© Libro N° 5991.
La Mascarada De La Muerte Roja 3. Los Liberados. Weinberg, Robert. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © The Unbeholden
Versión Original: © La Mascarada De La Muerte Roja 3. Los Liberados.
Robert Weinberg
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Guillermo Molina Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
La Mascarada
De La Muerte Roja 3
LOS LIBERADOS
Robert Weinberg
Para Andrew Greenberg, Daniel Greenberg y Rob Hatch,
tres luminarias en un Mundo de Tinieblas
Oí muchas cosas en el infierno.
¿Cómo es, pues, que estoy loco?
"El Corazón Revelador"
Edgar Allan
Poe
Nota del autor:
Aunque los
lugares e historia de esta trilogía puedan parecer familiares, no se trata de
nuestra realidad. El escenario de Vampiro: La Mascarada de la Muerte
Roja es una versión más dura y cruel de nuestro mundo. Se trata de un
paisaje oscuro y desolador donde nada es lo que parece. Es un auténtico Mundo
de Tinieblas.
PRÓLOGO
Newark, Nueva
Jersey: 1 de abril de 1994
De todos los
bares de sangre del mundo La Lira de Nerón, en el corazón de Newark, Nueva
Jersey, era el último en el que Walter Holmes esperaba toparse con una mujer de
su pasado. Especialmente con aquella mujer en particular.
Era una fresca
y tranquila noche de primavera, y en el local no había más que unos cuantos
vampiros con sus acompañantes ghouls. El lugar era propiedad de un brutal
vampiro Gangrel llamado George Malenko; sus tres chiquillos servían como
camareros. La sangre era insípida y vulgar, y supuestamente procedía de un
hospital local. Una gramola demasiado ruidosa con los discos favoritos de los
anarquistas que frecuentaban el bar ponía la música, si es que se le podía
llamar así. "Bela Lugosi ha Muerto", de Bauhaus, parecía una de las
piezas favoritas, y sonaba de forma casi ininterrumpida desde el anochecer
hasta el amanecer.
Walter se había sentado solo en una mesa en la parte trasera, y
como era su costumbre estaba jugando un solitario. Era el Vástago de aspecto
más vulgar del mundo: altura media, peso medio y facciones tan normales que
todos las olvidaban fácilmente. Nadie le dedicaba nunca un segundo vistazo, y
se asumía que se trataba de un Caitiff, un vampiro sin clan de escasa o nula
importancia. Esa era exactamente la impresión que Walter pretendía dar.
La única
característica que le definía, lo único que le apartaba de los demás Vástagos,
era su obsesión por los naipes. Como todos los vampiros, Walter Holmes
sobrevivía bebiendo sangre humana, pero su verdadera pasión eran las cartas.
Lo que más le
gustaba era el póquer. Era un buen jugador, aunque solía perder tantas manos
como ganaba. Su suerte, como el resto de su persona, era normal. Normalmente
invitaba a las bebidas. Era amable en la victoria y resignado y calmado en la
derrota. Lo que le importaba era el juego en sí, no el resultado. Ninguno de
sus oponentes sospechaba que sus eternas partidas eran la tapadera perfecta
para las otras actividades de Walter, mucho menos respetables.
Holmes miraba.
Observaba. Espiaba. Empleando unos sentidos agudizados más allá de la
imaginación de los demás mantenía una estrecha vigilancia sobre sus congéneres
vampiros. Su vista y su oído se salían de cualquier escala. Walter percibía
cada susurro, cada mirada de asombro, anotaba cualquier reacción inesperada.
Monitorizaba los secretos más oscuros, las pasiones más profundas, las lujurias
más inconfesables de sus hermanos. Era un maestro del engaño y almacenaba miles
de minúsculos detalles en su cerebro, resolviendo mentalmente cientos de planes
e intrigas.
Después, una vez a la semana, informaba de todos estos detalles a sus
superiores, los antiguos del Inconnu.
Solo unos
pocos vampiros habían oído hablar alguna vez del Inconnu. Se trataba de una
secta secreta de poderosos Vástagos creada antes de la fundación de la
Camarilla y del Sabbat. Aunque circulaban incontables rumores y leyendas sobre
el culto, solo sus miembros conocían su verdadero propósito, y todos ellos eran
expertos guardando secretos.
Walter se
encontraba en Newark porque Nueva York, su centro habitual de operaciones, se
había vuelto demasiado peligroso recientemente. Melinda Galbraith, la regente
del Sabbat tanto tiempo desaparecida, había reaparecido hacía una semana en
Washington D.C. Había logrado recuperar un cierto control de la secta tras la
noche de violencia y destrucción que se había desatado en la capital. Justine
Bern, Arzobispo de Nueva York y principal rival de Melinda, había muerto a
manos de la propia regente, igual que su consejero Hugh Portiglio. Sin embargo,
hacía falta algo más que unas cuantas ejecuciones para recuperar su puesto.
A las pocas
noches de su inesperado golpe de estado en Washington, Melinda se había
desplazado a Nueva York, donde se había hecho con el control de la base de
operaciones de Justine. Trabajando a toda velocidad se había dedicado sin
descanso a consolidar y solidificar su poder. En el Sabbat solo sobrevivían los
más fuertes. El regreso de Melinda había sido recibido con bastante poca
efusividad entre los antiguos de la secta, muchos de los cuales tenían en
marcha sus propios planes para hacerse con el control del culto. Su nuevo reino
tenía pies de barro, pero se rumoreaba que había convocado en secreto a los
cuatro dirigentes de la Mano Negra, la casta de la élite guerrera del Sabbat,
para reunirse en Manhattan. Si le brindaban su apoyo, como casi todos los
vampiros esperaban, volvería a recuperar la autoridad total.
Mientras
tanto, Melinda barría sin piedad a cualquier oposición a su gobierno en la zona
de Nueva York. Walter no solía verse afectado por estas purgas, pero no era
ningún idiota y prefería no arriesgarse. Había dejado la ciudad hacía días, ya
que cualquier Cainita que discrepara con las decisiones o los objetivos de la
regente era eliminado por sus crueles agentes, la Guardia de Sangre. Melinda,
que carecía de cualquier rastro de compasión o humanidad, exigía una absoluta y
total obediencia de todos los miembros de la secta. Su credo era "obedece
o muere". Sin embargo, a pesar de su campaña había sido incapaz de
encargarse de su más peligrosa enemiga: Alicia Varney, la ghoul de Justine
Bern, seguía viva y coleando.
Ni siquiera
Walter, que había tenido un importante papel en el rescate de Alicia de la
trampa mortal de Melinda en Washington, estaba seguro de adonde había marchado
aquella bella mujer, o cómo había conseguido desaparecer de forma tan eficaz.
Se había esfumado de Manhattan el día anterior a la llegada de la regente y,
aunque ésta había ofrecido una fabulosa recompensa por cualquier información
sobre su enemiga, nadie había aparecido para reclamar su premio. Alicia se
había esfumado de la faz de la Tierra.
Solo los
vampiros más viejos y sabios comprendían lo extremadamente improbable que era
que un ghoul ordinario pudiera permanecer oculto cuando un Cainita de la fuerza
de Melinda quería dar con él. Sin embargo, estos mismos vampiros sabían que era
más inteligente guardarse sus comentarios. Walter Holmes era el único Vástago
que comprendía que el conflicto entre Melinda y Alicia no era más que el
reflejo de una guerra mucho mayor. Los dos servían como avalares de Anis, Reina
de la Noche, y la Muerte Roja, dos vampiros de la Cuarta Generación con poderes
casi divinos enzarzados en una brutal lucha por el control de toda la raza
Cainita.
Como Monitor
del Inconnu, Walter había jurado permanecer neutral en la Yihad, la guerra
eterna que libraban los antiguos vampiros. Normalmente observaba y esperaba,
pero se obligaba a mantenerse alejado. El credo básico de su culto era la no
intervención. Sin embargo, incluso los maestros de su orden estaban asustados
por los poderes sobrenaturales de la misteriosa Muerte Roja. El monstruo poseía
increíbles capacidades de destrucción, habilidades que iban más allá de
cualquier disciplina vampírica. Los antiguos del Inconnu estaban convencidos de
que la Muerte Roja era capaz de lograr el control total de la Camarilla y del
Sabbat, y eso era algo que no debían, que no podían permitir se enfrentaba
directamente con sus propios planes secretos para con los Hijos de Caín. Walter
tenía órdenes de hacer lo que fuera necesario para asegurar la derrota del
monstruo. No importaban las reglas de la Orden que hubiera que romper, ni hasta
dónde tuviera que llegar.
Aquella noche
dejaba pasar el tiempo, esperando que distintos acontecimientos dispares se
reunieran en un todo coherente y con sentido. Estaba seguro de que la Muerte
Roja preparaba algún golpe maestro para lograr el control de la Camarilla y del
Sabbat. Lo que no sabía era cuándo. Aquel monstruo llevaba maquinando desde
hacía cientos, puede que miles de años. Descubrir y frustrar sus planes no era
cuestión de unas pocas horas, ni siquiera para un genio como Walter Holmes. Así
que, mientras tanto, observaba y esperaba haciendo solitarios.
Sus manos se
movían con la precisión sobrenatural de cientos de años de práctica. Barajaba y
repartía un círculo de trece pilas de cuatro cartas cada una. Sus dedos largos
y delgados se movían a velocidad cegadora. No había nadie, vivo o muerto, que
pudiera repartir como él.
Estaba a la
mitad de la segunda pasada de la Rueda de la Fortuna cuando una mujer entró
sola en el local. Era una pelirroja alta y espectacular con un vestido ajustado
de lentejuelas verdes y tacones a juego. Como siempre, Walter levantó la mirada
de las cartas para ver si reconocía a la recién llegada. Para su sorpresa, se
encontró con una visión de su pasado lejano.
Después de
casi veinte siglos jugando, Walter Holmes había desarrollado la que quizá fuera
la mejor cara de póquer de la historia. Solo un observador que le igualara en
habilidad leyendo la expresión de los demás hubiera advertido el modo en el que
sus ojos se entrecerraban y sus dedos dudaban un instante mientras repartía los
naipes. Frunció el ceño y se obligó a concentrarse en las cartas. Walter
Holmes, Monitor del Inconnu en Nueva York, no creía en las coincidencias. En el
mundo de los Vástagos no existían los encuentros casuales.
Recogió
rápidamente los naipes de los diferentes montones sobre la mesa y comenzó a
barajar de nuevo, sin apartar la mirada de la mujer de verde. Ésta observó
durante un instante a todos los presentes, como si estuviera buscando un rostro
familiar. Cuando dio con él hizo un pequeño asentimiento con la cabeza. No
había duda de que esperaba encontrarle en el local. Aunque Walter había hecho
todos los esfuerzos por conservar el anonimato, había gente a la que era
imposible engañar.
La recién
llegada comenzó a serpentear entre las mesas, dirigiéndose directamente hacia
él. Se movía con un gracia lenta y seductora, acentuada por sus curvas
exuberantes. Nadie decía una palabra ni se cuestionaba su presencia. La
ignoraban tanto los vampiros como los ghouls. A estos últimos no se les
permitía la entrada en la Lira de Nerón sin sus maestros, pero la mujer cruzó
todo el local sin que nadie la detuviera. Era como si solo Walter Holmes
pudiera verla. Sabiendo lo que sabía, sobre aquella mujer misteriosa, el
vampiro concluyó que probablemente así fuera. Poseía poderes increíbles, y la
disciplina vampírica conocida como Presencia Invisible (que le permitía pasar
desapercibida entre mentes menores, lo que incluía a todos los Vástagos del
bar) no era más que uno de ellos.
La mujer de
verde se deslizó en la silla que había frente a Walter, sonriendo cuando éste
comenzó a repartir cinco cartas a cada uno. —Clásico —dijo. —Sin comodines.
Salvo tú, por supuesto.
—No has
cambiado en absoluto, Marius —dijo la mujer con una risita que solo él podía
oír. Su voz suave era seductora y magnética. Los ojos, de un profundo azul,
tenían una mirada intensa. En los dos mil años que habían pasado desde que
observó aquellos ojos por primera vez, Walter Holmes no había visto nada
parecido. —Tienes el mismo aspecto vulgar y ordinario de siempre, y aún sigues
perdiendo el tiempo en el juego.
—Ahora me
llamo Walter Holmes —dijo el vampiro recogiendo las cartas. No pudo reprimir
una risa. Aunque había repartido en una secuencia aleatoria, su mano era de
tres seises, una reina roja y una jota negra. —Mi querida Leah, veo que sigues
con los viejos trucos de siempre.
—En esta
década me llamo Rachel —dijo solemne la mujer de verde. —Rachel Young. Tiene un
agradable sonido artístico, ¿no crees?
—Por supuesto
—dijo Walter mientras depositaba los naipes boca abajo en la mesa. —Eso pensé
cuando leí los informes sobre la aparición de la Muerte Roja en San Luis. Eras
la cantante del local. Sin embargo, no estaba totalmente seguro. No hasta que
Alicia Varney me habló de cómo un joven, de aspecto sospechosamente similar a
tu hermano Micah, le rescató del monstruo en Nueva York. Puedo aceptar una
coincidencia en el aspecto, pero no dos.
—Hace mil años
que no empleamos esos nombres —dijo Rachel. —Sonaban tan... bíblicos. Durante
unos siglos fuimos Jack y Jill. Últimamente mi hermano ha comenzado a llamarse
Reuben. Por supuesto, eso hizo que yo adoptara Rachel.
—Por la
canción infantil —respondió Walter. —Qué original. Tenéis un extraño sentido
del humor.
El Monitor
observaba atentamente a la mujer de verde. —Me cuesta creer que seas tan
increíblemente vieja. Apenas pareces un día mayor que la noche que nos
conocimos. —Casi de forma mecánica, Walter reunió todas las cartas y las
barajó. —Eso fue hace dos milenios.
—Uno de los
beneficios de nacer dentro de una línea de sangre excepcional —dijo Rachel con
una sonrisa burlona mientras señalaba los naipes en manos de Walter. —Hay
cuatro ases arriba seguidos por cuatro reyes. Después van cuatro reinas, y así
el resto de la baraja.
—Asombroso
—dijo Walter sin preocuparse en volver la carta superior. Sabía que sería un
as. Aunque era uno de los vampiros más poderosos del mundo, era consciente de
que no podía comparar sus habilidades con las de la misteriosa visitante. Era
totalmente única. —Jugar contigo no sería muy divertido. Manipulas la realidad
con demasiada facilidad.
—No hagas
suposiciones basadas en conjeturas —respondió Rachel con una sonrisa. —En vez
de usar mis poderes de maga podría haber dominado fácilmente tus pensamientos
por un instante, implantando la noción en tu mente para que ordenaras la
baraja. Las dos explicaciones tienen el mismo efecto. Uno exige magia y el otro
disciplinas vampíricas. Te dejo decidir qué es lo que utilicé.
Walter negó
asombrado con la cabeza. —Mis amigos del Inconnu me consideran enrevesado.
Deberían hablar contigo.
Rachel rió.
—Me adulas, pero siempre has tenido un gran don para las palabras.
Sus ojos
azules brillaron por un instante. —Nos conocimos hace casi dos mil años, en
aquella terrible noche en Jerusalén. Hablamos toda la noche y te revelé
verdades que deberían haber permanecido en secreto. En estos veinte siglos
nunca le has hablado a nadie de mi existencia o la de mi hermano. —El tono de
su voz dejaba claro que se trataba de una constatación, no de una pregunta.
—¿Por qué?
—Creía
entonces, como sigo creyendo ahora, que debo guardarme mis opiniones. Los
secretos no son para compartirlos. Soy leal a los objetivos del Inconnu, pero
como le ocurre a muchos Vástagos, solo confío en una persona: en mí mismo.
—Sonrió. — A veces, incluso dudo de esto último.
—Eres más
sabio que la mayoría —dijo Rachel, —y he conocido a muchos.
—Nuestras
conversaciones fueron los primeros pasos en un largo viaje que aún no he
completado —dijo Walter en voz baja. —Es una travesía que debo recorrer solo.
El Monitor
hizo un gesto con la mano, como si tratara de señalar a todos los vampiros de
la estancia. Al estar sentado con Rachel estaba protegido por su presencia
invisible. —Además, ¿a quién le iba a hablar de mi descubrimiento? ¿A criaturas
como estas? La mayoría de los Cainitas no son más listos o inteligentes que el
ganado del que surgen. En la no-muerte sufren los mismos defectos, prejuicios y
odios. Son niños ignorantes en un mundo más oscuro de lo que puedan imaginar.
Walter sacudió
disgustado la cabeza. —El vampiro medio sabe muy poco sobre la historia de su
raza, y le da igual. Solo uno de cada cien conoce algo sobre nuestros orígenes,
y son menos aún los que han oído hablar de Enoch, la Primera Ciudad, o de la
Gran Inundación que acabó con ella. Consideran a los Antediluvianos mitos,
semidioses sin sustancia real. Pregúntale a cualquiera de éstos si la Yihad es
real y se reirán en tu cara, ya que no comprenden que ellos mismos son meros
peones en el eterno conflicto.
—El paso de
los años te ha hecho cínico y amargado —dijo Rachel.
—No es cierto
—respondió Walter. —No he cambiado desde aquella noche en la Ciudad Santa. Soy
realista y acepto las limitaciones de mi raza. Como Monitor, he aprendido a
tener paciencia. —Se encogió de hombros. —Quizá algún día aprenda algo de
humildad
Los ojos de
Walter Holmes ardían con un fuego interior. — Hace dos mil años participé en un
horrendo crimen contra la humanidad. He luchado durante siglos contra el
sentimiento de culpa, pero esa mancha negra en mi alma permanece ahí. Casi
todos los vampiros libran una guerra desesperada contra la Bestia Interior,
pero yo me enfrento a un enemigo mucho más peligroso: mi conciencia.
—Todos somos
prisioneros del destino —dijo Rachel. —El destino es implacable, o eso nos dijo
nuestro padre a mi hermano y a mí cuando le revelamos por primera vez nuestros
planes, hace milenios.
Walter barajó
las cartas. Se sentía incómodo hablando del pasado. —Creo sospechar que no has
venido aquí esta noche para hablar sobre el sentido de la vida, ni sobre la
ignorancia del vampiro medio respecto a la venerable historia de los Vástagos.
—Es cierto
—dijo Rachel mientras la sonrisa desaparecía de su rostro. —Ya ha pasado el
tiempo de la filosofía. Asumo que sabes que he venido buscándote. Los
acontecimientos que involucran al viejo vampiro conocido como la Muerte Roja se
dirigen hacia su conclusión. Reuben y yo estamos muy preocupados con el posible
desenlace de todo este asunto, y nos parece que tu papel en la lucha puede ser
básico. No solemos equivocarnos en estas cosas, por lo que pensé que no estaría
de más hacerte una visita. Es crucial que cooperes con Alicia Varney de
cualquier modo posible. La Muerte Roja y sus chiquillos, los Hijos de la Noche
del Terror, deben ser detenidos.
La voz de
Walter era calmada, pero precisa. —Creía que tu hermano y tú no os
involucrabais en los asuntos de la raza Cainita. En nuestra conversación de
hace tantos siglos lo dabas como un hecho.
—Cuanto más
existimos —respondió Rachel con una sonrisa pasajera —más fácil es torcer y
manipular las reglas que gobiernan nuestro comportamiento. Como ordenó nuestro
padre, Reuben y yo tenemos responsabilidades no hacia los Vástagos, sino hacia
el ganado. Tratamos con la humanidad en su conjunto. Sin embargo, en ocasiones,
como bien sabes, los asuntos de mortales y vampiros se cruzan.
Una mirada
preocupada asomó al rostro imperturbable de Walter. —¿Estás sugiriendo que esta
batalla contra la Muerte Roja representa otro de esos momentos clave en la
historia de la humanidad?
—El vampiro
que se hace llamar la Muerte Roja amenaza la existencia de todos los mortales,
Cainitas, Garou, magos y hadas de este planeta —respondió Rachel. Su voz era
tan sombría como su rostro. Las manos, entrelazadas, tenían la palidez de la
tiza. — Si no detenemos inmediatamente su plan para lograr el control de los
Hijos de Caín, toda la vida sobre la Tierra se encontrará en un grave peligro.
Ese loco egocéntrico ha firmado una alianza con unos monstruos ígneos que moran
en la oscuridad más allá de nuestro universo. Son los Sheddim, masas informes
de pura energía originarias de una realidad alternativa. Estas abominaciones
ansían entrar en nuestro mundo. Son anatema para la vida, por lo que no pueden
cruzar sin ayuda las barreras entre dimensiones. Para sobrevivir en nuestro
universo necesitan un anfitrión voluntario, y la Muerte Roja y su progenie han
aceptado.
Se detuvo
mientras recuperaba la calma. —La Muerte Roja y los Hijos de la Noche del
Terror creen manipular los vastos poderes sobrenaturales de los Sheddim e
intentan convertirse en amos de todos los Cainitas. Lo que no comprenden en su
colosal vanidad es que los monstruos no son sus peones, sino que tienen
escalofriantes planes propios. Cada vez que los Sheddim son invocados a nuestro
mundo y emplean sus poderes destructivos, se adueñan un poco más del cuerpo de
sus cómplices. Son parásitos interdimensionales que se alimentan de sus socios,
que no advierten el peligro. Muy pronto todos esos vampiros desaparecerán,
totalmente suplantados por sus aliados demoníacos.
—Seres de otro
universo que no se ven constreñidos por las restricciones del nuestro —dijo
Walter Holmes mientras todo el escenario cobraba repentina claridad. Las
implicaciones le parecían evidentes. —Serían invulnerables. Invencibles.
—Solo existen
para destruir —dijo Rachel. —Millones morirán antes de que los magos de nuestra
realidad sean capaces de expulsarlos. No podemos permitir que este desastre
tenga lugar. Tenemos que exterminar a la Muerte Roja y romper la cadena que une
a los monstruos de fuego con nuestro mundo.
—¿Alicia
Varney es la clave? —preguntó Walter. —Una mujer contra la Muerte Roja.
—No es una
mujer normal, ya lo habrás notado —respondió Rachel. — Tampoco su amigo Dire
McCann es ordinario. Son los agentes mortales de Anis, Reina de la Noche, y
Lameth, el Mesías Oscuro. La Muerte Roja les considera sus principales rivales
en la Yihad y está obsesionado con la idea de acabar con ellos. Teme su
capacidad de respuesta, y controlar a la Camarilla y al Sabbat no sirve de nada
con enemigos tan poderosos detrás. Cuando los vampiros de la Cuarta Generación
combaten todo el mundo tiembla. No hay nada seguro en estos conflictos. Por
eso, aunque estamos limitados por ciertas restricciones, hemos hecho todo lo
posible por ayudar a Lameth y a Anis en la guerra. Hemos alcanzado nuestro
límite. Ahora deben desvelar por su cuenta el secreto de la identidad de la
Muerte Roja, y descubrir el modo de destruirlo a él y a su orden antes de que
los Sheddim sean liberados. Sin tu ayuda, tememos que no lo logren.
—No estoy
seguro de comprender —dijo Walter depositando la baraja boca abajo sobre la
mesa. —Mi fuerza es insignificante comparada con la suya.
Una enigmática
sonrisa cruzó la cara de Rachel. —Cuando llegue el momento será evidente lo que
debe ser hecho.
—No fallaré
—dijo Walter con un inusual tono emocionado en su voz. —Sabes que no puedo
negarte ningún favor.
Después
sonrió. —Además, los antiguos del Inconnu están igualmente preocupados con las
ambiciones de la Muerte Roja. Están ansiosos por verle a él y a su progenie
destruidos. Tengo órdenes de hacer todo lo posible por propiciar su exterminio.
Con los ojos
azules brillando como diamantes, Rachel Young extendió el brazo y tocó gentil
la mejilla de Walter. Sus dedos cálidos ardían contra la gélida piel del
vampiro. —Tienes la Golconda al alcance de la mano, Walter Holmes. Solo tienes
que liberar la culpa y el dolor que te atormentan tan profundamente.
—Sus ojos
—dijo Walter sacudiendo la cabeza desesperado. —No puedo olvidar aquella mirada
en sus ojos. Me acosan desde hace veinte siglos, y aún lo siguen haciendo.
Otros vampiros tratan de negar su herencia oscura, pero yo acepté la mía hace
mucho tiempo. Soy verdaderamente uno de los Condenados.
Rachel echó
hacia atrás sus silla y se puso en pie. —Las mayores torturas suelen ser las
que nos infligimos a nosotros mismos —dijo con suavidad.
La joven
tendió su mano. —Adiós, Walter. Estoy segura de que nos volveremos a encontrar,
y no tendrán que pasar otros dos mil años.
El vampiro se
puso en pie y estrechó la mano. Podía sentir la inmensa energía de aquella
mujer latiendo bajo su piel, lo que le hizo recordar de forma clara e inmediata
la verdadera identidad de Rachel Young.
—¿Y tu padre?
—preguntó, incapaz de resistir la tentación. — ¿Le has visto recientemente?
—Hace más de
cinco mil años que no le vemos ni Reuben ni yo —respondió Rachel sonriente.
Comprendía, igual que Walter, que aquella información no podía compartirse.
—Sin embargo, estoy convencida de que sigue vivo. Su muerte no nos pasaría
desapercibida.
—¿Y... y Caín?
—preguntó Walter reuniendo todo su coraje. Si alguien sabía la verdad sobre el
Tercer Mortal, era Rachel Young. —¿Aún existe?
La mujer negó
con la cabeza. —No lo sé, ni lo sabía mi padre cuando le hice la misma pregunta
hace milenios. Ni siquiera él tenía respuesta para el mayor enigma de los
Vástagos.
Rachel rió
entre dientes. —Parece que algunos misterios están destinados a permanecer
eternamente sin respuesta.
PARTE
1
Y de nuevo, de
nuevo en secreta comunión con mi propio espíritu, volvía realizar las
preguntas: ¿Quién es él? ¿De dónde vino? ¿Cuáles son sus objetivos?
"William
Wilson"
Edgar Allan
Poe,
CAPÍTULO 1
Tel Aviv,
Israel: 1 de abril de 1994
Elisha alzó la
mirada confundido. Podía notar que algo marchaba terriblemente mal. La muerte
se dirigía hacia ellos. El aire nocturno hedía a destrucción y desesperación.
"¡Cuidado!", gritaba una voz inaudible en su mente.
"¡Cuidado!"
Sin pensar, se
puso en pie tirando al suelo la silla. En el vestíbulo, el reloj anunciaba las
tres de la madrugada. — ¡Cuidado! — gritó mientras observaba a sus seis
compañeros. — ¡Cui. . . !
Nunca pudo
terminar. Con el estruendo de la madera y la albañilería estallando, una
esquina de la cubierta de la casa se redujo a escombros como si se tratara de
una hoja de cartón. Dos gigantescas manos esqueléticas atravesaron el techo,
abriendo un gran agujero. Un rostro monstruoso observaba a los atónitos
ocupantes de la estancia, buscando con sus grandes ojos rojizos entre los siete
conspiradores. Con un grito que pareció sacudir la tierra, la criatura
pronunció palabras en una lengua que Elisha no pudo reconocer. . . pero que
sonaban terriblemente familiares.
— Es árabe
antiguo — declaró el mago canoso conocido como Ezra. Elisha no se sorprendió al
verlo en pie, cerca de Moisés Maimónides, Rambam. Al otro costado de éste se
encontraba Judith, la famosa erudita, hermana de Ezra y también una maga de
increíble poder. Juntos, los tres eran probablemente los más poderosos del
mundo. — El monstruo está buscando a su antiguo enemigo, al que dice sentir en
esta habitación. Esa... cosa... le llama el Carcelero.
El horror
esquelético volvió a rugir su desafío. Los dedos huesudos aferraron los restos
del muro que le impedía la entrada. Con un crujido, los ladrillos se redujeron
a escombros y llenaron el lugar de polvo blanco. Con un rápido movimiento de la
mano, Rambam dispersó la nube. Elisha tragó saliva mientras el monstruo
aparecía por completo ante ellos.
La criatura
irradiaba un poder puro y primordial. Medía tres metros hasta los hombros y su
inmenso cuerpo tenía una forma vagamente humanoide. El pecho era inmenso y los
anchos hombros medían unos dos metros. Los brazos largos y huesudos llegaban
hasta las rodillas y terminaban en manos gigantescas con dedos esqueléticos.
La enorme
cabeza no recordaba ni remotamente a algo humano. Tenía unas fauces grandes y
poderosas, como las de una bestia depredadora, y la boca estaba llena de
temibles colmillos. Sus ojos ardían con la furia del infierno y se encontraban
muy separados en el cráneo. Dos gigantescos cuernos surgían de la cabeza. A
Elisha le pareció una horrenda abominación, mezcla de un hombre y una cabra,
pero sin recordar a ninguno de los dos.
—Azazel —dijo
Dire McCann. El misterioso detective observaba al monstruo con una sonrisa
tensa. En una mano sostenía su pequeña pistola ametralladora. Elisha ya le
había visto emplearla. Disparaba una ráfaga continua y potente capaz de
derribar a un vampiro, pero el joven mago dudaba de que tuviera mucho efecto
sobre la criatura a la que se enfrentaban ahora. Por la expresión de McCann, él
sentía más o menos lo mismo. —La Muerte Roja dijo que los Nictuku se estaban
alzando. Tenía razón.
—Los Nictuku
—susurró la alta y atractiva rubia platino que se encontraba junto al detective.
Estaba vestida con un mono de cuero blanco y tenía los ojos negros y los labios
de un rojo rabioso. Solo la palidez sobrenatural de su piel y la expresión
felina indicaban que se trataba de una vampira. En cada una de sus manos
sostenía los lagos cuchillos de su clan. Flavia, el Ángel Oscuro, servía como
guardaespaldas de Dire McCann. Solo ella entre todos los presentes parecía casi
complacida con la aparición del monstruo. Elisha sospechaba que no lo
consideraba más que un nuevo reto para sus habilidades. —Creía que no eran más
que leyendas que contaban los Nosferatu para asustar a sus chiquillos.
—Evidentemente
no es así —respondió seca Madeleine Giovanni. Era delgada y baja, con una
melena negra y lisa que caía sobre sus hombros, y se encontraba a la derecha
del detective. Se la conocía como la Daga de los Giovanni y, aunque era menos
espectacular que Flavia, era igual de mortal. Se encontraba entre los vampiros
más peligrosos de todo el mundo.
El monstruo al
que McCann había llamado Azazel volvió a gruñir sus demandas, pero nadie
respondió. El aire estaba sobrenaturalmente tranquilo. No se oían sirenas a lo
lejos, ni gritos, ni los aullidos aterrados de los vecinos. De algún modo la
criatura había conseguido sellar la casa de Rambam del resto del mundo natural.
Se enfrentaban totalmente solos a aquel monstruo.
—Nuestros
poderes mágicos apenas afectan a la bestia —anunció Judith con voz acongojada.
—Es increíblemente viejo y le rodea algún tipo de aura que anula las leyes de
la causalidad en sus cercanías. Hemos probado todos los trucos que conocemos
para detenerle, pero nada funciona. Es demasiado fuerte.
—Los Nictuku
son vampiros de la Cuarta Generación creados por un Antediluviano, Absimiliard,
para buscar y destruir a su progenie original, los Nosferatu —dijo Dire McCann.
—En su locura, Absimiliard abrazó a criaturas monstruosas e inhumanas. Su
fuerza es legendaria, y por lo que se dice no son fáciles de derrotar.
El suelo
tembló cuando Azazel dio un paso al frente con la mirada encendida. Elevando
una mano colosal, la criatura dirigió un dedo huesudo hacia Elisha. No hacía
falta que nadie tradujera el ultimátum.
—El monstruo
cree que Elisha es su antiguo enemigo —dijo Ezra con voz temblorosa. —Le llama
el Carcelero.
—Mierda y más
mierda —respondió Dire McCann con aparente asombro. —El Nictuku ha confundido a
Elisha con el Rey Salomón, el mayor mago de la antigüedad... ¡CUIDADO!
Los brazos de
Azazel surgieron disparados a cegadora velocidad. Elisha apenas tuvo tiempo de
tragar saliva mientras los dedos monstruosos volaban hacia su cara, tratando de
clavarle aquellas uñas de quince centímetros en los ojos. El aire silbó y pensó
que era hombre muerto, pero antes de que pudiera parpadear se encontraba en el
suelo, bajo un cuerpo vestido de negro. Sobre sus cabezas, las garras del
Nictuku golpearon el vacío.
La
ametralladora de McCann comenzó a disparar. El monstruo gritaba no por el
dolor, sino por la furia. El suelo temblaba y los ladrillos y los paneles de
madera volaban por todas partes. — No estás seguro en esta estancia —dijo
Madeleine al oído a Elisha. —El Nictuku está destrozándolo todo.
Para la Daga
de los Giovanni pensamiento y acto eran uno. La vampira se movió a cegadora
velocidad y arrastró al joven mago con ella. En un instante Elisha se encontró
de pie sobre el umbral que conectaba el comedor con el vestíbulo frontal.
Madeleine estaba a su lado con la mirada encendida. —Vamos —ordenó. —Al
monstruo le llevará algunos minutos destrozar el centro de la casa. Los demás
están esperando en la biblioteca. Debemos reunimos y reagruparnos mientras
McCann contiene a Azazel.
El detective
se encontraba en el centro del comedor destruido.
Ya no sostenía
su arma, sino que tenía los brazos extendidos a la altura de los hombros, como
si estuviera empujando una barrera invisible. Con los dedos de cada mano había
formado un patrón: el pulgar apuntaba hacia el interior, los dedos índice y
corazón estaban juntos y el anular y el meñique formaban una segunda pareja. Se
trataba de la antigua señal de Kohan. El aire que le rodeaba brillaba y
restallaba como si estuviera vivo. Elisha tardó un segundo en comprender que
McCann no luchaba contra un muro transparente, sino que lo estaba creando. Al
otro lado, el monstruo llamado Azazel no dejaba de rugir, golpeando sin éxito
la barrera mágica con sus enormes garras.
McCann estaba
totalmente quieto, como una tensa estatua de carne humana. Sus ojos estaban
fijos en el Nictuku y no se permitían ni un solo parpadeo. Su expresión era
sombría, pero decidida. Elisha ni siquiera le veía respirar.
A su lado
estaba Flavia, acuclillada, empuñando sus espadas con una fuerza brutal. Su
mirada alternaba entre el monstruo y el hombre. La Assamita sabía que no debía
interferir, y solo esperaba el momento en el que McCann flaqueara con una
expresión expectante. A Elisha nunca le pareció haberla visto más viva que en
aquel momento, mientras esperaba una batalla que no podía ganar.
—Es el sueño
de todos los asesinos Assamitas —dijo Madeleine como si pudiera leer sus
pensamientos. Sus dedos gélidos le tiraban constantemente del brazo. —No hay
mayor honor que morir en combate contra un enemigo implacable.
Sin una
palabra, Elisha dejó que Madeleine le arrastrara hasta la biblioteca. Allí,
rodeados por miles de libros, los tres magos esperaban alrededor de la mesa de
Rambam tratando de decidir su siguiente movimiento.
—Elisha —dijo
Maimónides aliviado al ver a su alumno entrar en la estancia. —¡Gracias a Dios!
Por un momento creí que habías muerto bajo las garras del monstruo.
—Está vivo y
aparentemente ileso —declaró Ezra. —Muy bien, no hay tiempo para preocuparse.
Si no damos con un modo de destruir al monstruo, dentro de unos minutos no
podremos ni permitirnos ese lujo.
—Sin que sirva
de precedente —intervino Judith, —estoy de acuerdo con mi hermano. Debemos
pensar un plan de inmediato. A pesar de sus poderes, McCann no podrá contener a
Azazel mucho tiempo. Siento cómo su barrera mística empieza a resquebrajarse.
—Están entre
los magos más poderosos del mundo —dijo Madeleine Giovanni. —Tres contra uno.
¿Cuál es el problema?
—El Nictuku
rechaza nuestros hechizos más potentes —gruñó Ezra. —No le afecta nuestra
magia. No podemos dañarlo.
—Las leyes de
la causa y el efecto parecen retorcerse a su alrededor —añadió Judith. —Es
invulnerable a la causalidad y a la circunstancia.
Elisha tembló.
No podía imaginarse a una criatura lo suficientemente poderosa como para
resistir la voluntad de Moisés Maimónides y sus camaradas.
—La mente de
McCann está flaqueando —dijo Judith con una voz neutra, pero cargada de temor.
—Solo nos quedan unos segundos.
—Entonces
huyan —dijo Madeleine. —Usen cualquier habilidad especial de la que dispongan
para escapar, y llévense a Elisha. Me quedaré y retrasaré al monstruo lo
suficiente como para darles tiempo.
—Nunca—dijo el
joven mago liberando todas sus emociones. —Te destruiría. No dejaré que luches
sola contra esa cosa.
—Mi sire me
ordenó que protegiera a Dire McCann —respondió Madeleine girando a Elisha y
mirándole a los ojos. Su voz era tensa. —Cuando sepa que estás a salvo podré
obedecer los dictados de mi clan.
—¡Ja! —dijo
Ezra con un bufido. —Podéis dejar de haceros los nobles, porque el aura del
monstruo nos impide utilizar nuestros métodos de escape. Estamos atrapados como
moscas en una gigantesca tela de araña. No podemos huir, así que pelearemos o
moriremos.
El mago
barbudo sacudió la cabeza con una mirada de humor siniestro. —Si morimos, al
menos habremos presenciado un verdadero milagro. En todos los días de mi vida
nunca imaginé que vería a un vampiro expresar tanta preocupación por un simple
mortal.
—No es un
simple mortal —dijo Madeleine a Ezra con la más ligera de las sonrisas. —Creo
que es bastante especial.
—Por supuesto
—dijo Judith inquieta, —igual que Azazel. Quiere venganza. El monstruo vino
aquí buscándolo y le llamó Carcelero. El Nictuku le ha confundido con el
enemigo que lo apresó hace miles de años.
—¿Y? —preguntó
Ezra. —Eso ya lo sabemos. ¿Adonde quieres llegar?
—Azazel creyó
que Elisha era el Rey Salomón, el Carcelero de los Demonios —respondió Judith.
—Salomón el Sabio nunca destruía monstruos: ¡los encerraba!
—No podemos
dañar a esa criatura —exclamó Ezra. —Es demasiado fuerte para afectarla con
nuestros poderes... ¡Y ahora dices que este muchacho, por su cuenta, puede
atraparlo!
—El monstruo
le teme —intervino Rambam. —Reconoce su perdición. El hechizo podría...
No tuvo
ocasión de terminar la frase. Una oleada de odio puro y elemental barrió la
biblioteca como una onda de choque. Los muros y el techo gimieron como protesta
antes de derrumbarse como un castillo de naipes. Las vigas atraparon a Rambam,
Ezra y Judith y los derribaron mientras la puerta a la espalda de Elisha era
arrancada de sus goznes y le golpeaba en la espada, haciéndole caer de
rodillas. El joven lanzó un grito agónico cuando el pesado marco de madera cayó
sobre sus piernas, impidiéndole moverse. Solo Madeleine, con sus reflejos
sobrenaturales, consiguió esquivar los cascotes mientras se preparaba para
hacer frente al Nictuku, que entraba en la biblioteca con la furia reflejada en
sus enormes ojos rojos.
No había señal
alguna de Dire McCann o del Ángel Oscuro. Las dos espadas clavadas a los lados
del cuello del monstruo eran el testimonio mudo de la determinación de Flavia,
aunque las hojas no parecían tener efecto alguno.
Al ver a
Elisha, Azazel lanzó un rugido triunfal. Una enorme mano se dirigió hacia la
cabeza del joven para aplastarle el cráneo como si fuera una fruta madura.
Madeleine llegó primero, aunque a duras penas.
No había
tiempo para liberar a Elisha, y ninguna de sus disciplinas funcionaba contra
aquella criatura. Se trataba de su fuerza contra la de un monstruo titánico con
varios milenios de antigüedad. Era un enfrentamiento desigual, pero se prometió
que haría todo lo posible.
De pie sobre
Elisha, con una pierna a cada lado del cuerpo del joven, apresó el brazo
descendente de Azazel por la muñeca. En vez de intentar detener su movimiento,
la Giovanni tiró hacia delante con todas sus fuerzas, dejando que la gravedad y
el propio peso del monstruo le ayudaran. Al mismo tiempo cayó al suelo y giró
sobre sí misma, realizando una perfecta llave de judo. El Nictuku gritó
sorprendido al verse repentinamente volando por los aires. Como un tren
desbocado, el monstruo pasó sobre la cabeza de Elisha y se estrelló contra los
restos de un muro a unos metros de distancia.
—Arriba
—ordenó Madeleine mientras liberaba al joven del marco de madera como si no
fuera más que una ramita. Le puso en pie, pero Azazel ya estaba levantándose y
sus enormes dientes castañeteaban furiosos. —Si recuerdas algún hechizo de
atadura es el momento de utilizarlo, porque no habrá segundas oportunidades.
Elisha gimió
lastimado. La pierna le dolía tanto que no podía sostenerse sin ayuda. Está
herido, dolorido y sangrando. Se sentía como si le acabara de atropellar un
camión, y era incapaz de concentrarse.
—Enfoca —le
dijo Madeleine nerviosa mientras Azazel se ponía en pie. Las fauces del
monstruo se abrieron, y a la vampira le pareció contemplar las puertas del
infierno. —Enfoca tus pensamientos.
—Salomón
—susurró el mago, tratando de ordenar sus ideas. Cerró los ojos. —El Rey
Salomón.
—Enfoca
—repitió Madeleine desesperada. Sus dedos se clavaron en el hombro de Elisha
como lanzas de hielo.
—Salomón el
Sabio —volvió a susurrar el joven, recordando las palabras de Judith. —El
carcelero de los monstruos.
Esa frase pasó
como un ciclón por su subconsciente. Carcelero... apresar... sellar... El
sello... ¡El sello de Salomón el Sabio!
Aunque aún era
muy joven, Elisha poseía poderes mágicos casi más allá de toda comprensión.
Para él, voluntad y realidad eran lo mismo, por lo que una vez llegó a la
sorprendente conclusión su deseo se hizo realidad. Pensamiento y acción fueron
simultáneos.
Abrió los ojos
para ver las fauces del Nictuku a meros centímetros de su cara, pero no sintió
miedo. Los dos podían haber estado separados por miles de kilómetros. Azazel no
podía moverse. Conservaba su conciencia y sus ojos aún ardían con furia
sobrenatural, pero estaba congelado.
Con cuidado,
liberó los fríos dedos de Madeleine Giovanni de su hombro y le bajó los brazos.
La mujer no se resistió. Parecía atónita, incapaz de actuar por cuenta propia.
Se había preparado para la Muerte Definitiva y tenía problemas para adaptarse a
aquella salvación inesperada en el último segundo.
—¿Qué has
hecho? —consiguió preguntar al fin mientras la cordura regresaba a su
expresión. —¿Cómo lo detuviste?
—Muchas
leyendas hablan del poder de Salomón sobre los genios y otras presencias
demoníacas —respondió Elisha con una ligera sonrisa en los labios. —Fuera lo
que fuera Azazel antes de que Absimiliard lo convirtiera en un Nictuku, seguía
siendo vulnerable a las magias de atadura del Rey. Eso fue lo que Judith
comprendió cuando el monstruo entró en la biblioteca. Aunque no se le podía
dañar mediante la hechicería, sí era posible apresarlo. Me llevó un tiempo
descubrir cómo podía hacerlo.
—¿Cómo?
—preguntó Madeleine, que miraba por encima del hombro de Elisha en dirección a
Azazel, atrapado como una mosca en el ámbar.
—Sí, Elisha,
¿cómo? —preguntó Moisés Maimónides. El maestro del joven estaba cubierto de
polvo, pero por lo demás parecía ileso, igual que Ezra y Judith, que surgían
trabajosamente del caos de vigas rotas y tejas. Hacía falta algo más que un
edificio derrumbado para dañar a un mago. —Nosotros no pudimos detener a la
criatura. ¿Qué hechizo utilizaste?
—Yo también
estoy interesado en saberlo —dijo Dire McCann desde las ruinas de la puerta que
conducía al vestíbulo. El detective parecía exhausto y pálido, pero básicamente
ileso. Apoyado contra él estaba Flavia, también agotada. —Cuando mi barrera se
derrumbó, el monstruo nos apartó sin problemas de su camino. Te quería a ti y
no deseaba perder tiempo en distracciones. Sospecho que temía que hicieras lo
que terminaste haciendo.
—Deja hablar
al muchacho —gruñó Ezra, aparentemente enfadado. —Quiero oír su respuesta.
—Mirad el
polvo —dijo Elisha, sintiéndose incómodo siendo el centro de atención.
—Observad atentamente y podréis ver el patrón.
Con Azazel anulado,
el poder que tuviera sobre la casa de Maimónides había desaparecido. La luz de
la luna se filtraba por los enormes boquetes en las paredes y el techo, y miles
de motas de polvo flotaban en el aire nocturno, formando un símbolo místico que
encerraba totalmente al Nictuku: dos triángulos cruzados combinados para crear
la familiar estrella de seis puntas.
—El sello de
Salomón —dijo Rambam. —Qué obvio. Empleaste sabiamente el sello de la autoridad
suprema sobre las criaturas del infierno para encerrar al monstruo. Nunca antes
había visto a nadie que controlara el polvo de ese modo.
—Tenía que ser
Elisha el que formara el sello —dijo Judith. —Azazel sintió que controlaba las
mismas magias que Salomón, reconociendo a su peor enemigo.
—Como dije
—intervino Madeleine Giovanni, —Elisha es especial.
—Ha sido una
noche de revelaciones —dijo Ezra mirando directamente a Madeleine. Pasaron unos
segundos antes de que bajara la mirada al suelo y su voz se suavizara. —Podría
apostar a que en algún lugar del desierto hay una tumba vacía en la que este
monstruo ha reposado durante los últimos milenios. Algún estúpido debe haberlo
liberado destruyendo el sello de Salomón que lo mantenía prisionero.
—La cuestión
ahora no es saber cómo llegó aquí —dijo la Giovanni, —sino qué hacer con él.
—Un problema
menor —respondió Rambam alisándose la barba cubierta de polvo. —Estoy saturando
la zona con sensaciones de paz y tranquilidad. Nadie en el vecindario sabrá que
ha ocurrido algo extraño. Mañana, mis amigos en el gobierno harán reparar la
casa. —Observó pensativo las estanterías destrozadas de la biblioteca. —Algunos
de estos libros tenían cientos de años. Reemplazarlos me costará una fortuna.
—¡Ja! —dijo
Ezra, ya sin el menor asomo de enfado. —Te recuerdo diciendo las mismas
palabras exactas cuando huiste de Egipto hace setenta años. Dos meses más tarde
tenías las estanterías llenas.
Rambam mostró
una ligera sonrisa. —Junto a mis socios, llevaré a Azazel de vuelta a lugar del
que procede. Hay numerosas perforaciones abandonadas por los especuladores de
petróleo en el Sinaí. Con las salvaguardias apropiadas, el Nictuku debería
permanecer dormido durante otros cuantos miles de años
—Es el momento
de partir —dijo Flavia cansina. —Se acerca el amanecer y necesito descansar...
y beber algo de vitae mortal. —La vampira rió al ver las miradas incómodas de
los magos.
—No os
preocupéis. Localizaré a algún asesino múltiple o un violador. Encontrar a ese
tipo de escoria es una especie de talento. Es una pena que haya perdido mis
espadas, pero prefiero que se las quede Azazel antes que arriesgarme a
sacárselas. Ya conseguiré unas mañana.
—Mañana por la
noche volveremos a reunimos —dijo Rambam. —Aún hay mucho que discutir, asuntos
de una importancia suprema... cuestiones de vida o muerte.
Elisha no pudo
dejar de notar que, al decir estas últimas palabras, la mirada de Rambam se
encontró con la de Madeleine Giovanni.
La mujer
asintió como respuesta.
CAPÍTULO 2
Newark, Nueva
Jersey: 1 de abril de 1994
—El mayor
enemigo al que se enfrenta el Sabbat —dijo Alicia Varney, —procede de su propio
seno. Es su propia actitud hacia la humanidad. Por eso la secta nunca logrará
el poder total.
—¿En? —dijo
Roland Jackson, su ayudante, su guardaespaldas ocasional y su audiencia
permanente. —¿Le importaría explicarse más claramente? Por lo que he visto
hasta ahora de esos personajes, parecen valerse perfectamente por sí mismos.
—Se
encontraban en la Autopista 1 de camino hacia el aeropuerto de Newark. Jackson
conducía. Iba solo en la parte delantera, aunque en el asiento contiguo
descansaba una pistola del .357 Mágnum, totalmente cargada y con el seguro
quitado.
En el asiento
tras el del pasajero se sentaba Alicia. Sostenía una escopeta de cañones
recortados del 12 con alimentación automática que disparaba grandes cargas
explosivas. Ni ella ni Jackson esperaban problemas, pero en caso de que
surgieran estaban preparados para hacerles frente de inmediato.
Los tiroteos
entre coches llenos de pandilleros rivales eran comunes en la zona de Newark.
La mortandad en este tipo de enfrentamientos era tan alta que se había
convertido en la principal causa de muerte en la autopista, superando a las
colisiones múltiples. En inferioridad numérica y armamentística, la policía no
solía patrullar las carreteras con sus vehículos. Cuando surgía una emergencia
importante acudía con transportes blindados o helicópteros de la Guardia
Nacional. Había una guerra en las calles, y las autoridades no podían hacer
nada por detenerla.
Alicia
reaccionaba frente a la desaparición de la ley y el orden del mismo modo que
con cualquier otro problema. Aceptaba la situación tal y como se presentaba,
asumía lo peor y se preparaba para ello. El coche que conducía Jackson era uno
de los muchos propiedad de Industrias Varney, y estaba construido con un
polímero ligero y casi indestructible empleado en las naves espaciales. Un
proyectil de Bazooka apenas arañaría la pintura.
En el
interior, el vehículo albergaba todo un arsenal y munición capaz de mantener en
marcha una guerra en varias naciones de Centroamérica. Jackson prefería el
revólver Mágnum, pero como ex-Boina Verde está entrenado en el uso de cualquier
artefacto destructivo.
A Alicia le
gustaba el tacto de la escopeta. Cuando disparaba a alguien lo hacía para que
no se volviera a levantar. Con el cañón recortado la precisión no era muy alta,
y para lograr resultados había que disparar a muy corta distancia, que era
exactamente como a ella le gustaba pelear.
No parecía muy
probable que una guerra de bandas estallara en la autopista a las once de la
mañana, pero no dejaba nada al azar. Esperaba lo inesperado, por lo que nadie
podía sorprenderla.
—A los
miembros del Sabbat les gusta creerse los señores de la creación —declaró. —Ven
a los humanos como a ganado, no como a seres inteligentes y racionales. El
camino más rápido hacia el desastre es subestimar a tus adversarios.
—Qué me va a
decir —dijo Jackson con una risa desagradable. —Serví con nuestras fuerzas en
Vietnam, ¿recuerda?
—Muchos de los
vampiros del Sabbat poseen poderes increíbles —dijo Alicia, —pero tienen muchas
cosas en contra. La fuerza bruta es inútil cuando te enfrentas a alguien que te
supera en diez mil a uno. Los humanos pueden ser muy peligrosos cuando se les provoca.
La negativa de los Cainitas a aceptar la realidad les hace vulnerables.
—Sonrió. —Hoy, por ejemplo, pienso explotar esa debilidad particular dejando el
país.
—Me preguntaba
sobre ello —respondió Jackson mientras tomaba la salida que indicaba Aeropuerto. La
terminal se encontraba en el centro de dos círculos concéntricos diseñados sin
pensar en la seguridad del tráfico. Para recorrerlos era necesario tener
nervios de acero. —Considerando lo ansiosa que está Melinda por dar con usted,
supongo que habrá situado agentes en todos los puntos principales de salida.
—Estoy
convencida de que ha hecho exactamente eso —dijo Alicia. —Sin embargo, durante
el día sus fuerzas menguan. Las tropas de la regente con el sol en el cielo son
mínimas. ¿Recuerdas lo que te dije después de rescatarte de ellos? El Sabbat,
al contrario que la Camarilla, no emplea muchos ghouls. Para ellos, eso sería
como si lo mortales emplearan animales de granja como agentes. Siguiendo el
mismo razonamiento, el culto tampoco se ha infiltrado en el gobierno, la
policía o los medios de comunicación hasta el punto en el que lo han hecho sus
rivales, de modo que Melinda no puede manipular a estas organizaciones tan
poderosas en su caza. No hay duda de que en la terminal habrá varios de sus
agentes, ya que hasta el Sabbat tiene recursos mortales. Utiliza camellos,
bandas proscritas y policías corruptos cuando son necesarios, y estoy segura de
que habrá ghouls en los tres principales aeropuertos metropolitanos. También
vigilarán las estaciones de tren y de autobús, pero no será un problema
encargarse de ellos.
—¿Las llamadas
que hizo ayer por la tarde? —preguntó Jackson mientras entraba en un
estacionamiento de larga duración en el exterior de la terminal internacional y
aparcaba el coche.
Alicia asintió
mientras abría la puerta. —Digamos que me gusta emplear todos los recursos disponibles,
Señor Jackson. Melinda sabe que controlo Empresas Varney, pero no conoce mis
vinculaciones con el crimen organizado. Tampoco sabe hasta dónde llega mi
influencia. Va a aprenderlo por las duras...
Se dirigieron
hacia la planta de salidas con Jackson a la cabeza. Asumiendo que entre las
manadas del Sabbat de la región circulaban fotos suyas, los dos habían hecho
ligeros retoques en su aspecto. Siguiendo la teoría que decía que el mejor
disfraz era llamar la atención, ella se había teñido con un brillante tono
platino. Vestía un traje de color plateado y brillante y caminaba sobre tacones
de doce centímetros, atrayendo las miradas de todos los ocupantes de la
terminal. Sin embargo, nadie reparaba en su parecido con Alicia Varney, la
magnate de los negocios desaparecida.
Jackson se
había afeitado la cabeza y vestía unos amplios pantalones hip hop y una
camisa a juego. Alrededor del cuello llevaba una cadena de plata con una gran
cruz de Malta. Alicia le había pedido que vistiera de rosa y púrpura, pero tras
ver la expresión de su cara lo había dejado pasar. Con unas gafas oscuras y un
permanente gesto preocupado, Jackson recordaba a una madura estrella del rock.
—Nuestro vuelo
parte en menos de una hora y veinte minutos —le dijo a Alicia tras comprobar el
panel. —He facturado nuestro equipaje y he confirmado los asientos por
teléfono. Es increíble cómo coopera el personal de las líneas aéreas cuando
sabe que tienes montones de dinero.
—La riqueza es
poder, Jackson —dijo Alicia con tranquilidad. —No dejes que nadie te haga
pensar lo contrario. El dinero lo cambia todo. —Se detuvo unos instantes. —¿Ya
has visto alguna cara familiar?
Las arrugas
del rostro de su ayudante se profundizaron. —Creía que las gafas me
emborronaban la vista. Por el tono de su voz asumo que veo perfectamente. Tengo
la sensación de estar en una convención del Sindicato. Este lugar está hasta
arriba de matones del Sur y del Medio Oeste.
—La magia de
los transportes modernos —dijo Alicia aparentemente satisfecha. —Casi todos
estos hombres y mujeres no saben nada sobre vampiros. Ignoran la guerra que se
libra entre la Camarilla y el Sabbat. No son más que ganado, peones sin
importancia en el gran esquema de las cosas.
Jackson rió
entre dientes, comprendiendo al fin dónde quería ir Alicia. —Son peones armados
con todo un arsenal moderno.
—Una
interesante observación —dijo Alicia. —Vayamos arriba, a la cafetería de la
segunda planta. Dentro de unos minutos las cosas van a ponerse interesantes, y
no quiero perderme nada.
Alicia
insistió en pedir champaña, el mejor disponible. Pagó en efectivo. Jackson, de
paladar menos refinado, prefirió una cerveza y unos aperitivos salados. Su mesa
en el vestíbulo superior les permitía contemplar toda la terminal. Era una
vista impresionante.
—He contado
veintidós caballeros y seis damas que, creo, podríamos decir que sienten
simpatías hacia Empresas Varney — dijo Jackson bebiendo su Michelob directamente
de la botella. — A juzgar por el equipaje que llevan, parece que alguien bien
informado les advirtió de que los ghouls pueden soportar un gran castigo antes
de rendirse.
—Fui bastante
clara en ese punto —dijo Alicia. —La expresión tierra quemada surgió varias veces
a lo largo de mis conversaciones con los jefes del Sindicato. Probablemente
todos crean que soy una loca sanguinaria —añadió sonriendo. —Me da igual. Nunca
molesta que los subordinados consideren que su jefa es una puta loca, brutal y
despiadada.
Dio un sorbo a
su champaña. —Fue mucho más fácil encargarse de la Sociedad de Leopoldo, ya que
no hizo falta ser tan tímida. Ellos mismos se animaban. Se pusieron de lo más
contentos cuando empecé a darles nombres y lugares.
Jackson
sacudió la cabeza. —¿Ha hecho un trato con la Inquisición? ¿Con la puta
Inquisición?
—Les dije que
se trataba de una pequeña ofrenda anónima de una creyente descarriada que había
visto al fin la luz —respondió Alicia con expresión de angelical inocencia.
—Les proporcioné los verdaderos nombres y refugios de unos cuantos vampiros
menores que sirven a la regente en la zona de Wall Street.
Alicia dio
otro sorbo a su bebida. —Lo más complicado fue dar con gente que pudiera
distinguir a un ghoul entre la multitud, pero lo conseguí. Reunir la potencia
de fuego necesaria fue sencillo. Los negocios están algo flojos últimamente y
todo el mundo necesita trabajo.
Un capa de
hielo cubrió la visión de Alicia mientras su voz se hacía gélida. —Hay que
enseñarle a Melinda que Manhattan no es Méjico D.F. El Sabbat no tiene un
control tan fuerte sobre los suburbios como a ella le gusta creer. Esta
demostración será un pequeño golpe a su confianza.
—¿Cuándo se
espera que comience la diversión? —preguntó Jackson.
Alicia miró su
reloj. —La guerra empieza... ya. Observa.
El rugido de
los disparos casi ahogó la última palabra.
La guerra de
bandas llegó hasta el aeropuerto de Newark de forma espectacular. Cuando el
reloj sobre la terminal anunciaba el mediodía (Jackson suponía que se trataba
de un toque de humor de Alicia), más de veinte asesinos del Sindicato sacaron
de sus bolsas una increíble variedad de pistolas, subfusiles y escopetas.
Inmediatamente rodearon a siete objetivos determinados repartidos por toda la
terminal y abrieron fuego.
Las víctimas
incluían a un mecánico, una encargada de facturación, dos vagabundos e incluso
una monja con el hábito encima. Lo único que relacionaba a todas las víctimas
era una cierta extrañeza en sus rasgos, una mirada poco natural, casi bestial,
que se hacía más evidente cuando las ropas que llevaban eran destrozadas por la
lluvia de balas.
Las alarmas y
sirenas saltaron por todo el aeropuerto, pero los asesinos las ignoraban,
poniendo toda su atención en sus objetivos. Sorprendentemente, aunque dos de
las víctimas cayeron, aún había cinco que se mantenían en pie. Tres de ellos
tenían armas propias y estaban devolviendo el fuego. La monja sujetaba a un
hombretón del cuello y lo estaba estrangulando. El mecánico había dejado
inconscientes a golpes a dos de sus atacantes, y empleándolos como escudo se
dirigía hacia la salida.
—La sangre
Cainita proporciona a los humanos una fuerza y una resistencia extraordinarias,
Jackson —dijo Alicia con tono casual mientras terminaba la champaña. —Sin
embargo, no concede la inmortalidad.
Como respuesta
a estas palabras, media decena de hombres surgieron de detrás de las cabinas
telefónicas junto a la entrada de la terminal. Los ojos de Jackson se abrieron
atónitos cuando vio los depósitos de combustible que llevaban atados a la
espalda y las boquillas que sostenían en las manos.
—Lanzallamas
—declaró sacudiendo la cabeza asombrado mientras una muralla de fuego se
tragaba al mecánico y a sus dos prisioneros. En operaciones como aquella no
había tiempo para misiones de rescate... ni para la misericordia. El olor de la
carne chamuscada inundó el lugar. —¿Cuánto ha costado esta operación?
—Contando los
equipos similares apostados en todos los aeropuertos y estaciones de tren y
autobús, digamos que unos veinte millones de dólares —respondió Alicia mientras
trataba de que le sirvieran más champaña. El camarero, como todos los demás
clientes, parecía hipnotizado por el holocausto que se desarrollaba en el
vestíbulo. —El servicio de este lugares mediocre. Recuérdame que no deje
propina.
—¿Veinte
millones de dólares? —repitió Jackson mientras la monja se convertía en cenizas
ante los inmisericordes lanzallamas. Fue el último de los ghouls en morir.
Siete montones de huesos ennegrecidos marcaban el lugar donde había caído cada
uno de ellos. —Ha sido una lección cara.
Reuniendo a
los heridos y abandonando a los muertos, los asesinos del Sindicato
desaparecieron por las puertas principales del aeropuerto. El reloj que colgaba
del techo señalaba las doce y cinco. Los primeros policías llegaron al lugar
diez minutos después. —Ha valido cada penique —respondió Alicia, —aunque dudo
que tenga mucho efecto en la jerarquía del Sabbat. Nunca aprenden. Sin embargo,
Melinda recibirá el mensaje. Ella es la que importa.
Dio un cachete
amable a Jackson en la mejilla. —Nuestro balance de resultados no se verá
afectado. El mensaje circula por las calles. Mañana, las prostitutas de todo el
país aumentarán en dos pavos sus tarifas, la protección será un dólar más cara
y los préstamos aumentarán otro uno por ciento. Considéralo una tasa educativa
—dijo riendo. —Lo mejor de las actividades ilegales es que se pueden ajustar
todas las variables en cualquier momento.
Apartando su
silla de la mesa, se puso en pie. —Más vale que nos movamos. No quiero llegar
tarde a nuestro vuelo.
—¿Cree que las
autoridades van a permitir despegar algún avión después de esta carnicería?
—preguntó Jackson.
—Por supuesto
—respondió Alicia con rostro sorprendido e ¡nocente. Frunció el ceño, pero su
mirada era divertida. —¿Y por qué no iban a dejar? Evidentemente, lo que hemos
presenciado no tiene nada que ver con las operaciones en este aeropuerto.
Sospecho que se trataba del comienzo de una gran guerra de bandas entre
familias rivales de la Costa Este. Probablemente tuviera algo que ver con el
control del mercado de la droga. Según los periódicos, con esas cosas se gana
una fortuna. De hecho, me inclino a pensar que escenas como ésta se habrán
producido esta misma mañana por toda el área metropolitana.
Jackson
contuvo el aliento. —No me extrañaría que los pocos cuerpos que la policía
pueda identificar resulten ser conocidos hampones.
Alicia
asintió. —Apostaría por ello, señor Jackson. Es terrible lo que estos jefes
mafiosos pueden hacer por dinero. Son unos avariciosos hijos de puta.
—He oído una
extraña teoría —dijo Jackson, —según la cual ciertos miembros del FBI creen que
una sola mente criminal controla todas las grandes operaciones del Sindicato en
el país. Esta nueva guerra de bandas debería acallar esos rumores durante un
tiempo.
—Eso espero
—dijo Alicia mientras salían del bar. —¿Quién puede ser tan ingenuo como para
creer que un solo hombre puede ser tan poderoso?
—¿Un hombre?
—preguntó Jackson mientras bajaban por la rampa hacia las puertas de embarque.
—¿Quién ha hablado de un hombre! Casi todas estas teorías, basadas en
informes sin confirmar de diferentes soplones, sospechan que es una mujer la
que se encuentra detrás de este imperio criminal.
—Qué
intrigante —dijo Alicia con una sonrisa. —Un señor del crimen con faldas...
—O un traje
plateado —respondió Jackson tranquilamente. ,
Los dos
rieron.
—Por cierto —
señaló Jackson mientras se acercaban a su puerta, —¿por qué volamos a Francia?
—La reunión se
fijó hace una semana —dijo Alicia. —Tengo una cita con un amigo en un café
cerca del Teatro de la Ópera. Es nuestro lugar favorito, y no quiero llegar
tarde.
CAPÍTULO 3
Sicilia: 1 de
abril de 1994
Dos vampiros
se encontraban firmes frente a Don Caravelli, Capo de Capi de la Mafia,
esperando a que éste hablara. Llevaban así, inmóviles y silenciosos, los
últimos treinta minutos. Con los ojos cerrados, el Jefe de Jefes aún no había
dicho palabra alguna a ninguno de los dos Cainitas. A Don Caravelli le gustaba
mantener a sus subordinados en suspense. Ponerlos al límite. Los prefería
nerviosos, ya que en ese estado eran más fáciles de manipular.
Don Torazon
era bajo y achaparrado, con hombros amplios, pelo oscuro y piel morena. Su
rostro plano y vulgar ocultaba una mente maquinadora. Antes de convertirse en
vampiro había sido dueño de uno de los principales bancos de Italia, y le
gustaba decirle a sus socios que había sido un chupasangres mucho antes de
convertirse en vampiro. Tenía un cínico sentido del humor.
A su derecha
estaba Don Brusca, un inmenso Vástago de casi dos metros diez que debía pesar
unos ciento cuarenta kilos. Exudaba una sensación de fuerza bruta. Tenía los
pómulos muy marcados, nariz prominente y una gran frente que hacía que su
rostro pareciera tallado en granito. El corte de su caro traje no ocultaba los
grandes músculos de su pecho y sus brazos. Antes del Abrazo, Don Brusca había
sido un asesino de alquiler, y ahora que se encontraba entre los Condenados
había seguido con su vocación.
Los dos
gángsteres eran Cainitas extremadamente peligrosos, tenían puntos fuertes y
débiles y servían bien a Don Caravelli. Sin embargo, en la Mafia había veces en
las que el servicio no bastaba.
La pared tras
el Capo de Capi daba a los dos vampiros algo que contemplar mientras esperaban.
Estaba cubierta por una increíble variedad de armas de filo, desde espadas,
cuchillos, hachas, lanzas y picas hasta hoces y guadañas. Era una colección
formidable, una de las mejores del mundo en el campo de la destrucción. Don
Caravelli sabía que entre sus hombres circulaba el rumor de que había empleado
muchas de aquellas armas en su violento ascenso hasta el liderazgo de la
organización. Otros aseguraban que era el mejor espadachín del mundo, un
luchador sin compasión ni misericordia. Todos esos rumores eran ciertos, y
algunos los había difundido él mismo. Habría otros que gobernaran mediante la
astucia y la política, pero él mantenía el control absoluto de los suyos
gracias al terror.
—En poco más
de una semana abandonaré esta ciudadela por primera vez en varios años para
atender a un Cónclave de los Vástagos —declaró, decidiendo finalmente que la
presión había alcanzado el punto deseado. Su voz era suave y tranquila, carente
de toda emoción. Quería que los dos se relajaran, pero no demasiado. —Los más
poderosos príncipes de Europa planean estar allí. Yo acuDire como líder de la
Mafia y antiguo del clan Brujan. Como los dos bien sabéis, el viaje no está
exento de riesgos.
Abrió los ojos
y dejó vagar la mirada entre sus lugartenientes. —Estas reuniones las dirigen
los Justicar de la Camarilla y sus arcontes, y la violencia entre los clanes
está estrictamente prohibida. Sin embargo, las venganzas personales no están
sujetas a estas reglas. En ocasiones se emplean los Cónclaves como terreno
neutral en el que solventar duelos de sangre, y como sabéis, desde hace un
siglo estoy involucrado en uno de estos conflictos.
Se detuvo,
dejando que sus palabras fueran adecuadamente asimiladas. Tras él, aquellos dos
vampiros eran los jefes más poderosos de la Mafia. Eran inteligentes, feroces y
muy, muy decididos. Si él fuera destruido, uno de los dos asumiría el control
de la organización. —Durante décadas Madeleine Giovanni, del clan Giovanni, ha
tratado de destruirme para vengar la muerte a mis manos de su padre. Es
implacable y despiadada, y está totalmente obsesionada con esta meta. Nunca
tendré paz hasta que haya sido aniquilada.
Don Caravelli
sonrió. Sus dos ayudantes, que no estaban seguros de dónde quería llegar,
asintieron y también sonrieron. —He descubierto por medio de diversos canales
que la Daga de los Giovanni estará presente en ese Cónclave. El destino ha
permitido por fin que esa zorra llegue hasta mí, y tengo la firme intención de
que encuentre la Muerte Definitiva en la reunión, preferiblemente por mi mano.
Don Caravelli
rió, inundando la estancia. —Destruirla será un placer que llevo décadas
esperando. Espero que su muerte sea extremadamente lenta y dolorosa. La
venganza es mucho más dulce si se saborea con pausa.
No vio motivo
alguno para mencionar su trato con Elaine de Calinot, del clan Tremeré, que le
había prometido la cabeza de Madeleine a cambio de que él matara al detective
mortal, Dire
McCann. El Don
no era ningún idiota. Estaba seguro de que podía derrotar a la Daga de los
Giovanni en combate, pero era consciente de que el menor error en una batalla
así podría representar su fin. Hacía muy poco Don Lazzari, su ayudante más
competente, había subestimado la habilidad de Madeleine y había pagado el
precio. . . de forma eterna.
A Don
Caravelli le parecía mucho más seguro matar a un humano, por muy poderoso que
fuera como mago, que enfrentarse a su Némesis. No le resultaba extraño que
Elaine de Calinot prefiriera encargarse de Madeleine a vérselas con McCann,
asumiendo que se debería a un problema de magias en conflicto. Le daba igual.
Se había cerrado el trato y él y la Tremeré eran aliados, al menos hasta que se
produjeran las muertes.
Se puso en
pie. — Es posible — declaró solemne, — aunque poco probable, que no sobreviva
al encuentro. En ese caso es bien conocido que, tras la eliminación de Don
Lazzari, uno de vosotros dos ascendería a la posición de Capo de Capi de
nuestra hermandad.
Su voz había
perdido cualquier humor. Era el momento de ofrecer el regalo definitivo. —
¿Serías tú, Don Torazon, o tú, Don Brusca?
Ninguno de los
dos dijo una sola palabra, ya que no parecían seguros de lo que se esperaba de
ellos. Eran hombres precavidos y astutos que se guardaban cuidadosamente sus
ideas. Hablar en el momento equivocado era peligroso, y ninguno de los dos
estaba dispuesto a sufrir riesgos innecesarios.
Ambos llevaban
más de dos siglos perteneciendo a la Mafia, por lo que habían sido Abrazados en
los tumultuosos tiempos anteriores a la Primera Guerra Mundial. Don Torazon era
el más taimado, y estaba especializado en la extorsión y el chantaje. Don Brusca,
que a menudo tenía dificultades para controlar la Bestia Interior, se encargaba
de los asesinatos. Los dos poseían las habilidades necesarias para dirigir la
organización, y en secreto manipulaban su entorno para que llegara esta
oportunidad, reclutando a los miembros menos poderosos de la hermandad para su
causa. Ninguno de los dos era tan estúpido como para reclamar abiertamente la
posición de Capo. Don Caravelli gobernaba con puño de hierro.
— ¿Y bien? —
preguntó el Capo de Capi más alto. — ¿Quién sería? ¿Quién sería mi sucesor?
—Y-yo soy su
hombre, Don Caravelli —dijo Don Brusca, sorprendiendo al jefe de la Mafia.
Estaba convencido de que sería Don Torazon, el banquero, el que hablara en
primer lugar.
—No —respondió
éste inmediatamente, observando disgustado a su mayor rival. —Mi nombre es
respetado en toda Europa. Yo merezco gobernar.
—Mi nombre
—respondió Don Brusca volviéndose hacia su compañero —es susurrado con miedo en
todo el continente. El respeto no significa nada sin el miedo.
—Tú... —dijo
Don Torazon con los labios torciéndose en una sonrisa burlona —eres un animal y
un loco. No puedes controlar a la Bestia. Bajo tu gobierno, la Mafia se
derrumbaría como el cascarón del ganado vacío.
Don Brusca
sonrió, revelando los colmillos. Sus manos se convirtieron en garras. —Tu
sangre es mía —declaró con una máscara de odio.
Don Torazon
rió. Aunque era treinta centímetros más bajo, no parecía preocupado. Se volvió
hacia Don Caravelli. —¿Mi Capo?
—Dos rivales
por el liderazgo de la Mafia romperían nuestra hermandad —dijo éste alejándose
de su escritorio. —Antes de partir hacia el Cónclave debo tener un sucesor
claro. El poder da el derecho. El que sobreviva será mi elección.
Aullando
sediento de sangre, Don Brusca saltó hacia Don Torazon, pero sus manos se
encontraron con el aire vacío. El otro vampiro, moviéndose a una velocidad
sobrenatural hasta para los Vástagos, se encontraba en la espalda de su rival.
Sus manos volaron hacia el cuello de Don Brusca y comenzaron a apretar con una
fuerza monstruosa.
El más alto
gritó ante el inesperado dolor. Inmediatamente cayó al suelo y giró,
arrastrando a su enemigo. Don Torazon tenía la ventaja de la velocidad, pero el
otro conocía todos los trucos de la lucha callejera. Rodaron por el suelo de
una esquina a otra atacando y cortando, tratando de hacerse pedazos mutuamente.
Las disciplinas vampíricas no significaban nada. Los dos estaban igualados
tanto en poder defensivo como ofensivo. Se enfrentaban la fuerza bruta de Don
Brusca contra la astucia y la velocidad de Don Torazon.
Don Caravelli
observaba con el interés casual de un espectador en una carrera de caballos. El
ganador se llevaría el premio definitivo, y el Capo no tenía ningún favorito.
Gruñendo como
un animal salvaje, Don Brusca logró ponerse en pie. A su espalda, con las manos
aún aferradas alrededor del cuello, estaba su enemigo. Las piernas del Vástago
menor rodeaban la cintura de su rival, asegurando la posición. Si conseguía
partirle la columna a Don Brusca la lucha habría terminado.
Éste aferró un
dedo de cada una de las manos de Don Torazon, y con un fuerte tirón se deshizo
de la presa. Intentó arrancar brutalmente los dedos de su enemigo, pero éste se
retiro a tiempo.
Ágilmente, el
vampiro menor cayó al suelo y aferró los tobillos de Don Brusca, tirando con
toda su fuerza y logrando que su oponente se tambaleara. Sin pausa, Don Torazon
se lanzó hacia arriba, golpeando con su cabeza los riñones de Don Brusca.
Desequilibrado, el enorme vampiro se estrelló contra la chimenea de obra con un
impacto demoledor. El gigante no se movía, y de su garganta surgían ruidos
ininteligibles.
Don Caravelli
estaba impresionado. Nunca había sospechado que Don Torazon poseyera una
habilidad así para el combate. Asesinar a un mortal era fácil, pero no tanto
destruir a un Vástago.
Con una
expresión decidida, Don Torazon se acercó para rematar el trabajo. Don Brusca
se giró con una mirada salvaje. Tenía la nariz rota, aplastada contra la cara.
La mandíbula no se encontraba en un ángulo correcto y de la mejilla izquierda
le surgía un trozo de hueso. Los extraños sonidos provenían de su laringe
aplastada. No importaba. Lo que contaba eran los pesados ladrillos que tenía en
cada mano, arrancados de la chimenea.
Trazó dos
cortos arcos mortales con los brazos directamente hacia la cabeza de Don
Torazon. Éste, incapaz de cambiar de dirección, trató desesperado de agacharse
para evitar el ataque, pero solo lo logró en parte. El hombro izquierdo
absorbió uno de los golpes, pero el otro le golpeó la sien derecha con una
fuerza demoledora. Aullando de dolor, se derrumbó a los pies de Don Brusca.
Moviendo la
cabeza arriba y abajo como la de una muñeca, el gigante se arrodilló (más bien
se derrumbó) frente a su enemigo. Profiriendo ruidos guturales levantó los
ladrillos una vez más, exponiendo un breve instante el cuello. Don Torazon no
necesitaba más tiempo. Sacó a cegadora velocidad un cuchillo de filo serrado de
su chaqueta y atacó con la fuerza que le quedaba.
—¡Muere, hijo
de puta! —gritó mientras realizaba un movimiento cortante hacia la garganta. La
hoja, forjada con el mejor acero del mundo, cortó fácilmente carne y hueso. No
había salvación: Don Torazon tenía la fuerza de diez hombres. Como una fruta
podrida, la cabeza de Don Brusca cayó de su cuerpo. Los ojos del gigante aún
estaban torcidos en una expresión de asombro y horror cuando su cara se
estrelló contra el suelo.
Con una
maldición, Don Torazon apartó a un lado el cadáver de su rival. Después se puso
en pie tembloroso. Había perdido la oreja derecha y gran parte de su cráneo se
había convertido en pulpa, pero eso no le preocupaba ahora. El tiempo y la
sangre humana restañaban esas heridas. Había sobrevivido y Don Brusca
descansaba en el infierno.
—Una lucha
espléndida —dijo Don Caravelli. El Capo de Capi sonreía con un enorme hacha de
batalla de la pared posterior en sus manos. —Tomé la decisión correcta. Dejarte
atrás en la fortaleza conspirando contra mí mientras yo estaba en el Cónclave
hubiera sido un terrible error.
Las manos de
Don Torazon aún estaban levantándose para protestar cuando el hacha le separó
la cabeza de los hombros.
—No confíes en
nadie —dijo Don Caravelli dirigiéndose a los cadáveres decapitados de sus dos
consejeros más peligrosos. — Cuidaos especialmente de aquellos que podrían
clavaros un cuchillo en la espalda.
Rió mientras
limpiaba la hoja del arma y la devolvía a su lugar en el expositor. —Sois tan
idiotas que creísteis que me preocupaba quién me sucediera como líder de esta
hermandad. La Mafia no me importa nada. Mi única preocupación es asegurarme que
en mi ausencia no surjan rivales potenciales.
Se dirigió
hacia el cuerpo sin cabeza de Don Torazon, propinándole una brutal patada en el
costado. Despreciaba la estupidez. —Un líder fuerte permanece en el poder
destruyendo a cualquier posible rival antes de que se haga demasiado ambicioso.
Es una filosofía sabia que me ha servido muy bien a lo largo de los siglos.
Los dos
cadáveres que se disolvían a sus pies eran el mudo testimonio de la verdad de
sus palabras.
CAPÍTULO 4
Viena,
Austria: 1 de abril de 1994
Etrius
soñaba...
Se encontraba
en una enorme caverna, rodeado por sus compañeros. A su espalda se extendía un
túnel largo y oscuro que conducía hacia el mundo exterior. A su derecha, a
decenas de metros, descansaba un inmenso sarcófago de piedra, el motivo de su
presencia en aquel lugar.
Una hora antes
habían localizado por fin la puerta oculta en la cara del acantilado que
permitía el paso a la cámara interior. Para su sorpresa, solo estaba custodiada
por una gran criatura rocosa, un inmenso gólem que se movía sin gracia ni
velocidad. Destruirlo había sido fácil, pero abrir la inmensa puerta de piedra
que giraba hacia fuera había sido otro cantar. Sin embargo lo habían logrado, y
ahora descendían en fila india por el pasadizo inclinado que les llevaría hasta
la cámara. Todos guardaban silencio. Aquella noche Tremeré obtendría el poder
definitivo... si tenía la fuerza y el coraje para hacerse con él.
Etrius era el
único miembro del círculo interior que aún albergaba algunas dudas. Aunque los
magos de la Orden de Tremeré llevaban más de un siglo convertidos en vampiros,
aún sospechaba que había secretos sobre los no-muertos que desconocían. Sus
compañeros no sentían estos miedos. Sus investigaciones sobre las leyendas
Cainitas les habían convencido de que el único modo de lograr el reconocimiento
apropiado de los demás clanes vampíricos era que su líder se convirtiera en un
miembro de la Tercera Generación. Eso significaba que Tremeré tenía que
localizar a uno de los fabulosos Antediluvianos y beber su sangre, obteniendo
así sus poderes. Ese era el objetivo de aquella expedición.
Una década de
búsqueda les había permitido dar con el lugar de reposo de cuatro antiguos
vampiros en letargo. Por algún motivo que Etrius era incapaz de recordar habían
decidido atacar a Saulot, el fundador del misterioso clan conocido como
Salubri. Fueran cuales fueran las razones, habían sido correctas. Se
encontraban en la cripta del monstruo y su sarcófago les esperaba.
—Abrid la tapa
del féretro —ordenó una voz desde la oscuridad. La cámara estaba inundada por
poderosas y antiguas magias. Ningún hechizo o cántico funcionaría allí, así que
para abrir la tumba necesitarían la fuerza bruta. —Si lo hacéis juntos lo
conseguiréis.
Etrius no
podía identificar al hombre que hablaba, pero de algún modo no parecía
importar. Ahora que estaban en el interior de la cripta ya no había vuelta
atrás. Todas sus dudas se desvanecieron durante el descenso hacia las entrañas
de la tierra, y ya no cuestionaba la sabiduría de sus actos. Había que hacer lo
que había que hacer. Era necesario destruir a Saulot para que Tremeré asumiera
el lugar que le correspondía por derecho entre los líderes de los trece clanes
Cainitas.
—Esta maldita
cosa pesa más que los pilares de Hércules — declaró Goratrix mientras se
inclinaba y empujaba. —Debe pesar más que diez bueyes.
—Probablemente
esté fija en su lugar gracias al poder de Saulot —opinó Meerlinda, la única
mujer del grupo. Estaba empujando la tapa con toda su fuerza. —Nada puede pesar
tanto.
—Empujad
—ordenó la voz desde la oscuridad mientras todos obedecían. —El alba se
aproxima. Empujad.
—En el nombre
de todos los demonios del infierno... ¿Cómo mueve Saulot esta losa? —preguntó
Abetorius. —No veo goznes, por lo que se mantiene solo por su peso. Él tendría
que levantarla desde el interior del sarcófago.
Se trataba de
una idea aterradora que debería haberles hecho desistir, pero no fue así. Una
implacable urgencia por terminar el trabajo se apoderaba de todos ellos. No
había lugar en su mente para hacerse preguntas. Gruñendo, maldiciendo y
protestando, los siete miembros del consejo interior siguieron luchando contra
la losa.
Por fin, con
un chirrido de protesta, la roca comenzó a moverse. —Más fuerte —ordenó la voz
desde las sombras. —Empujad más fuerte.
Etrius
obedeció. No tenía elección. Su mente estaba ocupada únicamente por aquella
losa. Abrir el sarcófago era lo más importante del mundo. Aquel trabajo le
consumía, le llenaba con un frenesí que no podía negar. Empujó como un
poseso... o como un vampiro Vinculado con Sangre y obligado a obedecer los
dictados de su maestro.
Palmo a palmo,
la piedra implacable se deslizaba sobre la parte superior de la tumba,
revelando poco a poco su interior. Una figura solitaria, vestida con una capa
negra y plateada, reposaba tranquilamente. Se trataba de Saulot, el
Antediluviano, fundador del clan Salubri.
Con un
estruendo que sacudió toda la estancia, la losa cayó al suelo. El sarcófago
estaba abierto. Ansiosos, los siete miembros del círculo interior se reunieron
a su alrededor para observar al vampiro dormido.
Era un hombre
alto y distinguido que parecía totalmente en paz. No había señal alguna de que
sintiera su presencia. Tenía los brazos doblados sobre el pecho y los dedos
estaban entrelazados en su plácido reposo. Etrius no recordaba haber visto
nunca a un Vástago con una expresión tan relajada, o en una armonía tan
absoluta con su entorno.
—Destruidlo
—susurró la voz desde la oscuridad, como si estuviera afectada por la presencia
del Antediluviano. —Bebed su sangre antes de que despierte.
Tremeré apartó
a los miembros del consejo y se acercó con manos temblorosas. —Mi destino
aguarda —declaró con una sed de sangre en la mirada que no trataba de
disimular. Etrius notó inconscientemente que su voz no era la de siempre, pero
eso no parecía importante.
Con cuidado,
el jefe de la Orden puso sus manos alrededor de la cabeza y los hombros de
Saulot. El Antediluviano no reaccionó cuando Tremeré le incorporó. Etrius
sentía el miedo recorrer su columna vertebral. A pesar de estar en letargo,
Saulot debía haber sentido su presencia. Tendría que haber reaccionado,
regresando a la conciencia... pero no lo había hecho. Era muy extraño.
Parecía
evidente que no era el único en tener estas preocupaciones. —Bebe —ordenó la
voz desde la oscuridad. —Bebe.
Tremeré
obedeció. Extendió sus colmillos y mordió el cuello de Saulot, comenzando a
chupar. El tiempo se detuvo mientras absorbía toda la vitae del antiguo, hasta
no dejar ni una gota. Entonces, titubeante, casi cayendo al suelo, liberó el
cascarón vacío y dejó que el cuerpo se derrumbara en el sarcófago.
—Quema
—declaró con voz emocionada. —Su sangre arde en mi interior. Puedo sentir su
poder, su increíble poder recorriendo mis venas como si fuera fuego.
Una aguda risa
demoníaca inundó la caverna. —¡Está hecho! —gritó alguien. —¡Está hecho!
Etrius,
aturdido, se apoyó en el borde del sarcófago. Tremeré había tenido éxito en su
búsqueda. Había diabolizado a un miembro de la Tercera Generación. El
Antediluviano Saulot ya no existía, y en su lugar estaba él. El líder de la
Orden prácticamente refulgía con su energía impía. Para Etrius, su maestro
parecía de algún modo... mayor. Más peligroso. Diabólico.
Entonces
observó el interior de la tumba y vio el rostro de Saulot.
Todavía no
había comenzado la disolución. El fundador del clan Salubri aún conservaba su
aspecto y parecía dormir pacíficamente en su tumba con expresión calmada. Sin
embargo, sus labios estaban ahora torcidos en una ligera sonrisa sardónica.
Además, en el centro de su frente, un tercer ojo, un tercer ojo totalmente
consciente, se había abierto y observaba a los vampiros que rodeaban el
sarcófago.
—¡El tercer
ojo! —gritó Etrius señalando el rostro de Saulot. —¡El ojo demoníaco!
El pánico
recorrió las filas como un huracán. Inspirados por un temor irracional que no
podían acallar, lucharon como posesos para volver a colocar la tapa de piedra
sobre la tumba. El terror les dio la fuerza necesaria, y a los pocos minutos
habían completado su tarea. Sin embargo, no podían olvidar la sensación de que
aquel monstruoso tercer ojo aún seguía vigilando cada uno de sus movimientos.
Gritando con un terror implacable, huyeron por el túnel que les conduciría
hacia la noche abierta de las montañas. Tras ellos se cerró la inmensa puerta
de piedra, sellando eternamente el lugar de reposo de Saulot. Nueve de ellos
habían entrado, y nueve salieron.
Etrius
despertó...
Temblando
horrorizado se levantó de su ataúd. Sus manos y su rostro estaban cubiertos por
un fino velo de sudor sangriento. A menudo soñaba con aquella terrible noche de
hacía ocho siglos y medio, pero nunca antes con tanto detalle. Como ocurrió con
la pesadilla de la transformación del consejo en vampiros, sabía que aquello
era algo más que un simple recuerdo. Se trataba de un mensaje enviado por algún
jugador desconocido en la eterna partida conocida como la Yihad.
No estaba
seguro de que esos recuerdos fueran totalmente ciertos, ya que sospechaba que
algunos elementos habían sido coloreados por el paso del tiempo. Sin embargo,
no se podía negar el hecho de que eran nueve los vampiros que habían descendido
hacia la tumba de Saulot. El consejo interno estaba formado por siete miembros,
y el propio Tremeré elevaba el total a ocho.
La voz en la
sombra, la presencia invisible que habían aceptado sin cuestión, hacía el
noveno. Había sido el cerebro que planeó, hasta cierto punto, lo que había
sucedido en aquella cámara. Estaba seguro de que en la selección de Saulot como
víctima de Tremeré también había tenido algo que ver.
Por encima de
todo, sabía que el susurro misterioso en la oscuridad era el del Conde St.
Germain.
Maldiciendo,
Etrius tocó la pesada llave de acero que colgaba de su cuello alrededor de un
cordón negro. Servía para abrir el pasadizo que descendía a las cavernas bajo
la Capilla, donde Tremeré descansaba en letargo. Siempre la llevaba encima.
Cada vez que se sentía nervioso la tocaba, buscando seguridad. Aquella noche
necesitaba toda la seguridad necesaria.
Había soñado
con aquel horrendo viaje a la cripta de Saulot muchos cientos de veces, pero
sus pesadillas siempre habían sido vagas y confusas. Nunca antes había
recordado el papel que St. Germain tuvo en los siniestros acontecimientos.
Aquél era otro ejemplo de cómo el misterioso Conde había manipulado y engañado
al clan Tremeré durante casi mil años, y de cómo había permanecido invisible y
oculto de aquellos a los que empleaba como peones.
Etrius
caminaba de un lado a otro en su sanctum. Como casi todos los Vástagos, no
creía en las coincidencias. Aquellos sueños, que revelaban la traición de St.
Germain, indicaban que importantes acontecimientos relacionados con el Conde
estaban a punto de tener lugar... o que ya habían sucedido. No era una idea
precisamente agradable.
Tremeré, el
Consejo Interior y todo el clan habían servido como piezas en la partida de St.
Germain durante siglos. Etrius estallaba de rabia. Era tan orgulloso como
cauto, y odiaba la idea de haber sido utilizado con tanta facilidad. Sin
embargo, sabía que la venganza era mejor servirla fría. La ira agotaba valiosas
energías. La lógica, no la emoción, sería lo que aseguraría el final del Conde.
Elaine de
Calinot le creía. Era la única del Consejo Interior que comprendía la verdad, y
los otros no eran más que estúpidos confiados. El plan de la hechicera era
convencer a los antiguos de la Camarilla de que el terrorífico espectro
conocido como la Muerte Roja era en realidad St. Germain, y que debía ser
destruido. Estaba convencida de que la caza de sangre contra el Conde
terminaría consiguiendo su destrucción. Etrius no estaba tan seguro.
Él había
mandado por su cuenta a Peter Spizzo, un vampiro del que sabía que era tan
ambicioso como incansable, a eliminar a St. Germain. Le había prometido un
puesto en el Consejo Interno si conseguía cumplir con su misión, y Spizzo tenía
talento para hacer real lo imposible. Nunca fallaba. Era el arma secreta de
Etrius, un arma que Elaine desconocía.
El cazador ya
había descubierto que St. Germain llevaba cientos de años buscando el Apócrifo de
los Condenados. Se trataba de las fabulosas secciones perdidas de El
Libro de Nod, los volúmenes que supuestamente contenían los mayores secretos
de Caín, anotados por Seth, el primer ghoul. Aunque Spizzo temía que St.
Germain ya hubiera localizado los fragmentos, Etrius no estaba tan seguro.
Dudaba incluso de que aquellos libros existieran. Era un materialista
testarudo, e incluso se había llegado a preguntar si el propio Caín no era más
que una leyenda conveniente para explicar la existencia de los Vástagos.
Pensó en si
tenía que informar a Spizzo de su sueño. Podría ser significativo que St.
Germain hubiera elegido a Saulot como víctima de Tremeré. Quizá el Conde fuera
un enemigo del Antediluviano, o puede que hubiera estado trabajando como agente
para otro vampiro de la Tercera Generación que tratara de destruir a un rival.
En la Yihad todo era posible.
Sin previo
aviso, una insensibilidad sobrenatural se apoderó de su mente. Reconoció la
sensación. Otra inteligencia estaba compartiendo sus pensamientos, viendo el
mundo a través de sus ojos. En el pasado siempre había ignorado aquella
sensación, creyendo que se trataba de la presencia de Tremeré. De nuevo, ahora
no estaba tan seguro.
Podía ser el
Antediluviano. Hacía pocas noches, cuando hablaba de St. Germain con Peter
Spizzo, había estado convencido de que el líder del clan estaba escuchando la
conversación. Sin embargo, en el episodio anterior, poco después de su primer
sueño sobre St. Germain, no lo había creído con tanta seguridad. Podía haber
sido otro. Aquella noche se sentía igual. Podía ser Tremeré el que compartiera
sus pensamientos, aunque también podía tratarse de un vampiro totalmente
distinto... con motivos más siniestros.
Con una
terrible sensación de hundimiento, Etrius comprendió que no podía confiar en
sus instintos.
Sus
suposiciones podían ser ciertas... o no. No tenía modo de saberlo. Era posible
que Tremeré le estuviera espiando... o St. Germain. Era enloquecedor.
Con cautela,
enfocó su mente hacia el enorme mapa del mundo que cubría uno de los muros de
su sanctum. La mayor parte del planeta estaba dividida en siete territorios,
cada uno controlado por un miembro del Consejo. Dejando que sus reflejos
tomaran el control, comenzó mentalmente a revisar los países en sus dominios.
Era un ejercicio que empleaba a menudo para relajarse y calmar sus
pensamientos. Aquella noche pretendía otra cosa. A los pocos segundos, el espía
mental se había marchado, pero Etrius seguía sin pista alguna sobre su
identidad.
Fue entonces,
con ese pensamiento en la mente, cuando comprendió que una vez más, en su
sueño, no había conseguido ver claramente los rasgos del Conde St. Germain. El
rostro de aquel misterioso vampiro no era más que un recuerdo vago, siempre
oculto en la penumbra. Había permanecido tras el telón y nadie conocía su
aspecto. Podía ser cualquiera entre mil vampiros. Podía ser un miembro
respetable de la Camarilla. Aquella mente diabólica podía incluso ser un
Justicar, o un líder del odiado Sabbat.
Aquello fue un
sombrío recordatorio del peligro al que se enfrentaba. Estaba totalmente solo,
como una mosca atrapada en una telaraña de traición que llevaba casi mil años
tejiéndose. No podía confiar en nadie. Absolutamente nadie.
CAPÍTULO 5
París,
Francia: 2 de abril de 1994
—Nunca
atribuyas al azar —declaró solemne Phantomas a una rata cercana, —lo que puede
ser achacado a una conspiración en marcha.
El roedor
contemplaba con ojos de incomprensión al Nosferatu, espantosamente feo y de
piel verdosa. Phantomas rió, un chillido salvaje que rebotó en los muros de la
inmensa caverna subterránea que le servía como cuartel general. —Pareces
confundida, pequeña amiga. No desesperes. Esta noche estás en buena compañía.
Muy buena compañía, de hecho. Algunos de los Vástagos más poderosos del mundo
comparten tu incredulidad.
Riendo para sí
mismo, el vampiro se acercó a su mesa, situada en el centro de una vasta red de
avanzados sistemas informáticos. Se derrumbó sobre la silla y sacó un grueso
taco de papeles del bolsillo de su túnica. Extendió cuidadosamente las siete
cartas superiores sobre el escritorio. Con los ojos brillando con evidente
alegría, volvió a leer los mensajes.
—Pobre Etrius
—dijo sin demasiado pesar. —Ninguno de sus compañeros en el Consejo le cree.
Casi todos piensan que está loco. Qué lástima. Carecen de la paranoia necesaria
para ser verdaderos jugadores de la Yihad.
Encontraba
fascinantes aquellas siete hojas. La primera era de hacía más de una semana, y
era un fax enviado por Etrius a los otros seis miembros del Consejo Interior.
Las demás páginas estaban fechadas en la noche siguiente, y contenían las
respuestas al primer mensaje. El tema de toda aquella correspondencia era el
Conde St. Germain y su papel en la fundación del clan. Ninguna de las seis
respuestas parecía congraciarse con las preocupaciones del mago.
La más leve de
ellas, de Elaine de Calinot, declaraba que estaba demasiado ocupada con sus
asuntos en África como para escuchar historias del pasado. El otro extremo lo
representaba Meerlinda, líder del clan Tremeré en América, que le recordaba a
Etrius que ella había estado en los acontecimientos descritos y que estaba
bastante segura (más allá de cualquier duda) de que St. Germain no había estado
presente en la ceremonia de la transformación, ni había estado involucrado en
modo alguno. Culpaba a Goratrix del desastre. A continuación sugería que Etrius
había perdido el asidero con la realidad debido a su preocupación con la
seguridad de Tremeré, y que igual había llegado el momento de ceder su puesto a
alguien más competente. No decía, aunque dejaba claramente implícito, que ella
era la candidata más adecuada.
Aquella
correspondencia era altamente secreta, y por supuesto no debía leerla nadie
salvo los demás miembros del Consejo Interior. A Phantomas no le preocupaba.
Había estado curioseando en los documentos confidenciales de todos los clanes
Cainitas desde hacía siglos. Varios años atrás entrañaba muchos riesgos, ya que
tenía que hipnotizar a escribas y espías para obtener la información.
Recientemente, la era informática había hecho tales peligros innecesarios.
Adoraba las líneas telefónicas de larga distancia, los faxes y el correo
electrónico. Cada avance en la revolución de las comunicaciones hacía su
trabajo más fácil y seguro.
Los mensajes
que antaño se enviaban con mensajero y que tardaban días en llegar a su destino
se enviaban ahora de modo rutinario por fax a través de la línea telefónica, o
a través de una red informática. La intimidad estaba garantizada contra los
lectores no autorizados, y los magos científicos que operaban los sistemas de
comunicación estaban seguros de sus protecciones. Sin embargo, a los piratas
informáticos no les preocupaban las garantías. Veían aquellos problemas como
retos. Ningún secreto estaba a salvo de ellos y de sus avanzados ordenadores, y
Phantomas era el rey de los bucaneros.
Un sistema
informático increíblemente sofisticado de su invención monitorizaba las líneas
telefónicas de los antiguos Cainitas por todo el mundo. Cada vez que un líder
vampírico llamaba o enviaba un fax a otro número bajo su vigilancia, un
programa de duplicado se ponía en marcha. El mensaje original era grabado como
si se tratara de una conversación. Si se trataba de un fax, se copiaba
electrónicamente para ser transferido más tarde a papel. Un sistema similar,
capaz de romper la seguridad de cualquier red, se encargaba del correo
electrónico.
Algunas noches
solo había unos pocos mensajes entre los antiguos de los clanes. Otras la cosa
estaba más animada. Phantomas había estado demasiado ocupado últimamente como
para mantenerse al día con todas las comunicaciones. Aquella noche era la
primera en más de dos semanas que se dedicaba a revisar conversaciones y faxes.
—Si Etrius no
se ha vuelto loco —dijo a su audiencia roedora, —su denuncia de que esta figura
clandestina, el Conde St. Germain, ha estado manipulando al clan Tremeré
levanta varios puntos interesantes. Alguien con una mente suspicaz, alguien
acostumbrado a relacionar datos procedentes de decenas de fuentes distintas
para alcanzar una conclusión, alguien que vea tramas y conspiraciones por todas
partes, alguien como yo, podría considerar esta información como
una importantísima revelación.
Rió y se frotó
las manos grotescas terminadas en garras. —Sin embargo, antes de sacar
demasiadas conclusiones, creo que se impone una breve consulta de mi
enciclopedia de vampiros famosos. Veamos qué datos tenemos acerca del Conde en
cuestión.
Tardó unos
segundos en teclear el nombre en su sistema de búsqueda. Instantáneamente
apareció un breve párrafo biográfico sobre la pantalla verdosa. Entrecerró los
ojos enojado. La ausencia de puntos de referencia creíbles después del artículo
saltó inmediatamente a la vista. La información estaba basada en numerosas
historias sin confirmar obtenidas de fuentes secundarias. Aunque un insuperable
deseo de lograr la máxima exhaustividad le obligaba a aceptar rumores,
consideraba aquella información menos precisa que un mero boceto basado en
referencias de primera mano.
Según aquella lista, St. Germain apareció por
primera vez en Viena en 1740, donde reunió rápidamente a un culto de humanos
que le consideraba un alquimista y un músico de prestigio. Muchos creían que
poseía el secreto de la vida eterna, algo que él nunca negaba. A menudo, sus
comentarios en público contenían crípticas referencias a figuras históricas,
algunas de las cuales se remontaban al antiguo Egipto. Otros mortales,
incluyendo figuras gubernamentales, consideraban al Conde un tramposo y un
charlatán consumado.
Entre los
Vástagos se creía que se trataba de un miembro del clan Tremeré originario de
Transilvania. Al menos un rumor en aquel archivo aseguraba que St. Germain era
un miembro del Consejo Interior que se había cansado de los asuntos del clan y
que había partido en busca de la Golconda. Sin embargo, ninguna de aquellas
historias llegaba a describirle atendiendo a las reuniones de la Capilla en
Viena, y en realidad no había pruebas que le relacionaran con Tremeré o sus
discípulos.
Tras algunos
problemas en Austria, St. Germain apareció algunos años más tarde en Francia,
donde se convirtió en favorito de la Reina. De nuevo surgieron rumores de que
poseía un "elixir de la vida" que confería la inmortalidad. Aunque
era importante en la sociedad de los humanos, no hay mención alguna a que
visitara al príncipe de París, o que tuviera contacto con otros Cainitas notables
en Francia.
Informes
posteriores le situaban en Rusia, Alemania e Italia. Aparecía y desaparecía
como un fuego fatuo. Algunos rumores decían que había visitado África, y había
referencias a ciertas exploraciones y expediciones en Oriente Próximo.
En 1784 fue
presuntamente destruido por un asesino desconocido mientras visitaba Venecia.
Sin embargo, no hay pruebas de que aquello sucediera realmente, y Phantomas
tenía serias dudas de que así hubiera sido. Evidentemente, St. Germain se había
cansado de jugar con los humanos y deseaba marcharse con el mismo estilo con el
que había entrado en la sociedad mortal. Su retirada, de un modo u otro, fue
manejada con habilidad, pues no se hacía más mención de él entre los Vástagos.
—Una historia
interesante —declaró, concentrando su atención en una gran rata gris sentada
sobre su monitor, —pero no revela mucho. Sospecho que gran parte de la
verdadera historia nunca será contada. Es más que probable que St. Germain no
sea más que uno de los numerosos nombres empleados por este misterioso cerebro.
Como muchos de nuestra raza, cambia su identidad para adaptarse a las
circunstancias. Creo que la conexión con el clan Tremeré es relevante,
especialmente si se tiene en consideración el resto de estos documentos —dijo
mientras revisaba todos los mensajes recogidos del fax.
La rata chilló
y saltó del monitor. Phantomas se encogió de hombros. —Bueno, yo creo que es
interesante.
Había más de
treinta cartas dirigidas a los más importantes antiguos de la Camarilla en
Europa, incluyendo a notables como Lady Anne, Príncipe de Londres, François
Villon, Príncipe de París, y Gustav Breidenstein, Príncipe de Berlín. Aparte
del cambio de dirección y del título formal, el contenido de todas las cartas
era el mismo. Karl Schrekt, Justicar Tremeré, como era su derecho y su
obligación, anunciaba un Cónclave de emergencia de los Vástagos para discutir
sobre la amenaza de la Muerte Roja. Le reunión iba a celebrarse aproximadamente
en una semana en el Castillo Schrekt, una inmensa fortaleza del siglo XV que pertenecía al Justicar y que estaba situada en
la antigua ciudad de Linz, en Austria.
Aunque las
respuestas llegaban lentamente, Phantomas estaba convencido de que
prácticamente todos los invitados acudirían. Los líderes de los Vástagos
estaban preocupados por la Muerte Roja, ya que era una amenaza que ponía en
peligro su existencia. Lo que era más importante, temían incurrir en el enfado
de Karl Schrekt. Cruzarse en el camino de un justicar era una invitación a
conocer la Muerte Definitiva. De los siete, el Tremeré se había ganado la
reputación de ser el más inflexible y despiadado, y era conocido por no olvidar
nunca un insulto.
Phantomas
levantó la mano derecha con los dedos extendidos. —Punto uno —dijo doblando el
primero. —Etrius, un miembro del Consejo Interior de Tremeré, sospecha que su
clan ha estado siendo manipulado desde hace siglos por un misterioso vampiro
conocido solo como Conde St. Germain. Además, parece probable que muchos de los
miembros del clan, quizá incluyendo a los más poderosos entre ellos, están sin
saberlo vinculados con sangre a este extraño. Como ninguno de los demás
miembros del Consejo cree a Etrius, éste debe actuar por su cuenta.
—Dos —siguió,
doblando un segundo dedo. —Karl Schrekt, Justicar y miembro del clan Tremeré,
convoca un Cónclave para discutir sobre otra figura enigmática, el Cainita que
se llama a sí mismo la Muerte Roja. Aunque los Justicar actúan de forma
independiente de su clan, no soy lo bastante ingenuo como para creer que
Schrekt no está en comunicación permanente con el Consejo Interior. Está
especialmente unido a Etrius. Por tanto, parece más que probable que en esta
reunión no se hable solo de la Muerte Roja, sino también del misterioso St.
Germain.
—Tres —recitó
doblando otro dedo más. —La Muerte Roja sabía de algún modo el momento exacto
en el que debía lanzar su primer ataque contra los Vástagos. Usando la
disciplina Teleportación, el monstruo llegó en un lugar apropiadamente vacío
donde la atención de todo el mundo se encontrara en otra parte. Parece como si
la Muerte Roja pudiera ver de antemano lo que está sucediendo en un lugar.
Se detuvo. —Un
vínculo de sangre del poder suficiente permite a un maestro ver a través de los
ojos de su peón, algo bastante útil a la hora de preparar ataques sigilosos
como éste. Por lo que sé, cada vez que se producía una visita de la Muerte Roja
siempre había presente un miembro del clan Tremeré. ¿Simple coincidencia o
planificación avanzada? Sospecho que lo segundo.
El vampiro
dobló el cuarto dedo, cerrando el puño. —Cuarto y más importante. Sé que la
Muerte Roja es un antiguo Cainita adorado en el antiguo Egipto como Seker,
Señor del Inframundo. Es un miembro de la Cuarta Generación, pues solo un
Matusalén posee el poder necesario para dominar la disciplina de Teleportación.
Su linaje me es desconocido, aunque tengo mis sospechas. Si asumimos que Etrius
tiene razón y que la Muerte Roja está conectada con el clan Tremeré, está
también relacionado de algún modo con la muerte de Saulot. Los vínculos son
tenues, lo sé, pero están ahí.
Phantomas
descargó el puño contra la mesa en la que se apoyaba el monitor. —Combinando
todos estos elementos y aplicando una estricta lógica, lo que era vago y
misterioso se hace evidente. El velo de secretos construido a lo largo de los
siglos por Seker ha sido hecho pedazos. Ya sé quién es en realidad la Muerte
Roja. Y lo que es más importante, sé lo que planea hacer a continuación. El
único problema —dijo con voz incierta y preocupada, —es que no sé cómo
detenerle.
CAPÍTULO 6
Nueva York: 2
de abril de 1994
—Voy a salir
durante unas horas, Darrow —dijo Alexander Vargoss. Su voz tenía un ligero tono
amenazador. —Quiero observar de cerca las atracciones de esta pecaminosa
ciudad. Asegúrate de estar aquí cuando regrese.
—¿Y dónde cono
iba a ir? —respondió Jack Darrow con una voz más templada que sus nervios. Algo
terrible acechaba tras los ojos del príncipe, algo impío. Lo que anteriormente
podía haber dicho entre bromas ahora era mejor callárselo. Alexander Vargoss,
Príncipe de San Luis y antiguo del clan Ventrue, había sufrido un cambio de
personalidad radical. En opinión de Darrow, el cambio no había sido para mejor.
—No soy tan estúpido como para entrar en un bar de sangre. En Manhattan hay
demasiados de esos Sabbat, por no mencionar a los Lupinos. Darme de hostias con
un hombre lobo no es mi idea de una velada divertida.
Dudó un
instante y decidió que se imponía algún comentario respetuoso. —Además,
príncipe, tu palabra es ley. No haré nada ni iré a ninguna parte sin tu
permiso.
Vargoss
asintió, como si hubiera estado esperando la respuesta correcta. —Ya lo sé,
Darrow. Eres un servidor realmente leal. Por eso sigues vivo, no como esos
otros traidores que pensaron en traicionarme. Eres lo bastante listo como para
no servir a dos maestros. —La voz del príncipe se hizo gélida. —Es una lección
que te recomiendo que no olvides jamás.
—Solo te soy
leal a ti, príncipe —mintió Darrow, tratando de evitar el temblor de su voz.
Estaba seguro de que Vargoss conocía sus relaciones con la Mafia. No dejaba de
hacer comentarios que indicaban que en realidad era un espía que enviaba
informes al imperio del crimen. Sin embargo, a pesar de todas las referencias
sobre su doble lealtad, Vargoss le había dejado vivir mientras destruía
prácticamente a todos sus demás sirvientes. —Puedes confiar en mí.
—No confío en
nadie —dijo Vargoss, dirigiéndose hacia la puerta de la habitación del hotel.
Sonrió. —En nadie. Es una filosofía que te recomiendo que adoptes.
—Sabias
palabras, mi príncipe —dijo Darrow, inclinando la cabeza la bastante como para
ocultar su expresión de desprecio.
No necesitaba
que Alexander Vargoss le diera lecciones sobre confianza. Como casi todos los
vampiros, Darrow era extremadamente paranoico y estaba convencido de que todos
iban contra él. Por eso, a lo largo de los años, había trabajado con socios y
aliados, pero nunca con compañeros. Había logrado sobrevivir durante más de
cien años siguiendo únicamente los dictados de un hombre: Jack Darrow. No tenía
planes para cambiar de filosofía en un futuro cercano. —Esperaré tu regreso.
Sin más
palabras, Vargoss desapareció por la puerta.
Darrow contó hasta
veinte, dando al príncipe tiempo de sobra para cambiar de idea y regresar a la
habitación. Satisfecho, se deslizó por la puerta y se dirigió hacia las
escaleras de emergencia.
El pasillo del
hotel estaba desierto. Se trataba de un edificio monótono y gris en el centro
de Nueva York, cerca del Madison Square Carden y Penn Station, y estaba
regentado por ghouls vinculados con sangre a un miembro del clan Giovanni. El
lugar servía como estación de paso para vampiros camino de Europa. Se pagaba
por adelantado y no se hacía ninguna pregunta. No se ofrecían diversiones y
apenas había servicio. Sin embargo, dentro de sus paredes garantizaba la
seguridad. Para la mayoría de los Cainitas que viajaban a una zona hostil, eso
era más que suficiente. Nueva York era uno de los principales campos de batalla
entre las fuerzas del Sabbat y de la Camarilla, y era considerado territorio
mortal por casi todos los Vástagos. No era un lugar que Darrow hubiera decidido
visitar normalmente.
Cada mañana se
cargaban ataúdes con huéspedes en un camión que se dirigía al Aeropuerto
Kennedy, desde donde eran transportados mediante un avión de carga especial
hasta Berlín. Aquél era el método más fácil y rápido de cruzar el Atlántico. El
vuelo era otro negocio de los Giovanni, y el piloto y la tripulación también
eran ghouls. Este clan, estrictamente neutral en la guerra entra la Camarilla y
el Sabbat, estaba feliz de recibir dinero de ambos bandos. Darrow y su maestro
debían tomar uno de esos vuelos a la mañana siguiente.
Hacía algunos
días, el príncipe con ayuda de Darrow, había destruido en un incendio su propio
cuartel general, el local nocturno suburbano de San Luis conocido como Club
Diabolique. Después Vargoss había culpado del acto al monstruo conocido como la
Muerte Roja. Había jurado solemnemente venganza contra la criatura responsable
del desastre.
Menos de
veinticuatro horas después había llegado un comunicado de Europa. El Justicar
Tremeré, Karl Schrekt, iba a celebrar un Cónclave de emergencia en menos de una
semana para investigar la amenaza de la Muerte Roja. Se requería la presencia
de Vargoss. Se habían hecho los preparativos necesarios para que él y Darrow,
su guardaespaldas, viajaran a Nueva York y desde allí a Austria. Todo era
limpio y preciso. En opinión de Darrow, demasiado limpio y demasiado preciso.
El
guardaespaldas observaba, esperaba y no hacía preguntas. Sabía que Vargoss, no
la Muerte Roja, había prendido fuego al local. Igualmente inquietante era el
hecho de que el príncipe conociera la celebración del Cónclave días antes de su
anuncio. Para Darrow, aquellos hechos indicaban una conspiración entre los más
altos escalafones de la Camarilla. Inseguro de las consecuencias, había
informado de la verdad tal y como la conocía a la Mafia. Se le había ordenado
de forma clara que vigilara muy de cerca a Alexander Vargoss.
Atravesó con
cautela el vestíbulo del hotel y salió a la calle. Comprobó nervioso la avenida
en busca del príncipe. Con una sombría sonrisa de satisfacción, le observó a
unos cien metros de distancia. Estaba caminando hacia el norte, directamente
hacia Times Square. Localizarle era sencillo. Lo peligroso iba a ser seguirle.
Si el príncipe
llegaba a sospechar que alguien iba tras él, significaría la Muerte Definitiva
para el guardaespaldas. Darrow no se hacía ilusiones a la hora de comparar sus
respectivos poderes. Vargoss era letal, y podía aplastar a un vampiro como a un
insecto. Peor aún, como había demostrado recientemente, podía quemarlo con un
mero toque de su mano. Mientras abandonaba la seguridad de la entrada del
hotel, se preguntó por enésima vez por qué no marchaba en dirección contraria
para no regresar jamás. Desvanecerse en los suburbios de Nueva York no sería
difícil. Había cientos de lugares en los que ocultarse, y en los últimos ciento
cincuenta años Jack Darrow, ex-marinero para la Corona, se había convertido en
un experto en desaparecer cuando era necesario.
Dudaba de que
Vargoss le considera lo suficientemente importante como para cazarle. No era la
venganza del príncipe lo que temía, sino el otro maestro al que servía, mucho
más despiadado.
Jack Darrow
había sido Abrazado por un ambicioso oficial naval, Sidney Carstairs, en 1850.
El vampiro tenía planes muy osados y necesitaba a alguien duro y con recursos
para protegerse las espaldas. Darrow fue su hombre. Aunque Carstairs pertenecía
al clan Brujah, no sentía ninguna lealtad especial hacia sus hermanos. Tampoco
sentía la necesidad de compartir sus planes con los antiguos del clan. Los
Brujah eran famosos por su independencia, y Carstairs era un elemento típico.
Era claramente consciente de que sus aspiraciones se cruzaban con las de un tal
Don Caravelli, líder de una banda de proscritos italianos, pero eso no le
preocupaba. No hasta la noche en la que él y Darrow, regresando a su casa tras
una misión de medianoche, sufrieron la emboscada de seis matones Brujah.
Los gritos de
Carstairs exigiendo misericordia y la justicia del clan fueron recibidos con
risotadas. Fue atado y clavado con varias estacas de acero a una enorme cruz
para esperar el beso mortal del sol de la mañana. Darrow, su chiquillo, y por
tanto culpable por asociación, pudo elegir: convertirse en parte de la Mafia y
sobrevivir o unirse a su sire en la Muerte Definitiva.
Darrow, de
espíritu práctico y sin demasiadas ganas de abandonar el mundo, no veía
elección alguna. Cambiar de alianza no era difícil, especialmente con su
maestro chillando horrorizado y agónico a pocos metros. Fue una lección que
nunca olvidó. Cruzarse con Don Caravelli, líder de la Mafia, era un error que
solo se cometía una vez.
Sacudiendo la
cabeza para alejar los viejos recuerdos, concentró sus energías en Alexander
Vargoss. La Mafia esperaba informes detallados de las misteriosas actividades
del príncipe, y su trabajo era proporcionarlos. Don Caravelli no aceptaba
excusas. El precio del fracaso era la Muerte Definitiva.
Seguir al
príncipe no era muy complicado. Caminaba a buen paso, pero no demasiado rápido.
Aunque eran las tres de la madrugada, las calles del centro de Manhattan
seguían atestadas. Vargoss, vestido con un elegante traje de color gris oscuro,
no atraía más que algunas miradas. Ningún mendigo o ladrón se le acercaba; el
príncipe tenía una cierta presencia que los extraños no se atrevían a penetrar.
Los despojos de Times Square sentían instintivamente que meterse con él no era
una buena idea.
Darrow no
poseía aquella aura, por lo que alejaba a las molestias de forma mucho más
directa. La gente de la calle se apartaba de su camino con un pánico
supersticioso. Matones baratos y pandilleros le echaban un rápido vistazo para
luego retirarse con la mirada fija en la acera. Incluso el canto persistente de
los miembros de cultos orientales se acallaba a su paso. Vargoss inspiraba
respeto. Él, miedo.
Era un hombre
alto y fornido de casi un metro noventa, y vestía con pantalones, botas y
chaleco abierto, todo ello de cuero negro. No parecía afectarle el viento frío
que soplaba por las calles de Manhattan. Decenas de grandes tatuajes, azules,
rojos y negros, cubrían la piel pálida. El pelo oscuro, echado hacia atrás y
recogido en un moño, las cejas unidas sobre la nariz y la barba fina y
puntiaguda se combinaban para darle un aspecto demoníaco. Sus labios siempre
estaban torcidos en una mueca de desdén y en sus ojos ardía un fuego impío.
Exudaba un aire amenazador.
Era duro como
unos puños americanos, un peligroso luchador curtido por un siglo de
conflictos. Confiaba en sus propias habilidades y era consciente de sus
limitaciones. Era veterano de cientos de algaradas, peleas y altercados, y
comprendía que los mejores conflictos eran aquellos que podía evitar.
Vargoss
caminaba por Broadway como si la calle le perteneciera. A pesar de su
curiosidad, no prestó atención a las luces brillantes de la ciudad más perversa
del mundo. Su paso nunca se detenía mientras atravesaba los numerosos
espectáculos de sexo en vivo, los cines que anunciaban películas snuff, los topless
y otros bares con ganchos que prometían "bailarinas que harán realidad
tus fantasías más salvajes". Al príncipe solo le interesaba su destino.
Tenía algo que hacer, y no era precisamente turismo.
Manteniéndose
a dos manzanas de su presa, Darrow seguía su ritmo. Caminaba pegado a las
sombras, aunque el príncipe no se volvió ni una sola vez. Como Vargoss, tampoco
él estaba especialmente impresionado con el paisaje y el sonido de la
degeneración. Salvo por las mejoras en la tecnología y la cirugía estética, el
Times Square moderno ofrecía el mismo encanto como burdel que el Londres del
siglo XIX. El sexo, a
pesar del modo en el que se presentara, no había cambiado a lo largo de los
años, y el fondo de la depravación no había bajado más. Solo los nombres y los
acentos eran distintos.
La multitud se
aclaró un poco hasta convertirse en unos pocos borrachos cuando Vargoss cruzó
la 45. Darrow, con cuidado de no ser descubierto, se vio obligado a quedar cada
vez más atrás. Esperaba que el príncipe no fuera muy lejos. Quedarse escondido
entre aquellos gigantes de hormigón del centro era difícil, y permanecer oculto
si se desplazaban hacia las zonas más ricas sería casi imposible. Además, muy
cerca estaba Central Park, un mortífero punto de reunión de hombres lobo. Aquel
barrio no era seguro para los vampiros.
En la 50 con
Broadway, Vargoss giró hacia el este. Ahora caminaba más rápido, lo que hizo
que Darrow se preguntara si se estaba acercando a su destino. Cuando el
príncipe pasó junto al Radio City Music Hall, el Brujah lanzó una maldición.
Aunque no era un experto en la geografía de Nueva York, tenía la terrible
sospecha de saber hacia dónde se dirigían. Unos minutos después sus temores se
vieron confirmados cuando el príncipe bajó por los escalones que conducían a
los niveles inferiores del Rockefeller Centén
Agazapado tras
la barandilla que servía como barrera para las multitudes de turistas, Darrow
asomó tímidamente la cabeza. El lugar estaba desierto. Los locos que se
aventuraban a aquellas horas tan cerca de Central Park no solían sobrevivir
hasta la mañana siguiente. Aquel famoso lugar era conocido como una meca
turística durante el día y una trampa mortal por la noche. Nada de aquello
preocupaba al príncipe de San Luis.
En el centro
del enorme patio que servía como pista de patinaje durante el invierno se
encontraba Alexander Vargoss. Junto a él había una mujer, también una vampira.
Darrow la reconoció inmediatamente. No podía creer lo que estaba viendo.
El Brujah no
era solo el guardaespaldas de Alexander Vargoss, sino que también servía como
su jefe de seguridad. Su trabajo era conocer a los principales enemigos, y la
lista incluía a los líderes del Sabbat conocidos por la Camarilla. El primer
nombre de aquella lista era la mujer que ahora conversaba con el príncipe
Vargoss. Se llamaba Melinda Galbraith, considerada uno de los vampiros más
peligrosos del mundo... y regente del Sabbat.
Al mirarla,
recordó los rumores sin confirmación sobre su muerte en el terremoto que había
azotado a Méjico D.F. hacía medio año. Alejó aquellas ideas de su cabeza. La
regente parecía demasiado real para estar muerta.
Aplastándose
contra el muro de hormigón que rodeaba el Center, extendió su percepción hacia
la pareja. Fue muy cuidadoso. Melinda era famosa por su crueldad, y morir allí
no era una idea muy atrayente. Sufrir varios años de tortura le resultaba aún
menos atractivo.
—...las
últimas bolsas de resistencia en Long Island —fueron las primeras palabras que
oyó. Era Melinda la que hablaba. —Los más salvajes rechazan los dictados de mi
nuevo orden. Tenían sueños de implantar un estado libre anarquista. Justine era
dura, y extremadamente cruel, y yo he añadido mi toque a la mezcla: velocidad.
Justine necesitaba rapidez. Unos pocos vampiros acorralados y muertos con las
cabezas y los miembros arrojados al fuego causaron una buena impresión. La
rebelión terminó tan rápido como empezó.
—Muy bien
—respondió Vargoss. Las dos voces eran suaves, casi apagadas, aunque audibles.
—No estaba preocupado, solo interesado. ¿Marcha el nuevo plan según el
calendario?
—¿Esperabas
otras cosa? —preguntó Melinda. —Nuestro mayor talento es emplear nuestras
habilidades únicas para adaptarnos instantáneamente según las circunstancias.
Los dos
vampiros rieron, aunque Darrow no sabía exactamente porqué.
—¿Y la reunión?
—preguntó Vargoss. —¿Se ha fijado una fecha?
—La convoqué
hace una semana y un día—respondió Melinda, murmurando un nombre que Darrow no
fue capaz de captar. — se negaba a celebrar una reunión de las principales
cabezas del culto en un mismo sitio, pero insistí. Después de todo, soy la
regente del Sabbat.
Los dos
volvieron a reír. Darrow se sentía inquieto. En aquella reunión secreta estaba
pasando algo más importante que una traición de Vargoss a la Camarilla. Un
vínculo invisible unía a aquellos dos Cainitas de un modo que no podía
determinar. Compartían unos objetivos comunes. Parecían... aliados.
—¿Está lista
la trampa? —preguntó el príncipe. —¿Qué hay de Varney? Creo que aún sigue
libre. Las noticias no dejan de hablar de estallidos de violencia en
aeropuertos y estaciones de tren.
—Anis me está
provocando —dijo Melinda. —Controla una vasta red de agentes mortales a los que
emplea con extremada eficacia. Es imposible igualar su habilidad. Por suerte,
no necesito seguirle el juego. Sus esfuerzos no son más que irritaciones
menores. El único modo que tiene para evitar que nos hagamos con el control
absoluto del Sabbat es hacer una aparición en la reunión de la semana que
viene. —La regente rió. —Si se atreve a aparecer, la destruiré.
Darrow sacudió
la cabeza confuso. ¿Anís, la legendaria Reina de la Noche? ¿Controlar el
Sabbat? No comprendía lo que estaba oyendo, y tampoco le gustaba.
—No la
subestimes —dijo Vargoss. —Todos lo hicimos. Recuerda Washington.
—Recuerdo
—dijo Melinda. A través de su poder de Auspex, Darrow podía detectar la ira en
la voz de la regente. —Hay un límite a la energía que Anis puede canalizar a
través de su marioneta sin convertir en ascuas el cuerpo de la mujer. En
Washington, Varney fue ayudada por esos malditos robots y el agente de Lameth,
Dire McCann. Sola, no tiene nada que hacer contra mí. Ningún humano puede
resistírseme.
Darrow no
cabía en sí de asombro. Primero Anis y ahora Lameth, el Mesías Oscuro. Otra
leyenda, relacionada de algún modo con el detective humano, Dire McCann.
Parecía increíble, pero de algún modo sabía que Melinda Galbraith no se
equivocaba.
—Cuidado —dijo
Vargoss, con tono poco convencido. —Anis no es ninguna estúpida, y debe tener
algo preparado.
—.No me
preocupa —respondió Melinda. —Nueva York ya es mía. Controlo la ciudad.
Cualquier aliado que pueda tener será destruido. Superar a mis agentes para
entrar en mi cuartel general será todo un reto, aunque casi deseo que
sobreviva. Su aparición en la reunión capturaría la atención de los cuatro
Serafines de la Mano Negra. La distracción le vendría muy bien a nuestro
planes.
Melinda rió
con una voz cruel y áspera que no denotaba el menor rasgo de humanidad. —La
trampa está dispuesta y lista para actuar. El tuyo es, con mucho, el mayor reto
de todos. En el Cónclave habrá decenas de antiguos.
—Los muy
idiotas no sospechan nada —dijo Vargoss. —Casi todos llegarán y se marcharán
sin advertir cambio alguno. Todo discurre exactamente como había previsto. En
menos de diez días, el control de la Camarilla será nuestro.
—Me
preguntabas sobre Anis —dijo Melinda. —¿Qué hay de Lameth? Es el más peligroso
de los dos.
—El Mesías
Oscuro sigue siendo un misterio —replicó Vargoss. —Sin embargo, me sorprendería
mucho que el señor McCann no apareciera la próxima semana en el Cónclave. Le
estamos preparando una bienvenida muy especial.
—El detective
tiene aliados entre los Cainitas —dijo Melinda. Darrow creyó detectar un tono
burlón en la voz. —Según mis fuentes, una tal Alexander Vargoss le dijo a una
asesina Assamita llamada el Ángel Oscuro que le protegiera. Además, posee
poderes mágicos.
—Se han hecho
alianzas para despojar a McCann de sus protectores —respondió Vargoss. —Estamos
preparados para cualquier eventualidad. Cuando llegue el enfrentamiento final
estará solo. Como dijiste sobre Alicia Varney, a pesar de las fuerzas que
controla el detective sigue siendo humano. No sirve más que como agente de
Lameth. Ningún humano puede derrotar el poder combinado de dos antiguos. Su
destino está sellado.
—En poco más
de una semana controlaremos tanto la Camarilla como el Sabbat —dijo Melinda.
—Diez días
para nuestro triunfo completo —respondió Vargoss. —El mundo será nuestro para
siempre, y ni el Mesías Oscuro ni la Reina de la Noche pueden hacer nada para
detenernos.
Para Darrow,
que escuchaba con una mezcla de horror y asombro, aquello sonaba más como una
amenaza que como una promesa.
CAPÍTULO 7
Tel Aviv,
Israel: 2 de abril de 1994
Madeleine
entró en la biblioteca de Moisés Maimónides. Como siempre, llevaba un sencillo
vestido ajustado de color negro con un collar de plata. Su cabello negro y liso
y sus rasgos pálidos le daban más aspecto de adolescente sola y perdida que de
vampiro centenario. —¿Había solicitado mi presencia, respetado señor?
—Así es
—respondió el mago, sentado tras su escritorio. Frente a él tenía abierto un
enorme libro encuadernado en cuero. En una gran silla de roble, a su lado,
estaba la maga conocida como Judith. Sonrió y saludó con la cabeza a Madeleine.
—Por favor, pasa y siéntate. Cierra la puerta. Quiero que nuestra charla sea
privada.
Madeleine
obedeció. Había sido criada siguiendo el estricto código de los Giovanni, y
trataba a sus mayores, tanto Cainitas como mortales, con deferencia y respeto.
Maimónides la miró directamente desde su asiento. —Y por favor, no me llames
"respetado señor". Prefiero que te dirijas a mí como Rambam.
—Como desee,
resp... Rambam —respondió Madeleine. Su mirada vagó unos instantes por la
estancia. —Me sorprende la velocidad a la que su hogar ha sido restaurado.
Después de los sucesos de la noche pasada, creí que tardaría meses en
recuperarse.
—No poseo
habilidad física alguna, y no dejo de asombrarme con lo que puede hacer un
grupo de personas decididas —dijo Rambam riendo entre dientes. —Sin embargo, la
honestidad me obliga a decir que la suerte tuvo un importante papel en el
trabajo de reparación. Una asombrosa coincidencia hizo que todos los materiales
necesarios para reconstruir mi hogar se encontraran disponibles en diferentes
almacenes gubernamentales repartidos por toda la ciudad. En un giro de los
acontecimientos igualmente improbable, varios carpinteros empleados por el
Departamento de Interior acababan de terminar un trabajo de restauración cerca,
y pudieron ser asignados inmediatamente a este proyecto.
Rambam juntó
las manos, casi como en una plegaria. Su voz parecía solemne. —El Señor obra de
formas misteriosas.
Madeleine no
pudo reprimir una sonrisa. —Sospecho que gran parte de esa suerte procede de su
increíble habilidad para hacer que la realidad se ciña a sus propósitos. Creo
que la frase adecuada es "Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos"
—Quizá —dijo
Rambam, —empujé el proyecto en la dirección adecuada. Nada importante, por
supuesto, poco más que un ánimo insignificante y comedido. Nunca se es lo
bastante discreto con los peligros de alterar el equilibrio natural y crear una
Paradoja.
Madeleine
asintió. Su clan estaba compuesto de vampiros y nigromantes. —¿Quería hablar
conmigo —dijo, cambiando de tema, —sin mis compañeros presentes?
—Correcto
—respondió Rambam. —McCann, a petición mía, se ha llevado a Elisha y a Flavia
con él para hacer preparativos para la siguiente parada en vuestro viaje.
Quiere ir a Suiza, ya que desea hablar con cierta criatura. Creo que piensa
decirle a tus compañeros que tenías que hablar con tu sire y que te unirás a
ellos más tarde. Ezra está atendiendo unos asuntos en sus ciudades. Judith me
pidió estar presente en esta reunión. Acepté, ya que le involucra a ella, al
igual que a ti, y valoro su opinión. Los tres deberíamos estar libres de
interrupciones durante la siguiente hora.
—¿Qué quiere?
—preguntó Madeleine. —No debería estar aquí. Mi misión es proteger a Dire
McCann. Si algo le sucediera mientras hablo con usted no podría excusarme de
ningún modo ante mi abuelo Pietro. No espera de mí más que la perfección.
—Comprendo
—dijo Rambam. —Sin embargo, tu misión ha tomado un rumbo inesperado, ¿no es
así? Pareces preocuparte por mi pupilo, Elisha. Anoche salvaste su vida durante
el ataque de Azazel. Varias veces, de hecho. En este mismo estudio expresaste
tu disposición a sacrificar tu propia existencia por él. Como mi colega Ezra,
encuentro estas acciones bastante inusuales en un vampiro, especialmente
teniendo en cuenta tu reputación como despiadada asesina Giovanni.
—Fue bastante
evidente —añadió Judith.
—Sospecho que
mentir a dos de los mayores sabios que han existido nunca es una pérdida de
tiempo —dijo Madeleine.
—Muy bien
dicho —respondió Rambam. —Y bastante cierto. Los poderes de Judith son
formidables. Por lo que a mí respecta, solo Dire que soy capaz de discernir
inmediatamente la verdad de la ficción. Además, las disciplinas vampíricas como
Majestad o Presencia no tienen efecto sobre mí. No es posible engañarme.
Madeleine
sonrió. —¿Cómo consigue entonces aguantar a Dire McCann?
—El señor
McCann es muy cuidadoso en lo que hace y en lo que no dice —dijo Rambam,
respondiendo con otra sonrisa. —Es extremadamente hábil escondiendo secretos. A
veces no estoy seguro de que conozca las respuestas. Podemos hablar más sobre
el detective si lo deseas, en otra conversación De momento, por favor,
atengámonos al tema. Tu respuesta es muy importante. Puede ser literalmente un
asunto de vida o muerte.
Madeleine
asintió con rostro grave. Estaba adiestrada en el engaño y la mentira, y al ver
la profundidad de los ojos de Maimónides vio que ninguno de sus trucos
funcionarían con el mago. Fueran cuales fueran las consecuencias, tenía que
decir la verdad.
—Para
comprender mis recientes acciones —comenzó, —deben conocer quién soy y
saber lo que me ha hecho ser como soy. En caso contrario, nada tiene sentido.
Rambam
asintió, pero no dijo nada. Esperó paciente a que Madeleine aclarara sus ideas.
Judith también guardaba silencio. Era la sombra de Rambam.
—Soy Madeleine
Giovanni, del clan Giovanni —dijo. Al principio le costó pronunciar las
palabras, pero cuanto más hablaba más fácil le resultaba. Llevaba demasiado
tiempo ocultando la verdad en su interior. Se sentía bien, se sentía honesta al
revelar por fin a alguien sus sentimientos más íntimos. Alguien que, a pesar de
ser un completo desconocido, parecía preocuparse por ella.
—Mi padre era
Daniel Marista Giovanni. Durante siglos sirvió fielmente a su padre, Pietro
Giovanni, como ghoul. Al final, hace poco más de un siglo, los antiguos del
clan decidieron Abrazarle y convertirle en uno de los no-muertos. Como es
costumbre en nuestra familia, antes de la transformación Daniel se casó y tuvo
un hijo. De este modo, la línea de sangre del clan se continúa de una a otra
generación.
—Mi madre
murió durante el parto. Mi padre, que durante el embarazo se había convertido
en vampiro, estaba ocupado con los asuntos del clan y apenas me veía. Sus
visitas a lo largo de la siguiente década fueron breves y frías. Fui criada por
una aya en un entorno duro y cruel, rodeada por vampiros, nigromantes y ghouls.
Sobreviví, pues eso era lo único que sabía hacer. No tenía amigos, ni más
intereses que los asuntos de la familia. El clan Giovanni era mi vida. Se
entendía que cuando alcanzara la edad adecuada me casaría con algún financiero
rico o importante para traer nueva sangre al clan. Mi destino estaba fijado
desde el día de mi nacimiento. Hasta que mi padre fue asesinado.
Se detuvo un
instante, enfrentada a una incómoda verdad. — Antes de que eso ocurriera,
acepté mi destino con la confianza ciega de un niño. Existía, pero no tenía más
razón para vivir que satisfacer las exigencias de mi familia. No sabía nada
sobre el amor, la diversión, la pasión, ni siquiera el pesar. No tenía
sentimientos hasta que mi padre fue ejecutado por Don Caravelli. Entonces, y
solo entonces, experimenté una verdadera emoción. Odié.
—Una vida sin
amor debe ser terrible —dijo Judith.
Madeleine
sacudió la cabeza desafiante. —Nunca signifiqué nada para Daniel Giovanni. No
era más que mi padre biológico. Sin embargo, al matarlo, Don Caravelli invadió
de algún modo mi espacio, mi mundo. Ofendió el honor de mi clan, mi honor.
Una rabia absoluta y devoradora llenó el vacío en mi interior. Desde aquel
momento toda mi existencia se concentró en la venganza. Por primera vez en mi
vida tenía un propósito, una razón para existir. Durante los siguientes doce
años me entrené de forma rigurosa. Al principio mi abuelo trató de disuadirme,
pero una vez comprendió que no podía evitarlo, cambió de idea y aceptó
colaborar. Siempre ha sido práctico, por lo que creo que admitió lo inevitable
para intentar beneficiarse de mi tozudez.
—Como deseaba
convertirme en asesina, en una destructora, contrató a los mejores expertos
disponibles en tales artes. Aprendí mi oficio de los principales terroristas y
saboteadores del mundo. Día y noche, durante más de una década, trabajé hasta
que aprendí todo lo que era posible aprender.
—Fue entonces
cuando le pedí a Pietro Giovanni, mi abuelo, padre de Daniel, el regalo
definitivo. Como era mi derecho por el ritual de la Sangre y la Venganza de mi
clan, solicité ser Abrazada. Solo como vampiro tenía una oportunidad de
destruir a Don Caravelli. Aquélla era una petición que mi abuelo no podía
negarme. En mi vigésimo tercer cumpleaños, sin haber experimentado la vida, sin
haber conocido el amor, me convertí en un miembro de los no-muertos.
Rambam cerró
los ojos con una expresión pensativa. —Por lo que Elisha me ha dicho, creo que
el asesinato de tu padre sigue sin venganza.
—Durante más
de ocho décadas serví como Daga de los Giovanni —respondió. —Cientos de
enemigos de mi clan, mortales y Cainitas, han muerto por mi mano. Sin embargo,
Don Caravelli ha logrado eludir mis poderes. Aún vive. Es la amargura de mi
vida.
—Como Judith
señaló —dijo el mago, —una historia verdaderamente deprimente. Sin embargo, no
estoy seguro de entender cómo se relaciona con mi pregunta.
—Hace pocas
semanas —siguió Madeleine, —mi sire, Pietro Giovanni, me envió a América. Sus
instrucciones eran breves: "Protege al mortal llamado Dire McCann.
Protégele a toda costa de sus enemigos".
—El enigmático
señor McCann —dijo Rambam. —Qué fascinante es descubrir que tiene lazos tan
estrechos con los Giovanni.
—Mientras
buscaba al detective me encontré con tres adolescentes huidos de casa —dijo con
una breve sonrisa en los labios. —En realidad, ellos me encontraron a mí.
Trataron de robar el camión que empleaba para cruzar el país. Por algún motivo
que no alcanzo a comprender, en vez de acabar con ellos los recluté como mis
ayudantes.
—¿Tu juventud
perdida? —dijo Rambam en voz baja.
Madeleine
asintió pensativa. Rambam parecía sentir instintivamente sus pensamientos más
profundos. —Supongo que su dolor agitó ciertos sentimientos en mi interior.
Eran despojos de la civilización moderna que solo se tenían a ellos mismos. Les
habían robado su niñez, como a mí se me había robado la mía. No podía
abandonarlos a su suerte. Igual que no puedo dejar escapar a Don Caravelli sin
castigo por la muerte de mi padre, no pude dejar que aquellos niños fueran
aplastados por las circunstancias.
—A pesar de tu
odio —declaró Rambam, —aún existe en tu interior una chispa de humanidad. Nunca
lo olvides. Incluso entre los Condenados hay esperanza de redención.
—Luz y
oscuridad —dijo Judith. —Pecado y perdón. El uno no tiene significado sin el
otro.
Madeleine
adoptó una expresión extraña. Sus ojos estaban oscurecidos y nublados por la
emoción. —Traté durante días de ignorar mis sentimientos hacia aquellos
muchachos, pero no lo conseguí. Reconocía que me estaba mintiendo a mí misma.
Tenía que concentrarme en mi trabajo, así que aparté todo aquel tema de mi
cabeza. Creía que era lo mejor dadas las circunstancias. —Se detuvo un
instante. —Entonces conocí a Elisha.
Le costaba
mucho hablar, pero se obligó a continuar. —En cuanto nos presentaron sentí su
poder. En el transcurso de mis aventuras para el clan Giovanni me había
encontrado con algunos magos, pero ninguno de ellos ardía con una energía
mental tan intensa. Percibí su interés en mí... Como miembro leal del clan
Giovanni, inmediatamente dije lo que pude para fomentar su atención. Convencer
a un mago tan poderoso para que colaborara con la familia hubiera sido un gran
golpe de mano. Era joven, ingenuo y bastante crédulo.
—Asumo que tu
entrenamiento incluyó el arte de la seducción —dijo Rambam riendo suavemente.
—Por supuesto
—respondió Madeleine, —aunque no era una alumna especialmente aplicada. Al no
haber experimentado nunca el sexo ni el amor, me es difícil simular cualquiera
de los dos.
—Una
deficiencia que no ha impedido a muchas otras mujeres simular ambos —rió
Judith.
—Elisha está
lleno del romanticismo de la juventud —dijo Rambam, —pero su experiencia en el
mundo material es tan limitada como la tuya. Los dos formáis una interesante
pareja.
—Lo comprendí
pronto —respondió Madeleine. —Su inocencia le hacía encantador. A pesar de mi
entrenamiento, descubrí que me gustaba. Él me deseaba, pero no por ello dejaba
de respetarme. Hablábamos, y atendía a todo lo que le decía. Elisha me trataba
como a una persona, no como a una... cosa. —Su voz se hizo más suave. —No como
a uno de los no-muertos.
—Como dijiste
—siguió el mago, —es un joven ingenuo y crédulo. Aún no está insensibilizado
por la crueldad que impera en el mundo.
—Quería su
compañía —dijo Madeleine. —Quería que me quisiera, que fuera mi amigo. Después
de un siglo de soledad, necesitaba que alguien se preocupara por mí.
Dudó unos
instantes. —Sin embargo, comprendí su importancia para los Giovanni. Observé la
potencia de su sangre aquella noche en Washington. Unas gotas bastaron a Flavia
para recuperarse en un instante. Era un extraño premio. Me vi dividida entre
mis propias necesidades y las de mi clan.
—Elisha
procede de una antigua línea de magos —dijo Rambam con ojos brillantes. —A lo
largo de los siglos, muchos de sus antepasados han estudiado conmigo. Vigilo
muy estrechamente a su familia.
Los ojos de
Madeleine se abrieron al comprender lo que el mago estaba sugiriendo. —¿Es su
descendiente?
—Su
ascendencia no tiene importancia en esta conversación —respondió con firmeza.
Judith rió.
—Atrapado por tus propias palabras, maestro. Has subestimado a Madeleine.
Rambam bufó
molesto. —A veces hablas demasiado, Judith. Es un hábito que compartes con tu hermano.
—Miró a la vampira. —Por favor, sigue con tu historia.
—Antes de que
pudiera tomar decisión alguna sobre los tres chicos con los que había trabado
amistad, fueron atacados por la escoria de la Mafia. Uno de ellos fue
asesinado. Otro fue secuestrado por Don Lazzari, ayudante de Don Caravelli,
para entretenerse. El tercero escapó, por fortuna, y fue capaz de darme
información suficiente para rescatar a su amigo y cobrarme la justicia
definitiva sobre el señor del crimen.
Su voz volvió
a adoptar un tono de dureza. —Salvar a los niños me hizo comprender que no
podía traicionar a Elisha a mi clan para que fuera manipulado, corrompido y,
antes o después, destruido. Confiaba en mí, igual que los niños lo habían
hecho, y no podía traicionarle.
Su tono era
acerado. —No lo he hecho y no lo haré.
—Anoche le
salvaste la vida —dijo Rambam, —aun a riesgo de tu propia existencia.
—Hice lo que
tenía que hacer —respondió Madeleine. —Para mí no había opción alguna.
—No hay duda
de que la chispa que mencioné antes es toda una llama —dijo el mago. —Mi amigo
Ezra está en lo cierto. Te preocupas por Elisha. Te preocupas mucho por él.
Judith
asintió. —Hasta los vampiros pueden enamorarse — declaró.
—Hace un siglo
sacrifiqué cualquier esperanza que hubiera podido tener en el amor —respondió
Madeleine con tono neutro. —Sean cuales sean mis sentimientos, estoy condenada
eternamente.
—En este mundo
—dijo Rambam con lentitud, —no existe nada absoluto. Existe un hechizo,
conocido por unos pocos, que revierte el Abrazo. Requiere de grandes poderes y
de muchos días de preparación. Son necesarios dos magos trabajando al mismo
tiempo. Yo soy uno de esos pocos que puede realizarlo, y Judith es mi ayudante.
—Dire McCann
mencionó algo así en nuestro viaje a través del océano —dijo la vampira con una
mezcla de asombro e incredulidad. —Creí que no hacía más que inventar mitos
para distraerme.
—Judith y yo
hemos ejecutado el hechizo dos veces con anterioridad —dijo el mago.
—Funciona... a veces. Además, aunque los sujetos se convierten en mortales,
conservan muchos de sus poderes Cainitas, así como una longevidad mucho mayor
de lo normal.
—¿Usted...
p-podría realizar sobre mí ese ritual?
Rambam sonrió.
—Si no lo hiciera por ti, lo haría por Elisha.
—¿El precio?
—preguntó Madeleine. —Todo tiene un precio.
—Quizá para
los Giovanni —dijo Rambam, riendo. —No para mí. Moisés Maimónides hace lo que
quiere sin preocuparse de precios.
—¿Cuándo?
—dijo la Giovanni. —¿Cuándo puede realizarse ese milagro?
—En cuanto
quieras —dijo el mago. —Si lo deseas, podemos iniciar los preparativos esta
misma noche. Por eso ha regresado Judith.
Madeleine se
quedó quieta durante un minuto. Lenta, muy lentamente, comenzó a sacudir la
cabeza. —No puedo. Ahora no. Todavía no. Aunque no hay nada en el mundo que
desee más, debo permanecer tal y como soy. Alguna noche, Don Caravelli y la
Daga de los Giovanni deben encontrarse, y uno de los dos será destruido. El
destino así lo exige. Si sobrevivo al encuentro hablaremos. Solo entonces.
—¿Tanto
significa la venganza para ti? —preguntó Rambam.
—La venganza
no significa nada —respondió Madeleine. — Es el honor lo que importa. Entregué mi
alma por eliminar a Don Caravelli. Mi clan, mi sire, lo esperan de mí. Ni
siquiera por este regalo puedo romper mi palabra.
Rambam aceptó.
—Admiro tu determinación, que no tu sabiduría. Que así sea. La elección es
tuya. La senda de la mortalidad permanece abierta. Sin embargo, recuerda que
este hechizo es un secreto que solo unos pocos conocen. Si muero, la
oportunidad muere conmigo.
—Entonces
—dijo Madeleine con una sonrisa, —rezaré por su bienestar.
CAPÍTULO 8
Tel Aviv,
Israel: 2 de abril de 1994
—¿Que vamos dónde! —preguntó
Flavia. —¿Por qué?
—A Berna,
Suiza —dijo McCann sosteniendo un grueso sobre en la mano. —Aquí están los
billetes de avión. Nos vamos mañana poco después del anochecer. El vuelo nos
dejará en tierra con tiempo de sobra para que tú y Madeleine encontréis refugio
antes del amanecer.
Elisha, McCann
y el Ángel Oscuro estaban sentados en una mesa en una pequeña terraza a menos
de un kilómetro y medio de casa de Rambam. El detective había dejado
instrucciones para que sus dos compañeros se reunieran con él allí después del
anochecer. Les había dicho que Madeleine llegaría más tarde. Tras varios días
sin contacto, necesitaba llamar a Venecia para informar de sus progresos.
Elisha estaba
vestido de modo informal, con unos vaqueros azules y una sudadera de Notre
Dame. Flavia, a la que McCann había pedido un vestuario discreto, llevaba
tacones bajos, una falda azul oscuro y una blusa de color azul pastel. A pesar
del esfuerzo, atraía la atención de todos los hombres del restaurante.
Elisha llamó
al camarero. —Café —pidió. —Y vino de la casa para mis dos amigos.
El joven
sonrió mientras el camarero se alejaba. —Un color adecuado. Además, el vino de
aquí es tan malo que si alguien os ve tirarlo al suelo no se extrañará.
—No necesito
nada más —dijo Flavia. Su cara tenía un color sonrosado y mostraba una sonrisa
feroz, con dos filas de dientes blancos y perfectos. —Los ciudadanos de esta
ciudad me deben un favor, ya que las calles están más seguras esta noche: hay
algunos maníacos menos acechando en la oscuridad. Han pagado el precio
definitivo por sus crímenes.
Volvió a mirar
a McCann. —Repito mi pregunta inicial. ¿Por qué Suiza? Tenemos que encontrar a
la Muerte Roja y a su progenie. Los vampiros odiamos los Alpes y su nieve
eterna. No hay Vástagos en el hielo.
—Hay algunos
—respondió McCann. —Allá donde viven los mortales hay vampiros entre ellos. Sin
embargo, es cierto que no son muchos. Da igual. Voy a ver a un viejo amigo
íntimo. No es un vampiro.
—McCann, ¿cómo
es que cada vez que utilizas la palabra "viejo" tiendo a pensar en
milenios? —preguntó Flavia.
El detective
rió. —¿Puede ser la entonación? ¿O será mi hábito de alargar la palabra? No
importa. Tus sospechas son correctas. Este amigo en particular es
extremadamente viejo, y notablemente sabio. Espero que sea capaz de
proporcionarme una pista sobre el paradero actual de la Muerte Roja.
Elisha sacudió
la cabeza asombrado. —¿No es un vampiro y tiene miles de años? ¿Quién es ese
amigo suyo, señor McCann? ¿O debería decir, qué es?
—El mundo está
lleno de misterios, Elisha —dijo el detective. —No importa lo mucho que sepas,
siempre hay sorpresas inesperadas aguardando en las tinieblas. Mi amigo no es
ni vampiro ni mago, pero ha vivido desde hace mucho tiempo.
—Odio las
sorpresas—dijo Flavia. —Siempre conducen a problemas, especialmente cuando tú
estás involucrado.
El camarero
regresó con las bebidas y Elisha tomó su café sediento. Flavia miraba
sospechosamente el vino, como si esperara que fuera a saltar hacia ella. McCann
se llevó el vaso a los labios, pero no bebió.
—Hay un
pequeño problema con esta visita —declaró el detective, tratando a duras penas
de no reír. —Mi amigo de las montañas tiene una fuerte aversión a los vampiros.
Elisha y yo le visitaremos, ya que ha expresado su interés en conocer a nuestro
joven aliado, pues ha oído hablar de él y de Rambam. Madeleine y tú os
quedaréis en Berna mientras nosotros viajamos a las montañas. Solo será una
noche.
Flavia
entrecerró los ojos. —¿No será otra de tus aventuras independientes, no McCann?
—dijo con un tono amenazador. Elisha, que la estaba mirando, sintió un
escalofrío. Con las manos apretadas contra la superficie de la mesa, Flavia
tenía el aspecto de un gran felino dispuesto a saltar sobre su presa. —Ya te
advertí contra dejarme atrás una segunda vez. Mi paciencia tiene límites.
El detective
dejó su vaso vacío y se limpió los labios. —No exagerabas sobre la calidad del
vino —le dijo a Elisha ignorando a la vampira. —Sabe a vinagre. A vinagre del
malo.
Se volvió y
observó al Ángel Oscuro. —Te aseguro que en esta expedición no hay truco
alguno. Mi amigo es el primero que me avisó de que Baba Yaga había despertado
de su letargo. Mantiene una vasta red de informantes y espías a lo largo del
mundo que rivaliza con los esfuerzos de los Nosferatu o los Giovanni, y todos
sus agentes le informan directamente. Muy poco escapa a su atención. Si alguien
sabe cómo localizar a la Muerte Roja, es él. Por desgracia, mi camarada está
involucrado en un conflicto con un vampiro extremadamente malévolo. Esta fase
de la Yihad ha durado cinco mil años, y no muestra señales de ir a terminar. Mi
amigo valora su intimidad y se niega a asumir riesgos. Ha aceptado reunirse
conmigo con la condición de que ningún Cainita entre en su fortaleza.
—Sin embargo,
este enigmático personaje está dispuesto a admitirte a ti... —dijo Flavia,
dejando en el aire el resto de la frase.
—Compartimos
intereses comunes en la alquimia —dijo McCann. —Además, a lo largo de los años
me he ganado su confianza. Muchos de nuestros objetivos son comunes.
—Qué
conveniente —respondió Flavia sarcástica. —¿Tiene nombre este ser que no es ni
vampiro ni mago? ¿Quizá un título?
—Tiene ambos
—dijo McCann, —y no te voy a decir ninguno de los dos. Es mejor no saber
ciertas cosas.
La mirada del
detective recorrió la calle, se levantó y alzó la mano a modo de saludo. —Ahí
esta Madeleine.
—Salvado por
la campana —comentó Flavia mientras la Giovanni esquivaba las mesas para unirse
a ellos.
Con una
sonrisa siniestra, el Ángel Oscuro observó a Elisha por encima de su vaso
intacto. Le habló con voz muy baja, para que nadie mas le oyera. —Vas a ir con
McCann a esa fortaleza. Puede que después de vuestro viaje podamos hablar sobre
esa visita. Tengo muchas ganas de saber quién vive ahí. —Se pasó la lengua por
los labios rojos. —Soy maestra de placeres que tu novia Giovanni apenas podría
comenzar a imaginar.
Elisha mantuvo
la boca cerrada. El Ángel Oscuro le asustaba. Era la mujer más voluptuosa y
sensual que había conocido nunca, pero sabía más allá de toda duda que su alma
era de hielo.
—¿Has podido
contactar con Pietro? —preguntó McCann mientras Madeleine se sentaba en una
silla vacía junto a Elisha, dedicándole una rápida sonrisa. Tenía una expresión
extraña. El mago se preguntó qué habría hablado con su abuelo.
—Hablé con él
largo y tendido —dijo Madeleine. —Le sorprendió saber que estábamos en Oriente
Medio. Como la línea no era segura hablamos de generalidades, recurriendo a
recuerdos comunes que sorprendieran a cualquier posible espía. Llevó tiempo,
pero fui capaz de advertirle contra la Muerte Roja. Me prometió alertar a los
miembros de nuestro clan para que estén vigilantes ante cualquier posible
aparición del monstruo. Le prometí que volvería a llamar mañana.
—Te has
perdido la última sorpresita—dijo Flavia. —McCann nos va a llevar de excursión
a las montañas, pero nosotras nos quedaremos en la tienda de campaña.
—¿Cómo?
—preguntó Madeleine. —¿Montañas? No comprendo.
—Ni yo
—respondió Flavia, —aunque eso no ha detenido a McCann en el pasado.
El detective
giró la cabeza fingiendo consternación. — Pobrecita, apiadémonos de la triste
Assamita maltratada. Luchar contra un monstruo legendario no ha sido suficiente
para ella. Ya ansia nuevas emociones.
En frases
concisas, McCann resumió a Madeleine los planes para los días siguientes.
Mientras hablaban, pequeñas líneas de malestar comenzaron a formarse en la
frente de la vampira. Cuando el detective terminó, parecía tan enfadada como
Flavia.
—¿Cómo vamos a
servirle de guardaespaldas si se niega a que le acompañemos en una misión tan
peligrosa? —preguntó iracunda. —Además, no solo está poniendo su vida en
peligro, sino también la de Elisha. Dice que este ser valora la intimidad. ¿Qué
ocurriría si de repente decidiera que ha revelado demasiado sobre sí mismo a
Elisha? ¿Qué ocurriría?
Se detuvo,
pero solo por un instante. Sus ojos prometían tormenta. —El clan Giovanni ha
estado activo en Suiza en las últimas décadas, trabajando con la industria
bancaria. A lo largo de los años se han repetido historias inquietantes sobre
un místico sobrehumano que vive en las cercanías de Berna. Estas informaciones
aseguran que cualquiera que ve su rostro muere. ¿Puede garantizar que Elisha no
sufrirá ese destino? ¿Qué regresará indemne de esa estúpida expedición?
—Mi conocido
extiende esas mentiras para asegurarse que nadie le moleste —dijo McCann.
—Aunque puede ser bastante insoportable y arrogante por naturaleza, no es
cruel. Nunca mataría a nadie sin una buena razón. Acerca de los pocos
montañistas que se topan con su escondrijo, borra sus recuerdos sobre el lugar
y los libera. Un rastro de cadáveres es mucho más difícil de explicar que un
viajero ocasional con amnesia.
—¿Dire McCann
llamando a alguien arrogante! —dijo Flavia con una risotada. —Es una
auténtica pena que no vaya a conocer a esa persona tan notable.
Bajo sus
párpados medio cerrados, observó fijamente a Elisha con dos carbones
encendidos.
—¿Qué ocurrirá
si su amigo no tiene ninguna información útil que darnos, señor McCann?
—preguntó el joven mago evitando los ojos de la Assamita. Tratar con ella iba a
ser un problema. — ¿Dónde iríamos a continuación?
—París —dijo
el detective. —Tengo una cita con Alicia Varney. Espero que sepa algo que
nosotros desconocemos. Le gusta estar informada.
—Tengo muchas
ganas de conocer a la famosa señorita Varney —dijo Madeleine. —Pietro maldice
su nombre con frecuencia. No conozco los detalles de su desagrado, pero
sospecho que se trata de asuntos financieros. A mi abuelo no le gusta nadie que
controle una gran fortuna. Debe ser una mujer muy interesante.
—Es única en
su especie —respondió McCann. —Estamos muy unidos.
Flavia rió sin
humor. Elisha, como ya era frecuente, se sorprendió de las muchas cosas que
desconocía.
—Es hora de
visitar a Rambam —dijo el detective levantándose de la silla. —Hay algunos
detalles que cerrar sobre la Muerte Roja antes de despedirnos.
Se marcharon
juntos del café, mientras los clientes varones observaban el contoneo sensual
de las caderas de Flavia. A la Assamita le gustaba ser el centro de atención.
La anchura de
la calle les obligaba a caminar en parejas, McCann con Flavia y Elisha con
Madeleine.
—Pareces
contenta con la llamada telefónica —dijo el mago. —Debes haber recibido buenas
noticias.
—Fue bastante
satisfactoria —dijo Madeleine. Tomándole totalmente por sorpresa, pasó su brazo
por debajo del de él. Aunque su piel era fría al tacto, a Elisha no le
importaba. —No olvidaré la conversación de esta noche durante mucho, mucho
tiempo.
Aunque el mago
le preguntó una y otra vez de qué habían hablado, ella se negó a responder.
CAPÍTULO 9
Sicilia: 2 de
abril de 1994
Don Caravelli
estudió cuidadosamente la imagen en el circuito cerrado de televisión. Se
trataba de uno de los veinte monitores localizados en el centro de seguridad de
su fortaleza. Esa cámara en particular estaba oculta en la parte frontal del
centro de conferencias del edificio. Proporcionaba una imagen panorámica de
toda la estancia. Antes de cualquier reunión importante, al Capo de Capi le
gustaba espiar a sus subordinados y asegurarse de que no le reservaban ninguna
sorpresa. Permanecer al mando de una organización basada en el asesinato y la
intimidación requería de una buena dosis de paranoia. Don Caravelli no confiaba
en nadie porque no podía permitirse ese lujo.
—¿Ninguno
lleva armas? —preguntó a Marius Michaud, jefe de seguridad del complejo.
—Nada que
aparezca en nuestros detectores de metal —respondió éste. —Siguiendo sus
instrucciones, también fueron registrados a su llegada. Ninguno de ellos estaba
armado.
—Bien —dijo
Don Caravelli. —Nunca está de más recordarles el poder que tengo sobre sus
vidas.
Los treinta
vampiros congregados en la cámara no parecían precisamente cómodos, y eso era
lo que esperaba. Con toda seguridad ya habrían oído de las ejecuciones de Don
Torazon y Don Brusca. Aunque aquellos Cainitas se contaban entre los asesinos
más sanguinarios y crueles del mundo, todos compartían un miedo común. Temían a
su líder, el Capo de Capi. Como amo absoluto de la Mafia tenía su existencia en
sus manos, y era conocido que muy a menudo cerraba estas manos en puños
implacables.
Habían acudido
desde toda Europa a su llamada. La noche pasada se había corrido la noticia, y
como no podía ser de otra manera la respuesta había sido inmediata. Ninguno se
atrevía a perderse la reunión. Cuando Don Caravelli chasqueaba los dedos, sus
subordinados saltaban. Su palabra era ley.
Satisfecho con
que todo estuviera preparado, Don Caravelli dejó la cabina de control y
recorrió los cien metros que conducían a la sala de conferencias. Se hizo un
silencio absoluto en cuanto apareció por la puerta.
—Amigos míos
—declaró, reconociendo su presencia mientras se dirigía al estrado en la parte
frontal. —Por favor, sentaos. —Antes de que llegara a su puesto, todos habían
obedecido.
—Quiero
agradeceros vuestra presencia en esta reunión —comenzó, recorriendo a los
congregados con la mirada. Había diecinueve hombres y once mujeres, y todos
ellos habían vadeado ríos de sangre para lograr sus puestos como capitanes de
la Mafia. — Normalmente no me gusta celebrar reuniones tan apresuradas, pero
vivimos tiempos agitados. Necesito vuestra ayuda. Dos mortales que trabajan con
un Vástago determinado amenazan la misma existencia de la Mafia. Deben ser
destruidos.
Nadie dijo una
palabra. Don Caravelli esperaba silencio. Comprendían que tras aquel lenguaje
educado se ocultaba una orden. El Jefe de Jefes no les estaba pidiendo un
favor, sino que exigía su obediencia inmediata.
Levantó una
mano y la sala quedó a oscuras. Proyectada contra una pared blanca junto a él
estaba la fotografía de una joven de gran belleza.
—Estoy seguro
de que todos la reconocéis —dijo. —La habéis visto muchas veces en el pasado.
Esta mujer de aspecto aparentemente joven e inocente se llama Alicia Varney. La
señorita Varney no es ni joven ni inocente. Es uno de los humanos más ricos del
mundo, así como el cerebro que se oculta tras los Sindicatos del Crimen de los
EE.UU. Durante décadas ha sido uno de nuestros peores enemigos. Ha llegado el
momento de librar al mundo de su presencia. Aunque es mortal, una y otra vez ha
demostrado ser muy difícil de matar. Muchos de nuestros hermanos lo han
intentado, sin éxito. No la subestiméis, ni a ella ni a su compañero. No son
humanos ordinarios. No los tratéis como a tales.
La fotografía
desapreció, reemplazada un instante después por un boceto del rostro de un
hombre.
—El nombre de
su amigo es Dire McCann. Trabaja como detective, y en privado asegura ser un
mago renegado. Extrañamente no se dispone de fotografía alguna del señor
McCann. —La voz de Don Caravelli era temible. —Encuentro este hecho bastante
inquietante. Existen demasiadas preguntas alrededor de este hombre que carecen
de respuesta. Lo único seguro es que es extremadamente poderoso.
El Capo
chasqueó los dedos y las luces regresaron. —Los dos mortales saben mucho sobre
los Hijos de Caín. Varney es un ghoul, y McCann podría serlo también. Como he
dicho, los hechos verificables sobre él son escasos. Creo que los dos se
encuentran en algún lugar de Europa, y están involucrados en un insidioso plan
de ciertos antiguos de la Camarilla para destruir a la Mafia. Esos insensatos
tratan de destruir todo aquello que no pueden controlar. No permitiré que eso
suceda, y vosotros tampoco. Vuestro trabajo es encontrar a estos problemáticos
mortales, buscarlos allí donde se encuentren. El tiempo se está acabando.
Reunid cualquier fuerza necesaria, repito, cualquier fuerza, y destruidlos.
Rodeadlos, matadlos y traedme sus cabezas. Hacedme feliz y seréis
recompensados. Falladme...
Don Caravelli
dejó vagar su voz. No tenía sentido realizar amenaza alguna.
—¿Alguna
pregunta?
—Mencionó que
ese ganado viaja con Vástagos —dijo Setge Reejmar, de Hungría. —¿Debemos
destruirlos también a ellos?
El Capo
sonrió, mostrando sus dientes. Asintió. —Si es posible —dijo, prefiriendo no
comentar la identidad de los compañeros del detective. Cuanto menos supieran de
aquel asunto, mejor. —Sin embargo, me preocupan menos los vampiros en su
compañía que ellos mismos. McCann y Varney son vuestros objetivos. Extended la
noticia. Hasta ahora no son conscientes de nuestro interés en ellos, y así debe
seguir siendo. Dejad que descubran que la Mafia está detrás de su cabeza cuando
la trampa se cierre, nunca antes.
La mirada del
Capo de Capi vagó por la estancia en un amplio arco, abarcando a todos los
presentes. —No hay más preguntas —dijo con voz seca. —Tenéis vuestras
instrucciones. Obedecedlas. Quiero sus cabezas.
Sin más
palabras, Don Caravelli abandonó el lugar. Ya había dado los primeros pasos
para cumplir su parte del acuerdo con Elaine de Calinot. Sus tropas estaban
listas para saltar a la acción, y la Mafia era la red criminal más extendida
del Viejo Continente. No había duda de que encontrarían a los humanos, y cuando
lo hicieran su muerte sería segura.
Diez minutos
después, tras un breve paso por el centro de seguridad, abrió las puertas de su
sanctum interior. No se sorprendió al ver a Elaine aguardando su regreso.
Esperaba la aparición del miembro del Consejo Interior de los Tremeré.
—Parece que no
tienes muchos problemas superando las sofisticadas medidas de seguridad de mi
ciudadela —señaló mientras se sentaba frente a su pared llena de armas. —Qué
deprimente. Debería hacer revisar todos esos aparatos, aunque es posible que
sea mucho más rápido despedazar a Marius Michaud.
—Como
prefieras —dijo Elaine. Se quedó de pie, apoyada ligeramente sobre su bastón de
hechicera. Sus ojos azules y brillantes parecían divertidos. —Ninguna solución
te servirá. Las máquinas no tienen nada que hacer contra los antiguos del clan
Tremeré. Los jefes de seguridad son fáciles de engañar. Soy invisible hasta que
decido dejar de serlo.
—Yo no he
tenido problemas para verte —respondió Don Caravelli.
—Recuerda mis
palabras exactas, asesino —dijo Elaine con una risa. —Considera esta breve
demostración una lección.
El jefe de la
Mafia abrió los ojos incrédulo. La hechicera Tremeré había desaparecido. Elaine
y su bastón se habían desvanecido en cuanto había terminado de hablar. Parecía
que el suelo se la hubiera tragado. Sus sentidos, mil veces más agudos que los
de un humano normal, no podían detectar el menor indicio de su presencia en la
estancia. Atónito, se levantó de la silla para observar el lugar en el que
había estado... solo para descubrir el filo de una daga tocando su garganta.
—Confío en
haber dejado clara mi postura —dijo Elaine mientras bajaba la hoja hacia la
mesa y la clavaba. El puñal tembló con la fuerza del impacto. —Muchos vampiros
creen comprender la disciplina de la Ofuscación, pero solo unos pocos la
dominan realmente. Solo se me ve cuando yo lo deseo.
—Una buena
elección de armas —dijo Don Caravelli. Más rápido de lo que el ojo podía
seguir, sacó la daga de la mesa y la arrojó al otro lado de la cámara,
clavándola con tal fuerza en la pared que se hundió hasta la empuñadura. —Las
demostraciones siempre son tan instructivas... Especialmente cuando las llevan
a cabo aliados de confianza.
Elaine rió
entre dientes. —Una excelente observación —dijo. —Eres un estupendo asociado,
Don Caravelli. Sospecho que debes ser un enemigo terrorífico.
—La sangre de
mis adversarios habla por mí —dijo mientras la hechicera se situaba frente al
escritorio. —Sus fantasmas tiemblan al oír mi nombre.
—Y, sin
embargo, temes la ira de una jovencita —dijo Elaine.
El vampiro
maldijo. —Madeleine Giovanni es la espina de mi existencia. Es una asesina
implacable y carece totalmente de compasión. —Una sombra de sonrisa asomó a sus
labios. —En realidad, los dos compartimos esos rasgos. A pesar de sus orígenes,
Madeleine podría haber sido confundida con uno de mis chiquillos. Esa puta es
mi Némesis.
—Será detenida
—dijo Elaine. —Es mi parte en nuestro trato. Cumple la tuya y la Daga de los
Giovanni no volverá a representar una molestia para ti.
—La caza ha
comenzado —declaró Don Caravelli. —Si como me has dicho, los humanos están en
Europa, mis agentes darán con ellos. Descubrir que uno de los dos era Alicia
Varney fue un placer inesperado que eleva las apuestas aún más. Su muerte está
asegurada, así como el fin de Dire McCann.
—Eso espero
—dijo Elaine. —Por tu bien.
La mujer rubia
se detuvo un instante. —Dile a tus soldados que presten una especial atención a
París. Tengo la fuerte sensación de que esos dos molestos mortales aparecerán
en la Ciudad de las Luces.
—¿París?
—repitió Don Caravelli, tratando de no mostrar curiosidad en su voz. Sentía que
en aquel comentario había mucho más que una mera sospecha.
—Corren
historias, rumores sin confirmar, sobre un antiguo vampiro Nosferatu que habita
en los túneles bajo las calles de la metrópolis —dijo Elaine. —Según estos
rumores, su nombre es Phantomas. Creo que McCann y Varney le están buscando.
—Bien —dijo
Don Caravelli eligiendo sus palabras cuidadosamente. —Podremos tender un cebo
empleando ese nombre. ¿Sabes el motivo por el que buscan a este Cainita en
particular?
—No tengo ni
idea.
El Capo
asintió, sintiendo su mentira. —No importa—declaró. —Su nombre bastará.
—Mátale si
interfiere con tus planes —terminó la hechicera.
—Por supuesto.
Mi palabra es ley. No dejaré que nadie me detenga.
Sin embargo,
antes de destruir a Phantomas tenía la intención de sacarle todos sus secretos,
especialmente aquellos que tanto preocupaban a Elaine de Calinot. La Tremeré
tenía razón: Don Caravelli era un enemigo peligroso, y no confiaba en nadie. Ni
siquiera en sus aliados.
CAPÍTULO 10
París,
Francia: 3 de abril de 1994
Se decía que
si una persona se sienta el tiempo suficiente en el Café de la Paix, frente al
Teatro de la Ópera de París, todo el mundo pasará frente a él. Aunque los
tiempos habían cambiado desde la primera vez en que se dijo aquella frase, el
restaurante al aire libre aún servía como principal punto de la ciudad para ver
a la gente. Era un nudo alrededor del cual parecía girar toda la metrópolis.
Había algunos
lugares más grandes que el Café en la Ciudad de las Luces, pero no muchos. Se
trataba de un punto favorito de ricos y poderosos, de famosos y de aquellos que
deseaban la fama, de notorios y de los que ansiaban la notoriedad. Los precios,
como el lugar eran magníficos. Una merienda en el Café permitiría pagar dos
entradas para la Ópera. Solo los más ricos o insensatos se permitirán algo más
que un café y unas pastas. Los mejor situados bebían vino mientras observaban
al populacho de Francia pasar frente a ellos.
La joven
pareja sentada en una pequeña mesa en la parte trasera llamaba poco la atención
de los clientes de media tarde. Su aspecto era el de dos personas muy
adineradas y profundamente concentradas en su conversación. A esa gente era
mejor dejarla en paz. Un ligero parecido indicaba que se trataban de hermano y
hermana, no de amantes. Ninguno de los camareros recordaba cuándo habían
llegado ni lo que habían pedido, pero eso no parecía importar. Con aquella
pareja siempre era así.
El hombre era
alto, aunque delgado, con el cabello rubio y los ojos azules y claros. La piel
era del color del bronce. Estaba vestido con una camisa blanca de manga corta y
pantalones del mismo color, igual que los calcetines y los zapatos.
Su hermana
llevaba un top y una falda blancos de punto, unas medias claras y zapatos
blancos de tacón alto. Un intrigante patrón de estrellas y cruces subía por las
medias de nailon. Su cabello era pelirrojo, y tenía los ojos tan radiantes como
los del hombre. Su figura haría que los varones, especialmente los parisinos,
se detuvieran a mirar. Extrañamente, a pesar de su aspecto, no atraía la
atención de nadie.
Hablaban en
tono normal, riendo y charlando, pero sus palabras nunca llegaban más allá de
su mesa. De vez en cuando uno de los dos miraba a la calle como si esperara ver
a alguien conocido. No tenían prisa. Los acontecimientos se estaban
desarrollando tal y como estaba previsto.
—¿Cuándo
llegará Alicia? —preguntó la mujer, que se hacía llamar Rachel Young. A lo
largo de los siglos había sido conocida como Leah, Mareth, Tablis, Seramis,
Elizabeth, Jill y cien nombres más. Solo su hermano y su padre conocían su
verdadero nombre, que llevaba perdido más de siete mil años.
—Creo que tomó
un vuelo privado ayer por la noche —respondió el hombre. Se hacía llamar
Reuben, y en el pasado había asumido tantas personalidades diferentes como su
hermana. Eran gemelos. —Espero que llegue con Jackson al Café a primera hora de
la noche. McCann nunca parece actuar de día. Rehuye el sol.
—Eso he notado
—dijo Rachel. —Observarle en acción ha sido una experiencia que da que pensar.
No soy capaz de determinar la relación exacta que guarda con Lameth. A veces no
parece ser más que un detective inteligente con gusto por lo melodramático.
Luego, inesperadamente, demuestra poseer un poder extraordinario, o menciona
acontecimientos que tuvieron lugar hace cincuenta siglos. Ese hombre es un
enigma ambulante.
—No es un
ghoul como Alicia —dijo Reuben, —ni un mago como asegura. —El joven negó con la
cabeza. —Es único. Sospecho que nunca descubriremos el secreto de Dire McCann.
—Yo no me
rindo tan fácilmente —dijo Rachel. —Una vez termine este asunto con la Muerte
Roja pretendo descubrir todo lo posible sobre él.
Rió. Se
trataba de un sonido seductor que provocaría escalofríos en un sacerdote, pero
ningún hombre en el Café reaccionó. Reuben y Rachel no deseaban ser oídos, o
notados, y todo lo que deseaban sucedía.
—Espero que
tengas esa oportunidad —dijo Reuben. —La Muerte Roja está dispuesta a hacerse
con el poder de la Camarilla y del Sabbat. Si McCann y Varney no logran
contactar pronto con Phantomas, el mundo podría hacerse incómodamente cálido.
Rachel torció
el gesto. —Si los Sheddim se introducen en nuestra realidad se producirá una
gran catástrofe. Tendríamos que intervenir directamente en los asuntos de la
humanidad, lo que crearía todo tipo de problemas.
—Por no
mencionar que se nos harían muchas preguntas que no querríamos responder —dijo
Reuben. —No, nuestro plan original es el mejor. Hemos hecho todo lo posible por
conducir a Lameth y a Anis en la dirección correcta para que se enfrenten a la
Muerte Roja y la destruyan. De ellos depende rematar el trabajo.
—Phantomas ha
averiguado al menos parte de la verdad sobre la Muerte Roja —dijo Rachel.
—Posee un increíble talento para tomar informaciones totalmente aisladas y
unirlas en un asombroso mosaico. Su deducción fue brillante.
—Recopilar su
enciclopedia durante el último milenio le ha dado un importante conocimiento
sobre la mente de los Cainitas —dijo Reuben. —Su saber le permite desvelar las
tramas más complejas como una madeja.
—Es una suerte
que no sepa tanto sobre nosotros —dijo Rachel con los ojos brillantes. —Me
gusta la intimidad.
—La suerte le
permitió relacionarme con Khufu —dijo Reuben, sonriendo. —Ese es el problema de
tener tus rasgos tallados en una piedra. No importa demasiado. McCann dedujo
nuestras identidades cuando habló con Maimónides, y el egipcio nos conoce y
sabe de nuestro trabajo.
—Nuestro amigo
en Suiza no dirá nada acerca de nosotros — añadió Rachel. —Después de todo,
fuimos los que le proporcionamos gran parte de los documentos originales sobre
Baba Yaga que envió a McCann. Además, el detective tiene tantos secretos
propios que no creo que vaya extendiendo historias sobre nosotros.
—Eso creo yo
—dijo Reuben encogiéndose de hombros. — Apuesto a que Padre nunca tuvo este
tipo de problemas para pasar desapercibido.
—No es fácil
ocultarse cuando tratas de manipular la historia —rió Rachel.
Reuben le
sonrió. —Hablando de eso —dijo cambiando de tema. —Supongo que has estado
vigilando los distintos planes de Elaine...
—Eso creo
—dijo Rachel. —Tiene un formidable talento para tejer hechizos de ocultación.
Por suerte, yo soy mejor. Sus recientes esfuerzos han complicado la partida,
hay que admitirlo.
—Hay muchos
matones de la Mafia recorriendo las calles — respondió Reuben.
—No podemos
hacer demasiado al respecto. Elaine jugó su as al reclutar a Don Caravelli.
Controla a una horda de criminales que está por todas partes.
—Me sentiría
muy defraudado si Alicia o Dire McCann fueran abatidos por un pistolero mañoso
antes de tener la oportunidad de encontrar a Phantomas —dijo Reuben.
—Sería
terriblemente anticlimático —respondió sombría Rachel. —Por suerte, ya han
demostrado una increíble capacidad para defenderse. Las calles de París podrán
teñirse de rojo, pero no creo que la sangre pertenezca a ninguno de ellos dos.
—Ha llegado el
momento de movernos —dijo Reuben. —Alicia viene hacia aquí. La siento moverse
por la ciudad. Aunque verla es todo un placer, creo que no sería prudente que
ninguno de los dos estuviera por aquí cuando llegara.
—¿Qué hay de
la factura? —preguntó Rachel. —Ese vino era una añada muy buena.
—Ninguno de
los camareros recordará habérnoslo traído — respondió su hermano. —No está
anotado en ningún pedido. Van a tener problemas para cerrar la facturación.
—Cualquiera
que se quede con la propina logrará encontrar una solución —dijo Rachel.
—Recuerda que esto es París, donde la inventiva lo consigue todo.
—Me encanta
París en primavera.
—Y a mí en
otoño. Suponiendo que siga existiendo para entonces...
—Esperemos que
sí —terminó Reuben. Su tono era sombrío y no carecía de un tono de desesperación.
—La Mascarada de la Muerte Roja está casi completa. En Linz las caretas caerán
definitivamente, y los Sheddim triunfarán o serán destruidos.
CAPÍTULO 11
Berna, Suiza:
3 de abril de 1994
El avión
aterrizó en suelo suizo pocos minutos después de medianoche. Una limosina
Mercedes de color negro estaba esperando a McCann y a Elisha en la terminal.
Flavia no parecía muy contenta, igual que Madeleine Giovanni.
—No me gusta
esto, McCann —dijo mientras el conductor esperaba paciente a unos metros. Se
trataba de un hombre altísimo y esquelético, de rostro lampiño y oscuro y
expresión totalmente neutra. Vestía de negro riguroso y decididamente no era
suizo. Elisha pensó que debía ser árabe. —Podríais estar dirigiéndoos a una
trampa. ¿Cómo podremos Madeleine o yo acudir en vuestra ayuda si no sabemos
dónde habéis ido?
El detective
rió. —Estoy seguro de que Madeleine ya es más que capaz de localizar a Elisha
aunque estuviera enterrado en el fondo de un glaciar. —Viendo la expresión en
los ojos de la Giovanni, McCann se apresuró. —Claro, que no debe preocuparse de
que pueda ocurrir nada de eso. Todo el viaje se ha preparado por teléfono. Os
juro que no necesitaremos ayuda alguna. Elisha y yo no tendremos ningún
problema, y probablemente descansemos mejor que vosotras dos.
—Mis contactos
en la ciudad nos han procurado un cómodo chalé —dijo Madeleine con una voz fría
como el viento de la noche. —No servirá en el poco tiempo que estemos aquí.
Flavia y yo estaremos bien, lo que no significa que aprobemos esta ridicula
aventura. Me opongo terminantemente a que aceptéis tantos riesgos sin un
objetivo claro. Deberíamos estar persiguiendo a nuestro enemigo, no haciendo
expediciones innecesarias a los Alpes para hablar con extraños desconocidos.
—Necesitamos
información —dijo McCann. El detective parecía exasperado, y Elisha no podía
culparle. Aunque no conocía a Madeleine desde hacía mucho, sabía que su tozudez
podía frustrar a la voluntad más férrea. Aún la encontraba increíblemente
fascinante, pero tenía sus defectos. —Espero obtener algunas pistas muy
valiosas de esta visita. Juzgadlo por vosotras mismas cuando regresemos, ¿de
acuerdo?
—Sigue sin
gustarme —gruñó Flavia, que observaba al chofer. —¿Cómo sabemos si podemos
confiar en ese personaje? Tenemos enemigos por todas partes.
—Su nombre es
Echtabana —dijo McCann, haciendo un gesto al conductor para que se acercara.
—Me ha servido como chofer muchas veces en el pasado, y es un leal sirviente de
su maestro. Os aseguro que no es posible obligarle a cometer una traición.
Flavia
observaba al hombre de piel oscura con una mirada suspicaz, pero éste aguantó
sin moverse. Tras unos instantes, la Assamita se volvió y sacudió la cabeza con
frustración.
—Su mente es
férrea como una piedra —declaró, —y está cerrada a mis pensamientos. Podría
tratarse de un Assamita en forma mortal. Su maestro, tu amigo, debe ser una
persona interesante para lograr tal devoción.
—El señor
McCann parece tener un rango extremadamente amplio de conocidos —señaló
Madeleine.
—Si vives lo
suficiente —dijo el detective tomando a Elisha por el codo, —terminas
conociendo a toda clase de gente interesante, incluyendo a dos fascinantes
señoritas. Elisha y yo nos reuniremos con vosotras mañana por la noche en el
chalé. Hasta entonces, no os metáis en líos. Nada de fiestas salvajes.
El detective
hizo un gesto al conductor. —Vámonos, Echtabana. Hemos perdido demasiado tiempo
hablando.
—Síganme,
caballeros —dijo el hombre con una voz seria como sus rasgos. —Mi maestro
espera.
La limosina
disponía de un bar portátil y de ventanas tintadas. Era imposible ver el
interior de la sección de los pasajeros desde fuera, pero tampoco se podía ver
nada desde dentro. Elisha, que esperaba haber podido contemplar los Alpes, no
estaba muy contento.
—Algo que aprendí
de mis anteriores visitas a Suiza —dijo McCann respondiendo a la pregunta muda
mientas Echtabana salía del aeropuerto, —es que no es aconsejable mirar por las
ventanas en este país. La caída suele ser de varios kilómetros. Los Alpes es
mejor verlos desde un lugar estable.
—No me gustan
las alturas —admitió Elisha. —En Israel no hay muchas montañas.
—Bueno, y en
Suiza no tienen demasiado desierto —sonrió el detective. —Mi amigo está
familiarizado con ambos tipos de terreno. Como habrás adivinado, valora
enormemente su intimidad. Nadie conoce la localización exacta de su fortaleza.
Parece encontrarse en algún lugar en las montañas que rodean Berna.
Aunque confía
en mí más que en la mayoría, estoy seguro de que las puertas y ventanas no se
abrirán hasta que lleguemos a nuestro destino.
—¿Cuánto
tardaremos en el viaje? —preguntó el mago.
—Unas dos
horas. Por supuesto, podríamos estar conduciendo en círculos la mayor parte del
tiempo, estando el lugar a veinte minutos del aeropuerto. Solo Echtabana lo
sabe con seguridad, y nunca abrirá la boca.
—Flavia
parecía impresionada con él —dijo Elisha. —Me pareció algo sorprendente.
—No hace
cumplidos a la ligera —respondió el detective. — Tendré que mencionarle sus
palabras a mi amigo, aunque dudo que signifiquen mucho para él. Odia a los
Vástagos y desconfía de ellos, aunque tiene algún respeto por los Assamitas.
—Mencionaste
la Yihad —dijo Elisha. —No sabía que involucrara a los humanos, además de a los
vampiros.
—Mi amigo es
algo más que humano, como descubrirás dentro de poco. Ahora, cálmate y
relájate. No he tenido mucho tiempo últimamente para concentrarme en mis
problemas con Flavia y Madeleine molestándome constantemente. Necesito ordenar
mis ideas antes de que lleguemos.
—Pero...
—Silencio
—respondió McCann.
Elisha, al que
Rambam había enseñado que siempre había que respetar a sus mayores, ahogó los
miles de preguntas que ardían en su mente. Cerró los ojos y se recostó en los
cómodos asientos de la limosina, sabiendo que estaba demasiado excitado como
para descansar.
La mano de
McCann sobre su hombro le despertó pocos minutos antes de su llegada.
—Lo siento
—dijo el mago aturdido mientras se frotaba los ojos. Tenía los dedos rígidos.
—No creía que me fuera a dormir.
—No pasa nada
—dijo McCann, señalando una botella de vino vacía en la papelera aneja al bar.
—Unos cuantos vasos de un excelente Zinfandel me hicieron compañía. He
agradecido el silencio.
—¿Ya llegamos
a la fortaleza? —preguntó Elisha estirándose en el asiento.
—Llegaremos de
un momento a otro, según Echtabana —respondió el detective.
—Espero que
Madeleine esté bien —preguntó el mago, cuyos pensamientos vagaron por un
momento. —Parecía disgustada con no poder acompañarnos.
—No me
preocuparía por eso —sonrió McCann. —Madeleine Giovanni ha logrado sobrevivir
casi cien años como una de las principales asesinas del mundo. Sospecho que
aunque conocerte haya sido todo un acontecimiento en su gris existencia, no
habrá perdido ninguna de sus habilidades o talentos. Sobrevivirá sin ti durante
un día.
Elisha sintió
cómo la sangre le acudía a las mejillas. Sabía que se estaba sonrojando.
—El coche se
ha parado —dijo McCann, ahorrándole al joven una mayor vergüenza. —Hemos
llegado.
Un instante
después, Echtabana abrió la puerta derecha de la limosina. —Caballeros, por
favor, síganme. Mi maestro espera su presencia en la sala de recepción.
El maestro del
chofer se encontraba sentado en un sillón de aspecto cómodo frente a una
pequeña mesa de cóctel en una sala decorada exclusivamente en azul y dorado. A
su lado había un alto mayordomo, vestido totalmente de negro y con rasgos tan
oscuros e impasibles como los del otro.
—Amigos míos
—dijo el misterioso amigo de McCann, poniéndose en pie cuando entraron en la
estancia. —Bienvenidos a mi hogar. Me alegro de veros a ambos. Por favor,
sentaos.
El hombre
señaló dos sillas frente a él. El detective tomó la de la izquierda y Elisha la
otra. Echtabana giró hasta el otro lado de la mesa y se situó junto a su
maestro, en el lado opuesto al mayordomo.
—¿Algo que
beber después de vuestro largo viaje? ¿Quizá algo de comer?
—Estoy bien
—dijo McCann. —Bebí algo de vino en el coche, pero Elisha podría querer algo.
—Un vaso de
ginger ale estaría bien —dijo Elisha titubeante. —Y tengo algo de hambre. Solo
tomamos un aperitivo en el avión.
El hombre miró
a su mayordomo. —Ya has oído. Un vaso de ginger ale para nuestro joven amigo.
Yo tomaré lo de siempre. Dile al chef que prepare algo especial. Podemos comer
mientras hablamos.
Aquel breve
intercambio dio al mago unos segundos para escrutar a su anfitrión sin ser
demasiado indiscreto. Parecía tener unos veinticinco años, muy pocos más que él
mismo. Mediría un metro ochenta y vestía pantalones oscuros y camisa dorada.
Aun sentado, parecía estar en una condición física excelente. La mandíbula era
fuerte, la nariz de halcón, el cabello negro y la piel del color del oro
fundido. El ojo derecho brillaba inteligente; el izquierdo estaba cubierto con
un parche enjoyado.
—Como desee
—murmuró el sirviente. —Así se hará. —dijo inclinándose ligeramente y saliendo
de la estancia.
—Khemis es tan
melodramático —dijo el hombre riendo mientras devolvía su atención a McCann y a
Elisha. —Le encanta impresionar a los invitados. Normalmente dice "Sí,
jefe".
McCann sonrió.
—Les estás dejando ver demasiadas películas de Indiana Jones en la televisión,
Príncipe.
—Más bien de
Jeeves y Bertie Wooster que del Dr. Jones — respondió el hombre. —Pero Khemis,
a pesar de todo, es muy eficaz. Aquí están las bebidas.
Elisha observó
su vaso, una copa de cristal terminada con un borde de oro puro. Debía valer
millones. Casi parecía sacrílego emplearla para beber un refresco.
—Aún no me has
presentado a tu joven protegido, McCann — dijo el anfitrión mientras daba un
sorbo de un líquido ámbar de una copa similar.
—Lo siento
—dijo el detective. —He olvidado mis modales, Príncipe. Me honra presentarte a
Elisha Horwitz, estudiante del notable erudito y mago Moisés Maimónides.
Elisha, el Príncipe Horus de Egipto.
Su anfitrión
inclinó ligeramente su cabeza. —Es un placer Elisha. Rambam me ha hablado sobre
tu don extraordinario. Veo por tu aura que no exageraba en absoluto.
El joven mago
enrojeció. A veces tenía la sensación de que su maestro había hablado de sus
habilidades con todos los demás magos del mundo. No le importaba, pero le
preocupaba tener que cargar con unas expectativas tan grandes.
—¿Ha asumido
el título del antiguo dios celeste egipcio, Príncipe? —preguntó, tratando de
sacar conversación. Para mantener su verdadero nombre en secreto,
muchos magos adoptaban como alias la identidad de famosos seres mitológicos.
Horus rompió a
reír mientras McCann lanzaba un gran suspiro. Elisha se sonrojó aún más,
consternado y preguntándose qué había hecho mal.
—Un error
normal —dijo el Príncipe limpiándose las lágrimas de los ojos. —No empleo el
nombre de Horus, Elisha. Soy Horus, hijo de Osiris e Isis, hermano de
Anubis y sobrino de Set el Corruptor. Aunque no soy un dios, soy uno de los
pocos inmortales del mundo. Puedo ser muerto, pero nunca detenido. Soy una
momia.
CAPÍTULO 12
Los Alpes
Suizos: 3 de abril de 1994
—Déjenme ver
si lo he entendido todo —dijo Elisha media hora más tarde. —Había absorbido
demasiada información en demasiado poco tiempo. No era fácil mantenerse al día
cuando se estaba con Dire McCann. —Puede ser asesinado, pero antes o después su
espíritu y su cuerpo se reunifican y vuelve a la vida, con el mismo aspecto
exacto que antes.
—Es parte del
secreto conocido como el Hechizo de la Vida —dijo Horus, metiéndose una uva en
la boca. En la mesa que les separaba había una enorme bandeja con frutas,
quesos y pasteles exóticos. El príncipe se concentraba en las uvas rojas.
Elisha comía queso y McCann, como era habitual, no probaba bocado.
—Mi madre
Isis, una brillante hechicera, descubrió la fórmula hace casi cinco mil años.
La empleó para salvarme de la ira de mi tío Set, que pertenecía a los
Condenados. No estoy seguro de si le debo las gracias o mi odio eterno. Cuando
se le ofreció la misma oportunidad para lograr la inmortalidad, ella rechazó el
regalo. Isis pasó hace milenios a las tierras de los muertos. Me dejó solo para
pelear con mi tío y sus hordas de vampiros.
—Has logrado
reclutar un buen número de soldados a lo largo de los siglos —dijo Dire McCann.
Horus apartó
el comentario con un gesto. —Varias decenas de criados leales me sirven en mi
eterno conflicto contra el Corruptor —declaró. —¿Pero cómo un puñado de momias
puede prevalecer contra las hordas de los Seguidores de Set? Cada vez que su
número disminuye, los Setitas se limitan a Abrazar a una nueva legión de
acólitos.
—Podrías dejar
de luchar —dijo McCann.
—Nunca
—protestó el príncipe, iracundo. —Set destruyó a mi padre, Osiris, y a mi
hermano, Anubis. Me hizo perder un ojo. Ese monstruo es el señor de las
tinieblas y de la corrupción. Como hijo del sol, mi misión sagrada es poner fin
a su maldad.
—Suponía que
dirías eso —sonrió el detective.
—¿Puedo hacer
una pregunta? —intervino Elisha.
—Por supuesto
—invitó Horus. Su furia había desaparecido con la misma velocidad con la que
había llegado. —¿Qué deseas saber?
—Aunque
controla vastos poderes mágicos, es mortal y es posible matarle. Cuando eso
ocurre, su alma abandona su forma física y mora en el mundo espiritual. Tras
varios años, su cuerpo se regenera, su alma regresa y usted renace. ¿Es
correcto?
—Es una
explicación extremadamente simplificada, pero esencialmente correcta —dijo
Horus.
—Entonces
—siguió Elisha, —si su alma debe reunirse con el mismo cuerpo, ¿por qué no
destruyen sus enemigos su cuerpo mientras está vacío? Eso rompería el ciclo y
anularía el Conjuro de la Vida.
—Lo han
intentado —replicó Horus con una extraña sonrisa en los labios. —No una, sino
numerosas veces. Como mucho, durante uno de los intentos mi tío fue capaz de
sacarme el ojo izquierdo y destruirlo. El Conjuro de la Vida incluye la
ingestión de poderosos elixires y pociones, así como en el canto de numerosas
plegarias místicas. Juntos, conceden tanto la inmortalidad como proporcionan a
mi cuerpo una invulnerabilidad limitada. Puedo ser gravemente dañado, incluso
cortado en pedazos, pero a lo largo de los años, las décadas o puede que los
siglos, mi forma se regenera y se recompone. —El príncipe negó con la cabeza.
—Aunque deseara terminar con mi propia existencia, sería incapaz. Como momia,
estoy destinada a caminar eternamente por la Tierra.
—Cuando Rambam
supo que pensaba visitar a Horus —dijo McCann, —me pidió que te trajera.
Sospecho que espera que algún día llegues a estudiar con el príncipe. Horus es
el mayor alquimista del mundo.
—Estaría
encantado de tenerte como estudiante, Elisha—dijo el príncipe. —Tus habilidades
de mago y mis enseñanzas combinadas serían una mezcla interesante. Sin embargo,
McCann es demasiado modesto. Lameth, el Mesías Oscuro de los Vástagos, ha sido
considerado desde hace mucho tiempo como el alquimista supremo de la historia.
McCann conoce muchos de los secretos de su mentor. Hemos pasado muchas, muchas
horas juntos en mi laboratorio, tratando de reformular antiguos elixires
empleando ingredientes modernos.
Elisha mantuvo
la boca cerrada, pero dejó que sus pensamientos vagaran libres. A bordo del
barco que les llevó desde Estados Unidos hasta Israel, Madeleine le había
entretenido contándole diversas leyendas sobre el Matusalén de la Cuarta
Generación conocido como Lameth, el Mesías Oscuro. Había sido una lección
fascinante.
Según la
versión más ampliamente aceptada de la leyenda, Lameth había sido un poderoso
mago atlante Abrazado hacía muchos miles de años por un Antediluviano. Buscando
alivio de la sed de sangre que acosaba a todos los vampiros, había inventado un
elixir mágico capaz de inducir artificialmente la Golconda. Beber aquella
poción producía la paz interior que buscaban muchos de los Hijos de Caín. Tal
poción podía ser la salvación de los Condenados. Sin embargo, en vez de
compartir su descubrimiento con el resto de los suyos, Lameth dividió el elixir
con su amante, Anis, y después destruyó la fórmula. Ambos vampiros
desaparecieron de la vista y no volvieron a aparecer jamás. La traición de
Lameth nunca llegó a ser explicada. A lo largo de los siglos fue conocido como
el Mesías Oscuro, ya que solo él poseía el secreto de la salvación de su raza.
Elisha, que
sabía que el tiempo y la historia tendían a distorsionar los hechos, sospechaba
que en aquella leyenda solo había una pequeña parte de verdad. Sin embargo, no
podía sino preguntarse si, miles de años después, Lameth se lo estaba volviendo
a pensar.
—Basta de
hablar del pasado —dijo McCann molesto. Como siempre, cada vez que las
conversaciones giraban hacia el Mesías Oscuro parecía ansioso por cambiar de
tema. —Tenemos que hablar del presente. Estoy especialmente preocupado por un
vampiro que se hace llamar la Muerte Roja. ¿Fuiste capaz de descubrir algo
sobre su paradero?
—Me temo que
no —dijo Horus. —Se ha hablado mucho de él desde que se anunció el Cónclave,
pero no hay hechos.
—¿Cónclave?
—preguntó el detective. —¿De qué estás hablando?
—Suponía que
lo sabías —respondió Horus. —Es evidente que estaba equivocado. —Karl Schrekt,
el Justicar Tremeré, ha llamado a los más poderosos Vástagos de Europa a un
Cónclave la próxima semana en su castillo de Austria. El tema de la reunión
será la Muerte Roja.
McCann silbó.
—Un Cónclave con la élite de la Camarilla como invitados. ¿Qué mejor lugar para
que la Muerte Roja y los suyos lleven a cabo sus diabólicos planes?
—¿Crees que el
monstruo se atrevería a atacar el poder combinado de decenas de vampiros?
—preguntó Horus. —Por mucho que odie a los Hijos de Caín, respeto su poder.
Enfrentarse a ellos en grupo sería un suicidio.
El detective
asintió. —Estoy de acuerdo, pero la idea es clara. —Sus rasgos se torcieron con
enfado. —El momento es el adecuado. La Muerte Roja y los Hijos de la Noche del
Terror están rodeados por demasiados misterios. Deben tener un plan, pero no
tengo ni idea de cuál puede ser.
—Fui capaz de
descubrir algo sobre la situación en Australia —dijo el príncipe.
—¿Los
asesinatos? —preguntó el detective.
Durante el
curso de la primera reunión en casa de Rambam, Dire McCann había descrito los extraños
sucesos en Australia, Rusia y Sudamérica. Los Nictuku se habían alzado en
aquellos tres lugares. El más peligroso de ellos era Baba Yaga, la Bruja de
Hierro, que había retomado el control en Rusia y que amenazaba a los Vástagos
de Europa Occidental. Igualmente terroríficos, pero mucho menos activos, eran
Nuckalavee, el Desollado, y Gorgo, La Que Aúlla en la Oscuridad.
—Justo después
de tu llamada telefónica —dijo Horus, —envié tres agentes desde Brisbane a
Darwin. Tenían instrucciones estrictas para investigar los asesinatos pero por
lo demás no intervinieron. Lo último que quería era que un monstruo vampírico
conocido por los aborígenes como "el Devorador de Calaveras" los
matara.
—Nuckalavee
era considerado el menos inteligente de los Nictuku —dijo McCann. —Solo era
remotamente humano antes de ser Abrazado por Absimiliard. Después se convirtió
en una abominación destructora y atacaba a cualquiera que se cruzara en su
camino, vivo o no-muerto.
—Un total de
cuarenta y siete personas fueron asesinadas en el transcurso de tres días —dijo
Horus. —Cada noche, a pesar de las elaboradas medidas de seguridad, los colonos
de los distritos exteriores eran cazados en sus hogares, así como todos los
animales de la zona. En todos los casos la cabeza de las víctimas era arrancada
del cuerpo con el mordisco de unos dientes gigantescos. No se encontró rastro
alguno de los cráneos.
—Ni se hallará
—aseguró McCann.
—Las muertes
terminaron tan abruptamente como empezaron. Tres noches de locura y se acabó.
No se halló pista alguna sobre la identidad del asesino. Dos días después de la
última muerte, los aborígenes que habían bajado hasta Darwin en un éxodo masivo
comenzaron a regresar a casa. El gobierno local, por supuesto, trató de
llevarse el crédito por la marcha de los nativos. Sin embargo, mis agentes
dejaron claro en sus informes que el motivo no tuvo nada que ver con la
política. De algún modo, los aborígenes sintieron que el peligro había pasado.
Nuckalavee había regresado al letargo y podían marcharse con seguridad.
—Ha vuelto a
su tumba bajo las Cordillera Macdonell —dijo McCann. —Una historia muy extraña.
Las noticias
sobre el horror al que has llamado Gorgo son mucho más inquietantes —dijo
Horus. —Mis agentes en Sudamérica no han encontrado rastro alguno de ella en
Buenos Aires. No hay duda de que acabó con toda la población vampírica de la
ciudad para luego desaparecer. No dejó pista alguna sobre su siguiente
paradero. El monstruo sigue libre. Si fuera tú, me cuidaría cuidadosamente las
espaldas.
—¿He de asumir
que no regresó a su tumba como Nuckalavee?
Horus negó con
la cabeza. —No. Mis hombres lo comprobaron. Las cavernas son el lugar de un
importante proyecto arqueológico, y cualquier problema en la zona hubiera sido
detectado. Sin embargo, sí descubrieron algo que encontrarás interesante.
—Malas
noticias, con toda seguridad —dijo McCann.
—¿Cómo no?
—rió el príncipe sin humor. —Los científicos en la excavación quedaron
sorprendidos por un pequeño misterio en la entrada de la red subterránea.
Fotografías de la zona tomadas hace cinco años muestran una pequeña colina que
cubre un pasadizo descendente. Por eso no se descubrieron hasta hace poco los
túneles: estaban ocultos a la vista. Sin embargo, no existe información alguna
sobre otra expedición en la zona. Quienquiera que rompiera el sello de las
cuevas, lo hizo y se marchó.
—La Muerte
Roja nunca haría algo así—dijo McCann. —Él y su progenie temen a los monstruos.
Creen que su regreso señala la llegada del Apocalipsis. Sin embargo, si los
Hijos de la Noche del Terror no los liberaron, ¿quién fue?
—Lo mejor de
los Vástagos —dijo Horus, —es que, no importa el crimen, siempre hay numerosos
sospechosos.
—¿Qué hay de
Baba Yaga? —preguntó McCann, sacudiendo la cabeza como sin tratara de apartar
aquella información de su mente. —¿Sigue también libre? Ya que estamos puestos,
prefiero oír todas las malas noticias a la vez.
—No seas
demasiado pesimista, McCann —dijo el príncipe. —La Bruja de Hierro está
teniendo muchas dificultades para controlar las Repúblicas Soviéticas. Baba
Yaga y sus servidores permanecen firmemente anclados en el pasado. Son
incapaces de tratar con una población que quiere cambios inmediatos. Mis
agentes me informan de que se está preparando la revolución en varios estados
rusos clave. En los meses venideros van a darle problemas a la bruja. Yeltsin
no es un líder fuerte, y la Mafia ya ha establecido un poderoso sindicato del
crimen en Moscú. El Ejército de la Noche no es tan poderoso como muchos creen.
Tiene problemas para encargarse de los Tremeré... y de los Garou.
Horus sonrió
con satisfacción. —La Bruja de Hierro va a aprender una lección que los
usurpadores han descubierto a lo largo de la historia. Robar una corona es
fácil. Lo complicado es conservarla.
—Y lo dice
alguien que ha tenido una gran experiencia en tales asuntos —dijo el detective,
relajando el ambiente.
—Si no fuera
por las maquinaciones del Corruptor y sus lacayos —dijo Horus solemne, —Egipto
aún gobernaría el mundo bajo mi guía. —Su expresión orgullosa dejaba claro que
no estaba bromeando.
—Mejor tú que
la Muerte Roja —respondió McCann. —Si no descubro los próximos movimientos del
monstruo me temo que eso podría pasar... aunque el mundo también podría verse
consumido por las llamas.
—Te teme,
McCann —dijo Horus. —El monstruo y su progenie sienten que amenazas sus planes.
Descubre el motivo y descubrirás sus planes.
—Por desgracia
—dijo McCann, —eras mi última y mejor esperanza en ese aspecto. No tengo la
menor idea de dónde encontrar al monstruo, y si no doy con él nunca podré
detenerlo.
—Sé muchas
cosas —dijo Horus, —pero hay otro cuyo conocimiento de los recientes
acontecimientos sobre tu raza empequeñece los míos. Aunque esta misteriosa
figura trata de permanecer oculta, a lo largo de los años la he detectado
acechando en las redes informáticas, escamoteando información del mismo modo
que yo hago con cientos de fuentes diferentes. Es un maestro sin igual a la
hora de robar secretos.
—¿Es hombre o
vampiro? —preguntó el detective.
—No estoy
seguro. Sin embargo, parece especialmente interesado en las transmisiones
relacionadas con los antiguos de los diferentes clanes. Por lo que sé, yo diría
que se trata de uno de los Condenados.
—¿Conoce su
nombre? —preguntó Elisha.
—No —admitió
el príncipe. —Es un fantasma en la red. Sin embargo, comprobando cuidadosamente
el sistema de retransmisión europeo, he sido capaz de situar su morada en una
ciudad determinada.
—¿Cuál es?
—preguntó McCann.
—París —dijo
Horus. —Ese escurridizo fantasma que habita en el cibermundo vive en París.
—Qué
conveniente —sonrió Dire McCann. —Ese es nuestro próximo destino.
CAPÍTULO 13
París: 3 de
abril de 1994
—¿Ha estado
alguna vez en el interior del Palacio de la Ópera de París, señor Jackson?
—preguntó Alicia mientras el maitre en el Café de la Paix les
conducía hasta su mesa.
—No puedo
decir que sí, señorita Varney —respondió el guardaespaldas, contemplando el
enorme edificio al otro lado de la calle. —Nunca fui un gran aficionado a la
ópera. He estado en París algunas veces en el transcurso de mis viajes, pero
nunca había visitado esta zona. —Observó la carta y no pudo reprimir un
escalofrío. —Demasiado caro para mí, debo admitir.
—El dinero no
puede comprar la felicidad —sonrió Alicia, — pero ayuda a hacer soportable el
sufrimiento. Creo que beberé champaña. ¿Le apetece un vaso de vino?
—Tomaré una
cerveza —dijo Jackson. —¿Tendrán galletitas saladas?
—Nos
quedaremos con un aperitivo de pastel de trufa de paloma caliente y algo de pan
—dijo Alicia con firmeza. —Es una especialidad del restaurante. Necesitas algo
de cultura en tu vida, Jackson.
—Hasta ahora
me ha ido bastante bien —dijo el guardaespaldas sonriendo. —Estoy seguro de que
no me contrató por mi gusto refinado o por mi temperamento civilizado.
—Bienvenidos
al Café de la Paix —interrumpió el camarero en inglés. Era evidente que los
había considerado turistas por su vestuario. El hombre parecía cansado y
aburrido. —¿Ya saben lo que desean, madame.
—Así es
—respondió Alicia en un perfecto francés. Había pasado varias vidas en aquella
ciudad. Tras decirle lo que deseaban, observó al camarero con los ojos
entrecerrados. —Y no piense ni por un momento en servirme la basura barata que
reservan para los turistas. Espero un Chateau Phelan Segur del 79, y me sentiré
muy molesta si se le ocurre servirme otra cosa. —Se detuvo un instante y
observó a Jackson. —Lo que es más importante, mi amigo también se sentirá muy
insultado, y no se toma los deslices con muy buen humor.
Jackson mostró
un rostro de muy pocos amigos. Cuando quería, podía tener un aspecto muy
amenazador. El camarero se escabulló rápidamente, con la cara blanca.
—¿Era
necesario? —preguntó Jackson. —Me dijo que éste era un restaurante de
categoría.
—En París
nunca está de más ser precavido —dijo Alicia. — La gente tiende a pensar que
vivir aquí te hace superior al resto del mundo. Si no sacudes un poco el látigo
se te suben a las barbas, incluso en el mejor establecimiento de toda la
ciudad.
—¿Qué me decía
sobre el Teatro de la Ópera?
—Es un lugar
maravilloso —dijo Alicia. —He pasado muchas horas felices en días pasados
oyendo a los mayores cantantes del mundo actuar aquí. Ahora se ha convertido en
una atracción para turistas y en un museo, con algún ballet ocasional. Aún
merece la pena verlo, aprecies o no el arte, El escenario principal es el mayor
del mundo, y puede albergar a cientos de intérpretes al mismo tiempo. Además,
el inmenso vestíbulo y la famosa escalera de mármol también son impresionantes.
Jackson se
encogió de hombros. —Se dice que hay un fantasma en el edificio.
—He oído
historias similares —dijo Alicia. —Todos los que visitan París descubren antes
o después la leyenda del Fantasma de la Ópera. Es una historia interesante. Lo
más curioso es que existe una red de catacumbas que supuestamente
recorre toda la ciudad. Nadie está seguro de quién la construyó, y los túneles
nunca han llegado a ser explorados por completo. Los pocos que lo han intentado
han desaparecido en circunstancias misteriosas. El director del Teatro de la
Ópera se ha negado durante años a permitir que nadie entre en los pasadizos,
temiendo por la mala publicidad. Sigue siendo uno de los mayores misterios de
París.
—¿Por qué
sospecho que me está contando todo esto por algún motivo? —preguntó Jackson.
La llegada de
las bebidas y el pastel de trufa de paloma detuvo un instante la conversación.
El champaña recibió la aprobación de Alicia, aunque Jackson estaba menos
impresionado con el aperitivo y el pan.
—Un amigo
cercano me dijo que en esas catacumbas vive un viejo vampiro —dijo Alicia.
—Nadie conoce mucho sobre él, salvo que supuestamente sabe muchísimo sobre la
historia de los Vástagos. Su nombre es Phantomas, y comparte su dominio con
miles de ratas de alcantarilla.
—Qué agradable
—comentó Jackson sarcástico.
—¿Recuerdas
cuando fui a visitar a Madame Zorza, la gitana adivinadora? Me dijo que el
hombre rata conocía la respuesta, pero que nadie le había hecho la pregunta.
Necesito dar con él y descubrir qué secretos guarda sobre la Muerte Roja.
—¿Está
pensando en que bajemos por esos túneles? —preguntó Jackson. —Odio arrastrarme
por las alcantarillas.
—No te
preocupes —respondió Alicia. —Esta misión es mía. Sin embargo, no voy a ir
sola. Tenemos una cita con Dire McCann en este restaurante mañana o pasado.
Quiero hablar con él antes de tomar una decisión precipitada. Vagar por los
túneles tampoco es mi idea de una noche agradable, pero el señor McCann me hará
compañía.
—Qué extraña
coincidencia que se reúna con McCann justo frente al Teatro de la Ópera, donde
supuestamente vive su presa —dijo Jackson. —Es sorprendente el modo en el que a
veces funcionan las cosas.
Alicia sonrió.
—No creo en las coincidencias en un mundo lleno de manipuladores invisibles,
Jackson. Sin embargo, debo admitir que parece que el destino ciego me ha
arrastrado hasta aquí.
—No solo a
usted, señorita Varney, por lo que veo. —dijo Jackson, señalando con una ceja
enarcada a tres grandes figuras sentadas en una mesa cercana. —Esos tipos
tienen el carné de la Mafia tatuado por todas partes. He visto a un número
sorprendente de agentes de la Cosa Nostra en la ciudad. Normalmente suelen
mantenerse ocultos. ¿Existe la posibilidad de que alguien les haya comentado su
visita? Es usted una de las chicas favoritas de Don Caravelli, y le encantaría
verla debajo de una lápida, o metida dentro de un bloque de hormigón.
—Tuve un
cuidado exquisito de no comentar con nadie nuestro destino, salvo con mi amigo
en Nueva York, y estoy segura de poder confiar en él.
—Bueno, igual
que usted no cree en las coincidencias, yo tampoco lo hago cuando tiene que ver
con gángsteres. Los matones de la mesa nos miraron antes y no reaccionaron, de
modo que supongo que nuestros disfraces funcionan. Hay un teléfono en la parte
trasera del restaurante. Voy a hacer unas cuantas llamadas para ver qué puedo
descubrir.
—Me beberé mi
champaña, comeré algo de pastel y me empaparé de París —dijo Alicia. Tómate el
tiempo que necesites.
Jackson
regresó a la mesa diez minutos después. Por la expresión seria, Alicia supo que
no traía buenas noticias.
—Nada
demasiado claro —dijo el guardaespaldas. Tampoco esperaba algo concreto. Con la
Mafia, todos son rumores. Don Caravelli controla muy en corto a los suyos, y
nadie se atreve a revelar sus secretos si tiene algún interés en seguir vivo.
—El Capo de
Capi es un líder excepcional —dijo Alicia, sonriendo como si un pensamiento
pasajero le pasara por la cabeza. —No está lastrado por algunos rasgos humanos
como el perdón o la misericordia.
—Sí —dijo
Jackson. —Es un maldito hijo de puta. Toda su organización le tiene un miedo
mortal, y cuando miras quiénes son sus líderes eso significa mucho.
—¿Qué rumores
hay?
—Hubo una gran
reunión la otra noche en la fortaleza del Don en Sicilia a la que acudieron
todos los jefes menores. Según lo que me han dicho, Don firmó la sentencia de
muerte de dos personas.
—¿Dos? —repitió
Alicia. Estás subiendo posiciones, Jackson.
—No, yo no
—dijo el guardaespaldas. —No he conseguido nombres, pero uno de ellos es una
mujer que sonaba a usted. No me sorprende. El otro era un hombre, un detective
americano con contactos entre los Vástagos.
—Dire McCann
—comentó Alicia, torciendo el gesto. —¿Qué motivos puede tener Don Caravelli
para cazar a McCann?
—Por todo lo
que me ha dicho en el pasado, me aventuraría a decir que el Capo ha unido sus
fuerzas a las de su amigo, la Muerte Roja.
—Un
pensamiento deprimente que probablemente sea correcto —dijo Alicia. Estaba
realmente enfadada. —Primero Melinda Galbraith y ahora Don Caravelli. ¿A quién
más piensa reclutar ese monstruo?
—Desde luego,
ha movilizado una gran potencia de fuego para acabar con dos personas —dijo
Jackson. —Pero claro, la Muerte Roja voló por los aires el Depósito de la
Armada de Washington para destruirles a usted y a McCann, y no tuvo éxito.
—Somos
difíciles de matar —respondió Alicia con una sonrisa.
—Oí otra
historia interesante de nuestros contactos —dijo Jackson. —No estoy seguro de
si tiene alguna relevancia para su situación, pero supongo que debería
mencionarlo.
—Espera —dijo
Alicia, levantando una mano para atraer la atención de un camarero. —Me he
quedado sin champaña, y cuando pones esa voz es que voy a necesitar otra copa.
¿Quieres más cerveza?
—No estaría
mal —respondió Jackson. —Y algo sólido para comer. Ese pastel de paloma estará
muy bien para la nobleza, pero yo necesito comida de verdad.
Alicia pidió y
volvió a recostarse en la silla con una mirada decidida. —Muy bien, oigamos el
resto.
—Algo muy
extraño pasó en Marsella hace dos noches —dijo Jackson. —Once personas
desaparecieron sin dejar rastro en el curso de unas pocas horas. Se
desvanecieron de sus casas y trabajos. Nadie vio ningún secuestro, nadie oyó
nada extraño, pero han desaparecido. Incluso en un infierno como Marsella, eso
es un récord muy alto para una sola noche. Todas las víctimas tenían algo en
común: era gente de hábitos nocturnos. Trabajaban de noche y nunca se les veía
durante el día.
—¿Vampiros?
—preguntó Alicia.
—Parece
bastante probable —respondió Jackson. —Mis fuentes no especificaban nada al
respecto. La policía está tratando de culpar de todo a las guerras de bandas,
pero nadie se lo cree. Además, está lo del barco.
—¿El barco?
—pregunto Alicia. —No me gusta tu melodramatismo, Jackson. ¿Qué barco?
—Unas pocas
horas antes de las desapariciones, un barco de carga procedente de Sudamérica
llegó al puerto. Fue una sorpresa para los operarios, ya que no se esperaba
entrada alguna. Cuando la policía subió a bordo encontró al capitán y a tres
marineros muertos en sus camarotes, y al resto de la tripulación aturdida y
confusa. No fui capaz de conseguir detalles sobre las muertes, pero asumo que
no se trató de causas naturales. Los demás marineros no tenían ni la menor idea
de dónde estaban o de porqué estaban allí. No recordaban haber cruzado el
Atlántico, y ninguno sabía cómo habían muerto el capitán y los otros. Es una
historia extraña. Puede que no esté relacionada con las desapariciones, pero
muchas veces usted ha dicho que no existen las coincidencias.
—El barco
llegó de Sudamérica —dijo Alicia. Recordó una terrible declaración durante una
charla hacía dos semanas en el Depósito de la Armada de Washington. —¿Dijeron
tus fuentes de qué zona?
—De Buenos
aires —respondió Jackson. —¿Importa?
—Importa —dijo
Alicia sombría. —Vaya si importa. Un nuevo jugador acaba de entrar en liza.
Espero que McCann llegue pronto. Necesitamos encontrar a ese vampiro llamado
Phantomas cuanto antes, porque ya no somos los únicos que queremos dar con él.
PARTE
2
Vi claramente
el destino
que se me había preparado…
"El Pozo y el Péndulo"
Edgar Allan
Poe
CAPÍTULO 1
París: 4 de
abril de 1994
—Ha pasado
mucho tiempo desde la última vez que compartimos una botella de vino en un café
de París —dijo Dire McCann mirando a Alicia Varney desde el otro lado de la
mesa. Sonrió. — Parece una eternidad.
—Casi —rió
Alicia suavemente mientras probaba su vaso. El de McCann ya estaba vacío. —Han
pasado más de cien años. El precio del champaña ha subido muchísimo desde
entonces.
—Tienes el
mismo aspecto radiante de siempre —dijo el detective. —Algunas mujeres
envejecen bien. Tú lo haces de forma exquisita. Por supuesto, siempre
has sido una belleza.
—La Reina de
la Noche tiene una reputación que mantener — dijo Alicia con tono presumido.
—Debo decir que tu gusto en humanos es bastante consistente a lo largo de los
milenios. Alto, oscuro y guapo, con un pequeño toque siniestro. A pesar de
pequeñas diferencias, nunca he tenido problemas para reconocerte como mortal.
McCann frunció
el ceño. —Eso me dijiste en Washington. Necesito corregir eso. Ser predecible
es peligroso.
Estaban
sentados en una mesa para dos en la acera frente al Café de la Paix. El aire de
la noche era fresco y agradable. Faltaba una hora para la medianoche y el lugar
estaba lleno de clientes. A pocas mesas a su izquierda, sumidos en una
conversación privada, estaban Elisha Horwitz y Madeleine Giovanni. A unos doce
pasos a su derecha se sentaban Flavia y Jackson, inmersos en una discusión
técnica sobre sus modos favoritos de matar. Era primavera en París, y el amor y
la muerte flotaban en el ambiente.
McCann y su
séquito habían llegado al café poco después de las diez de la noche. Alicia y
Jackson ya estaban allí, cenando un pato asado con miel especiada, pan francés
y la inevitable botella del mejor champaña de la casa. Una vez hechas las
presentaciones, y a pesar de las protestas de las dos vampiras, decidieron
separarse en tres grupos. McCann y Alicia querían hablar en privado, y no iban
a permitir negativas. Un buen soborno al maitre aseguró que todos estuvieran
bastante próximos.
El detective y
la mujer habían pasado la última hora describiendo sus aventuras desde la
explosión en el Depósito de la
Armada. Alicia
habló de sus encuentros con los secuaces de Melinda Galbraith, omitiendo
cuidadosamente cualquier mención a Walter Holmes. McCann le habló de sus
reuniones con Rambam y de las revelaciones del mago sobre las monstruosas
criaturas de fuego conocidas como los Sheddim. No aludió a su encuentro con
Horus. Los dos sabían que se estaban ocultando información sobre los últimos
días, pero también que no habían omitido nada importante. McCann y Alicia
confiaban el uno en el otro... hasta cierto punto.
—Incluso
Lameth, el Mesías Oscuro, puede caer en un patrón de comportamiento —dijo
Alicia mientras se acercaba y acariciaba la mejilla de McCann. —En cierto modo,
encuentro esa idea reconfortante. Te hace parecer algo menos inhumano.
—Haces que
parezca diabólico —sonrió McCann.
Alicia
asintió. —Lo eres. Como Anis y Lameth, nos conocemos desde antes del comienzo
de la historia escrita. Hemos sido amantes y conspiradores durante siglos.
Compartiste conmigo, y solo conmigo, tu mayor descubrimiento, la poción que te
otorgó el título de Mesías Oscuro. Sin embargo, a pesar de todo eso, siempre he
sabido que hay secretos que te guardas para ti mismo. De todos los maquinadores
en una raza de maquinadores, siempre has sido el más enigmático y misterioso. A
lo largo de los siglos nada de eso ha cambiado, te lo aseguro. Encuentro
bastante frustrante tu capacidad para resistirte a mí, y terriblemente
inhumana.
El detective
rió con suavidad. —Ya hemos tenido antes esta conversación. La última vez, si
no me equivoco, fue en este mismo café, hace poco más de un siglo. Mi respuesta
ahora es la misma que la de entonces. Sé paciente. En el momento adecuado,
todos mis secretos serán revelados y todas tus preguntas tendrán respuesta.
Alicia sonrió
burlona. —Eso puede valer para una campesina, pero no para una reina. Me
ofreces una respuesta que no lo es. ¿En el momento adecuado? —repitió,
riéndose de las palabras. —¿Cuándo será eso, amor mío? ¿Un momento antes de la
Gehena?
Se inclinó
hacia delante, con los ojos brillantes. —Escucha, McCann. La Muerte Roja ha
demostrado lo que un Matusalén decidido de la Cuarta Generación puede hacer.
Imagínate dos juntos. Casi todos los grandes están muertos o en letargo. Si
trabajamos juntos de nuevo, combinando nuestros poderes, podríamos alcanzar el
control de la Camarilla y del Sabbat. Los dos nos dirigimos por separado hacia
el mismo objetivo. Como compañeros, podríamos reinar supremos sobre los vivos y
los no-muertos.
—Quizá —dijo
McCann. Su expresión era severa e inflexible. —¿Pero a qué precio? ¿La
destrucción de la Mascarada? ¿La muerte de miles, puede que de millones? ¿El
Infierno en la Tierra, o algo peor? No estoy dispuesto a asumir ese riesgo. No
soy la Muerte Roja, y nunca lo seré.
Alicia torció
el gesto, arrugando molesta la nariz. —Así que planeas obtener el control del
mundo cuidadosamente mediante las altas finanzas. En vez de conquistar la
Tierra, quieres comprarla.
—Mientras tú,
anclada sobre tu telaraña, esperas poder robarla —dijo sarcástico el detective.
Alicia abrió
la boca sorprendida. —¿El Sindicato del Crimen? ¿Lo sabes?
—Por supuesto
—dijo McCann lanzando un suspiro. —Soy un detective, ¿recuerdas? Dame algo de
crédito. Hace años que soy consciente de tu control sobre el crimen organizado
en América. Estructuraste la jerarquía de la organización del mismo modo en el
que operaban los gremios de ladrones en la Edad Media. Como dijiste, tendemos a
pensar en patrones.
—Un buen punto
—dijo Alicia. —Tendemos a ver las faltas en los demás, pero nunca en nosotros
mismos.
—Si eso es
cierto con dos maravillas como nosotros —dijo McCann con buen humor, —imagínate
cómo será con la Muerte Roja. El exceso de confianza de ese monstruo
significará su destrucción.
—Puede ser
confiado —dijo Alicia, —pero tiene buenos motivos. De momento, nuestra
oposición a sus planes consiste básicamente en permanecer con vida.
—Nuestra hora
se acerca —respondió McCann. —La Muerte Roja ha tratado desesperada de
eliminarnos, y tiene razones para ello. Nuestra furia acabará con él.
—Este
Phantomas, el hombre rata, es la clave —dijo Alicia. —Él conoce las respuestas.
—¿Aún sigues
visitando a la adivinadora? —preguntó McCann. —Me sorprende que creas en sus
absurdas predicciones.
—Búrlate si
quieres, pero he descubierto que sus profecías son de lo más acertado.
—Una vez las descifras —sonrió McCann. —Si no
recuerdo mal, eso llevaba varios años...
—Tiende a
hablar de forma oscura —se defendió Alicia. — Escucha. A ver qué piensas de
estas frases.
—Trece, tres y
uno —comenzó, repitiendo palabra por palabra la advertencia de la gitana. —Los
números siempre importan. Muchos no son lo que parecen. Los números siempre
importan. La respuesta está en el pasado. La respuesta está en el futuro. Los
niños se dedican a su juego. Las reglas no tienen orden. Los números siempre
importan. El hombre rata tiene la respuesta, pero no se le ha preguntado. Y,
sobre todo, los números siempre importan.
McCann
parpadeó. —¿Eso es todo? —preguntó serio. —No tiene sentido.
Alicia rió.
—Eso mismo pienso yo. Le dije lo mismo cuando me lo soltó. Desde entonces he
pensado mucho en ello, y el significado parece ir cobrando sentido poco a poco.
—Empieza —dijo
McCann.
—Algunos son
muy fáciles —dijo Alicia. —Trece, tres y uno, por ejemplo, no tiene más
misterio. Son los números místicos que definen nuestra raza. Un vampiro, Caín,
sus tres chiquillos y sus trece descendientes, fundadores de los clanes
originales. Si los números siempre importan, la afiliación del clan debe ser
muy importante para el secreto de la Muerte Roja.
McCann se
encogió de hombros. —De acuerdo. Me parece un poco forzado, pero es
adivinación. Ninguno de los dos hemos podido determinar la línea a la que
pertenece ese monstruo. Evidentemente, como ciertos rasgos son comunes a líneas
de sangre específicas, esa información sería muy valiosa para enfrentarnos a
él. Sigue.
—"Muchos
no son lo que parecen" —dijo Alicia, —parece referirse al hecho de que hay
cuatro Muertes Rojas, y no solo una. El número importa. Los demás monstruos
casi significaron nuestra destrucción. Como duplicados, desde luego no eran lo
que parecían.
—Puede ser
—dijo McCann. —Puede que no. Estoy menos convencido con esa línea. ¿Qué mas?
—Que la
respuesta esté en el pasado y en el futuro es bastante claro —dijo Alicia.
—Estamos luchando por el control del futuro. El secreto para derrotar a la
Muerte Roja se encuentra en el pasado, en el descubrimiento de su historia. No
solo necesitamos descubrir el nombre de su sire, sino algunos de sus
antecedentes.
—Te lo concedo
—dijo McCann. —Rambam ya nos dio parte de la información con su advertencia
sobre los Sheddim. La estrategia básica dicta que necesitas conocer a tu
enemigo antes de aplastarlo. Eso es claramente cierto sobre cualquier miembro
de la Cuarta Generación.
Sonrió.
—Las
siguientes líneas son mías. Los niños se dedican a su juego. Las
reglas no tienen orden. Reuben y Rachel son los niños, y participan
claramente en un juego sin reglas fijas: la Yihad.
—Supuse lo de
la Yihad —dijo Alicia, —pero, —¿cómo considerar niños a nuestros misteriosos
benefactores?
—En casa de
Maimónides comprendí por fin la verdad —dijo McCann. —Un comentario casual que
hizo me situó en la dirección correcta. Reuben y Rachel son aparecidos, hijos
de un ghoul. Sus poderes los han heredado directamente de su padre, que obtuvo
su fuerza del vampiro al que servía.
—¿Aparecidos?
—dijo Alicia. —¿Qué aparecidos poseen habilidades mayores que las de la mayoría
de los Vástagos?
—Piensa en su
padre —dijo McCann. —Dime quién es el ghoul más poderoso que haya existido
jamás.
Una expresión
extraña pasó por la cara de Alicia. —El otro hermano de Caín, Seth —dijo con un
susurro. —El ghoul de Caín. Por eso tenían un aspecto tan familiar. Recuerdo
haber visto cuadros y estatuas de él en la Segunda Ciudad.
—Una figura
casi tan misteriosa como el Tercer Humano — dijo el detective. —Supuestamente
fue el primer mago, nombrado protector del ganado en las leyendas vampíricas.
No ha sido visto desde hace siete mil años. Nadie conoce su destino. Se asumió
hace mucho que ya no está involucrado en los asuntos de los Vástagos, aunque
puede no ser así.
—O puede que
sus hijos estén persiguiendo metas propias — dijo Alicia.
—Sean cuales
sean sus motivos, Reuben y Rachel son decididamente los niños. El juego, como
dije, es la Yihad.
—El hombre
rata conoce la respuesta —siguió Alicia. —Pero no se le ha preguntado.
—Quizá tengas
razón —dijo McCann. —Puede que Madame Zorza nos esté situando en la dirección
correcta. Una fuente fiable me ha dicho que Phantomas conoce los secretos más
profundos de los Condenados.
—Yo he oído lo
mismo de otro informador bastante seguro — interrumpió Alicia.
—Como dije, la
Muerte Roja nos teme. Eso significa que no es invencible.
—Si pudiéramos
descubrir su línea de sangre —dijo Alicia, — sospecho que todas nuestras
respuestas quedarían contestadas.
—Asumiendo que
Phantomas conozca el linaje de la Muerte Roja —dijo McCann, —parece posible que
el monstruo pueda ser derrotado antes de que consiga terminar sus planes...
—...en el
consejo de la jerarquía del Sabbat la próxima semana en Nueva York —terminó
Alicia.
—...o en el
Cónclave de los antiguos Vástagos en Linz, Austria, también la próxima semana
—respondió McCann.
—Qué extraña
coincidencia que dos reuniones tan importantes tengan lugar la misma noche
—señaló Alicia.
—Entre los
no-muertos no existen las coincidencias —declararon los dos solemnes al mismo
tiempo, estallando en carcajadas.
—Sospecho que
estamos de acuerdo en cuándo planea la Muerte Roja su golpe —dijo el detective.
—Por supuesto.
El monstruo espera alcanzar el control de la Camarilla y del Sabbat en esas dos
reuniones paralelas. Todos sus planes, todos sus ataques, han ido encaminados a
obligar a los líderes de ambos cultos a reunirse más o menos en el mismo momento.
Cualquier maldad que esté preparando se producirá entonces, salvo que logremos
detenerle antes de que actúe.
—Si no lo
hacemos —dijo McCann, —los verdaderos vencedores serán los Sheddim. Antes o
después, la Muerte Roja o uno de sus lacayos volverá a invocar a los demonios y
el mundo será engullido por las llamas.
Alicia sintió
un escalofrío. —Tengo ambiciones —declaró, — igual que tú. ¿Qué sentido tiene
gobernar un paisaje de cenizas? La Muerte Roja está loca.
—Él y su
progenie, los Hijos de la Noche del Terror, tienen tanto miedo de los
Antediluvianos que no alcanzan a ver la amenaza que representan sus impíos
aliados.
—Qué irónico
—dijo Alicia. —Buscando salvar a la raza Cainita, la Muerte Roja y sus
chiquillos están a punto de destruirla. Ur nos salve de tan nobles esfuerzos.
—¿Ur? —repitió
McCann sonriendo. —Hace mucho, mucho tiempo que no apelabas al dios de tu
niñez.
Alicia asintió
lentamente y se humedeció los labios. —Siglos —dijo. —Puede que más aún. —Su
frente se arrugó pensativa. — A veces me pregunto exactamente hace cuánto. ¿Tú
no, McCann?
—¿Qué?
—preguntó el detective. —No estoy seguro de saber lo que quieres decir. Nunca
veneré a Ur, ni viví en la ciudad que llevaba su nombre.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que fui una princesa de la magnífica ciudad de Ur?
—preguntó Alicia. —¿Cuánto desde que tú fuiste uno de los mayores hechiceros de
Atlantis? En aquellos tiempos éramos amantes, antes de que ninguno de los dos
fuera Abrazado. Nuestro romance era legendario. ¿Cuándo sucedieron exactamente
aquellos días? ¿Lo recuerdas?
El detective
abrió la boca para responder, pero la cerró sin decir nada. Pasó un minuto
antes de que volviera a hablar. —Casi seis mil años.
—¿Sesenta
siglos? —preguntó Alicia, sacudiendo la cabeza. —Es que hace mucho tiempo. Sin
embargo, recuerdo perfectamente el momento en el que bebí tu poción, el elixir
de Lameth, en la Segunda Ciudad. Aquélla fue la noche en la que te conté mi
plan para destruir a mi sire, Brujan, seduciendo a Troile y persuadiéndole para
que cometiera diablerie.
McCann asintió
con una extraña expresión. Su voz sonaba diferente, distante. —Aquel momento
estará grabado en mi memoria para siempre —dijo. —Nunca olvidaré la
conversación.
—¿En serio?
—respondió Alicia con la voz súbitamente fría. —¿Estás seguro, más allá de toda
duda, de lo que sucedió en realidad? No estoy tan convencida. La Segunda Ciudad
fue destruida hace siete mil años, cuando la humanidad se alzó para
rebelarse contra la Tercera Generación. Setenta siglos, McCann; supuestamente,
mil años antes de que ninguno de los dos hubiera nacido.
—Pero eso no
puede ser —dijo el detective. —Vivimos en la Segunda Ciudad durante cientos de
años antes de que lograra dar con la fórmula adecuada. Brujah era tu sire,
Ashur el mío. La rebelión tuvo lugar, en parte, debido a nuestros esfuerzos por
derrocar a la Tercera Generación.
—O eso creímos
—dijo Alicia. —¿Son fiables esos recuerdos? ¿Puedo haber vivido en la Segunda
Ciudad y en la vieja ciudadela llamada como mi dios, Ur? ¿Es posible que hayas
sido un alquimista de la perdida Atlantis y un hechicero de los Condenados?
¿Estamos recordando la verdad, McCann, o lo que creemos que es la verdad?
¿Piensas que
alguien ha jugado con nuestra memoria? —preguntó el detective.
—Una voluntad
férrea puede imponer recuerdos falsos a una mente inferior —dijo Alicia. —Los
dos hemos empleado estas técnicas con nuestros respectivos peones a lo largo de
la historia. Recuerdan lo que nosotros queremos, no lo que sucedió en realidad.
Su mundo queda reformado según nuestros deseos. Quizá, a lo largo de los años,
nuestros pensamientos hayan sido moldeados de un modo similar.
—Tonterías
—dijo molesto McCann. —Somos los avatares de dos de los más poderosos vampiros
del mundo. Nuestra voluntad no puede ser quebrada y manipulada tan fácilmente.
Cualquier problema que podamos tener es el resultado del paso de los milenios.
Es el tiempo el que afecta a nuestros pensamientos, no la mano invisible de los
Antediluvianos. Estamos libres de su dominio. Nuestras mentes nos pertenecen.
Nunca lo olvides. Somos libres.
—Quizá tengas
razón —dijo Alicia. —Quizá.
No sonaba muy
convencida.
CAPÍTULO 2
París: 4 de
abril de 1994
—Nunca antes
había visto París —dijo Elisha. Miraba con ojos asombrados a toda la gente que
pasaba por delante del café. — Hay muchísimas personas para ser esta hora de la
noche.
Madeleine
sonrió. —En realidad, las aceras parecen más vacías de lo habitual. Hace
décadas, cuando el Teatro de la Ópera seguía en funcionamiento, después de los
espectáculos era imposible caminar por la zona.
—¿Has estado
aquí antes? —preguntó el mago.
—Muchas,
muchas veces —respondió la vampira. —Los negocios familiares me trajeron a la
Ciudad de las Luces muchas veces entre las dos guerras mundiales. Había tratos
que hacer, contratos que negociar, enemigos que eliminar... París y yo somos
viejos amigos.
Elisha tembló
al pensar en las palabras de Madeleine. A veces casi olvidaba que no era tan
joven como aparentaba... y que su profesión era matar a los enemigos de su
clan.
La Giovanni
abrió los ojos disgustada. Extendió el brazo y puso una mano fría sobre la de
él. —Por favor, Elisha, no me odies por lo que soy. El honor de mi familia es
lo único que me importaba. Hasta que te conocí.
—¿Puedes leer
mi mente? —preguntó sorprendido. No apartó las manos. —¿O simplemente soy
evidente?
—Eres muy
evidente para alguien acostumbrado a leer los cambios más sutiles en la
expresión —dijo Madeleine con una leve sonrisa. —La tuya no es difícil de
comprender. Pocos mortales son tan honestos con sus sentimientos.
—Soy bastante
ingenuo, ¿no? —dijo Elisha, sintiéndose estúpido. —Decididamente, ni romántico
ni atractivo, especialmente comparado con los hombres sofisticados que habrás
conocido a lo largo de los años.
Madeleine rió,
aplaudiendo de alegría. El ruido atrajo miradas de algunos clientes del Café,
que al ver de quién se trataba, apartaban rápidamente la mirada. Aquella mujer
de negro exudaba una extraña sensación peligrosa. Prestarle atención no parecía
una buena idea.
—Tu impresión
sobre mí —dijo, —está alterada por tu afecto.
Mi existencia
como la Daga de los Giovanni no es ni romántica ni satisfactoria. Casi todos
los mortales me temen, Elisha, ya que presienten mi verdadera naturaleza.
Aquellos con los que me encuentro en el transcurso de mis misiones no suelen
tener la oportunidad de deslumbrarme con su encanto. Suelen estar demasiado
ocupados suplicando una misericordia que no les otorgo. Los clanes de la
Camarilla, siempre en guerra, odian a los Giovanni, ya que temen todo aquello
que no pueden comprender. Como nos relacionamos con la humanidad y tratamos a
los mortales con respeto, el Sabbat nos considera traidores a la raza Cainita.
Se detuvo un
momento. —Dentro de mi propio clan soy una proscrita y una paria. Atados por
tradiciones y creencias de hace muchos siglos, casi todos los miembros de la
familia Giovanni consideran a las mujeres inferiores. Muy pocas somos
Abrazadas, y son menos aún las que reciben posiciones de autoridad. Aunque
nadie se atreve a mostrar abiertamente su descontento, temiendo la ira de mi
abuelo, hay muchos a los que les gustaría verme destruida. Soy demasiado
poderosa para sus gustos y sospechan que algún día sucederé a mi sire como
maestra del Mausoleo.
Sonrió. —La
idea es tentadora, aunque solo sea por ver sus caras horrorizadas antes de que
los pase a cuchillo.
Elisha se
humedeció nervioso los labios. Madeleine solía hablar de un modo que encontraba
desconcertante.
—Lo siento
—dijo la vampira, evidentemente reparando en su expresión. —No pretendía
asustarte. No eran más que ideas pasajeras. Mi abuelo es una figura temible que
disfruta del control que tiene sobre el clan. No hay muchas posibilidades de
que llegue a entregarme algún día su posición, y es más difícil aún que yo
aceptara.
—No me
preocupaba —dijo Elisha, aunque tras unos segundos se encogió de hombros.
—Bueno, puede que un poco.
Madeleine
ladeó la cabeza y sonrió. —Tu vaso está vacío — dijo, cambiando abruptamente de
tema. Estaba claro que no tenía muchas ganas de hablar sobre la política
interna de su clan. — ¿Quieres otra coca-cola?
—Sí, por
favor—dijo Elisha. —Y algo para comer. Estoy harto de la comida del avión.
—Tenía un
aspecto horrible —respondió Madeleine. —Hasta para mí. Te peDire algo de
postre. El pastel de cacao y pasas con yogur helado y ralladura de naranja es
muy famoso. Estoy segura de que te gustará.
Elisha
asintió. Por suerte, Madeleine hablaba francés, así como otros once idiomas
aparte de su italiano nativo. Sus propios estudios se limitaban al hebreo y al
inglés, así como a un poco de latín. Mientras ella hablaba con el camarero se
dedicó a observar el paseo atestado. Ahora parecía haber más gente aún que
antes.
—Por si estás
pensando en ello —dijo Madeleine suavemente para que solo él lo oyera, —hay
cuatro vampiros a distancia de ataque. Dos están sentados en una mesa del café
y la otra pareja no deja de andar de un lado para otro, pasando a unos cuatro
metros por la acera. También hay once ghouls fuertemente armados en las
cercanías, algunos en el restaurante y los demás caminando por la calle. Les
apoya más de una decena de humanos normales que deben ser pistoleros de la
Mafia.
La boca de
Elisha se secó repentinamente. —¿Estás segura de que nos buscan?
—Según lo que
dijeron la señorita Varney y el señor Jackson, no puedo imaginar a quién más
querrían. Su líder, Don Caravelli, suele verlo todo en términos de blanco y
negro. Éxito o fracaso. Estoy segura de que sus secuaces no quieren
defraudarle. Una vez confirmen la identidad de Dire McCann y Alicia Varney
atacarán. No tardarán mucho.
—¿En una calle
atestada como ésta? —preguntó Elisha.
—Las vidas
inocentes no significan nada para esa escoria— dijo Madeleine. —Asegúrate de
disfrutar de tu pastel de cacao con pasas. Es más que probable que esta comida
sea la última que pruebes en algunas horas. Por eso creo que es mejor que comas
ahora. Una vez comience la pelea, dudo que tengas tiempo para picar nada.
Elisha miró a
Dire McCann y Alicia Varney. El detective y la dama parecían estar absortos en
su conversación. Ninguno de los dos prestaba atención alguna a su entorno.
—Son
conscientes de la presencia de sus enemigos —dijo Madeleine, siguiendo la
mirada de Elisha. —No dejes que su aspecto despreocupado te engañe. Los dos
están listos para el combate, igual que Flavia y el señor Jackson. Cuando
comience el combate reaccionarán de inmediato.
—Lo que no
comprendo es por qué se reúnen aquí, en espacio abierto, sabiendo que sus
enemigos les están buscando.
—Dos motivos
—respondió Madeleine. —Primero, es evidente que tienen asuntos importantes que
discutir sin demora alguna. Vayan donde vayan, es más que probable que sean
detectados y atacados. Es más fácil ocuparse del asunto ahora y preocuparse más
tarde del peligro.
Elisha se
encogió de hombros. —Puede ser —dijo. —No estoy seguro de que tenga mucho
sentido. ¿Cuál es el segundo motivo?
—Nunca debes
olvidar que Dire McCann y Alicia Varney están actuando, de algún modo
desconocido, como agentes de dos de los más poderosos vampiros que nunca hayan
existido: Lameth, el Mesías Oscuro, y Anis, Reina de la Noche. Como
Matusalenes, estos Cainitas poseen poderes casi divinos. Están muy cerca de la
inmortalidad. Como jugadores de la Yihad, se consideran a sí mismos amos
secretos del mundo. Ninguno de los dos está muy capacitado para el compromiso.
Madeleine
sonrió y siguió. —He visto ese mismo tipo de desorden de la personalidad en mi
propio sire, mi abuelo Pietro Giovanni. Los seres tan poderosos se niegan a
amedrentarse por las acciones de los demás. Cuando se les amenaza, en vez de
proceder con cautela se vuelven desafiantes, y a menudo enojados. Los dos saben
que están en el centro de una trampa de la Mafia, pero no les preocupa. A pesar
de su sabiduría, son sorprendentemente arrogantes. Nada les asusta.
—Es difícil
imaginar a Dire McCann desconcertado —dijo Elisha pensativo. —Siempre parece
tan... preparado.
Madeleine
asintió. —Eso es exactamente lo que quería decir —dijo. —Su autoconfianza
suprema no deja sitio para la negociación. Por eso la Muerte Roja es tan
implacable en sus intentos por destruirlos a los dos. Entre los Matusalenes no
hay lugar para la tregua.
La Daga de los
Giovanni sonrió. —Como no tenemos voz alguna en esta situación, es mejor
aceptarla de buen grado. Aquí están tu pastel y tu coca-cola. Espero que no sea
una combinación demasiado dulce. No soy precisamente experta en asuntos
culinarios. —Madeleine observó atentamente a Elisha mientras éste se llevaba a
la boca un trozo del pastel. Su mirada siguió cuidadosamente cada movimiento de
la mandíbula. El joven parecía totalmente ignorante de su atención. —Come con
tranquilidad —dijo.
Durante los
siguientes cinco minutos, Elisha se concentró en su comida. El postre era
extremadamente dulce, pero delicioso.
El pastel era
todo un alivio después de la carne misteriosa que le habían servido en el vuelo
desde Suiza. Mientras tanto, Madeleine mantuvo una charla continua,
describiendo algunas de sus aventuras en París durante la ocupación Nazi.
Cuando el mago terminó con su comida, ya se sabía toda la historia sobre la
desaparición de tres obras maestras "perdidas" de los museos de
París, y de cómo su recuperación puso fin a un intento secreto de los alemanes
para invadir Inglaterra. Era una aventura emocionante, y estaba totalmente
seguro de que era cierta.
—Entonces,
¿nunca devolviste los cuadros a las autoridades apropiadas? —preguntó, lamiendo
de su cuchara los últimos restos de yogur helado y ralladuras de naranja.
—Las
autoridades apropiadas, como tú las llamas, eran en aquel momento una banda
degenerada de colaboracionistas y traidores —dijo Madeleine. —Darles las
pinturas hubiera sido tan malo como entregárselas a los Nazis. Antes hubiera
preferido quemarlas.
Sonrió. —Los
tesoros decoran las paredes de mi habitación en el Mausoleo. Tres cuadros
maravillosos a cambio de la seguridad de Inglaterra. Creo que fue un precio
justo para la nobleza de Francia.
—No estoy
seguro de que todos los franceses estén de acuerdo contigo en estos tiempos
turbulentos —dijo Elisha. —Ahora casi todos parecen odiar a los ingleses. Y a
los estadounidenses, ya puestos.
—Tratar de
comprender los nacionalismos modernos —respondió Madeleine, —es como intentar
entender las afiliaciones de los clanes Cainitas. Tiene sentido para los
involucrados, pero para los demás no es más que una locura. Un ámbito de
lealtades es más que suficiente para mí.
—Por cierto
—comentó el mago de forma casual. —¿De qué hablaste con Rambam y Judith la otra
noche, antes de que te reunieras con nosotros en el restaurante?
Madeleine
abrió los ojos sorprendida, pero no evitó la pregunta. —Asuntos de vida o
muerte —respondió sin titubeos. —¿Cuándo comprendiste la verdad?
—Inmediatamente
—dijo el joven sonriendo. —He pasado la mitad de mi vida en esa casa con
Rambam. Cuando un extraño entra, siento su presencia, aunque me encuentre en
otra parte. Supe que Judith y tú estabais allí. ¿Por qué no me lo dijiste
directamente? ¿Era un secreto?
—Pensé que era
mejor no hablar de esa conversación en particular hasta que no hayamos
terminado con la Muerte Roja —dijo Madeleine. —Si ese monstruo vence, mi charla
con Rambam no tendrá significado alguno. El mundo tendrá problemas mucho más
urgentes de los que preocuparse. Si derrotamos al Matusalén te prometo que te
revelaré todo lo que se dijo.
—No tengo ni idea
de lo que estás hablando —dijo Elisha confundido. Parecía a punto de reír y de
llorar, como si no pudiera decidirse.
—Ya lo sé
—respondió Madeleine nerviosa. —Por favor, Elisha, debes dejar ese asunto.
La vampira
cerró sus dedos sobre los de él. Sus manos eran como el hielo. —Rambam y yo
hablamos del futuro, Elisha. De un futuro que nunca hubiera creído posible. Eso
es todo lo que puedo decirte. Si te importo, no me preguntes más.
—M-me importas
—respondió el mago con voz temblorosa. —Pero no entiendo por qué no puedes
revelarme lo demás.
—En este mundo
—respondió Madeleine con una leve sonrisa, —no todas las conversaciones deben
compartirse. A ver si entiendes esto. A veces los actos hablan más alto que las
palabras.
Poniéndose en
pie, Madeleine se inclinó sobre la mesa y besó a Elisha ligeramente en los
labios. Su boca era fría, pero a él no le importó. —No te mentiré jamás —dijo
la vampira suavemente mientras volvía a echarse hacia atrás. —Si tienes que
conocer la verdad te la Dire, pero te ruego que no me lo pidas.
—Cuando me
envió en busca de Dire McCann, Rambam me advirtió que nunca creyera en nadie,
especialmente en los Vástagos. Me dijo que el mundo estaba lleno de mentiras, y
que el engaño abundaba.
Miró fijamente
a los ojos de Madeleine. —Sin embargo, a pesar de todos sus consejos, mi
maestro también me dijo que cuando todo lo demás fallara confiara en mi
corazón. —Sonrió. — Odio no saber todas las respuestas, pero sobreviviré.
Guarda tus secretos, al menos hasta que derrotemos a la Muerte Roja.
Una lágrima de
sangre negra cayó por la mejilla derecha de Madeleine. Se dio cuenta y se la
limpió. —No puedes imaginar cuánto...
Nunca terminó
la frase. Moviéndose con una velocidad y una elegancia inhumanas, se puso en
pie y voló hacia una mesa cercana. Dos hombres de mediana edad, vestidos
con ropas de noche, llevaban allí sentados los últimos veinte minutos hablando
de la temporada de ópera y compartiendo una botella de vino de la casa. Aún
estaban tratando de sacar sus armas cuando Madeleine cayó sobre ellos. Un giró
de la muñeca partió el cuello del primer asesino con un claro chasquido. Su
compañero murió en silencio, con los huesos de la cara aplastados por los
mismos dedos exquisitos que acababan de limpiarse con delicadeza una lágrima.
La batalla en
las calles de París había comenzado.
CAPÍTULO 3
París: 4 de
abril de 1994
—Yo prefiero
una cuerda con un solo nudo —dijo Jackson. — Sirve como ancla y estrangula el
último aliento en la garganta. Para aquellos que merecen un día especialmente
desagradable, una piedra afilada en el centro del nudo multiplica el
sufrimiento.
—Un bonito
detalle cuando se utiliza una bufanda —aceptó Flavia, —pero un buen alambre
funciona mejor. Uno especialmente preparado atraviesa la piel y el músculo como
un cuchillo. Combinado con el famoso giro bengalí, un estrangulador de alambre
silencia al objetivo de forma rápida y eficiente.
—Debo admitir
que es muy eficaz —asintió Jackson, animándose con el tema, —pero hay tantos
edificios de oficinas equipados con detectores de metales que su uso queda
limitado básicamente a exteriores. Una bufanda de seda puede llevarse en
cualquier parte, y funciona a las mil maravillas como elemento de asesinato.
Además, da un toque de distinción al vestuario.
Los dos
rieron. Jackson descubrió que disfrutaba con la compañía del Ángel Oscuro.
Sabía más sobre el arte del asesinato que nadie a quien hubiera conocido desde
sus días en Vietnam. Si eso era posible, era más despiadada todavía que su
jefa, Alicia Varney. De un modo salvaje e indómito, era igualmente bella.
—Mi hermana,
Fawn, prefería estrangular con bufandas de seda roja —dijo Flavia.— Creía que
proporcionaban un contraste interesante con el cuero blanco que vestía
normalmente. Yo creo que es demasiado ostentoso. Nunca fui tan extrovertida
como ella. Era una exhibicionista.
—¿Era?
—preguntó Jackson, notando el tiempo verbal.
—La Muerte
Roja la destruyó —respondió la vampira. Su voz, llana y fría, ya no denotaba
humor alguno. Un fuego oscuro ardía en su mirada. —Ese monstruo la convirtió en
cenizas.
—Lamento saber
de tu pérdida —dijo Jackson. —¿Murió peleando?
Flavia
asintió. —Conoció la Muerte Definitiva en combate, como desean todos los
verdaderos guerreros. Fue un fin noble. Sin embargo, mi honor sigue clamando
venganza. He hecho un juramento irrompible de sangre por el que debo destruir
al monstruo o morir en el intento.
Jackson
asintió. —No me sorprende con lo que me has dicho. Es algo que encuentro
divertido sobre los vampiros. A pesar de toda su cháchara sobre lo de estar
no-muertos, tengo la impresión de que son muy apasionados sobre muchísimos
asuntos. La única diferencia es que el foco no es el mismo que el de los
humanos.
Levantó una
mano e hizo un gesto al camarero para que le trajera otra cerveza. —¿Otro vaso
de vino? —preguntó.
—Claro —dijo
ella. —El líquido hace formas intrigantes en el suelo. Además, el vaso vacío
ayuda a mantener la ilusión de la vida.
La Assamita
observó a Dire McCann y a Alicia Varney, absortos en su conversación, igual que
Elisha Horwitz y Madeleine Giovanni. Asintiendo satisfecha, volvió a mirar a
Jackson.
—La lujuria
nunca muere —dijo lamiéndose sensual el labio superior con su larga lengua.
Lanzó una profunda risa que era al mismo tiempo lasciva e inhumana.
—Simplemente es transformada por el Abrazo. Nuestras pasiones se hacen más
oscuras, y a menudo más profundas. Mira a nuestros compañeros, enzarzados en
sus elaborados rituales de apareamiento. Algunos vampiros aseguran que el sexo
es mucho mejor aún tras la muerte. Dicen que al requerir una mayor
concentración los resultados son mucho más intensos.
Jackson tragó
su cerveza de un solo trago. Hablar de sexo con una mujer bella vestida con un
mono de cuero blanco ajustado no era el modo en el que había esperado pasar la
noche.
Flavia sonrió,
sintiendo evidentemente su incomodidad. — ¿Qué piensa, señor Jackson? ¿Cree que
hacerme el amor compensaría los riesgos asumidos?
—Dudo que
muchos hombres pudieran resistirse a sus encantos, señorita Flavia —dijo
honestamente.
—¿Muchos hombres?
—rió la vampira. —No quería decir eso. "Muchos mortales" no me
interesan. ¿Qué hay de ti, Jackson?
El
guardaespaldas sacudió la cabeza. —Eres una tentación — dijo. —Una inmensa
tentación. Viva o muerta, eres una mujer peligrosa. Sin embargo, valoro
demasiado mi libertad como para rendirme a mis deseos. No me asusta poner mi
vida en peligro. Eso es fácil. Sin embargo, contigo estaría arriesgando el
alma, y no estoy dispuesto a ello.
—No eres
ningún idiota, señor Jackson —dijo Flavia, —lo que te hace doblemente
peligroso. Son muchos los Cainitas que subestiman a los mortales. Los hombres
como tú servís como un maravilloso ancla con la realidad. Me alegro de haberte
conocido.
—Lo mismo digo
—respondió Jackson. Apuró su cerveza y se preguntó si quería otra. —¿Qué hay
del señor McCann? Por lo que he oído, parece del tipo que haría a cualquier
vampiro pensárselo dos veces acerca de las relaciones.
—Dire McCann
es el hombre más peligroso del mundo —respondió Flavia. —Se encuentra en el
filo entre la vida y la muerte y no pertenece a ninguna de las dos. Espero
descubrir algún día la verdad sobre él, pero no cuento con ello.
—La audiencia
se está inquietando —dijo Jackson intranquilo. Tenía los nervios a flor de
piel, y era muy sensible al menor cambio en su entorno. La gente se agitaba en
sus sillas y se reunía en la calle. —¿Crees que la Mafia se está preparando
para actuar?
—Desde luego
—respondió Flavia. Tenía una sonrisa salvaje. —Ahora mismo. En este instante.
Sin más demoras. El... baile... comienza...
Nunca llegó a
ver a la Assamita dejar la silla. Flavia se movía a tal velocidad que pareció
desaparecer ante sus ojos. Se materializó a tres metros de distancia, frente a
una mesa que había identificado con anterioridad por sus dos ocupantes
vampíricos. Aunque sus oponentes eran Vástagos, con reflejos y fuerza decenas
de veces mayores que los de un mortal, estaban indefensos ante el Ángel Oscuro.
Flavia se
movía con la gracia sinuosa de una cobra. Con su mano derecha aferró a uno de
los asesinos por el cuello mientras con la otra cogía el hombro del segundo.
Los dos trataron de resistirse, pero la Assamita era fuerte más allá de toda
comprensión. Aparentemente sin esfuerzo, arrancó a los dos de sus sillas y los
alzó por el aire. Chocaron con un sonido de huesos rotos mientras sus caras se
partían con el impacto. Un segundo golpe aplastó las cajas torácicas y las
columnas vertebrales. Con desprecio, el Ángel Oscuro tiró a los dos al suelo y
se volvió en busca de nuevas presas.
Jackson sabía
que los vástagos eran difíciles de matar, pero a pesar de ello no eran inmunes
a las heridas, como Flavia acababa de demostrar. Ninguno de los dos causaría
problema alguno en un futuro cercano.
El tiempo de
espectador había terminado. Jackson se puso en pie al tiempo que desenfundaba
una pistola ametralladora Skorpion con la mano derecha. Normalmente prefería
las armas más pesadas, como las .45, pero en espacios reducidos como aquél la
ametralladora portátil era más eficaz. Una decena de secuaces de la Mafia,
mezclados con los clientes en la terraza, estaban poniéndose en pie. Otros
tantos esperaban en la calle. Era evidente que los gángsteres habían recibido
la orden de atacar. Para su desgracia, sus supuestas víctimas también esperaban
el mensaje, y su reacción fue mucho más rápida.
Flavia ya se
había encargado de los más peligrosos, los dos vampiros sentados en el café.
Por el rabillo del ojo, Jackson notó que Madeleine Giovanni estaba partiendo
cuellos y miembros con una tranquilidad nacida de un siglo como ejecutora. El
guardaespaldas sacudió la cabeza asombrado. Si no actuaba rápidamente, se
quedaría sin objetivos. Las protectoras de McCann eran todo un ejército
personal. Aunque no se consideraba un hombre vanidoso, creía su obligación como
guardaespaldas terminar con un buen número de ghouls y mañosos.
Gruñendo
obscenidades, dos caballeros vestidos de negro apartaron a un lado una de las
mesas de la terraza y comenzaron a rociar a los clientes con balas. Los más
cercanos gritaban horrorizados y corrían para escapar.
Jackson apuntó
con frialdad y disparó. A esa distancia era imposible fallar. Los asesinos se
desplomaron como muñecas de trapo a las que se les hubiera salido el relleno.
Un tercer y un cuarto hombre, que se abrían paso entre la multitud aterrorizada
cerca de la mesa de la señorita Varney, se reunieron con su creador de un modo
similar. Alcanzó a ver a una atractiva joven armada con un cuchillo de
carnicero y una mirada homicida, y acabó con ella como medida de precaución.
Podía no pertenecer a la Mafia, pero parecía estar dispuesta a matar. En
situaciones confusas no había tiempo para hacer preguntas.
Un ghoul
armado con estiletes demostró ser mucho más peligroso. Seis disparos al cuerpo
consiguieron frenarle, pero no detenerlo. Con frialdad, Jackson evitó las
acometidas salvajes del asesino, clavándole por fin la ametralladora en la boca
y cambiando con el pulgar el modo de disparo a automático. Ni siquiera un ghoul
podía seguir luchando sin la mitad superior de la cabeza.
El tiroteo
duró menos de un minuto. La multitud se perdió en la noche, dejando atrás solo
a los muertos. Con los sentidos alerta, Jackson escudriñó la zona. No había
señal de su jefa ni de Dire
McCann. Los
únicos que quedaban en pie en la terraza eran él, el Ángel Oscuro y Madeleine
Giovanni. Elisha Horwitz estaba sentado solo en la mesa, con los ojos abiertos
por el asombro. Parecía estar contando los más de treinta cadáveres que
inundaban la acera. Todos los matones de la Mafia habían muerto, así como seis
inocentes atrapados en el fuego cruzado.
—Eso sí que ha
sido rápido —señaló el joven. —Ni siquiera me ha dado tiempo a asustarme.
—No eran más
que corderos para el sacrificio —dijo Flavia. En una mano empuñaba una espada
corta brillante. Jackson tragó saliva, notando que no había señal de ninguno de
los dos vampiros. El Ángel Oscuro se había asegurado de que no causarían
problemas en el futuro. —Estaban aquí solo para comprobar nuestras identidades.
Estoy segura de que las verdaderas tropas de asalto están en camino.
Como respuesta
a su comentario, dos grandes vehículos negros rugieron al fondo de la calle,
dirigiéndose hacia ellos. Grandes ametralladoras surgieron de las ventanillas
blindadas, entonando una canción de plomo. Jackson se arrojó al suelo, igual
que Flavia y Madeleine. Solo Elisha pareció no preocuparse. Su frente parecía
concentrada, pero por lo demás estaba inmóvil.
Los
escaparates del café estallaron cuando la lluvia de balas los hizo pedazos. Sin
embargo, algún milagro hizo que ningún proyectil alcanzara a Elisha. Parecían
doblarse a su alrededor, dejándole indemne.
Elisha es un
mago, recordó Jackson al sentir la alteración de la realidad. Un instante
después, la ametralladora en el primer coche tosió, hizo un extraño ruido y
dejó de disparar. Una carga había quedado atrapada accidentalmente en el cañón.
Todo ocurrió tan rápido que su operario no tuvo tiempo de dejar de disparar. La
parte trasera del vehículo estalló en llamas. Con un chirrido de las ruedas, el
coche derrapó por la calle y se estrelló contra la reja reforzada que protegía
el Teatro de la Opera. Se produjo otra explosión cuando los cargadores
adicionales estallaron. Las llamas lo envolvieron todo y nadie llegó a salir
del infierno.
Viendo lo
ocurrido, el conductor del segundo vehículo pisó inmediatamente el freno. Se
produjo un chirrido mientras el coche se detenía, pero antes pasó sobre una
mancha de aceite dejada por su compañero. Con los frenos bloqueados y las
ruedas giradas, el vehículo trazó un amplio trompo y se estrelló fuera de
control contra los restos ardientes del primero. El sonido de la gasolina
prendiéndose anunció la explosión del motor.
Del interior
llegaron los gritos de agonía, pero nadie consiguió salir con vida. Jackson
sospechaba que los picaportes debían estar averiados. El vehículo pareció
saltar en el aire cuando detonaron la ametralladora y toda la munición. Aquél
era un modo feo y horrible de morir. Jackson se prometió que nunca se cruzaría
con un mago.
El rostro de
Elisha estaba totalmente pálido. —No quería ser tan violento —declaró.
—No te
preocupes por su destino —dijo Madeleine Giovanni, poniéndose en pie y tomando
las manos del joven en las suyas. —Hiciste lo que era necesario. Esos hombres
querían matarnos. Si hubiéramos sido nosotros lo que hubiéramos ardido,
estarían riéndose.
Flavia
asintió. —¿Cuántos inocentes han muerto aquí esta noche? —le preguntó a Elisha.
—Un asesino capaz nunca se mancha las manos con la sangre de inocentes. Pagaron
el precio por su ineptitud.
—Eso supongo
—dijo Elisha. —Solo... Creo que nunca me será fácil matar a nadie... ni
siquiera a un enemigo.
—Mejor para
ti, chaval —dijo Jackson. —Al mundo nunca le vienen mal las personas con moral.
Últimamente no abundan.
El
guardaespaldas miró alrededor. Alicia Varney y Dire McCann se habían esfumado.
El único sonido procedía de los coches en llamas. —No hay sirenas —señaló. —Eso
no es bueno. La policía ya debería haber llegado.
Madeleine
Giovanni cerró lo ojos y negó con la cabeza. — Siento a más de diez vampiros
acercándose desde tres puntos diferentes. En su mayoría Brujah, pero con ellos
van algunos Gangrel.
—Grupos de
caza —dijo Flavia. —Las autoridades están compradas. Estamos solos.
Madeleine
abrió los ojos. —No podemos quedarnos aquí mucho más tiempo. —¿Dónde están
McCann y la señorita Varney?
—Comparando
notas —dijo Dire McCann, saliendo a la terraza desde el interior del
restaurante. A su lado estaba Alicia Varney. —Necesitábamos unos momentos de
tranquilidad para hacer planes.
El detective
sonrió. —Aquí había demasiado ruido, aunque calmasteis las cosas bastante
rápido.
—No eran más
que el aperitivo, McCann —dijo Flavia. —El plato fuerte está en camino.
Probablemente se trate de un pequeño ejército. Don Caravelli parece dispuesto a
acabar con vosotros a toda costa, y no ha reparado en gastos. ¿Tienes algún
plan para quitarles las ganas?
—En este
momento la situación es bastante complicada —dijo McCann, como un tono casi de
disculpa. —Lo siento, pero tenemos que volver a dividirnos.
—McCann y yo
debemos localizar a un antiguo Nosferatu que vive en las catacumbas bajo París
—dijo Alicia. —Creo que una de las entradas a su guarida está escondida en
algún lugar en los niveles inferiores del Teatro de la Ópera.
—Mientras
buscamos —dijo McCann, —tendréis que retrasar la acción de la Mafia. Alicia y
yo sospechamos que no somos los únicos ansiosos por encontrar a este vampiro en
particular. No podemos permitir que nuestros enemigos den primero con él. Eso
sería un desastre de grandes proporciones.
—¿Así que los
dos os vais de caza —dijo Flavia, —mientras nosotros nos quedamos para darle
trabajo a los chicos de Don Caravelli?
—Básicamente
sí —respondió McCann.
—¿Cuánto
tiempo necesitáis que nos quedemos jugando? — volvió a preguntar la Assamita.
—Me temo que
casi toda la noche —dijo el detective. —Ya sabes cómo son las guaridas de los
Nosferatu. Además, aunque lo único que queremos es hablar con el vampiro, él no
lo sabe. Localizarle puede ser difícil.
—Cuatro contra
varias bandas de mafiosos —dijo Jackson. —Parece complicado, incluso teniendo
en cuenta el talento demostrado.
Madeleine
Giovanni sonrió. A Jackson le parecía demasiado joven para ser una asesina,
aunque sabía que con los vampiros las apariencias solían ser engañosas. —Creo
que puedo mejorar un poco nuestra posición. El clan Giovanni tiene oficinas en
París. Mis primos Cesare y Montifloro se encuentran aquí. Si les llamo, el
honor familiar les obligará a prestarnos ayuda. Nunca dejarán pasar la
oportunidad de una buena pelea, especialmente cuando sepan que es contra la
odiada Mafia.
—¿Cesare
Giovanni, el de los cuchillos? —preguntó Flavia.
—El mismo
—respondió Madeleine. —Fue él quien me enseñó el arte.
La Assamita
rió. —Le he visto pelear. Es un maestro con las dos hojas. Será un placer
trabajar con él.
—Tenemos que
irnos —dijo McCann. Cogidos de la mano, él y Alicia se volvieron hacia el
Teatro de la Ópera. —Mañana a medianoche acudid a Versalles. Intentaremos estar
allí. Si no aparecemos, volved la noche siguiente. Mientras tanto, no asumáis
riesgos innecesarios en la pelea, pero contenedlos todo el tiempo que podáis.
—Suena
divertido —dijo Flavia.
Jackson
sacudió la cabeza atónito. Lo decía en serio.
CAPÍTULO 4
París: 5 de
abril de 1994
Con las manos
retorcidas temblando de miedo, Phantomas aferraba desesperado los papeles de
fax que acababa de sacar de su centro de mensajes hacía cinco minutos. —Esto no
me gusta — declaró, aumentando el volumen y el tono con cada palabra. — ¡No me
gusta nada este giro de los acontecimientos!
A su
alrededor, las enormes ratas de alcantarilla que compartían con él su reino
empezaron a chillar como respuesta. Phantomas estaba conectado a miles de ratas
de forma sutil mediante la disciplina vampírica conocida como Animalismo. Podía
sentir sus emociones y obligarles a obedecer órdenes sencillas. Sin embargo,
aquel vínculo funcionaba en muchas capas. Cuando él estaba enfadado o molesto,
las ratas lo sentían. Aquella noche corrían enloquecidas por el suelo mientras
su amo agitaba en el aire un puñado de papeles y gritaba impotente.
—¡Mirad esto! —chilló.
—Mirad estos informes. Hace tres noches, once ciudadanos desaparecen en
Marsella sin dejar rastro. ¡Once! ¡Desaparecidos sin dejar rastro! Nada de
cuerpos. He cruzado sus nombres en los informes oficiales de la policía con los
de mi enciclopedia. Todas las víctimas eran Vástagos, seis de ellos del clan
Nosferatu,
—Un barco
había atracado horas antes en el muelle procedente de Argentina. Parte de la
tripulación estaba muerta y el resto no tenía recuerdos del viaje. Algo
terrible viajaba a bordo. Trajeron un monstruo a nuestras costas, una criatura
que amenaza la existencia de todos los vampiros de Europa, un horror que se
acerca a París a toda prisa.
—La noche
siguiente, seis vampiros se desvanecieron en Lyon. De nuevo, la mayoría eran
Nosferatu. Uno de los desaparecidos era Rocholone, un Vástago de la Sexta
Generación de gran poder. Según los informes policiales, el único
acontecimiento extraño de la noche se produjo cerca de la medianoche, cuando
cuarenta y siete ventanas se rompieron en el barrio en el que se produjeron las
desapariciones. Nadie pudo explicárselo, aunque varias personas se quejaron de
haber oído un chillido extremadamente agudo un instante antes del desastre.
Phantomas
juntó las manos, aplastando los papeles. —Un buen chillido es ése, vaya que sí
—dijo, derrumbándose como una piedra sobre la silla frente a su monitor. Sus
rasgos estaban retorcidos por el miedo. —Un aullido, más bien. Ese monstruo
siempre aúlla en su momento de triunfo. Por eso se ha ganado su título: Gorgo,
La Que Aúlla en la Oscuridad.
Miraba con
ojos aterrorizados las paredes de bloques de cemento de su guarida subterránea.
—Anoche cayó sobre Fontainebleau. Según mis informes, solo dos Vástagos vivían
en esa ciudad, Eran Toreador, por supuesto, artistas inmersos en sus recuerdos
de la corte de Enrique II. Aún no se ha
informado de su desaparición, pero las doscientas treinta ventanas destrozadas
en el palacio aparecieron en las noticias de esta mañana. La voz de Gorgo es
única en la Tierra.
Tiró los faxes
al suelo y descansó su cabeza calva sobre las manos, apoyadas en la mesa.
—Fontainebleau está a solo cuarenta y cinco kilómetros de París. Es posible que
la Que Aúlla en la Oscuridad ya esté aquí. No soy ningún estúpido. Absimiliard
ordenó a los Nictuku que localizaran y destruyeran a los más poderosos antiguos
del clan Nosferatu. Dos mil años de existencia me incluyen en esa categoría.
Gorgo ha venido en mi busca.
Sacudiendo la
cabeza desesperado, dio un puñetazo al teclado de su ordenador. —Primero, la
Muerte Roja trata de destruirme. Después envía a tres locos a mi guarida. Ahora
me veo acosado por uno de los Nictuku. ¡No es justo! Lo único que quería era
sentarme tranquilamente y trabajar en mi gran enciclopedia. No quería verme
involucrado en modo alguno en la Yihad.
Las ratas
chillaron dando su aprobación. Abatido, Phantomas se quedó inmóvil frente al
monitor parpadeante. Las ratas eran las únicas que hacían sonido alguno. Pasó
un minuto. Otro. Lentamente, el vampiro se enderezó.
—Es evidente
—dijo el Nosferatu hablando a la enorme rata gris que se encontraba sobre la
pantalla, —que mis deseos no significan nada para la Muerte Roja o los Nictuku.
Es hora de que aprendan que no soy fácil de eliminar. Un soldado romano nunca
se rinde. Mis enemigos podrán poseer grandes poderes, pero para destruirme
tienen que entrar en mi guarida, y aquí, bajo las calles, reino supremo.
Comenzó a
escribir febrilmente en el teclado con asombrosa velocidad. —Se impone un
rápido diagnóstico del sistema de seguridad —dijo, cobrando fuerza con cada
palabra. Asintió satisfecho al ver aparecer en la pantalla las largas cadenas
de símbolos. El Nosferatu comprendía aquel lenguaje informático con la misma
facilidad con la que escribía.
—Todos los
sistemas están operativos y funcionan a la perfección —declaró tras unos
segundos. —Los sensores y unidades de sonido funcionan a la máxima eficiencia.
Los sistemas suplementarios están listos. Los puentes están preparados.
Pulsó tres
teclas. —Los muros están cambiando, adoptando el esquema catorce, el ciclo sin
fin. Se han cerrado catorce salidas y han quedado seis abiertas. Las trampas
disparadas por los Tres Impíos vuelven a estar operativas. Los muros destruidos
han sido cambiados. No queda rastro alguno de su paso.
Tecleó cinco
líneas de órdenes y asintió satisfecho al comprobar la respuesta inmediata. —Es
un plan digno del mismísimo Julio. Audaz, descarado y lleno de engaño. —El
vampiro rió. — ¡Algunas lecciones no se olvidan nunca! ¡Ave, César!
Se puso en pie
como si se hubieran activado unos muelles. Tres pasos le llevaron hasta una
pared de la cámara. Extendiendo sus dedos alcanzando una extensión que ningún
mortal o vampiro podía abarcar, presionó simultáneamente cuatro interruptores
ocultos. Sin un solo sonido, la losa de ladrillo se deslizó hacia un lado,
revelando un panel brillante lleno de luces electrónicas. Pulsó cinco
interruptores, sonrió y devolvió a su sitio la sección del muro, asegurándose
de que se había cerrado. Su segunda línea de defensa estaba preparada.
—Ahora debo
descargar toda la enciclopedia en las copias de seguridad —confió a las ratas
que le seguían. —No importa lo que me suceda a mí o a mi guarida, la
información estará a salvo en otros doce puntos repartidos por el mundo.
Quince minutos
después, el trabajo estaba concluido. Phantomas se sentía satisfecho.
Se volvió
hacia sus pequeñas compañeras. —Un estúpido que sepa que es objeto de la
atención de Gorgo huye, tratando de correr más rápido que su furia. Una
elección errónea, ya que nadie puede escapar de lo inevitable. Un hombre sabio
se enfrenta a su enemigo. Solo encarándonos con nuestras peores pesadillas
podemos derrotarlas.
Las ratas
asintieron con un chillido. El vampiro volvió a sentarse en la silla frente al
monitor principal. Cualquiera que intentara entrar en las catacumbas pondría en
marcha su plan maestro.
No quedaba más
que esperar.
Estaba seguro
de que Gorgo llegaría aquella noche. Sin embargo, la recepción iba a ser
diferente a todo lo que hubiera conocido con anterioridad. La Que Aúlla en la
Oscuridad iba a recibir una sorpresa... o eso esperaba Phantomas.
CAPÍTULO 5
París: 5 de
abril de 1994
Las puertas
del Teatro de la Ópera estaban cerradas.
—No hay tiempo
para sutilezas —dijo McCann, aferrando el pomo de uno de los elaborados portones.
Giró la muñeca y el mecanismo saltó con un crujido.
—Detrás de ti
—dijo abriendo la puerta. —He neutralizado las alarmas, por supuesto.
—No esperaba
menos —dijo pasando junto a él para entrar en el edificio. —Mientras tanto, yo
me he encargado de que los diversos guardias apostados por el edificio estén
dormidos. No despertarán hasta la mañana, así que podemos explorar sin
interrupciones inesperadas.
McCann rió
entre dientes. —Formamos un excelente equipo de ladrones. Piensa en toda la
diversión que nos hemos estado perdiendo estos años.
—Los
allanamientos son una pérdida de tiempo —dijo Alicia mientras recorrían el
paseo que conducía a la Gran Escalera. —El crimen organizado es mucho más
rentable.
—Manipular los
tipos de cambio en los mercados internacionales es aún mejor —replicó McCann.
Alicia sacudió
la cabeza disgustada. —A lo largo de los siglos has perdido el sentido de la
aventura, McCann. ¿Qué emoción tiene intercambiar dinero?
—La emoción de
la victoria —respondió el detective, volviendo a reír. —Algún día, el mundo
será mío.
—Eso ya lo
veremos —respondió Alicia, imitando su risa. — Mis planes...
Su voz comenzó
a fallarle y se detuvo cuando llegaron al esplendor de mármol blanco de la Gran
Escalera. —Había olvidado lo magnífico que es este lugar —dijo, con un claro
brillo en los ojos. —Han pasado muchos años desde nuestra última visita.
—Recuerdo que
una vez mencionaste haber estado en la noche de la apertura —dijo el detective.
—Invitada por algún rey, ¿no?
—Por Alfonso XII de España —respondió Alicia observando las estatuas
de las Musas que protegían la entrada a la planta principal. —Éramos amigos
íntimos.
Lanzó una
mirada al detective, retándole a hacer algún comentario. Sabiamente, McCann
mantuvo la boca cerrada. —Aquélla sí que fue una noche —dijo apasionada. —Las
escaleras estaban llenas con los ricos y famosos de todo París. El Presidente
de la República, el Mariscal McMahon, estaba allí, así como el Lord Mayor de
Londres, junto con sus alguaciles, espadachines y alabarderos. El Príncipe
vampírico de París, François Villon, también asistió, rodeado como siempre por
su séquito y varios miembros del clan Toreador. Entre la Vástagos se comentó
que gran parte de los extravagantes diseños arquitectónicos de Garnier debían
mucho al príncipe. Conociendo el gusto de Villon para los excesos, sospechaba
que las historias eran ciertas. Viendo esta opulencia un siglo después, estoy
convencida de ello.
El estruendo
del fuego de ametralladoras terminó con los recuerdos de Alicia. —Parece que la
Mafia ha regresado con ganas de marcha —dijo McCann. —Más nos vale que nos
movamos. No creo que puedan con Flavia y Madeleine, pero es mejor no dejar nada
al azar. Tú conoces este lugar. Yo solo venía a París para verte, y no perdía
el tiempo haciendo turismo. ¿Dónde vamos a encontrar la entrada de esas famosas
catacumbas?
—En el sótano
—dijo Alicia. —Muy, muy abajo.
—Eso no será
difícil —dijo McCann mientras seguía a Alicia por el pasillo bajo la Gran
Escalera.
—No estés tan
seguro —respondió ella. —Hay siete plantas bajo el nivel de la calle. Las salas
del sótano son tan inmensas y los techos tan altos que podían guardarse allí
escenarios enteros. Durante la época de la Comuna de París, el sótano de la
Ópera sirvió como prisión militar. Nadie sabe con seguridad cuántos hombres
murieron durante el asedio de la ciudad, pero la tradición dice que sus
espectros aún moran en los niveles inferiores.
—Qué idea más
agradable —dijo McCann mientras atravesaban una puerta marcada Prohibido el
Paso. —¿Hay algo más que deba saber?
—Los disparos
han cesado —dijo Alicia. —Eso son buenas noticias. El ataque ha terminado.
Se detuvo al
encontrar una escalera de piedra que bajaba hacia la penumbra. —Sin embargo,
parece que en el segundo sótano no hay luz.
—Es probable
que hayan cortado la electricidad para ahorrar dinero —dijo McCann sombrío.
—Típico de los franceses. Puedo ver en la oscuridad. ¿Y tú?
—Razonablemente
bien. El problema lo tendremos cuando lleguemos al lago.
—¿Lago?
—repitió el detective mientras descendían. No parecía muy contento. —¿Has dicho
lago?
—Se encuentra
en los niveles más bajos —respondió Alicia. —Antiguamente pasaba por aquí una
corriente subterránea. Garnier usó bombas de vapor durante ocho meses para
secar el suelo y bajar el nivel freático. Cuando terminó construyó una
cimentación de hormigón en dos capas. A pesar de sus esfuerzos, terminó
formándose un lago muchos metros bajo el escenario principal. Ése es nuestro
destino. Supuestamente, la entrada a las catacumbas está oculta por el agua.
—¿Y nadie ha
intentado nunca explorar ese lago tan especial? —preguntó McCann.
—No
recientemente. Unos años después de la apertura de la Ópera, algunos valientes
anunciaron su intención de localizar la entrada de agua. Los dos primeros
intentos fallaron, y los tres siguientes grupos desaparecieron sin dejar
rastro. Nadie lo ha intentado desde entonces. La investigación parece
encontrarse con algunos problemas insalvables. Espera. Lo verás por ti mismo
cuando encontremos la entrada del lago.
—¿Y el
gobierno? —preguntó McCann. —¿Nadie se preocupa por la seguridad del edificio
con una corriente en el sótano?
—A los
funcionarios no les preocupa en absoluto —dijo Alicia. —¿Por qué gastar dinero
si nos lo podemos ahorrar?, pensarán. La Ópera se ha mantenido en pie durante
más de un siglo y los cimientos siguen en buen estado. Como casi todos los
políticos, están demasiado preocupados por los asuntos importantes, como los
sobornos y la corrupción.
—La naturaleza
humana nunca cambia —dijo McCann. A menudo me pregunto si Caín se enfrentó a
problemas similares cuando construyó Enoch. Dicen que la prostitución es la
profesión más antigua del mundo, pero, ¿qué hay de la política?
Alicia rió.
—¿Qué diferencia hay entre las dos?
Pasaron veinte
minutos buscando la puerta adecuada por el sótano. Alicia solo había visitado
el lago una vez con anterioridad, y había sido hacía un siglo. Había cientos de
cuartos que investigar. Al final, justo cuando los nervios de McCann empezaban
a alterarse, dieron con el lugar. Un pasillo largo y estrecho terminaba en una
puerta de acero con un cartel con enormes letras rojas: "Peligro:
Prohibido el Paso". La cerradura estaba echada.
—Ahora lo
recuerdo —dijo Alicia. —El lago se encuentra bajo nuestros pies. Al otro lado
del portal hay una trampilla que conduce al nivel inferior.
—¿Una
trampilla? —preguntó McCann. —¿No hay siquiera un embarcadero? No me digas que
tenemos que nadar para llegar a las catacumbas.
—Debería haber
un bote anclado al techo cercano a la trampilla —respondió Alicia. —Al menos,
hace un siglo lo había.
El detective
parecía disgustado. —Si lo hubiera sabido me hubiera traído una barca
hinchable. Espero que la memoria no te falle.
Alicia se puso
en cuclillas frente a la cerradura. —Déjame intentarlo. Parece sencilla.
Flexionó los
dedos sobre el metal, y con un chasquido casi inaudible la puerta se abrió.
—Presumida—dijo
McCann, empujando.
Alicia sonrió.
—La fuerza bruta tiene un lugar en este mundo, pero la delicadeza funciona en
la mayoría de las situaciones.
En el centro
de la cámara oculta se encontraba una gran trampilla con una argolla metálica
en el centro. Descansando contra la pared había cuatro grandes remos de madera,
y junto a ellos había varias linternas. —McCann tomó una y la encendió. Una luz
blanca inundó la estancia. —Pilas nuevas —dijo. —Alguien ha estado aquí hace
poco. Los remos parecen en buen estado. Puede que la cosa no esté tan mal como
esperaba.
El detective
se agachó y abrió la trampilla, revelando una oscuridad absoluta. Alicia apuntó
su linterna hacia el hueco, mostrando una masa de agua en calma a un metro y
medio bajo el techo. McCann gruñó. Un pequeño bote en el que apenas cabían dos
personas esperaba sobre la superficie, atado con un grueso cabo a un gancho en
el techo.
—No hay
precisamente mucho espacio entre el techo y la superficie —señaló McCann. —Me
parece que va a ser un viaje bastante claustrofóbico.
—Nunca pasé de
aquí—dijo Alicia. —Las historias aseguran que varios túneles surgen desde el
extremo del lago hacia las catacumbas. El problema es que, con esta altura del
agua, los pasadizos apenas son visibles.
—Genial —dijo
McCann. —Encontrarlos va a ser divertidísimo. No parece que tengamos más
elección. ¿Quieres subir primero? Te pasaré los remos. Llévate una linterna.
Con visión nocturna o sin ella, prefiero remar con las luces encendidas.
Alicia bajó
cuidadosamente hacia el bote. Con sus largas piernas estiradas apenas podía
sentarse sin que su cabeza tocara los ladrillos rojos del techo. —Pásame los
remos —dijo. —Ten mucho, mucho cuidado cuando subas a bordo. No vas a poder
sentarte estirado. Creo que si te arrodillas tendrás sitio suficiente. Vas a ir
bastante apretado.
McCann le dio
los remos y se descolgó desde la trampilla. Apoyó cuidadosamente los pies en el
fondo del bote y dejó sentir su peso poco a poco. Si volcaban, alcanzar la
trampilla sería difícil.
—Ésta no es mi
idea de la comodidad —dijo el detective unos minutos después, con los brazos
recostados en el borde del bote. Tenía la barbilla apoyada sobre los dedos y
escudriñaba la oscuridad, tratando de dar con un hueco en las paredes de la
gigantesca cámara. —¿Quieres probar primero en alguna dirección particular?
—Dime tú
—respondió Alicia, introduciendo los remos en el agua. McCann apenas cabía en
el bote, por lo que tenía que remar ella. No parecía muy contenta. —Tú eres el
detective, ¿recuerdas? Venga. No tenemos toda la noche para localizar esas
malditas catacumbas.
McCann frunció
el ceño concentrado. —Por ahí —dijo tras unos segundos señalando a la derecha.
—Siento una interrupción en la pared. Más allá hay una cueva con una playa.
Debe ser la entrada de los túneles.
—Hay un olor
extraño —dijo Alicia mientras giraba el bote en la dirección indicada.
—¿También lo
has notado? —respondió el detective mientras mojaba los dedos en la superficie
gélida del lago. Se llevó la mano a los labios y lamió.
—Mierda. Justo
lo que temía, aunque tiene sentido. Hay restos de vitae Cainita mezclada en el
agua. Este lago es un gigantesco estanque de sangre.
—¿Un estanque?
—repitió Alicia. —Eso podría explicar lo sucedido con los exploradores. A los
Nosferatu les gusta este tipo de trampas. Si Phantomas es un Matusalén, su
sangre será extremadamente poderosa. —Sintió un escalofrío. —¿Qué tipo de
monstruos subacuáticos vivirán bajo el Teatro de la Ópera?
Casi como
respuesta, el agua frente al bote se agitó. Algo se estaba moviendo bajo la
superficie, dirigiéndose hacia ellos.
—Tengo la
molesta sensación —dijo sombrío Dire McCann, —de que estamos a punto de
descubrirlo.
CAPÍTULO 6
Sicilia: 5 de
abril de 1994
El comunicador
en la mesa de Don Caravelli empezó a zumbar. El jefe de la Mafia extendió el
brazo y apretó el botón del altavoz. —¿Y bien? —preguntó.
—Nuestros
agentes han hecho una identificación positiva de la presa en las inmediaciones
del Teatro de la Ópera de París — dijo Marius Michaud. —No hay duda de que
tanto McCann como Varney están allí.
—Excelente
—dijo Don Caravelli. Al otro lado de la mesa, sentada en una silla, estaba
Elaine de Calinot. Sobre su regazo descansaba su bastón. No mostró reacción
alguna ante las noticias. —¿Cuándo comenzará el ataque?
La línea quedó
en silencio durante un instante. Cuando Michaud volvió a hablar quedó claro que
no parecía muy entusiasmado. — El primer intento terminó hace casi una hora
—dijo hablando lenta y cuidadosamente. —No tuvo éxito. Todos nuestros agentes
en los alrededores fueron destruidos. No hay supervivientes.
—Sospecho que
Madeleine Giovanni estaba allí —dijo Don Caravelli. —No le gusta dejar cabos
sueltos.
—Tanto ella
como la asesina Assamita conocida como el Ángel Oscuro demostraron ser
imposibles de matar—siguió Michaud. —En las pocas ocasiones en las que nuestras
fuerzas lograron acercarse lo suficiente como para preparar un ataque serio, la
mala suerte abortó todas nuestras acciones. Los depósitos de gasolina se
rajaban provocando explosiones, se producían incendios en los carritos de los
vendedores, las armas se encasquillaban... Parecía que las leyes del azar se
hubieran vuelto contra ellos.
—Un mago —dijo
Elaine suavemente, de modo que solo Don Caravelli pudiera oírla. Una sonrisa
siniestra apareció en sus labios rojos. —Deben haber reclutado a un mago
poderoso para su causa. Sea quien sea, tuerce la realidad para ayudarles.
Don Caravelli
asintió. Parecía sorprendentemente compuesto, considerando las malas noticias
que había recibido. No le importaban. El contacto inicial no significaba nada.
Que sus agentes estuvieran siendo exterminados por decenas tampoco era
demasiado grave. Lo verdaderamente importante era el resultado final.
—Supongo que
nuestros representantes volvieron al ataque — preguntó el señor de la Mafia.
—Por supuesto
—respondió el jefe de seguridad. —Tenían sus órdenes. La segunda oleada no tuvo
más éxito. De nuevo, ninguno de los agentes escapó a la Muerte Definitiva.
Desde entonces la batalla ha abandonado la Ópera y ha degenerado en una lucha
urbana por el distrito entre nuestras fuerzas y las de Madeleine Giovanni.
—¿Qué quieres
decir? —preguntó Don Caravelli frunciendo el ceño. —¿Esa puta ha conseguido
refuerzos?
—Dos miembros
del clan Giovanni que operan una oficina en París —dijo Michaud. —Nunca creímos
que fueran a participar activamente en el combate. Llegaron por sorpresa,
acompañados por varios ghouls. Su presencia ha anulado nuestra superioridad
numérica. Los recién llegados luchan como posesos.
—Nunca creímos —repitió
Don Caravelli rezumando sarcasmo. —Qué desafortunado. Lo recordaré cuando este
episodio haya terminado. De momento, llama a más agentes de la zona
circundante. Ésta es tu única oportunidad para redimirte Michaud. Quiero ver
destruida a esa puta Giovanni, y a sus familiares y amigos con ella.
¿Entiendes? No quiero más fallos.
—A sus
órdenes, mi Don —respondió Michaud aturdido. No había escapatoria. Destruir a
Madeleine Giovanni era imposible, lo que convertía la orden de Don Caravelli en
una sentencia de muerte. El intercomunicador se apagó.
—Me estaba
cansando de ese estúpido —dijo Don Caravelli con una sonrisa cruel. —Encontrar
un repuesto no me costará demasiado.
—No ha
mencionado a Varney ni a McCann después del ataque inicial —señaló Elaine con
un gesto de la mano. Pertenecía al Círculo Interior del clan Tremeré y no le
preocupaba el destino de los subordinados. —Estoy segura de que nuestros
objetivos ya no se encuentran con sus ayudantes.
Don Caravelli
asintió. —Estoy de acuerdo. Los abandonaron para que lucharan mientras ellos
seguían con su búsqueda. ¿Qué mejor distracción que un tiroteo en las calles de
París?
—Las
habladurías locales aseguran que existe una entrada a las viejas catacumbas en
algún lugar bajo el Teatro de la Ópera — dijo la hechicera.
—Interesante,
pero carece de importancia. Mis representantes en la ciudad han encontrado
cuatro entradas secretas a los túneles repartidas por toda la ciudad. Cada una
conduce a las zonas inferiores desde lugares diferentes. Tenemos a ese tal
Phantomas rodeado. Lo único que falta es hacer saltar la trampa y aplastar a
nuestros enemigos como a insectos.
—Si los
combates comenzaron hace una hora —dijo Elaine levantándose de la silla, —es
probable que McCann y Varney ya estén de camino hacia la guarida del Nosferatu.
Retrasar demasiado el ataque podría ser un error fatal. Juntos, los tres
representan una oposición formidable.
—No cometas el
error de juzgar a mis escuadrones de asalto por la incompetencia de aquéllos
que combaten al Ángel Oscuro y a Madeleine Giovanni —dijo Don Caravelli tomando
un hacha de la pared. Cuando Elaine estaba de pie se sentía mucho más seguro
con un arma en las manos. El tacto del acero frío siempre le calmaba. —Esos
idiotas son carne de cañón. Son prescindibles y no tienen más objetivo que
intentar dar al ataque un viso de realidad. Mientras los amigos de McCann
pintan las calles de París de rojo, nuestro ejército clandestino se encuentra
cientos de metros bajo las calles, buscando y destruyendo a los verdaderos
enemigos.
—Phantomas es
un Matusalén —dijo Elaine. —McCann y Varney pueden ser humanos, pero disponen
de poderosos mentores.
Don Caravelli
sonrió despectivo. —¿Debería echarme a temblar? Tras nuestra discusión, ordené
en secreto a mis mejores asesinos en todo el continente que se reunieran en
París. No se trata de vampiros ordinarios, señorita de Calinot. Son los
criminales más peligrosos y preparados de mi organización. Es una hueste de
asesinos amados con la tecnología más avanzada disponible. Las pistolas de eco
Doppler y los detectores de movimiento darán con Phantomas y con los dos
humanos antes de que se den cuenta. Cuando amanezca, esos tres habrán dejado de
ser una molestia.
—Eso espero
—dijo Elaine, —por tu propio bien.
Don Caravelli
empuñó el hacha con más fuerza. —¿Una amenaza, señorita de Calinot?
Elaine rió.
—Te confundes, Don Caravelli. —El jefe de la Mafia creyó sentir un toque de
sarcasmo en su voz. —Somos aliados, compañeros en la búsqueda para lograr el
control de la raza Cainita. Solo estaba expresando mi preocupación por tu
seguridad.
Su voz se hizo
fría. —Si Dire McCann y Alicia Varney sobreviven a esta noche habrás hecho
enemigos extremadamente poderosos. Madeleine Giovanni puede ser una rival
peligrosa, pero comparada con Lameth y Anis no es más que un insecto. Hasta la
Muerte Roja teme la furia del Mesías Oscuro y su consorte.
—¿Ahora
presumes de hablar no solo por el Consejo Interior de Tremeré, sino también por
la Muerte Roja? —dijo Don Caravelli con un tomo igualmente gélido. —Como señor
de la Mafia no temo a nadie, incluyendo al misterioso Nosferatu y a los dos
mortales que le buscan.
Se llevó la
mano al bolsillo del traje y sacó un teléfono móvil. Con la mirada ardiente,
marcó un código de cuatro dígitos. La conexión por satélite fue casi
instantánea.
—Ahora —dijo
al auricular, cortando inmediatamente la comunicación.
—La búsqueda
ha comenzado —dijo. —Mis agentes me informarán en cuanto traben contacto. Las
catacumbas serán la sepultura de nuestros enemigos.
Elaine sonrió.
—Destruye a esos tres y el mundo será nuestro.
CAPÍTULO 7
París: 5 de
abril de 1994
Dire McCann
sacó la pistola ametralladora y se la puso sobre el regazo. Con los ojos
entrecerrados por la concentración, dejó que la punta de sus dedos tocara la
superficie del lago subterráneo. Lanzó una maldición. —Qué demonios...
—¡Cuidado!
—gritó Alicia.
Dos
gigantescas cabezas surgieron del agua a pocos metros del bote. Las criaturas
recordaban a inmensos cables multicolores terminados en fauces llenas de
colmillos de quince centímetros, afilados como cuchillas. Unos ojos negros
situados justo sobre la boca estaban fijos sobre Dire McCann. Siseando como
gigantescas locomotoras de vapor, se lanzaron hacia delante para atacar al
sorprendido detective.
McCann se
levantó instintivamente para repeler el ataque, olvidando por un instante la
pistola sobre sus piernas. Con un golpe que resonó por toda la cámara, se
golpeó la cabeza contra el techo de ladrillo. Gruñendo dolorido, se derrumbó
sobre el bote mientras los dos horrores golpeaban el lugar donde había estado
hacía un segundo. La barca zozobró cuando los monstruos golpearon sus costados.
Con un chapoteo las criaturas se sumergieron de nuevo, igual que la
ametralladora de McCann, que se perdió en la negrura del lago.
Como enormes
cobras, los dos monstruos volvieron a sacar la cabeza del agua, Los colmillos
brillaban como dagas contra la débil luz de la linterna. Criadas en el estanque
de sangre del Nosferatu, aquellas rémoras poseían una inteligencia
sobrenatural. Les dominaba un loco deseo de destruir a cualquiera que invadiera
su guarida.
Gruñendo
furiosa, Alicia soltó los remos. Señaló con sus manos directamente a las
criaturas, concentrando su inmensa voluntad. Chispas brillantes surgieron de
sus dedos, convirtiéndose en bolas de fuego a medida que avanzaban. Las llamas
golpearon en la garganta a los monstruos, que siseando agónicos se sumergieron
bajo la superficie del lago.
—Rémoras
—escupió McCann iracundo desde el fondo del bote. —Hay decenas de ellas
repartidas por todo el estanque. Son enormes.
—Imposible
—dijo Alicia. —Son peces tropicales. Necesitan aguas templadas. Tuve algunas en
una pecera hace unos años.
—Díselo a
ellas —respondió McCann, sacudiendo la cabeza para aclarar sus pensamientos.
Aferró los costados del bote y trató de arrodillarse.
—¡Hostia! —gritó
Alicia mientras una serpiente de color rojo y plateado se lanzaba contra ella
desde la derecha. Se giró mientras el fuego infernal surgía de sus dedos. Las
chispas alcanzaron la piel del monstruo, pero no tuvieron mayor efecto. La
criatura seguía avanzando. Al mismo tiempo, un ser verdoso y dorado apareció a
un metro de la popa. Las fauces abiertas eran más grandes que la cabeza de
Alicia. No había modo de esquivar ambos ataques, pero tampoco fue necesario.
Moviendo las manos a una velocidad cegadora, Dire McCann atrapó al animal rojo
y plateado unos centímetros por debajo de la cabeza. Tirando con todas sus
fuerzas logró cambiar la dirección de la acometida del monstruo, cuya velocidad
e inercia le impidieron detenerse. La boca golpeó el cuello del segundo
atacante. Involuntariamente, la criatura cerró las fauces, hundiendo sus
inmensos colmillos en los músculos desprotegidos de su víctima. Agitándose
salvajes, los dos leviatanes se hundieron bajo la superficie.
—Eso ha sido
impresionante —dijo Alicia con la cara blanca.
—Eso creo yo
también —dijo McCann doblando los dedos. —No cuentes con que pueda hacerlo una
segunda vez. Fue mucho más una cuestión de suerte que de habilidad.
—Las rémoras
tropicales no hacen esos ruidos —dijo Alicia.
—Tampoco miden
diez metros —replicó el detective. —Es sorprendente cómo estos estanques de
sangre afectan a las cosas.
McCann
observaba el agua oscura, totalmente en calma. Entrecerró los ojos. —Están bajo
nosotros —dijo preocupado. —Cuento más de diez. Eso son muchas. Un buen montón
de colmillos.
—Están
comenzando a emerger —dijo Alicia. —No podremos derrotar a tantos de esos
monstruos al mismo tiempo.
—No te
infravalores —dijo McCann. —¿Qué tal va tu control sobre la disciplina
Temporis?
—Como siempre
—respondió Alicia. —Puedo emplearla durante breves intervalos. Detener o
cambiar el flujo del tiempo no es fácil, especialmente en un sitio así.
—Unos segundos
serán suficientes para lo que necesito —dijo el detective. El agua a su
alrededor comenzaba a agitarse. El bote tembló cuando los gigantescos cuerpos
golpearon la madera. — Cuanto antes mejor.
Alicia inspiró
profundamente. Las cabezas brillantes y lisas de siete monstruos emergieron,
rodeando completamente la barca. El resto de las criaturas seguía bajo la
superficie, tratando de destrozar la embarcación. Las gigantescas fauces se
abrieron y las rémoras sisearon triunfantes. Repentinamente, el sonido cesó. El
tiempo estaba congelado.
—Buen sentido
de la oportunidad —dijo McCann. Su mirada brillaba de forma extraña y en su voz
había un tono demoníaco. —Muy melodramático.
—Todo por ti
—dijo Alicia, con la voz contraída por el dolor. Se humedeció los labios
mientras el esfuerzo le obligaba a cerrar los ojos. El sudor comenzaba a caerle
de la frente. Sus manos eran puños blancos. —Estamos más allá del tiempo, en
una cronoburbuja. No puedo mantener este estado mucho tiempo. Si tienes algún
plan, utilízalo ahora mismo.
McCann puso
una mano suavemente sobre el agua inmóvil mientras el aire que rodeaba al bote
parecía crepitar con vastas energías psíquicas. —Ya está —dijo. —He terminado.
Alicia lanzó
un suspiro de alivio. La realidad tembló mientras la burbuja de tiempo que les
rodeaba se disolvía. El siseo mortal de los monstruos llenó la oscuridad, pero
repentinamente se convirtió en un chillido. Las criaturas emitían un horrible
sonido que ya no era de triunfo, sino de dolor.
Dire McCann
rió con un sonido que no tenía ni remotamente nada de humano.
Una ola de
calor sofocante cruzó el rostro de Alicia, haciéndole parpadear. Nubes de vapor
inundaron el sótano mientras el agua alrededor del bote comenzaba a hervir. El
olor de la carne y el músculo quemado lo inundó todo. Alicia tosió por unos
instantes antes de alejar mentalmente el hedor de sus fosas nasales. Miró
asombrada a los atacantes. Los ojos negros y muertos se hundían poco a poco en
las profundidades del lago subterráneo. De algún modo, con un toque de su mano,
McCann había matado a todas las criaturas que rodeaban el bote.
—Los he cocido
vivos —dijo el detective, respondiendo a la pregunta muda de Alicia. Sonrió.
—La burbuja temporal me dio el tiempo necesario para enfocar mis pensamientos
sobre las moléculas del agua. Cuando liberaste el campo, el líquido se calentó
en cuestión de milésimas de segundo. Nada vivo podría haber sobrevivido en ese
caldero. Generar calor no es difícil si ya estás acostumbrado a manipular el
clima. Lo verdaderamente difícil fue conseguir que el bote no ardiera en
llamas.
—Sopa de
rémora —dijo Alicia. —Creía que había agotado mi capacidad de asombro, McCann,
pero tú consigues sorprenderme sin esfuerzo.
—Eso intento
—dijo el detective. Señaló hacia la derecha. — La corriente parece desaparecer
en esa dirección. Ahí es donde sentí la ruptura en el muro del sótano. Más allá
hay un túnel y una playa. Debe ser la entrada a las catacumbas.
—Se ha
evaporado el agua suficiente como para que puedas sentarte —dijo Alicia. —¿Te
apetece intentarlo con los remos?
El detective
sonrió. —Lo has hecho tan bien que no quiero privarte del privilegio de seguir
tú. Llegados a una cierta edad, el ejercicio es muy saludable.
Alicia le
perforó con la mirada. El detective cogió rápidamente los remos, que
sorprendentemente habían sobrevivido al ataque sin quedar convertidos en
astillas. —Tú navegas, yo remo.
El rastro del
vapor les llevó hasta una estrecha abertura en la cimentación de hormigón. El
hueco era de un metro y medio y estaba a unos treinta centímetros por encima
del nivel del agua. Con cuidado, el detective alzó los remos. Iba a ir muy
justo.
—Agáchate
—dijo reclinándose en la proa del bote. Extendió el brazo, asió el borde de la
abertura y tiró hacia ella. La madera arañó el hormigón mientras la barca se
deslizaba bajo la pared rota y se introducía en la oscuridad que había al otro
lado.
—No fue tan
mal —dijo McCann incorporándose. En aquel lugar el techo era más alto. Recorrió
la zona con la linterna. Estaban en una pequeña caverna de unos seis metros de
anchura por diez de longitud. El terreno ascendía poco a poco y el lago
terminaba en un dedo de barro de pocos metros cuadrados. Al otro extremo de la
cueva había una abertura oscura que solo podía ser la entrada a las catacumbas.
—Hay una
argolla de hierro metida en el suelo —dijo Alicia. —Evidentemente, no somos los
únicos que hemos venido por aquí. No es la primera vez que se emplea este lugar
para entrar en los túneles.
—O puede que
se trate de un punto por el que abandonarlos — dijo Dire McCann. —Mantener a
esos monstruos vivos y salvajes requiere de una cantidad pequeña pero constante
de la sangre de Phantomas. Debe venir con frecuencia al lago para alimentarlas.
Después puede salir por el Teatro de la Ópera.
—Con sus
poderes de Nosferatu, salir no sena mucho problema —dijo Alicia. —Su presencia
en el lugar desde hace un siglo debe haber contribuido a las numerosas leyendas
sobre el Fantasma de la Ópera. Piensa en ello. Phantomas de la Ópera. Suena melodramático.
Parece casi una ópera en sí misma.
—Buen título
para una novela de intriga —dijo McCann mientras dirigía el bote hacia la
playa. Saltó a tierra y aseguró el cabo a la argolla metálica. —Ya estamos. Las
catacumbas nos esperan. ¿Estás lista?
Alicia salió
del bote y tomó la linterna. —Es una pena que hayamos perdido tu arma. Un
estanque de sangre aquí indica que a Phantomas no debe gustarle la vida social.
Es probable que haya otros monstruos más adelante.
—Trabajando
como un equipo podemos enfrentarnos a todo —dijo McCann.
A lo lejos, en
la absoluta oscuridad de las catacumbas, algo aulló. Se trataba de un sonido
agudo e inhumano de una absoluta locura que rebotó una y otra vez en las
paredes de la caverna. Un minuto, dos minutos, cinco minutos siguieron con
terrorífica intensidad, impidiendo que McCann y Alicia pudieran avanzar. El
sonido era la demencia destilada, y tanto el detective como la mujer conocían
su origen.
—¿Gorgo?
—preguntó McCann con expresión perpleja. —¿La Que Aúlla en la Oscuridad está
aquí, en las catacumbas? Creía que ese monstruo estaba en Argentina.
—Se me olvidó
comentártelo —dijo Alicia con un suspiro. — Es una larga historia, pero has
acertado.
El detective
sacudió la cabeza. —No me sorprende demasiado —dijo. —Los Nictuku siguen las
órdenes de Absimiliard que les obligan a destruir a los Nosferatu más poderosos
del mundo. Desde luego, Phantomas pertenece a ese grupo. Es un objetivo
natural, y Gorgo era la más determinada de todos ellos. Antes o después hubiera
venido a por él. Ojalá hubiera decidido hacerlo una noche diferente.
—Más nos vale
que demos con Phantomas de inmediato —dijo Alicia apuntando al túnel con la
linterna, —antes de que lo haga Gorgo.
—Sí. Dijo
McCann. —En caso contrario, no quedará mucho que encontrar.
CAPÍTULO 8
París: 5 de
abril de 1994
Las alarmas
saltaban por todas partes en el centro de mando de Phantomas, alterando a la
horda de ratas que cubría el suelo de la cámara. El vampiro, sentado en su
silla frente al monitor principal, podía sentir la ansiedad de los roedores. No
le sorprendía, ya que él también estaba inquieto. Como esperaba, sus catacumbas
subterráneas habían sido invadidas. Sin embargo, no estaba preparado para la
enorme cantidad de enemigos. Ya no se trataba solo de una batalla entre él y
Gorgo. Numerosos comodines inesperados habían entrado en la partida.
—Hay intrusos
en seis pasadizos diferentes —dijo para sí mientras sus garras volaban sobre el
teclado. Primero apagó las alarmas, ya que el sonido molestaba a las ratas, y
los chillidos constantes de éstas le impedían concentrarse. Después, con una
velocidad y una agilidad sobrehumanas, accedió a la última información recogida
por sus cámaras ocultas. El panorama no era muy alentador.
—Esos
invasores creen poder atraparme en mi propia guarida —gruñó molesto.
—Insensatos. Puede que solo sea uno contra muchos, pero las ratas acorraladas
son las más peligrosas.
Cuatro túneles
que conducían a su guarida desde cuatro esquinas de la ciudad estaban llenos de
escoria de la Mafia. Evidentemente, su plan era rodearle por todas partes.
Phantomas se burló con desprecio. Como si no hubiera decenas de salidas de
emergencia en aquel lugar. Acorralarle no era precisamente sencillo.
Cada grupo
constaba de dos Brujan y de tres vampiros Gangrel. Los primeros eran los
líderes y los guerreros. Los segundos, con sus disciplinas lobunas, actuaban
como exploradores. Unos seis ghouls acompañaban a cada expedición. Eran
ladrones y asesinos armados con lanzallamas y potentes ametralladoras. Los
cuatro grupos estaban interconectados por walkie-talkies y teléfonos móviles.
Phantomas
nunca había tratado directamente con la Mafia. Era un morador de las sombras
que siempre se había creído invisible para el imperio del crimen. Aquel ataque
cuádruple dejaba claro que se equivocaba. Sospechaba que la Muerte Roja tenía
algo que ver con aquel inesperado revés de la fortuna.
Los grupos ya
llevaban casi una hora en las catacumbas. Al principio habían avanzado muy
rápido, confiados en que Phantomas no podría hacer nada para detenerles. Sin
embargo, en cuanto Gorgo dejó clara su presencia se pararon. La mayoría de los
Gangrel y los Brujah de las últimas generaciones ni siquiera sabían de la
existencia de los Nictuku, pero los terroríficos aullidos del monstruo bastaban
para amedrentar hasta al vampiro más valiente. Los matones habían llegado para
buscar a un Nosferatu supuestamente asustado de su propia sombra. No esperaban
encontrarse con La Que Aúlla en la Oscuridad.
A pesar de los
dispositivos electrónicos de vigilancia extremadamente sofisticados, Phantomas
era incapaz de determinar la situación actual de Gorgo en las catacumbas. El
aullido de la Nictuku había destrozado las lentes de la mitad de sus cámaras
ocultas por todo el complejo. De vez en cuando el mecanismo de enfoque de su
monitor principal se volvía loco y no era capaz de ver más que un borrón en los
túneles. El monstruo se encontraba en el ala oeste del laberinto, en el anillo
exterior de las catacumbas. Estimó que tardaría una hora o dos en escapar del
laberinto. Sacudió la cabeza. El único modo seguro de descubrir lo que Gorgo
estaba haciendo era salir a buscarla, y no tenía la menor intención de correr
ese riesgo.
Dos mortales
habían entrado en las catacumbas empleando los pasadizos que las conectaban con
el Teatro de la Ópera. Serían aventureros o estúpidos, decidió, atraídos por
las historias que corrían sobre el tesoro del fantasma. Los humanos eran
imbéciles que creían las cosas más absurdas mientras tuvieran relación con el
dinero. Por un momento pensó en inundar el lugar con gas venenoso. Odiaba a los
cazadores de fortuna. Después se detuvo, pensando que si la pareja había
llegado para buscar un tesoro oculto era por culpa de los rumores que él mismo
había extendido. No era justo penalizarlos por su propio sentido melodramático.
—Han entrado
por el túnel en el extremo del lago bajo el Teatro —murmuró Phantomas
pensativo.—Me pregunto cómo habrán evitado a mis criaturas.
Tres
pulsaciones de teclas le mostraron la respuesta. —Muertas —dijo el Nosferatu a
las ratas a sus pies. No daba crédito a lo que veía. —Están todas muertas.
Muladas por su
sangre hasta alcanzar cuatro veces su tamaño y su ferocidad, las rémoras habían
servido como eficaces guardianes de las catacumbas durante décadas. Ni Vástagos
ni mortales podían combatir a aquellos monstruos de colmillos afilados. Le costaba
aceptar que hubieran sido exterminados por esos dos mortales de aspecto
inocente.
—Es evidente
que he cometido un terrible error de juicio — dijo suavemente. —Esos dos no son
ni inocentes ni ordinarios.
Sus manos
volvieron a volar sobre el teclado. Las cámaras de ese túnel en particular
funcionaban bien. La pareja estaba lo bastante lejos de Gorgo como para no
haber sido dañada por el grito. Ajustando el foco y la iluminación infrarroja,
Phantomas se acercó al rostro de la mujer. Le parecía vagamente familiar.
Ejecutó una
subrutina que revisó miles de informes periodísticos. Su ordenador tardó dos
minutos en identificar a la intrusa e imprimir su nombre bajo la imagen. Era
Alicia Varney, una de las mujeres más ricas del mundo. Su nombre aparecía en
letras rojas en la pantalla, lo que indicaba que se la mencionaba en su
enciclopedia. Un golpe de tecla recuperó la referencia. Según su monumental
obra, Alicia Varney servía como ghoul de Justine Bern.
El Nosferatu
sacudió la cabeza, rechazando aquella idea inmediatamente. Llevaba muchos
siglos estudiando rostros, y los rasgos de aquella mujer mostraban una
increíble fuerza de carácter. Nunca obedecería las órdenes de otro. Podía ser
un ghoul, sí, pero nadie era su maestro.
Los dedos
volvieron a recorrer el teclado y la cámara enfocó al compañero de Varney. La
máquina se centró en él y trató de mejorar la imagen, pero no lo consiguió.
Cambió de cámara y sucedió lo mismo. A pesar de todos sus intentos en los
minutos siguientes, todas las cámaras del túnel se negaban a lograr una imagen
clara.
Phantomas
gruñó frustrado. Primero aparecía Gorgo, luego los agentes de la Mafia y por
último aquellos dos humanos, uno de los cuales desafiaba a la tecnología
moderna. Aquélla era una noche llena de frustraciones. Como siempre, estaba
convencido de que los tres acontecimientos estaban relacionados de algún modo.
No conocía el motivo, y presentía que rápidamente se le terminaba el tiempo
para establecer la relación.
Otra orden en
el ordenador le permitió filtrar el sonido de los micrófonos ocultos en los
muros del corredor a través de los altavoces. Hacer coincidir voces con
archivos de sonido era mucho más difícil que rastrear imágenes, pero aquel
sistema conseguía cosas asombrosas. Mientras el ordenador trabajaba, se
concentró en la conversación.
—¿Has sentido
algo extraño en los túneles? —preguntó la mujer a la que había identificado
como Alicia Varney. —Parezco detectar muchísimo movimiento para tratarse de un
laberinto subterráneo secreto.
—Es cierto
—dijo el hombre sin rostro. —Aquí abajo no estamos solo Gorgo, tú y yo. Hay
muchos más Vástagos dando vueltas.
—Son matones
de la Mafia —dijo Alicia Varney. —Si Don Caravelli sabe sobre nosotros dos,
McCann, probablemente también sepa de Phantomas. He combatido desde hace años
al Capo de Capi. Es un hombre muy cuidadoso.
—Tiene sentido
—dijo el hombre llamado McCann. —Al menos tenemos algo a favor. Puede que los
dos juntos no logremos derrotar a Gorgo. Tiene fama de ser la más poderosa de
todos los Nictuku. No estoy seguro de que nada pueda sobrevivir a un encuentro
contra sus aullidos. Sin embargo, tenemos muchas más posibilidades que esos
grupos de asalto.
Alicia Varney
rió. —Y que lo digas. No hay duda de que va detrás del Nosferatu. Sin embargo,
su misión no le impedirá detenerse a tomarse algunos aperitivos por el camino.
La mandíbula
de Phantomas se abrió asombrada. Trataba de hablar, pero era incapaz de emitir
sonido alguno. Pasaron varios segundos antes de que notara siquiera que un
nombre en letras rojas parpadeaba en la pantalla de su ordenador, bajo la
imagen borrosa del hombre que acompañaba a Alicia Varney. Era Dire McCann. La
referencia de su enciclopedia le identificaba como un mago renegado y detective
que trabajaba para Alexander Vargoss, Príncipe de San Luis. Recordaba que
Vargoss y los suyos habían sido el primer objetivo de la Muerte Roja.
Aquella idea
le hizo solicitar una revisión rápida de Justine Bern. La arzobispo de Nueva
York también había estado entre los primeros Cainitas en combatir al monstruo.
Una revisión de los dos ataques confirmó las sospechas de Phantomas. Tanto
McCann como Varney habían estado presentes en aquellas apariciones de la Muerte
Roja.
Una revisión
más en profundidad de los informes recibidos desde Washington hizo aún más
tupida la red. El detective y la ghoul habían estado en la ciudad durante el
asedio del Sabbat, así como la Muerte Roja. No era posible encontrar relación
alguna que los uniera, pero a Phantomas le preocupaba menos lo posible que lo
probable.
Ahora los dos
estaban en las catacumbas, buscando su guarida. Parecían saber sobre Gorgo y
los grupos de la Mafia, y solo unos pocos humanos conocían la existencia de los
Vástagos. Eran menos aún los que sabían algo sobre la raza Cainita, y era
imposible que tuvieran información sobre los Nictuku. Sin embargo, así era. En
aquellos mortales había algo claramente inhumano. No tardó mucho en descubrir
la verdad.
—Máscaras
—susurró. —Son Máscaras.
Corrían
historias, nunca confirmadas pero tampoco negadas, que indicaban que
determinados vampiros de la Cuarta Generación eran maestros de la disciplina
conocida como Dominación. Sus mentes eran tan inconcebiblemente poderosas que,
aun en letargo, podían alejarse del cuerpo y tomar el control de un mortal
ordinario. En esencia, poseían el cuerpo de su anfitrión. Volvían a vivir,
experimentando codiciosos todos los placeres de la vida mortal, desde la
caricia del sol hasta la emoción del sexo. Para asegurar la protección de sus
nuevos cuerpos, los Matusalenes les otorgaban una cierta cantidad de su poder.
La leyenda denominaba Máscaras a aquellos vampiros.
Mientras
creaba su enciclopedia, Phantomas se había encontrado con numerosas referencias
a tales seres. Nunca había encontrado pruebas reales de que existieran, pero
ahora estaba convencido de que dos de ellos se encontraban en sus catacumbas.
Había estado
buscando desesperadamente alguna pista sobre el paradero de Lameth y Anis.
Según su obra, eran los dos únicos vampiros que le podían ayudar a derrotar a
la Muerte Roja, pero había sido incapaz de encontrar rastro alguno de los dos
Matusalenes. Quizá hubieran estado claramente a la vista durante toda su
investigación, solo que no en la forma que él esperaba.
Gorgo volvió a
gritar, haciendo que su atención regresara al presente. El monitor tembló, pero
no estalló. El aullido parecía más alto. La Nictuku se estaba acercando. Una
rápida comprobación indicó que menos del diez por ciento de sus cámaras ocultas
seguía en funcionamiento. Los cuatro grupos de la Mafia discutían nerviosos si
debían seguir o retirarse. Temían a los monstruos que pudieran habitar en los
túneles, pero también les aterraba la idea de enfrentarse a Don Caravelli. En
aquel momento estaban quietos, tratando de reunir el coraje necesario para
continuar.
Alicia Varney
y Dire McCann se apresuraban por los pasadizos, acercándose cada vez más a su
sanctum. El Nosferatu estaba seguro de que le buscaban por el mismo motivo por
el que él quería dar con ellos: para destruir a la Muerte Roja.
Por desgracia,
nunca había pensado en la necesidad de comunicarse con alguien en las
catacumbas, por lo que no había altavoces en las paredes de los túneles. Podía
seguir el avance de los mortales, pero no hablar con ellos directamente. No
había modo alguno de pedirles que se apresuraran. Se trataba de una carrera a
tres bandas hasta su guarida, y si no ganaban ellos aquello se convertiría en
un infierno... literalmente.
CAPÍTULO 9
Venecia: 5 de
abril de 1994
El vampiro
escuchó la voz al otro lado de la línea telefónica y frunció el ceño enfadado.
No le gustaba lo que oía.
Pietro
Giovanni, un hombre delgado de pelo canoso y rostro aristocrático, vestía un
caro e impecable traje de tres piezas de color gris oscuro, camisa blanca y
corbata azul. Prefería el vestuario discreto y clásico. El único rastro de
color lo daba la rosa roja en el ojal. En vida se había dedicado a las flores,
y la no-muerte no había cambiado aquella afición. Poseía uno de los mejores
arboretos del mundo; las rosas en especial eran espectaculares. Nadie conocía
su secreto, pero corrían historias, rumores horribles y terroríficos. Alrededor
del clan Giovanni siempre había rumores, y muchos de ellos eran ciertos.
Estaba sentado
en un enorme sillón de cuero negro detrás de un escritorio de ébano. Pietro
Giovanni no se encargaba de nada que tuviera que ver con papeleo. Como director
del Mausoleo, el monolítico edificio en el centro de Venecia que servía como
cuartel general del clan Giovanni, estaba involucrado en asuntos muchos más
importantes que la firma de documentos.
A su espalda,
un ventanal panorámico de vidrio tintado ofrecía una magnífica vista de la
ciudad. A menudo, en la oscuridad anterior al amanecer, se quedaba en aquel
lugar observando Venecia como un rey examinaría su reino. La comparación era
bastante adecuada. Como antiguo del clan Giovanni y director del Mausoleo,
Pietro controlaba riquezas más allá de toda medida. En aquella edad moderna el
dinero significaba poder, y él era una persona muy poderosa.
Aquella noche
no había tiempo para contemplaciones. Había sido interrumpido en medio de una
importante reunión por la llamada telefónica y las noticias eran inquietantes,
especialmente si se unían a la conversación con su invitado.
—¿Qué hay de
Villon? —preguntó al auricular. —Esa batalla con Madeleine y sus dos primos
lleva horas librándose en las calles. ¿Por qué no ha actuado el príncipe de
París? Sabe que es mi chiquilla, así como mi nieta.
La frente de
Pietro se arrugó aún más con furia al oír la respuesta. Extraños y demoníacos
fuegos bailaban en sus ojos. Sus rasgos delgados adoptaron un aspecto
esquelético al tiempo que se enfadaba cada vez más. Cuando volvió a hablar lo
hizo con voz calmada, pero se trataba de la paz de los condenados. Su tono era
el del Inquisidor medieval que hubiera condenado a la hoguera a una mujer
inocente acusada de brujería. No había piedad ni remordimiento, y desde luego
tampoco había perdón.
—¿Así —dijo,
—que el príncipe cree que proteger a los miembros del clan Giovanni de la ira
de la Mafia no es su responsabilidad? Entiendo su razonamiento. Después de
todo, nuestro clan no pertenece a la Camarilla y hemos jurado no interferir en
su política. De un modo ingenioso y cobarde, la negativa de Villon a garantizar
la seguridad de mi chiquilla tiene sentido. Todos los vampiros saben de la
enemistad entre los Giovanni y la Mafia. Tiene derecho a considerar personal el
conflicto entre nuestro clan y el cártel criminal.
Se detuvo un
momento, dejando que su sirviente al otro lado de la línea volviera a hablar.
El vampiro, que apenas escuchaba, volvió a observar a su invitado. Éste se
había levantado de la silla y estaba dando vueltas por el despacho. Consiguió
localizarle al otro extremo de su sanctum, contemplando en silencio una extraña
vasija etrusca. Parecía ignorar la conversación, pero Pietro sospechaba que
atendía cuidadosamente a lo que se decía a ambos lados. No importaba lo lejos
que estuviera. Si quería espiar podía haberlo hecho aun estando fuera del
edificio. Era mortal, pero controlaba poderes iguales a los de las principales
disciplinas vampíricas. No le tenía miedo, pero le respetaba. Tampoco confiaba
en él, ya que aquel hombre no tenía sentido del honor.
—El Príncipe
Villon debe saber que soy consciente de su ruptura de la hospitalidad —dijo
Pietro. —Por favor, asegúrate de decirle que estoy francamente defraudado con
que haya permitido que mi chiquilla favorita sea tratada de este modo. Quizá un
pequeño recordatorio ayude a subrayar mi enfado.
La voz al otro
lado de la línea hablaba como una ametralladora. Pietro sonrió fríamente.
—Una idea
interesante —dijo tras unos momentos de reflexión, —pero demasiado amplia para
ser práctica. Los tesoros del Louvre, a pesar de las presunciones de Villon,
pertenecen al mundo, no solo a él. Destruir cualquiera de ellos sería
contraproducente. Necesitamos algo con un mayor toque de inmediatez. Algo
personal.
La voz volvió
a hablar y la sonrisa de Pietro se hizo más amplia. —Mucho mejor —declaró,
aparentemente satisfecho. —A Villon le gusta rodearse por un rebaño de bellezas
estúpidas. Ese idiota egoísta se cree irresistible para las mujeres, y es una
idea aburrida que necesita ser puesta en su justo lugar. Usa los recursos
necesarios. Demuéstrale al príncipe que la belleza solo está en la piel.
Cuando colgó,
Pietro mostraba una expresión satisfecha. En vida había sido un mercader
práctico y testarudo sin mucha tolerancia para los idiotas. En la no-muerte su
paciencia era aún más limitada. Villon no solo había puesto en peligro la
seguridad de su chiquilla, sino que también había mostrado falta de respeto por
el clan Giovanni. Aquellos insultos no podían, no debían ser tolerados. Mañana
por la noche despertaría en un harén de esqueletos.
La sonrisa del
vampiro se desvaneció tan rápidamente como había llegado. Una vez más, sentado
frente a él, se encontraba su aliado y espía humano. La información que le
traía era tan desagradable como las noticias de París.—¿Estás seguro de la
verdad de estos asuntos? —preguntó. —Madeleine siempre ha sido leal a su clan.
Lo que es más importante, siempre me ha sido leal a mí.
—Mi hermana
Judith confía totalmente en mí —dijo el mago de barba gris llamado Ezra. —Soy
su hermano mayor. No tiene motivo alguno para mentirme. —Rió. —Como nuestro
maestro, es demasiado ingenua. Tiene una fe infantil en que el bien triunfará
sobre el mal. No comprende que el mundo está compuesto de una multitud de
grises, no de blancos y negros. Tanto ella como Rambam son unos estúpidos.
—Al contrario
que tú —dijo Pietro con tono neutro, —que reconoces que es necesario alcanzar
compromisos para sobrevivir y prosperar.
—Comprendo que
el bien y el mal son dos caras de una misma moneda. ¿Qué es la oscuridad sino
la ausencia de luz? Un hombre sabio aprecia tanto los aspectos positivos como
los negativos de la existencia.
Pietro asintió
y guardó silencio. Ezra era un pensador, y como tal necesitaba justificar sus
acciones. El mago era un importante aliado, pero sabía que no debía confiar en
él. Un hombre capaz de traicionar a su familia y a sus amigos no tenía honor.
—Cuando le
pregunté sobre los detalles de su reunión con Rambam y Madeleine —siguió el
mago, —Judith me la relató con detalle. Tu chiquilla habló de su niñez dentro
del clan, del asesinato de su padre y de su obsesión por vengar esta muerte.
Describió su adiestramiento y su carrera como Daga de los Giovanni. Por lo que
dice mi hermana, Madeleine parecía notablemente franca y abierta.
—La honestidad
siempre causa buena impresión —dijo Pietro. —Estoy convencido de que Madeleine
nunca revelaría ningún secreto del clan, fuera cual fuese la recompensa.
—¿Ni siquiera
por la mortalidad? —preguntó Ezra, poco convencido.
—Madeleine ha
sido una Cainita desde hace casi un siglo — respondió el vampiro. —No sabe nada
de la vida, pero ésta tampoco era ninguna tentación para ella. Conozco a mi
nieta. Solo vive para la venganza.
—Quizá —dijo
Ezra. —Sin embargo, creo que te traicionan tus propios deseos. Además, ¿qué
ocurrirá una vez Madeleine destruya a Don Caravelli? Sin el Capo de la Mafia
como foco, ¿permanecerá leal?
—Mi nieta es
un miembro del clan Giovanni —respondió Pietro con un susurro frío. —Ten
cuidado con tus acusaciones.
El mago se
humedeció los labios y alzó las manos a modo de protesta. —No pretendía ser
irrespetuoso —dijo con voz temblorosa. —Ya sabes que tiendo a hablar más de la
cuenta.
—Un rasgo
peligroso, amigo mío —respondió Pietro. —Algún día te meterá en problemas.
Considera olvidadas tus palabras.
El vampiro se
inclinó hacia delante con los codos apoyados encima de la mesa. —Madeleine ha
estudiado con los principales expertos en espionaje y subterfugio que han
existido jamás. Comprende que el modo más fácil de lograr la confianza de
alguien es aparentar que se está a su merced. Confesar los propios pecados hace
maravillas a la hora de lograr las simpatías ajenas. Te aseguro que ésta no es
la primera vez que ha empleado tácticas similares para lograr llegar hasta sus
víctimas. Está jugando con Rambam y con tu hermana.
—¿Y qué hay
del muchacho, Elisha?
—Dijiste que
es joven e ingenuo, y que está muy encaprichado con Madeleine —respondió
Pietro. —Me da la sensación de que mi chiquilla ha tejido su telaraña con la
habilidad consumada de un maestro. Presiento que tiene la situación bajo
control.
—También está
el detective —dijo Ezra. —Dire McCann. ¿Qué hay de él?
La mirada del
vampiro se volvió roja mientras se ponía en pie. Se acercó al ventanal que daba
a la ciudad y observó la oscuridad. —Se acerca el amanecer. Si tienes algo más
que informar, hazlo ahora.
—McCann...
—repitió el mago.
—Mi buen amigo
Dire McCann no tiene nada que ver con esta situación. —El tono de la voz de
Pietro dejaba claro que aquello no era tema de discusión. —Madeleine es un
agente independiente, y en el desempeño de sus tareas solo me informa a mí. Sin
embargo, para satisfacer tus dudas, le peDire que regrese al Mausoleo tan
pronto sea posible. En el curso de su informe le preguntaré por la oferta de
Rambam. Eso aclarará cualquier duda sobre su lealtad.
—No pido nada
más —dijo Ezra con voz satisfecha. —Mi única preocupación es proteger los
intereses de mis amigos.
Pietro
asintió. —Aprecio tu lealtad —declaró solemne. —No dudes de que será
recompensada.
Lo que el
Maestro del Mausoleo no dijo era que si las historias de Ezra resultaban
falsas, la recompensa sería una muerte tan lenta como dolorosa.
CAPÍTULO 10
París: 5 de
abril de 1994
—Este maldito
lugar es un laberinto —dijo McCann media hora después de abandonar el bote.
—Llevamos treinta minutos vagando por estas catacumbas sin encontrar rastro
alguno de la guarida de Phantomas. Por lo que sé, estamos caminando en
círculos. Me estoy enfadando.
—¿No puedes
usar alguno de tus poderes divinos para localizar el sanctum del Nosferatu?
—preguntó Alicia, con una expresión igual de disgustada. —Controlas el clima y
todas esas otras cosas tan útiles. ¿No hay nada en la chistera para dar con
Vástagos perdidos?
El detective
negó con la cabeza. —Madeleine Giovanni posee una disciplina que le permite
localizar a vampiros poderosos — dijo, —pero yo no comparto su talento. Además,
da igual saber dónde se encuentra; estoy bastante seguro de que está en el
centro de su laberinto. Lo que tenemos que hallar son los túneles apropiados
que nos lleven hasta su escondrijo. No somos topos; no podemos horadar la
tierra para llegar hasta él.
—Me siento
como un personaje en una obra de Sartre —dijo Alicia. —Solo nos falta Lucifer
vestido con vaqueros descolorados comentando nuestra desgracia.
—En realidad
—dijo McCann, —me sorprende que no nos hayamos topado con Phantomas. Con la
actividad que hay en estas catacumbas, esperaba que ya hubiera deducido que
somos los únicos en estos túneles que estamos de su parte. Está claro que los
demás son enemigos.
—Puede ser. El
problema es la comunicación. ¿Has notado las trampas en las paredes y en el
suelo?
—Claro —dijo
McCann. —No es extraño. A los Nosferatu no les gustan los visitantes.
—Pero no hay
ninguna operativa en esta sección del túnel — respondió Alicia. —Phantomas ha apagado
las trampas a nuestro paso, dejando libre el camino hasta su guarida. No hay
duda de que quiere que demos con él.
—Seguir un
rastro de mecanismos desactivados puede llevar horas —dijo el detective. —Los
aullidos de Gorgo se hacen cada vez más fuertes; probablemente presienta a los
vampiros de la
Mafia en el
laberinto. No tardará mucho en empezar a demoler paredes para dar con
Phantomas. Cuando eso ocurra me gustaría estar lejos de aquí.
—¿Oyes algo?
—preguntó Alicia. —Hay un sonido extraño, como el de muchas cosas moviéndose en
la oscuridad.
McCann se
quedó quieto con el rostro concentrado. —Delante de nosotros, a poco más de
quince metros. No son Vástagos. Tienes razón. Hay mucho movimiento en los
túneles. No estoy seguro de lo que es, pero más nos vale que lo descubramos.
Con las luces
de las antorchas iluminando el corredor, los dos siguieron adelante. No
tuvieron que avanzar mucho. Su túnel se cruzaba con otro unos quince metros más
adelante, pero el suelo estaba vivo: había cientos y cientos de ratas.
Chillando salvajes, habían formado una flecha que apuntaba hacia el oeste.
—¿Ratas?
—preguntó Alicia. —Madame Zorza llamó hombre rata a Phantomas.
McCann rió.
—Es un faro del Nosferatu para llevarnos hasta su guarida. Las ratas están
abandonando un barco hundido. Les ha ordenado que se marchen antes de que
llegue el Nictuku. Lo único que necesitamos es deshacer su camino. —El
detective se detuvo un instante. —No te asustan, ¿no?
Alicia sonrió
burlona. —Viví en París en los días de la Comuna —dijo. —Comíamos ratas para no
morir de hambre. —No me asustan.
Juntos, se
adentraron en el túnel inundado de roedores. Las ratas, que huían para salvar
la vida, ignoraban a los dos mortales. El pasadizo giraba en ángulos rectos y
en algunas zonas estaba parcialmente cubierto de agua. En otras secciones no
tenía más que treinta centímetros de anchura, o la altura era muy baja. Todo
estaba cubierto de animales, una marea viviente de chillidos que escapaba del
centro del laberinto.
Tras veinte
minutos de lucha contra aquella horda, McCann y Alicia llegaron a una enorme
caverna llena de ordenadores. Los muros tenían un brillo verdoso por el reflejo
de la luz procedente de decenas de monitores. El suelo era rocoso. Todos los
roedores habían huido. Solo quedaba una criatura: Phantomas.
El vampiro les
esperaba al otro extremo de la cámara. Vestía una túnica gris que apenas
lograba ocultar su cuerpo deforme. Era muy bajo, de hombros anchos y brazos que
llegaban casi hasta el suelo. Los dedos eran increíblemente largos y delgados,
casi como huesos. La piel tenía un tono verdoso cubierto de manchas. No tenía
un solo pelo.
Los Nosferatu
eran famosos por su fealdad, y Phantomas era un ejemplo perfecto de su clan. La
nariz era enorme y retorcida, la piel parecía arrugada por miles de años de
preocupaciones y los ojos eran pozos negros y hundidos con dos fuegos rojizos
en el centro. McCann tardó algunos segundos en comprender que el monstruo
estaba sonriendo.
—Bienvenidos a
mi sanctum —dijo la figura fantasmal, con una voz sorprendentemente suave y
agradable. —Como debéis haber supuesto, soy Phantomas, un humilde miembro del
clan Nosferatu. ¿Tengo el placer de dirigirme a Dire McCann y Alicia Varney?
—Esos somos
nosotros —respondió el detective mientras su mirada recorría la impresionante
colección de equipo de alta tecnología. —Tienes un bonito lugar. Deliciosamente
electrónico.
Phantomas rió.
—No es mucho, en realidad —dijo. —Sin embargo, ha sido mi hogar durante siglos.
Echaré de menos la soledad. Hasta hace poco había sido maravillosamente
tranquilo, el lugar perfecto para llevar a cabo una investigación sin
interrupciones. Sin embargo, eso ha terminado. Últimamente el tráfico ha sido
insoportable.
—¿Planeas
mudarte? —preguntó Alicia. —¿Vas a abandonar tu guarida?
—Solo estaba
esperando a que aparecierais —respondió. — Como debéis saber, Gorgo, La Que
Aúlla en la Oscuridad, está en el laberinto. Mi raza siente una cierta aversión
por los Nictuku, ya que éstos no creen en los compromisos. También hay una
horda de hooligans de la Mafia recorriendo los túneles armados con
lanzallamas y ametralladoras. Podría acabar con ellos como las alimañas que
son, pero es imposible erradicar por completo a esas molestias. Son como las
hormigas: puedes matarlas, pero siempre aparecerán más.
—Una buena
comparación —dijo McCann. —Y ahora que estamos aquí, ¿qué piensas hacer a
continuación?
—No hay motivo
alguno para quedarse —dijo Phantomas. — He pasado la última hora haciendo
preparativos. No tardaré más de unos minutos en terminar el trabajo.
Se acercó a
una pequeña mesa con un teclado y dejó volar sus dedos. El Nosferatu tecleaba
más rápido de lo que el ojo podía captar. —Mis ratas ya se han marchado —dijo
con tristeza. — Será a ellas a las que más eche de menos. Me hacían una buena
compañía. Lo bueno de las ratas es que, vayas donde vayas, te encontrarás con
muchas de ellas.
Un golpe sordo
resonó por toda la caverna, seguido por un segundo. Después, uno tras otro,
llenaron el aire como un rugido apagado. El suelo tembló como si hubiera sido
golpeado por un gigantesco martillo.
—Explosivos
detonando en las treinta y siete entradas de las catacumbas —explicó. —Las
estoy destruyendo todas. Los túneles están sellados, y nadie puede entrar... ni
salir.
—¿Y Gorgo y
los grupos de la Mafia? —preguntó Alicia.
—Están
atrapados en el laberinto —respondió Phantomas con una risa. —Antes o después
se descubrirán los unos a los otros en los túneles. Justicia poética, en mi
humilde opinión. La justicia de Phantomas.
El vampiro
pulsó otra serie de teclas y asintió satisfecho. He empleado muros correderos
para sellar los pasadizos que conducen a las salidas enterradas. Ahora el
laberinto consiste en un círculo sin modo aparente de escapar. No tiene ni
principio ni fin.
Se alejó del
teclado y pulsó un interruptor en un panel de control en la pared. —Esto apaga
los mecanismos de todo el equipo más allá de esta cámara... y también abre
todos los pozos y trampas. —Tiró de una segunda palanca. —Con esto libero a mis
mascotas de los tres estanques de sangre de las catacumbas. Si la escoria de la
Mafia logra esquivar a Gorgo, las sanguijuelas gigantes acabarán con ellos.
—Pareces bien
preparado para el desastre —dijo McCann.
—Me temo que
es un rasgo de todo mi clan —respondió el Nosferatu. —Esperamos siempre lo
peor, y nunca solemos quedar defraudados. ¿Estáis listos para marcharnos?
Siento a Gorgo acercándose. Me temo que toda esta actividad le haya alertado de
mi situación.
—Ya me he
enfrentado antes a la Aulladora —dijo Alicia. — Si se acerca demasiado, su voz
es capaz de partirte todos los huesos del cuerpo. Es una sensación muy
desagradable.
—Mayor motivo
para salir de aquí —dijo Phantomas.
Cogió un
pequeño maletín negro de la mesa donde se encontraba su teclado. —El ordenador
portátil más potente del mundo —dijo. —Lo diseñé yo mismo. Tiene almacenada en
su disco duro toda mi enciclopedia.
—¿Enciclopedia?
—repitió McCann.
—Un índice
anotado de todos los antiguos de la raza Cainita —dijo Phantomas. —Guarda el
secreto de la Mascarada de la Muerte Roja.
Un aullido que
sacudió las paredes puso fin a más comentarios. Todos los monitores del
escondrijo estallaron simultáneamente. Corriendo, Phantomas bajó un tercer
interruptor en el panel de control. Una sección del muro se deslizó a un lado,
revelando un pequeño compartimiento. El chillido agudo impedía toda posibilidad
de hablar, por lo que el vampiro indicó con gestos a McCann y a Alicia que
entraran. Éstos no necesitaban muchos ánimos para obedecer. Gorgo estaba tan
cerca que el mismo aire vibraba.
El Nosferatu
entró tras ellos. Estaban bastante apretados, pero la puerta se cerró sin
problemas. La potencia se activó con un zumbido y una mano invisible les apretó
hacia abajo. Se encontraban en un ascensor que se elevaba a una velocidad
increíble.
—Tres, dos,
uno —contó Phantomas con los gritos de Gorgo amortiguados por los muros del
hueco. Un rugido atronador saludó el último número. —Las cargas explosivas
situadas en mi guarida acaban de derrumbar el techo. No sé si Gorgo ha sido
alcanzada por la explosión, pero podemos soñar. Dentro de diez segundos, el
hueco del ascensor también se derrumbará. Por tanto, cuando las puertas se
abran os recomiendo que salgáis de inmediato.
Salieron de la
cabina con tres segundos de sobra. Cientos de toneladas de roca se aseguraron
de que nadie pudiera seguirles.
—¿Dónde
estamos? —preguntó Alicia. Se encontraban en un edificio lleno de cajas con
equipo electrónico. —¿Qué es este lugar?
—Es uno de los
muchos almacenes que poseo por todo París —dijo Phantomas. —Empleaba el
ascensor para bajar el equipo informático importante a mi guarida. Estamos en
la Ilie de la Cité, cerca de la
catedral de Notre Dame. Es uno de mis lugares favoritos.
—¿Qué hay de
Gorgo y las bandas de la Mafia? —preguntó McCann.
—Están
sellados en las catacumbas, cientos de metros bajo las calles —dijo el
Nosferatu. —Antes o después, La Que Aúlla en la Oscuridad escapará de los
túneles, o quizá vuelva al letargo. Me da igual, llevo casi dos mil años
viviendo en esta zona. Ya es hora de dejar París y marcharme a otro sitio.
Luxemburgo, quizá, o puede que Bélgica.
—Antes de que
hagas planes de viaje —dijo McCann, tenemos que hablar largo y tendido. Nos han
dicho que tienes información que necesitamos desesperadamente sobre nuestro
enemigo mutuo.
Phantomas
sonrió. —Lo comprendo perfectamente. Estáis buscando la verdad sobre la Muerte
Roja. Será todo un placer revelaros todo lo que sé. Hasta que ese monstruo y su
progenie sean destruidos, ninguno de nosotros estará a salvo. Sospecho que
planea apoderarse de toda la raza Cainita.
—Ésa es la
menor de nuestras preocupaciones —dijo McCann. —La Muerte Roja debe ser
detenida de inmediato o liberará sin saberlo a una antigua raza de demonios de
fuego por la Tierra.
La piel
verdosa de Phantomas se hizo un poco más clara. — ¿Cuál es el nombre de esos
monstruos? —preguntó.
—Son conocidos
como los Sheddim —respondió Alicia.
Phantomas
asintió, como si esperara esa respuesta. —Ya he visto antes ese nombre —dijo.
—Ahora, al fin, comprendo por qué fue revelado.
CAPÍTULO 11
París: 5 de
abril de 1994
Se sentaron en
la hierba frente a la estatua de Carlomagno, cerca de Notre Dame y del Punto
Cero, la marca desde la que se medían todas las distancias en Francia. Parecía
un lugar adecuado para hablar de sus mutuas preocupaciones. A aquella hora de
la noche no había nadie en la zona, y podían hablar con libertad... y
franqueza.
Phantomas, que
se sentía algo incómodo sin una roca sobre la cabeza, estaba sentado con la
espalda apoyada contra la estatua. Su ordenador portátil descansaba sobre su
regazo. Más tarde, si descubría lo que necesitaba saber, lo encendería para
completar el acertijo de la Muerte Roja. No veía motivo en agotar las baterías
hasta estar seguro de que sus dos compañeros podían llenar los huecos en
blanco.
Alicia Varney
era aún más bonita al natural de lo que había visto en el monitor de su
ordenador. Su cabello oscuro, los rasgos fuertes y el cuerpo perfecto le
recordaban a las bellezas intemporales capturadas en los lienzos del Louvre. No
había duda de que era una de las mujeres más atractivas del mundo, y ya sabía
que era una de las más letales.
Dire McCann no
parecía menos peculiar. Su rostro tenía una expresión sardónica y oscura que
Phantomas encontraba vagamente desconcertante. Observando al detective, el
Nosferatu no podía discernir nada extraño que impidiera a las cámaras
transmitir su imagen. Sin embargo, aquello era exactamente lo que había
sucedido en las catacumbas. Mil años estudiando a los Vástagos le habían
enseñado a cuidarse de las situaciones aparentemente inexplicables. Estaba
bastante seguro de que en McCann había mucho más de lo aparente.
—Creo que se
imponen las presentaciones —dijo Phantomas. —Gran parte de lo que tengo que
deciros está basado en meras especulaciones por mi parte. Cuanto más sepa
acerca de vosotros, mejor. Por favor, sed sinceros. Sin vuestra cooperación no
puedo garantizar la veracidad de mis conclusiones.
—No tengo nada
que ocultar —dijo Alicia con ojos brillantes. —Pregunta lo que quieras.
—Responderé lo
mejor que pueda —dijo por su parte
McCann. No
explicó lo que quería decir, y Phantomas creyó que era mejor no indagar.
—Mi verdadero
nombre es Vatro Dominus —dijo el Nosferatu. —Llegué a esta región como escriba
de Julio César, hace veinte siglos. Estando en esta isla fui Abrazado por un
miembro del clan Nosferatu. No deseaba regresar a Roma en mi estado
transformado, así que decidí quedarme aquí. A lo largo de los años, la ciudad
de París creció a mi alrededor.
Se detuvo un
instante. —En vida fui educado como erudito e historiador. Sentía pasión por el
conocimiento. Como vampiro, mis intereses no cambiaron. Hace mil años concebí
mi gran proyecto, y desde entonces he estado trabajando en él. Dista mucho de
estar completo, pero sospecho que es el motivo por el que la Muerte Roja quiere
destruirme. Estoy recopilando una enciclopedia sobre la raza Cainita. Mi obra
es el trabajo más amplio y preciso que ha existido jamás sobre nuestra raza.
Incluye, hasta donde he podido descubrir, a los principales vampiros que han
existido nunca, con toda la información que he podido reunir sobre ellos.
Miró a Alicia.
—Eres Alicia Varney, una de las mujeres más ricas del mundo. Según mis
informes, también eres ghoul de Justine Bern, arzobispo del Sabbat de Nueva
York. Eso lo dudo. Sospecho que eres una Máscara al servicio de Anis, Reina de
la Noche. ¿Es correcto?
Los ojos de
Alicia se fueron abriendo a medida que el Nosferatu hablaba, terminando en una
risa. —¿Una Máscara? Hacía más de cien años que no oía ese término absurdo.
—Asintió, aún sonriendo. —Se me ha llamado así, aunque me parece un nombre
ridículo. Personalmente, prefiero que me llamen debutante, o compañera de
viaje.
—¿Admites
entonces estar vinculada mentalmente a Anis?— preguntó Phantomas. Hablar con
sus ratas era mucho más fácil. Sus respuestas siempre eran directas y en
absoluto confusas. Y no hablaban tanto.
—Soy ghoul de
la Reina de la Noche —respondió Alicia, como si sintiera la incomodidad del
vampiro. —En un modo que no podría describir, Anis comparte mi mente mientras
ella descansa en letargo. Por tanto, experimenta la vida en forma humana
mientras yo obtengo una pequeña parte de sus poderes y de su memoria. Es un
trato justo que nos satisface a ambas. Nuestra relación ya tiene varios siglos
de antigüedad.
Phantomas
asintió, algo más confiado. Se volvió hacia el detective. —Tu nombre es Dire
McCann. Entre los Vástagos se te cree un mago renegado de la Tradición
Eutánatos que trabaja como detective privado. Recientemente has servido a
Alexander Vargoss, Príncipe de San Luis. Sospecho que tus poderes mágicos son
un engaño, y creo que, como la señorita Varney, eres una Máscara al servicio de
Lameth, el Mesías Oscuro.
McCann sacudió
la cabeza. —Me temo que estás confundido. —Hizo una pausa, tratando de elegir
adecuadamente las palabras. —Soy la voz de Lameth. El Mesías
Oscuro me habla en mis sueños. A veces, en circunstancias extremas, dirige mis
acciones. De un modo desconocido comparte ciertos poderes conmigo, y en
ocasiones llega a hablar con mi voz. Sin embargo, no soy un ghoul, ni una
marioneta. Soy el aliado de Lameth, no su sirviente.
—¿Cuánto
tiempo dura este acuerdo? —preguntó Phantomas, cuidando de no expresar la duda
que sentía.
McCann frunció
el ceño. —No estoy seguro. Años, aunque no puedo señalar el momento preciso en
el que comenzó todo. — Parecía confundido. —Como Alicia, a veces siento que los
recuerdos del Matusalén se vierten sobre mis pensamientos. Recuerdo
acontecimientos que tuvieron lugar hace miles de años. Es muy desconcertante.
Estoy convencido de que no soy el primer mortal con el que Lameth ha trabajado
de este modo, pero no sé mucho más aparte de eso.
—En cualquier
caso —dijo Phantomas sabiendo que no conseguiría una respuesta mejor, —baste
decir que los dos servís como avalares para vampiros extremadamente poderosos
de la Cuarta Generación. Como tales sois jugadores principales de la Yihad, el
conflicto eterno por el dominio de la raza Cainita. No me sorprende que la
Muerte Roja quiera acabar con vosotros. Comprende que su gobierno nunca será
seguro hasta que todos sus enemigos potenciales hayan sido neutralizados. A mí
quiere eliminarme porque cree que sé la verdad sobre su herencia, y que por
tanto conozco su debilidad.
—¿Y es así?
—preguntó McCann.
—No estoy
seguro —respondió Phantomas con franqueza. — Podría ser. Sin embargo, antes de
sacar ninguna conclusión, creo que es vital que compartamos lo poco que sabemos
sobre el monstruo. Los dos os habéis enfrentado a la Muerte Roja. ¿Qué podéis
decirme de nuestro enemigo común?
—La primera
vez que me encontré con el monstruo fue en la cámara secreta de un local
llamado El Jardín del Diablo, en Nueva York —dijo Alicia. En términos
claros y concisos describió sus dos encuentros con la Muerte Roja. También
mencionó los problemas con Melinda Galbraith y sus sospechas de que la regente
del Sabbat estuviera relacionada de algún modo con el monstruo. Phantomas no
tenía motivo alguno para dudar de la veracidad de aquellas afirmaciones.
También estaba seguro de que no había revelado todo lo que había sucedido, pero
no esperaba menos.
—Como Alicia
—dijo Dire McCann, —solo me he encontrado dos veces con la Muerte Roja. La
primera fue en el cuartel general del Príncipe Vargoss en San Luis. La segunda
fue cuando Alicia y yo nos enfrentamos a los cuatro monstruos en el Depósito de
la Armada de Washington. Dudo que ninguna de las dos experiencias aporte nada a
tu conocimiento, pero puedo decirte cuanto desees. Sin embargo, es mucho más
importante la verdad sobre los Sheddim y sobre el acuerdo impío que han sellado
con la Muerte Roja.
McCann
procedió a describir las dos peleas, así como la información proporcionada por
Rambam en Israel. Phantomas volvió a tener la sensación de estar oyendo una
versión editada de los acontecimientos, pero tenía lo que necesitaba. Las
aventuras de Alicia Varney y Dire McCann confirmaban lo que él ya sospechaba.
No habían hecho más que aportar detalles para corroborarlo.
—Mi único
enfrentamiento con la Muerte Roja tuvo lugar no lejos de aquí—dijo el
Nosferatu. Describió su encuentro con el monstruo en el Louvre. —Al contrario
que vosotros dos, yo decidí correr, no luchar. Soy un erudito, no un guerrero.
—Esperar
nuestra llegada con Gorgo tan cerca fue toda una demostración de coraje —señaló
Dire McCann. —Creo que aún conservas el espíritu de un soldado romano,
Phantomas.
—Tengo mis
momentos —respondió, recordando su encuentro con Le Clair, el líder de los Tres
Impíos. —Sin embargo, la Muerte Roja teme mi cerebro, no mis músculos.
Alicia sonrió
y contempló la enorme estatua de Carlomagno. —Conocí a Carlos —dijo cambiando
repentinamente de tema. —Nos encontramos poco antes de su muerte. Para ser tan
grande, tenía una voz aguda y chillona. No era un orador especialmente notable.
—Murió en
extrañas circunstancias —dijo Dire McCann. — Ahogado cruzando un río, si no
recuerdo mal. Un extraño fin para un jinete tan hábil.
Alicia se
encogió de hombros. —El rey tenía la mala costumbre de hacer preguntas sobre
temas que era mejor dejar a un lado —dijo soñadora. —Como solía ser costumbre
en aquellos días turbulentos, pagó el precio definitivo por su curiosidad.
McCann rió,
—Eres una mujer bella, amor mío, y un enemigo mortal. Solo un idiota o un loco
se atrevería a retar a la Reina de la Noche.
El detective
miró a Phantomas. —La furia de Anis es legendaria —dijo, —así como la ira del
Mesías Oscuro. Ambos Matusalenes poseen poderes vampíricos increíbles. Sin
embargo, la Muerte Roja nos buscó y trató de destruirnos. En el Depósito de la
Armada llegó a admitirnos que, como avalares de Anis y Lameth, Alicia y yo
éramos sus únicos rivales en la Yihad. No comprendo el motivo. ¿Qué vínculo
común nos une a los tres en este conflicto mortal? Hay otros Matusalenes
poderosos repartidos por el mundo, y algunos de ellos participan activamente en
la guerra, y también controlan vastos poderes. ¿Qué nos hace a nosotros dos tan
especiales, tan únicos como para que la Muerte Roja haya pasado tanto tiempo
conspirando contra nosotros? No entiendo por qué nos teme más que a los otros,
y ni siquiera estoy seguro de que su lógica, si es que existe, tenga sentido.
Por lo que sabemos, el monstruo podría estar loco y no tener ningún motivo
especial para atacarnos.
—Lo dudo —dijo
Alicia. —A mí me parece obsesionado por el control. Sabe exactamente lo que
está haciendo. Recuerda que presumió de haber estudiado nuestros esfuerzos
durante siglos antes de decidirse por fin a actuar. Está convencido de que
somos los dos vampiros especiales que pueden poner en peligro sus planes. Como
dijo Phantomas, el monstruo trató sabiamente de eliminar a sus enemigos más
poderosos en el juego antes de empezar a jugar. Lo que no comprendimos es que
sus primeros intentos por destruirnos no hicieron más que atraernos hacia un
escenario mucho más peligroso. Estuvo a punto de acabar con nosotros en
Washington. Fuimos un poquito más listos, o más afortunados, de lo que
esperaba. Nada más.
—Eso no
responde a mi idea básica —dijo McCann. —¿Por qué nosotros, y no Helena? ¿O
Selene Oscura?
El tono de la
voz de los dos mortales indicó al Nosferatu que ya habían tenido discusiones
similares en el pasado. El no era tan paciente.
—El amanecer
se acerca —dijo, levantando la voz lo suficiente como para interrumpir la
conversación. —Dentro de poco tendré que buscar refugio en uno de mis
almacenes.
—Yo estoy
exhausto —dijo McCann, cansino. —Ha sido una noche muy larga, y cocer rémoras
es agotador. No me vendría mal descansar. Además, quiero saber qué tal le ha
ido a nuestros amigos contra la Mafia. Podemos seguir mañana con esta
conversación.
—Estoy de
acuerdo —dijo Alicia. —Aunque tengo una confianza absoluta en las habilidades
de Jackson, quiero asegurarme de que sigue en buena forma.
—¿Nos reunimos
aquí mañana a medianoche? —preguntó McCann.
—Estaría mejor
otro lugar menos expuesto al tráfico —dijo Alicia. —¿El Musée Rodin? Dentro
hay sitio de sobra para sentarse y hablar. El edificio cierra al anochecer,
pero eso no significa nada para nosotros. El Beso siempre ha sido una de
mis esculturas favoritas. Me gustaría verla otra vez.
—Una buena
elección —dijo Phantomas, interrumpiendo. Aprendía rápido, y veía que a los dos
mortales les gustaba hablar. El único modo de hacer algún comentario era
interrumpir su cháchara. —Sin embargo, antes de separarnos debo haceros una
última pregunta.
—Gran parte de
mi teoría sobre el plan de la Muerte Roja está basada en la historia antigua de
los Vástagos, y hay dos cosas que necesito saber. Entre los numerosos mitos y
leyendas que existen sobre Anis y Lameth, no hay mención alguna a sus sires. Son
Cainitas de la Cuarta Generación sin antecedentes. Os aseguro que esta
información es vital para la Mascarada de la Muerte Roja, la pieza final de un
complejo rompecabezas. ¿Cuál de los trece Antediluvianos Abrazó a Anis, Reina
de la Noche? ¿Quién fue el sire de Lameth?
Alicia torció
el gesto. —¿Es absolutamente necesario? No me gusta nada hablar de mi pasado,
especialmente con un vampiro historiador.
—Absolutamente
imprescindible —declaró Phantomas. —Tenéis mi palabra de que nunca revelaré
vuestro secreto. Para ser franco, la obra en la que trabajo es para mi propia
satisfacción.
Nunca pienso
publicarla. Considerando los miles de secretos que contiene, jamás me
atrevería.
—Soy chiquilla
de Brujah —dijo Alicia, —como lo fue Troile. Hace miles de años, en la Segunda
Ciudad, Troile diabolizó a nuestro sire y asumió su lugar como Antediluviano.
Fue él el verdadero fundador del clan que ahora se conoce como Brujah. Sin
embargo, aún existen unos pocos vampiros que pueden trazar su linaje hasta el
Antediluviano original. Yo soy uno de ellos. Soy una auténtica Brujah.
Phantomas
asintió con un fuego rojo en la mirada. —Perfecto. Como sospechaba. ¿Qué hay de
Lameth, señor McCann?
—El Mesías
Oscuro fue el primer chiquillo de Ashur —dijo el detective, —el vampiro de la
Tercera Generación también conocido como Lucian o Capadocio. Augustus Giovanni
lo destruyó en el siglo XII para formar el
clan Giovanni. Casi todos los chiquillos de Ashur fueron exterminados por esta
familia. Los pocos supervivientes, como Lameth, se ocultaron.
Phantomas
aplaudió entusiasmado. Su ordenador portátil, olvidado por un instante, cayó al
suelo. No le preocupaba. La cubierta de la máquina era capaz de soportar la
explosión de una gran bomba sin sufrir daño. —Lo sabía —dijo. —Lo sabía. El
misterio final está aclarado. Ya sé con certeza el vínculo que os une con la
Muerte Roja. Ahora todo está perfectamente claro.
—¿Y bien?
—dijo Alicia Varney.
—¿Y? —preguntó
McCann.
El tono de los
dos mortales dejó claro a Phantomas que no podía ni soñar con marcharse del
parque sin darles alguna información. Decidió que la palabra adecuada
satisfaría su curiosidad hasta la noche siguiente.
—Hay varios
vampiros de la Cuarta y la Quinta Generación capaces de ganar la Yihad y lograr
el dominio de la raza Cainita —declaró melodramático. —Sin embargo, solo un
grupo muy selecto es capaz de conservar su poder si los Antediluvianos se
levantan. Como sus sires ya no existen, no hay lazo mental alguno que los
vincule a la Tercera Generación. Son la Muerte Roja, Lameth y Anis. Los tres
sois los Liberados.
CAPÍTULO 12
París: 6 de
abril de 1994
Siguieron la
discusión, en el corazón del museo Rodin, poco después de la medianoche
siguiente. Una telaraña mental en todo el edificio aseguraba que no fueran
molestados. Si era necesario podían hablar hasta el amanecer.
Elisha,
Jackson, Flavia y Madeleine Giovanni habían sobrevivido a la batalla en las
calles sin incidentes. La aparición de los dos primos de Madeleine junto con
una compañía de ghouls Giovanni había cogido por sorpresa a los matones de la
Mafia en un inesperado y mortal fuego cruzado. Solo unos pocos lograron escapar
de la furia del acero italiano. Enfrentados a la idea de admitir la derrota
ante Don Caravelli, se perdieron como sombras en los callejones de la ciudad.
Una vez
terminara aquella conferencia, Alicia y McCann se separarían. La primera
trataría de frustrar el golpe de la Muerte Roja contra el Sabbat en Nueva York,
mientras el grupo del detective intentaría prevenir a la Camarilla en Linz.
Jackson
esperaba impaciente a Alicia en el aeropuerto de Orly. Había contratado un
reactor para regresar a Nueva York en cuanto los asuntos de aquella noche
hubieran concluido. La reunión entre Melinda Galbraith y los líderes de la Mano
Negra del Sabbat iba a tener lugar esa misma semana, y no había duda alguna de
que la Muerte Roja haría su aparición. Alicia tenía intención de interrumpir la
reunión, y contaba con que aquella noche Phantomas le diera el arma necesaria
para aplastar cualquier alianza que pudiera desarrollarse.
Madeleine
Giovanni, Elisha y Flavia ya habían dejado París. Los primos de la primera le
habían dicho que Pietro Giovanni, su sire y director del Mausoleo, quería
hablar urgentemente con ella en el cuartel general del clan. Confusa y
preocupada por la inesperada llamada, no había tenido más remedio que obedecer.
Elisha y Flavia le acompañaban, aunque tenían previsto mantenerse totalmente
aparte del viaje de Madeleine al Mausoleo. A pesar de la curiosidad de Elisha
sobre el mundo, había lugares que era mejor no visitar.
Antes de
partir acordaron reunirse con Dire McCann en Linz, Austria, la noche anterior
al Cónclave de los Vástagos. Para entonces el detective esperaba haber
descubierto lo que la Muerte Roja tenía planeado para la reunión, así como
saber el modo de impedir que el monstruo destruyera la Tierra.
—No es justo
—dijo Alicia a Phantomas sonriendo una vez todos estuvieron cómodamente
sentados. —No puedes marcharte como hiciste anoche después de aquel comentario
críptico. Casi no puedo dormir con aquel término, los Liberados,
dando vueltas por la cabeza.
—Mis disculpas
—dijo Phantomas sincero. —No pretendía causar problemas. Excusad mi
comportamiento. La mayor parte de mi existencia la he pasado acompañado por
ratas de alcantarilla, y mis aptitudes sociales no están en su mejor forma.
Saber lo que decir y cuándo decirlo suele representar un problema. Ya sabéis
mucho de lo que voy a comentar. El truco está en unir los hechos para que
tengan sentido. Como historiador e investigador, he aprendido a unir fragmentos
de información de diferentes fuentes para lograr una imagen coherente. Eso es
lo que he hecho con lo que yo denomino la Mascarada de la Muerte Roja.
—Creo saber
cómo empezó todo —dijo Alicia, incapaz de no parecer presumida. La noche
anterior, ciertos aspectos de aquella batalla habían empezado a cobrar sentido
para ella. —La Muerte Roja estaba preocupado por la Gehena. Estaba convencido
de que el despertar de varios de los Nictuku señalaba el comienzo de la
anunciada noche en la que los Antediluvianos despertarán de su letargo y
volverán a asumir el control de la raza Cainita. Quería hacer todo lo posible
por impedirlo.
—Correcto
—dijo Phantomas. —Muchos vampiros comparten ese miedo. Les preocupa que la
Tercera Generación regrese con tal hambre que consuma la sangre de todos sus
descendientes. Como fundadores de los trece clanes vampíricos, poseen poderes
tremendos sobre sus chiquillos, los chiquillos de éstos y así a través de las
generaciones. Ninguno de los miembros de los clanes será capaz de resistirse a
estas demandas. La sangre llama a la sangre. Sin embargo —dijo haciendo una
pausa para marcar su comentario, —hay algunos vampiros, muy pocos, que no están
vinculados a ningún sire de la Tercera Generación.
—Los Liberados
—respondió Alicia. —Un trío de Vástagos de la Cuarta Generación que consta de
Lameth, Anis y, según tú, la Muerte Roja. En cada caso, su sire fue destruido
hace siglos, dejándolos libres del dominio mental de cualquier Antediluviano.
—Los clanes
Lasombra y Tzimisce, el núcleo del Sabbat, aseguran que los fundadores de sus
líneas de sangre fueron destruidos durante una gran revuelta —dijo McCann.
—Es posible
—replicó Alicia. —Sin embargo, llevo siglos involucrada con el Sabbat, y las
rivalidades son amargas y mortales. Te puedo asegurar que no hay posibilidad de
que alguno de los Matusalenes del culto sea un Liberado.
No veía
necesario mencionar que ella misma había tenido parte activa en la destrucción
de su sire, Brujah, o que había animado a Lameth a hacer lo mismo. No había
motivo alguno para revelar a Phantomas más de lo que necesitaba saber. Se
preguntó si la Muerte Roja también habría provocado la muerte de su sire.
Cuanto más pensaba en ello, más probable parecía.
—Lameth, Anis
y la Muerte Roja son los tres únicos que importan —dijo Dire McCann, siguiendo
con la idea. —Su libertad mental les convierte en elecciones evidentes para
dirigir a la raza Cainita. Solo ellos pueden enfrentarse a la Tercera
Generación, quizá uniendo a los demás vampiros para que se resistan a los
vínculos que les hacen prisioneros de su herencia.
—No hay duda
de que la Muerte Roja se veía como salvador de los Condenados —dijo Phantomas.
—Él y su progenie han estado preparándose durante siglos para alcanzar el
control de los Hijos de Caín. Cuando la repentina aparición de los Nictuku les
obligó a actuar antes de estar preparados, decidió eliminar a los dos únicos
vampiros a los que veía como rivales potenciales: Lameth y Anis. Por tanto,
ajustó sus planes en consonancia. Tejió un complejo escenario que combinaba sus
planes de conquista con los ataques sorpresa contra vosotros dos.
—Más que eso
—dijo McCann. —La Muerte Roja sembró trampas dentro de trampas. Cada huida nos
lanzaba contra un peligro mucho mayor. Solo nuestros poderes únicos y una gran
suerte impidieron que fuéramos destruidos.
—No solo
suerte —señaló Alicia. —No olvides la ayuda de dos personajes únicos.
McCann sonrió.
—Los hijos de Seth marcaron la diferencia. Rambam se negó a hablar de ellos
conmigo salvo con vagas generalidades. Saqué la impresión de que el mago cree
que siguen órdenes dadas por su padre. Quizá esas instrucciones provengan en
origen de Caín, o puede que actúen como agentes independientes. Dudo que nunca
averigüemos la verdad. Según el sabio, los dos suelen limitarse a vigilar las
actividades de los Condenados. Tiene prohibido interferir, salvo en las
circunstancias más extremas, e incluso entonces no pueden hacer demasiado.
Rambam está convencido de que es su responsabilidad salvaguardar la
supervivencia de la humanidad. Por tanto, ignoran las manipulaciones Cainitas
sobre la historia mortal. Solo actúan cuando toda la humanidad se ve amenazada,
como es el caso con estos monstruos interdimensionales, los Sheddim.
—Su asistencia
anuló los ataques iniciales de la Muerte Roja —dijo Alicia torciendo el gesto.
—Es extraño. No lo había pensado antes, pero desde entonces no han vuelto a
aparecer.
—¿Por qué
deberían hacerlo? —preguntó McCann. —Evidentemente, cuando la Muerte Roja
invocó por primera vez a los Sheddim desde las Esferas Rotas, el hechizo alertó
a los dos hijos de Seth. Presintieron el peligro para la humanidad y emplearon
sus poderes únicos para investigar y descubrir el plan de la Muerte Roja.
Incapaces de combatir directamente al Matusalén, trataron de encontrar dos
peones que libraran la lucha. Nosotros. Desde entonces hemos
estado trabajando para ellos, aunque tampoco teníamos más opciones. Sus
intereses coinciden con los nuestros. La destrucción de la Muerte Roja asegura
nuestros planes y la supervivencia de la humanidad.
Alicia se
encogió de hombros. —Una idea interesante, pero no es realmente importante.
Ahora sabemos por qué ese monstruo nos considera enemigos, y también conocemos
la identidad y la motivación de nuestros misteriosos aliados. Nada de todo esto
nos ayudará a derrotar al monstruo. ¿No es hora ya de que discutamos lo que es
realmente vital? ¿Quién es la Muerte Roja y cómo puede ser derrotada?
Phantomas
sonrió. —Esperaba que antes o después alguien sacara el tema.
El antiguo
Nosferatu abrió la tapa de su ordenador portátil y lo encendió pulsando un
botón. —Prefiero ser exacto a la hora de discutir asuntos importantes —dijo.
—El vampiro al que llamamos la Muerte Roja es un viejo Cainita originalmente
conocido como Seker, Señor del Inframundo. Durante el último milenio ha estado
empleando el nombre de Conde St. Germain. Como vosotros dos, es uno de los
Liberados.
McCann le miró
pensativo. —No recuerdo haberme encontrado con ningún vampiro llamado Seker. Su
nombre suena egipcio. Tras la Caída de la Segunda Ciudad, Lameth evitó esa zona
del mundo.
—Igual que
Anis —dijo Alicia. —Gobernó como Reina-Diosa en el sur de Kush durante más de
diez siglos, tratando de desarrollar una civilización guerrera con la que
conquistar el mundo. Fue un intento fallido, pero divertido mientras duró.
—Lameth pasó
gran parte del periodo en Asia —dijo el detective sin ofrecer más explicación.
Alicia sabía que era mejor no preguntar. —Los nombres no significan nada para
los Antediluvianos o los Matusalenes —siguió. —Fijaos en mi propio sire, que
cambió de nombre para adaptarse a la civilización reinante. A lo largo de la
historia yo he sido conocido como Lamech, Lameth, Lazarus y Lorath, y lo mismo
puede decirse de nuestro enemigo. St. Germain, Seker y la Muerte Roja no son
más que títulos. Basta de suspense, Phantomas. ¿A qué línea de sangre pertenece
el monstruo? ¿Quién es su sire?
—St. Germain
es el primer chiquillo del vampiro de la Tercera Generación conocido como
Saulot —respondió el Nosferatu. —Aunque no dispongo de pruebas claras, estoy
convencido de que manipuló al mago Tremeré y a sus discípulos para que se
convirtieran en vampiros mediante la magia negra. Después, tras establecer un
Vínculo de Sangre con Tremeré y con todos los miembros del Consejo Interior,
manipuló al mago para que diabolizara a Saulot, que descansaba en letargo.
Cuando Tremeré destruyó al sire del Matusalén, St. Germain se convirtió en un
Liberado. Además, habiéndose asegurado de que Tremeré y sus discípulos estaban
bajo su poder, logró un cierto control sobre todo el clan vampírico.
Alicia rió.
Sabía que no debía hacerlo, pero no podía resistirse. Su suposición había sido
correcta. —¿Te suena familiar? —preguntó a McCann.
—Demasiado
—respondió el detective, clavándole con la mirada. —Hablas demasiado.
Alicia sonrió
y miró a Phantomas. —La historia se repite a lo largo de los milenios, mi amigo
Nosferatu. Puedes asumir con seguridad que St. Germain no es el único vampiro
que muestra ese comportamiento. Los vínculos entre nosotros son mucho más
fuertes de lo que nunca hubieras imaginado.
Dire McCann
frunció el ceño. Sus ojos parecían absortos, como si viera algo invisible a los
demás. —St. Germain no puede ser chiquillo de Saulot —declaró con una voz que
no era completamente suya. —Recuerdo vagamente a Saulot de la Segunda Ciudad y
era el mayor filósofo de la Tercera Generación. Al contrario que otros
Antediluvianos, odiaba con pasión ser un vampiro. Era un místico y un soñador
que aspiraba a alcanzar la Golconda, el estado de gracia en el que se aplaca la
sed de sangre. ¿No creéis que sus seguidores abrazarían los mismos valores?
Phantomas
asintió. —Tienes razón en parte. St. Germain fue Abrazado por Saulot hace más
de seis mil años, siglos antes de que el Antediluviano se convirtiera al
pacifismo. Tras la destrucción de la Segunda Ciudad abandonó a sus pocos
chiquillos y viajó a Asia, donde se convirtió a la Hermandad arcana del Tercer
Ojo. Fue allí donde alcanzó la Golconda. Cuando regresó a Europa, predicó un
credo de autodisciplina y pureza de espíritu. Los pocos vampiros que creó tras
su regreso siguieron la misma filosofía, y son los que dieron en llamarse
Salubri. Después de que Tremeré diabolizara a Saulot, su clan exterminó con
ferocidad a todos los Salubri que pudo encontrar. Supuestamente, unos pocos
escaparon a la carnicería y siguieron vagando por la tierra, buscando la paz
interior. Ningún Cainita descubrió la existencia de St. Germain, chiquillo de
Saulot pero ajeno a los Salubri.
—Por eso
Madeleine Giovanni no reconoció la línea de sangre de la Muerte Roja —dijo
McCann, esta vez con su voz. —No pertenece a ninguno de los trece clanes
existentes.
—Exacto —dijo
Phantomas. —Tampoco podría identificar las líneas de Lameth o Anis, pues no
pertenecen a clan alguno. Los Antediluvianos que les convirtieron en vampiros
no son más que polvo. Vosotros tres no tenéis amo. Estáis verdaderamente
liberados.
CAPÍTULO 13
París: 6 de abril
de 1994
—Muy bien
—dijo Alicia, rompiendo el silencio. Parecía exasperada. —Ya conocemos la
identidad de la Muerte Roja, así como sus motivaciones. Conocemos su línea de
sangre. Genial. ¿De qué cono nos vale-toda esta información? ¡Aún no sabemos una mierda de
cómo planea hacerse con el control de la Camarilla y del Sabbat! ¿Alguien
quiere responderme a esta pregunta?
—En un momento
tendré mi archivo sobre Saulot y los Salubri —dijo Phantomas nervioso. —Estoy
seguro de que no te sentirás defraudada.
—Ya sabemos
más de lo que crees sobre la Muerte Roja y su progenie —dijo McCann a Alicia.
—No sorprende que tenga relación con el clan Tremeré. Ese hechizo de
teleportación que empleó en los primeros ataques necesita un punto focal. Tyrus
Benedict y Hugh Portiglio le sirvieron para ello de forma admirable, y
Phantomas dijo que había un mago Tremeré invitado a la recepción del Príncipe
Villon en el Louvre.
—¿Quién hay
mejor para descubrir un trozo perdido de El Libro de Nod que un mago de ese
clan? —dijo Phantomas.
—Igualmente
importante —dijo McCann, —es el hecho de que, aunque no sepamos cuántos
vampiros pertenecen a esa línea de sangre, está bastante claro que solo otros
tres controlan Cuerpo de Fuego. Destruir a esos cuatro frustrará los planes de
los Sheddim para engullir al mundo en las llamas.
Alicia sacudió
la cabeza. —¿Cómo? ¿Solo cuatro? Presumo que te refieres a los que nos atacaron
en el Depósito de la Armada.
—Por supuesto.
Lo he sabido desde aquella noche. La Muerte Roja quería destruirnos
desesperadamente, y Cuerpo de Fuego es su arma más poderosa. Nos atrajo al
Depósito, donde nos atacó junto a sus chiquillos. Si otros miembros de su línea
de sangre poseyeran ese poder, ¿no crees que también hubiera recurrido a ellos?
¿Por qué usar solo a tres ayudantes si dispones de diez? ¿O de cien? Cuantos
más fueran, más posibilidades tendría de triunfar.
Se detuvo un
momento para que sus palabras surtieran el efecto necesario. —Cuando traté de
leer la mente de la Muerte Roja descubrí que para despertar a los Sheddim
hicieron falta varios vampiros muy poderosos trabajando juntos. Solo unos
Vástagos de las Generaciones Cuarta y Quinta podrían canalizar tal poder. Tras
destruir a su propio sire, ¿crees que St. Germain confiaría el secreto de
Cuerpo de Fuego a más Cainitas de los necesarios? Los tres vampiros que estaban
en el Depósito de la Armada eran sus únicos chiquillos. Los Hijos de la Noche
del Terror son sus descendientes. Poseen los poderes que St. Germain heredó de
Saulot, pero no controlan Cuerpo de Fuego.
—Así que no
nos enfrentamos a una horda innumerable — dijo Alicia. —Cuatro contra dos. No
está tan mal.
—Aparte del
hecho de que son vampiros increíblemente poderosos y que nosotros no somos sino
avalares humanos de criaturas similares —dijo McCann, riendo. —Madame Zorza
tenía razón. Los números siempre imponen.
—Igualmente
importante —intervino Phantomas, —es saber que la Muerte Roja original, St.
Germain, es un cobarde.
—¿Cómo? —dijo
Alicia. —No parecía especialmente asustado durante nuestro primer
enfrentamiento en Manhattan.
—Lo mismo digo
del ataque en San Luis —añadió McCann.
—En cada caso
empleó su poder para crear el pánico —dijo Phantomas. —Lo mismo sucedió en
París, aunque no estoy seguro de si el ataque del Louvre lo realizó St. Germain
o alguno de sus chiquillos. Repito: es un cobarde. Es un vampiro de la Cuarta
Generación con un poder mayor al de cualquier enemigo al que se haya encontrado
nunca. Sin embargo, a la hora de enfrentarse a vosotros dos confía en la ayuda
de sus tres chiquillos.
—Aquella noche
parecía bastante cauto —dijo Alicia, —aunque en Washington aseguró que actuaba
de ese modo para atraernos a su verdadera trampa.
—Tonterías
—respondió Phantomas. —Una regla básica de la guerra es matar a tu enemigo a la
primera oportunidad posible. La Muerte Roja es algo más que precavido. Es un
cobarde. Tras no conseguir eliminarme en el Louvre podía haberme atacado en mi
guarida bajo las calles de París, pero no lo hizo. Envió a otros tres vampiros
para terminar el trabajo.
—La misma
lógica se aplica a Flavia —dijo McCann. — Envió a Makish a eliminarla, en vez
de enfrentarse a ella personalmente.
—St. Germain
no hace nada que no sea absolutamente imprescindible —aseguró el Nosferatu.
—Siempre que puede prefiere trabajar mediante otros. No parece probable que os
encontréis con él ni en Nueva York ni en Linz. Vuestros oponentes en esas
batallas serán sus tres chiquillos, mientras él se queda a cubierto en su
guarida. El mayor reto será localizar y destruir a la verdadera Muerte Roja.
—Eso no me
sorprende —comentó McCann. —Como muchos de la Cuarta Generación que han vivido
miles de años, St. Germain tiene verdadero miedo a la Muerte Definitiva. Es
mucho más fácil emplear agentes y chiquillos Vinculados con Sangre que
arriesgar la propia inmortalidad.
El detective
sonrió. —Su punto de vista no es difícil de entender. Después de todo, nosotros
servimos como avatares de Anis y Lameth. A pesar de nuestro conflicto con la
Muerte Roja y sus secuaces, ni la Reina de la Noche ni el Mesías Oscuro están
en verdadero peligro. Nosotros asumimos todos los riesgos.
—Es cierto
—dijo Alicia con un suspiro. —¿Tiene tu ordenador alguna información real que
podamos emplear contra ese monstruo y su progenie, o vamos a la batalla tan
ignorantes como empezamos?
Phantomas
observó la pantalla y miró a Alicia con una sonrisa grotesca. —Creo que tengo
lo que necesitamos —dijo. —Parece que el hombre rata tiene las
respuestas, aunque he tardado un poco más de lo esperado en acceder a los
bancos de memoria.
—Dinos —dijo
McCann.
—Poco se sabe
de Saulot y sus chiquillos —comenzó, —pero todas las historias y leyendas que
tengo aquí coinciden en un detalle: la progenie de Saulot poseía una disciplina
que les permitía circular sin ser detectados entre los demás vampiros. Ése es
el motivo de que nadie sepa con seguridad si los Salubri siguen existiendo. Es
posible que lleven varios siglos ocultándose entre los Vástagos. Este atributo
es una combinación de varios poderes Cainitas, y su nombre es bastante
adecuado: Engaño.
Alicia maldijo
y McCann rió. Ninguno de los dos parecía especialmente contento.
—Los
chiquillos de Saulot pueden imitar perfectamente a cualquier vampiro con el que
se encuentren —dijo Phantomas. —Se convierten literalmente en duplicados de sus
objetivos, hasta el menor detalle. Sus poderes son los mismos, igual que sus
rasgos. Es imposible distinguirlos del original.
—Excepto por
los recuerdos —dijo Alicia. —No pueden robar los recuerdos y las experiencias
de sus víctimas. Ésa es su única debilidad. Al fin todo tiene sentido. Los
misterios quedan claros y los acertijos se resuelven.
—En
Washington, en el Depósito de la Armada —dijo McCann rezumando furia, —las
cuatro Muertes Rojas tenían un aspecto idéntico. Debería haber comprendido
entonces que los otros eran duplicados de su líder. Lo tenía delante de la cara
y no pude verlo.
Alicia sacudió
la cabeza con disgusto. —No te tortures. Yo lo debería haber adivinado cuando
oí que Melinda había regresado supuestamente de la muerte. Melinda Galbraith,
regente del Sabbat, no está bajo el dominio mental de la Muerte Roja, ni ha
hecho alianza alguna con el usurpador. La verdadera desapareció en el desastre
de Méjico y no ha vuelto nunca. Es un impostor el que ha aprovechado la
situación para asumir su identidad. Es uno de los chiquillos de la Muerte Roja
el que destruyó a Justine Bern y ahora dirige el Sabbat.
No hay duda de
que piensa emplear la reunión en Nueva York con los líderes de la Mano Negra
para consolidar su poder sobre el culto —dijo McCann.
—Eso mismo
pienso —respondió Alicia. —Empleando Cuerpo de Fuego, la falsa Melinda piensa
destruir a los Serafines y reemplazarlos con miembros de los Hijos de la Noche
del Terror. Cuatro vampiros entran en la cámara del consejo y cuatro salen.
Nada parece cambiar. Sin embargo, la progenie de la Muerte Roja se ha hecho con
el control total del Sabbat sin que nadie sepa siquiera que se ha producido un
golpe de estado.
—Un plan
diabólico —dijo Phantomas. —Sencillo pero efectivo. La conspiración de la
Muerte Roja se está conviniendo en una verdadera mascarada.
—No hace falta
mucha imaginación para suponer que planea una estrategia similar en el Cónclave
de los Vástagos en Linz — dijo Dire McCann. —St. Germain tiene vínculos con el
clan Tremeré, y no es coincidencia que sea Karl Schrekt, Justicar de ese mismo
clan, uno de los organizadores. Irónicamente, el propósito de la reunión es
discutir sobre la amenaza de la Muerte Roja. Durante las deliberaciones, St.
Germain planea destruir a los principales líderes de la Camarilla y
reemplazarlos con sosias de su propia línea de sangre. Se hará con el control
de la Camarilla en una maniobra tan secreta como audaz.
—Recuerda esa
línea de la profecía —dijo Alicia. —Muchos no son lo que parecen. Ahora
tiene sentido. Ese es el secreto definitivo del vampiro que se hace llamar
Conde St. Germain.
—Tenemos las
respuestas —señaló McCann. —Sabemos la verdad. Ahora solo queda una pregunta:
¿Podremos detenerle?
PARTE
3
Entonces,
invocando el coraje salvaje de la desesperación, todo un grupo de celebrantes
entró en el salón negro, y apresando al ser, cuya alta figura permanecía
erguida e inmóvil dentro de la sombra de su capa de ébano, lanzaron un suspiro
de horror incontenible al descubrir las prendas de la tumba y la máscara
cadavérica sostenidas por una forma intangible.
"La
Máscara de la Muerte Roja"
Edgar Allan
Poe
CAPÍTULO 1
Venecia: 8 de
abril de 1994
Cuando entró
en la oficina de su abuelo, lo primero que Madeleine notó fue que él no la
esperaba en su lugar habitual, sentado tras el enorme escritorio de ébano. Le
daba la espalda y observaba la noche de Venecia desde los enormes ventanales.
Eso era una clara señal de que Pietro estaba preocupado. Cuando éste se volvió
pudo ver que, en vez de la habitual rosa roja, en el ojal mostraba un clavel
blanco. Otro signo de problemas.
—Madeleine
—dijo, señalando uno de los sillones de cuero rojo frente a la mesa. —Mi
chiquilla. Por favor, siéntate. Gracias por venir a verme esta noche.
—Tus deseos
son órdenes, sire —dijo Madeleine respetuosa. —Sin embargo, debo admitir que no
estoy segura de saber por qué quieres verme. Sigo con mi misión. Dire McCann
necesita mi asistencia, y en estos momentos carece de protección.
Pietro frunció
el ceño y sus cejas se juntaron pensativas. —No ocuparé mucho de tu tiempo.
Nuestro clan tiene con McCann una deuda que no puede repararse. Solo quería
saber personalmente a través de ti de los progresos de tu misión.
—Llamo siempre
que me es posible, abuelo —dijo Madeleine. Se sentía enormemente inquieta.
Había sido entrenada para leer emociones, incluso las de los no-muertos, y
sabía que Pietro no le contaba toda la verdad. Le había llamado al Mausoleo con
un motivo. —Hago todos los esfuerzos posibles por mantenerte informado de mi
situación.
—Lo sé,
Madeleine —dijo Pietro. —Sin embargo, las líneas telefónicas pueden estar
pinchadas. La Mafia es una molestia constante, y creí mejor que habláramos en
persona. ¿Cómo prosigue la caza de la Muerte Roja? Según tus recientes
informes, parece que McCann espera enfrentarse al monstruo en el Cónclave que
se celebra en Austria dentro de pocas noches.
Madeleine
asintió. —La situación no ha cambiado, abuelo. El detective está convencido de
que la Muerte Roja planea hacerse con el control de la Camarilla en esa
reunión. McCann está decidido a no permitirlo. Sospecho que el enfrentamiento
será extremadamente violento.
Pietro rió
entre dientes. —Tienes un maravilloso talento para la modestia, mi chiquilla.
Estoy seguro de que Dire McCann aprecia tu ayuda y tu asistencia. La violencia
parece seguirle allá donde va.
El antiguo
Giovanni se detuvo antes de volver a hablar. — ¿Eres consciente de que Don
Caravelli piensa asistir al Cónclave?
Durante un
instante Madeleine no dijo nada. Aunque se enorgullecía de ocultar su sorpresa
en tales situaciones, necesitó unos segundos para recuperar la compostura y la
voz.
—¿El señor de
las alimañas se atreve a dejar su guarida? — preguntó con voz calmada y
tranquila. —¿Ha vuelto Caín, o ha sucedido algún milagro en mi ausencia?
Pietro rió.
—Sospechaba que encontrarías de cierto interés la noticia —declaró. —Los
Cónclaves son terreno neutral. Las luchas entre clanes están estrictamente
prohibidas.
El antiguo
Giovanni sonrió, adoptando el aspecto de una calavera. —Sin embargo, las
venganzas personales no se ven afectadas. Tu disputa con Don Caravelli es un
asunto de honor. Si se le reta, el Capo de Capi no tendrá más remedio que
responder, o ser declarado proscrito por la Camarilla.
Madeleine
sacudió la cabeza. —Después de tanto tiempo, ¿por qué asumir ese riesgo? Sabe
que le estaré esperando.
—Quizá Don
Caravelli se aburra en su fortaleza —dijo Pietro. —Puede que se haya cansado de
vigilar su espalda. Recuerda que se le considera uno de los vampiros más
peligrosos que existen. Su reputación por la falta de escrúpulos solo rivaliza
con la tuya. Destruirle no será fácil, ni siquiera para la Daga de los
Giovanni.
—No pido más
que la oportunidad de presentar mi caso ante Don Caravelli —dijo Madeleine.
—Estoy preparada para que el destino dicte el resultado.
—Si Don
Caravelli acepta un duelo —dijo Pietro, —prepárate para todo tipo de
traiciones. Es un vampiro sin honor.
—Nada que
intente podrá detenerme, abuelo —respondió Madeleine, liberando por un momento
el férreo control sobre sus emociones. —Nada.
—Ya lo sé, mi
chiquilla. Por eso estoy convencido de tu éxito.
Se detuvo un
momento y se inclinó hacia delante en su mesa, mirándola fijamente. —¿Y qué
ocurrirá cuando le hayas destruido, Madeleine? La venganza por la muerte de tu
padre está cerca. ¿Qué sucederá cuando la tengas en tu mano?
Los
pensamientos de Madeleine se congelaron. Pietro nunca le había hecho una
pregunta como aquélla. Comprendió inmediatamente que aquél era el motivo por el
que había sido llamada al Mausoleo. Varias cosas le resultaron inmediatamente
claras, incluyendo el modo de responder a la pregunta.
—Soy la Daga
de los Giovanni —dijo con tono decidido. — Ya lo sabes, abuelo. Mis deseos son
los de mi clan. Honro las tradiciones de los Giovanni.
—En la vida y
en la muerte —dijo Pietro, como si completara un antiguo ritual. —Tus primos me
hablaron de un poderoso mago que había a tu lado en París.
—Elisha,
estudiante de Rambam —dijo Madeleine sin titubeos. Sabía que su abuelo mentía
respecto a lo comentado por sus primos, pero le daba igual. Era mejor descubrir
lo peor que ser sorprendida más tarde. —No hay duda de que es uno de los magos
más poderosos con los que me he cruzado nunca, a pesar de su gran juventud.
—Se dice que
estás muy encariñada con él —replicó Pietro. Su tono era amable, pero
Madeleine estaba segura de que tras aquella frase se ocultaba una amenaza.
—¿Se dice?
—repitió sarcástica. —¿Cuál de mis estúpidos primos ha hecho tal juicio?
¿Cesare o Montifloro?
Su voz
rezumaba desprecio. —Los dos son grandes expertos en la seducción y la intriga.
Me ven con un mortal e inmediatamente creen que estoy hechizada. Qué
brillantez, qué profundidad de análisis. ¿Te dijeron también que estoy tan
enamorada de ese mago que se me olvidó cómo pelear? ¿Cree alguno de ellos que
puede asumir mi puesto como Daga de los Giovanni?
—Paz,
Madeleine —dijo Pietro alzando las manos apaciguador. —Ni Cesare ni Montifloro
dijeron esas tonterías. Como siempre, mostraron asombro por tu capacidad
combativa. No hicieron más que expresar su extrañeza al verte en compañía de un
mago. No pretendían insultarte.
Madeleine
asintió. El problema no eran sus primos, sino Pietro. Tenía que convencerle de
que su asociación con Elisha era en beneficio del clan.
—Es amigo y
aliado de Dire McCann —dijo. —Acompaña al detective a todas partes. Es joven e
ingenuo, y me encuentra atractiva; ha tenido muy poca experiencia con mujeres.
He hecho lo posible por estimular su interés, y creo que de momento he tenido
éxito. ¿Quieres que actúe de otro modo, abuelo? Un mago tan poderoso sería un
gran activo en nuestras filas.
Pietro
asintió. —Nuestro fin definitivo necesitará de la ayuda de grandes magos.
Hiciste bien, mi chiquilla. Perdóname por mostrar mi preocupación. Después de
todo, hubo aquel problema con esos niños...
—Jóvenes que
me son leales hasta la muerte —respondió Madeleine, dejando asomar un poco de
malestar en su voz. Era una experta en el engaño, pero lo mismo podía decirse
de Pietro. Tenía que asegurarse de que sus mentiras fueran convincentes. — Me
permitieron destruir a Don Lazzari. Los dos supervivientes serán ghouls
excelentes, mucho mejores que algunos de los familiares menos ambiciosos que
nos vemos obligados a emplear.
—Estoy de
acuerdo —dijo Pietro torciendo el gesto. —No necesitas recordarme las faltas de
nuestros parientes.
El vampiro se
inclinó hacia delante con la mirada fija en ella. —¿Entonces Elisha no
significa nada para ti? ¿No es más que otra conquista de la Daga de los
Giovanni?
Madeleine
adoptó una expresión confundida. En aquel momento sus décadas de entrenamiento
le sirvieron bien. Su abuelo quería creerle. Era su favorita, y tenía que
recordárselo. —No entiendo tu pregunta, abuelo. ¿Cómo podría ese mago
significar algo para mí? ¿Significar qué? Tú eres mi sire, mi señor. No tengo
más Vínculo de Sangre que el que poseo contigo.
Pietro rió.
—¿Cómo he podido dudar de tu lealtad, Madeleine? —dijo. —Siempre has sido mi
joya. Es inconcebible que pudieras traicionar tu honor... aunque se te
ofreciera el don de la vida.
Aquel
comentario casual y pasajero pretendía cogerla totalmente por sorpresa, pero
Madeleine estaba preparada. Desde que Pietro había mencionado a Elisha esperaba
la pregunta, y ya había pensado en su mentira.
—¿El don de la
vida, sire? —preguntó extrañada. —¿A qué te refieres?
—Rambam
—respondió Pietro con una expresión molesta. —Ese mago conoce una fórmula capaz de
convertir a un vampiro en mortal.
—Imposible
—declaró Madeleine. —No lo creo. —Se encogió de hombros. —Además, ¿por qué
querría ningún Cainita someterse a un ritual así? ¿Abandonar la inmortalidad y
el gozo del poder a cambio de las lujurias vacías de la existencia humana? Es
una estupidez.
Pietro se
levantó de la silla y se dirigió en silencio hacia los ventanales. Observó la
oscuridad durante un largo rato antes de hablar.
—Por supuesto,
tus palabras tienen sentido —dijo. —¿Por qué alguien dedicado a la muerte
podría estar interesado en el don de la vida? Solo un insensato sugeriría una
idea tan ridicula. Solo un insensato mayor la creería.
—Lo siento,
abuelo —dijo Madeleine con inocencia. —¿A qué te refieres?
—Nada —dijo
Pietro. —Como director del Mausoleo, trato constantemente con el engaño y la
intriga. A veces olvido que la lealtad y el honor aún existen.
Se volvió y
sonrió a su nieta. —La Daga de los Giovanni está forjada con el mejor acero del
mundo. Corta profundamente, y siempre para matar.
—Gracias,
abuelo —dijo Madeleine. Casi sentía lástima por él. Casi.
—Basta de
discusiones sin sentido —dijo el vampiro. —Ahora vete. Hablaremos del futuro
cuando Don Caravelli haya sido eliminado. Dale mis saludos a Dire McCann, y
dile que venga a visitarme una vez la Muerte Roja haya sido erradicada. Echo de
menos nuestras partidas de ajedrez.
—Le entregaré
tu mensaje, abuelo —dijo ella, lista para marcharse. —Adiós.
Aunque su voz
no hizo nada por delatar sus verdaderos sentimientos, Madeleine estaba
convencida de que aquélla sería su última despedida.
Una hora más
tarde le habló a Elisha de la reunión en su habitación en el hotel Grand Plaza.
Flavia había salido a cazar, tanto por deporte como por necesidad.
—¿Hay algún
problema? —preguntó el mago.
—Nada que no
esperara —respondió Madeleine, acariciándole la mejilla. —Creí que mis
obligaciones para con el clan Giovanni terminarían pronto. Por desgracia, no va
a ser así. ¿Me esperarás un poco más, Elisha?
—Por supuesto
—dijo sonriéndole. —Aprendí paciencia de un maestro.
—Hablando de
eso —dijo Madeleine. —Rambam debería ser advertido de que sus asociados no son
tan fiables como él cree. Uno, si no varios de ellos, han traicionado su
confianza en favor de mi abuelo. Sospecho de Judith, pero podría estar
equivocada.
No hay motivo
para sacar conclusiones precipitadas. El traidor será descubierto muy pronto.
—¿Un traidor?
—preguntó Elisha preocupado. —¿Traicionado? No puede ser.
—¿No me
dijiste que Rambam te ordenó una vez que no confiaras en nadie? —sonrió
Madeleine. —Pues tenía razón. En estos tiempos peligrosos la lealtad y la
confianza no significan nada. Hasta el honor puede corromperse si el precio es
lo bastante alto.
—¿Qué vas a
hacer? —preguntó Elisha. Se detuvo un instante y se corrigió. —¿Qué vamos a
hacer?
—Tú vas a
seguir con tus estudios y yo seguiré sirviendo a mi clan. Seremos pacientes,
muy pacientes. Pueden pasar años, quizá incluso décadas, antes de poner en
marcha nuestros planes, pero no tenemos prisa. Los magos pueden frenar su
envejecimiento y los vampiros no tenemos que preocuparnos por el paso del
tiempo. ¿Recuerdas cuando estábamos en París? Te dije que muchos de mis
parientes temen que Pietro pueda entregarme algún día el control del Mausoleo,
y también que nunca aceptaría esa posición. Después de la reunión de esta
noche, he cambiado de parecer. Ya no quiero que mi futuro o el tuyo sean
dictados por otros. Mi destino me exige que actúe en nuestro interés. Esta
misma noche comienzan mis esfuerzos. Como he dicho, no sé qué cantidad de
subversión e intriga será necesaria para alcanzar mi objetivo, pero te aseguro
que una noche Pietro Giovanni me nombrará su sucesora. —En su voz no había el
menor asomo de duda. —Lo quiera mi abuelo o no.
CAPÍTULO 2
Newark, Nueva
Jersey: 9 de abril de 1994
—La reunión
entre Melinda Galbraith y los líderes de la Mano Negra tendrá lugar mañana a
medianoche —dijo Walter Holmes con su sonrisa ordinaria. —Será en la sala
principal del Club Napolitano, en el East Side de Nueva York.
—¿El Club
Napolitano? —preguntó Alicia risueña. —Creía que era un local de lujo. Nunca
pensé que se utilizara como sala de reuniones del Sabbat.
Estaban
sentados en un reservado en la parte trasera de la Lira de Nerón, en Newark.
Tras regresar a Nueva York, Alicia había llamado inmediatamente al monitor del
Inconnu para discutir lo que había descubierto en Europa. Había pasado la
última hora comentando todo lo revelado por Phantomas. Como era de esperar,
Holmes había recibido con serenidad las noticias sobre las múltiples
identidades de la Muerte Roja, y no había expresado una gran preocupación
acerca de los Sheddim. Solo la velocidad cada vez mayor a la que barajaba las
cartas en su mano traicionaba su miedo.
—Nunca lo
habían usado —dijo Holmes, empezando un solitario. En el borde de la mesa
descansaba una copa de sangre barata, junto al vaso de vino medio vacío de
Alicia. Para ser un local para vampiros, la Lira de Nerón tenía una bodega
sorprendentemente buena. —Los Serafines no confían plenamente en Melinda.
Tienen motivos, ya que alcanzó su posición como regente del culto mediante el
asesinato. No se ha dicho nada en voz alta, pero los consejeros de la Mano
Negra insistieron en que se les permitiera elegir el lugar de la conferencia.
Hasta esta noche no se le ha comunicado a Melinda. Un amigo de un amigo me ha
pasado la información. El lugar es propiedad de un holding que
sirve como fachada para muchas de las actividades de la Mano Negra. Mañana
estará vacío, salvo por los invitados y sus guardaespaldas.
—Y algunos
intrusos —replicó Alicia. —Pienso acudir a esa reunión tan exclusiva. Estoy
segura de que la falsa Melinda también espera que me pase a saludar, y no me
gustaría defraudar a esa zorra quedándome en casa.
—Yo estaré
allí, en la parte trasera —dijo Walter mientras repartía las cartas. Sus ojos
no abandonaban el juego mientras hablaba. —Varias decenas de lealistas Sabbat
han sido invitados para atender y ser testigos de lo que suceda. Otro seguro
contra la traición, sospecho. Por un extraño giro del destino, yo recibí una de
esas invitaciones.
Alicia rió.
—El destino gira en su dirección bastante a menudo, señor Holmes. Es
sorprendente cómo una figura tan normal e inocente ostenta tanto poder sin que
nadie tenga la menor idea.
—Es un don que
he cultivado cuidadosamente a lo largo de los siglos —dijo Walter con un ligero
asentimiento. —Por desgracia, no pude conseguir otra invitación para ti. Como
Nueva York es un lugar peligroso para los vampiros, el local estará muy
protegido. Superar a los guardianes de la entrada puede ser muy difícil,
incluso para Alicia Varney.
Alicia se
encogió de hombros. No parecía preocupada. — Jackson está preparando una
pequeña distracción —dijo. —Es un especialista en ese tipo de cosas. Los pocos
que permanezcan en sus puestos serán tratados del modo adecuado. Es un buen
plan. Los líderes de la Mano Negra son Cainitas arrogantes y extremadamente
orgullosos. Son asesinos y terroristas despiadados del Sabbat, y no conciben la
idea de rodearse por una horda de guardaespaldas.
—¿Tienes un
plan de acción una vez consigas entrar en el local?
—No
exactamente —respondió Alicia, —y dudo de que sea necesario. Mi llegada
encenderá los fuegos artificiales. La falsa Melinda ha estado caminando por la
cuerda floja desde el comienzo de su charada. Si se la reta, su máscara se hará
pedazos. Pienso hacerlo. Unos cuantos comentarios precisos serán todo lo
necesario para desvelar su engaño.
—¿No temes que
los líderes de la Mano Negra se nieguen a escuchar a alguien que irrumpe en su
conferencia? —preguntó Holmes. —Como has dicho, son Cainitas orgullosos y
arrogantes.
Alicia sonrió.
—Al contrario. Considerando los riesgos que voy a asumir, me sorprendería mucho
que no quisieran escuchar lo que tengo que decir. Los Serafines son asesinos
letales, no idiotas.
—Según lo que
me has dicho —siguió Holmes, —el vampiro que se hace pasar por Melinda
Galbraith es uno de los cuatro Cainitas que usan la disciplina Cuerpo de Fuego.
Sospecho que al exponer su verdadera identidad le obligarás a hacer un intento
desesperado por destruir a todos los presentes en la cámara del consejo.
Después podrá culpar de la matanza a la Muerte Roja.
—Eso mismo pienso
yo —dijo Alicia. —Espero que reaccione de ese modo. En caso contrario tendría
que demostrar que se trata de una impostora, lo que no tiene por qué ser fácil.
—Sin embargo,
ser convertido en cenizas no es una alternativa aceptable —dijo Holmes
secamente. Giró una carta en su mano. Un as de picas. Alicia sabía que había
sacado aquella carta para enfatizar su idea.
—Te preocupas
demasiado por los detalles menores, jugador —dijo Alicia con una sonrisa de
desdén. —Estoy preparada para enfrentarme a las consecuencias de mis actos si
es necesario. Sin embargo, no soy tan orgullosa como para no pedir ayuda,
especialmente al tratar con la Muerte Roja.
—Los maestros
del Inconnu quieren al monstruo destruido — dijo Holmes. —Tengo instrucciones
de proporcionarte toda la ayuda que solicites. En cuanto informe de tus últimos
descubrimientos, estoy seguro de que tendrán más interés que nunca en que ese
viejo monstruo y su progenie sean aplastados. Cuando necesites mi ayuda estaré
allí. No me importan las repercusiones.
—Eso puede
representar revelar tu verdadera identidad a los líderes de la Mano Negra —dijo
Alicia.
Walter se
encogió de hombros. —He pasado años como Walter Holmes infiltrándome en la
jerarquía del Sabbat —dijo con voz lenta y calmada. —Sacrificar todo ese
trabajo será una pena, pero he dado mi palabra. Nunca me retracto de mis
promesas.
Alicia tenía
la sensación de que el jugador de póquer ya no se refería a sus maestros en el
Inconnu, pero ella también guardaba numerosos secretos, y no hizo más
preguntas. —Será una velada interesante —dijo.
—El juego me
ha enseñado a esperar lo inesperado —respondió Holmes. —Mañana someteré a una
dura prueba todo ese entrenamiento. Creo que describir el encuentro que se
avecina como "interesante" es quedarse un poco corto.
Alicia sonrió.
—Será más excitante que una partida de póquer, señor Holmes.
Se puso en
pie. —Más vale que me vaya. Jackson necesita saber el lugar exacto de la
reunión para poder preparar sus sorpresas, y mi cuerpo necesita dormir. Quizá
tome algo especial para conseguir energías adicionales. Nos veremos mañana
por la noche.
Holmes levantó
una mano de sus preciadas artes a modo de saludo. —Puede que no me veas, pero
estaré allí —dijo. —Buena suerte.
—Gracias —dijo
Alicia. —Nos vemos.
Los pocos neonatos
en el local no se movieron cuando pasó junto a ellos y salió por la puerta
principal. No querían problemas. Preparada y ansiosa por la batalla que se
avecinaba, proyectaba un aura de feroz invulnerabilidad. No era inteligente
cruzarse en su camino.
Quince minutos
después se encontraba en el asiento trasero de su limosina dirigiéndose hacia
un escondite secreto al otro lado del río. Jackson, al volante, le estaba
describiendo posibles distracciones para la noche siguiente.
—Un gran
incendio —propuso jovial. —Prender unos cuantos edificios a una manzana de
distancia no sería difícil. Es una zona cara de la ciudad y los bomberos
mandarían muchísimo material. No interrumpirá la reunión, pero crearía mucho
ruido y problemas con el tráfico.
—Demasiado
evidente —dijo Alicia. —Además, el fuego podría sugerir la presencia de la
Muerte Roja. No queremos que la reunión se cancele o cambie de lugar. Solo
quiero que los guardias se distraigan lo suficiente como para poder entrar en
el edificio.
—¿Una
explosión de gas? —susurró Jackson. —¿Una persecución a gran velocidad?
—Has estado
viendo demasiadas películas, Jackson —dijo Alicia estirándose en su asiento.
—Estoy convencida de que puedes superar a Hollywood. Ya sé que el tiempo es un
factor, pero dispones de un presupuesto ilimitado. Dame algo diferente.
—Tengo una
idea —dijo. —Dígame si le gusta este concepto.
Jackson
describió su plan y Alicia le dio su aprobación con una sonrisa. Era una
distracción espectacular, y desde luego era diferente.
CAPÍTULO 3
Viena: 10 de
abril de 1994
Etrius cerró
con cerrojo la puerta de su estudio y lo recorrió cuidadosamente de una esquina
a otra. Revisaba cada rincón oscuro, cada sombra. En circunstancias normales
nunca se hubiera preocupado por espías invisibles, pero aquél no era el caso.
Seguro de que
allí no estaba más que él, recitó en alto un poderoso hechizo de atadura que
selló la entrada. Un segundo conjuro, pronunciado con tonos claros y firmes,
protegió las paredes, el suelo y el techo de cualquier disciplina vampírica.
Una tercera invocación se aseguró de que ninguna rata, insecto, araña o
criatura mágica pudiera superar los dos primeros conjuros.
El hechicero
Tremeré valoró sus esfuerzos y gruñó satisfecho. La estancia estaba totalmente
protegida de cualquier asalto físico o mental. Normalmente no hubiera recurrido
a precauciones tan elaboradas, pero sus pensamientos estaban consumidos por el
miedo al misterioso St. Germain y a la igualmente terrorífica Muerte Roja.
Sintiéndose
más a salvo, se dirigió hacia la enorme chimenea roja que dominaba un muro de
su estudio, donde ardía un fuego rugiente. Los troncos que alimentaban las
llamas eran mágicos y nunca se consumían.
Girando tres
dedos para formar un patrón especial, apagó las llamas. Extendió la misma mano
y la apoyó contra los ladrillos, pronunciando una sola palabra. Sus cuatro
sílabas habían sido empleadas por hechiceros a lo largo de ochocientos años, y
contenían un enorme poder. Sin un solo sonido, la chimenea se desplazó un metro
y medio a la derecha, revelando una pesada puerta de roble. Una llave especial
que no podía duplicarse y que siempre colgaba de su cuello abría la cerradura.
El mago
vampiro se llevó la mano izquierda al cordel negro. La llave de acero
descansaba sobre la piel fría de su pecho. El cordel estaba protegido por los
hechizos de atadura más potentes del mundo, y solo Etrius se lo podía quitar.
Era el único capaz de emplear aquella llave.
Tremeré se
había convertido en miembro de la Tercera Generación bebiendo la sangre de
Saulot mientras el Antediluviano dormía indefenso en letargo. Aquélla había
sido una lección que el hechicero no había olvidado jamás. Preocupado por
sufrir un destino similar, Tremeré había supervisado la construcción de una
cripta especial en las cavernas místicas bajo la Capilla de Viena. La única
entrada a la tumba se encontraba tras la puerta de roble para la que solo
existía una llave, la que Etrius llevaba al cuello.
Abrió la
cerradura, revelando un túnel negro que conducía hacia abajo. Doscientos
treinta y siete escalones llevaban al visitante a la cueva en la que descansaba
el sarcófago de Tremeré. Etrius los había contado muchas veces, y aquella noche
tenía intención de volver a hacerlo. Con una expresión sombría, entró en el
pasadizo y comenzó el descenso.
Cientos de
complejos conjuros protegían aquel túnel. La única iluminación la
proporcionaban unas antorchas que ardían con la misma llama sobrenatural de la
chimenea, ya que allí no funcionaba la electricidad. Los muros estaban sellados
con magias similares a las empleadas en el estudio. No era posible fundirse con
la tierra, ni tampoco emplear la disciplina de Teleportación. Tremeré quería
descansar sin molestias, y había hecho todo lo posible por asegurar su
protección. El único eslabón débil de aquella cadena era Etrius.
El pasadizo
terminaba en una pequeña caverna de siete metros de longitud y cinco de
anchura. El techo, que se perdía en la oscuridad, se encontraba a más de diez
metros. Pasado el sarcófago había otro pasadizo que conducía hacia
profundidades inexploradas. Nadie sabía lo que había bajo la tumba. En
ocasiones Etrius creía haber oído susurros procedentes del abismo, pero no
estaba seguro y no tenía mucho interés en explorar.
Reuniendo todo
su coraje, se acercó al ataúd. Durante muchos años solo había acudido allí
cuando su mentor le invocaba mentalmente, pero a lo largo de la décadas las
llamadas se habían hecho cada vez menos frecuentes. Tremeré no solía despertar
de su letargo. Etrius ansiaba el consejo del viejo mago sobre St. Germain y la
Muerte Roja, pero no había obtenido respuesta.
Preparándose
para lo peor, empujó la tapa del ataúd mientras recuerdos febriles acudían a su
mente. En aquella dimensión oscura y opresiva bajo la Capilla era difícil
separar la realidad del sueño. Recordó haber encontrado una vez un gigantesco
gusano blanco en el interior. En una visita similar había hallado el sarcófago
vacío, mientras que en otra había visto dos cuerpos en el interior. Más
recientemente había advertido un tercer ojo sin párpados en la frente del mago,
igual al poseído por Saulot. Etrius no estaba seguro de que ninguna de aquellas
visiones fuera cierta. Puede que no fueran más que sueños, o al menos eso
esperaba.
Para su
inmenso alivio, en el interior encontró el poderoso cuerpo de un hombre. Sus
fuertes y dinámicos rasgos estaban calmados y tenía los labios curvados en una
leve sonrisa. El vampiro hechicero no daba señal alguna de saber que hubiera
alguien cerca. Sin embargo, Etrius estaba convencido de que si intentaba
tocarle sería detenido.
—Hoy, poco
después de la medianoche —susurró, —comienza la caza de St. Germain. Elaine de
Calinot y yo planeamos acusarle de ser la Muerte Roja. Nuestro Justicar, Karl
Schrekt, pedirá una Caza de Sangre. Después de casi mil años, el cazador se
convertirá por fin en la presa.
El vampiro en
la caja forrada de terciopelo no respondió. Etrius había tenido la vaga
esperanza de que Tremeré le hiciera algún comentario sobre su proceder. Aquel
ambicioso plan tenía un grave defecto: exigía la reacción de la Muerte Roja. Si
el monstruo no hacía nada, la Caza de Sangre no tendría sentido y St. Germain
seguiría siendo la fuerza siniestra que manipulara al clan Tremeré.
Esperó durante
cinco minutos. Nada. El vampiro dormido no se movió. Con rostro serio, volvió a
poner la tapa en el sarcófago. Hiciera lo que hiciera, no tenía ni la
aprobación ni la censura de su maestro.
Comprobó
cuidadosamente la caverna en busca de algo extraño, pero nada parecía fuera de
lugar. Asintiendo, regresó a las escaleras. Lentamente pero con firmeza,
ascendió los doscientos treinta y siete escalones que conducían hasta su
estudio. Sentía el peso del mundo sobre sus hombros. Batallaba contra sombras
solamente con Elaine de Calinot a su lado, y ni siquiera estaba seguro de poder
confiar en ella.
Llegó al
descansillo superior y abrió la puerta tras la chimenea. La enorme entrada se
cerró inmediatamente a su espalda y la llave volvió a estar alrededor de su
cuello. Siempre la llevaba encima, y solo los miembros del Consejo Interior
conocían su existencia y su utilidad.
Murmuró el
contra-hechizo adecuado y la chimenea regresó a su lugar. La cámara estaba
exactamente igual a como la había dejado. No había intrusión alguna y todo
parecía en su sitio. Todas las salvaguardias estaban levantadas y los hechizos
seguían enteros... pero no intactos.
Torciendo el
gesto, revisó mentalmente los conjuros de atadura que protegían la estancia.
Las grietas eran débiles pero claras. Los efectos de una magia así eran
imposibles de borrar. Alguien había puesto a prueba las defensas de la cámara y
había buscado un modo de entrar mientras él se encontraba en la caverna
inferior.
Sus ojos se
convirtieron en delgadas líneas de furia. Extendió su mente y examinó los
hechizos que protegían la Capilla. Habían sido tejidos por todo el Consejo
Interior y su aura protectora era el escudo más poderoso que existía en el
mundo contra cualquier ataque psíquico. La telaraña mágica no mostraba señal de
haber sido alterada. Cualquiera que hubiera intentado entrar en su estudio ya
se encontraba dentro de la fortaleza vienesa.
Alguien llamó
a la puerta con un sonido seco que retumbó en toda la cámara. —¿Qué quieres?
—rugió, invocando toda la fuerza de su poderosa voluntad. No permitiría que
nadie le amedrentara sin lucha.
—Soy yo, sire
—llegó claramente la respuesta. —Tu chiquillo y servidor, Peter Spizzo. ¿Ocurre
algo?
Relajándose
solo un poco, Etrius aflojó los hechizos que sellaban la estancia. —Entra
—dijo.
Spizzo
obedeció. Era un Cainita entrenado en las artes del espionaje y el engaño, y
siempre permanecía en la sombras. Parecía preocupado. —¿St. Germain? —preguntó.
Etrius
asintió. —¿Quién si no? Debe saber de mis investigaciones. Hace poco pensé que
quería sorprenderme en el estudio y destruirme. Cobarde... Estamos muy cerca de
él, Spizzo. Muy cerca.
—Acorrala a un
chacal y luchará, sire —dijo Spizzo. —Deja a St. Germain a los Justicar de la
Camarilla. Muy pronto será su lucha, no la tuya.
—Una buena
decisión —dijo Etrius. —¿Están hechos ya todos los preparativos?
—La limosina
te espera. Solo tardaremos unas horas en llegar al castillo de Schrekt.
—Excelente
—respondió el maestro con voz sombría. —Cuanto antes partamos, mejor. Recuerda
lo que te dije antes. No confíes en nadie en ese cónclave, ni siquiera en
Elaine de Calinot.
Aunque somos
compañeros en esta aventura, no estoy seguro de sus motivos. Podría ser un peón
de St. Germain. Nadie en el clan Tremeré está por encima de la sospecha. No
bajes la guardia ni por un momento.
—No temas,
sire —dijo Spizzo con una sonrisa siniestra oscureciendo sus rasgos. Durante un
instante adoptó un aspecto satánico. —Conozco bien la traición.
CAPÍTULO 4
Sicilia: 9 de
abril de 1994
Marius
Michaud, ex-jefe de seguridad de la fortaleza de Don Caravellí, gritó agónico cuando
el atizador al rojo vivo tocó su mejilla derecha.
—Suavemente
—dijo Don Caravelli a Luigi, un subordinado de la Mafia de inteligencia
limitada y devoción absoluta. El Capo de Capi rió. —No queremos que los ojos
del pobre Marius se quemen inmediatamente. Michaud debe sufrir por su
incompetencia. ¿Qué lección enseñaríamos si termináramos rápidamente con su
agonía?
Dio unas
palmadas a Luigi en el hombro. —Una caricia, mi talentoso ejecutor. Como la de
un amante. Acaricia la piel con el hierro al rojo antes de cegarle. No te
precipites.
—Corno ordene,
mi Capo —respondió Luigi, asintiendo con su enorme cabeza. Estaban en una de
las numerosas mazmorras en el nivel inferior de la fortaleza de la Mafia.
Marius Michaud estaba atado al muro con cadenas reforzadas de acero. Un grueso
collar metálico alrededor del cuello y otro en la frente mantenían la cabeza
inmóvil. Podía agitarse a un lado u otro, pero eso era todo. No había modo de
escapar al hierro en manos de Luigi. Había pasado gritando sin parar las
últimas tres horas, y seguiría haciéndolo durante muchas más a lo largo de los
días venideros. La venganza de Don Caravelli era despiadada.
—Me estoy
empezando a aburrir —dijo Elaine de Calinot, apoyada sobre su bastón de poder.
—Deberíamos estar haciendo preparativos para nuestra partida. Basta de
crueldades. La tortura es insoportablemente pesada.
—Sin embargo,
sirve a un noble propósito —dijo Don Caravelli volviéndose hacia ella.
—Mediante los milagros de la electrónica, los gritos de dolor de Michaud pueden
ser oídos en toda mi ciudadela. Espero que su agonía sirva para convencer a los
demás de que no hay que cometer errores. Las mejores lecciones son las que se
enseñan mediante el ejemplo.
—Las mejores
lecciones —dijo Elaine con la mirada encendida, —son aquéllas que no necesitan
ser repetidas.
Don Caravelli
se encogió de hombros. —Como desees. Luigi ya conoce su deber. Michaud conocerá
la Muerte Definitiva mientras estemos en Austria. No hay razón para seguir
aquí.
El jefe de la
Mafia hizo un gesto a su lacayo. —Hazle sufrir,
Luigi. Quiero que suplique la muerte.
—Así se hará,
mi Don —respondió el otro mientras Don Caravelli y Elaine de Calinot salían de
la cámara. —Cuando llegue la muerte, saludará su abrazo.
—Tu torturador
es de lo más melodramático —dijo la hechicera mientras atravesaban el pasillo
que conducía a la sala privada del Capo. —Parece un bufón.
—Luigi no anda
sobrado de cerebro —respondió Caravelli. — Sin embargo, su lealtad es absoluta.
En estos momentos valoro ciertos rasgos más que otros.
Miró a Elaine.
—No parecías muy preocupada porque te viera. Hasta ahora habías permanecido
oculta siempre que visitabas mi fortaleza. ¿A qué se debe el cambio?
—Su mente era
tan débil que borrar sus recuerdos de mi visita no fue esfuerzo alguno
—respondió la hechicera. —Su pensamiento ya empieza a apagarse. En pocos
minutos no recordará absolutamente nada sobre mí.
La
conversación se detuvo cuando llegaron a la entrada del estudio de Don
Caravelli. Empujando la puerta, el Capo de Capi se hizo a un lado y cedió el
paso a Elaine. —Después de ti — declaró inclinando ligeramente la cabeza.
—Tienes buenos
modales, Don Caravelli —respondió la hechicera mientras entraba en la cámara.
—Todo un lujo en los tiempos modernos.
El vampiro rió
con crueldad. —Lamento defraudarte, milady —dijo con un tono ligeramente
burlesco, —pero mi cortesía se debe más al miedo de recibir una puñalada en la
espalda que a mi genuina educación. Prefiero tener a mis enemigos delante, no
un paso detrás.
Elaine se
volvió al llegar al centro de la estancia para encararse con el Capo.
—Entonces, ¿me clasificas ahora como un enemigo de Don Caravelli?
—Un mero
desliz —respondió el mafioso suavemente. Con una agilidad increíble para un
hombre de su tamaño, rodeó a Elaine y se deslizó hasta su enorme sillón tras el
escritorio.
—¿Cómo
podríamos ser enemigos? —preguntó levantando las manos a modo de disculpa.
—Somos aliados, dedicados a la causa común de gobernar a la raza Cainita. —No
hay motivo para que algunos contratiempos menores disuelvan nuestro acuerdo.
—Por supuesto
que no —respondió Elaine con una sonrisa cínica que igualaba a la del Don. Los
dos mentían y ambos eran conscientes de ello. No tenía importancia. Se estaban
utilizando mutuamente. Desde sus respectivos puntos de vista, era un acuerdo
justo. —¿Por qué deberíamos pelearnos, especialmente cuando se acerca
rápidamente la hora de nuestro triunfo?
—Nuestro avión
parte en menos de una hora —dijo Don Caravelli. —Llegaremos mucho antes del
amanecer. La mayoría de los Vástagos no llegará hasta mañana.
—Bien —dijo
Elaine. —Podré emplear el tiempo extra para conferenciar con mis asociados, que
ya se encuentren en el castillo. Hay que revisar los planes definitivos por si
es necesario realizar algún ajuste.
—Aún no me has
explicado qué maldad has preparado para el Cónclave—preguntó el vampiro. Con un
gesto natural, se volvió hacia la pared a su espalda y tomó un hacha de doble
filo. Examinó los bordes afilados con aparente desinterés. —Creo que es hora de
saber algo de tus planes.
Elaine rió.
—Masacre —dijo. —Karl Schrekt está Vinculado con Sangre a los miembros del
Consejo Interior de los Tremeré. Es mi peón involuntario. El Justicar lleva
semanas obedeciendo mis órdenes. Este Cónclave es un engaño, una reunión sin
motivo alguno que debe convertirse en una trampa mortal para la mayoría de los
antiguos asistentes. Su sangre correrá por las piedras del castillo Schrekt.
Cuando las muertes hayan terminado, el clan Tremeré reinará supremo sobre toda
la Camarilla... y yo gobernaré a los Tremeré.
—¿Qué hay de
Etrius? —preguntó Don Caravelli. Sabía bastante sobre la política de los clanes
vampíricos, ya que el chantaje era una buena fuente de ingresos. —Se considera
líder de tu clan, y no aceptará de buen grado tu ascenso.
—Etrius es un
idiota que investiga secretos que es mejor dejar en paz —respondió Elaine. —Su
paranoia ha resultado útil en la preparación de este drama, pero una vez
concluido el Cónclave dejará de ser necesario. Solo uno puede gobernar a los
Tremeré. No sobrevivirá a la noche.
Don Caravelli
sacudió la cabeza atónito. —¿Piensas de verdad que vas a ser capaz de destruir
a varias decenas de los vampiros más poderosos de Europa sin problemas? Los
Justicar y los arcontes poseen grandes poderes. Sin embargo, dudo de que ni
siquiera Karl Schrekt y sus ayudantes puedan superar a un grupo así.
Elaine giró su
bastón formando un círculo. —He estado planeando este golpe desde hace mucho,
mucho tiempo, Don Caravelli. No hay posibilidad de fallo. La asistencia de
Schrekt apenas servirá de nada. Serán otros en el castillo los que se
encargarán del trabajo sucio. —Sus rasgos se hicieron serios. —Ayúdame y
gobernaremos juntos. Vuélvete contra mí y te contarás entre los destruidos.
—Me dejas
pocas opciones —dijo Don Caravelli levantando el hacha. —Madeleine Giovanni
sobrevivió al ataque en París. Me prometiste que la destruirías, y aún estoy
esperando que eso suceda.
—La
eliminación de la Daga de los Giovanni está prevista junto a la de los demás
asistentes al Cónclave —dijo Elaine. —Sin embargo, si no recuerdo mal,
prometiste eliminar a cambio a Dire McCann, que sigue en activo.
Con un rápido
movimiento, Don Caravelli derribó el hacha contra la mesa. La hoja de acero se
hundió quince centímetros en el tablero de roble.
—La carne y la
sangre no son rivales para el acero templado —dijo arrancando el hacha de la
mesa. —Me voy a llevar esta arma conmigo al castillo Schrekt para cumplir con
mi parte del trato. He confiado demasiado tiempo en ayudantes incompetentes. El
golpe final será mío.
El rostro del
Capo estaba contraído por la furia. —Y si por un casual Madeleine Giovanni se
cruza en mi camino antes de esa gran ejecución que has planeado, también ella
sentirá el beso del acero. Esa puta me ha estado molestando durante demasiado
tiempo. Este Cónclave verá el fin de nuestro enfrentamiento.
—El Cónclave
verá el fin de muchas cosas —respondió Elaine de Calinot con un fervor casi
religioso. Sus ojos brillaban con una intensidad fanática. —Es una conclusión
de las viejas tradiciones y un nuevo comienzo para toda la raza Cainita.
—El gobierno
de los fuertes —dijo Don Caravelli pasando los dedos por el filo acerado del
hacha. —Y, para mí, la libertad.
—Mañana por la
noche —dijo la hechicera con la mirada aún encendida, —tus preocupaciones sobre
Madeleine Giovanni habrán terminado.
La Tremeré
rió, pero a pesar de aquella seguridad, Don Caravelli no sentía su misma
confianza.
CAPÍTULO 5
Linz, Austria:
10 de abril de 1994
—¿Llevas mucho
esperándome? —dijo una voz a la espalda de Elisha. Cogido por sorpresa, el
joven mago estuvo a punto de caer de la silla. Dire McCann se movía en absoluto
silencio. — Siento retrasarme.
—No pasa nada
—dijo Flavia con una expresión divertida. Estaba vestida con un traje de cuero
blanco que se ajustaba a su esbelta figura como una segunda piel. Madeleine
Giovanni, como siempre, llevaba un vestido negro también ajustado y un collar
de plata. Elisha se había puesto unos vaqueros azules y una camiseta
descolorida. —Necesitábamos más tiempo para ponernos nuestros trajes de fiesta.
—Bajamos hace
solo unos minutos —dijo Elisha. —Nos hemos despertado con la luna. El sol se
puso hace apenas una hora.
—¿Tiene
hambre, señor McCann? —preguntó Madeleine educadamente. —Elisha acaba de pedir
el desayuno, y aún podríamos pedirle algo. ¿Quiere que llamemos al servicio?
McCann negó
con la cabeza. —No, gracias. Ya comí algo en la carretera. Además, Karl Schrekt
tiene un gran número de ghouls atendiendo su castillo, así que en las cocinas
hay mucha comida humana. Si necesito un sándwich ya cogeré algo.
—¿Esperas que
haya tiempo para comer? —preguntó Flavia. —Madeleine y yo hemos estado toda la
noche discutiendo la situación. Estamos seguras de que cualquier plan que pueda
tener la Muerte Roja se desarrollará al principio del Cónclave. Cuanto más
espere menos posibilidades tendrá de coger a todo el mundo por sorpresa.
—Sospecho que
tenéis razón —dijo el detective mientras se sentaba junto a Elisha. —Las horas
que he pasado con el historiador Nosferatu han demostrado ser de lo más
productivas. He llegado a comprender en su totalidad la Mascarada de la Muerte
Roja. Tanto el Matusalén como toda su línea de sangre poseen una disciplina
única llamada Engaño o Arcanorum con la que pueden asumir el aspecto de
cualquier vampiro con el que traben contacto. Empleando este poder se
convierten en sosias exactos del Cainita original.
Elisha se
mordió el labio inferior, tratando de extrapolar lo que eso significaba en
relación al Cónclave. No tenía que haberse molestado. Madeleine ya estaba
maldiciendo en su italiano nativo.
—Un engaño
brillante —dijo la vampira tras unos segundos. —Los Vástagos más importantes
del mundo estarán invitados al Cónclave en el castillo de Karl Schrekt. Allí
serán sorprendidos y destruidos por la Muerte Roja, que usará su imparable
poder de Cuerpo de Fuego. Sin embargo, sus muertes nunca serán advertidas, ya
que todos los desaparecidos serán reemplazados por duplicados exactos. La
Muerte Roja logrará el control total de la Camarilla cambiando a los líderes
del culto por miembros de su propia línea de sangre.
—Me gusta
—dijo Flavia con una nota de admiración en su voz. —Simple pero eficaz. Es un
plan excelente.
El Ángel
Oscuro miró a McCann. —Ahora que por fin comprendemos la estrategia de la
Muerte Roja, ¿cómo piensas detenerle?
El detective
sonrió y señaló a Madeleine. —Sencillo. Combatimos un poder único con otro.
Madeleine tiene la habilidad de sentir la línea de sangre de cualquier vampiro
poderoso en las cercanías. Recuerda que lo utilizó en Washington para
localizarme en mi encuentro con la Muerte Roja.
La Daga de los
Giovanni asintió. —Sentí que estabas con otros antiguos, señaló. —Sin embargo,
solo reconocí el clan de Makish. Los otros eran un misterio.
—La Muerte
Roja es chiquillo de Saulot, el Antediluviano diabolizado por Tremeré hace un
milenio —dijo McCann. —Su progenie, los Hijos de la Noche del Terror, pertenece
por tanto a una línea de sangre única y extinta. Los chiquillos de ese monstruo
pueden adoptar el aspecto de vampiros Tremeré, Ventrue, Brujah e incluso
Gangrel. No importa su apariencia externa. Lo único que no pueden ocultar es la
identidad distintiva de su clan. Madeleine es nuestra arma secreta. Podrá
atravesar sin esfuerzo los engaños más convincentes. Una vez sepamos qué
vampiros son los enemigos, los destruiremos.
—A pesar de su
elaborada mascarada —dijo Flavia, —los maquinadores no pueden escapar a su
herencia. —Rió. —Son los Condenados con mucho más derecho que todos los demás.
Todos callaron
cuando la camarera puso una bandeja con gofres y una taza de café frente a
Elisha. Era una comida extraña para las nueve de la noche, pero después de
dormir todo el día aquél era el único menú que se adaptaba a su humor. En
cuanto la mujer se fue, el mago levantó el tenedor para llamar la atención.
—Disculpadme
—dijo, —¿pero soy el único que ve un pequeño problema en este plan? Estamos
confiando en que Madeleine identifique a los monstruos, y sabemos que lo puede
hacer. Eso me lleva a sospechar que nuestros enemigos también pueden ser
conscientes de su capacidad. En cuanto entre en el castillo se va a convertir
en objetivo de todas las Muertes Rojas. El éxito de su golpe depende de
eliminarla lo antes posible. Si tienen éxito, estamos acabados.
—Estoy
preparada para cualquier problema —dijo la vampira con tranquilidad. Sus ojos
eran gélidos hornos de fuego helado. —De hecho, ansió que se dé el caso.
—El problema
—señaló Flavia, —es que nunca se enfrentarán a ti directamente. Ya he visitado
el sanctum de Schrekt con anterioridad. Ese castillo está cuajado de pasadizos
secretos. Los sosias permanecerán en las sombras y tratarán de apuñalarte por
la espalda.
—Igual que mi
familia —contestó Madeleine con una leve sonrisa. —Estaré en guardia.
—Y también
está Don Caravelli —dijo Elisha entre bocado y bocado de gofre. —Dijiste que el
jefe de la Mafia iba a asistir al Cónclave. Es tu enemigo jurado, y hará
cualquier cosa por destruirte. Además, por el ataque de París sabemos que está
alineado de algún modo con la Muerte Roja.
La sonrisa de
Madeleine se hizo más amplia. —No me preocupa la asistencia de Don Caravelli a
la conferencia, Elisha. Estoy contenta de que vaya. Muy contenta.
—Bien —dijo
McCann poniéndose en pie. —Pronto lo veremos. Termina de comer, Elisha. Esta
noche es la gran fiesta, y creo que nuestra limosina acaba de llegar a la
puerta. Es hora de que hagamos nuestra gran entrada en el castillo Schrekt.
—¿Una limo?
—preguntó Elisha, tragando los últimos trozos. —El castillo está cerca. Creía
que iríamos andando.
Flavia rió.
—Apariencias, mi joven e ingenuo mago, apariencias. Las figuras importantes
como príncipes y antiguos nunca llegan andando. Que te lleven de un lado a otro
es una muestra de riqueza y poder. Nunca lo olvides. Es válido tanto para los
humanos como para los Vástagos.
Tras pagar la
cuenta, los cuatro subieron a la alargada limusina blanca. Había menos de un
kilómetro y medio hasta el castillo y Elisha hubiera preferido pasear con
Madeleine, pero no tenía voz en aquel asunto. Dire McCann estaba al mando y
sabía exactamente lo que quería.
Como un foso
moderno, una valla de acero de cuatro metros de altura coronada con siniestras
lanzas de casi medio metro rodeaba el enorme castillo. La puerta única se
encontraba directamente frente a la entrada principal de la fortaleza. Más de
una decena de guardias de seguridad, vestidos completamente de negro, guardaban
el lugar. La mitad de ellos eran ghouls y los demás vampiros. Ninguno sonreía.
—¿Sí? —dijo su
jefe, un hombre alto y delgado con una perilla bien arreglada, gafas de alambre
y rasgos pálidos como la muerte mientras salían del coche. Se encontraba frente
a ellos y les miraba con ojos grises y hostiles. —¿Quiénes sois y qué queréis?
—Hemos venido
al Cónclave —dijo Dire McCann disfrutando con los modales arrogantes del jefe
de seguridad. —Creo que nos esperan. Mi nombre es Dire McCann. Mis amigos y yo
hemos sido invitados por Karl Schrekt.
Ante la
mención de aquel nombre, los ojos del guardia se abrieron como platos, y la
referencia a Karl Schrekt le hizo ponerse firmes. —M-mis disculpas, Herr
McCann. No pretendía ser maleducado. Soy Dietrich Grill, encargado del
perímetro de seguridad. Mi maestro dejó instrucciones para que le condujéramos
inmediatamente a sus habitaciones.
—Está
disculpado —dijo McCann mientras los cuatro se acercaban a la puerta exterior.
—Estaba usted cumpliendo con su obligación.
—Gracias, mein Herr —respondió
Dietrich Grill con voz aterrada. El mal temperamento de Schrekt era famoso, y
era tan iracundo como implacable. —Gracias.
La mirada del
jefe de seguridad pasó rápidamente de McCann a Madeleine Giovanni y después a
Flavia. —¿La Daga de los Giovanni? —preguntó. —¿El famoso Ángel Oscuro? Me
honran con su presencia.
Madeleine se
limitó a asentir. No le gustaba presumir de sus proezas. Cuanta menos gente
supiera de ella, mucho mejor. Flavia, que empleaba su fama como un arma, se
pasó la lengua por el labio superior y guiñó un ojo. Considerando las
circunstancias de aquella noche, estaba siendo más reservada de lo normal.
Grill llamó a
uno de los guardias. —Herr McCann y su grupo se alojan en la suite C del nivel
tres en el ala oeste. Escóltales de inmediato hacia allí. ¡Machí
schnell!
Elisha estaba
asombrado. Estaba empezando a preguntarse si había alguien a quien el detective
no conociera.
—De nuevo,
Herr Grill —dijo McCann mientras su escolta les guiaba hacia el castillo,
—agradezco su colaboración.
—Ha sido un
placer —respondió el jefe de seguridad. —El Cónclave comenzará a medianoche en
el gran salón.
—Allí
estaremos —dijo. —No me quiero perder ni un detalle.
Su alojamiento
consistía en dos inmensas habitaciones conectadas por una puerta de roble en la
planta superior del castillo. Cada cámara contenía dos camas grandes y dos
ataúdes. Los muros de piedra, antiguos y fríos, estaban cubiertos por una
variedad de caros tapices que mostraban escenas de la Crucifixión. Había
incluso un pequeño baño con ducha. No encontraron espejos en ninguno de los dos
apartamentos.
—Muy bonito
—dijo Flavia recorriendo las habitaciones. —Solo lo mejor para Dire McCann
—dijo mirándole. —¿Cómo conoces a Karl Schrekt, detective? No tiene muchos
amigos humanos.
—Le hice un
favor hace algunos años —respondió McCann. — Schrekt necesitaba ayuda en la
investigación de un grupo de ghouls renegados que tramaban planes contra los
Tremeré. Le proporcioné la asistencia necesaria. Al contrario que muchos
Vástagos, no es de los que olvida una deuda, aunque la tenga con un mortal.
—Qué
conveniente —respondió Flavia con evidente sarcasmo. —No dejo de sorprenderme
por la gran cantidad de vampiros que te deben favores.
—Soy un hombre
ocupado —dijo McCann sonriendo. Parecía disfrutar provocando al Ángel Oscuro.
Elisha compendió que probablemente fuera el único hombre capaz de
hacerlo y seguir con vida.
—Sea cual sea
el motivo de su hospitalidad —interrumpió Madeleine, —la ayuda de Schrekt esta
noche puede resultar importante. Estudié con cuidado su informe confidencial
durante mi visita al Mausoleo. Aunque pertenece al clan Tremeré, el Justicar es
obsesivo en su lealtad a la Camarilla. Considera su misión sagrada hacer
cumplir las Tradiciones de Caín. No hay duda alguna de que no está aliado con
la Muerte Roja.
—Asumiendo,
por supuesto —dijo Flavia, —que se trata del verdadero Karl Schrekt, y que no
ha sido reemplazado por un miembro de los Hijos de la Noche del Terror.
Si hay una
sosía en su lugar —intervino McCann, —no me hubiera permitido entrar en el
castillo. El aspecto de estos impostores será correcto, pero no poseen los
recuerdos de sus dobles. Creo que podemos asumir que Schrekt es real. Sin
embargo, no puedo decir lo mismo de ningún otro.
El detective
se giró hacia Madeleine. —Ahora es buen momento para revisar el castillo en
busca de cualquier vampiro que no esté asociado con ninguna de las líneas de
sangre normales. Deberíamos saber cuántos Hijos de la Noche del Terror hay
presentes en la fortaleza.
Madeleine
asintió. Cerró lo ojos y su rostro se convirtió en una máscara de
concentración. Tras unos segundos hizo un gesto de angustia. En una extraña
demostración emocional, mostró sus dientes apretados.
—Hay
aproximadamente setenta vampiros en el castillo —dijo abriendo los ojos. —De
ésos, siento más de treinta de la misma línea de sangre que los enemigos del
señor McCann en Washington. Con tantos, identificar la generación de cada uno
es imposible. Sin embargo, todos ellos son bastante poderosos.
—Por supuesto
—dijo McCann. —Para hacerse pasar por antiguos de otros clanes, necesitarán ser
de su misma generación. De otro modo, no serían capaces de duplicar sus poderes
y disciplinas.
—Qué noticias
tan maravillosas —dijo Flavia sarcástica. — En vez de preocuparnos solo por la
Muerte Roja y sus tres chiquillos, tenemos que encargarnos también de más de
treinta de sus descendientes. McCann, aun con la ayuda de Schrekt estamos en
franca desventaja.
—En el estudio
de Rambam dijiste que estas situaciones son un reto —respondió Dire McCann,
aparentemente tranquilo a pesar de las revelaciones de Madeleine. —No me digas
ahora que has cambiado de opinión. Creía que los Assamitas nunca se preocupaban
por la inferioridad numérica.
—No me estoy
quejando —respondió Flavia. —No hago más que comentar la situación. Ha pasado
mucho desde San Luis. Tenía esperanzas de enfrentarme a la Muerte Roja para
hacerle pagar. El fantasma de mi hermana clama pidiendo venganza.
Una extraña
expresión cruzó el rostro de McCann. —Podrás hacerlo —dijo. —No me preguntes
cómo lo sé, pero es así. La Muerte Roja te teme, Flavia, y con buen motivo. Te
encontrarás con ella una vez más. Lo que no sé es el resultado.
—Eso me basta
—dijo el Ángel Oscuro cerrando los puños. —He aprendido a no discutir contigo,
McCann. Si dices que ocurrirá, te creo.
—Ya es casi
medianoche —dijo Madeleine. —Dietrich Grill mencionó que el Cónclave comenzaría
a esa hora en el gran salón. Deberíamos acudir.
Elisha, que
había estado sentado en una de las camas atendiendo a la conversación, se puso
en pie. Se mordió el labio inferior pensando en la reunión. Pensar en setenta
vampiros juntos en el mismo sitio le ponía nervioso.
—Siéntate,
Elisha —dijo McCann con expresión inescrutable. —Tú y yo no atenderemos al
Cónclave. Es para vampiros, no para mortales. Flavia y Madeleine asistirán,
pero nosotros esperaremos aquí.
—¿Cómo? —dijo
Flavia atónita. —¿De qué estás hablando, McCann? No podemos acudir a esa
reunión por nuestra cuenta. La Muerte Roja está planeando una carnicería
masiva, ¿recuerdas? Te necesitamos allí para exponer sus planes.
—Yo también
encuentro muy inquietante su comentario, señor McCann —dijo Madeleine. —Pietro
me ha encargado que le proteja, y en este momento el castillo está lleno de
enemigos. Creo sinceramente que separarnos pondría su vida en peligro. —Se
detuvo un instante. —Además, estoy totalmente de acuerdo con Flavia.
Necesitamos su guía en el Cónclave. Sin usted, nosotras dos no sabremos qué
hacer.
—Observad y
escuchad —dijo el detective. —Os aseguro que con eso será suficiente. La Muerte
Roja es consciente de vuestras identidades y de vuestra relación conmigo. Sean
cuales sean sus planes, estaréis entre los primeros objetivos. Debo admitir que
no estoy seguro de lo que hará. Seguid vuestros instintos. Las dos os contáis
entre los principales asesinos del mundo. Esta noche es posible que tengáis la
oportunidad de demostrarlo.
—¿Y qué pasa
con vosotros dos? —preguntó Flavia disgustada. —Supongo que no pensaréis
quedaros aquí a jugar a las cartas.
—No tenemos
esa suerte —contestó McCann. —Los líderes de los Hijos de la Noche del Terror,
los chiquillos originales de la Muerte Roja, sentirán rápidamente que Elisha y
yo estamos aquí solos. Saben que ningún vampiro ordinario puede acabar conmigo,
de modo que vendrán en persona. No estoy seguro de cuántos de los tres estarán
presentes, pero lo descubriremos dentro de poco. Por desgracia, sospecho que
ninguno de ellos será la verdadera Muerte Roja. Hemos determinado que prefiere
permanecer detrás del telón, manipulando a la línea de sangre.
—Es el método
más seguro —dijo Flavia. —Sin embargo, debo recordarte que, según los
comentarios que has hecho a lo largo de las últimas semanas, parece casi
imposible que dos humanos, aunque sean magos poderosos, derroten a dos vampiros
antiguos, especialmente si estos últimos dominan Cuerpo de Fuego.
—Las
posibilidades de que eso ocurra —intervino Madeleine, —son tantas como las que
tenemos tú y yo de derrotar a un salón lleno de asesinos disfrazados.
—No os rindáis
—dijo el detective. —La Muerte Roja cree que la situación está bajo control.
Como antes, está confiado en su éxito. Ese error lo pagará muy caro.
—¿Confiado?
—dijo Flavia mientras se dirigía hacia la puerta acompañada por Madeleine.
—Tengo la impresión de que la Muerte Roja no tiene muchos motivos para
preocuparse. No hay duda de que tú piensas diferente.
—La Muerte
Roja ha olvidado que no trata solo con Dire McCann —dijo éste con una voz más
profunda y autoritaria, —sino también con Lameth. Y la ira del Mesías Oscuro es
devoradora...
CAPÍTULO 6
Nueva York: 10
de abril de 1994
Alicia estaba
acuclillada en la oscuridad casi total de un callejón a una manzana del Club
Napolitano. Vestía un leotardo negro ajustado fabricado con una fibra de alta
tecnología recién desarrollada empleada en la investigación espacial. La malla
sintética era lo bastante densa como para detener una bala, pero pesaba menos
que la ropa normal. Alicia estaba totalmente cubierta con ella, salvo las
manos, que prefería tener libres. Una máscara de la misma sustancia le protegía
la cara, dejando dos orificios para los ojos y otros dos para respirar. Llevaba
botas reforzadas de alto impacto, cada una con una vaina en la que se ocultaba
un estilete perfectamente equilibrado. Alicia se refería con cariño a aquella
ropa como su "traje ninja".
Junto a ella
esperaba agazapada su pantera negra, Sumohn. Aunque llevaban más de una hora
esperando en la oscuridad, el enorme felino no había emitido un solo ruido.
Esperaba pacientemente, quizá con más calma todavía que su ama. Bajo la piel de
la bestia de la jungla se podían percibir claramente sus músculos de acero. Sus
ojos amarillos estaban expectantes y prometían muerte. Presentía que aquella
noche se cobraría alguna presa.
El monstruoso
felino tenía setecientos años, y como Alicia era ghoul de Anis. Se mantenía con
vida gracias a pequeñas cantidades de sangre de la Matusalén, y poseía una
inteligencia casi humana, aunque bestial. Sus reflejos eran cientos de veces
más rápidos que los de cualquier ser vivo y muchos no-muertos. Incluso los
vampiros temían a Sumohn, y con buen motivo. A lo largo de los siglos había
conseguido destruir a muchos Cainitas. Sus garras y sus colmillos afilados
bastaban para cortar barrotes de acero, y decapitar a un Vástago era más
sencillo.
—¿Dónde
demonios está? —se dijo Alicia tratando de controlar su frustración. Su plan
requería una coordinación exacta, y los minutos preciosos se estaban perdiendo
uno tras otro. Era poco después de medianoche, y a lo largo de la última hora
los vampiros no habían dejado de entrar en el Club Napolitano. Melinda
Galbraith, acompañada por un pequeño contingente de la Guardia de Sangre, había
llegado hacía media hora. Durante los siguientes treinta minutos habían ido
entrando los cuatro
Serafines,
cada uno procedente de una dirección distinta. Estaba claro que no confiaban
demasiado en sus compañeros del consejo. La reunión acababa de comenzar, y
Alicia no se atrevía a esperar mucho antes de hacer su aparición. No podía
darle a la Muerte Roja la posibilidad de atacar.
Casi como
respuesta a sus pensamientos, un ruido sordo comenzó a llenar el aire de la
noche. Miró hacia el cielo, pero no vio nada. Todavía no. La bruma y la
contaminación reducían mucho la visibilidad, pero sabía lo que iba a suceder a
continuación. Jackson lo había planeado todo hasta el último detalle.
Puso una mano
en el cuello de Sumohn. —Prepárate —le susurró, reforzando con aquellas
palabras el lazo telepático entre las dos. Sin un solo ruido, el felino se
incorporó sobre sus patas y abrió las fauces con un silencioso rugido de
satisfacción. Las panteras negras eran cazadores salvajes, y al contrario que
la mayoría de los depredadores, a menudo atacaban sin más motivo que la
diversión. La estrategia de Jackson estaba pensada para evitar el
enfrentamiento, pero con tropas de élite como la Guardia de Sangre involucradas
nunca había nada seguro. Sumohn era la garantía de Alicia. Nada iba a impedirle
llegar hasta los Serafines.
El sonido se
hizo cada vez más fuerte y el aire comenzó a vibrar al ritmo de un motor
defectuoso que producía un sonido mecánico fuerte e irregular. La basura
omnipresente en las calles de Nueva York formaba pequeños remolinos, como si
fuera agitada por una gigantesca batidora invisible. El ritmo era cada vez más
cercano. Mucho, mucho más cercano.
Alicia podía
ver las luces, rojas, blancas y amarillas, a unos sesenta metros del suelo. Un
redoble colosal inundó la noche, acercándose más aún.
Fijó la mirada
en la entrada del Club Napolitano. Permanecía cerrada, aunque no había duda de
que aquel monstruoso latido metálico se oiría claramente desde el interior. La
Guardia de Sangre seguía firme en su puesto. Alicia no esperaba nada menos,
aunque sospechaba que al menos un miembro del escuadrón terminaría saliendo
pronto a investigar. No podían arriesgarse a no descubrir lo que estaba
sucediendo fuera. En Manhattan, la ignorancia significaba la muerte.
Las luces se
encontraban a solo treinta metros de la calle cuando uno de los guardaespaldas
de Melinda abrió por fin la puerta del local y salió a la calle, observando el
cielo para buscar la fuente del ruido. La cabeza del vampiro se echó hacia
atrás sorprendida al ver lo que flotaba sobre él. Corrió inmediatamente dentro
del local.
—Seis entraron
con Melinda—dijo Alicia. —Veamos cuántos salen a contemplar el espectáculo.
No tuvo que
esperar mucho para conocer la respuesta. Uno, dos, tres, cuatro vampiros
aparecieron por la entrada. Sus ojos estaban fijos en la enorme máquina a menos
de treinta metros sobre sus cabezas, y que descendía rápidamente.
Las hélices
del helicóptero producían un rugido atronador constante. Las calles vibraban
con su latido, provocando pequeñas ondas que atravesaban el asfalto y que
producían una telaraña de grietas en el cemento. Los cláxones saltaban a lo
lejos y las sirenas de policía aullaban. El agudo chasquido de una transmisión
de radio con interferencias resonó en los cristales de los rascacielos
cercanos, que estallaron por la vibración.
Los vampiros
estaban hipnotizados por aquella máquina que se desplomaba. Uno alzó las manos,
como si intentara detener el descenso del helicóptero mediante su fuerza de
voluntad. Era imposible. No se podía parar la combinación de veinte toneladas
de metal y la gravedad.
A veinticinco
metros del suelo, el aullido averiado e irregular del motor se detuvo
repentinamente. Las inmensas hélices de ascensión siguieron girando durante un
instante y luego se congelaron. El metal chocó contra el metal mientras el
helicóptero se desplomaba sobre el pavimento.
Alicia liberó
el pelaje de Sumohn. —Vamos —ordenó en el segundo anterior al choque. La bestia
no necesitó más ánimos. Voló atravesando la manzana que les separaba del Club
Napolitano con Alicia corriendo casi a su misma velocidad.
El helicóptero
se estrelló contra la calle a menos de treinta metros del local, impactando con
la fuerza de un meteorito que cayera de los cielos. El ruido golpeó los oídos
como un martillazo en la frente. El hormigón se agitó y saltó como si estuviera
vivo mientras una oleada de energía cinética barría toda la calle. Enormes
llamaradas rojizas surgieron de los restos y un humo negro y espeso inundó la
zona. Nadie pareció advertir la rapidez con la que se propagaban las llamas.
Desde el interior del metal retorcido se oía el grito de algunos hombres. El
aullido de las sirenas se amplificó cien veces, ya que decenas de coches
patrulla, escuadrones antidisturbios y ambulancias volaban hacia la escena.
Incluso en Manhattan, donde los sucesos extraños eran frecuentes, la caída de
un helicóptero en medio del East Side, a siete manzanas de la casa del alcalde,
era todo un acontecimiento.
Los cuatro
Guardias de Sangre bajaron corriendo los peldaños que conducían al Club
Napolitano, cautivados por la violencia del desastre a tan pocos metros de
distancia. Eran criaturas de destrucción inevitablemente atraídas por la
carnicería. Aquella distracción solo les ocuparía unos segundos, sabía Alicia,
pero eso era todo lo que necesitaba para correr a su espalda, abrir las puertas
del local y entrar, con Sumohn siempre fiel a su lado.
El fulgor de
las llamas se reflejaba en los ventanales arqueados que formaban la fachada del
vestíbulo, inundando la recepción con un brillo rojizo. Dos Guardias de Sangre
esperaban junto a las inmensas puertas dobles, cada uno empuñando con lasitud
un machete. Ninguno de los dos tuvo oportunidad de emplear su arma.
Sumohn golpeó
al de la izquierda con la fuerza de una locomotora. El felino alcanzó al
vampiro en el pecho, lanzándolo al suelo sin oportunidad de gritar. El animal
le hundió los colmillos en el rostro, en una horrenda parodia de un beso. Con
un profundo gruñido surgido de la garganta, la pantera cerró las inmensas
fauces y le arrancó la cara al vampiro. Un segundo mordisco instantes después
arrancó el resto de la cabeza de los hombros. El Guardia de Sangre se disolvió
como la masilla recalentada formando un charco burbujeante.
Alicia no
tenía garras ni colmillos, pero sí sus estiletes. Cien años de rígido
entrenamiento habían afinado sus habilidades hasta alcanzar la perfección. Como
ghoul, no poseía la velocidad inhumana de un vampiro, pero sí sabía utilizar el
elemento sorpresa para lograr que el primer golpe fuera el definitivo.
El guardia
acababa de levantar el machete cuando Alicia pasó girando a su lado con una
pirueta de bailarina. Con un rápido movimiento de las muñecas, clavó cada uno
de los estiletes en un ojo.
El vampiro
aulló de dolor y sorpresa. Dejó caer su machete y se llevó la mano a los ojos,
que era precisamente lo que Alicia esperaba. Los Guardias de Sangre eran
asesinos adiestrados y despiadados, pero muy rara vez se encontraban con nadie
capaz de causarles dolor. Como era el caso de muchos no-muertos, quedó
totalmente sorprendido al descubrir que sus oponentes también podían luchar.
Además, cuando Alicia estaba involucrada el único resultado posible era la
Muerte Definitiva.
El machete,
especialmente tratado contra las disciplinas vampíricas, demostró ser una
excelente arma contra su propietario. Alicia lo blandió trazando un amplio arco
dirigido hacia el cuello del vampiro, decapitándolo con limpieza. El cuerpo sin
cabeza se desplomó sobre la alfombra como un saco de cemento. Unos segundos
después, Alicia recuperó sus cuchillos y los volvió a guardar en las botas. Lo
único que quedaba del guardia eran algunas manchas en la alfombra.
Arrojó el
machete al guardarropa. Entrar con una hoja desnuda en la sala de la reunión
sería un error. De momento tendría que usar las palabras, no el acero.
Inspiró
profundamente y cogió el picaporte de las puertas dobles que conducían a la
siguiente sala. Las abrió de un tirón y entró en el salón de banquetes. Sumohn
le seguía como una silenciosa sombra negra.
Cuatro
poderosos vampiros estaban sentados en una mesa con un mantel blanco sobre un
estrado ligeramente elevado. Eran los líderes de la Mano Negra, los Serafines,
los señores del Sabbat. Directamente frente a ellos, separados por unos siete
metros, había casi veinticinco Cainitas. Alicia los observó rápidamente en
busca de Walter Holmes, pero no dio con él.
—Ya era hora,
puta —dijo Melinda Galbraith, en la zona que separaba a los Serafines de los
demás vampiros. Vestía un traje de color rojo sangre y parecía contenta por ver
a Alicia. —Te hemos estado esperando. Bienvenida a tu ejecución.
CAPÍTULO 7
Linz: 10 de
abril de 1994
Jack Darrow
miró nervioso el reloj de la suite. Ya pasaban unos minutos de las once. En
menos de una hora debía comenzar el Cónclave, y no había señal alguna de Alexander
Vargoss. El príncipe había dejado la habitación hacía casi tres horas,
prometiendo regresar en breve. A medida que pasaba cada segundo el Brujah se
ponía más nervioso. Tenía que testificar sobre la Muerte Roja frente a los
antiguos de la Camarilla. Sin el apoyo de Vargoss, el guardaespaldas estaba
seguro de que nadie le creería, y el precio de mentir ante el Gran Consejo de
la Camarilla era la Muerte Definitiva.
Jack Darrow no
era un cobarde. Había comenzado su vida como marinero en la Armada del Rey y
había sido un luchador incansable en la vida y en la muerte. Sin embargo, los
Justicar eran conocidos por su gusto por las ejecuciones largas y tortuosas. A
Darrow no le importaba morir de forma fría y rápida. Lo que no soportaba era la
idea de ser sumergido durante una década en un estanque de ácido.
Con un
susurro, los goznes de la entrada se abrieron y Alexander Vargoss entró con
sorprendente velocidad. Sus mejillas blancas tenían un toque rojizo y en sus
ojos ardía una luz fantasmal.
—Están
aquí—anunció. —No esperaba menos. Esta noche se producirá la venganza
definitiva.
—Cojonudo
—respondió Darrow, tensándose preocupado. — ¿Quién está aquí?
—Ese renegado,
Dire McCann, por supuesto, junto al Ángel Oscuro y a Madeleine Giovanni.
Llegaron al castillo hace poco. Lo más probable es que también piensen acudir
al Cónclave.
—No pasa nada,
que yo sepa —dijo Darrow. —¿Qué importa eso? Ya sé que dijiste que McCann es un
traidor, y desde que Flavia se unió a él tampoco te cae muy bien, pero ninguno
de ellos ha dado problemas desde que los mandaste a buscar a la Muerte Roja. La
dama Giovanni no tiene nada contra ti. Considerando su reputación, lo mejor
sería dejarla en paz.
La cara de
Vargoss se torció furiosa. Echó hacia atrás los labios, revelando sus
colmillos. Darrow dio un paso atrás, sorprendido por la reacción del príncipe.
—Esos tres son
la escoria molesta que ha estado frustrando mis planes desde el principio
—rugió, abandonado los últimos vestigios de caballerosidad y donaire normales
en el príncipe Ventrue. —La hora de mi triunfo está a punto de llegar y no
puedo tolerar ninguna intromisión. Esos intrusos deben ser destruidos antes de
que vuelvan a interponerse. Esta vez los aplastaré como a insectos bajo mi
bota.
La mirada
asesina de Vargoss se clavó en Darrow. —¿Recuerdas la conversación que tuvimos
en San Luis sobre servir a dos maestros? ¿Cómo te dije que dividir la lealtad
era el camino más seguro hacia la destrucción? —La voz de Vargoss era ahora más
suave, pero no menos siniestra. —¿Lo recuerdas?
El Brujah
asintió. —Sí, lo recuerdo.
—Aquella misma
noche puse fin a ese Nosferatu traidor que había estado conspirando en secreto
contra mí. ¿Cómo se llamaba?
—Carafea —dijo
Darrow tensando los músculos horrorizado. El príncipe le había convertido los
huesos en pulpa con solo tocarlo. El recuerdo de llevar a aquella grotesca
medusa vampírica a la calle para que fuera abrasada por el sol aún le aterraba.
—Se llamaba Carafea.
—Era mucho más
feo cuando acabé con él, Darrow —dijo Vargoss. —Sí, y fui piadoso. Imagina que
hubiera decidido dejarle en el local, como una alfombra viviente. ¿No hubiera
sido todo un espectáculo?
El príncipe
rió demente mientras alzaba las manos. Un brillo rojizo surgía de sus dedos.
Darrow se quedó congelado. Sabía que una palabra, un movimiento equivocado
podían marcar su fin.
—La elección
es tuya, Darrow —dijo el príncipe con los dedos de la mano derecha formando un
puño escarlata. —¿Me sirves a mí o a Don Caravelli? Decide rápidamente. Hay
mucho que hacer, por lo que necesito tu respuesta inmediata. ¿Qué será? ¿La
no-vida o la Muerte Definitiva?
—T-te sirvo
solo a ti, príncipe —tartamudeó Darrow. —Puedes confiar en mí. Lo demostré la
noche en la que prendí fuego al club en San Luis.
El príncipe
asintió, torciendo la boca para formar una sonrisa diabólica. —Estaba seguro de
que tomarías la decisión correcta, Darrow. Siempre me has sorprendido con tu
habilidad para ajustarte rápidamente a cualquier circunstancia.
—Eso intento,
príncipe —respondió el Brujah. —Con todas mis fuerzas.
—Esta noche
quiero que uses esa habilidad en mi favor — dijo Vargoss. —Poco después del
comienzo del Cónclave, Madeleine Giovanni se enfrentará con toda seguridad a
Don Caravelli. A pesar de la hostilidad de la Camarilla hacia el clan Giovanni,
entre los antiguos del culto no hay muchas simpatías hacia el mafioso, por lo
que admitirán que se celebre el duelo. Uno de los dos será destruido.
Darrow
asintió. —Difícil apuesta. Ninguno es un blandengue.
El príncipe
rió. —No me importa quién gane, solo el tiempo que dure el duelo. Durante la
lucha quiero que hables con Flavia. Dile que le ordeno, como es mi derecho por
contrato, que elimine al vencedor del duelo. Después de un enfrentamiento así,
ninguno de los dos podrá defenderse contra su ataque.
—Al Ángel
Oscuro no le va a gustar —dijo Darrow. —No le va gustar nada de nada.
—No me importa
lo que piense —respondió Vargoss. —La Assamita me tiene que obedecer por mi
acuerdo con su clan. Sus deseos no son de mi incumbencia. Si se niega a seguir
mis órdenes, caerá para siempre en desgracia.
—El honor lo
es todo para un Assamita, especialmente para uno como ella.
—Estoy de
acuerdo —dijo el príncipe. —Por eso precisamente espero que cumpla mis órdenes.
Vargoss volvió
a reír, pero no de forma demente como antes. Era un sonido suave, grave y mucho
más terrorífico. —Después, cuando haya terminado y esté por un momento con la
guardia baja, quiero que termines el trabajo, Darrow. Destrúyela. Destruye al
Ángel Oscuro.
—Como ordenes,
príncipe —declaró Darrow con un gesto de los hombros. No esperaba otra cosa.
—Cuando este puto duelo termine, el lugar va a parecer un osario.
—Más de lo que
te imaginas, Darrow —dijo Vargoss ominoso. —Mucho, mucho más.
CAPÍTULO 8
Nueva York: 10
de abril de 1994
—Debo admitir
—dijo Reuben terminando un rollo de primavera, —que no tengo ni idea de cómo
planea detener Alicia a la Muerte Roja. Debería ser una lucha interesante.
—A mí no me
mires —respondió Rachel, ignorando el plato de aperitivos chinos. En una mano
sostenía una taza de té, pero no bebía. —Éste no es mi terreno. Cuando los
Matusalenes combaten puede ocurrir cualquier cosa. Sus poderes son asombrosos.
Cómo piensan Alicia y Dire McCann combatir al fuego sobrenatural de la Muerte
Roja es algo que queda más allá de mi débil entendimiento.
—Estos
aperitivos están deliciosos —señaló Reuben, limpiándose cuidadosamente los
dedos grasientos con una servilleta. Como siempre, estaba vestido completamente
de blanco. Habían pasado unos minutos de la medianoche y se encontraban en uno
de sus restaurantes favoritos en Chinatown. —Deberías probar alguno.
—No, ahora no
—dijo Rachel. Estaba vestida de negro de la cabeza a los pies, lo que
contrastaba perfectamente con su cabello pelirrojo y su piel perfecta. —Estoy
demasiado nerviosa para comer. Alicia está a punto de enfrentarse a Melinda. En
menos de veinticuatro horas, McCann y su grupo estarán defendiendo a la
Camarilla. ¿Cómo puedes meterte algo en la boca con el mundo al borde de la
destrucción?
—Fácil
—respondió Reuben tomando otro rollito de primavera. Lo sostuvo y se lo
presentó a su hermana, que lo rechazó con disgusto. Comenzó a comerlo con
satisfacción. —No hay nada que podamos hacer ahora, salvo esperar y observar.
—Por tanto, ¿por qué preocuparse? Si la Muerte Roja triunfa nos veremos
obligados a actuar. Si McCann y Alicia derrotan al usurpador y a sus
chiquillos, seremos libres. Como estamos atrapados en las bandas no hay motivo
para estar nerviosos. Relájate.
—Y cuando te
relajas te da por comer —dijo Rachel. —Como aquella vez en Roma, con el Padre
Napoli.
Reuben se
encogió de hombros. —Solo estaba haciendo mi trabajo —dijo. —Gorgo acababa de
despertar en Perú y quería saber si la Sociedad de Leopoldo tenía alguna
información sobre ella o sobre los demás Nictuku. Mi entrevista con el Padre
Napoli me convenció de que no sabían nada de los monstruos. De todas las
organizaciones mortales, los buenos hermanos son sin duda alguna los mejor
informados sobre los Vástagos. Una vez rechazada la posibilidad de la
complicidad humana concentré toda mi atención en la Yihad. No me llevó mucho
tiempo descubrir a la Muerte Roja y sus planes de conquista. Desde ahí, la
pista llevaba hasta Dire McCann y Alicia Varney.
—La Sociedad
aún tiene algunas preguntas sobre la muerte del Padre Napoli —dijo Rachel.
—Sufrió un
ataque cardiaco poco antes de que yo llegara — respondió Reuben. —Debería haber
muerto al instante. Le regalé una hora que permitió al viejo guerrero disfrutar
de unos cuantos vasos más de vino. —Sonrió. —Además, los fanáticos de la
Sociedad necesitan algunos misterios para mantenerse inspirados. No hice más
que proporcionarles motivación.
—Nunca te
faltan explicaciones fáciles, ¿no? —preguntó su hermana tocando la taza del té.
Estaba frío. Lo tiró al suelo y se sirvió otro. Nadie en el restaurante
cuestionó sus acciones. Nunca ocurría.
—Espero que no
—dijo Reuben. —En caso contrario, hubiera echado por tierra miles de años de
práctica. —Rachel rompió a reír, pero se calmó rápidamente. —McCann le dijo a
Phantomas que somos los hijos de Seth.
—¿Y qué más
da? —dijo Reuben mirando el arroz frito. Puso una buena cantidad en su plato,
lo roció con abundante salsa de soja y comenzó a comer. —McCann y Alicia no van
a hablarle a nadie más de sus sospechas. No es su estilo. Lo máximo que hará el
Nosferatu será poner sus teorías en la enciclopedia. Puedo vivir con eso.
Sonrió
mientras se servía una taza de té. —En realidad, me gusta la idea de ver mi
nombre impreso después de todos estos siglos. Además, ninguno de los dos llegó
a comprender más que un levísimo retazo de la verdad. Nuestros secretos más
profundos están a salvo.
—¿Y qué pasa
si Phantomas publica su enciclopedia? —preguntó Rachel.
—Nunca lo
hará. Ya oíste lo que dijo en París. La está escribiendo por puro placer. Los
secretos contenidos en ese volumen destrozarían tanto a la Camarilla como al
Sabbat. Es el libro más peligroso que existe.
—Antes de que
abandonara su escondrijo —dijo Rachel, — transmitió copias de la enciclopedia a
diversos bancos de datos de todo el mundo. Eso podría ser un problema.
—Creyó hacerlo
—dijo Reuben riendo. —Phantomas tiene facilidad para las máquinas, pero yo
también. Cuando el Nosferatu vaya a borrar la información descubrirá que la
transferencia no llegó a realizarse.
—A veces me
sorprendes incluso a mí—señaló Rachel observando la comida que tenía delante.
—Puede que pruebe un poco de pollo agridulce. Tiene muy buena pinta.
—Adelante
—invitó Reuben. —Si el mundo tiene que saltar por los aires, lo hará comas o
no.
—¿Crees que
Alicia y McCann tienen alguna posibilidad contra la Muerte Roja? —preguntó la
mujer mientras se servía pollo, pina y salsa, —En serio.
—Alicia está
prácticamente sola contra la falsa Melinda Galbraith. Además, no puede olvidar
la posible amenaza de los Serafines, que no son famosos por su buena
disposición hacia los mortales. Al menos se ha llevado a esa monstruosa pantera
negra. La lucha parece más o menos nivelada.
—¿Qué hay de
McCann?
Reuben sacudió
la cabeza. —El detective se enfrenta a dos chiquillos de la Muerte Roja. Sus
posibilidades de supervivencia parecen escasas, a lo sumo.
Hizo una
pausa. —Eso nos lleva a la pregunta más interesante de la noche. Juntos, Alicia
y McCann se están enfrentando a los tres chiquillos de la Muerte Roja. St.
Germain va sobre seguro y deja a su progenie luchar por él. Está escondido en
alguna parte, oculto tras el telón. Piensa en sus anteriores esquemas y en sus
planes de contingencia. No me creo que no tenga una última sorpresa planeada en
caso de que falle todo lo demás. ¿Cuál será el último secreto de la Muerte
Roja?
CAPÍTULO 9
Linz: 11 de
abril de 1994
Tres minutos
después de que Karl Schrekt diera la bienvenida a los antiguos de la Camarilla
al Cónclave, Madeleine Giovanni se puso en pie y exigió su derecho a hablar. Su
acción cogió a casi todos los presentes por sorpresa.
El gran salón
del castillo tenía la forma de una gigantesca herradura. Cuatro hileras de
sillas formaban una enorme U, con el podio del Justicar en el centro de las dos
ramas. Los oradores se dirigían a los congregados desde el viejo suelo de
piedra y tierra en medio del anfiteatro. Hacía siglos, brujas y hechiceros
habían sido quemados en la hoguera en ese mismo lugar.
El Justicar
era un vampiro de pocas palabras. Era fuerte y pequeño, de hombros anchos y
rostro sombrío y severo. Hablaba de forma pausada y comedida, y había
agradecido a los príncipes de las principales ciudades europeas su asistencia a
la conferencia, pretendiendo que habían acudido por preocupación hacia la
seguridad de la Camarilla, y no hacia la suya propia. Les confirmó la
importancia de la reunión y declaró la tregua entre todos los clanes. Fue
después cuando cometió su error.
—Estamos aquí
reunidos para discutir los ataques del renegado conocido como la Muerte Roja
—declaró el Justicar, barriendo con la mirada el semicírculo que albergaba a
todos los reunidos. —Sin embargo, antes de comenzar nuestras investigaciones,
debo seguir la tradición y hacer una pregunta. ¿Algún miembro de esta Asamblea
ha venido buscando justicia?
Fue ese el
momento en el que Madeleine se puso en pie. Estaba sentada en el lado izquierdo
de la cámara. —Exijo justicia — dijo con una voz gélida que llenó toda la
estancia. —La sangre llama a la sangre. Reclamo el derecho de venganza contra
el asesino de mi padre. Reto a duelo a Don Caravelli, del clan Brujah. Hasta la
Muerte Definitiva.
—Esa puta no
puede hablar —respondió el aludido desde el anfiteatro. El Capo de la Mafia
estaba en pie, con los ojos encendidos por la furia. —Es una Giovanni, y por
tanto no pertenece a la Camarilla.
Madeleine
sonrió mientras miraba a su enemigo. Podía sentir su miedo... y su confusión.
Por algún motivo desconocido, no esperaba que estuviera presente en la reunión.
—La Camarilla asegura que todos los vampiros, independientemente de su clan,
son miembros de la secta —respondió mirando a Karl Schrekt. — ¿No es correcto?
—Lo es
—respondió el Justicar, sin mostrar sorpresa ante la pregunta de Madeleine.
—Sin embargo, para dirigirte al Cónclave y realizar tal petición necesitas el
apoyo de dos miembros de la Asamblea. ¿Dispones de ese apoyo?
—Yo respondo
por ella —dijo Flavia inmediatamente, poniéndose en pie al lado de Madeleine.
—Déjales pelear.
Nadie más
habló. Madeleine había contado con que Dire McCann fuera su segundo valedor,
pero no estaba allí. Ningún otro vampiro se atrevía a despertar la furia del
jefe de la Mafia. Su propuesta parecía condenada.
—Reconozco el
pesar de la chiquilla —dijo una voz de mujer al otro lado del enorme salón. De
pie, junto a Don Caravelli, había una mujer rubia con las túnicas de un mago
Tremeré. En una mano sostenía un largo bastón. —Déjales pelear.
Karl Schrekt
enarcó las cejas. Para el impasible Justicar, aquél era un gesto de extrema
sorpresa. —Elaine de Calinot, del clan Tremeré, ha secundado la demanda. El
duelo tendrá lugar. Don Caravelli, avanza y enfréntate a tu acusadora.
Con el rostro
contraído por la furia, el Capo de la Mafia giró para enfrentarse a su
compañera. Los rasgos de Elaine eran serenos. Antes de que Don Caravelli
pudiera decir una sola palabra, la mujer le susurró unas frases rápidas.
Instantáneamente, la rabia pareció fundirse en su cuerpo. Asintió y una gran
sonrisa se extendió por su cara. Se volvió y contempló a Madeleine. Elaine
seguía susurrando, y la sonrisa se hacía cada vez más amplia.
—Esa puta no
me asusta —dijo, acercándose al centro de la herradura. —No temo a nadie.
Madeleine
sonrió. Al fin se enfrentaba a su enemigo. Sus palabras no significaban nada
para ella.
—Como es
costumbre, el duelo será hasta la Muerte Definitiva, y no se dará ni se
aceptará cuartel —dijo Karl Schrekt observando a la concurrencia con rostro
severo. —Cualquiera que ose interferir en la lucha pagará el precio definitivo.
—La tradición
del Cónclave permite a los duelistas emplear cualquier arma en su posesión
—dijo rápidamente Don Caravelli, antes de que el Justicar pudiera señalar el
comienzo de la pelea.
—Es la ley
—admitió éste.
—Bien
—Alrededor de los hombros vestía una capa negra que, con un rápido movimiento
de las manos, cayó al suelo. Lentamente, Don Caravelli se llevó la mano a la
espalda y extrajo un hacha de batalla de acero de doble filo. —Vine preparado
para cualquier problema.
Sostenía la
enorme arma con ambas manos. Los dedos de la mano derecha aferraban la parte
superior del mango, mientras que la izquierda se encargaba de la zona baja. De
aquel modo tenía un control perfecto del arma, permitiéndole imprimir una
considerable potencia a cada golpe.
—Maté a tu
padre, zorra, y te mataré a ti —declaró el Capo. —Arrancarte esa bonita cabeza
de los hombros será un verdadero placer.
Madeleine se
alisó el vestido negro. El material ajustado dejaba bastante claro que allí no
había lugar para armas ocultas. — Para alguien como tú —respondió, —me bastará
con las manos desnudas.
Miró a Karl
Schrekt. —Que comience el duelo.
—Que así sea
—asintió el Justicar. —A muerte.
Don Caravelli
atacó instantáneamente, trazando con la enorme hacha una curva descendente que
trataba de acabar la pelea con un solo golpe; no llegó a conectar. Madeleine,
moviéndose con cegadora velocidad, se apartó a la derecha y esquivó el golpe
con facilidad. La hoja de acero se hundió en la piedra y la tierra, haciendo
saltar las chispas.
Madeleine
extendió la mano y chasqueó los dedos contra la muñeca derecha de Don
Caravelli. Era una maniobra capaz de partir todos los huesos e inmovilizar la
mano. El Capo gruñó ante el inesperado dolor, pero no soltó su presa sobre el
hacha. Gruñendo, liberó el arma del suelo y se volvió para encararse a su
enemiga. Era mucho más fuerte y resistente que su protege, Don
Lazzari, al que Madeleine había matado hacía pocas semanas.
La Giovanni
saltó en el aire y lanzó una patada dirigida contra la cabeza de su rival, que
sabiamente se apartó sin intentar desviar el golpe. Aunque era mucho más alto y
pesado que ella, Don Caravelli sabía con certeza que su enemiga era más que
capaz de terminar la pelea con un solo golpe.
Cambiando el
peso de su cuerpo de un talón a otro, el Capo trazó con el hacha una curva baja
que no apuntaba al torso de
Madeleine,
sino a sus brazos ligeramente extendidos. La hoja de acero reflejaba las luces
del anfiteatro, y el arma se movió a tal velocidad que el aire cantó a su paso.
La maniobra hubiera amputado ambas manos a un vampiro ordinario, pero nada en
Madeleine Giovanni era ordinario.
Doblando las
rodillas, la vampira se echó hacia atrás con las manos trazando un arco sobre
su cabeza. Con increíble suavidad, tocó el suelo tras su cabeza con los dedos y
formó un puente con su cuerpo. Mientras el hacha golpeaba el espacio ocupado
hacía un instante por las manos, lanzó una pierna hacia arriba. La curva del
tobillo golpeó el centro de la empuñadura, arrojándola hacia arriba. Don
Caravelli, propulsado por su propia inercia, salió volando por los aires y
aterrizó con un fuerte crujido a varios metros de su rival. Madeleine cayó
sobre el suelo, giró sobre su estómago y adoptó una posición sentada. Abrió los
ojos sorprendida. El Capo de la Mafia también se estaba poniendo en pie. La
caída, que debería haberle partido la mitad de los huesos del cuerpo, no había
hecho más que aturdirle ligeramente. Sacudiendo la cabeza como si quisiera
recuperar el equilibrio, Don Caravelli alzó el hacha a la altura de los hombros
con una leve sonrisa en sus labios crueles.
—Eres
increíblemente rápida, puta —dijo, —pero yo soy más fuerte. Al final, la fuerza
siempre derrota a la velocidad.
Madeleine no
dijo nada. No tenía palabras que malgastar con el Capo. Entrecerró los ojos.
Más allá de Don Caravelli, en los asientos que rodeaban el campo de combate, un
hombre alto y vagamente familiar estaba arrodillado al lado de Flavia,
susurrándole algo al oído. La expresión del Ángel Oscuro indicaba que no le
gustaba lo que estaba oyendo.
—Darrow
—musitó Madeleine mientras el Capo daba un lento paso hacia delante, luego
otro. En sus ojos brillaba un humor feroz. No tenía prisa; recordaba a un
depredador hostigando a su presa.
El hombre que
hablaba con Flavia era Darrow, ayudante de Alexander Vargoss. Fuera lo que
fuese, parecía que el Ángel Oscuro había cedido por fin a sus demandas.
Doblando los brazos sobre el pecho, Flavia asintió con la cabeza. Darrow se
sentó en la silla a su lado con una mirada satisfecha. Después terminó el
tiempo de las distracciones.
Don Caravelli
fintó con el hacha a la derecha de Madeleine, que se agachó ligeramente,
inclinándose hacia atrás y girando los hombros en un ángulo de cuarenta y cinco
grados. Proyectando la mano izquierda hacia delante, el Capo lanzó la
empuñadura del hacha en un rápido y violento golpe apuntado hacia el rostro
desprotegido de su rival.
Madeleine, ya
desequilibrada, no tenía modo de evitar por completo el golpe. La empuñadura
forrada en acero golpeó su mentón con un crujido que pudo oírse en toda la
estancia. Trastabilló con un grito de dolor, tratando desesperada de conservar
el equilibrio.
Ansioso por
aprovechar su ventaja, Don Caravelli bajó ambas manos a la base del hacha y
lanzó un golpe contra la piernas de la vampira. Un corte incapacitante en
cualquiera de las dos extremidades le pondría a merced del Capo, y Karl Schrekt
había dejado claro que en aquella pelea no había más que un fin.
Los reflejos
nacidos de miles de horas tomaron el control y Madeleine se desvaneció. El
hacha atravesó el aire vacío. Don Caravelli maldijo. Gruñendo con rabia, golpeó
con su arma las pesadas losas que componían el suelo. —La muy zorra emplea
Fusión con la Tierra para esconderse —declaró furioso con la mirada fija en el
punto donde Madeleine había desaparecido. — No podrá escapar tan fácilmente.
Para casi
todos los vampiros, la disciplina que permitía hundirse en la tierra en busca
de protección permitía exactamente eso; fusionar la forma física con el suelo,
pero no moverse del sitio. Solo unos pocos poseían la habilidad para moverse
estando fundidos. Era la principal capacidad de Madeleine, la que le convertía
en una de las asesinas más peligrosas del mundo.
Sin un solo
sonido, una sombra oscura se alzó del suelo a la espalda de Don Caravelli. Tan
rápidamente como se había hundido en el suelo, Madeleine reapareció. La
atención del Capo no abandonaba el punto donde su rival había estado momentos
antes, y no comprendió que estaba tras él hasta que fue demasiado tarde.
Con una
elegancia inhumana, Madeleine saltó y plantó los pies en la espalda del Capo de
la Mafia. Al mismo tiempo, sus manos se enroscaron alrededor del cuello del
rival y los dedos se encontraron bajo la barbilla. Con su traje negro y corto,
la Daga de los Giovanni recordaba a una gigantesca viuda negra enganchada a la
columna de su víctima.
Atónito, Don
Caravelli soltó el hacha y golpeó los dedos que se cerraban alrededor de su
tráquea. Sus huesos eran más fuertes que el acero, pero no le sirvió de mucho.
Hasta los barrotes de hierro se partían si se ejercía presión en el lugar
adecuado, y Madeleine era una experta encontrando dichos puntos.
La vampira
tiró de los brazos con fuerza hacia ella y contrarrestó su movimiento con la
fuerza de las piernas contra la espalda. Don Caravelli lanzó un gorgoteo
sorprendido cuando su columna vertebral se rompió y los dos se desplomaron
sobre el suelo.
Gimiendo, el
Capo extendió los brazos para aferrar el hacha. Sorprendentemente incluso con
la espalda rota era capaz de moverse. Madeleine, apenas afectada por la caída,
fue más rápida. Saltó sobre el cuerpo de Don Caravelli, cogió el arma con ambas
manos y giró suavemente con una voltereta frontal. Siguiendo su movimiento
perfecto, se puso en pie con el hacha en su poder.
—Puta —gruñó
Don Caravelli con los ojos rojos observándola desde el suelo. —Me derrotaste
con un truco. Sabía que aceptar tu reto era un error. Eres mi pesadilla. La
otra zorra, Elaine, me prometió que no podría perder. Nunca debería haber
confiado en ella.
Madeleine
recorrió a la concurrencia con la mirada. No había señal alguna de la
misteriosa hechicera del Consejo Tremeré, ni de Alexander Vargoss, el jefe de
Darrow. Era evidente que ambos habían abandonado la sala durante el combate.
Estaba segura de saber dónde se habían dirigido.
—Elaine mintió
—dijo. —Te usó como un peón y luego te dejó a tu destrucción.
—La mataré
—gruñó Don Caravelli, tratando de moverse en el suelo. —¡Os mataré a las dos!
—Tus días de
muertes han terminado —corrigió Madeleine.
La hoja de
acero cortó sin esfuerzo el músculo y el hueso del cuello expuesto de Don
Caravelli. Golpeó con tal fuerza que la empuñadura del hacha tembló al
introducirse varios centímetros en el suelo. La cabeza del Capo, con los ojos
muy abiertos, descansó un instante sobre el pavimento antes de convertirse en
polvo. Su cuerpo resistió decapitado unos segundos más antes de desintegrarse.
—La justicia
está servida—anunció Karl Schrekt, con la misma voz fría y distante de
costumbre. —Habrá un breve receso antes de reiniciar la reunión. Espero que no
haya más interrupciones.
Cansada,
Madeleine se acercó al lugar en el que esperaba Flavia. Al lado del Ángel
Oscuro se encontraba Darrow. La Assamita tenía una de sus mortales espadas
cortas en cada mano.—Bien — dijo Flavia al ver a Madeleine. —Tras décadas de
espera, ¿fue la venganza tan dulce como esperabas?
La Giovanni se
encogió de hombros. —El honor de mi clan ha sido reparado. Personalmente no
siento nada. No luchó tan bien como había esperado. Sus sentidos parecían
embotados, sospecho, por la traición.
—Este tipo
—dijo señalando con la cabeza a Darrow —me trajo un mensaje del Príncipe
Vargoss relativo al duelo. Según su orden, debo matar al vencedor.
El Ángel
Oscuro frunció el ceño. —Según el código Assamita, no puedo desobedecer una
orden directa de aquél que tiene mi contrato. En tu actual estado sería muy
sencillo destruirte.
Madeleine
asintió. Había visto pelear a Flavia, y no estaba segura de poder derrotarla ni
siquiera en su mejor momento. —No puedo pedirte que renuncies a tu honor
—respondió.
—No habrá
necesidad de ello —dijo Flavia girándose y clavando una espada en el estómago
de Jack Darrow. El enorme vampiro lanzó un suspiro de asombro y se dobló por el
dolor. Mientras la cabeza descendía, la segunda espada la separó limpiamente de
los hombros.
—Alexander
Vargoss era muchas cosas —dijo la Assamita, sacando su arma del cuerpo en
descomposición, —pero ante todo era un caballero que luchaba sus propias
peleas. Quien haya dado esa orden no es el príncipe. Que Darrow obedeciera al
impostor sin titubeos le señala como otro traidor.
—Más nos vale
que encontremos a Dire McCann —dijo Madeleine. —Sospecho que mi duelo con Don
Caravelli no ha servido más que como distracción. La verdadera batalla, la que
involucra a la Muerte Roja, está teniendo lugar arriba, en este mismo instante.
CAPÍTULO 10
Nueva York: 10
de abril de 1994
—Me alegro de
volver a verte, Melinda —dijo Alicia sonriente. —Siento llegar tarde. Bonito
vestido. El rojo es tu color.
Volvió la
mirada hacia los cuatro Serafines. A dos de ellos ya les conocía de los años
que había pasado simulando ser ghoul de Justine. En un extremo de la mesa
estaba sentado Jalan-Aajav, un monstruo con forma humana, uno de los vampiros
más violentos y malvados que existían. Había sido un guerrero mongol al
servicio de Genghis Kan, y se le consideraba el asesino más letal de todo el
Sabbat. Era pequeño y fuerte, con rasgos hoscos y mirada salvaje. Era famoso
por su furia asesina. Impaciente y extremadamente arrogante, poseía un
temperamento feroz e incontrolable. Su mayor placer era aterrorizar a mortales
y vampiros. Nadie sabía a cuántos había matado a lo largo de los siglos, pero
se contaban por miles.
Junto a él se
encontraba Djuhah, la última incorporación a los Serafines. Alto, delgado y con
rasgos aristocráticos, era un Assamita rebelde cuyo ascenso en las filas de la
Mano Negra había sido tan rápido como inesperado. Su piel era oscura y los ojos
eran negros como el carbón. Frío y calculador, tardaba mucho en enfadarse, lo
que le convertía en el más peligroso de los cuatro. Jalan era el fuego, Djuhah
el hielo. Los rumores le situaban como el verdadero líder de la Mano Negra.
—He venido
aquí con un motivo —comenzó Alicia, dirigiéndose a los Serafines e ignorando a
Melinda. —Un peligro terrible amenaza al Sabbat. Como leal miembro del ...
—¡Cállate,
traidora mentirosa! —interrumpió Melinda iracunda. —Os dije que aparecería y
que trataría de causar problemas. Varney no hace más que liar las cosas. Es la
que aconsejó a Justine que atacara Washington, estando a punto de echar por
tierra nuestros planes para la ciudad. No oiré más estupideces. Llevo una
semana tratando de dar con ella, y ahora morirá.
Sumohn,
sintiendo la amenaza en la postura de Melinda y en el tono de su voz, lanzó un
rugido. La regente dio un paso atrás involuntariamente. Jalan-Aajav se levantó
de su silla con los ojos brillantes. En la mano derecha sostenía un cuchillo.
—Aún no —dijo
Djuhah, indicando a Jalan que se sentara. —
Hay demasiadas
preguntas sin respuesta que deben ser contestadas antes de que destruyamos a la
mortal. No tenemos prisa. Morirá, pero no antes de saber la verdad... toda la
verdad.
Melinda siseó
como una serpiente. —Debe morir ahora — exigió. —Antes de que pueda extender
más mentiras y medias verdades.
—Somos más que
capaces de tomar nuestras propias decisiones, Melinda —dijo uno de los dos
serafines a los que Alicia no conocía. Era un hombre negro, bajo y grueso sin
un solo pelo en la cabeza. El tono de su voz indicaba claramente que no era
amigo de la regente. —Cállate o serás silenciada.
Djuhah asintió
aprobatorio. Melinda, con gesto furioso, se alejó un paso más de Alicia con los
puños fuertemente cerrados.
—Siempre he
creído extraño que un mero ghoul sirviera a Justine como consejero —dijo
Djuhah. —Cuando expresaba mis dudas a la arzobispo, ésta nunca lograba dar con
una explicación satisfactoria. —Miró a Alicia. —Quizá lo quieras hacer tú
ahora. Dinos también cómo logras controlar a una pantera negra a la que percibo
como un ghoul de poder asombroso. Había guardias fuera, Guardias de Sangre,
pero lograste eludirlos y entrar en esta cámara. De nuevo, no son acciones de
un ghoul ordinario. ¿Qué eres exactamente, Alicia Varney, y por qué te tiene
tanto miedo la regente?
—No temo a
nadie —dijo Melinda. Alicia, con sus sentidos alerta, notó que los puños de la
regente seguían apretados y que estaban adoptando un tono rojizo. Al mismo
tiempo, la sala de banquetes comenzó a ganar temperatura. Parecía que alguien
acabara de encender una caldera.
Alicia mantuvo
el gesto calmado. Melinda no lo sabía, pero había sido ella la culpable de su
propia desgracia. Si hubiera tratado a Alicia como a una molestia menor, como a
algo sin importancia de lo que podía encargarse al día siguiente, no era muy
probable que los Serafines se hubieran molestado en escucharla. Todo lo
contrario; había alertado a los líderes de la Mano Negra sobre la misteriosa
señorita Varney. Tras la intervención de la regente, no se atrevían a ignorar
ni a Alicia ni a lo que tuviera que decir.
—Soy un ghoul
—dijo ésta midiendo con cuidado sus palabras, —como lo es Sumohn, pero no de Justine.
Sirvo como avalar de uno mayor que cualquier arzobispo.
Siguió antes
de que ninguno de los Serafines pudiera decir palabra alguna. —Sin embargo, mi
identidad no tiene importancia alguna. No soy una amenaza ni para el Sabbat ni
para la Mano Negra. Nuestros objetivos son los mismos, pero el monstruo que se
hace pasar por Melinda Galbraith no opina igual.
—¿Qué estás
diciendo? —dijo Jalan-Aajav, incorporándose una segunda vez. —Tenemos a Melinda
frente a nosotros. No es una impostora.
—¿Estás
seguro? —replicó Alicia, aprovechando su ventaja. —Entre los Condenados no es
imposible cambiar de cara, ni siquiera de cuerpo. ¿Cómo sabéis que es la
verdadera regente, perdida hace meses en las ruinas de Méjico D.F., la que está
ante vosotros aquí esta noche? Insisto en que es una impostora.
Alicia levantó
melodramática un brazo y señaló a Melinda. — Digo que no es Melinda Galbraith,
¡sino el usurpador conocido como la Muerte Roja!
Un murmullo de
asombro recorrió a los vampiros reunidos a la izquierda de Alicia. Estaba
segura de que dentro de aquel grupo había varios Hijos de la Noche del Terror.
Djuhah sacudió
la cabeza incrédulo, y ninguno de los otros Serafines parecía
convencido. —Es la verdadera Melinda Galbraith —declaró Jalan-Aajav. —No somos
estúpidos tan fáciles de engañar.
—¡Pruebas!
—gritó alguien entre los Sabbat reunidos. —¿Cuáles son tus pruebas?
Alicia casi
rompió a reír al reconocer a Walter Holmes. Una sola voz en la audiencia podía
obrar milagros.
El Serafín
Assamita asintió. —Has hecho una acusación increíble —declaró. —¿Qué pruebas puedes
ofrecernos?
Alicia sonrió,
y no de forma agradable. Incluso Jalan-Aajav volvió a sentarse ante aquella
expresión. En aquel gesto había mucho de Anis, Reina de la Noche.
—Preguntadle a
Melinda —dijo con tono calmado y lento. — La Muerte Roja posee el poder para
duplicar a cualquier vampiro que haya conocido. En algún momento a lo largo de
los siglos debe haberse encontrado con la regente y habrá memorizado su
aspecto. Sin embargo, aunque el impostor puede robar la apariencia, no puede
capturar los recuerdos.
Alicia miró a
la regente. —¿Quién era tu sire, querida Melinda? Estoy segura de que debes
recordarlo. O dinos, ¿cuándo viniste a América? ¿Con quién? ¿Cómo terminaste en
Méjico D.F.?
Melinda
sacudió la cabeza. —No lo recuerdo —declaró con voz trémula. —El terrible
cataclismo en Méjico... d-dañó mi memoria. Mis ideas no están en orden.
La expresión
de Djuhah era gélida. —¿No recuerdas la identidad de tu sire? —preguntó. —Me
cuesta creerlo. La odiabas, la despreciabas con una pasión absoluta.
—El desastre
—repitió Melinda mientras el brillo rojizo se extendía a sus brazos. Hacía
mucho más calor que antes. Alicia sabía que el reto más importante aún estaba
por llegar. —El dolor nubla mi mente.
—¿La catástrofe
en Méjico? —preguntó Alicia. —Un terrible acontecimiento. La mayoría de
nosotros no estamos seguros de lo que sucedió. Quizá, al haber sobrevivido,
puedas describirnos los acontecimientos.
Melinda estaba
confundida. —No puedo. No hay más que una mancha. No lo recuerdo.
—¿No lo
recuerdas? —preguntó Jalan-Aajav con voz seca y gutural. En sus ojos había una
incertidumbre que antes no había estado allí. —¿O nunca lo supiste?
—Tu clan
—preguntó el Serafín negro. —¿A qué clan perteneces? Estoy seguro de que no has
olvidado eso.
—Lasombra
—respondió Melinda inmediatamente. —Soy una Lasombra.
Djuhah sacudió
lentamente la cabeza. —No es cierto. De todo el Sabbat, solo los Serafines
conocemos el secreto del Melinda. Era una Toreador antitribu. Se
hacía pasar por Lasombra, ya que antes de su ascenso el regente siempre se
había elegido por tradición en ese clan. Eres una mentirosa.
Los rasgos de
Melinda temblaron y se hicieron confusos. Una oleada de intenso calor barrió la
estancia. Sumohn rugió mientras varios vampiros gritaban. Djuhah se puso en
pie, atónito. Jalan-Aajav ya estaba sobre la mesa, muy cerca de la falsa
Melinda, con una daga en cada mano. Sin embargo, ni siquiera él era tan
insensato como para atacar al ser que tenía enfrente.
—Soy la Muerte
Roja —declaró el monstruo mientras el vapor del aire caliente surgía de su
cuerpo enjuto.
La criatura
observó a Alicia. —Te has inmiscuido en mis planes por última vez, Anis. No hay
lugar donde esconderte. Primero tú y después esos cuatro idiotas que se hacen
llamar Serafines probaréis el sabor de la Muerte Definitiva. —El monstruo
levantó un brazo contra los líderes de la Mano Negra. —Nadie puede sobrevivir a
las llamas de los Sheddim.
—Ni siquiera
los fuegos más feroces duran eternamente — dijo Alicia descansando una mano en
el cuello de Sumohn. La vitalidad sobrenatural de la pantera negra fluyó a
ella, duplicando su fuerza. —La tuya está a punto de apagarse.
Como si
presintiera el plan de Alicia, la Muerte Roja avanzó para apresar a la mujer en
su abrazo mortal. Reuniendo todo el poder de su cuerpo y proyectando la fuerza
de su voluntad, Alicia dilató la corriente temporal alrededor de la Muerte
Roja.
Durante un
segundo una burbuja cronológica rodeó al monstruo, que quedó atrapado, inmóvil,
detenido en un remolino de distorsión temporal. En el mundo real solo había
transcurrido un segundo, pero para la Muerte Roja, atrapada en la dilatación,
habían pasado veinte minutos. Alicia solo era capaz de mantener un instante
aquel hechizo. A pesar de ser ghoul de Anis, apenas podía controlar una pequeña
parte de la energía de su mentora. Cualquier exceso de poder convertiría su
cuerpo en polvo. Buscando aliento, cayó de rodillas al terminar la distorsión.
La Muerte Roja
estaba en la misma postura exacta que antes, con sus brazos cadavéricos aún
extendidos en una presa mortal. Sin embargo, ningún fuego le rodeaba. El brillo
sobrenatural le había abandonado. La disciplina Cuerpo de Fuego solo duraba
quince minutos, y atrapada en la burbuja temporal de Alicia, la Muerte Roja se
había apagado hacía cinco. El poder de los Sheddim se había esfumado.
—No —dijo el
usurpador estupefacto. —¡No!
Alicia trató
de ponerse en pie. Estaba totalmente exhausta y vacía de energía. La criatura
había perdido el fuego de los Sheddim, pero no por ello dejaba de ser un
vampiro increíblemente poderoso. Si no era detenido, podía despedazarla
fácilmente y escapar antes de que nadie reaccionara en la sala. No debía huir.
—Has logrado
una victoria temporal, Anis —dijo el monstruo, que evidentemente acababa de
llegar a la misma conclusión. Sus largos dedos se acercaron a los hombros de
Alicia. —Pero volveré.
—No lo creo
—dijo tranquilamente Walter Holmes. El jugador de póquer estaba al lado de
Alicia, y en sus manos sostenía lo que parecía un largo bastón de madera
coronado por una cabeza metálica. La mujer tardó un momento en comprender que
se trataba de una lanza, una lanza muy antigua: el pilum de un
soldado romano.
Sosteniendo el
arma con las dos manos, Holmes lanzó una acometida contra la garganta del
monstruo. No había tiempo para esquivar. La lanza acertó justo debajo de la
barbilla. La Muerte Roja lanzó un único aullido, un grito fantasmal y agónico.
Exactamente como si hubiera sido expuesto al sol, el usurpador se convirtió en
un montón de cenizas.
—Un juguete
útil —murmuró Alicia mirando a Walter. Una sombra oscura cubrió rápidamente el
rostro del jugador, que aún esperaba poder mantener secreta su identidad. —No
es una lanza ordinaria.
—La he tenido
conmigo desde hace mucho tiempo —dijo Holmes en voz baja. —Un recuerdo de
pecados pasados. Creo que se impone una rápida retirada.
—Eso mismo
pienso yo —susurró Alicia. Todos los vampiros de la sala estaban congelados en
un atónito silencio por lo que acababan de contemplar.
—La Muerte
Roja planeaba reemplazar a los Serafines con otros cambiaformas —dijo Alicia en
voz alta. —Cuidado. Esos traidores aún están entre vosotros.
Dio un paso
atrás con Walter Holmes a su lado, protegiendo su huida con la lanza. Sumohn ya
había salido por la puerta. Alicia barrió el lugar con la mirada y se detuvo en
Djuhah. La expresión del Serafín era seria. Durante un instante la miró y
asintió, confirmando más allá de toda duda que los Hijos de la Noche del Terror
que quedaban en el lugar estaban condenados.
Un instante
después corría junto a Walter Holmes por el vestíbulo que conducía al exterior.
No había señal de la Guardia de Sangre. Esperaba ver a Jalan-Aajav cargando
tras ellos, pero no apareció. Un instante después estaban en la entrada del
local, donde les esperaba Jackson con la limosina en marcha.
—¿Vienes
conmigo? —Preguntó Alicia mientras el guardaespaldas abría la puerta. —Jackson
y yo tenemos previstas unas largas vacaciones lejos de la ciudad. Habíamos
pensado en Hawai, o quizá en Tahití.
El Monitor
rechazó la oferta. La lanza romana que había empleado para destruir a la Muerte
Roja se había desvanecido tan misteriosamente como había aparecido. —No, muchas
gracias.
Después de los
acontecimientos de esta noche, creo que es mejor que desaparezca por completo
de la vista durante un tiempo. Siempre he querido jugar al póquer en Las Vegas.
Ahora parece un momento perfecto para hacer una visita.
—Allí no
tendrás problemas para encontrar partidas —sonrió Alicia. —Buena suerte, y
gracias por la ayuda.
Se acercó
impulsivamente para darle un abrazo, pero Holmes ya no estaba allí.
—Nos
volveremos a encontrar —dijo la voz del Monitor en su mente mientras Alicia
subía rápidamente a la limosina.
—Lo consiguió
—declaró Jackson mientras pisaba el acelerador para dirigirse a toda velocidad
al aeropuerto. —Ha vencido.
—La batalla
aún no ha terminado —respondió con voz sombría. —He derrotado a uno de los
chiquillos de la Muerte Roja, y eso con ayuda de Walter Holmes. Dire McCann
tiene que encargarse del resto. Si alguien puede derrotarles, es él, pero no
tengo ni idea de cómo lo va a lograr.
CAPÍTULO 11
Linz: U de
abril de 1994
—El duelo
entre Madeleine y Don Caravelli está a punto de comenzar —dijo Dire McCann.
Tenía la mirada fija en la puerta de su estancia. —Prepárate. De un momento a
otro tendremos compañía.
El teléfono de
la habitación comenzó a sonar. El detective se acercó con calma y descolgó el
auricular. La conversación fue breve, pero era evidente que las noticias eran
buenas. — Alicia ha derrotado a la Muerte Roja que se hacía pasar por Melinda
Galbraith. El destino del mundo queda enteramente en nuestras manos.
Elisha torció
el gesto. Ni necesitaba ni quería aquel peso.
—La mayoría de
la gente cree poder evitar su destino —dijo McCann, como si leyera los
pensamientos del joven. —No es tan fácil. Cuando te llama, no hay más remedio
que responder. No hay elección.
—Siento a dos
vampiros andando por el pasillo que conduce aquí —dijo Elisha enormemente
tenso. Todos los músculos de su cuerpo parecían esforzados al límite. Se
preguntaba cómo McCann podía permanecer tan calmado. —¿Crees que alguno de
ellos es la verdadera Muerte Roja?
El detective
negó con la cabeza. —Lo dudo. Phantomas asegura que la Muerte Roja original es
un cobarde, y al menos en parte estoy de acuerdo. El Matusalén teme a la Muerte
Definitiva, de modo que emplea a sus chiquillos como agentes. Esos dos serán
con toda probabilidad los dos que quedan.
—Están junto a
la puerta —dijo Elisha nervioso. —¿Qué hacemos?
—Paciencia
—dijo McCann sonriente para ponerse serio inmediatamente. —No importa lo que
suceda, no dejes que ninguno llegue a tocarte. No hay duda de que ya han
invocado a los Sheddim usando el Cuerpo de Fuego, y son infiernos ambulantes.
Un roce y te convertirán en cenizas. Por suerte, no pueden mantener ese estado
mucho tiempo. Alicia lo ha confirmado en nuestra conversación telefónica.
Atacaremos en cuanto su poder se disipe.
—Si han
despertado a los Sheddim —preguntó Elisha, —¿ya está el mundo condenado?
—Aún no —dijo
McCann. —Mis charlas con Rambam me convencieron de que los demonios de fuego
solo obtienen poder de la destrucción. Por eso tenemos que detener a la Muerte
Roja y a sus chiquillos antes de que empleen su disciplina para incinerar a más
víctimas. Debemos destruir a estos dos antes de que vuelvan a golpear.
Las puertas de
la suite, que no tenían la llave echada, se abrieron de par en par mostrando a
dos Cainitas, un hombre y una mujer. Elisha no reconoció a ninguno de los dos,
pero era evidente que McCann sí.
—Príncipe
Vargoss —dijo. —Elaine de Calinot. Qué amable por vuestra parte hacernos una
visita.
—La mascarada
ha terminado, McCann —sonrió despectivo el vampiro al que el detective había
llamado Vargoss. —La conquista de la Camarilla comienza con tu muerte.
—Me siento
honrado, aunque muchos otros han tratado de destruir a la Camarilla a lo largo
de los siglos con una notable ausencia de éxitos. Dudo de que a vosotros os
vaya mejor.
Vargoss rió.
—Nuestros planes no pueden fallar. Nadie sabe que estamos aquí, y toda la
atención está centrada en el duelo entre Madeleine Giovanni y Don Caravelli.
Una vez tú y ese patético mortal hayáis sido aniquilados, comenzaremos nuestro
plan para destruir en secreto a los antiguos del Cónclave y reemplazarlos con
nuestros chiquillos. Uno tras otro, esos idiotas desprevenidos sucumbirán a los
fuegos de la Muerte Roja.
—Un plan
imaginativo —dijo McCann, —pero no funcionará. No lo permitiré.
El rostro de
Vargoss tembló, como si una cortina invisible hubiera caído sobre sus
facciones. Un instante después, todo su cuerpo quedó engullido por un siniestro
estallido de energía. El proceso no fue tanto un reemplazo como una transformación.
A su lado, el aspecto de su compañera también cambiaba. En meros segundos,
Alexander Vargoss y Elaine de Calinot desaparecieron para dar paso a dos
monstruos idénticos, reflejo de su terrorífico sire.
Las criaturas
eran altas y delgadas, y estaban vestidas con una mortaja desgarrada sujeta con
vendajes amarillentos. Sus rostros eran los de un cadáver, con la piel
putrefacta cubriendo el cráneo lampiño. La cara, los brazos y el pecho
mostraban marcas escarlata, y las garras brillaban con una feroz luz rojiza.
—Soy la Muerte
Roja —dijeron al unísono los dos horrores al tiempo que entraban en la
habitación. Oleadas de calor surgían de su cuerpo, aunque no ardían. —No hay
escapatoria.
McCann rió.
—¿Escapatoria? —¿Quién ha hablado de escapar? Matadme si podéis, pero para eso
primero tendréis que cogerme.
El detective
hizo una señal a Elisha. El mago sonrió a pesar de la cercanía de los dos
monstruos, comprendiendo ahora lo que se esperaba de él. Por fin comprendía por
qué el detective había insistido en traerle con él a esta misión. Empleando
Cuerpo de Fuego, los dos monstruos eran casi indestructibles, pero seguían
atados por las leyes del azar y las circunstancias.
A pesar de su
juventud, Elisha ya era un mago extraordinariamente poderoso y dotado. Sabía
que no debía tratar de alterar la realidad, pero retorcerla no
era ningún problema.
La Muerte Roja
que se había hecho pasar por Alexander Vargoss dio un paso adelante, e
inmediatamente la alfombra bajo sus pies silbó, ardió y se convirtió en
cenizas. Antes de que el monstruo pudiera reaccionar, el suelo de madera crujió
y se desintegró. El monstruo perdió el equilibrio, tratando desesperado de no
caer.
Instintivamente,
la segunda criatura trató de ayudar a su compañero. Sus llamas vivientes
entraron en contacto y el aire de la estancia tembló cuando ambos monstruos
emitieron un destello escarlata durante un instante. Con una maldición, la
primera Muerte Roja cayó al suelo, prendiendo fuego a los demás tableros. La
segunda se quedó confundida durante unos instantes.
—Será mejor
que nos retiremos a la otra habitación —dijo McCann sombrío. —Esos locos no
tardarán mucho en concentrar el fuego de los Sheddim a través de la parte
superior de su cuerpo.
—Que lo hagan
—respondió Elisha mientras se apresuraban por la puerta que comunicaba las dos
estancias. —Tengo muchos más trucos preparados.
—Cuerpo de
Fuego requiere toda su concentración —dijo el detective. —Mientras mantengan
esa forma no podrán emplear ninguna otra disciplina, de modo que no podrán
detenerte con sus poderes vampíricos normales. Quince minutos y se quedarán sin
fuerzas.
Volvió a oírse
una nueva explosión de la otra habitación al tiempo que una intensa oleada de
calor chamuscaba la puerta de madera. — Hasta los vampiros tropiezan de vez en
cuando al caminar —declaró Elisha.
—No se
rendirán —dijo McCann. —La Muerte Roja me teme demasiado como para intentar
implementar sus planes sin destruirme primero. La Camarilla está a salvo hasta
que esos monstruos acaben con nosotros.
—Me gusta
demasiado vivir como para dejar que me conviertan en cenizas —respondió Elisha.
—Podrán
acercarse más pasados los quince minutos, pero no lo suficiente.
De nuevo, el
mago no podía sino preguntarse por qué la Muerte Roja tenía tanto miedo de Dire
McCann. Sospechaba que pronto descubriría el motivo.
Quince
minutos. Novecientos segundos. Cada uno de ellos era una guerra entre la magia
sobrenatural y la probabilidad concentrada. Aunque las fuerzas domeñadas por
las Muertes Rojas eran atroces, no podían derrotar a alguien capaz de retorcer
las leyes básicas del universo para adaptarlas a sus deseos.
Por mucho que
lo intentaran los monstruos, Elisha contrarrestaba sus esfuerzos con un
pensamiento consciente. Ellos actuaban y él reaccionaba.
La primera
criatura apareció en el umbral entre las dos habitaciones, y al hacerlo decenas
de ladrillos cayeron de la pared, ya que el yeso y el cemento que los mantenían
en su lugar estallaban en llamas. Los bloques acertaron al vampiro en el pecho
como enormes proyectiles, convirtiéndose en polvo tras el contacto.
—Hay ratas en
el castillo —dijo Elisha a Dire McCann. —Y muchas termitas. Es sorprendente lo
que esas alimañas pueden llegar a hacer si nadie las controla.
Como si
reflejara las palabras del mago, el suelo bajo las dos Muertes Rojas se
convirtió en miles de astillas de madera. Los monstruos se precipitaron contra
las vigas metálicas que sostenían el techo. Un instante después, los rociadores
de alta potencia empezaron a arrojar agua helada contra los desconcertados
vampiros. Nubes de vapor inundaron la habitación.
—Apuesto a que
no verán demasiado bien con esta niebla — siguió el mago. —Vayan donde vayan,
lo más probable es que tropiecen con algún mueble. No me sorprendería
que llegaran dando tumbos a la otra habitación por error.
Los dos
Vástagos poseían disciplinas que se burlaban de la ciencia moderna. Sin
embargo, nada en el universo era capaz de derrotar a las circunstancias
dirigidas.
Por pura
fuerza de voluntad, una Muerte Roja logró al fin convertir su cuerpo en un
auténtico infierno. Las llamas hubieran reducido normalmente toda la estancia y
gran parte del castillo circundante a cenizas, pero en el preciso instante en
el que alcanzó la incandescencia, todas las moléculas de aire que le rodeaban
se desplazaron a una esquina de la estancia, dejándole ardiendo casi en el
vacío. Las probabilidades de que eso ocurriera hubieran sido consideradas nulas
por cualquiera, pero era posible, y Elisha tenía la fuerza necesaria
para hacer probable lo inimaginable.
Sin
combustible, las llamas que rodeaban a la Muerte Roja parpadearon y se
apagaron. Un instante después, las moléculas de la estancia regresaron a su
distribución normal.
Quince minutos
después del primer ataque de las Muertes Rojas, las llamas desaparecieron. La
disciplina Cuerpo de Fuego solo duraba un cuarto de hora, y Elisha pudo lanzar
un suspiro de alivio. Sentía su cuerpo retorcido, doblado, apaleado y
apedreado. Le dolían músculos que ni siquiera sabía que existieran y la jaqueca
apenas le permitía pensar. Dudaba de poder haber contenido a las criaturas un
minuto más. La lucha que quedaba era cosa de Dire McCann, ya que él era incapaz
de levantar un solo dedo para defenderse.
Los cuatro se
encontraban a menos de dos metros los unos de los otros. En los restos
calcinados de la habitación trasera de la suite, McCann y Elisha se enfrentaban
a los sosias del Príncipe Alexander Vargoss y Elaine de Calinot. Ninguna de las
dos criaturas conservó la forma y los rasgos de su sire. Ambos vampiros
parecían exhaustos, totalmente vacíos de energía. Sin embargo, por su actitud
parecía claro que no pensaban retirarse.
—Hemos
alcanzado un empate —dijo Vargoss. —Los Sheddim nos han fallado y nuestros
poderes no están en su mejor momento. —Sonrió con fiereza. El falso príncipe no
parecía desanimado. —Sin embargo, lo mismo os ocurre a vosotros. En Washington
cometimos el error de usar a Makish y sus explosivos en vez de terminar el
trabajo personalmente. Fue un error que no repetiremos una segunda vez. Un par
de humanos obligados a enfrentar su fuerza mortal a dos vampiros de la Quinta
Generación. Aceptamos el reto.
—Entonces sois
unos estúpidos —dijo McCann con una risa que no era ni remotamente humana.
Los dos
monstruos quedaron estupefactos. Sus ojos se abrieron al sentir algo extraño,
algo ajeno en el detective. Elisha se humedeció los labios y se apartó
de McCann. La realidad se retorció, y como había ocurrido con las dos Muertes
Rojas, los rasgos del detective comenzaron a transformarse.
Se hizo más
alto y sus hombros se ensancharon. El rostro adoptó una palidez mortal y sus
mejillas se vieron surcadas por místicos tatuajes grisáceos que formaban una
telaraña. Una sombra tangible oscurecía sus facciones y los labios blancos y
finos se torcieron en una sonrisa desdeñosa. Aún quedaba parte de Dire McCann
en aquella cara, en los ojos totalmente negros, pero también había mucho, mucho
más.
—¿Quién eres?
—susurró la falsa Elaine de Calinot.
—¿No lo
adivinas? —dijo el ser que había sido Dire McCann. Aunque no hablaba en voz
alta, el sonido inundó toda la estancia. —Siempre he estado aquí, oculto igual
que vosotros. Sin embargo, en vez de disfrazarme como otro vampiro, me he hecho
pasar por mortal.
—Lameth —dijo
Elisha, observando lo evidente. —Eres Lameth, el Mesías Oscuro.
La enorme
figura asintió. —Claro que lo soy —respondió. — ¿Había alguna duda de que
regresaría cuando el momento fuera el indicado?
Ojos como
truenos observaron a las dos Muertes Rojas. Los muros temblaron ante su voz. —¿Había alguna
duda?
—¿Y qué hay de
Dire McCann? —preguntó Elisha, que tenía más coraje del que él mismo creía.
—Era real. Era humano.
—No
exactamente, Elisha —respondió Lameth con menos fuerza. —Tras miles y miles de
años, hasta los inmortales se aburren de su existencia. Anis solucionó el
problema entrando en letargo y sintiendo la vida por medio de sus marionetas,
como Alicia. Yo elegí un camino similar, pero al mismo tiempo muy diferente. A
lo largo de los siglos he creado una serie de personalidades humanas, y ninguna
de ellas sabe que no son sino meras extensiones de mis propios pensamientos. Me
anclo cuidadosamente en una pequeña sección de su subconsciente, observando sus
acciones, participando en sus aventuras y hablando con ellos en sueños cuando
es necesario. Son creaciones de mi voluntad y mis deseos que nunca se
cuestionan por qué parte de sus recuerdos parecen incompletos, por qué tienen
horarios tan extraños o por qué nunca beben ni comen.
—Imposible
—gruñó el falso Alexander Vargoss. —McCann era humano. Lo que estás diciendo no
tiene sentido.
Lameth rió.
—¿Y por qué iba a mentir? Estoy entre los primeros de la Cuarta Generación y
soy uno de los dos únicos que ha alcanzado nunca la Golconda por medios
artificiales. Mis poderes están más allá de tu limitada comprensión. Flavia me
llamó Máscara una vez, y no tenía la menor idea de lo adecuado que era el
término. Ningún ser, salvo un Antediluviano, puede detectar mi verdadera
naturaleza. Unos pocos, algunos Cainitas o magos poderosos como Rambam y Horus,
son capaces de sentir que Dire McCann es más de lo que aparenta. Esa percepción
abre puertas que de otro modo hubieran estado cerradas a un hombre ordinario,
pero ninguno de mis congéneres posee la visión necesaria para atravesar mi
disfraz y descubrir la verdad.
El falso
Vargoss parecía aterrorizado. Lameth sacudió la cabeza, como si leyera sus
pensamientos. —Evidentemente, no voy a permitir que compartáis este
conocimiento con otros. Por eso ya no os podéis mover, ni usar vuestros poderes
de teleportación. Tengo mis propios planes para la Camarilla, y en la Yihad no
hay piedad. Es hora de poner fin a vuestros planes.
Dio un paso
adelante y extendió los brazos.
—¡No puedes
hacerlo! —gritó Vargoss mientras Lameth cerraba la mano alrededor de su cuello.
Elaine permaneció en silencio mientras Lameth hacía lo mismo con ella. Su
expresión resignada dejaba claro que sabía que el Mesías Oscuro podía hacer
cuanto quisiera con ellos. —Me niego a rendirme.
—Tus deseos no
significan nada para mí —respondió Lameth cerrando los puños.
Miles de
chispas, como diminutos rayos, explotaron en la estancia. Elisha cerró los ojos
y levantó un brazo para protegerse la cara. El estallido no duró más que un
instante, dejando el lugar en el más absoluto silencio, salvo por el sonido de
la respiración del mago.
Éste bajó
lentamente los brazos y miró alrededor. No había señal alguna de las dos
Muertes Rojas. Habían desaparecido, completamente destruidas por la furia del
Mesías Oscuro.
—¿Qué hay de
mí? —preguntó a la figura solitaria que había junto a él, tratando de mantener
la voz firme. —Ahora conozco tus secretos.
Lameth rió con
suavidad. —La mente humana es fácil de engañar, Elisha. Dire McCann no
recordará con exactitud lo sucedido aquí esta noche, y tú tampoco.
—Podrías estar
equivocado —respondió el mago sin mucha convicción.
—¿Sobre qué?
—preguntó Dire McCann.
—N-no estoy
seguro —dijo Elisha, tratando de capturar esa idea fugaz que huía de su mente.
Era demasiado tarde. Fuera lo que fuese a decir, lo había olvidado. —No debe
ser importante.
El detective
frunció el ceño. —La batalla aún no ha terminado. Alicia destruyó a una Muerte
Roja en Nueva York y nosotros conseguimos eliminar a otras dos aquí. Ya tenemos
a tres de cuatro, pero queda la más peligrosa. Los antiguos de la Camarilla
están a salvo. Sin el Cuerpo de Fuego de Vargoss y Elaine, los Hijos de la
Noche del Terror no se atreverán a atacar a los líderes del culto. St. Germain
ha perdido su apuesta por convertirse en amo de los Vástagos, pero sigue libre.
Como dos
balas, Madeleine Giovanni y Flavia, el Ángel Oscuro, aparecieron por la puerta
que conducía a la habitación principal de la suite. Las dos se detuvieron en
seco al ver a McCann y a Elisha, solos y aparentemente ilesos, en medio del
cuarto destruido.
—¿Qué ha
pasado? —preguntó Flavia señalando el mobiliario chamuscado. —La otra
habitación parece haber sido barrida por una bola de fuego.
—Lameth
destruyó a los dos chiquillos de la Muerte Roja — respondió Elisha. No
recordaba los detalles del encuentro, y por algún motivo no parecían muy
importantes. —Estaban disfrazados como el Príncipe Vargoss y como un miembro
del Consejo de los Tremeré, Elaine de Calinot. Empleando el duelo de Madeleine
como cobertura trataron de eliminarnos, pero fueron ellos los derrotados.
—Eso
sospechábamos —dijo Madeleine revisando el lugar. —¿Intervino Lameth?
—Así es
—respondió McCann. —Ahora que los dos impostores han sido destruidos, ¿puedes
emplear tus sentidos especiales para localizar al más poderoso de los Hijos de
Saulot que quede en la fortaleza?
Madeleine se
concentró. —Demasiadas mentes agresivas lo hacen imposible —dijo tras un
instante. Entonces se volvió, sorprendida. —Dos vampiros extremadamente
poderosos están abandonando el castillo. Uno es un Tremeré, un miembro del
Consejo por la fuerza de sus pensamientos. El otro, a juzgar por su voluntad,
debe ser St. Germain.
—No podemos
dejarle escapar —dijo McCann corriendo hacia la puerta. —Es necesario destruir
a St. Germain para romper el vínculo que ha creado con los Sheddim. Ha llegado
la hora definitiva de la Mascarada de la Muerte Roja.
CAPÍTULO 12
Linz: U de
abril de 1994
Etrius
esperaba nervioso en el exterior de la inmensa cámara del consejo del castillo
de Karl Schrekt. Estaba solo, y una expresión concentrada enmascaraba el miedo
que le consumía. Estaba convencido de que el duelo que acababa de terminar no
era más que una diversión maquinada por St. Germain para engañar a todos los
presentes. El antiguo Tremeré sabía que la lucha ocultaba un
propósito mucho más diabólico que la mera venganza. Estaba decidido a descubrir
la verdad, aunque eso significara enfrentarse al monstruo conocido como la
Muerte Roja.
Había decenas
de vampiros de la Camarilla en la zona de recepción, pero Etrius sabía que no
podía contar con la ayuda de ninguno de ellos. No existía mucho aprecio entre
los principales Vástagos hacia los Tremeré. La mayoría probablemente aplaudiría
si Etrius estallara en llamas repentinamente, sin comprender que ellos podían
ser los siguientes. A pesar de toda su retórica, Etrius sabía que la labor de
derrotar los locos planes de St. Germain descansaba enteramente sobre sus
hombros.
—Pareces
pensativo, sire —señaló Peter Spizzo, apareciendo de la nada. El espía se movía
con tal gracia y habilidad que era prácticamente invisible. Poseía una
facilidad excepcional para fundirse con su entorno, y Etrius estaba convencido
de que aquélla era la menor de sus habilidades como espía.
—Me estaba
preguntando dónde está Elaine de Calinot —dijo Etrius. —Según nuestro plan,
debía reunirse conmigo en nuestra presentación ante la asamblea. La última vez
que la vi fue cuando aprobó el duelo, y no estaba presente cuando Don Caravelli
fue derrotado. Me inquieta su ausencia.
—No te
preocupes —respondió Spizzo. —Estoy seguro de que tu colega sabe exactamente lo
que está haciendo. Regresará antes de que vuelva a comenzar la reunión.
Etrius asintió
como si estuviera de acuerdo, aunque en realidad estaba haciendo una seña a
Karl Schrekt, al otro lado del salón. El Justicar inclinó la cabeza como
respuesta. Lentamente, sin levantar sospecha alguna, comenzó a caminar hacia
Etrius y Spizzo, como hacían sus ayudantes desde otros seis lugares.
—Hablé la otra
noche de este Cónclave con Karl Schrekt — dijo el mago, como si estuviera
charlando de forma casual. Tenía la mirada fija en el rostro oscuro de Spizzo.
—Le mencioné de pasada tus investigaciones acerca de St. Germain. Suponía que
estaría al tanto de tus indagaciones.
El rostro de
Etrius se convirtió en una máscara de piedra. — El Justicar no sabía nada sobre
las entrevistas que decías haber mantenido con los antiguos del clan. Es
suspicaz por naturaleza, así que hizo algunas averiguaciones. Ninguna de las
conversaciones que mencionaste tuvo nunca lugar. No contactaste con nadie, no
hablaste con nadie y no viajaste a ninguna parte. Todo aquello que me has
estado diciendo no han sido más que invenciones. Eso significa que tus
historias sobre El Apócrifo de los Condenados son mentira.
—Tonterías
—dijo Spizzo. —Schrekt es ambicioso. Quiere un puesto en el Consejo Interior y
sabe que estoy en su camino. Las únicas mentiras son las que él cuenta.
—Schrekt es
fanático en su devoción a la Camarilla —respondió Etrius con una sonrisa de
desprecio. —No tiene más ambiciones que permanecer como Justicar. Sin embargo,
tú eres un completo misterio. Revisando mis diarios no he encontrado informe
alguno sobre tu Abrazo. Nada.
La cara de
disgusto de Etrius se hizo más profunda. —Soy muy, muy cuidadoso
a la hora de anotar todos estos acontecimientos, mucho más de lo que imaginas.
Ni siquiera tú puedes alterar un comportamiento desarrollado a lo largo de un
milenio. Peter Spizzo no es más que una nueva y conveniente identidad que has
desarrollado para espiar mis actividades. Sin embargo, no puedes ocultar el
rostro tras la máscara. Eres el Conde St. Germain.
Los ojos de
Spizzo se entrecerraron iracundos mientras miraba alrededor. Karl Schrekt
estaba a su lado, así como los ayudantes del Justicar. No había donde huir.
Estaba rodeado.
Un susurro
surgido de la nada resonó en el gran salón. Durante un instante las
conversaciones cesaron y luego el sonido desapareció, dejando la impresión de
una palabra pronunciada, pero no oída.
La expresión
de Peter Spizzo era una mezcla de dolor y decepción. —Parece que mis ambiciosos
planes han sufrido un contratiempo —anunció con calma. —Fui un insensato al
enfrentarme al poder del Mesías Oscuro. Por suerte, aún tengo posibilidades de
vencer.
—El juego ha
terminado, impostor —dijo Karl Schrekt poniendo una mano sobre el hombro del
vampiro. —Has perdido.
—Aún no
—respondió Spizzo mirando al Justicar. Hablaba tan bajo que solo el propio
Schrekt podía oír las palabras. —Siempre me ha gustado preparar soluciones
alternativas a posibles problemas. Ésa es la razón principal por la que te
elegí a ti para que organizaras el Cónclave. Como miembro del clan Tremeré,
estás Vinculado con Sangre a mí con unos lazos tan antiguos como tu propio
clan. Igual que tu mentor Etrius, cuya mente tengo ahora bajo mi poder.
Libérame. Ahora. Después ordena a tus ayudantes que se marchen. Etrius y yo
vamos a abandonar el castillo, y no queremos que nadie nos detenga. ¿Entendido?
Temblando por
la rabia y la impotencia, Schrekt apartó la mano del hombro de Spizzo. El
Justicar apretó los dientes al comprobar que su voluntad ya no le pertenecía.
Etrius estaba en silencio, inmóvil. Observaba y escuchaba, pero no comprendía.
Alguien se había adueñado por completo del control de su mente y su cuerpo.
Como Karl Schrekt, sus pensamientos estaban totalmente dominados por los deseos
de Peter Spizzo, el Conde St. Germain.
—Fuera —dijo
el Justicar a sus arcontes con un gruñido. — Inmediatamente. Etrius y Spizzo se
marchan. No hagáis nada para detenerles. Es una orden. No hagáis nada.
Spizzo sonrió
al ver a los ayudantes apartarse a un lado. Eran asesinos duros y peligrosos
que habían sido adiestrados para obedecer todos los deseos de Schrekt. Le eran
leales hasta la muerte y nunca cuestionaban su palabra.
—Durante mil
años me contenté con permanecer tras el telón del clan Tremeré, manipulando los
acontecimientos con órdenes telepáticas y falsos recuerdos —dijo Peter Spizzo.
—La idea de enfrentarme a un Antediluviano, incluso a uno en letargo, no me
llamaba demasiado la atención. Ahora, por desgracia, parece que no me queda
otra opción. Dire McCann y su molesta banda han destruido a mis chiquillos. Ha
llegado el momento de asumir el riesgo definitivo. Etrius y yo vamos a hacerle
una visita a un viejo amigo. Hace siglos Tremeré me hizo el favor de hundir a
mi sire en las tinieblas. Creo que ha llegado el momento de pagar mi deuda.
CAPÍTULO 13
Viena: U de
abril de 1994
—¡Ha
desaparecido! —gritó Madeleine mientras los cinco entraban corriendo en las
salas vacías de la Capilla de Viena. Señaló la puerta delicadamente tallada al
final del pasillo. —Hace un minuto, Etrius y St. Germain estaban en esa sala.
Ahora solo queda el Tremeré. ¡La Muerte Roja ha desaparecido!
—¡Al infierno!
—gruñó Flavia mientras derribaba con el hombro la enorme puerta, que estalló en
mil fragmentos. El Ángel Oscuro entró en la estancia seguida por Dire McCann,
Karl Schrekt, Elisha y Madeleine. —No escapará de mí una segunda vez. No lo
conseguirá.
Etrius, tirado
en el suelo, les miraba con ojos apagados y confusos. No había señal alguna de
su compañero, el vampiro que se hacía llamar Peter Spizzo.
—Ahí —dijo
Madeleine señalando el agujero oscuro en el lado opuesto de la habitación. —Es
un túnel descendente. Puedo sentir cientos de hechizos protegiéndolo de
cualquier tipo de magia. Mi poder rastreador es incapaz de detectar a nadie
pasados esos muros.
—Ahí ha ido
St. Germain —dijo McCann inclinándose cerca del miembro del Consejo. —El
pasadizo conduce directamente hacia la tumba de Tremeré.
Karl Schrekt
señaló la puerta abierta del túnel. —La llave de ese portal cuelga del cuello
de Etrius, y es la única que existe. Solo él puede abrirla. Ése es el motivo de
que St. Germain lo haya traído con él. La Muerte Roja no podía entrar por su
cuenta en la cripta. —Había sido el Justicar el que les había llevado
personalmente hasta Viena, ya que se sentía culpable por la huida de St.
Germain, y ansiaba venganza. Su presencia les había permitido entrar
inmediatamente en la Capilla Tremeré.
—Puedo oírle
allí abajo —dijo Flavia. —Puede que aún no sea demasiado tarde.
Sin más
palabras, el Ángel Oscuro, con las espadas gemelas desenvainadas, se arrojó a
la oscuridad. Estaba decidida a hacer pagar a la Muerte Roja la destrucción de
su hermana, fuera cual fuese el precio.
—Quédate aquí
—dijo Madeleine mirando a Elisha. —Ahí abajo no estarás seguro, y los
contra-hechizos anularán tus poderes mágicos. Flavia necesita mi ayuda. Hay que
detener a St. Germain antes de que invoque a los Sheddim para destruir a
Tremeré. Regresaré en cuanto pueda.
Con esto,
también ella desapareció por el túnel.
El detective
sacudía a Etrius violentamente por los hombros. —Despierta —ordenó con una voz
de increíble autoridad.
Los ojos del
mago se aclararon, y con un rugido de rabia se liberó de la presa de McCann.
—St. Germain —murmuró furioso. —Me trajo aquí. Me insultó. Se rió de mí. Me
dijo que iba a ser su esclavo por toda la eternidad. Después me obligó a abrir
la puerta de la cripta. Un hechizo maestro garantizaba que nunca pudiera
hacerlo estando bajo el dominio de otro, pero yo le obedecí sin protestar.
—Esas
garantías son casi inútiles al enfrentarse a la voluntad de un Matusalén —dijo
McCann. —¿Qué planea hacer? ¿Es posible detenerlo?
Etrius se puso
en pie tembloroso y se dirigió torpe hacia el túnel. —Tremeré descansa en su
cripta, en las cuevas bajo nuestros pies. St. Germain espera beber la sangre
del Antediluviano. Si lo logra, sus poderes se multiplicarán por cien. Será
totalmente invencible.
—St. Germain
necesita tiempo —dijo el detective. —Flavia y Madeleine no se lo permitirán. Le
obligarán a luchar.
—La Muerte
Roja —dijo Elisha, llegando a la conclusión evidente. —¡St. Germain se
convertirá en la Muerte Roja y las destruirá empleando Cuerpo de Fuego!
—Y si los
poderes de la Muerte Roja se multiplican, lo mismo sucederá con los de los Sheddim
—declaró McCann. —Podrán entrar en nuestro mundo, lo desee St. Germain o no. No
podemos permitir que eso suceda. Vamos.
Los cuatro
corrieron por las escaleras que conducían a la cripta de Tremeré. Elisha fue
contando los escalones: doscientos treinta y siete. Aquel número tenía un
significado místico, pero no recordaba cuál era. Lo único que le importaba era
que si llegaban demasiado tarde, Madeleine no sería más que un montón de
cenizas y que los Sheddim serían liberados sobre un mundo desprevenido.
El túnel
terminaba en una pequeña caverna de siete metros de longitud por cinco de
anchura. Dos antorchas iluminaban la cámara, arrojando extrañas sombras sobre
las paredes. El techo se elevaba diez metros y se perdía en la oscuridad. En el
centro de la cripta descansaba un enorme sarcófago de piedra. La tapa había
sido abierta, revelando al dormido Tremeré en su interior. Más allá, otro
pasadizo se perdía en profundidades ignotas. Ahí estaba acuclillada Flavia,
empuñando sus espadas gemelas. Sus ojos tenían un tono rojizo y desesperado.
Madeleine Giovanni estaba a su lado, y a pocos metros se encontraba la
monstruosa forma de la Muerte Roja, brillando con su fuego infernal y con los
brazos mortales extendidos en un ígneo abrazo.
—¡Cuidado!
—gritó Elisha desesperado cuando los dedos de Muerte Roja se cerraron sobre el
hombro de Madeleine. No llegaron a aferrar nada. La mano monstruosa se detuvo a
meros centímetros de la carne, como si hubiera encontrado una barrera
invisible. Aullando, la criatura se volvió hacia sus nuevos enemigos en la
entrada de la cripta.
—¡Demasiado
tarde, McCann! —bramó. —¡Podrás proteger a tus amigos y a ti mismo de mi fuego,
pero no impedirás que beba la sangre de Tremeré! ¡He vencido!.
Con el cuerpo
encendido en una llama blanca, la Muerte Roja se acercó a la tumba, observó el
cuerpo inerte del Antediluviano y rió de forma salvaje.
—Aún hay una
pequeña oportunidad —susurró McCann con la cara torcida por el esfuerzo de
mantener la barrera de fuerza que les protegía del fuego infernal. —St.
Germain, con Cuerpo de Fuego activado, no puede tocar a Tremeré sin convertirlo
en cenizas. Debe esperar hasta el mismo instante en el que el poder se apague.
Habrá unos segundos de vulnerabilidad antes de que pueda beber la vitae. Como
tengo que mantener mi escudo hasta entonces, no podré reaccionar a tiempo.
—Miró a Karl Schrekt y a Etrius. —Golpead en ese momento si queréis conservar
vuestra libertad.
El Justicar
asintió con el rostro serio. —Haré lo que esté en mi mano —juró. Etrius también
asintió, pero guardó silencio.
No quedaba
tiempo. St. Germain se inclinaba hacia delante, con la mirada fija en Tremeré.
El fuego impío que rodeaba el cuerpo de la Muerte Roja parpadeó y comenzó a
perder intensidad. Schrekt estaba acuclillado, lisio para atacar. Etrius había
alzado los brazos y comenzaba a invocar un poderoso hechizo de atadura. Elisha
se mordía el labio inferior. Al otro lado de la cámara, Flavia reptaba
lentamente hacia el sarcófago, con las espadas brillando a la luz de las
antorchas.
Con los
colmillos desnudos, la cabeza de St. Germain salió disparada hacia abajo.
Entonces, con un aullido de terror, se retiró asustado mientras Tremeré se
incorporaba lentamente en su ataúd hasta quedar sentado.
Nadie se
movió. El Antediluviano, con expresión serena, se giró y miró directamente a la
Muerte Roja. Suavemente, con un tono que solo St. Germain pudo oír, Tremeré
habló.
—¡No! —gritó
la Muerte Roja con el rostro convertido en una máscara horrorizada. —¡NO!
Con la mirada
estupefacta, el monstruo se alejó del ataúd trastabillando. En ese momento,
Flavia se deshizo del terror sobrenatural que la mantenía paralizada y saltó
hacia delante con las espadas gemelas brillando en la oscuridad. La Muerte Roja
y la Assamita chocaron.
Los brazos de
St. Germain se cerraron alrededor de la asesina con un abrazo inesperado y
mortal. Los últimos rescoldos del fuego infernal se encendieron como tizones y
Flavia estalló en llamas. Sin embargo, mientras ardía, el Ángel Oscuro trazó un
arco con las espadas. El cuerpo de St. Germain volvía a ser sólido y la
puntería de las hojas fue perfecta. Las dos espadas de acero templado cortaron
en dos el cuello de la Muerte Roja. Con expresión desesperada, la cabeza de St.
Germain cayó al suelo rodando.
Se quedaron
allí un instante, la Assamita en llamas y el Matusalén decapitado, hasta que
los dos se convirtieron en un montón de cenizas en el suelo de la caverna.
El aire de la
cámara tembló. Directamente encima del punto en el que St. Germain había muerto
apareció brillando una siniestra bola de fuego fantasmal. Aunque no poseía
rasgos ni forma definida, no había duda de que aquella criatura estaba viva.
Era un horror ajeno al espacio y al tiempo, un monstruo totalmente alienígena.
Un odio puro hacia toda vida surgía de ella en oleadas de energía mental.
Durante un
latido, el Sheddim ardió sobre la tumba de Tremeré, siseando impotente mientras
veía cómo el portal entre las dimensiones se cerraba a su alrededor hasta
quedar totalmente sellado. El ser desapareció en un estallido de luz cegadora,
atrapado de nuevo en las esferas rotas. La amenaza de la Muerte Roja había
llegado a su fin.
Tremeré
descansaba otra vez en su ataúd, sin dejar señal alguna que indicara que alguna
vez se había movido. Nadie sabía qué palabras le había dicho a la Muerte Roja.
—Destruyendo a
St. Germain —dijo McCann, —Flavia cortó el último vínculo de los Sheddim con
nuestro plano de la existencia. —Nuestro mundo está a salvo. —Sonrió. —Al menos
de influencias externas...
EPÍLOGO
Viena: 11 de
abril de 1994
—Está hecho
—susurró Madeleine Giovanni, como si le asustara elevar la voz en las
tinieblas. —La Mascarada de la Muerte Roja ha terminado. El último plan de St.
Germain ha sido derrotado. Flavia murió, pero logró cobrarse su venganza. La
sangre respondió a la sangre. Destruyó a la Muerte Roja.
Los demás
asintieron en silencio. Solo quedaba un montón de cenizas del vampiro renegado
que había maquinado para lograr el control de la Camarilla y del Sabbat y de la
asesina que había acabado con él. Un suspiro de viento surgió del túnel oscuro
que reptaba como una serpiente para perderse en las misteriosas entrañas de la
tierra. Durante un instante las cenizas giraron a la luz de las antorchas para
luego desvanecerse, como si nunca hubieran estado allí.
Elisha tenía
los ojos llenos de lágrimas. Era el único humano entre ellos, y experimentaba
sensaciones que en los demás habían sido aniquiladas por siglos de muerte y
destrucción.
—No llores por
nuestra amiga —dijo Madeleine, poniendo una mano en el hombro del joven.
—Flavia murió como deben hacerlo los Assamitas. Ojalá el fin de todos nosotros
sea igual de glorioso.
—Debemos irnos
—declaró Etrius, mirando temeroso el sarcófago de piedra de Tremeré. —No tolera
durante mucho tiempo las visitas, ni siquiera las que acuden en su defensa.
—¿Pero qué le
dijo Tremeré a St. Germain? —oyó McCann que Karl Schrekt preguntaba a Etrius
mientras tapaban el sarcófago entre los dos. —¿Qué palabras asustaron tanto a
la Muerte Roja que dieron a Flavia el tiempo necesario para asestar el golpe
definitivo?
Etrius se
encogió de hombros. —No lo sé, y con St. Germain destruido es un misterio que
nunca llegaremos a resolver.
—Salgamos de
aquí—dijo Elisha comenzando a ascender por la escalera. —No me gusta este
lugar. Hay más espectros que los de Flavia y St. Germain, y no son amistosos.
Etrius
lideraba la marcha, con Madeleine y Elisha detrás. Karl Schrekt subía a varios
peldaños de ellos y McCann cerraba el grupo. Avanzaba más lento que los demás,
y se detuvo un momento en la base de las escaleras, observando el ataúd de
piedra en el centro de la cueva. El cerebro maestro de los Matusalenes sacudió
la cabeza consternado. Los otros no eran conscientes de su suerte. Algunos
secretos estaban mejor escondidos en la oscuridad. De todos sus compañeros en
peligro, solo él había oído las palabras de Tremeré a la Muerte Roja.
—Estúpida
marioneta —había dicho aquel horror blanquecino con una suave risa. A McCann le
pareció que el Antediluviano disfrutaba enormemente con aquello. —¿Creías en
realidad que toda esta intriga era tuya ? ¿Creías que eras algo más que un
mero peón en nuestro eterno juego? Fui yo el que despertó a los Nictuku,
comenzando toda esta mascarada. Mi mano muerta guió sus pasos, al igual que los
tuyos. El plan era mío, siempre mío. La Cuarta Generación, como todos
los Cainitas, independientemente de su sire, están atados a los
Antediluvianos con cadenas irrompibles. No hay escapatoria. Todos vosotros
estáis condenados a compartir el mismo destino cuando llegue la Gehena.
McCann no
había tenido duda alguna de que, enterrada en las profundidades de aquel tono
burlón, no se escondía solo la voz de Tremeré, sino también la de Saulot.
—Puede que no
sea cierto —dijo McCann en alto, como si tratara de alejar las dudas que
helaban su espíritu. Las palabras resonaron en la cámara vacía. —Tremeré podría
haber estado mintiendo. Tiene que haber mentido, en un intento
desesperado de salvarse de la Muerte Definitiva. Engañó a St. Germain como a un
estúpido.
Sin embargo,
incluso Lameth, el hechicero más poderoso que nunca había recorrido la tierra,
el mayor maquinador de toda la raza Cainita, no podía alejar la incertidumbre
de su voz. —Mi destino me pertenece —declaró feroz. —Soy libre, totalmente
libre de sus inquinas. No importa lo que dijera Tremeré, no importa lo que
impliquen sus palabras, soy un Liberado.
Después, como
los demás, abandonó la cripta. La vieja cámara volvió a quedar desierta y
muerta. Todo estaba quieto, todo en silencio, excepto un levísimo sonido, el
aullido de un viento fantasmal que recorría las cavernas inexploradas. O quizá
fuera una demente risotada demoníaca...
Seguirle no
servirá de nada,
pues no
aprenderé más ni de él
ni de sus
actos.
"El
Hombre entre la Multitud" Edgar Allan Poe

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