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Título original: © Star Trek III. El Pacto De La Corona. Howard Weinstein

 

Versión Original: © Star Trek III. El Pacto De La Corona. Howard Weinstein

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Star Trek III

EL PACTO DE LA CORONA

Howard Weinstein

 


1

 

Es gris, Jim -dijo el doctor Leonard McCoy.

El médico de la nave se hallaba ante el espejo, re­

volviendo entre su mata de cabellos como si bus­case la causa de algún estado de salud misterioso.

Fue la primera sospecha que tuvo el capitán James Kirk de que la fiesta de cumpleaños podría ser un tremendo error.

A veces, Kirk tenía la sensación de que la totalidad del universo estaba aliada contra él. Estaban las grandes cosas como guerras y supernovas, acontecimientos que estaban tan obviamente fuera de su control, que no podía tomárselos co­mo algo personal. Pero cuando los pequeños planes, traza­dos de la mejor manera posible, también se desviaban de su objetivo, no tenía más remedio que preguntarse qué habría hecho para merecer aquella suerte.

En el imponente devenir de la historia, puede que el cum­pleaños de su oficial médico no significase mucho, pero Kirk quería que fuese algo especial. Después de todo, McCoy no tenía ningún amigo mejor que él en la galaxia, así que el ca­pitán estaba decidido a que esa fecha no pasase sin pena ni gloria.

Hasta que descubrió que el propio McCoy no sólo quería que pasase sin pena ni gloria, sino totalmente inadvertida.

-Completamente gris -repitió McCoy, frunciendo el en­trecejo.

-Oh, vamos, Bones. Un poco de plata en torno a las sienes apenas puede considerarse como completamente gris -dijo Kirk, con un destello divertido en los ojos mientras se situaba detrás de McCoy.

McCoy le echó una mirada feroz al reflejo del capitán que asomaba por encima de uno de sus hombros.

-No es nada divertido, Jim. Yo me estoy volviendo viejo y usted está histérico.

-Está exagerando un poco.

-Eso -señaló McCoy con aspereza- es también un sig­no de que me estoy haciendo viejo.

El ánimo del médico no había mejorado cuando él y Kirk salieron del turboascensor, en las proximidades de uno de los comedores de la nave.

-¿No se da cuenta de cuánto tiempo hace que nadie me llama «Lenny»... o «hijo»?

-Bones, ¿realmente hecha usted de menos que alguien lo llame «hijo»?

-No. Lo odiaba cuando era un crío -respondió McCoy, deteniéndose cuando una bonita oficial de guardia salió del comedor, les dedicó una sonrisa a ambos y luego desapare­ció en la curva del pasillo-. Pero era muchísimo más agra­dable cuando dos tercios de las damas de a bordo no eran lo bastante jóvenes como para ser mis hijas. Sólo me queda una solución: renegar de mis próximos cumpleaños. Hacer caso omiso de todos ellos.

Guau, pensó Kirk, mientras entraban para comer. ¿Debía suspender los planes que tenía para el cumpleaños? La invi­tación expedida junto con las órdenes de guardia, había apa­recido en las terminales de todos los tripulantes excepto en la de McCoy... La comida que había dispuesto y programado especialmente, junto con amenazas contra cualquiera que de­jase filtrar el secreto... ¿Cancelar una maravillosa fiesta sor­presa potencial sólo porque el hombre que cumplía años no quería tomar parte alguna en la misma?

Desde luego que no. Si McCoy quería ser un aguafiestas, que así fuese. La mayoría de las fiestas de cumpleaños de a bordo de la USS Enterprise eran reuniones reducidas a las que sólo asistían los amigos más íntimos del invitado de ho­nor; pero aquélla sería una rara reunión de toda la tripula­ción de la nave; después de todo, incluso los miembros más jóvenes habían llegado a considerar al médico como a un tío caprichoso y excéntrico, del tipo de los que lo reprenden a uno de niño y luego le dan un caramelo cuando la madre no lo ve. Todos sabían que las atenciones de McCoy se origina­ban en algo mucho más profundo que la mera responsabili­dad profesional.

Y Kirk sabía que el motín sería una clara posibilidad si él cancelaba todo el asunto después de los planes que había estado trazando y de cómo había crecido la expectación. Si necesitaba una última palabra para apaciguar sus temores, allí estaba el ingeniero jefe Montgomery Scott para proporcionársela, con aquel toque de penetrante sentido común que siempre desplegaba cuando conseguía apartar la mirada de sus motores.

-Ponga a McCoy en una habitación con las damas, mu­cha buena bebida, una comida refinada y un poco de cancio­nes -dijo Scott-, y se olvidará por completo de cualquier cosa que lo aflija.

Más tarde, Kirk dio la señal acordada. En grupos de dos y tres, los miembros de la tripulación que estaban fuera de servicio se encaminaron a la sala de recepciones de la plan­ta séptima. El resolver la parte dura quedaba en manos de Kirk: conseguir que McCoy dejara de contarse las canas du­rante el tiempo suficiente como para asistir a la celebración.

 

-Vamos, Bones -le dijo Kirk al cuerpo inerte que se ha­llaba acurrucado en la cama de McCoy.

-Déjeme tendido en la oscuridad. Quizá así dejaré de ha­cerme viejo -suspiró McCoy-. Si tuviera hojas, al menos dejaría de realizar la fotosíntesis.

-Usted es un médico, no una planta -señaló Kirk, gru­ñendo al aferrar un brazo de McCoy y tirar de él hasta con­seguir que el médico se sentase. Se sintió levemente estúpi­do-. Vamos. No tengo intención de llevarlo en brazos.

-¿A dónde quiere llevarme?

-A la sala de recepción.

McCoy intentó volver a la posición fetal en la que lo ha­bía encontrado el capitán, pero Kirk lo sujetó por el brazo.

-¡Ay! Déjeme solo, Jim. ¿Qué voy a hacer en la sala de recepción en este estado mental?

-Va usted a salir de ese estado, eso es lo que hará. He planeado las cosas de forma que tenga la oportunidad de de­dicarse a uno de sus pasatiempos favoritos: incordiar a Spock mientras yo juego con él al ajedrez.

McCoy dejó escapar un largo suspiro, como el de una llan­ta que se desinfla.

-Bueno, si me lo pone así...

Se levantó y siguió a Kirk al exterior del camarote. El ta­citurno McCoy realizó el recorrido hasta la séptima planta con un poco menos de alegría que si se tratase de un paseo hasta la horca, y Kirk tuvo que reprimir el impulso de vol­verse atrás.

Giraron para situarse delante de la sala de recepción, y las puertas se abrieron para dejar a la vista una caverna com­pletamente oscura. Kirk empujó a su amigo al interior y las luces se encendieron de pronto, cambiando a rojo, azul, ama­rillo y blanco. Sin proferir sonido alguno, McCoy retrocedió al menos un metro de un solo salto y aterrizó directamente sobre los dedos de los pies de Kirk. La multitud oculta de miembros de la tripulación salió de debajo de las mesas y tiestos de plantas gritando:

-¡Feliz cumpleaños, McCoy!

Kirk, tras prepararse para una mirada que podía llegar a matar, se volvió a mirar al médico. McCoy tenía los ojos nublados por la impresión. Los gritos cedieron paso a los aplausos y las carcajadas, y una encantadora teniente del equipo médico puso en manos de McCoy una bebida y su pro­pia persona. Finalmente, el médico se dejó arrastrar a la ce­lebración, aunque no antes de lanzarle una mirada de fero­cidad a Kirk.

-¡Jim, ésta me la pagará!

Kirk rió entre dientes y se sentó junto al jefe de ingenieros.

 -Creo que tenía usted razón, Scotty.

-Bueno, no es sólo de motores de lo que entiendo, señor -respondió Scott, con la frente fruncida en un gesto de falsa modestia-. El único problema que le encuentro al asuntoa es que querrá una fiesta de éstas cada vez que se sienta viejo. Piense bien en ello, señor... Yo mismo me siento un poquitin viejo.

Los miembros de la tripulación pululaban en torno a las largas mesas cargadas de pasteles, entremeses y bebidas, y las primeras bandejas quedaron limpias en un abrir y cerrar de ojos. Chekov pinchaba lúgubremente un microscópico trozo de pastel con el tenedor, mientras que la doctora Christine Chapel y los tenientes comandantes Uhura y Sulu los hundían en trozos que eran casi demasiado grandes para sus platos.

-Humm -ronroneó Uhura-. No sabía yo que el sintetizador de comida fuese capaz de hacer pasteles como éste. -No podía -replicó Christine-, hasta que yo cambié ligeramente el programa.

Todos se echaron a reír a carcajadas, excepto Chekov. Sulu lo tocó con un codo.

-¿Qué le ocurre?

-¿Dónde ha dejado la cara de las fiestas? –preguntó Uhura.

-Tengo la impresión de que ésta es su cara de las fiestas -comentó Sulu haciendo una mueca-. Ya sabe usted cómo son estos taciturnos rusos.

Deslizó el tenedor por debajo de un enorme trozo de pastel y lo depositó en el plato del taciturno jefe de seguridad. Chekov lo devolvió prontamente a la bandeja, profiriendo un estrangulado grito de frustración.

-Eso engorda.

-Es usted aún un niño en edad de crecimiento -le dijo Uhura-. ¿Desde cuándo le preocupa la comida que engorda?

 -Desde que vi que había engordado cuatro kilos y medio.

 -¿Dónde los tiene? ¿En los dedos de los pies?

Chekov se encogió de hombros con genuina consternación.

-No tengo ni la más remota idea. Yo no me siento gordo. -Christine -dijo Sulu-, ¿pesa realmente cuatro kilos

y medio de más?

Christine mordisqueó su trozo de pastel con una clara ex­presión de culpabilidad.

-Eso es lo que indicó la báscula. Cuando envejecemos, nuestro metabolismo cambia. Uno aumenta de peso con más facilidad y ese peso va a parar a sitios diferentes. Enfrenté­monos con ello, Chekov, ya no tiene usted veinte años.

-No me lo recuerde.

El alegre ruido de voces y entrechocar de cubiertos de la fiesta prometía que ésta duraría todo un ciclo diurno. Des­pués de todo, McCoy había insistido en que todos los turnos tuviesen una oportunidad para observar a una reliquia vi­viente en carne y hueso, aunque se tratase de una reliquia concienzudamente borracha. Kirk iba camino del puente para retomar el mando cuando la nave se estremeció repentinamente. Fue un temblor casi imperceptible que pasó inda

vertido para casi todos los que estaban a bordo, excepto para Kirk y Scott. Sintieron la oleada de la aceleración repentina y avanzaron juntos hacia el intercomunicador en el momen­to en que se oía la suave voz del primer oficial Spock.

-Capitán Kirk, al puente, por favor.

Kirk pulsó el botón que había en la pared.

-Aquí Kirk. ¿Es que alguien ha llevado ahí arriba una caja de whisky clandestinamente?

-Negativo, señor. Todo el personal de guardia debe per­manecer en estado de sobriedad.

-En ese caso, ¿por qué están ustedes zarandeando la nave, señor Spock?

-Eso. Tienen que haber pasado a factor hiperespacial seis.

-Factor ocho, señor Scott.

-Scotty, me sorprende usted -le dijo Kirk, con falso asombro.

-Supongo que he bebido demasiado, señor.

-¿Qué está ocurriendo, Spock?

Hubo un momento de vacilación antes de que el vulcaniano le respondiese, y Kirk tuvo la sensación de que aquél no era momento para bromas.

-Quizá sea mejor que se presente usted en el puente, capitán.

-Voy hacia allí. Kirk fuera.

 

Las puertas del turbo ascensor se abrieron con un siseo. Kirk avanzó por el puente de mando. Spock hizo girar el asiento central y se puso de pie.

-Acabamos de recibir una señal de prioridad uno del co­mando de la Flota Estelar, estado de seguridad rojo, orde­nándonos que nos presentemos en la Base Estelar Veintidós a la hora 1700 de mañana. El factor ocho es suficiente para asegurar nuestra llegada alrededor de la hora 1545. No se nos da ninguna otra información sobre por qué nuestra pre­sencia es solicitada con tanta urgencia, señor.

-¿Ni siquiera codificada, Spock?

-Negativo. El mensaje decía simplemente que usted, el doctor McCoy y yo debemos presentarnos inmediatamente después de nuestra llegada ante el almirante Harrington, de la Flota.

 

2

 

 

Si esta misión fracasa -dijo el almirante Paul Harrington con su crepitante acento británico-, la totalidad del Cuadrante J-221 podría estar en manos de los klingon el año próximo.

-Para mi próximo cumpleaños -le susurró McCoy a Kirk.

Harrington se volvió en redondo.

-¿Qué decía usted, doctor?

-Nada, señor.

Harrington era un hombre alto de actitud impecable. Se movía con deliberada precisión mientras se paseaba por el piso cubierto por una moqueta verde y espesa como un cés­ped bien cuidado. Pero los pasos no eran nerviosos, sino re­gulares y aplomados, fiel reflejo de la mente constantemen­te activa de aquel hombre. Era inglés hasta la médula, cortado en el mismo paño que había producido grandes na­vegantes y oficiales durante más de mil años. Harrington ya se había labrado un lugar en los anales de la Federación por su imperturbable manejo de diversas crisis grandes y peque­ñas, y Kirk era plenamente consciente de que en aquel pre­ciso momento se enfrentaban con una de aquellas coyuntu­ras críticas.

-¿No existe en la región otra fuente alternativa de tridenita? -preguntó Spock.

-Ninguna -respondió Harrington, mientras chupaba una curvada pipa de marfil.

-Shad les suministra ese mineral a veinte o más planetas -intervino Kirk.

-¿No pueden obtener la energía de algo que no sea la tridenita? -quiso saber McCoy.

No podían, y Kirk lo sabía. Shad era uno de esos mundos que gozaban de la dudosa bendición de poseer algo que otros muchos mundos necesitaban, querían y por lo que incluso podían llegar a matar: unos recursos virtualmente ilimita­dos de tridenita en su corteza, un mineral energético muchísimo más limpio y seguro que el uranio o cualquier otro de los isótopos que les habían proporcionado abundante aun­que peligrosa energía a numerosas civilizaciones. Incluso la Tierra había pasado por su temprano período de dependen­cia de peligrosas fuentes de energía radiactiva. Kirk sabía que su planeta de origen estaba salpicado por cavernas en las que cientos de años antes se habían enterrado los resi­duos nucleares: los mismos continuarían emitiendo partícu­las mortales durante miles de años por venir.

Pero Shad se había ahorrado ese problema. La tridenita había sido confeccionada por la naturaleza para producir enormes cantidades de energía eficaz, y las economías e in­dustrias de esos veinte planetas estaban fundadas, sobre la garantía de un flujo constante de dicho mineral.

La mitad de esos mundos pertenecían a la Federación y el resto eran neutrales, pero vivían a la sombra del cercano imperio klingon. En todo caso, Shad era la nodriza, el pre­mio codiciado. Podían apoderarse de Shad, cortar los sumi­nistros de tridenita, observar cómo una veintena de los pla­netas del Cuadrante J-221 caían como piezas de dominó, y entrar a sangre y fuego para conquistar un valioso flanco de la Federación de Planetas Unidos. Ése había sido el objetivo de los klingon, y lo habían perseguido pacientemente median­te la incitación a la guerra civil en Shad, dieciocho años antes.

Kirk repasó mentalmente los detalles históricos. Cono­cía la situación shadiana tan íntimamente como cualquier oficial, burócrata o diplomático, por una razón: había esta­do allí durante los comienzos de la guerra, al mando de una comisión consultiva agregada de la corte del rey Stevvin...

 

Después de cinco siglos, la dinastía de Shad había sobre­vivido más tiempo que la mayoría. Ahora, de pronto, se tam­baleaba al borde de un escarpado abismo, y delante de ella planeaba la extinción. El joven capitán de corbeta James T. Kirk lo sentía en los huesos mientras caminaba apresurada­mente hacia la habitual reunión matutina que cada día man

tenía con el rey. Llegó temprano y se dedicó a pasear por los jardines del castillo bajo un cielo sombrío y sin sol, esperan­do; en el interior, el rey intentaba controlar otra irritada reu­nión del consejo.

Doce ministros del gabinete rodeaban la sólida mesa de madera oscura, que había sido tallada en una sola pieza de un árbol gigantesco por el ancestro de Stevvin, Keulane el Sanador. Keulane había comenzado la dinastía, y Stevvin estaba dispuesto a aceptar que él iba a presidir su final. Gol­peó la mesa con el martillo de mango recamado con piedras preciosas, hasta que sus ecos apagaron la docena de voces que discutían al mismo tiempo.

Se hizo un repentino silencio, roto tan sólo por el profun­do suspiro del rey. Se apoyó pesadamente sobre la mesa, sin mirar a ninguno a los ojos mientras hablaba por fin.

-El consejo no puede funcionar de esta forma. Tenemos que imponernos orden.

La voz era suave y ronca; expresaba un ruego, no una orden.

-No hay orden alguno en Shad -declaró Yon, un ministro de rostro porcino que se encontraba situado al otro ex­tremo de la mesa-. ¿Por qué esperáis que lo haya aquí... sire? -Estaba claro que esta última palabra debía parecer una sarcástica ocurrencia tardía.

Stevvin redactó una réplica en su mente, pero se la tragó sin pronunciarla. Dejó el mazo y se encaminó hacia las puer­tas adornadas con bronce.

-Sire.

La voz lo alcanzó y lo retuvo durante un momento, aun­que su espalda continuó vuelta hacia el consejo. El rey reco­nocía el respetuoso tono de voz del primer general Haim, el hombre alto, calvo y cargado de espaldas que había sido su edecán y amigo desde antes de que Stevvin ascendiese al trono.

-Sire... el consejo no puede actuar sin vos.

-Tampoco puede hacerlo conmigo. Si doce hombres y mujeres responsables del gobierno de este mundo no pue­den superar sus diferencias para alcanzar una meta común, ni siquiera para hablar civilizadamente los unos con los otros, entonces nuestra causa está perdida.

Con los hombros caídos, Stevvin salió de la sala.

La coalición leal al rey se estaba desmoronando, y mien­tras el consejo reñía petulantemente, se perdían regularmente territorios que caían en manos de la despótica Alianza Moho.

La Alianza había aprendido bien las enseñanzas de trai­ción que les había impartido su patrocinador, el imperio klin­gon. Sus líderes babeaban ante la perspectiva de convertirse en perros guardianes del imperio, esclavizar a la población libre de Shad y arrancar bocados de la carne de la Federa­ción a medida que el Cuadrante caía bajo su dominio, plane­ta a planeta. Los klingon habían sembrado grandes cantida­des de armamento y dinero en la Alianza Mohd, y los frutos estaban casi a punto para la cosecha.

El capitán de corbeta Kirk encontró al rey sentado a so­las en la cámara de la meditación, con una túnica suelta so­bre su flaco cuerpo. Al oír el sonido de las pisadas sobre la alfombra, Stevvin levantó los ojos y sonrió. Aquel insolente joven oficial casi podía conseguir que creyera que había al­guna esperanza.

Pero la mandíbula severamente apretada de Kirk le co­municó, sin palabras, que en aquella ocasión la esperanza estaba fuera del alcance.

-Lo lamento, señor -dijo Kirk con voz queda-. El con­sejo de la Federación ha decidido que en este momento no pueden disponer de más tropas ni suministros de apoyo. Te­men que surjan problemas en el Sector Talénico y una media docena de otras regiones. Quizá en un futuro próximo, la resolución pueda ser revisada... -su voz se apagó len­tamente.

-Éstos son verdaderamente tiempos tumultuosos, James. Esa respuesta es la que esperábamos.

El rostro del rey aparecía profundamente sombreado por la vacilante luz de las velas. Un suave aroma de incienso flo­taba en torno a ambos hombres.

-Intenté explicarles que con un poco más de ayuda po­dríamos ganar -informó Kirk, con una voz inundada de amargura.

-No nosotros. Ésta no es su batalla. No es su mundo. Kirk no hizo caso del comentario del rey.

-No comprenden cuán cerca está la Alianza Mohd de apoderarse de Shad y entregarla a los klingon. Un día des­pertarán, y será ya demasiado tarde. Hay que hacerles ver...

Kirk comenzó a pasearse, pero el rey lo detuvo apoyán­dole una mano firme sobre un hombro.

-No. Ya es hora de que usted y sus hombres se marchen de aquí.

El joven oficial miró al interior de los cansados ojos de Stevvin. Las palabras fueron pronunciadas sólo después de un largo momento de vacilación.

-Alteza, creo que es hora de que también usted se marche.

-Éste es mi mundo, un mundo unificado por mis ancestros. Se encontraron con un centenar de naciones que batallaban entre sí, y las fundieron en una sola.

-Excepto la provincia de Mohd.

Stevvin asintió sombríamente.

-Y si el pacto de paz va a ser roto por esos hijos del in­fierno, yo tengo el deber de quedarme aquí y ver cómo suce­de. Cuando me encuentre con Keulane y mis otros padres en la próxima vida, quiero que sepan que me quedé aquí hasta el final.

 

La oficina de Kirk estaba emplazada en un castillo de pie­dra tallada, de color oscuro, que una vez había servido como monasterio shadiano. Las ventanas eran demasiado peque­ñas y cercanas al abovedado techo como para dejar entrar mucha luz. El joven oficial se paseó mientras esperaba a que un cuenco de sopa de pescado se calentase sobre el pequeño calentador de infrarrojos que tenía sobre el escritorio.

Durante el año que llevaba en Shad, se había convertido en íntimo amigo del anciano rey y ahora compartía la angus­tia que se apoderaba de Stevvin. En los días anteriores a aquellos en que la pérdida de las batallas se había converti­do en un acontecimiento diario, ambos habían pasado las sua­ves veladas de verano en el balcón de palacio, bebiendo vino de frutas, discutiendo todos los temas que abarcaban desde la poesía a la historia, desde las tácticas de guerra hasta las fábulas impúdicas shadianas. Cuando las lunas gemelas se ponían en el frescor del amanecer, los dos hombres se en­contraban muy frecuentemente en el exterior, para presen­ciar el final de la noche.

Kirk no era más que un joven oficial de carrera, con cien hombres bajo su mando; Stevvin era casi un anciano y gobernaba un planeta de cien millones de personas; pero, a pesar de eso, llenaban los vacíos que los separaban con la amis­tad, el respeto y afecto mutuos.

Y si algo desgarraba en aquel momento a Kirk más que su propia impotencia, era tener que observar cómo un rey bueno y amable veía debilitarse a su planeta a causa de una guerra civil a la que él era incapaz de ponerle fin.

Kirk sorbió una cucharada de la sopa de pescados nati­vos. Un oficial de rostro fresco entró por la puerta abierta y depositó sobre la mesa un mensaje en casete.

-Es del frente de la montaña, señor. No es... no es una buena noticia.

Tras meter el casete en el visor, Kirk frunció el entrecejo mientras observaba la imagen del mapa y la voz inexpresiva del comandante le decía algo que él había rogado no llegar a oír jamás. La artillería Mohd había atravesado las líneas de defensa de la coalición leal al rey, y el enemigo estaba avanzando hacia la capital, residencia del rey. No había tiem­po que perder.

 

-No me importa cómo lo consiga -exclamó Kirk-. Ba­jen aquí una lanzadera y ténganla a punto en el prado de pa­lacio hacia la hora 1500. Yo me ocuparé de cómo sacarla de la capital y llevarla al espacio.

Pulsó el botón del panel del intercomunicador para ce­rrarlo. Se frotó los ojos, se puso de pie y descendió los anti­guos escalones de piedra del monasterio. Sus pasos recorrie­ron automáticamente el sendero que atravesaba la plaza cubierta de piedrecillas, en dirección al palacio, que dominaba sobre las estrechas calles desde lo alto de la colina. La mente de Kirk divagaba pensando en lo irónico que resulta­ba el destino de Stevvin.

Después de cinco siglos de estabilidad, la gente de Shad, incluidos sus gobernantes, había sido criada en la creencia de que la paz y seguridad de que gozaban perduraría por siempre. Se había convertido en algo tan natural para ellos como la lógica lo era para los vulcanianos. Sin embargo, se trataba de una falsa paz porque, bajo la apariencia de uni­dad y progreso, una llaga corroía el corazón de la provincia Mohd, cuyos belicosos habitantes pensaban que se les esca­timaba la parte que les correspondía de la riqueza de aquel

planeta. Desde épocas remotas, los nómadas Mohd se habían extendido hasta muy lejos para luchar con cualquier pobla­ción que aceptara su desafío. Para ellos, la paz forjada por Keulane y sus sucesores era un motivo de aflicción, y jura­ron no aceptarla jamás.

Los agentes klingon reconocieron a sus hermanos de san­gre en aquella provincia de inquietos guerreros, y los alenta­ron para que creasen descontento en otras zonas de Shad, los nutrieron, sondearon los puntos vulnerables de la anti­gua dinastía y la apuñalaron con el velocísimo golpe de la rebelión.

El capitán de corbeta Kirk se maravilló a su pesar ante la visión simple que tenían los klingon del orden de las co­sas: que el descontento estaba siempre presente en todas par­tes, y que con el fomento adecuado podía hacérselo estallar en una guerra abierta. El statu quo no servía para nada: el imperio sólo podía medrar apoderándose de lo que pertene­cía a otros. La victoria significaba avance; la pérdida sólo que regresarían al punto de partida. Los klingon vivían verdade­ramente según el refrán de que «quien no se arriesga, no pasa el vado».

Y la campaña que estaban llevando a cabo en Shad re­presentaba un riesgo eficaz. El gobierno del rey Stevvin había infravalorado el poder de las fuerzas oscuras de la pro­vincia Mohd, ignorantes de que la abundante ayuda clandes­tina de los klingon en armamento y suministros había crea­do una máquina de guerra erizada de muerte. Del mismo modo, había errado sus cálculos la Federación, quizá porque no había tropas klingon presentes en el planeta. Nunca an­tes había desplegado el imperio un poder semejante in absentia; entre tanto, otros puntos conflictivos requerían atención, y Kirk sabía que la ayuda de la Flota Estelar, que él había traído, era demasiado poca y había llegado demasia­do tarde.

Stevvin había mantenido un objetivo por encima de to­dos los demás: hacer que no se interrumpiera la producción y el envío de tridenita. Dado que Shad nunca había desarro­llado el vuelo espacial, eran naves de carga extranjeras las que debían encargarse de transportar el mineral a los otros mundos. Mientras las fuerzas leales al rey pudiesen guardar las estaciones de embarque contra la artillería Mohd, la tridenita podría ser transportada y el principal designio de los klingon continuaría sin ser alcanzado. Hasta el momento, el rey había ganado esa batalla, aunque quizá a costa de per­der la totalidad de la guerra.

Y en aquel momento, los batallones Mohd estaban mar­chando hacia la capital. Los embarques cesarían dentro de muy poco. La dinastía sería aniquilada; el rey y su familia estarían entre los primeros asesinados cuando las tropas ene­migas llegasen a la ciudad. Kirk tenía por delante una últi­ma tarea antes de poder ordenar la retirada de sus propios hombres: convencer a Stevvin de que le permitiese a la Flo­ta Estelar ayudarlo a escapar al exilio.

Justo en el exterior de las murallas del palacio, el joven oficial de la oficina de Kirk le dio alcance con una comuni­cación escrita a mano apretada en un puño. Tenía el rostro encendido; había corrido durante todo el camino.

-Señor, esto llegó justamente después de que usted se marchara.

Kirk cogió el papel y se preparó para echarle una rápida mirada a otro informe negativo del campo de batalla. Se de­tuvo en seco al ver que era un mensaje del consejo de la Fe­deración.

-¿Por qué no me llamó por el intercomunicador, alférez?

-No quería arriesgarme a que lo captasen los escuchas Mohd, señor. Llegó codificado.

El alférez permaneció en posición de descanso mientras su superior leía lo escrito en el papel. La Federación había revisado el último informe de Kirk y cambiado su decisión: un destacamento de apoyo militar adicional estaba ya de camino.

 

-Había perdido toda la fe -confesó Stevvin.

-Han decidido que Shad merece que se luche por él, se­ñor. Si esta nueva ayuda es suficiente como para invertir la situación, y yo creo que lo será, nosotros deseamos que esté usted a salvo hasta que todo se solucione -declaró Kirk.

-Pero no en Shad -dijo Stevvin, con una media sonrisa.

-Sólo será una situación temporal. Una cuestión de me­ses como mucho. Lo traeremos de vuelta aquí en cuanto po­damos garantizar su seguridad.

El rey cerró los ojos.

-¿Y qué me dice de la seguridad de nuestros soldados, de la de sus esposas e hijos? ¿Cómo puede garantizarse eso? Ellos no pueden marchar al exilio.

-Señor, usted no es sólo un soldado más.

-No... supongo que no.

La voz de Kirk adquirió un tono de impaciencia.

-Usted es el gobernante dinástico de Shad. Usted es el líder religioso de su pueblo, el punto de unión de todos sus integrantes. Sin usted, no hay Shad.

-No olvidemos que tampoco ha habido mucho Shad conmigo.

-En ese caso, piense en su esposa y su hija, en la seguri­dad de ellas. Su hija es la futura reina de Shad.

El rey cedió finalmente. La lanzadera llegó a tiempo y Kirk ocupó el asiento del piloto. Dado que Shad carecía de máquinas volantes tripuladas, las armas del planeta no in­cluían ninguna clase de ingenio antiaéreo. Los artilleros Mohd hicieron todo lo posible para derribar la lanzadera con sus misiles de largo alcance cuando detectaron que intenta­ba llegar a la órbita del planeta.

Las lanzaderas no estaban diseñadas para realizar rápi­das maniobras de evasión, y ésta gemía protestas mientras Kirk la forzaba a seguir un recorrido en espiral hacia el es­pacio; pero si bien aquellas pequeñas naves no eran ágiles, sí eran resistentes, y Kirk estaba seguro de que se manten­dría de una sola pieza y haría lo que se le pedía. Kirk subió hasta más allá del alcance de los misiles y llevó al rey, su joven esposa, su hija de cinco años, llamada Kailyn, y cua­tro servidores hasta dentro del radio de alcance del rayo transportador del Normandía, que aguardaba muy lejos de la zona orbital de combate, en torno a Shad. El destructor les proporcionaría una nueva casa durante el tiempo justo que las tropas leales al rey necesitasen para hacer retroce­der a la Alianza Mohd y contenerla...

 

Habían pasado dieciocho años desde que Kirk se despi­diera del rey y de su familia, desde que los viera desapare­cer en el chisporroteo del transportador del Normandía. Sin embargo, la batalla en Shad continuaba, y ninguno de los dos bandos era capaz de imprimir el último empujón que lo con­dujese a la victoria.

El Tratado de Paz Organiano había impedido una intervención en masa de cualquiera de ambos lados. Si lo inten­taban, los seres de energía pura de aquel enigmático mundo guardián desarmarían de forma definitiva a ambas fuerzas de combate, sin importar dónde o contra quién estuviesen luchando. Ni la Federación ni el imperio querían arriesgar­se a una total inmovilización galáctica, así que tenían que contentarse sólo con suministrarles armas y desear lo me­jor. Como un par de guerreros exhaustos, los enemigos lu­chaban con golpes cada vez más fatigados.

Pero, por fin, la corriente había cambiado, mucho después de lo que Kirk esperaba.

-La coalición leal al rey -dijo el almirante Harrington­está a punto de quebrarle el cuello a la Alianza Mohd.

McCoy profirió un bufido.

-¿Después de todo este tiempo? ¿Qué es lo que puede quedarles para luchar?

-Más de lo que usted podría imaginarse -respondió Ha­rrington, exhalando un par de anillos de humo-. No olvide que lo que ocurrió allí no tiene nada que ver con un holo­causto nuclear. Fue una guerra muy convencional, casi pri­mitiva. Ni nosotros ni los klingon queríamos destruir el pla­neta del que esperábamos apoderarnos.

-¡Qué civilizado por parte de ambos! -exclamó McCoy, con el entrecejo fruncido.

-El caso es, caballeros, que la coalición está también a punto de destruirse a sí misma con sus altercados internos.

Kirk meneó tristemente la cabeza.

-Ni siquiera han ganado, y ya están intentando repartir­se los despojos.

-Eso es aproximadamente lo que ocurre, capitán. La úni­ca esperanza de restaurar algo que se parezca a la unidad, según nuestra opinión, es la de devolver al planeta el único símbolo al que todas nuestras fracciones leales le deben fi­delidad.

Spock alzó una ceja.

-¿La familia real?

-Precisamente, oficial.

-Todavía están vivos -dijo Kirk, casi para sí mismo.

 -El rey y su hija sí lo están. La esposa murió hace algunos años, no mucho después de que comenzase la etapa de su exilio. No es un planeta bonito ese al que se marcharon.

Kirk cerró durante un momento los ojos para evocar un recuerdo íntimo de la sonrisa fácil y cálida de la señora Meya. El rey y su hija habían vivido para regresar al planeta de ori­gen, mientras que ella no lo había conseguido.

-Nuestros agentes se han puesto en contacto con el rey -continuó Harrington-. Puede que sea muy viejo, pero está ansioso por regresar. El cree, al igual que nosotros, que la presencia de la familia real mantendrá unidos a los partida­rios del gobierno, les permitirá vencer de una vez y para siem­pre a la Alianza Mohd y hacer que los klingon se retiren con el rabo entre las piernas. En realidad, caballeros, es bastan­te simple. Si aseguramos Shad, aseguramos el Cuadrante. Si perdemos Shad, ya saben cuáles serán las consecuencias.

-Almirante -dijo Spock-, la Enterprise estaba destina­da a otro sector. Los registros de la Flota Estelar indican que hay otras tres naves patrullando por las proximidades sin nin­guna tarea urgente que llevar a cabo. ¿Por qué se nos ha de­signado a nosotros para esta misión?

Kirk sonrió interiormente; Spock estaba aplicando la mis­ma precisión de razonamiento con Harrington, que aplica­ba con su propio capitán.

El almirante juntó las manos a la espalda y se encaró con ellos, masticando la boquilla de la pipa durante un momento.

-Porque el rey Stevvin confía en un solo hombre de toda la Flota Estelar para que lo lleve sano y salvo de vuelta a Shad: el capitán James Kirk. Por lo tanto, caballeros, la misión les pertenece a ustedes.

 

3

 

 

DIARIO PERSONAL: FECHA ESTELAR 7815.3

 

Hemos llegado y entrado en órbita alrededor de Orand, y me resulta difícil creer que voy a ver al rey Stevvin después de todos los años que han pasado.

Por otra parte, me siento como un estudiante que se hubiese gra­duado hace mucho tiempo y regresara para visitar a su pro fesor pre­ferido; eso hace que me sienta feliz.

Sin embargo, también me siento como un carcelero que va a po­ner en libertad a un prisionero, y eso me hace sentir culpable. Yo sé que el rey se hubiese quedado en Shad si la decisión hubiese de­pendido de él, ¿y quién puede decir que se habría equivocado? Des­pués de todo el tiempo que ha pasado, soy incapaz de saberlo. Incluso si él no piensa que le han robado dieciocho años de su vida, yo sí lo creo; y fui yo quien lo convenció de que se marchase.

Estoy ansioso por ver la misión concluida con éxito, reponer al rey en el sitio al que tiene derecho. Spock diría que todo esto es ¡ló­gico, y quizá tendría razón... pero, a pesar de que sé que esos años no le podrán ser nunca devueltos, esta misión me proporciona la posibilidad de compensar a mi viejo amigo por al menos una parte de lo que le fue arrebatado. Al diablo con la política y la diploma­cia; yo tengo que admitir que mis motivaciones son mucho más emo­tivas que racionales.

 

 

-No va a conseguirlo, Jim.

La expresión del rostro de McCoy hacía que las palabras resultasen innecesarias, pero él las dijo de todas formas, suavemente.

Kirk miró el suelo embaldosado, fresco y brillante de la casa en la que el rey Stevvin había pasado los últimos dieciocho años de su vida, esperando; y, en aquel momento,

McCoy acababa de confirmar lo que Kirk había temido, que aquéllos fuesen realmente los últimos años de la vida de Stev­vin: el rey iba a morir antes de poder ver a su planeta nueva­mente unido.

-¿Puedo hablar con él? -preguntó Kirk.

-En este momento está durmiendo. Podrá hacerlo den­tro de un rato. -McCoy se encogió de hombros; se sentía inútil-. ¿Quiere dar un paseo?

-Sí, Bones. Solo.

Spock y McCoy lo dejaron marchar sin decir una sola palabra.

 

Kirk se alejó lentamente de la casa blanca de piedra y es­tuco, por la tosca calle que servía como camino de entrada. Pero allí, en Orand, no había vehículos motorizados que rodasen por los senderos de grava y tierra, sino tan sólo ca­rros tirados por los bueyes y caballos nativos.

Orand y sus habitantes eran hijastros de la naturaleza. El planeta orbitaba una estrella de una región apartada y no guardaba ningún tesoro bajo su corteza reseca. Dado que no estaba en posesión de riquezas ni de una base estratégica, no tenía ningún interés para los acaparadores y prospectores. Sin embargo, su escasa población de quizá unos cinco millones perseveraba y exprimía su sustento de cierto núme­ro de actividades: un poco de agricultura, minería, peque­ñas industrias y algo de comercio.

En un sentido, Kirk sentía pena por los nativos de Orand, con su planeta condenado a no ser más que una manchita insignificante en los mapas estelares; pero era aquella natu­raleza insignificante lo que lo convertía en el lugar perfecto para que la familia de Stevvin sobreviviera en el exilio. Por­que, dado que Orand no sería nunca un planeta rico y pode­roso, tampoco se convertiría en un campo de batalla, como había ocurrido con Shad. El rey estaba a salvo allí, y podría desaparecer en la monotonía que caracterizaba a aquel pla­neta arenoso y triste.

Al principio, los klingon mantuvieron un equipo comple­to de vigilancia sobre Orand; pero, a medida que la guerra continuaba más y más tiempo, dicho contingente mermó has­ta sólo unos pocos agentes, y finalmente a un solo klingon y un par de informadores orandinos a sueldo que vigilaban la casa del rey y las idas y venidas de sus ocupantes. Los klin­gon habían llegado a creer que Stevvin no se marcharía nun­ca de Orand, y relajaron la vigilancia.

Finalmente tenían razón, pensó Kirk con una amargura dirigida contra sí mismo. ¿Le había hecho algún bien al rey, convenciéndolo para que abandonara Shad? ¿O le había arre­batado a un gobernante orgulloso su última oportunidad de luchar por aquello en lo que creía? Él no podía saber enton­ces cuál sería el giro que tomarían las cosas, pero eso no ha­cía que se sintiera mejor. Se enjugó unas gotas de sudor de la frente. Orand era cálido; eso era lo que significaba su nom­bre: «caliente como el infierno», traducido libremente. El sol estaba hundiéndose en el horizonte, y una brisa suave juga­ba con los árboles achaparrados que parecían estar en cu­clillas sobre las dunas; pero el aire era aún sofocante, y Kirk retrocedió hasta el santuario de la casa.

 

Los siglos de ferocidad del sol habían instruido bien a los arquitectos de Orand. La casa en la que se hallaba tenía más de cien años de antigüedad, pero su aspecto era exactamen­te igual que el de un edificio que hubiese sido construido el día anterior: exterior blanco, ventanas pequeñas y emplaza­das muy en lo alto de las paredes, pisos de pizarra pulida que se hallaban a más de dos metros por debajo del nivel del suelo, y piscinas y fuentes que corrían constantemente en cada habitación.

McCoy se sentó en el borde de piedra de la fuente de la biblioteca y agitó la superficie del agua con los dedos. Se pre­guntó si los constructores habrían sido también psicólogos, porque el sonido y la sensación que producía el agua que caía en cascadas hacía que el lugar pareciese estar diez grados por debajo de su auténtica temperatura.

Spock se hallaba sentado en una tumbona y hojeaba un libro de historia shadiana. Ambos oyeron el cansado taco­neo de unas botas, y Kirk entró, en aquel momento, proce­dente del vestíbulo.

-¿Se siente algo mejor? -preguntó McCoy.

Kirk se encogió de hombros.

-No. Simplemente acalorado... y cansado. Si uno sale a caminar, esta atmósfera fina lo afecta realmente.

-Usted debe de sentirse como en casa, Spock –comentó McCoy-. Este lugar es exactamente igual de incómodo que Vulcano.

-Yo lo encuentro bastante aceptable -replicó Spock, con tono apacible.

-Ya lo supongo. -McCoy condujo a Kirk hasta la fuente y lo hizo sentar sobre el borde-. Hunda la mano ahí. Dentro de un minuto se sentirá más fresco.

-¿Es ése un consejo médico sensato?

-Probado por el doctor en persona.

Kirk siguió las instrucciones y se salpicó el rostro con unas gotas de aquella agua fría; McCoy estaba en lo cierto. Sacudió la cabeza para aclarársela y aceptó un vaso de pon­che que le entregó el médico.

-¿Cómo está el rey, Bones?

-Es viejo, Jim. No es en modo alguno capaz de realizar un viaje espacial largo. No sé si morirá mañana, o la sema­na que viene. Si se quedase aquí y descansara, quizá podría vivir durante un mes más; pero no creo que consiga llegar a Shad; y si, por algún milagro, estuviese vivo al desembar­car, no se hallaría en condiciones de dar discursos conmo­vedores ni dirigir una gran batalla.

-¿No hay absolutamente nada que pueda usted hacer?

McCoy meneó la cabeza con expresión de impotencia.

-No puedo invertir el proceso del envejecimiento.

Kirk se inclinó hacia delante y descansó los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos.

-Éste es un lugar infernal para pasar en él dieciocho años.

-Podría haber sido peor -sugirió McCoy-. Esto fue me­jor que haber muerto en Shad.

-¿Fue mejor?

Kirk ni siquiera se molestó en levantar los ojos.

-Por supuesto que lo fue, Jim. Mientras estuvieron aquí, conservaron alguna esperanza; y, mire, el rey ha vivido lo su­ficiente como para saber que las cosas están mejorando.

-Pero la idea, doctor -intervino Spock-, era que el rey regresase a su planeta, estabilizase la situación geopolítica y venciera a las fuerzas rebeldes. Su pronóstico médico, que estoy seguro de que es tan exacto como siempre, anula de forma terminante nuestra misión.

McCoy le lanzó una mirada feroz.

 

Tiene usted una sangre condenadamente fría. Es un hombre, del que estamos hablando, un gran hombre, y un amigo de Jim. En lugar de...

-Spock tiene razón -le dijo Kirk, levantando las manos para hacerlo callar, y respiró profundamente-; y yo no sé qué hacer el respecto.

 

-Vamos a salvar Shad; eso es lo que vamos a hacer al respecto, James.

La voz del rey era ronca y temblorosa, pero su determi­nación era firme. Estaba sentado en la cama, apoyado en va­rias almohadas raídas; bajo la colcha, su cuerpo, consumi­do por la edad, parecía el de un niño.

-Pero no puede usted regresar -dijo suavemente Kirk.

Stevvin sacudió una mano en el aire, débilmente pero con una evidente impaciencia.

-Ya sé todo eso. El doctor McCoy me lo ha explicado todo, a pesar de que yo ya lo sabía. Verá, hace dos meses que no veo el exterior de la casa. Los servidores se han ofrecido a sacarme en brazos, pero, si no puedo desplazarme por mis propios medios... -Su voz se apagó y sus ojos se cerraron.

Kirk le dirigió una mirada de preocupación a McCoy, y el rey abrió uno de sus arrugados párpados a tiempo de verlo.

-Sólo estoy descansando, James. Aún no me he ido.

-¿Por qué no le comunicó a la Flota Estelar cómo se sen­tía? ¿Por qué les dijo que estaba preparado para regresar?

-Porque estoy preparado. Usted llegará a viejo, algún día, y se dará cuenta de que por el solo hecho de que no puede hacer algo, no significa que no intentará hacerlo. -Volvió a descansar durante un momento-. ¿Qué hubieran hecho ellos si les hubiera dicho que había perdido mis capacidades físi­cas de agitador? ¿Cree usted que hubiesen enviado una nave estelar sólo para que le sirviese de coche fúnebre a un rey?

Stevvin hizo un débil movimiento y frunció el entrecejo mientras en su rostro se reflejaba una expresión de inco­modidad.

-Los lechos son para dormir, no para vivir en ellos. La respuesta es que no hubiesen enviado una nave explorado­ra. Ni siquiera mis servidores saben cuán pronto podrían per­der a su señor.

Una vez más, el rey hizo una pausa.

-Alteza, me alegro de que hayamos vuelto a vernos. Nun­ca pensé que lo haríamos... pero mi misión unificadora no es posible sin su regreso a Shad.

-No se trata de mi regreso, James... sino del regreso del monarca. El estado de mi salud, así como el plan del que es­toy a punto de hablarle, debe ser mantenido en secreto, in­cluso para la Flota Estelar. Sólo nosotros cuatro y mi hija Kailyn lo sabremos... La enviaré a ella de vuelta a Shad... para que reine en mi lugar.

 

McCoy se paseaba cerca de la fuente de la biblioteca.

-Jim, ¿cómo puede cambiar completamente nuestra mi­sión sin comunicárselo a la Flota Estelar? Lo someterán a usted tan rápidamente a un consejo de guerra, que no ten­drá tiempo ni para cambiarse de ropa para el juicio. Senci­llamente no es...

-De acuerdo, Bones, de acuerdo. Ya ha dejado clara su opinión. ¿Qué dice usted, Spock? ¿Quiere usted agregar algo a la lista de obstáculos?

El primer oficial arqueó una ceja y permaneció de pie du­rante un momento con las manos entrelazadas a la espalda.

-Yo disiento de la opinión que ha expresado el doctor McCoy...

-¿Qué más hay de nuevo? -interrumpió McCoy, con sarcasmo.

-...aunque no del todo. Estoy de acuerdo en que teórica­mente se arriesga usted a que le apliquen serias medidas dis­ciplinarias, al desviarse de las órdenes específicas de la Flo­ta Estelar en una misión tan importante como ésta. Sin embargo, en la práctica, no sueles levantar cargos contra uno cuando la misión tiene éxito.

McCoy le clavó una mirada de sorpresa.

-¿Un vulcaniano aconsejando la desobediencia de las órdenes?

-El capitán no estaría desobedeciendo. Las circunstan­cias han cambiado de forma sustancial desde que esas órde­nes le fueron dadas. El capitán tiene que tomar una decisión de mando: si sigue el curso de acción que se le acaba de pro­poner, ¿cuáles son las probabilidades de éxito?

-De acuerdo -dijo McCoy-. ¿Qué probabilidades de éxi­to existen en realidad?

-No se me ha pedido que las calculase, doctor; pero creo que las probabilidades a nuestro favor se verían considera­blemente reducidas si nos tomásemos el tiempo necesario para conferenciar con la Flota Estelar y esperar a que la bu­rocracia nos diese una respuesta. Debemos actuar con ce­leridad.

Kirk lo escuchaba atentamente.

-¿Es ése su consejo, Spock?

-Provisionalmente; pero, antes de que podamos tomar una decisión definitiva, debemos escuchar los planes del rey con todo detalle, y valorar la preparación que tiene su hija para ocupar el lugar del padre.

La princesa real de Shad estaba cuidando su jardín cuan­do Kirk la encontró.

-Es muy impresionante -le dijo, rodeando una flor nue­va con ambas manos al arrodillarse en el sendero que corría entre hileras de arbustos, viñas y verduras-. Creía que en este planeta no podría crecer ni un cacto.

-No es tan difícil -respondió ella, apartando los ojos mientras hablaba.

Kirk advirtió que le resultaba más cómodo mirar una planta o un trozo de tierra mientras conversaban. Cuando conseguía mirarla a los ojos, ella tartamudeaba muy lige­ramente.

-¿Construyó usted misma todo este sistema de irri­gación?

-No. Sólo lo diseñé. Los servidores me ayudaron a ins­talar las tuberías desde la casa y de hecho lo hicieron ellos.

-¿Qué edad tenía usted entonces?

-Doce años, capitán.

La última palabra, «capitán», le pinchó el oído como si fuera una zarza.

-¿Capitán? ¿Por qué tanta formalidad? ¿Qué ha pasado con el «tío Jim»?

Ella inclinó la cabeza.

-Ha pasado mucho tiempo. Yo... yo nunca pensé que vol­veríamos a verlo.

Él le tocó el mentón y le levantó suavemente el rostro. La joven tenía los mismos ojos oscuros y profundos de su padre.
-Pensaba mucho en usted -le dijo ella-. Cuando mi pa­dre y yo recibíamos un duro golpe, nos parábamos a preguntarnos dónde estaba. Sabíamos que se había convertido en el capitán de la Enterprise. -La joven volvió a desviar los ojos-. Yo soñaba con que usted regresaba para llevarnos de vuelta a casa.

-¿Te importaba estar aquí, Kailyn?

Ambos comenzaron a caminar por el jardín.

-Es lo único que conozco realmente. Sólo tenía cinco años cuando nos marchamos de Shad.

Los ojos de la muchacha vagaban por el verdor y el arco iris de pétalos, en busca de plantas que pudieran necesitar una atención especial. Para Kirk, era todo una masa de ho­jas; para Kailyn, ningún detalle, ninguna rama caída ni mala hierba invasora era demasiado pequeña como para detectarla y encargarse de su atención.

Kailyn tenía entonces veintitrés años, pero era menuda y delicada, de modales discretos y cautelosos, como los de un ciervo perdido. Tenía unos ojos enormes y de color ma­rrón oscuro, casi negros, que se movían constantemente; no se trataba de un movimiento nervioso, sino que daba la im­presión de que poseyeran una abrumadora curiosidad pro­pia. Kailyn misma parecía tímida, pero sus ojos observaban penetrantemente todo aquello que podían captar, investigan­do, aprendiendo todo lo que podían. Y, por encima de todo, eran tristes, incluso cuando ella no lo estaba.

-¿Qué le enseñó su padre?

-Todo lo referente a Shad; nuestra historia, cómo nues­tra familia había reinado a través del tiempo durante la abun­dancia y la escasez, el pacto que existía con nuestro pueblo y nuestros dioses. Cómo... y por qué la dinastía tiene que con­tinuar...

-A través de usted.

-Ya lo sé.

-Entonces, ¿sabe qué es lo que ha planeado su padre?

-Sí. -Ella bajó una mano y la deslizó en la de Kirk, al sentarse ambos en un rústico banco de madera. Él percibió las primeras estrellas que comenzaban a parpadear en el cie­lo oscuro del crepúsculo-. Oh, tío Jim, quiero muchísimo a mi padre. Creo... creo que lo adoro y reverencio. Me ha pro­tegido durante todos estos años, ha sido tanto mi madre como mi padre y me ha entregado sus sueños. -Respiró profun­damente y, cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz débil y vacilante-. Pero no creo que yo sea capaz de hacer lo que él desea. No poseo su fuerza.

 -¿Cómo lo sabe?

-Lo siento en él cuando me habla, incluso estando tan débil como lo está ahora. Yo sé que se está muriendo, pero cuando me llama a su presencia y conversamos sobre cómo será volver a estar en casa, consigue que crea. Su fuerza hace que yo vea lo que él ve; pero... pero cuando me marcho de su lado y salgo aquí a mirar las estrellas, ya no puedo sentir lo mismo. ¿Cómo serán las cosas cuando él se haya marcha­do, cuando ya no tenga la posibilidad de entrar a verlo y ha­cer que me levante el ánimo?

-No lo sé, Kailyn.

Esta vez, ella miró a Kirk a los ojos; en la mirada de la joven había una resolución que hizo que él desease decirle: «Sí que tiene esa fuerza... Si fuera capaz de ver dentro de us­ted misma... se daría cuenta de que esa fuerza está ahí». Sin embargo, la joven tendría que intentar descubrirlo por sí misma.

-Mi padre me enseñó historia, el lugar que ocupo en nuestra religión, me dijo cuáles eran los sentimientos que debía tener. Yo no sé por qué, pero eso no ha bastado.

-¿Tiene... miedo de ser reina?

-Sí. -Fue una respuesta rápida, casi de alivio. Luego la voz de la muchacha se convirtió casi en un susurro-. Más que eso... ¿puede decirme alguien cómo aprende alguien a ser un salvador?

 

-Esas dudas no son el único problema -señaló McCoy, cuando se hallaba sentado en la biblioteca con el capitán Kirk y Spock-. El problema tiene otra ramificación, Jim. Kailyn padece una enfermedad incurable.

-¿Qué? ¿De qué se trata?

-Coriocitosis.

-Pero si eso casi mató a Spock en cuestión de días. Si no hubiéramos conseguido encontrar a los piratas de Orión y traer la droga que lo cura...

-Mi caso fue agudo -explicó Spock-. Creo que el de Kailyn es crónico.

-Exacto. El caso de él fue provocado por un virus, Jim. El de Kailyn es causa de una deficiencia hormonal congéni­ta. Es algo bastante raro, pero puede tratarse con inyeccio­nes diarias. Por otra parte, la enfermedad afecta de forma diferente a las distintas razas.

Kirk repasó lo que había aprendido sobre la coriocitosis, a causa del ataque casi fatal que Spock había sufrido varios años antes, cómo aquel virus había envuelto sus células san­guíneas con base de cobre, impidiéndoles así que transpor­tasen el oxígeno necesario para las funciones vitales. McCoy explicó las variantes que existían entre las formas aguda y crónica. Kailyn había heredado una condición genética re­cesiva que inhibía la producción de la hormona holulina, una substancia que estaba presente en alrededor de una docena de especies humanoides, aunque no en los humanos terríco­las. Una inyección hecha especialmente para la carencia de holulina, mantenía a las células sanguíneas libres de la so­focante membrana de tipo capsular que formaba la coriocitosis.

-Siempre y cuando ella reciba las inyecciones diariamen­te -explicó McCoy-, podrá llevar una vida bastante normal aunque podrían surgir algunas complicaciones en la vejez. Es vagamente parecido a lo que la diabetes fue para los se­res humanos antes de que se consiguiera curarla definiti­vamente.

-Si continuase sin recibir tratamiento, ¿podría afectar­la de la misma forma en que lo hizo con Spock?

-Sí. Primero sobrevendría la inconsciencia, luego el coma y finalmente la muerte.

-Detecto un «pero» en el tono de su voz, Bones.

-La enfermedad empeora con la tensión nerviosa, y ella va a enfrentarse a una buena cantidad de eso, Jim. La pro­ducción de holulina podría detenerse completamente, y es absolutamente necesario que reciba un tratamiento cui­dadoso.

-¿Es Kailyn plenamente consciente de su estado y de todo lo que éste significa, Doctor? -preguntó Spock.

-Oh, sí que es consciente... pero piensa en sí misma como en una tullida a causa de ello. Me ha dicho que tiene miedo de ponerse ella misma las inyecciones. Uno de los sirvientes lo hace. La coriocitosis crónica puede constituir una barre­ra psicológica muy grande, y en eso se ha transformado para ella. Si esa muchacha no es capaz de manejar su propia en­fermedad, Jim, ¿cómo va a guiar el destino de todo un planeta?

Kirk no tenía respuesta para eso, pero estaba seguro que Kailyn tenía una en las profundidades de sí misma, pero... ¿la hallaría alguna vez?

 

4

 

 

...Y aconteció que el segundo dios Dal vio la larga mesa que había hecho Keulane; y Dal dijo: «¿Fue esto hecho de una pieza, entera, tallada de un solo golpe del corazón del árbol más grande de la tierra?».

Sin inclinarse (porque no temía al dios Dal), Keulane habló: «Sí, y fue hecho por mis propias manos. Dejad que esta mesa reemplace al campo de batalla. Dejad que el pueblo revele lo que alberga su corazón con palabras verdaderas y no con mandobles de espada. Que esta mesa, hecha con el corazón del árbol, sea el corazón de Shad, un solo mundo unido para siempre».

Y Dal respondió: «Así sea, Keulane. Te otorgaré el dominio sobre las Cosas y las Criaturas No Hombres».

Y el dios Dal dio su bendición y honró la espada de Keulane, que había cortado el árbol de un solo golpe, y le otorgó la Fuerza con dominio sobre las Cosas y las Criaturas No Hombres. Keulane agre­gó esto a sus dominios sobre el Cielo, otorgados por el cuarto dios Koh; y sobre la Tierra y el Mar, conferidos por el tercer dios Adar. Aún le restaba conseguir la bendición del primer dios Iyan, Dios entre los Dioses, y el dominio sobre el Hombre.

Así que Keulane esperó porque pensaba que era su recompensa merecida, pero Iyan no vino a él. Pasado el tiempo, Keulane exclamó: «¿Es que no me he ganado eso?».

Un relámpago de cegadora luz y rugiente trueno arrebató la es­pada de las manos de Keulane, y él tembló al oír la voz de Iyan, Dios de Dioses: «Eres un estúpido, Keulane. Ningún hombre puede tener dominio sobre los hombres. Tú sólo puedes guiarlos. No volveremos a hablarte durante esta vida. No volveremos a hablar directamente contigo, pero te daremos esto».

Y la mano de lyan depositó la Corona de Shad sobre la testa de Keulane. Era de plata y cristal, un par cuyas profundidades inter­nas eran tenebrosas y opacas para el ojo y la mente del hombre. «¿Oyes y ves mi voz?»

Keulane respondió que la oía y veía, pero no era así, porque los

oídos y ojos de su corazón estaban cerrados por el miedo. Iyan lo sabía, y sacudió a Keulane hasta la misma alma. «¡Óyeme!»

Y he aquí que los cristales de la Corona se hicieron transparen­tes, con el azul de los Cielos en su matiz. Y Keulane sintió que se le abría el corazón, y vio con claridad y oyó. Conoció los ecos del pasado y sintió las mareas del Tiempo. Y supo qué caminos segui­ría el Pueblo de Shad, si él conseguía guiarlos hasta ellos.

«Tú tienes el Poder de los Tiempos», le dijo Iyan. «Así goberna­rás tú, y así gobernarán tus hijos e hijas. De todos los frutos que en­gendres, sólo los especiales tendrán en su momento el Poder. Ellos llevarán la Corona, los cristales les darán visión, y el Pueblo los acla­mará como Reyes y Reinas del Pacto...»

 

Libro de Shad,

versículo de Keulane

 

 

-Ya lo he leído -dijo McCoy, mientras devolvía el libro a su estante-, pero no estoy seguro de creerlo.

- Se parece a algo sacado de la leyenda del rey Arturo.

-Por el contrario, creo que se parece más a las historias de la Biblia terrícola -señaló Spock-. O a las creencias tra­dicionales vulcanianas acerca de Surak y la fundación de la filosofía y la forma de vida modernas. Casi todas las religio­nes y herencias culturales tienen un factor común: la tenden­cia a dar carácter mitológico a aquellos elementos que die­ron origen a su existencia, mezclando hechos probables con cierta cantidad de cosas sobrenaturales o inexplicables.

-Tiene usted razón, ahora que recuerdo esas historias bí­blicas... -dijo Kirk.

-¿Significa eso que cree usted esas fábulas acerca de la Corona y los cristales que cambian de color? -preguntó McCoy.

Antes de que Kirk pudiese responderle, Spock volvió a tomar la palabra.

-No es menos creíble que el relato de Moisés y la divi­sión de las aguas del mar Rojo, o el de Jesús y el milagro que obra cuando da de comer a las multitudes, o el de Surak, cuando hizo retroceder al ejército de los Diez Mil.

McCoy meneó la cabeza.

-Pero todas esas historias han sido explicadas de algu­na forma científica y racional.

También lo ha sido la de la Corona de Shad. Antes de que el rey Stevvin se viese obligado a huir, se llevaron a cabo algunas investigaciones. El Poder de los Tiempos se sabe que es un fenómeno de tipo PES[e1]  que implica ondas mentales de una frecuencia e intensidad concretas. La persona que tie­ne el Poder, produce el tipo exacto de ondas mentales que hacen transparentes los cristales electromagnéticamente sen­sibles. El fenómeno ha sido reproducido por simulación de computadora.

McCoy continuaba sin estar convencido, y Kirk esbozó una media sonrisa cuando el médico se desvió hábilmente del tema.

-Pero eso sigue sin explicar la otra parte, la capacidad mística para oír las voces de los dioses, ese sexto sentido de vidente.

-Si hubiese leído cuidadosamente el libro, doctor, sabría que el Poder no abre la mente a un pronóstico literal de los acontecimientos futuros. Sólo permite la percepción del cur­so que toman las personas y las cosas de una forma algo más precisa que la mera conjetura de la mente cultivada; pero ape­nas esperaba que usted, una criatura que carece de poderes telepáticos, comprendiera plenamente ese concepto -con­cluyó Spock.

Kirk decidió que la discusión había durado lo bastante.

-Carece de importancia si nosotros creemos o no en la religión shadiana, puesto que lo importante es que el pue­blo de ese planeta la toma muy en serio. El monarca del Pac­to es algo más que un mero líder político. Quienquiera que se siente en el trono, es también el líder religioso de esas gen­tes, y no aceptarán a alguien que no lleve la corona como prueba del Poder de los Tiempos.

Era así de simple: la misteriosa Corona había descansa­do sobre la cabeza de todos los monarcas shadianos desde Keulane, y nadie reinaría sin ella; pero había un par de pro­blemas tremendamente grandes que surgían de los planes del rey Stevvin, y Kirk no estaba seguro de cuál de los dos podía ser el peor.

Primero, el rey no tenía la Corona en su poder. A causa del significado sacro de la misma, era de vital importancia que no cayera nunca en manos de la Alianza Mohd ni del imperio klingon. Por ese motivo, cuando abandonó Shad en me­dio de la confusión de la guerra civil, Stevvin sacó clandes­tinamente la Corona de su mundo, y la había escondido en un planeta que estaba casi tan alejado de las rutas transita­das como el mismo Orand, en un lugar que no conocía nadie excepto él mismo. El emplazamiento le sería revelado sola­mente a su sucesor; si él o Kailyn hubiesen muerto antes de regresar a Shad, el rey se habría llevado el secreto a la tum­ba, finalizando la dinastía para siempre.

Con el fin de que Kailyn fuese aceptada como reina legí­tima, la Corona debía ser recuperada y llevada sana y salva de vuelta al planeta junto con la hija del rey. Aquello plan­teaba un complejo problema logístico, indudablemente peli­groso y sembrado de posibilidades de desastre, pero sobre el que Kirk podía, a pesar de todo, ejercer una buena canti­dad de influencia, si bien no un control absoluto.

El segundo enigma, sin embargo, no tenía piezas tangi­bles que él pudiese manejar. De hecho, la única respuesta re­sidía en el interior de Kailyn. ¿Poseía aquella joven, más niña que adulta, la madera de los líderes, la voluntad de comple­tar lo que su padre había puesto en movimiento? Y lo más importante de todo: ¿tenía ella el Poder de los Tiempos?

Eso no lo sabían, ni lo sabrían nunca hasta que, y a me­nos que, la Corona fuese rescatada y puesta sobre la cabeza de la muchacha, una cabeza llena de dudas. Unas dudas que podrían inhibir el Poder, incluso en el caso de que ella lo po­seyese.

Ella era la última de su generación, el único vástago de la familia real; y, si ella fracasaba, allí terminaría todo: el Poder, la monarquía, la restauración de la unidad, la victo­ria en Shad, la misión que se les había encargado llevar a cabo. Sobre los frágiles hombros de una joven asustada des­cansaba el futuro de su planeta y de todo el Cuadrante J-221.

 

5

 

 

DIARIO DEL CAPITÁN: FECHA ESTELAR 7816.1

 

Hemos completado el primer paso del plan del rey Sievvin: El rey, su hija y los cuatro servidores han salido de Orand a bordo de la Enterprise, como lo esperaban tanto la Flota Estelar como cualquiera de los agentes klingon que pudiesen estar vigilándonos. Su Majes­tad ha vivido el tiempo suficiente como para servir de valioso se­ñuelo. Los klingon saben que la Corona deberá ser recobrada, y es­peran que nosotros los conduzcamos al lugar en el que se halla escondida, pero nosotros no haremos nada semejante. En cambio, mientras la Enterprise los arrastra a una tortuosa persecución, el señor Spock y el doctor McCoy viajarán en una lanzadera especial­mente camuflada para acompañar a la hija del rey a Sigma 1212, el mundo de hielo en el que Stevvin ocultó la Corona sacra hace die­ciocho años. Si todo sale bien, la expedición de la lanzadera reco­brará la Corona, se encontrará con la Enterprise y nos permitirá com­pletar nuestra misión reunificadora. Espero que el rey Stevvin pueda, de alguna manera, vivir lo suficiente para ver el final feliz de sus planes.

 

 

No había cámara real a bordo de la Enterprise, y si McCoy hubiera podido salirse con la suya, el rey hu­biese realizado todo el viaje en la enfermería; pero Kirk había conseguido llegar a un compromiso: una cama

de diagnóstico instalada en el camarote de honor, lo cual le daba al rey privacidad y comodidad, y le proporcionaba a McCoy el control constante de los datos médicos que exigía. El cirujano sabía cuáles eran las probabilidades en contra de que Stevvin consiguiera realizar la totalidad del viaje has­ta Shad, pero iba a intentar todo lo posible para vencerlas.

El rey estaba leyendo cuando Kirk entró en el camarote, y sonrió al ver que el capitán se sentaba junto al lecho. Kirk miró la pantalla de la computadora.

-¿Don Quijote?

-Uno de los mejores regalos que me ha hecho, James. Leí ese libro muchísimas veces durante estos últimos años. Me hubiese gustado conocer a Cervantes. Cualquier hombre capaz de crear a un soñador como el Quijote tiene que ha­ber sido muy especial.

-También ha sido siempre uno de mis preferidos -con­cedió Kirk. Luego asumió un aire pensativo-. Me pregunto si yo habría tenido la valentía que poseía él para aferrarse a esos sueños cuando todo y todos querían ahogarlos. Stevvin descansó una mano arrugada sobre el brazo de Kirk que tenía más cerca.

 -Tiene esa valentía.

-Está usted tan seguro de las cosas...

El anciano cloqueó con voz cascada y sus ojos chispearon.

-Vuelvo la vista constantemente hacia las veces en las que debería haberme sentido seguro y no fue así; y ahora no tengo tiempo para las dudas. Quizá fuese ésa la fuente de la fuerza de Don Quijote. Tal vez los jóvenes no pueden arre­meter contra los molinos de viento porque tienen demasia­da vida que perder... Los viejos no tienen otro sitio al que ir que no sea la otra vida. ¿Por qué no morir un poco antes me­jor que un poco después?

La frente de Kirk se llenó de arrugas.

-¿Cuanto más se acerca la muerte, menos se la teme?

-Así parece. Cuando yo tenía su edad, jamás lo hubiese creído; pero cuando uno se ve forzado a renunciar a peque­ños trozos de uno mismo, cuando pierde vista, la voz se hace cascada, el respirar es una tarea que uno desearía evitar, las piernas no pueden dar más de cuatro pasos sin descansar, los brazos ya no son capaces de cargar con un niño, antes de que uno se dé cuenta, ya no queda demasiado a lo que renunciar. Entonces desaparece también el miedo... si uno es afortunado. -Hizo una pausa para respirar levemente, y Kirk pudo oír un silbido que provenía de lo más hondo de los pulmones del monarca-. Yo he sido afortunado, James.

Los ojos del rey se cerraron, y Kirk se levantó para mar­charse, pero la mano de Stevvin lo retuvo con firmeza; Kirk sonrió ante aquella señal de la vida que aún no se había rendido.

-Quédese -susurró Stevvin, y Kirk volvió a sentarse-.¿Las cosas van bien hasta ahora?

-Hasta ahora, sí.

El rey percibió un indicio de preocupación en la voz del capitán Kirk.

-Aún siente inseguridad con respecto a Kailyn.

Kirk hubiera querido decirle algo tranquilizador, pero no era eso lo que sentía y era incapaz de mentirle al rey.

-Incluso aunque la Corona demostrase que ella posee el Poder de los Tiempos, eso no sería ninguna garantía de que la princesa pueda gobernar el planeta. No todos los hijos son capaces de hacer lo que sus padres esperan de ellos.

-Ciertamente, no constituirá ninguna seguridad absolu­ta. En definitiva, la fuerza y las cualidades de la persona que ocupa el trono continúan siendo lo que determina su capa­cidad para gobernar. Pero no subestime el Poder y lo que éste significa. Sé que para un forastero suena a algo así como ma­gia negra, pero existe verdaderamente y ayuda a quien lo po­see a trascender las debilidades humanas con las que todos nacemos. Para utilizarlo, James, uno debe tener una fe abso­luta. La mía titubeó; quizá fui yo quien provocó su propia caída. -Encogió los hombros debajo del brillo metálico de la manta-. Pero mi capacidad para creer volvió a encender­se cuando supe que usted vendría para llevarnos de vuelta a Shad. Sentí que las corrientes vitales que una vez nos ha­bían separado volvían a reunirnos. Me ha hecho falta todo este tiempo para comprender que la fuerza de la fe no nace sólo de los dioses, o del propio dios de cada uno, sino tam­bién de los propios hombres. Debemos confiar los unos en los otros, y ser dignos de confianza nosotros mismos. Kailyn tendrá que aprender esto si está destinada a reinar, y yo creo que lo está.

En el silencio que siguió, Kirk se preguntó si aquello era sabiduría o simplemente una fe estúpida. El intercomunica­dor zumbó y Kirk pulsó un botón; el entrecejo fruncido de McCoy llenó la pantalla.

-Jim, está usted poniendo a prueba mi paciencia. Ma­jestad, por el solo hecho de que sea el capitán, no crea que no pueda echarlo cuando prefiere descansar.

-Por el contrario, doctor, la visita del capitán me ha re­sultado refrescante, al igual que las charlas que solíamos te­ner en otros tiempos, en Shad.

-Bien, hasta el momento está bien, pero mi prescripción dice que debe usted dormir, Majestad. Ponga pies en polvo­rosa, Jim.

-Doctor McCoy -dijo Stevvin-, ¿hay sitio en su prescripción para un traguito de brandy?

McCoy alzó una ceja y se rascó el mentón.

-Jim, ¿cómo se le dice que no a un paciente real? -No se le dice. Simplemente se trae el brandy al cama­

rote real y se llena un regio vaso.

-Sólo por esta vez -advirtió McCoy-; e inmediatamente después nos marcharemos ambos, tras decirle al real paciente que eche una cabezada. ¿De acuerdo, capitán?

-Sí, sí, señor -respondió Kirk, cuadrándose ante la pantalla.

La página del Don Quijote volvió a mostrar sus letras so­bre la imagen del rostro de McCoy que se desvanecía.

-¿Cree que podríamos hacer que me diera permiso para realizar un recorrido de la nave? -preguntó Stevvin, con auténtica expectación en la voz.

-Creo que eso podría equivaler a tentar nuestra suerte, pero haremos la prueba.

 

Para gran sorpresa de Kirk, el oficial médico accedió a la idea de la excursión por la nave, siempre y cuando él los acompañase. Kailyn también se unió a ellos, y llevaron a Stev­vin en una silla de ruedas. No tenía ruedas, claro está; dicho medio de transporte se deslizaba sobre un campo antigravitatorio que hacía que el paciente más pesado resultase fácil de manejar. El rey resplandecía de orgullo paternal mientras Kirk oficiaba de guía turístico por cada una de las áreas en las que se detenían.

Y Kailyn se sentía verdaderamente como una turista. Es­taba pasmada por la inmensidad de la Enterprise y por la absoluta comprensión que el capitán Kirk demostraba de cada detalle y operación.

-Sólo parece que lo sabe todo -susurró McCoy en voz lo suficientemente alta como para que Kirk pudiese oírlo.

-Correcto -dijo Kirk, asintiendo con la cabeza-. En realidad, es el doctor McCoy, y no yo, quien lo sabe todo.

El grupo se echó a reír, continuó avanzando y casi se es­trelló de cabeza contra Sulu y Chekov, que estaban practicando sus ejercicios de carrera al otro lado del recodo de un cruce de pasillos.

-¡Caballeros! Hay un lugar para esto, y no es precisamen­te toda la nave.

Sulu respiraba agitadamente a la vez que sonreía con timidez.

-Lo siento, señor -respondió-, pero Chekov no estaba entrando en el espíritu de la carrera sobre la cinta continua. Creo que necesita sentir cómo el aire le corre entre los cabe­llos, ver cómo el escenario pasa de largo...

McCoy observó al jefe de seguridad, que resollaba, se do­blaba en dos y se derrumbaba contra una pared.

-Personalmente, creo que lo que necesita es una camilla.

-Oh, sólo está haciendo un poco de precalentamiento -dijo Sulu. Le asestó un golpe en el hombro a Chekov y casi lo derribó-. Un kilómetro y medio más o así, y luego de vuel­ta al gimnasio para practicar un poco de esgrima. Vamos, Chekov. Si descansa demasiado, tendrá calambres. Los veré a todos más tarde.

Sulu saltó hacia delante y desapareció corriendo en el re­codo del pasillo.

Chekov se apartó de la compasiva pared y se balanceó du­rante un instante.

-Con amigos como éste, ¿quién necesita a los klingon?

Se alejó tambaleándose, y Kirk continuó con el recorrido.

¡Tantos recursos a la disposición de aquel hombre!, pen­só Kailyn. ¡Tanta gente y destrezas en la punta de sus dedos! Nunca había estado en nada parecido a aquella nave excep­to un planeta, un mundo. Eso era la Enterprise en realidad: un mundo completo en sí mismo, y Kirk era su rey.

¡Lo inspecciona con tanta confianza, con tanto placer!, se maravilló la joven. Él era allí un gobernante soberano, como tendría que serlo ella. Como su enfermo padre lo ha­bía sido años antes. Se preguntó si él habría desempeñado el mando con la misma comodidad con que parecía osten­tarlo Kirk. ¿Se le adaptaría a ella alguna vez el manto de res­ponsabilidad y poder tan bien como parecía amoldársele al capitán?

El rey Stevvin se quedó dormido poco después de regre­sar a su camarote; McCoy se detuvo durante un instante para comprobar las pantallas de los aparatos, y no le gustó lo que le decían. El cansancio del recorrido por la nave probable­mente no había constituido diferencia alguna, pero el rey de Shad se acercaba lentamente a su muerte. El doctor se guar­dó aquella comprobación para sí, mientras Kirk se encami­naba de vuelta al puente y Kailyn se marchaba a su camaro­te, contiguo al de su padre, para descansar.

McCoy entró en su oficina y observó la puerta mientras ésta se deslizaba ante él con un ligero siseo, hasta aislarlo completamente del pasillo.

-Maldición -refunfuñó-. No se pueden dar portazos en esta condenada nave.

Le sacudió, por tanto, un puñetazo a la mesa que tenía más cerca; pero no era lo mismo y anheló una puerta anti­gua de las que podían cerrarse de golpe, y el estruendo que sacudiría la habitación procedente de dicho acto.

Su fastidio se originaba en dos fuentes. La primera era su incapacidad para hacer nada respecto al inevitable falle­cimiento del rey. La segunda... la segunda le helaba la san­gre. Cuando miraba a Stevvin en su silla de ruedas, se veía a sí mismo, un hombre viejo, indefenso como un bebé... al que había que alimentar, o llevar de un lado a otro en un ca­rrito. Se miró una vez más al espejo, miró las arrugas reuni­das a causa de las demasiadas horas nocturnas pasadas en demasiados laboratorios, los persistentes remordimientos por su malhadado matrimonio, las preocupaciones por su hija Joanna, ahora adulta y prácticamente una extraña para él, el sabor de unas cuantas copas de más a las que podría haber renunciado.

«Eso ya es agua pasada -se dijo, encogiéndose mental­mente de hombros-. Incluso a los vulcanianos se les hacen arrugas. Además, los surcos faciales no significan que me haya hecho viejo. Uno es lo que piensa que es, y en este pre­ciso momento yo pienso que soy un viejo. Demonios, qué ha­ría si ahora mismo entrase aquí una mujer y...»

La pregunta se vio interrumpida por la puerta de la ofi­cina al abrirse. Kailyn dio un paso al interior y miró en tor­no de sí como un gorrión nervioso.

-Doctor McCoy -dijo atropelladamente-, quiero apren­der a ponerme yo misma las inyecciones de holulina.

McCoy arrugó el entrecejo.

-Ahora no, Kailyn -le respondió con mayor brusquedad de la que pretendía-. Tengo algunas cosas que...

Antes de que pudiese acabar el pensamiento, ella se ha­bía marchado tan silenciosa e inesperadamente como había aparecido, y él se encontró mirando la puerta que se cerraba.

«Maldición. ¿Por qué demonios he hecho eso?» Meneó la cabeza con arrepentimiento. «Así que una mujer entra aquí y yo la echo sin preámbulos. Espera un momento... ella es sólo una niña, y la hija del rey para completarlo, y eso no cuenta.»

Puso los ojos en blanco. «Por supuesto que cuenta. Ella viene en busca de ayuda, y tú estás demasiado ocupado en compadecerte a ti mismo.»

-A veces eres un increíble burro, McCoy -dijo en voz alta, y salió rápidamente a buscar a Kailyn.

 

Hizo falta un poco de esfuerzo, pero con una combinación de encanto sureño y halagos paternales, McCoy consiguió que Kailyn regresase con él a su oficina. Le sorprendió darse cuenta de lo poco que ella sabía sobre su grave enfermedad, y decidió que la autoinyección debería esperar hasta que él pudiese proporcionarle a la joven una educación médica tan extensa como le fuese posible antes de que abandonasen la Enterprise para ir en busca de la Corona.

Pero, si bien los conocimientos que tenía sobre la coriocitosis eran limitados, su capacidad para asimilar y comprender los factores psicológicos y su interrelación no era nada inferior a notable. McCoy se figuró que la muchacha debía de tener el equivalente de un master universitario, cuya enseñanza le había sido enteramente impartida por el rey du­rante los largos años de espera en Orand, y la admiración que sentía tanto por el padre como por la hija se vio incre­mentada. A medida que aumentaba la complejidad de las cla­ses, también lo hacía el entusiasmo de Kailyn.

McCoy estaba preparando la grabación de la siguiente cla­se, cuando Kailyn llegó, demasiado temprano para la sesión. Se sentó mientras él copiaba varios diagramas sobre corio­citosis que estaban en los bancos de datos de la computado­ra, y escuchó atentamente la música que sonaba como telón de fondo. La pieza tenía un sutil ritmo latino, de intrincadas armonías instrumentales que alternaban con vigorosas florituras de los metales.

-Meléndez -dijo Kailyn, pasados algunos minutos. McCoy levantó la mirada de la terminal de la compu­tadora.

-¿Humm?

-Meléndez. Carlos Juan Meléndez... el compositor. McCoy se echó a reír.

-¿Cómo es que conoce a un músico terrícola, de princi­pios del siglo XXI, de Texas?

-Me encanta la música. Yo era uno de esos niños que to­man clases y nunca tienen bastante para sentirse contentos. Quería aprender a tocar todos los instrumentos que tenía­mos... y algunos de los que no teníamos.

-Comienzo a pensar que no hay nada que usted no sea capaz de hacer.

Kailyn cerró los ojos y suspiró.

-Todavía no puedo ponerme la inyección yo misma.

-No se preocupe. No se trata más que de un bloqueo mental -le aseguró él, rodeándola afectuosamente con un brazo-. Todo el mundo tiene sus pequeñas rarezas. Hasta el día de hoy, todavía continúo sin poder tragarme una pas­tilla si no bebo algún líquido para hacerla bajar... como brandy, por ejemplo.

Ella esbozó una sonrisa no muy convencida y reclinó la cabeza sobre el hombro del médico. Él respiró la fragancia de jardín fresco de los cabellos de la muchacha, y se sintió un poco menos viejo por primera vez desde su fiesta de cum­pleaños.

 

-¿Dónde está el doctor McCoy? -preguntó Kirk.

Las tareas de análisis de laboratorio del rey que Christine Chapel estaba realizando, se vieron momentáneamente interrumpidas.

-Con su sombra -dijo con tono ausente.

 -¿Su qué?

-Quiero decir que creo que fue con Kailyn a visitar al padre de ella, capitán.

Kirk asintió con la cabeza.

-Por cierto, la oí perfectamente la primera vez. ¿Qué quiso decir exactamente?

-Nada, señor.

-Ya veo. Fue algo así como... un desliz.

 -Algo parecido, señor.

Kirk se balanceó sobre los pies durante un momento, observando a Chapel con expectación. Estaba claro que ella se hallaba dividida entre decir lo que tenía en mente o dedicar­se al tubo de ensayo que tenía más cerca con la esperanza de que el capitán Kirk se marchase y olvidara el desliz que acababa de cometer. Pero él se quedó plantado donde esta­ba, y finalmente ella fue incapaz de soportar el silencio. -No estoy intentando meterme en lo que no me importa, capitán, pero ella siempre parece estar alrededor de él.

Si él va al laboratorio, ella está con él. Si va al comedor, ella se sienta a su mesa. Las únicas veces en las que no se la ve con él, es cuando ella está con su padre.

-Eso no parece ser ningún motivo de alarma, ¿no le parece?

-Supongo que no, señor.

-Por otra parte, McCoy es una muy buena figura paterna, ¿no cree?

-No sabría decírselo, capitán -respondió Chapel, mientras un ligero rubor le afloraba a las mejillas-; y no estoy muy segura de que ella piense en él de una forma completa­mente paternal.

Kirk reprimió una sonrisa.

-Bueno, quizá lo haga sentir un poco más joven el tener a su lado una joven dama que le presta atención.

 -Siempre y cuando no se deje encantar.

-¿Teme usted que él no se dé cuenta de lo que está ocurriendo? El doctor McCoy es un psicólogo bastante bueno.

 -Capitán, usted sabe tan bien como yo que los médicos no siempre se curan a sí mismos.

-Touché, doctora. Hablaré del tema con McCoy, cuando consiga encontrarlo con la joven dama.

-Sea discreto, señor, por favor -le imploró ella. -Haré lo que pueda.

 

-Fue Christine quien le metió eso en la cabeza, ¿no es cierto, Jim?

-Eso es ridículo, Bones -se apresuró a responder Kirk.

-No, si es que conozco a Chapel -lo contradijo McCoy, sentándose sobre el lecho y quitándose las botas con un gru­ñido por pie. Luego se frotó los dedos para restablecer la circulación-. Deberían hacer que un especialista en podo­logía diseñara unas botas decentes para la Flota Estelar.

-No he venido aquí para discutir de sus pies.

-No, ha venido aquí para discutir de mi vida privada -le espetó McCoy.

-Cálmese. El problema no es su vida privada.

-¡No existe ningún problema!

-Pero podría existir si se comprometiese usted con Kailyn en cualquier sentido.

McCoy se puso bruscamente de pie, comenzó a pasearse y abandonó todo esfuerzo para ocultar su irritación.

-Sí, comimos juntos un par de veces, escuchamos músi­ca y hablamos de las implicaciones de su enfermedad... ¿es tan terrible todo eso? Mire, Jim, quiero que esa chica sea capaz de administrarse sus propias inyecciones cuando nos marchemos de esta nave. Para llegar a ello, tengo que conse­guir que confíe en mí. Si eso significa ser amable con ella y llegar a conocerla, bueno, maldición, eso es lo que pienso hacer.

-¿Y es eso lo que está haciendo?

-¡Sí! -dijo McCoy, sacudiendo ambos brazos-. Santo Dios, si yo cuestionara cada cosa que usted hace y que me parece un poco chiflada, ninguno de nosotros dos consegui­ría jamás hacer ni un ápice de su trabajo.

Kirk observó largamente al cirujano de la nave, y luego frunció los labios.

-Bueno, ésa era la explicación del diplomático Leonard

McCoy que estaba esperando oír.

McCoy meneó la cabeza.

-Lárguese de aquí y déjeme dormir mi sueño de belleza. Dios sabe que a mi edad lo necesito.

 

El período de descanso del propio Kirk fue del tipo de los que aumentan las arrugas y quitan años de vida; pasó la mayor parte del mismo dando vueltas y sacudiéndose; in­tentó mantener cerrados los ojos pero los abrió en cuanto su mente se alejaba de la tarea de dormir hacia las extravagancias de la misión que tenía entre manos. Cualquier otro pensamiento de descanso quedó destruido por el silbido del intercomunicador.

-Puente a capitán Kirk -dijo Sulu.

Kirk se inclinó y pulsó el botón.

-Aquí Kirk, señor Sulu. ¿Qué ocurre, aparte de que yo esté despierto?

-Lamento molestarlo, señor, pero pensé que querría sa­ber que nos está siguiendo un crucero klingon.

Kirk rodó de la cama, se puso de pie y cogió su camisa, todo en un solo movimiento.

-Voy hacia allí.

 

El puente estaba tranquilo y en silencio cuando Kirk sa­lió del turboascensor.

-Informe -pidió, mirando primero a Sulu, que estaba al mando de aquella guardia.

-No ha habido ningún acto hostil por parte de ellos, se­ñor. Se limitan a revolotear por ahí fuera, casi fuera del al­cance de los sensores. Hemos intentado alguna maniobra len­ta de evasión. No están siguiéndonos pegados precisamente a nosotros, pero, cada vez que los hemos perdido de vista, han vuelto a aparecer al cabo de uno o dos minutos.

-¿Algún mensaje, Uhura?

-Nada, capitán. Los he llamado por todas las frecuen­cias... y no he obtenido respuesta.

-Supongo que no tendrían nada que decir -reflexionó Kirk mientras se acomodaba en el asiento de mando.

-¿Quiere que vuelva a intentarlo, señor?

-No. Nosotros sabemos que están ahí. Es todo lo que ne­cesitamos saber por el momento. Chekov, no les quite el ojo de encima. No me gustaría perderlos de vista.

Kirk se retrepó en su asiento. «Así que han mordido el anzuelo... y están haciendo exactamente lo que esperábamos que hiciesen; pero parece que las cosas están saliendo de­masiado bien. Tendremos que estar preparados; los klingon raras veces se muestran tan cooperativos.»

 

6

 

 

McCoy y Kailyn se hallaban de pie uno junto al otro, mirando por la enorme portilla de observación de la sala de descanso. Desde su aventajado puesto, cer­cano a la popa de la sección principal en forma de plato, po­dían ver el casco de la sala de máquinas debajo de ellos y la cubierta de los reactores que impulsaban elegantemente la Enterprise, iluminada por el suave resplandor de los pro­pios focos de la nave.

Kailyn parecía decidida a averiguarlo absolutamente todo sobre el pasado de McCoy, dónde había estado, qué había he­cho, a quién había conocido, cómo había llegado a convertir­se en médico de la Flota Estelar; y él disfrutaba respondien­do a las preguntas.

En un momento dado, ella rodeó la cintura del médico con un brazo, y él advirtió que se reclinaba sobre él para bus­car apoyo. Estaba pálida.

-¿Qué le ocurre?

-Me siento un poco mal del estómago -respondió ella con una sonrisa ladeada de niña-. Ahora me doy cuenta por primera vez de que estamos en medio del espacio, dentro de una nave diminuta.

-Yo no llamaría diminuta a la Enterprise.

Kailyn se inclinó hacia delante apretándose contra la ven­tana de la portilla de observación. La nave avanzaba, por su­puesto, pero ella tenía la extraña sensación de que estaban suspendidos entre las estrellas, como si sólo fuesen otro cuer­po celeste. Las estrellas... tantas de ellas, mirase donde mi­rase, como joyas de brillo fijo esparcidas por todo el oscuro infinito. Muchas, sin embargo, parecían dispersas, sin prisas mientras se alejaban cada vez más del centro del universo, en aquel viaje que había comenzado con el principio de to­das las cosas, el principio del tiempo.

Ella salió de su ensueño y volvió a McCoy, que la obser­vaba con una mezcla de fascinación e inquietud.

-¿En qué está pensando, Kailyn?

Ella se encogió de hombros.

-No lo sé. En muchas cosas. ¡Hay tanto ahí fuera! Cuan­do fuimos a Orand, yo era tan pequeña que apenas me di cuenta de lo que estaba ocurriendo.

-¿Se refiere a estar en el espacio?

Ella asintió con la cabeza.

McCoy rió entre dientes.

-Todo el mundo se comporta así durante su primer via­je espacial. Uno piensa que sabe cómo será... hasta que se encuentra realmente a bordo de una nave y sale al medio de la nada. En mi oficina han entrado tambaleándose muchos novatos del espacio... Así, de golpe, la realidad los abofetea y ponen esta cara...

Presionó su nariz contra la de ella y sacó los ojos fuera, como un insecto sorprendido. Kailyn no pudo evitar echar­se a reír, y él dio un paso atrás mientras descansaba ambas manos sobre los hombros de la muchacha.

-Bueno, eso está mucho mejor. Es usted demasiado jo­ven para no reír más de lo que lo hace.

Pero la sonrisa de ella se desvaneció de pronto y ella bajó los ojos. McCoy le acarició una mejilla.

-¿Qué ocurre?

Ella no levantó la mirada.

-¿Soy demasiado joven?

-¿Para qué?

-Para todo. Para ser la reina de Shad... para ponerme mis propias inyecciones... -La joven hizo una larga pausa-. Para amar a alguien.

Ahora fue el turno de McCoy para caer en un largo silen­cio. Para amar a alguien... ¿se refería a él? «Tonterías. Ahora estoy pensando como Christine.» Antes de que pudiera formular una réplica, el intercomunicador profirió un silbido urgente.

-Doctor McCoy -dijo la voz de Uhura-. Preséntese in­mediatamente en la enfermería. Doctor McCoy, a la enfer­mería, por favor.

El tono de la voz decía emergencia sin utilizar la palabra, y, por reflejo, McCoy aferró la mano de Kailyn y la arrastró hacia el turboascensor.

 

El capitán y Spock se encontraban en el exterior de la ofi­cina del médico, preparados para interceptarlo. Cuando Kirk vio a Kailyn con McCoy, sus mandíbulas se tensaron sólo du­rante un segundo; no había forma alguna de protegerla.

-Bones, se trata del rey.

Dicho esto, se volvió y abrió la marcha por el corredor, hacia el camarote que ocupaba Stevvin.

Kailyn apretaba con fuerza la mano de McCoy, mientras su mente corría de un pensamiento a otro, vacilando entre el miedo, la resignación y la determinación de no perder la calma. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se queda­ron allí.

La doctora Chapel y el equipo médico ya estaban junto al lecho del rey, y le administraban una inyección de oxíge­no. Se apartaron suavemente cuando entró McCoy, y Chapel le dio un informe sucinto. Kailyn observó y oyó sin ver ni es­cuchar, absorbiendo solamente impresiones borrosas, per­cibiendo claramente sólo dos palabras: «fallo cardíaco».

Kirk condujo a Kailyn a un rincón del camarote, donde ambos permanecieron con Spock mientras el equipo médi­co trabajaba sin malgastar movimientos ni palabras. Los in­dicadores que había encima de la cama subían y bajaban de forma errática. Chapel colocó una bomba cardíaca portátil por encima del pecho del rey, mientras un técnico médico le ajustaba la alimentación de oxígeno. McCoy pulsó varios botones del control cuando Chapel le hizo un gesto de asen­timiento con la cabeza, y el estimulador cardíaco comenzó a latir regularmente, mientras su luz verde parpadeaba a in­tervalos regulares.

-Pulso y presión estabilizadas, doctor -anunció final­mente Chapel.

-Respira por su cuenta -agregó el técnico médico. McCoy retrocedió y se enjugó la frente.

-Por el momento, deje el estimulador cardíaco donde está, doctora. Mantenga vigilados los indicadores.

Chapel asintió con la cabeza y ella y el joven enfermero se marcharon. Por primera vez desde que habían llegado,

McCoy miró a Kailyn. Ella se apartó de Kirk y enterró el ros­tro en un hombro del médico. Él les hizo un gesto de asenti­miento a Kirk y Spock, y ambos dejaron a McCoy y Kailyn a solas. Durante un tiempo, él la mantuvo abrazada contra sí, y los únicos sonidos que se oían en el camarote eran los sollozos de la muchacha y el latir del estimulador cardíaco que le habían colocado a su padre.

 

Kailyn tenía los ojos enrojecidos en los bordes, pero su actitud era absolutamente atenta durante la reunión de es­trategia que tuvo con McCoy, Spock y el capitán Kirk en la sala principal de oficiales. Los detalles de la misión fueron repasados una vez más. Kirk quería asegurarse no sólo de que la muchacha conocía el emplazamiento de la Corona en Sigma 1212, sino de que estaba psicológicamente preparada para aquella tarea. Después de una hora, la envió de vuelta a su camarote para que descansase.

-¿Opiniones, caballeros? -preguntó el capitán, cuando ella se hubo marchado.

-Yo creo que está preparada -dijo McCoy-. Parece ha­ber adquirido mucha confianza durante los pasados tres días, Jim. Me sentí especialmente satisfecho por la forma en que reaccionó ante la crisis que sufrió su padre esta tarde, Jim.

-Tengo que disentir, capitán.

-Spock -le espetó McCoy-, no es este momento para buscarle las pulgas al asunto.

Spock hizo caso omiso de las palabras de McCoy, y se di­rigió directamente a Kirk.

-La joven estaba trastornada en sumo grado durante la emergencia médica. No parece dispuesta a aceptar que su padre no va a vivir durante mucho tiempo más, y me veo obli­gado a indicar que eso no es una buena señal de su capaci­dad para funcionar sin la ayuda de su progenitor.

McCoy se puso en pie de un salto.

-Jim, estaba disgustada -le discutió-. Es algo normal... en un ser humano, señor Spock. Ambos acaban de verla aquí. Tenía la mente clara y despierta, y yo creo que eso es bastan­te admirable dadas las circunstancias. -Volvió a sentarse-.Pienso que esta tarde, al ver todos esos aparatos que empleamos para reanimar a su padre, Kailyn se enfrentó por pri­mera vez con el hecho de que él se está muriendo. Oh, por supuesto que antes lo comprendía a nivel intelectual, pero emocionalmente se le evidenció de pronto. Ha llorado, pero se está recobrando.

McCoy paseó varias veces la mirada de Kirk a Spock, in­vitándolos a una frase de contradicción o acuerdo. Spock se limitó a alzar una ceja.

-Yo he expresado mi inquietud... y creo que el doctor McCoy ha explicado adecuadamente la situación.

-Estoy de acuerdo -concluyó Kirk-. Por otra parte, no disponemos de muchas elecciones ni tenemos tiempo que perder. La Flota Estelar estará esperando un informe, y me gustaría poder decirles «Misión cumplida».

Spock se puso de pie.

-Con su permiso, señor, debo regresar al puente.

Kirk asintió con la cabeza, y cuando Spock salió, se vol­vió hacia el inmóvil McCoy.

-Quiero creerle, Bones, que ella conseguirá superar esta situación. ¿Está usted seguro?

-Apostaría dinero por ello.

 

La horas siguientes fueron dedicadas a la preparación mental y física. Kirk repasó mentalmente el plan una y otra vez. Quería conocer cada punto débil del mismo, adelantar­se a cada sorpresa, prever todas las posibles intervenciones de lo inesperado.

Spock inspeccionó la lanzadera Galileo, especialmente equipada para viajes de larga distancia con propulsores de velocidad lumínica, combustible extra, raciones de alimen­tos, suministros médicos y equipos de supervivencia. Un re­paso de la computadora comprobó que el sistema estaba a punto, y la comprobación manual confirmó dicho diag­nóstico.

McCoy reunió los equipos médicos que necesitaría para cuidar a Kailyn si la coriocitosis empeoraba gravemente; y pensó muchísimo: acerca de Kailyn, acerca de sí mismo, y sobre lo que estaba ocurriendo entre ambos. «Ella es una niña, más joven que mi hija... y está loca por ti, McCoy. ¿Y qué? Yo no podría sentir por ella ese tipo de interés. Yo soy un maestro, alguien a quien ella admira. De la misma forma podría haber sido Spock, si ella buscase al tipo lógico y ca­rente de emociones. Su padre no estará con ella durante mu

cho tiempo más... ella sólo está transfiriendo sus sentimien­tos de él a mí. Ella llegará a comprenderlo... Sí, tiene que hacerlo.»

Sin embargo, Kailyn era inteligente, dulce, bonita. «¿Por qué no podría yo estar interesado en ella? ¿Sólo porque de verdad soy lo suficientemente viejo como para ser su padre? ¿Cómo te sientes tú, McCoy?» Se encogió mentalmente de hombros. «Esto es lo más jodido de todo ello, McCoy... que no lo sé.»

 

-No puedo quedarme aquí mucho rato, padre -dijo Kailyn-. No quiero cansarte.

Stevvin sonrió débilmente. Las máquinas habían sido re­tiradas, pero él tenía que permanecer tendido de espaldas. Le tendió una mano temblorosa, y ella la tomó y la descansó sobre el lecho.

-Pronto vas a partir. Recuerda... Shirn O'tay era el patriarca. Él te mostrará dónde está...

-Ya lo sé, padre, ya lo sé. No te preocupes.

-No lo haré. En realidad, lo haré... pero ése es el privile­gio de un padre.

Stevvin se acercó a los labios la mano de su hija que te­nía en la suya y la besó.

-Los dioses cuidarán de ti; y tienes hombres buenos que te ayudarán.

La respiración del rey era ronca y trabajosa y Kailyn tuvo que luchar para contener las lágrimas.

-Te quiero, padre.

Él sonrió y volvió a apretar la mano de la muchacha con­tra sus labios.

 

-Informe de los sensores -pidió Kirk.

Chekov levantó los ojos del visor de la terminal científica. -El crucero klingon está justo fuera del alcance, señor.

En este momento no podrían detectar la salida de la lanzadera.

-Ignición de los motores de la lanzadera, señor –dijo Sulu.

Kirk pulsó el botón de apertura del canal de la Galileo en su panel de comunicaciones.

 -Kirk a Galileo.

-Aquí Spock, capitán. Todos los sistemas preparados para el lanzamiento.

-Spock... -Kirk vaciló-. Buena suerte, Kailyn. Cuide

bien de mis oficiales. Especialmente de McCoy. La voz de la muchacha sonó firme. -Lo haré.

-Solicito apertura de las puertas del dique de la lanza­dera -dijo Spock.

Sulu subió un interruptor de los mandos.

-Puertas de la lanzadera abiertas.

Kirk miró la cubierta del hangar que se veía en la panta

lla emplazada sobre la terminal científica. -Lanzamiento.

Los dedos de Sulu recorrieron velozmente los mandos pul­sando diestramente el último botón. -Lanzadera fuera, señor.

 

Aquella noche, el rey Stevvin, decimoséptimo monarca de la dinastía de Shad, murió mientras dormía, con el capitán Kirk y cuatro servidores reales a su lado.

A esa hora, la lanzadera Galileo llevaba ya diez horas de viaje. El plan del rey Stevvin para llevar de una vez y para siempre la paz a su mundo, estaba progresando, sin él, tal y como él había esperado que sucediese. Incluso el crucero klingon volvió a ocupar su lugar, en seguimiento de la Enterprise. Todo estaba como debía estar.

Excepto por un detalle. Sin que Kirk lo supiese ni lo sos­pechasen los tripulantes de la Galileo, cuando la lanzadera atravesó los límites exteriores del sistema no clasificado de la enana blanca, mucho más allá del alcance de los sensores de la Enterprise, una sombra se unió a la excursión.

La sombra era una exploradora espía klingon tripulada por cuatro agentes del departamento de inteligencia. Las ór­denes que tenían eran sencillas: seguir a la lanzadera. Si la tripulación de ésta recobraba la Corona de Shad, debían ma­tarlos y reclamar la Corona para el imperio klingon. Si fra­casaban en la búsqueda de la Corona, debían matarlos de todas formas.

 

7

 

 

-Los klingon, Kirk -ladró Harrington con una furia muy poco propia de él-. Los malditos klingon lo sabían antes que yo. Si su red de comunicación se­creta no tuviese tantas fugas, ellos lo sabrían y yo continua­ría sin saberlo. ¿Le importaría darme una explicación de por qué ha desobedecido las órdenes?

Kirk estaba sentado ante el escritorio y encorvado sobre él, con Scotty de pie justo a sus espaldas. En la pantalla visora, el almirante aparecía aún en bata; obviamente lo ha­bían arrancado de una noche de buen sueño con la noticia de que los klingon estaban enterados del plan señuelo de la Enterprise, un plan señuelo del que él no sabía absolutamente nada.

-Lo siento, almirante -comenzó Kirk. Y, puesto que no estaba muy seguro de qué más debía decir, continuó con cautela-. Cuando llegamos a Orand, la situación no era como se nos había inducido a esperar, señor. Usted no ignora que la Corona de Shad no estaba en manos del rey cuando nosotros...

-Sí, Kirk. El maldito informe klingon que conseguimos era claro a ese respecto.

-En cuanto averiguamos que no podíamos regresar a Shad sin ella, también nos dimos cuenta de que el rey no es­taba lo suficientemente bien de salud como para realizar un viaje extra. Nada de todo esto estaba incluido en el informe resumido que se nos dio en la Base Estelar, señor.

Kirk le echó una rápida mirada a Scott, que comprendió la estrategia del capitán: trasferirle una parte de la culpa de los cambios de la misión a la Inteligencia de la Flota Estelar.

-De acuerdo, capitán, acepto que la misión requería modificaciones y nunca aceptaré que el tiempo necesario para consultar con el cuartel general podría haber estropeado todo el asunto. Es usted un hábil capitán de nave estelar, y está sentado en ese sillón de mando porque la Flota Estelar confía en su criterio... aunque, en este preciso momento, re­sultaría más fácil convencerme de lo cuestionable de esa su­puesta cualidad suya.

Kirk tragó saliva, pero continuó mirando de frente la pantalla.

-Tengo dos grandes problemas con los que enfrentarme, Kirk. El primero y más importante es que parece que algu­nos de los shadianos que viajan a bordo de su nave son agentes de los klingon, y el segundo...

-Le pido disculpas, señor, pero la lanzadera que tenemos ahí fuera, camino de Sigma, va a hallarse en el lado malo del campo de tiro de los klingon en el segundo mismo en que encuentren esa Corona...

-Soy consciente de ello, capitán.

-Ésa debe ser nuestra principal preocupación, señor. Es de suprema importancia que lleguemos a Sigma lo antes po­sible por si el grupo de la lanzadera necesita nuestra ayuda.

-Negativo, capitán -respondió Harrington con tono cortante-. Si se hubiese hallado aquí cuando recibimos las órdenes de Inteligencia, sabría que nuestra máxima priori­dad es la de desenmascarar al renegado del grupo del rey.

-Pero la seguridad de la hija del rey y de mis oficiales...

--...es de suma importancia. Sin embargo, la Flota Este­lar no permitirá que la dejen en ridículo. Los klingon aca­ban de hacer precisamente eso, capitán. Tuvieron durante todo el tiempo un espía debajo de nuestras narices, usted saca un plan de la nada acerca del que la Flota no sabe una palabra... y el enemigo sabe adónde se dirige y cuando antes incluso de que se ponga usted en camino. Yo también tengo que responder ante mis superiores, y ellos no van a apoyar eso. Ellos me lo han arrojado a la cara, y yo se lo arrojo a usted. Esto es una orden: encuentre a ese espía.

-Señor, por razones prácticas, hemos puesto a los cua­tro sospechosos bajo custodia. Podemos investigar después de que hayamos puesto a salvo a la misión de la lanzadera.

-La Junta del Estado Mayor quiere que primero esté a buen recaudo el espía.

-¿Tenía el Estado Mayor alguna buena idea sobre cómo conseguirlo? -preguntó Kirk, mordiendo cada palabra y es­quivando la tentación de iluminar a los miembros de dicha junta con coloridos adjetivos y verbos.

-Usted se metió en esto, Kirk, y depende de usted el hallar una salida. Debo agregar que ésa no es una cita fiel. Las palabras que emplearon fueron ligeramente más des­criptivas.

Kirk se arrepintió de inmediato de haberse contenido; las frases que le pasaban por la mente eran bastante descripti­vas, pero se daba cuenta de que la insubordinación no era precisamente lo que ayudaría a su causa en aquel momento.

-Almirante, debo hacer constar una firme protesta. No­sotros...

-Está en su derecho, capitán; y éstas son las órdenes que tiene: trace un plan para apresar el espía y mantenga su po­sición actual hasta que lo haya conseguido. Luego someta los detalles del mismo a nuestra aprobación antes de poner el plan en acción. ¿Ha quedado claro?

-Sí, señor -respondió Kirk con tono tirante.

-Una cosa más: ¿cómo está el rey, a todo esto?

Kirk y Scott intercambiaron rápidas miradas.

-¿El rey? El rey está bien, señor.

-Perfecto. Odiaría tener más complicaciones después de todo lo que ya tenemos entre manos. Muy bien... estaremos esperando un plan suyo dentro de dos horas exactamente. Flota Estelar fuera.

La imagen de Harrington se desvaneció y la pantalla que­dó negra. Kirk descansó el mentón sobre los brazos, encor­vado sobre la superficie del escritorio.

Scotty meneó la cabeza con el rostro serio.

-Capitán, le ha mentido a un almirante de la Flota Estelar.

-Esperemos que usted y yo seamos los únicos en ente­rarse de ello. Han pasado dieciocho años, y yo continúo lu­chando con la maldita burocracia. No puedo arriesgarme a que se produzcan más filtraciones. -Sacudió la cabeza-. Sea lo que sea lo que ocurrió, tuvo lugar antes de que saliése­mos de Orand, y eso estaba fuera de nuestro control. Quizá el rey le habló de su plan a alguno de sus servidores que a su vez se lo mencionó a otra persona. O quizá alguien lo oyó por casualidad o Kailyn dijo algo cuando no debía. No lo sé. Lo que sí sé es que nada de eso importa ahora. Lo que im­porta es que Spock, McCoy y Kailyn van a encontrarse con problemas, y que esa nave klingon que ha estado jugando al gato y al ratón con nosotros durante tres días, era un truco en el cual he caído. Ahora, en lugar de llegar a Sigma lo más rápidamente posible para encargarnos de que no le ocurra nada a la tripulación de la lanzadera, tenemos que sentar­nos aquí a pensar en la forma de limpiarle la cara a la Flota Estelar. Maldición.

 

No se hicieron bromas fáciles cuando Kirk reunió a Scott, Sulu, Chekov, Uhura y la teniente de seguridad Jaye Byrnes en el salón de oficiales. La situación fue resumida en térmi­nos muy breves, y los oficiales reunidos le dieron vueltas cau­telosamente durante más de treinta minutos. Finalmente, Kirk se levantó de su asiento y comenzó a pasearse en torno a la mesa.

-Damas y caballeros, no estamos llegando a ninguna parte -dijo con abatimiento.

Byrnes se aclaró la garganta. Ella estaba presente por­que había llegado a la Enterprise después de pasar cinco años en la Contrainteligencia de la Flota Estelar, y Kirk esperaba que sus conocimientos consiguieran engendrar ideas en los demás.

-Mientras el espía esté a bordo -dijo la teniente-, so­mos nosotros quienes tenemos el control, señor. Ése es nues­tro as.

-Eso es lo que intenté decirle a la Flota Estelar, que ése es el motivo de que este punto no debería ser tan urgente.

 -Pero para el Cuartel General lo es -dijo sombríamente Chekov-, y eso lo convierte en urgente para nosotros.

 Kirk le dedicó una sonrisa de humor negro.

-Es la cadena de mando, señor Chekov. Ellos me presionan a mí y yo lo presiono a usted.

-¿Pero a quién presionamos nosotros? -refunfuñó Sulu.

-A nadie. ¿Va a darme alguna respuesta, Byrnes? Ella se echó los dorados cabellos hacia atrás por encima

de los hombros.

-Podemos utilizar ese control, capitán.

-¿Cómo?

-Dándole al espía la cuerda suficiente como para que se ahorque él mismo.

Kirk se sentó sobre el borde de la mesa, con los brazos cruzados.

-Continúe.

-Sabemos de su existencia. Sabemos que está aquí...

-Oh, sí -dijo Scott-, pero no sabemos quién es...

-Si podemos hacerle creer que puede conseguir hacer algo que desea y que normalmente nosotros querríamos evi­tar, podríamos tener la posibilidad de atraparlo.

Scott asintió con la cabeza.

-Ya. Darle al pez un poco de sedal para que crea que está libre... y, cuando él mismo se cansa nadando, uno recoge rá­pidamente y lo saca del agua.

-Exactamente -dijo Byrnes-. Ahora bien, ¿qué podría querer ese espía con todas sus fuerzas, ya sea a nivel perso­nal o como parte de su misión?

-Alejarse de nosotros -sugirió Sulu.

Kirk entrecerró los ojos.

-¿Alejarse de nosotros con qué propósito?

-Por su propia seguridad -intervino Uhura.

-O para transmitir nueva información -dijo de pronto Scott-. Como la muerte del rey. Desde que salimos de Orand, es lo único nuevo que ocurrió que pueda interesarles a los klingon.

-Por supuesto -exclamó Sulu, asintiendo enfáticamen­te con la cabeza-. Entonces ya no tendrían que preocupar­se por obtener la Corona. Con el rey muerto, si pudieran ma­tar a su hija, conseguirían acabar con cualquier posibilidad que tuviésemos de mantener unida a la Coalición Leal al rey...

-...y la Alianza Mohd podría ganar la guerra sin recibir ninguna descarada ayuda del exterior que atrajese la aten­ción de los guardianes del Tratado de Paz Organiano -concluyó Byrnes.

Kirk asintió con la cabeza.

-Ésa parece una razón de mucho peso para que el infor­mante quiera ponerse en contacto con sus superiores. Si pu­diéramos darle una oportunidad de hacerlo, bajo la aparien­cia de una tarea legítima, podríamos sorprenderlo con las manos en la masa.

-Pero la única forma de hacer eso -señaló Byrnes- es dejar que el espía salga de la Enterprise, señor; y, hagamos eso como lo hagamos, corremos dos riesgos: despertar sus sospechas y que consiga escapar de nosotros.

La frenética discusión aumentó de ritmo y se prolongó durante una hora más. Kirk se sentía satisfecho de que su idea de incluir a Byrnes hubiese demostrado ser el cataliza­dor perfecto; pero, a pesar de todas las ideas expuestas, que­dó en manos de Kirk el sintetizar todas las posibilidades en una línea de acción que pareciese plausible. Así lo hizo, ra­dió el plan a la Flota Estelar y se dispuso a esperar la res­puesta.

Llegó una hora más tarde: aprobado. Sin embargo, la de­cisión más difícil aún se cernía ante él. Si el espía mordía el anzuelo, todo sería perfecto; pero si ninguno de los sospe­chosos metía la cabeza en el lazo corredizo, Kirk era conscien­te de que no habría tiempo para seguir planes alternativos: la Enterprise partiría hacia Sigma a velocidad hiperespacial en un abrir y cerrar de ojos, y al diablo con el orgullo herido de la Flota Estelar. Eso podía remendarse con bastante faci­lidad; los cuerpos heridos, en cambio, eran otra cuestión, y lo que él más quería era rescatar a la Galileo y su tripula­ción ilesas.

Pero antes, para atrapar al espía...

 

8

 

 

McCoy se retorció en su asiento, estiró cada uno de los músculos de ambas piernas, se masajeó el cuello para aliviar los calambres y, no obstante todo ello, no consiguió sentirse cómodo. A pesar de que había viajado por el espacio durante años, aún había momentos en los que se sentía ligeramente ahogado al caminar por los estrechos pasillos de la Enterprise, o cuando estaba en un camarote cuyas paredes se curvaban para seguir la forma del casco de la nave.

Pero, si bien aquella nave estelar enorme le producía al­guna sensación de encierro de vez en cuando, los tres días que llevaba en la Galileo hacían que sintiese una claustrofo­bia absoluta, y echaba en falta las dimensiones relativamen­te espaciosas de la Enterprise. De pronto se puso de pie _y co­menzó a pasearse tan frenéticamente como puede hacerlo un hombre que dispone de sólo dos zancadas entre su persona y la pared. Se sintió francamente ridículo y volvió a dejarse caer pesadamente en el asiento. Spock lo observaba sin pro­nunciar palabra, mientras Kailyn dormitaba en una de las tres hamacas instaladas en el área de dormitorio provisio­nal de popa.

-Spock, ¿no hemos llegado aún?

El vulcaniano asumió la expresión más cercana al fasti­dio que jamás había manifestado.

-Doctor, me ha preguntado eso mismo hace una hora. Ahora estamos una hora más cerca de nuestro destino.

McCoy tumbó el asiento reclinable al máximo y entrelazó las manos detrás de la cabeza.

-Vuelva a contarme eso de que nuestro destino es una isla de los Mares del Sur llena de palmeras y bellezas que toman el sol con nada más encima que sus ondeantes mele­nas largas, collares de flores y cálidas sonrisas.

-Sigma 1212 es el planeta congelado de un sistema es­casamente poblado, y tiene una temperatura media de doce grados Celsius[e2]  bajo cero. El sesenta y dos por ciento de su masa terrestre es demasiado fría para la vida humana, y no hay palmeras en todo el planeta -respondió Spock con una voz baja y adecuadamente fría.

-¿Sabe qué es lo que siempre me ha gustado de usted, Spock?

-¿Qué, doctor?

-Esa forma que tiene de desviarse siempre de sus costumbres para hacer que yo me sienta feliz.

-Doctor -dijo Spock con los labios apretados-, haga uno de sus crucigramas.

-He completado todo un programa de ellos, y ni siquiera me gustan los crucigramas -gimió McCoy-. ¿Qué le parecería si le dijese que quiero salir a dar un paseo?

 -Que éste no es el momento más apropiado.

 -Ésa no era mi pregunta. ¿Qué haría usted?

-A estas alturas, doctor McCoy, lo dejaría marchar. -Ya veo que vuelve a intentar hacerme feliz.

La siguiente queja de McCoy no salió de la punta de su lengua, porque una sacudida repentina hizo que volviese a tragársela cuando la lanzadera fue atrapada en la concavidad de una turbulencia. Se aferró a los posabrazos del asiento y se sentó completamente erguido, mientras Spock se volvía hacia el panel de controles. La nave volvió a estremecerse.

 -¿Qué ocurre, Spock?

La siguiente sacudida los lanzó contra el respaldo de los asientos.

-Esto empeora -señaló McCoy, palideciendo mientras su estómago regresaba al sitio que le correspondía, retenien­do a duras penas su contenido.

El primer oficial estudió varias pantallas que destellaban de forma alarmante, aunque su expresión continuó siendo tranquila, como siempre.

 

 

 

-Me temo que nuestra situación empeorará de forma considerable antes de que comience a mejorar. El sistema de Sigma es famoso por el rigor y la frecuencia de las explo­siones solares y las tormentas magnéticas resultantes.

-No me dé una conferencia turística... haga algo.

Spock volvió su atención hacia los instrumentos de la Galileo, que no le respondían, mientras la pequeña nave se sa­cudía de un lado a otro. McCoy avanzó tambaleándose, se afe­rró al reposacabezas del asiento de mando y permaneció oscilando a espaldas de Spock mientras sus piernas absor­bían los movimientos de cabeceo y balanceo de la nave.

Kailyn, medio dormida, entró a duras penas en la cabina principal, y finalmente consiguió alcanzar la seguridad re­lativa de su asiento de babor.

-¿Qué ocurre?

-Spock no tenía la intención de despertarla.

McCoy se aferró con más fuerza al reposacabezas del asiento. La lanzadera picó de pronto, y el mentón del médico fue a incrustarse contra la parte superior del respaldo. Atur­dido, retrocedió hasta su propio asiento y se frotó la man­díbula.

-Estamos entrando en la zona tormentosa que rodea Sig­ma 1212 -le informó Spock a Kailyn.

-¿Rodea el planeta? -repitió McCoy-. Eso significa que estamos cerca de él.

-Nos estamos aproximando, doctor, pero nos hemos visto obligados a reducir la velocidad, y todavía nos queda otra hora de viaje por delante.

Antes de que McCoy pudiese decir nada más, la Galileo se levantó sobre la cola y cayó bruscamente al sacudirla la furia de la tormenta como si de una marioneta se tratase. El casco metálico gemía y rechinaba y Spock volvió a redu­cir la potencia de los motores. Se produjo un intervalo de cal­ma que duró lo que un solo latido de corazón, y todo volvió a comenzar. Parecía que la nave intentaba retorcerse en tres direcciones a un tiempo.

-Spock -dijo McCoy con ansiedad-, ¿vamos a conse­guir mantenernos de una pieza?

Los largos dedos del vulcaniano quedaron suspendidos sobre los controles, pero él no se volvió a mirar a McCoy.

-No lo sé, doctor. Sólo el tiempo lo dirá.

La nave espía klingon se estremecía y sacudía a modo de protesta mientras el comandante Kon intentaba mantener el rumbo. Para la constitución normal de un klingon, Kon era bajo y rechoncho, pero la túnica se le ajustaba perfectamen­te al robusto pecho y los músculos se marcaban a través de la cota de malla. Tenía la barba entrecana, signo indicador de que llevaba al servicio del imperio más tiempo que la ma­yoría, mediante la combinación de la destreza y la suerte para sobrevivir a las batallas, y el evitar los intentos de asesinato de los oficiales más jóvenes ansiosos por ascender posicio­nes. Kon había liderado a la tripulación del más feroz crucero de batalla de la flota imperial durante casi una década, y había conseguido desbaratar media docena de motines y mantener su nave leal al emperador. Por sus esfuerzos, ha­bía sido recompensado con el ascenso a la elite del Grupo de Inteligencia Especial, un puñado de soldados de confian­za a los que sólo se les asignaban las más importantes mi­siones de espionaje: las más sucias y peligrosas.

Kon había demostrado que podía matar cuando tenía que hacerlo; podía incluso estrangular a un niño con sus propias manos si era lo que hacía falta. Era temido y no temía a na­die. Era el klingon perfecto.

-Comandante, los sensores están estropeados -le dijo la oficial científica desde su puesto.

La nave exploradora era diminuta, con demasiados equi­pos apretujados en un espacio excesivamente reducido. Kera, la oficial científica, estaba lo suficientemente cerca de su co­mandante como para poder tocarlo, aunque no se hubiera atrevido a hacerlo. Era joven, brillante, ambiciosa... y sabía que cualquier complicación romántica con un hombre tan poderoso como Kon acabaría probablemente con la muerte de uno de ellos dos. Y no era que la perspectiva no le resul­tase tentadora, ya que, entre los klingon, incluso el amor era una batalla que sólo se veía consumada cuando uno resulta­ba vencedor y el otro vencido. Pero ella tenía el tiempo a su favor: las probabilidades le decían que un día Kon vacilaría y moriría a causa de los años. Unirse demasiado estrecha­mente con ese hombre en aquel momento, podía costarle de­masiado caro más tarde, así que los placeres y emociones transitorias de una unión sexual simplemente no valían los riesgos que podrían implicar.

-Hemos alcanzado la periferia de una turbulencia de magnitud siete, señor -le anunció al comandante con una voz monótona y profesional.

Las cejas canosas de Kon se alzaron a un tiempo.

-¿Magnitud siete? ¿Y la nave de la Federación?

-Ellos han entrado de lleno en ella, comandante. Esta­mos perdiendo el contacto de sensor.

Con las mejillas hinchadas, Kon meditó sobre todas las posibilidades.

-¿Entrarían en una tormenta así solamente para despis­tarnos?

-Eso sería una temeridad -respondió Kera-; y el he­cho de que no hayan variado su rumbo sugiere que no son conscientes de nuestra presencia. Además, no han intercam­biado mensaje alguno con ninguno de los puestos avanza­dos o naves de la Federación desde que salieron de la En­

terprise.

-Así pues, ¿usted cree que el planeta que se halla en me­dio de esas tormentas es el lugar al que se dirigen?

-Sí, señor, así lo creo. La corona de Shad tiene que estar oculta en alguna parte de Sigma 1212. Yo propongo que man­tengamos la vigilancia fuera de la zona tormentosa. Si so­breviven para llegar al planeta y recobrar la corona, no ten­dremos ningún problema para arrebatársela y matarlos cuando despeguen de la superficie para encontrarse con la nave nodriza.

-¿Y si nunca consiguen recuperar esa apreciada corona?

-En ese caso -respondió suavemente Kera-, no veo nin­guna razón por la que tengamos que arriesgar nuestras vi­das entrando en una turbulencia de magnitud siete.

Kon le dedicó un asentimiento de aprobación, y cuando ella se volvió hacia la pantalla, él sonrió para sí. Se pregun­tó cómo sería aquella mujer como compañera sexual, y mo­mentáneamente deseó tenerla en su antigua nave de guerra, con sus dependencias privadas.

Los miembros de las tripulaciones klingon, hombres y mujeres, tenían que aceptar el hecho de que un comandante del sexo opuesto tenía pleno derecho a reclamar favores car­nales a su antojo; y, al contemplar sin entusiasmo alguno la prolongada espera que tenían por delante en la periferia del violento velo de tormentas espaciales que rodeaba Sigma 1212, lamento no disponer de la posibilidad de pasar las horas de inactividad trabando un conocimiento más íntimo con Kera.

-Contacto de sensor totalmente perdido, comandante.

 

Como si las turbulencias del exterior no hubiesen sido lo suficientemente malas, la entrada en la atmósfera de Sig­ma no les dio respiro posible. A pesar de sus mejores esfuer­zos, Spock estaba luchando y perdiendo la batalla contra los vientos ciclónicos de más de cuatrocientos ochenta kilómetros por hora, mientras el casco exterior de la lanzadera co­menzaba a recalentarse.

McCoy había vuelto a ocupar su sitio detrás de Spock e inclinado sobre un hombro de éste, mientras Kailyn intenta­ba asegurar lo que pudiese estar suelto en el interior de la cabina; pero llegó el momento de sujetarse a los asientos con las correas de seguridad y desear lo mejor.

-¿Estamos sobre el objetivo, Spock?

-Es difícil decirlo, doctor. Los instrumentos todavía no han vuelto a su funcionamiento normal. Sólo puedo juzgar­lo por la dirección que llevábamos antes de que las correc­ciones de navegación se convirtiesen en conjeturas.

-No está infundiéndome demasiada confianza.

-Le presento mis más sinceras disculpas. Por favor, ase­gúrese las correas de seguridad. No es probable que este ate­rrizaje vaya a ser suave.

Kailyn se mordió nerviosamente el labio inferior, y McCoy lo advirtió.

-Spock posee el don de subestimarlo todo -le dijo a la muchacha.

McCoy no sabía cuán cierto era eso en aquel preciso mo­mento, ya que sólo Spock era consciente de que los torbelli­nos que abofeteaban la Galileo hacían que fuese casi impo­sible mantener los escudos térmicos en el ángulo adecuado. Dónde aterrizasen puede que nunca llegase a ser un proble­ma: era bastante posible que ellos y la maltrecha nave no lle­gasen a aterrizar, sino que se quemasen en la tempestuosa atmósfera de aquel planeta que parecía tener la firme deter­minación de no permitir la entrada de visitantes.

 

9

 

 

Confianza. Si había para James Kirk un valor sagrado, era precisamente ése. Sin él, la existencia nunca po­dría ser más que una serie de encuentros fortuitos lle­nos de cautela en el mejor de los casos, de miedo en el peor. Un ser al que los demás consideraban indigno de confianza, o que era incapaz de encontrar criaturas semejantes en las que confiar plenamente, no podría conocer nunca el verda­dero amor, la amistad incondicional ni el cálido refugio de la seguridad. En su propia experiencia, la confianza había salvado vidas, y por falta de ella se habían perdido amores.

A sus ojos, el pecado de la traición era el peor de todos. El aceptar la confianza de alguien voluntariamente y con ple­no conocimiento de causa, y luego volverle la espalda, era algo despreciable. Era ese sentimiento, profundamente arrai­gado en su corazón, lo que le permitía a Kirk tolerar por el momento las órdenes de la Flota Estelar de que desenmas­carase al renegado que se hallaba entre el reducido grupo de servidores del rey Stevvin.

Cuatro servidores que ya no eran jóvenes y que habían dedicado sus vidas al servicio del rey durante treinta años o más. Aquellos cuatro se habían ofrecido voluntariamente para abandonar su planeta natal con el monarca exiliado, y durante los duros años siguientes habían llegado a sentirse menos como sirvientes y más como miembros de la familia. Habían compartido con el rey esperanza y frustración, cari­ño y finalmente confianza... hasta que uno de ellos la había traicionado.

¿Pero quién? ¿Y por qué? La segunda pregunta hostiga­ba constantemente a Kirk. ¿Un criado real podía ser condu­cido a la traición por alguna debilidad de carácter -una ofer­ta de dinero o de inmunidad-, o simplemente por la absoluta desesperación de regresar a su planeta alguna vez? ¿O se en­frentaban con un espía profesional colocado entre el séqui­to del rey como una cuestión de rutina muchos años antes de aquel exilio forzoso?

Al sentarse ante la mesa del salón de oficiales delante de los cuatro shadianos, Kirk no estaba seguro de cuál de aquellas respuestas lo enfurecería más, e intentó apartar aque­llas emociones hasta poder desencadenarlas contra un blan­co definido.

Eili, el camarero personal del rey, un hombrecillo esférico con ojos de perro fiel; en otra época vigilante, atento a las necesidades de su señor antes de que le fuesen formuladas, aparecía en aquel momento abatido por el dolor. Tenía el blando rostro oculto entre las manos mientras su esposa, Dania, lo consolaba. Eran una pareja afín; Dania, la cocinera real desde hacía treinta años, era tan rechoncha como su ma­rido, y tan devota de aquel hombre como él lo había sido del rey.

Boatrey, el robusto mozo de cuadras, con el curtido rostro marcado por los años de trabajo al aire libre. Había sido el preferido de Kailyn, y Kirk recordaba cómo aquel hom­bre llevaba a la niña a pasear sobre los animales pequeños de la cuadra.

Finalmente, Nars, que en otro tiempo había sido el elegante mayordomo de palacio. Sus ropas se veían ahora gas­tadas, con varios agujeros cuidadosamente cosidos a lo lar­go de los años de pobreza pasados en Orand; pero aquel hombre continuaba desplegando la dignidad orgullosa que había manifestado sin tacha en los pasados días de grandeza.

Un grupo en el que difícilmente podía husmearse a un agente enemigo. Kirk se encontraba dispuesto a descartar la posibilidad de que alguno de ellos pudiese haber sido un espía desde el principio, y se decantó por la teoría de la fra­gilidad humana. Ése era al motivo por el que la teniente Byrnes estaba presente: su vista entrenada captaría una in­dicación que a él podría pasarle inadvertida. Kirk se aclaró la garganta.

-Antes de morir, el rey Stevvin me pidió que le prome­tiera que tendría un funeral acorde con las costumbres shadianas. Yo le hice esa promesa y quiero mantenerla; pero nunca tuvimos oportunidad de hablar de ello antes del fin. Sé que todos ustedes han sufrido una tremenda pérdida con su fallecimiento. Comparto el dolor que sienten todos, pero en este momento necesito la ayuda de ustedes para cumplir con mi promesa. Necesito conocer las ti-adiciones funerarias de la religión shadiana.

Kirk miró furtivamente cada uno de los cuatro rostros, con la esperanza de detectar una indicación reveladora en el parpadeo nervioso de unos ojos o la comisura caída de una boca. Pero, si alguna señal semejante se produjo, él la buscó en vano.

-Tenemos que conseguir una urna moonuumental -dijo Eili, mientras le temblaba la mandíbula al intentar controlar sus callados sollozos.

-¿Se trata de una urna especial? -preguntó Kirk.

-Ssí. Debe ser de piedra recién tallada, extraída de la cantera nno antes del día previo a la muerte. Debe... -Fili comenzó a llorar nuevamente, y Nars tendió una mano para tocarle la espalda al hombrecillo, aunque Eili pareció no advertir el contacto.

-La piedra es un símbolo de fuerza, capitán -explicó Nars-. Debe ser tallada y santificada según unas leyes estrictas.

-Me temo que no vamos a conseguirlo -tronó Boatrey-. Las cenizas del rey deben ser depositadas dentro de la urna, para que los dioses las examinen y se las lleven en el plazo de dos soles después de que el corazón haya dejado de latir. ¿No estamos a más de dos días de nuestro planeta?

-A tres días -respondió Kirk-. ¿La urna debe ser ta­llada en roca shadiana?

Los servidores se miraron unos a otros antes de que Dania respondiese.

-No, siempre y cuando se sigan las leyes; pero ¿quién va a conocer las leyes shadianas fuera de nuestro planeta?

-Un shadiano -señaló Nars.

-¿Conocen algún planeta en el que podamos obtener una urna sagrada? -preguntó Kirk.

-Yo conozco algunos, pero no sé si están lo suficiente­mente cerca de su nave, capitán Kirk.

-Vamos a averiguarlo -dijo éste.

Tendió una mano hacia la terminal de la computadora  y la encendió. Las luces de la máquina parpadearon siguien­do una secuencia, y luego le proporcionaron una respuesta visual a la pregunta que le había formulado: planetas que estén dentro de un radio de dos días de viaje de la posición actual de la nave, y que tengan una población conocida de súbditos shadianos. Los servidores leyeron la lista, y Nars señaló uno de ellos.

-Zenna Cuatro. Yo mismo viví en él hace muchos años. -¿Pero hay allí un cantero? -preguntó Dania. -Yo conocí a uno. Era vecino mío. -Pero eso fue hace mucho tiempo -protestó Boatrey-.

Podría haber cambiado de residencia, o haberse muerto. -Tenía un hijo que estaba aprendiendo el oficio del padre. -Tenemos que intentarlo -dijo Eili-. De lo contrario, condenaremos a nuestro rey a vagar para siempre, y a no ser nunca recogido en el seno de los dioses.

-Pero ¿qué ocurrirá si no podemos encontrar un cantero? -preguntó Boatrey.

Kirk alzó una mano para detener aquella discusión.

-La promesa la hice yo, y la decisión también será mía.

Los servidores fueron escoltados de vuelta a sus camaro­tes por los guardias de seguridad, mientras Kirk y Byrnes consultaban nuevamente la computadora. Zenna Cuatro es­taba a casi dos días de distancia, más cerca de Shad y más lejos del punto de encuentro con la Galileo, en Sigma 1212. Eso significaba que la Enterprise llegaría con todo un día de retraso.

-Si los klingon continúan persiguiendo a la lanzadera -dijo Byrnes-, y la corona es recuperada, podrían atacar antes de que llegásemos nosotros, señor.

-Dejemos eso a un lado por el momento, teniente. En su opinión, ¿es Nars el principal sospechoso?

-¿Porque fue el único que dio un paso al frente y nos se­ñaló un planeta en particular? Bueno, si él es nuestro espía, indudablemente estará ansioso por informar que el rey ha muerto. En ese caso podrían querer asesinar inmediatamente a Kailyn, aunque la corona permaneciese perdida para siem­pre. Al acabar de esa forma con la dinastía, harían lo sufi­ciente como para decantar la situación a favor de la Alianza Mohd.

Al mismo tiempo, según la computadora, Nars estaba di­ciendo al menos una verdad parcial. Había vivido en Zenna durante un breve período de tiempo, como parte de una mi­sión diplomática enviada a una capital de provincia llama­da Treaton, antes de convertirse en mayordomo del palacio real. Zenna había sido uno de los primeros planetas que ha­bían firmado un contrato de suministro de tridenita con Shad, y en él había prosperado una comunidad shadiana de considerable importancia que se dedicaba a la administra­ción de dicho negocio. El comercio del mineral se había in­terrumpido al cabo de la segunda década, pero muchos de esos shadianos expatriados prefirieron permanecer en Zenna en lugar de regresar a su propio planeta desangrado por la guerra. Así pues, el cantero de Nars era muy probable que estuviese allí. Quizá era un criado servicial hasta el fin, preo­cupado sólo por prestarle un último servicio a su señor, en­viándolo al viaje que lo llevaría al otro mundo.

Si ése era el caso, la escala en Zenna cumpliría la prome­sa que Kirk le había hecho a Stevvin; pero también podría poner a la Galileo en peligro de muerte y hacer que la coro­na corriese el riesgo de caer en manos de los klingon. A pe­sar de que él no era religioso, Kirk sabía que los shadianos sí lo eran, y, si no le daba al rey la posibilidad de que lo inci­nerasen de acuerdo son sus costumbres, ¿cómo iba él a sa­ber que no estaba privando a su amigo de la vida posterior a la muerte? Ya le había privado de casi veinte años de vida previos a la muerte. «No, eso no es justo... no es culpa tuya.»

Por otra parte, Kirk se negaba a creer que los dioses de Shad fuesen tan despiadados como para no aceptar un alma cuyo retraso había permitido preservar una dinastía que ellos mismos habían ayudado a fundar. Tuvo la seguridad de que el anciano rey hubiese estado de acuerdo con su criterio, y esa preocupación concreta aminoró. Sólo quedaba una pre­gunta más antes de que pudiese escoger una línea de acción.

-Capitán, algún día va a pedirme algo, y mis pobres cria­turas dejarán escapar su alma. Lo único que hace usted es exigirles demasiado.

Kirk se sentó sobre el borde de su lecho y miró el rostro incierto del jefe de ingenieros, que aparecía en la pantalla.

-Tengo fe en usted, Scotty. Ellas siempre le escuchan.

Scott suspiró.

-Ya. Le daremos lo que podamos.

Con un impulso de velocidad extra de los bien cuidados motores de la nave estelar, conseguirían llegar al punto de encuentro de Sigma con menos de doce horas de retraso, y Kirk sabía que tenía que correr ese riesgo. Llamó a Nars y le informó de que la Enterprise se dirigía hacia Zenna Cua­tro. Nars le aseguró a Kirk que él mismo bajaría a la super­ficie y se encargaría de los detalles. Dicho esto, Kirk le dio las gracias y apagó el intercomunicador. Se preguntó cómo le irían las cosas a la Galileo.

«Allí tienes la cuerda, Nars. Si no te ahorcas con ella, pue­de que yo tenga que ocupar tu lugar, porque, si estoy equivo­cado con respecto a todo esto, mi historial dentro de la Flota Estelar podría valer menos que un billete falsificado.»

 

10

 

 

Delicadamente, McCoy movió una articulación cada vez, comenzando por el dedo meñique de la mano de­recha. Cuando la mano derecha demostró estar en plenas condiciones operativas, la levantó para palparse la ca­beza. Ésta también estaba en condiciones operativas... y li­geramente ensangrentada. Abrió completamente ambos ojos por primera vez desde que se habían cerrado por su cuenta, y un torrente de impresiones pasadas afluyó desde su sub­consciente. La aceleración, el calor, la sensación de náusea que iba mucho más allá de la boca del estómago. La espera del sonido de metal que se desgarra, los sentidos, ya estira­dos a punto de romperse, retorcidos de forma brusca.

Pero la última parte no debía de haber tenido nunca lu­gar, porque estaba bastante seguro de seguir con vida. Sin embargo, advirtió gradualmente que se encontraba solo y el suelo estaba inclinado en un ángulo de disparate: la proa se­ñalaba aproximadamente hacia el cielo y la popa descansa­ba sobre su extremo izquierdo. El interior estaba cubierto de objetos diversos, varios aparatos se habían soltado de las sujeciones y armarios, y las hamacas estaban arrancadas de los ganchos que las sujetaban a la pared. Buscó el broche de seguridad de las correas del asiento, y se dio cuenta de que ya estaba suelto. Entonces vio el paño manchado de san­gre que descansaba sobre sus piernas. Evidentemente había sido puesto sobre su cabeza, de la que se había deslizado. Quienquiera que lo hubiese puesto allí debía haber tenido una buena razón para hacerlo, así que lo devolvió a su anti­guo emplazamiento al recordar el corte que se había descu­bierto un momento antes. Fue entonces cuando advirtió que la herida había sido vendada.

McCoy cerró los ojos otra vez para intentar reducir el do­lor que se insinuaba poderosamente en su sien derecha, jus­to por debajo de la herida. ¿Dónde estaban Spock y Kailyn?

La puerta de la lanzadera crujió. El carril se había do­blado en el choque, y la compuerta se resistía a deslizarse hacia el interior del casco. Entró una bocanada de aire hela­do al abrirse la puerta con un rechinar, y Kailyn gateó al in­terior de la nave. McCoy se relajó y le dedicó una sonrisa mientras ella luchaba para cerrar nuevamente la puerta.

-No hubiese sonreído si hubiera visto el aspecto que te­nía -observó ella.

Suavemente, le tocó el lado derecho de la cabeza con el paño. McCoy apretó los dientes a causa del estallido de do­lor que le atravesó el cráneo y le bajó por el cuello.

-Puede que tenga la cabeza abierta por el medio, pero le aseguro que mi sistema nervioso funciona perfectamente.

-Lo siento. -Ella apartó la mano-. ¿Le he hecho daño?

-Podría decirse que sí.

Kailyn bajó la cabeza.

-Es por culpa mía que ha resultado herido, y ahora le estoy torturando, y luego le...

-Basta, basta -le dijo él, con toda la energía que fue ca­paz de reunir-. Ahora, escúcheme, jovencita; usted es lo úni­co que se interpone entre mi persona y este terrible dolor de cabeza. Tráigame mi equipo y...

Kailyn le tendió el maletín negro.

-Ya lo tengo aquí.

-Buena chica. Hay un frasquito con una etiqueta que pone «Anestésico tópico». Sáquelo y quítele la tapa. -Mien­tras ella seguía las instrucciones, él dio un respingo a causa de otra punzada de dolor-. Ahora rocíeme el lado derecho de la cabeza con él.

Presionando el eyector con la punta del dedo índice, Kailyn roció con una fina llovizna el área lastimada, y McCoy manifestó un visible alivio al hacer rápidamente efecto la substancia analgésica.

-Florence Nightingale[e3]  estaría orgullosa de usted. Por cierto, ¿dónde está Spock?

-Inspeccionando el área.

-¿Se ha llevado la pistola fásica? -preguntó McCoy, con repentina preocupación.

-Por supuesto.

-Ah, bueno. No siempre lo hace. Los vulcanianos no son muy dados a matar, a menos que sea absolutamente necesa­rio, y lo que la mayoría de la gente consideraría necesario no siempre es contemplado de la misma forma por Spock. -Levantó la mano para palparse los alrededores de la heri­da, y se miró la punta de los dedos-. Bueno, ha dejado de sangrar. Ha hecho usted un magnífico trabajo de primeros auxilios.

Ella se ruborizó.

-¿Cómo sabe que fui yo quien lo hizo?

-Oh, no es más que una conjetura. Y hablando de conje­turas, ¿dónde estamos?

-El señor Spock no estaba muy seguro.

-Oh, fantástico. Si él ha llegado a admitir algo así, debe­mos de hallarnos en serios apuros. Entró mucho frío cuan­do abrió usted la puerta.

-Es que hace frío. Spock dice que debemos estar a cin­co grados Celsius.

McCoy advirtió que Kailyn llevaba puesto uno de los tra­jes térmicos llamados «segunda piel» que había en la Galileo, brillante y ajustado.

-¿Cómo es el terreno? No he podido evitar darme cuen­ta de que no hemos aterrizado precisamente sobre la super­ficie de una mesa -dijo, y para explicarlo hizo un gesto en dirección a la parte frontal de la cabina.

Podía ver un cielo gris a través de la ventana de observa­ción delantera.

-Estamos en un valle. No tiene nada de especial. Ah, sí, tenemos un río aquí cerca, así que al menos no nos faltará el agua.

-¿Cómo se encuentra usted?

Ella se encogió de hombros.

-Bien, supongo.

-¿Ninguna reacción?

Ella negó con la cabeza.

-Eso es bueno. ¿Recuerda lo que le dije acerca de las si­tuaciones de tensión?

 

Ella pensó en todo lo que habían comentado al respecto, y su rostro se animó.

-Supongo que eso es bastante bueno. -Confinadamente bueno -repitió McCoy-. Le daré una inyección dentro de unas horas.

La puerta se abrió y Spock trepó al interior de la nave. -Ah, doctor McCoy, ya veo que ha recuperado el conocimiento.

-Sí, y he visto que usted ha conseguido meternos en un buen aprieto con su maldita forma de pilotar. Ya le dije yo a Jim que debería haber enviado con nosotros a alguien que supiese volar con esta cosa.

-También puedo apreciar que ha recobrado su encanta­dora personalidad.

-Nunca la he perdido. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Dón­de narices nos encontramos?

-Por lo que soy capaz de determinar, nos hallamos en el continente correcto...

-Ésa es una puntería fantástica, Spock.

-...a quizá unos cien kilómetros de la cordillera de las montañas Kinarr, donde se encuentra escondida la corona. -Eso no es demasiada distancia -dijo Kailyn, animo­samente.

-No me gustaría tener que recorrerla a pie -refunfuñó McCoy.

-Por una vez, usted y yo estamos de acuerdo, doctor. Te­nemos que encontrarnos con la Enterprise en el límite de este sistema dentro de menos de cuatro días, y aparentemente no hay forma de que podamos recorrer esa distancia dentro de ese límite temporal.

--¿Qué diferencia hay? -preguntó McCoy con tono mal­humorado-. De todas formas, no podemos despegar de este planeta.

-¿No podemos reparar la lanzadera? -preguntó Kailyn.

Spock negó con la cabeza.

-No sin las piezas de repuesto. Ni siquiera podemos re­parar el sistema de comunicación.

-Así pues -dijo McCoy con acritud-, los hechos son que nos hallamos varados en este planeta, no podemos llegar has­ta la corona ni tampoco hasta la Enterprise.

-Nuestra inmediata preocupación -dijo Spock- es la supervivencia. Si damos por sentado que la nave regresará para encontrarse con nosotros dentro del plazo acordado, no nos encontrarán y llevarán a cabo una búsqueda en el plane­ta. Nuestra señal automática de emergencia funciona per­fectamente. Si podemos mantenernos calientes y alimenta­dos, podemos abrigar la esperanza de que llegarán a ayudarnos. El capitán Kirk es notablemente puntual.

McCoy se animó.

-Así que lo único que tenemos que hacer es quedarnos aquí dentro, cerrar la puerta y esperar que nadie llame a ella hasta que la nave llegue a recogernos.

Kailyn y Spock intercambiaron miradas y los ojos de McCoy fueron rápidamente del uno al otro.

-¿Por qué tendré esta sensación de que no me han dicho algo que debería saber?

Spock entrelazó las manos a la espalda.

-Una parte sustancial de nuestras reservas de comida está contaminada. Hubo filtraciones de fluidos de diversos componentes en el momento del choque. Sin embargo, aquí cerca hay vegetación, a pesar del entorno más bien frío del planeta. Deberíamos poder almacenar la cantidad suficien­te. Kailyn y yo iremos...

-Un momento, Spock. No pienso quedarme aquí solo mientras ustedes dos se van a recoger bayas y nueces. Ya que estamos aquí, me gustaría estirar las piernas. Además, us­ted no es precisamente un gourmet; me necesitan ahí fuera.

-Pues muy bien, doctor McCoy. Póngase un traje térmi­co y acompáñenos.

 

Mientras que Orand había sido un planeta que parecía indiferente para con las criaturas que vivían sobre su super­ficie arenosa, al que no le importaba quién o qué permane­ciese sobre él e intentase soportar su calor, Sigma 1212 era algo bastante diferente. Al igual que una bestia salvaje que se niega a dejarse domesticar, era vigoroso y abiertamente hostil; desde el cinturón de radiaciones que lo ocultaban del espacio hasta su tempestuosa atmósfera, aquel mundo rocoso corcoveaba, aullaba y se agitaba para evitar que la civiliza­ción pudiese asentar el pie firmemente sobre sus hoscos va­lles y formidables cúspides.

De hecho, la desolación de Sigma era una de las principales razones por las que Stevvin lo había escogido para ocultar su corona. Sabía que disuadiría a los que casualmente quisiesen intentar la búsqueda del icono que albergaba. Des­graciadamente, la inhóspita naturaleza del planeta no podía ser apartada por Spock, McCoy y la hija del rey.

Encorvados para defenderse del azote helado del viento, los tres miembros de la tripulación de la lanzadera se aleja­ron de ella. El suelo que pisaban era duro, y ni un solo rayo de sol atravesaba la cortina de nubes que llegaba hasta don­de alcanzaba la vista. Sigma parecía un cuadro en tonos gri­ses. Incluso las resistentes plantas y los arbustos parecían apagados e incoloros mientras McCoy y Kailyn arrancaban bayas y hojas que podrían resultar comestibles. Spock de­senterraba raíces, lo examinaba todo con un sensor, y carga­ba con las provisiones de comida en un zurrón. Si bien las comidas de los siguientes días podrían no resultar especial­mente sabrosas, al menos no los envenenarían.

McCoy inspeccionó toda el área, con la esperanza de ver algún animal pequeño que pudiesen cazar y cocinar. Su es­tómago gruñía con inquietud y se negaba a dejarse apaciguar por el pensamiento de unas sopas de vegetales ricos en fi­bra. Sin embargo, no detectó nada peludo y con patas en aquel territorio; caminaron siguiendo el linde de una zona boscosa que se extendía a lo largo de al menos un kilómetro, y tampoco pudo ver nada que se deslizase por entre las ra­mas. Mezclado con el continuo gemido del viento, oyó el so­nido del agua que corría por sobre las rocas.

-Spock, vayamos hasta esa corriente de ahí abajo. Qui­zá podamos pescar algunos peces.

El vulcaniano asintió con la cabeza y abrió el descenso por la pendiente cubierta de hierba aplastada por la fuerza del viento. McCoy y Kailyn le siguieron cautelosamente. El arroyo no tenía más de nueve metros de ancho, y su corrien­te era regular aunque no especialmente rápida. A unos seis metros de la orilla, la rivera subía de forma más abrupta; la hierba acababa y daba paso a una zona de fango seco, roca y grava, y Spock se arrodilló para investigar unos surcos que había en el suelo.

-Fascinante. Esto parece hecho por la corriente de agua. McCoy se estremeció.

-¿Quiere decir que ese arroyuelo crece hasta esta altura? ¿Qué podría hacerle aumentar su caudal de esa manera?

-Muchísimos factores. Lluvias torrenciales, el agua de deshielo que baja de las montañas, los efectos de las mareas. Los informes meteorológicos que tenemos de este planeta in­dican una alta incidencia de sistemas de bajas presiones que provocan ciclones muy fuertes. Unos vientos tan potentes y unas precipitaciones tan intensas podrían provocar la rápi­da crecida del nivel del agua en afluentes pequeños co­mo éste.

Involuntariamente, McCoy levantó los ojos hacia las nu­bes en busca de señales de tormenta; no había ninguna, pero, por algún motivo, eso no consiguió que se sintiera menos in­quieto.

-No me gusta estar inmovilizado aquí, Spock.

-Tampoco a mí, pero, mientras lo estemos, es poco lo que podemos hacer excepto mantenernos alerta.

Kailyn se irguió completamente y volvió el rostro en di­rección al viento.

-No sé si sólo lo estoy imaginando, pero me parece que el aire está más húmedo.

-Creo que tiene usted razón -afirmó McCoy-. Será me­jor que regresemos a la lanzadera.

Spock se levantó y se echó el zurrón al hombro.

-Muy bien. Por el momento tenemos comida suficiente. Quizá sea más seguro observar los fenómenos atmosféricos desde un refugio durante algún tiempo.

Dicho esto, dio un paso ladera arriba... y se detuvo en seco mientras sus ojos entrecerrados recorrían los árboles que crecían en la margen superior. Sin levantar la mirada, les su­surró a sus compañeros:

-Bajen hasta aquí siguiendo el lecho del arroyo. Creo que nos están observando desde ese bosque.

Tras aferrar una muñeca de Kailyn, McCoy tragó saliva con dificultad y siguió en silencio al primer oficial de vuelta al claro en el que estaba la lanzadera.

El arroyo parecía correr con más fuerza, y la llovizna que cubría las rocas las hacía resbaladizas. Spock adoptó un paso de marcha rápido pero cauteloso, y mantuvo un ojo fijo en los árboles que se encumbraban por encima de ellos.

Cuando llegaron al meandro del arroyo en el que los ár­boles crecían ladera abajo hasta la misma orilla del agua,

Spock giró bruscamente, apartándose de qué o quién quiera que los estuviese siguiendo. Le ofreció una mano a Kailyn para ayudarla a subir más rápidamente la empinada cuesta. Oyeron un par de vibrantes twings... y dos flechas arrancaron limpiamente trozos del tronco de un árbol que estaba a no más de treinta centímetros de la cabeza de McCoy. Kailyn soltó un grito ahogado; McCoy miró primero al árbol daña­do y luego a Spock. Pero, antes de que nadie pudiese decir una palabra, los misteriosos perseguidores salieron del bos­que. Ocho humanoides rodearon a la tripulación de la lanza­dera sin proferir palabra o sonido alguno. Todos medían dos metros o más de estatura, vestían abrigos de piel marrones y negros y llevaban polainas y botas de piel de animales; sus enormes cabezas estaban casi completamente cubiertas por cabellos y barbas enredadas. Uno de los cazadores, de cabe­llos plateados, era más alto que los demás; profirió un gru­ñido y su banda registró a los presos y les quitó las pistolas fásicas, los sensores, los zurrones y los comunicadores. McCoy y Kailyn permanecieron inmóviles a causa del mie­do extremo, y Spock a causa de la extrema cautela; les ata­ron las manos con tiras de cuero entretejidas y los empuja­ron brutalmente por una senda que se internaba entre los árboles y se alejaba de la lanzadera.

-No sé qué hora es -le susurró McCoy a Spock, fuera del alcance auditivo de Kailyn-, pero ella pronto va a nece­sitar una inyección. Sin eso, podría no estar viva dentro de cuatro días.

Spock dio un traspié cuando uno de los cazadores le empujó.

-Lo mismo podría ser aplicable a todos nosotros, doc­tor McCoy.

 

11

 

 

Spock flexionó las muñecas para poner a prueba la re­sistencia y tirantez de la cuerda hecha con tiras de cue­ro trenzadas que le sujetaba las manos a la espalda. El dolor que le causó la cuerda al clavarse en su piel no fue más que una distracción, nada grave, pero le dejó claro que las ligaduras eran imposibles de aflojar.

Él, McCoy y Kailyn estaban sujetos a un robusto poste por medio de sogas cortas, en lo que parecía la plaza de una aldea, en el centro de un grupo de unas doce tiendas hechas con cueros de animales. El poste tenía unas profundas mues­cas por donde pasaban las sogas. Si no hubiese habido na­die de guardia, Spock hubiera sido capaz de liberarse, pero los vigilaba un cazador, el de las melenas plateadas y la cor­pulencia de una secoya gigante. En la aldea no había nadie de baja estatura -incluso las mujeres eran por lo general una cabeza más altas que Spock-, pero la estatura de aquel cazador era superior a la máxima corriente. A juzgar por las reverencias con que le saludaban los transeúntes, parecía ser una especie de jefe del clan.

La tripulación de la Galileo había sido atada al poste ha­cía más de una hora, casi inmediatamente después de que los cazadores los trajesen a la aldea. Las cuerdas no eran lo suficientemente largas como para permitirles que se senta­sen, por lo que tenían que permanecer de pie. Kailyn comen­zaba a cansarse, y se apoyaba alternativamente contra Spock y McCoy.

La actividad comenzó a aumentar en la plaza. Alrededor de una veintena de aldeanos, tanto hombres como mujeres, sacaron de las tiendas unos bancos de madera rústica y se instalaron unos puestos de venta. Algunos exponían al público pieles y artículos de vestir, otros herramientas de pie­dra y madera, y otros más cestas llenas de raíces y bayas, incluso verduras y frutas que parecían cultivadas en huer­tas. Los aldeanos que no se dedicaban a la venta comenza­ron a caminar en torno a la plaza. Pasados varios minutos, un anciano apergaminado al que le colgaba la piel como un abrigo demasiado grande sobre el cuerpo huesudo, avanzó lentamente hasta el centro de la plaza de mercado cubierta de hierba. En la curva de uno de sus largos brazos llevaba un tambor; levantó el rostro hacia las nubes, masculló unas palabras para sí y golpeó el tambor tres veces con el puño. A esa señal, los compradores comenzaron a recorrer los pues­tos y los vendedores a gritar repetitivamente, pregonando sus mercancías.

A medida que los tripulantes de la Galileo observaban todo aquello, se dieron cuenta de que eran las únicas mer­cancías vivas y no parecía haber una gran demanda. Los al­deanos, con otros productos cargados en los brazos y atados a la espalda, parecían esquivar al cazador de cabellos pla­teados. Cuando finalmente un hombre y una mujer pasaron demasiado cerca, el cazador se levantó de un salto del tocón de árbol que le servía de asiento y los abordó con el celo de un vendedor nato, hablándoles en un idioma gutural que era completamente desconocido para Spock, quien los escucha­ba atentamente.

Los clientes se mostraban obviamente reticentes e inten­taron alejarse, mientras la mujer tiraba del peludo hombro de su compañero. Pero el cazador, al que no podía negársele el arrojo, aferró con fuerza una muñeca del hombre. Con la otra mano, levantó una rama de árbol de buen tamaño, casi un leño, aunque en su mano no parecía más que una vara. Arrastró a la pareja hasta acercarla más a la mercancía y em­pujó a McCoy con el extremo de la rama, pinchándole un flan­co. El doctor intentó esquivarlo, y su movimiento pareció de­leitar al cazador, cuyo rostro se animó mientras hablaba con mayor entusiasmo. Pero los clientes continuaron sin dejarse impresionar en absoluto.

El cazador pasó la rama por encima de la cabeza de Kailyn y le dio a Spock una estocada en las costillas. El vul­caniano hizo una momentánea mueca de dolor, pero se con­troló y permaneció completamente inmóvil. El cazador ma

nifestó una reacción de sorpresa retardada y le lanzó a Spock una mirada feroz. Lo pinchó por segunda vez y sus ojos des­tellaron de ira cuando el cautivo se negó a moverse. Soltó un gruñido, levantó la rama y golpeó a Spock en un hombro como si blandiera un látigo. Spock cerró los ojos, movió el hombro apenas... y la rama de árbol se partió con un sonido como el de un disparo de rifle. El trozo roto voló girando por el aire, y el cazador miró con incredulidad el trozo que que­daba en su mano de nudillos blancos. El hombre y la mujer retrocedieron con pasmo reverencial, luego se dieron cuen­ta de que era su oportunidad para escapar, y se batieron rá­pidamente en retirada hacia el siguiente puesto de venta.

El cazador de cabellos plateados le dedicó un tronante gruñido burlón a sus mercancías vivientes, se encogió de hombros y arrojó el trozo de rama rota hacia los matorrales. Luego volvió a ocupar su asiento sobre el tocón del árbol.

-¿Cómo ha hecho eso? -preguntó McCoy con un imper­ceptible susurro.

-Con la suspensión temporal de la sensación del dolor, y un simple ejercicio de control muscular -respondió Spock en voz baja.

-¿Podría aprender eso yo?

-Dudo de que pudiera mantener su interés durante los diez años de clases de Kai'tan vulcaniano, doctor.

-Probablemente tiene razón. De todas formas, no ocu­rre con demasiada frecuencia que alguien intente romper­me un árbol sobre los hombros.

McCoy observó al cazador, cuya ira por la pérdida de la venta había disminuido.

-No sé si debo estar contento o triste por el hecho de que nadie parezca querer comprarnos.

Un grupo de niños sucios había estado recorriendo todo el mercado. El cazador advirtió que se acercaban a los cau­tivos, pero no movió más que los ojos. Aquellas miniaturas de los adultos de la aldea, vestidas con calzones de piel, se aventuraron a acercarse más que las otras, pero se mantu­vieron cautamente fuera del alcance de las pequeñas criatu­ras sin pelo que estaban atadas allí para su venta. Incluso los niños más pequeños tenían pelo en la cara, aunque me­nos que los adultos, y también tenían menos cantidad las ni­ñas. Miraban a los de rostro pelado con los ojos entrecerrados de sospecha. ¿Y si aquellos extraños pateaban, o escu­pían, o incluso mordían?

Una de las niñas, tan alta como Spock, esperó hasta que la atención del cazador se desvió en busca de compradores potenciales, tendió una mano cubierta de pelusa y pellizcó a Kailyn, la cual soltó un chillido. El enorme cazador se puso en pie de un salto y rugió de una manera que dispersó a los jóvenes como una perdigonada. Con los brazos cruzados sobre el pecho, echó una mirada a su mercancía y volvió a sen­tarse en el tocón de árbol.

-¿No es eso encantador? -dijo McCoy en voz baja-. No quiere que nos hagan magulladuras.

De pronto, Kailyn se desplomó y McCoy intentó pararla con la cadera. Las cuerdas que los ataban al poste eran de­masiado cortas como para permitir que cayese al suelo, así que la muchacha quedó colgando de las muñecas, medio in­consciente.

-Está sufriendo una reacción, Spock. Necesita una in­yección de holulina. -McCoy observó los ojos medio cerrados de la joven-. Tenemos que conseguir esa droga.

Spock le echó una rápida mirada al cazador.

-Incluso en el caso de que pudiera comprendernos, no parece dispuesto a tratarnos con mayor amabilidad de lo que lo ha hecho hasta ahora.

-Somos sus existencias. Si uno de nosotros muere, tan­to menos obtendrá él por habernos cazado y alimentado. Eso tiene que entenderlo.

Spock asintió con la cabeza.

-Parecen tener una clara comprensión de las reglas del mercado. De hecho, resulta fascinante observar un sistema capitalista tan claramente definido, aunque rudimentario, en una...

-Olvídese de las conferencias de economía, Spock. -McCoy tragó y miró al enorme cazador sin la más ligera idea de qué debía decir, y pronunció las primeras palabras que surgieron en su mente-. Eh, señor...

Spock le miró con una ceja alzada.

-¿Señor?

-Bueno -dijo McCoy encogiéndose de hombros-, no creo que haga ningún daño mostrándome educado. -Me cuesta creer que él aprecie la diferencia.

Pero el cazador había advertido el intento de comunica­ción. Se movió, se irguió en toda su estatura y se acercó a los prisioneros con más aspecto de cautela que de enojo.

McCoy sintió que se lee aceleraban los latidos del corazón, y calculó que una descarga de adrenalina extra era lo que necesitaba para poder continuar hablándole a aquella mon­taña de humanoide que se encumbraba sobre él.

-Se siente mal. La muchacha... -Señaló el cuerpo laxo de Kailyn recostado contra el poste-. Está enferma.

Dejó que su propia cabeza cayese entre sus hombros para imitar un desmayo, pero tenía la seguridad de que no estaba consiguiendo hacerse entender.

El cazador frunció el entrecejo, se inclinó y cogió a Kailyn por el mentón. La soltó, y la cabeza volvió a caer sobre el pe­cho; aparentemente, comprendió que algo no iba bien, y lla­mó a un hombre más joven, de cabellos marrones, que pasa­ba por el lugar. Era casi una cabeza más bajo que el cazador de cabellos plateados, pero con sus melenas y barbas oscu­ras, y sus hombros tan anchos como una montaña, recorda­ba a un oso apoyado sobre las patas traseras. Llevaba una lanza.

-Una lanza con punta metálica, doctor -señaló Spock.

-¿Y qué?

-Que eso significa que esta tribu tiene algún tipo de con­tacto con una cultura más avanzada que la suya.

La conversación se vio bruscamente interrumpida por un gruñido del cazador anciano, y el oso apuntó con su amena­zadora lanza a los cautivos mientras el otro desataba las tren­zas de cuero del poste de madera. Las sujetó firmemente y las sacudió como si fuesen riendas para que los prisioneros se pusiesen en movimiento. El lancero cubría la retaguardia, vigilándolos y apuntándolos con la lanza mientras avanza­ban hacia una tienda desocupada. Spock miró al cielo: se acercaba la noche y el viento, que se había convertido en una brisa, comenzaba a arreciar nuevamente y hacía que las tien­das batiesen como una orquesta de percusión.

El cazador los condujo al interior de la tienda, donde ha­bía un hedor espantoso; McCoy estuvo a punto de retroce­der, pero el destello de la punta de la lanza le convenció de lo contrario. El anciano cazador tendió una mano hacia un rincón oscuro, recogió el cadáver de un animal pequeño y lo arrojó al exterior, mientras el único comentario que salía de sus labios eran unas sílabas gruñonas que podían consti­tuir un juramento. El lancero se quedó de guardia mientras el cazador salía para regresar un momento más tarde con un acotillo de cabeza de piedra y tres postes en forma de he­rradura cuyo diámetro era mayor que el del puño de un hom­bre. De alguna manera, la madera había sido empapada y cur­vada, y sus extremos tallados en punta. El cazador clavó cada uno de aquellos postes en el suelo y ató a los cautivos a ellos. Una vez más, Spock, McCoy y Kailyn se vieron sujetos, aun­que al menos esta vez podían sentarse. El cazador y el lance­ro se marcharon y reaparecieron para permanecer el tiem­po suficiente como para arrojar varias mantas de piel sobre los prisioneros. La cabeza del cazador cayó entre sus hom­bros para imitar la demostración de desmayo que le había hecho McCoy, y él y su amigo se marcharon entre gruñidos de algo parecido a la risa.

Muy poca era la luz que penetraba a través de la rendija que quedaba entre las solapas de la entrada de la tienda, y los prisioneros se removieron en un intento de disponer las mantas de forma que les proporcionasen tanto abrigo como un poco de blandura sobre el duro suelo. McCoy meneó la cabeza.

-Me siento como un consumado estúpido por haber pen­sado que me comprenderían.

-Lo intentó, doctor.

Con las piernas, McCoy consiguió que Kailyn quedase ten­dida en una posición más cómoda, utilizando el poste curvo para apoyar su espalda. Spock le prestó ayuda y entre los dos consiguieron su objetivo. McCoy inclinó la cabeza para es­cuchar la respiración de Kailyn; se estaba haciendo trabajo­sa y presentaba un ronquido bronquial. Tenía los ojos casi cerrados y le dirigió a McCoy una mirada de desamparo.

-Spock... ¿está usted despierto?

-Sí, doctor.

En aquel momento el interior de la tienda estaba casi completamente a oscuras. Spock calculaba que hacía casi cin­co horas que se encontraban allí, y que el sol que había ilu­minado débilmente el planeta hacía mucho que se había puesto. Apenas podían distinguir forma alguna en la helada negrura de la noche, y percibían que Kailyn estaba dormida.

-Eso es bueno -dijo McCoy en voz baja-. Al menos está conservando las fuerzas que le quedan, y la reacción citótica progresa más lentamente cuanto más lento es el metabolismo.

-En ese caso, su tentativa de comunicarse con nuestros captores ha conseguido realmente algo. Puede que no nos hubiesen alojado aquí de no haber atraído usted la atención del cazador.

McCoy apreció el intento que hacía Spock para alentarle, pero decidió cambiar de tema.

-¿Qué fue eso que comenzó a decirme esta tarde acerca de la punta de la lanza?

-Sólo que la punta era de acero e indicaba algún con­tacto con una cultura tecnológicamente más avanzada.

-Podría significar solamente que mataron a unos caza­dores de otra tribu y saquearon los cadáveres.

-Tal vez; pero el comercio parece desempeñar un impor­tante papel en este lugar, cosa que podría indicar que trafi­can con otros seres que habitan la misma región. Dado que no hemos visto otros medios de locomoción que no sean las propias piernas de cada individuo, podríamos sacar la con­clusión de que ese asentamiento más avanzado no está muy lejos de aquí.  y

-Si está a una distancia que nuestros amigos pueden re­correr a pie, también podemos recorrerla nosotros.

-Precisamente.

-En este momento, de todas formas -dijo sombríamente McCoy-, hay algo que nos impide emprender un viaje a pie.

-Tenga paciencia, doctor. Estoy trabajando en el proble­ma en este preciso momento.

 

El cazador de cabellos plateados estaba de pésimo humor después de haber metido la pata excesivamente cocida de un animal pequeño en la bolsita de condimento que contenía una salsa hecha con una raíz picante. De un hambriento bocado, arrancó la carne de la pata y la salsa le resbaló por la barba. Le echó una hosca mirada al hueso marrón grisáceo, enoja­do porque tenía tan poco que comer, y lo arrojó por encima del hombro.

En el resto de la tienda-comedor alumbrada por antor­chas, los aldeanos comían y conversaban, casi todos en grupos; pero el cazador comía en solitario. Había estado seguro de que alguien querría comprar las tres criaturas que su gru­po había encontrado a orillas del río. Los dos machos proba­blemente podrían trabajar, especialmente el de aspecto misterioso con orejas en punta, el que milagrosamente no había manifestado dolor alguno cuando le golpeó con la rama de árbol. ¿Cómo podía tener una fuerza semejante una cosa tan pequeña y frágil como aquélla?

 

McCoy intentó penetrar la oscuridad con los ojos para dis­tinguir qué era lo que estaba haciendo Spock, cuando el vul­caniano se levantó y sentó sobre la parte horizontal del pos­te al que estaba sujeto. En esa posición podía rodearla con los dedos, y la aferró con fuerza a pesar de que la rústica madera le clavó astillas en la piel. Durante unos minutos, Spock simplemente se balanceó de atrás hacia delante con­tra el poste, cargando su peso en ambas direcciones y de un lado a otro.

-¿Qué está haciendo? -preguntó McCoy-. ¿No estará pensando de verdad que va a arrancar eso del suelo? Ya vio la forma en que le golpeó con ese mazo.

-No estoy poniendo en tela de juicio la destreza con la que nuestro captor maneja su acotillo, doctor; pero la fuerza y la destreza tienen que rendirse a su vez ante las leyes físicas.

Spock hizo una pausa, volvió a sentarse en el suelo y apoyó

sus pies sobre la curva del poste, cosa que a McCoy le pro­dujo aún mayor perplejidad.

-¿Está intentando romper la madera?

-¿Qué está ocurriendo? -dijo una nueva voz soñolienta desde la oscuridad. Se trataba de Kailyn.

La atención de McCoy se desvió de Spock hacia ella. -¿Cómo se siente?

-¿Eh? Cansada... débil... supongo. ¿Qué ocurre? McCoy se encogió de hombros y luego se dio cuenta de

que probablemente ella no podía verlo con la suficiente claridad.

-No estoy muy seguro.

Spock continuaba atacando al poste de madera con los pies, empujándolo y dándole alternativamente silenciosas pa­tadas, aunque los tacones de sus botas producían, inevitablemente, un sonido de abofeteo sordo contra la madera.

-Nunca se romperá, Spock.

-No es ésa mi intención.

-¿Cuál es, entonces?

-Todo lo que entra tiene que salir, si se le concede el tiem­po suficiente y la correcta aplicación de la fuerza. Además, este suelo es frío. El frío tiene un mismo efecto sobre mu­chos materiales, consistente en hacer que se contraigan, y estas estacas han pasado varias horas dentro del suelo. El efecto congelante de la tierra que las rodea podría ser sufi­ciente como para reducir el diámetro de la madera...

-Y aflojar los postes -terminó McCoy-. Teóricamente.

-Las teorías deben ser puestas a prueba.

 

El cazador quería desesperadamente una lanza de afila­da punta metálica como la que uno de sus amigos había tro­cado por otras mercancías con los pastores de las montañas. ¿No valían aquellos tres carapelada una lanza de brillante punta? Partió salvajemente un hueso en dos de un mordis­co, e inmediatamente lamentó su furia: el hueso le había cor­tado una mejilla. Escupió los fragmentos junto con una bue­na cantidad de su propia sangre.

La-diminuta hembra, aunque era tan pequeña como un niño, podía servir para atender las huertas v recoger bayas. Gruñó para sí y maldijo a los dioses del viento por su mala suerte. No sucedía muy a menudo que se capturasen criatu­ras vivas y se las trajese para venderlas. No durante los últi­mos años. Quizá había pasado tanto tiempo que sus vecinos habían olvidado lo bueno que era tener un esclavo, aunque sólo fuese para trocarlo por otras mercancías con otras tri­bus y aldeas. Entre tanto, él tenía tres esclavos que no le ser­vían para nada. Tendría que alimentarlos si quería conser­var la esperanza de venderlos algún día, pero apenas tenía comida suficiente para sí mismo, su compañera y sus dos pe­queños. Los esclavos eran tan pequeños y delgados, que pro­bablemente tenían poca carne comestible, pero poco era me­jor que nada. Si nadie los compraba al día siguiente, tendría que matarlos para comer.

 

Spock se puso de rodillas y aferró el poste; con las ma­nos atadas a la espalda, comenzó a trabajar metódicamente, moviéndolo hacia los lados. Lentamente, muy lentamente, co­menzó a sentir que cedía; no lo imaginaba, sino que era per­fectamente real. Los tirones laterales dieron paso a un ascen­so infinitesimal. Descansó, tensó los músculos y tendones de las muñecas, brazos y hombros, y volvió a cerrar fuertemen­te los dedos lastimados alrededor de la madera. Respiró pro­fundamente. McCoy y Kailyn guardaban silencio, como si su concentración pudiese aumentar la fuerza de Spock. El vul­caniano comenzó a mover el poste con lentos movimientos giratorios, frotando ambas puntas contra los agujeros en los que se hallaban tan firmemente alojadas. Cambió provisio­nalmente el sentido del movimiento para comprobar la fir­meza, tras lo cual contrajo cada una de sus fibras muscula­res y tiró hacia arriba. La madera chirrió, crepitó y de pronto quedó suelta. Spock salió despedido hacia delante y cayó so­bre un lado. Rodó sobre sí y se puso de pie, sujetando la ma­dera con ambas manos.

Pero todavía tenía las manos atadas a la espalda.

-¿Y ahora, qué? -preguntó McCoy.

-Un momento, doctor.

Spock se puso en cuclillas, pasó las manos por debajo de sus nalgas y equilibró su cuerpo. Un pie cada vez, los pasó detrás de las manos. Cuando volvió a enderezarse, tenía las manos exactamente donde las quería, delante de sí, y muy pronto consiguió deshacer el complicado nudo.

-Así es mucho más práctico. Ahora, dediquémonos al asunto que tenemos entre manos -declaró Spock, mientras flexionaba los dedos para restablecer la circulación.

-¿Ha sido eso un juego de palabras, Spock?

-No lo creo -respondió el vulcaniano mientras se incli­naba sobre el poste al que estaba sujeta Kailyn.

 

El cazador levantó la mirada para ver a su amigo con ¡dos lanzas de punta metálica en las manos! Así pues, había con­seguido otra, y ahora quería volver a mirar a los rostros pe­lados. Quizá podrían llegar a un acuerdo en la oscuridad. El anciano cazador olvidó su enojo, porque nada le hacía más feliz que comerciar. Casi como si se le ocurriese en el último momento, cogió un saco lleno de huesos de patas asadas para alimentar a los esclavos, y él y el lancero salieron de la tien­da con una antorcha.

Al hallarse en el exterior, se cubrieron el rostro con las capas de piel porque aquella noche los dioses del viento es­taban soplando un aire helado desde lo alto de las monta­ñas. La llama de la antorcha vaciló, pero permaneció encen­dida dentro de su escudo protector. En el aire se percibía una húmeda advertencia y ambos se apresuraron a llegar a la tienda-almacén. El cazador levantó una solapa de la entrada y metió la antorcha delante de sí. Profirió un rugido de fu­ror: los rostros pelados se habían escapado. Pero su amigo lo tranquilizó; no era necesario buscarlos aquella noche. Irían tras de ellos con las primeras luces de la mañana, y con casi total seguridad encontrarían a los esclavos fugitivos. Oh, es­tarían muertos, pero al menos podrían cocinarlos a la no­che siguiente para la tienda-comedor. Puede que el cazador de cabellos plateados no consiguiera la lanza, pero el sumi­nistrar comida para la aldea le daría crédito en el mercado.

 

Sigma 121 tenía una luna -de hecho, dos-, y las mismas estrellas que brillaban en otros mundos parpadeaban en su cielo. Sin embargo, la perpetua capa de nubes que lo cubría bloqueaba de forma absoluta la luz celestial, y Spock, McCoy y Kailyn se vieron obligados a atravesar las tierras boscosas en la más absoluta oscuridad. En aquel momento el viento soplaba regularmente, doblando los árboles más pequeños y torciendo las ramas de los más grandes. El silbido del vien­to y el gemido de las ramas ahogaban completamente cual­quier ruido que hiciesen las tres personas ateridas de frío que escapaban por la senda cubierta de hierba.

Si alguien los estaba siguiendo, los perseguidores no es­tarían cerca. Spock estaba bastante seguro de ello, pero lo más importante era hallar un refugio. El alba estaba a mu­chas horas por delante; todavía no se había producido nin­guna precipitación, pero el aire frío estaba cargado de agua que amenazaba caer en cualquier momento; y Kailyn tenía que ser cargada a medias por los dos hombres, envuelta en una manta de piel robada de la tienda en la que habían esta­do prisioneros.

La necesidad de encontrar abrigo era imperiosa, y los ale­jaba de la ruta que conocían: el camino que seguía el arroyo y que los llevaría de vuelta a la lanzadera.

-No lo conseguiremos los tres -dijo Spock.

Descansaron al socaire de un inmenso árbol que se incli­naba sobre la senda después de años de intentar crecer er­guido contra el incesante empuje del viento.

-Pero la Galileo no está tan lejos -dijo McCoy, encorva­do por encima de Kailyn para protegerla con el calor de su propio cuerpo-. Sólo llevó un par de horas de camino cuan­do nos apresaron y nos llevaron a la aldea.

-Pero ya nos habíamos alejado bastante de la nave, y la partida de caza contaba con la ventaja de conocer la ruta más corta entre ambos puntos. Nosotros no poseemos ese cono­cimiento.

-¿Qué sugiere usted? No podemos pasar la noche aquí fuera, al raso. Y o bien hacemos eso o continuamos avanzan­do en dirección a la nave.

-Negativo. Recuerdo haber visto unas colinas por aquí cerca cuando intentábamos aterrizar.

-Yo pensaba que estaba usted ocupado con los contro­les, no en mirar el escenario.

-En aquel momento, las colinas constituían un obstácu­lo, no un escenario -dijo Spock con tono serio-, y advertí su presencia mientras intentaba no chocar contra ellas.

-Oh... discúlpeme.

-En cualquier caso, estaban un poco apartadas del arro­yo, pero podrían proporcionar refugio si tienen cuevas. Me parece que constituyen nuestra mejor alternativa en este momento.

McCoy y Spock levantaron nuevamente a Kailyn. Estaba consciente, pero era incapaz de caminar sin ayuda.

-Es una buena cosa que sea usted una dama joven y li­gera -le aseguró McCoy.

Ella sonrió débilmente, y sintió que le caía una gota so­bre la mejilla.

-Está lloviendo -susurró.

McCoy y Spock comenzaron a caminar al paso más vivo de que eran capaces.

El bosque comenzó a clarear; los árboles ya no les ser­vían de pantalla protectora, aunque tampoco bloqueaban el camino con las ramas bajas, y el trío consiguió avanzar más rápidamente. Las colinas eran tal y como Spock las recorda­ba: rocosas, cubiertas con una fina capa de hierba amarillen­ta aplastada ante el rostro del omnipotente viento, la fuerza de la naturaleza ante la que toda la vida de Sigma parecía inclinarse.

La entrada de la cueva era una grieta abierta en la cara de un precipicio poco profundo. Sin una luz o un arma, MeCoy tenía infinitos recelos a entrar, a pesar de que Spock sería el primero en pasar al interior. El ser atacados por una criatura en su propia guarida no ayudaría para nada a me­jorar la situación de los tres, y McCoy jugó con la idea de desechar todo el proyecto. En el exterior, al menos, los ele­mentos eran las únicas cosas que podían asesinarlos. ¿Den­tro? Una imaginación activa podría conjurar una intermina­ble sarta de fines funestos con los que su dueño preferiría no tener que enfrentarse ni siquiera a plena luz del día, mu­cho menos en los confines de una madriguera oscura.

-¿Y qué pasara si ahí dentro no hay más de medio me­tro de altura? -preguntó McCoy, castañeteando los dientes.

No estaba muy seguro de si el castañeteo era provocado por el frío o por el miedo. Las ocasionales gotas de lluvia se habían convertido en un remolino de agua pulverizada du­rante la búsqueda.

-Dado que en el interior hay eco, doctor, es bastante pro­bable que sea más espaciosa de lo que usted sugiere.

-En ese caso, también es probable que haya algo vivien­do ahí dentro. Si tiene dientes grandes, no me gustaría ser un huésped inoportuno.

-Anunciaremos primero nuestra llegada. -Spock reco­gió una piedra grande que estaba junto a sus pies y la arrojó al interior de la caverna. La piedra repicó contra la pared de roca y rodó hasta detenerse.

McCoy sostenía estrechamente a Kailyn; la joven estaba apenas despierta y su cabeza descansaba laxa sobre el hom­bro del médico. Spock escuchó atentamente dirigiendo un oído hacia el interior de la caverna, mientras que McCoy se sorprendió conteniendo la respiración. Al exterior no llegó ningún otro sonido. Esperaron. Spock arrojó una nueva pie­dra. Se oyó otro repicar y luego siguió el silencio.

Spock miró a McCoy.

-Parece que está deshabitada.

McCoy tragó saliva.

-O eso, o algún animal profundamente irritado está aguardando a poder clavarle el diente a quienquiera que le haya arrojado esas rocas.

-Espere aquí. Saldré dentro de un momento.

-Así lo espero -murmuró McCoy.

Spock levantó una robusta rama que sostuvo a modo de cachiporra, se puso en cuclillas y desapareció por la boca de la caverna. McCoy escuchaba atentamente, mientras se de­cía que, siempre y cuando oyera las amortiguadas pisadas y el repicar de la rama, todo estaría bien. Sin embargo, se preparó para oír un repentino alarido o el rugir de una bes­tia enfurecida. «Ahí tenemos nuevamente la imaginación en pleno funcionamiento...»

Aparentemente habían pasado horas, pero Spock salió al exterior al cabo de tres minutos.

-No espero que disfrute de la noche ahí dentro, doctor, pero parece un lugar seguro.

Una vez más, Spock se inclinó y abrió la marcha. Con gran reticencia, McCoy le siguió mientras se aseguraba de que Kailyn no se golpease la cabeza contra un saliente de la roca. Intentó abrir los ojos para mirar en torno de sí, y entonces se dio cuenta de que, en realidad, los había tenido constan­temente abiertos. Sin embargo, no podía distinguir absolu­tamente nada.

-Dios mío -susurró-, esto tiene que ser muy parecido a quedarse ciego.

-La ausencia de luz es casi completa aquí dentro -ex­plicó Spock, más como información que como muestra de acuerdo.

-¿Cómo sabe entonces que no hay nada que nos aceche desde los rincones?

-Tanteé todo el perímetro con el palo. Además, mis sen­tidos son algo más agudos que los suyos, doctor. No vi ni oí nada, y esta caverna no es más que una pequeña cámara sin otra entrada que la que acabamos de trasponer.

-¿Está seguro?

-Razonablemente seguro.

McCoy chasqueó nerviosamente la lengua.

-Debería usted haber dicho «absolutamente seguro». -Eso hubiese sido algo alejado de la verdad. -Podría haberme tranquilizado.

-Basta de conversaciones, doctor. Regresaré a la nave y traeré hasta aquí la droga para Kailyn y algunas otras cosas que necesitaremos.

McCoy tendió una mano y aferró un brazo de Spock.

 -Está usted de broma, ¿verdad?

 -No.

-Yo nunca dije nada acerca de quedarme en esta caverna solo.

McCoy no hacía ningún esfuerzo por ocultar el miedo que le atenazaba.

-No está usted solo, se quedará con Kailyn. Le necesita a usted tanto como a la droga. Aquí estará relativamente a salvo. Entre tanto, yo podré ir a buscar más rápidamente lo que necesitamos si me marcho solo.

Había una preocupación genuina en la voz de Spock, y McCoy la percibió. Eso lo calmó... un poco.

-Supongo que en esta situación debería mostrarme lógico, ¿eh?

-Sería un cambio de actitud muy bienvenido.

McCoy sonrió a pesar de su muy auténtica ansiedad, y momentáneamente agradeció la oscuridad reinante: quizá Spock no había visto su sonrisa, y él la borró apresura­damente.

-¿Bueno? ¿Qué está esperando? ¿La luz del día? Pónga

se en camino, Spock.

Sintió que el vulcaniano le ponía el palo en una mano, y de pronto se dio cuenta de que aún tenía aferrado el brazo de Spock con la otra; lo soltó.

-Descanse un poco, doctor. -Lo veo poco probable.

-En ese caso, mantenga un ojo fijo en la entrada de la cueva.

-Y si veo entrar cualquier cosa que no tenga orejas puntiagudas, le atizaré con esto -respondió McCoy, aferrando el palo.

-Los animales de este planeta podrían tener las orejas puntiagudas.

-No como las suyas. -McCoy se secó las palmas de las manos; a pesar del frío, estaba sudando-. Tenga cuidado, y no se retrase. -Se vio una sombra que atravesaba la línea de luz que entraba por la abertura, y McCoy dio gracias a las estrellas por aquel resplandor que aliviaba la oscuridad­

Si piensa que vamos a esperar durante toda la noche a que usted regrese, está muy equivocado, Spock... -Pero sabía que Spock ya se había marchado.

McCoy se ocupó de instalar a Kailyn lo más cómodamente posible. Cuando comenzaba a envolver la manta para formar un capullo abrigado en el que la joven pudiese dormir, se dio cuenta de que los cuerpos de ellos dos eran las únicas fuen­tes de calor disponibles; además, cuanto más cerca estuvie­sen el uno del otro, más rápidamente podría advertir cual­quier cambio que se produjera en el estado de la muchacha. Encontró una roca alta hasta la cintura en el centro de la ca­verna -golpeándose una rodilla contra ella-, y decidió uti­lizarla como respaldo. Apoyó a Kailyn contra ella, puso un doblez de la manta de piel entre su cuerpo y el suelo, y se deslizó a su lado. El resto de la manta los cubría perfecta­mente a ambos, y él la rodeó con los brazos y descansó la cabeza de la joven sobre su pecho.

-Si al menos esto ocurriese en otro lugar -murmuró con un suspiro-. Bueno, no puedo ser tan viejo si todavía puedo conseguir que una chica bonita acceda a ir conmigo de cam­pamento.

Sonrió para sí al recordar los días en los que cortejaba a las muchachas, cuando era joven, y evocar las historias que su abuelo y bisabuelo solían relatar sobre sus propias haza­ñas románticas. Oh, había habido toda clase de cambios so­ciales, revoluciones y tendencias sexuales que habían llega­do y pasado, pero los sentimientos entre los chicos y las chicas no habían cambiado tanto a lo largo del tiempo, ni siquiera de los siglos. En las colinas de Georgia, las viejas costumbres estaban muy arraigadas.

McCoy había conocido a su esposa en un baile de la pla­za pública, al verano siguiente de su primer año de estudios de medicina. Habían echado a andar por la carretera que los alejaba de los graneros del viejo Simpson, sobre el polvo y la grava aún tibios por el día pasado de sofocante sol de ju­lio. Para cuando llegaron al frescor del suave aire del bos­que, se sentaron sobre el lecho de agujas de pino y se besa­ron, él comenzó a sospechar que podría estar enamorado. Observaron a las naves de carga y lanzaderas que despega­ban desde el otro lado de la colina en dirección a las estacio­nes orbitales que circundaban el globo terráqueo -ésa ha­bía sido su excusa para emprender aquel paseo, eso y el alejarse del ruido y la animación del baile-, pero los despe­gues no se producían con demasiada frecuencia y pasaron mucho rato charlando y retozando.

«He ahí una maravillosa palabra antigua: retozar.» Vol­vió a suspirar y recordó dónde se hallaba en ese preciso mo­mento. «¿De qué sirve todo eso al final, de todas formas?»

Bajó la mirada hacia Kailyn, que roncaba suavemente. Sólo podía distinguir el perfil de su rostro, dibujado sobre el espeso gris de la entrada de la cueva. Le besó la frente, rozando apenas la piel con los labios.

Entonces oyó un aullido proveniente del exterior, y ruido de lucha sobre las rocas. Su mano se tensó sobre el palo, pero él ni siquiera se movió.

 

12

 

 

No había forma de protegerse de la lluvia y el aguanie­ve que caía torrencialmente a través de los árboles, mientras Spock recorría el camino de vuelta hasta el arroyo. El viento había aumentado hasta adquirir la fuer­za de un vendaval, y las ráfagas doblaban por la mitad a los árboles más flexibles; las ramas se habían transformado en látigos letales que golpeaban todo lo que se interponía en su recorrido.

Spock ya tenía el rostro y las manos heridos, y el traje térmico que cubría su uniforme también presentaba cortes que dejaban penetrar la lluvia. Estaba completamente em­papado, pero la única forma que tenía de encontrar la lanza­dera era seguir el curso del arroyo, por lo que continuó ade­lante protegiéndose el rostro de la mejor manera posible.

Había llegado por primera vez hasta aquella corriente de agua dieciséis horas antes, pero parecía que hubiesen pasa­do días. Entonces era un arroyuelo que borboteaba entre el bosque que se encumbraba a ambos márgenes. Los árboles jóvenes tendían sus raíces hacia el agua para beber. Pero tan­to los árboles jóvenes como las márgenes que subían hasta la zona boscosa habían desaparecido ahora, sumergidos bajo un torrente de aguas blancas. La depresión en la que Spock se había arrodillado para examinar los surcos del frío sue­lo, estaba ahora completamente llena por la agitada corriente. Incluso estaba empapado el suelo del bosque por el que avan­zaba. Los charcos se conectaban por medio de riachuelos que iban formándose, y el suelo, casi congelado, podía absorber una parte muy pequeña de aquella inundación. La estabili­dad le resultaba precaria a Spock, que hacía todo lo posible para no caerse. Avanzaba por el linde del bosque, caminan­do justo por encima de las veloces aguas del que ahora era un río. Saltaba agua pulverizada que se mezclaba con la llu­via arrastrada por el viento, y las heladas gotas se arremoli­naban a su alrededor y le quemaban los ojos.

Él no vio la roca que estaba oculta por un charco que cu­bría hasta el tobillo; pero su bota derecha la encontró. La sue­la pisó la roca y patinó. Por puro reflejo, él se aferró al tron­co de un árbol esbelto que tenía a la izquierda mientras su cuerpo era lanzado en la dirección opuesta. El impulso arrojó todo su peso en dirección al río, pero la mano izquierda no abandonó su asidero. El árbol se dobló y emitió un chasqui­do, pero no se partió. El dolor que sintió en el hombro casi le hizo lanzar un alarido; de alguna forma consiguió aferrarse al árbol y la corriente de agua rugió debajo de él, aparente­mente de ira porque le había arrebatado una víctima segura.

Lentamente, asiéndose al árbol para apoyarse, se puso nuevamente de pie. El brazo izquierdo se balanceó momen­táneamente laxo, mientras una punzada aguda y recurrente alternaba con la insensibilidad. No podía determinar si ha­bía sufrido algún daño grave, pero, por el momento, sólo se valdría del brazo derecho. Continuó avanzando por el bos­que con pasos cautelosos.

 

El aullido lo había provocado el viento, y McCoy se per­mitió dormitar de forma intermitente. Incluso en un plane­ta salvaje, tenía que pensar que la naturaleza había dotado a sus criaturas con un sentido de la supervivencia que las impulsaría a permanecer en sitio seguro y seco en una no­che como aquélla. Era improbable que tuviesen visitantes hostiles, ya que sólo una cosa con tendencias suicidas se aven­turaría a salir con esa tormenta. Suicida... o desesperada. Sólo podía rogar para que, en el caso de Spock, lo segundo no se convirtiese en sinónimo de lo primero.

Los ojos de McCoy iban adaptándose a la oscuridad, pero se negaba a aceptar el sueño en aquel momento, aunque no estaba seguro del porqué.

«Claro que sé por qué... no quiero despertarme muerto.»

-Eso es una soberana estupidez -susurró para sí-. No te despertarías en absoluto si estuvieses muerto. Santo Dios, estoy hablando solo...

Muerto. «Nunca me he habituado realmente a la muerte.»

En el exterior crepitó un rayo, y su luz parpadeó en la en­trada de la cueva con un resplandor fantasmal. Pasaron unos segundos, y el trueno más tardío retumbó en la ladera de las colinas.

A lo largo de sus años de facultad, se había preguntado si enfrentarse con la muerte se haría cada vez más fácil. Oh, en algunos sentidos sí que se había hecho más fácil. Después de su primer encuentro clínico con un cadáver, McCoy ha­bía estado a punto de no llegar hasta el lavabo antes de vomitar los huevos y mollejas que había desayunado. En los años pasados desde entonces, especialmente durante los transcurridos en el espacio a bordo de la Enterprise, se ha­bía ensuciado las manos con más de una veintena de cadá­veres de personas que habían muerto de maneras horripi­lantes, al examinar a miembros de la tripulación para quienes los misterios del espacio habían incluido misteriosas formas de morir. Ya no vomitaba. Ni sentía siguiera la más ligera náusea. No sabía si la ausencia de reacción era buena o mala, pero hacía que la vida fuese muchísimo más fácil... y más limpia.

Las autopsias, la determinación de las causas de una muerte, el rellenar aquellos detestables certificados de fa­llecimiento, todo ello se había convertido en una rutina. Era casi como si el final de una vida no fuese terminante o real hasta que se lo grababa en un banco de datos de alguna par­te, emplazado en una computadora para poder recordarlo con facilidad. La contribución del hombre moderno a los ritos funerarios.

Los años habían hecho que la muerte de otras personas le resultase ligeramente más aceptable, aunque sólo fuese para proteger su sanidad mental. Pero su propia muerte... ésa era una cuestión muy distinta.

Una pregunta cruel se abrió camino implacablemente hasta su pensamiento: ¿Volverían a ver alguna vez, él y Kailyn, a Spock con vida?

Finalmente, los párpados de McCoy se cerraron, y él se deslizó a los mundos infernales del sueño inquieto...

 

...una niebla lo envolvía todo, un velo espectral que se mo­vía en el viento pero no se disolvía jamás. Revoloteaba, espe­sa, ante la entrada de la caverna al acercarse Spock. El ofi­cial científico se movía lentamente, y sus pies parecían no tocar el suelo. La angustia le contorsionaba el rostro mientras intentaba llegar hasta la caverna, agitando los brazos, que cortaban la niebla como si estuviese nadando a través de ella. Entraba flotando en la cueva y hallaba los cuerpos desgarra­dos y destrozados de tal forma que resultaban irreconocibles. Desde el fondo de sus emociones contenidas, los miedos ocul­tos y rincones oscuros de su vida vulcaniana, Spock profirió un grito de agonía que atravesaba el alma... luego se dio media vuelta y vio los colmillos que brillaban en la oscuridad. La bestia se abalanzó sobre él...

 

...y McCoy salió tambaleándose del bosque, con la ropa he­cha jirones, la piel en carne viva y desgarrada, y el mentón con la barba crecida. Estaba solo. En el claro que tenía ante sí, la lanzadera Galileo aparecía en llamas; y, a pesar de que no podía verlos, sabía que los cuerpos de Spock y Kailyn es­taban también entre las llamas. Ambos estaban muertos y aquélla era la pira de los dos...

 

Sudando, McCoy abrió de golpe los ojos con una brusque­dad que le causó dolor. Sacudió la cabeza para borrar las imágenes llameantes que habían parecido tan reales que aún podía sentir su calor. Respiraba como si hubiese recorrido un kilómetro y medio a la carrera, y calculó que su acelera­do pulso latía a más de ciento por minuto; pero todavía se hallaba en la caverna, y el único calor que allí había era el de Kailyn, que estaba acurrucada a su lado.

Así pues, el miedo a la muerte aún podía provocarle pe­sadillas. Estrechó a Kailyn y miró noche adentro.

 

La lanzadera había sido cruelmente maltratada por el viento. No sólo los remolinos de la atmósfera la habían he­cho estrellarse, sino que los vendavales nocturnos se nega­ban a dejarla descansar en paz. La nave había sido arrojada como un juguete de la plataforma de roca sobre la que ha­bía aterrizado, y había rodado por encima de un terraplén; en ese momento estaba casi vuelta del revés, con la puerta inclinada hacia abajo, hacia el suelo empapado.

Spock se detuvo, con las manos apoyadas en las caderas, para examinar el casco. Se arrastró por debajo del morro y se deslizó serpenteando por la fría superficie fangosa. Fan­go. Eso significaba que el suelo se había deshelado ligeramente. ¿Estaría aumentando la temperatura del aire? Meti­do en aquellas ropas empapadas, no podía juzgar si era así.

La puerta de la lanzadera había sido hundida por una roca, y estaba abierta. Spock subió al interior de la cabina. Sus ojos realizaron un ligero ajuste y él buscó con la mirada las cosas que iban a necesitar para sobrevivir. Sólo un siste­ma continuaba funcionando a bordo: el transmisor de la se­ñal de socorro, sellado herméticamente en su caja. Encon­tró el maletín médico apoyado contra el asiento de mando. Los transmisores extra habían sido aplastados, pero el ar­mero que había en la pared estaba intacto, y Spock sacó de él cuatro pistolas fásicas. Comida concentrada. Dos linter­nas eléctricas. Un sensor de repuesto. Mapas de Sigma. Una tienda metida en un zurrón tamaño bolsillo. Láser de señales.

Spock puso todo aquello en un zurrón a prueba de gol­pes y se lo echó encima del hombro sano. El izquierdo parecía estar algo mejor; al menos podía volver a moverlo, aunque estaba seguro de que un detenido examen encontraría que ha­bía algo dañado. Eso, de todas formas, era un lujo que ten­dría que esperar.

Miró rápidamente en torno de sí, decidió que ya había re­cogido todo lo que podía ser de utilidad, y luego se deslizó hacia abajo por la escotilla; salió de debajo de la Galileo arrastrándose de espaldas. Las precipitaciones, que enton­ces eran más aguanieve y lluvia helada que líquida, cayeron sobre su rostro como agujas y le obligaron a cerrar los ojos durante un instante. Apretó los labios hasta convertirlos en una línea severa, y corrió hacia el bosque chapoteando por el claro inundado.

 

Spock intentó apartar de su mente todos los pensamien­tos ajenos, y dedicar toda su concentración a poner un pie delante del otro de la manera más segura y rápida posible. Las ansiedades pasaron fugazmente como imágenes de una sola dimensión, antes de que pudiesen ser anuladas por la disciplinada mente del vulcaniano: McCoy alejando con cl palo a las bestias que buscaban el refugio de la caverna... Kailyn muriendo lentamente sin las inyecciones de holuli­na... la Enterprise trabada en batalla con las naves klingon decididas a hacer fracasar la misión.

«Los vulcanianos no se preocupan», se recordó a sí mis­mo. «Aceptamos lo que tenemos que aceptar, Hacemos lo que tenemos que hacer, de forma lógica.»

Llegó a la parte más densa del bosque y se le hizo eviden­te que la senda era casi imposible de atravesar. Ramas caí­das, algunas del tamaño de leños y demasiado pesadas como para moverlas, se entrecruzaban en el camino como barre­ras de alambre de púas. Un par de rayos dentados atravesa­ron el cielo septentrional y hallaron sus blancos a bastante distancia. Spock decidió atravesar directamente hasta el río: tenía que acelerar el paso.

La tormenta había durado casi toda la noche, y no daba señal ninguna de acabar. La furia del cielo y las nubes aumen­taba el nivel del río cada vez más, y las frenéticas aguas azo­taban sin descanso las márgenes. Las piedras que habían in­dicado la altura del agua cuando Spock pasó por allí la primera vez, hacía ya mucho que se hallaban ocultas a la vis­ta. Unas olas casi oceánicas se alzaron y estrellaron contra los árboles que tenía delante; él se preparó y esperó. Una vez pasadas las olas, Spock avanzó un paso. El suelo cedió deba­jo de sus pies y una tonelada de tierra y roca cayó al río jun­to con él. Tragó agua fangosa, intentó contener la respiración y sintió que era arrastrado corriente abajo. El zurrón her­mético continuaba colgado de su hombro, y el aire sellado en su interior lo hacía flotar.

Intentó empujarlo hasta debajo de su pecho para tener más posibilidades de mantener la cabeza fuera del agua y apartarse de las rocas que sobresalían del lecho del río. Pero la corriente era demasiado violenta como para maniobrar, y él se limitó a aferrarse con todas sus fuerzas a las correas del zurrón mientras la corriente le arrastraba río abajo, apar­tándole de la dirección en que se hallaba la caverna, donde esperaban McCoy y Kailyn... y hacia un salto de agua de enor­me altura.

 

13

 

 

El cazador de cabellos plateados no había disfrutado de su desayuno. Tenía la parte interna de la mejilla en carne viva, donde se la había cortado la noche an­terior, y estaba enojado por tener que levantarse antes del alba para buscar los cadáveres de los esclavos fugitivos; y si, por algún milagro de los dioses del viento, no estaban muertos, él los mataría sin dudar con sus propias manos por todas las molestias que le habían ocasionado. ¡Cuánto más disfrutaría ensartándolos con una lanza de brillante punta! Pero no podría conseguir una a menos que tuviese algo por lo que intercambiarla, y en aquel momento los esclavos eran sus únicas mercancías... o lo habían sido. Por lo tanto, si los encontraba con vida aquella madrugada, no podría matar­los a pesar de todo. El cazador gruñó.

Su osuno amigo se puso en cuclillas en la senda del bos­que. La lluvia había cesado, y el viento estaba comenzando a secar el suelo. Conservadas en el fango que iba endurecién­dose, había tres pares de huellas claramente impresas. El ca­zador de elevada estatura gruñó al mirar las pisadas; sentía deseos de sonreír, pero eso hubiese estropeado el terrible hu­mor que se había apoderado de él.

Las huellas continuaron. Los tres rostros desnudos se ha­bían encaminado hacia las colinas, y lo mismo hicieron los cazadores.

 

McCoy se frotó los ojos para convencerlos de que enfoca­ran la imagen. La cueva continuaba a oscuras, pero un rayo de luz se filtraba por la entrada. Ya era de mañana, aunque sin duda no una brillante. Kailyn dormía en casi completo silencio, todavía acurrucada en la curva de su brazo. Sintió un hormigueo en la mano; tenía el brazo del todo dormido.

Intentó doblar el codo sin despertar a Kailyn, pero no lo consiguió. En un momento en que se movía el cuello de la muchacha, sus ojos se abrieron y parpadearon con expresión aturdida.

Spock no había regresado aún.

-¿Dónde estamos? -preguntó Kailyn con un susurro ronco.

-En una cueva.

-Eso ya lo deduje -respondió ella mientras se despe­rezaba.

-¿Recuerda algo de la noche pasada?

-No, realmente. Soñé que atravesábamos el bosque con lluvia. Estaba mojada... y tenía frío. Supongo que fue más una pesadilla que un sueño.

-No fue ninguna de las dos cosas. Era algo real. Spock regresó a la nave para recoger su holulina y algunas otras cosas, y no ha regresado. Estoy preocupado.

Se puso de pie y miró fijamente la entrada de la cueva. Oyó el sonido de una piedrecilla que rodaba por la ladera de la colina y se detuvo en seco. ¿Había sido el viento? ¿Un animal salvaje? Luego oyó voces que pronunciaban las tro­nantes y guturales palabras del idioma de los aldeanos que los habían capturado. Silenciosamente, se agachó y aferró el palo.

-¿Qué...?

-Sssh...

McCoy avanzó de puntillas hasta un lado de la entrada y presionó la espalda contra la pared de la cueva. Sostuvo la rama a la altura de la cabeza y la equilibró como el gatillo de un arma. Con un gesto, le indicó a Kailyn que se reuniese con él. Ella dejó la manta donde estaba y avanzó rápidamen­te para refugiarse detrás del médico.

-Al menos podremos golpear a uno de ellos si intentan entrar aquí -susurró.

McCoy contuvo la respiración y esperó. Los pasos suaves de los cazadores eran apenas perceptibles, denunciados sólo por el roce ocasional del cuero contra la arena y las rocas; pero se acercaban cada vez más, aunque ya no los acompa­ñaban las voces. Una sombra se proyectó sobre el suelo de la cueva, interponiéndose entre ésta y la pálida luz de la mañana que se filtraba al interior. La sombra se detuvo y el roce cesó. McCoy podía oír los latidos de su propio corazón, sen­tirlos desde las rodillas a la garganta. Kailyn permaneció a su lado, completamente inmóvil, como clavada en el suelo.

 

El gimiente rayo de un arma fásica hendió de pronto la quietud, las sombras cayeron a un lado de la entrada de la cueva, y McCoy y Kailyn profirieron al mismo tiempo un grito ahogado al oír un sonido similar al de dos sacos llenos que golpeasen contra el duro suelo. Sin embargo, ninguno de los dos se movió hasta que la cabeza de Spock asomó al interior de la caverna. Tenía el rostro sucio y ensangrentado, pero de momento McCoy decidió que para él era bastante.

 

-Me parece que les debemos la vida a dos árboles bien emplazados, señor Spock.

-¿Cómo es eso, doctor?

-Sin ellos, usted probablemente se habría ahogado dos veces.

-Mis reflejos y destreza para conservar el control en las situaciones de tensión, jugaron un pequeño papel.

-Sin duda que lo hicieron -reconoció McCoy, mientras le desinfectaba a Spock un tajo que tenía en la frente-. A los ojos de un ciego, quizá sí.

Spock alzó una indignada ceja.

-Difícilmente podía predecir que la margen del río iba a derrumbarse en el momento en que yo pusiese el pie...

-Si ese tronco de árbol no hubiese estado atravesado en­tre dos rocas, usted hubiese caído por las cataratas, Spock.

-Pero tuve que tener la presencia de ánimo necesaria como para aferrarme a él, doctor.

-Tonterías. A mí me da la impresión de que prácticamen­te le golpeó a usted la cabeza.

 -Sin cambiar de tono, se vol­vió hacia Kailyn-. ¿Y cómo se siente usted, joven dama?

La muchacha se encontraba descansando sobre el suelo de la cueva, acurrucada dentro de la manta de piel y con una linterna eléctrica cerca de sí.

-Mucho mejor.

-No hay nada como una pequeña inyección de holulina y un poco de comida para hacer aflorar nuevamente las ro­sas a esas mejillas.

Spock se sentó con las piernas cruzadas y realizó una se­rie de ejercicios isométricos. Estaba magullado pero su cuerpo funcionaba perfectamente. El calor de la linterna cerca­na le había secado la ropa y ahora se sentía mucho más cómodo.

-Si tenemos en cuenta los obstáculos con los que nos he­mos enfrentado hasta ahora, yo diría que nuestras condicio­nes son satisfactorias en este momento.

-Estamos todos vivos y de una pieza -admitió McCoy-, pero también estamos escasos de suministros y tenemos a dos cavernícolas inconscientes -señaló a los dos cazadores atados que yacían en un rincón-, a los que les encantaría matarnos; no sabemos dónde estamos ni sabemos adónde va­mos a ir. Odiaría pasar por lo que usted llama insatisfactorio.

Spock sacó un par de mapas plastificados del zurrón her­mético. McCoy se arrodilló junto a él.

-Creo que estamos más cerca de nuestro destino origi­nal de lo que pensábamos al principio -declaró Spock. Se­ñaló varios accidentes geográficos de la carta que habían sido marcados mediante la combinación de los informes de investigación espacial y los detalles suministrados por el rey Stevvin-. Podríamos estar a un día de camino de las montañas.

Spock observó que el doctor meditaba acerca de dicha posibilidad, y luego alzó una ceja.

-¿Quiere expresar alguna opinión, doctor?

-Bueno, no podemos quedarnos aquí. Eso es seguro -respondió, echándoles una mirada a los cazadores.

-¿Está Kailyn lo suficientemente fuerte como para rea­lizar el viaje?

-Lo estoy -intervino ella.

-Yo seré quien haga los diagnósticos médicos -gruñó McCoy.

-Será un viaje agotador -señaló Spock.

-Lo sé, lo sé.

-Puede que no encontremos refugio.

-Deje de jugar al abogado del diablo... aunque las ore­jas encajen con el papel. Mire, tenemos la tienda térmica, y es lo bastante grande como para alojarnos a los tres; y si re­sultase que tuviéramos que detenernos y acampar al raso en las montañas, no estaremos en peores condiciones que las que soportamos aquí la pasada noche. Cuanto antes nos mar­chemos, mejor me sentiré yo.

Spock alzó una interrogativa ceja.

-¿Por qué se sorprende tanto? -preguntó McCoy.

-Esperaba que se resistiera usted a la idea de alejarnos más de la lanzadera.

-Si tuviésemos elección, créame que lo haría. Pero, si nos quedásemos en las proximidades de la lanzadera, tendríamos que esquivar a nuestros peludos amigos. Oh, claro, la Enterprise podría encontrarnos, pero no quiero ser hallado en tro­zos. Jim tiene las coordenadas del lugar en que se supone que está la Corona. Si podemos llegar allí y encontrar a ese tal Shirn O'tay, Jim será capaz de seguirnos la pista. Usted cree que él irá a buscarnos allí, ¿verdad?

-Sería lo más lógico de hacer, y el capitán es bastante lógico, para no ser un vulcaniano. Debo señalar, no obstan­te, que las montañas cubren una considerable extensión de territorio. No será una tarea fácil la de acertar con el empla­zamiento exacto de la Corona.

-La esperanza nace constantemente en el pecho huma­no, Spock. ¿Qué hay de los vulcanianos?

-Sólo las expectativas lógicas nacen en los nuestros, doctor.

-¿Es nuestro rescate una expectativa lógica, señor Spock? -preguntó Kailyn.

El primer oficial le clavó su habitual mirada impasible.

 -Tal vez.

McCoy sonrió para sí. Viniendo de Spock, aquello era prácticamente una admisión de esperanza. Por el momento, sería más que suficiente para él.

 

14

 

 

Nars odiaba estar en una nave espacial. Se sentía encerrado, controlado como un animal de laboratorio. El laberinto de pasillos de la nave incrementaba la sensación, así que había permanecido en su camarote duran­te todo el tiempo posible. Boatrey había estado compartiendo con él el camarote de dos habitaciones, pero el mozo de cuadras estaba ahora ausente, comiendo con Eili y Dania. Nars tenía hambre, pero sabía que su estómago rechazaría la comida, anudado como estaba desde que el capitán Kirk le dijo que se dirigían hacia Zenna Cuatro.

Por mucho que le desagradaba el confinamiento de la nave, el vasto vacío del espacio era todavía peor. Nars siem­pre había sido un hombre al que le gustaba tener tierra fir­me bajo los pies, con horizontes más lejanos de los que po­dían alcanzarse con la mano. Le gustaba saber que había lugares a los que podía ir si tenía que hacerlo: lugares en los que buscar cosas, lugares a los que escapar de las cosas. Era una libertad que funcionaba en ambos sentidos. Una nave, por grande que fuese, sumergida en el espacio inter­planetario, era una combinación que no le ofrecía solaz ninguno.

Dio un respingo involuntario cuando oyó la llamada que procedía del puente: la Enterprise había entrado en órbita alrededor de Zenna Cuatro, y requerían su presencia en la sala del transportador.

 

Si había existido una ansiedad común entre los buenos camaradas, era el miedo a perder el dominio. Dado que los expertos no eran capaces de catalogar de manera fiable a las personas de la forma en que lo hacían con las propiedades de la biología y la física, el dominio de las personas ente era todavía una ciencia marginal. Al menos el método tenía que ser científico y ordenado: si se controlaba la mayor can­tidad de variables posible, el dominio se hacía tanto más fácil.

Nars era una de esas variables, y en el momento en que desapareció de la cámara del transportador en medio de una luz destellante, se encontró a salvo de las manos de Kirk. Ese pensamiento hizo que Kirk frunciera el entrecejo mientras se hallaba sentado en el salón con la teniente Byrnes, mirando fijamente una taza de té. El oficial de transporte Kyle les informó de la transferencia a la superficie del planeta.

-Bien, Byrnes -dijo Kirk-, ahora todo depende de usted y de Chekov.

-Sí, señor.

La teniente salió del salón y él hizo girar el té en la taza con expresión ausente. Luego miró la taza. Dejó de moverla y el té continuó dando vueltas dentro del recipiente sin su ayuda. «Sin duda es difícil conseguir el control», pensó.

 

Nars hacía girar la bebida pegajosa y verde en el interior del vaso que tenía en la mano. Miró el reloj que estaba de­trás de la barra y bebió un sorbo. Era el único local de ese tipo que había en toda la ciudad, pero aún era demasiado temprano para que los granjeros, obreros y artesanos de la localidad comenzasen a llegar. También era demasiado tem­prano para la reunión que él tenía, pero estaba nervioso, de­masiado nervioso como para continuar bebiendo. Dejó una moneda sobre la barra y se encaminó al exterior.

Treaton tenía sólo una calle principal, y casi el mismo aspecto que presentaba cuando Nars la recorrió, veinticinco años antes. Había habido muy poco crecimiento en cualquier parte de Zenna, y ninguno desde que comenzara a escasear la tridenita durante la última década. El gobierno podría haberse decantado por otras fuentes de energía en su esfuerzo por industrializar el planeta, pero los zennianos eran un pueblo paciente y leal. Habían encontrado un buen trato en los comerciantes de mineral de Shad, y esperarían hasta ver cómo acababa aquella guerra. Si ganaba el partido leal al rey, la tridenita volvería a estar en el mercado. Si ganaba la Alianza Mohd y la tridenita continuaba embargada, sólo en

tonces se decidiría Zenna a buscar una alternativa. Los zennianos evitaban las prisas; el futuro siempre estaría allí, y ellos no tenían ninguna prisa por adelantarse a él.

«El pájaro caza su presa, se la come y ésta desaparece», rezaba un proverbio nativo. «¿Y qué queda entonces?»

Las mismas casas pintadas con colores brillantes, de al­tos hastiales, que Nars había visto en otra época, continua­ban alineadas a ambos lados de la calle; y sus habitantes ves­tían las alegres togas a rayas idénticas a aquellas que habían llevado sus padres. El cambio no era un proceso importan­te, y la vida en conjunto era cómoda en Zenna Cuatro. Allí, en Treaton, sede del gobierno provincial, los extranjeros eran saludados como vecinos por todos los ciudadanos con los que se cruzaban. Las leyes de inmigración eran las más permisi­vas de la galaxia conocida, cosa que hacía que los forasteros resultasen algo muy frecuente en el planeta.

Era bastante fácil identificar a un extranjero: eran muy pocos los zennianos que sobrepasaban el metro y medio de estatura, y los colores de su piel iban desde el rosa pálido al rojo anaranjado brillante. Todos los hombres se afeitaban la barba y las mujeres llevaban el cabello en una sola trenza.

El solo hecho de estar en una ciudad zenniana hizo que Nars se relajase un poco: la enorme ola de cordiales saludos que recibía mientras caminaba hacia las calles del extremo sur, apartó las preocupaciones a un rincón de su mente. Sin embargo, volvieron a surgir cuando llegó a la última casa de la derecha. Estaba retirada de la calle y rodeada de árboles de anchas ramas que protegían sus ventanas. La privacidad no era algo demasiado valorado en Zenna Cuatro, pero sus casas parecían construidas con la finalidad de protegerla. Nars empujó la puerta del jardín y atravesó el terreno cu­bierto de hierba amarillenta y descuidada. Llamó a la puer­ta con incertidumbre y, pasado un momento, le abrió un vie­jo zenniano. Llevaba sólo una toga sencilla de color gris, que señalaba su posición como sirviente de la casa.

-¿Puedo ayudarle? -preguntó con una cantilena aguda.

-¿Está... está tu señor en casa?

-Sí, sí. Pase, por favor.

Nars siguió al diminuto mayordomo hasta el interior de un estudio oscuro. El mayordomo se retiró luego, cerrando las puertas de mimbre entretejido. Mientras Nars permanecía de pie, incómodo, un sillón de despacho con respaldo alto giró para encararse con él, y de él se levantó un hombre es­quelético que le tendió una mano desde las sombras.

-Bienvenido, Nars -dijo-. Ha pasado mucho tiempo desde tu última visita.

Nars cogió la mano que le daba la bienvenida, pero no la estrechó con afecto.

-Mucho tiempo, Kraíl.

El hombre avanzó hasta el círculo que proyectaba una lámpara de pared. Era una cabeza más alto que Nars, con una piel oscura que se extendía tirante sobre su rostro aqui­lino. Su cabello y barba blancos estaban primorosamente recortados, y contrastaban marcadamente con sus cejas hir­sutas y muy pobladas. Krail era un klingon de porte insólitamente aristocrático, y Nars se sentía como un sirviente en su presencia. No le gustaba aquella sensación.

Krail esbozó una diminuta abreviatura de sonrisa e hizo un gesto hacia una silla de respaldo duro. Al mirar en torno de sí, Nars no detectó nada que sugiriese blandura ni lujo en toda la habitación. El suelo era de madera desnuda, las paredes estaban cubiertas por cortinas completamente echa­das, y los muebles eran angulosos y sin acolchado, sin ex­cepción.

-¿Una copa, Nars?

El shadiano asintió brevemente. Krail abrió la puerta corredera de un armario y sacó de él una botella de cristal es­culpida con formas angulosas. Lentamente, escanció dos co­pas de vino rojo como la sangre y le entregó una a su visitante.

-Esto, claro está -dijo Krail con frío orgullo-, es im­portado de mi mundo natal. Los klingon somos algo más que meros guerreros magníficos.

La delgada sonrisa de Krail hizo que Nars se sintiese aún más inquieto. Quería terminar lo antes posible, y depositó su copa cuidadosamente sobre la mesa y se puso de pie.

-Tenemos trabajo, Krail. Hagámoslo -dijo, con un poco más de apremio del que había tenido intención de manifestar.

Krail pareció ligeramente decepcionado cuando frunció los labios y midió a Nars con sus vigilantes ojos grises.

-¿Hay prisa?

-El tiempo de que dispongo para estar contigo no es ili­mitado. Dejémoslo así.

-Ah, sí -dijo Krail con estudiada simpatía-. Tienes que preocuparte por la Enterprise. Pero creo que a estas alturas podrías estar más seguro aquí, y dispondremos tu viaje a un planeta klingon, tal y como te prometimos. Podrías... ¿cómo lo diría?... desaparecer ante los ojos de Kirk.

-Eso no será necesario -se apresuró a responderle Nars.

¡Oh! ¿Vas a romper tus tratos con nosotros después de... cuánto tiempo ha pasado... dieciocho años o más?

El tono de voz del klingon era vagamente amenazador, y Nars sintió que un sudor frío comenzaba a brotarle en el la­bio superior. Todos esos años habían constituido poca dife­rencia: nunca podría llegar a fiarse de los klingon, no impor­taba cuánto pagasen por la información que él les pasase clandestinamente. La fría sonrisa de Krail volvió a aparecer.

-Bien, bien. Son muchas las naves que pasan por Zen­na. Cualquier destino que escojas nos parecerá bien. Desde luego que no querrás quedarte entre los rancios roedores que pueblan este planeta.

La tolerancia no había sido nunca un rasgo propio de los klingon; Nars había advertido eso muchos años antes, y, cuan­do la mostraban, siempre se ponía en guardia.

-Pero, para tu inesperada información -dijo Krail-, debo decirte que me sorprendió mucho que me dijesen que te encontrabas aquí y querías verme.

Nars tragó saliva y sintió que su cuello se estremecía.

-El rey de Shad está muerto.

Krail apartó la mirada, pero giró repentinamente la ca­beza para mirar finamente al informador shadiano, una rara desviación de sus calculados movimientos habituales.

-¿De verdad? Así pues, ésa es una información inespe­rada. La Federación ha hecho una chapuza más completa de lo que podríamos haber esperado. Ni siquiera el sabotaje po­dría haber sido jamás tan eficaz. -Comenzó a pasearse con largas zancadas, como una mantis religiosa-: Sí, sí... eso coloca toda nuestra estrategia bajo una luz completamente nue­va. Nuestros objetivos pueden ser simplificados. Todos los largos años de...

Sus palabras fueron interrumpidas en mitad de la frase por un alboroto procedente del vestíbulo. El mayordomo pro­firió un «¡No se puede entrar!», a modo de protesta; se oye­ron otras voces más profundas y unos pesados pasos corrieron hacia el estudio de Krail, y la endeble puerta se abrió bruscamente unos segundos más tarde. Entraron dos hom­bres y dos mujeres. Llevaban las sencillas capas con caperu­za y los uniformes de los viajeros del espacio de un centenar de planetas, pero las armas que tenían en las manos eran per­fectamente identificables. Las armas fásicas de la Federación apuntaron tranquilamente a Krail y Nars.

El klingon recuperó rápidamente la compostura y volvió a aparecer en su rostro la sonrisa de labios finos.

-Se los consideraría huéspedes de honor en mi morada, excepto por el hecho de que yo no me siento bien con la pre­sencia de armas en mi casa.

-Usted cállese y no se mueva -le ordenó severamente la teniente Byrnes-. Comandante Krail, ¿no es cierto?

Krail pareció satisfecho por el reconocimiento, pero no dijo nada. Chekov miró a Byrnes.

-¿Sabe quién es?

-Por supuesto. Hace bastante tiempo que está por ahí. Asesinó a veinte de sus superiores para llegar al puesto que ocupa en la actualidad, en el Consejo de Inteligencia Klin­gon; es uno de los mejores espías del imperio, lo que me hace preguntarme qué está haciendo en el campo de batalla, lle­vando a cabo un trabajo sucio de comandante de cuadrante...

-No sé a qué se refiere usted, ¿eh...?

-Teniente Byrnes, comandante... de la Enterprise.

-Ah. He convertido esto en mi hogar actual. Me gusta este mundo, con sus encantadores y cordiales nativos.

Nars le dirigió una mirada de sorpresa; había pasado de los roedores rancios a los encantadores nativos en cuestión de un momento. Era en verdad una sorprendente metamor­fosis verbal; pero Krail hizo caso omiso de la mirada; estaba demasiado ocupado en batirse con los intrusos.

-Nars puede decirles que vivía aquí hace... ¿eh?, casi vein­ticinco años, cuando él vino a Zenna por primera vez. Fue entonces cuando nos conocimos.

Nars se puso pálido.

-No sé de qué está hablando. Yo...

Chekov interrumpió en seco al shadiano con una feroz mi­rada de advertencia.

-No será usted por casualidad cantero en sus horas li­bres, ¿no es cierto, comandante?

-Pues no -dijo Krail con tono de inocencia.

-Ya lo suponía. Bueno, no sólo nos llevamos a este cosa­co -dijo Chekov, haciendo un gesto con la cabeza en direc­ción a Nars-, sino que lo acompañaremos también con una propina.

El alférez de seguridad Michael Howard, robusto y de mirada brillante, registró a Nars y extrajo un transmisor de la Enterprise del bolsillo del aterrorizado hombre. Depositó el aparato en una mano, pulsó un botón del sensor que llevaba y sonrió con satisfacción cuando el aparato emitió unos fuer­tes pitidos rítmicos.

-Creo que a él le daré una recompensa... quizá le cam­biaré unas cuantas piezas y lo acicalaré para el próximo servicio.

-Esto -dijo Chekov con tono de irritación-. Esto, no él. Parece el señor Scott por la forma en que habla de esos aparatos suyos.

-Cuidado, Chekov. Los aparatos también tienen senti­mientos -dijo Howard, a la defensiva.

-¿Debemos registrar el resto de la casa? -preguntó la guardia Maria Spuros.

Byrnes negó con la cabeza.

-Puede que Krail trabaje solo aquí. Ya tenemos lo que vinimos a buscar; de hecho, muchísimo más. No nos quede­mos por los alrededores, porque podríamos encontrarnos con problemas.

-Mi gente se dará cuenta de que he desaparecido -se­ñaló Krail.

-Cierto -respondió Chekov-, pero ellos no sabrán lo que saben usted y Nars. Preparados todos para transferir a la nave.

La partida que había bajado a tierra se puso en forma­ción con los prisioneros en medio del grupo. Howard abrió el transmisor trucado que le había quitado a Nars.

-Partida de tierra a Enterprise. Esperamos transferen­cia. Activen transportador.

Un momento después, desaparecieron entre luces chisporroteantes, dejando solo al atónito y asustado mayordomo.

 

Nars se quebró fácilmente. Después de todo, no era un espía profesional, y Kirk se imaginó que ya había cargado con sus remordimientos durante bastante tiempo. El que una vez había sido un servidor orgulloso, se mostraba ahora casi agradecido por tener la oportunidad de hablar. Era verdad que había conocido a Krail un cuarto de siglo antes, durante su breve estancia en Zenna como miembro de la misión di­plomática para el comercio de mineral. Entonces no había llegado a ningún trato con el klingon, y Nars había olvidado el episodio, hasta que huyó a Orand con el rey.

-Los castigos del infierno no podrían ser peores que la vida en Orand -gimió Nars. Tenía lágrimas en los ojos, e hizo una pausa para enjugárselas.

Kirk era un hombre compasivo; en otra época, Nars le ha­bía caído bien, pero ahora le resultaba imposible sentir lás­tima por él. El capitán tenía que hacer esfuerzos para man­tener controlada su ira, y dejó que fuese Byrnes quien condujera el interrogatorio.

-Continúe -dijo ella.

-Estábamos todos desesperados durante los primeros meses que pasamos allí. Hablamos de suicidarnos, de qui­tarnos la vida todos a la vez. Por lo que a nosotros respectaba, nos habían arrebatado nuestro mundo y temíamos no regresar jamás a él. -Nars hizo una pausa que a Kirk le pareció efectista. El shadiano miró furtivamente los rostros de sus oyentes con la esperanza de ver alguna señal de ablandamien­to en la indiferente frialdad de sus ojos-. ¿Es que no lo en­tienden? -gritó.

-Entiendo lo que sentía, pero no lo que hizo -dijo Kirk con aspereza.

-Nosotros pensamos que íbamos a morir allí -exclamó, levantándose del asiento.

Un fornido guardia de seguridad le empujó de vuelta a la silla, suavemente pero con firmeza.

-Todos ustedes se sentían de la misma forma -señaló Kirk-. Todos ustedes tenían miedo, pero sólo usted cometió traición.

Nars se cubrió el rostro.

-Yo fui el único a quien sedujeron las promesas y ame­nazas de Krail.

El klingon había sido un cuadro intermedio en aquella época, encargado de corromper a las fuerzas leales con cual­quier medio a su alcance. Dos meses después de que la fa­

milia real hubiese establecido su residencia en la casa campestre orandina, el klingon renovó sus contactos con Nars.

-Vino a la casa con dos vendedores ambulantes.

-¿Cuál fue su oferta? -preguntó Byrnes.

Nars masculló la respuesta con vergüenza.

-Dinero.

Kirk sintió que se le tensaban la mandíbula y los puños.

-¡Qué patriótico!

-Usted no estaba allí -le replicó Nars con voz tensa-.Nosotros no teníamos absolutamente nada más que cuatro paredes. Ese dinero me permitió comprar un poco de vida, no sólo para mí, sino también para los demás. Pude comprar libros para el rey y para la princesa. Hierbas y medicamen­tos para lady Meya cuando cayó enferma. Pequeñas cosas para mis subordinados, con el fin de que fuesen menos infelices en aquel lugar.

-¿Y qué fue lo que les vendió? -preguntó Byrnes.

Nars soltó una rugiente carcajada en cuya textura se en­redaba una hebra de histeria.

-¿Qué les vendí? Nada... nada. Durante todos aquellos años, no les dije nada que fuese útil para nadie. ¿Qué era lo que tenía para decirles? Respóndame, capitán Kirk. Usted fue quien nos envió al infierno. Estuvimos pudriéndonos allí durante dieciocho años. Durante todos esos años vivimos como lo hacen los muertos, sin nada que diferenciase un día del anterior o del siguiente. ¿Qué era lo que podía venderles?

Saltó de su asiento y aferró a Kirk por los hombros, co­giendo a los guardias por sorpresa. Kirk le empujó nueva­mente hacia la silla, y los guardias le sujetaron, aunque con retraso. Nadie habló. Nars respiraba trabajosamente.

-Durante dieciocho años, les conté a los klingon unos se­cretos de Estado tan importantes como los cumpleaños de la princesa, la desesperación y enfermedad del rey, la muer­te de lady Meya -susurró amargamente-. No tenía ningún secreto militar. Cuando intenté romper el trato, me amena­zaron con hacerle daño al rey y a su hija. Dijeron que podían matarlos cuando les diese la gana, y que nadie se enteraría o le importaría. Lo hice para proteger a la familia. No pare­cía haber mal ninguno...

-Hasta que traicionó una confianza sagrada y les habló a los klingon de esta misión -continuó Kirk con voz pétrea.

-¿Qué más hizo usted con el dinero obtenido? -pregun­tó Byrnes, apartando el tema de la ira que el capitán Kirk apenas podía contener.

Nars se derrumbó sobre la mesa.

-Nada. No hice nada -sollozó lastimosamente.

 

-Compró los favores de ciertas mujeres -le dijo caute­losamente Krail-, para ponerlo en términos delicados en atención a usted, teniente Byrnes.

-No sabía que los klingon pudiesen ser delicados -se­ñaló ella-. No se reprima por mí.

Krail había ocupado el lugar de Nars en la celda de inte­rrogatorio. Kirk se hallaba recostado contra la pared, y un par de guardias vigilaban la sala junto a la parte interior de la puerta protegida con un escudo de energía.

-Si insiste usted... -replicó Krail-. Nars no es el tipo correctísimo que él pretende aparentar. Parece ser que, durante el tiempo que permaneció en Orand, desarrolló unas cuantas depravaciones, incluida una cosa llamada hierbapipa. Creo que es para fumarla. Realmente, podía desesperarse bastante si se le agotaban las reservas. Supongo que po­dría decirse que era adicto a esa sustancia.

-¿Y cómo llegó a adquirir dicha adicción? -preguntó Kirk-. ¿Es posible que haya sido usted quien le inició en ello?

-Capitán, me ofende su intento de relacionarme con... Kirk le interrumpió en seco, al asestar un fuerte puñeta­zo sobre la mesa.

-Ya estoy harto de usted, Krail. La suerte de Nars está fuera de sus manos. En cuanto a usted, tanto si coopera como si no, confiesa o guarda silencio, tenemos pruebas suficien­tes como para enviarle a una colonia presidio por el resto de su vida.

-No es un sistema muy civilizado, capitán. -Enciérrenlo -dijo abruptamente Kirk.

Le dirigió al klingon una mirada de desprecio y se mar­

chó de la celda.

 

«La Flota Estelar tendrá su espía, con un pez gordo que cayó en las redes como un regalo. Espero que se sientan emo­cionados», pensó Kirk mientras se encaminaba hacia el turboascensor por la cubierta de los calabozos. Nars había resultado ser indigno incluso de desprecio, y un espía klingon menos, aunque fuese tan importante como Krail, no consti­tuiría la menor diferencia en la balanza del poder.

Entró en el ascensor que aguardaba. Las puertas se ce­rraron con un siseo y él hizo girar la palanca de control.

-Quinta planta.

Lo importante en ese momento era conseguir llegar a tiempo a Sigma 1212. Todo el plan cuidadosamente trazado había degenerado en una carrera contra reloj y contra los klingon. A aquellas alturas, Kirk sabía que no tenía posibili­dad de hacer cualquier otra cosa que no fuese esperar que el apresurado viaje de rescate de la tripulación de la Galileo no se convirtiese en la búsqueda de unos cadáveres.

El cuerpo del rey reposaba en el depósito de la enferme­ría, y allí iba a permanecer. No habría urna de piedra, ni co­rrecta incineración shadiana, ni entrada en la otra vida. Todavía no. Si Stevvin iba a reunirse con sus ancestros, llegaría tarde. Kirk esperaba que los dioses lo comprendiesen y per­donasen.

 

15

 

 

Las montañas Kinarr se alzaban como centinelas que desafiasen a los viajeros a atravesarlas. La elevada ca­dena, casi tan antigua como el planeta mismo, guar­daba la Corona de Shad en algún punto oculto entre sus picos. Si la Galileo hubiese podido aterrizar en las coordena­das que había señalado el rey, la búsqueda hubiese sido corta y directa; pero, mientras ascendían cada vez más por las sen­das que describían una espiral a través de la perpetua nie­bla, McCoy sentía una mayor convicción de que la búsqueda era desesperanzada.

Se detuvieron a descansar en una cueva labrada en la la­dera de la montaña por milenios de vientos y lluvias. Por el momento, los protegía de las ráfagas que alternativamente intentaban empujarlos contra la pared interior de roca que se alzaba a un lado del camino, o arrojarlos por encima del borde exterior. McCoy le dio a Kailyn una inyección de holu­lina; luego se sentó en el suelo y se recostó contra una piedra.

-Spock, ¿por qué estamos haciendo esto?

-Usted sabe por qué, doctor.

-Vuelva a decírmelo, porque e n este momento tengo mis dudas. Aquí estamos, subiendo una montaña en alguna par­te de una cadena de trescientos veinte kilómetros...

-Sabemos que estamos siguiendo el camino más lógico.

-No tenemos forma de saber si nos hallamos a tres me­tros o a tres kilómetros de esa Corona.

McCoy sacudió la cabeza y miró al otro lado de las mon­tañas Kinarr. Las cimas de prácticamente todas se perdían entre las densas nubes que flotaban sobre la región. La visi­bilidad era limitada, pero lo que podía ver le hacía decidida­mente infeliz.

-Todas tienen el mismo aspecto -gimió-. Por aquí no hay demasiados puntos de referencia, Spock. Hemos estado ascendiendo desde esta mañana, llevamos ya cuatro horas de camino, y no sabemos si estamos aproximándonos o ale­jándonos de nuestro objetivo. Eso hace que sea difícil con­tinuar.

-Vaya, ¿qué ha ocurrido con su optimismo? -preguntó Kailyn.

-Lo dejé unos kilómetros más abajo.

-Usted expuso de forma muy precisa que teníamos po­cas elecciones en el momento presente -señaló Spock con paciencia-. Las discusiones no sirven absolutamente para nada.

-Mi cabeza sabe que tiene usted razón, pero mis pies me dicen constantemente que está equivocado.

Kailyn se puso de pie.

-La Enterprise llegará aquí dentro de aproximadamen­te dos días. No quiero que se marche sin nosotros, y la única forma que tenemos de asegurarnos que estaremos a bordo es llegar al asentamiento de Shirn O'tay.

Le tendió una mano a McCoy y le ayudó a levantarse. Re­frescada por la inyección y el descanso, Kailyn se puso en marcha a la cabeza del trío. McCoy_ echó a andar detrás de ella.

-La joven dama le ha convencido con bastante presteza, doctor.

McCoy le dirigió una mirada cáustica.

-Cállese, Spock.

La dificultad del ascenso varió... de mala a peor por lo que a las piernas de McCoy respectaba. Cuanto más subían, más abrupto se hacía el sendero. La vegetación se hizo esca­sa y unas ráfagas heladas y cortantes les atravesaban las ro­pas. Las pequeñas extensiones de nieve aparecían con cre­ciente frecuencia, y muy pronto la mayor parte del terreno rocoso apareció cubierta de blanco. La neblina se había he­cho más espesa, pasando de una fina bruma a una espesa cortina de niebla que ocultaba incluso los picos más cerca­nos. Pasado un rato, McCoy encontró un raro consuelo en el hecho de que no pudiese ver más allá del borde del sendero; eso le permitía olvidar la escarpada pendiente que caía a pico a poca distancia del suelo que pisaban. Alguna piedra que pateaban y ocasionalmente caía al vacío, les servía de ate­morizadora advertencia que repiqueteaba en las rocas de más abajo y finalmente caía más allá de lo que el oído podía per­cibir. Había una larga caída, muy larga.

-Entre dos mil cuatrocientos y tres mil metros -calculó Spock durante la siguiente escala del camino.

McCoy estaba sentado, casi tendido y con ambas piernas estiradas delante de sí.

-Tengo tantos calambres que voy a necesitar una silla de ruedas, Spock. El aire se está haciendo demasiado tenue. -McCoy se frotó los ojos y suspiró-. Soy demasiado viejo para esto.

Kailyn se dejó caer de rodillas a su lado.

-No, no lo es. Puede que esto le alivie. -La muchacha comenzó a masajearle el músculo de la pantorrilla y la parte posterior del muslo-. Solía hacerle esto a mi padre cuan­do regresaba de una excursión.

Durante un instante, una mirada lejana le nubló la vista y el masaje se hizo más débil.

-No se detenga -le pidió McCoy-. ¿Qué le ocurre?

-Nada -replicó ella con voz melancólica-. Sólo estaba pensando en mi padre, preguntándome cómo estará.

-No se preocupe -le dijo McCoy, cogiéndole una ma­no-. Puede que yo sea el cirujano jefe, pero los demás pue­den trabajar igual de bien sin mí.

-¿Ah, sí? -preguntó Spock con tono indiferente-. En­tonces, ¿por qué continúa el capitán soportándole a usted?

-Porque soy una presencia encantadora -le espetó McCoy-. Venga, pongámonos en camino.

Gruñó al ponerse nuevamente de pie.

Kailyn se aferró a un brazo del médico.

-Tengo promesas que cumplir y kilómetros que recorrer antes de dormir -murmuró la muchacha.

-¿No es eso de un poema?

Ella asintió con la cabeza.

-De un magnífico poeta de su planeta: Robert Frost.

-Ah, sí. Era de Nueva Inglaterra. Yo siempre he preferi­do a los poetas de los estados del sur.

 

El sol de Sigma 1212 resplandeció con una gloria repen­tina y pasmosa. Después del tiempo pasado en el espacio, donde los soles gigantes eran reducidos a parpadeantes puntos a causa de la distancia, y los pasados días de lúgubres nubes y violentas tempestades, la estrella que alumbraba el planeta brillaba ahora como un fuego celestial, bañando las cumbres de las montañas y sus sombreros de nieve con un brillo cegador. Mientras avanzaban, la densa niebla había co­menzado a aclararse gradualmente con la altitud, pero la bri­llante luz había aumentado de una forma tan lenta, que les pasó inadvertida a los tres viajeros, más concentrados en la senda que tenían bajo los pies que en el cielo que se abría por encima de sus cabezas.

Así pues, el sol había estallado sobre ellos como una lla­marada celestial. Libres de la niebla, los picos se alzaban por todas partes, y ellos permanecieron inmóviles, faltos de alien­to por la impresión, rodeados por prístina belleza y una blan­cura tan inmaculada que les hacía daño mirarla. McCoy par­padeó, negándose a bloquear aquella luz que le hacía sentir un hombre nuevo.

-Había olvidado cómo era la luz solar -susurró.

Kailyn bajó la mirada hacia las nubes que se extendían debajo de ellos. Antes habían parecido de un gris inalte­rable, pero ahora, desde aquel punto aventajado, eran de un blanco puro y espumoso, como una alfombra tendida a sus pies.

-Me da la sensación de que podría saltar ahí abajo y ca­minar sobre ellas -dijo, acercándose peligrosamente al bor­de del precipicio.

Se sentía ligera, como una niña en un país de maravillas.

Ni siquiera Spock podía resistirse al esplendor que se ex­tendía ante ellos. Con los ojos entrecerrados, paseó la mira­da de un punto a otro del horizonte, momentáneamente abru­mado por el arrebatador panorama tendido más abajo como el enorme lienzo de un pintor.

-Increíble -dijo con voz queda-. ¡Semejante belleza en estado puro!

-Nunca he visto nada parecido -afirmó McCoy.

Spock recorrió con los ojos las escarpadas montañas, y luego los volvió hacia el sol, de color rojo anaranjado. El sol. Se movía muy lentamente atravesando el cielo blanco azula­do en dirección al horizonte. El tiempo pasaba inexorable­mente. La noche se acercaba cada vez más.

Tenemos que continuar -dijo finalmente.

McCoy creyó percibir una punzada de pesar en la monótona voz de racionalidad, y miró directamente a los ojos del primer oficial; en ellos encontró lo que buscaba.

Spock le devolvió la mirada sin vergüenza.

-La apreciación de una belleza tan absoluta no es nada ilógico, doctor.

-No, no lo es -replicó suavemente McCoy.

 

Durante algún tiempo la senda pareció descender, de con­cierto con el sol. Las sombras se alargaron y se cruzaron en el camino mientras Spock abría la marcha. Una vez más, se detuvieron para dar descanso a sus cada vez más agotadas piernas. También Spock había comenzado a dar muestras de fatiga, en su respiración agitada y la obvia rigidez del hom­bro derecho, el que se había lesionado durante su aventura de la noche anterior. McCoy cayó sobre el suelo, casi exhaus­to, y Spock se arrodilló junto a él.

-Quizá deberíamos acampar aquí, doctor.

-No -resolló McCoy. Miró en dirección al sol, que ya se había puesto muy por debajo de la alfombra de nubes-. To­davía nos queda un poco de luz solar. Un poco más adelante.

-Todo lo que avancemos hoy, será distancia que no ten­dremos que cubrir mañana -intervino Kailyn.

Spock se sentó en solitario para consultar los mapas, mientras Kailyn se volvía hacia el extenso paisaje, de espal­das a McCoy. Él la observaba con admiración. Una niña; no; una mujer ,joven. Mientras sus viejas piernas le pedían que permaneciese echado durante un rato más, él sabía en aquel momento que Kailyn era más dura de lo que cualquiera de ellos había supuesto. En los tramos más escarpados del as­censo, incluso cuando habían tenido que atarse los unos a los otros por la cintura con cuerdas de seguridad, ella nun­ca había desfallecido ni dado un paso en falso. Estaba orgulloso de ella, y sintió el impulso de decírselo; pero no en aquel momento; quizá más tarde, cuando acamparan en el frío de la noche que los aguardaba. Con un esfuerzo mayor del que quería admitir, McCoy se puso primero de rodillas; luego, moviendo una pierna cada vez, se puso de pie con inseguridad. Ni Spock ni Kailyn lo vieron. Intentó respirar profundamente, pero sus pulmones protestaron y se puso a toser, un sonido

retumbante que procedía de lo más profundo de su pecho y lo alarmó. Kailyn lo oyó y volvió rápidamente su cuerpo diminuto, que todavía estaba envuelto en el traje térmico que se le ajustaba como una segunda piel. Su rostro manifestó la profunda preocupación que sentía con un ceño muy mar­cado; aquella tos sonaba como la que tenía su padre la últi­ma vez en que lo había visto.

McCoy le sonrió y luego señaló con la cabeza a Spock, que todavía estaba concentrado en los mapas.

-¿Cree usted que estamos perdidos y él no quiere ad­mitirlo?

Spock levantó los ojos.

-Estamos siguiendo la ruta correcta.

McCoy se inclinó hacia Kailyn y dijo con un fingido susurro:

-Ya le dije que no querría admitirlo.

La senda continuó descendiendo por una ladera, y giró para describir una curva. Spock se detuvo de pronto y levantó una mano para imponer silencio. McCoy aguzó el oído. No había posibilidad de error: desde el camino llegaban hasta ellos unas voces. En la estrecha senda de la montaña no ha­bía dónde esconderse, y los tres estaban a punto de darse de bruces con un grupo de humanoides. Las siluetas se distin­guían más abajo y ascendían por la pendiente; parecían hom­bres de nieve, vestidos con abrigos de color blanco.

-Oh, Dios -dijo McCoy en voz baja-, por favor, no per­mitas que éstos sean como los otros.

Cautelosamente, Spock avanzó.

-Programe su pistola fásica para aturdir, doctor.

-No me gusta disparar contra la gente, Spock -protestó el médico, pero desplazó el interruptor hasta el punto indi­cado, y mantuvo a Kailyn oculta detrás de sí.

-Tampoco a mí me gusta, pero es mejor estar preparado -señaló Spock.

Había algo tendido en la senda, delante de ellos; la curva e inclinación de la senda los ocultó de la vista del grupo de nativos que subía por la cuesta, y los tres se acercaron cau­tamente a aquello. Se trataba de un animal muerto. Tenía el blanco manto de pelo manchado de sangre, presumiblemen­te la suya propia, y las cuatro patas desmañadamente tendi­das debajo del cuerpo. O bien acababan de matarlo, o el aire frío lo había conservado, ya que el cadáver no despedía nin­guna clase de olor. Al acercarse más, advirtieron que tenía dos cuernos muy retorcidos que le nacían en la parte fron­tal de la cabeza. Era una bestia enorme, de al menos dos me­tros y medio de largo.

-Sea lo que sea lo que lo haya matado, despacha unos buenos tortazos -comentó McCoy. Se inclinó para examinar el triple surco marcado en uno de los cuernos-. Parece al­guna clase de garra de tres dedos.

Entrecerró los ojos y apartó con la mano una cosa que había en el extremo de un cuerno: se trataba de un pedazo de piel de pelo blanco, ensangrentado-. También parece que le arrancó un buen trozo a su atacante -dijo, deslizando el trozo de piel en un bolsillo.

-¡Qué criatura tan magnífica! -jadeó Kailyn-. No mu­rió sin antes luchar.

-Realmente -concedió Spock-. A pesar de que fue he­rido de muerte, está sorprendentemente intacto. Lo que lo ha matado tiene que haber sido carnívoro. Es extraño que no le haya arrancado una parte de carne para alimentarse.

McCoy miró por encima del borde de la montaña.

-Miren ahí abajo.

Spock y Kailyn lo hicieron. A bastante distancia, apenas visible, había un animal de pelo blanco cuya cabeza colgaba por encima del borde como una gárgola grotesca. Tenía el aspecto de un cruce entre puma y oso. McCoy comenzó a ha­cer un comentario, pero fue interrumpido por una nueva voz claramente amenazadora aunque hablaba una lengua alie­nígena. Spock, McCoy y Kailyn se volvieron a un tiempo y vieron que el camino estaba bloqueado por los humanoides que habían visto ascender por el camino. Ahora sus rostros eran visibles, rodeados por caperuzas con borde de piel, muy bronceados, bien afeitados, con flequillos perfectamente re­cortados y tan negros como el azabache. Estaban furiosos.

Había una docena de ellos, todos muy similares, y lleva­ban armas con punta de acero: lanzas, arcos y flechas, y cu­chillos de largas hojas. El jefe, más robusto que los demás, habló en voz alta y señaló el cadáver del animal con gestos bruscos.

-Nosotros no lo matamos -dijo tranquilamente Spock. No tenía ni idea de si el jefe del grupo le comprendía; a

modo de explicación, señaló los surcos abiertos en el cuer­no del animal, al tiempo que evitaba hacer gestos que pu­dieran alarmar a su interlocutor.

-Lo encontramos aquí, muerto.

El fornido sigmaniano le ofreció una réplica silenciosa: apuntó la flecha alojada en el arco hacia el pecho de Spock. Ante un rápido movimiento de su cabeza, sus compañeros rodearon al grupo de la lanzadera. Se movían con una agili­dad extraordinaria, sin manifestar temor alguno respecto al borde del camino ni al profundo abismo que esperaba al que perdiese pie.

-Sugiero que no ofrezcamos resistencia -dijo Spock en voz baja.

-Ya empezamos otra vez -comentó McCoy mientras les ataban las manos a la espalda.

 

El sol poniente atravesaba las nubes con sus rayos y pin­taba los cielos con brillantes pinceladas de oro, rojo y azul profundo. El grupo armado condujo a la tripulación de la Galileo montaña abajo hasta más o menos un kilómetro de distancia, donde un estrecho paso dividía la cumbre en dos. La senda no tenía más de nueve metros de ancho en la entra­da, pero se ensanchó gradualmente a medida que descendían, para abrirse finalmente como la parte superior de un embu­do, a unos ochocientos metros aproximadamente. Por último, la cadena montañosa se interrumpió, y más abajo se vio un valle umbroso, arropado por las elevadas Kinarr. A un lado, una profunda V de cielo separaba dos montañas; ambas pa­recían inclinarse ante el sol para permitirle brillar sobre la planicie interna. Pero, excepto por esa abertura, el valle es­taba completamente protegido por la cadena montañosa que lo circundaba.

Cuanto más se adentraban, más cálido se hacía el aire: los vientos que reinaban en los altos picos alpinos no entra­ban en aquel lugar, y la atmósfera estaba en calma.

Sólo la parte superior del disco solar era visible, y baña­ba las zonas del valle a las que podía llegar con su radiación de color carmesí. La senda se transformó en escalones cui­dadosamente tallados en la rocosa superficie del planeta. Los escalones descendían directamente ladera abajo, interrum­pidos a grandes intervalos por anchas plataformas de pie­dra. En cada una de éstas había una amplia losa con imagenes talladas en su superficie y parecida a un altar: dibujos de animales que cabriolaban contra el telón de fondo de las montañas. El jefe se arrodilló ante cada uno de aquellos al­tares, mientras los otros permanecían silenciosamente de pie y con la cabeza inclinada mientras él ofrecía una plegaria. Dicha ceremonia se repitió cinco veces.

Por fin, los escalones acabaron; desde la base de aquella escalera salía una multitud de senderos. El cielo se había vuelto de color negro azulado, y las estrellas comenzaban a destellar. De pronto se estremeció el suelo y desde una de las calles bajas llegó hasta ellos un horripilante coro de aulli­dos y gruñidos. Poco después, un rebaño de al menos cien animales apareció trotando. Caminaban a paso rítmico, con­ducidos lentamente por unos veinte montañeses. Cuando pa­saron, Spock advirtió que varios de aquellos pastores eran mujeres, y que los animales eran iguales a la bestia muerta que habían hallado en el sendero. Una nube de polvo almizclado siguió al rebaño, y McCoy estornudó. Cuando los animales hubieron pasado de largo, los cautivos fueron conducidos al interior de una caverna.

McCoy reprimió una ligera sensación de náusea por vol­ver a encontrarse en el interior de una cueva, pero no le re­sultó difícil: aquella cueva se parecía a la de la noche pasa­da tanto como una cabaña de adobe a una mansión del sur de los Estados Unidos.

La entrada era baja y tuvieron que agacharse para entrar, pero el interior era una gruta de bóveda alta con lámparas de aceite fabricadas con cerámica en las paredes y colum­nas de apoyo hechas con bloques de piedra cuidadosamente encajados que se elevaban hacia las sombras. La sala cen­tral estaba dominada por un altar inmenso y unos escalo­nes conducían al púlpito emplazado cuatro metros y medio más arriba. Tallas coloreadas de animales decoraban todo el entorno.

Unos cincuenta montañeses permanecieron al pie del altar, mientras un anciano de elevada estatura ascendía por los escalones. Llevaba unas polainas blancas tejidas y un pon­cho a rayas de brillantes colores. Su nariz aguileña sobresa­lía del rostro enmarcado por largos cabellos blancos y una barba que le llegaba hasta la mitad del pecho. Subió los escalones con paso ceremonioso y alcanzó la parte más alta, donde yacía un animal pequeño que se contraía instintiva­mente al intentar zafarse de las tiras de cuero que lo sujeta­ban. Era una cría del rebaño, un macho de cuya frente na­cían los incipientes cuernecillos. Las diminutas pezuñas repiqueteaban contra la roca del altar. El hombre de eleva­da estatura sacó un cuchillo destellante que llevaba a la cintura, metido en una funda. Levantó los ojos y las manos ha­cia la bóveda que tenía encima y habló con tonos resonantes. Spock entendió lo que decía.

-Dejad que los dioses del viento nos vean y santifiquen este sacrificio de la Noche de Oscuridad. Cuando las lunas vuelvan a brillar, que nuestras propiedades y la paz sean re­novadas.

Bajó el cuchillo y la pequeña bestia soltó un gañido. Lue­go quedó inmóvil; el golpe limpio había hecho su trabajo con misericordia, pero McCoy aún se sentía vagamente mareado. Dirigió sus ojos hacia Kailyn, que contemplaba el ritual con los ojos muy abiertos y completamente absorta.

Dos hombres jóvenes, vestidos con polainas y chalecos en lugar de los pesados abrigos de montaña, subieron rápida­mente los escalones del altar cuando descendió el anciano de elevada estatura. Desataron al animal muerto y se lo lle­varon por un corredor que partía de la cámara principal.

El fornido jefe que los había encontrado en la senda, aguardó pacientemente hasta que el anciano consiguió atra­vesar un apretado grupo de montañeses reunidos en torno a él. Finalmente, cruzó la cámara y se detuvo ante el jefe, que le susurró algo al oído. El anciano asintió con su blanca ca­beza; los demás retrocedieron y él se acercó a los prisione­ros, mirándolos con ojos penetrantes. Tenía el rostro entre­cruzado por líneas y arrugas, como un intrincado mapa labrado en cuero viejo. La nariz aguileña presentaba venas prominentes, y los ojos se hallaban cargados por pliegues de piel floja; pero su rostro manifestaba una fuerza tranquila, y su voz estaba cargada de autoridad.

-¿Quiénes son ustedes que atacan a los rebaños de las ovejas de nieve?

Spock alzó una ceja.

--Nosotros no hemos atacado sus rebaños. Nosotros en­contramos el animal muerto en el sendero, de la misma forma que sus hombres. La oveja de nieve había sido atacada por algo con una garra de tres dedos, y... -¿Cómo sabe eso?

-Vimos los surcos abiertos por las garras en un cuerno de la oveja, y encontramos esto.

McCoy dirigió el bolsillo trasero de sus pantalones ter­males hacia Spock, y el vulcaniano sacó del interior el peda­zo de piel blanca ensangrentada. El anciano lo cogió y luego se volvió hacia el jefe de la patrulla.

-¿Viste tú esas marcas?

El hombre asintió con la cabeza y examinó el trozo de piel de animal.

-Vimos al atacante tendido sobre la cornisa inferior a aquella sobre la que se encontraba la oveja de nieve -declaró Spock-. Era del mismo color que ese trozo de piel.

El anciano respiró profundamente.

-Un zanigret -le dijo al jefe de patrulla-. Estos viajeros han sido retenidos sin necesidad. Déjalos libres.

Las sogas que les sujetaban las manos fueron desatadas de inmediato.

-Quedan ustedes en libertad -anunció el anciano. -¿Ahora? -preguntó McCoy.

El anciano bajó sus ojos hasta McCoy, con una mirada

de curiosidad.

-Por supuesto, pero sólo los idiotas viajan en la oscuri­dad, cuando merodea el zanigret. Pueden quedarse con nosotros hasta la mañana, y luego regresar a sus tierras natales.

-No podemos regresar a nuestras tierras natales -le res­pondió Spock-. El sitio del que procedemos está muy lejos de estas montañas. Antes de poder regresar, tenemos que re­cuperar algo que un amigo dejó aquí hace mucho tiempo.

-¿De qué se trata? Quizá yo pueda ayudarlos.

-Tal vez pueda. Estamos intentando encontrar el asen­tamiento de Shirn O'tay. ¿Lo conoce usted?

Los ojos del hombre se contrajeron bajo las blancas ce­jas, y él sonrió.

-¿Están buscando la Corona del rey?

-¿Cómo sabe usted eso? -preguntó McCoy, atónito, y

mientras formuaba la pregunta, la respuesta surgió en su mente-. Por supuesto... usted es Shirn O'tay. El anciano hizo una profunda reverencia.

-No ha pasado un solo día en el que no pensara en el rey. ¿Cómo se encuentra?

-Está enfermo -respondió Spock-, demasiado enfer­mo como para venir él mismo a recuperar la Corona. Ésta es su hija, Kailyn.

-Ah, sí -exclamó Shirn con deleite-. La niña, aquella niña pequeña. Pero has crecido. -Shirn sacudió la cabeza-.Cuando pienso en todo el tiempo pasado y el viento que ha soplado entre las montañas... -Se interrumpió a media frase-. Oh, por supuesto que ustedes vienen desde mucho más allá de estas montañas. Vienen de otros mundos, otras estrellas. Deben quedarse a descansar y comer con nosotros. -Dio unas palmadas y gritó-: ¡Preparaos para el Banquete de las Lunas! ¡Vamos, vamos! ¡Comerán ustedes sentados so­bre mi manta!

El anciano jefe condujo a su pueblo desde la cámara sa­grada a una caverna lateral más pequeña en la que tendría lugar el banquete. Spock, McCoy y Kailyn siguieron a la mu­chedumbre.

-Estamos en la zona de alojamiento -exclamó McCoy con entusiasmo-. No creía que viviría para verla.

Pero el alegre grupo arrastró a Kailyn sólo en cuerpo; su espíritu estaba inquieto. Se había concentrado tanto en los obstáculos físicos que estaban en el camino que la conduci­ría hasta la Corona, que se había permitido olvidar la rigu­rosa prueba con la que tendría que enfrentarse en solitario. Ni McCoy ni Spock podrían ayudarla una vez que aquel ob­jeto fuese depositado sobre su cabeza. La mayor tarea de su joven vida estaba más cerca de lo que ella nunca había pen­sado que se hallaría, y hacía que el viaje a través de los te­rrores de Sigma 1212 pareciese un juego de niños. Se sorpren­dió deseando que se hallaran todavía en los senderos de alguna parte de las montañas, en cualquier parte menos tan cerca de la Corona de Shad como en aquel momento.

 

16

 

 

Hacía mucho tiempo que se había agotado la pacien­cia del comandante Kon. La tormenta espacial había evitado que se acercasen más a Sigma 1212 du­rante casi dos días, y la tensión a bordo de la nave espía klin­gon estaba peligrosamente cerca del punto de ebullición. El corpulento oficial artillero miraba con incomodidad a Kon de vez en cuando; no cabía duda de que la mandíbula del hombre aún sentía dolor a causa del puñetazo que Kon le había asestado en la pelea que ambos habían tenido por la mañana.

Como comandante, Kon prefería que sus órdenes fuesen obedecidas sin necesidad de recurrir a tácticas de persua­sión, y desde luego sin tener que pelear; pero el teniente Keast había insistido en dar un consejo que nadie le había pedido. Cuando Kon le advirtió que estaba al borde de la insubordi­nación, Keast se volvió insultante. El puñetazo lo había si­lenciado de forma bastante eficaz, aunque, al reflexionarlo más tarde, Kon reconoció ante sí mismo que había sido afortunado al coger con la guardia baja a aquel teniente mucho más corpulento y joven que él.

A medida que pasaban las horas, miraba a Kera cada vez con mayor frecuencia. No sólo prefería la belleza de ella al rostro malhumorado de sus oficiales masculinos, sino que era ella quien le informaría si la tormenta amainaba. Final­mente, la mujer lo hizo.

-¿Podemos entrar, Kera?

-Sí, comandante. Estoy completando el análisis de la zona por medio de los sensores.

Se volvió hacia la terminal de la computadora, descansando levemente las manos sobre varios interruptores de control, preparada para pasar de un modo a otro y de una a otra pantalla.

El río de datos significaba muy poco para Kon, que espe­ró una vez más con unas reservas de paciencia recargadas.

-Ocurre algo extraño, señor -dijo Kera con el entrecejo fruncido. Pulsó una secuencia de botones-. Estoy recibien­do un mensaje de la Federación.

Kon se irguió en su asiento.

-¿Está la Enterprise en su radio de alcance?

-Negativo, señor. No hay más naves que la nuestra.

-Entonces, ¿con quién se están comunicando?

-Ah, ya veo. Con nadie. El mensaje se repite una y otra vez. Es una señal de emergencia automática.

-Así que... la nave de la Federación no consiguió aterri­zar bien, después de todo. Nuestra decisión de esperar fue un excelente movimiento estratégico, ¿no lo cree así, Kera? -dijo Kon en voz alta, con un tono mordaz dirigido a Keast, que estaba sentado en su puesto con rostro malhumorado.

Kera sonrió serenamente.

-Excelente, comandante. -Quizá después de esa misión ella volvería a considerar la posibilidad de tener relaciones sexuales con él. La expresión de los ojos del hombre era in­confundible: la decisión dependía de ella, pero eso era algo para meditarlo más adelante-. Estamos fijos sobre la posi­ción de la nave de la Federación, señor. Podemos proceder al aterrizaje.

 

La nave klingon se posó a un kilómetro -y medio de la abandonada Galileo, en un claro cercano al arroyo que co­rría veloz y crecido dentro de sus márgenes. Era el momen­to de la puesta del sol, aunque la capa de nubes hacía que el cielo pareciese más oscuro, casi completamente negro. Con el rayo de una linterna alumbrando el camino que se exten­día ante él, Kon abrió la marcha hacia la lanzadera. Las rá­fagas del cortante viento barrían los terrenos de las tierras bajas, y los cuatro klingon sacaron sus armas al aproximar­se cautelosamente a la nave.

-¿Obtiene alguna señal de vida? -preguntó Kon.

Kera recorrió la Galileo con un sensor.

-Ninguna.

Kon se volvió hacia los dos oficiales hombres.

-Quédense de guardia aquí mientras nosotros registra­mos el interior.

Sopló una fuerte ráfaga y el casco metálico desgarrado crujió y gimió. Kon se volvió por reflejo con el arma a punto, tras lo cual se volvió y miró a la oficial científica con timidez. -Toda esa espera me ha puesto un poco nervioso. -Trate de no dispararme por accidente. Kon sacudió la cabeza.

-A usted, no. A Keast, tal vez.

Ambos se echaron a reír y se metieron debajo del flan­co de la lanzadera para poder llegar hasta la escotilla de entrada.

Una vez dentro, Kon recorrió el interior con el rayo de luz de la linterna, mientras Kera dirigía el sensor hacia los escondrijos y rincones.

-No hay cadáveres -meditó Kon.

-Pero aquí tenemos sangre -señaló la oficial científica, recogiendo el paño con manchas de color marrón oscuro-. Alguien resultó herido.

Los interrumpió un suave y repetitivo golpeteo sobre el casco de la lanzadera.

-¿Qué es eso? -preguntó Kon.

-Parece el sonido de la lluvia.

Escucharon durante unos instantes, y el golpeteo se hizo más insistente... más fuerte, ruidoso, rápido. -Comandante -gritó Keast desde la compuerta-, aquí fuera llueve a cántaros. Los cielos se han abierto de pronto. -Si acaba empapado -dijo Kera en voz baja-, nunca oiremos el final de sus quejas. ¿Quiere tener que volver a gol­pearlo?

Kon adoptó una expresión de asco.

-Muy bien -gritó-. Entren aquí los dos.

Keast y su compañero de guardia subieron por la mal­trecha entrada. Ya estaban empapados, y el aire helado los hacía tiritar. Kon les echó una mirada de ferocidad, mien­tras Kera continuaba con su minucioso reconocimiento de la cabina de la lanzadera.

-Las armas han desaparecido. La mayor parte de las re­servas de comida han quedado aquí, señor, pero están con­taminadas.

-¿Evaluación?

-Yo diría que fueron capaces de salir de aquí, pero has­ta dónde pueden haber llegado es algo difícil de determinar, especialmente con las condiciones atmosféricas que tiene este planeta.

-Sí -dijo Kon con aire pensativo-. Los enclenques de la Federación no podrían medrar en un clima tan duro, a di­ferencia de nosotros, los klingon. -Les dirigió una feroz mi­rada a los temblorosos oficiales-. Al menos, la mayoría de los klingon.

-Lo siento, comandante -protestó Keast-, pero hace mucho frío... y la temperatura está bajando.

-Estén donde estén, van bien armados -continuó Kon-. Eso significa que podrían haber atacado a cualquiera de los nativos de la zona para conseguir comida y cobijo.

-Excepto por el hecho de que los cobardes de la Federa­ción no operan con tanta eficiencia -le recordó Kera.

-Cuando se trata de sobrevivir, incluso un perro oficial de la Flota Estelar como ese medio vulcaniano, Spock, ma­taría si le dieran la oportunidad. Métanse eso en la cabeza todos ustedes. Si los encontramos, prepárense para disparar a primera vista.

-Entre tanto, señor -dijo Keast con tono beligerante-, ¿qué vamos a hacer?

-Esperaremos a que amaine esta tormenta. Odiaría que tuvieran que volver a mojarse.

-Pero los espías de la Federación podrían estar...

-...sentados en alguna parte, haciendo exactamente lo mismo que nosotros: esperar -dijo Kon, interrumpiéndolo-. No perderemos terreno. Estoy seguro de que no se encuen­tran lejos de aquí, y no tendremos ningún problema para se­guirles la pista cuando mejore el tiempo. No tendrá usted tantas reticencias a viajar en la oscuridad como las tiene a permanecer bajo la lluvia, ¿eh, Keast?

-No, señor, no las tengo -le respondió el teniente con tono rígido.

 

Los klingon pasaron una hora en el casco de la lanzadera lleno de goteras, pero la lluvia no hizo más que empeorar. Un remolino de viento se desplazaba atravesando el bosque, arrancando árboles y arrojándolos lejos como si fuesen fi­nas ramas. El tornado recogía toda clase de desechos y los arrastraba aullando por las tierras llanas y los elevaba por encima de las colinas. Llegó hasta la Galileo y la sacudió como a un juguete de niño que fuese arrojado por el aire por la mano de un gigante.

Los klingon nunca llegaron a saber qué los atacó. Keast murió instantáneamente al golpearse la cabeza contra un mamparo divisorio. El otro oficial fue catapultado a través de la escotilla abierta y se estrelló contra las piedras que ha­bía abajo antes de que la lanzadera le rodase por encima. Kera y Kon se aferraron a los asientos que aún estaban suje­tos al piso, y ambos estaban con vida cuando el ciclón pasó de largo y la Galileo, rota en dos mitades, se detuvo contra un barranco emplazado a casi cien metros de la posición que ocupaba antes.

Salieron tambaleándose bajo la fuerte lluvia. Kon cayó al suelo, semiinconsciente. Kera mantenía el brazo derecho apretado contra el flanco para protegerse una costilla que sospechaba que se había fracturado. Se arrodilló en el fan­go y utilizó una manga de su traje para limpiar la sangre que cubría los ojos del comandante; fue entonces cuando vio la profunda y fea brecha abierta encima de la nariz del hombre.

-¿Puede ponerse de pie, Kon?

-Creo que sí. Tenemos que regresar a nuestra nave. Ayú­deme a levantarme.

Ella hizo todo lo que puso, y ambos cojearon hacia el re­lativo abrigo de los árboles.

-El arroyo -susurró Kon entre los labios ensangrenta­dos-. Tenemos que seguirlo.

-Ya casi hemos llegado.

Kon tropezó y, al caer, se aferró a Kera para sostenerse. El brazo de él se cerró con fuerza en torno a la cintura de la mujer, y ella profirió un alarido de dolor: Kon acababa de encontrar la costilla rota.

La mujer contuvo la respiración y las lágrimas, consiguió que ambos recuperasen el equilibrio y continuó avanzando por entre los árboles.

Pudieron oír el rugido del agua justo delante de sí, aun­que resultaba casi inaudible por encima del aullido del vien­to; sin embargo, sería la guía que los llevaría de vuelta a la seguridad de su propia nave.

Los truenos retumbaban en el oeste. Una cabeza de Me­dusa de rayos rasgó el cielo, separándose los unos de los otros y precipitándose sobre el planeta que se extendía debajo. Uno de ellos cayó sobre un añoso árbol que se encumbraba por encima del camino. El árbol estalló y se hizo pedazos, arro­jando astillas de madera como metralla en todas direccio­nes. Kera empujó a Kon para resguardarlo tras otro árbol de ramas bajas... un instante demasiado tarde. Una estaca dentada se clavó en el pecho de Kon y éste murió antes de tocar el suelo. Kera se tendió sobre él.

-¡No! -gritó, y luego reprimió otro grito que había co­menzado en lo más profundo de su garganta. La única res­puesta de los torturados señores de la naturaleza que regían aquel planeta salvaje, fue la invariable lluvia torrencial, el trueno y el crepitar del tocón del árbol en llamas. La made­ra chamuscada siseaba al caerle encima la lluvia, y se con­vertía en vapor.

Kera estaba sola... pero era una klingon. Tendría que con­tinuar adelante e intentar cumplir aquella misión... sola, o morir en el intento.

 

17

 

 

S irn O'tay demostró ser un anfitrión afable. Su manta era en realidad una suntuosa alfombra fabricada con varias pieles de zanigret y acolchada con lana de ovejas de nieve. El Banquete de las Lunas señalaba la ausen­cia simultánea de ambas lunas en el firmamento, y eso ocu­rría sólo cuatro veces al año debido a las órbitas desiguales de los satélites de Sigma. El oscurecimiento de los cielos re­presentaba el purificador cambio de las estaciones, y las lu­nas nuevas que saldrían a la noche siguiente eran adoradas como heraldos de la buena suerte.

Las largas fuentes de carne de las ovejas sacrificadas para la ocasión, y el surtido de verduras y hierbas, fueron una vi­sión agradable para el trío de la lanzadera; eran muy dife­rentes de las bayas y concentrados que habían comido du­rante los últimos dos días. Finalmente habían tenido la posibilidad de quitarse los trajes térmicos sucios y des­garrados, tras lo cual McCoy y Kailyn se atiborraron de comida; Spock comió sólo verduras y hierbas, y los tres es­cucharon ávidamente las respuestas que dio Shirn a las muchas preguntas formuladas acerca del asentamiento de la montaña.

-Hemos vivido de forma muy parecida durante cientos de años -les explicó el anciano-. Nuestros antepasados en­contraron este valle, e interpretaron el descubrimiento como una señal de los dioses del viento. Como ya habrán, visto, nues­tro mundo no es en general hospitalario.

-Bueno, ciertamente hemos tenido bastantes muestras de los malos modales del planeta -replicó McCoy entre dos bocados.

-Esa tormenta con la que nos encontramos en las tierras bajas... ¿es algo común en el clima de este mundo? -preguntó Spock.

-Para las tierras bajas, sí. Incluso lo es para las monta­ñas; pero no en el interior del seno de las Kinarr, donde nos hallamos ahora. En la planicie rara vez tenemos algo más que una suave nevada. Las ovejas de nieve vivían en este valle des­de antes de la llegada de nuestros antepasados, y fueron muy fácilmente domesticadas. Existe una historia que les hace­mos relatar a los niños durante los festines, para que se per­petúen las antiguas leyendas. ¡Tolah! ¡Tú comenzarás!

Un duendecillo con forma de niña se levantó de una manta emplazada al otro extremo de la cueva. Avanzó sin hacer rui­do y se detuvo ante Shirn. Parecía tener unos ocho años de edad, y llevaba un brazalete de cascabeles que tintineaban dulcemente cuando ella se movía. El anciano le tendió un per­gamino.

-Tolah, la historia de la primera oveja de nieve.

La niña se alejó de Shirn con un enorme paso de ballet, y habló con voz muy seria.

-La primera oveja de nieve saludó a nuestros ancestros en el cruce de las Kinarr, y tenía grandes cuernos, mucho más grandes que los que tiene ahora.

Conocía el relato de memoria y continuó sin mirar ni una sola vez el pergamino.

-Y no quería dejar pasar a nuestros ancestros. Y la ove­ja de nieve dijo: «No podéis entrar aquí. Ésta es una tierra sagrada y sólo los pueblos sagrados pueden morar en ella». Y nuestros ancestros le dijeron: «Nosotros somos un pueblo sagrado. Los dioses del viento os dijeron que guardaseis esta tierra para nosotros». Y entonces...

-Muy bien, Tolah -la alabó Shirn, con los ojos brillan­tes de placer-. Kindel... continúa tú.

Kindel, un chico rubio de unos trece años, tomó el perga­mino y leyó con tonos cuidadosos y solemnes.

-«Demostrad que sois sagrados», dijo la oveja. Y el Pa­dre Primero aferró a la oveja por los cuernos y lucharon du­rante cuatro estaciones. Cuando las estaciones terminaron, la oveja dijo: «Yo soy la criatura más fuerte, enviada para cus­todiar las tierras sagradas. Sólo alguien perteneciente a los pueblos sagrados puede tener la misma fuerza. Sois verdaderarnente kinarri, hijos de las Kinarr. Sois bienvenidos a morar en paz con nosotras, y mis hermanos y hermanas se­rán vuestros sirvientes». Y ésta es la historia de la primera oveja de nieve.

Kindel enrolló lentamente el pergamino y se lo entregó a Shirn. El anciano asintió, lleno de orgullo. Tras hacer una ceremoniosa reverencia, el chico volvió a sentarse con su familia.

Más tarde fueron retiradas las fuentes y trajeron frutas escarchadas junto con una bebida dulce y muy caliente he­cha con savia de árbol. Spock preguntó por qué Shirn y su pueblo no habían modernizado nunca su modo de vida.

-Porque no tenemos ninguna razón para hacerlo, señor Spock. Yo me fui al exterior para asistir a la escuela cuando era pequeño. Mi padre me envió a una colonia de la Federa­ción con la esperanza de que pudiera aprender algo nuevo para ayudar a nuestro pueblo.

-¿Aprendió algo? -preguntó Kailyn.

-Aprendí qué era lo que no necesitábamos ser, y que un jefe no puede obligar a que alguien cambie cosas que no pue­de cambiar. Aquí tenemos una comunidad pequeña, quizá unas quinientas personas. Las fuentes cálidas de las caver­nas conservan nuestras huertas a las que alumbramos con luces especiales que les compramos a los comerciantes. Las ovejas de nieve nos proporcionan carne, leche, queso, abono para fertilizar las tierras, ropa y otros artículos. Una oveja que muere o es sacrificada, la aprovechamos completamen­te. Los ataques de los zanigret son el único problema que te­nemos, y se producen principalmente durante la noche. Por eso guardamos los rebaños en cuevas durante las horas de oscuridad. La que ustedes encontraron se había escapado.

-Una economía semejante, aplicada en mayor escala en un sistema de vida más moderno... -comenzó a decir Spock.

-...es muy difícil de conseguir. No estamos aislados de los avances de nuestra era. Adoptamos nuevas herramientas, y comerciamos libremente cuando los mercaderes interes­telares pasan por aquí; pero no queremos trastornar nues­tro equilibrio, nuestras tradiciones de tantos años.

-Esto es Shangri-la -murmuró McCoy.

-¿Qué significa eso? -preguntó Shirn.

-Es una antigua leyenda de la Tierra que habla de un lugar oculto en las alturas de las montañas del Himalaya,

donde las cosas no han cambiado durante miles de años, y en el que la gente no envejece. Ahora, eso sería algo que me vendría muy bien.

Shirn soltó una triste carcajada.

-Como puede ver, doctor, nosotros sí que nos hacemos viejos.

-Se suponía que Shangri-la era un paraíso, y eso es lo que parecen tener aquí ustedes.

-Si me permite que se lo pregunte -intervino Spock-, ¿cómo funciona la sucesión en el poder?

-Tenemos una mezcla de democracia y monarquía. El hijo o hija mayor del último jefe es quien se hace cargo del gobierno, a menos que la mayoría vote por otra persona. Sin embargo, raramente surgen desacuerdos. Por ejemplo, mi hija, la madre de Tolah, me sucederá cuando yo muera.

La conversación, a pesar de lo fascinante que era, con in­tercambios de información tremendamente gratificantes por ambas partes, se desvió finalmente hacia la Corona de Shad. Kailyn escuchaba, como había hecho durante la mayor par­te de la noche.

-¿Podemos verla? -preguntó McCoy.

-No la tenemos aquí mismo -le respondió Shirn.

-¿Dónde la guardan, entonces? -inquirió Spock.

Shirn frunció los labios.

-En un lugar seguro. El rey Stevvin me advirtió que no debía ser fácilmente accesible por si sus enemigos llegaban a averiguar adónde la había llevado. De hecho, él ni siquiera sabe su emplazamiento exacto; eso lo dejó en mis manos.

-Bueno, ¿podremos recuperarla esta noche? -preguntó McCoy.

-Me temo que no. Nos llevará varias horas llegar hasta el sitio en el que se halla, y no podremos partir hasta que haya despuntado el día. -Una mirada de congoja atravesó el rostro acribillado de venas de Shirn-. Incluso entonces, no puedo simplemente dejarles que se la lleven.

-¿Por qué no? -fue la siguiente pregunta de McCoy.

-Porque le prometí al rey que sólo al legítimo gobernan­te le sería permitido llevársela.

McCoy montó en cólera.

-Kailyn es la gobernante legítima. Tiene que creerlo.

-Con el corazón, les creo todo lo que me han contado, sin excepción alguna; pero hice un juramento. Kailyn tiene que demostrar quién es.

-¿No es nuestra palabra una prueba suficiente? -Los ojos de McCoy destellaban de ira y Kailyn le tocó una mano.

-Shirn tiene razón. También tendré que demostrarlo en mi planeta. Es muy conveniente que primero tenga que de­mostrarlo aquí.

-¿Cómo?

-Mostrando que poseo el Poder de los Tiempos, que pue­do controlar los cristales de la Corona.

 

Cuando hubo acabado el banquete, Kailyn encontró a Spock en una sala de pergaminos, una cueva cuadrada ad­yacente a la gruta principal. Allí, unos armarios llenos de ro­llos de pergamino contenían la historia de los pastores de las Kinarr desde los tiempos en que se establecieron en la protegida planicie. Los rollos estaban esmeradamente escri­tos por las manos de tantos escribas diferentes como gene­raciones del pueblo de Shirn habían existido. Primorosos di­bujos y diagramas surgían a veces para ilustrar relatos de caza y cosecha, leyendas de los dioses del viento y heroicas hazañas. Con la ayuda de un juego de páginas de traducción, Spock era capaz de captar el sentido de la mayor parte de lo que leía, idea por idea, si bien no palabra por palabra.

Mientras leía, grababa las obras manuscritas en su sen­sor, tras haber convencido a Shirn de que sería una terrible pérdida para la historia si alguna vez los pergaminos eran destruidos.

El vulcaniano levantó la mirada cuando Kailyn se sentó sobre la alfombra, a su lado.

-¿Son interesantes? -le preguntó.

-Bastante. Es raro que una sociedad que vive a un nivel relativamente tan primitivo como éste mantenga unos archi­vos tan minuciosos de historia escrita.

-Habitualmente, sólo mantienen un registro histórico oral, ¿no es cierto? Pasa de generación en generación en for­ma de fábula.

Spock alzó una ceja, ligeramente sorprendido.

 -Correcto.

Kailyn sonrió.

-La historia social era una de mis asignaturas preferidas cuando estaba creciendo. -La sonrisa desapareció de los labios de la joven, que desvió la mirada-. Crecer. Toda­vía tengo la sensación de que estoy creciendo.

-Eso no es insólito -dijo Spock suavemente-. Nunca he comprendido por qué muchas razas inculcan en sus des­cendientes la noción de que el crecer, como usted lo llama, es meramente una etapa de la vida por la que uno pasa du­rante un período de tiempo finito.

-¿No lo es?

Spock negó con la cabeza.

-Quizá la terminología lleva a un error de percepción. Si tan sólo se refiriese a la «maduración», sería más fácil conceptualizarlo como un proceso que continúa a lo largo de toda la vida.

-Eso es demasiado lógico para la mayoría de los seres, señor Spock -le dijo ella con una sonrisa irónica-. La ma­yoría de las razas no son vulcanianas.

-Eso es lo que el doctor McCoy me dice constantemen­te. En lugar de dedicar más esfuerzos a la tarea de volverse más lógico, prefiere evitarlo y permanecer...

-¿Incapacitado? -propuso Kailyn.

-Yo no emplearía una palabra tan fuerte.

-¿Por qué no? Constituye una incapacidad el dejarse aprisionar por las emociones y los miedos.

-Los vulcanianos tenemos emociones -dijo cautelosa­mente Spock-. Sin embargo, no permitimos que constitu­yan una interferencia para las observaciones racionales y la capacidad de juicio.

-Ojalá fuese yo vulcaniana. Haría la tarea de gobernante mucho más fácil.

-No necesariamente, Kailyn.

-Pero yo lo he observado a usted. Usted es capaz de va­lorar las situaciones, escuchar las opiniones de los demás, sopesar las alternativas... y actuar, en consecuencia, con vi­gor en los momentos de crisis.

La joven suspiró, y sus ojos adoptaron una expresión aún más triste de lo habitual.

-Está usted sacando conclusiones de datos incompletos. Sólo me ha observado en un limitado número de circuns­tancias.

-Pero sé lo que he visto...

-Usted me vio actuar como jefe porque fui colocado en dicha posición por orden del capitán Kirk.

-¿Quiere ser capitán usted mismo?

Spock sonrió; ¡con cuánta frecuencia había oído esa mis­ ma pregunta!

-No. Prefiero reunir información y entregarla de una for­ma metódica y útil a aquellos que mejor puedan aplicarla a la hora de tomar decisiones. Aconsejar, cuando se me consulta.

-Pero usted está al mando de esta misión...

-Como vulcaniano y oficial de la Flota Estelar, cumplo con los deberes que se me encomiendan. El capitán Kirk es un ejemplo del que podría usted aprender muchísimo.

-¿Qué es lo que hace a un dirigente, señor Spock?

Se detuvo a considerar la respuesta, y pensó principal­mente en Kirk: las cualidades que hacían de él un hombre al que los demás se volverían siempre en busca de ayuda, y lo seguirían.

-La habilidad para delegar tareas, para conocer a los su­bordinados tan bien y confiar en ellos tan completamen­te que pueda dejar en sus manos el trabajo exactamente igual que si fueran el capitán mismo. A su vez, ellos confían en él y le otorgan voluntariamente su lealtad.

-No me refería solamente al capitán Kirk.

-Me doy cuenta de que su referencia era genérica, pero no conozco ningún ejemplo mejor que ése -dijo Spock con voz queda.

-Eso es lo que decía siempre mi padre. -Kailyn volvió a suspirar-. Ojalá el capitán estuviese aquí para poder ha­blar con él... o mi padre.

-Podría intentar hablar con Shirri O'tay. Kailyn se animó.

-Creo que eso haré.

 

Un hombrecillo barbudo y de baja estatura saltaba de un lado a otro, y su voz cascajosa casi le gritaba a Shirn.

 -¡Pero te juro que el macho cabrío es mío!

Un hombre más joven se inclinó y miró al hombrecillo barbudo a la misma altura.

-Y yo digo que es mío. Llegó a la cueva con mi rebaño; eso lo convierte en mío.

Sentado en la alfombra blanca tendida sobre el suelo en medio de ambos, Shirn escuchaba pacientemente y buscaba el momento correcto para intervenir. Cuando el hombrecillo barbudo hizo una pausa para respirar, Shirn hizo sonar su voz... rápidamente.

-A este paso, el macho cabrío morirá de viejo antes de que decidáis algo.

-Eso no ocurrirá; yo lucharé con él por el animal -dijo acaloradamente el hombrecillo barbudo.

El joven pastor puso los ojos en blanco.

-Oh, dioses de las montañas. Tú siempre quieres pelear, Blaye. ¿Cuándo vas a...?

-Un momento, Dergan -le dijo Shirn al pastor más joven-. Blaye tiene razón en parte. La lucha es una de las maneras de arreglar los desacuerdos.

Blaye plantó los pies muy separados sobre el suelo y las manos en las caderas, como si dijese: «Ya te lo dije yo».

-Pero -continuó Shirn- es una forma muy molesta de hacerlo. Incluso si uno gana, acaba magullado y cansado. Re­cuerdo cuando era joven y luché por una oveja de nieve. Oh, gané yo, pero estaba tan cansado, que no pude arrastrarla de vuelta a mi rebaño, y se escapó para caer directamente en las garras de un zanigret.

Blaye movió nerviosamente la mandíbula de un lado a otro, suavizando ligeramente su postura belicosa. Los ojos de Shirn se pasearon del uno al otro.

-¿Existe alguna otra forma? -preguntó el anciano jefe.

-Para eso es para lo que hemos venido a ti -le dijo el hombrecillo barbudo.

-Ah, claro. Podemos matarlo y dividirlo en dos.

-Espera -protestó Dergan-. Ese macho cabrío podría ser padre de muchos otros durante años. Yo no voy a renun­ciar a un animal vigoroso por un montón de carne y hueso.

-¡Tampoco yo!

-Bueno, entonces ¿qué os parece si os repartís por igual todas sus crías?

-¡Nunca! -rugió Blaye, cuya voz retumbó en todas las paredes de la caverna-. Yo tendré que esperar tres Banque­tes antes de obtener esos corderos. Entre tanto, él lo tendrá constantemente, y ese macho cabrío fecundará a todas las ovejas de su rebaño.

-Dergan, ¿tienes alguna oveja preñada?

-Tres de ellas.

-Respóndeme a lo siguiente: tú no tenías ese nuevo ma­cho cabrío cuando saliste a pastorear esta mañana, ¿no es cierto?

-¡Tampoco lo tenía él! Y el animal no tiene ninguna marca...

-Pero ahora lo tienes tú -tronó Blaye.

Shirn finalmente se puso de pie.

-Eso también es verdad. -Era más alto que ambos hombres, y pasó un brazo por encima de los hombros de cada uno de ellos-. ¿Qué os parece lo siguiente? Dergan se que­

da con el macho cabrío...

 -¡No! -gritó Blaye.

-...y Blaye se queda con el primero que nazca en el reba­ño de Dergan, a elegir macho o hembra.

-Pero eso no es justo -dijo Blaye.

Shirn soltó al más joven y se llevó a Blaye a un rincón.

-En todo caso, tú te quedas con la mejor parte, amigo mío. Él obtiene un animal ya entrado en años, mientras que tú obtienes uno nuevo y sano que tiene toda una vida por delante. ¿Eh?

Blaye se rascó la barba y lo meditó. Entretanto, el ancia­no jefe regresó junto a Dergan, que tenía el entrecejo fruncido.

-Tú obtendrás algo que no tenías esta mañana... y esto es mejor que acabar sucio y golpeado después de un comba­te... ¿Eh?

-De acuerdo -dijo finalmente Dergan.

-Yo también estoy de acuerdo -dijo Blaye, aunque no con mucha alegría.

-Macho o hembra -le espetó Dergan.

-Lo decidiré cuando vea los primeros recién nacidos.

 -Y voy a marcar al macho cabrío ahora mismo... Ambos hombres hicieron una reverencia, y luego salieron

observándose con desconfianza. Shirn sonrió para sí; nunca dejaba de maravillarse ante los problemas que le presenta­ba su pueblo.

-¿Cómo ha conseguido eso? -dijo una voz diminuta y llena de reverencia.

El anciano dio media vuelta y vio a Kailyn de pie en la entrada de la cueva.

-Ah, ¿estabas espiándonos aquí, en el Gran Tribunal de Justicia de la Montaña?

Ella se echó a reír y se aproximó a él.

-Estaban dispuestos a estrangularse mutuamente, y usted los ha despedido satisfechos. Quizá no felices, pero satisfechos.

-Simple sentido común, niña mía. El rostro de Kailyn se ensombreció.

 -¿Por qué me llama «niña»?

-Lo siento. No lo eres, ¿verdad? Eres una adulta que pronto gobernará a su pueblo.

Kailyn bajó los ojos. -Tengo miedo de eso.

-¿De ser una adulta o de ser una gobernante?

-De ambas cosas, supongo. Tengo miedo de que mis gentes no quieran aceptarme.

-Lo harán si puedes llevar la Corona que dejó aquí tu padre. El resto depende de ti.

-¿Fue así como sucedieron las cosas en su caso?

 -Sí, creo que sí. -Él le pasó un brazo por encima de los hombros y la llevó a sentarse sobre la blanda alfombra-.Pero yo no sabía qué estaba haciendo cuando me convertí en jefe de mi pueblo. Era muy joven, como tú, cuando mi madre murió y me dejó el gobierno de las tierras natales. Kailyn lo miró fijamente con los ojos muy abiertos.

 -¿Cómo aprendió?

-Leyendo, haciendo preguntas, observando. Averigüé lo ocurrido anteriormente, lo que era bueno o malo. Un buen gobernante hace sólo aquello que es necesario, a veces con un ligero toque siempre que le es posible.

-Pero, ¿cómo voy a saber qué es lo que quiere mi pueblo? Shirn se echó a reír.

-Oh, lo sabrás. Ellos mismos te lo dirán. El truco con­siste en saber diferenciar entre lo que dicen que quieren y lo que realmente quieren.

-Enséñeme --le suplicó la muchacha.

-No, Kailyn. Si uno lo aprende, lo aprende por sí mis­mo. Nadie puede enseñártelo.

-No comprendo cómo puedo dedicar mi vida a afirmar que soy la gobernante de Shad.

-No lo harás. Tu pueblo lo declarará, una sola vez, me­diante la palabra; luego dependerá de ti demostrarlo, continuamente, mediante la virtud y las obras.

Kailyn abrazó con fuerza al anciano y se marchó de la cueva.

 

McCoy estaba ocupado en mullir su colchón cuando Kailyn lo encontró en una pequeña cámara lateral, adyacen­te a la gruta más importante. No hizo falta forcejear dema­siado para convencerlo de que la acompañase a dar un paseo.

El aire era fresco, pero en aquel valle resguardado por las montañas no había viento cortante, y parecía casi cálido. Kailyn deslizó su mano en la de McCoy y ambos pasearon por la calle cubierta de grava que conducía hasta los escalo­nes de piedra ascendentes. Ella le confesó sus miedos a McCoy y le habló de las conversaciones que había manteni­do con Spock y Shirn.

-¿La han ayudado?

-En ciertos sentidos, sí... y en otros sentidos, no.

 -Bueno, eso parece decisivo.

Ella bajó la cabeza y soltó una breve carcajada triste.

 -¡Oh, doctor, estoy tan confundida!

-Eh, nos conocemos lo bastante bien como para que me llame usted Leonard.

Aquello la hizo sonreír, y se acercó más a él al pasar jun­to a una pared baja de roca que dominaba las pasturas iluminadas por las estrellas.

-Dígame qué piensa usted -le pidió ella.

 -¿Acerca de qué?

-De la capacidad de dirigir.

McCoy soltó un bufido.

-Lo que yo sé acerca de eso podría caber en la cabeza de un alfiler muy pequeño. Yo soy uno de los seguidores más consagrados del mundo. Si alguien me dice qué debo hacer, ya tengo más que suficiente.

-Citando a Leonard McCoy, « ¡tonterías! ».

-Spock es un dirigente.

-Él declara que sólo hace lo que debe hacer. Además, us­ted siempre le discute antes de seguir sus órdenes. Eso a mí no me parece la actitud de una persona pasiva.

--Bueno -replicó él con tono ofendido-, ¿quién ha di­cho que yo sea pasivo?

-He estado observándolos a todos ustedes desde que lle­gué a la Enterprise. El capitán y el señor Spock confían tan­to en usted, que siempre lo escuchan, incluso cuando no le han pedido su opinión. Usted puede cambiar sus decisiones con lo que dice... usted puede guiar a los dirigentes.

McCoy levantó la vista al cielo negro y al reguero de es­trellas pintadas en él.

-Es usted una joven muy perspicaz. Supongo que sé una o dos cosas sobre el tema, pero eso se debe a que he estado trabajando con algunos jefes tremendamente eficaces durante todos estos años.

-¿Qué es lo que más destaca cuando piensa usted en ellos? ¿Qué es lo que los hace especiales?

-La comprension y la compasión -le respondió él sin pensarlo ni por un momento-. Eso es lo que diferencia a Jim de algunos de los personajes corrientes que imparten órde­nes. No le dice a nadie que haga algo que no haría él mismo. Exige mucho pero da mucho. ¿Cree que usted es capaz de hacer eso?

-Yo... no lo sé.

-Bueno, pues yo sí lo sé, y digo que es capaz. Ya está... ¿se siente algo menos confundida?

-Realmente, no. Spock me habló de delegación y confian­za; Shirn, de sentido común y capacidad para escuchar; y us­ted, de compasión y comprensión. -Ella tendió las manos con un gesto suplicante-. ¿Qué convierte a alguien en un buen dirigente?

McCoy la sujetó suavemente por los hombros.

-Todas esas cosas. Y no hay ni una sola de esas cualida­des que no posea usted ya en abundancia.

Ella lo abrazó con fuerza, impulsivamente, y luego se vol­vió con la misma brusquedad y lo arrastró con ella. Había nieve en aquella parte de la antigua calle, y una lluvia de co­pos comenzó a caer, planeando hasta el suelo con perezosos movimientos danzarines. Ambos se envolvieron mejor en sus abrigos de piel de oveja.

-Tenía mucho miedo de sentirme perdida sin mi padre, pero no es así.

-Parece sorprendida.

-Lo estoy -replicó ella con una voz llena de asombro-. Oh, le echo de menos más de lo que jamás he echado de me­nos a nadie, y sé que posiblemente no vuelva a verle nunca en esta vida; pero por primera vez lo he aceptado. Si muere, sé que los dioses cuidarán de él, y él se sentirá feliz con ellos. No hubiera sido capaz de aceptar eso sin usted y el señor Spock.

-Claro que podría haberlo hecho. No se concede usted el mérito suficiente, Kailyn.

Ella dejó de hablar y clavó sus oscuros ojos en los de él.

-Usted y el señor Spock son los primeros hombres a los que he conocido realmente, aparte de mi padre y sus servi­dores. Hace apenas unos días no conocía siquiera los nom­bres de ustedes, y ahora... me siento muy unida a ambos. Eran dos extraños, y ahora el estar con ustedes hace que me sien­ta segura y cuidada.

McCoy sintió que se estaba ruborizando, y asió rápida­mente la mano de la muchacha; esta vez le tocó a él tirar de ella.

-Eso es bueno y me hace feliz... pero no nos conoce us­ted tan bien como piensa.

-¿Por qué no?

-Existe un término psicológico: síndrome de crisis. Eso es lo que estamos pasando nosotros tres. Lo detectaron por primera vez en el siglo veinte. Las personas atrapadas en bo­tes salvavidas, túneles derrumbados o cualquier situación que amenazase sus vidas... cuando se hallaban en dichas cir­cunstancias tenían la sensación de que eran los mejores ami­gos del mundo, hermanos, amantes. Sin embargo, una vez pa­sado el peligro volvían a retirarse tras sus propias corazas protectoras. Era el peligro el que los hacía sentirse tan uni­dos, y una vez que éste pasaba, también lo hacían aquellos sentimientos.

-Pero yo no quiero que estos sentimientos pasen, Leonard, yo... yo no los he sentido nunca antes.

-Oh, bueno, no se preocupe. Nosotros ya no volveremos a ser extraños el uno para el otro...

Kailyn se apoyó sobre la pared nevada y sorbió por la nariz mientras una lágrima le bajaba por la mejilla. -Pero es que yo, a usted, le amo.

 

-Ha estado leyendo hasta muy tarde, señor Spock -dijo Shirn desde la entrada de la sala de los pergaminos-. Te­nemos que partir muy temprano mañana por la mañana. -Me retiraré dentro de poco. Estos documentos resultan tan fascinantes, que he perdido la noción de la hora. Shirn rió entre dientes.

-El doctor McCoy me dijo que utilizaba usted esa pala­bra... «fascinante». Me alegro de que nuestra historia no le haya resultado aburrida.

-Muy por el contrario, señor. ¿Se han marchado ya a dormir el doctor y Kailyn?

Shirn frunció el entrecejo.

 -No lo sé.

El jefe de los pastores y Spock se encaminaron a la cámara-dormitorio: estaba vacía, y el entrecejo fruncido de Shirn se hizo más pronunciado.

-¿Dónde podrían estar a estas horas?

-Quizá hayan salido a dar un paseo. Los abrigos no es­tán, y McCoy no es muy aficionado a habitar cavernas. -Si es así, tenemos que traerlos aquí de inmediato -dijo seriamente Shirn-. La noche no es segura por aquí. El anciano abrió la marcha y ambos se dirigieron apre

suradamente hacia la salida.

 

18

 

 

La calle cubierta de piedra había terminado; Kailyn y McCoy continuaron paseando por un sendero que se­guía la base del precipicio. La pares de roca lisa se en­cumbraban hasta confundirse con el cielo nocturno; era di­fícil decir dónde acababa la una y comenzaba el otro. Deba­jo de ellos, la escarpada ladera descendía hasta el fondo del valle, que ahora quedaba a varios metros de caída. Camina­ban el uno junto al otro, pero sin tocarse.

-Pero el amor... bueno, no es algo que uno pueda sentir en veinte minutos, ni siquiera en unos cuantos días -dijo McCoy, con el tono más tranquilizador de que era capaz.

¿Qué es, entonces? -preguntó ella, mientras intentaba no echarse a llorar.

-Es... es algo diferente para cada persona.

 -¿Y para usted?

El médico se aclaró la garganta; aquélla no era una con­versación cómoda.

-Un montón de cosas. Preocuparme por alguien más de lo que me preocupo por mí mismo... encontrar agradable la compañía de alguien en los buenos momentos y en los ma­los... confiar completamente...

-Yo siento todas esas cosas por usted; pero usted me dice que yo no lo amo realmente.

-Oh, Kailyn -dijo él lentamente-. Yo no soy el indica­do para usted.

-¿Por qué no?

-Porque yo no soy más que un viejo médico rural, no un príncipe consorte.

Pero ella había decidido no escucharlo. En cambio, le ro­deó el cuello con los brazos y lo besó. No se trataba de un beso inocente y, para su propia sorpresa, McCoy lo corres­pondió. Permanecieron unidos en un abrazo de enamorados, y él le besó los cabellos.

-Kailyn, soy lo bastante viejo como para ser tu padre.

-Pero no eres mi padre -susurró ella.

Eso era verdad, y, a pesar de sus propias protestas, McCoy no se había sentido como su padre en ningún momento. De hecho, sentía cosas que no sabía que aún llevaba dentro, co­sas que siempre había creído que murieron con su matrimo­nio. No los deseos físicos, que nunca habían sido difíciles de despertar; pero sí el desesperado anhelo, que sentía desde lo más hondo, de compartir sus sentimientos con alguien, de estar cerca y no separarse jamás... eso lo había olvidado, per­dido. ¿Podía estar realmente enamorado de aquella mu­chacha?

Se oyó un suave golpe procedente del sendero, algunos me­tros más adelante de donde ellos estaban. McCoy levantó la mirada y vio un pequeño montículo de nieve que no había estado allí un momento antes. ¿Estaba tirándoles alguien bo­las de nieve, según su idea de lo que era una broma? Antes de que pudiese volverse para mirar en torno de sí, el silen­cio de la noche se vio desgarrado por un espeluznante rugi­do que estaba a sus espaldas, por encima de ellos. Unos col­millos y una piel blanca les saltaron encima. McCoy sintió dolor y una cálida respiración al caer de espaldas.

De alguna manera, había conseguido empujar a Kailyn a un lado con todas sus fuerzas. Unas garras gigantescas in­tentaban desgarrarle la garganta. No había adónde ir excep­to barranco abajo. Entonces sintió un calor abrasador y oyó un gemido agudo; la cabeza le daba vueltas y luchó contra la inconsciencia que se estaba apoderando de él. De pronto, el increíble peso que tenía sobre los hombros desapareció, y los colmillos y las garras cayeron lejos de su cuerpo. Unas manos lo recogieron -las manos de Kailyn-; él las cogió, las sintió ceder, se sintió caer de espaldas. Se deslizó y se golpeó la cabeza contra el suelo. Otras cuatro manos, manos más fuertes, lo aferraron; Spock y Shirn lo sacaron del bor­de y lo pusieron a salvo.

 

McCoy abrió los ojos. Le dolía todo el cuerpo. Una ola de mareo lo recorrió y sintió fuertes náuseas. El rostro de Spock

fue el primero que vio. Se pasó la lengua por los labios. La sentía pesada y blanda, como si perteneciera a otra persona.

-¿Qué ejército ha marchado sobre mi lengua, Spock?

-Me alegro de ver que ha recobrado el conocimiento, doctor.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy?

-Fue atacado por un zanigret. Ahora se halla de vuelta en las cuevas.

McCoy cerró los ojos y gimió.

 -¿Gané yo?

-Sí, con un poco de ayuda. ¿Por qué estaban paseando por el exterior? Shirn ya nos advirtió antes que permanecié­semos dentro de las cuevas durante las horas de oscuridad.

-Lo olvidé. Kailyn quería... ¡Dios mío!, ¿está bien ella?

-Afortunadamente, no ha sufrido daño alguno. Le he dado un sedante y la he metido en la cama.

McCoy suspiró con gran alivio.

-Sería usted un buen enfermero, Spock. Lo último que recuerdo es que nos arrojaron una bola de nieve.

-El sistema de caza del zanigret, bastante ingenioso, es distraer la atención de la presa arrojando un trozo de nieve o roca con su cola prensil, y luego saltarle por detrás.

-Oh, me siento como si tuviese la espalda quebrada, aun­que, si lo estuviera, no podría sentir nada en absoluto, por supuesto.

-Gracias por su lección de anatomía y fisiología. -No sea sarcástico con un hombre herido. ¿Me encuen­tro muy grave?

-Tiene usted cortes y contusiones menores.

-Eso es reconfortante, aunque no confortable, se lo ase­guro... pero sí reconfortante.

El médico consiguió sentarse. No se sentía mejor en aque­lla nueva posición, pero tampoco se sentía peor. Advirtió que Kailyn dormía profundamente al otro lado de la sala. Spock tenía que haberle dado una fuerte dosis de tranquilizante.

-Spock -dijo lentamente McCoy-, Kailyn está enamo­rada de mí.

El vulcaniano alzó una ceja. -¿De veras?

-No se haga tan el sorprendido. Resulta que soy bastan­te fácil de amar.

-Nunca lo he puesto en duda, doctor -respondió Spock con una sonrisa irónica.

-Lo que quiero saber es: ¿qué debo hacer al respecto?

Se frotó la parte trasera de la cabeza y encontró un chi­chón del tamaño de un puño... o al menos eso parecía al tac­to. Gimió y levantó la mirada hacia Spock, que parecía poco dispuesto a mirarle a los ojos.

-Yo... no me siento cómodo discutiendo semejantes te­mas, doctor McCoy.

-No estoy pidiendo que ese frío y calculador corazón vul­caniano suyo me entregue las perlas de la sabiduría román­tica. Sólo le estoy pidiendo una valoración lógica basada en esa forma indiferente propia de las computadoras que tiene usted para observar el comportamiento emocional.

El primer oficial redujo sus labios a una línea, y McCoy comenzó a arrepentirse de haberle preguntado aquello. Ha­bía pasado años reprobando a Spock por su incapacidad para sentir más que pensar, parloteando acerca de cuán buenas eran las anticuadas emociones, muy superiores a la vida re­gida por la lógica y las ecuaciones. A veces, blandía esa no­ción como una cachiporra y le sacudía a Spock en la cabeza con ella de una forma bastante cruel; en otras ocasiones, po­día convertir esa creencia en un afilado instrumento que ma­nejaba con su destreza de cirujano para intentar cortar y atra­vesar la coraza del vulcaniano hasta el corazón que tenía debajo.

«Todos esos esfuerzos, y aquí estoy, buscándolo para que me dé sus helados consejos.»

Pero aquello era diferente. No se trataba meramente de un asunto íntimo de su corazón. Estaba permitiendo que sus sentimientos se interpusieran en el camino de una misión de vital importancia para la Flota Estelar. No podía mirar a Kailyn simplemente como a una joven de innegables atrac­tivos, aunque lo fuese. Incluso los deseos de la propia Kailyn tenían que ser dejados a un lado por el bien de su planeta. «Estás demasiado viejo como para ser un amante contraria­do, McCoy. »

Finalmente, Spock tosió para aliviar el pesado silencio, aunque no sirvió para aliviar la tensión que McCoy sentía como un nudo en el estómago.

-Yo no soy una autoridad en esta materia, doctor McCoy...

-Pero usted es lo único que tengo en este momento, así que déme una respuesta.

-Muy bien. Según lo que yo entiendo de los comporta­mientos emocionales semejantes a éste, se halla usted ante un dilema. Si no comparte usted los sentimientos de Kailyn, la única forma de conseguir que renuncie a ellos es decírse­lo. Cuanto más espere, más difícil será hacerlo. -Hizo una pausa para reflexionar un instante más-. Limpiar el aire, por decirlo de alguna manera, podría liberarla de la carga de confusión que padece acerca de sus sentimientos hacia ella, capacitándola para dedicar toda su concentración a la Corona.

-Así que debo decirle...

-Por otra parte, ella podría actuar de forma irracional si sabe que el amor que siente por usted no será correspondido. Si ése fuera el caso, el hecho de que usted se lo diga podría destruir su capacidad para controlar los cristales. McCoy frunció el entrecejo. -Así que no debo decírselo... Spock se rascó la barbilla.

-Acaba de ocurrírseme una tercera posibilidad. Puede que esté tan confundida ahora, que su concentración mental esté deteriorada hasta un punto crítico.

-En ese caso no importará qué haga yo -dijo McCoy,

totalmente desesperado-. Es usted una gran ayuda, Spock. -Doy por descontado que lo dice usted con sarcasmo. McCoy sacudió la cabeza, furioso consigo mismo.

-Lo siento. Usted lo ha intentado. Supongo que tendré que deducir esto por mí mismo.

 

A la mañana siguiente amaneció un día soleado y claro. McCoy había pasado una noche inquieta de sacudidas y vuel­tas sobre el lecho, se levantó con el sol y salió a dar un pa­seo, observando cómo las finas brumas se levantaban de las tierras bajas de pastoreo.

En grupos de alrededor de veinte, las ovejas de nieve eran sacadas de varias cavernas y conducidas sobre las piedras en dirección a los pastos. Cada uno de los rebaños era acom­pañado por cuatro o cinco montañeses; hombres, mujeres y niños se lanzaban todos a ayudar, gritándoles a los anima­les, golpeando el suelo con largos cayados y empujando a las raras ovejas recalcitrantes para que se mantuvieran unidas al grupo y siguieran a sus guías.

En su mayor parte, las ovejas de nieve parecían criaturas plácidas por naturaleza que seguían la misma ruta hacia los campos que las de su clase habían seguido durante cientos de años. Lo mismo era aplicable a los pastores. Tanto las ove­jas como los pastores parecían genuinamente contentos con su vida. ¿Y por qué no iban a estarlo?, pensó McCoy. Sus vi­das son guiadas por la tradición, son prósperos, están bien alimentados y gozan de paz; durante todo el tiempo que lle­vaba en Sigma, era el primer lugar que veía en el que la vida estaba llena de placer en lugar de luchas. Pensó en quedarse a vivir allí. Si la Enterprise no venía a buscarlos jamás, ¿se­ría eso tan terrible?

«Shangri-la», pensó una vez más, mientras observaba a los rebaños que disminuían su concentración de individuos al descender del área de las cavernas.

También Spock se había levantado temprano. Había re­gresado a la caverna donde se guardaban los pergaminos, para grabar capítulos adicionales. Nunca se cansaría de es­tudiar el pasado, uniendo trozos de leyenda y hechos para reconstruir la línea hasta el presente resultante.

Kailyn fue la última en despertar. Se lavó en el agua ti­bia que manaba de una fuente natural, y estaba a punto de salir en busca de McCoy cuando él entró para buscarla. Ella mostraba una radiante sonrisa, pero el rostro de él era sombrío.

-¿Qué ocurre, Leonard?

-Oh, nada. Estoy un poco magullado de resultas de nues­tra partida de caza mayor de la pasada noche. Es la última vez que salgo a pasear contigo, Kailyn.

-No digas eso -le pidió ella, y lo besó en una mejilla.

-Bueno... ¿como te sientes esta mañana, joven dama? ¿Preparada para la gran excursión?

Ella se encogió de hombros.

-Supongo que estoy asustada. Es por esto por lo que hi­cimos este viaje, la razón por la que tú y Spock tuvisteis que pasar por tantos sufrimientos.

-No es lo que yo escogería para pasar unas relajadas va­caciones, pero lo conseguimos, ¿no? No fue tan terrible como lo pones.

-¿Qué pasará si fracaso?

-Ni siquiera pienses en eso.

McCoy la rodeó con los brazos y ella descansó una meji­lla sobre uno de los hombros del médico. Él apretó los dien­tes; no podía decírselo... pero tenía que hacerlo. No podía ser una distracción para ella, ni tampoco una falsa esperanza. Aquel día, ella tendría que encarar su futuro en solitario, sin idealizadas imágenes de amor con él que mitigaran el dolor en el caso de que el Pacto y la Corona la esquivasen.

«Tiene que ser ahora o nunca.» McCoy no la amaba, no de la forma que ella quería que lo hiciese. A pesar de que había muchas cosas de las que no estaba seguro, no tenía du­das acerca de eso.

-Kailyn, tenemos que hablar de algo.

Ella levantó hacia él sus redondos ojos de niña.

 -¿De qué?

-Comenzamos a hablar del tema anoche, cuando el zanigret nos interrumpió de esa forma tan grosera.

Ella sonrió al evocar la escena previa al ataque.

-Por lo que yo recuerdo, no estábamos hablando de nada.

Estábamos...

Ella intentó besarlo, pero él se retiró y deshizo el abrazo.

 -¿Qué ocurre? -preguntó Kailyn. Él le volvió la espalda y comenzó a pasearse.

-Kailyn, yo... -Suspiró y volvió a empezar-. Las cosas no pueden ser así entre nosotros.

-Pero yo nunca he conocido a nadie como tú.

-Eso es exactamente a lo que me refiero. Tú apenas has tenido ocasión de salir al mundo, a ningún mundo. Tú tienes por delante cosas más importantes que enamorarte de mi.

 -Quiero que tú las compartas conmigo.

 -No puedo... y no puedo hacer que creas que puedo.

 -Pero yo te amo.

-No me amas, Kailyn, y muy pronto te darás cuenta de ello. Estoy muy orgulloso de ti. Has aprendido tantas cosas durante el tiempo que llevamos en todo esto, que me siento como si estuviera viendo crecer a mi propia hija... y es por eso por lo que no puedo darte lo que quieres y necesitas. Yo no soy el indicado para ti.

Un par de lágrimas le bajaron por las mejillas, pero ella hizo caso omiso de ambas y se negó a llorar.

-El tiempo que hemos pasado juntos, las cosas que he­mos hecho, las cosas que nos hemos contado el uno al otro... todo eso no significaba nada, ¿no es cierto? -La voz de la muchacha era inexpresiva, casi vacía.

-Oh, no... todo eso ha significado muchísimo, y yo no lo cambiaría por absolutamente nada; pero no es amor, no del tipo que debe existir en una pareja. Es amistad... una amis­tad y un afecto profundos.

-No tiene por qué darme explicaciones, doctor McCoy.

-Puede seguir llamándome Leonard.

-Quizá sea mejor que no lo haga. En una cosa tiene ra­zón, y es en que he aprendido muchísimo. He aprendido que quizá sea mejor no confiar en nadie, no dejar que nadie se acerque demasiado a una.

-Oh, Kailyn. No...

-Creo que será mejor que ahora me deje sola.

El médico se tragó las palabras que intentaba decir atro­pelladamente, junto con el impulso de abrazar a aquella mu­chacha, y salió de la cámara-dormitorio.

Llevaba los ojos bajos, y estuvo a punto de chocar con Spock en la gruta principal.

-¿Está Kailyn preparada para el viaje?

-No lo sé.

-¿Ha mantenido con ella la charla de que me habló, doctor?

-Sí, y creo que quizá hubiese sido mejor no hacerlo.

-¿Se lo ha tomado mal?

McCoy asintió con la cabeza y sintió deseos de encontrar otro zanigret bajo el cual colocarse.

-La franqueza no siempre es la mejor política, Spock... especialmente cuando se la practica en el momento menos oportuno.

 

19

 

 

Shirn estaba sentado sobre el muro que bordeaba la calle de piedra. Entrecerrando los ojos para protegerlos del sol de la mañana, observó que Kailyn salía de la caverna. Con los hombros caídos y arropada en el abrigo de piel, que le quedaba demasiado grande, parecía diminuta y frágil.

El anciano jefe esperaba haberla ayudado de alguna for­ma la noche anterior, aunque se preguntaba si tenía realmen­te derecho de dar consejo alguno. Mientras que él goberna­ba una congregación de alrededor de una docena de clanes, ella era la soberana de un planeta entero.

Shirn pensaba a menudo en sí mismo como en un custo­dio al que habían puesto a cargo de una herencia verificada a lo largo de los siglos, puesto a prueba por el tiempo y la temperatura por parte de los vientos.

Pero la joven princesa se enfrentaba con una situación muy diferente; tejer la cohesión y el orden a partir de las des­garradas hebras de un planeta asolado por la guerra civil era algo que un pastor del valle de Kinarr apenas podía imagi­nar. Él deseaba tener algún esquema que poder ofrecerle, un cierto camino que pudiera seguir.

Había algo en Kailyn que hacía que todos los que la co­rocían deseasen ayudarla. ¿Era lo inconmensurable de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros inexpertos, o la conmovedora vulnerabilidad que se reflejaba en la forma en que hacía preguntas y buscaba adquirir la fuerza de aque­llos a quienes conocía? Aquella cualidad podía resultar invalorable, si inducía a las personas de buena voluntad a correr en su auxilio. Sin embargo, podía ser heraldo del desastre si ella era verdaderamente débil e indefensa.

Shirn había escogido a dos jóvenes pastores robustos de su propio clan para que guiasen a la expedición hasta el lu­gar en el que se hallaba oculta la Corona del rey Stevvin. Los dos, Frin y Poder, habían sido escogidos por una determinada razón: eran lo suficientemente grandes y fuertes como para hacer respetar la orden de Shirn de que la Corona de Shad sólo fuese sacada del valle si Kailyn tenía el Poder de los Tiempos. Si no conseguía hacer que los cristales se vol­viesen transparentes, como exigía la religión shadiana, la Corona permanecería en su escondite secreto. Frin y Poder se encargarían de que así fuese.

Con comida, mantas y equipos de emergencia a la espal­da, condujeron a su tío Shirn y los tres visitantes calle aba­jo, por la vía cubierta de grava. Ante ellos se tendía la senda que se curvaba por encima de la gigantesca montaña desde donde los dioses del viento mantenían sus vigilantes y bo­rrascosos ojos sobre el mundo que estaba debajo.

Kailyn caminaba sola en el centro del grupo, con Spock y Shirn detrás de ella; McCoy cerraba la marcha con aspec­to sombrío.

-Mantenga la cabeza alta, doctor McCoy -dijo Shirn-, o dará un paso en falso y caerá por el precipicio. La senda se hace muy estrecha más arriba.

Durante la mayor parte del tiempo avanzaban en silen­cio, cada uno perdido en sus pensamientos más íntimos. Spock se sorprendió preguntándose qué le rondaría por la cabeza a Kailyn. ¿Estaría concentrándose en la preparación mental necesaria para manejar la Corona, o se hallaría per­dida en las reverberaciones emotivas de su malhadado en­cuentro con el amor? Por su bien, esperaba que la Corona fuese lo más importante, pero sabía que no era así; también sabía que no había nada que él pudiese hacer al respecto. Constituiría una violación del decoro vulcaniano el inquirir en el presente estado mental de la muchacha y ofrecerle una ayuda que no le había pedido. Aun así, sentía un torturante impulso de imponer su auxilio, tanto si ella lo quería como si no. Semejante acción por su parte sería desde todo punto inaceptable, y con cierta irritación atribuyó este impulso a que había estado recientemente expuesto a la emotividad de­senfrenada de McCoy.

Entre tanto, el subconsciente de McCoy continuaba refunfuñando. «¿Por qué no podrías haber tenido la boca cerrada durante un rato más? ¿Tanto daño habría hecho eso? Debes de estar haciéndote viejo... y senil. O bien eso, o es que, cuan­to más viejo te haces, más estúpido te vuelves.» La autoflagelación no podría conseguir nada práctico; el daño no po­día ser reparado, no a tiempo para mejorar las cosas; pero el hacerse sentir todo lo mal que pudiera hacía también po­sible que se sintiese un poco mejor.

Kailyn, por su parte, era un confuso enredo. El temor, la amargura y la ira luchaban entre sí para sobresalir. Estaba enfadada consigo misma por haber juzgado mal el interés que McCoy sentía por ella, y por haberle puesto en una si­tuación tan embarazosa. Estaba furiosa con él por no amar­la, y se encontraba desgarrada entre el deseo de venganza y la conciencia de que aquélla era una reacción infantil. Que­ría demostrar cuán adulta era, cuán gustosamente perdona­ba y olvidaba; pero también quería lastimar a la persona que la había lastimado... o que había sido la causa de que ella se lastimase a sí misma... o que había permitido que se lasti­mase a sí misma. No estaba segura de cuál...

Le pasó fugazmente por la cabeza la idea de volverse y empujar a McCoy hacia el precipicio... y luego arrojarse ella tras él. ¡Qué melodramático!

En realidad, no sabía qué era lo que quería, excepto paz en su corazón, y eso no tenía ni idea de cómo conseguirlo. Tal vez le llegase junto con la Corona.

La Corona... La había visto, cuando era muy pequeña, en unas cuantas ceremonias. Intentó recordar qué aspecto te­nía, su forma y tamaño, su tacto, pero no pudo conseguirlo. Lo único que tenía eran imágenes, atisbos de un objeto ma­ravilloso visto por los ojos de la niña que había sido.

¿Cómo sería el Poder de los Tiempos, si ella lo poseía? ¿Sería algo que podría sentir físicamente? ¿Sería placente­ro o atemorizador? La luz del sol podía curar o quemar; el viento podía soplar como una brisa o como un vendaval. ¿Ten­dría el Poder un doble filo, al igual que las fuerzas de la na­turaleza? ¿O se presentaría solamente ante la visión mental? ¿La cambiaría a ella?

«Por favor, que sea capaz de cambiarme», deseó fervien­temente. «Que me haga todo lo que no soy: fuerte... sabia... mundana... digna de ser amada.»

Sin embargo, al mismo tiempo tenía miedo de ser cam­biada por algo ajeno a ella misma. ¿La invadiría el Poder como alguna fuerza de la noche, como una criatura infernal? ¿Era así como funcionaba el Poder? ¿Se trataría de una fuer­za contra la que tendría que batallar? Y, si ganaba, ¿sería entonces aceptada como heredera legítima del Pacto? Si era así como iban a suceder las cosas, ¿qué ocurriría si perdía la batalla? No sería capaz de gobernar... ¿y qué quedaría de ella, de Kailyn?

No... el Poder tenía que ser una fuerza del bien y de la luz. Repentinamente se dio cuenta de que, durante todos los años que había vivido junto a él, todas las horas y días pasa­dos en el aprendizaje de lo que su padre tenía para enseñar­le, él nunca le había dado una clara descripción de aquel Po­der de los Tiempos. ¿Por qué no lo había hecho? De repente se sintió traicionada. «¿Cómo Pudo mi padre fallarme de esa manera?»

Ella misma se respondió: él no lo habría hecho. Si hubie­ra sido capaz de enseñarle, con palabras, cómo era el Poder, lo habría hecho. ¿Ni siquiera después de pasar toda una vida con esa cosa extraña, ese Poder, como parte de uno mis­mo, continuaba uno siendo incapaz de describírselo a otra persona?

La joven suspiró sonoramente; si eso era verdad, ¿cómo, entonces, sabría ella alguna vez, sin lugar a dudas, que lo tenía?

Claro está que la Corona se lo diría de momento, pero ¿continuaría haciéndolo siempre?

Era todo muy esquivo. Como el amor. Volvió los ojos atrás para mirar a McCoy, cuyo rostro era una máscara gris de pe­sadumbre. Kailyn sintió deseos de decirle que no importa­ba que no la amase, pero sí que importaba. Ella quería que él la amase, ¿no era así? «No sé qué es lo que quiero.» Gimió suavemente, y se puso completamente roja cuando Frin, el más alto de los dos guías, giró bruscamente la cabeza para ver si se encontraba en peligro. Ella se apresuró a sonreírle; tranquilizado, él volvió a fijar su atención en el camino.

 

Cuando los jóvenes guías llegaron a un punto en el que el sendero se estrechaba y lo cubría una arcada de roca, am­bos se detuvieron y Shirn avanzó hasta el frente del grupo.

Intercambió algunas palabras con sus sobrinos y luego abrió la marcha él mismo. Pasaron por debajo de la arcada y Spock se detuvo brevemente para examinarla mientras McCoy lo miraba por encima del hombro.

-Fascinante. Esto no está hecho por las manos de los hombres.

-Casi parece una puerta de entrada.

Y así era realmente, pues el sendero, que había subido suavemente durante la última hora, subió de pronto muy abruptamente. Lo que había sido una excursión se transfor­mó en una auténtica escalada, y McCoy gemía mientras in­tentaba no quedarse atrás. Todos se habían atado por la cin­tura con cuerdas de seguridad, y Spock ayudó al médico en determinados sitios en los que un asidero para las manos y los pies era prácticamente inexistente.

Finalmente llegaron a una plataforma de roca, y Shirn in­dicó una pausa. Agradecido, McCoy se dejó caer pesadamente y se dobló en dos intentando recobrar el aliento.

-A partir de aquí -declaró Shirn-, debo mostrar el ca­mino sólo a Kailyn.

-Espere un momento -jadeó McCoy. Lo acometió un ac­ceso de tos y Spock se inclinó para ofrecerle una mano a la que agarrarse.

-¿Por qué no podemos acompañar a Kailyn? -preguntó Spock.

-Porque es eso lo que me pidió su padre.

-Pero hemos recorrido todo este camino... -comenzó McCoy.

Kailyn lo interrumpió.

-Es nuestra costumbre. Mi padre ya me advirtió que los tendría a ustedes a mi lado excepto en el último momento. Lo que viene a partir de ahora es algo que debo hacer por mí misma.

Mientras hablaba, evitó mirar a McCoy a los ojos.

El observó con impotencia mientras separaban las cuer­das. Kailyn y Shirn permanecieron unidos por una de ellas y ascendieron por el escarpado precipicio para desaparecer después en la cumbre. McCoy se puso trabajosamente de pie y Poder le apoyó una poderosa mano sobre uno de los bra­zos. «¿Será para ayudarme o para detenerme?», se preguntó McCoy.

Spock se acercó para substituir al joven guía y ayudo _a McCoy a sentarse sobre una roca plana.

-No podemos dejarla marchar de esa manera, Spock.

-Tenemos muy pocas alternativas.

-No tiene ninguna importancia que ella necesite nues­tro apoyo. Se trata de que eso tiene que ser peligroso. Shirn no es precisamente un gallo primaveral. ¿Qué ocurriría si algo le sucediese a él, o a ella? Yo...

-Ya sé que está preocupado, doctor. También a mí me preocupa. Según la lógica, éste no es el mejor método.

McCoy miró al vulcaniano con ojos penetrantes. Por su­puesto, su rostro no le dejaba entrever absolutamente nada; pero McCoy creía en lo que percibía: una textura en la voz que raramente había captado, una auténtica cordialidad. Que­ría darle las gracias a Spock, pero no había nada peor que un vulcaniano incómodo, así que permaneció en un total si­lencio.

 

Aquélla no era una senda fácil. Kailyn se preguntó si los pies de algún humanoide la habrían recorrido desde que la Corona había sido depositada en aquellas montañas, hacía tantos años. Le dolían los dedos de las manos a fuerza de afe­rrarse a grietas y salientes que parecían demasiado peque­ños y frágiles como para soportar el peso de una persona.

-No mires hacia abajo -le advirtió Shirn desde más arriba.

-¿Debo mirar hacia arriba?

-Sólo hasta la altura de mis pies. Yo me ocuparé de lo que tenemos por delante.

-Pero yo...

Sus palabras fueron ahogadas por un sobrecogedor alarido cuando el saliente que tenía bajo los pies se rompió con un chasquido horrible. Por la ladera rodaron numerosas piedrecillas y Kailyn quedó colgando en el extremo de la cuerda de seguridad. El grito cesó cuando la muchacha respiró una bocanada de aire frío, y Shirn la tranquilizó rápidamente.

-Te tengo. No luches. Quédate quieta, Kailyn.

Sintió que la cuerda se le tensaba en torno a la cintura. La apretaba lo suficiente como para causarle dolor, pero ella permaneció callada.

-Tiende las manos hacia delante, niña. No intentes tirar, sólo equilíbrate. Presiona suavemente contra esa roca afila­da. Esa misma.

Sin sacudirse en absoluto, ella hizo lo que el anciano le acababa de decir. La roca afilada era firme.

-Muy bien. Ahora, apoya un pie sobre ese saliente.

El pie derecho obedeció como si lo hiciese por su propia cuenta. El izquierdo lo siguió. La cuerda hacía que se sintie­se segura, y un momento después se hallaba cerca de Shirn en la cima de lo que ahora se daba cuenta de que era una de las caras de roca desnuda de la cumbre misma de la mon­taña. De pronto, el territorio que los rodeó fue prácticamen­te plano.

La nieve virgen cubría aquel irreal mundo blanco que se encumbraba por encima de las nubes. Una dura luz solar des­cendía desde el cenit, y se hacía difícil calcular las distan­cias. La joven le dio la mano a Shirn y el anciano pareció ca­minar sin rumbo. Mientras le seguía los pasos como una niña perdida, Kailyn recorrió con la vista todo aquel paisaje ex­traño. El resto de aquel planeta era escarpado y peligroso, pero no completamente diferente de Orand o Shad. Sin embargo, las cumbres de las montañas eran sitios vacíos, mo­nótonos, como si sus creadores se hubiesen quedado sin co­sas que ponerles encima. Tal vez habían sospechado que nadie subiría jamás hasta un lugar tan alto y desolado, o qui­zá lo habían creado intencionalmente, como un lugar en el que descansar del torbellino creado abajo por los hijos de la naturaleza: el viento y la lluvia, la tierra, el agua, las gen­tes y los animales que luchaban todos celosamente para do­minarse los unos a los otros.

Pero en aquellas cúspides no había ni un sonido, ni una voz, ni un colmillo, ni una lanza, ni una pisada aparte de las de Shirn y las suyas propias. Sólo había luz, la fuerza más pura, el comienzo de la Creación...

...E Iyan, Dios de Dioses, encendió las estrellas una a una, decía el Libro de Shad. Y cuando estuvieron encendidas, Iyan se sintió feliz. Porque ahora, a la luz de la gloria, Él podría hacer los lugares y las criaturas que vivirían en ellos. «He crea­do la luz, dada a las estrellas. Éstas vivirán y morirán, pero en viviendo crearán estrellas nuevas. Cuando una muera, en­cenderé una nueva, y no volverá jamás a haber oscuridad en el Universo.» Iyan vio la luz y la luz era buena...

«Luz», pensó Kailyn, al recordar la leyenda del libro sagrado.

-Ya hemos llegado -anunció Shirn.

Kailyn parpadeó al darse cuenta de dónde estaba. Ante ellos había un montículo de roca cubierto de nieve en el que se veía una abertura que descendía.

-¿Estás preparada?

Kailyn asintió con la cabeza, y Shirn entró delante. Ella levantó los ojos y miró al sol por última vez antes de pene­trar en la roca. Incluso las estrellas morían, pero, mientas vivían daban vida. Mientras Kailyn viviese, ¿qué le daría ella al universo, a su mundo, a su pueblo? Aquél era el momento de averiguarlo.

 

El túnel se adentraba en la enorme montaña. Shirn alum­braba el camino con una de las linternas rescatadas de la Galileo.

-El aire es templado aquí dentro -dijo Kailyn, pasados algunos minutos-. No era lo que esperaba encontrar en el interior de una montaña como ésta.

-Esto es un volcán... pero no te inquietes. Nunca ha he­cho erupción en toda la historia conocida. Quizá algún día entre en actividad. De momento, sólo produce calor y fuen­tes termales.

Una gota de sudor bajó por la frente de Kailyn, y ambos se despojaron de los abrigos.

-¿Qué distancia hemos recorrido ya? -preguntó la mu­chacha.

-No mucha. Parece mayor a causa de la oscuridad.

Un momento más tarde llegaron al final del túnel, donde se abría una gruta en forma de cúpula de cuyo techo gotea­ba humedad; una alfombra de musgo cubría el suelo y subía por las paredes. Shirn dejó la linterna sobre una piedra gran­de y se encaminó directamente hacia un escondrijo abierto en la pared, de donde sacó un objeto envuelto en un brillan­te paño metálico que trajo hasta Kailyn. Ella le dedicó una mirada interrogativa.

-Abre el envoltorio, Kailyn.

Como hipnotizada, apartó cuidadosamente los extremos del paño y contempló ante sí la Corona de Shad.

No estaba espectacular ni llamativamente incrustada de piedras preciosas. En su sencillez, era una obra de arte clá­sica, y lo hubiera sido aunque careciese de la condición de Corona sagrada. Se trataba de una sencilla banda de plata, que todavía brillaba después de todos aquellos años pasa­dos en la cumbre de una montaña. Tenía cuatro puntas, dis­puestas a los lados, delante y detrás respectivamente, que re­presentaban a los cuatro dioses de la religión shadiana. En la base de la punta frontal, símbolo de Iyan, Dios de Dioses, estaban los dos cristales del Pacto. Cuatro siglos de orden, paz y prosperidad, habían dependido del significado y la fe que residía tras aquellos cristales, al igual que el futuro de­pendía de ellos en aquel momento.

Los cristales eran multifacetados, y cada una de las pulidas superficies era pentagonal. A pesar de que tenía alrede­dor de dos centímetros y medio de diámetro, la profundidad brumosa del interior parecía inmensa, y cada uno era una ventana hacia algún otro sitio sin nombre y hacia otro tiem­po. Kailyn ladeó la Corona y la bruma se arremolinó, como la nieve artificial en el interior líquido del juguete de un niño. La bruma se sacudió dentro de los cristales, una mezcla ne­blinosa de marrones y grises.

Kailyn parecía paralizada mientras miraba fijamente el plateado objeto que tenía entre sus pequeñas manos. Todo lo ocurrido desde la partida de Orand pasó a toda velocidad por su mente, una confusión de acontecimientos que se des­plegaban y se unían como los dibujos de un caleidoscopio. De alguna manera, las piezas encajaban, aunque se desha­cían y cambiaban para conducirla finalmente a ese momen­to y lugar.

-Pronuncia la oración y ponte la Corona, niña mía.

Kailyn asintió obedientemente. Luego se arrodilló sobre el musgo blando e iba a dirigir el rostro... ¿hacia qué direc­ción? Había perdido el sentido de la orientación y se ruborizó.

-¿Hacia dónde está el sur? -preguntó, dado que el sur era el lugar por donde salía el sol de Shad, y la dirección de Iyan.

Shirn sonrió y la volvió para ponerla de cara al sur. Ella musitó la plegaria que su padre le había enseñado muchos años antes, preparándola para aquel día.

-Ruego que se me conceda la guía, que pueda seguir la senda de los dioses y de mis padres y madres, que pueda ser una verdadera hija del Pacto, que pueda guiar a nuestro pue­blo siempre hacia la luz y nunca hacia la oscuridad. Sean dadas las gracias a Iyan, y a mi padre y madre.

Tenía los labios secos y sintió como si su garganta fuese de algodón al tragar. El corazón comenzó a latirle con fuer­za y sus manos temblaron muy levemente mientras aferra­ban la Corona que sostenía a la altura del pecho. Ella quería que Shirn le dijese qué debía hacer, pero el anciano pastor se había retirado a las sombras, detrás de ella.

Lentamente, levantó la Corona por encima de su cabeza, elevando sus melancólicos ojos para seguirla. Luego comen­zó a bajarla cada vez más hacia su cabeza.   .

 

-Maldición, Spock -protestó amargamente McCoy-.Sabía que tendríamos que haber ido con ellos.

Hacía ya mucho rato que había recuperado fuerzas, y se paseaba dando vueltas y más vueltas por la plataforma. El sol, que había estado en el cenit cuando Kailyn y Shirn se pusieron en camino para recorrer el último tramo del cami­no, estaba al otro lado de la montaña, camino del horizonte vespertino. Spock estaba impasiblemente sentado sobre la roca plana, mientras que Frin y Poder charlaban entre sí y alternativamente miraban con expresión de aburrimiento ha­cia las montañas adyacentes.

-Doctor, no teníamos posibilidad de elección en ese asun­to. Entre tanto, usted ha estado paseándose de forma tan ago­tadora por aquí arriba, que se encontrará cansado a la hora del descenso.

-Oh, me las arreglaré. Esto no es más que un poco de entrenamiento. Bien sabe Dios que he hecho más ejercicio durante todo este viaje del que había hecho en los últimos veinte años de mi vida. Pero eso no conseguirá apartar mi mente de lo furioso que me siento. Si yo no hubiera estado a las puertas de la muerte cuando Shirn se llevó a Kailyn, habría luchado yo mismo contra esos mocetones si hubiese tenido que...

Spock se volvió abruptamente y miró a un punto empla­zado más allá de McCoy, pero el médico estaba demasiado ocupado como para darse cuenta. Continuó culpándose a sí mismo, a Shirn, Spock y los jóvenes guías por toda aquella situación.

-Doctor... -dijo el primer oficial con tono enfático.

McCoy miró finalmente al vulcaniano, luego se volvió en redondo y vio a Kailyn y Shirn que descendían por las últi­mas rocas de la escarpada ladera. Corrió a recibirlos, a abra­zar a Kailyn... pero se detuvo abruptamente y su sonrisa de oreja a oreja se desvaneció cuando la princesa real llegó a la plataforma. Tenía el rostro sin color y los ojos ribeteados de rojo. No la había visto así desde la última crisis de salud del padre a bordo de la Enterprise. Ni siquiera el rechazo amoroso de él la había abatido tan completamente. Sintió un frío helado, mucho mayor del que justificaba el clima.

-¿Qué ha ocurrido?

Kailyn lo miró. Sus ojos se llenaron de nuevas lágrimas. -He fracasado.

Se arrojó en brazos de McCoy y lloró sobre el blando pelo del abrigo.

El médico mantuvo su rostro pegado al de ella. No que­ría que nadie viese que él también estaba llorando.

 

20

 

 

Spock y Shirn se hallaban juntos al borde de la plataforma rocosa, y resultaba evidente que el anciano jefe estaba profundamente turbado; pero al mismo tiem­po se mostraba inflexible: la Corona de Shad no descende­ría la montaña con ellos.

-Estoy más triste de lo que nunca podría imaginarse, se­ñor Spock. Yo quería que ella lo consiguiese, como si fuera mi propia hija. Pero el Poder parece estar fuera de su alcance.

-¿Parece?

-Fue capaz de conseguir que los cristales se aclararan ligeramente, pero no del todo. Le di tres oportunidades; ése es el motivo por el que permanecimos ausentes tanto tiem­po. Intenté calmarla, aliviar sus temores de la mejor mane­ra que pude...

-Sé que lo hizo, pero el fracaso de ella no parece ser con­cluyente.

-En este asunto no hay lugar para grados -declaró tris­temente Shirn-. Hace dieciocho años le juré al rey Stevvin que defendería su ley.

 

El camino de descenso fue mucho más fácil que el de as­censo, y fue recorrido apresuradamente para llegar a su final antes de que cayese la noche y despertaran los zanigrets que merodeaban durante las horas de oscuridad. Sin embar­go, a McCoy le pareció el doble de largo, a causa del sombrío humor que pesaba sobre él. Él había querido marchar junto a Kailyn, pero ella había pedido que la dejasen sola, como a una proscrita, por lo que él la había seguido a unos pocos pasos más atrás.

Cuando llegaron a las cavernas, él se negó a escuchar las protestas de la joven, y le ordenó que descansara, con un se­dante a modo de apoyo. Él y Spock la dejaron en su retiro y regresaron a la sala de los pergaminos.

-Todo ha sido culpa mía -dijo McCoy, con el rostro ocul­to entre las manos. Se dejó caer sobre una alfombra que ha­bía en un rincón y apoyó los codos sobre las rodillas, como una marioneta arrojada descuidadamente por un titiritero indiferente-. Yo soy lo peor que jamás le haya ocurrido a esa muchacha, Spock. Deberían someterme a un consejo de guerra por interferencia en esta misión.

-Doctor, está siendo usted innecesariamente punitivo en la valoración que hace de sí mismo.

-Maldición, llamo al pan, pan, y al vino, vino -replicó McCoy con severidad-. Fui enviado para ayudar, para aten­der la coriocitosis de Kailyn...

-Cosa que ha hecho admirablemente bien. ¿O ha olvida­do que le salvó la vida en una ocasión?

-¿Para qué se la salvé? ¿Para que le liara tanto la cabeza que no consiguiese pasar la prueba de la Corona?

-En todo caso, no tiene usted ninguna prueba de que pu­diera haber sido capaz de actuar de una forma más eficaz. Todos nosotros expresamos dudas acerca de su madurez y motivación cuando la conocimos y evaluamos por prime­ra vez.

-Pero yo pensaba que ella había superado todo eso.

-Quizá no fue más que una ilusión. Los humanos son pro­pensos a eso -dijo Spock con voz suave.

Pero McCoy estaba demasiado metido en su propio pe­sar como para conseguir siquiera dedicarle una sonrisa. Lo único que pudo hacer fue sacudir la cabeza.

-Se supone que estoy especializado en psiquiatría. Yo vi lo que iba a ocurrir, y no hice nada para evitarlo. Me lo ad­virtieron. Christine lo vio, Jim lo vio, incluso usted se dio cuenta... y yo le chillaba a todo el mundo que mantuviera sus narices fuera de mi vida, que ya era mayorcito y podía cuidar de mí mismo.

-La mente no es un aparato perfecto. Es susceptible de cometer errores de acción y percepción...

-Y yo cometí todos los errores del libro. -El médico ce­rró los ojos-. Y todo porque sentía una tremenda compa­sión por mí mismo por estar haciéndome viejo. Bueno, todo

el mundo envejece. ¿Por qué soy yo tan terco que no puedo aceptarlo?

-Kailyn no se enamoró de usted porque usted se sintie­se, como dice, viejo; se enamoró por lo que vio en usted.

-Sí... un condenado imbécil.

-No... una persona solícita que se interesaba profunda­mente por ella, mucho más allá de lo que requiere una mi­sión militar.

-Y fíjese en el precio que ha pagado por mi culpa.

-¿No le parece que también ha ganado cosas de gran valor?

-¿Como qué?

-El respeto y el afecto de personas a las que no había conocido nunca antes... la capacidad para superar grandes obstáculos al afanarse para alcanzar una meta...

-¿Es que no lo comprende? Esa muchacha no ha llega­do a la meta solamente por culpa mía. No sólo he destruido la vida de una jovencita, sino también el futuro de todo un planeta. Shad está condenado a más años de guerra civil por­que yo tenía que satisfacer mi propia estúpida vanidad. Si eso no merece un consejo de guerra, no sé qué es lo que lo merece. Quiero que usted informe de esto.

Spock clavó en McCoy sus penetrantes ojos, obligando al médico a mirarlo.

-La Flota Estelar emplea seres vivos, criaturas de carne y hueso con...

-...todas las debilidades de las que la carne es heredera -citó amargamente McCoy.

-Sí. El alto mando espera la mejor actuación de que sus oficiales sean capaces... ni más ni menos. Por lo que a mi in­forme se refiere, doctor, ésa ha sido la contribución que us­ted ha hecho a la misión presente.

-Pues, si esto es lo mejor de que soy capaz, no merezco siquiera ser médico.

Spock estaba comenzando a comprender la emoción hu­mana de la exasperación. McCoy estaba tan concentrado en definirse como un despreciable gusano, que no parecía ha­ber ninguna forma de rescatarlo de su autocompasión.

-No había decidido aún si debía informarle de esto, pero, dado que parece tan decidido a despreciarse mucho más allá de los límites de su...

-¿Informarme de qué?

-De lo que Shirn me dijo en la cumbre de la montaña. Finalmente, McCoy se apartó del personaje aniquilador de sí mismo.

-¿De qué está hablando, Spock?

-Cuando Kailyn se puso la Corona, consiguió que los cristales se aclararan ligeramente.

-Ella merece la Corona -dijo McCoy totalmente conven­cido y con voz sibilante.

Shirn se sentó en los escalones del altar mayor mientras intentaba mantenerse tranquilo y firme.

-Ella no hizo lo que debía hacer. ¿Por qué iba a recompensársela por ello?

-¡Porque ésta no es una situación normal! Ella no acce­de al trono de una forma ordenada, como lo hicieron su pa­dre y los reyes y reinas que lo precedieron a él.

-Eso ya lo sé, doctor McCoy...

-¿Y por qué, entonces, no quiere tomarlo en conside­ración?

-Porque no puedo. Ese asunto no depende de mí.

 -Depende de usted ahora. Si le permite que se lleve la Corona, nadie sabrá nunca qué ocurrió en la cumbre de esa montaña.

-Escúchese a sí mismo -tronó Shirn-. Escuche la ton­tería que acaba de decir. ¿Nadie lo sabrá? Ella lo sabrá. ¿Qué ocurriría si la dejase que se llevara la Corona y ella regresa­se a Shad? ¿Qué pasaría si su pueblo le pidiera que demostrara poseer el Poder, cuando ella no lo tiene? Y aún peor, ¿qué sucedería si se convirtiese en reina y no tuviera ni la sabiduría ni la madurez necesarias para gobernar, o cual­quier ayuda mística que pueda conferir el Poder? Piense en esas cosas antes de pedirme que rompa el juramento que le hice al padre de Kailyn, un juramento que hice en este mismo altar, ante sus dioses y los míos.

El jefe kinarri estaba furioso, y McCoY se dio cuenta de que lo había presionado demasiado, aunque también era de­masiado tarde como para disculparse. Al menos, de momen­to. Se volvió y salió de la caverna tan rápidamente como pudo, mientras el taconeo de sus botas sobre la roca era el único sonido perceptible. Resonó contra la bóveda y las paredes y quedó suspendido en cl aire después de que McCoy se hubo marchado.

 

Las horas pasaban lentamente. Pasaría otro día antes de que la Enterprise pudiera -posiblemente- llegar a Sigma 1212. Entre tanto, aguardaba otra noche de insomnio. McCoy no podía enfrentarse con eso. De momento, parecía estar que­dándose sin refugios. Kailyn estaba durmiendo en la cáma­ra pequeña, y no era probable que Shirn deseara su compa­ñía después del enfrentamiento que habían tenido junto al altar. Francamente, McCoy no deseaba su propia compañía. El único compañero con el que no se había puesto en con­tra, últimamente, era Spock.

El vulcaniano levantó la mirada del pergamino que ha­bía estado grabando en el sensor. McCoy entró cautelosamen­te en la sala sintiéndose como un insecto supuestamente be­néfico, de esos a los que nadie quiere tener realmente cerca pero al que tampoco nadie quiere aplastar.

-¿Le importa si le hago compañía, Spock?

Con una señal de consentimiento del primer oficial, el mé­dico se sentó en la alfombra y miró el rollo de pergamino.

-¿Qué es eso que está leyendo?

-Nada que pueda resultarle de interés. Simples historias agrícolas. Además, supongo que no ha venido usted aquí para dedicarse a la investigación.

Una media docena de réplicas cortantes se insinuaron en la mente de McCoy, pero no consiguió reunir ni el más lige­ro esfuerzo para espetárselas al vulcaniano.

-Tiene usted razón -suspiró.

-¿Ninguna otra observación?

-No. Usted parece ser la única persona de Sigma capaz de estar en la misma habitación que yo, así que será mejor que no abuse de mi suerte.

-¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlo?

-¿A mí? No; pero puede ayudar a Kailyn. Sé que necesita alguien con quien hablar, pero creo que yo me he eliminado de entre las posibilidades. ¿Haría usted...?

Spock ya se hallaba de pie.

-Por supuesto, doctor. Dudo de que pueda suplantarlo

jamás como padre confesor, pero lo haré de la mejor mane­

ra posible.

-Gracias, Spock.

«Por todo.»

Pero Kailyn no estaba en el dormitorio. Sin decir una pa­labra para no alarmar a nadie, Spock salió silenciosamente de las cavernas y se aventuró al exterior, con la pistola fási­ca en la mano y los ojos errantes en busca de posibles pro­blemas.

Afortunadamente, fue fácil encontrar a Kailyn, que se ha­llaba de pie contra la pared rocosa que dominaba los oscu­ros valles de pastoreo. Ni se sobresaltó ni se volvió al oír la voz de Spock detrás de sí.

-¿Por qué está fuera de las cavernas? Ya sabe los peli­gros que acechan aquí fuera.

-Por eso estoy aquí -respondió finalmente ella-. Quie­ro morir.

Spock avanzó hasta detenerse junto a ella. Estaban lejos de los barrancos y relativamente a salvo del ataque de los animales. Dado que ella parecía más dispuesta a hablar bajo la cobertura de la noche que en los confines de las cavernas, el vulcaniano no hizo ningún intento de llevarla de vuelta al interior.

-¿Quiere realmente eso?

Ella mantuvo los ojos fijos en las distantes estrellas. -¿Tengo algún motivo para vivir?

-¿Por qué quiere deshacerse usted de la vida a edad tan temprana?

-Porque, a edad tan temprana, he fracasado en todas las cosas de importancia, y he decepcionado a todos aquellos que alguna vez se preocuparon por mí o significaron algo para mí.

-Nadie ha emitido un juicio tan severo sobre usted, Kailyn.

-Nadie tiene que hacerlo. Puede que sea una niña, pero tengo la edad suficiente como para saber que les he fallado a usted y al doctor McCoy, y también a Shirn. Y he destrui­do los sueños que mi padre tenía para nuestro planeta... y, en definitiva, eso significa que todo un mundo sufrirá por mi causa.

-Es extraño. McCoy reclama muchos de esos fallos como suyos propios.

Al oír aquello, ella se volvió con expresión mortificada.

-¿Eso hace? ¿Por qué?

-Él cree que es el culpable de lo que usted describe como su fracaso de hoy.

-Es mi propia culpa.

-¿No se le ha ocurrido pensar que nadie es culpable?

Kailyn lo miró fijamente; todo su rostro era una pregunta.

-¿Cómo podría no ser culpa de nadie?

-Nadie ha saboteado el esfuerzo que realizó hoy, ni McCoy ni usted misma. Los mismos sucesos podrían haber tenido lugar independientemente de las circunstancias. No le ha fallado usted a nadie... excepto quizá a sí misma.

Ella bajó los ojos pero no pronunció ni una sola palabra.

-Supongo que todavía me presta atención.

Ella asintió con la cabeza, aunque mantuvo los ojos fijos en el suelo.

-Muy bien. Por favor, comprenda que esto no es un ser­món. No tengo intención alguna de decirle lo que debe hacer. Pero existen algunos factores que debería usted con­siderar, y yo voy a intentar señalarlos. Primero, le fue enco­mendada una tarea... una tarea inmensa para alguien tan jo­ven como usted... con muy poca preparación para llevarla a cabo.

-Pero tenía que ser de esa forma, señor Spock.

-Soy consciente de ello, y me alegra que acepte el hecho de que nadie tuvo la culpa por esa desafortunada situación.

Spock hizo una pausa, y su voz se suavizó y perdió el tono pedante.

-Lo más grave de todo, es que se la obligó a enfrentarse con algo muy complejo y misterioso de una forma nueva e intensa.

-¿Qué?

-Usted misma. -Se preparó para llevar a cabo una ta­rea que prefería evitar: la autorrevelación-. Cuando yo era niño, en Vulcano, tuve una infancia muy diferente de la de la mayoría de los niños, al igual que usted.

-¿Por qué?

Él se sintió animado por el hecho de que ella lo mirase en aquel momento y le formulara preguntas.

-Porque soy medio humano; mi madre era de la Tierra. Aunque exteriormente parezca un vulcaniano puro, mi desa­rrollo emocional fue un proceso extremadamente conflicti­vo. Los chicos vulcanianos tienen que pasar el kahs-wan, una prueba de vigor e inteligencia que marca el paso de la infan­cia a la madurez. En mi caso, la dura prueba del kahs-wan fue todavía más importante que para los demás: era el mo­mento en el que tendría que elegir entre las formas de vida humana y vulcaniana. ¿Sabe usted cuán diferentes son la una de la otra?

-Sí. Pero ¿por qué me está contando todo esto?

-Usted y yo hablamos de incapacidades la pasada noche. Tanto si escogía vivir como un humano de la Tierra o como un vulcaniano, mi herencia híbrida me crearía incapacida­des de una u otra clase. Una vez, mi madre me contó cuánto dolor le había causado el saber que yo nunca me sentiría ple­namente en mi ambiente ni en la Tierra ni en Vulcano.

-¿Es por eso que se convirtió en oficial de la Flota Estelar?

-Supongo que fue una de las principales razones.

-Resulta extraño que, en un planeta en que la lógica re­sulta tan importante, el hecho de que fuese usted medio hu­mano constituyese un estigma.

-Los vulcanianos no afirman ser infaliblemente lógi­cos. Desgraciadamente, aún conservamos algunas respues­tas emocionales residuales. Yo fui víctima de una de ellas: un residuo de intolerancia.

-¿Qué era lo que lo convertía en una incapacidad?

-Mi apariencia obviamente vulcaniana me hubiese mar­ginado en la Tierra, y mi sangre humana provoca en mí reac­ciones instintivas e impulsos que son un constante irritante para los vulcanianos. Cuando permito que una característi­ca humana salga a la luz y sea públicamente expuesta, llego a sentir que he fracasado en mi esfuerzo por ser un vul­caniano.

-Pero usted no es una máquina. Está destinado a sufrir deslices. Nadie es perfecto... -La voz de la muchacha se apa­gó y ella respiró profundamente.

-Ésa ha sido una observación muy madura, Kailyn. Yo tuve que darme cuenta a una edad muy temprana de que uno a menudo falla en estar a la altura de sus propios ideales. Cuando alcancé ese entendimiento, encontré una paz relativa.

-¿Cuál es entonces el sentido de fijarse unas metas si uno no puede alcanzarlas?

-El hecho de no alcanzar hoy una meta determinada no excluye que podamos alcanzarla mañana, o el año próximo.

-Pero es que, si yo no tengo el Poder hoy, yo... no lo ten­dré nunca -dijo ella con voz temblorosa.

-Puede que eso sea cierto, pero todavía tiene una vida entera por delante. Un fracaso no significa que todo esté per­dido. Haga que aumente su motivación para llevar a cabo una operación óptima en el próximo intento, sea lo que sea... pero no abandone ni deje de intentarlo.

El labio inferior de la joven se estremeció y ella miró al vulcaniano.

-¿Se puede abrazar a un vulcaniano?

Él asintió ceremoniosamente con la cabeza y ella le ro­deó delicadamente los hombros con los brazos, estrechándolo apenas. A él le pareció divertida la cautela de la muchacha, como si temiera violar algún tabú. Pasados unos instantes, él percibió que los acelerados latidos del corazón de Kailyn se hacían un poco más lentos. Tomó la pequeña mano de la joven y ambos regresaron a la caverna

 

McCoy durmió porque estaba agotado. Spock durmió por­que su retroalimentación biológica le decía que necesitaba aquella noche de descanso para mantener su máxima eficien­cia. Kailyn no durmió.

Fue sólo un reflejo paternal, que se había encendido des­de que Kailyn estaba con ellos. En medio de la noche, McCoy giró en el lecho para comprobar con un ojo si la joven dor­mía bien; vio a Spock durmiendo silenciosamente... y el col­chón de Kailyn vacío.

Se sentó como un relámpago, salió del saco dando tras­piés y sacudió a Spock, que en cuestión de un segundo estuvo alerta y completamente despierto. Casi de inmediato quedó claro que Kailyn no había salido simplemente del dormito­rio. Su abrigo no se veía por ninguna parte. También habían desaparecido la mochila de provisiones, una pistola fásica, un frasco de holulina y una pistola hipodérmica.

-Kailyn se ha marchado a la montaña, Spock... y tene­mos que ir tras ella.

-Me pregunto cuánto tiempo hará que partió.

-Dos horas o menos; la última vez que me desperté, es­taba aún en la cama. Vamos.

McCoy tenía la sensación de que no podía ponerse el abri­go lo suficientemente de prisa. Sabía que la muchacha ha­bía regresado para enfrentarse con la Corona, y consigo mis­ma, una vez más. También sabía que les llevaba la suficiente distancia de ventaja para que, en el momento en que le die­sen alcance, estuviera ya en su punto de destino... o muerta.

 

21

 

 

Kailyn barría constantemente el camino y el barranco que tenía por encima, con la esperanza de que la luz disuadiese a cualquier bestia que contemplara la po­sibilidad de atacarla. La parte inferior de la escalada pre­sentaba pocas dificultades, pero la altitud aumentaba y lo mismo hacían los vientos. Se apretó la capucha en torno a la cara; eso y la tormenta de nieve convertían la visibilidad en prácticamente inexistente.

Pensó en volverse atrás. Sabía que estaba arriesgando su vida, que quizá nunca consiguiera llegar a la cueva de la cum­bre; pero procuraría conseguirlo, porque no podía vivir sin ese disparatado intento de cumplir con un destino tan pro­fundamente arraigado en su alma. Sabía que todo lo que Spock le había dicho era cierto y correcto, pero todo palide­cía ante la Corona del Pacto. Ella había nacido para andar por ese único camino de entre todas las infinitas rutas posi­bles del tiempo y el espacio. Muchos eran los que habían sa­crificado una parte de sí mismos, puesto sus vidas en juego para que ella consiguiera hallar ese camino; ella era el pun­to focal, y la luz de quinientos años de sucesión la había cega­do para cualquier alternativa. Para Kailyn había una sola elección.

Y ahora tenía también una creciente sensación de desa­sosiego, una tensión en el vientre. Al principio, no le había dado importancia, atribuyendo todo eso al miedo mental, un demonio de la duda que le jugaba malas pasadas. Pero lue­go la debilidad, el estremecimiento, se expandieron. El de­monio era muy real, y su toque helado se deslizaba cautelo­samente por las piernas y brazos de la joven.

Kailyn dio un traspié, se sujetó al borde del sendero, y un pie le quedó colgando hacia el precipicio. Intentó recor­dar lo que McCoy le había enseñado acerca de la coriocitosis, y reconoció los síntomas. Tras agacharse por si volvía a perder el equilibrio, se inclinó hacia delante y rodó hasta de­bajo de un saliente protector. La cabeza le daba vueltas pero vio la bola de nieve que cayó a pocos metros delante de ella. Su mano halló la pistola de rayos fásicos y la joven se inclinó ligeramente hacia delante. La noche fue desgarrada por el rugido de un zanigret.

Ella apuntó la linterna hacia fuera y la bestia saltó desde arriba y cargó contra ella. Kailyn pulsó un botón y un rayo fásico dio de lleno en el pecho del animal. Las enormes fauces se abrieron y enseñaron unos colmillos que goteaban sa­liva espumosa, y el animal cayó instantáneamente fulmina­do. Estaba muerto a no más de cuatro metros y medio de ella.

Kailyn intentó volver a guardarse la pistola fásica en el bolsillo, pero se le cayó de la mano y se hundió en la nieve. Volvió a meterse totalmente debajo del saliente. El gigantes­co gato pareció moverse mientras ella lo miraba. ¿Qué esta­ba ocurriendo?

Nada... eres tú. Se puso una mano ante los ojos y vio que los cinco dedos se multiplicaban primero hasta diez, luego quince, después más de los que podía contar. Parecían per­tenecer a la mano de otra persona, distantes y fríos. Ella les ordenó que se cerraran, y después de un retraso alarmante, le obedecieron, doblándose en un grupo flojo y carente de fuerza.

Morirás pronto... te congelarás hasta morir.. otro zanigret aparecerá en busca de alimento. Te quedan pocos minutos, y luego adiós, Kailyn. Necesitas una inyección...

La voz que resonaba de forma insegura en en interior de su cráneo tenía que ser la suya propia, aunque ella imagina­ba que venía del animal muerto que la miraba ferozmente con sus ojos salvajes y los colmillos desnudos. ¿Estaba ha­blando en su cabeza o por la boca? No puedo decirlo.

No puedes hacerlo, no puedes hacerlo, canturreaba bur­lonamente la voz. No puedes darle la inyección... tienes mie­do. No puedes hacer lo que no has hecho nunca antes. No pue­des, no puedes, no puedes...

Ella sacudió la cabeza, intentando que la voz se soltara del punto de su cerebro en el que le había clavado las inexorables garras; pero la voz sólo canturreaba con mayor insistencia que antes. Ella dejó de escucharla. Las manos palpa­ron torpemente dentro del zurrón y encontraron el botiquín. ¿Sus manos? ¿Las de quién, si no? Tenía la pistola hipodér­mica ante los ojos. Tres de ellas ante los ojos. «Una de las tres tiene que ser real», pensó, encogiéndose de hombros.

Las manos desabotonaron el abrigo, y luego apartaron la ropa que había debajo. Piel desnuda, jaspeada de rojo en cuanto el frío la alcanzaba. Piel de gallina. Las manos esco­gieron un punto junto al ombligo y presionaron el extremo inyector neumático de la pistola sobre el mismo.

No puedes hacerlo, farfulló la voz.

-Puedo hacerlo -murmuró Kailyn.

Con gran esfuerzo, apretó el inyector y el aparato siseó al alojar su carga de holulina en el tejido muscular.

La sensación de desvanecimiento fue reemplazada por una de tranquilidad. El remolino del interior de su cabeza fue desapareciendo a medida que la droga le hacía efecto. Y ella profirió un largo, largo suspiro, un suspiro que pare­cía que había estado conteniendo durante toda la vida. Una ola de alivio la recorrió totalmente, y ella se sintió libre y poderosa. Las manos que aferraban la pistola hipodérmica volvían a pertenecerle, y... ¿sería un efecto resultante de la droga? No le importaba; lo único importante era la fuerza que sentía manar nuevamente de su interior. Anhelante, se rehízo y volvió a salir a la senda.

El único testigo era el zanigret, y la observó marchar con los ojos perpetuamente abiertos. A cuatro metros y medio de su cabeza, la olvidada pistola fásica yacía en la nieve.

 

-Doctor, deténgase a descansar -gritó Spock por encima del aullido del viento.

-No hay tiempo -le gritó McCoy a modo de respuesta. Uno de sus pies se apoyó sobre una zona helada y él res­baló hacia atrás. 

La firme mano de Spock lo levantó rápidamente. -Doctor... -comenzó a decir con tono de advertencia. McCoy negó con la cabeza.

-Yo estoy bien... pero ella podría no estarlo. -Miró ha­cia delante por el sendero, al otro lado de la nieve que danzaba ante el rayo de luz-. ¿Qué hay ahí delante?

Se aproximaron cautelosamente al montículo oscuro que bloqueaba el camino. Spock lo recorrió con la luz, y un mon­tón de nieve suelta destelló ante ellos.

-Parece un pequeño alud.

Desplazó la luz hacia arriba, al punto del que procedía el deslizamiento; había una caída a pico desde la cornisa de arriba hasta el precipicio de más abajo. Spock abrió el dis­positivo sensor que llevaba colgado al hombro.

-¿Qué está haciendo?

-Comprobar si hay aquí un cuerpo -respondió som­bríamente.

McCoy contuvo la respiración hasta que Spock hubo ce­rrado el aparato.

-¿Algo?

-Negativo. No me había dado cuenta de que estas formaciones de roca y nieve fuesen tan inestables.

-Quizá lo hizo el viento.

-Sea cual sea la causa, debemos proceder con extrema cautela.

Pasaron cuidadosamente al otro lado del bloqueo y con­tinuaron avanzando. Un poco más adelante, McCoy pisó algo blando que yacía bajo la nieve que caía y se arremolinaba. El corazón le dio un vuelco y retrocedió, tambaleándose; Spock lo cogió.

-Hay algo enterrado ahí -dijo, con los labios pálidos.

Se recostó contra la pared interior mientras Spock se arrodillaba para apartar la nieve de encima de lo que estu­viese tendido debajo de ella.

La pata trasera con afiladas garras era cuanto necesita­ban ver, pero el suspiro de alivio de McCoy estaba lejos de ser completo; el cadáver del zanigret sólo aumentó los ne­gros presagios que sentía mientras caminaba de lado en torno a la bestia y se alejaba de ella de espaldas. A unos pocos metros de distancia, pateó algo pequeño y duro y jadeó vio­lentamente.

-¿Qué hay ahora, doctor?

McCoy se inclinó y, tras apartar la nieve con un pie, reco­gió la pistola fásica y se la tendió a Spock.

-Bueno -señaló el vulcaniano-, ya sabemos que llegó hasta aquí. Es probable que esta pistola fásica haya sido la causa de la muerte del zanigret.

-Gracias a Dios por ello, pero ¿por qué la dejaría aquí? -No lo sé. ¿Cree usted que a estas alturas podría necesi­tar una inyección?

-Probablemente.

-¿Qué ocurriría si no se la hubiese puesto? -No quiero ni pensar en ello.

Pero pensó en ello... y en las horribles formas en que

Kailyn podría haber muerto ya.

 

La luz de la linterna inundó la caverna de la que manaba vapor. Kailyn se tendió de espaldas sobre la alfombra de mus­go, con el abrigo doblado bajo la cabeza a modo de almoha­da. Vista a través de los ojos cerrados, la luz de la linterna parecía la solar. La tibieza del aire, el aroma dulzón del mus­go, el sonido del agua que corría cerca de ella... todo parecía pertenecer a un sueño veraniego mientras ella se relajaba.

Pero aquél no era un idilio de verano; se hallaba en la cima de un volcán ártico con un solo propósito. Lentamente, rodó sobre sí, se pudo de rodillas y luego de pie. La Corona se ha­llaba de vuelta en su nicho, cuidadosamente envuelta en la tela tejida con hilos de metal. Ella la depositó sobre el abri­go y la desenvolvió. De alguna manera, esta vez parecía me­nos imponente, como si su brillo se hubiese opacado. Pensó en ella como en una criatura viviente que antes había adop­tado su expresión más elegante, pero que no estaba prepara­da para que un visitante nocturno la despertase de su sueño.

Se irguió y sostuvo la Corona en alto delante de sí. La ple­garia... La murmuró rápidamente, y luego contuvo el alien­to. Delante de un charco de agua vidriosa que le servía de espejo, se colocó abruptamente la Corona sobre la cabeza. Cerró los ojos y se concentró.

El torbellino interno de los cristales cesó. Kailyn se in­clinó para aproximarse más a la superficie del charco... Se habían vuelto transparentes. Habían estado oscuros y bru­mosos como un amanecer de niebla; en ese momento esta­ban escarchados, y un azul grisáceo metálico reemplazaba la bruma amarronada del interior. Kailyn se balanceó y cayó de rodillas; la Corona cayó al suelo. Las lágrimas bajaron por sus mejillas y ella vio que los cristales habían recobrado su aspecto inicial.

Todo su cuerpo se derrumbó y ella comenzó a llorar con profundos y jadeantes sollozos. Que aumente su motivación, dijo una voz que sonó en sus oídos. La voz de Spock. Ella vol­vió a sentarse sobre los talones y ahogó el siguiente sollozo que intentó escapar de su garganta. Recogió la Corona y vol­vió a colocársela sobre la cabeza. Pensó en Spock y McCoy, en la tenacidad que habían demostrado una y otra vez desde que la Galileo había salido de la Enterprise; en cuántas ve­ces hubiese renunciado ella si hubiese tenido elección. Y en su padre, que había esperado pacientemente durante todos aquellos años a que la ola de la suerte los recogiera y devol­viese a Shad y a la paz. En Shirn y el capitán Kirk, en la constancia de ambos en sus tareas. Ni una sola imagen de la Co­rona se introdujo en su mente.

La acometió un ligero mareo. Su pecho subió y bajó, y ella boqueó a causa de la falta de aire. Otra inyección, otra inyec­ción, se mofó otra vez aquella voz refunfuñona.

Ella intentó volverse y lanzarse hacia el botiquín que ha­bía dejado al otro lado de la gruta. Las piernas se le afloja­ron y cayó de lado. La Corona rodó por el suelo pero ella la atrapó y se la acercó a los ojos.

Los cristales estaban transparentes. La oscura bruma ha­bía dado paso a un azul perlado y ella podía ver a través. Se sentó y miró maravillada toda la gruta que la rodeaba, el mus­go y las rocas. Todo se veía de un azul cielo al mirarlo a tra­vés de aquellas lentes cristalinas. Mágicamente, su respira­ción se hizo fuerte y regular. La temperatura de su cuerpo aumentó hasta la normal, y ella profirió un grito de triunfo.

Había ganado.

 

Unas listas de color naranja y rosáceo cruzaron el cielo añil cuando los primeros albores de la mañana tiñeron la ca­dena montañosa de Kinarr. Spock y McCoy treparon hasta lo alto del último barranco, y se irguieron agotados en la cima del mundo. El viento soplaba ocasionalmente, y las pisadas era aún visibles bajo la capa de nieve nueva caída durante la madrugada.

Siguiendo esas huellas, encontraron la entrada hacia el interior de la montaña. Al pasar de la luz nuevamente a la oscuridad, alumbraron el camino con la linterna. McCoy ro­gaba que encontrasen a Kailyn durmiendo en el interior, pero no esperaba que así fuese.

-Oh, Dios mío -jadeó cuando entraron en la gruta que cerraba el camino.

Kailyn yacía inmóvil sobre el suelo, acurrucada sobre el abrigo. McCoy se aproximó a ella y se arrodilló, vacilante.

-¿Kailyn...? -susurró.

Ella se volvió, se frotó los ojos soñolientos y sonrió. Lue­go recogió la Corona de encima de su envoltorio y se la colo­có ceremoniosamente sobre la cabeza. Los cristales chispea­ron transparentes y azules.

Sin decir una sola palabra, McCoy la abrazó más estre­chamente de lo que nunca en su vida había abrazado a nadie.

-Su padre estará orgulloso -le dijo Spock.

Los húmedos ojos de Kailyn lo llamaban sin palabras, y al fin fue arrastrado al abrazo.

 

22

 

 

Shirn se paseaba por la grava, debajo de un cielo de media mañana salpicado de nubecillas, y sus pies reco­rrían el canal abierto al lo largo de los años por las pezuñas de las ovejas que iban y venían entre las cavernas y los pastos. Un grito procedente de lo alto descendió por los escalones de piedra, y el anciano pastor levantó la mirada, protegiéndose los ojos de los reflejos de la nieve. Pudo dis­tinguir las siluetas de tres personas que descendían lenta­mente, y se acercó para recibirlos al pie de aquella escalera.

-Debería azotarte -gruñó-, pero tu rostro me dice que, si lo hiciera, estaría azotando a la próxima reina de Shad.

Kailyn saltó desde el último escalón y abrazó a Shirn. El cuidadoso descenso desde la cima de la montaña no había hecho nada para apagar la euforia de la muchacha.

-Hiciste una estupidez al regresar sola ahí arriba -le dijo él con una voz cargada de reproche.

-¿Pero no está acaso en la naturaleza de los dirigentes el hacer ocasionalmente cosas que los demás consideran te­merarias? -preguntó Spock.

Con una sonrisa torcida, Shirn no tuvo más remedio que asentir.

-Sí, sí, supongo que sí. Tienen que estar todos cansados. No han dormido mucho la pasada noche. Cuando se hayan recuperado... bueno, podrán volver a cansarse con una cele­bración de toda la noche, esta noche.

Tendió ambos brazos y los condujo al interior de las cuevas.

 

-¡Dos banquetes en poco tiempo! -exclamó Shirn, y su voz retumbó por el comedor atestado de gente. Levantó su copa plateada y todos hicieron lo mismo con las suyas-. ¡Qué placer! ¡Bebed, amigos y familiares míos!

Vasos y copas elevaron su extremo inferior, y fueron traí­das fuentes de comida recién preparada que dejaban peque­ñas a las de la celebración religiosa de apenas dos noches antes.

-Desde luego, los montañeses sabéis cómo se da una fies­ta -dijo McCoy con una risilla, mientras se atiborraba de buena gana-. Echaré de menos todo esto cuando regrese­mos a esa aburrida nave estelar. -Suspiró-. Spock, ¿cree usted que la Enterprise nos encontrará aquí arriba?

-Muy probablemente.

-Demasiado malo...

-Doctor, abrigo todas las esperanzas de que mañana, a esta misma hora, estaremos ya muy adelantados en nuestro camino hacia Shad.

-Y, entonces, se librarán finalmente de mí -dijo Kai­lyn-. Se acabará el hacer de niñeras.

McCoy sonreía como un niño de pueblo que estuviera ha­ciendo novillos.

-No necesita usted una niñera, joven dama. Eso ya lo ha demostrado.

-¿Tuviste miedo cuando te atacó el zanigret? -le pregun­tó Shirn con expresión seria.

-Si no hubiese estado al borde del desmayo, lo hubiese tenido. Fue una suerte que no pudiera pensar con mucha claridad.

-Sí -dijo lentamente McCoy-, pero, si eso la hubiera atacado dos minutos más tarde, no habría sido capaz de apuntar con certeza.

-No creo que haya apuntado con certeza. ¿De qué otra forma podría haberle acertado?

-Miren esto... a su edad, y ya está contando historias exa­geradas -dijo McCoy soltando una carcajada.

De la caverna principal les llegaron los ecos de unos gri­tos, y Shirn aguzó el oído. Un momento más tarde, Frin, el joven guía de la montaña, entró corriendo con una compa­ñera asustada que se le aferraba a una mano. Se agachó jun­to al anciano jefe y le habló al oído.

-Tío, será mejor que salgas.

-¿Qué está ocurriendo?

-Han llegado mercaderes de las tierras bajas... -Comerciad, pues, con ellos...

-Pero es que traen una esclava para vender, tío. -Nosotros no necesitamos esclavos. Nosotros... -Están haciendo demasiado escándalo. Se niegan a llevársela de vuelta. Si no consiguen comerciar con ella, ame

nazan con cortarle la garganta aquí mismo. Shirn adoptó una expresión de profundo desagrado, y Frin

lo ayudó a ponerse de pie.

-Excúsenme, amigos míos. Estos hombres de las tribus de las tierras bajas tienen el don de llegar justo en el momento menos oportuno para vendernos justo la cosa menos apropiada. Diviértanse, y yo regresaré en cuanto los haya despedido o, al menos, los haya silenciado por esta noche. Cuando Shirn y Frin salieron de la cueva-comedor, Spock se puso de pie para seguirlos. Pero McCoy lo sujetó por una muñeca.

-¿Adónde va?

-A satisfacer mi curiosidad.

McCoy se encogió de hombros, y él y Kailyn echaron a andar detrás del vulcaniano. En la espaciosa cámara princi­pal, los caóticos gritos del grupo de forasteros se resolvie­ron en un idioma alienígena gruñente que hizo estremecer a McCoy, y el médico aferró a Spock por un hombro.

-Son los que nos capturaron a nosotros.

Se retiró a las sombras e intentó arrastrar consigo a Spock y Kailyn, pero el vulcaniano continuó avanzando. Varios kinarri estaban al borde del grupo que reñía, intentando apaciguarlo; y, en el centro, una ronca voz de mujer rugía por encima de todos ellos.

-¡Cerdos asquerosos! ¡Pagaréis cara esta brutalidad! ¡Animales... heces podridas!

Al aventurarse más cerca, Spock sólo pudo ver que la mu­jer pateaba y mordía a todo el que intentaba dominarla.

-¡Mi gente vendrá y os arrasará hasta las rocas, a todos vosotros! ¡Os torturaremos hasta el último, y maldeciréis el día que nacisteis! ¡No podéis tratar de esta forma a un klingon!

-¿Un klingon? -exclamó McCoy. -Fascinante.

Al fin, cuatro de los enormes cazadores, con la ayuda de varias manos kinarri, atraparon los pies de Kera con una soga. Tiraron de ella como si fuese un jabalí y la arrojaron al suelo; el golpe la dejó sin resuello y la obligó a guardar un silencio momentáneo. El anciano cazador de cabellos pla­teados se detuvo al lado de la klingon mientas sacudía la ca­beza con una mezcla de ira y triste cinismo. Aparentemente, su suerte con las mercancías vivas no había mejorado en ab­soluto.

Comenzó a reunirse un gran número de kinarri que sa­lían de la sala del banquete para averiguar a qué se debía toda aquella conmoción. Spock encontró a Shirn a un lado, apartado del grupo. El jefe no estaba contento.

-¿Por qué traen cosas como ésa a nuestras tierras? -se lamentó-. Les hemos dicho una y otra vez que no nos sirven para nada los...

-Compre esa esclava -le dijo Spock en voz baja.

Shirn tardó un poco en reaccionar.

-¿Por qué?

-Puede sernos de utilidad a nosotros.

-¿Como esclava? -El semblante de Shirn manifestaba asombro.

-No. Como fuente de información. Es una klingon, e in­dudablemente parte de una fuerza más numerosa enviada para sabotear nuestra misión, quizá para matarnos a noso­tros y a Kailyn y robar la Corona.

-Como usted quiera, señor Spock.

Shirn regresó al grupo de mercaderes y autorizó la com­pra, y Spock, McCoy y Kailyn regresaron a la sala del ban­quete, evitando ser vistos por el cazador de cabellos pla­teados.

-Muy bien -dijo McCoy-. Odiaría ver una lucha por el derecho de custodia sobre nosotros.

 

Por primera vez en varios días, el cazador de cabellos pla­teados se sentía feliz. No sólo se había librado de aquella chi­llona hembra salvaje, sino que finalmente había conseguido una lanza de punta brillante. Sería mejor que se dedicara a la caza de animales animales, y esperaba que la mala suerte siguiera a otro cazador durante algún tiempo y mantuviera a los esclavos tan lejos de su camino como el sol lo estaba de las lunas...

-Sus sospechas eran correctas -declaró Shirn al ocu­par su lugar sobre la alfombra de pieles de la cena.

-¿Los cazadores estaban dispuestos a hablar con usted?

-Oh, sí, sí. El jefe estaba tan contento por haber conse­guido una lanza con punta de acero, que de buena gana se habría quedado a conversar durante toda la noche; pero su idioma me produce dolor de cabeza.

-¿Tratan muy a menudo con esa gente? -preguntó McCoy.

-Suben de vez en cuando para comerciar con pieles, raí­ces y artesanías de madera. No tenemos mucha madera por los alrededores, así que es algo útil para nosotros. A cambio les damos lana y carne de oveja, y algunas herramientas mo­dernas que obtenemos de los comerciantes interestelares que pasan por aquí.

-¿Qué le han dicho de la klingon? -preguntó Spock­¿Cómo la capturaron?

-Estaban de incursión por la montaña, algo muy pare­cido a cuando los encontraron a ustedes. Estaba perdida en el bosque, aturdida. Fue tan fácil de capturar, que todavía se sorprendieron más cuando recuperó las fuerzas y luchó como un zanigret acorralado.

-Una descripción muy apropiada.

-Estaba muy golpeada y lastimada -señaló McCoy-. ¿Se lo hicieron ellos?

Spock se volvió con una inquisitiva ceja alzada.

-¿Por qué se preocupa de pronto por el bienestar de un agente de inteligencia klingon?

-Es sólo porque esos cazadores no parecieron brutales cuando nos atraparon a nosotros.

-No suelen golpear a sus prisioneros -dijo Shirn-. Di­cen que la encontraron en ese estado, y dicen que también encontraron el cadáver de un hombre de la misma raza jun­to al río.

-Debe de haberlos sorprendido una de esas tormentas asesinas -reflexionó McCoy.

-Junto al río -repitió Spock.

-¿Es significativo eso? -preguntó Shirn.

-Allí es donde nosotros nos estrellamos -dijo McCoy-.¿Cree que encontraron los restos de la lanzadera?

-Es probable, dado que dejamos encendida la señal de auxilio automática.

McCoy entrecerró los ojos con expresión intrigada.

-¿Cómo demonios llegaron hasta aquí, para empezar?

-La única conclusión lógica es que nos siguieron casi desde el principio.

-¿Quiere decir desde que nos separamos de la Enterprise? -preguntó Kailyn con un estremecimiento-. ¿Cómo pudieron hacerlo? Ésta era una misión secreta.

-No tan secreta como creíamos nosotros -dijo McCoy-.Todavía no hemos salido del agujero, ¿verdad, Spock?

-Yo diría que no. Tenemos que considerar tres posibili­dades. Uno, que los klingon se enteraron de toda la misión de alguna forma, quizá por un informador cercano al rey. Dos, que este desafortunado grupo de espías klingon no es­tuviese trabajando en un vacío total, y por lo tanto otros des­tacamentos klingon de refuerzo estén por las proximidades. Tres, que es posible que la Enterprise se encuentre con in­terferencias cuando se acerque a este planeta.

-Y cuatro, que ya no podemos contar con que Jim venga a buscarnos aquí -terminó McCoy con expresión ceñuda.

-Es indispensable que salgamos de Sigma e intentemos encontrarnos con la Enterprise en el espacio.

-Pero, ¿cómo? -preguntó Kailyn-. No tenemos una nave.

-Pero los klingon puede que sí la tengan -dijo rápida­mente McCoy.

-Ésa -señaló Spock- es la única posibilidad razona­ble que tenemos. Y, si existe esa nave, tiene que estar cerca de nuestra lanzadera.

Kailyn le tiró de una manga a McCoy.

-Pero ¿y si los klingon hubiesen sido simplemente dejados aquí por una nave más grande, si no aterrizaron con una?

-Entonces podríamos estar en un serio aprieto.

-Shirn -comenzó Spock-, ¿podría guiarnos de vuelta a las tierras bajas para buscar la nave klingon?

-Por supuesto. Podemos partir a primera hora de la mañana. Pero, ¿qué haré con la esclava, la mujer klingon salvaje?

-Me gustaría interrogarla -explicó Spock.

-Me refiero a después de eso. No quiero que se quede aquí, y no quiero matarla...

-Envíesela de vuelta a los cazadores -propuso McCoy con una sonrisa torcida.

Shirn le dedicó una mirada agria.

-Creo que el buen doctor está bromeando, aunque nun­ca he comprendido del todo su sentido del humor -declaró Spock-. Si puede usted retenerla por el momento, cuando regresemos a la Enterprise, si conseguimos regresar, nos la llevaremos a bordo como prisionera, por espionaje.

-Mi idea me gusta más -se quejó McCoy-. No tiene us­ted ningún sentido de la justicia poética, Spock.

-Sugiero que descansemos todo lo posible esta noche -aconsejó Shirn, entrelazando las manos y bostezando.

-Pero, ¿y qué pasa con la celebración? -preguntó Kailyn, algo decepcionada.

-Cuando regresemos a Shad -le dijo McCoy-, tendrá más celebraciones de las que sea capaz de soportar.

«Si regresamos a Shad», dijo la siempre preocupada voz de la cabeza del médico.

Shirn y un grupo de diez condujeron a Spock, McCoy y Kailyn, bajando por las laderas inferiores de las montañas Kinarr. Fue mucho más fácil que el viaje que habían realiza­do dos días antes, hasta el valle de los pastores, porque los nativos conocían el camino más corto y menos arduo hasta las tierras bajas.

En un sentido, McCoy odiaba tener que marcharse. Se de­tuvo cuando llegaron al nivel en el que la capa de contuma­ces nubes de Sigma se tragaba al sol con todo su brillo.

-¿Sabe? Nunca podría vivir en un mundo en el que no pudiese ver el sol -le comentó a Shirn con voz melancólica.

-Quizá fue por eso por lo que nuestros ancestros escalaron las montañas; porque tenían la sensación de que la tie­rra prometida tenía que ser dorada, no gris.

La caravana avanzó rápidamente a lo largo del pie de la montaña, dando un gran rodeo a la zona de los clanes del valle y sus territorios de caza. La furiosa corriente de aguas blancas que casi había matado a Spock, corría ahora suave­mente dentro del lecho, vestido con su disfraz anterior a la tormenta. Spock se detuvo a consultar los mapas.

-Nuestro punto de aterrizaje está a unos dos kilómetros y medio en esa dirección -indicó, señalando hacia el este.

Y así era. Encontraron los restos de la pequeña lanzadera, y McCoy sintió que se le hacía un nudo en la garganta. -No suelo ponerme sentimental con las máquinas, pero siento pena por esa pobre cosa.

-A mí me recuerda lo afortunados que somos por estar con vida -comentó Kailyn.

-Ahí estaría yo, de no haber sido por la gracia de Dios -dijo McCoy.

-¿Hasta qué distancia puede buscar con esa cajita? -preguntó Shirn, señalando el sensor.

-Varias millas a la redonda, dependiendo de lo que se busque -respondió Spock.

El oficial científico activó el aparato y roto lentamente para cubrir todas las direcciones. Mientras lo hacía, McCoy miraba por encima de su hombro.

-Ah, sí, hoy debe de ser nuestro día de suerte -dijo fi­nalmente McCoy con una ancha sonrisa.

El vulcaniano estaba menos seguro de ello. -Parece que se trata de una nave. -¿Dónde? -preguntó Kailyn.

-A un kilómetro y medio en dirección norte.

A un gesto de Shirn, los kinarri abrieron nuevamente la marcha. Pasado un rato llegaron a una colina redondeada, y desde su cresta vieron la nave klingon; descansaba en un claro del bosque, no lejos del arroyo. McCoy meneó la cabe­za con asombro.

-Nunca pensé que llegaría el día en el que me alegrara poner los ojos encima de una nave klingon.

-Estamos viviendo en unos tiempos extraños, doctor -comentó Spock, mientras bajaba por la ladera.

-¿Ha sido eso una broma, Spock? -preguntó el médico,a gritos.

¿De un vulcaniano? No podía ser...

Los kinarri estaban ansiosos por explorar aquella rareza recién encontrada, pero Spock aconsejó prudencia.

-No sabemos de forma definitiva que no haya otros klingon ahí dentro, aguardando el regreso de su comandante. El doctor McCoy y yo nos acercaremos primero, con nuestras pistolas fásicas. No quiero poner en peligro a su gente, Shirn.

Espere hasta que les avisemos que la situación es segura.

McCoy tragó saliva nerviosamente, sopesó la pistola y comprobó su puntería con un ojo cerrado.

-¿No disparo hasta verles el blanco del ojo?

-Dispare si ve cualquier parte de su anatomía. Prográ­mela para aturdir. ¿Preparado?

El médico asintió con la cabeza y ambos se aproximaron cautelosamente a la silenciosa nave. Tenía aproximadamen­te el mismo tamaño que la lanzadera, aunque el comparti­miento para pasajeros era más pequeño. Spock y McCoy se agacharon detrás de un pequeño grupo de arbustos.

-¿Llamamos a la puerta? -susurró McCoy.

-Una aproximación directa, aunque cautelosa, parece lo más correcto.

Dicho esto, Spock se deslizó silenciosamente a lo largo de un flanco de la nave, se detuvo y presionó su cuerpo en la parte central, junto a la escotilla cerrada. McCoy hizo otro tanto y ocupó la posición opuesta al otro lado de la puerta. Spock alzó ambas cejas a modo de señal, y luego alcanzó ve­lozmente el interruptor de la escotilla y lo hizo girar. Se oyó un siseo de vacío, y la cubierta de la cámara interior se reti­ró. Con el dedo tenso sobre los gatillos, aguardaron.

Luego, con un paso vigoroso, Spock saltó al interior de la nave exploradora y McCoy lo siguió. Pero en el interior no había nada más que oscuridad y fantasmal quietud.

-¡Qué considerado por parte de los klingon! -exclamó Spock, con obvia satisfacción.

-Tenemos que ponerles una multa de aparcamiento.

-¿Una multa de aparcamiento?

-Es un chiste de la Tierra, Spock. Olvídelo.

-Por favor... amplíe mis horizontes.

McCoy suspiró. En todos los años que conocía a Spock, nunca había conseguido superar el espanto que le producía tener que explicarle frases coloquiales.

-Verá. En los tiempos antiguos, cuando todo el mundo tenía un vehículo privado de su propiedad, solían aparcar­los allá donde podían, incluso en los lugares en los que esta­ba prohibido hacerlo. Así que...

-¿Por qué fabricaban y vendían más vehículos de los que podían alojar?

-Era el sistema de libre mercado... Llénate hasta que te atragantes.

-Tremendamente ilógico. Pero todavía no consigo com­prender su referencia a...

-No me ha dejado terminar. La policía solía ponerles un castigo a los infractores. Tenían que pagar una multa o com­parecer ante los tribunales si querían alegar. Cuando la pri­mera misión Apolo fue a la Luna, llevaron consigo unos co­checillos pequeños con oruga y los dejaron abandonados allí. Cuando finalmente la Humanidad regresó a la Luna para ins­talarse y construir estaciones permanentes, alguien salió y les puso una multa de aparcamiento a los cochecillos.

-¿Por qué?

McCoy puso los ojos en blanco.

-Porque habían estado aparcados allí durante unos trein­ta años.

Spock frunció los labios y McCoy se preguntó por qué siempre le daba aquellas explicaciones.

-Spock, es usted un oyente detestable.

El primer oficial saltó al exterior y le hizo un gesto con la mano al grupo que esperaba con Shírn en lo alto de la colina.

 

La nave klingon resultó estar en perfectas condiciones de funcionamiento, con una considerable cantidad de combus­tible en los depósitos. Después de una rápida revisión de los controles, Spock declaró que no tendría ningún problema para guiar aquella nave fuera de Sigma. Había llegado el mo­mento de partir.

-Le agradecemos de verdad todo lo que ha hecho para ayudarnos -le dijo McCoy al anciano pastor.

Shirn hizo una reverencia.

-Sólo estaba cumpliendo con una promesa que le hice mucho tiempo atrás a un hombre honorable.

-Hace falta un hombre honorable para hacer eso -se­ñaló Spock.

-Yo sólo me alegro de que a ti, Kailyn, mi precipitado juicio no te privara de la Corona.

-Usted sólo estaba haciendo lo que mi padre le pidió que hiciese. Le doy las gracias por eso.

Shirn los miró de uno en uno. Tenía los ojos húmedos; abrazó a Kailyn, luego a McCoy y finalmente a Spock.

-Que los vientos de Kinarr estén siempre a sus espaldas.

Spock levantó una mano para hacer el saludo vulcaniano.

-Larga y próspera vida, Shirn.

-Cuídese mucho, ¿de acuerdo? -le dijo McCoy con la voz ahogada.

Shirn miró a la joven princesa.

-Gobernarás bien y durante mucho tiempo, Kailyn. -Espero poder hacerlo tan bien como usted -replicó ella dulcemente.

Spock fue el primero en volverse y entrar en la nave. McCoy subió después y le ofreció la mano a Kailyn. Shirn se retiró al cerrarse la compuerta. Él y sus hombres espera­ron hasta que los cohetes se encendieron, levantando un pe­nacho de llamas y polvo. La nave se elevó lentamente con mo­vimientos inseguros al principio, y luego aceleró y se encumbró velozmente por encima de las colinas y bosques. Cuando ya no pudo ver la nave ni su estela, Shirn se volvió y se encaminó a los cielos limpios del valle sagrado de las Kinarr.

 

23

 

 

-Yo sería un klingon malísimo -dijo McCoy, apretujado en el incómodo asiento de la nave espía

¿Cómo pueden torturar a su gente haciéndola vo­lar en estas diminutas cajas de cerillas?

-Quizá eso explique el terrible humor de los klingon, doctor -comentó Spock.

-¿Qué haremos si ahí fuera hay un crucero de batalla klingon? -preguntó Kailyn.

-No pregunte esas cosas -refunfuñó McCoy-. Yo pre­feriría saber dónde está la Enterprise.

-Es una preocupación muy válida -concedió Spock­La nave debería haber llegado a este punto hace más de veinticuatro horas.

-¿Es posible que se hayan marchado sin nosotros? -pre­guntó Kailyn con voz atemorizada.

-Es improbable. La mejor posibilidad que existe es la de que el capitán se haya encontrado con algún problema re­lacionado con la interferencia klingon. Tenemos que alcan­zar la órbita exterior del cinturón de tormentas del planeta, y permanecer allí durante algún tiempo. Si la Enterprise en­tra en el radio de sensores, seremos detectados con bastante rapidez.

-¿Y qué haremos si no aparece por aquí pasado algún tiempo? -refunfuñó McCoy.

-Cuando llegue ese momento, evaluaremos nuestra si­tuación desde un punto de vista lógico, a la luz de los datos de que dispongamos.

 

-¿No está aún Sigma dentro de nuestro radio de explo­ración? -preguntó Kirk con voz tensa.

Chekov y Sulu intercambiaron breves miradas que Kirk percibió. El capitán se retrepó en el sillón de mando, mientras en su rostro aparecía una sonrisa torcida.

-Ya lo sé... acabo de preguntarle eso mismo hace un mo­mento. Perdóneme, señor Chekov.

-Sí, señor. Está casi dentro del radio. Todos los escáners están a su máxima potencia de barrido. Si hay algo ahí fue­ra, lo detectaremos.

-Muy bien.

En los momentos como aquél, Kirk se daba cuenta de cuán dignos de confianza eran los tripulantes de su nave, sin excepción. Tenía que dejarlos que hicieran su trabajo, y ca­nalizó su energía nerviosa en tamborilear con los dedos so­bre el panel de control del posabrazos de su asiento. «En cuanto haya algo de lo que informar, ellos me informarán...»

Chekov se tensó en su asiento, con los ojos fijos en la pan­talla. Kirk se sentó hacia delante, en el borde de su asiento.

-¿Algo?

-Una nave pequeña, señor, en el límite exterior. Está de­masiado lejos para hacer una identificación positiva. -Verificado, señor -dijo Sulu-. Se desplaza por una órbita alta en torno al planeta. Kirk hizo girar su sillón.

 -¿Uhura?

-Todos los canales de recepción abiertos, señor. Estamos llamando en todas las frecuencias. De momento no hemos contactado.

-Datos adicionales del sensor, capitán -anunció Chekov.

-¿Se trata de la Galileo?

Chekov vaciló apenas y Kirk se tensó.

-Negativo, señor. Es una nave espía klingon.

Todos los que se hallaban en el puente se volvieron a mi­rar rápidamente a la pantalla de visión exterior. La miste­riosa nave no era más que un punto informe contra el telón de fondo de las estrellas y la cara gris de Sigma 1212.

-Eso podría explicar el porqué de que no quieran hablar con nosotros -dijo Kirk con ferocidad-. Haga sonar la alar­ma amarilla.

Uhura pulsó el botón del canal de comunicaciones inter­no de la nave, mientras las luces emplazadas en las paredes comenzaban a destellar.

-Alarma amarilla -dijo la voz de la computadora por los altavoces-. Alarma amarilla, atentos a los informes de estado.

-Sulu, reduzca la velocidad para entrar en órbita nor­mal -pidió Kirk.

-Hay otro problema, señor -dijo Sulu-. Tenemos va­rias tormentas en los radios de las órbitas medias y bajas.

-Máxima órbita, entonces.

-Capitán -intervino Chekov-, tenemos otro visitante.

Se inclinó para abrir los canales de pantalla. La larga for­ma de insecto de un crucero de guerra klingon apareció en ella.

Los dedos de Chekov danzaron por el tablero de mandos.

-Deflectores al máximo. Artilleros en sus puestos, señor.

Kirk se recostó en el respaldo y estiró las piernas. La es­pera lo había puesto nervioso, pero al menos ahora sabía qué había estado esperando. Había llegado el momento de entrar en acción.

-Pase a alarma roja.

La sirena se puso a sonar y las luces del puente bajaron hasta convertirse en un resplandor rojizo. La voz de la com­putadora resonó por toda la nave.

-¡Alarma roja, alarma roja, todos a sus puestos de combate!

-Continuamos el acercamiento orbital, señor -anunció Sulu.

-Manténgalo así. Chekov, ¿qué está haciendo la nave klingon?

-El crucero está realizando también un acercamiento or­bital, capitán, pero se dirige hacia la nave espía.

-Bueno, no van a marcharse sin darnos una maldita bue­na explicación. Aproxímese a la nave espía, Sulu. Adelanté­monos a la llegada del crucero.

-Capitán Kirk -dijo vivamente Uhura-, estamos reci­biendo una señal de la nave espía. Canal Cuatro-B. Es... es el señor Spock.

Kirk sonrió con absoluta sorpresa y pulsó el selector de canales de comunicación.

-Spock, tiene usted muchas explicaciones que dar...

-Desde luego, capitán -fue la respuesta que llegó has­ta ellos-. Estamos todos bien. Llega usted con casi veinticuatro horas de retraso... algo muy poco propio de usted, señor.

-De acuerdo, de acuerdo. Ambos tenemos muchas cosas que explicar. ¿Sabe que hay un crucero de guerra klingon que se encamina hacia ustedes para recibirlos?

-Afirmativo.

-Supongo que esperan encontrar tripulantes klingon a bordo de la nave espía. ¿Van a llevarse una decepción?

-Aquí no hay nadie más que estas tres insignificantes criaturas que somos -fue la frase que sonó con el familiar arrastramiento de palabras de la voz georgiana.

-Me alegro de oírlo, Bones. Espere hasta que...

-Capitán -interrumpió Uhura-, el comandante Kaidin, del crucero imperial Ala Nocturna, exige una explicación de nuestra presencia en el lugar.

-Dígale que haga antesala. Spock, los sacaremos de ahí en un minuto. Scotty, entre las coordenadas de la sala de transporte y transfiera a nuestra gente fuera de esa nave, a toda prisa. Luego esté preparado para máxima velocidad hi­perespacial.

-Sí, señor.

-Uhura, sáqueme el klingon a la pantalla principal. -Sí, señor.

El crucero Ala Nocturna se desvaneció, y el tormentoso semblante de Kaidin ocupó su lugar.

-Kirk, aparte su asquerosa nave de nuestra exploradora.

Kirk respondió a la mirada feroz de Kaidin con una tris­te sonrisa.

-Veo que ha ido directamente al grano, comandante. Éste es territorio de la Federación. Están ustedes aquí sólo por la autoridad del Tratado de Paz Organiano, que estipula claramente que... ejem... las naves visitantes deben explicar los motivos de su presencia cuando les sea requerido. Y yo lo estoy requiriendo ahora mismo.

-Ahórrese las amenazas, Kirk. Los cobardes de la Flota Estelar nunca respaldan sus palabras con las armas.

-Capitán -susurró Scott-, ya están sanos y salvos en la sala de transporte... y también lo está la Corona.

Un instante después, la estudiada hostilidad de Kaidin dio paso a la sorpresa cuando un joven oficial entró en un esta­do que lindaba con el pánico y susurró de forma apremiante

junto a un oído de su comandante. Fuera lo que fuese lo que el otro le dijo, hizo que Kaidin se olvidase de que tenía abierto un canal de comunicación con la Enterprise.

-¿Qué? -dijo con voz siseante-. ¿Cómo puede ser que nuestros agentes hayan desaparecido de la nave?

El klingon se volvió, vio el rostro de Kirk en la pantalla, escupió una sarta de maldiciones que abarcaban varios idio­mas... y la pantalla de la Enterprise quedó abruptamente en blanco.

-Sáquennos de la órbita ahora, caballeros... ¡velocidad hiperespacial!

La gigantesca nave viró a estribor y la intensa fuerza de aceleración empujó a los tripulantes del puente violentamen­te contra los asientos. En la pantalla de visión exterior, el campo de estrellas se hizo borroso.

-Informe -ordenó Kirk.

-El crucero klingon no ha cambiado siquiera de rumbo -respondió Sulu con un regocijo apenas disimulado.

-Todavía están intentando adivinar qué había dentro de esa nave espía y qué ha sido de ello -comentó alegremente Kirk-. No creo que vuelvan a molestarnos durante este via­je. Reduzca la velocidad a factor cinco y trace un bonito rum­bo recto hacia Shad. Scotty, queda usted al mando.

Kirk se levantó del asiento de mando y se encaminó ha­cia el ascensor.

Kailyn se tomó la noticia de la muerte de su padre con estoicismo, y el interrogatorio formal se desarrolló con nor­malidad absoluta. Los informes podrían ser escritos más tar­de, por lo que a Kirk respectaba. En realidad, la misión estaba todavía sin finalizar y prefería dedicar algo de tiempo al descanso durante los dos días de viaje que los separaban de Shad. Después de todo, tenían que preparar la coronación.

En realidad, el mejor remedio para toda la tensión sopor­tada recientemente hubiese sido una buena dosis de descan­so y recreo; desgraciadamente, eso era imposible en aquel preciso momento. La segunda cosa mejor era la vuelta a la tranquila rutina, y así lo ordenó el capitán Kirk.

Para Kailyn, eso se traducía en lecturas ligeras y ejerci­cio, mezclados con el suministro de ciertos datos que nece­sitaría conocer en el momento de la llegada a su planeta.

Spock cubrió sus turnos de guardia normales, jugó al aje­drez con una computadora recientemente programada y comenzó a glosar los pergaminos históricos que en Sigma le habían resultado tremendamente absorbentes.

En la enfermería, McCoy ponía los pies en alto siempre que le era posible -se habían ganado un buen descanso-, y escuchaba música con Kailyn mientras pensaba en el sol que le había entibiado el alma en lo alto de las montañas de Shirn. También volvió a tomar entre manos el trabajo más trivial que se le ocurrió: las revisiones físicas anuales nece­sarias para actualizar los expedientes de los miembros de la tripulación. Kirk era el siguiente de la lista, y llegó al aca­bar su turno de guardia.

-¿Cómo se encuentra, Jim?

-Bueno, yo diría que ustedes tres hicieron que me salie­ran unas cuantas canas más durante esta última semana, pero, aparte de eso y de las bolsas que tengo debajo de los ojos por la falta de sueño, me encuentro bien.

Se tendió de espaldas en la mesa de examen. McCoy la encendió y los escáners comenzaron a trabajar; los resulta­dos aparecían en las pantallas de datos.

-Mm-hmm -masculló McCoy-. Uh-huh... mm-hm. Presione hacia abajo las barras manuales.

Kirk puso una rara expresión.

-Bones, ¿por qué hacen eso los médicos? Es muy des­concertante estar aquí tendido y oírle a usted hacer todos esos...

-Oh, oh.

-¿Oh, oh? ¿Por qué?

-Ha estado usted atacando la caja de las galletas mien­tras estuve fuera.

-No he hecho tal cosa.

-¿Y por qué pesa cuatro kilos y medio de más, entonces? -¿Qué? Eso es imposible.

-Las básculas no dicen mentiras.

 -¿Y yo sí?

-Alguna pequeña mentira inocente, tal vez. -McCoy vol­vió a mirar la pantalla-. Todo lo demás está en orden. La marcha del corazón, la presión sanguínea, el tono muscular. El peso es su único problema.

-Le juro que he estado siguiendo esa horrible dieta que me impuso usted, haciendo más ejercicio del normal...

-Quizá se ha aproximado al sintetizador de comida en estado de sonambulismo. ¿Cómo voy a saberlo yo? ¿Es que soy acaso la niñera de mi capitán? Quizá ha estado usted practicando el noshing,* como decía mi anciana niñera judía, y no quiere usted admitirlo ante su bondadoso médico familiar por miedo a que yo lo destripe y descuartice.

 

* Palabra yiddish derivada de nashn, que significa comer a hurtadillas. (N. de la T)

 

 -Le juro... espere un momento. Cuatro kilos y medio es... ¿cuánto?, ¿alrededor de la dieciseisava parte de mi peso total normal? Si hubiese aumentado tanto, ¿no se vería en algunas de esas otras cifras... la marcha cardíaca, el tono muscular, algo? Si se supone que este aparato es tan preciso... -Supongo que sí lo reflejaría...

-Ajá. Pero no lo ha hecho. Ergo, su báscula está mintiendo.

-Jim, ésta no es una antigua báscula de monedas de las que le leían a uno la suerte. Es un sistema de sensores computerizado capaz de detectar una centésima de gramo... -Y tiene que ser calibrada, ¿no es cierto? -Sin duda, con demasiada frecuencia. -En ese caso, también podría estar mal calibrada. -Jim, la vanidad no se aviene con...

 -Compruébelo.

-...un hombre de su casta y carácter... -Bones, compruébelo... -...y no creo que vayamos a...

 -¡Compruébelo! -le rugió Kirk.

McCoy le hizo un saludo militar burlón, se inclinó detrás de la máquina y abrió una pequeña puerta de acceso. -Mm-hmm... uh-huh...

Kirk puso los ojos en blanco.

 -Hija de perra -masculló McCoy.

-No me lo diga. Déjeme adivinarlo. ¿Es posible que su maravilloso artilugio esté, oh, calibrado a cuatro kilos y me­dio de diferencia del normal?

-Cuando tiene usted razón, Jim, tiene usted razón. -Ni siquiera voy a decir que se lo advertí.

McCoy se alejó de la mesa en dirección al intercomunicador más cercano.

-Eh -protestó Kirk-. Acabe conmigo.

-Tengo que llamar a Chekov antes de que acabe conver­tido en piel y huesos.

 

El intercomunicador silbó, y Chekov oyó que McCoy lo lla­maba por el altavoz, pero en ese preciso instante era incapaz de responder. Estaba suspendido de los aros a cuatro metros y medio del piso del gimnasio. Uhura levantó los ojos hacia él desde la barra de gimnasia; tenía la pierna izquierda ar­queada graciosamente en el aire, con la punta del pie curva­da como la de una bailarina.

-¿Quiere que responda a la llamada?

-Sería muy amable por su parte -dijo él con voz rígida.

Mientras sofocaba una risilla, la esbelta oficial de comu­nicaciones avanzó hasta el final de la barra, dio una voltere­ta en el aire y aterrizó sobre el suelo con un estilo perfecto.

-Doctor, Chekov está algo así como colgado en este mis­mo momento -dijo con absoluta seriedad pulsando el botón-. ¿Quiere que le transmita algún mensaje?

-Sí. Dígale que se presente en mi oficina cuanto antes, ¿de acuerdo?

-Lo haré.

-McCoy fuera.

Ella se cruzó de brazos y luego se ajustó el leotardo de gimnasia que se le adhería al cuerpo como una segunda piel; no ocultaba nada, pero, a pesar de que ella era mucho más voluptuosa que las gimnastas corrientes, no se apreciaba en el cuerpo de Uhura ningún bulto fuera de lugar ni un solo gramo de grasa de más.

-Chekov, si se limita a colgarse de ahí arriba, no hace ningún ejercicio en absoluto.

-Pues dígame cómo puedo bajar de aquí.

-Ah -respondió ella con tono de inocencia-. Pensaba que usted sabía cómo hacerlo.

-No haga bromitas, o caeré encima suyo. Dígamelo. -Simplemente déjese caer. El suelo es lo suficientemente acolchado como...

Él no esperó a oír el resto y aterrizó con un resonante gol­pe sordo.

Uhura se le acercó. Chekov estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados.

-Eso no fue muy elegante -señaló ella-. Ha perdido us­ted muchos puntos.

 

La puerta de la oficina se abrió con un siseo y Chekov entró cojeando, todavía vestido con el traje de gimnasia. McCoy le dirigió una mirada de sorpresa.

-¿Dónde ha estado?

-Intentando perder cuatro kilos y medio. La cabeza de McCoy osciló nerviosamente. -Eh... acerca de esos cuatro kilos y medio...

-¿Qué pasa con ellos? -preguntó Chekov con la mirada cautelosa de un gato que se encuentra cerca de la caseta de un perro.

-Bueno, parece ser que, eh... me he enterado de cuánto empeño ha estado poniendo usted en perderlos...

-...y de que todo lo que como no tiene nada de calorías y menos sabor....

-No sé cómo pudo ocurrir esto. Fue sólo por esta mesa.

Creo que con todas las precipitaciones, alguien no le dedicó la suficiente atención... Lamento de verdad que esto haya ocurrido y, créame, la persona responsable lo lamentará todavía más cuando le ponga las manos encima...

-Doctor McCoy, ¿de qué está hablando? McCoy miró al techo.

-Usted... mmm... usted no pesa cuatro kilos y medio de exceso.

-¿Peso más? -inquirió cautelosamente Chekov.

 -Nunca los ha pesado. Fue un error. Puede volver a reto­mar su antigua rutina.

Chekov se derrumbó sobre la silla. -No lo puedo creer -musitó. McCoy se inclinó hacia delante.

-¿Le gustaría golpearme? ¿Conseguiría eso que se sin­tiera mejor?

-Lo conseguiría... pero estoy demasiado débil después de haberme colgado durante tanto rato.

 

24

 

 

La capital recientemente recuperada de manos del ene­migo, hervía con la expectación de la primera corona­ción que se celebraba en muchos años, y que además era la coronación que salvaría al planeta.

La lucha entre el partido Leal y la Alianza Mohd continuaba en algunas de las provincias más remotas, pero la no­ticia del regreso de la Corona había producido el efecto de­seado: sellar las fisuras de la Coalición Leal e infundir en sus ejércitos el espíritu necesario para acabar con la revuel­ta. La guerra acabaría muy pronto.

 

La Gran Sala del Pacto estaba atestada de shadianos de todas las edades y aspectos. Los ministros gubernamentales estaban codo con codo con los granjeros cubiertos de polvo, los sacerdotes con los mercaderes cosmopolitas, las muje­res ancianas con los niños pequeños. Las gigantescas puer­tas de la parte posterior estaban abiertas de par en par, y en la plaza había miles de peregrinos que escuchaban al coro que cantaba desde el balcón.

Las llamas de los candelabros sacramentales que estaban colocados en la pared posterior del altar, destellaban como estrellas celestiales. El sumo sacerdote, un gigantesco ancia­no que resplandecía con sus mantos de color blanco purísi­mo, leía el sagrado Libro de Shad. Sin embargo, en aquella atmósfera medio sacra y medio circense, al menos eran tan­tos los espectadores que lo escuchaban como los que dedi­caban su atención -y dinero- a los vendedores que se en­contraban en la plaza abierta, que pregonaban casi cualquier cosa, desde comida a banderitas reales y estatutos religiosos.

Finalmente, el sumo sacerdote se volvió hacia la parte trasera de la Gran Sala y levantó sus brazos hacia el balcón del coro, que estaba muy alto, por encima de la multitud del in­terior. Las voces de los cantantes se elevaron en un crescendo y se interrumpieron repentinamente. Ante esa señal, las vo­ces de los que se hallaban dentro del templo y fuera, en la plaza, se hicieron oír en un murmullo; luego se hizo un pro­fundo silencio.

-Esto es asombroso -le susurró McCoy a Kirk.

La oficialidad superior de la Enterprise ocupaba un ban­co delantero que estaba lo suficientemente cerca del altar como para que sintiesen el calor de las velas que describían un arco por encima del mismo.

La destellante Corona reposaba sobre un cojín de terciopelo de color azul oscuro, y el sacerdote le dedicó una afec­tuosa sonrisa, como si fuese el hijo preferido que hubiese regresado al hogar familiar después de una larga ausencia. La casi completa inmovilidad se prolongó varios minutos, tras la cual el sacerdote volvió a hacerle una señal al direc­tor del coro. Las voces iniciaron un melodioso tarareo, bajos con una melodía de contrapunto de sopranos que se entrete­jían, algo tan suave y delicado como una mariposa en esta­do de quietud.

Unas cortinas de color escarlata, que llegaban del techo al suelo y cubrían un largo de doce metros, se abrieron y Kailyn avanzó lentamente hacia el sacerdote, mientras des­cansaba una mano sobre Haim, el Primer General, hombre de confianza del rey Stevvin. Kirk observó al anciano gue­rrero, encorvado por los años pero que avanzaba con paso firme y seguro mientras conducía a la princesa real hacia el centro de la plataforma del púlpito. El capitán dirigió rá­pidas miradas a sus oficiales: Spock, con aspecto increíble­mente digno en su uniforme de gala; Scott, con la mandí­bula apretada por la atención; McCoy, que se enjugaba su­brepticiamente una lágrima de orgullo, con la esperanza de que nadie lo advirtiera. Kirk sonrió y volvió la mirada hacia el altar.

Kailyn llevaba una túnica larga de color azul cielo con adornos dorados en el pecho. Tenía los cabellos sueltos a la espalda y estaba de pie, alta y erguida, con el aire de alguien que sabe que se halla en el sitio que verdaderamente le per­tenece. La niña que tantos miedos había confesado en el jardín de Orand, había desaparecido entre entonces y aquel preciso instante.

La mujer que había ocupado su lugar se arrodilló ante el sacerdote e inclinó la cabeza como signo de humildad. Lue­go miró directamente delante de sí, transformándose en una imagen de solemne belleza. El sacerdote levantó lentamente la Corona, la sostuvo en alto y la hizo descender hasta colo­carla sobre la cabeza de Kailyn. El silencio que reinaba en la Gran Sala era absoluto.

Los cristales destellaron, transparentes y azules en sus engarces de brillante plata. Kailyn se puso de pie... y el coro estalló en un canto de júbilo.

McCoy tocó a Kirk en las costillas con un codo.

 -Ella me ha mirado, ¿no es cierto, Jim?

 -Sí, Bones. Ella le ha mirado.

En el exterior, la plaza se estremeció con el sonido de los vivas de la multitud, y las campanas repicaron cerca y lejos del templo. Tras mucho tiempo, el planeta desgarrado por la guerra tenía su nueva reina del Pacto.

 

El palacio no había visto un banquete de ninguna clase en casi veinte años. De alguna forma habían conseguido reu­nir el personal de servicio necesario, y los vestíbulos, las an­chas escaleras de mármol y alabastro y los salones prin­cipales habían sido inmaculadamente abrillantados y de­corados.

Entre el remolino del baile y el jolgorio, un criado de po­blada cabellera encontró a Kirk, Spock y McCoy en una ve­randa que dominaba el resto de la capital. En el cielo esta­llaban cohetes de fuegos artificiales: eran el trueno de una jubilosa celebración, en lugar del trueno de la muerte.

Los tres oficiales de la nave estelar fueron conducidos al interior de una sala de recepción vacía, donde el criado los dejó a solas, cerrando la puerta detrás de sí. Se abrió una puerta lateral y Kailyn corrió a arrojarse en brazos de sus amigos; McCoy dio un paso adelante y la interceptó, tomán­dole delicadamente una mano, tras lo cual se inclinó hacien­do una reverencia cortesana y le besó las puntas de los dedos.

-Alteza real...

Kailyn se ruborizó.

-Usted no tiene por qué llamarme así.

-Sólo quería ver cómo sonaba -dijo él, sonriendo.

-¿Y bien?

-Suena perfectamente.

Luego se produjo una incómoda pausa, que rompió la nue­va reina de Shad.

-No existe forma de que pueda jamás darles las gracias a todos ustedes. Les debo mucho más que simplemente la vida. Cuando... cuando salí de Orand, sólo sabía ser una niña asustada. Al conocerlos a ustedes, aprendí a encontrar fuer­za en mi interior, a amar y a ser amada... Y lo más importan­te de todo es que aprendí a continuar aprendiendo durante toda la vida.

McCoy comenzó a hablar pero Kailyn levantó una mano.

-No... espere, ya sé que a partir de ahora nuestras vidas deben seguir caminos diferentes, pero espero que vuelvan a cruzarse y continúen cruzándose mientras estemos vivos. -Sorbió por la nariz para intentar detener las lágrimas an­tes de que resbalasen por sus mejillas, e inclinó la cabeza para enjugarlas de sus ojos-. Supongo que esto no es muy regio.

Respiró profundamente.

-Bueno, el general Haim quiere que conozca a ciertas personas.

Tan rápidamente como había entrado, se volvió y salió, y McCoy se quedó pensando en la primera vez en que ella había ido a verlo en la enfermería, la forma en que la mu­chacha había entrado y salido precipitadamente, temerosa de molestar.

 

La celebración palatina continuó hasta muy entrada la noche. Chekov estaba en medio de un recorrido más por las mesas del banquete, equilibrando un plato demasiado lleno con una mano y escanciando vino de una botella con la otra.

-¿Se está divirtiendo, señor Chekov? -le preguntó Kirk.

-Esto es el paraíso para un muerto de hambre, capitán -respondió él, encajando un pulgar dentro del cinturón-.Debería asistir con mayor frecuencia a las coronaciones.

-Tomaré nota de ello. Será mejor que se apresure a co­mer; nos transferiremos a bordo en cuanto consiga reunir al resto de nuestra borracha tripulación.

-Pero si parece que acabamos de llegar, señor.

Kirk se encogió de hombros con cierta expresión melan­cólica.

-Tendremos que volver al trabajo en algún momento.

McCoy y Kailyn estaban bailando un alegre vals, sonrien­do durante todo el tiempo pero sin pronunciar palabra. Im­pulsivamente, ella le dio un beso en una mejilla y la sonrisa de él se transformó en una carcajada.

-¿Por qué ha sido eso? -le preguntó a la joven reina.

-Tenía ganas de hacerlo. Si la reina no puede besar a su compañero de baile, ¿qué hay de bueno entonces en ser una reina? -Luego agregó, con un susurro de conspiración-: ¿Tiene miedo de que el Consejo piense que hay algo entre no­sotros dos?

-Lo hay. Lo habrá siempre, y no lo olvide, joven damita. Los ojos de ella se animaron, y la niña que había dentro brilló en el interior.

-Entonces, ¿vendrá a visitarme... quiero decir a visitar­nos... otra vez?

Él asintió... y sintió que alguien le tocaba un hombro. Se volvió y levantó la mirada hacia el rostro de un joven tenien­te shadiano, rubio, de rostro aniñado, que llevaba el pecho cubierto de medallas. Era al menos una cabeza más alto que McCoy.

-¿Me permite este baile con su alteza?

McCoy sintió que lo acometía, otra vez, la sensación de vejez; se sintió encorvado y canoso... pero la atajó justo a tiem­po y se irguió.

-Por supuesto... hijo. -Antes de entregarle la mano de Kailyn, McCoy murmuró al oído de la joven-: ¿Me creería usted si le dijese que en mi juventud tenía el mismo aspecto que él?

Ahora fue ella quien se echó a reír, y McCoy fijó aquella imagen en su mente.

En el borde de la pista de baile, encontró a Spock y Kirk, y se unió a ellos para beber la última copa.

-No hay duda de que esa muchacha ha madurado -co­mentó Kirk.

-Tenía que hacerlo, Jim.

-Su padre siempre hizo lo que debía. Si ella ha heredado ese instinto, será una buena reina.

-Capitán -dijo Spock con tono formal-, creo que ha encontrado usted un terreno común en el que el doctor McCoy y yo podemos estar plenamente de acuerdo.

-Me gustaría que eso se convirtiera en uno de mis hábi­tos, caballeros -aseguró Kirk.

McCoy meneó la cabeza y sonrió.

-No lo conseguiría en toda su vida, Jim.

 

 

 

FIN

 


 [e1]Percepción extra sensorial (N. de la T).

 [e2]Grados Celsius: grados centígrados. Anders Celsius (1701-1744) estableció la escala termométrica centesimal. (N. de la T).

 [e3]Florence Nightingale (1820-1910): dama inglesa fundadora de la moderna escuela de enfermeras. (N. (le la T)

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