© Libro N° 5993.
La Ciencia Ficcion De H.G. Wells II. Wells, Herbert George. Emancipación. Mayo 11 de
2019.
Título
original: © The short stories of H. G. Wells II
Versión Original: © La Ciencia Ficcion De H.G. Wells II. Herbert George
Wells
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CIENCIA FICCION DE H.G. WELLS II
Herbert George Wells
Índice
Los
atacantes del mar 3
Una
raza aterradora 10
La
esfera de cristal 19
La
estrella 32
El
hombre que podía hacer milagros 40
El
bazar mágico 52
El
valle de las arañas 60
La verdad
sobre Pyecraft 68
El
señor Skelmersdale en el país de las hadas 76
Jimmy
Goggles, el dios 85
El
nuevo acelerador 92
Un
sueño de Armageddon 97
Los atacantes del mar
1
Hasta el extraordinario suceso de Sidmouth, la peculiar especie
Haploteuthis ferox era conocida por la ciencia sólo de forma genérica,
fundándose en un tentáculo medio digerido hallado cerca de las Azores y en un
cuerpo medio descompuesto, picoteado por los pájaros y mordisqueado por los
peces, encontrado a principios de 1896 por Mr. Jennings, cerca de Land's End
Realmente, en ningún ramo de la zoología estamos tan a oscuras
como en el que concierne a los cefalópodos de las profundidades marinas. Por
ejemplo, fue una mera casualidad lo que llevó al príncipe de Mónaco a
descubrir, en el verano de 1895, casi media docena de nuevas formas, entre las
que se incluía el tentáculo antes mencionado. Sucedió que unos balleneros
mataron, cerca de Terceira, un cachalote que, en un último esfuerzo, casi
embistió el yate del príncipe; pero falló, dio una vuelta y murió a unas veinte
yardas del timón. En su agonía arrojó unos objetos de gran tamaño, que el
príncipe, presintiendo vagamente que se trataba de algo extraño e importante,
pudo, por suerte, recoger antes de que se hundieran. Puso las hélices en
movimiento y, dando vueltas en los vórtices así creados, los mantuvo hasta que
consiguieron bajar un bote. Resultó que aquellos especímenes eran cefalópodos
enteros y fragmentos de cefalópodos, algunos de ellos de proporciones
gigantescas, y ¡casi todos desconocidos para la ciencia!
En realidad podría parecer que estas criaturas, grandes y
ágiles, que habitan en las profundidades medias del mar deberían permanecer, en
gran parte, desconocidas para nosotros, ya que bajo el agua son demasiado
escurridizas para las redes, y sólo por imprevistas casualidades se pueden
obtener especímenes. En el caso del Haploteuthis ferox, por ejemplo, seguimos
ignorando todo cuanto se refiere a su hábitat, igual que ignoramos cómo crían
los arenques o las rutas marítimas del salmón. Además los zoólogos no saben
tampoco cómo explicar su repentina aparición en nuestra costa. Posiblemente,
fue el esfuerzo de una migración causada por el hambre lo que le empujó a salir
de las profundidades. Pero tal vez sea mejor evitar especulaciones
necesariamente imprecisas, y pasar de inmediato a nuestra narración.
El primer ser humano que puso sus ojos en un Haploteuthis vivo
—es decir, el primer ser humano que sobrevivió, porque ahora apenas caben dudas
sobre la verdadera causa de la racha, que se produjo a primeros de mayo, de
muerte de bañistas y accidentes de embarcaciones que navegaban por la costa de
Cornualles y Devon— fue un comerciante de té llamado Fison, alojado en una casa
de huéspedes de Sidmouth. Era por la tarde y estaba paseando por el sendero del
acantilado entre Sidmouth y Ladram Bay, En este paraje los acantilados son muy
altos, pero bajo su rojiza superficie existe un lugar donde se ha formado una
especie de escalera. Estaba cerca de allí cuando le llamó la atención lo que al
principio tomó por una bandada de pájaros que luchaba por conseguir un pedazo
de comida, que a la luz del sol resplandecía con brillo blanquecino y rosado.
La marea estaba baja y el objeto no solamente quedaba lejos, bajo él, sino
incluso remoto, al otro lado de un ancho yermo de arrecifes cubierto de algas y
salpicado de charcos de brillo plateado dejados por la marea. Además, el
resplandor del agua le deslumbraba.
Un minuto después, al mirar de nuevo, se dio cuenta de que se
había equivocado; sobre «aquello» revoloteaban algunas aves chovas y gaviotas
en su mayoría, estas últimas centelleando cegadoramente cuando la luz del sol
golpeaba sus alas—, pero todas ellas parecían pequeñas a su lado. Su curiosidad
fue creciendo más y más, debido tal vez a lo insuficiente de su primera
explicación.
Como no tenía nada mejor que hacer, para entretenerse, decidió
convertir aquel objeto, fuera lo que fuera en realidad, en el objetivo de su
paseo vespertino, en lugar de Ladram Bay, pensando que acaso se tratara de
alguna especie de pez grande, encallado por algún azar y agitándose en su
desgracia. Así que se precipitó escaleras abajo, deteniéndose a intervalos de
treinta pies, más o menos, para recuperar él aliento y escudriñar el misterioso
movimiento.
Al pie del acantilado estaba, desde luego, mas cerca de su
objetivo de lo que antes había estado; pero por otra parte, éste parecía
juntarse ahora con el cielo incandescente, bajo el sol, y resultaba oscuro e
indistinto. Cualquier cosa rosada que hubiera en él quedaba ahora oculta por
una formación aislada de rocas cubiertas de maleza. Pero era capaz de discernir
que estaba formado por siete cuerpos redondeados, independientes o unidos, y de
que las aves seguían graznando y chillando, aunque parecían tener miedo de
acercarse demasiado.
Mr. Fison, roído por la curiosidad, empezó a buscar un camino a
través de las rocas desgastadas por la marea y, al descubrir que las algas
húmedas que ¡as cubrían resultaban extremadamente resbaladizas, se detuvo, se
quitó los zapatos y los calcetines y, para sortear los charcos que había entre
las rocas, se dobló los pantalones por encima de las rodillas. Tal vez también
estaba contento —como lo están todos los hombres— por haber encontrado una
excusa para revivir, aunque fuera por un momento, las sensaciones de su niñez.
En todo caso, no hay duda de que debe su vida a este incidente.
Se acercaba a su objetivo con la confianza propia de los
habitantes de un región que, como la suya, les resguardaba de todas las formas
de vida animal. IJQS cuerpos redondeados se movían de un lado a otro, pero
solamente cuando coronó el montículo rocoso que he mencionado se dio cuenta del
carácter horrible de su hallazgo. Lo descubrió de forma repentina.
Los cuerpos redondeados se separaron cuando él apareció sobre el
escollo, y mostraron que el objeto rosado era el cuerpo parcialmente devorado
de un ser humano; pero habría sido incapaz de decir si pertenecía a un hombre o
a una mujer. Los cuerpos redondeados eran unas criaturas desconocidas para él,
de aspecto espantoso, cuya forma se parecía algo a un pulpo, con tentáculos
enormes, muy largos y flexibles, sobre el suelo. La piel tenía una textura
reluciente, desagradable a la vista, como un cuero brillante. La curva
descendente de la boca rodeada de tentáculos, la curiosa excrecencia en la
curva, los tentáculos y los grandes ojos inteligentes, daban a aquellas
criaturas la grotesca apariencia de un rostro humane. El tamaño del cuerpo era
el de un cerdo mediano y los tentáculos le parecieron de varios pies de
longitud. Había, según él, por lo menos siete u ocho de aquellas criaturas. A
veinte yardas de distancia, entre la espuma de la marea que subía, otras dos
emergían del mar.
Sus cuerpos yacían sobre las rocas y sus ojos le miraban con
perverso interés; pero no parece que Mr. Fison estuviera asustado ni que se
diera cuenta de que estaba en peligro. Posiblemente su confianza debe
atribuirse a la indolencia de su carácter. Pero, desde luego, estaba
horrorizado, muy excitado e indignado de que tan repugnantes criaturas se
alimentaran de carne humana. Pensó que se habían tropezado por casualidad con
el cuerpo de un ahogado. Gritó con la intención de alejarlas y, viendo que no
se movían, buscó alrededor, recogió una piedra grande y redonda y se la arrojó
a una de ellas.
Entonces, desenrollando lentamente sus tentáculos, todos los
animales empezaron a moverse hacia él, arrastrándose al principio con lentitud
y emitiendo un suave ronroneo entre ellos.
En un instante, Mr. Fison se dio cuenta de que estaba en
peligro. Gritó de nuevo, les tiró las dos botas y, de un salto, se puso de
inmediato en camino. Veinte yardas más allá se detuvo, dio media vuelta,
creyendo que eran lentos, y ¡mirad!, los tentáculos del cabecilla ya estaban
posándose en el escollo en el que había estado él hacia un momento.
Entonces, gritó otra vez, pero en esta ocasión no fue un grito
de amenaza sino de desmayo, y empezó a saltar, a dar zancadas, a resbalar,
vadeando el irregular terreno que se extendía entre él y la playa. Los altos
acantilados rojizos le parecían hallarse de repente a una gran distancia, y
vio, como si fueran criaturas de otro mundo, dos diminutos trabajadores
empeñados en reparar el camino escalado, sin sospechar la carrera desesperada
que estaba empezando a sus pies. En cierto modo, pudo oír, a no más de doce
pies detrás de él, el chapoteo de las criaturas en los charcos, en una ocasión
resbaló y estuvo a punto de caer.
Le persiguieron hasta el pie mismo del acantilado, y no
desistieron hasta que se le unieron los trabajadores en la base del camino
escalonado hacia la cima. Los tres hombres les apedrearon durante un rato y
después se apresuraron a subir a lo más alto del acantilado y siguieron el
camino hacia Sidmouth, con el fin de conseguir ayuda y un bote para rescatar el
cuerpo profanado de las ganas de aquellas abominables criaturas.
2
Por si no hubiera corrido suficientes peligros aquel día, Mr.
Fison subió con los demás al bote para indicar el lugar exacto de la aventura.
Como la marea estaba baja, tuvieron que dar un rodeo considerable para
alcanzarlo; cuando por fin llegaron al pie del camino escalonado, el cuerpo
mutilado había desaparecido. Ahora el agua corría, sumergiendo primero una
porción de roca fangosa y después otra, y los cuatro hombres de la barca —es
decir, los trabajadores, el barquero y Mr. Fison— desviaron su atención de la
costa para fijarla en el agua bajo la quilla.
Al principio no pudieron ver gran cosa debajo de ellos, salvo
una oscura selva de laminaria con algún pez que, de vez en cuando, pasaba
velozmente. Sus mentes estaban predispuestas a la aventura, así que expresaron
su franca decepción. Pero entonces vieron uno de los monstruos nadando en el
agua, mar adentro, con un curioso movimiento giratorio que hizo evocar a Mr.
Fison el balanceo de un globo cautivo. Un momento después, las ondulantes
serpentinas de laminaria se agitaron extraordinariamente, se abrieron un
instante, y quedaron oscuramente visibles tres de aquellas bestias, luchando
por lo que era con toda probabilidad algún fragmento del ahogado. Luego, las
abundantes cintas verde-oliva se derramaron de nuevo sobre el convulso grupo.
Entretanto, los cuatro hombres, extremadamente excitados,
empezaron a golpear el agua con los remos y a gritar y de inmediato vieron un
tumultuoso movimiento entre las algas. Renunciaron a distinguir con mas
claridad de qué podía tratarse y, tan pronto como el agua quedó tranquila,
descubrieron, según les pareció, que todo el fondo del mar entre las algas
estaba cubierto de ojos.
—¡Los muy cerdos! —gritó uno de los hombres—. ¡Mirad, los hay a
docenas!
En seguida esas cosas empezaron a subir por el agua hacia ellos.
Mr, Fison describió después al escritor aquella sobrecogedora erupción de los
ondulantes prados de laminaria, A él le pareció que habla durado un
considerable lapso de tiempo, pero es probable que, en realidad, fuera sólo
cuestión de unos segundos. Durante un rato no había nada más que ojos, y
después tentáculos brotando y dividiendo las frondas de algas en todas
direcciones. Después aquellas cosas aumentaron de tamaño, hasta que al fin el
fondo quedó oculto por sus formas enrolladas y confundidas unas con otras, y
las extremidades de los tentáculos aparecieron misteriosamente aquí y allá en
el aire sobre la ondulación de las aguas.
Uno se acercó audazmente al costado de la barca y, agarrándose a
él con tres de sus tentáculos provistos de ventosas, lanzó otros cuatro sobre
la borda, como si tuviera intención de volcar la embarcación o de subir a ella
gateando. De inmediato, Mr. Fison cogió el bichero y. pinchándole furiosamente
los blandos tentáculos, le obligó a desistir. Fue golpeado por la espalda y
casi arrojado por la borda por el barquero, que usaba su remo para resistir un
ataque similar por el otro costado de la barca. Pero los tentáculos de ambos
lados soltaron en seguida su presa y se deslizaron para hundirse en el agua.
—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo Mr. Fison, que estaba
temblando violentamente.
Se dirigió a la caña del timón, mientras el barquero y uno de
los trabajadores se sentaban y empezaban a remar. El otro hombre se quedó de
pie, a proa de la embarcación, con el bichero, dispuesto a golpear cualquier
tentáculo que pudiera aparecer. No se habló más, según parece. Mr. Fison había
expresado el sentimiento común de la forma mas exacta. Con un talante taciturno
y asustado, los rostros pálidos y cansados, intentaron escapar de la situación
en que habían cometido el error y la imprudencia de meterse.
Pero apenas los remos se hundieron en al agua, unas misteriosas
cuerdas sinuosas y delgadas los rodearon; lo mismo hicieron con el timón, y
acercándose con sigilo a los costados del bote, con un movimiento serpenteante
aparecieron de nuevo las ventosas. Los hombres agarraron los remos y tiraron de
ellos, pero era como tratar de mover un bote en una masa flotante de algas
—¡Aquí, ayuda! —gritó el barquero. Mr. Fison y el segundo hombre
corrieron a ayudarle a sacar el remo.
Entonces el que sostenía el bichero, que se llamaba Ewan o Ewen,
saltó, lanzando una maldición, y empezó a golpear hacia abajo, sobre la borda,
hasta donde alcanzaba, hiriendo el banco de tentáculos que ahora se arracimaban
por, el fondo de la embarcación. A un mismo tiempo, los dos remeros se pusieron
en pie tratando de obtener un mejor punto de apoyo para recuperar sus remos. El
barquero le entregó el suyo a Mr, Fison, que tiró de él desesperadamente y,
entre tanto, el barquero abrió una navaja de muelles grande e, inclinándose
sobre la borda de la embarcación, empezó a cortar las espirales de brazos que
rodeaban los mangos de los remos.
Mr. Fison, tambaleándose con el balanceo de la embarcación,
apretando los dientes, jadeando, saliéndosele las venas de la mano mientras
tiraba del remo, dirigió de pronto los ojos mar adentro. Y allí, a no más de
cincuenta yardas de distancia, en las grandes olas de la marea ascendente, una
embarcación grande ponía rumbo hacia ellos; en ella había tres mujeres y un
niño pequeño. Un barquero se ocupaba de remar y un hombrecillo, con un sombrero
de paja con cintas de color rosa y traje blanco, estaba de pie, a popa,
saludándoles. Por un momento, sin duda, Mr. Fison pensó en la ayuda que
significaba, pero después pensó en el niño. Abandonó de inmediato el remo,
levantó los brazos gesticulando frenéticamente y gritó al grupo de la barca que
se mantuvieran lejos «¡por amor de Dios!». Dice mucho en favor de la modestia y
valor de Mr. Fison el hecho de que no parece consciente de cuánto hubo de
heroísmo en su acción en aquella coyuntura. El remo que había abandonado fue
arrastrado en seguida hacia abajo; después reapareció flotando a unas veinte
yardas de distancia.
En aquel momento, Mr. Fison notó que el bote daba violentos
bandazos, y un grito ronco, un prolongado chillido de terror de Huí, el
barquero, hizo que olvidara por completo al grupo de excursionistas. Se volvió
y vio a Huí en cuclillas junto al tolete de proa, con el rostro convulsionado
por el terror; de su brazo derecho, sobre la borda, algo tiraba fuertemente
hacia abajo. Ahora lanzaba una sucesión de breves gritos agudos, «¡Oh!, ¡oh!,
¡oh!... ¡oh!», Mr. Fison cree que debía de haber estado cortando los tentáculos
bajo la línea de flotación y que le habían agarrado, pero, naturalmente, es
imposible decir ahora lo que ocurrió en realidad. La embarcación se inclinaba
mucho, de manera que la regala estaba a menos de diez pulgadas del agua y tanto
Ewan como el otro hombre estaban golpeando el agua con remo y bichero a cada
uno de los lados del brazo de Hill. Mr, Fison, instintivamente, se colocó en el
lado opuesto para hacerles de contrapeso
Entonces Huí, que era un hombre fornido y fuerte, tazo un
esfuerzo supremo y casi se enderezó Consiguió sacar el brazo del agua. Colgando
de él había una complicada maraña de cuerdas oscuras; los ojos de uno de los
brutos que habían hecho presa de él, mirando directa y resueltamente,
aparecieron momentáneamente sobre la superficie. El bote se inclinaba más y más
y el agua, de un color verde oscuro, se derramaba en cascadas sobre la borda.
Entonces Huí resbaló y dio con sus costillas sobre la borda; su brazo, con la
masa de tentáculos alrededor, cayó de nuevo al agua. Dio la vuelta, su bota
coceó la rodilla de Mr. Fison, en el momento que este caballero acudía en su
ayuda, y casi en el mismo instante nuevos tentáculos rodearon su cuello y su
cintura; tras una lucha breve y convulsiva, durante la cual el bote estuvo a
punto de volcar, Hill fue arrastrado fuera borda. La embarcación se enderezó
con una violenta sacudida que casi envió a Mr. Fison sobre la otra borda, y le
ocultó la lucha en el agua.
Se quedó un momento tambaleándose, tratando de recuperar el
equilibrio, y entre tanto, se dio cuenta de que la lucha y la marea creciente
les había llevado de nuevo cerca de las rocas cubiertas de maleza. A no más de
cuatro yardas una meseta de rocas se alzaba aún en rítmicos movimientos sobre
la marea. En un momento dado, Mr. Fison agarró el remo de Ewan, dio un vigoroso
golpe y después, dejándolo caer, como a la borda y saltó. Sintió que sus pies
resbalaban sobre la roca y, con un frenético esfuerzo, saltó otra vez hacia una
masa que había a poca distancia. Dio un traspiés sobre ella, se puso de
rodillas y se incorporó de nuevo.
—¡Mirad! —gritó alguien, y un cuerpo grande de color pardo le
golpeó.
Uno de los hombres le hizo entrar en uno de los charcos dejados
por la marea y mientras se hundía, oyó gritos sofocados, que en aquel momento
creyó que eran de Hill. Entonces se encontró a sí mismo maravillándose de la
estridencia y variedad de la voz de Hill. Alguien le saltó encima y un curvado
torrente de agua espumosa se vertió sobre él y después desapareció. Se puso
rápidamente en pie, chorreando, y sin mirar al mar, corrió, todo lo aprisa que
le permitía el terror, hacia la costa. Ante él, sobre el espacio llano
salpicado de rocas, daban traspiés los dos hombres, separados por unas doce
yardas.
Al fin miró sobre su hombro y, viendo que no le perseguían, se
volvió. Quedó atónito. Desde el momento de la aparición de los cefalópodos
fuera del agua, había actuado demasiado aprisa para darse cuenta de sus propias
acciones Ahora le parecía como si hubiera salido de repente de una pesadilla
Porque había un cielo sin nubes, en el que resplandecía el sol
de la tarde, un mar que se movía bajo su brillo implacable, la suave espuma
cremosa de las olas que rompían y los bajos, largos, oscuros escollos de las
rocas La enderezada embarcación flotaba, balanceándose suavemente sobre las
olas a unas doce yardas de la orilla. Hill y los monstruos, toda la tensión y
la agitación de aquella lucha feroz por la vida, se habían desvanecido, como si
no hubieran existido nunca.
El corazón de Mr. Fison latía violentamente, se estremecía de
pies a cabeza y respiraba hondo.
Faltaba algo. Durante unos segundos no pudo pensar con bastante
claridad de qué podía tratarse. Sol, cielo, mar, rocas, ¿qué era? Entonces
recordó la embarcación cargada de excursionistas Se había desvanecido. Se
preguntó si se la había imaginado. Se volvió y vio a los dos hombres de pie,
uno junto a otro, bajo las rocas salientes de los altos acantilados de color de
rosa. Vaciló, pensando si debería hacer un último esfuerzo por salvar al otro
hombre, Hill. Su excitación física pareció abandonarle de golpe, y le dejó
aturdido e impotente. Se volvió hacia la costa con dificultad, tambaleándose,
llegó hasta sus dos compañeros.
Miró de nuevo hacia atrás; ahora había dos embarcaciones
flotando, la que estaba mas lejos había volcado y cabeceaba torpemente sobre el
mar.
Así fue como el Haploteuthis ferox hizo su aparición en la costa
de Devonshire Hasta la fecha ha sido ésta su peor agresión. La narración de Mr.
Fiaon, junto con la racha de naufragios y accidentes de bañistas a los que ya
he aludido, así como la desaparición de los peces de las costas de Cornualles
durante aquel año, indican claramente la existencia de un banco de aquellos
monstruos voraces de las profundidades marinas que merodeaban lentamente a lo
largo de la costa. Sé que se ha aducido una migración inducida por el hambre,
como origen del impulso que los trajo hacia aquí; pero, por mi parte, prefiero
creer la teoría de Hemsley. Hemsley sostiene que un grupo o banco de estas
criaturas puede haberse aficionado a la carne humana después del hundimiento de
un barco que habría ido a caer entre ellos, entonces habrían abandonado su
hábitat natural para errar en su busca; primero acechando y persiguiendo barcos
y después llegando hasta nuestras costas en la estela del trafico atlántico.
Pero discutir los argumentos de Hemsley, convincentes y admirablemente
expuestos, estaría aquí fuera de lugar.
Parece que el apetito del banco quedó satisfecho con la captura
de once personas —ya que, por lo que pudo averiguarse, había diez a bordo de la
segunda embarcación, y desde luego aquellas criaturas no volvieron a dar
señales de vida en Sidmouth aquel día. La costa entre Seaton y Budleigh
Salieron fue patrullada toda la tarde y la noche por cuatro barcas del Servicio
Preventivo; los hombres iban armados con arpones y machetes; a medida que
avanzaba la tarde, otras expediciones, equipadas más o menos de la misma forma
y organizadas por particulares, se unieron a ellas. Mr. Fison no tomó parle en
ninguna de ellas.
Hacia la medianoche se oyeron gritos de alboroto en una
embarcación que estaba a un par de millas mar adentro, hacia el sudeste de
Sidmouth, y se vio un farol agitándose de una manera extraña de un lado a otro
y de arriba a abajo. Las barcas más próximas se apresuraron a acudir a la señal
de alarma. Los atrevidos ocupantes de la barca, un marinero, un coadjutor y dos
colegiales, habían visto realmente a los monstruos pasando por debajo de su
embarcación. Las criaturas, según parece, como la mayoría de los organismos de
las profundidades del mar, eran fosforescentes, y habían estado flotando a unas
cinco brazas de profundidad mas o menos, como seres imaginarios, a través de la
negrura de las aguas, con los tentáculos recogidos como si durmieran, dando
vueltas y mas vueltas y avanzando lentamente, en una formación como de cuña,
hacia el sudeste.
Aquellas personas contaron su historia entrecortadamente,
gesticulando, ya que primero se acercó una barca y después otra. Al final había
una flotilla de ocho o nueve embarcaciones reunidas, y de ellas salía un
tumulto, como el griterío de un mercado, que se alzaba en la quietud de la
noche. Hubo poca —o ninguna— disposición de perseguir a la manada; la gente no
tenía ni armas ni experiencia para una caza tan incierta, y entonces —incluso
quizás con cierto alivio— las embarcaciones regresaron hacia la costa.
Y ahora hay que decir lo que es quizá el hecho más asombroso de
esta asombrosa incursión. No tenemos la menor idea de los movimientos
subsiguientes de la manada, aunque toda la costa sudoeste estaba alertada para
detectarlos. Tal vez sea significativo el que un cachalote varara en Sark, el 3
de junio. Dos semanas y tres días después de este suceso de Sidmouth, un
Haploteuthis vivo encalló en la playa de Calais. Estaba vivo porque vanos
testigos vieron cómo movía los tentáculos de manera convulsiva. Pero es probable
que estuviera moribundo. Un caballero llamado Pouchet consiguió un rifle y le
pegó un tiro.
Ésta fue la última aparición de un Haploteuthis vivo. No se
vieron otros en la cosía francesa. El 15 de junio un cuerpo, casi completo,
pero muerto, fue arrojado a la playa cerca de Torquay, y unos cuantos días
después una barca de la estación de Biología marina, ocupada en dragar
Plymouth, sacó un espécimen medio corrompido, con una profunda herida de
machete. Es imposible decir cómo había muerto el primer espécimen. Y el último
día de ¡unió, un artista, Mr. Egbert Came, que se bañaba cerca de Newlyn, levantó
los brazos, chilló y fue arrastrado bajo el agua. Un amigo que se estaba
bañando con él no intentó salvarle, pero nadó de inmediato hacia la orilla.
Este es el último hecho a narrar sobre este extraordinario ataque procedente de
alta mar. Si es realmente la última de esas horribles criaturas es, por ahora,
demasiado pronto para afirmarlo. Pero se cree, y hay que esperarlo así sin duda
alguna, que han regresado ya, y regresado para siempre, a las profundidades sin
sol de los mares medios, de las cuales surgieron tan extraña y misteriosamente.
Una raza aterradora
—¿Pueden tener vida estos huesos?
¿Hay acaso algo más muerto, mudo e inexpresivo para el ojo
inexperto que los fragmentos de hueso amarillentos y los trozos de pedernal que
constituyen los restos humanos más antiguos? Los vemos en las vitrinas de los
museos, clasificados de acuerdo con unos principios que no conocemos y
designados con nombres extraños: Chelense, Musteriense, Solutrense, etc...
tomados, por regla general, de los lugares donde se encontraron: Chelles, Le
Moustier, Solutré y otros. La mayoría de nosotros los miramos a través de un
cristal, preguntándonos vaga y fugazmente por el pasado, medio salvaje, medio
animal de nuestra raza. «El hombre primitivo —decimos—. Herramientas de piedra,
el mamut que solía cazar...» Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué
punto el trabajo sutil e infatigable del científico que los estudia a fondo
consigue obtener información de esos testigos obstinados de aquellos tiempos
remotos.
Uno de los resultados mas sorprendentes de los últimos trabajos
es la gradual evidencia de que gran cantidad de estos utensilios de piedra, y
algunos de los fragmentos de hueso más antiguos atribuidos al hombre,
corresponden a criaturas que en muchos aspectos se le parecen, pero que, en
rigor, no pertenecen a la especie humana. Los científicos llaman a estas razas
extinguidas hombres (Homo), de la misma manera que llaman a los leones y tigres
felinos (Felis), pero existen fundadas razones para creer que esos hombres
primitivos no fueron nuestros antepasados ni llevaron nuestra misma sangre. Se
trataría de un extraño animal extinguido, semejante y emparentado con nosotros
pero distinto, de la misma forma que el mamut difiere del elefante aunque esté
emparentado con él y se le parezca. Los utensilios de hueso y piedra se
encuentran en depósitos de considerable antigüedad: algunos de los exhibidos en
nuestros museos pueden tener hasta un millón de años o incluso mas, pero los
restos de criaturas humanas, mental y anatómicamente parecidas a nosotros, sólo
se remontan a poco más de veinte mil o treinta mil años. Fue en aquella época
cuando en Europa apareció el verdadero hombre y no sabemos de dónde vino
Aquellos animales capaces de utilizar herramientas y encender fuego, que se
piensa eran como el hombre pero no verdaderamente humanos, desaparecieron
cuando ya existía el hombre verdadero
Las autoridades científicas distinguen cuatro especies en dichos
seudohombres. y es probable que vayan descubriéndose otras. Una raza singular
construyó los utensilios que llamamos chelenses. La mayoría de ellos son
cuchillos de piedra, de forma amigdaloide, encontrados en depósitos de unos
300.000 ó 400 000 años de antigüedad aproximadamente En cualquier museo de
importancia, pueden verse utensilios de la época chelense. Son gigantescos,
cuatro o cinco veces mayores que los construidos por cualquier raza de hombres
verdaderos, y están bastante perfeccionados Desde luego, los manufacturó una
criatura inteligente, y unas manos grandes y toscas aferraron y utilizaron esos
fragmentos de piedra Pero hasta ahora, sólo se ha encontrado una pequeña parte
de esqueleto perteneciente a esta época, una maciza mandíbula inferior, sin
barbilla, con unos dientes bastante más especializados que los del hombre
actual. Sólo podemos conjeturar cómo era la singular figura de forma humana que
comió con esa mandíbula y golpeó a sus enemigos con esos enormes y útiles
cuchillos de piedra. Debe corresponder a un tipo formidable, con un cuerpo
probablemente mucho mayor que el del hombre, capaz sin duda de agarrar a los
osos y a los feroces leones por el cuello. No lo sabemos. Sólo disponemos de
esos grandes cuchillos de piedra, de esa mandíbula maciza y... de libertad para
imaginar.
El misterio más fascinante relativo a aquellas épocas de frío y
escasez, anteriores a la llegada del hombre verdadero, es el enigma del hombre
musteriense, que seguramente aún poblaba el mundo cuando .el hombre verdadero
penetró en Europa. Vivió hasta épocas muy posteriores a la de aquellos gigantes
chelenses; hace treinta mil o cuarenta mil años: ayer, en comparación con los
tiempos chelenses. A estos musterienses también se les llama neandertalenses.
Hasta tiempos muy recientes, se les creía hombres verdaderos como nosotros,
pero estamos empezando a darnos cuenta de que eran muy distintos; tanto, que
resulta imposible considerarlos parientes próximos nuestros. Andaban o se
arrastraban adoptando una inclinación peculiar, no podían levantar la cabeza, y
su dentadura se asemejaba muy poco a la del hombre verdadero. Curiosamente, en
uno o dos aspectos tenían menos en común con los monos que nosotros. El diente
canino, el tercero a partir del centro, tan desarrollado en el gorila, y que en
el hombre es puntiagudo y completamente distinto de los demás, no lo es en el
hombre de Neanderthal. Éste tiene una hilera de dientes igualada; sus muelas
difieren mucho de las nuestras y se parecen menos a las del mono. Tenía la cara
más ancha y la frente mas estrecha que el hombre verdadero, pero no porque su
cerebro 'fuese más pequeño: por el contrario, era tan grande como el del hombre
actual, aunque tenía otra forma: más voluminoso en su parte posterior y menos
en la anterior, lo cual nos induce a suponer que actuó y pensó de manera
distinta a nosotros. Quizá tenía más memoria y menos poder de raciocinio que el
hombre verdadero, o acaso mas energía y menos inteligencia. Carecía de
barbilla, y la manera como encajan sus mandíbulas hace muy improbable que
utilizara los mismos sonidos que nosotros para hablar; cabe incluso que no
hablara en absoluto. No podía sostener un objeto entre el índice y el pulgar.
Cuanto más sabemos acerca de este hombre-bestia, más extraño lo encontramos y
menos parecido al salvaje australoide que se ha supuesto que fue.
Cuando intentamos encontrar cualquier tipo de parentesco próximo
entre este animal, feo, fuerte, bravo y torpe y la humanidad, disminuyen las
probabilidades de que tuviera la piel y el cabello como los nuestros, y
aumentan las de que fuera distinto: de cabellos hirsutos y peludo, con un
extraño aspecto inhumano y más parecido al elefante o al rinoceronte, también
peludos, contemporáneos suyos. Lo mismo que ellos, vivió en las frías tierras
que bordeaban las nieves y los glaciares y que, por aquel entonces, retrocedían
hacia el norte. Peludo y temblé, con la cara grande como una máscara, grandes
cejas protuberantes y desprovisto de frente, empuñando un enorme pedernal y
corriendo como un mono con la cabeza inclinada hacia delante, y no erguida como
en el hombre, debió resultar una espantosa criatura para nuestros antepasados.
Es casi seguro que estos hombres peludos y los verdaderos se
encontraron. Estos últimos debieron penetrar en el hábitat de los
neandertalenses y debieron enfrentarse y pelear. Quizá algún día hallemos las
pruebas de esta lucha.
Europa occidental, que es tan sólo una parte del mundo, pero que
ha sido completamente explorada en busca de restos del hombre primitivo, se fue
calentando poco a poco. Los glaciares, que una vez cubrieron la mitad del
continente, estaban en retroceso, y grandes trechos de pastos estivales y unos
pocos bosques de pinos y abedules se iban extendiendo lentamente por aquellas
tierras antes heladas. Por entonces, el sur de Europa era semejante a la actual
península del Labrador. Unos pocos animales resistentes al frío subsistían
entre las nieves, y los osos invernaban. Con la primavera, los pastos y bosques
se llenaron de renos, caballos salvajes, mamuts, elefantes y rinocerontes
procedentes de los declives de aquel gran valle templado, hoy colmado de agua:
el Mediterráneo. Antes de que éste fuera invadido por el océano, las
golondrinas y muchas otras aves adquirieron el hábito de migrar hacia el norte,
que todavía las empuja a desafiar el paso a través de los mares peligrosos que
inundan y ocultan los recónditos secretos de los antiguos valles mediterráneos.
El hombre peludo se alegró del regreso de la vida, salió de las cuevas en que
se había refugiado durante el invierno, y empezó a dar buena cuenta de las
fieras.
Seguramente estas criaturas fueron seres casi solitarios.
En invierno, la comida escaseaba demasiado para alimentar
comunidades. Cuando un macho y una hembra se juntaban, sin duda se separaban
durante el invierno para volverse a reunir en el verano; cuando sus hijos
crecieron lo suficiente para molestarle, el hombre peludo los mató o expulsó.
Si los mató, posiblemente se los comiera. Si lograron escapar, cabe que
regresaran para matarle a él. Los hombres peludos tal vez tuvieron buena
memoria, poca inteligencia y un carácter obstinado.
El hombre verdadero penetró en Europa procedente del sur, pero
no sabemos de dónde. Cuando apareció, sus manos eran tan hábiles como las
nuestras. Podía realizar dibujos, que aún hoy admiramos, y sabía pintar y
esculpir. Los utensilios hechos por él eran más pequeños que los musterienses y
mucho mas que los chelenses, pero mejores y más variados. No se vestían, pero
fueron capaces de pintarse y probablemente hablaban. Llegaron en pequeños
grupos. Eran más sociales que el hombre de Neanderthal, tenían leyes y se
sometían a autocontrol; sus mentes habían recorrido un largo camino de
adaptación y represión, lo que ha llevado a la intrincada mentalidad del hombre
actual, con sus deseos ocultos, sus confusiones, su risa, sus fantasías y
sueños. Esos hombres se mantenían unidos y se regían por las extrañas
¡imitaciones del tabú.
Eran aún seres salvajes, muy proclives a la violencia y
vehementes en su lujuria y deseos; pero hasta donde eran capaces, obedecían
unas leyes y costumbres, que ya eran antiguas, y temían el castigo si obraban
mal. Entenderemos mejor cuanto ocurría en sus mentes si recordamos los temores,
deseos, fantasías y supersticiones de nuestra niñez. Sus problemas morales eran
iguales a los nuestros, sólo que... mas superficiales. Pertenecen a nuestra
misma clase, pero no podemos entender m remotamente a aquella raza terrible, ni
concebir con nuestras mentes actuales las extrañas ideas que pasaban por
aquellos cerebros de forma rara. Nos sería más fácil intentar soñar y sentir
cómo sueña y siente un gorila.
Podemos imaginar como el hombre verdadero, procedente de las
desaparecidas tierras del valle mediterráneo, se extendió hacia el norte
ocupando los valles hispánicos más altos, el sur y centro de Francia y todavía
más arriba, la actual Inglaterra —pues no existía el canal entre Inglaterra y
Francia—; las regiones forestales al este de! Rin, el amplio desierto que ahora
constituye el mar del Norte, y la llanura alemana. Debieron abandonar los
desiertos nevados de los Alpes, bastante más altos entonces y cubiertos de
glaciares, dirigiéndose hacia el este. La migración septentrional obedeció a
una razón evidente: la raza se multiplicaba y la comida escaseaba. Estarían
agobiados por luchas y guerras. Carecían de morada estable, estaban
acostumbrados a emigrar según las estaciones, y de vez en cuando, alguno de los
grupos, empujado por el hambre y el miedo, se aventuraba mas al norte, hacia ¡o
desconocido
Podemos imaginar a un pequeño grupo de estos nómadas,
antepasados nuestros, llegando a una cumbre cubierta de pastos en esas tierras
del norte. Debió ocurrir a finales de la primavera o a principios del verano,
mientras seguían algunos animales herbívoros: una manada de renos o caballos.
Sirviéndose de diferentes medios, nuestros antropólogos han sido
capaces de reconstruir diversos aspectos de la apariencia y costumbres de esos
padres itinerantes de la humanidad.
No debieron ser grupos numerosos, pues en caso contrario no se
les hubiera podido desalojar de sus anteriores territorios. Dos o tres hombres
mayores de treinta años, ocho o diez mujeres y muchachas con unos cuantos
niños, y algunos jóvenes de catorce a veinte años debieron constituir la
comunidad. Gente de ojos marrones y cabellos ondulados oscuros; el color rubio
de los europeos y el negro azulado de los chinos aún no habían aparecido en el
mundo. Probablemente, el hombre más anciano gobernaba el grupo. Las mujeres y
los niños se mantenían apartados de los hombres y los jóvenes, distantes de
cualquier relación íntima por complejos y estrictos tabúes. Los jefes debían
ser los encargados de rastrear la manada a la cual seguían. El rastreo era por
aquel entonces el summum de la virilidad. Mediante señales y huellas que
escaparían a un ojo civilizado, debieron ser capaces de interpretar los
movimientos efectuados el día antes por la manada de vigorosos y pequeños
caballos que les precedía. Debieron ser tan expertos, que por ligeros indicios
fueron capaces de seguir el rastro como el perro sigue un olor,
Los caballos a los que perseguían les llevaban poca ventaja
—según descubrían los rastreadores—, eran numerosos y nada los alarmaba.
Pastaban y avanzaban muy despacio. No había señales de perros salvajes o de
cualquier otro enemigo que pudiera provocar una estampida. Algunos elefantes
también viajaban hacia el norte, y un par de veces nuestra tribu se cruzó con
el rastro de unos rinocerontes que marchaban hacia el oeste
La tribu se movía con ligereza. Sus individuos iban desnudos,
pero pintados de blanco y negro, rojo y amarillo. Es tanto el tiempo que nos
separa de ellos, que resulta difícil saber si se tatuaban. Probablemente, no.
Los recién nacidos y los niños más pequeños eran llevados por las mujeres a sus
espaldas, sujetos con bandas o en bolsas hechas con pieles de animales, y acaso
algunos, o todos, vestían mantos o fajas de piel de león y ceñían bolsas o
cinturones de cuero. Los hombres empuñaban lanzas de punta afilada y llevaban
fragmentos de pedernal en las manos.
Unas semanas antes, el anciano, el patriarca, señor, dueño y
padre del grupo, había sido pisoteado y destrozado por un enorme toro en una
ciénaga lejana. Después dos de las muchachas fueron raptadas por los jóvenes de
otra tribu mas numerosa. A causa de estas pérdidas, el resto de la tribu
buscaba nuevas tierras para cazar.
El paisaje que pudo contemplar el reducido grupo al llegar a la
cima de la colma, era una versión mas sombría, desolada e inhóspita que el de
la Europa occidental que hoy conocemos. En derredor, se extendía un declive
cubierto de pastos, a través del cual voló una avefría emitiendo su melancólico
grito. Más allá, un gran valle flanqueado por colmas purpúreas, por encima de
las cuales se perseguían las sombras de las nubes de abril. Donde las colmas se
volvían arenosas, surgían bosques de pinos y abedules, pequeños valles
aparecían llenos de matorrales y en sus laderas húmedas se encontraba una serie
de pantanos de un color verde brillante y extensos charcos de agua sucia. En la
espesura de los valles, acechaban muchos animales, y donde los riachuelos serpentinos
habían erosionado el suelo, aparecían riscos y cuevas. A lo lejos, mas al
norte, en los declives de unas colinas que ahora descubrían, podían verse
poneys pastando. A una señal de los dos jefes, el pequeño grupo se detuvo, y
una de las mujeres que hablaba en voz baja con una niña pequeña, calló. Los
hermanos observaban gravemente la vasta perspectiva.
—¡Uf! —exclamó uno bruscamente, señalando con el dedo.
—¡Uf! —gritó su hermano.
Los ojos de toda la tribu miraron en la dirección apuntada por
el dedo.
Todos quedaron con la mirada fija.
Todos permanecieron inmóviles; la sorpresa los había dejado
paralizados.
A lo lejos, en la falda de una colina, con el cuerpo de perfil y
la cabeza vuelta hacia ellos, también paralizada por la sorpresa, se divisaba
una figura gris y encorvada, más corpulenta pero mas baja que un hombre. Había
trepado por detrás de un repliegue del terreno con el fin de escudriñar a los
poneys, y de pronto volvió sus ojos y vio a la tribu. Su cabeza se proyectaba
hacia delante como la de un babuino. En su mano aferraba algo que al grupo le
pareció una gran piedra.
Durante algún tiempo, la mutua curiosidad animal mantuvo
inmóviles al descubierto y a los descubridores. Luego, algunas mujeres y niños
empezaron a moverse y avanzaron para ver mejor a la extraña criatura.
—¡Hombre! —dijo una vieja de cuarenta años—. ¡Hombre!
Al advertir el movimiento de las mujeres, aquel hombre terrible
se volvió y corrió toscamente una veintena de metros hacia el bosque de
abedules y malezas. Después, se paró otra vez para mirar un momento a los
recién llegados, agitó el brazo de una forma extraña y penetró entre la
vegetación.
Las sombras de la maleza lo engulleron, y en el momento de
ocultarlo le confirieron un aspecto colosal. Confundido con ella, les observó.
Las ramas de los árboles se convirtieron en largas extremidades plateadas, y un
tronco crujió al caer.
Eran las primeras horas de la mañana y a lo largo del día, los
jefes de la tribu esperaban llegar hasta donde estaban los poneys, aislar a uno
allá abajo, entre las malezas y lugares pantanosos, herirlo, seguirlo y
matarlo. Entonces celebrarían una fiesta, y en algún lugar del valle
encontrarían agua y madera seca para encender fuego antes de que se hiciera de
noche. Hasta el momento, la mañana les había parecido agradable y
esperanzadora. Pero ahora se hallaban desconcertados. La aparición de aquella figura
gris era como una repentina, horrible e inexplicable mueca que les hubiera
dedicado la soleada mañana.
La expedición permaneció un rato mirando atentamente, y a
continuación los dos jefes intercambiaron unas pocas palabras. Waugh, el mayor,
señaló el lugar con el dedo. Click, su hermano, asintió con la cabeza. Irían,
pero en lugar de bajar por el declive hacia la maleza, rodearían la colma
—Venid —dijo Waugh, y el pequeño grupo se puso otra vez en
movimiento.
Pero ahora marchaba en silencio. Cuando uno de los niños
pequeños quiso preguntar algo a su madre, ésta lo redujo al silencio con una
amenaza. Todos miraban fijamente hacia la maleza.
De pronto, una muchacha chilló y señaló con el dedo. Los demás
se sobresaltaron y detuvieron la marcha.
Aquella cosa terrible estaba nuevamente allí. Corría por el
terreno despejado, brincando casi a gatas. Tenía la espalda curvada y era bajo
pero muy grande; era un monstruo semejante a un lobo de pelo gris. Algunas
veces, sus largos brazos casi tocaban el suelo Estaba más cerca que antes, pero
desapareció otra vez entre las ramas. Parecía introducirse entre unos helechos
rojos marchitos...
Waugh y Click se consultaron mutuamente.
A un kilómetro y medio de allí comenzaba el valle cubierto de
maleza. Más allá, se extendían unas colmas onduladas y sin vegetación. Los
caballos seguían pastando en la dirección del sol, y ahora, hacia el norte, en
lo alto de una colma, podía verse una manada de rinocerontes alejándose, cuyos
redondos traseros parecían una sarta de cuentas negras.
Si la tribu avanzaba a través de los pastos, aquel ser que les
acechaba tendría que permanecer oculto o salir al descubierto. Si salía, los
doce hombres y jóvenes de la tribu ya sabían cómo tratarle.
Así pues, empezaron a caminar a través de los pastos. El pequeño
grupo dio un rodeo hasta el principio del valle y, una vez allí, los hombres se
quedaron en la cima mientras las mujeres y los niños avanzaban por campo
abierto.
Durante un rato, los observadores permanecieron inmóviles, y a
continuación Waugh empezó a hacer ademanes de desafío. Click no iba a quedarse
atrás. Se lanzaron gritos hacia el espía escondido, y uno de los muchachos, que
tenía algo de payaso, después de ejecutar ciertas muecas y gestos
desagradables, acabó haciendo una excelente imitación de aquella cosa gris
corriendo a saltos. Al ver esto, el miedo dio paso a la hilaridad.
En aquella época, la risa era un don social. Los hombres podían
reír, pero no aquel horrible prehumano que observaba y se sorprendía en la
sombra. Se maravilló. Los hombres se movían, reían y se pegaban mutuamente en
los muslos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Ninguna señal salió de la maleza.
—¡Yajah! —exclamaron los hombres—, ¡Yajah! Bzzzzz. ¡Yajah! ¡Yah!
Olvidaron por completo lo asustados que habían estado.
Y cuando Waugh pensó que las mujeres y los niños ya estaban a
suficiente distancia, ordenó a los hombres que le siguieran.
De una manera parecida a ésta, aquellos hombres, antepasados
nuestros, vieron por primera vez a los pre humanos en las soledades de Europa
occidental...
Ambas razas no tardarían en mantener una vecindad más estrecha.
Los recién llegados fueron introduciéndose paulatinamente en las
tierras de aquellos hombres aterradores. Al poco tiempo, empezaron a verse
otros ejemplares de formas semihumanas que se ocultaban y figuras grises que
corrían entre las sombras del anochecer. Una mañana, Click encontró unas
huellas estrechas y largas alrededor del campamento...
Días mas tarde, mientras comía una baya espinosa, una de las
niñas se alejó demasiado del grupo. Se oyó un chillido, un forcejeo y un ruido
sordo, y una cosa gris y peluda se abrió paso entre los matorrales llevándose a
su víctima. Waugh y tres de los hombres más jóvenes le persiguieron. Alcanzaron
a su enemigo en una hondonada oscura y muy espesa. Esta vez no se las tuvieron
que ver con un neandertalense solitario. Saliendo de entre las ramas, se les
acercó un gran macho con el fin de proteger la retirada de su compañera, y
alcanzó con una roca a un joven, al que dejó cojo. Pero Waugh arrojó su lanza,
que hirió en e! hombro al monstruo, el cual se detuvo gruñendo.
No escucharon ningún otro sonido procedente de la niña robada.
La hembra apareció durante un momento por encima de la hondonada, gruñendo,
manchada de sangre y con un aspecto horripilante, y los hombres se detuvieron,
temerosos de continuar su persecución y sin importarles desistir. Uno de ellos
ya se alejaba cojeando y tocándose la rodilla con la mano.
¿Cuál fue el resultado de esta primera batalla?
Quizá fue contrario a los hombres de nuestra raza. Quizá el gran
macho neandertalense con los pelos y barba horriblemente erizados, cayó a la
hondonada con un rugido atronador y una gran piedra en cada mano. No sabemos si
lanzaba aquellos grandes discos de pedernal o golpeaba con ellos. Quizá Waugh
murió en el momento de huir. Acaso para la pequeña tribu el episodio significó
un tremendo desastre. Sin detenerse, dos de sus miembros huyeron hacia las
colmas tan aprisa como pudieron, manteniéndose juntos para protegerse y dejando
atrás al joven herido, que cojeaba solo y aterrado.
Supongamos que al fin consiguió regresar a su tribu... después
de vanas horas de pesadilla.
Ahora que Waugh había desaparecido, Click se convirtió en el
patriarca. A él correspondió disponer el campamento de la tribu aquella noche y
encender el fuego en lo alto de las colinas, entre los brezos lejos de los
matorrales donde podía esconderse el hombre aterrador.
Lo que aquél pensaba de ¡os hombres lo ignoramos, pero lo que
éstos pensaban de él sí podemos imaginarlo: consideraban los diversos modos en
que podía actuar el enemigo e idearon la manera de engañarlo. Tal vez fue Click
el primero en tener la idea de acercarse por arriba al barranco, donde tenían
sus guaridas los hombres de Neanderthal, porque, como ya hemos dicho, los
neandertalenses no podían levantar la cabeza. Una vez allí, deslizarían una
piedra sobre ellos o bien les arrojarían teas ardiendo a fin de incendiar los
helechos secos.
Es agradable pensar en una victoria de los hombres. Ese Click
que hemos conjurado huyó presa del pánico al producirse el primer ataque del
terrible macho, pero aquella noche, mientras meditaba al lado del fuego, creyó
oír el grito de la ruña raptada y le invadió la rabia. Luego, soñó que aquel
ser aterrador le atacaba. Click luchó con él y acabó despertándose
completamente furioso La hondonada donde había perecido Waugh le fascinaba. Se
sintió impelido a volver allí para ver otra vez a aquellas bestias horribles
acecharlas siguiendo sus huellas y, emboscado, observarles otra vez. Se dio
cuenta de que los neandertalenses no podían trepar con ¡a misma facilidad del
hombre, oír tan bien, ni huir con la misma rapidez. Aquellos hombres horribles
debían ser tratados como los osos, animales cuya lentitud permite echarse a
correr, dispersarse y luego acercárseles por detrás.
Pero dudamos de que el primer grupo humano llegado a la tierra
de los hombres aterradores fuera tan inteligente como para solucionar los
problemas presentados por este nuevo tipo de guerra. Quizá regresaron al sur, a
las regiones mas propicias de las cuales procedían, y fueron absorbidos o
eliminados por los de su propia estirpe. Acaso perecieron todos en aquella
nueva tierra donde eran unos intrusos. Pero tal vez permanecieron allí y
mantuvieron su presencia y aumentaron su número. Si, en efecto, sucedió de este
modo, otros de su propia clase les siguieron y conquistaron un futuro mejor.
Aquél fue el principio de una era de pesadilla para los niños de
la tribu humana. Sabían que les vigilaban.
Les seguían las huellas. Las leyendas acerca de ogros y gigantes
que comen carne humana y cazan a los niños pueden provenir de esos lejanos días
de terror. En cuanto a los neandertalenses, éste fue para ellos el principio de
una guerra incesante, que sólo terminaría con su exterminio.
Aunque no fuesen tan altos ni anduviesen tan erectos como el
hombre, los neandertalenses eran mas pesados y fuertes, pero también más
estúpidos, y vivían aislados en grupos de dos o tres; en cambio, los hombres
eran más rápidos, inteligentes y sociales: cuando luchaban lo hacían unidos.
Acecharon, rodearon, incomodaron y atacaron a sus enemigos por todos lados.
Lucharon con aquella horrible raza como los perros con un oso. Se gritaban unos
a otros lo que debían hacer, mientras los neandertalenses, que no solían
hablar, no les entendían. Se movían demasiado aprisa y luchaban con demasiada
astucia.
Fueron muchos y encarnizados los duelos y batallas que
sostuvieron por la posesión del mundo estas dos estirpes de hombres en las
estepas ventosas y en aquella sombría época. Las dos razas eran incompatibles.
Ambas ambicionaban las mismas cavernas y pedregales cercanos a los ríos, donde
podían obtenerse los pedernales de mayor tamaño. Ambas luchaban por los mamuts
muertos, encenagados en los pantanos, y por los renos que sucumbían en la época
de celo. Cuando una tribu humana encontraba señales de los hombres
neandertalenses cerca de su cueva o lugares de acecho, se veía forzada a
perseguirlos y matarlos; su segundad y la de sus hijos únicamente podía
asegurarse mediante estas matanzas. Por su parte, los neandertalenses pensaban
que los niños humanos eran buenos para jugar y para devorarlos.
Ignoramos cuánto tiempo logró sobrevivir el hombre aterrador en
aquel frío mundo de pinos y abedules plateados, entre las estepas y los
glaciares, después de la llegada del hombre. Puede haber subsistido durante
muchísimo tiempo, volviéndose más astuto y peligroso a medida que disminuía su
número. El hombre lo cazó rastreando sus huellas, observando el humo de sus
fuegos y quitándole la comida.
En ese mundo olvidado, aparecieron grandes paladines, hombres
que se enfrentaban con el hombre-bestia gris, lo derrotaban y mataban.
Confeccionaron largas espadas de madera, con las puntas endurecidas por el
fuego, y construyeron escudos de piel para protegerse de sus poderosos golpes.
Los atacaron con piedras atadas a cuerdas o lanzadas con hondas. Pero no fueron
sólo los hombres quienes lucharon contra la bestia horrible; también se
enfrentaron a ellos las mujeres. Éstas protegieron a sus hijos y estuvieron al
lado de sus hombres para luchar contra el ser espantoso que parecía y no
parecía humano. A menos que los sabios interpreten erróneamente los signos,
fueron las mujeres quienes engrandecieron las tribus en que se fueron
convirtiendo las familias de aquellos tiempos remotos. El ingenio sutil y
amoroso de las mujeres protegió a sus hijos de la cólera feroz del patriarca,
enseñó a esquivar sus celos y furores, y lo persuadió para que los tolerara,
obteniendo así su ayuda contra el terrible enemigo. Fue la mujer, dice
Atkinson, quien en los principios de la raza humana enseñó los primeros tabúes:
que un hijo debe apartarse del camino de su madrastra y buscar esposa en otra
tribu, para así mantener la paz en la familia; quien se interpuso entre los
fratricidas y quien primero trataba de pacificar los ánimos. Las primitivas
sociedades humanas fueron fruto de su trabajo. Supo enfrentarse a la sociedad y
a la fiereza distante del macho adulto A través de ella los hombres aprendieron
a colaborar como hijos y hermanos. El neandertalense no aprendió ni el más
mínimo rudimento de colaboración, en cambio, el hombre ya había ideado un
alfabeto que algún día se difundiría por toda la Tierra. Los hombres formaban
grupos que oscilaban de doce a veinte individuos aproximadamente. En cambio,
los grupos de neandertalenses no pasaban de dos o tres, por lo que fueron
perseguidos y eliminados hasta su total extinción.
Generación tras generación, época tras época, se desarrolló esa
larga lucha entre los hombres que no eran completamente humanos y el hombre
verdadero, antepasado nuestro, que llegó a Europa occidental procedente del
sur. Miles de combates y muertes, matanzas inesperadas y huidas temerarias
tuvieron lugar entre las cuevas y las malezas de aquel ventoso y frío mundo de
la época que va desde la última glaciación a los tiempos actuales. Al fin, el
último de aquellos hombres horribles se vio obligado a enfrentarse con las
espadas de sus perseguidores en medio de la ira y el desespero.
¡Cuántos sobresaltos durante esa larga lucha! ¡Cuántos momentos
de terror y de triunfo! ¡Cuántos actos de fidelidad y valentía desesperada! Y
los esfuerzos de los vencedores eran nuestro esfuerzo; en líneas generales,
nosotros somos idénticos a aquellos seres morenos y pintarrajeados que corrían,
luchaban y se ayudaban unos a otros. La sangre de nuestras venas ya ardía en
aquellas batallas y se helaba en aquellos terrores de un pasado olvidado.
Porque se ha olvidado. Excepto, quizá, en algunos vagos terrores de nuestros
sueños y en algunos elementos subyacentes en las leyendas y cuentos infantiles,
ha desaparecido por completo de la memoria de nuestra estirpe. Pero nunca se
pierde todo sin dejar rastro. Hace setenta u ochenta años, unos sabios curiosos
empezaron a sospechar que en ciertos fragmentos de pedernal y restos de huesos
hallados en depósitos antiguos, se ocultaban recuerdos de aquellas épocas
primitivas. Mucho más recientemente, otros han empezado a encontrar indicios de
extrañas experiencias remotas en los sueños y fantasías de las mentes modernas.
De manera gradual, estos huesos resecos empiezan a revivir.
La reconstrucción del pasado es una de las aventuras mas
sorprendentes de la humanidad. Ésta, al seguir las investigaciones de los
estudiosos de estos antiguos restos, se siente como un hombre que hojea las
páginas amarillentas de un viejo y olvidado diario, un libro que habla de su
adolescencia. Su pasada juventud revive, una vez más le aguijonean los antiguos
estímulos y recobra la felicidad de antaño. Pero las antiguas pasiones que una
vez ardieron, ahora sólo le producen un poco de calor, y los viejos temores y
angustias ya no significan nada.
Puede que un día, estas memorias recuperadas se vuelvan tan
vividas como si nosotros mismos hubiéramos estado allí compartiendo la emoción
y el miedo de aquellos primeros tiempos; puede llegar un día en que las bestias
del pasado cobren vida en nuestra imaginación, recorramos una vez más
escenarios ya desvanecidos, movamos unos miembros pintados que creíamos
convertidos en polvo, y sintamos de nuevo el calor del sol de un millón de años
atrás.
La esfera de cristal
El año pasado existía aún, no tejos de Los Siete Cuadrantes, una
tiendecilla de aspecto mísero, sobre cuya muestra, en letras amarillas y medio
borradas, se leía. «C Cave, naturalista y anticuario». El contenido de los
escaparates era curiosamente variado. Encerraban aquellos, en efecto, colmillos
de elefante, un juego de ajedrez incompleto, cacharros de cristal, armas, un
muestrario de ojos de animales, dos cráneos de tigre, una calavera, vanos monos
disecados (uno de ellos sirviendo de soporte a una vieja lámpara de petróleo),
un huevo de avestruz con deyecciones de moscas, artes de pesca y una pecera
vacía y empolvadísima. También había, en el momento de dar comienzo a esta
historia, un objeto de cristal en forma de bola, maravillosamente translúcida.
Dos personas permanecían paradas ante el escaparate contemplando
la cristalina esfera: una de ellas, alta y seca, con todo el aspecto de un
clérigo; la otra, baja y enjuta, de tez cobriza y negra barba. Este segundo
individuo hablaba gesticulando con vivacidad y parecía querer decidir a su
compañero a comprar el objeto contemplado.
Mientras se desarrollaba esta escena de puertas afuera, el señor
Cave salió de la trastienda mascullando todavía la última tostada de su
desayuno.
Al advertir la presencia de los presuntos compradores y la causa
de su atención, mostró cierta intranquilidad. Lanzando una mirada furtiva por
encima del hombro, acercóse a la puerta y la cerró con suavidad.
Era el señor Cave un viejecillo de apergaminada y casi verdosa
cara, cuyo rasgo saliente lo constituían unos ojos azules clarísimos y en
extremo movibles Los cabellos, de un gris sucio caían en abundante cascada
sobre el grasiento cuello de una levita verdosa y en extremo raída. Añadid a
estos detalles un sombrero de copa, de forma inverosímil, y unas pantuflas de
orillo de edad respetable, y tendréis una idea bastante aproximada del famoso
anticuario.
Como ya he dicho, la persistencia de los dos desconocidos !e
había intranquilizado hasta un extremo indecible. Presa de gran ansiedad,
espiaba los movimientos de aquellos hombres
El que parecía un clérigo se registró los bolsillos del
pantalón, saco un puñado de monedas y sonrió con cierta complacencia. Este
gesto aumentó la zozobra del señor Cave quien creyó que se le venia el mundo
encima al observar que ¡os dos extraños personales entraban en la tienda
El clérigo, sin entrar en preámbulos, preguntó el precio de la
bola de cristal. Después de dirigir el señor Cave una mirada inquieta hacia la
trastienda, contestó, la voz algo velada por la emoción
—Este objeto vale cinco guineas, caballero.
Parecióle al clérigo bastante caro, y así lo manifestó a su
compañero, intentando luego entrar en regateos. La verdad es que, al pedir el
anticuario una cantidad tan elevada, lo hacía obedeciendo a un plan, el de
dificultar la venta. Comprendiendo que no debía mostrarse dispuesto a
condescendencias, avanzó con dirección a la puerta y la abrió, no sin decir con
acento algo más vigoroso que la vez primera
—Cinco guineas, señores. Me es imposible darlo más barato.
En este momento apareció una fisonomía femenina, animada por
vivarachos ojillos, tras del biombo situado ante la puerta de la trastienda. No
pasó inadvertida para el señor Cave la presencia al paño de este cuarto
personaje. Sacando fuerzas de flaqueza, aunque sin poder disimular
completamente el temor que le embargaba, repitió:
—Nada, señores... ¡Ni un céntimo menos!... Cinco guineas, si lo
quieren.
El hombre barbudo, que hasta entonces había permanecido de
simple espectador, examinando con su penetrante mirada al señor Cave, rompió el
silencio diciendo:
—Dele usted las cinco guineas.
El clérigo se volvió hacia su acompañante para ver si hablaba en
serio, y cuando se convenció de ello, tornó a mirar al anticuario y vio que la
palidez de éste había aumentado.
—Ciertamente es carísimo —dijo el clérigo, en tanto que volvía a
rebuscar en los bolsillos. No disponiendo más que de treinta chelines, pidió el
resto a su consejero. Entre aquellos dos hombres parecía existir gran
intimidad.
La investigación pecuniaria a que se había entregado el clérigo
dio tiempo al señor Cave para coordinar sus ideas. Con aparente tranquilidad
empezó a explicar que en realidad la bola de cristal no estaba en venta. Los
dos clientes se mostraron sorprendidos de aquella singular salida, y arguyeron
que en tal caso debía habérseles manifestado desde un principio la expresada
circunstancia.
La turbación del señor Cave iba en aumento. No sabiendo qué
contestar a los desairados compradores, improvisó una historia inverosímil,
asegurando, por último, que no podía vender la bola de cristal por hallarse en
tratos con un antiguo cliente. El clérigo y su amigo, creyendo que el señor
Cave inventaba todo aquello para aumentar el precio del objeto, y decididos a
no dejarse explotar, hicieron ademán de marcharse.
Aún no habían llegado a la puerta cuando apareció por la de la
trastienda la propietaria del establecimiento. Era una mujer corpulenta, de
fisonomía vulgarísima y mucho más gruesa que el señor Cave Andaba pesadamente,
como si le costara trabajo levantar los pies del suelo.
—La bola de cristal —dijo la señora Cave— está a la disposición
de ustedes, porque cinco guineas es un precio muy admisible. Quisiera yo saber
—añadió encarándose con su esposo— qué ventolera te ha dado para despreciar las
ofertas de estos caballeros.
El aludido, que era presa de fuerte temblor nervioso desde que
su consorte hizo irrupción en la tienda, dirigió a la intrusa una mirada de
enojo y, sin excesiva dureza, se atrevió a proclamar su derecho a tratar los
asuntos mercantiles con entera independencia.
Siguióse un altercado. Los dos compradores contemplaban la
curiosa escena con interés y regocijo, dando la razón a la señora Cave cuando
se presentaba la oportunidad.
El infeliz anticuario, sintiéndose vencido, hizo un esfuerzo y
persistió en su increíble y embarullada historia del cliente encaprichado con
la bola de cristal.
Puso término al debate el mas joven de los compradores,
proponiendo que, si al cabo de dos días el pretendido cliente no había comprado
la bola, quedaría ésta a disposición del clérigo, mediante la entrega de las
cinco guineas consabidas.
La señora Cave se apresuró a dar su asentimiento, y queriendo
dejar en buen lugar a su marido, dijo a los desconocidos que a veces tenía
rarezas inexplicables, pero que al fin y a la postre concluía por reconocer sus
yerros.
Saludaron muy cortésmente los compradores y se marcharon. Apenas
quedaron solos el señor Cave y su dulce mitad, reanudóse la discusión. Ésta
interpelaba a aquél con singular autoridad. El viejecillo, demudado y
tembloroso, balbuceaba palabras ininteligibles, insistiendo en que la bola de
cristal estaba apalabrada, y en que de todos modos el rarísimo objeto valía por
lo menos quince guineas.
—Entonces —replicó la mujerona— ¿por qué les has pedido cinco?
—Porque... así lo he tenido por conveniente. ¿Puedo o no ser
dueño de mis acciones?
El señor Cave tenía un hijo político y una nuera que habitaban
en la tienda. Como es de suponer, aquella noche, después de la cena, se renovó
la discusión sobre la venta fracasada. Hay que advertir que ninguno de los
hijos del anticuario tenía formada buena opinión sobre los métodos comerciales
del señor Cave. De modo que ya podrá suponerse cómo calificarían el acto
realizado algunas horas antes por el papá.
—Estoy seguro de que no es ésta la primera vez que te niegas a
vender ese cachivache —afirmó el hijo político, un mocetón de dieciocho años,
con traza de bruto.
—¡Despreciar así cinco hermosas guineas! —exclamó la nuera,
joven personita de veintiséis primaveras, dotada por las señas de gran espíritu
práctico
Les argumentos del señor Cave iban siendo cada vez más débiles.
Ya casi sin alientos limitábase a declarar que él sabía muy bien por dónde se
andaba. Apenas acabo el mísero de comer, obligáronle sus desconsiderados
parientes a cerrar la tienda. El señor Cave ejecutó maquinalmente la operación.
Ardían sus mejillas y pugnaban las lágrimas por asomarse a sus ojos.
—¿Por qué diablos —se preguntaba el infeliz— se me habrá
ocurrido dejar tanto tiempo en el escaparate esa maldita bola de cristal?...
¿Qué estupidez más grande!...
Esto era lo que más le acongojaba. Durante mucho tiempo estuvo
dando vueltas al magín en busca de un pretexto aceptable para imposibilitar la
venta.
Después de cenar, yerno y nuera se fueron de paseo, luego de
hermosearse. La señora Cave se retiró a sus habitaciones del entresuelo para
reflexionar sobre las condiciones comerciales del cristal, al mismo tiempo que
comprobaba las propiedades tónicas del ron, del azúcar y del limoncillo,
mezclados según arte con un poco de agua caliente.
El señor Cave permaneció hasta muy tarde entre sus queridos
trastos, con el pretexto de hacer pequeñas rocas ornamentales para unas viejas
peceras. En realidad, lo que le retenía en la tienda era algo que quedó
explicado horas después. Al día siguiente, en efecto, advirtió ¡a señora Cave
que la esfera de cristal había desaparecido del escaparate, yendo a ocultarse
tras de un montón de librotes viejos. Aquello contrarió a la excelente señora,
quien, ni tarda ni perezosa, volvió a colocar la bola en el escaparate y en el
lugar más visible. Por extraño que parezca, la señora Cave no interpeló a su
esposo sobre el asunto Y no lo hizo, porque aquella tarde se encontraba
acometida de fortísima jaqueca El día transcurrió monótona y desagradablemente.
El señor Cave estuvo más preocupado que de costumbre, y además de un humor
imposible. Aprovechando la siesta de su consorte, dirigióse al escaparate y se
apoderó del malhadado objeto, causa de todos sus disgustos.
Al día siguiente fue el señor Cave a entregar a la clínica de un
hospital varios ejemplares de perros marinos que le habían encargado los
disecadores. Durante la ausencia del singular naturalista, distraía sus
soledades la señora Cave pensando en la inversión que daría a las cinco guineas
una vez que se vendiera la bola de cristal. Entre las aplicaciones que tendría
el dinero figuraban un vestido de seda verde para ella y una excursión
campestre a Richmond para toda la familia. Aún no había fijado la señora Cave
en su imaginación de un modo definitivo si el paseo familiar sería a Richmond o
a Windsor, cuando la sacó de sus cavilaciones el sonido discordante del timbre
existente en la puerta.
Era el recién llegado un profesor de zoología, e iba a quejarse
de que aún no le hubiera remitido el señor Cave unas ranas encargadas la tai de
anterior.
En honor de la verdad, a la señora Cave le era muy antipática
esta rama del comercio de su marido. Así es que el pobre zoólogo tuvo que
afrontar algunas inconveniencias. No obstante, como hombre bien educado, sufrió
el chaparrón y se despidió dando todo género de explicaciones.
Una vez sola en sus dominios, dirigió la señora Cave escrutadora
mirada en dirección del escaparate. La contemplación de la bola de cristal era
para ella la seguridad de tener cinco guineas, la realización de sus sueños
dorados. ¡Cuál no sería, pues, su sorpresa al ver que su bola había
desaparecido! La buscó animosamente tras de los libros viejos de marras. ¡Nada!
Se trataba, sin duda, de una nueva jugarreta del testarudo anticuario. Pensando
en encontrarla escondida en alguna parte, revolvió la cuitada, inútilmente,
todos los rincones de la tienda.
Cuando regresó el señor Cave de entregar sus lobos marinos, a
cosa de las dos menos cuarto, encontró la tienda en el mayor desorden y a la
dulce esposa entregada tras del mostrador a una concienzuda destrucción de su
instrumental de disecador. La biliosísima señora desahogaba así el enojo que la
dominaba. Echando lumbre por los ojos, acusó inmediatamente al señor Cave de
haberlo escondido.
—¿Y qué es lo que he escondido? —preguntó el acusado.
—La bola de cristal.
Al oír esto, el señor Cave, aparentando sorpresa, como hacia el
escaparate.
—¿Y dónde está, cielo santo? ¿Qué habrá sido de ella?
En el preciso instante de lanzar el señor Cave las dos
interrogadores, su yerno, que había llegado de la calle minutos antes, salió de
la trastienda jurando como un carretero. Estaba incomodadísimo porque aún no se
encontraba dispuesto el almuerzo y tenia que marcharse al taller de ebanista
donde hacía su aprendizaje.
Al enterarse de la pérdida de la bola de cristal, olvidose del
condumio y arremetió contra su suegro. Lo primero que se le ocurrió fue que el
señor Cave era el autor de la sustracción. Pero el anticuario se defendía con
habilidad de las acusaciones. Argumentando como un letrado, llegó a arrojar la
responsabilidad de lo sucedido sobre la señora Cave primero, y después sobre el
gandul del yerno, al que increpó diciéndole que se habría apoderado de su bola
para venderla subrepticiamente. Como es natural, se originó una discusión en
extremo desapacible y accidentada, a la que puso inopinado término la
anticuaría con uno de sus característicos ataques de epilepsia. Todo aquello
influyó en que el yerno llegara tarde al taller.
El señor Cave se refugió en la trastienda, huyendo de los
probables, aunque involuntarios arañazos de su cónyuge.
Por la noche volvió a ser tratada la cuestión en consejo de
familia presidido por la nuera. Examinóse el asunto desde el punto de vista
práctico. Al principio todo fue bien, pero agriándose poco a poco los debates,
se armó una tremolina más que regular, viéndose obligado el señor Cave a
marcharse a la calle después de dar un terrible portazo para hacer patente su
indignación.
Cayó sobre el fugitivo una nube de díctenos, y en vista de que
esto no conducía a nada positivo, acordaron los individuos de la familia Cave
llevar a cabo una investigación detenida en toda la casa, desde el desván al
sótano, con la esperanza de descubrir el escondrijo de la bola.
Al día siguiente reaparecieron los dos compradores. Los recibió
la señora Cave con lágrimas en los ojos. Empezó por contar a los desconocidos
las mil y una contrariedades que había sufrido durante su vida matrimonial.
Luego improvisó una historia fantástica para explicar la desaparición del
objeto solicitado. El clérigo y su amigo se miraron y convinieron en que
verdaderamente todo aquello iba siendo muy extraño. Al observar que la señora
Cave parecía dispuesta a relatarles la historia completa de sus desventuras
conyugales, hicieron ademán de irse, mas antes de trasponer la puerta viéronse
detenidos por la anticuaría, quien no sintiéndose con fuerzas para despedirse
definitivamente de aquel negocio, suplicó al clérigo que dejara sus señas con
objeto de avisarle si aparecía la bola de cristal.
El clérigo entregó las señas pedidas y éstas se extraviaron, sin
que la señora Cave, por mas que hizo después, lograra dar con ellas.
¡Día verdaderamente nefasto fue aquél para la familia del
naturalista! A la cólera desbordada sucedió un intenso aplanamiento. Así,
cuando después de una ausencia de muchas horas apareció en la tienda el señor
Cave, reuniéronse todos y comieron en silencio; un silencio que hacía violento
contraste con las controversias de los días anteriores y que pareció delicioso
al asendereado naturalista.
Durante mucho tiempo fueron en extremo tirantes las relaciones
del señor Cave con su familia. No volvió a saberse una palabra ni de la bola de
cristal ni de sus chasqueados pretendientes.
Ahora diré sin rodeos que el señor Cave era un soberbio
embustero. Sabía perfectamente el paradero de la bola de cristal, puesto que la
había entregado a su fiel amigo el señor Jacobo Wace, ayudante preparador en el
hospital de Santa Catalina de Westbourne Street La bola se hallaba colocada
sobre una palomilla recubierta parcialmente por un trozo de terciopelo negro y
haciendo compañía a una botella de whisky americano.
Antes de pasar adelante, debo declarar que los pormenores de la
presente historia me fueron facilitados por el referido Jacobo Wace
El señor Cave había llevado la bola al hospital escondida en un
cajón juntamente con los lobos marinos y suplicado a Wace que la tuviese en su
poder. El ayudante preparador opuso al principio ciertos escrúpulos. En verdad,
sus relaciones con el anticuario eran superficiales. Cierta inclinación por las
gentes estrambóticas le había inducido más de una vez a invitar al viejecillo a
beber una copa de whisky y a fumar un cigarro. Divertíase oyéndole exponer sus
ideas, impregnadas de cómico pesimismo, acerca de la vida en general, y de la
mujer en particular. Porque he de advertir que Jacobo Wace conocía de visu a la
señora Cave. En vanas ocasiones había tenido sus dimes y dueles con ella a
propósito de encargos hechos y no cumplimentados.
No ignoraba, pues, que la anticuaría tenía un genio de todos los
diablos, de lo que deducía que la vida debía ser muy poco agradable para el
señor Cave. Un sentimiento de compasión le hizo acceder a los ruegos del
desventurado amigo. Quedose con la bola de cristal, pensando que, sin duda, se
trataba de una manía senil y que era cruel oponerse a ella, cuando ningún
sacrificio le costaba hacerse cómplice de la ocultación.
Cierto día, entre copa y copa de whisky, oyó decir al señor Cave
que la causa de su entusiasmo por la bola de cristal era algo que veía dentro
de ella. No quiso ser por entonces más explícito el naturalista, prometiendo a
su amigo interesantísimas revelaciones para otra ocasión.
Llegó, por fin, el momento. He aquí lo que contó el señor Cave:
La bola de cristal había sido comprada por él, con otros varios
objetos, en una subasta promovida al fallecimiento de cierto anticuario amigo
suyo. Ignorando cuál pudiera ser su precio, lo fijó en diez chelines. Durante
mucho tiempo no paró mientes en el extraño objeto, cuya aplicación le era por
completo desconocida, y ya se disponía a venderlo por lo que quisieran darle,
cuando un maravilloso descubrimiento le hizo desistir de su propósito.
En aquella época su salud dejaba bastante que desear (conviene
tener presente esta circunstancia), ya por los malos tratos que le daba su
familia, o bien por naturales achaques de su edad, quizá por las dos causas
juntas. La señora Cave era vanidosa, dura de genio, extravagante, y por
añadidura, gustábale en extremo paladear las bebidas destiladas. La nuera, un
verdadero monstruo de vanidad y soberbia. El yerno, un enemigo implacable que
le hacía víctima de crueles persecuciones. En una palabra: el hogar del señor
Cave no tenía nada de patriarcal. No era, pues, extraño que el pobre hombre
incurriese, de vez en cuando, para olvidar penas, en un pecado de
intemperancia, no obstante ser persona de exquisita educación y muy ilustrada;
ni que, por efecto de sus constantes torturas morales, sufriese durante semanas
enteras terribles insomnios y violentos ataques de hipocondría.
Cuando le acometía el mal, temeroso de molestar a su familia, se
levantaba del lecho con infinitas precauciones para no despertar a la señora
Cave, y vagaba por los corredores de la casa como un sonámbulo. En la madrugada
de un día de agosto la casualidad le llevó a la tienda.
Atestada, polvorienta y sucia, hallábase aquélla sumida en la
sombra, excepto uno de los rincones que aparecía iluminado por una claridad
insólita. Al aproximarse el señor Cave descubrió que la luz emanaba de la bola
de cristal, olvidada por su dueño sobre un montón de trastos inservibles. Un
débil rayo de luz penetraba por una rendija de la ventana y hería la lisa
superficie de la bola, pareciendo filtrarse hasta el interior del objeto y
llenarlo de brillante claridad.
El señor Cave no salía de su sorpresa. El extraño fenómeno era
en verdad opuesto a las leyes de la óptica. Bien se le alcanzaba al
naturalista, no obstante sus cortos conocimientos de física, que, si bien era
admisible el que los rayos lumínicos fueran refractados por el cristal hasta un
foco interno, en cambio no tenía explicación científica aquel fenómeno de
difusión de la luz. Cada vez más perplejo, avanzó el anticuario, cogió la bola
y la estuvo examinando en todos sentidos buen espacio de tiempo. Por fin,
descubrió que la luz interior del esferoide no era constante, sino que tenía
períodos de mayor o menor intensidad. Además, pudo observar que más que
verdadera luz era aquello una especie de vapor luminoso, algo así como una
fosforescencia especial. La admiración del señor Cave llegó a su colmo cuando,
interponiéndose entre el objeto y el rayo de luz filtrado a través de la
ventana, vio que la esfera de cristal continuaba iluminada. Queriendo llevar la
experiencia aún mas lejos, llevóse el maravilloso objeto al rincón más oscuro
de la tienda. Durante cuatro o cinco minutos siguió brillando. Luego empezó a
oscurecerse hasta quedar en la sombra. puesto otra vez bajo la acción del rayo
de luz de la ventana, recobró toda su claridad.
Esto contaba el señor Cave a su amigo Wace cierta tarde, entre
copa y copa de whisky. El hecho maravilloso pudo ser comprobado en parte días
después por el ayudante preparador del hospital de Santa Catalina.
Efectivamente, colocada la bola de cristal en completa oscuridad y de modo que
fuese herida por un debilísimo rayo de luz del exterior (el diámetro del rayo
luminoso debía ser menor de un milímetro), despedía una fosforescencia extraña.
Lo que no logró ver el señor Wace fue aquella claridad interna de que se hacía
lenguas el naturalista.
Quizá se necesitaban condiciones excepcionales en el órgano de
la visión, condiciones que debían poseer poquísimas personas, pues hay que
advertir que, examinada la esfera portentosa por el ilustre físico Harbinjer,
no pudo éste descubrir la más leve luz interior. Era forzoso reconocer, por
consiguiente, en el señor Cave cualidades ópticas nada comunes. Y aun el
propietario de esas facultades privilegiadas no siempre distinguía con igual
claridad el estupendo fenómeno. La visión era, por regla general, mucho más
viva en los momentos de gran debilidad física.
Desde que la casualidad reveló al anticuario las maravillas de
la bola de cristal, convirtióse nuestro hombre en un ser desligado por completo
de todas las cosas humanas. El hecho de que guardase tan sigilosamente el
descubrimiento dice más sobre el aislamiento anímico del señor Cave que un
volumen in folio de lucubraciones psíquicas. Transcurrido algún tiempo, hizo
una nueva observación: conforme avanzaba el día, aumentándose la cantidad de
luz difusa, la esfera de cristal tornaba a su aspecto ordinario, sin que
restase en ella el más insignificante resplandor. Para conseguir ver algo en
pleno día era preciso llevar la esfera a un lugar oscuro y recubrirla además
con un pedazo de terciopelo negro. El buen Cave se pasaba horas muertas en el
sótano con un paño echado sobre la cabeza y los hombros, cual hacen los
fotógrafos, y deleitándose en la contemplación de la esferita milagrosa. En una
ocasión, al hacer girar el cristal entre sus manos, vio algo que le hizo
estremecerse. La cosa tuvo la duración de un relámpago, pero bastó para
comunicar a Cave la impresión de que el objeto le había revelado por un momento
la existencia de un país inmenso y extraño. A los pocos minutos, y cuando la
claridad parecía tender a desvanecerse, volvió a repetirse la mágica aparición.
Sería ya inútil y enojoso exponer todas las fases del
descubrimiento hecho por el señor Cave. Baste saber que el efecto producido por
la esfera de cristal en ciertos instantes era éste: observada aquélla (una vez
puesta de modo que la inclinación del rayo luminoso fuera de 137 grados; con
detenimiento, ofrecíase la sorprendente visión de unas tierras de enorme
extensión y de aspecto fantástico No se trataba, ciertamente, de mía visión
quimérica La impresión producida en la retina del observador era la de ¡a
realidad más absoluta. Nada de las concepciones borrosas del ensueño, sino la
perfecta determinación de líneas y volúmenes, como si se realízala la vision a
través de las lentes de un estereóscopo, con la ventaja de que ciertas imágenes
se movían aunque con lentitud y de un modo ordenado. Estas imágenes movibles
cuya forma no podía precisar en un principio el señor Cave, seguían
invariablemente la dirección del rayo luminoso exterior o la del observador
En varias ocasiones me ha asegurado Wace que las descripciones
de su amigo el naturalista estaban plagadas de detalles precisos y
absolutamente exentos de la exageración que aparece en los relatos de los
alucinados Preciso es: sin embargo, recordar que todos los esfuerzos hechos por
Wace para ver las ponderadas maravillas, a través de la opalescencia del
cristal, resultaron vanos, cualesquiera que fuesen las circunstancias en que
realizó sus experimentos. Pero ya hemos dicho que la diferencia de intensidad de
las impresiones en ambos amigos era considerable, y así no ha de extrañarse que
lo que para el señor Cave constituía una visión clarísima, para Wace no pasaba
de ser una sencilla fosforescencia.
Y no cabe dudar de la sinceridad de las manifestaciones del
anticuario. El embustero o el alucinado suelen contar sus invenciones o sus
ensueños de mil modos diversos. En cambio, la descripción hecha por el señor
Cave de los países entrevistos en el interior de la esfera de cristal no
diferían un punto. Siempre hablaba de inmensas llanuras, flanqueadas a oriente
y occidente por enormes rocas rojizas. Algunas de estas aglomeraciones de rocas
continuaban hacia el norte y el sur Cave reconocía la orientación de las masas
rocosas por medio de estrellas, visibles durante la noche, ofreciendo una
perspectiva casi ilimitada y confundiéndose por último entre las brumas de un
horizonte lejano.
Cuando el anticuario contempló por primera vez el extraño
panorama, la cadena oriental de rocas parecía hallarse mas próxima. El sol la
iluminaba de lleno. Revoloteando por encima de aquellas montañas, unas veces a
considerable altura, otras a escasa altura de sus anfractuosidades, veíanse
formas indefinidas que el señor Cave creyó enormes pájaros. En las proximidades
de las rocas se extendía una hilera de edificaciones.
Los pájaros, o lo que el anticuario creía tales, se acercaban en
ocasiones con asombrosa rapidez a la superficie del cristal, y en otras huían
hacia los bordes refractados y confusos del cuadro, desdibujándose, por decir
así, y convirtiéndose en manchas informes.
También existían en aquel país prodigioso árboles y arbustos de
apariencia y color en nada semejantes a los de la Tierra, extensísimas praderas
cubiertas de yerba de un gris exquisito, y en segundo término divisábase un
vasto lago cuyas aguas brillaban como acero pulimentado, heridas por la luz
solar. Un objeto de enormes dimensiones y brillantemente coloreado atravesó de
improviso el paisaje...
Advertiremos que la primera vez que el señor Cave vio todas esas
cosas fue por brevísimo espacio de tiempo: la duración de un relámpago todo lo
mas.
No obstante, aquellas fugitivas impresiones hacían temblar sus
manos y llenaban su entero ser de extraño malestar. La visión era intermitente
al principio; luego confusa, indistinta. De ahí que nuestro extraño personaje
experimentara gran dificultad en recobrar la orientación, digámoslo así, una
vez perdida la dirección de sus miradas.
La segunda visión clara se produjo una semana después de la
primera, permitiendo al señor Cave contemplar el valle en toda su longitud. El
panorama era diferente, si bien tenía el observador la curiosa persuasión,
confirmada en posteriores experiencias, de que veía aquel mundo extraño sin
haberse movido de su sitio aunque ahora mirase en una dirección diferente. La
vasta fachada del gran edificio cuyos tejados le había parecido divisar la
primera vez retrocedía ahora en la perspectiva. No había duda: era el mismo
tejado. Del centro de la fachada salía una terraza de proporciones colosales,
elevándose del centro de la misma, a distancias regulares, altísimos mástiles
terminados por objetos brillantes, en los que se reflejaba el sol poniente.
La importancia de estos, al parecer, pequeños objetos no la pudo
apreciar el señor Cave hasta algún tiempo después, hallándose describiendo un
día a su amigo Wace las maravillas del esferoide de cristal.
Daba la terraza sobre un bosque de espléndida vegetación,
circundado de praderas, en las que reposaban insectos descomunales, parecidos a
escarabajos por su forma. Mas allá de las praderas comenzaba una calzada de
piedra rosácea, ricamente decorada, y mas lejos aún extendíase, en dirección
paralela con las montañas del horizonte, un lago, un río o un mar —esto no lo
pudo precisar bien el anticuario— bordeado de frondosos rosales cuajados de
floras rojas.
Cruzaban la atmósfera en todas direcciones bandadas de
pajarracos, describiendo curvas majestuosas. Del lado de allá de la sábana de
agua se elevaban multitud de edificios policromos que brillaban al sol como si
tuvieran facetas metálicas. El contraste de los múltiples colores de las
edificaciones y de los espesos bosques que las rodeaban no podía ser más
pintoresco.
De improviso, algo que parecía azotar el aire rápidamente, como
el batir de alas o de un inmenso abanico cubierto de piedras preciosas y una
cara, o mejor dicho, la parte superior de una cara con ojos enormes, se
aproximó, por decir así, al señor Cave, cual si se hubiera encontrado en la
parte opuesta de la bola de cristal.
La sorpresa experimentada por el naturalista al darse cuenta de
la absoluta realidad de aquella cara y de aquellos ojos le hizo casi perder el
sentido. Algo repuesto del susto, intentó repetir la sensación. Dio vueltas y
mas vueltas al mágico esferoide. ¡Todo inútil! La fantástica visión había huido
y con ella la claridad interior del singularísimo objeto de sus estudios.
Tales fueron las primeras inspecciones generales del señor Cave.
Por entonces, precisamente, acaeció la visita de los dos compradores, los
tenaces compradores empeñados en llevarse la bola de cristal por las cinco
guineas pedidas.
Se comprenderá, pues, que nuestro anticuario tenía razones
sobradas para oponerse a la venta de la bola y para eludirla, ocultando primero
cuidadosamente el preciado tesoro y depositándolo después en manos del señor
Wace.
Apenas estuvo en poder de éste y una vez que le fueron conocidas
las propiedades y los misterios del esferoide, sus inclinaciones de sabio investigador
le llevaron a estudiar sistemáticamente el inexplicable fenómeno, unas veces a
solas y otras en compañía del señor Cave, que no perdía ocasión de entregarse a
la para él deleitosa experiencia.
Desde un principio anotó Wace, con el mayor cuidado, todas y
cada una de las observaciones del anticuario. Gracias a esa labor científica,
pudieron establecer los dos amigos la relación que existía entre la dirección
seguida por el rayo de luz inicial al penetrar en el esferoide y la orientación
de los rayos visuales. Encerrando la bola dentro de una caja, en la que existía
una abertura de pequeño diámetro para dejar paso al rayo luminoso, y
sustituyendo los cortinajes rojos de la ventana por tupido paño negro,
consiguió Wace mejorar considerablemente las condiciones de la observación. Y
esto hasta el punto de poder examinar el valle en la dirección deseada.
Ya despejado el camino, nos es posible hacer una breve
descripción del extraño mundo divisado en el interior del esferoide de cristal,
ateniéndonos a las notas escritas por Wace mientras su amigo Cave exploraba las
profundidades del objeto. Advertiremos, de paso, que Wace, entre otras
habilidades, poseía la de escribir a oscuras.
Pues bien, cuando el esferoide se encontraba en la plenitud de
su estado luminoso, el señor Cave percibía distintamente, además de los grandes
detalles del panorama ya mencionados, muchedumbres de seres vivos análogos,
como hemos dicho, a gigantescos escarabajos. Conforme iban repitiéndose los
experimentos, modificaba el naturalista sus impresiones acerca de las
singulares criaturas. Ya no le parecían escarabajos, sino más bien murciélagos.
Después se le ocurrió que acaso fueran querubines... Sus cabezas eran redondas
y de configuración humana. Tenían ojos, ¡y qué ojos!... ¡Unos ojos
espantosamente grandes, cuya mirada helaba la sangre en sus venas!
Tenían también grandes alas plateadas; alas sin plumas que
brillaban cual si estuvieran compuestas de escamas de pescado, y que despedían
sutiles reflejos; alas que aparecían unidas al cuerpo no con arreglo al plano
habitual en las aves o en los murciélagos, sino por medio de una membrana curva
que irradiaba del tórax y que pudieran ser comparadas a las alas de la
mariposa.
El cuerpo, pequeño con relación a la cabeza, poseía bajo el
abdomen dos haces de órganos aprehensores semejantes a largos tentáculos.
Por extraño que todo esto pareciese al señor Wace, tuvo al fin
la convicción de que los grandes edificios casi humanos y los magníficos
jardines que realzaban la belleza del inmenso valle pertenecían a las
estupendas criaturas mitad murciélagos, mitad querubines, como decía el señor
Cave.
Entre otras particularidades observó el naturalista que los
edificios, si bien carecían de puertas, tenían amplias ventanas circulares por
donde entraban y salían libremente los fantásticos habitantes del no menos
fantástico mundo. Veíaseles llegar en rápido vuelo al borde de las ventanas,
posarse sobre sus tentáculos, plegar sus alas y penetrar en el interior de
aquellas moradas. No todos los seres vivientes observados por el señor Cave
tenían el mismo tamaño, ni todos cruzaban el espacio hendiéndolo vertiginosamente.
Había otros más pequeños, semejantes a libélulas, o mejor a escarabajos alados,
y otros más diminutos aún arrastrándose con indolencia por sus extensas
praderas. En las calzadas y terrazas, unos seres de enorme cabeza, muy
parecidos a los de las grandes alas, saltaban como langostas, contrayendo y
dilatando sus tentáculos abdominales.
Creo haber mencionado unos objetos brillantes existentes en la
parte superior de los mástiles de las terrazas. Pues bien, añadiré ahora que
una observación más detenida permitió al señor Cave descubrir que aquellos
objetos eran esferoides de cristal exactamente iguales al que él poseía. Cada
uno de los veinte mástiles elevados en la terraza mas próxima tenía su
correspondiente bola de cristal.
De vez en cuando uno de los grande? seres voladores ascendía
hasta encontrarse a escasa distancia de un esferoide, y luego de plegar las
alas y de aferrarse al mástil con los tentáculos, permanecía mirando al cristal
durante quince o veinte segundos.
Varias observaciones consecutivas, propuestas por Wace,
convencieron a los dos amigos de que el esferoide empleado por ellos en los
experimentos se encontraba realmente en el extremo del último mástil de la
terraza, y de que, por lo menos en una ocasión, uno de los habitantes del
prodigioso mundo había examinado la casa del señor Cave, mientras éste se
hallaba fisgoneando el panorama.
Dicho lo anterior, nos es necesario admitir una de las dos
hipótesis siguientes, o la bola de cristal del señor Cave se encontraba
simultáneamente en dos mundos, permaneciendo inmóvil en uno de ellos, mientras
mudaba de lugar en otro, lo que era de todo punto absurdo e inadmisible, o bien
existía una relación de simpatía especial entre el esferoide terrestre y el del
mundo desconocido, merced a lo cual, mirando en cualquiera de ellos, se podía
ver lo que pasaba en el mundo opuesto.
En el estado actual de la ciencia no podemos explicarnos la
razón de que dos esferoides de cristal así situados se hallen en comunicación.
Sabemos, sin embargo, lo bastante para comprender que un fenómeno de ese género
no es imposible en absoluto. Por lo tanto, la hipótesis de los esferoides en
comunicación es la que me parece más aceptable.
Y ¿dónde se encontraba situado ese otro mundo? La viva
inteligencia de Wace había logrado, tras repetidas observaciones, arrojar
alguna luz sobre punto tan oscuro. Después de ponerse el sol oscurecíase
rápidamente el cielo; el crepúsculo duraba brevísimo tiempo. Las estrellas eran
las mismas que nosotros vemos, y formaban las mismas constelaciones. Así, el
señor Cave pudo reconocer la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio. De modo que
aquel mundo debía encontrarse' en nuestro sistema solar, y a una distancia que
quizá no excediera de algunas centenas de millones de kilómetros. Siguiendo
esta indicación llegó a averiguar el señor Wace que el cielo nocturno era de un
azul mas oscuro aún que nuestro cielo de invierno; que el Sol parecía algo mas
pequeño, y que había dos lunas semejantes a la nuestra, aunque un poco más
pequeñas. Una de aquellas lunas se movía tan rápidamente que podía apreciarse
su marcha.
Las dos lunas se elevaban muy poco sobre el horizonte,
poniéndose al poco tiempo de su salida; es decir, que en cada una de sus
revoluciones se encontraban eclipsadas por razón de la proximidad de su
planeta. Todo esto respondía en absoluto —aunque el señor Cave no tuviera
noticia de ello— a lo que deben ser las condiciones de existencia en Marte.
A decir verdad, parécenos perfectamente admisible que, mirando
el señor Cave su precioso esferoide de cristal, hubiera visto, en realidad, el
planeta Marte y sus habitantes. En tal caso, la estrella vespertina que
brillaba con tanta intensidad en el cielo de aquel mundo lejano debía ser
nuestra familiar Tierra.
Durante mucho tiempo los marcianos —si de marcianos se trataba—
no parecían darse por entendidos de las investigaciones del señor Cave. Por dos
o tres veces uno de aquellos seres se aproximó a la cóncava superficie del
esferoide, alejándose a los pocos instantes como si no le hubiese satisfecho la
visión. Esta indiferencia de los marcianos favoreció la curiosidad del señor
Cave. Libre de obstáculos su campo visual, pasábase el buen señor horas enteras
inclinado sobre la bola portentosa, descubriendo a diario nuevas maravillas.
¡La lástima es que, por efecto de una atención demasiado concentrada, sus
explicaciones resultaban vagas y fragmentarias!
Verdad es que no podía pedirse otra cosa a quien, como nuestro
excelente Cave, se asomaba a aquel mundo de ensueño en la forma en que lo
hacía. Imaginad lo que pensaría de la humanidad un observador marciano que,
tras de una serie de difíciles preparaciones y enormemente fatigados sus ojos,
consiguiera contemplar a Londres desde la torre de la iglesia de San Martín,
durante períodos de cuatro o cinco minutos.
Así que, luego de mirar y remirar mucho el esferoide de cristal,
no podía afirmar concretamente el señor Cave si los marcianos alados eran los
mismos seres que los marcianos que brincaban en calzadas y tenazas, y si éstos
podían a su vez echar a volar cuando lo tuvieran por conveniente. Algunas veces
percibía algo así como unos bípedos tardos y desgarbados, vagamente parecidos a
orangutanes, cuyo cuerpo era blanco y en parte transparente. Estos bípedos
pacían entre los líquenes, y sólo mostraban intranquilidad cuando se les
acercaban los marcianos de cabeza redonda y tentáculos elásticos. En una
ocasión vio el señor Cave que se iniciaba una lucha. El espectáculo quedó
interrumpido bruscamente por haberse oscurecido de improviso el esferoide.
Otra vez una cosa enorme, que al naturalista le pareció
gigantesco insecto, apareció en escena, deslizándose con extraordinaria rapidez
sobre las aguas del canal. Al aproximarse advirtió Cave que era un mecanismo de
metal, cuya superficie despedía deslumbradores reflejos. No le fue posible al
anticuario precisar más sus observaciones, porque el insecto, o el mecanismo, o
lo que fuera, se alejó con tremenda velocidad, perdiéndose entre las brumas del
horizonte.
Cierto día el sabio Wace quiso llamar la atención de los
marcianos, y aprovechando el momento en que los ojos de uno de ellos
aparecieron sobre el cristal del esferoide empezó el anticuario a lanzar
descompasados gritos, retrocedió dando un salto y, después de iluminar a giorno
la habitación, hizo en compañía de su amigote grandes movimientos con los
brazos, como queriendo sugerir la idea de señales. Cuando el señor Cave se
volvió a aproximar al cristal, el marciano había desaparecido.
Estas observaciones continuaron durante el mes de noviembre, y
juzgando nuestro anticuario que había transcurrido bastante tiempo para que la
señora Cave no se acordara ya del esferoide de cristal, aventuróse a llevárselo
a la tienda con objeto de poder entregarse libremente, a cualquier hora del
día, a la contemplación de lo que se había convertido en la cosa más real de su
existencia.
Al mediar diciembre, Wace, que iba con frecuencia a ver a su
amigo Cave, viose obligado a suspender sus sesiones. Tenía que estudiar mucho
con motivo de unos exámenes próximos.
Transcurrieron diez u once días sin que Wace viese al señor
Cave. Extrañándole la prolongada ausencia del anticuario, y no teniendo ya
trabajos apremiantes, dirigióse una tarde a Los Siete Cuadrantes. Cuando volvió
la esquina advirtió con sorpresa que la tienda del naturalista estaba cerrada.
Intrigado por esta circunstancia se apresuró a llamar. Salió a abrir el yerno
del señor Cave, vestido de luto riguroso. Detrás de él apareció la anticuaría,
envuelta en luengos velos negros.
El señor Wace supo que su pobre amigo llevaba diez días
enterrado. Aunque el espíritu de la viuda se hallaba conturbadísimo y poco
dispuesto, por tanto, a explicaciones, aún pudo el señor Wace enterarse de las
extrañas circunstancias que habían rodeado el fallecimiento del anticuario.
Encontráronle muerto una mañana —la siguiente a la última visita
de Wace— en la polvorienta trastienda, con la bola de cristal entre sus manos
frías y crispadas. La fisonomía del cadáver estaba sonriente. Un pedazo de
terciopelo negro aparecía a poca distancia del muerto, Según los médicos, el
fallecimiento debía haber ocurrido de dos a tres de la madrugada.
Lo primero que se le ocurrió a la señora Cave, una vez que subieron
a su habitación el cuerpo del anticuario, fue escribir una tarjeta al clérigo
que había ofrecido las cinco guineas por la bola de cristal, participándole que
tenía el objeto deseado a su disposición. Mas, después de largas
investigaciones, pudo convencerse de que realmente había perdido las señas.
Como carecía de los recursos necesarios para enterrar dignamente al infeliz
naturalista, procúreselos vendiendo a un anticuario vecino gran parte de los
objetos existentes en la tienda. La bola de cristal formó parte de uno de los
lotes.
Ya se habrá supuesto que Wace, apenas oyó la desagradable
noticia, no perdió tiempo en prodigar a la señora Cave consuelos inútiles. En
dos saltos se plantó en casa del anticuario poseedor de la prodigiosa bola de
cristal. Allí supo que el anhelado objeto acababa de ser vendido a un caballero
moreno vestido de gris. Tales fueron los únicos datos que pudo recoger Wace.
Aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa
y, al menos para mí, sugestiva historia.
El anticuario no sabía quién era aquel señor moreno, ni le había
observado con atención bastante para describirle minuciosamente. Ni aun supo
decir la dirección que había tomado al salir de la tienda.
Durante algún tiempo Wace no adelantó un paso en sus
investigaciones, por más que a diario ponía a prueba la paciencia del
comerciante agobiándole a preguntas, y dando rienda suelta a la desesperación
de que se sentía poseído.
Por último se vio obligado a reconocer que todo aquello de la
bola de cristal se había desvanecido para siempre como una visión en la sombra.
Tan convencido llegó a estar de que se trataba de un sueño, que
al entrar en su casa experimentó indecible sorpresa, viendo sobre un pupitre,
cubiertas de polvo, las notas tomadas por él oyendo las descripciones del señor
Cave.
Resistiéndose, sin embargo, a dar por abandonada la partida,
hizo una última visita al anticuario, visita que resultó tan infructuosa como
las anteriores. Luego recurrió a los anuncios en los periódicos, juzgando que
era el medio mas práctico de descubrir al comprador de la bola de cristal. Los
anuncios fueron tan ineficaces como los numerosos comunicados dirigidos por
Wace al Daily Chronicle y a alguna que otra revista científica. Lo más curioso
del caso fue que diarios y revistas, sospechando que las historias de Wace eran
en el fondo una broma científica, exigieron al autor pruebas de sus atrevidas
afirmaciones, como condición indispensable para publicarlas. ¡Pruebas! ¿Es que
no bastaba su honrada palabra de sabio?
A Wace le apenó profundamente el que la prensa le cerrase las
puertas a toda esperanza. Luego, atraída su atención por trabajos urgentes,
acabó por ir olvidando la bola de cristal, cuyo paradero sigue siendo
desconocido hoy por hoy.
Algunas veces me cuenta Wace, y yo le creo sin dificultad, que
de cuando en cuando es víctima de verdaderos accesos de locura, durante los
cuales constituye su monomanía averiguar dónde está la bola de cristal.
En uno de tales accesos consiguió descubrir Wace, no a'
afortunado cuanto quizá ignorante poseedor del maravilloso esferoide, sino la
personalidad de los dos misteriosos compradores que desearon comprar al
infortunado Cave por cinco guineas la bola de cristal. Uno de ellos es el
reverendo James Parker, y el otro nada menos que el príncipe Bosso Kuris, de
Java.
Según averiguó mi amigo, el empeño demostrado por el príncipe
para adquirir a cualquier precio el esferoide no tenía mas fundamento que la
curiosidad y quizá la extravagancia. Lo mismo ofreció cinco guineas que hubiera
pagado ciento. La cuestión era vencer la resistencia del originalísimo
anticuario y naturalista.
Es probable que el comprador definitivo de la esfera de cristal
no sea sino un aficionado de ocasión, y que aquélla se encuentre a algunos
centenares de metros del sitio en que escribo estas líneas, bien decorando un
rincón de vitrina o sirviendo de pisapapeles y, por tanto, sin que sus
prodigiosas propiedades sean conocidas del poseedor.
Esta razón es la que me induce a publicar la presente historia.
Quizá pueda contribuir a que la bola de cristal salga de su oscuridad para caer
bajo el dominio de la ciencia.
Antes de dar por terminada mi misión, declararé que mi opinión
personal sobre el asunto es idéntica a la de Wace.
Yo creo que los esferoides de cristal existentes en las mágicas
terrazas de Marte se hallan en relación física con el esferoide del señor Cave.
¿Qué clase de relación es ésa' Quizá en algún día no lejano se encargue algún
sabio de explicárnosla, con pruebas irrefutables.
Creo, además, que el esferoide de Cave debió ser lanzado a la
Tierra por los marcianos, en fecha bastante remota, con objeto de enterarse de
nuestras interioridades.
También es probable que otros esferoides similares, en relación
con los que veía el señor Cave sobre las terrazas de Marte, se hallen dispersos
por nuestro planeta.
En todo caso, los hechos que narramos no son explicables como
alucinación de un individuo.
La estrella
El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi
simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más
lejano de los que giran en torno del Sol.
Ya en el mes de diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la
atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad
del planeta, noticia que apenas si conmovió a una docena de sabios de esos que
se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así
fuese, por cuanto a buena parte de ¡os habitantes de la Tierra no les interesa
gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que
desconocida.
Las gentes se preocuparon aún menos de las nuevas observaciones
de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo,
que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de
comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.
Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que
merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa
recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía
mas brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la
revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su
satélite adquiría proporciones sin precedentes.
Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse
exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas,
planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe
difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni
sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un
millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor
evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la mas
próxima de las estrellas.
Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del
alcohol, ningún cuerpo celeste habla atravesado, de memoria de hombre, ese
abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo presente
la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema
solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin
duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que
llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones...
El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron
ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del
León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas
horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos.
Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios
pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la
insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una
colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este
recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.
Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión
merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a
los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios;
la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor
parte de las grandes capitales del mundo se hallaban en la expectativa, aunque
vaga desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.
Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en
el cielo... para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan
brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.
El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos
momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue
aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin
arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los
mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.
Los soñolientos policemen distinguieron la estrella; las gentes
de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de
allá arriba, se pararon y permanecieron buen trecho mirando el astro; los
obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los
furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y
pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador
en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en
fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de
aparecer en el occidente.
La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más
refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol
aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.
Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades
sin cuento. Los astrónomos, cada vez mas preocupados, no abandonaban sus
observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero
terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera,
parecían perseguirse. Requiriéronse los aparatos fotográficos, los
espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y
sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un
planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de
modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido
de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a
consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una
inmensa masa incandescente.
El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida
describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.
Los mas maravillados eran los marinos, esos habituales
contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes
observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían
advertido la presencia del nuevo astro que, como una Luna minúscula, subía,
subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por
último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche
Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7,
multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en
las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un
resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto
aparecer la noche antes exclamaban; «¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más
deslumbrador!...» Efectivamente, la Luna misma, próxima a desaparecer mas allá
del horizonte occidental, era mucho mas pequeña que la nueva estrella, comparando
sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de
hallarse casi en plenilunio.
—¡Miradla! —decían las gentes aglomeradas en las calles—. ¡Qué
hermosa! ¡Qué brillante!
Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que
seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su
mirada...
—¡Se aproxima! ¡Está mas cerca! —Tales eran las terribles
palabras de la ciencia a cada nueva observación...
—Esta más cerca —repetía e) telégrafo, transmitiendo la
alarmante nueva a mulares de ciudades
-—Esta mas cerca —decían las gentes, sugestionadas por la idea
de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían e!
trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los
transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado
inimaginable del amenazador «Está más cerca»... Y esta intranquilidad, esta
preocupación se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los
campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo
se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso Las damas
aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un
rigodón Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco mas o menos,
esta pregunta:
—¿Es de veras que se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben
ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!.
Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles,
después de todo, que la estrella se aproximase o se alejase.
Las gentes sin casa ni hogar, obligadas a ir de un lado para
otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaban
mirando al cielo, y decían:
—¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la
caridad!... ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar
nuestros miembros ateridos!
Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en
amarguísimo llanto, exclamaba:
—¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella mas!
El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa
de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física
astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran
estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz
azulada.
—¡Centrífuga!.. ¡Centrípeta!... ¡Esto es!... —decía el
estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano—. Detenido un planeta en
su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? ,
Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el
Sol... y en ese caso .. Pero ¿nos encontramos nosotros en su camino?...
El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos
jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño
astro. Despedía tanto brillo, que la Luna, en su cuarto creciente, parecía no
ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa
en su vaguedad del crepúsculo.
El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de
papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto pomo veíanse
aún algunos gramos de la droga que le había sostenido despierto durante cuatro
eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias
con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego,
terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus
trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía hallábase fatigada y exangüe a
consecuencia de la prolongadísima vigilia... Aquella noche el matemático se
levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegóse a la ventana y contempló la
estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso... «¡Puedes darme la
muerte —dijo el sabio—, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de
estos estrechos límites de mi cerebro!... Y ahora —añadió dirigiendo una mirada
desdeñosa al pomo de la droga—, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que
ya no es necesario dormir ni estar despierto!...»
Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la
puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según
costumbre, y cogió un pedazo de tiza. Era ésta una manía singularísima del
maestro... ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos!...
Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El
matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima... ¡Pobres niños, tan
frescos, tan sonrientes!... ¡Daba pena decirles nada!... Pero era su deber de
maestro y de sabio...
—Hijos míos —murmuró—, circunstancias especiales, ajenas por
completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso... ¡Hablando
claramente, voy a deciros que el hombre ha vivido en vano!...
Los muchachos empezaron a comprender...
Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su
propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la
constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el
cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración
luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sino y los
Perros de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En
muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella
noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen.
Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía
tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.
Lo mas extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella
segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena
calle un periódico o un libro.
La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las
campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al
zumbido de una colmena. El lento tañir de millares de campanas recordaba al
hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios
misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida
seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de
claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los
países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo
centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del
matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a
todos los idiomas.
El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego,
avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa
incandescente franqueaba centenas de kilómetros.
Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la
ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a
150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser
escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se
encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en
torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los
planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa
atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva
elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el
Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría
muy cerca de ella.
En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había
profetizado así el terrible matemático: «Terremotos, erupciones volcánicas,
ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de
la temperatura hasta límites imposibles de calcular.» La estrella seguía
brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si
tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida
era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.
Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con
atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico
astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los
efectos de la aproximación. El tiempo cambió bruscamente, convirtiéndose las
ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa
central se inició el deshielo.
No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes
de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o
refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se
encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso.
El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las
conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el
amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a
sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus
puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias
proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los
soldados hacían el ejercicio, los sabios estudiaban, los enamorados se
buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus
programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con
febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas
de la casa de Dios a las gentes atemorizadas afirmando que el pánico de
aquellos insensatos era absurdo e impío.
Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían
sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún
astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la
humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella no era acaso un cuerpo
sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de
verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien
había vaticinado.
Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de
Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los
habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las
cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos
escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo
acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose
a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las
regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de
mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para
entregarse a la caza o a las dulzuras del amor...
Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían
con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora mas tarde que de
costumbre, sin que, aparentemente, hubiera aumentado el tamaño. Huelga decir
que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema
jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en seno. Esta agradable incredulidad duró poco.
La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con
una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus
rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la
estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre
ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia
en veinticuatro horas.
No fue así, sin embargo; la estrella empleó mas de cinco días en
acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era
el de una tercera parte de la Luna, Cuando apareció sobre el horizonte en
América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad
cegadora y, si vale la palabra, quemante.
A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la
violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de
verano. En Virginia, en el Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro
brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían
con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de
color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra
granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones
terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse
aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que
procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas
enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados
sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores,
arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal
abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.
En todo el litoral de la América del Sur y en el Atlántico
austral llegaron ¡as mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades
empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas
ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.
El calor se hizo insoportable aquella noche; como que la
aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de
las sombras de la noche.
Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente
en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel
incesante trepidar de la tierra, abriéronse los flancos de las montañas,
desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y
muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi
se hundió tras de rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan
alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al
océano.
La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el
Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una
túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la
ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra
sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas...
Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en
muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad
espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas
llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, mas enorme y más
ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres
enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras que
la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades
y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.
La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima del
Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas
por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando
reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con mas fuerza los
torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos
espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tibet y
de! Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del
Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de
los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza
de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.
El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos
gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un
prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la
Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella.
En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y mas horas sin
que apareciese en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía
mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo
estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos
minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el
fondo luminoso y blanco de la estrella.
Calamidades sin cuento seguían afligiendo a la Tierra. En una
noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del
Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios y
templos y las cumbres de las colmas, hormigueantes de seres humanos. Cada
minarete era una masa confusa de gentes que caían en racimos sobre el negro
abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país
entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa
oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella
con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy
pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían
simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia;
luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero
abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el
esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida
contemplaban este grandioso espectáculo con la estupidez que engendran el
hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que
supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella
aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra,
después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro
perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída
hacia el Sol. Entonces cubrióse el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos
tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre
la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían
ahora mares de cieno. Muchos días transcurrieron así. El impetuoso
desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente
caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la
obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella había pasado para
siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías,
entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio
sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que
habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos,
después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar
en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y
profundos canales de ingreso.
Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en
toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era
mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba
sus fases en ochenta y cuatro días.
La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida
entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las
máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el
litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al
cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar
los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia
acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en
haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la
Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes
del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se
limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible
estrella.
Ahora bien; los astrónomos de Marie —porque es cosa averiguada
que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de
sus colegas terrestres— siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y
consignaron así, según parece, sus observaciones:
«Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil
lanzado a través de nuestro sistema solar, es para causar sorpresa el poco daño
que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia
del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas
las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La
única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas
que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades,
eran agua congelada.»
Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente
cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a
una distancia de algunos millones de kilómetros.
El hombre que podía hacer milagros
No se sabe con certeza si fue un don innato. Me inclino a pensar
que le llegó de forma súbita. De hecho, a los treinta años seguía siendo un
escéptico, que no creía en absoluto en los poderes de los milagros. Debo decir
aquí, dado que es éste el lugar más indicado, que era un hombre de baja
estatura, ojos castaño oscuro, pecoso, con el pelo rojizo y muy erizado, y con
un bigote cuyas puntas solía retorcer hacia arriba. Se llamaba George McWhirter
Fotheringay (nombre que, sin duda, no presagia milagros) y trabajaba como
secretario en la empresa Gomshott. Era bastante aficionado a entablar polémicas
dogmáticas.
Fue en el transcurso de una de estas polémicas, en la que
defendía la imposibilidad de los milagros, cuando tuvo el primer indicio de sus
extraordinarios poderes. La discusión tenía lugar, para ser exactos, en el bar
Long Dragon, y Toddy Beamish defendía la idea contraria, con un monótono pero
efectivo «...Así que usted cree que...» que tenía al señor Fotheringay sobre
ascuas.
Se encontraban también allí, además de ellos dos, un ciclista
polvoriento, el posadero Cox y la señora Maybridge, una camarera, bastante
corpulenta y perfectamente respetable, del Long Dragon. La señora Maybridge, de
pie y de espaldas al señor Fotheringay, se estaba limpiando las gafas. Los
demás le miraban, interesados, aunque sin mucho entusiasmo por la ineficacia
del método defendido. Incitado por las tácticas del señor Beamish, el señor
Fotheringay decidió realizar un tour de force retórico inusual en él. —Vamos a
ver, señor Beamish dijo el señor Fotheringay—. Definamos sin ambigüedades qué
es un milagro. Es algo que se opone al curso de la naturaleza, y es el
resultado del poder de la voluntad; es algo que no podría suceder sin la
intervención de la voluntad.
—...Así que usted cree que... —dijo el señor Beamish
manifestando su oposición.
El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había
permanecido atento y en silencio; recibió de él su aprobación, expresada tras
una tosecita que denotaba vacilación y tras haber echado una mirada de reojo al
señor Beamish. El posadero no expresó su opinión, y el señor Fotheringay,
volviéndose hacia el señor Beamish, recibió de él, de forma inesperada, una
razonada confirmación de su definición del milagro.
—Por ejemplo —dijo el señor Fotheringay muy animado—. Aquí
podría haber un milagro. ¿Acaso podría esta lámpara, de una forma natural,
seguir ardiendo vuelta hacia abajo, Beamish?
—Usted lo ha dicho; no podría —dijo Beamish.
—¿Y usted? —preguntó Fotheringay—. Usted no pretenderá decir
que... ¿eh?
—No —contestó Beamish a regañadientes—. No, no podría.
—Muy bien —dijo el señor Fotheringay—. Entonces se presenta
alguien aquí, pongamos por caso yo mismo, se pone en frente de la lámpara y le
dice, como lo podría hacer yo, concentrándome en mi deseo. «Vuélvete hacia
abajo sin romperte y sigue ardiendo, ¡ea!»
Bastó para hacer decir a todos los presentes: ¡ea! Lo imposible,
lo increíble se hizo palmario. La lámpara, invertida en el aire, ardía en
silencio, con la llama hacia abajo. Aquella lámpara, la prosaica y vulgar
lámpara del bar Long Dragon, era tan real e ineludible como cualquier otra.
El señor Fotheringay permanecía de pie con el dedo índice
extendido y con el ceño fruncido, con la expresión de alguien que prevé una
catástrofe. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se cubrió la
cabeza con los brazos y echó a correr hacia el lado opuesto del bar. Los demás
hicieron aproximadamente lo mismo. La señora Maybridge se volvió y chilló. La
lámpara permaneció inmóvil durante unos tres segundos. Un grito sordo de
angustia salió de la boca del señor Fotheringay;
—No puedo soportar esto ni un minuto mas —dijo. Se tambaleó
hacia atrás y la lámpara invertida fulguró súbitamente, cayó contra el rincón
del bar, rebotó en un lado, golpeó sobre el suelo y se apagó.
Por suerte tenía un pie de metal; de no haberlo tenido, el lugar
habría ardido en llamas. El señor Cox fue el primero en hablar, y sus
observaciones, entrecortadas con exabruptos que no venían a cuento, dieron a
entender que Fotheringay estaba loco. ¡Y Fotheringay ni siquiera ponía en duda
una proposición como aquélla! Estaba atónito, fuera de toda medida, ante lo que
acababa de suceder. La conversación que tuvo lugar a continuación no arrojó
absolutamente ninguna luz sobre el asunto, en lo que a Fotheringay atañía Todo
el mundo dio la razón al señor Cox, y lo hicieron con mucha vehemencia.
Acusaron a Fotheringay de haber hecho algún truco y le hicieron ver que había
atentado estúpidamente contra el orden y la seguridad. Sintió que un torbellino
de perplejidad le arrastraba, se sentía inclinado a pensar corno ellos, y se
opuso, aunque sin ningún éxito, a abandonar el lugar.
Se fue a casa congestionado y acalorado, con el cuello de la
camisa arrugado, los ojos escocidos y las orejas encarnadas. Miró con
nerviosismo las diez farolas que halló en el camino. Pero fue únicamente al
encontrarse solo en su habitación de Church Row cuando se sintió capaz de
enfrentarse de veras a sus recuerdos, y se preguntó:
—¿Qué diablos ha ocurrido?
Se había quitado el abrigo y las botas, y estaba sentado en el
borde de la cama, con las manos en los bolsillos, repitiendo, por vigésima vez,
las palabras que constituían su defensa:
«Yo no quería molestar a nadie con el dichoso asunto», cuando,
en el preciso momento en que pronunciaba las palabras de conjuro, le pareció
que, subrepticiamente, había deseado lo que estaba diciendo y que, cuando había
visto la lámpara suspendida en el aire, sintió que dependía de él dejarla allí,
aunque no estaba claro cómo debía hacerse. No era la suya una mente
especialmente complicada; de haberlo sido, se habría detenido ante este «deseo
inadvertido», que conlleva, de hecho, los problemas más inextricables de su
acto de volición; pero la idea se le apareció de forma bastante confusa. Y a
continuación, sin mediar, lo admito, lógica alguna, pasó al terreno práctico de
la experimentación.
Señaló con resolución su vela y se concentró, aunque presentía
que estaba cometiendo una locura.
—Elévate —le dijo.
Por un instante, este prepensamiento desapareció. La vela se
elevó, suspendida en el aire durante un vertiginoso momento; el señor
Fotheringay contuvo el aliento; luego la vela cayó sobre su mesita tocador,
dejándole en la oscuridad, rota sólo por el débil resplandor de la mecha.
El señor Fotheringay permaneció un rato sentado en la oscuridad
completamente inmóvil. «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido!» —se dijo— ¡y no sé cómo lo
voy a explicar.» Suspiró profundamente y buscó afanosamente una cerilla en sus
bolsillos, pero no encontró ninguna. Se levantó y. buscó a tientas en su mesita
tocador.
—Desearía tener una cerilla —dijo.
Recurrió a su abrigo, pero no había ninguna; entonces empezó a
comprender que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendí una
mano y frunció el ceño en la oscuridad:
—Que aparezca una cerilla en esta mano —dijo.
Inmediatamente, sintió cómo un objeto ligero se deslizaba en su
palma. Cerró los dedos asiendo una cerilla.
Luego de vanos infructuosos intentos por encenderla, descubrió
que se trataba de un fósforo de seguridad. Lo tiró y entonces cayó en la cuenta
de que debía haberlo deseado encendido. Así lo hizo, y al momento pudo
percibirlo ardiendo sobre el tapete de su mesita tocador. Lo cogió
apresuradamente y se le apagó. Sus posibilidades de percepción aumentaron;
buscó a tientas el candelero para colocar en él la vela.
—Venga, ¡enciéndete! —ordenó el señor Fotheringay, e
inmediatamente la vela se encendió.
Vio un agujero negro en la encimera del tocador del que salía un
hilo de humo. Durante unos instantes miró fijamente la pequeña llama; a
continuación, alzó la vista y vio su propia imagen reflejada en el espejo.
—¿Qué me dices ahora de los milagros? —se dijo al fin el señor
Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.
Las posteriores reflexiones del señor Fotheringay fueron graves
pero confusas. Por lo que podía entrever, se trataba de un caso de simple
volición. La naturaleza de las primeras experiencias no le indujo a ulteriores
experimentos, o mejor dicho, sólo a los menos peligrosos. Levantó una hoja de
papel y la transformó en un vaso de agua de color rosa, luego verde, a
continuación creó un caracol que más tarde aniquilaría por medio de otro
milagro, y finalmente, creó un nuevo y milagroso cepillo de dientes. Al llegar
el alba comprendió que el poder de su voluntad debía de poseer una extraña y
amarga cualidad, hecho del que, con anterioridad, había tenido indicios, pero
no una seguridad plena. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento
aparecían ahora mitigados por el orgullo de esta evidencia singular y por un
vago presentimiento de sus ventajas. Reparó en que el reloj de la iglesia
estaba dando la una, y como no se le pasó por la cabeza que podía utilizar sus
milagros para librarse de sus obligaciones cotidianas en la empresa de Gomshott
decidió desnudarse y acostarse sin demora. Mientras luchaba por quitarse la
camiseta por la cabeza, se le ocurrió una brillante idea:
—¡Que esté ya en la cama! —ordenó, y al momento estaba
acostado—. Desnudo —especificó, y como se encontraba al instante entre las
frías sábanas, añadió bruscamente—: Y en mi pijama... no, en un bonito pijama
de lana suave. ¡Ah! —exclamó con una inmensa felicidad—. Y ahora quiero
dormirme plácidamente...
Se despertó a su hora habitual; durante el almuerzo estuvo
cavilando, preguntándose si su experiencia de la noche anterior no habría sido
un sueño. Al fin su mente volvió de nuevo a sus cautos experimentos. Por
ejemplo, tenía tres huevos para desayunar. La patrona había preparado dos de
ellos, buenos, aunque no de primera calidad; el tercero, en cambio, era un
fresco y delicioso huevo de oca, preparado según su gusto, gracias a su
extraordinaria voluntad. Luego, en un estado de profunda pero bien disimulada
agitación, se dirigió apresuradamente a Gomshott y sólo se acordó de la cáscara
del tercer huevo, cuando la patrona le habló de ello por la noche Apenas pudo
trabajar en todo el día, debido al nuevo conocimiento de sí mismo,
asombrosamente adquirido, pero ello no le perjudicó ya que hizo su trabajo
milagrosamente en los últimos diez minutos.
A medida que transcurría lentamente el día, su estado mental fue
pasando de la admiración al júbilo, aunque todavía resultaba desagradable
recordar su invitación a retirarse del Long Dragon, y un recuerdo alterado de
lo que había sucedido y que había influido en sus colegas, le produjo cierta
risa. Era evidente que debía tener cuidado al elevar objetos que pudieran
romperse, pero, por otra parte, su don le prometía más y más a medida que le
daba vueltas en su cabeza. Intentó, entre otras cosas, aumentar su patrimonio
personal mediante modestos actos creativos. Creó un par de espléndidos gemelos
de diamantes, pero tuvo que aniquilarlos apresuradamente cuando vio aproximarse
al joven Gomshott hacia su escritorio. Temió que Gomshott pudiera preguntarse
cómo los había conseguido. Reflexionó y vio con bastante claridad que el
ejercicio de aquel don requería precaución y una cuidadosa vigilancia. Pero su
sentido común le decía que las dificultades que acompañaban su nueva habilidad
no serían mayores que las que ya había afrontado al estudiar la práctica del
ciclismo. Fue quizá esta analogía, así como la sensación de que no sería
bienvenido en el Long Dragon, lo que le indujo a ensayar unos cuantos milagros
en privado, después de cenar, en el callejón detrás de la fábrica de gas.
Había posiblemente cierto afán de originalidad en sus
tentativas, ya que, aparte de su poder, el señor Fotheringay no poseía ninguna
cualidad excepcional. Le vino a la memoria el milagro de la vara de Moisés,
pero la noche era oscura y poco propicia para encantar, como es debido, a las
grandes serpientes milagrosas. Entonces le vino a las mientes la historia de
«Tannhauser», que había leído en el reverso del programa de la Filarmónica.
Aquello le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón en el
césped que bordeaba la calle y ordenó florecer a aquella seca madera. En
seguida el ambiente se cargó de un agradable olor a rosas, y, con la ayuda de
una cerilla, pudo comprobar que aquel hermoso milagro se había realizado. Su
íntima complacencia fue interrumpida al oír unos pasos que se aproximaban.
Temeroso de que descubrieran demasiado pronto sus poderes, se dirigió a las
flores de su bastón y apresuradamente les ordenó:
—¡Idos! —aunque lo que él quiso decir fue «Volved a vuestro
antiguo estado»; evidentemente estaba aturdido. El bastón retrocedió a una
velocidad considerable, y a continuación se oyó un grito de dolor y cólera, y
un insulto procedentes de la persona que se aproximaba.
—¿Se ha vuelto usted loco para andar tirando zarzas a la gente?
¡Me ha dado en la espinilla!
—Lo siento, hombre —contestó el señor Fotheringay, cayendo en la
cuenta de lo torpe de la explicación; se pasó la mano nerviosamente por el
bigote y vio que Winch, uno de los tres alguaciles, se acercaba.
—¿Qué significa todo esto? —inquirió el alguacil—. ¡Ah! ¡Pero si
es usted, el caballero que rompió la lámpara en el Long Dragon!
—No tenía ninguna intención de hacerlo —contestó el señor
Fotheringay—. De veras, ninguna.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
—¡Oh! ¡Qué fastidio! —exclamó el señor Fotheringay.
—Sí, exacto, qué fastidio, ¿sabe que ese bastón me ha hecho
daño? ¿Por qué lo ha hecho?
En aquel momento, el señor Fotheringay no pudo pensar en ninguna
excusa. Su silencio irritó visiblemente al señor Winch.
—Esta vez ha agredido usted a la policía, ¡eso es lo que ha hecho!
—Verá, señor Winch —dijo el señor Fotheringay, molesto y
confundido—, lo siento mucho. El hecho es que...
—¿Y bien?
No pudo pensar en otra cosa que no fuera la verdad. Estaba
realizando un milagro. Intentó hablar de una forma coherente, pero, aunque lo
intentó, no pudo.
—¡Realizando un...! Vamos, no diga tonterías. ¡Conque realizando
un milagro...!, ¡un milagro! Ésta sí que es buena, pero, ¿acaso no era usted
quien no creía en los milagros...? Éste debe ser otro de sus estúpidos
trucos... ¡Sí señor, eso es lo que es! Ahora déjeme decirle...
Pero el señor Fotheringay no escuchó lo que el señor Winch iba a
decirle. Comprendió que le había revelado su secreto y que lo proclamaría a los
cuatro vientos. Una súbita rabia le incitó a actuar. Se volvió hacia el
alguacil y le dijo ferozmente:
—Estoy harto, ¿me oye?, ¡harto de todo esto! Ahora le voy a
enseñar uno de esos estúpidos trucos! ¡Verá! ¡Y ahora váyase al infierno!
Y se encontró de nuevo solo.
El señor Fotheringay no realizó mas milagros aquella noche, ni
tampoco se molestó en averiguar adonde había ido a parar su bastón florecido.
Regresó a la ciudad, asustado y muy silencioso. Se encerró en su habitación.
—¡Señor! —exclamó—. ¡Es un don poderoso, un don extremadamente
poderoso! Yo no pretendía tanto. De veras que no... ¡Me pregunto cómo será el
infierno!
Se sentó en el borde de la cama y se quitó las botas. Tuvo la
feliz ocurrencia de trasladar al alguacil desde el infierno hasta San
Francisco, y sin volver a interferir el orden natural de las cosas, se metió
tranquilamente en la cama. Durante la noche soñó con la cólera de Winch.
Al día siguiente, el señor Fotheringay oyó dos noticias
interesantes, alguien había plantado un rosal hermosísimo en la parte trasera
de la casa privada del viejo señor Gomshott, en la calle Lullaborough, y la
otra era que habían estado rastreando el río hasta Rawling's Mili, en busca del
alguacil Winch.
El señor Fotheringay estuvo abstraído durante todo el día, y no
realizó ningún milagro más, a excepción de algunas provisiones para Winch y del
milagro de terminar con celeridad y pulcritud su trabajo del día, a pesar del
enjambre de ideas que zumbaban en su mente. La extraordinaria abstracción y
suavidad de sus modales fueron comentadas por muchas gentes, y fue motivo de
burla. Pero la mayor parte del tiempo, él pensaba en Winch.
El domingo por la tarde, se dirigió a la capilla, donde el señor
Maydig, que se interesaba algo por el ocultismo, predicaba, harto
sorprendentemente, sobre «aquellas cosas que se apartan de la ley». El señor
Fotheringay, que no asistía con regularidad a la capilla, sintió que su
escepticismo, al que ya he aludido, no fue hondamente perturbado. El contenido
del sermón arrojó una luz enteramente nueva sobre sus dones recién adquiridos,
y de repente, decidió consultar al señor Maydig en cuanto acabase el servicio.
Y en el momento de tomar la decisión, se preguntó cómo esta idea no se le
habría ocurrido antes.
Al señor Maydig, que era un hombre enjuto y nervioso, con unas
muñecas y un cuello extraordinariamente largos, le halagó profundamente que un
joven, cuyo escaso interés por los asuntos religiosos era de todos conocido y
criticado, pidiese una consulta privada con él. Una vez despachados unos
pequeños e ineludibles contratiempos, le condujo al estudio de la rectoría
contiguo a la capilla, le ofreció acomodo; y de pie frente al fuego de una
reconfortante chimenea (sus piernas dibujaban una sombra arqueada en la pared
opuesta), pidió al señor Fotheringay que le expusiera su problema.
Al principio, el señor Fotheringay se sintió un poco avergonzado
y le resultó difícil entablar la conversación.
—Me temo que usted no me va a creer, señor Maydig...
Durante un rato estuvo diciendo cosas por el estilo. Por fin lo
intentó con una pregunta. Le preguntó al señor Maydig su opinión sobre los
milagros.
El señor Maydig estaba todavía diciendo «Y bien», en un tono
extremadamente juicioso, cuando el señor Fotheringay le interrumpió nuevamente:
—Supongo que usted no cree que cierta clase de personas,
vulgares y corrientes, como yo, por ejemplo, pueda estar sentada aquí y ahora
como yo lo estoy, y sea capaz de realizar ciertas cosas mediante un acto
exclusivo de volición.
—Es posible —dijo el señor Maydig—. Algo parecido, sí, quizá sea
posible.
—Si yo pudiera realizarlo aquí, libremente, con algún objeto...
creo que puedo demostrárselo con un experimento —dijo el señor Fotheringay—.
Ahora, coja esta pipa que hay encima de la mesa, por ejemplo. Lo que quiero
saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Espere medio
minuto, señor Maydig, por favor.
Frunció el ceño, señaló la pipa y dijo:
—Conviértete en un jarrón con violetas.
La pipa se convirtió en lo que él había ordenado.
El señor Maydig se sobresaltó violentamente al ver la
transformación, y permaneció mirando alternativamente al taumaturgo y al jarrón
No dijo nada. De repente, osó inclinarse sobre la mesa y oler las violetas;
eran flores recién cortadas y de las más exquisitas. Luego volvió a mirar al
señor Fotheringay.
—¿Cómo lo ha hecho? —inquirió.
El señor Fotheringay se retorció el bigote.
—Me bastó con ordenarlo... y ya está. ¿Se trata de un milagro,
magia negra o qué es? ¿Qué cree usted que me pasa? Esto es lo que quería
preguntarle.
—Es el suceso mas extraordinario que he visto.
—Hace exactamente una semana ignoraba, tanto como usted, que era
capaz de ciertas cosas. Hay algo extraño a mi voluntad, supongo, y esto es
cuanto puedo decirle.
—¿Es esto lo único que puede hacer o es capaz de realizar
también otras cosas?
—¡No! —contestó el señor Fotheringay—. Puedo hacer muchas más
cosas. —Reflexionó y de pronto recordó un conjuro que había visto en un
espectáculo—. ¡Tú! —señaló—, transfórmate en una pecera con un pez... no, eso
no, transfórmate en una pecera de cristal, llena de agua, con una carpa dentro
nadando en su interior. ¡Esto está mejor! ¿Ha visto esto, señor Maydig?
—Es impresionante, es increíble. Es usted el más
extraordinario... Pero no...
—Podría convertirlo en cualquier cosa —dijo el señor
Fotheringay—. En cualquier cosa. ¡Venga! ¡Conviértete en una paloma!
Al instante, una paloma azulada estaba revoloteando por la
habitación, obligando al señor Maydig a esconder la cabeza bajo el brazo cada
vez que pasaba junto a él.
—¡Detente allí! —ordenó el señor Fotheringay, y la paloma se
quedó inmóvil en el aire—. Podría volver a transformarte en un jarrón con gores
—dijo, y luego de colocar la paloma sobre la mesa, realizó el milagro.
—Supongo que querrá usted su pipa en seguida, ¿no?
Y la pipa apareció de nuevo.
El señor Maydig había seguido estas últimas transformaciones con
una devoción silenciosa. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con suma
cautela, recogió su pipa, la examinó y la colocó sobre la mesa.
—¡Vaya! —fue cuanto alcanzó a decir.
—Ahora, después de todo esto resulta más fácil explicar para qué
he venido —dijo el señor Fotheringay—, y a continuación procedió a narrar con
prolijidad y dramatismo sus extrañas experiencias, empezando por el asunto de
la lámpara del Long Dragon, y enmarañándose en continuas alusiones a Winch. A
medida que iba avanzando, el orgullo momentáneo que le había producido la
consternación del señor Maydig, iba desapareciendo. Volvió a ser el vulgar
señor Fotheringay de todos los días. El señor Maydig le escuchaba con atención,
con la pipa en la mano, y su expresión también fue cambiando en el transcurso
del relato. Mientras el señor Fotheringay estaba hablando sobre el milagro del
tercer huevo, el pastor le interrumpió bruscamente, agitando su mano.
—Es posible —dijo—. Es verosímil, es asombroso, desde luego,
pero conlleva un buen número de dificultades. El poder para realizar milagros
es un don, una cualidad única, como el genio o el conocimiento del futuro, que
sólo les ha sido dado poseerlo a unos cuantos seres excepcionales. Pero este
caso... Siempre me han maravillado los milagros de Mahoma, y los de Yogi, y los
de la señora Blavatsky. ¡Claro, claro que sí! ¡Es un don! Verifica de una forma
hermosa las hipótesis de aquel pensador —el señor Maydig bajó la voz— ...su
alteza el duque de Argyll. Con ello desvelamos una ley más profunda, más
recóndita que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí, prosiga, ¡prosiga!
El señor Fotheringay procedió a relatarle su percance con Winch,
y el señor Maydig, libre ya de toda cohibición o temor, empezó a agitar los
brazos y a dar curso libre a sus emociones.
—Esto es lo que mas me inquieta —prosiguió el señor
Fotheringay—; es por ello por lo que quiero un consejo. Sin duda está en San
Francisco (dondequiera que esté San Francisco), pero con toda evidencia un
asunto peliagudo para nosotros dos, como podrá ver, señor Maydig. No veo el
modo de que alcance a comprender lo ocurrido y YO diría que está horriblemente
atemorizado y exasperado, y que debe de estar persiguiéndome. Estoy convencido
de que él está intentando ponerse en marcha para venir aquí; por eso yo le
mando otra vez de regreso, mediante un nuevo milagro, en cuanto me acuerdo.
Con toda segundad, esto es algo que jamás logrará entender, y
esto le hará sufrir; además, si cada vez que intenta escapar, saca un billete,
le va a resultar muy caro. He hecho cuanto he podido por él, pero a él, en
cambio, le es difícil ponerse en mi lugar. Pensé también que sus ropas podrían
haberse chamuscado, ya sabe... si el infierno es como nos lo han pintado...
antes de llegar a San Francisco, y en este caso me temo que lo habrán
encerrado. Como ve, estoy en un lío espantoso...
El señor Maydig le miraba seriamente.
—Ya veo que está usted en una situación difícil, ¿cómo va a
poner término a todo esto? —preguntó. Hablaba con vaguedad, dejando las ideas
en suspenso.
—Pero dejemos a Winch un momento y discutamos la cuestión
principal. No creo que sea éste un caso de magia negra ni nada por el estilo.
No veo que haya ningún rastro de criminalidad en ello, en absoluto, señor
Fotheringay; nada, a menos que me esté usted ocultando algún hecho, algún hecho
material. No, son milagros, puros milagros, milagros, sí, si puedo decirlo así,
y de primerísima clase.
Empezó a pasear por la alfombrilla que había junto a la chimenea
y a gesticular, mientras el señor Fotheringay apoyaba su brazo sobre la mesa y
la cabeza sobre su barbilla, visiblemente preocupado.
—No sé cómo voy a solucionar lo de Winch —dijo.
—Un don para realizar milagros, un don aparentemente muy
poderoso —dijo el señor Maydig—. Ya encontraremos algún modo de arreglar lo de
Winch, no tema. Mi querido señor, es usted un hombre muy importante, un hombre
con unas posibilidades asombrosas, esto es evidente. Y de otro lado, las cosas
que usted puede hacer...
—Sí, he pensado en una o dos —dijo el señor Fotheringay—, Pero
algunas cosas quedaron un poco deformadas. ¿Vio usted aquel pez al principio?
No era una pecera normal, ni el pez tampoco. Pensé que podría consultar a
alguien sobre el particular.
—Un sistema apropiado —dijo el señor Maydig—, un sistema muy
apropiado. Definitivamente, el sistema mas apropiado. —Se detuvo y miró al
señor Fotheringay—. Es un don prácticamente ilimitado. Examinemos sus poderes,
por ejemplo, si son realmente... si son realmente lo que parecen ser.
Y así, por increíble que parezca, en el estudio de la pequeña
casa detrás de la capilla congregacional, en la tarde del 10 de noviembre de
1896, el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a
hacer milagros. Al lector le habrá llamado la atención, sobre todo, la fecha.
Objetará, probablemente ya habrá objetado, que algunos puntos en esta historia
son inverosímiles, que sí algo parecido a lo que se ha descrito hubiese,
efectivamente, ocurrido, habría salido en los periódicos del año pasado. Los
detalles que siguen a continuación seguramente los encontrará difíciles de
aceptar, porque, entre otras cosas, llevan a la conclusión de que él o ella, el
lector en cuestión, debe haber muerto asesinado de forma violenta y sin
precedentes, hace más de un año. Ahora bien, un milagro sólo lo es por su
inverosimilitud, y en realidad, el lector fue asesinado hace un año de forma
violentísima y sin precedentes. Ello se pondrá de manifiesto y resultará del
todo verosímil en las páginas siguientes de este relato, como todo lector en su
sano juicio admitirá. Pero éste no es el momento de contar el fin de esta
historia, nos hallamos únicamente en la parte central. En un principio, los
milagros realizados por el señor Fotheringay eran insignificantes y tímidos,
consistieron en pequeños cambios con las copas y el mobiliario del locutorio,
tan endebles como los milagros de los teosofistas, aunque, a pesar de su
endeblez, eran recibidos con un temor reverencial por su colaborador. Él
hubiera preferido resolver el asunto de Winch, pero el señor Maydig no le dejó.
Después de que hubieron realizado una docena de estas trivialidades caseras,
desarrollaron su poder, su imaginación empezó a dar señales de una estimulación
superior, y su ambición creció. El primer milagro de envergadura se debió al
hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves. Los alimentos
a los que tenía acostumbrado el pastor al señor Fotheringay eran ciertamente
poco apetitosos como refrigerio para dos hacedores de milagros. Estaban
sentados, haciendo comentarios, con pesar mas que ira sobre el ama de llaves y
lo que ésta había traído como cena.
—¿No cree, señor Maydig, que sería una indiscreción que yo...?
—Mi querido señor Fotheringay, ¡pues claro que no! ¡Adelante!
El señor Fotheringay agitó la mano.
—¿Qué podríamos tomar? —preguntó, sintiéndose dadivoso, e
inspeccionó el menú que había pedido—. A mi gusto —dijo echando un vistazo a la
selección del señor Maydig—, siempre me ha gustado beber una buena jarra de
cerveza con una buena tostada recubierta de queso fundido, y esto es lo que voy
a pedir; no soy muy aficionado al Borgoña —dijo, e inmediatamente, la cerveza y
la tostada aparecieron. Hablaron largo y tendido durante la cena, y, de
repente, el señor Fotheringay percibió con cierta sorpresa y complacencia todos
los milagros que harían en breve.
—Y por cierto, señor Maydig —dijo el señor Fotheringay—, quizá
podría ayudarle, de una forma casera, quiero decir.
—No acabo de entenderle —dijo el señor Maydig, vaciando el vaso
del milagroso Borgoña añejo.
El señor Fotheringay se sirvió una segunda ración de tostada,
llenándose la boca.
—Estaba pensando —dijo— que podría (ñam, ñam) realizar un
milagro (ñam, ñam) con la señora Minchin (ñam, ñam), hacer de ella una . mujer
mejor.
El señor Maydig dejó el vaso sobre la mesa y le miró con aire
dubitativo:
—Ella es, ella... se opone rotundamente a que se inmiscuyan en
su vida, señor Fotheringay, y de hecho, son más de las once y estará ya
durmiendo. ¿Cree usted que podría... en resumidas cuentas...?
El señor Fotheringay sopesó estas objeciones.
—No veo por qué no podría hacerlo, aunque esté durmiendo.
Por un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea, pero al final,
cedió. El señor Fotheringay dio sus órdenes, y un tanto incómodos, quizá, los
dos caballeros se dispusieron a seguir comiendo. El señor Maydig empezó a
conjeturar sobre los cambios que se habrían operado en su ama de llaves al día
siguiente, con un optimismo que incluso a los sentidos extraordinarios del
señor Fotheringay les pareció un poco exagerado y morboso, cuando, de pronto,
se oyeron unos ruidos confusos que provenían del piso de arriba. Sus ojos se
miraron interrogantes; el señor Maydig salió de la habitación apresuradamente.
El señor Fotheringay le oyó llamar al ama de llaves, y a continuación, sus
pasos yendo suavemente hacia ella.
Al cabo de un minuto, más o menos, el pastor regresó, despacio y
con una expresión radiante.
—Maravilloso —dijo—. ¡Y conmovedor! ¡Muy conmovedor!
Empezó a pasear sobre la alfombra que había junto a la chimenea.
—Qué arrepentimiento, qué arrepentimiento tan impresionante...
lo vi a través de la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Qué cambio tan
maravilloso! Se había levantado, seguramente se levantó de inmediato. Se había
despertado con la intención de destruir la botella de coñac que escondía en una
caja. ¡Y para confesarlo incluso!... Pero esto nos ofrece, nos abre el mas
impresionante repertorio de posibilidades. Si podemos operar este milagro en
ella...,
—Al parecer, el asunto es ilimitado —dijo el señor Fotheringay—.
Y sobre el señor Winch...
—Sí, decididamente, ilimitado. —Desde la alfombra que había
delante de la chimenea, el señor Maydig, dejando a un lado el problema de
Winch, expuso una serie de maravillosas propuestas, propuestas que él iba
inventando, mientras hablaba.
Pero estas propuestas no interesan ahora, ni están en relación
alguna con la parte principal de este relato. Baste con decir que fueron
concebidas con infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía
llamarse posprandial. Baste asimismo con decir que el problema de Winch se
quedó sin resolver. Tampoco es necesario describir hasta qué punto se
cumplieron las propuestas. Hubo transformaciones sorprendentes. El alba
sorprendió al señor Maydig y al señor Fotheringay corriendo por la plaza del
mercado, bajo la Luna, con mucho frío, en una especie de éxtasis, el señor
Maydig, todo gesto y abrigo, el señor Fotheringay, bajo y con el pelo erizado,
y sin estar ya avergonzado de su grandeza. Habían redimido a los borrachos del
grupo parlamentario, convirtieron toda la cerveza y el alcohol en agua (el
señor Maydig había decidido en contra del señor Fotheringay en este punto),
posteriormente, habían mejorado notablemente ¡a comunicación ferroviaria del
lugar, vaciaron el pantano de Flinder, mejoraron el terreno de One Three Hill y
curaron la verruga del vicario. Se dispusieron a ver lo que podría hacerse con
el embarcadero deteriorado de South Bridge.
—El lugar —dijo entrecortadamente el señor Maydig— será
irreconocible mañana. ¡Qué sorpresa se van a llevar todos y cómo lo van a
agradecer! —En aquel preciso momento, el reloj de la iglesia señalaba las tres.
—Son las tres —dijo el señor Fotheringay—, tengo que irme. Tengo
que estar en el trabajo antes de las ocho. Y por otro lado la señora Wimms..
—Pero si no estamos mas que empezando —dijo el señor Maydig, con
la infinita dulzura que le confería su ilimitado poder—. Estamos sólo
empezando. Piense en todas las buenas acciones que hemos hecho. Cuando la gente
se despierte...
—Pero... —dijo el señor Fotheringay.
El señor Maydig agarró su brazo de repente. Sus ojos brillaban.
—Mi querido muchacho —dijo—, no hay ninguna prisa, mira. —Señaló
a la Luna en su cénit...— ¡Josué!
—¿Josué? —preguntó el señor Fotheringay.
—Josué —dijo el señor Maydig—. ¿Por qué no? ¡Detenía!
El señor Fotheringay miró hacia la Luna.
—Está un poco alta —dijo tras una pausa.
—¿Por qué no? —preguntó el señor Maydig—. Desde luego, no se
detiene, usted sólo detiene la rotación de la Tierra, ¿sabe? El tiempo se
detiene. No perjudicamos a nadie.
—¡Hum! —dijo el señor Fotheringay—. Bien. —Suspiró—. Lo
intentaré, a ver ahora...
Se abotonó el abrigo y se dirigió hacia el globo habitable con
una actitud de confianza, que le confería su poder.
—¡Detén tu rotación! —ordenó el señor Fotheringay.
Al instante se encontró volando precipitadamente a través del
aire a razón de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables
círculos que iba describiendo por segundo, pudo pensar; pensar es maravilloso,
a veces el pensamiento fluye lentamente, otras, tan raudo como la luz. Pensó en
un segundo y deseó:
—¡Déjame volver abajo sano y salvo! No importa lo que pase en
adelante, ¡déjame volver abajo sano y seguro!
Lo deseó justo a tiempo, porque sus ropas, calentadas debido a
su rápido vuelo a través del aire, empezaban a chamuscarse. Descendió; el
impacto del aterrizaje, sobre lo que resultó ser un montón de tierra recién
removida, fue brusco aunque en modo alguno doloroso. Una gran masa de metal y
ladrillos, de extraordinario parecido con el reloj en medio de la plaza del
mercado, cayó al suelo muy cerca de él, se desplomó y rebotó por encima de su
cabeza; y, como una bomba al estallar, voló por los aires hasta caer entre los
escombros de piedra, hierro y ladrillos. Una vaca que iba lanzada por los aires
cayó encima de uno de los grandes montones y estalló como un huevo. Hubo un
estallido tan estrepitoso que, en comparación, incluso los más espectaculares
que había visto en su vida le parecieron el ruido que hace el polvo al caer. Le
siguieron una serie de estallidos gradualmente menores. Un viento horrible
rugió en el cielo y en la tierra, de forma que apenas pudo levantar la cabeza
para mirar. Por unos momentos se quedó sin respiración y tan aturdido que ni
siquiera podía ver dónde estaba ni lo que estaba sucediendo. Y su primer
impulso fue palparse la cabeza y asegurarse de que el pelo erizado que estaba
tocando era el suyo propio.
—¡Señor! —exclamó el señor Fotheringay, sin poder apenas hablar,
debido al temporal—. ¡He sobrevivido! ¿Qué ha ocurrido? Tormentas y truenos. Si
hace sólo un momento había una noche serena. Fue Maydig quien me embarcó en
esto. ¡Qué viento! ¡Si me quedo aquí, voy a sufrir un estrepitoso accidente,..!
¿Dónde está Maydig? ¡En qué caos se ha sumido todo!
Se miró hasta donde las haldas del abrigo le permitieron. La
apariencia de las cosas era realmente muy extraña.
—El cielo no parece alterado, de todas formas —dijo el señor
Fotheringay con júbilo—. Creo que está todo en orden. Incluso allí parece que
se aproxima un terrible temporal. Pero la Luna está allí arriba justo como hace
unos instantes. Brillante como la luz del mediodía. Pero, por lo demás...
¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde está, dónde está todo? Y ¿cómo ha podido formarse
este horrible viento? Yo no ordené ningún viento.
El señor Fotheringay hizo vanas tentativas de ponerse en pie;
por lo que permaneció a gatas a la espera. Inspeccionaba el mundo a la luz de
la Luna, con la parte trasera de su abrigo cayéndole sobre la cabeza.
—Algo va mal —dijo el señor Fotheringay—. Pero sólo Dios sabe de
qué se trata.
Nada podía verse en ninguna dirección, bajo el blanco
resplandor, a través de la neblina de polvo arrastrado por el viento que rugía,
sólo veía cómo montones de tierra revuelta y montones de ruinas incipientes se
desplomaban. No habían árboles, ni casas, ni formas que le resultaran
familiares; sólo un desorden salvaje, que desapareció finalmente en la
oscuridad, tragado por los remolinos, las corrientes, y los rayos y truenos de
una tormenta que se desató raudamente. Cerca de él, en la luz más pálida, había
algo que pudo haber sido alguna vez un olmo y que ahora no era más que un
montón de astillas, los restos de un árbol hecho añicos desde las ramas a la
base, y más allá, surgió una masa de vigas de hierro retorcidas, que a todas
luces había sido un viaducto.
Como puede verse, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación
del globo terráqueo, no especificó nada sobre los objetos ligeros que se mueven
sobre su superficie. Y la Tierra gira a una velocidad tal que la superficie en
su ecuador viaja a algo más de 1.000 millas por hora, y en las distintas
latitudes, a más de la mitad de esa velocidad. Por eso el pueblo, el señor
Maydig, el señor Fotheringay y todas las personas y cosas, habían sido
despedidas violentamente por una fuerza centrífuga, a una velocidad de unas
nueve millas por segundo, es decir, mucho más violentamente que si hubieran
sido disparadas por un cañón. Y todo ser humano, toda criatura viviente, casa o
árbol, y todo el mundo, tal como lo conocemos, había sido también lanzado,
aplastado y totalmente destruido. Eso era todo.
El señor Fotheringay, desde luego, no apreciaba estas cosas en
su totalidad. Pero percibía que su milagro se había malogrado, y aquello le
hizo sentir una gran aversión hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras,
porque el cielo se había cubierto de nubes que escondieron el resplandor fugaz
de la Luna; las tortuosas formas del granizo, caprichosamente cambiantes,
poblaban el aire. El enorme rugido del viento y del agua llenaba el cielo y la
tierra; sus ojos, bajo la mano que le protegía del polvo y del aguanieve,
percibieron, a barlovento, y gracias a la luz intermitente de los relámpagos,
cómo un inmenso muro de agua avanzaba en dirección hacia él.
—¡Maydig! —gritó la voz debilitada del señor Fotheringay en
medio del alboroto de las fuerzas de la naturaleza—. ¡Aquí, Maydig! ¡Detente!
—chilló el señor Fotheringay al agua que avanzaba—. ¡Por Dios, detente! Un
momento —dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos—. Deteneos un momento
mientras ordeno mis pensamientos... y ahora, ¿qué hago? —se preguntó—, ¿y ahora
qué hago, Dios mío? ¡Ojalá Maydig estuviera cerca! Ya sé —se dijo—. ¡Y por Dios
todopoderoso, esta vez quiero hacerlo bien!
Permanecía a gatas, resguardándose del viento, concentrándose
Para hacerlo todo bien.
—¡Ah! —exclamó—, que nada de lo que voy a ordenar ocurra antes
de que diga ¡Fuera!... ¡Dios mío! ¿Por qué no reparé en ello antes?
La entonación de su voz cambió al acercársele el remolino,
gritando más y más alto con el vano deseo de escucharse a sí mismo.
—¡Ahora, ahí va! ¡Ten en cuenta lo que acabo de decir hace un
momento. En primer lugar, cuando se haya realizado todo cuanto tengo que decir,
quiero desprenderme de mi milagroso poder, que mis deseos sean como los de cualquier
ser humano, como los que yo tenía antes, y que todos estos peligrosos milagros
se detengan. No me gustan. Hubiera preferido no haberlo hecho. Esto es lo
primero. Y lo segundo es que quiero volver hacia atrás, y detenerme en el
instante en que precedió a los milagros. Permite que todo sea tal y como fue
antes de que aquella bendita lámpara se diera la vuelta. Será una empresa
ardua, pero será la última, ¿lo has entendido? Que se acaben os milagros, que
todo sea tal y como fue y que yo regrese al Long Dragon en el momento en que me
disponía a beber mi caña. ¡Sí! ¡Eso es!
Hundió sus dedos en el barro. Cenó sus ojos y dijo:
—¡Fuera!
Todo volvió a quedar perfectamente en calma. Se dio cuenta de
que volvía a estar de pie, en posición erecta.
—...Así que usted cree que... —dijo una voz.
Abrió los ojos. Estaba en el bar Long Dragon, discutiendo de
milagros con Toddy Beamish. Tuvo la vaga sensación de que algo muy importante
se le había, de repente, olvidado. Con la excepción de la pérdida de sus
poderes milagrosos, todo volvía a ser como antes había sido. Su pensamiento y
su memoria volvían a ser en ese momento los mismos que habían sido en el punto
en el que esta historia empezó. Por lo tanto, él no sabía, ni sabe todavía hoy,
nada de cuanto aquí se ha dicho. Y, entre otras cosas, desde luego, seguía sin
creer en los milagros.
—Yo le digo que los milagros, hablando con propiedad, no pueden
producirse —dijo—. A pesar de lo que usted sostenga, estoy preparado para
demostrarlo hasta sus últimas consecuencias.
—Eso es lo que usted cree —dijo Toddy Beamish.
—Demuéstrelo, si es capaz.
—Vamos a ver, señor Beamish —dijo el señor Fotheringay.
—Definamos, sin ambigüedades, qué es un milagro. Es algo que se
opone al curso de la naturaleza, y es el resultado del poder de la voluntad; es
algo que...
El bazar mágico
En varias ocasiones había visto desde lejos el bazar mágico. Una
o dos veces pasé ante él y descubrí un escaparate en el que se exponían
pequeños objetos seductores: pelotas mágicas, gallinas mágicas, conos
maravillosos, muñecas ventrílocuas, el material para hacer el truco del cesto,
paquetes de cartas que parecían normales y toda esa clase de cosas. Pero nunca
pensé entrar hasta que un día, casi sin avisar, Gip me llevó de un dedo hasta
el escaparate y se portó de tal forma que no hubo más remedio que visitar el
establecimiento. No recordaba que estuviera precisamente allí, si he de decir
la verdad: una fachada de tamaño modesto en Regent Street, entre la tienda de
cuadros y el lugar donde corrían los polluelos recién salidos de unas
incubadoras patentadas; pero allí estaba, en efecto. Creí que se hallaba más
cerca del Circus, o doblando la esquina de Oxford Street, o incluso en Holborn;
siempre estuvo a trasmano, un poco inaccesible, con algo de espejismo en su
posición; pero allí se encontraba ahora, indiscutiblemente, y la gordezuela
yema del índice de Gip hizo ruido sobre el cristal.
—Si yo fuera rico —dijo Gip, señalando con un dedo «el huevo que
desaparece»—, me compraría eso. Y eso —que era «la muñeca que llora, muy
humana»— y eso —un misterio que se llamaba, según una tarjeta muy bien hecha,
«compre una y asombre a sus amigos».
—Todo —concluyó Gip— desaparecería bajo uno de estos conos. Lo
he leído en un libro. Y ahí, papaíto, está el medio penique que desaparece,
pero lo han puesto de una forma que no podemos ver cómo está hecho.
Gip, aquel querido niño, había heredado la educación de su
madre, no se propuso entrar en la tienda ni molestar de ninguna manera; eso
inconscientemente, arrastró mi dedo hacia la puerta y puso de manifiesto qué
atraía su interés.
—Eso —dijo, y señaló la «botella mágica».
—¿Y si te llevaras eso? —le pregunté.
Y ante esta prometedora pregunta levantó los ojos con un
repentino resplandor.
—Podría enseñárselo a Jessie —explicó, atento como siempre con
os demás.
—Faltan menos de tres meses para tu cumpleaños, Gibbles. —Y puse
la mano en el picaporte. Gip no contestó, pero apretó con mas fuerza mi dedo,
así que entramos en la tienda.
Aquél no era un bazar corriente, sino un bazar mágico, y toda la
alegre iniciativa que Gip hubiera tomado ante una simple exposición de juguetes
no se manifestó. Dejó a mi cargo la conversación.
Era un bazar pequeño y estrecho, no muy bien iluminado, y la
campanilla de la puerta produjo una nueva nota quejumbrosa cuando la cerramos a
nuestras espaldas. Por un momento permanecimos solos y pudimos mirar a nuestro
alrededor. Había un tigre de papier-maché en el largo cajón de cristal que
cubría un mostrador bajo; un tigre serio, de ojos amables, que movía la cabeza
metódicamente. Había varias esferas de cristal, una mano de porcelana que
sostenía cartas mágicas, una serie de peceras también mágicas, de diversos
tamaños, y un impúdico sombrero asimismo mágico que mostraba desvergonzadamente
sus muelles. En el suelo había espejos mágicos; uno nos reflejaba largos y
delgados; otro nos hinchaba la cabeza y hacía desaparecer las piernas; y otro
le hacía parecer a uno bajo y gordo como un barril. Y mientras nos reíamos
mirándonos en él, llegó el que, al parecer, era el dueño del bazar.
En todo caso, allí estaba, detrás del mostrador: un hombre
curioso, cetrino, moreno, con una oreja mas grande que la otra y una barbilla
como la puntera de una bota.
—¿En qué podemos servirle? —preguntó, extendiendo sus largos
dedos mágicos sobre el cristal del mostrador; y así, con un sobresalto, fuimos
conscientes de su presencia.
—Quiero comprar a mi hijo unos cuantos trucos sencillos.
—¿Prestidigitación? ¿Trucos mecánicos? ¿Domésticos?
—Algo que sea divertido.
—¡Hum! —murmuró el tendero, y se rascó la cabeza como si
estuviera pensando. Entonces, de forma muy evidente, sacó de su cabeza una bola
de cristal—. ¿Algo así? —preguntó, y nos la tendió.
La acción fue inesperada. Yo ya había visto el truco infinidad
de veces en distintos espectáculos —forma parte del programa corriente de los
prestidigitadores—, pero no lo esperaba allí.
—Es bueno —afirmé con una carcajada.
—¿Verdad que sí?
Gip alargó la mano suelta para coger aquel objeto y encontró
sólo una palma vacía.
—Está en tu bolsillo —dijo el tendero: ¡y allí estaba!
—¿Cuánto cuesta? —pregunté.
—No cobramos las bolas de cristal —explicó el tendero
cortésmente—. Las conseguimos gratis —añadió sacando otra del codo.
Se sacó otra de la nuca y la dejó junto a la anterior, sobre el
mostrador. Gip contemplaba prudentemente su bola de cristal, después dirigió
una mirada inquisitiva a las dos de encima del mostrador y, por fin, clavó sus
ojos desorbitados y escrutadores en el tendero, que le sonrió.
—Puedes quedarte también con ésas y, si no te importa, una de mi
boca. ¡Así!
Gip me consultó por un momento sin palabras, y entonces, en
medio de un profundo silencio, separó las cuatro bolas, volvió a agarrar mi
dedo tranquilizador y se dispuso a presenciar el siguiente acontecimiento.
—Conseguimos todos nuestros trucos menores de esta forma
—observó el tendero.
Yo reí como quien celebra una broma.
—En lugar de ir al mayorista —dije—. Claro; es mas barato.
—En cierto modo —contestó el tendero—. Aunque al final pagamos.
Pero no tanto... como cree la gente... Nuestros trucos grandes, nuestras
provisiones diarias y todas las demás cosas que deseamos las sacamos de aquel
sombrero... Y ¿sabe, señor? Si me disculpa que se lo diga, no hay un comercio
al mayor; no lo hay para las mercancías mágicas genuinas, señor. No sé si ha
reparado en nuestro nombre: El Bazar Mágico Auténtico.
Se sacó una tarjeta comercial de la mejilla y me la tendió
—Auténtico —añadió señalando la palabra con el dedo—. No hay
engaño alguno, señor.
Pensé que parecía llevar la broma demasiado lejos.
Se volvió hacia Gip con una sonrisa de singular afabilidad
—Tú, para que lo sepas, eres un chico perfecto.
Me sorprendió que supiera esto porque, por cuestiones de
disciplina, lo manteníamos en secreto incluso en casa; pero Gip acogió aquellas
palabras con un impávido silencio, manteniendo la mirada fija en el tendero.
—Solamente los chicos perfectos cruzan este umbral.
Y para corroborar lo que acababa de decir, llegó un ruido de la
puerta y se oyó vagamente una vocecita chillona:
—¡Yo quiero entrar ahí, papá, quiero entrar ahí! ¡Ba-a-a-ah!
Y a continuación la voz quejumbrosa de un padre agobiado que
:ataba de consolar y aplacar al niño:
—Está cerrado, Edward.
—Pero no está cerrado —observé yo.
—Lo está, señor —objetó el tendero—; siempre lo está para esa
clase de niños.
Y mientras hablaba vislumbramos al jovenzuelo: una cara blanca,
cálida por comer dulces y alimentos demasiado sazonados, deformada por la
cólera; un pequeño egoísta despiadado dando zarpazos en el cristal encantado.
—No vale la pena, señor —dijo el tendero, cuando yo me dirigía,
con mi natural amabilidad, hacia la puerta.
Vi cómo se llevaban al niño mimado, chillando. Respirando más
libremente, pregunté:
—¿Cómo puede usted hacer eso?
—¡Magia! —respondió el tendero, con un movimiento descuidado de
la mano.
Y, ¡oh!, de sus dedos brotaron chispas de colores que se
desvanecieron en las sombras del bazar.
—¿Estabas diciendo, antes de entrar aquí —dijo, dirigiéndose a
Gip—, que te gustaría una de nuestras cajas «compre una y asombre a sus
amigos»?
Gip, haciendo un valeroso esfuerzo, reconoció:
—Sí.
—Está en tu bolsillo.
E inclinándose sobre el mostrador —tenía en verdad un cuerpo
extraordinariamente largo— aquel asombroso personaje hizo aparecer el artículo
por el sistema habitual de los prestidigitadores.
—Papel —dijo. Y cogió una hoja del sombrero de muelles vacío—.
Cordel —y de su boca manó un cordel inacabable, que cuando tuvo atado el
paquete cortó con los dientes y, según me pareció, se tragó el ovillo. A
continuación encendió una vela en la nariz de una de las muñecas, metió uno de
sus dedos (que ahora tenía un color rojo lacre) en la llama y así lacró el
paquete.
—Ahora falta «el huevo que desaparece».
Extrajo uno de mi abrigo y lo empaquetó, así como «la muñeca que
llora, muy humana». Yo tendía cada uno de los paquetes a Gip, a medida que
estaban hechos, y él los apretaba contra su pecho. Faltaba poco, pero sus ojos
eran elocuentes, y no lo era menos el apretón de sus brazos. Era presa de
emociones indescriptibles, Éstas eran magias verdaderas.
Entonces, con un sobresalto, descubrí que algo se movía en mi
sombrero, algo suave y nervioso, Me lo quité rápidamente, y una paloma de
collarín —un cómplice, sin duda— salió, corrió por el mostrador
y desapareció, imagino que dentro de una caja de cartón tras el
tigre de papier-maché.
—¡Tut, tut! —exclamó el tendero, librándome hábilmente de mi
tocado—- Ave descuidada, y además ¡está empollando!
Sacudió mi sombrero e hizo caer en su mano extendida dos o tres
huevos, una canica grande, un reloj, media docena de las inevitables bolas de
cristal y el papel rizado, arrugado —en mas y más y mas cantidad—, mientras
hablaba todo el rato sobre la forma en que la gente se olvida de cepillar sus
sombreros por dentro igual que por fuera; con cortesía desde luego, pero
refiriéndose indirectamente a mí.
—Toda clase de cosas, señor... No usted, desde luego, en
particular... Casi todos los clientes... Asombroso lo que pueden llevar con
ellos... —El papel rizado seguía saliendo y se amontonaba en el mostrador mas,
más y más, hasta casi ocultar al hombre y hasta ocultarlo al fin completamente.
Su voz proseguía:
—No sabemos bien lo que la buena apariencia de un ser humano
puede llegar a esconder, señor. Y entonces todos nosotros no somos mas que
exteriores cepillados, sepulcros blanqueados...
Su voz se detuvo, exactamente igual que si uno alcanza el
gramófono de un vecino con un ladrillo bien dirigido; el mismo silencio
instantáneo. El crujido del papel se detuvo y todo quedó mudo...
—¿Ha terminado con mi sombrero? —pregunté, al cabo de un
momento.
No obtuve respuesta.
Miré a Gip y Gip me miró a mí; y veíamos en los espejos mágicos
nuestras imágenes deformadas, que parecían extrañas, graves, tranquilas...
—Creo que vamos a marcharnos —decidí—. ¿Puede decirme cuánto es
todo esto? Digo —insistí, en un tono de voz bastante mas alto— que quiero la
cuenta; y mi sombrero, por favor.
Creí oír una especie de respiración detrás del montón de
papel...
—Miremos detrás del mostrador, Gip. Se está burlando de
nosotros.
Hice pasar a Gip junto al tigre de cabeza oscilante, y ¿quién
creen ustedes que había tras el mostrador? ¡Nadie en absoluto! Solamente mi
sombrero en el suelo y un conejo corriente de prestidigitador, blanco y de
orejas caídas, perdido en sus meditaciones, con un aspecto todo lo estúpido y
arrugado que puede tener un conejo de esa clase. Recogí mi sombrero y el conejo
hizo un torpe movimiento para apartarse de mi camino.
—¡Papá! —dijo Gip en un susurro tímido.
—¿Qué hay, Gip?
—Me gusta esta tienda, papá.
«También a mi me gustarla —dije para mí— si el mostrador no
hubiera empezado a alargarse de repente para apartamos de la puerta.» Pero no
llamé la atención de Gip sobre aquello.
—¡Conejito! —dijo él, tendiendo una mano al animal cuando éste
pasó junto a nosotros torpemente—. ¡Conejito, haz una magia a Gip!
Y sus ojos le seguían mientras el conejo lograba introducirse
por una puerta que yo no había visto. Entonces la puerta se abrió de par en par
y reapareció el hombre con una oreja más grande que otra. Seguía sonriendo,
pero sus ojos, al encontrarse con los míos, me dirigieron una mirada entre
divertida y desafiante.
—¿Le gustaría ver nuestra sala de exposición, señor? —preguntó
con inocente suavidad.
Gip tiró de mi dedo hacia delante. Miré al mostrador y encontré
de nuevo los ojos del tendero. Estaba empezando a creer que aquella magia era
excesivamente auténtica.
—No tenemos mucho tiempo —dije.
Pero, no sé cómo, estábamos en la sala de exposición antes de
que acabara de hablar. Noté que tiraba de algo que colgaba de la manga de mi
abrigo, y entonces vi que sostenía por el rabo un diablillo rojo que se
agitaba: la criatura mordía y luchaba, tratando de alcanzarle la mano, y un
momento después el tendero lo lanzó con indiferencia tras un mostrador. Sin
duda la cosa era sólo una figura de caucho retorcido, pero ¡de momento!... Y su
gesto era exactamente el de un hombre que maneja una insignificante sabandija.
Yo miré a Gip, pero Gip estaba contemplando un caballito mágico de balancín. Y
me alegré de que no hubiera visto el diablillo.
—Oiga —dije en voz baja, indicando a Gip y al demonio colorado
con los ojos—, ¿no tendrá por aquí muchas cosas como ésa, verdad?
—¡Eso no es nuestro! Probablemente lo trajo usted —respondió
también en voz baja y con una sonrisa más deslumbrante que nunca—. Es asombroso
lo que la gente puede llevar por ahí sin darse cuenta. ¿Ves aquí algo que te
guste? —añadió dirigiéndose a Gip.
En efecto, allí había muchas cosas que le gustaban.
Se volvió hacia el asombroso tendero con una mezcla de confianza
y respeto.
—¿Aquello es una espada mágica? —preguntó.
—Una espada mágica de juguete. No se curva, ni se rompe ni corta
los dedos. Hace al que la lleva invencible en la batalla contra cualquiera por
debajo de los dieciocho años. De media corona a siete chelines y medio, según
el tamaño. Estas panoplias tan bien provistas son para jóvenes caballeros
andantes y resultan muy útiles: escudo de seguridad, sandalias veloces, casco
para hacerse invisible.
—¡Oh, papá! —balbució Gip.
Traté de averiguar lo que costaban, pero el tendero no me prestó
atención. Ahora estaba concentrado en Gip, a quien había apartado de mi dedo.
Le estaba explicando las particularidades de aquella desconcertante mercancía y
no le detendría nada. Ahora yo le consideraba con inquietud, desconfianza y
algo muy parecido a los celos porque Gip había agarrado el dedo de aquella
persona como habitualmente agarraba el mío. Sin duda el tipo era interesante,
pensé, y tenía una buena cantidad de material amañado muy interesante, un
material amañado realmente bueno; y sin embargo...
Deambulaba tras ellos, hablando muy poco, pero manteniendo un
ojo fijado en aquel sujeto encantador. Después de todo, Gip estaba pasándolo
bien. Y, sin duda, cuando llegara la hora, podríamos irnos muy fácilmente.
Aquella sala de exposiciones era un recinto largo y tortuoso,
una galería interrumpida por mostradores y pilares, con arcadas que llevaban a
otros departamentos en los que ayudantes de aspecto extraño holgazaneaban y nos
observaban, y con desconcertantes espejos y cortinas. Tan desconcertantes eran,
en verdad, que en aquel momento yo me sentía incapaz de distinguir la puerta
por la que habíamos entrado.
El tendero enseñó a Gip trenes mágicos que corrían sin vapor ni
cuerda, con sólo darles las señales; y después cajas de soldados muy, muy
valiosos, que cobraban vida en cuanto se levantaba la tapa y se decía... Yo no
tengo muy buen oído y sólo puedo decir que sonaba como un trabalenguas, pero
Gip —que tiene el oído de su madre— lo captó al instante.
—¡Bravo! —exclamó el tendero, poniendo otra vez los hombrecillos
en su caja, sin ninguna clase de ceremonias y tendiéndola a Gip—. ¡Ahora tú!
—dijo, y en un momento Gip les había hecho revivir a todos—. ¿Se llevarán la
caja? —preguntó el tendero.
—Nos llevaríamos la caja —accedí—, pero me temo que debe costar
mucho. Haría falta ser un potentado...
—¡Por favor, no! —y el tendero se llevó otra vez a los
hombrecillos, cerró la caja, la agitó en el aire y en un santiamén estuvo
envuelta en papel de embalar, atada y... ¡con el nombre completo de Gip y su
dirección!
El tendero rió al ver mi asombro.
—Ésta es la magia auténtica. La verdadera.
—Es casi demasiado auténtica para mi gusto —repliqué.
Después de esto se puso a enseñar trucos a Gip, extraños trucos,
y más extraña aún la forma en que los hacía. Los explicaba, los volvía del
revés, y allí estaba mi querido muchacho asintiendo con su ocupada cabecita, de
la forma mas sensata.
Yo no atendía tanto como hubiera podido.
—¡Eh, presto! —decía el tendero mágico.
—¡Eh, presto! —repetía la clara voz del niño.
Pero yo estaba distraído con otras cosas. Me iba dando cuenta de
lo tremendamente extraño que era aquel lugar; me sentía, por así decirlo,
inundado por una sensación de extrañeza. Había algo vagamente extraño incluso
en las instalaciones, en el techo, en el suelo, en las sillas distribuidas al
azar. Tenía una misteriosa sensación de que cuando yo no las miraba
directamente, se ladeaban, se movían y jugaban en silencio a las cuatro
esquinas, a mis espaldas. La comisa se adornaba con un dibujo sinuoso con máscaras,
unas máscaras demasiado expresivas en conjunto para ser de yeso.
Después, bruscamente, me llamó la atención uno de los ayudantes
de aspecto extraño. Estaba un poco lejos y, evidentemente, ignoraba mi
presencia. Yo vi unas tres cuartas partes de su altura sobre una pila de
juguetes y a través de un arco. Y ¿saben?, apoyado contra una columna en
actitud perezosa ¡estaba haciendo las muecas mas horrorosas con sus facciones!
La más espantosa la hizo con su nariz, pero actuaba como si estuviera ocioso y
quisiera divertirse. Al principio del. todo era una nariz corta y borrosa;
luego, súbitamente, la estiró como un telescopio, y ya fuera se alzó y empezó a
adelgazarse mas y más hasta que fue como un látigo largo, rojo y flexible.
¡Algo de pesadilla! La movió un poco y la lanzó hacia delante, como lanza el
sedal quien está pescando con mosca.
Mi pensamiento inmediato fue que Gip no debía verle. Me volví y
allí estaba Gip, demasiado preocupado con el tendero, sin un mal pensamiento.
Cuchicheaban entre ellos y me miraban. Gip estaba de pie en un taburete y el
tendero sostenía una especie de tambor grande entre sus manos.
—¡Juguemos al escondite, papaíto! —gritó Gip—. ¡Preparado! ¡Ya!
Y antes de que yo pudiera hacer nada para evitarlo, el tendero
había puesto el gran tambor sobre el chico.
Yo presentí lo que iba a ocurrir.
—¡Quite eso! —grité—. ¡Ahora mismo! Asustará al chico. ¡Quítelo!
El hombre de las orejas desiguales lo hizo así, sin decir
palabra, y dirigió el enorme cilindro hacia mí para mostrarme que estaba vacío.
¡Y el taburete estaba libre! ¡En aquel instante, mi chico había desaparecido
por completo!
Quizá conocen ustedes ese siniestro algo que sale como una mano
de lo invisible y le estruja a uno el corazón. Saben que inhibe la manera de
ser habitual y le mantiene a uno tenso y prudente, ni lento ni precipitado, ni
enfadado ni asustado. Así me ocurrió a mí.
Me dirigí al tendero, sonriendo con ironía, y aparté de un
puntapié el taburete.
—¡Acabe con este desatino! —le conminé—, ¿Dónde está mi chico?
—Ya ve —dijo, mostrando aún el interior del tambor—; no hay
engaño...
Tendí la mano para agarrarle y él me esquivó con un hábil
movimiento. Intenté de nuevo cogerle y él empujó una puerta, abriéndola para
escapar.
—¡Deténgase! —grité.
Él rió, retrocediendo. Salté hacia él, sumergiéndome en una
completa oscuridad.
¡Pum!
—¡Dios mío! ¡No le había visto venir, señor!
Me encontraba en Regent Street y había chocado con un trabajador
de amable apariencia; a cosa de un metro de distancia, con aire extremadamente
perplejo, estaba Gip. Murmuré una especie de disculpa, y entonces Gip se volvió
y vino hacia mí con una radiante sonrisita, como si por un momento no me
hubiera encontrado.
¡Y llevaba cuatro paquetes en los brazos!
Se apoderó inmediatamente de mi dedo.
Por un momento me sentí desorientado. Miré hacia la puerta del
bazar mágico y ,no estaba allí! No había puerta ni bazar, nada, solamente el
pilar común entre la tienda donde venden cuadros y el escaparate con los
polluelos...
Hice la única cosa posible en medio de aquel tumulto mental; fui
directamente al bordillo de la acera y levanté el paraguas para pedir un coche.
—¡En coche! —exclamó Gip, en un tono que revelaba el colmo del
júbilo.
Le ayudé a subir, recordé con un esfuerzo mi dirección y monté a
mi vez. Algo poco habitual se anunciaba en el bolsillo de mi levita, y primero
palpé y luego descubrí una bola de cristal. Con expresión malhumorada la tiré a
la calle.
Gip no dijo nada.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
—¡Papá! —dijo Gip, al final—. ¡Ése era un bazar como es debido!
Esto me llevó a replantearme el problema de qué le había
parecido a él todo aquel asunto. Parecía completamente indemne... Así pues,
todo iba bien: no sólo no estaba asustado ni desquiciado, sino que le embargaba
una tremenda satisfacción por haberse divertido tanto aquella tarde. En sus
brazos sostenía los cuatro paquetes.
¡Maldita sea! ¿Qué podía haber en ellos?
—¡Hum! —dije—. Los jovencitos no pueden ir cada día a tiendas
como ésa.
Recibió esta observación con su natural estoicismo y por un
momento lamenté ser su padre y no su madre, y no poder allí, en nuestro
cabriolé, besarle de repente. Después de todo, pensé, la cosa no había salido
tan mal.
Pero solamente cuando abrió los paquetes empecé a sentirme
tranquilo. Tres de ellos contenían cajas de soldados, soldados de plomo
normales, pero de tan buena calidad que hicieron olvidar por completo a Gip que
originalmente aquellas cajas habían sido trucos mágicos de la única especie
auténtica. El cuarto paquete contenía un gatito, un gatito de verdad, blanco,
con una salud excelente, buen apetito y temperamento vivaz.
Contemplé el desempaquetado con una especie de alivio
provisional. Rondé por el cuarto del ruño durante mucho tiempo.
Esto ocurrió hace seis meses. Y ahora estoy empezando a creer
que todo va bien. El gatito tenía solamente la naturaleza mágica propia de
cualquier gatito, y los soldados parecen una compañía tan tranquila como podría
desear cualquier coronel. ¿Y Gip...?
El padre inteligente comprenderá que tengo que ser cauteloso con
Gip.
Pero un día me sentí audaz y pregunté:
—¿Te gustaría que tus soldados cobraran vida, Gip, y desfilaran
solos?
—Los míos lo hacen; sólo tengo que decir una palabra que sé
antes de levantar la tapa.
—¿Y entonces caminan solos?
—Sí, exactamente, papá. No me gustarían si no lo hicieran.
No manifesté una inoportuna sorpresa, y desde entonces he
procurado tener ocasión de pasar por su habitación una o dos veces, sin avisar,
cuando los soldados están por allí, pero hasta ahora no les he descubierto
nunca actuando de una manera que tuviera algo de mágico...
Hay también una cuestión financiera. Yo tengo una costumbre
incurable de pagar las cuentas. Me he paseado arriba y abajo por Regent Street
en varias ocasiones, buscando aquella tienda. Y en verdad me inclino a creer
que en este asunto el honor está satisfecho y que, puesto que el nombre de Gip
y su dirección les son conocidos, puedo muy bien dejar que esas gentes, quienes
quiera que puedan ser, envíen su cuenta cuando les parezca oportuno.
El valle de las arañas
Hacia el mediodía, los tres perseguidores, tras rodear un recodo
en el lecho del torrente, desembocaron de manera inesperada en la perspectiva
de un valle ancho y espacioso. La hoya de guijarros, difícil y tortuosa, por la
que durante tanto tiempo habían seguido la pista de los fugitivos, se abría a
una pendiente dilatada, y en un impulso común los tres hombres abandonaron la
pista y cabalgaron hacia un pequeño altozano cubierto de pardos olivos. Se
detuvieron allí; dos de ellos quedándose un poco más atrás que el hombre que
llevaba la brida tachonada de plata.
Durante un rato escudriñaron la gran extensión que se ofrecía a
sus ojos impacientes, y que se abría cada vez más allá, sólo salpicada de
cuando en cuando por algunos rodales de plantas espinosas y secas, y con las
débiles sugerencias de algunos barrancos, ahora sin agua y que rompían aquella
desolación de hierba amarilla. Sus distancias purpúreas acababan fundiéndose
con las pendientes azulinas de las colinas que quedaban más allá, que parecían
de un tono algo mas verde y por encima de las cuales, sosteniéndose de una
forma invisible, hasta el punto de que parecían estar colgadas del azul, se
encontraban las cimas de las montañas cubiertas de nieve. Las colinas se hacían
mas anchas y audaces hacia el noroeste, a medida que se elevaban los lados del
valle. Por el oeste, el valle se extendía hasta donde la distancia oscura del
horizonte anunciaba el comienzo de los bosques. Sin embargo, aquellos tres
hombres no miraban ni al este ni al oeste, sino que contemplaban fijos
únicamente el valle.
El hombre delgado, con una cicatriz en el labio, fue el primero
en hablar.
—Por ningún lado —dijo con un tono de desaliento en su voz—.
Pero después de todo llevan un día entero de ventaja.
—Ellos no saben que vamos tras sus pasos —añadió el hombrecillo
del caballo blanco.
—Ella podría saberlo —dijo el jefe en tono amargo, como si
hablase consigo mismo.
—Aun así, no pueden ir muy de prisa. No tienen más caballerías
que la muía, y el pie de la muchacha ha ido sangrando todo el día...
El hombre de la brida de plata le lanzó una mirada de intensa
rabia.
—¿Crees que no lo he visto? —gruñó.
—Eso ayuda de todos modos —musitó el hombrecillo para sus
adentros.
El hombre delgado con el chirlo en el labio miraba impasible.
—No pueden haber cruzado el valle —dijo—. Si cabalgamos
fuerte...
Echó un vistazo al caballo blanco y se calló.
—¡Malditos todos los caballos blancos! —exclamó el hombre, de la
brida de plata, y se volvió para examinar la bestia incluida en su maldición.
El hombrecillo bajó la vista entre las melancólicas orejas de su
jamelgo.
—Hice lo que pude —dijo.
Los otros dos siguieron contemplando fijamente el valle durante
un rato. El hombre delgado se pasó el dorso de la mano por el chirlo del labio.
—¡Vámonos! —dijo, de improviso, el hombre de la brida de plata.
El hombrecillo tiró violentamente de las riendas, y los cascos de los tres
caballos sonaron confusos y apagados sobre la hierba marchita mientras volvían
sobre la pista.
Cabalgaron con cautela, descendiendo por la larga pendiente que
tenían ante sí, y atravesaron un terreno baldío de matorrales espinosos y
retorcidos de ramas duras y formas extrañas y resecas que crecían entre las
rocas, en la parte baja. Allí la pista se difuminaba cada vez más, porque el
suelo era escaso y el único pasto era la hierba reseca y muerta que yacía sobre
el terreno. En silencio, escudriñándolo todo, inclinados sobre el cuello de los
caballos y parándose una y otra vez, aquellos hombres blancos se las ingeniaban
para seguir el rastro de su presa.
Había lugares pisoteados, hojas de hierba gruesa dobladas y
rotas y de vez en cuando la suficiente sugerencia de la huella de un pie. De
repente, el que era jefe vio una mancha oscura de sangre donde debía haber
pisado la muchacha mestiza. Y en voz baja la maldijo por ser una loca.
El hombre delgado comprobó el rastreo de su jefe, mientras el
hombrecillo del caballo blanco iba detrás; era un hombre perdido en un sueño. Cabalgaban
uno detrás de otro, abriendo la marcha el hombre de la brida de plata, sin que
pronunciaran una sola palabra. Después de un cierto tiempo, el hombrecillo del
caballo blanco tuvo la impresión de que el mundo estaba muy silencioso.
Despertó de su sueño. Fuera de los minúsculos ruidos de sus caballos y del
equipaje, todo el gran valle conservaba la ancha quietud de un cuadro pintado.
Delante de él marchaban su jefe y su compañero, cada uno
inclinándose atentamente hacia la izquierda, cada uno moviéndose impasible al
paso de su caballo; sus sombras iban delante de ellos, como acompañantes
tranquilos, silenciosos y alargados; la forma más cercana, acurrucada y fría
era la suya. Miraba a su alrededor. ¿Qué había ocurrido? Recordó entonces la
reverberación de las paredes del desfiladero y el acompañamiento permanente de
los guijarros movedizos entrechocando. ¿Y qué mas...? No había brisa alguna.
¡Eso era! Qué lugar tan desolado y silencioso, como el sueño amodorrado y
monótono de una siesta. Y el cielo abierto y desvaído, excepto un velo sombrío
de neblina que se había formado en la parte superior del valle.
Enderezó la espalda, sacudió la brida, frunció los labios para
silbar, pero sólo pudo suspirar. Se giró un momento sobre la silla y miró
fijamente hacia la parte estrecha del desfiladero del que habían salido.
¡Blanquecino! Pendientes blanquecinas a ambos lados, sin señal alguna de una
verdadera bestia ni de un árbol, y mucho menos un hombre. ¡Qué tierra aquélla!
¡Qué desolación! Y volvió a adoptar su postura anterior.
Un momentáneo placer le invadió al ver un bastón retorcido de un
color púrpura oscuro que relampagueaba en forma de serpiente y que desaparecía
entre la maleza. Después de todo aquel valle infernal estaba vivo. Entonces,
para alegrarle aún mas, un soplo de viento cruzó por su rostro, un susurro que
llegó y pasó, la levísima inclinación de un arbusto tieso, seco y renegrido
sobre una cresta, las primeras sugerencias de una posible brisa. En vano se
humedeció el dedo y lo levantó.
Tiró violentamente de la brida para evitar un choque con el
hombre delgado, que se había detenido al perder la pista. Justo en ese momento
crucial se tropezó con el ojo de su amo que le miraba atentamente.
Durante un rato simuló interesarse por el rastreo. Después,
cuando volvieron a cabalgar, estudió la sombra de su amo, el sombrero y los
hombros que aparecían y desaparecían tras los contornos mas cercanos del hombre
delgado. Llevaban cuatro días cabalgando fuera de los límites del mundo por un
lugar desolado, escasos de agua, sin mas que unas tiras de carne seca bajo sus
monturas, entre rocas y montañas en las que seguramente nadie había estado
jamás fuera de aquellos fugitivos. ¡Y para esto!
Y todo ello por una muchacha, ¡una chica simplemente testaruda!
¡Y el hombre tenía todo un montón de gente para cometer su peor tontería...
muchachas, mujeres! ¿Por qué ésta en particular en nombre de un apasionamiento
disparatado?, se preguntaba el hombrecillo. Miró con ceño en derredor y se
humedeció los labios resecos con la lengua renegrida. Era el modo de ser de su
amo; eso era todo lo que sabía. Justo porque ella intentaba escapársele...
Su ojo captó toda una hilera de altas cañas peladas que se
inclinaban al unísono, y después las puntas de seda que colgaban de su cuello
se agitaron y cayeron. La brisa soplaba cada vez más fuerte. De alguna manera
arrebataba la tranquila rigidez de las cosas... Y eso era bueno.
—¡Hurra! —gritó el hombre delgado.
Los tres se detuvieron de inmediato.
—¿Qué es eso? —preguntó el jefe—. ¿Qué pasa?
—Por allí —dijo el flaco señalando el valle.
—¿Qué es?
—Algo viene hacia nosotros.
Y mientras decía esto, un animal amarillo coronó una elevación y
descendió velozmente hacia ellos. Era un enorme perro salvaje, que corría
delante del viento con la lengua fuera, a paso firme, y que avanzaba con tal
intensidad de propósito que no parecía ver a los jinetes a los que se
aproximaba. Corría con el hocico levantado, y estaba claro que no perseguía
rastro ni ave alguna Cuando estuvo más cerca, el hombrecillo tanteó su espada.
—Está rabioso —dijo el jinete delgado.
El hombrecillo lo llamó, y el perro se acercó. Cuando la hoja
del hombrecillo ya estaba desenvainada, el animal se apartó a un lado, cruzó
jadeando delante de ellos y pasó de largo. Los ojos del hombrecillo siguieron
su huida.
—No había espuma alguna —observó. Durante un rato, el hombre de
la brida de plata siguió mirando el valle.
—¡Oh, vamos! —exclamó al fin—. ¿Qué nos importa? —y con un golpe
de brida volvió a poner en marcha su caballo.
El hombrecillo dejó de lado el misterio insoluble de un perro
que huía del viento, ya que no había ninguna otra cosa, y se abandonó a
profundas reflexiones sobre el carácter humano. «¡Vamos!», murmuró para sí.
«¿Por qué tendría que otorgársele a un hombre el que diga "Vamos" con
la estupenda violencia del efecto? Siempre, a lo largo de toda su vida, el
hombre de la brida de plata ha estado diciendo eso. Si yo lo hubiera dicho...»,
pensaba el hombrecillo. Pero la gente se maravillaba cuando el amo era desobedecido
hasta en las cosas más disparatadas. Aquella muchacha mestiza le parecía, le
parecía a todo el mundo, loca, casi blasfema. A modo de comparación el
hombrecillo reflexionaba sobre el jinete delgado con el chirlo en el labio, tan
duro como su amo, tan-valiente y quizá mas valiente aún, y sin embargo para él
sólo existía la obediencia, nada más que obedecer de un modo ciego y
constante...
Cierta sensación en las manos y las rodillas devolvieron al
hombrecillo a cosas mas inmediatas. Percibía algo. Cabalgaba al lado de su
compañero delgado,
—¿No notas nada en los caballos? —le preguntó en voz baja.
El otro le miró con expresión interrogativa.
—No les gusta este viento —dijo el hombrecillo, y se quedó atrás
cuando el hombre de la brida de plata se volvió hacia él.
—Es cierto —dijo el hombre de la cara delgada.
Volvieron a cabalgar otro rato en silencio. Los dos de delante
cabalgaban inclinándose, siguiendo el rastro; el de atrás observaba la neblina
que se iba arrastrando por todo el valle, cada vez mas cercana, y notaba cómo
el viento soplaba con mayor fuerza por momentos. Lejos, a la izquierda, vio una
hilera de bultos oscuros, tal vez jabalíes, que corrían valle abajo; pero no
dijo nada, ni volvió a hacer nuevas advertencias sobre el desasosiego que
observaba en los caballos.
Fue entonces cuando vio una gran bola blanca, y después una
segunda; una gran bola blanca y brillante como una cabeza gigantesca de vilano
de cardo, que avanzaba con el viento a través del sendero. Aquellas bolas se
elevaban en el aire, descendían y volvían a subir, se detenían por un momento y
de nuevo eran arrastradas y avanzaban; a su vista la inquietud de los caballos
iba en aumento.
Inmediatamente después vio mas globos —y luego muchísimos más—
que eran impulsados y que avanzaban hacia ellos valle abajo.
Percibieron un alarido penetrante. A través del sendero avanzaba
impetuoso un verraco gigantesco, que volvió un momento la cabeza para mirarlos
y después se precipitó otra vez valle abajo. Los tres se detuvieron y sentados
en sus sillas de montar contemplaron la neblina que se iba condensando y que ya
se les echaba encima.
—Si no fuera por todo ese vilano de cardo... —empezó a decir el
jefe.
Pero ahora un gran globo avanzaba a unas veinte yardas de ellos.
En realidad no se trataba de una esfera perfecta, sino una cosa inmensa, suave,
como de trapo y membranosa, una superficie extensa unida por los ángulos, cual
si se tratase de una medusa aérea; pero enrollándose más y mas a medida que
avanzaba y arrastrando largos filamentos de telaraña y flámulas que flotaban en
su estela.
—Eso no es un vilano —dijo el hombrecillo.
—No me gusta el asunto —comentó el hombre delgado.
Se miraron el uno al otro.
—¡Maldita sea! —gritó el jefe—. El aire está completamente lleno
de eso. Si avanza por el sendero, nos lo cerrará por completo.
Un sentimiento instintivo, como el que experimenta una manada de
ciervos ante la proximidad de un objeto desconocido, les hizo girar rápidamente
sus caballos hacia el viento, cabalgaron unos pasos y contemplaron asombrados
aquella muchedumbre de masas flotantes que avanzaban. Iban delante del viento
con una especie de velocidad constante, elevándose y descendiendo sin ruido
alguno, hundiéndose hasta el suelo para rebotar y tomar altura otra vez; todo
ello con una perfecta unanimidad, con una seguridad tranquila y deliberada.
A derecha e izquierda de los jinetes pasaba la avanzadilla de
aquel extraño ejército. A medida que se arrastraban por el suelo, rompiendo de
manera informe y avanzando con fuerza en largas cintas y franjas que se
entrelazaban, los tres caballos empezaron a espantarse y a brincar. El jefe fue
presa de una impaciencia repentina, irracional. Maldijo los globos que
avanzaban a su alrededor.
—¡Largaos! —gritó—, ¡largaos! ¿Pero qué es esto? ¿Cómo puede
darse una cosa así? ¡Volvamos al rastreo!
Se puso a maldecir a su caballo tirando del bocado como si fuera
una sierra.
Daba alaridos lleno de rabia.
—Seguiré el rastro, os lo aseguro —gritaba—. ¿Dónde está el
rastro?
Agarró con fuerza las riendas de su caballo que se encabritaba y
buscó entre la hierba. Un hilo largo y pegajoso cruzó su cara, una cinta gris
se le enrolló sobre el brazo que sujetaba la brida y algo pesado, activo, con
muchas patas empezó a bajarle por la nuca. Esperaba descubrir una de aquellas
masas grises, ancladas como estaban encima de él con aquellos hilos y cintas
agitando sus extremidades como se agita una vela cuando un barco da un bordo;
pero sin ningún ruido.
Tuvo la impresión de ver muchos ojos, una densa multitud de
cuerpos rechonchos y largas extremidades con muchas articulaciones, que se
arrastraban con sus cuerdas de amarre para llevar aquella cosa debajo de él.
Durante un rato estuvo mirando atentamente y controlando a su
encabritado caballo con el instinto que dan los muchos años de manejar
caballos. Entonces la hoja de una espada golpeó de plano sobre su espalda y un
acero relampagueó sobre su cabeza atravesando la hoja de telaraña que avanzaba;
la masa se elevó suavemente y continuó serena hacia delante.
—¡Arañas! —gritó la voz del hombre delgado—. ¡Esas cosas están
repletas de arañas enormes! ¡Mire, mi amo!
El hombre de la brida de plata seguía en silencio la masa que se
alejaba.
—¡Mire, mi amo!
El jefe bajó la vista y vio una cosa roja machacada sobre el
suelo que, pese a la extinción parcial, todavía podía agitar las patas
inútilmente. Cuando el hombre delgado señaló otra masa que se arrastraba a sus
pies, desenvainó con presteza su espada. Sobre el valle se alzaba ahora como un
banco de niebla roto en jirones. El hombre se esforzaba por entender la
situación.
—¡Cabalga tras ello! —vociferaba el hombrecillo—. ¡Cabalga tras
ello valle abajo!
Lo que entonces ocurrió fue lo más parecido a la confusión de
una batalla. El "hombre de la brida de plata vio al hombrecillo pasar
delante de él acuchillando furiosamente unas telarañas imaginarias; le vio caer
como un obús sobre el corcel del hombre delgado derribando en tierra al animal
y al jinete Su propio caballo dio una docena de pasos antes de poder frenarlo.
Pensó entonces que podía evitar unos peligros imaginarios, y de nuevo volvió a
ver al caballo que rodaba por el suelo, al hombre delgado que se levantaba
dando cuchilladas a diestro y siniestro contra una masa de animales grises que
avanzaba sin rumbo fijo y que flotaba y se enrollaba en torno a ambos. Densas y
ligeras como vilano de cardo sobre un terreno baldío un día ventoso de julio,
las masas de telarañas avanzaban. El hombrecillo había desmontado, pero no se
atrevía a dejar suelta su montura. Se esforzaba por retener con la fuerza de un
brazo al bruto que se resistía, mientras que con el otro acuchillaba a la
ventura. Los tentáculos de una segunda masa gris se habían enredado entre sí
con la lucha, y esta segunda masa gris perdió sus amarras y se hundió
lentamente.
El jefe apretó los dientes, asió con fuerza la brida, agachó la
cabeza y espoleó a su caballo. El animal rodó por el suelo; había sangre y
formas que se movían sobre los flancos, y el hombre delgado se apresuró a
correr hacia su amo, unos diez pasos. Sus piernas quedaron fajadas y cedieron
con el peso de la masa gris; hizo con su espada una serie de movimientos
inútiles. Unas cintas grises ondeaban a su alrededor; un velo tenue de masa
gris le cruzaba la cara. Con su mano izquierda golpeó alguna parte de su
cuerpo, y de repente se tambaleó y cayó. Luchó por levantarse y volvió a caer,
y de repente empezó a gritar de un modo horrible;
—¡Oh... Ohú... ohuuh!
El jefe pudo verle cubierto de grandes arañas y a otras muchas
sobre el suelo. Mientras se esforzaba por obligar a su caballo a que se
acercase a aquel objeto gris que gesticulaba y daba alaridos, y que luchaba por
levantarse y volvía a caer, le llegó el resonar de unos cascos, y el
hombrecillo en acto de incorporarse, sin espada, balanceándose sobre su vientre
atravesado en el caballo blanco y agarrándose a sus crines, pasó como un
torbellino. Y de nuevo un hilo pegajoso de telaraña gris cruzaba la cara del
jefe y le rodeaba por completo, y por encima de él aquella telaraña que
avanzaba sin ruido parecía cercarle y envolverle cada vez más...
Hasta el día de su muerte nunca supo a ciencia cierta lo que
había ocurrido en aquel momento. ¿Había sido él el que había desviado al
caballo o había sido el animal el que por propio impulso había salido realmente
de estampida detrás de su compañero? Baste decir que un segundo después estaba
galopando valle abajo mientras blandía furiosamente la espada por encima de su
cabeza. Y a su alrededor, sobre la brisa que se avivaba, las aeronaves de las
arañas, sus envoltorios aéreos y sus sábanas aéreas le parecía que se
precipitaban en una persecución consciente.
Estruendo y mas estruendo, ruidos sordos y más ruidos sordos...
el hombre de la brida de plata cabalgaba sin cuidarse de la dirección, con la
cara desencajada por el tenor mirando ora a la derecha ora a la izquierda, y el
brazo de la espada pronto a dar tajos. A pocos cientos de yardas delante de él,
con un acompañamiento de arañas desgarradas que se arrastraban tras él,
cabalgaba el hombrecillo en el caballo blanco, silencioso pero mal montado en
la silla. Las cañas se doblaban delante de ellos, el viento soplaba fresco y
fuerte, a su espalda el jefe podía ver las telarañas precipitándose para
alcanzarlo...
Iba tan atento a escapar de las telas de arañas que sólo cuando
su caballo se tensó para dar un salto se dio cuenta de la barranca que tenía
delante. Y sólo se dio cuenta para equivocarse y chocar. Iba inclinado sobre el
cuello de su caballo y se incorporó y echó para atrás demasiado tarde.
Pero si en su excitación había dado mal el salto, en modo alguno
había olvidado cómo caer. Y de nuevo volvió a comportarse como un jinete en el
aire. Salió ileso, con una simple magulladura en el hombro, y su caballo rodó,
agitando espasmódicamente las patas para quedarse después quieto. Pero la
espada del jefe clavó su punta en el duro suelo rompiéndose limpiamente, como
si la fortuna le rechazase desde ese momento como su caballero, y la extremidad
astillada pasó rozándole a una pulgada del rostro. En un momento se puso de pie
examinando sin aliento las telarañas que se apelotonaban para volver a la
carga. Por un momento se le ocurrió echarse a correr; pero pensó en la barranca
y se echó atrás. Corrió primero hacia un lado para escapar a un terror que le
embargaba y después se deslizó rápidamente por las pendientes abruptas
protegiéndose del ventarrón.
Allí, resguardado por las escarpadas vertientes del torrente
seco podría agacharse y observar a salvo el paso incesante de aquellas extrañas
masas grises hasta que el viento se calmase, y así le sería posible escapar.
Allí, pues, se acurrucó durante un largo rato, observando las extrañas masas
grises desgarradas que arrastraban sus flecos por la estrecha franja de cielo.
Una araña descarnada cayó de improviso en la barranca, junto a
él: de pata a pata medía más de un pie y su cuerpo era como media mano de un
hombre; después de haber observado atentamente durante unos momentos el
monstruoso ardor con que buscaba escapar y cómo intentaba morder su rota
espada, levantó su bota de tacones de hierro y la aplastó contra aquella masa
blanda. Mientras lo hacía lanzó un juramento y durante un rato miró en derredor
por si había alguna otra.
Inmediatamente después, cuando estuvo seguro de que aquellos
enjambres de arañas no podían penetrar en la barranca, encontró un lugar donde
descansar. Se sentó, se hundió en profundas reflexiones y empezó, según era su
costumbre, a mordisquearse los nudillos y a morderse las uñas. De todo ello lo
sacó la llegada del hombre con el caballo blanco.
Lo oyó mucho antes de verle, por el ruido de los cascos, el
resonar de los pasos y una voz que pedía tranquilidad. Entonces apareció el
hombrecillo en un estado lastimoso y todavía con un cortejo de arañas blancas
que avanzaba detrás de él. Se acercaron el uno al otro sin hablarse, sin ningún
saludo. El hombrecillo estaba fatigado y avergonzado hasta los límites de la
amargura y la desesperación; y al fin se detuvo frente por frente de su amo que
estaba sentado. Fue éste el que retrocedió un poco bajo la mirada de su criado.
—¿Y bien? —le dijo al fin sin ninguna afectación de autoridad.
—¿Usted lo abandonó?
—Mi caballo salió como una flecha.
—Lo sé. También el mío.
Se rió de su amo tristemente.
—He dicho que mi caballo salió como una flecha —insistió el
hombre que antes había tenido una brida tachonada de plata.
—Cobardes los dos —dijo el hombrecillo.
El otro se mordisqueó el nudillo durante unos instantes de
reflexión, con la mirada puesta en su inferior.
—A mí no me llames cobarde —le contestó al cabo de un rato.
—Usted es un cobarde, como yo.
—Un cobarde es posible. Hay un limite más allá del cual
cualquier hombre puede tener miedo. Acabo de aprenderlo hace un momento. Pero
no como tú. Ahí está la diferencia.
—Nunca hubiera imaginado que le abandonaría. Él le había salvado
la vida dos minutos antes... ¿Por qué es usted nuestro amo?
El jefe volvió a morderse los nudillos, y su rostro se
ensombreció.
—Ningún hombre me llama a mí cobarde —dijo—. Nadie... Una espada
rota es mejor que ninguna... Un caballo blanco con esparaván no puede esperarse
que lleve a dos hombres en un viaje de cuatro días. Odio los caballos blancos,
pero esta vez no tiene remedio. Empiezas a entenderme. Me doy cuenta de que
estás pensando en lo sucedido y en lo que has visto e imagino que vas a manchar
mi reputación. Los hombres como tú son los que destronan reyes. Además de
que... nunca me has gustado
—¡Mi amo! —exclamó el hombrecillo.
—¡Nadie! —dijo el jefe—, ¡Nadie!
Se alzó rápidamente tan pronto como vio moverse al hombrecillo.
Durante tal vez un minuto se miraron frente a frente. Por encima de sus cabezas
las bolas de arañas seguían avanzando. Hubo un rápido movimiento entre los
guijarros, un resbalar de pies, un grito de desesperación, una boqueada y un
resoplido...
Al caer la noche el viento cesó. El sol se puso con una
serenidad calma, y el hombre que antes había tenido la brida de plata acabó pos
salir de la barranca, con mucha cautela, por una suave pendiente; pero ahora
llevaba el caballo blanco que había pertenecido al hombrecillo Hubiera querido
regresar hasta donde estaba su montura para recuperar la brida tachonada de
plata; pero tuvo miedo, una brisa avivada todavía podía sorprenderle en el
valle y además le disgustaba mucho pensar que podría encontrar su caballo todo
envuelto de arañas y tal vez devorado de forma lastimosa.
Mientras pensaba en aquellas telarañas y en todos los peligros
por los que había pasado, así como en la forma en que había logrado salvarse
aquel día, su mano buscó un pequeño relicario que le colgaba del cuello y lo
acarició un momento con profunda gratitud. Mientras lo hacía, sus ojos
recorrían el valle.
—Yo estaba encendido de pasión —se dijo—; y ahora ella ha
encontrado su merecido. También ellos, no hay duda...
Miró con atención. Mas allá de las pendientes cubiertas de
bosques, al otro lado del valle, pero con la claridad nítida de la puesta del
sol, distinguió una pequeña columna de humo.
Al ver aquello, su expresión de serena resignación se tornó en
asombro y cólera. ¿Humo? Levantó la cabeza del caballo blanco, y dudó.
Entretanto, un ligero soplo de viento pasó entre la hierba a su alrededor. Mas
lejos, sobre unas cañas se balanceaba una franja desflecada de color gris. Miró
hacia las telarañas y después hacia el humo.
—Quizá, después de todo, no sean ellos —se dijo por fin.
Pero lo sabía muy bien.
Tras contemplar el humo durante un rato, montó sobre el caballo
blanco.
Al cabalgar se abría camino entre las masas inmóviles de arañas.
Por alguna razón había muchas arañas muertas en el suelo, y las que estaban
vivas se cebaban cruelmente en sus compañeras. Al resonar de los cascos de su
caballo, las arañas huían.
Su hora había pasado. En el suelo, sin un viento que las
transportase o sin una mortaja lista, aquellas cosas no podían hacer daño
alguno pese a su veneno.
Con su cinturón golpeaba a las que le parecía que se acercaban
demasiado. Cada vez que un grupo de ellas corría por un calvero, pensaba en
desmontar y pisotearlas con sus botas, pero superaba ese impulso. Una y otra
vez se acomodaba en su silla y se volvía a mirar el humo.
—Arañas —murmuraba constantemente—. ¡Arañas! Bien, bien... La
próxima vez tendré que tejer una telaraña.
La verdad sobre Pyecraft
Está sentado a unos diez metros de mi. Si miro por encima del
hombro puedo verlo. Y si nuestras miradas se encuentran —lo que generalmente
sucede— advierto en él una expresión...
Es más que nada una mirada implorante... y no obstante suspicaz.
¡Al diablo con su suspicacia! Si hubiera querido delatarlo,
tendría que haberlo hecho hace rato. No, señor, no lo haré, y él debería
tranquilizarse. Tanto como pueda estarlo algo tan gordo y grueso como él.
¿Quién me creería si yo hablara?
¡Pobre Pyecraft! ¡Enorme gelatina incómoda! El socio más gordo
de cualquier club de Londres.
Se sienta junto a una de las mesitas que hay en el amplio
espacio que rodea la chimenea, y engulle. Pero, ¿qué es lo que engulle? Observo
discretamente y le descubro mordiendo un bollo caliente con mantequilla, con
sus ojos clavados en mí. ¡Maldito sea!, ¡sus ojos clavados en mí!
¡Eso resuelve el problema, Pyecraft! Puesto que quieres ser
abyecto, puesto que quieres actuar como si yo no fuera un hombre de honor, voy
a escribirlo todo, la pura verdad sobre Pyecraft, aquí mismo, frente a tus ojos
embutidos. Pyecraft, el hombre al que ayudé, al que protegí, y que me lo
agradeció transformando mi club en un lugar insoportable, absolutamente
insoportable, con su súplica líquida. Con su perpetuo «no lo diga» en la
mirada.
Además, ¿por qué está eternamente comiendo?
Pues bien, ¡aquí va la verdad, toda la verdad y nada mas que la
verdad!
Pyecraft. Trabé relación con él en este mismo salón para
fumadores Yo era un nuevo miembro, joven y nervioso, y él lo percibió. Yo
estaba sentado, completamente solo, deseando poder conocer a otros miembros,
cuando de pronto llegó él, una masa bamboleante de papada y abdomen, se acercó
y, mascullando un saludo, se sentó en una silla cercana; jadeó unos instantes,
raspó varias veces un fósforo y, tras encender un cigarro, se dirigió a mí. No
recuerdo qué me dijo en-¡onces —algo acerca de las cerillas, que no encendían
bien—, después se dedicó a detener a todos los camareros, uno por uno, y a
comentarles lo de las cerillas con su voz fina y aflautada. Como fuera,
comenzamos a conversar a propósito de algo por el estilo.
Habló sobre varias cosas hasta que se tocó el tema de los juegos
De allí, derivó a mi figura y al color de su tez,
—Usted debe ser un buen jugador de críquet —dijo.
Admito que soy un individuo delgado, lo que algunos llamarían
enjuto, y además mas bien moreno: no me avergüenzo de tener una bisabuela
india, pero en cualquier caso no me entusiasma la idea de que un extraño la vea
a ella reflejada en mí. De manera que, de entrada, me vi enfrentado a Pyecraft.
Pero hablaba de mí nada más que para llegar a hablar de él.
—Me imagino —dijo— que no hará usted más ejercicio que yo, y
probablemente no comerá usted menos. (Como toda la gente excesivamente obesa,
él imaginaba que no comía nada.) No obstante —y esbozó una sonrisa torcida—,
somos distintos.
Y entonces comenzó a hablar de su gordura y su gordura; todo lo
que hacía por su gordura y todo lo que haría por su gordura; lo que le habían
aconsejado hacer por su gordura y lo que se había enterado que otros hacían por
una gordura como la suya.
—A priori —dijo—, uno creería que un problema de nutrición
podría resolverse con dietética y uno de asimilación, con medicamentos.
Era asfixiante. Un parloteo indigesto. De sólo oírlo me sentía
hinchado.
En un club, de vez en cuando hay que tolerar este tipo de cosas,
pero llegado un momento me pregunté si no estaba aguantando demasiado.
Simpatizaba conmigo de un modo demasiado ostensible. Nunca podía entrar en-el
salón de fumadores sin que se arrastrara hasta mí, y en ocasiones me asediaba,
sin abandonar su glotonería, mientras yo almorzaba. A veces parecía estar como
colgado de mí. Era un pesado, pero no tan temible como para limitarse a mí, y
desde un principio advertí en él la convicción —como si supiera, como si
penetrara en el hecho de que yo podía— de que yo representaba una ocasión
remota, excepcional, que nadie más le ofrecía.
Era como si se estuviera diciendo: «Daría cualquier cosa por
lograrlo, cualquier cosa», y me miraba atentamente detrás de sus vastas
mejillas y su jadeo.
¡Pobre Pyecraft! Acababa de llamar al camarero, sin duda para
pedir otro bollo con mantequilla.
Un día, por fin, abordó el tema,
—Nuestra farmacopea —dijo— no es ni por asomo la última palabra
en la ciencia médica. Me han dicho que en Oriente...
Se detuvo y me observó. Era como estar en un acuario.
Logró enojarme casi de inmediato:
—Vamos a ver —le dije—, ¿quién le ha hablado a usted de las
recetas de mi bisabuela?
—Bueno... —se defendió.
—Durante una semana, cada vez que nos hemos encontrado —y eso ha
ocurrido con bastante frecuencia— usted ha hecho alguna alusión más o menos
abierta a ese secretillo mío.
—Bueno —me contestó—, ahora que ya hemos levantado la liebre,
pues sí, lo admito, así es. Lo supe por...
—¿Por Pattison?
—Indirectamente —dijo—, pero creo que mentía.
—Pattison —repliqué— se tragó esa tontería por su cuenta y
riesgo.
Arqueó la boca y se inclinó levemente.
—Las recetas de mi bisabuela —expliqué— son raras para
manejarlas. Mi padre casi me hizo prometer...
—¿No lo hizo?
—No. Pero me advirtió. Él mismo empleó una, en cierta ocasión.
—¡Ah!... ¿Pero usted cree...? Suponga... suponga que justamente
era una que...
—Se trata de documentos curiosos —dije—. Hasta el olor que
tienen. ¡No!
Pero llegado ese punto, Pyecraft estaba decidido a hacerme ir
más lejos. Yo siempre abrigaba un cierto temor de que si abusaba de su
paciencia se abalanzaría sobre mí de improviso y me ahogaría. Sé que fui débil.
Pero Pyecraft también me fastidiaba. Había llegado a sentir por él una
sensación que me impulsaba a decir: «Bueno, ¡arriésgate!» El asuntillo de
Pattison, que he mencionado antes, era una cuestión completamente distinta. No
viene al caso ahora, pero de todos modos yo sabía que la receta que empleé en
esa ocasión era segura. Del resto no supe mucho más, y en general me inclinaba
a dudar de que fueran completamente seguras.
Aun en el caso de que Pyecraft resultara envenenado...
Debo confesar que el envenenamiento de Pyecraft me impresionaba
como una empresa grandiosa.
Aquella tarde cogí de mi caja de seguridad la curiosa cajita de
sándalo, con su peculiar perfume, y desplegué las susurrantes hojitas de piel.
El caballero que escribió las recetas para mi bisabuela era evidentemente
aficionado a las pieles del más variado origen, y su letra era apretada en
grado sumo. Algunas cosas me resultaban prácticamente ilegibles, pese a que mi
familia, con sus asociaciones del Servicio Civil Indio, había mantenido el
conocimiento del indostaní a través de generaciones; nada de lo escrito era
cuestión de coser y cantar.
Pero al poco rato ya había encontrado la receta que buscaba, y
me senté en el suelo para estudiarla con atención.
—Mire —le dije a Pyecraft al día siguiente, poniendo la hoja
fuera de su alcance—. Según puedo entender, ésta es la receta para perder peso.
(«¡Ah!», dijo Pyecraft.) No estoy completamente seguro, pero creo que es ésta.
Y si le interesa mi consejo, olvídese del asunto. Porque, en fin, usted sabe...
yo he mancillado mi estirpe por su causa, Pyecraft... Además, por lo que sé,
mis ancestros eran unos tipos bastante raros, ¿me entiende?
—Déjeme probarlo —repuso Pyecraft.
Me recliné en mi sillón. Mi imaginación realizó un inmenso
esfuerzo, pero por fin se rindió dentro de mí.
—Por Dios, Pyecraft, ¿cómo cree usted que quedará cuando
adelgace?
Permaneció impermeable a todo razonamiento. Le hice prometer que
pasara lo que pasara nunca más me diría una palabra de su repugnante gordura, y
le entregué aquella hojita de piel. —Es una porquería —dije. —No importa
—respondió él, y la cogió. La miró con ojos desorbitados. —Pero... pero...
—exclamó. Acababa de descubrir que no estaba en inglés. —Se la traduciré lo
mejor que pueda —le dije. Hice lo que pude. Después de eso no hablamos durante
un par de semanas. Cada vez que se me acercaba, le rechazaba frunciendo el
ceño, y él respetó nuestro pacto; pero al cabo de una semana seguía tan gordo
como siempre. Entonces volvió de nuevo a dirigirme la palabra.
—He de hablar con usted —dijo—. Algo no va bien. Debe haber
algún error. No hace usted justicia a su bisabuela. —¿Dónde está la receta? La
sacó con cuidado de la billetera. Recorrí con la vista los ingredientes. —¿El
huevo estaba podrido? —pregunté. —No. ¿Tenía que estarlo?
—Eso —repuse— se da por supuesto en todas las recetas de mi
querida bisabuela. Cuando no se especifica la calidad o condición, debe elegir
la peor. Ella era así, cosas drásticas o nada... Pero existen una o dos
alternativas para algunos de los ingredientes. ¿Tiene veneno fresco de crótalo?
—Conseguí el crótalo de Jamrach. Me costó... me costó...
—En cualquier caso eso es asunto suyo. En cuanto a esto
último...
—Conozco a un hombre que...
—Sí. Ya lo sé. Bien, le pondré por escrito las alternativas. Por
lo que conozco del idioma, la receta tiene unas faltas de ortografía atroces.
Entre paréntesis, este perro que dice aquí probablemente deberá ser un perro
pana.
Durante el mes siguiente vi a Pyecraft constantemente en el
club, tan gordo y ansioso como siempre. Mantuvo el trato, pero a veces
transgredía el espíritu de éste golpeándose la cabeza con un gesto de
desaliento. Hasta que un día, en el guardarropa, me dijo:
—Su bisabuela..
—Ni una palabra contra ella —me apresuré a replicar.
Imaginé que había desistido, y le vi con tres nuevos miembros
del club, un día, hablándoles de su gordura como si buscara nuevas recetas. Fue
por aquel entonces, inesperadamente, cuando me llegó su telegrama.
—¡Señor Formalyn! —vociferó un mensajero en mis narices; cogí el
telegrama y lo abrí inmediatamente.
Venga, por lo que más quiera. — Pyecraft.
—Mm —me dije, y sinceramente me sentía tan satisfecho con la
rehabilitación de mi bisabuela que esto parecía anunciar, que lo celebré con un
excelente almuerzo.
El portero me facilitó la dirección de Pyecraft. Vivía en los
altos de una casa en Bloomsbury, y en cuanto terminé mi café y mi Chartreuse me
dirigí hacia allí. No esperé a terminar el cigarro.
—¿Señor Pyecraft? —llamé, ante la puerta de entrada.
Me dijeron que creían que estaba enfermo; no había salido
durante dos días.
—Él me espera —aclaré, y me hicieron pasar arriba.
Toqué el timbre junto a la puerta de celosía, sobre el rellano.
De todos modos no tendría que haberlo intentado —pensé—, un
hombre que come como un cerdo debe parecer un cerdo.
Me hizo pasar una mujer de aspecto respetable, de expresión
ansiosa y con una cofia colocada con descuido.
Cuando le dije mi nombre abrió la puerta con una expresión de
duda.
—Usted dirá —interrogué, ya en la parte del rellano
perteneciente a Pyecraft.
—Me ha dicho que le hiciera pasar si venía —dijo, y se quedó
mirándome, sin indicarme dónde. Y añadió, en tono confidencial—; Está
encerrado, señor.
—¿Encerrado?
—Se encerró ayer por la mañana y no ha dejado entrar a nadie,
señor. Maldice una y otra vez, ¡Dios mío!
Miré hacia la puerta que ella había indicado con la mirada.
—¿Es allí?—pregunté.
—Sí, señor.
—¿Qué le ocurre?
Se llevó la mano a la frente con tristeza.
—No deja de pedir comida, señor, comida pesada. Le traigo lo que
puedo. Carne de cerdo, morcilla, salchichas, cosas así. Se lo dejo junto a la
puerta y me marcho. Es tremendo lo que come, señor.
Un grito aflautado salió de la habitación:
—¿Formalyn?
—¿Es usted, Pyecraft? —grité, golpeando la puerta.
—Dígale a ella que se vaya.
Así lo hice. Oí un extraño correteo y como si alguien tanteara
el picaporte en la oscuridad, y en seguida los característicos gruñidos de
Pyecraft.
—Está bien —dije—, ya se ha ido.
Pero la puerta permaneció cerrada un largo tiempo.
Oí girar la llave. Y luego la voz de Pyecraft:
—Pase.
Giré el picaporte y abrí la puerta. Naturalmente, esperaba
encontrar a Pyecraft.
Pues bien, ¡no estaba allí!
En mi vida he sufrido una impresión como aquélla, La sala estaba
sucia y desordenada, con fuentes de comida y platos entre los libros y papeles,
varias sillas caídas, pero Pyecraft...
—Vamos, hombre, cierre la puerta —dijo, y entonces le vi.
Estaba subido a la cornisa del rincón próximo a la puerta, como
si le hubieran pegado al techo. Su rostro mostraba ansiedad y enojo. Jadeaba y
gesticulaba.
—Cierre la puerta —-dijo—, si esa mujer se llega a enterar...
Cerré la puerta y le miré, manteniéndome a cierta distancia.
—Si algo cede y usted se cae, Pyecraft, se romperá la nuca —le
advertí.
—Ojalá pudiera —suspiró.
—Un hombre de su edad y de su peso haciendo semejantes
cabriolas...
—Cállese —agonizó—. Su maldita bisabuela...
—Cuidado —le previne.
—Ahora le contaré —gesticuló.
—¿Cómo demonios ha subido usted ahí arriba? —dije.
De repente me di cuenta de que no se había subido a nada, que
estaba flotando como un globo de gas. Comenzó a luchar trabajosamente para
apartarse del techo ayudándose con la pared, en dirección a mí. Cuando lo
logró, dijo jadeando:
—Es esa receta. Su bisab...
—¡No! —grité.
Descuidadamente, mientras hablaba, se aferró a una moldura, ésta
cedió y se vio arrojado nuevamente al techo, mientras la pintura caía sobre el
sofá. Rebotó en el cielo raso y entonces entendí por qué las curvas más
salientes de su cuerpo se encontraban completamente blancas. Volvió a intentar
el descenso con más cuidado, cogiéndose de la chimenea.
Era un espectáculo de lo mas extraordinario, aquel hombre
inmenso, gordo, apoplético, tratando de bajar del techo al suelo.
—Esa receta —dijo—. Demasiado eficaz.
—¿Cómo?
—Una pérdida de peso casi completa.
Y entonces, claro, comprendí.
—¡Por Dios, Pyecraft —exclamé—, lo que usted quería era curarse
la gordura! Pero usted siempre habló de peso. Siempre lo llamaba peso...
En cierto modo yo estaba encantado. En ese momento Pyecraft casi
me gustaba.
—¡Déjeme que le ayude! —añadí, y tomándole de la mano le hice
bajar. Tropezando, trató de hacer pie en algún sitio. Era como llevar un
gallardete en un día de viento.
—Esa mesa —dijo— es de caoba maciza y muy pesada. Si usted
lograra ponerme debajo...
Lo hice, y comenzó a moverse como un globo cautivo, mientras yo
le hablaba de pie delante de la chimenea. Encendí un cigarro.
—Dígame, ¿qué pasó? —le pregunté.
—La tomé —respondió.
—¿Qué sabor tenía?
—¡Oh, espantoso!
Debí imaginar que todas esas pócimas sabrían igual. Ya sea que
uno considere los ingredientes, la composición probable, o los resultados, casi
todos los remedios de mi bisabuela me parecen cuando menos extraordinariamente
poco atrayentes. Por mi parte...
—Primero tomé un sorbito.
-¿Sí?
—Y como al cabo de una hora me sentía mejor y como más ligero,
decidí bebérmela de un trago.
—¡Mi querido Pyecraft!
—Me tapé la nariz —siguió explicando—. Comencé a sentirme cada
vez más y más liviano... e impotente, claro.
De pronto cedió a un estallido emocional:
—Por el amor de Dios, ¿qué debo hacer?
—Lo más evidente —dije— es lo que no debe hacer. Si usted sale
afuera, se elevará indefinidamente.
Alcé mi brazo en forma ondulante.
—Tendrían que llamar a Santos Dumont para que le fuera a
rescatar.
—Supongo que el efecto se desvanecerá, ¿no?
Me llevé la mano a la frente.
—No creo que pueda contar con eso —le dije.
Entonces, en otro acceso de desesperación, empezó a dar
puntapiés a las sillas cercanas y a golpear contra el piso. Actuaba exactamente
como yo esperaba que lo hiciera un hombre obeso, enorme, desmedido, frente a
tales circunstancias, es decir, muy mal. Se refirió a mí y a mi bisabuela con
una absoluta falta de discreción.
—Yo nunca le pedí que tomara la pócima —dije.
Y soslayando generosamente los insultos que me prodigaba, me
senté en su sillón y comencé a hablarle de un modo comedido y amistoso.
Le señalé cómo él mismo se había ocasionado el problema, y que
en ello había algo de poética justicia. Había comido demasiado. Él lo negó, y
estuvimos discutiendo el asunto durante un rato.
Se puso ruidoso y violento, de manera que desistí de continuar
con este punto de la lección.
—Además —le dije—, usted cometió un pecado de eufemismo. Nunca
lo llamó Gordura, lo cual es justo y vergonzoso, sino Peso. Usted...
Me interrumpió para decirme que reconocía todo eso. Pero, ¿qué
debía hacer ahora?
Le aconsejé que se adaptara a la nueva situación. Y así llegamos
al punto realmente importante de la cuestión. Le sugerí que no le resultaría
difícil aprender a caminar por el techo, con las manos...
—No puedo dormir —objetó.
Pero eso no era una gran dificultad. Era bastante posible,
afirmé, acomodarle bajo un somier metálico, asegurar todo con cintas, y
sostener la almohada, sábanas y mantas con botones laterales. Le hice ver que
tendría que confiar en su ama de llaves, y tras algunas protestas acabó por
aceptar. (Resultó encantador, más tarde, ver de qué manera tan hermosa y
natural aquella buena mujer tomó todos estos asombrosos recados.) Se le podría
dejar la comida en el estante superior de la biblioteca. Pensamos también en un
ingenioso sistema por el cual podría llegar al piso cuando quisiera: consistía
simplemente en colocar la Enciclopedia Británica (décima edición) sobre las
estanterías superiores. Cogiendo un par de volúmenes, podría llegar al suelo de
inmediato. Coincidimos asimismo en dejar pesas de hierro junto a los zócalos,
de manera que, asido a ellas, pudiera desplazarse por la zona mas baja de la
habitación.
A medida que avanzábamos en los planes, yo me encontraba más y
mas interesado. Yo mismo llamé al ama de llaves y le di las instrucciones
necesarias, y fui yo sobre todo quien fijó la cama invertida. De hecho, pasé
dos días enteros en su casa. Soy un individuo hábil con un destornillador en la
mano, y realicé toda clase de ingeniosas adaptaciones: alargué un cable para
que pudiera tocar la campanilla, puse del revés todas las luces, y así
sucesivamente. Todo este asunto me resultaba extremadamente curioso e interesante,
y me encantaba pensar en Pyecraft como un inmenso y gordo moscardón, trepando
por el techo y cruzando a gatas los dinteles de las puertas de un cuarto a
otro, sin volver al club nunca, nunca más...
Pero entonces mi fatal ingenio me jugó una mala pasada. Yo me
hallaba junto a la chimenea, bebiendo su whisky, y él en su rincón favorito,
junto a la comisa, claveteando una alfombra turca en el cielo raso, cuando me
sobrevino una ocurrencia.
—¡Por Dios, Pyecraft! —exclamé—, todo esto es completamente
innecesario.
Y sin calcular las consecuencias de mi descubrimiento, le revelé
mi idea.
—Ropa interior de plomo —dije. El daño estaba hecho.
Pyecraft recibió la revelación casi entre lágrimas.
—Todo en su sitio nuevamente... —dijo.
Le participé todo el secreto antes de caer en la cuenta de hasta
dónde me llevaría.
—Compre láminas de plomo —le dije—, estámpelas en discos.
Córtelas sobre el patrón de su ropa hasta tener una cantidad suficiente.
Póngase unos zapatos con suela de plomo y lleve una bolsa de plomo macizo, ¡eso
será suficiente! En lugar de permanecer aquí como un prisionero, puede volver
al extranjero, ¡Pyecraft! Puede viajar...
Se me ocurrió otra idea aún mas afortunada.
—Jamás tendrá que temer un naufragio. En tal caso le bastaría
con deshacerse de alguna de sus ropas, conservando en la mano la cantidad
necesaria de equipaje, y quedaría flotando en el aire...
En su emoción, dejó caer, a dos dedos de mi cabeza, el martillo
con que había estado fijando la alfombra.
—¡Cielos! —exclamó—, podré volver al club.
Me quedé helado.
—¡Cielos! —repetí débilmente—. Sí, por supuesto que podrá.
Lo hizo. Lo hace. Está sentado a mis espaldas engullendo ya su
tercer bollo con mantequilla. Nadie en el mundo sabe —salvo su ama de llaves y
yo— que no pesa prácticamente nada, que es una simple masa molesta de materia
asimilante, puras nubes vestidas, mente, nefas, y el más insignificante de los
hombres. Allí está sentado, mirándome hasta que yo haya terminado de escribir
esto. Luego, si puede, me acechará. Se acercará sinuosamente...
Me lo volverá a contar todo de nuevo, cómo se siente, cómo no se
siente, cómo confía a veces en que se le esté pasando un poquito. Y siempre, en
algún momento de aquel discurso gordo y abundante, me diga:
—Es un secreto, ¿en? Si alguien se enterara me daría tanta
vergüenza... A cualquiera lo haría quedar como un tonto, ¿entiende? Arrastrarse
contra el cielo raso y todo eso...
Y ahora, a esquivar a Pyecraft, que ocupa justamente una
posición estratégicamente admirable entre la puerta y yo.
El señor Skelmersdale en el país de las hadas
—En esa tienda —dijo el doctor— hay un hombre que ha estado en
el País de las Hadas.
—Tonterías —dije, y eché una mirada hacia allí. Era una típica
tienda de pueblo: oficina de correos, con un cable telegráfico al frente,
cacerolas de cinc y cepillos en el exterior y un escaparate con botas, camisas
y comida envasada.
—Cuénteme —dije, tras una pausa.
—Yo no sé —dijo el doctor—. Es un patán cualquiera. Se llama
Skelmersdale. Pero aquí todo el mundo se lo cree como la Biblia.
Volví sobre el tema.
—Yo no sé nada del asunto —dijo el doctor—, ni quiero saberlo.
Le atendí por un dedo fracturado —un partido de solteros contra casados— y fue
entonces cuando di con esa tontería. Eso es todo. Pero eso te demuestra, de
todos modos, los disparates con los que tengo que vérmelas, ¿no? ¡Como para
venirle a esta gente con concepciones modernas de la medicina!
—Ya lo creo —dije, con un tono ligeramente solidario. Y él
prosiguió con el asunto del canal de Bonham. Ese tipo de cosas, observó, pueden
ser cuestiones de peso para los funcionarios médicos del ministerio de Salud.
Me mostré tan solidario como pude, y cuando él llamó «burros» a los de Bonham
yo amplié:
—Unos grandísimos burros —pero ni eso pareció calmarle. Tiempo
después, hacia el final del verano, me marché a Bignor, llevado por el
imperioso deseo de aislarme, cuando estaba terminando mi capítulo sobre
Patología Espiritual: me parecía que en realidad era mas duro escribir que
leer. Me alojé en una granja, y al poco tiempo
ya me hallaba frente a la tienda nuevamente, en busca de tabaco
«Skelmersdale», me dije en cuanto la vi, y entré.
Atendía un joven bajo pero bien proporcionado, de piel delicada,
dientes pequeños y parejos y modales lánguidos. Le estudié con curiosidad. No
tenía nada fuera de lo común, salvo cierto toque cié melancolía en la
expresión. Estaba en mangas de camisa, con un delantal, y llevaba un lápiz
detrás de su oreja inofensiva. Atravesaba su chaleco negro una cadena de oro,
de la que pendía una moneda gruesa.
—¿Nada mas por hoy, señor? —preguntó, mientras se inclinaba
sobre la cuenta.
—¿Usted es el señor Skelmersdale' —inquirí.
—Así es, señor —contestó sin mirarme.
—¿Es cierto que usted ha estado en el País de las Hadas'
Me miró por un momento con el ceño fruncido y una expresión
entre agraviada y exasperada.
—¡Cállese! —dijo, y tras un momento de hostilidad, durante el
cual me clavó la mirada, terminó de hacer la cuenta—. Cuatro, seis cincuenta
—dijo después de una pausa—. Gracias, señor.
De este modo poco propicio comenzó mi relación con el señor
Skelmersdale.
A partir de allí logré ganar su confianza a través de una
trabajosa serie de esfuerzos. Le volví a encontrar en el casino del pueblo, una
noche en que había ido a jugar al billar para mitigar esa soledad que tan útil
me resultaba para el trabajo durante el día. Me las ingenié para jugar con él y
continuar luego conversando. Descubrí que el único tema prohibido era el País
de las Hadas. En lo demás era abierto y amigable en el sentido comente del
término, pero la prohibición permanecía respecto del tema que le había
absorbido. Skelmersdale había hecho una carambola doble, lo cual, para Bignor,
era una jugada excepcional.
—¡Un momento! —dijo su adversario—. ¡Ninguna de tus hadas gana
por chiripa!
Skelmersdale le miró un momento, con el taco en la mano, lo dejo
caer y abandonó el salón.
—¿Por qué no le dejáis en paz? —dijo un viejo de aspecto
respetable que había estado disfrutando del partido; y en medio del murmullo de
desaprobación general se desvaneció la socarrona sonrisa de la boca del mozo.
Olí mi oportunidad:
—¿Qué broma es esa del País de las Hadas?
—No es ninguna broma, al menos para el joven Skelmersdale —dijo
el viejo respetable, y bebió un trago.
Un hombrecito de mejillas sonrosadas se mostró mas comunicativo
—Se dice, señor, que se lo llevaron al monte Aldington y lo
tuvieron allí durante unas tres semanas.
Con aquello ya estaba abierto el camino. Una vez que empezara
una oveja, las demás estarían dispuestas a seguirla, y lo cierto es que poco
después yo ya disponía al menos de los aspectos exteriores del caso
Skelmersdale. Anteriormente, antes de llegar a Bignor, el hombre había estado
en una pequeña tienda, exactamente igual, en Aldington Corner, y allí había
sucedido todo. Lo cierto es que había estado hasta muy tarde en el monte y que
desapareció de la vista humana, para volver, tres semanas después, «con los
puños de la camisa tan limpios como cuando se había ido», y los bolsillos
llenos de cenizas y polvo. Reapareció sombrío y taciturno, estado que fue
superando lentamente, y durante muchos días no dijo una palabra acerca de dónde
había permanecido durante su ausencia. La muchacha con la que estaba
comprometido en Clapton Hill trató de sonsacarle algo, y acabó por dejarlo, en
parte por su negativa y en parte porque, según dijo, él le había dado
esquinazo. Luego, cuando él dejó caer como al descuido que había estado en el
País de las Hadas y quería volver, y el simple cuchicheo de aldea se transformó
en toda una historia, él mismo cortó la situación abruptamente y se trasladó a
Bignor para salirse de todo el lío. Pero en cuanto a lo que había sucedido en el
País de las Hadas, nadie lo sabía. Fue entonces cuando la conversación se
fragmentó. Uno decía esto y el otro aquello.
La actitud frente a esta maravilla era ostensiblemente crítica y
escéptica, pero se podía entrever bastante credulidad más allá de las
consideraciones cautelosas. Adopté un aire de interés inteligente, matizado con
cierta duda razonable acerca de toda la historia.
—Si el País de las Hadas está en el monte Aldington —dije—, ¿por
qué no habéis tratado de descubrirlo?
—Eso. digo yo —intervino el mozo de la broma.
—Ya ha habido muchos intentos de explorar el monte Aldington
—afirmó solemnemente el viejo respetable—, pero no hay nadie que pueda decir
qué resultado tuvieron las excavaciones.
La unanimidad de aquella vaga credulidad que me rodeaba me
resultaba bastante impresionante; sentí que algo debía de haber en la raíz de
semejante convicción, y ello estimuló la curiosidad, ya bastante viva, que
aquellos hechos me despertaban. Si tales sucesos podían conocerse por alguien,
ese alguien era Skelmersdale; por lo tanto, de allí en adelante me dediqué con
mayor asiduidad a la tarea de borrar aquella primera mala impresión que le
había producido, hasta el punto de ganarme su confianza y lograr su narración
voluntaria. En ese punto contaba yo con una ventaja social. Siendo yo una
persona afable, sin ocupación conocida, y vestido con traje de tweed y
pantalones bombachos, en Bignor se me consideraba, naturalmente, un artista, y
en el rígido código de precedencias sociales de Bignor, un artista se hallaba
muy por debajo de un dependiente de comercio. Skelmersdale, como muchísima
gente de su clase, era algo esnob, me había soltado aquel «¡cállese!» llevado
por la presión repentina y excesiva, y estoy seguro de que luego se arrepintió,
se que le gustaba que le vieran caminando por el pueblo conmigo A su debido
tiempo, aceptó complacido compartir un whisky y una pipa en mi alojamiento, y
allí, llevado por un feliz instinto y sabiendo que las confidencias traen
confidencias, desperté en él la intriga y el interés por mi pasado real y
ficticio. Después del tercer whisky de la tercera visita, si mal no recuerdo, y
a propósito de una torpe expansión acerca de cierto asuntillo fugaz de mi
adolescencia, el hielo se quebró.
—Lo mismo me pasó a mí —dijo—, con lo de Aldington. Eso es lo
más extraño. Al principio no me importaba un pito, pero cuando me di cuenta ya
estaba metido hasta el cuello.
Me abstuve de coger esta alusión y él inmediatamente saltó a
otra, y poco después era muy claro que no quería hablar de otra cosa que de
aquel asunto de la aventura en el País de las Hadas, que durante tanto tiempo
había guardado celosamente. Como se puede advertir, le había tendido una
trampa, y en lugar de aquel forastero burlón y medio incrédulo, yo me había
convertido, por obra y gracia de mis desenfadadas confesiones, en un posible
confidente. Se sentía aguijoneado por el deseo de mostrar que también él había
vivido y sentido muchas cosas, y esa fiebre ya había comenzado a dominarle.
Por cierto en un principio se expresaba por confusas alusiones,
y mi ansiedad por aclararlas con unas pocas preguntas precisas sólo se
contrarrestaba por mi cautela de no apurar demasiado las cosas. Pero bastó un
encuentro más para confirmar las bases de la confianza; y así es como obtuve
del principio al fin la mayoría de los elementos y aspectos de todo el caso. En
realidad me enteré de las cosas de modo que los resultados multiplicaban
holgadamente lo que hubiera logrado normalmente, teniendo en cuenta la limitada
capacidad narrativa del señor Skelmersdale. Y así fue como llegué al relato de
su aventura y procedí a su reconstrucción. No intento dilucidar si esto
realmente sucedió, si lo imaginó o lo soñó, o si había caído en un extraño
trance alucinatorio. Pero estoy seguro de que no era en absoluto el producto de
su invención. El hombre creía sencilla y honestamente que las cosas habían
sucedido como él las contaba; era evidentemente incapaz de una mentira tan
firme y elaborada, y la confirmación de su sinceridad la hallé en la credulidad
de las mentes rústicas —pero a menudo finamente penetrantes— de los que le
rodeaban. Él lo creía y nadie podía contraponer ningún hecho positivo que lo
descalificara. En cuanto a mí, tras semejante aval, me limito a transmitir su
historia; ya estoy un poco viejo para justificarme o ensayar explicaciones.
Su relato afirma que se retiró a dormir al monte Aldington hacia
las diez de la noche, probablemente en pleno verano, aunque nunca precisó la
fecha y ni siquiera podía estar seguro de la semana. Era una noche agradable y
sin viento, y la luna se elevaba sobre el horizonte. Me he tomado el trabajo de
visitar el Knoll tres veces desde que la historia comenzó a ocuparme, y una de
aquellas ocasiones fue una noche estival de luna naciente, igual, tal vez, a
aquella de su aventura. Júpiter se alzaba, grande y espléndido, sobre la luna,
y en el norte y el noroeste el cielo era pálido y brillante por sobre el sol ya
sumergido. El Knoll se yergue desnudo y desolado bajo el cielo, pero a cierta
distancia lo rodean oscuros matorrales, y a medida que me acercaba percibía el
sobresalto y la huida de conejos invisibles o espectrales. Ya en la cima del
Knoll, y en ninguna otra parte, se oía el sonido delgado y multitudinario de
los insectos. El Knoll es, según creo, un montículo artificial, el túmulo de
algún jefe prehistórico, y por cierto que jamás hombre alguno ha elegido un
panorama mas vasto para un sepulcro. Hacia el este, se pueden ver las colinas
hasta Hythe, y más allá el Canal, sobre el cual, a unas treinta millas de
distancia o más, titilaban, brillaban y se apagaban las grandes luces blancas
de Gris Nez y Boulogne. Hacia el oeste se extiende, peñas abajo, todo el valle
del Weald, visible hasta Hindhead y Leith Hill, y en el norte el valle del
Stour se abre en dunas hacia las interminables colinas más allá de Wye. A los
pies, el pantano de Romney toma la dirección sur; a una distancia media se
hallan Dymchurch, Romney y Lydd, Hastings y su colina, y las ondulaciones se
multiplican vagamente mucho mas lejos de donde Eastbourne trepa hasta Beachy
Head.
Y por encima y fuera de todo, aquel Skelmersdale maravillado,
enredado en su aventura de amor juvenil y, como él mismo dijo, «sin fijarse
adonde iba». Allí se sentó a meditar y así, malhumorado y pesaroso, le
sorprendió el sueño. Y así cayó en poder de las hadas.
La disputa que le había disgustado era acerca de alguna cuestión
bastante trivial entre él y la muchacha de Clapton Hill con quien se hallaba
comprometido. Era la hija de un granjero, dijo Skelmersdale, y «muy
respetable», sin duda un excelente partido para él; pero ambos eran muy jóvenes
y sufrían aquellos celos recíprocos, ese apetito irracional de hermosa
perfección, que la vida y la sabiduría apagan pronto con la mayor piedad. No
tengo idea del tema específico de la disputa. Puede que ella haya dicho que le
gustaban los hombres con polainas cuando él no las llevaba, o que él hubiera
expresado su preferencia por otro sombrero para ella, pero comoquiera que
hubiera sido, ello desató una serie de torpezas que acabó en resentimiento y
lágrimas. Sin duda la muchacha terminó llorosa y ofendida, él se levantó
polvoriento y cabizbajo, y ella se marchó sumergida en comparaciones odiosas,
serias dudas acerca de si realmente alguna vez le había querido, y con la clara
certidumbre de que no le volvería a querer nunca más. Y en este estado mental
escaló el Aldington, apesadumbrado, y luego de un intervalo, largo quizá, de un
modo bastante inexplicable se quedó dormido.
Despertó sobre el colchón más suave en que jamás hubiera
dormido, a la sombra de árboles muy frondosos que cubrían completamente el
cielo. Según parece, en el País de las Hadas el cielo, en realidad, está
siempre oculto. Salvo una noche en que las hadas danzaban, el señor
Skelmersdale nunca vio una sola estrella durante todo el tiempo que pasó con
ellas. Y en cuanto a esa noche, tengo mis dudas de que estuviera en el mismo
País de las Hadas o, por el contrario, entre los cercos y juncales en los
terrenos bajos que bordean la vía férrea de Smeeth.
Pero aun así había luz bajo aquellos árboles, y en medio de la
hierba y sobre las hojas se encendía una multitud de luciérnagas, bellas y muy
brillantes. La primera impresión del señor Skelmersdale fue la de que él era
muy pequeño, y la siguiente, que se hallaba rodeado de una cantidad de gente
aún más pequeña. Según dijo, por alguna razón no estaba ni sorprendido ni
asustado, y se levantó lentamente, restregando sus ojos adormilados. Y entonces
vio alzarse a su alrededor a los risueños duendes que le habían llevado dormido
bajo su poder, hasta el País de las Hadas.
No conseguí determinar cómo eran estos duendes, por lo vago e
imperfecto de su vocabulario y la escasa observación que parece haber ejercido
respecto de los detalles. Se cubrían con algo muy ligero y hermoso, que no era
ni algodón, ni seda, ni hojas, ni pétalos de flores. Se hallaban de pie a su
alrededor cuando él despertó, y de repente, a través del claro, por una avenida
de luciérnagas y precedida por una estrella, se le aproximó el hada que es el
personaje principal de su experiencia y relato.
De ella pude saber más, Vestía de verde diáfano, y rodeaba su
fina cintura una ancha faja de plata. Su pelo caía en ondas hacia atrás, desde
cada lado de la frente; tenía rizos que, sin ser caprichosos, flotaban
libremente, y su frente lucía una pequeña tiara, rematada en una estrellita.
Las mangas eran como abiertas de modo que se podían entrever los brazos; la
garganta, me parece, era algo visible, pues él habló de la belleza de su nuca y
su mentón. En la blanca garganta, llevaba un collar de coral, y sobre el pecho,
una flor del mismo color. Tenían su mandíbula, mejillas y cuello las líneas
suaves de un niño pequeño. Y sus ojos, según entiendo, eran de un castaño
encendido, suaves, sinceros y dulces bajo las cejas firmes. Por esta
descripción se podrán dar cuenta de cómo se destacaba la figura de esta dama
dentro de la pintura general que había hecho Skelmersdale. Algunas cosas
intentó describirlas, pero simplemente no pudo; el modo en que se movía, dijo
vanas veces; y me imagino que de ella irradiaba cierta alegría recalada.
Y fue en compañía de esta persona deliciosa, como un invitado y
compañero selecto, como el señor Skelmersdale comenzó su itinerario a través de
las intimidades del País de las Hadas. Ella le recibió amablemente y con cierta
calidez —imagino la presión de una mano de él sobre las dos de ella, y una cara
luminosa frente a la del hombre—. Después de todo, diez años atrás el joven
Skelmersdale puede haber sido muy guapo. Y una vez que ella le tomó del brazo,
creo yo, le condujo de la mano hacia abajo, al claro iluminado por las
luciérnagas.
O modo en que las cosas ocurrieron allí no pertenece al
desarticulado esqueleto descriptivo del señor Skelmersdale. De los hechos y
rincones insólitos, de los sitios donde se reunían muchas hadas, de las «setas
de un rosado brillante», de la alimentación de las hadas —de la cual sólo
atinaba a decir: «¡Tendría usted que haberlo probado!»— y de las melodías de
las hadas —como las de una cajita de música—, que salían de entre las flores,
tenía impresiones escasas e insatisfactorias. Había un gran lugar abierto donde
las hadas hacían carreras sobre lo que el señor Skelmersdale llamaba «esas
cosas que ellas conducían». Larvas, tal vez, o escarabajos, o esos grillitos
que tanto abundan y se escapan con tanta facilidad. En otro sitio había caídas
de agua donde crecían gigantescos «botones de oro», y en los momentos de más
calor las hadas se bañaban allí. Había juegos y danzas y las pequeñas criaturas
hacían el amor entre el musgo de las ramas. Es indudable que el hada trató de
conquistar al señor Skelmersdale, a lo que éste se resistió. Por cierto llegó
un momento en que ella se sentó a su lado, en un lugar apartado y tranquilo,
«lleno de fragancia de violetas», y le habló de amor.
—Cuando su voz se hizo mas suave —contaba el señor
Skelmersdale—, y puso su mano sobre la mía, ¿entiende?, y se me acercó con ese
modo tierno, cálidamente amistoso que ella tenía, fue más de lo que yo podía
resistir para no perder la cabeza.
Parece que consiguió conservar su cabeza hasta un cierto
—desdichado— límite. Percibió «cómo soplaba el viento», dijo, y así, sentado en
aquel lugar inundado de perfume a violetas, al contacto de esta amorosa hada
que le envolvía, el señor Skelmersdale le reveló con delicadeza ¡que estaba
comprometido!
Ella le había dicho que le amaba tiernamente, que para ella él
era un dulce muchacho humano, y que tendría de ella todo lo que se le ocurriera
pedirle, hasta los mas profundos deseos de su corazón.
Y el señor Skelmersdale, que, me imagino, intentaba tenazmente
no mirar sus pequeños labios mientras se abrían y se cenaban, formuló su
petición mas íntima al explicarle que le interesaba poseer el capital
suficiente para instalar una pequeña tienda. Deseaba sentir, señaló, que tenía
bastante dinero para realizar aquello Imagino una breve sorpresa en aquellos
ojos castaños de los que él había hablado pero ella parece haberse mostrado
favorable frente a todo el asunto, y le hizo unas cuantas preguntas sobre la
pequeña tienda, mientras hacía «algo así como reír» todo el tiempo. Así llegó
él a declarar completa-mente su situación y le contó todo acerca de Millie
—¿Todo? —le dije,
—Todo —respondió el señor Skelmersdale— quién era ella, dónde
vivía, y todo acerca de ella. Todo el tiempo había estado sintiendo que debía
decírselo, y finalmente lo hice.
—Tendrás todo lo que quieras —dijo el hada—. Dalo por hecho
Sentirás que tienes el dinero, como lo deseaste. Y ahora, ya lo sabes, tienes
que besarme.
Y el señor Skelmersdale, simulando no oír estas últimas
palabras, le dijo que era muy amable de su parte. Que realmente él no merecía
semejante favor. Y...
El hada se le acercó de repente y le susurró: «¡Bésame!»
—Y yo —dijo el señor Skelmersdale—, como un tonto, lo hice.
Hay besos y besos, me han dicho, y éste no debe de haber sido
del tipo de los de Millie. Había algo mágico en ese beso; con certeza marcaba
un momento crucial. Sea como fuere, éste es uno de los episodios que él
consideraba lo bastante importante como para describirlo con más detenimiento.
Traté de obtener un relato preciso, de desenredarlo entre las muecas y gestos a
través de los cuales me llegaba, pero no había duda de que era completamente
distinto de mi forma de expresarlo, y mucho mas hermoso y dulce, bajo la suave
luz tamizada y el silencio sutilmente animado de los claros encantados. E! hada
continuó preguntándole acerca de Millie, si era muy bella, y cosas por el
estilo, muchísimas veces. En cuanto a la belleza de Millie, me lo imagino
respondiendo: «Está bien.» Y luego, o en otro momento, el hada le contó que
ella se había enamorado de él al verle dormido a la luz de la luna, y había
decidido traérselo al País de las Hadas pensando, sin conocer la existencia de
Millie, que quizás él podría amarla. «Pero ahora tú sabes que no puedes —le
dijo—, de manera que apenas debes detenerte conmigo, y tienes que volver con
Millie.»
Cuando le dijo eso, ya Skelmersdale se había enamorado de ella,
pero la pura inercia de su mente le mantuvo en la dirección tomada. Le imagino
sentado, sumergido en una especie de estupefacción, en medio de aquellas cosas
espléndidas, dando respuestas acerca de su Millie, de la pequeña tienda
proyectada y de la necesidad de un caballo y un carro... Y ese absurdo estado
de cosas debe de haber continuado durante días y días. Veo a aquella damita,
rondándole, tratando de complacerle, demasiado delicada para entender su
complejidad y demasiado tierna para dejarle marchar. Y él, hipnotizado como
estaba por su empresa terrenal, continuó su camino, pensando en esto y aquello,
ciego a todo lo del País de las Hadas, salvo a esta maravillosa intimidad que
le había llegado. Es difícil, es imposible expresar el efecto de su radiante
dulzura brillando a través de la jungla de frases bastas e inconclusas del
pobre Skelmersdale. Para mí, al menos, ella brillaba clara en medio del
embrollo de su historia, como una luciérnaga en un juncal.
Deben de haber pasado muchos días mientras todo esto sucedía, y
alguna vez, me digo, bailaron a la luz de la luna en los cercos mágicos que
tachonaban las praderas cercanas a Smeeth... pero un buen día llegó el final.
Ella le llevó a un gran espacio cavernoso, iluminado por «una especie de luz
nocturna y rojiza», donde se apilaban arcas sobre arcas, copas y cajas doradas
y un cúmulo de lo que al señor Skelmersdale le pareció, con toda evidencia, oro
acuñado. En medio de toda aquella riqueza pequeños gnomos la saludaban a su
paso. De pronto se volvió hacia él y le miró con ojos brillantes.
—Y ahora —le dijo—, ha sido muy amable de tu parte quedarte
conmigo durante tanto tiempo, y ya es hora de que te vayas. Debes volver a tu
Millie. Debes volver a tu Millie, y aquí, como te prometí, te darán oro.
—Ella pareció ahogarse —dijo el señor Skelmersdale—. Entonces
tuve una especie de sensación... —se tocó el pecho— como si allí me estuviera
desvaneciendo. Estaba pálido y tiritaba, y aun entonces... no pude decir una
palabra.
Se detuvo.
—Sí —le dije.
La escena era indescriptible. Pero yo sé que ella le dio un beso
de despedida.
—¿Y usted no le dijo nada?
—Nada —respondió—. Me quedé como un becerro disecado. Ella se
volvió una vez más, ¿sabe?, y se quedó como sonriendo y llorando —podía ver el
brillo de sus ojos— y de pronto se marchó, y todas aquellas criaturas yendo y
viniendo a mi alrededor, llenando mis manos y mis bolsillos y el hueco de mi
cuello, y todos los huecos, con oro y más oro.
Y precisamente cuando el hada ya había desaparecido, el señor
Skelmersdale realmente comprendió y supo. De repente comenzó a quitarse de
encima todo el oro que le ponían, y comenzó a gritarles para evitar que lo
siguieran haciendo:
—¡No quiero vuestro oro! —grité—. Todavía no he terminado. No me
voy. Quiero hablar con esa hada nuevamente. —Quise salir tras ella, pero me
retuvieron. Sí, afirmaron sus manecitas en mi cintura y me empujaron hacia
atrás. Siguieron dándome mas y más oro hasta que comenzó a desbordar y salía
por las piernas de mis pantalones y caía de mis manos.
—No quiero vuestro oro —les decía—, sólo quiero hablar de nuevo
con el hada.
—¿Y lo logró?
—Se produjo una trifulca.
—¿Antes de verla?
—No la vi. Cuando pude librarme de ellos no se la veía por
ningún lado.
Así que salió corriendo fuera de la caverna iluminada de rojo en
su busca, a través de una larga gruta, y de allí salió a un gran lugar desolado
por el cual un enjambre de fuegos fatuos volaban de aquí para allá. Y a su
alrededor los duendes danzaban mofándose de él, y los péchenos gnomos salían de
la caverna y corrían tras él cargados de oro, que le arrojaban a puñados
gritando:
—¡Amor encantado y oro encantado!, ¡amor encantado y oro
encantado!
Al oír esto, sintió terror de que todo hubiese acabado, y
alzando la voz la llamó por su nombre, y de repente echó a correr pendiente
abajo desde la boca de la caverna, a través de zarzas y espinos, llamándola en
voz muy alta y repetidamente. Los duendes bailaban a su alrededor sin oírle,
pinchándole y pellizcándole, y los fuegos fatuos le rodeaban y daban contra su
cara, y los gnomos le perseguían gritando y arrojándole el oro encantado.
Mientras corría en medio de esta extraña corte enloquecedora, de
pronto se metía en una ciénaga hasta la rodilla, o se encontraba en medio de
espesas raíces enredadas, y finalmente se enganchó un pie, tambaleo y cayó...
Cayó y rodó, y en ese instante se encontró en el monte
Aldington, cuan largo era, solo bajo las estrellas.
Se levantó inmediatamente, dijo, y comprobó que estaba tieso y
frío, y tenía las ropas mojadas de rocío. Le llegó la primera claridad del
amanecer junto con un viento destemplado. Podría haber creído que todo aquello
había sido sólo un sueño extrañamente vivido, hasta que al meterse las manos en
los bolsillos los encontró llenos de cenizas. Entonces comprendió que
efectivamente era oro encantado lo que le habían dado. Todavía sentía los
pinchazos y pellizcos, aunque no le quedaba marca alguna de ellos. Y de este
modo, tan de repente, el señor Skelmersdale volvió del País de las Hadas a este
mundo de hombres. Hasta entonces imaginaba que todo podía haber sido cuestión
de una noche, pero al llegar a la tienda de Aldington Comer comprobó, azorado,
que habían pasado tres semanas.
—¡Dios mío!, ¡en qué lío me vi! —dijo el señor Skelmersdale.
—¿Por qué?
—Por tener que dar explicaciones. Supongo que usted nunca habrá
tenido que explicar una cosa semejante.
—Nunca —dije, y él se explayó durante un rato refiriendo cómo habían
reaccionado esta o aquella persona. Al hacerlo, evitó mencionar un nombre.
—¿Y Millie? —inquirí.
—No quise verla.
—¿Y cuándo se encontraron?
—Nos cruzamos el domingo, a la salida de la iglesia. «¿Dónde has
estado?», me preguntó, y entendí que me estaba regañando. No me importaba si en
realidad lo estaba haciendo. Parecía haberla olvidado, inclusive mientras me
estaba hablando allí mismo. Ella no era nada. No lograba entender qué podía
haberle visto alguna vez, qué pude haber encontrado en ella. Luego, a veces,
cuando no la tenía enfrente, me volvía un poquito, pero nunca si ella estaba
presente. Además, siempre se me representaba la otra, y la borraba por
completo... De todos modos, esto no le destrozó el corazón.
—¿Se casó? —averigüé.
—Con su primo —dijo el señor Skelmersdale, y se quedó pensativo,
mirando el dibujo del mantel.
Cuando al cabo de unos momentos volvió a tomar la palabra, era
claro que su antigua novia se había desvanecido en su alma sin dejar rastro, y
que la conversación le había traído a la memoria al hada, triunfante en su
corazón, Me habló de ella, poco después me confesó las cosas más raras,
extraños secretos de amor que sería desleal repetir. Pienso que en realidad lo
más peculiar de todo el caso era escuchar a aquel boticario pequeño y pulcro,
terminado el relato, junto a un vaso de whisky y con un cigarrillo entre los
dedos, atestiguando, todavía con pesar, aunque ya con una angustia mitigada por
el paso del tiempo, la insaciable hambre del corazón que en ese momento
padecía.
—No podía comer —dijo—, no podía dormir. Cometía errores en los
pedidos de compra y me confundía al dar el cambio. Allí estaba ella, noche y
día, atrayéndome sin cesar. Oh, la quería. ¡Dios mío, cuánto la quería! Me
estaba allí, la mayoría de las tardes, en el Knoll, a menudo hasta cuando
llovía. Solía caminar hasta arriba, alrededor, pidiéndoles que me admitieran de
nuevo. Gritando. A veces casi sollozando. Me sentía enloquecido y desgraciado.
Continuaba diciendo que todo había sido un error. Todos los domingos después
del mediodía subía hasta aquel lugar, húmedo y agradable, aunque yo sabía tanto
como usted que no era apropiado ir de día. Y traté de dormir allí.
Se detuvo de repente y bebió un poco de whisky.
—Traté de dormir allí —dijo, y podría jurar que sus labios
temblaron—. Traté de ir a dormir allí una y otra vez. Y ¿sabe una cosa?, no
pude, señor, nunca... Pensé que si tal vez podía ir a dormir allí, algo
sucedería... Pero me senté allí, me acosté allí, y no pude... Pensaba y sentía
ese anhelo... Es ese anhelo... Yo traté...
Sopló, se bebió espasmódicamente el resto del whisky, se puso de
pie repentinamente y se abotonó la chaqueta, mirando fijamente y en forma
crítica las oleografías junto a la chimenea. La libretita negra donde anotaba
los pedidos de su recorrido diario formaba un bulto rígido en el bolsillo
delantero. Cuando acabó de abrochar todos los botones, dio una palmada en su
pecho y se volvió a mí repentinamente.
—Bueno —dijo—, debo irme.
Había algo en sus ojos y en su actitud que le resultaba
demasiado difícil expresar en palabras.
—Uno se pone a hablar —dijo al fin junto a la puerta, y sonrió
tristemente, y desapareció de mi vista.
Y ésta es la historia del señor Skelmersdale en el País de las
Hadas, tal como él mismo me la refino.
Jimmy Goggles, el dios
—No todo el mundo ha sido un dios —dijo el hombre de piel
morena—. Pero eso es lo que a mí me sucedió. Entre otras cosas.
Le di a entender que agradecía su condescendencia al contármelo.
—No se puede tener mayor ambición, ¿verdad? —siguió diciendo—.
Yo soy uno de los que se salvaron en el naufragio del Ocean Pioneer. ¡Caramba!
Cómo vuela el tiempo. Ya hace veinte años. Me pregunto si recuerda usted algo
del Ocean Pioneer.
El nombre me era familiar e intenté recordar dónde y cuándo lo
había leído. ¿El Ocean Pioneer?
—Recuerdo algo sobre oro en polvo —dije vagamente—, pero en
concreto...
—Eso es —dijo—. Se metió en un maldito canal estrecho donde no
tenía nada que hacer... para huir de los piratas. Era antes de que acabaran con
ellos. Se trataba de un lugar donde en tiempos pasados hubo volcanes o algo por
el estilo, y había rocas por todas partes. En los alrededores de Soona hay
lugares donde deben vigilarse de continuo las rocas para poder ver cuándo
aparecerá la próxima. Allí se hundió el barco, a veinte brazas de profundidad,
antes de que nadie pudiera darse cuenta, con un cargamento de cincuenta mil
libras de oro a bordo.
—¿Hubo supervivientes?
—Tres.
—Sí, ahora lo recuerdo —dije—. Algo acerca del salvamento...
Al oír la palabra salvamento, el hombre de piel morena estalló
en tal torrente de palabrotas que me callé, asustado. Después, de repente,
suavizando su lenguaje, dijo:
—Perdone, ¡pero hablar de... salvamento! —Se inclinó hacia mí—.
Yo tomé parte en el asunto —dijo—. Intenté hacerme neo y en vez de esto me
convertí en un dios. Yo tengo mis sentimientos,.. Ser dios no siempre es
agradable —dijo el hombre moreno, y durante un rato siguió haciendo comentarios
por el estilo, sin continuar su relato. Por fin, cogió otra vez el hilo—. Allí
estaba yo, con un marino llamado Jacobs y con Always, el contramaestre del
Ocean Pioneer. Fue él quien empezó todo el asunto. Todavía le recuerdo,
insinuando todo el asunto con una sola frase en el bote salvavidas. Tenía una
habilidad especial para dar a entender las cosas. «En este barco —dijo— hay
cuarenta mil libras, y soy yo quien ha de decir dónde se ha hundido.» No se
necesitaba mucha inteligencia para entenderlo. Por eso fue el jefe desde el
principio hasta el fin, consiguiendo la ayuda de los Sanders y su barco. Los
Sanders eran hermanos y el barco, un bergantín, se llamaba Pride of Banya. Fue
él quien compró la escafandra, de segunda mano, con aparato de aire comprimido
en lugar de bomba, y también hubiera sido él quien buceara de no habérselo
impedido su salud. Y mientras, los del salvamento se chapuzaban en Starr Race,
a ciento veinte millas de distancia, siguiendo un mapa que él había trazado con
la mayor seriedad.
»Le aseguro que en aquel bergantín éramos felices; bromeábamos,
bebíamos y teníamos grandes esperanzas. Todo parecía limpio, claro y sencillo;
lo que la gente suele llamar "una bicoca". Solíamos preguntarnos cómo
les iría a esos benditos del salvamento, que habían empezado dos días antes que
nosotros, y nos moríamos de risa. Permanecíamos juntos en el camarote de los
Sanders —era una tripulación curiosa, todos oficiales, sin ningún marinero—,
donde estaba la escafandra esperando su tumo. El más joven de los Sanders era
un tipo con sentido del humor. Realmente, tal como él nos lo hizo notar, en la
cabezota y la mirada de aquella escafandra había algo divertido. La llamaba
"Jimmy Goggles" y le hablaba como a una persona. Le preguntaba si
estaba casado y cómo estaba la señora Goggles y las pequeñas Gogglesas. Era
para reventar de risa. Todos los días bebíamos ron a la salud de Jimmy Goggles,
le desenroscábamos el ojo y echábamos un vaso en su interior, hasta que, en
lugar de tener aquel desagradable olor a goma, su interior olió como un barril
de ron. Pasamos muy buenos ratos durante aquellos días, se lo aseguro... sin
sospechar, ¡pobres infelices!, lo que se nos venía encima.
«Sabe usted, no íbamos a estropear el asunto por ir demasiado
aprisa, así que dedicamos todo un día a avanzar entre sondeos hacia donde había
naufragado el Ocean Pioneer, entre dos grandes rocas grises, unas rocas de lava
que apenas afloran sobre el agua. Tuvimos que apartamos media milla para
encontrar un lugar seguro donde echar anclas, y entonces estalló una tormentosa
pelea para decidir quién se quedaría a bordo. El barco estaba allí, en el mismo
lugar donde se había hundido, y se podía ver perfectamente el tope de los
mástiles. La pelea terminó subiendo todos al bote, y fui yo quien se sumergió
con la escafandra el jueves al amanecer.
«¡Qué maravilla! Aún lo estoy viendo Empezaba a alborear y el
lugar parecía muy extraño. La gente piensa que todos los lugares del trópico
son iguales: una playa lisa, palmeras y resaca. ¡Dios les proteja! Aquel lugar
no tenía nada de eso. No eran rocas normales, comidas por las olas, sino
grandes bancos redondos, semejantes a montones de ceniza de fundición, con
cieno verde por debajo y arbustos espinosos encima, flotando por todas partes;
el agua era transparente y tranquila, con un brillo gris oscuro con enormes
algas de color pardo que resplandecían extendiéndose inmóviles, y los peces
nadando entre ellas, Más lejos, detrás de los escollos, las lagunas y los
montones de ceniza, en la ladera de una montaña se veía un bosque cuyos árboles
rebrotaban una vez más, extinguidos ya los fuegos y las pavesas de la última
erupción. Y al otro lado del coral, también bosque, y una especie de, ¿cómo
diría?, anfiteatro roto, hecho de cenizas negras y amarillentas, elevándose por
encima de todo lo demás, con el mar formando una especie de bahía en el centro.
»Como le decía, eran las primeras luces del alba y las cosas
tenían un aspecto más bien descolorido. Los únicos seres humanos que podían
verse a uno y otro lado del canal éramos nosotros. Únicamente se veía el Pride
of Banya detrás de un grupo de rocas. No se veía alma viviente —repitió, e hizo
una pausa—. No me explico de dónde salieron. Estábamos tan seguros de estar
solos, que hasta dejamos al más joven de los Sanders que cantara. Yo me había
introducido en Jimmy Goggles y sólo me faltaba ponerme el" casco. "Ha
sido fácil —dijo Always—, aquí se ve el mástil." Después de echar un
vistazo por encima de la borda, cogí el casco y faltó poco para que me cayera
al virar el bote el mayor de los Sanders. Tras enroscar los tornillos y
comprobar que todo estaba bien, cerré la válvula del aire para facilitar la
inmersión y salté al agua con los pies por delante, pues carecíamos de
escalera. Dejé el bote y me sumergí; todos los demás se asomaron a mirar
mientras me hundía hacia las algas y la oscuridad que rodeaban el mástil. Creó
que nadie, ni siquiera el tipo más precavido del mundo, se hubiera molestado en
mirar alrededor en un lugar tan desolado como aquél. Respiraba soledad.
»Ya supondrá que yo era un novato en eso de la inmersión.
Ninguno de nosotros era buzo. Tuvimos que aprender a manejar el aparato;
además, era la primera vez que me sumergía. Es una sensación horrible. Los
oídos duelen terriblemente. No sé si se habrá hecho daño alguna vez bostezando
o estornudando; da la misma sensación, aunque diez veces peor. Y un dolor aquí,
encima de las cejas, horrible, y la cabeza se queda completamente embotada. Y
en los pulmones, la sensación todavía es peor, Al descender tienes la sensación
de que empiezas a elevarte. Y no puedes levantar la cabeza para ver qué hay
arriba ni observar qué pasa a tus pies sin experimentar un fuerte dolor al
inclinarte. Y una vez abajo, la oscuridad. Sólo las cenizas y el barro del
fondo. Era como invertir el tiempo y regresar a la noche.
»El mástil apareció como un fantasma en la oscuridad, a
continuación, un grupo de peces, después uno de algas rojas meciéndose y luego,
con un trastazo, acompañado de un nudo sordo, choqué con el puente del Ocean
Pioneer. Los peces que se habían alimentado de los cadáveres se elevaron a mi
alrededor romo se levanta un enjambre de moscas de la basura en verano Abrí de
nuevo el paso del aire comprimido, pues la escafandra resultaba algo pesada y
seguía oliendo a goma a pesar del ron, y me detuve un momento para recuperarme.
Hacía frío, allí abajo, lo que me ayudó a disipar un poco el agobio.
»Cuando empecé a sentirme mejor, miré a mi alrededor. La vista
era magnífica. Incluso la luz era extraordinaria: una especie de crepúsculo
rojizo, producido por las algas rojas que flotaban a cada lado del barco, Y
allá, sobre mi cabeza, un pálido verde azulado. La cubierta del barco estaba
entera, excepto una pequeña zona de estribor; yacía larga y oscura entre las
algas, despejada, menos en el lugar donde los mástiles se habían roto al
hundirse, perdiéndose en la oscuridad, hacia el castillo de popa. No había
ningún cadáver en los puentes; supongo que la mayoría debían estar entre las
algas; pero más tarde encontré dos esqueletos en los camarotes de los
pasajeros, donde la muerte les había sorprendido. Resultaba curioso permanecer
en aquella cubierta e ir reconociéndola poco a poco: el lugar de la barandilla
donde me gustaba fumar a la luz de las estrellas, el rincón donde un tipo de
Sidney solía flirtear con una viuda que iba a bordo. Hacían buena pareja, hacía
sólo un mes, y ahora no quedaba de ellos ni para alimentar a un cangrejo
pequeño.
«Siempre he tenido algo de filósofo; creo que pasé por lo menos
cinco minutos inmerso en este tipo de reflexiones, antes de bajar en busca del
lugar donde se hallaba el dichoso oro. Era un trabajo lento, realizado a
tientas la mayor parte del tiempo, pues estaba completamente oscuro, con sólo
unos pocos destellos azules que penetraban a través de la toldilla. Y cosas que
se movían, una que chocó con el cristal de la escafandra, otra que me pellizcó
la pierna. Pensé que serían cangrejos. Pisé un montón de basura desperdigada
que me intrigó; me detuve y cogí un objeto largo con protuberancias. ¿Sabe qué
era? ¡Un trozo de espina dorsal! Pero los huesos nunca me han impresionado gran
cosa. Habíamos hablado del asunto y estudiado
todos los detalles, y Always sabía perfectamente dónde se
guardaba el oro. Encontré el lugar. Levanté la caja por uno de sus extremos más
o menos una pulgada. —Se detuvo un momento—. Conseguí levantarla a una altura
así. ¡Oro puro por valor de cuarenta mil libras! ¡Oro! —grité en el interior de
mi casco, como si gritara victoria, y me dolieron los oídos. Empezaba a
respirar con dificultad y a sentirme cansado —había estado sumergido veinte
minutos o más—, y pensé que ya bastaba. Atravesé de nuevo la toldilla, y cuando
mis ojos se asomaron al puente, un ruidoso y enorme cangrejo dio una especie de
salto histérico y huyó hacia un lado. Me dio un buen susto. Estaba de pie en el
puente despejado y cerré la válvula del casco para que el aire, al acumularse,
me llevara de nuevo hacia arriba. Sentí una especie de estremecimiento por
encima de mí, como si golpearan el agua con un remo, pero no levanté la cabeza.
Pensé que me hacían señales para que subiera.
«Entonces algo cayó a mi lado, algo pesado, que quedó clavado y
oscilando en los maderos de la cubierta. Miré y vi que se trataba de un largo
cuchillo que había visto en manos del más joven de los Sanders. Pensé que lo
había dejado caer, y mientras le llamaba imbécil y otras cosas, pues podía
haberme herido, empecé a ascender para salir a la luz del día. Había llegado a
la parte alta de las vergas cuando, ¡paf!, choqué con algo que se hundía y una
bota golpeó la parte delantera de mi casco. Pero había algo mas, agitándose
terriblemente. Fuera lo que fuese, me pasaba encima moviéndose y retorciéndose.
Hubiera pensado que se trataba de un enorme pulpo o algo por el estilo a no ser
por la bota, pues los pulpos no calzan botas. Por supuesto, todo esto ocurrió en
un instante. Sentí que volvía a hundirme, agité los brazos para mantener el
equilibrio y el fardo cayó, al tiempo que yo me elevaba...
Hizo una pausa.
—Vi la cara del joven Sanders, sobre un hombro desnudo y negro;
una lanza le atravesaba el cuello y había algo en el agua que parecían
espirales de humo rosado saliéndole de la boca. Cayeron ambos agarrados uno al
otro, revolviéndose y sin fuerzas para soltarse. Un segundo después, mi casco
chocó y faltó poco para que se rompiera contra la canoa de los negros. ¡Eran
negros! Dos canoas llenas.
»Fueron unos minutos movidos, ¡de verdad! Atravesado por tres
lanzas, Always cayó por la borda. Las piernas de tres o cuatro tipos negros me
golpeaban en el agua. No pude ver mucho, pero sí lo suficiente para comprender
que todo estaba perdido, por lo que, dando una repentina vuelta a la válvula,
me volví a sumergir en busca del pobre Always, presa de un terror que supongo
podrá usted imaginarse. Pasé al lado del negro y de Sanders, que aún luchaban
débilmente, y me hallé otra vez de pie en la cubierta del Ocean Pioneer.
»¡Diablos! —pensé—, ¡vaya problema! ¡Negros! Durante un momento
no vi otra alternativa: Morir de asfixia abajo o atravesado por las lanzas de
los negros arriba. No sabía la cantidad de aire que me quedaba, pero me daba
cuenta de que no podría resistir durante mucho tiempo. Sentía calor y tenía la
cabeza completamente embotada, aparte del terrible miedo que me invadía. No
habíamos contado con esos fieros indígenas, asquerosas bestias papúes. No era
prudente volver a salir por el mismo sitio, así que tenía que pensar en otra
solución. De momento, me encaramé por el costado del barco y me introduje entre
las algas, hundiéndome en la oscuridad y anclando lo más lejos que pude.
Después, me detuve y me arrodillé; volví la cabeza y miré hacia arriba. En lo
alto brillaba un extraordinario color azul verdoso, y las dos canoas y el bote
se veían pequeños y distantes, formando una especie de H retorcida. Mirar hacia
arriba y pensar en todo lo ocurrido me hizo sentirme mal.
»Fueron los peores diez minutos de mi vida; los pasé errando en
la oscuridad, con una opresión terrible, como si estuviera enterrado en la
arena, sintiendo un dolor en el pecho, enfermo de miedo y respirando con la
sensación de aspirar únicamente aquel olor a ron y goma. ¡Demonios! Poco
después, empecé a trepar por una cuesta escarpada. Miré otra vez de soslayo,
para comprobar si aún se veían las canoas y el bote, y seguí. Cuando llegué a
un pie de la superficie me detuve e intenté ver hacia dónde iba; pero, como es
de suponer, sólo se veían los reflejos de la superficie. Entonces me precipité
hacia el exterior como si golpeara un espejo con la cabeza. Al salir del agua
vi que había llegado a una especie de playa cercana al bosque. Eché un vistazo
alrededor, pero los indígenas y el bergantín quedaban ocultos por un montón de
lava retorcida. El tonto que hay en mí me sugirió que corriese hacia el bosque.
No me saqué el casco, sólo abrí uno de sus cristales, y después de jadear un
poco, salí del agua. Imagínese cuan limpio y ligero me pareció el aire.
«Por descontado que con cuatro pulgadas de plomo en la suela de
las botas, la cabeza dentro de un casco de cobre mayor que una pelota de fútbol
y habiendo permanecido treinta y cinco minutos sumergido en el agua, no se
puede batir ninguna marca de velocidad. Corrí como una tortuga, y a medio
camino de los árboles me topé con una docena o mas de negros que salían de
entre ellos y que se me acercaban con una actitud anhelante y sorprendida.
»Me quedé inmóvil y maldije en mi interior a todos los imbéciles
que hemos nacido en Londres. No había posibilidad alguna de regresar al agua.
Lo único que hice fue enroscar otra vez el cristal para tener las manos ubres,
y esperé a que vinieran por mí. No podía hacer otra cosa.
Pero no se acercaron. Empecé a sospechar por qué. "Jimmy
Goggles —le dije—, es debido a tu belleza." Creo que con todos aquellos
peligros amenazándome y el cambio de presión, tenía la cabeza algo ida.
"¿Qué miráis?", dije, como si aquellos salvajes hubieran podido
oírme. "¿Por quién me tomáis? Que me condene, si no os doy una razón para
mirar", dije, y cerré la válvula de escape y di paso al aire comprimido,
hasta que me hinché como un globo. Debió resultar bastante impresionante. No se
atrevieron a avanzar un solo paso. Y de pronto, empezaron a postrarse de
rodillas uno tras otro. No sabían cómo tratarme y actuaron de la manera que les
pareció mas correcta y razonable. Pensé en dar media vuelta y volver corriendo
al mar, pero me pareció inútil. Si hubiera dado un solo paso hacia atrás, me
habrían perseguido. Llevado por la desesperación, me dirigí hacia ellos,
avanzando por la playa con pasos lentos y pesados y agitando mis brazos
hinchados de una manera majestuosa. Pero en mi interior no las tenía todas conmigo.
«Pero no hay nada que ayude más a un hombre en apuros como un
aspecto imponente, ya lo había podido comprobar antes de aquello y también lo
comprobé después. A las personas como nosotros, que a la edad de siete años ya
han visto escafandras, les es difícil imaginar el efecto que éstas pueden
causar en las mentes sencillas de esos salvajes. Uno o dos se volvieron y
empezaron a correr, los otros empezaron a golpear frenéticamente el suelo con
la frente una y otra vez. Y yo seguí avanzando, lenta y majestuosamente, con mi
aspecto artificioso y extraño. Era evidente que me tomaban por algo
extraordinario.
«Entonces, uno se puso en pie señalando con el dedo, haciendo
gestos desmesurados en dirección a mí, al tiempo que los otros empezaban a
compartir su atención entre mi persona y algo que vieron en el mar. "¿Qué
pasa?", me dije. De acuerdo con mi dignidad, me volví lentamente y vi,
saliendo de detrás de un promontorio, al pobre Pride of Banya rodeado por un
grupo de canoas. Su vista casi me puso enfermo. Pero ellos evidentemente
esperaban alguna señal de satisfacción, por lo que agité los brazos de manera
mecánica. Después, me di la vuelta y con paso majestuoso me dirigí de nuevo
hacia los árboles. En aquellos momentos, recuerdo que recé como un loco una y
otra vez; "¡Dios mío, ayúdame! ¡Dios mío, ayúdame!" Únicamente los
ignorantes que no saben nada de nada de los peligros se reirían de mis ruegos.
«Pero los negros no estaban dispuestos a dejarme marchar así
como así. Empezaron a bailar una especie de danza a mi alrededor, obligándome a
tomar determinado camino a través de los árboles. Estaba claro que, pensaran de
mí lo que pensaran, no me tomaban por un ciudadano inglés; y yo, por mi parte,
nunca me sentí menos ansioso de pertenecer a este viejo país.
«Quizás le cueste creerlo, a no ser que esté familiarizado con
los indígenas, pero aquellas criaturas ignorantes y descamadas me llevaron
directamente a una especie de templo para ponerme ante una negra y antigua
piedra sagrada que guardaban en él. Empezaba a darme cuenta de cuan grande era
su ignorancia, y al poner los ojos en aquella deidad comprendí lo que pasaba.
Empecé a gritar con voz de barítono un "uou-uou" muy prolongado y a
agitar intensamente los brazos, y luego, muy lenta y ceremoniosamente, derribé
la deidad y me senté sobre ella. Necesitaba sentarme; las escafandras no son
una prenda apropiada para vestir en los trópicos. Hablando claro, resultan
demasiado pesadas. Me di cuenta de lo grande que era su emoción al ver que me
sentaba en su altar, pero en menos de un minuto llegaron a una conclusión y me
adoraron. Ya puede usted imaginar cómo me sentí aliviado a pesar del peso que
soportaban mis hombros y pies, al ver el cariz que iban tomando las cosas.
»Lo único que me preocupaba era pensar cómo se lo tomarían los
de las canoas cuando regresaran. Si me vieron en el bote antes de sumergirme
sin si casco puesto, pues podían haber espiado escondidos durante la noche,
seguramente adoptarían un punto de vista muy diferente al de sus compañeros.
Durante horas, hasta que empezó el ajetreo de su llegada, me sentí como sobre
ascuas.
Pero se lo tragaron, todo el poblado se lo tragó. A base de
permanecer lo más quieto y rígido que pude, como las estatuas egipcias, durante
casi doce horas, me di cuenta de que al fin lo había conseguido. Usted no puede
comprender lo que esto suponía en medio de aquel calor y aquellos horribles
olores. No creo que ninguno de ellos sospechara que dentro había un hombre. Yo
era sólo un gran dios maravilloso y coriáceo que, por fortuna para ellos, había
salido de las aguas, ¡Pero qué cansancio, qué calor, en aquel encierro, con
aquel olor a goma y ron, y aquel ajetreo! Encendieron ante mí un fuego hediondo
en una especie de plancha de lava y pusieron encima un montón de porquería
ensangrentada, cuyas peores partes se comieron en un banquete, los muy bestias,
y lo quemaron todo en mi honor. Yo me sentía hambriento, pero ahora comprendo
por qué los dioses se las arreglan sin comer, con el hedor que exhalan las
cosas que les ofrecen. También trajeron parte de las cosas que habían cogido en
el bergantín, y, entre todas ellas, la bomba neumática utilizada para el aire
comprimido, cuya vista me produjo un gran alivio. Después, entró un grupo de
muchachos de ambos sexos que bailó a mi alrededor una danza indecente. Resulta
curioso ver de qué manera tan distinta muestran su respeto los diversos
pueblos. Si hubiese tenido un hacha a mano me los cargo a todos, tan nervioso
me pusieron. Durante todo ese tiempo permanecí rígido como una estatua, sin
saber qué otra cosa podía hacer. Por fin, cuando cayó la noche y la casa-templo,
hecha de mimbres entrelazados, quedó demasiado oscura —todos esos salvajes
temen la oscuridad, sabe usted— y yo empecé a hacer una especie de ruido
"muu", encendieron hogueras en el exterior y me dejaron solo y en paz
en la oscuridad de mi cabaña con libertad para abrir un poco los cristales de
mi escafandra y tiempo para pensar en el cariz que había tomado el asunto. Me
sentía verdaderamente mal, ¡Dios mío!, y estaba completamente mareado.
«Estaba débil y hambriento, y mi mente desarrollaba una tremenda
actividad sin llegar a decidir nada; daba vueltas y más vueltas para al fin
volver al punto de partida. Me entristecía la suerte de mis compañeros,
borrachos empedernidos, ciertamente, pero no merecedores del fin que habían
tenido; la vista del joven Sanders, con la lanza atravesando su garganta, no se
apartaba de mi pensamiento. Subsistía el problema del tesoro, que continuaba
sumergido en el Ocean Pioneer, de cómo sacarlo y esconderlo en un lugar seguro,
y luego escapar y regresar para recuperarlo. Y el problema de cómo conseguir
algo de comer. Me sentía desfallecer, pero no me atrevía a pedir comida
mediante signos, por miedo a parecer demasiado humano; y por eso permanecí
allí, sentado y hambriento, casi hasta el amanecer. Cuando el poblado se sumió
en el silencio, no pudiendo aguantar ya más, salí fuera y cogí un poco de
comida, algo que parecían alcachofas, y leche agria. Lo que sobró, lo coloqué
al lado de las demás ofrendas para insinuarles cuáles eran mis gustos. Por la
mañana, vinieron a adorarme y me encontraron tieso y respetable, sentado sobre
su antiguo dios, tal como me habían dejado la noche anterior. Yo había apoyado
la espalda en el pilar que sostenía la cabaña y, en realidad, estaba dormido.
Así es como me convertí en un dios de los paganos, un falso dios, sin duda, y
blasfemo; pero no siempre se puede escoger.
«Bueno, no quiero presumir de dios mas de cuanto merezco, pero
sí puedo decir que mientras fui su dios todo les salió bien. Nada
extraordinario, por supuesto, pero ganaron una batalla con otra tribu —me
hicieron un montón de ofrendas que no merece la pena explicar—, consiguieron
una magnífica pesca y obtuvieron una extraordinaria cosecha. Además, entre los
beneficios que les propicié, ellos contaban todo lo capturado en el bergantín.
Para ser un dios nuevo, no estaba nada mal. Aunque le cueste creerlo, fui el
dios de aquellos salvajes casi cuatro meses...
»¿Qué otra cosa podía hacer? Pero no llevé la escafandra durante
todo ese tiempo. Hice que me construyeran una especie de tabernáculo y, con el
tiempo, les di a entender qué quería que hicieran. Ésta fue la mayor
dificultad, hacerles comprender mis deseos. Yo no podía bajar y chapurrear su
lenguaje —en el supuesto de que lo hubiera conocido— ni pasarme todo el tiempo
gesticulando. Así que hacía dibujos en la arena, luego me sentaba al lado y los
señalaba ululando. Algunas veces me interpretaban bien, otras mal, pero siempre
demostraron buena voluntad. Mientras, yo me rompía la cabeza para ver cómo
solucionaba el asunto. Cada noche, antes de amanecer, salía vestido con mi
escafandra y buscaba un lugar desde el cual pudiera verse el canal donde había
naufragado el Ocean Pioneer; e incluso una vez, en una noche de luna, intenté
caminar hasta el barco; pero las algas, las rocas y la oscuridad me lo
impidieron. Regresé siendo ya de día, y encontré a todos aquellos estúpidos
negros rezando en la playa para que el dios del mar volviera a ellos. Me sentía
tan cansado y humillado, de tanto vagar y tambalearme, de tanto ir y venir, que
de buena gana la hubiera emprendido a puñetazos con ellos, cuando empezaron a
mostrar su regocijo. Que me cuelguen si me gustaba tanta ceremonia.
Entonces vino el misionero, ¡Aquel misionero! Era por la tarde;
cuando llegó, yo estaba representando mi papel sentado en la piedra del templo.
Oí voces y ruidos y después su voz; hablaba con un intérprete. "Adoran
troncos y piedras", dijo, y en seguida comprendí de qué tipo se trataba.
Me había quitado uno de los cristales para estar más cómodo y siguiendo una
inspiración canté con todas mis fuerzas. "Troncos y piedras —dije—, entre
y le destrozaré su linda cabeza." Se hizo el silencio, y después volvieron
a oírse voces. Finalmente entró, Biblia en mano, con el porte que les es
peculiar a estos tipos; era un sujeto bajo y animoso, con lentes y salacot.
Sospecho que al verme sentado en la sombra, con la cabeza de cobre y en el
interior de Goggles, se quedó bastante sorprendido. "Bien —dije—, ¿cómo va
el comercio de indiana?", pues no estoy acostumbrado a tratar con
misioneros.
»Le tomé el pelo. Era un novato y no estaba a mi altura. Me
preguntó quién era con voz entrecortada, y yo le respondí que leyera la
inscripción que había a mis pies si deseaba saberlo. Se arrodilló para leer, y
su intérprete, supersticioso como todos ellos, lo tomó por un acto de adoración
y cayó como fulminado de rodillas. Todo mi pueblo lanzó un grito de triunfo y
para él acabó cualquier posibilidad de trabajar entre ellos.
«Pero fui un tonto al tomarle el pelo como lo hice. Si hubiera
tenido una pizca de sensatez, le habría contado en seguida lo del tesoro y
habría entrado en tratos con él. No tengo la más mínima duda de que hubiera
aceptado. Hasta un niño, tras pensarlo un poco, hubiera comprendido la relación
existente entre mi traje de buzo y la pérdida del Ocean Pioneer. Una semana
después de su visita, al salir una mañana, vi al Motherhood, el barco de
salvamento de Starr Race, enfilando el canal y sondándolo. El asunto se iba al
traste y todos mis sacrificios no habían servido para nada. ¡Demonios! ¡Cómo me
enfurecí! ¡Después de haber hecho el mamarracho con ese traje apestoso! ¡Cuatro
meses!
El relato del hombre de piel tostada degeneró de nuevo en
palabrotas.
—Imagíneselo —dijo, cuando una vez más moderó su lenguaje—
cuarenta mil libras en oro.
—¿Regresó el misionero? —pregunté.
—Oh, sí, ¡Dios le proteja! Puso en juego su reputación,
asegurando que había un hombre en el interior del dios, y se dispuso a
demostrarlo con gran ceremonia. Pero no había nadie; una vez más, se llevó un
chasco. Yo siempre he odiado las escenas y las explicaciones, así que me marché
mucho antes de que volviera; regresé a Banya siguiendo la costa, escondiéndome
entre la maleza durante el día y robando comida en los poblados por la noche.
Únicamente llevaba una lanza. Ni ropa ni dinero. Nada. Mi cara es mi fortuna,
como suele decirse, en vez de serlo las ocho mil libras de oro que constituían
mi quinta parte. Pero gracias a Dios, los indígenas le dieron una buena
lección, porque pensaron que había sido él quien les había privado de su buena
suerte.
El nuevo acelerador
Ciertamente, si alguna vez encontró alguien una guinea buscando
un alfiler, esa persona es mi buen amigo el profesor Gibberne. He oído hablar
de inventores que han ido mucho más allá de donde querían; pero hay que
confesar que todos ellos quedaron muy por bajo del referido profesor. Como que
el tal Gibberne ha descubierto algo capaz de introducir una verdadera
revolución en la vida. Dicho sea sin la menor exageración.
Y la verdad es que el hallazgo lo hizo por casualidad, mientras
buscaba un vulgar tónico mediante el cual las gentes que andan flojas de
nervios pudiesen resistir el tráfago agotador de la existencia moderna.
He probado la droga varias veces, y creo un deber describir los
efectos que en mí ha producido. Todos aquellos que andan en pos de nuevas
sensaciones me agradecerán estas líneas.
El profesor Gibberne es vecino mío en Folkestone. Los rasgos
característicos de su fisonomía son: una frente elevada y unas cejas negras
pobladísimas y algo huidas hacia arriba por la parte de la sien; circunstancias
que contribuyen a dar a aquella cara cierto aspecto mefistofélico.
Añadiré que es hombre decidor y bromista y que gusta mucho de
conversar conmigo acerca de sus trabajos. De ahí que haya podido seguir paso a
paso la gestación del Nuevo Acelerador, y que conozca todos, absolutamente
todos sus secretos de laboratorio.
Como todo el mundo sabe, la especialidad que ha hecho célebre a
Gibberne entre los fisiólogos es su conocimiento de la acción de las medicinas
sobre el sistema nervioso. En materia de anestésicos, soporíficos y sedativos,
no hay quien rivalice con Gibberne, cuya preocupación constante, desde hace
muchos años, era descubrir un tónico nervioso al nivel de las exigencias de la
vida contemporánea. Antes de dar con el Nuevo Acelerador, ya tenía descubiertos
tres específicos de esa clase, tan inofensivos como poderosos. Sobre todo el
jarabe Gibberne es una verdadera maravilla para restaurar nervios desahuciados.
Y conste que no es reclame.
—Pero nada de eso me satisface —me decía hará cosa de un año—. Y
no me satisface porque todas las drogas que llevo descubiertas, o bien aumentan
la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente acrecen la energía
disponible, debilitando la conductividad nerviosa, todas ellas son desiguales y
locales en sus efectos. Así, una excita el corazón, mientras paraliza el
cerebro; otra, por el contrario, pone en tensión al cerebro, en tanto que daña
al plexo solar... Lo que yo persigo es algo que lo estimule todo al mismo
tiempo, que nos sacuda desde la coronilla hasta las uñas de los pies, que nos
haga, en una palabra, ir más deprisa, vivir mas rápidamente que el resto de la
humanidad. Eso es lo que yo quiero, y lo que alcanzaré pese a quien pese.
—Pero eso sería perjudicial, en último término —me atreví a
aventurar—. Indudablemente llegaría a acometemos la fatiga.
—¿La fatiga?... Nada de eso, amigo mío. Todo se arreglaría
nutriéndose doble o triple de lo ordinario. Créame usted, el porvenir del
hombre está en pensar dos veces más rápidamente que lo hace ahora, en moverse
dos veces más de prisa, en ejecutar dos veces mas trabajo, en un tiempo dado. Y
esa conquista no podrá hacerse sin que yo acuda en su auxilio.
Pasó algún tiempo. De vez en cuando volvía a hablarme Gibberne
de sus trabajos. En ocasiones lo hacía nerviosamente, y mostraba ciertos
temores acerca de los resultados fisiológicos que el específico pudiera tener
en definitiva.
Por mi parte, he de declarar que la cosa me interesaba. He sido
siempre algo aficionado a las paradojas sobre el espacio y el tiempo, y, a mi
juicio, Gibberne se hallaba preparando nada menos que la absoluta aceleración
de la vida. ¿Y a qué conduciría ello, en suma?... Era indudable que al lado de
las innegables ventajas de la droga, el que la absorbiese repetidas veces sería
un adulto a los once años, un hombre maduro a los veinticinco y un anciano a
los treinta. De modo que, en fin de cuentas, Gibberne con su invento iba a
conseguir eso que la naturaleza realiza con los hebreos y los orientales,
quienes, si bien son gentes que piensan y obran mas rápidamente que nosotros,
en cambio son viejos caducos no bien han traspasado las fronteras de la
cincuentena.
Fuera lo que fuere, yo sentía grandes impaciencias por ver el
resultado de los estudios de Gibberne. Ese resultado no se hizo esperar. El día
10 de agosto vino a comunicarme mi amigo que el Nuevo Acelerador, nombre con
que había bautizado la droga, era una realidad tangible. Por cierto que la
noticia me la dio en la calle, poco después de haber salido de casa para
hacerme cortar el pelo. Los ojos del sabio relucían como carbunclos. Su cara
reflejaba intensísimo júbilo. Aquello era, sin duda, el triunfo definitivo.
—¡Eureka! —exclamó estrechándome nerviosamente las manos—. He
vencido, amigo mío... ¡Y qué victoria más decisiva!... Venga usted en seguida a
mi casa y se convencerá.
—Pero ¿es cierto?
—¡Muy cierto! —gritó—. Tan cierto como increíble... Es preciso
verlo para convencerse de ello.
—¿De modo que la cosa duplica el vivir?
—¡Duplicar!... Infinitamente mas que eso. Estoy asustado... ¡Qué
descubrimiento tan portentoso!... ¡Venga usted, venga usted a probarlo sin
perder un minuto!...
Y el buen Gibberne me agarró por un brazo, echando a correr como
un loco. Tuve que seguirle por fuerza.
—¿Es que, por ventura, lleva usted en el cuerpo alguna dosis de
la droga? —hube de preguntarle casi sin alientos por efecto de su desatentada
carrera.
—Nada de eso, querido. Sin embargo, le confesaré que esta
actividad se debe a una gota de agua absorbida por mí al lavar el tubo de
ensayo, donde había decantado antes cierta cantidad del Nuevo Acelerador. Por
este detalle puede usted calcular los efectos de mi tónico prodigioso... ¡Ah,
qué admirable hallazgo!... La vida acelerada mil veces... ¡Qué mil veces!
Muchos miles de veces... Mi Nuevo Acelerador es la revelación de multitud de
secretos fisiológicos... Por ejemplo, merced a él puede estudiarse la teoría de
la visión bajo una forma tan nueva como sorprendente... Sí, amigo mío; una
dosis de mi droga basta para que el ojo humano vea miles de veces más de prisa
que en estado normal. Y así todo.
La verdad es que todo aquello me iba causando cierto miedo. Así
es que, cuando me encontré en el laboratorio de Gibberne, teniendo ante mí al
sabio con un pomito lleno de un líquido verdoso, desapareció toda mi afición a
lo desconocido.
—¿Tiene usted reparos en probarlo? —interrogó el químico. La
pregunta me hizo el efecto de un latigazo. Soy hombre de mucho amor propio.
Reaccionando, pregunté con voz entera:
—Pero ¿ha probado usted personalmente los efectos del Nuevo
Acelerador?
—¿Cómo podría hablarle de ellos si así no fuera?... Y le aseguro
que es cosa absolutamente inofensiva.
Al oír esto me senté y dije:
—Pues bien, ¡venga esa droga!... Lo peor que puede ocurrir es
que ya no tenga que pelarme, con lo cual me economizaré una de las operaciones
más molestas a que se halla sujeto el hombre civilizado. ¿Cómo se ingiere ese
potingue?
—Mezclado con agua —contestó Gibberne empuñando una botella y
añadiendo—: Y ahora, unas cuantas advertencias indispensables, amigo mío.
Apenas trague usted la poción, cierre sus ojos herméticamente, y no vuelva a
abrirlos hasta pasado un minuto. Además de eso, procure estar quieto durante
dicho tiempo. Hay que evitar toda sacudida. Recuerde que va usted a vivir mil o
dos mil veces más de prisa que de ordinario; que el corazón, el cerebro, los
nervios, los pulmones y los músculos van a funcionar mil o dos mil veces con
mayor rapidez. Usted no se dará cuenta de ello; le parecerá que sigue viviendo
como antes. Lo único que creerá advertir es que todo en el mundo camina miles
de veces con más lentitud que de ordinario. Y para que se disipe todo temor en
usted, voy a acompañarle en el experimento.
Diciendo así, Gibberne vertió unas cuantas gotas del Nuevo
Acelerador en dos vasos llenos de agua. Acto seguido me ofreció uno,
repitiéndome las advertencias anteriores. Luego, y con un vaso en alto,
exclamó:
—¡Brindo por el Nuevo Acelerador?
—¡Vaya por él! —repetí, echándome al coleto la pócima y cenando
instintivamente los ojos.
Durante unos segundos me pareció como si hubiese aspirado ese
gas que suelen propinar algunos dentistas para extraer las muelas sin dolor.
Después sentí que Gibberne me llamaba. Abrí los ojos con grandes precauciones.
Mi insigne amigo se hallaba en la misma posición, sólo que el vaso se
encontraba vacío.
—¿Y bien?... —pregunté.
—¿No nota usted nada? —dijo él a su vez.
—Nada. Una ligera sensación de bienestar. Pero nada más.
—¿Ni siquiera ruidos?
—Ni ruidos. Es decir, sí; me parece percibir un ligero
chisporroteo: algo así como el ruido de la lluvia sobre los cristales... ¿Qué
es eso?
—¡Ah, querido!... Lo que usted oye son, ¡le parecerá increíble!,
sonidos analizados.
Gibberne dirigió a continuación una mirada a la ventana,
preguntándome:
—¿Ha visto usted alguna vez un visillo que permanezca en la
forma que ese delante del cristal?
Miré y vi con sorpresa que la punta de tal visillo se hallaba
levantado hacia arriba como si una mano invisible lo sostuviera. Era como si
hubiese penetrado por una rendija del cristal una ráfaga de aire helado,
congelando la tela luego de levantarla.
—Pues ahora, mire a su mano derecha —dijo Gibberne abriendo los
dedos y dejando sólo el vaso en el vacío. Instintivamente parpadeé creyendo que
el vaso caería a tierra, estrellándose. Pero, lejos de ocurrir esto, el frágil
recipiente permaneció quieto en el aire, como si estuviese encantado. Aquello
resultaba estupendo.
—¿Le parece maravilloso, verdad?... —interrogó el sabio—. En
nuestras latitudes un objeto que cae recorre 4 metros 880 milímetros en el
primer segundo. Y este vaso está cayendo a esa velocidad. Sólo que aún no ha
transcurrido la centésima parte de un segundo. Esto dará a usted una idea de lo
que es mi Nuevo Acelerador.
Y Gibberne pasó la mano en torno por debajo del vaso, acabando
por cogerlo por el pie y depositarlo cuidadosamente sobre la mesa. Todo esto
acompañado de una risilla de vanidad satisfecha.
Poco a poco fuime levantando de la silla en que me hallaba
sentado. La verdad era que yo no sentía el mas leve malestar, Antes, por el
contrario, experimentaba una sensación placentera. En cuanto al cerebro, su
funcionamiento era perfecto. El vivir millares de veces mas de prisa no
resultaba desagradable, en fin de cuentas. Me acerqué a la ventana. Desde allí
contemplé un espectáculo extraño. En mitad de la calle se hallaba un ciclista
completamente inmóvil. Estábase el tal inclinado sobre el guía, en actitud de
realizar un vigoroso esfuerzo. De la rueda posterior del aparato se elevaba una
columna de polvo; pero la inmovilidad de éste era tan absoluta como si se
hubiese helado repentinamente en la atmósfera. A pocos metros hallábase un char
a bañes con los caballos en actitud de galopar; y digo en actitud, porque el
vehículo no se movía lo más mínimo. Yo no podía dar crédito a mis ojos. Mudo de
asombro, rompí por fin el silencio para preguntar a Gibberne:
—¿Cuánto tiempo duran los efectos de esta droga endiablada?
—¡Qué sé yo! —contestó—. La última vez que la tomé fuime a la
cama antes de que se disipase su acción completamente. Estaba asustadísimo. Sin
embargo, creo que debe ser cosa de unos minutos.
—Entonces —observé— salgamos a la calle. Resultará divertido. A
menos que nuestra presencia no sea causa de alguna perturbación de orden
público.
—Ni pensarlo. Las gentes que andan por la calle no nos verán.
¿No sabe usted que el Nuevo Acelerador nos hace ir mil veces mas de prisa que
todo el mundo?... ¡Vamos, pues!... ¿Le parece a usted que por abreviar salgamos
por la ventana?
Y así lo hicimos. Nuestra aventura de aquel día a través de, las
calles de Folkestone, y bajo la influencia del Nuevo Acelerador, puede ser, sin
vacilaciones de ningún género, clasificada entre las más estupendas que ha
acometido el hombre desde que el mundo es mundo. Figuraos un paseo por una
ciudad paralizada en plena vida por un soplo mágico. Era el efecto de una
inmensa instantánea fotográfica con todos sus objetos de relieve y con el
verdadero color de las cosas. Los coches, los transeúntes, todo permanecía
inmóvil.
Entre las personas aparecían algunas con aspectos extraños. Por
ejemplo, una muchacha y un joven se miraban sonriéndose; pero era una sonrisa
falsa, engañadora, desagradable de contemplar. En mitad de la acera se había
quedado una mujer atisbando la fachada de la casa de Gibberne, y a pocos pasos
de la curiosa, un hombre que asemejaba a una figura de cera, se atusaba los
mostachos con un aire de presunción infinita. Otro individuo se llevaba la mano
al sombrero, arrebatado por el aire y que, sin embargo, permanecía suspendido
sobre la cabeza. Todo esto resultaba divertido en extremo.
Queriendo ampliar nuestras experiencias, nos dirigimos al
Parque. El espectáculo era allí mas fantástico todavía. La banda militar debía
estar tocando, encaramada en un quiosco; pero to cierto es que a mis oídos sólo
llegaba algo así como la lenta vibración de una campana
Los concurrentes permanecían quietos, en actitudes solemnes o
ridículas; a veces con los brazos o una de las piernas en alto y tos bustos
inclinados adelante o a un lado. Un perrillo faldero estaba en pleno salto, sin
acabar de caer nunca al suelo. Era una cosa, en verdad, prodigiosísima.
Entre los detalles curiosos recuerdo a un caballero que estaba
en actitud de luchar desaforadamente contra el viento para que no le llevase el
periódico. Y lo más raro era que yo no notaba ni el más leve soplo de aire...
¡Como que nosotros caminábamos mucho mas deprisa que él!... Ello parecía
absurdo, pero era la verdad; todo cuanto yo había dicho, pensado y hecho, desde
que el Nuevo Acelerador se difundiera en mis venas, ocurría en el tiempo que
tardan normalmente los párpados en abrirse y cenarse, cuando pestañeamos.
A todo esto yo empezaba a sentir un calor inaguantable.
—¡Gibberne! —exclamé—. ¡Basta, por Dios!... Caminamos con una
velocidad de seis kilómetros por segundo... Me abraso... Esto debe obedecer a
la presión del aire.
—¡Calma! —dijo el sabio—. Observe usted que el mundo empieza a
recobrar paso a paso su movimiento. Los efectos de la poción comienzan a ceder.
Era verdad: los concurrentes comenzaban a agitarse. La banda
sonaba ya a algo armónico y articulado; los brazos y las piernas de las
personas se distendían; los gallardetes y banderolas ondeaban suavemente; las
sonrisas se deshelaban y los labios se movían. Era la vuelta a la vida.
Tomábamos a ponernos al unísono con el mundo, a marchar a su mismo paso.
Cuando regresamos a casa de Gibberne, todo habla recobrado su
aspecto usual. Mi sorpresa aumentó de pronto al oír de labios del eminente
químico que todo cuanto presenciáramos desde que comen-zara a hacer efecto la
pócima, se había desarrollado en el breve espacio de un segundo. Es decir, que
nosotros habíamos vivido media hora mientras la banda militar del parque
ejecutaba dos compases. Como se ve, el Nuevo Acelerador obraba verdaderos
milagros. Tantos, que Gibberne, convencido de los peligros que puede traer el
vivir San excesivamente de prisa, no obstante sus ventajas de decuplicación de
las energías humanas, proyecta confeccionar un Retardador que compense la
potencia más que sobrada del Nuevo Acelerador.
Es indudable que ambas drogas causarán una revolución completa
en el mundo. Cada cual podrá a su arbitrio, o concentrar toda su actividad en
la ejecución de algún acto que exija el vigor máximo, para lo cual hará uso del
Acelerador, o demorar la vida, dentro de los límites naturales, hasta caer en
la pasiva tranquilidad del faquir indio, echándose al coleto unas gotas del
Retardador.
Finalizaré declarando (sirva ello de demostración de las
virtudes del Nuevo Acelerador) que estas líneas han sido escritas, bajo su
influencia, exactamente en cinco minutos. ¿Habrá quien, después de saber esto,
niegue las ventajas del invento de mi arrugo Gibberne?
Un sueño de Armageddon
El hombre de semblante pálido entró en el vagón en Rugby. Sus
movimientos eran lentos a pesar del apremio del mozo que le acompañaba, e
incluso en el andén advertí que parecía muy enfermo. Se dejó caer en el rincón
junto a mí con un suspiro, hizo un intento incompleto de arreglarse la bufanda
de viaje y se quedó inerte, con los ojos mirando al vacío. Al cabo de poco
sintió que yo le observaba, miró hacia mí y sacó una mano exánime para alcanzar
su periódico. Seguidamente, miró de nuevo hacia mí.
Fingí leer. Temía haberle azorado inútilmente, y al poco tiempo
me sorprendió oírle hablar.
—¿Decía usted? —dije.
—Ese libro —repitió, mientras lo señalaba con un dedo delgado—
trata de los sueños.
—Es obvio —le respondí, puesto que se trataba de los Estados del
sueño, de Fortnum-Roscoe, y el título figuraba en la cubierta.
Se parapetó en el silencio durante un tiempo, como si buscara
las palabras:
—Sí —dijo al cabo—, pero no dicen nada.
No comprendí el sentido de lo que me decía durante unos
momentos.
—No saben —añadió.
Miré con mayor atención su cara.
—Hay sueños —dijo— y sueños.
Jamás discuto ese tipo de aseveraciones.
—Supongo... —vaciló—. ¿Usted sueña en alguna ocasión? Me refiero
a sueños vividos.
—Sueño muy poco —le respondí—. Dudo de que tenga unos tres
sueños vividos en el curso de un año.
—¡Ah! —dijo, y por un momento pareció concentrarse en sus
pensamientos—. ¿Acaso sus sueños no se entremezclan con sus recuerdes''
—preguntó con brusquedad—. ¿Acaso no duda de si esto o aquello sucedió o no?
—Casi nunca. Excepto algunas vacilaciones momentáneas de vez en
cuando. Supongo que muy poca gente lo hace.
—Acaso él dice... —y señaló el libro.
—Dice que sucede en ocasiones y ofrece la explicación habitual
respecto a la intensidad de la impresión y cosas semejantes, para explicar que
no tenga lugar como regla general Imagino que usted sabe algo de esas
teorías...
—Muy poco... excepto que son un error.
Su mano lánguida jugó brevemente con la correa de la ventanilla.
Me dispuse a volver a la lectura, lo que precipitó su siguiente observación. Se
echó hacia adelante como si quisiera tocarme.
—¿Hay algo calificado de sueño consecutivo... algo que se repite
noche tras noche?
—Así lo creo. En muchos libros sobre trastornos mentales se
citan casos de ésos.
—¡Trastornos mentales! Sí. Diría que así es. Es el lugar
adecuado para ellos. Pero a lo que me refiero... —miró sus nudillos huesudos—
es si siempre acaecen cuando soñamos. ¿Es soñar? ¿O es algo distinto? ¿Acaso no
podría ser algo distinto?
Hubiera rechazado su conversación insistente de no haber visto
la ansiedad en su cara. Recuerdo la mirada de sus ojos marchitos y sus párpados
enrojecidos... quizás sepáis cómo es ese tipo de mirada.
—No estoy hablando de una opinión —dijo él—. Es algo que me está
matando.
—¿Los sueños?
—Si usted los llama sueños... Noche tras noche. ¡Vividos..-.!
¡Tan vividos... que esto... —señaló el paisaje que discurría veloz por la
ventanilla— parece irreal en comparación! Apenas si puedo recordar quién soy, a
qué me dedico... —Hizo una pausa—: Incluso ahora..
—¿Quiere usted decir que el sueño es siempre el mismo? —le
pregunté.
—Se acabó.
—¿Cómo dice?
—Me morí.
—¿Murió?
—Muerto y aniquilado, y ahora gran parte de mí, lo que figuraba
en el sueño, ha muerto. Muerto para siempre. Soñé que era otro hombre, sabe,
que vivía en otra parte del mundo y en una época distinta Lo soñé noche tras
noche. Noche tras noche desperté a aquella vida distinta. Escenas y sucesos
nuevos... hasta llegar a aquel último...
—¿En el que murió?
—En el que morí.
—Y desde entonces...
—No —dijo—. ¡Santo cielo! Aquello fue el final del sueño...
Quedaba claro que me iba a contar ese sueño, y a fin de cuentas
me quedaba una hora por delante, la luz se iba con rapidez y Fortnum-Roscoe
tiene fama de aburrido.
—Al decir en una época distinta —le pregunté— ¿se refiere a otro
siglo?
—Sí.
—¿Pasado?
—No... venidero... venidero.
—¿Por ejemplo, el año tres mil?
—No sé de qué año se trataba. Lo sabía cuando estaba dormido,
cuando soñaba, sí, pero no ahora... no cuando estoy despierto. Hay muchas cosas
que he olvidado desde que desperté de aquellos sueños, a pesar de que las sabía
cuando estaba... supongo que estaba soñando. Se referían al año de una forma
distinta a nuestra manera de denominar el año... ¿Cómo lo denominaban? —apoyó
la mano en su frente—. No —dijo—, lo he olvidado.
Sonrió sin fuerzas. Por un momento temí que no quisiera contarme
su sueño. Por regla general detesto a la gente que cuenta sus sueños, pero éste
me interesó de forma distinta. Incluso le ofrecí ayuda:
—Empezaba... —sugerí.
—Fue vivido desde el principio. Parecía como si despertara en él
de repente. Lo curioso es que en aquellos sueños a los que me refiero nunca
recordaba la vida que estoy viviendo ahora. Parecía como si la vida del sueño
fuera suficiente mientras durara. Tal vez... Pero le contaré cómo me encontraba
cuando haga todo lo posible para recordarlo. No recuerdo nada con claridad
hasta que me encontré sentado en un mirador que daba al mar. Me quedé medio
adormilado y de repente me desperté de manera vivida, nada adormilado, porque
la muchacha había dejado de abanicarme,
—¿La muchacha?
—Sí, la muchacha. No debe interrumpirme o perderé el hilo.
Se paró de forma brusca:
—¿No creerá acaso que estoy loco? —dijo.
—No —le respondí—, usted ha estado soñando. Cuénteme su sueño.
—Me desperté, decía, porque la muchacha había dejado de
abanicarme. No me sorprendió encontrarme allí ni algo parecido, ¿comprende? No
me pareció haber caído allí de forma repentina. Sencillamente, lo acepté como
era Cualquier recuerdo que tuviera de esta vida, de esta vida del siglo
diecinueve, se desvaneció al despertar, se desvaneció como un sueño. Sabía todo
lo referido a mi persona, sabía que ya no me llamaba Cooper sino Hedon y sabía
todo lo concerniente a mi posición en el mundo He olvidado muchas cosas desde
que me desperté... hay una falta de ilación... pero entonces resultaba bastante
claro y obvio.
Vaciló de nuevo, agarró la correa de la ventanilla, adelantó el
rostro y me miró con una súplica.
—¿No le parecerán tonterías?
—¡No, no! —exclamé— Siga. Cuénteme cómo era el mirador.
—En realidad no era un mirador... no sé cómo denominarlo. Daba
al sur. Era pequeño. Estaba en la penumbra excepto por el semicírculo del
balcón, que permitía ver el cielo, el mar y el rincón en que se encontraba la
muchacha. Yo me encontraba en un sofá... era un sofá de metal con ligeros
almohadones de rayas... Y la muchacha se apoyaba en el balcón dándome la
espalda. La luz del crepúsculo caía sobre su oreja y su mejilla. El hermoso
cuello blanco con sus pequeños rizos, así como su blanco hombro, estaban al
sol, y todo el encanto de su cuerpo permanecía en la fría sombra azulada. Iba
vestida... ¿cómo contarlo? Era algo ligero y ondulante. Estaba allí, y me
llegaba la imagen de lo muy bella y digna de deseo que era, como si no la
hubiera visto nunca. Cuando finalmente suspiré y me levanté apoyándome en el
brazo, ella volvió su cara hacia mí...
Paró la narración.
—He vivido cincuenta y tres años en este mundo. He tenido una
madre, hermanas, amigas, esposa e hijas... sus caras, sus semblantes, los
conozco. Pero la cara de esa muchacha... es algo que me resulta mucho más real.
Puedo recordarla de forma que vuelvo a verla... la podría dibujar o pintar. Y a
fin de cuentas...
Se interrumpió pero yo no dije nada.
—El rostro de un sueño... el rostro de un sueño... Era hermosa.
No la hermosura que resulta terrible, fría y digna de adoración, como la de una
santa; ni la belleza que despierta fieras pasiones, sino una especie de
radiación, unos labios dulces que se suavizan hasta convertirse en sonrisas,
unos graves ojos grises. Se movía con gracia, parecía formar parte de cuanto es
agradable y bello...
Se detuvo e inclinó la cara ocultándomela. Luego me miró y
siguió, sin intentar de nuevo esconder su creencia absoluta en la realidad de
su historia.
—Yo había echado por la borda todos mis planes y ambiciones,
había renunciado a todo cuanto había perseguido o deseado por ella. Había sido
poderoso en el norte, con influencia, propiedades y una gran reputación, pero
nada de ello parecía valer la pena al lado suyo.
Llegué al lugar, a esa ciudad de placeres soleados, con ella, y
dejé que todo naufragara y se deteriorara sólo para salvar un resto, por lo
menos, de mi vida. Cuando la amé, y antes de saber si yo le importaba algo,
antes de imaginar que se atrevería, que nos atreveríamos, toda mi vida me
pareció vana y vacía, polvo y cenizas. Sólo era polvo y cenizas. Noche tras
noche y durante largos días la había añorado y deseado... ¡mi alma había topado
con lo prohibido!
»Pero es imposible que un hombre le transmita a otro estas
cosas. Es la emoción, es un matiz, una luz que va y viene; mientras dura, todo
cambia, todo. La realidad es que partí y les dejé que hicieran lo que quisieran
con su crisis.
—¿Dejó a quién? —le pregunté, confuso.
—A la gente del norte. En este sueño, por lo menos, yo era un
hombre importante, el hombre en quien los hombres confían y alrededor del cual
se agrupan. Millones de hombres que jamás me habían visto estuvieron dispuestos
a hacer cosas y a arriesgar otras debido a su confianza en mí. Me dediqué a
aquel juego durante años, a aquel gran y Jabonoso juego, a aquel, vago,
monstruoso juego político entre intrigas, discursos y agitación. Era un vasto
mundo en confusión y, al fin, yo era el caudillo contra la Cuadrilla... se
denominaba la Cuadrilla... una especie de pacto de proyectos canallescos y
bajas ambiciones, amplias estupideces sentimentales y tópicos: la Cuadrilla que
mantenía al mundo ruidoso y ciego año tras año, mientras aquello iba a la
deriva, hacia el desastre infinito. Pero no puedo confiar en que usted
comprenda los matices y las complicaciones de aquel año, sea el que sea, pero
venidero. Lo veía todo, incluso hasta el más mínimo detalle, en mi sueño.
Supongo que lo soñé antes de despertar, y el trazo desleído de algún
pensamiento extraño que había tenido aún se me aparecía al frotarme los ojos.
Era una historia mugrienta que hacía que diera gracias a Dios por la luz del
día. Me sentaba en el sofá y permanecía observando a la mujer y me alegraba...
me alegraba de verme alejado de aquel tumulto, locura y violencia antes de que
fuera demasiado tarde. A fin de cuentas, pensé, esto es la vida: amor, deseo y
deleite, ¿acaso no son preferibles a aquellas luchas descorazonadoras en pos de
finalidades vagas y gigantescas? Y me culpaba a mí mismo de haber deseado
alguna vez ser un caudillo cuando podía dedicar mis días al amor. Sin embargo,
entonces pensé que, caso de no haber pasado mis días jóvenes de una manera sena
y austera, podía haberme malgastado en mujeres vanas y sin ningún valor; y ante
tal pensamiento, todo mi ser se dedicaba al amor y a la ternura hacia mi amada,
mi dama querida, que al fin había aparecido y me empujaba, me empujaba con su
incomparable encanto, a dejar de lado tal vida.
»Te lo mereces —dije, y hablaba sin intención de que ella lo
oyera—, te lo mereces, amada mía; te mereces el orgullo, las alabanzas, todo.
¡Amor! Tenerte a ti lo vale todo —y al murmullo de mi voz ella se volvió.
»—Ven a ver —exclamó ella (ahora la oigo)—, ven a ver el alba
sobre el monte Solaro.
«Recuerdo que me puse en pie de un salto y me reuní con ella en
el balcón. Descansó una mano blanca sobre mi hombro y señaló hacia las grandes
superficies de piedra caliza, que resplandecían como si cobraran vida. Miré.
Pero lo primero que vi fue la luz del Sol en su cara, que acariciaba los
contornos de sus mejillas y de su cuello. ¿Cómo podría explicarle la escena que
teníamos delante de nosotros? Nos encontrábamos en Capri...
—He estado allí —le dije—. He escalado el monte Solaro y he
bebido el vero Capri, turbio como la sidra, en su cima.
—¡Ah! —dijo el hombre de pálido semblante—, entonces tal vez
podrá usted decirme si se trataba, ciertamente, de Capri. Porque en esta vida
yo nunca he estado allí. Deje que se to cuente. Nos encontrábamos en una
habitacioncita, una entre un sin fin de habitacioncitas, muy fresca y soleada,
construida en un hueco de piedra caliza en una especie de promontorio, muy por
encima del nivel del mar. La isla entera, sabe, era un enorme hotel, de una
complejidad de difícil descripción, y al otro lado había millares de hoteles
flotantes, así como grandes plataformas flotantes donde llegaban las máquinas
voladoras. La calificaban de ciudad de placer. Naturalmente, no había nada de
aquello en su tiempo, es decir, no hay nada de aquello ahora. Claro, ¡Ahora...
sí!
»Bien, aquella habitación nuestra se encontraba en un extremo
del promontorio, por lo que podíamos ver el este y el oeste. Al este había un
gran peñasco, quizás de unos cien pies de altura, de color gris frío a
excepción de una brillante franja de oro, y más allá de la Isla de las Sirenas,
una costa baja que se había difuminado en el alba caliente. Mirando al oeste,
distinta y cercana se encontraba una pequeña bahía, una playa en forma de
cimitarra, aún en la sombra. De aquella sombra surgía directamente el Solaro,
alto, rígido y con la cima dorada, como una belleza en un trono, y la blanca
Luna flotaba tras él, en el horizonte. Delante de nosotros, de este a oeste, se
extendía el mar de muchos colores, moteado por barcos de vela.
Hacia el este, naturalmente, los barquitos eran grises y muy
diminutos y claros, pero al oeste eran barquitos de oro, de oro reluciente,
casi como pequeñas llamas. A nuestros pies se encontraba una roca atravesada
por un arco. El azul del agua de mar se hacía verde, con espuma alrededor de la
roca, y una barca de remos pasaba bajo el arco.
—Conozco esa roca —le dije—. Casi me ahogué allí. Se llaman los
Faraglioni.
—¿Los Faraglioni?
—Sí, así la llamaba ella —respondió el hombre de semblante
pálido—. Se cuenta que... —Una vez más, se pasó la mano por la frente—. No
—dijo—, quiero olvidar lo que se cuenta.
»Es lo primero que recuerdo, el primer sueño que tuve, aquella
habitación en la penumbra, la hermosura del aire y del cielo, aquella dama
amada, con sus brazos relucientes y su túnica encantadora, la forma en que nos
sentábamos y hablábamos en un susurro. Hablábamos en un susurro no porque
alguien nos escuchara, sino porque había tal comprensión entre nosotros que
nuestros pensamientos sentían cierto miedo, según pienso, de verse finalmente
expresados en palabras, por lo que éstas fluían suavemente.
»Al cabo de un tiempo sentimos hambre y nos dirigimos a nuestro
piso, a través de un extraño pasillo de suelo movedizo, hasta llegar a un gran
comedor... allí había una fuente y música. Un lugar agradable, alegre, con luz
natural, chapoteo de agua y música de cuerda. Nos sentamos, comimos y nos
sonreímos; por mi parte, no presté atención ni siquiera al hombre que se
sentaba en la mesa de al lado y me miraba.
«Luego nos dirigimos al salón de baile. Pero no puedo describir
aquel salón. El lugar era enorme, de mayores proporciones que cualquier
edificio que usted haya visto, y en cierto lugar estaba la vieja puerta de
Capri, incrustada en la pared de una galería superior. Vigas ligeras, hilos y
tiras de oro surgían de las columnas como chorros de un surtidor, discurrían
por el techo entrelazándose. En el círculo de baile había bellas estatuas,
extraños dragones e intrincados y maravillosos candelabros de formas grotescas
sosteniendo luces. Aquel lugar estaba inundado de una luz artificial que
avergonzaba al día recién nacido. Mientras avanzábamos hacia la multitud, la
gente se volvía y nos miraba, puesto que todo el mundo sabía mi nombre y
conocía mi cara, así como el hecho de que había echado por la borda mi orgullo
y había luchado para llegar hasta aquel lugar. También contemplaban a la dama
que iba junto a mí, a pesar de que la historia de cómo al fin había llegado
hasta mí les era desconocida o se la habían contado mal. Sé que algunos de los
hombres que se encontraban allí me consideraban un hombre feliz, a pesar de la
vergüenza y la deshonra que había caído sobre mi nombre.
»El ambiente estaba lleno de música, lleno de armoniosos aromas,
lleno de ritmo y bellos movimientos. Centenares de personas maravillosas
pululaban por el salón, llenaban las galerías, sentados en una miríada de
rincones; vestían con espléndidos colores y se coronaban de flores; a
centenares bailaban en el gran círculo bajo las blancas imágenes de antiguos
dioses y entre las gloriosas procesiones de jóvenes y doncellas que entraban y
salían. También nosotros bailamos, no a los sones aburridos de su época, es
decir, de esta época, sino hermosos bailes embriagadores. Incluso ahora puedo
ver a mi dama bailando... bailando feliz. Sabe, ella bailaba con semblante
serio; bailaba con seria dignidad y, no obstante, me sonreía y me acariciaba...
me sonreía y acariciaba con sus ojos.
«La música era distinta —murmuró—. Iba... no puedo explicarlo;
pero era mucho más rica y variada que cualquier música que haya oído despierto.
«Y luego, cuando acabamos de bailar, se me acercó un hombre para
hablarme. Era delgado, un hombre resuelto, vestido con una gran sobriedad para
el lugar. Yo había observado su cara mirándome cuando estábamos en el comedor,
y luego, en el pasillo, había evitado su mirada. Sin embargo, ahora, sentados
en un hueco, al sonreír ante el placer de la gente que iba de aquí para allá
sobre el brillante pavimento, se acercó y me tocó; me habló de manera que me vi
en la obligación de escucharle. Me pidió hablar brevemente conmigo, aparte.
»—No —le dije—, no guardo ningún secreto para esta dama. ¿Qué
quiere decirme?
»Me dijo que era algo trivial o, por lo menos, algo aburrido
para una dama.
»—O quizá para que yo lo oiga —le dije.
«Lanzó una mirada hacia ella, como si le pidiera ayuda. Luego,
repentinamente, me preguntó si sabía algo de una gran declaración de venganza
que Evesham había proferido. Con anterioridad, Evesham había sido el hombre que
estuviera junto a mí en la jefatura del gran partido del norte. Era un hombre
enérgico, duro, sin tacto, y sólo yo había podido dominarle y suavizarle. Creo
que ésta había sido la razón, según creo no por mi culpa, de que los otros se
hubieran descorazonado ante mi retirada. Por lo tanto, esta pregunta sobre su
actitud despertó mi viejo interés vital, que había arrinconado por un tiempo.
»—No he oído nada hace días —le dije—. ¿Qué ha dicho Evesham?
»Y así empezó el hombre, de buena gana, y debo confesar que me
sorprendió la locura sin sentido de Evesham y las palabras desordenadas y
amenazadoras que había utilizado. El mensajero que me habían mandado no sólo me
contó el discurso de Evesham, sino que siguió hablando para pedirme consejo y
señalarme la necesidad que tenían de mi persona. Mientras hablaba, mi dama
permanecía sentada, ligeramente inclinada hacia adelante, y contemplaba la cara
de aquel hombre y la mía.
«Mis antiguas costumbres de planificación y organización se
reafirmaron. Me veía ya regresando al norte, y el efecto dramático que ello
causaría. Todo cuanto el hombre decía atestiguaba el desorden del partido, pero
no el daño causado. Volvería mas fuerte que antes. Seguidamente, pensé en mi
dama. ¿Entiende...? ¿Cómo explicárselo a usted? Había ciertas peculiaridades en
nuestra relación, no es necesario que se las cuente, que hacían su presencia a
mi lado imposible. Tendría que abandonarla; en realidad, tendría que renunciar
a ella de forma clara y abierta si iba a hacer todo cuanto pudiera en el norte.
Y aquel hombre lo sabía incluso cuando estaba hablando con nosotros, sabía tan
bien como ella que mis pasos hacia el deber suponían, primero, la separación;
luego, el abandono. Al contacto de aquella idea mi sueño de regreso se
tambaleó. Me volví hacia el hombre, de repente, mientras él se imaginaba que su
elocuencia me había ganado.
»—¿Qué relación tengo yo ahora con todo eso? —le dije—. He
acabado con todo. ¿Cree que he venido aquí para hacerme de rogar?
»—No —me dijo; pero...
»—¿Por qué no me deja en paz? He acabado con todo. Ya no soy un
hombre público.
»—Sí —respondió—. Pero ¿lo ha meditado? Se habla de la guerra,
esos desafíos infames, esas agresiones feroces...
»Me puse en pie.
»—No —exclamé—, no quiero escucharle, ya lo he considerado todo.
Lo he sopesado... y me he alejado.
«Parecía considerar la posibilidad de insistir. Separó la vista
de mí hacia donde se encontraba la dama sentada, observándonos.
»—La guerra —dijo él, como si hablara para sí; y a continuación
me dio la espalda y se alejó. Yo estaba atrapado en la maraña de pensamientos
que su petición había puesto en movimiento. Oí la voz de mi dama.
»—Querido —dijo—, pero si precisan de ti... —No acabó la frase,
la dejó en el aire. Miré su dulce rostro y el equilibrio de mi estado de animo
osciló, se tambaleó.
»—Sólo me quieren para hacer lo que ellos no se atreven a hacer
—dije—. Si no confían en Evesham, deben solucionarlo por sí mismos.
»—Pero la guerra... —dijo ella tras mirarme dudosa. Vi la duda
reflejada en su cara como no la había visto antes, una duda respecto a sí misma
y a mí, la primera sombra del descubrimiento que, examinado a fondo y de una
manera total, nos conduciría a una separación para siempre. Yo era mentalmente
más maduro que ella y podía arrastrarla a creer esto o aquello.
»—Querida —le dije—, no debes preocuparte por esas cosas. No
habrá guerra. Con toda certeza, no habrá guerra. La época de las guerras ha
pasado. Confía en mí para saber lo que es justo en este caso. No tienen ningún
derecho sobre mí, querida, ni nadie tiene ningún derecho sobre mí. He sido
libre para elegir mi vida y he escogido ésta.
»—Pero la guerra... —dijo ella. Me senté a su lado. Le pasé el
brazo por la cintura y le cogí la mano. Me dispuse a ahuyentar esa duda... me
dispuse a llenarle la cabeza de pensamientos agradables. Le mentí, y al
mentirle también me mentí a mí mismo. Y ella estaba mas que dispuesta a
creerme, más que dispuesta a olvidar.
«Muy pronto la duda había desaparecido una vez mas y nos
disponíamos a dirigimos a nuestro baño en la Grotta del Bovo Marino, donde
solíamos bañarnos cada día. Nadamos y nos salpicamos con agua, y en aquella
agua vivificante parecía que yo fuera mas ligero y fuerte que un hombre.
Finalmente, salimos del agua chorreando y corrimos disfrutando hacia las rocas.
Acto seguido, me vestí con un albornoz y nos sentamos al sol; al cabo de un
rato reposé la cabeza en su rodilla, mientras ella me pasaba su mano por el
peto y lo acariciaba con suavidad; me adormecí. Y de pronto, como cuando salta
una cuerda de violin, me desperté y me encontré en mi cama de Liverpool en la
vida actual.
«Por un instante no pude creer que aquellos momentos intensos no
habían sido sino la sustancia de un sueño.
»La verdad es que no podía creer que se tratara de un sueño, a
pesar de la sobria realidad de las cosas que me rodeaban Me bañé y me vestí
como por habito; me afeité y consideré por qué yo entre todos los hombres debía
dejar a la mujer que amaba para volver a la política fantástica del duro y
difícil norte. Incluso si Evesham obligaba al mundo a volver a la guerra, ¿qué
relación tenía conmigo? Yo era un hombre con corazón de hombre, ¿por qué tenía
que sentir la responsabilidad de una divinidad respecto a la conducta del mundo?
»¿Sabe?, no es exactamente así como pienso respecto de los
asuntos, respecto de los asuntos reales. Soy abogado, ¿sabe?, y tengo mis
opiniones.
»La visión era tan real, debe comprenderme, tan distinta de un
sueño que seguí recordando constantemente detalles irrelevantes; incluso el
adorno de la cubierta de un libro, sobre la máquina de coser de mi esposa, en
el comedor, me recordaba muy intensamente la línea dorada que adornaba el
asiento del rincón en que yo había hablado con el mensajero del partido que
había abandonado. ¿Ha oído hablar alguna vez de un sueño con estas
características?
—¿Cuáles?
—Características como recordar más tarde detalles que habías
olvidado.
Lo pensé. Jamás había advertido este detalle, él estaba en lo
cierto.
—Nunca —le dije—. Eso no parece propio de los sueños.
—No —respondió—, pero eso es exactamente to que hice. Soy
abogado, debe comprenderlo, en Liverpool y no podía dejar de preguntarme qué
pensarían los clientes con que hablaba en mi oficina si, de repente, me
enamoraba de una muchacha que había de nacer un par de siglos mas adelante y me
preocupaba por la política de mis tataranietos. Aquel día estaba ocupado en la
negociación del arrendamiento de un edificio durante noventa y nueve años. Se
trataba de un constructor particular que estaba en apuros y queríamos
comprometerle lo antes posible. Me entrevisté con él y mostró un mal carácter
que hizo que aquel día me metiera en cama aún furioso. Aquella noche no soñé.
Tampoco soñé a la noche siguiente; por lo menos, que y recuerde.
Mi convicción de que aquello era algo intenso y real se
desvaneció un poco. Empecé a sentir la segundad de que se trataba sólo de un
sueño. Pero volvió de nuevo.
Cuando volvió el sueño, al cabo de cuatro días, fue muy
distinto. Estoy casi seguro de que también habían pasado cuatro días en e
sueño. Habían pasado muchas cosas en el norte y su sombra volvía a estar entre
nosotros, y en esta ocasión no se disipaba con tanta facilidad. Sé que me
dedicaba a meditaciones malhumoradas. ¿Por qué, a pesar de todo, tenía que
volver, volver para el resto de mis días a afanarme y cansarme, a los insultos
y a la insatisfacción constante, sole para salvar a cientos de millones de personas
corrientes por quienes no sentía afecto, a quienes con harta frecuencia sólo
despreciaba, a le fatiga y la angustia de la guerra y al infinito mal gobierno?
A fin de cuentas, yo podía fracasar. Todos iban en pos de mezquinos objetivos,
¿por qué no podía yo... por qué no podía también vivir corno un hombre? Me sacó
de tales pensamientos la voz de ella y levanté la mirada...
»Me encontré despierto y andando. Habíamos salido de la Ciudad
del Placer, estábamos cerca de la cima del monte Solara y mirábamos hacia la
bahía. Era a última hora de la tarde de un día muy claro. A lo lejos, a la
izquierda, Ischia colgaba en un halo dorado entre el mar y el horizonte;
Nápoles destacaba su blancura fría contra las colinas, ante nosotros estaban el
Vesubio con su alto y esbelto penacho de humo avanzando ligero hacia el sur, y
las ruinas de la Torre Annunziata y del Castellamare brillaban cerca.
De repente, le interrumpí.
—¿Ha estado en Capri, como es natural?
—Soto en este sueño —dijo—, sólo en este sueño. Por la bahía,
más allá de Sorrento, se encontraban los palacios flotantes de la Ciudad del
Placer, anclados y encadenados. Al norte estaban las amplias plataformas
flotantes que recibían a los aeroplanos. Los aeroplanos aparecían por el
horizonte cada tarde, transportando cada uno de ellos a millares de personas en
busca de placer, procedentes de los lugares más recónditos de la Tierra hacia
Capri y sus delicias. Todo ello, como digo, se extendía a nuestros pies.
«Pero sólo advertíamos su presencia incidentalmente debido a la
insólita panorámica que se mostraba aquella noche. Cinco aeroplanos de guerra,
durante mucho tiempo inactivos en los lejanos arsenales de las bocas del Rin,
estaban maniobrando por el este, en el cielo. Eves-ham había sorprendido al
mundo al sacarlos y mandarlos a dar vueltas por allí. Era la amenaza material
del gran juego provocativo que estaba practicando y me había cogido por
sorpresa. Era una de estas personas increíblemente estúpidas y enérgicas, que
parece que el cielo ha creado para provocar desastres. Su energía, a primera
vista, ¡se parecía tanto a la capacidad! Carecía de imaginación, de inventiva,
sólo era una fuerza de voluntad estúpida, vasta, impulsora, y le arrastraba una
fe loca en su estúpida e idiota "suerte". Recuerdo cómo nos quedamos
en el promontorio contemplando al escuadrón trazar círculos a lo lejos, y cómo
sopesé todo el sentido de aquella visión; vi claramente cómo debían ir las
cosas. Incluso entonces no era demasiado tarde. Pensé que podía regresar y
salvar al mundo. La gente del norte me seguiría, lo sabía, sólo con que en un
punto respetara sus normas morales. El este y el sur confiarían en mi como no
confiarían en nadie más del norte. Sabía que bastaba con decírselo a ella y
permitiría que me fuera... ¡No porque no me quisiera!
«Sólo que no quería irme; mi voluntad tomaba otros derroteros.
Había expulsado recientemente el íncubo de la responsabilidad: era un renegado
reciente del deber y la claridad meridiana de lo que debía hacer no tenia el
poder de afectar a mi voluntad. Mi voluntad era vivir, atesorar placeres y
hacer que mi dama amada fuera feliz. Pero aunque la sensación de los muchos
deberes negligidos no tenía el poder de arrastrarme, me hacía silencioso y
preocupado, robé a los días que había pasado la mitad de su brillantez y me
sumía en sombrías meditaciones en el silencio de la noche. Al ver los
aeroplanos que iban de aquí para allá, aquellos pájaros de infinito mal agüero,
ella permaneció a mi lado contemplándome, percibiendo los problemas pero sin
percibirlos con claridad, interrogándome con sus ojos, con su expresión
ensombrecida por la perplejidad. Tenia la cara gris porque el crepúsculo
desaparecía en el horizonte. No era culpa suya que me retuviera. Me había
pedido que me alejara de su lado y, de nuevo, en las horas de la noche y con
lágrimas en los ojos, me había pedido que me marchara.
»Al final fue sentirla a ella lo que me despertó de mi estado de
ánimo. Me volví hacia ella de repente y la desafié a correr por la ladera de la
montaña. "No", dijo, como si hubiera chocado con su seriedad; pero yo
había resuelto poner fin a esa seriedad e hice que corriera; nadie puede estar
gris y triste cuando pierde el aliento, y cuando tropezó corrí con la mano
debajo de su brazo. Corrimos ante una pareja de hombres que se volvieron para
contemplarnos, sorprendidos de mi comportamiento: seguramente reconocieron mi
cara. Y a mitad de la ladera surgió un tumulto en el aire, clang-clang,
clang-clang, y nos paramos; luego, sobre la cima de la colina aparecieron
aquellas cosas que volaban una tras otra.
El hombre parecía vacilar al borde de una descripción.
—¿Cómo eran? —le pregunté.
—Nunca habían luchado —dijo—. Eran como nuestros acorazados
actuales; nunca habían luchado. Nadie sabía lo que podían hacer tripulados por
hombres entusiastas; muy pocos se habían parado a pensarlo. Eran unos grandes
ingenios móviles que tenían forma de puntas de lanza sin asta, con una hélice
en lugar del asta.
—¿De acero?
—No eran de acero.
—¿De aluminio?
—No, no, nada de eso. Una aleación muy común, tan común como el
latón, por ejemplo. Se llamaba... déjeme ver... —se pellizcó la frente con los
dedos de una mano—. Lo olvido todo —dijo.
—¿Llevaban cañones?
—Pequeños cañones que disparaban proyectiles altamente
explosivos. Disparaban los cañones hacia atrás, fuera de la base de la hoja,
por decirlo de alguna manera, y atacaban con el pico. Eso en teoría, pero nunca
habían entrado en combate. Nadie podía decir qué iba a suceder. Y mientras,
supongo que era muy agradable trazar círculos en el aire, como un vuelo de
jóvenes golondrinas rápidas y ligeras. Supongo que los capitanes intentaban no
pensar con demasiada claridad en lo que serían las cosas en la realidad. Y
aquellas máquinas voladoras de guerra, sabe, no eran mas que una de las
estratagemas guerreras que habían inventado y que habían dormitado durante la
larga paz. Había todo tipo de máquinas semejantes que se cuidaban y
restauraban; infernales, estúpidas; cosas que no se habían probado nunca;
grandes artefactos, terribles explosivos, grandes cañones. Ya sabe el
comportamiento estúpido de los hombres que se las dan de ingeniosos; las
construyen como los castores las presas, sin ningún sentido de la dirección de
los ríos que van a desviar ni de las tierras que inundarán.
»Al bajar por el tortuoso sendero hacia nuestro hotel, en el
ocaso, lo vi todo por anticipado: vi cuan clara e inevitablemente se
precipitaba todo hacia la guerra en las manos estúpidas y violentas de Evesham
y tuve cierta idea de cómo seria la guerra en estas nuevas condiciones. Incluso
entonces, a pesar de que sabía que me hallaba en el límite de mi oportunidad,
no podía encontrar la voluntad para volver.
El hombre suspiró.
—Fue mi última oportunidad. No entramos en la ciudad hasta que
el cielo se pobló de estrellas, y paseamos por la alta terraza, de aquí para
allá, y ella... me aconsejó que regresara.
»—Querido —me dijo volviendo su dulce rostro hacia mí—, esto es
la Muerte. La vida que llevas es la Muerte. Vuelve con ellos, vuelve a tu
deber...
«Empezó a llorar, diciendo entre sollozos, aferrada a mi brazo
al decirlo:
»—Regresa, regresa.
«Luego, de improviso, enmudeció; y al mirar su cara, leí en un
instante lo que ella había pensado hacer. Fue uno de aquellos momentos en que
uno ve.
»—No —le dije.
»—¿No? —me preguntó sorprendida y, creo, algo temerosa ante la
respuesta a su pensamiento.
»—Nada —dije— conseguiría hacerme volver. ¡Nada! He elegido. El
amor es lo que he elegido y el mundo debe desaparecer. No importa qué suceda,
viviré esta vida... ¡La viviré por ti. Nada me apartará; nada, amada. Incluso
si tú murieras... incluso si tú murieras...
»—¿Sí? —murmuró con suavidad.
»—Entonces... también yo moriría.
«Y antes de que volviera a decir una palabra empecé a hablar, a
hablar con elocuencia, como era capaz de hacerlo en aquella vida; le hablaba
para exaltar el amor, para hacer que la vida que vivíamos pareciera heroica y
gloriosa; y para que aquello que abandonaba pareciera algo duro y muy innoble,
por lo que estaba bien arrinconarlo. Dediqué toda mi capacidad mental a
conferirle atractivo, en busca no sólo de convencerla a ella sino también a mí
mismo. Hablamos y se aferró a mí, también dividida entre lo que consideraba
noble y todo cuanto consideraba agradable. Finalmente lo convertí en algo
heroico, hice que todo el denso desastre del mundo resultara sólo una especie
de escenario para nuestro amor incomparable; éramos un par de almas alocadas,
aferradas finalmente allí, envueltas en aquella espléndida ilusión, más bien
ebrias de aquella gloriosa ilusión, bajo las estrellas inmóviles.
»—Y así pasó mi oportunidad.
«Fue mi última oportunidad. Mientras paseábamos de aquí para
allá, los jefes del sur y del este aunaron sus esfuerzos y la respuesta
ardiente que desmoronaría el engaño de Evesham para siempre, se conformaba y
esperaba. Por toda Asia, el océano y el sur, el aire y los telégrafos vibraban
con sus advertencias de prepararse... prepararse.
«Ningún ser viviente sabía qué sería la guerra; nadie podía
imaginar, con aquellos inventos nuevos, el horror que podía procurar. Creo que
la mayoría de la gente aún creía que se trataría de brillantes uniformes,
cargas ruidosas, triunfos, banderas y bandas de música... en una época en que
la mitad del mundo conseguía su aprovisionamiento alimenticio de regiones
situadas a diez mil millas de distancia...
El hombre del semblante pálido hizo una pausa. Le eché un
vistazo y su cara miraba fijamente el suelo del vagón. Una pequeña estación de
tren, una ristra de vagones cargados, una garita de seriales y la parte trasera
de una casa de campo pasaron por la ventanilla de vagón; un puente sonó con un
estampido, repercutiendo el estrépito del tren.
—Después de aquello —dijo— soñé a menudo. Durante las noches de
tres semanas aquel sueño fue mi vida. Lo peor es que hubo noches en que no
podía soñar, daba vueltas en la cama en asía vida maldita; y allí, en algún
lugar perdido para mí, sucedían cosas monumentales, terribles... Vivía de
noche... mis días, mis días de vigilia, la vida que vivo ahora, se convirtió en
un sueño desvanecido, remoto, un escenario monótono, la cubierta de un libro.
—Se quedó pensativo—. Podría contárselo todo, contarle cada detalle del sueño,
pero en to que se refiere a lo que hacía durante el día... no. No podría
contarle... no lo recuerdo. Mi memoria... he perdido la memoria. Se me escapan
los asuntos vitales...
Se inclinó hacia adelante y se oprimió los ojos con las manos.
No dijo nada durante un buen rato.
—¿Y luego? —dije,
—La guerra estalló como un huracán.
Miró hacia adelante, a cosas inexplicables.
—¿Y luego? —le apremié.
—Un matiz de irrealidad —dijo con el tono bajo del hombre que
habla solo—, y podían haber sido pesadillas. Pero no eran pesadillas... no eran
pesadillas. ¡No!
Permaneció en silencio durante tanto tiempo que se me ocurrió
que corría peligro de perderme el resto de la historia. Pero siguió hablando en
el mismo tono de comunión interrogante.
—¿Acaso podía hacer algo distinto sino volar? No pensaba que la
guerra afectaría a Capri: había imaginado que Capri quedaría aparte de todo,
como contraste con todo ello, pero dos noches después todo el lugar era un
tumulto y un vocerío, casi todas las mujeres y todos los hombres lucían una
insignia, la insignia de Evesham, y no había música sino un himno de guerra
discordante que sonaba una y otra vez; se alistaban los hombres por doquier y
hacían instrucción en los salones de baile. La isla era un enjambre de rumores;
se decía, repetidamente, que había principiado la contienda. Yo no to había
esperado. Había visto tan poco de la vida de placer que no había contado con la
violencia de los chapuceros. Por mi parte, yo estaba aparte de aquello. Era
como un hombre que podía haber evitado el incendio de un polvorín. Mi momento
había pasado. Yo no era nadie; el más inútil imberbe con una insignia contaba
más que yo. La multitud nos empujaba y vociferaba a nuestros oídos; aquel
maldito himno nos ensordecía; una mujer chilló a mi dama porque no llevaba
insignia y los dos volvimos a nuestro alojamiento agitados y cubiertos de
insultos... mi dama silenciosa y blanca y yo temblábamos de rabia. Estaba tan
furioso que podía haberme peleado con ella si hubiera visto la sombra de una
acusación en sus ojos.
«Había desaparecido de mí cualquier sublimidad. Paseaba arriba y
abajo por nuestra celda rocosa; fuera estaba el mar ensombrecido y una luz al
sur que brillaba, desaparecía y volvía.
»—Tenemos que largarnos de este lugar —dije una y otra vez—. Ya
he elegido y no tengo nada que ver con todos estos problemas. No quiero saber
nada de esta guerra. Hemos apartado nuestras vidas de todas estas cosas. Éste
no es un refugio para nosotros. Tenemos que irnos.
»Al día siguiente huíamos de aquella guerra que invadía el
mundo. El resto ya no fue más que huir... El resto ya no fue mas que huir...
Meditó sombríamente.
—¿Cuánto duró?
No respondió.
—¿Cuántos días?
Su cara aparecía blanca, agotada, y sus manos crispadas. No
prestó atención a mi curiosidad.
Intenté que volviera a su historia a base de preguntas.
—¿Adonde se fueron? —dije.
—¿Cuándo?
—Cuando abandonaron Capri.
—Al sudoeste —dijo, y me miró brevemente—. Nos fuimos en barco.
—Yo hubiera pensado en un aeroplano.
—Los habían requisado.
Ya no le hice mas preguntas. Luego pensé que empezaba de nuevo.
Volvió a hablar de forma divagatoria y monótona:
—¿Por qué debíamos hacerlo? Si en verdad aquella batalla,
aquella carnicería y cansancio es la vida, ¿por qué anhelamos el placer y la
belleza? Si no hay refugio, si no hay un lugar en paz y si todos nuestros
sueños de lugares tranquilos son una locura y una burla, ¿por qué tenemos estos
sueños? Seguramente no eran anhelos innobles, no eran bajas intenciones lo que
nos había llevado a eso; era el Amor lo que nos había aislado. El Amor me había
llegado en los ojos de ella, arropado en su belleza, mas glorioso que cualquier
otra cosa en la vida, con la forma y el color mismos de la vida, y me había
llamado a alejarme. Había silenciado todas las voces, había contestado a todas
las preguntas... había llegado hasta ella. Y de repente no había nada, ¡excepto
la Guerra y la Muerte!
Tuve una inspiración:
—A fin de cuentas —dije—, podía haber sido sólo un sueño.
—¡Un sueño! —exclamó acalorado—. Un sueño... cuando... incluso
ahora.
Por vez primera se animó. Un ligero sonrojo apareció en su
mejilla. Levantó una mano abierta, la cerró y la dejó caer sobre su rodilla.
Habló, y durante el siguiente rato miró a lo lejos:
—Sólo somos fantasmas —dijo—, y fantasmas de los fantasmas,
deseos como sombras de nubes y voluntades de paja que se arremolinan al viento;
los días pasan, lo que es útil y consuetudinario nos arrastra como un tren
arrastra la estela de sus luces... ¡Dejemos que así sea! Pero hay algo real y
cierto, algo que no es materia de sueños, sino eterno e imperecedero. Es el
centro de mi vida, y lo demás está subordinado a ello y es vano en conjunto. Yo
quería a aquella mujer del sueño. ¡Y ambos estamos muertos!
»¡Un sueño! ¿Cómo puede ser un sueño, cuando ha envenenado mi
vida con un dolor que no se mitiga, cuando hace que todo aquello por lo que
viví y me importó, sea algo sin valor ni sentido?
«Hasta el momento mismo en que ella fue asesinada, creí que aún
teníamos una oportunidad de huir —dijo—. Durante toda aquella noche y la mañana
en que zarpamos por mar de Capri a Salerno, hablamos de escapar. Estábamos
llenos de esperanzas a las que nos aferramos hasta el final, la esperanza de la
vida que llevaríamos juntos, lejos de todo eso, lejos de la batalla y la lucha,
de las pasiones salvajes y vacías, de la vacía arbitrariedad del
"debes" y del "no debes" del mundo. Estábamos por encima
porque nuestra búsqueda era algo sagrado, de la misma manera que nuestro amor
era una misión..
«Incluso cuando desde nuestro barco vimos la faz magnífica de la
gran roca de Capri ya con cicatrices y hendiduras debidas a la colocación de
cañones y refugios para convertirla en una fortaleza... no advertimos nada de
la inminente carnicería, a pesar de que la furia de la preparación acechaba en
humaredas y nubes de polvo en un centenar de puntos en la grisura; pero la
verdad es que lo convertí en tema de conversación. Allí estaba la roca, bella
aún a pesar de sus cicatrices, con un sinfín de ventanas, arcos y caminos, un
nivel tras otro, hasta un millar de pies de altura, como una escultura gris,
rota por terrazas cubiertas de bosques de parras, limoneros y naranjos, macizos
de pita e higos chumbos, grupos de almendros en flor. Bajo la arcada que se levanta
sobre la Marina Piccola llegaban otros barcos; y cuando doblábamos el cabo y
veíamos aún la tierra firme, otra hilera de barcos apareció a nuestra vista,
empujados por el viento hacia el sudoeste. Al cabo de poco apareció una
multitud de ellos; los más alejados eran sólo unas motas de azul ultramar a la
sombra del peñasco, en el este.
»—Son el amor y la razón —dije— que huyen de la locura de la
guerra.
»Y a pesar de que después vimos un escuadrón de aeroplanos que
volaban hacia el sur, no les prestamos atención. Allí estaban, una línea de
puntos en el cielo, y luego mas, moteando el horizonte al sudeste, y luego aún
más, hasta que una cuarta parte del cielo se punteó de motas azules. Eran
breves pinceladas de azul y ora uno ora una multitud caían bajo el sol y pasaban
a ser destellos de luz. Aparecían, subían, caían y se alargaban como un inmenso
vuelo de gaviotas o cuervos desplazándose con maravillosa uniformidad, y al
acercarse se esparcían sobre una gran extensión del cielo. El ala del sur se
lanzó como una nube a través del sol. Luego viraron hacia el este y corrieron
en esa dirección cada vez más pedigüeños y más claros hasta desaparecer en el
cielo. Después de esto advertimos, al norte y en lo alto, las máquinas de
combate de Evesham que pendían sobre Nápoles como un enjambre nocturno de
mosquitos.
»A nosotros nos importaban tanto como un vuelo de pájaros.
»Incluso el rugido de los cañones a lo lejos, al sudeste, no
parecía tener ningún significado para nosotros...
»Nosotros aún estábamos exaltados cada día, a cada sueño después
de esto, y aún buscábamos un refugio en el que vivir y amar. Nos habían
asaltado la fatiga, el dolor y muchas perturbaciones. A pesar de que estábamos
polvorientos y manchados por nuestra penosa marcha, medio hambrientos y
horrorizados por los muertos que habíamos visto y por la huida de los
campesinos, puesto que muy pronto un viento de guerra barrió la península, todo
ello nos embrujaba y sólo conseguía damos una más profunda resolución de escapar.
¡Ah, cuan valiente y paciente se mostró ella! Ella, que nunca había sufrido
dificultades ni amenazas, tuvo valor para sí misma... y para mí. íbamos de un
lugar a otro en busca de una salida, en un país dominado y saqueado por las
huestes de la guerra. Siempre a pie. Al principio había otros fugitivos, pero
no nos mezclábamos con ellos. Algunos escaparon hacia el norte, otros se vieron
atrapados por el torrente del campesinado que huía por las carreteras
principales; muchos se entregaron a la soldadesca y los mandaron al norte.
Muchos de ellos eran reclutados, pero nos mantuvimos al margen de esas cosas;
no teníamos dinero con qué pagar un pasaje para el norte y albergaba temores
respecto a mi dama en manos de esas masas alistadas. Habíamos desembarcado en
Salerno y, sin poder llegar a Cava, intentamos cruzar hacia Tárenlo por un paso
del monte Alburno, pero habíamos vuelto atrás en busca de comida, descendiendo
cerca de los pantanos de Pesto, en los que se levantan aquellos grandes templos
solitarios. Tenía la vaga idea de que en Pesto podríamos encontrar un barco o
algo parecido y podríamos salir una vez más al mar. Allí nos alcanzó la
batalla.
Me desmoralicé. Claramente podíamos advertir que nos habían
cercado; que la gran red de la Guerra nos tenía entre sus garras. En varias
ocasiones habíamos visto las levas que bajaban del norte y los habíamos
descubierto a lo lejos, en medio de las montañas, abriendo caminos para las
municiones y montando los cañones. En una ocasión creímos que nos habían
disparado al confundimos con espías... en cualquier caso, una bala nos había
pasado muy cerca. En varias ocasiones tuvimos que escondernos de los aeroplanos
en los bosques.
Ahora todo esto ya no importa, aquellas noches de huida y de
dolor... nos encontrábamos en un lugar abierto cerca de aquellos grandes
templos de Pesto, finalmente, en un lugar de piedra desnudo, moteado de
arbustos erizados, vacío, desolado y tan plano que los eucaliptus de un
bosquecillo, a lo lejos, mostraban incluso sus bases. ¡Cómo lo veo aún! Mi dama
estaba sentada junto a un arbusto para descansar un poco, porque se encontraba
muy débil y cansada, y yo permanecía en pie a ver si podía calcular la distancia
del fuego intermitente. Estaban inmóviles, sabe, luchando lejos los unos de los
otros, con aquellas terribles armas nuevas que nunca se habían utilizado:
cañones que podían transportarse sin ser vistos y aeroplanos que harían...
Nadie podía predecir lo que harían.
»Sabía que nos encontrábamos entre dos ejércitos y que se
acercaban. Sabía que estábamos en peligro y que no podíamos paramos y
descansar.
»A pesar de que pensaba estas cosas, las relegaba a último
lugar. Parecían asuntos ajenos a lo que nos concernía. Básicamente, yo pensaba
en mi dama y una dolorosa preocupación se apoderó de mí. Por primera vez se
había declarado vencida y había sucumbido a las lagrimas. Detrás de mí podía
oír sus sollozos, pero no me volvía porque sabía que necesitaba llorar, y había
llegado tan lejos y durante tanto tiempo por mi culpa. Está bien que llore,
pensé, que descanse, luego proseguiremos; no intuí en absoluto lo que nos
esperaba tan cerca. Incluso ahora puedo verla sentada allí, con el hermoso
cabello sobre sus hombros, aún puedo ver los hoyos de sus mejillas.
»—Si hubiéramos huido —dijo ella—, si te hubiera dejado huir...
»—No —dije—. Incluso ahora, no me arrepiento. No me arrepentiré;
elegí y me mantendré hasta el final.
»Y entonces...
»Algo brilló en el cielo y estalló, y a nuestro alrededor las
balas sonaban como un puñado de guisantes lanzados repentinamente. Partían las
piedras a nuestro alrededor y hadan volar fragmentos de bloques, pasaban...
Se llevó la mano a la boca y luego se humedeció los labios.
—Ante el resplandor me di la vuelta... Ella se puso en pie... Se
puso en pie y dio un paso hacia mi... como si quisiera darme alcance... Y una
bala le atravesó el corazón.
El hombre se calló y me contempló. Sentí la estúpida incapacidad
que un inglés siente en tales ocasiones. Nuestras miradas se encontraron y
luego miré hacia la ventanilla. Durante largo rato estuvimos en silencio.
Cuando al cabo le miré, estaba recostado en su rincón, con los brazos cruzados
y mordiéndose los nudillos.
Se mordió una uña y la contempló.
—La llevé —dijo— hacia los templos, en brazos... como si esto
importara. No sé por qué. Parecían una especie de santuario, sabe; habían
durado tanto tiempo, supongo...
»Seguramente murió al momento. Sólo que le hablé... durante todo
el trayecto.
Nuevamente se hizo el silencio.
—Conozco aquellos templos —dije con brusquedad; y la verdad es
que sus palabras me habían recordado aquellos arcos inmóviles, soleados, de
piedra gastada, muy claramente.
—Fue en el oscuro, el gran templo oscuro. Me senté en una
columna caída y la tuve entre mis brazos... Silencioso, cuando pasó el primer
balbuceo. Al cabo de poco reaparecieron los lagartos arrastrándose como si nada
excepcional sucediera, como si nada hubiera cambiado... Todo estaba muy quieto
allí, el Sol en lo alto y las nubes quietas; incluso las sombras de la maleza
sobre la cornisa estaban quietas... a pesar del ruido sordo y los estampidos
del cielo.
»Creo recordar que aparecieron los aeroplanos al sur y que la
batalla prosiguió al oeste. Cayó un aeroplano. Lo recuerdo... a pesar de que no
me interesaba lo más mínimo. Parecía no tener ningún significado. Era como una
gaviota herida, sabe... aleteando brevemente en el agua. Lo pude ver a través
de la nave lateral del templo... un objeto negro en el agua azul y brillante.
»En dos o tres ocasiones saltó metralla hasta la playa, y luego
se acabó. Cada vez que esto sucedía, los lagartos corrían en busca de un lugar
donde esconderse. Éste fue todo el estropicio, excepto una ocasión en que una
bala perdida rozó la piedra muy cerca... y dejó una brillante superficie nueva.
«Cuando las sombras se hicieron mayores, pareció crecer la
quietud.
»Lo curioso —observó el hombre, con la actitud de quien habla de
trivialidades— es que no pensé... no pensé nada. Me senté con ella en brazos
entre las piedras, en una especie de letargo, inmóvil.
»Ni recuerdo que despertara. Ni recuerdo que me vistiera aquel
día. Sé que me encontré en mi oficina, con las cartas abiertas delante, y me
sorprendió mucho lo absurdo de encontrarme allí, sabiendo que en realidad yo
estaba sentado, atónito, en aquel templo de Pesto, con una mujer muerta en
brazos. Leí las cartas mecánicamente. He olvidado de qué trataban.
Se calló y siguió un largo silencio.
De repente noté que bajábamos la pendiente de Chalk Farm a
Boston. En este momento me decidí. Me volví a él con una pregunta brutal, con
el tono de «ahora o nunca».
—¿Ha vuelto a soñar?
—Sí —parecía forzarse para acabar. Su voz era muy baja—. Una vez
más, como si fuera sólo por unos instantes. Me pareció que despertaba de una
gran apatía, sentado, y el cuerpo yacía sobre las piedras que me rodeaban. Un
cuerpo desvaído. No era ella, sabe. Tan pronto... y ya no era ella...
«Supongo que oí voces. No lo sé. Sólo supe que los hombres
llegaban a la soledad y que era el último ultraje.
»Me puse en pie y caminé por el templo; luego descubrí...
primero un hombre de cara amarilla, vestido con un uniforme blanco sucio,
ribeteado de azul, y luego muchos más, trepando hacia la cima de la antigua
muralla de la ciudad destruida y agachándose allí. Eran figuritas brillantes
bajo la luz del Sol; allí se quedaron, con las armas en la mano, observando con
precaución a su alrededor.
«Más adelante vi a otros, y mas aún en otro punto de la muralla.
Una formación indisciplinada de hombres en orden abierto.
«Al poco tiempo el hombre que primero había visto se puso en pie
y dio una orden; sus hombres aparecieron deslizándose por la muralla y
metiéndose en la alta maleza, hacia el templo. Se unió a ellos y los capitaneó.
Llegó frente a mí y, al verme, se paró.
»En un principio había contemplado a aquellos hombres por pura
curiosidad, pero cuando advertí que querían entrar en el templo, me vi obligado
a prohibírselo. Grité al oficial;
»—Ustedes no deben entrar aquí —exclamé—, aquí estoy yo. Estoy
con mi muerta.
»El hombre me miró y me respondió en una lengua desconocida.
«Le repetí lo que le había dicho.
«Respondió a gritos y yo permanecí inmóvil. Luego habló con sus
hombres y se adelantó. Llevaba una espada en la mano...
«Le hice señas de que se alejara, pero siguió avanzando. Con
mucha paciencia y claridad, le repetí; "No debe acercarse. Éstos son
templos antiguos y yo estoy aquí con mi muerta."
«Luego se acercó tanto que pude ver su cara con claridad. Era
una cara estrecha, con unos ojos grises inexpresivos y bigote negro. Tenía una
cicatriz en el labio superior, iba sucio y sin afeitar. Seguía diciéndome cosas
ininteligibles, preguntas quizás.
«Ahora sé que él tenía miedo de mí, pero en aquel momento no se
me ocurrió. Cuando intenté explicárselo, me interrumpió en tono imperioso,
ordenándome, supongo, que me apartara.
«Intentó pasar por delante de mí y yo lo agarré.
»Su cara cambió al agarrarle.
»—Estúpido —exclamé—. ¿No lo sabe? ¡Ella está muerta!
»Me miró. Me miró con ojos crueles. Vi aparecer en ellos una
exultante resolución... de deleite. Luego, de repente, ceñudo, echó hacia atrás
su espada... así... y la clavó.
El hombre se calló bruscamente.
Advertí un cambio de ritmo en el tren. Se oyó el chirrido de los
frenos, y el vagón dio una sacudida y se tambaleó. Nuestro mundo insistía en
sus derechos, clamaba. Vi a través de la ventanilla brumosa unas grandes luces
eléctricas que brillaban entre las torres, en la niebla, vi hileras de carros
inmóviles y vacíos junto a nosotros; y luego una caseta de señales, enarbolando
su constelación de verde y rojo en ¡a media luz lóbrega de Londres; pasamos
delante. Miré de nuevo las facciones cansadas del hombre...
—Me atravesó el corazón. Fue una especie de sorpresa... ni
miedo, n¡ dolor... sólo sorpresa, sentí que me pellizcaba, sentí que la espada
entraba en mi cuerpo. No me dobló, ¿sabe? No me dolió en absoluto.
Las luces amarillentas del andén aparecieron tras la ventanilla,
al principio pasando con rapidez, luego con lentitud, y finalmente parándose
con una sacudida. Débiles formas humanas pasaban de aquí para allá.
—¡Euston! —exclamó alguien.
—¿Quiere usted decir...?
—No sentí ningún dolor, ni pinchazo ni escozor. Sorpresa, y
luego la oscuridad barriéndolo todo. Aquella cara excitada, brutal, ante mí, la
cara del hombre que me había matado, parecía retroceder. Desapareció de la
existencia...
—¡Euston! —proclamaron las voces exteriores—; ¡Euston!
Se abrió la portezuela del vagón dejando pasar una inundación de
sonidos y un mozo se plantó ante nosotros, mirándonos. El ruido de las puertas
abiertas de par en par, el repiqueteo de los coches de caballos, y tras todas
esas cosas el rugir informe y remoto del empedrado de Londres llegó hasta mis
oídos. Una carretilla cargada de lámparas encendidas destelló en el andén.
—Una oscuridad, una inundación de oscuridad que se abría, se
esparcía y lo borraba todo.
—¿Equipaje, señor? —dijo el mozo,
—¿Y ése fue el final? —le pregunté.
Pareció vacilar. Con voz casi inaudible, me respondió:
—No.
—¿Cómo?
—No pude llegar hasta ella. Estaba al otro lado del templo... Y
luego...
—Sí —insistí—, ¿Sí?
—Pesadillas —exclamó—. ¡Verdaderas pesadillas! ¡Cielo santo!
Enormes pájaros que se debatían y se despedazaban.
FIN

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