© Libro N° 5992.
Star Trek III. El Pacto De La Corona. Weinstein, Howard. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Star Trek III. El Pacto De La Corona. Howard Weinstein
Versión Original: © Star Trek III. El Pacto De La Corona. Howard
Weinstein
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Guillermo Molina Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
Star
Trek III
EL PACTO DE LA CORONA
Howard
Weinstein
1
Es gris, Jim -dijo el doctor
Leonard McCoy.
El médico de la nave se hallaba
ante el espejo, re
volviendo entre su mata de
cabellos como si buscase la causa de algún estado de salud misterioso.
Fue la primera sospecha que
tuvo el capitán James Kirk de que la fiesta de cumpleaños podría ser un
tremendo error.
A veces, Kirk tenía la
sensación de que la totalidad del universo estaba aliada contra él. Estaban las
grandes cosas como guerras y supernovas, acontecimientos que estaban tan
obviamente fuera de su control, que no podía tomárselos como algo personal.
Pero cuando los pequeños planes, trazados de la mejor manera posible, también
se desviaban de su objetivo, no tenía más remedio que preguntarse qué habría
hecho para merecer aquella suerte.
En el imponente devenir de
la historia, puede que el cumpleaños de su oficial médico no significase
mucho, pero Kirk quería que fuese algo especial. Después de todo, McCoy no
tenía ningún amigo mejor que él en la galaxia, así que el capitán estaba
decidido a que esa fecha no pasase sin pena ni gloria.
Hasta que descubrió que el
propio McCoy no sólo quería que pasase sin pena ni gloria, sino totalmente
inadvertida.
-Completamente gris -repitió
McCoy, frunciendo el entrecejo.
-Oh, vamos, Bones. Un poco
de plata en torno a las sienes apenas puede considerarse como completamente
gris -dijo Kirk, con un destello divertido en los ojos mientras se situaba
detrás de McCoy.
McCoy le echó una mirada
feroz al reflejo del capitán que asomaba por encima de uno de sus hombros.
-No es nada divertido, Jim.
Yo me estoy volviendo viejo y usted está histérico.
-Está exagerando un poco.
-Eso -señaló McCoy con
aspereza- es también un signo de que me estoy haciendo viejo.
El ánimo del médico no había
mejorado cuando él y Kirk salieron del turboascensor, en las proximidades de
uno de los comedores de la nave.
-¿No se da cuenta de cuánto
tiempo hace que nadie me llama «Lenny»... o «hijo»?
-Bones, ¿realmente hecha
usted de menos que alguien lo llame «hijo»?
-No. Lo odiaba cuando era un
crío -respondió McCoy, deteniéndose cuando una bonita oficial de guardia salió
del comedor, les dedicó una sonrisa a ambos y luego desapareció en la curva
del pasillo-. Pero era muchísimo más agradable cuando dos tercios de las damas
de a bordo no eran lo bastante jóvenes como para ser mis hijas. Sólo me queda
una solución: renegar de mis próximos cumpleaños. Hacer caso omiso de todos
ellos.
Guau, pensó Kirk, mientras
entraban para comer. ¿Debía suspender los planes que tenía para el cumpleaños?
La invitación expedida junto con las órdenes de guardia, había aparecido en
las terminales de todos los tripulantes excepto en la de McCoy... La comida que
había dispuesto y programado especialmente, junto con amenazas contra
cualquiera que dejase filtrar el secreto... ¿Cancelar una maravillosa fiesta
sorpresa potencial sólo porque el hombre que cumplía años no quería tomar
parte alguna en la misma?
Desde luego que no. Si McCoy
quería ser un aguafiestas, que así fuese. La mayoría de las fiestas de
cumpleaños de a bordo de la USS Enterprise
eran reuniones reducidas a las que sólo asistían los amigos más íntimos del
invitado de honor; pero aquélla sería una rara reunión de toda la tripulación
de la nave; después de todo, incluso los miembros más jóvenes habían llegado a
considerar al médico como a un tío caprichoso y excéntrico, del tipo de los que
lo reprenden a uno de niño y luego le dan un caramelo cuando la madre no lo ve.
Todos sabían que las atenciones de McCoy se originaban en algo mucho más
profundo que la mera responsabilidad profesional.
Y Kirk sabía que el motín
sería una clara posibilidad si él cancelaba todo el asunto después de los
planes que había estado trazando y de cómo había crecido la expectación. Si
necesitaba una última palabra para apaciguar sus temores, allí estaba el ingeniero
jefe Montgomery Scott para proporcionársela, con aquel toque de penetrante
sentido común que siempre desplegaba cuando conseguía apartar la mirada de sus
motores.
-Ponga a McCoy en una
habitación con las damas, mucha buena bebida, una comida refinada y un poco de
canciones -dijo Scott-, y se olvidará por completo de cualquier cosa que lo
aflija.
Más tarde, Kirk dio la señal
acordada. En grupos de dos y tres, los miembros de la tripulación que estaban
fuera de servicio se encaminaron a la sala de recepciones de la planta
séptima. El resolver la parte dura quedaba en manos de Kirk: conseguir que
McCoy dejara de contarse las canas durante el tiempo suficiente como para
asistir a la celebración.
-Vamos, Bones -le dijo Kirk
al cuerpo inerte que se hallaba acurrucado en la cama de McCoy.
-Déjeme tendido en la
oscuridad. Quizá así dejaré de hacerme viejo -suspiró McCoy-. Si tuviera
hojas, al menos dejaría de realizar la fotosíntesis.
-Usted es un médico, no una
planta -señaló Kirk, gruñendo al aferrar un brazo de McCoy y tirar de él hasta
conseguir que el médico se sentase. Se sintió levemente estúpido-. Vamos. No
tengo intención de llevarlo en brazos.
-¿A dónde quiere llevarme?
-A la sala de recepción.
McCoy intentó volver a la
posición fetal en la que lo había encontrado el capitán, pero Kirk lo sujetó
por el brazo.
-¡Ay! Déjeme solo, Jim. ¿Qué
voy a hacer en la sala de recepción en este estado mental?
-Va usted a salir de ese
estado, eso es lo que hará. He planeado las cosas de forma que tenga la
oportunidad de dedicarse a uno de sus pasatiempos favoritos: incordiar a Spock
mientras yo juego con él al ajedrez.
McCoy dejó escapar un largo
suspiro, como el de una llanta que se desinfla.
-Bueno, si me lo pone así...
Se levantó y siguió a Kirk
al exterior del camarote. El taciturno McCoy realizó el recorrido hasta la
séptima planta con un poco menos de alegría que si se tratase de un paseo hasta
la horca, y Kirk tuvo que reprimir el impulso de volverse atrás.
Giraron para situarse
delante de la sala de recepción, y las puertas se abrieron para dejar a la
vista una caverna completamente oscura. Kirk empujó a su amigo al interior y
las luces se encendieron de pronto, cambiando a rojo, azul, amarillo y blanco.
Sin proferir sonido alguno, McCoy retrocedió al menos un metro de un solo salto
y aterrizó directamente sobre los dedos de los pies de Kirk. La multitud oculta
de miembros de la tripulación salió de debajo de las mesas y tiestos de plantas
gritando:
-¡Feliz cumpleaños, McCoy!
Kirk, tras prepararse para
una mirada que podía llegar a matar, se volvió a mirar al médico. McCoy tenía
los ojos nublados por la impresión. Los gritos cedieron paso a los aplausos y
las carcajadas, y una encantadora teniente del equipo médico puso en manos de
McCoy una bebida y su propia persona. Finalmente, el médico se dejó arrastrar
a la celebración, aunque no antes de lanzarle una mirada de ferocidad a Kirk.
-¡Jim, ésta me la pagará!
Kirk rió entre dientes y se
sentó junto al jefe de ingenieros.
-Creo que tenía usted razón, Scotty.
-Bueno, no es sólo de
motores de lo que entiendo, señor -respondió Scott, con la frente fruncida en
un gesto de falsa modestia-. El único problema que le encuentro al asuntoa es
que querrá una fiesta de éstas cada vez que se sienta viejo. Piense bien en ello,
señor... Yo mismo me siento un poquitin viejo.
Los miembros de la
tripulación pululaban en torno a las largas mesas cargadas de pasteles,
entremeses y bebidas, y las primeras bandejas quedaron limpias en un abrir y
cerrar de ojos. Chekov pinchaba lúgubremente un microscópico trozo de pastel
con el tenedor, mientras que la doctora Christine Chapel y los tenientes
comandantes Uhura y Sulu los hundían en trozos que eran casi demasiado grandes
para sus platos.
-Humm -ronroneó Uhura-. No
sabía yo que el sintetizador de comida fuese capaz de hacer pasteles como éste.
-No podía -replicó Christine-, hasta que yo cambié ligeramente el programa.
Todos se echaron a reír a
carcajadas, excepto Chekov. Sulu lo tocó con un codo.
-¿Qué le ocurre?
-¿Dónde ha dejado la cara de
las fiestas? –preguntó Uhura.
-Tengo la impresión de que
ésta es su cara de las fiestas -comentó Sulu haciendo una mueca-. Ya sabe usted
cómo son estos taciturnos rusos.
Deslizó el tenedor por
debajo de un enorme trozo de pastel y lo depositó en el plato del taciturno
jefe de seguridad. Chekov lo devolvió prontamente a la bandeja, profiriendo un
estrangulado grito de frustración.
-Eso engorda.
-Es usted aún un niño en
edad de crecimiento -le dijo Uhura-. ¿Desde cuándo le preocupa la comida que
engorda?
-Desde que vi que había engordado cuatro kilos
y medio.
-¿Dónde los tiene? ¿En los dedos de los pies?
Chekov se encogió de hombros
con genuina consternación.
-No tengo ni la más remota
idea. Yo no me siento gordo. -Christine -dijo Sulu-, ¿pesa realmente cuatro
kilos
y medio de más?
Christine mordisqueó su
trozo de pastel con una clara expresión de culpabilidad.
-Eso es lo que indicó la
báscula. Cuando envejecemos, nuestro metabolismo cambia. Uno aumenta de peso
con más facilidad y ese peso va a parar a sitios diferentes. Enfrentémonos con
ello, Chekov, ya no tiene usted veinte años.
-No me lo recuerde.
El alegre ruido de voces y
entrechocar de cubiertos de la fiesta prometía que ésta duraría todo un ciclo
diurno. Después de todo, McCoy había insistido en que todos los turnos
tuviesen una oportunidad para observar a una reliquia viviente en carne y
hueso, aunque se tratase de una reliquia concienzudamente borracha. Kirk iba
camino del puente para retomar el mando cuando la nave se estremeció
repentinamente. Fue un temblor casi imperceptible que pasó inda
vertido para casi todos los
que estaban a bordo, excepto para Kirk y Scott. Sintieron la oleada de la
aceleración repentina y avanzaron juntos hacia el intercomunicador en el momento
en que se oía la suave voz del primer oficial Spock.
-Capitán Kirk, al puente,
por favor.
Kirk pulsó el botón que
había en la pared.
-Aquí Kirk. ¿Es que alguien
ha llevado ahí arriba una caja de whisky clandestinamente?
-Negativo, señor. Todo el
personal de guardia debe permanecer en estado de sobriedad.
-En ese caso, ¿por qué están
ustedes zarandeando la nave, señor Spock?
-Eso. Tienen que haber
pasado a factor hiperespacial seis.
-Factor ocho, señor Scott.
-Scotty, me sorprende usted
-le dijo Kirk, con falso asombro.
-Supongo que he bebido
demasiado, señor.
-¿Qué está ocurriendo,
Spock?
Hubo un momento de
vacilación antes de que el vulcaniano le respondiese, y Kirk tuvo la sensación
de que aquél no era momento para bromas.
-Quizá sea mejor que se
presente usted en el puente, capitán.
-Voy hacia allí. Kirk fuera.
Las puertas del turbo
ascensor se abrieron con un siseo. Kirk avanzó por el puente de mando. Spock
hizo girar el asiento central y se puso de pie.
-Acabamos de recibir una
señal de prioridad uno del comando de la Flota Estelar, estado de seguridad
rojo, ordenándonos que nos presentemos en la Base Estelar Veintidós a la hora
1700 de mañana. El factor ocho es suficiente para asegurar nuestra llegada
alrededor de la hora 1545. No se nos da ninguna otra información sobre por qué
nuestra presencia es solicitada con tanta urgencia, señor.
-¿Ni siquiera codificada,
Spock?
-Negativo. El mensaje decía
simplemente que usted, el doctor McCoy y yo debemos presentarnos inmediatamente
después de nuestra llegada ante el almirante Harrington, de la Flota.
2
Si esta misión fracasa -dijo
el almirante Paul Harrington con su crepitante acento británico-, la totalidad
del Cuadrante J-221 podría estar en manos de los klingon el año próximo.
-Para mi próximo cumpleaños
-le susurró McCoy a Kirk.
Harrington se volvió en
redondo.
-¿Qué decía usted, doctor?
-Nada, señor.
Harrington era un hombre
alto de actitud impecable. Se movía con deliberada precisión mientras se
paseaba por el piso cubierto por una moqueta verde y espesa como un césped
bien cuidado. Pero los pasos no eran nerviosos, sino regulares y aplomados,
fiel reflejo de la mente constantemente activa de aquel hombre. Era inglés
hasta la médula, cortado en el mismo paño que había producido grandes navegantes
y oficiales durante más de mil años. Harrington ya se había labrado un lugar en
los anales de la Federación por su imperturbable manejo de diversas crisis
grandes y pequeñas, y Kirk era plenamente consciente de que en aquel preciso
momento se enfrentaban con una de aquellas coyunturas críticas.
-¿No existe en la región
otra fuente alternativa de tridenita? -preguntó Spock.
-Ninguna -respondió
Harrington, mientras chupaba una curvada pipa de marfil.
-Shad les suministra ese
mineral a veinte o más planetas -intervino Kirk.
-¿No pueden obtener la
energía de algo que no sea la tridenita? -quiso saber McCoy.
No podían, y Kirk lo sabía.
Shad era uno de esos mundos que gozaban de la dudosa bendición de poseer algo
que otros muchos mundos necesitaban, querían y por lo que incluso podían llegar
a matar: unos recursos virtualmente ilimitados de tridenita en su corteza, un
mineral energético muchísimo más limpio y seguro que el uranio o cualquier otro
de los isótopos que les habían proporcionado abundante aunque peligrosa
energía a numerosas civilizaciones. Incluso la Tierra había pasado por su
temprano período de dependencia de peligrosas fuentes de energía radiactiva.
Kirk sabía que su planeta de origen estaba salpicado por cavernas en las que
cientos de años antes se habían enterrado los residuos nucleares: los mismos
continuarían emitiendo partículas mortales durante miles de años por venir.
Pero Shad se había ahorrado
ese problema. La tridenita había sido confeccionada por la naturaleza para
producir enormes cantidades de energía eficaz, y las economías e industrias de
esos veinte planetas estaban fundadas, sobre la garantía de un flujo constante
de dicho mineral.
La mitad de esos mundos
pertenecían a la Federación y el resto eran neutrales, pero vivían a la sombra
del cercano imperio klingon. En todo caso, Shad era la nodriza, el premio
codiciado. Podían apoderarse de Shad, cortar los suministros de tridenita,
observar cómo una veintena de los planetas del Cuadrante J-221 caían como
piezas de dominó, y entrar a sangre y fuego para conquistar un valioso flanco
de la Federación de Planetas Unidos. Ése había sido el objetivo de los klingon,
y lo habían perseguido pacientemente mediante la incitación a la guerra civil
en Shad, dieciocho años antes.
Kirk repasó mentalmente los
detalles históricos. Conocía la situación shadiana tan íntimamente como
cualquier oficial, burócrata o diplomático, por una razón: había estado allí
durante los comienzos de la guerra, al mando de una comisión consultiva
agregada de la corte del rey Stevvin...
Después de cinco siglos, la
dinastía de Shad había sobrevivido más tiempo que la mayoría. Ahora, de
pronto, se tambaleaba al borde de un escarpado abismo, y delante de ella
planeaba la extinción. El joven capitán de corbeta James T. Kirk lo sentía en
los huesos mientras caminaba apresuradamente hacia la habitual reunión
matutina que cada día man
tenía con el rey. Llegó
temprano y se dedicó a pasear por los jardines del castillo bajo un cielo
sombrío y sin sol, esperando; en el interior, el rey intentaba controlar otra
irritada reunión del consejo.
Doce ministros del gabinete
rodeaban la sólida mesa de madera oscura, que había sido tallada en una sola
pieza de un árbol gigantesco por el ancestro de Stevvin, Keulane el Sanador.
Keulane había comenzado la dinastía, y Stevvin estaba dispuesto a aceptar que
él iba a presidir su final. Golpeó la mesa con el martillo de mango recamado
con piedras preciosas, hasta que sus ecos apagaron la docena de voces que
discutían al mismo tiempo.
Se hizo un repentino
silencio, roto tan sólo por el profundo suspiro del rey. Se apoyó pesadamente
sobre la mesa, sin mirar a ninguno a los ojos mientras hablaba por fin.
-El consejo no puede
funcionar de esta forma. Tenemos que imponernos orden.
La voz era suave y ronca;
expresaba un ruego, no una orden.
-No hay orden alguno en Shad
-declaró Yon, un ministro de rostro porcino que se encontraba situado al otro
extremo de la mesa-. ¿Por qué esperáis que lo haya aquí... sire? -Estaba claro
que esta última palabra debía parecer una sarcástica ocurrencia tardía.
Stevvin redactó una réplica
en su mente, pero se la tragó sin pronunciarla. Dejó el mazo y se encaminó
hacia las puertas adornadas con bronce.
-Sire.
La voz lo alcanzó y lo
retuvo durante un momento, aunque su espalda continuó vuelta hacia el consejo.
El rey reconocía el respetuoso tono de voz del primer general Haim, el hombre
alto, calvo y cargado de espaldas que había sido su edecán y amigo desde antes
de que Stevvin ascendiese al trono.
-Sire... el consejo no puede
actuar sin vos.
-Tampoco puede hacerlo
conmigo. Si doce hombres y mujeres responsables del gobierno de este mundo no
pueden superar sus diferencias para alcanzar una meta común, ni siquiera para
hablar civilizadamente los unos con los otros, entonces nuestra causa está
perdida.
Con los hombros caídos,
Stevvin salió de la sala.
La coalición leal al rey se
estaba desmoronando, y mientras el consejo reñía petulantemente, se perdían
regularmente territorios que caían en manos de la despótica Alianza Moho.
La Alianza había aprendido
bien las enseñanzas de traición que les había impartido su patrocinador, el
imperio klingon. Sus líderes babeaban ante la perspectiva de convertirse en
perros guardianes del imperio, esclavizar a la población libre de Shad y
arrancar bocados de la carne de la Federación a medida que el Cuadrante caía
bajo su dominio, planeta a planeta. Los klingon habían sembrado grandes
cantidades de armamento y dinero en la Alianza Mohd, y los frutos estaban casi
a punto para la cosecha.
El capitán de corbeta Kirk
encontró al rey sentado a solas en la cámara de la meditación, con una túnica
suelta sobre su flaco cuerpo. Al oír el sonido de las pisadas sobre la
alfombra, Stevvin levantó los ojos y sonrió. Aquel insolente joven oficial casi
podía conseguir que creyera que había alguna esperanza.
Pero la mandíbula
severamente apretada de Kirk le comunicó, sin palabras, que en aquella ocasión
la esperanza estaba fuera del alcance.
-Lo lamento, señor -dijo
Kirk con voz queda-. El consejo de la Federación ha decidido que en este
momento no pueden disponer de más tropas ni suministros de apoyo. Temen que
surjan problemas en el Sector Talénico y una media docena de otras regiones.
Quizá en un futuro próximo, la resolución pueda ser revisada... -su voz se
apagó lentamente.
-Éstos son verdaderamente
tiempos tumultuosos, James. Esa respuesta es la que esperábamos.
El rostro del rey aparecía
profundamente sombreado por la vacilante luz de las velas. Un suave aroma de
incienso flotaba en torno a ambos hombres.
-Intenté explicarles que con
un poco más de ayuda podríamos ganar -informó Kirk, con una voz inundada de
amargura.
-No nosotros. Ésta no es su
batalla. No es su mundo. Kirk no hizo caso del comentario del rey.
-No comprenden cuán cerca
está la Alianza Mohd de apoderarse de Shad y entregarla a los klingon. Un día
despertarán, y será ya demasiado tarde. Hay que hacerles ver...
Kirk comenzó a pasearse,
pero el rey lo detuvo apoyándole una mano firme sobre un hombro.
-No. Ya es hora de que usted
y sus hombres se marchen de aquí.
El joven oficial miró al
interior de los cansados ojos de Stevvin. Las palabras fueron pronunciadas sólo
después de un largo momento de vacilación.
-Alteza, creo que es hora de
que también usted se marche.
-Éste es mi mundo, un mundo
unificado por mis ancestros. Se encontraron con un centenar de naciones que
batallaban entre sí, y las fundieron en una sola.
-Excepto la provincia de
Mohd.
Stevvin asintió
sombríamente.
-Y si el pacto de paz va a
ser roto por esos hijos del infierno, yo tengo el deber de quedarme aquí y ver
cómo sucede. Cuando me encuentre con Keulane y mis otros padres en la próxima
vida, quiero que sepan que me quedé aquí hasta el final.
La oficina de Kirk estaba
emplazada en un castillo de piedra tallada, de color oscuro, que una vez había
servido como monasterio shadiano. Las ventanas eran demasiado pequeñas y
cercanas al abovedado techo como para dejar entrar mucha luz. El joven oficial
se paseó mientras esperaba a que un cuenco de sopa de pescado se calentase
sobre el pequeño calentador de infrarrojos que tenía sobre el escritorio.
Durante el año que llevaba
en Shad, se había convertido en íntimo amigo del anciano rey y ahora compartía
la angustia que se apoderaba de Stevvin. En los días anteriores a aquellos en
que la pérdida de las batallas se había convertido en un acontecimiento
diario, ambos habían pasado las suaves veladas de verano en el balcón de
palacio, bebiendo vino de frutas, discutiendo todos los temas que abarcaban
desde la poesía a la historia, desde las tácticas de guerra hasta las fábulas
impúdicas shadianas. Cuando las lunas gemelas se ponían en el frescor del
amanecer, los dos hombres se encontraban muy frecuentemente en el exterior,
para presenciar el final de la noche.
Kirk no era más que un joven
oficial de carrera, con cien hombres bajo su mando; Stevvin era casi un anciano
y gobernaba un planeta de cien millones de personas; pero, a pesar de eso,
llenaban los vacíos que los separaban con la amistad, el respeto y afecto
mutuos.
Y si algo desgarraba en
aquel momento a Kirk más que su propia impotencia, era tener que observar cómo
un rey bueno y amable veía debilitarse a su planeta a causa de una guerra civil
a la que él era incapaz de ponerle fin.
Kirk sorbió una cucharada de
la sopa de pescados nativos. Un oficial de rostro fresco entró por la puerta
abierta y depositó sobre la mesa un mensaje en casete.
-Es del frente de la
montaña, señor. No es... no es una buena noticia.
Tras meter el casete en el
visor, Kirk frunció el entrecejo mientras observaba la imagen del mapa y la voz
inexpresiva del comandante le decía algo que él había rogado no llegar a oír
jamás. La artillería Mohd había atravesado las líneas de defensa de la
coalición leal al rey, y el enemigo estaba avanzando hacia la capital,
residencia del rey. No había tiempo que perder.
-No me importa cómo lo
consiga -exclamó Kirk-. Bajen aquí una lanzadera y ténganla a punto en el
prado de palacio hacia la hora 1500. Yo me ocuparé de cómo sacarla de la
capital y llevarla al espacio.
Pulsó el botón del panel del
intercomunicador para cerrarlo. Se frotó los ojos, se puso de pie y descendió
los antiguos escalones de piedra del monasterio. Sus pasos recorrieron
automáticamente el sendero que atravesaba la plaza cubierta de piedrecillas, en
dirección al palacio, que dominaba sobre las estrechas calles desde lo alto de
la colina. La mente de Kirk divagaba pensando en lo irónico que resultaba el
destino de Stevvin.
Después de cinco siglos de
estabilidad, la gente de Shad, incluidos sus gobernantes, había sido criada en
la creencia de que la paz y seguridad de que gozaban perduraría por siempre. Se
había convertido en algo tan natural para ellos como la lógica lo era para los
vulcanianos. Sin embargo, se trataba de una falsa paz porque, bajo la
apariencia de unidad y progreso, una llaga corroía el corazón de la provincia
Mohd, cuyos belicosos habitantes pensaban que se les escatimaba la parte que
les correspondía de la riqueza de aquel
planeta. Desde épocas
remotas, los nómadas Mohd se habían extendido hasta muy lejos para luchar con
cualquier población que aceptara su desafío. Para ellos, la paz forjada por
Keulane y sus sucesores era un motivo de aflicción, y juraron no aceptarla
jamás.
Los agentes klingon
reconocieron a sus hermanos de sangre en aquella provincia de inquietos
guerreros, y los alentaron para que creasen descontento en otras zonas de
Shad, los nutrieron, sondearon los puntos vulnerables de la antigua dinastía y
la apuñalaron con el velocísimo golpe de la rebelión.
El capitán de corbeta Kirk
se maravilló a su pesar ante la visión simple que tenían los klingon del orden
de las cosas: que el descontento estaba siempre presente en todas partes, y
que con el fomento adecuado podía hacérselo estallar en una guerra abierta. El statu quo no servía para nada: el
imperio sólo podía medrar apoderándose de lo que pertenecía a otros. La
victoria significaba avance; la pérdida sólo que regresarían al punto de
partida. Los klingon vivían verdaderamente según el refrán de que «quien no se
arriesga, no pasa el vado».
Y la campaña que estaban
llevando a cabo en Shad representaba un riesgo eficaz. El gobierno del rey
Stevvin había infravalorado el poder de las fuerzas oscuras de la provincia
Mohd, ignorantes de que la abundante ayuda clandestina de los klingon en
armamento y suministros había creado una máquina de guerra erizada de muerte.
Del mismo modo, había errado sus cálculos la Federación, quizá porque no había
tropas klingon presentes en el planeta. Nunca antes había desplegado el
imperio un poder semejante in absentia; entre tanto, otros puntos conflictivos
requerían atención, y Kirk sabía que la ayuda de la Flota Estelar, que él había
traído, era demasiado poca y había llegado demasiado tarde.
Stevvin había mantenido un
objetivo por encima de todos los demás: hacer que no se interrumpiera la
producción y el envío de tridenita. Dado que Shad nunca había desarrollado el
vuelo espacial, eran naves de carga extranjeras las que debían encargarse de
transportar el mineral a los otros mundos. Mientras las fuerzas leales al rey
pudiesen guardar las estaciones de embarque contra la artillería Mohd, la
tridenita podría ser transportada y el principal designio de los klingon
continuaría sin ser alcanzado. Hasta el momento, el rey había ganado esa
batalla, aunque quizá a costa de perder la totalidad de la guerra.
Y en aquel momento, los
batallones Mohd estaban marchando hacia la capital. Los embarques cesarían
dentro de muy poco. La dinastía sería aniquilada; el rey y su familia estarían
entre los primeros asesinados cuando las tropas enemigas llegasen a la ciudad.
Kirk tenía por delante una última tarea antes de poder ordenar la retirada de
sus propios hombres: convencer a Stevvin de que le permitiese a la Flota
Estelar ayudarlo a escapar al exilio.
Justo en el exterior de las
murallas del palacio, el joven oficial de la oficina de Kirk le dio alcance con
una comunicación escrita a mano apretada en un puño. Tenía el rostro
encendido; había corrido durante todo el camino.
-Señor, esto llegó
justamente después de que usted se marchara.
Kirk cogió el papel y se
preparó para echarle una rápida mirada a otro informe negativo del campo de
batalla. Se detuvo en seco al ver que era un mensaje del consejo de la Federación.
-¿Por qué no me llamó por el
intercomunicador, alférez?
-No quería arriesgarme a que
lo captasen los escuchas Mohd, señor. Llegó codificado.
El alférez permaneció en
posición de descanso mientras su superior leía lo escrito en el papel. La
Federación había revisado el último informe de Kirk y cambiado su decisión: un
destacamento de apoyo militar adicional estaba ya de camino.
-Había perdido toda la fe
-confesó Stevvin.
-Han decidido que Shad
merece que se luche por él, señor. Si esta nueva ayuda es suficiente como para
invertir la situación, y yo creo que lo será, nosotros deseamos que esté usted
a salvo hasta que todo se solucione -declaró Kirk.
-Pero no en Shad -dijo
Stevvin, con una media sonrisa.
-Sólo será una situación
temporal. Una cuestión de meses como mucho. Lo traeremos de vuelta aquí en
cuanto podamos garantizar su seguridad.
El rey cerró los ojos.
-¿Y qué me dice de la
seguridad de nuestros soldados, de la de sus esposas e hijos? ¿Cómo puede
garantizarse eso? Ellos no pueden marchar al exilio.
-Señor, usted no es sólo un
soldado más.
-No... supongo que no.
La voz de Kirk adquirió un
tono de impaciencia.
-Usted es el gobernante
dinástico de Shad. Usted es el líder religioso de su pueblo, el punto de unión
de todos sus integrantes. Sin usted, no hay Shad.
-No olvidemos que tampoco ha
habido mucho Shad conmigo.
-En ese caso, piense en su
esposa y su hija, en la seguridad de ellas. Su hija es la futura reina de
Shad.
El rey cedió finalmente. La
lanzadera llegó a tiempo y Kirk ocupó el asiento del piloto. Dado que Shad
carecía de máquinas volantes tripuladas, las armas del planeta no incluían
ninguna clase de ingenio antiaéreo. Los artilleros Mohd hicieron todo lo
posible para derribar la lanzadera con sus misiles de largo alcance cuando
detectaron que intentaba llegar a la órbita del planeta.
Las lanzaderas no estaban
diseñadas para realizar rápidas maniobras de evasión, y ésta gemía protestas
mientras Kirk la forzaba a seguir un recorrido en espiral hacia el espacio;
pero si bien aquellas pequeñas naves no eran ágiles, sí eran resistentes, y
Kirk estaba seguro de que se mantendría de una sola pieza y haría lo que se le
pedía. Kirk subió hasta más allá del alcance de los misiles y llevó al rey, su
joven esposa, su hija de cinco años, llamada Kailyn, y cuatro servidores hasta
dentro del radio de alcance del rayo transportador del Normandía, que aguardaba
muy lejos de la zona orbital de combate, en torno a Shad. El destructor les
proporcionaría una nueva casa durante el tiempo justo que las tropas leales al
rey necesitasen para hacer retroceder a la Alianza Mohd y contenerla...
Habían pasado dieciocho años
desde que Kirk se despidiera del rey y de su familia, desde que los viera
desaparecer en el chisporroteo del transportador del Normandía. Sin embargo,
la batalla en Shad continuaba, y ninguno de los dos bandos era capaz de
imprimir el último empujón que lo condujese a la victoria.
El Tratado de Paz Organiano
había impedido una intervención en masa de cualquiera de ambos lados. Si lo
intentaban, los seres de energía pura de aquel enigmático mundo guardián
desarmarían de forma definitiva a ambas fuerzas de combate, sin importar dónde
o contra quién estuviesen luchando. Ni la Federación ni el imperio querían
arriesgarse a una total inmovilización galáctica, así que tenían que
contentarse sólo con suministrarles armas y desear lo mejor. Como un par de
guerreros exhaustos, los enemigos luchaban con golpes cada vez más fatigados.
Pero, por fin, la corriente
había cambiado, mucho después de lo que Kirk esperaba.
-La coalición leal al rey
-dijo el almirante Harringtonestá a punto de quebrarle el cuello a la Alianza
Mohd.
McCoy profirió un bufido.
-¿Después de todo este
tiempo? ¿Qué es lo que puede quedarles para luchar?
-Más de lo que usted podría
imaginarse -respondió Harrington, exhalando un par de anillos de humo-. No
olvide que lo que ocurrió allí no tiene nada que ver con un holocausto
nuclear. Fue una guerra muy convencional, casi primitiva. Ni nosotros ni los
klingon queríamos destruir el planeta del que esperábamos apoderarnos.
-¡Qué civilizado por parte
de ambos! -exclamó McCoy, con el entrecejo fruncido.
-El caso es, caballeros, que
la coalición está también a punto de destruirse a sí misma con sus altercados
internos.
Kirk meneó tristemente la
cabeza.
-Ni siquiera han ganado, y
ya están intentando repartirse los despojos.
-Eso es aproximadamente lo
que ocurre, capitán. La única esperanza de restaurar algo que se parezca a la
unidad, según nuestra opinión, es la de devolver al planeta el único símbolo al
que todas nuestras fracciones leales le deben fidelidad.
Spock alzó una ceja.
-¿La familia real?
-Precisamente, oficial.
-Todavía están vivos -dijo
Kirk, casi para sí mismo.
-El rey y su hija sí lo están. La esposa murió
hace algunos años, no mucho después de que comenzase la etapa de su exilio. No
es un planeta bonito ese al que se marcharon.
Kirk cerró durante un
momento los ojos para evocar un recuerdo íntimo de la sonrisa fácil y cálida de
la señora Meya. El rey y su hija habían vivido para regresar al planeta de origen,
mientras que ella no lo había conseguido.
-Nuestros agentes se han
puesto en contacto con el rey -continuó Harrington-. Puede que sea muy viejo,
pero está ansioso por regresar. El cree, al igual que nosotros, que la
presencia de la familia real mantendrá unidos a los partidarios del gobierno,
les permitirá vencer de una vez y para siempre a la Alianza Mohd y hacer que
los klingon se retiren con el rabo entre las piernas. En realidad, caballeros,
es bastante simple. Si aseguramos Shad, aseguramos el Cuadrante. Si perdemos
Shad, ya saben cuáles serán las consecuencias.
-Almirante -dijo Spock-, la Enterprise estaba destinada a otro
sector. Los registros de la Flota Estelar indican que hay otras tres naves
patrullando por las proximidades sin ninguna tarea urgente que llevar a cabo.
¿Por qué se nos ha designado a nosotros para esta misión?
Kirk sonrió interiormente;
Spock estaba aplicando la misma precisión de razonamiento con Harrington, que
aplicaba con su propio capitán.
El almirante juntó las manos
a la espalda y se encaró con ellos, masticando la boquilla de la pipa durante
un momento.
-Porque el rey Stevvin
confía en un solo hombre de toda la Flota Estelar para que lo lleve sano y
salvo de vuelta a Shad: el capitán James Kirk. Por lo tanto, caballeros, la
misión les pertenece a ustedes.
3
DIARIO
PERSONAL: FECHA ESTELAR 7815.3
Hemos llegado y entrado en órbita alrededor de Orand, y me
resulta difícil creer que voy a ver al rey Stevvin después de todos los años
que han pasado.
Por otra parte, me siento como un estudiante que se hubiese graduado
hace mucho tiempo y regresara para visitar a su pro fesor preferido; eso hace
que me sienta feliz.
Sin embargo, también me siento como un carcelero que va a poner
en libertad a un prisionero, y eso me hace sentir culpable. Yo sé que el rey se
hubiese quedado en Shad si la decisión hubiese dependido de él, ¿y quién puede
decir que se habría equivocado? Después de todo el tiempo que ha pasado, soy
incapaz de saberlo. Incluso si él no piensa que le han robado dieciocho años de
su vida, yo sí lo creo; y fui yo quien lo convenció de que se marchase.
Estoy ansioso por ver la misión concluida con éxito, reponer al
rey en el sitio al que tiene derecho. Spock diría que todo esto es ¡lógico, y
quizá tendría razón... pero, a pesar de que sé que esos años no le podrán ser
nunca devueltos, esta misión me proporciona la posibilidad de compensar a mi
viejo amigo por al menos una parte de lo que le fue arrebatado. Al diablo con
la política y la diplomacia; yo tengo que admitir que mis motivaciones son
mucho más emotivas que racionales.
-No va a conseguirlo, Jim.
La expresión del rostro de
McCoy hacía que las palabras resultasen innecesarias, pero él las dijo de todas
formas, suavemente.
Kirk miró el suelo
embaldosado, fresco y brillante de la casa en la que el rey Stevvin había
pasado los últimos dieciocho años de su vida, esperando; y, en aquel momento,
McCoy acababa de confirmar
lo que Kirk había temido, que aquéllos fuesen realmente los últimos años de la
vida de Stevvin: el rey iba a morir antes de poder ver a su planeta nuevamente
unido.
-¿Puedo hablar con él?
-preguntó Kirk.
-En este momento está
durmiendo. Podrá hacerlo dentro de un rato. -McCoy se encogió de hombros; se
sentía inútil-. ¿Quiere dar un paseo?
-Sí, Bones. Solo.
Spock y McCoy lo dejaron
marchar sin decir una sola palabra.
Kirk se alejó lentamente de
la casa blanca de piedra y estuco, por la tosca calle que servía como camino
de entrada. Pero allí, en Orand, no había vehículos motorizados que rodasen por
los senderos de grava y tierra, sino tan sólo carros tirados por los bueyes y
caballos nativos.
Orand y sus habitantes eran
hijastros de la naturaleza. El planeta orbitaba una estrella de una región
apartada y no guardaba ningún tesoro bajo su corteza reseca. Dado que no estaba
en posesión de riquezas ni de una base estratégica, no tenía ningún interés
para los acaparadores y prospectores. Sin embargo, su escasa población de quizá
unos cinco millones perseveraba y exprimía su sustento de cierto número de
actividades: un poco de agricultura, minería, pequeñas industrias y algo de
comercio.
En un sentido, Kirk sentía
pena por los nativos de Orand, con su planeta condenado a no ser más que una
manchita insignificante en los mapas estelares; pero era aquella naturaleza
insignificante lo que lo convertía en el lugar perfecto para que la familia de
Stevvin sobreviviera en el exilio. Porque, dado que Orand no sería nunca un
planeta rico y poderoso, tampoco se convertiría en un campo de batalla, como
había ocurrido con Shad. El rey estaba a salvo allí, y podría desaparecer en la
monotonía que caracterizaba a aquel planeta arenoso y triste.
Al principio, los klingon
mantuvieron un equipo completo de vigilancia sobre Orand; pero, a medida que
la guerra continuaba más y más tiempo, dicho contingente mermó hasta sólo unos
pocos agentes, y finalmente a un solo klingon y un par de informadores
orandinos a sueldo que vigilaban la casa del rey y las idas y venidas de sus
ocupantes. Los klingon habían llegado a creer que Stevvin no se marcharía nunca
de Orand, y relajaron la vigilancia.
Finalmente tenían razón,
pensó Kirk con una amargura dirigida contra sí mismo. ¿Le había hecho algún
bien al rey, convenciéndolo para que abandonara Shad? ¿O le había arrebatado a
un gobernante orgulloso su última oportunidad de luchar por aquello en lo que
creía? Él no podía saber entonces cuál sería el giro que tomarían las cosas,
pero eso no hacía que se sintiera mejor. Se enjugó unas gotas de sudor de la
frente. Orand era cálido; eso era lo que significaba su nombre: «caliente como
el infierno», traducido libremente. El sol estaba hundiéndose en el horizonte,
y una brisa suave jugaba con los árboles achaparrados que parecían estar en cuclillas
sobre las dunas; pero el aire era aún sofocante, y Kirk retrocedió hasta el
santuario de la casa.
Los siglos de ferocidad del
sol habían instruido bien a los arquitectos de Orand. La casa en la que se
hallaba tenía más de cien años de antigüedad, pero su aspecto era exactamente
igual que el de un edificio que hubiese sido construido el día anterior:
exterior blanco, ventanas pequeñas y emplazadas muy en lo alto de las paredes,
pisos de pizarra pulida que se hallaban a más de dos metros por debajo del
nivel del suelo, y piscinas y fuentes que corrían constantemente en cada
habitación.
McCoy se sentó en el borde
de piedra de la fuente de la biblioteca y agitó la superficie del agua con los
dedos. Se preguntó si los constructores habrían sido también psicólogos,
porque el sonido y la sensación que producía el agua que caía en cascadas hacía
que el lugar pareciese estar diez grados por debajo de su auténtica
temperatura.
Spock se hallaba sentado en
una tumbona y hojeaba un libro de historia shadiana. Ambos oyeron el cansado
taconeo de unas botas, y Kirk entró, en aquel momento, procedente del
vestíbulo.
-¿Se siente algo mejor?
-preguntó McCoy.
Kirk se encogió de hombros.
-No. Simplemente
acalorado... y cansado. Si uno sale a caminar, esta atmósfera fina lo afecta
realmente.
-Usted debe de sentirse como
en casa, Spock –comentó McCoy-. Este lugar es exactamente igual de incómodo que
Vulcano.
-Yo lo encuentro bastante
aceptable -replicó Spock, con tono apacible.
-Ya lo supongo. -McCoy
condujo a Kirk hasta la fuente y lo hizo sentar sobre el borde-. Hunda la mano
ahí. Dentro de un minuto se sentirá más fresco.
-¿Es ése un consejo médico
sensato?
-Probado por el doctor en
persona.
Kirk siguió las
instrucciones y se salpicó el rostro con unas gotas de aquella agua fría; McCoy
estaba en lo cierto. Sacudió la cabeza para aclarársela y aceptó un vaso de ponche
que le entregó el médico.
-¿Cómo está el rey, Bones?
-Es viejo, Jim. No es en
modo alguno capaz de realizar un viaje espacial largo. No sé si morirá mañana,
o la semana que viene. Si se quedase aquí y descansara, quizá podría vivir
durante un mes más; pero no creo que consiga llegar a Shad; y si, por algún
milagro, estuviese vivo al desembarcar, no se hallaría en condiciones de dar
discursos conmovedores ni dirigir una gran batalla.
-¿No hay absolutamente nada
que pueda usted hacer?
McCoy meneó la cabeza con
expresión de impotencia.
-No puedo invertir el
proceso del envejecimiento.
Kirk se inclinó hacia
delante y descansó los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos.
-Éste es un lugar infernal
para pasar en él dieciocho años.
-Podría haber sido peor
-sugirió McCoy-. Esto fue mejor que haber muerto en Shad.
-¿Fue mejor?
Kirk ni siquiera se molestó
en levantar los ojos.
-Por supuesto que lo fue,
Jim. Mientras estuvieron aquí, conservaron alguna esperanza; y, mire, el rey ha
vivido lo suficiente como para saber que las cosas están mejorando.
-Pero la idea, doctor
-intervino Spock-, era que el rey regresase a su planeta, estabilizase la
situación geopolítica y venciera a las fuerzas rebeldes. Su pronóstico médico,
que estoy seguro de que es tan exacto como siempre, anula de forma terminante nuestra
misión.
McCoy le lanzó una mirada
feroz.
Tiene usted una sangre
condenadamente fría. Es un hombre, del que estamos hablando, un gran hombre, y
un amigo de Jim. En lugar de...
-Spock tiene razón -le dijo
Kirk, levantando las manos para hacerlo callar, y respiró profundamente-; y yo
no sé qué hacer el respecto.
-Vamos a salvar Shad; eso es
lo que vamos a hacer al respecto, James.
La voz del rey era ronca y
temblorosa, pero su determinación era firme. Estaba sentado en la cama,
apoyado en varias almohadas raídas; bajo la colcha, su cuerpo, consumido por
la edad, parecía el de un niño.
-Pero no puede usted
regresar -dijo suavemente Kirk.
Stevvin sacudió una mano en
el aire, débilmente pero con una evidente impaciencia.
-Ya sé todo eso. El doctor
McCoy me lo ha explicado todo, a pesar de que yo ya lo sabía. Verá, hace dos
meses que no veo el exterior de la casa. Los servidores se han ofrecido a
sacarme en brazos, pero, si no puedo desplazarme por mis propios medios... -Su
voz se apagó y sus ojos se cerraron.
Kirk le dirigió una mirada
de preocupación a McCoy, y el rey abrió uno de sus arrugados párpados a tiempo
de verlo.
-Sólo estoy descansando,
James. Aún no me he ido.
-¿Por qué no le comunicó a
la Flota Estelar cómo se sentía? ¿Por qué les dijo que estaba preparado para
regresar?
-Porque estoy preparado.
Usted llegará a viejo, algún día, y se dará cuenta de que por el solo hecho de
que no puede hacer algo, no significa que no intentará hacerlo. -Volvió a
descansar durante un momento-. ¿Qué hubieran hecho ellos si les hubiera dicho
que había perdido mis capacidades físicas de agitador? ¿Cree usted que
hubiesen enviado una nave estelar sólo para que le sirviese de coche fúnebre a
un rey?
Stevvin hizo un débil
movimiento y frunció el entrecejo mientras en su rostro se reflejaba una
expresión de incomodidad.
-Los lechos son para dormir,
no para vivir en ellos. La respuesta es que no hubiesen enviado una nave
exploradora. Ni siquiera mis servidores saben cuán pronto podrían perder a su
señor.
Una vez más, el rey hizo una
pausa.
-Alteza, me alegro de que
hayamos vuelto a vernos. Nunca pensé que lo haríamos... pero mi misión
unificadora no es posible sin su regreso a Shad.
-No se trata de mi regreso,
James... sino del regreso del monarca. El estado de mi salud, así como el plan
del que estoy a punto de hablarle, debe ser mantenido en secreto, incluso
para la Flota Estelar. Sólo nosotros cuatro y mi hija Kailyn lo sabremos... La
enviaré a ella de vuelta a Shad... para que reine en mi lugar.
McCoy se paseaba cerca de la
fuente de la biblioteca.
-Jim, ¿cómo puede cambiar
completamente nuestra misión sin comunicárselo a la Flota Estelar? Lo
someterán a usted tan rápidamente a un consejo de guerra, que no tendrá tiempo
ni para cambiarse de ropa para el juicio. Sencillamente no es...
-De acuerdo, Bones, de
acuerdo. Ya ha dejado clara su opinión. ¿Qué dice usted, Spock? ¿Quiere usted
agregar algo a la lista de obstáculos?
El primer oficial arqueó una
ceja y permaneció de pie durante un momento con las manos entrelazadas a la
espalda.
-Yo disiento de la opinión
que ha expresado el doctor McCoy...
-¿Qué más hay de nuevo?
-interrumpió McCoy, con sarcasmo.
-...aunque no del todo.
Estoy de acuerdo en que teóricamente se arriesga usted a que le apliquen
serias medidas disciplinarias, al desviarse de las órdenes específicas de la
Flota Estelar en una misión tan importante como ésta. Sin embargo, en la
práctica, no sueles levantar cargos contra uno cuando la misión tiene éxito.
McCoy le clavó una mirada de
sorpresa.
-¿Un vulcaniano aconsejando
la desobediencia de las órdenes?
-El capitán no estaría
desobedeciendo. Las circunstancias han cambiado de forma sustancial desde que
esas órdenes le fueron dadas. El capitán tiene que tomar una decisión de
mando: si sigue el curso de acción que se le acaba de proponer, ¿cuáles son
las probabilidades de éxito?
-De acuerdo -dijo McCoy-.
¿Qué probabilidades de éxito existen en realidad?
-No se me ha pedido que las
calculase, doctor; pero creo que las probabilidades a nuestro favor se verían
considerablemente reducidas si nos tomásemos el tiempo necesario para
conferenciar con la Flota Estelar y esperar a que la burocracia nos diese una
respuesta. Debemos actuar con celeridad.
Kirk lo escuchaba
atentamente.
-¿Es ése su consejo, Spock?
-Provisionalmente; pero,
antes de que podamos tomar una decisión definitiva, debemos escuchar los planes
del rey con todo detalle, y valorar la preparación que tiene su hija para
ocupar el lugar del padre.
La princesa real de Shad
estaba cuidando su jardín cuando Kirk la encontró.
-Es muy impresionante -le
dijo, rodeando una flor nueva con ambas manos al arrodillarse en el sendero
que corría entre hileras de arbustos, viñas y verduras-. Creía que en este
planeta no podría crecer ni un cacto.
-No es tan difícil
-respondió ella, apartando los ojos mientras hablaba.
Kirk advirtió que le
resultaba más cómodo mirar una planta o un trozo de tierra mientras
conversaban. Cuando conseguía mirarla a los ojos, ella tartamudeaba muy ligeramente.
-¿Construyó usted misma todo
este sistema de irrigación?
-No. Sólo lo diseñé. Los
servidores me ayudaron a instalar las tuberías desde la casa y de hecho lo
hicieron ellos.
-¿Qué edad tenía usted
entonces?
-Doce años, capitán.
La última palabra,
«capitán», le pinchó el oído como si fuera una zarza.
-¿Capitán? ¿Por qué tanta
formalidad? ¿Qué ha pasado con el «tío Jim»?
Ella inclinó la cabeza.
-Ha pasado mucho tiempo. Yo... yo nunca
pensé que volveríamos a verlo.
Él le tocó el mentón y le levantó
suavemente el rostro. La joven tenía los mismos ojos oscuros y profundos de su
padre.
-Pensaba mucho en usted -le dijo ella-. Cuando mi padre y yo recibíamos un
duro golpe, nos parábamos a preguntarnos dónde estaba. Sabíamos que se había
convertido en el capitán de la Enterprise.
-La joven volvió a desviar los ojos-. Yo soñaba con que usted regresaba para
llevarnos de vuelta a casa.
-¿Te importaba estar aquí,
Kailyn?
Ambos comenzaron a caminar
por el jardín.
-Es lo único que conozco
realmente. Sólo tenía cinco años cuando nos marchamos de Shad.
Los ojos de la muchacha
vagaban por el verdor y el arco iris de pétalos, en busca de plantas que
pudieran necesitar una atención especial. Para Kirk, era todo una masa de hojas;
para Kailyn, ningún detalle, ninguna rama caída ni mala hierba invasora era
demasiado pequeña como para detectarla y encargarse de su atención.
Kailyn tenía entonces
veintitrés años, pero era menuda y delicada, de modales discretos y cautelosos,
como los de un ciervo perdido. Tenía unos ojos enormes y de color marrón
oscuro, casi negros, que se movían constantemente; no se trataba de un
movimiento nervioso, sino que daba la impresión de que poseyeran una
abrumadora curiosidad propia. Kailyn misma parecía tímida, pero sus ojos
observaban penetrantemente todo aquello que podían captar, investigando,
aprendiendo todo lo que podían. Y, por encima de todo, eran tristes, incluso
cuando ella no lo estaba.
-¿Qué le enseñó su padre?
-Todo lo referente a Shad;
nuestra historia, cómo nuestra familia había reinado a través del tiempo
durante la abundancia y la escasez, el pacto que existía con nuestro pueblo y
nuestros dioses. Cómo... y por qué la dinastía tiene que continuar...
-A través de usted.
-Ya lo sé.
-Entonces, ¿sabe qué es lo
que ha planeado su padre?
-Sí. -Ella bajó una mano y
la deslizó en la de Kirk, al sentarse ambos en un rústico banco de madera. Él
percibió las primeras estrellas que comenzaban a parpadear en el cielo oscuro
del crepúsculo-. Oh, tío Jim, quiero muchísimo a mi padre. Creo... creo que lo
adoro y reverencio. Me ha protegido durante todos estos años, ha sido tanto mi
madre como mi padre y me ha entregado sus sueños. -Respiró profundamente y,
cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz débil y vacilante-. Pero no creo
que yo sea capaz de hacer lo que él desea. No poseo su fuerza.
-¿Cómo lo sabe?
-Lo siento en él cuando me
habla, incluso estando tan débil como lo está ahora. Yo sé que se está
muriendo, pero cuando me llama a su presencia y conversamos sobre cómo será
volver a estar en casa, consigue que crea. Su fuerza hace que yo vea lo que él
ve; pero... pero cuando me marcho de su lado y salgo aquí a mirar las
estrellas, ya no puedo sentir lo mismo. ¿Cómo serán las cosas cuando él se haya
marchado, cuando ya no tenga la posibilidad de entrar a verlo y hacer que me
levante el ánimo?
-No lo sé, Kailyn.
Esta vez, ella miró a Kirk a
los ojos; en la mirada de la joven había una resolución que hizo que él desease
decirle: «Sí que tiene esa fuerza... Si fuera capaz de ver dentro de usted
misma... se daría cuenta de que esa fuerza está ahí». Sin embargo, la joven
tendría que intentar descubrirlo por sí misma.
-Mi padre me enseñó
historia, el lugar que ocupo en nuestra religión, me dijo cuáles eran los
sentimientos que debía tener. Yo no sé por qué, pero eso no ha bastado.
-¿Tiene... miedo de ser
reina?
-Sí. -Fue una respuesta
rápida, casi de alivio. Luego la voz de la muchacha se convirtió casi en un
susurro-. Más que eso... ¿puede decirme alguien cómo aprende alguien a ser un
salvador?
-Esas dudas no son el único
problema -señaló McCoy, cuando se hallaba sentado en la biblioteca con el
capitán Kirk y Spock-. El problema tiene otra ramificación, Jim. Kailyn padece
una enfermedad incurable.
-¿Qué? ¿De qué se trata?
-Coriocitosis.
-Pero si eso casi mató a
Spock en cuestión de días. Si no hubiéramos conseguido encontrar a los piratas
de Orión y traer la droga que lo cura...
-Mi caso fue agudo -explicó
Spock-. Creo que el de Kailyn es crónico.
-Exacto. El caso de él fue
provocado por un virus, Jim. El de Kailyn es causa de una deficiencia hormonal
congénita. Es algo bastante raro, pero puede tratarse con inyecciones
diarias. Por otra parte, la enfermedad afecta de forma diferente a las
distintas razas.
Kirk repasó lo que había
aprendido sobre la coriocitosis, a causa del ataque casi fatal que Spock había
sufrido varios años antes, cómo aquel virus había envuelto sus células sanguíneas
con base de cobre, impidiéndoles así que transportasen el oxígeno necesario
para las funciones vitales. McCoy explicó las variantes que existían entre las
formas aguda y crónica. Kailyn había heredado una condición genética recesiva
que inhibía la producción de la hormona holulina, una substancia que estaba
presente en alrededor de una docena de especies humanoides, aunque no en los
humanos terrícolas. Una inyección hecha especialmente para la carencia de
holulina, mantenía a las células sanguíneas libres de la sofocante membrana de
tipo capsular que formaba la coriocitosis.
-Siempre y cuando ella
reciba las inyecciones diariamente -explicó McCoy-, podrá llevar una vida
bastante normal aunque podrían surgir algunas complicaciones en la vejez. Es
vagamente parecido a lo que la diabetes fue para los seres humanos antes de
que se consiguiera curarla definitivamente.
-Si continuase sin recibir
tratamiento, ¿podría afectarla de la misma forma en que lo hizo con Spock?
-Sí. Primero sobrevendría la
inconsciencia, luego el coma y finalmente la muerte.
-Detecto un «pero» en el
tono de su voz, Bones.
-La enfermedad empeora con
la tensión nerviosa, y ella va a enfrentarse a una buena cantidad de eso, Jim.
La producción de holulina podría detenerse completamente, y es absolutamente
necesario que reciba un tratamiento cuidadoso.
-¿Es Kailyn plenamente
consciente de su estado y de todo lo que éste significa, Doctor? -preguntó
Spock.
-Oh, sí que es consciente...
pero piensa en sí misma como en una tullida a causa de ello. Me ha dicho que
tiene miedo de ponerse ella misma las inyecciones. Uno de los sirvientes lo
hace. La coriocitosis crónica puede constituir una barrera psicológica muy
grande, y en eso se ha transformado para ella. Si esa muchacha no es capaz de
manejar su propia enfermedad, Jim, ¿cómo va a guiar el destino de todo un
planeta?
Kirk no tenía respuesta para
eso, pero estaba seguro que Kailyn tenía una en las profundidades de sí misma,
pero... ¿la hallaría alguna vez?
4
...Y aconteció que el segundo dios Dal vio la larga mesa que
había hecho Keulane; y Dal dijo: «¿Fue esto hecho de una pieza, entera, tallada
de un solo golpe del corazón del árbol más grande de la tierra?».
Sin inclinarse (porque no temía al dios Dal), Keulane habló:
«Sí, y fue hecho por mis propias manos. Dejad que esta mesa reemplace al campo
de batalla. Dejad que el pueblo revele lo que alberga su corazón con palabras
verdaderas y no con mandobles de espada. Que esta mesa, hecha con el corazón
del árbol, sea el corazón de Shad, un solo mundo unido para siempre».
Y Dal respondió: «Así sea, Keulane. Te otorgaré el dominio sobre
las Cosas y las Criaturas No Hombres».
Y el dios Dal dio su bendición y honró la espada de Keulane, que
había cortado el árbol de un solo golpe, y le otorgó la Fuerza con dominio
sobre las Cosas y las Criaturas No Hombres. Keulane agregó esto a sus dominios
sobre el Cielo, otorgados por el cuarto dios Koh; y sobre la Tierra y el Mar,
conferidos por el tercer dios Adar. Aún le restaba conseguir la bendición del
primer dios Iyan, Dios entre los Dioses, y el dominio sobre el Hombre.
Así que Keulane esperó porque pensaba que era su recompensa
merecida, pero Iyan no vino a él. Pasado el tiempo, Keulane exclamó: «¿Es que
no me he ganado eso?».
Un relámpago de cegadora luz y rugiente trueno arrebató la espada
de las manos de Keulane, y él tembló al oír la voz de Iyan, Dios de Dioses:
«Eres un estúpido, Keulane. Ningún hombre puede tener dominio sobre los
hombres. Tú sólo puedes guiarlos. No volveremos a hablarte durante esta vida.
No volveremos a hablar directamente contigo, pero te daremos esto».
Y la mano de lyan depositó la Corona de Shad sobre la testa de
Keulane. Era de plata y cristal, un par cuyas profundidades internas eran
tenebrosas y opacas para el ojo y la mente del hombre. «¿Oyes y ves mi voz?»
Keulane respondió que la oía y veía, pero no era así, porque los
oídos y ojos de su corazón estaban cerrados por el miedo. Iyan
lo sabía, y sacudió a Keulane hasta la misma alma. «¡Óyeme!»
Y he aquí que los cristales de la Corona se hicieron transparentes,
con el azul de los Cielos en su matiz. Y Keulane sintió que se le abría el
corazón, y vio con claridad y oyó. Conoció los ecos del pasado y sintió las
mareas del Tiempo. Y supo qué caminos seguiría el Pueblo de Shad, si él
conseguía guiarlos hasta ellos.
«Tú tienes el Poder de los Tiempos», le dijo Iyan. «Así gobernarás
tú, y así gobernarán tus hijos e hijas. De todos los frutos que engendres,
sólo los especiales tendrán en su momento el Poder. Ellos llevarán la Corona,
los cristales les darán visión, y el Pueblo los aclamará como Reyes y Reinas
del Pacto...»
Libro de Shad,
versículo de Keulane
-Ya lo he leído -dijo McCoy,
mientras devolvía el libro a su estante-, pero no estoy seguro de creerlo.
- Se parece a algo sacado de
la leyenda del rey Arturo.
-Por el contrario, creo que
se parece más a las historias de la Biblia terrícola -señaló Spock-. O a las
creencias tradicionales vulcanianas acerca de Surak y la fundación de la
filosofía y la forma de vida modernas. Casi todas las religiones y herencias
culturales tienen un factor común: la tendencia a dar carácter mitológico a
aquellos elementos que dieron origen a su existencia, mezclando hechos
probables con cierta cantidad de cosas sobrenaturales o inexplicables.
-Tiene usted razón, ahora
que recuerdo esas historias bíblicas... -dijo Kirk.
-¿Significa eso que cree
usted esas fábulas acerca de la Corona y los cristales que cambian de color?
-preguntó McCoy.
Antes de que Kirk pudiese
responderle, Spock volvió a tomar la palabra.
-No es menos creíble que el
relato de Moisés y la división de las aguas del mar Rojo, o el de Jesús y el
milagro que obra cuando da de comer a las multitudes, o el de Surak, cuando
hizo retroceder al ejército de los Diez Mil.
McCoy meneó la cabeza.
-Pero todas esas historias
han sido explicadas de alguna forma científica y racional.
También lo ha sido la de la
Corona de Shad. Antes de que el rey Stevvin se viese obligado a huir, se
llevaron a cabo algunas investigaciones. El Poder de los Tiempos se sabe que es
un fenómeno de tipo PES[e1] que implica ondas mentales de una
frecuencia e intensidad concretas. La persona que tiene el Poder, produce el
tipo exacto de ondas mentales que hacen transparentes los cristales
electromagnéticamente sensibles. El fenómeno ha sido reproducido por
simulación de computadora.
McCoy continuaba sin estar
convencido, y Kirk esbozó una media sonrisa cuando el médico se desvió
hábilmente del tema.
-Pero eso sigue sin explicar
la otra parte, la capacidad mística para oír las voces de los dioses, ese sexto
sentido de vidente.
-Si hubiese leído
cuidadosamente el libro, doctor, sabría que el Poder no abre la mente a un
pronóstico literal de los acontecimientos futuros. Sólo permite la percepción
del curso que toman las personas y las cosas de una forma algo más precisa que
la mera conjetura de la mente cultivada; pero apenas esperaba que usted, una
criatura que carece de poderes telepáticos, comprendiera plenamente ese
concepto -concluyó Spock.
Kirk decidió que la
discusión había durado lo bastante.
-Carece de importancia si
nosotros creemos o no en la religión shadiana, puesto que lo importante es que
el pueblo de ese planeta la toma muy en serio. El monarca del Pacto es algo
más que un mero líder político. Quienquiera que se siente en el trono, es
también el líder religioso de esas gentes, y no aceptarán a alguien que no
lleve la corona como prueba del Poder de los Tiempos.
Era así de simple: la
misteriosa Corona había descansado sobre la cabeza de todos los monarcas
shadianos desde Keulane, y nadie reinaría sin ella; pero había un par de problemas
tremendamente grandes que surgían de los planes del rey Stevvin, y Kirk no
estaba seguro de cuál de los dos podía ser el peor.
Primero, el rey no tenía la
Corona en su poder. A causa del significado sacro de la misma, era de vital
importancia que no cayera nunca en manos de la Alianza Mohd ni del imperio
klingon. Por ese motivo, cuando abandonó Shad en medio de la confusión de la
guerra civil, Stevvin sacó clandestinamente la Corona de su mundo, y la había
escondido en un planeta que estaba casi tan alejado de las rutas transitadas
como el mismo Orand, en un lugar que no conocía nadie excepto él mismo. El
emplazamiento le sería revelado solamente a su sucesor; si él o Kailyn
hubiesen muerto antes de regresar a Shad, el rey se habría llevado el secreto a
la tumba, finalizando la dinastía para siempre.
Con el fin de que Kailyn
fuese aceptada como reina legítima, la Corona debía ser recuperada y llevada
sana y salva de vuelta al planeta junto con la hija del rey. Aquello planteaba
un complejo problema logístico, indudablemente peligroso y sembrado de
posibilidades de desastre, pero sobre el que Kirk podía, a pesar de todo,
ejercer una buena cantidad de influencia, si bien no un control absoluto.
El segundo enigma, sin
embargo, no tenía piezas tangibles que él pudiese manejar. De hecho, la única
respuesta residía en el interior de Kailyn. ¿Poseía aquella joven, más niña
que adulta, la madera de los líderes, la voluntad de completar lo que su padre
había puesto en movimiento? Y lo más importante de todo: ¿tenía ella el Poder
de los Tiempos?
Eso no lo sabían, ni lo
sabrían nunca hasta que, y a menos que, la Corona fuese rescatada y puesta
sobre la cabeza de la muchacha, una cabeza llena de dudas. Unas dudas que
podrían inhibir el Poder, incluso en el caso de que ella lo poseyese.
Ella era la última de su
generación, el único vástago de la familia real; y, si ella fracasaba, allí
terminaría todo: el Poder, la monarquía, la restauración de la unidad, la victoria
en Shad, la misión que se les había encargado llevar a cabo. Sobre los frágiles
hombros de una joven asustada descansaba el futuro de su planeta y de todo el
Cuadrante J-221.
5
DIARIO DEL
CAPITÁN: FECHA ESTELAR 7816.1
Hemos completado el primer paso del plan del rey Sievvin: El
rey, su hija y los cuatro servidores han salido de Orand a bordo de la
Enterprise, como lo esperaban tanto la Flota Estelar como cualquiera de los
agentes klingon que pudiesen estar vigilándonos. Su Majestad ha vivido el
tiempo suficiente como para servir de valioso señuelo. Los klingon saben que
la Corona deberá ser recobrada, y esperan que nosotros los conduzcamos al
lugar en el que se halla escondida, pero nosotros no haremos nada semejante. En
cambio, mientras la Enterprise los arrastra a una tortuosa persecución, el
señor Spock y el doctor McCoy viajarán en una lanzadera especialmente
camuflada para acompañar a la hija del rey a Sigma 1212, el mundo de hielo en
el que Stevvin ocultó la Corona sacra hace dieciocho años. Si todo sale bien,
la expedición de la lanzadera recobrará la Corona, se encontrará con la
Enterprise y nos permitirá completar nuestra misión reunificadora. Espero que
el rey Stevvin pueda, de alguna manera, vivir lo suficiente para ver el final
feliz de sus planes.
No había cámara real a bordo
de la Enterprise, y si McCoy hubiera
podido salirse con la suya, el rey hubiese realizado todo el viaje en la
enfermería; pero Kirk había conseguido llegar a un compromiso: una cama
de diagnóstico instalada en
el camarote de honor, lo cual le daba al rey privacidad y comodidad, y le
proporcionaba a McCoy el control constante de los datos médicos que exigía. El
cirujano sabía cuáles eran las probabilidades en contra de que Stevvin consiguiera
realizar la totalidad del viaje hasta Shad, pero iba a intentar todo lo
posible para vencerlas.
El rey estaba leyendo cuando
Kirk entró en el camarote, y sonrió al ver que el capitán se sentaba junto al
lecho. Kirk miró la pantalla de la computadora.
-¿Don Quijote?
-Uno de los mejores regalos
que me ha hecho, James. Leí ese libro muchísimas veces durante estos últimos
años. Me hubiese gustado conocer a Cervantes. Cualquier hombre capaz de crear a
un soñador como el Quijote tiene que haber sido muy especial.
-También ha sido siempre uno
de mis preferidos -concedió Kirk. Luego asumió un aire pensativo-. Me pregunto
si yo habría tenido la valentía que poseía él para aferrarse a esos sueños
cuando todo y todos querían ahogarlos. Stevvin descansó una mano arrugada sobre
el brazo de Kirk que tenía más cerca.
-Tiene esa valentía.
-Está usted tan seguro de
las cosas...
El anciano cloqueó con voz
cascada y sus ojos chispearon.
-Vuelvo la vista
constantemente hacia las veces en las que debería haberme sentido seguro y no
fue así; y ahora no tengo tiempo para las dudas. Quizá fuese ésa la fuente de
la fuerza de Don Quijote. Tal vez los jóvenes no pueden arremeter contra los
molinos de viento porque tienen demasiada vida que perder... Los viejos no
tienen otro sitio al que ir que no sea la otra vida. ¿Por qué no morir un poco
antes mejor que un poco después?
La frente de Kirk se llenó
de arrugas.
-¿Cuanto más se acerca la
muerte, menos se la teme?
-Así parece. Cuando yo tenía
su edad, jamás lo hubiese creído; pero cuando uno se ve forzado a renunciar a
pequeños trozos de uno mismo, cuando pierde vista, la voz se hace cascada, el
respirar es una tarea que uno desearía evitar, las piernas no pueden dar más de
cuatro pasos sin descansar, los brazos ya no son capaces de cargar con un niño,
antes de que uno se dé cuenta, ya no queda demasiado a lo que renunciar.
Entonces desaparece también el miedo... si uno es afortunado. -Hizo una pausa
para respirar levemente, y Kirk pudo oír un silbido que provenía de lo más
hondo de los pulmones del monarca-. Yo he sido afortunado, James.
Los ojos del rey se
cerraron, y Kirk se levantó para marcharse, pero la mano de Stevvin lo retuvo
con firmeza; Kirk sonrió ante aquella señal de la vida que aún no se había
rendido.
-Quédese -susurró Stevvin, y
Kirk volvió a sentarse-.¿Las cosas van bien hasta ahora?
-Hasta ahora, sí.
El rey percibió un indicio
de preocupación en la voz del capitán Kirk.
-Aún siente inseguridad con
respecto a Kailyn.
Kirk hubiera querido decirle
algo tranquilizador, pero no era eso lo que sentía y era incapaz de mentirle al
rey.
-Incluso aunque la Corona
demostrase que ella posee el Poder de los Tiempos, eso no sería ninguna
garantía de que la princesa pueda gobernar el planeta. No todos los hijos son
capaces de hacer lo que sus padres esperan de ellos.
-Ciertamente, no constituirá
ninguna seguridad absoluta. En definitiva, la fuerza y las cualidades de la
persona que ocupa el trono continúan siendo lo que determina su capacidad para
gobernar. Pero no subestime el Poder y lo que éste significa. Sé que para un
forastero suena a algo así como magia negra, pero existe verdaderamente y
ayuda a quien lo posee a trascender las debilidades humanas con las que todos
nacemos. Para utilizarlo, James, uno debe tener una fe absoluta. La mía
titubeó; quizá fui yo quien provocó su propia caída. -Encogió los hombros
debajo del brillo metálico de la manta-. Pero mi capacidad para creer volvió a
encenderse cuando supe que usted vendría para llevarnos de vuelta a Shad.
Sentí que las corrientes vitales que una vez nos habían separado volvían a
reunirnos. Me ha hecho falta todo este tiempo para comprender que la fuerza de
la fe no nace sólo de los dioses, o del propio dios de cada uno, sino también
de los propios hombres. Debemos confiar los unos en los otros, y ser dignos de
confianza nosotros mismos. Kailyn tendrá que aprender esto si está destinada a
reinar, y yo creo que lo está.
En el silencio que siguió,
Kirk se preguntó si aquello era sabiduría o simplemente una fe estúpida. El
intercomunicador zumbó y Kirk pulsó un botón; el entrecejo fruncido de McCoy
llenó la pantalla.
-Jim, está usted poniendo a
prueba mi paciencia. Majestad, por el solo hecho de que sea el capitán, no
crea que no pueda echarlo cuando prefiere descansar.
-Por el contrario, doctor,
la visita del capitán me ha resultado refrescante, al igual que las charlas
que solíamos tener en otros tiempos, en Shad.
-Bien, hasta el momento está
bien, pero mi prescripción dice que debe usted dormir, Majestad. Ponga pies en
polvorosa, Jim.
-Doctor McCoy -dijo
Stevvin-, ¿hay sitio en su prescripción para un traguito de brandy?
McCoy alzó una ceja y se
rascó el mentón.
-Jim, ¿cómo se le dice que
no a un paciente real? -No se le dice. Simplemente se trae el brandy al cama
rote real y se llena un
regio vaso.
-Sólo por esta vez -advirtió
McCoy-; e inmediatamente después nos marcharemos ambos, tras decirle al real
paciente que eche una cabezada. ¿De acuerdo, capitán?
-Sí, sí, señor -respondió
Kirk, cuadrándose ante la pantalla.
La página del Don Quijote volvió a mostrar sus letras
sobre la imagen del rostro de McCoy que se desvanecía.
-¿Cree que podríamos hacer
que me diera permiso para realizar un recorrido de la nave? -preguntó Stevvin,
con auténtica expectación en la voz.
-Creo que eso podría
equivaler a tentar nuestra suerte, pero haremos la prueba.
Para gran sorpresa de Kirk,
el oficial médico accedió a la idea de la excursión por la nave, siempre y
cuando él los acompañase. Kailyn también se unió a ellos, y llevaron a Stevvin
en una silla de ruedas. No tenía ruedas, claro está; dicho medio de transporte
se deslizaba sobre un campo antigravitatorio que hacía que el paciente más
pesado resultase fácil de manejar. El rey resplandecía de orgullo paternal
mientras Kirk oficiaba de guía turístico por cada una de las áreas en las que
se detenían.
Y Kailyn se sentía
verdaderamente como una turista. Estaba pasmada por la inmensidad de la Enterprise y por la absoluta comprensión
que el capitán Kirk demostraba de cada detalle y operación.
-Sólo parece que lo sabe
todo -susurró McCoy en voz lo suficientemente alta como para que Kirk pudiese
oírlo.
-Correcto -dijo Kirk,
asintiendo con la cabeza-. En realidad, es el doctor McCoy, y no yo, quien lo
sabe todo.
El grupo se echó a reír,
continuó avanzando y casi se estrelló de cabeza contra Sulu y Chekov, que
estaban practicando sus ejercicios de carrera al otro lado del recodo de un
cruce de pasillos.
-¡Caballeros! Hay un lugar
para esto, y no es precisamente toda la nave.
Sulu respiraba agitadamente
a la vez que sonreía con timidez.
-Lo siento, señor
-respondió-, pero Chekov no estaba entrando en el espíritu de la carrera sobre
la cinta continua. Creo que necesita sentir cómo el aire le corre entre los
cabellos, ver cómo el escenario pasa de largo...
McCoy observó al jefe de
seguridad, que resollaba, se doblaba en dos y se derrumbaba contra una pared.
-Personalmente, creo que lo
que necesita es una camilla.
-Oh, sólo está haciendo un
poco de precalentamiento -dijo Sulu. Le asestó un golpe en el hombro a Chekov y
casi lo derribó-. Un kilómetro y medio más o así, y luego de vuelta al
gimnasio para practicar un poco de esgrima. Vamos, Chekov. Si descansa
demasiado, tendrá calambres. Los veré a todos más tarde.
Sulu saltó hacia delante y
desapareció corriendo en el recodo del pasillo.
Chekov se apartó de la
compasiva pared y se balanceó durante un instante.
-Con amigos como éste,
¿quién necesita a los klingon?
Se alejó tambaleándose, y
Kirk continuó con el recorrido.
¡Tantos recursos a la
disposición de aquel hombre!, pensó Kailyn. ¡Tanta gente y destrezas en la
punta de sus dedos! Nunca había estado en nada parecido a aquella nave excepto
un planeta, un mundo. Eso era la Enterprise
en realidad: un mundo completo en sí mismo, y Kirk era su rey.
¡Lo inspecciona con tanta
confianza, con tanto placer!, se maravilló la joven. Él era allí un gobernante
soberano, como tendría que serlo ella. Como su enfermo padre lo había sido
años antes. Se preguntó si él habría desempeñado el mando con la misma
comodidad con que parecía ostentarlo Kirk. ¿Se le adaptaría a ella alguna vez
el manto de responsabilidad y poder tan bien como parecía amoldársele al
capitán?
El rey Stevvin se quedó
dormido poco después de regresar a su camarote; McCoy se detuvo durante un
instante para comprobar las pantallas de los aparatos, y no le gustó lo que le
decían. El cansancio del recorrido por la nave probablemente no había
constituido diferencia alguna, pero el rey de Shad se acercaba lentamente a su
muerte. El doctor se guardó aquella comprobación para sí, mientras Kirk se
encaminaba de vuelta al puente y Kailyn se marchaba a su camarote, contiguo
al de su padre, para descansar.
McCoy entró en su oficina y
observó la puerta mientras ésta se deslizaba ante él con un ligero siseo, hasta
aislarlo completamente del pasillo.
-Maldición -refunfuñó-. No
se pueden dar portazos en esta condenada nave.
Le sacudió, por tanto, un
puñetazo a la mesa que tenía más cerca; pero no era lo mismo y anheló una
puerta antigua de las que podían cerrarse de golpe, y el estruendo que
sacudiría la habitación procedente de dicho acto.
Su fastidio se originaba en
dos fuentes. La primera era su incapacidad para hacer nada respecto al
inevitable fallecimiento del rey. La segunda... la segunda le helaba la sangre.
Cuando miraba a Stevvin en su silla de ruedas, se veía a sí mismo, un hombre
viejo, indefenso como un bebé... al que había que alimentar, o llevar de un
lado a otro en un carrito. Se miró una vez más al espejo, miró las arrugas
reunidas a causa de las demasiadas horas nocturnas pasadas en demasiados
laboratorios, los persistentes remordimientos por su malhadado matrimonio, las
preocupaciones por su hija Joanna, ahora adulta y prácticamente una extraña
para él, el sabor de unas cuantas copas de más a las que podría haber
renunciado.
«Eso ya es agua pasada -se
dijo, encogiéndose mentalmente de hombros-. Incluso a los vulcanianos se les
hacen arrugas. Además, los surcos faciales no significan que me haya hecho
viejo. Uno es lo que piensa que es, y en este preciso momento yo pienso que
soy un viejo. Demonios, qué haría si ahora mismo entrase aquí una mujer y...»
La pregunta se vio
interrumpida por la puerta de la oficina al abrirse. Kailyn dio un paso al
interior y miró en torno de sí como un gorrión nervioso.
-Doctor McCoy -dijo
atropelladamente-, quiero aprender a ponerme yo misma las inyecciones de
holulina.
McCoy arrugó el entrecejo.
-Ahora no, Kailyn -le
respondió con mayor brusquedad de la que pretendía-. Tengo algunas cosas que...
Antes de que pudiese acabar
el pensamiento, ella se había marchado tan silenciosa e inesperadamente como
había aparecido, y él se encontró mirando la puerta que se cerraba.
«Maldición. ¿Por qué
demonios he hecho eso?» Meneó la cabeza con arrepentimiento. «Así que una mujer
entra aquí y yo la echo sin preámbulos. Espera un momento... ella es sólo una
niña, y la hija del rey para completarlo, y eso no cuenta.»
Puso los ojos en blanco.
«Por supuesto que cuenta. Ella viene en busca de ayuda, y tú estás demasiado
ocupado en compadecerte a ti mismo.»
-A veces eres un increíble
burro, McCoy -dijo en voz alta, y salió rápidamente a buscar a Kailyn.
Hizo falta un poco de
esfuerzo, pero con una combinación de encanto sureño y halagos paternales,
McCoy consiguió que Kailyn regresase con él a su oficina. Le sorprendió darse
cuenta de lo poco que ella sabía sobre su grave enfermedad, y decidió que la autoinyección
debería esperar hasta que él pudiese proporcionarle a la joven una educación
médica tan extensa como le fuese posible antes de que abandonasen la Enterprise para ir en busca de la
Corona.
Pero, si bien los
conocimientos que tenía sobre la coriocitosis eran limitados, su capacidad para
asimilar y comprender los factores psicológicos y su interrelación no era nada
inferior a notable. McCoy se figuró que la muchacha debía de tener el equivalente
de un master universitario, cuya enseñanza le había sido enteramente impartida
por el rey durante los largos años de espera en Orand, y la admiración que
sentía tanto por el padre como por la hija se vio incrementada. A medida que
aumentaba la complejidad de las clases, también lo hacía el entusiasmo de
Kailyn.
McCoy estaba preparando la
grabación de la siguiente clase, cuando Kailyn llegó, demasiado temprano para
la sesión. Se sentó mientras él copiaba varios diagramas sobre coriocitosis
que estaban en los bancos de datos de la computadora, y escuchó atentamente la
música que sonaba como telón de fondo. La pieza tenía un sutil ritmo latino, de
intrincadas armonías instrumentales que alternaban con vigorosas florituras de
los metales.
-Meléndez -dijo Kailyn,
pasados algunos minutos. McCoy levantó la mirada de la terminal de la computadora.
-¿Humm?
-Meléndez. Carlos Juan
Meléndez... el compositor. McCoy se echó a reír.
-¿Cómo es que conoce a un
músico terrícola, de principios del siglo XXI, de Texas?
-Me encanta la música. Yo
era uno de esos niños que toman clases y nunca tienen bastante para sentirse
contentos. Quería aprender a tocar todos los instrumentos que teníamos... y
algunos de los que no teníamos.
-Comienzo a pensar que no
hay nada que usted no sea capaz de hacer.
Kailyn cerró los ojos y
suspiró.
-Todavía no puedo ponerme la
inyección yo misma.
-No se preocupe. No se trata
más que de un bloqueo mental -le aseguró él, rodeándola afectuosamente con un
brazo-. Todo el mundo tiene sus pequeñas rarezas. Hasta el día de hoy, todavía
continúo sin poder tragarme una pastilla si no bebo algún líquido para hacerla
bajar... como brandy, por ejemplo.
Ella esbozó una sonrisa no
muy convencida y reclinó la cabeza sobre el hombro del médico. Él respiró la
fragancia de jardín fresco de los cabellos de la muchacha, y se sintió un poco
menos viejo por primera vez desde su fiesta de cumpleaños.
-¿Dónde está el doctor
McCoy? -preguntó Kirk.
Las tareas de análisis de
laboratorio del rey que Christine Chapel estaba realizando, se vieron
momentáneamente interrumpidas.
-Con su sombra -dijo con
tono ausente.
-¿Su qué?
-Quiero decir que creo que
fue con Kailyn a visitar al padre de ella, capitán.
Kirk asintió con la cabeza.
-Por cierto, la oí
perfectamente la primera vez. ¿Qué quiso decir exactamente?
-Nada, señor.
-Ya veo. Fue algo así
como... un desliz.
-Algo parecido, señor.
Kirk se balanceó sobre los
pies durante un momento, observando a Chapel con expectación. Estaba claro que
ella se hallaba dividida entre decir lo que tenía en mente o dedicarse al tubo
de ensayo que tenía más cerca con la esperanza de que el capitán Kirk se
marchase y olvidara el desliz que acababa de cometer. Pero él se quedó plantado
donde estaba, y finalmente ella fue incapaz de soportar el silencio. -No estoy
intentando meterme en lo que no me importa, capitán, pero ella siempre parece
estar alrededor de él.
Si él va al laboratorio,
ella está con él. Si va al comedor, ella se sienta a su mesa. Las únicas veces
en las que no se la ve con él, es cuando ella está con su padre.
-Eso no parece ser ningún
motivo de alarma, ¿no le parece?
-Supongo que no, señor.
-Por otra parte, McCoy es
una muy buena figura paterna, ¿no cree?
-No sabría decírselo,
capitán -respondió Chapel, mientras un ligero rubor le afloraba a las
mejillas-; y no estoy muy segura de que ella piense en él de una forma completamente
paternal.
Kirk reprimió una sonrisa.
-Bueno, quizá lo haga sentir
un poco más joven el tener a su lado una joven dama que le presta atención.
-Siempre y cuando no se deje encantar.
-¿Teme usted que él no se dé
cuenta de lo que está ocurriendo? El doctor McCoy es un psicólogo bastante
bueno.
-Capitán, usted sabe tan bien como yo que los
médicos no siempre se curan a sí mismos.
-Touché, doctora. Hablaré del tema con McCoy, cuando consiga
encontrarlo con la joven dama.
-Sea discreto, señor, por
favor -le imploró ella. -Haré lo que pueda.
-Fue Christine quien le
metió eso en la cabeza, ¿no es cierto, Jim?
-Eso es ridículo, Bones -se
apresuró a responder Kirk.
-No, si es que conozco a
Chapel -lo contradijo McCoy, sentándose sobre el lecho y quitándose las botas
con un gruñido por pie. Luego se frotó los dedos para restablecer la
circulación-. Deberían hacer que un especialista en podología diseñara unas
botas decentes para la Flota Estelar.
-No he venido aquí para
discutir de sus pies.
-No, ha venido aquí para
discutir de mi vida privada -le espetó McCoy.
-Cálmese. El problema no es
su vida privada.
-¡No existe ningún problema!
-Pero podría existir si se
comprometiese usted con Kailyn en cualquier sentido.
McCoy se puso bruscamente de
pie, comenzó a pasearse y abandonó todo esfuerzo para ocultar su irritación.
-Sí, comimos juntos un par
de veces, escuchamos música y hablamos de las implicaciones de su
enfermedad... ¿es tan terrible todo eso? Mire, Jim, quiero que esa chica sea
capaz de administrarse sus propias inyecciones cuando nos marchemos de esta
nave. Para llegar a ello, tengo que conseguir que confíe en mí. Si eso
significa ser amable con ella y llegar a conocerla, bueno, maldición, eso es lo
que pienso hacer.
-¿Y es eso lo que está
haciendo?
-¡Sí! -dijo McCoy,
sacudiendo ambos brazos-. Santo Dios, si yo cuestionara cada cosa que usted
hace y que me parece un poco chiflada, ninguno de nosotros dos conseguiría
jamás hacer ni un ápice de su trabajo.
Kirk observó largamente al
cirujano de la nave, y luego frunció los labios.
-Bueno, ésa era la
explicación del diplomático Leonard
McCoy que estaba esperando
oír.
McCoy meneó la cabeza.
-Lárguese de aquí y déjeme
dormir mi sueño de belleza. Dios sabe que a mi edad lo necesito.
El período de descanso del
propio Kirk fue del tipo de los que aumentan las arrugas y quitan años de vida;
pasó la mayor parte del mismo dando vueltas y sacudiéndose; intentó mantener
cerrados los ojos pero los abrió en cuanto su mente se alejaba de la tarea de
dormir hacia las extravagancias de la misión que tenía entre manos. Cualquier
otro pensamiento de descanso quedó destruido por el silbido del
intercomunicador.
-Puente a capitán Kirk -dijo
Sulu.
Kirk se inclinó y pulsó el
botón.
-Aquí Kirk, señor Sulu. ¿Qué
ocurre, aparte de que yo esté despierto?
-Lamento molestarlo, señor,
pero pensé que querría saber que nos está siguiendo un crucero klingon.
Kirk rodó de la cama, se
puso de pie y cogió su camisa, todo en un solo movimiento.
-Voy hacia allí.
El puente estaba tranquilo y
en silencio cuando Kirk salió del turboascensor.
-Informe -pidió, mirando
primero a Sulu, que estaba al mando de aquella guardia.
-No ha habido ningún acto
hostil por parte de ellos, señor. Se limitan a revolotear por ahí fuera, casi
fuera del alcance de los sensores. Hemos intentado alguna maniobra lenta de
evasión. No están siguiéndonos pegados precisamente a nosotros, pero, cada vez
que los hemos perdido de vista, han vuelto a aparecer al cabo de uno o dos
minutos.
-¿Algún mensaje, Uhura?
-Nada, capitán. Los he
llamado por todas las frecuencias... y no he obtenido respuesta.
-Supongo que no tendrían
nada que decir -reflexionó Kirk mientras se acomodaba en el asiento de mando.
-¿Quiere que vuelva a
intentarlo, señor?
-No. Nosotros sabemos que
están ahí. Es todo lo que necesitamos saber por el momento. Chekov, no les
quite el ojo de encima. No me gustaría perderlos de vista.
Kirk se retrepó en su
asiento. «Así que han mordido el anzuelo... y están haciendo exactamente lo que
esperábamos que hiciesen; pero parece que las cosas están saliendo demasiado
bien. Tendremos que estar preparados; los klingon raras veces se muestran tan
cooperativos.»
6
McCoy y Kailyn se hallaban
de pie uno junto al otro, mirando por la enorme portilla de observación de la
sala de descanso. Desde su aventajado puesto, cercano a la popa de la sección
principal en forma de plato, podían ver el casco de la sala de máquinas debajo
de ellos y la cubierta de los reactores que impulsaban elegantemente la Enterprise, iluminada por el suave
resplandor de los propios focos de la nave.
Kailyn parecía decidida a
averiguarlo absolutamente todo sobre el pasado de McCoy, dónde había estado,
qué había hecho, a quién había conocido, cómo había llegado a convertirse en
médico de la Flota Estelar; y él disfrutaba respondiendo a las preguntas.
En un momento dado, ella
rodeó la cintura del médico con un brazo, y él advirtió que se reclinaba sobre
él para buscar apoyo. Estaba pálida.
-¿Qué le ocurre?
-Me siento un poco mal del
estómago -respondió ella con una sonrisa ladeada de niña-. Ahora me doy cuenta
por primera vez de que estamos en medio del espacio, dentro de una nave
diminuta.
-Yo no llamaría diminuta a
la Enterprise.
Kailyn se inclinó hacia
delante apretándose contra la ventana de la portilla de observación. La nave
avanzaba, por supuesto, pero ella tenía la extraña sensación de que estaban
suspendidos entre las estrellas, como si sólo fuesen otro cuerpo celeste. Las
estrellas... tantas de ellas, mirase donde mirase, como joyas de brillo fijo
esparcidas por todo el oscuro infinito. Muchas, sin embargo, parecían
dispersas, sin prisas mientras se alejaban cada vez más del centro del
universo, en aquel viaje que había comenzado con el principio de todas las
cosas, el principio del tiempo.
Ella salió de su ensueño y
volvió a McCoy, que la observaba con una mezcla de fascinación e inquietud.
-¿En qué está pensando,
Kailyn?
Ella se encogió de hombros.
-No lo sé. En muchas cosas.
¡Hay tanto ahí fuera! Cuando fuimos a Orand, yo era tan pequeña que apenas me
di cuenta de lo que estaba ocurriendo.
-¿Se refiere a estar en el
espacio?
Ella asintió con la cabeza.
McCoy rió entre dientes.
-Todo el mundo se comporta
así durante su primer viaje espacial. Uno piensa que sabe cómo será... hasta
que se encuentra realmente a bordo de una nave y sale al medio de la nada. En
mi oficina han entrado tambaleándose muchos novatos del espacio... Así, de
golpe, la realidad los abofetea y ponen esta cara...
Presionó su nariz contra la
de ella y sacó los ojos fuera, como un insecto sorprendido. Kailyn no pudo
evitar echarse a reír, y él dio un paso atrás mientras descansaba ambas manos
sobre los hombros de la muchacha.
-Bueno, eso está mucho
mejor. Es usted demasiado joven para no reír más de lo que lo hace.
Pero la sonrisa de ella se
desvaneció de pronto y ella bajó los ojos. McCoy le acarició una mejilla.
-¿Qué ocurre?
Ella no levantó la mirada.
-¿Soy demasiado joven?
-¿Para qué?
-Para todo. Para ser la
reina de Shad... para ponerme mis propias inyecciones... -La joven hizo una
larga pausa-. Para amar a alguien.
Ahora fue el turno de McCoy
para caer en un largo silencio. Para amar a alguien... ¿se refería a él?
«Tonterías. Ahora estoy pensando como Christine.» Antes de que pudiera formular
una réplica, el intercomunicador profirió un silbido urgente.
-Doctor McCoy -dijo la voz
de Uhura-. Preséntese inmediatamente en la enfermería. Doctor McCoy, a la
enfermería, por favor.
El tono de la voz decía
emergencia sin utilizar la palabra, y, por reflejo, McCoy aferró la mano de
Kailyn y la arrastró hacia el turboascensor.
El capitán y Spock se
encontraban en el exterior de la oficina del médico, preparados para
interceptarlo. Cuando Kirk vio a Kailyn con McCoy, sus mandíbulas se tensaron
sólo durante un segundo; no había forma alguna de protegerla.
-Bones, se trata del rey.
Dicho esto, se volvió y
abrió la marcha por el corredor, hacia el camarote que ocupaba Stevvin.
Kailyn apretaba con fuerza
la mano de McCoy, mientras su mente corría de un pensamiento a otro, vacilando
entre el miedo, la resignación y la determinación de no perder la calma. Se le
llenaron los ojos de lágrimas, pero se quedaron allí.
La doctora Chapel y el
equipo médico ya estaban junto al lecho del rey, y le administraban una
inyección de oxígeno. Se apartaron suavemente cuando entró McCoy, y Chapel le
dio un informe sucinto. Kailyn observó y oyó sin ver ni escuchar, absorbiendo
solamente impresiones borrosas, percibiendo claramente sólo dos palabras:
«fallo cardíaco».
Kirk condujo a Kailyn a un
rincón del camarote, donde ambos permanecieron con Spock mientras el equipo
médico trabajaba sin malgastar movimientos ni palabras. Los indicadores que
había encima de la cama subían y bajaban de forma errática. Chapel colocó una
bomba cardíaca portátil por encima del pecho del rey, mientras un técnico
médico le ajustaba la alimentación de oxígeno. McCoy pulsó varios botones del
control cuando Chapel le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, y el
estimulador cardíaco comenzó a latir regularmente, mientras su luz verde
parpadeaba a intervalos regulares.
-Pulso y presión
estabilizadas, doctor -anunció finalmente Chapel.
-Respira por su cuenta
-agregó el técnico médico. McCoy retrocedió y se enjugó la frente.
-Por el momento, deje el
estimulador cardíaco donde está, doctora. Mantenga vigilados los indicadores.
Chapel asintió con la cabeza
y ella y el joven enfermero se marcharon. Por primera vez desde que habían
llegado,
McCoy miró a Kailyn. Ella se
apartó de Kirk y enterró el rostro en un hombro del médico. Él les hizo un
gesto de asentimiento a Kirk y Spock, y ambos dejaron a McCoy y Kailyn a
solas. Durante un tiempo, él la mantuvo abrazada contra sí, y los únicos
sonidos que se oían en el camarote eran los sollozos de la muchacha y el latir
del estimulador cardíaco que le habían colocado a su padre.
Kailyn tenía los ojos
enrojecidos en los bordes, pero su actitud era absolutamente atenta durante la
reunión de estrategia que tuvo con McCoy, Spock y el capitán Kirk en la sala
principal de oficiales. Los detalles de la misión fueron repasados una vez más.
Kirk quería asegurarse no sólo de que la muchacha conocía el emplazamiento de
la Corona en Sigma 1212, sino de que estaba psicológicamente preparada para
aquella tarea. Después de una hora, la envió de vuelta a su camarote para que
descansase.
-¿Opiniones, caballeros?
-preguntó el capitán, cuando ella se hubo marchado.
-Yo creo que está preparada
-dijo McCoy-. Parece haber adquirido mucha confianza durante los pasados tres
días, Jim. Me sentí especialmente satisfecho por la forma en que reaccionó ante
la crisis que sufrió su padre esta tarde, Jim.
-Tengo que disentir,
capitán.
-Spock -le espetó McCoy-, no
es este momento para buscarle las pulgas al asunto.
Spock hizo caso omiso de las
palabras de McCoy, y se dirigió directamente a Kirk.
-La joven estaba trastornada
en sumo grado durante la emergencia médica. No parece dispuesta a aceptar que
su padre no va a vivir durante mucho tiempo más, y me veo obligado a indicar
que eso no es una buena señal de su capacidad para funcionar sin la ayuda de
su progenitor.
McCoy se puso en pie de un
salto.
-Jim, estaba disgustada -le
discutió-. Es algo normal... en un ser humano, señor Spock. Ambos acaban de
verla aquí. Tenía la mente clara y despierta, y yo creo que eso es bastante
admirable dadas las circunstancias. -Volvió a sentarse-.Pienso que esta tarde,
al ver todos esos aparatos que empleamos para reanimar a su padre, Kailyn se
enfrentó por primera vez con el hecho de que él se está muriendo. Oh, por
supuesto que antes lo comprendía a nivel intelectual, pero emocionalmente se le
evidenció de pronto. Ha llorado, pero se está recobrando.
McCoy paseó varias veces la
mirada de Kirk a Spock, invitándolos a una frase de contradicción o acuerdo.
Spock se limitó a alzar una ceja.
-Yo he expresado mi
inquietud... y creo que el doctor McCoy ha explicado adecuadamente la
situación.
-Estoy de acuerdo -concluyó
Kirk-. Por otra parte, no disponemos de muchas elecciones ni tenemos tiempo que
perder. La Flota Estelar estará esperando un informe, y me gustaría poder
decirles «Misión cumplida».
Spock se puso de pie.
-Con su permiso, señor, debo
regresar al puente.
Kirk asintió con la cabeza,
y cuando Spock salió, se volvió hacia el inmóvil McCoy.
-Quiero creerle, Bones, que
ella conseguirá superar esta situación. ¿Está usted seguro?
-Apostaría dinero por ello.
La horas siguientes fueron
dedicadas a la preparación mental y física. Kirk repasó mentalmente el plan una
y otra vez. Quería conocer cada punto débil del mismo, adelantarse a cada
sorpresa, prever todas las posibles intervenciones de lo inesperado.
Spock inspeccionó la
lanzadera Galileo, especialmente
equipada para viajes de larga distancia con propulsores de velocidad lumínica,
combustible extra, raciones de alimentos, suministros médicos y equipos de
supervivencia. Un repaso de la computadora comprobó que el sistema estaba a
punto, y la comprobación manual confirmó dicho diagnóstico.
McCoy reunió los equipos
médicos que necesitaría para cuidar a Kailyn si la coriocitosis empeoraba
gravemente; y pensó muchísimo: acerca de Kailyn, acerca de sí mismo, y sobre lo
que estaba ocurriendo entre ambos. «Ella es una niña, más joven que mi hija...
y está loca por ti, McCoy. ¿Y qué? Yo no podría sentir por ella ese tipo de
interés. Yo soy un maestro, alguien a quien ella admira. De la misma forma
podría haber sido Spock, si ella buscase al tipo lógico y carente de
emociones. Su padre no estará con ella durante mu
cho tiempo más... ella sólo
está transfiriendo sus sentimientos de él a mí. Ella llegará a comprenderlo...
Sí, tiene que hacerlo.»
Sin embargo, Kailyn era
inteligente, dulce, bonita. «¿Por qué no podría yo estar interesado en ella?
¿Sólo porque de verdad soy lo suficientemente viejo como para ser su padre?
¿Cómo te sientes tú, McCoy?» Se encogió mentalmente de hombros. «Esto es lo más
jodido de todo ello, McCoy... que no lo sé.»
-No puedo quedarme aquí
mucho rato, padre -dijo Kailyn-. No quiero cansarte.
Stevvin sonrió débilmente.
Las máquinas habían sido retiradas, pero él tenía que permanecer tendido de
espaldas. Le tendió una mano temblorosa, y ella la tomó y la descansó sobre el
lecho.
-Pronto vas a partir.
Recuerda... Shirn O'tay era el patriarca. Él te mostrará dónde está...
-Ya lo sé, padre, ya lo sé.
No te preocupes.
-No lo haré. En realidad, lo
haré... pero ése es el privilegio de un padre.
Stevvin se acercó a los
labios la mano de su hija que tenía en la suya y la besó.
-Los dioses cuidarán de ti;
y tienes hombres buenos que te ayudarán.
La respiración del rey era
ronca y trabajosa y Kailyn tuvo que luchar para contener las lágrimas.
-Te quiero, padre.
Él sonrió y volvió a apretar
la mano de la muchacha contra sus labios.
-Informe de los sensores
-pidió Kirk.
Chekov levantó los ojos del
visor de la terminal científica. -El crucero klingon está justo fuera del
alcance, señor.
En este momento no podrían
detectar la salida de la lanzadera.
-Ignición de los motores de
la lanzadera, señor –dijo Sulu.
Kirk pulsó el botón de
apertura del canal de la Galileo en
su panel de comunicaciones.
-Kirk a Galileo.
-Aquí Spock, capitán. Todos
los sistemas preparados para el lanzamiento.
-Spock... -Kirk vaciló-.
Buena suerte, Kailyn. Cuide
bien de mis oficiales.
Especialmente de McCoy. La voz de la muchacha sonó firme. -Lo haré.
-Solicito apertura de las
puertas del dique de la lanzadera -dijo Spock.
Sulu subió un interruptor de
los mandos.
-Puertas de la lanzadera
abiertas.
Kirk miró la cubierta del
hangar que se veía en la panta
lla emplazada sobre la
terminal científica. -Lanzamiento.
Los dedos de Sulu
recorrieron velozmente los mandos pulsando diestramente el último botón.
-Lanzadera fuera, señor.
Aquella noche, el rey
Stevvin, decimoséptimo monarca de la dinastía de Shad, murió mientras dormía,
con el capitán Kirk y cuatro servidores reales a su lado.
A esa hora, la lanzadera Galileo llevaba ya diez horas de viaje.
El plan del rey Stevvin para llevar de una vez y para siempre la paz a su
mundo, estaba progresando, sin él, tal y como él había esperado que sucediese.
Incluso el crucero klingon volvió a ocupar su lugar, en seguimiento de la Enterprise. Todo estaba como debía
estar.
Excepto por un detalle. Sin
que Kirk lo supiese ni lo sospechasen los tripulantes de la Galileo, cuando la lanzadera atravesó
los límites exteriores del sistema no clasificado de la enana blanca, mucho más
allá del alcance de los sensores de la Enterprise,
una sombra se unió a la excursión.
La sombra era una
exploradora espía klingon tripulada por cuatro agentes del departamento de
inteligencia. Las órdenes que tenían eran sencillas: seguir a la lanzadera. Si
la tripulación de ésta recobraba la Corona de Shad, debían matarlos y reclamar
la Corona para el imperio klingon. Si fracasaban en la búsqueda de la Corona,
debían matarlos de todas formas.
7
-Los klingon, Kirk -ladró
Harrington con una furia muy poco propia de él-. Los malditos klingon lo sabían
antes que yo. Si su red de comunicación secreta no tuviese tantas fugas, ellos
lo sabrían y yo continuaría sin saberlo. ¿Le importaría darme una explicación
de por qué ha desobedecido las órdenes?
Kirk estaba sentado ante el
escritorio y encorvado sobre él, con Scotty de pie justo a sus espaldas. En la
pantalla visora, el almirante aparecía aún en bata; obviamente lo habían
arrancado de una noche de buen sueño con la noticia de que los klingon estaban
enterados del plan señuelo de la Enterprise,
un plan señuelo del que él no sabía absolutamente nada.
-Lo siento, almirante
-comenzó Kirk. Y, puesto que no estaba muy seguro de qué más debía decir,
continuó con cautela-. Cuando llegamos a Orand, la situación no era como se nos
había inducido a esperar, señor. Usted no ignora que la Corona de Shad no estaba
en manos del rey cuando nosotros...
-Sí, Kirk. El maldito
informe klingon que conseguimos era claro a ese respecto.
-En cuanto averiguamos que
no podíamos regresar a Shad sin ella, también nos dimos cuenta de que el rey no
estaba lo suficientemente bien de salud como para realizar un viaje extra.
Nada de todo esto estaba incluido en el informe resumido que se nos dio en la
Base Estelar, señor.
Kirk le echó una rápida
mirada a Scott, que comprendió la estrategia del capitán: trasferirle una parte
de la culpa de los cambios de la misión a la Inteligencia de la Flota Estelar.
-De acuerdo, capitán, acepto
que la misión requería modificaciones y nunca aceptaré que el tiempo necesario
para consultar con el cuartel general podría haber estropeado todo el asunto.
Es usted un hábil capitán de nave estelar, y está sentado en ese sillón de
mando porque la Flota Estelar confía en su criterio... aunque, en este preciso
momento, resultaría más fácil convencerme de lo cuestionable de esa supuesta
cualidad suya.
Kirk tragó saliva, pero
continuó mirando de frente la pantalla.
-Tengo dos grandes problemas
con los que enfrentarme, Kirk. El primero y más importante es que parece que
algunos de los shadianos que viajan a bordo de su nave son agentes de los
klingon, y el segundo...
-Le pido disculpas, señor,
pero la lanzadera que tenemos ahí fuera, camino de Sigma, va a hallarse en el
lado malo del campo de tiro de los klingon en el segundo mismo en que
encuentren esa Corona...
-Soy consciente de ello,
capitán.
-Ésa debe ser nuestra
principal preocupación, señor. Es de suprema importancia que lleguemos a Sigma
lo antes posible por si el grupo de la lanzadera necesita nuestra ayuda.
-Negativo, capitán
-respondió Harrington con tono cortante-. Si se hubiese hallado aquí cuando
recibimos las órdenes de Inteligencia, sabría que nuestra máxima prioridad es
la de desenmascarar al renegado del grupo del rey.
-Pero la seguridad de la
hija del rey y de mis oficiales...
--...es de suma importancia.
Sin embargo, la Flota Estelar no permitirá que la dejen en ridículo. Los
klingon acaban de hacer precisamente eso, capitán. Tuvieron durante todo el
tiempo un espía debajo de nuestras narices, usted saca un plan de la nada
acerca del que la Flota no sabe una palabra... y el enemigo sabe adónde se
dirige y cuando antes incluso de que se ponga usted en camino. Yo también tengo
que responder ante mis superiores, y ellos no van a apoyar eso. Ellos me lo han
arrojado a la cara, y yo se lo arrojo a usted. Esto es una orden: encuentre a
ese espía.
-Señor, por razones
prácticas, hemos puesto a los cuatro sospechosos bajo custodia. Podemos
investigar después de que hayamos puesto a salvo a la misión de la lanzadera.
-La Junta del Estado Mayor
quiere que primero esté a buen recaudo el espía.
-¿Tenía el Estado Mayor
alguna buena idea sobre cómo conseguirlo? -preguntó Kirk, mordiendo cada
palabra y esquivando la tentación de iluminar a los miembros de dicha junta
con coloridos adjetivos y verbos.
-Usted se metió en esto,
Kirk, y depende de usted el hallar una salida. Debo agregar que ésa no es una
cita fiel. Las palabras que emplearon fueron ligeramente más descriptivas.
Kirk se arrepintió de
inmediato de haberse contenido; las frases que le pasaban por la mente eran
bastante descriptivas, pero se daba cuenta de que la insubordinación no era
precisamente lo que ayudaría a su causa en aquel momento.
-Almirante, debo hacer
constar una firme protesta. Nosotros...
-Está en su derecho,
capitán; y éstas son las órdenes que tiene: trace un plan para apresar el espía
y mantenga su posición actual hasta que lo haya conseguido. Luego someta los
detalles del mismo a nuestra aprobación antes de poner el plan en acción. ¿Ha
quedado claro?
-Sí, señor -respondió Kirk
con tono tirante.
-Una cosa más: ¿cómo está el
rey, a todo esto?
Kirk y Scott intercambiaron
rápidas miradas.
-¿El rey? El rey está bien,
señor.
-Perfecto. Odiaría tener más
complicaciones después de todo lo que ya tenemos entre manos. Muy bien...
estaremos esperando un plan suyo dentro de dos horas exactamente. Flota Estelar
fuera.
La imagen de Harrington se
desvaneció y la pantalla quedó negra. Kirk descansó el mentón sobre los
brazos, encorvado sobre la superficie del escritorio.
Scotty meneó la cabeza con
el rostro serio.
-Capitán, le ha mentido a un
almirante de la Flota Estelar.
-Esperemos que usted y yo
seamos los únicos en enterarse de ello. Han pasado dieciocho años, y yo
continúo luchando con la maldita burocracia. No puedo arriesgarme a que se
produzcan más filtraciones. -Sacudió la cabeza-. Sea lo que sea lo que ocurrió,
tuvo lugar antes de que saliésemos de Orand, y eso estaba fuera de nuestro
control. Quizá el rey le habló de su plan a alguno de sus servidores que a su
vez se lo mencionó a otra persona. O quizá alguien lo oyó por casualidad o
Kailyn dijo algo cuando no debía. No lo sé. Lo que sí sé es que nada de eso
importa ahora. Lo que importa es que Spock, McCoy y Kailyn van a encontrarse
con problemas, y que esa nave klingon que ha estado jugando al gato y al ratón
con nosotros durante tres días, era un truco en el cual he caído. Ahora, en
lugar de llegar a Sigma lo más rápidamente posible para encargarnos de que no
le ocurra nada a la tripulación de la lanzadera, tenemos que sentarnos aquí a
pensar en la forma de limpiarle la cara a la Flota Estelar. Maldición.
No se hicieron bromas
fáciles cuando Kirk reunió a Scott, Sulu, Chekov, Uhura y la teniente de
seguridad Jaye Byrnes en el salón de oficiales. La situación fue resumida en
términos muy breves, y los oficiales reunidos le dieron vueltas cautelosamente
durante más de treinta minutos. Finalmente, Kirk se levantó de su asiento y
comenzó a pasearse en torno a la mesa.
-Damas y caballeros, no
estamos llegando a ninguna parte -dijo con abatimiento.
Byrnes se aclaró la
garganta. Ella estaba presente porque había llegado a la Enterprise después de pasar cinco años en la Contrainteligencia de
la Flota Estelar, y Kirk esperaba que sus conocimientos consiguieran engendrar
ideas en los demás.
-Mientras el espía esté a
bordo -dijo la teniente-, somos nosotros quienes tenemos el control, señor.
Ése es nuestro as.
-Eso es lo que intenté
decirle a la Flota Estelar, que ése es el motivo de que este punto no debería
ser tan urgente.
-Pero para el Cuartel General lo es -dijo
sombríamente Chekov-, y eso lo convierte en urgente para nosotros.
Kirk le dedicó una sonrisa de humor negro.
-Es la cadena de mando,
señor Chekov. Ellos me presionan a mí y yo lo presiono a usted.
-¿Pero a quién presionamos
nosotros? -refunfuñó Sulu.
-A nadie. ¿Va a darme alguna
respuesta, Byrnes? Ella se echó los dorados cabellos hacia atrás por encima
de los hombros.
-Podemos utilizar ese
control, capitán.
-¿Cómo?
-Dándole al espía la cuerda
suficiente como para que se ahorque él mismo.
Kirk se sentó sobre el borde
de la mesa, con los brazos cruzados.
-Continúe.
-Sabemos de su existencia.
Sabemos que está aquí...
-Oh, sí -dijo Scott-, pero
no sabemos quién es...
-Si podemos hacerle creer
que puede conseguir hacer algo que desea y que normalmente nosotros querríamos
evitar, podríamos tener la posibilidad de atraparlo.
Scott asintió con la cabeza.
-Ya. Darle al pez un poco de
sedal para que crea que está libre... y, cuando él mismo se cansa nadando, uno
recoge rápidamente y lo saca del agua.
-Exactamente -dijo Byrnes-.
Ahora bien, ¿qué podría querer ese espía con todas sus fuerzas, ya sea a nivel
personal o como parte de su misión?
-Alejarse de nosotros
-sugirió Sulu.
Kirk entrecerró los ojos.
-¿Alejarse de nosotros con
qué propósito?
-Por su propia seguridad
-intervino Uhura.
-O para transmitir nueva
información -dijo de pronto Scott-. Como la muerte del rey. Desde que salimos
de Orand, es lo único nuevo que ocurrió que pueda interesarles a los klingon.
-Por supuesto -exclamó Sulu,
asintiendo enfáticamente con la cabeza-. Entonces ya no tendrían que preocuparse
por obtener la Corona. Con el rey muerto, si pudieran matar a su hija,
conseguirían acabar con cualquier posibilidad que tuviésemos de mantener unida
a la Coalición Leal al rey...
-...y la Alianza Mohd podría
ganar la guerra sin recibir ninguna descarada ayuda del exterior que atrajese
la atención de los guardianes del Tratado de Paz Organiano -concluyó Byrnes.
Kirk asintió con la cabeza.
-Ésa parece una razón de
mucho peso para que el informante quiera ponerse en contacto con sus
superiores. Si pudiéramos darle una oportunidad de hacerlo, bajo la apariencia
de una tarea legítima, podríamos sorprenderlo con las manos en la masa.
-Pero la única forma de
hacer eso -señaló Byrnes- es dejar que el espía salga de la Enterprise, señor; y, hagamos eso como
lo hagamos, corremos dos riesgos: despertar sus sospechas y que consiga escapar
de nosotros.
La frenética discusión
aumentó de ritmo y se prolongó durante una hora más. Kirk se sentía satisfecho
de que su idea de incluir a Byrnes hubiese demostrado ser el catalizador
perfecto; pero, a pesar de todas las ideas expuestas, quedó en manos de Kirk
el sintetizar todas las posibilidades en una línea de acción que pareciese
plausible. Así lo hizo, radió el plan a la Flota Estelar y se dispuso a
esperar la respuesta.
Llegó una hora más tarde:
aprobado. Sin embargo, la decisión más difícil aún se cernía ante él. Si el
espía mordía el anzuelo, todo sería perfecto; pero si ninguno de los sospechosos
metía la cabeza en el lazo corredizo, Kirk era consciente de que no habría
tiempo para seguir planes alternativos: la Enterprise
partiría hacia Sigma a velocidad hiperespacial en un abrir y cerrar de ojos, y
al diablo con el orgullo herido de la Flota Estelar. Eso podía remendarse con
bastante facilidad; los cuerpos heridos, en cambio, eran otra cuestión, y lo
que él más quería era rescatar a la Galileo
y su tripulación ilesas.
Pero antes, para atrapar al
espía...
8
McCoy se retorció en su
asiento, estiró cada uno de los músculos de ambas piernas, se masajeó el cuello
para aliviar los calambres y, no obstante todo ello, no consiguió sentirse
cómodo. A pesar de que había viajado por el espacio durante años, aún había
momentos en los que se sentía ligeramente ahogado al caminar por los estrechos
pasillos de la Enterprise, o cuando
estaba en un camarote cuyas paredes se curvaban para seguir la forma del casco
de la nave.
Pero, si bien aquella nave
estelar enorme le producía alguna sensación de encierro de vez en cuando, los
tres días que llevaba en la Galileo
hacían que sintiese una claustrofobia absoluta, y echaba en falta las
dimensiones relativamente espaciosas de la Enterprise.
De pronto se puso de pie _y comenzó a pasearse tan frenéticamente como puede
hacerlo un hombre que dispone de sólo dos zancadas entre su persona y la pared.
Se sintió francamente ridículo y volvió a dejarse caer pesadamente en el
asiento. Spock lo observaba sin pronunciar palabra, mientras Kailyn dormitaba
en una de las tres hamacas instaladas en el área de dormitorio provisional de
popa.
-Spock, ¿no hemos llegado
aún?
El vulcaniano asumió la
expresión más cercana al fastidio que jamás había manifestado.
-Doctor, me ha preguntado
eso mismo hace una hora. Ahora estamos una hora más cerca de nuestro destino.
McCoy tumbó el asiento
reclinable al máximo y entrelazó las manos detrás de la cabeza.
-Vuelva a contarme eso de
que nuestro destino es una isla de los Mares del Sur llena de palmeras y
bellezas que toman el sol con nada más encima que sus ondeantes melenas
largas, collares de flores y cálidas sonrisas.
-Sigma 1212 es el planeta
congelado de un sistema escasamente poblado, y tiene una temperatura media de
doce grados Celsius[e2] bajo cero. El sesenta y dos por ciento
de su masa terrestre es demasiado fría para la vida humana, y no hay palmeras
en todo el planeta -respondió Spock con una voz baja y adecuadamente fría.
-¿Sabe qué es lo que siempre
me ha gustado de usted, Spock?
-¿Qué, doctor?
-Esa forma que tiene de
desviarse siempre de sus costumbres para hacer que yo me sienta feliz.
-Doctor -dijo Spock con los
labios apretados-, haga uno de sus crucigramas.
-He completado todo un
programa de ellos, y ni siquiera me gustan los crucigramas -gimió McCoy-. ¿Qué
le parecería si le dijese que quiero salir a dar un paseo?
-Que éste no es el momento más apropiado.
-Ésa no era mi pregunta. ¿Qué haría usted?
-A estas alturas, doctor
McCoy, lo dejaría marchar. -Ya veo que vuelve a intentar hacerme feliz.
La siguiente queja de McCoy
no salió de la punta de su lengua, porque una sacudida repentina hizo que
volviese a tragársela cuando la lanzadera fue atrapada en la concavidad de una
turbulencia. Se aferró a los posabrazos del asiento y se sentó completamente
erguido, mientras Spock se volvía hacia el panel de controles. La nave volvió a
estremecerse.
-¿Qué ocurre, Spock?
La siguiente sacudida los
lanzó contra el respaldo de los asientos.
-Esto empeora -señaló McCoy,
palideciendo mientras su estómago regresaba al sitio que le correspondía,
reteniendo a duras penas su contenido.
El primer oficial estudió
varias pantallas que destellaban de forma alarmante, aunque su expresión
continuó siendo tranquila, como siempre.
-Me temo que nuestra
situación empeorará de forma considerable antes de que comience a mejorar. El
sistema de Sigma es famoso por el rigor y la frecuencia de las explosiones
solares y las tormentas magnéticas resultantes.
-No me dé una conferencia
turística... haga algo.
Spock volvió su atención
hacia los instrumentos de la Galileo,
que no le respondían, mientras la pequeña nave se sacudía de un lado a otro.
McCoy avanzó tambaleándose, se aferró al reposacabezas del asiento de mando y
permaneció oscilando a espaldas de Spock mientras sus piernas absorbían los
movimientos de cabeceo y balanceo de la nave.
Kailyn, medio dormida, entró
a duras penas en la cabina principal, y finalmente consiguió alcanzar la
seguridad relativa de su asiento de babor.
-¿Qué ocurre?
-Spock no tenía la intención
de despertarla.
McCoy se aferró con más
fuerza al reposacabezas del asiento. La lanzadera picó de pronto, y el mentón
del médico fue a incrustarse contra la parte superior del respaldo. Aturdido,
retrocedió hasta su propio asiento y se frotó la mandíbula.
-Estamos entrando en la zona
tormentosa que rodea Sigma 1212 -le informó Spock a Kailyn.
-¿Rodea el planeta? -repitió
McCoy-. Eso significa que estamos cerca de él.
-Nos estamos aproximando,
doctor, pero nos hemos visto obligados a reducir la velocidad, y todavía nos
queda otra hora de viaje por delante.
Antes de que McCoy pudiese
decir nada más, la Galileo se levantó
sobre la cola y cayó bruscamente al sacudirla la furia de la tormenta como si
de una marioneta se tratase. El casco metálico gemía y rechinaba y Spock volvió
a reducir la potencia de los motores. Se produjo un intervalo de calma que
duró lo que un solo latido de corazón, y todo volvió a comenzar. Parecía que la
nave intentaba retorcerse en tres direcciones a un tiempo.
-Spock -dijo McCoy con
ansiedad-, ¿vamos a conseguir mantenernos de una pieza?
Los largos dedos del
vulcaniano quedaron suspendidos sobre los controles, pero él no se volvió a
mirar a McCoy.
-No lo sé, doctor. Sólo el
tiempo lo dirá.
La nave espía klingon se
estremecía y sacudía a modo de protesta mientras el comandante Kon intentaba
mantener el rumbo. Para la constitución normal de un klingon, Kon era bajo y
rechoncho, pero la túnica se le ajustaba perfectamente al robusto pecho y los
músculos se marcaban a través de la cota de malla. Tenía la barba entrecana,
signo indicador de que llevaba al servicio del imperio más tiempo que la mayoría,
mediante la combinación de la destreza y la suerte para sobrevivir a las
batallas, y el evitar los intentos de asesinato de los oficiales más jóvenes
ansiosos por ascender posiciones. Kon había liderado a la tripulación del más
feroz crucero de batalla de la flota imperial durante casi una década, y había
conseguido desbaratar media docena de motines y mantener su nave leal al
emperador. Por sus esfuerzos, había sido recompensado con el ascenso a la
elite del Grupo de Inteligencia Especial, un puñado de soldados de confianza a
los que sólo se les asignaban las más importantes misiones de espionaje: las
más sucias y peligrosas.
Kon había demostrado que
podía matar cuando tenía que hacerlo; podía incluso estrangular a un niño con
sus propias manos si era lo que hacía falta. Era temido y no temía a nadie.
Era el klingon perfecto.
-Comandante, los sensores
están estropeados -le dijo la oficial científica desde su puesto.
La nave exploradora era
diminuta, con demasiados equipos apretujados en un espacio excesivamente
reducido. Kera, la oficial científica, estaba lo suficientemente cerca de su comandante
como para poder tocarlo, aunque no se hubiera atrevido a hacerlo. Era joven,
brillante, ambiciosa... y sabía que cualquier complicación romántica con un
hombre tan poderoso como Kon acabaría probablemente con la muerte de uno de
ellos dos. Y no era que la perspectiva no le resultase tentadora, ya que,
entre los klingon, incluso el amor era una batalla que sólo se veía consumada
cuando uno resultaba vencedor y el otro vencido. Pero ella tenía el tiempo a
su favor: las probabilidades le decían que un día Kon vacilaría y moriría a
causa de los años. Unirse demasiado estrechamente con ese hombre en aquel
momento, podía costarle demasiado caro más tarde, así que los placeres y
emociones transitorias de una unión sexual simplemente no valían los riesgos
que podrían implicar.
-Hemos alcanzado la
periferia de una turbulencia de magnitud siete, señor -le anunció al comandante
con una voz monótona y profesional.
Las cejas canosas de Kon se
alzaron a un tiempo.
-¿Magnitud siete? ¿Y la nave
de la Federación?
-Ellos han entrado de lleno
en ella, comandante. Estamos perdiendo el contacto de sensor.
Con las mejillas hinchadas,
Kon meditó sobre todas las posibilidades.
-¿Entrarían en una tormenta
así solamente para despistarnos?
-Eso sería una temeridad
-respondió Kera-; y el hecho de que no hayan variado su rumbo sugiere que no
son conscientes de nuestra presencia. Además, no han intercambiado mensaje
alguno con ninguno de los puestos avanzados o naves de la Federación desde que
salieron de la En
terprise.
-Así pues, ¿usted cree que
el planeta que se halla en medio de esas tormentas es el lugar al que se
dirigen?
-Sí, señor, así lo creo. La
corona de Shad tiene que estar oculta en alguna parte de Sigma 1212. Yo
propongo que mantengamos la vigilancia fuera de la zona tormentosa. Si sobreviven
para llegar al planeta y recobrar la corona, no tendremos ningún problema para
arrebatársela y matarlos cuando despeguen de la superficie para encontrarse con
la nave nodriza.
-¿Y si nunca consiguen
recuperar esa apreciada corona?
-En ese caso -respondió
suavemente Kera-, no veo ninguna razón por la que tengamos que arriesgar
nuestras vidas entrando en una turbulencia de magnitud siete.
Kon le dedicó un
asentimiento de aprobación, y cuando ella se volvió hacia la pantalla, él
sonrió para sí. Se preguntó cómo sería aquella mujer como compañera sexual, y
momentáneamente deseó tenerla en su antigua nave de guerra, con sus
dependencias privadas.
Los miembros de las
tripulaciones klingon, hombres y mujeres, tenían que aceptar el hecho de que un
comandante del sexo opuesto tenía pleno derecho a reclamar favores carnales a
su antojo; y, al contemplar sin entusiasmo alguno la prolongada espera que
tenían por delante en la periferia del violento velo de tormentas espaciales
que rodeaba Sigma 1212, lamento no disponer de la posibilidad de pasar las
horas de inactividad trabando un conocimiento más íntimo con Kera.
-Contacto de sensor
totalmente perdido, comandante.
Como si las turbulencias del
exterior no hubiesen sido lo suficientemente malas, la entrada en la atmósfera
de Sigma no les dio respiro posible. A pesar de sus mejores esfuerzos, Spock
estaba luchando y perdiendo la batalla contra los vientos ciclónicos de más de
cuatrocientos ochenta kilómetros por hora, mientras el casco exterior de la
lanzadera comenzaba a recalentarse.
McCoy había vuelto a ocupar
su sitio detrás de Spock e inclinado sobre un hombro de éste, mientras Kailyn
intentaba asegurar lo que pudiese estar suelto en el interior de la cabina;
pero llegó el momento de sujetarse a los asientos con las correas de seguridad
y desear lo mejor.
-¿Estamos sobre el objetivo,
Spock?
-Es difícil decirlo, doctor.
Los instrumentos todavía no han vuelto a su funcionamiento normal. Sólo puedo
juzgarlo por la dirección que llevábamos antes de que las correcciones de
navegación se convirtiesen en conjeturas.
-No está infundiéndome
demasiada confianza.
-Le presento mis más
sinceras disculpas. Por favor, asegúrese las correas de seguridad. No es
probable que este aterrizaje vaya a ser suave.
Kailyn se mordió
nerviosamente el labio inferior, y McCoy lo advirtió.
-Spock posee el don de
subestimarlo todo -le dijo a la muchacha.
McCoy no sabía cuán cierto
era eso en aquel preciso momento, ya que sólo Spock era consciente de que los
torbellinos que abofeteaban la Galileo
hacían que fuese casi imposible mantener los escudos térmicos en el ángulo
adecuado. Dónde aterrizasen puede que nunca llegase a ser un problema: era
bastante posible que ellos y la maltrecha nave no llegasen a aterrizar, sino
que se quemasen en la tempestuosa atmósfera de aquel planeta que parecía tener
la firme determinación de no permitir la entrada de visitantes.
9
Confianza. Si había para
James Kirk un valor sagrado, era precisamente ése. Sin él, la existencia nunca
podría ser más que una serie de encuentros fortuitos llenos de cautela en el
mejor de los casos, de miedo en el peor. Un ser al que los demás consideraban
indigno de confianza, o que era incapaz de encontrar criaturas semejantes en
las que confiar plenamente, no podría conocer nunca el verdadero amor, la
amistad incondicional ni el cálido refugio de la seguridad. En su propia
experiencia, la confianza había salvado vidas, y por falta de ella se habían
perdido amores.
A sus ojos, el pecado de la
traición era el peor de todos. El aceptar la confianza de alguien
voluntariamente y con pleno conocimiento de causa, y luego volverle la
espalda, era algo despreciable. Era ese sentimiento, profundamente arraigado
en su corazón, lo que le permitía a Kirk tolerar por el momento las órdenes de
la Flota Estelar de que desenmascarase al renegado que se hallaba entre el
reducido grupo de servidores del rey Stevvin.
Cuatro servidores que ya no
eran jóvenes y que habían dedicado sus vidas al servicio del rey durante
treinta años o más. Aquellos cuatro se habían ofrecido voluntariamente para
abandonar su planeta natal con el monarca exiliado, y durante los duros años siguientes
habían llegado a sentirse menos como sirvientes y más como miembros de la
familia. Habían compartido con el rey esperanza y frustración, cariño y
finalmente confianza... hasta que uno de ellos la había traicionado.
¿Pero quién? ¿Y por qué? La
segunda pregunta hostigaba constantemente a Kirk. ¿Un criado real podía ser
conducido a la traición por alguna debilidad de carácter -una oferta de
dinero o de inmunidad-, o simplemente por la absoluta desesperación de regresar
a su planeta alguna vez? ¿O se enfrentaban con un espía profesional colocado
entre el séquito del rey como una cuestión de rutina muchos años antes de
aquel exilio forzoso?
Al sentarse ante la mesa del
salón de oficiales delante de los cuatro shadianos, Kirk no estaba seguro de
cuál de aquellas respuestas lo enfurecería más, e intentó apartar aquellas
emociones hasta poder desencadenarlas contra un blanco definido.
Eili, el camarero personal
del rey, un hombrecillo esférico con ojos de perro fiel; en otra época
vigilante, atento a las necesidades de su señor antes de que le fuesen
formuladas, aparecía en aquel momento abatido por el dolor. Tenía el blando
rostro oculto entre las manos mientras su esposa, Dania, lo consolaba. Eran una
pareja afín; Dania, la cocinera real desde hacía treinta años, era tan
rechoncha como su marido, y tan devota de aquel hombre como él lo había sido
del rey.
Boatrey, el robusto mozo de
cuadras, con el curtido rostro marcado por los años de trabajo al aire libre.
Había sido el preferido de Kailyn, y Kirk recordaba cómo aquel hombre llevaba
a la niña a pasear sobre los animales pequeños de la cuadra.
Finalmente, Nars, que en
otro tiempo había sido el elegante mayordomo de palacio. Sus ropas se veían
ahora gastadas, con varios agujeros cuidadosamente cosidos a lo largo de los
años de pobreza pasados en Orand; pero aquel hombre continuaba desplegando la
dignidad orgullosa que había manifestado sin tacha en los pasados días de
grandeza.
Un grupo en el que
difícilmente podía husmearse a un agente enemigo. Kirk se encontraba dispuesto
a descartar la posibilidad de que alguno de ellos pudiese haber sido un espía
desde el principio, y se decantó por la teoría de la fragilidad humana. Ése
era al motivo por el que la teniente Byrnes estaba presente: su vista entrenada
captaría una indicación que a él podría pasarle inadvertida. Kirk se aclaró la
garganta.
-Antes de morir, el rey
Stevvin me pidió que le prometiera que tendría un funeral acorde con las
costumbres shadianas. Yo le hice esa promesa y quiero mantenerla; pero nunca
tuvimos oportunidad de hablar de ello antes del fin. Sé que todos ustedes han
sufrido una tremenda pérdida con su fallecimiento. Comparto el dolor que
sienten todos, pero en este momento necesito la ayuda de ustedes para cumplir
con mi promesa. Necesito conocer las ti-adiciones funerarias de la religión
shadiana.
Kirk miró furtivamente cada
uno de los cuatro rostros, con la esperanza de detectar una indicación
reveladora en el parpadeo nervioso de unos ojos o la comisura caída de una
boca. Pero, si alguna señal semejante se produjo, él la buscó en vano.
-Tenemos que conseguir una
urna moonuumental -dijo Eili, mientras le temblaba la mandíbula al intentar
controlar sus callados sollozos.
-¿Se trata de una urna
especial? -preguntó Kirk.
-Ssí. Debe ser de piedra
recién tallada, extraída de la cantera nno antes del día previo a la muerte.
Debe... -Fili comenzó a llorar nuevamente, y Nars tendió una mano para tocarle
la espalda al hombrecillo, aunque Eili pareció no advertir el contacto.
-La piedra es un símbolo de
fuerza, capitán -explicó Nars-. Debe ser tallada y santificada según unas leyes
estrictas.
-Me temo que no vamos a
conseguirlo -tronó Boatrey-. Las cenizas del rey deben ser depositadas dentro
de la urna, para que los dioses las examinen y se las lleven en el plazo de dos
soles después de que el corazón haya dejado de latir. ¿No estamos a más de dos
días de nuestro planeta?
-A tres días -respondió
Kirk-. ¿La urna debe ser tallada en roca shadiana?
Los servidores se miraron
unos a otros antes de que Dania respondiese.
-No, siempre y cuando se
sigan las leyes; pero ¿quién va a conocer las leyes shadianas fuera de nuestro
planeta?
-Un shadiano -señaló Nars.
-¿Conocen algún planeta en
el que podamos obtener una urna sagrada? -preguntó Kirk.
-Yo conozco algunos, pero no
sé si están lo suficientemente cerca de su nave, capitán Kirk.
-Vamos a averiguarlo -dijo
éste.
Tendió una mano hacia la
terminal de la computadora y la
encendió. Las luces de la máquina parpadearon siguiendo una secuencia, y luego
le proporcionaron una respuesta visual a la pregunta que le había formulado:
planetas que estén dentro de un radio de dos días de viaje de la posición
actual de la nave, y que tengan una población conocida de súbditos shadianos.
Los servidores leyeron la lista, y Nars señaló uno de ellos.
-Zenna Cuatro. Yo mismo viví
en él hace muchos años. -¿Pero hay allí un cantero? -preguntó Dania. -Yo conocí
a uno. Era vecino mío. -Pero eso fue hace mucho tiempo -protestó Boatrey-.
Podría haber cambiado de
residencia, o haberse muerto. -Tenía un hijo que estaba aprendiendo el oficio
del padre. -Tenemos que intentarlo -dijo Eili-. De lo contrario, condenaremos a
nuestro rey a vagar para siempre, y a no ser nunca recogido en el seno de los
dioses.
-Pero ¿qué ocurrirá si no
podemos encontrar un cantero? -preguntó Boatrey.
Kirk alzó una mano para
detener aquella discusión.
-La promesa la hice yo, y la
decisión también será mía.
Los servidores fueron
escoltados de vuelta a sus camarotes por los guardias de seguridad, mientras
Kirk y Byrnes consultaban nuevamente la computadora. Zenna Cuatro estaba a
casi dos días de distancia, más cerca de Shad y más lejos del punto de
encuentro con la Galileo, en Sigma
1212. Eso significaba que la Enterprise
llegaría con todo un día de retraso.
-Si los klingon continúan
persiguiendo a la lanzadera -dijo Byrnes-, y la corona es recuperada, podrían
atacar antes de que llegásemos nosotros, señor.
-Dejemos eso a un lado por
el momento, teniente. En su opinión, ¿es Nars el principal sospechoso?
-¿Porque fue el único que
dio un paso al frente y nos señaló un planeta en particular? Bueno, si él es
nuestro espía, indudablemente estará ansioso por informar que el rey ha muerto.
En ese caso podrían querer asesinar inmediatamente a Kailyn, aunque la corona
permaneciese perdida para siempre. Al acabar de esa forma con la dinastía,
harían lo suficiente como para decantar la situación a favor de la Alianza
Mohd.
Al mismo tiempo, según la
computadora, Nars estaba diciendo al menos una verdad parcial. Había vivido en
Zenna durante un breve período de tiempo, como parte de una misión diplomática
enviada a una capital de provincia llamada Treaton, antes de convertirse en
mayordomo del palacio real. Zenna había sido uno de los primeros planetas que
habían firmado un contrato de suministro de tridenita con Shad, y en él había
prosperado una comunidad shadiana de considerable importancia que se dedicaba a
la administración de dicho negocio. El comercio del mineral se había interrumpido
al cabo de la segunda década, pero muchos de esos shadianos expatriados
prefirieron permanecer en Zenna en lugar de regresar a su propio planeta
desangrado por la guerra. Así pues, el cantero de Nars era muy probable que
estuviese allí. Quizá era un criado servicial hasta el fin, preocupado sólo
por prestarle un último servicio a su señor, enviándolo al viaje que lo
llevaría al otro mundo.
Si ése era el caso, la
escala en Zenna cumpliría la promesa que Kirk le había hecho a Stevvin; pero
también podría poner a la Galileo en
peligro de muerte y hacer que la corona corriese el riesgo de caer en manos de
los klingon. A pesar de que él no era religioso, Kirk sabía que los shadianos
sí lo eran, y, si no le daba al rey la posibilidad de que lo incinerasen de
acuerdo son sus costumbres, ¿cómo iba él a saber que no estaba privando a su
amigo de la vida posterior a la muerte? Ya le había privado de casi veinte años
de vida previos a la muerte. «No, eso no es justo... no es culpa tuya.»
Por otra parte, Kirk se
negaba a creer que los dioses de Shad fuesen tan despiadados como para no
aceptar un alma cuyo retraso había permitido preservar una dinastía que ellos
mismos habían ayudado a fundar. Tuvo la seguridad de que el anciano rey hubiese
estado de acuerdo con su criterio, y esa preocupación concreta aminoró. Sólo
quedaba una pregunta más antes de que pudiese escoger una línea de acción.
-Capitán, algún día va a
pedirme algo, y mis pobres criaturas dejarán escapar su alma. Lo único que
hace usted es exigirles demasiado.
Kirk se sentó sobre el borde
de su lecho y miró el rostro incierto del jefe de ingenieros, que aparecía en
la pantalla.
-Tengo fe en usted, Scotty.
Ellas siempre le escuchan.
Scott suspiró.
-Ya. Le daremos lo que
podamos.
Con un impulso de velocidad
extra de los bien cuidados motores de la nave estelar, conseguirían llegar al
punto de encuentro de Sigma con menos de doce horas de retraso, y Kirk sabía
que tenía que correr ese riesgo. Llamó a Nars y le informó de que la Enterprise se dirigía hacia Zenna Cuatro.
Nars le aseguró a Kirk que él mismo bajaría a la superficie y se encargaría de
los detalles. Dicho esto, Kirk le dio las gracias y apagó el intercomunicador.
Se preguntó cómo le irían las cosas a la Galileo.
«Allí tienes la cuerda,
Nars. Si no te ahorcas con ella, puede que yo tenga que ocupar tu lugar,
porque, si estoy equivocado con respecto a todo esto, mi historial dentro de
la Flota Estelar podría valer menos que un billete falsificado.»
10
Delicadamente, McCoy movió
una articulación cada vez, comenzando por el dedo meñique de la mano derecha.
Cuando la mano derecha demostró estar en plenas condiciones operativas, la
levantó para palparse la cabeza. Ésta también estaba en condiciones
operativas... y ligeramente ensangrentada. Abrió completamente ambos ojos por
primera vez desde que se habían cerrado por su cuenta, y un torrente de
impresiones pasadas afluyó desde su subconsciente. La aceleración, el calor,
la sensación de náusea que iba mucho más allá de la boca del estómago. La
espera del sonido de metal que se desgarra, los sentidos, ya estirados a punto
de romperse, retorcidos de forma brusca.
Pero la última parte no
debía de haber tenido nunca lugar, porque estaba bastante seguro de seguir con
vida. Sin embargo, advirtió gradualmente que se encontraba solo y el suelo
estaba inclinado en un ángulo de disparate: la proa señalaba aproximadamente
hacia el cielo y la popa descansaba sobre su extremo izquierdo. El interior
estaba cubierto de objetos diversos, varios aparatos se habían soltado de las
sujeciones y armarios, y las hamacas estaban arrancadas de los ganchos que las
sujetaban a la pared. Buscó el broche de seguridad de las correas del asiento,
y se dio cuenta de que ya estaba suelto. Entonces vio el paño manchado de sangre
que descansaba sobre sus piernas. Evidentemente había sido puesto sobre su
cabeza, de la que se había deslizado. Quienquiera que lo hubiese puesto allí
debía haber tenido una buena razón para hacerlo, así que lo devolvió a su antiguo
emplazamiento al recordar el corte que se había descubierto un momento antes.
Fue entonces cuando advirtió que la herida había sido vendada.
McCoy cerró los ojos otra
vez para intentar reducir el dolor que se insinuaba poderosamente en su sien
derecha, justo por debajo de la herida. ¿Dónde estaban Spock y Kailyn?
La puerta de la lanzadera
crujió. El carril se había doblado en el choque, y la compuerta se resistía a
deslizarse hacia el interior del casco. Entró una bocanada de aire helado al
abrirse la puerta con un rechinar, y Kailyn gateó al interior de la nave.
McCoy se relajó y le dedicó una sonrisa mientras ella luchaba para cerrar
nuevamente la puerta.
-No hubiese sonreído si
hubiera visto el aspecto que tenía -observó ella.
Suavemente, le tocó el lado
derecho de la cabeza con el paño. McCoy apretó los dientes a causa del
estallido de dolor que le atravesó el cráneo y le bajó por el cuello.
-Puede que tenga la cabeza
abierta por el medio, pero le aseguro que mi sistema nervioso funciona
perfectamente.
-Lo siento. -Ella apartó la
mano-. ¿Le he hecho daño?
-Podría decirse que sí.
Kailyn bajó la cabeza.
-Es por culpa mía que ha
resultado herido, y ahora le estoy torturando, y luego le...
-Basta, basta -le dijo él,
con toda la energía que fue capaz de reunir-. Ahora, escúcheme, jovencita;
usted es lo único que se interpone entre mi persona y este terrible dolor de
cabeza. Tráigame mi equipo y...
Kailyn le tendió el maletín
negro.
-Ya lo tengo aquí.
-Buena chica. Hay un
frasquito con una etiqueta que pone «Anestésico tópico». Sáquelo y quítele la
tapa. -Mientras ella seguía las instrucciones, él dio un respingo a causa de
otra punzada de dolor-. Ahora rocíeme el lado derecho de la cabeza con él.
Presionando el eyector con
la punta del dedo índice, Kailyn roció con una fina llovizna el área lastimada,
y McCoy manifestó un visible alivio al hacer rápidamente efecto la substancia
analgésica.
-Florence Nightingale[e3] estaría orgullosa de usted. Por cierto,
¿dónde está Spock?
-Inspeccionando el área.
-¿Se ha llevado la pistola
fásica? -preguntó McCoy, con repentina preocupación.
-Por supuesto.
-Ah, bueno. No siempre lo
hace. Los vulcanianos no son muy dados a matar, a menos que sea absolutamente
necesario, y lo que la mayoría de la gente consideraría necesario no siempre
es contemplado de la misma forma por Spock. -Levantó la mano para palparse los
alrededores de la herida, y se miró la punta de los dedos-. Bueno, ha dejado
de sangrar. Ha hecho usted un magnífico trabajo de primeros auxilios.
Ella se ruborizó.
-¿Cómo sabe que fui yo quien
lo hizo?
-Oh, no es más que una
conjetura. Y hablando de conjeturas, ¿dónde estamos?
-El señor Spock no estaba
muy seguro.
-Oh, fantástico. Si él ha
llegado a admitir algo así, debemos de hallarnos en serios apuros. Entró mucho
frío cuando abrió usted la puerta.
-Es que hace frío. Spock
dice que debemos estar a cinco grados Celsius.
McCoy advirtió que Kailyn
llevaba puesto uno de los trajes térmicos llamados «segunda piel» que había en
la Galileo, brillante y ajustado.
-¿Cómo es el terreno? No he
podido evitar darme cuenta de que no hemos aterrizado precisamente sobre la
superficie de una mesa -dijo, y para explicarlo hizo un gesto en dirección a
la parte frontal de la cabina.
Podía ver un cielo gris a
través de la ventana de observación delantera.
-Estamos en un valle. No
tiene nada de especial. Ah, sí, tenemos un río aquí cerca, así que al menos no
nos faltará el agua.
-¿Cómo se encuentra usted?
Ella se encogió de hombros.
-Bien, supongo.
-¿Ninguna reacción?
Ella negó con la cabeza.
-Eso es bueno. ¿Recuerda lo
que le dije acerca de las situaciones de tensión?
Ella pensó en todo lo que
habían comentado al respecto, y su rostro se animó.
-Supongo que eso es bastante
bueno. -Confinadamente bueno -repitió McCoy-. Le daré una inyección dentro de
unas horas.
La puerta se abrió y Spock
trepó al interior de la nave. -Ah, doctor McCoy, ya veo que ha recuperado el
conocimiento.
-Sí, y he visto que usted ha
conseguido meternos en un buen aprieto con su maldita forma de pilotar. Ya le
dije yo a Jim que debería haber enviado con nosotros a alguien que supiese
volar con esta cosa.
-También puedo apreciar que
ha recobrado su encantadora personalidad.
-Nunca la he perdido. ¿Qué
vamos a hacer ahora? ¿Dónde narices nos encontramos?
-Por lo que soy capaz de
determinar, nos hallamos en el continente correcto...
-Ésa es una puntería
fantástica, Spock.
-...a quizá unos cien
kilómetros de la cordillera de las montañas Kinarr, donde se encuentra
escondida la corona. -Eso no es demasiada distancia -dijo Kailyn, animosamente.
-No me gustaría tener que
recorrerla a pie -refunfuñó McCoy.
-Por una vez, usted y yo
estamos de acuerdo, doctor. Tenemos que encontrarnos con la Enterprise en el límite de este sistema
dentro de menos de cuatro días, y aparentemente no hay forma de que podamos
recorrer esa distancia dentro de ese límite temporal.
--¿Qué diferencia hay?
-preguntó McCoy con tono malhumorado-. De todas formas, no podemos despegar de
este planeta.
-¿No podemos reparar la
lanzadera? -preguntó Kailyn.
Spock negó con la cabeza.
-No sin las piezas de
repuesto. Ni siquiera podemos reparar el sistema de comunicación.
-Así pues -dijo McCoy con
acritud-, los hechos son que nos hallamos varados en este planeta, no podemos
llegar hasta la corona ni tampoco hasta la Enterprise.
-Nuestra inmediata
preocupación -dijo Spock- es la supervivencia. Si damos por sentado que la nave
regresará para encontrarse con nosotros dentro del plazo acordado, no nos
encontrarán y llevarán a cabo una búsqueda en el planeta. Nuestra señal
automática de emergencia funciona perfectamente. Si podemos mantenernos
calientes y alimentados, podemos abrigar la esperanza de que llegarán a
ayudarnos. El capitán Kirk es notablemente puntual.
McCoy se animó.
-Así que lo único que
tenemos que hacer es quedarnos aquí dentro, cerrar la puerta y esperar que
nadie llame a ella hasta que la nave llegue a recogernos.
Kailyn y Spock
intercambiaron miradas y los ojos de McCoy fueron rápidamente del uno al otro.
-¿Por qué tendré esta
sensación de que no me han dicho algo que debería saber?
Spock entrelazó las manos a
la espalda.
-Una parte sustancial de
nuestras reservas de comida está contaminada. Hubo filtraciones de fluidos de
diversos componentes en el momento del choque. Sin embargo, aquí cerca hay
vegetación, a pesar del entorno más bien frío del planeta. Deberíamos poder almacenar
la cantidad suficiente. Kailyn y yo iremos...
-Un momento, Spock. No
pienso quedarme aquí solo mientras ustedes dos se van a recoger bayas y nueces.
Ya que estamos aquí, me gustaría estirar las piernas. Además, usted no es
precisamente un gourmet; me necesitan ahí fuera.
-Pues muy bien, doctor
McCoy. Póngase un traje térmico y acompáñenos.
Mientras que Orand había
sido un planeta que parecía indiferente para con las criaturas que vivían sobre
su superficie arenosa, al que no le importaba quién o qué permaneciese sobre
él e intentase soportar su calor, Sigma 1212 era algo bastante diferente. Al
igual que una bestia salvaje que se niega a dejarse domesticar, era vigoroso y
abiertamente hostil; desde el cinturón de radiaciones que lo ocultaban del
espacio hasta su tempestuosa atmósfera, aquel mundo rocoso corcoveaba, aullaba
y se agitaba para evitar que la civilización pudiese asentar el pie firmemente
sobre sus hoscos valles y formidables cúspides.
De hecho, la desolación de
Sigma era una de las principales razones por las que Stevvin lo había escogido
para ocultar su corona. Sabía que disuadiría a los que casualmente quisiesen
intentar la búsqueda del icono que albergaba. Desgraciadamente, la inhóspita
naturaleza del planeta no podía ser apartada por Spock, McCoy y la hija del
rey.
Encorvados para defenderse
del azote helado del viento, los tres miembros de la tripulación de la
lanzadera se alejaron de ella. El suelo que pisaban era duro, y ni un solo
rayo de sol atravesaba la cortina de nubes que llegaba hasta donde alcanzaba
la vista. Sigma parecía un cuadro en tonos grises. Incluso las resistentes
plantas y los arbustos parecían apagados e incoloros mientras McCoy y Kailyn
arrancaban bayas y hojas que podrían resultar comestibles. Spock desenterraba
raíces, lo examinaba todo con un sensor, y cargaba con las provisiones de
comida en un zurrón. Si bien las comidas de los siguientes días podrían no
resultar especialmente sabrosas, al menos no los envenenarían.
McCoy inspeccionó toda el
área, con la esperanza de ver algún animal pequeño que pudiesen cazar y
cocinar. Su estómago gruñía con inquietud y se negaba a dejarse apaciguar por
el pensamiento de unas sopas de vegetales ricos en fibra. Sin embargo, no
detectó nada peludo y con patas en aquel territorio; caminaron siguiendo el
linde de una zona boscosa que se extendía a lo largo de al menos un kilómetro,
y tampoco pudo ver nada que se deslizase por entre las ramas. Mezclado con el
continuo gemido del viento, oyó el sonido del agua que corría por sobre las
rocas.
-Spock, vayamos hasta esa
corriente de ahí abajo. Quizá podamos pescar algunos peces.
El vulcaniano asintió con la
cabeza y abrió el descenso por la pendiente cubierta de hierba aplastada por la
fuerza del viento. McCoy y Kailyn le siguieron cautelosamente. El arroyo no
tenía más de nueve metros de ancho, y su corriente era regular aunque no
especialmente rápida. A unos seis metros de la orilla, la rivera subía de forma
más abrupta; la hierba acababa y daba paso a una zona de fango seco, roca y
grava, y Spock se arrodilló para investigar unos surcos que había en el suelo.
-Fascinante. Esto parece
hecho por la corriente de agua. McCoy se estremeció.
-¿Quiere decir que ese
arroyuelo crece hasta esta altura? ¿Qué podría hacerle aumentar su caudal de
esa manera?
-Muchísimos factores.
Lluvias torrenciales, el agua de deshielo que baja de las montañas, los efectos
de las mareas. Los informes meteorológicos que tenemos de este planeta indican
una alta incidencia de sistemas de bajas presiones que provocan ciclones muy
fuertes. Unos vientos tan potentes y unas precipitaciones tan intensas podrían
provocar la rápida crecida del nivel del agua en afluentes pequeños como
éste.
Involuntariamente, McCoy
levantó los ojos hacia las nubes en busca de señales de tormenta; no había
ninguna, pero, por algún motivo, eso no consiguió que se sintiera menos inquieto.
-No me gusta estar
inmovilizado aquí, Spock.
-Tampoco a mí, pero,
mientras lo estemos, es poco lo que podemos hacer excepto mantenernos alerta.
Kailyn se irguió
completamente y volvió el rostro en dirección al viento.
-No sé si sólo lo estoy
imaginando, pero me parece que el aire está más húmedo.
-Creo que tiene usted razón
-afirmó McCoy-. Será mejor que regresemos a la lanzadera.
Spock se levantó y se echó
el zurrón al hombro.
-Muy bien. Por el momento
tenemos comida suficiente. Quizá sea más seguro observar los fenómenos
atmosféricos desde un refugio durante algún tiempo.
Dicho esto, dio un paso
ladera arriba... y se detuvo en seco mientras sus ojos entrecerrados recorrían
los árboles que crecían en la margen superior. Sin levantar la mirada, les susurró
a sus compañeros:
-Bajen hasta aquí siguiendo
el lecho del arroyo. Creo que nos están observando desde ese bosque.
Tras aferrar una muñeca de
Kailyn, McCoy tragó saliva con dificultad y siguió en silencio al primer
oficial de vuelta al claro en el que estaba la lanzadera.
El arroyo parecía correr con
más fuerza, y la llovizna que cubría las rocas las hacía resbaladizas. Spock
adoptó un paso de marcha rápido pero cauteloso, y mantuvo un ojo fijo en los
árboles que se encumbraban por encima de ellos.
Cuando llegaron al meandro
del arroyo en el que los árboles crecían ladera abajo hasta la misma orilla
del agua,
Spock giró bruscamente,
apartándose de qué o quién quiera que los estuviese siguiendo. Le ofreció una
mano a Kailyn para ayudarla a subir más rápidamente la empinada cuesta. Oyeron
un par de vibrantes twings... y dos flechas arrancaron limpiamente trozos del
tronco de un árbol que estaba a no más de treinta centímetros de la cabeza de
McCoy. Kailyn soltó un grito ahogado; McCoy miró primero al árbol dañado y
luego a Spock. Pero, antes de que nadie pudiese decir una palabra, los
misteriosos perseguidores salieron del bosque. Ocho humanoides rodearon a la
tripulación de la lanzadera sin proferir palabra o sonido alguno. Todos medían
dos metros o más de estatura, vestían abrigos de piel marrones y negros y
llevaban polainas y botas de piel de animales; sus enormes cabezas estaban casi
completamente cubiertas por cabellos y barbas enredadas. Uno de los cazadores,
de cabellos plateados, era más alto que los demás; profirió un gruñido y su
banda registró a los presos y les quitó las pistolas fásicas, los sensores, los
zurrones y los comunicadores. McCoy y Kailyn permanecieron inmóviles a causa
del miedo extremo, y Spock a causa de la extrema cautela; les ataron las
manos con tiras de cuero entretejidas y los empujaron brutalmente por una
senda que se internaba entre los árboles y se alejaba de la lanzadera.
-No sé qué hora es -le
susurró McCoy a Spock, fuera del alcance auditivo de Kailyn-, pero ella pronto
va a necesitar una inyección. Sin eso, podría no estar viva dentro de cuatro
días.
Spock dio un traspié cuando
uno de los cazadores le empujó.
-Lo mismo podría ser
aplicable a todos nosotros, doctor McCoy.
11
Spock flexionó las muñecas
para poner a prueba la resistencia y tirantez de la cuerda hecha con tiras de
cuero trenzadas que le sujetaba las manos a la espalda. El dolor que le causó
la cuerda al clavarse en su piel no fue más que una distracción, nada grave,
pero le dejó claro que las ligaduras eran imposibles de aflojar.
Él, McCoy y Kailyn estaban
sujetos a un robusto poste por medio de sogas cortas, en lo que parecía la
plaza de una aldea, en el centro de un grupo de unas doce tiendas hechas con
cueros de animales. El poste tenía unas profundas muescas por donde pasaban
las sogas. Si no hubiese habido nadie de guardia, Spock hubiera sido capaz de
liberarse, pero los vigilaba un cazador, el de las melenas plateadas y la corpulencia
de una secoya gigante. En la aldea no había nadie de baja estatura -incluso las
mujeres eran por lo general una cabeza más altas que Spock-, pero la estatura
de aquel cazador era superior a la máxima corriente. A juzgar por las
reverencias con que le saludaban los transeúntes, parecía ser una especie de
jefe del clan.
La tripulación de la Galileo había sido atada al poste hacía
más de una hora, casi inmediatamente después de que los cazadores los trajesen
a la aldea. Las cuerdas no eran lo suficientemente largas como para permitirles
que se sentasen, por lo que tenían que permanecer de pie. Kailyn comenzaba a
cansarse, y se apoyaba alternativamente contra Spock y McCoy.
La actividad comenzó a
aumentar en la plaza. Alrededor de una veintena de aldeanos, tanto hombres como
mujeres, sacaron de las tiendas unos bancos de madera rústica y se instalaron
unos puestos de venta. Algunos exponían al público pieles y artículos de vestir,
otros herramientas de piedra y madera, y otros más cestas llenas de raíces y
bayas, incluso verduras y frutas que parecían cultivadas en huertas. Los
aldeanos que no se dedicaban a la venta comenzaron a caminar en torno a la
plaza. Pasados varios minutos, un anciano apergaminado al que le colgaba la
piel como un abrigo demasiado grande sobre el cuerpo huesudo, avanzó lentamente
hasta el centro de la plaza de mercado cubierta de hierba. En la curva de uno
de sus largos brazos llevaba un tambor; levantó el rostro hacia las nubes,
masculló unas palabras para sí y golpeó el tambor tres veces con el puño. A esa
señal, los compradores comenzaron a recorrer los puestos y los vendedores a
gritar repetitivamente, pregonando sus mercancías.
A medida que los tripulantes
de la Galileo observaban todo
aquello, se dieron cuenta de que eran las únicas mercancías vivas y no parecía
haber una gran demanda. Los aldeanos, con otros productos cargados en los
brazos y atados a la espalda, parecían esquivar al cazador de cabellos plateados.
Cuando finalmente un hombre y una mujer pasaron demasiado cerca, el cazador se
levantó de un salto del tocón de árbol que le servía de asiento y los abordó
con el celo de un vendedor nato, hablándoles en un idioma gutural que era
completamente desconocido para Spock, quien los escuchaba atentamente.
Los clientes se mostraban
obviamente reticentes e intentaron alejarse, mientras la mujer tiraba del
peludo hombro de su compañero. Pero el cazador, al que no podía negársele el
arrojo, aferró con fuerza una muñeca del hombre. Con la otra mano, levantó una
rama de árbol de buen tamaño, casi un leño, aunque en su mano no parecía más
que una vara. Arrastró a la pareja hasta acercarla más a la mercancía y empujó
a McCoy con el extremo de la rama, pinchándole un flanco. El doctor intentó
esquivarlo, y su movimiento pareció deleitar al cazador, cuyo rostro se animó
mientras hablaba con mayor entusiasmo. Pero los clientes continuaron sin
dejarse impresionar en absoluto.
El cazador pasó la rama por
encima de la cabeza de Kailyn y le dio a Spock una estocada en las costillas.
El vulcaniano hizo una momentánea mueca de dolor, pero se controló y
permaneció completamente inmóvil. El cazador ma
nifestó una reacción de
sorpresa retardada y le lanzó a Spock una mirada feroz. Lo pinchó por segunda
vez y sus ojos destellaron de ira cuando el cautivo se negó a moverse. Soltó
un gruñido, levantó la rama y golpeó a Spock en un hombro como si blandiera un
látigo. Spock cerró los ojos, movió el hombro apenas... y la rama de árbol se
partió con un sonido como el de un disparo de rifle. El trozo roto voló girando
por el aire, y el cazador miró con incredulidad el trozo que quedaba en su
mano de nudillos blancos. El hombre y la mujer retrocedieron con pasmo
reverencial, luego se dieron cuenta de que era su oportunidad para escapar, y
se batieron rápidamente en retirada hacia el siguiente puesto de venta.
El cazador de cabellos
plateados le dedicó un tronante gruñido burlón a sus mercancías vivientes, se
encogió de hombros y arrojó el trozo de rama rota hacia los matorrales. Luego
volvió a ocupar su asiento sobre el tocón del árbol.
-¿Cómo ha hecho eso?
-preguntó McCoy con un imperceptible susurro.
-Con la suspensión temporal
de la sensación del dolor, y un simple ejercicio de control muscular -respondió
Spock en voz baja.
-¿Podría aprender eso yo?
-Dudo de que pudiera
mantener su interés durante los diez años de clases de Kai'tan vulcaniano,
doctor.
-Probablemente tiene razón.
De todas formas, no ocurre con demasiada frecuencia que alguien intente romperme
un árbol sobre los hombros.
McCoy observó al cazador,
cuya ira por la pérdida de la venta había disminuido.
-No sé si debo estar
contento o triste por el hecho de que nadie parezca querer comprarnos.
Un grupo de niños sucios
había estado recorriendo todo el mercado. El cazador advirtió que se acercaban
a los cautivos, pero no movió más que los ojos. Aquellas miniaturas de los
adultos de la aldea, vestidas con calzones de piel, se aventuraron a acercarse
más que las otras, pero se mantuvieron cautamente fuera del alcance de las
pequeñas criaturas sin pelo que estaban atadas allí para su venta. Incluso los
niños más pequeños tenían pelo en la cara, aunque menos que los adultos, y
también tenían menos cantidad las niñas. Miraban a los de rostro pelado con
los ojos entrecerrados de sospecha. ¿Y si aquellos extraños pateaban, o escupían,
o incluso mordían?
Una de las niñas, tan alta
como Spock, esperó hasta que la atención del cazador se desvió en busca de
compradores potenciales, tendió una mano cubierta de pelusa y pellizcó a
Kailyn, la cual soltó un chillido. El enorme cazador se puso en pie de un salto
y rugió de una manera que dispersó a los jóvenes como una perdigonada. Con los
brazos cruzados sobre el pecho, echó una mirada a su mercancía y volvió a sentarse
en el tocón de árbol.
-¿No es eso encantador?
-dijo McCoy en voz baja-. No quiere que nos hagan magulladuras.
De pronto, Kailyn se
desplomó y McCoy intentó pararla con la cadera. Las cuerdas que los ataban al
poste eran demasiado cortas como para permitir que cayese al suelo, así que la
muchacha quedó colgando de las muñecas, medio inconsciente.
-Está sufriendo una
reacción, Spock. Necesita una inyección de holulina. -McCoy observó los ojos
medio cerrados de la joven-. Tenemos que conseguir esa droga.
Spock le echó una rápida
mirada al cazador.
-Incluso en el caso de que
pudiera comprendernos, no parece dispuesto a tratarnos con mayor amabilidad de
lo que lo ha hecho hasta ahora.
-Somos sus existencias. Si
uno de nosotros muere, tanto menos obtendrá él por habernos cazado y
alimentado. Eso tiene que entenderlo.
Spock asintió con la cabeza.
-Parecen tener una clara
comprensión de las reglas del mercado. De hecho, resulta fascinante observar un
sistema capitalista tan claramente definido, aunque rudimentario, en una...
-Olvídese de las
conferencias de economía, Spock. -McCoy tragó y miró al enorme cazador sin la
más ligera idea de qué debía decir, y pronunció las primeras palabras que
surgieron en su mente-. Eh, señor...
Spock le miró con una ceja
alzada.
-¿Señor?
-Bueno -dijo McCoy
encogiéndose de hombros-, no creo que haga ningún daño mostrándome educado. -Me
cuesta creer que él aprecie la diferencia.
Pero el cazador había
advertido el intento de comunicación. Se movió, se irguió en toda su estatura
y se acercó a los prisioneros con más aspecto de cautela que de enojo.
McCoy sintió que se lee
aceleraban los latidos del corazón, y calculó que una descarga de adrenalina
extra era lo que necesitaba para poder continuar hablándole a aquella montaña
de humanoide que se encumbraba sobre él.
-Se siente mal. La
muchacha... -Señaló el cuerpo laxo de Kailyn recostado contra el poste-. Está
enferma.
Dejó que su propia cabeza
cayese entre sus hombros para imitar un desmayo, pero tenía la seguridad de que
no estaba consiguiendo hacerse entender.
El cazador frunció el
entrecejo, se inclinó y cogió a Kailyn por el mentón. La soltó, y la cabeza
volvió a caer sobre el pecho; aparentemente, comprendió que algo no iba bien,
y llamó a un hombre más joven, de cabellos marrones, que pasaba por el lugar.
Era casi una cabeza más bajo que el cazador de cabellos plateados, pero con sus
melenas y barbas oscuras, y sus hombros tan anchos como una montaña, recordaba
a un oso apoyado sobre las patas traseras. Llevaba una lanza.
-Una lanza con punta
metálica, doctor -señaló Spock.
-¿Y qué?
-Que eso significa que esta
tribu tiene algún tipo de contacto con una cultura más avanzada que la suya.
La conversación se vio
bruscamente interrumpida por un gruñido del cazador anciano, y el oso apuntó
con su amenazadora lanza a los cautivos mientras el otro desataba las trenzas
de cuero del poste de madera. Las sujetó firmemente y las sacudió como si
fuesen riendas para que los prisioneros se pusiesen en movimiento. El lancero
cubría la retaguardia, vigilándolos y apuntándolos con la lanza mientras avanzaban
hacia una tienda desocupada. Spock miró al cielo: se acercaba la noche y el
viento, que se había convertido en una brisa, comenzaba a arreciar nuevamente y
hacía que las tiendas batiesen como una orquesta de percusión.
El cazador los condujo al
interior de la tienda, donde había un hedor espantoso; McCoy estuvo a punto de
retroceder, pero el destello de la punta de la lanza le convenció de lo
contrario. El anciano cazador tendió una mano hacia un rincón oscuro, recogió
el cadáver de un animal pequeño y lo arrojó al exterior, mientras el único
comentario que salía de sus labios eran unas sílabas gruñonas que podían constituir
un juramento. El lancero se quedó de guardia mientras el cazador salía para
regresar un momento más tarde con un acotillo de cabeza de piedra y tres postes
en forma de herradura cuyo diámetro era mayor que el del puño de un hombre.
De alguna manera, la madera había sido empapada y curvada, y sus extremos
tallados en punta. El cazador clavó cada uno de aquellos postes en el suelo y
ató a los cautivos a ellos. Una vez más, Spock, McCoy y Kailyn se vieron
sujetos, aunque al menos esta vez podían sentarse. El cazador y el lancero se
marcharon y reaparecieron para permanecer el tiempo suficiente como para
arrojar varias mantas de piel sobre los prisioneros. La cabeza del cazador cayó
entre sus hombros para imitar la demostración de desmayo que le había hecho
McCoy, y él y su amigo se marcharon entre gruñidos de algo parecido a la risa.
Muy poca era la luz que
penetraba a través de la rendija que quedaba entre las solapas de la entrada de
la tienda, y los prisioneros se removieron en un intento de disponer las mantas
de forma que les proporcionasen tanto abrigo como un poco de blandura sobre el
duro suelo. McCoy meneó la cabeza.
-Me siento como un consumado
estúpido por haber pensado que me comprenderían.
-Lo intentó, doctor.
Con las piernas, McCoy
consiguió que Kailyn quedase tendida en una posición más cómoda, utilizando el
poste curvo para apoyar su espalda. Spock le prestó ayuda y entre los dos
consiguieron su objetivo. McCoy inclinó la cabeza para escuchar la respiración
de Kailyn; se estaba haciendo trabajosa y presentaba un ronquido bronquial.
Tenía los ojos casi cerrados y le dirigió a McCoy una mirada de desamparo.
-Spock... ¿está usted
despierto?
-Sí, doctor.
En aquel momento el interior
de la tienda estaba casi completamente a oscuras. Spock calculaba que hacía
casi cinco horas que se encontraban allí, y que el sol que había iluminado
débilmente el planeta hacía mucho que se había puesto. Apenas podían distinguir
forma alguna en la helada negrura de la noche, y percibían que Kailyn estaba
dormida.
-Eso es bueno -dijo McCoy en
voz baja-. Al menos está conservando las fuerzas que le quedan, y la reacción
citótica progresa más lentamente cuanto más lento es el metabolismo.
-En ese caso, su tentativa
de comunicarse con nuestros captores ha conseguido realmente algo. Puede que no
nos hubiesen alojado aquí de no haber atraído usted la atención del cazador.
McCoy apreció el intento que
hacía Spock para alentarle, pero decidió cambiar de tema.
-¿Qué fue eso que comenzó a
decirme esta tarde acerca de la punta de la lanza?
-Sólo que la punta era de
acero e indicaba algún contacto con una cultura tecnológicamente más avanzada.
-Podría significar solamente
que mataron a unos cazadores de otra tribu y saquearon los cadáveres.
-Tal vez; pero el comercio
parece desempeñar un importante papel en este lugar, cosa que podría indicar
que trafican con otros seres que habitan la misma región. Dado que no hemos
visto otros medios de locomoción que no sean las propias piernas de cada
individuo, podríamos sacar la conclusión de que ese asentamiento más avanzado
no está muy lejos de aquí. y
-Si está a una distancia que
nuestros amigos pueden recorrer a pie, también podemos recorrerla nosotros.
-Precisamente.
-En este momento, de todas
formas -dijo sombríamente McCoy-, hay algo que nos impide emprender un viaje a
pie.
-Tenga paciencia, doctor.
Estoy trabajando en el problema en este preciso momento.
El cazador de cabellos
plateados estaba de pésimo humor después de haber metido la pata excesivamente
cocida de un animal pequeño en la bolsita de condimento que contenía una salsa
hecha con una raíz picante. De un hambriento bocado, arrancó la carne de la
pata y la salsa le resbaló por la barba. Le echó una hosca mirada al hueso
marrón grisáceo, enojado porque tenía tan poco que comer, y lo arrojó por
encima del hombro.
En el resto de la
tienda-comedor alumbrada por antorchas, los aldeanos comían y conversaban,
casi todos en grupos; pero el cazador comía en solitario. Había estado seguro
de que alguien querría comprar las tres criaturas que su grupo había
encontrado a orillas del río. Los dos machos probablemente podrían trabajar,
especialmente el de aspecto misterioso con orejas en punta, el que
milagrosamente no había manifestado dolor alguno cuando le golpeó con la rama
de árbol. ¿Cómo podía tener una fuerza semejante una cosa tan pequeña y frágil
como aquélla?
McCoy intentó penetrar la
oscuridad con los ojos para distinguir qué era lo que estaba haciendo Spock,
cuando el vulcaniano se levantó y sentó sobre la parte horizontal del poste
al que estaba sujeto. En esa posición podía rodearla con los dedos, y la aferró
con fuerza a pesar de que la rústica madera le clavó astillas en la piel.
Durante unos minutos, Spock simplemente se balanceó de atrás hacia delante contra
el poste, cargando su peso en ambas direcciones y de un lado a otro.
-¿Qué está haciendo?
-preguntó McCoy-. ¿No estará pensando de verdad que va a arrancar eso del
suelo? Ya vio la forma en que le golpeó con ese mazo.
-No estoy poniendo en tela
de juicio la destreza con la que nuestro captor maneja su acotillo, doctor;
pero la fuerza y la destreza tienen que rendirse a su vez ante las leyes
físicas.
Spock hizo una pausa, volvió
a sentarse en el suelo y apoyó
sus pies sobre la curva del
poste, cosa que a McCoy le produjo aún mayor perplejidad.
-¿Está intentando romper la
madera?
-¿Qué está ocurriendo? -dijo
una nueva voz soñolienta desde la oscuridad. Se trataba de Kailyn.
La atención de McCoy se
desvió de Spock hacia ella. -¿Cómo se siente?
-¿Eh? Cansada... débil...
supongo. ¿Qué ocurre? McCoy se encogió de hombros y luego se dio cuenta de
que probablemente ella no
podía verlo con la suficiente claridad.
-No estoy muy seguro.
Spock continuaba atacando al
poste de madera con los pies, empujándolo y dándole alternativamente
silenciosas patadas, aunque los tacones de sus botas producían,
inevitablemente, un sonido de abofeteo sordo contra la madera.
-Nunca se romperá, Spock.
-No es ésa mi intención.
-¿Cuál es, entonces?
-Todo lo que entra tiene que
salir, si se le concede el tiempo suficiente y la correcta aplicación de la
fuerza. Además, este suelo es frío. El frío tiene un mismo efecto sobre muchos
materiales, consistente en hacer que se contraigan, y estas estacas han pasado
varias horas dentro del suelo. El efecto congelante de la tierra que las rodea
podría ser suficiente como para reducir el diámetro de la madera...
-Y aflojar los postes
-terminó McCoy-. Teóricamente.
-Las teorías deben ser
puestas a prueba.
El cazador quería
desesperadamente una lanza de afilada punta metálica como la que uno de sus amigos
había trocado por otras mercancías con los pastores de las montañas. ¿No
valían aquellos tres carapelada una lanza de brillante punta? Partió
salvajemente un hueso en dos de un mordisco, e inmediatamente lamentó su
furia: el hueso le había cortado una mejilla. Escupió los fragmentos junto con
una buena cantidad de su propia sangre.
La-diminuta hembra, aunque
era tan pequeña como un niño, podía servir para atender las huertas v recoger
bayas. Gruñó para sí y maldijo a los dioses del viento por su mala suerte. No
sucedía muy a menudo que se capturasen criaturas vivas y se las trajese para
venderlas. No durante los últimos años. Quizá había pasado tanto tiempo que
sus vecinos habían olvidado lo bueno que era tener un esclavo, aunque sólo
fuese para trocarlo por otras mercancías con otras tribus y aldeas. Entre
tanto, él tenía tres esclavos que no le servían para nada. Tendría que
alimentarlos si quería conservar la esperanza de venderlos algún día, pero
apenas tenía comida suficiente para sí mismo, su compañera y sus dos pequeños.
Los esclavos eran tan pequeños y delgados, que probablemente tenían poca carne
comestible, pero poco era mejor que nada. Si nadie los compraba al día
siguiente, tendría que matarlos para comer.
Spock se puso de rodillas y
aferró el poste; con las manos atadas a la espalda, comenzó a trabajar
metódicamente, moviéndolo hacia los lados. Lentamente, muy lentamente, comenzó
a sentir que cedía; no lo imaginaba, sino que era perfectamente real. Los
tirones laterales dieron paso a un ascenso infinitesimal. Descansó, tensó los
músculos y tendones de las muñecas, brazos y hombros, y volvió a cerrar
fuertemente los dedos lastimados alrededor de la madera. Respiró profundamente.
McCoy y Kailyn guardaban silencio, como si su concentración pudiese aumentar la
fuerza de Spock. El vulcaniano comenzó a mover el poste con lentos movimientos
giratorios, frotando ambas puntas contra los agujeros en los que se hallaban
tan firmemente alojadas. Cambió provisionalmente el sentido del movimiento
para comprobar la firmeza, tras lo cual contrajo cada una de sus fibras
musculares y tiró hacia arriba. La madera chirrió, crepitó y de pronto quedó
suelta. Spock salió despedido hacia delante y cayó sobre un lado. Rodó sobre
sí y se puso de pie, sujetando la madera con ambas manos.
Pero todavía tenía las manos
atadas a la espalda.
-¿Y ahora, qué? -preguntó
McCoy.
-Un momento, doctor.
Spock se puso en cuclillas,
pasó las manos por debajo de sus nalgas y equilibró su cuerpo. Un pie cada vez,
los pasó detrás de las manos. Cuando volvió a enderezarse, tenía las manos
exactamente donde las quería, delante de sí, y muy pronto consiguió deshacer el
complicado nudo.
-Así es mucho más práctico.
Ahora, dediquémonos al asunto que tenemos entre manos -declaró Spock, mientras
flexionaba los dedos para restablecer la circulación.
-¿Ha sido eso un juego de
palabras, Spock?
-No lo creo -respondió el
vulcaniano mientras se inclinaba sobre el poste al que estaba sujeta Kailyn.
El cazador levantó la mirada
para ver a su amigo con ¡dos lanzas de punta metálica en las manos! Así pues,
había conseguido otra, y ahora quería volver a mirar a los rostros pelados.
Quizá podrían llegar a un acuerdo en la oscuridad. El anciano cazador olvidó su
enojo, porque nada le hacía más feliz que comerciar. Casi como si se le
ocurriese en el último momento, cogió un saco lleno de huesos de patas asadas
para alimentar a los esclavos, y él y el lancero salieron de la tienda con una
antorcha.
Al hallarse en el exterior,
se cubrieron el rostro con las capas de piel porque aquella noche los dioses
del viento estaban soplando un aire helado desde lo alto de las montañas. La
llama de la antorcha vaciló, pero permaneció encendida dentro de su escudo
protector. En el aire se percibía una húmeda advertencia y ambos se apresuraron
a llegar a la tienda-almacén. El cazador levantó una solapa de la entrada y
metió la antorcha delante de sí. Profirió un rugido de furor: los rostros
pelados se habían escapado. Pero su amigo lo tranquilizó; no era necesario
buscarlos aquella noche. Irían tras de ellos con las primeras luces de la
mañana, y con casi total seguridad encontrarían a los esclavos fugitivos. Oh,
estarían muertos, pero al menos podrían cocinarlos a la noche siguiente para
la tienda-comedor. Puede que el cazador de cabellos plateados no consiguiera la
lanza, pero el suministrar comida para la aldea le daría crédito en el
mercado.
Sigma 121 tenía una luna -de
hecho, dos-, y las mismas estrellas que brillaban en otros mundos parpadeaban
en su cielo. Sin embargo, la perpetua capa de nubes que lo cubría bloqueaba de
forma absoluta la luz celestial, y Spock, McCoy y Kailyn se vieron obligados a
atravesar las tierras boscosas en la más absoluta oscuridad. En aquel momento
el viento soplaba regularmente, doblando los árboles más pequeños y torciendo
las ramas de los más grandes. El silbido del viento y el gemido de las ramas
ahogaban completamente cualquier ruido que hiciesen las tres personas ateridas
de frío que escapaban por la senda cubierta de hierba.
Si alguien los estaba
siguiendo, los perseguidores no estarían cerca. Spock estaba bastante seguro
de ello, pero lo más importante era hallar un refugio. El alba estaba a muchas
horas por delante; todavía no se había producido ninguna precipitación, pero
el aire frío estaba cargado de agua que amenazaba caer en cualquier momento; y
Kailyn tenía que ser cargada a medias por los dos hombres, envuelta en una
manta de piel robada de la tienda en la que habían estado prisioneros.
La necesidad de encontrar
abrigo era imperiosa, y los alejaba de la ruta que conocían: el camino que
seguía el arroyo y que los llevaría de vuelta a la lanzadera.
-No lo conseguiremos los
tres -dijo Spock.
Descansaron al socaire de un
inmenso árbol que se inclinaba sobre la senda después de años de intentar
crecer erguido contra el incesante empuje del viento.
-Pero la Galileo no está tan lejos -dijo McCoy,
encorvado por encima de Kailyn para protegerla con el calor de su propio
cuerpo-. Sólo llevó un par de horas de camino cuando nos apresaron y nos
llevaron a la aldea.
-Pero ya nos habíamos
alejado bastante de la nave, y la partida de caza contaba con la ventaja de
conocer la ruta más corta entre ambos puntos. Nosotros no poseemos ese conocimiento.
-¿Qué sugiere usted? No
podemos pasar la noche aquí fuera, al raso. Y o bien hacemos eso o continuamos
avanzando en dirección a la nave.
-Negativo. Recuerdo haber
visto unas colinas por aquí cerca cuando intentábamos aterrizar.
-Yo pensaba que estaba usted
ocupado con los controles, no en mirar el escenario.
-En aquel momento, las
colinas constituían un obstáculo, no un escenario -dijo Spock con tono serio-,
y advertí su presencia mientras intentaba no chocar contra ellas.
-Oh... discúlpeme.
-En cualquier caso, estaban
un poco apartadas del arroyo, pero podrían proporcionar refugio si tienen
cuevas. Me parece que constituyen nuestra mejor alternativa en este momento.
McCoy y Spock levantaron
nuevamente a Kailyn. Estaba consciente, pero era incapaz de caminar sin ayuda.
-Es una buena cosa que sea
usted una dama joven y ligera -le aseguró McCoy.
Ella sonrió débilmente, y
sintió que le caía una gota sobre la mejilla.
-Está lloviendo -susurró.
McCoy y Spock comenzaron a
caminar al paso más vivo de que eran capaces.
El bosque comenzó a clarear;
los árboles ya no les servían de pantalla protectora, aunque tampoco
bloqueaban el camino con las ramas bajas, y el trío consiguió avanzar más
rápidamente. Las colinas eran tal y como Spock las recordaba: rocosas,
cubiertas con una fina capa de hierba amarillenta aplastada ante el rostro del
omnipotente viento, la fuerza de la naturaleza ante la que toda la vida de
Sigma parecía inclinarse.
La entrada de la cueva era
una grieta abierta en la cara de un precipicio poco profundo. Sin una luz o un
arma, MeCoy tenía infinitos recelos a entrar, a pesar de que Spock sería el
primero en pasar al interior. El ser atacados por una criatura en su propia
guarida no ayudaría para nada a mejorar la situación de los tres, y McCoy jugó
con la idea de desechar todo el proyecto. En el exterior, al menos, los elementos
eran las únicas cosas que podían asesinarlos. ¿Dentro? Una imaginación activa
podría conjurar una interminable sarta de fines funestos con los que su dueño
preferiría no tener que enfrentarse ni siquiera a plena luz del día, mucho
menos en los confines de una madriguera oscura.
-¿Y qué pasara si ahí dentro
no hay más de medio metro de altura? -preguntó McCoy, castañeteando los
dientes.
No estaba muy seguro de si
el castañeteo era provocado por el frío o por el miedo. Las ocasionales gotas
de lluvia se habían convertido en un remolino de agua pulverizada durante la
búsqueda.
-Dado que en el interior hay
eco, doctor, es bastante probable que sea más espaciosa de lo que usted
sugiere.
-En ese caso, también es
probable que haya algo viviendo ahí dentro. Si tiene dientes grandes, no me
gustaría ser un huésped inoportuno.
-Anunciaremos primero
nuestra llegada. -Spock recogió una piedra grande que estaba junto a sus pies
y la arrojó al interior de la caverna. La piedra repicó contra la pared de roca
y rodó hasta detenerse.
McCoy sostenía estrechamente
a Kailyn; la joven estaba apenas despierta y su cabeza descansaba laxa sobre el
hombro del médico. Spock escuchó atentamente dirigiendo un oído hacia el
interior de la caverna, mientras que McCoy se sorprendió conteniendo la
respiración. Al exterior no llegó ningún otro sonido. Esperaron. Spock arrojó
una nueva piedra. Se oyó otro repicar y luego siguió el silencio.
Spock miró a McCoy.
-Parece que está
deshabitada.
McCoy tragó saliva.
-O eso, o algún animal
profundamente irritado está aguardando a poder clavarle el diente a quienquiera
que le haya arrojado esas rocas.
-Espere aquí. Saldré dentro
de un momento.
-Así lo espero -murmuró
McCoy.
Spock levantó una robusta
rama que sostuvo a modo de cachiporra, se puso en cuclillas y desapareció por
la boca de la caverna. McCoy escuchaba atentamente, mientras se decía que,
siempre y cuando oyera las amortiguadas pisadas y el repicar de la rama, todo
estaría bien. Sin embargo, se preparó para oír un repentino alarido o el rugir
de una bestia enfurecida. «Ahí tenemos nuevamente la imaginación en pleno
funcionamiento...»
Aparentemente habían pasado
horas, pero Spock salió al exterior al cabo de tres minutos.
-No espero que disfrute de
la noche ahí dentro, doctor, pero parece un lugar seguro.
Una vez más, Spock se
inclinó y abrió la marcha. Con gran reticencia, McCoy le siguió mientras se
aseguraba de que Kailyn no se golpease la cabeza contra un saliente de la roca.
Intentó abrir los ojos para mirar en torno de sí, y entonces se dio cuenta de
que, en realidad, los había tenido constantemente abiertos. Sin embargo, no
podía distinguir absolutamente nada.
-Dios mío -susurró-, esto
tiene que ser muy parecido a quedarse ciego.
-La ausencia de luz es casi
completa aquí dentro -explicó Spock, más como información que como muestra de
acuerdo.
-¿Cómo sabe entonces que no
hay nada que nos aceche desde los rincones?
-Tanteé todo el perímetro
con el palo. Además, mis sentidos son algo más agudos que los suyos, doctor.
No vi ni oí nada, y esta caverna no es más que una pequeña cámara sin otra
entrada que la que acabamos de trasponer.
-¿Está seguro?
-Razonablemente seguro.
McCoy chasqueó nerviosamente
la lengua.
-Debería usted haber dicho
«absolutamente seguro». -Eso hubiese sido algo alejado de la verdad. -Podría
haberme tranquilizado.
-Basta de conversaciones,
doctor. Regresaré a la nave y traeré hasta aquí la droga para Kailyn y algunas
otras cosas que necesitaremos.
McCoy tendió una mano y
aferró un brazo de Spock.
-Está usted de broma, ¿verdad?
-No.
-Yo nunca dije nada acerca
de quedarme en esta caverna solo.
McCoy no hacía ningún
esfuerzo por ocultar el miedo que le atenazaba.
-No está usted solo, se
quedará con Kailyn. Le necesita a usted tanto como a la droga. Aquí estará
relativamente a salvo. Entre tanto, yo podré ir a buscar más rápidamente lo que
necesitamos si me marcho solo.
Había una preocupación
genuina en la voz de Spock, y McCoy la percibió. Eso lo calmó... un poco.
-Supongo que en esta
situación debería mostrarme lógico, ¿eh?
-Sería un cambio de actitud
muy bienvenido.
McCoy sonrió a pesar de su
muy auténtica ansiedad, y momentáneamente agradeció la oscuridad reinante:
quizá Spock no había visto su sonrisa, y él la borró apresuradamente.
-¿Bueno? ¿Qué está
esperando? ¿La luz del día? Pónga
se en camino, Spock.
Sintió que el vulcaniano le
ponía el palo en una mano, y de pronto se dio cuenta de que aún tenía aferrado
el brazo de Spock con la otra; lo soltó.
-Descanse un poco, doctor.
-Lo veo poco probable.
-En ese caso, mantenga un
ojo fijo en la entrada de la cueva.
-Y si veo entrar cualquier
cosa que no tenga orejas puntiagudas, le atizaré con esto -respondió McCoy,
aferrando el palo.
-Los animales de este
planeta podrían tener las orejas puntiagudas.
-No como las suyas. -McCoy
se secó las palmas de las manos; a pesar del frío, estaba sudando-. Tenga
cuidado, y no se retrase. -Se vio una sombra que atravesaba la línea de luz que
entraba por la abertura, y McCoy dio gracias a las estrellas por aquel resplandor
que aliviaba la oscuridad
Si piensa que vamos a
esperar durante toda la noche a que usted regrese, está muy equivocado,
Spock... -Pero sabía que Spock ya se había marchado.
McCoy se ocupó de instalar a
Kailyn lo más cómodamente posible. Cuando comenzaba a envolver la manta para
formar un capullo abrigado en el que la joven pudiese dormir, se dio cuenta de
que los cuerpos de ellos dos eran las únicas fuentes de calor disponibles;
además, cuanto más cerca estuviesen el uno del otro, más rápidamente podría
advertir cualquier cambio que se produjera en el estado de la muchacha.
Encontró una roca alta hasta la cintura en el centro de la caverna
-golpeándose una rodilla contra ella-, y decidió utilizarla como respaldo.
Apoyó a Kailyn contra ella, puso un doblez de la manta de piel entre su cuerpo
y el suelo, y se deslizó a su lado. El resto de la manta los cubría perfectamente
a ambos, y él la rodeó con los brazos y descansó la cabeza de la joven sobre su
pecho.
-Si al menos esto ocurriese
en otro lugar -murmuró con un suspiro-. Bueno, no puedo ser tan viejo si
todavía puedo conseguir que una chica bonita acceda a ir conmigo de campamento.
Sonrió para sí al recordar
los días en los que cortejaba a las muchachas, cuando era joven, y evocar las
historias que su abuelo y bisabuelo solían relatar sobre sus propias hazañas
románticas. Oh, había habido toda clase de cambios sociales, revoluciones y
tendencias sexuales que habían llegado y pasado, pero los sentimientos entre
los chicos y las chicas no habían cambiado tanto a lo largo del tiempo, ni
siquiera de los siglos. En las colinas de Georgia, las viejas costumbres
estaban muy arraigadas.
McCoy había conocido a su
esposa en un baile de la plaza pública, al verano siguiente de su primer año
de estudios de medicina. Habían echado a andar por la carretera que los alejaba
de los graneros del viejo Simpson, sobre el polvo y la grava aún tibios por el
día pasado de sofocante sol de julio. Para cuando llegaron al frescor del
suave aire del bosque, se sentaron sobre el lecho de agujas de pino y se besaron,
él comenzó a sospechar que podría estar enamorado. Observaron a las naves de
carga y lanzaderas que despegaban desde el otro lado de la colina en dirección
a las estaciones orbitales que circundaban el globo terráqueo -ésa había sido
su excusa para emprender aquel paseo, eso y el alejarse del ruido y la
animación del baile-, pero los despegues no se producían con demasiada
frecuencia y pasaron mucho rato charlando y retozando.
«He ahí una maravillosa
palabra antigua: retozar.» Volvió a suspirar y recordó dónde se hallaba en ese
preciso momento. «¿De qué sirve todo eso al final, de todas formas?»
Bajó la mirada hacia Kailyn,
que roncaba suavemente. Sólo podía distinguir el perfil de su rostro, dibujado
sobre el espeso gris de la entrada de la cueva. Le besó la frente, rozando
apenas la piel con los labios.
Entonces oyó un aullido
proveniente del exterior, y ruido de lucha sobre las rocas. Su mano se tensó
sobre el palo, pero él ni siquiera se movió.
12
No había forma de protegerse
de la lluvia y el aguanieve que caía torrencialmente a través de los árboles,
mientras Spock recorría el camino de vuelta hasta el arroyo. El viento había
aumentado hasta adquirir la fuerza de un vendaval, y las ráfagas doblaban por
la mitad a los árboles más flexibles; las ramas se habían transformado en
látigos letales que golpeaban todo lo que se interponía en su recorrido.
Spock ya tenía el rostro y
las manos heridos, y el traje térmico que cubría su uniforme también presentaba
cortes que dejaban penetrar la lluvia. Estaba completamente empapado, pero la
única forma que tenía de encontrar la lanzadera era seguir el curso del
arroyo, por lo que continuó adelante protegiéndose el rostro de la mejor
manera posible.
Había llegado por primera
vez hasta aquella corriente de agua dieciséis horas antes, pero parecía que
hubiesen pasado días. Entonces era un arroyuelo que borboteaba entre el bosque
que se encumbraba a ambos márgenes. Los árboles jóvenes tendían sus raíces
hacia el agua para beber. Pero tanto los árboles jóvenes como las márgenes que
subían hasta la zona boscosa habían desaparecido ahora, sumergidos bajo un
torrente de aguas blancas. La depresión en la que Spock se había arrodillado
para examinar los surcos del frío suelo, estaba ahora completamente llena por
la agitada corriente. Incluso estaba empapado el suelo del bosque por el que
avanzaba. Los charcos se conectaban por medio de riachuelos que iban
formándose, y el suelo, casi congelado, podía absorber una parte muy pequeña de
aquella inundación. La estabilidad le resultaba precaria a Spock, que hacía
todo lo posible para no caerse. Avanzaba por el linde del bosque, caminando
justo por encima de las veloces aguas del que ahora era un río. Saltaba agua
pulverizada que se mezclaba con la lluvia arrastrada por el viento, y las
heladas gotas se arremolinaban a su alrededor y le quemaban los ojos.
Él no vio la roca que estaba
oculta por un charco que cubría hasta el tobillo; pero su bota derecha la
encontró. La suela pisó la roca y patinó. Por puro reflejo, él se aferró al
tronco de un árbol esbelto que tenía a la izquierda mientras su cuerpo era
lanzado en la dirección opuesta. El impulso arrojó todo su peso en dirección al
río, pero la mano izquierda no abandonó su asidero. El árbol se dobló y emitió
un chasquido, pero no se partió. El dolor que sintió en el hombro casi le hizo
lanzar un alarido; de alguna forma consiguió aferrarse al árbol y la corriente
de agua rugió debajo de él, aparentemente de ira porque le había arrebatado
una víctima segura.
Lentamente, asiéndose al
árbol para apoyarse, se puso nuevamente de pie. El brazo izquierdo se balanceó
momentáneamente laxo, mientras una punzada aguda y recurrente alternaba con la
insensibilidad. No podía determinar si había sufrido algún daño grave, pero,
por el momento, sólo se valdría del brazo derecho. Continuó avanzando por el
bosque con pasos cautelosos.
El aullido lo había
provocado el viento, y McCoy se permitió dormitar de forma intermitente.
Incluso en un planeta salvaje, tenía que pensar que la naturaleza había dotado
a sus criaturas con un sentido de la supervivencia que las impulsaría a
permanecer en sitio seguro y seco en una noche como aquélla. Era improbable
que tuviesen visitantes hostiles, ya que sólo una cosa con tendencias suicidas
se aventuraría a salir con esa tormenta. Suicida... o desesperada. Sólo podía
rogar para que, en el caso de Spock, lo segundo no se convirtiese en sinónimo
de lo primero.
Los ojos de McCoy iban
adaptándose a la oscuridad, pero se negaba a aceptar el sueño en aquel momento,
aunque no estaba seguro del porqué.
«Claro que sé por qué... no
quiero despertarme muerto.»
-Eso es una soberana
estupidez -susurró para sí-. No te despertarías en absoluto si estuvieses
muerto. Santo Dios, estoy hablando solo...
Muerto. «Nunca me he
habituado realmente a la muerte.»
En el exterior crepitó un
rayo, y su luz parpadeó en la entrada de la cueva con un resplandor fantasmal.
Pasaron unos segundos, y el trueno más tardío retumbó en la ladera de las
colinas.
A lo largo de sus años de
facultad, se había preguntado si enfrentarse con la muerte se haría cada vez
más fácil. Oh, en algunos sentidos sí que se había hecho más fácil. Después de
su primer encuentro clínico con un cadáver, McCoy había estado a punto de no
llegar hasta el lavabo antes de vomitar los huevos y mollejas que había
desayunado. En los años pasados desde entonces, especialmente durante los
transcurridos en el espacio a bordo de la Enterprise,
se había ensuciado las manos con más de una veintena de cadáveres de personas
que habían muerto de maneras horripilantes, al examinar a miembros de la
tripulación para quienes los misterios del espacio habían incluido misteriosas
formas de morir. Ya no vomitaba. Ni sentía siguiera la más ligera náusea. No
sabía si la ausencia de reacción era buena o mala, pero hacía que la vida fuese
muchísimo más fácil... y más limpia.
Las autopsias, la
determinación de las causas de una muerte, el rellenar aquellos detestables
certificados de fallecimiento, todo ello se había convertido en una rutina.
Era casi como si el final de una vida no fuese terminante o real hasta que se
lo grababa en un banco de datos de alguna parte, emplazado en una computadora
para poder recordarlo con facilidad. La contribución del hombre moderno a los
ritos funerarios.
Los años habían hecho que la
muerte de otras personas le resultase ligeramente más aceptable, aunque sólo
fuese para proteger su sanidad mental. Pero su propia muerte... ésa era una
cuestión muy distinta.
Una pregunta cruel se abrió
camino implacablemente hasta su pensamiento: ¿Volverían a ver alguna vez, él y
Kailyn, a Spock con vida?
Finalmente, los párpados de
McCoy se cerraron, y él se deslizó a los mundos infernales del sueño
inquieto...
...una niebla lo envolvía todo, un velo espectral que se movía
en el viento pero no se disolvía jamás. Revoloteaba, espesa, ante la entrada
de la caverna al acercarse Spock. El oficial científico se movía lentamente, y
sus pies parecían no tocar el suelo. La angustia le contorsionaba el rostro
mientras intentaba llegar hasta la caverna, agitando los brazos, que cortaban
la niebla como si estuviese nadando a través de ella. Entraba flotando en la
cueva y hallaba los cuerpos desgarrados y destrozados de tal forma que
resultaban irreconocibles. Desde el fondo de sus emociones contenidas, los
miedos ocultos y rincones oscuros de su vida vulcaniana, Spock profirió un
grito de agonía que atravesaba el alma... luego se dio media vuelta y vio los
colmillos que brillaban en la oscuridad. La bestia se abalanzó sobre él...
...y McCoy salió tambaleándose del bosque, con la ropa hecha
jirones, la piel en carne viva y desgarrada, y el mentón con la barba crecida.
Estaba solo. En el claro que tenía ante sí, la lanzadera Galileo aparecía en
llamas; y, a pesar de que no podía verlos, sabía que los cuerpos de Spock y
Kailyn estaban también entre las llamas. Ambos estaban muertos y aquélla era
la pira de los dos...
Sudando, McCoy abrió de
golpe los ojos con una brusquedad que le causó dolor. Sacudió la cabeza para
borrar las imágenes llameantes que habían parecido tan reales que aún podía
sentir su calor. Respiraba como si hubiese recorrido un kilómetro y medio a la
carrera, y calculó que su acelerado pulso latía a más de ciento por minuto;
pero todavía se hallaba en la caverna, y el único calor que allí había era el
de Kailyn, que estaba acurrucada a su lado.
Así pues, el miedo a la
muerte aún podía provocarle pesadillas. Estrechó a Kailyn y miró noche
adentro.
La lanzadera había sido
cruelmente maltratada por el viento. No sólo los remolinos de la atmósfera la
habían hecho estrellarse, sino que los vendavales nocturnos se negaban a
dejarla descansar en paz. La nave había sido arrojada como un juguete de la
plataforma de roca sobre la que había aterrizado, y había rodado por encima de
un terraplén; en ese momento estaba casi vuelta del revés, con la puerta
inclinada hacia abajo, hacia el suelo empapado.
Spock se detuvo, con las
manos apoyadas en las caderas, para examinar el casco. Se arrastró por debajo
del morro y se deslizó serpenteando por la fría superficie fangosa. Fango. Eso
significaba que el suelo se había deshelado ligeramente. ¿Estaría aumentando la
temperatura del aire? Metido en aquellas ropas empapadas, no podía juzgar si
era así.
La puerta de la lanzadera
había sido hundida por una roca, y estaba abierta. Spock subió al interior de
la cabina. Sus ojos realizaron un ligero ajuste y él buscó con la mirada las
cosas que iban a necesitar para sobrevivir. Sólo un sistema continuaba
funcionando a bordo: el transmisor de la señal de socorro, sellado
herméticamente en su caja. Encontró el maletín médico apoyado contra el
asiento de mando. Los transmisores extra habían sido aplastados, pero el armero
que había en la pared estaba intacto, y Spock sacó de él cuatro pistolas
fásicas. Comida concentrada. Dos linternas eléctricas. Un sensor de repuesto.
Mapas de Sigma. Una tienda metida en un zurrón tamaño bolsillo. Láser de
señales.
Spock puso todo aquello en
un zurrón a prueba de golpes y se lo echó encima del hombro sano. El izquierdo
parecía estar algo mejor; al menos podía volver a moverlo, aunque estaba seguro
de que un detenido examen encontraría que había algo dañado. Eso, de todas
formas, era un lujo que tendría que esperar.
Miró rápidamente en torno de
sí, decidió que ya había recogido todo lo que podía ser de utilidad, y luego
se deslizó hacia abajo por la escotilla; salió de debajo de la Galileo arrastrándose de espaldas. Las
precipitaciones, que entonces eran más aguanieve y lluvia helada que líquida,
cayeron sobre su rostro como agujas y le obligaron a cerrar los ojos durante un
instante. Apretó los labios hasta convertirlos en una línea severa, y corrió
hacia el bosque chapoteando por el claro inundado.
Spock intentó apartar de su
mente todos los pensamientos ajenos, y dedicar toda su concentración a poner
un pie delante del otro de la manera más segura y rápida posible. Las
ansiedades pasaron fugazmente como imágenes de una sola dimensión, antes de que
pudiesen ser anuladas por la disciplinada mente del vulcaniano: McCoy alejando
con cl palo a las bestias que buscaban el refugio de la caverna... Kailyn
muriendo lentamente sin las inyecciones de holulina... la Enterprise trabada en batalla con las naves klingon decididas a
hacer fracasar la misión.
«Los vulcanianos no se
preocupan», se recordó a sí mismo. «Aceptamos lo que tenemos que aceptar,
Hacemos lo que tenemos que hacer, de forma lógica.»
Llegó a la parte más densa
del bosque y se le hizo evidente que la senda era casi imposible de atravesar.
Ramas caídas, algunas del tamaño de leños y demasiado pesadas como para
moverlas, se entrecruzaban en el camino como barreras de alambre de púas. Un
par de rayos dentados atravesaron el cielo septentrional y hallaron sus
blancos a bastante distancia. Spock decidió atravesar directamente hasta el
río: tenía que acelerar el paso.
La tormenta había durado
casi toda la noche, y no daba señal ninguna de acabar. La furia del cielo y las
nubes aumentaba el nivel del río cada vez más, y las frenéticas aguas azotaban
sin descanso las márgenes. Las piedras que habían indicado la altura del agua
cuando Spock pasó por allí la primera vez, hacía ya mucho que se hallaban
ocultas a la vista. Unas olas casi oceánicas se alzaron y estrellaron contra
los árboles que tenía delante; él se preparó y esperó. Una vez pasadas las
olas, Spock avanzó un paso. El suelo cedió debajo de sus pies y una tonelada
de tierra y roca cayó al río junto con él. Tragó agua fangosa, intentó
contener la respiración y sintió que era arrastrado corriente abajo. El zurrón
hermético continuaba colgado de su hombro, y el aire sellado en su interior lo
hacía flotar.
Intentó empujarlo hasta
debajo de su pecho para tener más posibilidades de mantener la cabeza fuera del
agua y apartarse de las rocas que sobresalían del lecho del río. Pero la
corriente era demasiado violenta como para maniobrar, y él se limitó a aferrarse
con todas sus fuerzas a las correas del zurrón mientras la corriente le
arrastraba río abajo, apartándole de la dirección en que se hallaba la
caverna, donde esperaban McCoy y Kailyn... y hacia un salto de agua de enorme
altura.
13
El cazador de cabellos
plateados no había disfrutado de su desayuno. Tenía la parte interna de la
mejilla en carne viva, donde se la había cortado la noche anterior, y estaba
enojado por tener que levantarse antes del alba para buscar los cadáveres de
los esclavos fugitivos; y si, por algún milagro de los dioses del viento, no
estaban muertos, él los mataría sin dudar con sus propias manos por todas las
molestias que le habían ocasionado. ¡Cuánto más disfrutaría ensartándolos con
una lanza de brillante punta! Pero no podría conseguir una a menos que tuviese
algo por lo que intercambiarla, y en aquel momento los esclavos eran sus únicas
mercancías... o lo habían sido. Por lo tanto, si los encontraba con vida
aquella madrugada, no podría matarlos a pesar de todo. El cazador gruñó.
Su osuno amigo se puso en
cuclillas en la senda del bosque. La lluvia había cesado, y el viento estaba
comenzando a secar el suelo. Conservadas en el fango que iba endureciéndose,
había tres pares de huellas claramente impresas. El cazador de elevada
estatura gruñó al mirar las pisadas; sentía deseos de sonreír, pero eso hubiese
estropeado el terrible humor que se había apoderado de él.
Las huellas continuaron. Los
tres rostros desnudos se habían encaminado hacia las colinas, y lo mismo
hicieron los cazadores.
McCoy se frotó los ojos para
convencerlos de que enfocaran la imagen. La cueva continuaba a oscuras, pero
un rayo de luz se filtraba por la entrada. Ya era de mañana, aunque sin duda no
una brillante. Kailyn dormía en casi completo silencio, todavía acurrucada en
la curva de su brazo. Sintió un hormigueo en la mano; tenía el brazo del todo
dormido.
Intentó doblar el codo sin
despertar a Kailyn, pero no lo consiguió. En un momento en que se movía el
cuello de la muchacha, sus ojos se abrieron y parpadearon con expresión
aturdida.
Spock no había regresado
aún.
-¿Dónde estamos? -preguntó
Kailyn con un susurro ronco.
-En una cueva.
-Eso ya lo deduje -respondió
ella mientras se desperezaba.
-¿Recuerda algo de la noche
pasada?
-No, realmente. Soñé que
atravesábamos el bosque con lluvia. Estaba mojada... y tenía frío. Supongo que
fue más una pesadilla que un sueño.
-No fue ninguna de las dos
cosas. Era algo real. Spock regresó a la nave para recoger su holulina y
algunas otras cosas, y no ha regresado. Estoy preocupado.
Se puso de pie y miró
fijamente la entrada de la cueva. Oyó el sonido de una piedrecilla que rodaba
por la ladera de la colina y se detuvo en seco. ¿Había sido el viento? ¿Un
animal salvaje? Luego oyó voces que pronunciaban las tronantes y guturales
palabras del idioma de los aldeanos que los habían capturado. Silenciosamente,
se agachó y aferró el palo.
-¿Qué...?
-Sssh...
McCoy avanzó de puntillas
hasta un lado de la entrada y presionó la espalda contra la pared de la cueva.
Sostuvo la rama a la altura de la cabeza y la equilibró como el gatillo de un
arma. Con un gesto, le indicó a Kailyn que se reuniese con él. Ella dejó la
manta donde estaba y avanzó rápidamente para refugiarse detrás del médico.
-Al menos podremos golpear a
uno de ellos si intentan entrar aquí -susurró.
McCoy contuvo la respiración
y esperó. Los pasos suaves de los cazadores eran apenas perceptibles,
denunciados sólo por el roce ocasional del cuero contra la arena y las rocas;
pero se acercaban cada vez más, aunque ya no los acompañaban las voces. Una
sombra se proyectó sobre el suelo de la cueva, interponiéndose entre ésta y la
pálida luz de la mañana que se filtraba al interior. La sombra se detuvo y el
roce cesó. McCoy podía oír los latidos de su propio corazón, sentirlos desde
las rodillas a la garganta. Kailyn permaneció a su lado, completamente inmóvil,
como clavada en el suelo.
El gimiente rayo de un arma
fásica hendió de pronto la quietud, las sombras cayeron a un lado de la entrada
de la cueva, y McCoy y Kailyn profirieron al mismo tiempo un grito ahogado al
oír un sonido similar al de dos sacos llenos que golpeasen contra el duro
suelo. Sin embargo, ninguno de los dos se movió hasta que la cabeza de Spock
asomó al interior de la caverna. Tenía el rostro sucio y ensangrentado, pero de
momento McCoy decidió que para él era bastante.
-Me parece que les debemos
la vida a dos árboles bien emplazados, señor Spock.
-¿Cómo es eso, doctor?
-Sin ellos, usted
probablemente se habría ahogado dos veces.
-Mis reflejos y destreza
para conservar el control en las situaciones de tensión, jugaron un pequeño
papel.
-Sin duda que lo hicieron
-reconoció McCoy, mientras le desinfectaba a Spock un tajo que tenía en la frente-.
A los ojos de un ciego, quizá sí.
Spock alzó una indignada
ceja.
-Difícilmente podía predecir
que la margen del río iba a derrumbarse en el momento en que yo pusiese el
pie...
-Si ese tronco de árbol no
hubiese estado atravesado entre dos rocas, usted hubiese caído por las
cataratas, Spock.
-Pero tuve que tener la
presencia de ánimo necesaria como para aferrarme a él, doctor.
-Tonterías. A mí me da la
impresión de que prácticamente le golpeó a usted la cabeza.
-Sin cambiar de tono, se volvió hacia
Kailyn-. ¿Y cómo se siente usted, joven dama?
La muchacha se encontraba
descansando sobre el suelo de la cueva, acurrucada dentro de la manta de piel y
con una linterna eléctrica cerca de sí.
-Mucho mejor.
-No hay nada como una
pequeña inyección de holulina y un poco de comida para hacer aflorar nuevamente
las rosas a esas mejillas.
Spock se sentó con las
piernas cruzadas y realizó una serie de ejercicios isométricos. Estaba
magullado pero su cuerpo funcionaba perfectamente. El calor de la linterna
cercana le había secado la ropa y ahora se sentía mucho más cómodo.
-Si tenemos en cuenta los
obstáculos con los que nos hemos enfrentado hasta ahora, yo diría que nuestras
condiciones son satisfactorias en este momento.
-Estamos todos vivos y de
una pieza -admitió McCoy-, pero también estamos escasos de suministros y
tenemos a dos cavernícolas inconscientes -señaló a los dos cazadores atados que
yacían en un rincón-, a los que les encantaría matarnos; no sabemos dónde estamos
ni sabemos adónde vamos a ir. Odiaría pasar por lo que usted llama
insatisfactorio.
Spock sacó un par de mapas
plastificados del zurrón hermético. McCoy se arrodilló junto a él.
-Creo que estamos más cerca
de nuestro destino original de lo que pensábamos al principio -declaró Spock.
Señaló varios accidentes geográficos de la carta que habían sido marcados
mediante la combinación de los informes de investigación espacial y los
detalles suministrados por el rey Stevvin-. Podríamos estar a un día de camino
de las montañas.
Spock observó que el doctor
meditaba acerca de dicha posibilidad, y luego alzó una ceja.
-¿Quiere expresar alguna
opinión, doctor?
-Bueno, no podemos quedarnos
aquí. Eso es seguro -respondió, echándoles una mirada a los cazadores.
-¿Está Kailyn lo
suficientemente fuerte como para realizar el viaje?
-Lo estoy -intervino ella.
-Yo seré quien haga los
diagnósticos médicos -gruñó McCoy.
-Será un viaje agotador
-señaló Spock.
-Lo sé, lo sé.
-Puede que no encontremos
refugio.
-Deje de jugar al abogado
del diablo... aunque las orejas encajen con el papel. Mire, tenemos la tienda
térmica, y es lo bastante grande como para alojarnos a los tres; y si resultase
que tuviéramos que detenernos y acampar al raso en las montañas, no estaremos
en peores condiciones que las que soportamos aquí la pasada noche. Cuanto antes
nos marchemos, mejor me sentiré yo.
Spock alzó una interrogativa
ceja.
-¿Por qué se sorprende
tanto? -preguntó McCoy.
-Esperaba que se resistiera
usted a la idea de alejarnos más de la lanzadera.
-Si tuviésemos elección,
créame que lo haría. Pero, si nos quedásemos en las proximidades de la
lanzadera, tendríamos que esquivar a nuestros peludos amigos. Oh, claro, la Enterprise podría encontrarnos, pero no
quiero ser hallado en trozos. Jim tiene las coordenadas del lugar en que se
supone que está la Corona. Si podemos llegar allí y encontrar a ese tal Shirn
O'tay, Jim será capaz de seguirnos la pista. Usted cree que él irá a buscarnos
allí, ¿verdad?
-Sería lo más lógico de
hacer, y el capitán es bastante lógico, para no ser un vulcaniano. Debo
señalar, no obstante, que las montañas cubren una considerable extensión de
territorio. No será una tarea fácil la de acertar con el emplazamiento exacto
de la Corona.
-La esperanza nace
constantemente en el pecho humano, Spock. ¿Qué hay de los vulcanianos?
-Sólo las expectativas
lógicas nacen en los nuestros, doctor.
-¿Es nuestro rescate una
expectativa lógica, señor Spock? -preguntó Kailyn.
El primer oficial le clavó
su habitual mirada impasible.
-Tal vez.
McCoy sonrió para sí.
Viniendo de Spock, aquello era prácticamente una admisión de esperanza. Por el
momento, sería más que suficiente para él.
14
Nars odiaba estar en una
nave espacial. Se sentía encerrado, controlado como un animal de laboratorio.
El laberinto de pasillos de la nave incrementaba la sensación, así que había
permanecido en su camarote durante todo el tiempo posible. Boatrey había
estado compartiendo con él el camarote de dos habitaciones, pero el mozo de
cuadras estaba ahora ausente, comiendo con Eili y Dania. Nars tenía hambre,
pero sabía que su estómago rechazaría la comida, anudado como estaba desde que
el capitán Kirk le dijo que se dirigían hacia Zenna Cuatro.
Por mucho que le desagradaba
el confinamiento de la nave, el vasto vacío del espacio era todavía peor. Nars
siempre había sido un hombre al que le gustaba tener tierra firme bajo los
pies, con horizontes más lejanos de los que podían alcanzarse con la mano. Le
gustaba saber que había lugares a los que podía ir si tenía que hacerlo:
lugares en los que buscar cosas, lugares a los que escapar de las cosas. Era
una libertad que funcionaba en ambos sentidos. Una nave, por grande que fuese,
sumergida en el espacio interplanetario, era una combinación que no le ofrecía
solaz ninguno.
Dio un respingo involuntario
cuando oyó la llamada que procedía del puente: la Enterprise había entrado en órbita alrededor de Zenna Cuatro, y
requerían su presencia en la sala del transportador.
Si había existido una
ansiedad común entre los buenos camaradas, era el miedo a perder el dominio.
Dado que los expertos no eran capaces de catalogar de manera fiable a las
personas de la forma en que lo hacían con las propiedades de la biología y la
física, el dominio de las personas ente era todavía una ciencia marginal. Al
menos el método tenía que ser científico y ordenado: si se controlaba la mayor
cantidad de variables posible, el dominio se hacía tanto más fácil.
Nars era una de esas
variables, y en el momento en que desapareció de la cámara del transportador en
medio de una luz destellante, se encontró a salvo de las manos de Kirk. Ese
pensamiento hizo que Kirk frunciera el entrecejo mientras se hallaba sentado en
el salón con la teniente Byrnes, mirando fijamente una taza de té. El oficial
de transporte Kyle les informó de la transferencia a la superficie del planeta.
-Bien, Byrnes -dijo Kirk-,
ahora todo depende de usted y de Chekov.
-Sí, señor.
La teniente salió del salón
y él hizo girar el té en la taza con expresión ausente. Luego miró la taza.
Dejó de moverla y el té continuó dando vueltas dentro del recipiente sin su
ayuda. «Sin duda es difícil conseguir el control», pensó.
Nars hacía girar la bebida
pegajosa y verde en el interior del vaso que tenía en la mano. Miró el reloj
que estaba detrás de la barra y bebió un sorbo. Era el único local de ese tipo
que había en toda la ciudad, pero aún era demasiado temprano para que los
granjeros, obreros y artesanos de la localidad comenzasen a llegar. También era
demasiado temprano para la reunión que él tenía, pero estaba nervioso, demasiado
nervioso como para continuar bebiendo. Dejó una moneda sobre la barra y se
encaminó al exterior.
Treaton tenía sólo una calle
principal, y casi el mismo aspecto que presentaba cuando Nars la recorrió,
veinticinco años antes. Había habido muy poco crecimiento en cualquier parte de
Zenna, y ninguno desde que comenzara a escasear la tridenita durante la última
década. El gobierno podría haberse decantado por otras fuentes de energía en su
esfuerzo por industrializar el planeta, pero los zennianos eran un pueblo
paciente y leal. Habían encontrado un buen trato en los comerciantes de mineral
de Shad, y esperarían hasta ver cómo acababa aquella guerra. Si ganaba el
partido leal al rey, la tridenita volvería a estar en el mercado. Si ganaba la
Alianza Mohd y la tridenita continuaba embargada, sólo en
tonces se decidiría Zenna a
buscar una alternativa. Los zennianos evitaban las prisas; el futuro siempre
estaría allí, y ellos no tenían ninguna prisa por adelantarse a él.
«El pájaro caza su presa, se
la come y ésta desaparece», rezaba un proverbio nativo. «¿Y qué queda
entonces?»
Las mismas casas pintadas
con colores brillantes, de altos hastiales, que Nars había visto en otra
época, continuaban alineadas a ambos lados de la calle; y sus habitantes vestían
las alegres togas a rayas idénticas a aquellas que habían llevado sus padres.
El cambio no era un proceso importante, y la vida en conjunto era cómoda en
Zenna Cuatro. Allí, en Treaton, sede del gobierno provincial, los extranjeros
eran saludados como vecinos por todos los ciudadanos con los que se cruzaban.
Las leyes de inmigración eran las más permisivas de la galaxia conocida, cosa
que hacía que los forasteros resultasen algo muy frecuente en el planeta.
Era bastante fácil
identificar a un extranjero: eran muy pocos los zennianos que sobrepasaban el
metro y medio de estatura, y los colores de su piel iban desde el rosa pálido
al rojo anaranjado brillante. Todos los hombres se afeitaban la barba y las mujeres
llevaban el cabello en una sola trenza.
El solo hecho de estar en
una ciudad zenniana hizo que Nars se relajase un poco: la enorme ola de
cordiales saludos que recibía mientras caminaba hacia las calles del extremo
sur, apartó las preocupaciones a un rincón de su mente. Sin embargo, volvieron a
surgir cuando llegó a la última casa de la derecha. Estaba retirada de la calle
y rodeada de árboles de anchas ramas que protegían sus ventanas. La privacidad
no era algo demasiado valorado en Zenna Cuatro, pero sus casas parecían
construidas con la finalidad de protegerla. Nars empujó la puerta del jardín y
atravesó el terreno cubierto de hierba amarillenta y descuidada. Llamó a la
puerta con incertidumbre y, pasado un momento, le abrió un viejo zenniano.
Llevaba sólo una toga sencilla de color gris, que señalaba su posición como
sirviente de la casa.
-¿Puedo ayudarle? -preguntó
con una cantilena aguda.
-¿Está... está tu señor en
casa?
-Sí, sí. Pase, por favor.
Nars siguió al diminuto
mayordomo hasta el interior de un estudio oscuro. El mayordomo se retiró luego,
cerrando las puertas de mimbre entretejido. Mientras Nars permanecía de pie,
incómodo, un sillón de despacho con respaldo alto giró para encararse con él, y
de él se levantó un hombre esquelético que le tendió una mano desde las
sombras.
-Bienvenido, Nars -dijo-. Ha
pasado mucho tiempo desde tu última visita.
Nars cogió la mano que le
daba la bienvenida, pero no la estrechó con afecto.
-Mucho tiempo, Kraíl.
El hombre avanzó hasta el
círculo que proyectaba una lámpara de pared. Era una cabeza más alto que Nars,
con una piel oscura que se extendía tirante sobre su rostro aquilino. Su
cabello y barba blancos estaban primorosamente recortados, y contrastaban
marcadamente con sus cejas hirsutas y muy pobladas. Krail era un klingon de
porte insólitamente aristocrático, y Nars se sentía como un sirviente en su
presencia. No le gustaba aquella sensación.
Krail esbozó una diminuta
abreviatura de sonrisa e hizo un gesto hacia una silla de respaldo duro. Al
mirar en torno de sí, Nars no detectó nada que sugiriese blandura ni lujo en
toda la habitación. El suelo era de madera desnuda, las paredes estaban cubiertas
por cortinas completamente echadas, y los muebles eran angulosos y sin
acolchado, sin excepción.
-¿Una copa, Nars?
El shadiano asintió
brevemente. Krail abrió la puerta corredera de un armario y sacó de él una
botella de cristal esculpida con formas angulosas. Lentamente, escanció dos copas
de vino rojo como la sangre y le entregó una a su visitante.
-Esto, claro está -dijo
Krail con frío orgullo-, es importado de mi mundo natal. Los klingon somos
algo más que meros guerreros magníficos.
La delgada sonrisa de Krail
hizo que Nars se sintiese aún más inquieto. Quería terminar lo antes posible, y
depositó su copa cuidadosamente sobre la mesa y se puso de pie.
-Tenemos trabajo, Krail.
Hagámoslo -dijo, con un poco más de apremio del que había tenido intención de
manifestar.
Krail pareció ligeramente
decepcionado cuando frunció los labios y midió a Nars con sus vigilantes ojos
grises.
-¿Hay prisa?
-El tiempo de que dispongo
para estar contigo no es ilimitado. Dejémoslo así.
-Ah, sí -dijo Krail con
estudiada simpatía-. Tienes que preocuparte por la Enterprise. Pero creo que a estas alturas podrías estar más seguro
aquí, y dispondremos tu viaje a un planeta klingon, tal y como te prometimos.
Podrías... ¿cómo lo diría?... desaparecer ante los ojos de Kirk.
-Eso no será necesario -se
apresuró a responderle Nars.
¡Oh! ¿Vas a romper tus
tratos con nosotros después de... cuánto tiempo ha pasado... dieciocho años o
más?
El tono de voz del klingon
era vagamente amenazador, y Nars sintió que un sudor frío comenzaba a brotarle
en el labio superior. Todos esos años habían constituido poca diferencia:
nunca podría llegar a fiarse de los klingon, no importaba cuánto pagasen por
la información que él les pasase clandestinamente. La fría sonrisa de Krail
volvió a aparecer.
-Bien, bien. Son muchas las
naves que pasan por Zenna. Cualquier destino que escojas nos parecerá bien.
Desde luego que no querrás quedarte entre los rancios roedores que pueblan este
planeta.
La tolerancia no había sido
nunca un rasgo propio de los klingon; Nars había advertido eso muchos años
antes, y, cuando la mostraban, siempre se ponía en guardia.
-Pero, para tu inesperada
información -dijo Krail-, debo decirte que me sorprendió mucho que me dijesen
que te encontrabas aquí y querías verme.
Nars tragó saliva y sintió
que su cuello se estremecía.
-El rey de Shad está muerto.
Krail apartó la mirada, pero
giró repentinamente la cabeza para mirar finamente al informador shadiano, una
rara desviación de sus calculados movimientos habituales.
-¿De verdad? Así pues, ésa
es una información inesperada. La Federación ha hecho una chapuza más completa
de lo que podríamos haber esperado. Ni siquiera el sabotaje podría haber sido
jamás tan eficaz. -Comenzó a pasearse con largas zancadas, como una mantis
religiosa-: Sí, sí... eso coloca toda nuestra estrategia bajo una luz
completamente nueva. Nuestros objetivos pueden ser simplificados. Todos los
largos años de...
Sus palabras fueron
interrumpidas en mitad de la frase por un alboroto procedente del vestíbulo. El
mayordomo profirió un «¡No se puede entrar!», a modo de protesta; se oyeron
otras voces más profundas y unos pesados pasos corrieron hacia el estudio de
Krail, y la endeble puerta se abrió bruscamente unos segundos más tarde.
Entraron dos hombres y dos mujeres. Llevaban las sencillas capas con caperuza
y los uniformes de los viajeros del espacio de un centenar de planetas, pero
las armas que tenían en las manos eran perfectamente identificables. Las armas
fásicas de la Federación apuntaron tranquilamente a Krail y Nars.
El klingon recuperó
rápidamente la compostura y volvió a aparecer en su rostro la sonrisa de labios
finos.
-Se los consideraría
huéspedes de honor en mi morada, excepto por el hecho de que yo no me siento
bien con la presencia de armas en mi casa.
-Usted cállese y no se mueva
-le ordenó severamente la teniente Byrnes-. Comandante Krail, ¿no es cierto?
Krail pareció satisfecho por
el reconocimiento, pero no dijo nada. Chekov miró a Byrnes.
-¿Sabe quién es?
-Por supuesto. Hace bastante
tiempo que está por ahí. Asesinó a veinte de sus superiores para llegar al
puesto que ocupa en la actualidad, en el Consejo de Inteligencia Klingon; es
uno de los mejores espías del imperio, lo que me hace preguntarme qué está
haciendo en el campo de batalla, llevando a cabo un trabajo sucio de
comandante de cuadrante...
-No sé a qué se refiere
usted, ¿eh...?
-Teniente Byrnes,
comandante... de la Enterprise.
-Ah. He convertido esto en
mi hogar actual. Me gusta este mundo, con sus encantadores y cordiales nativos.
Nars le dirigió una mirada
de sorpresa; había pasado de los roedores rancios a los encantadores nativos en
cuestión de un momento. Era en verdad una sorprendente metamorfosis verbal;
pero Krail hizo caso omiso de la mirada; estaba demasiado ocupado en batirse
con los intrusos.
-Nars puede decirles que
vivía aquí hace... ¿eh?, casi veinticinco años, cuando él vino a Zenna por
primera vez. Fue entonces cuando nos conocimos.
Nars se puso pálido.
-No sé de qué está hablando.
Yo...
Chekov interrumpió en seco
al shadiano con una feroz mirada de advertencia.
-No será usted por
casualidad cantero en sus horas libres, ¿no es cierto, comandante?
-Pues no -dijo Krail con
tono de inocencia.
-Ya lo suponía. Bueno, no
sólo nos llevamos a este cosaco -dijo Chekov, haciendo un gesto con la cabeza
en dirección a Nars-, sino que lo acompañaremos también con una propina.
El alférez de seguridad
Michael Howard, robusto y de mirada brillante, registró a Nars y extrajo un
transmisor de la Enterprise del
bolsillo del aterrorizado hombre. Depositó el aparato en una mano, pulsó un
botón del sensor que llevaba y sonrió con satisfacción cuando el aparato emitió
unos fuertes pitidos rítmicos.
-Creo que a él le daré una
recompensa... quizá le cambiaré unas cuantas piezas y lo acicalaré para el
próximo servicio.
-Esto -dijo Chekov con tono
de irritación-. Esto, no él. Parece el señor Scott por la forma en que habla de
esos aparatos suyos.
-Cuidado, Chekov. Los
aparatos también tienen sentimientos -dijo Howard, a la defensiva.
-¿Debemos registrar el resto
de la casa? -preguntó la guardia Maria Spuros.
Byrnes negó con la cabeza.
-Puede que Krail trabaje
solo aquí. Ya tenemos lo que vinimos a buscar; de hecho, muchísimo más. No nos
quedemos por los alrededores, porque podríamos encontrarnos con problemas.
-Mi gente se dará cuenta de
que he desaparecido -señaló Krail.
-Cierto -respondió Chekov-,
pero ellos no sabrán lo que saben usted y Nars. Preparados todos para
transferir a la nave.
La partida que había bajado
a tierra se puso en formación con los prisioneros en medio del grupo. Howard
abrió el transmisor trucado que le había quitado a Nars.
-Partida de tierra a Enterprise. Esperamos transferencia.
Activen transportador.
Un momento después,
desaparecieron entre luces chisporroteantes, dejando solo al atónito y asustado
mayordomo.
Nars se quebró fácilmente.
Después de todo, no era un espía profesional, y Kirk se imaginó que ya había
cargado con sus remordimientos durante bastante tiempo. El que una vez había
sido un servidor orgulloso, se mostraba ahora casi agradecido por tener la
oportunidad de hablar. Era verdad que había conocido a Krail un cuarto de siglo
antes, durante su breve estancia en Zenna como miembro de la misión diplomática
para el comercio de mineral. Entonces no había llegado a ningún trato con el
klingon, y Nars había olvidado el episodio, hasta que huyó a Orand con el rey.
-Los castigos del infierno
no podrían ser peores que la vida en Orand -gimió Nars. Tenía lágrimas en los
ojos, e hizo una pausa para enjugárselas.
Kirk era un hombre
compasivo; en otra época, Nars le había caído bien, pero ahora le resultaba
imposible sentir lástima por él. El capitán tenía que hacer esfuerzos para mantener
controlada su ira, y dejó que fuese Byrnes quien condujera el interrogatorio.
-Continúe -dijo ella.
-Estábamos todos
desesperados durante los primeros meses que pasamos allí. Hablamos de
suicidarnos, de quitarnos la vida todos a la vez. Por lo que a nosotros
respectaba, nos habían arrebatado nuestro mundo y temíamos no regresar jamás a
él. -Nars hizo una pausa que a Kirk le pareció efectista. El shadiano miró
furtivamente los rostros de sus oyentes con la esperanza de ver alguna señal de
ablandamiento en la indiferente frialdad de sus ojos-. ¿Es que no lo entienden?
-gritó.
-Entiendo lo que sentía,
pero no lo que hizo -dijo Kirk con aspereza.
-Nosotros pensamos que
íbamos a morir allí -exclamó, levantándose del asiento.
Un fornido guardia de
seguridad le empujó de vuelta a la silla, suavemente pero con firmeza.
-Todos ustedes se sentían de
la misma forma -señaló Kirk-. Todos ustedes tenían miedo, pero sólo usted
cometió traición.
Nars se cubrió el rostro.
-Yo fui el único a quien
sedujeron las promesas y amenazas de Krail.
El klingon había sido un
cuadro intermedio en aquella época, encargado de corromper a las fuerzas leales
con cualquier medio a su alcance. Dos meses después de que la fa
milia real hubiese
establecido su residencia en la casa campestre orandina, el klingon renovó sus
contactos con Nars.
-Vino a la casa con dos
vendedores ambulantes.
-¿Cuál fue su oferta?
-preguntó Byrnes.
Nars masculló la respuesta
con vergüenza.
-Dinero.
Kirk sintió que se le
tensaban la mandíbula y los puños.
-¡Qué patriótico!
-Usted no estaba allí -le
replicó Nars con voz tensa-.Nosotros no teníamos absolutamente nada más que
cuatro paredes. Ese dinero me permitió comprar un poco de vida, no sólo para
mí, sino también para los demás. Pude comprar libros para el rey y para la princesa.
Hierbas y medicamentos para lady Meya cuando cayó enferma. Pequeñas cosas para
mis subordinados, con el fin de que fuesen menos infelices en aquel lugar.
-¿Y qué fue lo que les
vendió? -preguntó Byrnes.
Nars soltó una rugiente
carcajada en cuya textura se enredaba una hebra de histeria.
-¿Qué les vendí? Nada...
nada. Durante todos aquellos años, no les dije nada que fuese útil para nadie.
¿Qué era lo que tenía para decirles? Respóndame, capitán Kirk. Usted fue quien
nos envió al infierno. Estuvimos pudriéndonos allí durante dieciocho años.
Durante todos esos años vivimos como lo hacen los muertos, sin nada que
diferenciase un día del anterior o del siguiente. ¿Qué era lo que podía
venderles?
Saltó de su asiento y aferró
a Kirk por los hombros, cogiendo a los guardias por sorpresa. Kirk le empujó
nuevamente hacia la silla, y los guardias le sujetaron, aunque con retraso.
Nadie habló. Nars respiraba trabajosamente.
-Durante dieciocho años, les
conté a los klingon unos secretos de Estado tan importantes como los
cumpleaños de la princesa, la desesperación y enfermedad del rey, la muerte de
lady Meya -susurró amargamente-. No tenía ningún secreto militar. Cuando
intenté romper el trato, me amenazaron con hacerle daño al rey y a su hija.
Dijeron que podían matarlos cuando les diese la gana, y que nadie se enteraría
o le importaría. Lo hice para proteger a la familia. No parecía haber mal
ninguno...
-Hasta que traicionó una
confianza sagrada y les habló a los klingon de esta misión -continuó Kirk con
voz pétrea.
-¿Qué más hizo usted con el
dinero obtenido? -preguntó Byrnes, apartando el tema de la ira que el capitán
Kirk apenas podía contener.
Nars se derrumbó sobre la
mesa.
-Nada. No hice nada -sollozó
lastimosamente.
-Compró los favores de
ciertas mujeres -le dijo cautelosamente Krail-, para ponerlo en términos
delicados en atención a usted, teniente Byrnes.
-No sabía que los klingon
pudiesen ser delicados -señaló ella-. No se reprima por mí.
Krail había ocupado el lugar
de Nars en la celda de interrogatorio. Kirk se hallaba recostado contra la
pared, y un par de guardias vigilaban la sala junto a la parte interior de la
puerta protegida con un escudo de energía.
-Si insiste usted...
-replicó Krail-. Nars no es el tipo correctísimo que él pretende aparentar.
Parece ser que, durante el tiempo que permaneció en Orand, desarrolló unas
cuantas depravaciones, incluida una cosa llamada hierbapipa. Creo que es para
fumarla. Realmente, podía desesperarse bastante si se le agotaban las reservas.
Supongo que podría decirse que era adicto a esa sustancia.
-¿Y cómo llegó a adquirir
dicha adicción? -preguntó Kirk-. ¿Es posible que haya sido usted quien le
inició en ello?
-Capitán, me ofende su
intento de relacionarme con... Kirk le interrumpió en seco, al asestar un
fuerte puñetazo sobre la mesa.
-Ya estoy harto de usted,
Krail. La suerte de Nars está fuera de sus manos. En cuanto a usted, tanto si
coopera como si no, confiesa o guarda silencio, tenemos pruebas suficientes
como para enviarle a una colonia presidio por el resto de su vida.
-No es un sistema muy
civilizado, capitán. -Enciérrenlo -dijo abruptamente Kirk.
Le dirigió al klingon una
mirada de desprecio y se mar
chó de la celda.
«La Flota Estelar tendrá su
espía, con un pez gordo que cayó en las redes como un regalo. Espero que se
sientan emocionados», pensó Kirk mientras se encaminaba hacia el turboascensor
por la cubierta de los calabozos. Nars había resultado ser indigno incluso de
desprecio, y un espía klingon menos, aunque fuese tan importante como Krail, no
constituiría la menor diferencia en la balanza del poder.
Entró en el ascensor que
aguardaba. Las puertas se cerraron con un siseo y él hizo girar la palanca de
control.
-Quinta planta.
Lo importante en ese momento
era conseguir llegar a tiempo a Sigma 1212. Todo el plan cuidadosamente trazado
había degenerado en una carrera contra reloj y contra los klingon. A aquellas
alturas, Kirk sabía que no tenía posibilidad de hacer cualquier otra cosa que
no fuese esperar que el apresurado viaje de rescate de la tripulación de la Galileo no se convirtiese en la búsqueda
de unos cadáveres.
El cuerpo del rey reposaba
en el depósito de la enfermería, y allí iba a permanecer. No habría urna de
piedra, ni correcta incineración shadiana, ni entrada en la otra vida. Todavía
no. Si Stevvin iba a reunirse con sus ancestros, llegaría tarde. Kirk esperaba
que los dioses lo comprendiesen y perdonasen.
15
Las montañas Kinarr se
alzaban como centinelas que desafiasen a los viajeros a atravesarlas. La
elevada cadena, casi tan antigua como el planeta mismo, guardaba la Corona de
Shad en algún punto oculto entre sus picos. Si la Galileo hubiese podido aterrizar en las coordenadas que había
señalado el rey, la búsqueda hubiese sido corta y directa; pero, mientras
ascendían cada vez más por las sendas que describían una espiral a través de
la perpetua niebla, McCoy sentía una mayor convicción de que la búsqueda era
desesperanzada.
Se detuvieron a descansar en
una cueva labrada en la ladera de la montaña por milenios de vientos y
lluvias. Por el momento, los protegía de las ráfagas que alternativamente
intentaban empujarlos contra la pared interior de roca que se alzaba a un lado
del camino, o arrojarlos por encima del borde exterior. McCoy le dio a Kailyn
una inyección de holulina; luego se sentó en el suelo y se recostó contra una
piedra.
-Spock, ¿por qué estamos
haciendo esto?
-Usted sabe por qué, doctor.
-Vuelva a decírmelo, porque
e n este momento tengo mis dudas. Aquí estamos, subiendo una montaña en alguna
parte de una cadena de trescientos veinte kilómetros...
-Sabemos que estamos
siguiendo el camino más lógico.
-No tenemos forma de saber
si nos hallamos a tres metros o a tres kilómetros de esa Corona.
McCoy sacudió la cabeza y
miró al otro lado de las montañas Kinarr. Las cimas de prácticamente todas se
perdían entre las densas nubes que flotaban sobre la región. La visibilidad
era limitada, pero lo que podía ver le hacía decididamente infeliz.
-Todas tienen el mismo
aspecto -gimió-. Por aquí no hay demasiados puntos de referencia, Spock. Hemos
estado ascendiendo desde esta mañana, llevamos ya cuatro horas de camino, y no
sabemos si estamos aproximándonos o alejándonos de nuestro objetivo. Eso hace
que sea difícil continuar.
-Vaya, ¿qué ha ocurrido con
su optimismo? -preguntó Kailyn.
-Lo dejé unos kilómetros más
abajo.
-Usted expuso de forma muy
precisa que teníamos pocas elecciones en el momento presente -señaló Spock con
paciencia-. Las discusiones no sirven absolutamente para nada.
-Mi cabeza sabe que tiene
usted razón, pero mis pies me dicen constantemente que está equivocado.
Kailyn se puso de pie.
-La Enterprise llegará aquí dentro de aproximadamente dos días. No
quiero que se marche sin nosotros, y la única forma que tenemos de asegurarnos
que estaremos a bordo es llegar al asentamiento de Shirn O'tay.
Le tendió una mano a McCoy y
le ayudó a levantarse. Refrescada por la inyección y el descanso, Kailyn se
puso en marcha a la cabeza del trío. McCoy_ echó a andar detrás de ella.
-La joven dama le ha
convencido con bastante presteza, doctor.
McCoy le dirigió una mirada
cáustica.
-Cállese, Spock.
La dificultad del ascenso
varió... de mala a peor por lo que a las piernas de McCoy respectaba. Cuanto
más subían, más abrupto se hacía el sendero. La vegetación se hizo escasa y
unas ráfagas heladas y cortantes les atravesaban las ropas. Las pequeñas
extensiones de nieve aparecían con creciente frecuencia, y muy pronto la mayor
parte del terreno rocoso apareció cubierta de blanco. La neblina se había hecho
más espesa, pasando de una fina bruma a una espesa cortina de niebla que
ocultaba incluso los picos más cercanos. Pasado un rato, McCoy encontró un
raro consuelo en el hecho de que no pudiese ver más allá del borde del sendero;
eso le permitía olvidar la escarpada pendiente que caía a pico a poca distancia
del suelo que pisaban. Alguna piedra que pateaban y ocasionalmente caía al
vacío, les servía de atemorizadora advertencia que repiqueteaba en las rocas
de más abajo y finalmente caía más allá de lo que el oído podía percibir.
Había una larga caída, muy larga.
-Entre dos mil cuatrocientos
y tres mil metros -calculó Spock durante la siguiente escala del camino.
McCoy estaba sentado, casi
tendido y con ambas piernas estiradas delante de sí.
-Tengo tantos calambres que
voy a necesitar una silla de ruedas, Spock. El aire se está haciendo demasiado
tenue. -McCoy se frotó los ojos y suspiró-. Soy demasiado viejo para esto.
Kailyn se dejó caer de
rodillas a su lado.
-No, no lo es. Puede que
esto le alivie. -La muchacha comenzó a masajearle el músculo de la pantorrilla
y la parte posterior del muslo-. Solía hacerle esto a mi padre cuando
regresaba de una excursión.
Durante un instante, una
mirada lejana le nubló la vista y el masaje se hizo más débil.
-No se detenga -le pidió
McCoy-. ¿Qué le ocurre?
-Nada -replicó ella con voz
melancólica-. Sólo estaba pensando en mi padre, preguntándome cómo estará.
-No se preocupe -le dijo
McCoy, cogiéndole una mano-. Puede que yo sea el cirujano jefe, pero los demás
pueden trabajar igual de bien sin mí.
-¿Ah, sí? -preguntó Spock
con tono indiferente-. Entonces, ¿por qué continúa el capitán soportándole a
usted?
-Porque soy una presencia
encantadora -le espetó McCoy-. Venga, pongámonos en camino.
Gruñó al ponerse nuevamente
de pie.
Kailyn se aferró a un brazo
del médico.
-Tengo promesas que cumplir
y kilómetros que recorrer antes de dormir -murmuró la muchacha.
-¿No es eso de un poema?
Ella asintió con la cabeza.
-De un magnífico poeta de su
planeta: Robert Frost.
-Ah, sí. Era de Nueva
Inglaterra. Yo siempre he preferido a los poetas de los estados del sur.
El sol de Sigma 1212
resplandeció con una gloria repentina y pasmosa. Después del tiempo pasado en
el espacio, donde los soles gigantes eran reducidos a parpadeantes puntos a
causa de la distancia, y los pasados días de lúgubres nubes y violentas
tempestades, la estrella que alumbraba el planeta brillaba ahora como un fuego
celestial, bañando las cumbres de las montañas y sus sombreros de nieve con un
brillo cegador. Mientras avanzaban, la densa niebla había comenzado a
aclararse gradualmente con la altitud, pero la brillante luz había aumentado
de una forma tan lenta, que les pasó inadvertida a los tres viajeros, más
concentrados en la senda que tenían bajo los pies que en el cielo que se abría
por encima de sus cabezas.
Así pues, el sol había
estallado sobre ellos como una llamarada celestial. Libres de la niebla, los
picos se alzaban por todas partes, y ellos permanecieron inmóviles, faltos de
aliento por la impresión, rodeados por prístina belleza y una blancura tan
inmaculada que les hacía daño mirarla. McCoy parpadeó, negándose a bloquear
aquella luz que le hacía sentir un hombre nuevo.
-Había olvidado cómo era la
luz solar -susurró.
Kailyn bajó la mirada hacia
las nubes que se extendían debajo de ellos. Antes habían parecido de un gris
inalterable, pero ahora, desde aquel punto aventajado, eran de un blanco puro
y espumoso, como una alfombra tendida a sus pies.
-Me da la sensación de que
podría saltar ahí abajo y caminar sobre ellas -dijo, acercándose
peligrosamente al borde del precipicio.
Se sentía ligera, como una niña
en un país de maravillas.
Ni siquiera Spock podía
resistirse al esplendor que se extendía ante ellos. Con los ojos
entrecerrados, paseó la mirada de un punto a otro del horizonte,
momentáneamente abrumado por el arrebatador panorama tendido más abajo como el
enorme lienzo de un pintor.
-Increíble -dijo con voz
queda-. ¡Semejante belleza en estado puro!
-Nunca he visto nada
parecido -afirmó McCoy.
Spock recorrió con los ojos
las escarpadas montañas, y luego los volvió hacia el sol, de color rojo
anaranjado. El sol. Se movía muy lentamente atravesando el cielo blanco azulado
en dirección al horizonte. El tiempo pasaba inexorablemente. La noche se
acercaba cada vez más.
Tenemos que continuar -dijo
finalmente.
McCoy creyó percibir una
punzada de pesar en la monótona voz de racionalidad, y miró directamente a los
ojos del primer oficial; en ellos encontró lo que buscaba.
Spock le devolvió la mirada
sin vergüenza.
-La apreciación de una
belleza tan absoluta no es nada ilógico, doctor.
-No, no lo es -replicó
suavemente McCoy.
Durante algún tiempo la
senda pareció descender, de concierto con el sol. Las sombras se alargaron y
se cruzaron en el camino mientras Spock abría la marcha. Una vez más, se
detuvieron para dar descanso a sus cada vez más agotadas piernas. También Spock
había comenzado a dar muestras de fatiga, en su respiración agitada y la obvia
rigidez del hombro derecho, el que se había lesionado durante su aventura de
la noche anterior. McCoy cayó sobre el suelo, casi exhausto, y Spock se
arrodilló junto a él.
-Quizá deberíamos acampar
aquí, doctor.
-No -resolló McCoy. Miró en
dirección al sol, que ya se había puesto muy por debajo de la alfombra de
nubes-. Todavía nos queda un poco de luz solar. Un poco más adelante.
-Todo lo que avancemos hoy,
será distancia que no tendremos que cubrir mañana -intervino Kailyn.
Spock se sentó en solitario
para consultar los mapas, mientras Kailyn se volvía hacia el extenso paisaje,
de espaldas a McCoy. Él la observaba con admiración. Una niña; no; una mujer
,joven. Mientras sus viejas piernas le pedían que permaneciese echado durante
un rato más, él sabía en aquel momento que Kailyn era más dura de lo que
cualquiera de ellos había supuesto. En los tramos más escarpados del ascenso,
incluso cuando habían tenido que atarse los unos a los otros por la cintura con
cuerdas de seguridad, ella nunca había desfallecido ni dado un paso en falso.
Estaba orgulloso de ella, y sintió el impulso de decírselo; pero no en aquel
momento; quizá más tarde, cuando acamparan en el frío de la noche que los
aguardaba. Con un esfuerzo mayor del que quería admitir, McCoy se puso primero
de rodillas; luego, moviendo una pierna cada vez, se puso de pie con
inseguridad. Ni Spock ni Kailyn lo vieron. Intentó respirar profundamente, pero
sus pulmones protestaron y se puso a toser, un sonido
retumbante que procedía de
lo más profundo de su pecho y lo alarmó. Kailyn lo oyó y volvió rápidamente su
cuerpo diminuto, que todavía estaba envuelto en el traje térmico que se le
ajustaba como una segunda piel. Su rostro manifestó la profunda preocupación
que sentía con un ceño muy marcado; aquella tos sonaba como la que tenía su
padre la última vez en que lo había visto.
McCoy le sonrió y luego
señaló con la cabeza a Spock, que todavía estaba concentrado en los mapas.
-¿Cree usted que estamos
perdidos y él no quiere admitirlo?
Spock levantó los ojos.
-Estamos siguiendo la ruta
correcta.
McCoy se inclinó hacia
Kailyn y dijo con un fingido susurro:
-Ya le dije que no querría
admitirlo.
La senda continuó
descendiendo por una ladera, y giró para describir una curva. Spock se detuvo
de pronto y levantó una mano para imponer silencio. McCoy aguzó el oído. No
había posibilidad de error: desde el camino llegaban hasta ellos unas voces. En
la estrecha senda de la montaña no había dónde esconderse, y los tres estaban
a punto de darse de bruces con un grupo de humanoides. Las siluetas se distinguían
más abajo y ascendían por la pendiente; parecían hombres de nieve, vestidos
con abrigos de color blanco.
-Oh, Dios -dijo McCoy en voz
baja-, por favor, no permitas que éstos sean como los otros.
Cautelosamente, Spock
avanzó.
-Programe su pistola fásica
para aturdir, doctor.
-No me gusta disparar contra
la gente, Spock -protestó el médico, pero desplazó el interruptor hasta el
punto indicado, y mantuvo a Kailyn oculta detrás de sí.
-Tampoco a mí me gusta, pero
es mejor estar preparado -señaló Spock.
Había algo tendido en la
senda, delante de ellos; la curva e inclinación de la senda los ocultó de la
vista del grupo de nativos que subía por la cuesta, y los tres se acercaron cautamente
a aquello. Se trataba de un animal muerto. Tenía el blanco manto de pelo
manchado de sangre, presumiblemente la suya propia, y las cuatro patas
desmañadamente tendidas debajo del cuerpo. O bien acababan de matarlo, o el
aire frío lo había conservado, ya que el cadáver no despedía ninguna clase de
olor. Al acercarse más, advirtieron que tenía dos cuernos muy retorcidos que le
nacían en la parte frontal de la cabeza. Era una bestia enorme, de al menos
dos metros y medio de largo.
-Sea lo que sea lo que lo
haya matado, despacha unos buenos tortazos -comentó McCoy. Se inclinó para
examinar el triple surco marcado en uno de los cuernos-. Parece alguna clase
de garra de tres dedos.
Entrecerró los ojos y apartó
con la mano una cosa que había en el extremo de un cuerno: se trataba de un
pedazo de piel de pelo blanco, ensangrentado-. También parece que le arrancó un
buen trozo a su atacante -dijo, deslizando el trozo de piel en un bolsillo.
-¡Qué criatura tan
magnífica! -jadeó Kailyn-. No murió sin antes luchar.
-Realmente -concedió Spock-.
A pesar de que fue herido de muerte, está sorprendentemente intacto. Lo que lo
ha matado tiene que haber sido carnívoro. Es extraño que no le haya arrancado
una parte de carne para alimentarse.
McCoy miró por encima del
borde de la montaña.
-Miren ahí abajo.
Spock y Kailyn lo hicieron.
A bastante distancia, apenas visible, había un animal de pelo blanco cuya
cabeza colgaba por encima del borde como una gárgola grotesca. Tenía el aspecto
de un cruce entre puma y oso. McCoy comenzó a hacer un comentario, pero fue
interrumpido por una nueva voz claramente amenazadora aunque hablaba una lengua
alienígena. Spock, McCoy y Kailyn se volvieron a un tiempo y vieron que el
camino estaba bloqueado por los humanoides que habían visto ascender por el
camino. Ahora sus rostros eran visibles, rodeados por caperuzas con borde de
piel, muy bronceados, bien afeitados, con flequillos perfectamente recortados
y tan negros como el azabache. Estaban furiosos.
Había una docena de ellos,
todos muy similares, y llevaban armas con punta de acero: lanzas, arcos y
flechas, y cuchillos de largas hojas. El jefe, más robusto que los demás,
habló en voz alta y señaló el cadáver del animal con gestos bruscos.
-Nosotros no lo matamos
-dijo tranquilamente Spock. No tenía ni idea de si el jefe del grupo le
comprendía; a
modo de explicación, señaló
los surcos abiertos en el cuerno del animal, al tiempo que evitaba hacer
gestos que pudieran alarmar a su interlocutor.
-Lo encontramos aquí,
muerto.
El fornido sigmaniano le
ofreció una réplica silenciosa: apuntó la flecha alojada en el arco hacia el
pecho de Spock. Ante un rápido movimiento de su cabeza, sus compañeros rodearon
al grupo de la lanzadera. Se movían con una agilidad extraordinaria, sin
manifestar temor alguno respecto al borde del camino ni al profundo abismo que
esperaba al que perdiese pie.
-Sugiero que no ofrezcamos
resistencia -dijo Spock en voz baja.
-Ya empezamos otra vez
-comentó McCoy mientras les ataban las manos a la espalda.
El sol poniente atravesaba
las nubes con sus rayos y pintaba los cielos con brillantes pinceladas de oro,
rojo y azul profundo. El grupo armado condujo a la tripulación de la Galileo montaña abajo hasta más o menos
un kilómetro de distancia, donde un estrecho paso dividía la cumbre en dos. La
senda no tenía más de nueve metros de ancho en la entrada, pero se ensanchó
gradualmente a medida que descendían, para abrirse finalmente como la parte
superior de un embudo, a unos ochocientos metros aproximadamente. Por último,
la cadena montañosa se interrumpió, y más abajo se vio un valle umbroso,
arropado por las elevadas Kinarr. A un lado, una profunda V de cielo separaba
dos montañas; ambas parecían inclinarse ante el sol para permitirle brillar
sobre la planicie interna. Pero, excepto por esa abertura, el valle estaba
completamente protegido por la cadena montañosa que lo circundaba.
Cuanto más se adentraban,
más cálido se hacía el aire: los vientos que reinaban en los altos picos
alpinos no entraban en aquel lugar, y la atmósfera estaba en calma.
Sólo la parte superior del
disco solar era visible, y bañaba las zonas del valle a las que podía llegar
con su radiación de color carmesí. La senda se transformó en escalones cuidadosamente
tallados en la rocosa superficie del planeta. Los escalones descendían
directamente ladera abajo, interrumpidos a grandes intervalos por anchas
plataformas de piedra. En cada una de éstas había una amplia losa con imagenes
talladas en su superficie y parecida a un altar: dibujos de animales que
cabriolaban contra el telón de fondo de las montañas. El jefe se arrodilló ante
cada uno de aquellos altares, mientras los otros permanecían silenciosamente
de pie y con la cabeza inclinada mientras él ofrecía una plegaria. Dicha
ceremonia se repitió cinco veces.
Por fin, los escalones
acabaron; desde la base de aquella escalera salía una multitud de senderos. El
cielo se había vuelto de color negro azulado, y las estrellas comenzaban a
destellar. De pronto se estremeció el suelo y desde una de las calles bajas llegó
hasta ellos un horripilante coro de aullidos y gruñidos. Poco después, un
rebaño de al menos cien animales apareció trotando. Caminaban a paso rítmico,
conducidos lentamente por unos veinte montañeses. Cuando pasaron, Spock
advirtió que varios de aquellos pastores eran mujeres, y que los animales eran
iguales a la bestia muerta que habían hallado en el sendero. Una nube de polvo
almizclado siguió al rebaño, y McCoy estornudó. Cuando los animales hubieron
pasado de largo, los cautivos fueron conducidos al interior de una caverna.
McCoy reprimió una ligera
sensación de náusea por volver a encontrarse en el interior de una cueva, pero
no le resultó difícil: aquella cueva se parecía a la de la noche pasada tanto
como una cabaña de adobe a una mansión del sur de los Estados Unidos.
La entrada era baja y
tuvieron que agacharse para entrar, pero el interior era una gruta de bóveda
alta con lámparas de aceite fabricadas con cerámica en las paredes y columnas
de apoyo hechas con bloques de piedra cuidadosamente encajados que se elevaban
hacia las sombras. La sala central estaba dominada por un altar inmenso y unos
escalones conducían al púlpito emplazado cuatro metros y medio más arriba.
Tallas coloreadas de animales decoraban todo el entorno.
Unos cincuenta montañeses
permanecieron al pie del altar, mientras un anciano de elevada estatura
ascendía por los escalones. Llevaba unas polainas blancas tejidas y un poncho
a rayas de brillantes colores. Su nariz aguileña sobresalía del rostro
enmarcado por largos cabellos blancos y una barba que le llegaba hasta la mitad
del pecho. Subió los escalones con paso ceremonioso y alcanzó la parte más
alta, donde yacía un animal pequeño que se contraía instintivamente al
intentar zafarse de las tiras de cuero que lo sujetaban. Era una cría del
rebaño, un macho de cuya frente nacían los incipientes cuernecillos. Las
diminutas pezuñas repiqueteaban contra la roca del altar. El hombre de elevada
estatura sacó un cuchillo destellante que llevaba a la cintura, metido en una
funda. Levantó los ojos y las manos hacia la bóveda que tenía encima y habló
con tonos resonantes. Spock entendió lo que decía.
-Dejad que los dioses del
viento nos vean y santifiquen este sacrificio de la Noche de Oscuridad. Cuando
las lunas vuelvan a brillar, que nuestras propiedades y la paz sean renovadas.
Bajó el cuchillo y la
pequeña bestia soltó un gañido. Luego quedó inmóvil; el golpe limpio había
hecho su trabajo con misericordia, pero McCoy aún se sentía vagamente mareado.
Dirigió sus ojos hacia Kailyn, que contemplaba el ritual con los ojos muy
abiertos y completamente absorta.
Dos hombres jóvenes,
vestidos con polainas y chalecos en lugar de los pesados abrigos de montaña,
subieron rápidamente los escalones del altar cuando descendió el anciano de
elevada estatura. Desataron al animal muerto y se lo llevaron por un corredor
que partía de la cámara principal.
El fornido jefe que los
había encontrado en la senda, aguardó pacientemente hasta que el anciano
consiguió atravesar un apretado grupo de montañeses reunidos en torno a él.
Finalmente, cruzó la cámara y se detuvo ante el jefe, que le susurró algo al
oído. El anciano asintió con su blanca cabeza; los demás retrocedieron y él se
acercó a los prisioneros, mirándolos con ojos penetrantes. Tenía el rostro
entrecruzado por líneas y arrugas, como un intrincado mapa labrado en cuero
viejo. La nariz aguileña presentaba venas prominentes, y los ojos se hallaban
cargados por pliegues de piel floja; pero su rostro manifestaba una fuerza
tranquila, y su voz estaba cargada de autoridad.
-¿Quiénes son ustedes que
atacan a los rebaños de las ovejas de nieve?
Spock alzó una ceja.
--Nosotros no hemos atacado
sus rebaños. Nosotros encontramos el animal muerto en el sendero, de la misma
forma que sus hombres. La oveja de nieve había sido atacada por algo con una
garra de tres dedos, y... -¿Cómo sabe eso?
-Vimos los surcos abiertos
por las garras en un cuerno de la oveja, y encontramos esto.
McCoy dirigió el bolsillo
trasero de sus pantalones termales hacia Spock, y el vulcaniano sacó del
interior el pedazo de piel blanca ensangrentada. El anciano lo cogió y luego
se volvió hacia el jefe de la patrulla.
-¿Viste tú esas marcas?
El hombre asintió con la
cabeza y examinó el trozo de piel de animal.
-Vimos al atacante tendido
sobre la cornisa inferior a aquella sobre la que se encontraba la oveja de
nieve -declaró Spock-. Era del mismo color que ese trozo de piel.
El anciano respiró
profundamente.
-Un zanigret -le dijo al
jefe de patrulla-. Estos viajeros han sido retenidos sin necesidad. Déjalos
libres.
Las sogas que les sujetaban
las manos fueron desatadas de inmediato.
-Quedan ustedes en libertad
-anunció el anciano. -¿Ahora? -preguntó McCoy.
El anciano bajó sus ojos
hasta McCoy, con una mirada
de curiosidad.
-Por supuesto, pero sólo los
idiotas viajan en la oscuridad, cuando merodea el zanigret. Pueden quedarse
con nosotros hasta la mañana, y luego regresar a sus tierras natales.
-No podemos regresar a
nuestras tierras natales -le respondió Spock-. El sitio del que procedemos
está muy lejos de estas montañas. Antes de poder regresar, tenemos que recuperar
algo que un amigo dejó aquí hace mucho tiempo.
-¿De qué se trata? Quizá yo
pueda ayudarlos.
-Tal vez pueda. Estamos
intentando encontrar el asentamiento de Shirn O'tay. ¿Lo conoce usted?
Los ojos del hombre se
contrajeron bajo las blancas cejas, y él sonrió.
-¿Están buscando la Corona
del rey?
-¿Cómo sabe usted eso?
-preguntó McCoy, atónito, y
mientras formuaba la
pregunta, la respuesta surgió en su mente-. Por supuesto... usted es Shirn
O'tay. El anciano hizo una profunda reverencia.
-No ha pasado un solo día en
el que no pensara en el rey. ¿Cómo se encuentra?
-Está enfermo -respondió
Spock-, demasiado enfermo como para venir él mismo a recuperar la Corona. Ésta
es su hija, Kailyn.
-Ah, sí -exclamó Shirn con
deleite-. La niña, aquella niña pequeña. Pero has crecido. -Shirn sacudió la cabeza-.Cuando
pienso en todo el tiempo pasado y el viento que ha soplado entre las
montañas... -Se interrumpió a media frase-. Oh, por supuesto que ustedes vienen
desde mucho más allá de estas montañas. Vienen de otros mundos, otras
estrellas. Deben quedarse a descansar y comer con nosotros. -Dio unas palmadas
y gritó-: ¡Preparaos para el Banquete de las Lunas! ¡Vamos, vamos! ¡Comerán
ustedes sentados sobre mi manta!
El anciano jefe condujo a su
pueblo desde la cámara sagrada a una caverna lateral más pequeña en la que
tendría lugar el banquete. Spock, McCoy y Kailyn siguieron a la muchedumbre.
-Estamos en la zona de
alojamiento -exclamó McCoy con entusiasmo-. No creía que viviría para verla.
Pero el alegre grupo
arrastró a Kailyn sólo en cuerpo; su espíritu estaba inquieto. Se había
concentrado tanto en los obstáculos físicos que estaban en el camino que la
conduciría hasta la Corona, que se había permitido olvidar la rigurosa prueba
con la que tendría que enfrentarse en solitario. Ni McCoy ni Spock podrían
ayudarla una vez que aquel objeto fuese depositado sobre su cabeza. La mayor
tarea de su joven vida estaba más cerca de lo que ella nunca había pensado que
se hallaría, y hacía que el viaje a través de los terrores de Sigma 1212
pareciese un juego de niños. Se sorprendió deseando que se hallaran todavía en
los senderos de alguna parte de las montañas, en cualquier parte menos tan
cerca de la Corona de Shad como en aquel momento.
16
Hacía mucho tiempo que se
había agotado la paciencia del comandante Kon. La tormenta espacial había
evitado que se acercasen más a Sigma 1212 durante casi dos días, y la tensión
a bordo de la nave espía klingon estaba peligrosamente cerca del punto de
ebullición. El corpulento oficial artillero miraba con incomodidad a Kon de vez
en cuando; no cabía duda de que la mandíbula del hombre aún sentía dolor a
causa del puñetazo que Kon le había asestado en la pelea que ambos habían
tenido por la mañana.
Como comandante, Kon
prefería que sus órdenes fuesen obedecidas sin necesidad de recurrir a tácticas
de persuasión, y desde luego sin tener que pelear; pero el teniente Keast
había insistido en dar un consejo que nadie le había pedido. Cuando Kon le
advirtió que estaba al borde de la insubordinación, Keast se volvió
insultante. El puñetazo lo había silenciado de forma bastante eficaz, aunque,
al reflexionarlo más tarde, Kon reconoció ante sí mismo que había sido
afortunado al coger con la guardia baja a aquel teniente mucho más corpulento y
joven que él.
A medida que pasaban las
horas, miraba a Kera cada vez con mayor frecuencia. No sólo prefería la belleza
de ella al rostro malhumorado de sus oficiales masculinos, sino que era ella
quien le informaría si la tormenta amainaba. Finalmente, la mujer lo hizo.
-¿Podemos entrar, Kera?
-Sí, comandante. Estoy
completando el análisis de la zona por medio de los sensores.
Se volvió hacia la terminal
de la computadora, descansando levemente las manos sobre varios interruptores
de control, preparada para pasar de un modo a otro y de una a otra pantalla.
El río de datos significaba
muy poco para Kon, que esperó una vez más con unas reservas de paciencia
recargadas.
-Ocurre algo extraño, señor
-dijo Kera con el entrecejo fruncido. Pulsó una secuencia de botones-. Estoy
recibiendo un mensaje de la Federación.
Kon se irguió en su asiento.
-¿Está la Enterprise en su radio de alcance?
-Negativo, señor. No hay más
naves que la nuestra.
-Entonces, ¿con quién se
están comunicando?
-Ah, ya veo. Con nadie. El
mensaje se repite una y otra vez. Es una señal de emergencia automática.
-Así que... la nave de la
Federación no consiguió aterrizar bien, después de todo. Nuestra decisión de
esperar fue un excelente movimiento estratégico, ¿no lo cree así, Kera? -dijo
Kon en voz alta, con un tono mordaz dirigido a Keast, que estaba sentado en su
puesto con rostro malhumorado.
Kera sonrió serenamente.
-Excelente, comandante.
-Quizá después de esa misión ella volvería a considerar la posibilidad de tener
relaciones sexuales con él. La expresión de los ojos del hombre era inconfundible:
la decisión dependía de ella, pero eso era algo para meditarlo más adelante-.
Estamos fijos sobre la posición de la nave de la Federación, señor. Podemos
proceder al aterrizaje.
La nave klingon se posó a un
kilómetro -y medio de la abandonada Galileo,
en un claro cercano al arroyo que corría veloz y crecido dentro de sus
márgenes. Era el momento de la puesta del sol, aunque la capa de nubes hacía
que el cielo pareciese más oscuro, casi completamente negro. Con el rayo de una
linterna alumbrando el camino que se extendía ante él, Kon abrió la marcha
hacia la lanzadera. Las ráfagas del cortante viento barrían los terrenos de
las tierras bajas, y los cuatro klingon sacaron sus armas al aproximarse
cautelosamente a la nave.
-¿Obtiene alguna señal de
vida? -preguntó Kon.
Kera recorrió la Galileo con un sensor.
-Ninguna.
Kon se volvió hacia los dos
oficiales hombres.
-Quédense de guardia aquí
mientras nosotros registramos el interior.
Sopló una fuerte ráfaga y el
casco metálico desgarrado crujió y gimió. Kon se volvió por reflejo con el arma
a punto, tras lo cual se volvió y miró a la oficial científica con timidez.
-Toda esa espera me ha puesto un poco nervioso. -Trate de no dispararme por
accidente. Kon sacudió la cabeza.
-A usted, no. A Keast, tal
vez.
Ambos se echaron a reír y se
metieron debajo del flanco de la lanzadera para poder llegar hasta la
escotilla de entrada.
Una vez dentro, Kon recorrió
el interior con el rayo de luz de la linterna, mientras Kera dirigía el sensor
hacia los escondrijos y rincones.
-No hay cadáveres -meditó
Kon.
-Pero aquí tenemos sangre
-señaló la oficial científica, recogiendo el paño con manchas de color marrón
oscuro-. Alguien resultó herido.
Los interrumpió un suave y
repetitivo golpeteo sobre el casco de la lanzadera.
-¿Qué es eso? -preguntó Kon.
-Parece el sonido de la
lluvia.
Escucharon durante unos
instantes, y el golpeteo se hizo más insistente... más fuerte, ruidoso, rápido.
-Comandante -gritó Keast desde la compuerta-, aquí fuera llueve a cántaros. Los
cielos se han abierto de pronto. -Si acaba empapado -dijo Kera en voz baja-,
nunca oiremos el final de sus quejas. ¿Quiere tener que volver a golpearlo?
Kon adoptó una expresión de
asco.
-Muy bien -gritó-. Entren
aquí los dos.
Keast y su compañero de
guardia subieron por la maltrecha entrada. Ya estaban empapados, y el aire
helado los hacía tiritar. Kon les echó una mirada de ferocidad, mientras Kera
continuaba con su minucioso reconocimiento de la cabina de la lanzadera.
-Las armas han desaparecido.
La mayor parte de las reservas de comida han quedado aquí, señor, pero están
contaminadas.
-¿Evaluación?
-Yo diría que fueron capaces
de salir de aquí, pero hasta dónde pueden haber llegado es algo difícil de
determinar, especialmente con las condiciones atmosféricas que tiene este
planeta.
-Sí -dijo Kon con aire
pensativo-. Los enclenques de la Federación no podrían medrar en un clima tan
duro, a diferencia de nosotros, los klingon. -Les dirigió una feroz mirada a
los temblorosos oficiales-. Al menos, la mayoría de los klingon.
-Lo siento, comandante
-protestó Keast-, pero hace mucho frío... y la temperatura está bajando.
-Estén donde estén, van bien
armados -continuó Kon-. Eso significa que podrían haber atacado a cualquiera de
los nativos de la zona para conseguir comida y cobijo.
-Excepto por el hecho de que
los cobardes de la Federación no operan con tanta eficiencia -le recordó Kera.
-Cuando se trata de
sobrevivir, incluso un perro oficial de la Flota Estelar como ese medio
vulcaniano, Spock, mataría si le dieran la oportunidad. Métanse eso en la
cabeza todos ustedes. Si los encontramos, prepárense para disparar a primera
vista.
-Entre tanto, señor -dijo
Keast con tono beligerante-, ¿qué vamos a hacer?
-Esperaremos a que amaine
esta tormenta. Odiaría que tuvieran que volver a mojarse.
-Pero los espías de la
Federación podrían estar...
-...sentados en alguna
parte, haciendo exactamente lo mismo que nosotros: esperar -dijo Kon,
interrumpiéndolo-. No perderemos terreno. Estoy seguro de que no se encuentran
lejos de aquí, y no tendremos ningún problema para seguirles la pista cuando
mejore el tiempo. No tendrá usted tantas reticencias a viajar en la oscuridad
como las tiene a permanecer bajo la lluvia, ¿eh, Keast?
-No, señor, no las tengo -le
respondió el teniente con tono rígido.
Los klingon pasaron una hora
en el casco de la lanzadera lleno de goteras, pero la lluvia no hizo más que
empeorar. Un remolino de viento se desplazaba atravesando el bosque, arrancando
árboles y arrojándolos lejos como si fuesen finas ramas. El tornado recogía
toda clase de desechos y los arrastraba aullando por las tierras llanas y los
elevaba por encima de las colinas. Llegó hasta la Galileo y la sacudió como a un juguete de niño que fuese arrojado
por el aire por la mano de un gigante.
Los klingon nunca llegaron a
saber qué los atacó. Keast murió instantáneamente al golpearse la cabeza contra
un mamparo divisorio. El otro oficial fue catapultado a través de la escotilla
abierta y se estrelló contra las piedras que había abajo antes de que la
lanzadera le rodase por encima. Kera y Kon se aferraron a los asientos que aún
estaban sujetos al piso, y ambos estaban con vida cuando el ciclón pasó de
largo y la Galileo, rota en dos
mitades, se detuvo contra un barranco emplazado a casi cien metros de la
posición que ocupaba antes.
Salieron tambaleándose bajo
la fuerte lluvia. Kon cayó al suelo, semiinconsciente. Kera mantenía el brazo
derecho apretado contra el flanco para protegerse una costilla que sospechaba
que se había fracturado. Se arrodilló en el fango y utilizó una manga de su
traje para limpiar la sangre que cubría los ojos del comandante; fue entonces
cuando vio la profunda y fea brecha abierta encima de la nariz del hombre.
-¿Puede ponerse de pie, Kon?
-Creo que sí. Tenemos que
regresar a nuestra nave. Ayúdeme a levantarme.
Ella hizo todo lo que puso,
y ambos cojearon hacia el relativo abrigo de los árboles.
-El arroyo -susurró Kon
entre los labios ensangrentados-. Tenemos que seguirlo.
-Ya casi hemos llegado.
Kon tropezó y, al caer, se
aferró a Kera para sostenerse. El brazo de él se cerró con fuerza en torno a la
cintura de la mujer, y ella profirió un alarido de dolor: Kon acababa de
encontrar la costilla rota.
La mujer contuvo la
respiración y las lágrimas, consiguió que ambos recuperasen el equilibrio y
continuó avanzando por entre los árboles.
Pudieron oír el rugido del
agua justo delante de sí, aunque resultaba casi inaudible por encima del
aullido del viento; sin embargo, sería la guía que los llevaría de vuelta a la
seguridad de su propia nave.
Los truenos retumbaban en el
oeste. Una cabeza de Medusa de rayos rasgó el cielo, separándose los unos de
los otros y precipitándose sobre el planeta que se extendía debajo. Uno de
ellos cayó sobre un añoso árbol que se encumbraba por encima del camino. El
árbol estalló y se hizo pedazos, arrojando astillas de madera como metralla en
todas direcciones. Kera empujó a Kon para resguardarlo tras otro árbol de
ramas bajas... un instante demasiado tarde. Una estaca dentada se clavó en el
pecho de Kon y éste murió antes de tocar el suelo. Kera se tendió sobre él.
-¡No! -gritó, y luego
reprimió otro grito que había comenzado en lo más profundo de su garganta. La
única respuesta de los torturados señores de la naturaleza que regían aquel
planeta salvaje, fue la invariable lluvia torrencial, el trueno y el crepitar
del tocón del árbol en llamas. La madera chamuscada siseaba al caerle encima
la lluvia, y se convertía en vapor.
Kera estaba sola... pero era
una klingon. Tendría que continuar adelante e intentar cumplir aquella
misión... sola, o morir en el intento.
17
S irn O'tay demostró ser un
anfitrión afable. Su manta era en realidad una suntuosa alfombra fabricada con
varias pieles de zanigret y acolchada con lana de ovejas de nieve. El Banquete
de las Lunas señalaba la ausencia simultánea de ambas lunas en el firmamento,
y eso ocurría sólo cuatro veces al año debido a las órbitas desiguales de los
satélites de Sigma. El oscurecimiento de los cielos representaba el
purificador cambio de las estaciones, y las lunas nuevas que saldrían a la
noche siguiente eran adoradas como heraldos de la buena suerte.
Las largas fuentes de carne
de las ovejas sacrificadas para la ocasión, y el surtido de verduras y hierbas,
fueron una visión agradable para el trío de la lanzadera; eran muy diferentes
de las bayas y concentrados que habían comido durante los últimos dos días.
Finalmente habían tenido la posibilidad de quitarse los trajes térmicos sucios
y desgarrados, tras lo cual McCoy y Kailyn se atiborraron de comida; Spock
comió sólo verduras y hierbas, y los tres escucharon ávidamente las respuestas
que dio Shirn a las muchas preguntas formuladas acerca del asentamiento de la
montaña.
-Hemos vivido de forma muy
parecida durante cientos de años -les explicó el anciano-. Nuestros antepasados
encontraron este valle, e interpretaron el descubrimiento como una señal de
los dioses del viento. Como ya habrán, visto, nuestro mundo no es en general
hospitalario.
-Bueno, ciertamente hemos
tenido bastantes muestras de los malos modales del planeta -replicó McCoy entre
dos bocados.
-Esa tormenta con la que nos
encontramos en las tierras bajas... ¿es algo común en el clima de este mundo?
-preguntó Spock.
-Para las tierras bajas, sí.
Incluso lo es para las montañas; pero no en el interior del seno de las
Kinarr, donde nos hallamos ahora. En la planicie rara vez tenemos algo más que
una suave nevada. Las ovejas de nieve vivían en este valle desde antes de la
llegada de nuestros antepasados, y fueron muy fácilmente domesticadas. Existe
una historia que les hacemos relatar a los niños durante los festines, para
que se perpetúen las antiguas leyendas. ¡Tolah! ¡Tú comenzarás!
Un duendecillo con forma de
niña se levantó de una manta emplazada al otro extremo de la cueva. Avanzó sin
hacer ruido y se detuvo ante Shirn. Parecía tener unos ocho años de edad, y
llevaba un brazalete de cascabeles que tintineaban dulcemente cuando ella se
movía. El anciano le tendió un pergamino.
-Tolah, la historia de la
primera oveja de nieve.
La niña se alejó de Shirn
con un enorme paso de ballet, y habló con voz muy seria.
-La primera oveja de nieve
saludó a nuestros ancestros en el cruce de las Kinarr, y tenía grandes cuernos,
mucho más grandes que los que tiene ahora.
Conocía el relato de memoria
y continuó sin mirar ni una sola vez el pergamino.
-Y no quería dejar pasar a
nuestros ancestros. Y la oveja de nieve dijo: «No podéis entrar aquí. Ésta es
una tierra sagrada y sólo los pueblos sagrados pueden morar en ella». Y
nuestros ancestros le dijeron: «Nosotros somos un pueblo sagrado. Los dioses
del viento os dijeron que guardaseis esta tierra para nosotros». Y entonces...
-Muy bien, Tolah -la alabó
Shirn, con los ojos brillantes de placer-. Kindel... continúa tú.
Kindel, un chico rubio de
unos trece años, tomó el pergamino y leyó con tonos cuidadosos y solemnes.
-«Demostrad que sois
sagrados», dijo la oveja. Y el Padre Primero aferró a la oveja por los cuernos
y lucharon durante cuatro estaciones. Cuando las estaciones terminaron, la
oveja dijo: «Yo soy la criatura más fuerte, enviada para custodiar las tierras
sagradas. Sólo alguien perteneciente a los pueblos sagrados puede tener la
misma fuerza. Sois verdaderarnente kinarri, hijos de las Kinarr. Sois
bienvenidos a morar en paz con nosotras, y mis hermanos y hermanas serán
vuestros sirvientes». Y ésta es la historia de la primera oveja de nieve.
Kindel enrolló lentamente el
pergamino y se lo entregó a Shirn. El anciano asintió, lleno de orgullo. Tras
hacer una ceremoniosa reverencia, el chico volvió a sentarse con su familia.
Más tarde fueron retiradas
las fuentes y trajeron frutas escarchadas junto con una bebida dulce y muy
caliente hecha con savia de árbol. Spock preguntó por qué Shirn y su pueblo no
habían modernizado nunca su modo de vida.
-Porque no tenemos ninguna
razón para hacerlo, señor Spock. Yo me fui al exterior para asistir a la
escuela cuando era pequeño. Mi padre me envió a una colonia de la Federación
con la esperanza de que pudiera aprender algo nuevo para ayudar a nuestro
pueblo.
-¿Aprendió algo? -preguntó
Kailyn.
-Aprendí qué era lo que no
necesitábamos ser, y que un jefe no puede obligar a que alguien cambie cosas
que no puede cambiar. Aquí tenemos una comunidad pequeña, quizá unas
quinientas personas. Las fuentes cálidas de las cavernas conservan nuestras
huertas a las que alumbramos con luces especiales que les compramos a los
comerciantes. Las ovejas de nieve nos proporcionan carne, leche, queso, abono
para fertilizar las tierras, ropa y otros artículos. Una oveja que muere o es sacrificada,
la aprovechamos completamente. Los ataques de los zanigret son el único
problema que tenemos, y se producen principalmente durante la noche. Por eso
guardamos los rebaños en cuevas durante las horas de oscuridad. La que ustedes
encontraron se había escapado.
-Una economía semejante,
aplicada en mayor escala en un sistema de vida más moderno... -comenzó a decir
Spock.
-...es muy difícil de
conseguir. No estamos aislados de los avances de nuestra era. Adoptamos nuevas
herramientas, y comerciamos libremente cuando los mercaderes interestelares
pasan por aquí; pero no queremos trastornar nuestro equilibrio, nuestras
tradiciones de tantos años.
-Esto es Shangri-la -murmuró
McCoy.
-¿Qué significa eso?
-preguntó Shirn.
-Es una antigua leyenda de
la Tierra que habla de un lugar oculto en las alturas de las montañas del
Himalaya,
donde las cosas no han
cambiado durante miles de años, y en el que la gente no envejece. Ahora, eso
sería algo que me vendría muy bien.
Shirn soltó una triste
carcajada.
-Como puede ver, doctor,
nosotros sí que nos hacemos viejos.
-Se suponía que Shangri-la
era un paraíso, y eso es lo que parecen tener aquí ustedes.
-Si me permite que se lo
pregunte -intervino Spock-, ¿cómo funciona la sucesión en el poder?
-Tenemos una mezcla de
democracia y monarquía. El hijo o hija mayor del último jefe es quien se hace
cargo del gobierno, a menos que la mayoría vote por otra persona. Sin embargo,
raramente surgen desacuerdos. Por ejemplo, mi hija, la madre de Tolah, me sucederá
cuando yo muera.
La conversación, a pesar de
lo fascinante que era, con intercambios de información tremendamente
gratificantes por ambas partes, se desvió finalmente hacia la Corona de Shad.
Kailyn escuchaba, como había hecho durante la mayor parte de la noche.
-¿Podemos verla? -preguntó
McCoy.
-No la tenemos aquí mismo
-le respondió Shirn.
-¿Dónde la guardan,
entonces? -inquirió Spock.
Shirn frunció los labios.
-En un lugar seguro. El rey
Stevvin me advirtió que no debía ser fácilmente accesible por si sus enemigos
llegaban a averiguar adónde la había llevado. De hecho, él ni siquiera sabe su
emplazamiento exacto; eso lo dejó en mis manos.
-Bueno, ¿podremos
recuperarla esta noche? -preguntó McCoy.
-Me temo que no. Nos llevará
varias horas llegar hasta el sitio en el que se halla, y no podremos partir
hasta que haya despuntado el día. -Una mirada de congoja atravesó el rostro
acribillado de venas de Shirn-. Incluso entonces, no puedo simplemente dejarles
que se la lleven.
-¿Por qué no? -fue la
siguiente pregunta de McCoy.
-Porque le prometí al rey
que sólo al legítimo gobernante le sería permitido llevársela.
McCoy montó en cólera.
-Kailyn es la gobernante
legítima. Tiene que creerlo.
-Con el corazón, les creo
todo lo que me han contado, sin excepción alguna; pero hice un juramento.
Kailyn tiene que demostrar quién es.
-¿No es nuestra palabra una
prueba suficiente? -Los ojos de McCoy destellaban de ira y Kailyn le tocó una
mano.
-Shirn tiene razón. También
tendré que demostrarlo en mi planeta. Es muy conveniente que primero tenga que
demostrarlo aquí.
-¿Cómo?
-Mostrando que poseo el
Poder de los Tiempos, que puedo controlar los cristales de la Corona.
Cuando hubo acabado el
banquete, Kailyn encontró a Spock en una sala de pergaminos, una cueva cuadrada
adyacente a la gruta principal. Allí, unos armarios llenos de rollos de
pergamino contenían la historia de los pastores de las Kinarr desde los tiempos
en que se establecieron en la protegida planicie. Los rollos estaban
esmeradamente escritos por las manos de tantos escribas diferentes como generaciones
del pueblo de Shirn habían existido. Primorosos dibujos y diagramas surgían a
veces para ilustrar relatos de caza y cosecha, leyendas de los dioses del
viento y heroicas hazañas. Con la ayuda de un juego de páginas de traducción,
Spock era capaz de captar el sentido de la mayor parte de lo que leía, idea por
idea, si bien no palabra por palabra.
Mientras leía, grababa las
obras manuscritas en su sensor, tras haber convencido a Shirn de que sería una
terrible pérdida para la historia si alguna vez los pergaminos eran destruidos.
El vulcaniano levantó la
mirada cuando Kailyn se sentó sobre la alfombra, a su lado.
-¿Son interesantes? -le
preguntó.
-Bastante. Es raro que una
sociedad que vive a un nivel relativamente tan primitivo como éste mantenga
unos archivos tan minuciosos de historia escrita.
-Habitualmente, sólo
mantienen un registro histórico oral, ¿no es cierto? Pasa de generación en
generación en forma de fábula.
Spock alzó una ceja,
ligeramente sorprendido.
-Correcto.
Kailyn sonrió.
-La historia social era una
de mis asignaturas preferidas cuando estaba creciendo. -La sonrisa desapareció
de los labios de la joven, que desvió la mirada-. Crecer. Todavía tengo la
sensación de que estoy creciendo.
-Eso no es insólito -dijo
Spock suavemente-. Nunca he comprendido por qué muchas razas inculcan en sus
descendientes la noción de que el crecer, como usted lo llama, es meramente
una etapa de la vida por la que uno pasa durante un período de tiempo finito.
-¿No lo es?
Spock negó con la cabeza.
-Quizá la terminología lleva
a un error de percepción. Si tan sólo se refiriese a la «maduración», sería más
fácil conceptualizarlo como un proceso que continúa a lo largo de toda la vida.
-Eso es demasiado lógico
para la mayoría de los seres, señor Spock -le dijo ella con una sonrisa
irónica-. La mayoría de las razas no son vulcanianas.
-Eso es lo que el doctor
McCoy me dice constantemente. En lugar de dedicar más esfuerzos a la tarea de
volverse más lógico, prefiere evitarlo y permanecer...
-¿Incapacitado? -propuso
Kailyn.
-Yo no emplearía una palabra
tan fuerte.
-¿Por qué no? Constituye una
incapacidad el dejarse aprisionar por las emociones y los miedos.
-Los vulcanianos tenemos
emociones -dijo cautelosamente Spock-. Sin embargo, no permitimos que constituyan
una interferencia para las observaciones racionales y la capacidad de juicio.
-Ojalá fuese yo vulcaniana.
Haría la tarea de gobernante mucho más fácil.
-No necesariamente, Kailyn.
-Pero yo lo he observado a
usted. Usted es capaz de valorar las situaciones, escuchar las opiniones de
los demás, sopesar las alternativas... y actuar, en consecuencia, con vigor en
los momentos de crisis.
La joven suspiró, y sus ojos
adoptaron una expresión aún más triste de lo habitual.
-Está usted sacando
conclusiones de datos incompletos. Sólo me ha observado en un limitado número
de circunstancias.
-Pero sé lo que he visto...
-Usted me vio actuar como
jefe porque fui colocado en dicha posición por orden del capitán Kirk.
-¿Quiere ser capitán usted
mismo?
Spock sonrió; ¡con cuánta
frecuencia había oído esa mis ma pregunta!
-No. Prefiero reunir
información y entregarla de una forma metódica y útil a aquellos que mejor
puedan aplicarla a la hora de tomar decisiones. Aconsejar, cuando se me
consulta.
-Pero usted está al mando de
esta misión...
-Como vulcaniano y oficial
de la Flota Estelar, cumplo con los deberes que se me encomiendan. El capitán
Kirk es un ejemplo del que podría usted aprender muchísimo.
-¿Qué es lo que hace a un
dirigente, señor Spock?
Se detuvo a considerar la
respuesta, y pensó principalmente en Kirk: las cualidades que hacían de él un
hombre al que los demás se volverían siempre en busca de ayuda, y lo seguirían.
-La habilidad para delegar
tareas, para conocer a los subordinados tan bien y confiar en ellos tan
completamente que pueda dejar en sus manos el trabajo exactamente igual que si
fueran el capitán mismo. A su vez, ellos confían en él y le otorgan
voluntariamente su lealtad.
-No me refería solamente al
capitán Kirk.
-Me doy cuenta de que su
referencia era genérica, pero no conozco ningún ejemplo mejor que ése -dijo
Spock con voz queda.
-Eso es lo que decía siempre
mi padre. -Kailyn volvió a suspirar-. Ojalá el capitán estuviese aquí para
poder hablar con él... o mi padre.
-Podría intentar hablar con
Shirri O'tay. Kailyn se animó.
-Creo que eso haré.
Un hombrecillo barbudo y de
baja estatura saltaba de un lado a otro, y su voz cascajosa casi le gritaba a
Shirn.
-¡Pero te juro que el macho cabrío es mío!
Un hombre más joven se
inclinó y miró al hombrecillo barbudo a la misma altura.
-Y yo digo que es mío. Llegó
a la cueva con mi rebaño; eso lo convierte en mío.
Sentado en la alfombra
blanca tendida sobre el suelo en medio de ambos, Shirn escuchaba pacientemente
y buscaba el momento correcto para intervenir. Cuando el hombrecillo barbudo
hizo una pausa para respirar, Shirn hizo sonar su voz... rápidamente.
-A este paso, el macho
cabrío morirá de viejo antes de que decidáis algo.
-Eso no ocurrirá; yo lucharé
con él por el animal -dijo acaloradamente el hombrecillo barbudo.
El joven pastor puso los
ojos en blanco.
-Oh, dioses de las montañas.
Tú siempre quieres pelear, Blaye. ¿Cuándo vas a...?
-Un momento, Dergan -le dijo
Shirn al pastor más joven-. Blaye tiene razón en parte. La lucha es una de las
maneras de arreglar los desacuerdos.
Blaye plantó los pies muy
separados sobre el suelo y las manos en las caderas, como si dijese: «Ya te lo
dije yo».
-Pero -continuó Shirn- es
una forma muy molesta de hacerlo. Incluso si uno gana, acaba magullado y
cansado. Recuerdo cuando era joven y luché por una oveja de nieve. Oh, gané
yo, pero estaba tan cansado, que no pude arrastrarla de vuelta a mi rebaño, y
se escapó para caer directamente en las garras de un zanigret.
Blaye movió nerviosamente la
mandíbula de un lado a otro, suavizando ligeramente su postura belicosa. Los
ojos de Shirn se pasearon del uno al otro.
-¿Existe alguna otra forma?
-preguntó el anciano jefe.
-Para eso es para lo que
hemos venido a ti -le dijo el hombrecillo barbudo.
-Ah, claro. Podemos matarlo
y dividirlo en dos.
-Espera -protestó Dergan-.
Ese macho cabrío podría ser padre de muchos otros durante años. Yo no voy a
renunciar a un animal vigoroso por un montón de carne y hueso.
-¡Tampoco yo!
-Bueno, entonces ¿qué os
parece si os repartís por igual todas sus crías?
-¡Nunca! -rugió Blaye, cuya
voz retumbó en todas las paredes de la caverna-. Yo tendré que esperar tres
Banquetes antes de obtener esos corderos. Entre tanto, él lo tendrá
constantemente, y ese macho cabrío fecundará a todas las ovejas de su rebaño.
-Dergan, ¿tienes alguna
oveja preñada?
-Tres de ellas.
-Respóndeme a lo siguiente:
tú no tenías ese nuevo macho cabrío cuando saliste a pastorear esta mañana,
¿no es cierto?
-¡Tampoco lo tenía él! Y el
animal no tiene ninguna marca...
-Pero ahora lo tienes tú
-tronó Blaye.
Shirn finalmente se puso de
pie.
-Eso también es verdad. -Era
más alto que ambos hombres, y pasó un brazo por encima de los hombros de cada
uno de ellos-. ¿Qué os parece lo siguiente? Dergan se que
da con el macho cabrío...
-¡No! -gritó Blaye.
-...y Blaye se queda con el
primero que nazca en el rebaño de Dergan, a elegir macho o hembra.
-Pero eso no es justo -dijo
Blaye.
Shirn soltó al más joven y
se llevó a Blaye a un rincón.
-En todo caso, tú te quedas
con la mejor parte, amigo mío. Él obtiene un animal ya entrado en años,
mientras que tú obtienes uno nuevo y sano que tiene toda una vida por delante.
¿Eh?
Blaye se rascó la barba y lo
meditó. Entretanto, el anciano jefe regresó junto a Dergan, que tenía el
entrecejo fruncido.
-Tú obtendrás algo que no
tenías esta mañana... y esto es mejor que acabar sucio y golpeado después de un
combate... ¿Eh?
-De acuerdo -dijo finalmente
Dergan.
-Yo también estoy de acuerdo
-dijo Blaye, aunque no con mucha alegría.
-Macho o hembra -le espetó
Dergan.
-Lo decidiré cuando vea los
primeros recién nacidos.
-Y voy a marcar al macho cabrío ahora mismo...
Ambos hombres hicieron una reverencia, y luego salieron
observándose con
desconfianza. Shirn sonrió para sí; nunca dejaba de maravillarse ante los
problemas que le presentaba su pueblo.
-¿Cómo ha conseguido eso?
-dijo una voz diminuta y llena de reverencia.
El anciano dio media vuelta
y vio a Kailyn de pie en la entrada de la cueva.
-Ah, ¿estabas espiándonos
aquí, en el Gran Tribunal de Justicia de la Montaña?
Ella se echó a reír y se aproximó
a él.
-Estaban dispuestos a
estrangularse mutuamente, y usted los ha despedido satisfechos. Quizá no
felices, pero satisfechos.
-Simple sentido común, niña
mía. El rostro de Kailyn se ensombreció.
-¿Por qué me llama «niña»?
-Lo siento. No lo eres,
¿verdad? Eres una adulta que pronto gobernará a su pueblo.
Kailyn bajó los ojos. -Tengo
miedo de eso.
-¿De ser una adulta o de ser
una gobernante?
-De ambas cosas, supongo.
Tengo miedo de que mis gentes no quieran aceptarme.
-Lo harán si puedes llevar
la Corona que dejó aquí tu padre. El resto depende de ti.
-¿Fue así como sucedieron
las cosas en su caso?
-Sí, creo que sí. -Él le pasó un brazo por
encima de los hombros y la llevó a sentarse sobre la blanda alfombra-.Pero yo
no sabía qué estaba haciendo cuando me convertí en jefe de mi pueblo. Era muy
joven, como tú, cuando mi madre murió y me dejó el gobierno de las tierras
natales. Kailyn lo miró fijamente con los ojos muy abiertos.
-¿Cómo aprendió?
-Leyendo, haciendo
preguntas, observando. Averigüé lo ocurrido anteriormente, lo que era bueno o
malo. Un buen gobernante hace sólo aquello que es necesario, a veces con un
ligero toque siempre que le es posible.
-Pero, ¿cómo voy a saber qué
es lo que quiere mi pueblo? Shirn se echó a reír.
-Oh, lo sabrás. Ellos mismos
te lo dirán. El truco consiste en saber diferenciar entre lo que dicen que
quieren y lo que realmente quieren.
-Enséñeme --le suplicó la
muchacha.
-No, Kailyn. Si uno lo
aprende, lo aprende por sí mismo. Nadie puede enseñártelo.
-No comprendo cómo puedo
dedicar mi vida a afirmar que soy la gobernante de Shad.
-No lo harás. Tu pueblo lo
declarará, una sola vez, mediante la palabra; luego dependerá de ti
demostrarlo, continuamente, mediante la virtud y las obras.
Kailyn abrazó con fuerza al
anciano y se marchó de la cueva.
McCoy estaba ocupado en
mullir su colchón cuando Kailyn lo encontró en una pequeña cámara lateral,
adyacente a la gruta más importante. No hizo falta forcejear demasiado para
convencerlo de que la acompañase a dar un paseo.
El aire era fresco, pero en
aquel valle resguardado por las montañas no había viento cortante, y parecía
casi cálido. Kailyn deslizó su mano en la de McCoy y ambos pasearon por la
calle cubierta de grava que conducía hasta los escalones de piedra
ascendentes. Ella le confesó sus miedos a McCoy y le habló de las
conversaciones que había mantenido con Spock y Shirn.
-¿La han ayudado?
-En ciertos sentidos, sí...
y en otros sentidos, no.
-Bueno, eso parece decisivo.
Ella bajó la cabeza y soltó
una breve carcajada triste.
-¡Oh, doctor, estoy tan confundida!
-Eh, nos conocemos lo
bastante bien como para que me llame usted Leonard.
Aquello la hizo sonreír, y
se acercó más a él al pasar junto a una pared baja de roca que dominaba las
pasturas iluminadas por las estrellas.
-Dígame qué piensa usted -le
pidió ella.
-¿Acerca de qué?
-De la capacidad de dirigir.
McCoy soltó un bufido.
-Lo que yo sé acerca de eso
podría caber en la cabeza de un alfiler muy pequeño. Yo soy uno de los
seguidores más consagrados del mundo. Si alguien me dice qué debo hacer, ya
tengo más que suficiente.
-Citando a Leonard McCoy, «
¡tonterías! ».
-Spock es un dirigente.
-Él declara que sólo hace lo
que debe hacer. Además, usted siempre le discute antes de seguir sus órdenes.
Eso a mí no me parece la actitud de una persona pasiva.
--Bueno -replicó él con tono
ofendido-, ¿quién ha dicho que yo sea pasivo?
-He estado observándolos a
todos ustedes desde que llegué a la Enterprise. El capitán y el señor Spock
confían tanto en usted, que siempre lo escuchan, incluso cuando no le han
pedido su opinión. Usted puede cambiar sus decisiones con lo que dice... usted
puede guiar a los dirigentes.
McCoy levantó la vista al
cielo negro y al reguero de estrellas pintadas en él.
-Es usted una joven muy
perspicaz. Supongo que sé una o dos cosas sobre el tema, pero eso se debe a que
he estado trabajando con algunos jefes tremendamente eficaces durante todos
estos años.
-¿Qué es lo que más destaca
cuando piensa usted en ellos? ¿Qué es lo que los hace especiales?
-La comprension y la
compasión -le respondió él sin pensarlo ni por un momento-. Eso es lo que
diferencia a Jim de algunos de los personajes corrientes que imparten órdenes.
No le dice a nadie que haga algo que no haría él mismo. Exige mucho pero da
mucho. ¿Cree que usted es capaz de hacer eso?
-Yo... no lo sé.
-Bueno, pues yo sí lo sé, y
digo que es capaz. Ya está... ¿se siente algo menos confundida?
-Realmente, no. Spock me
habló de delegación y confianza; Shirn, de sentido común y capacidad para
escuchar; y usted, de compasión y comprensión. -Ella tendió las manos con un
gesto suplicante-. ¿Qué convierte a alguien en un buen dirigente?
McCoy la sujetó suavemente
por los hombros.
-Todas esas cosas. Y no hay
ni una sola de esas cualidades que no posea usted ya en abundancia.
Ella lo abrazó con fuerza,
impulsivamente, y luego se volvió con la misma brusquedad y lo arrastró con
ella. Había nieve en aquella parte de la antigua calle, y una lluvia de copos
comenzó a caer, planeando hasta el suelo con perezosos movimientos danzarines.
Ambos se envolvieron mejor en sus abrigos de piel de oveja.
-Tenía mucho miedo de
sentirme perdida sin mi padre, pero no es así.
-Parece sorprendida.
-Lo estoy -replicó ella con
una voz llena de asombro-. Oh, le echo de menos más de lo que jamás he echado
de menos a nadie, y sé que posiblemente no vuelva a verle nunca en esta vida;
pero por primera vez lo he aceptado. Si muere, sé que los dioses cuidarán de
él, y él se sentirá feliz con ellos. No hubiera sido capaz de aceptar eso sin
usted y el señor Spock.
-Claro que podría haberlo
hecho. No se concede usted el mérito suficiente, Kailyn.
Ella dejó de hablar y clavó
sus oscuros ojos en los de él.
-Usted y el señor Spock son
los primeros hombres a los que he conocido realmente, aparte de mi padre y sus
servidores. Hace apenas unos días no conocía siquiera los nombres de ustedes,
y ahora... me siento muy unida a ambos. Eran dos extraños, y ahora el estar con
ustedes hace que me sienta segura y cuidada.
McCoy sintió que se estaba
ruborizando, y asió rápidamente la mano de la muchacha; esta vez le tocó a él
tirar de ella.
-Eso es bueno y me hace
feliz... pero no nos conoce usted tan bien como piensa.
-¿Por qué no?
-Existe un término
psicológico: síndrome de crisis. Eso es lo que estamos pasando nosotros tres.
Lo detectaron por primera vez en el siglo veinte. Las personas atrapadas en botes
salvavidas, túneles derrumbados o cualquier situación que amenazase sus
vidas... cuando se hallaban en dichas circunstancias tenían la sensación de
que eran los mejores amigos del mundo, hermanos, amantes. Sin embargo, una vez
pasado el peligro volvían a retirarse tras sus propias corazas protectoras.
Era el peligro el que los hacía sentirse tan unidos, y una vez que éste
pasaba, también lo hacían aquellos sentimientos.
-Pero yo no quiero que estos
sentimientos pasen, Leonard, yo... yo no los he sentido nunca antes.
-Oh, bueno, no se preocupe.
Nosotros ya no volveremos a ser extraños el uno para el otro...
Kailyn se apoyó sobre la
pared nevada y sorbió por la nariz mientras una lágrima le bajaba por la
mejilla. -Pero es que yo, a usted, le amo.
-Ha estado leyendo hasta muy
tarde, señor Spock -dijo Shirn desde la entrada de la sala de los pergaminos-.
Tenemos que partir muy temprano mañana por la mañana. -Me retiraré dentro de
poco. Estos documentos resultan tan fascinantes, que he perdido la noción de la
hora. Shirn rió entre dientes.
-El doctor McCoy me dijo que
utilizaba usted esa palabra... «fascinante». Me alegro de que nuestra historia
no le haya resultado aburrida.
-Muy por el contrario,
señor. ¿Se han marchado ya a dormir el doctor y Kailyn?
Shirn frunció el entrecejo.
-No lo sé.
El jefe de los pastores y
Spock se encaminaron a la cámara-dormitorio: estaba vacía, y el entrecejo
fruncido de Shirn se hizo más pronunciado.
-¿Dónde podrían estar a
estas horas?
-Quizá hayan salido a dar un
paseo. Los abrigos no están, y McCoy no es muy aficionado a habitar cavernas.
-Si es así, tenemos que traerlos aquí de inmediato -dijo seriamente Shirn-. La
noche no es segura por aquí. El anciano abrió la marcha y ambos se dirigieron
apre
suradamente hacia la salida.
18
La calle cubierta de piedra
había terminado; Kailyn y McCoy continuaron paseando por un sendero que seguía
la base del precipicio. La pares de roca lisa se encumbraban hasta confundirse
con el cielo nocturno; era difícil decir dónde acababa la una y comenzaba el
otro. Debajo de ellos, la escarpada ladera descendía hasta el fondo del valle,
que ahora quedaba a varios metros de caída. Caminaban el uno junto al otro,
pero sin tocarse.
-Pero el amor... bueno, no
es algo que uno pueda sentir en veinte minutos, ni siquiera en unos cuantos
días -dijo McCoy, con el tono más tranquilizador de que era capaz.
¿Qué es, entonces? -preguntó
ella, mientras intentaba no echarse a llorar.
-Es... es algo diferente
para cada persona.
-¿Y para usted?
El médico se aclaró la
garganta; aquélla no era una conversación cómoda.
-Un montón de cosas.
Preocuparme por alguien más de lo que me preocupo por mí mismo... encontrar
agradable la compañía de alguien en los buenos momentos y en los malos...
confiar completamente...
-Yo siento todas esas cosas
por usted; pero usted me dice que yo no lo amo realmente.
-Oh, Kailyn -dijo él
lentamente-. Yo no soy el indicado para usted.
-¿Por qué no?
-Porque yo no soy más que un
viejo médico rural, no un príncipe consorte.
Pero ella había decidido no
escucharlo. En cambio, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. No se
trataba de un beso inocente y, para su propia sorpresa, McCoy lo correspondió.
Permanecieron unidos en un abrazo de enamorados, y él le besó los cabellos.
-Kailyn, soy lo bastante
viejo como para ser tu padre.
-Pero no eres mi padre
-susurró ella.
Eso era verdad, y, a pesar
de sus propias protestas, McCoy no se había sentido como su padre en ningún
momento. De hecho, sentía cosas que no sabía que aún llevaba dentro, cosas que
siempre había creído que murieron con su matrimonio. No los deseos físicos,
que nunca habían sido difíciles de despertar; pero sí el desesperado anhelo,
que sentía desde lo más hondo, de compartir sus sentimientos con alguien, de
estar cerca y no separarse jamás... eso lo había olvidado, perdido. ¿Podía
estar realmente enamorado de aquella muchacha?
Se oyó un suave golpe
procedente del sendero, algunos metros más adelante de donde ellos estaban.
McCoy levantó la mirada y vio un pequeño montículo de nieve que no había estado
allí un momento antes. ¿Estaba tirándoles alguien bolas de nieve, según su
idea de lo que era una broma? Antes de que pudiese volverse para mirar en torno
de sí, el silencio de la noche se vio desgarrado por un espeluznante rugido
que estaba a sus espaldas, por encima de ellos. Unos colmillos y una piel
blanca les saltaron encima. McCoy sintió dolor y una cálida respiración al caer
de espaldas.
De alguna manera, había
conseguido empujar a Kailyn a un lado con todas sus fuerzas. Unas garras
gigantescas intentaban desgarrarle la garganta. No había adónde ir excepto
barranco abajo. Entonces sintió un calor abrasador y oyó un gemido agudo; la
cabeza le daba vueltas y luchó contra la inconsciencia que se estaba apoderando
de él. De pronto, el increíble peso que tenía sobre los hombros desapareció, y
los colmillos y las garras cayeron lejos de su cuerpo. Unas manos lo recogieron
-las manos de Kailyn-; él las cogió, las sintió ceder, se sintió caer de
espaldas. Se deslizó y se golpeó la cabeza contra el suelo. Otras cuatro manos,
manos más fuertes, lo aferraron; Spock y Shirn lo sacaron del borde y lo
pusieron a salvo.
McCoy abrió los ojos. Le
dolía todo el cuerpo. Una ola de mareo lo recorrió y sintió fuertes náuseas. El
rostro de Spock
fue el primero que vio. Se
pasó la lengua por los labios. La sentía pesada y blanda, como si perteneciera
a otra persona.
-¿Qué ejército ha marchado
sobre mi lengua, Spock?
-Me alegro de ver que ha
recobrado el conocimiento, doctor.
-¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde
estoy?
-Fue atacado por un
zanigret. Ahora se halla de vuelta en las cuevas.
McCoy cerró los ojos y
gimió.
-¿Gané yo?
-Sí, con un poco de ayuda.
¿Por qué estaban paseando por el exterior? Shirn ya nos advirtió antes que
permaneciésemos dentro de las cuevas durante las horas de oscuridad.
-Lo olvidé. Kailyn quería...
¡Dios mío!, ¿está bien ella?
-Afortunadamente, no ha
sufrido daño alguno. Le he dado un sedante y la he metido en la cama.
McCoy suspiró con gran
alivio.
-Sería usted un buen
enfermero, Spock. Lo último que recuerdo es que nos arrojaron una bola de
nieve.
-El sistema de caza del zanigret,
bastante ingenioso, es distraer la atención de la presa arrojando un trozo de
nieve o roca con su cola prensil, y luego saltarle por detrás.
-Oh, me siento como si
tuviese la espalda quebrada, aunque, si lo estuviera, no podría sentir nada en
absoluto, por supuesto.
-Gracias por su lección de
anatomía y fisiología. -No sea sarcástico con un hombre herido. ¿Me encuentro
muy grave?
-Tiene usted cortes y
contusiones menores.
-Eso es reconfortante,
aunque no confortable, se lo aseguro... pero sí reconfortante.
El médico consiguió
sentarse. No se sentía mejor en aquella nueva posición, pero tampoco se sentía
peor. Advirtió que Kailyn dormía profundamente al otro lado de la sala. Spock
tenía que haberle dado una fuerte dosis de tranquilizante.
-Spock -dijo lentamente
McCoy-, Kailyn está enamorada de mí.
El vulcaniano alzó una ceja.
-¿De veras?
-No se haga tan el
sorprendido. Resulta que soy bastante fácil de amar.
-Nunca lo he puesto en duda,
doctor -respondió Spock con una sonrisa irónica.
-Lo que quiero saber es:
¿qué debo hacer al respecto?
Se frotó la parte trasera de
la cabeza y encontró un chichón del tamaño de un puño... o al menos eso
parecía al tacto. Gimió y levantó la mirada hacia Spock, que parecía poco
dispuesto a mirarle a los ojos.
-Yo... no me siento cómodo
discutiendo semejantes temas, doctor McCoy.
-No estoy pidiendo que ese
frío y calculador corazón vulcaniano suyo me entregue las perlas de la
sabiduría romántica. Sólo le estoy pidiendo una valoración lógica basada en
esa forma indiferente propia de las computadoras que tiene usted para observar
el comportamiento emocional.
El primer oficial redujo sus
labios a una línea, y McCoy comenzó a arrepentirse de haberle preguntado
aquello. Había pasado años reprobando a Spock por su incapacidad para sentir
más que pensar, parloteando acerca de cuán buenas eran las anticuadas
emociones, muy superiores a la vida regida por la lógica y las ecuaciones. A
veces, blandía esa noción como una cachiporra y le sacudía a Spock en la
cabeza con ella de una forma bastante cruel; en otras ocasiones, podía
convertir esa creencia en un afilado instrumento que manejaba con su destreza
de cirujano para intentar cortar y atravesar la coraza del vulcaniano hasta el
corazón que tenía debajo.
«Todos esos esfuerzos, y
aquí estoy, buscándolo para que me dé sus helados consejos.»
Pero aquello era diferente.
No se trataba meramente de un asunto íntimo de su corazón. Estaba permitiendo
que sus sentimientos se interpusieran en el camino de una misión de vital
importancia para la Flota Estelar. No podía mirar a Kailyn simplemente como a
una joven de innegables atractivos, aunque lo fuese. Incluso los deseos de la
propia Kailyn tenían que ser dejados a un lado por el bien de su planeta.
«Estás demasiado viejo como para ser un amante contrariado, McCoy. »
Finalmente, Spock tosió para
aliviar el pesado silencio, aunque no sirvió para aliviar la tensión que McCoy
sentía como un nudo en el estómago.
-Yo no soy una autoridad en
esta materia, doctor McCoy...
-Pero usted es lo único que
tengo en este momento, así que déme una respuesta.
-Muy bien. Según lo que yo
entiendo de los comportamientos emocionales semejantes a éste, se halla usted
ante un dilema. Si no comparte usted los sentimientos de Kailyn, la única forma
de conseguir que renuncie a ellos es decírselo. Cuanto más espere, más difícil
será hacerlo. -Hizo una pausa para reflexionar un instante más-. Limpiar el
aire, por decirlo de alguna manera, podría liberarla de la carga de confusión
que padece acerca de sus sentimientos hacia ella, capacitándola para dedicar
toda su concentración a la Corona.
-Así que debo decirle...
-Por otra parte, ella podría
actuar de forma irracional si sabe que el amor que siente por usted no será
correspondido. Si ése fuera el caso, el hecho de que usted se lo diga podría
destruir su capacidad para controlar los cristales. McCoy frunció el entrecejo.
-Así que no debo decírselo... Spock se rascó la barbilla.
-Acaba de ocurrírseme una
tercera posibilidad. Puede que esté tan confundida ahora, que su concentración
mental esté deteriorada hasta un punto crítico.
-En ese caso no importará
qué haga yo -dijo McCoy,
totalmente desesperado-. Es
usted una gran ayuda, Spock. -Doy por descontado que lo dice usted con
sarcasmo. McCoy sacudió la cabeza, furioso consigo mismo.
-Lo siento. Usted lo ha
intentado. Supongo que tendré que deducir esto por mí mismo.
A la mañana siguiente
amaneció un día soleado y claro. McCoy había pasado una noche inquieta de
sacudidas y vueltas sobre el lecho, se levantó con el sol y salió a dar un paseo,
observando cómo las finas brumas se levantaban de las tierras bajas de
pastoreo.
En grupos de alrededor de
veinte, las ovejas de nieve eran sacadas de varias cavernas y conducidas sobre
las piedras en dirección a los pastos. Cada uno de los rebaños era acompañado
por cuatro o cinco montañeses; hombres, mujeres y niños se lanzaban todos a
ayudar, gritándoles a los animales, golpeando el suelo con largos cayados y
empujando a las raras ovejas recalcitrantes para que se mantuvieran unidas al
grupo y siguieran a sus guías.
En su mayor parte, las
ovejas de nieve parecían criaturas plácidas por naturaleza que seguían la misma
ruta hacia los campos que las de su clase habían seguido durante cientos de
años. Lo mismo era aplicable a los pastores. Tanto las ovejas como los
pastores parecían genuinamente contentos con su vida. ¿Y por qué no iban a
estarlo?, pensó McCoy. Sus vidas son guiadas por la tradición, son prósperos,
están bien alimentados y gozan de paz; durante todo el tiempo que llevaba en
Sigma, era el primer lugar que veía en el que la vida estaba llena de placer en
lugar de luchas. Pensó en quedarse a vivir allí. Si la Enterprise no venía a
buscarlos jamás, ¿sería eso tan terrible?
«Shangri-la», pensó una vez
más, mientras observaba a los rebaños que disminuían su concentración de
individuos al descender del área de las cavernas.
También Spock se había
levantado temprano. Había regresado a la caverna donde se guardaban los
pergaminos, para grabar capítulos adicionales. Nunca se cansaría de estudiar
el pasado, uniendo trozos de leyenda y hechos para reconstruir la línea hasta
el presente resultante.
Kailyn fue la última en
despertar. Se lavó en el agua tibia que manaba de una fuente natural, y estaba
a punto de salir en busca de McCoy cuando él entró para buscarla. Ella mostraba
una radiante sonrisa, pero el rostro de él era sombrío.
-¿Qué ocurre, Leonard?
-Oh, nada. Estoy un poco
magullado de resultas de nuestra partida de caza mayor de la pasada noche. Es
la última vez que salgo a pasear contigo, Kailyn.
-No digas eso -le pidió
ella, y lo besó en una mejilla.
-Bueno... ¿como te sientes
esta mañana, joven dama? ¿Preparada para la gran excursión?
Ella se encogió de hombros.
-Supongo que estoy asustada.
Es por esto por lo que hicimos este viaje, la razón por la que tú y Spock
tuvisteis que pasar por tantos sufrimientos.
-No es lo que yo escogería
para pasar unas relajadas vacaciones, pero lo conseguimos, ¿no? No fue tan
terrible como lo pones.
-¿Qué pasará si fracaso?
-Ni siquiera pienses en eso.
McCoy la rodeó con los
brazos y ella descansó una mejilla sobre uno de los hombros del médico. Él
apretó los dientes; no podía decírselo... pero tenía que hacerlo. No podía ser
una distracción para ella, ni tampoco una falsa esperanza. Aquel día, ella
tendría que encarar su futuro en solitario, sin idealizadas imágenes de amor
con él que mitigaran el dolor en el caso de que el Pacto y la Corona la
esquivasen.
«Tiene que ser ahora o
nunca.» McCoy no la amaba, no de la forma que ella quería que lo hiciese. A
pesar de que había muchas cosas de las que no estaba seguro, no tenía dudas
acerca de eso.
-Kailyn, tenemos que hablar
de algo.
Ella levantó hacia él sus
redondos ojos de niña.
-¿De qué?
-Comenzamos a hablar del
tema anoche, cuando el zanigret nos interrumpió de esa forma tan grosera.
Ella sonrió al evocar la
escena previa al ataque.
-Por lo que yo recuerdo, no
estábamos hablando de nada.
Estábamos...
Ella intentó besarlo, pero
él se retiró y deshizo el abrazo.
-¿Qué ocurre? -preguntó Kailyn. Él le volvió
la espalda y comenzó a pasearse.
-Kailyn, yo... -Suspiró y
volvió a empezar-. Las cosas no pueden ser así entre nosotros.
-Pero yo nunca he conocido a
nadie como tú.
-Eso es exactamente a lo que
me refiero. Tú apenas has tenido ocasión de salir al mundo, a ningún mundo. Tú
tienes por delante cosas más importantes que enamorarte de mi.
-Quiero que tú las compartas conmigo.
-No puedo... y no puedo hacer que creas que
puedo.
-Pero yo te amo.
-No me amas, Kailyn, y muy
pronto te darás cuenta de ello. Estoy muy orgulloso de ti. Has aprendido tantas
cosas durante el tiempo que llevamos en todo esto, que me siento como si
estuviera viendo crecer a mi propia hija... y es por eso por lo que no puedo
darte lo que quieres y necesitas. Yo no soy el indicado para ti.
Un par de lágrimas le
bajaron por las mejillas, pero ella hizo caso omiso de ambas y se negó a
llorar.
-El tiempo que hemos pasado
juntos, las cosas que hemos hecho, las cosas que nos hemos contado el uno al
otro... todo eso no significaba nada, ¿no es cierto? -La voz de la muchacha era
inexpresiva, casi vacía.
-Oh, no... todo eso ha
significado muchísimo, y yo no lo cambiaría por absolutamente nada; pero no es
amor, no del tipo que debe existir en una pareja. Es amistad... una amistad y
un afecto profundos.
-No tiene por qué darme
explicaciones, doctor McCoy.
-Puede seguir llamándome
Leonard.
-Quizá sea mejor que no lo
haga. En una cosa tiene razón, y es en que he aprendido muchísimo. He
aprendido que quizá sea mejor no confiar en nadie, no dejar que nadie se
acerque demasiado a una.
-Oh, Kailyn. No...
-Creo que será mejor que
ahora me deje sola.
El médico se tragó las
palabras que intentaba decir atropelladamente, junto con el impulso de abrazar
a aquella muchacha, y salió de la cámara-dormitorio.
Llevaba los ojos bajos, y
estuvo a punto de chocar con Spock en la gruta principal.
-¿Está Kailyn preparada para
el viaje?
-No lo sé.
-¿Ha mantenido con ella la
charla de que me habló, doctor?
-Sí, y creo que quizá
hubiese sido mejor no hacerlo.
-¿Se lo ha tomado mal?
McCoy asintió con la cabeza
y sintió deseos de encontrar otro zanigret bajo el cual colocarse.
-La franqueza no siempre es
la mejor política, Spock... especialmente cuando se la practica en el momento
menos oportuno.
19
Shirn estaba sentado sobre
el muro que bordeaba la calle de piedra. Entrecerrando los ojos para
protegerlos del sol de la mañana, observó que Kailyn salía de la caverna. Con
los hombros caídos y arropada en el abrigo de piel, que le quedaba demasiado
grande, parecía diminuta y frágil.
El anciano jefe esperaba
haberla ayudado de alguna forma la noche anterior, aunque se preguntaba si
tenía realmente derecho de dar consejo alguno. Mientras que él gobernaba una
congregación de alrededor de una docena de clanes, ella era la soberana de un
planeta entero.
Shirn pensaba a menudo en sí
mismo como en un custodio al que habían puesto a cargo de una herencia
verificada a lo largo de los siglos, puesto a prueba por el tiempo y la
temperatura por parte de los vientos.
Pero la joven princesa se
enfrentaba con una situación muy diferente; tejer la cohesión y el orden a
partir de las desgarradas hebras de un planeta asolado por la guerra civil era
algo que un pastor del valle de Kinarr apenas podía imaginar. Él deseaba tener
algún esquema que poder ofrecerle, un cierto camino que pudiera seguir.
Había algo en Kailyn que
hacía que todos los que la corocían deseasen ayudarla. ¿Era lo inconmensurable
de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros inexpertos, o la conmovedora
vulnerabilidad que se reflejaba en la forma en que hacía preguntas y buscaba
adquirir la fuerza de aquellos a quienes conocía? Aquella cualidad podía
resultar invalorable, si inducía a las personas de buena voluntad a correr en
su auxilio. Sin embargo, podía ser heraldo del desastre si ella era
verdaderamente débil e indefensa.
Shirn había escogido a dos
jóvenes pastores robustos de su propio clan para que guiasen a la expedición
hasta el lugar en el que se hallaba oculta la Corona del rey Stevvin. Los dos,
Frin y Poder, habían sido escogidos por una determinada razón: eran lo
suficientemente grandes y fuertes como para hacer respetar la orden de Shirn de
que la Corona de Shad sólo fuese sacada del valle si Kailyn tenía el Poder de
los Tiempos. Si no conseguía hacer que los cristales se volviesen
transparentes, como exigía la religión shadiana, la Corona permanecería en su
escondite secreto. Frin y Poder se encargarían de que así fuese.
Con comida, mantas y equipos
de emergencia a la espalda, condujeron a su tío Shirn y los tres visitantes
calle abajo, por la vía cubierta de grava. Ante ellos se tendía la senda que
se curvaba por encima de la gigantesca montaña desde donde los dioses del
viento mantenían sus vigilantes y borrascosos ojos sobre el mundo que estaba
debajo.
Kailyn caminaba sola en el
centro del grupo, con Spock y Shirn detrás de ella; McCoy cerraba la marcha con
aspecto sombrío.
-Mantenga la cabeza alta,
doctor McCoy -dijo Shirn-, o dará un paso en falso y caerá por el precipicio.
La senda se hace muy estrecha más arriba.
Durante la mayor parte del
tiempo avanzaban en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos más
íntimos. Spock se sorprendió preguntándose qué le rondaría por la cabeza a
Kailyn. ¿Estaría concentrándose en la preparación mental necesaria para manejar
la Corona, o se hallaría perdida en las reverberaciones emotivas de su
malhadado encuentro con el amor? Por su bien, esperaba que la Corona fuese lo
más importante, pero sabía que no era así; también sabía que no había nada que
él pudiese hacer al respecto. Constituiría una violación del decoro vulcaniano
el inquirir en el presente estado mental de la muchacha y ofrecerle una ayuda
que no le había pedido. Aun así, sentía un torturante impulso de imponer su
auxilio, tanto si ella lo quería como si no. Semejante acción por su parte
sería desde todo punto inaceptable, y con cierta irritación atribuyó este
impulso a que había estado recientemente expuesto a la emotividad desenfrenada
de McCoy.
Entre tanto, el
subconsciente de McCoy continuaba refunfuñando. «¿Por qué no podrías haber
tenido la boca cerrada durante un rato más? ¿Tanto daño habría hecho eso? Debes
de estar haciéndote viejo... y senil. O bien eso, o es que, cuanto más viejo
te haces, más estúpido te vuelves.» La autoflagelación no podría conseguir nada
práctico; el daño no podía ser reparado, no a tiempo para mejorar las cosas;
pero el hacerse sentir todo lo mal que pudiera hacía también posible que se
sintiese un poco mejor.
Kailyn, por su parte, era un
confuso enredo. El temor, la amargura y la ira luchaban entre sí para
sobresalir. Estaba enfadada consigo misma por haber juzgado mal el interés que
McCoy sentía por ella, y por haberle puesto en una situación tan embarazosa.
Estaba furiosa con él por no amarla, y se encontraba desgarrada entre el deseo
de venganza y la conciencia de que aquélla era una reacción infantil. Quería
demostrar cuán adulta era, cuán gustosamente perdonaba y olvidaba; pero
también quería lastimar a la persona que la había lastimado... o que había sido
la causa de que ella se lastimase a sí misma... o que había permitido que se
lastimase a sí misma. No estaba segura de cuál...
Le pasó fugazmente por la
cabeza la idea de volverse y empujar a McCoy hacia el precipicio... y luego
arrojarse ella tras él. ¡Qué melodramático!
En realidad, no sabía qué
era lo que quería, excepto paz en su corazón, y eso no tenía ni idea de cómo
conseguirlo. Tal vez le llegase junto con la Corona.
La Corona... La había visto,
cuando era muy pequeña, en unas cuantas ceremonias. Intentó recordar qué
aspecto tenía, su forma y tamaño, su tacto, pero no pudo conseguirlo. Lo único
que tenía eran imágenes, atisbos de un objeto maravilloso visto por los ojos
de la niña que había sido.
¿Cómo sería el Poder de los
Tiempos, si ella lo poseía? ¿Sería algo que podría sentir físicamente? ¿Sería
placentero o atemorizador? La luz del sol podía curar o quemar; el viento
podía soplar como una brisa o como un vendaval. ¿Tendría el Poder un doble
filo, al igual que las fuerzas de la naturaleza? ¿O se presentaría solamente
ante la visión mental? ¿La cambiaría a ella?
«Por favor, que sea capaz de
cambiarme», deseó fervientemente. «Que me haga todo lo que no soy: fuerte...
sabia... mundana... digna de ser amada.»
Sin embargo, al mismo tiempo
tenía miedo de ser cambiada por algo ajeno a ella misma. ¿La invadiría el
Poder como alguna fuerza de la noche, como una criatura infernal? ¿Era así como
funcionaba el Poder? ¿Se trataría de una fuerza contra la que tendría que
batallar? Y, si ganaba, ¿sería entonces aceptada como heredera legítima del
Pacto? Si era así como iban a suceder las cosas, ¿qué ocurriría si perdía la
batalla? No sería capaz de gobernar... ¿y qué quedaría de ella, de Kailyn?
No... el Poder tenía que ser
una fuerza del bien y de la luz. Repentinamente se dio cuenta de que, durante
todos los años que había vivido junto a él, todas las horas y días pasados en
el aprendizaje de lo que su padre tenía para enseñarle, él nunca le había dado
una clara descripción de aquel Poder de los Tiempos. ¿Por qué no lo había
hecho? De repente se sintió traicionada. «¿Cómo Pudo mi padre fallarme de esa
manera?»
Ella misma se respondió: él
no lo habría hecho. Si hubiera sido capaz de enseñarle, con palabras, cómo era
el Poder, lo habría hecho. ¿Ni siquiera después de pasar toda una vida con esa
cosa extraña, ese Poder, como parte de uno mismo, continuaba uno siendo
incapaz de describírselo a otra persona?
La joven suspiró
sonoramente; si eso era verdad, ¿cómo, entonces, sabría ella alguna vez, sin
lugar a dudas, que lo tenía?
Claro está que la Corona se
lo diría de momento, pero ¿continuaría haciéndolo siempre?
Era todo muy esquivo. Como
el amor. Volvió los ojos atrás para mirar a McCoy, cuyo rostro era una máscara
gris de pesadumbre. Kailyn sintió deseos de decirle que no importaba que no
la amase, pero sí que importaba. Ella quería que él la amase, ¿no era así? «No
sé qué es lo que quiero.» Gimió suavemente, y se puso completamente roja cuando
Frin, el más alto de los dos guías, giró bruscamente la cabeza para ver si se
encontraba en peligro. Ella se apresuró a sonreírle; tranquilizado, él volvió a
fijar su atención en el camino.
Cuando los jóvenes guías
llegaron a un punto en el que el sendero se estrechaba y lo cubría una arcada
de roca, ambos se detuvieron y Shirn avanzó hasta el frente del grupo.
Intercambió algunas palabras
con sus sobrinos y luego abrió la marcha él mismo. Pasaron por debajo de la
arcada y Spock se detuvo brevemente para examinarla mientras McCoy lo miraba
por encima del hombro.
-Fascinante. Esto no está
hecho por las manos de los hombres.
-Casi parece una puerta de
entrada.
Y así era realmente, pues el
sendero, que había subido suavemente durante la última hora, subió de pronto
muy abruptamente. Lo que había sido una excursión se transformó en una
auténtica escalada, y McCoy gemía mientras intentaba no quedarse atrás. Todos
se habían atado por la cintura con cuerdas de seguridad, y Spock ayudó al
médico en determinados sitios en los que un asidero para las manos y los pies
era prácticamente inexistente.
Finalmente llegaron a una
plataforma de roca, y Shirn indicó una pausa. Agradecido, McCoy se dejó caer
pesadamente y se dobló en dos intentando recobrar el aliento.
-A partir de aquí -declaró
Shirn-, debo mostrar el camino sólo a Kailyn.
-Espere un momento -jadeó
McCoy. Lo acometió un acceso de tos y Spock se inclinó para ofrecerle una mano
a la que agarrarse.
-¿Por qué no podemos
acompañar a Kailyn? -preguntó Spock.
-Porque es eso lo que me
pidió su padre.
-Pero hemos recorrido todo
este camino... -comenzó McCoy.
Kailyn lo interrumpió.
-Es nuestra costumbre. Mi
padre ya me advirtió que los tendría a ustedes a mi lado excepto en el último
momento. Lo que viene a partir de ahora es algo que debo hacer por mí misma.
Mientras hablaba, evitó
mirar a McCoy a los ojos.
El observó con impotencia
mientras separaban las cuerdas. Kailyn y Shirn permanecieron unidos por una de
ellas y ascendieron por el escarpado precipicio para desaparecer después en la
cumbre. McCoy se puso trabajosamente de pie y Poder le apoyó una poderosa mano
sobre uno de los brazos. «¿Será para ayudarme o para detenerme?», se preguntó
McCoy.
Spock se acercó para
substituir al joven guía y ayudo _a McCoy a sentarse sobre una roca plana.
-No podemos dejarla marchar
de esa manera, Spock.
-Tenemos muy pocas
alternativas.
-No tiene ninguna
importancia que ella necesite nuestro apoyo. Se trata de que eso tiene que ser
peligroso. Shirn no es precisamente un gallo primaveral. ¿Qué ocurriría si algo
le sucediese a él, o a ella? Yo...
-Ya sé que está preocupado,
doctor. También a mí me preocupa. Según la lógica, éste no es el mejor método.
McCoy miró al vulcaniano con
ojos penetrantes. Por supuesto, su rostro no le dejaba entrever absolutamente
nada; pero McCoy creía en lo que percibía: una textura en la voz que raramente
había captado, una auténtica cordialidad. Quería darle las gracias a Spock,
pero no había nada peor que un vulcaniano incómodo, así que permaneció en un
total silencio.
Aquélla no era una senda
fácil. Kailyn se preguntó si los pies de algún humanoide la habrían recorrido
desde que la Corona había sido depositada en aquellas montañas, hacía tantos
años. Le dolían los dedos de las manos a fuerza de aferrarse a grietas y
salientes que parecían demasiado pequeños y frágiles como para soportar el
peso de una persona.
-No mires hacia abajo -le
advirtió Shirn desde más arriba.
-¿Debo mirar hacia arriba?
-Sólo hasta la altura de mis
pies. Yo me ocuparé de lo que tenemos por delante.
-Pero yo...
Sus palabras fueron ahogadas
por un sobrecogedor alarido cuando el saliente que tenía bajo los pies se
rompió con un chasquido horrible. Por la ladera rodaron numerosas piedrecillas
y Kailyn quedó colgando en el extremo de la cuerda de seguridad. El grito cesó
cuando la muchacha respiró una bocanada de aire frío, y Shirn la tranquilizó
rápidamente.
-Te tengo. No luches.
Quédate quieta, Kailyn.
Sintió que la cuerda se le
tensaba en torno a la cintura. La apretaba lo suficiente como para causarle
dolor, pero ella permaneció callada.
-Tiende las manos hacia
delante, niña. No intentes tirar, sólo equilíbrate. Presiona suavemente contra
esa roca afilada. Esa misma.
Sin sacudirse en absoluto,
ella hizo lo que el anciano le acababa de decir. La roca afilada era firme.
-Muy bien. Ahora, apoya un
pie sobre ese saliente.
El pie derecho obedeció como
si lo hiciese por su propia cuenta. El izquierdo lo siguió. La cuerda hacía que
se sintiese segura, y un momento después se hallaba cerca de Shirn en la cima
de lo que ahora se daba cuenta de que era una de las caras de roca desnuda de
la cumbre misma de la montaña. De pronto, el territorio que los rodeó fue
prácticamente plano.
La nieve virgen cubría aquel
irreal mundo blanco que se encumbraba por encima de las nubes. Una dura luz
solar descendía desde el cenit, y se hacía difícil calcular las distancias.
La joven le dio la mano a Shirn y el anciano pareció caminar sin rumbo.
Mientras le seguía los pasos como una niña perdida, Kailyn recorrió con la
vista todo aquel paisaje extraño. El resto de aquel planeta era escarpado y
peligroso, pero no completamente diferente de Orand o Shad. Sin embargo, las
cumbres de las montañas eran sitios vacíos, monótonos, como si sus creadores
se hubiesen quedado sin cosas que ponerles encima. Tal vez habían sospechado
que nadie subiría jamás hasta un lugar tan alto y desolado, o quizá lo habían
creado intencionalmente, como un lugar en el que descansar del torbellino
creado abajo por los hijos de la naturaleza: el viento y la lluvia, la tierra,
el agua, las gentes y los animales que luchaban todos celosamente para dominarse
los unos a los otros.
Pero en aquellas cúspides no
había ni un sonido, ni una voz, ni un colmillo, ni una lanza, ni una pisada
aparte de las de Shirn y las suyas propias. Sólo había luz, la fuerza más pura,
el comienzo de la Creación...
...E Iyan, Dios de Dioses,
encendió las estrellas una a una, decía el Libro de Shad. Y cuando estuvieron
encendidas, Iyan se sintió feliz. Porque ahora, a la luz de la gloria, Él
podría hacer los lugares y las criaturas que vivirían en ellos. «He creado la
luz, dada a las estrellas. Éstas vivirán y morirán, pero en viviendo crearán
estrellas nuevas. Cuando una muera, encenderé una nueva, y no volverá jamás a
haber oscuridad en el Universo.» Iyan vio la luz y la luz era buena...
«Luz», pensó Kailyn, al
recordar la leyenda del libro sagrado.
-Ya hemos llegado -anunció
Shirn.
Kailyn parpadeó al darse
cuenta de dónde estaba. Ante ellos había un montículo de roca cubierto de nieve
en el que se veía una abertura que descendía.
-¿Estás preparada?
Kailyn asintió con la
cabeza, y Shirn entró delante. Ella levantó los ojos y miró al sol por última
vez antes de penetrar en la roca. Incluso las estrellas morían, pero, mientas
vivían daban vida. Mientras Kailyn viviese, ¿qué le daría ella al universo, a
su mundo, a su pueblo? Aquél era el momento de averiguarlo.
El túnel se adentraba en la
enorme montaña. Shirn alumbraba el camino con una de las linternas rescatadas
de la Galileo.
-El aire es templado aquí
dentro -dijo Kailyn, pasados algunos minutos-. No era lo que esperaba encontrar
en el interior de una montaña como ésta.
-Esto es un volcán... pero
no te inquietes. Nunca ha hecho erupción en toda la historia conocida. Quizá
algún día entre en actividad. De momento, sólo produce calor y fuentes
termales.
Una gota de sudor bajó por
la frente de Kailyn, y ambos se despojaron de los abrigos.
-¿Qué distancia hemos
recorrido ya? -preguntó la muchacha.
-No mucha. Parece mayor a
causa de la oscuridad.
Un momento más tarde
llegaron al final del túnel, donde se abría una gruta en forma de cúpula de
cuyo techo goteaba humedad; una alfombra de musgo cubría el suelo y subía por
las paredes. Shirn dejó la linterna sobre una piedra grande y se encaminó
directamente hacia un escondrijo abierto en la pared, de donde sacó un objeto
envuelto en un brillante paño metálico que trajo hasta Kailyn. Ella le dedicó
una mirada interrogativa.
-Abre el envoltorio, Kailyn.
Como hipnotizada, apartó
cuidadosamente los extremos del paño y contempló ante sí la Corona de Shad.
No estaba espectacular ni
llamativamente incrustada de piedras preciosas. En su sencillez, era una obra
de arte clásica, y lo hubiera sido aunque careciese de la condición de Corona
sagrada. Se trataba de una sencilla banda de plata, que todavía brillaba
después de todos aquellos años pasados en la cumbre de una montaña. Tenía
cuatro puntas, dispuestas a los lados, delante y detrás respectivamente, que
representaban a los cuatro dioses de la religión shadiana. En la base de la
punta frontal, símbolo de Iyan, Dios de Dioses, estaban los dos cristales del
Pacto. Cuatro siglos de orden, paz y prosperidad, habían dependido del
significado y la fe que residía tras aquellos cristales, al igual que el futuro
dependía de ellos en aquel momento.
Los cristales eran
multifacetados, y cada una de las pulidas superficies era pentagonal. A pesar
de que tenía alrededor de dos centímetros y medio de diámetro, la profundidad
brumosa del interior parecía inmensa, y cada uno era una ventana hacia algún
otro sitio sin nombre y hacia otro tiempo. Kailyn ladeó la Corona y la bruma
se arremolinó, como la nieve artificial en el interior líquido del juguete de
un niño. La bruma se sacudió dentro de los cristales, una mezcla neblinosa de
marrones y grises.
Kailyn parecía paralizada
mientras miraba fijamente el plateado objeto que tenía entre sus pequeñas
manos. Todo lo ocurrido desde la partida de Orand pasó a toda velocidad por su
mente, una confusión de acontecimientos que se desplegaban y se unían como los
dibujos de un caleidoscopio. De alguna manera, las piezas encajaban, aunque se
deshacían y cambiaban para conducirla finalmente a ese momento y lugar.
-Pronuncia la oración y
ponte la Corona, niña mía.
Kailyn asintió
obedientemente. Luego se arrodilló sobre el musgo blando e iba a dirigir el
rostro... ¿hacia qué dirección? Había perdido el sentido de la orientación y
se ruborizó.
-¿Hacia dónde está el sur?
-preguntó, dado que el sur era el lugar por donde salía el sol de Shad, y la
dirección de Iyan.
Shirn sonrió y la volvió
para ponerla de cara al sur. Ella musitó la plegaria que su padre le había
enseñado muchos años antes, preparándola para aquel día.
-Ruego que se me conceda la
guía, que pueda seguir la senda de los dioses y de mis padres y madres, que
pueda ser una verdadera hija del Pacto, que pueda guiar a nuestro pueblo
siempre hacia la luz y nunca hacia la oscuridad. Sean dadas las gracias a Iyan,
y a mi padre y madre.
Tenía los labios secos y
sintió como si su garganta fuese de algodón al tragar. El corazón comenzó a
latirle con fuerza y sus manos temblaron muy levemente mientras aferraban la
Corona que sostenía a la altura del pecho. Ella quería que Shirn le dijese qué
debía hacer, pero el anciano pastor se había retirado a las sombras, detrás de
ella.
Lentamente, levantó la
Corona por encima de su cabeza, elevando sus melancólicos ojos para seguirla.
Luego comenzó a bajarla cada vez más hacia su cabeza. .
-Maldición, Spock -protestó
amargamente McCoy-.Sabía que tendríamos que haber ido con ellos.
Hacía ya mucho rato que
había recuperado fuerzas, y se paseaba dando vueltas y más vueltas por la
plataforma. El sol, que había estado en el cenit cuando Kailyn y Shirn se
pusieron en camino para recorrer el último tramo del camino, estaba al otro
lado de la montaña, camino del horizonte vespertino. Spock estaba
impasiblemente sentado sobre la roca plana, mientras que Frin y Poder charlaban
entre sí y alternativamente miraban con expresión de aburrimiento hacia las
montañas adyacentes.
-Doctor, no teníamos
posibilidad de elección en ese asunto. Entre tanto, usted ha estado paseándose
de forma tan agotadora por aquí arriba, que se encontrará cansado a la hora
del descenso.
-Oh, me las arreglaré. Esto
no es más que un poco de entrenamiento. Bien sabe Dios que he hecho más
ejercicio durante todo este viaje del que había hecho en los últimos veinte
años de mi vida. Pero eso no conseguirá apartar mi mente de lo furioso que me siento.
Si yo no hubiera estado a las puertas de la muerte cuando Shirn se llevó a
Kailyn, habría luchado yo mismo contra esos mocetones si hubiese tenido que...
Spock se volvió abruptamente
y miró a un punto emplazado más allá de McCoy, pero el médico estaba demasiado
ocupado como para darse cuenta. Continuó culpándose a sí mismo, a Shirn, Spock
y los jóvenes guías por toda aquella situación.
-Doctor... -dijo el primer
oficial con tono enfático.
McCoy miró finalmente al
vulcaniano, luego se volvió en redondo y vio a Kailyn y Shirn que descendían
por las últimas rocas de la escarpada ladera. Corrió a recibirlos, a abrazar
a Kailyn... pero se detuvo abruptamente y su sonrisa de oreja a oreja se
desvaneció cuando la princesa real llegó a la plataforma. Tenía el rostro sin
color y los ojos ribeteados de rojo. No la había visto así desde la última
crisis de salud del padre a bordo de la Enterprise. Ni siquiera el rechazo
amoroso de él la había abatido tan completamente. Sintió un frío helado, mucho
mayor del que justificaba el clima.
-¿Qué ha ocurrido?
Kailyn lo miró. Sus ojos se
llenaron de nuevas lágrimas. -He fracasado.
Se arrojó en brazos de McCoy
y lloró sobre el blando pelo del abrigo.
El médico mantuvo su rostro
pegado al de ella. No quería que nadie viese que él también estaba llorando.
20
Spock y Shirn se hallaban
juntos al borde de la plataforma rocosa, y resultaba evidente que el anciano
jefe estaba profundamente turbado; pero al mismo tiempo se mostraba inflexible:
la Corona de Shad no descendería la montaña con ellos.
-Estoy más triste de lo que
nunca podría imaginarse, señor Spock. Yo quería que ella lo consiguiese, como
si fuera mi propia hija. Pero el Poder parece estar fuera de su alcance.
-¿Parece?
-Fue capaz de conseguir que
los cristales se aclararan ligeramente, pero no del todo. Le di tres
oportunidades; ése es el motivo por el que permanecimos ausentes tanto tiempo.
Intenté calmarla, aliviar sus temores de la mejor manera que pude...
-Sé que lo hizo, pero el
fracaso de ella no parece ser concluyente.
-En este asunto no hay lugar
para grados -declaró tristemente Shirn-. Hace dieciocho años le juré al rey
Stevvin que defendería su ley.
El camino de descenso fue
mucho más fácil que el de ascenso, y fue recorrido apresuradamente para llegar
a su final antes de que cayese la noche y despertaran los zanigrets que
merodeaban durante las horas de oscuridad. Sin embargo, a McCoy le pareció el
doble de largo, a causa del sombrío humor que pesaba sobre él. Él había querido
marchar junto a Kailyn, pero ella había pedido que la dejasen sola, como a una
proscrita, por lo que él la había seguido a unos pocos pasos más atrás.
Cuando llegaron a las
cavernas, él se negó a escuchar las protestas de la joven, y le ordenó que
descansara, con un sedante a modo de apoyo. Él y Spock la dejaron en su retiro
y regresaron a la sala de los pergaminos.
-Todo ha sido culpa mía
-dijo McCoy, con el rostro oculto entre las manos. Se dejó caer sobre una
alfombra que había en un rincón y apoyó los codos sobre las rodillas, como una
marioneta arrojada descuidadamente por un titiritero indiferente-. Yo soy lo
peor que jamás le haya ocurrido a esa muchacha, Spock. Deberían someterme a un
consejo de guerra por interferencia en esta misión.
-Doctor, está siendo usted
innecesariamente punitivo en la valoración que hace de sí mismo.
-Maldición, llamo al pan,
pan, y al vino, vino -replicó McCoy con severidad-. Fui enviado para ayudar,
para atender la coriocitosis de Kailyn...
-Cosa que ha hecho
admirablemente bien. ¿O ha olvidado que le salvó la vida en una ocasión?
-¿Para qué se la salvé?
¿Para que le liara tanto la cabeza que no consiguiese pasar la prueba de la
Corona?
-En todo caso, no tiene
usted ninguna prueba de que pudiera haber sido capaz de actuar de una forma
más eficaz. Todos nosotros expresamos dudas acerca de su madurez y motivación
cuando la conocimos y evaluamos por primera vez.
-Pero yo pensaba que ella
había superado todo eso.
-Quizá no fue más que una
ilusión. Los humanos son propensos a eso -dijo Spock con voz suave.
Pero McCoy estaba demasiado
metido en su propio pesar como para conseguir siquiera dedicarle una sonrisa.
Lo único que pudo hacer fue sacudir la cabeza.
-Se supone que estoy
especializado en psiquiatría. Yo vi lo que iba a ocurrir, y no hice nada para
evitarlo. Me lo advirtieron. Christine lo vio, Jim lo vio, incluso usted se
dio cuenta... y yo le chillaba a todo el mundo que mantuviera sus narices fuera
de mi vida, que ya era mayorcito y podía cuidar de mí mismo.
-La mente no es un aparato
perfecto. Es susceptible de cometer errores de acción y percepción...
-Y yo cometí todos los
errores del libro. -El médico cerró los ojos-. Y todo porque sentía una
tremenda compasión por mí mismo por estar haciéndome viejo. Bueno, todo
el mundo envejece. ¿Por qué
soy yo tan terco que no puedo aceptarlo?
-Kailyn no se enamoró de
usted porque usted se sintiese, como dice, viejo; se enamoró por lo que vio en
usted.
-Sí... un condenado imbécil.
-No... una persona solícita
que se interesaba profundamente por ella, mucho más allá de lo que requiere
una misión militar.
-Y fíjese en el precio que
ha pagado por mi culpa.
-¿No le parece que también
ha ganado cosas de gran valor?
-¿Como qué?
-El respeto y el afecto de
personas a las que no había conocido nunca antes... la capacidad para superar
grandes obstáculos al afanarse para alcanzar una meta...
-¿Es que no lo comprende?
Esa muchacha no ha llegado a la meta solamente por culpa mía. No sólo he
destruido la vida de una jovencita, sino también el futuro de todo un planeta.
Shad está condenado a más años de guerra civil porque yo tenía que satisfacer
mi propia estúpida vanidad. Si eso no merece un consejo de guerra, no sé qué es
lo que lo merece. Quiero que usted informe de esto.
Spock clavó en McCoy sus
penetrantes ojos, obligando al médico a mirarlo.
-La Flota Estelar emplea
seres vivos, criaturas de carne y hueso con...
-...todas las debilidades de
las que la carne es heredera -citó amargamente McCoy.
-Sí. El alto mando espera la
mejor actuación de que sus oficiales sean capaces... ni más ni menos. Por lo
que a mi informe se refiere, doctor, ésa ha sido la contribución que usted ha
hecho a la misión presente.
-Pues, si esto es lo mejor
de que soy capaz, no merezco siquiera ser médico.
Spock estaba comenzando a
comprender la emoción humana de la exasperación. McCoy estaba tan concentrado
en definirse como un despreciable gusano, que no parecía haber ninguna forma
de rescatarlo de su autocompasión.
-No había decidido aún si
debía informarle de esto, pero, dado que parece tan decidido a despreciarse
mucho más allá de los límites de su...
-¿Informarme de qué?
-De lo que Shirn me dijo en
la cumbre de la montaña. Finalmente, McCoy se apartó del personaje aniquilador
de sí mismo.
-¿De qué está hablando,
Spock?
-Cuando Kailyn se puso la
Corona, consiguió que los cristales se aclararan ligeramente.
-Ella merece la Corona -dijo
McCoy totalmente convencido y con voz sibilante.
Shirn se sentó en los
escalones del altar mayor mientras intentaba mantenerse tranquilo y firme.
-Ella no hizo lo que debía
hacer. ¿Por qué iba a recompensársela por ello?
-¡Porque ésta no es una
situación normal! Ella no accede al trono de una forma ordenada, como lo
hicieron su padre y los reyes y reinas que lo precedieron a él.
-Eso ya lo sé, doctor
McCoy...
-¿Y por qué, entonces, no
quiere tomarlo en consideración?
-Porque no puedo. Ese asunto
no depende de mí.
-Depende de usted ahora. Si le permite que se
lleve la Corona, nadie sabrá nunca qué ocurrió en la cumbre de esa montaña.
-Escúchese a sí mismo -tronó
Shirn-. Escuche la tontería que acaba de decir. ¿Nadie lo sabrá? Ella lo
sabrá. ¿Qué ocurriría si la dejase que se llevara la Corona y ella regresase a
Shad? ¿Qué pasaría si su pueblo le pidiera que demostrara poseer el Poder,
cuando ella no lo tiene? Y aún peor, ¿qué sucedería si se convirtiese en reina
y no tuviera ni la sabiduría ni la madurez necesarias para gobernar, o cualquier
ayuda mística que pueda conferir el Poder? Piense en esas cosas antes de
pedirme que rompa el juramento que le hice al padre de Kailyn, un juramento que
hice en este mismo altar, ante sus dioses y los míos.
El jefe kinarri estaba
furioso, y McCoY se dio cuenta de que lo había presionado demasiado, aunque
también era demasiado tarde como para disculparse. Al menos, de momento. Se
volvió y salió de la caverna tan rápidamente como pudo, mientras el taconeo de
sus botas sobre la roca era el único sonido perceptible. Resonó contra la
bóveda y las paredes y quedó suspendido en cl aire después de que McCoy se hubo
marchado.
Las horas pasaban
lentamente. Pasaría otro día antes de que la Enterprise pudiera -posiblemente-
llegar a Sigma 1212. Entre tanto, aguardaba otra noche de insomnio. McCoy no
podía enfrentarse con eso. De momento, parecía estar quedándose sin refugios.
Kailyn estaba durmiendo en la cámara pequeña, y no era probable que Shirn
deseara su compañía después del enfrentamiento que habían tenido junto al
altar. Francamente, McCoy no deseaba su propia compañía. El único compañero con
el que no se había puesto en contra, últimamente, era Spock.
El vulcaniano levantó la
mirada del pergamino que había estado grabando en el sensor. McCoy entró
cautelosamente en la sala sintiéndose como un insecto supuestamente benéfico,
de esos a los que nadie quiere tener realmente cerca pero al que tampoco nadie
quiere aplastar.
-¿Le importa si le hago
compañía, Spock?
Con una señal de
consentimiento del primer oficial, el médico se sentó en la alfombra y miró el
rollo de pergamino.
-¿Qué es eso que está
leyendo?
-Nada que pueda resultarle
de interés. Simples historias agrícolas. Además, supongo que no ha venido usted
aquí para dedicarse a la investigación.
Una media docena de réplicas
cortantes se insinuaron en la mente de McCoy, pero no consiguió reunir ni el
más ligero esfuerzo para espetárselas al vulcaniano.
-Tiene usted razón -suspiró.
-¿Ninguna otra observación?
-No. Usted parece ser la
única persona de Sigma capaz de estar en la misma habitación que yo, así que
será mejor que no abuse de mi suerte.
-¿Hay algo que pueda hacer
para ayudarlo?
-¿A mí? No; pero puede
ayudar a Kailyn. Sé que necesita alguien con quien hablar, pero creo que yo me
he eliminado de entre las posibilidades. ¿Haría usted...?
Spock ya se hallaba de pie.
-Por supuesto, doctor. Dudo
de que pueda suplantarlo
jamás como padre confesor,
pero lo haré de la mejor mane
ra posible.
-Gracias, Spock.
«Por todo.»
Pero Kailyn no estaba en el
dormitorio. Sin decir una palabra para no alarmar a nadie, Spock salió
silenciosamente de las cavernas y se aventuró al exterior, con la pistola fásica
en la mano y los ojos errantes en busca de posibles problemas.
Afortunadamente, fue fácil
encontrar a Kailyn, que se hallaba de pie contra la pared rocosa que dominaba
los oscuros valles de pastoreo. Ni se sobresaltó ni se volvió al oír la voz de
Spock detrás de sí.
-¿Por qué está fuera de las
cavernas? Ya sabe los peligros que acechan aquí fuera.
-Por eso estoy aquí
-respondió finalmente ella-. Quiero morir.
Spock avanzó hasta detenerse
junto a ella. Estaban lejos de los barrancos y relativamente a salvo del ataque
de los animales. Dado que ella parecía más dispuesta a hablar bajo la cobertura
de la noche que en los confines de las cavernas, el vulcaniano no hizo ningún
intento de llevarla de vuelta al interior.
-¿Quiere realmente eso?
Ella mantuvo los ojos fijos
en las distantes estrellas. -¿Tengo algún motivo para vivir?
-¿Por qué quiere deshacerse
usted de la vida a edad tan temprana?
-Porque, a edad tan
temprana, he fracasado en todas las cosas de importancia, y he decepcionado a
todos aquellos que alguna vez se preocuparon por mí o significaron algo para
mí.
-Nadie ha emitido un juicio
tan severo sobre usted, Kailyn.
-Nadie tiene que hacerlo.
Puede que sea una niña, pero tengo la edad suficiente como para saber que les
he fallado a usted y al doctor McCoy, y también a Shirn. Y he destruido los
sueños que mi padre tenía para nuestro planeta... y, en definitiva, eso
significa que todo un mundo sufrirá por mi causa.
-Es extraño. McCoy reclama
muchos de esos fallos como suyos propios.
Al oír aquello, ella se
volvió con expresión mortificada.
-¿Eso hace? ¿Por qué?
-Él cree que es el culpable
de lo que usted describe como su fracaso de hoy.
-Es mi propia culpa.
-¿No se le ha ocurrido
pensar que nadie es culpable?
Kailyn lo miró fijamente;
todo su rostro era una pregunta.
-¿Cómo podría no ser culpa
de nadie?
-Nadie ha saboteado el
esfuerzo que realizó hoy, ni McCoy ni usted misma. Los mismos sucesos podrían
haber tenido lugar independientemente de las circunstancias. No le ha fallado
usted a nadie... excepto quizá a sí misma.
Ella bajó los ojos pero no
pronunció ni una sola palabra.
-Supongo que todavía me
presta atención.
Ella asintió con la cabeza,
aunque mantuvo los ojos fijos en el suelo.
-Muy bien. Por favor,
comprenda que esto no es un sermón. No tengo intención alguna de decirle lo
que debe hacer. Pero existen algunos factores que debería usted considerar, y
yo voy a intentar señalarlos. Primero, le fue encomendada una tarea... una
tarea inmensa para alguien tan joven como usted... con muy poca preparación
para llevarla a cabo.
-Pero tenía que ser de esa
forma, señor Spock.
-Soy consciente de ello, y
me alegra que acepte el hecho de que nadie tuvo la culpa por esa desafortunada
situación.
Spock hizo una pausa, y su
voz se suavizó y perdió el tono pedante.
-Lo más grave de todo, es
que se la obligó a enfrentarse con algo muy complejo y misterioso de una forma
nueva e intensa.
-¿Qué?
-Usted misma. -Se preparó
para llevar a cabo una tarea que prefería evitar: la autorrevelación-. Cuando
yo era niño, en Vulcano, tuve una infancia muy diferente de la de la mayoría de
los niños, al igual que usted.
-¿Por qué?
Él se sintió animado por el
hecho de que ella lo mirase en aquel momento y le formulara preguntas.
-Porque soy medio humano; mi
madre era de la Tierra. Aunque exteriormente parezca un vulcaniano puro, mi
desarrollo emocional fue un proceso extremadamente conflictivo. Los chicos
vulcanianos tienen que pasar el kahs-wan, una prueba de vigor e inteligencia
que marca el paso de la infancia a la madurez. En mi caso, la dura prueba del
kahs-wan fue todavía más importante que para los demás: era el momento en el
que tendría que elegir entre las formas de vida humana y vulcaniana. ¿Sabe
usted cuán diferentes son la una de la otra?
-Sí. Pero ¿por qué me está
contando todo esto?
-Usted y yo hablamos de
incapacidades la pasada noche. Tanto si escogía vivir como un humano de la
Tierra o como un vulcaniano, mi herencia híbrida me crearía incapacidades de
una u otra clase. Una vez, mi madre me contó cuánto dolor le había causado el
saber que yo nunca me sentiría plenamente en mi ambiente ni en la Tierra ni en
Vulcano.
-¿Es por eso que se
convirtió en oficial de la Flota Estelar?
-Supongo que fue una de las
principales razones.
-Resulta extraño que, en un
planeta en que la lógica resulta tan importante, el hecho de que fuese usted
medio humano constituyese un estigma.
-Los vulcanianos no afirman
ser infaliblemente lógicos. Desgraciadamente, aún conservamos algunas respuestas
emocionales residuales. Yo fui víctima de una de ellas: un residuo de
intolerancia.
-¿Qué era lo que lo
convertía en una incapacidad?
-Mi apariencia obviamente
vulcaniana me hubiese marginado en la Tierra, y mi sangre humana provoca en mí
reacciones instintivas e impulsos que son un constante irritante para los
vulcanianos. Cuando permito que una característica humana salga a la luz y sea
públicamente expuesta, llego a sentir que he fracasado en mi esfuerzo por ser
un vulcaniano.
-Pero usted no es una
máquina. Está destinado a sufrir deslices. Nadie es perfecto... -La voz de la
muchacha se apagó y ella respiró profundamente.
-Ésa ha sido una observación
muy madura, Kailyn. Yo tuve que darme cuenta a una edad muy temprana de que uno
a menudo falla en estar a la altura de sus propios ideales. Cuando alcancé ese
entendimiento, encontré una paz relativa.
-¿Cuál es entonces el
sentido de fijarse unas metas si uno no puede alcanzarlas?
-El hecho de no alcanzar hoy
una meta determinada no excluye que podamos alcanzarla mañana, o el año
próximo.
-Pero es que, si yo no tengo
el Poder hoy, yo... no lo tendré nunca -dijo ella con voz temblorosa.
-Puede que eso sea cierto,
pero todavía tiene una vida entera por delante. Un fracaso no significa que
todo esté perdido. Haga que aumente su motivación para llevar a cabo una
operación óptima en el próximo intento, sea lo que sea... pero no abandone ni
deje de intentarlo.
El labio inferior de la
joven se estremeció y ella miró al vulcaniano.
-¿Se puede abrazar a un
vulcaniano?
Él asintió ceremoniosamente
con la cabeza y ella le rodeó delicadamente los hombros con los brazos,
estrechándolo apenas. A él le pareció divertida la cautela de la muchacha, como
si temiera violar algún tabú. Pasados unos instantes, él percibió que los
acelerados latidos del corazón de Kailyn se hacían un poco más lentos. Tomó la
pequeña mano de la joven y ambos regresaron a la caverna
McCoy durmió porque estaba
agotado. Spock durmió porque su retroalimentación biológica le decía que
necesitaba aquella noche de descanso para mantener su máxima eficiencia.
Kailyn no durmió.
Fue sólo un reflejo
paternal, que se había encendido desde que Kailyn estaba con ellos. En medio
de la noche, McCoy giró en el lecho para comprobar con un ojo si la joven dormía
bien; vio a Spock durmiendo silenciosamente... y el colchón de Kailyn vacío.
Se sentó como un relámpago,
salió del saco dando traspiés y sacudió a Spock, que en cuestión de un segundo
estuvo alerta y completamente despierto. Casi de inmediato quedó claro que
Kailyn no había salido simplemente del dormitorio. Su abrigo no se veía por
ninguna parte. También habían desaparecido la mochila de provisiones, una
pistola fásica, un frasco de holulina y una pistola hipodérmica.
-Kailyn se ha marchado a la
montaña, Spock... y tenemos que ir tras ella.
-Me pregunto cuánto tiempo
hará que partió.
-Dos horas o menos; la
última vez que me desperté, estaba aún en la cama. Vamos.
McCoy tenía la sensación de
que no podía ponerse el abrigo lo suficientemente de prisa. Sabía que la
muchacha había regresado para enfrentarse con la Corona, y consigo misma, una
vez más. También sabía que les llevaba la suficiente distancia de ventaja para
que, en el momento en que le diesen alcance, estuviera ya en su punto de
destino... o muerta.
21
Kailyn barría constantemente
el camino y el barranco que tenía por encima, con la esperanza de que la luz
disuadiese a cualquier bestia que contemplara la posibilidad de atacarla. La
parte inferior de la escalada presentaba pocas dificultades, pero la altitud
aumentaba y lo mismo hacían los vientos. Se apretó la capucha en torno a la
cara; eso y la tormenta de nieve convertían la visibilidad en prácticamente
inexistente.
Pensó en volverse atrás.
Sabía que estaba arriesgando su vida, que quizá nunca consiguiera llegar a la
cueva de la cumbre; pero procuraría conseguirlo, porque no podía vivir sin ese
disparatado intento de cumplir con un destino tan profundamente arraigado en
su alma. Sabía que todo lo que Spock le había dicho era cierto y correcto, pero
todo palidecía ante la Corona del Pacto. Ella había nacido para andar por ese
único camino de entre todas las infinitas rutas posibles del tiempo y el
espacio. Muchos eran los que habían sacrificado una parte de sí mismos, puesto
sus vidas en juego para que ella consiguiera hallar ese camino; ella era el punto
focal, y la luz de quinientos años de sucesión la había cegado para cualquier
alternativa. Para Kailyn había una sola elección.
Y ahora tenía también una
creciente sensación de desasosiego, una tensión en el vientre. Al principio,
no le había dado importancia, atribuyendo todo eso al miedo mental, un demonio
de la duda que le jugaba malas pasadas. Pero luego la debilidad, el
estremecimiento, se expandieron. El demonio era muy real, y su toque helado se
deslizaba cautelosamente por las piernas y brazos de la joven.
Kailyn dio un traspié, se
sujetó al borde del sendero, y un pie le quedó colgando hacia el precipicio.
Intentó recordar lo que McCoy le había enseñado acerca de la coriocitosis, y
reconoció los síntomas. Tras agacharse por si volvía a perder el equilibrio, se
inclinó hacia delante y rodó hasta debajo de un saliente protector. La cabeza
le daba vueltas pero vio la bola de nieve que cayó a pocos metros delante de
ella. Su mano halló la pistola de rayos fásicos y la joven se inclinó
ligeramente hacia delante. La noche fue desgarrada por el rugido de un
zanigret.
Ella apuntó la linterna
hacia fuera y la bestia saltó desde arriba y cargó contra ella. Kailyn pulsó un
botón y un rayo fásico dio de lleno en el pecho del animal. Las enormes fauces
se abrieron y enseñaron unos colmillos que goteaban saliva espumosa, y el
animal cayó instantáneamente fulminado. Estaba muerto a no más de cuatro
metros y medio de ella.
Kailyn intentó volver a
guardarse la pistola fásica en el bolsillo, pero se le cayó de la mano y se
hundió en la nieve. Volvió a meterse totalmente debajo del saliente. El
gigantesco gato pareció moverse mientras ella lo miraba. ¿Qué estaba
ocurriendo?
Nada... eres tú. Se puso una mano ante los ojos y vio que los cinco dedos se
multiplicaban primero hasta diez, luego quince, después más de los que podía
contar. Parecían pertenecer a la mano de otra persona, distantes y fríos. Ella
les ordenó que se cerraran, y después de un retraso alarmante, le obedecieron,
doblándose en un grupo flojo y carente de fuerza.
Morirás pronto... te congelarás hasta morir.. otro zanigret
aparecerá en busca de alimento. Te quedan pocos minutos, y luego adiós, Kailyn.
Necesitas una inyección...
La voz que resonaba de forma
insegura en en interior de su cráneo tenía que ser la suya propia, aunque ella
imaginaba que venía del animal muerto que la miraba ferozmente con sus ojos
salvajes y los colmillos desnudos. ¿Estaba hablando en su cabeza o por la
boca? No puedo decirlo.
No puedes hacerlo, no puedes hacerlo, canturreaba burlonamente
la voz. No puedes darle la inyección... tienes miedo. No puedes hacer lo que
no has hecho nunca antes. No puedes, no puedes, no puedes...
Ella sacudió la cabeza,
intentando que la voz se soltara del punto de su cerebro en el que le había
clavado las inexorables garras; pero la voz sólo canturreaba con mayor
insistencia que antes. Ella dejó de escucharla. Las manos palparon torpemente
dentro del zurrón y encontraron el botiquín. ¿Sus manos? ¿Las de quién, si no?
Tenía la pistola hipodérmica ante los ojos. Tres de ellas ante los ojos. «Una
de las tres tiene que ser real», pensó, encogiéndose de hombros.
Las manos desabotonaron el
abrigo, y luego apartaron la ropa que había debajo. Piel desnuda, jaspeada de
rojo en cuanto el frío la alcanzaba. Piel de gallina. Las manos escogieron un
punto junto al ombligo y presionaron el extremo inyector neumático de la
pistola sobre el mismo.
No puedes hacerlo, farfulló la voz.
-Puedo hacerlo -murmuró
Kailyn.
Con gran esfuerzo, apretó el
inyector y el aparato siseó al alojar su carga de holulina en el tejido
muscular.
La sensación de
desvanecimiento fue reemplazada por una de tranquilidad. El remolino del
interior de su cabeza fue desapareciendo a medida que la droga le hacía efecto.
Y ella profirió un largo, largo suspiro, un suspiro que parecía que había
estado conteniendo durante toda la vida. Una ola de alivio la recorrió
totalmente, y ella se sintió libre y poderosa. Las manos que aferraban la
pistola hipodérmica volvían a pertenecerle, y... ¿sería un efecto resultante de
la droga? No le importaba; lo único importante era la fuerza que sentía manar
nuevamente de su interior. Anhelante, se rehízo y volvió a salir a la senda.
El único testigo era el
zanigret, y la observó marchar con los ojos perpetuamente abiertos. A cuatro
metros y medio de su cabeza, la olvidada pistola fásica yacía en la nieve.
-Doctor, deténgase a
descansar -gritó Spock por encima del aullido del viento.
-No hay tiempo -le gritó
McCoy a modo de respuesta. Uno de sus pies se apoyó sobre una zona helada y él
resbaló hacia atrás.
La firme mano de Spock lo
levantó rápidamente. -Doctor... -comenzó a decir con tono de advertencia. McCoy
negó con la cabeza.
-Yo estoy bien... pero ella
podría no estarlo. -Miró hacia delante por el sendero, al otro lado de la
nieve que danzaba ante el rayo de luz-. ¿Qué hay ahí delante?
Se aproximaron
cautelosamente al montículo oscuro que bloqueaba el camino. Spock lo recorrió
con la luz, y un montón de nieve suelta destelló ante ellos.
-Parece un pequeño alud.
Desplazó la luz hacia
arriba, al punto del que procedía el deslizamiento; había una caída a pico
desde la cornisa de arriba hasta el precipicio de más abajo. Spock abrió el dispositivo
sensor que llevaba colgado al hombro.
-¿Qué está haciendo?
-Comprobar si hay aquí un
cuerpo -respondió sombríamente.
McCoy contuvo la respiración
hasta que Spock hubo cerrado el aparato.
-¿Algo?
-Negativo. No me había dado
cuenta de que estas formaciones de roca y nieve fuesen tan inestables.
-Quizá lo hizo el viento.
-Sea cual sea la causa,
debemos proceder con extrema cautela.
Pasaron cuidadosamente al
otro lado del bloqueo y continuaron avanzando. Un poco más adelante, McCoy
pisó algo blando que yacía bajo la nieve que caía y se arremolinaba. El corazón
le dio un vuelco y retrocedió, tambaleándose; Spock lo cogió.
-Hay algo enterrado ahí
-dijo, con los labios pálidos.
Se recostó contra la pared
interior mientras Spock se arrodillaba para apartar la nieve de encima de lo
que estuviese tendido debajo de ella.
La pata trasera con afiladas
garras era cuanto necesitaban ver, pero el suspiro de alivio de McCoy estaba
lejos de ser completo; el cadáver del zanigret sólo aumentó los negros
presagios que sentía mientras caminaba de lado en torno a la bestia y se
alejaba de ella de espaldas. A unos pocos metros de distancia, pateó algo
pequeño y duro y jadeó violentamente.
-¿Qué hay ahora, doctor?
McCoy se inclinó y, tras
apartar la nieve con un pie, recogió la pistola fásica y se la tendió a Spock.
-Bueno -señaló el
vulcaniano-, ya sabemos que llegó hasta aquí. Es probable que esta pistola
fásica haya sido la causa de la muerte del zanigret.
-Gracias a Dios por ello,
pero ¿por qué la dejaría aquí? -No lo sé. ¿Cree usted que a estas alturas
podría necesitar una inyección?
-Probablemente.
-¿Qué ocurriría si no se la
hubiese puesto? -No quiero ni pensar en ello.
Pero pensó en ello... y en
las horribles formas en que
Kailyn podría haber muerto
ya.
La luz de la linterna inundó
la caverna de la que manaba vapor. Kailyn se tendió de espaldas sobre la
alfombra de musgo, con el abrigo doblado bajo la cabeza a modo de almohada.
Vista a través de los ojos cerrados, la luz de la linterna parecía la solar. La
tibieza del aire, el aroma dulzón del musgo, el sonido del agua que corría
cerca de ella... todo parecía pertenecer a un sueño veraniego mientras ella se
relajaba.
Pero aquél no era un idilio
de verano; se hallaba en la cima de un volcán ártico con un solo propósito.
Lentamente, rodó sobre sí, se pudo de rodillas y luego de pie. La Corona se hallaba
de vuelta en su nicho, cuidadosamente envuelta en la tela tejida con hilos de
metal. Ella la depositó sobre el abrigo y la desenvolvió. De alguna manera,
esta vez parecía menos imponente, como si su brillo se hubiese opacado. Pensó
en ella como en una criatura viviente que antes había adoptado su expresión
más elegante, pero que no estaba preparada para que un visitante nocturno la
despertase de su sueño.
Se irguió y sostuvo la
Corona en alto delante de sí. La plegaria... La murmuró rápidamente, y luego
contuvo el aliento. Delante de un charco de agua vidriosa que le servía de
espejo, se colocó abruptamente la Corona sobre la cabeza. Cerró los ojos y se
concentró.
El torbellino interno de los
cristales cesó. Kailyn se inclinó para aproximarse más a la superficie del
charco... Se habían vuelto transparentes. Habían estado oscuros y brumosos
como un amanecer de niebla; en ese momento estaban escarchados, y un azul
grisáceo metálico reemplazaba la bruma amarronada del interior. Kailyn se
balanceó y cayó de rodillas; la Corona cayó al suelo. Las lágrimas bajaron por
sus mejillas y ella vio que los cristales habían recobrado su aspecto inicial.
Todo su cuerpo se derrumbó y
ella comenzó a llorar con profundos y jadeantes sollozos. Que aumente su motivación,
dijo una voz que sonó en sus oídos. La voz de Spock. Ella volvió a sentarse
sobre los talones y ahogó el siguiente sollozo que intentó escapar de su
garganta. Recogió la Corona y volvió a colocársela sobre la cabeza. Pensó en
Spock y McCoy, en la tenacidad que habían demostrado una y otra vez desde que
la Galileo había salido de la Enterprise; en cuántas veces hubiese
renunciado ella si hubiese tenido elección. Y en su padre, que había esperado
pacientemente durante todos aquellos años a que la ola de la suerte los
recogiera y devolviese a Shad y a la paz. En Shirn y el capitán Kirk, en la
constancia de ambos en sus tareas. Ni una sola imagen de la Corona se
introdujo en su mente.
La acometió un ligero mareo.
Su pecho subió y bajó, y ella boqueó a causa de la falta de aire. Otra inyección, otra inyección, se mofó
otra vez aquella voz refunfuñona.
Ella intentó volverse y
lanzarse hacia el botiquín que había dejado al otro lado de la gruta. Las
piernas se le aflojaron y cayó de lado. La Corona rodó por el suelo pero ella
la atrapó y se la acercó a los ojos.
Los cristales estaban transparentes. La oscura bruma había dado paso a un
azul perlado y ella podía ver a través. Se sentó y miró maravillada toda la
gruta que la rodeaba, el musgo y las rocas. Todo se veía de un azul cielo al
mirarlo a través de aquellas lentes cristalinas. Mágicamente, su respiración
se hizo fuerte y regular. La temperatura de su cuerpo aumentó hasta la normal,
y ella profirió un grito de triunfo.
Había ganado.
Unas listas de color naranja
y rosáceo cruzaron el cielo añil cuando los primeros albores de la mañana
tiñeron la cadena montañosa de Kinarr. Spock y McCoy treparon hasta lo alto
del último barranco, y se irguieron agotados en la cima del mundo. El viento
soplaba ocasionalmente, y las pisadas era aún visibles bajo la capa de nieve
nueva caída durante la madrugada.
Siguiendo esas huellas,
encontraron la entrada hacia el interior de la montaña. Al pasar de la luz
nuevamente a la oscuridad, alumbraron el camino con la linterna. McCoy rogaba
que encontrasen a Kailyn durmiendo en el interior, pero no esperaba que así
fuese.
-Oh, Dios mío -jadeó cuando
entraron en la gruta que cerraba el camino.
Kailyn yacía inmóvil sobre
el suelo, acurrucada sobre el abrigo. McCoy se aproximó a ella y se arrodilló,
vacilante.
-¿Kailyn...? -susurró.
Ella se volvió, se frotó los
ojos soñolientos y sonrió. Luego recogió la Corona de encima de su envoltorio
y se la colocó ceremoniosamente sobre la cabeza. Los cristales chispearon
transparentes y azules.
Sin decir una sola palabra,
McCoy la abrazó más estrechamente de lo que nunca en su vida había abrazado a
nadie.
-Su padre estará orgulloso
-le dijo Spock.
Los húmedos ojos de Kailyn
lo llamaban sin palabras, y al fin fue arrastrado al abrazo.
22
Shirn se paseaba por la
grava, debajo de un cielo de media mañana salpicado de nubecillas, y sus pies
recorrían el canal abierto al lo largo de los años por las pezuñas de las
ovejas que iban y venían entre las cavernas y los pastos. Un grito procedente
de lo alto descendió por los escalones de piedra, y el anciano pastor levantó
la mirada, protegiéndose los ojos de los reflejos de la nieve. Pudo distinguir
las siluetas de tres personas que descendían lentamente, y se acercó para
recibirlos al pie de aquella escalera.
-Debería azotarte -gruñó-,
pero tu rostro me dice que, si lo hiciera, estaría azotando a la próxima reina
de Shad.
Kailyn saltó desde el último
escalón y abrazó a Shirn. El cuidadoso descenso desde la cima de la montaña no
había hecho nada para apagar la euforia de la muchacha.
-Hiciste una estupidez al
regresar sola ahí arriba -le dijo él con una voz cargada de reproche.
-¿Pero no está acaso en la
naturaleza de los dirigentes el hacer ocasionalmente cosas que los demás
consideran temerarias? -preguntó Spock.
Con una sonrisa torcida,
Shirn no tuvo más remedio que asentir.
-Sí, sí, supongo que sí.
Tienen que estar todos cansados. No han dormido mucho la pasada noche. Cuando
se hayan recuperado... bueno, podrán volver a cansarse con una celebración de
toda la noche, esta noche.
Tendió ambos brazos y los
condujo al interior de las cuevas.
-¡Dos banquetes en poco
tiempo! -exclamó Shirn, y su voz retumbó por el comedor atestado de gente.
Levantó su copa plateada y todos hicieron lo mismo con las suyas-. ¡Qué placer!
¡Bebed, amigos y familiares míos!
Vasos y copas elevaron su
extremo inferior, y fueron traídas fuentes de comida recién preparada que
dejaban pequeñas a las de la celebración religiosa de apenas dos noches antes.
-Desde luego, los montañeses
sabéis cómo se da una fiesta -dijo McCoy con una risilla, mientras se
atiborraba de buena gana-. Echaré de menos todo esto cuando regresemos a esa
aburrida nave estelar. -Suspiró-. Spock, ¿cree usted que la Enterprise nos
encontrará aquí arriba?
-Muy probablemente.
-Demasiado malo...
-Doctor, abrigo todas las
esperanzas de que mañana, a esta misma hora, estaremos ya muy adelantados en
nuestro camino hacia Shad.
-Y, entonces, se librarán
finalmente de mí -dijo Kailyn-. Se acabará el hacer de niñeras.
McCoy sonreía como un niño
de pueblo que estuviera haciendo novillos.
-No necesita usted una
niñera, joven dama. Eso ya lo ha demostrado.
-¿Tuviste miedo cuando te
atacó el zanigret? -le preguntó Shirn con expresión seria.
-Si no hubiese estado al
borde del desmayo, lo hubiese tenido. Fue una suerte que no pudiera pensar con
mucha claridad.
-Sí -dijo lentamente McCoy-,
pero, si eso la hubiera atacado dos minutos más tarde, no habría sido capaz de
apuntar con certeza.
-No creo que haya apuntado
con certeza. ¿De qué otra forma podría haberle acertado?
-Miren esto... a su edad, y
ya está contando historias exageradas -dijo McCoy soltando una carcajada.
De la caverna principal les
llegaron los ecos de unos gritos, y Shirn aguzó el oído. Un momento más tarde,
Frin, el joven guía de la montaña, entró corriendo con una compañera asustada
que se le aferraba a una mano. Se agachó junto al anciano jefe y le habló al
oído.
-Tío, será mejor que salgas.
-¿Qué está ocurriendo?
-Han llegado mercaderes de
las tierras bajas... -Comerciad, pues, con ellos...
-Pero es que traen una
esclava para vender, tío. -Nosotros no necesitamos esclavos. Nosotros... -Están
haciendo demasiado escándalo. Se niegan a llevársela de vuelta. Si no consiguen
comerciar con ella, ame
nazan con cortarle la
garganta aquí mismo. Shirn adoptó una expresión de profundo desagrado, y Frin
lo ayudó a ponerse de pie.
-Excúsenme, amigos míos.
Estos hombres de las tribus de las tierras bajas tienen el don de llegar justo
en el momento menos oportuno para vendernos justo la cosa menos apropiada.
Diviértanse, y yo regresaré en cuanto los haya despedido o, al menos, los haya
silenciado por esta noche. Cuando Shirn y Frin salieron de la cueva-comedor,
Spock se puso de pie para seguirlos. Pero McCoy lo sujetó por una muñeca.
-¿Adónde va?
-A satisfacer mi curiosidad.
McCoy se encogió de hombros,
y él y Kailyn echaron a andar detrás del vulcaniano. En la espaciosa cámara
principal, los caóticos gritos del grupo de forasteros se resolvieron en un
idioma alienígena gruñente que hizo estremecer a McCoy, y el médico aferró a
Spock por un hombro.
-Son los que nos capturaron
a nosotros.
Se retiró a las sombras e
intentó arrastrar consigo a Spock y Kailyn, pero el vulcaniano continuó
avanzando. Varios kinarri estaban al borde del grupo que reñía, intentando
apaciguarlo; y, en el centro, una ronca voz de mujer rugía por encima de todos
ellos.
-¡Cerdos asquerosos!
¡Pagaréis cara esta brutalidad! ¡Animales... heces podridas!
Al aventurarse más cerca,
Spock sólo pudo ver que la mujer pateaba y mordía a todo el que intentaba
dominarla.
-¡Mi gente vendrá y os
arrasará hasta las rocas, a todos vosotros! ¡Os torturaremos hasta el último, y
maldeciréis el día que nacisteis! ¡No podéis tratar de esta forma a un klingon!
-¿Un klingon? -exclamó
McCoy. -Fascinante.
Al fin, cuatro de los
enormes cazadores, con la ayuda de varias manos kinarri, atraparon los pies de
Kera con una soga. Tiraron de ella como si fuese un jabalí y la arrojaron al
suelo; el golpe la dejó sin resuello y la obligó a guardar un silencio momentáneo.
El anciano cazador de cabellos plateados se detuvo al lado de la klingon
mientas sacudía la cabeza con una mezcla de ira y triste cinismo.
Aparentemente, su suerte con las mercancías vivas no había mejorado en absoluto.
Comenzó a reunirse un gran
número de kinarri que salían de la sala del banquete para averiguar a qué se
debía toda aquella conmoción. Spock encontró a Shirn a un lado, apartado del
grupo. El jefe no estaba contento.
-¿Por qué traen cosas como
ésa a nuestras tierras? -se lamentó-. Les hemos dicho una y otra vez que no nos
sirven para nada los...
-Compre esa esclava -le dijo
Spock en voz baja.
Shirn tardó un poco en
reaccionar.
-¿Por qué?
-Puede sernos de utilidad a
nosotros.
-¿Como esclava? -El
semblante de Shirn manifestaba asombro.
-No. Como fuente de
información. Es una klingon, e indudablemente parte de una fuerza más numerosa
enviada para sabotear nuestra misión, quizá para matarnos a nosotros y a
Kailyn y robar la Corona.
-Como usted quiera, señor
Spock.
Shirn regresó al grupo de
mercaderes y autorizó la compra, y Spock, McCoy y Kailyn regresaron a la sala
del banquete, evitando ser vistos por el cazador de cabellos plateados.
-Muy bien -dijo McCoy-.
Odiaría ver una lucha por el derecho de custodia sobre nosotros.
Por primera vez en varios
días, el cazador de cabellos plateados se sentía feliz. No sólo se había
librado de aquella chillona hembra salvaje, sino que finalmente había
conseguido una lanza de punta brillante. Sería mejor que se dedicara a la caza
de animales animales, y esperaba que la mala suerte siguiera a otro cazador
durante algún tiempo y mantuviera a los esclavos tan lejos de su camino como el
sol lo estaba de las lunas...
-Sus sospechas eran
correctas -declaró Shirn al ocupar su lugar sobre la alfombra de pieles de la
cena.
-¿Los cazadores estaban
dispuestos a hablar con usted?
-Oh, sí, sí. El jefe estaba
tan contento por haber conseguido una lanza con punta de acero, que de buena
gana se habría quedado a conversar durante toda la noche; pero su idioma me
produce dolor de cabeza.
-¿Tratan muy a menudo con
esa gente? -preguntó McCoy.
-Suben de vez en cuando para
comerciar con pieles, raíces y artesanías de madera. No tenemos mucha madera
por los alrededores, así que es algo útil para nosotros. A cambio les damos
lana y carne de oveja, y algunas herramientas modernas que obtenemos de los
comerciantes interestelares que pasan por aquí.
-¿Qué le han dicho de la
klingon? -preguntó Spock¿Cómo la capturaron?
-Estaban de incursión por la
montaña, algo muy parecido a cuando los encontraron a ustedes. Estaba perdida
en el bosque, aturdida. Fue tan fácil de capturar, que todavía se sorprendieron
más cuando recuperó las fuerzas y luchó como un zanigret acorralado.
-Una descripción muy
apropiada.
-Estaba muy golpeada y
lastimada -señaló McCoy-. ¿Se lo hicieron ellos?
Spock se volvió con una
inquisitiva ceja alzada.
-¿Por qué se preocupa de
pronto por el bienestar de un agente de inteligencia klingon?
-Es sólo porque esos
cazadores no parecieron brutales cuando nos atraparon a nosotros.
-No suelen golpear a sus
prisioneros -dijo Shirn-. Dicen que la encontraron en ese estado, y dicen que
también encontraron el cadáver de un hombre de la misma raza junto al río.
-Debe de haberlos
sorprendido una de esas tormentas asesinas -reflexionó McCoy.
-Junto al río -repitió
Spock.
-¿Es significativo eso?
-preguntó Shirn.
-Allí es donde nosotros nos
estrellamos -dijo McCoy-.¿Cree que encontraron los restos de la lanzadera?
-Es probable, dado que
dejamos encendida la señal de auxilio automática.
McCoy entrecerró los ojos
con expresión intrigada.
-¿Cómo demonios llegaron
hasta aquí, para empezar?
-La única conclusión lógica
es que nos siguieron casi desde el principio.
-¿Quiere decir desde que nos
separamos de la Enterprise? -preguntó Kailyn con un estremecimiento-. ¿Cómo
pudieron hacerlo? Ésta era una misión secreta.
-No tan secreta como
creíamos nosotros -dijo McCoy-.Todavía no hemos salido del agujero, ¿verdad,
Spock?
-Yo diría que no. Tenemos
que considerar tres posibilidades. Uno, que los klingon se enteraron de toda
la misión de alguna forma, quizá por un informador cercano al rey. Dos, que
este desafortunado grupo de espías klingon no estuviese trabajando en un vacío
total, y por lo tanto otros destacamentos klingon de refuerzo estén por las
proximidades. Tres, que es posible que la Enterprise se encuentre con interferencias
cuando se acerque a este planeta.
-Y cuatro, que ya no podemos
contar con que Jim venga a buscarnos aquí -terminó McCoy con expresión ceñuda.
-Es indispensable que
salgamos de Sigma e intentemos encontrarnos con la Enterprise en el espacio.
-Pero, ¿cómo? -preguntó
Kailyn-. No tenemos una nave.
-Pero los klingon puede que
sí la tengan -dijo rápidamente McCoy.
-Ésa -señaló Spock- es la
única posibilidad razonable que tenemos. Y, si existe esa nave, tiene que
estar cerca de nuestra lanzadera.
Kailyn le tiró de una manga
a McCoy.
-Pero ¿y si los klingon
hubiesen sido simplemente dejados aquí por una nave más grande, si no
aterrizaron con una?
-Entonces podríamos estar en
un serio aprieto.
-Shirn -comenzó Spock-,
¿podría guiarnos de vuelta a las tierras bajas para buscar la nave klingon?
-Por supuesto. Podemos
partir a primera hora de la mañana. Pero, ¿qué haré con la esclava, la mujer
klingon salvaje?
-Me gustaría interrogarla
-explicó Spock.
-Me refiero a después de
eso. No quiero que se quede aquí, y no quiero matarla...
-Envíesela de vuelta a los
cazadores -propuso McCoy con una sonrisa torcida.
Shirn le dedicó una mirada
agria.
-Creo que el buen doctor
está bromeando, aunque nunca he comprendido del todo su sentido del humor
-declaró Spock-. Si puede usted retenerla por el momento, cuando regresemos a
la Enterprise, si conseguimos regresar, nos la llevaremos a bordo como
prisionera, por espionaje.
-Mi idea me gusta más -se
quejó McCoy-. No tiene usted ningún sentido de la justicia poética, Spock.
-Sugiero que descansemos
todo lo posible esta noche -aconsejó Shirn, entrelazando las manos y
bostezando.
-Pero, ¿y qué pasa con la
celebración? -preguntó Kailyn, algo decepcionada.
-Cuando regresemos a Shad
-le dijo McCoy-, tendrá más celebraciones de las que sea capaz de soportar.
«Si regresamos a Shad», dijo
la siempre preocupada voz de la cabeza del médico.
Shirn y un grupo de diez
condujeron a Spock, McCoy y Kailyn, bajando por las laderas inferiores de las
montañas Kinarr. Fue mucho más fácil que el viaje que habían realizado dos
días antes, hasta el valle de los pastores, porque los nativos conocían el
camino más corto y menos arduo hasta las tierras bajas.
En un sentido, McCoy odiaba
tener que marcharse. Se detuvo cuando llegaron al nivel en el que la capa de
contumaces nubes de Sigma se tragaba al sol con todo su brillo.
-¿Sabe? Nunca podría vivir
en un mundo en el que no pudiese ver el sol -le comentó a Shirn con voz
melancólica.
-Quizá fue por eso por lo
que nuestros ancestros escalaron las montañas; porque tenían la sensación de
que la tierra prometida tenía que ser dorada, no gris.
La caravana avanzó
rápidamente a lo largo del pie de la montaña, dando un gran rodeo a la zona de
los clanes del valle y sus territorios de caza. La furiosa corriente de aguas
blancas que casi había matado a Spock, corría ahora suavemente dentro del
lecho, vestido con su disfraz anterior a la tormenta. Spock se detuvo a
consultar los mapas.
-Nuestro punto de aterrizaje
está a unos dos kilómetros y medio en esa dirección -indicó, señalando hacia el
este.
Y así era. Encontraron los
restos de la pequeña lanzadera, y McCoy sintió que se le hacía un nudo en la
garganta. -No suelo ponerme sentimental con las máquinas, pero siento pena por
esa pobre cosa.
-A mí me recuerda lo
afortunados que somos por estar con vida -comentó Kailyn.
-Ahí estaría yo, de no haber
sido por la gracia de Dios -dijo McCoy.
-¿Hasta qué distancia puede
buscar con esa cajita? -preguntó Shirn, señalando el sensor.
-Varias millas a la redonda,
dependiendo de lo que se busque -respondió Spock.
El oficial científico activó
el aparato y roto lentamente para cubrir todas las direcciones. Mientras lo
hacía, McCoy miraba por encima de su hombro.
-Ah, sí, hoy debe de ser
nuestro día de suerte -dijo finalmente McCoy con una ancha sonrisa.
El vulcaniano estaba menos
seguro de ello. -Parece que se trata de una nave. -¿Dónde? -preguntó Kailyn.
-A un kilómetro y medio en
dirección norte.
A un gesto de Shirn, los
kinarri abrieron nuevamente la marcha. Pasado un rato llegaron a una colina redondeada,
y desde su cresta vieron la nave klingon; descansaba en un claro del bosque, no
lejos del arroyo. McCoy meneó la cabeza con asombro.
-Nunca pensé que llegaría el
día en el que me alegrara poner los ojos encima de una nave klingon.
-Estamos viviendo en unos
tiempos extraños, doctor -comentó Spock, mientras bajaba por la ladera.
-¿Ha sido eso una broma,
Spock? -preguntó el médico,a gritos.
¿De un vulcaniano? No podía
ser...
Los kinarri estaban ansiosos
por explorar aquella rareza recién encontrada, pero Spock aconsejó prudencia.
-No sabemos de forma
definitiva que no haya otros klingon ahí dentro, aguardando el regreso de su
comandante. El doctor McCoy y yo nos acercaremos primero, con nuestras pistolas
fásicas. No quiero poner en peligro a su gente, Shirn.
Espere hasta que les
avisemos que la situación es segura.
McCoy tragó saliva
nerviosamente, sopesó la pistola y comprobó su puntería con un ojo cerrado.
-¿No disparo hasta verles el
blanco del ojo?
-Dispare si ve cualquier
parte de su anatomía. Prográmela para aturdir. ¿Preparado?
El médico asintió con la
cabeza y ambos se aproximaron cautelosamente a la silenciosa nave. Tenía
aproximadamente el mismo tamaño que la lanzadera, aunque el compartimiento
para pasajeros era más pequeño. Spock y McCoy se agacharon detrás de un pequeño
grupo de arbustos.
-¿Llamamos a la puerta?
-susurró McCoy.
-Una aproximación directa,
aunque cautelosa, parece lo más correcto.
Dicho esto, Spock se deslizó
silenciosamente a lo largo de un flanco de la nave, se detuvo y presionó su
cuerpo en la parte central, junto a la escotilla cerrada. McCoy hizo otro tanto
y ocupó la posición opuesta al otro lado de la puerta. Spock alzó ambas cejas a
modo de señal, y luego alcanzó velozmente el interruptor de la escotilla y lo
hizo girar. Se oyó un siseo de vacío, y la cubierta de la cámara interior se
retiró. Con el dedo tenso sobre los gatillos, aguardaron.
Luego, con un paso vigoroso,
Spock saltó al interior de la nave exploradora y McCoy lo siguió. Pero en el
interior no había nada más que oscuridad y fantasmal quietud.
-¡Qué considerado por parte
de los klingon! -exclamó Spock, con obvia satisfacción.
-Tenemos que ponerles una
multa de aparcamiento.
-¿Una multa de aparcamiento?
-Es un chiste de la Tierra,
Spock. Olvídelo.
-Por favor... amplíe mis
horizontes.
McCoy suspiró. En todos los
años que conocía a Spock, nunca había conseguido superar el espanto que le
producía tener que explicarle frases coloquiales.
-Verá. En los tiempos
antiguos, cuando todo el mundo tenía un vehículo privado de su propiedad,
solían aparcarlos allá donde podían, incluso en los lugares en los que estaba
prohibido hacerlo. Así que...
-¿Por qué fabricaban y
vendían más vehículos de los que podían alojar?
-Era el sistema de libre
mercado... Llénate hasta que te atragantes.
-Tremendamente ilógico. Pero
todavía no consigo comprender su referencia a...
-No me ha dejado terminar.
La policía solía ponerles un castigo a los infractores. Tenían que pagar una
multa o comparecer ante los tribunales si querían alegar. Cuando la primera
misión Apolo fue a la Luna, llevaron consigo unos cochecillos pequeños con
oruga y los dejaron abandonados allí. Cuando finalmente la Humanidad regresó a
la Luna para instalarse y construir estaciones permanentes, alguien salió y
les puso una multa de aparcamiento a los cochecillos.
-¿Por qué?
McCoy puso los ojos en
blanco.
-Porque habían estado
aparcados allí durante unos treinta años.
Spock frunció los labios y
McCoy se preguntó por qué siempre le daba aquellas explicaciones.
-Spock, es usted un oyente
detestable.
El primer oficial saltó al
exterior y le hizo un gesto con la mano al grupo que esperaba con Shírn en lo
alto de la colina.
La nave klingon resultó
estar en perfectas condiciones de funcionamiento, con una considerable cantidad
de combustible en los depósitos. Después de una rápida revisión de los
controles, Spock declaró que no tendría ningún problema para guiar aquella nave
fuera de Sigma. Había llegado el momento de partir.
-Le agradecemos de verdad
todo lo que ha hecho para ayudarnos -le dijo McCoy al anciano pastor.
Shirn hizo una reverencia.
-Sólo estaba cumpliendo con
una promesa que le hice mucho tiempo atrás a un hombre honorable.
-Hace falta un hombre
honorable para hacer eso -señaló Spock.
-Yo sólo me alegro de que a
ti, Kailyn, mi precipitado juicio no te privara de la Corona.
-Usted sólo estaba haciendo
lo que mi padre le pidió que hiciese. Le doy las gracias por eso.
Shirn los miró de uno en
uno. Tenía los ojos húmedos; abrazó a Kailyn, luego a McCoy y finalmente a
Spock.
-Que los vientos de Kinarr
estén siempre a sus espaldas.
Spock levantó una mano para
hacer el saludo vulcaniano.
-Larga y próspera vida,
Shirn.
-Cuídese mucho, ¿de acuerdo?
-le dijo McCoy con la voz ahogada.
Shirn miró a la joven
princesa.
-Gobernarás bien y durante
mucho tiempo, Kailyn. -Espero poder hacerlo tan bien como usted -replicó ella
dulcemente.
Spock fue el primero en
volverse y entrar en la nave. McCoy subió después y le ofreció la mano a
Kailyn. Shirn se retiró al cerrarse la compuerta. Él y sus hombres esperaron
hasta que los cohetes se encendieron, levantando un penacho de llamas y polvo.
La nave se elevó lentamente con movimientos inseguros al principio, y luego
aceleró y se encumbró velozmente por encima de las colinas y bosques. Cuando ya
no pudo ver la nave ni su estela, Shirn se volvió y se encaminó a los cielos
limpios del valle sagrado de las Kinarr.
23
-Yo sería un klingon
malísimo -dijo McCoy, apretujado en el incómodo asiento de la nave espía
¿Cómo pueden torturar a su
gente haciéndola volar en estas diminutas cajas de cerillas?
-Quizá eso explique el
terrible humor de los klingon, doctor -comentó Spock.
-¿Qué haremos si ahí fuera
hay un crucero de batalla klingon? -preguntó Kailyn.
-No pregunte esas cosas
-refunfuñó McCoy-. Yo preferiría saber dónde está la Enterprise.
-Es una preocupación muy
válida -concedió SpockLa nave debería haber llegado a este punto hace más de
veinticuatro horas.
-¿Es posible que se hayan
marchado sin nosotros? -preguntó Kailyn con voz atemorizada.
-Es improbable. La mejor
posibilidad que existe es la de que el capitán se haya encontrado con algún
problema relacionado con la interferencia klingon. Tenemos que alcanzar la
órbita exterior del cinturón de tormentas del planeta, y permanecer allí
durante algún tiempo. Si la Enterprise entra en el radio de sensores, seremos
detectados con bastante rapidez.
-¿Y qué haremos si no
aparece por aquí pasado algún tiempo? -refunfuñó McCoy.
-Cuando llegue ese momento,
evaluaremos nuestra situación desde un punto de vista lógico, a la luz de los
datos de que dispongamos.
-¿No está aún Sigma dentro
de nuestro radio de exploración? -preguntó Kirk con voz tensa.
Chekov y Sulu intercambiaron
breves miradas que Kirk percibió. El capitán se retrepó en el sillón de mando,
mientras en su rostro aparecía una sonrisa torcida.
-Ya lo sé... acabo de
preguntarle eso mismo hace un momento. Perdóneme, señor Chekov.
-Sí, señor. Está casi dentro
del radio. Todos los escáners están a su máxima potencia de barrido. Si hay
algo ahí fuera, lo detectaremos.
-Muy bien.
En los momentos como aquél,
Kirk se daba cuenta de cuán dignos de confianza eran los tripulantes de su
nave, sin excepción. Tenía que dejarlos que hicieran su trabajo, y canalizó su
energía nerviosa en tamborilear con los dedos sobre el panel de control del
posabrazos de su asiento. «En cuanto haya algo de lo que informar, ellos me
informarán...»
Chekov se tensó en su
asiento, con los ojos fijos en la pantalla. Kirk se sentó hacia delante, en el
borde de su asiento.
-¿Algo?
-Una nave pequeña, señor, en
el límite exterior. Está demasiado lejos para hacer una identificación
positiva. -Verificado, señor -dijo Sulu-. Se desplaza por una órbita alta en
torno al planeta. Kirk hizo girar su sillón.
-¿Uhura?
-Todos los canales de
recepción abiertos, señor. Estamos llamando en todas las frecuencias. De
momento no hemos contactado.
-Datos adicionales del
sensor, capitán -anunció Chekov.
-¿Se trata de la Galileo?
Chekov vaciló apenas y Kirk
se tensó.
-Negativo, señor. Es una
nave espía klingon.
Todos los que se hallaban en
el puente se volvieron a mirar rápidamente a la pantalla de visión exterior.
La misteriosa nave no era más que un punto informe contra el telón de fondo de
las estrellas y la cara gris de Sigma 1212.
-Eso podría explicar el
porqué de que no quieran hablar con nosotros -dijo Kirk con ferocidad-. Haga
sonar la alarma amarilla.
Uhura pulsó el botón del
canal de comunicaciones interno de la nave, mientras las luces emplazadas en
las paredes comenzaban a destellar.
-Alarma amarilla -dijo la
voz de la computadora por los altavoces-. Alarma amarilla, atentos a los
informes de estado.
-Sulu, reduzca la velocidad
para entrar en órbita normal -pidió Kirk.
-Hay otro problema, señor
-dijo Sulu-. Tenemos varias tormentas en los radios de las órbitas medias y
bajas.
-Máxima órbita, entonces.
-Capitán -intervino Chekov-,
tenemos otro visitante.
Se inclinó para abrir los
canales de pantalla. La larga forma de insecto de un crucero de guerra klingon
apareció en ella.
Los dedos de Chekov danzaron
por el tablero de mandos.
-Deflectores al máximo.
Artilleros en sus puestos, señor.
Kirk se recostó en el
respaldo y estiró las piernas. La espera lo había puesto nervioso, pero al
menos ahora sabía qué había estado esperando. Había llegado el momento de
entrar en acción.
-Pase a alarma roja.
La sirena se puso a sonar y
las luces del puente bajaron hasta convertirse en un resplandor rojizo. La voz
de la computadora resonó por toda la nave.
-¡Alarma roja, alarma roja,
todos a sus puestos de combate!
-Continuamos el acercamiento
orbital, señor -anunció Sulu.
-Manténgalo así. Chekov,
¿qué está haciendo la nave klingon?
-El crucero está realizando
también un acercamiento orbital, capitán, pero se dirige hacia la nave espía.
-Bueno, no van a marcharse
sin darnos una maldita buena explicación. Aproxímese a la nave espía, Sulu.
Adelantémonos a la llegada del crucero.
-Capitán Kirk -dijo
vivamente Uhura-, estamos recibiendo una señal de la nave espía. Canal
Cuatro-B. Es... es el señor Spock.
Kirk sonrió con absoluta
sorpresa y pulsó el selector de canales de comunicación.
-Spock, tiene usted muchas
explicaciones que dar...
-Desde luego, capitán -fue
la respuesta que llegó hasta ellos-. Estamos todos bien. Llega usted con casi
veinticuatro horas de retraso... algo muy poco propio de usted, señor.
-De acuerdo, de acuerdo.
Ambos tenemos muchas cosas que explicar. ¿Sabe que hay un crucero de guerra
klingon que se encamina hacia ustedes para recibirlos?
-Afirmativo.
-Supongo que esperan
encontrar tripulantes klingon a bordo de la nave espía. ¿Van a llevarse una
decepción?
-Aquí no hay nadie más que
estas tres insignificantes criaturas que somos -fue la frase que sonó con el
familiar arrastramiento de palabras de la voz georgiana.
-Me alegro de oírlo, Bones.
Espere hasta que...
-Capitán -interrumpió
Uhura-, el comandante Kaidin, del crucero imperial Ala Nocturna, exige una explicación de nuestra presencia en el
lugar.
-Dígale que haga antesala.
Spock, los sacaremos de ahí en un minuto. Scotty, entre las coordenadas de la
sala de transporte y transfiera a nuestra gente fuera de esa nave, a toda
prisa. Luego esté preparado para máxima velocidad hiperespacial.
-Sí, señor.
-Uhura, sáqueme el klingon a
la pantalla principal. -Sí, señor.
El crucero Ala Nocturna se desvaneció, y el
tormentoso semblante de Kaidin ocupó su lugar.
-Kirk, aparte su asquerosa
nave de nuestra exploradora.
Kirk respondió a la mirada
feroz de Kaidin con una triste sonrisa.
-Veo que ha ido directamente
al grano, comandante. Éste es territorio de la Federación. Están ustedes aquí
sólo por la autoridad del Tratado de Paz Organiano, que estipula claramente
que... ejem... las naves visitantes deben explicar los motivos de su presencia
cuando les sea requerido. Y yo lo estoy requiriendo ahora mismo.
-Ahórrese las amenazas,
Kirk. Los cobardes de la Flota Estelar nunca respaldan sus palabras con las
armas.
-Capitán -susurró Scott-, ya
están sanos y salvos en la sala de transporte... y también lo está la Corona.
Un instante después, la
estudiada hostilidad de Kaidin dio paso a la sorpresa cuando un joven oficial
entró en un estado que lindaba con el pánico y susurró de forma apremiante
junto a un oído de su
comandante. Fuera lo que fuese lo que el otro le dijo, hizo que Kaidin se
olvidase de que tenía abierto un canal de comunicación con la Enterprise.
-¿Qué? -dijo con voz
siseante-. ¿Cómo puede ser que nuestros agentes hayan desaparecido de la nave?
El klingon se volvió, vio el
rostro de Kirk en la pantalla, escupió una sarta de maldiciones que abarcaban
varios idiomas... y la pantalla de la Enterprise
quedó abruptamente en blanco.
-Sáquennos de la órbita
ahora, caballeros... ¡velocidad hiperespacial!
La gigantesca nave viró a
estribor y la intensa fuerza de aceleración empujó a los tripulantes del puente
violentamente contra los asientos. En la pantalla de visión exterior, el campo
de estrellas se hizo borroso.
-Informe -ordenó Kirk.
-El crucero klingon no ha
cambiado siquiera de rumbo -respondió Sulu con un regocijo apenas disimulado.
-Todavía están intentando
adivinar qué había dentro de esa nave espía y qué ha sido de ello -comentó
alegremente Kirk-. No creo que vuelvan a molestarnos durante este viaje.
Reduzca la velocidad a factor cinco y trace un bonito rumbo recto hacia Shad.
Scotty, queda usted al mando.
Kirk se levantó del asiento
de mando y se encaminó hacia el ascensor.
Kailyn se tomó la noticia de
la muerte de su padre con estoicismo, y el interrogatorio formal se desarrolló
con normalidad absoluta. Los informes podrían ser escritos más tarde, por lo
que a Kirk respectaba. En realidad, la misión estaba todavía sin finalizar y
prefería dedicar algo de tiempo al descanso durante los dos días de viaje que
los separaban de Shad. Después de todo, tenían que preparar la coronación.
En realidad, el mejor
remedio para toda la tensión soportada recientemente hubiese sido una buena
dosis de descanso y recreo; desgraciadamente, eso era imposible en aquel
preciso momento. La segunda cosa mejor era la vuelta a la tranquila rutina, y
así lo ordenó el capitán Kirk.
Para Kailyn, eso se traducía
en lecturas ligeras y ejercicio, mezclados con el suministro de ciertos datos
que necesitaría conocer en el momento de la llegada a su planeta.
Spock cubrió sus turnos de
guardia normales, jugó al ajedrez con una computadora recientemente programada
y comenzó a glosar los pergaminos históricos que en Sigma le habían resultado
tremendamente absorbentes.
En la enfermería, McCoy
ponía los pies en alto siempre que le era posible -se habían ganado un buen
descanso-, y escuchaba música con Kailyn mientras pensaba en el sol que le
había entibiado el alma en lo alto de las montañas de Shirn. También volvió a tomar
entre manos el trabajo más trivial que se le ocurrió: las revisiones físicas
anuales necesarias para actualizar los expedientes de los miembros de la
tripulación. Kirk era el siguiente de la lista, y llegó al acabar su turno de
guardia.
-¿Cómo se encuentra, Jim?
-Bueno, yo diría que ustedes
tres hicieron que me salieran unas cuantas canas más durante esta última
semana, pero, aparte de eso y de las bolsas que tengo debajo de los ojos por la
falta de sueño, me encuentro bien.
Se tendió de espaldas en la
mesa de examen. McCoy la encendió y los escáners comenzaron a trabajar; los
resultados aparecían en las pantallas de datos.
-Mm-hmm -masculló McCoy-.
Uh-huh... mm-hm. Presione hacia abajo las barras manuales.
Kirk puso una rara
expresión.
-Bones, ¿por qué hacen eso
los médicos? Es muy desconcertante estar aquí tendido y oírle a usted hacer
todos esos...
-Oh, oh.
-¿Oh, oh? ¿Por qué?
-Ha estado usted atacando la
caja de las galletas mientras estuve fuera.
-No he hecho tal cosa.
-¿Y por qué pesa cuatro
kilos y medio de más, entonces? -¿Qué? Eso es imposible.
-Las básculas no dicen
mentiras.
-¿Y yo sí?
-Alguna pequeña mentira
inocente, tal vez. -McCoy volvió a mirar la pantalla-. Todo lo demás está en
orden. La marcha del corazón, la presión sanguínea, el tono muscular. El peso
es su único problema.
-Le juro que he estado
siguiendo esa horrible dieta que me impuso usted, haciendo más ejercicio del
normal...
-Quizá se ha aproximado al
sintetizador de comida en estado de sonambulismo. ¿Cómo voy a saberlo yo? ¿Es
que soy acaso la niñera de mi capitán? Quizá ha estado usted practicando el
noshing,* como decía mi anciana niñera judía, y no quiere usted admitirlo ante
su bondadoso médico familiar por miedo a que yo lo destripe y descuartice.
* Palabra yiddish derivada
de nashn, que significa comer a hurtadillas. (N. de la T)
-Le juro... espere un momento. Cuatro kilos y
medio es... ¿cuánto?, ¿alrededor de la dieciseisava parte de mi peso total
normal? Si hubiese aumentado tanto, ¿no se vería en algunas de esas otras
cifras... la marcha cardíaca, el tono muscular, algo? Si se supone que este
aparato es tan preciso... -Supongo que sí lo reflejaría...
-Ajá. Pero no lo ha hecho.
Ergo, su báscula está mintiendo.
-Jim, ésta no es una antigua
báscula de monedas de las que le leían a uno la suerte. Es un sistema de
sensores computerizado capaz de detectar una centésima de gramo... -Y tiene que
ser calibrada, ¿no es cierto? -Sin duda, con demasiada frecuencia. -En ese
caso, también podría estar mal calibrada. -Jim, la vanidad no se aviene con...
-Compruébelo.
-...un hombre de su casta y
carácter... -Bones, compruébelo... -...y no creo que vayamos a...
-¡Compruébelo! -le rugió Kirk.
McCoy le hizo un saludo
militar burlón, se inclinó detrás de la máquina y abrió una pequeña puerta de
acceso. -Mm-hmm... uh-huh...
Kirk puso los ojos en
blanco.
-Hija de perra -masculló McCoy.
-No me lo diga. Déjeme
adivinarlo. ¿Es posible que su maravilloso artilugio esté, oh, calibrado a
cuatro kilos y medio de diferencia del normal?
-Cuando tiene usted razón,
Jim, tiene usted razón. -Ni siquiera voy a decir que se lo advertí.
McCoy se alejó de la mesa en
dirección al intercomunicador más cercano.
-Eh -protestó Kirk-. Acabe
conmigo.
-Tengo que llamar a Chekov
antes de que acabe convertido en piel y huesos.
El intercomunicador silbó, y
Chekov oyó que McCoy lo llamaba por el altavoz, pero en ese preciso instante
era incapaz de responder. Estaba suspendido de los aros a cuatro metros y medio
del piso del gimnasio. Uhura levantó los ojos hacia él desde la barra de
gimnasia; tenía la pierna izquierda arqueada graciosamente en el aire, con la
punta del pie curvada como la de una bailarina.
-¿Quiere que responda a la
llamada?
-Sería muy amable por su
parte -dijo él con voz rígida.
Mientras sofocaba una
risilla, la esbelta oficial de comunicaciones avanzó hasta el final de la
barra, dio una voltereta en el aire y aterrizó sobre el suelo con un estilo
perfecto.
-Doctor, Chekov está algo
así como colgado en este mismo momento -dijo con absoluta seriedad pulsando el
botón-. ¿Quiere que le transmita algún mensaje?
-Sí. Dígale que se presente
en mi oficina cuanto antes, ¿de acuerdo?
-Lo haré.
-McCoy fuera.
Ella se cruzó de brazos y
luego se ajustó el leotardo de gimnasia que se le adhería al cuerpo como una
segunda piel; no ocultaba nada, pero, a pesar de que ella era mucho más
voluptuosa que las gimnastas corrientes, no se apreciaba en el cuerpo de Uhura ningún
bulto fuera de lugar ni un solo gramo de grasa de más.
-Chekov, si se limita a
colgarse de ahí arriba, no hace ningún ejercicio en absoluto.
-Pues dígame cómo puedo
bajar de aquí.
-Ah -respondió ella con tono
de inocencia-. Pensaba que usted sabía cómo hacerlo.
-No haga bromitas, o caeré
encima suyo. Dígamelo. -Simplemente déjese caer. El suelo es lo suficientemente
acolchado como...
Él no esperó a oír el resto
y aterrizó con un resonante golpe sordo.
Uhura se le acercó. Chekov
estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados.
-Eso no fue muy elegante
-señaló ella-. Ha perdido usted muchos puntos.
La puerta de la oficina se
abrió con un siseo y Chekov entró cojeando, todavía vestido con el traje de
gimnasia. McCoy le dirigió una mirada de sorpresa.
-¿Dónde ha estado?
-Intentando perder cuatro
kilos y medio. La cabeza de McCoy osciló nerviosamente. -Eh... acerca de esos
cuatro kilos y medio...
-¿Qué pasa con ellos?
-preguntó Chekov con la mirada cautelosa de un gato que se encuentra cerca de
la caseta de un perro.
-Bueno, parece ser que,
eh... me he enterado de cuánto empeño ha estado poniendo usted en perderlos...
-...y de que todo lo que
como no tiene nada de calorías y menos sabor....
-No sé cómo pudo ocurrir
esto. Fue sólo por esta mesa.
Creo que con todas las
precipitaciones, alguien no le dedicó la suficiente atención... Lamento de
verdad que esto haya ocurrido y, créame, la persona responsable lo lamentará
todavía más cuando le ponga las manos encima...
-Doctor McCoy, ¿de qué está
hablando? McCoy miró al techo.
-Usted... mmm... usted no
pesa cuatro kilos y medio de exceso.
-¿Peso más? -inquirió
cautelosamente Chekov.
-Nunca los ha pesado. Fue un error. Puede
volver a retomar su antigua rutina.
Chekov se derrumbó sobre la
silla. -No lo puedo creer -musitó. McCoy se inclinó hacia delante.
-¿Le gustaría golpearme?
¿Conseguiría eso que se sintiera mejor?
-Lo conseguiría... pero
estoy demasiado débil después de haberme colgado durante tanto rato.
24
La capital recientemente
recuperada de manos del enemigo, hervía con la expectación de la primera
coronación que se celebraba en muchos años, y que además era la coronación que
salvaría al planeta.
La lucha entre el partido
Leal y la Alianza Mohd continuaba en algunas de las provincias más remotas,
pero la noticia del regreso de la Corona había producido el efecto deseado:
sellar las fisuras de la Coalición Leal e infundir en sus ejércitos el espíritu
necesario para acabar con la revuelta. La guerra acabaría muy pronto.
La Gran Sala del Pacto
estaba atestada de shadianos de todas las edades y aspectos. Los ministros
gubernamentales estaban codo con codo con los granjeros cubiertos de polvo, los
sacerdotes con los mercaderes cosmopolitas, las mujeres ancianas con los niños
pequeños. Las gigantescas puertas de la parte posterior estaban abiertas de
par en par, y en la plaza había miles de peregrinos que escuchaban al coro que
cantaba desde el balcón.
Las llamas de los
candelabros sacramentales que estaban colocados en la pared posterior del
altar, destellaban como estrellas celestiales. El sumo sacerdote, un gigantesco
anciano que resplandecía con sus mantos de color blanco purísimo, leía el
sagrado Libro de Shad. Sin embargo, en aquella atmósfera medio sacra y medio
circense, al menos eran tantos los espectadores que lo escuchaban como los que
dedicaban su atención -y dinero- a los vendedores que se encontraban en la
plaza abierta, que pregonaban casi cualquier cosa, desde comida a banderitas
reales y estatutos religiosos.
Finalmente, el sumo
sacerdote se volvió hacia la parte trasera de la Gran Sala y levantó sus brazos
hacia el balcón del coro, que estaba muy alto, por encima de la multitud del interior.
Las voces de los cantantes se elevaron en un crescendo y se interrumpieron
repentinamente. Ante esa señal, las voces de los que se hallaban dentro del
templo y fuera, en la plaza, se hicieron oír en un murmullo; luego se hizo un
profundo silencio.
-Esto es asombroso -le
susurró McCoy a Kirk.
La oficialidad superior de
la Enterprise ocupaba un banco
delantero que estaba lo suficientemente cerca del altar como para que sintiesen
el calor de las velas que describían un arco por encima del mismo.
La destellante Corona
reposaba sobre un cojín de terciopelo de color azul oscuro, y el sacerdote le
dedicó una afectuosa sonrisa, como si fuese el hijo preferido que hubiese
regresado al hogar familiar después de una larga ausencia. La casi completa
inmovilidad se prolongó varios minutos, tras la cual el sacerdote volvió a
hacerle una señal al director del coro. Las voces iniciaron un melodioso
tarareo, bajos con una melodía de contrapunto de sopranos que se entretejían,
algo tan suave y delicado como una mariposa en estado de quietud.
Unas cortinas de color
escarlata, que llegaban del techo al suelo y cubrían un largo de doce metros,
se abrieron y Kailyn avanzó lentamente hacia el sacerdote, mientras descansaba
una mano sobre Haim, el Primer General, hombre de confianza del rey Stevvin.
Kirk observó al anciano guerrero, encorvado por los años pero que avanzaba con
paso firme y seguro mientras conducía a la princesa real hacia el centro de la
plataforma del púlpito. El capitán dirigió rápidas miradas a sus oficiales:
Spock, con aspecto increíblemente digno en su uniforme de gala; Scott, con la
mandíbula apretada por la atención; McCoy, que se enjugaba subrepticiamente
una lágrima de orgullo, con la esperanza de que nadie lo advirtiera. Kirk
sonrió y volvió la mirada hacia el altar.
Kailyn llevaba una túnica
larga de color azul cielo con adornos dorados en el pecho. Tenía los cabellos
sueltos a la espalda y estaba de pie, alta y erguida, con el aire de alguien
que sabe que se halla en el sitio que verdaderamente le pertenece. La niña que
tantos miedos había confesado en el jardín de Orand, había desaparecido entre
entonces y aquel preciso instante.
La mujer que había ocupado
su lugar se arrodilló ante el sacerdote e inclinó la cabeza como signo de
humildad. Luego miró directamente delante de sí, transformándose en una imagen
de solemne belleza. El sacerdote levantó lentamente la Corona, la sostuvo en
alto y la hizo descender hasta colocarla sobre la cabeza de Kailyn. El
silencio que reinaba en la Gran Sala era absoluto.
Los cristales destellaron,
transparentes y azules en sus engarces de brillante plata. Kailyn se puso de
pie... y el coro estalló en un canto de júbilo.
McCoy tocó a Kirk en las
costillas con un codo.
-Ella me ha mirado, ¿no es cierto, Jim?
-Sí, Bones. Ella le ha mirado.
En el exterior, la plaza se
estremeció con el sonido de los vivas de la multitud, y las campanas repicaron
cerca y lejos del templo. Tras mucho tiempo, el planeta desgarrado por la
guerra tenía su nueva reina del Pacto.
El palacio no había visto un
banquete de ninguna clase en casi veinte años. De alguna forma habían
conseguido reunir el personal de servicio necesario, y los vestíbulos, las anchas
escaleras de mármol y alabastro y los salones principales habían sido
inmaculadamente abrillantados y decorados.
Entre el remolino del baile
y el jolgorio, un criado de poblada cabellera encontró a Kirk, Spock y McCoy
en una veranda que dominaba el resto de la capital. En el cielo estallaban
cohetes de fuegos artificiales: eran el trueno de una jubilosa celebración, en
lugar del trueno de la muerte.
Los tres oficiales de la
nave estelar fueron conducidos al interior de una sala de recepción vacía,
donde el criado los dejó a solas, cerrando la puerta detrás de sí. Se abrió una
puerta lateral y Kailyn corrió a arrojarse en brazos de sus amigos; McCoy dio
un paso adelante y la interceptó, tomándole delicadamente una mano, tras lo
cual se inclinó haciendo una reverencia cortesana y le besó las puntas de los
dedos.
-Alteza real...
Kailyn se ruborizó.
-Usted no tiene por qué
llamarme así.
-Sólo quería ver cómo sonaba
-dijo él, sonriendo.
-¿Y bien?
-Suena perfectamente.
Luego se produjo una
incómoda pausa, que rompió la nueva reina de Shad.
-No existe forma de que
pueda jamás darles las gracias a todos ustedes. Les debo mucho más que
simplemente la vida. Cuando... cuando salí de Orand, sólo sabía ser una niña
asustada. Al conocerlos a ustedes, aprendí a encontrar fuerza en mi interior,
a amar y a ser amada... Y lo más importante de todo es que aprendí a continuar
aprendiendo durante toda la vida.
McCoy comenzó a hablar pero
Kailyn levantó una mano.
-No... espere, ya sé que a
partir de ahora nuestras vidas deben seguir caminos diferentes, pero espero que
vuelvan a cruzarse y continúen cruzándose mientras estemos vivos. -Sorbió por
la nariz para intentar detener las lágrimas antes de que resbalasen por sus
mejillas, e inclinó la cabeza para enjugarlas de sus ojos-. Supongo que esto no
es muy regio.
Respiró profundamente.
-Bueno, el general Haim
quiere que conozca a ciertas personas.
Tan rápidamente como había
entrado, se volvió y salió, y McCoy se quedó pensando en la primera vez en que
ella había ido a verlo en la enfermería, la forma en que la muchacha había
entrado y salido precipitadamente, temerosa de molestar.
La celebración palatina
continuó hasta muy entrada la noche. Chekov estaba en medio de un recorrido más
por las mesas del banquete, equilibrando un plato demasiado lleno con una mano
y escanciando vino de una botella con la otra.
-¿Se está divirtiendo, señor
Chekov? -le preguntó Kirk.
-Esto es el paraíso para un
muerto de hambre, capitán -respondió él, encajando un pulgar dentro del
cinturón-.Debería asistir con mayor frecuencia a las coronaciones.
-Tomaré nota de ello. Será
mejor que se apresure a comer; nos transferiremos a bordo en cuanto consiga
reunir al resto de nuestra borracha tripulación.
-Pero si parece que acabamos
de llegar, señor.
Kirk se encogió de hombros
con cierta expresión melancólica.
-Tendremos que volver al
trabajo en algún momento.
McCoy y Kailyn estaban
bailando un alegre vals, sonriendo durante todo el tiempo pero sin pronunciar
palabra. Impulsivamente, ella le dio un beso en una mejilla y la sonrisa de él
se transformó en una carcajada.
-¿Por qué ha sido eso? -le
preguntó a la joven reina.
-Tenía ganas de hacerlo. Si
la reina no puede besar a su compañero de baile, ¿qué hay de bueno entonces en
ser una reina? -Luego agregó, con un susurro de conspiración-: ¿Tiene miedo de
que el Consejo piense que hay algo entre nosotros dos?
-Lo hay. Lo habrá siempre, y
no lo olvide, joven damita. Los ojos de ella se animaron, y la niña que había
dentro brilló en el interior.
-Entonces, ¿vendrá a
visitarme... quiero decir a visitarnos... otra vez?
Él asintió... y sintió que
alguien le tocaba un hombro. Se volvió y levantó la mirada hacia el rostro de
un joven teniente shadiano, rubio, de rostro aniñado, que llevaba el pecho
cubierto de medallas. Era al menos una cabeza más alto que McCoy.
-¿Me permite este baile con
su alteza?
McCoy sintió que lo
acometía, otra vez, la sensación de vejez; se sintió encorvado y canoso... pero
la atajó justo a tiempo y se irguió.
-Por supuesto... hijo.
-Antes de entregarle la mano de Kailyn, McCoy murmuró al oído de la joven-: ¿Me
creería usted si le dijese que en mi juventud tenía el mismo aspecto que él?
Ahora fue ella quien se echó
a reír, y McCoy fijó aquella imagen en su mente.
En el borde de la pista de
baile, encontró a Spock y Kirk, y se unió a ellos para beber la última copa.
-No hay duda de que esa
muchacha ha madurado -comentó Kirk.
-Tenía que hacerlo, Jim.
-Su padre siempre hizo lo
que debía. Si ella ha heredado ese instinto, será una buena reina.
-Capitán -dijo Spock con
tono formal-, creo que ha encontrado usted un terreno común en el que el doctor
McCoy y yo podemos estar plenamente de acuerdo.
-Me gustaría que eso se
convirtiera en uno de mis hábitos, caballeros -aseguró Kirk.
McCoy meneó la cabeza y
sonrió.
-No lo conseguiría en toda
su vida, Jim.
FIN

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