudad no cabal­gaban, ni siquiera por placer, pese a ser ésta una cos­tumbre muy extendida entre las otras habitantes de Solamnia.

Pero todo aquello fue en su vida anterior. La sa­cerdotisa sonrió pesarosa mientras, a la grupa de su corcel, hundía los talones en sus flancos para hosti­garlo a mudar su trotecillo por un raudo galope. ¡Cuan lejana estaba su otra existencia!, ¡cuan dis­tante!

Agachó la cabeza a fin de esquivar unas ramas sus­pendidas a escasa altura y prosiguió la marcha, sin mirar atrás en ningún momento. Confiaba en que sus perseguidores tardarían en emprender la búsqueda, ya que Caramon debía atender a los emisarios y no osaría enviar a sus soldados sin ponerse él al frente. ¡No para perseguir a una bruja!

De pronto estalló en carcajadas. «¡No puede negar­se que ése es el aspecto que ofrezco!» pensó.

No se había molestado en cambiar su harapiento atavío por otro más acorde con su condición. Al en­contrarla el general en la espesura, había atado sus jirones mediante retazos de su propia capa y, además, su vestido perdió tiempo atrás su inmaculada blancura, después de exponerlo en su periplo al pol­vo, al barro y a la intemperie, hasta tomar una tona­lidad grisácea. Ajados y sucios, llenos de salpicadu­ras, los pliegues revoloteaban en torno a su figura como plumas marchitas. Su cabello era un amasijo de greñas. Apenas veía a través de los enredos.

Cuando salió del bosque, tiró de las riendas de su cabalgadura a fin de estudiar las anchas llanuras herbáceas que se desplegaban ante sus ojos. El ani­mal, habituado a un lento avance en las filas del mul­titudinario ejército, resoplaba excitado tras tan inu­sitado ejercicio. Todos sus instintos lo incitaban a seguir, a correr, movía la cabeza y las patas de un lado a otro, anhelante de ceder a la invitación de aquellas planicies que parecían no tener fin. Crysania hubo de acariciarle la testuz con objeto de cal­marlo.

—Vamos, pequeño —le ordenó al rato, y le dio li­bertad de acción.

Con un relincho, el equino enderezó las orejas y se lanzó brioso, exultante en pos del campo. Aferra­da a su crin, también la dama se abandonó al goce que le proporcionaba haberse deshecho de sus liga­duras. El tibio sol vespertino constituía un grato con­traste para los aguijones que el viento clavaba en su piel. El ritmo trepidante del galope y el atisbo de mie­do que siempre le produjo montar ensanchaban su maltrecho corazón.

Mientras así viajaba, se cristalizaron sus planes en su mente, más concisos y perfilados que el canto de un mineral. Ante ella el territorio se oscurecía bajo las sombras de un bosque de pinos; a su dere­cha, los nevados picos de los montes Carnet reful­gían al reverberar en su albo manto los haces sola­res. Después de dar un brusco tirón de las riendas y, de este modo, recordar al animal que era ella quien mandaba, lo obligó a aminorar la desenfrenada mar­cha y lo guió en dirección a la lejana espesura.

 

 

Hacía casi una hora que Crysania se había fuga­do del campamento cuando Caramon consiguió salvar el compromiso que le impedía darle alcance. Como había previsto la sacerdotisa, tuvo que expli­car la situación a los emisarios y asegurarse de que su partida no les causaría ofensa. Tales prelimina­res le ocuparon bastante tiempo, porque el hombre de las Llanuras apenas hablaba la lengua común y no comprendía en absoluto la enanil, y su achapa­rrado colega, aunque no hallaba dificultad en expre­sarse en el idioma del general —razón por la que ha­bía sido elegido para su cargo— no desentrañaba su «extraño» acento y le rogaba una y otra vez que re­pitiera sus frases.

El guerrero intentó informarles de la auténtica identidad de Crysania y la compleja relación que mantenían. Pero ninguno de sus oyentes dio mues­tras de asimilar los detalles y, desazonado, el narra­dor se limitó a contarles lo que de todos modos acabarían por susurrarles confidencialmente, que era su mujer y había huido de su lado.

El bárbaro asintió. Las féminas de su tribu, noto­rias por su carácter salvaje, se mostraban a menu­do tentadas de cometer actos parecidos, y el robus­to mensajero recomendó al general que, en cuanto atrapara a la prófuga, le rapara la cabeza en castigo a su desobediencia. El enano quedó perplejo al oír tales historias de deslealtad, dado que las hembras de su raza antes se rasurarían las sagradas patillas que abandonar casa y esposo. Pero estaba entre hu­manos. No cabía esperar sino reacciones absurdas.

Los dos enviados desearon a Caramon un feliz de­senlace y se dispusieron a disfrutar de las amplias provisiones de cerveza. Aliviado por su comprensiva actitud, el general corrió en busca de Garic a fin de cerciorarse de que le había ensillado un caballo y lo tenía a su disposición.

—Hemos descubierto su rastro, general —anunció el joven caballero—. Tomó la ruta del norte, por un angosto sendero que se interna en el bosque. Monta un corcel muy rápido. Debo admitir que supo selec­cionar uno de los mejores —añadió sin ocultar su admiración—. Aun así, no creo que llegue lejos an­tes de que la alcances.

—Gracias, Garic —dijo el hombretón mientras se encaramaba a la grupa del equino—. ¿Qué significa esto? —vociferó, mudando su tono al percatarse de que había otro preparado—. He manifestado con to­tal claridad mi propósito de ir solo...

—He resuelto acompañarte, hermano —declaró al­guien en la penumbra.

El guerrero dio media vuelta en el instante mis­mo en que el archimago salía de su tienda, ataviado con su negra capa y las botas que solía calzarse en las largas expediciones. Caramon gruñó en franco de­sacuerdo, mas Garic se hallaba ya junto al intruso para, solícito y respetuoso, ayudarle a montar sobre su animal preferido, una criatura de pelambre aza­bache y nervio vivo. Sabedor de que su gemelo no se atrevería a vituperarle en presencia de sus hom­bres, Raistlin exhibió ante él una mueca irónica y subrayó su triunfo mediante los destellos maléficos que arrancaba el sol de los arcanos espejos de sus pupilas.

—No debemos entretenernos, el tiempo apremia —rezongó el general cuya cólera, pese a su esfuerzo en disimularla, era patente—. Garic, quedarás al mando hasta mi regreso. Cuida de que se agasaje a los huéspedes y ordena a los campesinos que reanu­den sus prácticas en el campo de adiestramiento. Han de clavar sus lanzas en los muñecos de paja, no hacerse cosquillas entre ellos.

—Me ocuparé de todo, señor —respondió el aludi­do, con grave ademán, saludándolo a la manera tra­dicional de su Orden.

El recuerdo de Sturm Brightblade surcó como un relámpago la mente del hombretón y, con él, aflora­ron imágenes de su juventud, de los días en que su hermano y él viajaban al lado de sus amigos, de Tanis, Flint y el propio Sturm. Temeroso de delatar la emoción que lo embargaba, azuzó a su caballo y se alejó presto del campamento.

Sin que pudiera evitarlo, su memoria se reavi­vó cuando llegó al sendero y observó de soslayo a su hermano que, como de costumbre, cabalgaba un poco retirado, cediéndole la delantera. Aunque no le entusiasmaba este ejercicio, Raistlin era un esplén­dido jinete, dominaba al equino con la misma destreza con que desempeñaba cualquier actividad, si la juzgaba digna de aplicarse. No pronunció una pa­labra durante la primera parte del trayecto. Conser­vó la capucha echada sobre la cabeza y se entregó a sus cavilaciones. Tal mutismo no era nada insóli­to. En sus aventuras de antaño transcurrían jorna­das enteras sin que mediaran entre ellos intercam­bios verbales.

A pesar del vuelco que había sufrido su mutuo en­tendimiento, quedaba entre ellos el nexo de la san­gre, de los huesos y hasta del alma. Caramon ansia­ba acunarse en el antiguo compañerismo que tanto los había unido y, sin poner excesivo empeño, des­cartó su enfado, aquella hostilidad que alimentaba también contra sí mismo.

—Lamento mucho lo que ha ocurrido allí abajo —se disculpó, girado el torso, mientras se aden­traban por la espesura tras las frescas huellas de Crysania—. Es cierto, como tú afirmaste, que la sacerdotisa te ofreció, te ofreció... —balbuceó, ru­boroso—. Ella me reveló que te había entregado... ¡Maldita sea, Raistlin! ¿Por qué fuiste tan brutal?

—Tuve que serlo —repuso el mago, erguida la ca­beza de tal forma que su gemelo pudo distinguir sus facciones entre los pliegues del embozo—. La dulzu­ra de nada sirve cuando se pretende abrir los ojos a una criatura obcecada. Si no hubiera empleado la aspereza nunca le habría hecho ver el precipicio que la atraía hacia sus simas, un precipicio que, de caer nosotros en él, acabaría por engullirnos a todos.

—¡No eres un ser humano! —lo acusó el guerrero.

—Lo soy más de lo que imaginas —sentenció el ni­gromante, amortiguado el brillo sobrenatural de sus iris y, para sorpresa de su gemelo, relajado el pe­renne sarcasmo que contraía sus rasgos—. Más de lo que imaginas —insistió, con un tono nostálgico que traspasó el corazón del fornido luchador.

—Si eso es verdad, ¡ámala! —le arengó Caramon, tirando de las riendas para situarse a su mismo nivel—. Olvida toda esa sinrazón poblada de espa­cios negros, de pozos insondables, y da curso a tus emociones. Tú eres un poderoso hechicero y ella una sacerdotisa de alta estirpe, pero, debajo de vuestros ropajes, bullen las exigencias dé la carne. Tómala en tus brazos y...

Transportado por sus consejos, tuvo que contener a su animal para que, al sentir libre la brida, no se encabritase. Se detuvo en medio del camino, pictó­rico de entusiasmo y quizá con una sombra de espe­ranza. Raistlin le imitó. Una vez hubo cesado su avan­ce, el mago se inclinó hacia adelante a fin de posar la mano en el brazo de su gemelo, tan ardientes sus dedos que le chamuscó la piel. Su expresión se ha­bía endurecido, sus ojos habían vuelto a asumir el gélido brillo del cristal.

—Escúchame, Caramon, y trata de comprender —le pidió, con un acento desapasionado que provo­có un estremecimiento en las vísceras del guerrero—, Soy incapaz de amar. ¿Todavía no lo has adivinado? Aciertas al denunciar mi naturaleza de hombre. No puedo negar que bajo mis vestiduras palpita un cuer­po, mas eso no hace sino acrecentar el conflicto. No soy inmune a la lujuria, de acuerdo. ¿Qué es, sin embargo, el instinto si no lo enaltece un sentimiento más profundo?

»Podría rendirme a las "exigencias de la carne", como tú las llamas, algo que no perjudicaría a mi arte más allá de un pasajero debilitamiento. Pero mis arrebatos lascivos destrozarían a Crysania cuando averiguase la verdad, y te aseguro que antes o des­pués se enteraría.

—¡Eres un bastardo sin escrúpulos! —le insultó el general.

—Al contrario —rectificó el mago con la ceja enarcada—. Si lo fuera, me aprovecharía de las cir­cunstancias y recogería la porción de placer que la sacerdotisa me brinda en bandeja de plata. A dife­rencia de otros, poseo el don de conocerme a mí mis­mo y refrenar mis impulsos.

Herido por esta evidente alusión a su propia fla­queza, Caramon espoleó a su corcel y reanudó la marcha. Estaba hecho un lío, como siempre que se enfrentaba con su gemelo, y de su perplejidad no tar­dó en destacarse la intuición de su culpa. Le consu­mía pensar que no era lo bastante hombre para aca­llar la faceta animal de su ser, mientras que su hermano, al admitir su carencia de afectos, se eri­gía en un héroe noble y sacrificado.

Siguieron explorando el bosque sin más comenta­rios, atentos al rastro que dejara la dama entre la pi­naza. Era fácil la búsqueda. Crysania no se había apartado de la senda y ni siquiera había tomado la precaución de doblar recodos, o de cubrir las osten­sibles pisadas de los cascos.

—¡Mujeres! —protestó el hombretón al cabo de un rato—. Si no logró reprimir su ataque de insensatez, al menos podría haber huido a pie. ¿Por qué lanzar­se a una cabalgada demente, sin rumbo, en este agreste territorio?

—Hermano, eres demasiado cándido —le regañó Raistlin—. Créeme, no falta un propósito preconce­bido en la ruta que ha trazado. Me conmueve tu ig­norancia respecto a sus auténticas intenciones.

— ¡Habló el experto! —gritó el guerrero, exaspe­rado—. He estado casado, conozco la mente femeni­na mejor que tú. Escapó a sabiendas de que la per­seguiríamos. La encontraremos en algún paraje solitario con el caballo extenuado, quizá cojo, y se mostrará altiva, fría. Nosotros le pediremos excusas, y yo habré de permitirle que se aloje en esa tienda individual para desagraviarla. ¡Mira! —urgió de pronto a su acompañante—. ¿Qué te decía? Hasta un torpe enano gully podría reconocer esas huellas en la hierba.

Habían llegado al linde de la espesura y, en efec­to, en el llano se dibujaba con total claridad la im­pronta reciente que había dejado el galope de un ca­ballo. Raistlin, haciendo un alto, la estudió y, aunque no le replicó, se enfrascó en unas cábalas que nada bueno auguraban.

Los dos hermanos, uno triunfal y meditabundo el otro, atravesaron la planicie hasta el punto donde la sacerdotisa había penetrado en otra arboleda y cru­zado un riachuelo. Al arribar a la otra margen, Caramon se detuvo.

—¿Qué diablos significa esto? —preguntó encole­rizado.

Oteó el panorama a derecha e izquierda, obligan­do al equino a moverse en círculo. Raistlin, mientras tanto, descansó las manos en el pomo de su silla y aguardó.

—¿Te convences ahora de que Crysania no ha ac­tuado a la ligera? —reconvino al desconcertado general—. Crysania es inteligente, hermano, lo bas­tante para predecir tus reacciones y confundirte.

El hombretón clavó en su gemelo una mirada ful­gurante, mas guardó silencio. El rastro había desa­parecido.

 

 

Como apuntara Raistlin, Crysania tenía un propó­sito. Era lista, astuta, y no le supuso ningún esfuer­zo fraguar un plan para despistar al iluso Caramon. Aunque desconocedora de los enigmas del bosque, que no había frecuentado en su juventud, ahora lle­vaba varios meses recorriéndolo junto a verdaderos entendidos. Apartada de las huestes —eran pocos los que osaban departir con una bruja— y también de Caramon, que debía solucionar las cuestiones inhe­rentes al mando, abandonada a sus propios auspicios por el estudioso hechicero, no le quedaba otro entretenimiento que escuchar de soslayo las histo­rias de cuantos la rodeaban y, naturalmente, apren­der de ellas.

Fue sencillo desandar sus pasos en el centro del torrente, remontar el caudal sin grabar en su fondo señal alguna. Al descubrir una orilla rocosa, donde los cascos de su montura tampoco habían de impri­mirse, salió de las aguas y retornó a la espesura. Evi­tó el camino principal, eligiendo las brechas que abrían los animales al objeto de saciar su sed en el cristalino curso e, incluso, se ocupó de borrar sus holladuras en alguna ocasión. No puso en tal tarea excesivo afán, persuadida como estaba de que Cara­mon no le adjudicaba la suficiente clarividencia para hacerlo y, por lo tanto, no sospecharía.

De haber sabido que Raistlin acompañaba a su hermano, la dama habría sido más cautelosa, ya que, muy a su pesar, debía reconocer que el mago leía en su pensamiento mejor que ella misma. Mas no se le ocurrió siquiera esa posibilidad, de modo que continuó viaje tranquila, a un ritmo moderado que mantenía descansado al caballo y le otorgaba unas va­liosas horas en las que perfilar sus designios.

Portaba en sus alforjas un mapa, sustraído de la tienda del general, en cuyo trazado figuraba una al­dea situada al abrigo de las montañas. Era tan pe­queña que ni siquiera tenía nombre, o al menos no había ninguno escrito en el documento. Este case­río era su destino, el lugar donde se proponía cum­plir dos objetivos: el primero era alterar el tiempo, demostrar a los gemelos y a sí misma que era algo más que un fardo, una pieza inútil y, en ciertos mo­mentos, peligrosa de su equipaje.

El segundo era todavía más importante. En aquel pueblo olvidado, Crysania instauraría el culto a los antiguos dioses.

No era esta decisión el fruto de una idea repenti­na, sino un proyecto que acarició repetidas veces y tuvo que posponer por diversas razones. Para empe­zar, tanto Caramon como Raistlin le habían prohibi­do de manera tajante que utilizara en el campamen­to sus dotes clericales. A ambos les inquietaban su seguridad tras haber asistido al suplicio en la hogue­ra de numerosas mujeres acusadas de brujería. El hechicero mismo habría sucumbido a una muerte tan espantosa de no haberlo rescatado Sturm y su valiente hermano; así que no podía reprocharles sus temores.

Además, el sentido común le decía que ninguna de las familias que se habían unido al itinerante ejérci­to prestaría oídos a sus pláticas, dado que todos es­taban persuadidos de su malignidad. A la vista de tales impedimentos, resolvió que debía dirigirse a desconocidos. Si abordaba a personas que ignorasen la leyenda negra que pesaba sobre ella, les relataría su historia y les transmitiría el mensaje de que era el hombre quien había repudiado a los dioses, no a la inversa. Los nuevos conversos la seguirían, como habían de seguir a Goldmoon doscientos años más tarde.

No hizo acopio de coraje para actuar hasta que re­volvieron sus entrañas las despiadadas acusaciones de Raistlin. Todavía ahora, mientras guiaba a su cor­cel en la incipiente penumbra del ocaso, retumbaba su voz en el intrincado ramaje, sus ojos airados la escrutaban desde los troncos.

«Merecía su reprimenda —admitió en su fuero interno—. En lugar de enarbolar el estandarte de mi fe, de instituirme en vivo ejemplo de lo que Paladine podía aportarle, recurrí a mis "encantos" a fin de subyugarle.»

Aunque no estaba en su ánimo embaucar al nigro­mante, su proceder inspiraba tal conclusión. Alisan­do con aire ausente su crespa melena, reflexionó que, de no imponerse la fuerza de voluntad del arcano personaje, se habría granjeado el desfavor de la divinidad que idolatraba.

Su admiración por el joven archimago, incondicio­nal desde el comienzo, creció hasta extremos ilimi­tados, tal como él vaticinara. Anhelaba restablecer la confianza que siempre depositó en ella y hacerse digna de su respeto. Sin duda ahora, imaginó angustiada, su veleidad había repercutido en la opinión de Raistlin. Si regresaba al campamento con una hor­da de leales creyentes, no sólo pondría de manifies­to que estaba equivocado, que era posible alterar el tiempo poblando el mundo de clérigos en una época en que, según los anales, no debían existir, sino que tendría la oportunidad de difundir sus enseñan­zas entre las tropas.

Sus elucubraciones, sus planes, inundaron a Crysania de una paz que no había sentido desde su llega­da a la Torre junto a los hermanos. Al fin obedecía a su propia iniciativa, no al desabrido Raistlin ni a Caramon, tan empeñado últimamente en gobernarla. Renació su ánimo. Si sus cálculos eran exactos, arribaría a la aldea antes del anochecer.

La senda discurría por la ladera de la montaña en una cuesta pronunciada y, coronado el risco, descen­día con idéntica verticalidad hacia un valle. La sa­cerdotisa hizo una pausa en la cumbre y examinó el paisaje. En el centro de la vaguada, distinguió el pue­blo donde culminaría su excursión.

Algo se le antojó singular en los oscuros contor­nos de las casas, mas no era todavía una viajera lo bastante avezada como para fiarse de sus instintos. Deseosa tan sólo de llegar antes de que cayera la noche, y de poner en práctica su ambicioso proyecto, azuzó a su caballo sendero abajo, cerrada su mano sobre el Medallón de Paladine que se ceñía a su cuello.

 

 

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Caramon, sen­tado aún a horcajadas en la grupa de su animal y con la vista puesta en el torrente.

—Tú eres el experto en mujeres, ¿recuerdas? —con­testó Raistlin.

—He cometido un error, de acuerdo —rezongó el general—. Pero este acto de humildad de nada nos sirve, dentro de poco se ensombrecerá el cielo y no podremos distinguir sus huellas. No te he oído nin­guna sugerencia útil —recriminó, disgustado, a su hermano—. ¿Por qué no invocas tu magia?

—Si mis poderes fueran tan prodigiosos, a estas al­turas ya te habría dotado de un cerebro —le espetó el nigromante, malhumorado—. ¿Qué quieres que haga, moldear su imagen en el aire o buscarla en mi bola de cristal? No malgastaré mis energías en ta­les simplezas y, además, no es necesario. ¿Tienes un mapa, o es pedir demasiado a tu imprevisión?

—Lo tengo —le atajó Caramon, a la vez que lo des­prendía de su cinto y se lo alargaba.

—Propongo que abreves a los animales y les con­cedas un descanso —dijo Raistlin, deslizándose de su montura.

El guerrero se apeó también, y condujo a los equi­nos hasta el riachuelo mientras su gemelo examina­ba el documento.

El sol se ponía tras el horizonte cuando Caramon ató los caballos en un arbusto y regresó al lado del hechicero, que sostenía el mapa delante de su nariz para consultarlo en la penumbra. El hombretón le oyó toser y observó que se arropaba en la capa.

—Temo que el aire nocturno dañe tu frágil salud —dijo, con seco acento a fin de contrarrestar su preo­cupación.

—No me ocurrirá nada, tranquilízate —repuso Raistlin entre toses.

El general se encogió de hombros y, fingiendo ignorar el tono amargo del hechicero, estudió el mapa por encima de su cabeza. Tras unos breves segundos, el mago señaló una diminuta mancha negra en me­dio de las montañas.

—Crysania está aquí —anunció.

—¿Por qué habría de dirigirse a una aldea aisla­da? —indagó el otro, estupefacto, sin comprender—. No tiene sentido.

—Porque en ese punto podrá realizar su propósi­to, o ella así lo cree.

Pensativo, enrolló el pergamino y contempló la mortecina luz. Una línea hendió su frente, un hondo surco que denotaba lóbregos presentimientos.

—¿A qué te refieres? —insistió Caramon, escéptico—. ¿Qué propósito es ese que no cesas de men­cionar?

—Se halla en grave peligro —declaró el nigromante en vez de satisfacer su demanda.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso has visto algo? El guerrero estaba alarmado y la voz de su opo­nente, ribeteada de ira, no contribuyó a apaciguarlo.

—¿Qué quieres que vea, necio? —lo insultó, incor­porándose y corriendo hacia su corcel—. ¡Lo que hago es recapacitar, emplear mi mente! En ese pue­blo apartado, la sacerdotisa se dispone a rehabilitar a los vituperados dioses. Espera que sus arengas despierten de nuevo el sentido religioso de los lugareños.

—¡En nombre del abismo! —renegó Caramon, boquiabierto—. Has acertado, Raist —agregó des­pués de unos instantes de meditación—. La oí hablar de ese proyecto, aunque nunca tomé en serio sus pa­labras.

Al comprobar que su hermano deshacía las liga­duras del caballo y se preparaba para montarlo, fue raudo a su encuentro y posó la mano sobre la brida.

—¡No te precipites! —suplicó al resuelto mago—. Ahora no podemos hacer nada. Habrá que aguardar hasta mañana. Sería una imprudencia recorrer en la oscuridad los accidentados senderos montañosos. Sabes tan bien como yo que los animales son pro­pensos a tropezar cuando avanzan en la negrura. Se ponen nerviosos; si tenemos la mala fortuna de que den un paso en falso podrían romperse una pata. ¡Y prefiero no aludir a las criaturas que quizás anidan en estas frondosidades que nunca han sido desbro­zadas!

—Mi bastón nos alumbrará —ofreció Raistlin, que lo portaba ensartado en las correas de la silla.

Empezó a elevar su cuerpo pero un virulento ata­que le obligó a detenerse, aferrado a la silla y sin aliento. Cuando cedieron los espasmos, Caramon rea­nudó su discurso.

—Atiende, Raist —le susurró en actitud conci­liadora—. No me inquieta menos que a ti la suerte de Crysania mas, en mi opinión, exageras. Seamos sensatos. Has reaccionado como si la dama se hu­biera introducido en una guarida de goblins. ¡Y tú criticas mi atolondramiento! En cuanto vislumbren la aureola luminosa de tu cayado, los moradores de esa jungla se sentirán atraídos hacia ella como la po­lilla hacia el fanal. Los caballos están extenuados, y tú apenas puedes respirar. ¿Qué pasará en el caso de que tengamos que enfrentarnos a un enemigo, a algún ente vivo o muerto que nos aceche desde las sombras? Acampemos aquí y partamos al despun­tar el nuevo día, una vez hayamos repuesto fuerzas.

El hechicero se quedó inmóvil y, con las manos en­lazadas en el pomo de su montura, miró a su geme­lo. Intentó discutir, pero se lo impidió un virulento acceso de tos que le hizo desistir de su empeño. Re­signado, soltó la silla y se apoyó en el terso flanco del corcel.

—Tienes razón, hermano —asintió en un murmu­llo entrecortado.

Asustado por su inusitada docilidad, más aún que por su quebranto, el hombretón hizo ademán de auxi­liarlo. Antes de que Raistlin se percatara, no obstan­te, contuvo su ímpetu, consciente de que tal desplie­gue sólo obtendría un humillante rechazo. Como si nada hubiera sucedido, desanudó de las cinchas la cama de campaña mientras parloteaba con aire ca­sual sobre cuestiones prácticas, intrascendentes.

—Extenderé tu lecho para que te acuestes. Me arriesgaré a encender una pequeña fogata y, de ese modo, podrás calentar esa pócima que tanto te ali­via. Luego sacaré la carne y las verduras que me ha dado Garic, unas provisiones exiguas pero que, gui­sadas adecuadamente, nos proporcionarán alimen­to. Haré un estofado, como en los viejos tiempos. »¡Por los dioses! —exclamó sonriente—. Pese a ig­norar de dónde surgiría el próximo acero destinado a traspasarnos, comíamos bien en nuestras corre­rías. ¿Te acuerdas? Nada nos quitaba el apetito, y tú solías arrojar a la marmita una hierba especiada. ¿Qué era? —Fijó la vista en lontananza, en su afán de desentelar las brumas del olvido—. Vamos, ayú­dame, se trataba de uno de tus ingredientes mági­cos. Tengo el nombre en la punta de la lengua. Se ase­mejaba a nuestro apellido. ¿Majerina, merjoría? ¡Ja! —se carcajeó—. Acabo de rememorar aquella ocasión en que tu maestro nos sorprendió cocinando con los componentes arcanos como aditamento. Casi se des­mayó.»

Suspiró, y se aplicó a la ardua tarea de aflojar los nudos.

—He probado platos exquisitos desde entonces —prosiguió al rato—, en las situaciones más dispa­res que cabe imaginar. Me he regalado en palacios, bosques elfos y mugrientas posadas, mas nunca ha­llé nada equiparable a nuestro estofado. Me gusta­ría hacerlo de nuevo, aunque no sé si me saldrá igual de sabroso...

Le interrumpió un quedo crujir de tela y, sabedor de que Raistlin había vuelto la encapuchada cabeza y le examinaba con suma atención, tragó saliva y se concentró en su tarea. Había expuesto ante el mago su lado vulnerable, así que no le quedaba otra alternativa que soportar su censura, su burla escarne­cida.

Los ropajes crujieron de nuevo, y el guerrero notó que depositaban en su mano una liviana bolsa.

—Mejorana —le aleccionó Raistlin—. La hierba se llama mejorana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

Muerte en el valle

 

 

Hasta que no llegó a los aledaños de la aldea, Crysania no se percató de que algo extraño sucedía.

Caramon lo habría advertido sólo con otear el pa­norama desde lo alto de la colina. Habría reparado en la ausencia en las chimeneas del humo revelador de que se preparaban las cenas en los hogares. Y tam­bién le habría sorprendido el silencio antinatural. No se oían los gritos de las madres llamando a sus hi­jos, ni las estrepitosas recuas de bueyes que tiraban de los arados camino del reposo, ni los alegres salu­dos de los vecinos al recogerse en sus moradas tras una larga jornada de faenar en los campos. Tampo­co le habría pasado inadvertida al general la quie­tud en la normalmente animada fragua, ni habría de­jado de preguntarse el motivo de que en las ventanas no brillase el reflejo de los candiles. Y, al alzar la vis­ta, habría distinguido alarmado la enorme cantidad de carroñeros que revoloteaban en círculos sobre el pueblo.

Todo esto habría llamado la atención del guerre­ro, de Tanis el Semielfo o de Raistlin, quienes, de te­ner que seguir adelante, lo habrían hecho con la mano en torno a la empuñadura de la espada o un hechizo defensivo en los labios.

No obstante, la sacerdotisa penetró despreocupa­da en el lugar y transcurrieron unos minutos antes de que experimentara un primer asomo de inquie­tud. Nació este sentimiento cuando, al mirar a su al­rededor, no vio a nadie. Escudriñó su entorno, y al hallarlo vacío, levantó los ojos hacia el cielo. Fue en­tonces cuando descubrió a las aves, cuyos chillones graznidos frente a su intrusión interrumpieron el hilo de sus meditaciones. Los pájaros se alejaron en la creciente penumbra para, con un perezoso aleteo, posarse en los árboles o fundirse en las sombras del ocaso.

Sin conceder excesiva importancia a este hecho, Crysania desmontó delante de un edificio que una enseña proclamaba como albergue y, después de atar su caballo a un poste, se acercó a la puerta princi­pal. Si en realidad se trataba de una posada era pequeña, pero bien construida y con un ambiente aco­gedor gracias a las cortinas con volantes que, en medio de la desolación, le conferían un aspecto con­trario al pretendido. En efecto, a la dama el estable­cimiento se le antojó siniestro a causa de la paz sobrenatural que lo envolvía. No ardían luces en el interior, y la noche comenzaba a engullar el arraci­mado caserío. Estremecida, abrió el acceso.

—¡Hola! —saludó vacilante; pero sólo contestaron a su llamada los discordantes gritos de las aves—. ¿Hay alguien aquí? Busco un aposento...

Murió su voz, consciente de que la sala estaba de­sierta. Quizá la población en peso había abandona­do la aldea para unirse al ejército de Fistandantilus. Ella misma había sido testigo del poder de convoca­toria de Caramon y sus seguidores. Mas, de ser tal el caso, sólo habrían quedado los muebles, ya que todos cuantos se enrolaban llevaban consigo sus per­tenencias. En aquel comedor, en cambio, incluso ha­bía una mesa servida.

Al adaptarse sus ojos a la tenue luminosidad, atis­bo copas llenas de vino y botellas abiertas sobre el sencillo mantel. Un examen más minucioso le reve­ló que no había comida y que los platos se encontra­ban fragmentados en el suelo junto a unos huesos roídos. Dos perros y un gato que merodeaban alre­dedor de éstos, hambrientos en apariencia, le dieron una idea de lo ocurrido.

Una escalera conducía al piso superior. Pensó en subir a inspeccionar, pero le faltó valor y decidió dar antes una vuelta por el lugar. Alguien debía de quedar, alguien que pudiera explicarle qué estaba suce­diendo.

Recogió un fanal, prendió la mecha con la yesca de su hatillo y volvió a salir a la calle, sumida ahora en una absoluta negrura. ¿Dónde podían estar los ha­bitantes? Aquella soledad no era fruto de un ataque, de haber sido así las secuelas de la lucha se harían patentes en signos tales como cantos desportillados en el mobiliario, restos quebrados de armas, char­cos de sangre e, inevitablemente, cadáveres.

Aumentó el desasosiego de la sacerdotisa al dete­nerse frente a la venta. Su equino relinchó en cuan­to traspasó el umbral. La asustada mujer hubo de refrenar su impulso de saltar sobre el lomo del cor­cel y huir a toda velocidad. El animal estaba cansa­do, no podía continuar viaje sin dormir ni alimen­tarse. Este último pensamiento indujo a Crysania a desanudar el ronzal y conducirlo hasta las cuadras, que se hallaban situadas en la fachada trasera del local. Estaban vacías, algo que nada tenía de insóli­to si se considera que los caballos eran un lujo en los tiempos que corrían. Al menos, en las dependen­cias había abundante forraje y agua que aliviarían las necesidades del corcel y que, además, demostra­ban que se recibían huéspedes con cierta frecuen­cia. Colocando el fanal en un estante, la dama soltó las cincha y, una vez hubo desensillado a su cabalgadura, procedió a cepillar su pelaje.

Sabía que sus movimientos eran torpes, desatina­dos, debido a la falta de práctica en tales meneste­res, pero el equino piafó satisfecho y, cuando lo dejó a su albedrío, se dirigió a un montículo de heno y empezó a ramonear.

Tras recuperar el candil, la sacerdotisa regresó a las despobladas, lóbregas callejas. Ojeó las vivien­das, las exiguas vitrinas de los comercios, sin éxito. No había un ser viviente.

De pronto, al cruzar la calzada, oyó un ruido. Su corazón cesó de latir, la luz del farolillo osciló en su trémula mano. Interrumpió su deambular para agu­zar sus sentidos, diciéndose que era un animal el que había provocado aquellos ecos.

No, estaba equivocada. Se repitió el sonido y la sacerdotisa constató que provenía de una acción acompasada, siempre la misma, y que por lo tanto había en ella un propósito definido. Era singular, pa­recía como si alguien removiese tierra y luego la arrojara a un agujero en puñados de bastante peso. Nada había de ominoso o amenazador en aquel tra­jinar y, sin embargo, Crysania se resistía a investi­gar su origen.

«¡Soy una necia!», se reprendió a sí misma. Dis­gustada por su cobardía, desencantada frente al re­vés que sufrían sus planes y, sobre todo, ansiosa de descubrir qué pasaba, echó a andar en actitud resuel­ta. A pesar del arrojo que le imponía su voluntad no pudo evitar que su mano, por su propia iniciativa, asiera el Medallón de Paladine.

Se acrecentó el volumen acústico del trasiego al llegar al final de la hilera de casas que contenía su expansión. Mientras doblaba, sigilosa, la esquina, la dama comprendió que debería haber amortiguado la llama de su fonal. Demasiado tarde, al sentirse ilu­minada, la figura que producía los peculiares ruidos se giró de manera abrupta sobre sus talones, puso la mano en visera sobre sus ojos y examinó a la re­cién llegada.

—¿Quién eres? —inquirió con timbre masculino—. ¿Qué quieres de mí?

El hombre no dio muestras de espantarse. Tan sólo hizo un gesto que denotaba agotamiento como si Crysania, al irrumpir en su trabajo, constituyera una molestia adicional.

En vez de contestar, la animosa mujer se aproxi­mó al desconocido. Sus sospechas eran ciertas: aquel individuo desplazaba tierra con ayuda de una pala que, en el radio de acción del candil, se dibujaba ní­tidamente. Tan atareado estaba que ni siquiera se ha­bía dado cuenta de que ya era de noche.

Alumbrando el rostro del curioso individuo, la mu­jer le escrutó. Era joven, no sobrepasaba la veinte­na. Sus facciones eran las de un humano pálido, se­rio, y lo cubrían unas vestiduras que, de no ser por el irreconocible signo que adornaba su pectoral, su observadora habría identificado como un hábito cle­rical. Al abordarlo, Crysania lo vio vacilar. De no apoyarse en su herramienta quizás habría caído al sue­lo y, aun así, estaba tan extenuado que apenas po­día sostenerse en pie.

Olvidados sus resquemores, la Hija Venerable co­rrió a socorrerlo. Pero él reprimió su impulso me­diante un seco ademán.

—¡Aléjate! —le ordenó.

—¿Cómo? —vociferó, atónita, la dama.

— ¡Aléjate! —persistió él en tono más apremiante.

La pala se negó en ese instante a prestarle sopor­te y se desplomó sobre sus rodillas, al mismo tiem­po que se apretaba el estómago con las manos cual si lo atormentara un dolor insufrible.

—Me niego a obedecerte —se rebeló Crysania, re­misa a abandonar a un herido o un enfermo.

Cuando se inclinaba hacia él a fin de rodearlo con su brazo y ayudarlo a incorporarse, la mirada de la sacerdotisa se posó de forma accidental en su tarea. Quedó petrificada.

Lo que se desplegó ante sus pupilas, los ruidos que tanto la habían intrigado, respondían a un tétrico afán. El joven humano estaba tapando una tumba co­lectiva.

En el fondo de la fosa se amontonaban los cuer­pos exánimes de niños y adultos. No se adivinaban en ellos señales de violencia, ni tampoco llagas o hue­llas de sangre. Sea como fuere, era indiscutible que todos estaban muertos y, a juzgar por el abultado amasijo que constituían, debía de tratarse de la po­blación entera.

Estudió con más detenimiento al muchacho y vis­lumbró, además del sudor que chorreaba por sus pómulos, sus ojos vidriosos. Tales síntomas de ca­lentura no le dejaron lugar a dudas sobre lo que acontecía.

—Intenté prevenirte —dijo él, medio asfixiado—. Padezco fiebres infecciosas.

—Acompáñame —repuso la dama, compadecida.

Tras volver la espalda al dantesco espectáculo de la fosa, sostuvo al doliente con ambos brazos sin arre­drarse por sus forcejeos.

—¡Olvídame! —le suplicó el enfermo—. Te conta­giaré mi mal y perecerás en pocas horas.

—Estás en el límite de tus energías; necesitas des­cansar —se impuso Crysania.

—Pero he de llenar la fosa —se obstinó el joven, puesta la vista en la sombría bóveda celeste donde planeaban, expectantes, las carroñeras—. Esas aves mutilarán los cadáveres.

—Sus almas han volado junto a Paladine; eso es lo que importa —le atajó la sacerdotisa quien, pese a su aplomo, hallaba dificultad en controlar la náu­sea que le inspiraba la anticipación del festín que no tardaría en comenzar—. Sólo sus esqueletos yacen en esa tumba; incluso ellos comprenden que los vivos tienen prioridad.

Suspirando, demasiado frágil para argumentar, el muchacho enterró la cabeza en el pecho y se agarró al hombro de la sacerdotisa. Tal era su delgadez, que ella casi no notó su peso. No pudo por menos que preguntarse cuántas horas hacía que no ingería una comida sustancial.

Despacio, a trompicones, partieron del improvisa­do cementerio.

—Aquélla es mi morada —anunció el quebranta­do humano, a la vez que señalaba un cobertizo er­guido en las afueras del pueblo.

Crysania asintió y le invitó a relatar los sucesos, con el único objetivo de sustraerse al sordo batir de alas que retumbaba en sus oídos.

—No hay mucho que contar —susurró él, víctima de pertinaces escalofríos—. Las fiebres sobrevienen súbitamente, sin dar opción a combatirlas. Ayer los niños jugaban en los patios y, antes del anochecer, morían en brazos de sus madres. Había mesas dis­puestas para una cena que nadie probó. Esta maña­na los que aún podían moverse cavaron ese pozo, un sepulcro que, como bien sabían, habría de recibir también sus despojos.

Ahogó su voz un espasmo de dolor. Su acompañan­te se apresuró a consolarlo.

—Todo irá bien, no temas —le dijo—. Te acostaré, te daré agua fresca y dejaré que duermas. Mientras velo tu sueño, rezaré.

—¡Plegarias! —exclamó el otro con amargo acento—. Las he agotado todas. Yo era el clérigo de  la aldea —explicó a su asombrada oyente—, y ya ves el efecto que han surtido mis oraciones —se lamen­tó, torcido el rostro hacia la fosa.

—No malgastes tus fuerzas —le conminó la sacer­dotisa.

Habían llegado a la cabaña. Tras depositar al pa­ciente en el lecho, la dama cerró la puerta y, acer­cándose a la chimenea, prendió una fogata con los leños que ya había dispuestos y la llama de su faro­lillo. Una vez se hubo asegurado de que ardía, encen­dió algunas velas y volvió junto al joven, que había espiado todos sus movimientos.

Conocedora de los cuidados que aquella criatura precisaba, Crysania instaló una silla al lado de la cama, vertió agua en una jofaina y, ya sentada, hun­dió un paño en el líquido para extenderlo sobre su frente. De este modo pretendía refrescar sus sienes, que parecían a punto de estallar.

—También yo pertenezco a una orden clerical —de­claró, al mismo tiempo que palpaba el talismán de su cuello—. Voy a rogar a mi dios que te cure.

Posó el recipiente en una mesa que había cerca del lecho, extendió ambas manos y aferró los hombros del joven.

—Paladine —musitó—, yo te invoco...

—¿Cómo? —la interrumpió el muchacho—. ¿Qué haces?

—Intento sanarte —contestó la aludida, dedicán­dole una sonrisa cargada de paciencia—. Soy una sa­cerdotisa de la divinidad que me has oído mencionar.

—¿De Paladine? —En el demudado rostro del muchacho se hacía ostensible su incredulidad. Con­tuvo el resuello y, con la mirada prendida de la mu­jer, protestó—: ¡Eso es imposible! Todos sus siervos desaparecieron poco antes del Cataclismo, o al me­nos así lo ha transmitido el rumor popular.

—Se trata de una larga historia —confesó la dama, ocupada en arroparlo con las mantas— que reservo para cuando te encuentres restablecido. De momen­to, conténtate con saber que soy una de las Hijas Ve­nerables de ese gran dios y que, a través de mí, él te devolverá la salud.

— ¡No! —vociferó el doliente, quien, para impedir que prosiguiera, asió la mano femenina con una fir­meza impensable en sus condiciones—. Yo mismo soy un ministro al servicio de los buscadores, y oré fervientemente por el bienestar de los fieles que me fueron asignados. No pude hacer nada. Todos sucum­bieron —agregó en un murmullo agónico—. Mis sú­plicas no obtuvieron respuesta.

—Porque rindes culto a ídolos falsos —dictaminó Crysania, aleccionadora.

Con suavidad, la sacerdotisa apartó del semblan­te del enfermo los desordenados mechones que, sa­turados de sudor, se adherían a su piel. Él alzó los párpados y la observó sin pestañear. Era un hombre atractivo, percibió Crysania desde su distante supe­rioridad. Tenía los ojos azules y el cabello dorado.

—Agua —pidió el muchacho a través de sus labios cuarteados.

Solícita, la sacerdotisa lo ayudó a incorporarse y lo sostuvo mientras saciaba su sed. Cuando hubo re­clinado de nuevo la cabeza en la almohada, el cléri­go la escrutó aún unos segundos antes de relajar, ex­tenuado, sus músculos.

—¿Conoces a Paladine, el antiguo dios del Bien? —indagó Crysania.

—Sí, le conozco a él y también a los otros dos —balbuceó el interpelado con un extraño brillo en sus ojos—. He tenido noticia de sus acciones, de cómo nos trajeron tempestades, plagas y un sinfín de desastres de todo género hasta devastar el mun­do. Luego, cumplido su propósito, se desvanecieron, desoyendo nuestros clamores en el momento en que más los necesitábamos.

Ahora fue la mujer la que fijó su vista en el yacien­te. Estaba preparada para enfrentarse a la negación, incluso la absoluta ignorancia de su divinidad. Po­día vencer mediante sus pláticas la irracionalidad de una turba supersticiosa, pero no el resentimiento que destilaba el enfermo. Había huido en pos de seres incultos, desorientados, y se tropezaba con una tumba colectiva y un clérigo moribundo.

—Los dioses no nos abandonaron —bramó, auto­ritaria, tanto que su voz temblaba—. Están aquí. Sólo aguardan los ecos de una plegaria sincera. La perversidad que azota Krynn procede del hombre; él la llamó con su arrogancia y su obstinación.

Mientras hablaba le vino a la memoria el episodio, aún futuro, en el que Goldmoon salvaría a Elistan y lo convertiría a la auténtica fe. Tales imágenes la llenaron de júbilo. Ahora se le ofrecía a ella la opor­tunidad de adelantarse a la princesa bárbara en la persona de aquel enfermo.

—Primero conjuraré el mal que te consume —de­cidió—; más tarde habrá tiempo de dialogar e indu­cirte a comprender.

Se arrodilló en el flanco del camastro, asió el Me­dallón y reanudó su demanda al hacedor que vene­raba. No obstante, antes de que pronunciara el nom­bre de Paladine una mano se cerró en torno a su muñeca y, violenta, la obligó a soltar el talismán. Sobresaltada, levantó los ojos. Era el joven clérigo quien, pese a su fragilidad y a las convulsiones de la fiebre, la estudiaba con una paz que parecía bro­tar de sus entrañas.

—Estás en un error —la corrigió—; eres tú quien debe comprender. No has de persuadirme de nada, te creo. —Hizo una pausa para explorar las sombras circundantes y, con una amarga sonrisa, concluyó—: Paladine te acompaña. Siento su inefable presencia. Quizás en el umbral de la muerte me ha sido otor­gada la gracia de vislumbrarle a través de las tinie­blas.

—¡Eso es magnífico! —se regocijó la sacerdotisa, casi en éxtasis—. Puedo...

—¡Aguarda! —consiguió intercalar el clérigo an­tes de enmudecer, forzado a tomar aliento por tan agotador despliegue de energías. Ya más tranquilo, sin liberar la mano de la dama, continuó su dis­curso—. Te creo, sí, y ése es precisamente el motivo de que rehuse ser curado.

—¿Cómo? —Crysania lo examinó confundida has­ta que, transcurridos unos segundos, sentenció—: Deliras, no sabes lo que dices.

—¿De verdad? —la desafió el joven—. Fíjate bien en mí. ¿Descubres algún signo de demencia?

La sacerdotisa obedeció; hubo de guardar silencio al no detectar tales síntomas.

—Admítelo, estoy tan cuerdo como tú. Tengo ple­na conciencia de cuanto sucede.

—Entonces, ¿por qué...?

—Porque —la atajó el muchacho—, si Paladine se halla en esta cabaña, y no dudo de que así sea, aún me indigna más que haya permitido la ruina de mi pueblo. Les ha dejado morir, no se inmuta frente al sufrimiento de sus criaturas. —Cada sílaba surgía en un jadeo que delataba su desgarro, pero no por ello desistió—. Él provocó esta calamidad o, peor aún, la consintió. ¿Por qué? —preguntó a su vez—. Contéstame, ¿por qué?

Crysania se hundió en el desaliento, en una oscu­ridad más negra que la noche. El clérigo acababa de formular sus propios titubeos, los que Raistlin le atribuyera en una de sus conversaciones en Istar. ¿Cómo iba a iluminarle si ella era la primera que buscaba ansiosa una respuesta?

Tumefactos los labios, la dama se limitó a repetir los axiomas de Elistan.

—Debemos conservar la fe; los caminos de los dio­ses son inescrutables.

Su oyente meneó la cabeza y, lánguido, reposó unos minutos. También la sacerdotisa se inmovilizó, iner­me ante la manifestación de ira que acababa de pre­senciar. «Lo sanaré de todos modos —determinó—. Está enfermo, débil de cuerpo y de alma. En tal es­tado es imposible hacerle entrar en razón.»

No; era consciente de que no lo lograría, de que la divinidad no atendería a su ruego. Quizás en otras circunstancias le habría concedido su favor, pero ahora, en su infinita sabiduría, llevaría al clérigo has­ta su seno y despejaría allí todas las incógnitas.

De pronto, junto a esta certidumbre, la asaltó otra no menos inquietante: no podía alterarse el tiempo. Sería Goldmoon quien instaurara la antigua religión en el mundo, en una época en que se hubiera mitiga­do la inquina en el espíritu de los hombres y éstos se hallaran dispuestos a escuchar y aceptar. No antes.

Se sintió abrumada por su fracaso. Arrodillada to­davía al lado del lecho, ocultó el rostro entre las ma­nos y pidió perdón por su incapacidad para acatar los designios del destino.

Alzó los ojos al notar el contacto de una mano en su cabello. El agonizante la observaba con una ex­presión mezcla de placidez y arrepentimiento.

—Lamento haberte defraudado —susurró, torci­dos sus labios resecos.

—Me hago cargo —le aseguró ella—. Respetaré tus deseos.

—Gracias.

Ambos permanecieron callados largo rato, en el que sólo alteró la quietud la dificultosa respiración del enfermo. Cuando Crysania hizo ademán de levan­tarse, el infortunado clérigo masculló:

—¿Harías algo por mí?

—Lo que quieras —ofreció la sacerdotisa, esfor­zándose en sonreír, pese a que apenas podía verlo a través de las lágrimas.

—Quédate junto a mí esta noche. Así la muerte se me antojará más liviana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

La insistente pesadilla

 

 

«Asciendo la escalera que conduce al cadalso. Ten­go la cabeza inclinada, me han atado las manos a la espalda. Forcejeo para liberarme mientras subo, pero sé que es inútil. Durante días, semanas, me he deba­tido sin éxito.

»Tropiezo con el repulgo de mi túnica. Alguien im­pide mi caída, me sostiene y, sin embargo, me obli­ga a seguir. Alcanzo la cúspide. El tajo, manchado de sangre, se yergue ante mí. Realizo un supremo es­fuerzo, he de soltar mis manos. Tan sólo aflojar las ligaduras, utilizar mi magia y ¡huir!

»—No hay escapatoria —brama mi verdugo entre risas, y constato que soy yo quien ha hablado. Reco­nozco mi voz, mi sarcasmo—. Arrodíllate, patético he­chicero. Coloca tu cabeza en la fría y ensangrentada almohada del sueño eterno.

»¡No! Lanzo aullidos de terror, de furia, y entablo una lucha desesperada, mas unas garras me atena­zan. Me hacen hincar las rodillas, y mi carne roza la gélida superficie del tajo. Me convulsiono, me re­tuerzo, vocifero sin que nadie me preste atención.

»Me cubren con una capucha negra y, aunque amortiguados, oigo los pasos del ejecutor. Sus oscu­ros ropajes crujen alrededor de sus tobillos cuando enarbola el hacha...»

—¡Raistlin, despierta!

El nigromante abrió los ojos; pero cegado por el terror, de momento no adivinó dónde estaba ni quién le había llamado.

—Raistlin, ¿qué te sucede? —inquirió la misma voz.

Unos poderosos brazos lo sujetaron, un timbre fa­miliar, teñido de preocupación, se impuso al zumbi­do del arma que descargaba el verdugo.

—¡Caramon! —suplicó el mago a su hermano, abrazándose a él—. ¡Socórreme! Deténles, no permi­tas que me asesinen. ¡Vamos, actúa!

—Tranquilízate, no osarán lastimarte si yo estoy a tu lado —murmuró el hombretón y, protector, aca­rició su cabello—. Silencio, ya ha pasado todo.

Apoyada la cabeza en el pecho del guerrero, acuna­do por su palpito regular y sosegado, Raistlin emi­tió un hondo suspiro. Entornó entonces los pár­pados y, en la beatífica penumbra, prorrumpió en llanto.

—Resulta paradójico, ¿no te parece? —comentó el hechicero unas horas más tarde, mientras su geme­lo avivaba el fuego y ponía a calentar una marmita llena de agua—. Soy el nigromante más dotado de cuantos pisaron Krynn, y una pesadilla me convier­te en un niño desvalido.

—Eso significa que eres humano —rezongó Cara­mon, inclinado sobre la olla a fin de vigilar la ebulli­ción como si, de esta manera, pudiera precipitarla—. Tú mismo lo dijiste.

—Sí, humano —repitió Raistlin salvajemente, arre­bujado en su atuendo de campaña para contener los escalofríos.

Al percibir su acento el hombretón le lanzó una furtiva mirada. Aquella rabia le recordó las revela­ciones que le hicieran Par-Salian y sus colegas en el cónclave celebrado en la Torre de la Alta Hechice­ría. Según la egregia asamblea, su hermano se pro­ponía desafiar a los dioses e instituirse en uno de ellos.

Bajo el atento escrutinio del guerrero, el mago do­bló las piernas y, una vez levantadas las rodillas, posó las manos en ellas para reclinar, a su vez, la cabeza encima de las palmas. Una singular sensación de as­fixia aprisionó la garganta del observador quien, al evocar las tiernas emociones que experimentara cuando su enteco gemelo buscó cobijo en su cuer­po, trató de concentrarse en el burbujeante líquido, próximo ya al hervor. De pronto, Raistlin irguió la cabeza.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó al mismo tiempo que el general, que también había percibido un rui­do, se ponía en pie.

—No lo sé —confesó el hombretón aunque con voz queda, aguzados todos sus sentidos.

De puntillas, sigiloso, el guerrero avanzó hacia su cama de campaña y, con sorprendente rapidez, asió su espada y la desenvainó. El hechicero, no menos raudo, agarró el Bastón de Mago que yacía en su pro­ximidad y, deslizándose como un gato, volcó la mar­mita y apagó la fogata. La negrura se cernió sobre ellos en medio de los siseantes sonidos producidos por las brasas al extinguirse.

Mientras se concedían unos instantes en los que acostumbrar sus ojos a la súbita penumbra, ambos hermanos se mantuvieron inmóviles, atentos a cual­quier indicio de peligro.

El riachuelo junto al que habían acampado salta­ba susurrante entre las rocas, las ramas de los árbo­les crujían y las hojas se agitaban al son de la brisa que, recién levantada, ululaba en la noche otoñal. Pero lo que los dos hombres escuchaban no eran los elementos, ni el viento a su paso por el bosque, ni el arrullo del agua.

—Viene de ahí —anunció Raistlin a su vecino—. De la arboleda, pasado el torrente.

Eran unos ecos discordantes; parecían los araña­zos de alguien que quisiera abrirse camino en un te­rritorio ignoto. Se prolongaron unos segundos, mu­rieron y volvieron a reanudarse. O bien, como habían supuesto, los provocaba una criatura poco familia­rizada con la región, o bien se trataba del torpe an­dar de un par de botas.

— ¡Goblins! —sugirió Caramon. Enarbolada su arma, intercambió una fugaz mirada con su hermano. Los años de oscuridad, de alejamiento entre ellos, los celos, el odio, todo se difuminó en aquel instante. Al reaccionar ante una amenaza se fundieron en uno al igual que en las en­trañas maternas.

Moviéndose con suma cautela, el aguerrido hombretón empezó a cruzar el curso fluvial. Lunitari, la luna encarnada, destellaba a través del ramaje, aun­que por hallarse en su primera fase, se asemejaba al pabilo de una vela agotada y apenas proyectaba luz. Temeroso de tropezar con un guijarro, Caramon tan­teaba el lecho del río antes de apoyarse con todo su peso. El nigromante lo siguió en la travesía, apoya­da una mano en el bastón arcano y la otra en el hom­bro de su compañero a fin de conservar el equilibrio.

Atravesaron el río, tan silenciosos como el aire, y llegaron a la otra orilla. Oyeron de nuevo el singular murmullo, sin duda procedente de un ser animado pues persistía incluso cuando cesaba la brisa.

—La retaguardia de unos salteadores —aventuró el fornido luchador, girando la cabeza hacia su ge­melo y vocalizando lo mejor que supo.

Raistlin asintió. Las bandas de ladrones goblins solían designar exploradores para que vigilasen el camino y rastrearan a posibles espías mientras los otros atacaban los poblados. Como era una tarea aburrida, y significaba además que los elegidos no tomarían parte en los asesinatos ni en el reparto del botín, lo más habitual era que tal cometido recaye­ra sobre los menos dotados, los miembros del gru­po de los que mejor podía prescindirse.

De repente, el mago cerró la mano sobre el ancho hombro del guerrero al fin de imponer una pausa.

—¡Crysania! —masculló—. ¡La aldea! Tenemos que averiguar dónde está esa cuadrilla de maleantes.

—Lo apresaré vivo —prometió Caramon, a la vez que indicaba con un significativo gesto que atenaza­ría la garganta del primer globin que encontrase.

—Y yo le interrogaré —apostilló el mago, satisfe­cho, con una sonrisa de complicidad y un ademán que no denotaba menor fiereza.

Juntos se internaron en la senda mas sin alejarse de las sombras, de tal manera que los intermitentes haces lunares no pudieran reverberar en el escudo ni en la espada. Aunque irregulares, los susurros re­nacían siempre poco después de interrumpirse y no sugerían el menor desplazamiento, como si quien los emitía no tuviera idea de la proximidad de los expe­dicionarios. Los gemelos caminaron un corto tramo por la linde del sendero hasta hallarse, según sus cál­culos, frente al enemigo.

Ahora distinguían con perfecta claridad el ruido, que surgía del bosque a escasa distancia del lugar donde se habían apostado. Tras dar un rápido vista­zo a su entorno, Raistlin atisbo con sus penetrantes ojos una angosta trocha. Apenas discernible bajo la pálida luz de la luna y las estrellas, constituía una ramificación del trazado principal y, como las innu­merables veredas que desbrozaban los pobladores animales de la espesura, conducía al torrente. Era un excelente escondrijo para los centinelas de las bandas de forajidos, ya que les facilitaba el acceso a la senda si decidían arrojarse contra un rival y si, por el contrario, este último se les antojaba invenci­ble, les proporcionaba una espléndida vía de escape.

—Aguarda aquí —ordenó el corpulento luchador.

El nigromante respondió mediante un mudo asen­timiento y Caramon, complacido de no enfrentarse a una réplica, estiró la mano para apartar una rama colgante antes de jalonar entre la maleza el sendero animal, que se perdía en el corazón de la espesura.

El hechicero se situó junto a un grueso tronco ar­bóreo, hundidos sus delgados dedos en uno de sus incontables bolsillos secretos. Extrajo una pelotita de heces de murciélago, espolvoreó un puñado de azufre y repitió mentalmente la fórmula de un sortilegio. Sin embargo, pese a estar concentrado en este quehacer no dejó de percibir el estrépito que hacía Caramon en sus evoluciones.

En efecto, los denodados intentos del humano para preservar la quietud no impidieron que retumbasen en el aire los chasquidos de su coraza de cuero, el tintineo de sus hebillas metálicas y los quiebros de la pinaza bajo sus rotundos pies. Por fortuna, pensó el mago, su proyectada presa organizaba también tal estruendo que existía la posibilidad de que no le oyese.

Un alarido espeluznante rasgó el aire, sucedido por un zumbido y una retahíla de gritos que hacía supo­ner que un centenar de hombre habían irrumpido en el agreste paraje.

—¡Raist, ayúdame! —vociferó alguien, Caramon a juzgar por su timbre.

Era innegable que se estaba debatiendo con todas sus fuerzas, así lo confirmaban el ajetreo, los ruidos sordos de la hojarasca y el matraqueo de los leño­sos miembros de la espesura. Tras recoger su holga­da túnica, Raistlin echó a correr por la vereda, olvi­dada la necesidad de camuflarse. Lo curioso del caso era que los gritos de su hermano, aunque amortigua­dos, no expresaban ahogo ni dolor.

En su desenfrenada marcha, el archimago se de­sentendió de los latigazos que le infligían en el ros­tro las ramas bajas y las desgarraduras que los ar­bustos de espino producían en sus vestiduras. Al salir, de modo tan imprevisto como repentino, a un claro, se detuvo al lado de unos matorrales y se acu­clilló. Vio delante de él un impreciso movimiento, una sombra gigantesca que parecía suspendida en el aire. Contra ella, también flotando en el aire, lu­chaba Caramon, si bien su figura se había desdibu­jado y tan sólo sus enfurecidos reniegos delataban su presencia.

Ast kiranann Soth-aran, suh kali Jalaran.

El hechicero entonó esta esotérica frase y lanzó so­bre su cabeza la bola rebozada de azufre, en direc­ción a las frondosas copas. Hubo un instantáneo es­tallido de luz en la vegetación, festoneado por una aureola flamígera. Prendió acto seguido un fuego en las verdes alturas que iluminó la escena.

Sin previa reflexión, Raistlin cargó contra la im­ponente criatura armado con sus encantamientos y unas lenguas ígneas en las puntas de sus dedos. No obstante, sofocó su arranque un espectáculo que lo privó del resuello.

En medio del claro, colgado por una cuerda de un macizo árbol, estaba Caramon. A su lado, enloque­cido a causa de las llamas, gemía un conejo en idén­tica situación.

El nigromante contempló perplejo a su gemelo quien, sujeto por una pierna, daba incesantes vuel­tas en medio de una lluvia de cortezas chamuscadas.

— ¡Raist! —seguía suplicando—. ¡Bájame de aquí!

Un giro completo colocó su faz a la vista del re­cién llegado. Enrojecido, con la sangre agolpada en los pómulos, hizo una mueca avergonzada.

—Una trampa para lobos —se disculpó.

Teñía la espesura un resplandor anaranjado. El fuego se reflejaba en la espada del hombretón, que yacía en el suelo allí donde la había soltado, y arran­caba fulgores de las piezas de su armadura en sus continuadas rotaciones. También en las pupilas del conejo, de pequeño tamaño ahora que las sombras no lo magnificaban, se recortaban los contornos de las copas incendiadas.

Raistlin no pudo contener la risa y este hecho hi­rió en su amor propio al guerrero, quien, en su posi­ción invertida, se dio impulso a fin de encararse con él y torció el cuello en un vano afán de reprenderle en igualdad de condiciones.

—¡Vamos, Raist, no tiene gracia! ¡Desátame!

Se ensanchó la mueca divertida del mago; los hom­bros le temblaban en su esfuerzo de no prorrumpir en carcajadas.

— ¡Maldita sea, hermano! ¡Haz algo de una vez! —insistió el general.

Encolerizado como estaba, hizo unos bruscos as­pavientos con los brazos que alteraron su trayecto­ria. En lugar de trazar una órbita circular, ahora comenzó a balancearse como un péndulo y el espantado animal, afianzada su pata en el otro extremo, quedó sometido a un vaivén similar en el que arañaba el aire en frenéticas convulsiones. Pronto se cruzaron los infortunados danzantes, enredándose sus cabos de cuerda o chocando sus cuerpos.

—¡Bájame! —rugió Caramon, coreado por un chi­llón alarido de su compañero de desdicha.

Frente a tan hilarante visión, en la memoria del archimago se avivaron los recuerdos de su juventud, unas evocaciones del pasado que tuvieron la virtud de diluir la negrura y el horror que corroían su alma desde hacía más años de los que estaba dispuesto a admitir. De nuevo era un adolescente esperanzado, lleno de sueños, de nuevo viajaba con su herma­no, la persona a quien más indisolubles lazos le ha­bían unido a lo largo de su existencia. Nadie le importaría tanto, tampoco en el futuro, como aquel botarate que le dirigía improperios.

Emocionado, regresó a la realidad. Al estudiar la grotesca figura que le increpaba, se dobló sobre sí mismo y se revolcó en la pinaza para entregarse a unas carcajadas que hicieron asomar las lágrimas a sus ojos.

El prisionero le lanzó una mirada furibunda. Pero aquella actitud en un hombre colgado del revés no hizo sino aumentar la jocosidad de su gemelo. Raistlin rió hasta que creyó que algo se había roto en su interior, generando un dolor que le hizo sentirse, paradójicamente, mejor que nunca. Se habían esfuma­do las tinieblas y, tumbado en el húmedo suelo bajo el radio luminoso de las llamas, arreciaron sus car­cajadas. La jovialidad fluía a través de sus venas cual un vino tonificador, tanto que Caramon, contagiado, se sumó a la algazara. Los atronadores espasmos de ambos volaron por la espesura, la invadieron de unos ecos renovadores que ahuyentaron su temible mis­terio.

Tan sólo los fragmentos vegetales que, socarrados, se estrellaban contra la tierra, devolvieron la com­postura al hechicero. Se secó los profusos lagrimo­nes y, tan débil que apenas podía sostenerse, se in­corporó para sacar de su escondite la daga de plata que siempre portaba ajustada en la muñeca.

Erguido sobre sus talones, estirado el brazo, segó la cuerda que atenazaba el tobillo del hombretón, quien fue a dar con sus huesos en la tierra entre ine­quívocas maldiciones.

Todavía sonriente, el mago cortó asimismo las li­gaduras que algún cazador había anudado en torno a la pata trasera del conejo. Asió al animal y trató de transmitirle calor con tanto éxito que, aunque es­taba desencajada por el terror, la criatura permitió que su salvador le acariciara la cabeza. Al sentir que le acunaban sus entecos miembros y oír también sus dulces palabras de consuelo, recuperó poco a poco la calma, sumiéndose en una suerte de trance.

—Como antes indicaste, lo hemos atrapado vivo —dijo Raistlin a su gemelo—. Sin embargo, temo que no hemos de sonsacarle mucha información.

Tan purpúrea su faz que daba la impresión de ha­ber caído de bruces en un barril rebosante de pintu­ra, Caramon se sentó y empezó a frotarse su magu­llado hombro.

—Muy divertido —gruñó, al mismo tiempo que al­zaba los ojos hacia el conejo con una mueca entre disgustada y socarrona.

El incendio se extinguió en el maltrecho ramaje, si bien el aire estaba cargado de humo y el sotobosque ardía allí donde se desplomaron los rescoldos. Por fortuna, el otoño había sido lluvioso y la intensa humedad impidió que se propagaran estos pequeños conatos.

—Un hechizo estupendo —recriminó el hombretón a su gemelo al examinar las ruinas centelleantes del que fuera un prístino rincón. Rezongando y profirien­do lamentos inarticulados, se izó sobre sus talones.

—Siempre me gustó —coreó el nigromante, quien prefirió ignorar la crítica—. Me lo enseñó Fizban. Es­pero que no lo hayas olvidado. Creo que el anciano habría sabido apreciar semejante despliegue de po­der —añadió, puesta la mirada en el devastado paraje.

Con el animal en sus brazos, sin cesar de palpar suavemente sus sedosas orejas, Raistlin se alejó del claro. Mecido por los dedos del humano y sus hip­nóticas frases, el conejo cerró los ojos y se dejó lle­var sin recelo. Mientras, Caramon recogió la espada y los siguió renqueante.

—Esa dichosa trampa ha interrumpido la circu­lación de mi sangre —protestó, golpeando repetidas veces la planta del pie contra el suelo en un intento de normalizar su circulación.

Se habían acumulado unos densos nubarrones, que obstruían la luz de las estrellas y sofocaban por completo la de Lunitari. Al morir los últimos resqui­cios del fuego, el bosque quedó envuelto en una os­curidad tan insondable que ninguno de los herma­nos podía vislumbrar la vereda.

—Supongo  que  ya no  necesitamos  ocultarnos —murmuró el mago—. Shirak.

Al ser invocadas sus virtudes, la bola de cristal que coronaba el bastón empezó a refulgir en un aura ra­diante, arcana. Los gemelos regresaron al campa­mento en silencio, en ese grato mutismo de la cama­radería que no habían compartido durante mucho tiempo. Los únicos sonidos que rasgaban la quietud nocturna eran los relinchos de los caballos, los chas­quidos metálicos de la armadura de Caramon y el crujir de los ropajes del hechicero en su caminar. En una ocasión, oyeron un seco estrépito y se volvieron alarmados: era una rama que, marchita por el incen­dio, se había desprendido de su tronco.

Al llegar a su destino, Caramon atizó las ascuas aún incandescentes de su fogata y comentó obser­vando al conejo, que dormitaba en el regazo de Raistlin:

—Confío en que no lo consideres nuestro desayuno.

—No como carne de goblin —contestó el hechice­ro de buen humor.

Colocó a la criatura en la senda. Al entrar en con­tacto con el frío suelo, el conejo se despertó sobre­saltado y, tras contemplar el lugar para cerciorarse de su paradero, corrió a refugiarse en la espesura.

El guerrero suspiró al mismo tiempo que, sin per­der la sonrisa, se sentaba pesadamente junto a su rústica cama de campaña y se tanteaba el hinchado tobillo.

Dulak —musitó Raistlin con objeto de extinguir el halo luminoso del bastón.

Tras depositar el cayado al lado del lecho, el nigro­mante se arrebujó en sus mantas.

Acostado en la penumbra, volvió la pesadilla. En ningún momento había cesado de acecharle, sólo pre­cisaba del ambiente propicio para reaparecer. El mago se estremeció. Los escalofríos se entremezcla­ban en su ser con un sudor gélido que se manifesta­ba en el goteo de sus sienes. No osaba entornar los párpados y abandonarse al sueño, pese a lo extenua­do que se sentía. ¿Cuántas noches hacía que no lo visitaba un descanso reparador?

—Caramon —invocó a su hermano en un cuchi­cheo.

—¿Qué quieres? —indagó éste en la negrura.

—Caramon —repitió el hechicero después de una breve pausa—, ¿recuerdas que cuando éramos niños me asaltaban a menudo visiones espantosas en la madrugada?

Le falló la voz, irritadas sus cuerdas vocales por una molesta ronquera. Su interlocutor nada contes­tó, así que se aclaró la garganta a fin de continuar.

—Sólo tú podías ahuyentarlas, velando mi reposo.

—Cierto —confirmó el aludido, con un tono caver­noso que apenas disimulaba sus emociones.

—Caramon... —intentó proseguir Raistlin, mas no pudo concluir la frase.

El dolor y el agotamiento se hacían irresistibles, no lograba serenarse frente al implacable avance de la pesadilla agazapada en su imaginación.

Oyó un repiqueteo de piezas metálicas y una im­ponente sombra se materializó ante él, pero el mago salió de su espanto al reconocer al hombretón, quien, atento a su llamada de auxilio, se acomodó contra un tronco y depositó la espada atravesada sobre las piernas.

—Duerme, Raist —le invitó, y su áspera manaza le dio unas palmadas, toscas pero cariñosas, en el hombro—. Montaré guardia.

Relajado, el mago cerró los ojos y dejó que le in­vadiera un agradable sopor. Lo último que agitó su conciencia, en una suerte de ensoñación, fue la pro­ximidad de sus fantasmas, el perfil de sus huesudas manos resueltas a asfixiarlo y obligadas a retirarse por el destellante pertrecho de su gemelo.

 

7

Crysania confiesa su fracaso

 

 

El caballo de Caramon piafaba desasosegado mientras éste, a horcajadas en su grupa, se inclina­ba hacia adelante a fin de otear la arracimada aldea del valle. Con el ceño fruncido, el guerrero miró a su hermano si bien no distinguió su rostro, oculto bajo la negra capucha. Una lluvia pertinaz, que se había iniciado poco después del alba, caía monóto­na a su alrededor desde unas nubes aserradas que, inmóviles, parecían adherirse a los altos árboles. Aparte de los riachuelos que se formaban en las ho­jas, ningún sonido perturbaba la calma.

Raistlin meneó la cabeza antes de hostigar con sua­vidad a su equino. Caramon lo siguió a un vivo trotecillo para no quedar rezagado y desenvainó su es­pada que, al deslizarse, emitió un ruido chirriante.

—No necesitarás armas, hermano —le advirtió el mago sin volverse.

Los cascos chapoteaban en el barro del camino, sus amortiguados ecos resonaron con excesivo estruen­do en el aire denso, saturado. Pese al aviso de su ge­melo, el luchador mantuvo la mano sobre la empu­ñadura hasta que llegaron a los aledaños del pueblo. Desmontando, entregó al hechicero las riendas de su animal y se aproximó cauteloso a la posada que des­cubriera Crysania la noche anterior.

Al asomarse al interior vio la mesa preparada para la cena, la vajilla rota. Un perro acudió a su encuen­tro lleno de esperanza y le lamió la mano entre ale­gres cabriolas. Los gatos, en cambio, se camuflaron bajo las sillas para fundirse en las sombras furtivos, en una actitud casi de culpa. El hombretón acarició al can con aire ausente pero, cuando se disponía a entrar, Raistlin lo llamó.

—He oído un relincho cerca de aquí —le anunció.

Esgrimiendo su espada, el fornido luchador dobló la esquina del edificio en dirección a la cuadra. Re­gresó unos segundos más tarde, bajada la guardia y visiblemente preocupado.

—Es el caballo de la sacerdotisa —informó—. De­sensillado y alimentado.

El nigromante asintió como si esperara esta noti­cia, mas nada dijo. Se limitó a ajustarse la capa en­cerrado en su mutismo.

El guerrero examinó la aldea. El agua fluía por los tejados y se derramaba profusa, en torrentes, a tra­vés de los aleros, mientras que la puerta del alber­gue se balanceaba en sus oxidados goznes, rechinan­do de manera discorde. Ninguna luz brotaba de los hogares, ningún niño henchía el aire de alegres ri­sas, ninguna mujer fisgaba junto a su vecina a los recién llegados ni tampoco se divisaba, en el desola­do paraje, a grupos de hombres que se quejaran del mal tiempo camino del trabajo.

—¿Qué sucede aquí, Raist? —inquirió Caramon a su acompañante.

—Han sufrido una epidemia.

Al escuchar tal revelación, el musculoso humano contuvo el aliento y se cubrió la boca y la nariz con el embozo. Entre los pliegues del suyo, el hechicero torció los labios en una sonrisa irónica.

—No temas, hermano —lo tranquilizó—. ¿Has ol­vidado que nos protege una sacerdotisa auténtica?

—¿Dónde está? —gruñó el interpelado a la vez que asía las riendas de sus corceles y, tras ayudar a apearse a su gemelo, los ataba a un poste.

Ahora fue el archimago quien contempló las hile­ras de casas que les flanqueaban.

—Supongo que allí —dictaminó al fin.

De nuevo Caramon siguió con la mirada el lugar que señalaba, y atisbo un oscilante resplandor tras la ventana de una cabaña que se erguía en el otro ex­tremo de la calle.

—Preferiría adentrarme en una cueva de ogros an­tes que en este desierto —balbuceó sin por ello de­jar de escoltar al impasible Raistlin, a quien no pa­recía afectarle la fantasmal atmósfera.

Avanzaron por el lodazal en que se había converti­do la vía principal, el guerrero con un miedo que no conseguía disimular. Era capaz de enfrentarse a la muerte en forma de un acero clavado en su vientre, mas la idea de perecer bajo las garras de algo que no podía combatirse le causaba un terror insupe­rable.

El arcano personaje permaneció semioculto en su enlutado hábito, inmerso en unos pensamientos que su hermano no acertó a adivinar. Arribaron al pun­to en que se terminaban los edificios, cercados por la cortina de lluvia que, más tormentosa, les azota­ba el cuerpo. Cuando se hallaban cerca de la luz, Caramon desvió, de modo accidental, la vista hacia la izquierda.

—¡En nombre de los dioses! —susurró, detenién­dose abruptamente y agarrando al hechicero por el brazo.

En medio de una calleja se dibujaba, tras el acuo­so manto, la tumba colectiva. Ninguno de ellos pro­nunció una palabra. Tan sólo retumbaba en el silen­cio el graznar de las aves carroñeras que, disgustadas por la inoportuna presencia de aquellos extraños, alzaron el vuelo en un tétrico aleteo.

El hombretón sofocó una náusea y, pálido, volvió la espalda a la escena. Raistlin, por su parte, la ob­servó unos momentos y comprimió los labios en una línea delgada, recta.

—Procedamos, hermano —instó al amedrentado fortachón a la vez que, en además resuelto, reanuda­ba la marcha.

Tras espiar el interior de la casucha a través de la ventana, cerrada la manaza en torno a la empuña­dura de su espada, Caramon suspiró e hizo al mago la señal convenida. El nigromante empujó la puerta sin violencia, y ésta cedió a su contacto.

Un hombre joven yacía en un camastro desvenci­jado. Tenía los ojos cerrados, las manos enlazadas sobre el pecho y una expresión de beatitud en su faz cenicienta que se contradecía con sus cuencas hun­didas, amoratadas, con los huesudos pómulos y los labios tensos, todos ellos símbolos de una muerte precedida por un dolor atroz. Una sacerdotisa, cuya túnica conservaba leves vestigios de su antigua blan­cura, estaba arrodillada a sus pies, enterrado el sem­blante entre las manos. Caramon quiso saludarla, pero Raistlin lo detuvo mediante un gesto inconfun­dible. Era obvio que no deseaba interrumpirla.

Sin mover un músculo, los gemelos aguardaron en el umbral de la humilde vivienda a pesar de estar empapados.

Crysania conferenciaba con su dios. Concentrada en sus plegarias, no advirtió la intromisión de los hermanos hasta que el tintineo y el crujir del atavío del guerrero la devolvieron a la realidad. Alzó enton­ces la cabeza, y su melena azabache se esparció en cascada sobre sus hombros. Contra todo pronóstico, no dio muestras de sorprenderse.

Aunque lívida por el agotamiento y el pesar, man­tuvo una perfecta compostura. No había suplicado a Paladine que le enviase a los dos hombres, pero el hacedor respondía tanto a los anhelos del corazón como a aquellos que se manifestaban abiertamente. Ladeando de nuevo la cabeza para agradecerle su cle­mencia, se recogió unos instantes más antes de in­corporarse y enfrentarse a sus perseguidores.

Sus pupilas tropezaron con las de Raistlin, donde se reflejaba la llama de la solitaria vela incluso a tra­vés de las profundidades de su capucha. Cuando la dama habló, tuvo la sensación de que su acento se diluía en los murmullos de la persistente lluvia.

—He fracasado —admitió.

El mago no se inmutó. Dirigió una fugaz mirada al inerte joven e inquirió:

—¿Rechazó tu fe?

—Peor aún, era creyente —contestó Crysania, pues­tos también los ojos en el pacífico cadáver—. No per­mitió que lo curase, justamente por ese motivo. Su ira le dictó tal decisión. —Calló unos segundos para extender un lienzo sobre él, y apostilló—: Paladine le ha llevado a su seno. Estoy convencida de que allí se ha iluminado su alma.

—Sin duda —apuntó Raistlin—. Y tú, ¿has com­prendido?

La aludida bajó de nuevo la cabeza y quedó como petrificada, tanto rato que Caramon, ignorante de la auténtica situación, se aclaró la garganta con obje­to de poner fin al silencio.

—Hermano... —invocó en un titubeo.

—Chitón —le atajó éste.

La sacerdotisa retornó al presente inmediato, aun­que ni siquiera había oído al hombretón. Sus iris ha­bían tomado unas tonalidades grisáceas, oscuras, parecían absorber el negro terciopelo de la túnica arcana.

—He comprendido —repitió con voz firme—. Por primera vez en toda mi existencia sé lo que debo ha­cer. En Istar me cercioré del deterioro de la Iglesia, y Paladine, en su infinita bondad, me otorgó la gra­cia de mostrarme la fatal flaqueza del príncipe, su más alto ministro: la arrogancia. También me dio a conocer el medio de liberarme de esta falta y me co­municó que, si preguntaba, él me atendería.

»Pero, además, Paladine me mostró mi propia de­bilidad. Cuando abandoné la malhadada ciudad y te acompañé en tu viaje a esta época era poco más que una niña asustada, que se aferraba a ti en la no­che eterna. Ahora he recobrado mi fuerza, la visión de esta calamidad ha encendido mi espíritu.»

Mientras pronunciaba tales palabras, Crysania se acercó a Raistlin. Las refulgentes pupilas del hechi­cero la atrapaban en una mirada sin pestañeos, y la dama columbró su efigie en aquellos espejos a la vez opacos y translúcidos. Atisbo asimismo el Medallón que se ceñía a su cuello, iluminado por una aureola blanca, fría. Su voz adquirió un nuevo fervor, sus ma­nos entrechocaron al añadir, situada frente al archimago:

—Este espectáculo pervivirá en mi memoria el día en que atraviese el Portal junto a ti, armada con mi fe y provista de la energía que ha de proporcionar­me la certeza de desterrar la negrura para siempre de la faz del mundo.

Raistlin alargó los brazos en busca de sus manos ateridas, tumefactas, para prestarles el cobijo de sus palmas y caldearlas con aquella cualidad ardiente que dimanaban.

—No necesitamos alterar el tiempo —le aseguró la mujer—. Fistandantilus era una criatura perver­sa, ocupada únicamente en forjar su gloria personal. Pero tú y yo no somos egoístas, nos inquieta el des­tino de nuestros semejantes y por eso rectificaremos el desenlace. Lo sé, mi dios me ha hablado.

Despacio, ensanchada su boca en una ambigua mueca, el hechicero cogió los dedos de la dama y los besó, sin apartar los ojos de ella. Crysania se rubo­rizó, inhalando un hondo suspiro y Caramon, que ha­bía presenciado su intercambio con creciente disgusto, lanzó un gruñido inarticulado, dio media vuelta y salió del cobertizo.

 

 

De pie en el desolado paraje, con el enojoso tam­borileo de la lluvia en su cráneo, el guerrero oyó un zumbido en su cerebro, una sentencia emitida en un tono tan monótono como las gotas que caían en su derredor.

«Pretende convertirse en un dios. ¡Pretende con­vertirse en un dios!»

Mareado y lleno de espanto, agitó la cabeza para desembarazarse de la angustia que embargaba todo su ser. Su interés en el ejército, la fascinación que ejercía sobre él el cargo de general, el seductor atrac­tivo de Crysania y, en fin, sus innumerables cuitas habían borrado de su pensamiento el auténtico ob­jetivo de su empresa. Ahora, las palabras de la sa­cerdotisa le habían despertado cual el flagelo de una oleada en los fríos mares del norte.

Sin embargo, y pese a sentirse azuzado por tal con­ciencia, sólo podía visualizar al Raistlin de la víspe­ra. ¿Cuánto tiempo hacía que no lo oía reír de buen grado, cuánto que no compartían el placer de la mu­tua compañía? Recordó haber observado el rostro de su gemelo mientras velaba su sueño y advertido que se difuminaban los surcos de su malévola astucia, los acerbos pliegues de sus comisuras. El archimago parecía el adolescente de antaño y este hecho trajo al hombretón remembranzas de sus años mozos, de aquellos días que habían sido los más felices de su existencia.

Pero, destacándose sobre estas gratas escenas, lo asaltó otra espeluznante, como si su alma se delei­tase en torturarlo. Se vio de nuevo a sí mismo en aquella lóbrega celda de Istar, obligado a contemplar la ingente capacidad del mago para convocar a las fuerzas del Mal. Entonces había tomado la determi­nación de matarlo, convencido además de que había provocado la destrucción de Tasslehoff...

Sin embargo, Raistlin le había dado toda suerte de explicaciones. En la malhadada ciudad había malinterpretado sus acciones, y él no había dudado más tarde en sacarlo de su error. Estaba confundido. Se debatía en un dilema de emociones encontradas.

«¿Y si Par-Salian se equivoca? Quizá sea verdad que Crysania y el hechicero pueden salvar al mun­do de sufrimientos tan espantosos como el que ha devorado esta aldea.»

—Soy un estúpido, los celos me corroen —se re­prendió en voz alta, al mismo tiempo que se enjuga­ba los riachuelos de la frente con el dorso de la mano—. Y no descarto la posibilidad de que a los an­cianos del cónclave les moviera un sentimiento de envidia similar al mío.

Se ensombreció el cielo a causa de los nubarrones que, en su acrecentada densidad, se habían tornado negros. La lluvia se intensificó todavía más.

Salió Raistlin de la cabaña y, con él, la sacerdoti­sa, que apoyaba la mano en su brazo. Se arropó la dama en su capa, echada la grisácea capucha sobre el semblante.

—Cargaré el cadáver a mi espalda y lo depositaré junto a los otros —ofreció el guerrero, dando un paso hacia el umbral—. Luego llenaré la fosa...

—No, hermano —lo interrumpió el nigromante—. No, este espectáculo no debe ocultarse en la tierra. ¡Me propongo exhibirlo, con toda su punzante vigen­cia, frente a los dioses! —exclamó, vuelta la mirada hacia la oscura bóveda—. El humo de su exterminio se elevará hacia el firmamento; los postreros ecos de la hecatombe resonará en los tímpanos de los ha­cedores.

Caramon, sorprendido ante tan inusitada vehe­mencia, se giró para observar al mago. Su tez esta­ba más macilenta que la del joven clérigo, sus labios más violáceos pese a encenderlos la llama de la có­lera.

—Venid conmigo —urgió a sus acompañantes, a la vez que se desprendía abruptamente de la mano de Crysania y se encaminaba hacia el centro del pueblo.

Ella lo siguió sumisa, sujeto el embozo a fin de im­pedir que el viento lo arrancase y expusiera su ros­tro al aguacero, mientras que el hombretón obede­cía más a regañadientes.

Erguido en medio de la encharcada calle, Raistlin aguardó hasta que los otros se hubieron detenido de­lante de él.

—Ve en busca de los tres caballos, Caramon —ordenó—; condúcelos a los bosques de las inme­diaciones, véndales los ojos y regresa.

El aludido lo miró atónito.

—¡Hazlo! —vociferó el hechicero en tono apre­miante, y el luchador no tuvo otro remedio que aca­tar su mandato.

Cuando volvió su gemelo, el archimago continuó impartiendo instrucciones.

—Permaneced donde ahora estáis y no os mováis bajo ninguna circunstancia. No te acerques a mí pase lo que pase, hermano —insistió, y le indicó median­te un gesto que no se separase de la sacerdotisa, que la vigilase—. Creo que me has comprendido.

El guerrero asintió con un mudo ademán y asió la mano de Crysania para subrayar que, en efecto, le había entendido.

—¿Qué sucede? —indagó ella, intrigada.

—Va a invocar su magia —fue la escueta respuesta.

Aunque hubiera querido prolongarla, la imperio­sa mirada que le clavó Raistlin habría congelado las palabras antes de que brotasen. Alarmada por la ex­traña, fiera expresión que había adoptado el arcano personaje, Crysania, trémulo el cuerpo, se aproximó a Caramon. El fornido humano, sin perder de vista a su frágil gemelo, la rodeó con un brazo a fin de brindarle su amparo, ambos se paralizaron en la acuosa cortina. No osaban casi respirar, temían rom­per la concentración del archimago.

Entornó éste los párpados, levantó el rostro hacia los cielos y también los brazos, con las palmas ha­cia fuera como si deseara sostener el bajo, tupido manto de nubes que los cubría. En tal postura co­menzó a musitar una frase, si bien los dos testigos no lograron discernirla a causa del tono apagado en que la pronunciaba. Poco a poco, sin que en aparien­cia aumentara el volumen de su voz, las sílabas ga­naron claridad, y ambos reconocieron el enrevesa­do lenguaje de la nigromancia. Repitió Raistlin el mismo versículo hasta la saciedad, en las diferentes modulaciones de un cántico que, pese a su invaria­ble contenido verbal, se alteraba al ritmo de cada in­flexión, poseedoras todas ellas de una asombrosa ri­queza melódica.

Una quietud sobrenatural invadió el valle, hasta tal extremo que incluso se desvaneció el repiqueteo de la lluvia. El guerrero no oía sino el armonioso can­turreo, la etérea musicalidad que destilaba la voz de su hermano. Crysania, por su parte, se apretujó con­tra Caramon con las pupilas desorbitadas, y él le dio unas suaves palmadas con el objeto de serenarla.

Al propagarse el crescendo de la tonada, un insó­lito sobrecogimiento se apoderó del general. Tenía la vivida impresión de que el hechicero le atraía de manera irresistible, de que el universo entero fluía hacia él, aunque, al escudriñar su entorno, compro­bó que nada se había desplazado. No obstante, vol­vió a mirar a su gemelo, y tales sensaciones le inun­daron con mayor prontitud todavía.

Raistlin se hallaba en el núcleo del mundo, de tal modo que los sonidos, la luz y el aire mismo vola­ban hacia sus manos abiertas. El suelo se combó, o así se le antojó a él, bajo los pies del guerrero, para deslizarse ondulante al encuentro de tan poderoso señor.

El nigromante extendió sus palmas resuelto a atraer la atención de las alturas. Hizo una pausa en su cántico, que reemprendió a los pocos segundos con acento firme pero a un son lento, pausado, dele­treando cada vocablo. Los vientos soplaron huracanados, la tierra se encrespó en una marea que im­pulsó a Caramon a afianzar sus plantas temeroso de ser absorbido también él por el torbellino que en­volvía a aquella flaca figura.

Los dedos del mago arañaron, en un gesto simbó­lico, el hirviente cielo. La energía que, a través de su sortilegio, había acumulado merced a las dimanacio­nes del suelo y el aire revitalizaron sus entrañas, y un relámpago de plata surgió de sus yemas para pe­netrar en la capa de nubes. En respuesta, un lumi­noso haz de aserrado perfil cayó sobre el refugio don­de yacía el cadáver del muchacho. Se produjo un estallido deslumbrador, procedente de la aureola de llamas azules que había cercado el edificio.

De nuevo habló Raistlin, y de nuevo un rayo salió de sus dedos. Contestó una segunda lengua de fue­go, en esta ocasión dirigida contra él mismo. El he­chicero desapareció en un incendio de matizaciones que iban del rojo al verde.

Crysania exhaló un alarido y forcejeó con las ga­rras del guerrero para liberarse. Pero él, consciente de la orden de su hermano, la retuvo con el único pro­pósito de que no corriera junto al supuesto atacado.

—¡Fíjate en eso! —susurró a la dama—. Las llamas no le tocan.

En efecto, al despejarse los vapores volvió a recor­tarse la figura del nigromante. Extendió los brazos hasta el límite de su envergadura, y las negras vesti­duras revolotearon en su derredor como si se hubie­ra constituido en el ojo de un violento huracán. Mas­culló su inefable, reiterativo versículo, y así dio vida a otros dardos ígneos que se abrieron en abanico alumbrando la penumbra, surcando el lodo y dan­zando sobre el agua, de forma que ésta empezó a re­zumar una sustancia oleosa. Y él, creador imponen­te del prodigio, permaneció en el centro del círculo de llamas, dueño indiscutible de los elementos.

La sacerdotisa no atinó a moverse, atenazada por una mezcla de terror y admiración que nunca había experimentado antes. Buscó el apoyo de Caramon, mas él fue incapaz de proporcionarle consuelo. Se abrazaron ambos cual niños espantados en el vérti­ce del torbellino, del incendio arcano que, en su viaje a través de las calles, sembró su semilla en las va­cías casas. Una tras otra, las construcciones prendie­ron entre atronadoras explosiones.

Purpúreo, encarnado, azulado y verdusco, el fue­go se encaramó hacia las alturas en un despliegue de luz que habría eclipsado al sol, de brillar éste. Los pájaros carroñeros huyeron en desorden al transfor­marse en una auténtica tea el árbol donde se halla­ban posados.

Una última manifestación de la esotérica fórmu­la generó una bola de luz blanca, pura que, nacida ahora en el firmamento, consumió en su descenso a los cadáveres de la tumba colectiva.

El ciclón que despedían las llamas, y que contri­buía a expandirlas, arrastró en una de sus ráfagas la capucha de Crysania. El calor resultaba abrasa­dor al azotar su tez, el humo la asfixiaba hasta lo im­pensable. Las ascuas encendidas que se derramaban en cascada por todos los flancos oscilaban antes de extinguirse, tan feroces que la dama se creyó próxi­ma a morir en la conjura de las fuerzas naturales. Sin embargo, no la rozó ninguna astilla. El hombretón y ella estaban a salvo, debido a un singular fenó­meno que escapaba a su inteligencia. Fue entonces cuando, despertándola de estas reflexiones, las pu­pilas del archimago se posaron en las suyas.

Desde el infierno donde se alzaba incólume, Raistlin le hizo señas para que se acercara. La sacerdoti­sa se refugió tras el cuerpo del luchador, remisa a atender su llamada, pero él persistió sin perder la calma, rizados los pliegues de su atavío con la brutal caricia de la tempestad que había provocado. In­cluso alargó sus manos, en una invitación difícil de declinar.

— ¡No! —gritó Caramon.

Crysania, prendidos los ojos de los seductores es­pejos del nigromante, hizo caso omiso de la protesta del guerrero. Se desasió con suavidad y echó a andar.

—Ven a mí, Hija Venerable. —Raistlin la exhorta­ba en un quedo siseo que se imponía al caos reinan­te y que, más que oírlo la mujer lo intuyó en su corazón—. Ven por la senda del fuego y saborea el poder de los dioses.

El cegador incendio que tamizaba el contorno del archimago abrazó su alma al aproximarse. ¿Y si su piel se socarraba y ennegrecía? Su cabello crepita­ba peligrosamente, unas dolorosas punzadas acosa­ban sus pulmones faltos de aire; pero la atracción que ejercía sobre ella aquella ígnea escena, ribetea­da por el apremio del hechicero, la empujaban a se­guir en una suerte de trance.

— ¡No! ¡Retrocede, te lo ruego!

Resonaban a su espalda las súplicas del hombretón en un lejano eco que en nada la afectó, más mor­tecino aún que su propio palpito. Alcanzó la cortina de llamas y, antes de aferrar la mano que Raistlin le ofrecía, titubeó.

Los delgados dedos la quemaron. Los vio marchi­tos, chamuscada su carne.

—Ven a mí, Crysania —entonó él, impertérrito.

Incapaz de controlar un escalofrío, la sacerdotisa aplicó la palma a las rugientes llamaradas. Durante unos segundos, un indescriptible sufrimiento atena­zó sus entrañas. Gimió de pánico, de angustia, hasta que una mano del mago se cerró sobre uno de sus brazos y tiró de ella en pos de la rojiza cortina. Al traspasarla, la dama cerró los ojos en un espasmo involuntario.

Una fresca brisa la reconfortó, y respiró aliviada. El único calor que recibía era la familiar tibieza que irradiaba Raistlin. Se atrevió a levantar los párpa­dos y, tras comprobar que estaba a su lado, escrutó sus facciones. Se le hizo un nudo en la garganta.

El semblante de Raistlin estaba bañado en sudor, en sus pupilas se reflejaban los albos resplandores que despedían los cuerpos sin vida de los aldeanos, su respiración era rápida y entrecortada. Parecía aje­no a cuanto le rodeaba, resultaba ostensible que se había sumido en el éxtasis del triunfador después de materializar una de las grandes ambiciones de su existencia.

«Ahora lo comprendo —pensó Crysania sin sol­tarlo—. Comprendo por qué no puede amarme. Sólo tiene una querencia, su magia, a ella consagra todo su esfuerzo y sacrificaría cualquier sentimiento mundano.»

Era un descubrimiento hiriente, pero teñido de una melancolía que mitigaba su desazón.

«Una vez más —siguió recapacitando— se erige en mi guía y ejemplo. He pasado demasiado tiempo ocu­pada en satisfacer mis frívolos impulsos. Tiene ra­zón, me ha sido otorgada la gracia de paladear el po­der de los dioses y debo hacerme digna de tal honor. Por mí misma y también por él.»

El nigromante cerró los ojos y la sacerdotisa, aga­rrada a su cálida mano, percibió que sus arcanas vir­tudes le abandonaban como la sangre brota de una herida. Se desplomaron sus brazos sobre los costa­dos y la bola, la rueda de fuego que lo circundaba, se apagó entre débiles destellos.

Con un suspiro que apenas pudo completar, Raistlin hincó las rodillas en el asolado suelo. La lluvia arreció, la mujer oyó los crujidos que arrancaba de las bamboleantes vigas al apagar las brasas. Unos vapores grisáceos se elevaron desde los esqueletos de los edificios en caprichosas formas que se aseme­jaban a fantasmas, quizá los de los moradores del pueblo.

Acuclillándose junto al extenuado hechicero, Crysania alisó su moreno cabello y él la miró, aunque sin reconocerla. La dama vislumbró en sus espejos una honda pesadumbre, infinita, la de quien ha obtenido acceso al reino de la belleza para luego ser arrojado a un mundo real encharcado por la lluvia.

El mago hundió la cabeza en el pecho y, doblado sobre sí mismo, caídos los brazos, se entregó al de­sánimo. La sacerdotisa consultó a Caramon con la mirada al precipitarse éste en el lugar del encanta­miento e interesarse por su estado.

—Yo me encuentro bien —le aseguró—. Pero ¿y él?

Entre ambos ayudaron a incorporarse a Raistlin, quien actuó como si ignorase su existencia. Exhaus­to, se desplomó contra el cuerpo de su hermano y se dejó arrastrar.

—Se recuperará, siempre ha sido así —murmuró el hombretón. Transcurridos unos instantes de mu­tismo, no obstante, rectificó—: ¡Siempre ha sido así! No sé lo que digo, nunca antes había presenciado nada semejante. En mi larga experiencia jamás me había enfrentado a un poder tan avasallador. ¡En nombre de los dioses, desconocía...!

Incapaz de concluir, abrazó con uno de sus mus­culosos brazos al maltrecho nigromante que, apoya­do en él, comenzó a toser casi sin resuello, presa de un ahogo tal que no lograba sostenerse. Caramon lo sujetó más firmemente. La bruma y el humo se arre­molinaban en sus flancos, la lluvia se empecinaba en filtrarse por sus permeables atuendos y, aquí y allí, les perturbaba el estrépito de un pilar de made­ra al derrumbarse o el sibilante chapaleo del agua sobre las llamas. Cuando hubo pasado el ataque, el hechicero levantó el rostro y el guerrero percibió un atisbo de vida, de conciencia de la situación, en sus aún apagadas pupilas.

—Crysania —apeló Raistlin a la mujer—, te pedí que te reunieras conmigo porque era preciso que pro­fesaras una fe ciega en mí y mis dotes. Si logramos el éxito en nuestra misión, Hija Venerable, atravesa­remos el Portal y nos adentraremos en el abismo, una sima donde los horrores de tus pesadillas se te an­tojarán banales.

La dama tiritaba de manera incontrolable mien­tras lo escuchaba, fascinada por el centelleo de sus ojos.

—Tienes que ser fuerte, sacerdotisa —prosiguió él su arenga—. Por ese motivo te he traído en tan aza­roso viaje. Yo me he sometido a mis pruebas, tú de­bías superar las tuyas. En Istar combatiste el influ­jo del viento y el agua, en la Torre venciste el miedo a la negrura y ahora, en esta aldea, has aprendido a resistir el fuego. Pero te aguarda un último examen, Crysania. Has de prepararte, al igual que todos no­sotros.

Se bamboleó, se nubló su visión y el luchador, de pronto demacrado, lo alzó en volandas y lo llevó ha­cia los caballos. Crysania fue tras los gemelos, es­piando a Raistlin sin molestarse en esconder su in­quietud. Pese a la fragilidad que delataban las arrugas de sus labios, de sus sienes, en la faz del ni­gromante se adivinaba una paz sublime, una felici­dad exultante.

—¿Qué hace? —indagó al guerrero.

—Duerme —afirmó el general, en un tono ronco que enmascaraba una emoción ignota para la des­concertada sacerdotisa.

Las ruinas del pueblo apenas se dibujaban tras el manto de niebla. Los armazones de los edificios se habían venido abajo hasta amontonarse en cúmulos de blanca ceniza, los árboles no eran sino columnas humeantes cuyas ramificaciones se elevaban en den­sas volutas. Bajo el atento escrutinio de la mujer, el chaparrón volatilizó los restos al fundirlos con el fan­go y dispersarlos en un sinfín de riachuelos. Y no fue esto todo: la ventolera, que había amainado al extinguirse el sortilegio, reanudó su embate y, tras hacer jirones la neblina, transportó sus vapores ha­cia rincones inexplorados. El caserío se desvaneció como si nunca hubiera existido.

Yerta de frío, Crysania se recogió en su capa y giró el rostro en dirección a Caramon, quien se afanaba en colocar a Raistlin sobre la silla y lo zarandeaba a fin de ponerlo en condiciones de cabalgar.

—Hay algo que deseo preguntarte —dijo la dama al luchador mientras la ayudaba a montar—. ¿Qué prueba es esa que ha mencionado tu hermano? He advertido la expresión que adoptabas al oírle. ¿De qué se trata? Intuyo que tú le has comprendido.

El interpelado no contestó de inmediato. A su lado, el nigromante se balanceó incierto hasta que, incli­nando la cabeza, se extravió en sus sueños. Tras asis­tir a Crysania, el corpulento humano fue hacia su caballo y se encaramó a la grupa; una vez instala­do, se hizo con las riendas que se deslizaban entre los dedos del amodorrado hechicero. Ascendieron a continuación la montaña, sin que el luchador otea­ra ni una sola vez el panorama que dejaban a su espalda.

En silencio, guió a los corceles por la senda pen­diente del mago que, relajados sus músculos en su inoportuno descanso, se reclinó en la crin del equi­no. Al ver que daba tumbos, el solícito guerrero lo enderezó con mano enérgica pero sin brusquedad.

—Caramon, aguardo una explicación —persistió la mujer ya en la cumbre del cerro.

Él la espió antes de contemplar, entre suspiros, el paisaje. Al sur, lejos de ellos, se erguía Thorbardin bajo una masa de nubes que encapotaba el horizonte.

—Afirma la leyenda que, antes de enfrentarse a la Reina de la Oscuridad, Huma fue puesto a prueba por los dioses. El Gran Caballero hubo de luchar con­tra el viento, el fuego y el agua. Su última conquis­ta, la más difícil —apostilló quedamente—, fue la de la sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CÁNTICO DE HUMA

(Continuación)

 

 

 

Sobre cenizas y sangre, cosecha de los Dragones,

viajó Huma, mecido por los sueños del Dragón

Plateado,

con el ciervo perpetuo como guía.

Al final, el último puerto, un templo que quedaba

tan al este

que yacía donde el este acababa.

Allí apareció Paladine, en un estanque de

estrellas y gloria,

anunciando que, de todas las alternativas,

la más terrible había caído sobre Huma.

Pues Paladine sabía que el corazón es un nido de

anhelos,

que podemos viajar hacia la luz eternamente,

convirtiéndonos en lo que nunca podremos ser.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

libro iii

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Huellas en la arena

 

 

El ejército de Fistandantilus prosiguió su avance hacia el sur, llegando a Caergoth cuando las últimas hojas se desprendían de los árboles y la gélida mano del invierno se cernía sobre la tierra.

La orilla del Mar Nuevo detuvo a la tropa, pero Caramon, sabedor de que tendría que atravesarlo, ha­bía forjado ciertos planes de antemano. Tras dejar al mando del grueso de sus seguidores a su herma­no y sus subordinados de confianza, el general condujo a un destacamento de sus hombres mejor adies­trados hasta el mar. La acompañaban asimismo todos los herreros, leñadores y carpinteros que se ha­bían unido a él durante la larga marcha.

Estableció el guerrero su cuartel general en la ciu­dad de Caergoth. Eran innumerables las ocasiones en que había oído mencionar este puerto en su vida anterior, o quizá debería decirse futura. Tres siglos después del Cataclismo, el lugar se convertiría en un burgo costero bullente de animación, próspero y ale­gre. Ahora, sin embargo, cuando acababan de cum­plirse cien años de la caída de la montaña ígnea so­bre Krynn, Caergoth era sinónimo de desconcierto. De ser una comunidad de granjeros en medio de los llanos de Solamnia, había pasado a recibir la ines­perada visita del mar y, claro, sus habitantes lucha­ban contra lo que se les antojaba una terrible ame­naza.

Al contemplar desde un punto elevado el lugar donde se terminaban las calles, un abrupto acantilado que caía aplomado hasta las lejanas y recien­tes playas, Caramon pensó en Tarsis. La hecatombe había privado a esta última ciudad del mar, dejando las embarcaciones embarrancadas en la arena cual peces moribundos, mientras que aquí el oleaje cu­bría los que en un tiempo fueran campos de cultivo.

El hombretón recordó con añoranza las naves va­radas de la antigua urbe, al advertir que en Caergoth apenas había unas pocas, del todo insuficientes para sus necesidades. Ordenó a algunos de sus soldados que recorrieran la franja litoral en ambos sentidos y adquirieran o requisaran, de hallar oposición, cuantos barcos pudieran hacerse a la mar, contratan­do también a sus respectivas tripulaciones. Obedien­tes a su mandato, los enviados regresaron a Caergoth a bordo de desvencijados cascarones, que los artesanos remozaron y armaron de tal manera que fue­ran capaces de transportar pesadas cargas en la tra­vesía del Estrecho de Schallsea, rumbo a Abanasinia.

Caramon recibía cotidianamente noticias sobre los progresos de los ejércitos enaniles, de cómo había fortificado Pax Tharkas, cómo habían importado mano de obra —enanos gully, por supuesto— para trabajar sin descanso en las minas y fraguas donde, día y noche, se confeccionaban pertrechos que lue­go eran llevados a Thorbardin en sólidos carros, a fin de engrosar los arsenales ocultos en la montaña.

Los emisarios de los Enanos de las Colinas y los bárbaros no sólo le informaron acerca de sus riva­les. El general averiguó que se había producido una gran concentración tribal en Abanasinia, cuyos mo­radores optaron por arrinconar sus feudos para lu­char juntos en pro de la supervivencia. Sus peque­ños aliados le comunicaron también que, al igual que sus primos, estaban manufacturando nuevas armas con el concurso de legiones gully, dedicados en ex­clusiva a esta tarea.

Caramon decidió incluso solicitar la ayuda de los elfos, mediante una discreta misiva a su cabecilla. Tal empeño le causó una sensación extraña, ya que el dignatario a quien dirigió sus súplicas no era otro que Solostaran, el Orador de los Soles, quien había muerto unas semanas antes en su propio tiempo.

Raistlin se mofó de su intento de inducir a los qualinesti a guerrear, conocedor de la respuesta. Mas, pese a su aparente desdén, el archimago abrigaba se­cretas esperanzas, alimentadas en las largas horas nocturnas, de que esta vez su actitud fuera distinta.

No fue así, los mensajeros del general no tuvieron ni siquiera la oportunidad de entregar el pergami­no. Antes de que desmontaran de sus caballos, sur­có el aire una lluvia de zigzagueantes flechas, que, al clavarse en el suelo, formaron un mortífero círcu­lo en su derredor. Los atacados otearon los bosques de álamos que configuraban la zona y vieron a cen­tenares de arqueros, todos ellos con la cuerda tensa y un dardo presto a traspasarles. No intercambiaron el menor diálogo. Tuvieron que regresar sin más contestación que uno de aquellos proyectiles de inequí­voco significado.

No sólo el hecho de invocar el auxilio de un elfo muerto provocaba en el luchador sentimientos de­sestabilizadores; la guerra misma lo abrumaba como algo que escapaba a su voluntad. Al recapacitar so­bre lo que había oído discutir a Raistlin y Crysania, el hombretón sospechó que todas sus acciones ya ha­bían sido realizadas con anterioridad. Tal pensa­miento se le antojó una pesadilla, se transformó en una obsesión no menos pavorosa que la de su geme­lo, aunque sus motivos eran distintos.

«Es como si la argolla de hierro que ceñía mi cue­llo en Istar volviera ahora a apretarlo —reflexio­nó una noche en la posada de Caergoth, donde ha­bía ocupado posiciones—. Soy un esclavo, lo mismo que entonces, si bien la situación ha empeorado. En el circo tenía, al menos, albedrío para elegir mi pro­pio destino. De haberlo querido, en mi época de gla­diador me habría bastado con hundir en mi carne la espada de adiestramiento y poner fin a mi vida. Ahora, por el contrario, no se me ofrece esta alternativa. »

Tan singular concepto, que le privó del reparador sueño durante numerosas veladas, poseía una cua­lidad terrorífica en su misma imprecisión. No era ca­paz de concretarlo, pese a su punzante realidad, y a nadie podía consultar. Le habría gustado comentarlo con su hermano, pero éste se hallaba en el cam­pamento interior al mando del ejército y, por otra parte, aunque hubieran estado juntos habría rehu­sado departir sobre una cuestión tan espinosa.

Raistlin, en este lapso de espera, había recupera­do a ojos vistas sus energías. Tras formular los hechizos que consumieran la aldea del valle hasta volatilizarla en una inmensa pira funeraria, el archimago permaneció dos días en estado comato­so. Al despertar de su letargo febril, anunció que te­nía hambre y, en las horas siguientes, ingirió más ali­mento del que en otra circunstancia habría tolerado en varios meses. Se esfumó la tos, nuevas capas de carne revistieron sus huesos y, en definitiva, se res­tablecieron sus fuerzas.

Sin embargo, tales progresos no mitigaron sus pe­sadillas. Hasta tal punto le atormentaban que sus po­derosas pociones se revelaron inútiles.

Dormido o despierto, un único problema azuzaba la mente del hechicero. Si lograba descubrir el error fatal de Fistandantilus, quizá lo enmendaría.

Un sinfín de proyectos se dibujaron en su imagi­nación. Incluso acarició la idea de viajar a su verda­dero presente para investigar, pero, tras meditarlo mejor, desistió. Si incendiar un pueblo le había su­mido en una fatiga inenarrable, un desplazamiento mágico supondría el descalabro absoluto de su sa­lud. Además, mientras en su tiempo sólo transcu­rrían dos días —los necesarios para recobrarse del periplo—, en esta era pasarían varios eones. Y, por último, aunque regresara, no estaría en condiciones de enfrentarse a una adversaria como la Reina de la Oscuridad.

Cuando, desesperado, abandonaba sus intentos, ob­tuvo la anhelada respuesta.

 

 

1

Confrontación de poderes

 

 

Raistlin alzó la cortinilla de la tienda y salió al ex­terior. El centinela que estaba de servicio se sobre­saltó e, incómodo, hizo un torpe movimiento. La pre­sencia del archimago siempre crispaba los nervios, incluso los de su guardia personal, ya que no se le oía venir, parecía materializarse de la nada. La pri­mera muestra de su proximidad era el contacto de unos dedos ardorosos en el brazo del soldado al que pillaba desprevenido, un siseo apenas articulado o, también, el crujir de sus negras vestiduras.

La tienda del hechicero era espiada con sobreco­gimiento, con la temerosa fascinación que provocan los fenómenos de ultratumba, aunque nadie había visto dimanar prodigios de su urdimbre. Eran mu­chos, inevitablemente, los que la vigilaban con la re­mota esperanza de asistir a la rebelión de un mons­truo de los abismos frente a su arcano dueño. ¡Cuánto placer habría causado a los imaginativos niños contemplar cómo semejante criatura deam­bulaba entre rugidos por el campamento, devoran­do a quien se interpusiera en su camino hasta que ellos lo domesticasen sin más armas que un pan de jengibre!

Nunca sucedió un hecho de esta índole. El archi­mago, al sobreponerse de su quebranto físico, incre­mentó el predominio que su misterio le confería ante la plebe sin necesidad de exhortar a los entes de las tinieblas. Alimentó sus fuerzas, las conservó con sumo celo.

«Esta noche será diferente —pensó, entre suspiros y gruñidos—. Pero no puedo alterar los aconteci­mientos. »

—Centinela —murmuró.

—¿M... me has llamado, señor? —balbuceó el in­terpelado.

Estaba, además de asustado, perplejo. El gran maestro rara vez se dignaba hablar con alguien, me­nos aún con un simple soldado.

—¿Dónde está Crysania?

El guardián no acertó a reprimir la mueca que re­torció su labio al contestar que la «bruja» se encon­traba en la tienda del general Caramon, pues se ha­bía retirado temprano.

—¿Mando a alguien en su busca, señor? —ofreció a Raistlin con tan tangible resquemor, que éste no pudo evitar que esbozar una sonrisa, aunque cuidó de disimularla entre las sombras de su capucha.

—No —susurró el nigromante, meneando la cabe­za como si le complaciera esta información—. Y mi hermano, ¿tienes noticias de él? ¿Cuándo está pre­visto que regrese?

—El general Caramon nos ha comunicado a tra­vés de un mensajero que llegará mañana —explicó el aludido sin saber a qué atenerse, pues estaba con­vencido de que el mago no ignoraba la inminente vuelta de su gemelo y le extrañaba tal pregunta—. Debemos aguardar aquí su venida y, al mismo tiem­po, recoger los abastos. Los primeros carromatos arribaron esta tarde, señor, y el resto de la caravana se presentará poco después del alba. —Se interrum­pió en su discurso, asaltado por una súbita idea—. Si quieres dar alguna contraorden, llamaré de inme­diato al capitán de la guardia, maestro.

—No, nada de eso —se apresuró a atajarlo Raist­lin en actitud tranquilizadora—. Lo único que deseo es asegurarme de que no seré importunado esta no­che, por nada ni por nadie. ¿Está claro...? Lo siento, no recuerdo tu nombre.

—Michael, señor —repuso el centinela—. No te preocupes, gran mago; si tal es tu mandato, yo me ocuparé de que se cumpla al pie de la letra.

—Estupendo —se congratuló el hechicero.

Se encerró unos instantes en su mutismo, en el que levantó los ojos hacia la bóveda celeste, que ilumi­naban, indiferentes al frío, Lunitari y las diversas constelaciones de estrellas. Solinari languidecía cual una cicatriz de plata en el manto nocturno y, no muy lejos, se recortaba la luna más importante, la que sólo él distinguía. Nuitari, el satélite negro, era un disco redondo, perfectamente cincelado, un agujero de negrura en los planos astrales.

Dio un paso hacia el soldado, retirando el embozo de su faz, para permitir que sus pupilas capturasen los haces rojizos del disco dominante. Michael, es­pantado, retrocedió de manera involuntaria, aunque su estricta formación como caballero de Solamnia le obligó a refrenarse y guardar la compostura.

El cuerpo del joven se puso rígido y su tensión no pasó inadvertida al nigromante, quien, de nuevo, son­rió. Acto seguido, como si pretendiera imprimir ma­yor firmeza a sus palabras, el arcano personaje posó la mano en el protegido pecho del centinela mien­tras impartía sus instrucciones.

—Nadie debe entrar en mi tienda, bajo ningún pre­texto —repitió en aquel sibilino murmullo al que tan­to partido solía sacar—. No importa lo que ocurra, ¡respeta mi decisión a rajatabla! Y, cuando digo «na­die», me refiero tanto a Crysania como a Caramon o a ti mismo. ¡Nadie en absoluto! —exclamó vehe­mente.

—C... comprendido, señor —tartamudeó Michael.

—Es posible que veas u oigas cosas extrañas —previno Raistlin a su subordinado, atrapándole en su hipnótica mirada—. No les prestes atención. Tan sólo graba esta sentencia en tu memoria: Aquel que traspase el acceso de mi tienda esta noche lo hará a riesgo de su vida... y de la mía.

—Sí, gran maestro, descuida. Nadie se acercará a este paraje —insistió el muchacho, a la vez que tra­gaba saliva y un hilillo de sudor, que contrastaba con el ambiente invernal, se deslizaba por su pómulo.

—Eres, o has sido, un caballero de Solamnia. ¿Me equivoco? —inquirió el hechicero de forma abrupta.

Se produjo un corto silencio, durante el cual el guardián desvió el rostro en una evidente evasiva y el nigromante, al comprobar su zozobra, le dio una palmada casi de afecto.

—No deseo incomodarte, no es necesario que con­testes —apaciguó al muchacho—. De todos modos, aunque te hayas rasurado el mostacho no es difícil adivinar tu procedencia y menos aún yo, que tuve ocasión de conocer a un miembro de tu Orden. Así pues, júrame por el Código y la ancestral Medida de los Caballeros que harás lo que te he indicado.

—Lo juro por el Código y la Medida —proclamó, sumiso, Michael.

Aparentemente satisfecho, el archimago dio media vuelta para refugiarse en su tienda mientras el cen­tinela, libre de aquellas pupilas en las que no vislum­braba sino su propio reflejo, regresaba a su puesto con un escalofrío perceptible incluso bajo su grue­sa capa de lana. En el último momento, sin embar­go, Raistlin se detuvo en medio del enigmático cru­jir de su túnica.

—Caballero —dijo.

—¿Sí, señor? —La voz del guardián era apenas un titubeo.

—Si alguien penetra esta urdimbre e interrumpe el encantamiento que me dispongo a formular, y si yo sobrevivo al desastre, espero descubrir tu cadá­ver yaciendo en el suelo. Es ésta la única excusa que aceptaré por tu fracaso.

—No pases cuidado, así será —respondió, ya más firme, el joven, aunque mantuvo quedo su tono—. Est Sularas oth Mithas, en mi honor empeño la vida.

—Sí —apostilló el hechicero encogiéndose de hombros—, en general sucede de este modo. Ambos conceptos son indisociables.

Desapareció al fin y Michael, solo en la oscuridad, se preguntó expectante qué fenómenos iban a obrar­se en el interior de la residencia arcana plantada a su espalda. Añoró la compañía de Garic, su primo, que de estar en el campamento compartiría los avatares de su peculiar misión. Pero Garic había parti­do junto a Caramon, de manera que se arrebujó en la capa y escudriñó, ansioso, la explanada donde ar­dían las acogedoras fogatas, corría el vino especiado y las estentóreas risas daban fe de la camaradería reinante. Tal escena le hizo sentir todavía más la ne­grura que lo rodeaba, teñida de encarnado y envuelta en un silencio que únicamente rompía el repiqueteo de su armadura, intensificado por sus temblores.

Tras recorrer la estancia que configuraba su ho­gar de campaña, Raistlin se inclinó sobre un enor­me baúl de madera que se alzaba junto al lecho. Tallado con runas mágicas, aquel objeto era la única de sus pertenencias, además del bastón, que no per­mitía tocar a nadie. Tampoco lo intentaban, sobre todo después de oír el informe de uno de los guardianes que, por error, había tratado de levantarlo. El nigromante no había proferido una palabra, se limi­tó a contemplar al temerario soldado mientras éste lo soltaba entre ahogados jadeos.

Tan frío al tacto era aquel cofre, explicó el infor­tunado con acento entrecortado a sus contertulios, que helaba la sangre en las venas. Y, aún peor, al ro­zarlo le había atenazado un intenso pánico. Era un milagro que no hubiese perdido el juicio.

Desde el incidente, sólo Raistlin lo había maneja­do, aunque nadie imaginaba cómo. No era su peso el problema, sino un hecho más singular: se hallaba siempre presente en su tienda, pero nadie recorda­ba haberlo visto entre la carga que transportaban los caballos en los desplazamientos.

Levantando la tapa, el hechicero estudió su conte­nido con detenimiento. Estaba atestado de volúme­nes encuadernados en tela azul, tarros y bolsas de ingredientes arcanos, otros libros de cubierta negra donde el mago anotaba sus propios experimentos, una vasta colección de pergaminos y en el fondo, cui­dadosamente dobladas, algunas de sus túnicas. No había en aquella amalgama anillos ni colgantes de esotéricas virtudes, posesiones frecuentes de los ni­gromantes de inferior categoría. Raistlin desdeñaba estos talismanes por considerarlos propios de los dé­biles e ineptos.

Pasó revista a todos los objetos, incluido un opúscu­lo de páginas amarillentas que habría sombrado a un observador casual, incitándole a preguntarse qué hacía un artículo tan ordinario entre aquellos valiosos tesoros. El título, escrito en llamativos caracteres góticos a fin de atraer al comprador, era: Técnicas de la prestidigitación para pasmar y delei­tar, y debajo, a guisa de reclamo, figuraban las ex­clamaciones «¡Deje perplejos a sus amigos! ¡Enga­ñe a los crédulos!» y otras de similar calibre, que apenas podían leerse por haberlas manoseado tiem­po atrás manos jóvenes, vehementes.

Tras dejar a un lado aquella guía de ilusionismo que, incluso ahora, arrancó una leve sonrisa de sus labios, Raistlin rebuscó entre las mudas de su atuen­do, puso al descubierto una pequeña caja y la levan­tó. Guardaban su superficie, al igual que la del co­fre, unas runas de portento mágico, por lo que hubo de recitar un versículo para neutralizar sus efectos. La abrió con suma delicadeza y apareció ante su vis­ta un adornado pedestal de plata, que, también amo­rosamente, desprendió de su ajuste y llevó hasta la mesa que había colocado en el centro del recinto.

Acomodóse el hechicero en una silla, hundió la mano en uno de los bolsillos secretos de su atavío y sacó una bola de cristal. Animado su núcleo por un remolino multicolor, no se asemejaba en un pri­mer examen sino a una canica. No obstante, un escrutinio más concienzudo revelaba que las volutas allí atrapadas estaban dotadas de vida, ya que se agi­taban y estiraban sin tregua, como si buscasen una vía de escape.

Raistlin depositó el globo sobre el pedestal que, debido a su superior tamaño, le confería un aspecto ridículo. De pronto, como siempre ocurría, se armo­nizaron las proporciones. La bola creció, el pie pa­reció encogerse y, acaso por efecto de estas mutacio­nes, el propio nigromante tuvo la impresión de haberse reducido. Era él quien se sentía insignifi­cante.

Se trataba de una sensación corriente, a la que es­taba avezado, sabedor de que el Orbe de los Drago­nes —tal era la vibrante, abigarrada esfera— inten­taba poner en desventaja a quien lo utilizaba. El nigromante había aprendido a dominarlo mucho tiempo atrás, o cabría decir en un remoto futuro, y conocía el método para controlar la quintaesencia de las razas reptilianas que lo habitaban.

Relajándose, cerró los ojos y se abandonó a su ma­gia. Transcurridos unos segundos, posó los dedos en la fría superficie del Orbe y pronunció unas antiguas fórmulas:

Ast bilak moiparalan. Suh akvlar tantangusar.

El arco iris cesó en sus lánguidas dimanaciones y comenzó a girar desenfrenadamente. El archimago clavó su mirada en el epicentro de aquellas órbi­tas, a fin de luchar contra el mareo que le producían, firmes las manos sobre el cristal. Despacio, repitió las frases arcanas.

Se apaciguaron las revoluciones y una luz surgió del núcleo. Raistlin pestañeó, antes de fruncir el en­trecejo. El destello no debía ser blanco ni negro, ha­bía de encerrar todos los colores y ninguno como símbolo de la mescolanza del Bien, el Mal y la Neu­tralidad que gobernaba la esencia de los dragones. Así fue siempre, desde la primera vez que se asomó al interior y se debatió para alcanzar la absoluta su­premacía.

El fulgor que ahora observaba, aunque similar a los que percibiera en anteriores circunstancias, es­taba circundado por oscuras sombras. Lo estudió de cerca, fríamente, deseoso de descartar los posibles delirios de su imaginación. No era una falacia. Con la faz contraída, reconoció los imprecisos contornos que revoloteaban en torno a la luz: ¡perfiles de alas!

De la luminosidad brotaron dos manos. El hechi­cero las agarró y quedó sin resuello.

Aquellas manos tiraban de él con tanta fuerza que, desprevenido por completo, Raistlin casi perdió el control. Sólo cuando sintió que el Orbe iba a absor­berlo a través de los miembros que se dibujaban en el engañoso resplandor atinó a invocar la energía de su propia voluntad para, sin vacilar, ejercer idénti­ca presión y atraer las manos hacia su persona.

—¿Qué significa esto? —se encolerizó—. ¿Por qué me desafías? Me convertí en tu dueño hace ya mu­chos años.

—Ella me llama y yo debo obedecer —respondió una voz en los recovecos de su cerebro.

—¿Quién es tan importante que osa invocarte por encima de mí mismo? —indagó el nigromante con una sonrisa desdeñosa, aunque su piel se tornó más fría que la textura del globo.

— ¡Nuestra Reina! Su mera voz distorsiona nues­tro sueño, perturba nuestro descanso. Ven, maestro, te llevaremos. ¡Síguenos!

¡La Reina! El archimago se estremeció, incapaz de refrenar sus emociones. Las manos, intuyendo su fla­queza, reanudaron la pugna para arrastrarle, mas él apretó la garra e hizo una breve pausa. Necesitaba ordenar sus ideas, que se agitaban en su mente tan enloquecidas como el abigarrado torbellino de la esfera.

Se reprendió por no haber previsto la interferen­cia de la soberana, que había penetrado parcialmente en el mundo y, ahora, se movía entre los dragones perversos. Desterrados de Krynn por el sacrificio de Huma, el Gran Caballero, los reptiles del Bien y del Mal dormían en simas profundas, ocultas.

Takhisis, la Reina de la Oscuridad, había decidi­do respetar el conveniente letargo de los animales bondadosos y, en su encarnación de Dragón de Cin­co Cabezas, despertaba a sus aliados, los unía a su causa mientras se esforzaba en apoderarse del mundo.

El Orbe, aunque compuesto de las esencias de to­dos los reptiles —benignos, malévolos y neutrales—, reaccionaba presto al mandato de su Reina especial­mente en la época actual, cuando predominaba la malignidad. Y, debía admitirlo, su naturaleza de nigromante no hacía sino fortalecer la faceta negativa del ingenio.

«¿Son estas sombras alas de dragones, o acaso re­flejos de mi alma?», dudó Raistlin al contemplar la arcana bola.

No era momento para reflexiones. Todos estos pen­samientos surcaron su mente con tanta rapidez que, entre una inhalación de aire y otra, el hechicero tomó conciencia del grave peligro que corría. Si cometía el menor descuido, Takhisis lo reclamaría como su siervo.

—No, mi Reina —murmuró, sin soltar las manos que lo seducían desde el corazón del Orbe—. No ha de resultarte tan fácil.

Habló entonces a la mágica esfera, en tono más pe­rentorio.

—Sigo siendo tu señor. Fui yo quien te rescató de Silvanesti y de Lorac, el demente soberano elfo. Fui yo quien te salvó de la hecatombe en el Mar San­griento de Istar, pues yo soy Rais... —Titubeó, tragó su repentinamente amarga saliva y continuó con los dientes apretados—: Fistandantilus, el Amo del Pa­sado y del Presente. Como tal, exijo vuestra obe­diencia.

La luz parpadeó hasta oscurecerse, los dedos que se entrelazaban con los suyos comenzaron a desli­zarse. Un espasmo de ira y temor atenazó sus vísceras, mas dominó al instante sus emociones y retuvo aquellos resbaladizos dedos, que, conscientes de su superioridad, se relajaron.

—Acataremos tu voluntad —prometió la voz de las tinieblas.

—Eso está mejor.

Aunque se había tranquilizado, el nigromante no osó emitir un suspiro de alivio. Sin permitirse nin­gún quiebro en su inflexión, como el padre que tras reprender a su hijo sabe que no debe permitirse va­cilaciones para no perder la autoridad, manifestó su deseo.

—He de ponerme en contacto con mi aprendiz en la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas. Atended a mi mandato, transportad mis ecos a través de las órbitas del tiempo. Dalamar escuchará así mis pa­labras.

—Di esas palabras, amo. Él las oirá como el palpi­to de su propio corazón, y en tus tímpanos vibrará su respuesta.

Raistlin asintió.

 

 

 

 

 

 

 

2

Escarceos amorosos y conspiraciones

 

 

Dalamar cerró el libro de hechicería y, frustrado, descargó el puño sobre la mesa. Estaba seguro de haber cumplido con todos los requisitos, de haber recitado los versículos sin el más mínimo error en su énfasis ni, tampoco, en el número de veces que debía repetir el cántico. Los ingredientes eran los adecuados, había visto cómo Raistlin los manipula­ba en infinidad de ocasiones. Sin embargo, no logró el efecto deseado.

Enterrando la cabeza entre las palmas, entornó los ojos y evocó el recuerdo de su shalafi hasta que pudo oír su voz susurrante. Intentó recordar el tono, el rit­mo exacto, revisó todas las fases al objeto de detec­tar su fallo.

De nada le sirvió; cada detalle se le antojó idénti­co. «Bien —se dio por vencido—, tendré que aguar­dar su regreso.»

Tras levantarse, el elfo oscuro pronunció una palabra mágica y el hechizo de luz perpetua en que había sumido una bola de cristal, colocada en el escritorio de la biblioteca del archimago, se desva­neció. No ardía ninguna fogata en la chimenea, la noche primaveral en Palanthas era tan benigna y agradable, que el aprendiz incluso se había atrevido a entreabrir el ventanal.

La salud de Raistlin era frágil hasta en los mejo­res momentos. No toleraba la más mínima brizna de aire fresco, prefería sentarse en su estudio arropa­do por el calor del fuego y los aromas de rosas, especies y podredumbre. En general, a su acólito no le importaba, pero cuando llegaba la primavera su alma elfa solía añorar el hogar boscoso que había abandonado para siempre.

Erguido junto al batiente, aspiró el perfume de vida renovada que ni siquiera los horrores del Ro­bledal de Shoikan lograban alejar de la Torre y se concedió a sí mismo la licencia de pensar en Silvanesti.

Un elfo oscuro, un ser a quien le ha sido negada la luz. Eso representaba él para su pueblo. Al sor­prenderlo investido de la Túnica Negra, un hábito que ningún miembro de su raza podía mirar sin es­tremecerse, al descubrir que practicaba las artes pro­hibidas a los de su condición inferior, los mandata­rios le ataron los pies y las manos, amordazaron su boca y vendaron sus ojos. En tan triste estado, lo arrojaron a una carreta y lo condujeron a las fronte­ras de su territorio.

Privado como se hallaba de la visión, sólo guarda­ba en su memoria la fragancia de los álamos, de los brotes florales y de la rica tierra. Lo desterraron en la misma estación que ahora renacía.

¿Regresaría, si pudiera hacerlo? ¿Renunciaría a lo que ahora tenía a cambio de volver? ¿Sentía remor­dimientos, pesadumbre acaso? Sin proponérselo, Dalamar se llevó la mano al pecho y, debajo de sus ropajes, tanteó sus heridas. Aunque hacía ya una semana desde que el archimago le imprimiera su hue­lla en la carne en forma de cinco abrasadoras llagas, no se había iniciado el proceso de cicatrización. Nun­ca lo haría, reflexionó resignado.

El dolor le hostigaría durante el resto de su vida. Siempre que se desnudara, vería aquellos estigmas, surcos que la piel no había de cubrir. Era el castigo que debía sufrir por traicionar al shalafi.

Merecía su suerte, como le dijera a Par-Salian, má­ximo dignatario de la Orden, señor de la Torre de la Alta Hechicería de Wayreth y, en cierto modo, tam­bién de su persona, puesto que había aceptado con­vertirse en el espía de aquel grupo de magos que temían a Raistlin y desconfiaban de él más que de cualquier mortal.

¿Dejaría este peligroso lugar? ¿Deseaba reencon­trarse con su hogar de Silvanesti?

Se asomó al exterior con una sonrisa sombría, reminiscente de la mueca de su maestro arcano, y, sin darse cuenta, desvió la mirada del pacífico, estrella­do cielo hacia la estancia, hacia las interminables hi­leras de volúmenes encuadernados de azul que atestaban los anaqueles de la biblioteca. Visualizó, en una secuencia retrospectiva, las maravillosas, espe­luznantes escenas a las que tuviera el privilegio de asistir en su calidad de aprendiz del archimago. Sin­tió el influjo devastador del poder en sus entrañas, un placer que se sobreponía al dolor.

No, nunca regresaría.

Interrumpió su ensoñación el repicar de una cam­pana de plata. Sólo tañió una vez, con un sonido que­do y armonioso; sin embargo para quienes habita­ban la Torre —tanto los que vivían en este plano como los que pululaban en el de ultratumba—, pro­dujo el efecto de un gong que rasgase el aire. ¡Alguien pretendía entrar! Una criatura había sorteado los riesgos de la arboleda y había llegado a las puertas de la mole.

Presente en su imaginación la efigie de Par-Salian, que había rememorado minutos antes, el elfo quedó convencido de que el poderoso hechicero de Túnica Blanca aguardaba en su umbral. En su mente reso­nó la sentencia que profiriera frente al cónclave unas noches atrás: «Si alguno de vosotros intentara pe­netrar en la Torre durante su ausencia, le mataría sin vacilar.»

Formuló presto un encantamiento que lo transpor­tó, en un abrir y cerrar de ojos, a la entrada princi­pal del edificio.

Cuando se hubo materializado no se enfrentó, como intuía, a un grupo de ancianos de virtudes so­brenaturales. Se recortaba frente a él una figura ata­viada con una armadura de escamas reptilianas, cu­bierta la cabeza mediante un espantoso yelmo que lo identificaba como Señor del Dragón. En su mano enguantada, el visitante sostenía una joya negra, un talismán que Dalamar no halló dificultad en reco­nocer, y detrás de su espalda sintió, aunque no podía distinguir sus rasgos, la presencia de un ser do­tado de terrible fuerza: un Caballero de la Muerte. El Señor del Dragón utilizaba la ominosa alhaja para mantener a raya a los guardianes, cuyos páli­dos rostros refulgían en su aureola maléfica, sedien­tos de sangre. El aparecido, que no mostraba su sem­blante, dimanaba sin dejar lugar a equívocos una cólera desbordada.

—Te pido disculpas por tan descortés acogida —dijo el elfo, a la vez que se inclinaba en una reverencia—. Si nos hubieras mandado aviso de tu venida, Kitiara...

La Dama Oscura, pues no era otra la que allí se personaba en medio de la noche, se quitó el yelmo antes de que concluyera su saludo y clavó en él sus ojos pardos, poseedores de una gélida expresión que la emparentaban con su hermanastro, el shalafi.

Me habrías preparado una recepción más inte­resante, estoy segura —espetó la mujer al discípulo, con un brusco ademán que hizo revolotear su riza­da melena—. No soy tan previsora, viajo a mi antojo de un lado a otro y creo tener derecho a presentar­me cuando me apetezca en casa de mi hermano —protestó, trémula la voz a causa de la ira—. Me he abierto camino en ese malhadado bosque vuestro para ser luego atacada en el acceso al edificio. —Desenvainada su arma, dio un paso al frente—. Por los dioses, abyecta lombriz, debería darte una lec­ción.

—Reitero mis excusas —contestó Dalamar, sereno, si bien en sus almendradas pupilas prendió un des­tello que detuvo el ímpetu de la dama.

Como la mayoría de los guerreros, Kitiara consi­deraba a los magos un hatajo de inútiles que mal­gastaban su tiempo leyendo libros y podrían rendir mejor servicio si esgrimieran el frío acero. Era cier­to que realizaban vistosos trucos, pero en una situa­ción apurada antes confiaría en su espada y expe­riencia que en alambicadas palabras o heces de murciélago.

Así juzgaba a Raistlin en su fuero interno, y el apren­diz que ahora estudiaba le merecía idéntica opinión. O quizás aún más desfavorable, ya que pertenecía a una raza célebre por su incapacidad para la lucha.

No obstante, en una faceta de su carácter, Kit dife­ría de los combatientes comunes. Tenía una especial habilidad para reducir a sus adversarios, un don in­nato que se había acrecentado al sobrevivir a todos aquellos que habían osado oponérsele. Un breve escrutinio a la sosegada postura de Dalamar, a su im­perturbable aplomo, la hicieron sospechar que quizá se había tropezado con un enemigo digno de ella.

No le comprendía, había algo en aquel elfo que es­capaba a su observación. Era consciente del peligro que irradiaba y, aunque se exhortó a la cautela, hubo de confesarse que la atraía la proximidad de una cria­tura tan seductora —incluso le pareció que sus fac­ciones eran más hermosas que las de otros represen­tantes de su raza—, provista de un cuerpo musculoso y bien proporcionado. De pronto se le ocurrió que sacaría más partido de una conducta amistosa que de la intimidación, pese a que no dudaría en utili­zar al discípulo si se ofrecía la oportunidad. «Desde luego —recapacitó con la vista prendida en el pecho masculino, en la broncínea piel que se insinuaba en el punto donde se marcaba la abertura—, así será mucho más entretenido.»

Tras guardar de nuevo la espada en su vaina, Kitiara avanzó hacia el pórtico. La luz que había rever­berado en el filo se desplazó hasta sus ojos.

—Perdóname, Dalamar. Ése es tu nombre, ¿ver­dad? —Sus labios, comprimidos aún por la furia, se ensancharon en la irresistible sonrisa a la que tan­tos hombres habían sucumbido—. El dichoso Roble­dal me crispa los nervios. Tienes razón, debería haber notificado a Raistlin que vendría, pero he actuado movida por un impulso. —Se hallaba muy cerca del acólito y, espiando su faz semioculta en la capucha, añadió—: Es uno de mis defectos; suelo de­jarme llevar por arranques irreflexivos.

El elfo oscuro despachó a los centinelas con un es­cueto gesto y, ya solos, admiró a la dama esbozando una embrujadora sonrisa que nada tenía que envi­diar a la de ella.

Al percibirla, Kitiara le tendió su mano.

—¿Olvidamos el percance?

—Quítate el guante, señora —le indicó Dalamar sin mudar su gentil actitud.

La mujer se sobresaltó. Por unos instantes, sus par­dos iris se dilataron peligrosamente. El discípulo, im­pasible pero sin perder su afabilidad, aguardó. Al fin, Kit se encogió de hombros y tiró, de las fundas de sus dedos hasta desnudar su mano.

—Habrás constatado que no escondo ninguna arma secreta en mi palma —comentó, socarrona.

—Lo sabía de antemano —respondió el aludido, a la vez que se llevaba el dorso descubierto a los la­bios y le imprimía un prolongado beso—. Pero no po­días negarme este placer.

Su ósculo fue cálido, sus manos transmitían fuer­za y la Señora del Dragón sintió bajo su contacto que la sangre bullía en sus venas. Leyó en sus ojos que aquel elfo conocía su juego, que también él lo prac­ticaba. Creció su respeto, al unísono con su resque­mor, ante un rival que demostraba hallarse a su al­tura. Le dedicaría toda su atención, en exclusiva.

Retirando su mano de la garra viril, Kitiara la posó detrás de su espalda con una sutil coquetería que desmentían el imponente efecto de la armadura y su porte de luchadora. Era éste un ademán destinado a atraer y confundir, y el tenue rubor de su interlo­cutor le confirmó que había logrado su propósito.

—Quizás he camuflado armas debajo de mi pec­toral. ¿Deseas registrarme? —inquirió con una mue­ca burlona.

—No es necesaria tal medida —rehusó Dalamar, enlazadas las manos sobre su negro atavío—, tus ar­mas están en la superficie. Si ahondase en tu perso­na, señora, iría en busca de aquello que guarda el metal y que, aunque muchos han penetrado, nadie ha conseguido tocar.

Kitiara contuvo el resuello. Hipnotizada por esta sentencia, recordando aún la ardiente textura de sus labios, dio un nuevo paso al frente con el rostro la­deado hacia el de su anfitrión.

Fríamente, como por instinto, Dalamar se apartó con un grácil movimiento. La dama, convencida de que su oponente iba a estrecharla en sus brazos, per­dió el equilibrio y tropezó hacia adelante.

Tras enderezarse merced a su felina agilidad, la Se­ñora del Dragón se encaró con el esquivo elfo igno­rante del sonrojo que teñía sus pómulos. Era presa de una rabia indescriptible, a más de uno había ma­tado por afrentas menores a la que él le infligía. Sin embargo, la desconcertó el hecho de que, al parecer, Dalamar no había actuado de manera premeditada. ¿O sí? La ausencia de emociones en su faz, tan per­fecta, no dejaba de resultar acusadora. En un mar de dudas, decidió que lo averiguaría y, si la había humillado a conciencia, pagaría caro su agravio.

A pesar de su incertidumbre, de desconocer los de­signios secretos de su rival, Kitiara tuvo que admi­tir su astucia. En una actitud muy propia de ella, no perdió tiempo en amonestarse por su error. Se ha­bía expuesto a un golpe y lo había recibido; ahora estaba herida, pero alerta.

—Lamento de verdad que el shalafi no esté en la Torre —dijo Dalamar, transcurridos unos segundos de silencio en los que ambos se estudiaron sin pestañear—. Estoy persuadido de que también él sen­tirá no haber podido recibirte.

—¿Que no está? —repitió la mujer, descartando sus cábalas ante tan inesperada nueva—. ¿Adonde ha ido?

—Me extraña sobremanera que no te relatara sus proyectos —apuntó el elfo con fingida sorpresa—. Ha viajado al pasado para adquirir la sapiencia de Fistandantilus y, así pertrechado, atravesar el Portal donde anida...

—¿Significa eso que no ha desistido de su absur­do plan, a pesar de no acompañarle la sacerdotisa? —interrumpió la dama.

Antes de terminar su pregunta, Kit comprendió que se había puesto en evidencia. Nadie debía ente­rarse de que había ordenado al caballero Soth que asesinara a Crysania a fin de detener a Raistlin en su absurdo empeño de desafiar a la Reina de la Os­curidad. Mordiéndose el labio, volvió el semblante hacia su fantasmal esbirro.

Dalamar la imitó, con una sonrisa de satisfacción por haber capturado los pensamientos que se agita­ban bajo aquella crespa, bella melena negra.

—¿Tenías noticia del ataque a la Hija Venerable? —indagó, tan ingenuo su acento que provocó la in­dignación de su interlocutora.

—¡No disimules conmigo! —le recriminó la Seño­ra del Dragón—. Sabes de sobra que estoy al corrien­te, y también mi hermano. Quizá se haya vuelto loco, pero nunca fue un necio. —Se volvió para increpar a su acompañante—. Me aseguraste que estaba muerta.

—Y lo estaba —declaró Soth, el caballero espec­tral, saliendo de los vapores que le envolvían para plantarse ante la dama. Sus proverbiales llamas ana­ranjadas centelleaban en las invisibles cuencas oculares—. Ningún ser humano sobreviviría a mi asalto. Ni tu maestro —se dirigía a Dalamar— po­dría haberla salvado.

—No —concedió el elfo—, pero el dios de la sacer­dotisa sí ostentaba ese poder. Y lo ejerció. Paladine hechizó a su servidora y atrajo su alma hacia él, aun­que dejó su carcasa en la tierra. El gemelo del shafali y hermanastro tuyo, señora —se inclinó respetuoso ante la exasperada Kitiara—, llevó a la mujer a la Torre de la Alta Hechicería, desde donde los ma­gos del cónclave la catapultaron a la presencia del único clérigo capaz de reanimarla: el Príncipe de los Sacerdotes de Istar.

— ¡Imbéciles! —renegó la Dama Oscura, lívida su tez—. ¡La enviaron donde Raistlin quería que estu­viese!

—Con pleno conocimiento de causa —apostilló Dalamar—. Yo mismo les informé.

—¿Tú? —Kit no daba crédito a sus oídos.

—Hay  asuntos  sobre  los  que  debo  ilustrarte —susurró el discípulo—. Nos llevará algún tiempo. Te suplico que me sigas hasta mis aposentos, donde nos instalaremos cómodamente.

Estiró el brazo y ella, tras un corto titubeo, acep­tó la invitación. Una vez hubo asido su mano, el im­previsible acólito rodeó su cintura y la aproximó a su cuerpo. Kit intentó desembarazarse, pero, a decir verdad, no puso excesivo afán; así que Dalamar im­primió mayor firmeza a su abrazo.

Para que mi encantamiento nos transporte a ambos —le explicó—, has de permanecer lo más cerca posible.

—Puedo ir caminando —le opuso la mujer—. No me entusiasma la idea de desplazarme a través de las brumas arcanas.

No obstante, mientras hablaba, clavó sus ojos en los de él y apretujó el cuerpo, con sensual abando­no, contra sus musculosas formas.

—De acuerdo, como prefieras —se rindió el falso alumno—, que parecía complacerse en torturarla.

El elfo oscuro se encogió de hombros y se desva­neció en una voluta de humo. Kit examinó su entor­no, mas lo único que distinguieron sus sentidos fue la voz de su guía dándole instrucciones.

—Sube la escalera de caracol, señora, y en el es­calón número quinientos treinta y nueve gira a la iz­quierda.

 

 

—Como ves —dijo Dalamar—, me juego en esta empresa tanto como tú. He sido enviado por los má­ximos exponentes de las tres Túnicas, la Negra, la Blanca y la Roja, para impedir que suceda semejan­te calamidad.

Ambos se relajaron en las habitaciones que, sun­tuosas y privadas, le habían sido asignadas al ayu­dante del amo de la Torre. Después de que el elfo desintegrara en el aire los restos de una cena tan co­piosa como refinada, los dos personajes se sentaron junto a una fogata que había sido encendida más para iluminar la sala que porque su calor fuera pre­ciso en la tibia noche primaveral. Además, las dan­zarinas llamas inducían a la conversación.

—En ese caso, no entiendo que no lo detuvieras —le reprochó la dama, al mismo tiempo que deposi­taba su copa en un velador—. ¿Tan difícil es? Un pu­ñal en la espalda constituye un método rápido y sen­cillo —comentó, reproduciendo la acción mediante un rotundo movimiento de la mano—. ¿O acaso los magos estáis por encima de tales mezquindades?

—No se trata de estar por encima, como tú dices —replicó Dalamar, quien optó por ignorar el desdén que ribeteaba aquellas palabras—. Los magos nos valemos de medios más sutiles para deshacernos de nuestros enemigos, pero tampoco es ésa la cuestión. Yo nunca emplearía mis ardides contra tu hermano. Se convulsionó en un escalofrío y bebió el vino de manera precipitada.

—Memeces —gruñó Kitiara.

—En absoluto —la corrigió él, aunque sin ofender­se por su desprecio—. Escúchame con atención, qui­zás así lo comprendas. No conoces a tu hermano y, lo que es peor, no le temes. Tu ignorancia te abocará a un destino fatal.

—¿Temerle? —repitió la mujer, desoyendo tan in­quietante advertencia—. ¿Cómo podría inspirarme miedo esa ruina descarnada y enfermiza? Bromeas —aseveró entre risas. Mas su jocosidad se difuminó al inclinarse hacia su anfitrión—. No, hablas en se­rio. Lo leo en tus ojos.

—Ni siquiera la muerte, con su abrumadora reali­dad, me espanta tanto como Raistlin —se reafirmó el elfo.

Esbozada una acerba sonrisa, Dalamar aferró la costura de su pectoral y la desgarró para revelar las huellas indelebles que trazara la mano del archimago. Kitiara, desconcertada, contempló las llagas y alzó de inmediato la vista hacia el lívido rostro de su oponente.

—¿Qué arma te infligió estas heridas? No la reco­nozco.

—Sus dedos —contestó él con voz desapasio­nada—. Estos cinco estigmas fueron un mensaje para Par-Salian, un desafío escrito a sangre y fuego cuando me encargó que transmitiera sus saludos al cónclave.

La guerrera había presenciado escenas dantescas a lo largo de su existencia. Había asistido a sesiones de tormento en los calabozos de los montes llama­dos Señores de la Muerte y también se había enfren­tado a decapitaciones o ajusticiamientos en los que, bajo su presidencia, se desollaba vivos a los prisio­neros. Sin embargo, aquellos surcos rezumantes y la imagen que evocaban de los delgados dedos de su hermano penetrando en la carne de su ayudante le causaron un irrefrenable temblor.

La dama se hundió en su silla y revisó en su men­te todo cuanto Dalamar le había relatado. Sus cavi­laciones la incitaron a pensar que, quizás, había in­fravalorado las dotes de Raistlin. Grave su expresión, sorbió el licor como si deseara infundirse ánimos.

—De modo que se obstina en traspasar el Portal —recapituló despacio, modificadas sus opiniones ahora que le era dado estudiar tan lacerantes líneas en la piel del elfo—. Cruzará su umbral en compa­ñía de la sacerdotisa y penetrará en el abismo. ¿Qué hará entonces? Sin duda es consciente de que no pue­de rivalizar con la Reina de la Oscuridad en su pro­pio plano.

—Por supuesto, conoce sus limitaciones tanto como su fuerza —confirmó el discípulo—. Sabedor de que ella se impondría en la pugna, se propone en­gatusarla para que entre en el mundo. En el momen­to en que la soberana se asome a sus dominios, está persuadido de que podrá destruirla.

—¡Qué insensatez! —se escandalizó Kitiara, si bien su protesta afloró en un murmullo inarticulado—. Ha perdido el juicio —sentenció, a la vez que posa­ba de nuevo la copa a fin de evitar que su alterado pulso derramara el líquido—. Sólo ha visto a la Rei­na cuando no era más que una sombra, cuando un obstáculo obstruía su avance. Ni siquiera ha atisbado cómo es en la plenitud de sus facultades.

Nerviosa, se levantó para deambular sobre la mu­llida alfombra, que reproducía en su urdimbre dise­ños de los árboles y las flores tan apreciados por los elfos. Sintiendo un frío repentino, se aproximó al fue­go bajo el escrutinio de Dalamar, quien, entre el cru­jir de sus negras vestiduras, la siguió. Pese a hallar­se absorta en sus cábalas y aprensiones, la mujer no dejó de percibir la cálida presencia de su interlocu­tor a escasos centímetros de su cuerpo.

—¿Cuáles son las predicciones de los magos? —indagó la Señora del Dragón—. ¿Quién vencerá en la contienda si Raistlin tiene éxito en su descabella­do plan? ¿Le otorgáis alguna posibilidad?

En lugar de contestar, el interpelado puso sus ma­nos en el esbelto cuello femenino y comenzó a aca­riciarlo. La sensación fue deliciosa. Kit entornó los ojos para mejor entregarse a aquel suave contacto.

—Los magos nada saben —confesó el elfo, ladean­do ligeramente la cara a fin de besar a la dama de­trás de la oreja.

Estirándose como un felino, ella arqueó la espal­da hasta rozar la cintura de él.

—El shalafi estaría aquí en su elemento —continuó Dalamar—, mientras que la monarca se debilitaría. De todos modos, no será fácil derrotarla. Algunos miembros de la asamblea arcana auguran que la ba­talla nos conduciría a todos a una hecatombe. Según ellos, el mundo cesaría de existir.

Kitiara pasó los dedos por la sedosa y abundante melena del discípulo, atrayendo con el mismo movi­miento sus ardorosos labios a su garganta.

—Pero ¿tiene alguna posibilidad? —persistió en un quedo susurro.

El aprendiz se apartó pausado, sin violencia. Con las palmas aún en sus hombros, obligó a la dama a mirarle y observó, por el extravío de sus pupilas, que estaba sumida en hondas meditaciones.

—Siempre la hay —declaró, conciso.

—¿Y qué harás tú si consigue su propósito de en­señorearse del abismo? —Kit apoyó sus manos en el pecho del elfo, allí donde su hermanastro grabara su terrible impronta. Sus ojos, prendidos de los del acólito, destilaban una pasión que casi, aunque no del todo, neutralizaban su calculadora mente.

—Mi misión consiste en evitar que regrese —le re­veló Dalamar—. Debo bloquearle el acceso a nues­tra órbita vital.

—¿Cuál será tu recompensa por tan peligroso co­metido?

La mujer mordisqueó las yemas de los viriles de­dos, que él había aplicado a sus curvilíneos labios.

—Me nombrarán amo de la Torre y sucederé al ac­tual mandatario de la Orden de los Túnicas Negras —accedió a contarle el discípulo, aunque a rega­ñadientes—. ¿Por qué te interesa?

—Quizá podría ayudarte —insinuó la dama con un suspiro.

Sobrevino un breve silencio, en el que Kitiara pa­seó sus manos sobre el torso mancillado del elfo y sus anchos hombros, clavándole las uñas a la mane­ra de una gata. Él, más receptivo de lo que habría estado dispuesto a admitir, se estremeció y la estre­chó contra su cuerpo.

—Podría resultarte útil —insistió la Señora del Dragón en actitud resuelta—. No puedes reducir en solitario a una criatura de sus habilidades.

—Mi querida Kitiara, ¿a quién respaldarías, a Raistlin o a mí? —la interrogó el alumno con una iro­nía a la que la dama comenzaba a acostumbrarse.

—Eso dependerá de quién se erija en triunfador.

Mientras así se pronunciaba, Kit deslizó sus palmas bajo el tejido desgarrado y permito que la ardiente boca de él jugueteara con su barbilla.

—Esa franqueza contribuye a nuestro mejor enten­dimiento —vertió Dalamar en el oído de su compa­ñera.

—Es evidente que nos compenetramos a la perfec­ción —corroboró la humana, invadida por una pla­centera sensación—. Y, ahora, cambiemos de tema. Hay algo que quiero preguntarte, que siempre ha ex­citado mi curiosidad. ¿Qué lleváis los magos debajo del hábito, elfo oscuro?

—Apenas nada —murmuró el aludido—. ¿Qué prendas esconde la armadura guerrera de una Se­ñora del Dragón?

—Ninguna.

 

 

Kitiara había partido y Dalamar se hallaba en el lecho, en un estado de duermevela. Su almohada es­taba todavía impregnada del fragante aroma del ca­bello femenino, una mescolanza de perfume y acero tan embriagadora, tan ambigua como la mujer misma.

El elfo oscuro se desperezó ocioso, con una sarcástica mueca en sus labios. Sabía que su amante le trai­cionaría, del mismo modo que ella era consciente de que el seductor discípulo no vacilaría en destruirla si surgía la necesidad. Tal certeza compartida no enturbió sus amoríos, al contrario, les confirió un sa­bor picante.

Cerrando los ojos, se abandonó a un plácido letargo mientras oía a través de la ventana el batir de unas alas reptilianas prestas a levantar el vuelo. La ima­ginó sentada a lomos de su dragón de escamas azu­les, con el yelmo refulgente en el claro de luna.

—¡Dalamar!

El acólito se incorporó como si le moviera un re­sorte. Había despertado de pronto, agitado por un temor que atenazaba todo su ser. Tembloroso tras re­conocer el timbre familiar de quien le invocaba, es­crutó el aposento,

¿Shalafi? —inquirió vacilante. No había nadie más en la estancia y, sosegado, su­puso que se trataba de un sueño.

—¡Dalamar!

Esta vez el eco fue apremiante, inconfundible. El discípulo miró perplejo en su derredor, renacido su pánico. Raistlin no era dado a cierta clase de juegos. Hacía una semana que emprendió su viaje al pasa­do y no debía regresar en mucho tiempo, de eso es­taba seguro; sin embargo, el elfo conocía su voz me­jor incluso que su propio palpito. No adivinaba qué estaba sucediendo.

Shalafi, te escucho pero no puedo verte —dijo el alumno, esforzándose en disimular su zozobra.

—Me encuentro, como tú presumes, en una época remota. Te hablo, aprendiz, a través del Orbe de los Dragones —le esclareció el archimago—. Quiero en­comendarte una tarea de suma importancia, así que escúchame atentamente y sigue mis instrucciones al pie de la letra. Actúa de inmediato, cada segundo es precioso.

Tras entornar los párpados para mejor concentrar­se, Dalamar logró distinguir con absoluta claridad las palabras de su maestro. En el breve mutismo que sucedió a aquel preámbulo, inundaron sus tímpanos unos estruendos de risas que, transportadas por el viento, atravesaron el batiente abierto. Marcaba la al­garabía el inicio de una fiesta dedicada a la prima­vera. Junto a las puertas de la ciudad vieja ardían hogueras. A partir de ese día, los jóvenes intercam­biarían flores diurnas y ósculos en la penumbra de la noche. El aire se endulzaría con las dimanaciones de los guisos especiales de las fechas, de las rosas en floración y se enriquecería al convertirse en tes­tigo de idilios y celebraciones.

Cuando Raistlin reanudó su discurso, sonidos y ca­vilaciones se disiparon. Olvidó a Kitiara, el amor, la primavera. Alerta, vibrante su cuerpo al son de las inflexiones acústicas del gran hechicero, prestó sólo oídos a las explicaciones que le impartía.

 

 

3

 El regreso de Caramon

 

 

Bertrem recorría sigiloso las estancias de la Gran Biblioteca de Palanthas. Sus ropajes de Esteta on­deaban alrededor de sus tobillos, en unos susurros que se acompasaban con la tonada que canturreaba en su recorrido. Había estado contemplando las fies­tas primaverales desde los ventanales del regio edi­ficio y ahora, mientras reanudaba su quehacer en­tre los millares de libros y pergaminos atesorados en las distintas dependencias, la melodía de un ale­gre madrigal resonaba en su mente.

Bertrem tarareaba la música con voz discordante, aunque en tonos apagados a fin de evitar que sus ecos perturbasen la paz en los vastos, abovedados pa­sillos de la Gran Biblioteca. Eran las resonancias de su timbre lo único susceptible de alterar la quietud, pues la mole estaba cerrada a piedra y lodo, como todas las noches. Los otros Estetas, miembros de una sabia hermandad que consagraban sus vidas al es­tudio y la conservación del inmenso acervo cultural recogido desde los albores de la historia de Krynn, se habían retirado o estaban inmersos en sus doctos menesteres.

—Mi amor tiene los ojos de una tórtola, la, la, la. Yo soy el cazador que la acecha, la, la, la —mur­muraba para sus adentros, tan imbuido del ritmo que incluso se aventuró a marcar unos pasos de danza—. Tenso mi arco, saco mi flecha de la aljaba. —Dobló en ese instante un recodo, tan ensimisma­do que ni siquiera sabía dónde se hallaba—. Disparo, y mi dulce saeta vuela hacia el corazón amado. ¡Alto! ¿Quién eres?

Se le hizo un nudo en la garganta, estrangulándo­lo casi, al enfrentarse de pronto con una figura alta, de negro atavío y cabeza encapuchada, que merodea­ba por un corredor marmóreo tenuemente ilumi­nado.

El aparecido no despegó los labios, se limitó a de­tenerse y espiarlo en silencio.

Haciendo acopio de valor, exhortándose a la cor­dura y recogiendo los pliegues de sus vestiduras, el Esteta lanzó al intruso una fulgurante mirada y le imprecó:

—¿Qué asunto te trae a tan sagrado recinto? A es­tas horas, la biblioteca debe permanecer inaccesible incluso para un Túnica Negra. Vete y regresa por la mañana —le ordenó con un imperativo gesto de la mano—. Entrarás por la puerta principal, como todo el mundo.

—Yo no soy «como todo el mundo» —replicó el ino­portuno visitante ante el sobresalto de Bertrem, quien detectó un ligero acento elfo pese a que el re­cién llegado se expresaba en lengua solámnica—. Y en cuanto a las puertas, su uso está restringido a aquellos que no poseen el poder de atravesar los mu­ros. Yo tengo esa virtud además de otras muchas, que quizá no te resulten gratas si las pongo en práctica.

Un escalofrío azotó al anciano erudito. Aquella voz suave, fría, no le amenazaba con falacias.

—Eres un elfo oscuro —aventuró, acusador, mien­tras su cerebro se agitaba en un torbellino de inde­cisión. ¿Qué hacer? Quizá debía dar la alarma, pe­dir socorro.

—Sí —asintió la fantasmal figura. Se desprendió acto seguido de su embozo, de tal manera que la luz capturada en los globos que colgaban del techo, un presente que hicieran los magos a Astinus en la Era de los Sueños, se derramó sobre sus delicados rasgos—. Me llamo Dalamar, y sirvo a...

—Raistlin Majere —lo atajó Bertrem.

El Esteta oteó desazonado su entorno, esperando distinguir en la penumbra al insigne hechicero. Da­lamar sonrió, tan afable que se acrecentó el atractivo de sus ya bellas facciones. Pero la gélida determi­nación que rezumaba paralizó al viejo bibliotecario hasta tal extremo que todos sus proyectos de solici­tar auxilio se desvanecieron.

—¿Qué quieres? —tartamudeó.

—Cumplir el mandato de mi señor —contestó el discípulo—. No te asustes, he venido tan sólo para recabar cierta información. Ayúdame en mi cometi­do y partiré pronta, calladamente.

«¿Qué pasará en el caso de que rehuse?» Tal pen­samiento provocó un espasmo que sacudió la vetus­ta persona del Esteta, incitándole a deponer su acti­tud rebelde.

—Haré cuanto esté en mi mano, nigromante, pero creo que deberías hablar con...

—Conmigo —intervino un tercer personaje surgi­do de las sombras.

—¡Astinus! —exclamó Bertrem, tan aliviado que casi se desmayó después de la tensión sufrida—. Esta criatura es... no le permití... se presentó... Raistlin Majere...

Le faltaban el resuello y la serenidad. No fue ca­paz de proferir una frase coherente.

—No te preocupes —lo apaciguó el cronista y, avanzando unos pasos, dio a su subordinado unas palmadas en el brazo—. Estoy al corriente de lo ocu­rrido. Reemprende tus estudios, yo atenderé a nues­tro huésped —le indicó, puestos los ojos en Dalamar, quien, impávido, parecía obstinarse en ignorar la pre­sencia del historiador.

—Sí, maestro —obedeció Bertrem, reconfortado por aquella voz de barítono que resonaba en los va­cíos corredores.

El anciano giró sobre sus talones y se alejó envuel­to en el revoloteo de sus ropajes, no sin lanzar furti­vas miradas a aquel ser que, rígido como una esta­tua, no movía un solo músculo. Al llegar al final del corredor desapareció raudo tras un recodo y Astinus comprendió, al oír el inusual estrépito de sus san­dalias, que había echado a correr.

El máximo dignatario de la Gran Biblioteca de Palanthas sonrió, aunque sólo en su fuero interno. Fren­te al elfo, su rostro imperturbable, atemporal, no exhibió más emociones que las paredes marmóreas que les circundaban.

—Sígueme, joven mago —invitó a Dalamar, a la vez que se volvía de forma abrupta y comenzaba a an­dar por el pasillo con unas zancadas veloces y rotun­das, insólitas en un hombre de madura apariencia.

Pillado por sorpresa, el invitado vaciló. Al ver que quedaba rezagado, se apresuró a alcanzar a su guía.

—¿Cómo sabes qué busco? —indagó.

—Soy un fiel cronista de la historia —le recordó el interpelado sin inmutarse—. Mientras conversa­mos y nos desplazamos, tienen lugar eventos a los que no soy ajeno. Oigo cada palabra, percibo cual­quier acción que se cometa, sea mundana o trascen­dente, buena o perversa. He asistido desde aquí a to­dos los episodios que han configurado el devenir de Krynn. Fui el primero en nacer y he de ser el último en morir. Y ahora, si ya he satisfecho tu curiosidad, te ruego que me acompañes. Es por aquí.

Tomó bruscamente una ramificación que discurría hacia la izquierda al mismo tiempo que, sin detener­se, alzaba un globo luminoso de su pedestal para alumbrar el camino. Hizo una pausa frente a una puerta, la abrió y penetró en una estancia de vastas dimensiones. Bajo los haces de la esfera, Dalamar vislumbró una interminable serie de libros, ordena­dos en hileras sobre decenas de anaqueles que se per­dían en lontananza. Algunas de aquellas colecciones eran muy antiguas a juzgar por sus cubiertas, don­de la rugosidad de la piel se había alisado con el uso. Sin embargo, se mantenían en excelentes con­diciones merced a los desvelos del riguroso Astinus, que, además de desempolvarlas meticulosamente, restauraba las encuadernaciones más desgastadas.

—Aquí está lo que te interesa —anunció el cronista—: el registro de las guerras de Dwarfgate.

—¿He de examinar todos esos volúmenes? —in­quirió el elfo.

La perspectiva de consultar aquella infinita suce­sión de escritos tuvo el don de destemplarlo.

—Sí, este estante y el siguiente —terminó de de­solarlo Astinus.

—Pero...

Las palabras no afloraban a sus labios. El alum­no arcano estaba demasiado consternado para ma­nifestarse. Era indudable que Raistlin no había calculado la enormidad de su tarea. Era imposible que pretendiera hacerle devorar el contenido de aquellos ejemplares en el ínfimo plazo que le había concedido. Nunca antes había asaltado a Dalamar una sensación tan lacerante de impotencia, de des­valimiento. Ruborizándose y disgustado, recurrió al cronista. Fue un mudo intercambio, mas advirtió que éste le observaba con perfecto aplomo.

—Quizá pueda ayudarte —ofreció Astinus.

Sin más preámbulos, plácido y frío, el gran maes­tro de la biblioteca estiró la mano hacia un volumen que extrajo de su anaquel con perfecta seguridad pese a no haber leído el título en el lomo. A conti­nuación, lo abrió y pasó rápidamente las quebradi­zas páginas, mientras revisaba las líneas pulcras, pre­cisas, formadas por caracteres de primoroso trazo.

—Aquí está —declaró al fin.

Tras rebuscar en uno de sus bolsillos, mostró al asombrado elfo un punto de marfil y lo depositó en­tre dos hojas.

—Puedes llevártelo —dijo, a la vez que cerraba con exquisito cuidado el libro y se lo entregaba al acólito—. Comunícale la información que contiene, mas no olvides repetirle esto: El viento sopla. Las huellas de la arena se borrarán, aunque sólo después de que él las haya seguido.

Se inclinó en una grave reverencia y se encaminó, jalonando aquellas hileras donde se encerraba el sa­ber de todas las épocas, al pasillo. Ya en el umbral, ladeó el cuerpo para contemplar a Dalamar que, er­guido, desorbitados los ojos y con la mano apretada contra el ejemplar que le había confiado, parecía in­merso en una suerte de trance.

—No es necesario, joven mago —le comentó—, que regreses para devolverlo. El libro se acomodará a su anaquel por su propia iniciativa cuando hayas con­cluido. No he de permitir que espantes a todos mis Estetas. El pobre Bertrem debe de hallarse ahora postrado en el lecho. Saluda al shalafi en mi nombre.

Inclinó de nuevo la cabeza y se esfumó en las sombras. El elfo quedó de pie, abstraído en sus reflexio­nes y escuchando el avance firme, lento del cronista hasta que su eco se hubo disipado en la distancia. Formuló entonces un hechizo, que le catapultó a la Torre de la Alta Hechicería.

 

 

—Lo que Astinus me ha prestado, shalafi, es un apéndice donde figuran sus comentarios sobre las guerras de Dwarfgate. Se trata de un extracto de los antiguos textos que escribió...

—El cronista conoce mis inquietudes —atajó Raistlin a su aprendiz—. Adelante, te escucho.

—De acuerdo, shalafi. Los párrafos que ha señala­do comienzan así: «Y Fistandantilus, el archimago, utilizó el Orbe de los Dragones para ponerse en con­tacto a través del tiempo con su acólito e indicarle que se dirigiera a la Gran Biblioteca de Palanthas, a fin de estudiar sus libros de Historia y comprobar si el desenlace de su magna empresa respondería a sus anhelos.»

Al elfo se le quebró tanto la voz al leer estas fra­ses reveladoras de su propia experiencia, que tuvo que hacer una pausa.

—Continúa —le urgió el hechicero.

Aunque la orden de Raistlin resonó más en su men­te que en sus tímpanos, a Dalamar no le pasó inad­vertida la nota de cólera que destilaba. Se apresuró pues a desviar la mirada de aquel párrafo, paradóji­camente anotado siglos atrás, pese a reflejar el en­cargo que acababa de cumplir, y prosiguió con la lectura.

—«Es importante reseñar aquí que las Crónicas, tal como existían en aquel momento concreto, esta­blecían...» Esta parte ha sido subrayada —se inte­rrumpió él mismo.

—¿Qué parte?

—«En aquel momento concreto» —especificó el alumno.

El nigromante nada repuso, así que el elfo, una vez hubo aclarado su garganta, reanudó su quehacer con cierta premura.

—«Establecían que, en principio, el empeño debería haberse coronado con éxito. Junto al clérigo Denubis, Fistandantilus debería haber traspasado el umbral sin novedad dados los vaticinios favorables. Lo que había de ocurrir en el abismo, por supuesto, nunca se sabrá, ya que a despecho de las prediccio­nes los acontecimientos se desencadenaron de un modo distinto.

«"Firmemente convencido de que su proyecto de penetrar el Portal y desafiar a la Reina de la Oscuri­dad no podía fracasar, Fistandantilus entabló la ba­talla con renovado vigor. Pax Tharkas se rindió a los ejércitos de los Enanos de las Colinas y los bárba­ros de las Llanuras (consultar las Crónicas, volumen CXXVI, libro sexto, páginas 589-700). Bajo el mando de Pheragas, el mejor general del archimago —un an­tiguo esclavo de Ergoth del Norte que el hechicero había comprado y adiestrado como gladiador de los Juegos en la arena de Istar), el ejército de Fistandan­tilus forzó la retirada de las tropas del rey Duncan, que tuvieron que refugiarse en la fortaleza de las montañas de Thorbardin.

»"Poco le importaba esta guerra al archimago. Era tan sólo un pretexto para alcanzar sus designios. Tras descubrir el Portal debajo de la plaza fuerte conoci­da como Zhaman, instaló allí su cuartel general e ini­ció los preparativos que habían de otorgarle el po­der que su cometido requería. Se concentró pues en cruzar la puerta prohibida, delegando en su esbirro la responsabilidad de la contienda.

»"Lo que sucedió más tarde es algo que ni siquie­ra yo puedo describir con exactitud, porque las fuer­zas arcanas que se desplegaron adquirieron una magnitud inusitada y se nubló mi visión.

»"El general Pheragas murió en una escaramuza contra los dewar, los enanos oscuros de Thorbardin. Su pérdida entrañó el desmoronamiento del ejérci­to de Fistandantilus. Los Enanos de las Montañas abandonaron en tropel Thorbardin para atacar el al­cázar de Zhaman.

«"Durante el asalto, y persuadidos de que la de­rrota era inminente, Fistandantilus y Denubis apro­vecharon el poco tiempo del que disponían antes del desastre para correr hasta el Portal. Una vez frente a él, el archimago comenzó a invocar su hechizo.

»"En aquel mismo instante, un gnomo, prisionero de los enanos de Thorbardin, activó un artilugio para viajar en el tiempo, que había construido en un su­premo intento de escapar de su confinamiento. Con­traviniendo todos los anales de la historia de Krynn, por un prodigio sin precedentes, su ingenio funcio­nó mejor incluso de lo que el hombrecillo esperaba.

»"A partir de entonces, sólo me cabe especular, pero sin ningún género de dudas, que el invento del gnomo se inmiscuyó, desvirtuándolos, en los pode­rosos y complejos encantamientos que había entre­tejido Fistandantilus. El resultado de tal interferen­cia es algo que conocemos sin margen de error.

»"Se produjo una explosión de tal calibre, que las llanuras de Dergoth quedaron devastadas. Ambos ejércitos fueron barridos de la faz del mundo y la imponente fortaleza de Zhaman se hundió sobre sus cimientos, creando una montaña que recibió el nom­bre de La Calavera.

»"El infortunado Denubis pereció en el estallido. También Fistandantilus debería haber sucumbido, mas sus dotes arcanas eran tan sobrenaturales que logró aferrarse a un resquicio de vida. Su alma tuvo que subsistir en otro plano de existencia, donde pu­lularía hasta encontrar un cuerpo en el que reencar­narse. Ese cuerpo sería el de un joven nigromante llamado Raistlin Majere."

— ¡Ya es suficiente!

—Sí, shalafi —murmuró Dalamar.

La voz del archimago se desvaneció y el elfo oscu­ro supo que estaba solo en el estudio. Comenzó a tem­blar violentamente, sobrecogido por lo que acababa de leer. Dio unos pasos a través de la estancia y, más dueño de sí mismo, se sentó en la butaca que en cir­cunstancias normales ocupara Raistlin y, así acomo­dado, trató de extraer algún significado del intrigante relato. Se perdió en sus cavilaciones, permanecien­do absorto hasta que la grisácea luz del alba deste­rró las tinieblas de la noche.

 

Un espasmo de excitación convulsionó el enteco cuerpo del nigromante. Sus pensamientos eran con­fusos, necesitaría un período de estudio para verifi­car lo que creía haber descubierto. Una frase se ha­bía grabado con especial énfasis en su cerebro: «El empeño debería haberse coronado con éxito.»

«¡Con éxito!», repitió en su fuero interno.

Inhaló aire entre ahogados jadeos, y al sentir la quemazón de sus pulmones se percató de que había cesado de respirar. Vibraron sus manos sobre la fría superficie del Orbe, mientras un entusiasmo indes­criptible se apoderaba de él. Rompió a reír con aquellas singulares carcajadas a las que tan pocas veces se abandonaba, teñidas de ironía pero al mismo tiem­po exultantes, pues había comprendido que las hue­llas de su pesadilla ya no conducían a un cadalso sino a una puerta de platino, a un Portal donde des­tellaban los símbolos arcanos del Dragón de las Cin­co Cabezas. La hoja se abriría obediente a su man­dato. Sólo tenía que hallar y destruir al gnomo.

Notó que alguien tiraba con ímpetu de sus manos y se maldijo a sí mismo por haber perdido el control.

— ¡Alto! —ordenó a las manos que lo atraían des­de el núcleo de la esfera,

Demasiado tarde; los miembros no escucharon su imperiosa voz y siguieron arrastrándolo.

Advirtió, cuando comenzaba a ser absorbido, que sus aprehensoras habían experimentado un cambio. Antes eran irreconocibles, no pertenecían a una raza concreta se dibujaban en ellas los signos de la juven­tud o la vejez. Ahora, por el contrario, se enfrentaba a las manos suaves, sutiles de una fémina, poseedo­ra de una aterciopelada piel blanca y de una fuerza que convertía sus dedos en la garra de la muerte.

Sudoroso, intentando dominar el arrebato de pá­nico que amenazaba con aniquilarlo, Raistlin hizo acopio de todo su coraje, de su energía física y men­tal para combatir la voluntad férrea que se insinua­ba detrás de aquellas manos.

Se desplazó de manera inexorable, sin que de nada le sirvieran tales forcejeos, hacia un rostro que, a me­dida que se aproximaba, ganaba nitidez. Era el sem­blante de una mujer hermosa, de ojos oscuros, que profería palabras seductoras en un tono tan irresistible que despertaron la pasión del mago, si bien su alma se retorcía de odio al escucharlas.

Consciente de que debía evitar su proximidad, el hechicero hizo un esfuerzo desesperado a fin de de­sembarazarse de aquella zarpa tentadora y, al mis­mo tiempo, más poderosa que los nexos de su esen­cia vital. Hurgó en los recovecos de su espíritu, en sus zonas más recónditas, aunque ignoraba lo que en realidad buscaba. Su instinto le decía que, en al­guna parte de su ser, encontraría algo susceptible de salvarlo.

Se destacó en las sombras la imagen de una sacer­dotisa de túnica blanca, portadora del Medallón de Paladine. Brilló en la bruma su aureola y, por un ins­tante, las manos que le aprisionaban parecieron ce­der. Tan sólo fue eso, una liberación momentánea. Una risa estruendosa quebró el frágil contorno de la sacerdotisa, haciéndolo añicos.

—¡Mi hermano! —vociferó Raistlin a través de sus cuarteados labios, y la réplica de Caramon sustitu­yó a la de Crysania.

Ataviado con una armadura dorada, reverberante su espada, el guerrero se materializó en la negrura dispuesto a custodiarlo. No había dado dos pasos, sin embargo, cuando cortaron su avance desde de­trás.

El torbellino lo engullía de manera implacable, aje­no a su resistencia. También la cabeza del archimago empezó a girar a un ritmo vertiginoso, tanto que a cada segundo se menguaba su fuerza y, en conse­cuencia, crecía su desmayo. Y entonces, de repente, brotó una figura solitaria de las más hondas simas de su memoria. No vestía de blanco ni esgrimía es­pada, era una criatura achaparrada con el rostro de­vastado por las lágrimas. Exhibía en su mano un pe­queño animal: una rata muerta.

 

 

Caramon llegó al campamento cuando los prime­ros rayos del sol propagaban sus fulgores por el cie­lo. Había cabalgado toda la noche y estaba cansado, entumecido, más hambriento de lo imaginable.

La perspectiva de regalarse con un sustancial desayuno y dormir un rato lo habían animado en la úl­tima hora, así que la visión de su tienda le arrancó una sonrisa. En el momento en que se disponía a es­polear a su extenuado caballo, oteó más detenida­mente el panorama y, en un impulso mecánico, tiró de las riendas. Tras detenerse, ordenó a su escolta que le imitase mediante el consabido gesto de alzar la mano.

—¿Qué sucede allí abajo? —preguntó, alarmado, desvanecido su apetito.

Garic se situó a su flanco y, perplejo, meneó la ca­beza.

En lugar de contemplar las volutas de humo de las fogatas matutinas, de olisquear los aromas de los guisos o de oír los gruñidos de los hombres al ser despertados de un largo sueño, los viajeros distin­guieron lo que se les antojó un avispero tras recibir la visita de un oso. No atisbaron fuegos encendidos, los soldados corrían sin norte o se apiñaban en gru­pos hirvientes de excitación.

Alguien vislumbró a Caramon y emitió un alari­do. La muchedumbre se arremolinó, echando a an­dar en un tropel tan decidido y multitudinario, que Garic, espantado, dio una precipitada orden a sus acompañantes. En cuestión de segundos, los subor­dinados del general habían formado un escudo hu­mano en torno al cabecilla.

Era la primera vez que el guerrero veía tal desplie­gue de lealtad y afecto por parte de sus seguidores, motivo por el que se le hizo un nudo en la garganta. Emocionado, sin habla, hubo de aclararse la gargan­ta antes de dirigirse a ellos.

—No es un motín —los aleccionó, al mismo tiem­po que se abría paso entre la apretada formación—. Fijaos bien, no están armados y, además, hay nume­rosas mujeres y niños en el grupo. Pero —balbuceó— agradezco vuestra iniciativa.

Al pronunciar esta última frase, clavó sus ojos en Garic, el joven caballero, quien se sonrojó complaci­do, pese a no haber soltado aún la empuñadura de su espada.

Mientras dialogaban, la avanzadilla del gentío ha­bía alcanzado al hombretón. Varios pares de manos agarraron sus bridas al unísono y al hacerlo asusta­ron a su corcel, el cual, convencido de que se había enlabiado una batalla, irguió las orejas y, peor todavía, sus cascos delanteros, resuelto a golpear a quien osara acercársele.

—¡Retroceded! —bramó Caramon, capaz a duras penas de controlar al encabritado animal—. ¿Os ha­béis vuelto todos locos? Ahora sí que parecéis lo que sois, un hatajo de granjeros inexpertos. ¡Reculad os digo! ¿Se han escapado vuestras gallinas? ¿Dónde se han metido mis oficiales?

—Aquí, señor —se impuso al tumulto la voz de uno de los capitanes.

Purpúreos sus pómulos, turbado y colérico, el sol­dado apartó a la plebe para presentarse ante su ada­lid. La severa reprimenda de Caramon tuvo la vir­tud de calmar los ánimos, de tal suerte que el griterío se había reducido a un confuso murmullo cuando un grupo de centinelas asignados al capitán disol­vió el arracimado cerco.

—Te pido disculpas en nombre de todos, señor —declaró el oficial una vez restablecida la paz.

El guerrero desmontó y acarició la testuz del equi­no, que, al sentir su contacto, se inmovilizó, si bien se mantuvo alerta y le miró con las pupilas dilatadas.

El capitán era un individuo de edad avanzada, un mercenario con treinta años de experiencia. Su ros­tro se hallaba surcado de cicatrices, le faltaba el bra­zo izquierdo a causa de un certero sesgo de espada y caminaba renqueante.

Aquella mañana, su desfigurada faz se ruborizó avergonzada al someterse al grave escrutinio de su joven general.

—Los exploradores anunciaron tu venida, señor, mas antes de que pudiera salir a tu encuentro, esta manada de lobos —lanzó una fulgurante mirada a su entorno— se abalanzó sobre ti como si fueras una hembra en celo. Te suplico que les perdones —insistió—; nadie pretendía enojarte mediante esta conducta tan irrespetuosa.

—¿Qué ocurre? —indagó el hombretón, recobra­da la compostura, mientras se encaminaba al cam­pamento sujetando la rienda de su agotado caballo.

El aludido no respondió de inmediato, y Caramon comprendió que prefería hablarle a solas.

—Seguid adelante —indicó a sus hombres—. Garic, ocúpate de revisar mis pertenencias.

Cuando los soldados se hubieron alejado, en la es­casa intimidad que les ofrecía el hecho de estar cir­cundados por una multitud de hombres y mujeres que les espiaban anhelantes, el general volvió a in­terrogar a su oficial.

El viejo mercenario tan sólo dijo dos palabras:

—El mago.

 

 

Al aproximarse a la tienda de Raistlin, Caramon observó compungido el cerco de hombres armados que la rodeaba a fin de mantener a raya a los curio­sos. Al verle aparecer, muchos de los acampados ex­halaron suspiros de alivio y comentaron: «Ahora que ha llegado el general, todo se arreglará.» Hubo quien se inclinó ante él, e incluso se llegaron a oír tímidos aplausos.

Exhortados por los desabridos reniegos del capi­tán, los que aún permanecían agrupados en su en­torno abrieron una brecha para franquearle el paso. Los centinelas armados se apartaban también y ce­rraban de nuevo filas a su espalda en medio de los empellones de la muchedumbre, que se apretujaba y estiraba el cuello en un intento de verle. Como el oficial había rehusado darle más explicaciones so­bre los acontecimientos que se habían producido en su ausencia, el guerrero no sabía a qué atenerse. No había de sorprenderle encontrar un dragón posado en la tienda de su gemelo o enfrentarse a un incen­dio de llamas verdes y coloradas.

En lugar de tales prodigios, sus ojos se tropeza­ron con un guardián apostado frente a la cortinilla y también con la sacerdotisa, que deambulaba ner­viosa por delante del acceso. El luchador examinó al soldado, creyendo reconocerlo.

—Eres el primo de Garic, ¿verdad? —quiso cerciorarse—. El llamado Michael —añadió incier­to, temeroso de haberse equivocado.

—Así es, general —le confirmó el joven caballero.

Se irguió en posición de firmes para dedicarle el saludo marcial que su rango merecía, mas fue una vana intentona. El centinela tenía el rostro macilen­to y desencajado, ribeteaban sus ojos unos círculos rojizos. Resultaba ostensible que no tardaría en desmoronarse, si bien sostuvo la lanza atravesada fren­te a la entrada para obstruir el avance de cualquie­ra que se atreviese a traspasarla.

Al oír el cavernoso timbre de Caramon, Crysania levantó la mirada.

— ¡Loado sea Paladine! —exclamó.

El guerrero advirtió su extrema palidez, el brillo atenuado de sus grisáceos iris y tuvo un escalofrío pese a caldearlo el radiante sol matutino.

— ¡Deshaz de inmediato este corro! Quiero que to­dos reanuden en seguida su quehacer —ordenó al capitán.

El mercenario actuó sin dilación, indicando a sus soldados que dispersaran a aquella abigarrada asam­blea que, entre improperios y quejas más o menos veladas, tuvo que acatar las decisiones de su mandamás. De todos modos, era evidente que sus incógnitas nunca serían despejadas.

—Caramon, escúchame —urgió la eclesiástica al fortachón, a la vez que posaba la mano en su hombro—. Este...

Sin dejar que terminara, él la apartó y arremetió contra el acceso guardado por Michael. El joven ca­ballero no se amedrentó. Se limitó a plantar su lan­za con mayor firmeza que antes.

— ¡No te interpongas en mi camino! —le amenazó el general.

—Lo lamento, señor —repuso el centinela, tajante su tono pese a que le temblaban los labios—. Fistandantilus prohibió que pasara nadie.

Exasperada por la actitud del hombretón, que ha­bía reculado para estudiar a Michael con una cóle­ra teñida de sorpresa, Crysania intervino.

—He tratado de explicártelo, pero te obstinas en no hacer caso. La situación que presencias se ha pro­longado toda la noche y sé que algo espantoso ha su­cedido. Raistlin obligó a este joven a jurar por su ho­nor, por el Código y la Norma de su Orden...

—Por el Código y la Medida —la corrigió el gue­rrero, meneando la cabeza y, sin poder evitarlo, pen­sando en Sturm—. Una ley implícita que ningún ca­ballero de su Orden quebrantaría, aunque le fuese la vida en ello.

— ¡Todo esto es un desatino! —se revolvió la sacer­dotisa.

Rota su voz, la dama se cubrió la faz con las ma­nos. Caramon la abrazó dubitativo, persuadido de que le regañaría, mas ella se refugió agradecida en su pecho.

— ¡He tenido tanto miedo! —se desahogó—. Me despertó de un sueño profundo un alarido de Raistlin. Le oí mencionar mi nombre y, al correr veloz a su llamada, distinguí unos fulgores luminosos en el interior de la urdimbre. Profería sonidos incoheren­tes, aunque deduje que te invocaba también a ti an­tes de, sin apenas transición, abandonarse a unos ge­midos desesperados. Confundida, angustiada, quise introducirme en su aposento, pero él me lo impidió —explicó, al mismo tiempo que señalaba a Michael que, enhiesto frente a la cortinilla, había fijado la vis­ta en el horizonte—. Tras un corto silencio, balbuceó unas frases y su voz empezó a fundirse. Era como si una fuerza sobrenatural le absorbiera, le arreba­tara incluso el habla.

—¿Qué pasó después? Crysania hizo una pausa.

—Dijo algo más —susurró al fin—, si bien no pude entenderle. Se extinguieron las luces, un crujido ras­gó la penumbra y... sobrevino una quietud más es­peluznante que el conflicto.

Cerró los ojos, todavía afectada por los ominosos sucesos.

—¿Entresacaste algo inteligible de sus desvaríos? —indagó el hombretón.

—Una sola palabra, y eso es lo más extraño de todo —contestó Crysania—. La repitió varias veces, era algo así como «Bupu».

—¿Bupu? —se asombró el general—. ¿Estás segura?

—Sí, porque si no me equivoco es el apelativo de alguien a quien el mago conocía.

—Es una enana gully, a la que mi hermano profesa cierto cariño —le reveló el hombretón a fin de re­frescarle la memoria—. ¿Por qué había de acordar­se de ella en una hora tan crítica?

—No tengo la más remota idea —confesó la mu­jer, aunque una vaga noción de haber enviado a Tas en busca de aquella criatura revoloteaba en su cerebro—. Quizá sea importante para Raistlin. ¿No fue esa enana quien le contó a Par-Salian lo muy amable que se había mostrado el hechicero con ella? —preguntó. La sacerdotisa comenzaba a atar cabos.

Cararnon meneó la cabeza negativamente, no por­que no fuera cierta la presunción de su interlocutora, sino porque opinaba que no era momento de ocuparse de una enana gully. Su problema más acuciante era Michael. Escrutó al testarudo solda­do y evocó las innumerables ocasiones en que había detectado la misma actitud en su amigo Sturm. Un juramento por el Código y la Medida no era algo que pudiera transgredirse. ¡Dichoso Raistlin!

El joven caballero resistiría en su puesto hasta que le venciese la fatiga y, al volver en sí, se suicidaría. Tenía que existir un medio para sortear el obstácu­lo sin empujarlo a la muerte; quizá si Crysania he­chizaba al muchacho con sus dotes clericales que­daría justificado su desmayo y no recurriría a tal extremo.

No, era imposible, en cuanto se enterasen en el campamento quemaría a la «bruja» en la hoguera. El corpulento luchador maldijo a su hermano, a los clérigos y a los Caballeros de Solamnia con sus nor­mas estrictas, inviolables.

Exhaló un suspiro y se acercó de nuevo a Michael. El guardián enarboló la lanza, pero Caramon levan­tó las manos para convencerle de que no pretendía luchar.

El general se aclaró la garganta, determinado a parlamentar pero sin saber cómo iniciar su discur­so. La efigie de Sturm no se había borrado de su men­te, tan nítida se dibujaba que creyó ver una vez más el rostro de su entrañable compañero. No contemplaba, sin embargo, los rasgos que ostentara en vida, impregnados de austeridad, de nobleza. Sin salir de su asombro, el guerrero intuyó que lo que visualizaba era a Sturm después de muerto. Las improntas del sufrimiento y la pesadumbre habían difuminado las líneas del orgullo y la inflexibilidad. Aquellos ojos extraviados rezumaban comprensión e incluso le pareció atisbar una atribulada sonrisa en el sem­blante del caballero.

Tan real era la visión, que Caramon quedó unos instantes petrificado, mudo. Sólo cuando se esfumó la imagen, dejando en su lugar la faz de un joven es­pantado, exhausto y obcecado en el cumplimiento de su deber, recobró la compostura.

—Michael —declaró, alzadas aún las manos—, uno de los mejores amigos que he tenido fue un Caballe­ro de Solamnia. Murió en una guerra lejos de aquí, en una época en que... Los detalles carecen de impor­tancia —rectificó, entre otras razones porque seme­jante relato no habría hecho sino desorientar al soldado—. Sturm, mi amigo, era tan fiel como tú al Código y la Medida, estaba dispuesto a dar su vida por defenderlos. No obstante, al final de su imitable y valerosa existencia, descubrió que había algo más fundamental que las sagradas normas y códigos que os rigen.

Se endureció la expresión de su oyente, quien afe­rró su arma con mayor ahínco.

—La vida, ese don precioso que vuestras leyes des­deñan —concluyó el general.

Percibió un pestañeo en los enrojecidos párpados del centinela, una leve vibración que se ahogó en sen­dos lagrimones. Disgustado consigo mismo, Michael los enjugó y recuperó su ademán decidido, aunque ahora lo tamizaba, o así se le antojó al guerrero, un hondo desaliento.

Aprovechando esa desazón, ese desgarro que le abría una puerta, Caramon reanudó su arenga como si fuera el filo de una espada apuntada al pecho de su oponente.

—La vida, Michael, la esencia de todo y lo único que tenemos. No me refiero únicamente a las nues­tras, sino a la de cuantas criaturas pueblan el mun­do. El Código y la Medida fueron creados para preservar nuestra común existencia, mas tan encomiable designio acabó tergiversándose y las normas adquirieron más trascendencia que lo que debían salvaguardar.

Despacio, sin bajar las manos, dio otro paso hacia el guardián.

—No te pido que abandones tu puesto en un acto de traición, y ambos sabemos que no te mueve la co­bardía —continuó—. Los dioses son testigos de los fenómenos que se han obrado aquí esta noche. Si te suplico que me franquees el acceso, lo hago apelan­do a tu piedad, ya que es probable que mi hermano yazca moribundo en el interior de su tienda. Cuan­do te arrancó aquel juramento no había previsto tan funestas consecuencias. Tengo que ir a su lado, Michael. Te ruego que me permitas entrar. No hay nada deshonroso en ello.

El aludido se puso rígido, mientras mantenía la mi­rada en lontananza. Sin embargo, transcurridos unos segundos se tambaleó, dobló los hombros hacia ade­lante y soltó la lanza. Al comprobar que se desmo­ronaba, que el arma se deslizaba entre sus dedos, el hombretón detuvo su caída y le sujetó con sus pode­rosos brazos. El cuerpo del caballero se convulsio­nó con un sollozo tan patético, que el general le dio unas consoladoras palmadas en el hombro.

—Que alguno de vosotros traiga a Garic —mandó a los soldados que custodiaban el recinto—. ¡Ah, es­tás aquí! —exclamó aliviado cuando éste se presen­tó a toda carrera—. Lleva a tu primo junto al fuego, dale comida caliente y hazle dormir unas horas. Tú —indicó a otro de los centinelas—, releva a tu com­pañero.

Mientras Garic se alejaba con su pariente, Crysania se aproximó a la recia urdimbre, pero el guerre­ro la detuvo.

—Será mejor que me cedas la delantera, sacerdo­tisa —propuso.

Preparado como estaba para la réplica, le sorpren­dió comprobar que la dama se apartaba con dócil sumisión. En el instante en que descorría la cortini­lla, sintió la mano femenina posada en su piel y, so­bresaltado, dio media vuelta.

—Eres tan sabio como Elistan, Caramon —susurró la mujer, clavados en él sus iris grisáceos—. Yo podría haberme dirigido en esos términos al caballe­ro, pero ¿por qué no lo hice?

—Quizá porque yo he comprendido sus motivacio­nes —sugirió el luchador, ruborizándose.

—En efecto, mi error ha sido empeñarme en que me obedeciera sin establecer ninguna comunicación —se lamentó la dama, a la vez que, pálida, se mor­día el labio.

—No me tildes de brusco, señora —le imprecó él—, si te recomiendo que analices tu alma en otra oca­sión más propicia. Ahora necesito tu ayuda.

—Por supuesto.

Recuperada la confianza, la determinación, la sa­cerdotisa siguió al general.

Consciente de que había un guardián apostado, y de que varios pares de ojos les espiaban, el hombretón corrió de inmediato la gruesa tela que hacía las funciones de puerta. Reinaba en la estancia un si­lencio absoluto, una oscuridad tan intensa que al principio ninguno de los recién llegados acertó a vis­lumbrar nada. De repente, mientras aguardaban in­móviles que sus pupilas se acostumbraran a la pe­numbra, Crysania tiró del brazo de su acompañante.

—¡Le oigo respirar! —anunció.

Él asintió y echó a andar, aunque sin precipitarse. La claridad del exterior disipaba la noche perpetua de la tienda, y a cada paso mejoraba su percepción. Propinando un puntapié a una banqueta que, volca­da en el suelo, obstaculizaba su avance, distinguió la figura del archimago.

—Raist —lo llamó, al mismo tiempo que se arro­dillaba.

El nigromante estaba tumbado cuan largo era. Te­nía el rostro ceniciento, los labios amoratados y la respiración débil e irregular, mas al menos sus pul­mones trabajaban. Tras alzarlo con sumo cuidado en volandas, Caramon lo transportó hasta el lecho. Bajo la exigua luz, creyó entrever una sonrisa en sus co­misuras. El yaciente se hallaba sumido en un pláci­do sueño.

—A juzgar por su expresión, duerme tranquilo —comentó, desconcertado, a la sacerdotisa, que es­taba ocupada en extender una manta sobre la inerte forma del hechicero—. Pero resulta obvio que algo terrible ha ocurrido. Me pregunto... ¡En nombre de los dioses!

Crysania dio un respingo ante aquel súbito cam­bio de tono e inspeccionó el lugar por encima de su hombro.

Los soportes de madera estaban chamuscados, el resistente trenzado de las paredes se había ennegre­cido y se adivinaban pequeñas grietas en algunas costuras. Era ostensible que un incendio había azo­tado el aposento mas, contra toda lógica, la estructura se mantenía en pie y sólo había sufrido daños menores. Sea como fuere, lo que provocó la conster­nación del guerrero no fue el panorama general, sino el objeto que se erguía en la mesa.

—¡El Orbe de los Dragones! —balbuceó.

Creada decenios atrás por los magos de las Tres Túnicas, la cristalina esfera que encerraba la quin­taesencia de los reptiles del Bien, el Mal y la Neu­tralidad, y que poseía la virtud de desbordar las fron­teras del tiempo, seguía apoyada en el soporte de plata.

Su luminosidad mágica, embrujadora, los fulgo­res que un día derramase en su derredor, se habían apagado. Se había convertido en un objeto de negru­ra, sin vida, como si escapasen sus efluvios a través de una fisura abierta en su centro.

—Se ha roto —constató el general en tonos apa­gados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

Una travesía azarosa

 

 

El ejército de Fistandantilus jalonó el Estrecho de Schallsea en una desordenada flota constituida por barcas de pesca, botes sin aparejo, balsas de tosca manufactura y embarcaciones de recreo vistosamen­te decoradas. Aunque la distancia no era excesiva, se necesitó más de una semana para transportar hom­bres, animales y enseres.

Cuando Caramon inició los preparativos de la tra­vesía, sus levas habían aumentado en tal proporción que no pudo encontrarse una nave capaz de llevar­los a todos. Así, pues, contrató una serie de peque­ños balandros para que fueran y vinieran en diver­sas etapas y aprovechó los de mayor envergadura como cuadras o corrales flotantes del ganado. Con­vertidas en auténticas granjas, sus bodegas fueron provistas de compartimientos destinados a los caba­llos y de casillas donde albergar a los cerdos.

La expedición se desarrolló sin novedad en su ma­yor parte, si bien el general tan sólo dormía dos o tres horas cada noche. Estaba siempre atareado en resol­ver problemas que ningún otro podía manejar, com­plicaciones que iban desde atender a los animales ma­reados hasta rescatar un baúl repleto de espadas que salía despedido por la borda. Y, para colmo de des­venturas, se desató una tempestad cuando avistaban su destino y se creían a salvo. El mar embravecido, el manto de arremolinada espuma, volcó dos embarcaciones que, al soltarse sus amarras, naufragaron e interrumpieron la singladura durante un par de días.

Por fortuna, a pesar de los contratiempos, fondea­ron en condiciones aceptables. Sólo se registraron algunos casos de enfermedades propias de la nave­gación, la pérdida de un niño que fue salvado antes de que las aguas lo engulleran y un caballo que se rompió una pata al cocear la partición de la cuadra y que, lamentablemente, hubo de ser sacrificado.

Tras desembarcar en los llanos de Abanasinia, el ejército fue recibido por el cabecilla de las tribus bárbaras que habitaban las regiones septentriona­les del país y ansiaban apoderarse del codiciado oro atesorado en Thorbardin. También acudieron a dar­les la bienvenida los representantes de los Enanos de las Colinas, un hecho que produjo tal impacto en el hombretón, que tuvo los nervios desquiciados du­rante varios días.

—Reghar Fireforge y su escolta —anunció Garic desde la entrada de su tienda.

Haciéndose a un lado, el caballero invitó a pasar a un grupo formado por tres enanos.

Vibrantes sus tímpanos con la resonancia de aquel apellido familiar, Caramon estudió anonadado al hombrecillo que encabezaba la comitiva. Los delga­dos dedos de Raistlin aferraron su brazo.

— ¡Ni una palabra! —le susurró.

— ¡Pero se le parece tanto! Y se llama igual que él —protestó el general en voz baja.

—Por supuesto —asintió el hechicero como si fue­ra lo más natural—, es el abuelo de Flint.

¡Un ancestro de su viejo amigo! Del compañero que muriera en la Morada de los Dioses en brazos de Tanis, de aquella criatura gruñona e irascible, tier­na y sabia. ¡Pensar que siempre le asombró su tre­menda ancianidad y que ahora todavía no había na­cido! En presencia del guerrero se hallaba nada menos que su abuelo.

De pronto se le reveló, más punzante que un golpe físico, el alcance de su proyecto y lo que significaba estar en aquel lugar. Hasta entonces había vivido la marcha de sus tropas como una aventura en su pro­pia época; no se había tomado en serio la guerra que iba a desencadenarse. Incluso la idea de que Raist­lin lo enviase al hogar le había parecido tan sencilla como reservar un pasaje en una goleta y despedirse del archimago en un muelle cualquiera. Y, en cuan­to a la cuestión de alterar el tiempo, la había descar­tado desde el principio. Le desconcertaba. Para él, significaba deambular sin rumbo en un círculo ce­rrado e infinito.

Se sintió acalorado y, sin apenas transición, su su­dor se tornó gélido. Tanis no existía, ni tampoco Tika, ni él mismo. ¡Era demasiado improbable, demasia­do abstracto!

La tienda empezó a girar de tal modo ante sus ojos, que temió perder el conocimiento. Le salvó del des­vanecimiento su siempre alerta gemelo, que, al ad­vertir su lividez y adivinar con su plecaro instinto lo que estaba tratando de asimilar, se puso de pie y prodigó corteses frases a sus invitados enaniles, con el único objeto de darles unos segundos, duran­te los cuales pudieran restablecerse. No dejó, sin em­bargo, de dirigir al luchador una penetrante mirada por la que le conminaba a cumplir con su deber.

Ya más sosegado, Caramon logró desembarazar­se de tan perturbadores pensamientos. Se dijo para sus adentros que no le faltarían oportunidades de reflexionar, que se ocuparía de resolver sus contra­dicciones en la soledad de su aposento. En las últimas semanas, había forjado a menudo estos propó­sitos, si bien la quietud que precisaba no acababa de materializarse debido a las continuadas interrup­ciones que sufría en su descanso.

Incorporándose a su vez, el general fue capaz in­cluso de estrechar la mano del resuelto enano de bar­ba cana.

—Nunca imaginé —declaró Reghar en hosca acti­tud, mientras se instalaba en la silla que le ofrecían y aceptaba una jarra de cerveza, que bebió de un solo trago— que algún día pactaría con humanos y he­chiceros, y menos aún en contra de mis congéneres.

El guerrero examinó, taciturno, el recipiente va­cío. Luego hizo un escueto gesto al muchacho que le atendía para que volviera a llenarlo. Sin perder su mueca de disgusto, el hombrecillo aguardó hasta que se hubo posado la espuma y entonces, con el brazo en alto, brindó frente a su colosal oponente.

Durth Zamish och Durth Tabor. Las circunstan­cias singulares crean lazos también singulares —tradujo.

—Me acojo a ese axioma —respondió Caramon, quien, de nuevo acomodado en su butaca, alzó un vaso de agua y lo ingirió.

Observó a Raistlin de soslayo y éste, consciente de su mensaje y diplomático cuando le convenía, se hu­medeció los labios con el vino que le habían servido.

—Mañana nos reuniremos para discutir nuestros planes —manifestó el guerrero—. El adalid de los bárbaros de las Llanuras, que llegará esta misma tar­de, participará en la asamblea. —Se acentuó el en­fado en las facciones de su huésped y el general sus­piró, previendo un serio conflicto. Mas no queriendo exteriorizar su recelo, continuó en el mismo tono ale­gre y despreocupado—: Cenemos juntos esta noche y sellemos nuestra alianza.

—Quizá tenga que luchar en el mismo bando que esos hombres —replicó el enano—. Pero, ¡por la bar­ba de Reorx, no me sentaré a su mesa! Ni tampoco a la tuya —dictaminó.

Caramon se levantó. Embutido en una espectacu­lar armadura de gala, obsequio de los caballeros, constituía una visión imponente. Reghar no pudo por menos que pestañear al contemplarlo.

—Presumes de grandullón, ¿no es cierto? —le imprecó—. Me pregunto si tu cabeza no albergará más músculos que raciocinio —agregó, con un du­bitativo movimiento de cabeza.

Lejos de sentirse ultrajado, el fornido humano es­bozó una sonrisa. Era la similitud con las expresio­nes habituales de Flint lo que le encogía el corazón, no la pretendida ofensa.

A Raistlin, por el contrario, no le hizo ninguna gra­cia aquel comentario.

—Mi hermano posee una inteligencia privilegiada para las tácticas militares —salió en su defensa de manera inesperada—. Cuando abandonamos Palanthas, éramos tres. Tan sólo la pericia y la perspica­cia del general Caramon han obrado el prodigio de trasladar este numeroso ejército hasta vuestras cos­tas. Opino que deberías someterte a su liderazgo.

Reghar emitió un resoplido y espió al nigromante con la frente arrugada por encima de sus pobladas y grisáceas cejas. Envuelto en el matraqueo de su pe­sada armadura, dio vuelta y se encaminó hacia la cortinilla para, ya en el umbral, hacer una pausa.

—¿Tres en Palanthas y ahora este enjambre? —inquirió.

Clavó sus fulminantes ojos en el guerrero y ondeó su mano en un gesto por el que intentaba abarcar la tienda, los caballeros de noble apariencia que montaban guardia en los flancos de ésta, los cente­nares de hombres que había visto descargar las provisiones de las naves y aquellos otros que practica­ban las técnicas bélicas, sin olvidar las interminables hileras de fogatas donde se guisaba el alimento.

Anonadado por la insólita alabanza que le dedica­ra su gemelo, Caramon no pudo contestar y tuvo que contentarse con asentir. El representante de las Co­linas lanzó un nuevo resoplido, pero una mal velada admiración animaba sus pupilas en el momento en que traspasó el acceso entre el estruendoso repique­teo de sus piezas metálicas.

Antes de alejarse, Reghar reculó sobre sus pasos y asomó la cabeza por la abertura.

—Os acompañaré en la cena —accedió reticente, y desapareció.

—Yo también me retiro, hermano —se despidió el mago.

Con aire ausente, el hechicero se dirigió hacia la salida. Enlazadas las manos bajo los pliegues de su pectoral, no despertó de sus hondas cavilaciones has­ta que unos dedos rozaron su brazo. Molesto, irrita­do con el hombretón por osar distraerle, le espetó secamente:

—¿Qué quieres?

—Darte las gracias —balbuceó el luchador—. Nun­ca antes habías ensalzado así mis virtudes, ni en la intimidad ni en presencia de extraños.

El nigromante sonrió complaciente. Ninguna luz en sus ojos confirmaba esta muestra de cordialidad, pero Caramon se sentía demasiado feliz para perca­tarse.

—Lo que he aseverado es la pura verdad —insistió Raistlin—. Además contribuirá a la consecución de nuestro objetivo, ya que necesitamos a esos enanos. He dicho incontables veces que tienes recursos ocul­tos, que sólo has de tomarte la molestia de desarro­llarlos. Después de todo, somos gemelos —añadió, sarcástico—; no nos separan tantas diferencias como tú supones.

Echó a andar, pero de nuevo se lo impidió la mano del guerrero al agarrarle por la manga. Contenien­do un suspiro de impaciencia, el archimago se de­tuvo.

—Traté de matarte en Istar, Raistlin —recordó el hombretón, al mismo tiempo que se lamía los rese­cos labios—. Estaba convencido de que me sobraban razones, basadas en hechos que se me antojaban pruebas irrefutables de tu perversidad. Ahora no sé a qué atenerme —confesó, ajeno al sonrojo que inflamaba su rostro—. Me gustaría pensar que co­locaste a los miembros del cónclave arcano en una situación en que no les quedó otro remedio que catapultarme al pasado con el único propósito de re­habilitarme. No fueron ésas tus intenciones —se apresuró a añadir al observar cómo apretaba los labios su interlocutor y endurecía sus rasgos—, al me­nos no exclusivamente. Estoy persuadido de que has maquinado todo esto en tu propio beneficio, mas vis­lumbro que en una recóndita parte de tu ser anida un resquicio de afecto hacia mí. Intuiste que estaba en apuros y algo te indujo a socorrerme.

El hechicero estudió a su oponente entre diverti­do e irónico, antes de desencantarlo, encogiéndose de hombros.

—Si esa romántica noción que has concebido te ayuda a luchar con mayor ahínco, te inspira mejo­res estrategias, desentumece tu mente y, sobre todo, me permite salir de esta tienda para consagrarme a mi tarea, te exhorto a acunarla en tus entrañas. Poco me importa.

Tras deshacerse, con una brusquedad no inferior a la que desplegara en su discurso, de la garra que le sujetaba, se plantó junto a la cortinilla. No obs­tante, algo refrenó su arranque, porque se inmovili­zó y, ladeada su encapuchada cabeza, susurró:

—Nunca me comprenderás.

Aunque nervioso, pronunció tal sentencia con acento más triste que enojado.

Reanudó el hechicero la marcha, con un fustigar de negros pliegues en torno a sus tobillos.

 

 

El banquete nocturno se celebró en el exterior, bajo unos auspicios funestos.

Se dispusieron los manjares en largas mesas de madera, construidas de forma precipitada a partir de las balsas que se utilizaran en la travesía del es­trecho. Reghar llegó con un nutrido séquito de unos cuarenta enanos mientras que Darknight, cabecilla de los bárbaros —un individuo de descomunal esta­tura y porte altivo cuya gravedad le asemejaba a Riverwind, al menos en la memoria de Caramon—, lo hizo acompañado de otros tantos guerreros. El ge­neral, por su parte, eligió el mismo número de hom­bres entre los soldados que más confianza le mere­cían debido a su talante moderado.

El hombretón había imaginado que, al ordenarse las filas, los enanos se sentarían aislados y los bár­baros también. No se entablarían conversaciones susceptibles de mezclarlos. Y así fue. Una vez orga­nizados, cada grupo estudió al otro en un tenso silencio, apiñados los unos en torno a Reghar y alre­dedor de Darknight los otros, con los seguidores de Caramon en una incómoda posición intermedia.

Caramon se situó, equidistante, en el centro de las comitivas. Se había vestido con sumo celo: lucía el yelmo y piezas doradas de su época de gladiador, además de la armadura nueva que le habían regala­do y que encajaba a la perfección con los antiguos adornos. Su piel broncínea, su incomparable físico y sus rasgos cincelados y fuertes le conferían una autoridad que hasta los enanos reconocieron. En efecto, aquellas criaturas obstinadas en su hostilidad intercambiaron miradas con las que significaban su aprobación.

—¡En primer lugar, quiero saludar a mis huéspe­des! —exclamó el general con su resonante voz de barítono—. Sed bienvenidos a este ágape de camaradería, que ha de simbolizar la alianza y, espero, una incipiente amistad entre nuestras respectivas razas.

Este prólogo suscitó murmullos despreciativos, re­soplidos que denotaban escarnio. Uno de los enanos incluso escupió en el suelo, un acto deliberado que hizo que varios bárbaros agarrasen sus arcos y die­ran un paso al frente, por considerarse en su tribu una ofensa digna del peor castigo. Su adalid los de­tuvo y, sin conceder mayor importancia al inciden­te, el hombretón prosiguió.

—Vamos a combatir juntos, quizás a morir en el mismo campo de batalla. Por lo tanto, demostremos nuestra buena predisposición en esta primera noche compartiendo el alimento como los hermanos que hemos de ser. Sé que os disgusta separaros de vues­tros congéneres y amigos, pero es mi deseo que tra­béis conocimiento con quienes sin duda se transfor­marán en nuevos compañeros. Para ayudaros a romper el hielo, he preparado un pequeño juego. No os inquietéis; es del todo inocente.

Al oír estas palabras, los enanos quedaron boquia­biertos. Desorbitados los ojos, muchos de ellos se acariciaron la barba y emitieron quedos susurros que rasgaron el aire por su violencia. ¡Los adultos de su pueblo no jugaban! Cierto que lanzaban pie­dras o mazos, mas tales actividades eran definidas como deportes y no como entretenimientos pueriles.

Los bárbaros, con Darknight a la cabeza, tuvieron la reacción opuesta. Los habitantes de las Llanuras vivían para las justas, los certámenes y otras diver­siones, que incluso juzgaban más emocionantes que declarar la guerra a sus vecinos.

Ondeando la mano, el anfitrión señaló una tienda enorme, de forma cónica, que se hallaba plantada de­trás de las mesas y había sido objeto de curiosas mi­radas, algunas teñidas de resquemor, por parte de todos. La coronaba, a unos veinte pies de altura, el estandarte del guerrero. La sedosa bandera con la estrella de nueve puntas se agitaba en la brisa noc­turna, bajo la luz de una hoguera encendida en su proximidad.

Mientras los presentes espiaban perplejos la tien­da, Caramon estiró un brazo y tiró de una cuerda.

Se desprendieron al instante las paredes de cañama­zo que la configuraban y que, obedientes a la señal de su adalid, retiraron sin demora unos jóvenes son­rientes.

—¿Qué majadería es ésta? —rezongó Reghar, aca­riciando su hacha.

Un solitario poste se erguía en un mar de fango, negro y burbujeante. Su superficie había sido alisa­da, de tal suerte que refulgía alumbrada por las lla­mas. Cerca de su cúspide había una plataforma re­donda, confeccionada con sólida madera, salvo en algunos puntos donde se habían abierto agujeros de irregular contorno.

No fue la visión del pilar, ni del entarimado, ni tampoco del fango, lo que arrancó frases de asom­bro tanto de los enanos como de sus oponentes, sino los objetos que, incrustados en la madera, se dibu­jaban en la cumbre. Reverberantes en la aureola luminosa de la fogata, cruzados sus destellantes me­tales, se destacaban en la oscuridad del poste una espada y un hacha guerrera. No eran aquéllas las tos­cas armas que portaban la mayoría de los soldados de ambos ejércitos. Su acero estaba templado por manos expertas, sus exquisitas tallas resplandecían frente a quienes las contemplaban incluso a cierta distancia.

— ¡Por la barba de Reorx! —se admiró Reghar en un susurro ahogado, tembloroso—. Esa hacha es más valiosa que todo nuestro poblado. Renunciaría a cincuenta años de mi vida a cambio de poseer un arma tan espléndida.

Darknight, clavadas sus pupilas en la espada, tuvo que parpadear al asomar a sus ojos unas lágrimas de ansiedad que nublaban sus sentidos.

— ¡Estos pertrechos son vuestros! —anunció Caramon, complacido.

Los dos cabecillas le consultaron con la mirada, con una expresión de sorpresa que ninguno se mo­lestó en disimular.

—Si lográis apoderaros de ellos y bajarlos —concluyó el general.

Un tumulto de entusiasmo se propagó entre los componentes de ambos bandos, que corrieron prestos hasta la orilla del lodazal. Tanto creció el voce­río, que el guerrero tuvo que gritar con todas sus fuerzas para acallarlo.

—Reghar y Darknight, escuchadme bien. Cada uno de vosotros puede escoger a nueve miembros de su escolta para ayudarle en su empeño. El primero que acceda a los trofeos pasará a ser su único dueño.

El bárbaro no necesitó que le apremiasen. Sin preocuparse de seleccionar a ninguno de sus solda­dos, saltó sobre el barro y comenzó a vadearlo en di­rección del madero. Pero a cada zancada se hundía en el viscoso terreno, ya que el fango ganaba en pro­fundidad a medida que se acercaba a su objetivo. Cuando llegó al pie del pilar, la negra sustancia le llegaba hasta las rodillas.

Reghar, más cauto, se tomó unos minutos para ob­servar a su contrincante. Tras llamar a nueve de sus seguidores más robustos, el hombrecillo de las Coli­nas entró en la laguna junto a los elegidos, aunque con escaso éxito, pues todo el contingente se desvaneció bajo el peso añadido de sus armaduras, que les empujaron hacia el fondo. Sus compañeros los arrastraron hasta la superficie, siendo el dignatario el último en emerger.

El enano exhaló una retahíla de reniegos, en los que no olvidó mencionar a ninguno de los dioses que conocía, a la vez que se limpiaba la barba y proce­día a desanudar las trabas y las hebillas de su metá­lica vestimenta. Ya más ligero, alzada el hacha por encima de su cabeza, realizó una segunda intentona sin esperar a su escolta.

Entretanto, Darknight había comprobado que en las inmediaciones del poste, el suelo era más firme que en el recorrido. Abrazado ahora al madero, se dio impulso y cruzó las piernas por detrás para asir­se mejor. En esta postura, consiguió escalar hasta cierta altura con una sonrisa de triunfo dedicada a los integrantes de su tribu, que le vitoreaban y ani­maban a continuar. De pronto, cuando creía próxi­ma la victoria, empezó a deslizarse hacia abajo y, apretados los dientes, forcejeó a la desesperada a fin de no perder el terreno ganado. Fue inútil, a los po­cos segundos el gran cacique de los bárbaros se encontraba de nuevo en la base, entre las despiadadas mofas de los enanos. Sentándose en el barro, estu­dió el engañoso pilar y constató que, como sospecha­ba, lo habían untado con grasa animal.

A nado más que a pie, Reghar alcanzó la misma posición que su adversario. El fango le cubría hasta la cintura, pero su extraordinaria voluntad le ayudó a sostenerse.

—Hazte a un lado —ordenó al frustrado hombre de las Llanuras—. Hay que aguzar el ingenio en es­tos casos —lo aleccionó—. Si no podemos subir, de­rrumbaremos la estructura y los trofeos caerán en nuestras manos.

Con una mueca de orgullo en su faz barbuda, sal­picada de lodo, el enano descargó un contundente golpe con su pertrecho sobre la pértiga.

Caramon, que había urdido a conciencia su estra­tagema, sonrió en su fuero interno y encogió el cuer­po en anticipación de lo que había de ocurrir.

Retumbó en el aire un tintineo ensordecedor. La hoja del hacha rebotó contra el poste como si hubie­ra acometido la ladera rocosa de una montaña y el agresor averiguó entonces que el pilar no era sino un tronco desbastado del árbol llamado «férrea corteza», inmune a los golpes. Mientras el arma salía despedida de sus pegajosas manos, el hombrecillo fue también catapultado hacia atrás, dando con sus huesos en el charco. Ahora fueron los bárbaros quie­nes se carcajearon, aunque ninguna de sus risotadas fue tan sonora como las de su cabecilla.

El representante de los pueblos de las Colinas in­tercambió una mirada fulgurante con su rival huma­no, y creció la enemistad entre los bandos. Murió el alborozo, sustituido por hostiles murmullos que in­quietaron al general. Al fin, Reghar apartó la vista de su oponente para contemplar la vieja hacha que se zambullía en el cieno antes de, fruto de una lógi­ca asociación de ideas, admirar el codiciado tesoro que se erguía sobre su cabeza. Debía adueñarse de aquel espléndido objeto que centelleaba en la ígnea aureola de la fogata, exprimirse el cerebro hasta for­jar un plan.

Mientras así discurría, sus seguidores, despojados de sus armaduras, se abrieron camino hasta él. Con su desabrido temple, el enano les indicó mediante imperativas voces y gesticulaciones que se alineasen en la base del madero. Una vez reunidos, les mandó que formasen una pirámide. Tres se enlazaron en un círculo inicial, dos más se encaramaron por sus es­paldas para crear el segundo soporte y otro, más del­gado, ocupó el tercero. El trío que constituía los ci­mientos se hundió hasta el pecho al recibir la presión de los de arriba, pero los valerosos hombrecillos lo­graron apalancarse en el sólido fondo y resistieron el peso.

Darknight los examinó unos momentos en afligi­do silencio y convocó a nueve de sus guerreros. Poco después, los humanos construían su propia pirámi­de, con más posibilidades en apariencia, de alcan­zar los trofeos. Los enanos, debido a su inferior estatura, tuvieron que alargar su castillo a base de colocar un solo individuo en cada nivel a partir del tercero, reservándose Reghar el privilegio de trepar el último. Tras coronar el pináculo sobre unos apo­yos vivientes que se mecían y gemían bajo sus pies, estiró los brazos en pos de la plataforma. No logró asirse a ella.

El bárbaro, en cambio, se subió sobre sus hombres y pronto se situó cerca del entarimado. Burlándose de la mueca distorsionada de su rival, el mandata­rio trató de introducirse en una de las dispares aber­turas. Pero era demasiado corpulento y únicamente pudo asomar la cabeza.

Se comprimió, renegó, contuvo el resuello, todo sin resultado. Su recia constitución le impedía atrave­sar el angosto agujero. Animado por su fracaso, el ágil contrincante dio un enérgico brinco.

En lugar de posarse en la plataforma como pre­tendía, aterrizó en el fango con un estrepitoso cha­paleo. A causa de su impulso, la pirámide entera se desmoronó y sus componentes volaron en todas di­recciones.

En esta ocasión, sin embargo, los humanos no se rieron. Al ver en peligro al infortunado Reghar, Dark­night dio un salto al vacío y, tras incorporarse en me­dio de la viscosa laguna, asió por la nuca a su semiasfixiado enemigo y lo arrastró hasta la superficie. Apenas se les distinguía, rebozados como estaban en el negro limo. Sin proferir una palabra, ambos adalides se observaron mutuamente.

—Sabes —dijo al rato el enano, quitándose el fan­go de los ojos— que yo soy el único que puede fil­trarse por el hueco.

—Y tú sabes —repuso el bárbaro con los dientes rechinantes— que sin mí no llegarás a la base de la plataforma.

Entrechocaron sus manos y corrieron juntos has­ta el castillo erigido por los guerreros. Darknight tomó la delantera en la escalada para configurar su último eslabón y, ya aposentado, hizo una señal al hombrecillo, que, entre las ovaciones de los presentes, se encaramó sobre los hombros del que fuera su rival y accedió sin más novedad a la cima del ma­dero.

Gateando por la abertura, Reghar se plantó en los gruesos listones y se apresuró a asir primero el as­til del hacha, la empuñadura de la espada después, en medio de una lluvia de aclamaciones. Pasado el instante de júbilo, los espectadores enmudecieron de modo repentino y los dos cabecillas se espiaron re­celosos.

«Ha llegado la hora de la verdad —pensó Caramon—. ¿Es tu parecido con Flint mera coincidencia física, Reghar? ¿Hay algo de Riverwind en ti, bárba­ro? Todo depende de que no defraudéis mis expec­tativas.»

El enano vislumbró a través del agujero el severo rostro de su oponente.

—Esta hacha, quizá fraguada por el mismo Reorx, te la debo a ti, hombre de las Llanuras —admitió—. Será para mí un honor combatir a tu lado. Y, si vas a luchar en mis filas, necesitarás un arma decente.

Coreado por los aplausos de todo el campamento, el dignatario de los enanos entregó la espada al sa­tisfecho Darknight.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 5

 Raistlin pacta una alianza

 

 

El festín se prolongó hasta muy entrada la noche. El campo circundante adquirió nueva vida con el bu­llicio y las innumerables bromas de las tropas, pro­feridas tanto en dialectos enaniles o tribales como en lengua solámnica y común.

A Raistlin le resultó fácil escabullirse sin que na­die se apercibiera. En la excitación general, no echaron en falta al callado y cínico mago.

Se encaminó el hechicero hacia su tienda, que Caramon había mandado restaurar, sin apartarse de las sombras. Embutido en sus enlutadas vestiduras, no era sino uno de esos fugaces fantasmas que a veces se intuyen, más que verse, por el rabillo del ojo.

Evitó a Crysania que, en la entrada de su refugio, escuchaba la algarabía con expresión nostálgica. No osaba unirse a la fiesta, sabedora de que la presen­cia de la «bruja» podía perjudicar al general.

«Resulta irónico —recapacitó Raistlin— que en esta época de la Historia se tolere a un mago y se vitupere, se escarnezca, a una sacerdotisa de Paladine.»

Mientras atravesaba sigiloso, calzado con sus bo­tas de piel, el paraje donde había acampado el ejér­cito, sin imprimir apenas sus huellas en la húmeda hierba, el archimago reflexionó que la situación de la Hija Venerable no dejaba de ser divertida. Alzan­do la vista hacia las constelaciones del cielo descu­brió a los dos Dragones, el de Platino y el de las Cin­co Cabezas, que se acechaban desde sus órbitas astrales. «Divertida y cruel», concluyó.

Pronto abandonó tales cábalas para concentrarse en su problema. El conocimiento obtenido a través de las Crónicas de que, si no se hubiera interferido accidentalmente un gnomo, Fistandantilus habría conseguido su propósito, tuvo el don de levantar el ánimo del oscuro hechicero. Según sus cálculos, el intruso era una pieza clave. Había alterado el tiem­po y, aunque el mago no se explicaba cómo lo hizo, no le restaba sino ganar acceso al alcázar montaño­so de Zhaman a fin de, una vez allí, introducirse en Thorbardin, hallar al dichoso gnomo y desarticular su ingenio.

El tiempo volvería a discurrir por sus cauces nor­males. Sólo se modificaría este detalle, algo que fa­vorecía la ejecución de sus designios pues le confe­riría el triunfo donde fracasara Fistandantilus.

Por consiguiente, como hiciera su arcano predece­sor, Raistlin volcó en la guerra todo su interés y aten­ción para asegurarse la entrada en Zhaman. Caramon y él pasaron largas horas consultando los mapas, estudiando las fortificaciones, cotejando sus respectivos recuerdos sobre los viajes que realizaran en aquel territorio en un período aún futuro y espe­culando acerca de los cambios que podían haberse producido.

El factor esencial para lograr la victoria en la ba­talla era la toma de Pax Tharkas. Y esta hazaña, re­petía el general siempre que lo mencionaban, era poco menos que imposible.

—Duncan debe de haber apostado una nutrida guarnición de hombres en la fortaleza —comentó el guerrero en una de sus múltiples veladas, puesto el dedo sobre el lugar donde estaba representada cartográficamente—. Ya sabes cómo es, Raistlin, no habrás olvidado que se construyó entre dos elevadísimos picos montañosos. ¡Esos enanos pueden resis­tir el asedio durante años si se lo proponen! No tie­nen más que atrancar las puertas y liberar las rocas mediante su hábil mecanismo. Se precisó la fuerza de varios Dragones Plateados para levantar aquellas piedras —apostilló en sombrío ademán.

—Traza un rodeo —sugirió su hermano.

—¿Por dónde? —protestó el aludido—. Al oeste se encuentra Qualinost, los elfos que la habitan no vacilarían en cortarnos en pedazos y ponernos a se­car al sol. Al otro lado —desplazó el índice hacia levante— no hay sino mar y montaña. Nuestras naves son insuficientes para realizar la travesía y, ade­más, si desembarcamos aquí —ahora su yema seña­laba al sur—, en ese desierto, quedaremos atrapados en medio con ambos flancos desprotegidos. Nos ex­pondríamos a un ataque desde Pax Tharkas en el norte y Thorbardin en el extremo opuesto.

El hombretón echó a andar por la tienda, hacien­do breves pausas en las que lanzaba impacientes mi­radas al mapa.

El hechicero bostezó, se puso de pie, apoyó la mano en el brazo del general y apuntó despacio, sereno:

—Lo cierto es, Caramon, que Pax Tharkas su­cumbió.

—Sí —concedió el interpelado, ensombrecidos sus rasgos. Le enojaba sobremanera pensar que todo aquello no era sino un siniestro juego, y él un peón manipulado por el nigromante—. Supongo que no re­cuerdas cómo.

—No —confesó Raistlin—. Pero se rendirá —in­sistió.

Calló unos instantes, antes de repetir en una suer­te de cántico:

—Pax Tharkas se rendirá.

 

 

Al abrigo de las luces de las fogatas del campamen­to y también de los astros nocturnos, surgieron del bosque tres figuras achaparradas. Una vez en los ale­daños de la explanada titubearon, como si no abri­garan una total certeza sobre cuál era su destino. Al fin, uno de aquellos seres estiró la mano hacia un punto determinado y masculló unas palabras. Los otros dos asintieron en silencio y, a paso ligero, se adentraron en el llano.

Se movían deprisa, pero no cautelosamente. No existía en el mundo un enano capaz de caminar con sigilo, y estos tres parecían todavía más ruidosos de lo acostumbrado. Sus ropas crujían, las piezas me­tálicas matraqueaban y pisaban cuantas ramas se interponían en su marcha, exhalando además sonoras imprecaciones cada vez que tropezaban contra un obstáculo.

Raistlin, que les aguardaba en la negrura de su tienda, les oyó acercarse desde lejos y meneó la ca­beza en actitud reprobatoria. Pero al forjar sus pla­nes había previsto esta contingencia, había fijado la hora del encuentro de tal modo que la algarabía del banquete mitigase los ecos de sus torpes zancadas.

—Adelante —susurró cuando el desordenado es­trépito de varios pares de piernas cubiertas por pie­zas de hierro se detuvo al otro lado de la cortinilla.

Respondió a su invitación un intervalo de quietud, festoneada por un resuello entrecortado y unos cu­chicheos que denotaban controversia, ya que ningu­no de los enanos quería ser el primero en tocar la misteriosa urdimbre. Alguien emitió un insulto y al fin se abrió el tejido, con una violencia que casi lo rasgó. Entró uno de los recién llegados, sin duda el cabecilla si había que atenerse a su contoneo, mien­tras que los otros dos, pegados a sus talones, se mos­traban nerviosos y contraídos.

El enano que ocupara la avanzadilla se dirigió a la mesa colocada en el centro de la estancia, sin el menor balbuceo, pese a la oscuridad reinante. Ave­zados a vivir en subterráneos, los dewar habían de­sarrollado una excelente visión nocturna. Se rumo­reaba que algunos incluso poseían la extraña virtud sensorial de los elfos, que les permitía discernir el aura de otras criaturas en la penumbra.

Pero, por muy aguda que fuera la vista del enano, nada distinguió del personaje que se hallaba senta­do detrás del escritorio. Era como si, al escrutar la noche cerrada, hubiese topado con un ente aún más negro, con una sima insondable dispuesta a devorarlo. Aquel dewar era fuerte y arrojado, hasta podía til­dársele de temerario al igual que a su padre, quien murió convertido en un lunático delirante. Sin em­bargo, el hombrecillo no atinó a reprimir el escalo­frío que, iniciándose en la nuca, surcó toda su espi­na dorsal.

—Vosotros —ordenó en idioma enanil a sus se­cuaces—, montad guardia.

Los dos subordinados se retiraron a trompicones, más que aliviados por esta oportunidad de rehuir la vecindad de la espectral criatura, y se acuclillaron junto al umbral para espiar el nocturno panorama. Pero un repentino estallido de luz les obligó a incor­porarse, alarmados. Su adalid, no menos sorprendi­do, escudó sus ojos poniendo la mano en visera.

— ¡Que alguien apague ese resplandor! —suplicó en lengua común.

La lengua se le adhirió al paladar y, durante unos instantes, no pudo proferir sino un gorgoteo inarti­culado. La razón de su desasosiego era que la lumi­nosidad no procedía de una candela o una antorcha, sino de la llama que ardía en la palma puesta en pocillo del hechicero.

Todos los enanos son, por naturaleza, desconfia­dos en materia de magia. Incultos, dados a la supers­tición, los dewar se espantan de manera especial frente a las manifestaciones arcanas, hasta tal extre­mo que incluso aquel sencillo encantamiento, más propio de un ilusionista callejero que del nigroman­te que lo había invocado, inspiró al espectador un terror infinito.

—Me gusta ver a aquellos con quienes trato —anunció Raistlin en uno de sus siseos—. No temas, nadie detectará la luz o, si lo hacen, supondrán que estoy inmerso en mis estudios.

Despacio, el dewar bajó el brazo sin cesar de pes­tañear debido al dolor que aquel destello, para él des­lumbrador, infligía a sus ojos. Sus dos asociados vol­vieron a sentarse, ahora más cerca todavía de la salida.

El enano que encabezaba esta reducida comitiva era el mismo que había asistido a la audiencia de Duncan. Aunque en su semblante se hallaba marca­do al fuego la impronta de la crueldad que, entre de­mente y calculadora, caracterizaba a su raza, en sus pupilas se reflejaba un atisbo de inteligencia, que le confería cierto aire de peligrosidad.

Aquellas pupilas escudriñaron ahora al mago que le había convocado con la misma intensidad, o casi, con que él examinaba al visitante. El dewar quedó impresionado. Tenía de los humanos una opinión semejante a la que compartían las otras tribus enaniles y el hecho de que su oponente poseyera, además, virtudes arcanas le hacía doblemente sospechoso. Mas el dewar era un experto juez del carácter ajeno y adivinó en los delgados labios de su interlocutor, en su rostro demacrado y en sus fríos ojos una ili­mitada sed de poder que era capaz de comprender. Su pánico se disipó, nació la confianza.

—¿Eres Fistandantilus? —indagó con un áspero gruñido.

—En efecto —confirmó el hechicero. Cerró su pal­ma y la llama se extinguió, restituyendo una penum­bra a la estancia que el hombrecillo no dejó de agradecer—. Si lo deseas, podemos conversar en tu dialecto enanil; los conozco casi todos y no me representa ningún esfuerzo. A decir verdad, lo preferi­ría; así evitaremos cualquier malentendido.

—¡Espléndido! —se congratuló el dewar y se in­clinó hacia adelante para susurrar, en tono con­fidencial—: Soy Argat, el thane de mi clan. He reci­bido tu mensaje, y estoy interesado, pero necesito saber los pormenores.

—Lo que, formulado en otras palabras, significa que he de explicarte cómo os beneficiará a vosotros participar en mis designios —replicó Raistlin soca­rrón, antes de extender el índice hacia uno de los ló­bregos rincones de la tienda.

Al desviar la vista en la dirección indicada, Argat nada vislumbró. Pero pronto un objeto comenzó a re­fulgir en aquel recoveco, al principio tenuamente y luego con un brillo que no paraba de crecer. El tha­ne contuvo otra vez el aliento, si bien más incrédulo que espantado.

Lanzó al archimago una mirada penetrante, llena de resquemor, y éste le ofreció:

—Vamos, inspecciónalo tú mismo. Puedes llevár­telo después de nuestra charla, siempre que nos pon­gamos de acuerdo.

No había concluido su frase cuando el enano sal­tó de su silla para correr hasta el rincón. Hincando la rodilla, hundió las manos en un cofre de mone­das de acero que rodeaba la calidad aureola creada por el nigromante y permaneció mudo varios segundos, en los que contempló el tesoro con un ávido cen­telleo en sus ojos. Tras tantear algunos de los discos, manipularlos y aferrarlos, exhaló un suspiro temblo­roso, se levantó y regresó a su asiento.

—¿Has forjado un plan?

Raistlin asintió. El fulgor mágico de las monedas se desvaneció, pero su secuela, un débil hálito ape­nas perceptible, atrajo la atención del dewar en re­petidas ocasiones a lo largo del conciliábulo.

—Nuestros espías nos han informado —declaró el hechicero— de que Duncan saldrá al encuentro de nuestra tropas en las llanuras que se extienden de­lante de Pax Tharkas. Pretende derrotarnos o, en el caso de que no logre la supremacía, causarnos tan­tas bajas como le sea posible. Si, aunque mermados, vencemos, reculará hasta la fortaleza, atrancará las entradas y accionará el mecanismo concebido para arrojar varias toneladas de rocas sobre los accesos, obstruyéndolos.

»Con las provisiones de comida y armas que ha acumulado, puede esperar hasta que desistamos o hasta que lleguen refuerzos desde Thorbardin, una eventualidad que acorralaría a nuestro ejército en el valle. ¿Es exacto mi planteamiento?

Argat se mesó la negra barba, antes de desenvai­nar su cuchillo, lanzarlo al aire y recogerlo en su caída. Pero al espiar de solayo al mago y advertir su disgusto, se detuvo de forma abrupta y estiró las palmas.

—Discúlpame —le rogó—, es un hábito nervioso. Espero no haberte alarmado —agregó con una avie­sa sonrisa—. Si te sientes incómodo...

—Si me siento incómodo —le atajó el archimago, aunque en tono afable— lo solventaré por el méto­do más infalible. Adelante —le incitó—, vuelve a in­tentarlo.

Encogiéndose de hombros, pero, al mismo tiem­po, turbado por el escrutinio de aquellos iris que, ocultos en las sombras de la capucha, destilaban una fuerza pavorosa, Argat arrojó el cuchillo hacia el techo.

El arma nunca terminó su recorrido. Una mano en­teca, blanca, salió de la negrura, asió su mango y, con asombrosa destreza, clavó la afilada hoja en el escritorio que separaba a los interlocutores.

—Magia —farfulló el thane.

Pericia —le corrigió Raistlin—. ¿Podemos rea­nudar nuestra amable discusión, o quieres que prac­tiquemos los juegos que, ya en la niñez, me hicieron sobresalir?

—Tus noticias son correctas —corroboró Argat, a la vez que guardaba el cuchillo en su funda—. Me re­fiero a los planes de Duncan, claro.

—Bien. Yo he urdido otro, muy simple como com­probarás. Tu rey permanecerá en el alcázar; no acu­dirá al campo de batalla. En un momento dado, or­denará que se cierren las puertas.

El hechicero calló y juntó las yemas de sus largos dedos. Arrellanado en su butaca, apostilló:

—Su mandato no será obedecido. Los accesos se mantendrán francos.

—¿Así de fácil? —inquirió, perplejo, el enano.

—Sí —se reafirmó Raistlin—. Los soldados encar­gados de guardarlos habrán muerto. Lo único que has de hacer es impedir que otros los atranquen du­rante unos minutos, hasta que embistamos nosotros. Pax Tharkas se rendirá, y tu pueblo depondrá las ar­mas para unirse a los vencedores.

—Existe sólo un inconveniente —replicó Argat, cla­vando en su oponente una mirada astuta—. Nuestros hogares, nuestras familias, están en Thorbardin. ¿Qué será de ellos si traicionamos a nuestro sobe­rano?

—No les ocurrirá nada —contestó el archimago. Tras hurgar en uno de sus bolsillos, extrajo un per­gamino enrollado y atado mediante una cinta negra—. Ocúpate de que esta misiva le sea entrega­da a Duncan. Pero antes, léela —le indicó.

Le alargó el papiro. El hombrecillo, fruncido el ceño y sin descuidar la vigilancia de aquella enig­mática criatura, lo asió, deshizo la ligadura y se acer­có al cofre repleto de monedas a fin de estudiar su contenido bajo el mágico fulgor que dimanaba.

— ¡Está escrito en el lenguaje secreto de mi pue­blo! —vociferó, anonadado.

—Naturalmente, ¿qué esperabas? De otro modo, tu monarca nunca lo creería —le espetó Raistlin con una impaciencia mal disimulada.

—Pero tan sólo conocen este dialecto los dewar y otros pocos, como el rey...

—¡Lee! —le interrumpió el nigromante, exas­perado—. No dispongo de toda la noche.

Con un reniego dedicado a Reorx, su dios, el ena­no acató la voluntad de aquel imperioso humano. Aunque al ojearlo le había parecido fácil descifrar­lo, tardó un rato en asimilar las escasas frases que lo formaban. Concluida la lectura, se concentró en sus cavilaciones sin cesar de acariciarse su hirsuta, enmarañada barba. Al fin enderezó la espalda, en­rolló de nuevo el mensaje y, asiéndolo, lo hizo tam­borilear sobre su palma.

—Tienes razón, esto lo resuelve todo. —Se sentó y fijó sus pupilas en el supuesto Fistandantilus, con­traídos los párpados en estrechas rendijas—. Quie­ro darle algo más a Duncan. Algo convincente.

—¿Qué pueden juzgar «convincente» tus congéne­res? —lo interrogó el mago, torcido el labio—. ¿Unas docenas de cuerpos despedazados?

—La cabeza de tu general —murmuró Argat con una perversa mueca.

Se produjo un prolongado silencio. Ni un crujido, ni un murmullo de sus pliegues delató los pensa­mientos del hechicero, que incluso dejó de respirar. Tan densa era la quietud que el enano tuvo la impre­sión de que constituía una entidad independiente, poderosa y amenazadora.

Un temblor agitó su cuerpo, y titubeó. Pero no, per­sistiría en su demanda. Era el único medio de reha­bilitarse, de que Duncan lo proclamara héroe igual que al despreciable Kharas.

—Concedido.

La voz de Raistlin resonó vacua, desapasionada, sin un acento inusual que tradujera sus emociones.

Al hablar se inclinó sobre el escritorio y Argat, amedrentado, se retrajo. Ahora veía sus refulgentes iris, aquellos espejos hendidos que le atraían hacia diabólicas simas y, por un efecto reflejo, traspasa­ban sus entrañas.

—Concedido —repitió el nigromante—. Cumple tu parte del trato y yo te prometo que obtendrás tu re­compensa.

—Tu apelativo de Ente Oscuro no es fruto del azar, ¿verdad, amigo mío? —aventuró el cabecilla enanil. Ensayó una carcajada, que no pasó de ser un grotes­co amago.

Embutió el pergamino en su cinto y sin aguardar respuesta de su oponente, el cual manifestó su asen­timiento mediante un ominoso crujir del embozo, hizo un gesto a sus compañeros por el que les con­minaba a recoger el cofre. Los dos secuaces se apresuraron a ajustar la tapa y aplicaron a la cerradura la llave que les tendió Raistlin, después de buscarla en un saquillo prendido de sus vestiduras. Aunque los enanos estaban acostumbrados a cargar fardos de peso considerable, ambos gimieron al izar el col­mado objeto. Argat, que no tenía que transportarlo, no cabía en sí de gozo.

Los porteadores precedieron a su cabecilla al salir de la tienda y, soportando entre ambos el codiciado premio, se deslizaron prestos hacia la penumbra del bosque. El adalid observó cómo se alejaban, antes de volverse en dirección al mago para constatar que, al igual que en el momento de su llegada, se con­fundía con la penumbra de su morada. Era una man­cha de tinieblas en la noche.

—No te preocupes, amigo. No te fallaremos.

—No, puedes estar seguro —siseó el aludido. A Argat no le gustó aquel tono y pidió una expli­cación.

—El dinero que acabo de entregarte está someti­do a un maleficio, mi querido colega —le reveló Raistlin—. Si intentas engañarme, tanto tú como to­dos aquellos que lo hayan tocado sufriréis un terri­ble castigo. La piel de vuestras manos se amoratará y pudrirá y, cuando se hayan transformado en una masa de carne maloliente, la llaga se propagará por vuestras extremidades. Éstas se tornarán negras y tomarán una textura tumefacta que, a su vez, se ex­tenderá al resto del cuerpo. Asistiréis indefensos a vuestra propia podredumbre, se os quebrarán las piernas y moriréis.

—¡Mientes! —lo acusó el enano en un bramido que brotó estrangulado de su garganta, tan discorde que era apenas inteligible.

El nigromante nada dijo. Absorbido por su entor­no, parecía haberse diluido en los vapores circundan­tes. En medio de la negrura, el pequeño conspirador no le veía ni sentía su presencia, así que, sobrecogi­do, traspasó la cortinilla. En vivido contraste con la escena que acababa de presenciar, divisó la bullan­guera fiesta que tenía lugar en el exterior. Las risas de hombres y enanos retumbaron en sus tímpanos, la luz de las llamas alumbró el recinto donde los tras­nochadores, ebrios en su mayoría, se bamboleaban de un lado a otro mientras sus desafinadas voces en­tonaban alegres canciones.

Abandonó el campamento malhumorado, frontándose las manos violentamente en las perneras de su armadura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

La batalla de Pax Tharkas

 

 

Amaneció. El sol de Krynn se encaramó por de­trás de las montañas despacio, como si supiera cuan fantasmales iban a ser las visiones que su luz pro­yectaría aquel día. Una vez hubo aparecido sobre las cumbres recibieron al astro las ovaciones y el repiqueteo de espada contra escudo de quienes contem­plaban el alba, acaso para no volver a verla nunca más.

Entre los que aplaudieron se encontraba Duncan, rey de los Enanos de las Montañas. Erguido en las almenas de la inexpugnable fortaleza de Pax Tharkas, rodeado por sus generales, el monarca oyó cómo las voces de sus seguidores se alzaban en su entor­no y sonrió satisfecho. Ésta sería una gloriosa jor­nada.

Sólo un enano no se unió a la algazara. Duncan no necesitó mirarle para tomar conciencia de su silen­cio, que retumbaba en su corazón con mayor inten­sidad que los vítores de sus otros súbditos.

Kharas, el héroe del pueblo enanil, se hallaba apar­tado de sus compañeros. Alto, espléndido en su re­luciente armadura y con el descomunal mazo aferra­do en sus manos, observó sin un pestañeo la salida del sol aunque, de haberle espiado, más de uno ha­bría distinguido las lágrimas que fluían de sus ojos.

Nadie reparó en Kharas. Los enanos presentes se obstinaban en ignorarle y no porque llorase, pese a que el llanto era tenido por un signo de pueril debi­lidad. La causa de que le rehuyesen no era que derramase aquellas lágrimas, sino que los acuosos riachuelos se deslizaban a través de una faz desnuda. El insigne enano se había rasurado la barba.

Mientras los ojos de Duncan inspeccionaban los llanos que se extendían en los aledaños de Pax Tharkas, ávidos de determinar en el yermo paraje las po­siciones enemigas, las tropas desplegadas en una ancha línea donde despuntaban las lanzas con sus fulgores metálicos, el thane revivió el impacto sufri­do al personarse Kharas en la torre. Afeitado y ape­nas reconocible, su más leal subordinado apareció sosteniendo las rizadas trenzas que adornasen su barbilla y, ante el atónito escrutinio de todos, las arrojó al vacío.

La barba es para un enano un derecho innato, su orgullo y el de su familia. Cuando siente un hondo pesar, como la pérdida de un ser querido, deja de atu­sársela durante el período de duelo, pero sólo un mo­tivo puede inducirle a arrancársela: la vergüenza. Se priva de tan sagrado don a quien ha caído en des­gracia por asesinar, robar, actuar cobardemente o de­sertar: su pérdida nunca es el fruto de una decisión voluntaria.

—¿Por qué? —fue lo único que atinó a preguntar el atónito soberano.

Abstraída su vista en los aserrados picos, con una voz tan quebradiza como una roca al partirse, el alu­dido explicó:

—Participo en esta batalla porque tú me lo orde­nas, thane. Te juré fidelidad y mi honor me obliga a no quebrantar tal promesa pero, mientras lucho, quiero que todos sepan que va en contra de mis prin­cipios matar a mis congéneres, incluidos los huma­nos que, en múltiples ocasiones, han combatido a mi lado. Todos han de comprender que me avergüenzo de cumplir con tan triste deber.

—Serás un ejemplo magnífico para los soldados encomendados a tu mando —replicó Duncan en tono acerbo.

El siervo no respondió al reproche, se limitó a ce­rrar la boca y refugiarse en su mutismo.

—¡Fíjate en eso, thane!

Eran varios los hombrecillos que, al unísono, reclamaron la atención de su adalid. Su grito se debía a que, en el llano, cuatro figuras diminutas a causa de la distancia se habían destacado del ejército ri­val y cabalgaban en dirección a la fortaleza. Tres de ellas llevaban estandartes y la última sólo portaba una vara de la que manaba una luz brillante, diáfa­na a pesar de la creciente luminosidad ambiental y del tramo que les separaba.

El rey de los enanos reconoció los símbolos de dos de las banderolas. Una era la de sus adversarios de las Colinas, con el yunque y el hacha que, en dife­rentes colores, representaban asimismo a su pueblo. La otra era la de los bárbaros que, aunque nunca la había visto, la identificó al instante porque la ima­gen que exhibía del viento meciendo la hierba de las praderas se ajustaba a la perfección a su talante. Y, en cuanto al tercer estandarte, presumió que perte­necía a aquel enigmático general que había surgido de la nada.

—A juzgar por las noticias que de él nos han lle­gado —gruñó Duncan mientras estudiaba desdeño­so la estrella de las nueve puntas—, debería figurar en su diseño el signo de la hermandad de los ladro­nes y, superpuesto, el contorno de una vaca mugiendo.

Los generales estallaron en carcajadas ante seme­jante ocurrencia.

—O unas rosas muertas —sugirió uno de ellos—. Tengo entendido que engrosan sus filas de salteado­res y granjeros unos cuantos caballeros renegados.

La avanzadilla enemiga cruzó la planicie al galo­pe, en medio de la nube de polvo que levantaban los cascos de sus caballos y bajo el revoloteo de sus ban­derolas.

—Imagino que el cuarto, el de negras vestiduras, es el mago Fistandantilus —aventuró el monarca enanil, arrugado su ceño hasta tal extremo que las hirsutas cejas casi ocultaron sus ojos. Los enanos no poseen el menor talento para la hechicería y, por consiguiente, la desprecian y recelan de sus manifesta­ciones.

—Sí, thane —corroboró uno de los oficiales.

—A él es a quien más temo —musitó Duncan.

—No te dejes amedrentar por esa criatura —le aconsejó un anciano general, a la vez que se acari­ciaba la barba en actitud de complacencia—. Nues­tros espías nos han informado de que su salud es de­licada. Casi nunca recurre a sus dotes arcanas, pasa el tiempo escondido en su tienda. Además, se nece­sitaría una legión de nigromantes tan poderosos como él para tomar nuestro alcázar.

Supongo que estás en lo cierto —repuso el so­berano. Al igual que su interlocutor, se llevó la mano a la pelambre de su barba con el objeto de atusarla, pero al atisbar de soslayo a Kharas, se detuvo. Incó­modo, enlazó ambas manos detrás de su espalda al mismo tiempo que añadía—: De todos modos, sometedle a una estrecha vigilancia. ¡Arqueros! —voci­feró—, ¡daré una bolsa de oro a aquel que ensarte una flecha en el corazón del archimago!

El alegre tumulto que provocaron sus palabras se disipó cuando el cuarteto se plantó frente a la forta­leza. El cabecilla, que no era otro que Caramon, alzó su palma abierta en un gesto que indicaba su deseo de parlamentar. Tras jalonar las almenas y trepar a un bloque de piedra colocado a tal efecto, Duncan puso los brazos en jarras, separó las piernas y se en­caró con el recién llegado.

—Queremos dialogar —anunció el hombretón, y su voz retumbó en las paredes del risco que flanquea­ba el vetusto edificio.

—Ya se ha dicho todo —le atajó el thane, tan vigo­roso su timbre como el del general, pese a que su ta­maño era muy inferior.

—Os damos una última oportunidad —siguió Ca­ramon impertérrito—. Restituid a vuestros herma­nos de raza lo que legítimamente les corresponde. Devolved también a los humanos lo que les habéis sustraído, compartid con ellos vuestra vasta rique­za. Después de todo, ¡muertos no podréis gastarla!

—Vosotros vivos sí hallaréis el modo de hacerlo, ¿verdad? —le recriminó el enano desde su atalaya, entre burlón y acusador—. Todo cuanto poseemos lo hemos obtenido a través del trabajo honrado, labo­rando sin descanso en nuestras casas subterráneas en lugar de dedicarnos, como otros, a saquear aldeas en compañía de una horda de bárbaros salvajes. Creo que no he podido hablar más claro.

Levantó la mano y los arqueros, dispuestos y a la espera de instrucciones, tensaron las cuerdas de sus armas. Cuando volvió a bajarla, centenares de fle­chas rasgaron el aire y los enanos de las almenas rie­ron de buen grado, convencidos de que los atacados huirían en desbandada.

Pero las risas se helaron en sus labios. Las figu­ras nada hicieron para evitar los proyectiles, una reacción del todo imprevista. En medio del estupor general, el mago de Túnica Negra estiró sus dedos y las puntas de las saetas ardieron en llamas que, al propagarse por las astas, las disolvieron en pleno vuelo.

—También nuestra respuesta es elocuente —de­claró Caramon con acento severo, frío.

Tiró el fornido guerrero de las riendas de su cor­cel y se alejó al galope en busca de su ejército, escol­tado por el nigromante, Reghar y el hombre de las Llanuras.

Al oír que sus seguidores murmuraban entre sí y advertir que intercambiaban miradas dubitativas, ta­citurnas, Duncan descartó sus propias vacilaciones y giró la faz hacia ellos. Su barba temblaba de ira.

—¿Qué significa esto? —les reprendió—. ¿Os asus­tan acaso los trucos de un ilusionista ambulante? ¿Qué es lo que conduzco, unas tropas aguerridas o un grupo de niños?

Al comprobar que los amonestados bajaban la ca­beza y se sonrojaban, el monarca descendió de la roca. Tras encaminarse de nuevo al puesto que ocu­paba antes de producirse el incidente, oteó el ancho patio de la fortaleza, que estaba formado no por mu­ros de manufactura enanil, sino por las paredes na­turales de la montaña. Numerosas grutas se alinea­ban en la piedra, aberturas que habitualmente daban libre curso a densas humaredas y a los ecos que des­pedía el mineral al ser extraído y transformado en acero. Ese día, sin embargo, las minas y las fraguas estaban cerrados.

El patio que contemplaba el thane era un auténti­co hervidero de hombrecillos que, ataviados con pesadas armaduras, tanteaban sus escudos o revisaban sus hachas, pertrecho elegido por la infantería. Todas las cabezas se alzaron al asomarse Duncan al parape­to y las aclamaciones que se habían interrumpido al arribar el adversario renacieron con nuevo ímpetu.

— ¡Esto es la guerra! —bramó el rey, imponiéndo­se a la batahola.

Se hizo un breve silencio hasta que, todos a una, los enanos entonaron un cántico.

 

Bajo las montañas, del hacha la esencia

brota de las cenizas, del alma, de un fuego apagado.

Templado su astil, anuncia su presencia,

pues las montañas el hálito de la guerra han

fraguado.

El corazón del soldado domina y anima

la acción.

Vuelve glorioso,

o sobre el blasón.

 

Salidas de las cuevas, al surcar el aire, en una

pirueta,

las hachas sueñan, sueñan con la roca,

con metal vivo que nació de una generosa veta.

Metal y piedra, piedra y metal, cual lengua y boca.

El corazón del soldado anhela, desea

la acción.

Vuelve glorioso,

o sobre el blasón.

 

El rojo del hierro, sangre vengadora de lo inmundo,

el verde del bronce, del cobre siempre fiel,

creados en el fuego de la fragua del mundo,

consumen la injusticia al hender la piel.

El corazón del soldado descansa, completa

la acción.

Vuelve glorioso,

o sobre el blasón.

 

 

Excitado por la tonada, el thane sintió que desa­parecía su resquemor como antes se desvanecieran las flechas. Sus generales abandonaron las almenas a fin de ocupar sus posiciones de batalla, todos salvo Argat. Además del mandatario de los dewar, que­daron en la torre Kharas y el propio Duncan, quien, tras clavar sus pupilas en el héroe y consejero, des­pegó los labios resuelto a hablar.

El respetado súbdito refrenó tal intento mediante una mirada sombría, que ponía de manifiesto sus al­teradas emociones. Sin pronunciar una palabra, se inclinó en una reverencia y siguió a los otros oficia­les para situarse, también él al frente de su batallón de infantería.

— ¡Que Reorx le confunda y haga crecer en su faz una barba de llamas! —farfulló Duncan mientras se aprestaba a descender al patio, ya que debía estar presente cuando se abrieran las puertas y su ejérci­to emprendiera la marcha—. ¿Quién es él para tra­tarme así? Ni siquiera mis hijos osarían comportarse con tan poco respeto. Esta situación no puede conti­nuar. En cuanto regrese de la batalla pondré los pun­tos sobre las íes.

Sin cesar de rezongar, el mandatario se aproximó a la escalera que conducía a la planta inferior del recinto, pero, en el momento en que se disponía a aco­meterla, le retuvo una mano en su brazo. Levantan­do el rostro, descubrió a Argat.

—Te suplico, mi rey —dijo el dewar en su tosco lenguaje—, que recapacites sobre el plan que te pro­puse. No les arrojes ese amasijo de piedra inútil, per­míteles que se enseñoreen del alcázar y, como no han de fortificarlo por estar persuadidos de su triunfo —señaló las formaciones que se organizaban en el llano—, nos retiraremos a Thorbardin y ellos se lan­zarán a perseguirnos. Una vez hayan salido a las pra­deras, recuperaremos Pax Tharkas —entrechocó sus manos en una siniestra palmada— y les venceremos. Nada podrán hacer atrapados entre nuestros dos flancos, el del norte y el meridional.

El monarca estudió fríamente a su interlocutor. Ar­gat había expuesto su estrategia ante el consejo, y todos sus miembros se asombraron de que pudiera ocurrírsele semejante idea. Los dewar no solían mos­trar el menor interés por los asuntos militares. Lo único que les preocupaba era establecer el reparto del botín y asegurarse una buena porción. ¿Era Kharas quien le había susurrado estas maquinaciones, en su empeño de evitar el conflicto?

— ¡Pax Tharkas nunca se rendirá! —rugió el thane, a la vez que se desembarazaba de su garra—. Tu táctica es la del cobarde. ¡No entregaré nada a esa turba, ni una moneda de cobre ni un guijarro del sue­lo! Prefiero morir aquí mismo.

Sin más preámbulos, el soberano inició el descen­so a grandes zancadas. Tan furioso estaba, que su barba se erizó en crespos mechones.

—Eso es lo que va a sucederte, rey Duncan —murmuró Argat con el labio retorcido en una mue­ca sarcástica—. Pero yo no he de quedarme para com­partir tu suerte.

Giróse hacia dos subordinados de su tribu, que ha­bían asistido a la escena agazapados en sendos re­covecos del muro, y asintió tres veces con la cabeza. Los dewar, tras repetir la señal, desaparecieron.

Solo en las almenas, el enano oscuro observó la trayectoria del sol durante unos minutos. Absorto en sus pensamientos, comenzó a frotar sus manos so­bre la armadura como si pretendiera limpiárselas.

 

 

El Highgug tenía la rara sensación de que algo iba mal, aunque no adivinaba qué podía ser.

Su capacidad perceptiva no constituía una de sus mejores virtudes, ni tampoco comprendía las com­plejas estrategias bélicas, pero no por ello dejó de ocurrírsele que unos enanos que regresasen victo­riosos del campo de batalla no entrarían en la forta­leza bamboleantes, cubiertos de sangre y cayendo muertos a sus pies uno tras otro.

Si se hubieran producido uno o dos casos los ha­bría considerado simples víctimas de la fortuna, mas el número de combatientes que se derrumbaban aumentaba a un ritmo alarmante. El Highgug deci­dió averiguar qué pasaba.

Dio dos pasos al frente pero al oír una espanto­sa conmoción a su espalda se detuvo. Tras exhalar un hondo suspiro, giró la cabeza, pues acababa de caer en la cuenta de que había olvidado a su com­pañía.

—¡No, no! —bramó encolerizado, ondeando las manos—. ¿Cuántas veces habré de decíroslo? Que­daos aquí, ¿entendido? El rey me lo ha ordenado cla­ramente. «Vosotros, los gugs, quedaos aquí», me ha especificado. ¿Acaso no entendéis lo que eso signi­fica?

Escrutó a sus subordinados con ojo centelleante —el otro ojo le faltaba—, tan enfurecido que aque­llos que todavía estaban de pie y se enfrentaron a la mirada de su pupila empezaron a temblar. Los gully encomendados a su mando que habían tropezado contra sus picas, los que las habían soltado y los que, en la confusión del momento, habían traspasado ac­cidentalmente a su vecino o habían caído de bruces en el suelo, así como los desorientados que se habían vuelto y ahora contemplaban el parapeto en actitud obstinada, escucharon la imperiosa voz de su cabe­cilla y se amilanaron.

—Os lo explicaré, lombrices de los hongos —gruñó el Highgug—. Me propongo investigar sobre lo que ha ocurrido, porque se me hace extraño que nues­tras tropas regresen a la fortaleza en esas condicio­nes. No cantan, sólo sangran, y el thane no me anun­ció nada semejante. Voy a informarme, y vosotros os quedaréis aquí —persistió—. ¿Habéis captado el mensaje? Veamos, repetidlo.

—Voy a informarme —obedecieron los aludidos—, y vosotros os quedaréis aquí.

Y, orgullosos de su inteligencia, todos echaron a andar en distintas direcciones.

— ¡No! —los retuvo el mandamás, próximo a la desesperación—. Soy yo, el Highgug, quien se va mientras vosotros, mi compañía, aguardáis instruc­ciones. ¡Quietos, no mováis una pestaña! —concluyó al comprobar que, cuanto más se esforzase, menos le entenderían.

Cuando se alejaba, vibró de nuevo en sus tímpa­nos el estrépito de las picas al chocar contra la pie­dra. Pero optó por ignorarlo y seguir su camino.

Fue sin duda una suerte que no tuviera que ausen­tarse mucho tiempo, ya que, de haberlo hecho, al vol­ver habría encontrado a la mitad de sus hombres en­sartados en las puntas de sus propias armas. Tal como se desarrollaron los acontecimientos, descu­brió lo que deseaba saber y retornó a su puesto an­tes de que las bajas sobrepasasen la media docena.

Avanzó unos veinte pasos, dobló un recodo y casi se estrelló contra Duncan. El soberano no advirtió su presencia, pues estaba de perfil y enzarzado en una animada conversación con Kharas y otros ofi­ciales. Apresurándose a recular, el Highgug aguzó el oído.

A diferencia de los otros enanos reunidos en el cón­clave, que presentaban en sus petos metálicos tan­tas abolladuras que parecían haberse precipitado por una ladera rocosa, la armadura de Kharas úni­camente exhibía algunas muescas dispersas en los cantos. El héroe tenía las manos y los brazos ensan­grentados hasta los codos, pero era la savia del ene­migo, no la suya, la que manchaba sus miembros. Existían muy pocas criaturas capaces de resistir el embate de su gigantesco mazo. Fue ingente el núme­ro de infortunados que sucumbieron a su implaca­ble ataque, si bien más de uno se preguntó, antes de expirar, por qué tan egregio guerrero derramaba amargas lágrimas al asestar el golpe mortal.

Ahora no sollozaba. Se habían secado los torren­tes de sus ojos, su único empeño era conferenciar con su rey.

—Hemos sido derrotados, thane —declaró—. El ge­neral Mano de Hierro ha obrado con prudencia al ordenar la retirada. Si pretendes conservar Pax Tharkas, debemos concentrarnos y atrancar los accesos como planeamos. Recuerda, señor, que ya habíamos previsto este desenlace.

—Lo cual no lo hace menos humillante —repuso el monarca, defraudado—. ¡Nos ha vencido una cua­drilla de ladrones y granjeros!

—Para empezar, thane, esos individuos a los que tanto desprecias han sido adiestrados a conciencia —le corrigió el interpelado, en medio de la aproba­ción de los generales que le circundaban—. Además, engrosan sus filas los hombres de las Llanuras y nuestros parientes, que se han debatido con el arrojo innato en nuestra raza. Y por último, respaldando a los belicosos bárbaros y los valientes Enanos de las Colinas, se han abalanzado sobre nuestras huestes los Caballeros de Solamnia a lomos de sus corceles.

—Manda que cierren las puertas, thane —apremió a Duncan uno de los oficiales—, o prepárate a morir junto a tus súbditos.

—De acuerdo, clausurad las entradas —accedió el soberano a regañadientes—. Pero no activéis el me­canismo hasta el último segundo. Quizá no sea ne­cesario. Les costará sudores y trabajos resquebrajar las gruesas hojas, y me gustaría poder abandonar luego el recinto sin verme obligado a desplazar to­neladas de roca.

—¡Cerrad los accesos! —corearon varias voces.

Todos cuantos se hallaban en el patio, los vivos, los heridos e incluso los agonizantes, contemplaron cómo se iniciaba el ajuste de los macizos batientes. También el Highgug, agazapado en su rincón, obser­vó la escena. Había oído comentar en innumerables ocasiones con cuánta delicadeza aquellas colosa­les puertas se deslizaban sobre sus no menos enor­mes goznes que, siempre lubricados, funcionaban tan suavemente que dos enanos a cada lado basta­ban para accionarlos. Al retumbar en sus oídos el chirriar de la madera, del metal, se dijo que era una lástima que no pusieron en funcionamiento el ma­nubrio de las piedras. El espectáculo que ofrecían los peñascos al caer en un auténtico alud debía de ser portentoso, lamentaba perdérselo.

No obstante, antes de que concluyera la operación, lanzó una postrera mirada al exterior, y lo que vio le sobrecogió hasta tal punto que casi se estranguló a sí mismo al contener el resuello, paralizados todos sus músculos. Un ingente tropel de criaturas arma­das corría hacia él, ¡y no se trataba de su ejército!

Tras cavilar unos instantes, decidió que en aquel conflicto sólo había dos bandos, el suyo y el del ad­versario, por lo que dedujo horrorizado que era el enemigo quien se acercaba.

El sol, en su cenit, reverberaba en las armaduras de los Caballeros de Solamnia, arrancaba fulgores de sus escudos e incendiaba las espadas que esgri­mían. Tras ellos, la infantería reclutada por el pode­roso Fistandantilus marchaba hacia la fortaleza antes de que sus defensas le obstruyesen el paso. Los escasos Enanos de las Montañas que tuvieron aga­llas para interponerse fueron reducidos en un san­tiamén, pereciendo bajo los destellos del acero y el estampido de los cascos hostiles.

El ejército rival se aproximaba sin tregua. Nervio­so, el Highgug tragó saliva. Nada sabía de maniobras militares, pero se le antojó que aquél era el momen­to propicio para terminar de aislar el recinto y, al parecer, los generales coincidían en esta opinión, ya que todos se precipitaron en dirección a la entrada entre gritos e improperios.

—En nombre de Reorx, ¿qué les retiene? —apuntó Duncan al constatar la anomalía.

Kharas palideció de manera ostensible, antes de responder:

Thane, hemos sido traicionados. Tienes que huir sin demora.

—¿C... cómo? —balbuceó el soberano al mismo tiempo que, alzándose de puntillas, intentaba ver qué ocurría en el patio. Fue inútil; la muchedumbre que allí se había arremolinado le impedía distinguir cual­quier movimiento revelador—. ¿Traicionados? —re­pitió.

—Por los dewar, mi señor —insistió Kharas que, merced a su insólita estatura, podía otear el pano­rama mejor que el mandatario—. Han asesinado a los custodios y ocupan su lugar, ingeniándoselas para mantener los accesos abiertos.

—¡Matadlos! —La boca del monarca espumeaba a causa de la ira, la saliva goteaba por su barba—. ¡Acabad con todos ellos! Si no me obedecéis —añadió, a la vez que desenvainaba su espada—, yo personalmente me encargaré de que reciban su merecido.

—No, thane —le rogó el héroe de los enanos, asién­dole por la nuca cuando echaba a andar en un im­pulso desenfrenado—. ¡Es demasiado tarde! Vaya­mos en busca de los grifos y huye a Thorbardin. ¡Tienes que salvarte, mi rey!

Pero Duncan no estaba en situación de razonar. Ce­gado por la rabia, se debatió entre los brazos de su consejero y éste, aunque detestaba la violencia, cerró el puño y lo incrustó en la mandíbula de su su­perior. El soberano retrocedió a trompicones, sin derrumbarse.

— ¡Te haré decapitar por insubordinación! —ame­nazó al leal Kharas—. Mejor aún, yo mismo me cobraré tu cabeza.

Aferró la empuñadura de su arma, todavía bajo los efectos del impacto, mas fue la supuesta víctima quien zanjó el enfrentamiento. Con expresión pesa­rosa, el héroe propinó un nuevo golpe a su oponente que le privó del sentido.

Inclinándose sobre el monarca, que yacía desma­yado en el suelo, Kharas lo levantó en volandas sin molestarse en quitarle la pesada armadura y, con un gemido, se lo cargó al hombro. Tras llamar a algu­nos de los enanos que aún podían luchar y cubrirle, partió hacia el lugar donde aguardaban los grifos. El rey, en estado comatoso, balanceaba los brazos en un desordenado vaivén.

 

 

El Highgug, mientras tanto, seguía espiando al ene­migo en una suerte de fascinación. No tardaría en irrumpir en el alcázar, pero él tenía las manos ata­das porque no quería desacatar la explícita orden de su soberano: «Quedaos aquí».

En efecto, eso era lo que debía hacer. Dio pues me­dia vuelta y regresó junto a su tropa.

Aunque merecen su reputación de ser la raza más cobarde de cuantas pueblan Krynn, los enanos gully, si alguien intenta acorralarles, pueden desplegar una ferocidad que desconcierta a sus rivales.

A pesar de esta singular capacidad, la mayoría de los ejércitos suelen relegar a tales tribus a las posi­ciones de refuerzo, dejándolos en la retaguardia para evitar males mayores. Lo cierto es que un regimien­to de enanos gully inflige tantas pérdidas a su bando como al contrario, o quizá más por tenerlo a su alcance.

Conocedor de tal circunstancia, Duncan había apostado al único destacamento de hombrecillos de este clan que vivían en Pax Tharkas, donde trabaja­ban como mineros, en el muro lateral del patio y les había prohibido abandonarlo, con la única finalidad de eludir posibles complicaciones. Aunque temero­so de sus reacciones, el thane les había provisto de picas por si, contra todo pronóstico, el enemigo con­seguía atravesar las puertas. Su misión consistía en desarticular a la caballería, que entraría en primer lugar.

Eso era, precisamente, lo que estaba sucediendo. Al ver la arremetida de las huestes de Fistandantilus, sabedores de que estaban atrapados y derrota­dos, todos los enanos que habitaban Pax Tharkas se sumieron en la confusión.

Algunos conservaron la cordura. Los arqueros de las almenas descargaron una lluvia de flechas sobre los asaltantes y lograron aminorar su marcha, mien­tras los oficiales supervivientes reunían a sus com­pañías y se aprestaban a luchar antes de refugiarse en las montañas. Pero la mayoría se dieron a la fuga, ansiosos de salvaguardar sus vidas en el cobijo de las cumbres circundantes.

Transcurridos los primeros minutos de desorden, sólo un grupo quedó en el patio. Los enanos gully, al mando del Highgug, eran los únicos que se inter­ponían en el camino del adversario.

—Ha llegado la hora de la verdad —dijo el cabeci­lla, que aún resoplaba por la carrera.

Tenía el rostro blanquecino debajo de la capa de suciedad, pero se mostró tranquilo y compuesto. Se le había dicho que no se moviera de su puesto, y por la barba de Reorx que no había de hacerlo. Ni siquie­ra los regimientos más organizados que, ante la im­posibilidad de defenderse, habían iniciado la retira­da le inducirían a mudar su actitud.

Lo que más inquietaba al Highgug era que el pá­nico ya había impreso su huella en algunos de sus hombres, que miraban boquiabiertos a los caballos y se arrebujaban en los recovecos de la pared. Al per­catarse de que, a un galope ensordecedor, los corce­les hollaban la tierra lindante con la fortaleza, cer­ca de las puertas abiertas, el mandamás decidió que debía infundir moral a su compañía.

Además de adiestrarlos para actuar en momentos críticos como el que ahora se avecinaba, el Highgug les había enseñado una divisa guerrera de la que se sentía muy orgulloso. Pero todavía no se la habían aprendido, a pesar de los repetidos ensayos.

—¿Qué me debéis? —vociferó para dar el pie.

— ¡La muerte! —exclamaron todos al unísono, re­nacido su ánimo.

— ¡No, no! —protestó el cabecilla, exasperado. Pa­teó el suelo, y sus seguidores intercambiaron com­pungidas miradas—. Lo que tenéis que contestar, lar­vas sin seso, es...

— ¡Lealtad eterna! —se adelantó uno en triunfan­te postura.

Los otros le regañaron, mascullando insultos como «pelotillero». Uno, conocido por su carácter celoso, incluso le azuzó con la pica, lo que no causó ningu­na desgracia porque la sostenía del revés y sólo hun­dió en su costado el extremo romo del mango.

—Correcto —le felicitó satisfecho el Highgug, quien, mientras así les entretenía, procuraba igno­rar el creciente estruendo de los casos—. Probemos de nuevo, espero que ahora salga bien. ¿Qué me de­béis?

—Lealtad imper... ili... ¡eterna!

Más que una respuesta, aquello fue un trabalen­guas. Ante la dificultad de las palabras los enanos sólo emitían sonidos discordes y, aunque al fin die­ron con el término exacto, no le confirieron la caden­cia, ni el entusiasmo, del alumno aventajado.

Alguien levantó la mano.

—¿Qué deseas, gug Snug? —inquirió el Highgug con una mueca de impaciencia.

—¿Te debemos lealtad eterna después de muertos? —preguntó el llamado Snug.

El mandamás lo estudió con un fulgor furibundo en su único ojo.

—No, gusano rastrero —le espetó entre el rechi­nar de sus dientes—. La muerte o lealtad eterna, en el orden que exija la necesidad.

Los gully se carcajearon, tremendamente diverti­dos por el comentario. Pero el cabecilla, consciente de que el enemigo se hallaba a ínfima distancia, in­terrumpió la jocosidad para ordenar, vuelto el ros­tro hacia la rugiente caballería:

—¡Equilibrad las picas!

Fue un error del que se percató antes casi de con­cluir, al oír el torbellino de reniegos y gemidos de dolor que se produjo a su espalda.

A estas alturas, no obstante, poco importaba.

 

 

El sol se puso inmerso en una neblina sanguino­lenta, zambulléndose tras los silenciosos bosques de Qualinost.

Reinaba una calma absoluta en Pax Tharkas, ya que la colosal e inexpugnable fortaleza había caído poco después del mediodía. Durante la tarde los asal­tantes habían tenido que debatirse en las escaramu­zas organizadas por grupúsculos de enanos que, aun­que resueltos a retirarse a las montañas, habían mostrado su resistencia hasta el último instante. Mu­chos de los hombrecillos escaparon ilesos, pues los piqueros lograron contener la carga de la caballería al, testarudos, rehusar moverse de sus posiciones de combate y cubrir así a sus compañeros más afortu­nados.

Kharas, con el rey aún inconsciente en sus brazos, huyó a Thorbardin a lomos de un grifo, escoltado por algunos oficiales supervivientes de la hecatombe.

Los miembros del ejército enanil que se salvaron en los repetidos enfrentamientos, y que se habían re­fugiado en las grutas secretas de los nevados pasos montañosos, iniciaron también su andadura hacia Thorbardin bajo el amparo de los escondrijos na­turales. Mientras se desarrollaba el éxodo los dewar, traidores a su pueblo, bebían la cerveza requisada a Duncan y se pavoneaban de su hazaña, sin adver­tir que los seguidores de Caramon los escuchaban con desdén.

Después del crepúsculo, el patio se llenó de Ena­nos de las Colinas y hombres que celebraban su vic­toria, así como de oficiales que se afanaban sin ex­cesivo éxito en aplacar la marea de la ebriedad, una marea susceptible de engullir a los desprevenidos y menguar las tropas. Entre gritos, amenazas y algu­nos oportunos golpes en las cabezas de los soldados, que entrechocaban en un alarde de autoridad, estos abnegados oficiales consiguieron reunir a suficien­tes criaturas para montar la guardia y formar escua­drones de enterradores.

Crysania se había sometido a la prueba de la san­gre. Pese a haberse mantenido al margen de la bata­lla bajo la vigilante mirada de Caramon, después de tomar el alcázar se las había ingeniado para eludir­lo. Ahora, envuelta en su capa y su embozo, se desli­zaba entre los heridos y sanaba a aquellos a los que podía acercarse sin llamar la atención. Años más tar­de los escogidos relatarían a sus nietos que habían visto a una figura ataviada de blanco, con una aureo­la luminosa en el cuello, que posaba las manos en sus llagas y mitigaba de inmediato su sufrimiento.

Mientras cada uno se dedicaba al quehacer que le había sido asignado, el general se reunió con algu­nos de sus más leales adeptos en una estancia de Pax Tharkas. Debían elaborar una estrategia, si bien el hombretón estaba tan exhausto que apenas atinaba a pensar.

En medio del ajetreo, fueron pocos los que repa­raron en el solitario personaje que, vestido de negro, cruzó el umbral de la mole poco antes de anochecer. Cabalgaba un corcel de pelaje tan oscuro como su atuendo, que respingaba cada vez que los efluvios de la sangre se adherían a sus ollares. Al constatar su zozobra el jinete hizo una pausa y le cuchicheó algo, sin duda frases destinadas a sosegarlo. Quienes ad­virtieron su presencia tuvieron un espasmo de terror, persuadidos en su estado febril, o etílico, de que la muerte en persona venía a reclamar los cadáveres que no habían recibido sepultura.

—Es el mago —murmuró alguien, y todos reanu­daron su trabajo. Unos exhalaron suspiros de alivio, otros rieron agitados.

Ensombrecidos sus ojos en las profundidades de la capucha, pero observando su entorno atentamen­te, Raistlin no se detuvo en su avance hasta llegar al paraje donde se desplegaba la visión más extraor­dinaria del campo de batalla improvisado en el pa­tio. Se apilaban allí los despojos de varios enanos gully en hileras regulares, una sobre otra. Algunos sostenían todavía sus picas —muchas invertidas—, que sus manos yertas aferraban con firmeza. Entre los hombrecillos yacía también algún que otro ca­ballo herido, de manera accidental, por las salvajes embestidas y sesgos de los desesperados defensores del alcázar. Al retirar a los animales, se apreciaron en sus cuartos delanteros numerosas huellas de mor­deduras. Los gully, al comprobar la ineficacia de sus armas, habían recurrido al método que mejor cono­cían de debatirse: las uñas y los dientes.

«Eso no consta en las historias —caviló el hechi­cero, estudiando los maltrechos cuerpos con el ceño fruncido—. Quizá este espectáculo signifique que el tiempo ha sido alterado.»

Pasó largos minutos inmóvil, absorto en sus me­ditaciones. De pronto, comprendió.

Nadie distinguió su faz, oculta en los pliegues del embozo, mas de haberlo hecho cualquiera habría de­tectado la oleada de pesar y furia que la azotó.

—No —susurró al rato—, si el lamentable sacrifi­cio de estas criaturas no figura en los anales no es porque no ocurrieran así los hechos, sino porque...

Hizo un alto para examinar una vez más a los mu­tilados cadáveres, grotescos pese al horror que ins­piraban.

—Porque a nadie le importó su suerte —terminó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

Kharas concibe un plan

 

 

¡Tengo que ver al general!

La voz que pronunció estas palabras penetró la cá­lida, blanda nube que arropaba el sueño de Caramon como envolvía su cuerpo la colcha de la cama, la pri­mera de verdad donde podía descansar desde hacía meses.

—Vete —masculló el guerrero. Oyó que Garic decía al inoportuno visitante algo similar, aunque formulado con más cortesía.

—Imposible. El general duerme y no debemos mo­lestarle.

—He de hablar con él —insistió el otro—. ¡Es ur­gente!

—Durante cuarenta y ocho horas no ha gozado de un respiro —arguyó el caballero.

—Lo sé, pero...

El volumen de la discusión se redujo a un siseo y el hombretón pensó que ahora podría abandonar­se a su sopor. Sin embargo, el hecho de que aquellos individuos conferenciasen en tonos apagados no hizo sino acabar de desvelarle. Era evidente que algo iba mal. Con un lamento, dio media vuelta y colocó la almohada sobre su cabeza, más consciente que nun­ca del dolor que había infligido en sus músculos ca­balgar casi veinte horas seguidas. Sin duda, Garic zanjaría el problema.

Se abrió sigilosamente la puerta de la estancia. Ca­ramon se forzó a cerrar los ojos y se arrebujó aún más en el lecho de plumas. Se le ocurrió entonces que, doscientos años más tarde, el perverso Señor del Dragón llamado Verminaard dormiría en aquel lu­gar. ¿Le despertarían del mismo modo la mañana en que los héroes de la Lanza libertaran a los esclavos de Pax Tharkas?

—General —le llamó el guardián en un susurro. Surgió un gruñido amortiguado por el cojín. «Cuando parta pondré una rana entre las sábanas —caviló el guerrero con traviesa agresividad—. Den­tro de dos siglos estará rígida y putrefacta.»

—General —persistió Garic—, siento mucho im­portunarte pero te necesitan sin tardanza en el patio.

—¿Para qué? —rezongó el aludido, a la vez que apartaba las mantas y se incorporaba.

Intentó ignorar el calambre de sus muslos y su es­palda, que protestaban así por tan brusco movi­miento.

—El ejército se va, señor —anunció el joven.

—¿Cómo? Has perdido el juicio —le reprochó Caramon, frotándose los ojos antes de dirigirle una mi­rada fulminante.

—N... no, señor —balbuceó un soldado, que había entrado en el aposento junto a Garic y ahora se er­guía tras él, dilatadas las pupilas por el sobrecogi­miento que le provocaba hallarse en presencia del máximo mandatario de las tropas y sin que, al parecer, la desnudez y el atontamiento de éste menosca­basen su admiración—. Han comenzado a reunirse en el patio, señor. Los enanos, los bárbaros de las Lla­nuras y algunos otros...

—No los caballeros —se apresuró a intervenir el centinela.

—Lo he comprendido —atajó el general al solda­do cuando éste se disponía a continuar—. Ordenad­les que se dispersen, ¡maldita sea! —exclamó con un gesto de la mano—. ¡En nombre de los dioses, tres cuartas partes de mis hombres estaban borrachos como cubas la noche pasada!

—Esta mañana han recobrado la sobriedad, señor —explicó Garic—. Creo que deberías ir; es tu herma­no quien los conduce.

—¿Qué significa esto? —inquirió Caramon.

El aire que expulsó al hablar formó una nubécula blanca en el gélido aire. Era aquélla la mañana más fría del otoño, un delgado manto de escarcha cubría las piedras de Pax Tharkas y, al hacerlo, desdibuja­ba compasivo las purpúreas manchas de sangre que salpicaban su superficie. Abrigado en una gruesa capa de lana, vestido tan sólo con unos calzones de cuero y calzado con las botas que se había embuti­do a toda prisa, el general oteó el recinto. Se hallaba atestado de enanos y hombres, todos ellos distribui­dos en ordenadas formaciones, quietos, sombrío su talante, atentos a la orden de marchar.

El guerrero clavó su mirada en Reghar Fireforge para desviarla después hacia Darknight, cabecilla de los bárbaros.

—Ayer convinimos en que era preferible aguardar —les recordó a ambos. Impregnada su voz de una có­lera mal disimulada, se plantó frente al adalid de los Enanos de las Colinas—. Los carros de provisiones no llegarán hasta dentro de dos días y, según tu mis­mo me informaste, no nos quedan víveres suficien­tes para el viaje, así que tendremos que esperar re­fuerzos. No encontraréis ni siquiera conejos en los llanos de Dergoth.

—No nos importa racionar el alimento si es nece­sario —repuso Reghar, poniendo especial énfasis en el «nos» para dejar constancia de su intención. De todos era conocido el desmesurado apetito de Ca­ramon.

Tal comentario no contribuyó precisamente a me­jorar el humor del general, quien, sonrojado, bramó:

—¿Y qué me dices de las armas, necio barbudo? Además, aunque vosotros resistáis sin comer, los ca­ballos han de refrescarse de vez en cuando. Carece­mos de forraje, de agua fresca, y no podremos pro­porcionarles cobijo. ¿Crees que aguantarán?

—No es tan larga la travesía de los llanos como para preocuparse de esos detalles —contestó incon­movible el hombrecillo, destelleantes sus ojos—. Los Enanos de las Montañas, Reorx maldiga sus almas de roca, se han desperdigado. Hemos de atacarlos antes de que reagrupen sus fuerzas.

—Todo eso se especificó ya en el cónclave —repitió el guerrero, exasperado—. Nadie ignora que sólo nos hemos enfrentado a una parte de sus huestes, ni que en estos momentos Duncan debe de haber destaca­do un ejército al pie de la montaña, presto a abalan­zarse sobre nosotros.

—Quizá sí, quizá no —replicó Reghar, huraño, puesta la vista en el sur y con los brazos cruzados sobre el pecho—. En cualquier caso, hemos cambia­do de opinión. Nos iremos de aquí hoy mismo, con­tigo o sin ti.

El hombretón consultó en silencio a Darknight, que no había despegado los labios durante el inter­cambio. El bárbaro se limitó a asentir levemente con la cabeza. Sus hombres, alineados a su espalda, se mostraban graves y callados, aunque Caramon descubrió algunos rostros macilentos y dedujo que no todos se habían recuperado de la celebración de la víspera.

Por último, el atónito guerrero buscó con los ojos a una figura que, enlutada, se hallaba sobre la gru­pa de un equino, de crin azabache. Aunque la ca­pucha nada dejaba traslucir de su expresión, el fornido luchador había sentido su mirada entre penetrante y divertida desde que atravesara la puer­ta interior de la gigantesca fortaleza.

Abandonando al enano a sus auspicios, el hombre­tón se dirigió de manera abrupta hacia Raistlin. No le sorprendió distinguir junto a él a Crysania, mon­tada también a caballo y envuelta en su capa de via­je. Al aproximarse se apercibió de que el repulgo de sus ropajes presentaba vestigios de sangre y que su semblante, apenas visible detrás del pañuelo que se había anudado en torno a la barbilla y el cuello, es­taba pálido pero sereno. Se preguntó qué había estado haciendo durante la larga noche, mas decidió concentrarse, de momento, en su gemelo.

—Todo esto es obra tuya —le acusó sin alzar la voz, al mismo tiempo que extendía la mano sobre la cer­viz del animal del nigromante.

Raistlin sonrió y se inclinó por encima del pomo de la silla para dialogar con su hermano. Ahora el guerrero pudo vislumbrar su rostro, tan frío y blanco como la escarcha que alfombraba el suelo bajo sus pies.

—¿Qué te propones? —lo interrogó el general en tono confidencial—. ¿Cuál es el propósito de este al­zamiento? No podemos avanzar, y menos para enta­blar una batalla, sin abastos.

—Has hecho tus cálculos muy a la ligera —re­prendió el hechicero a su hermano antes de agregar, encogidos los hombros—: Los carromatos nos darán alcance y, en cuanto a los pertrechos, los hombres se han apoderado de los sobrantes del conflicto ade­más de contar con los suyos. Reghar tiene razón, hay que abatirse sobre el enemigo antes de que se reor­ganice.

—¿Por qué no lo discutiste conmigo? —se encole­rizó Caramon, cerrando el puño—. ¡Soy yo quien está al mando de las tropas!

Raistlin rehuyó su escrutinio. Irguió de nuevo la espalda, ladeada la faz, y el hombretón se percató de que su cuerpo temblaba bajo la negra túnica.

—No había tiempo —se disculpó frente a su enco­lerizado gemelo—. Anoche soñé que Takhisis, mi rei­na... Sea como fuere —se interrumpió—, reviste una capital importancia que arribe a Zhaman cuanto antes.

El general estudió al archimago en un súbito arranque de clarividencia.

— ¡Esas criaturas nada significan para ti! —le re­criminó, mientras señalaba a los hombres y enanos que, en posición de firmes, esperaban órdenes—. Lo único que te interesa es ganar acceso a tu precioso Portal.

Enmudeció unos segundos, en los que contempló a Crysania. La sacerdotisa lo miró con perfecta cal­ma, si bien sus ojos grises se habían oscurecido tras una interminable noche de vigilia consagrada a ayu­dar a los heridos y moribundos.

—¿Vas a respaldarle? —la imprecó Caramon.

—He vivido la experiencia de la sangre —res­pondió ella sin perder la compostura—. Hay que ter­minar para siempre con tantos errores; he sido tes­tigo del daño que la humanidad puede infligirse a sí misma.

— ¡Lo dudo! Me temo que aún no has visto nada —murmuró el guerrero entre dientes, espiando al ni­gromante.

Estirando sus huesudas manos, Raistlin despren­dió el embozo de su cabeza con el fin de exhibir sus pupilas. El musculoso luchador retrocedió al colum­brar su propia efigie, recortada en aquellos delato­res espejos que le devolvían la imagen de un hom­bre de tez cenicienta, desaseado, con el cabello sin peinar y encrespado por la inclemente brisa. Se cru­zaron entonces sus voluntades y el archimago, tan intensas las chispas de sus iris como la serpiente que hipnotiza a su presa, le arengó a través de la tele­patía.

—Me conoces bien, hermano. La sangre que fluye por tus venas habla en ocasiones con más elocuen­cia que tus manifestaciones verbales. Has acertado, esta guerra no me incumbe en lo más mínimo. He luchado con un único objetivo, traspasar el Portal, y necesito que tus huestes me franqueen el paso. Una vez cumplidas mis ambiciones, ¿qué más me da que ganen o pierdan?

»Te he dejado jugar a soldaditos, Caramon, porque gozabas invistiéndote como general. Y, he de reco­nocerlo, tu habilidad me ha causado un gran asom­bro. Has servido mi propósito, mas todavía no ha con­cluido tu misión. Guía al ejército hasta Zhaman y, cuando Crysania y yo estemos a salvo entre sus paredes, te devolveré a tu hogar. No olvides, herma­no, que en la batalla de Dergoth nuestras fuerzas se­rán derrotadas como lo fueron las de Fistandantilus. ¡No puedes cambiar la Historia!

—¡No te creo! —se revolvió el guerrero con la boca pastosa y las facciones desencajadas—. Tú nunca te precipitarías así la muerte, hay algo que sabes y que yo ignoro. Algo que...

Se interrumpió, medio asfixiado. El hechicero se había aproximado a él, se diría que arrancaba las pa­labras de su garganta.

—Mis acciones sólo me atañen a mí —continuó—. La información que pueda poseer es asunto mío, así que no te devanes los sesos en inútiles especula­ciones.

— ¡Les revelaré la verdad!

El hombretón estaba enloquecido, una vez más le cegaban la desesperación y el odio que le inspiraba la malignidad de su gemelo.

—¿Qué vas a contarles que has visualizado el fu­turo y están condenados? —apuntó irónico el mago, que no pudo contener una sonrisa ante la angustia del general—. No, hermano, de nada te serviría. Y, ahora, si quieres regresar a casa, te sugiero que subas a tu aposento, te pongas la armadura y conduz­cas a tus seguidores.

Levantó de nuevo las manos y cubrió su semblan­te con la capucha. Caramon contuvo el resuello, como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua gla­cial, y contempló a la enigmática figura sin atinar a moverse, paralizado por una rabia invencible que dominaba todo su ser.

La única imagen que logró invocar en su cerebro fue la de Raistlin riendo a pleno pulmón junto al ár­bol del que él estaba suspendido, o acariciando al conejo. Aquella camaradería había sido real, estaba dispuesto a jurarlo, y sin embargo también lo era lo que ahora sucedía. Real, espantoso y punzante cual el filo de un cuchillo expuesto a los luminosos ha­ces solares.

Despacio, aquel puñal fraguado por su fantasía comenzó a adentrarse en el confuso torbellino que invadía la mente del guerrero y, de un sesgo certero, cercenó otro de los nexos que le vinculaban a tan per­versa criatura.

El arma actuaba lentamente, eran muchas las li­gaduras que tenía que cortar. Había asestado su pri­mer golpe en la ensangrentada arena de Istar y, tras varias acometidas en otras etapas de su periplo, vol­vía a dar en su diana en aquel patio escarchado de Pax Tharkas.

—Según parece no me queda más alternativa que obedecer —cedió, nublados sus ojos por las lágrimas de la cólera y una honda consternación.

—En efecto —confirmó el hechicero, a la vez que asía las riendas para hacerse a un lado—. Debo aten­der algunas cuestiones. Por supuesto Crysania cabal­gará a tu lado en la avanzadilla. Yo me rezagaré. No os inquietéis si no os acompaño durante todo el tra­yecto.

«He sido despachado», reflexionó Caramon. Mien­tras observaba los movimientos de su gemelo, cesó de acosarle la ira; tan sólo era consciente de un do­lor sordo, insoportable, que le corroía sin lacerarle. En más de una ocasión había oído decir que tal era la fantasmal sensación que uno recibía al serle am­putado un miembro.

Girando sobre sus talones, ajeno a la losa de silen­cio que había caído en el patio, el general se encerró en su alcoba y procedió a ajustarse la armadura.

 

 

Cuando Caramon volvió, engalanado con sus ha­bituales guarniciones doradas y ondeando la capa al viento, los enanos, los bárbaros y sus hombres al­zaron sus voces en un resonante clamor.

No admiraban de manera incondicional a aquel fortachón pero todos le concedían una inteligencia superior para la estrategia, que había culminado en la victoria de la víspera. Al general le sonreía la for­tuna, quizá contaba con la bendición de algún dios. ¿No era acaso su buena suerte lo que había impedi­do a los enanos cerrar las puertas?

Muchos se habían sentido incómodos al rumorear­se que emprenderían viaje sin él. Fueron innumera­bles las miradas reprobatorias que convergieron en la persona del mago de Túnica Negra, pero ¿quién se atrevía a expresar su disconformidad?

Al guerrero aquellas ovaciones se le antojaron en extremo reconfortantes y, al principio, fue incapaz de proferir una sola palabra. Necesitó unos minu­tos para recuperar el habla y, una vez lo hubo con­seguido, impartió sin entusiasmo las instrucciones pertinentes.

Lo primero que hizo fue indicar a uno de los caba­lleros que se acercase.

—Michael, te quedarás aquí y asumirás el mando en mi ausencia —le encargó mientras se enfundaba los guantes.

El aludido se ruborizó complacido frente al ines­perado honor que se le otorgaba, si bien no pudo por menos que mirar el espacio vacío que había dejado en su fila.

—Señor, ostento una baja graduación —intentó protestar—. Estoy seguro de que habrá alguien más capacitado...

Caramon lo atajó mediante un gesto de la mano y, con una amabilidad que no logró disfrazar su tris­teza, lo aleccionó:

—Permite que sea yo quien juzgue tus virtudes, Mi­chael. Ya he tenido una prueba fehaciente de ellas, ¿recuerdas? Habrías aceptado gustoso la muerte con tal de no defraudar a mi hermano, y hallaste en tu ánimo la suficiente compasión para desobedecerle. ¿Qué más necesito? No será fácil la tarea que te en­comiendo, limítate a cumplirla lo mejor que puedas —añadió sin más preámbulos—. Las mujeres y los niños, como es natural, permanecerán en la fortale­za, y te enviaré a los posibles heridos que requieran tratamiento. Cuando lleguen los carros de abasteci­miento, ocúpate de hacernos llegar los enseres, aun­que quizá sea ya demasiado tarde. —Hizo una pau­sa y concluyó—: Resistirás bien el invierno si es preciso. No te preocupes por nosotros.

Al ver que los caballeros más próximos intercam­biaban unas miradas que destilaban asombro y cu­riosidad, el general optó por morderse la lengua. No deseaba que su conocimiento de los sucesos aún por venir trasluciera en su discurso, así que fingió una alegría que estaba lejos de sentir y, tras dar unas pal­madas en el hombro de Michael, montó sobre su ca­ballo en medio de los vítores de los presentes. Inclu­so pronunció algunas frases intrascendentes pero plenas de la valentía propia del soldado, para disimular mejor.

El vocerío aumentó en el momento en que el por­taestandarte izó su enseña y la estrella de nueve pun­tas refulgió bajo el sol. Los caballeros formaron de­trás de Caramon y Crysania se colocó entre dos de ellos, que, apartándose con su habitual galantería, le hicieron sitio. Aunque los miembros de esta Or­den no apreciaban a la «bruja» más que los otros in­tegrantes del ejército, era una mujer y su Código les exigía salvaguardar su vida a cualquier precio.

—¡Abrid las puertas! —exclamó el mandamás.

Empujadas por manos anhelantes las dos hojas, que habían pasado la noche atrancadas, se desliza­ron sobre sus goznes. El guerrero hizo un último re­conocimiento del recinto para asegurarse de que to­dos estaban a punto y, al fijarse en un rincón, sus pupilas se cruzaron con las de su gemelo.

Raistlin, sin apearse de su corcel, se había retira­do a un lugar donde se proyectaban las sombras de los descomunales accesos. No había intervenido en los preparativos desde que su hermano tomara la al­ternativa, sólo observaba en una extraña inmovi­lidad.

Durante un tiempo no superior al que se tarda en exhalar el aire de las vías respiratorias, los herma­nos se examinaron mutuamente. Al fin, fue Caramon quien desvió los ojos.

Extendida su mano, arrebató el estandarte a su portador y, sosteniéndolo en alto, emitió un único grito:

—¡Thorbardin!

El sol matutino, que había asomado su rostro ma­jestuoso entre las cumbres, prendió en la áurea ar­madura del cabecilla como para arrancarle destellos aún más deslumbradores. Bajo su influjo se torna­ron de oro las hebras que configuraban la estrella de la banderola y también adquirieron matices do­rados las puntas de las espadas de los soldados ali­neados en el patio.

—¡Thorbardin! —repitió el adalid y, espoleando a su equino, atravesó las puertas al galope.

—¡Thorbardin! —corearon las tropas, entre atro­nadores alaridos y el fragor de espadas contra escu­dos. Los enanos, por su parte, entonaron un cántico que, dada la calidad cavernosa de sus voces, a más de uno se le antojó sobrenatural—: Roca y metal, me­tal y roca, el arma con la piedra se forja.

Echaron a andar, y el estampido de sus pies inmer­sos en férreas botas marcó el ritmo de la melodía.

A los hombrecillos, los siguieron los bárbaros de las Llanuras, con porte menos marcial. Envueltos en sus pieles a fin de resguardarse del frío, caminaban sin una cadencia predeterminada afilando sus pertrechos, trenzando plumas en sus cabezas o pintán­dose singulares símbolos en los pómulos y la frente. No transcurriría mucho tiempo antes de que, can­sados de la rigidez de la marcha, abandonasen la sen­da para viajar en los acostumbrados grupos de cazadores.

En tercer lugar, avanzaban los granjeros y los la­drones reclutados por Caramon, muchos de ellos a trompicones por hallarse aún bajo los efectos del fes­tín de la victoria. Y, en la retaguardia, cerraban el desfile los dewar, los nuevos aliados.

Argat trató de llamar la atención de Raistlin an­tes de salir al exterior, pero el mago parecía haber­se fundido en las sombras y apenas distinguió su ca­ballo, menos todavía su camuflado semblante. La única parte visible de su persona eran los blancos dedos con los que aferraba las riendas.

El hechicero no miraba al dewar ni tampoco al ejército, sino a la figura que, refulgente en su dora­da aureola, cabalgaba en cabeza. El hombrecillo ten­dría que haber poseído una aguda percepción para notar que sus manos asían las riendas más tensas de lo normal o que los ropajes temblaron un breve segundo, como respondiendo a un entrecortado sus­piro.

Cuando los últimos dewar cruzaron el umbral, el patio quedó vacío salvo por los familiares de los alis­tados. Las mujeres enjugaron sus lágrimas y, sin ce­sar de conversar entre ellas, iniciaron sus quehace­res de la jornada, mientras los niños se encaramaban a los muros a fin de despedir a los viajeros y alen­tarles hasta que la distancia les impidiera oír sus vo­ces. Se atrancaron las puertas, que se movieron sobre sus engrasados goznes tan silenciosas como al abrirse.

Solo en las almenas, Michael contempló aquella serpiente multicolor que se alejaba hacia el sur y ad­miró el brillo de los metales realzados por el astro celeste, las volutas de humo que expulsaban los alien­tos y el canto de los enanos, que retumbaba en las rocosas inmediaciones.

Tras las tropas, solitaria y vestida de negro, se des­tacaba una siniestra figura. Al reparar en su oscuro contorno, el caballero sintió un repentino júbilo. Con­sideraba un buen presagio que la muerte fuera de­trás, y no delante, de las huestes.

 

 

El sol alumbró el patio de Pax Tharkas al separar­se las monumentales hojas que constituían su acce­so, y empezaba a declinar unas jornadas más tarde, cuando se ajustaron las del gran alcázar montañoso de Thorbardin. Gimió y matraqueó el mecanismo que, alimentado por agua, accionaba las puertas, y pareció como si una parte de la montaña misma se hubiera clausurado, obediente a una orden. Una vez selladas, era materialmente imposible distinguir las planchas de la roca, tan primoroso era el arte de los enanos, que habían consagrado largos años a su construcción.

El cierre de las puertas significaba guerra inmi­nente. Se había difundido la noticia de la marcha del ejército de Fistandantilus, llevada por espías sobre las rápidas alas de los grifos. En la plaza fuerte bu­llía desde entonces una insólita actividad. De las fra­guas de los armeros surgían auténticas bengalas de chispas, que no se disiparon hasta que los atareados hombrecillos cayeron dormidos, todavía con el mar­tillo en la mano. También en las tabernas reinaba una desbordante animación, que se prolongó toda la no­che, ya que los moradores del lugar acudían en tro­pel a fin de jactarse de las hazañas que realizarían en el campo de batalla.

Tan sólo una gruta del enorme reino subterráneo permaneció en reposo, y fue allí donde se encami­nó el héroe de los enanos, con resonantes zancadas, dos días después de que Caramon abandonara Pax Tharkas.

Al entrar en esa gruta, que no era sino la sala de audiencias del rey de las tribus de las Montañas, Kharas oyó los estridentes ecos de sus botas en la bóveda de la cámara, que, de forma cóncava, había sido horadada a partir de los accidentes naturales del terreno. La estancia se hallaba vacía, excepto por un grupo de hombrecillos que se hallaban sentados sobre un estrado de piedra.

El recién llegado jalonó las hileras de bancos don­de la víspera centenares de miembros de su tribu ha­bían aprobado, en un enfervorecido griterío, la deci­sión del thane de declarar la guerra a sus hermanos de sangre.

Hoy se celebraba un consejo especial para ultimar los pormenores de la contienda, al que sólo asistían las altas dignidades. No era necesaria la presencia de los ciudadanos, e incluso Kharas se sorprendió sobremanera al comunicársele que había sido invi­tado. El héroe había perdido el favor del soberano, todos los sabían, no faltando los especuladores que auguraban su próximo exilio,

Al acercarse a la asamblea, el alto servidor intuyó que Duncan le escrutaba en actitud hostil, aunque este hecho podía imputarse a la desfiguración de su rostro. En efecto, el monarca tenía el ojo izquierdo y el pómulo de ese mismo lado ennegrecidos, magu­llados, a consecuencia del golpe que le propinara su consejero antes de huir de Pax Tharkas.

—Levántate, Kharas —le indicó el rey cuando aquel súbdito de exagerada estatura, y ahora barbi­lampiño, se inclinó en una profunda reverencia.

—No hasta que me perdones, thane —repuso el in­terpelado sin mudar su postura.

—¿Qué he de perdonarte?, ¿que infundieras un poco de sentido común en un viejo estúpido como yo? —admitió Duncan—. Lo que debo hacer no es dis­culpar tu acción, sino agradecértela. «El deber es a veces doloroso», afirma el proverbio —dijo, frotán­dose la mandíbula—. Te aseguro que ahora lo com­prendo. Pero olvidemos ese asunto.

Al ver que Kharas se enderezaba, el rey le alargó un pergamino.

—Te he rogado que vengas por otro motivo. Lee este mensaje —le instó.

Desconcertado, el consejero examinó el rollo que le tendían y que estaba atado con una cinta negra, pero no sellado. Tras lanzar una furtiva mirada a los distintos thanes, sentados en butacas de roca un poco más bajas que la del monarca, se detuvo su vista en el único asiento que permanecía desocupado, el de Argat, cabecilla de los dewar. Arrugado el ceño, el héroe enanil deshizo el nudo y leyó el mensaje en voz alta, sin más interrupción que la que le imponía el tosco y en ocasiones ininteligible lenguaje de su autor.

«A Duncan, rey de los enanos de Thorbardin.

»En primer lugar, recibe el respetuoso saludo de aquel al que ahora tildas de traidor.

»Te enviamos este pergamino quienes sabemos que castigarás a los dewar alojados bajo la montaña por lo que hicimos en Pax Tharkas. Si algún día llegan a entregártelo, significará que logramos mantener las puertas abiertas.

«Desdeñaste nuestro plan ante el consejo. Quizás a estas alturas ya habrás escuchado la voz de la pru­dencia. Desde la confrontación de Pax Tharkas, con­duce al ejército el mago en persona. El mago es nues­tro amigo. Él guía a las tropas por las llanuras de Dergoth y nosotros marchamos con ellas, como alia­dos. Cuando llegue la hora, aquellos a los que consi­deras traidores entrarán en acción. Atacaremos al enemigo desde dentro y lo postraremos bajo el filo de vuestras hachas.

»Si abrigas alguna duda de nuestra fidelidad, guar­da como rehenes a los miembros de nuestro pueblo que viven contigo y espera nuestro regreso. Te pro­meto un gran regalo en prueba de mi total since­ridad.

»Argat, thane de los dewar.»

 

Kharas revisó un par de veces aquel enigmático escrito, y su entrecejo no se ensanchó. Si algo hizo fue hundirse en surcos todavía más hondos.

—¿Y bien? —indagó Duncan.

—No me conmueve la palabrería de un renegado —repuso el alto súbdito, enrollando de nuevo la mi­siva y restituyéndosela a su dueño con un gesto que denotaba repulsa.

—Pero si dice la verdad podría otorgarnos la vic­toria —insinuó el monarca.

Kharas alzó sus pupilas y las clavó en las de su superior, que estaba acomodado en el centro de la plataforma.

—Si en este mismo momento, mi thane, se me ofre­ciera la oportunidad de conferenciar con Caramon Majere, general de nuestro adversario y a todas lu­ces un hombre probo y honorable, le advertiría del peligro que corre, aunque mis revelaciones entraña­ran nuestra derrota.

Los cabecillas resoplaron y gruñeron, todos a una.

—Deberías haber nacido Caballero de Solamnia —murmuró uno, si bien tal sentencia nada tenía de cumplido.

Duncan conminó al silencio a la asamblea y, aun­que reticentes, los thanes obedecieron.

—Kharas —invocó a su servidor con infinita paciencia—, conozco tus sentimientos acerca del ho­nor y te aseguro que merecen mi encomio. Pero tus elevadas miras no alimentarán a los huérfanos de quienes mueran en la batalla, ni impedirán a nues­tros parientes roernos hasta los huesos si somos no­sotros quienes sucumbimos. No —continuó, más severo su tono—, existen situaciones en que los principios han de someterse al deber. Tú mismo me lo enseñaste —añadió, y de nuevo se tanteó los moretones del rostro.

Compungido, el interpelado contrajo sus facciones. Tras alzar, en un impulso reflejo, la mano para atu­sarse la ondulante barba que ya no adornaba su men­tón, la dejó caer laxa sobre el costado y, con eviden­te sonrojo, bajó la cabeza.

—Nuestros exploradores han verificado este infor­me —prosiguió el soberano—. El ejército rival ha em­prendido viaje hacia Thorbardin.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Kharas, alzados otra vez los ojos y con creciente disgusto—. Yo tam­bién he oído tales rumores, pero no les di crédito ni por un segundo. ¿Han partido antes del arribo de sus carros de provisiones? En ese caso debe ser cierto que el hechicero ha asumido el mando, pues ningún militar cometería semejante error.

—Estarán en la planicie dentro de dos días —se ratificó el rey, sin hacer caso de tan elocuentes aseveraciones—. Su objetivo es, según nuestros es­pías, la fortaleza de Zhaman, donde instalarán su cuartel general. Tenemos allí una reducida guarnición, que realizará un simulacro de defensa y se dará a la fuga para atraerlos a campo abierto.

—Zhaman —repitió pensativo el consejero, rascán­dose la mandíbula ahora que ya no podía mesarse la barba. De pronto avanzó unos pasos y, anhelante, propuso—: Thane, si consigo exponerte un plan fac­tible para zanjar esta guerra con el mínimo derramamiento de sangre, ¿me escucharás?

—Lo haré —accedió el otro, rígidas todas sus vísceras.

—Dame un escuadrón de hombres especialmente seleccionados, mi señor, y yo mismo me ocuparé de matar a ese endemoniado Fistandantilus. Después de destruirle, mostraré el pergamino al general y a nuestros congéneres. Comprenderán entonces que han sido traicionados, y no podrán sustraerse al pre­dominio de nuestras huestes levantadas contra ellos. ¡Se rendirán, estoy convencido!

—¿Qué haremos con ellos si se rinden? —le preguntó Duncan irritado, pese a que mientras ha­blaba no cesaba de dar vueltas en su cabeza al pro­yecto.

Los demás dignatarios reunidos en el cónclave, por su parte, habían abandonado los susurros entre dien­tes para proceder, ahora, a consultarse unos a otros mediante ademanes en los que los pelos de sus hir­sutas cejas se confundían en una sola franja irregular.

—Entrégales Pax Tharkas, thane —sugirió Kharas, más vehemente a cada segundo—. A quienes quieran vivir allí, por supuesto. Nuestros hermanos de raza volverán a sus hogares, y nosotros les haremos al­gunas concesiones. Unas pocas bastarán —se apre­suró a puntualizar al ver que el rostro del monarca se ensombrecía—. Quedarán establecidas al discu­tir los términos de su claudicación, sí bien hemos de prometerles cobijo durante el invierno, a ellos y a los humanos. Pueden trabajar en las minas...

—Reconozco que tu plan tiene posibilidades —le atajó el soberano—. Una vez te encuentras en el de­sierto, siempre te resta la alternativa de ocultarte en las dunas.

Enmudeció, deseoso de reflexionar, y transcurrieron varios minutos antes de que reanudara su con­versación.

—Se trata de una misión muy peligrosa, Kharas

—objetó—, que quizá no dé el fruto esperado. Aun­que logres aniquilar al Ente Oscuro, y te recuerdo que sus poderes han alcanzado una reputación difí­cil de desmentir, es más que probable que te elimi­nen sin contemplaciones en cuanto descubran tu ac­ción. Quizá no llegues a hablar nunca con Caramon Majere. Se rumorea que el nigromante es su herma­no gemelo.

El leal senador esbozó una sonrisa, extendidos aún sus dedos sobre la rasurada tez.

—Moriré gustoso, señor, si con ello evito sacrifi­car a mis semejantes.

Duncan le observó iracundo, pero, al rozar su in­flamada faz, suspiró y recobró la calma.

—De acuerdo —dijo—, te autorizo a intentarlo. Eli­ge con celo a los hombres que han de acompañarte. ¿Cuándo piensas partir?

—Esta misma noche, thane.

Os abriremos las puertas de la montaña, y lue­go las ajustaremos. De ti dependerá que vuelva a accionarse el mecanismo para admitir a tu grupo victorioso o para vomitar las fuerzas armadas de los Enanos de las Montañas. ¡Alumbre tu mazo la lla­ma de Reorx!

Con una reverencia, Kharas dio por concluido el parlamento y salió de la cámara, más rápido y vigo­roso su paso que el que adoptara al entrar.

—Ahí va alguien a quien mal podemos renunciar —comentó uno de los dignatarios, fijos sus ojos en la figura en retroceso del inteligente consejero.

—Estaba perdido para la causa desde el principio —replicó el rey con tono hosco, pese a que había pa­lidecido y en su semblante se dibujaban las líneas de la tribulación—. Y, ahora, ultimemos los prepa­rativos de la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 8

La penosa marcha

 

 

Ha vuelto a agotarse el agua —anunció Caramon, poniéndose de pie.

Reghar rezongó para sus adentros. Pese a que el timbre de voz del general había sido voluntariamen­te desapasionado, el enano sabía que le hacía respon­sable de tan serio contratiempo. El hecho de admi­tir que, en parte, tenía razón, no le ayudaba a sentirse mejor, pues sólo existe algo más insoportable y descorazonador que la culpabilidad: reconocer que los reproches son merecidos.

—Hallaremos otro pozo antes de que termine el día —refunfuñó el hombrecillo, convertida su faz en una máscara de granito—. En los viejos tiempos los ha­bía por todos los rincones, como marcas de viruela dibujadas en la tierra.

Extendió el índice, y el general estudió su entor­no. Hasta donde alcanzaba la vista no se distinguía nada, ni árboles, ni aves, ni siquiera los matojos ha­bituales de las zonas desérticas. Nada salvo una in­terminable superficie de arena, cuya monotonía rom­pían unas extrañas dunas de forma abovedada. En la distancia, los oscuros perfiles de las montañas de Thorbardin vibraban en el aire como el recuerdo per­sistente de una pesadilla.

El ejército de Fistandantilus empezaba a perder antes de entablarse la batalla.

Tras unas jornadas de dificultosa marcha habían abandonado el paso montañoso de Pax Tharkas y, ahora, estaban en las llanuras de Dergoth. Los abastos no habían llegado y, debido al rápido paso que imprimieron a la marcha, el hombretón sospechaba que las cargadas carretas tardarían más de una se­mana en alcanzarlos.

Raistlin insistió frente a los oficiales en la necesi­dad de acelerar el avance y, aunque Caramon se ha­bía enfrentado a él sin disimulo, Reghar respaldó al archimago y consiguió que los bárbaros se pusieran también de su lado. Una vez más, al general no le que­dó otra opción que seguir adelante.

Como todos los días, los soldados se levantaron an­tes del alba. Tras recoger el campamento, caminaron, sólo con una breve pausa a primera hora de la tar­de, hasta el crepúsculo, ese momento en que la luz comenzaba a declinar y todavía era posible acampar sin tener que gatear en la negrura.

No ofrecían la imagen de un ejército victorioso. La camaradería, las chanzas y los juegos vespertinos se habían evaporado en la tensa atmósfera. Tampoco se cantaba, ya que incluso los enanos preferían reser­var su aliento para el penoso periplo. Y, por la noche, los hombres se derrumbaban literalmente en el lugar donde posaban los pies, engullían sus magras raciones y se sumían en un pesado sueño hasta que les despertaban los zarandeos y los puntapiés de sus inmediatos superiores.

En tales circunstancias, la moral estaba por los suelos. No se oían sino quejas y gemidos, que se tor­naban más frecuentes a medida que menguaba el ali­mento. En las montañas no habían sufrido tales ca­rencias, ya que abundaba la caza, pero al descender a la planicie se cumplieron las profecías de Caramon y las únicas criaturas, vivientes que uno veía eran sus compañeros. Se nutrían de pan duro, horneado sin levadura, y de carne desecada que sólo probaban dos veces al día, en el desayuno y en la cena. Las porcio­nes eran irrisorias, y el general era consciente de que habría que reducirlas a la mitad si no recibían pronto refuerzos.

El guerrero tenía que resolver otros conflictos ade­más de la escasez de víveres, dos de ellos de la ma­yor importancia. Uno era la falta de agua. Aunque Reghar le había asegurado con jovial talante que había manantiales en el llano, los dos que habían descubierto no les proporcionaron ni una gota de líqui­do potable. Hasta aquel momento el viejo enano no confesó, a regañadientes, que la última ocasión en que visitó tales parajes fue antes del Cataclismo. El otro asunto que inquietaba al adalid era el deterio­ro que estaban experimentando las relaciones entre los aliados.

La unión de los distintos bandos, que en los ins­tantes de máxima euforia tan sólo estuvo hilvanada, se rasgaba ahora en las mismas costuras. Los huma­nos del norte acusaban de sus penurias a los enanos y los bárbaros, puesto que habían colaborado con el hechicero. Los hombres de las Llanuras, que no es­taban acostumbrados a las regiones montañosas, protestaban porque cubría el terreno a perpetuidad una capa de nieve y también porque, como le espetó su cabecilla a Caramon, «no hay más que rugosida­des y pendientes».

Ahora, al divisar las imponentes cumbres de Thorbardin en el horizonte, los bárbaros no pudieron por menos que pensar que todo el oro y el acero del mun­do no era tan hermosos como las doradas y lisas pra­deras de su hogar. Al hombretón no le pasó inadver­tido que a menudo volvían la cabeza hacia el norte, y se dijo que una mañana, al levantarse, constataría que se habían ido mientras dormía.

Siguiendo con la enumeración de las fricciones que surgían a cada paso, no puede dejar de mencio­narse la actitud de los enanos respecto a los otros grupos. En su opinión, los humanos eran un hatajo de cobardes que corrían llorosos en busca de su ma­dre cuando debían someterse a la más ínfima inco­modidad. Ellos trataban la casi ausencia de comida y agua como una molestia intrascendente, y aquel que se atrevía a insinuar que tenía sed se transfor­maba en el blanco de sus más despiadadas burlas.

En todo ello pensaba Caramon, y en las innumera­bles cuestiones de otra índole que bullían en su ce­rebro, mientras oteaba el desierto en la hora del oca­so y pateaba la arena con la punta de su bota.

De manera repentina, el guerrero alzó los párpa­dos y clavó sus ojos en Reghar. Persuadido de que Caramon lo desafiaba en una suerte de reto, el ena­no perdió aquella serenidad que lo asemejaba a una estatua de piedra y, caídos sus hombros, emitió un prolongado suspiro. Su parecido con Flint era tan in­tenso, que el general sentía una punzada de dolor siempre que se encaraba con él. Avergonzado de su cólera, consciente de que iba dirigida más contra sí mismo que contra el hombrecillo, rectificó lo mejor que pudo, sin rebajarse.

—No te preocupes, nos queda agua suficiente para pasar la noche. Lo más probable es que mañana nos tropecemos con uno de esos manantiales subterrá­neos, ¿no crees? —dijo, conciliador, a la vez que daba unas torpes palmadas en la espalda de su acompa­ñante.

El viejo enano levantó la vista hacia el hombretón, sorprendido y receloso ante tal cambio de actitud. Temía que su amabilidad fuese fingida y pretendie­se ganar su confianza para luego aguijonearle con un sarcasmo; pero, al atisbar una sombra de sonrisa en su demacrado rostro, se relajó.

—Sí —contestó con una mueca por la que intenta­ba demostrar afabilidad—; dentro de unas horas, ha­bremos encontrado un pozo.

Y, rehuyendo el seco agujero que, cargado de pre­sagios, se abría a sus pies, regresaron al campa­mento.

El ocaso era temprano en las llanuras de Dergoth. El sol se zambulló rápidamente tras las montañas, como si le hastiara el espectáculo de aquellas tierras desoladas, yermas, a una hora en que todavía no ne­gaba el calor de sus rayos a otras regiones más ver­deantes. Pocas fueron las fogatas que prendieron en el paraje elegido para acampar; los hombres estaban extenuados y, por otra parte, tampoco había ali­mentos que guisar. Se arracimaron los soldados en grupos aislados, desde donde se vigilaban unos a otros, llenos de resquemor. El único punto en que los miembros del clan de las Colinas, los humanos y los bárbaros estaban de acuerdo era en esquivar a los traicioneros dewar.

Aunque las tropas dormían al raso, Caramon al igual que Raistlin y Crysania, se hacía montar la tienda en un rincón apartado cada vez que se detenían. También él se mantenía al margen de sus seguido­res, en un ansia de soledad por la que denotaba su distanciamiento.

Caminaba junto al enano hacia su refugio, abstraí­do en sus elucubraciones, cuando le vino a la memo­ria una antigua leyenda que circulaba por Krynn des­de tiempo inmemorial. Contaba la historia que, en una ocasión, un hombre cometió un acto tan abyec­to que incluso los dioses se reunieron en cónclave para infligirle un castigo. Decidieron los hacedores que, a partir de entonces, el condenado adquiriría la capacidad de predecir el futuro. Al serle comuni­cada la sentencia el reo estalló en carcajadas, convencido de que su ingenio y sus facultades habían de sobrepasar a los de todas las criaturas, incluidas aquellas que tan neciamente le otorgaban un don en lugar de imponerle una pena. Sin embargo, el huma­no sucumbió poco después a una muerte torturada, algo que el guerrero nunca había comprendido.

Ahora, en cambio, sí discernía la moral del relato, y lo hacía con honda consternación. No había nada peor para un ser mortal que conocer de antemano el desenlace de una empresa destinada al fracaso, ya que esta clarividencia le privaba del mayor incenti­vo que a todos impulsa a perseverar: la esperanza.

Al principio, Caramon había abrigado tan estimu­lante sentimiento; un resquicio de fe en su hermano le incitaba a pensar que éste urdiría un plan salva­dor. No podía consentir que su ejército se precipita­se a un desastre; algo haría para impedirlo. Pero, tras la conservación telepática que sostuvieron el día en que partieron de Pax Tharkas, sabía a ciencia cierta que al nigromante nada le importaba lo que pudie­ra suceder a sus aliados, a ellos y a las familias que dejaban en la fortaleza o en su patria. En aquel momento se extinguió la única llama interior que le em­pujaba a seguir, pues las palabras de su gemelo, le revelaron la impotencia en que se hallaba de alterar los acontecimientos. Lo que había pasado volvería a pasar.

Abatido por tan cruel certidumbre, intuyendo el dolor en que había de sumirle la muerte de quienes comenzaban a crecer en su estima, el guerrero se ale­jó involuntariamente de ellos. Inició así una vida so­litaria en la que no cesaba de evocar remembranzas de su hogar.

¡Su hogar! Pese a su anterior empeño en olvidar­lo, en arrinconarlo en los más oscuros recovecos de su mente, en esta hora de desaliento las imágenes conjuradas le invadían con tal vivacidad que, a ve­ces, en sus interminables veladas, contemplaba el fuego sin poder verlo a causa de las lágrimas.

Perdidas las ilusiones, la añoranza era lo único a lo que podía aferrarse a fin de no flaquear. A medi­da que su ejército se aproximaba a la inevitable de­rrota, con cada paso que daba, él se acercaba a su tiempo, a su morada, a Tika.

—¡Cuidado! —exclamó Reghar aquella tarde, asiéndolo por el brazo y desvaneciendo su ensoña­ción.

Sobresaltado, el general parpadeó y comprobó en­tonces que estaba a punto de dar un traspié contra una de las singulares dunas que se erguían en la pla­nicie.

—¿Qué son en realidad esos malditos montículos? —inquirió. Nunca había tenido oportunidad de es­tudiar uno y, ahora que lo hacía, adivinó que no se trataba como él creía de un accidente del terreno, sino de una suerte de madriguera—. ¿Quizá cubiles de animales? He oído comentar que, en los llanos de Estwilde, existen unas ardillas sin cola que viven en promontorios similares a éstos. —Ojeó la estructu­ra, que medía casi un metro de alto y una anchura semejante, y meneó la cabeza—. No me gustaría enfrentarme a una ardilla de un tamaño proporcional a esta construcción.

—Ardillas, ¡qué ocurrencia! —se burló el enano—. Sólo los de mi raza son capaces de edificar algo tan perfecto. Fíjate bien en su trabajo, es una obra de ar­tesanía —le instó, mientras pasaba suavemente la mano por la lisa cúpula—. ¿Desde cuándo la natura­leza concibe tales maravillas?

—¡Enanos! —repitió Caramon a su vez—. ¿Con qué objeto? Ni siquiera los enanos aman tanto el traba­jo como para realizar esfuerzos gratuitos. ¿Por qué pierden el tiempo en erigir falsas dunas en el de­sierto?

—Son puestos de vigía —fue la sucinta explicación.

—¿Y qué observan desde ellas?, las serpientes? —indagó el guerrero en tono socarrón.

—La tierra, el cielo, los ejércitos como el nues­tro —lo atajó el hombrecillo. Pateó acto seguido la superficie adyacente, levantando una nube de polvo—. ¿Oyes eso? —preguntó a su interlocutor, que estaba más perplejo a cada segundo.

—¿Qué tiene de particular?

—Escucha atentamente —lo apremió el enano, y estampó de nuevo el pie en el arenoso suelo—. Sue­na hueco.

—¡Túneles! —vociferó el general, boquiabierto, an­tes de examinar la sucesión de lomas que se desple­gaba a través del llano.

—Hay kilómetros de ellos —confirmó Reghar, al mismo tiempo que asentía con la cabeza—. Se edifi­caron hace tantos años que en la época de mi tatara­buelo ya estaban como ahora, aunque también es ver­dad que durante siglos nadie los ha utilizado. Según la leyenda, en los albores de nuestra era había va­rias fortalezas entre este punto y Pax Tharkas, mo­les defensivas que se comunicaban mediante acce­sos subterráneos. Su largo entramado llegaba hasta los montes Kharolis, de tal modo que los enanos po­dían viajar del alcázar que hemos conquistado a Thorbardin sin exponerse a la luz del sol.

»Las fortalezas han desaparecido, al igual que mu­chos de los túneles. El Cataclismo los obstruyó o derrumbó por completo, aunque no me extrañaría —agregó, echando de nuevo a andar— que Duncan se haya servido de los que aún se conservan para man­dar a sus espías y estar así informado de nuestros movimientos.

—Desde arriba o desde abajo, no dejarán de per­cibir nuestro avance —susurró Caramon, puestos sus escrutadores ojos en el desnudo llano.

—En efecto —admitió el enano con resuelto ademán—, pero no será eso lo que les conceda la vic­toria.

El guerrero nada respondió. Dando unas largas zancadas para alcanzar a su acompañante, reanudó la marcha junto a él hasta arribar al campamento, donde el humano se dirigió a su tienda y el hombre­cillo al lugar donde se habían instalado los de su tribu.

 

 

En una de las engañosas dunas, no muy lejos de la tienda de Caramon, varios pares de ojos espiaban al ejército. Sin embargo, no era el conjunto de las tro­pas el centro de su interés, sino tres criaturas deter­minadas, sólo tres.

—Ya no falta mucho —dijo Kharas, que oteaba el panorama a través de unas rendijas excavadas en la roca con tan absoluta minuciosidad que permitían divisar el exterior a los que se agazapaban en la es­tructura sin ser vistos desde fuera del montículo—. ¿Has calculado la distancia?

El interpelado era un enano viejo, de innoble apariencia, el cual, tras asomarse a una hendidura con aire tedioso y estimar también de una ojeada la lon­gitud del túnel, dictaminó:

—Doscientos cincuenta y tres pasos y te hallarás en el punto justo.

Kharas volvió a examinar el llano y, con especial atención, el enclave donde se alzaba la tienda de Ca­ramon, alejada de las fogatas. Se le antojó prodigio­so que el anciano pudiera medir tan exactamente la distancia que les separaba de su objetivo. Habría ex­presado sus dudas de tratarse de otro, pero Smash, el antiguo ladrón al que había sacado de su retiro para esta empresa, gozaba de gran predicamento como artífice de hechos extraordinarios, de un re­nombre parangonable al del héroe mismo.

—El sol se pone —informó el cabecilla, si bien era innecesario pues las postreras sombras del día, que se filtraban a través de las grietas, se proyectaban en largos hilillos sobre las paredes de roca del túnel—. El general regresa, entra en su tienda. Por la barba de Reorx —rezongó—, espero que no deci­da mudar sus costumbres esta noche.

—No lo hará —lo tranquilizó Smash. Acurrucado en un confortable rincón, el enano hablaba con la certeza de quien, durante largo tiempo, ha vivido de sus dotes para observar las idas y venidas, sobre todo las idas, de su congéneres—. Lo primero que uno aprende cuando se dedica a asaltar las casas ajenas es que todo el mundo se crea una rutina y procura no cambiarla. El tiempo es apacible, no han surgi­do imprevistos y lo único que se ha impreso en su retina es arena y más arena. No, no alterará sus há­bitos.

Kharas frunció el entrecejo, disgustado por la alu­sión que había hecho su secuaz a su turbulento pa­sado. Consciente de sus limitaciones, el consejero había elegido a Smash para esta misión porque ne­cesitaba a un experto en el arte del sigilo, avezado a moverse deprisa y en silencio, a atacar en plena no­che y fundirse luego en la negrura.

El recto y ahora barbilampiño enano, que tanto ha­bía admirado los Caballeros de Solamnia por su alto sentido del honor, no era inmune al aguijón de la con­ciencia. Serenó su alma diciéndose en su fuero in­terno que Smash había pagado el precio de sus crí­menes años atrás y que, incluso, había prestado ciertos servicios al soberano que le habían converti­do, si no en un personaje respetable, sí al menos en un héroe de segunda categoría.

«Además —recapacitó—, son muchas las vidas que va a salvar.»

Al pensar en su encomiable proyecto exhaló un suspiro de alivio. En voz alta, concedió:

—Tenías razón, Smash. El mago y la bruja acaban de salir de sus tiendas.

Tras estudiar el mazo, que había depositado junto al muro, Kharas se valió de una mano para colocar la daga que había embutido en su cinto en una pos­tura más cómoda, mientras, con la otra, hurgaba en su saquillo y extraía un pergamino. Impregnada su faz desnuda de una expresión entre solemne y me­ditabunda, guardó el rollo en un bolsillo que queda­ba oculto bajo su pectoral de cuero.

Volvióse entonces hacia los cuatro enanos aposta­dos a su espalda, a fin de hacerles las últimas puntualizaciones:

—Insisto en que no debéis lastimar a la mujer ni al general más de lo imprescindible para someter­los. El hechicero, en cambio, ha de morir. No olvi­déis que es muy peligroso; conviene actuar con la máxima celeridad.

Smash esbozó una mueca de satisfacción y se arre­llanó en su improvisado asiento de roca. El no les acompañaría; era demasiado viejo. Si en otro tiem­po le hubieran excluido, se lo habría tomado como un insulto, mas a su edad lo consideró una deferencia y, además, sufría últimamente un molesto crujir en sus rodillas.

—Dejad que se aposenten —les recomendó—, que inicien relajados su cena. Una vez se hayan reunido en torno a su ágape —continuó, llevándose la mano a la garganta en un expresivo gesto—, contad dos­cientos cincuenta y tres pasos...

 

 

Garic, que montaba guardia en la entrada de la tienda del general, no oía sino silencio en su interior. Aquella quietud le angustiaba, parecía dimanar ecos más sonoros que una violencia trifulca.

Aguzó la vista para entrever lo que ocurría en la estancia a través de la cortinilla, que no estaba co­rrida del todo, y distinguió a sus tres ocupantes sen­tados como cada noche, absortos en sus respectivas cábalas y sin romper apenas el tenso mutismo.

El mago había reemprendido sus estudios con re­novado ahínco, y corría el rumor de que estaba pre­parando un poderoso hechizo destinado a abrir de un arcano estallido las puertas de Thorbardin. En cuanto a la bruja, ¿quién era capaz de imaginar sus pensamientos? Garic se alegró al comprobar que Cararnon no la perdía de vista.

Los hombres hablaban sin cesar de aquella enig­mática mujer. El caballero les había oído comentar en incontables ocasiones los supuestos milagros que obró en Pax Tharkas restituyendo la vida a los muer­tos mediante el simple contacto de su mano o hacien­do crecer miembros sanos sobre los supurantes muñones de los heridos. No daba crédito a tales cuchicheos, desde luego, pero había algo en el talante de la sacerdotisa, especialmente en los últimos días, que le incitaba a preguntarse si no sería acertada la impresión que le había causado en un principio.

Él joven se agitó desazonado bajo el frío viento que cruzaba el desierto. De las tres personas que había en la tienda quien más le inquietaba era su general, un humano al que había llegado a reverenciar, a ido­latrar, en el curso de sus campañas. Tan leales senti­mientos le habían inducido a observarle, razón por la que había detectado la profunda depresión en que se hallaba inmerso, pese a la máscara de compostu­ra tras la que intentaba cobijarse. Para el caballero, su nuevo adalid reemplazaba a la familia perdida, de tal suerte que se identificaba con su infelicidad como si la sufriera un hermano mayor, de su misma sangre.

—Son esos condenados enanos dewar —masculló, a la vez que pateaba el suelo para cortar el cosqui­lleo de sus ateridas piernas—. No confío en ellos. De­searía desembarazarme de su presencia, y estoy seguro de que el general ya lo habría hecho de no interponerse su gemelo...

Se interrumpió y contuvo el resuello, alerta todos sus sentidos. Nada percibió y, no obstante, habría ju­rado que alguien merodeaba por los alrededores.

Cerrada la mano en torno a la empuñadura de su espada, el joven centinela escrutó el paraje. Aunque durante el día el calor se hacía sofocante, por la no­che aquellas yermas extensiones se tornaban gélidas y amenazadoras. Columbró en la distancia las foga­tas y las sombras de los soldados que pasaban fren­te a ellas, nada fuera de lo normal.

Empezaba a relajarse, cuando oyó un ruido más preciso que el que le había sobresaltado segundos antes. Era un repiqueteo metálico que resonaba a su espalda, acaso el estampido amortiguado de unos pa­res de botas pesadas, recubiertas de hierro.

 

 

—¿Qué ha sido eso? —se alarmó Caramon, alzan­do la cabeza.

—El vendaval —aventuró Crysania, fijos sus ojos en las paredes de la tienda y sin atinar a refrenar un escalofrío al tropezarse con aquella urdimbre que se rizaba y abultaba cual los pulmones de una cria­tura viva—. Su embate parece ser perenne en este ho­rrible lugar.

—No ha sido el viento —replicó el guerrero, quien se había incorporado y asido su arma—. Su ulular es monótono y lo que yo he oído producía unos re­tumbos más materiales.

— ¡Siéntate, te lo ruego! —lo urgió Raistlin en un siseo ribeteado de furia—. Termina de cenar, no pue­do entretenerme en fruslerías cuando me aguardan en mi refugio menesteres de suma importancia.

El archimago se hallaba atareado en descifrar las incógnitas de un complicado cántico arcano. Había pasado jornadas enteras tratando de descubrir el rit­mo exacto, la inflexión necesaria para desvelar el misterio de las frases, pero el hechizo se obstinaba en eludirle. No lograba pronunciar sino incongruen­cias sin sentido.

Apartó el plato todavía lleno e hizo ademán de le­vantarse, mas no pudo completar su acción porque, en aquel mismo instante, el mundo se hundió lite­ralmente bajo sus pies.

Como la cubierta de una nave que se deslizase por la pendiente de una ola embravecida, el arenoso te­rreno escoró hacia el abismo. Al bajar la mirada, el nigromante reparó perplejo en el vasto agujero que se había abierto delante de él. Una de las estacas que soportaban la tienda se zambulló en el insondable vacío, desarticulando toda la estructura, y el candil del techo comenzó a balancearse en su argolla en un enloquecido vaivén que deformó las sombras de los objetos hasta convertirlas en seres animados, en sal­tarines demonios.

En un impulso instintivo, Raistlin se agarró a la mesa y evitó así que lo tragase el torbellino. Pero, mientras se debatía para afianzarse a su tabla de sal­vación, atisbo unas figuras que se encaramaban por el borde de la ancha fisura, unos entes achaparra­dos y barbudos. Durante unos breves segundos, la danzante luz alumbró unos filos acerados, brilló en varios pares de pupilas que despedían chispas fero­ces. Luego, de repente, los aparecidos se desvanecie­ron en la penumbra.

—¡Caramon! —gritó el hechicero, necesitado de auxilio.

No persistió en su llamada, pues un cavernoso re­niego y el chirriar de una hoja de espada al abando­nar la vaina le revelaron que su gemelo era conscien­te del peligro.

También asaltó los tímpanos de Raistlin el timbre de una voz femenina que invocaba a Paladine, al mis­mo tiempo que se recortaba en su flanco el espectro de una luz blanca, prístina. Supo que Crysania se aprestaba a la defensa, pero no tuvo opción de ocu­parse de la sacerdotisa porque un enorme mazo enanil, moldeado en una esfera astral, resplandeció bajo la llama del farolillo y se equilibró sobre su cabeza.

Formulando el primer encantamiento que acudió a su mente, el mago permaneció inmóvil y compro­bó satisfecho que una fuerza invisible arrancaba el pertrecho de las manos de su portador. Obediente a su mandato, el fantasma de ultratumba transpor­tó el mazo a través de la estancia y lo arrojó con un baque sordo en un lóbrego rincón.

Aunque al principio quedara aturdido por la sor­presa del ataque, tras esta victoria inicial, el cerebro del hechicero entró en una febril actividad. Tal era el dominio que ejercía sobre sus emociones, que juz­gó la escaramuza una simple interrupción de sus estudios y resolvió ponerle fin cuanto antes, en lugar de ceder al pánico. Se enfrentó sin tardanza a su ene­migo, una criatura que, plantada a escasa distancia, lo miraba con firme determinación.

Sabedor de que no podía matarle, dado que seme­jante evento no figuraba en los anales de la Historia, Raistlin entonó su conjuro sin precipitarse. Sintió cómo una poderosa energía se acumulaba en sus en­trañas, experimentó el éxtasis, el placer sensual que siempre le invadía al discurrir aquella por sus ve­nas. Decidió que, después de todo, no resultaba de­sagradable que le distrajeran de sus cuitas y que se le ofrecía la oportunidad de practicar un ejercicio interesante. Estiró parsimonioso las manos, dispues­to a pronunciar los versículos que debían de lanzar relámpagos de luz azulada contra el retorcido cuer­po de su rival.

No llegó a completar la primera sílaba. Con la sobrecogedora virulencia de un fragor de trueno, otras dos figuras se materializaron ante él, como si hubie­ran surgido de la nada o caído de una estrella.

Una de las nuevas apariciones, que había tropeza­do y yacía a los pies del archimago, irguió el rostro hacia él y vociferó, presa de una indecible excitación:

—¡Pero si es Raistlin! ¡Gnimsh, lo hemos conse­guido! ¿Cómo estás, amigo? —saludó al hechicero—. Sin duda asombrado, ya que no esperabas verme. Tengo que relatarte mis aventuras, he vivido una experiencia curiosísima y ardo en deseos de explicár­tela. Yo estaba muerto o, mejor dicho, en otro plano...

— ¡Tasslehoff! —lo reconoció al fin el nigromante.

Una serie de pensamientos surcaron su mente, con la misma velocidad con que los rayos arcanos que nunca creó habrían cruzado el recinto de la tienda. El primero fue que, si el kender estaba allí, era posi­ble alterar el curso de los acontecimientos, una lógica secuencia de ideas que le indujo a concluir que, de ser ciertas tales asunciones, él podía morir, puesto que ya no le protegía la Historia.

El impacto de tales cavilaciones desestabilizó por completo su mente, arrebatándole la serenidad que tanto precisaba para realizar sus sortilegios.

Al comprobar que su mayor problema se había sol­ventado sin que participase su voluntad y también, que este hecho podía acarrearle un conflicto toda­vía más irreversible, Raistlin perdió el control. Se desdibujaron las palabras del hechizo destinado a destruir a su rival, quien, sin embargo, avanzaba im­pertérrito hacia él.

En una reacción instintiva, con mano trémula, el archimago extendió la palma, a fin de recibir la pe­queña daga plateada de su manga.

Su gesto fue tardío; su arma, insignificante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 9

La señal de los dioses

 

 

Kharas estaba plenamente concentrado en el hom­bre al que había prometido matar, adaptado su ce­rebro a asumir la mentalidad del guerrero y fijarse tan sólo en su objetivo, sin dispersarse en conceptos más abstractos. Hasta tal extremo se había imbuido de su misión que no hizo el menor caso a los dos apa­recidos, suponiendo que se trataba de espectros in­vocados por el archimago.

Vio el enano que los centelleantes ojos de su rival se vaciaban de expresión, que sus labios abiertos para recitar el mortífero encantamiento se separa­ban en fláccida postura, y supo que durante unos se­gundos el enemigo estaría a su merced. Arremetió presto, y su daga atravesó los holgados ropajes ne­gros para hender la carne.

Acercándose más aún a su víctima, el consejero enanil acabó de hundir su pertrecho en el enteco cuerpo del humano, y el calor extraño, abrasador de su adversario le envolvió cual un infierno llamean­te. Tal era la ira, el odio que dimanaba aquel ser, que Kharas sintió que le asestaba un golpe físico, una em­bestida que lo lanzó hacia atrás y dio con sus hue­sos en el suelo.

No importaba. Raistlin había recibido una herida de la que no había de recuperarse. Alzando la vista desde donde yacía, los ojos de Kharas toparon con los de su oponente y, además de su furia, advirtió en las desencajadas cuencas el estigma de un dolor lacerante. Bajo la incierta luz del candil, distinguió asimismo la empuñadura de su daga incrustada en el vientre del hechicero. Las delgadas manos del ago­nizante se retorcían sobre ella, como si tratara de arrancarla, y en los tímpanos del enano resonó un alarido agónico. Comprendió que no tenía nada que temer, que aquel ser perverso no volvería a lastimar a nadie.

Tras incorporarse con dificultad, el enano estiró el brazo y recuperó su daga de un tirón. Entre gri­tos de acerba angustia, bañado en el diluvio de su propia sangre, el mago cayó de bruces inerme.

Fue entonces, perpetrado su acto, cuando Kharas se concedió unos minutos para contemplar la esce­na. Sus hombres libraban una encarnizada batalla contra el general, quien, al oír el grito de su herma­no, había palidecido visiblemente y se había entre­gado a la contienda con un ímpetu renovado, hijo del terror y la cólera. La bruja parecía haberse esfuma­do, su fantasmal aureola se había extinguido en la penumbra circundante.

Una exclamación ahogada, que no procedía de los litigantes, obligó al barbilampiño enano a girar la cabeza. Descubrió a los dos espectros que había lla­mado en su auxilio el nigromante, y no dejó de sor­prenderle el pánico que desvirtuaba sus facciones mientras, rígidos, observaban al yaciente. No le cupo la menor duda de que eran criaturas de carne y hue­so al comprobar su aspecto: uno era un kender ata­viado con calzones azules y el otro un gnomo de incipiente calvicie que vestía un mandil de cuero, ninguno de ellos ofrecía la imagen de un espectro convocado desde el Abismo.

No tenía tiempo para reflexionar sobre el fenóme­no. Había cumplido con éxito su cometido, al menos en parte. En cuanto a su otro designio, revelar a Caramon las confabulaciones de sus supuestos aliados, no era aquella la ocasión propicia, de modo que de­sistió y consagró todos sus esfuerzos a organizar la huida. Corrió hasta el lado de la tienda donde se de­sarrollaba la trifulca, recogió su mazo y, tras orde­nar a sus secuaces que se apartaran, se abalanzó sobre el fornido luchador sin otro propósito que po­nerle fuera de combate.

El mazo descargó su peso en el cráneo del gene­ral, dirigido certeramente por su portador para pri­varle del sentido. El atacado se desplomó como un fardo y, de pronto, se hizo en la tienda un letal si­lencio.

Asomándose por la cortinilla, Kharas verificó que el caballero que montaba guardia yacía desmayado. No percibió ningún síntoma de que los soldados que se agrupaban en torno a las lejanas fogatas hubie­ran detectado el alboroto.

Alzó entonces la mano, deseoso de detener el vai­vén del farolillo y ver el desenlace del enfrentamiento. El archimago, sin mover un músculo, esta­ba tendido en un charco sanguinolento. El general se encontraba cerca de él, estirado su brazo hacia su gemelo como si socorrerle hubiera sido su último an­helo antes de perder el conocimiento. En un rin­cón se hallaba la bruja, tumbada boca arriba y con los ojos cerrados. Al vislumbrar sangre en su túni­ca, Kharas lanzó a sus hombres una mirada fulgu­rante.

—Lo siento —se excusó uno de ellos, a la vez que se convulsionaba en un violento temblor—. La he abatido porque su luz era demasiado brillante. Por un momento he creído que me iba a estallar la cabe­za, y no se me ha ocurrido otro medio mejor para apagarla. He vacilado unos instantes porque no que­ría agredirla, pero el hechicero ha exhalado un ala­rido y, cuando ella ha respondido con otro, su aureola se ha intensificado. No lo he soportado y he tenido que golpearla, aunque sin mucha fuerza. No está malherida.

—Bien —susurró, comprensivo, el cabecilla—. Sal­gamos de aquí —añadió, si bien no pudo por menos que ojear al guerrero que yacía a sus pies—. Lo la­mento —se disculpó y, asiendo el pergamino del cin­to, lo depositó en su palma inerte—. Quizás algún día pueda darte las explicaciones que mereces. ¿Estáis todos bien? —inquirió a sus seguidores.

Los hombres asintieron y empezaron a deslizarse por la entrada del túnel, que tan hábilmente habían forzado.

—¿Qué hacemos con estos dos? —preguntó uno de los asaltantes, deteniéndose junto al kender y el gnomo.

—Les llevaremos con nosotros —decidió Kharas—. Si les dejáramos libres no tardarían en dar la alarma.

Al escuchar tal sentencia, Tasslehoff pareció vol­ver a la vida.

—¡No! —se rebeló, estudiando al alto enano entre espantado y plañidero—. ¡No podéis hacernos esa ju­gada después de lo mucho que nos ha costado regre­sar al mundo! Hemos dado con Caramon, al fin po­dremos catapultarnos a nuestra casa y a nuestro tiempo. ¡Por favor, permitid que nos quedemos!

—¡Lleváoslos! —insistió el consejero, en un tono tajante que no admitía réplica.

—No —insistió también Tas en un suplicante gemido, mientras forcejeaba en los brazos de su aprehensor—. No comprendes lo sucedido. Estába­mos en el Abismo y logramos escapar...

—Amordazadlo —bramó Kharas impaciente, a la vez que espiaba el túnel abierto bajo la tienda para cerciorarse de que todo estaba en orden.

Tras indicar a los otros mediante un gesto que se apresurasen, el héroe de los enanos se arrodilló en el borde del agujero para dirigir las operaciones. Sus secuaces emprendieron el descenso arrastrando al enmudecido kender, si bien, frente a su desespera­da resistencia, que se manifestó en puntapiés y ara­ñazos sin tiento, tuvieron que detenerse y embroque­larlo como un pollo antes de arriarlo.

En compensación, el otro cautivo no les causó mo­lestias. El pobre gnomo estaba paralizado por el mie­do y se sumió en una especie de trance hipnótico en el que, extraviada la vista y con el labio colgando, obedeció al mandato de aquellos extraños sin chistar.

Kharas fue el último en partir. Antes de saltar a la seguridad del túnel, dio una postrera ojeada a la tienda.

El farolillo, que había cesado de oscilar, alumbra­ba con su tenue luz una escena dantesca. La mesa estaba resquebrajada, las sillas volcadas, la cena se había diseminado en incontables fragmentos. Un ria­chuelo de sangre fluía debajo del cuerpo del nigromante, formando una pequeña laguna en el margen del boquete y vertiéndose despacio, gota a gota, so­bre el pasadizo subterráneo.

Tras zambullirse en la oscuridad del corredor, el enano que cerraba la comitiva se alejó del lugar en rápidas zancadas hasta que, una vez hubo interpues­to cierta distancia, frenó su marcha. Agarró enton­ces un cabo de cuerda que serpenteaba por el suelo, y tiró de él enérgicamente. El otro extremo estaba atado a una de las vigas sustentadoras del techo, jus­to debajo de la morada de campaña del general, que se desmoronó al recibir la sacudida. Se produjo un zumbido de derrumbamiento y las rocas circundan­tes empezaron a salir de sus encajes, aunque Kharas no pudo ver las consecuencias de su acción por culpa de la polvareda que provocaron los bloques al desprenderse.

Sabedor de que el túnel se había obstruido y cu­bría así su retirada, el consejero emprendió carrera en pos de sus hombres.

 

 

—General...

Caramon estaba de pie, con las manos extendidas en busca de la garganta de su enemigo y el rostro desfigurado por la ferocidad.

Garic, que era quien llamaba al confuso guerrero reculó asustado.

—General, soy yo —repitió el centinela.

La familiar voz del caballero penetró cual un do­loroso dardo la mente del hombretón quien, con un gemido, estrujó su cráneo entre las manos y se tam­baleó. El noble soldado detuvo su caída y logró re­clinarlo en una silla.

—¿Y mi hermano? —inquirió el maltrecho lucha­dor, todavía en el límite del desvanecimiento.

—Verás, Caramon... —titubeó el otro.

—¡He preguntado por mi hermano! —se encoleri­zó el general.

—Lo hemos llevado a su tienda —musitó el caballero—. Su herida es...

—¿Cómo? —le apremió el hombretón, al mismo tiempo que alzaba la cabeza y observaba a Garic con los ojos inyectados en sangre.

Éste no sabía qué responder. Abrió la boca, la ce­rró de nuevo y, al fin, acertó a explicar:

—Mi padre me describió en alguna ocasión la na­turaleza de esos tajos, que someten a quienes los su­fren a interminables agonías.

—Lo que, en otras palabras, significa que el arma ofensiva ha traspasado el vientre del mago —aposti­lló Caramon.

El joven confirmó esta presunción con un tímido asentimiento, y se cubrió el rostro con la mano. Al espiarlo de cerca, el general percibió su exagerada lividez y, entornando los párpados, hizo acopio de va­lor para vencer su propio mareo, la náusea que ha­bía de asaltarle cuando abandonase su apoyo. Se en­derezó y, en efecto, la negrura se arremolinó a su alrededor en una nube palpitante. Se forzó a resis­tir, a permanecer firme, y abrió los ojos.

—Y tú, ¿cómo te encuentras? —interrogó a su se­guidor.

—Bien —se apresuró a contestar el caballero, en­rojecidos sus pómulos por la vergüenza—. En el mo­mento en que me disponía a socorreros, alguien me propinó un fuerte golpe.

—Sí, es evidente —ratificó Caramon al estudiar la sangre coagulada que teñía la sien del infortunado guardián—. No se puede prever todo, no te inquie­tes. También a mí me pillaron desprevenido —le tran­quilizó con un asomo de sonrisa.

Garic agradeció mediante un segundo asenso que intentara infundirle ánimos, pero su expresión evi­denciaba hasta qué punto le obsesionaba su derrota.

«Lo superará —pensó el guerrero—. Nadie se libra del fracaso, antes o después tenemos que enfrentar­nos a él.»

—Voy a ver a mi hermano —dijo en voz alta, a la vez que se aproximaba a la cortinilla con paso bamboleante—. ¿Y Crysania? —preguntó de pronto, deteniéndose en el umbral.

—Duerme. Tenía un corte en las costillas, como si un cuchillo le hubiera rozado el costado. Se lo ven­damos lo mejor que pudimos, hubo que rasgar su vestido —relató el caballero, y su rubor fue en aumento—. Le dimos unos sorbos de coñac...

—¿Está al corriente de lo que le ha sucedido a Raist... Fistandantilus? —lo interrumpió su superior.

—Él prohibió que se lo comunicásemos.

Caramon enarcó las cejas y, al cabo de un instan­te, arrugó la frente. Examinó la maltratada estancia, distinguió el purpúreo reguero en el pisoteado sue­lo y, tras emitir un suspiro, descorrió la cortinilla y salió al exterior, llevando a Garic a sus talones.

—¿Y el ejército? —indagó mientras caminaban.

—Todos se han enterado, era inevitable que se ex­tendiera la noticia —declaró el centinela, encogien­do los hombros en un gesto de impotencia—. Nece­sitábamos refuerzos para cuidaros y perseguir a los enanos.

—Supongo que ellos habrán bloqueado el túnel —aventuró el general, si bien la migraña le impidió continuar y tuvo que sellar sus labios.

—Sí —corroboró el caballero—. Intentamos cavar, pero fue tan inútil como pretender vaciar el desier­to de arena. No hubo manera de rastrearlos.

—¿Cómo está la moral de los hombres?

El fornido luchador hizo una pausa al formular esta demanda, pues habían llegado a la tienda de Raistlin. Oyó en el interior un ahogado lamento.

—Atribulados; reina un gran desconcierto entre las tropas —confesó Garic.

Caramon comprendió y, en silencio, oteó la oscu­ridad que anidaba a perpetuidad en el refugio de su hermano.

—Entraré solo —resolvió el guerrero—. Gracias por todo lo que has hecho, muchacho. Ahora acués­tate y descansa —aconsejó a su subordinado en tono paternal—, antes de que te desplomes. Más tarde re­queriré tus servicios, y poco vas a ayudarme si en­fermas.

—Sí, señor.

Obediente, el joven guardián echó a andar con paso vacilante. No tardó, sin embargo, en volver sobre sus pasos y aproximarse de nuevo a su adalid. Tras hur­gar bajo el peto de su armadura, retiró un pergami­no empapado en sangre y se lo tendió.

—Lo hallamos en tu mano, general. El trazo es, in­discutiblemente, de un enano.

El guerrero ojeó el objeto que le presentaba, lo de­senrolló, lo leyó y, sin proferir ningún comentario, lo ajustó a su cinto.

Una legión de centinelas cercaba ahora las tien­das de los cabecillas. Indicando a uno de ellos que se acercara, le dio instrucciones de conducir a Garic a un lugar tranquilo donde pudiera reposar. Tras asegurarse de que se cumplía su orden, reunió todo el coraje que atesoraba y se adentró en el recinto que cobijaba al hechicero.

Una vela ardía sobre la única mesa, al lado de un libro de encantamientos que se mantenía abierto y demostraba el propósito de Raistlin de enfrascarse en sus estudios una vez concluida la cena. Un enano de mediana edad, que exhibía en su piel las cicatri­ces de mil batallas y que el general reconoció como uno de los esbirros de Reghar, estaba agazapado en las sombras lindantes con el lecho. El hombre que había apostado dentro de la estancia saludó al mandamás cuando éste cruzó el umbral.

—Aguarda fuera —le ordenó Caramon, y el solda­do desapareció.

—No consiente que lo toquemos —murmuró el enano, señalando al archimago— Hay que lavar esa herida y contener la hemorragia, aunque no creo que tenga remedio. Un buen vendaje mitigaría el dolor; así por lo menos...

—Yo le atenderé —le atajó el guerrero, lacónico e incluso abrupto.

Afianzando sus rodillas, el hombrecillo se incor­poró y se aclaró la garganta, en la actitud de quien no acierta a decidir si es preferible hablar o callar. Al fin optó por lo primero, si bien escrutó al colosal humano con ojillos perspicaces mientras se manifestaba.

—Reghar me dijo que debía proponértelo: si quie­res, puedo acortar su agonía. Poseo mucha experien­cia en estos menesteres, ya que ostento el oficio de carnicero desde hace años y me doy buena maña en rematar a los animales.

—Vete.

—De acuerdo —se sometió el enano que, a pesar de su falta de tacto, abrigaba las mejores intenciones—. Tú tienes la última palabra. Pero si fuera mi hermano...

—¡Sal! —vociferó Caramon, al borde de la enaje­nación.

No miró a la escurridiza criatura, ni siquiera oyó el ruido de sus botas cuando abandonó la tienda. To­dos sus sentidos confluían en Raistlin.

El nigromante yacía en el camastro, todavía vesti­do y con las manos recogidas sobre la tremenda he­rida. Ennegrecido más de lo habitual por la sangre, el terciopelo de sus ropajes se adhería a la carne en un fantasmal amasijo y, en cuanto a su estado, era obvio que traspasaba una fase crítica. El mago se re­volvía en espasmos involuntarios, cada aliento que inhalaba era un incoherente gemido y, al expulsar el aire, su suplicio se hacía patente en un siniestro gorgoteo.

Para el hombretón, no obstante, lo más espantoso de aquel cuadro eran los destellos que animaban las pupilas del moribundo, la forma en que le espiaba, consciente de su presencia, a medida que avanzaba hacia el lecho. Raistlin estaba despierto.

Arrodillándose a su lado, el guerrero posó la mano sobre la febril frente del hechicero.

—¿Por qué no has permitido que venga Crysania? —inquirió en un susurro.

El enfermo asumió un rictus de dolor y, rechinan­do sus dientes, logró articular una frase a través de sus labios amoratados.

—Paladine no me curará —dijo, estrangulada su garganta por el esfuerzo.

— ¡No puedes sucumbir! —protestó e] general, consternado—. Tú mismo me contaste que el desti­no estaba escrito.

—El tiempo ha sido alterado —le reveló su gemelo. Los ojos giraban en enloquecidas órbitas, la cabe­za se agitaba, la sangre chorreaba por su boca.

—Pero...

—Ha llegado mi hora,   ¡déjame morir en paz! —exclamó el yaciente entre horribles convulsiones, corroído de ira.

Caramon se estremeció. Miró a su hermano, deseo­so de conmoverse, pero aquella faz macilenta, desvirtuada, se le antojó la de un extraño. La máscara de sabiduría e inteligencia había sido brutalmente arrancada de sus facciones para poner al desnudo las líneas más sinuosas del orgullo, la ambición y la avaricia, todas ellas ribeteadas por la huella de una insensible crueldad. Era como si, al escudriñar un rostro que conocía desde su nacimiento, el guerrero descubriera de pronto a una criatura abyecta e ig­nota.

«Quizá Dalamar vislumbró lo mismo que veo yo ahora en la Torre de la Alta Hechicería —conjeturó—, cuando su maestro le imprimió en la carne el estig­ma de sus manos castigadoras. Quizás el mismo Fistandantilus contempló este rostro espeluznante an­tes de morir.»

La repugnancia, el pavor, le indujeron a desviar la mirada de aquel semblante cadavérico y ominoso. Endurecida su expresión, estiró el brazo.

—Te vendaré la herida —anunció más que pedirlo.

Raistlin meneó la cabeza con vehemencia. Separó la garra que parecía encerrar en sus entrañas la poca vida que le restaba y, aun a riesgo de que se le esca­para el último soplo, vapuleó el robusto brazo del guerrero.

—¡No! Quiero terminar cuanto antes —aseveró—. He fallado, no soporto que los dioses se burlen de mí.

El hombretón estudió unos segundos al yaciente y, de manera repentina, irracional, una cólera irre­frenable se apoderó de él. Tan hostil sentimiento era producto de su perenne servilismo, de los innume­rables años de convivencia en que no había sido sino un títere vilipendiado, humillado por las chanzas despiadadas de aquel ser monstruoso. Era la furia que vengaba a los amigos muertos a causa de su des­medida sed de poder, que rehabilitaba a su propia persona después de haber sido arrojado a la pendien­te de la destrucción. Era el rencor frente a una cria­tura que había devorado, negado el amor. En la cum­bre del paroxismo, Caramon aferró las negras vestiduras y levantó la cabeza de su gemelo de la al­mohada donde se complacía en su sufrimiento.

— ¡Por los dioses que no he de permitir que mue­ras! —explotó, temblorosa su voz debido a la rabia—. No perecerás, ¿me oyes bien? Durante toda tu exis­tencia, has pensado únicamente en ti mismo, en sal­vaguardar tus intereses, y ahora, en tu lecho de muer­te, buscas la salida más cómoda. Has sido un egoísta, pero ahora no actuarás según tu conveniencia. No quedaré atrapado en esta guerra insensata, ni aban­donarás a Crysania. ¡No, hermano! ¡Vivirás, maldi­ta sea! Vivirás para mandarme de regreso a casa. Lo que pase después es algo que no me concierne.

Raistlin le observó y, a pesar de su comatoso esta­do, se dibujó en sus labios una grotesca parodia de sonrisa. Se diría que iba a carcajearse, mas una bur­buja sanguinolenta obstruyó su boca. El general aflo­jó la zarpa con la que atenazaba la túnica y, con una violencia más querida que real, lanzó hacia atrás a su oponente, ignorando la emoción que le consumía. En efecto, el mago se desmoronó en su cojín y fijó en el guerrero unas pupilas rezumantes de odio.

—Voy a advertir a Crysania —masculló Caramon, indiferente por completo a aquel feroz escrutinio—. Merece al menos una oportunidad de ejercer sus dotes curativas sobre tu persona. Sé que si las mi­radas matasen, ahora mismo caería fulminado —apuntó, para darle a entender que se había perca­tado de su actitud y nada le importaba—. Escúcha­me bien, Raistlin, Fistandantilus o quienquiera que seas: si es voluntad de Paladine que mueras antes de cometer más atrocidades en este mundo, acataré sus designios, y también lo hará la sacerdotisa. Pero en el caso de que decida prolongar tu existencia, tanto tú como nosotros respetaremos esa resolución.

El mago, casi agotadas sus energías, mantuvo la mano apretada contra el brazo de su hermano, asién­dole con unos dedos yertos que comenzaban a asu­mir el rigor de la muerte.

Firme, comprimidos los labios, el hombretón se deshizo de aquella mano que se obstinaba en rete­nerle y, poniéndose de pie, se alejó del lecho. Oyó a su espalda un plañido discorde, un chillido de tor­mento que se abrió paso hasta su alma y detuvo su avance. Evocó en aquel instante la imagen de Tika, del hogar, y halló el remedio que sus vacilaciones ne­cesitaban.

Salió a buen ritmo al desolado paraje nocturno, en dirección a la tienda de la sacerdotisa, cuando descubrió al enano sentado de modo displicente en las sombras, ocupado en tallar un leño con su afila­do cuchillo. La visión de aquella pequeña criatura trajo a su memoria el asalto de que habían sido ob­jeto y, sin apenas darse cuenta, rebuscó bajo su ar­madura hasta extraer el pergamino que le entrega­ra Garic. Lo releyó, aunque el conciso mensaje se había grabado en su mente.

«El archimago os ha traicionado a ti y a tu ejérci­to. Envía un emisario a Thorbardin para averiguar la verdad.»

Tiró al suelo el papiro y siguió su camino.

 

 

¡Qué broma tan cruel! ¡Cuan vejatoria y retorcida!

En medio de su suplicio, Raistlin oía las risas de los dioses. «Me ofrecen la salvación con una mano y me la arrebatan con la otra —se dijo—. ¡Cómo de­ben regocijarse de mi derrota!»

Los ataques espasmódicos de su cuerpo eran livia­nos comparados con los de su espíritu, que se con­torsionaba en una ira inerme, al recibir el acoso de su conciencia, de una voz interior que le repetía lo ridículo de su fracaso.

—¡Eres un humano débil e insignificante! —le gri­taban las divinidades—. Nosotros, en nuestra supe­rioridad, hemos querido recordarte que eras un sim­ple mortal.

No se enfrentaría al triunfo de Paladine, se nega­ba a contemplar desvalido la complacencia y la glo­rificación que el hacedor hallaba en su caída. Era mejor morir en el acto y buscar refugio en las oscu­ras esferas que se lo brindasen. Pero aquel condena­do hermano suyo, aquella otra mitad de sus propias esencias que tanto envidiaba y despreciaba y que, por derecho, le habría correspondido encarnar, se em­pecinaba en privarle del anhelado solaz.

— ¡Caramon! —vociferó, solo en un mundo de tinieblas—. ¡Caramon, socórreme! ¡Protégeme, no me abandones! —Rompió en sollozos y se agarró el vien­tre, que había adquirido la dura tensión de una piedra—. No dejes que me encare en soledad con mi sino.

Se extravió su cerebro en un torbellino, perdido el hilo del raciocinio, y sufrió alucinaciones mientras la vida escapaba entre sus dedos agarrotados. Visua­lizó alas de reptiles del Mal, un Orbe de los Drago­nes roto, a Tasslehoff, a un gnomo... «La salvación está en la muerte», le susurraba en su delirio un ente incorpóreo.

Una luz blanca, pura y lacerante como una espa­da abrió una brecha en su interior. Sintiendo su ase­dio, el hechicero trató de sumergirse en el bálsamo cálido y acogedor de la negrura. Oyó que alguien, él mismo, suplicaba a Caramon que acabara con él y con su dolor, que extinguiera el intangible puñal lu­minoso.

Era él quien profería estas exhortaciones, pero no en obediencia a un dictado de su albedrío. Sólo supo que hablaba a una criatura real porque, en la aureo­la de la prístina luz, vislumbró la espalda vuelta de su gemelo.

El fulgor se incrementó y moldeó hasta transfor­marse en un rostro translúcido, en una faz hermo­sa, serena, dotada de unos ojos grises y fríos. Unas manos gélidas tocaron su ardiente piel.

—Te curaré —dijo una voz femenina.

—¡Vete!

—¡Te curaré! —se impuso la dama, que no era otra que Crysania.

Un agotamiento sin límites envolvió a Raistlin. Es­taba cansado de luchar, de debatirse contra el dolor físico, contra la irrisión, contra el tormento que ha­bía sido su inseparable compañero a lo largo de toda su existencia.

«De acuerdo, me resignaré. Que ría su Dios; al fin y al cabo se lo ha ganado —pensó—. No corro nin­gún riesgo, rehusará sanarme y podré hallar reposo en la penumbra, en las mullidas tinieblas.»

Con los ojos cerrados, para obstruir así la hosti­gante luz, aguardó las carcajadas... y, repentinamen­te, vio el semblante de la divinidad.

 

 

Caramon estaba junto a la entrada de la tienda de su hermano, presa de una migraña que nacía de su desesperación. Los ruegos de Raistlin reclamando el golpe justiciero, definitivo, habían traspasado todas sus vísceras y tuvo que correr en busca de aire. No obstante, tampoco resistía la espera. Le pareció evi­dente que la sacerdotisa había fallado, así que, con la mano cerrada en torno a la empuñadura de su es­pada, el guerrero penetró en la estancia y se enca­minó hacia el lecho.

En aquel preciso momento, cesaron las quejas del nigromante. Crysania se volcó sobre su cuerpo y apo­yó la cabeza en su pecho.

«Ha muerto —se dijo el hombretón—. Raistlin ha dejado de existir.»

Al observar el rostro de su gemelo no sintió pesar, sino un estupor indefinible, que le impulsó a mur­murar:

—La muerte ha congelado sus facciones en una máscara grotesca.

El hechicero tenía el semblante rígido como el de un cadáver, la boca abierta y desencajada, la tez pá­lida, sus ojos ciegos, fijos en las hundidas cuencas, se habían petrificado en la contemplación de un pun­to lejano.

Tras aproximarse un poco más, tan anonadado que era incapaz de convocar emociones tan naturales como el decaimiento, la pesadumbre o incluso el ali­vio, el general estudió mejor la expresión del yaciente y comprendió, con un terror insuperable, que no había exhalado su último suspiro. Aquellas pupilas desorbitadas no veían el mundo porque se habían asomado a otro.

Un alarido ensordecedor agitó el cuerpo del mago, más espeluznante que sus gemidos agónicos. Movió levemente la cabeza y sus labios inarticulados vibra­ron, como para dar forma a un sonido gutural de su garganta.

Y entonces, sin que lograra pronunciar una pala­bra, Raistlin entornó los párpados. Ladeó el rostro, se relajaron sus músculos y, por arte de encanta­miento, se difuminaron las huellas del dolor hasta no dejar más vestigio de su presencia que una extrema palidez. Respiró en una honda inhalación, expul­só la bocanada que alimentara sus pulmones y vol­vió a sorber el gas de la vida.

Asombrado por el prodigio al que acababa de asis­tir, indeciso sobre si debía alegrarse o abandonarse a un mayor desaliento, Caramon observó cómo el cuerpo ensangrentado de su gemelo reanudaba sus funciones.

Desechando el embotamiento que le atenazaba, si­milar al que se experimenta cuando alguien nos des­pierta de un profundo letargo, el hombretón se arro­dilló junto a Crysania y, tras rodearla con su brazo, la ayudó a erguirse. La sacerdotisa le miró parpadeante, sin dar muestras de reconocerle. Desvió acto seguido los ojos hacia Raistlin. Una sonrisa ensan­chó su faz y, en un susurro apenas audible, elevó una loa a su dios. No pudo concluir su plegaria, una pun­zada en el costado la forzó a estrujarse contra Cara­mon quien, al recogerla, atisbo una mancha de san­gre en su blanca túnica.

—Deberías cuidarte —le aconsejó el guerrero, a la vez que la conducía al exterior y prestaba el apoyo de su robusto brazo a sus pasos inciertos.

Ella levantó la frente al oír sus recomendaciones. Aunque débil, la satisfacción del triunfo confería a la mujer una belleza nueva, exultante y sosegada a un tiempo.

—Quizá mañana —contestó—. Esta noche he ob­tenido una victoria mayor que la que me proporcio­naría sanarme. ¿No lo entiendes? Mis oraciones han sido escuchadas.

Capturado por su sereno embrujo, al hombretón le afloraron lágrimas a los ojos.

—¿Es ésta la culminación de todos tus deseos? —preguntó taciturno, espiando de soslayo el campa­mento.

Las fogatas se habían reducido a montículos de ce­nizas y rescoldos. Ajeno al escrutinio del general, uno de los hombres se alejó a toda carrera; sin duda, adi­vinó Caramon, para difundir la noticia de que el mago y la bruja habían conseguido, al unir sus dia­bólicos poderes, restituir la vida a un cadáver.

El amargo sabor de la bilis inundó la boca del hercúleo humano. Imaginó la excitación, los comenta­rios, las especulaciones, los ademanes recelosos u hostiles que tal rumor había de provocar, y se enco­gió su alma. Tan sólo quería acostarse, mecerse en el olvido del sueño.

—También tú has recibido una respuesta, Caramon —dijo la sacerdotisa con fervor, retomando el hilo de su conversación—. Ésta es la señal de los dioses que ambos aguardábamos. ¿Estás todavía tan ciego como en la Torre? —le imprecó, plantada de mane­ra repentina delante de él—. ¿Acaso este portento no te incita a creer? Nos pusimos en manos de Paladi­ne y el hacedor nos ha hablado. Raistlin está des­tinado a vivir, a realizar su hazaña. Juntos, él y yo lucharemos hasta vencer el Mal del mismo modo que, hace unos minutos, he desterrado a la muerte. ¡Únete a nosotros!

El guerrero clavó en ella sus pupilas, inclinó la ca­beza y bajó los hombros.

«Yo no quiero combatir la perversidad —pensó—, sino regresar a mi casa. ¿Es pedir demasiado?»

Se llevó la mano a las sienes para aplacar sus pal­pitaciones, mas se detuvo con el brazo en alto, pues, bajo la tenue luminosidad de los primeros albores del día, columbró las improntas que dejaron en su carne los sangrantes dedos de su hermano.

—Apostaré un centinela en tu tienda —declaró secamente—. Intenta dormir un rato. Esquivo, el general echó a andar.

—Caramon —le invocó Crysania.

—¿Qué se te ofrece? —indagó el aludido, con toda la gentileza de que fue capaz.

—Te sentirás mejor dentro de poco; yo rezaré por ti. Buenas noches, amigo. Acuérdate de agradecer a Paladine la benevolencia que ha demostrado al infun­dir en el cuerpo de tu gemelo un nuevo hálito vital.

—Descuida, lo haré —musitó Caramon.

Estaba turbado, incómodo, su migraña se había acentuado. Sabedor de que no tardaría en aparecer la náusea en su estómago, en lugar de acompañar a la dama hasta su tienda, como tenía previsto, giró sobre sus talones y, raudo, corrió hacia la recia urdimbre que debía cobijarle.

Solo en la oscuridad, la náusea acudió puntual a su cita. Vomitó en un rincón hasta vaciar sus entra­ñas de alimentos, de sinsabores, y se desplomó so­bre el lecho, rendido de fatiga.

Pero, antes de que la clemente penumbra lo acu­nara, resonaron en su cerebro las palabras de la sa­cerdotisa: «Agradece a Paladine...» La efigie de Raistlin flotó en la atmósfera de su refugio, y murió en su garganta la acción de gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

La promesa de Kharas

 

 

Tamborileando los dedos sobre el brazo del pétreo banco para visitantes que habían instalado en la sala contigua a las dependencias de Duncan, Kharas aguardaba ansioso una respuesta. No tardó en reci­birla. La puerta se abrió y apareció el rey.

—Bienvenido, Kharas —le saludó—. Puedes entrar —le invitó, a la vez que tiraba de su brazo.

Con un molesto sonrojo, el consejero penetró en los aposentos privados de su monarca, quien, al per­cibir su turbación, le dedicó una afable sonrisa an­tes de conducirlo a su gabinete.

Construido en el seno de la montaña, lejos de la superficie, el hogar de Duncan era un complejo la­berinto de estancias y túneles atestados de muebles de esa madera sólida, oscura, que tanto admiran los enanos. Aunque más espacioso que la mayoría de las viviendas de Thorbardin, en todos los otros aspec­tos aquel intrincado refugio era idéntico a los de sus súbditos. De no ser así, se habría criticado severa­mente el mal gusto del soberano, puesto que el he­cho de gobernar no le autorizaba a tener ínfulas de grandeza. Nadie censuraba que le atendiese un nu­trido grupo de criados, pero las leyes que regían a su tribu exigían que él mismo acudiese a la puerta y atendiera a sus huéspedes. Al ser viudo, el digna­tario vivía en compañía de sus dos hijos, ambos sol­teros a causa de su corta edad (unos ochenta años).

El gabinete en que introdujo a Kharas era, sin lu­gar a dudas, su habitación preferida. Decoraban los muros varias hachas y escudos guerreros, además de una variopinta serie de espadas de hoja curva cap­turadas a los hobgoblins, un tridente de minotauro que había sido ganado en justa lid por un ancestro del adalid y, cómo no, martillos, cinceles y otras he­rramientas para trabajar la roca.

Duncan agasajó al héroe haciendo gala de autén­tica hospitalidad. Cumplió con todos los requisitos: le ofreció la mejor butaca, sirvió la cerveza y azuzó el fuego siempre que fue preciso, pero sus atencio­nes no obstaron para que el consejero, que había es­tado múltiples veces en aquella sala, se sintiera de pronto tan incómodo como si hubiera irrumpido en la intimidad de un extraño. Quizá su desasosiego se debía a que Duncan, pese a dispensarle el trato cor­tés que solía presidir sus intercambios, lanzaba mi­radas furtivas, penetrantes, a su rasurada faz.

Al advertir aquel singular brillo en los ojos de su superior, menos habitual que su obsequiosidad, a Kharas le resultó imposible relajarse y se sentó en el borde de la silla, retirando de sus comisuras la es­puma del brebaje más a menudo de lo que era imprescindible. Y así, aplicado el dorso de la mano a su boca, esperó que concluyesen las formalidades.

Los preámbulos, por fortuna, no se prolongaron demasiado. Tras agotar de un solo trago el conteni­do de la jarra, el rey depositó el recipiente en un ve­lador que se erguía junto a su butaca y, acaricián­dose la barba mientras estudiaba al héroe en sombrío ademán, dijo:

—Kharas, me aseguraste que el mago había muerto.

—Sí, thane —respondió perplejo el aludido—. Le asesté un golpe letal, al que ningún hombre habría sobrevivido.

—Él lo hizo —fue el tajante comentario del mo­narca.

—¿Acaso insinúas, me acusas de...? —empezó a exaltarse el consejero.

—¡No, amigo mío! Nada más lejos de mi intención —se apresuró a apaciguarlo Duncan—. Estoy persua­dido de que creíste firmemente haberlo ajusticiado, aunque más tarde los acontecimientos se revelasen diferentes. En efecto, nuestros exploradores informan haberle visto en el campamento. Estaba herido o, al menos, no podía cabalgar. El ejército prosigue su marcha hacia Zhaman, con el hechicero alojado en un carro.

—¡Eso es imposible! —protestó Kharas, purpúreos sus pómulos al sumarse el enfado a la congoja—. Su sangre bañó mis manos, arranqué la daga de lo más hondo de su vientre. ¡Por Reorx! —blasfemó—. En sus pupilas vidriosas había anidado la muerte; yo mismo lo comprobé.

—No lo dudo, hijo. —Compadecido por la vehe­mente angustia de su súbdito, el monarca estiró una mano para darle unas paternales palmadas en un brazo—. Nunca tuve noticia de que una criatura se sobrepusiera a una herida como la que describiste, salvo cuando los clérigos habitaban Krynn.

Al igual que todos los sacerdotes verdaderos, los de la raza enanil también se esfumaron poco antes del Cataclismo. Sin embargo, este pueblo se distin­guía de los otros que poblaban el país en que nunca perdió la fe en su antiguo dios. Reorx, el Forjador del Mundo, permaneció presente en sus vidas pese a que sus siervos se sintieron defraudados por su evi­dente complicidad en el desencadenamiento de la he­catombe. Su disgusto les llevó a dejar de adorarle en público, mas su creencia estaba demasiado arraiga­da, el concepto de la divinidad se hallaba demasia­do vinculado a sus costumbres, como para renegar de él a consecuencia de tan liviana infracción.

—¿Tienes idea de lo que ha podido ocurrir? —in­dagó el rey, fruncido el ceño.

—No, thane —admitió el héroe—. Pero me extra­ña que no hayamos recibido una contestación del ge­neral Caramon. ¿Habéis interrogado a los dos indi­viduos que apresamos? Quizá sepan algo.

—¿Un kender y un gnomo? No digas sandeces —le espetó el dignatario—. ¿Qué pueden comunicar­nos? No me interesa en lo más mínimo la sarta de embustes que puedan contarnos ni, si he de serte franco, me preocupan los tejemanejes del mago. La razón por la que te he hecho venir, Kharas, además de darte a conocer la recuperación de esa criatura, es insistir en que debes olvidar tus arengas en favor de la concordia y prepararte para la guerra.

—Algo se oculta bajo ese par de barbas —farfulló el consejero, parafraseando un viejo proverbio. Que­daba patente que no había escuchado la parrafada de su interlocutor—. En mi opinión, tendrías que...

—Adivino lo que piensas —lo interrumpió el thane—, que esos hombrecillos son apariciones in­vocadas por el nigromante. ¡No seas ridículo! ¿Qué hechicero que se precie se valdría de un kender, aun­que se hallara en un terrible apuro? No, son criados o algo semejante. En la tienda reinaba el caos, tú mis­mo lo mencionaste.

—Hay algo que me intriga, y que también suscita­ría tu curiosidad si hubieras visto la expresión del mago cuando se materializaron —replicó Kharas sin alzar la voz—. Su rostro en nada difería del de un via­jero que, al atravesar una planicie yerma, descubre de pronto a sus pies un cofre repleto de oro y de jo­yas. Autorízame a llevarlos a presencia del consejo, thane. Habla con ellos, es lo único que te pido.

Duncan suspiró y miró al héroe con impaciencia.

—De acuerdo —accedió a regañadientes—; supon­go que no me perjudicará. Pero voy a ponerte una condición —agregó, y dirigió a su súbdito una mira­da imperiosa, ineludible—. En el caso de que resul­ten infructuosas nuestras pesquisas, rechazarás tus absurdas nociones y te concentrarás en las tácticas bélicas. Será una lucha cruenta, hijo —preconizó, suavizado su tono al detectar la pesadumbre que sur­caba las acciones de su subordinado—. Te necesi­tamos.

—Sí, thane —contestó el otro, sumiso—. Acepto el compromiso.

El monarca llamó a su guardia personal y, de ma­nera abrupta, salió de su morada seguido por Kha­ras. El héroe caminaba despacio, absorto en sus me­ditaciones.

Después de atravesar el vasto reino subterráneo, doblando callejas y avenidas, cruzaron en un bote el Mar de Urkhan y llegaron al fin a los calabozos. En el primer nivel se hallaban confinados los delincuen­tes menores, aquellos que habían incurrido en transgresiones, como no pagar sus deudas, mostrarse irrespetuosos con padres o cabecillas, hurtar obje­tos sin importancia o emborracharse y organizar pendencias. Y también en este plano se encontraban el kender y el gnomo. Al menos, allí les dejaron la noche anterior.

 

 

—El problema radica en que carecemos de un mapa —se lamentó Tasslehoff, mientras el celador le hostigaba a andar.

—Si no recuerdo mal, dijiste que ya habías estado antes en estos parajes —refunfuñó Gnimsh.

—Antes no, después —le corrigió el kender—. O quizá la expresión adecuada sería «más tarde». Voy a sacarte de tu error, y espero que lo comprendas. Visitaré este reino escondido dentro de doscientos años, si no me equivoco en mis cálculos, aunque para mí el futuro es pasado. Lo cierto es que se trata de una historia fascinante. Vine con unos amigos. Fue después de que se casaran Goldmoon y Riverwind y antes de emprender viaje a Tarsis. ¿O habíamos pa­sado ya por esa ciudad? No, no puede ser, porque fue en Tarsis donde me cayó encima aquel edificio...

—Eso que tu calificas de «historia fascinante», y que es un tremendo galimatías, me resulta más que familiar. Conozcoeseepisodiodememoria.

—¿Cómo? —preguntó Tas confundido.

—Co...noz...co   ese   epi...so...dio   de   me...mo...ria —repitió el gnomo, espaciando ahora las sílabas has­ta asumir la lentitud de un caracol.

Tan exasperado estaba Gnimsh, que pronunció de nuevo la frase, ahora en un sonoro grito. Su tono chi­llón se dispersó en mil ecos por las cámaras de roca y más de un enano se volvió para recriminarle su conducta.

—¡Oh! —se entristeció Tas—. Pero el rey lo ig­nora, y estoy seguro de que despertará su interés —apuntó, recobrada la jovialidad.

—Convinimos en que no le contarías a nadie que procedes del futuro —le amonestó el gnomo, envuelto en el aleteo de su largo mandil—. Decidimos actuar como si perteneciéramos a este tiempo.

—Eso fue cuando todo parecía funcionar según lo previsto —repuso Tasslehoff—. Admito que en un principio nuestros planes se desarrollaron con éxi­to. Activaste el artilugio, escapamos del Abismo...

—Nos dejaron escapar —puntualizó su compa­ñero.

—Ése es un detalle insignificante —se rebeló el kender, irritado—. Salimos de allí, que es lo que cuen­ta. Gracias al ingenio arcano, dimos con Caramon, tal como tú habías vaticinado —apostilló para com­placer a Gnimsh, quien sonrió orgulloso—; el meca­nismo había sido cali... cala...

—Calibrado —le ayudó el gnomo.

—Exacto, calibrado de tal forma que apareciéra­mos donde estaba el guerrero. Pero, por alguna ra­zón inexplicable, nuestra suerte sufrió un vuelco —constató, y al evocar su desgracia comenzó a mor­disquear un mechón de pelo que se había desprendido del copete—. Raistlin ha sido apuñalado, quizás hasta la muerte, y esos soldados nos llevan prisio­neros sin darme oportunidad de indicarles que co­meten una grave injusticia.

En este punto, enmudeció y continuó avanzando en actitud meditabunda. Arrastraba los pies, tan abs­traído que ni siquiera se molestó en observar su en­torno. Transcurridos unos minutos, alzó la cabeza y expuso a su nuevo amigo el resultado de sus elucu­braciones.

—Lo he pensado meticulosamente, Gnimsh. Sé que es un acto desesperado, al que nunca recurriría por voluntad propia, pero la situación se nos ha ido de las manos y no me queda otra alternativa. Debemos decir la verdad —terminó, con un solemne suspiro.

La drástica resolución del kender no pudo por menos que alarmar al otro hombrecillo, hasta tal punto que se pisó el repulgo del delantal y cayó de bruces al suelo. Los centinelas, que no hablaban la lengua común, levantaron al gnomo y lo transporta­ron en volandas durante el resto del recorrido. No tardaron en detenerse frente a una descomunal puer­ta de madera donde otros soldados, que espiaron a los dos cautivos con mal disimulado desdén, toma­ron el relevo de los guardianes.

Al desajustarse la doble hoja y exhibirse ante los ojos de Tas una vasta habitación, ocupada por varios enanos, el kender exclamó:

— ¡Reconozco esta estancia!

—Será una gran ayuda —masculló Gnimsh.

—Es la sala de audiencias —ratificó Tasslehoff al examinarla—. La última vez que entramos aquí, Tanis se mareó. Pertenece a la raza elfa o, para ser más exacto, es una mezcla de elfo y humano, pero en cual­quier caso estos recintos cerrados le producen claus­trofobia. ¡Ojalá estuviera ahora a mi lado! —añadió, exhalando un nuevo suspiro—. A él se le ocurriría una solución. Necesito el consejo de una criatura prudente como él.

Los soldados les empujaron al interior de la inmen­sa cámara y, al hacerlo, pusieron fin a sus disquisi­ciones.

—Por lo menos —susurró el kender al oído de su compañero de infortunio—, no estamos solos. Nos tenemos el uno al otro.

 

 

—Tasslehoff Burrfoot —se presentó el kender, ha­ciendo una reverencia al rey de los enanos y repitien­do su saludo frente a cada uno de los thanes que ha­bía sentados en la sala, en butacas de piedra más bajas y un poco retiradas respecto al trono de su adalid—. Mi amigo se llama...

—Gnimshmari... —intentó intervenir el gnomo, que también se había acercado a la asamblea.

—¡Gnimsh! —vociferó Tas, antes de que se lanza­ra a recitar su nombre completo—. Deja que hable yo —le reprendió, al mismo tiempo que le pellizca­ba en el costado a fin de conminarlo al silencio.

Taciturno, dolido por semejante afrenta, el inter­pelado obedeció. Tas, del todo ajeno a los sentimien­tos que había provocado en su compañero, escrutó la estancia con su proverbial entusiasmo.

—Veo que en los próximos doscientos años no se harán reformas en esta cámara. No habéis planea­do cambiar nada, ¿me equivoco? Su aspecto será idéntico salvo por esa grieta que..., no, aquella otra. Si no me engaña la memoria, dentro de dos siglos se habrá ensanchado de manera ostensible. Os reco­miendo que la rellenéis antes de que...

—¿De dónde vienes, kender? —le interrumpió Dunca con un resoplido.

—De Solace —repuso el hombrecillo, que tuvo que recordarse a sí mismo su determinación de no fal­sear los hechos—. No os preocupéis si no habéis oído hablar de mi patria, ya que todavía no existe. En Istar también ignoraban que ha de construirse esa ciu­dad, pero a nadie le importaba. Ninguno de sus ha­bitantes sentía el menor interés por otra urbe salvo la suya. Me refiero a Istar, no a Solace —clarificó, conciente de que sus palabras podían resultar desconcertantes—. El lugar donde resido habitualmente, es decir, Solace, está situado al norte de Haven, que tampoco figura en los mapas, porque aún no ha sido edificada, aunque, espero que lo compren­dáis, se erigirá antes que Solace.

El soberano inclinó el cuerpo hacia el insólito na­rrador, clavó en él una fuminante mirada que más se adivinaba que apreciaba bajo sus hirsutas cejas y denunció:

—¡Mientes!

— ¡No! —se indignó el kender—. Nos catapultamos al pasado utilizando un ingenio mágico que me pres­tó un..., un conocido. Al principio funcionó sin contratiempos, pero cuando me disponía a regresar a mi época, se rompió. Fue un accidente; yo no tuve la cul­pa de que fallara. Sea como fuere, sobreviví al Cata­clismo y acabé en el Abismo. Un paraje ingrato, pue­do asegurarlo, aunque allí conocí a Gnimsh y él lo arregló. El artilugio, claro, no el Abismo. Es un ex­celente amigo —continuó en tono confidencial, palmoteando el hombro de su vecino—. A pesar de ser un gnomo, todo cuanto inventa funciona.

—Así que habéis surgido del Abismo —recapituló el rey de los enanos—. ¡Confesión de parte no admi­te duda! Sois apariciones del Reino de las Tinieblas. Os invocó el mago de Túnica Negra y acudisteis, pres­tos, a socorrerle.

Tan asombrosa acusación dejó a Tas sin habla.

—P... pero... —balbuceó, perdida por un momento la coherencia. Tuvo que hacer una pausa a fin de hilvanar sus pensamientos y devolver el timbre a su voz—. ¡Nunca me habían insultado con tanta impu­nidad! Excepto, quizá, cuando en Istar un guardián me tildó de ratero. No imagino a Raistlin convocan­do a espectros del más allá, ya que no era ése su es­tilo, mas de haberlo hecho os garantizo que no nos habría elegido a nosotros. Y eso me trae a colación... ¿Por qué le mataste de un modo tan brutal? —imprecó a Kharas, desbordante de furia—. Estoy de acuerdo en que no era una persona bondadosa, e in­cluso admito que casi me destruyó al hacer que se desarbolara el mecanismo arcano y abandonarme a mi suerte poco antes de que los dioses arrojaran la montaña ígnea, mas su desconsiderado acto no sig­nifica que no fuera una de las criaturas más sabias que nunca pisaron Krynn.

—No te hagas el desentendido, fantasma; sabes de sobra que tu mago no ha muerto —le espetó Duncan.

—¡No soy un tantas...! ¿Dices que no ha muerto? —rectificó, al tomar cuerpo en su mente la revela­ción que el monarca acababa de hacerle—. ¿De ver­dad? —insistió, iluminadas sus facciones—. ¿No su­cumbió a tu puñalada, a la ingente pérdida de sangre? El artífice de tal prodigio no pudo ser otra que Crysania —aseveró, después de recapacitar unos segundos.

—¿La bruja? —indagó Kharas, hablando casi para sus adentros, mientras los thanes murmuraban en­tre ellos.

—Aunque en ocasiones se comporte de un modo frío, impersonal —se rebeló Tas—, no te autorizo a usar tan horrendo apelativo en mi presencia. No tie­nes derecho a menospreciarla, después de todo es una Hija Venerable de Paladine.

—¿Insinúas que esa mujer es una sacerdotisa? —se mofaron los cabecillas enaniles, incapaces de creer tan descalabrado argumento.

—Ahora ya conoces la respuesta —comentó el ada­lid a su consejero, desviada la vista de aquel hom­brecillo que no cesaba de urdir patrañas—. Brujería.

—Cierto, thane —se resignó Kharas—. Pero...

—¿Por qué no me dejáis libre? —interrumpió el kender—. Desde que me apresasteis no he hecho otra cosa que intentar convenceros de vuestra equivoca­ción. ¡Debo conferenciar con Caramon sin demora! Esta última frase provocó una reacción inmediata en la asamblea. Los representantes de los clanes, que todavía cuchicheaban entre ellos, enmudecieron.

—¿Es que conoces al general Caramon? —inquirió Kharas.

—¿General? —Tas no salía de su pasmo—. ¡Caram­ba! Tanis estará encantado cuando se entere y Tika estallará en carcajadas. ¡Su esposo general! Por su­puesto que conozco a Ca..., al general Caramon —re­pitió de nuevo para seguir la corriente, a la vez que el arrugado ceño de Duncan le impulsaba a reanu­dar su relato—. Es mi mejor amigo. Gnimsh y yo he­mos venido en su busca con el único propósito de activar el ingenio y llevarlo a casa. Estoy persuadi­do de que él se encuentra a disgusto, así que el gno­mo ha recompuesto el mecanismo de forma que pue­da trasladar a más de una persona.

—¿Qué hogar es ése?, el Abismo? —bramó el rey de los enanos—. ¡Aún resultará que el nigromante lo invocó también a él!

—¡No! —gritó Tasslehoff en el límite de su pa­ciencia—. Me refiero a Solace, naturalmente. Si lo de­sea, Raistlin podrá acompañarnos en el viaje. No comprendo qué hace aquí. La última ocasión en que visitamos Thorbardin, y que será dentro de doscientos años, pasó todo el tiempo tosiendo y quejándose de la humedad. Flint afirmó... Flint Fireforge, un vie­jo colega —aclaró.

—¡Fireforge! —Duncan saltó de su trono y some­tió al prisionero a un escrutinio que nada bueno presagiaba—. ¡Y le llamas «colega»!

—No veo la necesidad de alterarse —le regañó el kender, aunque sospechaba que el asunto iba de mal en peor—. Flint tenía sus defectos, sobre todo aque­lla manía de protestar por cualquier nimiedad o acu­sarme de robar objetos, como el famoso brazalete, cuando mi única intención era restituirlos a su due­ño, pero no hay motivo para encolerizarse.

—Fireforge —persistió el monarca— es el adalid de nuestros enemigos. ¡Y no finjas ignorancia; de nada te servirá!

—¡No finjo! —porfió Tas con creciente disgusto—. ¿Cómo iba a saberlo, si no he tenido oportunidad de averiguar lo que está ocurriendo? En cualquier caso, debe tratarse de otro Fireforge —determinó tras una breve meditación—. Faltan unos cincuenta años para que nazca Flint; quizá tu adversario sea su padre. Raistlin opina...

— ¡Otra vez ese nombre! —rugió el rey de los ena­nos—. ¿Quién es Raistlin?

—No me prestas atención —se lamentó el kender, y clavó en el demandante una mirada llena de reproche—. Raistlin es el mago, el hechicero contra cuya vida atentasteis. El que había de morir pero no murió porque le curó la sacerdotisa.

—Ese ser maléfico no se llama Raistlin, sino Fistandantilus. —Duncan volvió a acomodarse en su asiento mientras interponía esta rectificación y per­maneció callado largos minutos, en los que espió te­nazmente al cautivo a través de su enmarañado ceño—. Resumamos —declaró al fin—: lo que pre­tendes hacer es transportar a ese nigromante, que ha sido sanado por una sacerdotisa en una época en que todos los clérigos han desaparecido del mundo, y a un general que, según tú, es tu mejor amigo, a un lugar que no existe, para reuniros con mi más en­conado rival, que aún no ha nacido, utilizando el artilugio infalible —recalcó este adjetivo— de un gnomo.

— ¡Exacto! —exclamó Tas en actitud de triunfo—. Salvo en un pequeño detalle, que renuncio a expli­car porque no afecta a tus conclusiones —añadió al evocar la imagen del fallecido Flint—. Convendrás conmigo en que se aprende mucho escuchando.

—¡Guardias, lleváoslos! —ordenó el mandatario a los soldados que custodiaban a los dos hombrecillos. Giró entonces la faz hacia Kharas y le dijo—: Empe­ñaste tu palabra. Preséntate en la sala del consejo dentro de media hora para ultimar los preparativos de la guerra.

—Pero, thane, si es cierto que conoce al general Caramon...

—¡No hay peros que valgan! —dijo el monarca indignado—. El conflicto es inevitable, y tu noble chachara contraría al sacrificio de nuestros congéneres no impedirá que estalle. O sales al campo de batalla o escondes ese rostro rasurado que a todos nos aver­güenza en las mazmorras, junto a los traidores de nuestro pueblo. Elige, o la lealtad o los dewar.

—Es a ti a quien sirvo, thane —contestó el conse­jero, contraídos sus rasgos—. Con mi vida si es pre­ciso.

—Recuérdalo en todo momento —le exhortó Duncan—. Y, para evitar que tus delirios te induz­can a ejecutar planes contrarios a mi voluntad, que­darás confinado en tus aposentos salvo cuando celebremos reuniones en la cámara. Además, los prisioneros —señaló a Tas y Gnimsh— serán ence­rrados en un rincón seguro, de manera que su paradero se mantenga en secreto hasta que concluya la guerra. Cualquiera que contravenga mi mandato será condenado a muerte.

Los thanes intercambiaron miradas aprobatorias, aunque uno de ellos masculló que era ya demasiado tarde. Se levantó acto seguido la sesión y los centi­nelas agarraron por el pescuezo a los interrogados para retirarlos de la estancia.

—He dicho la verdad —proclamó Tas, forcejean­do en la zarpa de sus aprehensores—. Me figuro que toda esta historia os habrá parecido algo inverosí­mil, pero es sólo porque no estoy acostumbrado a tanta sinceridad. Concédeme tiempo y adquiriré sol­tura.

 

 

Tasslehoff nunca habría imaginado que fuera po­sible descender tanto bajo la superficie de la tierra. Recordó que en una ocasión Flint le había explica­do que Reorx vivía en simas profundas, desde don­de fraguaba el mundo con su hacha y un misterioso mazo.

—Debe de ser una criatura amena y alegre ese dios de los enanos —masculló, temblando hasta que le rechinaron los dientes mientras los guardianes los conducían por lóbregos vericuetos—. Si se ha apo­sentado en estos parajes, al menos podría haberlos caldeado un poco.

—Confíaenlasabiduríaenanil —le susurró Gnimsh.

—¿Cómo?

El kender tenía la sensación de haber pasado el último tercio de su vida iniciando cada parlamento que sostenía con el gnomo por la fórmula «¿cómo?».

—He dicho que confíes en la sabiduría enanil —repitió éste con un grito estentóreo—. En lugar de construir sus casas en los volcanes activos, los cua­les, aunque altamente inestables, constituyen una es­tupenda fuente de calor, lo hacen en las montañas muertas. A veces me cuesta creer que seamos primos —apostilló, y meneó la cabeza en ademán negativo.

Tas no contestó, enfrascada su mente en otras cues­tiones más apremiantes. «¿Cómo saldremos de ésta? ¿Adonde iremos si conseguimos escapar? ¿A qué hora van a servirnos la cena?», se preguntó si bien, dado que no parecía haber respuesta a tan intrigan­te incertidumbre —incluida la del alimento—, el hombrecillo se encerró en un abatido silencio.

Por fortuna, durante el trayecto se produjo un epi­sodio emocionante, que tonificó al kender. En un punto del recorrido tuvieron que ser arriados a lo largo de un rocoso túnel vertical, que había sido ho­radado aprovechando una brecha de la roca. Para descolgarlos utilizaron una canasta denominada «as­censor», palabra de origen gnomo según Gnimsh, y Tas comentó que aquel término resultaba un tanto inapropiado cuando lo que hacían era bajar, no «as­cender».

La pequeña aventura del ascensor tuvo el don de despertar el interés de Tasslehoff, quien decidió que, como de momento no había de hallar solución a sus múltiples problemas, era mejor no perder el tiempo en devanarse los sesos y estudiar su entorno. Así pues, disfrutó del viaje en el artilugio a pesar de que, en algunos lugares particularmente escabrosos, la des­vencijada cesta —manipulada por musculosos ena­nos, que tiraban de los largos cabos de cuerda me­diante ingeniosas poleas— rebotó en los aserrados cantos de piedra, zarandeando a sus ocupantes e in­fligiéndoles cortes y magulladuras en todo el cuerpo.

Tales incidentes fueron en realidad un acicate den­tro de la monotonía del periplo, más aún porque los guardianes que escoltaban a los dos cautivos mos­traban el puño cerrado e imprecaban en lengua enanil a los encargados de la cuerda siempre que se estrellaban.

En cuanto al gnomo, la experiencia le excitó hasta lo impensable. Tras arrancar un carboncillo de las paredes de la montaña y pedir prestado a Tas uno de sus pañuelos, se acurrucó en el suelo del aparato y comenzó a diseñar los planos de un nuevo ascen­sor, perfeccionado de acuerdo con sus conocimien­tos técnicos.

—El sistema de poleas ha de ser propulsado por vapor y activarse mediante cables —reflexionó, pletórico de entusiasmo, a la vez que esbozaba lo que al kender se le antojó una gigantesca trampa sobre ruedas para langostas—. Arriba y abajo, inclinación hacia la parte trasera, capacidad treinta y dos. ¿Se atora? Alarma. Campanillas, silbatos o cuernos de caza.

Cuando llegaron al fin al plano inferior, Tasslehoff resolvió observar con extrema atención por dónde andaban a fin de encontrar la salida en el caso de que consiguieran fugarse. Pero Gnimsh le impedía concentrarse, obstinado en enseñarle el boceto e instruirle sobre los pormenores.

—Es fantástico, amigo —contestaba, distraído, a la inagotable verborrea de su acompañante, con el corazón más deprimido que la oquedad donde se hallaban—. ¿Una música suave, interpretada por un flautista en un rincón resonante? Una idea esplén­dida, digna de ti.

Espiando los subterráneos mientras los guardia­nes les azuzaban, el kender suspiró. Aquel laberinto no sólo era tan tedioso como el Abismo, sino que además olía mucho peor. Una hilera de hediondas celdas surcaba los muros, iluminadas por humeantes antorchas y abarrotadas de enanos hasta el límite de su capacidad. El aire viciado, los efluvios de los prisioneros, asfixiaban al desalentado hombre­cillo.

Estudió los habitáculos, con creciente pasmo, en su peregrinar por el pasadizo que separaba los cala­bozos. Aquellos cautivos no tenían aspecto de criminales, eran familias enteras de criaturas que, arro­padas en mugrientas mantas, se apiñaban en deterioradas banquetas o se asomaban a los barrotes.

—¿Qué es esto? —inquirió a uno de los centinelas, vapuleando su manga. Había aprendido algunas frases en lengua enanil en el curso de sus transac­ciones con Flint, que le permitían comunicarse con sus aprehensores—. ¿Por qué están encerrados aquí todos esos desdichados?

Esperaba haberse expresado con corrección, ya que existía la posibilidad de que hubiera pregunta­do sin proponérselo por el paradero de la taberna más próxima. Mas el soldado le sacó de dudas al anunciar escuetamente, furibundos sus ojos:

—Dewar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11

Una visita inesperada

 

 

¿Dewar? —inquirió Tas.

El guardián, poco deseoso de establecer diálogo, dio un agresivo empellón al kender para que siguie­ra caminando. El hombrecillo tropezó y, una vez equi­librado, echó a andar, aunque sin cesar de escrutar el subterráneo y preguntarse qué sucedía. Mientras tanto, Gnimsh, asaltado por un nuevo arranque de inspiración, disertaba sobre la «hidráulica» de su in­vento.

Tasslehoff se sumió en sus cábalas, pues acababa de recordar que en alguna ocasión había oído el ape­lativo «dewar» y no acertaba a precisar cuándo. De pronto, halló la respuesta.

—¡Son los enanos oscuros! —exclamó, alboroza­do—. ¡Claro!, ¡ahora sé de qué conozco ese nombre! Lucharon junto a los Señores de los Dragones, mas no vivían aquí la última vez, o supongo que he de de­cir la próxima, que visitamos el reino de las montañas. ¿O sería más correcto hablar en futuro? Me pa­rece que me estoy haciendo un lío. Sea como fuere —desistió de conjugar apropiadamente los tiem­pos verbales—, esas criaturas no deberían alojarse en calabozos. ¿Qué crimen han cometido? —indagó de nuevo a su custodio—. Ha de ser algo terrible, puesto que les tenéis confinados en un lugar tan in­mundo.

—¡Traidores! —le espetó el interrogado. Llegaron a una celda situada en el otro extremo del pasadizo. El centinela desprendió un manojo de llaves de su cinto, insertó una en el cerrojo y abrió la puerta.

Tasslehoff espió el interior y distinguió a una trein­tena de dewar hacinados en todo su perímetro. Unos yacían aletargados en el suelo, otros dormían apo­yados en la pared y un tercer grupo, acuclillados en corro junto a una oscura esquina, hablaban en voz baja cuando irrumpieron los recién llegados. Enmu­decieron al verles, lo que hizo pensar al kender que estaban conspirando. No había mujeres ni niños en la cámara, tan sólo una asamblea de varones que mi­raron al trío con ojos rebosantes de rencor, de odio.

Tas asió el brazo de Gnimsh en el instante en que éste, aún obsesionado por cómo evitar que los ocu­pantes del ascensor quedaran atascados en el trayec­to, se disponía a entrar en la mazmorra llevado de la inercia.

—Bien, bien —se encaró Tasslehoff con el solda­do sin soltar al gnomo, al que había arrastrado has­ta detrás de su espalda—. Ha sido un periplo muy instructivo, te lo aseguro. Pero ahora he de rogarte que nos devuelvas a nuestro calabozo que era, sin lugar a dudas, más aireado y espacioso que este cu­chitril. Si lo haces te prometo que mi compañero y yo nos abstendremos de realizar excursiones no auto­rizadas por tu ciudad, aunque se trata de un lugar de lo más interesante y a ambos nos gustaría explo­rarlo.

El enano, por toda respuesta, arrojó al kender al centro de la estancia, con tal violencia que éste cayó despatarrado.

—Haz el favor de decidirte —reconvino el gnomo a su amigo, a la vez que salía catapultado detrás de él—. ¿Nos vamos o nos quedamos?

—Creo que no tenemos elección —susurró Tas, descorazonado.

Tomó asiento y estudió a los dewar, que observa­ban en silencio a los dos nuevos prisioneros. Los ecos de las pisadas de los guardianes en retroceso reso­naron en el corredor, acompañados por las obsceni­dades y amenazas que les dedicaban desde las celdas circundantes.

—Hola —saludó el hombrecillo a los mugrientos enanos cuando se hubieron disipado los retumbos. Su tono era cordial, pero no les tendió la mano—. Me llamo Tasslehoff Burrfoot y éste es Gnimsh, un co­lega. Ya que por lo visto hemos de convivir en este agujero, será mejor que os presentéis y hagamos lo posible para que reine la concordia.

Pronunciadas estas palabras, Tas se incorporó y ojeó, desconfiado, a un individuo que también se ha­bía puesto de pie y avanzaba hacia ellos.

Se trataba de un enano de considerable estatura, cuyo rostro era apenas visible bajo el tupido velo de su barba y melena. Esbozó una aviesa sonrisa y una hoja de cuchillo refulgió en su mano, un arma sur­gida de la nada que blandió con aire bravucón mien­tras se encaminaba hacia el espantado hombrecillo. Tas, al sentirse acorralado, reculó hasta que el án­gulo de los muros obstaculizó sus movimientos.

—¿Quiénes son estas personas? —vociferó Gnimsh, que le había seguido inmerso en sus cálcu­los y al fin se percataba del sombrío cubil donde ha­bían ido a parar.

Sin darle opción a contestar, el dewar agarró al in­fortunado Tas por la cerviz y aplicó el cuchillo a su garganta.

«Ahora sí que mi muerte es inminente —recapacitó el agredido—. Flint debe de estar carcajeándose.»

La afilada hoja surcó el aire en dirección a su pre­sa, pero, con gran asombro por parte del kender, tan sólo rozó su piel. No era su sangre lo que quería el atacante, sino sus saquillos. Con mano experta, el for­nido enano sesgó las correas que los sujetaban a su hombro y las sagradas pertenencias del hombreci­llo se desplomaron en su derredor.

Todos los dewar se arrojaron en tropel sobre las bolsas, provocando un caos en el angosto recinto. El enano del cuchillo se apoderó de tantos objetos como pudo, sin reparar en medios o, expresado con más exactitud, repartiendo puntapiés y tajos entre quie­nes osaban arrebatarle alguno. A los pocos segun­dos, no quedaba ni un solo tesoro en el suelo.

Satisfecho de su hazaña, el ladrón se sentó y guar­dó ávidamente las bagatelas recogidas en los saqui­llos, que también obraban en su poder. Se había adueñado de un auténtico botín y no estaba en su ánimo compartirlo, si bien nada hizo para conseguir las escasas piezas que los otros obtuvieron en el for­cejeo. Tras una breve inspección, regresó a su parce­la, donde sus secuaces extendieron sobre la roca el fruto de su rapiña.

Tasslehoff se acomodó en un frío rincón. Aunque emitió un suspiro de alivio, no pudo por menos que preocuparse al presentir que, cuando se hubiera ago­tado el atractivo contenido de las bolsas, aquellas criaturas concebirían la brillante idea de registrar­les a ellos.

—Y será mucho más fácil manejarnos si antes nos convierten en cadáveres —masculló.

No obstante, un súbito pensamiento cruzó su mente.

—Gnimsh —le invocó con acento apremiante—. ¿Dónde está el ingenio mágico?

El gnomo tanteó uno de los bolsillos de su man­dil: estaba vacío. Hurgó acto seguido en otro, palpó algo duro, se apresuró a sacarlo a la escasa luz y, comprobando que no eran sino una doble escuadra y un carboncillo, volvió a meterlos en su lugar. Ana­lizaba Tas la posibilidad de estrangularle cuando el hombrecillo, iluminada su faz por una sonrisa de triunfo, introdujo la mano en su bota y le mostró el artilugio.

Durante su último período de confinamiento, Gnimsh había logrado encajar y doblar los com­ponentes móviles del artefacto de tal manera que, ahora, había reasumido la forma de un colgante común, insignificante, en lugar de exhibirse como el intrincado y bello cetro en que se metamorfoseaba al extenderlo.

— ¡Manténlo oculto! —le advirtió el kender. Exa­minó a los dewar y constató que estaban muy ata­reados distribuyendo sus posesiones, así que proce­dió a exponer su plan—: Este artefacto nos liberó del abismo, Gnimsh, y nos llevó junto a Caramon porque, según me contaste, sólo podía cabi... calibrarse de tal suerte que nos condujera a presencia de la per­sona a quien se lo había entregado Par-Salian. Sin embargo, dada nuestra actual situación lo que quiero no es viajar en el tiempo, sino dar un pequeño salto. Si mi amigo el guerrero se ha erigido en general de este famoso ejército, no puede estar lejos. ¿Crees que el ingenio nos conduciría de nuevo a su lado a través del espacio?

— ¡Una excelente sugerencia! —le aplaudió el gnomo—. Pero has de concederme unos minutos para reajustarlo.

Demasiado tarde. El kender notó que alguien le to­caba en el hombro y, sin acertar a contener un res­pingo, giró la cabeza con los rasgos endurecidos en una expresión que esperaba se le antojase a su ad­versario la de un asesino implacable. Al parecer, adoptó el rictus correcto, pues el dewar que le ha­bía abordado retrocedió lleno de pánico y levantó los brazos a fin de protegerse.

Tras comprobar que se enfrentaba a un enano jo­ven y de apariencia desvalida, poseedor además de una rara cordura que le distinguía de otros miem­bros de su raza, Tasslehoff se relajó. El desconoci­do, por su parte, comprendió que el kender no iba a devorarlo y bajó la guardia.

—¿Qué es lo que deseas? —le interrogó Tas en len­gua enanil.

—Ven conmigo —le instó el otro.

Reforzó sus palabras con un gesto por el que le in­vitaba a seguirle, pero, al ver que el kender fruncía el entrecejo, señaló un punto recóndito de la celda y avanzó unos pasos en aquella dirección.

—Quédate aquí, Gnimsh —dijo el hombrecillo a su compañero, levantándose con mucha cautela.

El gnomo ni siquiera le oyó, concentrado como es­taba en manipular y cambiar las posiciones de los diversos mecanismos que configuraban el artilugio arcano. Sabedor de que no había de abandonar su tarea, Tas desistió y caminó en pos del dewar. «Qui­zás este individuo ha descubierto una vía de escape —caviló—. A lo mejor ha cavado un túnel.»

Cuando el kender lo hubo alcanzado en el centro de la cámara, el enigmático personaje se detuvo y ex­tendió el índice hacia una losa donde se recortaba un curioso fardo.

—¿Puedes ayudarme? —le suplicó esperanzado.

No divisó Tas ningún pasadizo secreto, sino a un dewar acostado sobre una manta. El yaciente tenía el semblante bañado en sudor, el cabello empapado y su cuerpo temblaba en convulsiones espasmódicas. Frente a tal espectáculo, el hombrecillo se agitó en un irrefrenable escalofrío. Después de observar el res­to de la estancia, clavó de nuevo los ojos en el joven y meneó la cabeza para significarle su impotencia.

—No —susurró, compungido—; lo lamento, pero no puedo socorrerlo.

El enano pareció hacerse cargo, ya que se limitó a arrodillarse junto al enfermo y se abandonó a un patético desconsuelo sin persistir en su ruego.

Tasslehoff regresó al rincón donde Gnimsh traba­jaba anonadado, estupefacto. Desmoronándose sobre la gélida piedra, prestó atención a lo que antes, incomprensiblemente, le había pasado inadvertido: a los gritos de dolor, el incoherente deambular, las de­mandas de agua y, aquí y allí, el malhadado silencio de quienes permanecían quietos, rígidos.

—Gnimsh —anunció—, estos prisioneros han con­traído una horrible enfermedad. He presenciado los síntomas en días aún por venir, y puedo dictaminar que tienen la peste.

Al gnomo se le desorbitaron los ojos, tan perplejo que casi dejó caer el ingenio.

—¡Hemos de salir en seguida de esta cueva! —con­tinuó el kender—. En mi opinión, sólo hay dos alter­nativas: o nos traspasan con una daga, lo que, aun­que interesante, presenta ciertos inconvenientes, o sucumbimos a una muerte lenta y tediosa a conse­cuencia de la plaga.

—No te apures; estoy persuadido de que funcio­nará —le reconfortó el aludido sin cesar de dar vuel­tas al falso colgante—. El único problema es que po­dría devolvernos al Abismo.

—Hay destinos peores —se conformó Tas—. Resul­ta un poco difícil adaptarse, y temo que sus mora­dores no nos recibirán con aclamaciones de júbilo, pero merece la pena intentarlo.

—De acuerdo. Engarzaré esta última joya...

— ¡No oses tocarla!

Tan vehemente prohibición hizo que ambos hombrecillos se incorporasen como movidos por un re­sorte. La había pronunciado una voz familiar, y su tono imperioso, inapelable, paralizó al gnomo con el artilugio aferrado en su mano.

— ¡Raistlin! —exclamó Tasslehoff, que era quien había reconocido el timbre de voz—. Estamos aquí —apuntó para facilitar al hechicero su localización.

—Sé dónde estáis —respondió el mago, a la vez que se materializaba en la penumbra y se plantaba fren­te a ellos.

Su imprevista aparición arrancó a los dewar ala­ridos de pánico, de sorpresa. Se armó en la cámara una barahúnda ensordecedora, una confusión a la que sólo quedó incólume el individuo del cuchillo, quien, alzándose en su rincón, arremetió contra el supuesto fantasma.

—¡Raistlin, cuidado! —lo previno el kender.

El nigromante dio media vuelta. No habló, ni enarboló su temible brazo; únicamente clavó sus pupi­las en el elfo oscuro y éste, cenicienta la faz, se reti­ró y buscó refugio en las sombras. Antes de dirigirse de nuevo a Tas, Raistlin miró de hito en hito a los reos. Todos enmudecieron, incluso se disiparon las quejas de los que deliraban.

Cumplido su propósito, el archimago se volvió ha­cia el que fuera compañero de aventuras.

—Estoy encantado de verte —se regocijó Tassle­hoff, superada la primera vacilación frente al por­tento que acababa de realizar—. Tienes un aspecto excelente, nadie diría que atentaron contra tu vida de una forma tan brutal. Todavía recuerdo la sangre, aquella herida en tu vientre... Pero no es momento de evocar sucesos tristes —rectificó, por miedo a disgustarle—. ¿Has venido a rescatarnos? ¡Es mara­villoso!

—¡Basta de parloteos! —le atajó el hechicero y, es­tirando la mano, lo atrajo hacia él de un brusco tirón—. Y, ahora, cuéntame tus peripecias.

—N... no vas a creerme —balbuceó el kender, y la expresión del mago nada hizo para serenarle—. Na­die nos ha hecho el menor caso, y sin embargo es la pura verdad.

—Relátame los hechos, yo juzgaré si debo o no creerte —le ordenó Raistlin, al mismo tiempo que estrujaba de un ágil sesgo el cuello de su camisa.

—Te complaceré —contestó el hombrecillo, medio asfixiado—. Aunque no olvides dejarme respirar en­tre las parrafadas, de lo contrario no podré termi­nar, después de que me dieras el ingenio en Istar traté de impedir que sobreviniera el Cataclismo. Este dichoso artefacto se rompió, ya que, por algún ex­traño azar, y conste que no pretendo hacerte repro­ches, te equivocaste al impartir tus instrucciones.

—Fue un acto deliberado, no un error —le corrigió el mago—. Adelante, soy todo oídos.

—Me gustaría, pero me falta el resuello y es difí­cil articular las frases en estas condiciones.

El mago aflojó un poco la garra, lo justo para que pudiera proseguir.

—Gracias —susurró el kender—. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Corrí tras las huellas de Crysania a través de los sótanos del Templo, descendí a las entrañas de la tierra mientras el edificio se derrumbaba y, en mi persecución, percibí que la sacerdotisa entraba en una estancia. Me figuré que se había encontrado contigo, porque repitió varias veces tu nombre, y me alegré de que hubiera dado con tu paradero. «¡Seguramente recompondrá el ingenio arcano!», pensé, y entonces yo...

—Ahórrame los detalles —lo interrumpió su inter­locutor.

—Bien —claudicó Tas y, en su afán de obedecerle, se precipitó tanto que su narración se hizo casi ininteligible—. Resonó un estruendo detrás de mí y era Caramon, quien no se percató de mi presencia. De repente todo se ensombreció y, cuando desperté, os habíais ido, si bien abrí los ojos a tiempo para ver cómo los dioses lanzaban la montaña de fuego. —Se detuvo a fin de cobrar aliento—. ¡Fue algo único! ¿Quieres que te lo describa? ¿No? No importa, qui­zás en otra ocasión.

»Debí quedarme dormido, porque en un momen­to dado observé el paraje y reinaba una calma abso­luta. Supuse que había muerto, pero no era así. Es­taba en el Abismo, donde se sepultó el Templo después de la hecatombe.

—¡El Abismo! —repitió Raistlin, trémula su mano.

—No es un lugar grato —declaró el kender con aire solemne—, a pesar de lo que antes he comentado. Co­nocí a la Reina —musitó estremecido—. Si no te mo­lesta renunciaré a evocar todas nuestras transaccio­nes, aunque tengo una prueba que corrobora esa parte de la historia. Fíjate en esos cinco lunares blan­cos —le rogó al nigromante, extendiendo su miem­bro—. Son su estigma. La soberana de las tinieblas me reveló que había de retenerme en sus dominios porque, gracias a mí, podría alterar el curso de los acontecimientos y ganar la guerra. Yo me rebelé, aun­que no me atreví a oponerme a tan poderosa seño­ra. Deseaba ayudar a Caramon —se justificó, cons­ciente de que al hechicero podía enfurecerle tal desacato a su ídolo—. Mientras me hallaba en el Abismo, ansioso por escapar, me tropecé con Gnimsh.

—El gnomo —especificó el mago, desviando las pu­pilas hacia aquel hombrecillo que le contemplaba pe­trificado.

—Sí —ratificó Tas, y sonrió a su amigo—. Él con­feccionó el artefacto para viajar en el tiempo que nos ha traído hasta aquí. ¡Funcionó, por improbable que te parezca! Nos evaporamos en el aire y, en un san­tiamén, nos trasladamos a esta época.

—¿Os fugasteis del Abismo?

El personaje arcano, con ostensible pasmo, clavó en el kender sus espejos de negrura.

Tasslehoff se encogió de hombros, sin poder disi­mular su sobrecogimiento. Aquellos últimos minu­tos en los reinos espectrales todavía presidían sus pesadillas, y eso que los de su raza no suelen soñar.

—Así fue —dijo, a la vez que dedicaba al archimago una sonrisa destinada a desarmarlo.

De nada sirvió. Raistlin se concentró en el gnomo, perturbado, y con una mirada tan penetrante que al kender se le heló la sangre en las venas.

—Antes has afirmado que el ingenio se desarticu­ló —siseó el hechicero.

—Cierto.

Fue una sola palabra, pero a Tas se le atragantó. Al notar que la zarpa de su aprehensor se relajaba, distraído como estaba en sus meditaciones, ensayó un débil forcejeo para desembararse, y le sorpren­dió que el mago nada hiciera por atenazarlo. Al con­trario, le soltó de manera tan imprevista que el hom­brecillo estuvo a punto de caer desplomado.

—El ingenio se rompió —persistió Raistlin en un murmullo—. En ese caso, alguien debió repararlo. ¿Quién? —interrogó al kender.

—Creo que debo ser más conciso —admitió el alu­dido y, receloso de su reacción, se apartó del nigromante—. Confío en que los miembros del cón­clave no montaran en cólera. Gnimsh no concibió un nuevo artilugio, sino que introdujo unas ligeras modificaciones en el que tú me diste —confesó al fin—. Nada serio, te lo prometo, sólo unos pequeños ajustes. Me defenderás frente a Par-Salian, ¿verdad, Raistlin? Me horroriza la idea de meterme en más complicaciones; ya tengo bastantes asuntos que re­solver. No hicimos nada que desvirtuase las dotes ini­ciales de ese artefacto. Gnimsh se limitó a encajar las piezas de manera que respondiera al activarlo.

—¿Lo ensambló de nuevo? —puntualizó el archimago, sin que se borrara la singular expresión de sus rasgos.

—Podría llamarse así. —Tas reculó hacia donde se erguía el gnomo, y le dio un codazo en las costillas en el instante en que éste se aprestaba a intervenir—. «Ensambló» define a la perfección lo que hizo mi amigo.

—Pero Tasslehoff —protestó Gnimsh—, ¿ya has ol­vidado cómo sucedió?

—Cállate —musitó el kender—. Déjame hablar a mí, yo sabré manejar la situación. ¡Nos encontramos en un grave apuro! Los magos de las Tres Túnicas, en eso son todos iguales, desaprueban que remodelen sus inventos aunque sea para mejorarlos. Estoy convencido de que Par-Salian lo comprenderá cuan­do se lo cuente, e incluso te felicitará al enterarse de que has ampliado sus posibilidades, pues debe de ser muy farragoso que el ingenio sólo transporte a una persona cada vez. Le haré entrar en razón, pero he de ser yo quien se lo explique. Raistlin es un poco descuidado con los pormenores, no se hará cargo de las ventajas y, por lo tanto, no se las transmitirá a su colega. Además, no es momento de hacerle reco­mendaciones —agregó, espiando a aquella inquisi­dora figura.

Gnimsh imitó a su compañero y, sensible al omi­noso mensaje que destilaban los iris del hechicero, se apretujó contra él como si fuera un escudo salvador.

—Tengo la impresión de que no le caigo bien, leo en sus ojos una profunda aversión hacia mí —co­mentó el gnomo.

—Se comporta así con todo el mundo —le tranqui­lizó Tas—. Ya te acostumbrarás.

Sucedió a estos intercambios un silencio sepulcral, que aún se hizo más patente al rasgar su manto el gemido discorde de un agonizante. Tas miró incómo­do a los dewar y, de un modo instintivo, estudió tam­bién al callado mago quien, de nuevo, había centra­do su atención en el gnomo con la preocupación dibujada en su macilenta faz.

—Eso es todo lo que puedo decirte, Raistlin —con­tinuó el kender en voz alta, dirigiendo una nerviosa mirada a los apestados—. ¿Por qué no salimos de este hediondo calabozo? ¿Nos teleportaremos mediante la magia? ¿Invocarás uno de aquellos hechizos tan divertidos que usabas en Istar?

—Dame el ingenio —fue la lacónica respuesta, o evasiva, del archimago.

Debido quizás a la actitud del nigromante, que pa­recía enajenado y al mismo tiempo delataba una aviesa determinación en las arrugas que se habían formado en las comisuras de sus labios, o quizás a la humedad del corrompido ambiente, Tas se agitó en un escalofrío. Gnimsh, que sostenía en su palma el artilugio, consultó a su amigo con los ojos.

—Permíteme que lo conserve un tiempo —le pidió el kender—. No lo extraviaré, te lo prometo.

—Dámelo.

Fue una orden tajante, irrevocable, pese a no so­brepasar en volumen a un quedo susurro.

—Será mejor que se lo entregues, Gnimsh —acon­sejó Tasslehoff a su indeciso compañero.

Tragó saliva de nuevo, y reparó en el amargo sa­bor que ésta dejara en su boca.

El gnomo parpadeó, mas no hizo ningún otro mo­vimiento. Era obvio que se resistía a obedecer, que se hallaba en una total ignorancia de lo que ocurría y este hecho le impulsaba a cuestionar la resolución del kender.

—No te inquietes —le dijo Tas, tratando de sonreír aunque se habían agarrotado los músculos de su faz—. Raistlin es amigo mío, guardará ese valioso ob­jeto en un lugar seguro.

Sin saber aún a qué atenerse, el hombrecillo se en­cogió de hombros y avanzó unos pasos para deposi­tar el artilugio en la mano que el mago le tendía. El colgante parecía un abalorio carente de interés bajo la luz de la única antorcha de la celda, pero Raistlin lo trató con suma delicadeza. Tras examinarlo unos segundos, lo deslizó en uno de los bolsillos secretos de su atavío.

—Acércate, Tas —invitó acto seguido al kender.

Gnimsh se hallaba aún plantado frente al hechi­cero y se empecinaba en contemplar, con palpable consternación, los pliegues tras los que se había es­fumado su tesoro. Asiéndole por los tirantes del man­dil, Tasslehoff le separó de tan poderoso rival y es­trechó su mano.

—Estamos a punto, Raistlin —anunció, entusias­mado—. ¡Un estallido y abandonaremos las mazmo­rras! Caramon va a llevarse un susto mayúsculo.

—Te he dicho que vengas aquí —le reprendió el ni­gromante con voz fría, desapasionada, y los ojos prendidos del gnomo.

—No pensarás dejarle aquí, ¿verdad? —se le en­caró el kender, a la vez que soltaba a su compañero y daba un paso hacia él—. Si ésos son tus designios, prefiero quedarme. No te ofendas, pero Gnimsh me necesita para salir de este atolladero y presentar a los enanos el proyecto de un ascensor mecánico que ha diseñado...

Raistlin estiró la mano, agarró a Tasslehoff por el brazo y lo atrajo hacia su cuerpo.

—No, no voy a dejarle a su suerte —le aseguró.

— ¡Magnífico! Nos conducirá a ambos junto a Ca­ramon. La magia es una fuente inagotable de sensa­ciones; verás cómo te gusta —arengó el kender al gnomo, con un esbozo de sonrisa distorsionado por el dolor que le infligían los dedos del hechicero clavados en su piel.

Aquel intento de infundir ánimos a su colega no fructificó. Al atisbar las facciones de Gnimsh, que denotaban un patético desconcierto, una incertidumbre que su manera de estrujar el pañuelo de Tasslehoff no hacía sino subrayar, este último trocó su ale­gría en compasión e hizo ademán de aproximársele. Pero Raistlin se encargó de reprimir su gesto.

—¡Vamos, Gnismh, no pongas esa cara! —imploró Tas, resignado—. Raistlin es amigo mío, ya te lo he di...

El archimago soltó el brazo de su cautivo para sujetarlo del cuello de la camisa con una mano, y con la otra señaló al gnomo y comenzó a entonar un cántico.

Ast kiranann kair.

Un terror sin precedentes invadió al kender, que había oído aquellos versículos en multitud de oca­siones.

— ¡No! —vociferó, angustiado, y buscó a Raistlin con la mirada—. ¡No, te lo suplico! —volvió a gritar, balanceándose para golpearse y forcejeando a la de­sesperada.

Gardum Soth-arn, Suh kali Jalaran —concluyó el otro, indiferente a la criatura que se debatía en sus garras.

El aire se partió, se quebró en cristales sibilantes y el indefenso Tas tuvo que asistir, impotente, a la creación arcana de aquellos familiares relámpagos de fuego, que, brotados de los dedos del hechicero, habían de fulminar a su desdichado oponente. El fla­mígero proyectil se incrustó en el pecho de su vícti­ma, con tal energía que Gnimsh salió despedido ha­cia atrás y se estrelló contra el muro.

El gnomo se derrumbó sin proferir una queja. Unas volutas de humo se elevaron de su delantal, im­pregnadas de ese olor entre dulzón y nauseabundo que dimana de la carne socarrada. Se retorció la mano que sujetaba el pañuelo en un espasmo refle­jo, y se inmovilizó.

También Tas se había paralizado. Enmarañadas sus manos en los ropajes de su aprehensor, miró al yaciente con las pupilas desorbitadas.

—Ahora ya podemos irnos —sentenció el archimago.

—No —rehusó el hombrecillo por pura inercia, ya que aún no había salido de su trance. Sin embargo, el espectáculo que ofrecía el gnomo y las palabras de Raistlin le devolvieron a la realidad. Reanudan­do su lucha para desembarazarse de la zarpa de aquel maléfico humano, exclamó—: ¿Por qué le has matado? ¡Era mi amigo!

—Tengo mis motivos —replicó Raistlin, sin permi­tir que se deshiciese de su firme asimiento—. Debes acompañarme.

—¡No! —bramó el kender en franca rebelión—. No eres interesante, tus artes han dejado de excitar mi curiosidad. Antes me fascinabas, pero acabo de com­prender que no eres más que una criatura tan ab­yecta como el Abismo que te engendró. Te has tornado horrendo, despreciable, y no te seguiré por mucho que te empeñes. ¡Nunca más! ¡Suéltame!

Cegado por las lágrimas, propinando puntapiés y arremetiendo con los puños cerrados, Tas empren­dió una batalla desenfrenada contra el asesino de su amigo el gnomo.

Los dewar, repuestos del pavor hipnótico en que les sumiera la escena, se entregaron a un pánico más expresivo. Cundió la alarma, y los alaridos de los ha­bitantes de la celda se propagaron entre los otros enanos confinados en el subterráneo. Uno tras otro, los reos se precipitaron sobre las puertas de barro­tes de sus respectivos calabozos y organizaron una auténtica hecatombe de bramidos y reniegos.

En medio de la batahola, las voces de los guardia­nes se sobrepusieron a las de los amotinados para solicitar auxilio.

Pausado, imperturbable, Raistlin posó la mano en la frente de Tasslehoff y formuló un nuevo hechizo. El cuerpo del kender se relajó al instante y, al verlo inconsciente, el archimago completó su sortilegio. Ambos desaparecieron dejando a los dewar anona­dados, boquiabiertos, obcecados unos en espiar el espacio vacío donde se diluyeran mientras otros se acercaban al cadáver que yacía en el suelo, reduci­do a un amasijo informe.

 

 

Una hora más tarde, Kharas, que se había zafado de sus custodios con extrema facilidad, se encami­nó hacia la galería donde se hallaban cautivos los dewar. Una vez en el pasadizo central, lo recorrió ali­caído y preguntó a uno de los celadores:

—¿Qué pasa aquí? Tanta paz me sorprende.

—Hace un rato se ha armado un tremendo revue­lo —informó el otro—. No hemos podido averiguar la causa, pero al fin se han apaciguado.

El héroe se asomó al interior de algunos calabo­zos, asaltado por un vago resquemor. Los dewar allí recluidos le observaron en perfecto mutismo y con una expresión que no era de odio, sino de desconfian­za e incluso de miedo.

Creciente su zozobra a medida que avanzaba, pre­sintiendo que se había producido algún suceso de mal augurio, el enano aceleró la marcha hacia su ob­jetivo, el último habitáculo de la larga hilera que se hundían en las paredes de roca.

Al distinguirlo enmarcado en los barrotes, los pri­sioneros que aún no estaban postrados por la peste dieron un respingo y se refugiaron en el rincón más apartado. Se arracimaron temblorosos en su recove­co y, sin cesar de murmurar entre ellos, señalaron el lugar donde, yerta y contorsionada, se perfilaba la figura del gnomo.

Kharas arrugó el entrecejo al reconocer al reo. Lanzó una furibunda mirada al centinela, un mudo pero rotundo reproche a su negligencia, e interrogó a los dewar.

—¿Quién ha cometido una acción tal vil? —inqui­rió—. ¿Qué ha sido del kender?

Para asombro del consejero, los interpelados, en vez de negar el crimen en hosca postura, corrieron hacia la puerta y, todos en tropel, se enzarzaron en una inextricable maraña de explicaciones. Conscien­te de que así no despejaría la incógnita, el héroe de los enanos los conminó al silencio con un violento e incontestable gesto de la mano.

—Tú —indicó a uno, el individuo del cuchillo, que todavía sostenía los saquillos de Tasslehoff—. ¿De dónde has sacado esas bolsas? ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién ha asesinado al gnomo? ¿Por qué no está aquí el kender?

Mientras el dewar ponía en orden sus ideas frente al acoso de tan insigne superior, éste observó sus de­sencajadas pupilas y descubrió, horrorizado, que cualquier resquicio de cordura que el enano hubie­ra podido poseer se había volatilizado.

—La he visto —declaró el dewar con una sonrisa torcida, entre la burla y el espanto—. Vestía de ne­gro, como le corresponde, y ha venido a buscar al gnomo. Se ha llevado al kender, y también nos toca­rá a nosotros el turno de ser arrastrados a sus dominios. Volverá a buscarnos a todos —insistió, es­trangulándose en sus propias carcajadas.

—¿Quién era? —le urgió Kharas—. ¿A quién has visto? ¿Quién se ha llevado al kender?

—La muerte en persona —susurró el interrogado, a la vez que desviaba la cara para clavar en Gnimsh una mirada de alucinado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

La odisea de Tas

 

 

Durante varias centurias, nadie se había aventu­rado en la fortaleza de Zhaman. Los enanos le profe­saban una inquina invencible por diversas razones, siendo las principales que había pertenecido a las órdenes arcanas y, más abominable aún, que su mampostería no era de factura enanil. Según leyen­das ancestrales, la habían construido mediante la magia, había surgido de la tierra y se mantenía en pie merced a un duradero sortilegio.

—Tiene que ser así —rezongó Reghar, al mismo tiempo que oteaba las esbeltas torres del alcázar en actitud evasiva—. De otro modo, su simientes ha­brían cedido hace ya muchas décadas —dictaminó, y señaló a Caramon el portentoso y bien conservado edificio.

Los Enanos de las Colinas, tras negarse a asomar ni siquiera los rizos de la barba al interior del recin­to, montaron su campamento al aire libre, en las lla­nuras. Los bárbaros les imitaron, no tanto por miedo a la magia que pudiera anidar en la mole —aunque la observaron con resquemor e intercambiaron se­cretos comentarios en su lengua— como porque se sentían incómodos en cualquier lugar cerrado.

Los humanos, mofándose de tan burdas supersti­ciones, entraron en la fortaleza en un tumulto de chanzas sobre espectros y muertos vivientes. Sólo pernoctaron una noche. A la mañana siguiente, se instalaron en la planicie y arguyeron, frente a los ena­nos, que se dormía mejor bajo las estrellas.

 

 

—¿Qué ocurrió ahí dentro? —preguntó el general a su gemelo en el momento de su arribo, mientras cruzaban el patio—. Dijiste que no era una de las To­rres de la Alta Hechicería y, sin embargo, es ostensi­ble su origen arcano. La erigieron miembros de tu Orden y, además, flota en el ambiente una extraña amenaza, un halo que no es mágico, como en Wayreth, sino que produce, más bien, sensación de... —Calló, al no encontrar el término apropiado.

—De violencia —le ayudó Raistlin paseando su mi­rada penetrante, aguda, por todos los objetos que le rodeaban—. De violencia y de muerte, hermano. Los magos concibieron este alcázar como un centro de experimentación y si lo alzaron lejos del mundo ci­vilizado, fue porque eran conscientes de que los en­cantamientos aquí invocados podían escapar a su control. Y así sucedió, en más ocasiones de las que habían previsto. Pero también en este rincón apar­tado surgieron grandes prodigios, susceptibles de contribuir al perfeccionamiento de su arte y al bie­nestar de todas las criaturas de Krynn.

—¿Por qué fue abandonado? —intervino Crysania, que tuvo que arroparse en su capa de pieles a causa de la brisa gélida, rica en aromas de polvo y piedra, que fluía sin trabas por los angostos corredores.

Raistlin arrugó el entrecejo y permaneció callado durante un largo espacio de tiempo. Despacio, en si­lencio, los tres adalides avanzaron por los sinuosos pasillos. Las blandas botas de cuero de la sacerdoti­sa no hacían ruido al andar, si bien las contundentes zancadas de Caramon arrancaban ecos de las va­cías cámaras y los ropajes del archimago susurraban quedamente, a un ritmo acompasado con los estam­pidos del bastón en el que se apoyaba. Aunque in­tentaron amortiguar sus propios sonidos, eran casi los fantasmas de sí mismos en su deambular. Cuan­do el nigromante se decidió a hablar, el timbre de su voz sobresalto a sus compañeros.

—Desde los albores de la Historia —comenzó—, los hechiceros se han dividido en tres grupos: los bondadosos, los neutrales y los perversos. Pero, por desgracia, no siempre se ha preservado el equilibrio. No ignoráis que en una época ya remota la plebe se volvió contra nosotros. Pues bien, al desatarse la ira popular los Túnicas Blancas se retiraron a sus To­rres y se consagraron a salvaguardar la paz, mien­tras los Túnicas Negras fraguaban su venganza. Para organizar el contraataque, tomaron esta fortaleza, donde buscaron la manera de crear un ejército imbatible. A tal propósito, realizaron múltiples experi­mentos, ensayos esotéricos que, aunque entonces no dieron ningún fruto, culminaron con la aparición de los draconianos en nuestra era.

»A consecuencia de este fracaso, los magos com­prendieron que su situación era irreversible y deja­ron el alcázar para unirse a sus colegas en las que se ha dado en llamar Batallas Perdidas.

—Pareces conocer todos los recovecos de este edi­ficio —apuntó el guerrero.

Raistlin sometió a su gemelo a un escrutinio ava­sallador, pero topó con una faz lisa, cándida, si bien una velada sombra ribeteaba sus ojos pardos.

—¿Todavía no lo has entendido? —reprendió el he­chicero al hombretón, deteniéndose bruscamente en un lúgubre pasillo azotado por las corrientes—. No he estado nunca aquí, mas ya he atravesado estas sa­las. La alcoba que ocupo me ha cobijado innumera­bles veces, pese a que nunca he pasado una velada completa en el alcázar y, en definitiva, soy un extra­ño que recuerda la localización de todas las estancias, desde las que se utilizan para el estudio en el nivel superior hasta los salones de banquetes de la primera planta.

También Caramon cesó de caminar. Examinó su entorno, el empolvado techo y los vacíos pasadizos donde la luz solar, que se filtraba por los elabora­dos ventanales, se remansaba en cuadrículas sobre los suelos de roca. Su errante mirada se posó, al fin, en las pupilas del nigromante.

—En ese caso, Fistandantilus —sentenció con voz ronca—, sabrás que éste ha de ser tu mausoleo.

El general vislumbró una diminuta fisura en las córneas del archimago y leyó, no cólera como espe­raba sino burla, triunfo. Cerróse la vidriada super­ficie y, en los diáfanos espejos que configuraban aquellos ojos insondables, el hombretón vio reflejada su imagen, aureolada por un débil fulgor de luz invernal.

Crysania se acercó a Raistlin, que se había recli­nado en su bastón, e introdujo la mano bajo su bra­zo mientras contemplaba a Caramon con la frialdad dibujada en sus grises iris.

—Los dioses están de nuestra parte —dijo—; nos prestan un respaldo que nunca dieron a Fistandantilus. Tu hermano es firme en su arte, yo en mi fe, así que no podemos fallar.

Observando pertinaz al guerrero, reteniendo su efi­gie en los refulgentes globos de sus ojos, el nigroman­te sonrió.

—Sí —confirmó, en un siseo más sutil de lo acos­tumbrado—, los dioses nos acompañan.

 

 

En la primera planta de la inmensa, mágica forta­leza de Zhaman, había una serie de salas de piedra cincelada donde, en un tiempo remoto, se habían ce­lebrado fastuosos banquetes y ceremonias. También subsistían, en el piso intermedio, cámaras que en su día estuvieron atestadas de libros y que habían ser­vido para el estudio y la meditación. Separadas de ambas alas, en el extremo posterior del edificio, se hallaban las cocinas y despensas, ahora vacías y cu­biertas por el mantillo de los siglos.

Por último, en el nivel más elevado, se sucedían unas dependencias llenas a rebosar de anticuados y roídos muebles, con unos lechos cubiertos de fun­das de lino que los protegían del seco viento del de­sierto. Caramon, Crysania y los oficiales de alto ran­go dormían en tales alcobas. Si su sueño no fue profundo, si se despertaron en la madrugada conven­cidos de oír voces entonando esotéricos cantos o de haber distinguido etéreas figuras deslizándose a tra­vés de la penumbra, del claroscuro que la luna po­blaba de sombras, nadie mencionó tales fenómenos durante el día.

Sea como fuere, al cabo de unas pocas noches de estancia se olvidaron tales cuitas en favor de otras más apremiantes, tales como la falta de abastos, las reyertas entre humanos y enanos o los informes que traían los espías, a tenor de que los moradores de Thorbardin estaban reclutando un contingente nu­meroso y bien pertrechado.

También había en Zhaman, en el primer nivel, un pasillo que parecía ser un error. Cualquiera que se adentrase en él descubría que se ramificaba a par­tir de un corto corredor para desembocar, de mane­ra abrupta, en un muro desnudo, y sacaba la ineludible conclusión de que quien lo construyó desechó, disgustado, sus herramientas y desistió de su inútil obra.

Sin embargo, no era producto de ninguna equivo­cación. Cuando la criatura predestinada posara las manos en la pared, cuando pronunciara los versícu­los adecuados y trazara las runas correctas en el pun­to conveniente, aparecería una puerta que conducía a una ancha escalinata cavada en los graníticos ci­mientos de la fortaleza.

Esa persona elegida descendería así al Reino de las Tinieblas, a las entrañas de la tierra, después de internarse en los calabozos de Zhaman.

 

 

—Una vez más.

La voz que pronunció esta frase era susurrante, tranquila, poseedora de una facultad corrosiva que la asemejaba a una serpiente y, como tal, se enros­caba en derredor de Tasslehoff. Apresándole en su viscosidad, el incorpóreo animal hundía los colmi­llos en su carne y, despiadado, succionaba su vida.

—Empecemos de nuevo —repitió aquella voz, car­gada de paciencia—. Háblame del Abismo. Cuéntame todo lo que recuerdes, cómo entraste, qué aspecto tie­ne el paisaje, a quién viste. Descríbeme a la Reina, su apariencia, repíteme sus palabras.

—Te prometo que lo intento, Raistlin —protestó el kender—. No hemos hecho otra cosa en los dos últi­mos días que rememorar los pormenores, hasta los más nimios. ¡No se me ocurre nada más susceptible de interesarte! Me arde la cabeza, mis pies se conge­lan y esta habitación no cesa de dar vueltas. Si con­siguieras detener ese vaivén insoportable, quizá po­dría concentrarme.

Al sentir en su pecho la mano del nigromante, Tasslehoff se arrebujó en el lecho.

— ¡No! —gimió, tratando desesperadamente de re­huir su contacto—. Me portaré bien, haré lo imposi­ble por refrescar mi memoria. ¡No me fulmines como hiciste con el pobre Gnimsh!

La mano del hechicero sólo rozó el cuerpo del asus­tado hombrecillo, antes de desplazarse a sus sienes. Su piel abrasaba, pero la textura de aquellos dedos rezumaba un fuego mucho más calcinante.

—Debes guardar cama —prescribió Raistlin, a la vez que lo incorporaba por los brazos y estudiaba sus hundidas cuencas oculares.

Al fin, el mago acostó al paciente y, farfullando maldiciones, se puso de pie.

Tendido en su almohada, sudoroso y débil, Tas vis­lumbró apenas la figura de su aprehensor. Enluta­da a perpetuidad, la maléfica criatura se volcó un instante sobre el paciente y salió de la estancia en un remolino de pliegues aterciopelados. En un es­fuerzo sobrehumano, el kender levantó la cabeza para comprobar adonde se dirigía. Pero tuvo que re­nunciar a causa de su febril estado.

«¿Por qué no responden mis músculos? —se preguntó—. ¿Qué me ocurre? Quiero dormir, un buen descanso mitigará el dolor. —No había entornado los párpados cuando volvió a abrirlos, tan deprisa co­mo si le hubieran atado alambres al copete—. ¡No puedo hacer eso! —pensó, amilanado hasta la de­mencia—. Hay entes en la oscuridad, monstruosos espectros que esperan que concilie el sueño para aba­lanzarse sobre mí. ¡Los he visto, me acechan desde todos los rincones!»

A una distancia que se le antojó insondable, oyó el familiar timbre de Raistlin en conciliábulo con al­guien y, deseoso de ahuyentar el sopor, decidió es­cuchar la conversación. Quizás averiguaría algo im­portante, lo que se proponía el archimago respecto a él.

No tuvo más que ladear el rostro para percibir el contorno de la ominosa túnica y otro más pequeño, de una criatura achaparrada. Era obvio que discu­tían sobre su persona, así que aguzó sus sentidos en una lucha denodada contra los desvaríos de su men­te, que se obstinaba en errar de un lado a otro sin invitar a su cuerpo a acompañarla. En tales circuns­tancias, aunque lograra enterarse de su plática no sabría si la había escuchado o formaba parte de una pesadilla.

—Adminístrale esta pócima, le relajará y le sumi­rá en un letargo prolongado —murmuró Raistlin a su pequeño y sombrío interlocutor—. Es poco pro­bable que nadie detecte sus gritos, pero no puedo co­rrer riesgos.

El otro individuo contestó algo indescifrable. Tasslehoff cerró los ojos y dejó que las refrescantes aguas de un lago muy azul, el de Crystalmir, acariciasen su cuerpo incendiado. Después de todo, su cabeza ha­bía resuelto admitir que sus dañadas vísceras le si­guieran en aquellos absurdos vagabundeos.

—Cuando yo me haya ido —surgió la voz del he­chicero de las profundidades del lago—, atranca la puerta y apaga la luz. Mi hermano abriga ciertas sos­pechas y, si encontrara la puerta mágica, no duda­ría en bajar hasta aquí. No puede descubrir más que unas celdas desocupadas.

El oyente asintió, y el acceso chirrió sobre sus goznes.

Las aguas de Crystalmir empezaron a bullir en tor­no a Tas. Unos tentáculos serpentearon sobre su su­perficie en busca de su garganta y, desorbitadas sus pupilas, el indefenso hombrecillo suplicó:

— ¡Raistlin, socórreme! ¡No me abandones!

La puerta se ajustó, implacable, en el dintel y la figura achaparrada, que había quedado dentro, co­rrió junto al lecho. Mirándole en un arrebato de pá­nico, irreal y punzante a un tiempo, creyó reconocer a un enano.

—¿Flint? —murmuró a través de sus labios cuarteados—. ¡No, eres Arack!

Hizo ademán de huir, pero los tentáculos habían atenazado sus pies. En un frenesí que le privaba del raciocinio, volvió a llamar al nigromante y se acu­rrucó en el extremo más alejado del camastro. Que­ría recoger sus piernas, doblarse sobre sí mismo, si bien todos sus esfuerzos fueron inútiles, pues las imaginarías ventosas se habían adherido a sus miem­bros. Aulló y bramó, presa de un pánico sin paran­gón en la historia de su raza.

— ¡Cállate, gusano inmundo! Bébete este elixir. —Los tentáculos abrazaron su cráneo y le obligaron a exponer su boca a una copa llena de líquido—. Tra­ga hasta la última gota o te arrancaré la melena de raíz.

Asfixiado, auscultando a la figura que le martiri­zaba, Tas dio un sorbo. El brebaje tenía un regusto amargo, pero se le antojó tonificante y, como además le acosaba la sed, arrebató el recipiente al enano y agotó su contenido de una sentada. Se recostó enton­ces en la almohada y, aún entre sollozos, notó que los ondulantes brazos acuáticos aflojaban su garra. Aliviado su dolor, se entregó sin resistencia al arru­llo de las transparentes, dulces aguas del lago Crystalmir, que no tardaron en cerrarse sobre su ca­beza.

 

 

Crysania despertó de su sueño con la vaga impre­sión de que alguien la había invocado por su nom­bre. Aunque no recordaba haber oído ningún ruido, su certeza era tan intensa, tan apremiante, que se in­corporó ansiosa antes de tomar conciencia de lo ocu­rrido. ¿Formaba aquella misteriosa llamada parte de una pesadilla? No, cuanto más se despejaba mayor era su seguridad de que había sido real.

¡Había alguien en su aposento! Paseó una mirada de reconocimiento por la estancia, pese a que la luz de Solinari, un tenue rayo que penetraba casi a hur­tadillas a través de una ranura en los postigos, poco contribuía a iluminarla. Nada vio, pero percibió un fugaz movimiento y abrió la boca a fin de pedir so­corro al centinela.

Una mano selló sus labios. Era Raistlin, quien, ma­terializándose en la penumbra nocturna, se sentó en el borde de su cama.

—Discúlpame si te he asustado, Hija Venerable —dijo en un suspiro que era poco más que una exhalación—; necesito tu ayuda y no deseo atraer a los celosos guardianes.

—No me has asustado —contestó Crysania cuan­do el hechicero hubo retirado su palma—. Sólo es­toy sorprendida. Divagaba en mi letargo, y tu voz se ha mezclado con las imágenes de mis sueños.

Se ruborizó, consciente de que el nigromante se hallaba demasiado cerca para pasar por alto sus tem­blores.

—Naturalmente —contestó él sonriendo—. Nos en­contramos en la vecindad del Portal y, en consecuen­cia, de los dioses; de ahí tu estremecimiento.

«No es la proximidad de los hacedores lo que me sobrecoge», pensó la sacerdotisa, afectada por el ca­lor abrasador, por la intoxicante fragancia que des­pedía aquel cuerpo y que embargaba todos sus sen­tidos. Disgustada, la mujer se apartó a fin de sofocar sus anhelos sensuales. El era incólume a tales velei­dades, y su orgullo de fémina no le permitía mostrar­se más débil.

—Has afirmado que precisabas mi auxilio. ¿Para qué? —indagó de su visitante—. ¿Acaso ha empeo­rado tu herida?

Asaltada por una súbita aprensión, en un impulso involuntario, asió la mano del nigromante.

Un espasmo de dolor cruzó el semblante de Raistlin y arrasó sus facciones hasta conferirles una ex­presión acerba y dura.

—Estoy bien —respondió con sequedad.

—Loado sea Paladine —se tranquilizó la dama, po­sada aún la mano en la de su interlocutor.

—Tu dios no recibirá mi agradecimiento —mas­culló el archimago, entrecerrando los ojos. Ahora fue él quien apretó una mano de Crysania con tal fuer­za que la lastimó.

La sacerdotisa comenzó a tiritar. Por un instante tuvo la sensación de que aquella tibieza que le trans­mitía el contacto de Raistlin procedía de ella, que el hechicero absorbía sus esencias vitales en su propio beneficio y, al hacerlo, la congelaba. Intentó recupe­rar la mano, pero él, interrumpida su ensoñación a causa de tan esquivo gesto, la contempló en actitud conciliadora.

—Perdóname, Hija Venerable —se justificó, soltán­dola—. El sufrimiento era insoportable. Recé para que se me concediera la gracia de morir y me fue negado el acogedor olvido.

—Ya conoces el motivo —le reconvino la dama, per­didos sus resquemores en aras de la compasión. Tras un breve titubeo, depositó la palma junto a un tem­bloroso brazo del mago, aunque no lo tocó.

—Sí, y lo acepto —confirmó Raistlin—. No obstan­te, me resulta imposible vencer el resentimiento. Al­gún día tendrán que mediar explicaciones entre tu dios y yo —añadió en tono reprobatorio.

La sacerdotisa se mordió el labio, antes de con­fesar:

—Yo, por mi parte, acato el agravio que me ha sido infligido. Lo merecía.

Hubo unos momentos de mutismo, en el que nin­guno dio muestras de sentirse inclinado a hablar. Las líneas que surcaban la faz del nigromante se acen­tuaron y Crysania, para evitar que se recreara en os­curas cábalas, indagó:

—Anunciaste a Caramon que las divinidades nos acompañaban. ¿Significa eso que te avienes a comul­gar con Paladine?

—Por supuesto —asintió Raistlin, y sus labios se torcieron en una sonrisa llena de ambigüedad—. ¿Acaso te sorprende?

La interpelada suspiró y agachó la cabeza, dejan­do que el cabello se derramara sobre sus hombros. El claro de luna, distante y frío, confería un tinte azu­lado a su negra melena, daba una prístina pureza a su alba tez. Su perfume impregnó la estancia, embriagó la noche sin que la mujer se percatara. Notó el roce de unos dedos en uno de los mechones que le enmarcaban el semblante y, al alzar los ojos, topó con los del hechicero. Consumía aquellos iris una pa­sión que procedía de una fuente interior, una fuente que no alimentaba la magia, y Crysania contuvo el resuello. Pero él, descartando sus impulsos humanos, se levantó para alejarse de sus tentaciones.

—En ese caso —retomó la dama el hilo del diá­logo—, ahora te relacionas con dos dioses antagó­nicos.

—Con los tres —corrigió Raistlin, aunque sin la afectación de que solía rodearse.

—¿Tres? —repitió ella, sobresaltada—. ¿Te refieres a Guilean?

—¿Quién es Astinus sino el portavoz de la Neutra­lidad? A menos que, como algunos especulan, sea la reencarnación viviente de este dios —apuntó el archimago, desdeñoso—. A fin de cuentas, tú y yo no somos tan diferentes.

—Yo nunca me he comunicado con la Reina de la Oscuridad —se defendió Crysania.

—¿De verdad? —le opuso el hechicero, con una mi­rada tan penetrante que desestabilizó a la sacerdo­tisa en sus mismas entrañas—. ¿No conoce Takhisis los secretos deseos del alma? ¿No es ella quien te los ha inculcado? ¿Quieres mayor comunión que la que mi hacedora te brinda?

Consciente de que el deseo al que aludía el mago, un deseo nacido quizá en su espíritu pero que escla­vizaba sus sentidos, la inundaba en una peligrosa oleada, la mujer optó por callar. Estuvo unos segun­dos ausente, necesitada de sosiego, pero él la observaba sin un pestañeo, se recompuso lo mejor que pudo y dijo, en un murmullo inseguro:

—Me los ha otorgado con una mano para arreba­tármelos con la otra.

Oyó un leve crujido de la túnica, como si su acom­pañante hubiera dado un respingo. Sus facciones, ahora visibles bajo el indirecto reflejo de la luna, se contrajeron en un rictus de preocupación.

—No he venido aquí para discutir sobre teología —declaró, esbozando de nuevo una ominosa sonri­sa—. Me ha traído un asunto más urgente.

—Claro, lo había olvidado. —La sacerdotisa se son­rojó, y echó hacia atrás los bucles que semiocultaban su rostro—. Cuéntame lo que sea, te escucho.

—Tasslehoff está en Zhaman.

—¿Tasslehoff? —exclamó la sacerdotisa con paten­te perplejidad.

—Sí, muy enfermo además —le reveló el nigro­mante—. Lo cierto es que le ronda la muerte; por eso preciso de tus facultades curativas.

—No lo comprendo —balbuceó Crysania—. ¿Cómo ha podido llegar hasta nosotros? Aseguraste que ha­bía regresado a su tiempo, a Solace.

—Estaba persuadido de que era así —repuso Raistlin en grave postura—, pero, según parece, me equi­voqué. Ha deambulado por el mundo a la manera de los kenders, disfrutando a pleno pulmón hasta que, al tener noticia de la guerra que se avecina, decidió unirse a la aventura. Lo que ignoraba era que en su vida errabunda había contraído la peste.

— ¡Paladine nos asista! —se horrorizó la sacer­dotisa—. ¿Adonde he de ir?

Asiendo la capa de piel, que yacía extendida a modo de colcha, la colocó sobre sus hombros si bien, mientras se arropaba, no le pasó inadvertido que el hechicero ladeaba el cuerpo como si pretendiera eludirla. No se resignó, estiró el cuello y descu­brió en el perfil del inefable humano, de nítido tra­zo por haberse vuelto hacia la ventana, que se tensa­ban sus músculos faciales en una lucha consigo mismo.

—Estoy a tu disposición —se limitó a informar a su meditabundo visitante con un acento inocuo, casi impersonal.

Raistlin salió de su ensimismamiento y le tendió su mano, sumiéndola en el desconcierto.

—Debemos recorrer las sendas de la noche —le ex­plicó al detectar su incertidumbre—. Como antes te he comentado, no conviene alertar a la guardia.

—¿Por qué? ¿Qué importancia tiene? —porfió la mujer.

—¿Qué voy a decirle a mi hermano? —continuó él. Crysania nada contestó, aunque el interrogante de su mirada hacía superfluas las palabras.

—Hazte cargo de mi dilema —le rogó el archimago, a la vez que la examinaba con una vehemencia que no era precisamente de súplica—. Si le comuni­co que el kender se halla en la fortaleza, lo único que conseguiré es aumentar su inquietud, en un momento en el que no puede permitirse cargar con más res­ponsabilidades de las que ya le abruman. Tas ha roto el ingenio arcano, un incidente que desazonará a Caramon aunque sepa que yo me propongo restituirlo a su hogar cuando todo esto haya terminado. En con­trapartida, tengo la obligación moral de hacerle sa­ber que su amigo está aquí.

—En estos últimos días, tu gemelo ha perdido el entusiasmo. Está alicaído, sus más mínimos gestos denotan disgusto —se lamentó la sacerdotisa con sin­cero pesar.

—Los augurios no pueden ser peores —ratificó el nigromante—. Se aproxima la contienda definitiva, y el ejército se desmorona a su alrededor. Los bár­baros amenazan con abandonarnos cada vez que se les presenta la ocasión, los enanos de Fireforge son unos atolondrados que presionan al general a ata­car antes de estar preparado, los dewar no inspiran confianza a nadie y la caravana de provisiones se ha evaporado en el aire, sin que nadie conozca su para­dero. Y, en cuanto a los caballeros, aunque están bien dispuestos no deja de afectarles la inestabilidad rei­nante. En tales circunstancias, sólo le falta al pobre Caramon que ese entremetido kender se pase el día yendo de un lado para otro, cotorreando y distrayén­dole. Sin embargo, la conciencia me dicta prescindir de tales consideraciones y advertirle de la presen­cia del hombrecillo.

—No, Raistlin —replicó Crysania—, no es pruden­te que se entere. Después de todo, el guerrero nada puede hacer por él —le razonó al leer la duda en sus ojos—. Si, como sospechas, Tasslehoff está en una situación crítica, mis dotes le salvarán, pero tarda­rá un tiempo en recobrar las energías y de nada ser­virá que el general esté pendiente de él. Tú y yo aten­deremos al kender y, cuando se haya restablecido por completo, le daremos libertad para reunirse con su amigo en el campo de batalla si tal es su deseo.

El hechicero torció el labio, remiso a seguir tan sa­bio consejo. Era evidente que se debatía entre sus principios y los condicionantes externos, o al menos así se le antojó a la mujer.

—De acuerdo, Hija Venerable —se rindió al fin—. Tu sensatez me ha convencido, ocultaremos a mi ge­melo el retorno del kender.

Se acercó a la sacerdotisa, que, al sentir su vecin­dad, lo espió de soslayo y vislumbró en sus rasgos una extraña expresión que, excepcionalmente, se manifiestaba tanto en su boca como en sus refulgentes pupilas. Alarmada, sin atinar a definir la causa de su repulsa, retrocedió, pero el archimago la rodeó con sus brazos y la envolvió en los aterciopelados pliegues de sus mangas, en unas garras firmes y aco­gedoras.

Crysania entornó los párpados y olvidó aquella mueca. Acurrucada, abrigada por su calidez, oyó el rápido palpito de su corazón en perfecta armonía con la cadencia de los versículos.

Ambos se desvanecieron, se fundieron con las ti­nieblas. Sus sombras vibraron unos segundos bajo el haz lunar para, también ellas, disolverse en el vacío.

 

 

—¿Lo escondes en los calabozos? —preguntó Crysania, temblando en el gélido y húmedo ambiente.

Shirak. —Esta sola palabra de Raistlin bastó para que la bola cristalina del Bastón de Mago alum­brara la celda con suave luminosidad—. Está ahí —anunció, extendido el índice hacia un rincón.

Un destartalado camastro se erguía adosado al muro. Dirigiendo a su acompañante una mirada car­gada de reproche, la sacerdotisa corrió hasta el en­fermo, se arrodilló a su lado y posó la mano en sus sienes devastadas por la fiebre. Tas emitió un alari­do, antes de abrir los ojos y buscar, sin verla, a la criatura que perturbaba su descanso.

—Sal —ordenó el mago al enano oscuro que guar­daba al yaciente, y que ahora estaba agazapado en una esquina.

Cuando se hubo cerrado la puerta a su espalda, el nigromante se situó detrás de la sacerdotisa.

—¿Cómo puedes confinarle en esta atmósfera te­nebrosa? —le interrogó la dama.

—¿Has tratado alguna vez a las víctimas de la pla­ga? —desafió Raistlin a aquella mujer que osaba cuestionar sus decisiones.

Ella le observó fijamente y, ruborizada, desvió el rostro. Con una amarga sonrisa, el hechicero respon­dió en su lugar.

—No, claro que no. La peste nunca asoló Palanthas, no cometió el ultraje de corromper su inmacu­lada belleza.

No hizo el menor esfuerzo para disimular su des­precio, tan ostensible que Crysania sintió que su faz se incendiaba como si fuera ella quien padeciese las fiebres.

—A nosotros, en cambio, sí se atrevió a visitarnos —prosiguió el mago—. Se ensañó con los más pobres, los que vivían en los arrabales de Haven, sin que hu­biera curanderos capaces de combatirla. Ni siquie­ra los familiares de los apestados se ocuparon de sus postrados parientes; huyeron de aquellas patéticas criaturas que podían contagiarles el mal. Yo hice cuanto estuvo en mi mano, administrándoles pocio­nes de hierbas cuyas virtudes había aprendido a reconocer gracias a las enseñanzas de mis libros. No podía sanarles, pero al menos paliaba el do­lor. Mi maestro desaprobó que les dedicara tantos cuidados —recordó, y la sacerdotisa comprobó que había escapado a un tiempo remoto—. Y también Caramon, según decía porque temía por mi salud. ¡Simplezas, mentiras! Era a sí mismo a quien pretendía preservar. La epidemia le causaba más espanto que un ejército de goblins. No les hice caso, ¿cómo iba a negar mi apoyo a aquellos desdichados? No tenían a nadie, se enfrentaban solos a su cruel destino.

Impresionada por el relato del mago, Crysania notó el punzante afluir de las lágrimas. Pero él no se aper­cibió, su mente había volado a aquellas paupérrimas chozas que se arracimaban en los aledaños de la ciu­dad como si sus moradores hubieran huido del mun­do de los escogidos para zafarse del menosprecio. Se vio a sí mismo, investido de su Túnica Roja, movién­dose entre los más perjudicados, embutiendo la me­dicina en sus gargantas, abrazándoles en sus últimos momentos y acompañándoles en el tránsito. Traba­jó con denuedo sin esperar muestras de agradeci­miento, sin desearlas. Su faz, la última que muchos veían antes de que unos ahogados estertores prelu­diasen su viaje al más allá, no expresaba piedad ni aflicción, pero reconfortaba a los agonizantes. Unos se rebelaban frente a lo que les aguardaba, otros se acoplaban al sufrimiento y aguantaban en pie hasta el final. Los más traspasaban una fase de pánico y, al ver la muerte de cerca, se resignaban e incluso la acogían con los brazos abiertos, agotados del su­plicio.

Raistlin atendió a las víctimas de la peste aun a riesgo de perder su propia integridad, pero ¿por qué? Por un motivo que él mismo ignoraba, que todavía te­nía que comprender. Por un motivo, quizás, olvidado.

—En cualquier caso —sentenció, de vuelta al presente—, descubrí que la luz dañaba sus ojos. De los pocos que se recuperaron, algunos quedaron cie­gos por culpa de un simple resplandor...

Un estridente gemido de Tasslehoff interrumpió su plática.

—Por favor, Raistlin, ten paciencia. ¡Te prometo que intento acordarme de toda la historia! No me mandes a los dominios de la Reina de la Oscuridad.

Mientras así vociferaba, el trastocado hombreci­llo se aferró a la pared, cual si quisiera trepar por su superficie.

—Cálmate, Tas —le apuntó la sacerdotisa, al mis­mo tiempo que atenazaba sus manos—. Soy yo, Crysania, ¿no me reconoces? Voy a socorrerte.

El kender, que hasta entonces no había apartado sus desencajadas pupilas del mago, contempló a la dueña de aquella voz tranquilizadora. Permaneció mudo unos instantes, para luego agarrarse a ella y musitar entre sollozos:

—No permitas que me mande al Abismo, señora, ni le sigas tampoco tú. Es un paraje infernal, espe­luznante. Todos moriremos como mi amigo Gnimsh. La soberana me lo advirtió.

—Delira —murmuró la mujer, tratando de desem­barazarse de aquellos dedos anhelantes y acostar a Tas en el camastro—. ¡Cuan singulares desvaríos! ¿Es corriente en las víctimas de esta dolencia?

—Sí —se apresuró a responder el hechicero, e hin­có la rodilla al pie del jergón— En ocasiones es me­jor llevarles el humor en sus digresiones; así se apa­ciguan.

Extendió la mano sobre el pecho del kender, quien se desplomó de nuevo y se retrajo del contacto de su verdugo en medio de escalofríos convulsivos provo­cados tanto por la temperatura como por el pavor.

—Seré bueno, Raistlin —se empecinaba en repetir el sufriente—. No me fulmines como a Gnimsh, ¡no me arrojes tus relámpagos!

—Tas, basta ya de desatinos —le atajó el archimago, con un ribete de cólera y exasperación en su voz que impulsó a Crysania a mirarle de manera repro­batoria.

Sin embargo, sólo percibió un sombrío interés en sus rasgos y supuso que había malinterpretado el timbre con que censurara al hombrecillo. Cerrando los ojos, la sacerdotisa tanteó el Medallón de Pala­dine y acometió una plegaria curativa.

—No está en mi ánimo lastimarte, Tas, procura so­segarte —le siseó Raistlin tras cerciorarse de que la sacerdotisa conferenciaba con su dios—. Recítame las frases de la Reina de la Oscuridad, con la mayor fidelidad posible.

La piel del postrado perdió el brillo flamígero que le infundía la fiebre al bañar todo su ser las preces de la dama, más dulces y frescas que las aguas for­jadas por su exacerbada imaginación. Su tez, ahora que habían disminuido los ardores, se tornó cenicien­ta y a un atisbo de cordura prendió en sus pupilas. Pero no cesó en ningún momento de espiar al nigro­mante.

—Me dijo, antes de que nos fuéramos... —tarta­mudeó sin aliento.

—«¿Nos fuéramos?» —puntualizó su implacable aprehensor—. ¡Me contaste que os habíais fugado!

Tasslehoff palideció todavía más y se lamió los la­bios exangües, pastosos. Se esforzó en romper el in­flujo hipnótico que los iris del hechicero ejercían so­bre él, en rehuir su escrutinio, mas aquellos ojos que centelleaban bajo la luz del bastón le capturaron a fin de sonsacarle toda la verdad, contra su voluntad si era preciso. El kender tragó saliva, estragado su gaznate.

—Dame de beber —solicitó.

—No hasta que hables —rehusó Raistlin, al mis­mo tiempo que miraba de soslayo a Crysania y veri­ficaba que seguía absorta en sus rezos al hacedor del Bien.

—Yo creí que estábamos escapando —se reafirmó Tas, a pesar de que cada sílaba era como un hiriente puñal que se clavaba en sus llagas interiores—. Uti­lizamos el artilugio y comenzamos a elevarnos so­bre el Abismo, ese universo llano, monótono y yer­mo que había habitado. Cuando lo examiné desde la altura, se había transformado. Ya no era una exten­sión desierta, se había poblado de espectros y... —Meneó la cabeza en un arrebato de terror—. ¡No me obligues a evocarlo, Raistlin! No me hagas regresar.

—Chiten —le conminó el mago, sellando su boca con la palma.

La sacerdotisa alzó la vista al vibrar en sus tím­panos aquel murmullo, mas lo único que distinguió fueron las aparentes caricias que el hechicero pro­digaba al paciente en los pómulos y, también, la li­videz y el estigma del miedo que deformaban el sem­blante de éste.

—Mejorará —vaticinó, salida de su éxtasis—. Pero unas sombras maléficas flotan en su entorno, impi­diendo que el halo restaurador de Paladine haga su labor. Son los fantasmas de su peregrinar, un pro­ducto de su fantasía que él discierne como algo real e insuperable. Debe haber vivido una experiencia de­soladora para caer en ese histerismo tan discorde con su talante de kender —aventuró, frunciendo su sedoso entrecejo—. ¿No podrías tú averiguar algo más, hallar un sentido a sus alucinaciones?

—Quizá, si nos dejaras solos, se sentiría más có­modo y se sinceraría conmigo —sugirió Raistlin—. Después de todo, somos viejos amigos.

—Tienes razón —accedió la dama antes de incor­porarse, sonriente.

—¡No me abandones, señora! —plañó el kender para sorpresa de la sacerdotisa—. ¡Ésa criatura ase­sinó a Gnimsh! Yo presencié su muerte, socarrado por una llama mágica que brotó de las yemas de sus dedos. No quiero correr la suerte de mi infortunado compañero. Quédate a mi lado. ¡Por favor!

—Vamos, Tas, no te alteres —le aconsejó la mujer y, con ternura, le ayudó a tenderse en el camastro—. Quien quiera que destruyera a Gn... Gnimsh —vaciló, desconocedora de aquel nombre— habrá de enfren­tarse a nosotros antes de acercársete. Estás a salvo; Raistlin te cuidará.

—Mis dotes arcanas son poderosas —apostilló el mago—. Seguro que recuerdas su alcance ¿verdad, Tasslehoff?

—Sí —contestó el aludido inmovilizándose, atena­zado por la mirada inclemente de su interlocutor.

—Hagamos lo que has propuesto —cuchicheó Crysania al oído del nigromante— Esos temores, ficticios o no, se han apoderado de él y dificultarán el proceso de su curación. Volveré a mi alcoba por mis propios medios; tú quédate e intenta desentra­ñar el misterio.

—¿Estamos de acuerdo en no informar a Caramon? —quiso asegurarse Raistlin.

—Desde luego —ratificó ella con firmeza—. No lo­graríamos sino trastornarle innecesariamente. Ma­ñana vendré a visitarte —prometió al doliente—. Aprovecha estas horas de intimidad para descargar tu alma con el hechicero, y procura dormir. Paladi­ne te velará —susurró, depositando su mano en la sudorosa frente del kender.

—¿Habéis mencionado a Caramon? —preguntó Tas, esperanzado—. ¿Está aquí?

—Sí. Cuando hayas reposado y comido, te llevare­mos a su presencia —le garantizó la sacerdotisa.

—¿No podría verle ahora mismo? —rogó el hom­brecillo, si bien desvaneció su entusiasmo la concien­cia de que el nigromante había fijado en él sus tur­bulentas pupilas—. Si no os causa mucha molestia avisarle, claro.

—Está muy ocupado —le espetó Raistlin—. Aho­ra se ha convertido en general, Tasslehoff —añadió, dulcificando su exabrupto para no poner al descu­bierto sus maquinaciones frente a la sacerdotisa—. Tiene un ejército que conducir y una guerra inmi­nente que ganar, de modo que no le sobra el tiempo.

—Lo comprendo —tuvo que conformarse el enfer­mo, reclinado en la almohada y con los ojos fijos en su verdugo.

Tras dar una palmada en el hombro del amedren­tado kender, Crysania se enderezó y, sabedora de que no podía regresar a su alcoba por el camino normal, recurrió a Paladine. Asió el talismán, masculló una plegaria y se diluyó en la noche.

—Al fin solos, mi querido Tas —se regocijó el archimago, tan cordial su acento, tan solícito mientras arropaba al convaleciente con las mantas y disponía la arrugada almohada bajo su nuca, que el hombre­cillo no pudo por menos que estremecerse—. ¿Te en­cuentras a gusto?

Tasslehoff no consiguió articular una respuesta, ni aun un monosílabo. No tuvo más opción que ob­servar a su visitante, paralizado, preso de una indes­criptible asfixia en todas sus vísceras. Raistlin, aje­no a sus cuitas, se sentó en el camastro y paseó la mano por su apelmazado cabello, que apartó de la húmeda frente.

—¿Te has tropezado alguna vez con Dalamar, mi aprendiz? —indagó el nigromante en tono colo­quial—. ¡Qué necio soy, claro que sí! Si no me equi­voco coincidisteis en la Torre de la Alta Hechicería —rememoró, y sus dedos se deslizaron cual arañas sobre la piel del paciente—. Tú estabas allí cuando el elfo oscuro se rasgó las vestiduras y exhibió las cinco cicatrices de su pecho. ¡Aja! Leo en tu mirada que no lo has olvidado —constató frente al extravío agónico que, de nuevo, se adueñaba de los ojillos de­sorbitados de su prisionero—. Fue su castigo, Tas, el castigo que le impuse por haber omitido el relato de ciertos hechos trascendentales.

Sus yemas cesaron de serpentear por la epidermis del kender para detenerse en un lugar determinado de sus sienes y ejercer, de momento, una ligera pre­sión. El amenazado, que captó el mensaje que el otro le transmitía, tuvo que morderse la lengua a fin de no gritar.

—Lo recuerdo bien, Raistlin.

—¿No te gustaría experimentar las mismas sen­saciones que mi acólito? —le ofreció el hechicero en la misma actitud casual, aunque sin disfrazar su sarcasmo—. Puedo chamuscar tu carne con un sim­ple roce, de igual modo que derretiría la mantequilla con un cuchillo precalentado. Tengo entendido que los kenders os sentís atraídos por todo lo nuevo.

—No todo —le corrigió Tasslehoff en un susurro desesperado—. Te narraré lo ocurrido, hasta los de­talles anecdóticos. —Hizo una pausa para recapitular y, partiendo del punto donde Crysania les inte­rrumpiera, reanudó su historia—. No fuimos noso­tros quienes nos elevamos sobre el Abismo, sino éste el que se zambulló bajo nuestros pies. Luego, como ya te he dicho, vislumbré unas sombras que al prin­cipio tomé por espectros si bien, al estudiarlas más atentamente, deduje que eran valles y montañas. ¡También me confundí en esta segunda apreciación, Raistlin! —Exclamó, sobrecogido—. Los umbríos fantasmas eran sus ojos, el irregular paisaje su na­riz y su boca. Nos estábamos elevando desde su mis­mo rostro y, al interponerse la distancia, comprobé que me examinaba con unas pupilas inyectadas en sangre, en fuego, y que separaba sus labios como si pretendiera devorarnos.

»No lo hizo —continuó, todavía afectado por el es­pectáculo que le había sido dado presenciar—. Su­bimos más y más, mientras ella se hundía en simas insondables metamorforseada en un torbellino, en un huracán de llamas hasta que, antes de disolverse en su relampagueante aureola, pronunció tres pala­bras que se me antojaron una condena.

—¿Qué palabras? —demandó el nigromante—. Es­toy persuadido de que iban dirigidas a mí. Tiene que ser así, por eso te catapultó a esta época y al reino de Thorbardin! ¿Qué misiva me envía la Reina de la Oscuridad?

—Una enigmática invitación —farfulló el hombre­cillo, más ronco a cada segundo—. Dijo textualmen­te: «Ven a casa».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

Mazmorras, escaleras…

 y un descubrimiento

 

 

El efecto de sus revelaciones en el talante de Raistlin asombró a Tasslehoff más de lo que nada había logrado impresionarle en toda su existencia. Había visto al hechicero disgustado, complacido, había pre­senciado recientemente su más abyecto crimen, ha­bía observado cómo se desfiguraba su rostro cuan­do Kharas, el héroe de los enanos, hundió la certera daga en su carne, pero nunca había sido testigo de una expresión semejante en su faz.

El semblante del mago asumió una lividez tan in­tensa que el kender creyó por un momento que ha­bía muerto, que el impacto le había fulminado de ma­nera instantánea. Los espejos de sus ojos parecieron hacerse añicos, el mudo espectador atisbo su propio e irregular reflejo en las astillas de una visión des­membrada. Sus pupilas cesaron de reconocer su en­torno, se tornaron vidriosas al extraviarse en la cie­ga búsqueda del más allá.

También la mano que descansaba sobre la cabeza de Tas fue víctima de una reacción violenta, en for­ma de temblores espasmódicos que se propagaron por toda su persona. Raistlin se marchitaba, enveje­cía a una velocidad de vértigo. En el instante en que se puso de pie, azotó su enteca figura un vendaval in­visible pero evidente en sus nefastas consecuencias.

—¿Qué te ocurre? —cuestionó el hombrecillo, fe­liz por haberse zafado de su indivisa atención, aun­que también inquieto ante la singular apariencia que ofrecía.

El convaleciente se sentó en el camastro y com­probó que su mareo se había desvanecido, al igual que el insólito aguijonazo del miedo. Casi volvía a ser el de siempre.

—Raistlin, no pretendía causarte ningún malestar —se disculpó—. ¿Vas a caer enfermo, ahora que yo me siento mejor? Tienes un aspecto lamentable.

El archimago no contestó. Bamboleándose hacia atrás, se desplomó sobre el rocoso muro y permane­ció apoyado sin poder evitar que se acelerase su pul­so cada vez que inhalaba o intentaba moverse. Des­pués de cubrirse el rostro entabló una encarnizada lucha para recuperar el control de sí mismo, una ba­talla contra un adversario intangible pero que Tasslehoff visualizó como si de un espectro se tratara.

Emitió el asediado un grito guerrero, impregnado de furia y angustia, y se dio impulso hacia adelante. Agarró el Bastón de Mago y, en el mismo arranque, huyó a través de la puerta abierta envuelto en el fustigador revuelo de su túnica.

Paralizado, perplejo, el kender advirtió cómo, en su enloquecida marcha, el nigromante propinaba un empellón al enano oscuro que montaba guardia en la entrada del calabazo. El centinela ojeó al cadavé­rico ser que pasaba por su lado en una carrera sin rumbo y, tras exhalar un salvaje alarido, se alejó en sentido opuesto.

Tan repentinamente se habían desarrollado los acontecimientos, que Tasslehoff tardó unos minutos en percatarse de que era libre.

«Crysania estaba en lo cierto —se dijo para sus adentros, llevándose la mano a la frente—. Ahora que me he desahogado me he quitado un peso de encima y aunque, por desgracia, lo he volcado sobre los hom­bros de Raistlin, no me importa que sufra un poco. Nunca le perdonaré que matase al pobre Gnimsh a sangre fría, no cejaré hasta que me explique sus mo­tivos.

»Pero centrémonos en la acción —se estimuló—. Lo primero que he de hacer es encontrar a Caramon y comunicarle que obra en mi poder el ingenio arca­no. Así regresaremos sin demora al hogar. Hogar —repitió, mientras estiraba las piernas en dirección al suelo—: nunca imaginé que este vocablo desper­tara en mi alma tan dulces asociaciones.»

Se disponía a levantarse cuando sus piernas, ave­zadas a la holgazanería del lecho, se replegaron y re­husaron trabajar.

— ¡No os lo consentiré! —se encolerizó Tas con aquellas desvergonzadas—. Sin mí no sois nada, recordadlo bien. Yo soy el jefe, de modo que si os orde­no caminar no os queda otro remedio que obedecer, ¿está claro? Me incorporaré de nuevo, y exijo colaboración por vuestra parte —ordenó, puesta en sus piernas una mirada furibunda.

El alegato no resonó en el desierto. Las piernas se comportaron mejor en la segunda intentona y el kender, aunque todavía fluctuante, consiguió cruzar la lóbrega cámara hacia el corredor iluminado por antorchas que se insinuaban al otro lado de la puerta.

Al llegar al umbral, se asomó, cauteloso, al pasillo. No había nadie, y tampoco al salir divisó sino cel­das vacías, tenebrosas, similares a la que él ocupa­ra. Después de avanzar unos pasos, no obstante, atis­bo una escalera ascendente en un extremo del túnel y, como en el sentido contrario reinaba una noche perpetua, resolvió probar suerte con la única posi­bilidad de escape que parecía viable.

«Me pregunto dónde estoy —reflexionó, aunque, en lugar de arredrarse, optó por refugiarse en su fi­losofía—. De todos modos, una de las ventajas de ha­ber habitado el Abismo es que cualquier otro sitio, aunque sea una cueva inmunda, se nos antoja paradisíaco en comparación.»

Tuvo que detenerse en su recorrido a fin de repren­der a sus piernas, tercas en su afán de volver a la cama, mas pronto se impuso al motín y arribó sin más novedad al pie de la escalinata. Aprestó el oído y percibió unas voces.

—Alguien departe ahí arriba —susurró con fasti­dio, al mismo tiempo que se camuflaba en las sombras—. Supongo que son guardianes y, a juzgar por su acento, pertenecen a uno de los clanes enaniles. ¿Cómo se llamaban? ¡Ah, sí, dewar! —Se que­dó muy quieto, deseoso de discernir alguna de las frases que intercambiaban aquellas criaturas de tim­bre cavernoso—. Al menos podrían expresarse en una lengua civilizada —protestó al rato, incapaz de comprenderlas—. Lo único que saco en claro es que reina entre ellos cierta excitación.

La curiosidad pudo más que él. Ascendiendo el pri­mer tramo de peldaños, aventuró la cabeza alrededor del ángulo que formaba el rellano y volvió a recular.

«Son dos —recapituló con un suspiro de desa­liento—. Obstruyen la escalera; no hay forma de sor­tearlos.»

Sus herramientas y armas le habían sido arreba­tadas en las mazmorras de Thorbardin, junto a sus otras pertenencias, pero le quedaba el cuchillo en el cinto. «De nada me servirá contra sus pertrechos», admitió, al perfilarse en su mente la imagen de una de las descomunales hachas que había visto en ma­nos de los custodios.

No desesperó. «Quizá se vayan pronto», se alentó, y aguardó. Los enanos parecían exhaustos, mas sin duda les habían dado instrucciones de defender sus puestos y no los abandonarían aun a costa de echar raíces.

«No puedo pasarme aquí todo el día o toda la no­che, sea cual fuere la hora —rezongó—. Como mi pa­dre solía comentar, "dialoga siempre antes de recu­rrir a la argucia". Lo peor que pueden hacerme, sin contar el asesinato, es encerrarme de nuevo, lo que no sería muy grave dado el estado de los candados. Forzarlos no me llevaría más que unos minutos. ¿Era mi progenitor quien citaba este dicho —meditó mien­tras se encaramaba en el tramo siguiente—, o mi tío Saltatrampas?»

Una vez en la cúspide se enfrentó, como había augurado, a dos dewar, que se sobresaltaron al re­parar en su presencia.

—Hola —les saludó el kender con su habitual desenfado—. Me llamo Tasslehoff Burrfoot —se pre­sentó, y les alargó la mano—. ¿Cuáles son vuestros nombres? ¿No queréis revelármelos? No importa, lo más probable es que nunca llegue a pronunciarlos correctamente. Soy un prisionero —informó— y bus­co al individuo que me tenía confinado en una de esas celdas del sótano, un mago de Túnica Negra. Me estaba interrogando cuando le relaté algo que debió de pillarlo desprevenido, pues sufrió una especie de ataque y salió a toda prisa de la estancia. Olvidó atrancar la puerta, así que... ¡Sois unos groseros!

Le arrancó esta exclamación la insultante actitud de los dewar, quienes, después de espiarlo con cre­ciente alarma, emitieron un aullido apenas articu­lado, giraron sobre sus talones y se batieron en reti­rada.

—Antarax! gritaban al alejarse, dejando al kender mudo de estupor.

—¿Qué significará ese término? —caviló Tasslehoff—. Veamos, es la versión enanil de «muerte ar­dorosa» —descompuso la palabra, gracias a los co­nocimientos recibidos de Flint—. ¿Muerte ardorosa? ¡Ya lo tengo! Se refieren a la peste, creen que toda­vía padezco ese mal y por eso me temen. Podría ex­plotar la circunstancia, aunque no estoy seguro de que sea una buena idea.

Abstraído en su dilema, no se había percatado de que se hallaba en otro pasillo de considerable longi­tud, tan desangelado y deprimente como el que aca­baba de dejar. «Sigo ignorante de mi paradero —pen­só al examinarlo—, y nadie parece inclinado a ponerme en antecedentes. Las únicas vías practica­bles son la escalera del subterráneo y el camino que han tomado los dewar, de modo que iré tras ellos por si averiguo dónde se ha instalado Caramon. No pue­de estar muy lejos.»

Pero sus piernas, que ya habían registrado una pri­mera queja contra el mandato de caminar, manifes­taron mediante un signo inequívoco que no estaban en disposición de correr. Avanzó Tas a trompicones en persecución de los enanos que, más prestos, ha­bían desaparecido de su radio de mira cuando alcan­zó la zona intermedia del pasillo. Resoplando, un poco débil pero resuelto a encontrar a su amigo, el kender acometió unas nuevas escaleras por donde intuyó que se habían esfumado los escurridizos hombrecillos, ya que no había otras ramificaciones en el corredor y, de haber jalonado los prófugos toda su extensión, no habría perdido su rastro. Una vez hubo coronado su ascensión, dobló una esquina y se de­tuvo de manera súbita.

—¡Cuidado! —se alertó, y se agazapó en las sombras—. ¡Cállate, Burrfoot! —se amonestó con se­veridad, sellando su propia boca—. ¡Es todo el ejér­cito de los dewar!

Ciertamente, esa impresión daba la asamblea con la que casi había topado. Los dos centinelas que ha­bía espantado estaban difundiendo la noticia entre una veintena de compañeros de su clan y, oculto en su rincón, el kender oyó su estruendosa cháchara y quedó convencido de que no tardarían en arrojarse sobre él. Sin embargo, no sucedió tal cosa.

Esperó, atento a la más mínima señal de movi­miento, hasta que, harto de tanta incertidumbre, oteó el panorama con la mayor precaución posible. Cons­tató entonces que algunos de los enanos reunidos no eran dewar, que su pulcritud, sus cuidadas barbas y las brillantes armaduras que les cubrían en nada se asemejaban a los raídos portes exhibidos por sus contertulios. Los hombrecillos más dignos estaban contrariados, sometían a uno de los centinelas a un escrutinio amenazador que hizo encogerse a éste como si fueran a desollarle.

—¡Enanos de las Montañas! —les reconoció Tasslehoff en la cumbre del estupor—. Según Raistlin son el enemigo, deberían estar en sus laberintos y no en los nuestros. Suponiendo que nos hallemos en una de esas fortalezas cavadas en la roca, claro, lo que resulta obvio a la vista de las recias paredes y gru­tas que me circundan. Pero, si es así, ¿qué pintan esas criaturas en el terreno contrario?

Uno de los Enanos de las Montañas habló, y Tas se regocijó.

—¡Al fin, uno que usa un vocabulario inteligible!

El motivo de su júbilo era que el desconocido, de­bido a las diferencias lingüísticas de ambas razas, se expresaba en una tosca mezcla de idioma común y enanil.

Su parrafada versó, por lo que el kender pudo en­tender, sobre lo poco que le interesaban un mago chi­flado o un prisionero errabundo y apestado.

—Hemos hecho esta incursión para cobrarnos la cabeza del general Caramon —declaró el cabecilla de los habitantes de las Montañas—. Según tú el he­chicero nos la prometió y, como en principio todo debe estar arreglado, prescindiré de entrevistarme con el Túnica Negra, que no me inspira ninguna confianza. Y ahora, Argat, respóndeme: ¿Estáis prepa­rados? ¿Atacaréis al ejército desde dentro? ¿Mata­réis al mandamás, o era sólo una estratagema? En este último caso, las familias que dejasteis en Thorbardin serán ajusticiadas sin piedad.

— ¡No hay estratagema que valga! —bramó el lla­mado Argat, apretando el puño—. Entraremos en ac­ción en seguida. El general se encuentra en la sala del consejo, ultimando la estrategia, y el mago nos garantizó que se las ingeniaría para que no le acom­pañase más que su guardia personal. Mientras, nues­tros hombres incitarán a la batalla a los Enanos de las Colinas y, cuando cumpláis vuestra parte del tra­to y se anuncie que han sido abiertas las puertas de Thorbardin...

—En este mismo momento suenan los clarines —espetó el infiltrado—. Si estuviéramos por encima de la superficie podrías oír su clamor, tal como con­vinimos. ¡Las tropas han emprendido la marcha!

—¡Vamos sin demora! —propuso el dewar y aña­dió, inclinándose en una burlona reverencia—: Invi­to a su señoría a estar presente cuando decapitemos al general.

—Acepto gustoso —repuso el otro—, aunque sólo sea para asegurarme de que no habéis conspirado otra vez contra nuestro pueblo.

Tas cesó de escuchar. Apoyado en el muro, no era consciente sino del hormigueo de sus piernas y un ominoso retumbo en sus tímpanos.

«¡Caramon! —vociferó para sus adentros, intentan­do ordenar sus confusas ideas—. ¡Quieren matarle, y Raistlin es el artífice de la traición! ¡Mi desdicha­do amigo a punto de sucumbir en un plan urdido por su propio gemelo! Si se enterase caería víctima del pesar; esos enanos no precisarían de sus hachas.»

De pronto el abatido kender levantó la cabeza y se recriminó, casi en un bramido audible:

—Tasslehoff Burrfoot, ¿qué haces aquí como un pasmarote o, peor aún, como un enano gully que ha hundido un pie en el fango? Tienes que salvarle, pro­metiste a Tika que te ocuparías de él.

«¿Salvarle tú, botarate? —zumbó en su interior una voz que se parecía sospechosamente a la de Flint—. ¡Ahí se han congregado una veintena de ena­nos, y tú sólo estás armado con un cuchillo apto para matar conejos!»

—Ya se me ocurrirá algo —se rebeló el kender—. Tú quédate sentado en tu árbol y no te interfieras en mis asuntos.

Oyó un gruñido inconfundible; pero, ignorándolo, I enderezó la espalda, desenvainó su pequeño cuchillo y echó a andar por el corredor con ese perfecto sigilo que tan sólo un kender puede conseguir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

14

La espada divina

 

 

Tenía el cabello crespo, negro, y una ambigua son­risa que más tarde los hombres hallarían irresisti­ble en su hija. Poseía la cándida honestidad que ha­bía de caracterizar a uno de sus vástagos varones y también un don, un raro y portentoso poder, que heredaría el tercer miembro de su progenie.

La magia corría por sus venas, al igual que luego bañaría las de su hijo. Pero era frágil de voluntad y de espíritu, una mácula en su naturaleza que la con­duciría a morir a causa de su incapacidad para con­trolar sus propias facultades.

Ni Kitiara, férrea en sus emociones, ni tampoco el corpulento Caramon lamentaron en exceso la muerte de su madre. Kitiara le profesaba el odio que sólo inspiran los celos y, en cuanto al guerrero, aun­que quería a la mujer que lo concibió, se sentía más vinculado a su indefenso gemelo. Además, las extra­ñas ensoñaciones y trances místicos que tan a me­nudo la transportaban eran un completo enigma para el entonces joven mercenario.

Pero su fallecimiento produjo en Raistlin un efec­to devastador. Era el único de los tres que la com­prendía, que se apiadaba de su debilidad pese a des­preciarla por esa misma lacra. Se enfureció con ella porque se había ido, porque le había dejado solo en el mundo sin más compañía que sus dotes arcanas. Su desaparición le llenó de disgusto y al mismo tiem­po de miedo, pues veía en la suerte de su madre un heraldo de su propio destino.

Al perecer su esposo, la madre del hechicero se sumió en un decaimiento obsesivo del que nunca más había de emerger. El aprendiz de mago nada pudo hacer sino asistir desvalido a su desmoronamiento, ver cómo se consumía al rechazar el alimento y vo­lar, extraviada, hacia planos de existencia donde úni­camente ella tenía acceso. Esta indefensión la des­trozó hasta lo más hondo de sus esencias.

La veló en su última noche. Sujetando entre las su­yas aquella mano laxa, presenció los prodigios que invocaba en el momento crucial y, al igual que ella, contempló la manifestación de una magia distorsionada a través de unas cuencas oculares hundidas, febriles, que en nada se diferenciaban de las de la agonizante.

Se prometió a sí mismo que a nada ni a nadie le concedería la posibilidad de manipularle de aquel modo, ni a sus hermanos, ni al arte arcano ni a los dioses. Sólo él se erigiría en la fuerza viviente que había de guiar sus pasos.

Más que una promesa fue un juramento solemne, irrevocable. Pero era aún muy joven, apenas un ado­lescente obligado a enfrentarse a la muerte solo, envuelto en la penumbra de la alcoba. Junto a él exhaló su madre el último suspiro y, antes de que expirase, el asustado muchacho apretujó sus exánimes y largos dedos —tan semejantes a los suyos—, y le suplicó en un mar de lágrimas:

—Madre, ven a casa... ¡Ven a casa!

Y ahora, en Zhaman, escuchaba aquellas mismas palabras, aquella frase suplicante que le desafiaba trocada en una irrisoria mofa. Retumbaba en sus oídos, rebotaba contra los recovecos de su mente con un repiqueteo discorde, salvaje. Un estallido de dolor le impulsó a apoyarse en el muro más próximo.

Raistlin había visto una vez cómo Ariakas, el malvado Señor del Dragón, torturaba a un caballe­ro que había capturado encerrándole en un campa­nario. Los oscuros clérigos tañeron las campanas en loa a su Reina durante toda la noche y, a la maña­na siguiente, encontraron al prisionero muerto, con una máscara de terror tan espantosa sobre su rostro que incluso los más avezados a practicar la cruel­dad se deshicieron del cadáver sin osar examinarlo.

El archimago se sentía enjaulado en su propia to­rre de resonancias, era la repetición de un ruego que él pronunciara lo que le anunciaba su sino en el crá­neo. Jadeante, sujetándose la cabeza entre las manos, hizo un intento desesperado por amortiguar los atro­nadores ecos.

«Ven a casa..., ven a casa.» Mareado, ciego a causa del suplicio, buscó alivio en la huida. Corrió sin nor­te, sin saber adonde iba, con el único propósito de escapar. Flaquearon sus insensibles pies y, tropezan­do con el repulgo de su túnica, se desplomó.

En la caída, un objeto redondo salió despedido de uno de sus bolsillos mágicos y rodó por el suelo. Al reparar en él, Raistlin ahogó una exclamación de ra­bia y de pánico, pues aquella pequeña esfera consti­tuía otra prueba fehaciente de su fracaso. En efecto, se trataba del Orbe de los Dragones que, resquebra­jado, extinto, inútil, parecía resuelto a abandonarle en la hora de su declive. Se lanzó hacia la bola fre­néticamente, mas ésta se deslizó cual una canica so­bre las losas y eludió su garra. Se arrastró tras el escurridizo ingenio hasta que al fin se detuvo y, cuan­do se disponía a recuperarlo, también él se inmovi­lizó. Ante él se erguía, imponente, el Portal.

Era idéntico al de la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas: una doble hoja ovalada que se alzaba sobre una plataforma, adornada y custodiada por cinco cabezas reptilianas. Sinuosos sus cuellos, en­caradas hacia dentro, las bocas de aquellas criatu­ras permanecían abiertas como si reclamasen en si­lencio el tributo debido a su soberana.

En Palanthas, la puerta estaba atrancada. Nadie podía traspasarla salvo los moradores del Abismo al salir en dirección opuesta, un evento improbable dado que ni siquiera la Reina tenía opción a despla­zarse a su antojo al plano real de la existencia. Este acceso se hallaba asimismo ajustado, pero había dos seres en el mundo capaces de cruzarlo: un clérigo de túnica blanca que ostentara el estandarte del Bien supremo y un archimago ataviado de negro, exponen­te de la malignidad en su más amplio sentido. Una combinación harto difícil, exigida por los grandes hechiceros con la esperanza de sellar así para siempre, la comunicación con el universo de la inmortalidad.

Cualquier persona corriente, al escrutar el Portal, no habría divisado sino un espacio de brumas, desnudo y gélido. Pero el nigromante había cesado de pertenecer a ese grupo. Tras tantos años de con­centrar sus energías y estudios en la consecución de su objetivo, de acercarse a su divinidad, se hallaba ahora en suspenso entre ambos mundos. Con sólo mirar la impresionante hoja, casi podía penetrar la negrura que la escudaba, una negrura que oscilaba frente a sus ojos. Apartando sus pupilas de tan fascinador y temible reto, se afanó en recobrar el Orbe.

«¿Cómo ha podido escapárseme?», pensó, malhu­morado. Guardaba la esfera en una bolsa, que, a su vez, había embutido en el fondo de un bolsillo ocul­to, a salvo de incidentes. No tuvo que cavilar mucho, sin embargo, ya que conocía la respuesta. Aquellas bolas mágicas estaban dotadas de un poderoso ins­tinto de autopreservación. La de Istar se había libra­do del Cataclismo engatusando a Lorac, el rey elfo, para que la robase y la llevara a Silvanesti, hasta que, al comprender que ya no le sería posible utilizar a aquel demente, se había adherido a Raistlin como una rémora. Había rescatado de la muerte a su nue­vo poseedor, o poseído, en la Gran Biblioteca de Astinus, y más tarde había conspirado con Fistandantilus cuando éste pretendía entregar al joven a la Reina Oscura. Ahora presentía la vecindad del mayor peli­gro de su existencia, de modo que trataba de fugarse.

El hechicero no había de permitirlo. Estirando la mano, la cerró firmemente sobre el Orbe.

Oyó un ominoso rechinar y, al levantar la cabeza, advirtió que el Portal se había entreabierto. No es­taba aquella brecha destinada a admitirle, sino a avi­sarle del castigo que entrañaba el fracaso.

Postrado sobre sus rodillas, cobijada la esfera en su pecho, Raistlin notó frente a él la egregia presen­cia de Takhisis, Reina de la Oscuridad. Un repenti­no sobrecogimiento le indujo a encorvarse, temblo­roso, en una reverencia a los pies de la hacedora.

—Estás condenado —murmuró la voz de la Reina en sus entrañas—, compartirás la desdicha de tu ma­dre. Devorado por tu magia, quedarás embrujado para toda la eternidad sin que acuda en tu socorro el dulce consuelo de la muerte.

Tan despiadado oráculo apabulló al nigromante. Su cuerpo se contorsionó como lo hiciera el marchi­to cuerpo de Fistandantilus al aplicar él, su invete­rado adversario, el colgante del rubí a su pecho. Re­clinó la cabeza en el suelo de piedra del mismo modo que, en sus pesadillas, la apoyara en el tajo de su ver­dugo, en un mudo reconocimiento de su derrota.

Mas, en su interior, bullía un resquicio de fortale­za. Tiempo atrás Par-Salian, el máximo dignatario de la Orden de los Túnicas Blancas, había recibido un encargo de los dioses. Necesitaban las divinida­des un mago con especiales virtudes que les ayuda­ra a contener el avance de la perversidad y el ancia­no, después de muchas deliberaciones, había elegido a Raistlin porque intuía la fuente inagotable de ener­gía que atesoraba. En su juventud aquellas dotes ha­bían sido una masa informe de hierro, pero el viejo adalid abrigaba la esperanza de que el fuego del sufrimiento, la guerra y la ambición moldeara este inservible material hasta fraguar una espada de templado acero.

El hechicero no se dio por vencido. Despacio, se enderezó de su doblegada postura.

El calor que destilaba la furia de la Reina le ase­dió y, bañado en sudor, el nigromante tuvo la sensa­ción de que si respiraba, el fuego invadiría sus pul­mones. La soberana lo atormentaba, se reía de él como habían hecho tantos otros y no obstante, a pe­sar de las convulsiones que el pavor le infligía, su alma empezó a enardecerse.

Perplejo, intentó analizar tan paradójica reacción. Se esforzó en recuperar el control hasta que, exhaus­to y tembloroso, desterró de sus tímpanos los zum­bidos generados por la voz de la diosa, de su madre. Cerró también los ojos para conjurar la mueca so­carrona de aquella figura detestable.

Le acunó la oscuridad y, en sus reconfortantes va­pores, pudo discernir el temor de su Reina. ¡Sentía miedo de él!

Sin precipitarse, Raistlin se puso de pie. Un vien­to tórrido procedente del otro lado del Portal agitó los pliegues de sus vestiduras, tan huracanado que por un momento se creyó transportado en una nube de tormenta. Ahora podía mirar de frente a su rival, fijar la vista en aquella hoja siniestra con una sonri­sa túrbida, amenazadora, en los labios. Plantado en la actitud del que presenta la réplica a un enemigo insignificante, arrojó el Orbe contra el acceso.

Al estrellarse en su diana, la esfera se hizo añicos. Invadió el aire un alarido apenas perceptible y va­rios pares de alas espectrales batieron vigorosas en derredor del mago antes de disolverse, tan pronta­mente como habían surgido, en volutas de humo.

Una fuerza descomunal, que nunca había sospe­chado poseer, regó su persona. El descubrimiento de un punto vulnerable en su adversaria actuaba sobre él como un elixir embriagador, su mágico influjo bajó de su mente hasta su corazón y se vertió, a tra­vés de las venas, en todo su ser. El poder acumu­lado, duplicado, de múltiples siglos de sabiduría constituía su más sagrada pertenencia, suya y de Fistandantilus.

Oyó en aquel instante el nítido sonido de un cla­rín, tan fría su música como la brisa de las níveas montañas que albergaban a los enanos. Puras y cor­tantes, las notas del lejano instrumento se desin­tegraron en mil ecos que disiparon las enloque­cedoras voces y le invitaron a adentrarse en la penumbra, confiriéndole el poder de abatir a la mis­ma muerte.

No se dejó atraer, no era su intención atravesar tan pronto el Portal. Prefería aguardar un poco más, aun­que si era imprescindible estaba decidido a afron­tar su destino. La aparición del kender significaba que el tiempo podía alterarse, y al desembarazarse del gnomo había adquirido la certeza de que no ha­bría interferencias del ingenio mágico, unas interfe­rencias que habían destruido a Fistandantilus.

Raistlin dirigió una última, prolongada mirada al acceso, antes de despedirse con una cortés inclina­ción de cabeza de la Reina y encaminarse de nuevo hacia el pasillo.

 

 

De rodillas, Crysania oraba en su aposento.

Después de visitar al kender había querido acos­tarse sin demora, pero un extraño presagio la man­tuvo despierta. Flotaba en el ambiente una quietud expectante, un silencio que, lejos de calmarla, la col­maba de inquietud. El sueño no acudió a su llama­da, estaba alerta, despejada como no recordaba ha­berse sentido en toda su vida.

El cielo se hallaba profusamente iluminado: la íg­nea aureola de las estrellas ardía en la negrura y Solinari, la luna de plata, refulgía cual una daga. La sacerdotisa distinguía los objetos de la estancia con una claridad antinatural. Parecían vivos, vigilantes y tan ansiosos como ella.

Perturbada, trató de distraerse oteando el firma­mento. Rastreó las constelaciones que lo poblaban, el eje central configurado por Gilean, el Fiel de la Balanza, en torno al que pululaban Takhisis, la Rei­na de la Oscuridad, el Dragón de Muchos Colores y de Ninguno y Paladine, el Guerrero Valiente, cono­cido también como el Dragón de Platino. A sus flan­cos se dibujaban las lunas —Solinari, el Ojo de los Dioses y Lunitari, la Vela de la Noche—, circunda­das a su vez por los dioses menores y, entre éstos, por los planetas.

En algún lugar recóndito se escondía el otro saté­lite, la luna negra que sólo Raistlin podía ver.

Mientras examinaba el panorama celeste, a Crysa­nia se le enfriaron los dedos por haberlos posado en la pétrea repisa del alféizar. Se percató de que esta­ba tiritando y resolvió retirarse, tratar de dormir, mas el trémulo palpito nocturno la conminó a aguardar.

Fue entonces cuando oyó el clarín, un clamor prís­tino y punzante que se abrió paso hasta su corazón y que, cual un himno de victoria ajena, le heló la san­gre en las venas.

En aquel preciso instante, se abrió la puerta de su dormitorio. No le sorprendió que fuera él. Una voz interior le había advertido de su venida, así que dio media vuelta y, sosegada, le observó.

Raistlin se silueteó en el umbral, en un limpio con­traluz producido por las antorchas que alumbraban el pasillo y también por su propia luz, que brotaba de sus entrañas para derramarse sobre su atavío en una aureola nada halagüeña.

Incitada por una fuerza singular, la dama desvió de nuevo la mirada a las esferas celestiales y vislum­bró, en un halo de opacidad semejante al del archimago, a Nuitari, la Luna de las Tinieblas sobre la que antes meditara.

Entornó los párpados, abrumada por el latido que se había agolpado en sus sienes y por la alteración que había sufrido su pulso. Luego, dueña otra vez de sus actos, se arriesgó a encararse con el nigromante.

Contuvo el aliento. Le había visto en el éxtasis de su magia, había presenciado su combate contra la derrota y la muerte, pero nunca se le había presen­tado en la plenitud de sus energías, en la majestad de su poder. Una sapiencia más antigua que el mun­do y el centelleo de la inteligencia esculpían sus ras­gos, se plasmaban en unas líneas que desvirtuaban su expresión hasta hacerle irreconocible.

—Ha llegado la hora, Crysania —anunció el mago, tendiéndole sus manos.

La eclesiástica las asió, con los dedos aún yertos, y al entrar en contacto con su tibieza, el contraste fue tan brusco que casi se abrasó.

—Tengo miedo —confesó en un murmullo.

—Nada has de temer —la alentó el hechicero—. Tu dios te protege, no me cabe la menor duda. Es la Rei­na de la Oscuridad la que está asustada. ¡Siento su pánico como una vibración en mis vísceras! Juntos, tú y yo podremos transgredir los límites del tiempo y penetrar en el universo de la muerte. Juntos bata­llaremos contra la negrura, postraremos a Takhisis.

Sus manos la acercaron a su pecho y, abrazándo­la, estampó en aquellos labios sensuales, delicados, un beso que privó a la mujer del aliento.

Con los ojos cerrados, la sacerdotisa dejó que el fuego mágico, el mismo que consumiera los cadáve­res en la aldea del valle, derritiera su cuerpo y, con él, el blanco caparazón de frialdad tras el que se ha­bía agazapado durante los últimos años.

Raistlin se apartó y, mientras acariciaba el con­torno de la boca femenina, le alzó el mentón para que se cruzasen sus pupilas. Crysania se vio reflejada en la inmensidad de aquellos espejos, contempló la ra­diante aura de luz que resaltaba su belleza, su pode­río. La imagen que le devolvía el alma del nigromante a través de las dilatadas pupilas era la de una cria­tura amada, venerada, una defensora infatigable de la verdad y la justicia que vencía para siempre las miserias, los sinsabores del mundo.

—Alabado sea Paladine —musitó.

—Alabado sea —coreó el mago—. Una vez más, te daré un talismán. Del mismo modo que garanticé tu integridad cuando atravesaste el Robledal de Shoikan te guardaré ahora, mientras atraviesas el Portal.

La sacerdotisa se puso a temblar y él, estrujándo­la de nuevo entre sus brazos, aplicó los labios a su frente. Un dolor lacerante se adueñó de la dama quien, pese a su momentáneo desmayo, ahogó el grito que surgía de su garganta.

—Ven —la invitó el hechicero, sonriente.

A lomos de un alado encantamiento, ambos aban­donaron la estancia en busca de la noche en el ins­tante en que los rojizos rayos de Lunitari se esparcían sobre la negrura, como ríos de sangre convocados por el hiriente cuchillo de Solinari.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15

Deserción

 

 

¿Y los carros de abastos? —preguntó Caramon en el tono monótono, calculado de quien conoce de antemano la respuesta.

—Todavía no hemos recibido ninguna noticia, se­ñor —repuso Garic, evitando la intensa mirada del general—. Pero esperamos su llegada.

—No vendrán. Han sufrido una emboscada, no fin­jas ignorarlo —le atajó el guerrero.

—Al menos hemos encontrado agua —apuntó el ca­ballero.

El guardián hizo un valiente esfuerzo para infun­dir ánimo a sus palabras, pero fracasó estrepitosa­mente. Incapaz de disfrazar su consternación, fijó la vista en el mapa que había extendido en el escrito­rio y, nervioso, trazó un círculo alrededor de un pun­to coloreado de verde.

—Un pozo que se habrá vaciado antes del medio­día —comentó Caramon con un fatalismo poco ha­bitual en él—. Quizá por la noche vuelva a llenarse, pero mi sudor sabe mejor. Su gusto salobre es más agradable que el de ese manantial alimentado por corrientes marinas.

—Aun así, es potable. Habrá que racionarla, aun­que no creo que se seque la fuente. He apostado cen­tinelas en el paraje —informó el soldado.

—Bien hecho —le aplaudió su superior—. De to­das maneras, dentro de unas horas no quedarán hombres suficientes para agotar ni siquiera el con­tenido de un barril.

Mientras profería tan pesimista augurio, el gene­ral apartó de su rostro los ensortijados y largos me­chones de su cabello. Hacía calor en la sala, un ca­lor asfixiante. Un criado demasiado celoso del deber había acumulado un haz entero de leña en el hogar antes de que Caramon, acostumbrado a vivir al aire libre, pudiera detenerle. El hombretón había abier­to el ventanal a fin de admitir la fresca brisa, mas la fogata que ardía a su espalda parecía dispuesta a tostarle la carne.

—¿Cuántos desertores se han registrado hoy? —in­quirió.

—Un centenar, señor —dijo Garic en actitud reti­cente, tragando saliva.

—¿Adonde han ido? ¿Quizá a Pax Tharkas?

—Eso creemos.

—¿Qué más has de comunicarme? —indagó el gue­rrero, que no había cesado de estudiar el rostro de su oponente—. Me ocultas algo, lo leo en tus ojos.

El joven caballero se sonrojó. Se adueñó de él el deseo repentino de que mentir no contraviniese to­dos los códigos del honor que tan arraigados tenía, habría sacrificado su vida con tal de no apenar a aquel hombre admirable e incluso meditó sobre la posibilidad de engañarle, de ahorrarle un disgusto. Vaciló, pero, al mirar a su ídolo, constató que no era necesario incurrir en aquella falta. Caramon estaba al corriente.

—Se trata de los bárbaros, ¿no es cierto? —ayudó al titubeante soldado.

Garic bajó la cabeza, un ademán más expresivo que cualquier asentimiento verbal.

—¿Todos?

—Sí, señor.

El mandamás entornó los párpados y, con un sus­piro, agarró uno de los pequeños peones de madera que había distribuido sobre el mapa para reprodu­cir el emplazamiento y la disposición de sus tropas. Perdido en sus cavilaciones, jugueteó con la figuri­lla hasta que, de pronto, exhaló un improperio y la arrojó a las llamas. Tras unos momentos de silencio, hundió la faz en sus manazas y declaró:

—No culpo a Darknight por lo que ha hecho. Él y sus hombres se tropezarán con múltiples vicisitu­des, ya que los Enanos de las Montañas deben de ha­ber bloqueado los pasos. Ése es sin duda el motivo de que no hayan llegado los suministros, y significa también que nuestro aliado habrá de batallar para franquearse el acceso a su patria. ¡Los dioses le guar­den de todo mal!

Permaneció callado unos instantes antes de excla­mar, apretando el puño:

—¡Maldito sea mi hermano! No se ha inventado un castigo digno de su vileza.

Garic se agitó en un escalofrío y se apresuró a es­cudriñar la estancia, temeroso de que el nigroman­te se materializara entre las sombras.

—Nada lograremos lamentándonos —razonó el hombretón, al mismo tiempo que se enderezaba y vol­vía a consultar su cartografía—. En mi opinión, nues­tra única esperanza reside en agrupar al menguado ejército en el llano y obligar a los enanos a salir, a combatirnos en campo abierto, de tal modo que po­damos utilizar la caballería. Nunca asaltaremos su refugio en el seno de la tierra —añadió, prendida de su voz una nota de amargura—, pero al menos nos ba­tiremos en retirada con todas nuestras fuerzas intac­tas. Una vez en Pax Tharkas, la fortificaremos y...

—¿General? —Quien así le llamaba era uno de los centinelas de la entrada, azorado por tener que interrumpirle—. Disculpa mi intromisión, señor, pero un emisario solicita audiencia.

—Hazle pasar —accedió el guerrero.

Cruzó el umbral un hombre joven. Cubierto de pol­vo, enrojecidos sus pómulos a causa del trío, dirigió una mirada anhelante al cálido hogar, pero antes, im­buido de su deber, avanzó hacia Caramon a fin de entregarle el mensaje que portaba.

—Puedes calentarte si gustas —le ofreció éste, se­ñalándole la fogata—. Me alegro de que alguien pue­da beneficiarse de la sofocante atmósfera que crea esa horrible hoguera. En cualquier caso, su influjo no empeorará la crítica situación que, intuyo, has ve­nido a exponerme.

—Gracias, señor —susurró el recién llegado. Se aproximó al fuego y estiró las manos para desentumecerlas, mientras explicaba—: La nueva que trai­go es que los Enanos de las Colinas han abandona­do Zhaman.

—¿Cómo? —vociferó Caramon, incrédulo—. Supon­go que no habrán regresado a sus regiones, ¿verdad?

—Han iniciado la marcha hacia Thorbardin —le reveló el mensajero—. Les acompañan los Caballe­ros de Solamnia.

—¿Qué desafuero es éste? —se encolerizó el gene­ral, tanto que su puño se incrustó en el escritorio y los hitos salieron despedidos por el aire—. Mi her­mano es el instigador —aseveró.

—Te equivocas, señor. Fueron los dewar —le recti­ficó el humano—. He recibido instrucciones de dar­te esta misiva.

Extrajo un pergamino de una bolsa y se lo alargó a Caramon, quien lo desenrolló precipitadamente.

«General Caramon:

«Espías dewar acaban de poner en mi conocimien­to que las puertas de la Montaña se abrirán cuando suenen los clarines. Nuestro plan es abalanzarnos sobre el enemigo. Si partimos al alba, arribaremos antes del anochecer. Siento mucho no haberte hecho partícipe de nuestro proyecto, pero el tiempo apre­mia. Puedes estar seguro de que se te reservará la parte del botín que te corresponde. Brille la luz de Reorx sobre vuestras hachas.

»Reghar Fireforge.»

 

Sin proponérselo, el hombretón recordó el perga­mino manchado de sangre que sostuviera en su mano la noche en que les atacaron en la tienda. «El archimago os ha traicionado», rezaba.

—Los dewar —gruñó en voz alta—. Son espías, de acuerdo, pero no a nuestro servicio. También han dado pruebas de su deslealtad, aunque estoy conven­cido de que nunca perjudicarían a su propio pueblo.

—En ese caso, la única conclusión posible es que nos han tendido una trampa —comprendió Garic.

—Sí, y hemos caído en ella como conejos —ratificó Caramon, evocando el episodio no muy lejano en que Raistlin devolviera la libertad a uno de esos animales—. ¡No puede estar más claro! Nos rindieron Pax Tharkas porque recuperarla no había de resul­tar difícil, sobre todo si sus defensores morían an­tes de parapetarse. Nuestros seguidores desertan en tropel, los bárbaros de las Llanuras se van y, previa­mente engatusados, los Enanos de las Colinas deci­den atacar Thorbardin flanqueados por los dewar. Y, cuando el sonido de las trompetas vibre en la for­taleza de la Montaña...

Retumbó un clamor musical, y el guerrero se so­bresaltó. ¿Había oído un clarín o formaba parte de un sueño, de una pesadilla que cabalgaba sobre la grupa de una terrible visión? Casi vislumbraba al enano que arrancaba la ominosa nota del instrumen­to, y también a los dewar mientras despacio, de ma­nera imperceptible, se desplegaban entre las filas de sus supuestos aliados. Unas descargas de hacha, va­rias escaramuzas hábilmente conducidas, y todo ha­bría terminado.

Las tropas de Reghar nunca sabrían quién les ha­bía abatido, no tendrían la más mínima oportunidad de volverse.

En la mente de Caramon resonaron los gritos de guerra, los estampidos de botas con remaches de hie­rro, el estrépito de las armas en sus certeros lances y los aullidos ásperos, discordantes, de los agredi­dos. Era real, demasiado para desentenderse.

Extraviado en su alucinación, apenas reparó en la extrema lividez que había asumido el semblante de Garic. Desenvainando la espada, el joven caballero echó a correr hacia la puerta con un bramido que devolvió al general al presente. Se giró éste sobre sus talones y vio una negra marea de enanos, un bullente amasijo que se arracimaba al otro lado del umbral.

—¡Una emboscada! —anunció el fiel guardián.

—¡Recula! —le ordenó su superior con voz estruendosa—. No salgas, los caballeros han parti­do y esos asaltantes nos triplican, al menos, en nú­mero. Estamos solos, no podemos vencerlos. ¡Qué­date en la estancia, cierra la puerta! —insistió a la vez que, de un salto, se plantaba detrás del valeroso soldado y le arrastraba hacia el interior—. ¡Centine­las, entrad!

Uniendo la acción a la palabra, el general asió por el brazo a uno de los dos hombres que, apostados en el exterior, se debatían para salvar la vida, en el mo­mento mismo en que un dewar se arrojaba sobre él. Caramon enarboló su espada y, de una ágil esto­cada, hendió el yelmo del adversario. La sangre manó a borbotones, mas el guerrero no le prestó atención y, tras colocar al centinela a salvo del enemigo, em­bistió a la horda de enanos oscuros que se amonto­naban en el corredor.

—¡Ponte a cubierto, necio! —espetó por encima del hombro al segundo guardián, quien, después de una breve vacilación, acató su mandato.

El objeto de la feroz arremetida del hombretón era desestabilizar a sus rivales. Surtió efecto. Los hom­brecillos perdieron el equilibrio y retrocedieron pre­sas del pánico frente al espectáculo que ofrecía aque­lla gigantesca fiera. No obstante, su pavor fue fruto de la sorpresa y, como tal, pronto se disipó. El ines­perado agresor constató que, en cuestión de segun­dos, las abyectas criaturas recobraban la cordura y el valor.

—¡General, cuidado! —le advirtió Garic, que se ha­llaba en el umbral con la espada aún en la mano.

Sabedor de su inferioridad de condiciones, Cara­mon dio media vuelta y emprendió carrera hacia la sala del consejo. Pero su pie resbaló en el charco de sangre y se desmoronó, torciéndose la rodilla. Con un rugido ensordecedor, los dewar le acometieron.

—¡Entrad todos y atrancad el acceso, no hagáis he­roicidades! —urgió el guerrero a sus hombres, y de­sapareció bajo los arremolinados enanos.

Desazonado, maldiciéndose por no haber interve­nido, Garic irrumpió en la reyerta. El astil de un ha­cha se estrelló contra su brazo y sintió crujir el hue­so, como si se hubiera astillado bajo el tremendo impacto. «Por fortuna —pensó, indiferente al dolor y la subsiguiente pérdida de sensibilidad—, no ha sido el de la espada.» Danzó el filo en el aire, y un contrincante cayó decapitado. Rasgó el aire el canto de un pertrecho enemigo, mas erró el golpe y, para colmo de venturas, el agresor sucumbió al poderoso golpe de uno de los centinelas de la puerta.

Aunque incapaz de levantarse, el hombretón ba­talló con toda su energía. Un puntapié de su pierna ilesa catapultó a dos enanos oscuros contra sus com­pinches y, aprovechando la confusión, el forzudo lu­chador se inclinó de costado y cruzó de un revés el rostro de un tercero ayudado por su recia empuña­dura, que, al abrir la brecha, vertió la sangre del he­rido. Bañado de savia vital hasta los codos, coronó su impulso en sentido inverso y hundió la hoja en el vientre de otro dewar. El súbito arranque del caballero le había proporcionado una leve ventaja, le había rescatado de la muerte, pero poco duró el re­gocijo.

—¡Caramon, encima de ti! —volvió a prevenirlo su esbirro.

Tumbándose de espaldas, el incansable general re­conoció la figura erecta, firme de Argat con el ha­cha equilibrada sobre su cabeza. En un movimiento reflejo, también él blandió su arma. Mas cuatro ena­nos, atentos a la maniobra de su cabecilla, lo sujeta­ron con fuerza y lo atenazaron contra el suelo.

Al borde del llanto, con una rabia que cegaba sus ojos frente al fulgor de los aceros circundantes, el caballero intentó salvar a su adalid. Fue inútil. Eran demasiados los enanos que le separaban del cautivo, y el hacha de Argat ya había iniciado el descenso.

Concluyó el arma su recorrido, aunque no de la forma prevista. El astil se desprendió de unas ma­nos paralizadas, y Garic observó que al dewar se le desorbitaban los ojos en señal de perplejidad. El ha­cha se desplomó sobre las ensangrentadas losas con un sonoro repiqueteo, y el verdugo se derrumbó so­bre el pecho de la pretendida víctima. Al examinar el cadáver del enano, el guardián descubrió un pe­queño cuchillo clavado en su nuca. Alzó los ojos para identificar a la criatura que le había ajusticiado, y su pasmo no conoció límites.

Sobre el cuerpo sin vida del traidor, a horcajadas, se apalancaba... ¡nada menos que un kender!

El caballero pestañeó, persuadido de que el mie­do y el dolor le habían trastocado hasta el extremo de concebir fantasmas que sólo en su mente existían.

Pero no había tiempo de reflexionar sobre el fenó­meno. Había llegado al fin junto a su general y, a su espalda, oía el griterío de los centinelas mientras po­nían en fuga a los dewar, quienes, ante la derrota de su cabecilla, habían perdido buena parte de su entusiasmo en cumplir una misión que les habían pre­sentado como una fácil matanza.

Los cuatro enanos que sujetaban a Caramon se re­tiraron a trompicones cuando el musculoso guerre­ro comenzó a forcejear bajo el cuerpo de Argat. Agachándose, Garic izó el cadáver por una pieza me­tálica de su armadura y se deshizo de él para que, ya libre de la farragosa carga, su adalid pudiera in­corporarse. El hombretón se levantó vacilante, entre gemidos, como si la tullida rodilla cediera al tener que soportar su peso.

—¡Ayudadnos! —urgió el caballero a los dos sol­dados con una vehemencia innecesaria, pues, antes de que les llamase, los dos humanos se hallaban a sus flancos.

Entre los tres, con evidente esfuerzo dada la cor­pulencia del herido, le transportaron hasta la sala del consejo. El general, aunque renqueaba de mane­ra ostensible, colaboró en la ardua tarea de sus se­guidores.

Una vez hubo instalado a su superior en una bu­taca, Garic se asomó al pasillo a fin de estudiar la escena. Los frustrados conspiradores le espiaron en una postura hosca que denotaba resentimiento y, de­trás de ellos, distinguió a otros hombrecillos que identificó como Enanos de las Montañas.

En primer plano, tan quieto que se diría que ha­bía echado raíces en la piedra, estaba el singular kender que se había moldeado a partir del vacío para salvar la vida de Caramon. Cenicienta su tez, el apa­recido exhibía unas sombras verdosas en torno a los labios. Sin saber a qué atenerse, el guardián le ro­deó la cintura con el brazo sano y, alzándole en vo­landas, le condujo al interior de la estancia. Cuando hubieron cruzado el dintel, los dos soldados cerra­ron el acceso de un violento portazo y corrieron los postigos.

Pese a que desfiguraba su rostro una capa de sangre y sudor, el general sonrió a su joven asistente. Sin embargo, no debía permitir que la gratitud se in­terpusiera en la determinación que había tomado de regañarle, así que adoptó una mirada iracunda y le sermoneó:

—Eres un perfecto atolondrado, caballero. Te he mandado que te mantuvieras al margen y has desa­fiado mi voluntad mezclándote en...

La causa de que se interrumpiera tan bruscamen­te en su reprimenda era que el kender en las garras de Garic, había estirado el mentón y clavado en él sus pupilas.

— ¡Tas! —susurró, anonadado, el hombretón.

—Hola, Caramon —saludó el interpelado—. Estoy muy contento de volver a verte. He de informarte de unos hechos luctuosos, de una confabulación que de­bes conocer sin demora, pero temo que voy a desma­yarme.

Y cerró los ojos.

 

 

—Y eso es todo —concluyó Tasslehoff, húmedos sus ojos en lágrimas al enfrentarse al rostro pálido, carente de expresión, de Caramon—. Me mintió acer­ca del funcionamiento del ingenio mágico, que se de­sarticuló en el momento en que intenté activarlo. Pre­sencié el desmoronamiento de la montaña ígnea, un espectáculo que me compensó por las desdichas pa­decidas y que me indujo a perdonarle su patraña, mas luego perpetró otras acciones que no tienen dis­culpa. Te aseguro que sacrificaría mi vida a cambio de volver a contemplar otro Cataclismo, fue algo sobrecogedor —cambió de tema, deseoso de levantar el ánimo de su amigo—. La muerte sería un precio pequeño, aunque, en realidad, nunca he estado muer­to y no puedo opinar. Si se asemeja a la experiencia que viví en el Abismo, desde luego, prefiero renun­ciar, ya que se trata de un paraje desolador. No ima­gino por qué se empeña tu hermano en traspasar sus fronteras.

»Sea como fuere, he olvidado su traición; pero no puedo aceptar el asesinato del pobre Gnimsh ni lo que se proponía hacer contigo.

Obsesionado por la malignidad de Raistlin, el kender había endurecido su tono y contraído la mandí­bula al referirse a él. Ahora se mordió el labio, cons­ciente de que debería haber aliviado la tensión en lugar de aumentarla. Además, todavía no le había contado al guerrero los planes del nigromante res­pecto a su persona. Había cometido un desliz. Sólo le cabía esperar que al hombretón le pasase inad­vertido.

—Adelante, Tas —le exhortó éste—. ¿Qué quería ha­cerme mi gemelo?

—N... nada —tartamudeó el hombrecillo, echándo­se atrás al comprender que había llegado la hora de la verdad—. No me hagas caso, ya conoces mi pro­pensión a divagar.

—¿Qué iba a hacerme? —se obstinó el general—. No se me ocurre ninguna monstruosidad en mi con­tra que no haya ensayado ya.

—Por ejemplo, disponer que mueras —aventuró Tas para ver su reacción.

—¿Sólo eso? —repuso Caramon, tan inmutables sus rasgos que fue el hombrecillo quien se sorpren­dió—. Recibí un mensaje de un enano, pero no era lo bastante explícito. Al fin encajan las piezas —co­mentó.

—Te entregó a los dewar —confesó el kender sin ocultar su consternación—. Debían decapitarte y ofrecer tu cabeza al rey Duncan, como si fueras un trofeo. Alejó a los caballeros del alcázar diciéndoles que habías dado orden de emprender la marcha a Thorbardin, así te quedarías sólo con tu guardia per­sonal y podrían poner en práctica su plan sin ape­nas resistencia.

Caramon nada repuso ni tampoco sintió nada, ni dolor, ni cólera ni asombro. Estaba vacío. Sin embar­go, mientras permanecía encerrado en su mutismo una punzante añoranza de su hogar, de Tika, de su amigo Tanis y de aquellos otros compañeros de aza­res, Laurana, Riverwind y Goldmoon vino a colmar la vasta sima que se había abierto en sus emociones.

Como si hubiera leído en su mente, Tas reclinó la cabeza en su hombro y propuso:

—¿Por qué no regresamos a nuestro tiempo? Estoy terriblemente fatigado. ¿Dejarás que me aloje en tu casa una temporada? Sólo hasta que me haya res­tablecido. Prometo no causaros molestias y ayudar a Tika en todo cuanto desee.

Sin esforzarse en contener los sollozos, el guerre­ro abrazó al kender por el hombro y lo estrechó con­tra su pecho.

—Será un placer tenerte con nosotros, Tas, ya sa­bes que ambos te queremos —susurró y, prendida la mirada de las llamas, se abandonó a sus anhelos—. Terminaré el nuevo refugio. Si trabajo en firme, no tardaré más de un par de meses. Luego iremos juntos a visitar a Tanis y Laurana. De ese modo satisfa­ré la aspiración de mi esposa de conocer Palanthas. Una vez reunidos, convenceremos a nuestros amigos para que nos acompañen a la tumba de Sturm. No tuve oportunidad de despedirme de él.

—También iremos a ver a Elistan, y... ¡Oh, no! —Un súbito recuerdo empañó la dulce ensoñación del kender—. ¡Crysania! Traté de prevenirla contra Raistlin, pero rehusó creerme. ¡No podemos dejarla al albedrío del hechicero! Hemos de impedir que la lle­ve con él a ese lugar de pesadilla —declaró, a la vez que saltaba de su asiento y se retorcía las manos.

—De acuerdo, Tas —accedió Caramon—, hablare­mos con ella. No nos escuchará, estoy seguro, pero al menos nadie podrá reprocharnos que no hemos hecho todo lo posible para disuadirla. Deben de ha­llarse frente al Portal, a mi hermano se le agota el tiempo. La fortaleza se rendirá a los Enanos de las Montañas de un momento a otro.

Se irguió dolorido, tanto en la pierna como en el corazón y, con su persistente cojera, se acercó al rin­cón donde estaba instalados sus tres hombres.

—¿Cómo te encuentras, Garic? —inquirió a su guardián.

Uno de los soldados acababa de vendarle el brazo herido. Le habían improvisado un cabestrillo a base de ramas secas y, tras cubrirlo con jirones de sus ves­tiduras, lo ataron a conciencia para inmovilizarlo. El joven caballero levantó la vista hacia su adalid y, aun­que le rechinaban los dientes a causa del sufrimien­to, consiguió esbozar una sonrisa.

—Bien, señor —aseveró—. No te preocupes por mí.

—¿Te quedan energías para viajar? —preguntó el general, acercando una silla y acomodándose en ella.

—Por supuesto.

—Estupendo. Lo cierto es que no tienes otra elec­ción. El enemigo invadirá el alcázar dentro de poco rato y debéis partir ahora mismo. —Caramon hizo un alto en su discurso y, meditabundo, rascándose la barbilla, continuó—: Reghar me explicó que la llanura está surcada de túneles, de pasadizos subte­rráneos que comunican Pax Tharkas con Thorbardin. Mi consejo es que los busquéis, no ha de costa­ros mucho hallarlos. Los montículos del desierto os guiarán hasta alguna entrada si no la descubrís en el edificio. Utilizad esas vías secretas, y arribaréis sin novedad a la plaza fuerte que conquistamos.

Garic, tras consultar a los otros dos hombres con los ojos, se erigió en portavoz del grupo e indagó:

—Nos das recomendaciones, señor, como si no fue­ras a acompañarnos. ¿Es así?

El aludido se aclaró la garganta a fin de contes­tar, pero las frases no afloraron a sus labios. Había temido aquel instante durante días y, ahora que era ineludible la separación, la arenga que tan meticu­losamente había preparado se borró de su mente cual una huella en la arena bajo el influjo del viento.

—Has acertado, muchacho, no iré con vosotros —logró musitar. Percibió un resplandor en los ojos de Garic y, adivinando su pensamiento, levantó la mano para imponerle silencio—. No, no soy tan in­sensato como para desperdiciar mi vida en aras de una causa noble y estúpida. No es mi intención cu­brir vuestra retirada y rescatar de la muerte a mi fla­mante primer oficial.

El caballero se ruborizó al oírle mencionar su car­go, algo poco frecuente; pero dejó que prosiguiera sin importunarle.

—No pertenezco a tu Orden, gracias a los dioses —reanudó su charla el corpulento humano—. Tengo el suficiente sentido común para correr cuando pre­siento el fracaso y ahora, más que intuirlo, lo admi­to como un hecho palpable. —Se mesó el cabello, exhaló un suspiro y concluyó—: No espero que lo entiendas, es demasiado complejo, pero te garantizo que el kender y yo podemos volver a casa mediante la magia.

—¿No será la de tu hermano? —le interrumpió Garic, fruncido el ceño y con una sombría expresión en sus facciones.

—De ningún modo —protestó el hombretón, al pa­recer ofendido—. Aquí se acaba mi relación con el nigromante. Él ha de vivir su propia vida y yo, al fin me doy cuenta, soy libre de elegir mi destino. Id a Pax Tharkas —encomendó al guardián, apoyada la mano en su hombro— y, junto a Michael, ayudad a sus moradores a sobrevivir durante el invierno.

—Pero...

—Es una orden, caballero —se cuadró el general.

—Sí, señor.

El joven desvió la faz y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

Caramon, desaparecido su enfado, rodeó con el brazo a su hombre de confianza y, atrayéndole ha­cia él, le deseó:

—Que Paladine oriente tus pasos, Garic. Y también los vuestros —extendió su bendición a los otros.

—¿Paladine? —repitió el guardián, atónito—. ¿El dios que nos volvió la espalda?

—No pierdas nunca la fe —le reconvino el guerre­ro, a la vez que se ponía en pie con una mueca im­pregnada de abatimiento—. Aunque no puedas creer en las antiguas divinidades, haz un hueco en tu co­razón donde albergar lo mejor que hay en ti. Escu­cha tu propia voz, ya que reniegas de la suya, por en­cima del Código y la Medida, y más tarde o más temprano comprobarás que ambas se funden en una sola.

—Lo haré —murmuró Garic—. Que tus dioses, aquellos que te inspiran tan bellas palabras, te acom­pañen en tu camino.

—Siempre han velado por mí —dijo Caramon sonriendo—, durante toda mi existencia. Mi proble­ma es que he sido demasiado obcecado para perca­tarme. Vamos, no perdáis un segundo más. Desapa­reced.

Uno tras otro, se despidió de los caballeros. No quiso violentarlos, así que fingió ignorar sus viriles in­tentos de camuflar su llanto, pese a que, también él, se conmovió frente a aquellas muestras de tristeza, una tristeza que compartió hasta tal punto que él mismo habría prorrumpido en sollozos.

Con cautela, los soldados abrieron la puerta y se asomaron al corredor. Estaba vacío, salvo por los ca­dáveres. Los dewar se habían esfumado, mas el ge­neral, experto en las tácticas de guerra, sabía que la tregua sólo duraría hasta que se hubieran reorganizado o, quizá, hasta que llegaran refuerzos. Mejor pertrechados, los enanos oscuros atacarían la sala y matarían a sus adversarios humanos.

Blandiendo su espada, Garic precedió a los dos centinelas pasillo adelante. El kender les había im­partido confusas instrucciones sobre cómo alcanzar los sótanos de la fortaleza mágica e incluso se había ofrecido a trazar un mapa, una iniciativa que Caramon desestimó arguyendo falta de tiempo, y el jo­ven caballero proyectaba seguir tales directrices.

Cuando los últimos ecos de sus zancadas se per­dieron en la distancia, el hombretón y el kender se alejaron en sentido opuesto. No obstante antes de ini­ciar la marcha, Tas arrancó su cuchillo del inerte cuerpo de Argat.

—En una ocasión dijiste que mi arma sólo servía para cazar conejos —acusó a su amigo mientras, or­gulloso, limpiaba la sangre de la hoja y afianzaba ésta en su cinto.

—No menciones a esos animales —le atajó el gue­rrero con un acento tan extraño, tan seco, que el hom­brecillo le miró y quedó paralizado al notar la mor­tal lividez que desteñía sus normalmente encarnados pómulos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16

El Portal

 

 

Aquél era su gran momento, el que estaba predes­tinado a vivir desde que naciera. Por él había sopor­tado el dolor, las humillaciones, la angustia; para po­der saborearlo, había estudiado, luchado, y matado. Era su fin último, el que justificaba todos los medios.

No se precipitó, dejó que el poder se enseñorease de su espíritu, de sus órganos, que le cercase y ele­vase. Ningún sonido, ningún objeto, nada en el mun­do existía salvo el Portal y la magia.

Sin embargo, aunque estaba exultante, no descui­dó su tarea. Sus ojos examinaron el acceso, todos sus detalles por insignificantes que fueran. No era ne­cesaria tanta concentración, lo había visto un millar de veces en sueños y en sus largos períodos de duer­mevela. Además, los sortilegios que habían de abrirlo eran sencillos. Lo único que debía hacer era propi­ciar mediante la frase correcta a cada uno de los cin­co dragones que lo custodiaban, elaborar un orden adecuado. En cuanto pronunciase sus hechizos y la sacerdotisa suplicase a Paladine que mantuviera franca la entrada, podrían traspasarla.

La hoja se cerraría luego tras ellos, y se enfrenta­ría al mayor desafío que jamás pudo imaginar.

Esta idea le excitaba. Los acelerados latidos de su corazón proporcionaban un ritmo inaudito a su san­gre, palpitaban en sus sienes y en su garganta. Miró a Crysania para indicarle, mediante un gesto de asen­timiento, que había llegado la hora.

La dama, arrebolada la faz y con el éxtasis de sus plegarias reflejado en el brillante lustre de sus pu­pilas, ocupó su lugar bajo el dintel mismo del Por­tal, frente a Raistlin. Requería tal movimiento que depositara en él una confianza absoluta, inalterable. Un simple error en la cadencia de una sílaba, una pausa a destiempo al recitar los versículos, un des­liz en la inflexión o un gesto inapropiado significa­ría el fracaso, entrañaría un fatal desenlace para ella y, también, para el nigromante.

De ese modo habían pretendido proteger la puer­ta los antiguos magos, guardarla de incursiones, ya que ellos, en su necedad, no habían sabido sellarla. En efecto, un practicante de las artes oscuras que hu­biera cometido las infames acciones en las que, no les cabía la menor duda, debía incurrir antes de arri­bar a este punto, y un clérigo de Paladine —puro en su fe y en su alma— no podían aliarse nunca. Al me­nos, a ellos se les antojó una suposición irrisoria que criaturas tan opuestas se apoyasen implícitamente en este ni en ningún otro empeño.

Había ocurrido en una ocasión cuando, vincula­dos por el falso embrujo de uno y la pérdida de le del otro, Fistandantilus y Denubis se presentaron en el linde del más allá. Las precauciones de los hechi­ceros no habían producido entonces el fruto desea­do y, por lo que podía deducirse, pronto volverían a frustrarse sus esperanzas. A pesar de su sapiencia, no habían sido capaces de prever que un sentimien­to como el amor, un amor impío y prohibido, obra­ría el milagro de unir a dos humanos antagónicos.

Mientras se situaba en el marco del Portal, Crysania contempló a Raistlin por última vez en aquel plano de existencia y le dedicó una sonrisa. El nigromante respondió a su saludo, al tiempo que se formaban en su mente las palabras del primer sortilegio.

La sacerdotisa extendió los brazos. Su vista no re­cogía ya la imagen del mago sino que, a través de él, se extraviaba en busca del reino intangible que ha­bitaba su divinidad. Había escuchado las exigencias del Príncipe de los Sacerdotes, conocía su falta, la arrogancia que le había llevado a reclamar lo que de­bería haber suplicado con humildad.

En aquel instante, comprendió por qué los dioses, en su justa ira, habían dictaminado la destrucción de Krynn. Una voz en sus entrañas le decía que Pa­ladine respondería a sus preces, que no permanece­ría indiferente como cuando profiriera sus imperiosas órdenes el dignatario de Istar. Aquél era el momen­to de mayor gloria de Raistlin, y también el suyo. Al igual que Huma, el Gran Caballero, había supe­rado sus pruebas, el fuego, la oscuridad, la muerte y la sangre. Ahora se sentía en plenas facultades.

—Paladine, tu leal sierva acude a tu presencia y te ruega que le concedas tu bendición —oró—. Abro los ojos a tu luz; al fin he asimilado las enseñanzas que, en tu infinita sabiduría, has tenido a bien im­partirme. Oye mis rezos, no me desampares. Abre el Portal para que pueda adentrarme en el Abismo blan­diendo tu antorcha. Camina a mi lado cuando luche para disolver definitivamente la negrura.

El hechicero contuvo el aliento. ¡Todo dependía de ella! ¿Se había equivocado al juzgarla? ¿Poseía aque­lla mujer la fuerza, la fe y la erudición que deman­daba su empresa? ¿Era la elegida de Paladine?

Un aura luminosa, sagrada, envolvió a la sacerdo­tisa. Su negro cabello irradiaba chispas, su albo há­bito refulgía como las nubes iluminadas por el sol y, también en sus pupilas, prendieron unos ribetes argénteos similares a los que destilaba Solinari. Su belleza, en aquel trance, se tornó sublime.

—Gracias por atender mi plegaria, dios de la Luz —murmuró la dama, inclinada la cabeza. Las lágri­mas centelleaban cual estrellas en su pálido sem­blante—. Me haré merecedora de tu benevolencia.

Hechizado por su hermosura, Raistlin olvidó su objetivo. Sólo acertaba a observarla ensimismado, tanto que hasta su magia se diluyó unos segundos.

Reaccionó presto. Nada ni nadie podría detenerle.

 

 

— ¡Mira, Caramon! —musitó Tas, fascinado por la escena que se desplegaba ante ellos.

—Demasiado tarde —apuntó el general.

Después de recorrer a toda carrera las mazmorras, los dos personajes habían alcanzado los cimientos del alcázar y descubierto el rincón donde se ocultaba el Portal arcano. Mas hubieron de refrenar su impulso y hacer un brusco alto al vislumbrar a Crysania que, al fondo del corredor que acababan de acometer y circundada por un aura de plata, se er­guía en el centro del acceso con los brazos extendi­dos y el rostro alzado hacia el lejano cielo. Su belle­za, que había cesado de ser de este mundo, atravesó como una daga el corazón del fornido luchador.

—¡No puede ser! —se rebeló el kender—. ¡Aún es­tamos a tiempo!

—Fíjate en sus ojos, Tas —le reconvino el gue­rrero—. Los entela una ceguera tan insondable como la que me eclipsó a mí en la. No puede vernos a cau­sa del escudo que ella misma ha forjado.

—Intentemos hablarle, Caramon —insistió el hom­brecillo en un frenesí anhelante—. No debemos per­mitir que se vaya. Todo esto ha sucedido por mi cul­pa, fui yo quien mencioné a Bupu y la aboqué a un destino que no era el suyo. ¡La obligaré a recapacitar!

Dio un salto hacia adelante y comenzó a gesticu­lar a fin de llamar la atención de la dama. Pero el hombretón le agarró por el copete y le forzó a retro­ceder. Dolorido y furioso, el kender gritó de tal modo que Raistlin, alertado, dio media vuelta.

El archimago espió unos instantes a los intrusos sin reconocerles. Cuando salió de su aturdimiento, la expresión que adoptó no fue de alegría.

—Cállate, Tasslehoff —instó el guerrero a su acompañante—. Tú no eres responsable de lo acae­cido. Y ahora, quédate quieto y no te interfieras.

Arrojó a su cautivo, de un empellón, detrás de un pilar de granito, y le ordenó:

—No te muevas; manténte a resguardo. Tas abrió la boca para discutir, pero al estudiar la faz de Caramon, vencido el arrebato que le indu­jera a correr hacia la sacerdotisa, y reparar en la fi­gura de Raistlin al otro extremo del pasillo, le asal­tó el temor. Se sentía como en el Abismo.

—Sí, amigo —claudicó—, te aguardaré aquí.

Apoyándose en la columna, tembloroso y desazo­nado, el kender evocó el recuerdo del infortunado Gnimsh en el momento en que se desplomara sobre el suelo de aquella hedionda celda.

Tras lanzar al hombrecillo una última mirada, que no era sino una tajante advertencia, el general se ale­jó por el pasadizo en dirección a su hermano.

El mago examinó su avance.

—Así que has sobrevivido —comentó, una vez el hombretón se hubo plantado frente a él.

—Gracias a los dioses, no a ti —repuso Caramon.

—Gracias a uno de los dioses —corrigió el hechi­cero con una perversa mueca—. O, para ser más exac­tos, a una diosa —puntualizó—. A la Reina de la Os­curidad. Fue ella quien te envió al kender y, según presumo, ese pequeño entremetido alteró el curso de los acontecimientos y te salvó. ¿Te incomoda pensar que le debes la vida a Takhisis?

—¿Te incomoda a ti deberle tu alma? —contraatacó el guerrero.

Por unos segundos, los espejos que cubrían los ojos de Raistlin se resquebrajaron como si los hu­biera hendido un proyectil. No obstante, pronto re­cobró la compostura, y desvió el cuerpo hacia el Por­tal para, ignorando a su gemelo, extender la palma y reanudar sus ritos. En postura grave, solemne, el nigromante invocó a la cabeza reptiliana situada en la parte inferior derecha del ovalado acceso.

—Dragón Negro —entonó con tono acariciador—, desde la oscuridad a las tinieblas, mi voz resuena en el vacío.

No había terminado su cántico cuando una aureo­la de penumbra empezó a formarse alrededor de Crysania, un espectro de luz tan negra como la joya nocturna que, en su día, el hechicero entregara a Kitiara, como los efluvios de Nuitari.

Sintió el archimago la mano de Caramon en su mu­ñeca. Disgustado, trató de desembarazarse de aque­lla garra, pero fue inútil, los dedos que le apresaban eran poderosos.

—Restitúyeme el ingenio, Raistlin, y volvamos a casa —le exhortó el hombretón.

El aludido escrutó a su hermano, olvidada la có­lera en favor del asombro.

—¿Cómo has dicho? —quiso cerciorarse.

—Volvamos a casa —repitió su ofrecimiento el lu­chador.

El hechicero estalló en desdeñosas carcajadas, y espetó a su gemelo:

—¡Eres un sentimental!, tu altruismo raya en la estulticia! A estas alturas, ya debes saber lo que he­cho. No dudo que el kender te habrá relatado el epi­sodio del gnomo y mi traición hacia ti. Eres cons­ciente de que te habría abandonado a los dewar, a tu decapitación, y todavía pretendes que te siga.

—Te pido que me acompañes porque las aguas de la maldad se cierran sobre tu cabeza, Raistlin —con­testó el otro sin soltar la mano del mago.

Posó la vista en su propia mano, que, fuerte, bru­ñida por el sol, aferraba a aquella criatura de hue­sos más frágiles que los de un pájaro, de piel tan blanca y delgada que casi parecía transparente. In­cluso imaginó que, de proponérselo, podría divisar la palpitación de la sangre en sus azuladas venas.

—Mis dedos sobre tu muñeca, eso es todo cuanto nos queda —sentenció. Hizo una pausa y, cavernoso su timbre a causa de la pena, continuó—: Nada pue­de borrar lo que has hecho, Raist. Nunca más reina­rá la concordia entre nosotros. Se han abierto mis ojos. Ahora te conozco tal como eres.

—Entonces, ¿por qué quieres que vaya contigo? Te bastaría con activar el artilugio arcano, no precisas de mí para regresar —le recordó el archimago y, hun­diendo el brazo libre en uno de sus bolsillos secre­tos, extrajo el colgante y se lo dio.

—Podría aprender a vivir con la constancia de tu vileza y tu capacidad para hacer el mal —declaró el hombretón, prendiendo sus pupilas de aquellos po­zos de negrura—. Tu caso es peor, Raistlin, pues has de convivir contigo mismo, y supongo que la aceptación de tu pervertido carácter debe convertirse en una insoportable pesadilla en esas horas de la no­che en que te enfrentas a tu propia desnudez.

Raistlin no despegó los labios. Su rostro era una máscara impenetrable, ilegible, mientras observaba cómo su hermano embutía el ingenio en su cinto.

Caramon tragó saliva, deseoso de que con ella desapareciera el sabor a hiel. Apretó su zarpa, más ineludible que la de la muerte, y reanudó su dis­curso.

—Sin embargo, hay algo sobre lo que conviene que medites. A lo largo de tu vida has tenido momentos generosos, quizá más que todos nosotros. Es cierto que yo he ayudado a mis semejantes, pero es fácil hacerlo cuando se recibe el reconocimiento de aque­llos a los que se ha socorrido. Tú, en cambio, has auxiliado a quienes sólo te devolvían burlas y repro­ches, a quienes menos lo merecían. Has protegido a los demás en situaciones desesperadas, en las que tus servicios caían en el desierto. Aún te resta un res­quicio de bondad, Raistlin, que a la larga podría pa­liar el influjo de ese aspecto negativo de tu natura­leza. Abandona tu proyecto, ven a casa.

«Ven a casa..., ven a casa.» El archimago entornó los párpados, el dolor que hostigaba su corazón era apenas resistible. Movió los dedos de la mano que no atenazaba su gemelo y rozó con sus delicadas ye­mas el dorso de aquella familiar manaza, tan suave su tacto como las patas de una araña. En la frontera de lo real, oyó las fervorosas oraciones de Crysania. La reconfortante luz que dimanaba la sacerdotisa le hizo pestañear. «Ven a casa.»

Cuando Raistlin habló, su voz había asumido una suavidad mayor que la textura de su epidermis.

—Tu ingenuidad, hermano, te impide concebir los crímenes que empañan mi alma. Si te los revelara, me volverías la espalda lleno de aversión, de odio. Y has acertado —admitió, trémulo su acento—; en la soledad nocturna, reniego de mí mismo. Tal es mi espanto, que no aguanto mi propia presencia.

Abriendo los ojos, sometió a su oyente a uno de aquellos intensos escrutinios que le caracterizaban.

—Pero he de confesarte —prosiguió— que todos los actos reprobables que perpetré fueron intencio­nados. Y me aguardan otros peores, atrocidades que llevaré a cabo con plena conciencia.

Se interrumpió y miró a Crysania que, en el Por­tal, absorta en su comunión con Paladine, vibraba en la resplandeciente aura de su hermosura y su po­der. Caramon le imitó, y se ensombreció su ceño al adivinar que Raistlin se refería a ella al augurar nue­vas iniquidades.

—Sí, hermano, la sacerdotisa entrará conmigo en el Abismo —ratificó el hechicero—. Caminará delan­te de mí y librará mis batallas, se enfrentará en mi lugar a clérigos oscuros, a nigromantes despiadados, a los espíritus de los muertos condenados a vagar por esos inhóspitos parajes y, en definitiva, a los in­verosímiles tormentos que le depare mi Reina. Tan­tos avatares lastimarán su cuerpo, devorarán su men­te y desgajarán su alma. Al fin, cuando se agote su resistencia, se derrumbará en el suelo, a mis pies, sangrante y moribunda.

»Con sus últimas energías, me tenderá la mano, buscará mi consuelo. No pedirá que la rescate; es de­masiado fuerte para eso. Sacrificará su vida gusto­sa, feliz, y no solicitará sino que permanezca a su lado mientras expira.

»Pero, yo, Caramon, pasaré sobre ella sin detener­me. La dejaré tundida e indefensa, no le dedicaré una frase amable ni me molestaré en mirarla. ¿Por qué? Porque ya no la necesitaré. Aceleraré la marcha ha­cia mi objetivo, fortalecido merced a la sangre que ella habrá derramado en mi nombre.»

Colocándose de perfil, levantó de nuevo la mano con la palma hacia fuera y, puesta ahora la vista en la cabeza que se silueteaba en el arco del Portal, mas­culló su segundo himno.

—Dragón Blanco, de este mundo al otro, mi voz exulta de vida.

Presa del pavor y de una revulsión asfixiante, el guerrero contempló de hito en hito el acceso a Crysania. Mas no cesó de estrujar el brazo de su herma­no, no renunció a su afán de convencerle. Sintió que el enteco brazo se retorcía bajo su asimiento, y no obstante, vaciló. Era la oportunidad que acechaba Raistlin: aprovechando el momentáneo titubeo de su aprehensor, trazó un sesgo rápido, ágil, con la mano, y destelló el acero de un daga de plata que, surgida de su manga, pellizcó el cuello del hombretón en el punto donde se abultaba la yugular.

—Suéltame, hermano —ordenó el nigromante.

Aunque no ejerció mayor presión con su daga, manó la sangre, una savia vital que no brotaba de la carne, sino del alma. Limpia, diestramente, el filo cercenó el último nexo espiritual que unía a los gemelos. Caramon sufrió un espasmo frente a la pun­zada, pero el dolor no se prolongó más tiempo que el que había empleado la daga en romper el vínculo. Libre al fin, el general obedeció sin rechistar al que fuera su ser más querido.

Dio media vuelta y, todavía renqueante, retroce­dió en dirección al pilar donde se agazapaba Tas.

—Permíteme una última advertencia —ofreció el archimago con cortés frialdad, a la vez que restituía la daga a su escondrijo.

El guerrero no aflojó el paso, ni siquiera giró la faz para escucharle.

—Sé precavido con ese artilugio —continuó Raistlin a pesar de tan esquiva actitud—. Lo recompuso Su Oscura Majestad para mandar al kender junto a ti, así que, cuando lo uses, podrías ser transportado a un universo poco agradable.

—No fue ella quien lo arregló —le desengañó Tas, saliendo de su parapeto—. Lo reparó Gnimsh, mi amigo, el gnomo al que asesinaste.

—En ese caso, probad suerte —aconsejó el hec­hicero—. Idos cuanto antes de este subterráneo y de esta época. Pero —agregó, todavía receloso—, no ol­vides nunca que te he avisado, Caramon.

El kender, renacido su rencor al evocar la figura de su compañero del Abismo, quiso abalanzarse so­bre el arcano adversario. El hombretón le retuvo.

—Tranquilízate, Tas —le rogó—. Ya nada importa.

Girándose, el guerrero se encaró con su gemelo. Aunque rígido a causa del sufrimiento y el cansan­cio, su expresión denotaba la paz interior de aquel que ha llegado a conocerse a sí mismo. Acarició el copete del hombrecillo y le invitó, en un susurro:

—Vamos a casa, mi buen Tas. Adiós, hermano.

Raistlin no le oyó. Erecto frente al Portal, se ha­llaba de nuevo inmerso en su magia, lo que, sin em­bargo, no impidió que atisbara por el rabillo del ojo cómo el forzudo luchador iniciaba las manipulacio­nes que habían de transformar el colgante en un ce­tro de inconmensurable poder.

«Cuanto antes se esfumen, mejor —pensó—. Al fin me deshago de esa humanidad sin cerebro que me ha tenido atrapado todos estos años.»

Resuelto, se consagró en cuerpo y alma a comple­tar los preparativos de su viaje a las esferas inferna­les. En la entrada, Crysania estaba rodeada por un círculo luminoso que despedía fulgores similares a los del sol al reverberar en la nieve. La invocación que hiciera el nigromante al Dragón Blanco había producido el efecto deseado. Le tocaba ahora el tur­no al reptil de la zona inferior izquierda, de modo que, plenamente concentrado, siseó su letanía:

—Dragón Rojo, a ti apelo desde la oscuridad a las tinieblas. Bajo mis pies el suelo es firme.

Unos haces encarnados surcaron la aureola de la sacerdotisa, a través del cerco de negrura y también del etéreo anillo albo. Ardientes como la sangre, cu­brieron el tramo que separaba a Raistlin del Portal en forma de puente, de un sólido paso al más allá.

Intensificado el volumen de su voz, el hechicero procedió a llamar a la cuarta criatura tan pronto co­mo se hubo materializado el anterior encantamiento.

—Dragón Azul, detén en su curso la Historia.

Unos rayos de tonalidades marinas comenzaron a arremolinarse en derredor de la sacerdotisa y gene­raron una masa semejante a un mar embravecido. Cual si flotase en su cresta, abiertos los brazos en toda su envergadura, la dama inclinó la cabeza ha­cia atrás y su cabello fue agitado por las corrientes del tiempo. El vaporoso hábito se meció en las on­das, fustigándola sin que ella se percatase.

Raistlin vio que el Portal temblaba, prueba inequí­voca de que se había creado el campo magnético que debía doblegarse a su mandato. Su alma rebosaba un júbilo que Crysania compartió. Sus pupilas bri­llaron en un sollozante rapto, separó los labios para exhalar un dulce suspiro. Estiró entonces las manos y, bajo su contacto, el acceso se desencajó.

El archimago quedó sin resuello. La energía arca­na que se acumulaba en sus entrañas casi le ahogó al exteriorizarse. Ahora vislumbraba el plano de exis­tencia que se ocultaba al otro lado; las esteras pro­hibidas a los mortales se insinuaban ante él.

En lontananza, su hermano pronunció los versícu­los que activarían el artilugio. Su acento retumbó en los tímpanos del nigromante.

—Tu tiempo te pertenece, aunque viajes por él... Aferra firme el final y el comienzo... Sobre tu testa descansa el porvenir.

Aquel porvenir era el hogar. «Ven a casa.» Acometió Raistlin el quinto cántico, el último, in­tentando no afectarse por la turbadora interferencia.

—Dragón Verde, ya que el destino postra bajo su yugo hasta los mismos dioses, lloremos, lamentémo­nos todos juntos.

Se quebró su voz. ¡Algo iba mal! La magia que pal­pitaba dentro de él perdió vigor, se tornó espesa como si rehusara circular a través de sus venas, de sus músculos. Logró tartamudear las últimas síla­bas, si bien cada una suponía un esfuerzo, mientras que su corazón dejó de latir y, cuando volvió a ha­cerlo zozobró su frágil osamente.

Desconcertado, el archimago fijó sus pupilas en el Portal para constatar si la última fase del sortilegio se había desencadenado. No; la luz que irradiaba Crysania estaba a punto de extinguirse y, en cuanto al campo, su fuerza parecía próxima a disiparse.

Más que recitarlas, Raistlin vociferó a la desespe­rada las palabras del postrer conjuro, el definitivo. Pero su cadencia no era la adecuada y, además, los sonidos salían de su garganta cual látigos que resta­llaran contra su persona, imposibilitando todo intento de conferirles el poderío que había de normali­zar el proceso. Notaba que sus virtudes le rehuían, que se le escapaba el control.

«Ven a casa.»

Resonaban en sus oídos las risas burlonas de la Reina, el acento suplicante y pesaroso de su gemelo. En aquel instante, un tercer timbre se mezcló con los otros, el chillón parloteo de un kender, que antes apenas percibiera por hallarse ocupado en asuntos más trascendentales. Ahora, la imagen de Tas se mol­deó en su cerebro cegador contorno.

«Lo reparó Gnimsh, mi amigo, el gnomo...»

Tan lacerantes como la hoja del enano que traspa­sara su vulnerable carne en el campamento, le apu­ñalaron, en la memoria, los párrafos escritos en las Crónicas de Astinus:

«En aquel mismo instante un gnomo, prisionero de los enanos de Thorbardin, activó un artilugio para viajar en el tiempo... El invento del gnomo se inmis­cuyó de alguna manera, desvirtuándolos, en los po­derosos y complejos encantamientos que había entre­tejido Fistandantilus... Se produjo una explosión tal que las llanuras de Dergoth quedaron devastadas.»

Raistlin apretó los puños, corroído por la ira. Neu­tralizar al hombrecillo no había servido de nada. Su víctima ensambló el artefacto antes de sucumbir. ¡La historia se repetiría! Huellas en la arena...

Perforando el Portal con la mirada, el nigromante vio surgir de su umbral al verdugo de sus premoni­torias pesadillas. Su propia mano apartó la capucha, el hacha descendió implacable para ajusticiar, por su voluntad a aquella réplica de sí mismo.

El campo magnético se resquebrajó, y las bocas de los dragones lanzaron bramidos de triunfo. Un es­pasmo de terror convulsionó a Crysania y en sus ojos apareció una expresión mortificante, idéntica a la que adoptaran los de su madre cuando, en el duro trance de morir, volaran hacia planos remotos.

«Ven a casa.»

En el interior del Portal, el abigarrado abanico de luces se desintegró en un enloquecido vaivén. Caren­tes de un amo que guiase sus evoluciones, los remo­linos se elevaron sobre el flagelado cuerpo de la sa­cerdotisa como prendieran las llamas en la aldea estragada por la epidemia. Crysania gimió dolorida, su piel empezó a marchitarse en el bello, mortífero fuego que provocara la magia desbocada.

Deslumbrado por los resplandores, las lágrimas afloraron a las pupilas de Raistlin mientras presen­ciaba la espeluznante escena. Una nueva ojeada al acceso le reveló que se estaba cerrando. Tras arro­jar al suelo su bastón, el hechicero dio rienda suelta a su cólera en un amargo e incoherente aullido.

En respuesta a su desarticulado grito, emergieron del Portal los ecos de unas carcajadas rítmicas, es­carnecedoras, que le humillaron hasta lo indecible.

«Ven a casa.»

Una sensación de calma inundó al archimago, la fría tranquilidad de la desesperanza. Había fracasa­do, pero no daría a la Reina el gusto de rebajarse, de implorar clemencia. Si tenía que morir, lo haría abrigado en el escudo de sus dotes.

Levantó la cabeza, enderezó la espalda y, valiéndo­se de todos sus poderes, de facultades heredadas de la antigüedad y otras que nunca había intuido ateso­rar, pese a que se originaban en algún recoveco de su alma, emitió un nuevo alarido. Mas ahora su manifes­tación no fue el plañir discorde del que se sabe in­defenso, sino una voz de mando ribeteada de una au­toridad que nadie antes había ostentado en el mundo.

Esta vez sus frases fueron concisas, tan inconfun­dibles para las fuerzas a las que iban destinadas como aquellos misteriosos dones que acababa de descubrir y que, hasta ahora, eludieran su propia in­trospección.

El campo magnético, en lugar de volatilizarse, se reintegró. ¡Él había sido el artífice del fenómeno! En su radio de acción, Raistlin ordenó al Portal que ce­sara en su recorrido y éste acató su mandato.

Exhaló un suspiro prolongado, tembloroso. Duran­te la breve tregua en que reinó la inmovilidad, un des­tello a su derecha le obligó a desviar la faz y com­probó que el ingenio había entrado en actividad.

El campo onduló y se combó salvajemente. A me­dida que crecía, que se propagaba la magia del artilugio, sus vibraciones arrancaron esotéricos cantos de las rocas donde se asentaba la fortaleza. En una marea devastadora, los sones de la incorpórea mú­sica trazaron torbellinos alrededor de la figura del hechicero mientras los dragones, iracundos, rugían su contestación. Lucharon los coros atemporales de la piedra y de los reptiles hasta que, en su coincidente fluir, se combinaron en una cacofonía capaz de par­tir en dos la mente más cuerda.

El estruendo era ensordecedor, la fusión de aque­llos dos poderosos hechizos hizo que la tierra se es­tremeciese bajo los pies del nigromante, quien asis­tió, inerme, al desmembramiento de la gruta. Se abrieron fisuras en los cantarines muros, en las metálicas cabezas de reptil que festoneaban el arco del Portal. Incluso éste, que parecía indestructible, co­menzó a desmoronarse.

Raistlin, desequilibrado, hincó las rodillas. El campo magnético se estaba rasgando, se hacía jirones como la osamenta del mundo. Se rompía, se astilla­ba y, dado que el mago se aferraba a él, también su cuerpo sufrió las consecuencias del desastre.

Un agudo dolor laceró su ser, se convulsionó y re­torció en una insoportable agonía.

Se enfrentaba a un terrible dilema. Si soltaba su agarradero caería sin remisión, se precipitaría en una nada absoluta a la que la más abyecta negrura era preferible. Mas, por otra parte, de intentar resis­tir, se dividiría su persona en dos mitades, desenca­jada bajo el embate de las esencias mágicas que él mismo había despertado y ya no controlaba.

Sus músculos se hacían trizas, las cavidades óseas oscilaban, las vísceras y los tendones se dislocaban.

— ¡Caramon! —gimoteó en un llanto desgarrado.

Pero su hermano y Tas se habían desvanecido. El artefacto mágico, reajustado por el único gnomo del universo cuyos inventos funcionaban, había cumpli­do su misión. Los dos compañeros no podían ayu­darle.

Le restaban unos segundos de vida, unos momen­tos para reaccionar. No obstante, el suplicio era tan penoso que no conseguía ordenar sus ideas.

Los huesos se despegaban de sus músculos, los ojos se proyectaban en sus cuencas prestos a des­prenderse, el paro cardíaco era inminente y su cere­bro, succionado por las fuerzas en conflicto, amena­zaba con estallar dentro de su cráneo.

Oyó un grito cercano y a la vez remoto, un sonido estridente en el que reconoció su propio estertor. La muerte cerraba filas, pero, como hiciera durante toda su vida, presentó batalla.

—Me sobrepondré —balbuceó, y tal decisión bro­tó de sus labios bañada en sangre.

Estirando una mano, asió el bastón que antes re­chazara y reiteró su sentencia para reafirmarse.

—Me sobrepondré. ¡No me arrebatarán el poder!

Se elevó en el vacío, catapultado por una oleada multicolor hacia un túnel que, acuoso, hirviente, ha­bía de desembocar en...

«Ven a casa.... ven a casa.»

 

 

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