© Libro N° 5994.
Leyendas De La Dragonlance. Volumen I. El Templo De Istar. Weis, Margaret; Hickman, Tracy. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Dragonlance Legends™ - Time of the Twins
Versión Original: © Leyendas De La Dragonlance.
Volumen I. El Templo De Istar. Margaret Weis - Tracy Hickman
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
Leyendas De
La Dragonlance
Volumen I
EL TEMPLO DE
ISTAR
Margaret Weis - Tracy Hickman
A Samuel G. y Alta Hickman
A mi abuelo, que me zarandeaba en el lecho de una manera nuy
especial, y a mi abuela y niñera, que siempre fue tan orudente. Gracias por los
cuentos relatados en la cama, por la vida, por el amor y por la historia.
Siempre perduraréis.
Tracy Raye Hickman
Este libro, que trata de los vínculos físicos y espirituales que
unen a los hermanos, sólo puedo dedicarlo a una persona: mi hermana. A Terry Lynn Weis Wilhelm, con amor.
Margaret Weis
AGRADECIMIENTOS
Queremos expresar nuestro sincero reconocimiento a las
siguientes personas: Michael Williams, por sus espléndidos poemas y muestras de
amistad.
Steve Williams, por sus magníficos mapas.
Patrick Price, por sus útiles consejos y ponderadas críticas.
Jean Black, nuestra editora, que tuvo fe en nosotras desde el
comienzo.
Valerie Valusek, por sus exquisitas plumas. Ruth Hiyer, por los
diseños.
Roger Moore, por los artículos DRAGÓN® y la historia de
Tasslehoff y el mamut lanudo.
El equipo Dragonlance TM: Harold
Johnson, Laura Hickman, Douglas Niles, Jeff Grubb, Michael Dobson, Michael
Breault, Bruce Heard.
Los artistas del CALENDARIO DRAGONLANCE 1987: Clyde Caldwell,
Larry Elmore, Keith Parkinson y Jeff Easley.
El encuentro
Una
figura solitaria caminaba sigilosa hacia la distante luz. Nadie podía oírla, el
eco de sus pisadas era absorbido por la vasta negrura que la rodeaba. Bertrem
se abandonó a una momentánea turbación al contemplar las interminables hileras
de libros y pergaminos que formaban parte de las Crónicas de Astinus y narraban
la historia de su mundo, la historia de Krynn.
«Es como ser engullido por el tiempo», pensó con un suspiro,
mientras observaba los silenciosos documentos. Cruzó su mente un repentino
deseo de ser transportado a un lugar lejano, donde no tuviera que afrontar la
ardua tarea que le aguardaba.
«Estos volúmenes contienen toda la sapiencia del orbe —se dijo
en actitud meditabunda—. Sin embargo, nunca hallé un indicio capaz de
facilitarme la intrusión en la mente de su autor. »
Bertrem
se detuvo junto a la puerta a fin de asumir el valor necesario. Sus ondeantes
ropajes de Esteta se ordenaron en torno a su figura, cayendo en pliegues
correctos y regulares. No obstante, su estómago rehusó seguir el ejemplo de la
túnica y daba violentos saltos en sus entrañas. Se acarició con la mano el
cuero cabelludo, un gesto nervioso y evocador de una época en que la elección
de su oficio aún no le había costado la pérdida de sus cabellos.
«¿Qué le preocupaba?», se preguntó desalentado; aparte, por
supuesto, del respeto que le infundía entrar a ver al Maestro, algo que no
había hecho desde... desde... Un escalofrío recorrió su cuerpo. En efecto,
desde que el joven mago estuviera a punto de morir en el umbral de la Gran
Biblioteca durante la última guerra.
Guerra... cambios, eso era lo que había significado. Al igual
que su ropa, el mundo parecía haberse apaciguado en su derredor, pero presentía
nuevas metamorfosis, como le ocurriera dos años atrás. Deseaba poder
impedirlas...
Bertrem volvió a suspirar. «No voy a impedir nada si me quedo
plantado en la oscuridad», se amonestó. Se sentía incómodo, como si lo acechara
una horda de fantasmas. Una brillante luz refulgía al otro lado de la puerta,
esparciéndose por las rendijas hacia el vestíbulo. Tras lanzar una fugaz mirada
a las sombras de los libros, pacíficos cadáveres que reposaban en sus tumbas,
el Esteta accionó el picaporte y penetró en el estudio de Astinus de Palanthas.
Aunque estaba dentro, éste no le habló, ni siquiera alzó la vista.
Atravesando con paso comedido la rica alfombra de lana de oveja
que yacía extendida sobre el suelo marmóreo, Bertrem fue a detenerse ante el
gran escritorio de madera bruñida. Durante unos minutos no despegó los labios,
absorto en la contemplación de la mano con que el historiador guiaba la pluma
de uno a otro lado del pergamino, a un ritmo rápido y regular.
—¿Y bien, Bertrem? —lo interrogó Astinus sin cesar de escribir.
El Esteta leyó las letras que, aunque invertidas para él, eran
claras y fáciles de descifrar.
En el día de hoy, Hora de Vigilancia Nocturna subiendo hacia el
29, Bertrem ha entrado en mi estudio.
—Crysania, de la casa de Tarinius, desea veros, Maestro. Afirma
que la esperáis. —Su voz se estranguló en un susurro, debido al enorme esfuerzo
que había realizado para articular tan breves palabras.
Astinus continuó su labor.
—Maestro —aventuró Bertrem con voz queda, temblando ante su
propia osadía—. No sabíamos qué hacer, después de todo es la hija de Paladine y
nos resultó imposible negarle la admisión. Lo que...
—Condúcela a mis aposentos privados —ordenó el cronista sin
cejar en su empeño ni mirar a su interlocutor.
La lengua de Bertrem se incrustó en su paladar con tal fuerza
que quedó momentáneamente sin habla. Las letras fluían de la pluma sobre el
blanco pergamino.
En el día de hoy, Hora Postvigilia subiendo hacia el 28,
Crysania de Tarinius ha acudido a su cita con Raistlin Majere.
—¡Raistlin Majere! —exclamó el Esteta, liberada su lengua por el
pasmo y el horror—. ¿Debemos permitir que entre?
Astinus alzó al fin los ojos, y la irritación frunció su
entrecejo. Al interrumpirse los fluidos trazos de su pluma un silencio
sobrenatural envolvió la estancia, a la vez que Bertrem palidecía. El rostro
del cronista podía tildarse de atrayente aunque de un modo atemporal, ajeno a
las facciones habituales de los hombres. Después de verle nadie recordaba sus
rasgos salvo sus ojos, aquellos ojos oscuros, alertas, penetrantes y en
constante movimiento que parecían contemplarlo todo sin un parpadeo. A través de
sus pupilas comunicaba un vasto universo de impaciencia, que recordó a Bertrem
el paso inexorable del tiempo. Mientras ellos hablaban discurrían preciosos
minutos de la Historia sin que nadie los registrara.
—Perdonadme, Maestro. —El Esteta se inclinó en una humilde
reverencia y retrocedió presuroso por el estudio, cerrando la puerta al salir.
Una vez en el exterior se enjugó el sudor que goteaba por su calva y se internó
en los pasillos marmóreos, callados, de la Gran Biblioteca de Palanthas.
Astinus se detuvo en el umbral de su residencia privada para
contemplar a la mujer que lo esperaba en su interior.
Situada en el ala occidental de la Gran Biblioteca, la morada
del historiador era pequeña y, al igual que todas las salas del recinto, se
hallaba repleta de libros encuadernados de los modos más diversos imaginables,
que atestaban los estantes adosados al muro y vertían sobre la zona central de
habitáculos un ligero olor a moho, como un mausoleo que hubiera permanecido
sellado a lo largo de los siglos. El mobiliario era escaso, prístino. Las
sillas, de madera trabajada en exquisitas tallas, resultaban duras e incómodas
y estaban distribuidas por la cámara en torno a una mesa baja, próxima a la
ventana, que no adornaba ningún objeto y reflejaba ahora la luz del sol
poniente en su lisa y negra superficie. Reinaba en la habitación un orden
perfecto, incluso la leña del hogar —las noches primaverales eran frescas en
esta región septentrional— yacía amontonada con tal pulcritud que se asemejaba
a una pira funeraria.
Aun así, pese a la pureza y primitivismo que dimanaba del
aposento privado del cronista, el lugar parecía un mero espejo donde se
dibujaba la belleza fría e indefinible de la mujer que allí aguardaba, sentada,
con las manos unidas en el regazo.
Crysania de Tarinius adoptaba una actitud paciente. No se
estremecía, ni siquiera suspiraba al contemplar la máquina del tiempo
alimentada por agua que se alzaba en un rincón. Tampoco leía, aunque Astinus
estaba seguro de que Bertrem le había ofrecido un libro. No recorría la
estancia ni examinaba los pocos ornamentos que se alineaban en las vitrinas
destinadas a los volúmenes más valiosos. Estaba sentada en una rígida e
inclemente silla con los ojos, claros y brillantes, fijos en los ribetes
encarnados de las nubes que se alzaban sobre las montañas como si quisiera
guardar en su retina el espectáculo del primer, o acaso el último, crepúsculo
de Krynn.
Tan absorta se hallaba en la visión que se desplegaba al otro
lado de la ventana que Astinus entró sin que se percatase. La examinó el
cronista con intenso interés, algo que no era inusitado en él pues solía
escrutar a todo ser viviente con la misma mirada insondable. Lo que ya resultó
más insólito fue la conmiseración y el hondo dolor que cruzó por un momento su
rostro al observar a la mujer.
Astinus registraba la Historia. Lo había hecho desde los albores
del tiempo, viéndola pasar ante sus ojos y reproduciéndola en sus libros. No
podía predecir el futuro, éste era jurisdicción de los dioses, pero sabía
interpretar los signos del cambio, esos indicios que tanto habían inquietado a
Bertrem. Oía, en su erguida postura, el goteo del agua que fluía por el ingenio
medidor del tiempo. Si abría su palma en el chorro, cesaría su discurrir, mas
los minutos seguirían pasando.
El cronista centró su atención en la mujer, de quien mucho había
oído hablar pese a no conocerla en persona. Tenía el cabello oscuro, de un
negro azulado similar al del mar cuando se remansa por la noche. Lo llevaba
peinado hacia atrás a partir del centro de la cabeza, sujeto mediante una
horquilla de madera desprovista de adornos. Este severo estilo no favorecía sus
facciones delicadas ya que destacaba su palidez, su rostro vacío del color de
la vida. Sus ojos grises parecían demasiado grandes, y la sangre no bañaba sus
labios.
En su adolescencia, sus sirvientes trenzaban y ondulaban aquella
melena negra de acuerdo con la moda del momento, insertando agujas de plata u
oro y adornándola con engarces de ricas joyas. Teñían sus pómulos con zumo de
bayas, y la ataviaban con lujosos vestidos rosa pálido o azul indefinido. Sus
pretendientes esperaban turno para agasajarla.
Los ropajes que ahora vestía eran blancos, como correspondía a
una sacerdotisa de Paladine, y lisos, aunque confeccionados con fina tela. No
exhibía más adorno que un cinturón de oro que ceñía su delgado talle, además
del Medallón del Dragón de Platino propio de los seguidores del dios del Bien.
Rodeaba su cabeza una holgada capucha alba que realzaba la marmórea frialdad de
su tez.
El adjetivo «marmórea» se le antojó a Astinus muy adecuado, con
una salvedad: el mármol podía calentarse bajo el influjo del sol.
—Yo te saludo, Hija Venerable de Paladine —dijo el cronista,
dando un paso al frente y cerrando la puerta a su espalda.
—Saludos, Astinus —respondió Crysania de Tarinius a la vez que
se levantaba.
Mientras avanzaba en su dirección el historiador se sorprendió
ante la rapidez y longitud, casi masculinas, de sus zancadas, discordes a su
entender con su delicado porte. También su apretón de manos fue firme y
enérgico, algo poco usual en las mujeres de Palanthas, que no solían estrechar
las palmas de sus congéneres y se limitaban a ofrecer las yemas de los dedos.
—Quiero agradecer tu gesto al perder unos minutos de tu valioso
tiempo para actuar como parte neutral en este encuentro. Sé que te disgusta
interrumpir tus estudios —declaró Crysania con voz gélida.
—Mientras no sea inútil el sacrificio no me importa en absoluto
—respondió el cronista, reteniendo su mano y traspasándola con los ojos—. Debo
admitir, no obstante, que lamento esta situación.
—¿Por qué? —La sacerdotisa examinó su rostro atem-poral en
actitud perpleja. De pronto, comprendió y esbozó una sonrisa, que no animó sus
facciones más de lo que la luna pudiera avivar una helada capa de nieve
invernal—. No crees que venga, ¿verdad?
Astinus dio un respingo, soltando la palma de la mujer como si
se hubiera desvanecido su interés por su mera existencia. Alejóse de ella,
avanzó hacia la ventana y se asomó a la ciudad de Palanthas, cuyos blancos
edificios resplandecían bajo la caricia de los últimos rayos del sol con una
fascinadora belleza. Sólo había una excepción, sólo una mole permanecía
intocada por el astro rey incluso en los momentos más luminosos del día.
Fue en esta edificación donde se posaron los ojos del cronista.
Erguida en el centro de la hermosa ciudad, sus torres de piedra negra se
retorcían en pos del cielo a la vez que sus minaretes, recientemente
reconstruidos por el poder de la magia, lanzaban rojizos destellos en el
crepúsculo y, al hacerlo, asumían la apariencia de unos dedos espectrales que
trataran de izarse sobre un cementerio profanado.
—Hace dos años entró en la Torre de la Alta Hechicería —recordó
Astinus, con voz desapasionada, al comprobar que Crysania se unía a él en la
ventana—. Franqueó sus puertas en medio de la noche, la única luna que surcaba
el firmamento era aquella que ninguna luz proyecta. Atravesó el Robledal de
Shoikan, un bosque de árboles malditos que ningún mortal, ni siquiera los
kenders, osan jalonar. Se abrió camino hasta la cancela donde aún yacía
suspendido el cuerpo del mago perverso que, al exhalar su último suspiro,
envolvió la Torre en una maldición y se arrojó desde sus almenas, ensartándose
en la verja como un temible centinela. Pero cuando él arribó, el guardián se
inclinó ante su figura, las puertas se abrieron sin oponer la menor resistencia
y Raistlin se recluyó entre tan misteriosos muros. En todo este tiempo nadie ha
observado ningún movimiento ni indicio de vida. Él no ha salido y, si ha
admitido a alguien, su acceso pasó desapercibido a los palanthianos. ¿Y tú
esperas que aparezca aquí?
—Es el Amo del Pasado y del Presente —afirmó Crysania
encogiéndose de hombros—. Al venir no hizo sino cumplir los augurios.
Astinus la contempló asombrado.
—¿Conoces su historia?
—Por
supuesto —contestó tranquila la sacerdotisa, clavando en el cronista una fugaz
mirada y desviando de nuevo los ojos hacia la Torre, que comenzaba a fundirse
con las sombras nocturnas—. Un buen general siempre estudia al enemigo antes de
entablar la lucha. Ningún detalle relativo a Raistlin Majere puede escapárseme,
y sé que esta noche se presentará.
Crysania siguió atisbando la enigmática Torre con el mentón
alzado, sus labios exangües cerrados en una línea recta y las manos enlazadas
en la espalda.
El rostro del historiador asumió una súbita gravedad y, tras
unos instantes de meditación en los que sus ojos parecieron entelarse, dijo con
la voz carente de emociones que le caracterizaba:
—Estás muy segura de ti misma, Hija Venerable de Paladine. ¿Por
qué?
—Mi dios me ha hablado —fue la concluyente respuesta de
Crysania, que no apartaba la vista de la oscura mole—. En un sueño se dibujó en
mi mente el Dragón de Platino y me reveló que el Mal, después de ser desterrado
del mundo, había regresado encarnado en Raistlin Majere, el mago de Túnica
Negra. Nos enfrentamos a un terrible peligro, y me ha sido concedido el honor
de combatirlo. —A medida que hablaba su semblante marmóreo se fue animando, y
un fulgor de claridad envolvió sus ojos grises—. ¡Será la prueba de mi fe a la
que he suplicado someterme! Ya en mi niñez presentí que estaba destinada a
realizar una gran hazaña, un servicio importante al mundo y sus pobladores.
Ahora tengo mi oportunidad.
La severidad se iba adueñando del rostro de Astinus, hasta que
al fin inquirió de forma abrupta:
—¿Paladine se dirigió a ti en estos términos?
Crysania, percibiendo la desconfianza de aquel hombre, selló sus
labios. El fino surco que se esbozó en su frente fue la muestra visible de su
ira, además de una calma, aún más estudiada, con que pronunció sus próximas
palabras.
—Lamento haber mencionado esta revelación, Astinus, discúlpame.
Se trata de un diálogo entre mi dios y yo, algo sagrado que nunca debe
discutirse. Sólo lo he sacado a relucir para demostrarte que el maligno
hechicero no dejará de venir. No puede evitarlo, es Paladine quien se lo
ordena.
Tanto se enarcaron las cejas del historiador que casi
desaparecieron en su cano cabello.
—Ese «maligno hechicero», tal como tú le llamas, sirve a una
divinidad tan poderosa como Paladine: Takhisis, la Reina de la Oscuridad. O
quizá no debería emplear el verbo «servir» refiriéndome a él —apostilló con una
sonrisa irónica.
La frente de la sacerdotisa se relajó, y ésta recuperó la
serenidad al responder:
—El Mal se vuelve contra sí mismo y el Bien vencerá de nuevo,
del mismo modo que se impuso en la Guerra de la Lanza. Derrotasteis entonces a
Takhisis y a sus dragones y, con la ayuda de Paladine, yo triunfaré contra la
perversidad al igual que Tanis, el Semielfo, el héroe que expulsó de Krynn a la
Reina Oscura.
—Si Tanis, el Semielfo, obtuvo aquella victoria fue gracias al
concurso de Raistlin Majere —replicó Astinus imperturbable—. ¿O acaso es ésa
una parte de la leyenda que prefieres ignorar?
Ningún atisbo de emoción alteró la plácida expresión de la
sacerdotisa. Sin cesar de sonreír, indicó al cronista con el dedo extendido
hacia la calle:
—Míralo, ahí viene.
El sol se ocultó tras las lejanas montañas y el cielo, iluminado
por un postrer resplandor, asumió unas bellas tonalidades purpúreas. Unos
criados entraron en silencio en la alcoba para encender la fogata, que prendió
sin sobresalto, como si el historiador le hubiera enseñado a mantener intacto
el reposo de la Gran Biblioteca. Crysania volvió a sentarse en la incómoda
silla, juntando de nuevo las manos en su regazo. Su semblante denotaba la
frialdad y calma habituales, si bien un tenue fulgor en sus ojos grises
revelaba la intensa excitación de su pálpito.
Nacida en el seno de la noble y acaudalada familia Tarinius de
Palanthas, una familia casi tan antigua como la ciudad misma, Crysania había
gozado del bienestar que el dinero y el rango suelen otorgar. Inteligente,
poseedora de una férrea voluntad, podría haberse convertido en una mujer
testaruda y caprichosa de no haber alimentado sus sabios y amantes progenitores
el enérgico talante de su hija para que floreciera bajo la forma de una
inquebrantable confianza en sí misma. En toda su vida, Crysania había cometido
tan sólo un acto susceptible de disgustar a sus padres, pero de tal naturaleza
que les había causado un hondo pesar. Había rehusado contraer matrimonio con un
apuesto y aristocrático joven, llevada por el deseo de consagrar su existencia
al servicio de unos dioses largo tiempo olvidados.
Oyó por vez primera las palabras del clérigo Elistan cuando éste
visitó Palanthas tras concluir la Guerra de la Lanza. Su nueva religión, que no
era sino una manifestación de las creencias más ancestrales, se extendía como
la pólvora por Krynn desde que la leyenda atribuyera a su fe un papel decisivo
en la derrota de los reptiles perversos y sus amos, los Señores de los
Dragones.
Mientras lo escuchaba, su actitud estaba teñida de escepticismo.
Aquella mujer se había criado entre relatos en los que se explicaba cómo las
divinidades habían castigado a Krynn con el Cataclismo, derribando la montaña
de fuego para asolar la tierra y hundir la ciudad sagrada de Istar bajo el Mar
Sangriento. Más tarde, según el rumor popular, los dioses volvieron la espalda
a sus criaturas y rechazaron cualquier vínculo con ellas. Crysania estaba
dispuesta a oír cortésmente a Elistan, pero guardaba argumentos contrarios a
sus afirmaciones y deseaba exponérselos.
Al conocerlo recibió una impresión favorable. Elistan se hallaba
por entonces en pleno apogeo, era un ser atractivo y fuerte pese a su edad algo
avanzada y se asemejaba a aquellos antiguos clérigos que batallaron —así lo
contaban las leyendas— con el caballero Huma. Al iniciarse la velada Crysania
encontró motivos para admirarle y al concluir se arrodilló a sus pies
sollozando de gozo, convencida de que su alma había dado con el ancla que le
faltaba.
El mensaje de su arenga fue que los dioses no habían abandonado
a los hombres. Fueron éstos quienes se alejaron de las divinidades, exigiendo
en un alarde de orgullo lo que el gran Huma había pretendido obtener a través
de la humildad. Al día siguiente Crysania dejó hogar, riquezas, servidumbre,
padres y cortejadores para mudarse al frío y reducido habitáculo sobre el que
Elistan quería construir el nuevo templo de Palanthas.
Ahora, dos años después, la muchacha se había convertido en una
de las Hijas Venerables de Paladine, una de las pocas elegidas que habían sido
juzgadas dignas de conducir a la Iglesia en sus nuevos balbuceos. Esta paciente
institución necesitaba de sangre fuerte y joven para propagarse, como respaldo
de la energía y vitalidad que tan generosamente le había instilado Elistan. Al
parecer el dios al que éste había servido con abnegada lealtad se disponía a
llamarle a su regazo, y cuando sucediera el triste evento había de ser Crysania
quien realizase su trabajo o, al menos, ésta era la creencia generalizada.
La sacerdotisa sabía que estaba preparada para aceptar el
liderazgo de la Iglesia, pero ¿era suficiente? Como le había confesado a
Astinus, presintió desde su tierna infancia que estaba en su destino ofrecer al
mundo un importante servicio. Guiar a los fieles en tareas rutinarias, ahora
que la guerra había concluido, se le antojaba aburrido e incluso mundano, razón
por la que suplicaba a menudo a Paladine que le asignase una tarea realmente
espinosa. Anhelaba sacrificarlo todo, incluso la vida, en aras de su fidelidad
al dios del Bien.
Y, al fin, sus plegarias obtenían respuesta. En estos momentos
esperaba, presa de una ansiedad que no lograba disimular. Ni siquiera el
encuentro con aquel hombre, al decir de muchos la más poderosa fuerza del Mal
en Krynn, le inspiraba el más ínfimo temor. De habérselo permitido su exquisita
educación habría torcido el labio en una mueca desdeñosa. ¿Qué perversidad
podía resistirse a la inquebrantable espada de su fe? ¿Qué malevolencia era
capaz de traspasar su refulgente armadura?
Como un caballero que se dirigiera a una justa coronado con la
guirnalda de su amor, sabedor de que no podía perder con tales prebendas
ondeando al viento, Crysania mantuvo su mirada fija en la puerta y aguardó los
clarines que anunciaban el torneo. Cuando se abrió la pesada hoja apretó aún
más sus manos, que mantenía enlazadas y en reposo, animada por una gran
excitación.
Entró Bertrem y sus ojos se clavaron en Astinus, que se
encontraba inmóvil como una columna de piedra en una rígida butaca junto al
fuego.
—El mago Raistlin Majere —declaró, más su voz se quebró en la
última sílaba. Quizás evocaba la última vez que había introducido a este
visitante, el día en que Raistlin apareció en la escalinata de la Gran
Biblioteca moribundo y vomitando sangre. El cronista frunció el ceño frente a
la falta de control del Esteta, quien se escabulló hacia el pasillo con toda la
rapidez que le permitieron los volátiles pliegues de su túnica.
En un gesto involuntario, Crysania contuvo el aliento. Al
principio no vio sino una sombra de negrura en el umbral, como si la misma
noche hubiera tomado forma en la entrada. El impreciso contorno hizo una pausa.
—Adelante, viejo amigo—lo invitó Astinus con aquella voz desnuda
de emociones.
Una tibia aureola rodeaba a la sombra, las llamas del hogar
reverberaban en el negro terciopelo de su túnica. El fulgor se esparció en
diminutas chispas, provocadas por el reflejo de la luz sobre las hebras de
plata con que estaban bordadas las runas de la capucha, hasta que el sombrío
ente fue tomando el aspecto de una figura envuelta en oscuros ropajes. Durante
unos breves instantes el único indicio de que semejante criatura poseyera
atributos humanos lo constituyó una mano esquelética apoyada en un bastón de
madera. Coronaba la vara una bola de cristal, sostenida por la garra tallada de
un Dragón Dorado.
Cuando la figura se introdujo en la estancia, la sacerdotisa
sintió el aguijón del desencanto. ¡Había rogado a Paladine que le impusiera una
tarea difícil! ¿A qué mal recalcitrante había de enfrentarse en aquella
criatura? Ahora que podía verla con total claridad no distinguió sino un hombre
enjuto, frágil, con los hombros ladeados, que parecía necesitar de su bastón
para caminar a causa de una debilidad invencible. Conocía su edad, no
sobrepasaba los veintinueve años, y, sin embargo, se movía como un humano de
noventa que tuviera que andar despacio a fin de sostenerse sobre sus piernas.
«¿Qué prueba de mi fe entraña el hecho de vencer a este desecho?
—recriminó la muchacha a Paladine—. No tengo que actuar para derrotarlo, el mal
que anida en sus entrañas lo devora sin mi participación.»
Situándose frente a Astinus, de espaldas a Crysania, Raistlin
descubrió su cabeza al desprenderse de la capucha.
—Saludos, ser inmortal —dijo a Astinus con voz queda.
—Saludos, Raistlin Majere —respondió el cronista sin levantarse.
Ribeteaba su voz una nota sarcástica, como si compartiera con el mago una broma
secreta—. Permite que te presente a Crysania, de la casa de Tarinius.
Raistlin se volvió y ahora sí, ahora Crysania dio un respingo a
la vez que un terrible dolor en el pecho le impedía articular las palabras e,
incluso, respirar. Unas agujas invisibles pero punzantes traspasaban las yemas
de sus dedos, un frío inexplicable convulsionó su cuerpo. Se arrebujó en su
asiento sin poder evitarlo, con las manos agarrotadas y las uñas hundidas en la
mortecina carne.
No veía ante ella más que un par de ojos dorados que brillaban
desde las profundidades del abismo. Sus órbitas se asemejaban a un vacuo espejo
que nada había de revelar del alma que cobijaban. Y las pupilas... la
sacerdotisa las contempló en un rapto de terror. En medio de los áureos
resplandores se dibujaban ¡sendos relojes de arena! En cuanto al rostro, no
resultaba más halagüeño. Desfigurada por el sufrimiento, marcada por la
torturada existencia que aquel ser había llevado durante siete años, desde que las
duras pruebas en la Torre de la Alta Hechicería despojaran a su cuerpo del
hálito de la vida y revistieran su piel de unos tintes metálicos, la faz del
hechicero era una máscara impenetrable, tan insensible como la garra que
adornaba el bastón.
—Hija Venerable de Paladine —susurró el humano con respeto y
quizás un atisbo de reverencia.
Crysania se sobresaltó. Estaba perpleja, no era esto lo que
esperaba.
Por alguna razón, la mujer no pudo moverse. La mirada del mago
la tenía atenazada, y se preguntó con desasosiego si no la habría sumido en un
hechizo. Como si hubiera adivinado su zozobra, él recorrió la alcoba y se
detuvo frente a su silla en una actitud tranquilizadora de tal manera que, al
alzar la vista, sus dorados ojos se le antojaron más cordiales pese al reflejo
oscilante de las llamas.
—Hija Venerable de Paladine —repitió Raistlin, envolviéndola su
voz en una suavidad comparable tan sólo a la aterciopelada negrura de su
túnica—. Espero que te encuentres bien —añadió, pero ahora la sacerdotisa
percibió un timbre de cínico sarcasmo. No le importó, sin embargo, pues para un
desafío sí estaba preparada. Su tono respetuoso la había sorprendido, admitió
enojada consigo misma, pero ahora, por fin, se había sobrepuesto a su
momentánea flaqueza. Tras ponerse en pie, a su mismo nivel, aferró sin proponérselo
el Medallón de Paladine y el contacto del frío metal le infundió valor.
—Creo que es superfluo este intercambio absurdo de formulismos
sociales —lo espetó Crysania, recobrada la cordura—. Hemos apartado a Astinus
de sus estudios, y sé que agradecerá que discutamos nuestro asunto con la mayor
celeridad posible.
—No podría estar más de acuerdo —accedió el mago de la Túnica
Negra con una ligera mueca del labio superior que cabía interpretar como una
sonrisa—. He venido en respuesta a tu llamada. ¿Qué quieres de mí?
Crysania intuyó que su oponente se burlaba de ella y,
acostumbrada a ser tratada con veneración en su círculo religioso, su ira fue
en aumento. Lo estudió unos momentos con una nueva frialdad en sus ojos, y
declaró:
—Estoy aquí para advertirte, Raistlin Majere, de que Paladine
conoce tus diabólicos designios. Actúa con prudencia o te destruirá.
—¿Cómo? —preguntó tajante el hechicero, y sus ojos brillaron con
una luz extraña, intensa—. ¿Cómo va a destruirme? —insistió—. ¿Se valdrá acaso
de relámpagos de fuego? ¿De inundaciones mágicas? ¿O quizá derrumbará otra
montaña ígnea?
Dio otro paso hacia la muchacha, quien se apartó sin perder la
calma para situarse junto a la misma butaca que antes ocupara. Agarrando
firmemente el alto respaldo, la rodeó y se encaró una vez más con el mago.
—Es de tu perdición de lo que te estás mofando —le respondió con
voz pausada.
Raistlin torció más aún la boca, pero siguió hablando como si no
hubiera oído sus palabras.
—¿Elistan? —pronunció en un siseo—. ¿Enviará a Elistan para
aniquilarme? —Se encogió de hombros—. No, por supuesto que no. Se murmura que
el sagrado clérigo de Paladine se siente cansado, débil, moribundo...
—¡No! —lo interrumpió Crysania y al instante se mordió el labio,
disgustada por haberse dejado embaucar y exteriorizar sus emociones. Dio un
prolongado suspiro, que le devolvió la compostura—. Los caminos de Paladine no
pueden cuestionarse ni desdeñarse como tú pretendes hacer—dijo en gélida
actitud, pero no pudo evitar que su voz flaqueara de manera casi imperceptible
al añadir—: La salud de Elistan, por otra parte, no es asunto de tu
incumbencia.
—Me interesa
más su estado de lo que tú supones —repuso el mago con lo que a Crysania se le
antojó una sonrisa despreciativa.
La sacerdotisa sentía palpitar el corazón en sus sienes.
Concluida su frase, Raistlin salvó la silla que les separaba a fin de
aproximarse a la joven, tanto que ésta no pudo sustraerse al calor sobrenatural
que irradiaba su cuerpo a través de las lóbregas vestiduras. Olió el aroma
empalagoso, pero no obstante agradable, que envolvía al mago como una aureola,
un olor especiado... «¡Los componentes de sus hechizos!», comprendió de pronto.
La idea le causaba náuseas así que, acariciando el Medallón de Paladine hasta
sentir en su carne los cincelados cantos, interpuso de nuevo cierta distancia.
—Paladine se me apareció en un sueño —anunció altiva.
Raistlin prorrumpió en carcajadas. Pocos eran los que le habían
oído reír, y esos pocos recordarían siempre los siniestros ecos en sus peores
pesadillas. Aguda, afilada como una daga, aquella manifestación negaba la
bondad, neutralizaba todo cuanto de honesto y auténtico tiene el mundo.
—He hecho lo que he podido para desviarte de la senda que
intentas seguir—concluyó Crysania, escudriñándolo con un desdén que endureció
sus ojos grises hasta teñirlos de un azul acerado—. Te he advertido porque era
mi deber. Tu destrucción queda ahora en manos de los dioses.
De forma súbita, quizá consciente del arrojo inamovible con que
la mujer le hacía frente, Raistlin dejó de reír. La observó atentamente, y sus
ojos se encogieron en dos rendijas de luz dorada antes de ensancharse su rostro
en una expresión de goce tan extraña, tan secreta, que Astinus se levantó de su
asiento al presenciar aquel intercambio de fuerzas. El cuerpo del cronista
bloqueó el resplandor de las llamas, y su sombra se proyectó sobre ambos.
Raistlin dio un salto repentino, brusco, al mismo tiempo que se volvía hacia el
insondable personaje a fin de clavarle una mirada furibunda.
—Cuidado, viejo amigo. ¿Pretendes interferirte en el curso de la
Historia? —inquirió amenazador.
—Nunca haría tal cosa, como bien sabes —fue la respuesta—. Yo me
limito a ver y registrar, soy neutral en todo acontecimiento. Conozco tus
maquinaciones, tus planes, al igual que los de cuantas criaturas viven en el
mundo. Por eso te ruego que me escuches, Raistlin, y que atiendas a mi aviso.
Esta mujer es una elegida de los dioses, su título bien lo indica.
—¿Elegida de los dioses? Las divinidades nos aman a todos ¿no es
cierto, Hija Venerable? —preguntó el hechicero dirigiéndose a Crysania. El
timbre de su voz era ahora tan aterciopelado como la textura de su túnica—. ¿No
está escrito en los Discos de Mishakal? ¿No son ésas las enseñanzas de Elistan?
—Sí —contestó la muchacha recelosa, segura de que se avecinaba
una nueva burla por parte de aquel enemigo de los dioses del Bien. Pero el
rostro metálico de Raist-lin permaneció serio, asumiendo, de pronto, la
apariencia de un erudito inteligente, sabio y ponderado—. Sí, está escrito. Me
alegra descubrir que has leído el mensaje de los Discos, aunque resulta
evidente que nada has aprendido de ellos. ¿Has olvidado lo que se dice en...?
Astinus la impidió proseguir.
—He pasado demasiado tiempo fuera de mi estudio —la atajó, y
cruzó el suelo marmóreo hacia la puerta de la antecámara—. Llamad a Bertrem
cuando queráis partir. Adiós, Hija Venerable de Paladine. Me despido de ti,
viejo amigo.
El cronista manipuló el picaporte y el plácido silencio de la
biblioteca penetró en el aposento, inundando su frescor a Crysania. Sintió la
dama que aquella ráfaga le restituía el ánimo, y relajó la mano que tenía
apretada en torno al Medallón. Con un movimiento grácil, aunque formal,
respondió al saludo de Astinus, imitada por Raistlin.
Cuando se hubo cerrado la puerta tras el historiador, ambos
permanecieron callados largo rato. Fue Crysania quien, sintiendo el poder de
Paladine en sus venas, rompió el silencio para reanudar la conversación.
—No recordaba que fuiste tú y quienes viajaban contigo quienes
recuperasteis los Discos sagrados. Es natural, pues, que los leyeras. Me
gustaría discutir contigo su contenido de un modo más extenso pero, en todas
nuestras futuras transacciones, deberás mostrar mayor respeto al referirte a
Elistan —le ordenó más que le rogó.
Enmudeció estupefacta, contemplando cómo el enteco cuerpo del
mago parecía desmoronarse ante sus ojos.
Convulsionado por espasmos de tos, doblado el pecho hacia
adelante, Raistlin hacía denodados esfuerzos para respirar. Se bamboleaba y, de
no ser por el bastón en el que se apoyaba, habría caído al suelo. Ignorando su
aversión y repugnancia, Crysania alargó el brazo con un gesto instintivo, y,
con las manos extendidas sobre los hombros enfermos, murmuró una plegaria
curativa. Bajo sus palmas abiertas, el contacto de la túnica negra era suave y
cálido en contraste con los músculos agarrotados, que denotaban el dolor de su
oponente. La piedad invadió su corazón.
Raistlin se desembarazó de ella apartándola a un lado.
Su tos se mitigó poco a poco y, cuando se restableció su pulso,
la observó despreciativo y la imprecó:
—Te prohíbo que malgastes tus oraciones en mí, Hija Venerable.
—Extrajo un pañuelo de bolsillo y se lo pasó por los labios. Antes de que
volviera a guardarlo, no obstante, Crysania advirtió que estaba manchado de
sangre—. El mal que me aqueja no tiene remedio — explicó—. Es el sacrificio, el
precio que pagué por mi magia.
—No comprendo —balbuceó la sacerdotisa. Crispó las manos al
evocar la aterciopelada tibiez de sus ropajes y, sin saber por qué, cruzó los
dedos tras la espalda.
—¿De verdad? —inquirió Raistlin a la vez que penetraba su alma
con aquellos inefables ojos dorados—. ¿Qué has sacrificado tú a cambio de tu
poder?
Un tenue rubor, apenas visible bajo las agonizantes llamas,
cubrió los pómulos de Crysania, del mismo modo que la boca del hechicero se
enrojeció durante el ataque de tos. Alarmada por la intrusión de aquel ser en
sus entrañas, desvió la mirada para posarla de nuevo en la ventana. La noche se
cernía sobre Palanthas. Solinari, la luna argéntea, se perfilaba como una
rendija de luz en la negrura mientras que su gemela Lunitari, la luna
encarnada, no había surgido todavía en el firmamento. «Y la negra —se preguntó
sin poder evitarlo—, ¿dónde está? ¿Puede verla realmente?»
—Debo irme —afirmó el mago con un molesto carraspeo—. Estos
espasmos me debilitan, necesito descansar.
—Es natural. —Crysania había recobrado el sosiego, los últimos
vestigios de sus emociones se recogieron en lo más profundo de su ser y pudo
hacer frente de nuevo a la enigmática criatura—. Te agradezco que hayas acudido
a mi cita...
—Pero no hemos concluido nuestra charla —la atajó Raistlin sin
violencia—. Me gustaría que me concedieras la oportunidad de demostrarte que
los resquemores de tu dios son infundados. Voy a hacerte una sugerencia:
visítame en la Torre de la Alta Hechicería, allí me verás entre mis libros y
entenderás el alcance de mis estudios. Cuando lo hagas se apaciguarán tus
miedos. Como bien se nos enseña en los Discos, sólo tememos aquello que
ignoramos.
Se aproximó a Crysania, y los ojos de la mujer estuvieron a
punto de salirse de sus órbitas. Intentó alejarse, totalmente atónita, pero
ella misma se había ido arrinconando hacia la ventana.
—No puedo entrar en la Torre —aventuró, asfixiada por la
vecindad amenazadora del mago. Apenas sin aliento hizo ademán de alejarse, si
bien el bastón que él blandía delante de ella le impidió todo movimiento.
Resignada, concluyó su frase—: Los hechizos que guardan la mole no permiten
franquear su umbral.
—Salvo a quienes yo quiero admitir —replicó Raistlin. Estiró
entonces la mano y aferró la de la muchacha—. Eres muy valiente, Hija Venerable
de Paladine —comentó—. No tiemblas al sentir mi contacto.
—Mi dios me protege —contestó Crysania desdeñosa.
El hechicero esbozó una sonrisa cálida y oscura a un tiempo,
secreta como si estuviera destinada a sellar su complicidad. Aquella mueca
fascinó a Crysania, quien dejó que la atrajera hacia sí. Transcurridos unos
momentos él aflojó su garra y, colocando el bastón contra el respaldo de una
silla, descansó sus esqueléticos dedos sobre la capucha blanca que rodeaba la
delicada cabeza de la sacerdotisa. Ahora sí, ahora Crysania se estremeció, pero
no acertaba a repeler su mano ni tampoco a hablar, tan sólo era capaz de
contemplarlo asaltada por un pánico que no estaba en su mano superar ni
aprehender.
Sujetándola firmemente, Raistlin rozó con sus labios
ensangrentados la frente de la joven a la vez que farfullaba unas palabras
ininteligibles. Luego la soltó sin más preámbulos.
Crysania se tambaleó con desmayo. Se llevó, aún mareada, la mano
al lugar donde los labios de su interlocutor habían estampado la hiriente
huella, que ardía en su piel como una marca de fuego.
—¿Qué has hecho? —exclamó en un jadeo entrecortado—. ¡No puedes
sumirme en un encantamiento! Mi fe me protege...
—Por supuesto —repuso él sin dejarla terminar. El mago suspiró y
en su semblante se dibujó una expresión de pesar, el pesar de aquellos que se
saben incomprendidos y son objeto de constantes sospechas—. Me he limitado a
transmitirte la fuerza mágica que te permitirá atravesar el Robledal de
Shoikan. No resultará fácil —apareció de nuevo su sarcasmo—, pero sin duda tu
fe te sostendrá.
Levantando la capucha sobre su cabeza, de tal modo que le
ocultaba casi los ojos, Raistlin se despidió mediante un leve ademán de la
sacerdotisa y se encaminó hacia la puerta con paso vacilante. Bajo el atento
escrutinio de la Hija Venerable de Paladine, tiró del cordón de la campanilla y
al instante acudió Bertrem, tan raudo que ella adivinó que había estado
apostado al otro lado durante su plática. Apretó los labios y lanzó al Esteta
una furibunda mirada, tan cargada de ira que éste palideció pese a ignorar el
crimen cometido y se enjugó la húmeda frente con la manga de su vestidura.
Raistlin echó a andar en dirección hacia el pasillo, pero
Crysania lo detuvo.
—Quiero disculparme por no haber confiado en ti —le dijo con
suave acento—. Y también reiterar mi gratitud por tu presencia.
—Yo debo pedirte perdón por mi lengua desatada —repuso él
girando la cabeza—. Adiós, Hija Venerable. Si no te asusta penetrar en el
universo de la sabiduría ve a la Torre dentro de dos noches, cuando Lunitari se
alce en la bóveda celeste.
—Allí nos encontraremos —le aseguró Crysania sin titubear,
observando complacida cómo el terror demudaba el semblante de Bertrem. Tras
despedirse con una fugaz sonrisa, depositó la mano en el respaldo de una
trabajada butaca.
El hechicero abandonó la alcoba seguido por el Esteta, que cerró
la puerta al salir.
Sola en la caldeada y silenciosa estancia, la sacerdotisa hincó
las rodillas frente al asiento.
—¡Gracias, Paladine! —invocó—, acepto el desafío. ¡No te
fallaré, no tendrás queja de mí!
LIBRO 1
De
nuevo en “El Último Hogar”
Oía tras ella ruidos de pies ganchudos, que arañaban las hojas
del bosque y las hacían crujir. Tika se puso en tensión, pero trató de actuar
como si no se hubiera percatado de nada y siguió adelante a fin de atraer a la
criatura. Aferraba con la mano la empuñadura de su espada y el corazón comenzó
a latirle a un ritmo vertiginoso a medida que se acercaban las pisadas, hasta
que la envolvió un hálito maloliente y sintió en su hombro el contacto de una
garra. Dando media vuelta, la muchacha blandió la espada y arrojó al suelo, con
gran estrépito... ¡Una bandeja repleta de jarras de cerveza!
Dezra emitió un alarido y retrocedió asustada, a la vez que los
parroquianos de la taberna estallaban en sonoras carcajadas. Tika sabía que sus
pómulos habían enrojecido tanto como su melena, y no acertaba a reprimir el
temblor de sus manos ni su acelerado pulso.
—Desde luego, Dezra —dijo con frialdad—, posees la gracia y la
inteligencia de una enana gully. Quizá podríais intercambiar con Raf vuestros
respectivos quehaceres; tú te ocuparías de retirar los desperdicios y él
serviría las mesas.
La increpada levantó la vista desde donde, de rodillas, recogía
los fragmentos de cerámica esparcidos en un lago de líquido dorado.
—Quizá tengas razón y es lo que debería hacer —replicó
enfurecida, y lanzó de nuevo los añicos al suelo—. Sirve las mesas tú misma, ¿o
acaso el hacerlo está por debajo de tu rango, Tika Majere, heroína de la Lanza?
Tras traspasar a la muchacha con una mirada preñada de reproche
Dezra se levantó, propinó desordenados puntapiés a los restos de las jarras
para apartarlos de su camino y salió de la posada como una exhalación.
La puerta principal, al abrirse, se meció con violencia sobre
sus goznes y provocó una curiosa mueca en el rostro de Tika, que había atisbado
en la hoja de pesada madera unas resquebrajaduras poco halagüeñas. Afloraron a
sus labios frases desabridas mas se mordió la lengua a sabiendas de que, si las
pronunciaba, después lo lamentaría.
Como nadie acudiera a cerrar el maltratado batiente, la luz de
la tarde se filtró en el local. El fulgor cobrizo del sol poniente se reflejó
en la lustrosa superficie de la barra y reverberó contra las copas, danzando
incluso en el charco de cerveza. Acarició asimismo los rojizos tirabuzones de
Tika en un juego de fuerzas, ahogando al instante las risas burlonas de los
parroquianos los cuales, sin darse apenas cuenta, posaron en la mujer miradas
anhelantes.
Ella ni siquiera lo advirtió, estaba demasiado avergonzada de su
acceso de ira para pensar en tales nimiedades. Se asomó a la ventana y vio que
Dezra se enjugaba los ojos con el delantal, en el mismo momento en que un nuevo
cliente entraba en la posada y, al ajustar la puerta, obstaculizaba el paso de
la luz crepuscular. De todos modos, la fresca penumbra prestaba al
establecimiento un clima más acogedor.
Tika se pasó también la mano por los ojos. «¿En qué clase de
monstruo me estoy convirtiendo? —se preguntó azuzada por el remordimiento—. No
ha sido culpa de Dezra, sino de esa terrible sensación que me corroe el alma.
¡Ojalá merodearan por aquí draconianos a los que enfrentarse! Cuando luchaba a
brazo partido al menos conocía la causa de mis temores, podía entrar en acción
y vencerlos. ¿Qué puedo hacer ahora, si ni siquiera soy capaz de identificar al
objeto de mi inquietud?»
Unos gritos interrumpieron sus cavilaciones, voces que
reclamaban cerveza y comida. Las risas inundaron el ambiente, desintegrándose
en un sinfín de ecos entre los muros de «El Último Hogar».
«Esto era lo que quería recuperar, por eso volví. —Tika contuvo
el llanto y se sonó con el paño de la barra—. Me encuentro de nuevo en casa,
rodeada de personas tan acogedoras y cálidas como la puesta de sol. No oigo
sino las más diversas manifestaciones de amor que cabe imaginar: risas,
palmadas de camaradería, un perro que lame... ¿Un perro que lame?» Tika gruñó y
abandonó el mostrador.
—¡Raf! —amonestó al enano gully, aunque en el fondo se sabía
impotente para corregirlo.
—La cerveza se derrama, yo secar —explicó él, mirando a la
posadera y sorbiendo las gotas que refulgían en sus comisuras.
Algunos de los parroquianos de antaño sonrieron pero unos pocos,
nuevos en el local, contemplaron al enano con repugnancia.
—Haz el favor de utilizar un paño para limpiar ese desastre —le
siseó Tika sin alzar la voz, mientras dedicaba una mueca de disculpa a los
descontentos. Le alargó la bayeta de la barra y el gully se apresuró a
recogerla, si bien la sostuvo inmóvil en su mano con una expresión alelada en
los ojos.
—¿Qué quieres que yo hacer?
—Fregar la mancha que ha dejado el líquido vertido —le urgió la
muchacha a la vez que trataba, sin éxito, de ocultarle de ciertas miradas tras
su holgada y vaporosa falda.
—Yo no necesitar esto—repuso Raf solemne—. No voy a ensuciar tan
bonito paño—. Devolvió la bayeta a Tika y, poniéndose de nuevo a cuatro patas,
comenzó a lamer la cerveza, mezclada ahora con el barro de quienes entraban y
salían.
A la joven le ardían las mejillas cuando se inclinó hacia
adelante y levantó a Raf por el cuello de la camisa, sin cesar de zarandearlo.
—¡Usa el paño! —le susurró furiosa—. Los clientes están
perdiendo el apetito. Y en cuanto termines despeja esa mesa enorme que hay
junto a la chimenea. Espero a unos amigos, y...
Se interrumpió al ver que Raf la contemplaba con los ojos
desorbitados, en un vano intento de asimilar tan complicadas instrucciones. Era
una criatura excepcional, si se tienen presentes las aptitudes de los enanos
gully, pues llevaba tan sólo unas semanas en la posada y Tika ya le había
enseñado a contar hasta tres —pocos miembros de su raza sobrepasaban el dos—,
además de ayudarle a eliminar su hedor. Esta inesperada proeza intelectual,
combinada con la pulcritud, le habrían erigido en rey de su pueblo de haber
alimentado el hombrecillo tales ambiciones. Sin embargo, era consciente de que
ningún monarca en el mundo vivía como él, ninguno tenía ocasión de «secar» la
cerveza que caía de las mesas ni de transportar los desechos. A su manera
poseía un atisbo de inteligencia, si bien ésta tenía sus limitaciones y la
joven humana había topado con ellas.
—Espero a unos amigos, y... —repitió, mas decidió abandonar sin
concluir su frase—. No importa, basta con que limpies el suelo... valiéndote
del paño. Luego búscame y te indicaré la próxima tarea —añadió en actitud
severa.
—¿Yo no beber? —inquirió Raf suplicante, pero la mirada de Tika
no admitía réplicas y él así lo captó—. De acuerdo, cumpliré tus órdenes.
Sin poder reprimir un suspiro de desencanto, el enano recuperó
la bayeta que la muchacha le ofrecía y la extendió sobre el charco mientras
farfullaba algo acerca de «echar a perder un brebaje delicioso». Reunió acto
seguido las piezas de las jarras y, tras someterlas a un breve examen en su
palma, esbozó una sonrisa y las embutió en desorden dentro de los bolsillos de
su jubón.
Tika se preguntó qué pretendía hacer con aquellos fragmentos
inservibles, pero sabía que era mejor no indagar y se abstuvo de hacerlo.
Regresó en silencio al mostrador, bajó otros recipientes del estante y los
llenó hasta el borde de espuma sin que le pasara desapercibido, aunque optó por
disimular, que Raf se había cortado con un canto especialmente afilado y ahora
estaba acuclillado, estudiando con gran interés el gotear de la sangre entre
sus dedos.
—¿Has visto a Caramon? —preguntó al enano gully con aire casual.
—No, pero sé dónde buscarlo —contestó él mientras se frotaba la
mano herida contra el cabello—. ¿Tú quieres que yo ir?
—¡Ni hablar! —lo espetó la posadera frunciendo el ceño—. Está en
casa.
—Creo que tú equivocar —replicó Raf con un movimiento de
cabeza—. No después de que el sol se pone...
—¡Está en casa! —se obstinó ella. Era tal su cólera que el enano
se encogió en su rincón.
—¿Nos
apostamos algo! —propuso el hombrecillo, aunque en un tono de voz muy quedo. El
talante de Tika en los últimos días era sumamente explosivo.
Por suerte para Raf, el ama no lo oyó. Terminó de llenar las
nuevas jarras de cerveza y las llevó en una bandeja a un nutrido grupo de
elfos, que se habían agrupado en una mesa junto a la entrada.
«Espero a unos amigos. Amigos entrañables», repitió una vez más,
ahora para sus adentros.
Tiempo atrás la idea de ver a Tanis y Riverwind se le habría
antojado excitante, maravillosa. Ahora, en cambio... suspiró, distribuyendo las
bebidas sin conciencia de lo que hacía. «Permitan los auténticos dioses
—suplicó— que vengan y se vayan con la mayor premura posible. Sobre todo, que
partan sin demora. Si se quedaran, averiguarían lo que está ocurriendo.»
Este pensamiento hundió el ya escaso ánimo de Tika en una
depresión que, al instante, se tradujo en un ligero temblor de sus labios. Si
permanecían en la posada sería el fin, así de claro y sencillo. Su vida se
agotaría sin remedio. La atenazó, de pronto, un dolor insoportable y,
depositando con gesto precipitado la última jarra rebosante de líquido, dejó a
los elfos entre pestañeos incontrolables. No se percató de las miradas que
éstos intercambiaron sin decidirse a beber, ni recordó nunca que era vino lo que
habían pedido.
Cegada por las lágrimas, su única obsesión era escapar a la
cocina, donde nadie pudiera verla. Los elfos se hicieron atender por una de las
mozas y Raf, suspirando satisfecho, se acuclilló y lamió el resto de la cerveza
que aún no había limpiado.
Tanis, el Semielfo, se hallaba al pie de una colina, oteando el
camino recto y enfangado que se extendía frente a él. La mujer a la que
escoltaba y sus monturas aguardaban a cierta distancia, ya que tanto ella como
los caballos necesitaban descansar. Aunque el orgullo había impedido a la dama
pronunciar una sola palabra, Tanis descubrió en su rostro los surcos
cenicientos de la fatiga. Durante la jornada hubo incluso una vez en que
comenzó a cabecear sobre la silla, casi dormida, y de no ser por el fuerte brazo
de su compañero se habría deslizado hasta la calzada. Por este motivo, pese a
su ansia por llegar al punto de destino no protestó cuando el semielfo declaró
que quería explorar el terreno en solitario y la ayudó a desmontar,
instalándola entre unos cómodos matorrales que la cobijaban de apariciones
inoportunas.
Le producía cierto resquemor dejarla sin su protección, pero
estaba convencido de que sus siniestros perseguidores habían quedado rezagados
y no ofrecían peligro. Su insistencia en acelerar la marcha tuvo su recompensa,
si bien ambos viajeros estaban doloridos y exhaustos. Tanis confiaba en
mantener su ventaja el tiempo suficiente para poner a la mujer en manos de la
única persona en Krynn susceptible de ayudarla.
Iniciaron la cabalgada al amanecer, en franca huida de un terror
que los acechaba sin tregua desde que abandonaron Palanthas. La experiencia
adquirida en la guerra, sin embargo, no permitía a Tanis determinar qué era
exactamente lo que tanto pavor les causaba. Ni siquiera le servía para hacer
frente a sus miedos. También su acompañante había presentido la velada amenaza,
lo adivinaba en sus ojos, si bien la altivez que la caracterizaba conservaba
cerrado el caparazón de sus temores. En cualquier caso, era el aspecto
enigmático del desafío lo que lo tornaba más espantoso.
Mientras se alejaba de los matorrales Tanis se sintió culpable.
No debería dejarla sola, ni perder un tiempo precioso. Todos sus instintos de
guerrero se rebelaron contra su actitud, mas había algo que tenía que hacer sin
la presencia de testigos. De otro modo incurriría en un aparente sacrilegio.
Sumido en todas estas cavilaciones estaba el semielfo al
detenerse en la falda del monte para hacer acopio de valor. Cualquiera que lo
observase concluiría que se disponía a luchar contra un ogro, pero no era tal
el caso. Tanis, el Semielfo, regresaba al hogar... y anhelaba el reencuentro
tanto como lo temía.
El sol de media tarde emprendía su viaje el ocaso, hacia la
noche. El cielo se habría ensombrecido antes de que llegaran a la posada y no
le gustaba la perspectiva de recorrer los solitarios caminos en la oscuridad,
si bien le alentaba a continuar el conocimiento de que una vez allí concluiría
aquel periplo de pesadilla. Encomendaría el cuidado de la mujer a una persona
de probada competencia y seguiría rumbo a Qualinesti. Ahora, no obstante, debía
afrontar la visión de tan familiares parajes, así que respiró hondo, se cubrió
el rostro con la capucha verde y emprendió la escalada.
Al coronar la colina su mirada se posó en un enorme peñasco,
envuelto en una gruesa capa de moho. Durante unos minutos los recuerdos lo
abrumaron, hasta tal extremo que tuvo que cerrar los ojos debido al aguijonazo
que infligían las lágrimas a sus párpados.
«¡Estúpida misión! ¡Es la aventura más ridícula en la que me he
embarcado en toda mi vida!», —la voz del enano lanzaba ecos en su cerebro.
«¡Flint, viejo amigo! No lo resisto, me produce una sensación
demasiado lacerante. ¿Por qué accedería a volver? Nada he de conseguir, nada
más que avivar las cicatrices del pasado. Al fin mi vida es feliz, tranquila.
¿Quién me mandaría comprometerme a venir?»
Descargando la tensión en un prolongado y trémulo suspiro, abrió
los ojos y examinó de nuevo el peñasco. Dos años atrás —haría tres en otoño— se
había encaramado a este mismo montículo y se había topado con su amigo Flint
Fireforge, el enano, sentado en la roca tallando madera y, como de costumbre,
profiriendo quejas. El encuentro entre ambos había desencadenado
acontecimientos que convulsionaron al mundo y culminaron en la Guerra de la
Lanza, la pugna que devolvió a la Reina de la Oscuridad al abismo y, de este
modo, puso término al poderío de los Señores de los Dragones.
«Ahora soy un héroe», caviló Tanis a la vez que estudiaba
apesadumbrado la variopinta colección de condecoraciones que exhibía: el
pectoral de los Caballeros de Solamnia; el cinto de seda verde emblema de los
corredores de Silvanesti, las legiones más respetadas de los elfos; el medallón
de Kharas, el más alto honor que podían conceder los enanos, y otras insignias
similares. Nadie, humano, elfo o mestizo había sido más agasajado. ¡Qué ironía,
él que detestaba los premios y las ceremonias se veía ahora obligado a llevar
tan llamativos distintivos porque se lo exigía su rango! El viejo enano se
habría reído de buen grado de poder contemplar su porte.
«¿Tú, un héroe?» —Casi oía sus burlas. Pero Flint estaba muerto,
abandonó el mundo hacía dos primaveras entre los brazos de Tanis.
«¿Por qué la barba? Ya eres bastante feo sin ella...» —Habría
jurado que oía de nuevo la voz del hombrecillo, las primeras palabras que
pronunció al divisarle en el camino.
Tanis se atusó sonriente aquella crespa mata que ningún elfo en
Krynn podía lucir y que constituía la señal externa, fehaciente, de su herencia
humana.
«Flint sabía muy bien el motivo por el que me la dejaba crecer
libremente. Me conocía mejor que yo mismo, era consciente del caos que arrasaba
mi alma y de que tenía que aprender una lección fundamental», recapacitó el
semielfo mientras seguía contemplando con nostalgia aquel lugar calentado por
los rayos solares.
—Y la aprendí —musitó al amigo cuyo espíritu no había cesado de
acompañarlo—. A sangre y fuego, pero asimilé su enseñanza.
Lo invadió un agradable aroma de madera quemada que, junto a los
agonizantes reflejos solares y el fresco aire de primavera, le recordaron que
aún faltaba por recorrer un largo trecho. Dio entonces media vuelta y contempló
el valle donde habían transcurrido los agridulces años de su primera juventud.
Sí, al girarse Tanis, el Semielfo, fijó su vista en Solace.
Era otoño cuando había visto por última vez la pequeña ciudad.
Los árboles vallenwood deslumhraban al curioso con el abanico de matices
propios de la estación, los rojos brillantes y dorados amarillos que se
mezclaban, se difuminaban casi en el espectro purpúreo de las cumbres de los
montes Kharolis, o el intenso azul del cielo reflejado, como si necesitara
constatarse, en las aguas tranquilas del lago Crystalmir. Cubría el valle una
ligera neblina formada por el humo de los hogares al elevarse a través de las
chimeneas de la pacífica ciudad, un burgo cuyas construcciones se mecían sobre
las ramas de los vallenwoods como nidos de pájaros. Flint y él estudiaron el
oscilar de las luces que, una tras otra, se encendían en las casas protegidas
por las hojas de los árboles. Solace era una de las maravillas de Krynn.
Durante unos
minutos Tanis visualizó aquella panorámica en su imaginación con tanta claridad
como si fuera auténtica y hubiera retrocedido en el tiempo. Despacio, sin que
apenas lo percibiese, la primavera reemplazó al otoño y se borraron los
contornos de su ensoñación. En efecto, el humo trazaba todavía espirales sobre
los tejados, pero la mayoría de éstos resguardaban casas edificadas en el
suelo. Dominaba la escena el verdor de los brotes nacientes, de la vida
renovada, si bien a Tanis se le antojó que tal circunstancia no hacía sino
realzar las negras heridas de la tierra; nunca desaparecían del todo las
cicatrices de la hecatombe, aunque los surcos del arado las suavizasen en los
campos de cultivo.
El semielfo meneó la cabeza en ademán negativo. Todos los
moradores de Krynn creían que, al destruirse el retorcido Templo de la Reina
Oscura en Neraka, la guerra había concluido. Todos ellos estaban ansiosos por
sembrar el terreno asolado, socarrado bajo los hálitos de los Dragones, y
olvidar así su sufrimiento.
Desvió los ojos hacia un gran círculo negro que se desplegaba en
el centro del pueblo. Allí nada reverdecía, ningún arado podría sanar el suelo
devastado entre las llamas y saturado por añadidura, de la sangre inocente de
los millares de criaturas que asesinaran en su avance las tropas de los Señores
de los Dragones.
Una débil sonrisa cruzó los labios de Tanis. Comprendía, sin que
nadie se lo explicase, cuánto debía irritar aquella llaga abierta a quienes
trabajaban para enterrar los vestigios de la espantosa epopeya. Él, sin
embargo, se alegraba de que permaneciera indeleble y esperaba que su presencia
perdurase por toda la eternidad.
Repitió en un susurro las palabras que oyera pronunciar a
Elistan cuando el clérigo dedicó, en una solemne ceremonia, la Torre del Sumo
Sacerdote a la memoria de los Caballeros que allí sucumbieron.
—Debemos recordar o caeremos en una peligrosa complacencia, tal
como hicimos en el pasado, y el Mal volverá a surgir de las tinieblas.
«Si no lo ha hecho ya», se dijo
Tanis desanimado. Con tal pensamiento pululando en su mente, inició el descenso
de la colina.
«El Último Hogar» estaba abarrotado aquella noche. Aunque la
guerra había destruido a numerosos habitantes de Solace, su término aportó
tanta prosperidad a los sobrevivientes que algunos ya comenzaban a afirmar que
«no fue tan terrible».
La ciudad, situada en una estratégica encrucijada de los caminos
que jalonaban el país de Abanasinia, era visitada por múltiples viajeros. Sin
embargo, en los días anteriores al estallido del conflicto la cantidad de
itinerantes se redujo de manera considerable: los enanos, salvo algunos
renegados como Flint Fireforge, se habían cobijado en su montañoso reino de
Thorbardin o parapetado en las colinas circundantes, en un patente rechazo a
comunicarse con el mundo; y los elfos habían hecho lo mismo, refugiándose en
las bellas tierras de Qualinesti en el sudoeste o en las de Silvanesti, en el
extremo oriental del continente de Ansalon.
La avasalladora contienda había alterado de nuevo las
costumbres, reanudándose el movimiento que reinara en sus sendas antes de
anunciarse los graves acontecimientos bélicos. Ahora elfos, enanos y humanos se
desplazaban a menudo de un lugar a otro, tras abrirse sus urbes y territorios a
quien quisiera conocerlos. Era una lástima que para alcanzarse este frágil
estado de fraternidad se hubiera necesitado la aniquilación casi absoluta de
los moradores del mundo de Krynn.
Pero volviendo a «El Último Hogar», hay que decir que, si bien
fue siempre popular entre los nómadas por su excelente bebida y las patatas
especiales de Otik, en los últimos tiempos había adquirido aún mayor renombre.
La cerveza seguía siendo buena y las patatas, pese a haberse retirado su dueño,
tan sabrosas como antaño, pero el auténtico motivo de la creciente fama de la
posada era otro. Efectivamente, había corrido el rumor de que los héroes de la
Lanza, como el pueblo llano había dado en apodarlos, frecuentaron el local
varios años atrás.
Antes de abandonar el negocio, Otik había reflexionado
seriamente sobre la conveniencia de colocar una placa conmemorativa cerca de la
chimenea que dijera algo así como «Tanis, el Semielfo, y los Compañeros
bebieron aquí». Tika, no obstante, se había opuesto con tanta vehemencia a su
proyecto —sólo imaginarse lo que Tanis pudiera decir si veía algo semejante
incendiaba las mejillas de la muchacha— que al fin renunció. Se resignó a no
instalar ningún rótulo, pero no cesaba de contar a sus parroquianos la historia
de la noche en que la mujer bárbara entonó su extraño cántico y curó a
Hederick, el Teócrata, con una Vara de Cristal Azul, dando así testimonio de la
existencia de los dioses antiguos y verdaderos.
Tika, que se había hecho cargo de la posada al dejarla Otik y
esperaba ganar el dinero suficiente para comprarla, esperaba fervientemente que
el anciano patrón se abstuviera de relatar estas proezas en el curso de la
velada de esta noche. ¡Pobre muchacha! Ni siquiera todas las plegarias del
mundo habrían conjurado tan difícil silencio.
Había en la sala varios grupos de elfos venidos desde Silvanesti
para asistir a los funerales de Solostaran, Orador de los Soles y monarca de
las tierras de Qualinesti. No sólo instaban éstos a Otik a repetir su
narración, sino que la sazonaban con sus propias leyendas sobre cómo los héroes
visitaron las regiones donde residían y los liberaron de un dragón perverso
llamado Cyan Bloodbane.
La pelirroja muchacha advirtió que Otik la miraba de soslayo al
mencionarse aquel nombre, ya que ella había sido uno de los miembros de la
expedición a Silvanesti, pero se apresuró a silenciarlo mediante una briosa
sacudida de sus bucles. Ésta era una de las partes de su viaje que siempre
rehusaba explicar, ni siquiera discutir, y lo cierto era que rezaba todas las
noches para olvidar las espantosas pesadillas relativas a tan torturada región.
Tika cerró los ojos unos segundos, deseando en lo más profundo
de su ser que los elfos cambiaran de tema. Ya tenía bastantes sueños que la
atormentaban en el presente como para evocar otros, pertenecientes a un pasado
remoto.
—Ojalá lleguen y se vayan sin demora. —Dedicó este anhelo a sí
misma y a cualquier dios que pudiera escucharla.
Había concluido el fascinador crepúsculo y los clientes entraban
sin cesar, ordenando platos y brebajes. Tika se había disculpado frente a Dezra
y, después de derramar sendos torrentes de lágrimas, ambas corrían muy
atareadas de la cocina a la barra y de ésta a las mesas, sin apenas dar abasto
en el servicio. La nueva posadera se sobresaltaba cada vez que se abría la
puerta, y rezongaba improperios cuando oía elevarse la voz de Otik por encima
del entrechocar de jarras y cubiertos.
—... Recuerdo que era una noche de otoño y yo tenía más trabajo
que un sargento de instrucción draconiano. —Tales comentarios siempre
suscitaban risas aunque a Tika le rechinaban los dientes, en una actitud muy
dispar. Era innegable que la audiencia aumentaba por momentos y nadie haría
callar al ufano narrador—. La posada estaba entonces en lo alto de un árbol
vallen-wood, igual que toda la ciudad antes de que los dragones la arrasaran.
¡Ah, qué hermosa era en aquellos tiempos que nunca han de volver! —En este
punto solía suspirar e iniciar un breve sollozo, que despertaba la compasión de
la concurrencia—. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Me hallaba yo detrás del mostrador,
ocupado en mi quehacer, cuando se abrió la puerta...
Se abrió la puerta, con tal sincronización que se diría que era
una escena ensayada. Tika apartó una mecha pelirroja de su sudorosa frente y
aguzó la vista entre las cabezas. Invadió la estancia un repentino silencio, a
la vez que el cuerpo de la muchacha se tornaba rígido y clavaba las uñas en su
carne.
Un hombre altísimo, que incluso tuvo que bajar la cabeza para
entrar, se erguía en el umbral. Tenía el cabello moreno, y un rictus severo y
sombrío torcía sus labios. Aunque arropado en una gruesa zamarra de piel, su
cadencia al andar y su porte denotaban la fuerza de sus músculos. Lanzó una
fugaz mirada al atestado albergue, un escrutinio que inmovilizó a los presentes
y que era, en realidad, fruto de su desconfianza frente a cualquier indicio de
peligro.
Aquel examen paralizador fue sólo una reacción instintiva, pues
cuando sus penetrantes ojos se posaron en Tika se relajaron sus rasgos en una
sonrisa, que acompañó con el gesto de abrir los brazos.
La joven vaciló, pero la visión de su amigo la llenó de júbilo
y, también, de una indecible nostalgia. Abriéndose paso entre el gentío, se
dejó estrechar por el recién llegado.
—¡Riverwind, querido compañero! —susurró con voz entrecortada.
Tras afianzar a la mujer entre sus manos, Riverwind la alzó en
volandas sin el menor esfuerzo. Los clientes comenzaron a vitorearlos aunque,
en lugar de aplaudir, golpearon sus jarras contra las mesas en un sordo
repiqueteo. No daban crédito a su suerte, puesto que había irrumpido en la
posada uno de los héroes de la Lanza como si lo hubieran transportado hasta
aquí las alas del relato de Otik. ¡Incluso su ropa respondía a la descripción!
Estaban fascinados.
Así pues, después de soltar a Tika, el hombretón se despojó de
su zamarra de piel y todos pudieron distinguir el pectoral de jefe de los
habitantes de las Llanuras, con sus secciones en forma de «V» cosidas en cueros
de distinta textura, representativas de cada una de las tribus que gobernaba.
Su atractivo rostro, aunque más avejentado que cuando Tika lo viera por última
vez, estaba curtido por el sol y las inclemencias atmosféricas, pero brillaba
en sus ojos una llama de júbilo interior que demostraba que había hallado la
paz tan perseguida durante años de penalidades.
A la muchacha se le hizo un nudo en la garganta y comprendió que
debía apartarse, pero no fue lo bastante rápida.
—Tíka —dijo él abrazándola de nuevo, con un acento algo
hermético a causa de su larga permanencia entre su pueblo—, me produce un gran
placer volver a verte ¡más bella que nunca! ¿Dónde está Caramon? Ardo en deseos
de saludarle... ¿Ocurre algo, amiga mía?
—Nada en absoluto —respondió la joven con falso ánimo, al mismo
tiempo que agitaba sus rojizos bucles y parpadeaba—. Ven, he reservado un lugar
junto al fuego. Debes sentirte exhausto... y hambriento.
Lo guió a través de la muchedumbre sin parar de hablar, de tal
modo que el hombre de las Llanuras no logró intercalar una sola palabra. Los
parroquianos la ayudaron sin proponérselo, manteniendo a Riverwind ocupado al
apiñarse en su derredor a fin de tocar su atuendo y maravillarse frente a la
suavidad de sus pieles, o bien estrechar su mano —costumbre que los de su raza
consideraban pura barbarie— o, incluso, verterle las copas contra el rostro en
un intento de ofrecerle su contenido.
El guerrero aceptó con estoicismo aquel despliegue de atenciones
mientras acechaba los movimientos de Tika en medio de la batahola, acariciando
a intervalos la espléndida espada elfa que pendía de su costado. Su serio
semblante adquiría matices sombríos cada vez que miraba hacia las ventanas como
si, hastiado del viciado ambiente de la posada, del calor y el ruido, sólo
pensara en salir a los campos que tanto amaba. Con una habilidad muy propia de
ella, la muchacha hizo a un lado a los curiosos más exuberantes y no tardó en
sentarse junto a su viejo amigo en una mesa aislada, próxima a la cocina.
—Enseguida vuelvo —le prometió, dedicándole una sonrisa y
desapareciendo entre los fogones antes de que su interlocutor despegara los
labios.
Los ecos de la voz de Otik se elevaron de nuevo, acompañados por
un inesperado estallido. Al ver interrumpido su relato, el anciano utilizaba el
bastón —una de las armas más temidas en Solace— para restituir el orden.
Cojeaba de una pierna y también contaba, a la primera oportunidad que se
presentaba, cómo le habían herido durante la caída de Solace cuando, por su
propia cuenta, luchó con las manos desnudas contra los ejércitos de draconianos
que invadían la ciudad.
Tras disponer en una fuente un plato de patatas especiadas y
regresar junto a Riverwind, Tika clavó en Otik una mirada furibunda. Conocía la
historia verdadera, es decir, que se lastimó la pierna al ser arrastrado fuera
de su escondrijo bajo el suelo. La conocía pero nunca la reveló ya que, en el
fondo de su alma, quería a aquel hombre como a un padre. Fue él quien la acogió
y la crió al desaparecer su progenitor y fue él también quien le proporcionó un
trabajo honrado en un momento de su vida en que, quizás, hubiera incurrido en
el robo a fin de salir adelante. El mero hecho de recordar telepáticamente a
Otik que estaba en situación de ponerle en evidencia bastaba para impedir que
sus exacerbadas narraciones escalaran cumbres más altas.
El alboroto se había apaciguado cuando la joven se instaló en la
mesa de Riverwind, así que pudo al fin establecer un diálogo.
—¿Cómo están Goldmoon y vuestro hijo? —inquirió jovial, sabedora
de que su oponente la estudiaba con suma atención.
—Goldmoon está muy bien y te manda besos —respondió él con su
profunda voz. En cuanto al niño —sus ojos se llenaron de orgullo—, sólo tiene
dos años y ya monta mejor que muchos guerreros y es muy alto para su edad.
—Esperaba que Goldmoon se decidiera a acompañarte —comentó Tika,
emitiendo un suspiro que no estaba destinado a ser oído. El hombre de las
Llanuras engulló su cena en pocos minutos y, a su término explicó:
—Los dioses nos han bendecido con otro par de hijos. —Observó a
la joven con una extraña expresión en sus oscuros ojos.
—¿Un par? —repitió ella perpleja—. ¡Ah, te refieres a un par de
gemelos! —comprendió de pronto—. Igual que Caramon y Raist... —Se interrumpió,
y comenzó a mordisquearse el labio.
Riverwind frunció el ceño y trazó en el aire la señal que
ahuyentaba los malos presagios mientras ella, ruborizándose, desviaba los ojos.
Una voz rugía en sus oídos, y tanto el calor como la algazara general
contribuían a marearla. Se tragó como pudo el amargo sabor de boca que
atenazaba su lengua para obligarse a preguntar más detalles sobre la vida de
Goldmoon y, pasado un rato, pudo centrarse en la parrafada del hombretón.
—...Hay aún pocos clérigos en nuestras tierras. Tenemos
numerosos conversos, pero los poderes de los dioses se manifiestan con
lentitud. Ella trabaja duro, demasiado en mi opinión, pero cada día está más
hermosa. Y los gemelos, que en realidad son niñas, han heredado su cabello
áureo y plateado.
Tika esbozó una triste sonrisa y Riverwind, que no había cesado
de examinar intrigado su faz, enmudeció. Apuró su ya casi vacío plato y lo
apartó, a la vez que declaraba:
—Sería para mí un gran placer prolongar mi visita, pero no puedo
abandonar a mi pueblo durante mucho tiempo. Como sabes, mi misión es de la
máxima importancia. ¿Dónde está Cara...?
—Voy a comprobar si te han preparado la alcoba —lo atajó la
joven, levantándose de un modo tan precipitado que derramó parte de la bebida
sobre la oscilante mesa—. He ordenado al enano gully que te haga la cama, y ya
puedes imaginar lo que eso significa: lo más probable es que lo encuentre
durmiendo como un tronco.
Se alejó presurosa pero, en lugar de subir la escalera en
dirección a las habitaciones, salió al exterior por la puerta de la cocina. Se
perdió su vista en la negrura y, sin cesar de sentir la caricia del fresco aire
sobre sus febriles pómulos, suplicó en un siseo a los dioses:
—Por favor, haced que parta de
inmediato.
Añoranzas
Quizá lo que más temía Tanis de su regreso a Solace era
enfrentarse a la visión de «El Último Hogar». Allí había comenzado todo, el
próximo agosto haría tres años. Allí, junto a Flint y Tasslehoff Burrfoot, el
incansable kender, había entrado una noche para encontrarse con los viejos amigos.
Allí su mundo se había vuelto del revés, sin que nunca más se enderezara tal
como era en un principio.
Pero a medida que cabalgaba hacia la posada notó que sus temores
se sosegaban. Tanto había cambiado que incluso le asaltó la sensación de
dirigirse a un lugar ignoto, vacío de recuerdos. Se erguía el local en el suelo
en lugar de ocultarse entre el ramaje del robusto vallen-wood como antaño, y se
atisbaban ciertas novedades, tales como algunas alcobas recientes, necesarias
si se pretendía acomodar a los incontables viajeros, y una techumbre de diseño
más actual. Además de los rasgos evocadores del pasado, se habían borrado de su
estructura las cicatrices de la guerra.
En el mismo instante en que Tanis empezaba a relajarse, se abrió
la puerta principal de la posada. Brotó la luz del interior, formando su haz un
camino de bienvenida y el aroma de las patatas llegó a sus vías olfativas,
transportado por la brisa y acompañado de risas estentóreas, multitudinarias.
Los recuerdos renacieron como impulsados por un resorte y el semielfo,
sobrecogido, inclinó la cabeza.
Mas, quizá por fortuna, no tuvo tiempo de hacer elucubraciones.
Cuando él y su compañera se acercaron al albergue, el mozo de las cuadras
corrió presto a sujetar las riendas de sus cabalgaduras.
—Forraje y agua —le especificó Tanis, deslizándose por la silla
y arrojando una moneda al muchacho. Acto seguido se desperezó a fin de
desentumecer sus contraídos músculos—. Di instrucciones anticipadas de que me
preparaseis un caballo brioso y descansado. Me llamo Tanis, el Semielfo, y
espero que mi emisario llegase oportunamente.
Los ojos del mozo casi se desorbitaron. Ya había observado la
refulgente armadura y rica capa que portaba el desconocido, pero al oír su
nombre su curiosidad fue reemplazada por la más viva veneración.
—S-sí, señor —tartamudeó, desconcertado de que tan noble héroe
se dignase hablarle—. Recibimos vuestro mensaje y el animal está a punto.
¿Queréis que os lo traiga ahora mismo, s-señor?
—No —respondió Tanis con una sonrisa—. Aguarda unas dos horas,
hasta que haya concluido mi cena.
—D-dos horas. Sí, señor. G-gracias, señor. —Meneando la cabeza
de una manera monótona, como alelado, el muchacho asió las riendas que el
semielfo trataba de embutir en sus manos insensibles y permaneció quieto,
boquiabierto, olvidando su trabajo hasta que el impaciente equino lo despertó
de una sacudida y casi lo tiró al suelo.
Una vez se hubo alejado el caballerizo con el agotado animal,
Tanis se volvió para ayudar a desmontar a su acompañante.
—Debes ser de hierro —dijo ella tras poner el pie en el suelo—.
¿De verdad tienes intención de proseguir el viaje esta misma noche?
—Voy a hacerte una confesión: me crujen todos los huesos del
cuerpo —comenzó a explicar el semielfo pero, sintiéndose incómodo de repente,
se interrumpió. Era incapaz de conducirse con naturalidad en presencia de
aquella mujer.
Vio que la luz de la posada bañaba sus rasgos femeninos, y leyó
en ellos fatiga y pesar. Sus ojos parecían hundirse en unos pómulos huecos,
cenicientos. También su paso, en consonancia con su demacrado aspecto, era
vacilante, así que Tanis se apresuró a ofrecerle su brazo como apoyo. Ella lo
aceptó, pero sólo un momento. Hizo acopio de voluntad y logró mantenerse firme,
apartándolo con suavidad pero sin titubeos, antes de contemplar interesada su
entorno.
El dolor mortificaba al semielfo al más mínimo movimiento, por
lo que imaginó cómo debía sentirse una mujer tan poco acostumbrada a los
esfuerzos físicos. No le quedó otro remedio que admirarla, ya que debía admitir
que no había proferido la más leve queja durante su largo e inquietante
periplo. Se había mantenido a su altura, sin rezagarse ni desobedecer sus
órdenes por absurdas que, quizá, se le antojaran.
«¿Por qué entonces, se preguntó, no le inspiraba ningún
sentimiento? ¿Qué dimanaba de su persona, tan desagradable, que le irritaba e
incluso le producía cierto agobio?» Al escudriñar su rostro halló la respuesta.
La única calidez que se perfilaba en sus rasgos era la que reflejaban las
llamas del vecino establecimiento. Todo en ella respiraba frialdad, carencia de
pasiones y de... ¿De qué? ¿Acaso de humanidad? Así se le había mostrado en el
interminable y azaroso viaje, fríamente correcta, secamente agradecida y
gélidamente distante. «Quizás incluso me habría enterrado con perfecto aplomo e
impasibilidad», pensó pero, como si se amonestara a sí mismo por tan
irreverente idea, posó la vista en el Medallón que ceñía su cuello: el Dragón
de Platino de Paladine. Por simple asociación evocó las palabras de despedida
de Elistan, que el clérigo susurró en su oído poco antes de su partida.
«Es conveniente que la escoltes, Tanis —le dijo el frágil
anciano—. En muchos aspectos emprende una epopeya similar a la que realizaste
tú años atrás, en busca del conocimiento de sí misma. No, tienes razón, ella
ignora el auténtico motivo —le aclaró al constatar su expresión dubitativa—.
Avanza con la mirada alzada hacia el cielo, no ha aprendido todavía que cuando
uno olvida la senda bajo sus pies acaba por tropezar. Si no lo entiende a
tiempo su caída será irreversible —añadió con una triste sonrisa, a la vez que
mascullaba una plegaria—. Depositemos nuestra confianza en Paladine —concluyó.»
Tanis frunció el ceño entonces y volvió a fruncirlo ahora,
mientras recapacitaba sobre esta última frase. Aunque llegó a adquirir una
sólida fe en las divinidades —más a través del amor y las creencias de Laurana
que por ninguna otra razón— se sentía inseguro al poner su vida en sus manos y
aquellos que, como Elistan, cargaban a los dioses con tan exhaustivo fardo
tenían la virtud de impacientarle. «Dejemos que el hombre se responsabilice de
vez en cuando de sus actos», meditó nervioso.
—¿Qué sucede, Tanis? —preguntó Crysania con su habitual
frialdad.
No se había percatado de que durante todo este rato la había
mirado sin verla, por eso le sobrevino un acceso de tos y tuvo que aclarar su
garganta antes de apartar los ojos. Por fortuna, el mozo regresó en aquel
preciso instante en busca del caballo de la mujer y ahorró al se-mielfo la
necesidad de contestar. Se limitó a señalar la posada, y ambos se encaminaron a
ella.
—A decir verdad —comentó Tanis cuando el silencio se tornó
tenso—, me gustaría pernoctar aquí y departir con mis amigos. Pero he de estar
en Qualinesti pasado mañana, y sólo una cabalgada ininterrumpida me permitirá
llegar a tiempo. Mis relaciones con mi cuñado no son tan íntimas que me
permitan perderme el funeral de Solostaran, se lo tomaría como una ofensa.
—Sonrió de un modo enigmático, y apostilló—: Una ofensa personal y política,
supongo que me comprendes.
A los labios de Crysania asomó una mueca, pero el se-mielfo
advirtió que no era una señal de asentimiento. Se trataba de un gesto tolerante
por el que le daba a entender que estas cuestiones familiares y políticas no
merecían el interés de alguien tan elevado en sus miras.
En el momento en que llegaban a la puerta de la taberna, Tanis
reveló a su acompañante:
—Además, añoro a Laurana. Resulta curioso el hecho de que en
nuestra vida cotidiana, pese a estar cerca uno del otro, nos absorben tanto
nuestras respectivas obligaciones que en ocasiones pasamos varios días sin
intercambiar un saludo o una caricia, salvo en los intervalos en que salimos de
nuestros mundos. Ahora, sin embargo, cuando nos separa una distancia tangible,
me asalta a menudo la impresión de que me falta mi brazo derecho. Y no he de
pensar en ella para que me invadan tales sentimientos, es algo que surge de
forma espontánea...
Calló de repente, convencido de haberse puesto en ridículo al
hablar como un necio adolescente. No obstante, pronto constató que Crysania no
lo escuchaba en absoluto pues su rostro marmóreo había adquirido, si cabía, una
mayor lividez, hasta tal extremo que el resplandor argénteo de la luna se
revestía de cierto calor al compararse con aquella epidermis. Meneando la
cabeza, el semielfo abrió la puerta sin poder reprimir un suspiro de pesar. «No
envidio a Caramon ni a Riverwind», se dijo interiormente.
Los sonidos familiares, la tibia atmósfera de la posada
abrumaron a Tanis quien, durante unos segundos, lo vio todo envuelto en una
nebulosa. Distinguió el perfil de Otik, más viejo y más orondo, apoyado en un
bastón mientras se aproximaba para palmearle fuertemente los hombros en señal
de bienvenida. También había personas con las que nada había tenido que ver en
el pasado y que, por alguna razón, ahora apretaban su mano entre apasionadas
muestras de amistad.
Al fondo, en un segundo plano respecto a la barahúnda, el viejo
mostrador lanzaba cegadores destellos a través de su pulida superficie, y al
dirigirse hacia él poco faltó para que el semielfo pisara a un enano gully. De
pronto, se plantó frente a él un individuo altísimo cubierto de pieles, y se
encontró sin saber cómo estrujado en un cariñoso abrazo.
—Riverwind —susurró sin aliento, aferrándose al cuerpo del
hombre de las Llanuras.
—Hermano —respondió éste en que-shu, el dialecto de su pueblo.
Los parroquianos del albergue se abandonaron a una retahila de atronadoras
aclamaciones, si bien Tanis no les prestó atención por haber retenido su mirada
la mano que acababa de posar sobre su brazo una mujer poseedora de una
flamígera melena y un sinfín de pecas en la faz. Sin deshacerse del abrazo del
fornido hombretón, el semielfo atrajo a Tika hacia él y los tres se fundieron
en un círculo cerrado de amistad que no admitía ni el paso de una brizna de
aire. Era el suyo un vínculo de dolor y de gloria.
Fue Riverwind quien los incitó a recobrar la cordura. Poco
acostumbrado a exhibir en público sus sentimientos, el corpulento guerrero se
recompuso entre toses nerviosas y retrocedió, pestañeando y adoptando una
actitud ceñuda hasta ser otra vez dueño de sus actos. Tanis, bañada su rojiza
barba por las lágrimas, dio a Tika un nuevo apretón y estudió el interior del
local.
—¿Dónde está ese forzudo que tienes por esposo? —inquirió
jovial—. ¿Dónde se ha metido Caramon?
Fue una pregunta sencilla, natural, y Tanis no estaba preparado
para la reacción que provocó. Los presentes se sumieron en el silencio, como si
una criatura misteriosa los hubiera confinado en un tonel y Tika, por su parte,
se ruborizó y, tras farfullar unas palabras ininteligibles, encorvó la espalda
a fin de levantar en el aire al enano gully y zarandearlo, con tal fuerza que
los dientes de éste comenzaron a castañear.
Anonadado, el semielfo consultó al hombre de las Llanuras con
los ojos, pero el bárbaro se limitó a encogerse de hombros y enarcar las cejas.
Dio entonces media vuelta, resuelto a esclarecer el misterio directamente con
Tika, pero lo inmovilizó el gélido contacto de unos dedos en su brazo.
¡Crysania! La había olvidado por completo.
Ahora le tocó a su semblante el turno de sonrojarse, y se
apresuró a hacer las consabidas, aunque tardías, presentaciones.
—La dama que me acompaña es Crysania de Tarinius, Hija Venerable
de Paladine —anunció con tono formal—. Crysania, éstos son Riverwind, príncipe
de las tribus de las Llanuras, y Tika Waylan Majere.
La sacerdotisa se desanudó la capa de viaje y retiró la capucha
de su cabeza, de tal manera que el Medallón quedó al descubierto y despidió
chispas bajo las velas. La túnica de pura y blanca lana de oveja de la mujer
asomó entre los pliegues del manto, y un murmullo de respeto y temor circuló de
boca en boca.
—Una alta dignataria del culto a los dioses...
—¿Has oído bien su nombre?
—Es Crysania, la persona de confianza de...
—¡La sucesora de Elistan!
La mujer hizo una leve inclinación de cabeza mientras Riverwind
se sumía en una honda y solemne reverencia y Tika, tan encendidos aún sus
pómulos que parecía víctima de un ataque de fiebre, arrojaba a Raf detrás de la
barra y dedicaba a la recién llegada un saludo de cortesía.
Al escuchar la mención del apellido Majere, impuesto a Tika por
el matrimonio, Crysania se giró inquisidora hacia Tanis y recibió en respuesta
una señal de asentimiento.
—Es para mí un honor —declaró la sacerdotisa con su voz de
hielo— conocer a dos seres cuyas hazañas perduran en nuestro recuerdo como un
ejemplo que a todos debería guiar.
Tika quedó turbada pero complacida ante tan elocuente alabanza.
En cuanto a Riverwind, aunque su severo rostro no se alteró, Tanis detectó sin
dificultad cuánto significaba para un hombre de hondas creencias como él una
frase laudatoria proveniente de la sacerdotisa. El gentío que los rodeaba, y
que no se había perdido aquel intercambio preliminar, aplaudió rabiosamente y
prorrumpió en vítores. Otik, investido de un porte ceremonioso poco frecuente
en él, condujo a los huéspedes hasta una mesa. Estaba radiante en compañía de
aquellos héroes, como si hubiera organizado la guerra de modo que redundara en
su beneficio.
Al sentarse, Tanis se sintió molesto a causa del griterío y la
confusión del local, mas no tardó en decidir que quizá lo favorecería ya que,
al menos, le daba la oportunidad de hablar con Riverwind sin ser oído. Sea como
fuere, lo primordial ahora era averiguar el paradero de Caramon.
Una vez más empezó a preguntar por el desaparecido guerrero pero
Tika, tras acomodarlos y apartar con grandes aspavientos a los curiosos que
agobiaban a Crysania, vio que abría la boca y huyó rauda hacia la cocina.
El semielfo estaba desconcertado y deseoso de perseguir a la
joven, pero las preguntas proferidas por Riverwind apartaron de su mente aquel
extraño asunto. Unos minutos más tarde, ambos amigos se hallaban sumidos en una
larga plática.
—Todos creen que la guerra ha concluido —afirmó Tanis—, y este
hecho nos coloca en una situación más peligrosa de lo imaginable. Las alianzas
entre elfos y humanos, que llegaron a ser muy sólidas en los días tenebrosos,
comienzan a diluirse bajo la luz del sol. Laurana está ahora en Qualinesti,
donde asiste al funeral de su padre a la vez que trata de sellar un pacto con
Porthios, su terco hermano, y los Caballeros de Solamnia. El único rayo de
esperanza susceptible de iluminar su camino es el que dimana de Alhana
Starbreeze, la esposa de Porthios. Nunca creí que viviría lo bastante para
presenciar cómo esta mujer elfa no sólo se muestra tolerante con los hombres y
las otras razas de Krynn, sino que incluso los defiende frente a su
intransigente marido.
—Extraño matrimonio el suyo —dijo Riverwind, a lo que el
semielfo asintió con la cabeza. Los pensamientos de los dos compañeros volaron
hacia la persona de su entrañable amigo, el Caballero Sturm Brightblade, quien
después de su muerte fue ensalzado como el héroe de la Torre del Sumo
Sacerdote. Uno y otro sabían que el corazón de Alhana yacía enterrado en la
penumbra junto al de Sturm.
—No es el amor el que ha dictado ese casamiento —prosiguió Tanis
tras un breve silencio—, aunque es posible que contribuya a restablecer el
orden en el continente de Ansalon. ¿Qué me cuentas de tu vida, amigo?
Ensombrecen y contraen tu rostro nuevas preocupaciones, si bien también es
nueva la dicha que lo ilumina. Goldmoon notificó a Laurana el nacimiento de las
gemelas.
—Has acertado en tu observación, hermano —fue la respuesta del
hombre de las Llanuras con su proverbial timbre cavernoso—. Por un lado me
inquieta sobremanera permanecer lejos del hogar y, por otro, me alegro tanto de
verte que tu sola presencia alivia mi carga. Al partir dejé a dos tribus a
punto de declararse la guerra. Había logrado, con ímprobos esfuerzos, mantener
a sus adalides abiertos al diálogo y evitar así que se derramara una gota de
sangre, pero los descontentos urden sus intrigas a mis espaldas. Sin duda
aprovecharán cada minuto de mi ausencia para sacar a la luz viejas reyertas.
—Lo lamento, amigo, y aún te agradezco más que hayas venido —se
solidarizó su contertulio y, tras espiar de soslayo a Crysania, se percató de
que se enfrentaba a un grave problema—. Abrigaba la esperanza de que pudieras
ofrecer a esta dama tu guía y protección. Se dirige —explicó con voz queda— a
la Torre de la Alta Hechicería que se yergue en el Bosque de Wayreth.
Riverwind abrió los ojos en señal de alarma y desaprobación, ya
que desconfiaba de los magos y de todo cuanto a ellos se refería. Tanis, que
había captado el sentimiento que embargaba al bárbaro, se apresuró a reanudar
su discurso:
—Veo que recuerdas bien las historias de Caramon sobre la visita
realizada por Raistlin y por él mismo a ese lugar. A ellos los invitaron,
mientras que Crysania ha decidido por su propia cuenta solicitar el consejo de
sus moradores acerca de...
La sacerdotisa le clavó una
imperiosa mirada y a continuación meneó la cabeza, de tal manera que el
semielfo se vio obligado a interrumpir sus explicaciones. Se limitó a morderse
el labio y repetir:
—Esperaba que accedieras a escoltarla hasta allí.
—Temí una proposición de esta
índole —manifestó el hombre de las Llanuras— cuando recibí tu mensaje, por eso
creí que era mi deber acudir y exponerte los motivos de mi negativa. En
cualquier otro momento, como sin duda imaginas, me causaría un gran placer
ayudaros y, en particular, consideraría un honor ofrecer mis servicios a una
persona tan respetada. —Inclinó la cabeza ante Crysania, quien aceptó su
homenaje con un esbozo de sonrisa que se difuminó al volver su mirada, sin
dilación, hacia Tanis. Un surco de ira se dibujó en la frente de la altiva
mujer.
»Pero es mucho lo que hay en juego —prosiguió Riverwind—. La paz
que he establecido entre las tribus pende de un hilo, puesto que durante
décadas han solucionado todos sus litigios mediante las armas. Y lo cierto es
que nuestra supervivencia como nación y como pueblo sólo se solidificará si nos
unimos, si trabajamos juntos a fin de reconstruir tanto el territorio que nos
acoge como nuestra existencia.
—Lo comprendo —aseveró Tanis, conmovido por el disgusto que se
evidenciaba en el rostro de su amigo al tener que rechazar su demanda. No
obstante, sintió en su piel el punzante escrutinio de Crysania y asumió toda la
cortesía que anidaba en sus entrañas para tranquilizarla—. No te preocupes,
Hija Venerable de Paladine. Confiaremos tu cuidado a Caramon, un guerrero que
vale por tres mortales corrientes, ¿me equivoco, Riverwind?
El príncipe de los que-shu sonrió al evocar recuerdos de antaño.
—Es innegable que podía comer por tres mortales corrientes, como
tú dices. Y su fuerza era todavía más descomunal. Nunca olvidaré cuando levantó
en el aire al fornido William Sweetwater, el posadero de «El Cerdo y el
Silbido», durante aquel espectáculo de... ¿dónde fue, en Flotsam o en Port
Balifor...?
—Ni la ocasión en que mató a dos draconianos incrustando sus
cabezas entre sí —se unió el semielfo entre risas, feliz como si los recuerdos
compartidos pudieran disipar la niebla que se cernía sobre Krynn—. Ni tampoco
aquel día en el reino de los enanos. Aún visualizo la escena: Caramon se ocultó
detrás de Flint y...—Inclinándose hacia Riverwind, recordó en su oído el final
de la anécdota y él estalló en tan incontenibles carcajadas que su faz se tornó
purpúrea, al borde de la asfixia. Cuando se hubo sosegado contó a su vez otra
historia, y ambos compañeros comenzaron a enlazar relatos sobre la energía de
Caramon, su pericia con la espada, su valentía y su elevado sentido del honor.
—Y no hemos hablado de la ternura que, pese a su tosquedad, era
capaz de transmitir. A menudo me lo represento atendiendo a Raistlin con una
paciencia inagotable, llevándole en volandas siempre que los ataques de tos
parecían desencajar todos los huesos del mago..
Lo interrumpió un grito agónico, sucedido por un golpe seco y
violento. Al darse la vuelta, sin salir de su asombro, Tanis descubrió la
figura de Tika frente a él. Tenía el rostro blanco como la cera, sus ojos
verdes centelleaban bajo un torrente de lágrimas.
—¡Partid sin tardanza! —les suplicó a través de unos labios que
la sangre había cesado de regar—. ¡Por favor, Tanis, no hagas preguntas y
abandona la posada ahora mismo! —Le sujetó por el brazo y hundió las uñas,
dolorosamente, en su carne.
—En nombre de los Abismos, ¿qué sucede aquí? —Inquirió el
semielfo sin escuchar su absurdo ruego mientras se encaraba, exasperado, con la
desolada muchacha.
Respondió a su urgente demanda un colosal crujido de la puerta
de la posada que se abrió de par en par, empujada por una tremenda fuerza desde
el exterior. Tika dio un salto atrás, convulsionado su semblante por un terror
tan invencible que impulsó al semielfo a girarse hacia el dintel con la mano
cerrada en torno a la empuñadura de su espada. Riverwind también reaccionó
rápidamente: se puso en pie y se acercó a Tanis.
Una inmensa sombra llenó el umbral, extendiendo un lóbrego manto
sobre la estancia. El alegre alboroto de los presentes cesó de inmediato, para
transformarse en un zumbido inconcreto de quejas que nadie osaba expresar en
voz alta.
Al recordar a las criaturas misteriosas y perversas que los
perseguían, Tanis desenvainó la espada y se situó entre el oscuro contorno y
Crysania. Sentía, aunque no podía ver su imagen, a Riverwind apostado tras él y
resuelto a respaldarlo.
«De modo que nos han dado alcance», recapacitó el semielfo,
ansioso en su fuero interno de enfrentarse a aquel terror vago e ignoto. Fijó
los ojos en la grotesca masa que ahora se aproximaba a la luz.
Se trataba de un hombre muy corpulento pero, al escudriñarle con
mayor atención, Tanis advirtió que su cinto gigantesco se diluía en una flácida
capa de grasa. En efecto, su vientre demasiado contenido se desbordaba en
mantecosos rollos por encima de los calzones y la mugrienta camisola no le
cubría el ombligo, era muy poco paño para tal exuberancia de carnes. Las
facciones, ocultas en parte bajo una barba de tres días, enmarcaban unas
mejillas encendidas con un calor que nada tenía de natural, y que se hacía
visible en grandes manchas irregulares. Por su parte, el cabello le caía en
sucias greñas sobre la frente. También resultaba curioso el atuendo de aquel
hercúleo humano ya que, pese a exhibir todas las huellas del polvo, el vómito y
el áspero licor conocido como «aguardiente de los enanos», era de fina textura
y rememoraba tiempos mejores.
Tanis bajó la espada, sintiéndose como un necio. Se hallaba ante
una ruina devastada por el alcohol, acaso el fanfarrón de Solace, incapaz de
usar otros medios distintos que su tamaño para intimidar a los ciudadanos. Lo
contempló con una mezcla de lástima y repugnancia, mientras se decía que aquel
pobre diablo no le era desconocido. Había en él algo familiar que no atinaba a
definir y dedujo, tras unos segundos de reflexión, que debía haberse topado con
él durante sus años de residencia en el lugar y ahora, debido a su evidente
declive, no lograba identificarlo.
Hizo ademán de volverle la espalda pero, sorprendido, se detuvo
al constatar que las miradas de los parroquianos confluían en él como una
súplica expectante.
«¿Qué quieren que haga yo? ¿Atacarlo? ¡Vaya héroe sería si
derribase al borrachín de la ciudad!», pensó en pleno acceso de cólera.
Un sollozo a escasa distancia interrumpió el curso de sus
cavilaciones. Era Tika quien gemía, a la vez que se dejaba caer en una silla y,
enterrado el rostro entre las manos, rompía a llorar como si le hubieran
destrozado el corazón.
—Te pedí que abandonaras el local -—logró articular en su
llanto.
El perplejo Tanis consultó a Riverwind con la mirada, pero el
hombre de las Llanuras estaba tan ignorante de la situación como su amigo y así
se lo dio a entender. En el curso de estos breves intercambios, el intruso
había avanzado unos pasos inseguros hacia el centro del local, y no cesaba de
lanzar enfurecidos improperios contra todos.
—¿Qué es esto? ¿U-una fiesta? Y n-nadie ha in-invitado a su
viejo... na-nadie me ha invitado a mí, p-por lo que veo.
No obtuvo respuesta. Los grupos reunidos en torno a las mesas se
obstinaban en dirigir sus ojos hacia Tanis, con tal insistencia que incluso el
borrachín se fijó en él. Intentó frenar el torbellino que giraba en su mente y
le impedía distinguir al semielfo con claridad. A su pesado estupor vino a
sumarse un incierto enfado hacia aquel personaje a quien reprochaba los males
que él mismo se infligía. Pero, de forma repentina, sus pupilas se dilataron,
sus labios se ensancharon en una sonrisa alelada y su cuerpo entero se inclinó
hacia adelante, al mismo tiempo que extendía los brazos.
—Tanis, ami...
—¡En nombre de los dioses! —exclamó el interpelado,
reconociéndolo al fin.
El colosal individuo, en su vacilante zancada, tropezó contra
una silla y permaneció unos momentos meciéndose inestable, cual el árbol recién
talado antes de venirse abajo. Sus iris danzaban de un lado a otro, tan
enloquecidos que la muchedumbre, asustada, se apartó de él. Con un estrépito
que sacudió los cimientos de la posada Caramon Majere, otro héroe de la Lanza,
se derrumbó a los pies de Tanis.
El
ocaso del guerrero
—¡En nombre de los dioses! —repitió el semielfo y, consternado,
se volcó sobre el comatoso guerrero—. Caramon...
—Tanis. —El tono apremiante de Riverwind lo obligó a alzar la
vista. El hombre de las Llanuras cobijaba a Tika en sus brazos mientras
trataba, junto a Dezra, de consolar a la desdichada joven, pero el círculo de
parroquianos se cerraba alarmante en torno al trío. Se empecinaban unos en
hacer preguntas al que-shu o solicitar la bendición de Crysania y otros, en
cambio, exigían más cerveza o bien contemplaban la escena boquiabiertos.
—La taberna queda cerrada a partir de este momento —anunció el
semielfo con resolución.
Se produjo un revuelo de protestas entre el gentío,
contrarrestadas por unos aplausos en la esquina opuesta. Los clientes allí
reunidos creyeron entender que el héroe de la Lanza los invitaba a una ronda de
bebidas.
—Hablo en serio —insistió Tanis con firme ademán,
sobreponiéndose a abucheos y vítores. Cuando se restableció la calma añadió—:
Os agradezco la cálida acogida que me habéis dispensado, no sabría explicaros
lo que significa para mí regresar a casa. No obstante, mis compañeros y yo
deseamos estar solos. Os ruego pues que os vayáis...
Se alzó un murmullo de comprensión acompañado de algunos
palmoteos de buena voluntad, y sólo unos pocos esbozaron mordaces comentarios a
tenor de que «cuanto más rango ostenta el caballero tanto más centellea la
armadura en sus ojos», un viejo refrán de los tiempos en que la población se
mofaba de los Caballeros Solámnicos. Tras dejar a Tika al cuidado de Dezra,
Riverwind recorrió la sala a fin de hostigar a varios rezagados, que creían que
la orden de Tanis no les incumbía a ellos. El semielfo montaba guardia junto a
Caramon, quien exhalaba sonoros ronquidos en el suelo, y de ese modo impedía
que alguien lo pisoteara al salir atropelladamente. Intercambió miradas con el
hombre de las Llanuras cada vez que pasaba a su lado, pero no hallaron ocasión
de hablar hasta que se hubo vaciado el local.
Otik Sandeth se apostó en el umbral, desde donde daba las
gracias a todos por su presencia y les aseguraba que la posada se abriría la
noche siguiente a la hora habitual. En cuanto se hubieron marchado los últimos
clientes, Tanis avanzó hacia el retirado propietario, incómodo y avergonzado,
pero antes de que le ofreciera sus excusas éste se apresuró a susurrarle:
—Me alegro de que hayas vuelto. Atrancad los accesos cuando
termine la reunión. —Tenía la mano del semielfo estrechada entre las suyas, y
aún la apretó más al lanzar a Tika una furtiva mirada y recomendar al héroe,
como si quisiera conspirar con él—: Si ves que la muchacha sustrae una pequeña
cantidad de dinero de la caja, no te preocupes. Sé que lo repondrá, así que
finjo no advertirlo—. Desvió entonces los ojos hacia el yaciente Caramon y la
tristeza invadió sus facciones—. Estoy convencido de que puedes ayudarle.
Tras concluir su discurso el anciano se despidió con una
inclinación de cabeza y se dejó engullir por la negrura, apoyado en su bastón.
«¡Ayudarle! —se desesperó Tanis—. ¡Y pensar que yo he acudido a
la posada buscando su auxilio!» El guerrero emitió un ronquido más estentóreo
de lo corriente, se incorporó sobresaltado, eructó una bocanada de efluvios
alcohólicos y se zambulló de nuevo en su sopor. Tanis consultó en silencio a
Riverwind y meneó la cabeza, presa del desencanto.
Crysania, que se había mantenido al margen de la situación,
dedicó a Caramon una mirada entre reprobatoria y piadosa.
—Pobre hombre —comentó sin alzar la voz, con el Medallón de
Paladine refulgiendo a la luz de las velas—. Quizá yo...
—No hay nada que puedas hacer por él —se opuso Tika llena de
amargura—. No necesita que le curen, sólo está ebrio. ¡Ha pillado una tremenda
borrachera, eso es todo!
La sacerdotisa quedó perpleja ante una respuesta tan desabrida
pero Tanis, al imaginar que su réplica podía crear un serio conflicto, decidió
no darle tiempo a reaccionar.
—Creo que entre los dos podremos transportarlo a su cama
—sugirió a Riverwind después de examinar a Caramon.
—Dejadle donde está —lo atajó
Tika, enjugándose las lágrimas con el repulgo de su mandil—. Ha dormido muchas
noches en el suelo de la taberna, una más no le hará daño. Quería contártelo,
de verdad —dijo al semielfo—. Si no lo hice fue porque abrigaba la esperanza de
que se obrase un milagro. Verás, se excitó sobremanera al recibir tu mensaje y,
durante un tiempo, recuperó la serenidad. Era casi el Caramon de nuestras
aventuras, el que yo amé, y supuse que un encuentro contigo lo cambiaría
definitivamente. Ése fue el motivo de que te dejara venir. Lo siento —se
disculpó, y hundió la cabeza en su pecho.
Tanis se erguía aún al lado del guerrero, indeciso y
petrificado.
—No entiendo nada. ¿Desde cuándo...?
—¡Con lo que me habría gustado asistir a tu casamiento! —suspiró
la joven pelirroja sin cesar de formar nudos en los pliegues del delantal—.
Pero no podía llevarle en un estado tan lamentable. —Prorrumpió de nuevo en
sollozos, y Dezra la rodeó con sus brazos.
—Vamos, siéntate e intenta tranquilizarte —la confortó,
conduciéndola hasta un banco de trabajado respaldo.
La posadera obedeció, pues las piernas apenas la sostenían, y
siguió sumida en su crisis, ajena a cuanto sucedía a su alrededor.
—Imitemos a Tika y tomemos asiento —propuso el semielfo—, todos
debemos recobrar la compostura—. Al descubrir que el enano gully los espiaba
desde detrás del mostrador, le encargó—: Sírvenos un barril pequeño de cerveza
con varias jarras, vino para la sacerdotisa Crysania y una fuente de patatas
especiadas...
Hizo una pausa ya que el hombrecillo lo contemplaba anonadado,
colgando su labio inferior en una muestra inequívoca de su incapacidad de
asimilar tantas instrucciones. Dezra, consciente de las limitaciones de su
compañero, esbozó una sonrisa y ofreció:
—Yo traeré lo que pides, Tanis. Si se ocupa Raf de organizarlo
acabarás bebiendo patatas en un barril.
—Yo lo haré —protestó indignado el enano.
—Será mejor que te lleves los desperdicios —le aconsejó,
paciente, la muchacha.
—Yo ser muy bueno atendiendo mesas —persistió él desconsolado
mientras se encaminaba al exterior, propinando puntapiés a las patas de las
sillas para desquitarse de tan horrible agravio.
—Vuestros aposentos se encuentran en el ala nueva de la posada
—masculló Tika, todavía trastornada—. Os los mostraré.
—No hay prisa, los encontraremos nosotros mismos —contestó
Riverwind en actitud severa pero, al cruzarse sus pupilas con las de la joven,
prendió en sus ojos la llama de la más tierna compasión—. No te muevas de tu
asiento y habla con Tanis, no podrá quedarse mucho tiempo.
—¡Maldita sea, había olvidado que el mozo debe aguardarme fuera
con el caballo de refresco! —exclamó el semielfo, poniéndose en pie.
—Iré a avisarle de la pequeña demora —resolvió el hombre de las
Llanuras.
—No te molestes, puedo hacerlo yo mismo. Tardaré tan sólo unos
minutos.
—Amigo mío, eres tú quien me hace un favor si me permites
ayudarte —le susurró Riverwind al pasar por su lado—. Necesito respirar el aire
nocturno. Después lo trasladaré a su habitación si no se ha repuesto —concluyó,
a la vez que señalaba a Caramon con un ademán de cabeza.
Tanis volvió a sentarse y, aliviado, se apoyó en el respaldo.
Estaba frente a Tika, que permanecía en el banco adosado al muro. Crysania se
instaló junto al semielfo aunque, a intervalos, dirigía furtivas y perplejas
miradas al abultado cuerpo del guerrero ebrio.
El barbudo compañero comenzó a hablar a su amiga de temas
insustanciales, que hilvanaba con la mayor soltura posible, hasta conseguir que
ella irguiese la espalda e incluso sonriera. Cuando Dezra se acercó con las
bebidas Tika parecía más relajada, si bien pervivían en su faz los vestigios de
su angustia. Observó Tanis que Crysania apenas probaba el vino y, en lugar de
tomar parte en la conversación, se mantenía inmóvil en su asiento con aquel
insondable surco dibujado en la frente. Sabía que debía explicar a la
sacerdotisa los acontecimientos, pero antes alguien tendría que relatárselos a
él.
—¿Cuándo...? —se aventuró al fin a inquirir, temeroso de haberse
precipitado.
—¿Cuándo se desató la pesadilla? —terminó Tika en su lugar—.
Unos seis meses después de la reapertura de «El Ultimo Hogar». ¡Fue tan feliz
hasta entonces! La ciudad estaba destruida, y el invierno había sido muy duro
para los sobrevivientes. En su mayoría se hallaban próximos a la inanición,
despojados de todos sus bienes y recursos por los draconianos y goblins, e
incluso algunos se habían visto obligados a abandonar sus ruinosas viviendas y
acomodarse en cualquier refugio que encontrasen, fuera éste una choza o una
cueva natural. Las hordas enemigas saquearon Solace antes de nuestra llegada,
de modo que nos topamos con un revoltijo de escombros que sólo los más animosos
aprovechaban en la incipiente reconstrucción de sus casas. Recibieron a Caramon
como un héroe, pues los poetas habían propagado con sus versos la noticia de la
derrota de la Reina de la Oscuridad por todo el territorio.
Hizo un alto, conmovida por su propia historia. El orgullo que
ahora evocaba se tradujo en sendos lagrimones, que jalonaron sus mejillas. Al
poco rato continuó:
—¡Era tan dichoso en aquella época, Tanis! Los habitantes de
Solace lo necesitaban, y no le importaba trabajar día y noche. Talaba árboles,
cargaba haces de leña desde las montañas, erigía casas con los troncos que él
mismo transportaba y hasta hizo de herrero, ya que Theros no estaba entre
nosotros. Lo cierto es que no poseía una gran habilidad en este último menester
—confesó esbozando una nostálgica sonrisa—, pero a nadie parecía inquietarle.
Le satisfacía confeccionar cualquier tipo de instrumentos, herraduras o ruedas
de carro, y los lugareños aceptaban todo cuanto podía proporcionarles. Fue un
año espléndido: nos casamos y él olvidó por completo, o al menos así lo creímos
quienes lo rodeábamos, a... a...
Tragó saliva, incapaz de pronunciar el fatídico nombre. Tanis,
que sobrentendió a quién se refería, le dio unas palmadas en la mano y la
joven, tras beber en silencio unos sorbos de vino, se sintió con ánimos de
proseguir.
—El año pasado, en primavera, se operó un cambio brusco en su
talante. Algo grave le ocurrió, ignoro qué fue exactamente, si bien estoy
convencida de que guardaba relación con... —Una vez más calló, y meneó la
cabeza—. La ciudad vivía un momento de prosperidad. Un forjador que estuvo
cautivo en Pax Tharkas se mudó a Solace y se ocupó del establecimiento que
hasta entonces regentara Caramon, privándole de esta distracción. Aún quedaban
casas por edificar, pero todos se habían instalado de un modo u otro y no había
prisa. Y, para colmo de males, yo me puse al frente de la posada. —Se encogió
de hombros antes de conjeturar—: Me temo que, después de tanto ajetreo, mi
pobre esposo no sabía qué hacer con su tiempo.
—Nadie precisaba su ayuda —colaboró el semielfo apesadumbrado.
—Ni siquiera yo —admitió Tika, tragando aire y enjugándose los
ojos—. Quizá su derrumbamiento fuera culpa mía...
—No —la atajó Tanis como si le prohibiera la mera mención de
esta posibilidad. Sus pensamientos, y sus recuerdos, se perdieron en las brumas
de un triste pasado—. Todos conocemos al responsable de su desgracia.
—Sea como fuere intenté ayudarle, a pesar de mis múltiples
obligaciones, sugiriéndole mil tareas a las que podía dedicar sus horas de ocio
—explicó Tika con hondo pesar—. Y se esforzó, me consta que hizo cuanto estuvo
en su mano. Rastreó a varios draconianos renegados a petición del alguacil, y
se convirtió en guardián bajo contrato de los viajeros que se internaban en la
azarosa senda de Haven. Sin embargo, pronto me di cuenta de que nadie alquilaba
sus servicios por segunda vez. —Su voz se hundió ahora en un susurro
quejumbroso—. A finales de invierno regresó al pueblo uno de los grupos que
debía proteger, arrastrándolo en unas parihuelas... ¡Se había emborrachado, y
fueron ellos quienes tuvieron que cuidar de su maltrecho cuerpo! Desde entonces
no ha hecho más que dormir, atiborrarse de comida o deambular en compañía de
mercenarios de dudosa procedencia por los alrededores de «El Abrevadero», ese
mugriento local que se yergue en el otro extremo del pueblo.
Mientras deseaba para sus adentros haber contado con la
presencia de Laurana para aconsejar a su amiga, Tanis intentó adivinar lo que
ella habría sugerido:
—Quizás un hijo sería la solución.
—Quedé embarazada el verano pasado —le reveló Tika, apoyada la
cabeza en la palma abierta—. Pero perdí la criatura. Caramon ni siquiera se
enteró, y desde esa época hemos dormido en habitaciones separadas.
Tanis se ruborizó y se agitó en su asiento, sin atinar más que a
acariciar la mano de la muchacha con un nudo en la garganta.
—Hace un instante has insinuado que la metamorfosis de Caramon
se debe a alguien o algo en concreto —indagó, más para cambiar de tema que para
constatar lo que ya sabía.
Tika se estremeció y, tras sorber otro trago de mosto sin
adivinar que el semielfo ya conocía la respuesta, aclaró:
—Se propagaron ciertos rumores, oscuros por supuesto, acerca del
mago al que tú y yo tuvimos por compañero de andanzas. —Se obstinaba en no
pronunciar su nombre, como si fuera un presagio de terribles hecatombes—.
Caramon decidió escribirle en secreto, Tanis. Descubrí la carta y me tomé la
libertad de leerla; me destrozó el corazón. No contenía una sola palabra de
reproche, respiraba amor por los cuatro costados. Le suplicaba que viniera a
vivir con nosotros para, de ese modo, liberarse de las artes arcanas que le
atraen hacia la negrura.
—¿Y qué ocurrió? —inquirió de nuevo el semielfo.
—Un emisario le devolvió el mensaje sin abrir. Ese vil personaje
no se tomó ni siquiera la molestia de romper el lacre. Se limitó a escribir en
el exterior del pergamino: «No tengo hermanos. No conozco a nadie llamado
Caramon.» Y firmaba: Raistlin.
—¡Raistlin! —Era la voz de Crysania, quien clavó su mirada en
Tika como si reparara en ella por vez primera. Sus ojos plomizos denotaban un
creciente asombro mientras iban de la joven pelirroja a Tanis y de este último
al enorme guerrero, que yacía en el suelo, convulsionándose en su embriaguez
semiconsciente—. ¿Éste es Caramon Majere, el hermano gemelo del que tanto
hablabas? Lo cierto es que no he atado cabos hasta ahora. Y según tú, semielfo,
este hombre ha de guiarme a...
—Lo lamento, Hija Venerable de Paladine —se disculpó él
visiblemente turbado—. Ignoraba los sucesos que Tika acaba de relatarnos.
—Pero Raistlin es una criatura tan inteligente, tan poderosa,
que no cabe imaginar que comparta su sangre con ese desecho. ¡Y pensar que, por
añadidura, son gemelos! Raistlin —persistía en cantar sus alabanzas— rebosa
sensibilidad, ejerce un control absoluto sobre sí mismo y sus seguidores. Es un
perfeccionista, mientras que a esta ruina patética —hizo un gesto hacia el
infeliz guerrero— sólo se la puede tildar de, de... No niego que merezca
nuestras oraciones y nuestra piedad...
—Tu «inteligente y sensible perfeccionista» desempeñó un papel
muy importante en la decadencia de «la ruina patética» que se ha desplomado
ante nuestros ojos, respetable sacerdotisa —replicó Tanis con un timbre ácido,
si bien cuidó de reprimir la cólera.
—Quizás ocurrió al revés —apuntó la Hija Venerable—, y fue la
falta de amor lo que apartó a Raistlin de la luz para caminar entre tinieblas.
La posadera alzó la vista hacia aquella mujer, revestido su
rostro de una expresión indefinible.
—¿Falta de amor? —repitió sin
alterarse, aunque una llama ardía en el fondo de su iris.
Caramon gimió en su atormentado sueño y comenzó a revolverse
sobre la piedra. Al mirarle, Tika se incorporó como impulsada por un resorte.
—Será mejor que lo llevemos a la cama —propuso, en el mismo
instante en que la imponente figura de Riverwind se recortaba en el umbral. Se
volvió entonces hacia Tanis para decirle—: ¿Nos veremos mañana? Ahora que ya lo
sabes todo me gustaría mucho que pernoctaras aquí, por lo menos hoy. Así
seguiríamos hablando durante el desayuno.
El semielfo estudió sus ojos suplicantes y tuvo que morderse la
lengua antes de responder. Sin embargo, no era libre de elegir.
—Lo siento de verdad, Tika —rehusó compungido—, pero debo partir
sin tardanza. Me separa un trecho considerable de Qualinost, mi destino, y no
me atrevo a entretenerme. El porvenir de dos reinos depende de mi asistencia al
funeral del padre de Laurana.
—Lo comprendo —afirmó la muchacha—. Además, este problema sólo
me incumbe a mí. De un modo u otro me las arreglaré.
A punto estuvo el semielfo de arrancarse la barba, tal era su
frustración. Ansiaba quedarse y ayudar a aquella pareja de viejos amigos. No
había trazado un plan, pero quizá si intercambiaba unas palabras con Caramon
lograría desmadejar el enredado ovillo de su mente. El dilema estaba en la
reacción de Porthios, que se tomaría su ausencia en la ceremonia fúnebre como
una afrenta personal; este hecho no sólo afectaría a su relación con su cuñado,
sino que incluso podía influir en las negociaciones del proyectado pacto de
alianza entre Qualinesti y Solamnia.
Mientras se debatía en estas cavilaciones miró sin proponérselo
a Crysania, y comprendió que aún tenía otro problema. No podía llevar a la
sacerdotisa a Quali-nost porque Porthios no admitiría nunca en su reino a un
clérigo humano.
—Se me ha ocurrido una idea —anunció—. Volveré después de las
exequias y, mientras tanto, te dejaré aquí. —Se dirigía a la Hija Venerable—.
En la posada estarás segura hasta que pueda escoltarte en la ruta de Palanthas
ya que, como tu viaje ha fracasado, supongo...
—Mi viaje no ha fracasado —le espetó Crysania—. Seguiré
adelante, fiel a mi plan inicial de visitar la Torre de la Alta Hechicería de
Wayreth y parlamentar allí con Par-Salian, el mago de la Túnica Blanca.
—Pero yo no puedo acompañarte —protestó Tanis meneando la
cabeza— ni tampoco Caramon, al menos en su actual estado.
—Cierto —accedió ella—, Caramon está incapacitado para
desempeñar tan importante misión. No me queda pues más alternativa que aguardar
hasta que tu amigo el kender se presente en este establecimiento con la persona
que ha ido a buscar y, luego, continuar en solitario.
—¡Imposible! —se horrorizó el semielfo, con tanta vehemencia que
Riverwind enarcó las cejas a fin de recordarle que se enfrentaba a una alta
dignataria de la fe—. Señora, te acecharían unos peligros insondables. Además
de los seres fantasmales que nos han perseguido, y que fueron enviados por
alguien que ambos conocemos, hace tiempo escuché las historias espeluznantes
que explicaba Caramon sobre el Bosque de Wayreth. ¡Todo en él es siniestro!
Volveremos a Palanthas, y quizás algunos Caballeros se avengan...
Por vez primera, Tanis vislumbró un pálido atisbo de color en
las marmóreas mejillas de Crysania. La sacerdotisa frunció el ceño en lo que
parecía una honda meditación y, al fin, se ensanchó su rostro en una leve
sonrisa al aseverar:
—No corro ningún riesgo, estoy bajo la protección de Paladine.
No me cabe la menor duda de que esos entes oscuros a los que aludías son
esbirros de Raistlin, pero carecen de poder para lastimarme. En realidad, lo
que han hecho es fortalecer mi decisión. —Al ver el desaliento dibujado en los
rasgos de Tanis, añadió con un suspiro—: prometo pensarlo, es cuanto puedo
decir. Quizá tengas razón y nos acosen en la espesura enemigos invencibles.
—Además, sería para ti una pérdida de tiempo entrevistarte con
Par-Salian —aventuró el semielfo, espoleado por el agotamiento a confesar con
franqueza su opinión sobre los absurdos planes de la mujer—. Si él supiera cómo
destruir a Raistlin, el perverso mago ya sólo perviviría en las leyendas.
—Hablas de destruirlo —replicó la sacerdotisa—, y nunca he
pretendido tal atrocidad. —Estaba escandalizada, sus iris se tornaron de color
acero—. Lo que quiero es recuperarlo, redimirlo. Y, ahora, deseo retirarme a
mis aposentos si alguien tiene la amabilidad de indicarme dónde se encuentran.
Dezra dio un paso al frente y Crysania, tras despedirse del
grupo, se alejó con la servicial muchacha. Tanis la siguió con los ojos,
vaciada su mente de tal modo que no pudo pronunciar ni una palabra. Oyó a
Riverwind balbucear unas frases en que-shu, coreadas por los vagos lamentos de
Caramon. En ese momento el hombre de las Llanuras dio un suave codazo a su
compañero y ambos se inclinaron sobre el durmiente para, mediante un colosal
esfuerzo, ponerlo en pie.
—¡En nombre del Abismo, cuánto pesa! —se quejó el semielfo,
bamboleándose bajo el fardo al mismo tiempo que sentía en sus hombros el
balanceo de los flácidos brazos del, en otro tiempo, fornido guerrero. Por otra
parte, los efluvios del aguardiente enanil le producían náuseas—. ¿Cómo puede
beber ese hediondo brebaje? —le comentó a Riverwind mientras, entre los dos,
conseguían arrastrarlo hasta la puerta con la ansiosa Tika pegada a sus
talones.
—En una ocasión conocí a un hombre que cayó en las redes de esta
maldición —explicó el jefe de los que-shu—. Su final fue espantoso, se despeñó
por un barranco al huir de unas criaturas malignas que existían en su mente.
—Debería quedarme. —El semielfo recapacitaba en voz alta.
—No puedes librar la batalla de otro —le advirtió Riverwind con
firmeza—, y menos aún cuando es el alma lo que está en juego. Te aconsejo que
no interfieras.
Era ya pasada la medianoche cuando la triste comitiva traspasó
el umbral de la casa de Caramon y éste fue arrojado, sin miramientos, sobre el
lecho. Tanis no se había sentido nunca tan abrumado por el cansancio, le dolía
el espinazo tras someterlo al peso muerto del gigantesco guerrero. Al malestar
físico, por otra parte, se unía una losa interior, la de aquellos recuerdos del
pasado que en su día se le antojaron entrañables y ahora se asemejaban a
heridas sangrantes. Y, por si fuera poco, debía cabalgar sin tregua hasta el
amanecer.
—Me gustaría permanecer a vuestro lado —repitió a Tika, ya en la
puerta. Los tres amigos contemplaban la ciudad de Solace, envuelta en pacíficos
sueños—. De alguna manera, soy responsable...
—En absoluto —lo atajó la muchacha—. Riverwind está en lo cierto
al recomendarte que no te interpongas en las luchas ajenas. Has de vivir tu
propia vida y, aunque intentaras ayudar a Caramon, no conseguirías sino
empeorar la situación.
—Quizás —admitió el semielfo—. De cualquier modo, regresaré
dentro de una semana para hablar con él largo y tendido.
—Será estupendo —respondió Tika con un suspiro y, tras hacer una
pausa, cambió de tema—. Por cierto, ¿a quién se refería Crysania al mencionar a
un kender que ha de pasar por aquí? ¿No será Tasslehoff?
—Sí, él en persona —aclaró Tanis rascándose la barba—. Se trata
de algo relacionado con Raistlin, algo que no he podido averiguar. Nos
tropezamos con él en Pa-lanthas y comenzó a contarnos una de sus imaginativas
fábulas. Avisé a Crysania de que sólo la mitad de sus historias se acercaban a
la verdad, y aún así era mejor no fiarse de tales aproximaciones, pero por lo
visto Tas la convenció de que debía enviarle en busca de una misteriosa
criatura susceptible de ayudarla a recuperar a Raistlin para la buena causa.
—No pongo en duda que esa mujer se halle entre los clérigos
sagrados de Paladine —intervino Riverwind—, y ruego a los dioses que me perdonen
por criticar a una de sus elegidas, pero creo que se ha vuelto loca.
Una vez hubo pronunciado tan severa afirmación se colgó el arco
del hombro y se dispuso a partir, al igual que Tanis, quien besó cariñosamente
a Tika y le susurró:
—Temo que estoy de acuerdo con Riverwind. Vigila a Crysania
mientras se aloje en la posada. Una vez en Palanthas yo mismo hablaré con
Elistan, pues deseo saber hasta qué punto conoce el plan demencial que se ha
trazado. Y si Tasslehoff aparece, no le pierdas de vista. ¡No deseo por nada
del mundo que se presente en Qualinost! Te aseguro que ya tengo bastantes
problemas con Porthios y los elfos.
—No te preocupes, cumpliré tu encargo —lo tranquilizó la
muchacha. Durante unos segundos permaneció acurrucada bajo el brazo con que él
la rodeaba, dejando que la acunaran su fuerza y la compasión que dimanaba tanto
de su contacto como de su voz.
Tanis vaciló y la apretó incluso más, reticente a la idea de
soltarla. Desvió los ojos hacia el interior de la casa al oír los gritos
inconexos de Caramon.
—Tika... —empezó a decir.
—Vete ya, Tanis —lo interrumpió ella apartándolo con firmeza—.
Te aguarda una larga cabalgada.
—Me gustaría... —No concluyó, ambos sabían que cualquier
comentario sería superfluo.
Despacio, el semielfo dio media vuelta y se reunió con
Riverwind. Tika los seguía con la mirada, esbozando en sus labios una tenue
sonrisa.
—Eres muy inteligente Tanis, y posees una gran intuición. Esta
vez, sin embargo, te equivocas —susurró para sí misma en la soledad del
porche—. Crysania no ha perdido el juicio. Lo que ocurre, y tú no lo has
adivinado, es que está enamorada.
Una
nueva misión
Un ejército de enanos marchaba a paso marcial por el aposento,
provocando una gran algarabía con los férreos armazones de sus botas. Cada uno
de ellos portaba un martillo en la mano y, al pasar junto al lecho, descargaba
su peso en la testa de Caramon. El guerrero no podía sino gimotear y agitar los
brazos en desorden.
—¡Salid de aquí! —suplicaba—. ¡Alejaos!
Pero los enanos respondían levantando la cama sobre sus fuertes
hombros y haciéndola girar a un ritmo vertiginoso, mientras mantenían la
apretada formación y estampaban, al unísono, su estruendoso calzado contra el
suelo.
Una náusea aprisionó el vientre de Caramon quien, tras varios
intentos infructuosos, consiguió saltar de aquel mueble giratorio y hacer una
torpe carrera hasta el bacín depositado en un rincón. Después de vomitar
comenzó a sentirse mejor, e incluso se despejó su mente. Desaparecieron los
enanos, aunque el hombretón sospechaba que se habían ocultado debajo de la
cama, al acecho de una nueva oportunidad para mortificarlo.
Deseoso de burlar a sus adversarios, optó por no acostarse de
nuevo. Abrió, sosteniéndose a duras penas, un cajón de la mesilla de noche y
estiró la mano en busca del aguardiente que allí guardaba. ¡No estaba! Caramon
se enfureció y acusó en voz alta a Tika de jugar sucio con él. Sin embargo,
pronto una pícara sonrisa sustituyó a sus imprecaciones al mismo tiempo que se
encaminaba hacia el enorme baúl que, adosado al muro contrario, contenía toda
su ropa. Más que llegar tropezó contra su trabajada superficie y, al instante,
se puso a revolver túnicas, calzones y camisas que ya no cabían en su obeso y
deformado cuerpo. Y al fin encontró su tesoro, embutido en una vieja bota.
Retiró la redoma con gesto amoroso, dio un trago del ardiente
licor y, tras eructar, exhaló un prolongado suspiro. Ahora sí, ahora cesaron
los repiqueteos de los martillos en su cabeza. Examinó la estancia en busca de
los enanos mas, al no distinguirlos, se dijo que podían permanecer bajo la cama
toda su vida. A él no le importaba.
De pronto oyó un estrépito de cacerolas en la cocina. ¡Tika!
Engulló precipitadamente unos sorbos más del brebaje y volvió a camuflar la
redoma en su seguro escondrijo. Tras cerrar la tapa del baúl con mucho sigilo
se incorporó, se pasó la mano por el enmarañado cabello y cruzó el dormitorio
en dirección a la puerta. No obstante, antes de salir se vio reflejado en el
espejo.
—Debo cambiarme —farfulló con la boca pastosa.
Tiró, empujó, sacudió y, al rato, logró desprenderse de la sucia
prenda y arrojarla al suelo. Se le ocurrió la idea de lavarse un poco, pero no
tardó en desecharla. ¿Acaso era un ridículo petimetre? Tal como estaba dimanaba
efluvios, aromas masculinos que solían gustar a las mujeres... ¡Algunas le
encontraban atractivo! En cualquier caso, no se quejaban ni le reprendían.
Tika, en cambio, era incapaz de aceptarlo con sus propias peculiaridades.
Mientras se debatía para colocarse una camisa limpia, quizás en exceso
ajustada, que descubrió al pie del lecho, se compadecía de sí mismo repitiendo
las mismas frases de siempre: que si era un incomprendido, que si la vida no le
había tratado bien, que si atravesaba una mala racha pero pronto los hados le
sonreirían y entonces sonaría la hora del triunfo y, en definitiva, todo cuanto
suele decirse en esos casos.
Tras asomarse cauteloso por la puerta entreabierta y adoptar una
actitud casual y despreocupada, se internó en la pulcra sala de estar y se
derrumbó en una silla frente a la mesa. La vetusta madera crujió bajo su peso
descomunal y Tika, al oírle, volvió la cabeza desde el fregadero.
Al toparse con sus ojos el guerrero advirtió que, de nuevo, su
esposa rebosaba ira. Intentó dedicarle un gesto amable, solicitar una tregua,
pero no atinó sino a retorcer el labio en una mueca enfermiza que tuvo la
virtud de sacar de quicio a la joven. Tan enfurecida estaba, que agitó en el
aire sus bucles pelirrojos y desapareció en un rincón de la cocina para no
cometer una barbaridad. Caramon se encogió al vibrar en sus tímpanos un nuevo y
aún más estruendoso ruido de ollas, cuyos tintineos metálicos le recordaron a
los enanos y sus mortíferas herramientas. Pasados unos minutos, Tika traspasó
el umbral de la sala cargada con una enorme fuente repleta de tiras de tocino
chisporroteantes, pastelillos de maíz y huevos fritos, y la dejó caer delante
de él, tan violentamente que las tortitas de cereal salieron despedidas por los
aires.
El hombretón vaciló pese a la suculencia del plato, pues su
estómago no se hallaba en condiciones de trabajar, pero un gruñido bastó para
recordar a su maltrecho órgano quién mandaba. Tenía un apetito feroz, ignoraba
cuántas horas habían transcurrido desde que ingirió el último bocado. Tika,
furibunda, se instaló en una silla cercana y posó en él sus lacerantes ojos
verdes. Hasta las pecas parecían adquirir relieve sobre su tez, señal
inconfundible de su talante.
—De acuerdo, dilo ya. ¿Qué he hecho ahora? —rezongó Caramon,
preparado para la embestida. Comía a dos carrillos.
—No lo recuerdas. —Era una aseveración, no una pregunta.
Se zambulló el guerrero en las nebulosas regiones de su mente y,
en efecto, algo se agitaba entre sus brumas. La noche anterior tendría que
haber estado en un lugar concreto mas, después de quedarse en casa todo el día
tal como había prometido a su mujer, a última hora le asaltó la sed. Se habían
agotado sus últimas existencias, así que fue a «El Abrevadero» a fin de remojar
el gaznate y luego se dirigió donde...
—Surgió un imprevisto que requería mi atención —mintió, evitando
la mirada de Tika.
—Sí, nos dimos cuenta —lo espetó ella con amargura—. Todos
imaginamos qué «imprevisto» te hizo caer inconsciente a los pies de Tanis.
—¡Tanis! —Caramon soltó el tenedor—. Tanis aquí, anoche... —Tras
emitir un sonido quejumbroso, desgarrador, el guerrero hundió la cabeza entre
las manos.
—Nos obsequiaste con un bonito espectáculo —continuó la
muchacha, ahogada su voz—. Se hallaba presente la ciudad en pleno, además de un
nutrido grupo de los elfos más distinguidos de Krynn. Y no hablemos de nuestros
viejos y entrañables amigos. —Al mencionarlos, también ella prorrumpió en
sollozos.
—¿Por qué? ¿Por qué Tanis? —exclamó Caramon sumido en la
desesperación—. De todos, el semielfo era el que... —Interrumpieron sus
recriminaciones unos sonoros golpes en la puerta.
—¿Quién vendrá a molestarnos? —refunfuñó Tika, secándose las
lágrimas con la manga de su blusa antes de acudir a abrir—. Quizá se trata de
Tanis, que ha decidido volver atrás. —Su apesumbrado esposo alzó la cabeza al
oír aquel nombre—. Si es él —le ordenó— intenta comportarte como el hombre que
un día fuiste.
Se detuvo frente a la hoja de gruesa madera, descorrió el
pestillo e hizo girar la llave.
—¡Otik! —se sorprendió—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué comida es ésta?
El anciano posadero se erguía en el umbral con una bandeja
humeante en la mano. Al abrir la joven, estiró la cabeza para asomarse al
interior.
—¿No se encuentra en la casa? —inquirió desconcertado.
—¿A quién te refieres? No hay nadie salvo nosotros —le explicó
ella sin saber a qué atenerse.
—¡Oh, no! —vociferó Otik en tono solemne a la vez que,
distraído, comenzaba a ingerir algunos alimentos de la fuente—. ¿Debo entonces
deducir que el mozo de la cuadra estaba en lo cierto, que ella se ha ido?
¡Pensar que he madrugado como nunca para prepararle este suculento desayuno!
—¿Quién se ha ido? —A Tika le exasperaban los enigmas de esta
índole, incluso se preguntó si no era Dezra quien los había abandonado.
—La sacerdotisa Crysania. No está en su habitación, ni tampoco
sus pertenencias. Por otra parte, el caballerizo me ha asegurado que esta misma
mañana le encargó ensillar su caballo y se alejó al galope.
—¡Crysania! —repitió ella ondenado sus abundantes rizos—. Ha
resuelto seguir en solitario. Claro, no estaba dispuesta a...
—¿A qué? —preguntó el anciano con la boca llena.
—A nada, Otik, olvídalo —lo atajó, blanca como la cera—. Será
mejor que regreses a la taberna, hoy llegaré un poco tarde y hay que atender a
la clientela.
—De acuerdo, no te preocupes —repuso él en amable actitud, pues
había visto a Caramon desmoronado sobre la mesa—. Baja cuando puedas.
Y se fue, sin cesar de masticar el apetitoso desayuno mientras
caminaba. Tika cerró la puerta y regresó a la sala de estar.
—Me duele todo el cuerpo —se protegió el guerrero al ver que se
aproximaba, convencido de que le esperaba un sermón. Se levantó con torpeza y,
arrastrando los pies, se dirigió al dormitorio y se arrojó sobre el lecho entre
irrefrenables sollozos.
Tika, en lugar de hostigarlo como cabía suponer, se sentó en una
silla de la sala y se zambulló en el mundo de los pensamientos. Era evidente
que la Hija Venerable de Paladine había partido sin escolta hacia el Bosque de
Wayreth. Estaba resuelta a internarse en su espesura aunque no había de
resultarle fácil pues, según la leyenda, nadie había conseguido encontrarlo.
¡Era él quien daba con quienes se aventuraban en su búsqueda! Tika se
estremeció al evocar los relatos de Caramon. El temible recinto aparecía en los
mapas, si bien cuando uno cotejaba dos o más no coincidía su localización.
Además, los cartógrafos siempre dibujaban una señal de peligro a su lado y en
su corazón mismo esbozaban la Torre de la Alta Hechicería, donde se hallaba
ahora concentrado todo el poder de los magos de Ansalon. O, mejor dicho, casi
todo.
De pronto, Tika despertó de su ensoñación, se incorporó e
irrumpió en la alcoba. Caramon permanecía tendido en la cama sin poder reprimir
el llanto, pero ella endureció sus sentimientos frente a tan lastimera escena y
avanzó con paso firme hasta el baúl de la ropa. Después de abrir la tapa y
rebuscar en su interior, lanzando una lluvia de prendas por la estancia,
descubrió la redoma. Su maltrecho marido quedó atenazado por el pánico, mas la
muchacha se limitó a arrojar el recipiente y su contenido a un rincón y
continuó hurgando. Al fin, en el fondo, halló lo que buscaba.
Era la cota de malla de Caramon, la que utilizara en sus
aventuras de antaño y le diera opción al título de guerrero que aún hoy
ostentaba.
Sujetando uno de los quijotes por sus correas de cuero Tika se
levantó para, tras dar media vuelta, lanzar la pieza hacia Caramon.
Lo golpeó en el hombro y rebotó, de tal manera que se estrelló
contra el suelo.
—¡Ay! —se quejó el corpulento individuo, sentándose—. ¡En nombre
de los Abismos, Tika, déjame tranquilo!
—Vas a emprender una nueva misión —declaró ella sin inmutarse—:
irás al encuentro de la sacerdotisa, aunque tenga que catapultarte al espacio
en un tonel. —Y terminó de extraer la oxidada cota de malla.
—Disculpa —solicitó un kender a un individuo que holgazaneaba al
borde del camino, en los aledaños de Solace. En una reacción instintiva, el
hombre cerró la mano en torno a su bolsa—. Busco el hogar de un amigo
—prosiguió impasible el viajero, acostumbrado a tales muestras de
desconfianza—. Bien, en realidad se trata de dos personas. Una es una bella
mujer pelirroja llamada Tika Waylan.
—Es aquella casa que se alza a lo lejos —le señaló el lugareño
sin perderlo de vista.
Tas miró en la dirección que le indicaban y sufrió una honda
impresión.
—¿La magnífica residencia construida en el seno del vallenwood?
—se aseguró, a la vez que extendía su dedo hacia el edificio.
—¿Cómo lo has definido? —preguntó el humano sin poder refrenar
una carcajada—. ¿Cómo una «magnífica residencia»? Un comentario genial. —Se
alejó con un chasquido burlón, contando mientras caminaba las monedas que
guardaba en su bolsa.
«¡Qué tosco y antipático!», pensó Tasslehoff y deslizó, en un
gesto de pasmosa naturalidad la navaja del desconocido en uno de sus saquillos.
Pronto olvidó el incidente, y echó de nuevo a andar hacia la casa de Tika. Su
mirada estudió complacida cada detalle de aquella morada que se mecía segura en
las ramas del creciente árbol, fiel a las tradiciones del pasado.
—Me alegro por Tika —comentó a su acompañante, un montículo de
ropa con pies que caminaba tras él—. Y también por Caramon, claro está, pero
ella nunca disfrutó de un hogar propio e imagino lo orgullosa que debe
sentirse.
Al acercarse al edificio el kender comprobó que era uno de los
más sólidos de la ciudad. Su estructura era idéntica a la de las antiguas
viviendas de Solace, antes de que la guerra arrasara el valle. Los gabletes
formaban delicadas molduras curvas, acopladas de tal manera que parecían
prolongaciones de los miembros arbóreos, mientras que las habitaciones se
extendían a partir del cuerpo principal con los muros revestidos de tallas
semejantes a las rugosidades del tronco. Existía aquí una perfecta armonía entre
el trabajo del hombre y la naturaleza, ofreciendo un bello conjunto. Invadió a
Tas un cálido sentimiento al imaginarse a sus amigos cobijados en tan delicioso
retiro.
—Es curioso —se dijo a sí mismo—, me pregunto por qué no tiene
techumbre.
Cuando se halló lo bastante próximo para escudriñar la casa,
advirtió que no era esta parte lo único que faltaba. Los gabletes que tanto le
maravillaron al principio no formaban sino una armazón destinada a sostener un
tejado inexistente, pero, además, las paredes exteriores de las estancias no
cerraban el recinto del edificio y, en cuanto al suelo, era una mera plataforma
desnuda.
Plantándose debajo del árbol, Tasslehoff alzó los ojos sin
acertar a explicarse qué estaba ocurriendo. Vio martillos, hachas y sierras
esparcidas a su alrededor en pleno proceso de oxidación, lo que evidenciaba un
abandono de varios meses, e incluso la estructura exhibía las huellas de una
prolongada permanencia bajo los azotes de la intemperie. El kender se acarició
el copete inmerso en un mar de dudas. El edificio poseía todos los ingredientes
necesarios para convertirse en el más espléndido de Solace, si alguien decidía
terminarlo.
Se iluminó su rostro al comprobar que un ala sí estaba
concluida. Las cristaleras se hallaban encajadas en los marcos de las ventanas,
las paredes configuraban un departamento estanco y una techumbre protegía el
interior de los elementos ambientales. Por lo menos Tika disponía de un
aposento privado, pensó el kender deseoso de consolarse pero, al estudiar mejor
la estancia, se desvaneció su sonrisa. En la dovela de la puerta distinguió con
total claridad, pese al desgaste de su superficie, los símbolos que denotaban
la residencia de un mago.
—Debería haberlo adivinado —se reprendió meneando la cabeza.
Miró a su alrededor, y añadió—: Sea como fuere, Tika no vive aquí. ¿Por qué me
mentiría el lugareño? ¿O ha sido un malentendido?
Obediente a esta repentina intuición dio un rodeo en torno al
inmenso vallenwood y topó con una casita, casi oculta por los matojos
silvestres, que medraban sin freno, y también por la sombra del árbol. Era
obvio que había sido erigida a título provisional y se había convertido en una
vivienda demasiado estable. Rezumaba infelicidad, aunque el kender no acababa
de discernir el motivo. Acaso se debía a los aleros retorcidos o a los
desconchados de la pintura, que ofrecían un singular contraste con los tiestos
de flores de los alféizares y las cortinas de encaje que se perfilaban detrás
de los cristales. Tas suspiró: de modo que éste era el hogar de Tika,
construido a la sombra de un sueño.
Se detuvo frente a la puerta y aguzó el oído. Dentro, una
conmoción agitaba los cimientos de piedra ribeteada por estampidos, tintineos
de vidrios rotos y gritos enloquecidos.
—Creo que será mejor que esperes aquí —recomendó Tas al hatillo
andante.
El amasijo de ropa emitió un gruñido y se acomodó en el fangoso
camino que, jalonando la vivienda, se perdía en lontananza. El kender observó
con incertidumbre a la informe figura, antes de encogerse de hombros y apoyar
la mano en el picaporte. Lo accionó y dio un paso, convencido de que podría
entrar sin obstáculos, pero su nariz se aplastó contra la recia madera. La
puerta estaba atrancada a conciencia.
—¡Qué extraño! —susurró, retrocediendo y examinando una vez más
el lugar—. ¿A qué viene eso de encerrarse? No es propio de Tika, sino de los
bárbaros más ignorantes. Y además con llave y pestillo. Sin embargo, estoy
seguro de que aguardan mi llegada.
Contempló el impedimento como si fuera un mal presagio, mientras
las voces continuaban atronando el interior. En un arranque más violento que
los otros creyó reconocer el timbre cavernoso de Caramon.
—Algo raro sucede y yo me quedo paralizado, sin hacer nada al
respecto. ¡Vamos, Tas, utiliza la ventana! —se espoleó después de pasar rápida
revista a las posibilidades.
Pero, al precipitarse en pos de esta nueva esperanza, el kender
se llevó una gran desilusión. «Nunca habría imaginado esto de Tika», comentó
entristecido al hallar el marco tan sellado como la hoja de la puerta.
Sin embargo, no se dio por vencido. Tras examinar con ojos de
experto el cerrojo constató que era simple y se abriría sin esfuerzo, así que
extrajo de uno de sus saquillos varias herramientas y, escogiendo la adecuada
para forzar aquel tipo de pieza de seguridad, se puso manos a la obra. La
colección que con tanto celo guardaba era un derecho innato de los miembros de
su raza, que recibían su lote al alcanzar la mayoría de edad. Insertó la ganzúa
seleccionada en la abertura y la manipuló sin titubeos, siendo enorme su
satisfacción al oír el chasquido liberador del cierre. Animado su rostro por
una sonrisa, empujó el batiente y se deslizó en silencio hasta el interior. Se
asomó de nuevo por la ventana y reparó en su acompañante, que cabeceaba ¡en
medio de una acequia!
Aliviado ante la escena, seguro
que el singular fardo no había de causarle complicaciones, Tasslehoff desvió la
mirada hacia la sala donde se hallaba y curioseó con su vista de lince todos
cuantos objetos se ofrecían a su observación, palpando algunos de ellos aunque
sin detenerse demasiado.
«¡Es fantástico! —fue el comentario que más veces repitió en su
recorrido por el habitáculo en dirección a la alcoba, ahora cerrada, de donde
provenía el alboroto—. A Tika no le importará si lo retengo a fin de
estudiarlo, lo restituiré a su lugar en cuanto lo haya hecho. —Y el objeto
caía, por iniciativa propia, en su saquillo—. ¡Fíjate en eso! Caramba, tiene un
resquebrajadura. Seguro que me agradecerá que lo ponga en su conocimiento. —Y
abría otra bolsa para recoger el nuevo tesoro—. ¿Qué hace el plato de la
mantequilla en un sitio tan absurdo? Tika debe guardarlo en la despensa, lo
llevaré.— Pero la primorosa bandeja se acomodaba mejor en los recovecos de su
hatillo, así que la instaló en ellos—. Lo ordenaré más tarde.»
En su deambular, el kender había alcanzado el dormitorio. Hizo
girar el picaporte, que por suerte no estaba cerrado, y entró.
—Hola —saludó jovial a sus ocupantes—. ¿Os acordáis de mí?
Parece que os divertís, ¿Me dejáis jugar con vosotros? Dame algo para
arrojárselo a su dura cabezota, Tika. ¿Preparado, Caramon? —Se había acercado a
la parte de la alcoba donde la muchacha, sosteniendo un pectoral, lo
contemplaba con ojos desorbitados por la sorpresa—. ¿Puede saberse qué os pasa?
¡Tienes un aspecto horrible Tika, armada con esas piezas metálicas y dispuesta
a descalabrar a tu marido! —la recriminó, a la vez que asía unas cadenas entrelazadas
en un jubón y se enfrentaba al colosal guerrero—. ¿Se trata de una actividad
frecuente? —preguntó al hombretón, parapetado detrás de la cama—. He oído
comentar que los casados tienen sus trifulcas, pero ésta se me antoja un tanto
violenta.
—¡Tasslehoff Burrfoot! —Tika recuperó al fin el habla—. En
nombre de los dioses, ¿qué haces aquí?
—Seguramente Tanis os ha anunciado mi visita —repuso el kender,
lanzando la pieza de malla a Caramon aunque sin ejercer la menor fuerza, más
bien como una chanza—. Actuáis de manera muy misteriosa, incluso cerráis con
llave la puerta principal. No me ha quedado otro remedio, Tika, que penetrar
por la ventana —explicó en tono de reproche—. Deberíais ser más considerados.
Pero será mejor que cambie de tercio: se supone que me aguarda en la posada una
sacerdotisa llamada Crysania y...
Con gran perplejidad por parte de Tas la posadera soltó el
pectoral que aún enarbolaba, prorrumpió en sollozos y se derrumbó sobre el
suelo. El kender, indeciso, consultó a Caramon mediante un fugaz intercambio de
miradas antes de socorrerla. El obeso guerrero se alzó de detrás del cabezal
cual un espectro que despertara en su tumba y, tras contemplar anhelante la
figura inmóvil de su mujer, se abrió paso entre las piezas herrumbrosas que
yacían diseminadas y se arrodilló a su lado.
—Tika, te suplico que me perdones. Sabes muy bien que no sentía
ni una sola de las palabras que te he dicho. ¡Te quiero, siempre he volcado en
ti todo mi amor! —Ofrecía una estampa patética con su inconmensurable mole
inclinada hacia su esposa, dándole suaves palmadas en el hombro en un intento
de reanimarla—. Lo que sucede es que mi vida carece de sentido al no tener
ninguna ocupación.
—¡Ya lo creo que la tienes! —le espetó ella. Salió de su
inconsciencia como por arte de encantamiento, se desembarazó de él y se puso en
pie de un brinco—. Crysania está en peligro, ve en su busca y protégela.
—¿Quién es Crysania? —inquirió el guerrero enfurecido—. ¿Por qué
ha de importarme si esa dama se encuentra en algún embrollo?
—Escúchame por una vez —siseó la joven con los dientes
apretados, tan presa de la ira que su calor le secó las lágrimas—. Crysania es
una poderosa sacerdotisa de Paladine, la más importante en todo Krynn después
de Elistan. Un sueño premonitorio le reveló que la perversidad de Raistlin
podía destruir nuestro universo, y ha emprendido viaje hacia la Torre de la
Alta Hechicería de Wayreth para entrevistarse con Par-Salian.
—Necesita la ayuda de ese mago porque ha fraguado el plan de
aniquilar a rni hermano, ¿no es así? —indagó Caramon. Su voz sonaba desafiante.
—¿Y qué si así fuera? —se le encaró Tika en un alarde de valor—.
¿Acaso merece vivir? ¡Él te mataría a ti sin un instante de vacilación!
Los ojos vidriosos del hombretón despidieron chispas de fuego,
sus pómulos se congestionaron. Tas tragó saliva al ver que cerraba el puño, si
bien la posadera avanzó unos metros para situarse delante de él en arrogante
postura. Su frondosa melena rozó el mentón de barba crecida y el kender detectó
un temblor en la apretada manaza, que comenzó a abrirse bajo el femenino
influjo.
—En cualquier caso te equivocas, Caramon —le aclaró Tika con una
mueca oscura—, no pretende causarle el menor daño. Es tan necia como tú. Ama a
Raistlin y quiere salvarle, apartarle de la malignidad que lo corroe. ¡Los
dioses la acompañen, pobre desdichada!
Caramon escudriñó los ojos verdes de su mujer, deseoso de
constatar la veracidad de tales declaraciones.
—¿No me engañas? —preguntó, ya más tranquilo.
—No, Caramon. Por ese motivo vino a «El Ultimo Hogar», para
hablar contigo. Pensó que tú podías contribuir de algún modo a su causa, pero
cuanto te vio anoche en aquel estado...
La reacción no se hizo esperar. La maciza testa del guerrero se
cobijó en su pecho, inundados los ojos de lágrimas.
—¡Qué vergüenza! Una perfecta extraña arriesga su vida en el
empeño de rescatar a mi gemelo de las tinieblas —acertó a decir con voz
entrecortada. En lugar de infundirse ánimos, parecía recrearse en la pasividad
y en su desgracia.
—¡Por las lunas que nos alumbran, ensilla un caballo y rastrea
sus huellas! —lo incitó Tika irritada por su actitud, estampando el pie en el
suelo a fin de reforzar tan desabrida orden—. Sabes de sobra que nunca
alcanzará la Torre en solitario, y tú ya has atravesado el Bosque de Wayreth.
Tu compañía puede serle crucial.
—Sí —recordó él—. Me interné con Raist en su espesura cuando él
quiso someterse a la Prueba de la hechicería. ¡Aquella maldita Prueba! Lo
custodié en todo momento, feliz porque me necesitaba.
—Ahora quien te necesita es Crysania —aseveró la muchacha.
Caramon todavía titubeaba, y Tas comprobó que unos surcos de severidad cruzaban
el rostro de la posadera—. No tienes tiempo que perder, o de lo contrario nunca
le darás alcance. Supongo que no habrás olvidado el camino.
—Yo no, desde luego —intervino el kender en la cumbre de la
excitación—. O, para hablar con propiedad, conservo un mapa.
Tika y Caramon se giraron al unísono hacia Tas. Enzarzados en su
disputa, la presencia del hombrecillo se había borrado de sus mentes.
—No sé si debo fiarme —comentó el guerrero, a la vez que clavaba
en Tasslehoff una túrbida mirada—. En una ocasión tus mapas nos condujeron a un
puerto sin mar.
—¡No fue culpa mía! —se defendió el kender, herido en su
dignidad—. Incluso Tanis tuvo que admitirlo: se trataba de antiguos documentos,
diseñados antes de que el Cataclismo retirara las aguas. Escucha, Caramon, has
de llevarme contigo para que pueda dar cuenta de mi misión a la sacerdotisa. Es
cierto, me encargó algo de la máxima confianza y he cumplido sus instrucciones
al pie de la letra. Tal como ella deseaba, he encontrado a... Pero aquí está
—concluyó al detectar un movimiento.
Tas extendió el índice y Tika y Caramon se volvieron para
toparse con el fardo andante, que se recortaba en el umbral de su dormitorio.
La única diferencia que presentaba la amorfa figura respecto a los momentos
anteriores era que le habían crecido dos ojos negros y recelosos.
—Tengo hambre —declaró la aparición en tono acusador—. ¿Cuánto
comen?
—Mi tarea consistía en localizar a Bupu y traerla —explicó
orgulloso Tasslehoff Burrfoot.
—¿Qué diablos puede querer Crysania de una enana gully?
—preguntó Tika más atónita de lo imaginable, después de acompañar a Bupu a la
cocina y darle pan seco con medio queso.
Ahora que la enana se había instalado de nuevo en la acequia,
donde el fangoso riachuelo proporcionaba el complemento líquido a su ágape, el
trío se hallaba más cómodo. Ni el aspecto de Bupu ni su olor contribuían a
relajarles.
—Prometí no revelarlo —argüyó Tas haciéndose el importante,
mientras ayudaba a Caramon a embutirse en su cota de malla. Era éste un arduo
empeño, ya que el corpulento guerrero había engordado considerablemente desde
que la usara por última vez. Tika y Tas se aplicaron con afán a abrochar
correas insuficientes y estrujar rollos de grasa debajo del metal, mientras el
sudor empapaba sus cuerpos.
Durante la complicada operación Caramon gimió y se lamentó, a la
manera de los presos cuando los atan al potro de tormento. Humedecía con
frecuencia sus labios y su ansiosa mirada se desviaba, sin que pudiera
evitarlo, hacia la redoma que su mujer había abandonado en un rincón de la
alcoba.
—Vamos, Tas —lo hostigó Tika, sabedora de que su amigo era
incapaz de guardar un secreto aunque le fuera en ello la vida—. Estoy segura de
que a Crysania no le importaría.
—Me conminó a jurarlo en nombre de Paladine, no me pongas en una
encrucijada —le rogó él en solemne ademán—. Y ya sabes que esta divinidad (me
refiero a Fiz-ban, una de sus encarnaciones) y yo somos íntimos. —Hizo una
pausa, y cambió de tema—. Aguanta un instante el resuello, Caramon, de lo
contrario no encajaremos esta parte. ¿Cómo han podido ceder tus carnes de este
modo? —le preguntó irritado.
Apuntalando el pie contra el rubicundo muslo, el ken-der tiró de
la cincha con todas sus fuerzas y provocó un alarido de dolor del comprimido
guerrero.
—Estoy en forma —protestó Caramon cuando se hubo calmado—. Es la
armadura la que ha encogido.
—Ignoraba que este tipo de metal encerrara tales propiedades
—respondió Tas muy interesado—. ¡Creo que ya lo tengo! Sus piezas se reducen
bajo los efectos del calor. ¿Lo averiguaste haciendo experimentos o acaso esta
zona se ha vuelto tórrida en verano?
—Haz el favor de callarte —le espetó el hombretón.
—Sólo intentaba colaborar —rezongó Tas, molesto por la
brusquedad del antiguo compañero—. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, de la Hija
Venerable de Paladine. Empeñé mi honor, así que lo único que os puedo contar es
que me sonsacó todo cuanto recordaba sobre Raistlin. No me pareció
inconveniente ayudarla, y al ver mi buena voluntad me encomendó la búsqueda
secreta de Bupu. Todo guarda relación —agregó, pero enmudeció al comprender que
ya estaba hablando más de la cuenta—. A decir verdad, Tika, Crysania es una persona
estupenda —continuó dando un ágil sesgo a la plática—. Quizá no repararás nunca
en ello pero, al igual que la mayoría de los kenders, carezco de hondas
convicciones en materia religiosa. Sin embargo, no hay que ser creyente para
intuir la bondad que anida en la sacerdotisa. Y también es inteligente, quizá
más que el mismo Tanis.
Se produjo una corta pausa, en la que los ojos de Tas emitieron
chispas misteriosas. Aunque ardía en deseos de hablar, su reserva le confería
cierto protagonismo.
—Creo que no perjudicaré a nadie si os confieso que ha concebido
un plan para salvar a Raistlin. Bupu forma parte de sus designios, quiere
presentarla ante Par-Salian.
Incluso Caramon adaptó una expresión incrédula al oírle y, en
cuanto a Tika, no pudo evitar el pensar que quizá Riverwind y Tanis estaban en
lo cierto al afirmar que Crysania había perdido el juicio. En cualquier caso,
todo aquello susceptible de despertar una esperanza en su esposo sería digno de
su mayor respeto.
El guerrero había fraguado sus propias ideas acerca de la
situación, ideas que manifestó sin titubeos.
—El responsable de lo ocurrido es Fis... Fistandolde o
comoquiera que se llame —apuntó sin cesar de manipular las múltiples correas de
cuero, que se clavaban en sus flácidas carnes—. Ya sabéis a quién me refiero,
el mago Fizban nos relató todos los pormenores necesarios. Y también Par-Salian
está en conocimiento de ciertos detalles. Solucionaremos el problema —aseveró,
iluminado su rostro—. Traeré a Raistlin aquí, Tika, tal como acordamos. Se
albergará en la habitación que le destinamos desde el principio, y cuidaremos
de él. Ocuparemos la casa nueva y viviremos felices. —Le brillaban las pupilas,
pero Tika apenas lo advirtió. Tuvo que desviar la mirada, embargada por la
emoción frente a aquellas declaraciones tan propias del otro Caramon, aquél a
quien un día amó.
Hizo un esfuerzo de voluntad y consiguió recuperar su expresión
ceñuda, al mismo tiempo que se encaminaba al dormitorio.
—Reuniré tus restantes enseres para el viaje.
—¡No, aguarda! —la detuvo él—. Gracias Tika, pero puedo ocuparme
de eso sin tu ayuda. ¿Por qué no nos preparas un poco de comida?
—Te echaré una mano —ofreció Tas, y se dirigió a paso veloz a la
cocina.
—De acuerdo —accedió la muchacha, si bien aprisionó entre sus
dedos el copete que coronaba la cabeza del kender—. Pero antes —le ordenó—,
nuestro amigo Tasslehoff Burrfoot se sentará aquí mismo y vaciará sus saquillos
uno por uno.
Tas bramó contra aquella velada acusación, aquella afrenta a la
que lo sometían, y Caramon aprovechó la confusión para correr al dormitorio y
encerrarse. Fue directo al rincón donde yacía la redoma, vació su contenido en
un odre de viaje y, sonriendo satisfecho, introdujo éste en el fondo de su
hatillo y lo cubrió con algunas prendas de ropa.
—¡Estoy a punto! —exclamó jubiloso—. Estoy a punto -—repitió ya
en el porche, víctima del desconsuelo.
Pobre Caramon, su figura era un triste espectáculo. La cota de
malla que luciera durante los primeros meses de la campaña, y que perdiera en
el curso de una de las muchas aventuras vividas, fue reemplazada por otra
idéntica que él mismo confeccionó poco después de regresar a Solace. Entrelazó
las hebras del pectoral, pulió las imperfecciones y diseñó las partes de
acuerdo con el modelo original, todo ello con primor y dedicación, hasta que,
una vez concluida, la arrinconó en un lugar seguro donde no la dañaran los
elementos. Ahora se hallaba en perfectas condiciones salvo que, por desgracia,
no podía abrocharse los costados y la pieza superior bailaba bajo el cinto que
intentaba inmovilizarla en torno a su rebosante talle. Ni Tas ni él habían sido
capaces de anudar las placas metálicas que, como un refuerzo adicional, debían
guardar sus muslos, y el guerrero optó por llevarlas en su hatillo. Se quejó al
levantar su escudo y lo escudriñó con suspicacia, convencido de que alguien lo
había llenado de plomo durante los dos últimos años. Y, para colmo de males, a
causa de su abultado estómago tampoco hubo manera de abrochar la hebilla de la
que había de pender la espada. Enrojeciendo de ira se colgó el arma de la
espalda, enfundada en su vaina, y la afianzó mediante unas correas.
Al contemplarle, Tasslehoff tuvo que apartarse de él. En un
principio temió estallar en carcajadas, pero constató asombrado que eran las
lágrimas lo que debía reprimir.
—Soy un fantoche ridículo —se lamentó Caramon al ver que su
amigo le evitaba y Bupu, por su parte, lo estudiaba boquiabierta y con los ojos
desorbitados.
—Recuerda al Gran Bulp, Fudge I —declaró la enana entre
suspiros.
La imagen del obeso, desaliñado monarca del clan gully
congregado en Xak Tsaroth se perfiló en la mente del kender. Agarrando a su
acompañante por el pescuezo, la atrajo hacia sí y le insertó el mendrugo en la
boca para impedir que profiriera otro comentario inoportuno. Pero el daño ya
estaba hecho.
—Acabo de cambiar de idea —anunció el guerrero, a la vez que se
congestionaban sus pómulos y arrojaba el escudo sobre el porche con un
estrépito fruto de la cólera. Resultaba evidente que también él había recordado
al grotesco enano—. ¡Me quedo! De todos modos, era una empresa absurda.
Lanzó entonces a Tika una mirada furibunda, cargada de reproches
y, dando media vuelta, dio un paso hacia el umbral. Pero ella se interpuso en
su camino de un ágil salto.
—Escúchame bien, Caramon Majere —dijo sin exaltarse—. No
permitiré que entres en mi casa hasta que puedas hacerlo como un hombre cabal.
—Será como dos hombres cabales —intervino Bupu con voz ahogada.
Tas no dudó en atiborrar su boca de pan.
—¡Eres una insensata! —recriminó el guerrero a su mujer y, con
gesto agresivo, apoyó la mano en su hombro—. Sal de ahí, Tika, te lo advierto.
No interfieras en mis decisiones.
—En una ocasión te ofreciste a seguir a Raistlin hasta el mundo
de las tinieblas. ¿Te acuerdas? —preguntó ella en tono quedo pero revestido de
un timbre severo y penetrante, que sus ojos no hacían sino subrayar. Había
capturado la atención de Caramon, quien tragó saliva y asintió en silencio,
lívido ahora su semblante.
—Rehusó tu compañía —continuó Tika, con la mano posada en el
fornido pecho y las pupilas prendidas de las de él—. Dijo que si te internabas
en la oscuridad morirías sin remedio. ¿No comprendes, Caramon, que lo que has
hecho en el curso de estos dos años es hundirte poco a poco en la negrura?
Mueres un poco a cada día que pasa. ¿Y sabes por qué? Porque no has obedecido
su consejo, no has emprendido tu propia senda y dejado que él eligiera la suya.
Tratas de recorrerlas ambas, y no consigues sino destruirte a ti mismo. La
mitad de tu ser vive en una terrible penumbra y la otra mitad pretende bañar en
un elixir engañoso los horrores que allí ve, mitigar el sufrimiento a cualquier
precio.
—¡Yo soy el culpable de que se invistiera de poderes malignos al
asumir la Túnica Negra! —vociferó el guerrero, convulsionado por el llanto—.
¡Yo lo impulsé a hacerlo! Eso era lo que Par-Salian intentaba darme a entender.
Tika se mordió el labio y, aunque la furia afloraba a sus
contraídas facciones, Tas observó cómo la dominaba y se limitaba a admitir:
—Quizá sea verdad. —Un segundo más tarde, sin embargo, persistió
en su resolución inicial—. Pero no he de aceptarte ni como esposo ni como amigo
hasta que acudas a mi lado en paz contigo mismo.
Caramon la escudriñó en la actitud de quien se tropieza con un
desconocido y desea averiguar sus intenciones. El rostro de la posadera
irradiaba firmeza, sus ojos verdes exhibían una serenidad inconmovible. De
pronto, Tas recordó aquella última noche durante la Guerra de la Lanza en que
se habían enfrentado a numerosos draconianos, en los subterráneos del Templo de
Neraka. Su expresión era la misma.
—Acaso no llegue nunca ese momento, mi bella dama —la desafió
Caramon—. ¿Lo has pensado?
—He considerado esa posibilidad. Adiós —fue la escueta
respuesta.
Tras volver la espalda a su marido, la joven cruzó el umbral de
su hogar y cerró con llave y pestillo. Al oír cómo se deslizaba este último en
su abertura Caramon se estremeció, apretó sus enormes puños y, por un momento,
Tasslehof temió que forzara la puerta. Pero no fue así. El guerrero abrió sus
palmas y altivo, disfrazando su maltrecho orgullo, se alejó del porche.
—Le demostraré que conmigo no se juega —gruñó mientras caminaba
a torpes zancadas, envuelto en el ruidoso tintineo de su metálico atuendo—.
Dentro de tres o cuatro días regresaré con Crysle... es igual, no recuerdo su
nombre. Hablaremos de todo esto y ella me suplicará de rodillas que me quede,
pero quizá rehuse. ¡Por los dioses, no puede expulsarme a su antojo!
Tas estaba indeciso. Detrás de él, en el interior de la casa, su
agudo oído de kender percibía los lastimeros sollozos de Tika. Sabía que
Caramon no los detectaría, absorto en sus arranques de autocompasión y aislado
por el repiqueteo de la cota de malla, pero ¿qué podía hacer el hombrecillo?
—¡Cuidaré de él, Tika! —prometió y, asiendo a Bupu por el brazo,
echó a correr en pos de la descomunal masa del compañero. De todas las andanzas
vividas era ésta la que comenzaba bajo peores augurios.
La
reconstrucción de Palanthas
«Palanthas, ciudad legendaria
por su belleza. Una ciudad que ha vuelto la espalda al mundo y se contempla,
admirada, en su propio espejo.»
¿Quién la había descrito en estos términos? Kitiara, sentada a
lomos de su reptil azul, volaba por los alrededores de las murallas zambullida
en estas meditaciones. Quizá fue Ariakas, el fallecido y apenas llorado Señor
del Dragón. El tono pretencioso de la frase concordaba con su personalidad, si
bien Kit debía admitir que no se equivocó en su juicio sobre los palanthianos.
Tanto les espantó la inminente destrucción de su amada urbe que negociaron una
paz independiente con los dignatarios enemigos y, hasta poco antes del fin de
la guerra —cuando quedó patente que no tenían nada que perder—, no se unieron a
los otros grupos a fin de combatir el enorme poder de la Reina Oscura. Y aun
entonces su pacto estuvo presidido por la reticencia.
Merced al heroico sacrificio de los Caballeros de Solamnia, la
ciudad de Palanthas se libró de la devastación a la que habían sucumbido otros
núcleos tales como Solace y Tarsis. Kit, que surcaba el aire tan cerca de los
muros que una flecha hostil habría podido alcanzarla, esbozó una mueca burlona.
Una vez más la hermosa urbe se había complacido en sí misma, aprovechando la
ola de prosperidad para realzar su legendario embrujo.
Mientras continuaba pensando en el mágico lugar y sus
habitantes, Kitiara estalló en una sonora carcajada al ver el ajetreo que su
proximidad provocaba en parapetos y almenas. Habían transcurrido dos años desde
que el último Dragón Azul sobrevolara las altas torres y Kit todavía podía
describir el caos y el pánico de entonces. En el sereno ambiente nocturno oyó
un vago redoble de tambores y la inequívoca llamada de los clarines.
También en los tímpanos de Skie, su Dragón, retumbó el reclamo.
La sangre se agolpó en su cerebro frente a aquellos heraldos de guerra,
inyectando sus ojos, y giró la cabeza hacia Kitiara para rogarle que entrase en
acción.
—No, mi leal compañero—dijo la dignataria mientras lo apaciguaba
mediante suaves palmadas en la testuz—. Aún no es el momento pero si tenemos
suerte no tardará en llegar. ¡Te prometo que muy pronto dominaremos Krynn!
No le quedó al reptil otra alternativa que conformarse con tan
esperanzadoras palabras. No obstante, obtuvo cierta satisfacción al lanzar un
relámpago ígneo por sus ominosas mandíbulas y ennegrecer la pétrea muralla,
antes de levantar el vuelo a toda velocidad para colocarse fuera del radio de
alcance de un posible proyectil. Cuando lo vieron planear, las tropas allí
apostadas se diseminaron como hormigas indefensas, abrumadas por las oleadas de
pánico que siempre destilaban las figuras de los dragones.
Kitiara no se inmutó, y continuó acomodada en su montura. Nadie
osaría tocarla; existía una tregua de paz entre sus huestes de Sanction y los
palanthianos, si bien algunos Caballeros de Solamnia trataban de persuadir a
los pueblos libres de Ansalon para que se unieran y atacaran aquella ciudad,
donde la cabecilla de los ejércitos del Mal se había retirado después de la
guerra. Poco le importaban estos instigadores a la Señora del Dragón, ya que
los palanthianos no se dejarían arrastrar y ella lo sabía. El conflicto había
terminado, la amenaza no pesaba ya sobre sus cabezas.
—Cada día que pasa crecen mi fuerza y mi poder —advirtió Kit a
quienes pudieran escucharla, aunque en realidad lo que pretendía era reconocer
la urbe y almacenar datos para utilizarlos en un futuro no muy lejano.
Palanthas estaba configurada como una rueda. Los edificios
importantes —el palacio del primer mandatario, las dependencias gubernamentales
y las antiguas mansiones de los nobles —se erguían en su centro, y la ciudad
entera giraba en torno a este eje en círculos que se ampliaban de manera
progresiva. En segundo plano se hallaban las casas de los más acaudalados
miembros de las asociaciones gremiales —los nuevos ricos— y las residencias
estivales de los habitantes que vivían al otro lado de las murallas. También se
distinguía en esta zona algunos centros culturales, incluida la Gran
Biblioteca, mientras que la sección lindante con la parte moderna estaba
formada por el mercado y los comercios de todo tipo.
Ocho avenidas partían del núcleo de la ciudad vieja, a guisa de
radios de la rueda. Las jalonaban hileras de árboles, vetustos ejemplares cuyas
hojas exhibían durante todo el año los tintes del oro. Estas ramblas conducían
a las puertas de la antigua muralla. La octava avenida, la septentrional, moría
en el puerto.
En torno al pétreo recinto que en otro tiempo cercara el burgo,
protegiéndolo de los embates enemigos, Kitiara vio la ciudad nueva y comprobó
que, al elevarla, se había respetado el diseño circular de la primitiva. La
única diferencia ostensible consistía en que aquí no había muralla, tras
acordar los gobernantes que un nuevo perímetro de roca desequilibraría la
armonía general.
La Señora del Dragón sonrió, insensible a la belleza de la
ciudad. Los árboles y su colorido nada significaban para ella, y al contemplar
las cegadoras refulgencias de las siete puertas no se le hizo ningún nudo en la
garganta. O quizás uno muy pequeño, que deshicieron sus propios suspiros
mientras recapacitaba sobre lo fácil que resultaría asaltarlas.
Otras dos edificaciones capturaron su interés. La primera era un
templo dedicado a Paladine, que estaba en proceso de construcción. En cuanto a
la otra, era su punto de destino y no pudo por menos que posar en ella una
meditabunda mirada.
Tan vivo era el contraste que ofrecía respecto a las feéricas
estructuras que la rodeaban, que incluso la fría Kitiara sufrió una leve
perturbación. Emergiendo de entre las sombras circundantes como una falange
deforme, objeto de negrura y torturada fealdad, parecía aún más espeluznante
por haber sido en un tiempo el orgullo de Palanthas, su más esplendorosa gema:
la Torre de la Alta Hechicería.
Estaba sumida en la penumbra de día y de noche ya que la
guardaba un bosque de enormes robles, los árboles más altos de Krynn al decir
de los sobrecogidos viajeros que tenían ocasión de verlos. En cualquier caso,
nadie podía aseverarlo con absoluta certeza dado que no había en todo el
continente un solo mortal, ni aun los temerarios kenders, capaz de aventurarse
en su portentosa espesura.
—El Robledal de Shoikan —murmuró Kitiara a un compañero
invisible—. Nadie se atrevía a internarse en él hasta que llegó el Amo del
Pasado y del Presente.
Si pronució estas últimas palabras con una mueca burlona, un
ligero temblor la diluyó de sus labios cuando Skie comenzó a trazar círculos en
torno a la mancha de tinieblas para buscar un buen lugar de aterrizaje.
El Dragón Azul se posó en una de las calles abandonadas que
desembocaban en el Robledal de Shoikan. Kit le había instado por todos los
medios imaginables, desde el incentivo hasta la amenaza, a sobrevolar el bosque
y detenerse en la misma Torre pero, aunque habría derramado su sangre por
defender a la dama sin un instante de vacilación, Skie rehusó complacerla. No
podía ser de otro modo, también los dragones recibían el influjo de aquel cerco
diabólico de guardianes arbóreos.
El reptil lanzó una mirada furibunda, preñada de odio, a la
espesura a la vez que sus nerviosas garras arañaban el empedrado. Le habría
gustado impedir que su dueña entrase en el recinto, mas la conocía bien y sabía
que, una vez tomada la decisión, no renunciaría por nada del mundo a ponerla en
práctica. Tuvo pues que resignarse a doblar las correosas alas sobre su cuerpo
y permanecer inmóvil en medio de aquella ciudad singular, ensimismado en
antiguos recuerdos que le traían imágenes de llamas, humo y muerte.
Kitiara desmontó despacio de su silla. Solinari, la luna
plateada, se asemejaba a la cabeza blanquecina de un decapitado que flotara en
el firmamento y Lunitari, el astro rojo, apenas había iniciado su ronda celeste
y oscilaba en el horizonte como el pabilo de una vela a punto de extinguirse.
La débil luz de ambos satélites se reflejaba en la armadura de escamas de
dragón de la digna-taria, tornándola de un fantasmal color azulado.
La recién llegada estudió el Robledal, dio un paso en su
dirección y se detuvo de repente. Oía a su espalda el crujido de las alas de
Skie, que le transmitían un consejo inarticulado: «Huyamos de este lugar
siniestro, mi dueña. ¡Vayámonos ahora que aún nos quedan energías para
hacerlo!» Ella, atenta a la advertencia, tragó saliva. Sentía la lengua reseca
e hinchada, los músculos de su abdomen se habían agarrotado dolorosamente.
Poblaron su mente las escenas casi olvidadas de su primera batalla, de un día
ya remoto en que se enfrentó a un enemigo y comprendió que, si no le mataba,
sucumbiría sin remedio. Venció entonces gracias a un hábil sesgo de su espada.
¿Qué ocurriría ahora?
—He recorrido numerosos parajes lóbregos en este mundo —susurró
a su espectral acompañante— y nunca conocí el miedo. Pero, por mucho que
razone, no logro hacer acopio de valor para internarme en éste.
—Limítate a blandir en tu palma la joya que él te dio —ordenó el
interpelado, materializándose al fin en la noche—. Los guardianes del bosque
quedarán inermes frente a su poder.
Kitiara espió el denso cerco de árboles. Sus vastas ramas se
proyectaban en todos los sentidos y, al entrelazarse, obstaculizaban el paso de
los haces lunares por la noche y los rayos del sol durante el día. Alrededor de
sus raíces se desplegaba un manto de negrura que cubría, como una aureola, todo
el Robledal, tan herméticamente que ni la más suave brisa ni una tormenta
desencadenada agitarían las hojas de esos árboles. Afirmaba la leyenda que en
los terribles días anteriores al Cataclismo, cuando vendavales y aguaceros sin
parangón en la historia de Krynn azotaron el territorio, los inanimados
pobladores del bosque de Shoikan fueron los únicos que no se doblegaron a la
cólera de los dioses.
Pero, más estremecedor todavía que su perenne oscuridad, era el
eco de vida imperecedera que palpitaba en sus entrañas. Vida eterna, tormento y
penurias sin fin.
—Mi inteligencia quiere acatar tus sabias instrucciones
—respondió Kit temblorosa—, mas mi corazón no puede seguirlas, Soth.
—En tal caso debes regresar —le indicó el Caballero de la
Muerte, encogiéndose de hombros—. Demuestra a esa criatura que la más poderosa
Señora del Dragón de este continente es una cobarde.
La dignataria miró a Soth a través de las rendijas de su yelmo
y, al hacerlo, sus ojos castaños destellaron a la vez que su mano se cerraba,
en un espasmo incontenible, sobre la empuñadura de la espada. El ente del más
allá mantuvo erguido el rostro, donde las llamas anaranjadas que solían oscilar
en las vacías cuencas oculares ardían ahora con toda la intensidad del desdén.
Y si él la menospreciaba, ¿cuál no había de ser el sentimiento que leería en
los dorados relojes de arena del mago? Sus pupilas no denotarían tan sólo
burla, sino la altivez exultante del triunfo.
Comprimiendo los labios, Kitiara tanteó una cadena ceñida a su
cuello de la que pendía el Talismán enviado por Raistlin. La sujetó con fuerza,
dio un tirón y la partió en dos. Acto seguido, enarboló la alhaja en su mano
enguantada.
Negra como la sangre de un dragón, fría al tacto, la piedra
irradiaba además un helor paralizante susceptible de traspasar cualquier prenda
de abrigo. Opaca, carente de vistosidad, yacía semioculta en la palma de quien
tenía el privilegio de portarla.
—¿Cómo van a percibirla los guardianes? —inquirió la humana tras
varios intentos infructuosos de exponerla a la luz de las lunas—. No brilla, no
centellean sus cantos. Se diría que transporto un carbón apagado.
—El astro que se refleja en este objeto mágico permanece inmune
a tu observación y a la de todos los seres vivientes, salvo a la de aquellos
que le rinden culto —explicó Soth—. A ellos y a los muertos que, como yo, han
sido condenados a errar eternamente. Te aseguro que para nosotros refulge más
aún que la luz diurna en el cielo. Sostenla en lo alto, mi bella dama, y
camina. Los custodios del bosque no te detendrán. Quítate el yelmo, de tal
manera que puedan contemplar tu cara y distinguir en tus ojos el reverberar de
su resplandor.
Kit titubeó unos momentos antes de desprenderse de su peculiar
casco, rematado por un par de cuernos en la parte superior, mientras la
humillante risa de Raistlin resonaba en su cerebro. Irguió la espalda, al
acecho de cualquier imprevisto. Ni una brizna de viento acariciaba sus rizos
azabache, y reinaba una calma mortífera que hizo brotar de sus sienes heladas
gotas de sudor. Oyó tras ella, mientras se secaba con el guante el molesto
chorreo, los gemidos de su Dragón, unos gorgoteos de angustia que nunca había
detectado antes en Skie. No lograba decidirse, la mano de la alhaja acusaba de
manera ostensible las alteraciones de su pulso.
—Se alimentan del miedo, Kitiara —la reprendió el espectro—.
Levanta la piedra para que vean su luz reflejada en tus pupilas, y procura
sosegarte.
Demuéstrale que eres una cobarde. Con esta frase atronando en todos los pliegues de su mente
aferró la gema, aunque sin esconderla a las miradas de los enigmáticos
guardianes, y se internó en el Robledal de Shoikan.
Descendió la oscuridad, envolviendo tan repentinamente a la
dignataria que, durante unos espantosos segundos, tuvo la impresión de haberse
quedado ciega. Sólo los flamígeros ojos de Soth, que persistían en danzar
incandecentes en su faz translúcida, le proporcionaban un mínimo alivio en su
zozobra. Hizo un esfuerzo de voluntad para no perder la calma, para neutralizar
la debilidad azuzada por el pánico, y fue entonces cuando vislumbró por vez
primera un fulgor en la joya. En nada se asemejaba a las luces que solía ver en
su vida cotidiana, ni siquiera iluminaba su entorno de tal suerte que, bajo su
halo, pudiera distinguir a los entes que anidaban en la noche de las tinieblas
mismas.
Fortalecida por las virtudes del Talismán, Kitiara comenzó a
serenarse. Los troncos de los árboles se perfilaban frente a ella, y a sus pies
se formó una senda. Discurría ésta, similar a un río nocturno, hacia el
interior del bosque, y por un instante creyó deslizarse en su etérea corriente
sin necesidad de utilizar las piernas.
Fascinada, contempló como toda ella era arrastrada a merced de
la acuática senda. El Robledal había tratado de impedirle el acceso a aquel
mundo fantasmal pero, una vez traspasados sus límites, se diría que pretendía
succionar su ser.
Semejante perspectiva le produjo un escalofrío, y luchó a la
desesperada para recuperar el control de su cuerpo. Venció o, al menos, así lo
creyó. Cesó todo movimiento pero, ahora, no atinaba sino a temblar indefensa en
la negrura, convulsionada por espasmos de miedo. Las ramas crujían sobre su
cabeza con unos chasquidos que más parecían risas aviesas, y las hojas
fustigaban su faz. Su reacción instintiva fue rechazarlas pero, cuando se
disponía a hacerlo, se interrumpió. El contacto de su superficie, aunque
gélido, no resultaba desagradable. Se le antojó una suave caricia, casi un
saludo respetuoso. Los habitantes de la espesura la habían reconocido, intuían
que luchaban en una causa común. Al comprenderlo así, Kit recobró el dominio de
sí misma y alzó la cabeza a fin de estudiar el camino.
No fluía hacia las entrañas del Robledal, aquello fue una
alucinación nacida de su propio terror. ¡Eran los árboles los que se
desplazaban, apartándose para franquearle el paso! Recuperada la confianza,
echó a andar por la senda y hasta dirigió una mirada de triunfo al caballero
espectral, que avanzaba tras ella. Sin embargo, Soth no le prestó atención.
—Debe estar comunicándose con los espíritus hermanos —se dijo
para sus adentros con una risa que, de pronto, se difuminó en un desgarrado
grito.
Algo o alquien le atenazaba el tobillo. Un frío que congelaba
los huesos se extendía por todo su ser y le paralizaba nervios y músculos,
solidificando su sangre. El dolor era insoportable, profería alaridos agónicos
que no la permitían pensar con cordura. En un gesto instintivo bajó los ojos
hacia su enemigo y descubrió qué era... ¡una mano cenicienta! Surgida de la
tierra, había cerrado sus huesudos dedos en torno a su pierna y absorbía su
energía, el calor que alimenta cualquier manifestación de vida. Aterrorizada,
vio que su pie empezaba a hundirse en el rezumante suelo.
De nuevo el pánico hizo presa en la Señora del Dragón. Propinaba
frenéticos puntapiés a la garra, destinados a obligarla a soltar su maltrecho
tobillo, pero el fantasmal atacante no cedía. Y, lo que aún le causó mayor
espanto, otra mano brotó del camino y estrujó su píe libre en idéntico punto.
Entre enloquecidas voces, Kitiara perdió el equilibrio y cayó en una postura
forzada.
—¡Sostén la joya! —le urgió Soth con su tono de ultratumba—. Sin
su protección serás arrastrada a las profundidades.
Kitiara, obediente al mandato del caballero, apretó los dedos en
torno a la gema mientras se debatía y retorcía en un desordenado intento de
escapar a los macilentos garfios que, poco a poco, la atraían hacia la tumba.
—¡Ayúdame! —suplicó, buscando a su fantasmal amigo con ojos
desorbitados.
—No puedo —respondió él desolado—. Mi magia no surtiría efecto,
Kitiara, sólo tu propia fuerza de voluntad es capaz de salvarte. Recuerda la
alhaja.
La Dama Oscura, como la llamaron
en otro tiempo, enmudeció. Durante unos minutos se agitó a merced de unos
terribles escalofríos, como si sus adversarios la hubieran vencido, mas no
tardó en flagelarla el azote de la ira. «¿Cómo se atreve a hacerme esto a mí?»,
pensó al percibir, de nuevo, un par de iris dorados que se deleitaban en la
contemplación de su tortura. Este acceso de cólera tuvo la virtud de derretir
el hielo, de sofocar el pánico en su flamígero ardor. La invadió la calma, y
comprendió lo que debía hacer. Se sacudió sin prisa el polvo de los ropajes y,
con gesto frío y deliberado, acercó la joya a una de las esqueléticas manos
rozando su putrefacta carne. Aún temblaba, pero la serenidad se impuso y ni
siquiera se alteró cuando una maldición resonó en las simas del abismo. La
repugnante mano se encogió, abrasada por un fuego invisible, y aflojó su
presión sobre el tobillo de Kitiara para zambullirse en su subterránea morada.
Una vez hubieron desaparecido las rugosas yemas entre las hojas
secas del borde de la senda, Kitiara aplicó el Talismán a la otra mano que la aprisionaba.
También ésta se desvaneció, absorbida por la negrura. Al sentirse libre, la
Señora del Dragón se levantó y estudió su entorno con la gema enarbolada a modo
de estandarte.
—¿Veis este objeto, criaturas condenadas a vivir después de la
muerte? —las desafió con un timbre agudo, casi chillón—. No me detendréis.
¡Pasaré sin que me toquéis! ¿Me habéis oído bien? Franquearé cualquier
obstáculo que oséis oponerme.
No hubo respuesta. Las ramas dejaron de crujir, las hojas
ocuparon su lánguida posición sujetas a sus tallos. Tras guardar unos minutos
más de silencio Kit echó a andar por el sendero, reanudando así su azarosa
marcha nocturna. No se desprendió de la alhaja, que le confería cierta
seguridad, si bien no pudo sustraerse a imprecar entre dientes a quien se la
había enviado. Era consciente de la proximidad de Soth, que se hizo aún más
patente cuando él declaró en un siseo:
—Como en tantas otras ocasiones, Kitiara, has despertado mi
admiración.
Ella no contestó, atenta al vacío que había dejado la ira en su
estómago y que, de manera casi insensible, volvía a colmarse de horror. No
quería correr el riesgo de hablar y delatar su creciente aprensión, así que
siguió adelante con la mirada puesta en aquel camino que discurría en pos de la
nada. A su alrededor se dibujaban decenas de dedos que se abrían paso en el
subsuelo en busca de carne viva, aborrecible y deseada al mismo tiempo. Unos
rostros pálidos, nebulosos, la espiaban desde los árboles, flanqueados por
entes informes que revoloteaban en el frío ambiente y lo infestaban de un hedor
rebosante de muerte y podredumbre.
Pero, aunque el guante que portaba la gema sufría leves
vibraciones, no flaqueó en su amenazadora postura. Los dedos descarnados nada
pudieron para ahuyentar a su dueña, las máscaras del más allá reclamaron en
vano la tibia sangre. Los robles, en lugar de obligarla a desistir de su
propósito, se inclinaban uno tras otro ante ella en señal de respeto.
Al fin, donde moría el sendero, Kitiara distinguió la figura de
Raistlin.
—¡Debería acabar contigo aquí mismo! —le espetó la dama al
alcanzarlo, entumecidos los labios y con la mano apoyada en la empuñadura de su
espada.
—No sabría describir el placer que me produce verte de nuevo
—repuso el hechicero con una sonrisa beatífica que sus facciones desmentían.
Era la primera vez en dos años que coincidían. Ahora que había
abandonado las tinieblas del Robledal, Kitiara examinó a su hermano bajo la
tenue luz de Solinari. Iba ataviado con una túnica de fino terciopelo azabache,
cuyos pliegues descendían en una armoniosa cascada para cubrir su enteco
cuerpo. Bordadas en círculo en torno a la capucha, unas runas argénteas
revelaban al experto la magnitud del poder del mago. El símbolo más grande,
situado en el centro, era un reloj de arena, réplica en mayor tamaño de los que
refulgían en sus extraños ojos. A ambos lados de la runa central brotaban
sendas hileras, también plateadas, que se perfilaban en los etéreos haces
lunares y se prolongaban hasta los dobleces de las holgadas mangas. Descansaba
el peso del hechicero en un legendario bastón, una vara terminada en una bola
de cristal que sólo se iluminaba cuando Raistlin así lo ordenaba pero que, en
aquellos momentos, se hallaba sumida en la penumbra, al amparo de las doradas
garras de dragón que configuraban su puño.
—¡Debería matarte! —repitió Kit antes de lanzar una mirada de
soslayo al Caballero de la Muerte, que parecía alimentarse de la negrura
adyacente para tomar cuerpo. Los ojos de la dama no expresaban ninguna orden
sino más bien una invitación, quizás un mudo desafío.
Rastlin esbozó una mueca que pocos gozaban del privilegio de
estudiar. Sin embargo, su ambigüedad se perdió en las sombras de su capucha.
—Me alegro de conocerte, Soth —dijo a guisa de saludo. Había
posado su vista en el espectro.
Kitiara se mordió el labio mientras los relojes de Raistlin
escudriñaban la armadura del egregio fantasma. El tiempo no había logrado
borrar los emblemas que adornaban el pectoral: la rosa, el martín pescador y la
espada que distinguían a los Caballeros de Solamnia, si bien aparecían
ennegrecidos, como si el metal hubiera ardido en un incendio.
—Miembro de la Orden de la Rosa —prosiguió el hechicero— que
murió envuelto en llamas durante el Cataclismo, antes de que la maldición de la
doncella elfa a la que agravió le condenara a emprender esta amarga vida de
ultratumba.
—Ésa es mi historia —asintió Soth sin inmutarse ni
sorprenderse—. Y tú eres Raistlin, Amo del Pasado y del Presente y criatura
predestinada.
Se espiaban atentamente uno a otro, tan concentrados que habían
olvidado a Kitiara quien, al percibir la mortífera batalla que ambos libraban,
desechó su momentáneo enfurecimiento para volcar sus sentidos en el desenlace.
—Tu magia es poderosa —comentó Raistlin. Una suave brisa surgida
de la noche mecía las ramas de los robles y acariciaba la túnica del hechicero.
—Sí —concedió Soth en un susurro—. Puedo matar con sólo
pronunciar una palabra, o bien arrojar una bola de fuego sobre una legión de
enemigos. Dirijo a unas tropas de guerreros espectrales que son capaces, a su
vez, de destruir a través de un simple contacto. Elevo murallas de hielo que
protegen a quienes sirvo, sé discernir lo invisible, los hechizos corrientes se
revelan inútiles en mi presencia.
Raistlin inclinó la cabeza afirmativamente, y los pliegues de su
capucha se agitaron en derredor de su sombrío semblante. Soth, por su parte,
comenzó a avanzar en pos de aquella enjuta figura y se detuvo a escasos
centímetros de su frágil cuerpo mientras Kitiara, muda espectadora, sentía cómo
se aceleraba su respiración al contemplar tan poco halagüeña escena.
Entonces, en un cortés ademán, el sentenciado Caballero de
Solamnia extendió la mano sobre la zona de su anatomía que un día albergó el
corazón y declaró, dando al traste con todos los pronósticos de su compañera:
—Pero también reconozco a un superior y puedo ponerme a sus
pies. —Kitiara no daba crédito a sus ojos, la reverencia de Soth la había
dejado atónita. Tuvo que apretar los dientes para sofocar la exclamación que
añoraba a sus labios.
Raistlin, intuyendo el tornado que la agitaba, desvió hacia ella
sus áureos relojes de arena y le preguntó, en un tono revestido de sarcasmo:
—¿Decepcionada, mi querida hermana?
Pero la Dama Oscura sabía acomodarse a las cambiantes ráfagas
del destino. Había reconocido el terreno enemigo y descubierto lo que quería
averiguar, ahora podía reanudar la liza.
—Por supuesto que no —respondió, con una ambigua sonrisa de
perversidad que sus pretendientes juzgaban irresistible—. Después de todo, lo
único que me ha movido a venir a visitarte ha sido el deseo de verte. Hacía ya
demasiado tiempo que no nos entrevistábamos. Tienes buen aspecto.
—Me encuentro en mi mejor momento —confirmó Raistlin y,
avanzando unos pasos, rodeó el brazo de Kit con su huesuda mano de largos
dedos. Ella se sobresaltó, pues la carne del mago bullía en un estado febril,
pero se abstuvo de exteriorizar sus emociones al reparar en el interés con que
él la observaba, presto a analizar la más mínima reacción.
—Lo cierto es que ha transcurrido algún tiempo desde la última
ocasión en que se cruzaron nuestras vidas —dijo Raistlin para apoyar el
comentario de su hermana—. Si no me falla la memoria, esta primavera se
cumplirán dos años. —Su tono era coloquial, despreocupado, si bien no soltó el
brazo de Kit y en su voz se adivinaba un acento burlón—. Fue en el Templo de la
Reina de la Oscuridad, en la ciudad de Neraka, aquella noche fatídica cuando mi
soberana sufrió la derrota definitiva y fue desterrada del mundo...
—Gracias a tu traición —intervino la dama a la vez que trataba,
sin éxito, de desembarazarse de su molesta zarpa. Aunque era más alta y más
fuerte que el frágil mago, capaz en apariencia de partirle en dos con las manos
desnudas, apenas osaba moverse y satisfacer así su ferviente deseo de rechazar
el contacto de sus dedos. Algo en él la subyugaba.
Raistlin se rió ante la acusación de Kitiara y, atrayéndola
hacia sí, la guió hacia la verja de la Torre de la Alta Hechicería.
—Hablando de traiciones, querida hermana, ¿acaso no disfrutaste
cuando utilicé mi magia para destruir el escudo de inmunidad de Ariakas y
permití así que Tanis, el Semielfo, hundiera el filo de la espada en su cuerpo?
¿No te convertí con mi acto en la más poderosa entre los dignatarios de Krynn?
—¿De qué me sirvió ocupar el rango de Ariakas? —repuso ella con
una voz que destilaba amargura—. Desde entonces no he hecho sino vivir casi
como una prisionera en Sanction, en manos de esos infames Caballeros de
Solamnia que gobiernan todo el territorio. Día y noche me guardan los Dragones
Plateados, vigilando hasta mis movimientos más insignificantes. Y en cuanto a
mis tropas, deambulan diseminadas por todo el país.
—Sin embargo, has llegado hasta aquí a pesar de tus cadenas
—constató Raistlin—. ¿Te detuvieron los Dragones, se enteraron los Caballeros
de tu partida?
Kitiara hizo un alto en la senda que conducía a la Torre para
dirigir a su hermano una mirada inquisitiva.
—¿Ha sido obra tuya?
—¡Naturalmente! —El hechicero se encogió de hombros, sin acertar
a entender cómo Kit no lo había supuesto de buen principio—. Pero ya
discutiremos más tarde esas cuestiones —añadió, a la vez que reanudaba la
marcha—. El Robledal de Shoikan desestabiliza los nervios del más ponderado, y
además estoy seguro de que tienes hambre y frío. Debo confesarte —su tono era
confidencial— que otra persona ha conseguido atravesar los lindes de esta
espesura, aunque con mi ayuda, de modo que no has sido la primera. Y lo más
sorprendente ha sido el coraje con que se ha enfrentado a la prueba. Sabía que
tú, Kitiara, salvarías todos los escollos, si bien abrigaba mis dudas respecto
a la sacerdotisa Crysania...
—¡Crysania! —repitió la Dama Oscura escandalizada—. ¡Una Hija
Venerable de Paladine! ¿Y has dejado que se internara en tus dominios?
—No sólo eso, yo mismo la invité a visitarme —contestó el mago
imperturbable—. Uní a mi ofrecimiento un talismán, por supuesto, ya que de lo
contrario nunca habría tenido éxito en el empeño.
—Y ella aceptó —afirmó Kitiara, navegando en un mar de
incertidumbre.
—Estuvo encantada.
Ahora fue él quien cesó de andar. Se hallaban frente a la
entrada de la Torre de la Alta Hechicería y, gracias a la luz que brotaba de
las antorchas encendidas junto a las ventanas, Kit vio con absoluta claridad el
rostro de su acompañante. Tenía los labios retorcidos en una mueca y sus
doradas pupilas brillaban frías, mortecinas, igual que el sol en invierno.
—Encantada —insistió Raistlin, y la dama prorrumpió en
carcajadas.
Unas horas más tarde, después de que se pusieran las dos lunas
tras el horizonte y cuando el alba se anunciaba tímida en la lejanía, Kitiara,
con el ceño fruncido, estaba aún sentada en el estudio de su hermano con una
copa de vino tinto en la mano.
La sala era confortable, o así lo parecía al contemplarla.
Varias butacas afelpadas, de la mejor textura y construcción que cabe imaginar,
se alzaban sobre unas alfombras de fina artesanía que sólo las personalidades
más adineradas de Krynn se podían permitir el lujo de adquirir. Sus urdimbres,
realizadas a partir de diseños de animales quiméricos y flores multicolores
distribuidos con gusto exquisito, eran capaces de capturar la atención de quien
las mirara y lo inducían a perderse durante horas en su belleza. Las mesas de
madera tallada, no menos tentadoras, contribuían también a enriquecer el
ambiente al igual que los adornos, singulares y hermosos o, acaso, singulares y
fantasmagóricos.
Pero el elemento predominante era la inmensa colección de
libros. Jalonaban los muros hondas hileras de estantes, de la misma madera que
las mesas, repletos de centenares, quizá miles de volúmenes. En su mayoría
presentaban una apariencia uniforme, por estar encuadernados en tela azul
marino y decorados a base de runas argénteas. La estancia era cómoda mas, a
pesar del fuego que chisporroteaba en la descomunal chimenea abierta en una de
las paredes, flotaba en el aire un frío sobrenatural. Kitiara creyó advertir
que procedía precisamente de los libros, si bien no tenía una certeza absoluta.
Soth se instaló lejos de las llamas, oculto en la penumbra. Kit
no distinguía su contorno pero era tan consciente de su presencia como
Raistlin, sentado frente a su hermanastra. El hechicero había elegido una silla
de alto respaldo situada detrás de un gigantesco escritorio de madera negra,
tallado con tal astucia que las criaturas que intervenían en su ornamentación
parecían espiar a la dama.
Asaltada por leves pero molestos temblores, Kitiara apuró
demasiado deprisa el contenido de su copa. Pese a estar acostumbrada al alcohol
comenzaba a marearse y tal sensación la horrorizaba, ya que de sobra conocía su
significado: estaba perdiendo el control. Irritada posó el cristalino
recipiente en la bandeja, resuelta a no beber más.
—¡Tu plan es una locura! —reprochó a Raistlin. Disgustada por la
inefable mirada que el hechicero había clavado en su persona, se levantó y
continuó mientras recorría la amplia sala de uno a otro extremo—: Es una
insensatez y una pérdida de tiempo. Con tu ayuda podríamos reinar en todo el
continente de Ansalon. Y aún iré más lejos: si tú quisieras —se volvió de
manera repentina, iluminado su rostro por un siniestro anhelo— dominaríamos el
mundo entero. No necesitas el apoyo de Crysania ni el de nuestro tosco hermano.
—Dominar el mundo —repitió Raistlin en un quedo murmullo que
contrastaba con sus ardorosas pupilas—. Me temo que no has comprendido una
palabra, querida Kitiara, por eso me dispongo a explicártelo del modo más
sencillo que sé.
También él se incorporó para, apoyando ambos puños en el
escritorio, inclinarse hacia su hermanastra más sinuoso que una serpiente. La
Dama Oscura, que se había detenido atenta a su reacción, sintió un escalofrío.
—¡El mundo nada me importa! —exclamó el hechicero—. Podría
someterlo a mi yugo mañana mismo si me apeteciera, pero no es eso lo que
ambiciono.
—No te interesa gobernar Krynn —farfulló ella a guisa de
constatación, con acento sarcástico y encogiéndose de hombros—. En ese caso,
sólo queda...
No concluyó. Casi se mordió la lengua cuando sus ojos se
cruzaron con los de Raistlin, reveladores al fin de sus más secretos deseos. En
las sombras de la habitación, las llamas anaranjadas que danzaban en las
cuencas oculares del caballero espectral lanzaron destellos más vivos que el
fuego.
—Se ha hecho la luz en tu mente —comentó el mago y, satisfecho,
se sentó de nuevo—. La Hija Venerable de Paladine reviste una importancia
capital en mis planes, como sin duda entenderás. Es el destino quien la trajo
hasta mí en el momento en que mi viaje empezaba a tomar cuerpo en mi
imaginación.
Kitiara no atinaba sino a contemplarlo aturdida, muda. Al cabo
de un rato, no obstante, recobró el habla e indagó:
—¿Cómo sabes que te seguirá? ¡No le habrás contado la verdad!
—Tan sólo lo suficiente para plantar la semilla en su pecho.
—Raistlin sonrió al evocar su encuentro, a la vez que se reclinaba en el
asiento y se llevaba dos dedos a los labios—. No pecaré de inmodestia si digo
que mi representación fue una de las más espléndidas de mi vida. Hablé a
regañadientes, impelido por su bondad y pureza y, al surgir las sílabas entre
titubeos y esputos sanqui-nolentos, ella pasó a pertenecerme. Sus sentimientos
caritativos la arrastraron hasta perderla. Vendrá —aseveró, regresando con
sobresalto al presente—. Y también aparecerá ese bufón que tenemos por hermano.
Me servirá de manera irracional, atolondrada, pero así es como actúa siempre.
Kitiara extendió la mano sobre sus sienes, donde la sangre latía
con violencia. El responsable no era ya el vino —había recobrado la sobriedad—,
sino un sentimiento de furia y desánimo.
«¡Podría ayudarme! Es tan poderoso como se rumorea, o incluso
más. ¿Por qué se habrá vuelto loco?», pensó fuera de sí.
De pronto, una voz que no había invitado resonó en los pliegues
de su cerebro: «¿Y si su juicio se mantuviera intacto? ¿Y si su resolución de
seguir hasta el final fuera lúcida e irrevocable?»
La dama pasó revista al plan del mago fríamente, enfocándolo
desde todos los ángulos. Sus conclusiones la espantaron. Nunca saldría
victorioso y, lo que era peor, existía la posibilidad de que la precipitase a
ella al abismo.
Estas ideas se sucedieron en fugaces secuencias, sin que ninguna
se reflejara en el rostro de la dignataria. Por el contrario, su sonrisa asumió
un raro embrujo, un ambiguo encanto que en su día hizo que muchos de sus
enamorados muriesen invocándola.
Quizás era éste el objeto de las meditaciones de Raistlin cuando
le propuso, con ojos escrutadores:
—Vamos, hermana, únete por una vez al vencedor.
La convicción de Kitiara se agitó, a punto de desmoronarse. ¡Si
se cumplían los designios de Raistlin sería glorioso! Krynn caería en sus
manos, y tan halagüeña perspectiva la obligó casi a ceder.
Miró al mago. Veintiocho años atrás era un recién nacido débil y
enfermizo, la triste contrafigura de su robusto gemelo.
—Dejadle morir o su existencia será un infierno —les recomendó
la comadrona. Kit era entonces una adolescente, y se horrorizó al ver que su
madre consentía entre sollozos.
Rehusó acatar tan cruel consejo. Algo que bullía en su interior
la impulsó a enfrentarse a todos. ¡El niño viviría! Viviría porque ella así lo
quería, y no aceptaría una negativa.
—La primera batalla que libré —solía contar orgullosa a los
otros lugareños— fue una guerra encarnizada contra los dioses. ¡Y vencí!
Mientras estudiaba a su hermano, se confundían en su mente las
imágenes del hombre y la del pequeño desamparado que fuera en sus inicios. De
súbito, sin motivo aparente, le dio la espalda.
—Lo lamento pero debo partir —anunció, ajustándose los guantes—.
¿Te pondrás en contacto conmigo a tu regreso?
—Si salgo victorioso no será necesario —replicó el hechicero sin
vehemencia ninguna—. Te enterarás de todos modos.
Kitiara profirió casi un comentario burlón, pero se contuvo a
tiempo. Indicó a Soth con un leve ademán de cabeza que había llegado el momento
y se dispuso a abandonar la estancia.
—Adiós, hermano. —Aunque conservó el control de sí misma, no
logró reprimir un ribete de ira en su voz—. Es una lástima que no compartas mi
deseo de disfrutar cuanto la vida puede ofrecernos de hermoso. ¡Juntos
habríamos acometido grandes empresas!
—Adiós, Kitiara —se despidió a su vez el hechicero. Ordenó a las
lóbregas criaturas consagradas a su servicio que mostrasen la salida a sus
invitados sin despegar los labios, por vía telepática, y añadió, antes de que
Kit traspasara el umbral—: Por cierto, hay algo que debo decirte. En más de una
ocasión me aseguraron que me salvaste la vida poco después de nacer pero,
aunque eso sea cierto, considero que saldé mi deuda al propiciar la muerte de
Ariakas quien, sin lugar a dudas, habría acabado por destruirte. Así pues,
estamos en paz.
Kitiara examinó el semblante del mago, sus áureos relojes de
arena, en busca de una amenaza o una promesa. Nada halló, ni un atisbo de
emoción susceptible de orientarla. Un instante más tarde, Raistlin había
pronunciado la fórmula de un hechizo y desaparecido de su vista.
La travesía del Robledal de Shoikan fue, ahora, sencilla. Los
guardianes no acosaban a quienes dejaban la Torre y Kitiara y Soth recorrieron
juntos el camino. El Caballero de la Muerte caminaba con el sigilo que lo
caracterizaba. Proveniente de un universo inmaterial, sus pies no imprimían la
más ínfima huella sobre las hojas secas que se extendían por el suelo como un
manto de perenne podredumbre. La primavera no visitaba jamás el siniestro
bosque.
La Dama Oscura no habló hasta que hubieron sobrepasado el
perímetro exterior de árboles y se hallaron, una vez más, sobre el sólido
empedrado de las calles de Palanthas. El sol asomaba tras los recortados
edificios, difuminándose el rico azul del cielo en un pálido gris teñido de
rojo. En la ciudad, aquéllos cuyo quehacer reclamaba su presencia a primera
hora se desperezaban en sus lechos. Los pasos aislados de los más madrugadores
se mezclaron con los de los centinelas que, concluido el turno de noche, se retiraban
a descansar y eran relevados en las almenas. Estos lejanos ecos, que llegaban a
oídos de Kitiara desde el otro lado de las semiderruidas casas adyacentes a la
torre, la recordaron que se encontraba de nuevo entre los vivos.
—Hay que detenerlo —declaró a boca de jarro la dig-nataria sin
una vacilación, sin un suspiro.
El espectro no se pronunció en ningún sentido.
—Sé que será una tarea difícil —reconoció Kitiara al mismo
tiempo que se ajustaba el yelmo y caminaba a grandes zancadas hacia Skie que,
al distinguirla, había alzado la testa en actitud triunfante. Tras dar unas
cariñosas palmadas en el cuello de su Dragón, la dama volvió a dirigirse a su
esbirro.
—Pero no es necesario encararse con él. Todo su proyecto gira en
torno a la sacerdotisa. Si eliminamos a Crysania su castillo de naipes se
vendrá abajo. Y nunca averiguará nuestra participación en el asunto, ya que son
muchos los que han sucumbido a las fuerzas letales del Bosque de Wayreth. ¿Me
equivoco?
Soth negó con la cabeza y sus ojos destellaron, en señal de
complicidad.
—Ocúpate de que se esfume sin dejar rastro. Haz que aparezca
como un designio de los hados —le encomendó—, mi hermano cree en tales
maldiciones. Cuando era niño le enseñé que no doblegarse a mis deseos era una
falta grave, punible mediante unos azotes, y por lo que veo debe aprender de
nuevo la lección.
Montó a lomos de Skie y este, obediente a su orden, se preparó
para elevarse. Sus gigantescas patas traseras se hundieron en el adoquinado,
requebrajando las piedras, y al fin desplegó las alas y dio un majestuoso salto
hacia las alturas. Los habitantes de Palanthas sintieron como si les hubieran
quitado un peso de encima, una sombra malévola que se cernía sobre sus
corazones, pero casi ninguno vio partir al reptil ni a su jinete.
Soth permaneció inmóvil en el linde del Robledal.
—También yo creo en el destino, Kitiara —murmuró—. En el que uno
mismo se labra.
Dirigió su mirada hacia las ventanas de la Torre de la Alta
Hechicería, y percibió cómo se extinguía la luz en la estancia que ocupaban
pocos minutos antes. Durante unos segundos envolvió a la mole una oscuridad que
se solidificó en un escudo impenetrable a los rayos solares, en el halo de
negrura que solía protegerla. Pero rompió el sombrío encantamiento un repentino
centelleo.
Procedía aquel atisbo de vida de una sala situada en la cúspide
de la Torre. Era el laboratorio del mago, el lugar secreto donde Raistlin
perfeccionaba sus virtudes arcanas.
—Me pregunto quién va a aprender una lección —siseó Soth y, sin
pérdida de tiempo, se fundió en los lóbregos vapores que disolvía ya la
atmósfera diurna.
Un
juego divertido
—¿Por qué no nos detenemos aquí? —sugirió Cara-mon, a la vez que
se encaminaba hacia un destartalado edificio que se hallaba apartado del
camino, agazapado en el bosque como el animal que acecha a su presa—. Quizás
ella haya hecho un alto para reponer fuerzas.
—Lo dudo —replicó Tas, examinando con reticencia la enseña que
pendía de una cadena sobre la puerta—. «La Jarra Rota» no me parece el
establecimiento adecuado...
—Tonterías —rezongó el guerrero, al igual que había rezongado en
más ocasiones de las que el kender podía contar—. Tiene que comer, incluso las
sacerdotisas de más altas aspiraciones necesitan alimentarse con algo tangible.
Además, existe la posibilidad de que algún cliente se haya cruzado en su ruta y
nos dé cuenta de su paradero. Hemos perdido su rastro, hasta ahora no nos ha
acompañado la suerte.
—No —repuso Tas entre dientes—, pero quizá los hados nos
favorezcan más si exploramos la calzada en lugar de las tabernas.
Llevaban tres jornadas de viaje, y los peores presentimientos de
Tasslehoff se habían materializado con creces.
Por regla general, los kenders eran los nómadas perfectos. Al
alcanzar la veintena les asaltaba la sed de aventuras, de peregrinar por el
mundo, y en esa época se lanzaban en pos de rincones ignotos con el anhelo de
no prestar atención más que a las situaciones emocionantes o a cualquier objeto
curioso, bello o deforme, que por azar cayera en sus siempre abultadas bolsas.
Totalmente inmunes a la emoción del miedo, azuzados por un ansia inagotable de
saborear la novedad de cada segundo, los integrantes de esta raza no eran muy
abundantes en Krynn, para alivio y tranquilidad de sus otros pobladores.
Tasslehof Burrfoot, a punto de cumplir los treinta —si no le
engañaba su memoria— no era, en la mayor parte de sus facetas, un kender
característico. Había recorrido, a lo largo y a lo ancho, el continente de
Ansalon junto a sus padres antes de que éstos se establecieran en Kenderhome, y
al alcanzar la mayoría de edad se había trazado sus propios itinerarios en
solitario hasta que conoció a Flint Fireforge, el enano herrero y a su amigo,
Tanis, el Semielfo. Más tarde se les unieron en su peregrinar Sturm Brightblade,
Caballero de Solamnia, y los gemelos Caramon y Raistlin. En su compañía vivió
la aventura más maravillosa de toda su existencia: la Guerra de la Lanza.
Sin embargo, como ya hemos apuntado, su dilatada experiencia lo
apartó del prototipo del kender, aunque él lo habría negado de mencionarse este
punto en público. A diferencia de otros miembros de su pueblo había sufrido el
trance de perder a dos seres entrañables, Sturm Brightblade y Flint, y sus
muertes lo habían afectado más de lo imaginable. Así, a través del sufrimiento,
había aprendido el significado de la palabra «temor», no por sí mismo, sino por
el destino de quienes amó. Y su inquietud, su preocupación por Caramon, era
ahora más honda de lo que cabía prever.
Su desasosiego había ido en aumento desde que emprendieron la
búsqueda de Crysania. La diversión inicial había durado muy poco. Después de
abandonar el hogar del guerrero, cuando éste hubo proclamado su rencor contra
la dureza de corazón de Tika y la incapacidad del mundo entero para comprender
sus desgracias, dio unos tragos de su odre y se entonó a los pocos minutos,
comenzando a relatar historias sobre la época en que rastreaba draconianos por
la espesura. Tas halló tales anécdotas amenas y entretenidas de modo que, pese
a vigilar sin respiro a Bupu para asegurarse de que no la arrollaba una carreta
ni se hundía en el fango, disfrutó de sus primeras horas al aire libre.
Sorbo tras sorbo, al atardecer el odre estaba vacío, si bien
Caramon conservaba el buen humor y se mostraba dispuesto a escuchar las
narraciones de Tas, que el kender gustaba de repetir una y otra vez. Por
desgracia en el momento culminante de una de ellas, cuando escapaba junto al
mamut lanudo y los magos le arrojaban relámpagos ígneos, pasaron por delante de
una taberna.
—No tardaré, sólo quiero llenar el odre —prometió el guerrero, y
desapareció en el interior del local.
Tas hizo ademán de seguirle, pero, de pronto, advirtió que Bupu
contemplaba boquiabierta la fragua que había en el linde opuesto de la senda y
comprendió que, hipnotizada por el fuego, era capaz de provocar un incendio de
graves consecuencias. Como, por otra parte, sabía que en numerosos
establecimientos rehusaban servir a los enanos gully y no deseaba someterse a
esta prueba, decidió quedarse fuera y mantenerla bajo control. Después de todo,
Caramon le había asegurado que no se demoraría.
Dos horas más tarde, el hombretón salió a trompicones de la
taberna.
—En nombre del Abismo, ¿dónde te has metido? —preguntó el kender
arrojándose sobre su amigo con furia felina.
—Sólo he tomado una copa para cobrar ánimos. —Pero el guerrero
se balanceaba de manera alarmante.
—¡Debo cumplir una importante misión! —le recordó Tas
exasperado—. Es la primera que me encomienda una personalidad de tan alto
rango, que además quizás esté en peligro, y frente a tal panorama tú me obligas
a permanecer dos horas inactivo, encadenado a una enana gully. —El kender
señaló con el índice a Bupu, quien dormía plácida en una acequia—. Nunca me
había aburrido tanto, y ¿para qué? Para esperar a un individuo que aparece
rezumando alcohol por todos los poros.
Caramon le clavó una furibunda mirada y proyectó los labios en
una mueca que quería ser agresiva.
—¿Sabes lo que te digo? —gruñó, al mismo tiempo que echaba de
nuevo a andar por la senda—. Que tus sermones son idénticos a los de Tika.
La pronunciada inclinación de una ladera, que tuvieron que bajar
en la penumbra, evitó una reyerta más seria. Entrada ya la noche, llegaron a
una encrucijada.
—Vayamos por ahí —propuso Tasslehoff con el dedo extendido—. Sin
duda Crysania imagina que alguien intentará detenerla y elegirá una ruta poco
utilizada por los viajeros, donde disminuya el riesgo de ser descubierta. Creo
que deberíamos tomar el camino que seguimos hace dos años, cuando abandonamos
Solace.
—¡No seas insensato! —lo reprendió el guerrero—. Es una mujer y
una sacerdotisa, ambas razones de peso para que evite los lugares solitarios
donde podría ser atacada. Preferiría las sendas frecuentadas, como por ejemplo
la que conduce a Haven.
A Tas no le gustó la alternativa, pero accedió. Sus resquemores,
sin embargo, eran fundados y lamentó no haberse puesto firme. No habían
cubierto más que unas millas cuando se toparon con una posada.
El guerrero entró para averiguar si alguno de los parroquianos
había visto a una persona que encajara con la descripción de Crysania, dejando
una vez más a Tas encargado de custodiar a Bupu. Una hora después su colosal
figura se dibujó en el umbral, coronada por una faz encarnada y risueña.
—¿Te han dado pistas fiables? —inquirió el kender irritado.
—¿De quién? ¡Ah, te refieres a ella! No.
Transcurrieron dos días más sin que avanzasen apenas en su
viaje. En realidad se hallaban a mitad de camino de Haven. Si bien Tasslehoff
podría haber escrito un libro acerca de los establecimientos que flanqueaban la
senda.
—En los viejos tiempos —comentó el kender al borde del
paroxismo— habríamos ido hasta Tarsis en este mismo plazo. Incluso estaríamos
de regreso.
—Entonces yo era joven e inmaduro. Mi cuerpo es ahora el de un
adulto, ha de renovar fuerzas y mantener su perfecto equilibrio —explicó
Caramon con gesto altivo.
«¿Cómo se atreve a hablar de equilibrio? No son fuerzas lo que
renueva», pensó Tas, entre furioso y apenado por su compañero.
Caramon no podía avanzar más de una hora seguida sin detenerse a
descansar. A menudo, en lugar de sentarse por su propia iniciativa se
derrumbaba de manera repentina y prorrumpía en agónicos sollozos, bañado en
sudor todo su cuerpo. Se necesitaban en tales casos los esfuerzos combinados de
Tas y Bupu, sumados a unos sorbos de aguardiente enanil, para incorporarlo. Se
quejaba, además, sin tregua y amargamente porque la cota de malla le excoriaba
la piel, el sol le quemaba demasiado o la sed y el hambre se hacían
insoportables. Por las noches persistía en cobijarse en cualquier posada
nauseabunda, con tal de que sirvieran bebidas fuertes. Entonces obsequiaba a
Tas con el espectáculo de su borrachera y, cuando caía sin sentido, el kender
lo subía con ayuda del hospedero al aposento, donde dormía hasta media mañana y
obligaba a su amigo a perder un tiempo precioso.
Transcurrida la tercera jornada de tan absurdos desafueros, y
consumido el licor de la enésima taberna sin hallar, por otra parte, el menor
rastro de la sacerdotisa, Tasslehoff se planteó la opción de regresar a
Kenderhome, comprar una casa y retirarse de la aventura.
Era mediodía cuando arribaron a «La Jarra Rota». Caramon, fiel a
su costumbre, se zambulló en el interior mientras, exhalando un suspiro que
pareció brotar de sus nuevos y relucientes botines verdes, Tas se apostaba al
lado del mugriento local en compañía de su inseparable Bupu.
—Estoy harta —anunció la enana dirigiendo al kender una mirada
reprobatoria—. Me prometiste que conocería a un hombre guapo ataviado de rojo,
y la única cara que he visto es la de ese borrachín más grueso que un tonel.
Regreso a mi patria, a la corte de Fudge I, el Gran Bulp.
—No, aguarda un poco más —le suplicó él desesperado—.
Encontraremos al hombre guapo, te lo aseguro. Quizá Caramon averigüe al fin su
paradero.
Resultaba obvio que Bupu no le creyó, debido acaso a la carencia
absoluta de convicción que delataban sus palabras.
—Concédeme una oportunidad —insistió Tas—. Espérame aquí y
traeré algo de comer. Este viaje no se prolongará mucho... ¿Te quedarás aquí
sin moverte hasta que vuelva? —concluyó, remiso a darle explicaciones falaces.
La enana se mordió los labios, sumida en profundas reflexiones.
Al fin dijo, a la vez que se sentaba en la fangosa senda:
—De acuerdo, esperaré hasta después del almuerzo.
Tas irguió el rostro, proyectando el mentón, y desapareció en el
desvencijado establecimiento. Estaba resuelto a hablar con Caramon largo y
tendido.
Sin embargo, tal como se desarrollaron los acontecimientos no
fue necesario el intercambio.
—A vuestra salud, amigos. —Era el hombretón quien brindaba,
alzada la copa frente a los parroquianos de la taberna. No eran numerosos, tan
sólo una pareja de enanos viajeros que estaban sentados cerca de la puerta y un
grupo de humanos, ataviados de guerreros, quienes levantaron sus jarras en
respuesta al saludo del extraño gigante.
Tas tomó asiento junto al fornido compañero, tan deprimido que
hasta restituyó a uno de los enanos la bolsa que, distraídamente, le había
arrebatado al pasar.
—Se te ha caído esto —le susurró con la mano extendida, en una
actitud que dejó perplejo a su interlocutor.
—Buscamos a una mujer —declaró Caramon, arrellanado en su banco
como si pretendiera pasar la tarde entera en el local. Recitó acto seguido la
descripción que había expuesto en todas las posadas y tabernas desde que
partieran de Solace—. Cabello oscuro, delgada, delicada, faz pálida, túnica
blanca. Se trata de una sacerdotisa...
—Nosotros la hemos visto —lo interrumpió uno de los guerreros.
—¿De verdad? —preguntó el robusto humano expulsando por la boca
un chorro de líquido, casi asfixiado.
—¿Dónde? —preguntó el kender al percatarse de su apuro.
—Deambulando por los bosques que cubren la zona este del
territorio —explicó el mismo hombre, a la vez que agitaba el pulgar en aquella
dirección.
—¿Ah, sí? —Era Caramon quien hablaba, receloso de los
desconocidos—. ¿Y qué hacíais vosotros en esa espesura impenetrable?
—Perseguir goblins. En Haven ofrecen por ellos sabrosas
recompensas.
—Tres monedas por ejemplar —coreó su hasta entonces silencioso
amigo, y les propuso con una sonrisa desdentada—: Quizá queráis probar suerte
también vosotros.
—Volvamos a lo que interesa —los atajó Tas, visiblemente
nervioso—. Contadnos pormenores acerca de la mujer.
—Está loca, no me cabe la menor duda —comentó el primer
guerrero—. Le advertimos que la región era un hervidero de goblins y no debía
viajar en solitario, pero ella se limitó a contestar que estaba en manos de un
tal Paladine y que este misterioso personaje se ocuparía de salvaguardarla.
Caramon suspiró y se llevó la copa a los labios.
—Todo concuerda, es la persona que buscamos —aseveró. Pero en el
momento en que iba a humedecer su gaznate, Tas dio un salto en el aire y le
arrebató el cristalino objeto para lanzarlo al suelo—. ¿Qué diablos...?
—intentó protestar el hombretón.
—Vámonos —le ordenó el kender sin hacerle caso, tirando de su
brazo—. Tenemos que partir ahora mismo. Gracias por vuestra ayuda —dijo al
grupo, jadeando a causa del esfuerzo que suponía arrastrar a Caramon—. ¿Dónde
os tropezasteis con ella exactamente?
—A unas diez millas al este de aquí. Encontraréis un sendero en
la parte trasera de la taberna, una ramificación de la ruta principal.
Internaos en él y os conducirá, a través del bosque, hacia Gateway. Los
lugareños lo utilizaban como atajo antes de que se convirtiera en un camino
peligroso.
—Nos habéis sido de gran utilidad, os lo aseguro. Vuestro favor
no tiene precio. —Con estas palabras de reconocimiento Tas empujó a Caramon al
exterior del local, aunque éste pretendía quedarse un poco más.
—¡Los Abismos te confundan! ¿A qué viene tanta prisa?
—vociferaba el guerrero encolerizado, deshaciéndose de la presión que ejercían
en su cuerpo las manos del kender—. Al menos podríamos comer algo.
—¡Caramon! —le urgió a callar el hombrecillo—. Piensa, recuerda.
¿No te das cuenta de dónde está la sacerdotisa? A diez millas al este. Mira.
—Abrió uno de sus saquillos y extrajo un pliego de mapas, que hojeó de manera
precipitada hasta hallar el que buscaba y desenrollarlo frente al rostro
congestionado del compañero. En su ajetreo, algunos de los otros se deslizaron
y cayeron en el camino.
El guerrero intentó enfocar el pergamino con sus ojos vidriosos,
nublados por la telilla del alcohol.
—¿Y bien?
—¡Por los dioses! —El kender contó hasta diez y, ya más calmado,
le mostró las localizaciones a medida que le explicaba—: Estamos en este punto,
si mis cálculos no fallan. Al sur se yergue la ciudad de Haven y en la
dirección opuesta, ¿lo ves?, se dibuja Gateway. Las une la vereda que nos han
descrito en la taberna y que, según el trazado, discurre por...
—El Bosque Oscuro —leyó Caramon, que comenzaba a situarse—. El
Bosque Oscuro —repitió—, ese nombre me resulta familiar.
—¡Naturalmente, estuvimos a punto de morir en él! —exclamó Tas,
agitando los brazos en un exagerado aspaviento—. Sobrevivimos merced a la
intervención de Raistlin. —Al ver que su interlocutor fruncía el entrecejo, se
apresuró a seguir—. ¿Qué ocurrirá si nos aventuramos solos?
El guerrero fijó su mirada en la espesura circundante
auscultando la angosta senda, repleta de maleza, que la surcaba. Su expresión
se tornó todavía más taciturna al rezongar:
—Supongo que esperas de mí que la detenga.
—Es evidente que alguien tendrá que hacerlo, y confiaba en que
cumpliéramos juntos la misión —comenzó a decir el kender pero, de pronto, se
sellaron sus labios. A los pocos segundos añadió, consciente de un nuevo
hecho—: La idea de ayudarme ni siquiera ha cruzado por tu mente, ¿me equivoco?
En ningún momento te has planteado la posibilidad de encontrar a la
sacerdotisa, lo único que te proponías era dar unos cuantos tumbos de una a
otra taberna, beber algunos tragos, compartir bromas y regresar junto a Tika
para confesarle que eres un fracasado y suplicarle que se apiade de ti, que
vuelva a admitirte tal como eres...
—¿Qué otra cosa puedo hacer? —se defendió el hombre ton a la vez
que eludía la mirada de Tas, cargada de reproches—. ¿Cómo se te ocurre pedirme
que preste mi concurso a esa mujer para descubrir la Torre de la Alta
Hechicería? —Sus gemidos lo obligaban a hablar con voz quebrada—. ¡No quiero
dar con tan horrible edificio, juré que nunca regresaría a ese nido de
perversidad! Fue allí donde lo destruyeron, Tas, ¿no lo comprendes? Cuando lo
abandonamos su tez había asumido aquel extraño color dorado y sus ojos, envueltos
en una maldición, sólo veían la muerte. Arruinaron su fortaleza física hasta el
extremo de que no podía inhalar aire sin toser. Y, lo más espantoso de todo, lo
indujeron a asesinarme. —Hundió el semblante entre las manos sollozando de
pesar, temblando de miedo.
—Pero no te mató, Caramon —balbuceó el kender desconcertado—.
Tanis me contó que era tan sólo una réplica de ti mismo y que, por otra parte,
Raist estaba enfermo y asustado, deshecho por dentro. No era dueño de sus
actos.
El hombretón meneó la testa, sin aceptar el consuelo, y el
sensible Tas decidió que no podía culparle por su actitud. «No me sorprende que
no desee regresar a la Torre —pensó lleno de remordimiento—. Quizá debería
llevarle a casa, en su estado no ha de servir de mucho ni a sí mismo ni a los
demás.» Pero se dibujó en su mente la imagen de Crysania, errando sola por el
Bosque Oscuro, y cambió de actitud.
—En una ocasión hablé allí con un espíritu —susurró—, si bien no
creo que me recuerde. Además, el Bosque está atestado de goblins. No me
inspiran temor, pero sin tu ayuda no creo que pueda derribar de una vez a más
de tres o cuatro.
Pobre Tasslehoff, su desconcierto no cesaba de aumentar. ¡Si
Tanis estuviera a su lado! El semielfo sabía siempre qué decir, qué hacer, y
obligaría a Caramon a atenerse a razones. En medio de estas cavilaciones, no
obstante, una voz surgida de sus entrañas y extrañamente similar a la de Flint
lo devolvió a la realidad. «Tanis no está aquí —constató—. Eres tú quien debe
tomar las resoluciones, kender majadero.»
«¡No quiero asumir esa responsabilidad!», protestó Tasslehoff
para sus adentros, y aguardó unos instantes la respuesta de su enigmático
consejero. No recibió sino un sepulcral silencio, de modo que optó por
dirigirse de nuevo al guerrero con un timbre forzado, que pretendía asemejarse
al de Tanis:
—Caramon, te ruego que nos acompañes hasta los lindes del Bosque
de Wayreth. Luego podrás regresar junto a Tika, lo peor ya habrá pasado y nos
enfrentaremos a lo que surja sin tu intervención.
Pero el hombretón no lo escuchaba. Embriagado de licores y
autocompasión, se derrumbó sobre el suelo y se arrastró hacia un árbol para,
reclinado en su tronco, enumerar una retahila incoherente de indecibles
horrores y suplicar a su mujer que lo admitiera.
Bupu, que había contemplado sus evoluciones sin despegar los
labios, se plantó frente al flácido amasijo del guerrero y anunció con
ostensible repugnancia:
—Me voy. Para ver borrachínes gordos estoy bien en mi ciudad,
allí los hay en abundancia. —Meneó la cabeza y echó a andar por la senda antes
de que Tas saliera en su persecución, la atrapara y la forzara a retroceder.
—¡Bupu, no puedes dejarme! Casi hemos llegado —intentó
persuadirla.
De pronto, el kender perdió la paciencia. Tanis no podía
prestarle su concurso ni tampoco otra criatura, imaginaria o auténtica, y se
sentía como cuando rompió el Orbe de los Dragones. Quizá su manera de actuar no
fue la más acertada, pero no se le ocurrió otra dado el breve lapso de tiempo
del que disponía.
Dio un paso al frente y propinó a Caramon un contundente
puntapié en la espinilla.
—¡Ay! —gimió el agredido y, sobresaltado, levantó hacia Tas unos
ojos rebosantes de pena por su infortunio—. ¿Por qué me haces esto?
En respuesta Tas volvió a atacarlo, ahora con mayor severidad.
Quejumbroso, el hombretón se sujetó la pierna.
—Al fin un poco de diversión —se animó Bupu. No dudó en correr
hasta donde yacía el guerrero y castigarlo como acababa de hacerlo Tas, pero en
la otra pierna—. Me quedaré.
Un rugido brotó de la garganta de Caramon quien, incorporándose
vacilante, clavó en el kender una mirada de cólera.
—Maldita sea, Burrfoot, si éste es uno de tus juegos...
—De eso nada, asno ridículo —lo espetó el otro—. Ya que las
palabras no te infunden sentido común, quiero probar suerte con los golpes.
¡Estoy harto de tus lamentaciones y lloriqueos! En todos estos años no has
hecho sino abandonarte a una absurda autocomplacencia. ¡Vaya con el noble
Caramon, que todo lo sacrificó a su desagradecido hermano, con el bondadoso
muchacho que siempre puso a Raistlin en primer lugar! Quizá fue así y quizá no,
estoy empezando a pensar que bajo esa capa de amor fraterno es a tu persona a
quien has dado preponderancia. Acaso tu gemelo adivinó, gracias a su aguda
intuición, lo que yo sólo atisbo más allá de tu grotesca máscara. En ocasiones
los que más dan son los más egoístas, ya que no buscan sino recrearse en su
propia rectitud. Raist no te necesitaba, eras tú quien le necesitabas a él. Te
amparabas en su vida porque te horrorizaba la idea de afrontar la tuya.
Las pupilas del guerrero se tornaron febriles, se desencajó su
faz en una mueca iracunda mientras apretaba los puños y amenazaba a Tas.
—Esta vez has ido demasiado lejos, bribón insolente.
—¿De verdad? —El kender seguía encarándose a tan desigual
adversario, no había fuerza capaz de detenerlo—. Pues todavía no he terminado,
debes oír lo más importante. De unos meses a esta parte repites hasta la
saciedad, o así lo afirma Tika, que nadie precisa de tu auxilio desde que el
hechicero te apartara desabridamente de su lado. ¿No has pensado que en la
actualidad tu gemelo te necesita más que nunca? Reflexiona, descubrirás que
tengo razón. Y en cuanto a la sacerdotisa, su salvación depende de ti. Pero
claro, es más cómodo permanecer inactivo y permitir que tu cuerpo se convierta
en una jalea temblorosa, por no hablar de tu cerebro, empapado y blando cual
una esponja.
Tasslehoff tuvo la sensación de haberse excedido en sus
reproches cuando Caramon avanzó unos pasos tambaleante, con la cara deformada a
causa de unas irregulares manchas purpúreas. Bupu, en un impulso de pánico, se
parapetó detrás del kender si bien éste no se inmutó y resistió firme, como
aquella vez en que los dignatarios elfos estuvieron a punto de abrirle en canal
por haber roto el Orbe de los Dragones. El guerrero se alzaba imponente frente
a él, tan bañado su aliento en alcohol que Tas sintió náuseas al olfatearlo.
Cerró los ojos de forma involuntaria, no a consecuencia del miedo sino a causa
de la angustia, y de la rabia que leyó en las facciones de su oponente.
Con los brazos en jarras, aguardó la descarga que había de
incrustar su nariz en el cráneo y hacerla salir por la nuca. Transcurridos unos
segundos, levantó los párpados al no recibir ningún impacto. Había percibido,
sin embargo, crujidos de ramas de árbol y un estampido de pasos en la densa
maleza.
El fornido humano había desaparecido para internarse en el
sendero del bosque. Tas exhaló un largo suspiro y lo siguió, con Bupu pegada a
sus talones.
—Lo he pasado muy bien —afirmó la enana—. Iré con vosotros. Me
ha gustado el juego. ¿Lo repetiremos?
—No lo creo, Bupu —contestó Tas apesadumbrado—. Apresurémonos,
no debemos quedar rezagados.
—De acuerdo —accedió ella, acelerando el paso. Tras unos
momentos de meditación filosófica añadió—: Me conformaré con cualquier otro,
todos son divertidos.
Pero Tas, abstraído en sus propios pensamientos, nocontestó.
Interrumpió la marcha para mirar atrás, temeroso de que alguien hubiera oído su
discusión desde la destartalada taberna y les creara complicaciones.
Los ojos casi se le salieron de las órbitas: «La Jarra Rota» se
había esfumado. El mugriento edificio, la enseña que pendía de su cadena, los
enanos, los guerreros, el propietario e incluso la copa que Caramon se llevara
a los labios se habían disuelto en la nada, engullidos por el aire vespertino
al igual que un sueño inquietante en cuanto abrimos los ojos. La taberna había
sido un mágico instrumento de la hechicería para encaminar al beodo Caramon y
sus amigos.
Doble
personalidad
Canta aquello que el licor te inspira,
canta lo que tus ojos desdoblados ven.
La fea Keo se transforma en dos bellas Siras,
seis lunas en el cielo giran, en alegre vaivén.
Canta al valor del navegante,
canta cuando quieras el codo empinar,
y un puerto de rubíes será el fondeadero,
donde al viento tres baladas podrás lanzar.
Canta, buen tónico es para el corazón,
canta a la absenta de las despreocupaciones,
canta al que sigue el camino ondulante,
y al perro, y al que no escucha oraciones.
Todas las posaderas de ti están prendadas,
tienes cien amigos en cada lugar,
al viento dices lo que sientes,
al viento tres baladas podrás lanzar.
Al caer la tarde, Caramon estaba en un lamentable estado de
ebriedad.
Aunque al principio sus enormes zancadas lo distanciaron de Tas
y Bupu, ambos lograron darle alcance debido a las frecuentes pausas que hacía
para rociar su gaznate con el perjudicial elixir. Lo hallaron en medio de la
vereda, apurando las últimas gotas con la cabeza inclinada hacia atrás. Cuando,
al fin, bajó su odre, espió decepcionado su interior y lo agitó violentamente,
con un peligroso bamboleo, resuelto a aprovechar el postrer efluvio.
—Está vacío —le oyó rezongar el kender.
—No puedo hablarle de la desaparición de la taberna —se dijo
Tas, preso de un hondo desánimo—. No en estas condiciones, lo único que
conseguiría sería agravar su locura y poner en peligro nuestra seguridad.
Ignoraba que era difícil empeorar el caos mental de su amigo, si
bien así lo constató en el instante en que se acercó a él y le dio unas
palmadas en el hombro. El gigantesco guerrero se giró, exacerbado su susto a
causa de la embriaguez, y oteó la espesura en la media luz del crepúsculo.
—¿Quién va? ¿Quién me saluda? —inquirió aturdido.
—Soy yo, tu acompañante —explicó el kender con un hilo de voz—.
Sólo quiero disculparme. Caramon...
—¿Cómo? ¿Quién es yo? —volvió a indagar él, e incluso retrocedió
unos pasos para estudiar al hombrecillo. Esbozando la alelada sonrisa del
beodo, exclamó—: ¡Hola, pequeño amigo! Veo que eres un kender. Y tú —se dirigía
a Bupu— una enana gully. ¿Cómo os llamáis?
—No comprendo —confesó Tasslehoff.
—He preguntado vuestros nombres —insistió Caramon en digna
postura.
—Vamos, ya me conoces —protestó el kender disgustado—. Soy Tas.
—Yo Bupu —apostilló la enana, con el rostro iluminado ante la
perspectiva de un nuevo juego—. ¿Y tú cómo te llamas?
—Lo sabes muy bien —la reprendió Tas irritado, pero casi se
mordió la lengua al interrumpirlo el hombretón.
—Tienes razón, debo presentarme —anunció en actitud solemne, a
la vez que inclinaba su insegura testa a guisa de reverencia—. Soy Raistlin, un
mago prodigioso y dotado de un enorme poder.
—¡Déjalo ya, Caramon! —intervino Tas más enojado a cada
segundo—. Ya te he pedido perdón, no creo que debas...
—¿Caramon? —El interpelado abrió los ojos de par en par, antes
de encogerlos en las rendijas propias de los seres taimados—. Caramon murió, y
a manos mías. Acabé con él hace mucho tiempo, en la Torre de la Alta
Hechicería.
—¡Por las barbas de Reorx! —se escandalizó el kender.
—Él no es Raistlin —protestó Bupu, aunque una repentina
incertidumbre la forzó a hacer una pausa y escudriñarle—. ¿O sí?
—Por supuesto que no —se apresuró a asegurarle Tass-lehoff.
—¡Este juego no me gusta! —dijo la enana con firmeza—. Quiere
suplantar a aquel humano que fue tan bueno conmigo. Éste es una criatura
rechoncha y desagradable. Me voy a casa. ¿Cuál es el camino? —Había sido, para
ella, un discurso largo y terminante, que había logrado inquietar al kender.
—No te impacientes —trató de calmarla mientras buscaba una
explicación.
¿Qué estaba ocurriendo? Aferró su copete y, sin preámbulos tiró
de unas hebras de cabello con gran energía. Se le saltaron las lágrimas de
dolor y este hecho le produjo cierto alivio, ya que por un momento creyó
haberse dormido y prefería afrontar la realidad antes que las sombras de un
extraño sueño.
La escena era auténtica, al menos para Tas. En cuanto a Caramon,
era otro cantar.
—Observad —les urgió—, me dispongo a invocar un hechizo—. Ondeó
las manos con gesto exagerado, las alzó y, tras perder casi el equilibrio,
separó las piernas a fin de proferir una retahila de incongruencias—. Nido de
rata y polvo ceniciento, obrad el encantamiento —recitó, o acaso inventó,
señalando un árbol. —¡Las llamas lo consumen, arde como el infeliz de Caramon!
El guerrero hizo ademán de retroceder, tropezó hacia atrás,
encorvó el cuerpo para contrarrestar su peso y, sin caerse como era de prever,
comenzó a andar por la senda, canturreando en un gorgoteo apenas inteligible.
—Todas las posaderas de ti están prendadas, tienes cien amigos
en cada lugar, al viento dices lo que sientes.
Tas echó a correr tras él, retorciéndose las manos y seguido de
cerca por Bupu.
—El árbol no se ha incendiado —comentó la enana con severidad.
—¡Claro que no! Pero él cree...
—Es un pésimo mago. Mi turno —interrumpió ella, y se puso a
revolver la enorme bolsa que llevaba colgada en bandolera y que periódicamente,
se enredaba en su saya. A los pocos segundos emitió un grito de triunfo, a la
vez que extraía de su interior una rata muerta, rígida y algo descompuesta.
—Ahora no, Bupu —le rogó el kender, atenazado por la molesta
sensación de que se le escapaban los últimos resquicios de cordura. Caramon,
que aún llevaba la delantera, había abandonado su tarareo y proclamaba a voces
que iba a envolver el bosque en telarañas.
—Cuando pronuncie la fórmula mágica no escuches —advirtió Bupu a
Tas—. Se desvelaría el secreto.
—No te preocupes, no pienso hacerlo —contestó el kender
impaciente. Aceleró el paso temeroso de perder a Caramon quien, pese a su
verbosidad, avanzaba a un ritmo considerable.
—¿Seguro que no? —persistía Bupu, entre jadeos a causa de la
carrera.
—No. —Tasslehoff suspiró en un intento de controlarse.
—¿Por qué?
—Porque no quiero desobedecer tus instrucciones.
—Pero si no escuchas, no oyes. ¿Cómo sabes entonces cuándo has
de taparte las orejas? —lo imprecó Bupu disgustada—. Pretendes robar mi frase
mágica. Regreso a casa.
La enana se detuvo abruptamente, dio media vuelta y se alejó por
el sendero con un brioso trotecillo. Tas, sin saber a quién acudir, también
hizo un alto, si bien la acción de Caramon resolvió el problema. El guerrero se
abrazó a un árbol cercano para conjurar a una hueste de dragones con delirantes
gritos. Como no hiciera ademán de deponer su actitud, el kender farfulló un
reniego y corrió en persecución de Bupu.
—¡Espera! —le rogó. No tardó en darle alcance y sujetarla por un
montículo de harapos, que confundió con su hombro—. Prometo no robar nunca tu
versículo mágico.
—i Ya lo has hecho! —lo recriminó ella agitando la rata muerta
frente a sus ojos—. Lo has dicho.
—¿Qué he dicho? —preguntó el kender.
—Lo que no debías. Lo has pronunciado, y no por casualidad —lo
acusó Bupu en pleno acceso de rabia—. ¡Mira el resultado! —Tras apartar el
roedor de su campo de mira, extendió el índice hacia un punto de la senda y
exclamó—: Las palabras arcanas eran «versículo mágico», no te hagas el
desentendido. Y ahora presenciamos ese tórrido encantamiento.
Tas se llevó la mano a la cabeza, mareado a causa de tanta
sinrazón.
—¡Fíjate! —persistió Bupu con aire triunfante por ser ella la
depositaria del enigma, olvidado su enfado casi antes de que naciera—. Hemos
provocado un fuego. «Versículo mágico» nunca falla. Él es un mal hechicero.
Al centrar la mirada en el paraje que le indicaba la enana
gully, Tas pestañeó perplejo. Sobre el camino mismo se elevaba un haz de llamas.
«Soy yo quien regresa a su hogar, a Kenderhome. Compraré una
casa, o me instalaré en la de algunos amigos hasta que me sienta mejor», musitó
para sus adentros.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz cristalina.
Aquella llamada fue como un bálsamo para Tasslehoff. La encontró
tan tranquilizadora que estuvo a punto de provocarle un arrebato histérico.
—¡Es una fogata de campaña! —confirmó, desbordado de júbilo. Sin
el menor recelo se encaminó hacia el lugar, una mancha iluminada en la negrura
de su entorno, a la vez que se identificaba—. Soy Tasslehoff Burrfoot, y por el
timbre puro con que nos has invocado creo haberte reconocido como... ¡Ay!
Este lamento fue ocasionado por Caramon, quien había alzado al
kender en el aire y, sosteniéndolo en volandas con uno de sus poderosos brazos,
le selló la boca mediante la mano libre.
—Chitón —le ordenó al oído, y los efluvios de su aliento casi
produjeron un desmayo al hombrecillo—. ¡Alguien merodea junto a esa luz!
No sería decoroso repetir aquí las imprecaciones mentales de
Tasslehoff, de modo que nos limitaremos a decir que se debatió en los brazos de
su amigo en un ímprobo esfuerzo para liberarse. Trataba de lanzar culebras por
la boca, que no llegaron a materializarse al contenerlas la manaza del
guerrero.
—Es quien yo temía —afirmó éste, asintiendo con la cabeza al
mismo tiempo que su palma estrujaba la faz del desvalido kender.
Asfixiado, Tas comenzó a ver estrellas de colores y su forcejeo
se tornó desesperado. Arañaba con ansia a su grueso compañero en un alarde de
energía, pero pronto se habría marchitado la breve y excitante vida del kender
de no haber aparecido Bupu en escena.
—«¡Versículo mágico!» —declaró una vez más, plantándose a los
pies del colosal humano y arrojando la rata a su nariz. Los fulgores de la
fogata se reflejaron en los ojos del putrefacto cadáver y perfilaron los
afilados dientes, fijos en una perpetua y siniestra sonrisa.
Sorprendido por el inesperado proyectil, Caramon emitió un
alarido y soltó a Tas. Cayó el kender como un fardo y casi sin resuello.
—¿Qué sucede? Empiezo a impacientarme —los apremió la misma voz,
ahora más fría.
—Hemos venido a rescatarte —acertó a explicar Tass-lehoff entre
jadeos.
Una figura ataviada de blanco y cubierta con una capa de piel se
detuvo en la senda, cerca del trío. Bupu la inspeccionó con desconfianza.
—«Versículo mágico» —repitió obsesionada a la que ella suponía
un fantasma, y que no era sino la Hija Venerable de Paladine.
—Me disculparás si no me deshago en parabienes y frases de
agradecimiento —comentó Crysania a Tassle-hoff un poco más tarde, sentados en
torno a la fogata.
—Siento mucho lo sucedido —respondió el kender, tan trastornado
que su cuerpo se encorvaba sobre sí mismo como si quisiera ocultarse—. Siempre
lo complico todo, pregúntale a quien quieras. En numerosas ocasiones me han
reprochado que vuelvo locas a las personas, pero hasta hoy no me había juzgado
capaz de hacerlo realmente.
Deprimido y con el llanto a flor de piel, el kender contempló
anhelante a Caramon. El gigantesco humano estaba al lado del fuego, arropado en
su capa, y debido al influjo aún latente del alcohol su personalidad»seguía
oscilando entre la de Raistlin y la suya propia. Como guerrero cenó con un
apetito voraz y atiborró sus insaciables mandíbulas de todos cuantos bocados
cayeron en sus manos, además de obsequiar a sus acompañantes con varias baladas
obscenas que hicieron las delicias de Bupu. En efecto, la enana gully lo
animaba con palmadas iniciadas a destiempo y hacía las veces de coro. Tas,
mientras, se enfrentaba al acuciante dilema de estallar en carcajadas o
arrebujarse bajo una roca y morir de vergüenza.
De todos modos, el kender decidió con un estremecimiento que
prefería al humano concupiscente antes que soportarlo en su versión
Caramon-Raistlin.
Aún sopesaba en su mente los pros y los contras cuando ocurrió
la transformación, en medio de una tonada.
La enorme carcasa del guerrero pareció venirse abajo,
convulsionada por un acceso de tos, para un instante después imponerse silencio
con los párpados arrugados en estrechas líneas.
—Su estado no
es culpa tuya —sosegó la sacerdotisa a Tas, estudiando a Caramon con frialdad—
sino de la bebida. A su natural tosquedad hay que añadir el embotamiento de su
mente y la pérdida de autocontrol. Ha permitido que sus instintos más bajos se
adueñen de su persona. Se me antoja extraño que Raistlin y él sean hermanos
gemelos. ¡El hechicero es tan sobrio, disciplinado, inteligente, y posee un
refinamiento tan fuera de lo común!
Calló unos minutos y agregó entre suspiros:
—Desde luego, no niego que esta ruina humana merezca nuestra
piedad. —La dignataria religiosa se levantó del círculo, se acercó al lugar
donde estaba atado su caballo y comenzó a desabrochar las correas que
afianzaban su lecho de campaña a la grupa—. Lo recordaré en mis oraciones a
Paladine —ofreció.
—Estoy seguro de que tus plegarias no le harán daño —repuso Tas
con tono incierto—, pero opino que en estos momentos necesita más un té o un
café bien cargado.
Crysania giró el rostro y escudriñó al kender en actitud de
reproche.
—Estoy segura de que no pretendías blasfemar, de modo que
aceptaré tus palabras en el sentido en que han sido pronunciadas, sin
concederles mayor importancia. No obstante, he de rogarte que adoptes una
postura más seria ante las circunstancias...
—No te comprendo —la interrumpió él—. Hablaba con total seriedad
al aseverar que lo que le conviene a Caramon es ingerir una taza colmada de té
fuerte.
La sacerdotisa enarcó tanto sus
oscuras cejas que Tass-lehoff enmudeció, incapaz de adivinar qué podía haberla
perturbado hasta ese extremo. Para romper la tensión se aplicó a desenrollar
sus mantas, con el ánimo más alicaído que recordaba haber albergado jamás en su
pecho. Sin causa justificada se avivó en su memoria la imagen de aquel día
remoto en que cabalgaba junto a Flint a lomos de un dragón, durante la batalla
en los llanos de Estwilde. El reptil se había internado en un banco de nubes y
acto seguido surgió de él a una velocidad de vértigo, trazando piruetas en el
aire. Todo se volvió del revés, caían hacia el cielo para de nuevo elevarse en
dirección a la tierra en un galimatías que no lograba sino marearle cuando,
súbitamente, el animal se introdujo en otra nube y perdió el mundo de vista,
invertido o no.
Constató que, en el fondo, la confusión de entonces guardaba
cierto paralelismo con la actual, quizá por eso había evocado la escena.
Crysania admiraba al perverso Raistlin y se compadecía de Caramon, lo que al
kender le parecía irracional aunque no acababa de vislumbrar el motivo. El
guerrero era él mismo y al mismo tiempo su gemelo, las posadas se desvanecían
por arte de magia, debía oír una frase secreta a fin de saber cuándo le estaba
prohibido escucharla... y, para colmo de desventuras, sugería algo tan lógico
como administrar a un borrachín un té fuerte y recibía una reprimenda por
blasfemo.
—Después de todo —rezongó entre dientes, sacudiendo las prendas
de abrigo que usaría durante la noche— Paladine y yo somos íntimos amigos. Él
conoce mis intenciones sin intermediarias que se las expliquen.
Lanzó un suspiro y hundió la cabeza en su improvisada almohada,
una capa doblada varias veces sobre sí misma. Bupu, por entero convencida a
estas alturas de que Caramon era Raistlin, dormía con las piernas encogidas y
la cabeza apoyada en el pie de su héroe de antaño. El guerrero, por su parte,
permanecía sentado y en perfecta relajación, cerrados los ojos, tareareaba una
cantinela en quedos susurros. En los breves intervalos de tos exigía a Tas en
voz alta que le trajera el libro de hechizos a fin de perfeccionar su magia,
mas pronto se zambullía de nuevo en su pacífico sopor. El kender confiaba en
que el sueño disiparía los efectos del aguardiente enanil.
Crysania extendió su lecho junto al fuego, convertido ahora en
meros rescoldos, sobre una capa de pinaza que había reunido con el propósito de
aislarse de la humedad. Tasslehoff bostezó, no sin reconocer que la sacerdotisa
se desenvolvía mejor de lo que él había imaginado. Había elegido un
emplazamiento idóneo donde acampar, cerca del camino y de un riachuelo de aguas
límpidas. No le hubiera apetecido tener que adentrarse demasiado en aquel
bosque lóbrego y siniestro, hechizado.
«Bosque lóbrego» ¿Qué le recordaba esta expresión? Se sorprendió
a sí mismo dispuesto a traspasar las fronteras del mundo de la vigilia y se
conminó a despertar: debía despejarse, rememorar algo importante. Bosque
siniestro, lóbrego, frecuentado por espíritus que hablaban al viajero.
—¡El Bosque Oscuro! —exclamó alarmado, a la vez que se
incorporaba como impulsado por un resorte.
—¿Qué has dicho? —indagó Crysania, que acababa de envolverse en
su capa para calentarse y aún no estaba acostada.
—¡El Bosque Oscuro! —repitió el Kender muy excitado—. Nos
encontramos en sus lindes, y queríamos prevenirte contra sus peligros. ¡Sería
terrible que te internaras en esa espesura en solitario! Aunque quizá ya
estemos todos en él, lo que tampoco resulta muy tranquilizador.
Caramon, al oír la mención de un paraje tan perturbador, levantó
los párpados sobresaltado y se puso a estudiar los alrededores a pesar de su
amodorramiento.
—Supersticiones absurdas —declaró la Hija Venerable de Paladine
acomodando, sin inmutarse, su cabeza en la almohadilla que siempre llevaba en
sus alforjas—. Todavía no hemos llegado al Bosque Oscuro, mas en cuanto lo
hagamos pienso visitarlo. Si no me equivoco se yergue a unas cinco millas de
aquí, y mañana nos tropezaremos con una senda que nos conducirá hasta sus
entrañas.
—¡Así que te propones atravesarlo! —Tas no daba crédito a las
declaraciones de la sacerdotisa.
—Por supuesto —respondió ella con su habitual frialdad—. Su más
alto dignatario puede ayudarme, y debo persuadirle de que lo haga. Tardaría
varios meses en recorrer el trecho que me separa de la Torre de la Alta
Hechicería de Wayreth, incluso a caballo, así que tracé el plan de recurrir a
los Dragones Plateados que moran en ese frondoso lugar. El Señor del Bosque les
ordenará que me transporten a mi destino en un abrir y cerrar de ojos.
—Pero los espectros, el rey fantasma y su cohorte de
seguidores... —comenzó a nombrar trabas el kender.
—Fueron liberados de sus letales cadenas cuando respondieron a
la llamada del Bien para combatir a los Señores de los Dragones —fue la
contestación de la dama, quizás algo tajante—. Te conviene estudiar mejor la
historia de la guerra, Tasslehoff, más aún después de haber participado en
ella. En el instante en que las fuerzas humanas y elfas se aliaron a fin de
recuperar la perdida Qualinesti, los espíritus del Bosque Oscuro se enrolaron
en sus filas y, al hacerlo, rompieron el encantamiento que los ligaba a una
existencia perpetua entre las sombras. Abandonaron Krynn una vez concluida la
liza, y ningún ser viviente ha vuelto a verlos por estos contornos.
—¡Ah! —fue todo cuanto pudo esbozar el sobrecogido hombrecillo.
Tras unos segundos de meditación, no obstante, se repuso y pudo continuar,
ahora con entusiasmo—: Tuve ocasión de conocer a las huestes espectrales. Todos
sus miembros eran muy corteses, bruscos en sus idas y venidas pero en extremo
educados.
—Estoy muy cansada —lo interrumpió la sacerdotisa—, y mañana me
aguarda un largo viaje. Me haré cargo de la enana gully y continuaré mi ruta
hacia el Bosque Oscuro, mientras tú acompañas a casa a tu embrutecido amigo y
le procuras el auxilio que precisa. Buenas noches.
—¿No deseas que establezcamos turnos de vigilancia? Los
guerreros afirmaron... —Optó por callar. Aquellos individuos eran clientes de
la taberna desaparecida.
—Paladine velará nuestro descanso —le espetó Crysania y,
entornando los ojos, se sumió en sus oraciones nocturnas.
«Me pregunto si ambos hablamos del mismo Paladine», caviló Tas,
tragando saliva y evocando a aquel mago llamado Fizban que le infundiera ánimos
en sus momentos de soledad. Miró a la sacerdotisa con el temor de haber
manifestado tal pensamiento y ser acusado de blasfemo una vez más, pero ella
estaba absorta en su recogimiento y no le prestaba atención, así que se
arrebujó en sus mantas.
Dio vueltas y vueltas sin hallar una postura cómoda hasta que al
fin, totalmente desvelado, se levantó y decidió apoyar la espalda en el tronco
de un árbol para gozar de la noche primaveral. Hacía fresco, pero no el
penetrante frío del invierno, y el cielo vacío de nubes parecía cargado de
buenos augurios. No soplaba una brizna de aire, si las leñosas ramas crujían
era al ritmo de sus propias conversaciones y de la savia que, renovada, surcaba
sus tejidos a fin de despertarlos de su prolongado letargo. Al arañar con la
mano la tierra húmeda, el kender palpó los brotes de hierba que se abrían paso
entre las hojas secas.
Tas suspiró, tratando de impregnarse de la bonancible atmósfera.
¿Por qué le azuzaba un incontenible desasosiego? ¿Qué ruido era aquél? ¿El de
una rama al quebrarse? Se volvió sobresaltado, sin respirar para que no se
escapara a su percepción ni el más leve sonido. Nada, salvo el silencio, vibró
en sus tímpanos. Alzó entonces la vista hacia el firmamento y distinguió la
constelación de Paladine, el Dragón de Platino, que giraba a perpetuidad
alrededor de Gilean, fiel de la balanza y equilibrio perfecto de la
Neutralidad. Al otro lado de Paladine, en constante y mutua vigilancia,
evolucionaban las estrellas de la Reina de la Oscuridad, llamada también
Takhisis o Dragón de las Cinco Cabezas.
—Te vislumbro en las alturas del cosmos y te siento lejano
—murmuró el kender a la silueta de platino—, aunque comprendo que debes
custodiar al mundo y no sólo a nosotros. Espero que no te moleste el hecho de
que yo, a mi vez, me aposte como centinela de este pequeño grupo que para ti no
es sino una menudencia. No es por desconfianza ni una falta de respeto, sino
por una especie de premonición que me advierte de una presencia desconocida.
—Se estremeció en un súbito escalofrío al dar forma a sus temores—. Algo
extraño, antinatural, nos ronda, sin duda sabes a qué me refiero. De todos
modos, he de admitir que quizá lo único que sucede es que me afecta la
proximidad del Bosque Oscuro y el carácter dispar de mis acompañantes. De
alguna manera soy responsable de ellos.
Era esta última una noción insólita para un miembro de su raza.
Tas estaba acostumbrado a no preocuparse más que por sí mismo y, en sus viajes
junto a Tanis y los otros, siempre fue el semielfo quien salvaguardaba la
seguridad del grupo. Había conocido a guerreros fuertes y expertos que le
liberaron de la carga...
¿Qué era aquello? No podía llamarse a engaño, había oído algo
concreto. Se puso en pie de un salto y se inmovilizó, aguzando sus sentidos en
la oscuridad. Sucedió al silencio inicial un eco de pies que arañaban las
cortezas, y al fijar la vista en el lugar de donde procedía el quebrado susurro
descubrió ¡una ardilla! Exhaló un suspiro que brotó de los recovecos de su
alma.
—Ahora que me he levantado alimentaré la fogata con un nuevo
leño —resolvió y, antes de encaminarse a la pila que yacía acumulada en un
rincón del claro, miró la inerte figura de Caramon.
Una punzada de angustia recorrió sus vértebras al contemplarlo,
pues se dijo que le habría resultado mucho más sencillo montar guardia de poder
contar con el poderoso brazo de su amigo. En lugar de ofrecerle amparo el
hombretón estaba despatarrado en el suelo, cerrados los ojos y roncando en la
placidez de su borrachera. Apretujada contra su bota, reclinada la cabeza en su
pie, Bupu respiraba en sonoras bocanadas que se mezclaban con las de su
supuesto ídolo. Frente a la singular pareja, lo más lejos posible, Crysania
dormía tranquila, con el pómulo apoyado en sus manos unidas.
Sin poder desechar sus inexplicables temblores Tas arrojó varias
ramas sobre los rescoldos, que reavivaron las llamas. Bajo el influjo de su
reconfortante calor se aprestó a realizar su tarea, situándose frente a los
árboles que, envueltos en la negrura emitían ahora siseos de mal agüero. Nació
un nuevo crujido de hojas y, pese a su desazón, Tas lo atribuyó a otra ardilla,
o quizás a la misma.
Pronto, sin embargo, cambió su actitud. ¿Acaso no se deslizaba
algo de mayor tamaño en las sombras? Oyó, por añadidura, el ruido inequívoco
que provoca una rama al partirse y comprendió que no había ardilla dotada de
tanta fuerza. Hurgó veloz en su bolsa hasta cerrar los dedos en torno a un
cuchillo.
¡Era el bosque entero el que se movía! Los árboles cerraban el
cerco en torno a los durmientes, lentos pero implacables.
Trató el kender de dar el grito de alarma, cuando un tentáculo
leñoso lo agarró por el brazo y le dejó paralizado. Por fortuna se sobrepuso
enseguida del susto y, retorciendo el miembro atenazado a fin de desembarazarse
de su aprehensor, le clavó la hoja de su arma.
Rasgaron el aire un reniego y un alarido de dolor. La misteriosa
rama soltó a su presa, que se debatía en una terrible confusión. Unos segundos
más tarde, ya sereno al sentirse libre, Tas recapacitó que los árboles
ignoraban el sufrimiento y no proferían voces de protesta. Era evidente que se
enfrentaban a criaturas vivas, palpitantes.
—¡Al ataque! —ordenó con toda la potencia de sus pulmones, a la
vez que retrocedía—. ¡Caramon, ayúdame!
En su momentánea retirada, el kender tropezó contra una raíz y
cayó de espaldas. Observó de nuevo al guerrero: dos años atrás se habría
incorporado de inmediato con la mano posada en la empuñadura de su acero,
alerta y preparado para el combate. Ahora, en cambio, su embotada cabeza se
mecía en un ebrio letargo y abandonaba a Tas a su suerte provisto de un simple
cuchillo, casi indefenso. Gracias a su coraje, el hombrecillo logró arrastrarse
hacia la chisporroteante fogata y mantener a raya al adversario agitando la
pequeña hoja metálica.
—¡Crysania, despierta! —instaba a la sacerdotisa a medida que
iban surgiendo más contornos amenazadores del bosque—. Te lo suplico,
despierta.
Sintió en su espina dorsal el calor de las llamas. Sin apartar
los ojos de las sombras, tanteó el terreno y asió un leño por el extremo con la
esperanza de que fuera el lado no socarrado. Alzó la tea y la arrojó delante de
él.
Una incierta agitación le reveló que una de las criaturas se
abalanzaba sobre su cuerpo. Trazó un sesgo con el cuchillo, dispuesto a no
dejarse vencer y hundirlo en la carne del enemigo en cuanto tuviera
oportunidad, pero en el instante en que iba a perpetrar el contraataque su
rival se acercó a la luz del fuego y pudo distinguir sus rasgos.
—¡Caramon! —exclamó—. ¡Draconianos!
La sacerdotisa ya había salido de las brumas de su sueño y Tas
vio cómo se sentaba, frotándose los ojos a fin de despejarse.
—¡Acércate a la hoguera! —le indicó a la desesperada, antes de
pisotear a Bupu y propinar un puntapié a Caramon—. ¡Draconianos! —insistió.
El guerrero levantó un párpado, luego el otro y comenzó a
examinar el campamento todavía atontado.
—¡Gracias a los dioses! —suspiró aliviado el kender al constatar
que su fornido amigo se movía.
El descomunal humano se incorporó. Se obstinaba en examinar el
paraje totalmente desorientado, pero conservaba suficientes vestigios de su
talante batallador de antaño como para olfatear el peligro incluso estando
aturdido. Tras erguirse en un leve balanceo, aferró la empuñadura de la espada
—¡al fin!— y eructó.
—¿Qué pasa aquí? —gruñó, en la imposibilidad de aclarar su
visión.
—¡Nos acosan los draconianos! —lo informó el kender por enésima
vez, mientras cabriolaba a la manera de los duendes y blandía el cuchillo y una
nueva tea, con tal vigor que sus enemigos no osaban acometerlos.
—¿Draconianos? —repitió Caramon sin dar crédito a sus oídos.
Pero un examen más minucioso le permitió atisbar las retorcidas facciones de un
semblante repti-liano, iluminado por el ahora agonizante fuego, y se disiparon
sus dudas. —¡Abyectas criaturas! —las imprecó—. ¡Tanis, Sturm, a mí! Raistlin,
utiliza tu magia y las aniquilaremos.
Arrancando la espada de su ajustada vaina, el guerrero arremetió
entre enloquecidos gritos de guerra... y se desplomó de bruces. Bupu se había
abrazado a su tobillo.
—¡Oh, no! —gimió Tas.
Caramon yacía cuan largo era pestañeando asombrado, sin acertar
a imaginar quién lo había abatido. La enana gully, que había actuado por
instinto y sufrido un abrupto despertar, emitió un aullido de pánico y mordió
al humano en la zona donde lo tenía atenazado.
El kender corrió en ayuda del caído, al menos para
desembarazarlo de Bupu, pero no había llegado a su lado cuando oyó una llamada
de auxilio a su espalda. ¡La sacerdotisa! La había olvidado por completo.
Al dar media vuelta comprobó que Crysania se hallaba en una
situación apurada, forcejeando contra uno de sus atacantes. Dio un salto al
frente y apuñaló con gesto agresivo al reptil, que lanzó un grito desgarrado y
se derrumbó, fulminado. Casi antes de rozar el suelo la hedionda criatura
comenzó a convertirse en estatua de piedra, si bien Tasslehoff retiró el acero
con su habitual agilidad y evitó, así, que quedara aprisionado en el rocoso
bloque.
Arrastró el kender a la trastornada mujer hacia Caramon, quien
zarandeaba a Bupu con la pierna en un vano intento de expulsarla.
Los draconianos cerraron filas, y un febril escrutinio permitió
a Tas constatar que estaban rodeados por todos los flancos. Consciente de que
algo no encajaba, se esbozó una pregunta en su cerebro. ¿Por qué no los
reducían ahora que se encontraban a su merced, qué esperaban?
—¿Te han herido? —inquirió en voz alta. Se dirigía a Crysania.
—No —respondió ella. Aunque pálida se mostraba tranquila. Si
estaba asustada, hacía gala de un perfecto dominio. Sólo sus labios se movían,
probablemente en una inaudible plegaria a su dios protector.
—Toma, venerable señora. —Le ofreció la tea o, mejor dicho, la
insertó a la fuerza en su palma cerrada—. Me temo que tendrás que combatir y
orar al mismo tiempo.
—Elistan lo hizo, sabré imitarlo —contestó Cyrsania con un
atisbo de inquietud en sus palabras.
Resonó una ristra de órdenes en las sombras, emitidas por un ser
que no pertenecía a la raza draconiana. El timbre de su voz así lo delataba y,
aunque Tas no pudo identificarlo, su mero eco le producía escalofríos. En
cualquier caso, no era momento para indagaciones. Los reptiles se aprestaban a
saltar sobre ellos con aquel gesto tan característico de proyectar la lengua
fuera de su boca, como un proyectil.
Sobrevino el asalto y Crysania flageló a sus enemigos con torpes
bandazos de la improvisada antorcha, que tuvieron la virtud de hacerles
vacilar. Tas seguía tratando por todos los medios de separar a Bupu del
maltrecho Caramon, si bien todos sus esfuerzos resultaron infructuosos hasta
que fue un draconiano quien, sin percibirlo, solventó el problema. Tras arrojar
al kender hacia atrás, el individuo desprendió a la enana gully con su ganchuda
garra.
Los miembros de esta tribu enanil eran conocidos en todo Krynn
por su exagerada cobardía e incapacidad en la lucha abierta. No obstante, al
sentirse acorralados se debatían como ratas inoculadas de rabia.
—¡Monstruo salido del cieno! —insultó Bupu a su agresor y,
abandonando el tobillo de Caramon, hundió sus dientes en la escamosa pierna del
reptiliano.
La boca de la enana estaba casi despoblada, mas los pocos
incisivos que le restaban eran afilados. Mordió pues la verde epidermis de su
agresor con una voracidad fruto, además, de la escasa cena que había ingerido.
El draconiano emitió un aullido ensordecedor, enar-boló su
espada y se dispuso a segar para siempre la existencia de Bupu cuando, de
repente, Caramon, que a duras penas se había puesto en pie y ondeaba su acero a
diestro y siniestro sin tomar conciencia del atolladero en el que se hallaban
inmersos, cercenó su brazo de manera accidental. La enana se estabilizó,
humedeció sus labios y emprendió la búsqueda de otra víctima.
—¡Hurra, Caramon! —lo vitoreó Tas. El kender clavaba su cuchillo
en todos los rivales que se ponían a su alcance, con la misma rapidez con que
la serpiente envenena la sangre. De vez en cuando dedicaba a Crysania miradas
de soslayo, e incluso presenció cómo la sacerdotisa incrustaba la tea en el
cráneo de un draconiano a la vez que invocaba el nombre de Paladine. La
criatura sucumbió sin opción a la réplica.
Al poco rato tan sólo quedaban en pie dos o tres adversarios, y
el hombrecillo comenzó a relajarse. Se habían apostado fuera del radio de la
oscilante luz y espiaban al imponente guerrero humano. La figura de Caramon,
vislumbrada en la penumbra donde no se evidenciaba su declive, se recortaba tan
desafiante como en los viejos tiempos. Su espada refulgía bajo las llamas
rojizas, presagio de muerte ineludible para cualquier contricante.
—¡Acaba con ellos, amigo! —le urgió el kender con un grito
agudo—. Entrechoca sus cabezas...
La voz de Tas se apagó al advertir que el guerrero se volvía a
fin de encararse con él, contraída su faz en una extraña expresión.
—No soy quien tú pareces suponer sino Raistlin, su hermano
gemelo. Nunca me rebajaría a luchar con el acero y, por otra parte, Caramon
murió. Yo lo destruí. —Tras estudiar unos instantes la espada que sostenía en
la mano, la dejó caer como si le quemara—. Ahora entiendo tu confusión. ¿Qué
hacía ese frío objeto en mi palma? ¡No puedo formular hechizos con un arma y un
escudo!
Tasslehoff, alarmado, examinó a los draconianos por el rabillo
del ojo. Aquellos seres intercambiaron miradas de inteligencia e hicieron
ademán de avanzar. Aunque sospechaban que el guerrero les tendía una trampa, lo
sometieron a estrecha vigilancia.
—Eres tú quien te equivocas. ¡No eres Raistlin, sino Caramon!
—le espetó el kender con gran vehemencia. Pero no consiguió hacerle entrar en
razón, el cerebro del humano aún no había despedido totalmente los efluvios del
aguardiente enanil. Indiferente a cualquier reprimenda susceptible de hacerle
renunciar a la personalidad que ahora encarnaba, el robusto luchador entrecerró
los párpados, alzó las manos y entonó un cántico pretendidamente arcano.
—Hormigueros, cenizas de plata y
libros esotéricos —murmuraba con un curioso zigzaguear de todo su cuerpo.
La mueca siniestra de un draconiano se dibujó ante Tas con
escalofriante nitidez. Estalló un resplandor acerado y el kender se desvaneció,
preso de un dolor insoportable.
Tasslehoff estaba tendido en el suelo. Un líquido tibio
discurría por su rostro, cegándole un ojo y goteando hasta sus labios. Sabía a
sangre, pero no podía fijar sus ideas a causa del cansancio.
Tampoco conseguía dormir, el dolor se lo impedía, ni osaba mover
la cabeza por temor a que se desgajara en dos mitades. Por consiguiente
permaneció inmóvil, atisbando el mundo con su visión parcial.
Oía los gritos disonantes de la enana gully, similares a los de
un animal torturado, mas sus protestas cesaron de manera abrupta para ser
sucedidas por un único alarido, un gemido ahogado. Un cuerpo de enormes
proporciones se estrelló a su lado contra la tierra: al instante lo reconoció
como Caramon. La sangre fluía a borbotones de las comisuras de sus labios, sus
ojos abiertos se perdían en pos del infinito.
Tas no se entristeció, era insensible a todo salvo al lacerante
pálpito de su cabeza. Un inmenso draconiano se plantó a horcajadas sobre él,
blandiendo la espada, y el hombrecillo supo que iba a rematarle. No le
importaba, sólo quería que acallase su sufrimiento cuanto antes.
Captó su atención un revoloteo de ropajes blancos, acompañado
por una cristalina voz que pronunciaba el nombre de Paladine. El reptiliano que
se disponía a poner fin a su vida desapareció de forma súbita y sus garras, al
alejarse, rasgaron la quebradiza maleza circundante. La blanca túnica se
arrodilló entonces junto a él de tal manera que su portadora, mientras invocaba
de nuevo a su dios, pudo posar una acariciadora mano en su maltrecho cráneo. El
dolor se difuminó y, un poco más sosegado, el kender vio cómo Crysania rozaba
también al insconsciente guerrero y éste entornaba los párpados para
zambullirse en un sueño reparador.
«Todo se ha resuelto. Los soldados enemigos se van y nosotros
quedamos de nuevo a salvo», pensó Tas jubiloso. Notó un ligero temblor en la
mano que la sacerdotisa mantenía en contacto con su piel antes de alzar la
testa y otear el panorama aún en una nebulosa, fortalecido, sin embargo, por
los poderes curativos que ella le transmitía.
Alguien se aproximaba, alguien que había ordenado la retirada de
los draconianos y que era, acaso, la criatura que ahora se internaba en el
círculo de luz del campamento.
Intentó el kender dar la alarma, pero un nudo en su garganta le
impidió articular cualquier sonido. Le daba vueltas la cabeza en un torbellino
vertiginoso y, por un momento, le asaltó la sensación de que un ente invisible
mezclaba las aventuras de su vida en aquel mareado cerebro que de tan poco le
servía.
Crysania se puso en pie y el ondulante repulgo de su túnica, al
agitarse, levantó una nube de polvo frente a los ojos del kender. Despacio, la
dignataria eclesiástica comenzó a retroceder ante el ser impreciso que la
acosaba a la vez que llamaba a Paladine en su auxilio, mas las palabras se
congelaban en el aire en cuanto afloraban a sus labios.
Tas, contagiado por el indescriptible terror de la dama, hizo
ímprobos esfuerzos para cerrar los ojos. Sin embargo, y tras librar una breve
batalla, la curiosidad se impuso al miedo y el kender contempló a la figura que
se acercaba a la sacerdotisa. Vestía la armadura de los Caballeros de Solamnia,
si bien su superficie aparecía socarrada, ennegrecida. Cuando hubo alcanzado a
Crysania se detuvo a escasa distancia y extendió un brazo, un brazo que no se
terminaba en una mano, al mismo tiempo que pronunciaba frases surgidas de la
nada, no de su boca inexistente. Sus ojos despedían chispas anaranjadas, sus
piernas translúcidas atravesaron sin quemarse los rescoldos ígneos de la fogata
antes de inmovilizarse. El frío insondable de las regiones donde aquel espíritu
estaba obligado a errar eternamente manaba de su cuerpo, paralizando la médula
de los huesos de cuantos a él se enfrentaban.
Alzó el kender la cabeza para presenciar mejor la escena.
Crysania seguía apartándose del Caballero de la Muerte pero éste, lejos de
cejar en su empeño, persistía en acorralarla. Avanzaba el espectro con pasos
lentos, pero investidos de una apabullante firmeza.
El brazo que la criatura espectral tenía estirado hacia la
sacerdotisa se prolongaba en un dedo lívido, descarnado y amenazador. Al
adivinarlo, más que verlo, asaltó a Tas un pánico incontrolable.
—¡No! —gimió el hombrecillo, estremecido pese a ignorar qué iba
a ocurrir.
El caballero emitió una corta sentencia:
—Muere.
Advirtió el
kender que Crysania asía, en un rápido gesto, el Medallón que pendía de su
cuello. Un brillante resplandor de blanca luz brotó de sus dedos y la Venerable
Hija de Paladine cayó al suelo fulminada, como si el miembro de su oponente le
hubiera traspasado el pecho.
—¡No! —suplicó de nuevo Tasslehoff sin saber qué decía. Los
llameantes ojos de la sombra centraron su atención en él en el instante mismo
en que una húmeda oscuridad, similar a la negrura de una tumba, sellaba su
visión y sus entumecidos labios.
Artes Arcanas
Dalamar se acercó a la puerta del laboratorio del mago con el
alma en vilo, paseando sus nerviosos dedos sobre las protectoras runas bordadas
en el paño de su negra túnica a la vez que ensayaba, de forma precipitada,
varios hechizos registrados en su memoria. Una cierta dosis de precaución era
siempre adecuada, necesaria incluso, en cualquier joven aprendiz dispuesto a
introducirse en las cámaras particulares de un maestro tan poderoso como
maligno, pero las que había tomado Dalamar eran extraordinarias. Tenía buenas
razones para obrar así: guardaba secretos que no debían trascender, y no había
nada en este mundo más digno de su temor que la mirada de aquellos dorados
relojes de arena que configuraban los ojos del nigromante.
Y, sin embargo, una corriente de excitación más honda que el
miedo fluía, palpitaba en la sangre de Dalamar como en las anteriores ocasiones
en que se detuvo frente a aquella puerta antes de llamar. Había visto prodigios
maravillosos entre ios cuatro muros del laboratorio, bellos aunque
espeluznantes.
Levantando la mano derecha, trazó un símbolo en el aire frente a
la hoja de madera y susurró unas palabras en el lenguaje de la magia. No hubo
reacción, el acceso no se hallaba sujeto a ningún hechizo. Dalamar, el elfo
oscuro, respiró relajado o, acaso, invadido por un inconfesable desencanto. Su
maestro no estaba consagrado a ninguna labor esotérica importante, de lo
contrario habría formulado un encantamiento a fin de evitar la entrada de
cualquier intruso. Al bajar la vista hacia el suelo, el avanzado discípulo no
descubrió luces ni resplandores que escaparan por el quicio. Tampoco olfateó
más aromas que los habituales, mezcla de especies y corrupción, así que hizo
tamborilear las yemas de los dedos sobre la puerta y aguardó en silencio.
Una orden, pronunciada con tono quedo, llegó a sus oídos en el
tiempo que tardó el elfo en emitir un suspiro:
—Adelante, Dalamar.
El interpelado
se infundió ánimos y avanzó hacia el interior de la estancia cuando la robusta
hoja giró sobre sus goznes, franqueándole el paso. Raistlin estaba sentado ante
una enorme y muy antigua mesa de piedra, de tan descomunales proporciones que
un miembro de las fornidas razas de minotauros establecidos antaño en Mithas
podría haberse acostado en ella y, tras extender toda su envergadura, dejar un
espacio libre. Tanto este objeto como el resto del laboratorio formaban parte
del mobiliario que el hechicero descubriera al reclamar para sí la posesión de
la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas.
La sombría sala parecía mucho mayor de lo que era, si bien el
elfo oscuro no lograba determinar si tal efecto óptico se debía a una peculiar
configuración o al hecho de que él se sentía insignificante cada vez que la
visitaba. Se alineaban en las paredes interminables hileras de libros, al igual
que en el estudio privado del maestro, en cuyos lomos refulgían singulares
runas y títulos escritos en finos caracteres, legibles pese a la capa de polvo
que los cubría. En las mesas que jalonaban las paredes descansaban frascos y
viales de retorcido diseño, llenos de líquidos de vivos colores que bullían
burbujeantes con sus poderes ocultos.
Muchos años atrás, en este laboratorio se habían concebido las
más poderosas manifestaciones de la magia que nunca conociera Krynn. Fue aquí
donde se congregaron en momentánea armonía los doctos representantes de las
tres Túnicas —la Blanca del Bien, la Roja de la Neutralidad y la Negra del Mal—
para crear los Orbes de los Dragones, uno de los cuales se hallaba ahora entre
las sagradas pertenencias de Raistlin. Y también se fraguó en tan enigmático
recinto la alianza de las tres Ordenes en un último y definitivo esfuerzo
destinado a salvar a las Torres, estandartes pétreos de su fuerza, del acoso
del Príncipe de los Sacerdotes de Istar y la fanática plebe. Fracasaron, no
obstante, al decidir unánimemente que era preferible vivir derrotados a
combatir, mas debe decirse en su descargo que de haber utilizado sus dotes
arcanas habrían destruido el mundo y ellos no lo ignoraban.
Los magos fueron obligados a abandonar la mole, no sin antes
transportar sus libros de hechizos y demás parafernalia a la Torre de la Alta
Hechicería que se erguía en el misterioso Bosque de Wayreth. Pero cuando se
disponían a entregar al más alto mandatario de la ciudad las llaves de su,
hasta entonces, inviolable morada, una maldición se cernió sobre el edificio y
sus inmediaciones. El Robledal de Shoikan creció en unos segundos para
custodiarlo de los curiosos hasta que, según las predicciones, llegara a sus
puertas el Amo del Pasado y del Presente revestido de todo su poder.
Y arribó el Amo, el maestro, a la fuente de tanta sabiduría. Era
la figura que se encontraba frente a la mesa del laboratorio, volcada sobre
aquella pétrea superficie que hacía varias centurias fue salvada del fondo del
mar. Los símbolos rúnicos que había tallados a lo largo de su perímetro la
eximían de cualquier influencia externa susceptible de perturbar el trabajo del
mago, si bien todavía resultaba más admirable su lisa textura, tan pulida que
hacía las veces de espejo. Dalamar incluso distinguía en ella, bajo la luz de
las velas, el reflejo de los volúmenes encuadernados en tela azul marino que
allí reposaban en ordenados montones.
Había otros objetos esparcidos sobre la inefable mesa, artículos
espantosos y divertidos, horribles y encantadores: los componentes de los
hechizos de Raistlin. El mago estaba ahora ocupado en manipularlos y
estudiarlos. Pero pronto se dedicó a hojear muy atento un vetusto volumen
mientras mascullaba frases arcanas o estrujaba una sustancia entre sus
delicados dedos, vertiendo el líquido resultante en un tubo de ensayo.
—Shalafi —lo saludó Dalamar, un término elfo que significaba
«maestro».
Raistlin alzó la cabeza, y el discípulo tuvo la súbita sensación
de que aquellas doradas pupilas se salían de sus cuencas para traspasarle el
alma con un dolor indefinible. Una oleada de pánico inundó la conciencia del
elfo oscuro, esculpidas en su cresta las palabras «Lo sabe». Sin embargo, no
delató sus emociones en sus atractivos rasgos, que se mantuvieron inamovibles;
relajados, mientras sus ojos se clavaban en los de su oponente y recogía las
manos bajo los pliegues de la túnica, como dictaban los cánones.
Tan azaroso era su trabajo que cuando ellos, los entes
superiores, juzgaron necesario instalar a un espía en la morada del mago
solicitaron voluntarios, ya que ninguno quiso incurrir en la responsabilidad
que entrañaba designarlo a sangre fría. Dalamar aceptó raudo el reto, dando un
paso al frente sin un titubeo.
La magia era el único hogar del traicionero discípulo de
Raistlin Majere. Originario de Silvanesti, no era reclamado por tan noble raza
de elfos ni deseaba, tampoco, regresar junto a ellos. Al nacer en el seno de
una de las castas inferiores no aprendió sino los rudimentos de las artes
arcanas, ya que la auténtica erudición estaba reservada a los miembros de la
familia real, pero aun así tuvo ocasión de saborear el poder y éste se
convirtió en su único objetivo. Se afanaba en estudiar a hurtadillas los conjuros
prohibidos, hasta que se revelaron a su entendimiento prodigios que en
principio sólo debían conocer los hechiceros de alto rango. Fue la nigromancia
lo que más le impresionó y, así, al ser descubierto ataviado con el oscuro
hábito que aborrecían todos los elfos leales a su pueblo, se le impuso el
castigo del destierro a perpetuidad. De este triste evento provenía su
sobrenombre de «elfo oscuro», criatura privada de la luz del Bien. A Dalamar no
le molestaba tan funesto apodo, antes al contrario, era para él un halago que
lo comparasen a la negrura por considerarla sinónimo de fuerza y soberanía.
Sea como fuere, el elfo se ofreció para la espinosa misión. Al
preguntarle sus superiores qué motivos lo inducían a arriesgar su vida en tan
ardua empresa, se limitó a contestar impertérrito:
—Incluso vendería mi alma a cambio de una oportunidad de
observar al ser más poderoso del mundo arcano que jamás vivió sobre la tierra.
—Quizá sea ése el precio que pagues —comentó una entristecida
voz.
El recuerdo de esta voz renacía en la mente de Dalamar en
determinados momentos, sobre todo en las negras noches que solían vivirse en la
Torre. Acababa de evocarla ahora, en el laboratorio, pero se apresuró a
rechazarla.
—¿Qué sucede? —inquirió el hechicero con tono suave, apagado.
Siempre hablaba sin sobresaltos, quedamente, evitando alzar la
voz por encima del susurro. Dalamar había visto desatarse en la cámara
pavorosas tempestades, ribeteadas de cegadores relámpagos y retumbar de truenos
que le habían dejado sordo durante días. Se hallaba asimismo presente en
algunas de las ocasiones en que Raistlin convocó a criaturas de los planos
tanto astrales como subterráneos para que acataran su mandato y los gritos de
éstas, plañideros o enfurecidos, al saberse dominadas resonaban en los oídos
del falso pupilo en medio de sus peores pesadillas: mas nunca, en tan diversas
y estruendosas transacciones, emitió el mago una sílaba más aguda que otra. Su
murmullo sibilante, al no alterarse, penetraba en el caos y lo controlaba.
—Se han producido unos hechos en el mundo exterior, shalafi, que
exigen tu intervención.
—¿De verdad? —Raistlin bajó de nuevo la cabeza, absorbido por su
complejo experimento.
—La sacerdotisa Crysania...
La capucha que cubría la faz del maestro se levantó veloz y
rígida cual la de una serpiente y Dalamar, de manera instintiva, retrocedió
frente a aquellos ojos que rezumaban veneno.
—¡Vamos, habla! —le urgió Raistlin en un siseo.
—Deberías venir, shalafi —suplicó Dalamar con la voz quebrada—.
Los Engendros Vivientes informan que...
El elfo oscuro se interrumpió al advertir que se dirigía al
aire. Raistlin había desaparecido.
Expulsando un tembloroso suspiro a fin de liberar sus atenazadas
entrañas, el engañoso discípulo pronunció las palabras que habían de
catapultarlo al lado de su maestro.
Bajo los cimientos de la Torre de la Alta Hechicería, en un
hondo sótano, se abría una pequeña estancia circular cavada mediante la magia
en la roca que sostenía la mole. Tal estancia no existía cuando se construyó el
edificio. Conocida como la Cámara de la Visión, fue Raistlin quien la creó en
una época reciente.
En el centro de aquella habitación de fría piedra se extendía
una laguna redonda de aguas tranquilas, oscuras. Surgía de tan antinatural
charca un chorro de llamas azules que alcanzaba el techo y ardía día y noche,
desde su creación hasta el fin de los tiempos. A su alrededor estaban
agrupados, también sin descanso mientras latiese el corazón del universo, los
Engendros Vivientes.
Pese a ser el mago mejor dotado de todos cuantos habitaron
Krynn, la sabiduría de Raistlin distaba de la perfección, y nadie era más
consciente de esta realidad que él mismo. Siempre que acudía a la Cámara
recordaba sus debilidades, siendo ésta una de las razones por las que intentaba
eludirla. Anidaban aquí los exponentes más ostensibles de sus fracasos: los
Engendros Vivientes.
Criaturas esperpénticas forjadas a través de una magia
desvirtuada, moraban en aquella celda sojuzgadas por su creador. Su existencia
se asemejaba a un torturado vasallaje. Vivían reptando como una masa
sanguinolenta, como larvas deformes, alrededor de la llameante charca. Urdían
sus húmedos cuerpos una horrenda alfombra, tan tupida que la piedra del suelo,
resbaladiza a causa de sus segregaciones, sólo se hacía visible cuando se
separaban con el propósito de dejar espacio a su dueño y señor.
Pese a que sus vidas discurrían en un sufrimiento constante,
intenso, los Engendros jamás esbozaron una queja. En realidad, corrían mejor
suerte que otros entes que vagaban por la Torre y que recibían el apelativo de
Engendros de la Muerte.
Raistlin se materializó en la Cámara de la Visión convertido en
una sombra que parecía emerger de la penumbra. La llama azulada confirió
etéreos fulgores a las hebras de plata que decoraban su atavío, y que
adquirieron un vivo contraste con el negro paño. Dalamar se encarnó a su lado
y, ya juntos, avanzaron hacia la superficie de la lóbrega charca.
—¿Dónde? —preguntó el hechicero en medio de sus servidores.
—Aquí, maestro —gorgoteó uno de los monstruos extendiendo un
amorfo apéndice a guisa de dedo.
Raistlin se acercó presuroso al que había hablado, seguido de
cerca por Dalamar, y las túnicas de ambos produjeron un extraño murmullo al
rozar el viscoso suelo. El maestro escudriñó las aguas e instó a imitarle al
elfo oscuro que, en un primer momento de observación, no distinguió más que el
reflejo del ígneo surtidor. Realizando un supremo esfuerzo para concentrarse,
no tardó sino unos segundos en presenciar cómo llama y laguna se fundían en una
imagen confusa. Se desplegó ante sus ojos la imagen de un bosque donde un
robusto humano, cubierto con una cota de malla del todo insuficiente,
contemplaba el cuerpo yacente de una mujer envuelta en un hábito blanco. Un
kender, arrodillado en actitud pesarosa, sujetaba la mano inanimada de la
fémina entre las suyas mientras conferenciaba con el hombretón. Las voces de
estos personajes se oían tan nítidas que Dalamar se creyó transportado al
paraje.
—Ha muerto —decía el individuo vestido de guerrero.
—No estoy seguro, Caramon. Quizá...
—Me he enfrentado a criaturas sin vida en suficientes ocasiones
como para afirmar que no alberga el más ínfimo soplo. Y ha sido culpa mía,
¡sólo mía!
—¡Caramon, eres un imbécil! —lo insultó Raistlin—. ¿Qué ha
sucedido? Algo ha tenido que fallar.
Cuando habló el maestro, Dalamar vio que el kender levantaba la
cabeza y preguntaba a su compañero, que revolvía la tierra cercana:
—¿Qué mascullas?
—Nada, no he abierto la boca. Será el viento.
—Explícame al menos qué haces —insistió el hombrecillo,
claramente inquieto.
—Cavo una tumba. Debemos darle una sepultura digna.
—¿Te dispones a enterrarla? —exclamó Raistlin con sarcasmo—. Por
supuesto, necio balbuceante, eso es todo lo que se te ocurre. ¡Enterrarla!
—repitió furibundo, y dirigió su rostro hacia el Engendro—. ¿Qué ha pasado? Sin
duda has sido testigo de lo que ha sucedido.
—Estaban acampados entre los árboles, amo. Draco atacar... —Una
capa de espuma cubrió la boca de la criatura, tan densa que su habla se hizo
irreconocible.
—¿Te refieres a una emboscada perpetrada por draconianos? —quiso
ratificar el mago—. ¿De dónde procedían?
—Lo ignoro —confesó el Engendro Viviente aterrorizado—. No...
—Silencio —ordenó Dalamar a fin de atraer de nuevo la atención
del maestro al interior de la laguna, donde el kender argumentaba con el
robusto humano.
—No puedes sepultarla, Caramon. Recuerda que es...
—No tenemos otra opción. Sé que no son éstas las exequias que
exige su fe, pero Paladine se ocupará de custodiar el viaje de su alma. No me
atrevo a erigir una pira funeraria rodeado de hombres-dragón sedientos de
sangre.
—El problema no está en las normas religiosas, Cara-mon —se
empecinó el kender—. Quiero que vengas a reconocerla, descubrirás como yo que
no presenta heridas ni magulladuras. ¡Todo esto es muy singular!
—No puedo satisfacerte, piensa que está muerta y yo soy el
responsable. ¿Cómo acercarme a esta acusación palpable de mi flaqueza? La
enterraremos y volveré a Solace, a cavar mi propia tumba.
—¡Oh, vamos!
—Trae unas flores y déjame en paz.
Dalamar observó cómo el guerrero arañaba el húmedo suelo con las
manos desnudas, desechando compactos terrones mientras las lágrimas formaban
sendos regueros en sus mejillas. El kender permaneció al lado de la mujer,
indeciso, cubierto su rostro de sangre coagulada y con una expresión mezcla de
dolor e incertidumbre.
—Una piel incorrupta, sin golpes, draconianos que surgen de la
nada. —Era Raistlin quien hablaba desde su plano, sumido en hondas
cavilaciones. Tras unos instantes de tenso silencio, el hechicero hincó la
rodilla junto al Engendro y éste se encogió como un caracol—. Cuéntamelo todo,
he de conocer la historia completa. ¿Por qué no me habéis avisado antes?
—Los draco matan, amo, pero el grandullón también —barbotó el
monstruo en una pura agonía—. Luego apareció el ser tenebroso. Sus ojos eran de
fuego. Me asusté, temí caer al agua.
—Hallé al Engendro Viviente en la orilla de la charca —intervino
Dalamar—, y uno de sus compañeros aseveró que algún acontecimiento se
desarrollaba en el bosque. Me asomé de inmediato a las profundidades pero,
sabedor de tu interés por la mujer de blanco, no me entretuve y corrí en tu
busca...
—Hiciste lo que debías —murmuró Raistlin, impaciente por
interrumpir las aclaraciones del alumno. Se iluminaron sus pupilas con el
fulgor de la ira y, al comprimirse sus labios movidos por igual sentimiento, el
infeliz monstruo arrastró su cuerpo lo más lejos posible. Dalamar, espantado a
su vez, contuvo el aliento. Pero la furia de Raistlin no iba dirigida contra
ellos.
—«El ser tenebroso... ojos de fuego» —repitió—. ¡El Caballero
Soth! Así pues, querida hermana, has decidido traicionarme. ¡Olfateo tu miedo,
Kitiara, eres una cobarde! —exclamó sin alzar la voz—. Te habría erigido en
reina del mundo y habría puesto a tu alcance incontables riquezas y un poder
ilimitado. Pero, después de todo, no eres sino un gusano débil y mezquino.
Permaneció inmóvil, absorta su mirada en la remansada laguna.
Cuando reanudó su discurso su tono, aunque quedo, tenía ribetes letales.
—No olvidaré esta acción, hermana. Considérate afortunada de que
me reclamen asuntos más urgentes, de lo contrario te enviaría sin demora a las
regiones donde fluctúa el ente espectral que te sirve. —Apretó los puños, mas
al instante hizo un esfuerzo para relajarse—. No divaguemos, he de centrarme en
el problema actual y concebir algún plan antes de que mi estúpido hermano
coloque la tumba de la sacerdotisa en un parterre de flores.
—Shalafi, ¿qué secreto se oculta tras este suceso? —se aventuró
a indagar Dalamar, en un verdadero alarde de coraje—. ¿Qué significa para ti la
humana de la blanca túnica? No logro comprenderlo.
Raistlin, irritado, clavó en el elfo oscuro sus áureos ojos y
despegó los labios, resuelto a regañarlo por su impertinencia. No articuló
palabra alguna, optó por callar tras una leve vacilación. Sus relojes de arena
despidieron un resplandor de luz que provocó un escalofrío en Dalamar y acto
seguido asumieron la calma y la impasibilidad acostumbradas.
—Lo sabrás todo en su momento, aprendiz —declaró—. Pero antes...
El hechicero enmudeció al ver que entraba en escena, en el
bosque que tan fijamente contemplaban, un nuevo personaje. Era una enana gully
arropada en refajos de alegres y vistosos colores, un fardo andante de cuyo
hombro colgaba un enorme zurrón.
—¡Bupu! —la reconoció Raistlin, abiertos sus labios en aquella
singular sonrisa—. Espléndido, pequeña, una vez más vas a servirme.
Estirando la mano, tocó las aguas. Los Engendros Vivientes
lanzaron alaridos de pánico, ya que habían presenciado cómo muchos de su raza
se precipitaban en la laguna para diluirse en meras volutas de humo que se
alzaban silenciosas en el aire entre violentas convulsiones. Pero Raistlin se
limitó a susurrar unas frases y retirar la palma abierta. Sus dedos estaban
blancos como el mármol, al mismo tiempo que un espasmo de dolor cruzaba su
semblante. El hechicero se apresuró a resguardar su mano en uno de los bolsillos
de la túnica.
—Fíjate bien —instó exultante a su pupilo.
Dalamar obedeció. En el boscoso paraje que reproducía la charca,
la enana gully acababa de acercarse a la sacerdotisa inconsciente, acaso
muerta.
—Os ayudaré —anunció.
—¡No, Bupu!
—Si no te gusta mi magia, volveré a casa. Pero primero auxiliaré
a esta bella dama.
—En nombre de los Abismos, ¿qué va a hacer? —se escandalizó
Dalamar.
—Calla y observa —lo atajó Raistlin.
La diminuta mujer, ajena a los ojos que la espiaban desde un
lugar lejano, introdujo la mano en el interior de su desproporcionada bolsa.
Tras revolver todos los recovecos, sus mugrientos dedos extrajeron, al fin, un
objeto aborrecible: un lagarto disecado y rígido, con una cadena de cuero
abrochada al cuello. Se inclinó a continuación hacia la yacente si bien antes
de acceder a ella tuvo que mostrarle un puño amenazador al kender, quien trató
de detenerla. Dirigiendo una mirada de soslayo a Caramon, que cavaba en pleno
frenesí, con una máscara de sangre en el rostro, el hombrecillo se vio obligado
a retroceder, y fue entonces cuando la enana se acuclilló junto al inerte
cuerpo de la sacerdotisa y depositó en su pecho el lagarto.
Dalamar profirió una exclamación ahogada. Los ropajes de la
mujer se agitaron en pequeños temblores que delataban su retorno al universo de
los vivos, sus pulmones comenzaron a inhalar aire a un ritmo pausado y regular.
El kender, por su parte, no pudo refrenar un alarido de
perplejidad.
—¡Caramon, Bupu la ha curado! ¡Mira cómo respira!
—¿Qué diablos...? —El guerrero cesó en su faenar y se reunió a
trompicones con sus amigos, sin dejar de estudiar a la enana en actitud
recelosa.
—El lagarto es infalible—se vanaglorió Bupu—. Siempre surte
efecto.
—Así es, pequeña —comentó Raistlin aún sonriente—. Incluso
aplaca los ataques de tos más contumaces, lo recuerdo bien. —Hizo un nuevo
movimiento ondulante con la mano extendida sobre la tranquila superficie del
agua, y su voz se convirtió en un arrullo—. Ahora, hermano, duerme antes de que
cometas otra de tus torpezas. Descansad también vosotros, kender y Bupu. En
cuanto a ti, venerable Crysania, refúgiate en el reino donde Paladine ha de
guardar tu reposo.
Sin mudar la suave cadencia de su cántico, el hechicero invocó a
uno de los espíritus abstractos que siempre acataban sus designios.
—Ven, Bosque de Wayreth. Despliégate sobre ellos en su sueño y
entona tu mágica melodía, atráeles a tus recónditos caminos.
Había concluido el encantamiento y Raistlin, enhiesta su figura,
se volvió hacia Dalamar para indicarle:
—Y tú, aprendiz, sígueme hasta mi estudio. Ha llegado la hora de
que hablemos.
Abandonaron la cámara. El elfo oscuro caminaba sumamente
asustado por el tono sarcástico que había detectado en la voz del maestro.
Dalamar
Dalamar estaba sentado en el estudio del mago, en la misma silla
que ocupara Kitiara durante su visita. El elfo oscuro se sentía menos cómodo,
menos seguro que la dignataria humana, si bien sabía contener sus temores y
externamente parecía relajado. El indefinible rubor que teñía sus pálidos
rasgos de elfo podía atribuirse, sin miedo a equivocarse, a la excitación que
le producía el ser admitido en la intimidad del maestro.
Había entrado a menudo en el estudio, aunque no en presencia del
hechicero, que pasaba allí sus veladas leyendo, escudriñando los tomos que
atestaban los estantes sin que nadie osara molestarlo. Dalamar se introducía en
la estancia en las horas diurnas y únicamente cuando Raistlin se hallaba
ocupado en algún otro lugar, momentos que el aprendiz aprovechaba para aprender
los encantamientos de los libros —no todos, por supuesto-— a requerimiento de
su propio superior. Una orden expresa de este último le impedía abrir o tocar
ni siquiera, los volúmenes encuadernados en azul.
Un día el elfo no resistió la tentación de hojear uno de los
textos vedados, algo por otra parte inevitable. El tacto de la encuadernación
se le antojó gélido, tanto que le abrasaba la piel. Ignorando su dolor logró
levantar la cubierta, si bien tras un fugaz vistazo se apresuró a ajustarla de
nuevo, convencido de que nunca descifraría el enigma de su ilegible caligrafía.
Además, había detectado el hechizo de protección en que estaba envuelto aquel
galimatías. Cualquiera que osara mirar las frases demasiado tiempo, sin poseer
la clave para traducirlas, se volvería loco.
Al descubrir la mano herida de Dalamar, Raistlin le preguntó
cómo había ocurrido. El elfo oscuro argüyó, sin inmutarse, que se le había
derramado un ácido mientras mezclaba varios componentes mágicos, y el maestro
se limitó a esbozar una muda sonrisa. No había necesidad de hablar, ambos
comprendían.
Ahora, a diferencia de aquella otra ocasión, el aprendiz estaba
en el estudio invitado por Raistlin en un simulacro de igualdad. Una vez más,
el discípulo sintió viejos temores entrelazados con la embriagadora excitación.
El hechicero se había instalado frente a él, tras la mesa de
madera labrada, y tenía la mano apoyada en un grueso libro de encantamientos
que pertenecía a la serie esotérica. Sus finos dedos acariciaban distraídos el
ejemplar, siguiendo los contornos de las runas argénteas que decoraban la
cubierta, mientras sus ojos permanecían clavados en los de Dalamar. El elfo
oscuro no movía un solo músculo bajo aquella mirada intensa, penetrante.
—Eres demasiado joven para haberte sometido a la Prueba —dijo
Raistlin, de forma abrupta pero con su habitual siseo.
Dalamar pestañeó. No era esto lo que esperaba.
—No tanto como tú, shalafi —le replicó el elfo—. He cumplido los
noventa años, una edad equivalente a los veinticinco humanos. Si no estoy mal
informado, no sobrepasabas los veintiuno cuando realizaste la Prueba.
—Cierto —murmuró el interpelado, y una sombra cruzó las áureas
tonalidades de su tez.
La mano que descansaba sobre el volumen se cerró en un súbito
espasmo de dolor, y los metálicos ojos despidieron vivos destellos. El aprendiz
no se sorprendió ante tales muestras de emoción, sabedor de lo que representaba
aquel examen que debía sufrir todo mago deseoso de practicar las artes arcanas
a un nivel avanzado. Se organizaba en la Torre de la Alta Hechicería de
Wayreth, y era controlado por representantes de las tres Túnicas. En efecto,
tiempo atrás los nigromantes de Krynn comprendieron aquello que había escapado
a la observación de los clérigos: si querían preservar el equilibrio del
universo, el péndulo tenía que balancearse en libertad entre las fuerzas del
Bien, el Mal y la Neutralidad. En el instante en que cualquiera de las tres
asumiera un exceso de poder, el mundo comenzaría a tambalearse hacia su
destrucción.
La Prueba era brutal. Las más altas esferas de la magia, donde
se obtenía el auténtico dominio, no eran reducto para aspirantes ineptos. De
hecho su finalidad era desembarazarse de manera permanente de quienes no
estuviesen a la altura de las circunstancias, siendo la muerte el precio del
fracaso. Dalamar aún evocaba en terribles pesadillas su estancia en la temida
Torre, así que no le resultaba difícil comprender la reacción de Raistlin.
—Salí adelante —comentó ausente el hechicero, perdido en la
nebulosa del pasado—, mas al abandonar aquel lugar espeluznante me había
transformado en la criatura que se yergue ahora ante ti. Mi piel había asumido
estos matices dorados, había encanecido mi cabello y mis ojos... —Regresó al
presente para fijar sus pupilas en Dalamar—. ¿Sabes qué es lo que ven mis
relojes de arena?
—No, shalafi.
—El paso inexorable del tiempo sobre todas las cosas —explicó
Raistlin—. La carne humana decae frente a estos ojos, las flores se marchitan,
incluso las rocas se desmenuzan. Siempre reina el invierno en las imágenes que
se me ofrecen. También tú, Dalamar —atrapó al aprendiz en su hipnótica mirada—,
también la carne elfa que tan despacio se degrada exhibe, ya en su juventud
primaveral, el estigma de la lejana muerte.
El discípulo se estremeció sin acertar a ocultar su temor
encogiéndose de manera involuntaria entre los cojines de su butaca. Se dibujó
al instante en su mente un escudo mágico, del mismo modo que se le apareció,
sin que lo invocara, un encantamiento destinado más a herir que a defenderse.
«Necio —se reprendió a sí mismo a la vez que recuperaba el control y descartaba
tales imágenes—, ¿cuál de mis insignificantes argucias podría matarle?»
—Así es —confirmó Raistlin en respuesta a las elucubraciones de
Dalamar—. No hay en Krynn un ser viviente capaz de lastimarme y menos aún tú,
joven aprendiz. Pero he de reconocer que eres valiente. Con frecuencia has
permanecido a mi lado en el laboratorio, contemplando a los entes que yo
arrancaba de sus planos de existencia aun a sabiendas de que si cometía un
error, si respiraba a destiempo, desgajarían nuestros corazones y los
devorarían mientras nos convulsionábamos en un indecible tormento.
—Ése ha sido mi mayor privilegio —confesó el alumno.
—Sí —coreó el hechicero con la mente abstraída, antes de enarcar
una ceja e indagar—: ¿Eras consciente de que si surgían complicaciones me
salvaría a mi mismo, sin mover un dedo para ayudarte?
—Por supuesto, shalafi, lo comprendí desde el principio. Acepté
el riesgo... —Un resplandor animó sus pupilas y, olvidados sus temores, se
incorporó entusiasmado en su silla—. No sólo lo acepté, shalafi, lo invité. No
hay nada que no esté dispuesto a sacrificar en nombre de...
—La magia —concluyó Raistlin.
—Tú lo has dicho —corroboró el otro.
—Y del poder que ésta confiere —continuó el maestro—. Eres
ambicioso, pero ¿hasta qué punto? ¿Colmaría tus aspiraciones gobernar a los de
tu raza, o quizá preferirías hacerte con un reino y mantener cautivo al monarca
a fin de disfrutar de sus riquezas? ¿Vas, acaso, más lejos y buscas una alianza
con algún señor de las tinieblas, como se hacía en los tiempos no muy remotos
de los dragones? Mi hermana Kitiara, por ejemplo, te halló muy atractivo, le
agradaría sobremanera tenerte a su lado. Si eres capaz de practicar ciertas
artes en su dormitorio te llenará, no lo dudes, de venturas.
—Shalafi, yo no profanaría...
—Me limitaba a bromear, aprendiz —lo interrumpió Raistlin
ondeando la mano—. En cualquier caso, estoy seguro de que entiendes el
contenido de mi discurso. ¿Refleja tus sueños alguna de las situaciones que
acabo de exponer?
—Sí, maestro. —Dalamar vaciló sumido en la confusión. ¿Dónde
había de llevarle tan delicada entrevista? Confiaba en acceder al conocimiento
de secretos que pudiera transmitir, pero ¿cuánto debía revelar de sí mismo a
cambio de tan preciosa información?
—Veo que he dado en el clavo —afirmó el hechicero— y descubierto
tus más recónditas ambiciones. ¿Nunca te has cuestionado cuáles son las mías?
Un júbilo difícil de disimular agitó el cuerpo de Dalamar. Era
éste precisamente el objeto de su misión, lo que le habían ordenado averiguar.
El joven mago respondió despacio, midiendo las palabras:
—Reconozco que me lo he preguntado muchas veces, shalafi. Eres
tan poderoso —extendió el índice hacia la ventana, a través de cuyas vidrieras
se atisbaban las luces de Palanthas refulgentes en la noche— que esta ciudad,
la región de Solamnia y Ansalon entero caerían en tus manos al más leve
parpadeo.
—El mundo se sometería a mi yugo si lo deseara —asintió el
hechicero con los labios separados en una sonrisa irónica—. Hemos divisado las
tierras ignotas del otro lado del océano, ¿recuerdas? Nos hemos asomado al
abismo de las llameantes aguas y visto a quien en él se alberga. Controlar tan
vastos reinos sería la simplicidad misma.
Raistlin se puso en pie y, tras avanzar hasta la ventana,
observó la iluminada ciudad que se desplegaba ante él. Intuyendo la excitación
del maestro, Dalamar se levantó a su vez y corrió a su lado.
—Podía poner Palanthas bajo tu mandato, aprendiz —insinuó el
hechicero al mismo tiempo que retiraba la cortina para escrutar mejor las
luces, que brillaban más cálidas que las estrellas de la bóveda celeste—. Te
concedería no sólo una total supremacía sobre sus desdichados ciudadanos sino
incluso sobre todos los elfos que pueblan Krynn. De proponérmelo, te entregaría
a mi propia hermana —concluyó.
El adalid de las fuerzas arcanas se encogió de hombros, dio
media vuelta y se plantó frente a Dalamar, que lo examinaba exultante.
—La verdad es que nada me importan los poderes terrenales
—declaró y, para significar mejor su indiferencia, corrió la cortina—. Mi
ambición se ha trazado cotas más altas.
—Pero, shalafi, no queda mucho si desdeñas el mundo —protestó el
alumno desconcertado, titubeante—. A menos, claro, que hayas descubierto
universos lejanos e invisibles a mis ojos.
—¿Universos lejanos? —repitió Raistlin—. Una idea interesante,
quizás algún día considere esa posibilidad. Pero no, me refería al cosmos.
—Hizo entonces una pausa y, con un gesto de la mano, invitó a Dalamar a
acercarse—. ¿Has reparado en la gran puerta que se recorta en la pared trasera
del laboratorio, la que tiene la hoja de acero con incrustaciones de plata y
oro? ¿Te has fijado en que carece de cerrojo?
—Sí, shalafi —contestó el elfo, convulsionado por un repentino
escalofrío que ni siquiera el extraño calor que dimanaba del cuerpo de Raistlin
pudo disipar.
—¿Sabes a dónde conduce?
—Sí.
—¿Y sabes también por qué se mantiene sellada?
—Porque no está en tu mano abrirla. Sólo los esfuerzos
combinados de un nigromante muy poderoso y una criatura dotada de virtudes
sagradas lograrían que cediera, mediante su voluntad conjunta.
Enmudeció, asfixiado por un pánico indescriptible.
—Sí, comprendes la situación —susurró Raistlin—. «Una criatura
dotada de virtudes sagradas»: por ese motivo la necesito a ella. Al fin has
vislumbrado la cumbre, y la sima, de mis aspiraciones.
—¡Qué locura, no puedo creerlo! —se escandalizó Dalamar antes de
bajar, avergonzado, los ojos—. Discúlpame, shalafi —suplicó—. No era mi
intención faltarte al respeto.
—Lo sé, y además estás en lo cierto. Sería una locura con mis
poderes limitados —reconoció el mago con un resquicio de amargura en su voz—.
Por eso me dispongo a emprender un viaje.
—¿Un viaje? —se sorprendió el discípulo, alzando la vista—.
¿Dónde?
—La pregunta adecuada no es ¿dónde?, sino ¿cuándo? —lo corrigió
Raistlin—. ¿Me has oído hablar de Fistandantilus?
—En múltiples ocasiones, maestro —evocó Dalamar esbozando, casi,
una reverencia—. Fue el máximo representante de nuestra Orden. Los libros
encuadernados en azul que se alinean en estas paredes son obra suya.
—E insuficientes —lo atajó el hechicero, a la vez que señalaba
la biblioteca entera con un desdeñoso ademán—. Los he leído todos una y otra
vez en los últimos años, desde que la Reina de la Oscuridad en persona me
revelara la clave de sus secretos. ¿Y qué he obtenido? ¡Incesantes
frustraciones! —exclamó, y cerró el puño—. Reviso los encantamientos que
contienen y encuentro lagunas que llenarían volúmenes enteros. Quizá sus
páginas fueron destruidas durante el Cataclismo o más tarde, en las guerras de
los Enanos, conocidas con el nombre de guerras de Dwarfgate, y que dieron al
traste con el poderío de Fistandantilus. Esos tomos perdidos, el conocimiento
de lo que engulleron las nieblas del pasado, me proporcionarán cuanto preciso
para satisfacer mis anhelos.
—De modo que tu viaje te llevará... —Dalamar no terminó la
frase, estaba demasiado perplejo.
—A un tiempo remoto y olvidado —siguió Raistlin por él—, a la
época anterior al Cataclismo. Debo retroceder a los días en que Fistandantilus
reinaba con todo su esplendor.
El elfo oscuro se sentía mareado, un confuso remolino daba
vueltas en su cerebro. ¿Qué dirían sus superiores? Era evidente que tan
diabólico plan no entraba en sus especulaciones.
—Tranquilízate, aprendiz —lo instó Raistlin con una voz
acariciadora que parecía brotar de un rincón lejano—. Mi proyecto te ha
perturbado, te recomiendo un poco de vino para recuperarte.
Se encaminó el mago a una mesa próxima y, asiendo una garrafa,
vertió en una pequeña copa un líquido de color purpúreo y se lo ofreció a
Dalamar. Este último lo aceptó agradecido, aunque sobresaltándose al ver el
incontenible temblor de su propia mano. Raistlin escanció acto seguido el
rojizo mosto en un recipiente similar y dijo:
—No bebo a menudo de este caldo embriagador, pero hoy haré una
excepción porque quiero celebrar algo. Brindo por... ¿cómo lo has expresado?
¡Ah, sí! Por «una criatura dotada de virtudes sagradas», por Crysania.
Sorbió el vino despacio, mientras que Dalamar lo engulló de un
solo trago y, abrasado el gaznate, comenzó a toser.
—Shalafi, si el Engendro Viviente nos ha informado bien, el
caballero Soth envolvió en un hechizo mortífero a la sacerdotisa Crysania y
ella, sin embargo, logró conservar la vida. ¿La has devuelto tú a la
existencia?
—No —contestó Raistlin meneando la cabeza—, yo me limité a
infundirle ciertos hálitos visibles para impedir que mi querido hermano la
enterrase. No tengo una total certeza de lo que ocurrió, pero no es difícil
imaginarlo. Al verse en presencia del Caballero de la Muerte, y sabedora de su
destino, la Hija Venerable luchó contra los efluvios letales con la única arma
que poseía: el Medallón de Paladine. Su dios la protegió transportando su alma
a las regiones donde moran las divinidades, pero dejó su cuerpo en la tierra.
Nadie, ni aun yo, puede fundir de nuevo en uno solo su espíritu y su carne; tal
facultad está reservada exclusivamente a uno de los sumos sacerdotes de
Paladine.
—¿Elistan, por ejemplo?
—No, se ha convertido en un anciano decrépito.
—En ese caso la has perdido para siempre.
—No —lo corrigió Raistlin haciendo alarde de paciencia—. No
logras comprenderlo, aprendiz. Por un imperdonable descuido se me escapó el
control, pero me he apresurado a recuperarlo y, lo que es más, mi enmienda me
permitirá sacar mayor partido de mis acciones. En este momento la comitiva se
aproxima a la Torre de la Alta Hechicería, donde se dirigía Crysania a fin de
obtener la ayuda de los magos. Cuando llegue se le brindará tal auxilio, y
también a mi hermano.
—¿Quieres que ellos le presten sus refuerzos? —inquirió Dalamar
atónito—. ¡Esa mujer se propone aniquilarte!
Raistlin bebió sin prisa algunos sorbos más del recio líquido,
antes de escrutar atento el rostro del elfo.
—Piensa, Dalamar —siseó—, reflexiona y acabará por hacerse la
luz en tu mente. Pero ya te he retenido demasiado tiempo —añadió, a la vez que
depositaba en la mesa la copa vacía.
El discípulo volvió los ojos hacia la ventana y comprobó que
Lunitari, la luna encarnada, comenzaba a ocultarse tras las aserradas cumbres
de las montañas. La noche se hallaba en pleno apogeo.
—Debes realizar tu viaje y regresar antes de mi partida, que
tendrá lugar al amanecer —prosiguió el hechicero—. Sin duda habré de impartirte
instrucciones de última hora además de los numerosos asuntos que he resuelto
dejar bajo tus auspicios ya que, naturalmente, quedarás al cuidado de todo
durante mi ausencia.
—¿Hablas de mi viaje, shalafi? —inquirió el elfo con el ceño
fruncido. No había previsto ir a ningún lugar.
Se disponía a continuar, mas calló de forma súbita al recordar
que, en efecto, en un punto lejano alguien aguardaba su informe.
Raistlin siguió observando al joven alumno en silencio, mientras
en sus translúcidas pupilas se reflejaba el creciente horror que desvirtuaba
los rasgos del espía al saberse descubierto. Despacio, el mago avanzó hacia su
oponente entre el suave crujido de los pliegues de su túnica. Dalamar,
paralizado por el pánico, no atinó a moverse ni a formular los hechizos de
protección que conocía. Su mente estaba vacía, sus ojos sólo vislumbraban dos
relojes de arena que lo traspasaban impávidos.
El maestro alzó su mano en un movimiento acompasado y la posó en
el pecho del indefenso aprendiz, rozando apenas sus negros ropajes con las
yemas de los dedos. El dolor fue lacerante. La faz del agredido se tornó
blanca, se desorbitaron sus pupilas y ahogó un grito agónico, si bien no pudo
desprenderse de tan espeluznante caricia. Atrapado por la mirada de Raistlin,
tampoco el segundo alarido logró brotar de forma articulada.
—Relátales con precisión tanto lo que te he contado —le ordenó
el hechicero— como lo que tú imaginas. Transmite mis cordiales saludos al gran
Par-Salian, aprendiz.
Retiró al fin la delgada mano y Dalamar se derrumbó sobre el
suelo, entre desgarradores gemidos. El maestro pasó por su lado sin mirarle
siquiera y abandonó la estancia, envuelto en el murmullo de sus sobrias
vestiduras.
Cuando se hubo cerrado la puerta, el elfo se desgarró el
pectoral en medio de un sufrimiento enloquecedor y vio que cinco riachuelos de
sangre surcaban su pecho y manchaban el negro paño, procedentes de otras tantas
hendiduras abiertas a fuego en su carne.
El
bosque de Wayreth
—¡Caramon, reacciona! ¡Levántate!
«No. Estoy en mi tumba, en una tibia inorada bajo la tierra...
tibia y segura. No lograrás que me despierte, no podrás alcanzarme. Me he ocultado
de ti y nunca me encontrarás.»
—¡Caramon, tienes que ver eso. ¡Abre los ojos!
Una mano apartó el manto de penumbra para tirar de él en fuertes
sacudidas.
«¡No, Tika, aléjate! Me devolviste una vez a la vida, al dolor y
al sufrimiento. Deberías haberme dejado en el dulce reino de tinieblas que
rodeaba el Mar Sangriento de Istar, y ahora que he hallado la paz no permitiré
que vuelvas a estropearlo. He cavado mi sepultura y me he enterrado en ella.»
—Vamos, Caramon, será mejor que te despiertes y otees el
panorama.
«Esas exhortaciones me resultan familiares. ¡Claro, yo mismo
pronuncié unas palabras parecidas hace algunos años, cuando Raistlin y yo
llegamos juntos a este Bosque! Pero si soy yo quien habla, ¿cómo puedo oírlas
en segunda persona? A menos que sea mi hermano.»
Sintió una mano en su párpado, dos dedos que luchaban para
abrirlo. Su contacto hizo que las acuosas gotas del temor se vertieran en las
venas del guerrero, hasta agolparse en el corazón y acelerar su pálpito.
Rugió alarmado, tratando de culebrear hacia el acogedor polvo en
el instante en que su ojo, abierto por la fuerza, capturó la imagen de un
rostro grotesco volcado sobre él... ¡las facciones inequívocas de una enana
gully!
—Ya está
despierto —anunció Bupu—.
Ayúdame, mantén el párpado en esta posición para que yo levante el otro
—ordenó a Tasslehoff.
—¡No! —vociferó el kender y, arrancando las garras de la mujer
de su presa, la empujó a un lado—. Ve a buscar agua —improvisó.
—Buena idea —comentó ella, y se alejó con un brioso trotecillo.
—Cálmate, Caramon —instó Tas a su amigo a la vez que se
arrodillaba junto a él y le daba unas suaves palmadas—. Era sólo Bupu. Lo
lamento, pero yo estaba contemplando el... ya lo verás tú mismo, y descuidé su
vigilancia.
Sin cesar de farfullar, Caramon se cubrió el semblante con la
mano e intentó incorporarse apoyado en el compañero.
—Soñaba que había muerto —explicó— cuando, de pronto, vi esa
cara y supe que todo había terminado, que me habían condenado a los Abismos.
—Quizá no tardes en desear que se cumpla tu pesadilla —dijo
Tasslehoff en sombría actitud.
Caramon alzó los ojos al percibir la inusitada seriedad del
kender.
—¿A qué te refieres? —indagó con tono áspero.
—¿Cómo estás? —preguntó a su vez el hombrecillo en lugar de
responder.
—Sobrio —graznó el guerrero—, si es eso lo que te preocupa.
¡Ojalá los dioses me permitieran vivir siempre ebrio!
Tras estudiarle unos momentos con expresión meditabunda, Tas
introdujo la mano en uno de sus saquillos y, despacio, sacó una botella de
cristal recubierta por un estuche de cuero.
—Si de verdad necesitas un trago, aquí lo tienes —le ofreció.
Los ojos del fornido humano se iluminaron. Extendió una mano
anhelante pero temblorosa y, arrebatando el objeto al kender, desencajó el
tapón de corcho, olisqueó su contenido, sonrió satisfecho y se lo llevó a los
labios.
—¡No me mires como si fuera un monstruo! —espetó a Tas.
—Discúlpame —balbuceó éste con las mejillas encendidas en
rubor—. Voy en busca de Crysania —añadió, y se puso en pie.
—Crysania —repitió mecánicamente Caramon y bajó la botella sin
probar el mosto, frotándose sus legañosos ojos—. La había olvidado por
completo. Me parece una excelente medida que corras en pos de la sacerdotisa y,
cuando des con ella, te la lleves junto a esa lombriz, llamada Bupu, que te
acompaña. ¡Marchaos y dejadme solo! —Levantó de nuevo el frasco de vino y,
ahora, engulló de un sorbo una considerable cantidad. Aquejado por una violenta
tos, abandonó su empeño y se secó la boca con el dorso de la mano, antes de
insistir—: ¡Vete! Salid todos de mi vista, me molesta vuestra mera presencia.
—Me gustaría complacerte, Caramon —se excusó Tas si alterarse—.
Sin embargo, no puedo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque el Bosque de Wayreth ha venido a nuestro encuentro, si
tenemos que dar crédito a los relatos de Raistlin sobre sus extrañas virtudes.
Durante unos segundos, Caramon clavó en el kender sus iris
inyectados en sangre. Habló al fin, en un susurro, a este tenor:
—Eso es imposible. Mágico o no, el Bosque de Wayreth se yergue a
varias millas de aquí. Raistlin y yo tardamos meses en descubrirlo y, además,
la Torre está al sur de estos parajes. Según tu mapa debemos cruzar Qualinost
antes de divisar sus paredes. No te guiarás por el mismo documento donde Tarsis
aparecía a orillas del mar ¿verdad? —inquirió, asaltado por una terrible duda.
—Quizá sí —confesó Tas al mismo tiempo que enrollaba el mapa y
lo escondía tras su espalda—. Tengo tantos... En cualquier caso, si Raistlin
estaba en lo cierto al afirmar que el Bosque era mágico no me sorprende que nos
haya encontrado, de ser ése su deseo. Las distancias geográficas no son un
obstáculo para ciertas criaturas.
—Puedo asegurarte que posee dotes arcanas —confirmó el guerrero
con voz ronca y trémula—, y también que los horrores que en él se viven son
espeluznantes. —Cerró los ojos y meneó la cabeza antes de, inesperadamente,
dedicar a su oponente una mueca astuta—. ¡Ya lo entiendo! Se trata de una
artimaña para impedirme que beba, ¿no es así? No surtirá efecto, olvídala.
—Te equivocas —negó Tasslehoff. Con un hondo suspiro, extendió
el índice y le apremió—: Mira aquello, responde a la descripción que una vez me
hizo tu gemelo.
Al volver la cabeza Caramon se estremeció, tanto por lo que vio
como por los amargos recuerdos que la escena despertó en su mente.
La hierba en la que estaban acampados formaba parte de un claro,
situado no muy lejos del camino principal. Lo circundaban grupos de arces,
pinos, nogales e incluso algunos álamos dispersos, todos ellos portadores de
nacientes brotes. Caramon los había admirado mientras cavaba la tumba de
Crysania, advirtiendo que sus ramas refulgían bajo el sol matutino con los
tonos amarillos de la primavera. Entre sus raíces despuntaban las primeras
flores silvestres de la estación, violetas y azafranes que se alzaban como
heraldos de unos meses de prosperidad.
También ahora reparó el guerrero en esta hermosa vegetación, que
les rodeaba por tres flancos. En el cuarto, el meridional, el paisaje se
alteraba de forma poco halagüeña.
Los árboles que lo poblaban, muertos en su mayoría, se hallaban
uno al lado del otro, alineados en sucesivas hileras de sospechosa regularidad.
Aquí y allí, al examinar más a conciencia la espesura, se atisbaba uno vivo que
parecía vigilar tal como un oficial revisa las filas de sus tropas. El sol no
penetraba en el Bosque, una niebla asfixiante flotaba entre los árboles y
ensombrecía la luz. Incluso las ramas y los troncos constituían un espectáculo
fantasmagórico, éstos deformes, torturados, y aquéllas retorcidas en garras que
arañaban el suelo. El viento no las mecía, ni siquiera infundía un soplo de
vida a sus rugosas hojas, si bien lo más terrible era el contraste que tal
quietud ofrecía respecto a los fugaces movimientos que se adivinaban en los
matojos. Bajo la atenta inspección de Caramon y Tas unas sombras carentes de
contorno deambulaban sin tregua, escudándose tras las gruesas cortezas o
acechándoles desde el espinoso sotobosque.
—Fíjate bien en este curioso fenómeno —rogó el ken-der al
hombretón e, indiferente a su grito de alarma, echó a correr hacia la espesura.
¡Los árboles se apartaron a su paso! Se dibujó una ancha senda frente a sus
pies, que conducía al corazón del siniestro Bosque—. Te desafío a que
encuentres una explicación —declaró maravillado, si bien se detuvo antes de
adentrarse en el camino—. Y si retrocedo...
Unió la acción a la palabra, y los troncos se deslizaron unos
hacia otros hasta ofrecer de nuevo una barrera infranqueable.
—Tenías razón —reconoció el guerrero a regañadientes—, estamos
en el Bosque de Wayreth. Así mismo se nos reveló a nosotros una mañana. Yo me
mostré reacio a seguir y traté de refrenar los impulsos de Raist, pero él no
tenía miedo. Los árboles se retiraron y se internó en las entrañas de este
diabólico paraje, no sin antes tranquilizarme: «Permanece a mi lado, hermano, y
yo te protegeré de todo mal». ¿Cuántas veces había pronunciado yo frases
similares? En esta ocasión se trocaron los papeles, él era el valiente y debía
animar al timorato.
De pronto, se puso en pie de un salto y, enrollando en un gesto
febril su cama de campaña, bramó:
—¡Vámonos de aquí sin pérdida de tiempo! —En su nerviosismo,
derramó el contenido de la botella sobre la manta.
—No hay nada que hacer—fue el lacónico comentario de Tas—. Te lo
demostraré.
Tras colocarse de espalda a los árboles, el kender comenzó a
andar hacia el norte. Los árboles no se desplazaron, mas por mucho que caminase
siempre se topaba con el Bosque de Wayreth y su misteriosa senda. Hizo mil
piruetas, mil sesgos bruscos, pero todas sus argucias le llevaron a las
nebulosas hileras de vegetales.
Con un hondo suspiro, se detuvo al fin al lado de Caramon y
observó en actitud solemne los ojos del hombre-tón anegados en lágrimas,
enmarcados en cercos sanguinolentos. Extendió entonces su delicada mano y la
apoyó en el brazo del que fuera un guerrero invencible.
—Amigo, tú ya has visitado antes este lugar y conoces el camino.
Por otra parte, hay algo más que debes saber. Has preguntado por la sacerdotisa
Crysania; pues bien, ahí la tienes. —La señaló con el dedo, y Caramon ladeó la
cabeza hacia donde le indicaba—. Vive, pero al mismo tiempo está muerta. El
helor de su piel se asemeja al de la escarcha, sus ojos no pestañean y, aunque
su corazón late, en lugar de la savia de la existencia podría bombear esa
sustancia especiada que utilizan los elfos para preservar a sus cadáveres.
Hizo una pausa, como si recapacitara sobre el argumento que
había de resultar más persuasivo.
—Tenemos que conseguir ayuda. Quizás en esas brumas vivan magos
susceptibles de auxiliarla, pero yo carezco de la fuerza necesaria para
transportarla. —Levantó ambos brazos en un gesto de impotencia, sin desviar la
vista del impenetrable Bosque—. No me abandones, Caramon, ni tampoco a ella.
Creo que de algún modo le debes un favor.
—Porque soy culpable del daño
que ha sufrido —concluyó el corpulento humano en tono de reproche.
—No estaba en mi ánimo acusarte —rectificó el kender, frotándose
los ojos—. Supongo que no existen culpables.
—No puedo eludir por más tiempo mi responsabilidad. —La
inesperada reacción de Caramon, la nota de sinceridad que ribeteaba su voz,
hicieron que Tas levantara la cabeza. Hacía años que no detectaba este timbre
familiar en su viejo amigo, que ahora estudiaba la botella sostenida en su
palma con aire ausente—. Ya es hora de que me enfrente a mí mismo. He achacado
mis errores a Raistlin, a Tika y a todo aquel que se ha cruzado en mi camino,
aunque en el fondo sabía que era yo el único causante de tantas desdichas. En
el curso del sueño mi conciencia ha surgido a la luz, me he visto en el fondo
de una tumba y he intuido que ésa era mi realidad, que he llegado a lo más
hondo. No puedo degradarme más, o me quedo inmóvil y dejo que me cubran de
polvo —como me disponía a hacer con el cuerpo de Crysania— o me encaramo hacia
la vida.
Emitió un prolongado suspiro y, con ademán resuelto, aplicó el
corcho al frasco de vino.
—Toma, no quiero verlo. —Tendió el objeto al sorprendido kender,
quien se apresuró a recogerlo—. Será una larga escalada y necesitaré ayuda,
pero no de esta manera.
—¡Oh, Caramon! —se emocionó Tas a la vez que, rodeando con sus
brazos la oronda cintura hasta donde pudo alcanzar, lo estrechaba contra sí—.
No tenía miedo de ese lóbrego Bosque, si bien me asustaba la idea de
atravesarlo en solitario. ¿Cómo me las hubiera arreglado para cargar con la
sacerdotisa y además cuidar de Bupu? ¡Oh, Caramon, me alegro tanto de que hayas
vuelto a ser el de antes!
—No exageres —lo reprendió el guerrero, ruborizándose y
desprendiéndose sin violencia del hombrecillo—. Debes tener presente que la
primera vez que penetré en este paraje el pánico no me permitía actuar con
tino, y tampoco estoy seguro de ser útil en esta ocasión. Sin embargo, en un
punto has acertado: quizá los magos puedan hacer algo por Crysania. —Su rostro
se endureció—. Y quizá respondan a ciertas preguntas que quiero formularles
sobre Raist. ¿Dónde se ha metido esa enana gully? ¿Y mi daga, qué ha sido de
ella?
—No entiendo a qué daga te refieres —disimuló Tas, volviendo la
faz hacia la palpitante espesura.
El robusto humano estiró el brazo y atrapó al escurridizo
kender. Cuando clavó la mirada en su cinto él lo imitó para, tras un momento de
incertidumbre, abrir los ojos de par en par.
—¿Es ésta el arma que buscabas? Caramba, no me explico cómo ha
ido a parar a mi talle. Es posible que se te cayera en la pelea y yo la
recuperara de manera instintiva.
—Por supuesto —coreó Caramon con una mueca sardónica. Lanzó un
gruñido, le arrancó la daga y, en el instante en que la enfundaba en su vaina,
oyó un ruido a su espalda. Giró el cuerpo con una relativa rapidez, justo a
tiempo para recibir un baño de agua fría en pleno rostro.
—Ahora está bien despierto —anunció Bupu complacida, soltando el
cubo vacío.
Mientras se secaba su ropa Caramon se dedicó a estudiar los
árboles, con el semblante contraído bajo el dolor de los recuerdos. Emitió al
fin un suspiro, se vistió y revisó sus armas. Al ver tales preparativos,
Tasslehoff corrió a su lado.
—¡Vámonos! —exclamó vehemente.
—¿Al interior del Bosque? —inquirió el guerrero, al parecer
reacio.
—¡Claro! ¿Dónde si no? —repuso el kender.
El hombretón rezongó unas frases ininteligibles, antes de menear
la cabeza y declarar:
—No, Tas, es preferible que permanezcas aquí junto a la
sacerdotisa. Espera—lo contuvo al advertir los surcos de la protesta en su
frente—, no pretendo que te quedes indefinidamente. Sólo voy a dar un corto
paseo de reconocimiento.
—¿Crees que hay alguien agazapado en la bruma, ¿no es verdad?
—imprecó Tas a su colosal compañero—. Por eso deseas mantenerme al margen. Te
adentrarás unos pasos, te enzarzarás en una pelea, matarás al adversario y yo
me perderé la aventura.
Sin despegar los labios, el guerrero lanzó una aprensiva mirada
a las tinieblas y se abrochó el cinto de la espada.
—Al menos podrías decirme qué imaginas que vas a encontrar —lo
hostigó Tasslehoff—. Y también darme instrucciones, ignoro qué he de hacer si
es tu rival quien acaba contigo. ¿Entro detrás de ti? ¿Cuánto tiempo debo
aguardar? ¿Es esa criatura capaz de aniquilarte en cinco minutos, acaso en
diez? No es que piense que va a suceder —rectificó al observar la expresión de
Caramon—, pero si me dejas al cuidado de las dos mujeres tengo que saber a qué
atenerme.
Bupu examinó al desaliñado luchador en actitud especulativa.
—Yo afirmo que le matará en dos minutos. ¿Aceptas una apuesta?
—preguntó al kender.
Caramon los observó de hito en hito, presto a enfurecerse, mas
comprendió que no podía hacerlo. Después de todo, el comportamiento de Tas era
lógico.
—No estoy seguro de quién puede acecharme —confesó—. Recuerdo
que la otra vez nos tropezamos con un espectro, y Raist... —Se sumió en el
silencio, para concluir unos segundos más tarde—: No sé qué aconsejarte. Actúa
como te parezca más oportuno.
Pronunciadas estas palabras se encogió de hombros, dio media
vuelta y se encaminó hacia el Bosque.
—Tengo aquí una bonita serpiente, será tuya si no muere en un
par de minutos —propuso Bupu a Tasslehoff mientras hurgaba en su hatillo—. ¿Que
prenda aportas tú?
—¡Cállate! —la conminó él sin perder de vista a su valiente
amigo.
Cuando éste se hubo alejado por la senda fue a sentarse junto a
Crysania, que yacía en el suelo con la mirada perdida en las alturas. Cubrió
suavemente aquellos ojos sin vida con la capucha blanca, para protegerlos de
los rayos solares, e intentó entornar los párpados. Fue inútil, la inerte
figura parecía haberse convertido en una estatua de mármol.
Se diría que Raistlin acompañaba a Caramon en su andadura. El
guerrero casi podía oír el murmullo de la túnica roja de su hermano, tal como
la exhibiera en aquella ocasión. Resonaba en sus tímpanos la voz del hechicero,
siempre suave y queda pero teñida de un tono sarcástico que le granjeaba la
antipatía de sus amigos. Sin embargo, a él nunca le molestó. Comprendía a su
gemelo, o así lo creía.
Los árboles del Bosque se apartaban a su paso, del mismo modo
que se desplazaron al acercarse el kender.
«También se retiraron ante nosotros hace ¿cuántos años? ¿Siete
quizá? ¿Sólo ha transcurrido ese tiempo? No, ha sido toda una vida. Tanto para
él como para mí», pensaba Caramon, meditabundo.
Cuando alcanzó el linde de la espesura una gélida niebla se
arremolinó en torno a sus tobillos, un frío punzante atenazó su carne hasta
penetrarle los huesos. Los árboles lo contemplaban con sus ramas retorcidas en
una muda agonía, similar a la que se advertía en los troncos de Silvanesti, y
este hecho avivó en su ánimo nuevos recuerdos de su hermano. Se detuvo un
instante para otear el confuso panorama, y distinguió los imprecisos contornos
que le aguardaban. No podía contar con Raistlin para mantenerlos a raya, esta
vez su soledad era absoluta.
« No conocí la emoción del miedo hasta que penetré en el Bosque
de Wayreth —recapacitó—. Si accedí a aventurarme fue porque estabas conmigo,
hermano, tu valor me infundía el coraje suficiente para continuar. ¿Cómo
venceré ahora mi flaqueza? Me hallo en un lugar mágico, pero yo nada entiendo
del mundo arcano. ¡No sé luchar contra lo sobrenatural! Mi situación es
crítica. —Ocultó los ojos entre las manos a fin de conjurar las aterradoras
imágenes—. No puedo hacerlo, es demasiado para un hombre corriente como yo.»
Desenvainó la espada y la enarboló, con la mano tan temblorosa
que casi se deslizó de sus dedos.
—¡No podría enfrentarme ni siquiera a un niño! —se rebeló en voz
alta—. No se me puede exigir tanto. Estoy perdido, sin esperanza...
—Es fácil abrigar esperanzas en primavera, guerrero, cuando el
aire es tibio y los vallenwoods reverdecen. Es fácil creer en el estío, cuando
los vallenwoods refulgen en tonalidades doradas, y también en esos días
otoñales en que los árboles se revisten de las irisaciones encarnadas de la
sangre. Pero llega el invierno, los vientos soplan huracanados y un manto gris
cubre la bóveda celeste. ¿Muere entonces el vallenwood, guerrero?
—¿Quién ha hablado? —Caramon se afanaba en escudriñar su
entorno, aferrando la empuñadura de su arma con pulso inseguro.
—¿Qué hace el vallenwood en invierno, guerrero, cuando prevalece
la negrura y se enfría la tierra? Cava hacia las profundidades, sumerge sus
raíces hacia el latente calor de las simas. Allí, bajo el suelo, el vallenwood
encuentra el sustento que ha de permitirle sobrevivir a la oscuridad y el
hielo, hasta que una nueva primavera lo invite a abrir sus frescos brotes.
—¿De verdad? —preguntó el humano receloso, a la vez que
retrocedía un paso y miraba en todas las direcciones.
—Estás en el más tenebroso invierno de tu vida, guerrero. Debes
ahondar en tus entrañas para descubrir el calor que te ayudará a desechar la
escarcha y la penumbra. No posees ya la efervescencia de la primavera ni el
vigor del estío, así que buscarás la energía que precisas en tu corazón y en tu
alma. Si logras el éxito crecerás de nuevo, al igual que el vallenwood.
—Tus palabras son hermosas —comenzó a decir Caramon sin
convencimiento, pues desconfiaba de semejante discurso sobre estaciones y
árboles. No pudo terminar, se le hizo un nudo en la garganta y quedó sin
resuello.
El Bosque se estaba metamorfoseando ante sus ojos.
Los contorsionados troncos, las tortuosas ramas, se enderezaron
movidos por un encantamiento, estirando sus leñosos miembros hacia las alturas.
Tan deprisa crecían, que el guerrero inclinó la cabeza a su ritmo y a punto
estuvo de perder el equilibrio en el empeño de divisar sus copas. ¡Eran
vallenwoods, idénticos a los que medraban en Solace antes de la aparición de
los dragones! Contempló sobrecogido aquel estallido de vida: los brotes tiernos
surgían, se abrían en brillantes hojas que al instante asumían el manto áureo
del verano para, sin demora, fundirse en el ocre y el púrpura. Las estaciones
se sucedían en fracciones de segundo, apenas le daban tiempo para exhalar
suspiros de asombro.
La hedionda bruma se desvaneció,
siendo sustituida por la dulce fragancia de unas lozanas flores que, en
ramilletes, se abrían paso entre las raíces de los vallenwoods. La penumbra se
disipó a su vez, el sol derramó su luz sobre los árboles mecidos por el viento
y, al acariciar sus rayos las hojas, los trinos de los pájaros invadieron el
aire.
Sereno el bosque,
serenas sus perfectas mansiones
donde crecemos en lugar de marchitarnos.
Nuestros árboles son verdes,
dan frutos maduros que nunca caen;
los translúcidos torrentes, lagos de cristal,
infunden placidez a nuestros corazones.
Bajo estas ramas
ceden de buen grado las maldiciones, en los lindes quedan los
cantos de las aves,
del amor la historia
junto a la fiebre del duro quehacer,
las flaquezas de la memoria.
Sereno el bosque, serenas sus perfectas mansiones.
Y la luz sobre la luz,
para expulsar la negrura, se vierte.
Bajo las ramas no existe la sombra,
la sombra se ha olvidado
en la tibieza del sol
y de las hojas el olor perfumado,
donde crecemos en lugar de marchitarnos
y los árboles son verdes.
Reina aquí la paz,
la música se impone al silencio existente en esta frontera
imaginaria del mundo,
donde la claridad
completa los sentidos y prevalecen la verdad,
los frutos maduros que nunca caen
y los translúcidos torrentes.
Se secan las lágrimas de nuestros ojos,
ya no son aguijones. O fluyen en callados riachuelos
que invitan al sosiego.
El viajero se abre al aire húmedo,
cálido, casi veraniego,
lago de cristal que infunde placidez a nuestros corazones.
Sereno el bosque,
serenas sus perfectas mansiones
donde crecemos en lugar de marchitarnos.
Nuestros árboles son verdes,
dan frutos maduros que nunca caen;
los translúcidos torrentes, lagos de cristal,
infunden placidez a nuestros corazones.
Los ojos de Caramon se llenaron de lágrimas, la belleza de aquel
cántico le traspasaba el corazón. ¡Había una esperanza! En el interior del
Bosque hallaría las respuestas y la ayuda que buscaba.
—¡Es maravilloso! —vociferó Tasslehoff reuniéndose con él. El
kender no cesaba de brincar, en la cumbre de la excitación—. ¿Cómo lo has
conseguido? ¿Oyes el gorjeo de los pájaros? Rápido, prosigamos.
—¿Y Crysania? —le recordó el guerrero—. Tenemos que
confeccionarle unas angarillas para trasladarla entre ambos.
No concluyó sus amonestaciones, absorta su atención en dos
figuras ataviadas de blanco que acababan de personarse entre los dorados
troncos. Sus capuchas, albas asimismo, ocultaban por completo sus rostros a los
ojos del desconcertado hombretón. Las criaturas le saludaron con una solemne
reverencia y, tras dirigirse al claro donde la sacerdotisa permanecía sumida en
su letargo, alzaron su rígido cuerpo como si de una pluma se tratase y lo
llevaron al punto más avanzado donde estaban los compañeros. Ya en el linde del
Bosque se detuvieron, inclinaron sus embozadas cabezas hacia Caramon y le
dedicaron una mirada expectante.
—Si no me equivoco esperan que tomes la delantera —indicó el
kender, jubiloso, a su amigo—. Abre la comitiva, yo me ocuparé de Bupu.
La enana gully había quedado en el prado, desde donde escrutaba
el Bosque con un vivo resquemor que Caramon, al estudiar a las figuras de
blanca túnica, no pudo por menos que compartir.
—¿Quiénes sois? —inquirió.
No hubo respuesta, los aparecidos se limitaron a aguardar
inmóviles.
—¿A quién le importa su identidad? —protestó Tas. Agarró
impaciente a Bupu y tiró de ella, enredándose el saquillo en los polvorientos
pies de la enana.
—Después de vosotros —sugirió el guerrero, con cierta hosquedad,
a los desconocidos. Pero éstos no despegaron los labios ni hicieron el menor
movimiento.
—¿Por qué os obstináis en que sea yo el primero en penetrar en
la espesura? —insistió Caramon, retrocediendo un paso—. Vamos, conducidla a la
Torre. Vosotros podéis ayudarle, yo no. No me necesitáis.
Los seres de altas vestiduras continuaron sin pronunciar
palabra, si bien uno de ellos levantó la mano y señaló el Bosque.
—Caramon —lo apremió el kender—, tengo la impresión de que nos
invitan a adentrarnos en sus dominios.
«No nos molestarán, hermano, hemos sido invitados.» —El guerrero
evocó en su memoria las frases que recitara Raistlin años atrás.
—No confío en los magos —fue su respuesta de entonces y,
también, la que balbuceo ahora.
De pronto, invadieron el aire unas risas extrañas, fantasmales,
susurrantes. Bupu se abrazó a la pierna del enorme humano y se aferró a él,
presa del pánico, mientras Tasslehoff esbozaba una mueca de inquietud poco
habitual en él. Surgió de la nada una voz, un siseo familiar para Caramon.
—¿Me incluye a mí tu desconfianza, querido hermano?
En
las entrañas del Mal
La horripilante aparición se acercaba implacable. Crysania
estaba poseída por un terror que nunca había sentido antes, un terror indecible
de cuya existencia habría dudado minutos antes. Mientras se encogía y
retrocedía en la proximidad del espectro la sacerdotisa contempló por primera
vez la imagen de la muerte, de su propia destrucción. No sería el tránsito
pacífico a un reino acogedor en el que siempre había creído, sino al
hundimiento en un plano de dolor y negrura, en una eterna sucesión de días y noches
que había de soportar mientras deseaba recuperar la vida.
Intentó lanzar un grito de auxilio, pero le falló la voz y, por
otra parte, nadie podía ayudarle. El guerrero ebrio yacía en un charco formado
por su propia sangre. Sus artes curativas lo habían salvado, pero dormiría
durante horas. En cuanto al kender, nada podía hacer en su favor contra aquella
criatura de ultratumba.
Indiferente a sus cavilaciones, la sombría figura avanzaba hacia
ella lenta pero inexorablemente. «¡Huye!», le urgía su conciencia. Por
desgracia sus miembros no obedecían al mandato de su razón, sólo retrocedían al
compás que marcaba su cuerpo en un impulso fruto de su propia voluntad, ajeno a
sus instrucciones. Ni siquiera podía apartar la mirada de su oponente, atrapada
en el influjo de aquellas oscilantes luces anaranjadas que tenía por ojos.
El ser alzó
una mano transparente. Crysania podía ver a través de ella, e incluso a través
de todo su contorno, los torturados árboles del fondo. Solinari, la luna de
plata, se había instalado en el cielo, pero no era su brillante luz la que
arrancaba fulgores de la antigua armadura de Caballero de Solamnia que vestía
el fantasma. La criatura resplandecía con una luminosidad propia, nacida acaso
de la energía que despedía su interminable decadencia. Siguió, tras una breve
pausa, levantando su miembro acusador, y Crysania comprendió que cuando llegase
a la altura de su corazón moriría sin remedio.
Sus labios, aunque entumecidos por el pánico, articularon un
nombre que era una plegaria: Paladine. El miedo no la abandonó, ni logró
arrancar de su alma la terrible mirada de aquellas ígneas pupilas, pero atinó a
llevarse la mano al cuello, asir el Medallón y desprenderlo de una sacudida.
Sabedora de que se agotaban sus fuerzas, al borde del desmayo, reunió aún la
vitalidad suficiente para izar la joya y permitir que su superficie de platino
capturase la luz de Solinari, en irisaciones que iban del azul al blanco. La
aparición habló:
—¡Muere!
Crysania notó que sus músculos cedían. Su cuerpo golpeó el
suelo, pero no así su esencia. Caía a través de la tierra o, mejor dicho, en
sentido inverso a la materia, se precipitaba con los ojos cerrados en un
extraño sopor, en un sueño...
Estaba en un robledal. Unas manos blancas inmovilizaban sus
pies. Ominosas bocas se abrían para beber su sangre. La oscuridad era infinita,
los árboles se reían de ella con espantosas risas que surgían de sus crujientes
ramas.
—Crysania —la saludó una voz
acariciadora.
¿Quién pronunciaba su nombre entre las sombras de los robles?
Examinó la escena y atisbó una figura en un claro, vestida de negro.
—Crysania —repitió.
—Raistlin —lo reconoció ella, y prorrumpió en sollozos de
gratitud. Saliendo a trompicones de la tenebrosa arboleda, huyendo de los
huesudos miembros que se afanaban en arrastrarla hacia el eterno tormento,
Crysania sintió pronto el contacto de unos brazos entecos y la quemazón que le
transmitían diez finos y mágicos dedos.
—Reposa, Hija
Venerable de Paladine —la invitó la voz—. Tus vicisitudes han terminado, has
escapado del Bosque sin sufrir daño alguno. No tenías nada que temer, te
protegía mi hechizo.
—Sí —murmuró Crysania, aún temblorosa y con los párpados
entornados. Se llevó la palma a la frente, allí donde los labios del mago
habían estampado su huella. Se percató entonces de la prueba a la que se había
sometido, y también de que él había presenciado su flaqueza, y se deshizo
bruscamente de su abrazo. Tras apartarse unos pasos, lo estudió con frialdad y
preguntó:
—¿Por qué te rodeas de monstruos hediondos? ¿Qué necesidad te
empuja a recurrir a semejantes guardianes? —A pesar de sus esfuerzos, un ligero
titubeo delataba su inquietud.
Raistlin la miró con una expresión casi beatífica, que nada
bueno auguraba, reflejada en sus áureos ojos la luz del bastón.
—¿De qué guardianes te rodeas tú, sacerdotisa? —inquirió a su
vez, conocedor de la respuesta—. ¿Qué torturas me reservarían si osara pisar el
recinto sagrado del Templo?
Crysania abrió la boca para emitir un reproche, pero las
palabras murieron antes de aflorar a sus labios. Raistlin estaba en lo cierto,
el Templo era un terreno santo dedicado a Paladine de tal manera que, si un
adorador de la Reina de la Oscuridad traspasaba sus límites, sentiría de
inmediato la ira del dios del Bien. Crysania vio que el hechicero sonreía con
una mueca sarcástica y sus pómulos se tiñeron de grana. ¿Cómo se atrevía a
provocarla con tal insolencia? ¡Nunca un humano la había humillado de un modo
tan descarado! ¡Nunca una criatura viviente había azotado así su cerebro para
ahogarlo en un torbellino de incertidumbre!
Desde la velada en que se entrevistara con Raistlin en los
aposentos de Astinus, Crysania no había logrado liberarse de su recuerdo.
Pensaba en él constantemente y esperaba ansiosa la noche en que visitaría la
Torre, deseando y temiendo al mismo tiempo el nuevo encuentro. Había relatado a
Elistan su conversación con el mago, aunque omitiendo el detalle del
«encantamiento» que éste le diera. Por alguna razón no se había sentido capaz
de confesarle que la había tocado, había... No, le faltaba valor para mencionar
tales pormenores.
La consternación de Elistan fue ya profunda sin necesidad de que
le contara toda la verdad. Sabía cómo era Raistlin, lo había conocido tiempo
atrás por hallarse el mago entre los compañeros que rescataron al clérigo de la
prisión de Verminaard en Pax Tharkas. Nunca le había gustado el nigromante ni
había confiado en él, pero esta actitud la compartían cuantos con él se
tropezaban. No le sorprendió en absoluto averiguar que aquel joven ambicioso se
había hecho investir de la túnica azabache del Mal, ni tampoco le causó asombro
la advertencia que dirigiera Paladine a Crysania. En cambio, sí le dejó
perplejo la reacción de la sacerdotisa tras su entrevista con Raistlin y su
afán de acudir a la cita en la Torre, un lugar donde ahora palpitaba el corazón
de la perversidad diseminada por Krynn. Hubiera querido prohibirle que fuera,
pero el libre albedrío era una de las enseñanzas de los dioses que más
respetaba.
Lo único que hizo fue expresar sus recelos ante Crysania, que
ella escuchó atentamente si bien se mantuvo inamovible en su resolución. Un
embrujo, que no atinaba a comprender y contra el que no podía luchar, la atraía
hacia la Torre, aunque a Elistan prefirió decirle que su único propósito era
«salvar el mundo».
—El mundo seguirá su curso sin tu ayuda —fue la grave respuesta
del anciano clérigo.
Pero Crysania no atendió a sus recomendaciones.
—Entra —le ofreció Raistlin, disipando sus meditaciones—. El
vino te hará olvidar las funestas circunstancias de tu llegada. Eres muy
valiente, Hija Venerable —la felicitó con los ojos clavados en los de la mujer,
quien no advirtió ninguna nota sarcástica en su voz—. Pocos tienen el
privilegio de sobrevivir indemnes a los horrores de la arboleda, sólo los más
fuertes lo consiguen.
Dio media vuelta, y Crysania se alegró de que lo hiciera. Se
había ruborizado al recibir sus alabanzas y este hecho la hacía sentir
incómoda.
—No te separes de mí —le aconsejó el hechicero a la vez que
echaba a andar delante de ella, envuelto en el revuelo de su túnica—. Deja que
te ilumine la luz de mi vara.
Crysania no vaciló en obedecer y, mientras caminaba pegada a sus
talones, observó que los rayos del bastón provocaban en su atuendo unos
resplandores tan gélidos como los de la luna argéntea, en vivo contraste con
las vestiduras de Raistlin, cuyo terciopelo asumía una extraña y atractiva
calidez.
Cruzaron la temible verja, el hechicero siempre en cabeza. La
sacerdotisa la estudió con curiosidad, recordando la ominosa historia del
oscuro mago que se había arrojado sobre ella para envolverla en una maldición
antes de exhalar su último suspiro. Seres intangibles susurraban y se agitaban
en su derredor, tan reales que en más de una ocasión se volvió por la
proximidad de un ruido, o bien al notar el contacto de unos dedos esqueléticos
en su cuello o en sus hombros. No cesaba de atisbar movimientos soslayados,
pero cuando desviaba la mirada para constatarlo no descubría sino penumbra. Una
hedionda bruma se elevaba de la tierra, impregnada de efluvios de podredumbre
que entumecían sus huesos. Empezó a temblar de manera incontrolable y en el
instante en que, de pronto, echó la vista atrás y se topó con dos ojos carentes
de cuencas que la contemplaban sin un pestañeo, dio un rápido paso al frente y
deslizó su mano bajo el enteco brazo de Raistlin.
Él la examinó con una mezcla de extrañeza y burla inocente, que
de nuevo agolpó la sangre en sus mejillas.
—No debes tener ningún miedo —se limitó a declarar—. Soy el amo
de este lugar y no permitiré que nada te lastime.
—No estoy asustada —negó la sacerdotisa, pese a saber que él
notaba la zozobra de su corazón. Lo que ocurre es que no conozco el terreno y
mis pasos son vacilantes.
—Te ruego que me disculpes, Hija Venerable —se excusó el mago
con un timbre en el que Crysania creyó detectar cierta ironía—. Ha sido una
indelicadeza por mi parte no ofrecerte mi ayuda. ¿Te resulta más fácil ahora,
bajo mi protección? —preguntó, al mismo tiempo que se detenía para
escudriñarla.
—Sí, mucho más fácil —contestó ella, creciendo su turbación a
causa de la penetrante mirada de su acompañante.
Raistlin no despegó los labios, se contentó con sonreír mientras
ella bajaba los ojos, incapaz de enfrentarse a su superioridad, y reanudaban la
marcha. Crysania se regañó a sí misma por sus temores durante el paseo en
dirección a la Torre, pero no retiró su mano del acogedor soporte que había
hallado. Ninguno de ellos habló hasta alcanzar la puerta del edificio, una
vetusta hoja de madera con runas talladas en su superficie que, pese al
silencio y la ausencia de movimientos significativos del mago —al menos la
sacerdotisa no observó nada de particular—, giró sobre sus goznes frente a la
pareja. Les bañó la luz del interior y la humana percibió de inmediato su
influjo benefactor, su envolvente calidez, tan intensa que al principio no vio
una figura que se recortaba junto al quicio.
Cuando la distinguió se detuvo y retrocedió, alarmada. Raistlin
acarició entonces su mano con sus ardientes dedos, a la vez que le explicaba:
—Es tan sólo mi aprendiz, Dalamar, una criatura de carne y hueso
que de momento actúa en el mundo de los vivos.
Crysania no comprendió la expresión «de momento», ni siquiera
reparó en el tono con que había sido pronunciada. Tampoco analizó la
subrepticia risa de Raistlin, ya que estaba demasiado sobresaltada tras
comprobar que en aquel recinto de pesadilla se albergaban seres vivientes. «Soy
una necia —se reprendió severamente—. ¿Con qué clase de monstruo he
identificado a este hombre? Solamente es un humano con dotes especiales.» Tales
pensamientos la aliviaron, la ayudaron a relajarse de tal modo que, al traspasar
el umbral, había recuperado la compostura. Extendió la mano frente al joven
aprendiz como se la habría mostrado a un nuevo acólito.
—Éste es Dalamar —lo presentó el hechicero, gesticulando hacia
él—. Y la dama es la sacerdotisa Crysania, Hija Venerable de Paladine.
—Me siento muy honrado de conocerte, Crysania —la saludó el
discípulo con la más refinada delicadeza y, tras llevarse a los labios el dorso
de su mano, le dedicó una respetuosa reverencia. Cuando, acto seguido, levantó
la cabeza la capucha negra que ensombrecía su rostro cayó sobre la espalda.
—¡Un elfo! —gritó la mujer llena de pasmo, con su mano aún en la
de él—. No es posible, no en un siervo del Mal.
—Soy un elfo oscuro, Hija Venerable —le aclaró el aprendiz en un
tono que rezumaba amargura—. Al menos, tal es el apelativo por el que me
designan los de mi raza.
—Lo lamento —se disculpó Crysania—. No pretendía...
Se sumió en el silencio, sin
saber dónde dirigir la mirada. Estaba persuadida de que Raistlin se burlaba de
ella, de que una vez más la había sorprendido en un momento de debilidad.
Enfurecida, apartó su mano de la fría garra del alumno y retiró la que aún se
sostenía en el brazo del enigmático nigromante.
—La sacerdotisa ha efectuado un viaje fatigoso, Dalamar—anunció
este último—. Te ruego que la acompañes a mi estudio y le sirvas una copa de
vino. Te ruego que me perdones, Crysania, pero ciertos asuntos reclaman mi
atención. —Se volvió de nuevo hacia su subordinado para ordenarle—:
Proporciónale sin tardanza todo cuanto precise.
—Ve tranquilo, shalafi —contestó respetuosamente el interpelado.
La sacerdotisa nada dijo cuando su anfitrión los abandonó en la
Torre, asaltada por una súbita paz interior y un agotamiento que paralizaba sus
músculos. «Así debe sentirse el guerrero después de luchar a vida o muerte
contra un diestro adversario», reflexionó mientras seguía al elfo en la
escalada de una angosta y sinuosa escalera.
El estudio de Raistlin en nada se asemejaba a lo que había
imaginado. «¿Qué es lo que esperaba?», se preguntó. Desde luego no una sala tan
acogedora, repleta de libros extraños y fascinantes. Los muebles eran
atractivos, y el fuego ardía en el hogar, caldeando la sala de manera muy grata
después del frío que atenazara sus huesos en el paseo hacia la Torre. El vino
que le sirvió Dalamar se le antojó sabroso y reconfortante, la tibieza de la
chimenea pareció verterse en su sangre junto con el primer sorbo.
El alumno izó un velador de madera profusamente trabajado y lo
colocó a su derecha, antes de depositar en su superficie un frutero y una
hogaza de pan recién horneado, que despedía fragantes aromas.
—¿Qué fruta es ésta? —inquirió Crysania a la vez que asía una
pieza y la examinaba con curiosidad—. Nunca he visto nada parecido.
—Por supuesto que no, Hija Venerable —respondió sonriente
Dalamar. A diferencia de Raistlin, la sacerdotisa advirtió que la afabilidad
del joven elfo se reflejaba en sus ojos—. El shalafi se la hace traer desde la
isla de Mithas.
—¿Mithas? —respondió ella incrédula—. ¡Pero si se encuentra en
el otro confín del mundo! Viven allí los mi-notauros, en constante vigilancia
para que nadie cruce las fronteras de su reino. ¿Quién es su proveedor?
Se dibujó en su mente una visión repentina, fugaz del sirviente
que podía haber recibido el encargo de suministrar tales exquisiteces a un
señor como el hechicero, y se apresuró a devolver el fruto a la fuente.
—Pruébala, sacerdotisa —insistió el discípulo sin un resquicio
de jocosidad—. La hallarás deliciosa. La salud del shalafi, poco firme, le
impide tolerar la mayoría de los alimentos, obligándole a vivir casi
exclusivamente de fruta, pan y vino.
—Sí —murmuró Crysania desviando, de modo involuntario, los ojos
hacia la puerta—. Es una criatura muy frágil, ¿verdad? Y esos terribles
espasmos de tos que padece... —El temor había cedido a la piedad.
—¿Tos? ¡Ah, sí, sus ataques de tos! —exclamó Dalamar. No
continuó y, aunque no dejó de percibir lo singular de su actitud, Crysania
estaba demasiado absorta en contemplar su entorno para detenerse a pensar.
El aprendiz permaneció unos segundos inmóvil, presto a atender
cualquier requerimiento de su invitada, pero al ver que ésta no formulaba
ninguno inclinó la cabeza y declaró:
—Si no necesitas nada más, señora, me retiraré. Tengo mis
propios estudios que concluir.
—Por supuesto, no debes descuidar tus quehaceres ni preocuparte
por mi bienestar. Me gusta esta alcoba —le aseguró Crysania, que al oírle había
salido de su ensimismamiento con un respingo—. Tan sólo quiero saber si
Raistlin es un buen maestro, si aprendes de sus enseñanzas —indagó. Ahora era
ella quien escrutaba el rostro de su oponente.
—Es el mejor dotado de todos los miembros de nuestra Orden,
sacerdotisa —contestó él con voz queda—. Es brillante, hábil, ponderado.
Únicamente un ser puede equiparársele en la historia de los magos de Krynn: el
poderoso Fistandantilus. Y hay que tener presente que mi shalafi es aún joven,
no sobrepasa los veintiocho años. Si vive, cabe en lo posible...
—¿Si vive? —lo interrumpió la Hija Venerable, aunque al instante
se arrepintió de haberse delatado a través de la nota de angustia que ribeteaba
su pregunta. «No es nada malo exteriorizar cierta inquietud —se tranquilizó—,
después de todo la vida constituye un don sagrado y él es una criatura de los
dioses.»
—Nuestro arte está lleno de peligros, señora. Y ahora, si me
disculpas, me aguardan mis obligaciones.
—Ve a cumplirlas.
Con una nueva inclinación de cabeza, Dalamar abandonó en
silencio la estancia y cerró la puerta tras de sí. Mientras jugueteaba con la
copa de vino Crysania se perdió en sus pensamientos, fijos los ojos en las
danzarinas llamas. No oyó cómo giraba la hoja sobre sus goznes, si en realidad
lo hizo. Su retorno al mundo lo motivó no un ruido, sino un contacto de unos
dedos que rozaban su cabello. Cuando volvió la cabeza sus ojos descubrieron a
Raistlin sentado, lejos de lo que cabía esperar, en una butaca de alto respaldo
tras el escritorio.
—¿Lo hallas todo satisfactorio? —inquirió con su habitual
cortesía.
—S-sí —titubeó la sacerdotisa a la vez que posaba la copa en el
velador, deseosa de disimular el temblor de su mano—. Diría que satisfactorio
no es la palabra idónea, resulta demasiado indefinida. Lo cierto es que este
lugar, y también tu aprendiz, poseen un embrujo difícil de describir.
—Dalamar es un excelente discípulo —asintió el hechicero,
juntando las yemas de los dedos y apoyándolas en la mesa.
—Tienes unas manos maravillosas —le alabó Crysania sin previa
reflexión—. Tus dedos son delgados, flexibles, de una elegancia única.
—Comprendiendo, de pronto, que se había dejado llevar por sus emociones, se
sonrojó y comenzó a tartamudear—. Aunque supongo que se trata de uno de los
requisitos impuestos por tu arte.
—Sí —corroboró el mago, con una leve sonrisa en la que la
sacerdotisa creyó adivinar una irreprimible complacencia. Estiró las manos
hacia la luz que proyectaban las llamas, y prosiguió—: Cuando era niño
asombraba y deleitaba a mi hermano con los malabarismos que, ya entonces, sabía
realizar.
Como si quisiera reforzar su explicación, extrajo una moneda de
oro de los bolsillos secretos de su túnica y se la colocó en los nudillos para,
sin esfuerzo aparente, hacerla bailar, girar y culebrear por el dorso de su
mano. El objeto lanzaba irregulares destellos al asomar entre las falanges,
hasta que trazó un arco en el aire y se desvaneció. Tras unos expectantes
segundos, el dorado metal apareció en la otra mano del hechicero y el asombro
arrancó una exclamación ahogada de Crysania. Alzó Raistlin la cabeza, y su
espectadora vio cómo la sonrisa de sus labios se transformaba en una dolorosa
mueca.
—Sí —afirmó—, el talento que latía en mi interior me servía para
divertir a los otros niños y, en ocasiones, me salvaba de sus golpes.
—¿Te maltrataban? —La amarga punzada de aquel aserto había hecho
mella en su oyente.
Tardó el mago en responder por estar absorto en los fulgores de
la moneda, que todavía no había guardado. Al fin exhaló un hondo suspiro y
reanudó su parlamento.
—Imagino tu infancia, si no estoy mal informado, en el seno de
una familia rica. Seguramente te prodigaron amor, protección y atenciones,
siempre dispuestos a darte cuanto pedías. Fuiste sin lugar a dudas una niña
admirada, querida por cuantos te rodeaban.
Crysania no acertó a replicar, la atenazaba un sentimiento de
culpabilidad.
—La mía fue muy diferente. —La mueca de sufrimiento pareció
acentuarse aún más al aliviar los recuerdos en su mente—. Me apodaban «El
Taimado» pues, pese a mi naturaleza enfermiza, era en extremo inteligente y esa
cualidad contrastaba con la suprema estulticia de los otros. Sus ambiciones
eran mezquinas, como por ejemplo la de mi hermano, cuyos pensamientos no iban
más allá de su deseo de aguardar ansioso el plato que había de ponerse en la
mesa. O mi hermanastra, convencida de que sólo mediante la espada alcanzaría
sus objetivos más íntimos. Sí, era débil y me arropaban. Pero un día resolví
que, antes o después, prescindiría de sus ridículos cuidados y me revestiría de
mi propia grandeza mediante el más precioso de mis dones: mi magia.
Cerró el puño, su tez dorada palideció e, inesperadamente,
comenzó a toser con aquellos violentos espasmos que convulsionaban su frágil
cuerpo. La sacerdotisa se apresuró a levantarse, presa a su vez de un dolor
inexplicable y ansiosa por socorrerlo, pero él le indicó mediante un inequívoco
ademán que se sentara. Extrajo un pañuelo de su bolsillo y se limpió los labios
ensangrentados.
—Y éste es el precio que pagué —declaró cuando pudo hablar de
nuevo, más susurrante aún de lo habitual—. Destrozaron mis esencias vitales y
me infundieron esta diabólica visión, que me obliga a contemplar la muerte de
todo aquel que se ofrece a mis ojos. Sin embargo, debo reconocer que ha valido
la pena, pues ahora tengo el poder que tanto anhelaba. Ya no les necesito, a
ninguno de ellos.
—Pero ese poder del que te
vanaglorias es maligno —lo increpó la mujer, apoyándose en el respaldo de su
butaca y lanzándole una vehemente mirada.
—¿Lo es? —replicó él, recobrada la serenidad—. ¿Es mala la ambición?
¿Juzgas perverso el afán de supremacía, de controlar a los demás? Si eso es
cierto, Crysania, temo que también tú podrías mudar tu albo atuendo por una
Túnica Negra.
—¿Cómo te atreves? —se enfureció la sacerdotisa.
—No te disgustes —le rogó Raistlin, y se encogió de hombros—. No
habrías luchado tanto para ascender hasta el rango que ocupas en la Iglesia si
no te alentara la llama de la ambición, el ansia de poder. ¿Cuántas veces te
has dicho a ti misma que estás predestinada a obtener grandes logros? Piensas
que tu vida es diferente de las de los simples mortales, que no has de
resignarte a permanecer sentada y observar el discurrir del mundo. Quieres
formarlo, moldearlo, someterlo a tu voluntad.
Hipnotizada por el penetrante escrutinio del hechicero, Crysania
no acertó a moverse ni a pronunciar una palabra. ¿Cómo podía conocer los
entresijos de su mente, acaso era capaz de leer los secretos que con tanto celo
guardaba en sus entrañas?
—¿Te consideras un ser perverso por alimentar ciertas
aspiraciones? —repitió el mago sinuoso, insistente.
Despacio, la interpelada meneó la cabeza y, también lentamente,
se llevó la mano a las palpitantes sienes. No anidaba en su ánimo la
malevolencia, no tal como él la planteaba, pero algo no encajaba en su
pretensión de beatitud. No podía reflexionar, su extrema confusión se lo
impedía. La única idea que revoloteaba en su cerebro era: «¡Cuánto nos
parecemos!»
Raistlin guardó silencio, en espera de que ella lo rompiera.
Comprendiendo que tenía que manifestarse, la sacerdotisa engulló unos sorbos de
vino a fin de ganar tiempo y ordenar su torbellino mental.
—Quizás abrigue los deseos a los que aludes —confesó en un
alarde de valentía—, mas mis ambiciones no son tan egoístas. No busco
favorecerme a mí misma, mi talento está encaminado a ayudar a mis congéneres, a
la Iglesia que sirvo...
—¡La Iglesia! —la atajó él con una sonrisa burlona.
Al oírle, las brumas momentáneas de Crysania fueron reemplazadas
por una gélida ira.
—Sí —contestó sintiéndose en terreno firme, arropada en el halo
de su fe—. Fue el poder del Bien y de su más alto representante, Paladine, lo
que expulsó a las fuerzas siniestras del mundo. Y yo intento perpetuar su obra
en la medida de mis posibilidades.
—¿Al mencionar a las fuerzas siniestras te refieres quizás al
Mal? —indagó Raistlin.
La dignataria parpadeó. Acababa
de retornar a la realidad, se había abandonado a las emociones y era apenas
consciente de su discurso.
—En efecto.
—El Mal en su forma más cruda, el sufrimiento, no se ha
desvanecido de Krynn. —El mago no cedía en sus argumentos, no hacía la menor
concesión.
—¡Por culpa de criaturas como tú! —vociferó Crysania fuera de
sí.
—Te equivocas, Hija Venerable —persistió implacable su
interlocutor—. No han sido mis actos los causantes de tanta desdicha. Mira. —La
invitó a acercarse con una mano mientras, con la otra, revolvía una vez más en
los bolsillos ocultos de su túnica.
Dominada por un súbito resquemor, Crysania decidió no moverse y
contemplar desde su asiento el objeto que él le mostraba. Era una bola de
cristal, donde bullía un torbellino multicolor similar al de las canicas de los
niños. Montando un pedestal que yacía doblado en un rincón de su escritorio,
Raistlin depositó sobre él la singular circunferencia, que a la sacerdotisa se
le antojó insignificante en comparación con su ornamentado soporte. De pronto,
la insigne espectadora ahogó un grito de sorpresa: ¡la bola estaba creciendo, o
quizás era ella quien se encogía! No podía asegurarlo, pero resultaba innegable
que la cristalina esfera había asumido el tamaño necesario para acomodarse en
su pie.
—Asómate a su interior —le urgió el nigromante.
—No —rehusó ella, que se agitaba en su silla sin poder
sustraerse a espiar la esfera—. ¿Qué es?
—Uno de los Orbes de los Dragones —esclareció Raistlin,
prendidos sus ojos de los de ella—. Es el único que queda en Krynn.
Tranquilízate, obedece mi mandato. Yo nunca permitiría que nada te dañase.
Estudia las imágenes que se ocultan en sus recovecos, querida Crysania, a menos
que la verdad te inspire sentimientos adversos.
—¿Cómo sé que sólo he de ver la verdad? —lo interrogó la
sacerdotisa con un delator titubeo—. ¿Quién me dice que no va a desvelarme tan
sólo lo que tú le ordenes, tergiversando los hechos?
—Si conoces el modo y las circunstancias en que fueron creados
los Orbes de los Dragones recordarás que fueron el resultado de la labor
conjunta de los magos de las tres Túnicas, la Blanca, la Negra y la Roja. No
son instrumentos del Mal, ni tampoco del Bien. No son nada y lo son todo. Luces
en tu cuello el Medallón de Paladine —comentó el hechicero con sarcasmo—, y te
fortalece tu fe. ¿Podría yo inducirte a ver nada en contra de tu voluntad?
—¿Qué es lo que va a desplegarse ante mis ojos? —La curiosidad y
una inefable fascinación atraían a la mujer hacia la mesa.
—Sólo aquello que ya has presenciado pero te has negado a
interpretar en su auténtico sentido.
Raistlin extendió sus finos dedos sobre la bola de cristal, a la
vez que recitaba unas frases de autoridad en un esotérico cántico. En un temeroso
balbuceo, su acompañante inclinó el cuerpo sobre el escritorio y osó mirar el
Orbe. Al principio no distinguió nada salvo unas volutas verdes de denso humo,
mas pronto capturaron su atención unas manos. Retrocedió espantada, aquellos
miembros parecían prestos a traspasar el cristalino obstáculo.
—No temas —la calmó el mago—. Es a mí a quien buscan.
En efecto, no había concluido estas palabras cuando los dedos
que se dibujaban en la esfera se estiraron, rompieron el cerco para tocar sus
manos. Se difuminó acto seguido la aparición y un abanico de vibrantes colores
se arremolinó en el centro del objeto, mareando a Crysania con su luz cegadora.
También estos vapores, no obstante, se disolvieron, y se perfiló algo más
concreto en la neblina.
—Palanthas —confirmó la sacerdotisa sobresaltada. La ciudad
entera surgió frente a ella entre las brumas del amanecer, esplendorosa cual
una perla en su sublime belleza. Avanzó la urbe como si quisiera absorberla, o
acaso una vez más era víctima de un espejismo y era su cuerpo el que se
precipitaba. Antes de que descifrara el enigma se encontró sobrevolando el
barrio antiguo, la muralla, la parte moderna que se extendía en círculos
concéntricos como una prolongación de las primitivas edificaciones y avenidas.
Destacaba entre las construcciones el Templo de Paladine, con su sagrado
recinto más sereno y pacífico que nunca bajo los tempranos rayos solares. En su
errabundo viaje, la sacerdotisa dejó atrás la sagrada morada para detenerse
junto a una elevada pared.
—¿Qué es? —preguntó sin aliento al reparar en una angosta
calleja que se insinuaba al otro lado de la tapia.
—¿Nunca la habías visto, pese a hallarse tan cerca de tus
dominios?
—N-no —admitió turbada—. Esto no es lógico, he vivido en
Palanthas desde que nací y conozco todos sus...
—Queda patente que no es así, señora —declaró Raist-lin sin
cesar de acariciar la cristalina superficie del orbe—. Tu ignorancia es mayor
de lo que tú misma crees.
Crysania no pudo protestar. Al parecer sólo la verdad emergía de
aquel ingenio, y debía aceptar que no identificaba la parte de la ciudad que
ahora se ofrecía a su observación. Atestada de desperdicios, la calleja se le
antojó lóbrega y ominosa. Los rayos del sol no acertaban a abrirse camino entre
las casas que la flanqueaban, inclinadas como si carecieran de la energía
suficiente para mantenerse erguidas. Tras reflexionar unos segundos, la
sacerdotisa reconoció aquellos edificios. Los había visto en numerosas
ocasiones, pero desde otro ángulo; se almacenaba en su interior toda suerte de
objetos, tanto los excedentes de grano como las jarras resquebrajadas de vino y
cerveza. Contemplando su fachada principal, sin penetrar en los laterales, se
ofrecía a la retina una escena mucho más agradable. ¿Y quiénes eran las figuras
que deambulaban por el sórdido pasadizo?
—Sus habitantes —explicó Raistlin pese a que la pregunta no
había sido formulada—. Todos esos seres viven aquí.
—¿Dónde? —inquirió ella horrorizada—. ¿Y por qué han elegido
semejante lugar?
—Se instalan donde pueden. Culebrean como lombrices hasta las
hediondas entrañas de la urbe y se alimentan de sus putrefactos residuos. En
cuanto al motivo, no tienen cabida en ninguna de las luminosas avenidas que
surcan la próspera Palanthas.
—¡Pero eso es terrible! —se escandalizó Crysania, que no daba
crédito a sus ojos—. Informaré a Elistan para que les busque cobijo y les dé
dinero.
—Elistan está al corriente de la situación.
—¡Eso es imposible! —Crysania se excitaba más a cada instante.
—Y tú también. Quizá desconocieras la existencia de estos
desamparados, pero no la de ciertos reductos en tu maravillosa ciudad que no
pueden calificarse de placenteros.
—Te aseguro que no... —empezó a defenderse ella, si bien tuvo
que enmudecer al asaltarle, como una oleada, recuerdos de cuando su madre
ladeaba el rostro mientras paseaban en su carruaje por los arrabales y su
progenitor se apresuraba a correr la cortinilla, o bien sacaba medio cuerpo a
través de la ventana para indicar al cochero que cambiase el rumbo.
Se encendió la imagen en mil fulgores, se agitaron las nubes de
humo y se evaporaron los contornos, dando paso a nuevas manifestaciones de
patetismo que se sucedieron sin tregua, una tras otra. Ajeno a la agonía de su
oponente, Raistlin se empecinaba en mancillar la perlífera faz de Palanthas con
muestras de la negrura y corrupción que encerraban sus muros. Posadas donde
reinaba el vicio, lupanares, tugurios de juego, los muelles... todos escupían
su miseria y sufrimiento a la consternada Crysania. De nada le servía desviar
la vista, no había cortinillas protectoras y, además, el despiadado hechicero
la acercaba sin que pudiera eludirlo a los desesperados, los hambrientos, los
enfermos y, en definitiva, a los olvidados.
—Basta —suplicó la joven, haciendo un vano esfuerzo para
retroceder—. No me enseñes nada más.
Pero él se mostró inamovible. De nuevo se mezclaron los colores,
y abandonaron Palanthas. El Orbe de los Dragones los transportó en un rápido
periplo por el mundo de Krynn y, allí donde posaba la mirada, se tropezaba
Crysania con nuevos horrores. Los enanos gully, una raza desterrada de su
hábitat original, se refugiaban en las infectas cuevas que todas las otras
criaturas desechaban por considerarlas inmundas. Los humanos subsistían a duras
penas en regiones que ni siquiera la lluvia se dignaba visitar, los elfos
wilder vivían esclavos de sus propios congéneres y los clérigos, por su parte,
utilizaban su poder para amasar grandes fortunas a expensas de quienes habían
depositado su confianza en ellos.
Aquello era demasiado. Con un desgarrador alarido, la
sacerdotisa se cubrió el rostro con ambas manos. La estancia se balanceaba bajo
sus pies mas, en el instante en que se desplomaba, sintió los brazos de
Raistlin en torno a su talle y la envolvió la ardiente calidez de su cuerpo,
amortiguada por el dulce contacto del terciopelo. Penetró en sus vías olfativas
un olor a especies, a pétalos de rosa, combinados con otros aromas más
misteriosos. Percibió el matraqueo del aire al circular por los maltrechos pulmones
del nigromante.
Antes de que la dignataria se desmayara, su solícito anfitrión
la acomodó en su butaca. En cuanto se creyó restablecida, ella lo apartó de su
lado pues su proximidad se le antojaba al mismo tiempo repulsiva y atrayente,
un hecho que no hacía sino aumentar su confusión. Deseó con toda sus fuerzas
que Elistan se hallase presente, él sabría a qué atenerse y comprendería.
¡Tenía que existir una explicación! Había que reaccionar contra tan abyecta
injusticia, disipar de una vez por todas las pesadillas de los infelices. Vacía
por dentro, clavó los ojos en el fuego de la chimenea.
—No somos tan diferentes. —Las palabras de Raistlin parecían
brotar de las llamas—. Yo me encierro en mi Torre y me entrego a mis estudios,
tú te albergas en el Templo para concentrarte en tu fe. Mientras, el mundo gira
a nuestro alrededor.
—Ésa es la raíz del mal —contestó Crysania a la fogata—,
permanecer al margen y no mover un dedo.
—Al fin se ha hecho la luz en tu entendimiento. No pienso
contentarme con contemplar lo que ocurre en la más absoluta inactividad, si he
pasado años consagrado a mi ciencia ha sido por un motivo. Y ahora ese motivo,
mi verdadero propósito, ha tomado forma. Cambiaré el universo entero, Crysania,
tal es mi plan.
La Hija Venerable de Paladine levantó rauda la vista. Su fe se
había tambaleado externamente, pero estaba bien arraigada en sus entrañas y no
se derrumbaba por un momentáneo titubeo.
—¡Tu plan! Paladine me advirtió contra él en el curso de un
sueño, me comunicó que tu empeño de transformar la vida provocará la
destrucción de nuestro mundo. No debes ponerlo en práctica —lo conminó, cerrado
el puño sobre su regazo—. Paladine...
Raistlin esbozó un gesto de impaciencia, que silenció a su
huésped. Sus dorados ojos centellearon y, por un instante, el abrasador
incendio que ardía en su alma se reflejó en los relojes de arena de sus
pupilas. Amedrentada al percibir tales signos, la joven se revolvió en un mudo
estremecimiento.
—Paladine no ha de detenerme —le aseguró él—, porque me dispongo
a destituir a su más enconado enemigo.
Crysania clavó sus ojos en el mago con el desconcierto escrito
en sus rasgos. ¿A qué enemigo podía referirse? Paladine no tenía adversarios
entre los habitantes de Krynn. Transcurridos unos segundos, no obstante, el
significado de su aserto se perfiló en su mente con total claridad y sintió que
el riego sanguíneo abandonaba su semblante, que el miedo la subyugaba de nuevo
en forma de violentos temblores. La enormidad de las ambiciones de aquel humano
era difícil de asimilar, casi imposible de concebir.
—Escucha —le rogó él antes de que se pronunciara—. Me explicaré.
Y le relató sus proyectos. Ella permaneció sentada durante lo
que se le antojaron horas, atrapada en el hechizo de sus doradas pupilas e
hipnotizada por los ecos de su tenue, insinuante voz, oyendo la historia de su
portentosa magia y, también, la de otra magia que se había perdido en las
brumas del pasado: la que descubriera el legendario Fistandantilus.
El susurro de Raistlin se apagó sin sobresaltos y la sacerdotisa
quedó petrificada, errantes sus pensamientos a través de unos reinos hasta
ahora ignotos. El fuego se reducía a rescoldos en la penumbra que precede al
alba, y un escalofrío sacudió su ser cuando la estancia comenzó a iluminarse.
Tosió el hechicero, y la sacerdotisa salió de su fantasmal
ensoñación para contemplarlo. Estaba lívido y agotado, sus ojos despedían
destellos febriles al compás de los nerviosos movimientos de las manos.
—Debes disculparme —dijo la dignataria poniéndose en pie—. Te he
tenido en vela toda la noche, pese a saber que no te encuentras bien. Es la
hora de partir.
—No te inquietes por mi salud, Hija Venerable —se apresuró a
responder él con una sibilina sonrisa—. Las llamas que arden en mi interior
bastan para alimentar este maltrecho cuerpo. Dalamar te acompañará hasta el
linde del Robledal de Shoikan, si así lo deseas.
—Agradezco tu gentileza —murmuró Crysania, que había olvidado
que debía volver a atravesar un paraje tan preñado de malignidad. Inhaló aire y
le tendió la mano a su anfitrión—. Gracias también por esta entrevista
—concluyó formalmente.
El nigromante asió su mano y, al
instante, le transmitió el calor abrasador que destilaba su suave epidermis. Al
percibirlo, Crysania lo miró y se vio reflejada en sus pupilas como una mujer
demasiado pálida en su blanco atuendo, más aún al enmarcar su faz la melena
azabache.
—No puedes hacer lo que me has narrado —le advirtió—. Hay que
detenerte, de lo contrario el desenlace sería nefasto. —Su tono era severo,
apretó su huesuda palma para subrayar su oposición.
—Demuéstrame que estoy equivocado, convénceme de que la senda
del Bien es el único medio para salvar al mundo —fue la desafiante respuesta.
—¿Me escucharías si te hablo? —interrogó la dama al hechicero,
reaccionando frente al reto—. Estás cercado por una aureola de negrura. ¿Cómo
llegaré hasta ti?
—La negrura se abrió a tu paso y conseguiste penetrarla, ¿no es
cierto?
—Sí —admitió Crysania. De pronto, la tibieza que dimanaba el
cuerpo de Raistlin perdió su carácter lacerante para convertirse en algo
acogedor, atractivo. Enmudeció la sacerdotisa y turbada, ruborosa, retrocedió
unos pasos y se liberó de su garra como si le infligiera un dolor inconfesable.
—Adiós, Raistlin Majere —se despidió cabizbaja, esquiva, a la
vez que se frotaba la muñeca con aire ausente.
—Adiós, Hija Venerable de Paladine —contestó el interpelado en
cortés actitud.
Se abrió la puerta y apareció Dalamar en el dintel, aunque la
sacerdotisa no recordaba que el maestro lo hubiera llamado. Cubriéndose el
cabello con la blanca capucha, la huésped del enigmático mago echó a andar por
el pétreo pasillo con la sensación de ser observada. Los inexorables relojes de
arena traspasaban sus vestiduras, aquella sugerente voz resonaba aún en sus
tímpanos cuando alcanzó la escalera que debía conducirla al exterior.
—Quizá Paladine no te envió con el fin de detenerme, sino de
ayudarme.
Raistlin no había pronunciado tal sentencia durante la
entrevista, le estaba hablando ahora. Dio media vuelta, pero no se tropezó sino
con un pasadizo lóbrego y vacío. Dalamar, inmóvil, aguardaba.
Crysania recogió los pliegues de su blanca túnica para evitar un
posible traspiés y acometió el descenso con majestuosa dignidad.
Bajó y bajó, hasta zambullirse en un duradero letargo.
Cónclave
de magos
La Torre de la Alta Hechicería de Wayreth había sido, durante
siglos, la última plaza fuerte de la magia en el continente de Ansalon. Los
hechiceros se congregaron en la mole cuando el Príncipe de los Sacerdotes los
expulsó de otras moradas similares y también acudieron a ella los habitantes de
la Torre de Istar, sumergida ahora bajo las aguas del Mar Sangriento. La
ennegrecida y maldita Torre de Palanthas, a su vez, fue abandonada en su
momento en pro de este común refugio.
Poseía el complejo de Wayreth una estructura imponente, que
asustaba a los viajeros. Sus muros exteriores formaban un triángulo equilátero,
y unas elegantes torretas coronaban los vértices de tan perfecto contorno
geométrico mientras que, en el centro, se erguían dos altas agujas. Ligeramente
inclinadas, sólo un poco retorcidas, obligaban al curioso a parpadear y
preguntarse si no se trataba de sendos minaretes torturados.
Las paredes eran de piedra negra que, pulida al máximo de su
lustre natural, brillaba cegadora bajo los rayos del sol y reflejaba, en la
noche, la luz de dos lunas a la vez que absorbía la negrura de la tercera.
Había numerosas runas esculpidas en la superficie de la roca, runas que
hablaban de poderío, de fuerza, de protección y de vigilancia, runas que
ligaban las losas entre sí, runas que vinculaban los muros a la tierra. La
parte superior de la tapia, por su parte, carecía de almenas donde apostar centinelas.
No eran necesarios.
Alejada de cualquier núcleo de civilización, la Torre de Wayreth
se alzaba en el centro de un Bosque mágico. Esta espesura no podía ser
traspasada por nadie que no perteneciera al recinto, por nadie que osara
intentarlo sin haber sido invitado. Así protegían los hechiceros el último
baluarte de su gloria, guardándolo de la amenaza del mundo.
Sin embargo, el edificio no estaba desprovisto de vida. Un
rosario de ambiciosos aprendices en el arte de la magia se daban cita entre sus
muros a fin de someterse a la rigurosa prueba, y los brujos de la más vasta
erudición se recogían en sus cámaras deseosos de completar sus estudios,
encontrarse con sus colegas, discutir determinados hechizos o llevar a cabo
experimentos tan delicados como peligrosos. La Torre estaba abierta a sus
insignes huéspedes día y noche, pudiendo transitar a su antojo, independientemente
del color de su Túnica.
A pesar de sus antagónicas teorías y posturas, de sus opuestas
maneras de ver el mundo y conducirse en él, todos los magos respetaban las
normas de paz perpetua que regían la convivencia en el sagrado punto de
reunión. Sólo se toleraban los debates si contribuían a perfeccionar métodos o
hallazgos en el arte arcano, la lucha estaba prohibida bajo pena de muerte.
Y es que, precisamente, el arte arcano era lo único capaz de
hermanarlos. Era su lealtad prioritaria al margen de la identidad, la divinidad
a la que servían o el rango ostentado en cada una de las tres comunidades. Los
jóvenes discípulos, quienes aceptaban la muerte sin temor al serles expuestas
las condiciones de la Prueba, así lo entendían, al igual que los sabios
ancianos que venían a exhalar su último suspiro, a ser sepultados entre los
familiares muros. El arte arcano era padre, amante, esposo e hijo. Era tierra,
fuego, aire y agua. Era la vida y la muerte, y el universo que se oculta detrás
de esta última.
Tales cavilaciones ocupaban la mente de Par-Salian mientras,
desde su cámara en la más septentrional de las torres centrales, contemplaba el
avance de Caramon y su reducida comitiva en dirección a las puertas.
Del mismo modo que el guerrero evocaba imágenes de un tiempo
remoto, también el gran hechicero las rememoraba. Más de uno afirmaba que al
hacerlo lo invadía la añoranza.
«No —se dijo en silencio, atento a la cansina marcha de Caramon
y al repiqueteo de su arma contra los rubicundos muslos—. No hay nada que deba
recordar con melancolía ni arrepentimiento. Se me planteó un terrible dilema e
hice mi elección.
«¿Quién cuestiona a los dioses? Exigieron una espada y yo se la
proporcioné si bien, como todos los pertrechos de su índole, era de doble filo.
El grupo de viajeros había
llegado a la primera verja, desnuda de guardianes. Una campanilla de plata
tintineó en los aposentos de Par-Salian y, al instante, el viejo mago alzó la
mano. La reja se izó para franquear la entrada a los visitantes.
Reinaba una extraña penumbra cuando el grupo penetró en el
recinto de la Torre de la Alta Hechicería. Sobresaltado ante el repentino
crepúsculo, Tas oteó el panorama. ¡Unos momentos antes se hallaban en plena
mañana! O, al menos, así se lo pareció a él. Levantó la vista y distinguió unos
haces de luz rojizos, como rayos mortecinos, que surcaban el cielo entre la
niebla y conferían un fulgor mágico a los bruñidos muros del edificio.
—¿Cómo saben en qué hora viven los moradores de este lugar?
—preguntó en voz alta, meneando la cabeza.
Estaban en un ancho patio delimitado por la tapia y las dos
agujas o torres centrales. Era un lugar desolado e inhóspito. Empedrado con
losas grises, su aspecto explicaba sin palabras la ausencia de flores y árboles
que hubieran podido romper la monotonía de la roca. El kender advirtió con
disgusto que tampoco el deambular de criaturas superiores animaba aquel espacio
desierto, a nadie se divisaba ni alrededor ni en lontananza.
¿O quizá se equivocaba? Creyó atisbar un leve movimiento por el
rabillo del ojo, el revoloteo de un objeto blanco. Se apresuró a ladear la
cabeza, pero la sombra se había esfumado y este hecho lo llenó de
consternación. No se había recobrado aún de su asombro cuando, en otro punto no
muy lejano, se dibujaron un rostro, una mano y la manga de una túnica roja.
Convencido esta vez de que no se trataba de un espejismo, dirigió la mirada
hacia el supuesto mago ¡y de nuevo la visión se había disuelto en la neblina!
Le asaltó entonces el presentimiento de estar rodeado de figuras que caminaban
en distintos sentidos, o que lo contemplaban sin un pestañeo, o incluso que
dormían. Todo resultó ser una falaz ilusión, el patio permanecía silencioso y
vacío.
—¡Deben de ser magos en distintas fases de la Prueba! —exclamó
sobrecogido—. Raistlin me contó que deambulaban por toda la Torre, aunque nunca
imaginé nada semejante. Me pregunto si en realidad me ven. ¿Crees que podría
tocarlos, Caramon?... ¿Caramon?
Parpadeó como si intentara despertar de un sueño. Su robusto
amigo había desaparecido al igual que Bupu, la sacerdotisa y las dos criaturas
de alba túnica. ¡Estaba solo!
No por mucho tiempo. Brotó de la nada un destello de luz
amarillenta, sucedido por unos hediondos efluvios que casi lo asfixiaron, y al
instante se perfiló ante él la descomunal imagen de un hechicero ataviado de
negro. Extendió el fantasma una mano, una mano de mujer.
—Alguien requiere tu presencia —anunció.
Tas tragó saliva y, despacio, estiró su mano hacia la que la
misteriosa dama le ofrecía. Los dedos de esta última se cerraron en torno a su
muñeca, produciéndole un escalofrío con su gélida textura.
—Quizá van a convertirme en una criatura mágica —balbuceó
esperanzado.
El patio, los muros de piedra negra, los purpúreos rayos
solares, las losas cenicientas y, en definitiva, el edificio entero comenzaron
a disiparse en su derredor, deslizándose por las fronteras de su visión en
acuosos surcos semejantes a los que trazarían las pinturas de un lienzo de ser
expuestas a la lluvia. Encantado, el kender notó cómo el azabache atuendo de la
mujer le arropaba el cuerpo, se enrollaba bajo su barbilla.
Cuando recobró el conocimiento,
Tasslehoff descubrió que estaba acostado sobre un suelo de piedra fría y dura.
A su lado, Bupu emitía estruendosos ronquidos mientras Caramon, sentado,
meneaba la cabeza en un intento de despejar las telarañas que envolvían su
embotado cerebro.
—¡Vaya hospedaje nos han asignado! —se quejó el kender, a la vez
que se frotaba la dolorida nuca—. No les costaría nada crear lechos mullidos
mediante la magia, sobre todo si le obligan a uno a dormir la siesta. ¿No te
parece, Caramon —empezó a comentar ya incorporado—, que en lugar de...? ¡Oh!
Al oír como la voz de su amigo se quebraba en un singular
gorgoteo, el guerrero levantó presto los ojos.
No estaban solos.
—Conozco este lugar —afirmó el todavía aturdido hombre ton.
Se hallaban en una vasta sala de obsidiana, tan ancha que su
perímetro se perdía en las sombras, tan alta que la penumbra oscurecía su
techo. No se vislumbraban ni pilares de sostenimiento ni la más ínfima rendija
de luz. No obstante la estancia estaba iluminada con un pálido resplandor
blanco, no amarillo, cuya fuente los recién llegados no lograron localizar.
Gélido, tenue, el fulgor estaba lejos de caldear el ambiente.
La última vez que Caramon visitó la cámara, la luz brillaba
sobre un anciano que, ataviado con la Túnica Blanca, permanecía sentado en
solitario en una colosal silla de piedra que más parecía un trono. Ahora los
amortiguados fulgores bañaban el rostro del mismo personaje, si bien se hallaba
en compañía. Un semicírculo de asientos similares, del mismo material, se
distribuía a su alrededor: veintiuno para ser exactos, quedando él en el del
centro. Ocupaban su flanco izquierdo tres figuras apenas visibles, de raza y
sexo indefinido tras las capuchas que cubrían sus rostros. Vestían el atuendo
rojo de la neutralidad y, a su lado y en ordenada sucesión, se divisaban otras
seis criaturas enfundadas en negros ropajes. Entre ellas se distinguía una
silla vacía. A la derecha del hechicero que presidía la esotérica asamblea se
recortaban otros cuatro magos de túnica encarnada, éstos situados junto a media
docena de portadores del color blanco de la benignidad. La sacerdotisa Crysania
yacía frente al semicírculo, depositado su cuerpo en una plataforma sobre el
suelo y arropado por un lienzo de tonos albos.
De todos los miembros del cónclave, sólo la faz del anciano era
por completo visible.
—Buenas tardes —lo saludó Tasslehoff, repitiendo reverencias y
retrocesos hasta que se tropezó con Caramon, que estaba más retirado—. ¿Quiénes
son esos seres? —aprovechó el kender para preguntar en un audible susurro—.
¿Qué hacen en nuestro aposento?
—El viejo del centro es Par-Salian —contestó el interpelado—. Y
no estamos en un aposento, sino en la sala de reuniones de los magos o algo
parecido. Será mejor que despiertes a la enana gully.
—¡Bupu! —Obediente, Tas llamó a su compañera y reforzó su
exclamación con un puntapié en las costillas.
—¡El diablo te confunda! —gruñó ella, dándole la espalda y
negándose a abrir los ojos—. Vete, quiero dormir.
—¡Bupu! —insistió el kender irritado, consciente de que el
vetusto anciano había clavado los ojos en su persona—. Levántate, van a servir
la cena.
—¡La cena! —Alzó la enana sus pesados párpados, y se puso en pie
de un salto para someter la estancia a un ansioso escrutinio.
Al distinguir a las veinte sombrías figuras, sentadas en
silencio y ocultos sus rasgos en la penumbra de las capuchas, Bupu emitió un
alarido de conejo torturado. Se arrojó, en un impulso de pánico, contra Caramon
y enroscó los brazos en torno a su tobillo, apretujándose con todas sus fuerzas
hasta tal punto que el gigantesco humano, sabedor de que ojos llameantes lo
escudriñaban, intentó deshacerse de su molesta garra y no lo logró. Se aferraba
a sus poderosas piernas como una sanguijuela, a la vez que oteaba a los magos
aterrorizada. Al fin, el guerrero cejó en su empeño.
El semblante del regio presidente de la asamblea se arrugó en lo
que parecía una sonrisa. Tas observó que Caramon bajaba la mirada, avergonzado
de la olorosa suciedad de su ropa, y acto seguido se atusaba la barba de varios
días y se pasaba la mano entre el enmarañado cabello. Las mejillas del robusto
compañero ardían cuando, endurecida su expresión, se decidió a hablar con una
dignidad casi pueril.
—Par-Salian —dijo, con una voz cavernosa cuyos ecos resonaron en
demasía por la espaciosa sala— ¿te acuerdas de mí?
—Por supuesto, guerrero —contestó el anciano. Su tono era quedo,
pero incluso tan tenues sonidos quedaron suspendidos en el aire. Hasta un
susurro agónico se habría dilatado en la apenas amueblada cámara.
Nada añadió, ni tampoco los otros hechiceros pronunciaron una
palabra. Caramon, incómodo, señaló a la sacerdotisa Crysania con un nervioso
gesto de la mano.
—La he traído aquí —explicó— en la confianza de que podréis
socorrerla. ¿He obrado con acierto? ¿Haréis algo por ella?
—Ayudar a la sacerdotisa está fuera de nuestro alcance
—sentenció Par-Salian—, nuestros conocimientos de nada sirven en este caso.
Para guardarla del encantamiento en que la envolvió el Caballero de la Muerte,
y que de otro modo habría agotado su vida, Paladine atendió a su plegaria y
acogió su alma en un plano superior, donde reina la paz.
—Fue culpa mía —confesó, a regañadientes, el hom-bretón—. Le
fallé, debería haber sido capaz de...
—¿De velar por su seguridad? —concluyó el mago meneando la
cabeza—. No, guerrero, tu destreza con las armas habría resultado inútil contra
el espectro portador de la rosa solánmica. Frente a semejante adversario nada
puede un mortal como tú. ¿No es cierto, kender?
Tas, capturado por la penetrante mirada de aquellos ojos azules
que aún conservaban toda su vivacidad, sintió un chispeante cosquilleo en todo
su ser.
—Sí —balbuceó—. Yo vi al caballero, a la criatura. —Se
estremeció y tuvo que interrumpirse.
—Ya has escuchado las declaraciones de un ser que no conoce el
miedo —recalcó Par-Salian—. No guerrero, no debes reprocharte lo ocurrido. Ni
tampoco has de perder la esperanza pues, aunque nosotros no conozcamos el
conjuro susceptible de devolver el alma de Crysania a su cuerpo, sabemos quién
puede hacerlo. Pero antes de proseguir cuéntanos por qué nos buscaba la
sacerdotisa, qué misión la llevó al linde del Bosque de Wayreth.
—No tengo la absoluta certeza —gruñó el interpelado.
—Raistlin fue la causa de su
arriesgado viaje —apostilló Tasslehoff, deseoso de esclarecer el enigma. Su
voz, no obstante, sonó chillona y discordante en la estancia, el nombre que
acababa de pronunciar se desdobló en fantasmales notas. Par-Salian frunció el
ceño, Caramon le dirigió una mirada fulgurante y los magos ladearon sus
encapuchadas cabezas, entre el suave crujir de sus túnicas. Al comprobar el
efecto de su revelación, el kender tragó saliva y se sumió en el silencio.
—Raistlin. —Era el anciano quien hablaba, en un inquietante
bisbiseo. Clavó sus ojos en Caramon y preguntó—: ¿Qué relación puede tener una
sacerdotisa defensora del Bien con tu hermano? ¿Por qué exponerse a terribles
contratiempos en beneficio de una criatura tan abyecta?
El guerrero no pudo, o no quiso, despegar los labios.
—¿Conoces el alcance de su malignidad? —insistió el hechicero
sin un asomo de conmiseración.
Caramon, testarudo, rehusaba contestar. Mantuvo la mirada fija
en el pétreo suelo.
—Yo lo conozco —quiso colaborar Tas, pero Par-Salian ondeó la
mano en el aire y tuvo que enmudecer.
—¿ignoras acaso que, si nuestras sospechas son ciertas, se
propone conquistar el mundo? —Las punzantes palabras del anciano traspasaban
como dardos el pecho del compungido humano, que arqueó la espalda en un vano
afán de encerrarse en sí mismo—. Se ha aliado con tu hermanastra Kitiara, la
Dama Oscura según la llaman sus propias tropas, para reunir un ejército. Sus
operaciones ya se han iniciado, cuenta con el apoyo de los dragones y las
ciudadelas voladoras. Y, además, sabemos...
—No sabes nada, gran maestro —lo atajó una voz sarcástica que
atronó la cámara—. ¡Eres un necio!
Tan duras frases cayeron como gotas de agua en una laguna
remansada, provocando rizos en la hasta entonces completa calma, rizos que se
propagaron sin tardanza entre los presentes. Tas se volvió sobresaltado hacia
el lugar de dónde procedían los desdeñosos sonidos y vislumbró, a su espalda,
una figura que se esbozaba en la penumbra. Sus negros ropajes revolotearon
alrededor de sus pies cuando pasó junto a él, resuelta a encararse con
Par-Salian. Una vez situada en el punto deseado, la criatura se detuvo y retiró
el embozo de sus facciones.
—¿Quién es? —indagó el kender, que no podía ver al recién
llegado por hallarse en segundo término.
—Un elfo oscuro —respondió Caramon, rígido como una vara.
—¿De verdad? —se entusiasmó el hombrecillo—. Durante todos mis
años de estancia en Krynn nunca tuve la oportunidad de estudiar a ninguno.
Con el brillo de la curiosidad encendido en sus pupilas, dio un
salto adelante... para quedar inmovilizado bajo una garra que sujetaba el
cuello de su camisa. Era Caramon quien, ignorando sus irritadas protestas, lo
arrastró junto a sí mientras Par-Salian y la figura se retaban en un duelo
mudo, sin percibir el forcejeo.
—Creo que deberías explicar tu insolencia, Dalamar —dijo el
viejo maestro tras unos segundos de tensión—. ¿Por qué soy un necio?
—¡Conquistar el mundo! —repitió el indisciplinado alumno—. No
son tales sus planes. No hay nada que pueda importarle menos que el continente
de Ansalon, la prueba está en que si quisiera podría subyugarlo en un abrir y
cerrar de ojos, hoy mismo.
—Entonces, ¿cuáles son sus proyectos? —inquirió un mago de
Túnica Roja que estaba sentado en la proximidad de Par-Salian.
Tas, aún atenazado por la mano del guerrero, advirtió que las
delicadas y crueles facciones del elfo se ensanchaban en una sonrisa. Una
sonrisa que lo llenó de espanto.
—Ha resuelto convertirse en un dios —anunció Dalamar despacio—.
Va a desafiar a la mismísima Reina de la Oscuridad.
Los allí reunidos no abrieron la boca, no se movieron, pero el
sepulcral silencio circuló entre ellos como una corriente de aire en tanto que,
sin un pestañeo, observaban a Dalamar.
—Le atribuyes más virtudes de las que en realidad atesora
—aventuró, con un hondo suspiro, el jerarca.
Se oyó en la sala el ruido peculiar que produce un lienzo al
rasgarse en dos mitades. Tas vio que el elfo oscuro gesticulaba con los brazos,
sin duda para partir el paño de su pectoral.
—¡Nada mejor que esta muestra de su poder para rebatir tus
argumentos! —exclamó Dalamar.
Los magos estiraron el cuello, e ininteligibles expresiones de
asombro se sucedieron en la fría atmósfera de la sala como una ráfaga de
viento. Tas se debatió entre los brazos de Caramon mas cuando, vencido, le
lanzó una iracunda mirada, constató anonadado que su robusto compañero
permanecía impertérrito, sin el más mínimo atisbo de curiosidad.
—Contemplad el estigma de su mano en mi persona —invitó Dalamar
a la asamblea—. Apenas puedo soportar el lacerante dolor. —Hizo una pausa antes
de añadir, con los dientes apretados—: Me encargó que te saludara de su parte,
Par-Salian.
El gran maestro inclinó la cabeza y se llevó una mano, que
temblaba evidentemente, a la sien para sujetársela. Durante un minuto se
exacerbaron en su faz los surcos de la vejez, la debilidad, el agotamiento, si
bien no tardó en dirigirse de nuevo al discípulo con renovada energía.
—Así que nuestros temores se han confirmado. —Sus ojos se
arrugaron en actitud inquisitiva—. Sabe que te enviamos...
—¿Para vigilarle? —terminó Dalamar entre amargas risas—. No creo
que le costara mucho adivinarlo. Ha estado al corriente de mis movimientos
desde el primer día, me ha utilizado a mí, como a vosotros, para satisfacer sus
propios fines. —El elfo escupía, más que pronunciaba, las palabras.
—Me resultaba difícil aceptar tus revelaciones —apuntó el mismo
hechicero de Túnica Roja que antes hablara—. El joven Raistlin es una criatura
poderosa, no lo niego, pero ese proyecto de enfrentarse a una diosa me parece
ridículo.
Su afirmación fue coreada desde las dos secciones del
semicírculo.
—¿De verdad? —preguntó el elfo a fin de acallar el revuelo, con
un tono letal por su extrema suavidad—. En ese caso, permitidme que os exponga
vuestra total ignorancia respecto al significado del término «poder». Vuestras
facultades son insignificantes comparadas con las suyas, ni con una sonda
infinita alcanzaríais las profundidades de su sapiencia. ¡No es posible
medirla! Yo, sin remontarme a las esotéricas alturas que su magia gobierna, he
presenciado portentos que ninguno de los aquí presentes osaría ni siquiera
imaginar. —La furia que ribeteaba su voz fue sustituida por una admiración sin
condiciones hacia el protagonista de su relato—. He recorrido las regiones del
sueño con los ojos abiertos, mis pupilas se han posado en una belleza tal que
un corazón fuerte no la resistiría sin estallar de dolor. He descendido,
asimismo, a las simas de las pesadillas, y he descubierto horrores tan
indescriptibles —se estremeció—que supliqué la muerte antes que tener que
encararme a ellos. —Se interrumpió unos segundos y, con un centelleo de sus
oscuras pupilas, atrajo la ensimismada atención de los veinte sabios—. Y todos
estos prodigios son fruto de su magia, él los conjura y los crea.
No se oía en la estancia ni una respiración.
—Demuestras prudencia al asustarte, gran maestro —continuó
Dalamar—. Sin embargo, por mucho que temas a Raistlin nunca será suficiente. Es
cierto que no tiene el poder que ha de llevarle al otro lado del mortífero
umbral, pero pronto partirá en su busca. Mientras nosotros hablamos él hace los
preparativos para el largo viaje y, en cuanto yo regrese mañana, abandonará la
Torre.
—¿Regresar tú a su lado? —repitió Par-Salian perplejo—. No lo
permitiré. Sabe, como tú mismo has informado, que eres un espía de este
cónclave arcano formado por sus compañeros —declaró, y fijó la vista en la
butaca que permanecía vacía en medio de los representantes de la Túnica Negra—.
Eres valiente, Dalamar, pero no has de volver y sufrir lo que sería una
tormentosa muerte en sus manos.
—No puedes impedírmelo —replicó el aprendiz sin un resquicio de
emoción en su talante—. Ya os he comentado que vendería mi alma a cambio de
perfeccionar mis estudios junto a un ser como él. Ahora, aunque me cueste la
vida, conservaré mi ventajoso puesto de ayudante y quedaré a cargo de la Torre
de la Alta Hechicería durante su ausencia.
—¿Te ha encomendado Raistlin esa misión, pese a tu traicionera
conducta? —El hechicero de la Túnica Roja no daba crédito a sus oídos.
—Me conoce bien —repuso el discípulo con cierto resentimiento—.
Es consciente de mi dependencia, de tenerme atrapado en sus redes. Ha flagelado
mi cuerpo y absorbido la esencia de mi espíritu, y aun así no escaparé a la
telaraña que ha tejido a mi alrededor. No soy el primero ni el único que cae en
semejante trance —agregó, a la vez que señalaba la inerte figura blanca que
yacía sobre la plataforma. No contento con involucrar a Crysania, giró el
rostro y dedicó a Caramon una burlona sonrisa—. ¿Me equivoco, hermano?
Al fin el guerrero entró en acción. Arrancó bruscamente a Bupu
de su pie, soltó a Tas y dio un paso al frente, lo que permitió al kender y a
la enana agazaparse tras su espalda.
—¿Quién es este individuo? —inquirió frunciendo el ceño—. ¿Qué
ocurre, Par-Salian, de qué habláis? Os he oído mencionar a Raistlin, pero no he
entendido una palabra.
Antes de que el insigne mago atinara a contestar, el elfo oscuro
se apresuró a explicar al fornido humano:
—Me llamo Dalamar y soy el aprendiz de tu gemelo en la Torre de
la Alta Hechicería. Además ejerzo como espía, enviado por esta augusta asamblea
para observar de cerca las maquinaciones de Raistlin.
Caramon no articuló sonido alguno, estaba demasiado ocupado en
examinar con los ojos muy abiertos el pecho del falso alumno. Intrigado por la
expresión de espanto del compañero, Tas lo imitó y, al instante, distinguió
cinco agujeros socarrados y sanguinolentos en la carne de Dalamar. El kender
tragó saliva, muy impresionado.
—Sí, fue la mano de tu hermano la que me infligió estas heridas
—aclaró el elfo, que adivinó sin dificultad los pensamientos del guerrero.
Esbozando una indefinible sonrisa, recogió en su palma los jirones de su túnica
y los anudó en su hombro al objeto de ocultar las horrendas lesiones—. No debes
preocuparte —musitó—, sólo me aplicó el castigo que merecía.
Caramon apartó los ojos, tan pálido que Tas deslizó los dedos
entre los suyos en un intento de reconfortarlo. Temía que se desmayara,
circunstancia que Dalamar no dejó de percibir y aprovechó para ensañarse.
—¿Qué sucede? —preguntó socarrón—. ¿No le creías capaz de tanta
crueldad? No, claro, eres igual que todos estos ancianos. ¡Hatajo de estúpidos!
—Al insultar a los presentes su mirada corrió entre ellos, presta a borrarles
de la faz del mundo.
Los murmullos de indignación se entremezclaron con los de
pánico, ambos superados por las manifestaciones de incertidumbre. Transcurridos
unos momentos, Par-Salian alzó la mano para conminar el silencio a los
desencajados sabios.
—Ya es hora, Dalamar, desde que nos relates los pormenores de
tan sorprendentes planes. A menos, por supuesto, que Raistlin te haya prohibido
referirlos frente al cónclave. —Aunque sereno, impasible a la insolencia del
alumno, impartió su orden con una nota de ironía que el elfo captó al instante.
—No, no hubo tal prohibición —dijo sin perder la sonrisa—.
Conozco una parte de sus intenciones, e incluso quiso asegurarse de que os la comunicaría
con todo lujo de detalles.
Se produjo una breve algarabía en la que cundieron las chanzas,
un intervalo de humor al que todos se sumaron de buen grado, salvo Par-Salian.
En efecto, este último exhibía en su entrecejo los surcos de la más honda
inquietud.
—Continúa —exhortó al elfo, casi sin voz.
Dalamar inhaló una bocanada de aire e inició su narración.
—Va a desplazarse en el tiempo, a aquella época anterior al
Cataclismo en la que Fintandantilus se hallaba en la cúspide de su poder. Mi
shalafi desea entrevistarse con el gran mago, compartir sus estudios y
recuperar las obras por él escritas que fueron destruidas en la debacle.
Raistlin está persuadido de que, si no engañan los volúmenes arcanos leídos con
tanto esmero tras retirarlos de la Gran Biblioteca de Palanthas, Fistandantilus
aprendió cómo atravesar el umbral que separa a los hombres de los dioses y, de
este modo, sobrevivió a la espantosa hecatombe y prolongó sus días hasta las
guerras enaniles. También así logró salvarse de la terrible explosión que
devastó la tierra de Dergoth y perduró, en estado latente, a la espera de un
nuevo receptáculo donde albergar su alma.
—¿Qué clase de galimatías es éste? ¡Que alguien me ponga en
antecedentes de tan esotérica charla, o arrasaré la sala y volarán por los
aires vuestras miserables cabezas! —amenazó Caramon fuera de sí—. ¿Quién es
Fistandantilus? ¿Qué vínculo le une a mi hermano?
—Chitón —le ordenó Tas, a la vez que lanzaba a los magos una
mirada llena de temor.
—Nos hacemos cargo de su enfado, kender —lo tranquilizó
Par-Salian—. Y también comprendemos el pesar subyacente a su atrevimiento, así
que me dispongo a darle la explicación que le debemos. Empezaré por confesar
que quizás actué de manera errónea. Pero, ¿tenía acaso otra alternativa? ¿Dónde
estaríamos hoy de haber tomado una decisión distinta?
Tasslehoff vio que el gran maestro escrutaba de hito en hito a
los hechiceros que lo flanqueaban y, de pronto, comprendió que sus últimas
frases iban dirigidas a ellos más que al guerrero. Muchos de los miembros de la
asamblea se habían quitado las capuchas y sus semblantes se contorneaban,
conspicuos, bajo la fantasmal luz. La ira marcaba los de los portadores de la
Túnica Negra, en claro contraste con el miedo que se reflejaba en los rasgos de
los defensores del Bien. En cuanto a los sabios envueltos en ropajes
encarnados, hubo uno que llamó de un modo especial la atención del kender
debido a su aparente impasibilidad y a sus ojos que, oscuros y nerviosos,
desmentían tal actitud. Era el mago que había puesto en duda la magnitud del
poder de Raistlin, y Tas tuvo la impresión de que Par-Salian le mostraba una
especial deferencia.
—Hace más de siete años, fui visitado por Paladine en una de sus
encarnaciones —declaró el gran maestro con la mirada perdida en la bruma—. Me
advirtió de la época de terror que había de tambalear los cimientos del mundo,
me contó que la Reina de la Oscuridad había despertado de su letargo a los
dragones malignos resuelta, en su inagotable sed de poder, a provocar una
guerra que le permitiera subyugar a los habitantes de Krynn. «Eligirás a uno de
los magos de tu Orden para que contribuya a desterrar el Mal —me dijo—. Sé
prudente y reflexiona antes de designar a la persona adecuada, piensa que ha de
ser la espada que hienda la negrura de una estocada mortal. No debes revelarle
nada de lo que el futuro os depara, has de dejar que sean sus determinaciones y
las de otros las que salven el reino o lo zambullan en la noche eterna.»
Interrumpió al anciano una batahola de protestas, provenientes
sobre todo de los nigromantes, pero él se limitó a esperar que se apaciguaran.
Sin embargo, sus cansadas pupilas despedían destellos, que aceleraron el
proceso al atestiguar la autoridad que todavía anidaba en las entrañas de aquel
ser de aspecto senil.
—No os falta razón —concedió con un tono algo cortante—, podría
haber convocado una reunión de la asamblea para someter el asunto a su juicio.
Pero creí, y sigo creyéndolo, que era yo quien debía asumir esta
responsabilidad. Sabía de antemano cuántas horas pasaría el cónclave
discutiendo, sin posibilidad de acuerdo. Me arriesgué, pues, a actuar en
solitario. ¿Hay alguien que niegue mi derecho a hacerlo?
Tas contuvo el aliento, sintiendo que la ira de Par-Salian se
expandía, como un manto, por la estancia. Los magos de Túnica Negra se
inmovilizaron en sus asientos, aunque persistió un sordo zumbido de voces. El
gran maestro guardó unos instantes de silencio, antes de fijar su atención en
Caramon y declarar:
—Elegí a Raistlin.
—¿Por qué? —gruñó el guerrero.
—Tenía mis razones, algunas de ellas tan secretas que ni
siquiera ahora puedo revelártelas. Pero hay una evidente: tu hermano nació con
un don, la magia se aloja en su ser espontáneamente. Ése fue el motivo
fundamental. ¿Sabías que, desde el primer día en que acudió a la escuela, su
profesor sintió por él miedo y respeto? ¿Cómo enseñar a un alumno cuyos
conocimientos superan a los de aquel que debe formarle? Y, combinada con sus
virtudes arcanas, está su inteligencia. La mente de Raistlin nunca descansa, ávida
de erudición y de respuestas a los enigmas del universo. También atesora otra
cualidad importante, el valor. Sí, es quizá más fuerte que tú, guerrero, pues
vence al dolor cada hora de su vida. Se ha enfrentado a la muerte en numerosas
ocasiones y siempre salió victorioso, no le asustan ni la luz ni las tinieblas.
En cuanto a su alma, arden en ella la ambición, el ansia de predominio y una
curiosidad irrefrenable. No me cabía la menor duda de que nada se interpondría
en su camino, que no se detendría hasta alcanzar sus objetivos. No ignoraba que
los fines que se trazase beneficiarían al mundo, aunque él mismo acabase por
volverle la espalda.
Se produjo una nueva pausa. Cuando el anciano retomó el hilo de
su historia, las palabras brotaron como un lamento:
—Pero antes debía pasar la Prueba.
—Deberías haber previsto el desenlace —le reprochó el hechicero
ataviado de rojo, si bien no levantó la voz—. Todos sabíamos que él esperaba,
al acecho de una oportunidad.
—¡No tuve otra opción! —se defendió Par-Salian, casi colérico—.
Se agotaba nuestro tiempo, el del mundo. El joven había de someterse a la
Prueba y asimilar cuanto había aprendido. No podía demorarlo.
Caramon miró, de hito en hito, a las dos dignas figuras e
intervino en su controversia.
—¿Eras consciente de que Raistlin corría peligro al traerle a la
Torre?
—Sí —confesó el anciano—. Pero la Prueba siempre entraña
riesgos, fue concebida para eliminar a quienes podían resultar perjudiciales a
sí mismos, a la Orden y a todos los inocentes que pueblan Krynn. —Alzó la mano
y se alisó las cejas—. Recuerda, por otra parte, que se trata de un examen y,
en consecuencia, de una enseñanza. Abrigábamos la esperanza de que tu hermano
aprendiera compasión, piedad, y a la vez templara su desmedido afán de
trascender la condición de hombre. Quizá me traicionó mi ferviente anhelo de
convertirle en un ser perfecto, un anhelo que me hizo olvidar a Fistandantilus.
—¿Fistandantilus? —repitió Caramon confuso—. ¿Por qué ibas a
pensar en él? Por lo que he colegido de vuestra discusión murió hace decenios.
—No, lo que antes se ha dicho es precisamente lo
contrario—aclaró Par-Salian cariacontecido—. El estallido que destruyó a
millares de criaturas en las guerras enaniles y arruinó un territorio que,
todavía hoy, es un yermo desierto, no logró aniquilar a Fistandantilus, su
poder era tal que derrotó a la misma muerte. Lo que hizo fue mudarse a otro
plano de existencia, lejano al nuestro pero no lo suficiente. Desde allí se
mantuvo alerta, vigilante, en espera de que algún cuerpo aceptara cobijar a su
espíritu. Y lo encontró: era el de Raistlin.
El hombretón escuchó la parrafada con los músculos en tensión y
el rostro lívido. Tas se percató, mientras tanto, de que Bupu comenzaba a
retroceder y la agarró por la muñeca, evitando así que la aterrorizada enana
emprendiera la huida de la vasta sala.
—¿Quién sabe qué pacto sellaron en el curso de la Prueba?
Probablemente ninguno de los presentes. —Aunque afligido, el viejo narrador
ensanchó sus labios en una sonrisa—. Lo que es innegable es que Raistlin estuvo
soberbio, si bien las extenuantes fases del examen afectaron su ya delicada
salud. Quizás habría sobrevivido a la última, la confrontación con el elfo
oscuro, sin la ayuda de Fistandantilus... o quizá no.
—¿Su ayuda? ¿Acaso le salvó de la muerte?
—No puedo responder a esa pregunta, guerrero —admitió
Par-Salian—, lo único que estoy en situación de afirmar es que no fuimos
nosotros quienes estamparon 'en su tez ese tinte dorado. El oponente de
Raistlin le arrojó una bola de fuego y él, aunque parezca imposible, resultó
ileso.
—Para Fistandantilus no era difícil protegerle de ese
encantamiento —apuntó el sabio vestido de encarnado.
—Estoy de acuerdo con tu
comentario —se apresuró a responder el anciano—. También a mí me causó
extrañeza, mas no lo pude investigar ya que, a partir de aquel momento, los
acontecimientos del mundo se precipitaron hasta llegar al climax. Tu hermano
concluyó la Prueba con éxito, sin mayores alteraciones en su organismo que el
lógico debilitamiento físico. Yo tenía razón —añadió paseando por el
semicírculo una mirada de triunfo—, su magia había sobrepasado cotas
inimaginables. ¿Qué otro hechicero se habría hecho con el control de un Orbe de
los Dragones sin estudiarlo durante años?
—Eso nada
demuestra —opuso de nuevo su adversario dialéctico—, lo apoyaba alguien cuyos
conocimientos se contaban por centurias.
Par-Salian optó por callar, aunque su expresión ceñuda delataba
su disgusto.
—Veamos si he comprendido —balbuceó Caramon espiando, inseguro,
al mago de la Túnica Blanca—. Fistandantilus, al adueñarse del alma de
Raistlin, fue el causante de que se convirtiera en un paladín del Mal.
—No debes exculpar a tu hermano —lo amonestó Par-Salian—. Se le
ofreció una alternativa, como nos ocurre a todos, y él decidió con plena
responsabilidad.
—¡No te creo! —se rebeló, de pronto, el guerrero—. Raistlin
nunca tuvo esa opción, estás mintiendo. Lo torturasteis sin contemplaciones
hasta que uno de esos esbirros tuyos reclamó para sí los despojos.
Las acusaciones del corpulento humano retumbaron entre las
sombras con el fragor del trueno. Tas reparó, alarmado, en la fijeza con que
Par-Salian escudriñaba a su amigo, y se preparó para el hechizo que había de
fulminarlo. El castigo nunca llegó, lo único que alteraba la calma de la sala
era la ruda respiración del guerrero.
—Lo restituiré sin tardanza al presente —aseveró Caramon al fin,
anegados sus ojos de lágrimas—. Si él puede viajar en el tiempo para
encontrarse con Fistandantilus, yo también. Vosotros me indicaréis cómo. Y en
cuanto se cruce en mi camino ese brujo diabólico, le mataré. Así Raistlin
volverá a ser el de antes, olvidará su demente plan de retar a la Reina de la
Oscuridad y transformarse en un dios.
Pronunció su discurso sin más pausas que las que le exigían los
sollozos al intentar, sin éxito, surgir al exterior. El semicírculo se sumió en
un caos de gritos, de bramidos de cólera.
—¡Eso es imposible! ¡Cambiaría el rumbo de la Historia! Has ido
demasiado lejos, Par-Salian —exclamaban las voces enfurecidas de los magos.
El vetusto presidente del cónclave se puso en pie y, ladeando el
rostro, consultó en silencio a los reunidos, uno tras otro y de manera
individual. Tas percibió aquel mudo conferenciar rápido, directo, fulgurante
como el rayo.
Caramon se enjugó las lágrimas, que afluían ahora a borbotones,
sin deponer su actitud desafiante. Despacio, los magos se arrellanaron en sus
pétreas butacas y volvió a reinar la paz., si bien el hombrecillo vislumbró
puños cerrados y muecas de reticencia o, acaso, de ira. El hechicero de la
Túnica Roja, el que más inquietaba al kender, estudiaba a Par-Salian en postura
especulativa, con una ceja enarcada. En el instante en que también el más
temible adversario se relajó, el anciano lanzó una última mirada a sus
compañeros y les dio la espalda para dirigirse a Caramon, en estos términos:
—Analizaremos tu ofrecimiento. Podría funcionar, ya que Raistlin
no espera...
Lo interrumpieron las carcajadas de Dalamar.
Los
sentimientos de Bupu
—¿Espera? —Tanto reía Dalamar que apenas podía respirar—. ¡Él lo
planeó todo! ¿Crees que ese enorme botarate —señaló a Caramon— habría
encontrado el camino de la Torre por su propia iniciativa? Cuando las criaturas
de las tinieblas persiguieron a Tanis, el Semi-elfo, y a Crysania, ¿quién
piensas que las envió? Incluso el encuentro con el Caballero de la Muerte, una
confrontación organizada por su hermana y que podría haber entorpecido el logro
de sus objetivos, fue aprovechada por mi shalafi en su propio provecho. Porque
no me cabe duda de que vosotros, viejos necios, catapultaréis a la sacerdotisa
al pasado, a presencia de los únicos seres capaces de sanarla: el Príncipe de
los Sacerdotes y sus seguidores. Y, al trasladarse en el tiempo, es inevitable
que se tropiece con Raistlin. Y no sólo eso, le asignaréis un custodio en la
persona de este hombretón, su hermano. ¡Exactamente lo que quiere el shalafi!
Los dedos de Par-Salian se cerraron en ganchos para aferrar los
brazos pétreos de su butaca, a la vez que en sus ojos azules se encendían las peligrosas
chispas de la ira.
—Hemos soportado tus insultos hasta el límite de la paciencia,
Dalamar —advirtió al insolente discípulo—. Además, tanta lealtad al shalafi
empieza a parecerme sospechosa. Si mis recelos son ciertos, has cesado de ser
útil a este cónclave.
Ignorando la amenaza que encerraban estas palabras, el elfo
oscuro esbozó una amarga sonrisa y declaró:
—Estoy atrapado en una encrucijada, como Raistlin pretendía.
—Suspiró y un escalofrío convulsionó su cuerpo, por lo que intentó arroparse en
sus rasgadas vestiduras. Alzó entonces sus negros ojos, y su mirada de extravío
provocó una punzada en el corazón de Tas—. No sé ya a quién sirvo, al shalafi o
a esta asamblea, pero hay algo de lo que podéis estar seguros: si alguno de
vosotros intentara penetrar en la Torre durante su ausencia, le mataría sin
vacilar. Considero que le debo fidelidad en ese grado. Sin embargo, le temo
tanto como los otros miembros de la Orden y estoy dispuesto a ayudaros, en la
medida de mis posibilidades.
Las manos del gran maestro se relajaron, si bien no dejó de
escudriñar a Dalamar en actitud severa.
—No acabo de comprender por qué Raistlin te comunicó sus planes
—aventuró—. Un ser con sus dotes no ignora que actuaremos de inmediato para
impedir que se colmen sus ambiciones.
—La razón es sencilla —explicó el discípulo—. Sois, al igual que
yo, piezas de su juego, necesita que ocupéis vuestros lugares en su estrategia.
—De pronto, se bamboleó, contraído el rostro de dolor y agotamiento. Par-Salian
trazó un contorno en el aire y al instante se materializó una silla, que
recibió al elfo en su caída—. Debéis encajar en sus proyectos, cumplir vuestra
misión de mandar a este hombre y esta mujer a una época remota. Sólo así
alcanzará el éxito en su empeño...
—Y sólo así podremos detenerlo nosotros —apostilló Par-Salian
con voz queda—. ¿Pero por qué Crysania? ¿Qué interés mueve a ese nigromante
para elegir a una dama tan bondadosa, tan pura?
—El poder que ostenta —le recordó Dalamar—. Según la información
que ha podido recabar en los escritos de Fistandantilus conservados hasta
nuestros días, precisará del apoyo de un clérigo en su enfrentamiento con la
Reina de la Oscuridad. Ha de ser un adorador de Paladine, poseedor de virtudes
especiales, el que rete a la soberana y abra la puerta de la negrura. Al
principio el shalafi no pensó en Crysania, sino en el moribundo Elistan... pero
prescindamos de esta historia que nada ha de aportarnos. Tal como se
desarrollaron los hechos fue esta dama la que cayó en sus manos, y resultó
reunir las características requeridas: bondad, convicción en la fe y, como he
dicho, poder.
—Te olvidas de algo —apuntó Par-Salian, vuelta su ahora
compasiva mirada hacia la sacerdotisa—: la atracción irresistible que ejerce
sobre ella la perversidad.
Hubo un breve silencio en el que Tas, quien permaneció siempre
atento al diálogo de los magos, observó a Caramon mientras se preguntaba si
había asimilado la mitad de lo expuesto. La opacidad que descubrió en las
pupilas del guerrero, no obstante, le confirmó que apenas sabía dónde estaba.
Quizá, perdido en el galimatías, hasta abrigaba dudas sobre su identidad. «¿De
verdad van a transportarlo al pasado, como él mismo ha ofrecido? No puedo
creerlo», pensó.
—Raistlin tiene otros motivos para querer que tanto la mujer
como su hermano retrocedan con él en el tiempo, no te dejes engañar. —Era el
hechicero de la Túnica Roja el que así rompía el intervalo de calma,
dirigiéndose a Par-Salian—. No nos ha revelado ciertos detalles importantes, su
astuta mente ha fraguado esta patraña de hacernos saber a través del aprendiz
sólo lo que a él le interesa al objeto de que le secundemos. Propongo que
desbaratemos sus planes.
Remiso a responder, el gran
maestro clavó en Caramon una mirada tan llena de tristeza que Tas se
sobrecogió. Transcurridos unos interminables segundos el hechicero, aún mudo,
meneó la cabeza y posó los ojos en sus vestiduras.
«¿Qué significa este escrutinio, y esa expresión de pesar?
—inquirió el kender para sus adentros mientras daba unas palmadas en el hombro
de la inquieta Bupu—. ¿No irán a mandarle a una muerte segura? De todos modos,
ése será el fatal desenlace si Caramon parte en su estado actual de depresión y
desconcierto.»
Se movió el hombrecillo, incómodo y fatigado. Nadie le hacía el
más mínimo caso, la conferencia era tediosa y tenía hambre. Si habían de lanzar
a su amigo a tan azarosa aventura, mejor sería que se apresurasen.
Estaba sumido en estas cavilaciones cuando la parte de su
cerebro que escuchaba a Par-Salian comenzó a forcejear para acallarlas. Sin
dudar un instante, el kender colocó cada pensamiento en su lugar y aplicó de
nuevo el oído a la conversación. Era Dalamar quien hablaba.
—Pasó la noche en su estudio —relató—. Ignoro qué temas
trataron, pero cuando Crysania salió al amanecer parecía conmocionada. Las
últimas palabras que pronunció Raistlin fueron, textualmente: «Quizá Paladine
no te envió con el fin de detenerme, sino de ayudarme.»
—¿Qué repuso ella?
—Nada, jalonó el pasillo de la Torre y atravesó la arboleda como
si hubiera quedado sorda y ciega.
—Lo que escapa a mi percepción es por qué la sacerdotisa vino
aquí en busca de nuestro apoyo. Debería haber sabido que rehusaríamos mandarla
a esa época remota —comentó el mago ataviado de rojo.
—¡Yo puedo esclarecer ese punto! —exclamó Tas sin previa
reflexión.
Ahora sí, ahora Par-Salian le prestó atención. Todo el
semicírculo estaba pendiente de él, vueltas las cabezas en su dirección. El
kender se había manifestado frente a los espíritus del Bosque Oscuro y también
en el Consejo de la Piedra Blanca pero, por alguna razón, esta solemne y
callada audiencia lo intimidaba, más aún al comprender qué debía decir.
—Te lo ruego, Tasslehoff Burrfoot, cuéntanos lo que sabes —lo
instó el gran maestro con suma cortesía—. Así podremos dar por concluida la
reunión y pronto disfrutarás de una cena reconfortante.
Tas se sonrojó, persuadido de que Par-Salian había penetrado su
mente para leer los anhelos en ella impresos con la misma facilidad con que él
leía el contenido de un pergamino.
—He de reconocer que un pequeño ágape sentaría muy bien a mi
estómago. Pero centrémonos en Crysania. —Hizo una pausa a fin de ordenar sus
ideas, e inició su historia sin más preámbulos—. Veréis, no puedo afirmar de
manera rotunda lo que me dispongo a narraros pues es el fruto de lo que he oído
en mis correrías. Conocí a la sacerdotisa Crysania en Palanthas,, donde fui
para visitar a mi amigo Tanis, el Semielfo. Seguramente tenéis noticia de sus
hazañas y también de las de Laurana, el Áureo General. Yo luché al lado de
ambos en la Guerra de la Lanza y tomé parte en el rescate de la Princesa elfa,
cautiva de la Reina de la Oscuridad. —El kender estaba henchido de orgullo—. La
aventura comenzó en el Templo de Neraka...
Par-Salian enarcó un poco las cejas, lo suficiente para que Tas
titubease.
—Creo que será preferible dejar ese relato para más tarde
—rectificó—. Sea como fuere, vi por vez primera a Crysania en casa de Tanis y
me enteré de que planeaban viajar a Solace para entrevistarse con Caramon. De
un modo que ahora no viene al caso, encontré una carta que la sacerdotisa había
escrito a Elistan. Debió deslizarse de su bolsillo.
Se detuvo a fin de cobrar aliento y el gran maestro apretó los
labios, en un intento de reprimir la sonrisa que a ellos afloraba.
—La leí —continuó el narrador, satisfecho por saberse
protagonista— para comprobar si era importante. Después de todo, existía la
posibilidad de que la hubiera desechado. La dama decía en su misiva que estaba
más convencida que nunca, tras su conversación con Tanis, de que en el corazón
de Raistlin quedaba un resquicio de bondad y aún podía ser apartado del
tortuoso camino que había emprendido. Por eso deseaba acudir ante el cónclave,
esperaba persuadiros y obtener vuestro concurso. No me pareció correcto seguir
adelante; resultaba obvio que el escrito era de gran trascendencia, así que me
apresuré a restituírselo. Se alegró mucho al recuperarlo, no era consciente de
haberlo extraviado.
Ahora Par-Salian tuvo que sellar su boca con los dedos para no
estallar en carcajadas.
—Anuncié a la sacerdotisa que, si quería escucharme, podía
hablarle largo y tendido sobre Raistlin. Le entusiasmó la idea, así que la puse
al corriente de numerosos episodios de la vida del hechicero hasta advertir, en
una de nuestras charlas, que le interesaban especialmente los relacionados con
Bupu. «¡Cuánto me gustaría departir con la enana gully y llevarla a la
asamblea!», exclamó una noche. Según ella era una pieza clave para que
aceptarais sus argumentos y la apoyaseis en su misión de salvar al descarriado.
De pronto, uno de los portadores de la Túnica Negra emitió un
sonoro estornudo. Par-Salian lanzó una fugurante mirada en su dirección y reinó
de nuevo el silencio, si bien Tas observó que los nigromantes cruzaban sus
manos sobre el pecho en señal de protesta. Varios pares de ojos centellearon en
la penumbra de la sala.
—No era mi intención ofender a nadie —se disculpó el kender—.
Siempre pensé que a Raistlin le sentaba bien el color de la noche, más aún en
contraste con su tez dorada, y por otra parte he aprendido que no todos hemos
de ser bondadosos. Fizban, uno de los nombres terrenales de Paladine y gran
amigo personal mío, me explicó que debía existir un equilibrio en el mundo y
que nosotros luchábamos para reinstaurarlo. Eso significa que tan necesarios
son los blancos como los negros, ¿no es así?
—Ninguno de los presentes cuestiona tu buena fe, kender —lo
tranquilizó el insigne presidente—. A mis colegas no les han disgustado tus
palabras, su cólera discurre por otros derroteros. No todas las criaturas del
mundo son tan sabias como Fizban, el Fabuloso.
—En ocasiones lo echo de menos —suspiró Tas melancólico—. Pero
volvamos a mi historia, a Crysania y a Bupu. Recogiendo el anhelo de la Hija
Venerable le propuse ir en busca de la enana para traerla donde ahora estamos.
No había visitado Xak Tsaroth, su refugio, desde que Goldmoon matara al Dragón
Negro, y por otra parte sólo me separaban tres zancadas de esta ciudad
subterránea. Tanis me garantizó que no había inconveniente en lo que a él
atañía, incluso se alegró al verme partir.
»El Gran Bulp me entregó a Bupu tras una breve discusión, en la
que le obsequié algunos de los artículos curiosos que siempre guardo en mis
saquillos. Conduje a la enana a Solace, mas cuando llegué Tanis ya se había
ido... y también Crysania, lo que no dejó de sorprenderme. Caramon —oyó cómo el
guerrero se aclaraba la garganta presto a intervenir— se encontraba bajo de
forma, lo que no fue óbice para que su esposa Tika, una mujer encantadora, nos
apremiase a salir sin demora en pos de la dama. Se había internado esta última
en el Bosque de Wayreth, un paraje siniestro y lleno de... No quiero herir
susceptibilidades, pero ¿os habéis detenido a pensar en el cariz negativo de
vuestra espesura? Inhóspita, lóbrega y —clavó en el semicírculo una severa
mirada— errante. No comprendo cómo permitís que deambule sin rumbo, lo
considero un acto irresponsable.
Una ligera vibración, acaso de risa contenida, agitó los hombros
de Par-Salian.
—Eso es todo cuanto sé —concluyó el kender—. Ahora tomará la
palabra Bupu y os narrará... —Se interrumpió para escudriñar su entorno—.
¿Dónde se ha metido?
—Aquí —declaró Caramon a la vez que la arrastraba a un lugar
visible desde su escondrijo, la espalda del hombretón, donde la enana se había
escudado presa de un invencible terror. Al ver que todos los ojos confluían en
su persona la pequeña gully exhaló un alarido y se derrumbó sobre el suelo,
convertida en un tembloroso fardo de harapos.
—Me temo que tendrás que sustituirla —invitó Par-Salian a Tas—.
Es decir, si conoces los hechos que había de revelarnos.
—Sí, al menos los que Crysania deseaba someter a vuestro juicio
—contestó el kender en un tono repentinamente alicaído—. Se produjeron durante
la guerra, cuando descubrimos Xak Tsaroth. Los únicos que poseían información
de interés acerca de esta ciudad eran los enanos gully, pero rehusaron
ayudarnos hasta que Raistlin sumió en un hechizo a una de aquellas criaturas:
Bupu. De todos modos debo puntualizar que, más que invocar un encantamiento,
consiguió que se enamorase de él. —Hizo una pausa antes de continuar, azuzado
por el remordimiento—. Algunos de nosotros hallamos la situación ridícula, nos
reíamos de la enana. Raist, sin embargo, la trataba con dulzura e incluso le
salvó la vida durante un ataque draconiano. En cualquier caso, Bupu nos
acompañó después de que abandonáramos Xak Tsaroth. No soportaba la idea de
separarse de su héroe.
Tas parecía conmovido, las palabras surgían, ahora, de sus
labios en un susurro apenas audible.
—Una noche me despertaron los sollozos de Bupu. Decidí ir a
consolarla, pero Raistlin se me adelantó. Acudió raudo a su lado y le preguntó
cuál era el motivo de su tristeza. La enana confesó hallarse en una
encrucijada, pues añoraba a su pueblo y al mismo tiempo se sentía incapaz de
dejar al hechicero. Él posó la mano en su cabeza y, al instante, vislumbré una
radiante aureola de luz en torno al diminuto cuerpo de la gully. La envió a
casa bajo esta protección; aunque debía atravesar regiones atestadas de monstruosas
criaturas, intuí que nada malo había de sucederle. No me equivoqué —terminó en
actitud solemne.
Hubo unos momentos de silencio, sucedidos por un auténtico caos.
Todos los magos rompieron a hablar a la vez, predominando en un primer tiempo
las expresiones de incredulidad de los de negro y las frases burlonas de
Dalamar.
—Kender, confundes la realidad con los sueños —lo acusó éste
desdeñoso.
—¿Quién confiaría en un miembro de su raza? ¡Es bien sabido que
son un hatajo de embusteros! —lo insultó un viejo mago de aspecto desagradable.
Más reservados, los hechiceros de Túnica Roja y los de Túnica
Blanca reflexionaron antes de exteriorizar su postura.
—Si lo que dice el hombrecillo es cierto quizás hemos juzgado
mal a Raistlin. Existe una posibilidad entre mil, pero opino que merece el
riesgo —propuso uno.
Par-Salian alzó la mano en una imperativa llamada al orden.
—Admito que me cuesta aceptar tu historia, Tasslehoff Burrfoot,
si bien no está en mi ánimo humillarte con mi reticencia. —El mago dedicó al
kender una sonrisa conciliadora al percibir su creciente indignación—.
Lamentablemente, los de tu pueblo tenéis cierta tendencia a exagerar u omitir.
Si Raistlin consiguió que esta criatura se enamorase de él, tal como tú mismo
lo has planteado, fue mediante las artes arcanas y para utilizarla.
—¡Yo no soy ninguna «criatura»!
Bupu había alzado su rostro
anegado en lágrimas, salpicado de barro seco, y espiaba a la asamblea con el
pelo erizado como el de un felino. Concentrada su acritud en Par-Salian, se
puso en pie y dio un paso al frente mas, cuando se disponía a arrojarse sobre
él, tropezó contra el zurrón y cayó de nuevo cuan larga era. Insensible al
golpe, se apresuró a recomponerse y se enfrentó al gran maestro.
—No sé nada de brujos poderosos —le espetó con amplias
gesticulaciones de sus rechonchos brazos—, ni de encantamientos. Sí sé que esto
encierra magia —hurgó en la bolsa y, extrayendo la rata muerta, la balanceó
ante su oponente— y que el hombre al que criticáis es bueno. Lo fue conmigo.
—Apretó ahora el roedor contra su pecho, y sentenció—: Los otros, el guerrero y
el kender, se mofan de Bupu. Me miran como si fuera un insecto.
Se enjugó el llanto mientras a Tas se le hacía un nudo en la
garganta, acompañado por una sensación de culpa que lo impulsaba a verse a sí
mismo como una abyecta sabandija.
Ahora que la enana había resuelto dar la réplica, no existía
sabio en Krynn capaz de detenerla. Su tono, no obstante, se apaciguó.
—Conozco mi aspecto —dijo y
trató, en vano, de alisarse el vestido con unas manos mugrientas que dejaron
chorretones de suciedad—. No soy guapa como la dama que yace en la plataforma,
pero no vuelvas a llamarme «criatura». —La advertencia iba dirigida a Par-Salian
y, aunque se pasó toscamente los dedos por la acuosa nariz, no perdió un ápice
de su arrogancia—. «Pequeña» es un término mucho más adecuado.
Calló unos instantes, absorta en sus recuerdos. Al fin emitió un
suspiro y reanudó su plática.
—Quería quedarme con él, pero no me lo permitió. Afirmó que
debía recorrer sendas oscuras y no estaba dispuesto a exponerme. Extendió la
mano sobre mi cabeza —inclinó ésta, evocando la escena— y sentí un calor
interior. Entonces se despidió de mí: «Adiós, pequeña Bupu.» Utilizó el
apelativo «pequeña», el mejor que me han dedicado. —De nuevo miró retadora al
semicírculo—. Él nunca se burló de mí, ¡nunca!
Rompió a llorar, y sus sollozos fueron el único sonido que agitó
la tensa atmósfera. Caramon, conmovido, se cubrió el rostro mientras Tas, por
su parte, buscaba un pañuelo con el que secar las lágrimas.
Transcurrido un breve intervalo Par-Salian abandonó su pétreo
asiento y caminó hacia la enana gully, que lo observaba recelosa, asaltada por
un súbito ataque de hipo.
—Perdóname, Bupu —le suplicó con tono grave—, si te he ofendido.
Debo confesar que he empleado la crueldad a propósito, animado por el deseo de
encolerizarte y obligarte, así, a que nos contaras tu versión de los hechos.
Ahora conozco la verdad. —A pesar de exhibir en su faz las huellas del
agotamiento, el mago estaba exultante—. Quizá después de todo no fracasamos en
nuestro empeño de infundirle compasión —murmuró refiriéndose a Raistlin, a la
vez que acariciaba las ásperas greñas de la enana—. No, él nunca te habría
menospreciado, pequeña. Avivaste en él el recuerdo de quienes lo habían
rebajado en la niñez.
A Tas se le nublaba la visión y oía llorar a Caramon junto a él,
aunque ambos se abandonaban calladamente a sus emociones. Cuando logró
serenarse el kender corrió a retirar a Bupu, que empapaba con sus borbotones el
repulgo de la blanca túnica del mago.
—¿Es ésta la razón por la que Crysania realizara su azaroso
viaje? —preguntó Par-Salian a Tasslehoff al ver que se aproximaba. El hechicero
prendió sus ojos de la fría y rígida forma que se extendía bajo el lienzo,
perdidas las pupilas en una penumbra que no podía distinguir—. ¿Crees que ella
será capaz de reanimar la llama de bondad que nosotros no supimos encender?
—Sí —fue la escueta respuesta del kender, incómodo frente a la
penetrante vigilancia de su interlocutor.
—¿Y por qué se ha trazado ese objetivo? —insistió el anciano
dignatario.
Tas atrajo a Bupu hacia sí y le tendió su pañuelo, ignorando su
perplejidad por no tener la menor idea del uso que debía darle. Tras manosearlo
unos segundos, la enana se pasó por la nariz un pliegue de su vestido.
—Según Tika... —empezó a explicar el kender, pero las palabras
se negaban a salir.
—¿Qué opinaba Tika? —lo ayudó Par-Salian al advertir su
turbación.
—Que lo hacía por amor a Raistlin —declaró el hombrecillo de
manera precipitada.
El gran maestro asintió con la cabeza, y desvió la faz hacia
Caramon.
—¿Y tú, guerrero? —inquirió, de pronto.
El interpelado levantó la testa y, desconcertado, miró al
presidente del cónclave.
—¿Lo quieres aún? Has afirmado antes que estás dispuesto a
retroceder en el tiempo para destruir a Fistandantilus, una misión llena de
peligros. ¿Es tu amor por tu gemelo lo bastante intenso? ¿Arriesgarías tu vida
por él, como ha hecho esta dama? No contestes sin reflexionar, piensa que tu
empresa no está destinada a salvar el mundo. Lo que proyectas es rescatar un
alma, nada más... y nada menos.
Vibraron los labios del
hombretón, más ningún sonido brotó de ellos. Sin embargo, iluminaba sus
facciones una alegría, un júbilo que nacía en sus entrañas. Sólo acertó a
agitar la cabeza.
—He tomado una decisión —anunció Par-Salian, vuelto hacia la
asamblea.
Una figura se incorporó entre los presentes, vestida de negro y
aún cubierta con la capucha. Al desprenderse de ella, Tas la reconoció como la
mujer que lo había traído a la sala. Estaba contraída por la ira, sus manos se
movían como hirientes dardos frente al pecho del dignatario.
—Nos oponemos a su puesta en práctica —bramó la portavoz de los
nigromantes—. Eso significa que no puedes formular el hechizo.
—El amo de la Torre puede invocar un encantamiento en solitario
si así le place, Ladonna —replicó Par-Salian—, se trata de uno de los
privilegios otorgados a quienes ostentan mi rango. Raistlin descubrió este
secreto cuando se erigió en dueño y señor de la Torre de Palanthas, y yo no soy
su inferior. No necesito a los sabios rojos ni negros si tal es mi voluntad.
—Cierto, gran maestro, lo sé. No te somos imprescindibles para
obrar el prodigio, pero sí para que concluya con éxito. —El tono de la dama se
tornó amenazador—. Dependes de nuestra colaboración, aunque sea silenciosa,
porque de lo contrario se alzarán las brumas de nuestra sapiencia y eclipsarán
la luz de la luna plateada. Si eso sucede, fracasarás.
—Olvidemos a Raistlin—propuso Par-Salian, resuelto a apurar
todos los argumentos— y centrémonos en Crysania. ¿Permitiremos que se suma en
un letargo eterno, sin devolverla nunca a la vida?
—¿Qué puede importarnos a nosotros la vida de una sacerdotisa de
Paladine? —comentó Ladonna con una mueca irónica—. Nuestras preocupaciones
pertenecen a esferas más elevadas y, además, juzgo impropio discutirlas en
presencia de extraños. Expúlsalos de aquí —señaló a Caramon y a sus dos amigos—
para que celebremos un consejo privado.
—Una sugerencia muy atinada —respaldó a la fémina el
representante de los sabios investidos de rojo—. Nuestros huéspedes están
cansados, hambrientos, y creo que encontrarán en extremo tediosas las
diferencias familiares de este cónclave.
—De acuerdo —concedió el anciano, si bien su tono abrupto no
pasó desapercibido a Tas—. Seréis llamados en su momento —dijo al trío.
—¡Esperad! —suplicó Caramon—. ¡Deseo asistir a este acto!
El fornido humano calló, atragantándose a causa de la sorpresa.
La estancia había desaparecido, con sus ocupantes y las butacas de piedra.
Tan sólo permanecían a su lado Tas y Bupu, aquél muy ocupado en
examinar su nuevo entorno. En efecto, se hallaban en una acogedora alcoba
semejante a las de «El Último Hogar». El fuego ardía en la chimenea, tres
mullidos lechos se alineaban en un extremo y, frente a las llamas, se erguía
una mesa cargada de suculentos manjares. El aroma del pan recién horneado y la
carne asada en las brasas activaron el apetito del kender. Estaba encantado, se
le hacía la boca agua.
—Creo que hemos ido a dar con el lugar más maravilloso del mundo
—aseveró.
Un
alma en juego
El anciano mago de la túnica alba se hallaba en un estudio muy
similar al que Raistlin utilizaba en la Torre de Palanthas excepto en que los
libros, también alineados en estanterías, estaban encuadernados en piel blanca.
Las runas plateadas de los lomos y cubiertas reverberaban bajo la luz del
chisporroteante fuego, que difundía por la estancia un calor excesivo para el
visitante corriente. Sin embargo, Par-Salian, que tenía el frío de la edad
metido en los huesos, encontraba acogedora aquella atmósfera caldeada. Estaba
sentado frente a su escritorio, contemplando las llamas, cuando lo sobresaltó
el tímido golpeteo de unos nudillos en su puerta.
—Adelante —dijo con un suspiro.
Un joven hechicero, vestido del mismo color blanco apareció en
el dintel para dar paso, con una reverencia, a una mujer ataviada de negro.
Ella aceptó el homenaje sin proferir ningún comentario, acostumbrada al
tratamiento que exigía su rango. Se quitó la capucha y dejó atrás al discípulo,
deteniéndose en el dintel de la cámara en espera de que éste cerrara la puerta
a su espalda para entrevistarse, en privado, con Par-Salian. Era Ladonna, la
actual cabecilla de los nigromantes de la Orden.
Dirigió la fémina una penetrante mirada a la sala. Una gran
parte de su interior se diluía en las sombras, allí donde la fogata no
proyectaba su luz. Las cortinas estaban echadas, bloqueando la entrada de los
rayos lunares, así que Ladonna alzó una mano y pronunció unos versículos que
habían de permitirle escudriñar la penumbra. Una serie de objetos comenzaron al
instante a brillar con un singular resplandor rojizo, indicativo de que poseían
virtudes arcanas: un bastón apoyado en el muro, un prisma de cristal que
descansaba en el escritorio, un candelabro de múltiples brazos, un gigantesco
reloj de arena y algunas de las sortijas que adornaban los dedos del anciano.
No pareció alarmarse, sino que se limitó a estudiarlos uno tras otro y asentir
con la cabeza antes de tomar asiento, satisfecha, cerca de la labrada mesa.
Par-Salian la observaba, esbozada una sonrisa en su ajado rostro.
—Te aseguro que no hay criaturas del más allá agazapadas en los
rincones —declaró secamente—. De haber querido desterrarte de este plano,
querida, lo habría hecho tiempo atrás.
—¿En nuestra juventud? —replicó Ladonna. Su cabello, de un gris
plomizo, estaba recogido en una intrincada trenza que al culebrear por su
cabeza, enmarcaba una faz cuyo atractivo realzaban, además, los surcos de la
madurez. En efecto, tales surcos parecían haber sido cincelados por un delicado
artista y, así, reflejaban tanto su inteligencia como su oscura sabiduría—.
Habríamos librado entonces una reñida lid, gran maestro—apostilló.
—Prescindamos de los títulos —le rogó Par-Salian—. Hace
demasiados años que nos conocemos para caer en formulismos.
—Sí, tantos que difícilmente podríamos disimular uno frente a
otro —agregó la dama con una sonrisa, a la vez que posaba la vista en el fuego.
—¿Te gustaría volver atrás, Ladonna? —indagó el hechicero.
—¿Y tener que someter de nuevo a examen mi habilidad, sapiencia
y dotes? ¿De qué serviría repetir el proceso? No, no me seduce la idea. ¿Y a
ti?
—Habría coincidido contigo hace algunos lustros, pero ahora no
estoy tan seguro —admitió él.
—Sea como fuere, y por muy agradable que resulte revivir el
pasado, es otra la misión que me ha traído a tu estudio —anunció la nigromante
en tono severo y frío—. He venido para oponerme a este desatino. Espero que no
hablases en serio durante el cónclave, Par-Salian. —Se inclinó hacia adelante y
sus ojos relampaguearon—. Ni siquiera tu probada bondad puede inducirte a
enviar a ese necio humano a una época remota, con la misión de detener a
Fistandantilus y salvar el alma de su hermano. ¡Piensa en el peligro! Podría
alterar la Historia, y todos nosotros cesaríamos de existir.
—La bondad nada tiene que ver con este asunto, eres tú quien
debe reflexionar, Ladonna —le espetó el dignatario—. El tiempo es un gran río
que fluye sin tregua, más ancho y caudaloso que ninguno de los que conocemos.
Arroja una piedra a su rugiente curso, ¿crees acaso que dejará de discurrir, o
que sus aguas retrocederán? ¿Supones que se desviará su cauce en otra
dirección? ¡Por supuesto que no! La piedra, el guijarro, producirá unos rizos
en su superficie y se hundirá al instante. Impasible, el río no mudará su
recorrido.
—¿De qué hablas? —inquirió la hechicera sin comprender el símil.
—Comparo a Caramon y Crysania con guijarros, querida —explicó
Par-Salian—. No afectarán el transcurso del tiempo más de lo que lo harían dos
rocas lanzadas al fondo del Thon-Salarian. Son dos piedrecitas —repitió.
—Según Dalamar no apreciamos en lo que vale el poder de Raistlin
—le recordó Ladonna—. De no estar convencido de su éxito no se aventuraría, no
es ningún demente.
—Está seguro de averiguar la fórmula mágica que necesita, y eso
no podemos impedírselo. Pero el encantamiento nada significa si no cuenta con
la ayuda de Crysania, por eso la sacerdotisa tiene que hacer ese viaje.
—Sigo sin entender...
—¡Debe morir, Ladonna! —la interrumpió el viejo mago—. ¿Me
obligarás a conjurar una visión? Debe ser enviada a una era en la que todos los
clérigos desaparecieron de estas tierras. Raistlin aseveró que tendríamos que
mandarla, que no nos quedaría otra opción, y también afirmó que era el único
medio a nuestro alcance para contrariar sus planes. Crysania es su mayor
esperanza... y su temor más latente. Sin su auxilio no traspasará la puerta,
pero ha de acompañarle por su propia voluntad y ése es el motivo de que se haya
propuesto debilitar su fe, desencantarla hasta tal punto que ella decida actuar
a su lado. —Hizo una pausa y, ondeando su mano en el aire, añadió—: No perdamos
más tiempo, el hechicero parte mañana y hay que ponerse manos a la obra.
—En ese caso, mantenla aquí —sugirió Ladonna desdeñosa—. Me
parece más sencillo.
El mago meneó la cabeza.
—Volvería a buscarla —argumentó él—. Y para entonces habría
adquirido unos conocimientos arcanos que le permitirían hacer cuanto le plazca.
—Mátala.
—Ya se ha intentado, sin el menor éxito. Y por otra parte ni
siquiera tú, con todo tu poder, la destruirías mientras permanezca bajo la
protección de Paladine.
—Quizás el dios impedirá que emprenda el viaje.
—No. He estudiado los augurios y se mantiene neutral, ha dejado
el problema en nuestras manos. Crysania es aquí un vegetal, ninguna criatura
viviente es capaz de restituirle el aliento. Quizá Paladine ha resuelto que
perezca en un lugar y un tiempo en los que su muerte tenga un sentido. De ese
modo se completará su ciclo de existencia.
—Veo que has determinado enviarla a un fin irreversible —susurró
la dama con expresión de perplejidad—. Tu túnica inmaculada se teñirá de
sangre, viejo amigo.
Par-Salian, desfigurado el rostro, estampó los puños en la mesa.
—¡No azuces más el fuego, bastante dolorosa es la encrucijada en
la que me encuentro! —le reprochó—. pero, ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿No
comprendes que estoy en una situación límite? Veamos, ¿quién es el adalid de
los nigromantes?
—Yo —respondió Ladonna.
—¿Y quién ocupará ese puesto si él regresa victorioso?
La interpelada frunció el ceño y calló.
—Comienza a hacerse la luz en tu mente —constató el anciano—. Sé
que mis días están contados, Ladonna. ¡Oh, sí, mis facultades perduran! Quizás
incluso se hallen en pleno apogeo, pero todas las mañanas, al levantarme, me
traspasa el aguijón del miedo. ¿Y si hoy incurro en un titubeo senil? Cada vez
que me falla la memoria al invocar un hechizo me pongo a temblar, sabedor de
que llegará el momento en que no recuerde las palabras correctas. Estoy cansado
—confesó, cerrando los ojos—. Lo único que anhelo es recogerme en esta alcoba,
sentarme frente a las cálidas llamas y anotar en mis libros los conocimientos
adquiridos a través de los años. Sin embargo, no puedo claudicar, he de ser yo
quien elija a mi sucesor y evitar que ostente mi rango quien no ha de darle
buen uso. No me arrancarán de mi butaca en el semicírculo. Te aseguro que me
juego en esta empresa mucho más que cualquiera de vosotros.
—Quizá te equivoques —repuso la hechicera sin apartar la vista
de la crepitante fogata—. Si Raistlin vuelve con el triunfo dejará de existir
el cónclave, todos nos convertiremos en sus siervos. ¡Pero continúo oponiéndome
a esta locura, Par-Salian! —lo imprecó con los puños cerrados—. El riesgo es
excesivo. Crysania debe permanecer aquí, dejemos que Raistlin descubra los
secretos de Fistandantilus y preparémonos para su retorno. Aunque no desestimo
su poder, es evidente que transcurrirán lustros antes de que domine las artes
impartidas por su antecesor en su largo período de vida. Durante todo ese
tiempo tomemos medidas, armémonos contra él. Podemos...
La interrumpió un crujir de pasos en las sombras de la estancia.
La nigromante se apresuró a volverse, introducida su mano en uno de los
bolsillos secretos de su atuendo.
—Detente, Ladonna —le ordenó una voz—. No malgastes tus energías
invocando un hechizo de protección. No soy una criatura de ultratumba,
Par-Salian nunca mentiría en esas cuestiones.
La figura avanzó hasta el círculo de luz dibujado por el fuego,
envuelta en los rojizos fulgores que despedía su túnica. Ladonna se acomodó,
aliviada, en su asiento, si bien la ira que irradiaban sus pupilas habría hecho
retroceder a un aprendiz.
—No, Justarius —dijo fríamente—, no vienes del más allá. ¿De
modo que has conseguido zafarte de mi agudo escrutinio? No cabe duda de que tu
astucia aumenta cada día que pasa. Y tú envejeces al mismo ritmo, amigo mío —se
dirigía a Par-Salian—, si necesitas ayuda para tratar conmigo este asunto.
—Estoy seguro de que la sorpresa del gran maestro al descubrir
mi presencia es mayor que la tuya, Ladonna —intervino el llamado Justarius
antes de que lo hiciera el indignado anciano.
Arremangándose el repulgo de sus encarnadas vestiduras, el
recién llegado fue a sentarse en la otra butaca que flanqueaba el escritorio.
Cojeaba al andar, su manera de arrastrar el pie demostraba que Raistlin no era
el único en exhibir en su anatomía los estragos de la Prueba.
—Aunque, por otra parte, quizá nuestro adalid haya preferido
ocultarnos su penetrante sensibilidad —rectificó sin tardanza.
—Es obvio que te he detectado —apostilló el interesado—. Lo que
ocurre es que no he querido romper el hilo de nuestra charla.
—En cualquier caso, poco importa —dijo el hechicero ataviado de
rojo para zanjar la cuestión—. Sólo quería escuchar tus explicaciones a
Ladonna.
—No necesitabas recurrir a ardides —lo reprendió el gran
maestro—, de haberme pedido audiencia te habría expuesto los mismos puntos.
—Acaso alguno menos, ya que yo no habría osado presentar la
réplica. Estoy de acuerdo contigo, desde el principio he aprobado tu proceder,
pero si mi postura es favorable es porque conozco la verdad.
—¿Qué verdad? —repitió Ladonna. Miró de hito en hito a sus dos
contertulios, dilatados sus ojos en una mezcla de cólera y sorpresa.
—Tendrás que mostrársela —instó Justarius al anciano sin mudar
el tono de voz—, de otro modo nunca la convencerás. Haz que vea dónde radica el
más grave peligro.
—¡No voy a ver nada! —protestó la nigromante en la cumbre de su
enfado—. No os esforcéis, no me haréis creer un ápice de vuestras
confabulaciones.
—Tendrá que invocar el encantamiento por sí misma, así olvidará
sus resquemores —sugirió el mago de rojo encogiéndose de hombros.
Par-Salian emitió un quedo gruñido y, a continuación, tendió a
Ladonna el prisma de cristal que reposaba en el escritorio. Cuando ella lo hubo
asido, le indicó:
—El bastón de la esquina perteneció a Fistandantilus, el más
poderoso brujo que nunca existiera. Formula el encantamiento de la visión,
Ladonna, y contempla la vara.
La dignataria acarició el prisma dubitativa, sin cesar de espiar
a aquellos dos hombres que tan poca confianza le inspiraban.
—¡Vamos! —apremió el anciano—. No lo he manipulado ni urdido
ninguna argucia, sabes perfectamente que soy incapaz de traicionarte.
—Sin embargo, podrías engañar a otros sin reparos —lo acusó
Justarius.
Par-Salian le clavó una fulgurante mirada, pero se abstuvo de
responder.
Movida por una súbita resolución, Ladonna alzó el cristalino
objeto y lo llevó a la altura de sus ojos mientras entonaba unos versículos de
asonante y forzada rima. Al instante, un arco iris de luz brotó del prisma e
iluminó con sus vivas tonalidades la lisa vara que se apoyaba en un sombrío
rincón del estudio. Se formó un espectro multicolor, un refulgente abanico que
envolvió el cayado como si quisiera infundirle vida, y eso fue lo que hizo: su
reseca madera comenzó a vibrar y, al alcanzar la incandescencia, asumió la
imagen de su dueño.
La hechicera examinó aquel contorno durante largos minutos y
luego, despacio, bajó el prisma que se había aplicado a las pupilas. En el
momento en que dejó de concentrarse se desvaneció el aparecido y el arco iris
se apagó, en un débil parpadeo.
—Y bien, Ladonna, ¿seguimos adelante con nuestro proyecto? —la
interrogó Par-Salian ignorando su intensa palidez.
—Permíteme estudiar el encantamiento que ha de catapultarlos al
pasado —solicitó ella con voz temblorosa.
—¡Eso es imposible, no deberías pedírmelo! —exclamó el gran
maestro en el límite de su paciencia—. Sólo los amos de las Torres están
autorizados a penetrar los entresijos del hechizo...
—Tengo al menos derecho a ver el texto —fue la gélida
contestación—. Oculta los componentes y las palabras a mis sentidos de ser tal
tu deseo, pero no me niegues la oportunidad de leer los otros pormenores.
Discúlpame si mi fe en ti, viejo amigo —se endurecieron sus rasgos—, no es la
de otros tiempos. He de confesar que, en mi opinión, tus vestiduras se están
volviendo tan grises como tu cabello.
Justarius sonrió ante el comentario, al parecer divertido.
Par-Salian, por el contrario, se agitó indeciso en su butaca.
—Mañana al alba, no lo olvides —le urgió el joven mago para
forzar su resolución.
Molesto, a regañadientes, el mandatario de alba túnica se puso
en pie y tiró de una cadena de plata apenas visible bajo su peto, de la que
pendía una llave de idéntico metal... la llave que tan sólo el amo de la Torre
de la Alta Hechicería ostentaba el privilegio de utilizar. Años atrás existían
cinco, ahora únicamente perduraban dos. Se desprendió el anciano de la valiosa
pieza, que siempre portaba ceñida al cuello, y la insertó en un ornamentado
cofre que se erguía cerca del escritorio, mientras los tres magos se
preguntaban en silencio si Raistlin estaría haciendo lo mismo en aquel
instante, con su propia llave, o quizás incluso extraía del interior de su
cofre un libro de hechizos cuya argéntea encuadernación era una réplica exacta
de la que ellos poseían. Acaso ambos adalides pasaban al unísono las sagradas
páginas, despacio y con solemnidad, hojeando los encantamientos reservados a
los señores de las Torres.
Antes de abrir la cubierta, Par-Salian musitó las palabras
prescritas que sólo los de su rango conocían; de no hacerlo, el volumen se
habría desvanecido entre sus manos. Al llegar al capítulo correcto recogió el
prisma en el lugar donde lo depositara Ladonna y lo sostuvo sobre el pergamino,
a la vez que repetía los mismos versículos de áspera rima que pronunciara la
nigromante.
Brotó el arco iris, derramando su luz sobre la página. Una orden
del anciano hizo que los rayos luminosos se desviaran hacia un muro desnudo
situado al otro lado de la sala.
—Mirad, en esa pared va a dibujarse la descripción escrita del
encantamiento —dijo a sus acompañantes con acento iracundo.
Ladonna y Justarius se apresuraron a obedecer y, de ese modo,
leyeron las frases a medida que las proyectaba el objeto de cristal. Ninguno de
ellos logró distinguir los componentes ni la fórmula, que aparecían ante sus
ojos en borrosos caracteres fruto del arte del gran maestro o, acaso, de las
condiciones impuestas por el hechizo mismo. Por lo demás, el texto era
perfectamente inteligible.
«La capacidad de retroceder en el tiempo está al alcance de los
elfos, humanos y ogros, por tratarse de razas que los dioses crearon en los
inicios de la Historia y que, por consiguiente, viajan al ritmo de su devenir.
No están autorizados a usar este encantamiento los enanos, los gnomos ni los
kenders, seres que nacieron de manera accidental, escapando a las previsiones
de las divinidades (consúltese el párrafo dedicado a la Piedra Gris de Gargath,
apéndice G). La introducción de una de tales criaturas en una era pasada podría
tener graves repercusiones en el presente, aunque se ignoran sus dimensiones.
(Una nota, escrita a mano por Par-Salian con trazo inseguro, sumaba el término
draconianos a las razas sobre las que pesaba la prohibición.)
«Existen peligros, sin embargo, que el mago debe tener en cuenta
antes de proceder a la realización del prodigio. Si muere durante su periplo en
el tiempo, el futuro no resultará afectado, pues su fallecimiento redundará en
la estricta actualidad. Su muerte no alterará, de hecho, ni el pasado, ni el
presente ni el porvenir salvo en aquellas circunstancias ya prescritas de
antemano y, por ende, carentes de interés. Tal es el motivo de que no
malgastemos nuestras energías en la formulación de hechizos protectores.
»El mago no podrá cambiar de ninguna manera los sucesos
ocurridos previamente, una precaución de todo punto imprescindible. Así, este
encantamiento sólo resultará útil a los estudiosos tal como, de buen comienzo,
fue concebido. (Otra nota, ésta en una caligrafía mucho más antigua que la de
Par-Salian, indicaba al margen: No es posible impedir el Cataclismo, lo hemos
aprendido a costa de nuestro sufrimiento y a un alto precio. Descanse su alma
en el seno de Paladine.)
—Ahora comprendo cuál fue su destino —comentó Justarius
sorprendido—. Ha sido un secreto celosamente guardado a través de las
generaciones.
—Fue absurdo intentarlo siquiera —coreó Par-Salian—, pero se
hallaban en una situación desesperada.
—Al igual que nosotros —intervino Ladonna con cierta amargura—.
¿Hay más información?
—Sí, en la página siguiente —respondió el gran maestro.
«Si el mago no desea viajar personalmente, sino que se dispone a
enviar a otro (siempre atento a las salvedades raciales ya descritas), debe
equipar a quien realice el periplo con un ingenio susceptible de activarse a
voluntad de tal suerte que, en cualquier momento, éste pueda regresar a su
tiempo.»
A continuación se exponían las características y métodos de
construcción de los artefactos mencionados...
—Eso es todo cuanto nos incumbe —concluyó Par-Salian y, con un
simple gesto de la mano, absorbió el abanico luminoso entre sus finos dedos
hasta que hubo desaparecido por completo—. El resto no contiene más que
detalles técnicos relativos a estos aparatos. Poseo uno antiguo, se lo
entregaré a Caramon.
Puso un énfasis inconsciente en el nombre del humano, si bien
los otros dos sabios no dejaron de advertirlo. Ladonna esbozó una sonrisa
impregnada de ironía y se acarició el negro ropaje, mientras Justarius se
limitaba a menear la cabeza. Par-Salian, por su parte, pensó, de pronto, en las
implicaciones y se hundió en su butaca con la pesadumbre dibujada en la faz.
—Así que el guerrero utilizará ese objeto en solitario —constató
el representante de la Neutralidad—. Me has revelado por qué mandamos a
Crysania, sé que ha de emprender un viaje sin retorno. Pero, ¿Y Caramon?
—Él será mi redención. —El viejo mago hablaba sin alzar la
vista, puestos los ojos en aquellas trémulas manos que reposaban sobre el
esotérico libro—. Su cometido en esta empresa es salvar un alma, tal como yo
mismo le puntualicé: lo que ignora es que no será la de su hermano.
Levantó ahora la mirada, una mirada de consternación que fijó
primero en Justarius y, acto seguido, en Ladonna. Ambos hicieron ademán de
asentir.
—La verdad podría destruirle —justificó el mago de la Túnica
Roja.
—Poco es lo que resta por destruir —lo corrigió la dama, rígida
cual un témpano de hielo. Se puso en pie y su colega la imitó, algo vacilante
hasta que consiguió equilibrarse sobre su lisiado miembro—. Mientras te
desembaraces de la mujer —se dirigía a Par-Salian—, poco me importa lo que
hagas con ese hombretón. Si crees que limpiará la sangre de tu atavío ayúdale,
no te detengas. En el fondo todo este asunto se me antoja divertido, pues pone
de manifiesto que a medida que envejecemos nos hermanamos. No somos tan
distintos ¿verdad, amigo mío?
—Las diferencias existen, Ladonna —replicó el aludido con una
mueca que delataba su agotamiento—. Son los contornos los que pierden
precisión, las líneas exteriores las que se tornan borrosas. ¿Significan tus
palabras que el sector que encabezas respaldará mi decisión?
—No tenemos otra alternativa —se resignó ella sin demostrar sus
emociones—. Si fracasas...
—Goza con mi caída —la invitó Par-Salian.
—Lo haré —repuso la dama—, más aún a sabiendas de que será el
último espectáculo que pueda disfrutar en esta vida. Adiós, gran maestro.
—Adiós, Ladonna.
—Una mujer inteligente —comentó Justarius cuando la puerta se
hubo cerrado tras ella.
—Una rival digna de ti —apuntó el anciano, recobrando su erguida
postura tras el escritorio—. Me gustará veros batallar para ocupar este puesto.
—Espero que tengas oportunidad de hacerlo —contestó su oponente
con la mano en el picaporte—. ¿Cuándo formularás el hechizo?
—Mañana a primera hora. —La voz del dignatario resonó gris en la
alcoba—. Los preparativos requieren días de arduo trabajo, pero ya lo tengo
todo a punto.
—¿No necesitas ayuda?
—Ni siquiera recurriría a la de un aprendiz, es demasiado
extenuante. Sin embargo, hay algo que podrías hacer: disolver el cónclave en mi
nombre.
—Descuida, cumpliré tu encargo. ¿Tienes instrucciones para el
kender y la enana gully?
—Devuelve a la mujer a su casa, con algunas bagatelas que sean
de su agrado. En cuanto al kender, mándale donde mejor te parezca salvo a las
lunas, por supuesto. No le ofrezcas nada —añadió sonriente—, estoy seguro de
que habrá recopilado suficientes tesoros antes de partir. Registra
discretamente sus bolsas pero, a menos que halles algo importante, deja que
conserve lo que haya encontrado.
—¿Y Dalamar?
—Sin duda el elfo oscuro ya no está en la Torre, le horroriza la
idea de hacer esperar a su shalafi. —Los arrugados dedos del maestro
tamborilearon sobre la mesa y su ceño, salpicado de hondos surcos, se frunció
en señal de frustración—. ¡Es extraño el embrujo que irradia Raistlin! Nunca te
has tropezado con él, ¿verdad? No, claro. Recuerdo que yo mismo sentí su
atractivo influjo sin comprender de dónde provenía.
—Quizá yo pueda explicarlo —aventuró Justarius—. Todos hemos
sufrido la burla ajena en un momento de nuestras vidas, todos hemos envidiado
al hermano. Hemos experimentado el dolor, hemos conocido instantes de
fragilidad y hemos anhelado, al igual que él, aplastar a nuestros enemigos. Si
lo compadecemos, lo odiamos y lo tememos al mismo tiempo, es porque anida algo
de él en nuestras entrañas, algo que no nos confesamos sino en lo más oscuro de
la noche.
—Cierto, todas las criaturas tenemos algo en común. La más
bondadosa es equiparable a la más abyecta, aunque rehuse admitirlo. ¡Dichosa
sacerdotisa! ¿Por qué se ha entremetido en este espinoso asunto? —vociferó el
anciano hechicero.
—Adiós, amigo —lo atajó el joven al reparar en su creciente
desasosiego—. Aguardaré junto al laboratorio por si precisas de mí cuando hayas
terminado.
—Gracias —murmuró Par-Salian sin alzar el rostro.
Justarius salió renqueando del estudio y, al cerrar la puerta
con excesiva precipitación, dejó un pliegue de su túnica atrapado en el quicio.
Desencajó la hoja para liberarlo y reanudó la marcha, no sin antes oír unos
sollozos procedentes del escritorio.
Las desventuras de un kender
Tasslehoff Burrfoot estaba aburrido. Como todo el mundo sabe,
nada hay más peligroso que un kender corroído por tal sensación.
Bupu, Tas y Caramon estaban cenando. Era un ágape presidido por
el tedio. El guerrero, absorto en sus cavilaciones, no pronunció una sola
palabra y permaneció inmóvil, encerrado en su mutismo, mientras devoraba sin
paladearlo todo cuanto se exponía a sus ojos. La enana ni siquiera se había
sentado junto a sus compañeros. Se había hecho con un cuenco y se embutía el
alimento en la boca con la rapidez que aprendiera entre los de su raza. Tras
vaciar el primer recipiente agarró una salsera, la mantequilla, azúcar y nata y
lo engulló todo mezclado a idéntica velocidad, antes de apoderarse de una
fuente de patatas al horno y empezar a consumirlas. Cuando Tas se percató de su
descontrolada avidez se disponía a tragar un puñado de sal, siempre utilizando
las manos en lugar de cubiertos. Por fortuna, el kender la detuvo a tiempo.
—Me siento mucho mejor —dijo el hombrecillo a la vez que
apartaba su plato y trataba de ignorar a Bupu, que se había lanzado sobre los
restos y los lamía con deleite—. ¿Y tú, Caramon, cómo te encuentras? Vayamos a
explorar.
—¡Explorar! —exclamó el guerrero, dirigiéndole una fulminante
mirada que le hizo titubear—. ¿Estás loco? ¿No atravesaría esa puerta ni aunque
me esperasen al otro lado todos los tesoros de Krynn!
—¿De verdad? —preguntó Tas excitado—. ¿Y por qué? Oh, Caramon,
te lo ruego, cuéntame qué hay en el exterior.
—No lo sé —fue la decepcionante respuesta—, pero debe ser
espantoso.
—No he visto centinelas...
—No, y existe una buena razón para que nadie nos vigile —lo
interrumpió su fornido amigo—. Si no han apostado guardianes no es porque
confíen en nosotros, sino porque nadie en sus cabales se aventuraría en los
pasadizos de la Torre. Conozco bien esa expresión que acabas de adoptar,
Tasslehoff, y te ordeno que la borres de tu semblante. Aunque lograras salir,
cosa que dudo —observó la cerrada hoja con temor—, probablemente te
precipitarías en los poco acogedores brazos de un espectro o algo peor.
Las pupilas de Tas se dilataron de ansiedad, si bien consiguió
reprimir el comentario jubiloso que afloraba en sus labios. Tras posar la vista
en sus botines para calmar aquel acceso de entusiasmo, admitió:
—Creo, Caramon, que por un momento he olvidado dónde estamos.
—Así es —lo reprendió el guerrero con severidad, antes de
frotarse los doloridos hombros y agregó—: Estoy muy cansado, necesito dormir.
Te aconsejo que tú y la pequeña Bubu, Pupu o como se llame os acostéis también.
¿De acuerdo?
—Haremos lo que tu digas, Caramon, no te inquietes.
La enana gully, saciada hasta el embotamiento, ya se había
acurrucado sobre una estera extendida frente al fuego. Utilizaba como almohada
un montículo de puré de patatas que no le había quedado apetito para consumir.
Caramon espió al kender con evidente recelo y éste, al
advertirlo, asumió la actitud más próxima a la inocencia que les es dado
exhibir a los de su raza. Tanta docilidad hizo que su oponente lo señalara
amenazador y lo obligase a empeñar su palabra.
—Prométeme que no abandonarás esta estancia, Tasslehoff Burrfoot
—lo conminó—. Júramelo por tu honor, como harías con Tanis si estuviera aquí.
—Lo juro por mi honor —repitió el kender en solemne postura—,
como haría con Tanis si se hallara entre nosotros.
—Bien, te creo.
Suspiró el humano y se derrumbó sobre un lecho que crujió en
ostensible protesta, hundiéndose el colchón hasta el suelo bajo tan terrible
peso.
—Supongo que alguien vendrá a despertarnos cuando tomen una
decisión —declaró con voz mortecina.
—¿Estás realmente dispuesto a viajar al pasado? —lo interrogó
Tas entre pensativo y nostálgico, sentado ya en su cama con la aparente
intención de desabrocharse las botas.
—Sí, no es ninguna hazaña —susurró Caramon somnoliento—.
Durmamos todos, ha sido un día muy ajetreado. Y... gracias, amigo. Me has
prestado una gran ayuda. —Arrastraba las palabras, que acabaron por diluirse en
un sonoro ronquido.
El kender permaneció inmóvil, a la espera de que la respiración
de Caramon se tornara rítmica y regular, lo que no tardó en suceder dado el
agotamiento tanto físico como emocional del guerrero. Al contemplar aquel
rostro lívido, asolado por las lágrimas y el dolor, Tas sintió el aguijón de la
conciencia, pero estaba acostumbrado a acallar tales punzadas con igual
celeridad que un humano se sobrepondría a una picadura de mosquito.
«Nunca sabrá que me he ausentado —se dijo a sí mismo mientras
gateaba por el suelo junto al lecho del compañero—. Además no se lo he
prometido a él, sino a Tanis, que no saldría de esta cámara. Como Tanis no está
aquí, mi juramento queda invalidado. Estoy seguro de que Caramon habría querido
explorar los contornos de no haberle vencido el cansancio.»
Siguió elucubrando el hombrecillo de tal manera que, cuando pasó
sigiloso junto al rechoncho cuerpecillo de Bupu, estaba ya del todo convencido
de que el guerrero le había ordenado inspeccionar la zona antes de acostarse.
Manipuló el picaporte con cierto reparo, temeroso de que se cumpliera la
advertencia de Caramon, pero éste cedió al instante. «Somos huéspedes, no
prisioneros», se repetía.
Al menos que hubiera un espectro de guardia, nada lo detendría
en su cometido. Asomó la cabeza, con suma cautela, por la hoja entreabierta y
escudriñó a ambos lados del pasillo. Nada. No se veía ninguna figura, así que,
tras exhalar un suspiro de desencanto, cruzó el umbral y cerró el acceso a la
alcoba.
El pasadizo se prolongaba a derecha e izquierda, fundiéndose en
las sombras de sendos recodos. Estaba desierto, reinaba en él un frío
perturbador. En su lóbrego recorrido se dibujaban otras puertas, todas ellas
cerradas a cal y canto, y no alegraba su trazado ningún elemento decorativo, ni
tapices colgados de los muros ni alfombras extendidas sobre el suelo. Ni
siquiera se divisaba la luz de una antorcha, acaso porque los magos se
iluminaban por otros medios cuando deambulaban después del crepúsculo.
Un ventanuco situado en el extremo permitía que los rayos de
Solinari, la luna de plata, se filtrasen a través del cristal, mas su radio de
acción era reducido. Por un momento el kender consideró la posibilidad de
retroceder hasta la sala que acababa de dejar y encender una tea, si bien no
tardó en comprender que, de despertarse Caramon, quizá no recordaría que era él
quien lo había incitado a reconocer el recinto.
«Me internaré en alguna de esas estancias, tomaré prestada una
vela y, de paso, tendré la oportunidad de conocer a otros moradores de la
Torre», resolvió el kender.
Avanzó por el pasillo, silencioso como los haces lunares que
danzaban sobre los muros, hasta llegar a la siguiente puerta. «No llamaré, es
probable que duerman —razonó, a la vez que posaba la mano en el picaporte—.
¡Está cerrada con llave!» Entusiasmado frente a la perspectiva de hallar una
ocupación, al menos durante unos minutos, extrajo de una bolsa sus herramientas
y las levantó hacia la argéntea luz eligiendo el alambre adecuado para forzar
la cerradura.
—Espero que no la hayan atrancado mediante un hechizo —murmuró,
sintiendo que un frío repentino entumecía sus huesos. No ignoraba que los magos
recurrían en ocasiones a tales ardides, una costumbre que en su opinión de
kender atentaba contra la ética más elemental. Pero quizás en una Torre de la
Alta Hechicería, habitada sólo por criaturas arcanas, no juzgarían necesario
invocar tales portentos. «Cualquiera podría echarla abajo con otro
encantamiento», argumentó al objeto de tranquilizarse.
Como era de prever, el cerrojo no opuso resistencia a sus
hábiles dedos. Con el corazón palpitante, el kender empujó el quicio de la
puerta y espió el interior de la sala que se desvelaba a sus ojos. La única luz
que la alumbraba era una débil fogata a punto de extinguirse, así que aguzó el
oído para percibir cualquier sonido procedente del lecho, envuelto en penumbra.
No llegaron hasta él ronquidos ni inhalaciones, y se decidió a entrar. En
efecto, la cama estaba vacía.
«No les importará que me lleve una vela si no han de
utilizarla», se convenció a sí mismo. Cuando detectó una con su aguda vista,
encendió el pabilo aplicándolo a un carbón incandescente y, raudo pero
meticuloso se entregó al placer de examinar las pertenencias del ocupante de la
alcoba. No tardó en comprender que, quienquiera que éste fuese, no se
distinguía por su pulcritud.
Dos horas después, y con varias habitaciones en su haber,
Tasslehoff regresó cansino a la suya, abultados sus saquillos a causa de los
fascinantes artículos que habían ido engrosándolos. Por descontado, abrigaba la
firme intención de restituir todo a sus dueños a la mañana siguiente. Había
recogido la mayoría de los objetos en las mesas, donde yacían esparcidos sin
orden ni concierto, e incluso halló algunos abandonados en el suelo. También
había rescatado atractivas bagatelas de los bolsillos de túnicas que
seguramente debían lavarse, en cuyo caso se habrían extraviado y no serían
útiles a nadie.
Antes de llegar, no obstante, y ya salvado el último tramo de
pasillo, se detuvo sobresaltado al ver un torrente de luz en la rendija de su
puerta.
—¡Caramon! —exclamó si bien, lejos de precipitarse, su cerebro
se pobló de inmediato de centenares de excusas plausibles para justificar la
larga ronda. Quizás el guerrero aún no lo había echado de menos, sumergido en
los efluvios del alcohol. Sea como fuere, el kender avanzó de puntillas hasta
la hoja cerrada y escuchó en perfecto silencio.
Oyó voces. Reconoció una como la de Bupu, pero la otra...
Frunció el ceño pues, aunque le resultaba familiar, no acababa de
identificarla.
—Te enviaré junto al Gran Pulp en cuanto me reveles su paradero.
¿Cómo voy a cumplir tu deseo si no me ayudas? —protestaba el desconocido, en un
tono que denotaba cierta exasperación.
Al parecer hacía ya rato que duraban las negociaciones. Tas miró
por el ojo de la cerradura y vio a Bupu, salpicadas las greñas de puré de
patata, erguida en actitud recelosa frente a una figura ataviada de rojo. Al
fin, Tas recordó dónde había oído aquella voz: pertenecía al mago del cónclave
que había importunado sin descanso a Par-Salian.
—¡Gran Bulp! —corrigió indignada la enana gully—. Su título es
Gran Bulp, no Gran Pulp. Está en casa. Mándame a casa y yo lo encontraré.
—De acuerdo. ¿Dónde está tu casa?
—Donde vive el Gran Bulp.
—¿Y dónde vive el Gran Pul... Bulp? —insistió el hechicero,
abandonadas las últimas esperanzas.
—En casa —fue la sucinta respuesta de Bupu—. Ya te lo he dicho
antes. ¿Tienes orejas debajo de esa capucha? Quizá seas sordo.
La diminuta mujer desapareció unos segundos del campo de visión
de Tas, al agacharse para revolver en su hatillo. Cuando se levantó de nuevo
exhibía en su mano un lagarto muerto, con una correa anudada en torno a su
cola.
—Te curaré —ofreció—. Introduce el rabo en el lóbulo y...
—Agradezco tu interés —se apresuró a declarar el mago—, pero
puedo asegurarte que no sufro ninguna anomalía. Veamos, ¿cómo se llama tu
hogar? ¿Tiene algún nombre?
—El Pozzo, con dos zetas. Imaginativo, ¿verdad? —comentó ella
orgullosa—. Fue idea del Gran Bulp. En una ocasión devoró un libro y aprendió
mucho. Todavía lo guarda aquí —añadió, señalando su estómago.
Tas tuvo que cubrirse los labios con la mano para refrenar una
carcajada, mientras advertía que el hechicero experimentaba problemas
similares. Temblábanle los hombros bajo la túnica, y no pudo articular palabra
hasta unos momentos después. Cuando lo hizo, su voz parecía quebrada.
—¿Cómo denominan los humanos a tu... tu Pozzo?
—De un modo muy feo. Se diría que escupen: Skroth.
—Skroth —repitió el sabio, desconcertado pero sin desistir de su
propósito. De pronto, chasqueó los dedos y se le iluminó el rostro—. ¡Ya lo
tengo! —exclamó—. El kender pronunció ese nombre en la asamblea. Sin duda te
refieres a Xak Tsaroth.
—Te lo he dicho hace un minuto —gruñó Bupu—. ¿De verdad no
quieres probar mi remedio contra la sordera? Insertas la cola...
Emitiendo un suspiro de alivio, el mago extendió la mano sobre
la cabeza de la enana y comenzó a entonar un extraño cántico. Entre una y otra
estrofa, derramaba sobre la pequeña gully un polvillo que la hacía estornudar
violentamente.
—¿Ahora volveré a casa? —indagó Bupu, olvidadas sus suspicacias.
El hechicero no contestó, no podía interrumpir su fórmula.
—No es nada simpático —rezongó ella para sus adentros, molesta
por la picazón que la agitaba cada vez que una nueva capa de polvo se
depositaba sobre su cuerpo—. Ninguno de estos seres puede compararse a mi
hombre cautivador. Él no se burlaba de mí, me llamaba «pequeña».
La substancia harinosa que envolvía a la enana gully empezó a
refulgir con una luz amarilla. Tas contempló sin resuello cómo los resplandores
ganaban intensidad y se tornaban anaranjados, verde mar, azules y...
—¡Bupu! —susurró el kender. Su compañera había desaparecido.
«¡ Y yo seré el próximo!», comprendió aterrorizado. En efecto,
el renqueante individuo echó a andar hacia el lecho donde Tas, en una
estratagema digna de su astucia, había confeccionado una tosca réplica de sí
mismo para que Caramon no se preocupara en el caso de despertar.
—Tasslehoff Burrfoot —lo llamó con quedo acento el mago de
Túnica Roja. Éste se hallaba ahora en un rincón de la alcoba y el kender había
dejado de divisarle.
El hombrecillo estaba paralizado, aguardando que el sabio
descubriera el engaño. No le asustaba la idea de ser atrapado, no sería la
primera vez que escapara de un atolladero gracias a su locuacidad, pero le
causaba un espanto indecible que lo mandaran a su recóndito país. Por mucho que
se lo propusieran, no catapultarían a Caramon al pasado sin él.
«¡Mi amigo me necesita! —se revolvió en una muda agonía—. Ellos
no saben que atraviesa momentos difíciles, no se han preguntado qué ocurriría
si yo no estuviera a su lado para arrancarle de las tabernas.»
—Tasslehoff —persistió el hechicero al no recibir respuesta.
Debía hallarse junto a la cama.
Hundió el kender la mano en uno de sus saquillos y, sacando un puñado
de quincalla, esperó contra toda esperanza encontrar algo útil. Abrió la palma,
la alzó hacia la llama de su vela y columbró bajo su tenue luz un anillo, un
grano de uva y una pelota de cera. Era obvio que estos últimos objetos no le
interesaban, de modo que se desprendió de ellos.
—¡Caramon! —oyó que el mago interpelaba al guerrero con tono
severo. El hombretón rezongó y gimió, no era difícil adivinar que su oponente
lo estaba zarandeando—. Caramon, despierta. ¿Dónde está el kender?
Tas trató de ignorar la escena que se desarrollaba en la cámara
para concentrarse en examinar la sortija. Probablemente era mágica, quizá si
recordaba de qué dormitorio la había sustraído... ¿era el tercero o el cuarto
de la izquierda? Poco importaba, lo que tenía que hacer era conjurar sus
virtudes y, por regla general, eso se lograba con sólo ceñirla al dedo
adecuado. El kender era un experto en estas cuestiones ya que, en el curso de
una aventura, se había probado una accidentalmente y había sido transportado al
palacio de un perverso brujo. Tal recuerdo lo detuvo, no sabía cuál sería el
resultado si volvía a intentarlo.
Existía la posibilidad de que en su cerco se ocultara alguna
clave reveladora. Sin pensarlo dos veces comenzó a voltearla entre sus dedos,
tan precipitadamente que a punto estuvo de caérsele al suelo. ¡Por fortuna no
era tarea liviana despertar a Caramon!
Era una joya sencilla, tallada en marfil y con dos piedras
rosáceas. En el interior aparecían unas runas de imposible lectura, que
evocaron en la memoria del kender aquellos anteojos de la visión que un día
perdiera en Neraka. Sintió una gran congoja al pensar en ellos, e indignación
al imaginar que acaso en la actualidad los lucía sobre sus ojos un abyecto
draconiano.
—¿Qué... qué pasa? —balbuceó el amodorrado guerrero—. Indiqué a
Tas que no se moviera, que había espectros...
—¡Maldita sea! —renegó el sabio con el rostro tan encendido como
el atavío. ¡Se dirigía hacia la puerta!
—¡Escúchame, Fizban, te lo suplico! —murmuró el kender—. Si te
acuerdas de mí, cosa que pongo en duda, ven en mi auxilio. Yo era aquel
individuo de pequeña estatura que siempre recuperaba tu sombrero, estoy seguro
de que ese detalle te permitirá identificarme. ¡No dejes que manden a Caramon a
ese viaje en solitario! Puedes convertir esta alhaja en un anillo de
invisibilidad, o de algo que les impida apresarme.
Entornando los párpados para no presenciar los horrores que
quizá había invocado, Tasslehoff deslizó la sortija por su pulgar. A decir
verdad, en el último momento abrió los ojos pues no quería perderse el
espléndido espectáculo del Mal.
No se produjo ningún fenómeno, las pisadas desiguales del
hechicero se aproximaban, implacables, a la cerrada puerta. Sin embargo, cuando
la desilusión se cernía sobre el hombrecillo se obró un repentino cambio en su
entorno. ¡El pasillo estaba creciendo a ritmo vertiginoso! Un potente silbido,
semejante al del huracán, resonó en sus tímpanos, mientras los muros se
lanzaban hacia las alturas y catapultaban el techo hacia el espacio.
Boquiabierto, Tas contempló cómo se agrandaba la hoja de recia madera que lo
separaba de su perseguidor hasta asumir un tamaño descomunal.
«¿Qué he hecho? —se reprendió alarmado—. ¿He magnificado toda la
Torre? A lo mejor sus moradores no lo perciben o, si lo hacen, no le dan
importancia.»
La inmensa puerta se abrió, provocando una ráfaga de viento que
casi arrastró el desvalido kender. Frente a él se erguía una gigantesca figura
vestida de rojo.
—¡Un coloso! —exclamó Tas—. No sólo las dimensiones del edificio
han aumentado, también la estatura de sus habitantes. Eso sí lo advertirán, al
menos la primera vez que intenten calzarse. ¡Y montarán en cólera! La situación
es tan grave como si yo, de pronto, midiera dos metros y no me cupiera la ropa.
No obstante, y pese a sus fundados temores, el kender observó
perplejo que el mago no daba muestras de sentirse disgustado por tan repentino
estirón. Se limitó a espiar el pasillo en ambos sentidos, vociferando:
—¡Tasslehoff Burrfoot!
Incluso bajó los ojos hacia el lugar donde él se encontraba,
¡sin verlo!
—Gracias, Fizban —dijo el kender emocionado, aunque procuró no
levantar la voz. Se percató en el acto de que había pronunciado aquellas
palabras en un tono chillón, diferente del habitual, y probó a invocar de nuevo
el nombre de Fizban, no sin antes aclararse la garganta. El resultado fue
idéntico.
No tuvo tiempo de reflexionar pues el gigante fijó la vista en
el suelo, en la juntura de las piedras donde él se erguía, y comentó:
—¿De qué alcoba has escapado, pequeño amigo?
Inmóvil, sobrecogido, Tasslehoff contempló cómo aquel enorme ser
se agachaba en su dirección con la manaza abierta. Los dedos se aproximaban
para atraparlo, pero estaba tan asustado que no acertó a decir ni hacer nada
sino que esperó que lo estrujara en su palma. Cuando eso sucediera todo habría
terminado, el hechicero lo enviaría a casa sin tardanza a menos que le
infligiera un castigo peor por agrandar su Torre en contra, probablemente, de
sus deseos.
La mano se mantuvo unos segundos suspendida sobre su cuerpo y lo
sujetó por la cola.
«¡La cola! ¡Yo no tengo cola! Sin embargo, por algún sitio debe
haberme agarrado», pensó el hombrecillo en un mar de confusiones, mientras la
mano le alzaba en el aire.
Logró girar la cabeza en su difícil equilibrio y descubrió que,
en efecto, le había crecido un largo apéndice. Y no sólo eso, también nacían de
su vientre cuatro patas rosadas que cubrían una pelambre blanca en vez de sus
alegres calzones azules.
—Respóndeme enseguida —le urgió una voz imperiosa que estuvo a
punto de dejarlo sordo—. ¿Quién te ha convertido en su familiar, diminuto
roedor?
Viaje al Pasado
«Familiar». Tasslehoff daba vueltas en su mente a este
apelativo, que recordaba haber oído mencionar a Raistlin en alguna de sus
conversaciones de otros tiempos. Las explicaciones del hechicero, poco a poco,
fueron tomando cuerpo en su memoria.
—Algunos magos utilizan animales para determinados fines —le
había contado—. Estas criaturas o familiares, que es su denominación común,
actúan como extensiones de los sentidos de su señor. Pueden introducirse en
lugares a los que él no tiene acceso, ver lo que a él le está vedado y escuchar
conciliábulos sin haber sido invitados.
A Tas se le antojó entonces una idea brillante, si bien Raistlin
no parecía muy entusiasmado porque, según él, era un síntoma de debilidad
depender de otro ser vivo en cuestiones de suma importancia.
—¿Vas a contestar o no? —se impacientó el mago de Túnica Roja, a
la vez que balanceaba en las alturas al supuesto roedor.
La sangre se agolpó en las sienes del kender causándole un mareo
que, dada la situación, no era el peor de sus males. Le dolían las
articulaciones de su tirante cola y, además, era indigno permanecer en tal
postura. En un primer momento se le ocurrió pensar que era una suerte no tener
a Flint como testigo de su ridicula desdicha.
«Supongo —se dijo tras una rápida reflexión— que los familiares
poseen el don del habla. Espero que se expresarán en lengua común y no mediante
los extraños sonidos que emiten, por ejemplo, las ratas.»
—Verás, yo pertenezco a... —se aventuró en voz alta mientras
rebuscaba en su cerebro un nombre apropiado para un mago—. A Faikus —declaró al
fin, recordando, de pronto, que así se llamaba un estudiante compañero de
Raistlin.
—Debería haberlo imaginado —gruñó el mago con el ceño fruncido—.
¿Has salido para cumplir algún encargo de tu señor, o te dedicabas simplemente
a deambular?
Comprobó Tas, aliviado, que el sabio soltaba su cola y lo
depositaba en la palma de su mano, sin dejar por ello de sujetarlo con firmeza.
Posó el kender-ratón sus temblorosas garras en el pulgar de su oponente y sus
ojos, ahora saltones y tan encarnados como la túnica de su aprehensor,
intercambiaron una intensa mirada con aquéllos otros oscuros y fríos.
«¿Qué voy a responderle?», vaciló Tas. Ninguna de las
alternativas que discurrió le parecía convincente.
—Es mi noche libre —anunció en un tono agudo que pretendía
aparentar indignación
—Temo que has vivido demasiado tiempo en compañía de ese
holgazán de Faikus —repuso el mago disgustado—. Mañana sostendré una larga
charla con ese joven. Y en cuanto a ti ¡no empieces a contorsionarte, te lo
ruego! por lo visto has olvidado que la familiar de Sudora suele salir a estas
horas para recorrer los pasillos, a la caza de presas suculentas. Podrías
haberte convertido en el poste de Marigold, y no creo que eso constituya una
grata experiencia. Ven conmigo, cuando haya concluido la tarea de hoy te restituiré
a tu amo.
Tasslehoff, que se disponía a hundir sus afilados colmillos en
el pulgar del sabio, cambió repentinamente de idea. «Concluir la tarea de hoy
—repitió para sus adentros—. Seguro que está relacionada con el viaje de
Caramon, y de esta guisa no me resultará difícil escabullirme y partir junto a
él.»
Inclinó la cabeza en una actitud que debía denotar docilidad
ratonil y que sin duda satisfizo al gigante, pues sonrió con aire preocupado y
empezó a hurgar en sus bolsillos como si buscara algo.
—¿Qué ocurre, Justarius? —inquirió Caramon, que se había
levantado y asomaba ahora la testa por el dintel a fin de, aturdido y
somnoliento, escudriñar el pasadizo—. ¿Has encontrado ya a Tas?
—¿Al kender? No. —El hechicero sonrió de nuevo, esta vez
visiblemente contrariado—. Quizá tarde un buen rato en descubrir su paradero,
los de su raza siempre saben dónde ocultarse.
—No lo lastimarás, ¿verdad? —preguntó el guerrero anhelante,
tanto que Tas sintió pena por él y pensó en el modo de tranquilizarle.
—Por supuesto que no —le aseguró Justarius, sin cejar en su
búsqueda—. Aunque —rectificó— quizá sin quererlo se dañe él mismo. Hay objetos
en la Torre con los que no es aconsejable jugar. Concentrémonos en ti: ¿estás
preparado?
—No me iré hasta que haya aparecido mi amigo sano y salvo —se
empecinó Caramon.
—No tienes opción —le regañó el mago, y Tas percibió en su voz
una creciente frialdad—. Tu hermano saldrá al alba, la única manera de ayudarle
es que inicies tu viaje en el mismo momento. Par-Salian tarda varias horas en
memorizar y formular este complejo hechizo, así que, debemos apresurarnos. Lo
cierto es que he perdido unos minutos preciosos buscando al kender. Vamos, no
puedo permitirme más demoras.
—Espera —suplicó el fornido humano con un gesto teatral—. Mi
ropa, mis pertrechos.
—No te inquietes por ellos —lo atajó Justarius.
Había hallado al fin el artículo que guardaba en su bolsillo,
una bolsa plateada.
—No puedes ser enviado al pasado con armas ni ingenios del
presente —le explicó—, pero una parte del encantamiento consiste en
proporcionarte vestimenta adecuada para el período al que te desplazas.
—¿Significa eso que tendré que prescindir de mi atuendo habitual
y que no portaré espada? —El guerrero contempló, anonadado, su cuerpo.
«¿Vais a lanzar a este hombre a un tiempo remoto en solitario?
Sobrevivirá cinco minutos, quizá menos. ¡Por todos los dioses, no lo
permitiré!», se rebeló el kender sin poder manifestarlo.
La tempestad que rugía en su mente sufrió un brusco revés cuando
fue arrojado al interior de la bolsa. Todo se tornó negro a su alrededor
mientras se precipitaba, dando volteretas, hasta caer boca arriba, una posición
que en su nueva identidad se le antojó vulnerable. Luchó frenéticamente para
enderezarse y, tras hacer denodados esfuerzos en los que arañó con sus garras
los resbaladizos lados de la bolsa, consiguió su propósito. Al verse de nuevo
de pie se disipó su momentánea angustia.
«Así que eso es lo que siente uno cuando le domina el pánico. Me
alegro de que los de mi raza no conozcan esta emoción. Y ahora, ¿qué haré?»,
reflexionó meditabundo.
Instándose a calmarse, a normalizar el vertiginoso pálpito de su
corazón, Tasslehoff se agazapó en la base del argénteo calabozo y trató de
planificar sus próximos movimientos. En su forcejeo había perdido la noción de
los sucesos que se desarrollaban en el exterior, mas una breve escucha le ayudó
a situarse de nuevo. Se oían los ecos producidos por dos pares de pies al
avanzar por un pasillo de piedra: las rotundas zancadas de Caramon y el
susurrante andar del mago. Experimentó asimismo un suave balanceo, acompañado
por el crujir de dos paños al entrechocarse, y comprendió que su aprehensor
había suspendido el plateado saquillo de su cinto.
—¿Qué tengo que hacer cuando llegue al final del viaje? ¿Cómo
volveré después? —La voz que interrogaba a su interlocutor era la de Caramon,
amortiguada por la tela pero bastante clara.
—Se te explicará todo en su momento —fue la respuesta, que al
kender le pareció cargada de paciencia—. ¿Abrigas alguna duda, te asaltan
pensamientos que no osas confesar? Debes ser sincero con nosotros.
—No. —La negativa del guerrero sonó contundente, más firme que
nunca—. No abrigo dudas ni temores, si te refieres a eso. Iré, conduciré a la
sacerdotisa Crysania a la presencia de quienes puedan curarla, ya que, aunque
vuestro anciano dignatario asevere lo contrario, yo soy el único culpable de su
estado cataléptico y, en cuanto me haya asegurado de que recibe la ayuda que
necesita, me ocuparé en vuestro nombre de Fistandantilus.
Tintineó en los oídos de Tas un quedo susurro procedente de
Justarius, que el guerrero no percibió. El corpulento humano describió en
gráficas imágenes lo que haría con Fintandantilus cuando lo encontrase, ajeno a
aquel siseo inarticulado que al kender le heló la sangre en las venas del mismo
modo que quedara paralizado al detectar, durante el cónclave, la triste mirada
dirigida por Par-Salian a su amigo. Olvidando dónde estaba, el kender-ratón
emitió un alarido desgarrado.
—Silencio —lo conminó el hechicero, a la vez que daba unas
abstraídas palmadas en la bolsa—. Serénate, dentro de poco estarás en tu jaula
comiendo maíz.
—¿Cómo? —preguntó Caramon, y Tas visualizó al instante su
expresión de sorpresa.
Sin embargo, el kender estaba ensimismado en otras cavilaciones.
Rechinaron sus dientes al conjurar el término «jaula» en su cerebro una
terrible escena, sucedida por una idea no menos espantosa: ¿Y si no lograba
recuperar su aspecto normal?
—No hablaba contigo, sino con mi hirsuto amigo del saquillo
—aclaró Justarius al sobresaltado guerrero—. Se está poniendo tan nervioso que,
de no ser porque el tiempo apremia, lo devolvería a su hogar de inmediato. Pero
me precipito —añadió al inmovilizarse el pequeño prisionero—, creo que se ha
tranquilizado. Disculpa la interrupción, ¿qué decías?
Tas dejó de escucharlos. Muy alicaído, se aferró a la pared de
la bolsa para suavizar los bandazos que daba al rebotar contra el renqueante
muslo de su portador. «No hay que desesperar—se animó a sí mismo—.Lo más
probable es que el hechizo se deshaga en cuanto me desprenda del anillo.»
Se acarició la diminuta garra que el aro, tras reducirse al
tamaño adecuado, cercaba en un perfecto ajuste, y recordó que la última sortija
mágica que exhibiera habíase negado a abandonar su dedo «¿Y si ahora sucedía lo
mismo? ¿Y si estaba condenado a vivir para siempre bajo aquella pelambre blanca
sostenida por cuatro patas rosadas?», pensó desazonado.
Tal era la obsesión que lo atenazaba que casi cedió al impulso
de arrancarse la alhaja, ansioso de ver si se invertía el encantamiento.
Por fortuna se contuvo a tiempo. ¿Qué pasaría si estallaba la
bolsa, surgía de ella transformado en kender y aterrizaba a los pies del
hechicero que con tanto ahínco lo buscaba? No, al menos de este modo lo
llevaban a la misma estancia que a Caramon y podría acompañarlo dondequiera que
fuese. Si más tarde, ya libre, no se operaba la deseada metamorfosis seguiría
siendo un ratón el resto de sus días. Había desgracias peores.
«¿Cómo saldré del saquillo», se preguntaba.
Le dio un vuelco el corazón, no había recapacitado sobre este
problema. No le costaría ningún esfuerzo liberarse en el caso de recuperar su
identidad, sólo que en ese caso lo atraparían y lo mandarían a su tierra natal.
Por otra parte, si optaba por no ensayar ninguna transformación y conformarse
con ser un roedor acabaría comiendo maíz en compañía de Faikus. Gimió el
kender-ratón y ocultó el hocico entre sus garras, mientras se repetía que éste
era el mayor atolladero de toda su vida incluida aquella ocasión en que, cuando
huyó con su mamut lanudo, dos peligrosos brujos se lanzaron a su caza y
captura. Y para colmo de desventuras, su mareo iba en aumento; el ondulante
movimiento del saquillo, el encierro, el viciado olor, los saltos inesperados,
habían puesto la náusea en la boca de su estómago.
«Mi error estriba en haber recurrido a Fizban. Quizá sea
Paladine, pero algún recoveco mortal de su ser le inclina a disfrutar
provocando farsas jocosas», reflexionaba el consternado Tas.
El hecho de evocar al caótico mago y constatar cuánto lo echaba
de menos no le ayudaba a sentirse mejor, así que descartó tales elucubraciones
y trató una vez más de concentrarse en la observación de su entorno, por si le
sugería una posible escapatoria. Escudriñó la sedosa penumbra que lo envolvía
y, de pronto, se hizo la luz.
«¡Eres un estúpido! —se insultó en la cumbre de la excitación—.
En toda mi vida no había conocido a un kender con cerebro de mosquito, a un
botarate de semejante envergadura, como diría Flint. Y tendría razón. Lo único
que hay que cambiar es el término "kender" por ratón, ya que he
dejado de pertenecer a mi antigua tribu. Soy un pequeño roedor... y eso me da
una ventaja, porque ahora tengo afilados colmillos.»
Al instante, Tasslehoff realizó un primer experimento. Quiso
morder la pared más próxima de la bolsa pero, al escabullírsele la resbaladiza
seda que la componía, el desaliento volvió a adueñarse de él, pero no cedió al
pesimismo.
«Prueba suerte con la costura, necio», se urgió severo y, en un
santiamén, hundió los incisivos en el hilo que mantenía unidas las dos partes
de tela. Sus cortantes armas rasgaron las hebras y, tras deshacer por idéntico
procedimiento varias puntadas, un mar rojizo se reveló a sus ojos: ¡la túnica
del mago! Acarició su faz una ráfaga de aire fresco —ignoraba qué había
guardado antes su celador en el saquillo, pero el pobre kender-roedor estaba al
borde de la asfixia— y se sintió tan reconfortado que se aplicó a su tarea con
renovada energía.
No tardó en interrumpirse, al reflexionar que si ensanchaba más
la hendidura se precipitaría por ella. No estaba preparado para dejarse caer,
todavía no, debía aguardar hasta que llegasen al lugar donde se dirigían. No
podía estar muy lejos, ya que llevaban largo rato subiendo sinuosos tramos de
escalera y oía los jadeos de Caramon, poco acostumbrado en la actualidad a
ejercitar sus músculos, percibiendo incluso ciertas irregularidades en el
resuello de su arcano guía.
—¿Por qué no me transportas por la magia al laboratorio?
—sugirió el guerrero, totalmente derrengado tras la escalada.
—¡Ni hablar! —se opuso el hechicero con vehemencia. No obstante,
suavizó su tono al agregar—: Desde aquí presiento las vibraciones, las chispas
que el inmenso poder de Par-Salian propaga en el aire al preparar su
encantamiento. ¡No permitiré que uno de mis nimios hechizos perturbe las
fuerzas que se han desatado esta noche!
Tas se estremeció bajo su blanco pelaje y supuso que Caramon
había experimentado idéntica reacción, pues oyó cómo se aclaraba nervioso la
garganta y proseguía el ascenso en absoluto mutismo. Transcurridos unos
minutos, se detuvieron.
—¿Hemos alcanzado nuestro objetivo? —preguntó el hombretón,
tratando de aparentar una calma que no tenía.
—Sí —contestó Justarius en un susurro que obligó al kender a
aguzar sus finos sentidos para captar sus palabras—. Te conduciré hasta la
cúspide de la escalera, de la que nos separan escasos peldaños, y una vez
frente a la puerta que la corona la abriré con sigilo y te franquearé el
acceso. ¡No despegues los labios! No digas nada susceptible de romper la
concentración del gran maestro, recuerda que ha pasado varios días ultimando
sólo los preliminares...
—¿Entonces sabía de antemano que esta noche formularía...? —
intentó interrogar Caramon a su interlocutor. Intuía, con cierto retraso, que
no era sino una pieza en manos de seres superiores.
—Silencio —lo atajó el mago de encarnado atuendo, impregnada su
voz de ira—. Por supuesto, era consciente de que existía esa posibilidad y
tenía que prepararse por si acaso. Fue un acierto tomar tal precaución, ya que
ignorábamos la premura con que pretende actuar tu hermano. —Exhaló un hondo
suspiro y, ya más sereno, añadió—: Y ahora, te lo repito: cuando salvemos los
últimos escalones debes sellar tu boca. ¿Has comprendido?
—Sí. —El fornido humano parecía haber perdido su capacidad de
réplica.
—Haz exactamente lo que te ordene Par-Salian. No preguntes,
limítate a obedecer. ¿Serás capaz de controlar tus impulsos?
—Sí —accedió Caramon, más subyugado a cada segundo. Tas incluso
detectó un ligero temblor en tan breve respuesta.
«Está asustado —comprendió el kender—. Pobre amigo mío, ¿por qué
le someten a tan dura prueba? No acabo de entenderlo, estoy seguro de que
existen motivos inconfesables que escapan a nuestra percepción. Sea como fuere,
me expondré si es necesario a la cólera de Par-Salian pero no dejaré solo a
Caramon. De algún modo me reuniré con él, no he de privarle de mi ayuda.
Además, será maravilloso viajar en el tiempo.»
—De acuerdo —concluyó vacilante Justarius, y Tas reparó en la
tensión que lo agarrotaba—. Nos despediremos en este punto, guerrero. Espero
que los dioses te acompañen, porque vas a embarcarte en una empresa azarosa...
para todos nosotros. No puedes ni siquiera imaginar las consecuencias del
fracaso. —Pronunció esta última frase tan quedamente que tan sólo la oyó el
kender, y su inquietud fue en aumento—. Desearía poder afirmar que tu hermano
merece el intento.
—Lo merece —repuso el hombretón con convencimiento—, ya lo
verás.
—Ruego a Gilean que no te equivoques. ¿Estás preparado?
—Sí.
Resonó en los tímpanos del kender un murmullo de tela, y supuso
que el hechicero meneaba la cabeza bajo su capucha. Acto seguido reanudaron la
marcha, subiendo despacio los empinados peldaños mientras Tas se asomaba por la
abertura del saquillo y estudiaba el avance. No tendría sino unos instantes
para actuar.
Alcanzaron la cima, la ancha piedra que marcaba el rellano
apareció en el limitado campo de mira del falso roedor. «¡Éste es el momento!»
—decidió, tragando saliva. Percibió un nuevo movimiento en el cuerpo del mago,
sucedido por el crujir de una puerta, y se apresuró a limar los últimos hilos
que afianzaban la costura. Caramon traspasó el umbral, la hoja inició su lento
recorrido para ajustarse...
Soltóse la última puntada que impedía la caída de Tas y éste se
lanzó al aire, no sin preguntarse si los ratones aterrizaban siempre de pie
como los gatos, ya que en una ocasión había arrojado a un felino desde el
tejado de su casa para cerciorarse de que así era, con resultado satisfactorio.
En cuanto se tropezó con el frío suelo emprendió una rápida carrera, tras
advertir que la puerta estaba cerrada y que el sabio de Túnica Roja comenzaba a
alejarse. No se detuvo para estudiar el terreno, atravesó el tramo que lo
separaba de la estancia a toda la velocidad de que fue capaz y, encogiendo su
pequeño cuerpo, logró filtrarse por la angosta rendija inferior de la entrada.
Ya dentro del laboratorio, se zambulló bajo una librería adosada
al muro e hizo un alto al objeto de tomar aliento.
¿Qué ocurriría si Justarius descubría su fuga? ¿Vendría en su
busca?
«Olvida tan absurdos temores —se reconvino, disgustado consigo
mismo—. Ignora dónde caí y, en cualquier caso, no osaría adentrarse en la sala
y arruinar el hechizo.»
El bombeo de su corazón volvió poco a poco a la normalidad, de
tal modo que sus vías auditivas se abrieron, de nuevo, a otros ruidos que no
fueran sus intensas palpitaciones. Pocos fueron los ecos que llegaron a sus
tímpanos: unos imprecisos siseos, como si alguien ensayara su monólogo para una
representación callejera, y los esfuerzos que realizaba Caramon a fin de
amortiguar los jadeos de la escalada, fiel a su promesa de no perturbar al gran
maestro. Pero eso era todo, si se exceptúa el rechinar de las botas del
guerrero al levantar los pies a intervalos, preso de un gran desasosiego.
«Tengo que ver—razonó Tas—, si quiero enterarme de lo que
sucede.»
Al deslizarse bajo la librería el kender empezó a integrarse de
verdad en el universo único, diminuto del que había pasado a formar parte. Era
un mundo de migas, de ovillos de hilo y de polvo, de pinzas y ceniza, de
pétalos de rosa secos y hojas de té mojadas, un mundo en el que lo
insignificante adquiría inusitadas proporciones. El mobiliario se alzaba sobre
él como los árboles en un bosque, sirviendo, al igual que éstos, para
proporcionar cobijo. La llama de una vela era el sol, Caramon un gigante monstruoso.
El kender-ratón rodeó los descomunales pies de su amigo.
Mientras lo hacía vislumbró por el rabillo del ojo señales de movimiento y, al
volver la cabeza, atisbó otro miembro más pequeño que, calzado con una sandalia,
sobresalía bajo unas vestiduras de color blanco. Reconoció de inmediato a
Par-Salian así que, raudo como una centella, escapó en dirección al rincón
opuesto de la estancia. Por fortuna, tan sólo lo alumbraban unas oscilantes
candelas.
Se detuvo como pudo, patinando sobre la lisa superficie de roca.
En el pasado tuvo oportunidad de visitar el laboratorio del mago, cuando se
ciñó al dedo aquel malhadado anillo mágico que lo catapultó en el espacio, mas,
pese al tiempo transcurrido, permanecían impresos en su memoria los portentos
que le fuera dado contemplar. Echó de nuevo a andar mientras cavilaba sobre el
esotérico contenido de la sala, si bien su ensimismamiento no le impidió hacer
una prudente pausa antes de penetrar en un círculo dibujado en el suelo. En el
centro de esta circunferencia que, trazada con polvillo de plata, refulgía a la
luz de las velas, yacía la sacerdotisa Crysania. Sus pupilas vidriosas se
perdían en la nada, fijas e invidentes, y su rostro estaba tan lívido como el
lienzo que la arropaba.
No existía la menor duda de que era aquí donde había de obrarse
el encantamiento. Con la pelambre erizada sobre su cerviz, Tasslehoff reculó a
trompicones y se agazapó debajo de un bacín invertido, desde donde podría
escudriñar la escena sin ser visto.
En el exterior del círculo se erguía Par-Salian, resplandeciente
su alba vestimenta en la feérica luz del objeto que sostenía en la mano. Era
éste un cetro con joyas incrustadas que despedía vivos destellos al darle
vueltas su portador, de aspecto similar al que ostentara un rey de Nordmaar en
presencia del kender. Sin embargo, el que ahora admiraba se le antojó más
fascinador, quizás a causa de la manera singular en que estaban ensambladas sus
facetas. Algunas de sus partes se movían mientras que otras, el desconcertado
Tas no acertaba a representárselo de otra manera, giraban sin desplazarse. El
gran maestro manipulaba hábilmente este ingenio, doblándolo sobre sí mismo para
luego retorcerlo hasta reducirlo al tamaño de un huevo. Sin cesar de farfullar
extraños versos, el archimago introdujo tan deslumbrador artículo en un
bolsillo de su túnica.
De pronto, y pese a que su oculto espectador no le vio dar
ningún paso, Par-Salian se situó en el interior del cerco, próximo a la figura
inerte de Crysania. Se inclinó hacia la sacerdotisa, depositó algo que escapó a
la observación del kender en los pliegues de su atuendo y acometió un cántico
en el lenguaje de la magia, a la vez que esbozaba con sus nudosas manos
círculos en el aire.
Lanzando una mirada a Caramon, Tas comprobó que el guerrero
permanecía al lado del cerco con una extraña expresión en el rostro. Su actitud
era la de un ser ajeno a las artes arcanas pero que, al mismo tiempo, no se
siente incómodo frente a sus procedimientos. «Es natural, ha crecido entre
hechizos. Quizás imagina que se halla de nuevo junto a su hermano», pensó.
Par-Salian enderezó la espalda, y el kender sufrió un gran
sobresalto al advertir el cambio que se había operado en él. Su rostro había
envejecido más aún, tiñéndose de una palidez cenicienta, y su cuerpo se
bamboleaba en su erecta postura. Hizo señal de acercarse a Caramon y éste
obedeció, si bien cuidó de no pisar el polvillo plateado al penetrar en la zona
sagrada. Sumido en un trance, el hombretón avanzó unos pasos para detenerse al
lado de la exánime Crysania.
Par-Salian extrajo entonces el cetro de su bolsillo y se lo
tendió al humano, quien posó la mano sobre él de tal suerte que, durante unos
segundos, ambos lo sostuvieron. Caramon movió los labios mas ningún sonido
brotó de su garganta, como si se estuviera preparando mediante el aprendizaje
de una información comunicada mágicamente. Cuando volvió a sellarse la boca del
guerrero el maestro levantó ambas palmas y, al hacerlo, se izó del suelo y
flotó hasta el exterior del círculo a fin de refugiarse en la oscuridad del
laboratorio.
Tas dejó de verlo, pero podía oír. El cántico que antes iniciara
subió de volumen hasta que, de forma súbita, un muro de plata surgió del
círculo trazado en la piedra. Tan brillante era que los ratoniles ojos del
kender comenzaron a arder, si bien no logró desviar la mirada, ni tampoco fue
capaz de bloquear sus tímpanos al agudo griterío que se había generado en la
sala. En efecto, se había unido a la estridente tonada del hechicero un coro de
voces que parecían nacer en profundidades abismales y reflejarse sobre la roca,
en respuesta a las estrofas de su adalid.
Más que en la barabúnda, los sentidos del kender estaban
absortos en la centelleante cortina de poder. Al otro lado Caramon, inmóvil
junto a Crysania, sujetaba todavía el extraño ingenio. Tas ahogó una
exclamación, que más se asemejaba a un suspiro, al examinar el laboratorio que,
aunque visible a través del argénteo muro, parecía parpadear como si luchara
por su propia existencia. En los intervalos de negrura que se alternaban con
las intermitencias luminosas se perfilaban imágenes de bosques, ciudades, lagos
y océanos, todos ellos sucediéndose en nebulosas secuencias que iban y venían,
pobladas de criaturas cuyos contornos eran de inmediato reemplazados por otros.
El cuerpo del fornido guerrero empezó a vibrar al ritmo de las
alucinantes visiones, siempre en el interior de la columna de luz. Crysania,
por su parte, aparecía y se desvanecía con idéntica regularidad.
Las lágrimas inundaron el hocico del transformado hombrecillo,
prendiéndose de sus bigotes. «Caramon va a emprender la más fabulosa aventura
de todos los tiempos y me deja aquí, solo», se lamentaba.
Durante unos inciertos segundos Tasslehoff libró una cruenta
batalla contra sí mismo. La lógica, la razón argumentaban en su mente, como lo
habría hecho Tanis, que sería un estúpido si se interfería en tan inexplicables
prodigios porque, en ese caso, no tardaría en arruinar los proyectos de su
amigo. Oía esta voz, sí pero los cánticos del mago y de las piedras la fueron
difuminando hasta acallarla por completo.
Par-Salian nunca oyó el chillido del pequeño roedor. Tan
abstraído estaba en los pormenores del hechizo que tan sólo vislumbró, de
soslayo, un leve movimiento. Era ya demasiado tarde cuando vio salir al ratón
de su escondrijo y correr en pos del plateado muro de luz. Aterrorizado, cesó
en su canto y las voces de la piedra, ahora huecas, murieron junto a la suya.
En el silencio reinante distinguió unas palabras articuladas, asombrosas por el
tono en que eran pronunciadas: «¡No me abandones, Caramon, sin mi ayuda no
sabrás salvar los peligros que te aguardan!»
El roedor atravesó el polvillo de plata, dejando tras de sí un
rastro refulgente, e irrumpió en el círculo de luz. Par-Salian percibió un
tenue tintineo producido, al parecer, por una sortija que rodaba en el pétreo
suelo, y un instante más tarde se materializó, tras la cortina que él mismo
conjurara, una tercera figura, arrancándole un alarido desgarrador. Se
desvanecieron acto seguido los vibrantes contornos y los cegadores haces fueron
absorbidos en un postrer torbellino, que sumió el laboratorio en tinieblas.
Débil, exhausto, el anciano maestro se derrumbó sobre el suelo.
Su último pensamiento, antes de abandonarse a su desmayo, fue espantoso. Había
enviado un kender al pasado.
Libro II
Calumnias
Denubis caminaba sin prisas por los ventilados, luminosos
pasillos del Templo de los Dioses erigido en Istar, absorto en sus cavilaciones
y con la mirada perdida en los intrincados diseños del marmóreo suelo. Un
observador, al verle deambular sin rumbo y en actitud preocupada, habría
supuesto sin duda que el clérigo era insensible al hecho de que se estaba
adentrando en el corazón del universo. Nada más lejos de la verdad: era muy
poco probable que olvidara tal circunstancia y, de haber incurrido en un
momentáneo descuido, el Príncipe de los Sacerdotes se encargaría de
recordárselo en su diaria llamada a la oración.
«Somos el corazón del universo —repetiría el dignatario en una
voz tan musical que, en ocasiones, uno no prestaba atención al contenido de sus
frases—. Istar, ciudad elegida de los dioses, es el centro del orbe y nosotros,
quienes vivimos en su seno, somos la víscera que lo alimenta. Del mismo modo
que la sangre fluye por el organismo, bañando y enriqueciendo incluso los dedos
del pie, así también nuestra fe y enseñanzas brotan de este magnífico Templo
para llegar a las entrañas de la más insignificante de las criaturas. Tened
presente mi sentencia cuando os entreguéis a vuestros quehaceres cotidianos,
porque aquellos que aquí trabajáis sois los hijos predilectos de las
divinidades. Al igual que un ligero roce en la hebra más fina de la argéntea
telaraña propaga temblores en toda su superficie, vuestra más nimia acción
podría hacer que se tambalease el reino de Krynn.»
Denubis se estremeció, habría preferido que el Príncipe de los
Sacerdotes no utilizara esta metáfora. El clérigo detestaba a las arañas y, en
realidad, a todos los insectos, algo que nunca admitió quizá porque le
provocaba un sentimiento de culpabilidad. ¿No estaba obligado a amar a todo ser
viviente salvo, por supuesto, aquéllos que creara la Reina de la Oscuridad? Tal
categoría englobaba a los ogros, goblins, trolls y otras razas perversas, pero
no tenía la total certeza de que las arañas figuraran en la lista. Aunque era
su firme intención preguntarlo, sabía que ese paso entrañaría un debate
filosófico de varias horas con los Hijos Venerables y no creía que mereciese la
pena. Cualquiera que fuese el veredicto, en su fuero interno seguiría odiando a
las arañas. El clérigo se golpeó suavemente la incipiente calva. ¿Cómo había
llegado su errabunda mente a centrarse en tan abyectos animales?
« Me estoy haciendo viejo —pensó con un suspiro—. No tardaré en
ser como el pobre Arabacus si no desarrollo más actividad que la de sentarme en
los jardines y dormir hasta que alguien me despierte para cenar. —Suspiró de
nuevo, si bien sentía más envidia que lástima—. Al menos, Arabacus se ha
salvado de...»
—Denubis.
Hizo una pausa a fin de escudriñar el ancho corredor, pero no
vio a nadie. Un temblor recorrió su espina dorsal al preguntarse si había oído
una voz susurrante, o tan sólo lo había imaginado.
—Denubis —insistió el enigmático ser, en idéntico tono.
Esta vez el clérigo estudió más minuciosamente las sombras
proyectadas por las robustas columnas de mármol que sostenían el áureo techo y,
entre ellas, distinguió una más oscura, una mancha de negrura en las tinieblas.
Contuvo la exclamación de ira que afloraba a sus labios y, refrenando asimismo
un segundo temblor que agitaba sus músculos, hizo un alto en su camino y se
aproximó despacio a la figura que se dibujaba en la penumbra a sabiendas de que
ésta no abandonaría su lóbrego entorno para ir hacia él. La luz no dañaba al
ser que le había llamado como solía perjudicar a los hijos de la noche, ya que
al parecer nada en la faz del mundo era capaz de lastimarle. Si no acudía a su
presencia era, simplemente, porque prefería las sombras. «Muy teatral», se dijo
el clérigo con una mueca sarcástica.
—¿Qué quieres de mí, Ente Oscuro? —inquirió con una voz que
pretendía ser agradable.
Intuyó una ambigua sonrisa en el nebuloso rostro, y comprendió
que su interlocutor conocía sus más secretas elucubraciones.
—¡Maldita sea! —renegó Denubis, fiel a un hábito que el Príncipe
de los Sacerdotes desaprobaba pero que él, simple mortal, no había logrado
desechar—. ¿Por qué permite nuestro dignatario que se pasee por la corte en
lugar de desterrarlo, como hizo con los otros?
Su pregunta no iba dirigida a nadie en concreto dado que, en el
fondo de su alma, sabía la respuesta. Este ser era demasiado peligroso, su
poder traspasaba todas las fronteras. El Príncipe de los Sacerdotes lo
conservaba en su compañía como un hombre corriente albergaría en su casa a un
mastín feroz: es consciente de que el animal atacará a quien le ordene, pero
debe asegurarse constantemente de que permanece atado a su traílla pues, si la
correa se rompiera, la bestia se abalanzaría contra el cuello del amo.
—Siento mucho molestarte, Denubis —se disculpó el Ente con
aquella voz acariciadora—, más aun al verte absorbido por tan hondas
reflexiones. Si oso interrumpirte, es porque en este mismo instante tiene
lugar, no lejos de aquí, un evento de suma importancia. Debes reunir un
batallón de centinelas del Templo y encaminarte a la plaza del mercado. Allí,
en la encrucijada, hallarás a una Hija Venerable de Paladine en estado
comatoso. Y, en el mismo lugar, se encuentra el hombre que la asaltó.
Los ojos del clérigo casi se salieron de sus órbitas, antes de
encogerse en rendijas que denotaban suspicacia.
—¿Cómo te has enterado? —indagó.
La figura hizo un leve movimiento en su lúgubre aureola y la
línea que formaban sus labios, fina pero discernible, se ensanchó en una
aproximación a lo que denominamos sonrisa.
—Denubis, hace muchos años que nos conocemos —argumentó el Ente
Oscuro en actitud burlona—. ¿Le preguntas al viento cómo sopla? ¿Interrogas a
las estrellas para averiguar de dónde procede su brillo? Lo sé, amigo mío, y
eso debe bastarte.
—Pero... —El clérigo decidió callar, sus protestas de nada
habían de servirle. Sin embargo, no era tan sencillo convocar a un batallón de
guardianes del Templo. Tendría que dar explicaciones e informar a las
autoridades. Sumido en una gran confusión, se llevó las manos a las sienes.
—Apresúrate, Denubis —le urgió el sombrío personaje—. No vivirá
mucho tiempo.
El infeliz humano tragó saliva. ¡Una Hija Venerable de Paladine
asaltada, moribunda! ¡Y en la plaza del mercado! Probablemente la rodeaba una
muchedumbre boquiabierta. ¡Qué escándalo! El Príncipe de los Sacerdotes se
disgustaría sobremanera cuando le comunicara tal noticia.
Quiso hablar, mas enmudeció de nuevo para buscar el auxilio de
la figura. Comprendiendo que no había de brindárselo dio media vuelta y, entre
el revoloteo de su propia túnica, echó a correr por el pasillo. Sus sandalias
de piel arañaban el suelo en su precipitada marcha y levantaban estruendosos
ecos.
Al llegar al cuartel del capitán de la guardia, Denubis
consiguió, con voz jadeante tras su carrera, formular su demanda al teniente
que se hallaba de servicio. Como había previsto, se originó una auténtica
conmoción y, mientras esperaba que apareciese el oficial en funciones, se
derrumbó sobre una silla a fin de recuperar el resuello.
La identidad del creador de las arañas era un asunto abierto a
debate pero, en la mente de Denubis, no existía la menor duda sobre quién había
concebido al Ente Oscuro. Estaba seguro de que la figura se mantenía agazapada
en la penumbra, riéndose de él.
—¡Tasslehoff!
El kender abrió los ojos, tan aturdido que no adivinaba dónde
estaba ni quién era. Una voz había pronunciado un nombre que le resultaba
familiar, ésa era su única certeza en el torbellino que le envolvía. Aún
confuso, examinó el paraje y advirtió que estaba acostado encima de un humano
corpulento, tumbado a su vez cuan largo era en medio de una calle. El individuo
le miraba perplejo, quizá porque Tas se hallaba encaramado a su rollizo
vientre.
—Tas —repitió el hombretón, más asombrado a cada instante—. Me
temo que no deberías haber venido.
—No lo sé —contestó el kender, ocupado sobre todo en discernir
si «Tas» era su apelativo.
De pronto, despertó su memoria y evocó el cántico de Par-Salian,
la sortija que se desprendió de su dedo, la luz cegadora, el coro formado por
las piedras, el terrible alarido del mago...
—¡Claro que tenía que venir! —replicó irritado, desechando de su
mente el grito del hechicero—. No creerás que iba a permitirte realizar el
viaje en solitario, ¿verdad? —imprecó al humano, tan próximo que casi se
frotaron sus narices.
—Estoy desconcertado, no puedo afirmar nada, pero aun así
—balbuceó Caramon— me parece que...
—En cualquier caso, aquí estoy —lo atajó Tas mientras saltaba de
su carnosa atalaya para aterrizar en el adoquinado—. Por cierto, ¿dónde es
aquí? —preguntó en un susurro casi inaudible—. Te ayudaré a incorporarte
—ofreció en voz alta, tendiéndole la mano con la esperanza de ahuyentar las
sospechas que respecto a su presencia abrigaba el fornido compañero. Ignoraba
si podía devolverle al futuro, mas no tenía la menor intención de averiguarlo.
Caramon se esforzó en enderezar su cuerpo, tan torpemente que al
kender se le escapó una risita al compararle en el pensamiento con una tortuga
echada sobre su caparazón. Fue entonces cuando el hombrecillo reparó en que el
atuendo de su amigo nada tenía que ver con el que luciera antes de abandonar la
Torre. En la morada de Par-Salian vestía su propia cota de malla, o las partes
que había podido ajustarse, y también una holgada camisa que le cosiera Tika
con su abnegado amor.
Ahora, en cambio, cubría su redondez una saya de áspera tela,
unida por unas costuras de burdos hilvanes. Una zamarra de cuero pendía de sus
hombros y, a juzgar por su estado, debía haber sufrido los estragos del tiempo
y mil batallas. Quizás en su día tuvo botones; de ser así habían desaparecido,
si bien Tas recapacitó que tampoco eran necesarios pues resultaba imposible
abrochar la exigua pieza al abultado estómago que debía arropar. Unos
deformados calzones y un par de botas remendadas, con un agujero por el que
sobresalía un dedo, completaban el ruinoso equipo.
—¡Qué mal huele! —se quejó Caramon, olisqueando a su alrededor—.
¿Quién emite estos desagradables efluvios?
—Tú —contestó el kender, a la vez que se tapaba la nariz y
agitaba la mano libre como si pudiera disipar el hedor. ¡Caramon apestaba a
aguardiente enanil! El hombrecillo lo escudriñó sin comprender. El guerrero
estaba sobrio en la Torre, y quedaba patente que no había probado el alcohol en
su mirada que, aunque confusa, se mantenía firme. Además, no se observaba
ningún bamboleo en su figura erecta.
El hombretón bajó los ojos y, al hacerlo, se vio a sí mismo.
—¿Qué pasa aquí? —inquirió atónito.
—Imaginaba que los magos eran más competentes —comentó
Tasslehoff con tono reprobatorio estudiando las vestiduras del compañero—. Ya
sé que un hechizo tan poderoso ha de estropear la ropa, pero...
Una repentina idea selló sus labios. Temeroso de verla
confirmada, él también se examinó, y al instante exhaló un suspiro de alivio.
Nada en su persona se había alterado, incluso sus saquillos estaban intactos.
Una molesta voz mencionó en su interior que quizá se debía a que él no tenía
que ser transportado junto al guerrero, mas juzgó conveniente ignorar tal
observación.
—Vayamos a investigar —propuso risueño, uniendo la acción a la
palabra.
Había intuido por los olores dónde se encontraban: en un
callejón. Arrugó las fosas nasales al constatar que no era sólo Caramon quien
despedía la nauseabunda fetidez, sino los desperdicios de toda suerte que se
apilaban sobre el empedrado. La calleja estaba sumida en la penumbra a causa
del alto edificio que la tapiaba, una pétrea mole que impedía el paso de la
luz. No obstante era de día, y en el extremo del pasadizo se vislumbraba una
avenida rebosante de actividad por la que los viandantes iban y venían en
numerosos grupos.
—Me parece que es un mercado —aventuró Tas interesado, y echó a
andar en dirección al bullicio—. ¿A qué ciudad dijiste que nos enviarían?
—A Istar —farfulló Caramon a su espalda—. ¡Tas!
Al percibir el tono de espanto con que el hombretón vociferó su
nombre el kender dio media vuelta, no sin llevarse la mano al cuchillo que
portaba en su cinto. Su corpulento amigo se había arrodillado junto a un
abultado fardo que yacía en la calleja.
—¿De qué se trata? —indagó.
—De quién, no de qué —lo corrigió el guerrero—. Es la
sacerdotisa —afirmó, a la vez que alzaba una capa de tonos pardos.
—¡Crysania! —exclamó Tas horrorizado, tras acercarse—. ¿Qué le
han hecho? ¿Cometieron algún error al formular el encantamiento?
—Lo ignoro, pero debemos buscar ayuda. —Con sumo cuidado,
Caramon cubrió de nuevo el magullado y sanguinolento rostro de la dama.
—Yo me ocuparé de eso —se ofreció el kender—, quédate a su lado
para protegerla. Temo que no hemos ido a parar a uno de los mejores barrios de
la ciudad, ya me entiendes.
—Sí —admitió el hombretón con un triste suspiro.
—No te inquietes, saldremos adelante. —Mientras hablaba, Tas dio
unos golpecitos tranquilizadores en el robusto hombro de su compañero, quien
asintió mediante un mudo ademán de cabeza. Se giró acto seguido y jalonó de
nuevo la calleja hacia la avenida, entrando en ella por la acera.
Cuando se disponía a pedir socorro una mano se cerró en torno a
su brazo y lo arrastró hacia un rincón, con tanta fuerza que incluso lo levantó
al aire.
—¿Puede saberse adonde te diriges? —lo interrogó el dueño de
aquella garra de acero.
Tas ladeó el semblante y se enfrentó a un hombre barbudo, de
facciones inescrutables bajo un refulgente yelmo, aunque sus ojos se adivinaban
oscuros y gélidos.
«Un guardián», comprendió al instante el apresado, que poseía
una gran experiencia con este tipo de soldados.
—Precisamente buscaba a alguien como tú —explicó,
contorsionándose para recuperar la libertad y adoptando al mismo tiempo una
actitud inocente.
—Una historia poco verosímil, digna de la improvisación de un
kender —gruñó el individuo—. Si fuera cierta marcaría un hito en el devenir de
Krynn, por la novedad que representa.
—Es cierta —se indignó el hombrecillo—. Han lastimado a una
amiga nuestra en esa calleja.
El centinela consultó con la mirada a un personaje en el que
Tasslehoff no había reparado, un clérigo investido de la túnica blanca.
—¡Oh, un sacerdote! —se sorprendió. Ha sido una suerte...
Selló su boca el soldado al aplicar sobre ella la mano libre.
—¿Qué opinas, Denubis? Estamos junto al callejón de los
Mendigos, lo más probable —apuntó el guardián— es que hayan acuchillado a un
ladrón desprevenido y nos encontremos frente a una reyerta de truhanes. No
deberíamos intervenir.
El clérigo era un humano de mediana edad, grave en su expresión
y con unos claros sobre las sienes que anunciaban su próxima vejez. Tas vio
cómo estudiaba la plaza del mercado y meneaba la cabeza, antes de declarar:
—El Ente Oscuro ha hablado de la encrucijada, que está muy cerca
de aquí. Vamos a investigar.
—De acuerdo —accedió el recio custodio encogiéndose de hombros.
Designó a dos hombres de uniforme, lo que hizo pensar a Tas que
se trataba de un oficial, y los observó mientras avanzaban cautelosos por el
mugriento pasadizo. Su palma se mantenía afianzada sobre el kender que, al
sentirse asfixiado, logró articular un patético grito.
—Déjale respirar, capitán —le indicó el sacerdote sin cesar de
lanzar ansiosas miradas a su alrededor.
—Tendremos que escuchar su interminable cháchara —rezongó el
aludido, pero retiró la mano.
—Estarás callado, ¿verdad? —rogó Denubis a Tas con la
preocupación reflejada en la faz—. Sin duda eres consciente de la importancia
que reviste este asunto.
Aunque ignoraba el exacto significado de su última sentencia, el
kender optó por asentir en silencio. Satisfecho, el eclesiástico centró la
atención en los soldados y el prisionero lo imitó no sin esfuerzo, ya que tuvo
que torcer el cuello en una forzada postura. Vio que Caramon se apartaba del
fardo informe que protegía para permitir que se aproximasen los centinelas. Uno
de ellos se arrodilló a su lado y levantó la capa.
—¡Capitán! —vociferó, al mismo tiempo que el otro guardián
agarraba a Caramon. Sorprendido y furioso a recibir un trato tan brutal, el
guerrero se deshizo de su agresor y se encaró con el otro, que se había puesto
en pie de un salto. Refulgió el acero.
—¡Diablos! —blasfemó el capitán— Vigila a este pequeño bastardo,
Denubis —bramó al clérigo de la túnica blanca, y arrojó a Tas en su dirección.
—¿No debería acompañarte? —propuso Denubis inmovilizando al
kender cuando, llevado por el impulso, tropezó contra su cuerpo.
—¡No!
El oficial se adentró a grandes zancadas en la calleja con la
espada desenvainada, y Tas le oyó farfullar algo sobre «un tipo peligroso».
—Caramon no es peligroso —protestó el hombrecillo alzando la
vista hacia el clérigo—. Espero que no le hagan daño. ¿Qué es lo que sucede?
—No tardaremos en averiguarlo —respondió Denubis en un acento
estentóreo, si bien desmentía tal despliegue de energía la suavidad con que
sujetaba a su presa. El kender consideró la posibilidad de escapar, pues nada
había mejor que un concurrido mercado para ocultarse, pero la suya fue una idea
tan fugaz e instintiva como el gesto de Caramon al desembarazarse de su
atacante. No podía abandonar a su amigo.
—No le lastimarán si se entrega pacíficamente —comentó el
clérigo con un suspiro—. Aunque si ha hecho lo que temo —se estremeció y calló
unos segundos— más le valdría sucumbir ahora mismo, su muerte sería más
benigna.
—¿Qué crees que ha hecho? —indagó Tas desconcertado. También su
compañero parecía confuso, el hombrecillo advirtió que alzaba los brazos entre
protestas de inocencia.
Pero, mientras argumentaba, uno de los soldados se situó tras su
espalda y flageló la parte posterior de sus rodillas con el mango de la lanza.
El guerrero dobló las piernas a causa del impacto y, en cuanto empezó a
tambalearse, el centinela que tenía delante lo abatió mediante un severo golpe
en el pecho.
Apenas había rozado el suelo el herido, ya aguijoneaba su
garganta la punta de un acero. Levantó las manos débilmente para dar a entender
que se rendía y sus adversarios se apresuraron a voltearle para, una vez
postrado de bruces, atarle las manos sobre el espinazo con pasmosa habilidad.
—Diles que se detengan —apremió Tas a su custodio, forcejeando
con denuedo—. No pueden hacerle eso.
—Silencio, amiguito, es preferible que te quedes conmigo y no te
inmiscuyas —le recomendó Denubis quien, al percatarse de que había relajado su
presión, aferró al hombrecillo con mayor firmeza—. Escúchame, te lo ruego. No
puedes ayudarle, el intentarlo no te servirá sino para complicar las cosas.
Los soldados zarandearon a Caramon hasta incorporarlo y
procedieron a registrarlo con esmero, zambullendo incluso sus brazos en el
interior de los ajados calzones que ahora portaba. Encontraron una daga en su
cinto, que entregaron a su capitán, al lado de un singular frasco. Uno de ellos
lo destapó, olisqueó su interior y lo desechó con una mueca de repugnancia.
Otro de los centinelas señaló a la inerte figura que yacía sobre
el empedrado, y el capitán se agachó para examinarla. Tas le vio menear la
cabeza antes de alzar en volandas el rígido cuerpo de Crysania ayudado por uno
de sus hombres, y recorrer la calleja en dirección a la plaza. Al pasar junto a
Caramon le espetó un ofensivo insulto, una imprecación soez que resonó en los
tímpanos del anonadado kender y, al parecer, también en los de su amigo, ya que
el rostro de éste asumió la palidez de la muerte.
Volviéndose hacia Denubis, Tas descubrió que tenía los labios
apretados y sintió el temblor de sus dedos sobre los hombros, donde los había
posado. No le cabía la menor duda, ahora sabía de qué acusaban al hombretón.
—¡No! —exclamó en un alarido agónico—. No podéis pensar eso.
Caramon es inofensivo, nunca atacaría de un modo tan vil a la sacerdotisa.
¡Sólo pretendía socorrerla! En realidad para eso hemos venido, salvar a
Crysania es uno de los objetivos primordiales de nuestro viaje. Por favor,
atiende a razones —añadió, uniendo las manos en actitud de súplica—. Mi amigo
es un guerrero y, como tal, ha matado a algunas criaturas, pero tan sólo a
draconianos, goblins y otros seres despreciables. ¡Debes confiar en mí, nunca
mentiría en una situación como ésta!
Denubis, perdido en sus cavilaciones, se limitó a ignorarlo y
contemplar a la comitiva que se aproximaba.
—-¡No! —se revolvió desesperado el kender—. ¡No es posible que
abriguéis la menor sospecha sobre él! Odio este lugar, quiero regresar a mi
mundo.
Su sensación de impotencia aumentó al reparar en la desencajada
faz del compañero y, prorrumpiendo en llanto, se cubrió los ojos con las manos
preso de violentas convulsiones. De pronto, sintió el contacto de unos dedos
que lo acariciaban con dulzura.
—Vamos, serénate —le dijo Denubis—. Tendrás oportunidad de
relatar tu historia, y también tu amigo. Si sois inocentes nada malo os
ocurrirá. —Calló, y Tas le oyó preguntar entre suspiros—: El humano ha estado
bebiendo, ¿me equivoco?
—Desde luego —contestó el kender casi sin resuello—. No ha
probado una gota de alcohol.
Se quebró su voz, no obstante, al escudriñar al orondo cautivo
mientras los soldados lo conducían a la avenida donde él aguardaba junto al
clérigo. Tenía la tez embadurnada con las inmundicias del pasaje, chorreaba la
sangre por un corte abierto en su labio y sus pupilas, también sanguinolentas,
le conferían un aspecto salvaje que contrastaba con la vacuidad de su rostro.
Además, el legado de antiguas borracheras se marcaba ostensiblemente en sus
enrojecidos y embotados pómulos. Perplejo, aturdido, el guerrero caminaba con
paso inseguro hacia el lugar donde la muchedumbre, que se había congregado a la
vista de los guardias, lo saludaba entre exclamaciones de toda índole.
Tas hundió la cabeza sobre el pecho. ¿Qué estaba haciendo
Par-Salian? ¿Había fracasado en su intento de memorizar el hechizo, hasta tal
punto que ni siquiera se hallaban ahora en Istar? ¿Se habían perdido? Quizás
eran víctimas de una espantosa pesadilla.
—¿Qué ha pasado? —interrogó Denubis al capitán, sacando al
kender de su momentáneo ensimismamiento—. ¿Estaba en lo cierto el Ente Oscuro?
—Sí —fue la tajante respuesta—. ¿Acaso ha errado alguna vez en
sus apreciaciones?
—¿Quién es la dama? —prosiguió el clérigo.
—Ignoro su identidad, aunque debe pertenecer a tu Orden a juzgar
por el Medallón de Paladine que exhibe en su pecho. Está muy maltrecha, incluso
afirmaría que ha muerto de no ser por el tenue pálpito que se percibe en su
cuello.
—¿Crees que ha sido... que ha sido...? —No pudo pronunciar la
palabra, pero no era necesario.
—No lo sé —confesó el oficial—. Lo que es evidente es que la han
maltratado y ha sufrido una especie de ataque. Tiene los ojos abiertos, mas no
da muestras de ver ni oír nada.
—Debemos llevarla al Templo sin tardanza —ordenó el clérigo con
determinación, si bien Tasslehoff detectó un titubeo en su voz. Mientras
hablaban sus superiores, los soldados se afanaban en dispersar al gentío
interponiendo sus lanzas y haciendo retroceder a los curiosos.
—Todo está bajo control —decían—. Moveos, el mercado no tardará
en cerrar y es mejor que ultiméis vuestras compras en lugar de quedaros aquí
como pasmarotes.
—¡Yo no la lastimé, nunca la he tocado! —estalló Caramon de
forma inesperada—. No la lastimé —repitió, anegados sus ojos en lágrimas.
—¡Claro que no! —lo espetó desdeñoso el capitán—. Encerrad a
este par de bribones en el calabozo —indicó a sus subordinados.
Tas se sobresaltó cuando uno de los soldados asió su brazo
dolorosamente pero, en un reflejo fruto de su perplejidad, se aferró a la
túnica de Denubis y rehusó soltarla. El clérigo, que había posado su mano en la
inmóvil figura de Crysania, dio media vuelta al sentir los dedos forcejeantes
del prisionero.
—Tienes que creerle, está diciendo la verdad —imploraba el
kender sin rendirse a las sacudidas del centinela.
—Eres un amigo leal —lo felicitó el eclesiástico—, una virtud
poco frecuente en un kender. Espero —añadió, a la vez que acariciaba su copete
con aire distraído y la tristeza reflejada en sus rasgos— que tu fe en este
hombre sea justificada. Sin embargo debes comprender que en ocasiones, cuando
se ha bebido en exceso, el alcohol nos empuja a cometer actos...
—¡Olvida esta absurda representación! —intervino el soldado,
enfurecido a causa de la febril resistencia de Tas—. No surtirá efecto.
—No permitas que te enternezca, Hijo Venerable de Paladine
—apostilló el capitán—. Ya conoces a los de su raza.
—Sí —respondió Denubis, sin apartar la vista de Tasslehoff
mientras los guardianes lo arrancaban de sus ropajes y lo conducían, junto a
Caramon, a través de dos hileras de espectadores que se demoraban en la plaza
para asistir al desenlace de la escena—. Conozco a los kenders y por eso afirmo
que éste es extraordinario —musitó antes de centrarse de nuevo en Crysania y
proponer—: Si continúas sosteniéndola, capitán, rogaré a Paladine que nos
traslade de inmediato al Templo.
Tas lanzó una última mirada atrás, con dificultad debido a las
garras que lo atenazaban, y vio al clérigo y al capitán de la guardia en la
plaza del mercado, solos, envueltos en una brillante luz blanca. De pronto, se
desvaneció la aureola y ambos desaparecieron con ella.
Pestañeó lleno de pasmo y, al no fijarse en dónde ponía los
pies, tropezó. Cayó sobre el adoquinado haciéndose varios rasguños en las
rodillas y las manos, que había adelantado para amortiguar el golpe. Una mano
lo agarró por el cuello de la camisa, lo incorporó bruscamente y le dio un
violento empellón.
—Camina y no intentes escapar. Tus argucias no te servirán de
nada.
El kender obedeció, tan desmoralizado que ni siquiera atinó a
espiar el panorama. Tan sólo contemplaba a Caramon, y la imagen que éste
ofrecía le rompía el corazón: abrumado por la vergüenza y el miedo, el guerrero
se arrastraba más que caminaba, ciego a cuanto le rodeaba.
—Yo no la lastimé —persistía—. Alguien ha cometido un error.
El templo de Istar
Las melodiosas voces elfas fueron aumentando de volumen, sus
dulces notas trazaron una espiral de octavas como si pudieran elevar sus
plegarias hasta el cielo mediante un simple ascenso por las escalas. Los
rostros de las mujeres, iluminados merced a los rayos del ocaso que se
filtraban a través de los altos ventanales, se tiñeron de tonalidades rosáceas
mientras que en sus ojos, brillaba una fervorosa inspiración.
Los atentos peregrinos lloraban ante tal despliegue de belleza,
de manera que las túnicas blancas y azules de las integrantes del coro —blancas
para las Hijas Venerables de Paladine, celestes para las Hijas de Mishakal— se
confundieron en una sugestiva bruma. Muchos aseverarían más tarde que habían
visto cómo las mujeres elfas eran transportadas hacia el firmamento, arropadas
en mullidas nubes.
Cuando sus cánticos alcanzaron un crescendo de envolvente
dulzura un coro de profundas voces masculinas se integró en el salmo,
manteniendo arraigados a la tierra aquellos rezos que pretendían remontarse a
las alturas cual pájaros en libertad o, en opinión del prosaico Denubis,
cortándoles las alas. Se dijo el clérigo que debía estar demasiado cansado para
apreciar la armonía, pues en su juventud también él había sido capaz de
purificar su alma con las lágrimas al escuchar el himno vespertino. Después, al
transcurrir los años, la ceremonia se convirtió en rutina. Recordaba bien el
impacto que le había causado sorprenderse por vez primera pensando en un asunto
apremiante durante las oraciones. Ahora era peor que un ejercicio cotidiano,
había pasado a ser algo irritante, molesto y aburrido. A decir verdad había
llegado a temer este momento del día, y aprovechaba cualquier oportunidad que
se le ofreciera para excusar su presencia.
¿Por qué? Reprochaba en gran parte el negativo cambio a las
mujeres elfas. Prejuicios raciales, admitió en su fuero interno, pero no podía
vencerlos. Todos los años un grupo de féminas de esta raza, las Hijas
Venerables y sus discípulas, viajaban a Istar desde la gloriosa región de
Silvanesti para instalarse un año en la ciudad y consagrarse al servicio
eclesiástico. Significaba esto que entonaban cada noche el himno vespertino y,
durante la jornada, deambulaban de un lado a otro recordando a cuantos las veían
que los elfos eran el pueblo elegido de los dioses, el primero en ser creado y
dotado, además, de una longevidad que se extendía a varios siglos. Sea como
fuere, sólo a Denubis parecía perturbarle este hecho.
Aquella tarde la sesión de cánticos le resultaba especialmente
tediosa, porque ocupaba su pensamiento la mujer que había llevado al Templo a
mediodía. Casi había logrado eludir el compromiso pero, en el último momento,
lo había capturado Gerald, un veterano clérigo cuyos días en Krynn estaban
contados y que hallaba reconfortante asistir a las plegarias. Quizá, recapacitó
Denubis, su entusiasmo se debía a su absoluta sordera que, por otra parte, le
había impedido explicarle que tenía problemas urgentes que resolver. Tras
varios intentos infructuosos, se vio obligado a ceder y ofrecer su brazo al
senil sacerdote. Gerald estaba junto a él, en ostensible trance, acaso
representándose el hermoso plano de existencia al que no tardaría en acceder.
Reflexionaba Denubis sobre su superior y también sobre la
sacerdotisa, de la que no había tenido noticia desde que la depositara entre
los muros del Templo, cuando sintió en su brazo el contacto de unos dedos. Dio
un respingo y miró en su derredor con la culpabilidad dibujada en sus rasgos,
preguntándose si alguien había detectado su actitud distraída y se disponía a
delatarlo. Al principio no adivinó quién le había tocado, ya que sus dos
vecinos estaban sumidos en sus plegarias, mas un segundo aviso le hizo
comprender que la ligera presión provenía de alguien situado a su espalda. Un
rápido vistazo en ese sentido le reveló la presencia de una mano, que se
deslizaba cautelosa por la cortina de separación entre la galería donde se
hallaba junto a los Hijos Venerables y las antecámaras que la rodeaban.
La misteriosa mano le hizo señal de acercarse y el clérigo,
desconcertado, abandonó su lugar en la hilera y tanteó con sigilo la cortina,
tratando de traspasarla sin llamar la atención. La mano se había retirado y no
encontraba ninguna abertura entre los pliegues de grueso terciopelo, de modo
que comenzó a agitarlos hasta que al fin, convencido de que todas las miradas
de los peregrinos confluían en su persona, descubrió la salida y la cruzó a
trompicones.
Un joven acólito de plácido porte se inclinó en una reverencia
ante el sudoroso eclesiástico, ajeno a su turbación.
—Te ruego que me disculpes por interrumpirte en tus oraciones,
Hijo Venerable, pero el Príncipe de los Sacerdotes solicita que le dediques
unos minutos de tu tiempo si no te causa grave inconveniente.
El discípulo pronunció esta fórmula de cortesía con tal
naturalidad que a ningún observador casual le habría extrañado escuchar una
negativa de Denubis, algo así como: «Ahora me es imposible, me reclaman otros
deberes. Quizá más tarde.»
Sin embargo, Denubis no dijo nada semejante. Palideció y murmuró
la consabida frase de «Será un honor», que el acólito recibió sin inmutarse por
la fuerza de la costumbre. Asintió mediante un ademán de cabeza, dio media
vuelta y guió al clérigo, a través de los ventilados y sinuosos pasillos del
Templo, hacia las habitaciones privadas del máximo dignatario de Istar.
Mientras aceleraba la marcha para no quedar rezagado, el maduro
eclesiástico cavilaba sobre el motivo de tan urgente convocatoria, pensando que
guardaba relación directa con la sacerdotisa de la calleja. No había sido
requerido por su superior en dos años, y no podía ser una coincidencia que lo
mandase llamar para otras cuestiones el mismo día en que hallara a la Hija
Venerable moribunda en un rincón próximo a la plaza del mercado.
«Quizás ha fallecido, y quiere comunicármelo personalmente.
Sería una gentileza, quizá fuera de lugar en alguien que debe ocuparse de
problemas tan importantes como el destino de las naciones pero, a fin de
cuentas, una prueba fehaciente de su amabilidad», pensó Denubis apesadumbrado.
Esperaba equivocarse, no sólo por ella sino por el humano y el
kender. También estas dos criaturas habían presidido sus elucubraciones a lo
largo del día, sobre todo el hombrecillo. Al igual que otros habitantes de
Krynn, Denubis tenía una pobre opinión de estos seres que no mostraban el menor
respeto por las reglas de convivencia ni la propiedad particular, ni siquiera
entre ellos mismos. No obstante, el que ahora lo inquietaba parecía poseer unas
cualidades excepcionales. Cualquier otro de los que conocía —o creía conocer—
se habría dado a la fuga con sólo presentir el peligro y él, en cambio, había
permanecido al lado de su amigo en un alarde de lealtad, e incluso se había
arriesgado a defenderlo.
Con el ánimo decaído, Denubis se enfrentó a la posibilidad de
que la sacerdotisa hubiese muerto. Si era así, el kender y su compañero
sufrirían un castigo... No, era preferible no adelantarse a los
acontecimientos. Susurrando una sincera plegaria a Paladine para granjearse su
protección en favor de los cautivos —en el caso de que la merecieran, claro
está—, desechó de su mente tan depresivas cábalas y se exhortó a admirar el
esplendor de la residencia que el Príncipe de los Sacerdotes había erigido en el
sagrado recinto.
Había olvidado la belleza de los blanquísimos muros que
refulgían, según la leyenda, con la etérea luz irradiada por sus propias
piedras. Tan delicada era la talla de éstas que se asemejaban a inmensos
pétalos de rosa surgidos del pulido suelo, de idéntica tonalidad. Atravesaban
su superficie, como para poner un contrapunto a la dureza que siempre entraña
la perfecta claridad, unas vetas azuladas.
Las maravillas del pasillo daban paso a la magnificencia de la
antecámara. Aquí las paredes fluían hacia las alturas para sostener la bóveda,
del mismo modo que los cánticos de las mujeres elfas se elevaban en pos de las
divinidades. Y, de manera más tangible que en la sala de las oraciones, los
dioses se hallaban presentes en los frescos que adornaban la fabulosa estancia.
También ellos brillaban con fulgores nacidos en las entrañas de la roca:
Paladine, el Dragón de Platino, máximo exponente del Bien, se erguía junto a
Gilean, la Balanza de la Neutralidad, y separado por éste de la Reina de la
Oscuridad.
El Príncipe de los Sacerdotes, que nunca osaría ofender
abiertamente a la representación de la malignidad, la había plasmado en forma
de un dragón de cinco cabezas, aunque en una actitud tan dócil que Denubis casi
lo imaginaba postrado ante Paladine, lamiendo sus pies.
De todos modos, tal pensamiento asaltó al clérigo en una
reflexión ulterior. En estos momentos estaba demasiado nervioso para detenerse
a contemplar las espléndidas pinturas, tenía la mirada prendida de las ricas
puertas de platino que se abrían al corazón del Templo.
Se deslizaron sobre sus goznes las ornamentadas hojas, emitiendo
una luz irreal. Había llegado la hora de la audiencia.
La sala destinada a este propósito infundía al visitante un
punzante sentido de su humildad e insignificancia. Era el centro de la bondad,
el símbolo de la triunfante Iglesia que propagaba su poder entre los moradores
de Krynn. Tras las puertas había una enorme estancia circular con el suelo de
bruñido granito blanco, que se prolongaba en los lisos muros hasta culminar en
una gigantesca flor cuyos pétalos, a guisa de capiteles, se unían en el centro
en un cáliz que daba soporte a la cúpula. El techo, en lugar de ser opaco,
estaba formado por cristaleras que absorbían los rayos del sol y de las lunas
y, así, mantenían la estancia perpetuamente iluminada.
Una ondulante ola azul, similar a las crestas marinas, partía
del suelo para desplegarse en un nicho situado frente a la puerta. Arropada en
su seno, una plataforma sustentaba un trono y cabe afirmar que, más aún que la
fúlgida aureola creada por los haces de los astros celestes, centelleaban las
radiantes y cálidas chispas que de él surgían.
Denubis penetró en la sala de audiencias con la cabeza inclinada
y las manos juntas sobre el pecho, como mandaban los cánones. Anochecía y, al
no haber iniciado las lunas su recorrido por el firmamento, habían prendido las
velas si bien el clérigo, al igual que en otras ocasiones, experimentó la
extraña sensación de haber salido a un patio soleado. Incluso cerró los ojos,
cegado por el exceso de luz.
Puesta la vista en el suelo, en la actitud sumisa que exigía su
rango inferior hasta que le permitieran levantarla, escudriñó su entorno y
detectó diversos objetos. Había asimismo otras criaturas, aunque no podía
reconocerlas al no distinguir sus rostros. Ascendió los primeros peldaños que,
surcando la ola, se encaramaban al estrado, vigilando sus pisadas y tan
deslumbrado por las reverberaciones del trono que apenas era consciente de nada
más.
—Alza los ojos, Venerable Hijo de Paladine— dijo una voz cuando
llegó al pequeño rellano donde debía detenerse. La musicalidad de su timbre lo
indujo al llanto, y mientras intentaba contener las lágrimas se preguntó qué
emoción era aquella que lo embargaba y que las mujeres elfas ya no eran capaces
de inspirarle.
Obedeció de inmediato, y se sobrecogió su alma. Hacía ya dos
años que no se acercaba tanto a la figura del Príncipe de los Sacerdotes,
tiempo suficiente para adormecer su memoria. ¡Cuan diferente era observarlo
cada mañana desde cierta distancia, verlo como se divisa el sol en el horizonte
poco después del alba, dejándose acunar por su calor benéfico! ¡Cuan diferente
era columbrar un astro de ser convocado a su presencia, inmovilizarse frente a
él y sentirse arder en la pureza, en la claridad de su brillo!
«Esta vez recordaré», se prometió Denubis. Pero nadie que
hubiera sido recibido por el sumo dignatario lograba imprimir su apariencia en
la mente y, a decir verdad, era un sacrilegio intentarlo ya que equivalía a
rebajarle a la mediocridad de la carne y las miserias comunes. Lo único que
flotaba para siempre en la imaginación era la idea de haber estado en presencia
de una criatura de indescriptible belleza.
El aura luminosa rodeó al clérigo, y al hacerlo lo sumió en una
lacerante vergüenza de sí mismo por haber cedido a dudas, recelos y
pensamientos indignos. En contraste con el Príncipe de los Sacerdotes, Denubis
se juzgó el ser más execrable de todo Krynn. Hincó ambas rodillas y mendigó
perdón, consciente apenas de sus actos, seguro tan sólo de que así debía obrar.
El perdón le fue concedido. Habló la voz musical y, al instante,
invadió al eclesiástico una sensación de paz, un bálsamo que cicatrizaba sus
llagas invisibles. Incorporándose, se colocó frente a su superior en humilde
postura y solicitó la gracia de ser informado sobre el motivo de tan inesperada
audiencia.
—Esta mañana has traído al Templo a una mujer, una Hija
Venerable de Paladine —explicó el mandatario—, y tengo entendido que estás
preocupado por ella como, por supuesto, es natural y encomiable. He creído que
te reconfortaría saber que se ha recuperado por completo de la terrible prueba
sufrida. Quizá también te alivie la noticia, querido Hijo de Paladine, de que
está físicamente ilesa.
Denubis dio gracias al dios del Bien por haber preservado a la
sacerdotisa de la muerte mas, cuando se disponía a regocijarse de tan grata
nueva en la destellante aura, comprendió el significado de las últimas palabras
de su egregio señor y acertó a balbucear:
—Entonces, ¿no la asaltaron?
—No, hijo mío —contestó el patriarca con timbre jubiloso—.
Paladine, en su infinita sabiduría, acogió su alma en su seno y pude, tras
largas horas de oración, persuadirle de que nos devolviera el tesoro que había
sido arrancado de su cuerpo. La mujer descansa ahora en un sueño reparador.
—Pero ¿y las señales de su rostro? —protestó el clérigo—. La
sangre...
—No exhibía señales de violencia —repuso el Príncipe en tono
suave, aunque con un atisbo de reproche que causó al subordinado una repentina
desazón—. Te repito que nadie la lastimó.
—Me complace en sumo grado haberme equivocado —declaró Denubis
con sincero acento—, más aun porque de este modo queda probada la inocencia del
humano que fue arrestado y que, supongo, será puesto en libertad.
—Me produce tan honda satisfacción como a ti, Hijo Venerable,
descubrir que uno de nuestros semejantes no ha cometido el despreciable crimen
que se le imputaba. Mas, ¿quién es del todo inocente?
La melodiosa voz hizo una pausa, como si aguardase respuesta. Y,
en efecto, a los pocos segundos se elevaron unos murmullos alrededor del
clérigo, unos sonidos articulados que le hicieron tomar plena conciencia de las
otras criaturas congregadas en la sala. Tal era el influjo del Príncipe de los
Sacerdotes que, por unos momentos, se había olvidado de todo salvo del inefable
ser que le hablaba desde el trono.
A pesar de sentir sus pupilas bañadas en la radiante claridad
que dimanaba de la plataforma, Denubis advirtió que debía estar acostumbrándose
a su cegadora magnificencia al reconocer a las otras figuras presentes en la
asamblea. A ambos lados de la ola azul se hallaban distribuidos los máximos
exponentes de las Órdenes masculina y femenina de los Hijos Venerables.
Apodados entre sus seguidores «las manos y los pies del sol», eran ellos
quienes atendían los asuntos cotidianos de la Iglesia y, también, los que
gobernaban Krynn. Pero, además de los altos cargos clericales, había otras
criaturas en la estancia.
Atrajo la mirada del sacerdote un rincón, el único que, al
parecer, permanecía en penumbra. Se agazapaba en él una figura ataviada de
negro, en medio de una oscuridad que tan sólo eclipsaba la luz del Príncipe.
Asaltado por un estremecimiento, intuyó que aquel ser de tinieblas aguardaba,
acechando su oportunidad, el ocaso definitivo para entrar en acción. Constatar
que el Ente Oscuro, nombre con que se designaba en la corte a Fistandantilus,
tenía acceso a la sala de audiencias ejerció sobre Denubis un impacto nefasto.
El adalid del Bien trataba de deshacerse de la malignidad del universo y, sin
embargo, la admitía en su círculo más íntimo. Una perspectiva más halagüeña
vino, por fortuna, a mitigar su desasosiego: quizá cuando la perversidad fuera
desterrada del mundo, cuando se eliminara a los últimos seres perversos,
Fistandantilus caería de manera irreversible.
Mientras estaba absorto en estas cavilaciones, incluso con una
sonrisa dibujada en sus labios, sintió sobre su piel el frío fulgor de los ojos
del poderoso mago y tuvo que desviar la vista. ¡Qué contraste ofrecía aquel
hombre respecto al Príncipe! Se refugió en la aureola de benignidad de su
mandatario en busca de la serenidad perdida, diciéndose que siempre que
contemplaba al sombrío Fistandantilus se asomaba sin poder evitarlo a las más
secretas simas de su propia alma.
Aunque sometido al escrutinio perturbador del hechicero,
conservó la suficiente lucidez como para volver a la realidad inmediata.
«¿Quién es del todo inocente?», había inquirido el Príncipe. ¿A qué se refería?
No acababa de captar el sentido de este curioso desafío.
Azuzado por la incertidumbre, Denubis bajó de la plataforma
intermedia, despidiéndose confuso del Príncipe de los Sacerdotes, y se encaminó
hacia una antecámara donde había dispuesta una descomunal mesa de banquetes, ya
que el Templo de Istar era una auténtica corte y, en aquella ocasión, el máximo
representante del Bien ofrecía una espléndida cena a sus invitados.
Los aromas de los apetitosos y exóticos alimentos, traídos de
todo Ansalon por los devotos peregrinos o adquiridos en los vastos mercados al
aire libre de ciudades tan lejanas como Xak Tsaroth, recordaron al eclesiástico
que no había probado bocado desde el desayuno. Haciéndose con un plato, pasó
revista a las multicolores fuentes a la vez que se servía de unas y otras. Al
llegar a la mitad de su recorrido ya había llenado el recipiente de aquellos
exquisitos manjares que, en su profusión, arrancaban gemidos de la mesa doblada
bajo su peso.
Un criado le presentó una copa redonda llena de fragante vino
elfo y, tras asirla, recogió los cubiertos en una esquina para, con éstos y el
plato en una mano y el mosto en la otra, arrellanarse en una butaca donde
consumir su suculenta cena. Comenzó a degustar ávidamente la celestial
combinación que formaban un bocado de faisán asado con el sabor adherido en el
paladar del licor cuando, de manera imprevista, una sombra oscureció su
asiento.
Atragantándose, Denubis levantó los ojos y se apresuró a secar
las gotas de vino que chorreaban por su mentón.
—Hijo Venerable —balbuceó nervioso, al mismo tiempo que se
esforzaba en erguir la espalda para mostrar el respeto que merecía el cabecilla
de su hermandad.
Quarath, que así se llamaba su superior más directo, lo estudió
con expresión entre divertida y sarcástica.
—No te muevas, Hijo Venerable, no deseo molestarte —dijo,
haciendo un lánguido gesto—. Nada más lejos de mi intención que interrumpir tu
cena, sólo quería rogarte que cuando termines me dediques unos minutos.
—Ya he terminado —anunció Denubis y entregó plato y copa, aún
medio llenos, a otro sirviente que pasaba por su lado—. Lo cierto es que estaba
menos hambriento de lo que suponía. —Eso, al menos, era cierto, había perdido
el apetito por completo.
Quarath esbozó una delicada sonrisa. Su enjuto rostro elfo, de
finas facciones, se asemejaba a una escultura de porcelana susceptible de
romperse ante la más nimia brusquedad. Quizá por eso apenas se ensancharon sus
labios.
—De acuerdo entonces, en el caso de que no te tienten los
postres.
—No, en absoluto. Los dulces se digieren con dificultad a esta
hora tan avanzada.
—Acompáñame pues, Hijo Venerable. Hace semanas que no sostenemos
una plática —invitó Quarath a su subordinado, a la vez que lo cogía por el
brazo en un ademán de gran familiaridad pese a que no solían frecuentarse.
Primero el Príncipe de los Sacerdotes, ahora el superior de su
Orden. A Denubis se le hizo un nudo en la garganta, mas se dejó llevar sin
oponer resistencia. En el instante en que se disponían a abandonar la sala de
audiencias resonó la armoniosa voz del sumo mandatario, y el clérigo lanzó una
mirada atrás para mecerse una vez más en la mágica aura. Antes de reanudar la
marcha su vista se posó, accidentalmente, en la del hechicero de negro atavío,
y éste bajó la cabeza a guisa de saludo. Estremeciéndose, Denubis traspasó
raudo la puerta en pos de Quarath.
Los dos clérigos avanzaron por los suntuosos corredores hasta
arribar a una pequeña alcoba, la del augusto elfo. También esta cámara lucía
una espléndida decoración, pero Denubis se sentía demasiado inquieto para
reparar en los detalles.
—Siéntate, amigo mío, te lo ruego. Permíteme que te llame así,
ya que nos hallamos cómodamente instalados y en perfecta soledad.
El clérigo no estuvo muy de acuerdo con lo de «cómodamente»,
pero era evidente la ausencia de testigos. Tomó asiento en el borde de la
butaca que le ofrecía su anfitrión, aceptó un vaso de tónico, aunque ni
siquiera se humedeció los labios, y esperó. Quarath empezó a charlar de temas
intrascendentes, informándose sobre el trabajo de su interlocutor —ocupado en
los últimos tiempos en traducir párrafos de los Discos de Mishakal a su lengua
natal, el solámnico— y abordando, en suma, cuestiones que poco o nada le
interesaban.
Tras un breve silencio el eclesiástico comentó, con aire casual:
—Hace un rato te he oído abogar por ese humano frente al
Príncipe de los Sacerdotes.
Denubis depositó el elixir en un velador, tan trémula su mano
que a punto estuvo de derramarlo.
—Me inquietaba la idea de haberlo apresado por error —explicó
azorado.
—Muy loable por tu parte —concedió Quarath con grave semblante—.
Está escrito que debemos preocuparnos por nuestros congéneres. Ha sido una
acción digna de ti, Denubis, la incluiré en mi crónica anual.
—Gracias, Hijo Venerable —respondió el interpelado sin saber a
qué atenerse.
Nada añadió el superior de la Orden, pero clavó en su oponente
sus almendrados ojos de elfo mientras aquél se enjugaba el sudor de las sienes
con la manga de su túnica. La cámara estaba en exceso caldeada, quizá debido a
la fragilidad de quien la habitaba.
—¿Hay algo más que quieras agregar? —interrogó Quarath en tono
confidencial.
—¿Respecto al guerrero? —se aseguró el clérigo.
—Sí —fue la escueta contestación.
—Me gustaría saber —aventuró Denubis tras exhalar un largo
suspiro— si él y el kender saldrán pronto del calabozo. Verás, señor, he
pensado que podría prestar un útil servicio —propuso en un arranque de
inspiración— guiándolos hacia la senda del Bien. Ya que el hombre es
inocente...
—¿Quién es del todo inocente? —lo atajó Quarath, mirando hacia
el techo como si los dioses fueran a escribir allí la respuesta.
—Sin duda es una pregunta de gran relevancia —balbuceó el
clérigo—, que merece atención y estudio, pero al parecer el prisionero no era
culpable del delito pese a que, quizás, oculte algunos defectos que no se han
enjuiciado en la asamblea. —Calló, consciente de que pisaba aguas movedizas.
—Me estás dando la razón —sentenció el superior, extendidas las
manos y con la vista puesta en el confundido Denubis—. Como reza el refrán, a
menudo el lobo se cubre con piel de cordero. Mañana ambos reos serán vendidos
en el mercado de esclavos —le reveló, apoyado en el respaldo de su asiento y
con los ojos vueltos de nuevo hacia el techo.
—¿Cómo? Pero señor... —se escandalizó el clérigo que, sin darse
cuenta, se había incorporado.
No concluyó la frase, la mirada imperativa de Quarath lo
traspasó como un dardo y lo paralizó.
—¿Debo interpretar tu actitud como una abierta rebeldía?
—¡Es inocente! —insistió Denubis, incapaz de concebir otro
razonamiento.
Quarath sonrió, ahora indulgente, antes de sermonear a su
discípulo.
—Eres un buen hombre, amigo. Un buen hombre y un fiel servidor
de la causa, quizás algo elemental pero un auténtico dechado de virtudes. No
creas que hemos tomado esta decisión a la ligera. Interrogamos al guerrero, y
su relato sobre su procedencia y el motivo de su estancia en Istar es una pura
incongruencia, yo incluso lo tildaría de inverosímil. Aunque sea inocente de
las heridas de la sacerdotisa, como tú mismo has apuntado, corroen su alma
otros crímenes no menos graves. Si examinas su rostro con detenimiento no
tardarás en hallar las huellas inequívocas de un pasado azaroso. Carece,
además, de medios para sustentarse, no hemos encontrado ni una moneda en su
persona y es obvio que, dada su tendencia errabunda, se convertirá en un ladrón
si lo abandonamos a su albedrío. Le hacemos un favor, por consiguiente, al
proporcionarle un amo que cuide de él. Con el tiempo podrá conquistar su
libertad y, si los dioses le son propicios, su alma se aliviará de la carga que
entrañan sus culpas. En cuanto al kender... —No se molestó en proseguir, ondeó
la mano en un gesto displicente al mencionar a tan ínfima criatura.
—¿Está enterado el Príncipe de los Sacerdotes? —El pobre Denubis
tuvo que hacer acopio de valor para cuestionar así el criterio de los
dignatarios de su Orden.
Quarath suspiró y, esta vez, el clérigo detectó una arruga de
irritación en el terso entrecejo del elfo.
—El Príncipe de los Sacerdotes tiene asuntos más urgentes que
atender, Hijo Venerable —replicó con frialdad—. Es tan bondadoso que el
sufrimiento del humano le causaría una profunda consternación, pasaría días
encerrado tratando de resolver el conflicto. Como no ha ordenado de manera
específica la libertad del prisionero, hemos asumido nosotros la
responsabilidad a fin de ahorrarle este pequeño contratiempo.
Al ver que la suspicacia afloraba al desencajado semblante de
Denubis, Quarath se inclinó hacia adelante y, ceñudo, continuó.
—De acuerdo, ya que no te satisfacen mis argumentos te confiaré
un secreto: rodean el descubrimiento de la mujer ciertas circunstancias
extrañas. Una de ellas, según tenemos entendido, es que su artífice fue el Ente
Oscuro.
El clérigo tragó saliva y se hundió en su butaca. Ya no tenía
calor, incluso se agitó en un súbito escalofrío.
—Es cierto —declaró entristecido—. Vino a mi encuentro...
—¡Lo sé! —lo espetó el eclesiástico—. Él mismo me lo ha
comentado. La sacerdotisa se quedará con nosotros, es una Hija Venerable
portadora del Medallón de Paladine. Sus declaraciones son tan confusas como las
del guerrero, aunque en su caso es natural y creo que bastará con observarla
hasta que se tranquilice. El humano, en cambio, no pertenece a la Orden y ha de
ser tratado de otro modo. Tienes que comprender la imposibilidad de permitirle
que vagabundee sin control. En la Era de los Ancianos lo habrían confinado en
un calabozo para luego olvidarlo; nosotros, más sabios, le daremos un hogar
conveniente y lo vigilaremos con la mayor discreción.
«Al oír a Quarath se diría que es un acto caritativo vender a un
hombre como esclavo. Quizá lo sea y yo esté en un error, él mismo ha recalcado
mi simpleza de espíritu», meditó Denubis perplejo.
Aún aturdido, echó a andar hacia la puerta con la cena revuelta
en sus vías digestivas no sin antes farfullar una disculpa a su superior, quien
se levantó al verle partir. Una sonrisa conciliadora iluminaba su rostro cuando
le propuso:
—Debes visitarme más a menudo, Hijo Venerable. Y no temas
consultarnos siempre que te asalte alguna duda, así es como se aprende.
Denubis asintió tímidamente, y resolvió aprovechar la
oportunidad.
—Hay otra cuestión que desearía plantearte, ya que me abres la
puerta de la confianza —aventuró—. Hace unos minutos has mencionado al Ente
Oscuro. ¿Quién es en realidad, y por qué se aloja en el Templo? Confieso que me
asusta.
Se borró la expresión complaciente de la faz de Quarath pero no
pareció molestarse, acaso le produjo cierto alivio el hecho de que Denubis
cambiara de tema.
—Nadie conoce las motivaciones de los magos, ni sus
procedimientos ni aun su identidad —explicó—, lo único que de ellos sabemos es
que se mueven sobre premisas que nada tienen que ver con las que dictan los
dioses. Ésta fue la razón que impulsó al Príncipe de los Sacerdotes a reducir
su presencia en Krynn y contener su influjo. Ahora se hallan recluidos en la
única Torre de la Alta Hechicería que se sostiene en pie, rodeada por el
malhadado Bosque de Wayreth, y que no tardará en desaparecer. Su número de habitantes
disminuye sin tregua, y hemos cerrado sus escuelas. ¿Has oído hablar de la
maldición de la Torre de Palanthas?
—Sí.
—¡Fue un terrible accidente! —exclamó el eclesiástico—. Y
demuestra que los dioses no favorecen a los brujos, pues sólo cuando la
conducta enajenada de un nigromante, inducida por ellos, lo llevó a ensartarse
en la verja de su morada, se aplacó su ira. Mediante esta estratagema de las
divinidades pudo sellarse, esperemos que para siempre, la Torre. Pero estoy
divagando, no era éste el asunto que te inquietaba.
—No, sólo intentaba indagar sobre la personalidad de
Fistandantilus —le recordó Denubis, arrepintiéndose de haber iniciado la
charla. Lo único que ansiaba era regresar a su dormitorio y tomar algún remedio
que mitigara su dolor de estómago.
—No puedo decirte —declaró Quarath con las cejas enarcadas— sino
que ya estaba aquí el día de mi llegada, hace casi un siglo. Debe ser más viejo
que muchos de los longevos miembros de mi raza, incluso los más veteranos han
oído susurrar su nombre en las leyendas de su infancia. Es humano y, por lo
tanto, utiliza la magia para conservar la vida, si bien no imagino cómo. ¿Has
comprendido ahora por qué el Príncipe lo acoge en su corte? —añadió, clavando
en su interlocutor una penetrante mirada.
—¿Porque lo teme? —apuntó el ingenuo discípulo.
La sonrisa de porcelana del elfo se congeló unos segundos para,
luego, ensancharse en la de un padre que esclarece un sencillo misterio frente
a un hijo poco dotado.
—No, amigo mío —explicó con paciencia—, la razón es que
Fistandantilus nos resulta de gran utilidad. ¿Quién conoce el mundo mejor que
él? Ha viajado a todos los confines de nuestro continente y se ha familiarizado
con los dialectos, las costumbres y las tradiciones de las razas que pueblan
Krynn. Su sapiencia es ilimitada, y nuestro sumo dignatario prefiere tenerle
cerca en lugar de desterrarle a Wayreth como ha hecho con sus colegas.
—Entiendo —murmuró Denubis—. Y, ahora, debo retirarme. Agradezco
tu hospitalidad, Hijo Venerable, y tu benevolencia al despejar mis incógnitas.
Me siento mucho mejor.
—Me satisface haber sido capaz de ayudarte —contestó Quarath—.
Deseo que los dioses te proporcionen un apacible descanso.
—Lo mismo digo, insigne clérigo.
Tras intercambiar las fórmulas de rigor, Denubis salió de la
estancia y oyó cómo la puerta se cerraba a su espalda. Su chirrido, lejos de
excitarle, le llenó de paz.
Retrocedió por el mismo pasillo que antes recorriera en pos de
Quarath y, al pasar junto a la sala de audiencias, sintió la necesidad de
detenerse. La luz escapaba a raudales por las rendijas, los ecos de la voz
musical lo atraían con su inenarrable embrujo, pero temió que empeorase su
indigestión y venció el impulso de entrar.
Anhelando la tranquilidad de su alcoba, el eclesiástico atravesó
presuroso las otras dependencias del Templo. Tan precipitada era su marcha que
incluso se perdió una vez tras tomar un recodo equivocado en el laberinto de
corredores. Sin embargo, volvió a dar con el pasadizo que lo llevaría hasta la
zona del recinto donde residía.
Ésta era austera en comparación con la magnificencia de la corte
y los aposentos del Príncipe de los Sacerdotes, pero revestida de un lujo
superior al que solía observarse en los edificios de Krynn. Mientras caminaba
por los pasillos, iluminados mediante antorchas, Denubis no pudo sustraerse al
ambiente acogedor que éstas creaban pese a carecer del esplendor de las grandes
cámaras palaciegas. Otros clérigos se cruzaron con él, intercambiando sonrisas
y saludos, y constató que la sencillez que lo circundaba era su auténtico
hogar.
Exhaló un suspiro y, reconfortado al fin, abrió la puerta de su
humilde habitación —no existían los candados en el Templo, por considerarse un
signo de desconfianza respecto a los otros cofrades— dispuesto a refugiarse en
su penumbra.
De pronto, se detuvo, al atisbar el borroso movimiento de una
sombra en la negrura. Fijó la vista en el corredor, mas lo halló vacío.
«Me estoy haciendo viejo —recapacitó—, sufro alucinaciones.»
Penetró en la estancia envuelto en el revoloteo de su alba túnica en torno a
los tobillos, encajó la hoja en el dintel y buscó la medicina para el estómago.
Denigrante Esclavitud
Una llave tintineó en la cerradura de la celda. Tasslehoff se
incorporó a la velocidad del relámpago en aquella estancia donde la luz se
filtraba, en pálidos haces, a través del ventanuco de barrotes.
Al ver su reflejo en el muro de piedra, el kender concluyó que
debía estar amaneciendo. La llave produjo un nuevo chasquido en el ojo
metálico, como si el celador tuviese dificultades para abrir. El prisionero
lanzó una inquieta mirada a Caramon que, tumbado en el otro lado del calabozo,
dormía en la losa que le servía de lecho sin moverse ni oír el molesto ruido.
«Mala señal», pensó Tas entristecido, a sabiendas de que el
experto guerrero —cuando no estaba ebrio— era capaz de despertarse con el mero
eco de unas sigilosas pisadas en la distancia. Pero Caramon no había
manifestado ninguna reacción desde que los soldados lo encerraron la víspera.
Había guardado silencio y rechazado el alimento, pese a asegurarle su compañero
que era un bocado superior al que solía comerse en las prisiones. Se acostó
sobre el suelo y se sumió en la contemplación del techo hasta el anochecer,
hora en que desarrolló una ínfima actividad: cerrar los ojos.
El estruendo de la llave fue en aumento, mezclado con los
sonoros reniegos del carcelero. Tasslehoff se puso en pie y atravesó la
estancia, desembarazando su cabello de las briznas de paja de su almohada y
alisando su ropa mientras caminaba. Al distinguir una desvencijada banqueta en
un rincón, la arrastró hasta la puerta a fin de encaramarse a ella y espiar por
la mirilla al hombre que se afanaba en el exterior.
—Buenos días —lo saludó—. Veo que tienes problemas.
El aludido retrocedió, tan sobresaltado al oír una voz
imprevista que casi dejó caer el manojo de llaves. Era un individuo de corta
talla, flaco, con una tez grisácea que lo identificaba con las pétreas paredes.
Alzó hacia el kender un rostro de expresión furibunda a través de la reja,
insertó una vez más el metálico instrumento en el cerrojo y comenzó a
manipularlo vigorosamente. Detrás de él se erguía otra figura, un hombre alto y
corpulento que, ataviado con ricas vestiduras, se protegía del gélido aire matutino
mediante una capa de piel de oso. Sostenía en la mano una pizarra, terminada en
una delgada correa de cuero de la que pendía una punta de tiza.
—Apresúrate —gruñó el desconocido—. El mercado se abre a
mediodía y tengo que limpiar y adecentar a este lote antes de que se inicie.
—Debe haberse roto —se excusó el celador.
—No, en absoluto —colaboró el kender—. A decir verdad, creo que
la llave encajaría si no entorpeciera su paso uno de mis alambres.
El centinela interrumpió su quehacer y escudriñó al hombrecillo
de manera siniestra.
—Sufrí un curioso incidente —explicó Tas, al parecer
imperturbable—. Anoche estaba aburrido, pues Caramon se durmió temprano y tú me
habías despojado de mis pertenencias, así que me puse a hurgar en mis
vestiduras y descubrí, por pura casualidad, un alambre para forzar cerraduras
que había escapado a tu registro al ocultarse dentro de mis botas. Decidí
probarlo en esta puerta, a fin de entretenerme y también de comprobar qué tipo
de calabozos construís en Istar. Por cierto, éste es espléndido —afirmó en actitud
solemne—, uno de los mejores que he visitado, quizás el más sólido. ¡Pero
olvidaba presentarme! Me llamo Tasslehoff Burrfoot —agregó, introduciendo su
mano a través de la reja por si alguno de sus contertulios deseaba estrecharla
(no lo hicieron)—. Vengo de Solace, al igual que mi amigo, con el encargo de
cumplir una delicada misión que... ¡Ah, sí, el cerrojo! No es necesario que me
claves tan funestas miradas, no fue culpa mía. ¡Fue tu estúpido mecanismo el
que quebró mi alambre! Lo consideraba el más valioso de mi colección, heredado
de mi padre —suspiró nostálgico—. Me lo obsequió el día en que cumplí la
mayoría de edad, de modo que no estaría de más si os disculpaseis —terminó con
tono severo.
Frente a tal exigencia el carcelero emitió un extraño sonido,
semejante a un estornudo virulento. Agitando el manojo de llaves frente al
kender, masculló unas frases incoherentes sobre «pudrirse en la celda para toda
la eternidad» e hizo ademán de alejarse, si bien lo detuvo el personaje de la
capa.
—No tan deprisa —lo espetó—. Debo llevarme al otro reo.
—Lo sé —replicó el guardián con los labios apretados—, pero se
ha de llamar al cerrajero.
—No puedo esperar. He recibido órdenes estrictas de incluirlo en
el lote de hoy.
—En ese caso habrá que ingeniarse otro medio de sacarlos de ahí
dentro —sugirió el soldado—. Proporcionemos al kender un nuevo alambre, quizá
funcione —bromeó—. Vamos, olvídalo y reunamos a los restantes.
Emprendió un ligero trotecillo, dejando al hombre del pellejo de
oso plantado ante la puerta, remiso a moverse.
—Me han dado instrucciones terminantes —recordó irritado el
celador.
—También a mí —repuso el otro por encima de su huesudo hombro —.
Si no están conformes pueden venir y rezar hasta que la reja se abra, o bien
avisar al cerrajero para que haga su trabajo.
—¿Vais a devolvernos la libertad? —inquirió Tas con jovial
talante—. Si es así, os ayudaremos. —Una fugaz idea cruzó su mente, un
pensamiento que demudó su rostro—. ¿O acaso os disponéis a ejecutarnos? Porque,
de ser esos vuestros planes, preferimos aguardar al herrero y no daros
facilidades.
—¡Ejecutaros! —se escandalizó el individuo más elegante—. Hace
ya diez años que no se ajusticia a nadie en Istar. Lo prohibe la Iglesia.
—Sí, una muerte limpia y rápida era demasiado benigna para un
condenado —comentó el centinela que, de nuevo, se había vuelto hacia ellos—. ¿Y
tú, pequeño truhán, cómo pensabas contribuir a solventar esta contrariedad?
—Y si no vais a matarnos, ¿qué sorpresa nos reserváis? —siguió
indagando Tas sin atender al apremio del carcelero—. No proyectáis soltarnos,
eso es evidente, pese a nuestra declarada inocencia. No agredimos a...
—La suerte que tú corras nada me interesa —lo atajó el individuo
de la piel de oso con un gesto despreciativo—, es a tu amigo a quien quiero.
Pero has acertado, no le dejarán libre.
—Una muerte limpia y rápida —repitió el soldado, a la vez que
torcía la desdentada boca en una mueca grotesca—. Siempre se congregaba una
muchedumbre deseosa de presenciar la escena, y eso hacía que el condenado se
sintiera importante, que le encontrase un sentido a su próximo fin, tal como me
confesó Snaggle mientras marchábamos hacia la horca. Confiaba en que asistiera
un gentío enfervorizado, y así fue. «Todas estas personas —declaró con lágrimas
en los ojos— han renunciado a su descanso para venir a despedirme.» Fue un
caballero hasta exhalar el último suspiro.
—Lo llevarán a la plataforma —anunció el personaje de rico
atuendo, vociferando para imponerse a las divagaciones del otro.
—Limpia y rápida —insistió, ya en tonos apagados, el carcelero.
—Ignoro qué «plataforma» es ésa —vaciló el kender—, pero si os
comprometéis a no hacernos daño intentaré convencer a Caramon de que nos eche
una mano.
Desapareció del portillo, y los dos individuos le oyeron urgir
al guerrero:
—Despierta, Caramon. Quieren sacarnos de la celda y no consiguen
abrirla, me temo que por mi culpa.
—No sé si has comprendido que debes quedarte con ambos —insinuó
el guardián, con aviesa mirada, a su oponente.
—¿Cómo? —se sobresaltó éste—. Nadie me mencionó que...
—Hay que venderlos juntos —afirmó el soldado, complacido al
advertir su ira—. Ésas son mis órdenes, y provienen de las mismas esferas que
las tuyas.
—¿Está especificado en el documento escrito?
—Por supuesto. —El hombre no cabía en sí de gozo.
—Perderé dinero —protestó el ostentoso personaje—. ¿Quién iba a
gastar sus monedas en adquirir a un kender?
El celador se encogió de hombros, no era asunto de su
incumbencia.
El individuo del mullido pellejo abrió la boca presto a
discutir, pero enmudeció al aparecer otro rostro enmarcado en el ventanillo.
Era la faz de un humano joven, debía rondar la treintena. Sin duda fue en un
tiempo un hombre atractivo, si bien ahora la grasa desfiguraba sus pómulos,
tenía los ojos entelados bajo el velo de insondables calamidades y su cabello,
enmarañado y revuelto, oscurecía la apostura que en su día poseyera.
—¿Cómo está Crysania? —preguntó Caramon.
El ser corpulento pestañeó confuso.
—La dama que transportaron al Templo —aclaró el guerrero.
El flaco carcelero azuzó a su vecino en las costillas.
—La mujer a quien atacó —quiso ayudar.
—Yo no la ataqué —replicó el acusado, aunque sin cólera—. ¿Cómo
se encuentra?
—No te interesa —contestó secamente el hombre alto, que acababa
de consultar la hora y empezaba a ponerse nervioso—. ¿Eres acaso cerrajero? El
kender nos ha asegurado que podrías abrir la puerta atascada.
—No es tal mi oficio —dijo Caramon—, pero existen otros métodos
para forzar una hoja rebelde. ¿Qué ocurrirá si la resquebrajo? —inquirió,
dirigiéndose al guardián.
—De todos modos el cerrojo está inservible y habrá que
cambiarlo. No puedes causar demasiado estropicio, a menos que la eches abajo
—comentó el aludido sin comprender las intenciones del hombretón.
—Eso es precisamente lo que me propongo hacer —se apresuró a
revelarle éste.
—¿Quieres derribar la puerta? —se horrorizó el celador—. ¿Te has
vuelto loco?
—Aguarda. —El individuo de la piel de oso examinó, a través de
los barrotes, los hombros y el rotundo cuello del guerrero—. Dejemos que
pruebe. Si lo consigue, yo pagaré los desperfectos.
—Por descontado, yo me encargaré de que cumplas —lo amenazó el
centinela pero, al sentir sobre su piel la acerada mirada del otro, enmudeció.
Caramon entornó los párpados e inhaló aire varias veces,
expulsándolo despacio en cada intervalo. Antes de desaparecer de la vista de
los dos hombres les hizo señal de apartarse y, cuando hubieron obedecido,
retrocedió unos pasos, emitió un estentóreo grito y se lanzó contra la sólida
superficie de madera que debía abatir. La puerta se estremeció en sus goznes y,
a decir verdad, hasta los rocosos muros parecieron tambalearse con el impacto;
pero la pesada hoja se mantuvo en su lugar.
El carcelero, boquiabierto ante la colosal fuerza del reo, optó
por alejarse al comprobar que éste se disponía a reanudar sus intentos. En
efecto, resonó otro alarido en la celda y se produjo la segunda embestida,
ahora coronada por el éxito. La puerta estalló con tal violencia que los únicos
fragmentos reconocibles que dejó al desintegrarse fueron los retorcidos goznes
y la zona del cerrojo, aún afianzada al marco. Caramon, por su parte, salió
despedido con el impulso de su carrera y fue a parar al pasillo rodeado de los
amortiguados vítores de los otros condenados, que aplastaban los rostros contra
los barrotes de los calabozos circundantes a fin de no perderse el espectáculo.
—¡Tendrás que hacerte cargo de todos los gastos! —recordó el
celador al otro hombre.
—El resultado lo merece —contestó éste, mientras ayudaba al
guerrero a levantarse e incluso sacudía el polvo de sus ropas, no sin dedicarle
críticas miradas—. Me temo que has comido demasiado bien —comentó al
escudriñarlo—, y que no eres insensible a los placeres del alcohol.
Probablemente sea ésa la causa de tu encierro, aunque no me preocupa lo más
mínimo. Te llamas Caramon, ¿verdad?
El hombretón asintió con gesto taciturno.
—Y yo soy Tasslehoff Burrfoot —intervino el kender, que había
atravesado el boquete de la puerta y volvía a tenderle la mano—. Lo acompaño
dondequiera que va, y no pienso dejar de hacerlo. Se lo prometí a Tika, no
puedo defraudarla.
La criatura del llamativo pellejo, que se afanaba en hacer
anotaciones en su pizarra, apenas lo escuchaba.
—Comprendo —se limitó a decir con aire ausente.
—Y ahora —prosiguió Tas embutiendo una mano en su bolsillo—,
creo que si nos liberaras de los grilletes caminaríamos mejor.
—Muy cierto —murmuró el interpelado, que no cesaba de garabatear
sobre su tablero. Sumó unas cifras, sonrió e indicó al guardián—: Tráeme a los
otros miembros del lote de hoy.
El soldado se alejó obediente, si bien antes clavó sus
centelleantes ojos en Tas y Caramon.
—Vosotros dos, sentaos junto al rnuro hasta que hayan reunido al
grupo —ordenó a los prisioneros el hombre de la pizarra.
El guerrero se acuclilló en el suelo, frotándose el hombro con
que había embestido la hoja y Tas lo imitó. Emitió el kender un suspiro de
júbilo. El mundo se le antojaba más hermoso fuera del angosto calabozo pues,
según había susurrado a su amigo para animarlo a actuar, «Cuando salgamos
tendremos una oportunidad. Atrapados en este agujero estamos indefensos.»
—A propósito —gritó al carcelero ya distante—, ¿te encargarás de
que me devuelvan mi alambre? Posee para mi un valor sentimental.
—Una oportunidad, ¿no? —rezongó Caramon cuando el forjador se
disponía a cerrar el collar de hierro. Había tardado un rato en encontrar uno
del tamaño adecuado, así que el hombretón fue el último al que ajustaron este
símbolo de esclavitud. El prisionero sintió una punzada de dolor en el instante
en que el artesano soldaba la argolla con metal candente, despidiendo olor a
carne quemada.
Tas, compungido, se encogió de hombros en su propio aro y dio un
respingo en solidaridad con el sufrimiento del compañero.
—Lo siento —gimió—, no había comprendido el sentido de la
palabra «plataforma». Estaba convencido de que se referían a la calle, en este
lugar tienen un curioso modo de utilizar el lenguaje. Te lo aseguro, Caramon...
—No te preocupes —respondió el aludido—. No es culpa tuya.
—Pero hay un responsable de todo este embrollo —declaró el
kender en actitud reflexiva, contemplando interesado cómo el herrero aplicaba
una capa de grasa sobre la quemadura del guerrero e inspeccionaba su trabajo
con ojo crítico. Más de un forjador de Istar había perdido su puesto al exigir
el propietario de un esclavo una retribución por un sirviente que había
escapado de la argolla.
—¿Qué quieres decir? —inquirió el guerrero sin entusiasmo,
dibujada la resignación en su faz.
—Detente a meditar —le urgió Tas, sin perder de vista al
herrero—. Fíjate en tus vestiduras, llegaste a la ciudad ataviado como un
rufián y, además, el clérigo y los centinelas aparecieron en el momento
oportuno para inculparnos. Era evidente que nos esperaban, que todo estaba
planeado, por no hablar del maltrecho aspecto que presentaba Crysania.
—Tienes razón —admitió Caramon, encendida una tenue llama en sus
inexpresivos ojos—. Raistlin —masculló, y el destello ardió en un fuego
abrasador—. Sabe que me propongo detenerlo, y ha provocado esta calamidad.
—No me atrevería a afirmarlo —replicó el kender—. ¿No sería más
propio de él consumirte en un relámpago, o emparedarte hasta la asfixia?
—¡No! ;—exclamó el guerrero excitado—. ¿No lo entiendes? Él
quiere que venga a Istar para hacer algo que no adivino. No desea mi muerte.
Así nos lo advirtió el elfo oscuro que trabaja con él, ¿recuerdas?
El kender, dubitativo, intentó rebatir este argumento, pero se
lo impidió el forjador al obligar a Caramon a levantarse. El individuo de la
piel de oso, que no había cesado de espiarles impaciente desde la puerta del
taller, hizo una imperativa señal a dos de sus esclavos personales, y éstos se
apresuraron a agarrar a los compañeros a fin de colocarlos en hilera junto a
los otros reos. Acto seguido, más servidores se acercaron al grupo y comenzaron
a atar a los prisioneros con recias cadenas, hasta afianzar toda la fila por
los grilletes de los pies. Concluida esta operación, y obediente a la orden de
la criatura de la pizarra, la mísera comitiva de humanos, semielfos y goblins
echó a andar.
No habían avanzado tres pasos, sin embargo, cuando quedaron
enmarañados por una imprevista acción de Tasslehoff, que no había oído las
instrucciones y se empeñaba en caminar en otro sentido.
Tras una retahila de reniegos y algunos restallidos de látigo
—que utilizaba después de asegurarse de no ser observado por ningún clérigo—,
el hombre de las pieles restableció el orden y continuó la marcha. Tas tenía
que dar saltos para seguir el ritmo y, en un par de ocasiones, a punto estuvo
de romper de nuevo la cadena viviente al caer de rodillas y arrastrar a los de
detrás. Al darse cuenta, Caramon optó por rodear su cintura con su fornido
brazo, alzarle en volandas y llevarlo de esta guisa, incluida la cadena.
—Ha sido divertido —murmuró el kender, todavía jadeante—. ¿Has
visto la cara de ese tipo cuando me he derrumbado de bruces?
—¿Qué insinuabas antes, mientras esperábamos? —lo interrumpió el
guerrero—. ¿Qué te hace pensar que no es Raistlin el artífice de nuestra
desgracia?
El rostro del hombrecillo adquirió una seriedad inusual, una
expresión ponderada que no casaba con su talante.
—Caramon —musitó, juntando las manos tras la nuca de su amigo y
aproximándose a su oído para que no ahogaran sus palabras el repiqueteo de las
cadenas y el bullicio de la calle, donde ahora se hallaban—. Escucha, Caramon.
Raistlin debe haber estado muy ocupado en las últimas horas con los
preparativos del viaje. No olvides que Par-Salian tardó varios días en conjurar
el hechizo de traslación en el tiempo pese a ser un mago muy poderoso, de modo
que tu hermano tiene que haber consumido una cantidad ingente de energía. ¿Cómo
pudo organizar su propio periplo y, a la vez, tendernos esta trampa?
—Si no fue él, ¿quién entonces?—indagó el hombretón con el ceño
fruncido.
—Quizá Fistandantilus —apuntó Tas, haciendo un gesto teatral.
Caramon tragó saliva, se contrajo su semblante en una mueca de
incredulidad.
—Es un hechicero de gran sapiencia —insistió el kender— y, por
otra parte, no te molestaste en disimular el hecho de que venías al pasado con
la intención de destruirlo. Lo proclamaste a los cuatro vientos en la Torre de
la Alta Hechicería, y nadie ignora que Fistandantilus deambula a su albedrío
entre sus muros. Fue allí donde conoció a Raistlin, ¿no es cierto? Podría haber
estado presente en el cónclave y enterarse de tu proyecto, que no le habrá
colmado precisamente de satisfacción.
—¡Eso es absurdo! —protestó el guerrero, aunque cuidando de no
levantar la voz—. Una criatura investida de sus dotes arcanas me habría
fulminado en el instante de averiguar mis designios.
—Te equivocas —repuso Tasslehoff—. Hazme caso, he cavilado mucho
antes de llegar a estas conclusiones. Fistandantilus no puede asesinar al
hermano de su discípulo, menos aún si Raistlin te trajo aquí por un motivo
concreto. Él no sabe si tu gemelo abriga, en su fuero interno, algún
sentimiento hacia ti.
Caramon palideció, y el kender se reprendió a sí mismo por no
haberse mordido la lengua. De todos modos, debía continuar y así lo hizo, en un
susurro precipitado para desviar tan espinoso tema.
—Es evidente que no osa desembarazarse de ti de una manera
directa, tiene que encubrir su acción mediante una estratagema que no ofenda a
su pupilo.
—¿Y?
Tasslehoff enmudeció y exhaló un hondo suspiro. Cuando
prosiguió, lo hizo en un quedo siseo.
—Por lo visto en Istar no ejecutan a los condenados, si bien
utilizan otros medios para neutralizar a quienes perturban la paz. El carcelero
ha comentado esta mañana que la pena capital era un final limpio y rápido
comparado con lo que aquí sucede.
Un latigazo en la espalda de Caramon puso término a la
conversación. Lanzando una enfurecida mirada al que lo había fustigado —una
criatura obsequiosa, ruin, que parecía disfrutar con su trabajo—, el guerrero
se sumió en el silencio y reflexionó sobre las teorías de Tas. Tenía razón al
aseverar que Par-Salian había realizado un gran esfuerzo de concentración para
conjurar el encantamiento, y que el poder de Raistlin era limitado. No había
que desdeñar el quebranto sufrido por la salud de su hermano.
«Tasslehoff ha acertado —pensó el hombretón—. Nos van a vender,
y Fistandantilus hallará el modo de eliminarme. Luego explicará a Raistlin que
mi muerte fue accidental.»
En los recovecos de su mente, una ronca voz enanil lo imprecó:
«No sé quién es más majadero, tú o ese botarate de Tasslehoff. Si salís con
vida de este atolladero recibiré una gran sorpresa.»
Caramon esbozó una sonrisa nostálgica al recordar a su viejo
amigo. Flint no estaba junto a él, ni tampoco Tanis u otro de los compañeros de
andanzas susceptible de aconsejarle. El kender y él debían arreglárselas solos
y, de no haber sido por la imprevista intrusión del hombrecillo en el
laboratorio de Par-Salian, ahora se hallaría en tan espantoso apuro sin el más
mínimo respaldo. Tal idea le produjo un escalofrío.
«Tengo que dar con Fistandantilus antes de que él me encuentre a
mí», resolvió a la desesperada.
Las torres del Templo se erguían altaneras sobre las calles de
la ciudad, todas escrupulosamente limpias salvo, por supuesto, los pasadizos
marginales. Reinaba una gran algarabía en las avenidas, donde se destacaban los
guardianes encargados de mantener el orden con sus multicolores mantos y sus
empenachados yelmos. Las mujeres dirigían a tan apuestos centinelas miradas de
soslayo mientras caminaban entre los comerciantes, barriendo el empedrado en su
rotundo caminar. Había un lugar, sin embargo, al que las féminas no se
acercaban, aunque no podían sustraerse a contemplarlo movidas por la
curiosidad: el punto de la plaza donde se hallaba el mercado de esclavos.
Como de costumbre, el mercado estaba atestado. Se organizaban
las subastas un día a la semana, razón por la que el hombre de la piel de oso,
que lo regentaba, se había empeñado con tanto afán en reunir el lote de
esclavos aquella mañana. Aunque el dinero recaudado por la venta de los
prisioneros pasaba a engrosar las arcas públicas, él recibía un puñado de
monedas nada despreciable y, por añadidura, la sesión de hoy prometía ser harto
provechosa.
Como había explicado a Tas, se habían abolido las ejecuciones
tanto en Istar como en las regiones de Krynn que estaban bajo su jurisdicción.
O, al menos, en la mayoría de ellas. Los Caballeros de Solamnia insistían en
castigar a quienes traicionaban a su Orden mediante el antiguo rito bárbaro de
decapitarlos con su propia espada, pero el Príncipe de los Sacerdotes había
iniciado unos largos parlamentos destinados a interrumpir cuanto antes tan
nefasto hábito.
Naturalmente, el cese de los ajusticiamientos había creado otro
problema. Las autoridades no sabían qué hacer con los reos, los cuales
aumentaban de manera alarmante y suponían un gravamen considerable para el
tesoro. Así pues, la Iglesia realizó un estudio y llegó a la conclusión de que
la mayor parte de los prisioneros eran indigentes, seres sin hogar ni medios de
subsistencia. Los crímenes que cometían, robos, prostitución y otros de la
misma índole, eran consecuencia de su extrema pobreza.
—Es lógico —declaró el Príncipe ante sus ministros en el acto de
pronunciamiento— deducir que la esclavitud no sólo es la respuesta al conflicto
que entraña la reclusión masiva en nuestros calabozos, sino que también
constituye una medida idónea, además de caritativa, para ayudar a esos
infelices cuyo único delito es el de estar atrapados en una telaraña de miseria
de la que no pueden escapar.
»Yo me reafirmo en este aserto y sostengo, por lo tanto, que es
nuestro deber ayudarlos. En su calidad de esclavos tendrán alimento, ropa y
albergue gratuitos. Se les proporcionará todo aquello de lo que carecían, y que
les empujaba a entregarse a una vida reprobable. Nos ocuparemos de que sean
bien tratados y, por otra parte, propongo que se establezca una ley que les
permita comprar su libertad tras un determinado período de servilismo, si han
observado un buen comportamiento. Entonces nos serán devueltos como miembros
productivos de la sociedad.
La idea del dignatario fue llevada a la práctica de inmediato,
sin apenas deliberaciones, y cumplía ahora diez años desde su promulgación.
Habían surgido ciertos inconvenientes, pero nunca habían sido comunicados al
Príncipe de los Sacerdotes por considerarse demasiado ínfimos para exigir su
atención. Los ministros de inferior rango los habían solventado de manera
eficaz y, ahora, todo se desarrollaba con plena normalidad. La Iglesia recibía
unas cuantiosas rentas merced al dinero obtenido en las transacciones públicas
—que nada tenían que ver con las ventas entre particulares— y la esclavitud se
juzgaba un perfecto medio contra el crimen.
En cuanto a los inconvenientes citados, aquéllos con los que no
debía perturbarse al sumo mandatario, cabe comentar que dimanaban de dos tipos
distintos de delincuentes: los kenders por un lado y, por otro, los que
cometían atrocidades de todo punto imperdonables. Las soluciones fueron
sencillas. Los kenders eran encerrados durante una noche y escoltados al
amanecer hasta las puertas de la ciudad, lo que significaba una pequeña
procesión diaria. Los criminales más recalcitrantes, acusados de asesinato, violación
o locura peligrosa, quedaron bajo los auspicios de instituciones especiales
creadas a tal efecto. En cualquier caso no existía otra alternativa, ya que ni
unos ni otros hallaban compradores privados en el mercado de esclavos.
Con el máximo representante de una de estas instituciones para
rufianes dialogaba animadamente el individuo que recogiera al lote en los
calabozos, señalando a Caramon durante su plática. El guerrero estaba junto a
los otros prisioneros en un mugriento y hediondo vallado detrás de la
plataforma, en la actitud de quien se dispone a despedazar una puerta con el
hombro.
El cabecilla de la institución, de raza enana, no parecía
impresionado, si bien su postura nada tenía de extraña. Aprendió tiempo atrás
que, en el instante en que se admiraba a un reo, el comerciante doblaba el
precio de manera automática. Así pues, optó por observar desdeñoso al guerrero,
escupir en el suelo, cruzarse de brazos y, plantando firmemente los pies en el
adoquinado, encararse con el individuo de la piel de oso.
—Demasiado grueso, es evidente que no está en forma —declaró con
la cabeza ladeada en señal de desinterés—. Además es un borrachín, no hay más
que mirar su nariz para constatarlo. Y no tiene aspecto de criatura perversa.
¿Qué me has contado que hizo, asaltar a una sacerdotisa? ¡Lo único que atacaría
ese humano es un barril de vino!
Su oponente no se inmutó, estaba acostumbrado a estos regateos.
—Estás a punto de desperdiciar la oportunidad de tu vida,
Rockbreaker —se limitó a responder—. Deberías haberle visto cuando desencajó la
puerta de su celda, desplegó una fuerza que nunca antes había advertido en un
hombre. Tienes razón en lo del exceso de peso, debo concedértelo, pero ese mal
se cura. Sométele a una buena dieta y se convertirá en un galán, en el favorito
de las mujeres. Fíjate si no en sus lánguidos ojos castaños y su cabello
ondulado—. Bajó la voz y añadió—: Sería una lástima que una fisonomía como la
suya se echara a perder en las minas. He intentado evitar que se extienda la
noticia de su felonía, si bien me temo que ésta ha llegado a oídos de Haarold.
Ambos personajes miraron de soslayo a un humano que, a cierta
distancia, parloteaba y bromeaba con algunos de sus musculosos guardianes. El
enano se atusó la barba, mas permaneció impasible.
—Haarold ha afirmado que no reparará en medios para hacerse con
él —murmuró el comerciante en tono confidencial— pues, según él, podrá sacarle
el rendimiento de dos personas. Sin embargo, tú eres mi mejor cliente y puedo
hacer que la balanza se decante en tu favor.
—Dejemos que se lo quede Haarold —gruñó el enano—. Me disgusta
tanta obesidad.
A pesar de sus palabras, el hombre de la piel detectó el aire
especulativo con que su oponente estudiaba a Caramon y, sabedor por su larga
experiencia de cuándo convenía callar, le dedicó una cortés reverencia y siguió
su camino. Mientras andaba se frotó las manos, previendo un espléndido negocio.
Aunque no pudo oír esta conversación en medio del bullicio, el
guerrero comprendió que el dignatario enanil lo observaba como a una codiciada
presa de caza y sintió un repentino deseo de romper sus ataduras. No había de
resultarle difícil, una vez libre, hacer añicos el cerco donde estaba enjaulado
y arremeter contra el individuo de la pizarra y el presunto comprador. La
sangre se agolpó en sus sienes y comenzó a tirar de las cadenas, abultándose
con la presión los músculos de sus brazos en un anuncio de acometida que atrajo
la perpleja mirada del enano y obligó a los soldados, que hasta entonces se
habían mantenido relajados en sus puestos de vigilancia, a desenvainar las
espadas. Pero Tasslehoff interrumpió la escena al azuzarle en las costillas.
—¡Mira, Caramon! —exclamó el kender muy excitado.
El hombretón no lo escuchó, los latidos que palpitaban en su
frente bloqueaban el acceso de cualquier otro sonido.
—Mira, Caramon —insistió Tas dándole un nuevo codazo—. ¿Has
visto a esa criatura que se yergue al margen del gentío, en una esquina?
El guerrero respiró hondo para imponer la calma en su revuelto
ánimo. Desvió los ojos hacia donde señalaba el kender y, de súbito, su alterada
sangre se le heló en las venas.
En el extremo del círculo de curiosos se perfilaba, en efecto,
una figura solitaria, ataviada con una túnica negra. A su alrededor se había
creado un espacio vacío. Muchos de los que por allí pululaban incluso trazaban
un rodeo para evitarlo, como si no osaran acercarse a él y, aunque todos eran
conscientes de su presencia, nadie le hablaba. Los grupos más próximos, que
antes de su llegada charlaban animadamente, se sumieron en un tenso silencio a
la vez que lo espiaban con disimulo.
Las vestiduras del aparecido eran de un negro insondable, casi
ofensivo, sin que ningún adorno mitigara su intensa simplicidad. No refulgían
hebras de plata en sus mangas, no rodeaba su capucha ningún festón. No se
apoyaba en el tradicional cayado ni, tampoco, en un familiar que reafirmase su
arte. Cedía a los otros magos el privilegio de exhibir runas protectoras, de
portar bastones arcanos o de contar con el auxilio de animales obedientes a sus
órdenes. Él no necesitaba tales accesorios. El poder que ostentaba brotaba de
sus entrañas, tan inconmensurable que trascendía el paso de los siglos y, aún,
los planos de existencia. Se sentía en el ambiente, brillaba en torno a su
cuerpo como la aureola de calor que destila el horno de la fragua.
Era alto y fuerte, los negros ropajes caían sobre unos hombros
enjutos pero fornidos. Sus blancas manos, única parte visible de su ser,
denotaban firmeza sin por ello carecer de flexibilidad. Pese a su extrema
ancianidad —pocos habitantes de Krynn se aventuraban a calcular sus años—, su
constitución presentaba todos los rasgos de una criatura joven y plena de
energía. Circulaba el rumor de que utilizaba sus dotes de nigromante para
paliar las flaquezas de la vejez.
Y, así, se alzaba en soledad, cual si un sol nocturno se hubiera
posado en la plaza. Ni tan siquiera se atisbaban los fulgores de sus ojos en
las profundidades de la capucha.
—¿Quién es? —preguntó Tas a un compañero con aire casual,
señalando a la figura mediante un ademán de la cabeza.
—¿No lo sabes? —inquirió éste a su vez. Estaba nervioso, se
resistía a pronunciar el nombre del recién llegado.
—Vengo de otra ciudad —se disculpó el kender.
—El Ente Oscuro—cedió el otro reo—, Fistandantilus. Supongo que
habrás oído hablar de él.
—Sí.
Tasslehoff observó a Caramon y, en un mensaje telepático,
constató: «¡Ya te lo advertí!»
La Misión de Crysania
Cuando despertó del hechizo en que la había envuelto Paladine,
Crysania se hallaba en tal estado de confusión que los clérigos temieron por su
salud mental. Existía el peligro de que la terrible prueba hubiera trastornado
su equilibrio.
Habló de Palanthas, así que sus oyentes presumieron que ése era
su lugar de origen. Pero por otra parte invocaba continuamente al máximo
dignatario de su Orden, un tal Elistan, lo que causó el desconcierto de los
clérigos. Pese a conocer a todos los eclesiásticos insignes de Krynn, nadie
tenía noticia de ese nombre. Tanta fue, no obstante, la insistencia de la dama
que se especuló sobre la posible muerte del adalid religioso de Palanthas, y se
enviaron mensajeros con la mayor premura.
Crysania mencionó también el Templo de Palanthas, un santuario
inexistente en la ciudad. Pero fue al oírla aludir a unas hordas de dragones y
al «regreso de los dioses» cuando los sacerdotes congregados en la estancia,
Quarath y Elsa, esta última mandataria de las Hijas Venerables, intercambiaron
miradas de espanto e invocaron a aquéllos para portegerse de la blasfemia. Se
administró a la enferma una poción de hierbas, que la sedó hasta sumirla de
nuevo en un profundo letargo.
Los dos clérigos permanecieron a su lado mientras dormía,
discutiendo su caso en voz baja. Al cabo de un rato el Príncipe de los
Sacerdotes entró en la sala, deseoso de apaciguar sus inquietudes:
—He consultado los augurios —dijo con su voz musical—, y
averiguado que Paladine la llamó a su lado a fin de salvaguardarla de un
hechizo maligno, destinado a destruirla. Creo que ninguno de nosotros abrigará
dudas al respecto.
Quarath y Elsa menearon sus cabezas al unísono, conocedores
ambos del odio que el Príncipe profesaba a los magos.
—Ha estado pues con el dios del Bien, viviendo en el maravilloso
reino que nosotros intentamos recrear en la tierra, y no es de extrañar que
durante su estancia haya tenido acceso a la historia del futuro. Habla de un
hermoso Templo en Palanthas: como sabéis, existe el proyecto de erigir tal
monumento de la fe. Y en cuanto a Elistan, quizá se trate de alguien que
dirigirá la Orden en un tiempo aún por llegar.
—Pero, ¿y los dragones? ¿y el retorno de las divinidades?
—cuestionó Elsa.
—Los reptiles bien podrían ser los protagonistas de un relato de
su infancia que le causó una impresión duradera —apuntó el dignatario entre
divertido y tranquilizador—, o acaso estén relacionados con el encantamiento de
ese hechicero. Se rumorea que los brujos tienen el poder de hacer visualizar a
sus víctimas escenas o seres ilusorios. Y el regreso de los dioses...
Hizo una breve pausa y, cuando reemprendió su discurso, el
timbre de su voz había asumido una calidad distinta, la de quien se sume en una
ensoñación.
—Vosotros, mis más allegados consejeros, conocéis el secreto
anhelo que anida en mis entrañas. No ignoráis que un día no muy lejano
conjuraré a las divinidades para reclamar su ayuda en la lucha contra la
malignidad que, pese a nuestros esfuerzos, aún se halla presente en nuestro
país. Ese día, Paladine atenderá a mi ruego. Acudirá a mi lado y, entre ambos,
asediaremos a los hijos de la oscuridad hasta derrotarlos por completo.
Venceremos a la negrura, y eso es lo que le ha sido revelado a la sacerdotisa.
Ha definido mi próxima alianza como «el regreso de los dioses» en una visión
premonitoria de lo que ha de ocurrir.
La estancia se inundó de luz. Elsa susurró una plegaria, y
Quarath bajó los ojos.
—Dejadla dormir —recomendó el Príncipe a sus seguidores—, mañana
se encontrará mejor. La recordaré en mis rezos vespertinos.
Salió de la sala, que se ensombreció al quedar privada de su
luminoso influjo. La adalid de las Hijas Venerables lo vio alejarse en silencio
y, en cuanto la puerta se cerró tras él, se volvió hacia Quarath.
—¿Tiene poder para hacer lo que acaba de anunciarnos? —preguntó,
con un interrogante en sus almendrados ojos de elfa, a su colega masculino—.
¿Se propone realmente exigir el auxilio de los dioses?
—¿Cómo? —Quarath apenas le escuchaba, estaba absorto en la
contemplación de la inmóvil Crysania—. ¡Ah, sí! —reaccionó de pronto—. Por
supuesto que tiene poder. Ha sido capaz de salvar a esta mujer de su trance, tú
misma fuiste testigo de la escena. Además, las divinidades se comunican con él
a través del augurio... o así lo afirma. ¿Cuándo curaste por última vez un
cuerpo maltrecho como el de la sacerdotisa, Hija Venerable?
—Entonces, ¿tú crees que es cierto que Paladine dio cobijo a su
espíritu y le permitió ver el futuro? —La dignataria parecía atónita—. ¿Estás
convencido de que el Príncipe sanó sus heridas?
—Tan sólo me atrevo a aseverar que un velo de misterio rodea
tanto a esta dama como a los dos seres que la acompañaban —declaró el clérigo
con grave acento—. Yo me ocuparé de ellos, tú vigila a la sacerdotisa. En
cuanto a nuestro Príncipe, no es asunto de nuestra incumbencia su relación con
los entes superiores. Si solicita su ayuda y se la brindan, todos nos
beneficiaremos. De lo contrario, a nosotros no ha de afectarnos; ambos sabemos
que es él quien los representa en Krynn, con plenos poderes.
—No es el único —comentó Elsa, alisando el negro cabello de
Crysania para despejar su faz embotada por el sueño—. Había en nuestra Orden
una joven que poseía el auténtico don de la curación. La sedujo un Caballero de
Solamnia, ¿cómo se llamaba?
—Soth —colaboró Quarath—. Era el señor del alcázar de Dargaard. Pero, volviendo a nuestro
asunto, no dudo en absoluto que, de vez en cuando, se encuentre entre los muy
jóvenes o los muy viejos a una criatura investida de dotes sobrenaturales. Sin
embargo, debo confesarte mi escepticismo. Opino, francamente, que se trata de
una falacia, de la consecuencia de una necesidad. Los habitantes de nuestro
mundo quieren creer en algo, con tanta ansiedad que acaban por persuadirse de
que son ciertas las historias fraguadas en su imaginación. En cualquier caso,
su actitud no perjudica a nadie. Observa bien a la recién llegada, Elsa. Si por
la mañana persiste en hablar de prodigios, incluso después de haberse
recuperado, quizá tengamos que tomar medidas drásticas. De momento...
Enmudeció, y la Hija Venerable asintió con la cabeza. Sabedores
de que la yaciente dormiría varias horas bajo los efectos de la poción, ambos
la dejaron sola en aquella alcoba del gran Templo de Istar.
Crysania se despertó al día siguiente como si hubieran
atiborrado su cabeza de algodón. Tenía un amargo sabor de boca y una sed
acuciante. Se incorporó aturdida, tratando de recomponer el rompecabezas de su
mente. Todo carecía de sentido. Conservaba el vago, espeluznante recuerdo de un
espectro de ultratumba resuelto a aniquilarla entremezclado con su visita, a
instancias de Raist-lin, a la Torre de la Alta Hechicería. Y, a tan dispares
situaciones, se unía una escena en la que se veía rodeada de magos ataviados de
Blanco, Rojo y Negro, así como los ecos de unas piedras que cantaban y la
sensación de haber realizado un largo viaje.
También danzaba en su memoria la imagen de un hombre, en cuya
presencia había despertado, poseedor de una belleza deslumbradora, de una voz
que colmaba su alma de paz. Pero el aparecido le dijo que era el Príncipe de
los Sacerdotes, que se hallaban en el Templo de los Dioses en Istar, y eso la
desconcertaba. En un delirio posterior a este encuentro había llamado a
Elistan, sin que quienes la circundaban dieran muestras de conocer al anciano.
Les explicó quién era y cómo fue sanado por Goldmoon, sacerdotisa de Mishakal,
relatándoles asimismo su decisivo liderazgo en la pugna contra los dragones del
Mal y el apostolado que después realizase para anunciar al pueblo el regreso de
los dioses. Lo único que consiguió fue que los clérigos la mirasen con piedad,
además de alarmados. Por último le ofrecieron una poción de extraño sabor, y
cayó de nuevo dormida.
Aunque todavía confundida, estaba resuelta a averiguar dónde
estaba y qué ocurría a su alrededor. Alzóse del lecho, hizo sus abluciones como
todas las mañanas, sin abandonarse a la extrañeza que su entorno le causaba, y
se sentó frente a un curioso tocador a fin de cepillar y trenzar, con calma, su
largo y negro cabello. La rutina la ayudó a relajarse.
Incluso se tomó tiempo para inspeccionar su alcoba, cuyo
esplendor no la dejó indiferente. No obstante, y pese a admirar tanta belleza,
juzgó fuera de lugar aquella exuberancia en un lugar consagrado a las
divinidades, si en realidad era en un santuario donde se encontraba. Su
dormitorio en la casa familiar de Palanthas no era tan espléndido, pese a estar
decorado con todo el lujo que el dinero podía comprar.
Voló su pensamiento a lo que Raistlin le había mostrado, la
pobreza y miseria que convivían en estrecha vecindad con el fastuoso recinto
del Templo, y se sonrojó turbada.
—Quizás ésta sea una habitación destinada a los huéspedes —se
dijo en voz alta, hallando alivio en el sonido de su propio timbre—. Después de
todo, las estancias de invitados de nuestro Templo también han sido diseñadas
para que los visitantes se sientan a gusto. Pero —añadió al posarse sus ojos en
una costosa estatua, que representaba a una dríade con una vela en sus manos
doradas— no deja de ser una extravagancia. Sólo esa figura alimentaría, de
fundirse, a una familia durante meses.
Se alegró sobremanera de que Elistan no pudiera verla, y
determinó solicitar sin demora una entrevista con el máximo dignatario de la
Orden. No podía ser el Príncipe de los Sacerdotes, probablemente su estado la
había inducido a cometer un error de interpretación.
Tras decidirse a actuar, con la mente despejada, Crysania mudó
el camisón de dormir por la túnica blanca que descubrió a los pies del lecho,
extendida con sumo primor.
¡Qué anticuado se le antojó aquel atavío mientras lo deslizaba
por su cabeza! En nada se asemejaba a las austeras vestiduras que utilizaban
los miembros de su Orden en Palanthas. Era ésta una prenda ornamentada, las
hebras de oro que destellaban en mangas y repulgo se completaban mediante una
cinta carmesí que cruzaba el pectoral y, para engalanar el llamativo conjunto,
un pesado cinturón dorado recogía los pliegues a la altura del talle. Se mordió
el labio disgustada ante semejante derroche, pero al asomarse al espejo de
marco también dorado tuvo que admitir que la túnica ajustada a la cintura le
prestaba un singular atractivo.
Fue entonces, al pasar revista a su figura, cuando palpó sin
proponérselo la misiva que se ocultaba en su bolsillo.
Introdujo la mano y extrajo un papel de arroz, doblado en cuatro
partes. Al principio supuso que la dueña de las vestiduras lo había dejado por
descuido, pero comprobó asombrada que la nota iba dirigida a ella y, en un mar
de dudas, la abrió.
«Sacerdotisa Crysania:
Conocía tu proyecto de demandar mi ayuda para viajar al pasado
y, de ese modo, impedir que el joven mago Raistlin llevara a término su
perverso plan. Lamentablemente, durante tu periplo hacia la Torre te atacó un
Caballero de la Muerte y, deseoso de salvarte, Paladine trasladó tu alma a su
morada celestial. Ninguno de nosotros, ni siquiera Elistan, puede hacerte
volver al mundo de los vivos, sólo los clérigos que habitaban el desaparecido
Templo del Príncipe de los Sacerdotes ostentaban tal don. Es ésta la razón de
que te hayamos enviado a Istar, a la época previa al Cataclismo, en compañía de
Caramon, hermano del maligno hechicero. Debes cumplir allí una doble misión: en
primer lugar curarte de tus penosas heridas y, en segundo, concretar tu
propósito de transformar a esa descarriada criatura en una realidad beneficiosa
para Krynn.
»Si ves en tales transacciones la mano de los dioses, darás
quizá por buenos cuantos sacrificios se te exijan. Permíteme recordarte que las
divinidades eligen sendas ajenas al entendimiento de los mortales, ya que
nosotros sólo atisbamos un fragmento del lienzo por ellos pintado, el más
próximo a nuestra percepción. Me habría gustado darte algunos consejos
personalmente antes de tu partida, mas ha sido imposible. Me limito pues a
recomendarte que te guardes de Raistlin.
»Eres virtuosa, firme en tu fe, y estás orgullosa de ambas
cualidades. Debo decirte que forman una combinación letal, querida, y que él
sacará provecho de tan peligrosa mezcla.
»Ten presente, asimismo, que Caramon y tú habéis retrocedido a
un tiempo azaroso. Los días del Príncipe de los Sacerdotes están contados, y el
guerrero debe embarcarse en una aventura que acaso le cueste la vida, pero eres
tú quien se enfrenta al peor avatar: el de perder tu alma. Preveo que se te
obligará a escoger entre materia y espíritu y que tendrás que renunciar a una
para conservar el otro. Por otra parte, hay varios medios por los que puedes
abandonar este período de la Historia, uno de ellos a través de Caramon.
»Que
Paladine te acompañe, valerosa señora.
Par-Salian
Orden de las Túnicas Blancas
Torre de la Alta Hechicería
Wayreth.»
Crysania se dejó caer sobre el lecho. Se quebraron sus rodillas,
incapaces de sostener su peso, y la mano con que sujetaba la carta se agitaba
en incontenibles temblores. Contempló el mensaje con expresión alelada antes de
leerlo una y otra vez, sin aprehender su significado. Transcurridos los
primeros minutos, sin embargo, logró serenarse y realizó un esfuerzo de
voluntad para revisar cada palabra, cada frase, prohibiéndose pasar a la
siguiente hasta haberla comprendido.
Tal hazaña supuso media hora de lectura y cavilaciones, pero
quedó satisfecha... o casi. Por una parte le ayudó a recordar el motivo de su
viaje a Wayreth, y supo que Par-Salian estaba enterado. «Tanto mejor», pensó. Y
éste estaba en lo cierto al afirmar que el ataque del Caballero de la Muerte
había sido una innegable muestra de la intervención de Paladine, quien quería
asegurarse de su retorno al pasado. Pero el comentario acerca de su fe y virtud
era un puro desatino.
Se puso en pie. En su lívido rostro se dibujaba su resolución,
subrayada por unas manchas coloreadas en sus pómulos que, acaso, denotaban
también ira, la misma que se reflejaba en sus ojos. Lo único que lamentaba era
no haber discutido este punto con Par-Salian en persona. ¿Cómo osaba sugerir
semejante impertinencia?
Contraídos sus labios en una tensa línea, Crysania dobló la nota
con dedos ágiles, rápidos, presionando los pliegues como si pretendiera
rasgarla. Reparó entonces en una caja dorada, similar a los joyeros de las
damas de la corte, que reposaba en el tocador junto al cepillo del cabello y un
espejo de mano. La izó, tiró de la llave insertada en el cerrojo, arrojó la
misiva al interior y cerró la tapa con estrépito. Accionó acto seguido el
mecanismo de seguridad hasta oír el chasquido metálico, retiró la llave y la
guardó en el bolsillo donde había encontrado la carta.
Asió el espejito del bello mueble y, mirándose en él, apartó de
su faz la negra melena para ceñirse mejor la capucha. Al percibir la tonalidad
purpúrea que habían asumido sus pómulos se forzó a relajarse, a mitigar su
furia. A fin de cuentas, el viejo mago abrigaba las mejores intenciones al
avisarla del riesgo que él creía advertir. ¿Cómo podía un hechicero comprender
a una religiosa? Tenía que sobreponerse a su mezquina cólera, después de todo
se disponía a vivir su momento de grandeza en compañía de Paladine, cuya
presencia se palpaba en el aire. ¡Y el hombre al que había conocido era el
Príncipe de los Sacerdotes!
Evocó, con una sonrisa, la bondad que el mandatario destilaba.
¿Cómo podía ser él responsable del Cataclismo? En lo más hondo de sus entrañas
rehusó aceptar tal atrocidad. La Historia había distorsionado los hechos. Pese
a haberlo visto tan sólo unos segundos estaba convencida de que un ser tan
saturado de belleza, tan clemente y tan santo no pudo nunca desencadenar la
oleada de muerte y destrucción que arrasara Krynn. ¡Era impensable! Tal vez
conseguiría rehabilitarlo, quizás era ésta otra de las razones por las que
Paladine la había enviado a este tiempo remoto: quería que descubriera la
verdad.
El júbilo inundó su alma. En aquel instante ribeteó su dicha, o
al menos así se lo pareció, el tañir de las campanas anunciando la hora de los
rezos matutinos. La melodiosidad de la música arrancó lágrimas de sus ojos y,
con el corazón exultante de felicidad, abandonó la estancia. Tan rauda avanzó
por los deslumbrantes corredores, que a punto estuvo de arrollar a Elsa.
—¡En nombre de los dioses —exclamó ésta perpleja—, es increíble!
¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor, Hija Venerable —respondió Crysania, avergonzada al
recordar que sus manifestaciones de la víspera debieron antojársele una
retahila de incoherencias—. Como si hubiera despertado de una extraña y
acuciante pesadilla.
—Paladine sea loado —murmuró Elsa, si bien estudió a la
sacerdotisa con los ojos entrecerrados, meticulosa y suspicaz.
—Puedes estar segura de que no he dejado de ensalzarlo—repuso,
con acento sincero, la convaleciente. Su gozo le impidió reparar en la singular
mirada de la elfa—. ¿Acudías a la llamada a la oración? Si es así me gustaría
ir contigo —solicitó, mientras examinaba el maravilloso edificio—. Temo que
pasará algún tiempo antes de que aprenda a orientarme.
—Por supuesto —accedió Elsa, ahora gentil—. Es por aquí.
Echaron a andar pasillo abajo y, tras un breve silencio,
Crysania apuntó:
—Estoy preocupada por el hombre que encontraron junto a mí. —Su
tono era vacilante, no recordaba las circunstancias que rodearon su aparición
en este tiempo y temía cometer algún desliz.
—Está donde le corresponde —explicó la otra Hija Venerable con
cierta frialdad—. No debes inquietarte, cuidarán de él. ¿Es amigo tuyo?
—No, claro que no —se apresuró a contestar Crysania. La patética
imagen de aquel borrachín cobró vida en su memoria, no debía permitir que la
relacionasen con él—. Era mi escolta... alquilada —tartamudeó, comprendiendo
que no había nacido para mentir.
—Está en la Escuela de los Juegos —declaró Elsa—. Si lo deseas,
le haremos llegar un mensaje.
Crysania ignoraba qué clase de institución era aquélla, pero
prefirió no indagar demasiado. Agradeció a su compañera tan amable ofrecimiento
y abandonó el tema, solazado su espíritu. Al menos sabía dónde se hallaba el
guerrero y, sobre todo, que nada malo le había ocurrido. Tranquila al constatar
que no se había esfumado la posibilidad de volver a su tiempo con el concurso
del hom-bretón, se relajó por completo.
—Mira, querida —le indicó la elfa—, alguien más viene a
interesarse por tu salud.
—Hijo Venerable —saludaron ambas a Quarath, la visitante con una
reverencia que ocultó a sus ojos el fugaz interrogante que se esbozó en el
rostro del clérigo y el asentimiento de la otra dama.
—Me produce un gran regocijo verte restablecida —dijo el
eclesiástico, acariciando la mano de Crysania y pronunciando su frase con tanta
deferencia que ella se ruborizó—. El Príncipe de los Sacerdotes ha orado toda
la noche para suplicar la gracia de los dioses, y le satisfará en extremo la
prueba que éstos han manifestado, a través de ti, de su fe y poderío. Esta
noche te lo presentaremos formalmente. Pero ahora —agregó, y al hacerlo
interrumpió la respuesta de la huésped— debo ausentarme a fin de no entreteneros
en vuestro sagrado propósito. Id a la sala de las plegarias, os lo ruego.
Se despidió con una sutil inclinación de cabeza y se alejó por
el corredor.
—¿No asiste a los servicios? —inquirió Crysania, sin dejar de
observarlo mientras se perdía en el esplendor de los rutilantes muros.
—No, querida, él acompaña al Príncipe en sus ceremonias
privadas, poco después del alba. Quarath es el primer consejero de nuestro
dignatario y, como tal, debe atender a asuntos de suma trascendencia a lo largo
del día. Podría afirmarse que, si nuestro gobernante es el corazón y el alma de
la iglesia, el Hijo Reverendo es su cerebro.
Durante todo su discurso Elsa no cesó de sonreír, divertida ante
la ingenuidad de la sacerdotisa a la que ahora guiaba.
—¡Qué extraño! —exclamó esta última, pensando en Elistan.
—¿Extraño? —repitió la elfa en ademán reprobatorio—. El Príncipe
de los Sacerdotes debe conferenciar con las divinidades, no puede exigírsele
que se ocupe también de las cuestiones mundanas, de las minucias que surgen a
cada instante.
—No, tienes razón —siseó Crysania turbada.
¡Qué provinciana y arcaica —aunque fuera una contradicción—
debían hallarla estas criaturas! Siguió a Elsa por los ventilados, regios
pasillos, y se dejó transportar por el armonioso repicar de las campanas que
festoneaba, en lontananza, un coro de voces infantiles. En un callado éxtasis,
la sacerdotisa rememoró los sencillos ritos que Elistan celebraba todas las
mañanas y las principales tareas cotidianas que él mismo realizaba.
El servicio de su superior se le antojó insignificante, su labor
un ultraje impuesto por los tiempos. Forzosamente había marchitado su salud
—caviló Crysania con una punzada de pesar—, de haber estado rodeado de
criaturas eficaces como las que aquí veía quizá no se habría acortado su vida.
«Esta situación tiene que cambiar», decidió, persuadida de que,
además de los que ya había adivinado, existía otro motivo para su presencia en
el pasado: había de restituir a la Iglesia a la gloria perdida. Temblando de
excitación, fraguando planes destinados a obrar la metamorfosis, rogó a Elsa
que le describiera el sistema interno por el que se regían las jerarquías de su
institución. La interpelada halló sumo placer en extenderse sobre la cuestión
mientras proseguían su marcha.
Centrado su interés en las explicaciones de su compañera, atenta
a cada una de sus palabras, Crysania olvidó por completo a Quarath quien, en
aquel momento, abría la puerta de su dormitorio y se introducía en él.
Un enano y un ogro
Quarath encontró la carta de Par-Salian en cuestión de segundos.
Advirtió enseguida, al acercarse al tocador, que el joyero de oro había sido
desplazado y, como tenía la llave maestra de todos los cerrojos y puertas del
Templo, abrió la adornada caja sin dificultad.
El mensaje mismo, sin embargo, no era fácil de descifrar. Tardó
sólo unos momentos en absorber su contenido y grabarlo en su mente, pues su
portentosa retentiva le permitía memorizar cuanto veía, pero tras pasar breve
revista al texto en su imaginación comprendió que no tenía sentido y que
debería pasar varias horas dándole vueltas, hasta que se hiciera la luz.
Abstraído en tales meditaciones, el clérigo dobló el papel de
arroz y lo restituyó al joyero que, a su vez, depositó en la posición exacta en
que lo había hallado. Cerró la tapa herméticamente, registró sin excesivo
interés los cajones de la estancia y salió de nuevo al pasillo.
Tan asombrosa y desconcertante era aquella carta que el
sacerdote decidió cancelar todas sus entrevistas de aquella mañana, delegando
las más urgentes en sus subordinados y aplazando las otras. Fue a su estudio,
se encerró en absoluta soledad y examinó cada frase, cada palabra de la
singular misiva.
Al fin logró componer el rompecabezas, no a entera satisfacción
pero sí, al menos, lo suficiente como para trazarse un plan. Había tres
conceptos claros. Primero, que la mujer rescatada pertenecía a una Orden
clerical, aunque relacionada con magos y eso la convertía en sospechosa. En
segundo lugar, que el Príncipe de los Sacerdotes corría peligro. No le
sorprendió. Los hechiceros tenían buenos motivos para odiarlo y temerlo. Y, por
último, que el individuo que habían arrestado en la calleja era un asesino. Puesto
que viajaba con Crysania, ésta podía ser su cómplice.
Quarath sonrió, felicitándose por haber tomado las medidas
adecuadas para responder a la amenaza. Se había ocupado de que el humano, que
al parecer se llamaba Caramon, prestara sus servicios en un lugar donde, de vez
en cuando, ocurrían accidentes fortuitos.
Crysania, por su parte, se albergaba entre los muros del Templo,
lo que posibilitaba su vigilancia y le daba, además, la oportunidad de
interrogarla con sutileza.
Suspiró aliviado. Había despejado las principales incógnitas,
así que procedió a ordenar su almuerzo con la tranquilidad de que, al menos de
momento, su máximo dignatario estaba a salvo de cualquier maquinación.
Quarath era una criatura insólita en muchos aspectos y, entre
otras, poseía la envidiable cualidad de conocer sus propias limitaciones a
pesar de su alto grado de ambición. Necesitaba al Príncipe porque no abrigaba
el menor deseo de usurpar su rango. Se conformaba con regocijarse bajo el aura
luminosa de su señor mientras, sin aspavientos, extendía su control y autoridad
sobre el mundo, siempre en nombre de la Iglesia.
Al expander su poderío aumentaba, asimismo, el de su raza.
Imbuidos de su superioridad sobre las criaturas que poblaban Krynn, persuadidos
de su innata bondad, los elfos eran una fuerza viva en los estamentos
eclesiásticos.
Había sido una decisión desafortunada de las divinidades, en
opinión de Quarath, crear razas más débiles, como por ejemplo los humanos, que
a lo largo de su enloquecida existencia constituían una presa fácil para las
tentaciones del Mal. Pero ellos, los elfos, estaban aprendiendo a paliar los
efectos nocivos de la perversidad, tras determinar que si no podían eliminarla
—aunque no cejaban en este empeño— habían de sumar esfuerzos para contener su
avance. Era la libertad la que alimentaba la propagación del Mal, ya que los
hombres abusaban demasiado a menudo de tal prerrogativa. Se había convertido en
algo imprescindible imponer unas normas, especificar sin ambigüedades ni
matices lo que podía o no hacerse, y restringir así el creciente libertinaje.
El clérigo creía que, de aplicarse sus métodos, los humanos saldrían perdiendo
pero acabarían por acostumbrarse.
En cuanto a las otras razas de Krynn, los gnomos, los enanos y
los kenders —volvió a suspirar—, Quarath había conseguido confinarlos, con la
Iglesia como estandarte, en territorios aislados donde no causaban problemas y,
a la larga, se extinguirían sin que nadie lo percibiera. De todos modos este
plan sólo surtía efecto entre los gnomos y los enanos que, por otra parte, no
deseaban mezclarse con las demás criaturas de su mundo. Los kenders, los más
conflictivos, no se doblegaban y continuaban errando a su antojo, complicando
la situación y disfrutando de la vida.
Todas estas cavilaciones cruzaron por la mente del clérigo
mientras engullía su almuerzo y comenzaba a perfilar sus próximos movimientos.
No se precipitaría en lo que atañía a Crysania, no era su estilo ni, en
realidad, el de los elfos en su conjunto. Observar y aguardar en toda
circunstancia, tal era su lema. Lo único que, por ahora, necesitaba era más
información. A tal efecto, hizo sonar la campanilla que reposaba en un velador
cercano y el joven acólito que llevara a Denubis a presencia del Príncipe de los
Sacerdotes acudió a su llamada, tan presto y silencioso que se diría que, en
lugar de abrir la puerta, había entrado por su rendija inferior.
—¿Qué deseas ordenarme, Hijo Venerable?
—Te daré dos sencillos encargos, que cumplirás de inmediato
—anunció Quarath sin alzar la vista, ya que estaba escribiendo una nota—.
Entrega esto a Fistandantilus, hace tiempo que no lo invito a cenar y tenemos
que discutir ciertas cuestiones.
—Fistandantilus no está aquí, señor —respondió el acólito—.
Cuando me has requerido me disponía a comunicártelo.
—¿Que no está?
—No, Hijo Venerable. Partió anoche, o eso suponemos. Desde
entonces nadie lo ha visto, y esta mañana hemos hallado su aposento vacío.
Tanto él como sus pertenencias han desaparecido. Se cree, por algunos
comentarios que hizo, que se desplazó a la Torre de la Alta Hechicería de
Wayreth, donde según los rumores los hechiceros celebran un cónclave.
—Un cónclave —repitió el eclesiástico frunciendo el ceño.
Permaneció callado unos segundos, sin emitir más sonido que el que provocaba la
punta de su pluma al repiquetear sobre el papel.
Wayreth estaba lejos, aunque quizá no lo suficiente... Evocó una
extraña palabra que aparecía en la carta de Crysania: Cataclismo. ¿Acaso los
magos se habían confabulado para desencadenar una catástrofe devastadora? Se le
heló la sangre en las venas con sólo pensarlo y, despacio, destruyó la nota.
—¿Se han rastreado sus pasos?
—Por supuesto, mi señor, dentro de lo posible dado su esquivo
talante. Durante meses no abandonó el Templo y, de súbito, ayer se personó en
el mercado de esclavos.
—¿Cómo? —se asombró Quarath. Un escalofrío recorrió su cuerpo—.
¿Qué hizo allí?
—Compró dos esclavos, Hijo Venerable.
El clérigo nada dijo, se limitó a consultar con los ojos a su
oponente.
—No los adquirió personalmente —explicó éste—, encomendó tal
tarea a uno de sus subordinados.
—¿Quiénes eran los esclavos? —inquirió Quarath, si bien conocía
la respuesta.
—El humano y el kender a los que se acusó de asaltar a la
sacerdotisa.
—Di instrucciones concretas de que fueran vendidos al enano o
enviados a las minas.
—Arack hizo cuanto pudo para obedecerte, señor, y lo cierto es
que el enano pujó por ellos. Pero los agentes del Ente Oscuro ofrecieron una
suma insuperable y hubo que adjudicárselos, de lo contrario habría surgido el
escándalo. Además, el esbirro de Fistandantilus los mandó directamente a la
Escuela, como tú deseabas.
—Comprendo —murmuró Quarath.
Todo encajaba, el enigmático hechicero incluso había tenido la
temeridad de comprar al asesino sin disimulos. Luego se desvaneció, acaso para
informar del éxito de su misión. Pero no, algo iba mal en el entramado. ¿Por
qué iban a rebajarse los magos a utilizar criminales? Fistandantilus, de
habérselo propuesto, podría haber matado al Príncipe de los Sacerdotes en
incontables ocasiones. Pobre Quarath, se sentía como si hubiera abandonado una
senda limpia e iluminada para internarse en un bosque lóbrego y traicionero.
Tanto rato se mantuvo en silencio el eclesiástico que el joven
acólito carraspeó tres veces consecutivas, recordándole así discretamente su
presencia, antes de que volviera a reparar en él.
—¿Deseabas confiarme otra tarea, señor? —preguntó al ver que
levantaba los ojos.
—En efecto —asintió éste—, y la noticia que me has dado le
confiere una especial importancia. Quiero que te encargues tú mismo de
comunicar al enano que lo espero. He de hablar con él sin tardanza.
El joven hizo una respetuosa reverencia, y se fue. No era
preciso puntualizar a qué enano se refería Quarath, sólo había uno en Istar.
Nadie sabía a ciencia cierta quién era Arack Rockbreaker, ni de
dónde procedía. Nunca aludía a su pasado y, por regla general, se enfurecía
tanto cuando se hacía algún comentario al respecto que al instante se cambiaba
de tema. Circulaban ciertas especulaciones interesantes sobre el particular,
siendo la más extendida que había sido desterrado de Thorbardin, antigua
capital de los Enanos de las Montañas, en castigo a un abominable delito.
Ningún habitante de Istar se aventuró a insinuar en qué consistió su crimen, ni
tuvo en cuenta un hecho que habría dado al traste con tales conjeturas: los
enanos no imponían nunca la pena del exilio, por considerar más humanitario el
ajusticiamiento.
Otros rumores persistían en identificarle como un dewar, una
raza de enanos malvados que casi fueron exterminados por sus primos y, ahora,
llevaban una vida miserable en las entrañas de la tierra. Aunque Arack en nada
se asemejaba a los dewar, ni en su físico ni en su conducta, esta creencia se
popularizó debido a que su compañero favorito, el único a decir verdad, era un
ogro. Y también había quienes afirmaban que el enano no era oriundo de Ansalon,
sino de un continente ignoto situado al otro lado del mar.
En un punto había consenso: su rostro era el más abyecto que
nunca se vio en un miembro de su raza, con dos aserradas cicatrices que lo
surcaban en vertical y lo contraían en una perpetua mueca. No había un gramo de
grasa en su cuerpo y, al moverse, adoptaba una actitud felina que se
contradecía cuando, al interrumpir su marcha, se plantaba en el suelo con tal
firmeza que parecía formar parte de ella.
Cualquiera que fuese su patria, Arack llevaba tantos años
establecido en la ciudad que apenas se suscitaba el enigma de su origen. Él y
su ogro, un monstruo llamado Raag, acudieron a Istar para participar en los
Juegos en una época en que, todavía, conservaban su realismo primitivo. Se
convirtieron de inmediato en los preferidos del público y eran numerosos los
habitantes que recordaban cómo entre ambos derrotaron a Darmoork, el poderoso
minotauro, en tres asaltos. Todo comenzó cuando Darmoork arrojó al enano fuera
de la arena y Raag, en un acceso de ira, alzó en volandas al contrincante e,
ignorando las terribles heridas de puñal que hendían su carne, le ensartó en la
afilada cúspide del Obelisco de la Libertad que se erguía en el centro de la
plaza.
Aunque ni el enano —quien sobrevivió merced al hecho de que
había un clérigo en la calle cuando, en su trayectoria, sobrevoló el muro del
recinto y aterrizó a sus pies— ni el ogro obtuvieron la libertad aquel día, a
nadie le cupo la menor duda de quién había vencido en la liza. En realidad
transcurrieron semanas antes de que nadie alcanzara la llave dorada del
Obelisco, tanto se tardó en retirar los restos del minotauro.
Ahora, Arack relataba los macabros pormenores de la disputa a
sus dos nuevos esclavos.
—Fue así como se desfiguró mi faz —dijo a Caramon mientras
conducía a éste y al kender por las calles de Istar—, y también como Raag y yo
nos hicimos célebres en los Juegos.
—¿Qué juegos? —preguntó Tas, tropezando con las cadenas y
cayendo de bruces, para deleite de la muchedumbre que atestaba el mercado.
—Quítale esos grilletes —ordenó el enano al ogro de piel
macilenta, que hacía las veces de guardián—. No creo que emprenda la huida y
abandone a su amigo a su suerte. —Estudió a Tas concienzudamente, y declaró—:
No, no lo harás, sé que tuviste una oportunidad de escapar y no la
aprovechaste. ¡Ni se te ocurra traicionarnos! —lo amenazó, a la vez que
señalaba a su gigantesco compañero—. Nunca antes había comprado a un kender
pero no me han concedido otra alternativa, según ellos los dos formáis un lote.
Sea como fuere ten presente que, para mí, no vales nada —lo desafió de nuevo—.
Por cierto, ¿qué querías saber?
—¿Cómo vais a desprender mis ataduras? Necesitáis la llave
—apuntó Tasslehoff más interesado por este particular que por los dichosos
juegos. No recibió contestación, pero contempló admirado cómo el ogro asía los
grilletes en sus manos y, de una brusca sacudida, los partía en dos.
—¿Has visto eso, Caramon? ¡Qué ogro tan forzudo! —exclamó
mientras el monstruo lo incorporaba y le daba un violento empellón, que a punto
estuvo de derribarlo sobre el polvo—. Hasta hoy no he conocido a ninguno de tu
especie. Pero, ¿de qué hablábamos? ¡Ah, sí, de esos juegos misteriosos!
—De misteriosos nada —lo espetó Arack exasperado.
Tas desvió la mirada hacia Caramon con ademán inquisitivo, mas
el guerrero se encogió de hombros y meneó, taciturno, la cabeza. Resultaba
evidente que en Istar todo el mundo los conocía, y era preferible no despertar
sospechas haciendo demasiadas preguntas, así que el kender optó por rebuscar en
su mente. Se zambulló en los recovecos de su memoria para desenterrar todas
cuantas historias había oído sobre la época anterior al Cataclismo hasta que,
de pronto, halló la respuesta.
—¡Los Juegos! —vociferó, ajeno a la curiosidad con que lo
escuchaba el enano—. ¿No recuerdas, Caramon, los grandes Juegos de Istar?
El semblante de su amigo se ensombreció.
—¿Es allí donde nos lleváis? —indagó el hombrecillo, prendidos
sus desorbitados ojos de Arack. Como éste se encerrara en su mutismo, se
dirigió de nuevo al guerrero—. Seremos gladiadores y lucharemos en la arena,
aclamados por el gentío. ¡Oh, Caramon, qué emocionante! Me han contado
tantos...
—Y a mí también —lo interrumpió su fornido compañero—, por eso
afirmo que nunca me obligaréis a tomar parte. —Se dirigía al enano—. Admito que
he matado a otras criaturas, pero sólo cuando debía decidir entre su vida o la
mía. Nunca gocé aniquilando a un semejante, los rostros de mis víctimas se me
aparecen en mis peores pesadillas mucho tiempo después de la batalla. ¡No
asesinaré por deporte!
Pronunció su parrafada con tanta vehemencia que Raag alzó
ligeramente su maza y, teñida su tez de una súbita ansiedad, espió a su patrón
sin proferir una palabra. Arack le lanzó una mirada furibunda y le indicó, con
una negación de cabeza, que no debía agredir al reo.
Tas, mientras tanto, estudió a Caramon con nuevo respeto.
—Nunca se me ocurrió enfocarlo de esta manera —reconoció—, creo
que tienes razón. —Desvió la faz hacia el enano y se disculpó—: Lo lamento,
Arack, no podrás contar con nosotros.
—No tardaréis en cambiar de actitud. ¿Sabes por qué? —espetó el
aludido al hombrecillo—. Porque es el único modo de arrancar esa argolla de
vuestros cuellos, ni más ni menos.
—No mataré por gusto —se empecinó Caramon.
—Pero, ¿dónde vivís, en el fondo del mar de Sirrion? —lo atajó
Arack—. ¿O acaso en Solace donde todos son tan torpes e ignorantes? Ya no se
pelea en la arena para acabar con el adversario. Aquellos días pasaron a la
Historia, ahora los Juegos son una falacia —sentenció, suspirando y frotándose
los ojos.
—No te comprendo —repuso Tas atónito. Caramon observó al enano
sin despegar los labios, con una expresión que denotaba incredulidad.
—Desde hace diez años no se libran en la arena auténticas lizas
—aclaró el siniestro personaje con una mueca que, sumada a las cicatrices,
distorsionó su semblante—. Todo comenzó por culpa de los elfos, cuando unos
clérigos de esta raza convencieron al Príncipe de los Sacerdotes de que la
mayor diversión del pueblo era un acto de barbarie. ¡El Abismo los confunda!
Barbarie —repitió, y escupió en el suelo de un pésimo humor que, no obstante,
se transformó en nostalgia al proseguir.
»Los grandes gladiadores abandonaron la ciudad —agregó, prendido
su recuerdo de aquella época triunfal—. Danark, el Goblin, el luchador más
salvaje que cabe imaginar. Y también Jon, el Tuerto, supongo que no lo habrás
olvidado ¿eh, Raag? —El ogro negó con la testa, al parecer entristecido—.
Afirmaba que pertenecía a los Caballeros de Solamnia, por eso vestía siempre
una armadura completa. Todos se fueron, salvo Raag y yo. —Un destello iluminó
sus pupilas, contrarrestando su frialdad—. No teníamos una patria donde
regresar y, además, una voz interior me advertía de que los Juegos no habían
terminado. Todavía no.
En efecto, Arack y su ogro se quedaron en Istar y establecieron
su morada en el vacío teatro para convertirse, por así decirlo, en sus
guardianes oficiosos. Los viandantes los veían allí a diario, Raag deambulando
por las gradas, barriendo los pasillos con un tosco escobón o simplemente
sentado, contemplando ensimismado la plaza desierta donde trabajaba Arack que,
más laborioso, cuidaba los mecanismos de los Pozos de la Muerte y se afanaba en
lubricarlos y en mantenerlos en funcionamiento. Quienes lo observaban
descubrían una extraña sonrisa en su barbudo rostro, bajo la torcida nariz.
El enano acertó en sus predicciones. Hacía escasos meses que los
Juegos habían sido abolidos cuando los clérigos se percataron de que su otrora
pacífica ciudad había dejado de serlo. Con alarmante frecuencia estallaban
trifulcas en las tabernas, se sucedían las escaramuzas callejeras y, en una
ocasión, incluso se levantó una revuelta general. Corrió el rumor de que los
Juegos se desarrollaban, literalmente, bajo tierra, que se organizaban combates
clandestinos en las grutas de los arrabales, y tal habladuría se vio confirmada
al aparecer una serie de cadáveres mutilados en oscuros rincones. Al fin,
desesperados, un grupo de elfos y humanos insignes enviaron una delegación al
Príncipe de los Sacerdotes para solicitar la reapertura de los lúdicos
entretenimientos.
—Igual que un volcán debe entrar en erupción a fin de expeler
sus emponzoñados vapores —declaró un mandatario elfo—, los hombres utilizan los
Juegos como una vía de escape para sus bajas pasiones.
Aunque tal discurso no elevó precisamente al procer en las miras
de sus colegas humanos, éstos tuvieron que admitir que el símil estaba
justificado. Al principio, el Príncipe rehusó escucharlo, ya que siempre
aborreció la brutalidad de los combates. La vida era un don sagrado de los
dioses, no algo que podía arriesgarse a capricho con la finalidad de complacer
a una muchedumbre sedienta de sangre.
—Fui yo quien les sugerí la solución —anunció Arack orgulloso—.
No estaban dispuestos a recibirme en su ostentoso Templo, pero nadie es capaz
de detener a Raag una vez ha resuelto entrar en un sitio. Así pues, no tuvieron
otra alternativa.
»Les aconsejé que reanudaran los Juegos y, de momento, me
miraron recelosos. No hay que matar a nadie —los tranquilicé—, no de verdad.
Por favor, prestadme atención. Sin duda habéis visto a algún actor representar
a Huma en los teatros ambulantes, habéis asistido a la escena en que el
Caballero cae al suelo sangrando y gimiendo, agitado por tremendas
convulsiones. No obstante, cinco minutos más tarde ese mismo personaje acude a
la taberna de la esquina para atiborrarse de cerveza. Pues bien, en mi juventud
trabajé en el mundo de la farándula y... mas será mejor que os haga una
demostración. Ven aquí, Raag.'
»El ogro se acercó, con una sonrisa burlona en su horrenda faz.
»Le ordené que me diera su espada y, antes de que la asamblea
acertara a pestañear, hundí el arma en su vientre. ¡Ojalá hubierais estado, lo
que ocurrió fue indescriptible! La sangre salía a borbotones de su boca, caía
profusa por mis brazos y, en una santiamén, Raag se desplomó a mis pies entre
alaridos agónicos.
»No podéis imaginar cómo gritaron los augustos señores —rememoró
el enano jubiloso, con un balanceo de cabeza—. Hasta pensé que los elfos se
desmayarían y tendríamos que recogerlos del suelo. Sin darles tiempo a llamar a
la guardia para que me arrojaran a la calle, propiné un puntapié a Raag y le
indiqué que se levantara.
»Mi compañero se incorporó, dedicando a la audiencia su mejor
sonrisa, y todos los presentes empezaron a hablar al unísono.
Hizo una pausa en su relato, respiró hondo e imitó las agudas
voces que caracterizaban a los miembros de la raza elfa.
—«¡Extraordinario! ¿Cómo lo hacéis? Ésta podría ser la respuesta
que buscamos.»
—¿Cómo lo hicisteis? —inquirió Tas entusiasmado.
—Ya aprenderás —contestó el narrador—. Es sencillo, sólo se
precisan una abundante cantidad de sangre de gallina y una espada cuya hoja se
adentre en la empuñadura. Así mismo se lo expliqué a ellos, y agregué que si un
estúpido como Raag podía representar la farsa, mejor lo harían los expertos
gladiadores.
Al oír el insulto proferido por el enano, Tasslehoff escudriñó,
temeroso, al ogro, pero éste no dio muestras de haberse ofendido. Al contrario,
miraba a Arack con gesto aprobatorio. Ajeno a estas transacciones, el deforme
hombrecillo continuó.
—Les argumenté que, a menudo, los luchadores exageraban su dolor
en los enfrentamientos a fin de ofrecer un buen espectáculo, de modo que sabían
fingir. El Príncipe de los Sacerdotes aceptó mi idea con agrado, y —enderezó la
espalda henchido de orgullo— me concedió un cargo importante. Hoy, tengo el
título de maestro de ceremonias de los Juegos.
—No lo entiendo —protestó Caramon—. ¿Pretendes insinuar que el
público paga para ser engañado? Porque a estas alturas ya habrán adivinado
que...
—Por supuesto —lo interrumpió Arack—. Nunca lo guardamos en
secreto. Ahora las confrontaciones se han convertido en la manifestación más
popular de Krynn, y hay quien recorre centenares de millas para no perdérsela.
Los elfos acuden en tropel, y el Príncipe de los Sacerdotes también nos honra,
cuando puede, con su presencia. Ya hemos llegado —concluyó, deteniéndose frente
a un enorme circo y observándolo satisfecho.
Era de piedra y rezumaba antigüedad, si bien nadie sabía con qué
propósito fue construido originariamente. En los días de los Juegos las
banderolas ondeaban, en una panoplia multicolor, sobre los portaestandartes de
las robustas torres, y el gentío atestaba gradas y accesos. Mas hoy no había
espectáculo, ni se convocaría hasta finales de verano. La mole se erguía
solitaria y gris salvo por los abigarrados murales donde se reproducían los
acontecimientos más significativos de la historia del deporte. Unos niños
merodeaban en el exterior, con la esperanza de vislumbrar al otro lado a sus
héroes. Tras lanzarles severos improperios para ahuyentarlos, Arack ordenó a
Raag que abriera la maciza puerta de madera.
—Así que nadie muere —persistió Caramon, mientras estudiaba la
arena y las dantescas escenas de las pinturas.
Tas advirtió que el enano miraba al guerrero de un modo extraño.
Su expresión se había tornado cruel y calculadora, sus enmarañadas cejas se
enarcaban, crespas, sobre sus ojillos redondos. El fornido humano no se dio
cuenta, concentrado en inspeccionar los murales.
El kender emitió un leve sonido y Caramon, saliendo de su
ensimismamiento, clavó sus ojos en el enano. Pero éste había mudado de nuevo su
semblante.
—Nadie, te lo aseguro —contestó al hombretón, dándole unas
palmadas en el brazo.
De guerrero a gladiador
El ogro condujo a Caramon y Tas a una espaciosa sala. Aunque
cabizbajo, el guerrero tuvo la impresión de que estaba atiborrada.
—Traigo a un nuevo aprendiz —rezongó Raag señalando con su sucio
índice al hombretón, que se había detenido a poca distancia. Ésta fue la
presentación de Caramon a sus «compañeros de escuela».
Con un intenso rubor en las mejillas, consciente de la argolla
que se ceñía a su cuello y delataba su esclavitud, Caramon hundió su mirada en
los listones del suelo, cubiertos de paja. Sin embargo, pese a su vergüenza y a
su cólera, alzó los ojos al oír el murmullo que respondía a la breve frase del
ogro. Descubrió entonces la mescolanza que reinaba en la estancia, la treintena
de individuos de distintas razas y nacionalidades que, agrupados en mesas,
ingerían su cena.
Algunos lo observaban con sumo interés, otros ni se dignaron
volver la cabeza en su dirección. Unos pocos lo saludaron, la mayoría siguieron
comiendo, y ante tal desconcierto el guerrero no sabía qué hacer. Fue Raag
quien solventó el problema: tras apoyar la mano en su hombro, lo empujó
brutalmente hacia una mesa. Caramon tropezó en el impulso y casi cayó de
bruces, si bien logró agarrarse antes de estrellarse contra la tabla. Se giró
de forma brusca para encararse con Raag, que se hallaba plantado en el mismo
lugar y se frotaba las manos en anticipación de una buena trifulca.
«Intenta provocarme», comprendió al instante el hombretón, tras
haber visto múltiples veces la misma actitud en los locales públicos que
frecuentaba donde, a menudo, había alguien resuelto a inducirle a la lucha. Era
éste un combate, a diferencia de tantos otros, del que nunca saldría victorioso
pues, aunque él medía poco menos de dos metros, a duras penas llegaba al hombro
de su supuesto contrincante. Además la manaza de Raag podía dar dos vueltas a
su ancha garganta, así que optó por tragar saliva, acariciarse la magullada
pierna y sentarse en el largo banco al que había ido a parar.
Después de dedicar una mueca sarcástica al humano el macilento
ogro inspeccionó a los presentes quienes, entre susurros de desencanto,
centraron de nuevo su atención en los platos. Resonaron unas carcajadas en una
mesa situada en la esquina, donde se hallaban agrupados unos minotauros, y Raag
intercambió con ellos una mirada de complicidad antes de abandonar el
destartalado comedor.
Tanta era la turbación de Caramon, que se encogió en su banco
como si quisiera que se lo tragase la tierra. Había alguien sentado frente a
él, pero el corpulento guerrero no soportó la idea de enfrentarse a su burla y
prefirió ignorarlo. Tasslehoff, sin embargo, no era presa de tales
inhibiciones. Encaramándose al largo asiento junto a su amigo, estudió al
desconocido sin el menor rubor.
—Me llamo Tasslehoff Burrfoot —lo saludó, al mismo tiempo que le
tendía su pequeña mano—. También soy nuevo aquí.
El kender estaba ofendido porque nadie lo había presentado y aún
aumentó más su disgusto cuando su vecino, un humano de tez negra que también
exhibía la argolla del servilismo, le dirigió una mirada desdeñosa y decidió
dialogar con Caramon.
—¿Sois socios? —le preguntó.
—Sí —contestó el interpelado, agradeciéndole en su fuero interno
que no se hubiera referido al incidente con Raag.
De pronto, penetraron en sus vías olfativas los aromas de los
manjares, y los olisqueó hambriento. Se le hizo la boca agua al inspeccionar el
plato del hombre negro, provisto de una amplia ración de carne de venado,
patatas y gruesas rebanadas de pan.
—Parece que, al menos, nos alimentarán bien —comentó con un
suspiro.
Advirtió el guerrero que su vecino espiaba su abultado vientre
y, en actitud socarrona consultaba con los ojos a una mujer alta, de
espectacular belleza, que tomó asiento a su lado y depositó en la mesa una
fuente rebosante de exquisiteces. Caramon, deslumbrado, hizo un torpe esfuerzo
para levantarse.
—Señora, soy vuestro humilde servidor— dijo, a la vez que se
inclinaba en una reverencia.
—¡Siéntate, asno! —lo espetó la dama enfurecida—. ¡No nos pongas
en ridículo a ambos! —Su curtida tez se oscureció.
Había acertado, algunos de los comensales rieron entre dientes.
La mujer los fulminó con los ojos, apoyando su desafío mediante un rápido gesto
por el que aferró una daga ceñida a su cinto. No era necesaria tal violencia,
el verde fulgor de sus ojos bastó para que terminara la chanza y todos se
ocuparan de vaciar sus platos en silencio. La retadora fémina aguardó hasta
asegurarse de que los había amedrentado, y también ella empezó a engullir su
ágape en rápidos bocados, que apenas tenía tiempo de ensartar en su tenedor.
—Lo siento —balbuceó Caramon—. No era mi intención incomodarte.
—Olvídalo —contestó ella con voz gutural. Su acento era extraño,
el guerrero no lograba identificarlo. En cuanto a su apariencia, era la de una
humana salvo en el color entre plomizo y verdoso de su cabello que, junto a su
peculiar manera de hablar (más aún que la de los otros presentes),
imposibilitaba su clasificación dentro de una raza definida. Mientras él
examinaba aquella melena lacia, densa, que llevaba recogida en una larga
trenza, la mujer prosiguió—: Sé que acabas de llegar, por eso no conoces las
normas. No debes tratarme de un modo especial, soy igual que los demás tanto
dentro como fuera de la arena. ¿Has comprendido?
—¿La arena? —repitió Caramon boquiabierto—. ¿Eres acaso
gladiadora?
—Una de las mejores —intervino el hombre de tez negra con una
sonrisa—. Pero hagamos las presentaciones de rigor: yo soy Pheragas, de Ergoth
del Norte, y ella es Kiiri, la Nereida.
—¡Una nereida! —exclamó Tas, olvidado su agravio—. ¿De verdad
eres una de esas criaturas del fondo del mar que se transforman a voluntad?
La mujer lanzó al kender una mirada tan fulminante, que éste
optó por enmudecer. Una vez silenciado el hombrecillo, la singular hembra
desvió de nuevo su atención hacia Caramon.
—¿Lo encuentras divertido, esclavo? —preguntó, fijos sus ojos en
la argolla de su oponente.
El guerrero tanteó con las manos el humillante aro, y se
ruborizó. Kiiri emitió una cruel carcajada, pero Pheragas fue más caritativo.
—Con el tiempo te acostumbrarás —declaró, encogiéndose de
hombros.
—¡Nunca! —se enfureció el guerrero, y cerró el puño como si a
través de este gesto quisiera subrayar su indignación.
—Tendrás que hacerlo, o de lo contrario tu disgusto te llevará a
la muerte —comentó la mujer. Tan hermosa era, tan altivo su porte, que su
argolla de hierro más se asemejaba a un collar de plata. O, al menos, así se le
antojó a Caramon. Quiso responder, pero lo interrumpió un humano que, ataviado
con un grasiento mandil blanco, depositó en aquel mismo instante un plato de
comida delante de Tasslehoff.
—Gracias —respondió cortésmente el kender.
—No os habituéis a que os sirvan —aconsejó el hombre, que no era
sino el cocinero—. A partir de hoy conseguiréis vuestras propias provisiones,
como todo el mundo. Toma —añadió a la vez que arrojaba sobre la mesa un disco
de madera—, ésta es tu credencial. Si no la presentas no se te dará alimento.
Aquí tienes la tuya —dijo a Caramon, entregándole otra pieza idéntica.
—¿Dónde está mi cena? —inquirió el guerrero mientras guardaba el
disco en su bolsillo.
Tras dejar, sin la menor delicadeza, un cuenco frente al hombre
ton el cocinero dio media vuelta, resuelto a alejarse.
—¿Qué es esto? —gruñó Caramon, escudriñando el interior del
recipiente.
—Caldo de pollo —colaboró el kender.
—He reconocido el manjar sin tu ayuda —lo imprecó el fornido
humano con voz cavernosa—. No me refería a eso, sino a la situación. Si se
trata de una broma me parece de muy mal gusto —vociferó sin cesar de observar a
Pheragas y Kiiri, que lo contemplaban divertidos. Giró el guerrero su pesado
cuerpo y agarró al cocinero en el instante en que echaba a andar, obligándolo a
retroceder—. ¡Retira esta agua turbia y dame comida decente!
Con asombrosa destreza, el hombre del mandil se liberó de la
zarpa de Caramon, inmovilizó su brazo detrás de la espalda y estrelló su rostro
contra el cuenco de sopa.
—Pruébala y te gustará —lo espetó, antes de asir al rebelde por
el cabello para levantar su goteante rostro—. En lo que a alimento atañe, no
verás otro durante un mes.
Tasslehoff se apresuró a examinar la sala y advirtió que todos
los presentes habían abandonado el ágape persuadidos de que, esta vez, habría
pelea.
La faz de Caramon, que chorreaba sopa, había asumido una palidez
letal. Sólo sus pómulos ardían en iracundas manchas rojizas, secundadas por los
peligrosos centelleos de sus ojos.
El cocinero le miraba desafiante, cerrados los puños. Tasslehoff
esperaba ver, de un momento a otro, la carcasa de aquel fanfarrón despatarrada
en el suelo, un presentimiento que reforzaba la postura de Caramon. El guerrero
apretó sus dedos en idéntica postura a la de su rival, tanto que los nudillos
se tornaron blancos, y levantó su manaza para, despacio... secarse el empapado
semblante.
Con una sonrisa desdeñosa, el cocinero dejó al grupo y reanudó
sus quehaceres.
Tas suspiró. Aquél no era su viejo compañero, recapacitó
entristecido, el Caramon que matara a dos draconianos entrechocando sus cráneos
con las palmas desnudas, el mismo que en una ocasión redujera a unos bribones a
distintos estados de postración, todos ellos deplorables, cuando cometieron el
error de intentar robarle. Espió a su orondo amigo por el rabillo del ojo y,
tras reprimir las insultantes frases que afloraban a sus labios, se concentró
en ingerir su cena preso de una honda consternación.
El guerrero sorbió su sopa a lentas cucharadas, engulléndola sin
saborearla ni hallar el menor placer. Vio Tas que la mujer y el negro
intercambiaban callados mensajes y, por un instante, temió que se burlasen de
su amigo. Y, a decir verdad, Kiiri empezó a farfullar unas palabras pero, al
alzar la vista hacia el centro de la estancia, cerró la boca de manera abrupta
y siguió comiendo con la mayor discreción posible. El causante de su cambio era
Raag, que había entrado en el recinto seguido por dos musculosos humanos.
El trío recorrió el comedor, se detuvo detrás de Caramon y el
ogro, dando un paso al frente, zarandeó al corpulento guerrero.
—¿Qué ocurre? —preguntó éste, en un tono apagado que el kender
no reconoció.
—Ven —ordenó Raag.
—Estoy cenando—protestó el hombretón, pero los dos esbirros lo
asieron por los brazos y lo arrastraron fuera del banco antes de que pudiera
concluir su frase.
Entonces sí, entonces Tasslehoff atisbó un brote de su antiguo
talante. Teñida su faz de unas manchas purpúreas, Caramon trató de golpear a
uno si bien, debido a su torpeza de movimientos y al desequilibrio en que quedó
al soltarse, el agredido esquivó su acometida. Sin darle opción a un segundo
ataque, el otro humano propinó un salvaje puntapié al esclavo y éste se
desplomó, entre gemidos, sobre sus rodillas. Lo izaron de una violenta sacudida
y el herido, con la cabeza ladeada, permitió que lo llevasen.
—¡Aguardad! ¿Adonde lo conducís? —se interfirió Tas en una
reacción instintiva, que atajó una firme mano en su hombro. Era Kiiri quien así
lo advertía, y el kender se encogió en su asiento.
—¿Qué van a hacerle? —indagó.
—Termina tu plato —le ordenó la mujer.
—No tengo apetito —replicó él, deprimido, apartando el tenedor
mientras evocaba la cruel y funesta mirada que el enano clavara en su compañero
frente a la arena.
El esclavo negro sonrió al kender, compadecido de su pena.
—Sigueme —lo invitó, a la vez que se levantaba y le tendía la
mano con cordialidad—, te mostraré tu alcoba. El primer día todos pasamos por
lo mismo, con el tiempo tu amigo llegará a sentirse bien.
—Con el tiempo —coreó la nereida.
Tas se hallaba solo en la cámara que, en principio, debía
compartir con Caramon. No era precisamente acogedora: situada debajo de la
arena, se parecía más a un calabozo que a una alcoba. Pero Kiiri le explicó que
todos los gladiadores se alojaban en estancias como aquélla.
—Están limpias y caldeadas —afirmó—. No son muchos los
habitantes de nuestro mundo que pueden decir lo mismo de los reductos donde
duermen. Además, si nos rodeáramos de lujos acabaríamos por ablandarnos.
«No es probable que eso suceda», pensó el kender al examinar los
desnudos muros de piedra, el suelo cubierto de paja, la mesa provista de una
jarra y una jofaina y, por último, los dos pequeños baúles destinados a
contener sus pertenencias. Una única ventana, o claraboya, que se abría en el
techo y por lo tanto a nivel de la tierra, permitía la entrada de un estrecho
haz de luz. Acostado en el duro jergón, Tas contempló el avance de los últimos
rayos solares —la cena era temprana en la supuesta escuela— y reflexionó que,
aunque podía ir a explorar, no lograría sacar partido de sus actos hasta
averiguar qué le habían hecho al guerrero.
La línea que trazaba el sol en el suelo adquirió progresiva
longitud al unirse a ella una rendija luminosa, procedente de la puerta. Cuando
se abrió la hoja Tas dio un ansioso brinco, mas fue un esclavo desconocido
quien se adentró en la estancia. Arrojó un hatillo en un rincón, y desapareció
de nuevo sin que entre ambos mediara una palabra. El kender inspeccionó el
fardo y le dio un vuelco el corazón, pues constató al instante que eran los
enseres de Caramon. Todo cuanto portaba se hallaba en aquel paquete, incluida
su ropa, y el hombrecillo se apresuró a estudiarla en busca de manchas de
sangre. No descubrió nada de particular, parecía estar en orden.
De pronto, palpó un objeto en un bolsillo interior, secreto. Lo
extrajo sin dilación, y contuvo el resuello al toparse con el ingenio mágico de
Par-Salian. «No entiendo cómo ha pasado desapercibido a los guardianes», se
dijo asombrado, al mismo tiempo que admiraba las enjoyadas incrustaciones de su
superficie. ¡Claro, fue creado a través de un hechizo! Ahora tenía el aspecto
de una fruslería, pero él presenció cómo se transformaba a partir de un cetro y
era lógico que, de ser tal la voluntad de su forjador, no se evidenciara ante
ojos indiscretos.
Tanteándolo, acariciándolo, contemplando el reflejo del ya tenue
sol sobre sus radiantes alhajas, Tasslehoff no pudo reprimir un suspiro. Era
éste el tesoro más exquisito, más espléndido que había visto en su vida,
anhelaba su posesión. Sin pensarlo dos veces se levantó y fue en pos de sus
saquillos, mas una voz interior lo obligó a detenerse.
«Tasslehoff Burrfoot —lo invocó aquella criatura intangible cuyo
timbre se asemejaba inquietamente al de Flint—, te estás entrometiendo en un
asunto de extrema gravedad. El artilugio del que pretendes apropiarte garantiza
el regreso a tu tiempo, y no olvides que fue Par-Salian, el insigne mago, quien
se lo entregó a Caramon en el transcurso de una solemne ceremonia. Pertenece a
tu amigo, no tienes ningún derecho sobre él.»
El kender se estremeció. Nunca antes le había asaltado de este
modo la conciencia, o un espíritu, o quienquiera que le hubiese hablado. Miró
dubitativo el enigmático objeto e, intuyendo que la súbita revelación provenía
de su influjo, deseoso de descartar tan turbadoras cábalas de su mente, corrió
hasta el baúl de su compañero y lo encerró en sus sombras. En un alarde de
precaución, cerró el cofre herméticamente y guardó la llave en la ropa de
Caramon antes de volver a su camastro, sintiendo un hondo pesar.
Cuando el postrer resplandor solar desaparecía de la estancia,
sumiéndola en penumbras, el ansioso hombrecillo oyó un ruido en el exterior y
alguien abrió la puerta de un puntapié.
—¡Caramon! —gritó Tas horrorizado, a la vez que se incorporaba.
Los dos hercúleos humanos arrastraron al guerrero hasta el
dintel y, sin miramientos, lo echaron sobre el jergón vacío. Se fueron de
inmediato, entre risitas jocosas que contrastaban con el quedo gemido que se
elevó en el duro lecho.
—Caramon —repitió el kender, ahora en un susurro. Asió raudo la
jarra de agua, escanció una parte de su contenido en la jofaina y llevó ésta
junto al lugar donde yacía su amigo—. ¿Qué te han hecho? —preguntó mientras
humedecía los labios del maltrecho hombreton.
El yaciente masculló unos lamentos ininteligibles y meneó la
cabeza. Al advertir el desolado estado del guerrero, Tasslehoff se apresuró a
estudiar su cuerpo. No encontró magulladuras visibles, ni sangre, ni
inflamaciones, ni tampoco marcas purpúreas o las llagas alargadas que suelen
producir los latigazos y, sin embargo, resultaba evidente que lo habían
torturado. Se hallaba en plena agonía, bañado en sudor y con los ojos
desorbitados. De vez en cuando, sus músculos se contraían en espasmos y
profería quejas desgarradoras.
—¿A qué clase de suplicio te han sometido? —inquirió el
hombrecillo tragando saliva—. ¿Al potro, a la rueda quizá? ¿Te han aplicado las
empulgueras?
Ninguno de estos instrumentos dejaba huella, al menos así lo
creía el kender.
—Cali... —balbuceó Caramon.
—¿Cómo? —Tas se volcó sobre él para oírle mejor, pero el
desgraciado sólo acertó a repetir las mismas sílabas.
—Cali ¿qué? —insistió Tasslehoff, fruncido el ceño en actitud
meditabunda—. Nunca oí mencionar una tortura cuyo nombre empezase por cali.
En un esfuerzo supremo, el guerrero pronunció el término
completo.
—¡Calistenia! —vociferó, triunfante, el kender. Su exaltación,
no obstante, sólo duró unos segundos. Depositando en el suelo la jofaina con la
que había refrescado el rostro de su amigo durante todo este rato, agregó—: ¡La
calistenia no es un suplicio!
Caramon gimió de nuevo, acaso para mostrar su oposición.
—¡Es un simple ejercicio de musculatura que hasta los niños
practican! —se indignó—. ¡Pensar que he estado aguardando tu llegada abrumado
por la preocupación, imaginando horrores indescriptibles! Cuando te han traído
me he llevado un susto mayúsculo, y resulta que lo único que has hecho es poner
en forma ese entumecido cuerpo tuyo.
El guerrero hizo acopio de fuerzas para sentarse en el camastro,
estirar una de sus manazas, aferrar el cuello de la camisa de su compañero y,
tirando de él, clavarle una mirada furibunda, como si quisiera traspasarle.
—Una vez me capturaron los goblins —rememoró con voz ronca—, me
ataron a un árbol y pasaron una noche entera atormentándome. Durante la Guerra
de la Lanza me hirieron los draconianos en Xak Tsaroth y mordisquearon mi
pierna varias crías de dragón en las mazmorras de la Reina de la Oscuridad,
ambas experiencias fueron crueles. Y pese a tantos avalares, me siento peor
ahora que en ninguna otra circunstancia de mi vida. Déjame solo, prefiero morir
en paz —concluyó.
Tras proferir otra lamentación inarticulada, Caramon apoyó su
laxa mano en el costado y cerró los ojos. Reprimiendo una sonrisa, Tas regresó
a su camastro.
«Si ahora se queja —reflexionó el kender—, mañana no habrá quien
lo soporte.»
Terminó el verano en Istar para dar paso al otoño, uno de los
más bellos de su historia. Inició Caramon su adiestramiento y aunque, por
supuesto, no murió, hubo momentos en que ansió acabar con todo. También Tas,
por su parte, sintió más de una vez la tentación de poner brusco fin a las
«penalidades» de aquel niño mal criado. Una de estas ocasiones fue una noche en
que, cuando dormía plácidamente, le despertaron los sollozos del guerrero.
—¿Caramon? —preguntó adormecido, incorporándose en el lecho.
No obtuvo más respuesta que un quejumbroso llanto.
—¿Qué te sucede? —insistió el kender preocupado. Se levantó y
recorrió el gélido suelo de piedra—. ¿Has tenido una pesadilla?
Al distinguir en la penumbra el gesto afirmativo de su amigo
trató de ayudarle, de desechar su propia congoja para escuchar su relato.
—¿Has soñado con Tika? —inquirió, enternecido por su dolor—.
¿Con Raistlin quizá? Veo que no. ¿Contigo mismo entonces? ¿Estás asustado?
—¡Con un pastelillo! —exclamó el guerrero.
—¿Cómo? —exclamó Tas, que no daba crédito a sus oídos.
—Un pastelillo —repitió el otro en un gorgoteo—. ¡Tengo tanta
hambre! De pronto, se ha dibujado un pastelillo en mi imaginación, uno de
aquéllos que Tika solía hornear, cubiertos de miel y rellenos de crujiente
avellana.
Asiendo una bota, el kender se la arrojó y volvió a acostarse,
enfurecido por su debilidad al atender a aquel insensato.
Transcurridos dos meses de riguroso entrenamiento, Tasslehoff
observó al guerrero y se reafirmó en su idea de que era justo lo que
necesitaba. Los rollos mantecosos de su talle se habían fundido, los nacidos
muslos habían recobrado la férrea constitución de antaño y los músculos
vibraban, llenos de vida, en sus brazos, pecho y espalda. En sus ojos se había
obrado una halagüeña metamorfosis, sustituyendo el brillo y la mirada alerta a
aquella otra expresión mortecina causada por el aguardiente enanil, que el
sudor se había encargado de desterrar de su cuerpo. Por otra parte, su
epidermis se había curtido y el influjo del sol le otorgaba un atractivo tono
broncíneo.
El enano, que seguía de cerca los progresos del alumno, decretó
que se dejase crecer el castaño cabello por ser éste el estilo popular en el
Istar de la época, y ahora una melena se enmarañaba ondeante en torno al rostro
rejuvenecido del que fuera un despojo humano.
Y, por si esto fuera poco, su preparación como gladiador había
mejorado sensiblemente. Aunque Caramon poseía una larga experiencia previa, su
adiestramiento fue informal, sus técnicas bélicas se reducían a las enseñanzas
recibidas de Kitiara, su hermanastra. Arack, consciente de su deber, había
contratado maestros de todo el mundo de Krynn y, ahora, el pupilo estaba
aprendiendo los métodos más sofisticados.
Para completar su educación, el guerrero tenía que librar
batallas diarias contra los gladiadores de la arena. Orgulloso de la pericia
adquirida, retó a Kiiri y ésta lo derribó en un santiamén, dejándolo tumbado
cuan largo era con gran vergüenza por su parte. Pheragas, el esclavo negro,
lanzó en otro enfrentamiento su espada a las alturas y, a guisa de advertencia,
le golpeó la cabeza con su propio escudo.
Caramon no se descorazonó. Comprendió la lección de humildad que
le infligían y, siendo un hombre despierto y voluntarioso, dotado, además, de
una habilidad natural digna de envidia, no tardó en satisfacer a sus
profesores. Pronto llegó el día en que Arack presenció jubiloso cómo vencía a
la nereida sin dificultad o atrapaba a Pheragas en su red para, acto seguido,
inmovilizarlo sobre la arena ayudándose con un tridente.
El hombretón no cabía en sí de gozo, hacía tiempo que no se
sentía tan feliz. No había cesado ni un segundo de detestar la argolla, no
pasaba una jornada en la que no anhelase romperla y recuperar así la libertad,
pero tan perturbadores impulsos se difuminaban frente al interés que ofrecían
las clases. Siempre le había gustado la vida militar, era para él un alivio que
alguien le indicase qué tenía que hacer y cuándo. Tan sólo un problema nublaba
su dicha: no sabía interpretar.
Siempre franco y honesto, incluso a la hora de admitir un error,
la auténtica agonía comenzó cuando intentaron enseñarle a fingir una derrota.
Le ordenaban que emitiera falsos alaridos de dolor en el instante en que Rolf,
por ejemplo, lo asaltaba por la espalda y que cayera, como si le hubieran
herido mortalmente, al arremeter el bárbaro con una de las engañosas espadas.
—¡No, así no! ¡Qué torpe eres! —vociferaba Arack una y otra vez,
e incluso en una de las sesiones perdió los nervios y le estampó en la mejilla
su puño cerrado. El agredido gritó con verdadera rabia, mas no osó dar la
réplica al advertir la proximidad del siempre alerta Raag.
—Ahora lo has conseguido —lo felicitó el enano, retrocediendo
con aire triunfal y unas gotas de sangre en los nudillos—. Recuerda ese quiebro
de voz, al público le entusiasmará.
Pero este ensayo no resolvió el conflicto, ya que la protesta de
Caramon había sido real. Cuando pretendía actuar, sus voces eran más semejantes
«a las de una doncella al recibir un pellizco en las nalgas que a las de un
moribundo», según palabras de Arack. Al fin, tras muchas decepciones, al enano
se le ocurrió una idea.
Surgió en su mente una tarde, mientras contemplaba los
entrenamientos. Se había congregado en la arena una pequeña audiencia, pues en
determinadas ocasiones permitía la entrada a personajes de alcurnia
susceptibles de incrementar sus arcas con aportaciones adicionales. Los
privilegiados eran esta vez un noble y su familia, venidos de Solamnia. El
caballero tenía dos encantadoras hijas las cuales, desde el momento en que
entraron en el circo, no habían dejado de admirar al corpulento guerrero.
—¿Por qué no le vimos luchar la otra tarde? —preguntó una de
ellas a su progenitor.
Ignorante del motivo, el egregio visitante consultó al enano.
—Es nuevo aquí —explicó éste—, todavía no ha concluido su
adiestramiento. De todos modos, avanza deprisa y casi ha llegado la hora de
incluirlo en nuestro grupo de gladiadores. ¿Cuándo pensáis volver a los Juegos?
—No era nuestra intención repetir el viaje en un futuro
próximo—declaró el noble, pero sus hijas se apresuraron a mostrar su disgusto—.
De acuerdo —rectificó—, me plantearé esa posibilidad para el siguiente
espectáculo.
Las dos muchachas prorrumpieron en aplausos al mismo tiempo que
espiaban de nuevo a Caramon, quien en ese instante practicaba junto a Pheragas
el manejo de la espada. El cuerpo del apuesto combatiente refulgía bajo el sol,
bañado en sudor, el crespo cabello se adhería a su húmeda faz y sus
movimientos, ágiles y certeros, poseían la gracia y la armonía de un atleta. Al
discernir la fascinación que despertaba en las doncellas, el enano se percató
de lo atrayente que resultaba su pupilo.
—Espero que salga victorioso —dijo una de las jóvenes con un
suspiro—. ¡No soportaría verle derrotado!
—Ganará —la tranquilizó la otra—. No ha nacido para perder, todo
en él delata al vencedor.
—¡Claro, he aquí la solución! —exclamó Arack de forma
inesperada, tan vehemente que el noble y su familia le miraron perplejos—. El
Vencedor, así le apodaremos. Es una criatura imbatible, que no conoce el
fracaso. Juró quitarse él mismo la vida si alguien lo derribaba —mintió, urdida
en unos segundos su patraña.
—¡Oh, no! —se desesperaron al unísono las muchachas—. No
queremos oír tamaña atrocidad.
—Es cierto —reincidió el enano con tono solemne, frotándose las
manos.
—Acudirán de varias millas a la redonda —anunció aquella noche a
Raag—, a fin de estar presentes si sobreviene su caída. Y, naturalmente, nadie
le hará sucumbir durante mucho tiempo. Mientras dure su suerte las multitudes
se arracimarán en la entrada de la arena, deseosas de asistir a sus
emocionantes lizas. Incluso he pensado en su atavío... —Y siguió forjando
planes durante toda la velada.
Tasslehoff, en el ínterin, había aprendido a sacar partido a su
confinada existencia. Aunque al principio se sintió herido en su amor propio,
tras negársele el derecho a convertirse en gladiador —tuvo visiones en las que
se le aparecía su propia figura emulando a Kronin Thistleknot, el héroe de
Kenderhome—, supo desembarazarse del tedio en que se sumió. Su progresivo
entusiasmo por la actividad culminó en un desagradable incidente, al ser
descubierto por un feroz minotauro cuando registraba su alcoba con su habitual
desparpajo.
Agravó esta situación el hecho de que los minotauros, quienes
luchaban en la arena por amor al deporte, se consideraban una raza superior y
vivían aislados de los otros. Si su mesa en el comedor era privada, sus
dormitorios se respetaban como un recinto sacrosanto e inviolable.
Arrastrando al kender a presencia de Arack, el ofendido exigió
que en desgravío le permitieran abrirle en canal y beber su sangre. El enano
hubiera accedido gustoso a tal demanda, ya que los kenders eran para él un
estorbo, pero no pudo por menos que recordar su conversación con Quarath poco
después de adquirir a la pareja de esclavos. Por algún extraño motivo, la
máxima dignidad eclesiástica del país estaba interesada en garantizar la
salvaguarda del dúo. Así pues, rechazó las exigencias del minotauro si bien,
ansioso de aplacar su ira, lo compensó entregándole un jabalí y autorizandole a
despedazarlo.
Para evitar males mayores, Arack condujo a Tas a un rincón
apartado y, tras abofetearlo en castigo por su osadía, lo autorizó a abandonar
la arena y explorar la ciudad en el bien entendido de que pernoctaría siempre
en su cámara.
El kender, que en cualquier caso ya se había deslizado al
exterior sin ser visto, agradeció la generosidad del maestro de ceremonias y,
para demostrarle su reconocimiento, le obsequió algunas bagatelas obtenidas en
sus correrías. Tales atenciones no dejaron impasible al enano, quien sólo
golpeó a Tas con una vara al sorprenderlo cuando hurtaba unos dulces destinados
a Caramon en lugar de flagelarlo, como habría hecho de no mediar en su favor
estas circunstancias atenuantes.
El resultado de tales transacciones fue que el kender iba y
venía a su antojo por Istar, adquiriendo una gran destreza en esquivar a los
centinelas y a todos cuantos exhibían absurdos prejuicios contra los de su
raza. Fue así, tras unos días de práctica, como el hombrecillo logró
introducirse en el Templo mismo.
Pese a sus problemas de adiestramiento, dietas y otros de
diversa índole, Caramon nunca perdió de vista su auténtico objetivo. Había
recibido un frío, escueto mensaje de la sacerdotisa Crysania, de modo que no le
inquietaba su estado. Pero eso era todo, Raistlin se había desvanecido sin
dejar rastro.
Al principio, el guerrero desesperó de encontrar a su hermano o
a Fistandantilus, ya que bajo ningún concepto se le permitía abandonar el
estadio. No obstante, pronto descubrió la libertad de movimientos de Tas y supo
que el pequeño compañero tenía acceso a lugares que a él le habrían estado
vedados, incluso, de poder pulular a su albedrío. Los habitantes de Istar
solían tratar a los kenders igual que a los niños, como si no existieran, y las
peculiares dotes del hombrecillo lo ayudaban a fundirse entre las sombras,
deslizarse bajo las cortinas o atravesar en silencio salones enteros.
Por añadidura, contaba con la ventaja de que el Templo era tan
enorme y se hallaba a todas horas tan atestado de visitantes que entraban y
salían, que un diminuto kender era simplemente ignorado o, en el peor de los
casos, se le conminaba a apartarse sin que nadie se tomara la molestia de
expulsarlo. Aún facilitó más su anonimato el hecho de que había varios miembros
de su raza trabajando como esclavos en las cocinas y, aunque parezca extraño,
algunos kenders-clérigos también habían logrado ser admitidos en el sagrado
recinto y gozaban de todas las prerrogativas de su rango.
A Tas le habría gustado trabar amistad con sus congéneres e
inquirir acerca de su patria, o bien abordar a los eclesiásticos a fin de
averiguar de dónde procedían. Lo cierto era que desconocía la existencia de
órdenes religiosas en Kenderhome y sentía una gran curiosidad. Pero no se
atrevió, obediente a la grave advertencia de Caramon contra su tendencia a
hablar en demasía. Por una vez se tomó en serio tales recomendaciones y, aunque
hallaba agobiante la necesidad de mantenerse siempre en guardia para no mencionar
a los dragones, al Cataclismo o cualquier detalle susceptible de alimentar
sospechas, decidió evitar la tentación. Así pues, se conformó con inspeccionar
el Templo y recabar datos esclarecedores en solitario.
—He visto a Crysania —informó al guerrero una noche, después de
cenar y después de que su amigo luchara con Pheragas en un simulacro de combate
sin armas.
El kender se hallaba recostado en el camastro mientras Caramon
se ejercitaba, en el centro de la alcoba, en el uso de la maza y las cadenas,
ya que Arack quería instruirle en los secretos de otros pertrechos además del
acero. Al comprobar que el hombretón se desenvolvía con torpeza, el kender se
arrebujó en una esquina del jergón con el objeto de eludir un golpe mal
dirigido.
—¿Cómo está? —indagó el musculoso humano lanzando a su
contertulio una fugaz mirada, sin descuidar su trabajo.
—Lo ignoro —fue la desencantada respuesta—. Supongo que bien, al
menos su aspecto no es el de una enferma. Pero tampoco parece feliz, tiene el
rostro ceniciento y, cuando traté de hablarle, me ignoró. Creo que no me
reconoció.
—Intenta averiguar qué está ocurriendo —ordenó el guerrero,
fruncido el entrecejo—. No debemos olvidar que la sacerdotisa también buscaba a
Raistlin, de manera que su extraña actitud puede guardar relación con él.
—De acuerdo —accedió Tas, al mismo tiempo que el amenazador
silbido de la maza lo obligaba a bajar la cabeza—. ¡Cuidado, podrías
lastimarme! —protestó, y se tanteó el copete para asegurarse de que se mantenía
en su lugar.
—A propósito de Raistlin —dijo Caramon quedamente—, ¿tampoco hoy
has tenido noticias de su paradero?
—No, mis pesquisas han vuelto a fracasar. Y eso que he indagado
sin tregua entre los moradores del Templo —agregó a modo de disculpa—. Rodea a
Fistandantilus una cohorte de aprendices que transitan incansables por el
recinto, mas ninguno conoce a una criatura que responda a la descripción de tu
hermano. Dudo que esté entre ellos, ya que un individuo con la tez dorada y las
pupilas en forma de relojes de arena debería destacarse incluso en medio de una
muchedumbre. Sin embargo, quizá no tarde en descubrir algo —anunció en tono
confidencial—. He oído comentar que Fistandantilus ha regresado.
—¿De verdad? —El hombretón interrumpió sus ejercicios con la
maza y giró el rostro hacia Tasslehoff.
—Sí. Yo no lo he visto, pero los clérigos no cesaban de
comunicárselo a sus colegas. Si no me equivoco, reapareció anoche en la sala de
audiencias del Príncipe de los Sacerdotes. Se oyó un estallido y allí estaba,
surgido de la nada. Estos magos son muy teatrales.
—Sí —gruñó Caramon.
El guerrero comenzó a balancear su maza, sumido en hondas
cavilaciones. Tanto rato permaneció callado que Tas bostezó y se estiró en el
camastro, presto a dejarse envolver por los vapores del sueño. El vozarrón de
su amigo lo devolvió, pobre kender, al mundo real.
—Tas, se nos ofrece al fin la oportunidad.
—¿Qué oportunidad? —preguntó Tasslehoff, sobresaltado y
somnoliento a la vez.
—La de matar a Fistandantilus —declaró Caramon sin alterarse.
Traición
El frío aserto de Caramon despertó por completo al kender.
—¡Matarle! Creo que deberías pensarlo con calma —balbuceó
Tasslehoff—, y tener en cuenta un detalle de la máxima importancia.
Fistandantilus es un buen mago, perverso en sus intenciones pero dotado de un
talento extraordinario. Si lo que se rumorea es cierto, ni siquiera Raistlin y
Par-Salian juntos pueden equiparársele, así que no te resultará sencillo
sorprenderlo de no fraguar antes un plan. ¡Y menos tú, que nunca asesinaste a
nadie! Aunque estoy de acuerdo en la conveniencia de intentarlo, no me parece oportuno
actuar de manera precipitada.
—Tiene que dormir, ¿no es verdad? —lo atajó el guerrero.
—Todo el mundo necesita descansar —concedió el kender—,
incluidos los practicantes de la brujería.
—Ellos más que nadie —afirmó Caramon—. ¿Recuerdas cuánto se
debilitaba Raistlin si no disfrutaba de un largo reposo? Esta fórmula debe ser
aplicable a todos los nigromantes, sin excepción de ninguna clase. Es una de
las razones por las que fueron derrotados en las mayores lides, como las
Batallas Perdidas que jamás libraron. El enemigo aprovechó sus intervalos de
sueño para reducirlos. Y no debes preocuparte por los riesgos, en definitiva
soy yo quien me expondré. Ni siquiera te pediré que me acompañes, tú limítate a
descubrir dónde están sus aposentos, qué tipo de defensas lo protegen y a qué
hora se acuesta. Una vez me comuniques estos pormenores, yo me ocuparé de todo.
—¿Estás seguro de que tu actitud es atinada? —sugirió el
hombrecillo—. Ya sé que ésta es la misión que nos encomendaron los magos al
enviarnos al pasado, o al menos eso creo, pues al final todo se complicó tanto
que todavía me siento confuso. Tampoco ignoro que Fistandantilus es una
criatura aborrecible investida de la Túnica Negra y de dotes demoníacas, pero
me pregunto si al destruirle no incurriremos en un crimen tan abyecto como los
suyos. No desearía por nada del mundo asemejarme a él.
—A mí eso no me importa —replicó el guerrero sin un atisbo de
emoción en sus rasgos, centrados sus ojos en la maza que, despacio, balanceaba
de un lado a otro—. Es su vida o la de Raistlin, Tas. Si aniquilo a
Fistandantilus ahora, en este tiempo, se esfumará y no podrá adueñarse de la
personalidad de mi hermano. De conseguir mi propósito, mi gemelo se
desembarazará de su estragado cuerpo y recuperará la salud perdida. En cuanto
lo libere del influjo de esa criatura sé que volverá a ser el viejo Raist, el
que yo amé y cuidé. —Su voz se entrecortó ante tal perspectiva, sus párpados se
humedecieron—. Podrá vivir con nosotros, como habíamos proyectado.
—¿Has olvidado a Tika? —apuntó Tas dubitativo—. ¿Qué opinará
ella de que hayas matado a sangre fría?
—Te lo he advertido en más de una ocasión, no menciones a mi
mujer —lo amonestó el guerrero, centellantes sus pupilas.
—Pero Caramon...
—¡Hablo muy en serio, Tas!
Profirió su amenaza con unos ribetes de cólera que silenciaron
al kender, consciente de que había ido demasiado lejos. Se arrebujó en el
jergón, tan compungido que Caramon se dulcificó.
—Escúchame atentamente —le indicó—, porque sólo te lo explicaré
una vez. No me porté bien con Tika. Tuvo razón al expulsarme de casa, ahora lo
comprendo, aunque hubo una época en que pensé que nunca la perdonaría. —Hizo
una pausa para tratar de ordenar sus ideas y, transcurridos unos segundos,
continuó—. Antes de casarnos le expuse con total claridad mis sentimientos
respecto a Raistlin, ella siempre supo que mientras él viviera ocuparía un
lugar preferente en mi corazón. Hasta le aconsejé que buscara a otro hombre
capaz de prodigarle las atenciones que merecía. Luego, cuando mi hermano
emprendió su camino en solitario, creí que lograría borrarlo de mi mente. Pero
no funcionó. Tengo un deber que cumplir, es mi destino, y el recuerdo de Tika
no hace sino entorpecer mis acciones. Por eso prefiero evitar toda alusión a
ella, ¿has entendido?
—¡Te quiere tanto! —se lamentó el kender a falta de otro
argumento. Era obvio que, de nuevo, se había equivocado. Caramon emitió un
gruñido y se aplicó, aún con mayor interés, a sus ejercicios.
—De acuerdo —susurró, con una voz profunda que parecía surgir de
sus entrañas—. Supongo que ha llegado el momento de la despedida, puedes
solicitar al enano que te asigne otra alcoba. Voy a hacer lo que antes te he
revelado y, si fracaso o sufro algún percance, no deseo que te veas
involucrado.
—Caramon, en ningún instante me he negado a ayudarte —repuso
Tas.— ¡Me necesitas!
—Sí, quizás estés en lo cierto —admitió el fornido humano
ruborizándose. Dirigió a su compañero una mirada de disculpa, subrayada por una
sonrisa—. Lo siento mucho, amigo. Intenta no mezclar a Tika en este asunto y no
volveremos a enfadarnos. Será un pacto entre nosotros.
—Está bien, procuraré obedecerte —prometió el otro y, aunque
apesadumbrado, lo estudió con expresión cordial.
El kender siguió observando al guerrero mientras éste recogía
sus pertrechos y se preparaba para acostarse. Tras la apariencia apacible del
hombrecillo se ocultaba un gran desasosiego, una congoja similar a la que lo
invadiera tras la muerte de Flint.
«Él no lo habría aprobado —recapacitó al evocar en su memoria al
entrañable enano, tan gruñón como leal—. Casi puedo oírle: “¡Estúpido,
botarate, vas a intervenir en el asesinato de un hechicero! ¿Por qué no
desapareces para siempre en lugar de provocar conflictos?” Y Tanis también
tendría algo que decir al respecto, aunque no imagino qué. —Encogió las piernas
y se envolvió en la manta hasta la barbilla—. ¡Ojalá estuviera aquí el
semielfo, o alguien susceptible de aconsejarnos! Caramon está a punto de cometer
un grave error, estoy persuadido, pero ignoro qué puedo hacer. Debo ayudarle,
es mi único amigo ahora y, por otra parte, sin mi concurso sucumbirá a un
sinfín de complicaciones!»
El día siguiente era el de la presentación de Caramon en los
Juegos. Tas realizó su visita al Templo a primera hora, ya que deseaba volver a
tiempo para ver la lucha de su compañero en la arena. Poco después del mediodía
entró en la cámara y se sentó en el jergón, columpiando las piernas mientras el
guerrero iba y venía, muy nervioso, por la estancia en espera de que Pheragas y
el enano le llevaran el atuendo que había de estrenar en el acontecimiento.
—Tenías razón —informó el kender—, al parecer Fistandantilus
necesita dormir mucho. Se retira temprano y no se levanta hasta bien entrada la
mañana.
—¿Se apostan guardianes en su puerta? —inquirió Caramon con la
inquietud reflejada en los ojos.
—No —respondió Tasslehoff, encogiéndose de hombros—. Ni siquiera
se encierra, si bien esa es la costumbre en el Templo. Después de todo, se
trata de un lugar sagrado y sus moradores confían en sus colegas, o quizás es
que no tienen nada que ocultar. Confieso —agregó en actitud reflexiva— que
siempre he detestado las cerraduras, pero al franqueárseme el acceso a los
distintos aposentos he decidido que la vida sin ellas sería en extremo
aburrida. Hoy he registrado varias dependencias —ignoró el espanto con que le
miraba su amigo—y, créeme, no merecen la pena. Supuse que el caso de
Fistandantilus sería diferente, mas he descubierto que no guarda sus artefactos
mágicos en su dormitorio y este hecho me ha inspirado una conclusión: el
hechicero sólo lo utiliza cuando visita la corte, para pernoctar. Además
—estaba exultante de júbilo ante tan lógicas deducciones—, es el único ser
perverso del recinto y no debe protegerse sino de sí mismo.
El hombretón, que había dejado de escucharlo en las primeras
frases de su discurso, farfulló algo ininteligible y reanudó sus paseos. Tas,
incómodo, se revolvió en su asiento, pues le había asaltado la súbita idea de
que el guerrero y él se estaban poniendo al mismo nivel de degradación que los
abyectos nigromantes.
—Lo lamento, Caramon —se disculpó—, me temo que no podré
ayudarte. Los kenders no somos muy quisquillosos con nuestras pertenencias, ni
a decir verdad respetamos las ajenas, pero no creo que ningún miembro de
nuestra raza sea capaz de asesinar. —Suspiró aliviado tras manifestar su
resolución, si bien prosiguió con un balbuceo—. No dejo de pensar en Flint y en
Sturm. Sabes que el caballero se opondría, ¡era tan recto! El delito que
quieres perpetrar nos convertiría en seres tan maléficos como Fistandantilus,
acaso peores.
El guerrero abrió la boca para responder, pero se lo impidió la
brusca irrupción de Arack.
—¿Cómo estás, muchachote? —inquirió el enano—. ¡Cuánto has
cambiado desde que llegaste! —se congratuló, al mismo tiempo que daba unas
palmadas en el musculoso brazo de su pupilo y, sin previo aviso, le incrustaba
su puño en el ancho vientre—. Duro como una piedra —comentó, sonriendo y
frotándose la dolorida mano.
Caramon clavó en el maestro de ceremonias una mirada fulminante,
mas al desviar la vista hacia Tas pareció apaciguarse.
—¿Dónde está mi atuendo? —-se limitó a inquirir—. Es casi la
hora.
—Aquí —contestó Arack tendiéndole un saco—. No te preocupes,
sólo tardarás unos minutos en vestirte.
—¿Y el resto? —insistió el guerrero después de revolver en el
interior del fardo. Se dirigía a Pheragas, que acababa de entrar en la
estancia.
—¡Eso es todo! —lo espetó el enano con una pícara sonrisa—. Ya
te he advertido que te lo pondrás en un santiamén.
—No puedo cubrirme con esta insignificancia —se rebeló el
hombretón, purpúreas sus mejillas—. Si no me equivoco habrá mu-mujeres
—tartamudeó, y se apresuró a cerrar el saco. La imagen de las damas trocó su
ira en pudor.
—¡Precisamente! —razonó Arack, al principio divertido, aunque,
por algún motivo, contrajo los labios en una mueca siniestra que aún
desvirtuaba más su monstruoso semblante—. A ellas les encantará tu broncínea
tez, así que prepárate y no me causes problemas. ¿Qué crees que quiere ver la
plebe cuando paga altas sumas de dinero, una escuela de danza? No, gastan
cuanto tienen a cambio de admirar cuerpos rezumantes de sudor, de sangre.
Cuanta más carne joven, mejor. Y, en lo que atañe a la sangre, ha de ser auténtica.
—¿Sangre auténtica? —repitió el hombretón con un destello de
asombro en sus ojos pardos—- ¿Qué significa eso? Me garantizaste que...
—¡Déjate de monsergas! Y tú Pheragas, échale una mano —ordenó el
enano al esclavo negro—. Mientras se viste aprovecha para explicarle los
hechos, el niño inocente tiene que crecer. —Con un chasquido burlón, dio media
vuelta y salió al pasillo.
Pheragas se hizo a un lado para apartarse de su camino, y ocupó
su lugar en el reducido recinto. Su rostro, por regla general alegre y
desenfadado, era ahora una máscara inexpresiva.
—¿Crecer? ¿Sangre verdadera? —masculló Caramon, todavía
boquiabierto.
—Te abrocharé esas hebillas —ofreció el esclavo, ignorando su
perplejidad—. Cuesta un poco ajustarlas, pero ya te acostumbrarás. Son un mero
adorno, están diseñadas de manera que se rompan fácilmente. El público se
entusiasma cuando una pieza se afloja o desprende.
Extrajo una refulgente hombrera de la bolsa y comenzó a anudarla
en la espalda del luchador, fijos sus ojos en la perfecta colocación de las
correas.
—Es de oro —apuntó Caramon— y de una piel más blanda que la
mantequilla. Estoy convencido de que un cuchillo romo podría traspasarla. ¡Y
mira esas zarandajas! Una espada las hendiría sin dificultad —añadió, a la vez
que tanteaba los distintos componentes de su atavío.
—Sí —confirmó Pheragas y esbozó una sonrisa forzada—. Como
acabas de comprobar, es casi mejor la desnudez que soportar estos inútiles
accesorios.
—En ese caso no debo preocuparme —apostilló el guerrero, antes
de sacar del fardo el taparrabos de cuero que había de constituir su única
vestimenta. También esta prenda, al igual que el vistoso yelmo que quedó en el
saco, exhibía incrustaciones de oro. Tan diminuta era que apenas cubría las
partes pudendas del nuevo gladiador y, cuando hubo acabado de ceñírselas
ayudado por Pheragas, incluso el kender se ruborizó.
El esclavo negro hizo ademán de marcharse pero Caramon lo
retuvo, cerrando la mano sobre su brazo.
—Será mejor que me cuentes qué es lo que pasa, amigo. Es decir,
si aún puedo llamarte así.
—Supuse que a estas alturas ya lo habrías adivinado —contestó el
interpelado, con su penetrante mirada prendida del guerrero—. Usamos armas
templadas. No te inquietes, las espadas se doblan al hacer presión —aclaró al
ver que su oyente encogía los ojos—, pero si te alcanzan es posible que sangres
de verdad. De ahí nuestro ahínco en perfeccionar tus acometidas, los cantos
están ligeramente afilados.
—¿Insinúas que los gladiadores se infligen heridas, que quizá
lastime a alguien? A alguien como Kiiri, Rolf o el bárbaro, todos ellos dignos
de mi afecto —constató el hombretón más que preguntó—. ¿Y qué más? ¿Qué otra
sorpresa me reservas? —lo hostigó, poseído por la furia.
—¿Dónde crees que me hice estas cicatrices? —lo increpó
Pheragas, también disgustado—. No fue jugando con mis hermanos, te lo aseguro.
Pero no es momento de explicaciones, algún día lo comprenderás. Confía en Kiiri
y en mí, si sigues nuestras instrucciones no ocurrirá nada que hayas de
lamentar. Por cierto, voy a darte un primer consejo: no pierdas de vista a los
minotauros. Luchan por su propio placer, sin obedecer órdenes de señores ni
amos. No guardan pleitesía a ningún superior, aunque se someten a las reglas
pues, de lo contrario, el Príncipe de los Sacerdotes los embarcaría en el
primer galeón rumbo a Mithas. En cualquier caso, son los preferidos de la
audiencia. El público se enardece al contemplar su sangre y ellos, para que el
espectáculo sea completo, no dudarán en derramar la tuya si te descuidas.
—¡Vete! —vociferó Caramon.
Pheragas lo estudió unos instantes, antes de darle la espalda y
encaminarse hacia la puerta. Una vez más se detuvo, ahora por su propia
iniciativa.
—Escucha, amigo —instó al luchador con severo ademán—, las
cicatrices sufridas en la arena son símbolos, distintivos de nuestro honor. Del
mismo modo que los caballeros se enorgullecen de las espuelas que ganan en la
liza, nosotros las exhibimos jubilosos. Son la única dignidad a la que podemos
aspirar en este grotesco espectáculo poseedor de su propio código, un código
que nada tiene que ver, querido Caramon, con el de los nobles y mandatarios que
se sientan en las gradas a fin de regodearse con la sangre que vertemos. Ellos
se vanaglorian de su honor, nosotros hemos inventado el nuestro ya que, de
carecer de tal acicate, no sobreviviríamos en este mundo de iniquidad.
Calló. Quiso decir algo más, pero se contuvo al advertir que el
guerrero estaba cabizbajo, reticente a aceptar sus palabras y su mera
presencia.
—Faltan cinco minutos —se limitó a anunciar y abandonó la
alcoba, dando un violento portazo.
También Tas, aunque ansiaba proferir unas frases de consuelo,
abandonó la idea después de escudriñar la faz de su amigo.
«Emprende una batalla con la sangre revuelta, y antes del
crepúsculo la habrás derramado.» Caramon no recordaba quién fue el rudo oficial
que le dio este consejo, pero lo juzgaba un buen axioma. La vida de uno
dependía, a menudo, de la lealtad de los compañeros, era preferible zanjar las
reyertas personales. Además, le disgustaban los rencores pues, por regla
general, sólo servían para estragar su estómago.
Por consiguiente, no le resultó difícil estrechar la mano de
Pheragas cuando el esclavo negro echó a andar delante de él hacia la arena. Le
ofreció disculpas y éste las aceptó de buen grado, mientras Kiiri, que se había
enterado de su trifulca, indicaba su aprobación mediante una sonrisa. La
gladiadora dio también su visto bueno al atuendo de Caramon, estudiándolo con
tan vivas muestras de complacencia en sus brillantes ojos verdes que el
guerrero, turbado, se ruborizó.
Aguardaban los tres en los pasillos subterráneos el momento de
entrar en el circo, acompañados por los otros gladiadores que habían de
intervenir en los Juegos; Rolf, el bárbaro y el Minotauro Rojo. Oían sobre sus
cabezas los ocasionales rugidos del público, si bien sus ecos llegaban
amortiguados. El guerrero estiraba con frecuencia la cabeza para divisar la
puerta de acceso, deseoso de comenzar y en un estado de nerviosismo que
sobrepasaba al que solía atenazarle antes de una batalla.
También los otros sentían la tensión de la espera. Se hacía
patente su zozobra en las risas exageradas de Kiiri, o en el sudor que
chorreaba por la frente de Pheragas. Pero la suya era una inquietud positiva,
preñada de excitación. Sin saber el motivo, de pronto Caramon comprendió que
anhelaba batirse.
—Arack ha pronunciado nuestros nombres —anunció Kiiri.
El trío inició la marcha al unísono ya que Arack, viendo que
trabajaban a gusto juntos, había decidido que formasen un equipo y, por otra
parte, confiaba en que las cualidades de los dos más expertos paliarían los
posibles errores de Caramon.
Lo primero que atrajo la atención del nuevo gladiador al pisar
la arena fue la barabúnda, que azotó sus tímpanos en oleadas atronadoras. En el
primer instante quedó paralizado, confuso. Aquella arena que le era tan
familiar después de tantos meses de penosos ejercicios se le antojó,
repentinamente, un lugar desconocido. Alzó la vista hacia las altas gradas que
rodeaban la escena en un perfecto círculo y le abrumó la ingente masa de
espectadores, todos ellos puestos en pie vociferando, pateando y vitoreando.
Los colores se emborrachaban al alcanzar su retina. Reinaba en
el recinto una vibrante mescolanza de banderolas indicadoras del evento,
estandartes de seda pertenecientes a las familias nobles de Istar y los más
humildes reclamos de quienes vendían toda suerte de golosinas, desde hielo con
sabor a fruta hasta té de distintos aromas, según la estación del año. Tal
despliegue de movimiento, de luminosidad, consiguió marear al guerrero, incluso
le produjo náuseas. La fría mano de Kiiri aferró su brazo y, al volverse, el
hombretón recibió una sonrisa tranquilizadora. Fue como un bálsamo y a partir
de entonces reconoció la arena, a Pheragas y a sus amigos.
Más sosegado, se concentró en la acción. «Será mejor que no te
distraigas y pienses sólo en interpretar tu papel», se reprendió severo. Si se
equivocaba en una de las acometidas tantas veces ensayadas, además de ponerse
en ridículo podía lastimar a alguien. Recordó con cuanto ahínco insistió Kiiri
en que calculase el grado de inclinación de su acero y en que arremetiese en el
momento oportuno. Ahora sabía por qué.
Atento a sus compañeros, ignorando el ruido y la exaltada
muchedumbre, ocupó su puesto en espera de la señal. Había algo que lo
desorientaba, algo que no acababa de definir, mas tras una breve reflexión se
percató de que el enano, además de disfrazarles a ellos, había decorado las
distintas plataformas donde debían desarrollarse los combates. Estaban
cubiertas de serrín al igual que en los ensayos, si bien modificaban su
apariencia unos símbolos que representaban los cuatro confines del mundo.
En torno a estas plataformas, cada una engalanada con su
distintivo, ardían carbones, chisporroteaba el fuego y el aceite se agitaba en
las burbujas propias del hervor. Unos puentes de madera, tendidos sobre los
Pozos de la Muerte, comunicaban las plataformas en un cuadrado regular. Al
principio estas hondas cavidades alarmaron a Caramon, mas pronto aprendió que
su única finalidad era otorgar un mayor efectismo a los Juegos. Los
espectadores se entusiasmaban cuando un luchador era arrastrado hasta la pasarela,
y prorrumpían en jubilosas aclamaciones siempre que, por ejemplo, el bárbaro
asía a Rolf por los talones y, sin soltarlo, lo descolgaba sobre la bullente
masa oleosa. Mientras presenciaba las sesiones de entrenamiento de sus colegas,
el guerrero estallaba en carcajadas al descubrir la expresión de terror en el
semblante de Rolf y los frenéticos esfuerzos que realizaba para liberarse, que
siempre culminaban en una divertida escena en la que el bárbaro recibía un
golpe en el cráneo, asestado por los poderosos brazos de su ágil contrincante.
El sol, aún próximo a su cénit, arrojó un rayo dorado sobre el
centro de la arena. Se erguía allí el Obelisco de la Libertad, una alta
estructura de metales preciosos que, exhibiendo exquisitas tallas, parecía
fuera de lugar en aquel crudo entorno. En su cúspide se recortaba una figura,
el contorno de una llave que podía abrir cualquiera de las argollas. Caramon
había admirado a menudo el monumento durante sus prácticas, mas nunca vio este
objeto emblemático, pues Arack lo guardaba celosamente en su escritorio. El
mero hecho de contemplarlo hizo que la férrea anilla de su cuello comenzara a
pesarle de manera inusitada. Sus ojos se llenaron de lágrimas al imaginar la
libertad, la prerrogativa de levantarse por la mañana y recorrer el mundo a su
antojo, algo tan sencillo y tan añorado ahora que lo había perdido.
El fornido humano oyó a Arack pronunciar su nombre y, acto
seguido, el enano señaló al trío. Empuñando su arma Caramon se volvió hacia
Kiiri, sin que se desdibujara de su mente la codiciada llave de oro. Al
concluir el año, todos los esclavos que se habían destacado en los Juegos
luchaban entre sí para obtener el derecho a escalar el Obelisco y apoderarse
del salvador instrumento. Por supuesto se trataba de una falacia, el maestro de
ceremonias siempre seleccionaba a aquellos que garantizaban la mayor audiencia.
Caramon nunca se había planteado esta posibilidad, siendo su única obsesión
Fistandantilus y su hermano. Ahora, sin embargo, resolvió que tenía un nuevo
objetivo. Lanzó un salvaje alarido y enarboló su engañosa espada a modo de
saludo.
No tardó el guerrero en relajarse, en divertirse incluso. Le
gustaban los bramidos y aplausos de la concurrencia y, atrapado en su
excitación, descubrió qué significaba actuar para un público. Tal como le
asegurara Kiiri, tanto se dejó transportar que apenas le dolían las heridas
resultantes de las primeras escaramuzas. Palpándose sus insignificantes
arañazos, se burló de sí mismo por haberse preocupado. Pheragas obró bien al no
mencionarle tales menudencias, lamentaba haber hecho una montaña de un grano de
arena.
—Has causado verdadera sensación —le comentó Kiiri en uno de los
intervalos de reposo y, una vez más, pasó revista al musculoso y desnudo torso
de su compañero—. No se lo reprocho, saben apreciar la belleza. Me gustaría
librar contigo un combate cuerpo a cuerpo.
Se rió la gladiadora al detectar su sonrojo, pero Caramon leyó
en sus ojos que no bromeaba y, de repente, tuvo conciencia de su femineidad,
algo que nunca le había ocurrido durante los ejercicios. Quizá se debía a su
exigua vestimenta, diseñada para insinuarlo todo y, al mismo tiempo, ocultar lo
más deseable. Al guerrero le hervía la sangre, a causa tanto de la pasión como
del placer que siempre hallara en la batalla. El recuerdo de Tika se esbozó en
su mente y se apresuró a apartar la mirada de Kiiri, sabedor de que su
expresión lo había delatado.
Su táctica esquiva de poco le sirvió, ya que al girarse hacia
las gradas sus pupilas se clavaron en las de sus numerosas admiradoras, bellas
damas que recurrían a cualquier estratagema para cautivarlo.
—Debemos volver a la arena —le dijo Kiiri azuzándole en las costillas,
y el hombretón se alegró de reemprender la lucha.
Caramon dirigió al bárbaro una mueca de complicidad cuando éste
dio un paso al frente. Se disponían a realizar su gran número, una
representación que ambos contendientes habían ensayado infinidad de veces. El
bárbaro dedicó, también, un guiño al guerrero en el instante en que se
colocaban en posición para su fingido enfrentamiento, desencajados sus rostros
como si los animara un odio indescriptible. Gruñendo, aullando cual si fueran
sendos lobos, los dos hombres encorvaron sus cuerpos y comenzaron a dar vueltas
por la plataforma, sin dejar de espiarse durante un tiempo. Debían caldear el
ambiente, crear tensión en la audiencia, de modo que Caramon tuvo que reprimir
una cordial sonrisa y trocarla en un ademán de furia. Profesaba cierto afecto
al bárbaro, a fin de cuentas era un habitante de las Llanuras y se asemejaba a
Riverwind en muchos aspectos, en su estatura, su cabello negro, aunque no en su
talante jovial, tan distinto del de su serio amigo de antaño.
Su supuesto adversario era uno de los esclavos que se albergaban
en el circo, si bien la argolla de su cuello era vieja y exhibía las huellas de
innumerables lizas. Era obvio que sería uno de los elegidos este año en la
pugna por la llave dorada.
Caramon arremetió con la espada y su rival, tras evitarle de un
salto, interpuso el pie en su carrera y le hizo la zancadilla. Cayó el
guerrero, arrastrado por su propio impulso, entre bramidos de cólera. Los
espectadores gimieron, las féminas suspiraron, pero todos prorrumpieron en una
calurosa ovación al bárbaro, que era uno de los favoritos. Aún estaba el
hombretón postrado de bruces cuando su enemigo lo atacó, ahora blandiendo una
lanza. En el último momento, animado por sus incondicionales y aterradas admiradoras,
Caramon se hizo a un lado, agarró a su agresor por los tobillos y lo arrojó
sobre la plataforma.
El recinto entero pareció venirse abajo, el júbilo del público
traspasaba todos los límites. Los dos luchadores forcejearon en el suelo y,
transcurridos unos segundos, Kiiri irrumpió en la escena a fin de ayudar a su
compañero. Entre ambos se enfrentaron al bárbaro, que rechazaba sus embestidas
coreado por las voces de los espectadores hasta que Caramon, en un gesto de
galantería que hizo las delicias de los presentes, indicó a la gladiadora que
se mantuviera al margen. Quería ocuparse él mismo de su osado oponente.
En medio de un momentáneo silencio, Kiiri pellizcó al guerrero
en las nalgas —algo que no figuraba en el número y que casi le hizo olvidar su
próximo movimiento— y se alejó corriendo. El bárbaro se abalanzó sobre su
adversario, quien se apresuró a extraer su falsa daga. Era éste el momento
culminante de la actuación, así lo habían planeado. Introduciéndose bajo el
brazo levantado del hombre de las Llanuras en una hábil maniobra, Caramón le
hundió su arma en el estómago donde, bajo el emplumado pectoral, se ocultaba un
saquillo lleno de sangre de pollo.
La estratagema surtió efecto. La sangre salpicó al vencedor,
chorreando profusa por su brazo mientras éste miraba al bárbaro para
intercambiar una sonrisa triunfante...
Algo había salido mal.
Tal como estaba previsto, el moribundo abrió los ojos de par en
par; pero aquellas pupilas desorbitadas reflejaban un dolor auténtico,
agrandado por la sorpresa. Se tambaleó hacia adelante, también según las
directrices del acto, si bien el estertor agónico que acompañó su gesto nunca
fue ensayado. Al detener su caída Caramon comprobó, horrorizado, que la sangre
que fluía de su herida estaba tibia.
Liberando su daga, el guerrero procedió a estudiarla sin por
ello desatender a su fingido contrincante, que se había desplomado sobre él.
¡La hoja era real!
—Caramon... —musitó el bárbaro, ahogadas sus palabras en un
esputo sanguinolento.
La audiencia se enfervorizó, hacía meses que no se ofrecían
efectos tan espectaculares.
—¡Yo no lo sabía! —exclamó el hombretón, que no podía apartar la
vista de la daga—. ¡Lo juro!
Pheragas y Kiiri acudieron, prestos, a su lado para ayudarle a
depositar al bárbaro en el lecho de serrín.
—La actuación debe proseguir, no te detengas —le urgió secamente
la nereida.
Caramon, ciego de ira, a punto estuvo de asestar un golpe a la
mujer, pero Pheragas inmovilizó el brazo castigador.
—Tu vida y las de todos nosotros dependen de tu conducta
—susurró al desesperado guerrero—. Y al decir «todos» me refiero también a tu
pequeño amigo.
El humano espió al esclavo negro sin atinar a comprender. ¿De
qué le estaba hablando? Acababa de matar a un hombre, a un amigo y él le hacía
extrañas recomendaciones. Tras desembarazarse de la zarpa de Pheragas hincó la
rodilla junto al bárbaro, oyendo apenas la algarabía circundante y consciente,
en su fuero interno, de que no adivinaban su congoja. Entraba dentro de la
verosimilitud que el vencedor rindiera tributo a su víctima.
—Perdóname —suplicó al yaciente.
—No es culpa tuya —lo disculpó el otro en un quedo balbuceo—. No
debes reprochártelo.
Sus ojos se tornaron vidriosos, una burbuja de sangre reventó en
sus labios.
—Tenemos que sacarle de la arena y concluir el número tal como
lo ensayamos —hostigó Pheragas a Caramon—. ¿De acuerdo?
El interpelado asintió con la cabeza, en un gesto mecánico. «Tu
vida, la de tu pequeño amigo.» ¿Qué significaba? Intentó amonestarse,
exhortarse a la calma. Al fin y al cabo había participado en mil contiendas, la
muerte no era nada nuevo para él. «La vida de tu pequeño amigo.» Estaba
acostumbrado a obedecer órdenes, a acatar el mandato de sus superiores, las
respuestas debería buscarlas más tarde.
La repetición sistemática de estos postulados consiguió acallar
la parte de su mente que hervía de rabia y pesadumbre. Con una frialdad
insondable ayudó a sus compañeros a alzar el cadáver del suelo, imaginando que
todo aquello era ficticio y su amigo sólo se fingía muerto. Incluso hizo el
suficiente acopio de valor para girar el rostro hacia el público y saludar con
una reverencia. Pheragas, por su parte, posó la mano libre en la nuca del
bárbaro y la inclinó varias veces, tan diestramente que nadie dudó que también
él se despedía. Los espectadores los aclamaron en una batahola ensordecedora,
sin cesar de aplaudir hasta que los cuatro gladiadores hubieron desaparecido en
los pasillos subterráneos.
Una vez al abrigo de la audiencia, Caramon posó el cuerpo del
bárbaro en el frío suelo de piedra. Durante largos momentos observó, absorto, a
su amigo, volcándose sobre él sin hacer el menor caso a los gladiadores que
aguardaban allí su turno. Un sombrío torbellino azotaba su cerebro, no podía
pensar con claridad en medio de tantos interrogantes.
Despacio, enderezó la espalda para encararse con Pheragas. Lo
asió por los hombros y, en un inusitado alarde de energía, lo arrinconó en la
pared, a la vez que extraía de su cinto la ensangrentada daga y la agitaba
frente a los ojos del esclavo negro.
—Ha sido un accidente —explicó éste con los labios apretados.
—¡Los cantos ligeramente afilados! —se encolerizó el guerrero,
repitiendo las palabras que formulara su compañero antes de los Juegos—. ¡Se
puede sangrar un poco! No toleraré más embustes, dime qué está sucediendo.
—Ya le has oído, asno, el bárbaro ha sufrido un accidente
—intervino una voz burlona.
Caramon dio media vuelta. El enano se erguía ante él, visible su
achaparrado cuerpo como una sombra retorcida en el oscuro corredor que conducía
a la arena.
—Estoy dispuesto a revelarte los hechos si sueltas de inmediato
a Pheragas —le ofreció, si bien tras su amabilidad se escondía una patente
malevolencia. A su lado se perfilaba la colosal figura de Raag, armado con una
maza—. Los miembros de tu equipo deben salir, el público desea homenajear a los
ganadores.
El hombretón miró a su prisionero y aflojó su garra, tan
desazonado que la daga se deslizó entre sus entumecidos dedos. Kiiri apoyó la
mano en su brazo en una muestra de callada simpatía mientras Pheragas, lanzando
un suspiro, espiaba a Arack con unas pupilas que despedían veneno y echaba a
andar por el pasillo. La mujer y él rodearon el cadáver del bárbaro que yacía,
inmóvil, en la roca, y se encaminaron hacia el exterior.
—¡Me aseguraste que nadie moriría! —exclamó Caramon con una voz
sofocada por la furia y el sufrimiento.
El enano se acercó a su oponente, que había desplomado su peso
contra el muro.
—Ha sido un accidente —insistió—. En ocasiones se producen este
tipo de percances, sobre todo si no se es precavido. Podría ocurrirte a ti en
un momento de descuido, o a ese hombrecillo que tienes por amigo. El bárbaro
cometió una imprudencia o, mejor dicho, fue su amo quien incurrió en un error
imperdonable.
Caramon levantó el rostro y clavó sus desorbitados ojos en
Arack, unos ojos que destilaban horror y perplejidad.
—Veo que empiezas a comprender —comentó el enano al estudiar su
expresión.
—Este hombre ha sucumbido porque su señor ha contrariado a
alguien —aventuró el guerrero.
—En efecto —fue la respuesta de su interlocutor, que se atusó la
barba antes de continuar—. Un sistema muy civilizado, no como en los viejos
tiempos. Ahora se actúa con sutileza, nadie se ha percatado de la desgracia
salvo, por supuesto, el amo del bárbaro. He estudiado su rostro durante la
liza, y en el instante en que has apuñalado a su siervo se ha revuelto en las
gradas como si fuese a él a quien hubieses clavado la daga. Ha captado el
mensaje.
—¿Ha sido una advertencia? —inquirió Caramon.
El enano se limitó a asentir con la cabeza y encogerse de
hombros.
—¿Dirigida a quién? ¿Quién era el dueño de mi infortunado amigo?
Arack titubeó. Prendió de su oponente una mirada de sarcasmo y,
ensanchados sus labios en una sonrisa, calculó qué beneficio le reportaría
desvelar el secreto o, al contrario, guardar silencio. Al parecer la balanza de
sus especulaciones se inclinó hacia la confesión pues, tras un breve balbuceo,
indicó a Caramon que se agachara y le susurró un nombre al oído.
El guerrero quedó desconcertado.
—Es un clérigo, un Hijo Venerable de Paladine —añadió el enano—.
Ocupa un cargo importante como confidente del Príncipe de los Sacerdotes, pero
se ha fraguado la enemistad de un temible personaje.
Un amortiguado estallido de vítores resonó en el circo y, al
percibirlo, Arack ordenó a Caramon:
—Ve a saludar. La audiencia te espera, eres uno de los
vencedores.
—¿Y él? —preguntó el hombretón señalando al exánime bárbaro—. No
puede volver a la arena, lo echarán en falta.
—¡Oh, no! Aquí son frecuentes las distensiones musculares
—explicó el deforme maestro de ceremonias—. Nadie se sorprenderá si no aparece.
Luego, haremos correr la voz de que se ha retirado, que ha obtenido su
libertad.
«¡Obtenido su libertad!» Tan cruel ironía hizo que las lágrimas
se agolparan en los párpados de Caramon. Desvió la faz hacia el pasillo al
escuchar una nueva oleada de aplausos y se dijo que debía recibir el agasajo
del público, pues de ello dependían varias vidas, la del kender, la de sus
compañeros y, por lo visto, la suya propia.
—¡Ya sé por qué dispusiste que fuera yo quien lo matara!
—comprendió de pronto—. Ahora estoy a tu merced, piensas que no hablaré.
—Esa certeza ya la tenía de antemano —repuso Arack con una
siniestra mueca—. Digamos que si te asigné como ejecutor fue para dar
satisfacción a mi cliente, un detalle que me granjeará su confianza. Verás, es
tu amo quien concibió esta patraña y creí que, si era su esclavo quien
materializaba la amenaza, no podría por menos que felicitarme. No te ocultaré
que corres peligro, ya que la muerte del bárbaro clama venganza, pero en cuanto
circule el rumor mi negocio adquirirá un nuevo auge.
—¡Mi amo! —se asombró Caramon, a quien nada le importaban las
cuestiones pecuniarias—. ¿No fuiste tú mi comprador, en nombre de la Escuela?
—Actué como agente, pero no de esta institución —lo corrigió el
astuto hombrecillo.
—¿Y quién es mi...?
El guerrero se interrumpió, conocía la respuesta. Ni siquiera
oyó las siguientes frases de Arack, se lo impidió el súbito rugido que atronó
su mente y que, cual una marea purpúrea, asfixió cualquier razonamiento. Le
dolían los pulmones, le pesaba el estómago y las rodillas le flaqueaban,
incapaces de sostener su mole.
Se hizo el vacío. Cuando recobró el conocimiento estaba sentado
en el pasillo, y el ogro sujetaba su testa entre las piernas. Venciendo su
embotamiento, el colosal humano inhaló aire y, erguida la cabeza, se liberó de
Raag.
—Me encuentro bien —murmuró a través de sus amoratados labios.
—No podemos llevarle fuera en tan triste estado —declaró Arack
en respuesta a una consulta de su secuaz—. Parece un pez recién sacado de la
red, causaría una pésima impresión. Arrástralo hasta su alcoba.
—No —se interfirió una voz en la penumbra—. Yo cuidaré de él.
Era Tas quien había hablado y quien ahora se aproximaba al
grupo, tan lívido su semblante como el de Caramon.
Arack vaciló, mas no tardó en mascullar unos improperios y dar
la espalda a los esclavos. Tras hacer una significativa señal al ogro, se
encaramó a la escalera para cantar las alabanzas de los vencedores frente a la
desenfrenada audiencia.
Tasslehoff se arrodilló junto a Caramon, posando la mano en el
musculoso brazo de su amigo. Al constatar que se había recuperado, ladeó el
rostro hacia el inerte cadáver que yacía, olvidado, en el suelo. El guerrero
imitó su gesto y, sensible a la angustia que rezumaba por todos sus poros, el
kender se atragantó. Tenía un nudo en la garganta, no atinaba sino a dar
reconfortantes palmadas en el hombro del gladiador.
—¿Qué parte de la conversación has escuchado? —preguntó Caramon
con la boca pastosa.
—La suficiente —dijo Tas—. Fistandantilus.
—Sí, él planeó esta terrible afrenta. —El hombretón suspiró y
reclinó la cabeza en la pared, a la vez que cerraba los ojos—. Es así como
pretende desembarazarse de nosotros. No habrá de ponerse en evidencia, bastará
con que ese clérigo...
—Quarath —colaboró Tasslehoff.
—En efecto, Quarath. Él se encargará de destruirnos —el forzudo
humano apretó los puños—, y el mago podrá presentarse ante Raistlin con las
manos limpias. Mi hermano nunca sospechará. En todas las batallas que libre de
ahora en adelante sólo me obsesionará una idea: ¿Es auténtica la daga de Kiiri,
está afilada la lanza de Pheragas? —Levantó los párpados y contempló a su
compañero—. Y tú, Tas, también estás involucrado, ya has oído al enano. Yo no
puedo escapar, pero tú sí. ¡Sal de esta encerrona cuanto antes!
—¿Dónde iría? —inquirió el kender descorazonado—. El nigromante
me encontraría, Caramon, es el más poderoso hechicero que nunca pisó la faz de
Krynn. Ni siquiera un miembro de mi raza podría eludir su asedio.
Durante unos minutos permanecieron sentados en silencio,
envueltos por el lejano vocerío de la muchedumbre. Al rato, los ojos de
Tasslehoff distinguieron un fulgor metálico al otro lado del corredor y,
reconociendo qué objeto lo despedía, se puso en pie y fue a recogerlo.
—Puedo introducirte en el Templo—sugirió entre hondos suspiros,
destinados a afirmar su voz.
Alzó el hombrecillo la daga en el aire y, regresando junto a
Caramon, se la entregó.
—Nos escabulliremos esta noche.
Los dos amigos saldrían por una ancha grieta en la roca cuya
existencia conocía Arack pero que, en un acuerdo tácito, decidió no bloquear
para que los gladiadores pudieran hacer sus correrías nocturnas siempre que no
se abusara del privilegio.
El sarcasmo del Destino
Solinari, la luna de plata, resplandecía en el horizonte.
Alzándose sobre la torre central del Templo del Príncipe de los Sacerdotes, el
astro se asemejaba a la llama de una candela que ardiera sobre un pabilo
aflautado. Esta noche Solinari brillaba en todo su esplendor, tanto que no eran
precisos los servicios de los mozos que, provistos de candiles y fanales, se
ganaban la vida iluminando a los noctámbulos en el recorrido hasta sus hogares.
Depositadas sus lamparillas en los estantes de sus moradas, los guías nocturnos
permanecieron en casa sin poder por menos que maldecir a aquellos haces
luminosos que les arrebataban el sustento.
Lunitari, en cambio, no había aparecido en la bóveda celeste ni
lo haría hasta dentro de unas horas. Entonces alumbraría las calles con sus
rayos purpúreos. En cuanto a la tercera luna, la negra, su tenebroso contorno,
apenas insinuado entre las radiantes estrellas, era observado por un hombre,
quien le lanzó una furtiva mirada mientras se despojaba de su túnica azabache,
repleta de componentes mágicos, para mudarla por una camisola de igual tono,
más ligera y confortable. Tras cubrirse el rostro con la capucha a fin de
eludir la molesta, penetrante luz de Solinari, el arcano personaje se tendió en
el lecho y se sumergió en el descanso que tanto necesitaba su fatigoso arte.
Al menos, tal fue la escena que vislumbró Caramon en su
imaginación cuando, junto al kender, echó a andar por las animadas calles de
Istar. Era ésta una noche desbordante de algarabía. Los compañeros se
tropezaron con numerosos grupos de juerguistas, hombres que comentaban los
Juegos entre estentóreas carcajadas y mujeres que apiñadas en las esquinas,
dirigían al gladiador tímidas y soslayadas miradas. Sus etéreos vestidos
revoloteaban en torno a sus cuerpos, agitados por la brisa aún tibia del otoño.
Una de estas mujeres reconoció al hombretón, quien a punto estuvo de emprender
carrera por el temor de que llamaran a los guardianes para que lo devolvieran
al circo.
Pero Tas, conocedor del mundo, impidió su fuga e, incluso, se
acercó al corrillo. Las damas que lo formaban estuvieron encantadas, habían
visto la lucha de aquella tarde y el guerrero había conquistado sus corazones.
Le hicieron insípidas preguntas sobre su número sin escuchar las respuestas lo
que, por otra parte, benefició a los prófugos ya que Caramon estaba tan
nervioso que, incapaz de coordinar sus ideas, se perdió en explicaciones
banales. Al fin reanudaron la marcha las curiosas hembras, riendo y deseándole
suerte en futuras lides.
De nuevo solos, el hercúleo humano consultó con los ojos a Tas,
quien se limitó a menear la cabeza y responder:
—¿Por qué crees que te he ordenado disfrazarte?
En efecto, a Caramon le había sorprendido que su amigo lo
obligara a ataviarse de aquel modo. Tas insistió en que luciera la dorada capa
de seda con que se personara en la arena, coronada por el llamativo yelmo, un
atavío que al guerrero se le antojó improcedente para introducirse en el Templo
sobre todo si, como suponía, debía arrastrarse entre alcantarillas o
encaramarse a los tejados. Pero, antes casi de que abriera la boca al objeto de
protestar, el kender le dijo tajante que, o bien obedecía, o podía olvidarse de
su ayuda.
No le quedó más remedio que seguir las instrucciones del
hombrecillo, tuvo que ajustarse la capa encima de su holgada camisa y los
calzones cotidianos, procurando que le ocultara también la vergonzosa argolla
de la esclavitud. Insertó, asimismo, en su cinto la daga ensangrentada que,
tras comenzar a limpiar por la fuerza de la costumbre, decidió dejar tal como
estaba. Era mejor así.
Fue sencillo para Tasslehoff forzar el cerrojo de su alcoba
después de que Raag los encerrase, y ambos atravesaron la zona de aposentos
destinados a los gladiadores sin ser detectados. La mayor parte de los
luchadores dormían como leños o, en el caso de los minotauros, la ebriedad
embotaba sus sentidos.
Salieron al exterior sin camuflarse, para desconsuelo de
Caramon. El kender, no obstante, se mostró imperturbable y, de un humor
taciturno inusitado en él, ignoró de manera sistemática las preguntas de su
desconcertado compañero. Se aproximaron, sin prisas, al Templo, que ahora se
erguía ante ellos con sus perlíferos fulgores.
—Espera un instante, Tas —rogó el hombretón a la vez que
arrastraba al kender a un umbrío rincón—. ¿Qué planes has forjado para entrar
en esa mole?
—¿Planes? —repitió el interpelado—. Atravesar la puerta
principal, eso es todo.
—¿Te has vuelto loco? —lo imprecó Caramon atónito—. ¡Los
centinelas nos apresarán!
—Se trata de un Templo —le recordó Tas con un suspiro—, un
santuario consagrado a los dioses donde no tienen cabida las criaturas
perversas.
—Fistandantilus va y viene a su antojo —repuso el guerrero.
—Sólo porque el Príncipe de los Sacerdotes lo permite —contestó
el kender encogiéndose de hombros—. De otro modo, nunca cruzaría el umbral. Los
dioses se encargarían de vedarle el acceso o, al menos, eso es lo que afirman
los clérigos a los que he interrogado.
Caramon frunció el ceño. La daga que ocultaba en su talle
asumió, de pronto, un peso agobiante, el metal de su hoja abrasaba su piel. En
un intento de serenarse el gladiador se dijo que aquellas sensaciones eran
producto de su imaginación, que su arma era idéntica a cuantas había portado en
sus innumerables correrías, y deslizó la mano en el interior de su capa para
tantearla. Ya más tranquilo, inició su andadura hacia el Templo seguido por
Tas, que tras un breve titubeo corrió en su busca a fin de no quedar rezagado.
—Caramon —le susurró el kender al alcanzarlo—, creo que sé lo
que estás pensando, pues lo cierto es que yo comparto esos resquemores. Existe
la posibilidad de que las divinidades nos intercepten el paso.
—Te equivocas, no me ha asaltado una duda semejante. Nuestro
propósito es destruir el Mal —respondió el aludido con monótono acento,
cerrados los dedos en torno a la empuñadura de su daga— y lo lógico es que los
entes superiores nos ayuden en lugar de interponer obstáculos. Así ha de ser,
ya lo verás.
—Pero... —Ahora le tocaba al kender formular un sinfín de
preguntas, y al guerrero ignorarlo.
Llegaron al pie de la magnífica escalinata que conducía al
sagrado recinto, y Caramon se detuvo para estudiar el edificio. Siete torres se
elevaban hacia el cielo en un mudo homenaje a los dioses que las crearon, si
bien la octava, la central, se destacaba sobre todas ellas en una tortuosa
espiral. Radiante bajo la luz de Solinari, no parecía alabar a los supremos
hacedores sino desafiarles en altiva rivalidad. La belleza del Templo con sus
estructuras marmóreas, de delicados matices rosas que destellaban en los rayos
lunares, los remansados estanques donde se reflejaban las estrellas, los vastos
jardines engalanados de exóticas, fragantes flores y, en definitiva, las
profusas ornamentaciones de oro y plata, dejaron al fornido visitante sin
resuello. No acertaba a moverse, su corazón había cesado de latir, atrapado en
el embrujo de aquel espectáculo irreal.
En los recovecos de su mente, de manera apenas sensible, el
terror sustituyó a la fascinación. ¡Había visto antes aquel lugar! Sí, se había
enfrentado a su imponente presencia, sólo que en medio de una pesadilla donde
las torres se encaramaban deformes, atormentadas... Confundido su ánimo, cerró
los ojos. ¿Cuándo? ¿Cómo? Su pensamiento voló al futuro, y se hizo la luz. ¡El
Templo de Neraka, en cuyos calabozos estuvo confinado! ¡El Templo de la Reina
de la Oscuridad! Era idéntico en sus rasgos aunque la soberana, con una inmensa
perversidad, lo había corrompido, transformado en un monumento al Mal. Empezó a
temblar abrumado por este recuerdo e, incapaz de sustraerse del espantoso
prodigio, sintió el impulso de huir a toda velocidad.
Lo despertó de su angustia la voz de Tasslehoff, que tiraba de
su brazo y le ordenaba en voz baja:
—¡Vamos, muévete! Tu actitud podría levantar sospechas.
Bastó el aviso del kender para que el gladiador descartara
aquellas elucubraciones absurdas. Juntos, los dos amigos se encaminaron hacia
la entrada y los centinelas que la guardaban.
—¡Tas! —exclamó el hombretón de forma súbita, agarrando el
hombro de su pequeño acompañante con tanta fuerza que éste emitió un gemido—.
Debemos considerar esto como una prueba. Si los dioses me dejan entrar
significará que obramos justamente, que nos otorgan su bendición.
—¿Tú crees? —indagó el kender vacilante.
—¡Estoy convencido! —Los ojos de Caramon brillaban bajo los
haces de Solinari—. No nos entretengamos, adelante.
Restituida su confianza, el fornido guerrero acometió la
escalada. Constituía una visión sobrecogedora con la áurea, sedosa capa
ondeando a su alrededor y el yelmo reverberando en la iluminada noche. Los
custodios interrumpieron su charla a fin de espiarlo. Uno de ellos masculló
unas palabras inaudibles y su mano trazó un sesgo amenazador, similar al de un
puñal presto a hundirse en la carne, mientras el otro, sonriente, contemplaba a
Caramon sin refrenar su admiración.
Pronto comprendió el recién llegado el significado de aquella
pantomima. Casi se detuvo al sentir de nuevo el contacto de la sangre sobre su
piel, al oír los últimos estertores del bárbaro. Pero no podía abandonar a
estas alturas y, por otra parte, interpretó la escena como una señal, una
llamada a la venganza del espíritu del caído que, acaso, revoloteaba en la
vecindad.
—Deja que sea yo quien hable —le recomendó Tas.
Caramon asintió con la cabeza, y tragó saliva para ocultar su
nerviosismo.
—Yo te saludo, gladiador —declaró uno de los guardianes—. Eres
nuevo en los Juegos, ¿verdad? Hace un momento le comentaba a mi compañero que
se ha perdido una espléndida batalla esta tarde. Y no sólo eso, gracias a ti he
ganado seis monedas de plata. ¿Qué apodo te han asignado?
—El Vencedor —intervino el kender con su habitual desenvoltura—.
Y lo de hoy no ha sido más que el principio. Es imbatible, lo será siempre.
—¿Y tú quién eres, pequeño ratero? ¿Su agente?
El otro soldado recibió esta chanza con sonoras carcajadas, que
Caramon trató de corear a pesar de su agitación. Mientras reía bajó los ojos
hacia Tas, y supo de inmediato que se avecinaban complicaciones. ¡Ratero! Era
el peor insulto que podía dedicarse a un kender, un agravio que nunca quedaba
sin réplica, por lo que el hombretón se apresuró a aplicar su manaza a la boca
de su amigo.
—Sí, es mi agente —repuso sin soltar al ofendido, que forcejeaba
en su zarpa—. Y os aseguro que hace muy bien su trabajo.
—En ese caso vigílalo atentamente —añadió el otro guardián,
estallando en un nuevo acceso de jocosidad—. Queremos verte desgarrar
gargantas, no bolsillos.
Las orejas de Tasslehoff, única parte de su faz visible bajo el
descomunal miembro de Caramon, adquirieron tintes escarlata. Surgieron sonidos
incoherentes de sus labios, amortiguados por la palma del hombretón quien,
temeroso de que su presa se liberase, decidió zanjar la situación.
—Será mejor que entremos cuanto antes —tartamudeó—, se hace
tarde.
Los soldados intercambiaron un picaro guiño, y uno de ellos
ladeó la cabeza para manifestar su envidia.
—He observado cómo te miraban las mujeres —dijo, a la vez que
posaba la vista en los anchos hombros de su oponente—. No me extraña que te
hayan invitado a... a cenar.
¿De qué hablaba aquel individuo? La expresión desconcertada de
Caramon arrancó una risotada de los centinelas más estrepitosa aún que las
anteriores.
—¡En nombre de los dioses! —vociferó uno—. Fíjate en él, se nota
a la legua su inexperiencia.
—Adelante, puedes pasar —le ofreció el otro—. ¡Buen provecho!
Ruborizándose hasta la punta de la nariz, sin atinar a
responder, Caramon se adentró en el Templo con Tas atenazado en sus garras. Al
alejarse, no obstante, oyó las lascivas bromas de los guardianes y captó el
sentido de sus palabras. Arrastró al sofocado kender por un pasillo, dobló el
primer recodo con el que se tropezó y se detuvo. No tenía la menor idea de
dónde estaba.
Fuera ya del alcance de los soldados, soltó a su amigo. Estaba
lívido, tenía las pupilas dilatadas.
—¿Qué se han creído esos malditos fanfarrones? Lamentarán...
—¡Tas! —lo reprendió el humano zarandeándolo con violencia—.
Sosiégate, no olvides que nos hallamos en el interior del santuario.
—¡Ratero! ¡Ni que fuera un ladrón común! —Al kender le salía
espuma por la boca.
Caramon clavó en él una iracunda mirada, que tuvo la virtud de
silenciarlo. Tragó aire y lo exhaló despacio, en un intento de controlarse. Al
fin, todavía resentido por la afrenta, logró articular las frases.
—Estoy bien —anunció—. Te digo que estoy bien, ya ha pasado lo
peor —insistió al constatar que su compañero lo escudriñaba receloso,
dubitativo.
—Parece que hemos entrado, aunque no de la manera que esperaba
—susurró el gladiador—. ¿Has oído sus chanzas?
—No me he enterado de nada después de que me acusaran de ratero,
tu palma taponaba mis tímpanos —lo recriminó Tas.
—Eran procacidades sobre... Me avergüenzo con sólo pensarlo,
esos individuos insinuaban que las damas invitan a los hombres para... bien, ya
me entiendes.
—No te esfuerces, carece de importancia —cortó el kender
exasperado—. Nos han permitido el acceso, ésa era la señal que aguardabas y lo
único que ahora nos interesa. Quizá los soldados se han percatado de tu
ingenuidad y han urdido una burla. Eres demasiado crédulo. Tika no se cansa de
repetirlo.
El recuerdo de su esposa se avivó en la mente de Caramon, casi
podía oír sus divertidos reproches acerca de su excesiva simplicidad. La
añoranza, mezclada con otros sentimientos más dolorosos, lo traspasó como un
cuchillo. Tras dirigir a Tasslehoff una fulgurante mirada, descartó las
imágenes que había invocado.
—Sí —concedió con amargura—, es probable que tengas razón. Han
querido mofarse de mí, y lo han conseguido.
Hizo una pausa en la que, por primera vez, examinó su contorno.
Cuando alzó la testa el esplendor del Templo se dibujó ante él, el esplendor
que correspondía a este lugar sagrado, al palacio de los dioses. No pudo evitar
que su fastuosidad lo impresionara, consciente, de súbito, de su propia
pequeñez, y contempló la escena durante varios minutos. La argéntea luminosidad
de Solinari no hacía sino subrayar la necesidad de venerar a los entes
superiores en cuyo honor se habían erigido aquellos muros.
—Has acertado, los dioses nos han transmitido su señal —musitó.
Había un corredor en el Templo por el que rara vez transitaban
sus moradores y, cuando lo hacían, no era voluntariamente. Si se veían
obligados a jalonarlo para cumplir algún encargo, se apresuraban a resolver el
asunto en cuestión y se alejaban sin demora.
Nada singular encerraba el pasillo mismo, era tan espléndido
como cualquier otra dependencia. Artísticos tapices de suave colorido
embellecían sus paredes, mullidas alfombras cubrían el marmóreo suelo, gráciles
estatuas colmaban las sombrías alcobas. Lo flanqueaban, a ambos lados, una
sucesión de puertas de madera labrada que conducían a otras tantas estancias,
decoradas con tanto primor como las restantes salas del santo paraje. Pero
nadie abría ya estas puertas. Permanecían atrancadas y las habitaciones que
debían guardar estaban vacías, con una sola excepción.
El aposento ocupado se hallaba en el extremo más apartado del
corredor, oscuro y silencioso incluso durante el día. Se diría que su morador
había envuelto en un manto invisible el suelo que pisaba, el aire que inhalaban
sus pulmones, pues quienes penetraban en aquel rincón sentían una inexplicable
asfixia. Al salir, todos recuperaban el resuello como si acabasen de escapar de
una casa en llamas.
Tan peculiar estancia era el dormitorio de Fistandantilus. Lo
fue durante años, desde que el Príncipe de los Sacerdotes asumiera el poder y
expulsara a los magos de la Torre de Palanthas, la Torre donde reinara
Fistandantilus como máximo dignatario del cónclave.
¿Qué pacto habían sellado los exponentes del Bien y del Mal?
¿Qué trato permitía al Ente Oscuro alojarse en el recinto más sagrado de Krynn?
Nadie lo sabía, aunque eran muchos los que especulaban. Entre estos últimos
cundió la creencia generalizada de que la estancia del nigromante respondía a
la generosidad del Príncipe, a un noble gesto con el derrotado.
Pero ni siquiera él, ni siquiera el benevolente clérigo,
frecuentaba el corredor. Aquí, al menos, gobernaba el hechicero en una
supremacía tan irrevocable como aterradora.
En el fondo del enigmático pasillo se recortaba un alto
ventanal. Un afelpado cortinaje, corrido a perpetuidad, impedía el paso de los
rayos solares del día y los haces de las lunas durante la noche. Rara vez la
luz penetraba los gruesos pliegues del paño, neutralizando así la función
primordial de las cristaleras. Pero ahora, acaso porque la servidumbre,
capitaneada por el ama, había limpiado este ala del edificio y desempolvado sus
marqueterías, figuras y demás ornamentos, una ínfima rendija separaba el perfecto
ajuste de las cortinas y la plateada Solinari alumbraba la desierta zona. Las
intangibles hebras del satélite, que los enanos denominaban la Vela de la
Noche, traspasaban la negrura como una alargada hoja de refulgente acero.
«O acaso como el dedo exangüe de un cadáver», pensó Caramon
mientras escrutaba el callado corredor. Tras filtrarse por las vidrieras, el
hilo de luna recorría el alfombrado suelo y se detenía donde él estaba, en su
centro.
—Ése es su aposento —anunció Tas, tan quedamente que el guerrero
apenas le oyó por encima de su propio pálpito—. El de la izquierda.
Caramon escondió de nuevo la mano bajo su capa, en busca del
tranquilizador contacto de la empuñadura de su arma. Pero la halló helada.
Inmediatamente le azotó un repentino temblor al rozarla y se apresuró a retirar
los dedos.
Parecía sencillo caminar por aquel pasadizo y, sin embargo, el
imponente luchador no acertaba a moverse. Quizá se debía a la enormidad de su
propósito, matar a una criatura no en el fragor de la batalla, sino en lo más
plácido del sueño. Segar la vida de alguien que duerme, en el momento en que se
está más indefenso, en el momento en que uno se abandona a la protección de los
dioses. ¿Existía un crimen más aborrecible, más cobarde?
«Los dioses me han dado una señal», recordó. También se perfiló
en su memoria la imagen del bárbaro moribundo y otra ya lejana pero no menos
hiriente, la del suplicio sufrido por su hermano en la Torre. Recapacitó sobre
lo poderoso que era el perverso mago en estado de vigilia. Tales elucubraciones
le infundieron valor, así que echó a andar por el tramo de pasillo que lo
separaba de la enigmática alcoba atraído, además, por la luna, que parecía
inducirle a seguir. No extrajo la daga de su cinto, si bien la palpaba a menudo
para alentarse.
Sintió, de pronto, una presencia tras él. Era Tas, tan próximo
que, al detenerse, el kender tropezó contra su espalda.
—Quédate aquí —le ordenó.
—No —quiso protestar el hombrecillo, pero el guerrero se
apresuró a imponerle silencio.
—Es necesario —insistió—, alguien ha de vigilar el corredor. Si
se acerca un sospechoso, haz un ruido que yo pueda identificar.
Cuando Tasslehoff se aprestaba a poner otros impedimentos, el
gladiador lo fulminó con los ojos, tan inamovible en su decisión que su
oponente tragó saliva y optó por obedecer.
—Me cobijaré en esa sombra —anunció, señalando el lugar y
dirigiéndose a él.
Caramon aguardó hasta asegurarse de que su amigo no iría tras él
de manera «accidental» y, ya satisfecho al vislumbrar que se agazapaba junto a
una planta muerta en su maceta meses antes, dio media vuelta y reanudó la
marcha.
Apostado al lado de aquel esqueleto vegetal, cuyas hojas resecas
crujían al menor movimiento, Tas espió a su amigo. Lo vio llegar al extremo del
pasadizo, estirar la mano y apoyarla en el picaporte de la puerta. Un suave
empellón bastó para que ésta cediera, abriéndose de inmediato, y Caramon
desapareció en el interior del aposento.
El kender empezó a temblar, víctima de una espeluznante
sensación que se extendió por todo su cuerpo y le arrancó un gemido. Se cubrió
la boca con la mano a fin de evitar que se le escapase un grito delator, a la
vez que se apretujaba contra el muro en el convencimiento de que moriría,
completamente solo, en la penumbra.
Caramon rodeó la puerta, que sólo había entreabierto por si
chirriaban los goznes. Nada perturbó la calma, ni tampoco dentro de la
estancia. Ninguno de los murmullos nocturnos del Templo penetraba en la cámara,
como si la agobiante negrura hubiera devorado la vida. Tal era la asfixia que
atenazaba su garganta que el guerrero sintió arder sus pulmones, al igual que
le ocurriera cuando estuvo a punto de ahogarse en el Mar Sangriento de Istar,
pero desechó con firmeza el impulso que lo inducía a correr en busca de aire.
Hizo un alto en el umbral para apaciguar su alterado ánimo, y
escudriñó el dormitorio. La luz de Solinari penetraba a través de una rendija
en la unión de los cortinajes de la ventana, similar en su intensidad a la que
se proyectaba en el pasillo. El fino haz de plata surcaba las tinieblas,
dividiéndolas como una aguja que, con su conspicuo filo, condujera al lecho.
El mobiliario era escaso. Además de la cama, situada en el
rincón opuesto a la puerta, el humano distinguió el amorfo contorno de una
túnica negra doblada sobre una silla. Junto a ella se dibujaban unas botas de
piel, y apenas nada más se reveló a sus ojos en la oscuridad reinante. No ardía
el fuego en el hogar, la noche era demasiado tibia. Asiendo una vez más la
empuñadura de su acero, Caramon lo desenvainó y atravesó la sala guiado por el
único, argénteo resquicio de luminosidad.
«Una señal de los dioses.» Pronunció estas palabras alentadoras
en su fuero interno, pero el pálpito de su corazón se sobreponía a cualquier
acicate. Le asaltó el miedo, un pánico que nunca había experimentado antes y
que paralizaba sus piernas, revolvía sus intestinos, un terror que distendía
sus músculos. Sintiendo la garganta irritada, se apresuró a tragar saliva para
refrenar una tos susceptible de despertar al durmiente.
«¡Debo actuar deprisa!», se aleccionó, horrorizado frente a la
perspectiva de marearse. Terminó de cruzar la estancia, amortiguados sus pasos
por la tupida alfombra, y se inmovilizó junto al lecho. Ahora veía con claridad
la figura que en él reposaba, pues el delgado rayo de luna trazaba una línea
recta en el suelo, se encaramaba por la rica colcha y, culminado su ascenso,
moría en la cabeza que yacía sobre la almohada. Los rasgos del misterioso
personaje, no obstante, se camuflaban al abrigo de la capucha, que sin duda
utilizaba al objeto de aislarse de la luz.
—Los dioses me indicaron el camino —se dijo, sin percatarse de
que había proferido el comentario en voz alta. Acercóse al enemigo y se detuvo,
con la daga en la mano, para escuchar su sosegada respiración y, de este modo,
detectar cualquier cambio en su profundo, regular compás que le anunciara un
próximo despertar. Si eso sucedía, significaría que había sido descubierto.
Inhalar y exhalar, inhalar y exhalar... el aliento era hondo,
tranquilo, el resuello de un joven sano. Caramon se estremeció al recordar cuan
viejo debía ser el mago en realidad, al evocar los relatos que había oído
contar sobre cómo solía renovarse. De aquel hombre, del aire que expelían sus
pulmones, dimanaba firmeza. No se percibían en él titubeos ni aceleraciones. La
luna bañaba la alcoba gélida, inalterable como una señal...
Levantó el brazo de la daga. Un golpe limpio, directo, en el
pecho y todo habría concluido. Pero no, aún no era tiempo. Inclinó el cuerpo
hacia adelante movido por un repentino deseo. Antes de asestar la puñalada
mortal debía conocer el rostro de aquella criatura que tanto había torturado a
su hermano.
«¡Necio, no lo hagas! —exclamó una voz en sus entrañas—.
¡Mátale, no te demores!» Alzó el guerrero el cuchillo, mas su mano rehusó
doblegarse a su mandato. Tenía que ver aquella faz. Estirando sus trémulos
dedos, rozó la capucha, cuya textura se le antojó blanda y acariciadora, y la
apartó. El argénteo fulgor de Solinari se posó en el dorso de su mano antes de
hacerlo en el rostro del durmiente, que bañó con radiante brillo. La mano de
Caramon se tornó rígida, fría, asumió la lividez de la muerte al contemplar sus
ojos el semblante de su proyectada víctima.
No eran aquéllas las facciones de un brujo anciano, maléfico,
desvirtuadas por pecados inconfesables. Ni siquiera eran los rasgos de un ser
atormentado al que hubieran arrebatado la energía corporal para preservar su
vida en un plano superior.
El guerrero se enfrentaba a un rostro en pleno apogeo, agotado
tras las largas noches de estudio pero ahora relajado, plácido en su sueño
reparador. Las arrugas que cercaban su boca delataban una tenaz resistencia al
dolor, se perfilaban profundas como cicatrices, mas no ensombrecían su
juventud. Al hombretón le resultaban más que familiares estos surcos, y de
hecho todas sus otras peculiaridades. En incontables ocasiones había velado a
la criatura que su brazo ejecutor amenazaba, había refrescado sus sienes con
agua fresca...
La mano que blandía la daga descargó su peso sobre el colchón.
Resonó en el aire un grito salvaje, estrangulado, que brotó espontáneamente de
la garganta del guerrero. Cayó éste de rodillas junto al lecho, agarrando el
edredón con los dedos retorcidos en una invencible agonía y el cuerpo
convulsionado por el llanto.
Raistlin abrió los ojos y se incorporó, si bien tuvo que
pestañear al sentir sobre sus párpados la luz de Solinari. Tras cubrirse una
vez más con la capucha procedió, entre irritados suspiros, a arrancar la daga
de los dedos petrificados de su hermano.
La oscura verdad de Raistlin
—Has cometido una estupidez, hermano —declaró Raistlin,
volteando la daga en su delgada mano a la vez que la estudiaba sin excesivo
interés—. Me cuesta creer que seas tan pueril.
Arrodillado en el flanco del lecho, Caramon alzó la vista hacia
su gemelo. Tenía el rostro macilento, desencajado. Cuando despegó los labios
para hablar, fue el hechicero quien parafraseó:
—«No lo comprendo, Raist.»
El gladiador cerró la boca, endurecida su faz en una máscara de
amargura. Sus ojos, acerados por el sufrimiento y la frustración, se clavaron
en el arma que aún sostenía el nigromante.
—Quizás hubiera sido mejor no apartar la capucha —murmuró.
Raistlin sonrió, aunque su hermano no pareció advertirlo,
exhibiendo una mueca irónica.
—No eras libre de elegir, no te quedaba otra alternativa
—apuntó—. ¿De verdad pensabas que podías introducirte en mi aposento y matarme
mientras dormía? Ya sabes que siempre he tenido el sueño ligero.
—¡No era a ti a quien buscaba! —replicó Caramon con voz
quebrada—. Supuse... —No logró terminar su frase.
El mago le miró, al principio desconcertado, y estalló en
carcajadas. Era la suya una risa espantosa, cruel y estridente, que obligó al
kender —todavía oculto en el extremo del corredor— a taparse los oídos. En esta
actitud, ensordecido por el alboroto, Tas se aproximó a la puerta para
averiguar qué ocurría.
—Suponías que era Fistandantilus quien yacía en esta cama
—apostilló Raistlin a la interrumpida explicación de su hermano. Divertido,
reanudó sus perturbadoras muestras de jocosidad—. Había olvidado lo entretenido
que puedes ser.
Caramon se ruborizó y, vacilante, se puso en pie.
—Iba a hacerlo por ti —confesó. Encaminóse hacia la ventana,
descorrió la cortina y observó taciturno el patio del Templo, que refulgía en
matices nacarados bajo los haces de Solinari.
—No lo dudo —repuso Raistlin, con un atisbo de su vieja
acritud—. No recuerdo una sola ocasión en que no fuera yo el motor de tus
acciones.
Una áspera, imperiosa frase del arcano repertorio del hechicero
hizo que la estancia se inundara de luz. Procedía el vivo resplandor de su
inseparable Bastón de Mago, que estaba apoyado en el muro, y a su calor vino a
sumarse el de la fogata. En efecto, tras retirar el cubrecama y alzarse del
lecho, Raistlin pronunció otro versículo y prendieron las llamas en la gélida
piedra de la chimenea. Sus destellos anaranjados animaban su enteca faz y se
reflejaban en aquel par de ojos castaños, penetrantes.
—Llegas tarde, mi querido hermano—continuó—. Fistandantilus ha
muerto, a manos mías —anunció mientras, estirando sus miembros, los calentaba
frente al fuego y ejercitaba sus hábiles dedos.
El guerrero dio media vuelta para escrutar a su hermano,
sobresaltado por el enigmático tono con que le transmitiera tal noticia. Pero,
lejos de lo que él imaginaba, Raistlin permanecía tranquilo junto al hogar,
absorto en la contemplación de las llamas.
—Así que planeaste entrar aquí y hundir la daga en su carne, sin
más preámbulos —musitó en un renovado sarcasmo—. No se te ocurrió otro modo de
aniquilar al mago más poderoso que nunca existió... hasta ahora.
Caramon advirtió que su gemelo se sostenía en la repisa,
repentinamente debilitado.
—Se sorprendió mucho al verme —contó el mago sin que el
hombretón hiciera ademán de socorrerlo—. Se mofó de mí, como hiciera en la
Torre, pero leí en sus ojos que estaba asustado.
»'Y bien, pequeño nigromante, ¿cómo has llegado hasta aquí? —me
interrogó—. ¿Te envió Par-Salian?'
»'No necesito a nadie para emprender este viaje —le respondí—.
Ahora soy el señor de la Torre.'
»No esperaba esta contestación, te lo aseguro. 'Imposible
—comentó sonriente—. Es mi venida la que menciona la profecía, soy yo el Amo
del Pasado y del Presente. Cuando esté dispuesto regresaré a mi propiedad.'
»Pero el miedo se agrandaba en sus pupilas a medida que hablaba
pues penetraba mi pensamiento, adivinaba mis designios. 'No —confirmé sin
necesidad de que expusiera en voz alta sus resquemores—, la profecía no se ha
cumplido según tus esperanzas. Pretendías catapultarte del pasado al presente
utilizando la fuerza vital que me arrebataste para conservar tu integridad, tan
seguro de ti mismo, o tan poco precavido, que no pasó por tu mente la idea de
que yo podía robarte tu fuerza espiritual. Tenías que mantenerme vivo, erudito,
a fin de sorber mi savia y, con este propósito, me enseñaste el manejo del Orbe
de los Dragones. Cuando yacía moribundo a los pies de Astinus inhalaste aire en
mi maltrecho cuerpo, que tú habías sometido a suplicio, me llevaste a presencia
de la Reina de la Oscuridad y le rogaste que me revelara la clave de los textos
antiguos, esotéricos que de otro modo no habrías podido interpretar. Y, una vez
concluido mi aprendizaje, te proponías adueñarte de mi ruinosa carcasa y
reclamarla como tuya.'
Raistlin se encaró con su hermano y éste retrocedió, espantado
del odio, y la ira que bullían en sus pupilas, y que centelleaban con más vigor
que las danzarinas llamas.
—A la vez que me preparaba para que fuera digno de albergar su
alma —prosiguió tras un breve lapso de silencio—, intentaba aumentar mi
fragilidad. ¡Pero luché contra él! Luché contra él —repitió más quedamente,
pero con un énfasis singular en sus palabras—. Lo utilicé, me fui enseñoreando
de su espíritu, recogiendo sus enseñanzas en mi propio beneficio al mismo
tiempo que descubría la manera de sobreponerme al dolor. «Eres el Amo del
Pasado —admití—, mas te falta la energía precisa para desplazarte al presente.
Soy yo el Amo del Presente, y me dispongo a usurpar tu título.»
Exhaló un suspiro, dejó la mano laxa y las chispas que lo
iluminaban devolvieron a su tez, al apagarse, un tono mortecino.
—Le maté —murmuró—, pero tuve que librar una ardua batalla.
—¡Por los dioses! —vociferó Caramon—. Todos creíamos que, si
habías viajado a esta época remota, era con la finalidad de instruirte a su
lado.— Las frases salían entrecortadas de sus labios, la perplejidad demudaba
su semblante.
—Y así fue aunque, tal como te he relatado, mis designios nada
tenían que ver con el perfeccionamiento de mi arte —repuso el hechicero—. Pasé
varios meses en su vecindad, bajo un irreconocible disfraz, y no exhibí mi
auténtico carácter hasta el momento oportuno. Lo despojé de todo el poder que
anidaba en su ser.
—Eso es imposible —negó el gladiador meneando la cabeza—.
Partiste la misma noche que nosotros o, al menos, así lo afirmó el elfo oscuro.
—El tiempo es para ti, hermano, el discurrir del sol, desde el
amanecer hasta el crepúsculo —declaró Raistlin excitado—. Sin embargo nosotros,
los entes privilegiados que dominamos sus secretos, lo consideramos un periplo
más allá de los astros. Los segundos se transforman en años, los minutos en
milenios. Hace ya meses que recorro estas dependencias bajo la identidad de
Fistandantilus. En las últimas semanas he visitado las Torres de la Alta
Hechicería, las que todavía no han sido demolidas, y en sus cámaras me he
consagrado a mis estudios. He estado con Lorac en el reino elfo, donde le
mostré el complejo manejo del Orbe de los Dragones. Fue una dádiva letal para
un ser tan débil, tan vano como él. Antes o después se convertirá en una
trampa. He acompañado a Astinus en la Gran Biblioteca y, sobre todo, me he
ilustrado en el inescrutable mundo de Fistandantilus, él es la mayor fuente de
mi actual sapiencia. He recorrido otros lugares, he presenciado horrores y
prodigios que no se hallan en el limitado alcance de tu comprensión, ni tampoco
de la de Dalamar. El elfo oscuro es sólo un aprendiz, según sus cálculos no
llevo ausente más que un día y una noche, al igual que tú.
Aquello era demasiado para Caramon quien, desesperado ante su
propia ignorancia, trató de aferrarse a una fracción de realidad.
—¿Significa todo eso que ahora estarás bien? Me refiero al
presente, a nuestro tiempo —aclaró, incapaz de argumentar como deseaba—. Tu tez
ha cesado de ser dorada, se han desvanecido los relojes de arena de tus ojos.
Tu aspecto es el de tus años de juventud, cuando fuimos a la Torre hace siete
años. Al regresar, ¿conservarás tu apariencia?
—No, hermano —lo desengañó Raistlin con la paciencia de quien
explica un concepto nuevo a un niño—. Suponía que Par-Salian te había puesto en
antecedentes, pero veo que me equivocaba. O acaso no supiste entenderle. El
tiempo, la Historia, es un río que nunca altera su curso. Lo único que he hecho
es encaramarme a un margen y arrojarme al agua en otro punto de su fluir, sin
evitar que me arrastre. He...
Se interrumpió de manera brusca para centrar su atención en la
puerta. Hizo un rápido gesto con la mano y la hoja, hasta entonces encajada en
el dintel, se abrió bruscamente. Tasslehoff Burrfoot, adosado a su otro lado,
se precipitó en la sala y cayó de bruces.
—Hola —saludó el kender en actitud jovial, levantándose del
suelo—. Iba a llamar, nunca me habría atrevido a espiaros. Además —agregó
mientras se alisaba el jubón y prendía la mirada de Caramon—, he desentrañado
por mí mismo los entresijos de este fenómeno. Si Fistandantilus era Raistlin,
bien podía Raistlin asumir la identidad de Fistandantilus—. Hasta aquí su
exposición era clara, mas al seguir hablando nació el embrollo—. Lo ocurrido es
que Fistandantilus se metamorfosea en Raistlin y éste pasa a ser Fistandantilus,
para luego volver a ser tu hermano. Así de simple.
El guerrero, que nadaba en un confuso torbellino, consultó a su
gemelo. Éste, sin embargo, no respondió, demasiado ocupado en examinar a Tas
con una expresión tan extraña, tan amenazadora, que el hombrecillo se amedrentó
y dio un paso hacia el gladiador... sólo por si precisaba su ayuda, naturalmente.
De pronto, Raistlin ondeó su palma y trazó un signo destinado a
atraer al kender. Tasslehoff no notó que sus piernas se movían, pero se nubló
su vista unos segundos y, sin saber cómo, se halló sujeto por el cuello de la
camisa a escasas pulgadas del hechicero.
—¿Por qué decidió enviarte Par-Salian también a ti? —preguntó en
una voz monótona que hizo vibrar la piel de su prisionero, tal como Flint solía
comentar.
—Pensó que Caramon necesitaría mi concurso —empezó a mentir el
kender pero, al sentir que el nigromante hincaba su zarpa en el hombro que
tenía atenazado, rectificó—. Verás, lo c-cierto —balbuceó— es que no entraba en
sus planes incluirme en la aventura. Fue un accidente, al menos en lo que a él
concierne. —Intentó girar la cabeza hacia Caramon y suplicarle que
interviniera, aunque se lo impidió aquella garra fuerte, poderosa, que casi lo
asfixiaba—. Si me dejaras respirar me resultaría más fácil referirte los hechos
—tuvo agallas para exigir.
—Continúa —le ordenó Raistlin imperturbable, zarandeándole.
—Raistlin, detente —quiso interceder el guerrero, a la vez que
se aproximaba al mago con ceñudo ademán.
—¡Cállate! —lo imprecó el aludido en un acceso de cólera, sin
apartar sus incendiados ojos de su presa—. Y tú, prosigue.
—Encontré un anillo que alguien había desechado. Bueno, quizá no
es este el término apropiado —se corrigió de nuevo, alarmado frente a aquellas
pupilas escrutadoras que lo conminaban a decir la verdad dentro, por supuesto,
de sus posibilidades—. Sería más exacto afirmar que entré en la habitación de
alguien y la sortija cayó, por arte de magia, en una de mis bolsas. Debió de
ser así, pues ignoro cómo fue a parar al fondo del saquillo. En cualquier caso,
cuando el individuo de la Túnica Roja devolvió a Bupu a su ciudad comprendí que
yo sería el próximo ¡y no podía abandonar a Caramon! Elevé una plegaria a
Fizban, o sea, a Paladine, ajusté la joya a mi dedo y me transformé en ratón.
Hizo una pausa al pronunciar esta última frase, a la espera de
provocar en su audiencia una reacción de asombro. Pero, insensible a su
teatralidad, Raistlin comenzó a arder de impaciencia y retorció un poco más el
cuello de su camisola, de tal suerte que Tas se apresuró a reanudar su
historia, temeroso de que le faltase el resuello.
—Conseguí esconderme —explicó con voz chillona, similar a la que
usara como roedor— en el laboratorio de Par-Salian y contemplé los portentos
que allí se estaban obrando. Las rocas cantaban, surgió de la nada una pared
plateada que rodeó a la yaciente Crysania, al aterrorizado Caramon, y tuve que
tomar una determinación. ¡No había de permitir que mi amigo emprendiera el
viaje en solitario! Así pues... —Se encogió de hombros y miró a su
interlocutor, con una expresión de inocencia capaz de desarmar al más cruel
adversario—. Así pues, aquí estoy.
Sin aflojar su garra, Raistlin lo devoró con los ojos como si se
dispusiera a desollarlo y traspasar su alma.
Transcurridos unos instantes, al parecer satisfecho, el mago
soltó a su víctima y se volvió hacia el fuego, absorto en sus cavilaciones.
—¿Qué significa un evento tan irregular? —murmuró—. Un kender
transportado en el tiempo, algo que prohiben las leyes más sagradas del arte
arcano. ¿No será que, contra lo que creemos, puede cambiarse el curso de la
Historia? ¿Es verdadero su relato, o es ésta su manera de desbaratar mis
proyectos?
—¿Qué dices? —indagó Tas, interesado, desde la alfombra, donde
intentaba normalizar el funcionamiento de sus pulmones—. ¿Cambiar la Historia
una criatura como yo? ¿Insinúas que...?
Le interrumpió la actitud del nigromante, que había girado la
cabeza en su dirección. Tanta era la agresividad que destilaba, que el kender
cerró la boca y retrocedió hasta donde se hallaba el guerrero.
—Me he sorprendido mucho al tropezarme con tu hermano, ¿y tú?
—inquirió a su compañero, ignorando el espasmo de dolor que surcaba su
semblante—. Raistlin también se ha quedado atónito al descubrir mi presencia,
¿te has fijado? Resulta extraño, porque cuando visitó el mercado de esclavos
bien debió percatarse de que estábamos juntos.
—¿El mercado de esclavos? —Repitió Caramon. Tras tantas
disquisiciones abstrusas sobre ríos e Historia, al fin oía algo revelador—.
Raistlin, acaba de asaltarme una duda. Si, como aseveras, llegaste a Istar
meses antes que nosotros, gracias a esa facultad tuya de magnificar el tiempo,
podrías haber sido tú quien convenciste a los clérigos del Templo de que
nosotros atacamos a Crysania. ¡Y también nuestro comprador, el misterioso
personaje que dictaminó mi presencia en los Juegos!
Raistlin se agitó, irritado ante esta brusca interrupción de sus
pensamientos. Pero el hombretón insistió.
—¿Por qué? —le reprochó, seguro de haber acertado—. ¿Por qué me
hiciste encerrar en ese lugar?
—¡En nombre de los dioses Caramon! —replicó el hechicero
exasperado, resuelto a encararse con su gemelo—. ¿De qué ibas a servirme en el
estado en que te hallabas al venir? Necesito un guerrero fuerte, no un
borrachín obeso, para mi próxima misión.
—¿Y ordenaste la muerte del bárbaro? —El musculoso humano sintió
el aguijón de la ira—. ¿Fuiste tú quien, a través mío, lanzaste una advertencia
a ese Quarath?
—No seas absurdo, hermano —lo reconvino Raistlin—. ¿Qué pueden
importarme a mí las mezquinas intrigas de la corte, sus insulsas patrañas? Si
quisiera deshacerme de un enemigo, la vida escaparía de sus visceras en
cuestión de segundos. Quarath se vanagloria de merecer mi interés, para él es
un honor.
—Pero el enano...
—El enano sólo oye el tintineo del dinero al caer en su palma.
De todos modos, puedes imaginar lo que gustes. No es asunto que me inquiete.
Caramon guardó silencio, sumido en la reflexión. Tas, por su
parte, abrió la boca —había centenares de preguntas que deseaba formular al
mago—, pero el gladiador le dirigió una mirada fulgurante y volvió a cerrarla.
Tras revisar mentalmente las manifestaciones de su hermano, el
hombretón rompió su mutismo a fin de indagar:
—¿De qué misión hablabas hace unos momentos?
—Por ahora prefiero guardar el secreto —contestó el hechicero—.
Lo sabrás a su debido tiempo, si me permites expresarlo así. Aunque mi trabajo
progresa aún no ha concluido, hay alguien además de ti a quien tengo que
moldear hasta que se avenga a mis designios.
—Crysania —adivinó Caramon—. Todo está relacionado con tu plan
de desafiar a la Reina de la Oscuridad, ¿no es cierto? Si no me equivoco,
necesitas a una sacerdotisa...
—Estoy fatigado —lo atajó Raistlin. Con un gesto apagó la fogata
de la chimenea, con una queda voz de mando disolvió la luz del Bastón de Mago.
Una penumbra gélida, desoladora, descendió sobre el trío, ya que también
Solinari se había ocultado tras los edificios de Istar. El nigromante atravesó
la estancia entre el susurrante murmullo de su túnica, y suplicó—: Deja que me
abandone al sueño. Partid sin demora, no conviene que los espías de Quarath
averigüen vuestra irrupción en el Templo. Es un enemigo peligroso; procura que
no te maten sus esbirros ya que, si eso sucediera, tendría que adiestrar a otro
guardián personal y no hay nada que me moleste más. Adiós, hermano. Debes estar
preparado, no tardaré en llamarte. Y recuerda la fecha.
El guerrero despegó los labios, mas topó con una puerta. Tas y
él se hallaban en el, ahora, tenebroso corredor. Una vez más, la magia se había
hecho presente.
—¡Es increíble! —dijo el kender maravillado—. Ni siquiera he
percibido un movimiento al trasladarme. Estábamos en el aposento y, en un
santiamén, nos encontramos fuera de él. Un ligero ademán ha bastado para
desplazarnos, ¡debe resultar estupendo ser mago! —comentó anhelante, fijos los
ojos en la puerta cerrada—. Envidio esa facultad de transgredir las leyes del
espacio y del tiempo.
—Vámonos —propuso su compañero abruptamente, a la vez que echaba
a andar por el pasillo.
—Caramon, ¿has comprendido la última recomendación de tu
hermano? —inquirió Tas, que había emprendido un rápido trotecillo a fin de
alcanzarlo—. «Recuerda la fecha.» ¿Se acerca algún día señalado? ¿Espera quizá
que le hagas un obsequio?
—No seas necio —lo reprendió el hombretón.
—No lo soy —se ofendió el kender—. Después de todo, no tardarán
en llegar las Fiestas de Invierno y, en esos días, es costumbre intercambiar
presentes. Supongo que en Istar las celebran, igual que en nuestra época. ¿No
opinas tú lo mismo?
Caramon se detuvo, de pronto, sin previo aviso.
—¿Qué sucede? —Tas se espantó al detectar el horror que
desfiguraba el rostro de su amigo y, en una reacción instintiva, escudriñó el
pasillo con la mano posada en la empuñadura de su arma, un cuchillo que portaba
en su cinto—. ¿Qué has visto? Yo no...
—¡La fecha! —vociferó el gladiador sin hacer caso a sus
resquemores—. ¡La fecha, Tas! ¡Las Fiestas de Invierno en Istar! —Dando media
vuelta, sujetó por el brazo al sobresaltado kender—. ¿En qué año estamos?
—Deja que piense —contestó él desconcertado—. Alguien mencionó
que pronto concluiría el año 962.
Emitió el hombretón un gemido y sus manos cayeron, pesadas como
el plomo, junto a sus costados.
—¿Qué pasa? —insistió Tasslehoff.
—¿Dónde está tu agudeza? —lo espetó Caramon y, cabizbajo,
desazonado, siguió caminando a ciegas por la oscuridad. — ¿Qué quieren que haga
yo? ¿Qué pretenden? —farfulló.
El kender avanzaba despacio, meditabundo.
—Recapitulemos. Estamos en el apogeo del invierno del año 962
i.a. ¡Qué ridiculas resultan estas cifras elevadas para medir el tiempo!
Invierno del 962, se me antoja familiar. ¡Ya lo tengo! —exclamó triunfante—.
Fue la última gran fiesta que se celebró antes de... de... —No pudo terminar,
quedó sin aliento.
—Antes del Cataclismo —confirmó el guerrero.
Premoición
Denubis posó la pluma en el escritorio y se frotó los ojos.
Estaba en la tranquila sala de los escribas, tapándose los entornados párpados
con la mano en la confianza de que un breve descanso lo ayudaría. Pero no fue
así. Cuando descubrió de nuevo su rostro y asió el fino cañón con objeto de
reemprender su tarea, las palabras que intentaba traducir siguieron
confundiéndose en un amasijo indescifrable.
Severo consigo mismo, se reprendió y exhortó a concentrarse
hasta que, al fin, las frases se desenmarañaron y recobraron el sentido. En
cualquier caso, halló difícil la labor. Le dolía la cabeza. Desde hacía varios
días una migraña se había instalado en su cerebro y, con su monótono zumbido,
se introducía incluso en sus sueños.
—Debe ser este tiempo tan extraño -—recapacitó en voz alta—.
Hace demasiado calor para la época invernal.
Cierto, el clima podía tildarse de «tórrido» dado lo avanzado
del año. El aire estaba impregnado de una humedad plomiza, agobiante, como si
las brisas frescas hubieran sido devoradas por la singular tibieza ambiental. A
unas cien millas de distancia, en Kathay, la superficie del océano se extendía
lisa, serena, bajo un sol abrumador que impedía la navegación. Las
embarcaciones, a falta de viento, debían permanecer en el puerto mientras la
mercancía se pudría sin remedio.
Enjugándose el sudor de la frente, Denubis trató de aplicarse a
su trabajo con la mayor diligencia posible. Había iniciado la traducción a
lengua solámnica de los Discos de Mishakal, una actividad que requería todo su
esfuerzo, si bien no podía evitar que su mente se distrajera. Las palabras que
debía interpretar evocaban en su recuerdo el relato que oyera discutir unas
horas antes a un grupo de caballeros, una narración siniestra que persistía en
alejarle de sus obligaciones a pesar de sus denodados intentos para conjurarla.
Según estos caballeros un miembro de su Orden, llamado Soth,
había seducido a una joven sacerdotisa elfa y posteriormente la había desposado
llevándola al alcázar de Dargaard, su castillo. Pero Soth ya había estado
casado con otra mujer, al decir de los participantes en la conversación y,
además, se aseguraba que esta primera esposa había muerto en trágicas
circunstancias.
Los dignatarios de Solamnia enviaron una delegación para
arrestar a Soth y retenerle hasta el momento del juicio, pero el alcázar se
había convertido en una fortaleza defendida, a capa y espada, por los leales
seguidores del abyecto señor. Y lo más inquietante de todo era que la dama elfa
a quien el caballero había engañado permanecía junto a él, firme en su amor y
fidelidad pese a haberse demostrado su culpa.
Denubis se estremeció y se conminó a descartar sus perturbadoras
reflexiones. Fue imposible, cometió un error en cuanto se puso a trabajar en la
primera frase. ¡Era inútil! Dejó la pluma en la mesa, en el instante en que se
abría la puerta de la sala de los escribas. Al oír el ligero chirriar de los
goznes, se apresuró a recoger la delicada herramienta y comenzó a garabatear en
el pergamino.
—Denubis —lo invocó una voz vacilante.
—Saludos, querida Crysania —respondió él sonriente.
—Si te molesto puedo volver más tarde —ofreció la sacerdotisa.
—No, de ningún modo —le aseguró el clérigo—, es un placer verte.
No era una simple fórmula de cortesía. La presencia de la dama
poseía el don de serenarlo, hasta tal punto que incluso la migraña pareció
mitigarse. Abandonó el solícito eclesiástico su banqueta y fue en busca de dos
sillas, una para él y otra para su invitada. Acomodóse cerca de la Hija
Venerable mientras se preguntaba, en su fuero interno, el motivo de su visita.
—Me gusta este lugar —declaró Crysania contemplando la
silenciosa y pacífica estancia—. Me cautiva su intimidad, en ocasiones me cansa
el ajetreo del Templo —confesó, a la vez que clavaba los ojos en la puerta que
conducía a los salones principales.
—Sí, resulta relajante —asintió el clérigo—. Al menos en la
actualidad. Cuando llegué aquí, hace de ello varios años, estaba atestada de
eruditos que traducían la palabra de los dioses a diferentes lenguas para
hacerla accesible a todos los pobladores de Krynn. Pero el Principe de los
Sacerdotes juzgó innecesario tan ingente esfuerzo y, uno tras otro, todos
abandonaron la tarea a fin de consagrarse a quehaceres más importantes. Excepto
yo. Supongo que soy demasiado viejo —añadió a guisa de disculpa—. Intenté
dedicarme a otros menesteres, mas no hallé ninguno que me satisfaciera y
resolví seguir. A nadie le importó... o a casi nadie.
No pudo por menos que arrugar el entrecejo al evocar sus largas
charlas con Quarath, quien lo hostigaba sin tregua para sacar el mejor partido
de sus aptitudes. El Hijo Venerable, no obstante, tuvo que darse por vencido,
desistiendo de enderezar aquel caso perdido. Denubis se zambulló de nuevo en
sus pergaminos, sus libros, que tras horas de incansable labor mandaba a
Solamnia, a una biblioteca donde yacían apilados sin que nadie los leyera.
—Pero no hablemos de mí —propuso, al estudiar el macilento
rostro de la eclesiástica—. ¿Qué es lo que te ocurre, querida? ¿Quizá no te
encuentras bien? Perdona mi indiscreción, si oso interrogarte es porque me
inquieta tu aspecto. Te he observado en las últimas semanas y no me ha pasado
desapercibida tu tristeza, lo desdichada que te sientes.
Crysania posó la mirada en sus manos, enlazadas sobre el regazo,
antes de alzarla hacia su oponente y consultarle:
—Denubis, ¿tú crees que la Iglesia representa la voluntad de los
dioses, como debería hacer?
No era eso lo que él esperaba, la conducta de la dama se
asemejaba más a la de la muchacha que ha sido defraudada por su amante que a la
de un creyente decepcionado.
—Por supuesto —contestó confundido.
—¿De verdad? —persistió ella, tan penetrantes su voz y sus
pupilas que Denubis quedó anonadado—. Hace ya tiempo que sirves a esta
institución, cuando te iniciaste en sus secretos todavía no habían sido
investidos el Príncipe de los Sacerdotes y sus ministros. Has sido testigo de
sus paulatinas transformaciones ¿Opinas que ha mejorado?
El eclesiástico abrió la boca para afirmar que sí, que no podía
ser de otra manera con un hombre tan santo como máximo mandatario, pero los
acerados ojos de su interlocutora la sellaron abruptamente. La sacerdotisa
transpasaba su alma, iluminaba aquellos recovecos donde había ocultado sus
críticas durante decenios. Incómodo, pensó en Fistandantilus.
—Verás, quizás hay... —Estaba balbuceando y lo sabía, así que
guardó silencio. Crysania advirtió su rubor, viendo en él una constatación de
sus recelos.
—Ha mejorado —aseveró con firmeza el clérigo, temeroso de
resquebrajar la fe de la mujer como, en un pasado remoto, vacilase la suya—. No
debes mirarte en mi espejo, cuando se está en las puertas de la vejez uno se
muestra reticente a los cambios. Eso es todo, el problema radica en nosotros y
no en los necesarios progresos que exige la vida —insistió—: «Hasta la nieve
era más blanca en los viejos tiempos», solemos decir. El motivo de nuestra
actitud negativa es que nos abruma la modernidad, que no la comprendemos. La
Iglesia actual hace un gran bien al mundo, querida, establece medidas de orden
en la tierra y provechosas estructuras en la sociedad.
—Las quiera o no esa sociedad a la que pretende favorecer
—replicó Crysania, si bien él optó por ignorarla.
—Se halla en vías de erradicar el Mal —prosiguió y, de pronto,
la historia del caballero Soth cruzó su mente en una irrefrenable secuencia.
Acalló presto su influjo perturbador, mas había perdido el hilo de su discurso
y, pese al afán que puso en retormarlo, la dama se le adelantó.
—¿Tú crees? —inquirió—. ¿Podrá extirpar la perversidad de la faz
de Krynn? A mi juicio nos asemejamos a esos niños que por la noche, en la
soledad de su aposento, encienden una vela tras otra para ahuyentar la
oscuridad. Ni ellos ni nosotros entendemos que ésta tiene una razón de ser y,
agobiados por el pánico, acabamos provocando un incendio.
Las implicaciones de estas palabras escaparon a la percepción de
Denubis pero Crysania no se interrumpió, presa de un creciente desasosiego. Era
ostensible que había albergado tales pensamientos durante meses y, al hablar,
les daba al fin una forma concreta.
—No ayudamos a quienes se descarrían, no nos molestamos en
guiarles hacia el camino recto. Les volvemos la espalda con la excusa de que
son criaturas indignas o, peor aún, nos desembarazamos de ellos. ¿Sabías que
Quarath tiene el proyecto de aniquilar a los ogros?
—Pero, querida, se trata de una raza de asesinos, de villanos
—protestó Denubis sin poner excesivo énfasis.
—Una raza creada por los dioses, como nosotros mismos —fue la
contundente respuesta de Crysania—. ¿Ostentamos acaso el derecho, en nuestra
imperfecta comprensión de las grandes leyes del universo, de destruir a seres
que moldearon las divinidades?
—Según esos argumentos hasta la vida de las arañas ha de ser
respetada —aventuró, irreflexivamente, el clérigo. Al estudiar la expresión de
asombro de su oponente, sonrió y trató de excusarse—. No me hagas caso, era un
delirio senil.
—Vine aquí persuadida de que la Iglesia era el máximo exponente
de la benignidad, y ahora me atormentan... —-No pudo concluir, hubo de cobijar
el rostro entre las manos.
A Denubis le dolía el corazón más aún que la cabeza. Extendiendo
su trémula palma acarició la suave y negra melena de la sacerdotisa, deseoso de
consolarla como habría hecho con la hija que nunca tuvo.
—No te avergüences de estos titubeos, pequeña —-le aconsejó, sin
olvidar que también a él le habían obsesionado los suyos—. Habla con el
Príncipe de los Sacerdotes, él disipará tus resquemores con su inmensa
sabiduría.
Crysania lo miró esperanzada.
—¿Querrá escucharme?
—Naturalmente —la tranquilizó Denubis—. Esta noche celebra
audiencia, será el momento oportuno. Y no temas, tus preguntas no despertarán
su cólera.
—De acuerdo —accedió la mujer en actitud resuelta—. Tienes
razón, no debería haber librado esta batalla sin ayuda. Me sinceraré con
nuestro dignatario, él alumbrará las tinieblas de mi espíritu.
Se levantó y, movida por un impulso, estampó un beso en la
mejilla del clérigo.
—Gracias, amigo —susurró—. No quiero interrumpir por más tiempo
tu trabajo.
Mientras la veía alejarse por la sala, ahora soleada, Denubis
sintió un inexplicable pesar. Le asaltó un acuciante temor al imaginarse que,
mientras él se hallaba en aquel lugar luminoso, la sacerdotisa se encaminaba
hacia una vasta negrura. La luz que lo envolvía se tornaba más intensa a medida
que la dama se sumía en unas tinieblas densas, escalofriantes.
Desconcertado, el eclesiástico se llevó la mano a los ojos. No
había sufrido una momentánea alucinación, aquel resplandor lacerante,
deslumbrador, brotaba de una fuente insondable para derramar belleza tan llena
de misterio que no podía enfrentarse a ella. El aura, al penetrar en su
cerebro, incrementaba su migraña hasta hacerla insoportable. «Debo prevenir a
Crysania, detenerla, quizás estas visiones son premonitorias», pensó.
La luz lo subyugó, ahogando su alma en un océano de llamas. Pero
de forma tan brusca como habían nacido, los destellos se fundieron en los
tibios rayos solares y se instauró la atmósfera caldeada, agradable de unos
minutos antes. Denubis estudió, perplejo, su entorno.
No estaba solo. Tras pestañear varias veces a fin de
acostumbrarse a la penumbra, una penumbra que no era tal pero que a él así se
lo pareció después de la experiencia vivida, distinguió la figura de un elfo
que le escudriñaba fríamente. Era un anciano de pronunciada calvicie, poseedor
de una barba cana, larga, atusada. Iba ataviado con una túnica blanca, se ceñía
a su cuello el Medallón de Paladine y miraba a Denubis tan lleno de tristeza
que éste sintió deseos de llorar, aunque ignoraba el motivo.
—Lo siento —se disculpó el clérigo con un hilo de voz si bien,
al apoyar la mano en su castigada cabeza, descubrió que había cesado de
dolerle—. No te he oído entrar. ¿Puedo ayudarte? ¿Buscas a alguien?
—Ya lo he encontrado —repuso el elfo sereno, controlado, pero
sin que la congoja se desdibujara de sus rasgos—. Si, como presumo, tú eres
Denubis.
—Lo soy —confirmó el eclesiástico—. Pero no logro identificarte,
debes perdonar mi torpeza.
—Me llamo Loralon —anunció el recién llegado.
Denubis quedó sin aliento. Se hallaba frente a uno de los Sumos
Sacerdotes elfos, una criatura que, años atrás, se había opuesto al ascenso de
Quarath. Pero su rival era demasiado fuerte, lo respaldaban fuerzas poderosas
que impidieron que fuera escuchado el mensaje de paz, de concordia entre los
pueblos, del que Loralon era portador. Desalentado, el derrotado clérigo se
refugió entre los suyos, en la hermosa tierra de Silvanesti que tanto amaba,
prometiéndose a sí mismo que nunca volvería a pisar el suelo de Istar.
¿Qué hacía en la sala de los escribas?
—Sin duda has cometido un error y es al Príncipe de los
Sacerdotes a quien quieres ver. Iré...
—No —lo interrumpió el anciano—, sólo hay una persona que me
interesa en este Templo y eres tú, Denubis. Acompáñame, nos aguarda un largo
viaje.
—¡Un viaje! —repitió el aludido boquiabierto, en el borde de la
locura—. Es imposible, no he salido de Istar en los treinta años de servicio
que...
—Ven, Denubis —atajó Loralon sin mudar su amable tono.
—¿Dónde? ¿Cómo? No comprendo —exclamó éste. Su interlocutor se
erguía en el centro de la iluminada estancia, espiándole con una pesadumbre
profunda, indescriptible, a la vez que alzaba la mano y la cerraba sobre el
Medallón que exhibía en el cuello.
De pronto, al ver su gesto, Denubis comenzó a vislumbrar la
razón de su venida. Paladine le había concedido el don de predecir el futuro.
Lívido de terror, el bondadoso clérigo meneó la cabeza.
—No —susurró—. Es demasiado espantoso.
—No está todo decidido. Las balanzas se desequilibran, pero no
se han volcado. Nuestro periplo puede ser temporal, o durar más tiempo del que
acertaríamos a calcular. Sigueme, aquí no te necesitan.
El sacerdote elfo estiró el brazo y Denubis sintió una paz, una
beatitud que ni siquiera había experimentado en presencia de su Príncipe.
Inclinó la cabeza y asió la mano que Loralon le tendía, sin poder reprimir las
lágrimas.
Crysania estaba sentada en un rincón de la suntuosa sala de
audiencias del Príncipe de los Sacerdotes, unidas las manos en su regazo y con
el rostro pálido, pero sosegado. Nadie que se hubiera detenido a observarla,
habría detectado el torbellino que azoraba su alma. Nadie, salvo el personaje
que acababa de entrar en la cámara y que, pasando desapercibido a los
presentes, se había instalado en un umbrío recoveco para vigilar a la dama.
Al escuchar la voz musical del sumo mandatario, el
extraordinario acierto con que dilucidaba los urgentes asuntos de Estado,
aquella versatilidad que le permitía pasar, sin intervalo, de los temas
políticos a otros de mayor trascendencia, los relativos a los enigmas del
universo, Crysania se ruborizó. En medio de tanta sapiencia, ¿cómo osaría
abordarlo para plantear sus mezquinas dudas?
Le vinieron a la memoria unas palabras de Elistan: «No recurras
a otros cuando necesites respuestas, búscalas en tu corazón, pasa revista a tu
fe. O bien hallarás la clave de tus anhelos, o llegarás al convencimiento de
que son los dioses quienes la poseen, no el hombre.»
Y así, absorta en sus cábalas, la sacerdotisa interrogaba a sus
propias entrañas. Pero la paz que ansiaba se obstinaba en eludirla y, de
pronto, decidió que quizá no había respuestas a sus disquisiciones. El contacto
de una mano en su brazo interrumpió sus pensamientos. Cuando alzó la faz,
sobresaltada, una voz siseó en su oído:
—Tus preguntas tienen respuesta, Crysania.
Reconoció aquel timbre y, dominada por un súbito nerviosismo,
escudriñó las sombras de la capucha a fin de confirmar sus sospechas. No
distinguió los rasgos, de modo que lanzó una fugaz mirada a la mano que la
sujetaba y al atuendo de su dueño. Vestía una túnica de terciopelo negro, como
imaginaba, mas no halló las runas plateadas que él solía lucir. Una vez más
centró su atención en el semblante, no vislumbrando sino el resplandor de unos
ojos ocultos, una tez lívida.
La mano abandonó su brazo y se izó a la altura del embozo para,
despacio, descubrirlo. Crysania se sintió decepcionada al percibir que los ojos
del supuesto hechicero no eran dorados, no tenían aquella forma de relojes de
arena que se habían convertido en un símbolo. La piel no presentaba tintes
dorados ni tampoco síntomas de debilidad, de dolencias corrosivas, tan sólo se
dibujaban en ella las huellas del cansancio que producen las largas horas de
estudio. Era aquél un hombre sano, atractivo, incluso, a pesar de la mueca de
perpetuo cinismo que se plasmaba en los surcos de la boca y, en cuanto a su
cuerpo, su extrema delgadez quedaba compensada por los músculos que lo
fortalecían. El oscuro atavío revelaba el contorno de unos hombros anchos, de
perfecta constitución, no la figura encorvada del mago que tanto turbaba a la
sacerdotisa.
El aparecido sonrió y sus labios se separaron levemente, en una
ambigüedad inconfundible.
—¡Eres tú! —exclamó Crysania, incorporándose.
Él depositó de nuevo la mano en su hombro y ejerció una ligera
presión, para impedir que se levantara.
—Permanece sentada, Hija Venerable —instó a la dama—. Me uniré a
ti, éste es un rincón tranquilo en el que podremos dialogar sin interrupciones.
Trazó un imperceptible sesgo en el aire y una silla, hasta
entonces semioculta en el otro extremo de la sala, voló hasta él. La
eclesiástica espió la asamblea con el temor reflejado en el rostro pero, si
alguien se había percatado del prodigio, prefirió ignorarlo. Sus ojos se
posaron entonces en el recién llegado, y enrojeció su tez al observar la
expresión burlona con que la miraba.
—Estoy encantada de verte, Raistlin —dijo con acento formal a
fin de disimular su sonrojo.
—También yo de hallarme a tu lado —fue la cortés respuesta del
hechicero, pronunciada con aquel tono de superioridad que tanto la disgustaba—.
Pero mi nombre no es Raistlin.
—Discúlpame —titubeó ella, encendidas ahora sus mejillas en un
rubor purpúreo—. Tus rasgos, tu porte me han recordado a alguien que una vez
conocí.
—Quizá desentrañe el misterio si te digo que, para todas estas
criaturas que nos circundan, me llamo Fistandantilus.
La sacerdotisa se estremeció sin poder evitarlo, azuzada por la
sensación de que las luces de la estancia se ensombrecían.
—No —-repuso meneando, incrédula, la cabeza—. Eso es imposible.
Viajaste a esta época remota para aprender del ser que acabas de mencionar.
—Te equivocas —insistió el interpelado—. Vine con el propósito
de metamorfosearme en él.
—He oído contar historias sobre Fistandantilus —se obstinó la
eclesiástica— y es abyecto, vil. —Durante todo este intercambio no había cesado
de escrutar a su oponente, presa de un recelo teñido de espanto.
—Su perversidad ya no existe —contestó Raistlin—. Ha muerto.
—¿Has sido tú? —inquirió Crysania con un hilo de voz.
—De lo contrario él habría acabado conmigo —explicó el mago
imperturbable—, como destruyó a tantos infelices. Era su vida o la mía.
—Hemos cambiado un influjo maligno por otro.
«¡La estoy perdiendo!», pensó Raistlin al advertir la
desesperanza que ribeteaba aquellas palabras. La examinó en un perfecto mutismo
mientras ella se revolvía en su asiento, ladeado el semblante. Vislumbraba tan
sólo su perfil, más frío y puro que la luz de Solinari, mas esta esquiva
postura no le impidió penetrar su espíritu, del mismo modo que disecaba a los
pequeños animales que abría con su cuchillo en búsqueda de los recónditos
secretos de la existencia. Desmembraba a unos para ver el pálpito de su corazón
y, a la sacerdotisa, la desnudaba de sus defensas externas en un intento de
leer en su alma.
Crysania escuchaba la voz melodiosa del Príncipe, dejándose
impregnar de la paz que irradiaba. Su aparente beatitud, sin embargo, no engañó
al suspicaz hechicero, quien recordaba el aspecto que ofrecía al entrar él en
la sala. Avezado a adivinar las emociones que sus congéneres pretendían
camuflar, no le había pasado desapercibida la delgada línea de su entrecejo, ni
tampoco la sombra que entelaba sus ojos grises. Mantenía las manos enlazadas en
su regazo, pero él vio cómo sus dedos arañaban el paño del vestido. Además,
conocía su conversación con Denubis y las dudas que la agitaban, que
arrastraban su fe al borde del precipicio. No había de resultarle difícil
lanzarla al vacío y, si tenía un poco de paciencia, quizá la eclesiástica se
arrojaría por su propia voluntad.
Reflexionó el mago sobre cómo ella se había sobresaltado al
sentir su contacto así que, cuando menos lo esperaba, se inclinó hacia su
muñeca y la aferró con firmeza. Crysania, en una reacción instintiva, trató de
liberarse de su zarpa, pero no cedió. Indefensa, la dama alzó los ojos y le
miró sin acertar a moverse.
—¿De verdad crees eso de mí? —preguntó Raistlin con el
desencanto de quien, tras haber sufrido indecibles tormentos, constata que de
nada sirvió su sacrificio.
La sacerdotisa, desencajada por el dolor que él le transmitía,
hizo ademán de hablar, pero el nigromante prosiguió, dispuesto a hurgar en la
herida.
—Fistandantilus tenía planeado volver a nuestro tiempo,
aniquilarme, enseñorearse de mi cuerpo e iniciar su andadura allí donde la
abandonara la Reina de la Oscuridad. Quería gobernar a su antojo a los dragones
del Mal sabedor de que sus Señores, entre ellos mi hermana Kitiara, se
arracimarían en torno a su estandarte. Así, la guerra habría asolado de nuevo
la faz del mundo. Yo lo he salvado de esta amenaza —concluyó en tonos apagados.
Sus pupilas atraparon las de Crysania, como sus dedos
aprisionaron la delicada muñeca. Al contemplarse en ellas, la sacerdotisa se
vio reflejada en un espejo y se enfrentó no a la severa, pálida erudita que
tenía a gala ser, sino a una mujer hermosa y tierna. Este contraste fue un
revulsivo. De pronto, comprendió que el hechicero había confiado en su ayuda y
ella le había defraudado. La pesadumbre que destilaba su voz era irresistible
si bien, cuando de nuevo intentó manifestarse, Raistlin reanudó su parlamento,
muy cerca de su oído.
—Conoces mis ambiciones —siseó—, no he tenido inconveniente en
abrirte mi corazón. ¿Aspiro, acaso, a provocar una contienda que me permita
conquistar el mundo? Kitiara, mi hermanastra, me visitó para proponérmelo y yo
rehusé sin vacilaciones. Me temo que tú pagaste las consecuencias de aquella
negativa —afirmó entre suspiros—. Le hablé de ti, Crysania, de tu bondad y tu
poder, con tanto énfasis que ella montó en cólera y encomendó tu muerte a su
esbirro de ultratumba, el caballero Soth. De ese modo esperaba desterrar tu
influencia de mi espíritu.
—¿Es auténtica esa influencia? —indagó Crysania, que ya no se
esforzaba en desembarazarse de su garra, con un temblor de júbilo en su
timbre—. ¿Quizás he logrado que atisbes las sendas del Bien, de la Iglesia?
—¿De esta Iglesia? —corrigió Raistlin, entre amargo y desdeñoso.
Retirando su mano de manera repentina se reclinó en su asiento, recogió los
pliegues de su túnica y clavó en su oponente una mirada aún más sarcástica que
la mueca de sus labios.
El desasosiego, la ira y un súbito sentimiento de culpa tiñeron
los pómulos de la sacerdotisa de unas claras matizaciones rosadas, la gris
intensidad de sus ojos se torno azúrea. Hasta sus labios tomaron color,
confiriéndole una belleza que no escapó a la percepción de Raistlin pese a su
esfuerzo por ignorarla. Este turbador descubrimiento le molestaba, amenazaba
con desviarle de su propósito. Irritado, lo descartó y se concentró una vez más
en su charla.
—No desconozco tus dudas, Crysania —declaró—, adivino tu
profundo descontento. Has penetrado los entresijos de la Iglesia, eres tan
consciente como yo de que sólo se intenta manipular el mundo a su albedrío en
lugar de predicar las enseñanzas de los dioses. Has presenciado escenas en las
que los clérigos, sedientos de supremacía, sellan pactos políticos, derrochan
en banalidades el dinero que debería gastarse en alimentar a los pobres. Al
catapultarte a la antigua Istar te proponías rehabilitar esta institución,
demostrar que fueron otros, y no sus ministros, quienes obligaron a las
divinidades a hundir bajo la montaña ígnea a los transgresores de sus leyes.
Abrigabas la esperanza de acusar a los hechiceros de la hecatombe, ¿me
equivoco?
Incapaz de afrontar este reproche, la dama apartó su semblante.
Pero la humillación que la atenazaba era ostensible en sus más mínimos gestos.
Raistlin se mostró inconmovible.
—Se acerca el Cataclismo —aseveró—, los verdaderos sacerdotes ya
han abandonado el Templo. Tu amigo Denubis, por ejemplo, ha partido esta misma
tarde. Eres tú, Crysania, la única sierva del Bien que queda en la ciudad.
—Eso es imposible —susurró la eclesiástica, con los ojos
desorbitados ante tan imprevista noticia.
Inspeccionó la sala y, por primera vez desde su llegada, prestó
atención a los grupos que cuchicheaban lejos del Príncipe de los Sacerdotes.
Los oyó parlotear sobre los Juegos, discutir acerca de la distribución de los
fondos públicos y comentar la necesidad de formar ejércitos, único medio para
aplastar a los rebeldes... todo en nombre de la Iglesia.
Y entonces, como si quisiera ahogar tan mezquinos conciliábulos,
la voz dulce, armoniosa del máximo dignatario inundó su alma, calmando su
zozobrante ánimo. El Príncipe seguía allí, en su trono, la invitaba a desechar
la negrura y volverse hacia la luz donde su fe inquebrantable, pura, había de
defenderla de cualquier tentación.
—Todavía existe la bondad en el mundo —dijo, fortalecida en sus
convicciones—. Mientras este hombre sin mácula, elegido de los dioses, ostente
el poder, no creo que estos últimos descarguen su ira sobre la Iglesia. Si,
como relata la Historia, están a punto de invocar una hecatombe, es para
castigar a quienes vuelvan la espalda a nuestro santo estamento.
Su tono era desapasionado, su serenidad irrefutable. Se levantó
resuelta a salir y Raistlin, tras imitarla, se aproximó a ella sin cejar en su
empeño. Ajena al escrutinio al que su interlocutor la sometía, la sacerdotisa
prosiguió:
—O quizá las divinidades condenarán con su acción a todos
cuantos se obstinan en ignorar el prudente mandato del Príncipe, la verdad que
él simboliza. Sin duda él presiente la catástrofe e implora la piedad de los
supremos hacedores en un desesperado intento de evitarla.
—Fíjate en ese «hombre sin mácula, elegido de los dioses» —le
urgió el hechicero con su proverbial susurro.
Estirando la mano, Raistlin inmovilizó a Crysania y la forzó a
mirar al mandatario. Agobiada por los remordimientos, enfurecida consigo misma
por su flaqueza y por haber permitido que el nigromante ahondara en ella, la
dama forcejeó con objeto de apartarse. Pero él la sujetaba con firmeza, el
contacto de sus dedos le abrasaba la piel.
—¡Fíjate en esa criatura! —repitió el hechicero, al mismo tiempo
que le hacía levantar la cabeza para que contemplara la luz, la gloria que
rodeaba al sumo dignatario.
Sintió Raistlin que aquel cuerpo tan cercano al suyo se agitaba
en un ligero temblor, y sonrió satisfecho. Adelantando su encapuchada cabeza
hacia la de la mujer, le murmuró al oído:
—¿Qué ves, Hija Venerable?
No recibió más contestación que un gemido.
—Descríbemelo —insistió, tibio su aliento al rozar el pómulo
femenino.
—Un hombre —balbuceó Crysania, llena de perplejidad ante la
imagen que se revelaba a su examen—. Sólo un ser humano, exhausto y asustado.
Advierto las arrugas de su tez, las pronunciadas bolsas oculares que denotan un
continuo desvelo. De sus azules pupilas se desprende un temor, un pánico que
nunca osaría confesar en público...
Comprendió, de pronto, la magnitud de sus palabras y calló,
consciente de la proximidad de Raistlin, del poder que sobre su talante ejercía
aquel cuerpo musculoso pese a hallarse embutido en una gruesa túnica de
terciopelo. Desconcertada, se soltó de un violento tirón.
—¿En qué encantamiento me has sumido? —inquirió enfurecida,
encarándose a su oponente.
—En ninguno, Hija Venerable, lo único que he hecho es desvirtuar
el hechizo donde él se refugia de su miedo. Ese miedo será la causa de su caída
y la posterior destrucción del mundo.
Crysania lo consultó con la mirada, remisa a aceptar tales
afirmaciones. Quería que mintiera, lo necesitaba, si bien no tardó en
recapacitar que, aunque así fuera, poco importaba. No podía engañarse a sí
misma.
Confundida, abrumada, la dama dio media vuelta y, cegada por las
lágrimas, abandonó a toda carrera la sala de audiencias.
Raistlin la espió mientras huía, insensible a su propia
victoria. No cabía alegrarse por algo que había previsto de buen principio.
Sentándose una vez más, ahora junto al fuego, asió una naranja de un frutero
depositado sobre la mesa y, abstraído en sus cavilaciones, comenzó a mondarla
sin desviar la vista de las llamas.
Alguien más, uno de los presentes en la cámara, observó la
despavorida fuga de Crysania. También, aunque se mantuvo al margen, contempló
cómo el hechicero comía la fruta, sorbiendo primero su jugo para luego engullir
la pulpa.
Lívido su rostro en una mezcla de ira y aprensión, Quarath dejó
la estancia y se encerró en su aposento, donde paseó inquieto hasta el alba.
La noche de los Hados
Fue conocida en la Historia como la «Noche de los Hados», la
noche en la que los auténticos clérigos abandonaron Krynn. Dónde se dirigieron,
cuál fue su destino, es algo que ni siquiera figura en las Crónicas de Astinus.
Hay quien afirma haberlos visto en los trágicos días de la Guerra de la Lanza,
tres siglos más tarde de su desaparición, y son numerosos los elfos que juran
por lo más sagrado que Loralon, el más importante y devoto de los sacerdotes de
su raza, recorrió las arrasadas tierras de Silvanesti, llorando su declive y
bendiciendo los esfuerzos de cuantos se entregaron a la ardua tarea de
reconstruirla.
Pero, para la inmensa mayoría de los habitantes de Krynn, el
desvanecimiento de los verdaderos ministros del Bien pasó desapercibido. Sea
como fuere, aquélla fue la Noche de los Hados en diferentes aspectos.
Crysania huyó de la sala de audiencias del Príncipe de los
Sacerdotes movida por el desconcierto, por el temor. El desconcierto era fácil
de explicar, había visto a la más perfecta criatura, un dignatario que aún
reverenciaban los eclesiásticos de su tiempo, como un simple mortal asustado de
su propia sombra, un hombre que se agazapaba tras sus hechizos y permitía que
otros gobernaran en su nombre. Todas las dudas, los recelos que habían revuelto
su alma cobraron vida con lacerante intensidad. En cuanto a su temor, no podía,
o no quería, definirlo.
Al salir de la estancia corrió a trompicones, sin saber qué
hacía ni a donde iba. Transcurridos los primeros minutos de incertidumbre,
deseosa de serenarse, se refugió en un rincón, secó sus lágrimas y recobró la
compostura perdida. Avergonzada de su pasajera pérdida de control, la
sacerdotisa decidió presta su curso de acción.
Tenía que encontrar a Denubis, demostrar a Raistlin que se había
equivocado.
Tras recorrer varios pasillos vacíos, iluminada por la exigua,
tenue luz de Solinari, Crysania arribó al ala del Templo en la que se hallaba
el aposento del clérigo. Aquélla historia de eclesiásticos que se esfumaban sin
dejar rastro no podía ser cierta. Cuando vivía en el futuro, en su propia era,
la dama nunca creyó las leyendas sobre la Noche de los Hados, que juzgaba un
cuento infantil. Ahora que le había sido dado vivirla, aún estaba persuadida de
que Raistlin cometía un error.
Avanzó sin pausa, familiarizada con el camino. Había visitado a
Denubis en incontables ocasiones a fin de conversar sobre teología o historia,
o bien para escuchar los relatos de éste acerca de su hogar.
Llamó con los nudillos, suavemente, y nadie contestó.
—Duerme —se dijo a sí misma, irritada por el súbito
estremecimiento que agitó sus vísceras—. Ya ha pasado la hora de la Vigilia. No
debo molestarle, regresaré mañana.
Pero golpeó una vez más la puerta, al mismo tiempo que pronunciaba
el nombre del clérigo. Tampoco hubo suerte.
—Volveré —determinó, si bien su mano manipulaba el picaporte,
desobediente a su voluntad de retirarse—. Denubis —susurró con un nudo en la
garganta. Reinaba una gran oscuridad en aquella zona, que se asomaba a un patio
interior y, así, no recibía los haces lunares—. ¡Esto es ridículo! —se
reprendió severa, visualizando la turbación del clérigo y la suya propia si él,
al despertar, se tropezaba con una figura femenina en la negrura de su
dormitorio.
De nada le sirvieron estas recomendaciones, abrió la puerta de
par en par y se apresuró a encender una vela encajada en su palmatoria. El
orden, el recogimiento eran absolutos.
Los libros del eclesiástico, sus plumas y los documentos que a
menudo tomaba prestados de la sala de escribas para concluir su labor yacían en
el escritorio, como si hubiera abandonado la alcoba con la intención de
regresar de inmediato. Incluso su ropa estaba allí, confirmando las esperanzas
de la dama, pero un sentimiento de ausencia inundaba la cámara, tan fría y
desnuda como el intocado lecho.
Por un instante el resplandor de la candela enteló la vista de
Crysania y, al notar que le flaqueaban las rodillas, se apoyó en el quicio de
la puerta. De nuevo se forzó a relajarse, a razonar. Extinguió la oscilante
llama, la dejó en su lugar, cerró con firmeza la puerta y, haciendo acopio de
energías, se encaminó hacia los pasillos donde estaba su dormitorio.
Debía admitirlo, había llegado la Noche de los Hados y, con
ella, el fin de la institución a la que servía. Se acercaban las Fiestas de
Invierno, y, según los anales de la Historia, dentro de trece días se
desencadenaría el Cataclismo. Este pensamiento hizo que se detuviera. Débil,
mareada, se asomó a una ventana abierta que daba al jardín, a esta hora bañado
por los blancos resplandores de Solinari. Debía despedirse de sus planes, sus
sueños, su propósito. Al regresar a su época tan sólo podría informar de un
desesperante fracaso.
El plateado jardín danzaba en una nebulosa, la sacerdotisa
estaba demasiado consternada para contemplarlo e imbuirse de su paz. Había
encontrado una Iglesia corrupta, a un Príncipe incapaz de evitar la destrucción
del mundo. Hasta había fallado en su designio de apartar a Raistlin de la
oscuridad, sabía que el hechicero nunca la escucharía e intuía que, en este
mismo instante, el nigromante se reía de su ingenuidad con su espantosa mueca
burlona.
—¿Hija Venerable? —la invocó una voz.
—¿Quién eres? —preguntó ella, enjugando su llanto y tratando de
aclararse la garganta. Tras pestañear varias veces escrutó la penumbra, justo a
tiempo para vislumbrar una embozada figura que emergía de su manto. Estaba sin
aliento, apenas pudo insistir en su demanda —: ¿Quién va?
—Me encaminaba hacia mis aposentos cuando te vi inclinada sobre
el alféizar —anunció el recién llegado, que ni sonreía ni se mofaba. Ribeteaba
su timbre una nota de cinismo, aunque provista de una extraña calidez que
arrancó un trémulo suspiro de la sacerdotisa.
—Confío que no estarás enferma ni trastornada —dijo el
aparecido, aproximándose a Crysania.
Era Raistlin quien la abordaba, no le cupo la menor duda pese a
no vislumbrar su rostro, oculto tras la negra capucha. Sus ojos brillantes,
fríos bajo los haces del argénteo satélite, lo identificaban de manera
inequívoca.
—No —murmuró lacónicamente la eclesiástica.
Desvió presta la mirada, ansiando que se hubiera esfumado la
huella de sus sollozos y haciendo un supremo esfuerzo para contenerlos. Fue
inútil: el cansancio, las tensiones sufridas, la conciencia de su derrota
exigían un desahogo, se manifestaba en sendos riachuelos que surcaban sus
mejillas.
—Vete, te lo ruego —dijo Crysania con los párpados entornados y
un salado y amargo sabor de boca, consecuencia de las lágrimas que se
introducían en su paladar.
Sintió el tibio contacto de aquel cuerpo que la envolvía con su
mera presencia, del suave terciopelo al acariciar su brazo desnudo. Olió un
aroma especiado, mezcla de pétalos de rosa y los elementos de putrefacción
—acaso alas de murciélago, el cráneo de algún animal inimaginable— que
utilizaban los hechiceros en su arte. Paralizada por el penetrante efluvio, dio
un respingo al percibir en su pómulo la caricia de unos dedos delgados,
sensibles, fuertes, transmisores de un extraño calor.
O bien la mano desalojó las lágrimas o éstas se evaporaron bajo
su ardiente textura, Crysania no logró adivinarlo. Alzaron las yemas su mentón
para apartarla de la luz nocturna y la dama quedó petrificada, ahogada por su
propio pálpito. Mantuvo los ojos cerrados, temerosa de lo que podían ver,
aunque sus sentidos permanecieron despiertos a aquel cuerpo enteco que la
abrazaba con dulzura, perturbador.
De pronto, Crysania deseó que la negrura de Raistlin la
cobijase, la reconfortara en su desasosiego, anheló que su llama abrasadora
conjurara el frío de sus entrañas. Levantó los brazos, estiró las manos en su
busca, mas él se había esfumado. Oyó el crujir de sus ropajes al retroceder por
el callado corredor.
Sobresaltada, la sacerdotisa abrió los ojos. Apretó, de nuevo
llorosa, la mejilla contra el ventanal, si bien ahora sus lágrimas eran de
júbilo.
—Gracias, Paladine —susurró—. El camino se abre despejado ante
mí, no te decepcionaré.
Una figura arropada en su negra túnica surcaba las dependencias
del Templo. Todos cuantos se tropezaban con la criatura se hacían a un lado
presos del pánico, amedrentados por la cólera que se adivinaba, aunque
invisible, bajo su lóbrega capucha.
Al fin Raistlin se adentró en el pasillo de su aposento, se
introdujo en la penumbra de éste y, tras dar un seco portazo que casi
resquebrajó la hoja, prendió una fogata mediante un gesto arcano. Las llamas
chisporrotearon en la chimenea y el mago empezó a caminar de uno a otro lado de
la estancia, profiriendo maldiciones contra sí mismo, hasta sentirse demasiado
cansado para andar. Se desplomó entonces en una butaca, y contempló el ígneo
espectáculo con ojos febriles.
—¡Insensato —se amonestó—, debería haberlo previsto! ¿Cómo no he
imaginado que este cuerpo posee, a pesar de su fortaleza, la gran debilidad que
comparten todos los seres vivos? Por muy inteligente, disciplinado que sea,
aunque crea tener bajo control mis emociones, una de ellas, invencible, se
agazapa en las sombras como un ave rapaz, dispuesta a saltar sobre mí. —Emitió
un gruñido de rabia y se clavó las uñas en la carne, con tal violencia que no
tardó en brotar sangre—. Todavía puedo verla, admirar su tez de marfil y sus
pálidos labios. Huelo su cabello, siento la ondulante suavidad de su persona
cerca de mí.
»¡No! —se rebeló en un alarido—. No permitiré que eso suceda. O
quizás... ¿Y si la sedujera? —se dijo de pronto—. Así caería en las redes de mi
poder.
Tal idea se le antojó tentadora, provocó en sus entrañas un
arrebato de deseo que convulsionó todas sus vísceras, mas el talante
calculador, lógico, que siempre lo alentaba se sobrepuso al momentáneo ardor.
«¿Qué sabes tú del amor, de los raptos de los sentidos? —se
preguntó—. Eres un niño en tales cuestiones, más ignorante que el mentecato de
Caramon.»
Las imágenes de su adolescencia poblaron su memoria como una
tempestad. Frágil y enfermizo, conocido por sus mordaces sarcasmos y su
carácter hosco, Raistlin nunca atrajo la atención de las mujeres, a diferencia
de su apuesto hermano. En aquella época, no obstante, lo absorbían tanto sus
estudios de magia que apenas percibió la pérdida. Sin embargo, tuvo la
oportunidad de experimentar una relación amorosa. Una de las novias de su
gemelo, hastiada de la conquista fácil, decidió que aquella oscura réplica del
guerrero podía resultar interesante. Hostigado por las bromas de su hermano, y
de sus compañeros, Raistlin cedió a las insinuaciones de la joven, y ambos se
embarcaron en una aventura que había de constituir un rotundo fracaso. La
muchacha se entregó a los brazos de Caramon y el hechicero, por su parte,
constató lo que ya sospechaba: sólo hallaría el auténtico éxtasis en el mundo
arcano.
Pero su cuerpo, ahora más joven, más vital, más semejante al de
su gemelo, bullía en una pasión que antes nunca sintiera. Anhelaba ceder a su
dictado, se debatía contra el raciocinio que le aconsejaba desoír la apremiante
llamada. Tras una encarnizada lucha, venció la mente.
«Acabaría por destruirme a mí mismo —comprendió— y, en lugar de
favorecer mis designios, los entorpecería. Crysania es una criatura virginal,
pura de cuerpo y de alma. En esa pureza radica su fuerza, la necesito moldeada
pero intacta.»
Una vez tomada tan firme resolución, habituado a ejercer un
perfecto dominio sobre su naturaleza humana a través del cerebro, el joven mago
se relajó y acomodó en la butaca, dejando que el agotamiento se adueñara de él,
lo acunara. El fuego se redujo a rescoldos, sus ojos se cerraron para inducirlo
al descanso que renovaría sus energías.
Pero, antes de abandonarse al sueño, sentado aún en el sillón,
vislumbró una solitaria lágrima que brillaba a la luz de la luna con una
vivacidad nada halagüeña.
La Noche de los Hados seguía su curso en el interior del Templo.
Un acólito fue despertado en lo más profundo de su reposo con la orden de
presentarse ante Quarath, al que halló en su dormitorio.
—¿Me has mandado llamar, señor? —preguntó al clérigo elfo sin
poder reprimir un bostezo. Tenía un aspecto desaliñado ya que, inevitablemente,
se había puesto la túnica al revés en su prisa para atender al requerimiento de
su superior en una hora tan intempestiva.
—¿Qué significa este informe? —inquirió Quarath, a la vez que
señalaba un pergamino depositado en su escribanía.
El acólito se inclinó hacia adelante para leerlo, frotándose los
embotados ojos a fin de extraer alguna coherencia de su contenido.
—Sólo lo que dice, señor —anunció al cabo de unos segundos.
—¿Que Fistandantilus no es el responsable de la muerte de mi
esclavo? —se asombró el eclesiástico—. Me cuesta creerlo.
—Es del todo cierto, puedes interrogar tú mismo al enano —repuso
el somnoliento joven—. Confesó, después de ser persuadido con una suma
substancial de monedas de plata, que había alquilado sus servicios la persona
que aquí se menciona, porque deseaba vengarse de la Iglesia. Al parecer, esta
institución ha requisado sus propiedades en los aledaños de la ciudad.
—¡Conozco bien la causa de su inquina! —exclamó Quarath—. Y
matar a mi esclavo es una acción muy propia de Onygion, insidioso y cobarde. No
se atreve a encararse conmigo.
Se hizo el silencio hasta que, transcurridos unos minutos, el
elfo inquirió, al mismo tiempo que clavaba en el acólito una aviesa mirada:
—¿Por qué fue ese gladiador y no otro quien cumplió el encargo?
—El enano me aseguró que se debía a un negocio secreto entre
Fistandantilus y él. El primer «trabajo» de esta índole que surgiera había de
ser encomendado a Caramon.
—Eso no figura en el manuscrito —comentó Quarath sin desviar los
ojos de su interlocutor.
—No —admitió éste, ruborizándose—. No me gusta la idea de
referirme por escrito al mago. Podría leer su nombre, y temo su reacción.
—No te reprocho que tomes ciertas precauciones —contestó el
eclesiástico—. De acuerdo, me doy por satisfecho. Puedes retirarte.
El acólito hizo una callada reverencia y volvió, aliviado, al
lecho.
Quarath no imitó a su subordinado sino que pasó varias horas en
su estudio, concentrado en examinar el informe.
—Pronto seré más asustadizo que el Príncipe de los Sacerdotes,
quien ve sombras donde no las hay —susurró tras un largo rato de exhaustivas
meditaciones—. Si Fistandantilus quisiera acabar conmigo le bastaría con
chasquear los dedos, debería haber comprendido que éste no es su estilo. De
todas maneras, en la sala de audiencias no se ha separado de la sacerdotisa
—agregó en un mar de dudas—. ¿Con qué intenciones? Acaso tan sólo con las que
cabe imaginar —se tranquilizó—, no deja de ser un humano y, esta vez, el cuerpo
del que se ha investido es más vital que los que suele arrastrar.
El elfo esbozó una sonrisa mientras ordenaba la escribanía y
archivaba el pergamino, con su acostumbrado esmero. «Se acercan las Fiestas de
Invierno —recapacitó—, apartaré de mi mente el asunto hasta que hayan concluido
las celebraciones. Además, no está lejos el día en que el Príncipe invocará a
los dioses para que extirpen el Mal de la faz de Krynn y, cuando eso suceda,
tanto Fistandantilus como sus seguidores tendrán que refugiarse en las
tinieblas que los engendraron.» Bostezó y se desperezó, no sin antes resolver
que se ocuparía de Onygion con toda celeridad.
La Noche de los Hados había llegado casi a su término. Los
albores matutinos despuntaban en el horizonte mientras Caramon, tumbado en su
alcoba, contemplaba su línea grisácea. Mañana participaría en otra sesión de
los Juegos, los primeros desde el accidente.
La vida no había sido grata para el gladiador en los últimos
días. Nada cambió en apariencia, los otros luchadores eran veteranos que
conocían a fondo los entresijos del espectáculo, su auténtico significado.
—No es un mal sistema —le aseguró Pheragas, encogiéndose de
hombros, la mañana siguiente a la intrusión de Caramon en el Templo—. Es mejor
que matar a millares de hombres en el campo de batalla. Aquí, si un noble sufre
la afrenta de otro soluciona su feudo en privado y, de este modo, todos quedan
satisfechos.
—Salvo el inocente que sucumbe a una causa que ni le interesa ni
comprende —objetó el guerrero enfurecido.
—No seas pueril —lo reprendió Kiiri, que bruñía con ahínco una
daga falsa—. Tu mismo actuaste en un tiempo como mercenario, y no creo que te
preocupasen mucho los objetivos que defendías. ¿Acaso no te vendías al mejor
postor, al que más pagaba? ¿Habrías luchado por otros motivos?
—Por supuesto que sí —protestó Caramon—. A decir verdad, siempre
guerreaba al lado de quienes merecían mi aprobación, no por dinero. Elegía mi
bando escrupulosamente, nunca ayudé a un litigante sin creer en la bondad de
sus propósitos. Aunque me ofrecieran soldadas importantes las rechazaba de no
estar convencido, y mi hermano pensaba como yo. Juntos... —enmudeció, con un
nudo en la garganta.
—Además —prosiguió la nereida ignorando su vehemente discurso—,
estos contratiempos confieren a los Juegos un elemento de tensión nada
desdeñable. A partir de ahora te batirás mejor.
El hombretón rememoraba esta charla en la media luz del amanecer
y trataba de extraer conclusiones con su mente metódica, lenta. Quizá Pheragas
y Kiiri tenían razón, quizá se comportaba como el niño que llora cuando su
juguete preferido, el más bonito, le produce un corte doloroso. Pero, tras
enfocar los argumentos de sus amigos desde mil puntos de vista, decidió que
ambos se equivocaban. Todo hombre ostentaba el derecho de escoger su forma de
vida, su manera de morir. Sin el libre albedrío la existencia carecía de
sentido, nadie podía determinar el destino de otro.
En esta hora ambigua, indefinida, un peso aplastante cayó sobre
los hombros de Caramon, quien se incorporó y, apoyado en el codo, escudriñó la
estancia sin apenas distinguir el entorno. Si estaba en lo cierto, si cualquier
criatura debía tener su oportunidad, ¿por qué se obstinaba en recuperar a su
hermano? Raistlin había preferido adentrarse en las sendas del Mal en lugar de
seguir las de la luz, y él se reservaba la prerrogativa de alejarlo de su
camino. ¿No era esto obrar en contra de sus propios principios?
Sus pensamientos se remontaron a la época que evocara, sin
proponérselo, mientras hablaba con Kiiri y Pheragas, aquellos días anteriores a
la Prueba que fueron los más felices de su vida.
Recordó, en efecto, sus tiempos de mercenario en compañía de su
gemelo. Se complementaban a la perfección y siempre fueron bien acogidos por
los nobles pues, aunque los guerreros abundaban como las hojas en los árboles,
encontrar magos dispuestos a colaborar en la pugna era ya otro cantar. Al
principio muchos aristócratas desconfiaban del aspecto frágil, quebradizo de
Raistlin, pero pronto les ganaba su valor y, naturalmente, su destreza. La
pareja de hermanos recibía lucrativos encargos, estaba muy solicitada entre los
señores solariegos.
Sin embargo, no se dejaban impresionar por las cuantiosas
ofertas. Como el guerrero le dijera a Kiiri, sólo emprendían empeños dignos de
su respeto. «Gracias a Raistlin —recapacitó el guerrero nostálgico—. Yo habría
combatido para cualquiera que me lo hubiese propuesto; la causa, como insinuó
la gladiadora, poco me importaba. Era él quien insistía en que debía ser justa,
rechazó más de un trabajo por considerar que entrañaba ayudar a un ser más
fuerte a aumentar su poder y, así, devorar a otros menos afortunados.»
—¡Y pensar que mi hermano hace ahora lo que tanto condenaba!
—exclamó el hombretón sin alzar la voz, fija la mirada en el techo—. ¿O quizá
no? Los magos afirman que crece a expensas de los más débiles, pero no puedo
fiarme de ellos. Par-Salian incluso admitió que fue él quien le lanzó al abismo
y, por otra parte, Raistlin ha desembarazado al mundo del abominable
Fistandantilus, una acción que todos han de calificar de beneficiosa. La otra
noche, en el Templo, él mismo me prometió que nada tuvo que ver con la muerte
del bárbaro, de modo que no ha cometido ninguna felonía. ¿Es censurable que se
perfeccione en su dotes arcanas? Acaso lo hemos juzgado mal, no tengo derecho a
imponerle una manera de proceder sólo porque a mí me parece la correcta.»
Suspiró y, cerrando los ojos con el ánimo indeciso,
preguntándose qué debía hacer, no tardó en quedar dormido. Su atormentada mente
se colmó de los añorados aromas de los pastelillos de Tika, en un sueño
inquieto pero reparador.
El sol iluminó el cielo, la Noche de los Hados había terminado.
Tasslehoff se irguió en su camastro y decidió que él, personalmente, impediría
el Cataclismo.
El incorregible Tas
—¡Alterar el tiempo! —vociferó Tas con su proverbial entusiasmo,
encaramándose a la tapia del jardín y saltando en medio de un macizo de flores,
uno de los muchos que embellecían el sagrado recinto del Templo.
Había en el vergel varios clérigos que, en pequeños grupos,
comentaban la algazara que presidiría las próximas Fiestas de Invierno. Remiso
a interrumpir sus conversaciones, el kender obró de acuerdo con los cánones de
la más estricta cortesía: se estiró entre las flores hasta que los paseantes se
hubieron alejado, pese a que al hacerlo, empolvó sus vistosos calzones azules.
Se le antojó agradable tumbarse junto a las rosas rojas,
llamadas Hiemis por ser éste el término que designaba la estación invernal,
única en la que crecían. La temperatura era cálida, demasiado al decir de los
habitantes de Istar. Tasslehoff sonrió socarrón, mientras recapacitaba que los
humanos no sabían lo que querían. Si hiciera frío, como correspondía a esta
época del año, también se lamentarían. Normal o no, la brisa tibia resultaba
deliciosa. Quizá se hacía un poco difícil respirar a causa de la humedad, pero
en la vida no se puede tener todo.
Escuchó interesado a los clérigos que por allí pasaban y
resolvió que las Fiestas debían de ser tan espléndidas, que consideraría la
posibilidad de asistir. Aquella misma noche se celebraría la inaugural, si bien
terminaría temprano ya que todos necesitarían dormir, prepararse para los
grandes acontecimientos que se iniciarían al alba del día siguiente y se
prolongarían durante algunos días. Era ésta la última manifestación de júbilo
popular antes de que se instalaran los hielos y los crudos vientos invernales.
«Quizás acuda al acto de hoy», pensó. Había imaginado que una
conmemoración organizada en el Templo había de ser solemne, magna pero,
también, tediosa, al menos desde su perspectiva de kender. Pero tal como la
describían los sacerdotes parecía prometedora.
Caramon lucharía al día siguiente, siendo los Juegos una de las
actividades cumbre de la temporada. La lid determinaría qué grupos habían de
enfrentarse en la ronda final, la última antes de que los rigores atmosféricos
forzasen la clausura del circo hasta la primavera. Los vencedores de este
postrer enfrentamiento obtendrían la libertad, si bien se había prefijado
quiénes serían —los gladiadores que apoyaban al guerrero— y tal noticia había
sumido a Caramon en una honda depresión.
Tas meneó la cabeza y se dijo que nunca comprendería a su amigo.
Le sorprendía toda aquella cháchara sobre el honor cuando, en realidad, sólo se
trataba de un juego. En cualquier caso, el estado del hombretón le facilitaba
las cosas. No había de serle difícil escabullirse y disfrutar con plenitud.
Pero no, no podía hacerlo. Tenía un asunto grave que atender,
impedir el Cataclismo era más importante que un par de fiestas. Debía
sacrificar su propia diversión a tan elevada causa.
Sintiéndose recto y noble, aunque quizás un poco aburrido, el
kender espió a los clérigos irritado, deseoso de que se esfumaran sin tardanza.
Al fin su deambular los llevó al interior del edificio, y el jardín quedó
vacío. Tras exhalar un suspiro de alivio Tas se incorporó, recompuso su
empolvado atuendo, arrancó una rosa para engalanar su copete de acuerdo con la
estación y, presto, se encaminó hacia el Templo.
También el recinto estaba decorado en armonía con las
festividades que se avecinaban. La belleza, el esplendor de sus estancias,
dejaron a Tas sin resuello. Contempló su entorno embelesado, maravillado frente
a los centenares de rosas Hiemis que, criadas en los vergeles de todo Krynn,
habían sido transportadas hasta el Templo al efecto de que, con su dulce
fragancia, impregnaran los corredores. Las coronas y guirnaldas de arbustos de
flor perenne aportaban al conjunto su aroma especiado, silvestre, reverberando
la luz solar en sus hojas puntiagudas o de sierra, enlazadas mediante cintas de
terciopelo encarnado y plumas de cisne. En casi todas las mesas había cestas de
frutos raros, exóticos, obsequios llegados de los confines de Ansalon para
disfrute de los moradores del santuario, uniéndose a su colorido las
innumerables fuentes de pasteles y golosinas. Tas no pudo por menos que pensar
en Caramon y se apresuró a atiborrar sus bolsas, seguro de que aquellos
manjares harían las delicias de su compañero. Nunca lo había visto entristecido
ante una torta de almendra cubierta de azúcar lustre.
El kender recorrió las salas exultante de júbilo, tanto que a
cada instante olvidaba el motivo de su venida y tenía que recordarse a sí mismo
su trascendental misión. Nadie reparaba en él, los clérigos estaban demasiado
ocupados en discutir sobre las celebraciones, los espinosos asuntos de gobierno
o ambas cuestiones. Pocos fueron los que se volvieron a fin de examinar al
intruso y, cuando un guardián le lanzaba una mirada severa, Tas se limitaba a
sonreírle, saludar y seguir su camino. Constató así la veracidad de un antiguo
proverbio de su raza: «No cambies de color para mimetizarte con los muros,
finge pertenecer al ambiente y serán ellos los que se adaptarán a ti.»
Después de doblar incontables recodos, de hacer varias pausas
con el propósito de investigar objetos interesantes —algunos de los cuales fueron
a parar al fondo de sus saquillos—, Tasslehoff se introdujo en el único
corredor que no estaba adornado, que no atestaban alegres criaturas ajetreadas
en los preparativos de las celebraciones, que permanecía aislado de la
algazara. Ni siquiera resonaban en sus paredes las voces de los coros que
ensayaban los himnos especiales de la ocasión, y sus cortinas se hallaban
corridas para obstruir la radiante luz solar. Era frío, oscuro, amenazador, más
aun de lo habitual por el contraste que ofrecía con el resto del Templo.
Tas surcó el pasillo de puntillas, no por miedo a ser
descubierto, sino porque el silencio y la soledad que lo cercaban parecían
exigirle esta conducta, anunciarle que incurriría en una grave falta de no
respetar la lóbrega quietud. Lo último que el kender deseaba era ofender a un
corredor, así que acató su mandato sin que cruzara por su mente la idea de
observar a Raistlin, de sorprenderle en el acto de realizar algún prodigio
sobrecogedor.
Al aproximarse a la puerta oyó la voz del mago y, a juzgar por
el tono que empleaba, supuso que tenía un visitante.
«¡Qué contrariedad! —se lamentó el hombrecillo en su fuero
interno—. Habré de esperar a que se vaya esa persona para hablar con él, y mi
empeño es de la mayor urgencia. Me pregunto cuánto tiempo durará su
entrevista.»
Aplicando el oído al cerrojo con la exclusiva finalidad, por
supuesto, de averiguar si la secreta conferencia se hallaba en pleno apogeo o
estaba a punto de concluir, dio un respingo al detectar un timbre femenino
dentro de la alcoba.
«Me resulta familiar—reflexionó, a la vez que aguzaba sus
sentidos—. ¡Claro, es Crysania quien habla! ¿Qué hace aquí?»
—Tienes razón, Raistlin —declaró la dama con un suspiro—, se
agradece esta tranquilidad en medio del bullicio de los exuberantes pasillos.
La primera vez que recorrí la zona donde ahora estamos me sentí atemorizada.
Puedes reírte si quieres, pero es cierto. En particular el corredor se me
antojó gélido, desolador, si bien ahora son las otras dependencias las que me
asfixian con su exarcebada calidez. La decoración de las Fiestas contribuye a
apesadumbrarme, me indigna este despilfarro cuando tantos necesitados podrían
gozar de un cierto bienestar si se les entregase tan sólo una pequeña suma de
dinero.
Se interrumpió, y Tas percibió un murmullo de ropa. Intrigado
por el repentino silencio, el kender cesó de escuchar para otear el panorama. A
través del ojo de la cerradura distinguió el interior del aposento donde, pese
a estar echado el cortinaje, brillaba la tenue luz de unas velas. Crysania
estaba sentada frente al hechicero, sin duda el crujido que antes detectara fue
producido por algún gesto de impaciencia de la sacerdotisa. Tenía la cabeza
apoyada en la mano, y la expresión de su rostro denotaba perplejidad,
confusión.
No fue este hecho lo que desorbitó las pupilas de Tasslehoff,
sino el cambio que se había operado en la mujer. Habían desaparecido su sobria
túnica blanca, el no menos discreto peinado. Al igual que las otras
sacerdotisas del Templo vestía un ropaje albo, sí, pero profusamente bordado, y
en sus brazos desnudos un brazalete dorado realzaba la pureza de su piel. El
cabello, antes recogido, caía ahora en cascada sobre sus hombros, suave como un
chal de seda. Incluso se adivinaba una nota de color en sus pómulos, un calor
en aquellos ojos que observaban a la figura de Túnica Negra sentada a escasa
distancia, de espaldas a Tas.
«Tika estaba en lo cierto», decidió el kender.
—No sé por qué vengo aquí —dijo Crysania tras una breve pausa.
—Yo sí —masculló Tas, ladeando de nuevo la faz para que sus
tímpanos captasen la conversación.
—Siempre que te visito —continuó la voz femenina— me anima una
ferviente esperanza, que tú te encargas de trocar en desaliento. Intento
mostratre el camino de la justicia, de la verdad, persuadirte de que sólo
adentrándote en esa senda restituirás la paz al mundo, pero tú tergiversas mis
palabras en tu propio interés.
—Te equivocas —repuso Raistlin—. Tú concibes preguntas y yo me
limito a abrir tu corazón para ayudarte a darles forma. Los titubeos no parten
de mí, y así debe ser —añadió, con un nuevo murmullo que indicaba
acercamiento—; no creo que Elistan apruebe la fe ciega.
Tas advirtió la nota de sarcasmo que se desprendía de la voz del
mago, pero Crysania no delató la menor suspicacia en su franca respuesta.
—No, mi anciano superior nos invita a inquirir sobre todo
aquello que no comprendamos —explicó— y, con frecuencia, nos recuerda el
ejemplo de Goldmoon, quien propició merced a sus preguntas el regreso de los
auténticos dioses. Pero tu caso es distinto, en lugar de ilustrarme me propones
interrogantes que me sumen en el desconcierto, en la consternación.
—Conozco esas emociones —susurró el hechicero, tan quedamente
que el kender apenas le oyó.
La sacerdotisa se agitó en su asiento y Tas, al detectar su
movimiento, se arriesgó a dar una rápida ojeada. Raistlin estaba a su lado,
posada la mano en el blanco brazo. Al pronunciar él su breve frase Crysania se
había aproximado aún más para, en un gesto instintivo, cubrir su mano con la
suya. Habló al fin la dama, en un tal acceso de esperanza, júbilo y amor que el
cuerpo del hombrecillo se estremeció hasta en los más hondos recovecos.
—¿Eres sincero conmigo? —indagó—. ¿He logrado ejercer alguna
influencia sobre tus inquebrantables convicciones? No, no apartes los ojos. Veo
en tus rasgos que no he orado en el desierto, que me hallo presente en tus
meditaciones. ¡Nos asemejamos tanto el uno al otro! Lo supe desde nuestro
primer encuentro, aunque esboces esa sonrisa burlona. Adelante, mófate, no me
harás vacilar. En la Torre afirmaste que mi ambición no es inferior a la tuya y
tenías razón. Nuestras aspiraciones adoptan formas distintas, pero son tan
antagónicas como en principio pensaba. Ambos llevamos una existencia solitaria,
consagrada al estudio, sin confiarnos ni siquiera a los seres más allegados. Tú
te envuelves en penumbras y, sin embargo, he podido penetrar su manto,
descubrir la luz, el calor...
Tas aplicó el ojo a la cerradura, no quería perderse la escena.
«¡Va a besarla! —aventuró excitado—. ¡Esto es fantástico, imagino la reacción
de Caramon cuando se lo cuente!»
—¡No vaciles, necio! —urgió impaciente a Raistlin, que aferraba
con sus manos los brazos de la mujer—. ¿Cómo puedes resistirte? —insistió
clavados los ojos en los labios entreabiertos de Crysania, en el brillo de sus
pupilas.
De pronto, el hechicero soltó a su oponente y se levantó,
dándole la espalda.
—Será mejor que me dejes —le rogó en hosca actitud mientras
Tasslehoff se apartaba, decepcionado, de la puerta.
Apoyóse el hombrecillo en el muro y, en esta postura, oyó unas
ásperas toses, sucedidas por la acariciadora voz de la sacerdotisa al tratar de
apaciguar el inesperado ataque.
—No es nada —la tranquilizó el nigromante, a la vez que abría la
puerta—. He sido víctima de arrebatos similares en los últimos días. ¿No
adivinas la causa? —Tasslehoff se apretó contra la pared, temeroso de
interrumpirles y, también, de perderse algo interesante—. ¿No has sentido nada?
—Quizá sí —respondió, cauta, Crysania—. ¿A qué te refieres?
—A la ira de los dioses —dijo Raistlin. No era esto lo que
esperaba la eclesiástica, si bien a Tas le pareció una evasiva muy propia del
mago. Desalentada, la dama cejó en su empeño—. Su furia se abate sobre mí, como
si el sol se aprestara a incendiar nuestro planeta. Acaso sea la inminente
catástrofe el motivo de nuestra infelicidad.
—Es posible —disimuló ella.
—Mañana será el equinoccio —prosiguió el hechicero— y, dentro de
trece días, el Príncipe de los Sacerdotes expondrá su demanda. Así lo ha
planeado junto a sus ministros. Las divinidades lo saben, de modo que le han
enviado una advertencia: la desaparición de los clérigos. Pero de nada les
sirve, el dignatario no ha prestado atención al aviso. A partir de este momento
las señales del cielo adquirirán una creciente fuerza, una mayor claridad. ¿Has
leído las Crónicas de los Trece Últimos Días, de Astinus? No constituyen un
texto agradable, y vivir la experiencia que relatan resultará todavía más
ingrato.
—Vuelve con nosotros antes de que se cumplan los presagios que
te atormentan —le propuso la dama, iluminado su semblante—. Par-Salian dio a
Caramon un ingenio mágico que nos catapultará a nuestro tiempo. El kender
aseguró...
—¿De qué ingenio hablas? —preguntó Raistlin, con un extraño tono
que provocó un escalofrío en la espina dorsal de Tas y el sobresalto de
Crysania—. ¿Qué aspecto tiene, cómo funciona?
—Lo ignoro —admitió, desolada, la sacerdotisa.
—Yo puedo informarte —ofreció Tasslehoff, abandonando su
escondrijo—. Disculpadme, no era mi intención asustaros. Por cierto, felices
Fiestas de Invierno a ambos —les deseó para mitigar la tensión y extendió la
mano, que nadie apretó.
Tanto Raistlin como Crysania lo escrutaron con la expresión que
uno adoptaría al hallar una araña viva en su ropa. Sin impresionarse por sus
rostros desencajados el kender reanudó su plática, embutida la desdeñada mano
en el bolsillo.
—Ese objeto que tanto te interesa es algo espléndido, muy
curioso —comenzó a divagar pero, al ver que el nigromante encogía los ojos de
una manera poco halagüeña, procedió a describirlo sin más preámbulos—. Verás,
cuando está desdoblado se asemeja a un cetro, coronado por una bola repleta de
incrustaciones de joyas. Tiene el tamaño de un brazo, tal es su envergadura
—añadió, separando sus miembros para dar una idea más exacta—. Pero Par-Salian
invocó un hechizo...
—Y se cerró sobre sí mismo hasta reducirse a las dimensiones de
un huevo —colaboró Raistlin.
—¡Exacto! —se entusiasmó Tas—. ¿Cómo lo sabes?
—He tenido ocasión de ver ese artefacto —contestó el mago,
ribeteada de nuevo su voz de un singular sonido, un temblor que delataba
¿miedo? ¿nerviosismo? El kender no atinó a distinguirlo.
—¿Qué es lo que te inquieta? —inquirió Crysania, que también se
había apercibido de su enigmático timbre.
Raistlin no reaccionó, su semblante se había convertido en una
máscara impenetrable.
—No debo precipitarme, estudiaré el asunto a fondo antes de
darte más explicaciones —siseó al fin—. Y tú, ¿qué hacías detrás de la puerta?
—interrogó a Tasslehoff con sus fulgurantes iris clavados en el hombrecillo—.
¿Te trae algún encargo, o simplemente te dedicas a escuchar las conversaciones
ajenas?
—¡Por supuesto que no! —se rebeló Tas ofendido—. He de hablar
contigo, si la sacerdotisa ha terminado, claro —rectificó al observar la
indignación de la dama.
—¿Nos veremos mañana? —insinuó ésta, dirigiéndose al mago y
asumiendo frente al kender la altivez que la caracterizaba.
—No lo creo —negó Raistlin—. No asistiré a la gran fiesta.
—Yo tampoco pensaba ir —balbuceó Crysania.
—Cuentan con tu presencia —la reprendió el hechicero—. Además,
he descuidado mis deberes demasiado tiempo para disfrutar del placer de tu
compañía.
—Comprendo —se resignó la mujer. Se mostró distante,
indiferente, pero Tas adivinó la frustración que se ocultaba tras esta
actitud—. Buenos días, caballeros —se despidió al constatar que Raistlin
guardaba silencio, firme en su rechazo.
Inclinando la cabeza en una leve reverencia, Crysania dio media
vuelta y se alejó por el sombrío corredor. Sus ropajes blancos, en su sutil
revoloteo, parecían absorber la escasa luz para llevarla consigo.
—Saludaré a Caramon de tu parte —vociferó Tas antes de que se
desvaneciera tras el recodo, si bien ella no se dignó mirarle—. Me temo que el
guerrero le causó una pésima impresión —añadió con los ojos puestos en
Raistlin—, aunque no es de extrañar, pues, cuando se conocieron, tu hermano
estaba dominado por el aguardiente enanil.
—¿Has venido para hacer una apología de ese grandullón? —indagó
Raistlin en un nuevo acceso de tos—. Porque si es así, tendré que rogarte que
partas sin demora.
—¡Oh, no! —se apresuró a desmentir el kender—. Estoy aquí con el
único propósito de impedir el Cataclismo.
Por primera vez en toda su existencia, el hombrecillo pudo
vanagloriarse de dejar perplejo al inperturbable mago. Sin embargo, no duró
mucho su satisfacción. La faz de su oponente palideció, los espejos de sus
pupilas se diluyeron como invitando al espantado kender a penetrar las
ominosas, ardientes profundidades que salvaguardaban. Sus manos, tan fuertes
como las garras de un depredador, se hundieron en su carne dolorosamente y, al
cabo de unos segundos, Tasslehorff se encontró en el interior del dormitorio.
Cerróse la puerta con estrépito y, sin contemplaciones, Raistlin lo imprecó.
—¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea? ¿Quién te la ha dado?
Tas retrocedió unos pasos y examinó la estancia angustiado,
obediente a un sabio instinto que le aconsejaba buscar un lugar donde
ocultarse.
—Fuiste tú —balbuceó— o, para ser más exactos, algo que dijiste
sobre las alternativas que ofrecía mi viaje en el tiempo. La otra noche
comentaste que este hecho podía cambiar el curso de la Historia, y evitar la
catástrofe se me antojó un buen comienzo.
—¿Cuáles son tus planes? —siguió interrogando el nigromante, tan
encendida su persona que el kender sudaba con sólo ojearla.
—Antes de entrar en acción deseaba consultarte y, si tú estabas
de acuerdo —el kender confiaba en que Raistlin fuera sensible al halago—,
estudiaría la manera de persuadir al Príncipe de los Sacerdotes del error que
se dispone a cometer, un error de extrema gravedad por sus funestas
consecuencias. Una vez oiga mis reflexiones se abstendrá de proferir demandas
ante los dioses.
—Estoy seguro de ello —aseveró el hechicero frío, controlado,
pese a que el hombrecillo creyó detectar un incomprensible alivio en su tono—.
En principio apruebo tu proyecto, pero ¿y si rehusa escucharte, si no permite
que expongas tus argumentos?
—No había pensado en esa posibilidad —confesó el kender
cabizbajo. Emitió un suspiro, y propuso—: Será mejor que regresemos a casa.
—Existe otra opción —susurró Raistlin, sentándose en su butaca y
escudriñando a su interlocutor con aquella mirada turbulenta, ambigua—. Hay un
método infalible para alterar los acontecimientos, un método que puedo
garantizar.
—¿De verdad? —se asombró Tas, renacido su entusiasmo—. ¿De qué
se trata?
—De utilizar oportunamente el ingenio mágico —le reveló el
nigromante con las manos extendidas—. Encierra facultades, poderes mucho más
vastos que los que Par-Salian describió a mi estúpido hermano. Actívalo el día
del Cataclismo y destruirá la montaña ígnea lejos del mundo, donde su estallido
no pueda dañar a nadie.
—¡Sería estupendo! —exclamó el kender sin resuello, mas la duda
vino a ensombrecer su alegría—. ¿Y si te equivocas y, al manipularlo, no surte
efecto? —preguntó.
—Nada pierdes con intentarlo —declaró Raistlin— Si, por algún
motivo, no funciona como es de prever, cosa poco probable ya que fue concebido
por magos de la más alta estirpe...
—¿Al igual que los Orbes de los Dragones?
—Sí —respondió el nigromante, irritado por esta interrupción—.
En el caso de que no responda a mis esperanzas, siempre puedes usarlo para
escapar en el último momento —concluyó, sonriendo frente a la ingenuidad del
hombrecillo.
—Con Caramon y Crysania —apostilló éste.
Raistlin permaneció mudo, pero Tas estaba demasiado exaltado
para advertirlo.
—¿Qué ocurrirá si Caramon decide abandonar Istar antes de la
fecha clave? —apuntó el kender, movido por un súbito temor.
—No lo hará —lo tranquilizó el enigmático humano—. Deja ese
asunto en mis manos —añadió al verle presto a protestar.
Hubo una larga pausa, en la que Tasslehoff se concentró en
hondas meditaciones. Al rato, con el ceño fruncido, manifestó sus resquemores.
—El guerrero nunca me confiará ese artilugio, fiel a la promesa
que hizo a Par-Salian de protegerlo con su vida. Lo somete a una estrecha
vigilancia y, cuando debe ausentarse, lo guarda bajo llave en un baúl. Si le
cuento para qué lo quiero no me creerá, no consentirá en desprenderse de algo
tan sagrado.
—No es necesario que se lo pidas abiertamente —sugirió
Raistlin—. El día del Cataclismo coincide con la confrontación final en la
arena, de modo que si el ingenio desaparece durante unas horas no lo notará.
—¡Eso sería robar! —se indignó el kender.
—Digamos más bien que te limitarías a tomarlo prestado —lo
corrigió el mago, retorcidos sus labios en una mueca socarrona—. ¡La causa lo
merece! Caramon no se disgustará, al contrario, se sentirá orgulloso de ti. Le
conozco, hemos compartido muchos avatares.
—Tienes razón —comprendió Tas con una llama de júbilo en los
ojos—. Me convertiré en un héroe, más ensalzado que Kronin Thistleknot. ¿Cómo
aprenderé el manejo del objeto mágico?
—Te daré instrucciones —ofreció Raistlin, acosado por un nuevo
ataque de tos—. Vuelve dentro de tres días, ahora debes irte para que pueda
reposar.
—Por supuesto —obedeció el kender, avanzando hacia la puerta.
Preso de una nueva vacilación, se detuvo en el dintel y se disculpó—: No te he
traído ningún obsequio para conmemorar las fiestas.
—Te equivocas, acabas de hacerme un presente de incalculable
valor. Gracias.
—¿De verdad? —El hombrecillo no daba crédito a sus oídos—.
Supongo que te refieres a mi designio de impedir el Cataclismo. Carece de
importancia, en realidad...
De pronto, se encontró en medio del jardín, hablando a los
rosales junto a un atónito clérigo que, tras ver cómo se materializaba en el
linde del camino, le miraba desconcertado.
—¡Por la barba del gran Reorx! —se admiró Tasslehoff—. ¡Cuánto
me gustaría ser capaz de obrar estos prodigios!
Las Trece Calamidades
En la jornada inaugural de las Fiestas de Invierno sobrevino la
primera de las que más tarde se conocerían como las «Trece Calamidades»
—Astinus las registró en sus Crónicas con el nombre de las «Trece
Advertencias».
Amaneció un día tórrido, asfixiante. Nadie, ni siquiera los
elfos, recordaba haber sufrido un calor tan riguroso en esta avanzada época del
año. En el Templo las rosas Hiemis se marchitaban sobre sus tallos, las coronas
de arbustos silvestres despedían aromas nauseabundos, como si las hubieran
cocido en un horno, y la nieve que refrescaba el vino en los cubiletes de plata
se fundía con tal rapidez que los criados, temerosos de que se echaran a perder
las existencias, corrían afanosos de las bodegas subterráneas a los salones
armados con residuos de escarcha, a duras penas conservados.
Raistlin despertó aquella mañana, en la media luz que precede al
alba, enfermo hasta el punto de no poder abandonar el lecho. Yacía desnudo,
bañado en sudor y preso de las febriles alucinaciones que lo habían impulsado a
despojarse de sus vestiduras, y a retirar el mullido edredón. Todos los dioses
se hallaban próximos, pero era una de las divinidades en particular, la suya,
la Reina de la Oscuridad, la que estragaba su salud. Sentía su ira aún con
mayor intensidad que la de los otros entes superiores, unidos en una común
indignación por la osadía del Príncipe de los Sacerdotes al pretender destruir
el equilibrio que ellos mantenían en el mundo.
La soberana de las tinieblas se le había aparecido en sus
sueños, mas no había elegido la forma espeluznante que cabía imaginar. No pobló
la mente del hechicero un terrible reptil de cinco cabezas, el Dragón de «Todos
los Colores y Ninguno» que había de esclavizar a los súbditos de Krynn durante
la Guerra de la Lanza. No la visualizó como el «Guerrero Oscuro», conduciendo a
sus legiones a la muerte. No, se reencarnó ante él bajo la apariencia de la
«Bella Tentadora», la más hermosa de todas las mujeres, provista de unas
irresistibles dotes de seducción con las que, coqueta, había jugado toda la
noche para poner a prueba la gloriosa debilidad de su carne.
Cerrando los ojos, tembloroso su cuerpo en aquella estancia que
se mantenía gélida pese al abrasador clima, el mago evocó una vez más la negra
melena que lo acariciara, su insinuante contacto, rememoró cómo había alzado
las manos y, entregado a su hechizo, había apartado el enmarañado cabello...
¡para descubrir el rostro de Crysania!
Al diluirse el sueño, su cerebro, aunque maltrecho, recuperó el
control. Ahora estaba despierto, exultante en su victoria sin, por ello,
ignorar el precio que había tenido que pagar. Como un recordatorio, le asaltó
un nuevo espasmo de tos.
—No cederé —farfulló cuando pudo respirar normalmente—. No te
resultará fácil abatirme, mi Reina.
Se incorporó bamboleante, tan débil que se vio forzado a
descansar entre uno y otro movimiento y, tras cubrirse con la Túnica Negra, se
dirigió a su escritorio. Maldiciendo el dolor que azotaba su pecho, abrió un
antiguo texto sobre artefactos arcanos e inició una laboriosa búsqueda.
También Crysania había dormido mal. Al igual que Raistlin,
sintió la vecindad de los dioses aunque, en su caso, fue Paladine el que más
evidenció su presencia. La invadió su cólera, teñida de un pesar tan hondo, tan
devastador, que la sacerdotisa no pudo soportarlo. Abrumada por la culpa que
denunciaban sus mismas entrañas, desvió la mirada de aquella bondadosa faz y
huyó. Corrió sin rumbo, en un mar de lágrimas, convencida de que se precipitaba
en un abismo eterno. En el instante en que su alma estallaba, corroída por el
miedo, unos fuertes brazos la rescataron. La envolvieron unos aterciopelados
ropajes negros, que ocultaban un cuerpo enteco pero musculoso, y unos dedos
flexibles acariciaron su cabello como si desearan devolverle el sosiego. Alzó
los ojos y se tropezó con el semblante...
El tañir de unas campanas rasgó el silencio. Sobresaltada,
Crysania se sentó en el lecho y espió los rincones de su alcoba. Recordó la
figura que había visto, su tibieza reconfortante y, enterrando su rostro en las
palmas abiertas, prorrumpió en sollozos.
Tasslehoff, al despertar, sufrió la punzada del desencanto. Hoy
era el día en que, al decir de Raistlin, debían producirse fenómenos extraños y
sin embargo, cuando oteó el panorama bajo la luz grisácea que se filtraba por
la ventana, el único espectáculo que se ofreció a sus ojos fue el cuerpo de
Caramon. Tendido en el suelo, resoplando, el gladiador realizaba sus ejercicios
matutinos.
Aunque el hombretón ocupaba sus largas jornadas en practicar el
manejo de las armas, o en ensayar junto a sus compañeros nuevas argucias
bélicas, tenía que librar una interminable batalla contra el exceso de peso. Le
habían aliviado la dieta y, ahora, le permitían comer casi los mismos alimentos
que a los otros, pero el enano no tardó en percatarse de que no sólo sus platos
igualaban a los de los restantes esclavos, sino que engullía cinco veces más
que éstos.
En el pasado Caramon comía por placer. Ahora, en cambio, eran el
nerviosismo y su obsesión por Raistlin los que lo inducían a buscar consuelo en
los alimentos, como otros se entregaban a la bebida. De hecho, él mismo lo
intentó una vez, ordenando a Tas que sustrajese un frasco de aguardiente enanil
y lo escondiese en la alcoba. Pero, poco habituado a los licores fuertes de
esta época remota, sufrió un espantoso mareo que, por otra parte, hizo las
delicias del kender.
Temeroso de que se malograsen sus progresos, Arack decretó que
el luchador sólo ingeriría raciones normales si efectuaba diariamente una serie
de extenuantes ejercicios. Caramon se preguntaba a menudo cómo se enteraba el
enano siempre que prescindía de algunas de las evoluciones prescritas en su
tabla, ya que solía ponerse manos a la obra antes de que se despertaran los
otros esclavos. Pero, de una u otra manera, sus leves engaños llegaban a oídos
del maestro de ceremonias de los Juegos. En cuanto «olvidaba» esta o aquella
práctica, le prohibía el acceso al comedor la poderosa maza de Raag.
Hastiado de escuchar gemidos, reniegos y voces de su amigo, Tas
se encaramó a una silla para asomarse al exterior y, así, comprobar si ocurría
algo singular. Lo que vio no fue decepcionante.
—¡Mira, Caramon! —exclamó pletórico—. ¿Habías observado antes un
cielo como éste, de un color tan raro?
—Noventa y nueve, cien —jadeó el hombretón en lugar de
responder.
Con un ruido sordo, contundente, que agitó toda la habitación,
el gladiador se acostó sobre su ahora pétreo vientre a fin de descansar unos
segundos y, transcurrido este lapso, se izó sobre el suelo para aproximarse a
los barrotes del ventanuco. Mientras caminaba se secó el sudor del cuerpo con
un lienzo limpio.
Lanzó una indiferente mirada a la bóveda celeste, convencido de
no tropezarse sino con un alba ordinaria, mas tuvo que admitir que el kender
tenía razón. Pestañeó, abrió los ojos de par en par y admitió:
—No, nunca vi nada igual. Y recuerdo haber presenciado grandes
portentos en mi tiempo.
—¡Oh, Caramon, Raistlin estaba en lo cierto! —vociferó el
hombrecillo—. Él afirmó...
—¿Raistlin? —se sorprendió el guerrero.
Tas tragó saliva, había cometido una indiscreción al mencionar
al nigromante. Pero su compañero no se rindió, aumentó su interés al detectar
su balbuceo.
—¿Cuándo has hablado con mi hermano? —insistió con su voz
cavernosa, inapelable.
—¿Cómo, no te mencioné que ayer estuve en el Templo? —disimuló
el kender.
—Sí, pero...
—¿Por qué otra razón iba a ir allí, salvo para ver a nuestros
amigos? —lo interrumpió el pícaro hombrecillo—. Te dije que había conversado
con Raistlin, y también con Crysania. ¡Oh, vamos, nunca me escuchas! —reprochó
al guerrero, tan en su papel que hasta se sintió realmente herido—. Te sientas
todas las noches en el camastro y comienzas a elucubrar, a conferenciar contigo
mismo. Si yo te anunciara que se está hundiendo el techo serías capaz de
responder: «Eso es espléndido Tas».
—No intentes confundirme, kender, de haberme contado que...
—La sacerdotisa, tu hermano y yo mantuvimos una charla deliciosa
—lo atajó de nuevo el pequeño embustero—. Versó sobre las Fiestas de Invierno
y, a propósito, deberías dejarte caer por el Templo para contemplar su
magnífica decoración. Está repleto de rosas, flores silvestres y apetitosos
dulces. ¡Ahora que me acuerdo, no te di las golosinas que recogí de una de las
bandejas! Las guardo en mi saquillo, espera un momento. —Pero Caramon lo tenía
arrinconado, así que hubo de rectificar—. No importa, no se echarán a perder si
las busco un poco más tarde. ¿Qué quieres saber? ¡Ah, sí, mi conferencia!
Verás, descubrí algo excitante: Tika no se equivocó al afirmar que ella está
enamorada de Raistlin.
Caramon parpadeó, incapaz de seguir el hilo de aquel discurso
tan pleno de disgresiones. Tas, descuidado, no le ayudó a centrarse.
—No creas que es Tika quien ama a tu hermano, sino Crysania
—aclaró sin detallar otros pormenores que le habrían resultado más útiles—. Fue
muy divertido. Me hallaba yo apoyado en la puerta del aposento del mago,
aguardando a que concluyeran su parlamento privado, cuando me asomé al ojo de
la cerradura y, de un modo casual, observé que Raistlin se disponía a besarla.
¿Puedes imaginarlo, Caramon? Pero no lo hizo —se lamentó con un suspiro—. Le
ordenó casi a gritos que se fuera y ella obedeció, aunque adiviné que no era
tal su deseo. Vestía una elegante túnica bordada, estaba bellísima.
Al comprobar que la preocupación sustituía al enojo en el rostro
del gladiador, el kender se relajó.
—Al quedarnos solos, surgió el tema del Cataclismo y tu gemelo
preconizó que hoy, el gran día, se iniciarían una retahila de fenómenos
extraños destinados a avisar a los habitantes de Istar de lo que se avecina.
Son señales de los dioses para exhortarnos a la cordura.
—¿Enamorada de él? —murmuró Caramon. Con el ceño fruncido, se
alejó de Tasslehoff y, así, lo dejó en libertad.
—En efecto, es un hecho innegable —confirmó el hombrecillo a la
vez que corría hacia sus bolsas y, tras revolverlas, extraía los pasteles.
Las tartaletas estaban medio derretidas, mezcladas en una masa
viscosa, y además se había adherido a su superficie una capa de los restos que
pululaban en los saquillos del kender, pero a éste no le cupo la menor duda de
que su amigo no se fijaría. Acertó, el luchador aceptó el manjar y empezó a
devorarlo sin molestarse en estudiar sus ingredientes.
—Los hechiceros del cónclave me explicaron que necesita a un
eclesiástico y, al parecer, no mintieron —masculló Caramon con la boca llena—.
Eso indica que mi hermano no va a cejar en su empeño. ¿He de permitírselo o,
por el contrario, intentar detenerlo? ¿Tengo derecho a interferirme? Y si ella
lo acompaña, ¿no es acaso por su gusto? Quizá la beneficie su influjo, quizá,
si le quiere lo bastante...
El humano hablaba en voz baja, lamiendo sus pegajosos dedos, y
Tas se acostó en el jergón para aguardar cómodamente la llamada del desayuno.
Caramon no le había preguntado con qué objeto visitó al nigromante, y el kender
supo que nunca lo haría. Su secreto estaba a salvo.
El cielo permaneció despejado durante el día, tanto que se diría
que uno podía elevar la vista hacia la vasta bóveda que cubría el mundo y
vislumbrar sus reinos ocultos. Pero, aunque todos alzaron la mirada, a nadie se
le ocurrió prolongar su escrutinio el tiempo suficiente para desvelar los
misterios del firmamento. Lo que les inquietaba era aquel color peculiar que
denunciara Tas, su matiz verdoso.
Era un verde inusual, malsano y feo que, combinado con el calor
húmedo y el aire enrarecido, irrespirable, arruinó el regocijo que debería
haber prevalecido en una fecha tan señalada. Quienes tenían que salir para
asistir a las solemnidades recorrían las calles presurosos, evitando hablar de
aquel absurdo tiempo que juzgaban un insulto personal. Y, si lo mencionaban,
era en tonos apagados, conscientes del atisbo de miedo que amenazaba con
destruir su talante festivo.
La fiesta que se celebró en el interior del Templo fue más
alegre, pues tuvo lugar en las cámaras del Príncipe de los Sacerdotes y, por lo
tanto, quedó aislada del mundo exterior. Nadie veía allí el extraño cielo lo
que, unido a la presencia del beatífico dignatario, diluyó los malos humores.
Separada de Raistlin, Crysania se dejó arrastrar por el hechizo y estuvo
sentada al lado del Sumo Sacerdote durante largas horas. No despegó los labios,
se limitó a mecerse en su halo pacificador hasta conjurar las ominosas
pesadillas de la noche. Pero, antes, no pudo sustraerse a observar las
tonalidades verduscas del cielo.
Tales pensamientos, no obstante, se le antojaron leyendas
infantiles al entrelazarse con los sueños de la víspera. ¡El Príncipe de los
Sacerdotes no podía ignorar las advertencias! Sabría interpretarlas, evitar el
fatal desenlace. La sacerdotisa ansiaba alterar el curso de los acontecimientos
y, si se revelaba imposible contrariar al destino, proclamar la inocencia de su
paladín. Acunada por su luz, olvidó la imagen que había visualizado de un
mortal preso del pánico, con la impotencia reflejada en sus pálidos ojos
azules. Vio a un ser fuerte que denunciaba a los traicioneros ministros,
víctima clarividente de sus insidias.
El público de la arena fue escaso en esta decisiva jornada, ya
que la mayoría de los espectadores no osaron sentarse bajo un cielo verde cuyo
color, además, se fue ensombreciendo a medida que avanzaba el día.
Los gladiadores, por su parte, se mostraron nerviosos,
desasosegados, actuaron sin poner en sus farsas el empeño habitual. Los
espectadores que resolvieron asistir lo hicieron con ánimo taciturno, negándose
a aplaudir y ridiculizando incluso a sus favoritos.
—¿Tenéis a menudo este lúgubre manto sobre vuestras cabezas?
—preguntó Kiiri, alzando la vista mientras, junto a Caramon y Pheragas,
esperaba su turno en los pasillos—-. Si es así, comprendo que mi pueblo haya
preferido cobijarse en el fondo del mar.
—Mi padre solía surcar los océanos —gruñó el esclavo negro—, y
mi abuelo antes que él. Yo, fiel a la tradición familiar, me inicié en el arte
de navegar, pero tuve que renunciar cuando intenté infundir un poco de sentido
común al primer oficial y, por hacerlo con una cabilla de maniobras, fui
enviado a este circo para lavar mis culpas. Nunca, ni entonces ni ahora, vi un
cielo de semejantes tonalidades. Presagia desgracias, podéis estar seguros.
—En efecto —asintió Caramon desazonado.
No podía por menos que repetirse que el Cataclismo sobrevendría
dentro de trece días. Trece días más y sus dos amigos, tan entrañables como lo
fueran Sturm y Tanis, perecerían. En cuanto a los restantes moradores de Istar,
poco le importaban. A juzgar por las apariencias eran criaturas egoístas, a las
que sólo movía el placer y el dinero —únicamente los niños le inspiraban un
sentimiento de pesar—, pero sus dos compañeros... Tenía que hallar la manera de
prevenirlos, si abandonaban la ciudad quizá se salvarían.
Absorto en sus meditaciones, apenas prestó atención a la lucha
que se desarrollaba en la arena. La libraban el Minotauro Rojo, así apodado
porque la pelambre que cubría su faz animal estaba teñida de unas conspicuas
matizaciones encarnadas, y un joven gladiador, nuevo en los Juegos, que se
había incorporado al circo hacía una semana. Caramon presenció su
adiestramiento con la benevolencia que confiere la superioridad, y esbozó una
sonrisa al evocar sus torpezas.
De pronto, notó que Pheragas, de pie a su lado, se ponía rígido.
Volviendo a la realidad, inquirió:
—¿Qué sucede?
—Fíjate en ese tridente —lo instó el esclavo negro—. ¿Has visto
alguno similar entre los pertrechos falsos?
El guerrero examinó minuciosamente el arma del Minotauro Rojo,
encogiendo los ojos bajo el sol que, ardiente, refulgía en el pervertido cielo.
Meneó la cabeza despacio, corroído por una creciente cólera. El joven estaba
apabullado ante las certeras embestidas de su adversario, que se había debatido
en la arena durante meses y, a decir verdad, debía rivalizar con el grupo de
Caramon en el combate decisivo. La única razón de que el aprendiz resistiera
tanto tiempo sus embates era que el minotauro, actor por naturaleza, lo azuzaba
sin ensañarse, deseoso de arrancar carcajadas de la audiencia mediante sus
teatrales aspavientos.
—Es un tridente auténtico, Arack se propone derramar la sangre
del novicio —murmuró el hombretón—. Mira, no me he equivocado —añadió,
señalando tres arañazos que en aquel instante aparecieron en el pecho del
muchacho.
Pheragas nada contestó. Consultó con la mirada a Kiiri, quien se
encogió de hombros.
—¿A qué vienen esos mudos intercambios? —vociferó Caramon a fin
de imponerse a la algazara.
El Minotauro Rojo acababa de proclamarse vencedor, al hacer la
zancadilla a su contrincante e inmovilizarle en el suelo de la plataforma antes
de, limpiamente, encajonar su cuello entre las asaetadas puntas de su arma.
El neófito se levantó a trompicones aparentando vergüenza, ira y
humillación tal como le habían enseñado.
Incluso cerró un puño pretendidamente amenazador frente al
ganador, mas al pasar junto a Caramon y su equipo en lugar de sonreirles, de
compartir con ellos la broma secreta que todos hacían al público, exhibió una
visible angustia y se adentró en los subterráneos sin dirigirles la palabra.
Caramon se percató de la lividez de su semblante, de las gotas de sudor que
empapaban su frente. Retorcido el rostro de dolor, el joven extendió su palma
sobre las heridas del torso antes de desaparecer.
—Pertenece a Onygion —susurró Pheragas al oído del guerrero, a
la vez que posaba la mano en su brazo—. Considérate afortunado, amigo, descarta
tus preocupaciones.
—¿Cómo? —preguntó el aludido boquiabierto.
En aquel preciso momento resonó en el túnel un alarido, sucedido
por un baque sordo. Dando media vuelta, Caramon vio que el muchacho se
desplomaba sobre el suelo y, convertido en un amasijo de carne, agonizaba en
medio de un sufrimiento indescriptible. Cuando se disponía a correr en su
auxilio, Kiiri lo refrenó.
—No —le ordenó, sujetándolo—. El minotauro abandona la arena, es
nuestro turno.
En efecto, el triunfante individuo dio la alternativa al trío,
si bien al cruzarse con ellos ni siquiera se dignó mirarles, como solían hacer
los miembros de su raza frente a las criaturas que juzgaban indignas de su
estima. Se alejó por el pasillo y, al llegar donde yacía el moribundo, lo
rodeó, indiferente a sus estertores. Arack jalonó el corredor en dirección
hacia el derrotado, seguido por su inseparable Raag, a quien indicó con un
gesto que retirase aquel cuerpo casi exánime.
Caramon aún titubeaba, pero Kiiri hundió las uñas en su carne y
lo arrastró hacia la luz.
—La venganza por la muerte del bárbaro ha sido perpetrada
—murmuró la nereida entre dientes—. Tu dueño nada tuvo que ver con este feudo.
Fue Onygion el provocador, y ahora Quarath le ha ajustado las cuentas. Están en
paz.
La muchedumbre estalló en vítores, olvidados sus temores al
irrumpir en escena sus héroes. Pero el hombretón no oyó las aclamaciones, su
mente discurría por otros derroteros. ¡Raistlin le había dicho la verdad, no
estaba involucrado en el asesinato del bárbaro! Había sido una coincidencia o
una de las abyectas jugarretas del enano, de aquel ser que jamás renunciaba a
poner de manifiesto la vileza de su espíritu. Una oleada de júbilo inundó las
entrañas del gladiador.
¡Podía regresar a casa! Al fin lo comprendía, era tal como su
hermano había tratado de explicárselo en incontables ocasiones. Sus sendas eran
diferentes, cada uno tenía derecho a recorrer la que él mismo había elegido.
Todos sin excepción, Crysania, los magos y él mismo, habían incurrido en un
grave error al anticiparse a las intenciones del nigromante. Debía volver a su
tiempo y comunicárselo a Par-Salian. Raistlin no iba a perjudicar a nadie, no
constituía una amenaza, lo único que quería era profundizar en sus estudios.
Situándose en el centro de la plataforma, el corpulento humano
respondió a las fervorosas ovaciones del gentío. Incluso gozó en la lucha,
fraudulenta por supuesto, ya que se había organizado de tal manera que ganase
su equipo y, así, pudiera enfrentarse al Minotauro Rojo en la batalla cumbre
que tendría lugar el día del Cataclismo.
A Caramon, no obstante, poco le importaba la concurrencia de
ambos eventos. Para entonces se encontraría de nuevo en su hogar, junto a Tika.
Avisaría antes a sus dos amigos, urgiéndoles a abandonar la malhadada ciudad y,
tras disculparse ante su hermano y declararle su comprensión, se llevaría a
Crysania y Tasslehoff a su tiempo. Partiría al día siguiente o, tal vez, unas
horas más tarde.
Fue en el momento en que el guerrero y su grupo recibían el
homenaje del público, después de concluir su bien representado acto, cuando el
ciclón se abatió sobre el Templo de Istar.
El verdoso cielo se había oscurecido hasta asumir el color del
agua estancada, heraldo inconfundible de una tragedia. De pronto, aparecieron
unas nubes arremolinadas, que se deslizaron desde las vacuas alturas para
envolver en sus sinuosas volutas las siete torres del santuario y, una vez
aprisionadas, arrancarlas de sus cimientos. Alzando las moles en el aire, el
ciclón rompió el mármol en fragmentos y lo arrojó, como una lluvia de granizo,
sobre las calles.
Nadie sufrió heridas graves, aunque los aserrados proyectiles
abrieron cortes en la carne de quienes no tuvieron tiempo de cobijarse. La
parte del Templo que quedó destruida se utilizaba como zona de estudio de los
eclesiásticos y, por consiguiente, se hallaba vacía en las jornadas festivas.
No hubo que lamentar la pérdida de vidas, pero los moradores del sagrado
recinto y de la urbe entera fueron víctimas del pánico.
Temerosos de que surgieran de la nada otros ciclones
sobrenaturales, los espectadores del circo huyeron de las gradas y atestaron
las avenidas en un esfuerzo desordenado de recluirse en sus casas. En el
interior del Templo enmudeció la voz musical del Príncipe de los Sacerdotes,
languideció su luminosa aureola y, tras inspeccionar los daños, el sumo
mandatario y sus ministros —los Hijos Venerables de Paladine— descendieron a
una cripta para discutir el fenómeno. Los otros presentes en la celebración se
afanaron en organizar el caos reinante, ya que la ventolera había volcado
muebles, desprendido pinturas de los muros y levantado nubes de polvo en todas
las dependencias.
«Éste es el principio —pensó Crysania con espanto, tratando de
obligar a sus entumecidas manos a cesar de temblar mientras recogía las piezas
de porcelana que yacían esparcidas en el comedor—. Es sólo el comienzo del
fin.»
Sabía que lo peor aún estaba por venir.
Mañana…
—Las fuerzas del Mal se han confabulado para aplastarme —declaró
el Príncipe de los Sacerdotes, destilando su melodiosa voz una nota de valentía
que penetró los espíritus de cuantos lo escuchaban—. ¡Pero no he de rendirme,
ni tampoco vosotros! Tenemos que aunar energías frente a su amenaza.
—No —susurró Crysania para sus adentros—, todos os equivocáis.
¿Cómo podéis estar tan ciegos?
Se hallaba en la sala de los rezos matutinos, doce días después
de que los dioses mandaran la primera de las Trece Advertencias. Desde
entonces, se habían sucedido los mensajes informando de los distintos portentos
observados en los confines del continente de Ansalon, uno cada jornada.
—El emisario del rey Lorac cuenta que, en Silvanesti, los
árboles sangraron de sol a sol —recapituló el mandatario, impregnadas sus
palabras del temor que le inspiraban tan luctuosos hechos—. La ciudad de
Palanthas vive bajo el acoso de una bruma blanca, tan densa que los habitantes
se pierden en las calles si se aventuran a abandonar sus hogares.
»En Solamnia, las fogatas se niegan a arder. Los lares
permanecen fríos, desolados, y ha habido que cerrar las fraguas pues el carbón
que las alimenta no genera más calor que un témpano de hielo. En las llanuras
de Abanasinia, por el contrario, los prados se incendian uno tras otro. Las
llamas rugen sin control, llenando el cielo de negras humaredas y expulsando a
los bárbaros de sus núcleos tribales.
»Esta misma mañana, los grifos han traído la noticia de que la
ciudad elfa de Qualinost está siendo invadida por los animales del bosque,
repentinamente salvajes y agresivos.
Incapaz de soportarlo, Crysania se puso en pie. Ajena al
escandalizado escrutinio de las otras mujeres, se ausentó del servicio
religioso y echó a correr por los pasillos.
Un zigzagueante rayo la deslumbró, y el retumbar del trueno que
sucedió a éste la impulsó a cubrirse la faz con las manos.
—¡Me volveré loca si no cesa pronto! —murmuró, quebrada su voz,
a la vez que se arrinconaba en un recodo.
Durante doce días, desde que los azotara el ciclón, una tormenta
se obstinaba en desatar su furia sobre Istar, inundándola de lluvia y pedrisco.
Los relámpagos y los estentóreos zumbidos que los acompañaban eran continuos.
Bajo su influjo se agitaba el Templo, se interrumpía el sueño y se perturbaban
las mentes. Tensa, abrumada por la fatiga y por el terror, la sacerdotisa se
desplomó en una silla, enterrado el rostro para aislarse del entorno.
El suave contacto de una mano en su brazo la sobresaltó, tanto
que se incorporó de un brinco. Se erguía ante ella un hombre joven y apuesto,
arropado en una capa saturada de agua bajo la que se adivinaban unos hombros
fuertes, musculosos.
—Lo siento, Hija Venerable, no era mi deseo asustarte —se
disculpó con un timbre cavernoso que, al igual que sus rasgos, resultaba
familiar a la dama.
—¡Caramon! —exclamó aliviada, aferrándose a aquella criatura
real, sólida.
Vibró en el aire otro resplandor, con la explosión subsiguiente.
Crysania entornó los párpados, en medio de un irrefrenable rechinar de dientes,
y notó que incluso el hercúleo cuerpo del guerrero se conmovía, preso de un
nerviosismo que, sin embargo, no restó firmeza a su abrazo.
—Debería estar orando con los demás clérigos —dijo la dama
cuando cedió el bramido de los elementos—. Imagino que en la calle la tempestad
es insoportable. Estás empapado.
—Hace varios días que intento verte —comenzó a protestar
Caramon.
—Lo sé —balbuceó ella—, pero estoy muy ocupada...
—Escúchame, Crysania —atajó el hombretón sin que su voz
flaqueara—. No he venido aquí para rogarte que me invites a un banquete, sino
porque mañana esta ciudad dejará de existir.
—¡Silencio! —ordenó la sacerdotisa—. No es prudente hablar de
este tema en un corredor—. Un nuevo estampido le encrespó el cabello pero, esta
vez, recobró de inmediato la compostura—. Acompáñame.
El gladiador vaciló un instante y, ceñudo, siguió el camino que
ella trazaba por las dependencias del Templo hasta llegar a una de las cámaras
desprovistas de ventanas. En su interior, al menos, estaban al abrigo de los
relampagueos, y los ecos de los truenos quedaban amortiguados merced a los
gruesos muros. Crysania cerró la puerta con sigilo, tomó asiento en una butaca
e instó a su oponente a imitarla.
Caramon obedeció su mandato aunque reticente, incómodo. Se
mantuvo en el borde de su silla, azorado al recordar las circunstancias que
rodearon su último encuentro, cuando su ebriedad estuvo a punto de causar la
muerte de ambos. Supuso que ella también evocaba la escena, ya que le miraba
con unos ojos tan fríos y grises como el amanecer. El humano se sonrojó.
—Me satisface comprobar que tu salud ha mejorado —comentó la
joven, deseosa de disimular su acento severo y fracasando estrepitosamente.
El rubor del gladiador se intensificó. Fijó la vista en el
suelo, azuzado por la vergüenza.
—Lo lamento —se disculpó Crysania de manera abrupta—, te suplico
que me perdones. No he logrado conciliar el sueño desde que se iniciaron estos
sucesos. Ni siquiera puedo pensar —añadió, extendida su trémula mano sobre las
sienes—. Este ruido incesante me conturba.
—Lo comprendo —la tranquilizó el guerrero—. Y, además, es lógico
que me desprecies, yo también reniego de mi conducta pasada. Pero eso ahora
carece de importancia. ¡Tenemos que irnos, Crysania!
—Sí, es verdad —respondió la interpelada con un hondo suspiro—.
Hay que salir de Istar, soy consciente de que sólo faltan unas horas para la
hecatombe. Me he equivocado —admitió—, hasta el último momento alimenté la
esperanza de que la situación cambiaría. ¿Cómo puede estar tan ciego el
Príncipe? ¡No me lo explico!
—No es ése el motivo de que me hayas evitado —declaró Caramon,
tan inexpresivos sus ojos como su tono—. ¿Querías acaso retrasar nuestra
partida?
Ahora fue Crysania quien sintió un repentino calor en sus
pómulos, a la vez que retorcía las manos sobre el regazo.
—En cierto modo —confesó, tan quedamente que el guerrero apenas
la oyó—. Si he provocado esta demora es porque no me resigno a volver sin...
—Sin Raistlin —colaboró su interlocutor—. Crysania, ten presente
que él puede valerse de su magia. No nos necesita, ha elegido su propio camino
y, si tal es su anhelo, invocará al encantamiento que le permita catapultarse
al futuro. En el caso de que no lo haga, tras mucho recapitular he concluido
que no tenemos derecho a obligarlo.
—Tu hermano está enfermo —replicó la sacerdotisa.
Caramon levantó el rostro, desencajado por la preocupación.
—Hace días que trato de entrevistarme con él, desde que se
iniciaron las Fiestas de Invierno —continuó la dama—. No ha recibido a nadie en
todo este tiempo, ni siquiera a mí, y ahora, al fin me ha mandado llamar. Debo
hablarle, convencerlo de que se una a nosotros —se empecinó, ardientes sus
mejillas bajo la penetrante mirada del gladiador—. Si su dolencia le ha
debilitado no tendrá energía suficiente para formular el hechizo.
—No —farfulló Caramon, sabedor de que aquel complejo prodigio
entrañaba una gran dificultad. Par-Salian había tardado semanas en ultimar los
preparativos, pese a hallarse en perfectas condiciones—. ¿Qué le sucede a
Raist? —inquirió.
—Le afecta la proximidad de los dioses —repuso Crysania—, igual
que a los demás. No entiendo por qué rehusan aceptarlo y obrar en consecuencia
—reprochó a los clérigos ausentes apesadumbrada, apretados los labios—. Sea
como fuere, no está en nuestras manos hacerles entrar en razón. Debemos tenerlo
todo dispuesto para el viaje, si tu hermano accede a acompañarnos...
—¿Y si no es así? —interrumpió Caramon.
—Creo que lograré persuadirlo —apuntó ella, aunque su tono
delataba cierta confusión por hallarse inmersa en el recuerdo de aquellas
veladas en la alcoba del hechicero, cuando éste se le aproximaba con un secreto
anhelo dibujado en sus pupilas—. En nuestras charlas denuncié el error en que
incurría al internarse en la senda del Mal, que nada puede construir ni crear y
sí, en cambio, destruir y volverse contra sus propias raíces. Reconoció la
validez de mis argumentos, me prometió reflexionar.
—Y, además, te ama —aventuró el hombretón.
Crysania no fue capaz de enfrentarse a su mirada. No le salían
las palabras, por un momento su corazón latió con tanta fuerza que únicamente
oía su pálpito, el bombeo acelerado de la sangre en sus sienes. Notaba la
mirada de Caramon fija en su persona, la sobrecogían los rugientes truenos que
zarandeaban a su antojo el santuario y, temiendo desvanecerse, apretó los puños
para conjurar su zozobra. Sintió, sin acertar a comprobarlo, que su
interlocutor se levantaba.
—Señora —dijo el guerrero en tonos apagados—, si de verdad tu
bondad y tu amor lo desvían de la negra senda que recorre, si consigues guiarle
hacia la luz, yo... —Se le hizo un nudo en la garganta, y se apresuró a ladear
el rostro.
Al percibir la emoción con que pronunciara su incompleto
discurso, sus esfuerzos para contener las lágrimas, Crysania fue asaltada por
un súbito remordimiento, se preguntó si no lo había prejuzgado. Incorporándose,
posó la mano en el colosal brazo y tanteó sus tensos músculos, mientras Caramon
libraba una ardua batalla contra el llanto.
—¿Has de volver a la arena, no puedes quedarte?
—No —respondió el hombretón—. Tengo que avisar a Tas y recoger
el ingenio que me entregó Par-Salian. Está guardado bajo llave, sólo yo puedo
recuperarlo. Y, además, están mis amigos. Los he incitado a abandonar la ciudad
y, aunque quizá sea demasiado tarde, quiero hacer una última intentona.
—Naturalmente —comprendió la sacerdotisa—. Regresa tan pronto
como te sea posible, y búscame en el aposento de Raistlin.
—Así lo haré, señora —accedió él—. Ahora debo irme, de lo
contrario mis compañeros saldrán para hacer sus prácticas antes de que consiga
hablarles.
Asiendo la mano que la dama le tendía, la estrechó en un firme
apretón y se alejó a toda prisa. Crysania lo vio correr por el pasillo, cuyas
antorchas brillaban en la penumbra, y constató que su paso era rápido, seguro.
Ni siquiera dio un respingo al pasar junto al ventanal más próximo al recodo,
que iluminó, de pronto, el resplandor de un rayo. Era la esperanza lo que
equilibraba su atormentado espíritu, la misma esperanza que la sacerdotisa
sintió renacer en su talante.
Caramon se desvaneció al fin en la distancia y Crysania, tras
arremangarse la holgada falda de la túnica, emprendió el ascenso de la escalera
que había de conducirla al ala del Templo donde moraba el mago de negros
ropajes.
Su ánimo sufrió un leve desfallecimiento al penetrar en el
lóbrego corredor que moría junto al dormitorio, ya que en aquella zona la
tempestad rugía sin freno. Ni siquiera las gruesas cortinas aislaban al
visitante de los cegadores rayos, los vetustos muros no lograban contener los
bramidos de los truenos. Debido, acaso, a una ventana mal ajustada el viento se
filtraba en el recinto, apagando las llamas de las teas que, por otra parte, no
eran necesarias en medio de los zigzagueantes emisarios de la turbulencia.
La cabellera de la sacerdotisa bailaba al son de las ráfagas, su
túnica revoloteaba en torno a su cuerpo. Al aproximarse a la estancia del
hechicero oyó el repiqueteo de la lluvia en los cristales y, estremeciéndose
ante los elementos desencadenados, aceleró la marcha. Había alzado la mano para
llamar a la puerta de Raistlin cuando en el pasillo reverberó la luminosidad de
un relámpago, de matices azulados, sucedido sin intervalo por un sordo
estallido que la arrojó contra la puerta. Ésta se abrió bruscamente, y la dama
se encontró en los brazos del mago.
La escena se desarrolló como en el sueño de la víspera. Acuciada
por el terror, Crysania se refugió en la aterciopelada suavidad de las negras
vestiduras y dejó que la reconfortara el calor de aquel enjuto cuerpo. Al
principio percibió una tensión en el nigromante, que no tardó en relajarse.
Raistlin ciñó su talle en un espasmo convulsivo para, unos segundos después,
levantar la mano y acariciar su cabello en actitud serena, protectora.
—Cálmate —le susurró igual que haría un adulto a un niño
asustado—, no temas a la tormenta, Hija Venerable. ¡Recréate en ella, saborea
el poder de los dioses! Ellos sólo espantan a los infelices, no nos lastimarán
si sabemos elegir.
Crysania, que había prorrumpido en sollozos, se apaciguó,
mientras recapacitaba sobre las palabras de su oponente. No eran las suyas las
dulces recomendaciones de una madre, su consejo tenía un sentido que no podía
por menos que inquietarla.
—¿Qué quieres decir? —indagó, erguida la cabeza. Una
resquebrajadura se abrió en los cristalinos ojos del hechicero, desvelando un
resquicio del alma que bullía en su interior.
Llevada por un impulso involuntario, Crysania intentó apartarse.
Pero él estiró el brazo y, a la vez que desenredaba con mano trémula la maraña
de cabello que ocultaba su rostro le ofreció:
—Ven conmigo, Crysania. Acompáñame a un tiempo en el que serás
el único clérigo en el mundo, un tiempo en el cual podremos traspasar el umbral
del poder reservado a las divinidades. Los desafiaremos, gobernaremos a todas
las criaturas vivientes. ¡Piénsalo!
Raistlin aflojó su garra y, separando los brazos, se abandonó a
unas estentóreas carcajadas. La túnica refulgía en la aureola que formaban los
relámpagos, su voz se parangonaba con los lacerantes retumbos. Pasado el primer
momento de estupor, Crysania detectó el brillo febril de sus ojos y las manchas
de color que revitalizaban la palidez de sus pómulos. Estaba mucho más delgado
que en su postrer encuentro.
—La enfermedad ha hecho presa en ti, voy a buscar ayuda —propuso
la sacerdotisa, retrocediento hacia la puerta con las manos detrás de la
espalda.
—¡No! —El grito de Raistlin se impuso al fragor del trueno si
bien, contra lo que cabía esperar, sirvió de estabilizador. Recobrada la
compostura, fría su expresión, aferró la muñeca de la dama con inusitada fuerza
y tiró de ella hacia el interior del aposento. Cuando se hubo cerrado la
puerta, explicó en un siseo—: Estoy enfermo, es cierto, mas no hay otro remedio
contra mi dolencia que escapar de esta sinrazón. He ultimado mis planes.
Mañana, día del Cataclismo, los dioses se hallarán concentrados en la lección
que deben impartir a sus enloquecidos siervos, y la Reina de la Oscuridad no
atinará a impedir que obre mi portento. ¡Entonces, aprovechando su descuido, me
trasladaré a la única época de la Historia en que se manifestará su
vulnerabilidad al influjo de un auténtico clérigo!
—¡Suéltame! —ordenó la sacerdotisa, disipado el miedo en favor
de la cólera. Se sentía ultrajada, y esta emoción le permitió desembarazarse de
la zarpa que la tenía apresada, sin que por ello olvidara el abrazo, la textura
de las manos del hechicero. Dolida, corroída y avergonzada, añadió—: Ejecuta
tus perversos designios en solitario, rehuso tu invitación a acompañarte.
—En ese caso, morirás —preconizó Raistlin.
—¿Osas amenazarme? —lo imprecó Crysania a la vez que se encaraba
con él, secas sus incipientes lágrimas bajo el tamiz de la ira.
—No seré yo quien te sacrifique —replicó el nigromante, esbozada
una enigmática sonrisa en sus labios—. Perecerás por decisión de aquellos que
te enviaron aquí.
La dama pestañeó perpleja, pero se rehizo al instante. Víctima
de un intenso dolor que paralizaba todo su ser, capaz a duras penas de soportar
su desengaño, logró asumir el suficiente estoicismo para preguntar:
—¿Qué nueva patraña has urdido ahora?
Aunque su único deseo era huir antes de que el hechicero se
percatase de hasta qué punto podía herirla, aguardó la respuesta.
—Ninguna, Hija Venerable —le aseguró él, y señaló un libro
encuadernado en rojo que yacía abierto sobre su escritorio—. Puedes verlo por
ti misma. He estudiado sin descanso —afirmó, vuelta su faz hacia los estantes
donde atesoraba incontables volúmenes. Crysania ahogó una exclamación de
sorpresa al comprobar que muchos de aquellos tomos no estaban en la biblioteca
días atrás—. Sí, he traído algunos ejemplares de los rincones más remotos. He
viajado en su busca —prosiguió el mago sin necesidad de que la sacerdotisa
exteriorizara su asombro—. Este que te muestro lo descubrí en la Torre de la
Alta Hechicería de Wayreth, tal como sospechaba. Te lo ruego, hojéalo.
—¿Qué es? —inquirió la dama, espiando la encarnada piel cual si
se tratase de una serpiente venenosa.
—Un libro, ni más ni menos. Te prometo que no se convertirá en
un fiero dragón que, obediente a mi mandato, te precipite en el Abismo. Es un
libro —repitió con una inescrutable mueca—, una enciclopedia si prefieres
llamarlo así. Posee una gran antigüedad, fue escrito en la Era de los Sueños.
—¿Por qué ese empeño en que lo lea, qué relación guarda conmigo?
—insistió Crysania.
A pesar de sus recelos dejó de mirar hacia la puerta, su vía de
escape. La sobriedad de Raistlin tenía el don de apaciguarla, hasta tal extremo
que incluso se desvirtuó el bramido de la tempestad y su azote despiadado.
—Es una enciclopedia que recoge los artefactos mágicos
producidos en aquella época —continuó el hechicero imperturbable, sin apartar
la mirada de su interlocutora, como si pretendiera capturar su voluntad y
atraerla hacia la escribanía—. Lee y te convencerás.
—Desconozco el lenguaje esotérico —confesó Crysania—. ¿O quizá
vas a traducirme su contenido? —preguntó en altiva postura.
Los ojos del nigromante la observaron iracundos, pero tal
sentimiento fue sustituido de inmediato por una tristeza, un agotamiento, que
conmovieron a la mujer.
—No está escrito en el lenguaje de la magia, de otro modo no te
pediría que lo examinases. Hace tiempo pagué gustoso el precio de mi resolución
—murmuró, contemplando cabizbajo su túnica Negra—. No sé por qué creí que
confiarías en mí.
Mordiéndose el labio, sintiéndose culpable sin motivo aparente,
la sacerdotisa se situó detrás del escritorio. Se detuvo, vacilante, hasta que
Raistlin se sentó y le indicó mediante un gesto que se acercara al libro
abierto. Dio entonces un paso al frente, y el mago se apresuró a pronunciar una
orden que arrancó de su bastón, apoyado contra el muro, un haz de luz. Tal fue
su intensidad que la dama se sobresaltó, como si fuera un relámpago lo que la
iluminaba.
—Lee —la instó el hechicero, a la vez que pasaba algunas páginas
hasta llegar a la adecuada.
Crysania, más nerviosa de lo que deseaba admitir, escudriñó el
manuscrito sin saber qué debía buscar. Pronto reparó en una frase: Ingenio para
viajar en el tiempo, acompañada de un dibujo que reproducía un artilugio
similar al que describiera el kender, y empezó a comprender.
—¿Es éste el objeto que Par-Salian entregó a Caramon para
regresar a nuestra época? —interrogó a su oponente.
Él asintió, con la luz del bastón reflejada en sus pupilas.
—Lee —repitió.
Azuzada por la curiosidad, la sacerdotisa centró su atención en
el texto. Ocupaba poco más de un párrafo, y en él se especificaban las
características del ingenio y el nombre del mago, largo tiempo olvidado, que lo
diseñara y prescribiera su manejo. Una parte considerable de su contenido
escapaba a su entendimiento, ajeno a las cuestiones arcanas, pero logró deducir
algunos conceptos.
«Conducirá a la persona sumida en un encantamiento temporal de
una a otra era... debe ensamblarse correctamente, las facetas se doblarán en el
orden establecido... transportará tan sólo a una criatura, aquélla a quien le
sea entregado en el momento de formularse el hechizo... su uso queda
restringido a elfos, humanos... no se necesita versículo para activarlo...»
Concluida su lectura, Crysania se volvió dubitativa hacia
Raistlin. El nigromante la escudriñaba atento, insondable, aguardando que
descubriera por sí misma algo significativo en aquel galimatías. La Hija
Venerable sintió en sus entrañas un desasosiego, un temor informe, como si su
corazón hubiera desentrañado el enigma más deprisa que su mente.
—Inténtalo otra vez —sugirió él.
Tratando de aislarse de la tempestad que de nuevo la agitaba, la
perturbaba más de lo imaginable, Crysania revisó las frases.
Al fin vino la inspiración, se destacaron unas palabras que
atenazaron su garganta: «Transportará tan sólo a una criatura.»
Flaqueáronle las piernas, si bien no cayó pues Raistlin, que no
había cesado de observarla, aproximó una silla en el momento oportuno. Tras
desplomarse, la dama fijó la vista en su entorno. Aunque iluminada por los
rayos y la luz del bastón, la estancia se le antojó repentinamente oscura.
—¿Lo sabe él? —inquirió a través de sus entumecidos labios.
—¿Quién, Caramon? Por supuesto que no —contestó el mago—. Si se
lo hubieran dicho se habría afanado, con su torpe generosidad, en poner en tus
manos este instrumento de salvación. Le imagino de rodillas, a tus pies,
suplicándote que lo utilices y le concedas el privilegio de morir en tu lugar.
Nada podría hacerle más feliz que un alarde tal de altruismo.
»No, querida Crysania, lo habría manipulado en la total
confianza de que el kender y tú, expectantes a su lado, lo acompañaríais. Al
explicarle el cónclave por qué regresaba solo, la desesperación habría
desgarrado sus entrañas. No sé cómo planeaba Par-Salian solucionar este
contratiempo —agregó con una sonrisa burlona—, mi hermano es capaz de destruir
la Torre sobre sus cabezas. Pero eso, ahora, no viene al caso.
Su mirada atrapó la de la sacerdotisa sin que ella acertara a
eludirla. El hechicero la obligaba, con su intangible fuerza, a contemplarle.
Una vez más se vio reflejada en sus pupilas, convertida en una mujer inerme,
dominada por el pavor.
—Te mandaron aquí para que murieras, Crysania.
La voz de Raistlin surgió en un suspiro articulado pero penetró
el alma de la eclesiástica, esparciendo en su interior ecos tan ensordecedores
como los del trueno. Al constatar su zozobra, prosiguió:
—¿Es éste el Bien que predicas? Tus clérigos, tus magos, viven
presos del miedo, al igual que el Príncipe de los Sacerdotes. Nos temen a
ambos, a ti y a mí. La única senda practicable, Crysania, es la que yo recorro.
Ayúdame a derrotar a la malignidad, no creo que eso vaya en contra de tus
principios y, además, te necesito.
La interpelada cerró los ojos y visualizó en su memoria, con
molesta vivacidad, la misiva de Par-Salian que hallara en su bolsillo. «Escoger
entre materia y espíritu... renunciar a una para conservar el otro... varios
medios por los que puedes abandonar este período de la Historia, uno de ellos a
través de Caramon.» ¡La había confundido a propósito, se había valido del
equívoco! ¿Qué otro medio se le ofrecía, como no fuera Raistlin? ¿Acaso se
refería a esta alternativa al utilizar el término «varios»? Comprendía el
dilema que planteaba: la materia era la vida, el espíritu las convicciones a
las que debía renunciar si quería salvaguardarla, pero naufragaba en un mar de
incertidumbre que nadie había de esclarecer. ¿En quién podía confiar en un
mundo hostil, desolado?
Con los músculos contraídos, Crysania se levantó y, perdida en
un hondo precipicio, se despidió del nigromante.
—Te dejo —masculló—, tengo que reflexionar.
Raistlin no intentó detenerla, ni siquiera se puso en pie.
—Mañana —dijo, en el instante en que la dama alcanzaba la
puerta—. Mañana...
El desengaño de Caramon
Se necesitó toda la fuerza de Caramon, unida a la de dos de los
guardianes del Templo, para que se abriera el portalón del recinto y el
guerrero pudiera salir. La ventolera lo azotó inclemente, arrastrándolo hacia
el muro y mateniéndolo inmovilizado contra la piedra como si no fuera más
fornido que el pequeño Tas. Hubo de librar el hombretón una ardua batalla hasta
que al fin venció al huracán y éste, consciente de su energía, le permitió
bajar la escalinata sin incidentes.
La furia de la tempestad pareció mitigarse mientras avanzaba
entre los altos edificios de la ciudad, pero no le resultó fácil llegar a su
destino. El agua formaba torrentes de varios centímetros, fluyendo en remolinos
que aferraban sus piernas y amenazaban con hacerle perder el equilibrio. Los
relámpagos lo cegaban, los truenos retumbaban en sus indefensos tímpanos.
Ni que decir tiene que se tropezó en su marcha con escasos
viandantes. En Istar todos se refugiaban en sus casas, desde donde imprecaban a
los dioses o mendigaban su misericordia. Algún viajero ocasional circulaba por
las avenidas, celoso cumplidor de un deber inexcusable, y tenía que asirse a
las paredes de las construcciones o agazaparse unos minutos en los portales
para no ser abatido por los elementos.
Pero Caramon no se detuvo, ansioso como estaba por regresar a la
arena. La esperanza inundaba su corazón, su ánimo, a pesar de la tormenta. O
quizás era ésta la que lo alentaba. Ahora Kiiri y Pheragas lo escucharían, en
lugar de dirigirle extrañas y frías miradas, cuando tratara de persuadirlos de
que debían huir de Istar.
—No puedo revelaros cómo lo sé, pero no he de equivocarme —solía
declarar—. Se avecina una terrible calamidad, la olfateo en el aire.
—¿Y perdernos la última confrontación? —replicaba,
invariablemente Kiiri.
—¡No se celebrará con un tiempo tan endiablado! —insistía
Caramon.
—Estas turbonadas intensas nunca duran muchos días —intervenía
entonces el esclavo negro—. Se calmará, y volverá a lucir el sol. Además, ¿qué
harías sin nosotros en la arena?
—Lucharé solo si es preciso —contestaba el guerrero, mintiendo
sin reparo. Para cuando se organizara el fausto acontecimiento se hallaría de
nuevo en casa, junto a Tas, Crysania y, tal vez...
—Si es preciso —repetía la nereida en un tono singular, abrupto,
mientras intercambiaba miradas con Pheragas—. Te agradezco que pienses en
nosotros —decía, puestos los ojos en la argolla de Caramon, una argolla
idéntica a la suya— pero no obedeceremos. Nuestras vidas se convertirían en una
pesadilla, seríamos dos prófugos. ¿Cuántos días podríamos permanecer ocultos?
—Eso no importará después de...
El gladiador enmudecía en ese punto, y meneaba la cabeza
entristecido. ¿Qué podía explicarles? ¿Cómo les haría entrar en razón? No le
daban la oportunidad de argumentar, ambos se alejaban recelosos, dejándole solo
en el comedor.
Ahora sería distinto. No desdeñarían sus advertencias, sin duda
se habían percatado de que aquélla no era una tempestad corriente. ¿Tendrían
tiempo de ponerse a salvo? El guerrero frunció el ceño y deseó, por primera vez
en su vida, haber prestado mayor atención a los libros. Ignoraba el radio de
alcance, la magnitud de los poderes devastadores de la montaña ígnea al
precipitarse. Quizá ya era tarde para sustraerse a sus efectos.
«He hecho cuanto estaba en mi mano», recapacitó, compungido, en
el momento en que vadeaba un riachuelo impetuoso. Resolvió desechar de su mente
toda elucubración relativa a sus sentenciados amigos, y concentrarse en la
grata perspectiva de abandonar la urbe. Pronto su estancia en Istar se le
antojaría un mal sueño.
Regresaría junto a Tika, quizá Raistlin aceptaría vivir con
ellos. «Terminaré la nueva casa», se prometió a sí mismo, lamentando los meses
perdidos. Una escena se dibujó en su interior, se vio sentado ante la chimenea
de su acogedor hogar con la cabeza de su esposa apoyada en el regazo. Le
relataría sus aventuras y su hermano pasaría la velada a su lado aunque, por
supuesto, dedicado al estudio, a la lectura. Su túnica, en tan halagüeño
futuro, sería blanca.
—Tika no creerá una sola palabra —murmuró—, pero ese detalle
carece de importancia. El hombre que un día amó estará de nuevo en casa y, esta
vez, no la dejará bajo ningún pretexto. —Suspiró, sintiendo cómo los pelirrojos
rizos de la muchacha se enmarañaban entre sus dedos, brillantes a la luz de las
llamas.
Tales pensamientos lo animaron en su camino. Llegó a la tapia y
se introdujo por la resquebrajadura que utilizaban los gladiadores en sus
escapadas nocturnas. No había nadie en el estadio, se habían suspendido las
sesiones de adiestramiento y los luchadores se apiñaban en el subterráneo,
maldiciendo el absurdo clima y haciendo conjeturas sobre los próximos juegos.
El humor de Arack estaba tan alterado como las fuerzas de la
naturaleza. No cesaba de contar las monedas de oro que perdería si se veía
obligado a cancelar la lucha decisiva, el acontecimiento deportivo del año en
Istar, aunque se serenó un poco al recordar que él había augurado buen tiempo.
Si alguien podía hacer predicciones, era aquella criatura. De todos modos,
contempló el espectáculo de la ventisca y cundió en su alma el desaliento.
Desde su atalaya, una ventana situada en la torre que dominaba
las plataformas centrales, vislumbró a Caramon en el instante en que atravesaba
la tapia.
—Mira, Raag —susurró a su inseparable.
El ogro oteó el lugar que le indicaba y, tras esbozar un mudo
asentimiento, asió su maza en espera de que el enano cerrase sus libros de
cuentas. La orden de su señor estaba clara.
Caramon fue presuroso a la alcoba que compartía con el kender,
deseoso de referirle su visita al Templo y su conciliábulo con Crysania. Pero,
al entrar, constató que la estancia estaba vacía.
—¿Tas? —llamó a su compañero, a la vez que escrutaba los muros
para asegurarse de no haber pasado por alto su presencia en las sombras. Un
fulminante rayo alumbró los recovecos como no lo habría hecho el mismo sol, y
quedó patente que el hombrecillo no se había ocultado en los rincones.
—Tas, sal, no es momento para bromas —insistió el guerrero en
actitud imperativa. Pocos días atrás su amigo le había dado un susto de muerte
al camuflarse debajo del camastro y saltar sobre él cuando se hallaba de
espaldas.
El hombretón encendió una antorcha y, convencido de haber
descubierto el escondrijo del kender, se acuclilló a fin de iluminar la parte
inferior del jergón. Ni rastro de Tas.
—Espero que a ese insensato no se le haya ocurrido salir con un
tiempo tan adverso —murmuró, trocándose su enfado en preocupación—. El viento
podría arrastrarlo hasta Solace. Pero no, lo más probable es que me aguarde en
el comedor con Kiiri y Pheragas. Recogeré el ingenio e iré en su busca.
Se acercó al baúl de madera donde yacían sus pertenencias, lo
abrió y alzó en el aire sus refulgentes vestiduras doradas. Sin poder reprimir
una mueca despreciativa, arrojó las piezas en el suelo. «Al menos no tendré que
exhibirme con este horrible disfraz. Aunque, por otra parte, sería divertido
observar la reacción de Tika si me presento ante ella así ataviado. Se
burlaría, pero me encontraría atractivo», pensó añorado.
Tarareando una alegre canción, vació el cofre y forzó la tapa
del doble fondo que le había ajustado con ayuda de una de sus dagas falsas.
La tonada murió en sus labios. Nada contenía el espacio secreto.
Sometió entonces a una meticulosa inspección la base del baúl
aunque, de haber alguna hendidura, era obvio que un objeto del tamaño de aquel
artilugio no podía haberse deslizado por ella. Con un nudo en la garganta,
temeroso, se incorporó y comenzó a registrar la alcoba. Aplicó la antorcha a
todas las zonas oscuras, una tras otra, iluminó de nuevo el camastro e incluso
rasgó la funda de su colchón de paja. De pronto, cuando se disponía a escrutar
de igual modo el jergón de Tas, percibió algo que le dejó sin resuello. No sólo
se había esfumado el kender, también habían desaparecido sus saquillos y demás
enseres.
Al echar en falta, asimismo, la capa del hombrecillo, se vieron
confirmadas sus sospechas. Tasslehoff se había llevado el ingenio mágico.
¿Por qué? Caramon se sentía como si lo hubiera alcanzado un
relámpago, tan súbita revelación flageló sus vísceras hasta paralizarlo por
completo.
Trató de recapitular. Tas había visto a Raistlin, él mismo se lo
había contado, pero en ningún momento mencionó el motivo de aquella visita.
¿Qué le indujo a conferenciar con su hermano, qué propósito lo movió? Recordó
que el kender había desviado la conversación hacia otros derroteros al
insinuarse este punto.
Gimió desazonado. Curioso por naturaleza, su amigo lo había
interrogado acerca del artefacto, pero siempre parecieron satisfacerle sus
explicaciones. No intentó tocarlo y él, el guerrero, había cuidado de constatar
que el objeto seguía en su lugar pues era éste un hábito necesario cuando se
convivía con un miembro de su raza. Quizá fue lo bastante hábil para ocultar su
interés y, a la primera oportunidad que se presentó, se lo llevó a Raistlin. En
los viejos tiempos solía consultar al nigromante si encontraba algo esotérico
que escapaba a su entendimiento.
Consideró también la posibilidad de que su hermano, conocedor de
la existencia del ingenio, hubiera embaucado a Tasslehoff para que lo pusiera
en sus manos. Una vez en su poder, Raistlin los obligaría a secundarle en sus
designios. ¿Había utilizado a Tas, engañado a Crysania? ¿Formaba parte esta
estratagema de un plan preconcebido? Al gladiador le daba vueltas la cabeza, no
atinaba a pensar ordenadamente.
—¡Tas! —exclamó, de pronto, presto a actuar sin más
vacilaciones—. ¡Es primordial que dé con él, que lo detenga antes de que sea
tarde!
En un gesto febril, el hombretón se arropó en su empapada capa
mas, cuando cruzaba el umbral de su alcoba a la velocidad del huracán, una
inmensa sombra le obstruyó el paso.
—Apártate de mi camino, Raag —ordenó al ogro. En su arranque de
ansiedad, había olvidado dónde estaba.
El ogro se ocupó de refrescar su memoria cerrándole una
gigantesca mano sobre el hombro.
—¿Qué te propones, esclavo? —inquirió.
Caramon intentó desembarazarse de la molesta garra, pero Raag no
hizo sino apretarla. Crujieron los huesos del guerrero, que profirió un aullido
de dolor.
—No lo lastimes. —Era la voz del enano, surgida de una altura no
superior a las rodillas de ambos colosos—. Mañana tiene que pelear y, más
importante aun, que vencer.
Raag empujó al prisionero con tanta facilidad como un adulto
zarandearía a un niño. Tomado por sorpresa, el gladiador tropezó hacia atrás y
cayó de espaldas, estrepitosamente, sobre el pétreo suelo de la celda.
—Por lo visto estás muy ajetreado —dijo Arack con aire casual, a
la vez que entraba en la alcoba y se acomodaba en el camastro.
Caramon se incorporó, frotándose el magullado hombro y lanzando
una mirada de soslayo al ogro, quien se había plantado en medio de la puerta.
El enano, imperturbable, prosiguió.
—Ya has salido antes y, a pesar de esta espantosa turbonada,
quieres volver a aventurarte. No puedo permitirlo —añadió—, nunca me lo
perdonaría si te acatarraras.
—Sólo me dirigía al comedor para reunirme con Tas —mintió el
guerrero, consciente de que su capa lo delataba.
Esbozó una débil sonrisa y se lamió los resecos labios, sin
saber a qué atenerse. En aquel instante un nuevo relámpago surcó la bóveda
celeste. Su explosión, el ruido seco de un objeto al quebrarse y un repentino
olor a madera socarrada terminaron de desestabilizarlo. Preso de un
involuntario estremecimiento, optó por callar.
—Olvídalo, el kender se ha ido —declaró Arack tras un corto
silencio—. Tengo la impresión de que no piensa volver, ha hecho su hatillo.
—Deja que parta en su busca —solicitó Caramon, tras aclarar su
garganta.
La expresión burlona del enano se convirtió en una grotesca
mueca que afeó, más aún, su rostro.
—¡El Abismo confunda a ese villano! —vociferó—. Supongo que, con
lo que ha robado para mí, he recuperado el dinero que gasté en adquirirlo, así
que estamos en paz. Pero tú eres una buena inversión. Tu plan de fuga ha
fracasado, esclavo.
—¿Fuga? —repitió el guerrero entre risas forzadas—. Yo no quería
fugarme, no comprendes...
—¡No disimules! —se encolerizó el abyecto enano—. ¿Crees que no
estoy enterado de tu empeño en alejar del circo a dos de mis mejores
gladiadores? Pretendes arruinarme, ¿no es cierto? —El timbre de su voz creció
en intensidad hasta transformarse en un alarido, más potente que el bramar del
viento—. ¿Quién te ha incitado a traicionarme? —lo hostigó, haciendo gala de
toda su energía—. No ha sido tu dueño, de eso estoy seguro. Hace un rato vino a
verme, y me previno contra tus mentiras. Vamos, confiesa.
—¿Te refieres a Raist... a Fistandantilus? —balbuceó Caramon.
—Por supuesto —confirmó el hombrecillo—. Me advirtió que
intentarías zafarte de mi vigilancia y desaparecer sin dejar huella. Incluso
sugirió que te infligiese un castigo digno de tu felonía. Y he decidido hacerle
caso: mañana, en el último combate de la temporada, no te en frentarás con tu
equipo a los minotauros, sino que te batirás en solitario contra Kiiri,
Pheragas y el Minotauro Rojo. —Inclinó la cabeza hacia el humano para mejor
observar el efecto de sus palabras—. Sus armas serán auténticas —concluyó.
El guerrero clavó la vista en Arack, dibujado el estupor en su
faz.
—¿Por qué? —preguntó al fin—. ¿Por qué desea matarme?
—¿Matarte? —repuso el enano con un siniestro chasquido—. Nada
más lejos de su intención, está convencido de que los derrotarás a todos. «He
de someterle a una prueba —me dijo—. No lo tendré como esclavo si no demuestra
que es el mejor. Puso de manifiesto su valía en su liza con el bárbaro, pero
aquello fue un simple escarceo. Presionémoslo un poco más.» Tu dueño es una
criatura muy exigente.
Mientras hablaba no cesaba de palmetear, exultante frente a la
prometedora jornada, e incluso Raag emitió un sonido inarticulado que se
asemejaba a una sonrisa.
—No lucharé —se rebeló Caramon, endurecidos sus rasgos—. Acaba
conmigo si ése es tu gusto, pero no lograrás que convierta a mis amigos en
adversarios ni, por otra parte, creo que ellos se presten a semejante vileza.
—¡Fistandantilus afirmó que reaccionarías así! —se admiró el
enano—. Tu estabas presente, Raag, puedes atestiguarlo. Adivinó hasta las
frases que emplearías. ¡Te conoce tan bien como si fuerais parientes! «En el
caso de que rehuse intervenir en la contienda, y no dudes que lo hará —apuntó—,
serán sus compañeros quienes ocupen su lugar. Pugnarán por el triunfo contra el
Minotauro Rojo, aunque sólo este último blandirá pertrechos verdaderos.»
El gladiador recordó angustiado la agonía del joven bárbaro, las
convulsiones que provocara en su ser el veneno del tridente al extenderse por
su sangre.
—Y en cuanto a tu afirmación de que tus amigos se opondrán a
agredirte —continuó el enano—, Fistandantilus se encargó de salvar ese escollo.
Después del diálogo que mantuvieron, estarán ansiosos por saltar a la arena.
Caramon hundió la cabeza en el pecho. Agitaban su cuerpo
incontenibles escalofríos y la náusea contrajo su estómago, abrumado como
estaba por la malignidad de su hermano. La negrura, la desesperación,
invadieron su ánimo.
«Raistlin nos ha engañado a todos, a Crysania, a Tas y también a
mí. Fue él quien dispuso que matara a aquel entrañable luchador, me mintió
descaradamente. Y lo mismo ha hecho con la sacerdotisa, no es más capaz de
amarla que la luna negra de iluminar el cielo nocturno. Se ha valido de sus
sentimientos a fin de materializar los abyectos propósitos que anidan en su
alma. ¿Y Tas? ¡Pobre ingenuo!» Cerró los ojos y revivió la expresión de su
gemelo cuando descubrió al kender, su comentario sobre la posibilidad de que la
venida de éste alterara el tiempo y que su presencia respondiera a un ardid de
los magos para detenerlo. Tas representaba una amenaza, un peligro. Ahora
abrigaba una total certeza sobre el paradero de su pequeño amigo.
El viento rugía en el exterior, pero con menor fuerza que el
dolor que carcomía sus entrañas. Mareado, aturdido por los espasmos que le
producían las invisibles agujas del sufrimiento, el musculoso humano perdió la
noción de lo que ocurría en su derredor. No vio el gesto de Arack, no sintió la
zarpa de Raag ni las ataduras que sujetaban sus muñecas.
Tan sólo más tarde, una vez se hubieron disipado los síntomas de
su acceso de pánico, despertó a su realidad inmediata. Se hallaba en una
estrecha, oscura cámara subterránea, acaso debajo del circo. El ogro acababa de
ajustar una cadena a la argolla de su cuello y se afanaba en afianzar su otro
extremo en una anilla adosada al muro. Concluida esta operación, el monstruoso
individuo comprobó las correas de cuero de sus manos.
—No las aprietes demasiado —ordenó el enano—, mañana tiene que
estar en condiciones de pelear.
Un zumbido estremeció la estancia, audible incluso en un rincón
tan apartado. Sus ecos alimentaron las esperanzas de Caramon, no podrían
celebrarse los Juegos si persistía la tormenta.
El avieso enano siguió a Raag al otro lado de la puerta. Antes
de cerrarla se asomó al interior del calabozo y, con una sonrisa que habría
petrificado al más cuerdo, contempló el semblante del prisionero.
—Por cierto —dijo, meciéndose su barba en un ominoso vaivén—,
Fistandantilus me ha asegurado que mañana lucirá un día espléndido. Viviremos
una jornada que Krynn no olvidará durante mucho tiempo.
La pesada hoja de madera chirrió sobre sus goznes, y la llave
giró en la cerradura.
Quedó el guerrero solo en el húmedo ambiente de la mazmorra.
Estaba tranquilo, con esa calma que deja la enfermedad cuando, a su paso, borra
las emociones de quien la padece. Hasta Tas se había esfumado, no podía
recurrir al consejo de nadie capaz de tomar decisiones. Comprendió, sin
embargo, que no necesitaba ayuda para adoptar una resolución.
Ahora sabía por qué los hechiceros lo habían enviado al pasado.
Ellos conocían la verdad, y querían que él la averiguara por sí mismo: su
gemelo era irrecuperable, tenía que morir.
Falsa bondad
Aquella noche nadie durmió en Istar. Arreció la tempestad, que
parecía dispuesta a destruirlo todo con su azote. Los gemidos del viento se
asemejaban a aquéllos otros que, como heraldos de muerte, proferían los
espíritus en las casas embrujadas, y su sonoro embate neutralizaba incluso el
fragor de los truenos. Los relámpagos danzaban sobre las calles, los árboles se
partían al recibir su fulminante contacto. El granizo, por su parte, rebotaba
contra los muros de las edificaciones, arrancando ladrillos, rompiendo los más
gruesos cristales y permitiendo que las ráfagas de aire y de lluvia penetrasen
en los hogares cual salvajes conquistadores. Las inundaciones se propagaban por
toda la urbe, los torrentes de agua arrastraban los puestos del mercado, las
plataformas de los esclavos, los carros y carruajes.
Sin embargo, nadie resultó herido. Se diría que los dioses, en
esta hora decisiva, habían extendido sus manos para proteger a los vivos, en
espera de que escucharan su advertencia.
Al amanecer amainó el aguacero, y el mundo quedó envuelto en un
profundo silencio. Las divinidades, sin atreverse apenas a respirar, se
mantuvieron expectantes, alertas a un tenue llanto susceptible de salvar a
Krynn.
Se elevó el sol en un cielo azul, acuoso. Ningún pájaro lo
saludó con sus trinos, ninguna hoja crujió en la brisa matutina porque,
simplemente, tal brisa no soplaba. Reinaba en el aire una mortífera quietud. El
humo se alzaba desde los troncos socarrados en volutas que se encaramaban hacia
las alturas, los desbordados riachuelos fueron absorbidos como si unas
sofisticadas canalizaciones los devolvieran a su cauce. Los habitantes de la
ciudad abandonaron sus casas cautelosos, contemplando incrédulos los nimios
daños antes de recogerse en sus lechos, exhaustos tras varias noches de
vigilia.
Pero había una persona en Istar que, contra todo pronóstico,
había dormido pacíficamente. De hecho, fue la repentina calma lo que lo
despertó.
Como él mismo solía relatar, Tasslehoff Burrfoot había
conversado con los espíritus del Bosque Oscuro, se había enfrentado a numerosos
dragones —volando a lomos de dos de ellos—, se había acercado al Robledal de
Shoikan —el grado de proximidad aumentaba en cada nueva narración—, había roto
uno de los Orbes y hasta fue el artífice de la derrota de la Reina de la
Oscuridad —con un poco de ayuda—. Una ventisca, aunque alcanzase gigantescas
proporciones, no había de espantarlo, ni mucho menos perturbar su sueño.
Fue sencillo apoderarse del ingenio mágico. Meneó la cabeza al
pensar en lo orgulloso que debía sentirse Caramon por concebir tan perfecto
escondrijo pero, aunque se abstuvo de comentarlo ante el hombretón, el doble
fondo del baúl habría sido detectado por un kender de tres años.
Tas extrajo el artefacto del cofre y lo observó complacido,
maravillado. Había olvidado cuan bello era, doblado sobre sí mismo hasta asumir
la apariencia de un colgante ovalado, y se le antojó imposible que sus manos
hubieran de transformarlo en un instrumento capaz de obrar prodigios.
Se apresuró a rememorar las instrucciones de Raistlin. El mago
se las impartió días antes y lo obligó a aprenderlas, persuadido de que si las
escribía, el kender perdería el papiro. Así, al menos, lo había manifestado con
su habitual causticidad.
No eran complejas, las ordenó en su mente en cuestión de
segundos.
Tu tiempo tuyo es,
aunque viajes por él.
Verás sus esferas, el camino,
en su eterno torbellino,
no obstruyas su fluir.
Aferra firme el final y el comienzo,
dales la vuelta sobre su centro,
y lo que está suelto podrás unir.
Sobre tu cabeza descansa el porvenir.
El objeto era tan hermoso que Tasslehoff habría permanecido largas horas admirándolo.
Pero no podía permitirse la menor demora, así que lo guardó presuroso en uno de
sus saquillos, recogió los otros —sólo por si encontraba algo digno de
conservarlo—, se arropó en su capa y salió del circo, mientras pasaba revista a
su última charla con Raistlin.
—Toma prestado el artilugio arcano la víspera del acontecimiento
—le encomendó el hechicero—. La tempestad adquirirá una magnitud terrorífica, y
a Caramon podría ocurrírsele partir antes de tiempo. Además, de ese modo te
resultará más sencillo introducirte en la cripta secreta del Templo sin que
nadie repare en ti. La turbonada cesará al alba del día señalado, será entonces
cuando el Príncipe de los Sacerdotes y sus ministros se dirigirán en procesión
hacia la cámara, donde el sumo mandatario presentará sus demandas a los dioses.
»Debes hallarte en la cripta y activar el ingenio en el instante
en que el Príncipe enmudezca.
—¿Cómo lo detendrá? —aventuró el kender entusiasmado—. ¿Brotará
de su seno un rayo de luz o algo parecido? ¿Se desmoronará inconsciente el
eclesiástico?
—No —contestó el mago entre toses—, no abatirá al dignatario.
Pero has acertado en lo de la luz.
—¿De verdad? —se asombró Tas—. ¡Es fantástico! Creo que me estoy
perfeccionando en tu arte.
—Cierto —admitió Raistlin secamente—. Y ahora, deja que continúe
en el punto donde me has interrumpido.
—Disculpa, no volverá a ocurrir. —El hombrecillo cerró la boca
al percibir la fulgurante mirada del maestro.
—Debes entrar en la cripta secreta durante la noche. En la zona
posterior del altar hay unos gruesos cortinajes, nadie te descubrirá si te
ocultas tras ellos.
—Impediré el Cataclismo y regresaré sin tardanza junto a Caramon
para contárselo. ¡Me convertiré en un héroe! —Calló unos segundos, asaltado por
un pensamiento—. ¿Pero cómo puedo ser un héroe si conjuro un evento antes de
que se produzca? ¿Cómo se sabrá que lo hice si no llega a suceder?
—Se sabrá —lo tranquilizó el mago.
—¿Estás seguro? —se obstinó el kender—. No lo comprendo. Pero
supongo que estás ocupado y es mejor que me vaya. Cuando todo esto termine
imagino que abandonarás Istar —apuntó, sintiéndose empujado hacia la puerta por
la mano que Raistlin tenía apoyada en su espalda—. ¿Dónde dirigirás tus pasos?
—Donde me apetezca —fue la tajante contestación.
—¿Puedo acompañarte? —solicitó Tas ilusionado.
—No, te necesitarán en tu tiempo —declaró el nigromante con un
extraño destello en sus ojos—. Debes cuidar de Caramon.
—Tienes razón, he de protegerlo.
Llegaron al umbral y Tas, indeciso, pidió una gracia a su
oponente.
—¿Te importaría catapultarme a algún lugar, como hiciste la
última vez?
Exhalando un paciente suspiro, Raistlin le concedió su deseo. El
kender apareció junto a un estanque, con gran regocijo por su parte. Tuvo que
reconocer que, cuando quería, el hechicero era muy gentil.
«Quizá sea por mi intervención providencial en este asunto. Se
siente agradecido ante quien va a evitar el desastre, aunque no sabe
expresarlo. De todas maneras, dudo que la gratitud tenga cabida en las
criaturas perversas», pensó ingenuamente el kender.
Recapacitando sobre tan interesante idea, el hombrecillo vadeó
la enfangada charca y regresó a la arena.
Retomó el hilo de tales cavilaciones cuando abandonó su alcoba
la noche anterior al Cataclismo, pero los elementos enfurecidos se encargaron
de romperlo. No había reparado en la intensidad de la tormenta y la violencia
del huracán le dejó perplejo, ya que el fortísimo viento lo alzó literalmente
en volandas y lo arrojó contra la tapia en el momento de salir. Tras hacer un
alto para recuperar el resuello y asegurarse de no estar herido, emprendió su
camino hacia el Templo con el ingenio sujeto en su mano.
Esta vez, ya prevenido, tuvo la suficiente presencia de ánimo
para acercarse a los edificios, donde el viento no lo zarandearía a su antojo.
Recorrer la ciudad en medio del caos resultó una experiencia enriquecedora.
Pudo observar cómo un relámpago derribaba un árbol a escasa distancia, y
comprendió lo que significaba la expresión «hacer astillas». Un poco más
adelante calculó mal la profundidad del torrente que invadía la calzada y fue
arrastrado por un auténtico rápido, una estupenda aventura si hubiera podido
respirar, pero el hecho de estarse casi ahogando lo incomodaba. Al fin el curso
de agua lo lanzó al interior de un callejón, donde logró incorporarse y
proseguir el viaje.
Casi lamentó llegar al Templo después de vivir tantas emociones
pero, consciente de su importante misión, atravesó raudo el jardín. Una vez en
el interior del recinto, tal como Raistlin había augurado, el escurridizo
kender se perdió en la confusión sin que nadie advirtiera su presencia. Los
clérigos corrían de un lado a otro, achicando el agua que se filtraba por las
fisuras de las ventanas, recogiendo cristales, encendiendo las antorchas
apagadas o reconfortando a quienes no soportaban la prueba a la que los
sometían las furias desencadenadas.
Ignoraba en qué ala del santuario se encontraba la cripta, mas
nada podía gustarle más que merodear por lugares ignotos. Dos o tres horas más
tarde, con sus bolsas repletas de tesoros, se internó en una estancia
subterránea que respondía a la descripción de Raistlin en todos sus pormenores.
No la alumbraba ninguna tea, muestra palpable de que no pensaban
utilizarla, pero el resplandor de los relámpagos a través de un ventanuco en el
techo bastaba para que se revelasen a sus ojos el altar y las cortinas que
mencionara el mago. Estaba fatigado, necesitaba descansar, así que inspeccionó
someramente la cámara y, tras hallarla vacía, rodeó la tarima y asomó la cabeza
entre los recios pliegues con la esperanza de descubrir alguna cueva secreta
donde el Príncipe de los Sacerdotes celebrara sus rituales, vedados a los
mortales.
Escudriñó el entorno y suspiró. No había nada que mereciese la
pena, tan sólo un muro cubierto por los cortinajes. Se sentó detrás de éstos,
extendió su capa para que se secara, deshizo su copete a fin de enjugar las
gotas de lluvia y desprenderse del granizo y, bajo la exigua, intermitente luz,
examinó los interesantes objetos que se habían caído «accidentalmente» en sus
saquillos.
Al poco rato le pesaban tanto los párpados que apenas podía
levantarlos, sus repetidos bostezos le causaban un molesto dolor en las
mandíbulas. Arrebujándose en el suelo, se entregó al sueño sin dejar que le
afectara el retumbar de los truenos. Dedicó su último pensamiento a Caramon,
temía su cólera cuando reparara en su aparente fuga.
La calma vino a interrumpir su plácido reposo, un fenómeno en
verdad sorprendente. ¿Por qué había de sobresaltarle el silencio? Y no fue éste
el único enigma al que se enfrentó. Al principio tampoco reconoció la estrecha
estancia.
No tardó en recordar. Estaba en la cripta secreta del Templo de
Istar y hoy sobrevendría el Cataclismo, es decir, habría sobrevenido de no
anticiparse él a la Historia, remodelándola. O, expresado de otro modo, era el
día del Cataclismo sin Cataclismo, habría habido una hecatombe pero ésta no
tendría lugar. Confundido por el galimatías que él mismo creaba, recapacitando
que alterar el destino era un fastidio, Tas decidió investigar el motivo de
aquella quietud.
Entonces se le ocurrió. Se habían cumplido las predicciones de
Raistlin, la turbonada se había disipado tan misteriosamente como empezó. Se
puso en pie, oteó el panorama desde las cortinas y, al otro lado de la cámara,
vio los haces solares que, tímidos, traspasaban la angosta claraboya.
No tenía idea de la hora pero, a juzgar por el brillo, debía
estar próximo el mediodía. La procesión se iniciaría pronto y jalonaría las
dependencias del santuario, en un sinuoso trayecto. El Príncipe de los
Sacerdotes, si sus noticias eran ciertas, había convocado a los dioses para el
momento en que el sol alcanzara el cénit.
El kender pensaba en todo esto, cuando oyó un tañir de campanas
sobre su cabeza, tan trepidante que su ruido le pareció más ensordecedor que el
del trueno. Por un momento se preguntó si estaba condenado a vivir con un
perenne zumbido resonando en sus tímpanos, mas se hizo el silencio en la torre
y, de inmediato, murió el repiqueteo de sus sienes. Aliviado, se asomó de nuevo
a la estancia para asegurarse de que nadie había acudido a ultimar los
preparativos. ¡Cuál no sería su sorpresa al atisbar una sombra en la nave
central!
Retrocedió y, dejando una mera rendija entre los pliegues,
aplicó un ojo resuelto a no perderse nada. La figura tenía la cabeza inclinada,
sus pasos eran lentos e inciertos. Hizo una pausa a fin de apoyarse en uno de
los bancos de piedra que flanqueaban el altar, como si el cansancio le
impidiera seguir, y se arrodilló en el suelo. Aunque le cubrían las albas
vestiduras que portaban casi todos los moradores del Templo, Tas creyó advertir
algo familiar en aquel ser, de modo que, tras constatar que el recién llegado
no prestaba atención a los cortinajes, se arriesgó a ensanchar su campo de
mira.
—¡Crysania! —susurró al reconocerla—. ¿Qué hace aquí antes de
que arribe el cortejo?
Un amargo desengaño atenazó su garganta. ¿Y si la sacerdotisa se
proponía impedir el Cataclismo por su propia iniciativa? No, Raistlin lo había
elegido a él, no debía sacar conclusiones precipitadas.
Más sosegado, espió los movimientos de la dama. Estaba hablando
o quizás orando, era difícil adivinarlo. El kender tuvo que hacer un esfuerzo
para no aproximarse y rogarle que alzara la voz. Se conformó, no obstante, con
situarse lo mejor posible y aguzar el oído.
—Paladine, prudente dios del Bien eterno, escucha mi plegaria en
este día trágico —murmuró quedamente Crysania—. Sé que no puedo evitar el
suceso que se avecina, y que quizá sea tan sólo una flaqueza de mi fe
cuestionar tus resoluciones, pero he de suplicarte que me ayudes a comprender.
Si tengo que morir revélame el motivo, convénceme de que mi sacrificio será
útil al mundo. Demuéstrame, te lo ruego, que no he fracasado en todos los
cometidos que debía desempeñar en Istar.
«Permíteme que permanezca aquí, sin ser vista, para presenciar
aquello que ningún mortal ostentó el privilegio de contemplar ni relatar: el
encuentro del Príncipe con las divinidades. Es un hombre bondadoso, acaso en
demasía. Mis creencias, las que creía más arraigadas, penden de un hilo
—añadió, en un siseo tan tenue que Tas apenas distinguía sus palabras—.
Necesito que justifiques ante mí tu terrible acción, aunque se trate de uno de
tus inescrutables designios prometo acatar tu voluntad. Si tal es tu deseo, o
mi sino, pereceré junto a quienes perdieron la fe en los auténticos dioses...
—No es ésa la expresión adecuada, Hija Venerable —la corrigió
una voz surgida de la nada, tan imprevista que el kender casi cayó de bruces—.
Di mejor que su fe en los dioses verdaderos fue sustituida por la esclavitud a
los falsos, la riqueza, el poder, la ambición.
Crysania levantó la cabeza y emitió un grito ahogado que Tas
coreó si bien fue el rostro de la mujer, no el refulgente contorno que se
materializaba a su lado, lo que provocó su pasmo. Exhibía en sus rasgos la
huella de varias noches en vela, los oscuros ojos se hundían en sus cuencas y
le conferían un aire espectral. Su tez, demacrada, enmarcaba unos labios
exangües, resecos, y su cabello, que no se había molestado en peinar, se
enmarañaba como una negra telaraña en torno a aquel semblante que oteaba, entre
alarmado y temeroso, a la fantasmal figura.
—¿Qu-quién eres? —balbuceó la dama.
—Me llamo Loralon, y he venido para llevarte conmigo. Los hados
no han dictaminado que mueras, Crysania, eres la última sacerdotisa auténtica
de Krynn y deseo ofrecerte que te unas a nosotros, a los clérigos que
abandonaron el Templo días atrás.
—Loralon, el más respetable eclesiástico de Silvanesti —murmuró
ella—. No puedo irme, todavía no —rehusó, después de estudiar a su oponente y
desviar la mirada hacia el altar—. He de escuchar al Príncipe, despejar las
incógnitas que me atormentan. —Su aparente firmeza contrastaba con su manera de
retorcerse las manos.
—¿No entiendes ya lo suficiente? ¿Qué más buscas, Hija
Venerable? —inquirió Loralon severo—. Por ejemplo, ¿qué sintió tu alma la
pasada noche?
Crysania tragó saliva antes de susurrar, apartándose la melena
de la faz:
—Humildad, sobrecogimiento. Todos experimentamos lo mismo en
presencia del poder de las divinidades.
—¿Estás segura? —indagó el anciano, persistente—. ¿No te ha
asaltado la envidia, el deseo de emularles? ¿No te gustaría alzarte a su mismo
nivel?
—¡No! —vociferó la mujer, pese a que el rubor de sus pómulos
desmentía tan tajante negativa.
—Acompáñame, Crysania —la instó el regio elfo—. La fe sincera no
precisa demostraciones, pruebas tangibles para creer lo que el corazón juzga
justo.
—Los mandatos de mi corazón no hallan eco en mi mente —repuso la
sacerdotisa—. Son simples sombras, por eso debo palpar la verdad, penetrarla a
plena luz. No, no he de partir. Me quedaré en la cámara y escucharé sus
palabras. No me entregaré a unas divinidades a las que no puedo defender sin
conocimiento de causa.
Loralon la examinó detenidamente, con más piedad que ira, y
sentenció:
—Tú no penetras la verdad como presumes, te sitúas frente a su
luminosa aureola y divisas una sombra, la tuya. No adquirirás la facultad de
ver hasta que sean las tinieblas las que te cieguen, unas tinieblas infinitas.
Adiós, Hija Venerable.
Tasslehoff pestañeó. ¡El anciano elfo se había evaporado! ¿Había
visitado en realidad la cripta, o era producto de su imaginación? Vencido el
inicial desconcierto el kender concluyó que él no podía haber inventado tan
insondables frases. ¿Qué significaba el extraño parlamento que pronunció el
clérigo antes de desaparecer? ¿Qué quiso decir Crysania al aseverar que había
viajado en el tiempo para morir?
Su desazón no duró mucho, al rato recordó jubiloso que ambas
dignidades ignoraban su proyecto de impedir el Cataclismo. Era lógico que
Crysania se sintiera deprimida, que fuera víctima de tal extravío.
«Probablemente recobrará el ánimo cuando descubra que el mundo
no va a ser devastado», reflexionó el hombrecillo.
En aquel momento percibió, en la distancia, un coro de voces que
entonaban un salmo. ¡La procesión había salido del edificio central! En su
alborozo escapó de sus labios una exclamación que, pese a sofocarla de
inmediato cubriendo su boca con la mano, podría haberle delatado de no estar
Crysania absorta en sus cábalas. Sometió a un último escrutinio a la dama que,
ahora sentada, se convulsionaba al son de la música, como si ésta fuera una
pócima dolorosa. El kender hubo de reconocer que, en efecto, las notas llegaban
en una áspera discordancia, debido, tal vez, a la distancia. Sea como fuere, la
sacerdotisa tenía la tez tan cenicienta que Tas se alarmó. Sin embargo, se
sobrepuso a su desmayo, y el pequeño espía respiró al distinguir sus apretados
labios, y el leve color que teñía sus pómulos.
—Pronto te restablecerás del todo —la reconfortó en un siseo
inaudible, antes de agazaparse entre las cortinas y extraer de su bolsa el
portentoso ingenio. Sentándose, se dispuso a esperar con el arcano artefacto en
la mano.
La procesión se prolongó durante siglos, o al menos así se le
antojó al kender. Se dijo entre bostezos que las misiones importantes eran
ciertamente tediosas, a la vez que renacía su antigua inquietud de no ser
valorado en su justa medida cuando todo hubiera concluido. Le habría gustado
entretenerse jugando con aquel espléndido objeto, pero se había grabado en su
memoria la orden de Raistlin de no manipularlo hasta el instante oportuno, de
respetar sus directrices al pie de la letra, y tuvo que desistir. Tan seria
había sido la expresión de sus ojos, tan fría su voz, que incluso traspasó la
capa de despreocupación en que se envolvía Tas. En una actitud de obediencia
insólita en él, el hombrecillo no se atrevía casi a moverse.
Cuando empezaba a desesperar, y su pie derecho perdía la
sensibilidad, oyó un estallido de voces en el exterior de la estancia. Una
brillante luz traspasó las cortinas y, pese a su esfuerzo de refrenar su
curiosidad, Tasslehoff no pudo sustraerse a dar una rápida ojeada. Después de
todo, nunca había visto al Príncipe de los Sacerdotes. Persuadido de que debía
seguir con atención las evoluciones del mandatario, se asomó a la rendija que
antes abriera.
—¡Por el gran Reorx! —exclamó, tan deslumhrado a causa de la
luminosidad que hubo de poner la mano como visera sobre sus párpados.
Revivió la ocasión, hacía ya muchos lustros, en que intentó
examinar el sol para discernir si era un gigante o una moneda de oro y, en este
último caso, arrancarlo de la bóveda celeste. Permaneció tres días postrado con
una venda en los ojos.
—¿Cómo lo hará? —se preguntó, aventurándose a posar la mirada en
el cegador halo.
Penetró la resplandeciente nebulosa como hiciera con el astro, y
le fue revelada la verdad. El sol era un coloso, el Príncipe tan sólo un
hombre. El kender no experimentó la desolación que se adueñara de Crysania
cuando, a través del falaz escudo, detectó a la criatura humana, acaso porque
él no tenía ideas preconcebidas sobre su aspecto. Los miembros de su raza no se
dejaban impresionar por nadie —excepción hecha de la zozobra que agitaba a Tas
en presencia de Soth, el Caballero de la Muerte—, y tal fue el motivo de que
apenas le sorprendió comprobar que el Sumo Sacerdote no era sino un mortal de
mediana edad, con una incipiente calvicie y unos ojos azules tan desorbitados
como los del ciervo que se enmaraña en un arbusto de espino. Más que asombro,
sintió una cierta desilusión.
«Me he metido en un embrollo para nada. No salvaré a mis
congéneres del Cataclismo, porque no habrá tal. Dudo que este hombre sea capaz
de provocar la cólera de los dioses; yo no le arrojaría ni una tarta, así pues
¿cómo han de desplomar ellos una montaña ígnea?», recapacitó irritado.
Pero, no teniendo otro quehacer que lo reclamase, resolvió
quedarse y esperar. Quizás aún se le brindaría la oportunidad de utilizar el
ingenio mágico, algo había de suceder. Trató de distinguir a Crysania, ansioso
por espiar sus reacciones, mas el halo que rodeaba al Príncipe era tan
brillante que ensombrecía toda la estancia.
El mandatario avanzó hacia el altar despacio, oteando nervioso
el panorama. Tas temió que atisbara a la sacerdotisa pero, bañado en su propia
luz, pasó por alto su oscuro perfil. Al llegar frente al ara no hincó la
rodilla, sino que meneó la cabeza disgustado y se mantuvo erguido.
Desde su privilegiado punto de mira, a la izquierda de la
cripta, Tas pudo estudiar el desmitificado rostro del eclesiástico mientras,
una vez más, aferraba el artilugio arcano. Su excitación fue en aumento al
vislumbrar que el terror de los acuosos ojos azules se difuminaba tras una
máscara de arrogancia.
—Paladine —bramó, y el kender tuvo la impresión de que
conferenciaba con un subordinado—. Paladine, conoces la perversidad que me
cerca, has sido testigo de las calamidades que han asolado Krynn en los últimos
días. Sabes que esta malignidad va dirigida contra mí, pues soy el único que la
combate, y no puedes por menos que admitir que tu doctrina de equilibrio no
produce los resultados deseables.
La voz del Príncipe perdió la resonancia del clarín para asumir
la delicadeza de una flauta.
—Comprendo que debías respetar estos postulados en los viejos
tiempos, cuando la falta de fuerza te obligaba a pactar. Pero hoy me tienes a
mí, tu brazo derecho, tu auténtico paladín en el mundo. Con nuestro poder
combinado erradicaremos el Mal. ¡Destruye a los ogros, pon a raya a los
descarriados humanos, asigna territorios lejanos a los enanos, los kenders y
los gnomos, razas que por tu gusto nunca habrías creado!
«¡Esto es insultante! ¡Cuánto me gustaría lanzar un volcán sobre
su cabeza!», se rebeló Tasslehoff para sus adentros.
—Reinaré glorioso, seré el artífice de una nueva era que
rivalizará con la de los Sueños —propuso el mandatario en un crescendo,
extendidos sus brazos—. Le otorgaste tal gracia a Huma, un caballero renegado
de humilde cuna. Te pido, te exijo, Paladine, que me prestes tu poder a fin de
aniquilar las sombras que se ciernen sobre nuestras tierras.
El Príncipe enmudeció, aguardando respuesta. También el
hombrecillo se inmovilizó expectante, cerrados los dedos en torno al ingenio
mágico.
Muda, implacable, la contestación impregnó el ambiente. Al
sentirla en sus vísceras el kender fue preso de un pavor que nunca antes había
experimentado, ni siquiera en la proximidad del Robledal de Shoikan o del
caballero Soth. Temblando, desencajado, se arrodilló y bajó la cabeza para, en
tan humilde postura, solicitar la misericordia del invisible hacedor. Oyó cómo,
al otro lado del cortinaje, alguien coreaba sus incoherentes murmullos y
comprendió que Crysania seguía en la cripta y, al igual que él, era consciente
de la ira que les acechaba, más violenta que los truenos de la tempestad.
El Príncipe de los Sacerdotes no despegó los labios. Se limitó a
alzar la vista hacia un cielo que no podía columbrar a través de los anchos
salones, ni a través de los tejados del Templo... un cielo que, en realidad,
nunca se ofrecería a su percepción a causa de la engañosa aureola tras la cual
se parapetaba.
Caramon clama venganza
Una vez hubo decidido su curso de acción, Caramon se abandonó a
un profundo sueño y, durante varias horas, lo acunó el tan necesario olvido. Se
despertó de un respingo a sentir la proximidad de Raag que, inclinado sobre él,
rompía sus cadenas.
—¿Vas a liberarme también de éstas? —preguntó el guerrero,
alzando sus atadas muñecas.
El ogro meneó la cabeza en ademán negativo. Aunque no creía que
Caramon fuera tan imprudente como para atacar a su secuaz desarmado, Arack
había leído el mensaje de locura que destilaran las pupilas del hombretón la
pasada noche y no quería correr riesgos.
Lo cierto era que el gladiador había reflexionado sobre la
posibilidad de agredir a Raag, al igual que otras alternativas temerarias, pero
al fin las rechazó todas. Lo primordial era permanecer vivo, al menos hasta
asegurarse de que Raistlin había muerto. Después, ya nada importaría.
Pobre Tika, esperaría un día tras otro, tardaría en aceptar la
idea de que su esposo nunca había de regresar a su lado.
—¡Muévete! —gruñó el ogro.
El aludido obedeció, y siguió al brutal individuo por las
húmedas escaleras que conducían al rellano superior del subterráneo. Mientras
caminaba intentó borrar a Tika de su pensamiento, sabedor de que podía
debilitar su determinación. Raistlin tenía que perecer, no podía permitirse
vacilaciones ahora que, quizá merced a los relámpagos de la víspera, se había
iluminado una parte de su cerebro que yaciera en estado letárgico durante años.
Se dibujaba en sus entrañas, con total claridad, la magnitud de la ambición de
su hermano, su sed de poder. Había llegado el momento de dejar de buscar
excusas a su conducta. Aunque le doliera debía reconocer que incluso Dalamar,
el elfo oscuro, conocía al nigromante mejor que él, su gemelo.
El amor lo había cegado y, al parecer, lo mismo le había
ocurrido a Crysania. Recordó una frase de Tanis según la cual nada malo brotaba
de las obras dictadas por el amor, y él mismo respondió mediante uno de los
postulados de Flint: para todo había una primera vez. Una primera y, también,
una última.
Ignoraba cómo eliminaría a Raistlin, mas no le preocupaba en
absoluto. Una extraña sensación de paz lo dominaba, pensaba con una claridad,
una lógica, que lo abrumaban. Sabía que podía hacerlo, que ni siquiera el mago
lograría impedirle que ejecutara sus designios pues el hechizo para desplazarse
en el tiempo requeriría toda su concentración. Lo único susceptible de
detenerle era la muerte. «Por eso, tengo que salvaguardar mi vida», recapacitó.
Se mantuvo inmóvil, sin agitar un músculo ni pronunciar una
palabra, mientras Arack y Raag se afanaban en ajustarle la armadura.
—Me inquieta su actitud —murmuró el enano a su servidor durante
la compleja operación de vestir al esclavo.
La tranquilidad, la ausencia de emociones que dimanaba del
fornido humano inspiraban al suspicaz maestro de ceremonias un desasosiego
mayor que si hubiera forcejeado como un animal enfurecido. El único instante en
que Arack observó un atisbo de vida en el estoico semblante de Caramon fue
cuando ciñó la daga a su cinto. El guerrero le lanzó una mirada de soslayo y,
reconociendo el falso pertrecho como el objetivo inútil que era, esbozó una
amarga sonrisa.
—Vigílalo —ordenó Arack a Raag—, debe estar alejado de los otros
hasta que salgan a la arena.
El ogro asintió y guió a Caramon, maniatado, en pos de los
pasillos donde los contendientes aguardaban su turno para entrar en liza. Kiiri
y Pheragas estudiaron al hombretón al verlo aparecer. La nereida torció el
labio y se volvió desdeñosa, pero la reacción del esclavo negro fue distinta.
Tras enfrentarse a la postura digna del que fuera su compañero, a aquellos ojos
en los que no se adivinaba una súplica, una invencible perplejidad se adueñó de
él. Un consejo susurrado de la mujer lo obligó a desviar el rostro como ella
hiciera, si bien el solitario guerrero advirtió que se encogía de hombros y
balanceaba la cabeza inseguro, confundido.
Los repentinos clamores del público incitaron a Caramon a
centrar su atención en las gradas. Era casi mediodía, y los Juegos debían
iniciarse puntualmente a esta hora. El sol brillaba en el cielo y la
muchedumbre, que después de varias noches de vigilia había podido conciliar el
sueño aquel amanecer, exhibía un humor espléndido frente a una jornada lúdica
que prometía ser emocionante. En primer lugar presenciarían unas luchas
intrascendentes, destinadas a avivar su ansia de sangre, pero era el combate definitivo
el que todos aguardaban excitados, la lid donde se designaría al campeón del
año. De su desenlace dependía qué esclavo obtendría su libertad o, en el caso
del Minotauro Rojo, si podría retirarse con riquezas suficientes para llevar
una holgada existencia.
Arack, artero por naturaleza, se ocupó de que las
confrontaciones preliminares fueran livianas, incluso cómicas. Había reunido
para la ocasión a unos enanos gully y, tras darles armas auténticas que no
sabían utilizar, los envió a la plataforma. Sus evoluciones deleitaron a la
concurrencia, que rió hasta las lágrimas al verlos tropezar con sus propias
espadas, acometer a sus rivales en agresivos estoques o dar media vuelta y
emprender, despavoridos, la huida. Como cabía esperar, sin embargo, la audiencia
no disfrutó tanto de la farsa como los enanos mismos, quienes acabaron
abandonando sus fútiles pertrechos a fin de enzarzarse en una batalla en el
fango. Hubo que separarlos por la fuerza y arrastrarlos al subterráneo.
El gentío aplaudió, pero pronto empezó a patear en una
impaciente, aunque jocosa, demanda de la atracción principal. Arack permitió
que sus protestas se prolongaran durante unos minutos ya que, acostumbrado al
espectáculo, sabía que así se caldearían los ánimos. Y acertó. Al poco rato las
gradas vibraban bajo el peso de aquella muchedumbre que gritaba, jaleaba a unos
actores aún invisibles y cantaba desaforada.
Fue este el motivo de que nadie reparara en el primer temblor de
tierra. Caramon, en cambio, sí lo sintió, con tal intensidad que se le hizo un
nudo en el estómago al constatar que el suelo rugía bajo sus pies. Lo asaltó el
miedo, no a la muerte, sino a que le sobreviniera antes de cumplir su objetivo.
Dirigiendo una anhelante mirada al cielo, trató de evocar todas las leyendas
que había oído contar sobre el Cataclismo. Había de producirse, a tenor de
tales relatos, a media tarde, mas una serie de terremotos, erupciones
volcánicas y desastres naturales, que se manifestarían en toda la superficie de
Krynn, precederían al estallido de la montaña ígnea. Cuando eso sucediera la
ciudad de Istar se hundiría, sin remedio, en simas abismales; y el océano se
apresuraría a cerrarse sobre ella.
El guerrero visualizó el naufragio de la malhadada urbe, los
restos de su esplendor tal como los descubriera, en un pasado que ahora era
futuro por haber retrocedido en el tiempo, al quedar atrapada la nave en la que
viajaba en el remolino del Mar Sangriento. Los elfos acuáticos los habían
rescatado entonces, pero no había salvación posible para los actuales moradores
de Istar. Una vez más, vislumbró con el pensamiento los torturados edificios.
Su alma sufrió un espasmo de terror, y comprendió que se había obstinado en
conjurar tal imagen en las últimas semanas.
«Nunca creí que fuera a suceder. Me restan unas horas, muy
pocas. ¡Tengo que salir de aquí y encontrar a Raistlin!», se confesó, tan
tembloroso como la tierra.
Se apaciguó al recordar a su hermano, consciente de que éste lo
aguardaba. Lo necesitaba, a él o a un guerrero adiestrado, de modo que le
sobraba tiempo para vencer y darle alcance o, por el contrario, para perder y
ser sustituido.
Fortaleció esta convicción el hecho de que, tan súbitamente como
se había iniciado, cesó el retumbo en el subsuelo. Aliviado, oyó cómo Arack
anunciaba en el centro de la arena el combate decisivo.
—Damas y caballeros, estos combatientes antes luchaban formando
equipo, el mejor que hemos podido contemplar durante años —vociferó el enano—.
En numerosas ocasiones arriesgaron sus vidas para salvar al compañero, todos
habéis asistido a sus demostraciones de amistad. Pero hoy son enconados
enemigos, querido público, pues cuando la libertad, la riqueza o el orgullo del
triunfo están en juego, el amor queda relegado a un segundo plano. Cada uno de
ellos pondrá sus habilidades al servicio de la supervivencia, así será como han
de enfrentarse Kiiri, la Nereida, Pheragas de Ergoth, Caramon, el Vencedor y el
Minotauro Rojo. Ninguno abandonará la arena si no es con los pies por delante.
Los presentes prorrumpieron en vítores ya que, aunque sabían que
se trataba de una mera representación, querían imbuirse de su falaz
autenticidad. Arreciaron las aclamaciones al aparecer en escena el minotauro
con su faz animal tan desdeñosa como de costumbre. Kiiri y Pheragas espiaron su
tridente y, en una reacción instintiva, los dedos de la mujer se cerraron en
torno a la empuñadura de su daga.
Un nuevo temblor sacudió la tierra. Caramon lo percibió, mas no
pudo cavilar sobre el fenómeno porque Arack había pronunciado su nombre y tuvo
que saltar a la arena.
Tasslehoff notó los primeros temblores y, al principio, creyó
que eran tan sólo fruto de su imaginación, del temor a la ira invisible que se
desplegaba sobre sus cabezas. No obstante, vio ondear las cortinas y constató
que había llegado la hora de la verdad.
«¡Activa el ingenio!», le ordenó una voz en su cerebro. Trémulas
las manos, fijos los ojos en el colgante, el kender repitió las instrucciones.
—Veamos —recapituló—. Tu tiempo tuyo es, así que he de volver la
faceta plana hacia mí. Aunque viajes por él significa que he de mover una pieza
de derecha a izquierda, supongo que ésta. Bien, sigamos. Verás sus esferas, el
camino, se refiere a la placa que debo doblar sobre sí misma para formar dos
discos comunicados por cilindros... ¡Funciona, la parte posterior cede! —Tras
una breve pausa continuó, muy excitado—. En su eterno torbellino alude a la
operación de hacer girar la base en sentido contrario a las manecillas del
reloj, y no obstruyas su fluir a la necesidad de que la cadena no se enrede.
¿Cómo lograrlo? Ya lo tengo, el colgante ha de rotar de abajo hacia arriba.
Exacto, vamos a por el próximo versículo. Aferra firme el final y el comienzo
es una señal clara, sujetaré los discos en sus extremos. Dales la vuelta sobre
su centro, eso es fácil, y lo que está suelto podrás unir. ¿De qué modo? Ya lo
entiendo, la cadena se enrolla alrededor del cuerpo principal. ¡Es fantástico,
todo se acopla tal como describen las indicaciones de Raistlin! La última
rezaba: Sobre tu cabeza descansa el porvenir, de modo que alzaré el objeto y...
¡Un momento, algo no encaja! He cometido un error, esto no debería ocurrir.
Una diminuta pieza se había desprendido del artefacto, golpeando
a Tas en la nariz. Sucedió a ésta otra, y otra más, hasta que el desazonado
kender se halló bajo una lluvia de gemas multicolores.
Escudriñó el arcano ingenio que tenía suspendido en el aire y,
desconcertado, se afanó en manipular sus moldeables fragmentos. Esta vez la
fina lluvia se convirtió en un auténtico chaparrón de alhajas, que cayeron al
suelo en un sonoro repiqueteo.
El kender no abrigaba una total certeza, pero estaba persuadido
de que no era éste el resultado correcto. «De todos modos, con las zarandajas
de los magos nunca se sabe», se dijo. Apaciguado por tal reflexión, contuvo el
resuello y esperó que surgiera la luz.
De pronto, el suelo se encrespó, abultándose en una sólida ola
que le hizo perder el equilibrio. Tan violento fue el embate, que el
hombrecillo salió despedido entre los cortinajes y aterrizó, de bruces, delante
del Príncipe de los Sacerdotes. No obstante, y contra todo pronóstico, el
mandatario no se percató de nada, no vio su rostro ceniciento. Estaba demasiado
absorto en la contemplación de su entorno, en examinar con embeleso el
revoloteo de sus propios ropajes y las resquebrajaduras que surcaban el marmóreo
altar. Sonriendo para sus adentros, envuelto en una egregia serenidad hija de
su convicción de hallarse frente a una muestra de la aquiescencia de los dioses
a sus demandas, se alejó de la maltrecha ara para recorrer la nave central,
entre los oscilantes bancos, y encaminarse a la parte del Templo donde estaban
situadas sus dependencias.
—¡No! —gimió Tas, perdido el control del artilugio mágico.
En aquel momento, los tubos que ensamblaban los dos extremos del
cetro se separaron en sus manos y la cadena se deslizó de sus dedos. Despacio,
temblando al ritmo del suelo sobre el que todavía yacía, se puso en pie a duras
penas. En su palma sujetaba las piezas rotas del ingenio.
—¿Qué he hecho mal? —se desesperó—. He seguido las instrucciones
de Raistlin con perfecta meticulosidad.
Y entonces lo comprendió todo. Las lágrimas, que asomarón a sus
ojos sin que atinara a contenerlas, nublaron las fragmentadas partes del
objeto.
—Fue tan amable conmigo —balbuceó—. Me hizo repetir los versos
una vez y otra, según él para asegurarse de que no me equivocaría.
Entrecerró los párpados, deseoso de hallar, cuando los levantara
de nuevo, los vestigios de una pesadilla. Lo hizo, mas no fue así.
—Aprendí las instrucciones correctamente —insistió—. ¡He caído
en su trampa, su intención era que lo desarticulase! ¿Y por qué? ¿Acaso
pretende dejarnos atrapados en el pasado, causar nuestra muerte? No puede ser,
los magos de la Torre afirmaron que necesita a Crysania. Claro, ella es la
clave.
Giró sobre sus talones y llamó a la sacerdotisa, sin obtener
respuesta. Perdida la mirada en el infinito, inmóvil a pesar de las sacudidas
que agitaban sus rodillas puestas en tierra, Crysania exhibía en sus ojos un
fulgor fantasmal, interno. Tenía las manos enlazadas como si rezase, pero la
manera en que se apretaban una contra otra, tanto que los dedos habían
adquirido un tono purpúreo y los nudillos se habían tornado blancos, denotaba
que no era tal la actividad a la que estaba entregada.
Un quedo aliento escapaba entre sus dientes, si bien el kender
nada podía oír de lo que murmuraba.
Introduciéndose tras los cortinajes, Tas recogió algunas de las
gemas esparcidas del ingenio antes de volver al altar y, una vez allí,
recuperar la cadena, que estaba a punto de desaparecer en una fisura del suelo.
Lo embutió todo en su saquillo, cerró éste a conciencia y, tras dar una última
ojeada, se aproximó al lugar de la cripta donde se hallaba la eclesiástica.
—Crysania —susurró. Detestaba molestarla, pero la situación era
crítica.
—¿Crysania? —repitió a la vez que se plantaba frente a ella,
pues era evidente que todavía no se había percatado de que tenía compañía. Como
no reaccionaba, el kender optó por leer el movimiento de sus labios y averiguar
así el motivo de su ensimismamiento.
—Me ha sido revelado su error —mascullaba—, ahora sé que quizá
los dioses me otorgarán un día lo que a él le han negado.
Respiró hondo y bajó la cabeza, antes de añadir:
—¡Gracias, Paladine!
El kender la oyó entonar un fervoroso cántico y, sin apenas
intervalo, la sacerdotisa se incorporó. Tras observar sorprendida los objetos
de la cripta, que pululaban en una mortífera danza, sus ojos se fijaron en el
vacío, por encima de Tas.
—¡Crysania! —vociferó éste, tirando ahora de sus albas
vestiduras—. Crysania, escúchame. He roto el único instrumento que había de
permitirnos volver. Una vez destruí uno de los Orbes de los Dragones, pero lo
hice a propósito mientras que, con el ingenio, no sé que ha podido fallar.
¡Pobre Caramon! Tienes que ayudarme, si tú se lo pides, Raistlin accederá a
recomponerlo.
La sacerdotisa miró a Tasslehoff con la expresión de quien es
abordado por un extraño en plena calle.
—¡Raistlin! —coreó, desprendiendo de su atavío los dedos del
kender—. Trató de decírmelo, pero yo no le hice caso. No importa, al fin
conozco la verdad.
Apartó de su lado al atónito kender y, tras recoger los pliegues
de su túnica para no tropezar, echó a correr por el pasillo central sin volver
la mirada. El Templo se bamboleaba sobre sus cimientos.
Cuando Caramon empezó a ascender los peldaños que conducían a la
arena, Raag deshizo las ataduras de sus muñecas. Flexionando sus entumecidos
dedos, el gladiador siguió a Kiiri, Pheragas y el Minotauro Rojo a la
plataforma para, bajo una lluvia de aclamaciones, situarse entre los que fueran
sus amigos. Miró al cielo donde, sobrepasado su cénit, el sol iniciaba su lento
recorrido hacia el ocaso, un ocaso que los habitantes de Istar nunca
contemplarían.
Al pensar en el funesto destino de la ciudad, y en que no vería
de nuevo los rojizos rayos del astro recortando el perfil de una almena,
fundiéndose en el azul del mar o iluminando las copas de los vallenwoods,
afloraron las lágrimas a sus ojos. No lloraba tanto por sí mismo como por la
suerte de sus compañeros, que debían perecer esta tarde, o por los centenares
de inocentes que sucumbirían sin comprender el motivo.
También dedicó sus sollozos al hermano que en un tiempo amase,
no al Raistlin actual, sino a un ser entrañable que había perdido años atrás.
—Kiiri, Pheragas —murmuró mientras el minotauro avanzaba unos
pasos para recibir las ovaciones del público—, ignoro qué ha podido contaros el
mago, pero os aseguro que yo nunca os traicioné.
Kiiri no se dignó mirarle, se limitó a torcer el labio en
aquella mueca tan particular. Pheragas, por su parte, lo espió de manera
soslayada y, al percibir los riachuelos que surcaban las mejillas del guerrero,
vaciló antes de darle la espalda.
—Me tiene sin cuidado que me creáis o no —continuó el musculoso
humano—, podéis mataros por la posesión de la llave si es eso lo que queréis.
Yo buscaré la libertad valiéndome de mis propios medios.
Ahora sí, ahora la mujer lo examinó con la perplejidad dibujada
en sus rasgos. La muchedumbre se había puesto en pie y aclamaba al minotauro,
que caminaba por la arena blandiendo el tridente sobre la testa.
—¡Estás loco! —imprecó la nereida al hombretón, sin alzar la voz
más de lo imprescindible. Desvió la vista hacia Raag cuyo cuerpo, enorme y
macilento, obstruía la única salida.
Caramon la imitó imperturbable, sin mudar la expresión.
—Nuestras armas son auténticas —intervino Pheragas—, la tuya no.
El guerrero asintió, mas se abstuvo de pronunciar una palabra.
—Has de avenirte a razones —lo reprendió Kiiri—. Te ayudaremos a
fingir que estás herido, ninguno de nosotros creyó en el nigromante aunque,
debes admitirlo, resultaba sospechoso tu empeño en ahuyentarnos de la ciudad.
Por un momento pensamos, como él afirmó, que pretendías hacerte con el triunfo,
pero hemos cambiado de idea. Te sugiero que en cuanto empiece el combate te
arrojes al suelo y te dejes llevar al interior. Nos las arreglaremos para que
escapes esta misma noche.
—Esta noche Istar habrá cesado de existir, junto a todos sus
moradores —persistió el gladiador—. El tiempo apremia. No puedo explicároslo,
sólo os ruego que no intentéis detenerme.
Pheragas separó los labios, presto a hablar, pero se lo impidió
un nuevo temblor de tierra, éste más violento.
Todos los presentes lo sintieron, era imposible no hacerlo. La
plataforma se tambaleó sobre su entramado, los puentes de los pozos se
resquebrajaron y el suelo se combó con tal fuerza que a punto estuvo de lanzar
al minotauro por los aires. Kiiri se aferró a Caramon, mientras Pheragas
trataba de apuntalar sus piernas como un navegante en la cubierta de su
zarandeado galeote. La muchedumbre de las gradas se inmovilizó al percibir el
balanceo de sus asientos, gritando unos al oír los crujidos de la madera y permaneciendo
otros de pie, mudos. Pero el rugido de la naturaleza se mitigó al instante.
Sucedió al caos un silencio ominoso. Al guerrero se le erizó el
cabello, se le puso la piel de gallina al comprobar que los pájaros no
cantaban, ni ladraban los perros. En medio de la tensa quietud, una voz
interior lo conminaba a huir sin demora.
Tomó una determinación. Sus amigos ya no importaban, todo
carecía de sentido. Sólo abrigaba un propósito: matar a Raistlin.
Tenía que actuar enseguida, antes de que sobreviniera el próximo
embate o la audiencia se recuperase de éste. Lanzando una rápida mirada a su
entorno, Caramon divisó a Raag junto a la salida, arrugado el rostro por la
sorpresa e incapaz de adivinar, con su torpe mente, lo que en realidad ocurría.
Arack se hallaba a escasa distancia del ogro y estudiaba el panorama, temeroso
sin duda de tener que devolver a sus clientes el dinero recaudado si había de
anular el espectáculo. Pareció sosegarse al constatar que renacía la
normalidad, si bien algunos de los asistentes se mostraban recelosos y espiaban
el suelo de manera furtiva.
El fornido humano respiró hondo y, sujetando a Kiiri entre sus
brazos, la levantó con todas sus fuerzas para arrojarla contra Pheragas. Ambos
gladiadores se desmoronaron en un amasijo sobre la plataforma al cogerles
desprevenidos su agresión.
Tras cerciorarse de que, en su aturdimiento, ninguno de ellos
había de presentarle batalla, Caramon tomó impulso y se lanzó cual un ariete
hacia el ogro, hundiendo su cabeza en el estómago del adversario con toda la
energía que le conferían sus meses de entrenamiento. Semejante impacto habría
matado a cualquier criatura normal, pero a Raag tan sólo le dejó sin resuello.
La arremetida los había estrellado a ambos contra el muro.
Mientras su oponente luchaba para recuperar el aliento, el
guerrero se abalanzó sobre su maza a fin de arrebatársela mas, cuando la
desprendía de su manaza, el atacado emitió un aullido de rabia y le asestó un
certero golpe debajo de la barbilla. Caramon, que no estaba preparado para
recibir su puño, salió catapultado y fue a aterrizar sobre la arena.
Al principio no vio sino un torbellino de cielo y tierra.
Abrumado bajo un vértigo irrefrenable, cerró los ojos si bien, por fortuna, su
instinto de luchador lo instigó a rodar sobre sí mismo en el instante en que el
tridente del minotauro descargaba su peso donde segundos antes se hallara su
brazo. Oyó un gruñido animal, y comprendió que la rabia de aquel engreído iba
en aumento tras la fallida intentona.
Logró incorporarse, a la vez que agitaba la cabeza a fin de
despejarla, pero sabía que no eludiría el segundo ataque de la fiera. Sin
embargo, se produjo un hecho inesperado. Una figura negra se interpuso entre su
cuerpo y el Minotauro Rojo, el plateado acero de una espada rechazó al tridente
que se disponía a acabar con la vida de Caramon. El guerrero retrocedió
torpemente y sintió el contacto de unas frías manos, las de Kiiri, posadas en
su cinto.
—¿Estás bien? —preguntó la mujer.
—¡Necesito un arma! —consiguió balbucear el humano, aún mareado
tras el colosal golpe que le propinara el ogro.
—Toma la mía —ofreció Kiiri, depositando una daga en su palma—.
Pero antes, descansa. Yo me ocuparé de Raag.
El macilento individuo, dominado por la excitación de la
batalla, cargaba contra ellos con la mandíbula abierta.
—¡Úsala tú! —empezó a protestar Caramon, mas la mujer rechazó el
pertrecho y le contestó, sonriente:
—Calla y observa.
Pronunció entonces unas frases ininteligibles que el hombretón
asoció con el lenguaje de la magia, aunque éstas tenían un acento casi elfo.
De pronto, se desvaneció la mujer y ocupó su lugar una
gigantesca osa. Caramon ahogó una exclamación, incapaz de adivinar lo sucedido,
si bien recordó que Kiiri era una nereida, del grupo de las sirenas, y por
consiguiente poseía el don de mudar su identidad.
Irguiéndose sobre sus patas traseras, la osa se enfrentó al
descomunal ogro que se había detenido con los ojos desorbitados. Kiiri lanzó un
rugido de cólera y, al hacerlo, dejó al descubierto sus refulgentes colmillos.
El sol reverberó en su zarpa cuando hundió sus afiladas uñas de un ágil sesgo
en la frente del paralizado Raag.
Brotó la amarillenta sangre a través de los hondos arañazos y el
herido gimió de dolor, cegado por la masa de savia coagulada que cubría sus
cuencas oculares. Sin desaprovechar la ocasión, la osa se abalanzó sobre su
víctima y ambos adversarios se revolvieron en una masa informe de pelambre y
piel desteñida.
El gentío, que al principio se entusiasmó, comprendió ahora que
la lid no era una farsa. Se trataba de una confrontación auténtica, alguien iba
a morir. Tras unos momentos de paralizado silencio, se oyeron algunos vítores
aislados hasta que, todos al unísono, prorrumpieron en ensordecedoras
ovaciones.
Caramon no tardó en olvidar a la audiencia, atento a su
oportunidad de escapar. Sólo el enano bloqueaba la salida y, consciente del
miedo que su grotesca faz rezumaba, el gladiador supuso que no le resultaría
difícil escabullirse.
Oyó un gruñido de satisfacción procedente del minotauro, que dio
al traste con su plan. En efecto, tal como temía, Pheragas había sido abatido
y, encorvado sobre sí mismo, agarraba el extremo romo del tridente para evitar
el ataque definitivo. Su rival invirtió la trayectoria del arma y, dueño de sus
movimientos, se aprestó a rematar al caído, pero en ese instante Caramon emitió
un sonoro aullido, atrayendo de inmediato la atención del feroz animal.
El Minotauro Rojo aceptó el desafío, esbozada una siniestra
mueca en sus rojizas facciones, más aún al constatar que su rival blandía una
insignificante daga. Se arrojó contra el humano, resuelto a zanjar sin demora
la desigual pugna, pero el guerrero lo esquivó hábilmente, y consiguió
propinarle un puntapié en la rodilla. Fue una acometida lacerante, que hizo
tropezar al agredido y desplomarse en la arena.
Sabedor de que permanecería unos minutos fuera de combate,
Caramon corrió en pos de Pheragas. El esclavo negro se sujetaba el vientre con
ambas manos en medio de una terrible agonía.
—Vamos —lo reprendió, a la vez que le prestaba el apoyo de su
robusto brazo—. He visto en numerosas ocasiones cómo, después de recibir varios
golpes como éste, te incorporabas y engullías una cena pantagruélica.
No obtuvo respuesta. El cuerpo de Pheragas se revolvía en
violentas convulsiones, su brillante tez negra estaba bañada en sudor. Al
examinarle de cerca, el hombretón descubrió los tres surcos sanguinolentos que
el tridente había abierto en su pecho.
Al reparar en la expresión aterrorizada de su amigo, el herido
supo que éste comprendía su fin inminente. Temblando a causa del veneno que
circulaba por sus venas, hizo un esfuerzo para ponerse de rodillas. Sin
embargo, no logró sostenerse y se dejó caer cuan largo era.
—Utiliza mi espada. ¡Apresúrate, necio! —urgió a su solícito
compañero.
El motivo de su apremio era que el minotauro se disponía a
reanudar la liza, entre iracundos bramidos. Caramon sólo vaciló unos segundos
antes de empuñar el arma que el moribundo le brindaba.
Un espasmo de Pheragas, quizá un estertor, despertó la sed de
venganza en las entrañas del guerrero. Dio media vuelta, justo a tiempo para
frustrar la arremetida de su feroz oponente, y tomó posiciones. Pese a que
cojeaba ostensiblemente, anidaba en el animal una gran energía que compensaba
su dolorosa herida y, además, sabía que le bastaba con inocular una gota de
ponzoña en su víctima mientras que ésta, en inferioridad de condiciones, debía
abrirse camino a través de su tridente si quería clavarle la espada.
Sin precipitarse, los contrincantes trazaron círculos uno frente
a otro en busca de un descuido que les permitiera arremeter. Caramon apenas oía
al público, los pateos y silbidos que arrancaba en las gradas la visión de la
sangre. Tampoco pensaba en huir, pues ni siquiera sabía dónde estaba. Tan sólo
obedecía al dictado de sus instintos: pelear y, a ser posible, matar.
Aguardó paciente. Los minotauros tenían un punto flaco, tales
fueron las enseñanzas de Pheragas. Creyéndose superiores a las otras criaturas,
solían infravalorar a sus adversarios y acababan por cometer errores, que había
que aprovechar. El hombretón leía en los ojos de su rival, era consciente de su
cólera, del ultraje al que le había sometido al derribarlo, de su ansia por
eliminar a aquel ser vulgar que osaba ponerle en ridículo.
En su mutuo tanteo se acercaron al lugar donde Kiiri seguía
enzarzada en una cruenta lucha con Raag, a juzgar por los alaridos que profería
el ogro y que Caramon no dejó de percibir. Alerta al parecer a las evoluciones
de la osa, el gladiador resbaló en un charco de sangre amarillenta, viscosa.
Exultante de júbilo, el minotauro corrió a ensartarle en su arma.
Pero la pérdida de equilibrio fue fingida. La espada brilló bajo
el sol tardío y el monstruo de encarnado pelaje, al constatar que le habían
burlado, intentó detener su carrera. No obstante, había olvidado su dañada
rodilla que, incapaz de soportar su mal repartido peso, dio con sus huesos en
la arena. El hombreton se apresuró a levantarse y traspasar limpiamente su
cráneo.
Liberó la hoja de un tirón al oír un aullido desgarrado y,
alzando la vista, contempló cómo la osa hendía la garganta de Raag con sus
garras. Sin soltar a su presa, la encarnación de Kiiri mordió su vena yugular y
el ogro abrió la boca para lanzar un grito que nadie había de escuchar.
Caramon echó a andar hacia los contendientes, mas interrumpió su
avance al detectar un movimiento a su derecha. Desvió la faz, despiertos sus
sentidos al posible agresor. Era el enano, que pasó por su lado con el rostro
convertido en una máscara de furia y una daga centelleando en su mano,
inequívoca muestra de sus intenciones. Sin pensarlo dos veces el fornido humano
se abalanzó sobre él, pero no logró impedir que el filo penetrara el cuerpo de
la osa. Al instante la palma de Arack se tiñó de rojo, a la vez que el
descomunal plantígrado rugía de dolor, de rabia. Extendió una zarpa en un
postrer alarde de energía de tal manera que, tras atrapar al repugnante
hombrecillo, lo catapultó al espacio. El proyectil viviente se incrustó en el
Obelisco de la Libertad del que pendía la llave dorada, en una de las
artísticas prominencias que lo decoraban. Lanzó un alarido espeluznante y se
vino abajo el pináculo entero, con él adherido, zambulléndose en los llameantes
pozos.
También Kiiri se derrumbó, debilitada por la copiosa sangre que
manaba de su herida. Aunque la muchedumbre repetía en una estruendosa batahola
el nombre de Caramon, éste se hallaba tan sólo pendiente del luctuoso
espectáculo que lo rodeaba. Tomó en sus brazos a la nereida, que había
abandonado su mágica forma para volver a ser su compañera, y la estrechó contra
el pecho.
—Has vencido —le susurró—. Eres libre.
La mujer lo miró y sonrió, antes de que sus ojos se abrieran
para dejar escapar la vida. Sus pupilas se fijaron en el cielo de un modo casi expectante,
o así se le antojó al gladiador, como si al fin comprendiera que la hecatombe
estaba próxima.
Depositando suavemente su cuerpo exánime en la arena, Caramon se
puso en pie y vio paralizarse a Pheragas tras expulsar un último hálito.
—Pagarás por lo que has hecho, hermano —masculló con el corazón
en un puño.
Percibió un ruido tras él, un murmullo semejante al rugido del
mar antes de la tormenta. Desazonado, el guerrero aferró su espada y se preparó
para combatir a cualquier enemigo que quisiera retarlo. No había tal, sin
embargo, eran los otros gladiadores quienes se acercaban y, al vislumbrar el
rostro desencajado del hombretón, se apartaban uno tras otro a fin de
franquearle el paso.
Al observarlos, Caramon supo que era libre. Libre de encontrar a
su hermano, de acabar con su maléfica existencia. Desnuda su alma de emociones,
perdido el miedo a la muerte, respiró el aroma de sangre que se adhería a sus
vías olfativas y le invadió la fragante locura de la batalla.
Con la venganza por único aliado, comenzó a descender la
escalera del subterráneo en el instante en que un nuevo terremoto, heraldo de
destrucción, azotaba la ciudad de Istar.
Los dioses se aproximan
Crysania no vio ni oyó a Tasslehoff. Poblaba su mente un
torbellino multicolor que se arremolinaba en sus profundidades, refulgiendo con
los destellos de un millar de joyas intangibles. Ahora sabía que, si Paladine
la había mandado al pasado, no era para reivindicar la memoria del Príncipe de
los Sacerdotes sino para que aprendiera de sus errores. Y, en su fuero interno,
era consciente de haber asimilado la lección. Invocaría a los dioses y éstos
responderían, otorgándole poder. La negrura se había rasgado, había liberado a
una criatura nueva que, fuera de su concha, estalló bajo la luz del sol.
Tuvo una visión en la que se le apareció su propia imagen
blandiendo el Medallón de Paladine, ardiente su superficie de platino. Con la
otra mano hacía señal de acercarse a las legiones de creyentes, los cuales se
congregaban en su derredor embelesados, deseosos de que los condujera a un país
de indescriptible belleza.
Aún no poseía la llave que le permitiría desatrancar el portal,
y era ostensible que el prodigio no se obraría en un lugar donde la ira de las
divinidades neutralizaba cualquier avance. ¿Cómo hallar esa llave, cómo dar con
el vedado acceso? Los danzantes colores le mareaban, le impedían reflexionar.
Intentaba desembarazarse de su obcecación cuando, de pronto, sintió que unas
manos agarraban su túnica y una voz susurró en su oído el nombre de Raistlin,
sucedido por unas palabras que se perdieron en el abismo.
Tuvo aquel siseo la virtud de despejar las incógnitas. Se
desvaneció el torbellino, al igual que la luz, y quedó envuelta en una penumbra
tranquila, reconfortante.
—Raistlin trató de decírmelo —musitó.
Las manos seguían prendidas de sus vestiduras. Con aire ausente,
se deshizo de ellas mientras se repetía que Raistlin la llevaría al portal y la
ayudaría a encontrar la llave. «El Mal se vuelve contra sí mismo», solía
afirmar Elistan y, en efecto, el nigromante le prestaría su concurso sin
proponérselo. El alma de la sacerdotisa entonó un cántico en honor a Paladine,
un salmo que preconizaba el futuro: «Cuando regrese con la benignidad en la
mano, cuando la perversidad del mundo haya sido derrotada, Raistlin verá mi
poder y se iluminará su fe dormida».
—¡Crysania!
El suelo se agitó bajo sus pies, mas ni siquiera se percató. Una
voz tenue, quebrada por la tos, había pronunciado su nombre.
—Crysania —la llamó de nuevo en aquel timbre familiar—. Queda
poco tiempo, apresúrate.
Al reconocer el carraspeo del mago, la dama lo buscó
enloquecida. No distinguió ninguna presencia, y recapacitó que era su mente la
que hablaba.
—Raistlin —contestó—, te he oído. Acudiré sin demora.
Dando media vuelta, recorrió la nave de la cripta en dirección
hacia el ala central del Templo. El grito del kender cayó en el vacío.
—¿Raistlin? —se preguntó Tasslehoff desconcertado.
Examinó el desierto entorno, y llegó la inspiración. ¡Crysania
iba en busca del hechicero! De algún modo, a través de la magia, él la había
llamado y la sacerdotisa corría a su encuentro. Seguro de haber acertado,
abandonó la secreta cámara en pos de la dama. Ella obligaría a Raistlin a
recomponer el ingenio.
Ya en el pasillo vecino a la cripta, no le costó ningún esfuerzo
atisbar a Crysania, si bien le dio un vuelco el corazón al constatar la
distancia que los separaba. La Hija Venerable avanzaba tan deprisa que casi
había alcanzado el muro donde moría el túnel.
Tras comprobar que los fragmentos del artefacto estaban a salvo
en su saquillo, Tas emprendió carrera para no quedar rezagado. Resolvió vigilar
en todo momento los ondulantes pliegues de su vestido, mas éstos no tardaron en
deslizarse por un recodo.
El kender corrió a un ritmo vertiginoso, como no lo había hecho
ni en la ocasión en que imaginó que los espíritus del Robledal de Shoikan
pretendían engullirlo. El copete se bamboleaba sobre su cabeza, sus bolsas
danzaban tan salvajemente que su contenido salía expelido y dejaba a su espalda
un rastro de anillos, brazaletes y otros tesoros.
Cerrados los dedos en torno al saquillo donde yacían las piezas
del ingenio, llegó al final del pasillo y, en su desenfrenado impulso, se
estrelló contra la pared. El corazón, que hasta entonces saltaba en su pecho,
pareció desplomarse a sus pies con un ruido sordo. No podía permitirlo, debía
interrumpir aquel pálpito que le producía náuseas.
La sala que se abría, una vez salvado el recodo, estaba atestada
de clérigos. ¿Cómo distinguiría a Crysania? Por fortuna, su propia carrera la
delató. Estaba en medio de la estancia, centelleante su negro cabello bajo las
antorchas, y los eclesiásticos se giraban a su paso para interrogarla sobre la
causa de su precipitación.
Tas se sintió aliviado al constatar que la sacerdotisa había
aminorado la marcha, incapaz de mantenerla entre el apretado gentío. El kender
salvó también los corrillos que se interponían en su camino, ignorando los
gritos iracundos de sus miembros y esquivando múltiples pares de garras
extendidas.
—¡Crysania! —vociferó desesperado.
Aumentó la afluencia de clérigos y el ajetreo de aquellas
criaturas que se afanaban en hallar una explicación a los temblores. ¿Qué
podían presagiar?
Crysania tuvo que detenerse más de una vez a fin de apartar a la
apiñada muchedumbre. Acababa de desembarazarse del último obstáculo cuando
surgió Quarath de un pasillo lateral, llamando al Príncipe. La sacerdotisa, en
su ímpetu, no lo vio y tropezó contra él. El clérigo hubo de sujetarla para que
no cayera.
—Cálmate, querida —le rogó, convencido de que era víctima de la
histeria general.
—¡Suéltame! —le ordenó Crysania al sentirse zarandeada.
—¡El pánico la ha enajenado! Ayudadme a sostenerla —pidió
Quarath a unos clérigos cercanos.
De pronto, a Tas le asaltó la idea de que Crysania, en verdad
ofrecía el aspecto de una demente. Pudo examinar su rostro al aproximarse, su
cabello enmarañado, el color ceniciento que habían adquirido sus ojos, los
pómulos congestionados por el esfuerzo. Rodeada de una nebulosa, ninguna voz
penetraba sus tímpanos salvo, quizá, la de Raistlin.
Varios clérigos la agarraron, obedientes a la orden de Quarath.
Lanzando incoherentes alaridos, la sacerdotisa forcejeó con la energía que le
daba la desesperación y, en algún momento, estuvo a punto de escapar. Su alba
túnica se rasgó entre las manos de quienes intentaban retenerla, y Tas creyó
advertir sanguinolentos arañazos en la faz de sus aprehensores. Decidió
abalanzarse sobre el más tenaz y golpearlo en la cabeza para ayudarla, mas lo
cegó una repentina luz que paralizó a todos los presentes, incluida Crysania.
En medio de aquella inmovilidad, lo único que oía Tas eran los
jadeos de la dama y de cuantos habían tratado de refrenarla. Transcurridos unos
segundos, sin embargo, se elevó una voz.
—Los dioses se aproximan —anunció un acento musical surgido del
resplandor—, porque yo los he invocado.
El suelo en el que se apoyaban trazó una sinuosa curvatura y el
kender, en su cresta, voló por el aire ligero como una pluma. En el instante en
que se posaba de nuevo un segundo bombeo interrumpió su trayectoria, recibiendo
el hombrecillo un impacto tal que quedó sin resuello.
Se produjo entonces una explosión en la que el polvo, los
cristales y las astillas de los muebles se entremezclaron con los gritos
despavoridos de los clérigos. Tas no atinó sino a luchar para recobrar el
aliento, permaneció acostado en la marmórea superficie que se agitaba bajo su
vientre. Contempló inerme cómo las columnas se derrumbaban, los muros se
separaban en hondas grietas y las vigas, al caer despedazadas, aplastaban a
toda criatura viviente que, en su estupor, no lograba esquivarlas.
El Templo de Istar sucumbía a una terrible destrucción.
Arrastrándose sobre sus miembros, Tasslehoff intentó acercarse a
Crysania para no perderla de vista. La eclesiástica parecía ajena al caos y, al
soltarla sus aterrorizados colegas, reanudó su periplo por las dependencias del
santuario atenta, tan sólo, a la voz de Raistlin. Quarath, resuelto a
detenerla, se lanzó tras ella, pero en el momento en que la asía se desprendió
el fuste de un enorme pilar y se desplomó entre ambos.
Tas contuvo la respiración. Por un instante el polvo que
levantaban los escombros envolvió la sala, mas cuando se disipó el kender pudo
constatar las consecuencias del accidente. Quarath yacía en una masa informe
mientras Crysania, ilesa a juzgar por su actitud, observaba al elfo, cuya
sangre había salpicado su blanca túnica.
La llamó por enésima vez, y por enésima vez ella no le oyó. A
trompicones, con paso inseguro, sorteó los escollos y se encaminó hacia el
lugar donde el hechicero la requería con creciente premura.
Incorporándose, magullado su cuerpo, el hombrecillo ignoró el
dolor y la siguió. Después de salir de la estancia oteó el horizonte, y
vislumbró el borde de una vestidura que, doblando una esquina de la estancia,
iniciaba el descenso de un tramo de escaleras. Aunque sabía que no podía
demorarse, la curiosidad lo impulsó a espiar lo que ocurría a su espalda.
La brillante luz todavía inundaba la sala, perfilando los
cuerpos de los muertos y los postrados. Las fisuras, la polvareda, se
intensificaron y, en tan dantesca confusión, la voz hablaba inmutable, si bien
se había esfumado su musicalidad. Los sonidos que emitía eran chillones,
discordantes.
—Los dioses se aproximan...
Fuera del circo, en las calles de Istar, Caramon se debatía para
acudir, al igual que Crysania, al lado de Raistlin. Pero la voz del mago no lo
llamaba, lo que el guerrero oía eran los murmullos que percibiese en el seno
materno, un timbre familiar que lo delataba como su gemelo, como el ser con
quien compartía su sangre.
No prestó atención a los gemidos de los moribundos, a las
súplicas de aquellos que habían quedado atrapados. No lo inquietaban los
edificios que se derrumbaban a su alrededor, las rocas que rodaban por las
avenidas, arrastrándolo casi. Sangraban sus brazos y su torso y tenía numerosos
cortes en las piernas.
El gladiador no se detuvo, ni siquiera sintió el dolor.
Encaramándose a los montones de piedras fragmentadas, alzando enormes vigas
para apartarlas de su camino, atravesó la ruinosa Istar en dirección al Templo,
que reverberaba bajo los declinantes rayos solares. Portaba en su mano una
espada manchada de sangre.
Tasslehoff siguió a Crysania hasta las entrañas de la tierra, o
así se lo pareció en el curso de su inacabable descenso. Ignoraba que
existieran tales reductos en el interior del Templo, y se preguntó cómo había
podido pasarlos por alto en su continuo deambular. También le extrañaba que la
sacerdotisa los conociera, que traspasara puertas secretas invisibles incluso
para su aguda percepción de kender.
Se mitigó el terremoto, aunque sus efectos se hicieron sentir
unos segundos en la mole antes de que reinara, de nuevo, el silencio. En el
exterior anidaba la muerte, en las ocultas escaleras prevalecía la paz. Tas
tuvo la sensación de que el mundo contenía el aliento, a la espera de peores
sucesos.
En aquellas simas misteriosas no se apreciaban daños
importantes, quizá por hallarse resguardadas de la intemperie. El polvo
enrarecía el ambiente, dificultando la respiración, y alguna que otra hendidura
surcaba los muros, coreada por la caída de las antorchas a ellos adosadas. Pero
la mayor parte de las teas ardían sobre sus pedestales y sus llamas,
incandescentes, imprimían un halo fantasmal en los brumosos corredores.
Crysania, sin un titubeo, trazaba la ruta, si bien Tas se había
desorientado por completo tras coronar los primeros tramos. Logró mantener el
ritmo trepidante de la sacerdotisa a pesar de su cansancio, a pesar de ignorar
su paradero, mas confiaba en llegar pronto dondequiera que fuese pues, de lo
contrario, temía desfallecer. Le crujían las costillas, cada vez que inhalaba
aire le estallaban los pulmones y, para colmo de desventuras, sus piernas
apenas le respondían, como si pertenecieran a un cansino y torpe enano.
Jalonó, tras su desprevenida guía, unos escalones de mármol,
obligando a sus plomizos músculos a moverse. Ya al pie de los peldaños alzó,
exhausto, los ojos, y dio un respingo de júbilo. El motivo de semejante cambio
se debía a que el oscuro y estrecho túnel donde se hallaban desembocaba en un
muro, no en otra escalera.
Una solitaria antorcha iluminaba el arco de una vetusta puerta.
Al no hallarla cerrada, Crysania emitió una exclamación de alegría y se
desvaneció en la negrura del otro lado.
«¡Claro! La sacerdotisa se ha adentrado en el laboratorio de
Raistlin», comprendió Tas.
Se disponía a traspasar el umbral cuando una imponente sombra,
surgida de la penumbra del pasadizo lo empujó y lo hizo caer al suelo. Alzó el
rostro, con las costillas doloridas, y atisbó el resplandor de una áurea capa.
La tea alumbró el filo de una espada y, en su reflejo, detectó unos brazos
broncíneos, un musculoso cuerpo, que reconoció de inmediato. Sin embargo, el
rostro, un rostro que debería resultarle familiar, se le antojó el de un
desconocido.
—¿Caramon? —indagó incierto. Pero el hombretón no dio muestras
de reparar en él.
Trató Tas de incorporarse inmerso en un nuevo temblor de tierra
que, esta vez, se hizo patente en el subterraneo. Llevado por su instinto,
corrió a refugiarse en el rocoso muro al mismo tiempo que el techo, hasta
entonces firme, empezaba a ceder.
—¡Caramon! —vociferó, mas disipó sus ecos el crujido del
entramado de madera al quebrarse.
Recibió un golpe en la cabeza. Aunque se esforzó en mantenerse
consciente, en resistir el dolor, las luces de su cerebro se apagaron, como si
rehusaran beligerar contra la confusión. El kender se precipitó en la
oscuridad.
El Cataclismo
Con la voz de Raistlin resonando en su mente, atrayéndola más
allá de la muerte y la destrucción, Crysania penetró en la estancia que se
abría en las entrañas del Templo. Pero, al traspasar el dintel, detuvo su veloz
carrera y miró su entorno dubitativa, refrenada por el pálpito de sus sienes.
Había permanecido ciega a los horrores del zozobrante santuario,
incluso ahora fue incapaz de imaginar a quién pertenecía la sangre que manchaba
su túnica. No obstante, en esta cámara los objetos se destacaban con absoluta
nitidez a pesar de la escasa iluminación procedente, al parecer, del puño
cristalino de un bastón. Abrumada por el halo de perversidad que envolvía el
laboratorio, no se decidía a penetrar en sus brumas.
Oyó un sonido, sintió el contacto de una mano en su brazo.
Volviéndose alarmada, distinguió a unas criaturas, informes pero vivientes, que
se agitaban en jaulas de madera. Al olfatear su sangre aquellos entes se
agitaron en sus celdas, y fueron sus garras las que erizaron su piel.
Temblorosa, Crysania retrocedió frente a ellos y tropezó contra algo sólido.
Era un féretro abierto, que contenía el cadáver de un hombre
joven. Su epidermis se estiraba cual un pergamino sobre los huesos, tenía la
boca abierta en un alarido silenciado para toda la eternidad. Los repetidos
bombeos del suelo hicieron que el cuerpo saltase salvajemente, observándola con
sus vacías cuencas oculares, y tan espantosa visión le arrancó un grito que no
llegó a manifestarse, que se congeló en el aire.
Bañada en un sudor gélido, sujetándose la cabeza con ambas
manos, Crysania cerró los ojos a fin de conjurar el espeluznante espectáculo.
Cuando el mundo se difuminaba en un torbellino de abstractos contornos, una voz
vino en su auxilio.
—Serénate, querida —dijo Raistlin en su seductor siseo—. Conmigo
estás a salvo, las maléficas criaturas de Fistandantilus no te lastimarán en mi
presencia.
Reanimada por las reconfortantes palabras del mago, Crysania se
aventuró a levantar los párpados y lo descubrió a cierta distancia, espiándola
entre las sombras de su capucha con aquellos brillantes ojos que lo
caracterizaban. Pese a refugiarse en su mirada, no pudo sustraerse a los
monstruos de las jaulas. Se estremeció, sin apartar la vista del pálido
semblante de su protector.
—¿Fistandantilus? —preguntó a través de sus labios resecos—.
¿Fue él quien construyó esto?
—Sí, el laboratorio es obra suya —explicó Raistlin—. Lo creó
hace ya muchos años. Al abrigo de los curiosos clérigos, utilizó su magia para
hurgar en los subterráneos del Templo y, como una larva, cavó la roca, la
moldeó en escaleras y puertas ocultas, sumió en sus poderosos hechizos a
cuantos sospechaban de sus actividades. De este modo, fueron pocos los que
averiguaron su existencia.
Crysania advirtió la sarcástica sonrisa que surcaba los labios
de su interlocutor al exponerse a la luz.
—No se lo mostró a casi nadie, tan sólo un puñado de aprendices
ostentaron el privilegio de compartir su secreto —continuó—. Y no vivieron para
revelarlo. Pero Fistandantilus cometió un error —añadió con aire enigmático—,
se lo mostró a un acólito joven, frágil y avispado que memorizó hasta el último
recoveco de los sinuosos corredores, que estudió los encantamientos destinados
a abrir los accesos y tras recitarlos una y otra vez, los aprendió. Era un
personaje tenaz, que ensayaba las fórmulas más complejas cada noche, antes de
acostarse. Gracias a su perseverancia estamos hoy aquí, indemnes, de momento,
al castigo de los dioses.
Concluido su relato, hizo señal a Crysania de acercarse a la
parte de la cámara donde él se erguía, apoyado en un escritorio de exquisita
talla. Descansaba en su superficie un libro arcano encuadernado en plata, que
había estado leyendo minutos antes.
—Haces bien al clavar tus pupilas en las mías —comentó el
nigromante—. Así las tinieblas no parecen tan aterradoras.
La sacerdotisa no pudo replicar, consciente de que, de nuevo,
había tenido la flaqueza de permitirle leer en sus ojos más de lo deseable.
Ruborizándose, ladeó la faz.
—Sólo he sufrido un leve sobresalto —arguyó, pero no pudo
reprimir un escalofrío al divisar el féretro—. ¿Quién es... quién era?
—inquirió.
—Supongo que uno de los aprendices de Fistandantilus —repuso el
hechicero—. Debió de absorber su energía para prolongar su vida, era un
experimento que realizaba con frecuencia.
Le enmudeció un ataque de tos, ensombrecidos sus ojos por algún
recuerdo inconfesable, y Crysania detectó un espasmo de temor en sus,
normalmente, inalterables rasgos. Antes de que atinara a indagar sobre el
motivo de tan repentino cambio, resonó un estampido en la puerta y el mago
recobró la compostura. Alzó la vista más allá de la dama para saludar al
intruso.
—Adelante, hermano. Estaba pensando en la Prueba y, por
supuesto, he revivido tu memoria.
¡Caramon allí! Sosegada a causa de su oportuna aparición,
Crysania giró el rostro a fin de darle la bienvenida pensando que su presencia
aliviaría la tensa atmósfera. Mas la frase murió en sus labios, engullida por
una negrura que no había hecho sino intensificarse con su llegada.
—Hablando de pruebas, me alegro de que hayas sobrevivido a la
tuya —declaró Raistlin entre cínico y cortés—. Esta dama necesitará que alguien
la escolte en el lugar al que nos dirigimos —agregó, al mismo tiempo que
señalaba a la Hija Venerable—. No sabría describirte el placer que me produce
contar con un ser tan digno de mi confianza.
Crysania se encogió al percibir el sarcasmo que ribeteaba su
discurso, y también Caramon fue más sensible a esta actitud que a su amabilidad
pues, al oírle, se revolvió como si hubieran incrustado en su carne una lluvia
de dardos envenenados. El hechicero, por su parte, hizo caso omiso de su
reacción, fijó de nuevo su atención en el esotérico volumen y se puso a trazar
círculos en el aire con sus delicadas manos, recitando versículos
ininteligibles para los no iniciados.
—Sí, he salido airoso de tu examen —afirmó el guerrero en tonos
apagados.
Se adentró el hombretón en la estancia y, al verle entrar en el
radio luminoso del cayado, Crysania ahogó un alarido de pánico.
—¡Raistlin! —exclamó, reculando unos pasos ante el avance del
gladiador que, despacio, había enarbolado la espada.
—¡Raistlin, mírale! —insistió la eclesiástica. En su miedo topó
con el escritorio y, sin saberlo, se introdujo en un círculo de polvo de plata.
Algunos granos se adhirieron al repulgo de su vestido, relampagueando bajo el
influjo de la vara.
Irritado por la interrupción, el nigromante alzó la faz.
—He sobrevivido a tu prueba —repitió Caramon—, del mismo modo
que tú superaste la de la Torre. Allí debilitaron tu cuerpo, a mí me has
desgajado el corazón. Ahora ocupa su lugar un vacío tan negro como tus
vestiduras, un vacío que, al igual que mi espada, se ha teñido de sangre. Un
minotauro ha muerto bajo su filo, un amigo ha dado su vida por salvarme y otra,
una nereida, ha expirado en mis brazos. No contento con tantas desventuras,
también has provocado la destrucción del kender. ¿Cuántas criaturas han sucumbido
a tus nefastos designios? —Su voz se convirtió en un susurro letal al proferir
su amenaza—: Todo ha terminado, hermano. Nadie más perecerá por tu culpa salvo
yo mismo, tu ejecutor. Las piezas encajan al fin, ¿no crees? Vinimos juntos al
mundo, y juntos lo abandonaremos.
Dio un paso al frente. Raistlin quiso hablar, pero él lo atajó.
—No puedes valerte de tu magia para detenerme, no en esta
ocasión —le recordó—. Aunque no conozco los entresijos de tu arte, sé que el
hechizo que te propones invocar requiere todo tu poder. Si malgastas un ápice
de tus dotes en mi contra, si dejas de concentrarte sólo un segundo, no te
restarán fuerzas con las que completar el encantamiento y, así, mi objetivo se
cumplirá de todas maneras. No morirás a mis manos, sino a las de los dioses.
El arcano personaje lanzó una mirada soslayada a su gemelo antes
de reanudar su estudio, encogiéndose de ombros. El gladiador avanzó un poco más
y fue entonces, al oír el repiqueteo de sus adornos metálicos, cuando Raistlin
emitió un exasperado suspiro y se encaró con él. Sus ojos, que refulgían en el
interior de su capucha, parecían ser los únicos focos de luz en la estancia.
—Te equivocas en tus predicciones, hermano —lo corrigió—.
Alguien más exhalará su último suspiro.
Sus pupilas, aquellos espejos insondables, traspasaron a
Crysania quien, embutida en su refulgente hábito, se interponía entre los
rivales.
Los ojos de Caramon se llenaron de conmiseración al volverse,
asimismo, hacia la sacerdotisa, pero no flaqueó en su empeño.
—Las divinidades la albergarán en su seno —apuntó—. Pertenece al
grupo de los clérigos auténticos, y ninguno de ellos murió en el Cataclismo.
Por eso la envió Par-Salian —aseveró, ignorante de la confesión que este último
hiciera a Ladonna—. Fíjate, alguien ha acudido en su busca —concluyó con el
índice extendido.
Crysania no necesitaba seguir la dirección que el guerrero
indicaba para constatar la presencia de Loralon. La sentía en todas sus
vísceras.
—Acompáñalo, Hija Venerable —la aconsejó Caramon—. Tu lugar está
en la luz, no en las tinieblas.
Raistlin no despegó los labios ni hizo el menor movimiento, se
limitó a permanecer junto al escritorio con la enteca mano apoyada en el libro
de magia.
La sacerdotisa, rígida como una estatua, intentó recapacitar
sobre las palabras de Caramon que, similares a las errantes criaturas de la
Torre de la Alta Hechicería, aleteaban en su mente. Lo había escuchado pero su
parlamento carecía de sentido, no podía concentrarse. Tan sólo se le aparecía
su propia imagen, armada con el Medallón y guiando a las huestes de fieles. La
llave, el portal, también se perfilaban claramente. Era Raistlin quien poseía
la clave del triunfo, y la llamaba junto a él. Incluso sintió, como le
ocurriera en sus horas de soledad, el ardoroso beso del hechicero en su piel.
Una luz osciló hasta apagarse. Loralon se había ido.
—No me es posible obedecerte —musitó la dama, aunque con la voz
tan quebrada que se hizo inaudible. No importaba. El hombretón la comprendía y,
tras una breve vacilación, tomó aliento para decir:
—Sea. Una muerte más no ha de afectar a ninguno de nosotros
¿verdad, hermano?
Adentróse a su vez en el círculo argénteo y Crysania, fascinada,
contempló el brillo de la espada bajo los haces del cayado. La visualizó en el
acto de hundirse en su cuerpo y, al consultar la expresión de Caramon, halló
reflejada la misma escena. Constató que ni siquiera tal pensamiento le haría
desistir, que ella no suponía sino un obstáculo en su camino. No era un ser de
carne y hueso, tan sólo una sombra que le impedía materializar sus
aspiraciones: acabar con su gemelo.
«¡Cuan arraigado está su odio!», reflexionó si bien, al
zambullirse en el alma de aquella criatura ahora tan próxima, percibió un
sentimiento aún más desgarrador, un amor infinito.
El hombretón se abalanzó sobre ella con la mano abierta, deseoso
de apartarla. Movida por el pánico, la sacerdotisa esquivó su embestida y
tropezó contra Raistlin, que nada hizo para tocarla. La garra de Caramon atrapó
una manga de su alba túnica, la arrancó de sus costuras y, en un acceso de
furia, la arrojó al suelo. Crysania comprendió que su fin era inminente, pero
se mantuvo entre los dos hombres.
El acero destelló. Desesperada, la eclesiástica aferró el
Medallón de Paladine que siempre portaba ceñido a su cuello.
—¡Alto! —ordenó con voz imperiosa, pese a entornar los ojos a
causa del pánico.
Se convulsionó en anticipación al dolor que había de infligirle
la espada al ensartarla. Oyó en aquel momento un lamento, seguido por el
estrépito del metal al chocar contra el suelo, y una oleada de alivio inundó su
cuerpo. Débil, mareada y sollozante, se dejó caer.
Unas manos delicadas la sostuvieron, unos miembros entecos la
abrazaron, a la vez que una voz pronunciaba su nombre con acento triunfal. La
arropó una cálida negrura, que la arrastraba hacia las profundidades del
Abismo, y vibraron en sus tímpanos unas frases masculladas en lengua arcana.
Como arañas o dedos acariciadores, los cánticos se enseñorearon
de toda su persona. Creció su volumen en armonía con la voz de Raistlin, más
poderosa a cada instante, y las luces plateadas centellearon antes de apagarse.
El mago estrechó su abrazo hasta que, en un etéreo éxtasis, la sacerdotisa
comenzó a dar vueltas en un torbellino que, al lado del nigromante, la
arrastraba en pos de las tinieblas.
Rodeó a su compañero con los brazos y, apoyada la cabeza en su
pecho, se abandonó a un viaje vertiginoso por las esferas espectrales. Los
versículos, el tintineo de su sangre y el de las rocas del Templo se
entremezclaron en un salmo que sólo perturbaba una nota discordante, el gemido
lastimero de un hombre descorazonado.
Tasslehoff Burrfoot oyó la melodía que entonaban las rocas y, en
su ensoñación, esbozó una sonrisa. Era un roedor que, en su deambular, había
atravesado el polvo de plata mecido por los cantos de la piedra.
Despertó de forma brusca. Yacía en el frío suelo, cubierto de
escombros, pero no tuvo tiempo de pensar en nada porque la rocosa superficie
comenzó a bambolearse una vez más. El kender supo, por el extraño miedo que
tomaba cuerpo en su interior, que los dioses no se detendrían. Este nuevo
terremoto no había de terminar.
—¡Crysania! ¡Caramon! —los invocó, si bien sólo le respondió el
eco chillón de su propia voz, que resonaba en las temblorosas paredes.
Incorporándose con dificultad, ignorando el martilleo que
latía en su cabeza, Tas vislumbró la tea sobre la arcada que franqueara
Crysania. Aún ardía en su pedestal, y se dijo que el subterráneo era la única
parte del santuario que no había sido afectada por las convulsiones del
terremoto. «La magia lo protege», decidió, al mismo tiempo que penetraba en
aquella estancia repleta de artilugios arcanos.
Buscó resquicios de vida, mas sólo halló a las criaturas de las
jaulas. Los espeluznantes seres se agitaban en sus prisiones, sabedoras de que
se acercaba el fin de su torturada existencia y, pese a su sufrimiento, remisos
a dejarla escapar.
El kender escrutó el laboratorio, preso de un invencible temor.
Llamó al guerrero en un susurro y no recibió más contestación que un retumbar
distante, producido por el imparable vaivén de la tierra. De pronto, bajo la
luz indirecta de la antorcha, distinguió un fulgor metálico en el suelo, cerca
de un escritorio. A trompicones, cruzó la cámara y recogió el objeto que lo
despedía.
Se cerró su mano sobre la empuñadura de una espada de gladiador.
Apuntalándose en el decorado mueble para no perder el equilibrio, examinó la
sangre de su acero y, mientras lo hacía, detectó algo más. Era un retazo de
paño blanco, arrugado en el suelo junto al arma, donde aparecía bordado el
símbolo de Paladine en hilos de oro que brillaban tenuemente bajo el reflejo de
la solitaria llama. Reparó entonces en el círculo mágico que lo cercaba, un
círculo que debió ser argénteo pero que se había tornado negro al consumirse.
—Se han ido —musitó a los enjaulados monstruos—. Se han ido, me
han abandonado.
Un repentino combeo del suelo lo arrojó de bruces, en el mismo
instante en que rugía un fragor que a punto estuvo de atrofiar sus tímpanos,
tan devastador fue. Alzó la cabeza en su incómoda postura a fin de examinar el
techo, y su espanto rebasó todos los límites al comprobar que se había rasgado
en dos mitades. Crujió la roca, y los cimientos de la mole cedieron a la
embestida de las fuerzas divinas.
El edificio se resquebrajó. Los muros volaron por los aires, el
mármol se desprendió en aserrados fragmentos y los suelos, uno tras otro,
estallaron como los pétalos de la rosa Hiemis al recibir el calor del sol, un
influjo que desaparece con la llegada del crepúsculo, agostando su vida. Siguió
atentamente el progresivo desmoronamiento hasta que, al fin, vio a través de la
hendidura que la torre central se venía abajo, desintegrada, y en su caída
provocaba un temblor más desolador que el del terremoto.
Incapaz de moverse, consciente de que lo protegían los malignos
hechizos de un mago muerto tiempo atrás, Tas permaneció en el laboratorio de
Fistandantilus con la mirada fija en el cielo.
La bóveda celeste escupía lenguas de fuego sobre la malhadada
ciudad de Istar.

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