© Libro N° 5990.
La Mascarada De La Muerte Roja 2. Aliados Impíos. Weinberg, Robert. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © Unholy Allies
Versión Original: © La Mascarada De La Muerte Roja 2. Aliados Impíos (1999).
Robert Weinberg
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
Libros Tauro:
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://pictures.abebooks.com/isbn/9788498005257-es.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
La Mascarada
De La Muerte Roja 2
ALIADOS
IMPÍOS
(1999)
Robert Weinberg
Los límites que dividen la Vida y la Muerte
son, como poco, vagos y misteriosos.
"El
Entierro Prematuro"
Edgar Allan
Poe
Dedicatoria:
Para Sax
Rohmer y Dennis Wheatley, que definieron los relatos de terror. Y para Dean
Koontz, que lo llevó todo un paso más allá.
Nota del autor:
Aunque los
lugares e historia de esta trilogía puedan parecer familiares, no se trata de
nuestra realidad. El escenario de Vampiro: La
Mascarada de la Muerte Roja es una versión más dura y cruel de nuestro
mundo. Se trata de un paisaje oscuro y desolador donde nada es lo que parece.
Es un auténtico Mundo de Tinieblas.
PRÓLOGO
Tel Aviv,
Israel: 20 de marzo de 1994
Elisha estaba
sentado, inquieto, en el salón de la casa de su mentor. Hacía mucho que había
abandonado sus estudios, incapaz de concentrarse en las palabras escritas sobre
las páginas del grimorio. Aunque comprendía la importancia de la paciencia, era
una virtud que aún no había logrado conquistar. Quería saber qué se estaba
discutiendo en la sala trasera, y no dejaba de preguntarse cómo se había visto
involucrado.
La conferencia
en el estudio había comenzado hacía casi tres horas, cuando ninguna de las
reuniones anteriores había superado los sesenta minutos. Fuera lo que fuera lo
que su maestro y sus amigos estuvieran debatiendo, se trataba de algo
importante. Elisha estaba preocupado, ya que sabía que solo se convocaban estas
conferencias cuando algo terrible estaba a punto de suceder.
Los asistentes
siempre eran los mismos: tres hombres, incluyendo a su maestro, y una mujer.
Todos tenían un aspecto bastante normal, de mediana edad, los hombres con
espesas barbas y la mujer con una larga melena que le llegaba a la espalda. Sus
ropas eran sencillas y no destacaban. Ninguno conducía. Siempre llegaban
andando y partían del mismo modo, como si vivieran en el vecindario. Sin
embargo, su acento y el estilo de sus ropas señalaban que en realidad llegaban
de muy, muy lejos. A veces alguno de ellos desaparecía antes de que la reunión
terminara, aunque la puerta trasera no llegara a abrirse.
Si no hubiera
sido por sus ojos hubiera pensado que se trataba de funcionarios
gubernamentales que buscaban el consejo de su mentor. O quizá de miembros del
Mossad, el servicio de inteligencia israelí, para el que su maestro trabajaba
de cuando en cuando. Sin embargo, su instinto le decía que no eran nada de eso.
Los tres visitantes eran especiales. Poseían increíbles poderes, como su
mentor. Eran magos.
Aunque Elisha
hubiera pasado estudiando con el maestro más de la mitad de sus veinte años,
aún era incapaz de aguantarle la mirada más de unos segundos. Aquellos ojos
brillaban con un conocimiento nacido de mil años de experiencia, y ardían con
una voluntad tan fuerte que podía derribar mentes menores con una simple
mirada. Los de los tres invitados eran iguales. Elisha estaba convencido de que
se contaban entre los magos más poderosos del mundo.
Contempló
nervioso la mesilla frente al sofá del salón. Sobre ella había varias cartas
recibidas durante las dos últimas semanas, y sospechaba que en ellas se encontraba
la razón de la conferencia. En las cartas, y en las misteriosas llamadas
telefónicas que se habían producido a todas horas del día y de la noche en el
mismo periodo.
La
correspondencia procedía de todo el mundo. Había una carta de Australia, otra
de Suiza y una tercera de Buenos Aires. Había varias de Viena y dos de Nueva
York. Elisha, que siempre le llevaba el correo a su maestro por la mañana, se
sentía fascinado por los nombres y los lugares lejanos que representaban.
Nacido y criado en Israel, lo más lejos que había viajado era a Jerusalén. La
mayor parte de sus veinte años los había pasado estudiando, y ansiaba visitar
el mundo y experimentar algunas de sus maravillas.
—Elisha —La
voz de su mentor, firme pero suave, resonó en la estancia. Aunque su profesor
nunca alzaba la voz, sabía proyectarla de modo que todas sus palabras fueran
claras. —Por favor, reúnete conmigo en el estudio.
Temblando, el
joven se puso en pie. No esperaba que le llamaran hasta después de terminado el
encuentro. Aquella era la primera vez. Su maestro y los tres visitantes querían
verle por algún motivo. Con el corazón en la garganta, se acercó dubitativo a
la entrada, abrió la puerta y entró en el estudio.
Era una
estancia impresionante. Como su maestro leía constantemente, todas las paredes
estaban cubiertas de libros, miles de volúmenes ordenados por temas, y dentro
de cada sección por su título. Había tomos sobre historia, geografía, medicina,
filosofía... Toda una pared estaba dedicada a la magia, con muchos de los
textos griegos y latinos. Dispersos por la sala había cientos de libros
escritos por su maestro, con su propio nombre o con diferentes seudónimos.
El mentor
estaba sentado detrás de un gran escritorio de madera, un regalo recibido del
primer Primer Ministro del Israel, David Ben Gurion. Frente a él, sentados
sobre sillas altas de madera con acolchado de terciopelo rojo, estaban sus tres
invitados. Todos se volvieron y observaron a Elisha mientras éste entraba en el
estudio. Era alto y delgado, con un cabello moreno espeso y rizado. Sus ojos
eran castaños. El joven se sentía como un canario observado por varios gatos
hambrientos.
La mujer del
cabello largo le sonrió. Los dos hombres asintieron a modo de saludo. El rostro
de su mentor era una máscara indescifrable. Le ordenó que entrara con un
pequeño gesto de su mano.
—Mis amigos
quieren conocerte, hijo mío —dijo. —No tienes nada de lo que preocuparte. He
estado presumiendo con ellos de tu habilidad con el Arte y han expresado su
interés en verte en persona. Ven aquí a mi lado.
El maestro se
puso en pie mientras Elisha se acercaba. Sonrió ampliamente y apretó
afectuosamente el hombro de su mejor pupilo con unos dedos retorcidos y
callosos. Como siempre, Elisha se maravilló que aquel hombre de aspecto
sencillo, con sus rasgos agradables y serenos, piel oscura y espesa barba
negra, fuera uno de los más famosos eruditos y filósofos judíos de todos los
tiempos. Aunque en los últimos novecientos años había adoptado numerosas
identidades, su nombre original era Moisés Ben Maimón. O, en el estilo de la
época, Maimónides. Más tarde, cuando alcanzó la fama, fue conocido con el
título Rambam, un acrónimo derivado de las palabras Rabino
Moisés Ben Maimón. Por su inmensa contribución al pensamiento y a la
filosofía judías, también era conocido como el Segundo Moisés.
—Tiene buen
aspecto, Rambam —declaró uno de los hombros, guiñándole un ojo a Elisha. —Un
poco nervioso, quizá, ¿pero qué joven no estaría nervioso si se enfrentara a
unos ogros como nosotros?
—Brujas y
hechiceros, Simón —dijo la mujer. Su voz era tan suave y dulce que las palabras
se asemejaban a una canción. — No te olvides de los títulos correctos. Los
ogros de las leyendas populares son de piedra. A nosotros nos queman.
La mujer
observó a Elisha. Sus ojos castaños mostraban la misma edad milenaria y la
increíble sabiduría de su maestro. — ¿Tienes miedo a la oscuridad, Elisha?
—preguntó.
—¿A la
oscuridad, señora? —respondió sin saber a qué se refería. —No, no me asusta.
—No la
oscuridad de la noche —dijo el hombre al que habían llamado Simón, —sino a la
del alma.
Elisha sacudió
la cabeza. —Comprendí la pregunta, señor. Mi maestro me ha hablado muchas veces
sobre el bien y el mal. El nuestro es un mundo de tinieblas que amenaza con
devorar la luz. Lo comprendo, pero no me asusta.
—Es muy fuerte
—dijo el tercer hombre, hablando por primera vez. Era bajo y
fornido, con el pelo gris y barba del mismo color; su voz retumbaba como un
trueno. —El poder arde en su interior. Aunque no me gusta usar a alguien tan
inexperto, admito que es lo mejor. Apruebo la misión.
—Igual que yo
—añadió Simón. —Su juventud y su aire modesto le servirán como el mejor de los
disfraces. Nadie sospechará de él. Has tomado una sabia decisión, Rambam.
—¿Qué dices,
Judith? —preguntó éste.
—Igual que
nuestros amigos, no me gusta emplear a alguien tan joven e ingenuo —respondió,
—pero parece que no tenemos elección. Debemos trabar contacto tan pronto como
sea posible. Este joven es nuestra mejor esperanza. Es ignorante, pero asumo
que te encargarás de eso, amigo mío.
—Por supuesto
—dijo Rambam. —Aprenderá todo lo necesario hoy mismo, antes de que abandone
esta habitación. Además, aunque deba quedarme aquí para supervisar las
negociaciones de paz con Jordania, mi espíritu le acompañará. Tenéis mi
garantía de que el mensaje llegará a su destino.
—La palabra de
Maimónides me basta —declaró el hombre del cabello gris. —Ahora debo marchar.
Otros asuntos de importancia requieren mi atención. ¿Me informarás de la
llegada de Lameth?
—Por supuesto,
Ezra —dijo Rambam. —Agradezco que hayas venido hoy. Eres mi brazo izquierdo. Te
comunicaré inmediatamente la llegada del Mesías Oscuro, aunque sospecho que
sentirás su presencia en cuanto ponga el pie en el suelo de Eretz Yisrael.
El hombre
respondió con una risa mientras abría la puerta del estudio. —Espero que así
sea, pero en estos tiempos turbulentos nadie puede estar seguro. —Levantó una
mano. —Shalom, amigos míos.
—Yo también
debo marchar —dijo Simón en cuanto Ezra desapareció. —La situación de los
cabezas rapadas en Alemania se ha deteriorado bastante en las últimas semanas.
Los viejos odios están aflorando de nuevo, y no me atrevo a pasar demasiado
tiempo fuera del país.
—Te llamaré
cuando llegue el momento —dijo Rambam. —
Vuelvo a
agradecerte que hayas atendido a la reunión, Simón. Eres mi brazo derecho.
—Shalom,
Rambam —respondió, asintiendo a Elisha. —Buena suerte, joven. Mis oraciones
estarán contigo. Shalom.
Con esto, y en
un parpadeo, se desvaneció en el aire. No huno ruidos, ni fogonazos, ni
explosiones. Era como si nunca hubiera estado allí, como si la pizarra se
hubiera borrado.
—Presumido
—dijo Judith. —Podía haber utilizado la puerta.
—Tiene que
viajar muy lejos —contestó Rambam con una sonrisa astuta. —Además, Simón odia
perder el tiempo. Pareces celosa, hija mía.
La mujer rió.
—Quizá un poco, mi maestro. Maneja los hechizos más complejos con tal
facilidad... Nunca podré doblar el espacio tan fácilmente, por mucho que
practique. Nunca.
—Tus talentos
están en otra parte, Judith —dijo Rambam. —Cada uno de vosotros sois maestros
por derecho propio.
—Si Simón es
tu brazo derecho —dijo la mujer sonriendo, — y Ezra es el izquierdo, ¿qué soy
yo?
—Tú —respondió
Rambam con un tono totalmente serio, —eres la más importante de todos. Eres mi
corazón. Eres mi conciencia.
Judith rió y
aplaudió encantada. —Como si alguien pudiera darle consejos al Segundo Moisés.
Pero acepto el cumplido con la misma gracia con la que se dio.
Judith
extendió su mano derecha hacia Elisha y le dedicó una sonrisa satisfecha. El joven
tomó la mano con la suya. La mujer parecía irradiar energía. Una sensación de
fuerza recorrió el brazo del aprendiz, extendiéndose por todo su cuerpo.
—Toma parte de
mi poder, Elisha —le dijo suavemente. —La tarea a la que te enfrentas será un
viaje hacia la misma alma de una noche infinita. Puede que mi brazo no sea
fuerte, pero tiene energía de sobra. Mi poder es el tuyo. Úsalo bien.
Entonces la
mujer retrajo su mano y dio un paso atrás. El aire de la estancia se dobló
sobre sí mismo. La realidad se retorció y Judith desapareció.
—Tiene razón
—señaló Rambam, más para él mismo que para Elisha. —Ese truco no le sale tan
bien como a Simón. No importa, lo domina lo suficiente.
La mirada del
mago se fijó en la de su aprendiz. —Tienes un poderoso aliado, hijo mío. Judith
puede parecer gentil y agradable, pero en la batalla es terrorífica. Tiene
fuerza suficiente para sacudir el mundo entero.
—Sí, maestro
—respondió débilmente Elisha. Nunca antes había conocido una magia que pudiera
transmitirse mediante un toque. Su cuerpo aún ardía con un brillo interior.
—Puede que algún día me enseñe ese hechizo de teletransportación. O el Maestro
Simón.
—Es un truco
útil, pero solo funciona si viajas a un destino bien definido y constante
—respondió el maestro con aire ausente. —Por desgracia, esas condiciones no son
frecuentes en estos tiempos caóticos.
Rambam volvió
a sentarse en su silla. —Siéntate, siéntate, mi muchacho —le dijo, señalando
una de las sillas de terciopelo. — Ponte cómodo. Tenemos mucho de que hablar.
Inclinándose y
apoyando los codos sobre la mesa, el maestro observó a su pupilo. —Has sido
elegido por este concilio secreto para marchar en una importante misión:
queremos que encuentres a una persona. Aunque no me gusta la idea de enviar a
alguien tan joven e inexperto, mis amigos creen que eres el más adecuado para
el trabajo, y me temo que debo darles la razón. Tu edad y tu inocencia te
ocultarán de los demás. Además, eres con mucho el estudiante con mayor talento
de todos a los que he instruido. Aunque aún eres muy joven, tu poder para
doblar y reformar la realidad a voluntad es increíble.
—Gracias,
maestro —dijo Elisha, tratando sin éxito de aparentar modestia. —¿Dónde tengo
que ir?
—A América
—respondió Rambam. —Debes localizar a un hombre llamado Diré McCann. Tienes que
dar con él lo más rápidamente posible. Quiero que le lleves personalmente un
mensaje de mi parte.
—¿Un mensaje?
—preguntó Elisha, confundido. —¿Por qué no usar la telepatía, maestro?
—La
comunicación telepática no es tan fiable como querríamos —dijo Rambam. —Además
—añadió mientras su rostro se tornaba sombrío, —tales mensajes pueden ser
interceptados por gente a la que no van dirigidos. No nos atrevemos a que los
enemigos de McCann descubran nuestra intervención en esta batalla.
—Este hombre,
McCann, sus enemigos —comenzó Elisha, tratando de dar sentido a todo lo que le
estaban diciendo. —¿Son también nuestros enemigos?
—Son enemigos
de toda la humanidad, hijo mío —respondió Rambam. —Se trata de una antigua y
poderosa línea de sangre de vampiros que se llaman a sí mismos los Hijos de la
Noche del Terror. Su líder, un ser monstruoso conocido como la Muerte Roja, ha
sellado horribles pactos con criaturas de la más absoluta oscuridad. Si esta
alianza impía no es destruida, sumirá a la Tierra en el caos total.
Elisha no pudo
reprimir un escalofrío. —Vampiros. Los Condenados. Una vez me dijiste que son
los descendientes inmortales de Caín, el Tercer Mortal. Que algunos de ellos
prefieren denominarse Vástagos, porque todos están atados por los lazos de la
sangre maldita, y que llevan siglos manipulando a los hombres para sus propios
fines.
—Correcto,
hijo mío —dijo Rambam. —Te hablé de ellos brevemente el año pasado, cuando
discutíamos sobre la naturaleza cambiante de la realidad. Sobre cómo el pasado
no deja de cambiar debido a las creencias del presente. ¿Lo recuerdas?
—Por supuesto,
maestro —asintió Elisha. Sabía que Rambam hablaba de forma retórica, ya que
nunca olvidaba nada de lo que su mentor le decía. —Me dijiste que Dios
convirtió a Caín en vampiro por traer el asesinato al mundo. Que Caín, aunque
era inmortal y poseía vastos poderes sobrenaturales, se aburrió y quiso
compañeros. De este modo creó a tres nuevos vampiros, una Segunda Generación de
los Condenados. Estas tres criaturas crearon a trece más, la Tercera
Generación, y así a lo largo de las edades.
—Exacto,
Elisha —dijo Rambam. —Recuerdo que también hablamos de que, hace muchos miles
de años, la Tercera Generación se alzó contra sus sires, la Segunda Generación,
y los destruyó. Caín desapareció para no volver a ser visto jamás.
—La Tercera
Generación, aquellos a los que llamaste Antediluvianos, fundaron los trece
clanes vampíricos que existen aun hoy en día —siguió Elisha. —Los vampiros de
cada clan heredan ciertos rasgos del vampiro que los creó. También lo recuerdo.
Entonces, después de existir durante milenios, estos Antediluvianos se
hastiaron y entraron en un trance cataléptico llamado letargo, dejando a los
clanes que habían fundado para que batallaran en secreto por el control del
mundo.
—Aunque quizá
sea un poco simplista —dijo Rambam, — básicamente es cierto. Dijiste "en
secreto". ¿Recuerdas por qué los Vástagos mantienen su existencia oculta
de la humanidad?
—Por supuesto
—replicó Elisha. —Aunque poseen vastos poderes sobrenaturales, su número es muy
reducido comparado con la humanidad. Si los hombres sospecharan que los
Vástagos existen, y que han estado alimentándose de nuestra especie durante
milenios, se produciría una rápida y total aniquilación de la raza vampírica.
—Muy bien
—asintió Rambam. —No solo recuerdas los hechos, hijo mío, sino que también los
comprendes. Asumo que también te acuerdas de cómo se transmite la maldición de
Caín de una generación a la siguiente...
—Los Vástagos
lo denominan el Abrazo, maestro —dijo Elisha. —Normalmente, un vampiro bebe la
sangre de su víctima y la mata. Sin embargo, si en el momento anterior a la
muerte se proporciona un poco de sangre de vampiro, la presa se convierte en un
nuevo no-muerto. Este vampiro es denominado chiquillo, mientras que la criatura
que le dio la sangre es conocida como sire.
—¿Qué
recuerdas sobre los poderes de los chiquillos? —preguntó Rambam.
—Son pequeños
comparados con los de sus sires, maestro. La maldición del vampirismo es
transmitida a lo largo de las edades por la sangre de Caín. Cuanto más escasa
es ésta en las venas de un vampiro, más débiles son sus poderes. Caín creó a la
Segunda Generación con una mera gota de su vitae. Éstos, por su parte,
invocaron a la Tercera con la suya, diluyendo aún más la sangre de su maestro.
La concentración de la vitae de Caín se hace menor con cada generación. Por
tanto, la fuerza de un sire siempre es mayor que la de su progenie.
—Cuanto menor
es la generación de un vampiro —dijo Rambam, —más cerca se encuentra de Caín el
Condenado, y mayor es su poder en comparación con el del resto de los vampiros.
El maestro se
detuvo un momento, mirando a los ojos a Elisha. —Presta atención, pues es el
momento de que descubras secretos sobre los Vástagos que muy pocos conocen,
humanos o vampiros. Comprende las motivaciones de tu enemigo, Elisha, y
conocerás sus debilidades.
—Sí, maestro
—dijo Elisha. —Una vez me dijiste que un soldado sabio siempre golpea el punto
más débil de su enemigo.
Rambam rió
entre dientes. —Los fuertes sobreviven, Elisha. Los inteligentes conquistan.
El rostro del
mago se ensombreció. —Con la Tercera Generación en letargo, los vampiros más
peligrosos del mundo son los de la Cuarta Generación. Son muy pocos en número,
pero extraordinariamente poderosos e increíblemente viejos. Muchos de ellos
tienen más de cincuenta siglos. Al menos la mitad se encuentra también en
letargo, pero otros se enfrentan en luchas personales contra otros de su
generación, en un conflicto que se remonta varios miles de años. Luego están
aquellos que libran la Yihad.
—¿La Yihad,
maestro?
—Es el nombre
que se da a la lucha que enfrenta a los Vástagos más poderosos de la Cuarta
Generación, conocidos como Matusalenes, con el objeto de controlar a todos los
Hijos de Caín. La batalla se libra en secreto, manipulando a los Vástagos de
generaciones inferiores y empleándolos como peones ingenuos. Los magos no
solemos involucrarnos en los asuntos de la Yihad. Nuestra preocupación son los
humanos, no los vampiros. Sin embargo, de repente nos hemos visto en la
necesidad de actuar. Por eso el concilio ha decidido enviarte en esta misión.
—Encontrar a
ese hombre, Diré McCann —dijo Elisha. —No estoy seguro de entender, maestro.
—La Muerte
Roja y su progenie, los Hijos de la Noche del Terror, buscan de nuevo el
dominio sobre la Camarilla y el Sabbat, los dos cultos enfrentados a los que
pertenecen casi todos los Vástagos. Es muy posible que los Hijos tengan éxito.
Tienen a su disposición un inmenso poder, pero a un precio que no logran
comprender. Si no la detenemos, la Muerte Roja podría convertirse en el vampiro
más poderoso del mundo, y al conseguirlo traer la muerte de las llamas sobre la
humanidad y los propios Vástagos.
—Dijiste que
Diré McCann es enemigo de la Muerte Roja — dijo Elisha. —¿Cómo puede un hombre
detener a un grupo de vampiros, especialmente a uno tan mortal como ese del que
hablas?
—Nunca
subestimes la importancia de una sola persona, hijo mío —dijo Rambam. —Diré
McCann no es un humano ordinario. Oculta secretos que ni siquiera yo soy capaz
de desvelar, aunque lo conozco desde hace muchos años. De algún modo, guarda
una estrecha relación con uno de los Matusalenes más enigmáticos y peligrosos
que nunca han existido: Lameth, el Mesías Oscuro.
Elisha
parpadeó por la emoción.
—¿El Mesías
Oscuro, señor? Es un título fascinante. No creo recordar que le hayas
mencionado con anterioridad. ¿Me puede decir más sobre él?
Rambam sacudió
la cabeza. —No Elisha, no puedo. Dejemos que Diré McCann se encargue de ello
cuando des con él, suponiendo que logres que hable de Lameth. El detective
prefiere no discutir sobre ese tema, ni sobre su relación con los Vástagos en
general. Sin embargo, conociendo tu curiosidad y tu persistencia, sospecho que
obtendrás lo que deseas.
—Aceptaré tus
palabras como un reto, maestro —dijo Elisha. —¿Hay algo más que deba saber?
Rambam se
rascó la barba. —Cualquier cosa que pueda decirte, hijo mío, no haría más que
confundir todo este asunto. Sin embargo, tengo ciertas opiniones que creo
podrían ayudarte en esta búsqueda.
—Los juicios
del Segundo Moisés —dijo Elisha, —son tan sabios como los de Salomón.
—Quizá no
tanto —respondió el maestro con una risotada, — pero espero que al menos te
sean de utilidad.
Alzando su
mano derecha, el mentor extendió un dedo hacia el aire. A pesar de la
importancia de su consejo, era incapaz de abandonar sus hábitos instructores.
—Primero.
Aunque aún eres joven, eres un mago poderoso. Trata de evitar usar tu magia
dentro de lo posible. Aunque no seguimos ninguna Tradición específica, mis
aliados y yo tenemos poderosos enemigos, especialmente en América. La
Tecnocracia es muy fuerte allí, y sus líderes nos odian con pasión. Creen que
toda 'magia debe asemejarse a la ciencia. Si te amenazan sus agentes, los
Hombres de Negro, no dudes en doblegar la realidad según requieran tus
necesidades. Prefiero que mis estudiantes no se conviertan en héroes muertos.
Levantó otro
dedo.
—Segundo.
Cuídate de los Vástagos. No te dejes engañar por su aspecto. Los vampiros no
son humanos, y su actos se basan en deseos y necesidades muy diferentes a los
tuyos. Están malditos con una sed insaciable por la sangre humana. La denominan
la Bestia Interior, y pueden cometer cualquier atrocidad, cualquier abominación
para saciarla.
Rambam levantó
un tercer dedo.
—Por último, y
más importante: no creas lo que te diga nadie. Eres
joven y algo ingenuo. En este mundo de tinieblas la verdad existe en capas muy
diferentes. Los Vástagos son maestros del engaño; con ellos nada es nunca lo
que parece en un principio. Sus aliados mortales no son mejores. En muchos
sentidos, son aún más peligrosos... Existen gracias a la traición y sus
promesas no tienen valor alguno. Cuídate de los tratos, tanto con humanos como
con vampiros. No negocies con ninguno de ellos. Si en algún momento dudas de
los hechos, confía en tu corazón, no en tus ojos.
—No te
fallaré, maestro —dijo Elisha con la voz emocionada. —¿Cuál es el mensaje que
debo transmitir a ese hombre, Diré McCann?
Rambam se lo
dijo, y con los ojos llenos de horror Elisha comprendió que Maimónides no había
exagerado en absoluto. El destino del mundo dependía de su éxito.
PARTE
1
Concebir el
horror de mi experiencia es, supongo, totalmente imposible. Sin embargo,
incluso en mi desesperación predomina la curiosidad por penetrar en los
misterios de estas terribles regiones, reconciliándome con el aspecto más
repulsivo de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún
descubrimiento emocionante, hacia algún secreto nunca revelado cuya obtención
significa la destrucción.
"Mensaje
Encontrado en una Botella"
Edgar Allan
Poe
CAPÍTULO 1
Washington
D.C.: 23 de marzo de 1994
Sentado en la
escalinata del monumento a Lincoln a las cuatro de la mañana, Diré McCann
pensaba en el futuro. En aquel momento la imagen no era precisamente agradable.
Sus ropas seguían mojadas por el inesperado baño en el Río Anacostia y los ojos
aún le dolían por haber contemplado el infierno de Termita que había devorado
al Depósito de la Armada. Se sentía como una rata de laboratorio que acabara de
sobrevivir a un laberinto terrorífico. Por desgracia, en la salida no le
esperaba ningún trozo de queso como recompensa.
En realidad
estaba agotado, disgustado y deprimido. Además, se enfrentaba al problema de
tener que lidiar con dos vampiras claramente diferentes, pero increíblemente
similares. Las dos habían jurado protegerle de cualquier problema, lo quisiera
él o no.
A su
izquierda, paseando de un lado a otro y doblando los dedos constantemente como
si estuviera estrangulando a alguien, estaba Sarah James, conocida entre los
Vástagos como Flavia, el Ángel Guardián. Era alta, rubia y bella, con un cuerpo
exuberante y labios gruesos y rojos. Vestía un mono de cuero blanco que
abrazaba su figura como una segunda piel. Era una mortal asesina Assamita, y
había venido a Washington para actuar como su guardaespaldas. La misión le
había sido encomendada por el vampiro príncipe de San Luis, que a su vez había
enviado a McCann a descubrir los secretos de la Muerte Roja. Flavia, sin
embargo, tenía sus propios motivos para viajar a la capital. La Muerte Roja
había matado a Fawn, su hermana, y había hecho el juramento sagrado de que
encontraría y destruiría a aquel monstruo... o moriría en el intento.
A la derecha
de McCann, con los brazos cruzados sobre el pecho y en una postura
aparentemente relajada, se encontraba Madeleine Giovanni. El detective notó con
una sonrisa que no asomó a sus labios que en ningún momento había apartado la
mirada de Flavia. Aunque parecía que el destino las había unido como aliadas,
ninguna confiaba en la otra. Sólo era su mutua preocupación por el bien de
McCann lo que mantenía aquella frágil paz entre las dos.
Al contrario
que Flavia, que parecía una estatua con su mono de cuero, Madeleine era baja y
delgada. Su aspecto era casi adolescente. Su cabello era largo y negro como la
noche. Los huesos parecían frágiles y los ojos eran muy oscuros. Su única
prenda era un leotardo negro que contrastaba con su piel de leche. Mientras
Flavia parecía atlética y fuerte, el aspecto de Madeleine era delicado y
frágil. McCann sospechaba que se trataba de una ilusión que la mujer trataba de
cultivar. Lo único que las dos compartían eran sus labios del color de la
sangre.
A pesar de su
aspecto gentil, Madeleine era una de las principales saboteadoras y espías del
mundo. Era miembro del secretista y cerrado clan Giovanni, y aunque no era tan
famosa como Flavia su reputación era igual de sombría. Tanto sus amigos como
sus enemigos la conocían como la Daga de los Giovanni.
—¿Y ahora qué,
hombrecillo? —preguntó Flavia con sarcasmo. —El amanecer se acerca y tendré que
marchar dentro de poco. ¿Te encontraré cuando despierte, o estás planeando otra
estúpida aventura por tu cuenta durante el día? Recuerda que no podré hacer nada
por protegerte si insistes en ignorar mis consejos. Hasta esta noche creía que
éramos compañeros trabajando juntos. Ahora ya no estoy segura.
McCann torció
el gesto. A primeras horas de la noche había tenido un encuentro con la Muerte
Roja y no se había llevado a Flavia con él. El detective esperaba haber podido
destruir al monstruo con poderes que prefería no revelar a la asesina rubia.
Sin embargo, no era el único que había planeado una traición. La supuesta
tregua no había sido más que una trampa mortal, y solo la intervención de
Madeleine Giovanni le había salvado de la muerte entre las llamas. A Flavia no
le gustaba que le dejaran atrás, sobre todo si había perdido una oportunidad de
enfrentarse a la Muerte Roja.
—Cometí un
error —dijo McCann, tratando de parecer sincero. —Ya te lo he dicho: la Muerte
Roja quería negociar. Hizo un juramento por el honor de su sire, y fui lo
suficientemente estúpido como para creerle. ¿Cómo iba a saber que su asesino
contratado había sembrado todo el campo de desfiles con bombas de Termita?
—No tenías
porqué saberlo, McCann —respondió Flavia. — Ese es mi trabajo. Estoy adiestrada
para pensar en esas cosas. Makish es un maestro asesino. Por muy mezquino que
seas, él te superará. Si no utilizas mis habilidades estás perdido.
—El pasado es
historia —intervino Madeleine. Hablaba un inglés perfecto, sin acento alguno.
Había aprendido el idioma mediante cintas y no empleaba contracciones. —Lo que
está hecho está hecho, y sermonear al señor McCann es una pérdida de tiempo.
Estoy segura de que en el futuro no actuará de forma tan imprudente.
—No estoy tan
convencida —dijo Flavia. —En cualquier caso, ¿a ti qué te importa? Aún no me
has explicado qué es lo que quieres de él. Lo único que sé es que tu sire te
ordenó que lo encontraras, y que el Príncipe Vargoss te reveló que estábamos en
Washington. ¿Cuál es el resto de la historia?
—No estoy en
la obligación de revelarte mis secretos —respondió Madeleine con voz fría e
impersonal. —Mis asuntos con el señor McCann no te conciernen.
—Cualquier
cosa que tenga que ver con él me concierne — replicó Flavia, elevando
ligeramente la voz. —Mi príncipe me ha ordenado que no sufra daño alguno. Tengo
que protegerle de todo el mundo, incluyendo la progenie del clan Giovanni, y
eso mismo es lo que pienso hacer.
—No haré
ningún comentario sobre la ejecución de tus responsabilidades —dijo Madeleine
con suficiencia, —pero tengo que recordarte que fui yo la que salvó al señor
McCann esta noche.
El detective
suspiró. Flavia, enfadada por haber sido dejada atrás, estaba buscando una
pelea. Madeleine, que no aguantaba que nadie tratara de amedrentarla, estaba
preparada para dársela. Ninguna de las dos era diplomática; su capacidad de
combate les confería una cierta arrogancia, y no creían en el compromiso. La
retirada les era totalmente ajena.
Las dos
vampiras adoptaron posiciones de combate. Flavia se balanceaba sobre los
talones, con las rodillas ligeramente inclinadas y los brazos extendidos,
paralelos al suelo. Sus manos estaban a la altura de los hombros y tenía los
puños cerrados. La asesina Assamita era capaz de atravesar el acero sólido de
un puñetazo, y la carne y el hueso ofrecían mucha menos resistencia.
Madeleine
esperó, con las manos en las caderas. Tenía los pies ligeramente separados, la
cabeza inclinada a un lado y los ojos tenían un brillo sobrenatural. Era una
experta en las Disciplinas de la Sombra, y tenía el poder de fundirse
instantáneamente con las tinieblas. McCann estaba seguro de que Flavia tenía
fuerza suficiente como para arrancarle a su oponente la cabeza de los hombros,
pero sólo si era capaz de capturarla. Un duelo entre las dos asesinas se
convertiría en una asombrosa demostración destructiva. Sin embargo, ganara
quien ganara McCann sabía que él saldría perdiendo.
—Ey —dijo con
un tono molesto, alzando las manos como protesta y sin hacer esfuerzo alguno
por ocultar su enfado. — Estoy cansado de esta demostración de testosterona. Me
sorprende que las dos creáis que eliminando a la otra yo estaré más seguro.
Madeleine recibió de su sire las mismas órdenes que tú tienes, Flavia. Está
aquí para cuidar de mí.
Su tono se
volvió duro e implacable. —Las dos tenéis que protegerme, no demostrar que sois
las más duras del barrio. ¿O es que habéis olvidado eso? Casi muero esta noche.
¡ No me enfrenté a una, sino a cuatro Muertes Rojas! Puede que eso no os asuste
a vosotras, que sois tan poderosas, pero desde luego a mí me preocupa. Tengo la
curiosa sensación de que éste es el peor momento para dividirnos con estúpidas
disputas.
Flavia lanzó
una mirada al detective. —Maldito seas, McCann —rugió, bajando las manos y
relajando su posición. —Odio comportarme como una estúpida, pero aún más que me
lo restrieguen por la cara.
—Es posible
que yo también me haya extralimitado —respondió suavemente Madeleine Giovanni.
—Su discurso ha sido correcto, señor McCann.
Madeleine se
inclinó educadamente ante Flavia. El detective no podía imaginarse a la
saboteadora Giovanni haciendo reverencias. —Por favor, acepta mis más sinceras
disculpas. Como dije antes, tus habilidades son legendarias entre los nuestros.
Será todo un placer trabajar contigo.
McCann estaba
igualmente seguro de que cuando Madeleine hablaba de los
nuestros no se refería a los Vástagos. Tanto ella como Flavia pertenecían a
un grupo menor y más selecto. Eran los depredadores más letales de una raza de
depredadores, miembros de la élite asesina.
—Acepto tus
disculpas y te presento las mías —dijo Flavia, uniendo sus palmas y sus dedos
hasta formar con las manos una línea recta frente a su rostro. No dijo nada
más. Las disculpas de los Assamitas eran breves y concisas. Que Flavia se
hubiera molestado siquiera era algo digno de mención.
McCann sabía
que la vampira no tenía la costumbre de olvidar una afrenta, ya fuera real o
imaginaria. Pensó en advertir a Madeleine Giovanni, pero al final decidió que
no merecía la pena. Aquella belleza de cabello oscuro parecía perfectamente
capaz de cuidarse sola en cualquier situación.
—Estupendo
—dijo, incapaz de ocultar el sarcasmo de su voz. —Ahora que todos somos amigos,
¿tiene alguien alguna idea sobre qué hacer a continuación?
—Sólo soy tu
guardaespaldas, McCann —respondió Flavia. —Si no me equivoco, las instrucciones
del Príncipe Vargoss decían que tú eres el responsable de tomar las decisiones
importantes. Y creo recordar que insististe en estar al mando...
—Mi sire me
ordenó que le protegiera, señor McCann —añadió Madeleine, con un ligerísimo
toque divertido, —no que pensara por usted.
Se detuvo unos
instantes y después sacudió ligeramente la cabeza. —Y, para ser totalmente
franca, en estos momentos mi consejo no tendría valor alguno. El clan Giovanni
es estrictamente neutral en el conflicto existente entre la Camarilla y el
Sabbat. Honramos un juramento que hicimos hace muchos siglos. Lo único que sé
sobre la Muerte Roja es lo que he oído en las breves conversaciones que he
tenido a lo largo de la semana pasada.
McCann, que
sabía más sobre el clan Giovanni de lo que debería alguien que no hubiera
nacido en la familia, decidió sabiamente no decir nada sobre esa supuesta
neutralidad. Como los otros doce clanes, los Giovanni trataban de lograr un
control absoluto sobre los Vástagos. Un pacto sellado hacía un milenio entre
los Giovanni y el resto de los Condenados les prohibía inmiscuirse en los
conflictos en los que participaran los demás clanes. Sin embargo, como ocurría
con casi todos los principios que gobernaban las intrigas políticas de los
no-muertos, esta regla se rompía cuando era necesario.
Los Giovanni,
poderosos nigromantes además de vampiros, soñaban con controlar los reinos de
los vivos y de los muertos. Ocultos en el Mausoleo, su inmenso cuartel general
en Viena, los antiguos del clan trazaban sus malévolos planes a largo plazo
para lograr el control mundial. El tiempo no significaba nada para los
Condenados, y los Giovanni eran muy, muy pacientes. Se trataba de un rasgo que
compartían con Diré McCann.
—Bien, ya casi
ha amanecido —dijo el detective. —Poco más podemos hacer esta noche. Será mejor
que descansemos y que nos reunamos aquí mañana cuando se ponga el sol.
—Una pregunta
antes de que te marches, McCann —dijo Flavia. —¿Has aprendido algo de la
estúpida aventura de esta noche, o no ha servido para nada?
En el
horizonte el cielo aún estaba enrojecido por el incendio en el Depósito de la
Armada. —En realidad descubrí más de lo que esperaba —dijo el detective. —Hablé
unos momentos con la Muerte Roja en la zona de desfiles, ya que necesitaba algo
de tiempo para poner en marcha sus planes. Como no esperaba que sobreviviera a
nuestro encuentro, el monstruo soltó la lengua más de lo que debería.
Las facciones
de McCann parecían talladas en piedra. —La Muerte Roja me preparó una doble
trampa. Cuando un plan falló cambió inmediatamente al otro. Yo confiaba
demasiado en mis propias habilidades, y he de reconocer que me cogió
desprevenido. Si no hubiera sido por Madeleine, el monstruo hubiera triunfado.
—En vez de la
Muerte Roja solitaria que esperaba —prosiguió, —se presentaron cuatro de esas
criaturas. Todas ellas eran lo suficientemente poderosas como para reducirme a
cenizas con sólo tocarme, pero por suerte mi magia consiguió mantenerlas
alejadas. Fui incapaz de responder, pero la buena defensa demostró ser el mejor
ataque. El uso de la disciplina Cuerpo de Fuego agotó la energía psíquica de
las Muertes Rojas. En pocos minutos se hubieran derrumbado por el esfuerzo.
Cuando se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo abandonaron la ofensiva, se
convirtieron en niebla y desaparecieron. Entonces apareció Makish y activó toda
la Termita que había sembrado en la zona.
—El Assamita
proscrito —gruñó Flavia con una voz totalmente inhumana. —Ayuda a la Muerte
Roja por dinero, aunque tenga que actuar contra su propio clan. La tradición
Assamita le hubiera obligado a abandonar los servicios del monstruo cuando éste
acabó con mi hermana. La Muerte Roja pagará con sangre por Fawn. Igual que
Makish.
El detective
asintió, pero guardó silencio. El clan Assamita disponía de un código de honor
secreto llamado khabar, y ni siquiera McCann
conocía sus tradiciones.
—Las deudas de
sangre deben pagarse —dijo Madeleine. Sus palabras tenían tal convicción que el
detective sospechó que tenía sus propias cuentas que saldar. Sabía que su sire
había muerto en algún conflicto en Europa.
—La Muerte
Roja sueña con liderar a los Vástagos —intervino McCann. —Sabe que el
levantamiento de su letargo de algunos viejos monstruos, terribles horrores
conocidos solo como los Nictuku, es señal de que el Armagedón se acerca. Está
convencido de que este despertar significa que la Tercera Generación, los
Antediluvianos, también se agitan en su reposo y que se alzarán dentro de poco.
Cuando lo hagan, sentirán tal hambre que desearán la sangre de sus
descendientes.
—¿Qué crees,
McCann? —preguntó Flavia.
—No estoy
seguro —respondió. —Sabemos que cuanto más viejo es un vampiro más fuerte es la
sangre que necesita para sobrevivir. Muchos Vástagos de la Cuarta y la Quinta
Generación son incapaces de sostenerse con sangre humana, debiendo alimentarse
de la de otros vampiros, mucho más potente. Las leyendas sugieren que los
Antediluvianos sólo bebían vitae vampírica, y que después de miles de años en
letargo necesitarán ríos para sobrevivir.
—La Gehena
—murmuró Madeleine. —El regreso de la Tercera Generación. ¿Cómo piensa detener
la carnicería la Muerte Roja?
—No me explicó
los detalles —respondió McCann secamente. —El monstruo buscaba mi obediencia
ciega, no mi colaboración. Cuando me negué admitió que no esperaba otra cosa.
Fue entonces cuando atacó.
—Buscó tu
ayuda —dijo Madeleine. —Es muy extraño que un antiguo Vástago pida la ayuda de
un mortal, aunque no se trate más que de una trampa.
—McCann tiene
sus secretitos —rió Flavia. —Es un mortal muy especial. Hasta los vampiros
quieren su ayuda.
—La guerra de
sangre que se está librando en Washington es obra de la Muerte Roja —intervino
precipitadamente McCann. Lo último que deseaba era que Flavia comentara su
teoría sobre su verdadera identidad. —Quiere exacerbar el conflicto entre la
Camarilla y el Sabbat. Por algún extraño motivo parece desear una anarquía
total.
—¿Qué mejor
escenario para hacerse con el poder? —opinó Madeleine. —Destruir lo viejo para
empezar de nuevo.
—No estoy
seguro de que la Muerte Roja quisiera crear un vacío para comenzar desde cero
—dijo McCann. —Dijo que llevaba miles de años planeando, y que el inesperado
alzamiento de los Nictuku le obligó a cambiar sus planes precipitadamente. La
Camarilla y el Sabbat sólo tienen unos siglos de existencia. Creo que comenzó
esta batalla para manipular a las dos organizaciones, no para destruirlas.
—Por lo que he
oído de la Yihad —dijo Flavia observando directamente a McCann, —todo esto
parece algo típico de la Cuarta Generación. Buscan el control, no la
destrucción.
—Eso es
precisamente lo que yo creo —dijo el detective. —Mañana por la noche buscaremos
a los líderes de la Camarilla en Washington y trataremos de explicarles el modo
en el que están siendo utilizados.
—No es tan
fácil como parece —declaró Flavia.—El Sabbat lleva una semana tratando de
cazarlos para acabar con ellos. Si los invasores no son capaces de eliminar
pronto al príncipe de la ciudad y a sus consejeros, la guerra de sangre se
convertirá en un absoluto desastre. Por eso están desesperados. ¿Qué te hace
pensar que tenemos más posibilidades de dar con el Príncipe Vitel que cientos
de vampiros del Sabbat?
McCann sonrió.
—Porque yo tengo ayuda mucho más competente. Con el Ángel Oscuro de los
Vástagos y la Daga de los Giovanni trabajando a mi lado, ¿cómo vamos a fallar?
El detective
estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó. —Basta de discusiones por
hoy. Las dos tenéis que regresar a vuestros refugios antes del amanecer, y yo
me estoy cayendo de sueño. Nos veremos aquí mañana por la noche y planearemos
nuestros pasos.
—Una última
pregunta, señor McCann —dijo Madeleine Giovanni mientras se disponía a marchar.
—Quise preguntarlo antes, pero no tuve ocasión. ¿Quién era la mortal que estaba
a su lado momentos antes de la explosión en la zona de desfiles?
McCann,
sorprendido, lanzó una respuesta sin pensar. —Era una vieja amiga, una muy
vieja amiga y aliada —Recuperó el control de sus pensamientos y trató
rápidamente de cubrir sus huellas. —Era una maga, por supuesto. Como yo. La
Muerte Roja, por algún motivo que no llegó a explicar, la consideraba una
amenaza para sus planes.
—Entonces
lamento no haber sido capaz de salvarla también —dijo Madeleine. —Necesité de
toda mi velocidad para arrojarle hacia el río antes de que la Termita detonara.
Siento que pereciera en la explosión.
McCann,
recordando una repentina distorsión temporal, se encogió de hombros. —A lo
largo de los años he descubierto que, no importan las circunstancias, no es
aconsejable dar a nadie por muerto sin haber visto primero el cadáver. Su
talento para burlar al destino es considerable.
Hizo un
comentario más porque la noche había sido muy dura y porque quería provocar a
Flavia. —Como yo, mi amiga considera que la vida es una gran mascarada.
Es mucho más vieja de lo que aparenta.
CAPÍTULO 2
Washington
D.C.: 23 de mano de 1994
Alicia decidió
que el dinero no podía comprar la felicidad, pero desde luego permitía
alquilarla durante breves plazos.
Por enésima
vez observó los medidores que tenía frente a sus ojos. Todas las lecturas eran
similares. En el exterior de la caja negra en la que descansaba rugía un
infierno de increíble intensidad. Llevaba horas ardiendo, y esperaba que
continuara así durante algunas más. Estaba atrapada dentro del sistema de
soporte vital hasta que al final se calmara.
La cápsula de
salvamento, un invento secreto de la NASA, tenía el tamaño de un ataúd y había
sido diseñada como sistema de emergencia tras varios accidentes fatales en los
primeros días del programa espacial tripulado. Eran capaces de soportar una
explosión atómica y de dirigir la reentrada en la atmósfera, pero nunca habían
sido utilizadas. Tres de ellas habían estado almacenadas en Florida hasta que
las había conseguido mediante un enorme soborno de una de las muchas empresas
de Alicia. Habían sido situadas en localizaciones estratégicas del Depósito de
la Armada en Washington como última línea de defensa contra el diabólico poder
de la Muerte Roja. Era una apuesta muy cara, pero desde luego había merecido la
pena.
Alicia se
sentía frustrada. Había algunos asuntos que exigían su atención inmediata, pero
tendrían que esperar hasta que se hubiera liberado. Tenía suerte de seguir
viva, y lo sabía. La apropiada combinación de poderes vampíricos y tecnología
moderna le había salvado de la terrible destrucción que había asolando el
Depósito hacía unas horas. La Muerte Roja había desplegado sus armas más
potentes contra ella, tratando en dos ocasiones de reducirla a cenizas. Había
fracasado las dos veces.
No tenía
intención de darle una tercera posibilidad. La Muerte Roja le había tomado por
idiota, y ella había permitido que su arrogancia y su sed de poder le cegara a
los planes del monstruo. Sin embargo, ahora se había quitado el velo de los
ojos. La Muerte Roja había iniciado una guerra de sangre y Alicia tenía
intención de terminarla. Iba a acabar con aquella criatura.
Cerró los ojos
y dejó vagar su mente. Sobre todo se preguntaba si Diré McCann había
sobrevivido de algún modo a aquel infierno. No parecía probable. No había
pasado más de una fracción de segundo entre el momento en que comprendió los
planes de la Muerte Roja y la explosión. Su poder para detener el tiempo
durante un instante le había dado la oportunidad de escapar hasta la cápsula de
aislamiento, pero McCann no disponía de tal capacidad.
Sin embargo,
Alicia tenía el vago recuerdo de una sombra recorriendo como el rayo el
Depósito de la Armada, y no era de las que creía en las coincidencias.
Sospechaba que, de algún modo desconocido, el detective había logrado escapar
del fuego. Matar al ser que se hacía llamar Diré McCann, como había descubierto
a lo largo de los siglos, era algo casi imposible. Parecía disponer de un
sorprendente talento para la supervivencia. La Muerte Roja había intentado
destruirlos a ambos con su trampa, y los dos habían infravalorado enormemente
el poder de aquel monstruo. Sin embargo, éste había cometido el mismo error con
ellos.
La idea de que
hubiera cuatro Muertes Rojas acosaba a Alicia mientras pensaba. Ahora tenía que
enfrentarse a cuatro enemigos, posiblemente con más. Si existían cuatro seres
en aquella línea de sangre desconocida, podía haber cinco, seis, doce... Era
una idea bastante desagradable. Al menos uno de ellos era un Matusalén. La
primera Muerte Roja, el vampiro cuyo ataque contra el arzobispo del Sabbat en
Manhattan había incitado el ataque de la secta contra Washington, era miembro
de la Cuarta Generación. Alicia estaba totalmente segura de ello, ya que entre
los Condenados más poderosos los iguales se
reconocían.
Las otras
Muertes Rojas debían pertenecer a las Generaciones Quinta y Sexta. Estaba convencida
de que serían la progenie del Matusalén, sus chiquillos. Eran peligrosos, pero
ninguno de ellos podía rivalizar con su propio poder. Sonrió. Había muy pocos
vampiros en el mundo que fueran sus iguales. Lameth, el Mesías Oscuro, era uno
de ellos; era evidente que la Muerte Roja se consideraba en dicha categoría,
pero estaba dispuesta a demostrarle su error. Destruirle iba a ser todo un
placer.
Bostezó. Las
medidas no habían variado y el infierno en el exterior proseguía. Pasarían
muchas horas antes de que el departamento de bomberos fuera capaz de controlar
las llamas, y hasta entonces estaba atrapada en la cápsula. Ni siquiera sus
poderes sobre el control del tiempo le servían ahora, ya que salir de la
cápsula la expondría a un terrorífico horno. Su espíritu sobreviviría, pero no
su forma física. Aunque antes había estado dispuesta a sacrificar su cuerpo
para matar al monstruo, ya no se sentía tan generosa.
El plan de la
Muerte Roja se había concentrado totalmente en destruir a Alicia Varney, dueña
del inmenso imperio financiero Varney. Si ella moría Anis quedaría despojada
durante décadas de su poder, y eso era exactamente lo que la Muerte Roja
deseaba.
Cerró los
ojos. Pronto amanecería, estaba cansada y necesitaba dormir. Miles de años de
existencia le habían enseñado a ser paciente, y podía esperar a mañana para
encargarse de la Muerte Roja. Segundos después se durmió.
Alicia
soñaba...
—La dama en la
habitación doce quiere una botella de buen vino —dijo Marcus Drum con una
sonrisa lasciva en su feo rostro. —Cariño, ha pedido que seas tú la que se la
lleve. Y me ha pedido que no te demores mucho.
—¿Yo?
—preguntó Alice, mirando a Drum para intentar discernir la verdad entre sus
rasgos retorcidos. —¿Por qué yo?
El anciano rió
de forma desagradable. —¿Tú que crees? — respondió. —Puede que sea de esas a
las que le gusta disfrutar con jóvenes bonitas como tú, mi pequeña. Algunas de
las mejores damas que frecuentan mí establecimiento tienen esas extrañas
inclinaciones. ¿Quién sabe? Mientras esté dispuesta a pagarme por tus servicios
no me importa. Vamos, muévete antes de que se canse de esperar, y llévate dos
vasos. También me lo dijo. Y acuérdate de traerme hasta el último penique que
te dé. Si se te ocurre quedarte con algo te azotaré.
Alice ahogó
una maldición. Drum era un viejo avaricioso hijo de puta al que le gustaba el
látigo. Estaba segura de que, le pagara lo que le pagara aquella mujer, él
diría que no era todo, aprovechando para golpearla hasta dejarla inconsciente.
Alice lo había consentido durante tres años. El idiota no sabía que en realidad
tenía razón, y que era verdad que se había estado quedando con dinero. Permitía
que la pegara, pero no le importaba mientras no le dejara cicatrices. Algún
día, muy pronto, habría ahorrado lo suficiente como para escapar de aquel nido
de ratas y montar su propio negocio. Para el Maestro Drum también tenía planes.
Y para su látigo de cuero.
Alice Hale, de
veintidós años, era una de las mujeres más bellas de todo Londres. Era una
prostituta de cabello oscuro con ojos deslumbrantes y una figura escultural, y
su ambición estaba a la altura de su belleza. Había nacido en las calles y
había empleado su cuerpo (y a veces su cuchillo) para llegar hasta el puesto de
principal chica de servicio en el local El Trago
Amargo. Para ella no era más que otro peldaño en su búsqueda de la fama y la
felicidad. Otras mujeres del Londres del siglo XVIII habían escapado
de las calles y habían llegado a convertirse en miembros de la aristocracia, y
para ello solo hacía falta una cierta habilidad sexual... y muchísimo dinero.
Lo primero ya
lo tenía. El dinero lo estaba acumulando, pero le estaba llevando más de lo que
esperaba. Sabía que su belleza no duraría siempre, pero aún no estaba
desesperada. Sin embargo, la ansiedad estaba ahí.
Aquella noche
esperaba que la dama de gustos poco frecuentes le diera una propina superior a
lo habitual. Ya había hecho el amor con los hombres suficientes como para no
sorprenderse con sus peticiones, pero aunque las demás chicas solían hablar de
los gustos extraños de algunas mujeres ricas, nunca le habían pedido que
estuviera con una dama.
Ligeramente
nerviosa, y sosteniendo una bandeja con dos vasos y una botella del mejor vino
de la taberna, llamó a la puerta. Los dos vasos también le extrañaban, ya que
sus clientes masculinos nunca habían compartido la bebida: no le veían sentido
a desperdiciar un buen vino o una buena cerveza con una chica del servicio.
Esas cosas no se hacían. Sin embargo, Drum insistió en que la dama quería dos
vasos. Todo aquello era bastante extraño.
La puerta se
abrió. Excepto por una vela solitaria, el cuarto estaba completamente a
oscuras. La noble, envuelta en las sombras, se encontraba frente a ella. Alice
se humedeció los labios con la lengua. —Le traigo su vino, señora.
—Ya lo sé,
Alice —dijo la mujer. Su voz era rica y profunda, culta y extrañamente exótica.
Dio un paso hacia el interior. — Por favor, pasa.
Alice obedeció
con suspicacia. Depositó la bandeja con los dos vasos y la botella en la
mesilla. La mujer permaneció en las sombras.
—¿Quiere que
le sirva una copa, señora? —preguntó, tratando de controlar sus emociones.
Odiaba que Drum le tratara como a una baratija, como había hecho aquella noche.
—Para mí no
—respondió la misteriosa mujer. Era alta y vestía bien. Por lo poco que Alice
había podido ver, sus rasgos parecían muy bellos. No debía ser una mujer que
tuviera que pagar a cambio de favores sexuales. La joven pensó preocupada en el
tipo de diversión que Drum le había prometido, y en cuánto habría recibido
aquel viejo cabrón a cambio.
—¿No quiere
vino? —preguntó. —No comprendo.
—No me apetece
vino —dijo. —Por favor, sírvete tú una copa. Bebe tanto como desees.
Alice negó con
la cabeza. —No, muchas gracias, señora. Es demasiado bueno para gente como yo.
La mujer rió.
Su voz era la más sensual que Alice había oído jamás. —No tiene sentido que me
mientas, Alice. Por favor, sírvete. Las buenas cosechas son para disfrutarlas,
especialmente por el precio que el señor Drum me ha cobrado.
Alice evitó un
escalofrío y se sirvió un vaso. Realmente era un buen vino. Marcus Drum tenía
una excelente bodega para sus mecenas adinerados. Al menos, pensó, el vino le
serviría para desquitarse un tanto por lo que sucedería aquella noche.
—Estás
equivocada, Alice —dijo la dama, surgiendo de las sombras para que sus rasgos
quedaran iluminados por la luz de la vela. Era la mujer más impresionante que
la joven hubiera visto nunca, con el cabello negro y largo, los labios del
color de la sangre y un porte aristocrático. Vestía un sencillo traje negro
contra el que su piel parecía blanca como la nieve. Se movía con una gracia
sinuosa que Alice encontraba bastante inquietante. —No he llegado a ningún
trato con el señor Drum. Tu cuerpo no me interesa. Al menos, no del modo que tú
sospechas.
—Sabía mi
nombre—dijo Alice, que nunca había sabido mantener la boca cerrada.
—Conozco tu
nombre, tu lugar de nacimiento, tu historia y tus pensamientos más íntimos
—dijo la dama, sentándose cuidadosamente sobre la enorme cama de plumas. —Tus
padres son Tom y Molly Hale. Eres la última de siete hermanos. Solo cuatro
sobrevivisteis, pero hace años que no los ves. Tu primer contacto sexual fue
con Tom Smith, en el día de Navidad de 1714, cuando ambos contabais trece años.
A lo largo de los diez años posteriores siguieron muchísimos más.
La dama
sonrió. —Quieres coger el látigo del señor Drum y estrangularle con él. La
imagen está bastante clara en tus pensamientos. ¿Hace falta que siga? No tienes
secretos para mí, jovencita.
Alice sacudió
la cabeza aturdida e incrédula. Debería estar asustada, probablemente
aterrorizada por aquellos comentarios, pero no sentía nada, salvo el deseo de
tomar otro vaso de vino.
—Bebe —dijo la
mujer, —y luego siéntate aquí a mi lado. Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—preguntó Alice, recuperando todas sus suspicacias. —¿Qué desea una bella dama
como vos de alguien como yo?
—Más de lo que
puedas imaginar —dijo. La pálida luz de la vela se reflejaba en la blancura
perfecta de sus dientes. —Mi nombre es Anis, y llevo algunos meses observándote
desde la distancia. La reunión de esta noche estaba preparada desde hacía mucho
tiempo. No me gusta tomar decisiones equivocadas, y ahora que te tengo delante
y noto tus sentimientos sé que he elegido bien. Eres ambiciosa, careces de
escrúpulos y eres fuerte. Exactamente como yo.
—No comprendo
—dijo Alice. —¿De qué estáis hablando?
—Un trato,
Alice —respondió Anis. —Estoy hablando de un trato.
—Sois el
diablo —respondió la joven, recordando las historias que había oído de niña.
Sus ojos se estrecharon, como si estuviera tratando de detectar unos cuernos o
una cola. —O uno de sus servidores.
—¿Importaría
que así fuera? —preguntó Anis. —¿Importaría realmente si te ofreciera todo lo
que tu corazón desea?
—Ni por un
solo momento —respondió Alice con honestidad. —No me asusta pasar la eternidad
en el Infierno si eso significa que puedo vivir mis días en la Tierra con
esplendor. Lo que importa es el presente. Ésa es mi verdad.
—Opinas
exactamente igual que yo —dijo Anis. —Pensamos igual. ¿Por qué preocuparse por
el Más Allá? El mundo material está esperando para que lo conquistemos.
La mujer se
inclinó hacia delante con un brillo sobrenatural en la mirada. —No soy el
diablo, Alice, ni uno de sus servidores. Soy una de los Condenados. Soy miembro
de los no-muertos, un vampiro.
—¿Un vampiro?
¿Qué es eso? —preguntó.
Anis lanzó una
carcajada. —Parece que no me tenía que haber preocupado por asustarte. Supongo
que la ignorancia es una bendición. Un vampiro, Alice, es un hombre o una mujer
que muere y que regresa para alimentarse de los vivos. Son criaturas que
subsisten únicamente con sangre humana. Estos seres no-muertos, o Cainitas,
como muchos prefieren llamarse, son inmortales y prácticamente invulnerables.
Pueden ser eliminados mediante la luz del sol o el fuego, o siendo decapitados.
Una caída desde un acantilado suele ser fatal. Eso es todo. Algunos, como yo,
existimos desde hace más de cinco mil años.
Alice sacudió
la cabeza y rió. La potencia del vino le aturdía. —Suplico vuestro perdón, mi
dama, pero a mí no me parece que tengáis cinco mil años. No tenéis ni una
arruga en el rostro. Más bien tenéis veinticinco. Treinta, a lo sumo.
Con una
sonrisa amable, Anis asintió. Inesperadamente, una de sus manos salió disparada
y agarró a Alice por la garganta. Después se levantó sin esfuerzo, alzando
fácilmente a la joven por los aires. La mano le impedía emitir sonido alguno, y
con ojos desesperados trataba sin éxito de liberarse de aquella férrea presa.
Anis abrió la
boca, revelando dos largos colmillos que no podían ser humanos. —Con un solo
mordisco podría dejarte seca — declaró, agitando a Alice como a una muñeca de
trapo. —¿Me crees ahora, Alice, o sigues dudando de mi palabra?
Abriendo la
mano, Anis dejó caer al suelo a la muchacha, que con un gemido se frotó el
cuello donde se le habían clavado aquellas uñas de hierro. Levantó la mirada
hacia la figura que tenía frente a ella. —Os creo —susurró. —Del todo.
—Bien —dijo
Anis, sentándose de nuevo en la cama. —Esperaba que la demostración te
convenciera. La alternativa era... desagradable.
Alice tembló
mientras pensaba en los colmillos. —¿Habríais bebido mi sangre? —preguntó. —¿Me
hubierais asesinado por el único motivo de que conocía vuestro secreto?
—La vida
humana, querida —respondió Anis con un encogimiento de hombros, —es muy barata.
Después de cincuenta siglos los mortales no son para nosotros más que una
sombra. No mato sin un motivo, pues ese es el comportamiento de las bestias. No
obstante, en caso de necesidad no dudo. Recuerda lo que digo, pues es una
lección que deberás aprender y no olvidar jamás.
—¿Qué queréis
de mí, si no es mi sangre? —preguntó Alice mientras se servía un tercer vaso de
vino. Había recuperado por completo la sobriedad. —Hablasteis de un trato.
—Quiero tu
cuerpo, no tu alma —dijo Anis de forma pausada.
—Deseo vivir
de nuevo. A través de ti quiero volver a experimentar los placeres de la carne.
Ansío volver a comer alimentos de verdad, beber vino, hacer el amor
apasionadamente. Como vampiro tales placeres me están vedados, pero con tu
colaboración podré volver a disfrutar de todos ellos.
—¿Cómo?
—preguntó la muchacha.
—Tras miles de
años de existencia —dijo Anis, —mi cuerpo se ha cansado. Gran parte del tiempo,
excepto por breves interludios como esta noche, lo paso en un estado de trance
conocido como letargo. Mi forma física permanece en un profundo sueño, pero mi
mente es libre para vagar donde desee. Una vez se forje un vínculo mental entre
las dos, podré fundir mis pensamientos con los tuyos. Se tratará de una
relación simbiótica que no te hará daño alguno, pero que me permitirá percibir
la realidad a través de tus sentidos humanos.
—Os adueñaréis
de mi cuerpo —dijo Alice asustada. —Reemplazaréis mi alma con la vuestra.
—Nunca
—respondió Anis, negando con la cabeza. —Eso arruinaría mis intenciones. No
quiero que te conviertas en mí. Quiero ser parte de ti, recuperar parte de mi
humanidad. Se producirá un cambio en tu personalidad, no hay duda, ya que mis
objetivos y ambiciones se harán importantes para ti. Además, absorberás gran
parte de mi conocimiento, mi historia y mis poderes. Pero siempre serás Alice,
aunque una más poderosa. Alice y Anis están unidas en una sola entidad.
Llámanos... Alicia.
—Mencionaste
riqueza y poderes —siguió la joven. La mayoría de lo que escuchaba no tenía
ningún sentido para ella, pero no le importaba. Lo que importaba era que estaba
cansada de la pobreza, cansada de tener que luchar para sobrevivir. Quería todo
lo que la vida tenía que ofrecer, y lo quería ahora, no más tarde. E! precio le
daba igual. —¿Cuándo?
—Tan pronto
como quieras —dijo Anis. —Para completar nuestro trato no tienes más que beber
un poco de mi sangre. Unas gotas bastarán. La vitae te transformará en mi
ghoul, y como tal tus poderes físicos y mentales se ampliarán notablemente. Mi
sangre también frenará el proceso de tu envejecimiento hasta casi detenerlo.
Podrás vivir varios siglos. Una vez sellemos el pacto nos ocuparemos de algunos
asuntos pendientes en esta taberna. El señor Drum recogerá la amarga cosecha
que ha sembrado. Quemar este lugar hasta los cimientos con él atado a la cama
será bastante satisfactorio. Tendrás tu venganza, querida Alice, y lo poco que
el señor Drum sabe sobre mí desaparecerá con su desafortunada muerte. Después
regresaremos a mi casa en el campo. Allí te instruiré sobre toda las cosas que
deberás aprender antes de que puedas funcionar como mi alter ego. La pobre
sirvienta debe transformarse en una dama, y ni siquiera mis poderes pueden
conseguir eso de un día para otro —La voz de Anis se hizo seria. —No hay prisa.
Si algo nos sobra, es precisamente tiempo.
—¿Viviré para
siempre? —preguntó Alice. —¿No moriré jamás?
—No puedo
prometerte eso —respondió Anis. —La carne mortal envejece. No es posible
detener el proceso, solo frenarlo. Sin embargo, sobrevivirás a muchas vidas
mortales. Puede que alcances el milenio, o incluso más.
—Suficiente
para mí —dijo Alice. Entonces comprendió. — No soy la primera, ¿no? Dijisteis
que teníais más de cinco mil años. Esta no es la primera vez que hacéis un
trato con una joven —Sonrió, complacida con su descubrimiento. —Estoy en lo
cierto, ¿no es así?
—Eres la
tercera—admitió Anis. —Mi último huésped murió hace una década, y desde
entonces he estado buscando otro. Mis gustos son bastante selectos, ya que
pocas mujeres reúnen los atributos físicos y las capacidades mentales que
deseo. Casi había dado por imposible mi búsqueda... hasta esta noche. —Su voz
se suavizó hasta hacerse casi suplicante. —Ansío los placeres de la vida. Estoy
terriblemente aburrida con la no-muerte. Quiero volver a vivir... En letargo,
mi mente es libre de vagar tanto por el día como por la noche. Quiero volver a
sentir el sol sobre mi piel. Quiero sentirme... cálida. Con tu cooperación,
empleando tus sentidos, podré hacerlo otra vez.
Alice se humedeció
nerviosa los labios. Quería creer que Anis le estaba contando la verdad, pero
estaba asustada, terriblemente asustada de ser engañada. Sospechaba que, una
vez sellado el trato, no hubiera vuelta atrás.
—¿Hay otros
como tú? —preguntó. —¿Otros Cainitas?
—Hay muchos
vampiros —dijo Anis poniéndose en pie con una expresión inescrutable. —Existen
miles de ellos por todo el mundo. Son los amos secretos de la humanidad,
manipulando a las naciones y a las razas para lograr sus propios fines. Pero no
es eso lo que quieres saber, ¿no, Alice? Te preguntas si hay otros que, como
yo, vivan mediante huéspedes humanos. La respuesta a esa pregunta es no.
—¿Por qué no?
—preguntó ansiosa la joven. —¿Qué secretos me estáis ocultando? ¿Están los
demás contentos con su destino, o les asustan demasiado las consecuencias?
—No eres
estúpida, Alice —dijo Anis. —Ésa es una de las muchas razones por las que te he
elegido como compañera. Los Condenados no están ni asustados ni satisfechos. La
mayoría odia su existencia, ya que deben .soportar un eterno conflicto con la
sed de sangre que ruge en su interior. Se la llama la Bestia Interior. Ése es
el motivo por el que muchas uniones entre espíritus Cainitas y humanos están
condenadas a fracasar. Cualquier mortal que se conecte con un vampiro cae en la
demencia, enloquecido por la desoladora sed de su compañero. Sólo uno de los
no-muertos libre de esa maldición oscura puede fundir su personalidad con un
humano...
—¿Qué os hace
tan especial? —preguntó Alice.
Anis sonrió.
—Elegí al amante adecuado.
—N-no
comprendo...
—Existe un
estado especial del ser —dijo Anis, —conocido como Golconda que sólo unos pocos
Cainitas afortunados alcanzan. Normalmente es el resultado de cientos y cientos
de años de rigurosa disciplina mental y una intensa meditación espiritual. Un
vampiro que alcanza la Golconda logra un absoluto dominio sobre su deseo de
sangre. Está en armonía con el universo.
Anis rió. —Por
desgracia, alcanzar la Golconda ha demostrado ser prácticamente imposible para
casi todos los de mi raza. Se dice que el círculo interno de una misteriosa
secta conocida como el Inconnu lo ha conseguido. Otros dicen que la progenie de
Saulot, los Salubri, también lo lograron... pero ya no existen. Como ningún
vampiro admitirá su pertenencia a ninguno de los dos grupos, en mis más de
cinco mil años de existencia aún estoy por conocer a uno de estos seres
increíbles.
—Pero vos lo
conseguisteis —dijo Alice, y no como una pregunta.
Anis asintió.
—Como dije, la diferencia la marcó el amante adecuado. Hace casi seis mil años,
en un fabuloso lugar conocido como la Segunda Ciudad, un brillante vampiro
alquimista y hechicero, Lameth, creó una poción mediante extraños y esotéricos
componentes que inducía artificialmente la Golconda. Sólo había elixir
suficiente para dos. El bebió la mitad y el resto me lo dio a mí.
—¿Qué ocurrió
con Lameth?
—Aún existe
—contestó Anis casi con melancolía. —También pretende ser humano, aunque no sé
si utiliza la misma técnica que yo. A lo largo de los siglos hemos vagado juntos
muchas veces para luego separarnos, unas veces como amantes y otras como
amargos enemigos. Los dos albergamos ambiciones que no pueden compartirse con
otro. Entre los Cainitas es conocido como el Mesías Oscuro, ya que la fórmula
de su elixir ofrecía la salvación para los Condenados. Sin embargo, e igual que
su contrapartida mortal, aún está por regresar.
—Y a ti, Anis
—dijo Alice, sabiendo que había terminado la hora de las preguntas, —¿cómo te
llaman los demás vampiros?
La Cainita
extendió el brazo derecho, llevando su muñeca hasta los labios de Alice. —Yo
soy Anis, Reina de la Noche. Ahora muerde, y bebe. Que comience la mascarada.
CAPÍTULO 3
Rub al-Khali:
24 de marzo de 1994
—Este momento
vivirá eternamente en nuestro pensamiento —declaró Assad ben Wazir con la voz
embriagada por la emoción. Nervioso, se levantó junto a sus cuatro compañeros y
contempló cómo Nassir Akhbar, el experto en explosivos del grupo, preparaba las
cargas adecuadas. Estaba trabajando en un barranco poco profundo a unos doce
metros. En unos minutos, las enormes puertas de piedra que bloqueaban la
entrada al antiguo templo que habían descubierto desaparecerían y podrían
reclamar el tesoro que ocultaban.
Assad estaba
seguro de que él y sus compañeros arqueólogos estaban a punto de obtener unas
riquezas más allá de sus sueños más locos. Las ruinas eran muy antiguas. Habían
sido selladas hacía casi tres mil años, durante el reinado de Salomón el Sabio,
y desde entonces nadie había entrado en ellas. Eran el sueño de cualquier
ladrón de Oriente Medio: un templo lleno de reliquias de los tiempos bíblicos.
Los objetos que se ocultaban en su interior tenían que valer millones, quizá
decenas de millones.
—¿Estás seguro
de que quieres que use toda esta dinamita? — preguntó Nassir mientras
completaba sus preparativos. —La explosión destruirá por completo la barrera, y
las tallas en la piedra están en un estado bastante bueno. Las escrituras han
desaparecido, pero el Sello de Salomón está intacto. Podrían darnos una buena
cantidad por él en un museo.
—Destrúyelo
—dijo Isbn Farouk, el líder del grupo. —Bloquea la única entrada al templo. La
roca pesa toneladas, y nos llevaría varios días moverla, suponiendo que
fuéramos capaces. Ya hemos perdido demasiados días aquí, y nos estamos quedando
sin suministros.
—¿Cómo la
llevaríamos a casa, Nassir? —preguntó Assad, ansioso por explorar el templo.
Toda su vida la había pasado en la miseria, y no podía apartar sus pensamientos
de las riquezas que les aguardaban. —¿A la espalda? No podemos meterla en
ninguno de los jeep.
Nassir puso un
gesto resignado. —Mi trabajo no es ocuparme de esos detalles... pero odio
destruir algo que podría darnos mucho dinero.
—Termina tu
trabajo —dijo Isbn. —Assad tiene razón: la roca no importa. En el primer viaje
sólo tenemos que llevarnos las mejores piezas. Golpea rápido y roba tanto como
sea posible: ése es el modo de encargarse de estas cosas. Cuando el gobierno
Saudí descubra este lugar lo cerrará a todos los empresarios emprendedores como
nosotros...
—Y meterá el
botín en una cuenta en Suiza —añadió Assad. —Perros ladrones.
—Basta de
chácharas —dijo Ivan Burroughs, el único miembro del grupo que no era árabe.
Era el geólogo e ingeniero alemán que, realizando un trabajo de reconocimiento
para una gran compañía petrolera, se había topado con las ruinas hacía ya tres
años. Le había llevado largos meses dar con una banda de ladrones lo
suficientemente desesperados como para acompañarle en aquel viaje. Era un
hombre grande y musculoso, con la cabeza afeitada y ojos pequeños y vacíos.
Siempre tenía prisa. —Llevo mil días esperando para ver lo que hay en ese
maldito agujero. No queda demasiado para el amanecer y aún no hemos entrado.
Vuela esa verdammte piedra.
Isbn frunció
el ceño. Era un musulmán estricto y no era amigo de ese tipo de lenguaje;
estaba prohibido por los seguidores de su religión. Sin embargo, en el caso de
Burroughs había hecho una excepción y no protestó... al menos de momento.
Las ruinas
estaban situadas en la esquina meridional del Rub al-Khali, la "Desolación
Baldía" del desierto de Arabia. Era una de las regiones más inhóspitas del
planeta, y consistía en una vasta llanura arenosa totalmente desprovista de
vida. Las temperaturas alcanzaban los cincuenta y cinco grados durante el día,
y la noche no ofrecía demasiado alivio de la intensidad de aquel calor. No
había agua en varios cientos de kilómetros; en realidad, sólo los locos y los
geólogos se atrevían a desafiar al silencio de aquella "Desolación
Baldía", por lo que gran parte del desierto permanecía sin explorar. Las
ruinas, situadas en una zona tan estéril que ni los escorpiones podían
sobrevivir, habían sido enterradas bajo dunas siempre cambiantes, por lo que
habían sido ignoradas u olvidadas durante todo el milenio. Por supuesto, eso
terminó cuando Burroughs, que conducía por el desierto en busca de depósitos
minerales, notó un pequeño dedo de piedra proyectándose sobre la dunas. Pronto
descubrió que había dado con un enclave perdido del fabuloso Rey Salomón.
—Está listo
—anunció Nassir mientras surgía del barranco lo más rápido que podía. —Diez
segundos, al suelo.
La explosión
sacudió toda la tierra. Por un instante la oscuridad se iluminó con la claridad
del día, pero poco después regresó la luz de la luna y el fulgor de las
linternas. Trabajaban de noche para evitar los insoportables rayos del sol.
—¡ Alabado sea
Alá! —gritó Assad. —¡La piedra ha volado!
Los explosivos
habían hecho su trabajo. La enorme roca que bloqueaba el camino al templo
subterráneo había sido destruida, quedando reducida a un millar de fragmentos.
En su lugar se abría ahora un oscuro corredor que se introducía en las
tinieblas con una pronunciada pendiente.
—Buen trabajo
—dijo Burroughs sonriendo. —¿Bajamos?
—Sí—respondió
Isbn. —Inmediatamente.
Señaló hacia
los sacos de lona pesada que habían traído del campamento. —Coged los sacos y
llenadlos con todo lo que veáis. Hasta la estatua más pequeña puede valer miles
de dólares. No dejéis nada para los chacales del gobierno.
Assad marchaba
tercero por el túnel, tras Isbn y Burroughs. A su espalda estaban Nassir,
Fakosh y Harum. Eran tipos duros, veteranos de cientos de actuaciones ilegales
que habían sido bendecidos con una total falta de imaginación... y de miedo.
El aire del
corredor era seco, y el olor debido al estancamiento era extraño. Los seis
hombres llevaban paños húmedos sobre la boca y la nariz para ayudar a humedecer
el aire que respiraban. Los edificios antiguos eran como sanguijuelas que
absorbían el líquido de sus cuerpos y lo transmitían como una esponja al aire
seco.
—Este lugar es
muy extraño —declaró Harum, el erudito del grupo, después de caminar durante
unos minutos. —No es un templo normal. Estos edificios nunca tenían entradas
tan largas. Incluso los que se encontraban bajo tierra disponían sólo de
pequeños vestíbulos. Además, no hay dibujos ni escrituras sagradas en las
paredes. Debería haber tallas por todas partes. Algo va mal.
—Ja,
estoy de acuerdo —dijo Burroughs. —También me parece muy poco convencional.
Estos túneles se introducen demasiado en la tierra. Ya debemos estar a cinco
metros bajo el lecho del desierto. Me parece que no se trata de un templo: es
una tumba.
—¿Una tumba?
—dijo Isbn sacudiendo la cabeza. —Imposible. ¿Por qué iba el Rey Salomón a
construir un mausoleo en medio del desierto? Lo más probable es que estemos
descendiendo hacia un antiguo almacén. Las ruinas de ahí arriba parecían las de
una guarnición. Quizá esos edificios sirvieran como cuartel general para los
guardias que vigilaban lo que guardaban aquí.
—¡El tesoro de
Salomón! —exclamó Assad excitado. —¿No dicen las leyendas que el rey ocultó
muchas de sus mejores joyas en un lugar secreto?
—Historias de
hadas para niños —declaró Harum con tono escéptico. —Lo más probable es que
aquí hubiera un oasis hace miles de años, y que este lugar sirviera como parada
de una ruta de comercio. Eso tiene mucho más sentido.
—En un momento
descubriremos quién tiene razón —dijo Isbn. —El túnel se ensancha y se abre a
una sala.
Salieron a una
enorme cámara, tan vasta que las linternas apenas alcanzaban las paredes. La
sala era circular y tenía unos quince metros de diámetro. El techo de roca
sólida se encontraba a siete metros de altura y estaba cubierto de extrañas
inscripciones, aun brillantes después de treinta siglos. Símbolos similares
decoraban las paredes y el suelo.
Assad comenzó
a inquietarse al observar los símbolos. Le hacían daño a los ojos. Algo
ocurría, algo malo. No debían ser leídos... ni observados.
—Estas
palabras están malditas —declaró Nassir, tapándose los ojos con una mano. —Me
están provocando mareos.
—No pertenecen
a ningún idioma que conozca —dijo Harum.
—¿A quién le
importan esos verdammte símbolos? —protestó iracundo Ivan
Burroughs. Levantó su enorme brazo y señaló el centro de la estancia. —¿Qué es eso!
El objeto de
su curiosidad tenía dos metros de altura, cinco de longitud y dos de anchura:
era una caja gigantesca, cubierta por una impresionante losa de piedra. El
material era el mismo que el de la puerta que habían tenido que destruir para
acceder al corredor. Era el único objeto de toda la estancia.
—Quizá el
tesoro se encuentre en el interior —dijo Assad, expresando una esperanza que en
realidad no sentía. —Parece un cofre.
—Quizá
—respondió Isbn con voz dubitativa. —Necesitaremos más dinamita para eliminar
la tapa. Debe pesar toneladas.
—No me gusta
este lugar —declaró Harum. Era un hombre práctico y afable, con estudios de
historia. Durante las expediciones solía ser frío y distante. —Creo que
deberíamos marcharnos inmediatamente. Este lugar está maldito.
—El sello de
Salomón está en la puerta —dijo Burroughs murmurando. —Era el amo de los
demonios.
—Pero el
tesoro... —comenzó Assad, sintiendo cómo la fortuna se le escapaba entre los
dedos.
—¡No hay
tesoro, dummkpofl —gritó repentinamente Burroughs. El
rostro del alemán había adoptado una tonalidad rojiza. —¿No lo entiendes? Eso
no es un cofre con tesoros. Es un ataúd. ¡Un gigantesco ataúd de piedra!
—¿U-un ataúd?
—dijo Assad. —Estás loco. ¿Qué criatura es tan grande...?
Nunca terminó
su pregunta. La estancia fue inundada por un terrorífico sonido al tiempo que
la inmensa losa de piedra se desplazaba varios centímetros. Algo en el interior
estaba deslizando la tapa de la tumba.
—¡Mein Gott!
—dijo Burroughs, perdiendo repentinamente el color. —¿Qué demonios puede vivir
durante tres mil años atrapado en una caja de piedra sellada?
—No quiero
averiguarlo —declaró Isbn mientras se retiraba hacia el túnel que conducía
hacia el exterior. —Nassir, ¿tienes dinamita?
—La he dejado
con el resto del equipo —respondió el otro. — Fuera, en los jeep.
—Cuando
llegues arriba, úsala para sellar la entrada del túnel —dijo Isbn.
—Inmediatamente.
La piedra
gimió como protesta mientras la tapa seguía desplazándose. Una inmensa y
monstruosa mano, del color del hueso y con los cinco dedos terminados en uñas
larguísimas, surgió del sarcófago y aferró el borde de la losa de piedra. Miles
de fragmentos de roca explotaron cuando aquellos dedos titánicos se cerraron.
—Alá nos
proteja —exclamó aterrorizado Isbn. —¡Corred si queréis salvar al vida!
Una nube de
polvo se levantó desde la tumba, inundando la cámara. Isbn gritó aterrorizado y
corrió hacia la entrada, seguido por Nassir, Fakosh y Harum. Assad, atónito
ante lo que estaba sucediendo, se quedó clavado en el sitio. A su lado se
encontraba Burroughs, quieto como si estuviera hipnotizado.
—Hemos
liberado al genio de la lámpara —dijo el alemán. —
Cuando
destruimos el sello del Rey Salomón rompimos el conjuro.
—¿Genio? —dijo
Assad con una risotada. —¡Sólo los niños creen en esas tonterías!
—Gott
in Himmel —susurró Burroughs. Una figura se
movió en la nube de polvo, que impedía contemplar el sarcófago. Era una
criatura gigantesca; debía tener dos veces la altura de sus descubridores, y
avanzaba lentamente.
—Azazel —dijo
el alemán. —Es Az...
Una mano
monstruosa surgió repentinamente de la oscuridad, Los dedos enormes se cerraron
alrededor de la cintura de Burroughs, que gritó cuando las uñas, del tamaño de
estacas, se hundieron en su carne. Sin esfuerzo alguno, la criatura a la que
había llamado Azazel lo elevó por los aires. Horrorizado, Assad trastabilló
hacia atrás. Sus pies tropezaron y cayó al suelo. El golpe le hizo perder la
lámpara, que cayó rodando por el suelo. El haz, girando fuera de control,
provocó un caótico calidoscopio de luces y sombras.
Durante un
instante, el monstruo del sarcófago quedó iluminado. Era inmenso y
horripilante, con la forma de un humano pero espantosamente alterado. Tenía una
mandíbula grande y bestial y la boca llena de dientes gigantescos. Sus ojos
ardían como carbones encendidos. De su cráneo lampiño surgían dos cuernos
curvos. En una mano aferraba el cuerpo inmóvil de Ivan Burroughs, con la sangre
surgiendo de las heridas en su costado.
Assad gritó.
La lámpara aterrizó boca abajo, sumiendo la cámara en la oscuridad. Temblando,
se enroscó en el suelo mientras el monstruo rugía en un idioma que no podía
reconocer. La voz de la bestia resonaba a través de la gigantesca estancia como
los golpes de un enorme gong. Assad estaba seguro de que la criatura estaba
intentando interrogar a Burroughs, pero no obtenía respuesta alguna. El alemán
estaba muerto o malherido.
La criatura
volvió a emitir aquellas preguntas y Burroughs permaneció en silencio.
Desesperado, Assad buscó la lámpara en la oscuridad. No daba con ella, pero
tampoco estaba seguro de querer saber lo que estaba ocurriendo. El monstruo se
había callado, inundando el lugar con un terrorífico siseo, casi como si
estuviera chupando. El horrible crujido que siguió hizo que Assad se mordiera
el labio inferior, aterrorizado.
Entonces, con
los pies golpeando el suelo como martillos, la criatura se dirigió hacia el
túnel que conducía a la superficie. Assad tragó saliva sin saber qué hacer a
continuación. Contra todo pronóstico, seguía vivo e ileso. Sin embargo, no
sabía cuánto le duraría la suerte. No quería saber si la criatura se había
marchado o si pensaba regresar. Seguirla a la superficie no parecía una buena
idea, pero quedarse en aquella guarida era una alternativa igual de siniestra.
Después de cinco minutos de búsqueda meticulosa, sus manos tropezaron con la
lámpara. Milagrosamente, aún funcionaba. Con un suspiro de alivio, recorrió el
lugar con el haz luminoso, descansando sobre la pulpa de carne y huesos que
había sido Ivan Burroughs.
Se acercó
cuidadosamente al cadáver y volvió a tragar saliva, reprimiendo las náuseas al
ver la condición del cuello y el pecho del muerto. Le habían arrancado un gran
trozo del cuerpo. Con un gemido de terror, comprendió que no había sangre
visible en la herida. Ni en el suelo. El monstruo había chupado hasta la última
gota.
Tratando de
recuperar el aliento, corrió hacia el túnel. Era mejor ser capturado en el
corredor y morir luchando que esperar el regreso de aquel demonio. Assad sería
un ladrón, pero no un cobarde.
A medio camino
hacia la salida sintió que el suelo comenzaba a agitarse. Dinamita. Recordó las
instrucciones que Isbn había dado a Nassir. Maldiciendo, rezó por que la
explosión no hubiera sellado la entrada hacia el corredor subterráneo,
dejándolo atrapado allí dentro con el monstruo. Desesperado, aceleró el paso.
Entonces oyó los disparos y los gritos de agonía de sus compañeros.
El reflejo de
la luz de la luna en el túnel le convenció de que la entrada permanecía
abierta, pero los terroríficos aullidos detuvieron su marcha. El silencio que
se produjo a continuación era igual de enervante. A unos diez metros de la
entrada se echó cuerpo a tierra y se arrastró el resto del camino.
Miró
cuidadosamente el exterior. No había movimiento alguno. Aunque parecía que
habían pasado horas, llevaba menos de sesenta minutos bajo tierra. Nervioso,
recorrió la zona con la mirada. Sin embargo, al encontrarse en el fondo de un
pequeño barranco no podía ver nada.
Consignando su
alma a Alá, se puso en pie y se quedó quieto, esperando la aparición del
demonio. Después de contar hasta cien, decidió que la criatura ya no se
encontraba en la zona. Escaló a trompicones el barranco y comenzó a buscar a
sus compañeros.
No le costó
demasiado dar con ellos. Sus cuerpos, en una condición similar al de Burroughs,
estaban dispersos alrededor de los dos jeep. Todos ellos habían muerto, con
miradas de sorpresa y terror. Las terribles heridas eran testimonio de la
ferocidad del ataque. Ni una sola gota de su sangre manchaba la arena pura del
desierto.
Ni las balas
ni la dinamita habían conseguido acabar con el monstruo, ni tampoco frenarlo.
Sacudiendo la cabeza angustiado, Assad se preguntó si existía alguna arma capaz
de abatirlo. No tenía intención de descubrir la respuesta. Tras acabar con Isbn
y con los demás, aquella cosa se había alejado hacia el desierto. Sus huellas,
marcadas en la arena, se dirigían hacia el norte. Condujo hacia el sur.
Pensó que las
palabras que había pronunciado anteriormente habían sido correctas. El recuerdo
de aquella noche permanecería para siempre con él.
CAPÍTULO 4
Washington
D.C.: 23 de marzo de 1994
El pequeño
avión aterrizó en la pista oculta a las cuatro de la madrugada. Según los
registros del Departamento de Hacienda de Virginia, el campo era propiedad de
la Corporación Americana del Desarrollo e Investigación del Tabaco. Un edificio
solitario de ladrillo de dos plantas se alzaba en una esquina del terreno,
cerca de una carretera muy poco utilizada. En el estacionamiento junto al
edificio esperaba una limosina negra. Un cartel en la fachada anunciaba que se
trataba de la sede del Instituto de Investigación del Tabaco de los Estados
Unidos. Los papeles en poder del Departamento de Hacienda del Estado de
Virginia explicaban que la corporación, financiada mediante concesiones de las
principales productoras de tabaco, trataba de producir un cigarrillo seguro con
un bajo nivel de alquitrán. En los enormes terrenos se sembraban miles de
plantas de tabaco alteradas genéticamente.
Nadie se había
molestado en declarar que las plantas estaban fijadas a grandes tableros
móviles que se retiraban con sólo pulsar un interruptor, revelando una pista de
aterrizaje totalmente operativa. Tampoco se hablaba de los millones de dólares
que se pagaban cada año en sobornos a los policías de la zona, asegurando que
los vuelos del Instituto no fueran interrumpidos ni investigados. Los empleados
no eran ni científicos ni investigadores, sino matones del Sindicato. Los
terrenos, localizados exactamente a cuarenta y tres kilómetros de la Casa
Blanca, eran uno de los principales puntos de entrada de la droga destinada a
la capital. En ocasiones servía como acceso para los visitantes extranjeros que
preferían no atravesar las aduanas. Aquella noche era el caso.
Tres hombres
se acercaron a la CESSNA mientras los poderosos motores calmaban su rugido. En
cuanto el único ocupante saliera, el avión volvería a despegar, los tableros
regresarían a su posición y la pista de aterrizaje desaparecería, reemplazada
por la plantación de tabaco. Encabezando la delegación estaba Tony "El
Atún" Blanchard, jefe de la Costa Este del Sindicato del Crimen. Era un
hombre grande y robusto de cara roja, y llevaba toda la tarde esperando
nervioso la llegada de aquel pequeño avión. Su traje de Armani de mil dólares
estaba totalmente arrugado. Aunque el aire nocturno era frío, no dejaba de
sudar mientras se acercaba a la puerta del aparato y esperaba a que ésta se
abriera.
A ambos lados
se encontraban sus guardaespaldas, Alvin y Theodore. Los dos eran gigantescos
(medían casi dos metros diez), musculosos y de brazos simiescos. Vestían trajes
grises de corte clásico, camisa blanca y corbatas grises. Aunque la iluminación
del campo de aterrizaje era escasa, los dos llevaban gafas de sol. Eran matones
fríos y despiadados, y exudaban un aire amenazador. Alvin y Theodore no le
tenían miedo a nada, y por eso Tony los había traído con él.
Una figura
oscura salió del avión y bajó hasta la pista. Vestía un pesado abrigo negro,
bufanda blanca y sombrero gris. Sus grandes manos estaban protegidas por
guantes de seda negra. El extraño, bajo y fornido, era de hombros anchos y
cabello oscuro muy corto. Su rostro era muy pálido, la nariz ganchuda y las
cejas estrechas y enarcadas le daban el aspecto de un halcón al acecho. Los
labios blancos eran muy finos, y sus ojos tenían el color del mármol viejo.
Aparentaba cuarenta años, pero Tony Blanchard sabía que era mucho, mucho más
viejo.
—Don Lazzari
—dijo, tratando de mantener un tono tranquilo. Extendió la mano a modo de
saludo. —Es usted puntual.
—Muy puntual,
Tony —respondió Don Lazzari, dándole la mano. Su
apretón era como el acero, y sus dedos eran fríos. —Le dije al piloto que si no
llegábamos con media hora de antelación le arrancaría los genitales.
Don Lazzari
rió con una voz cruel y dura. Tony le imitó, pero más por miedo que por el
comentario. Sabía que aquel hombre hablaba en serio. El Capo de la Mafia nunca
amenazaba en balde.
—Por favor,
sígame —dijo mientras señalaba el edificio del Instituto. —Tenemos que
abandonar la pista para que el avión pueda despegar. Además, dentro estaremos
mucho más cómodos.
—¿Ya ha
llegado todo mi equipaje? —preguntó Don Lazzari mientras entraban.
—Todo en orden
—respondió Tony. —Su ataúd llegó esta tarde y ordené que lo situaran en el
sótano del Instituto. Debido a lo precipitado de su aviso, parecía el lugar más
seguro. He asignado a Alvin y a Theodore, mis guardaespaldas personales, la
tarea de montar guardia hasta mañana. Por la noche, cuando despierte, podremos
mover el ataúd donde usted desee.
—Todo parece
correcto —dijo Don Lazzari, —considerando el poco tiempo del que has dispuesto.
Creo que este lugar me servirá como base para mis asuntos. Buen trabajo, Tony.
—Muchas
gracias, Don Lazzari —dijo Blanchard, suspirando aliviado. —He hecho lo que he
podido. Si hubiera dispuesto de más tiempo...
—Don Caravelli
me envió aquí como respuesta a una noticia del todo inesperada —respondió
Lazzari. —El Capo de Capi suele olvidar que las principales operaciones
necesitan de una adecuada preparación. Espera milagros.
El Don de la
Mafia sonrió, revelando una dentadura amarillenta y lupina. —Por supuesto,
nunca he pronunciado estas palabras. Sólo un idiota se atrevería a criticar a
Don Caravelli, y yo no soy ningún idiota.
—No, Don
Lazzari —dijo apresuradamente Blanchard. Volvía a sudar. —Desde luego, usted no
es ningún idiota.
—Me alegra que
me comprendas, Tony —respondió el otro mientras entraban en el edificio. —Tengo
la sensación de que eres un hombre con un gran futuro. Asumo que eres capaz de
mantener la boca cerrada y los ojos y los oídos abiertos.
—Sí, Don
Lazzari —respondió Tony sacudiendo la cabeza arriba y abajo como una boya. —Sus
deseos son órdenes. Se lo prometo. Se lo juro.
—Bien —dijo el
Don. Se encontraban en la gran sala de reuniones, con una mesa alargada rodeada
por seis sillas. Con un gruñido de satisfacción, Lazzari se sentó en la silla
de cuero negro en la cabecera de la mesa. —Muy bien.
Señaló la
silla que había a su lado. —Siéntate, Tony. Relájate. Tenemos que hablar de
algunos asuntos —dijo mientras sus ojos se estrechaban y sus labios se torcían
en la más leve de las sonrisas. —La petición especial que te hice ayer. La de
la joven, una virgen. ¿Me has encontrado una?
—Sí, Don
Lazzari —respondió Tony con la garganta repentinamente seca. Era un hampón
endurecido que no tenía problemas con los adultos, pero que prefería mantener
alejados a los niños de todos sus asuntos. —Encontramos a una. Mis hombres
raptaron a la chiquilla en la escuela de un convento Está atada en el sótano.
Como ordenó, no hemos utilizado ni sedantes ni drogas. Está despierta.
Don Lazzari
sonrió. —Excelente, Tony. Manda a esos dos gigantes para que me la traigan.
Mientras tanto, tú y yo hablaremos de negocios.
—Como desee,
Don —dijo Tony mientras se volvía hacia sus hombres. —Id a por la chica y
traedla arriba. El Don quiere verla. Rápido.
Sin más
palabras, Alvin y Theodore salieron hacia el sótano. Apenas hablaban, y ninguno
de los dos tenía mucho que decir. Además, no les pagaban para charlar, sino
para cumplir órdenes.
—La sangre de
una virgen —dijo Don Lazzari, —es más dulce que cualquier otra. Mis congéneres
Vástagos me dicen que no hay diferencia alguna, pero carecen de mi paladar
refinado.
—Eh, por
supuesto, Don Lazzari —dijo Blanchard mientras el sudor empapaba su camisa. No
se sentía nada cómodo hablando de sangre humana, especialmente cuando la
víctima era una adolescente sin culpa alguna. —¿Quería hablar de negocios?
—La zorra
Giovanni —dijo Don Lazzari. —¿Han descubierto tus hombres algún rastro de ella?
Blanchard
torció el gesto. —Aún no, pero siguen buscando. Hemos pasado nota por las
calles. Según la información que nos proporcionó su hombre, Darrow, la mujer
viaja en un gran trailer con el símbolo de los Giovanni en el lateral. Es todo
un detalle que anuncie así su presencia. Esperamos dar con el camión de un
momento a otro.
—Cuanto antes
mejor—dijo Don Lazzari. —No puedo arriesgarme a que abandone la ciudad. Las
apuestas están demasiado altas. Aumenta la recompensa si es necesario, a la
Mafia le sobra el dinero. Pagaré de mi bolsillo veinticinco mil dólares al
hombre que dé con el camión.
—¿Veinticinco
de los grandes? —silbó Blanchard. —Es un buen montón de pasta por localizar a
la dama. Don Caravelli debe estar ansioso por ponerle las manos encima.
—Madeleine
Giovanni lleva muchos años siendo una constante molestia —respondió Lazzari.
—El Capo de Capi está deseoso de liberarse de ella. Ha ofrecido una inmensa
suma por su eliminación, y he venido aquí para supervisar personalmente la
operación.
—¿No dijo Don
Caravelli algo sobre que la tal Madeleine no era una pieza fácil?—preguntó
Blanchard. Junto a otros tres jefes del Sindicato acababa de regresar de una
visita al jefe supremo de la Mafia. No había sido un viaje nada agradable. —Nos
dijo que había eliminado a seis asesinos que había enviado contra ella.
—No hay duda
de que esa puta tiene garras —dijo Don
Lazzari, —pero
no es invencible, ni invulnerable. En cuanto esté seguro de que está en la
ciudad lanzaré el mensaje especial que he traído de Sicilia. Don Caravelli ha
ofrecido el control de toda la rama estadounidense de nuestra operación al
Cainita que destruya a Madeleine Giovanni. La recompensa hará que todos los
vampiros de la ciudad salgan a cazarla. Ni siquiera ella podrá enfrentarse a
tal marea.
—Suena
prometedor —dijo Tony. —Nadie es tan duro.
—Si diera con
ella —siguió Lazzari, con la mirada inundada por el fuego, —la clavaría al
suelo con una decena de puñales. Me aseguraría de que no se moviera ni un
milímetro. Después la vería luchar hasta que el sol se alzara y fundiera su
carne, arrancándosela de los huesos y convirtiéndola en polvo.
El vampiro se
detuvo, como si estuviera saboreando sus pensamientos. —Grabaría cada momento
para poderla ver morir miles de veces, y cada vez que pusiera la cinta reiría y
reiría.
Blanchard
tragó saliva, sintiéndose molesto. El sonido de pasos le recordó que estaban a
punto de suceder cosas peores, mucho peores.
Alvin y
Theodore volvieron a la habitación. Entre ellos, y con un pañuelo en la boca
para que no pudiera gritar, había una chica de unos catorce años. Medía poco
más de uno sesenta y era de una delgadez extrema. Llevaba el pelo castaño
recogido en coletas. Vestía uniforme de colegio, con calcetines blancos y
sencillos zapatos negros. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y los ojos
mostraban su terror. Tenía buenos motivos para estar asustada.
Don Lazzari la
observó. Sus miradas se encontraron y, por un momento, la joven dejó de luchar,
hipnotizada por los ojos del vampiro. Lazzari rió entre dientes. —Perfecto
—declaró. —Exactamente lo que quería. Nunca ha conocido el tacto de un varón.
—Tratamos de
agradarle, Don Lazzari —dijo Tony Blanchard,
luchando para no vomitar. El deseo impío presente en la voz del Capo le
provocaba nauseas. —¿Quiere que... que le dejemos solo con la chica?
El Capo
sacudió la cabeza. —No. Gran parte del placer procede de la emoción de la
persecución. Quiero que dejéis marchar a la chica.
—¿Dejarla ir?
—preguntó Blanchard. —No seré yo el que dude de su buen juicio, Don Lazzari,
pero si la niña llega hasta la autopista y consigue ayuda, toda la operación se
pondría en grave peligro.
—No temas
—dijo Lazzari riendo. —Acepto toda la responsabilidad por lo que pueda pasar.
Quitadle el pañuelo, tengo que hablar con ella. Es importante que comprenda lo
que está a punto de suceder.
Alvin dejó
libre la boca de la muchacha. —¿Quién es? —preguntó con voz aterrorizada. —¿Qué
quiere de mí?
El Capo se
puso en pie. —Me llamo Don Nicko Lazzari. Soy
un vampiro —Sonrió, estirando sus labios para mostrar dos largos colmillos. —Me
alimento de sangre humana caliente. Tú, niña, eres mi presa.
—¿Por qué yo?
—preguntó la muchacha mientras las lágrimas caían por sus mejillas. —No le he
hecho nada malo. Nunca he hecho daño a nadie... —El llanto se había convertido
en un torrente. —¿Por qué yo?
Don Lazzari se
encogió de hombros. —Estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado.
El nuestro es un mundo de tinieblas en el que no existe la justicia. La vida y
la muerte son accidentes de un destino que no se preocupa por nosotros, que no
tiene significado ni propósito.
El vampiro se
detuvo, como si estuviera reflexionando. —Sin embargo, no soy irrazonable en mi
búsqueda de placer. Te ofrezco una oportunidad de sobrevivir. Eres joven y
fuerte, y tu cuerpo está sano. Puedes correr. Si consigues eludirme lo
suficiente como para llegar hasta la autopista, te prometo que te dejaré
marchar.
—¿Por qué
tendría que creerle? —dijo la niña entre sollozos. —Dígame por qué tengo que
creerle.
El vampiro
mostró una desagradable sonrisa. —No me importa que me creas, ya que no tienes
opción: corre o muere. — Hizo un gesto a los dos guardaespaldas. —Llevadla
fuera. Me aburre tanta cháchara.
Alvin y
Theodore observaron a Tony Blanchard, ya que era él el que les pagaba, no Don
Lazzari. Totalmente pálido, sabiendo que estaba sentenciando a muerte a la
chica, asintió y entró en las filas de los condenados.
—¿En qué
dirección se encuentra la autopista? —preguntó Don Lazzari cuando se
encontraban en la entrada del edificio. La oscuridad era absoluta, y aún
quedaban unas horas antes del amanecer. La única luz provenía de la luna.
—Está a un
kilómetro y medio, hacia el este —respondió Tony señalando el camino de tierra
que pasaba cerca del Instituto. —Eso si se sigue el camino. Atravesando el
bosque está aún más cerca.
—Un kilómetro
y medio —le dijo Don Lazzari a la joven. — Una carrera de seis o siete minutos
para una chica de tu edad. ¿Estás lista? Te daré cinco minutos de ventaja. Ni
un segundo más, ni un segundo menos.
El vampiro
observó a Blanchard. —Tienes reloj. En cuanto comience a correr pon en marcha
tu cronómetro. Tendrá el tiempo prometido. Mi palabra es sagrada.
—Por favor
—suplicó la chica, primero a Blanchard, luego a Alvin y por último a Theodore.
—No dejen que me mate. Ustedes pueden detener esta cosa horrible. Por favor...
Ninguno de
ellos dijo palabra alguna. Gimiendo, la chica se volvió hacia la carretera.
—Oh, Dios mío, sálvame, por favor.
Don Lazzari
lanzó una risotada, un ruido cruel en el que no había la menor sombra de
piedad. —Tu dios no puede ayudarte ahora, y yo no tengo tiempo que perder.
Corre, niña, corre.
La chica
obedeció. Salió disparada como una flecha y corrió por la carretera de tierra
que llevaba hasta la autopista. Era rápida, mucho más de lo que Blanchard
hubiera imaginado. Observó nervioso su reloj. Había pasado menos de un minuto y
la muchacha ya no estaba a la vista.
—Se mueve bien
—dijo Don Lazzari con los ojos brillando por la emoción.
—Eso me agrada. La pobre idiota cree que puede escapar. Las que cazo en Europa
se resignan hasta tal punto a su destino que ni siquiera simulan intentarlo.
Les falta mordente. Su falta de entusiasmo le quita toda la gracia a la
persecución.
—Dos minutos
—dijo Tony. —La chica es condenadamente rápida, Don Lazzari.
Podría llegar hasta la autopista en cinco minutos. Como dije antes, si llega
hasta la policía puede poner en peligro todo esto.
El vampiro
hizo un gesto con la mano. —Le di mi palabra a la niña, Tony, y me niego a
romperla en ninguna circunstancia. Tiene su oportunidad. Eso es lo que hace
emocionante la caza. ¿Conseguirá escapar de mis garras? ¿Sobrevivirá a esta
noche? No es probable, a pesar de su velocidad. Como muchos otros miembros de
mi raza, soy muy, muy rápido.
—Cuatro
minutos —dijo Blanchard. —¿Quiere que le sostenga el abrigo, o algo? La niña
tiene que estar llegando a la autopista. Puede que sea necesario un esfuerzo
mayor de lo esperado.
Lazzari
sacudió la cabeza. Giró suavemente sobre sus talones hasta encararse en la
dirección hacia la que había partido su presa. —Nadie se me escapa, Tony
—declaró sombrío. —Nadie se me resiste.
El hampón
tragó saliva, comprendiendo que no sólo estaba hablando de la chica en los
bosques. La amenaza implícita era evidente: cruzarse en el camino del Capo no
era la mejor de las ideas.
—Cinco...
—comenzó Blanchard, para detenerse cuando el líder mafioso se desvaneció
literalmente, moviéndose más rápido de lo que el ojo podía captar. —..
.minutos.
Menos de diez
segundos después, el horrible grito de una chica rasgó el silencio de la noche.
El aullido fue breve, pero permaneció en la cabeza de Tony el resto de la
noche, igual que la terrible verdad de lo que había hecho. Don Lazzari era un
monstruo malvado y depravado, una criatura de pasiones inhumanas. Colaborando
con él, Tony no era mejor.
CAPÍTULO 5
Washington
D.C.: 23 de marzo de 1994
—Es un fuego
espectacular, ¿no cree? —dijo la mujer. Era corpulenta, de edad avanzada y
cabello plateado. —El mejor que he visto en mucho tiempo.
—Toda una
conflagración —respondió el hombre de piel caoba que había junto a ella. Era
bajo y delgado, con el cabello negro y la dentadura blanca. Observaba las
llamas con una intensidad peculiar. Era uno de los treinta espectadores que se
habían reunido cerca de la entrada del Depósito de la Armada para contemplar
aquel infierno. —Es una obra maestra de la destrucción. La creación de un
auténtico artista.
—¿Le gustan
los incendios? —preguntó la mujer mientras se limpiaba el sudor de la frente.
Aunque se encontraban a dos manzanas de las llamas, el calor era muy intenso.
No se molestó en esperar a que el extraño contestara. —A mí me encantan los
grandes. Cuanto mayores sean, mejor.
—Un incendio
bien realizado es una obra de arte —respondió el hombre de tez oscura. Su tono
era educado y su dicción perfecta. —Las cosas bellas siempre son motivo de
gozo.
—Tengo una
emisora conectada con la policía en mi furgoneta —dijo la mujer en voz baja,
como si estuviera susurrando un secreto. Echó un vistazo al resto de la
multitud, pero nadie le estaba prestando atención. —Y tengo otra en casa. Las
tengo siempre sintonizadas en la frecuencia de emergencias, y así puedo llegar
a los incendios cuando aún están en marcha.
Su voz se hizo
aún más baja. —A veces llego a tiempo de oír gritar a las víctimas, antes de
que el humo y las llamas les cierren la boca. Ya sabe a quién me refiero... A
esas mierdecitas ahí atrapadas, los que no pueden escapar.
—Ah, comprendo
—dijo el hombre. —Habla de los pobres desafortunados atrapados en las llamas.
Es una tragedia que mueran antes de que llegue la ayuda.
—Sí —respondió
la mujer con la mirada encendida. —Es tooooda una pena. Pensar en su piel
chamuscada y crujiente, el olor de la carne quemada... me produce escalofríos
—No pudo refrenar la risa. —Ratas crujientes, los llamo yo.
—Una
desagradable comparación —dijo el hombre sonriendo, —aunque debo confesar que
es precisa. Es usted una crítica muy perspicaz.
—El verano es
la mejor temporada para los incendios —prosiguió la mujer. —Todas las noches
hay montones de ellos, más de los que los bomberos pueden atender. Los provocan
los chicos. Parece que les gusta quemar cosas, pero no puedo culpar a esos
cabroncetes. Yo misma he sentido la tentación una o dos veces. Ya sabe, sólo
para ver cómo podría ser.
—Pero nunca lo
hizo, por supuesto —dijo el hombre. —Eso sería un delito.
—No he dicho
que lo hiciera —respondió la mujer con una sonrisa astuta, —pero tampoco lo he
negado. No sé si me sigue.
—Se rodea de
compañía de lo más interesante, señor Makish. —La voz surgió de la oscuridad
tras la pareja. Se trataba de una figura alta y enjuta vestida con una
gabardina oscura, Un gran sombrero cubría gran parte de sus rasgos. No parecía
molesto por el calor. —La mujer parece realmente intrigante.
—Sabe apreciar
un fuego cuidadosamente elaborado —respondió tranquilamente Makish. Miró por
encima de su hombro, como si quisiera confirmar la identidad del recién
llegado. —Se trata de un don que muy pocos comparten.
Se inclinó a
la altura de la cintura. —Ha sido un placer hablar con usted esta noche,
honorable señora. Espero que podamos continuar nuestra conversación en un
futuro incendio.
—Ya sabe dónde
encontrarme —respondió la mujer cacareando de forma insoportable. —Si se
produce un buen fuego no me lo perderé. Me llaman Francine la Luciérnaga.
—Buenas
noches, señora Francine —dijo Makish. —Tengo la seguridad de que volveremos a
encontrarnos.
Luego se
volvió hacia la Muerte Roja. —Asumo que has venido a hablar de los resultados
de nuestra reciente transacción. Por eso me he quedado por el barrio.
¿Paseamos?
—Tú primero
—dijo la Muerte Roja. Hizo un gesto hacia las calles desiertas que se alejaban
del Depósito. Las casas, viejas y oscuras, estaban abandonadas. —No creo que
debamos preocuparnos por ninguna interrupción.
—Los
habitantes de la zona la abandonaron poco después del comienzo del fuego —dijo
Makish. —Un rumor sin confirmar, pero bastante creíble, señala que un viejo
cargamento de explosivos almacenado en el Depósito estalló, provocando el
fuego. La gente, por supuesto, pensó que era posible que se produjeran más
explosiones y evacuó sus hogares a toda velocidad.
La Muerte Roja
rió entre dientes. Se trataba de un sonido seco y carente de emoción alguna.
—Los bomberos parecen no querer combatir el infierno, porque no se han
presentado. Me temo que carezcan de la dedicación que corresponde a los
verdaderos servidores públicos.
—Una
lamentable pero astuta observación —dijo Makish. — Creo que están dejando que
el fuego se extinga por su cuenta. Es un procedimiento común en estos tiempos
turbulentos. El jefe de bomberos dice carecer del equipo y del personal
necesario para encargarse del desastre. Es difícil encontrar buenos ayudantes.
—Muy cierto
—dijo la Muerte Roja. Su voz se tornó súbitamente dura. —Tú, por ejemplo, no
lograste esta noche tus objetivos. Se suponía que el fuego debía matar a Diré
McCann y a Alicia Varney, pero no ha sido así. Los dos han sobrevivido. Me
juraste que no había modo posible de escapar de la trampa. Pagué tu tarifa y a
cambio esperaba resultados... y no los he visto.
—Protesto
—dijo Makish, educada pero firmemente. Su voz tenía un tono duro e implacable.
A los asesinos Assamitas no les gustaba que se les acusara de fracasar. —Te
guardaste información importante sobre mis víctimas. Cumplí con las
obligaciones al límite de mis habilidades.
Observó a su
alrededor, como si estuviera buscando a otras figuras en la oscuridad. —Me
dijiste que McCann y Varney eran mortales, y no tenía razón alguna para
sospechar lo contrario. Durante la pelea que tuvieron contigo y tus discípulos
los dos exhibieron poderes que van mucho más allá de los de un humano
ordinario. Tras tu retirada, esos mismos poderes les salvaron de mi magnífico
fuego.
—Puede que
haya infravalorado sus habilidades —respondió la Muerte Roja. —Me
sorprendieron.
—Eso es
evidente —dijo Makish educadamente. —¿Dónde están los tres sosias que te
ayudaron en el ataque, si se me puede permitir preguntarlo?
—¿Temes que
puedan tenderte una emboscada? —preguntó la Muerte Roja en tono burlón. —No
tienes que preocuparte, no te culpo del desastre. Además, el uso del Cuerpo de
Fuego requiere de tremendas cantidades de energía. Tras nuestro encuentro con
McCann y Varney, ninguno somos capaces de emplear esa Disciplina de nuevo
durante varias horas. Mis chiquillos han regresado a otras responsabilidades,
marchándose de Washington hace varias horas. Estamos solos.
—Me alivia que
aceptes este contratiempo con tan buen talante —dijo Makish. —Es una actitud
muy madura.
La Muerte Roja
volvió a reír, pero no parecía complacido. — Uno aprende a tener paciencia
después de algunos miles de años. Cometí un gran error, ya que dejé que mi ego
dominara a mi buen juicio. No volverá a suceder.
—Un hombre
sabio aprende más de sus fracasos que de sus triunfos —dijo Makish solemne.
—Traté de
eliminar a McCann y a Varney empleando métodos directos —siguió la Muerte Roja.
—Fue una completa estupidez por mi parte. Al intentar superarlos por la fuerza,
revelé más sobre mis ambiciones y sobre mí mismo de lo que sería prudente.
—La mirada al
pasado siempre es la más clara —comentó Makish. —A menudo es posible rectificar
los errores. Esas decisiones son las que mantienen ocupados a los asesinos como
yo — El Assamita vaciló, pero después siguió hablando. —Aún no comprendo cómo
esos dos humanos pueden controlar fuerzas de tal magnitud. ¿Podrías
explicármelo, por favor?
—Diré McCann
asegura ser un mago de la tradición Eutánatos —respondió la Muerte Roja.
—Alicia Varney dice ser ghoul de un importante líder del Sabbat. Sin embargo,
eso no es más que un modo de explicar a los demás sus sorprendentes
habilidades. Los dos tienen un gran cuidado en no demostrar nunca el verdadero
alcance de las mismas.
—Un ghoul y un
mago no hubieran podido detenerte esta noche, ni hubieran podido escapar a mi
trampa.
—Los dos están
poseídos —dijo la Muerte Roja. —Son marionetas controladas por dos Cainitas
legendarios. Sus cáscaras mortales no hacen más que ocultar la inteligencia
vampírica que tira de los hilos. Sus poderes no son más que un mero reflejo de
los de aquellos que les controlan.
—Casi me da
miedo preguntar la identidad de esta pareja — dijo Makish. —Sin embargo,
siempre es mejor enfrentarse a la verdad que sospechar lo peor.
—Diré McCann
es el agente humano de Lameth, el Mesías Oscuro. Alicia Varney es la marioneta
de Anis, Reina de la Noche.
Makish abrió
la boca para responder, pero después la cerró.
Permaneció en
silencio durante varios minutos. Al final encontró su voz.
—Me temía algo
parecido, pero esperaba estar equivocado. Son oponentes formidables, y sospecho
que también enemigos implacables. Es posible que ya sepan quién preparó la
trampa en el Depósito de la Armada. Si hay algo cierto, es que ya no hay vuelta
atrás para mí. Mis servicios están a tu disposición. ¿Puedo suponer que ya
tienes planeado un nuevo curso de acción para enfrentarte a este contratiempo?
—Se hacía
necesaria una ligera modificación de mi programa —dijo la Muerte Roja. —Revisé
los detalles en cuanto descubrí que nuestra presa había conseguido escapar. El
plan se desarrollará tal y como estaba previsto.
—Estoy
totalmente seguro de que ahora esperarán problemas —dijo Makish. —Ése es el
verdadero problema.
—No creo
—respondió la Muerte Roja. —Su atención está centrada en mí. Los dos quieren
encontrarme, así que desapareceré. Me quedaré quieto y dejaré que los demás
trabajen para mí.
—Estoy
confuso, señor —dijo Makish. —¿Me lo podrías explicar?
—A medida que
en las próximas noches se desarrollen los acontecimientos comprenderás mejor.
Una estocada mortal es lo más eficaz, pero un golpe demoledor es igualmente
útil.
La Muerte Roja
hizo una pausa. —Mientras tanto, tengo nuevas instrucciones. Deberían
representar un reto para ti, como asesino y como artista.
—¿De qué se
trata? —preguntó Makish. —Estoy ansioso por demostrar mi valía después de los
desafortunados incidentes de esta noche. Estaría dispuesto incluso a rebajar
mis tarifas.
—Qué generoso
—dijo sarcástica la Muerte Roja. —No, no sufrirás esa agonía. Te pagaré
lo que convenimos por el trabajo, ya que vale cada dólar. Quiero que mates a
una compatriota Assamita.
Makish frunció
el ceño. —Temía que dijeras eso. Normalmente no es posible aceptar tales
contratos, pero desde que abandoné a mi clan, hace tiempo que no me preocupan
sus reglas de conducta. Por tanto aceptaré, aunque no sin cierto pesar.
—No esperaba
menos —dijo la Muerte Roja. —Mis planes proceden a demasiada velocidad como
para encargarme de todos los cabos sueltos. La mascota del Príncipe Vargoss, el
Ángel Oscuro, ha jurado destruirme en venganza por haber matado a su hermana.
Es una enemiga peligrosa por diversas razones. Quiero que la elimines, y cuanto
antes mejor.
—Me ocuparé de
ella mañana —dijo Makish. —Es una luchadora mortal, pero yo soy mejor. Además,
a este Ángel Oscuro le ciegan sus pasiones. Un asesino debe carecer de
emociones. Su sed de venganza será su perdición. Dentro de veinticuatro horas
se unirá a su hermana en el Infierno.
CAPÍTULO 6
Washington
D.C.: 23 de marzo de 1994
Madeleine
insistió en escoltar a McCann hasta la suite del Hotel Watergate. Flavia
también.
—Ni se os
ocurra —protestó el detective. Estaban discutiendo en la calle, frente a la
entrada del famoso hotel. —Pensad en la atención que íbamos a llamar. Ninguna
de vosotras va vestida para pasar precisamente desapercibida. El personal
creerá que me he subido a dos prostitutas a la habitación.
—Tonterías
—dijo Madeleine, dispuesta a no ceder ni un milímetro. No le habían hecho
gracia los comentarios de McCann. — No suelo ser confundida con una mujer de
virtud disoluta.
—Habla por ti,
cariño —dijo Flavia estirándose y tensando su traje de cuero blanco sobre sus
pechos. —Este vestuario levanta siempre las peores suspicacias. Por supuesto,
prefiero fomentar esa impresión. Suele ser útil que te consideren una puta
barata.
La cara de
Madeleine se torció, preocupada. Observó a Flavia y luego miró su propio
leotardo negro. —Supongo que llamaríamos la atención —declaró después de unos
instantes. —Pero me niego a dejarle regresar a su habitación sin comprobar
antes que no haya enemigos esperando.
—Estoy de
acuerdo —dijo Flavia. —¿Qué mejor momento para un ataque de la Muerte Roja que
inmediatamente después de un intento fallido? Tu reputación no me interesa,
McCann. Tu vida sí.
Llegaron a un
acuerdo. El detective entraría solo en el hotel, y Madeleine y Flavia le
seguirían un minuto después. Las esperaría en el ascensor y les prometió
mantener las puertas abiertas hasta que llegaran. Después subirían juntos hasta
la suite. A las cinco de la mañana no era probable que nadie se quejara por el
retraso.
Por desgracia,
todos olvidaron al detective del hotel, que cayó sobre Madeleine y Flavia antes
de que pudieran cruzar el vestíbulo. Era un hombre pequeño con cara de rata,
piel morena, dientes amarillos y pequeños ojos negros, sucios como su traje.
—¿Van a algún
lado, señoritas'! —preguntó mostrando la tarjeta de
identificación del hotel. Su voz parecía más cansada que sarcástica. —A estas
horas de la noche sólo se permite entrar a los huéspedes. El restaurante está
cerrado. Lo siento.
—Maldición
—dijo Flavia. —Esperaba poder echarme algo a la boca.
—Estoy seguro
—dijo el detective. —No es por ofender, chicas, pero este hotel es un lugar
elegante. El Hojo está al otro lado de la calle, y no aceptamos
"vendedoras" puerta a puerta, así que perdeos.
—No somos
prostitutas —dijo Madeleine iracunda. —Me ofenden sus acusaciones.
—Vaya, pues
qué lástima —respondió el hombre con una sonrisa ladeada. —Muy joven para el ramo,
¿no, hermana? También te falta algo de chicha... —Se encogió de hombros.
—Supongo que a algunos tipos raros les gustan las mujeres que parecen hombres.
Madeleine
torció el gesto, molesta con la actitud de aquel hombrecillo. Sus comentarios
eran muy desagradables, pero acabar con él en el pasillo crearía un revuelo que
no sería fácil de explicar a McCann. Decidió con disgusto que no merecía la
pena.
—Vaya, vaya
—dijo Flavia, acercándose al detective y palmeándole la mejilla. —Teníamos que
habernos dado cuenta. Estamos registradas en el hotel. ¿No es cierto, Maddy?
—Sí, por
supuesto—respondió Madeleine, que no estaba acostumbrada a que nadie utilizara
con ella diminutivo alguno, y mucho menos Maddy.
—Oh, dijo el
hombre parpadeando. —Es cierto. Me he confundido. Debo haber estado soñando...
Les presento mis disculpas por este inconveniente, no pretendía crear ningún
problema.
El detective
sacudió la cabeza y se alejó de ellas, totalmente avergonzado. —Vaya
gilipollas... Por favor, no digan nada de esto al director, ¿de acuerdo? Debo
haber tomado demasiadas cervezas esta noche.
—No hay
problema—dijo Flavia. —Dejaremos que sea nuestro pequeño secreto. Buenas
noches.
—Buenas noches
—respondió el hombre. —Mis disculpas de nuevo por la equivocación.
Las dos
mujeres se apresuraron hacia el ascensor. McCann aún las esperaba con expresión
impaciente. —¿Os habéis parado a comprar caramelos? —preguntó mientras pulsaba
el botón de la quinta planta.
—Un pequeño
desacuerdo con la autoridad local —dijo Flavia. —Su mente era débil. Alterar
sus pensamientos no fue difícil.
—Ese estúpido
es la vergüenza de su profesión —comentó Madeleine con más pasión de la que
quería mostrar. —Merecía que lo asaran a fuego lento.
—Creyó que
Maddy era una prostituta adolescente —dijo Flavia con expresión divertida.
—Calmé un poco las cosas antes de que le hiciera pedazos.
—Tengo un
control absoluto sobre mi temperamento —declaró acalorada Madeleine, sabiendo
que ni McCann ni Flavia creían una sola palabra. Con un tono más calmado,
prosiguió. —Simplemente me desagradaba la falta de respeto que demostraba hacia
las mujeres.
—Una vampira
feminista —sonrió McCann. —Qué interesante...
El ascensor se
detuvo en su planta. —Ya hemos llegado — dijo el detective cuando las puertas
se abrieron. —¿Ya estáis convencidas de que estoy a salvo, o queréis registrar
también mi habitación?
—No siento
presencias hostiles en la zona —dijo Madeleine. —Sin embargo, para estar
segura...
—...revisaremos
las habitaciones —terminó Flavia. —Más vale prevenir que curar, McCann.
Sonriendo, el
detective observó cómo registraban toda la suite de arriba abajo. El lugar
estaba vacío, y parecía que nadie había entrado desde que se marchara al
anochecer. Los cierres en las ventanas blindadas, comunes en la capital,
estaban echados. La puerta también parecía intacta.
—Siento
poderosos conjuros en la suite —dijo Madeleine cuando terminaron su visita.
—¿Suyos?
—Míos
—respondió el detective. —Son bastante eficaces. Dudo que ni siquiera la Muerte
Roja pudiera atravesarlos sin despertarme. —Sonrió. —Tengo el sueño muy ligero.
Es improbable que nadie me coja desprevenido.
Frunció el
ceño, ya que sus palabras revivieron un recuerdo cercano.
—¿Ocurre algo?
—preguntó Madeleine.
—Sólo estaba
recordando a un visitante inesperado —respondió mientras sacudía la cabeza,
como si quisiera deshacerse de aquel pensamiento. —Nada de lo que preocuparse.
Ahora marchaos para que pueda descansar un poco.
A pesar de sus
palabras, McCann seguía preocupado cuando las condujo hacia la salida. Las dos
mujeres esperaron hasta que oyeron cómo cerraba con llave y echaba la cadena,
bajando luego en el ascensor hasta la planta baja.
—¿Qué ha
ocurrido ahí arriba? —preguntó Madeleine mientras recorrían el vestíbulo. No
alcanzaron a ver al detective con cara de rata.
—Ni idea
—respondió Flavia. —McCann me dice lo que le apetece. Como dije en nuestro
primer encuentro, es el humano más interesante que he conocido nunca.
—Lo recuerdo
—dijo Madeleine. La conversación había tenido lugar poco antes de la
medianoche, pero parecía que había sido hacía una eternidad. —También dijiste
que era el más peligroso.
Estaban en la
calle, solas en la acera. Flavia asintió. Sin previo aviso, su mano derecha
salió disparada hacia delante, con los dedos extendidos como una cuchilla. El
golpe mortal ascendió hacia el centro del pecho de Madeleine.
Nunca llegó a
su destino. La Giovanni reaccionó instantáneamente. Sus manos se juntaron,
atrapando los dedos de Flavia entre sus palmas. Normalmente hubiera respondido
inmediatamente con un barrido o un golpe con el hombro, pero prefirió esperar a
que el Ángel Oscuro explicara sus acciones.
—Hace unos
días ataqué a Diré McCann de este modo exacto —dijo Flavia. —Atrapó mi mano en
el aire y fui incapaz de liberarme.
—Imposible
—dijo Madeleine mientras las dos se relajaban. —Ningún humano puede igualar los
reflejos de los Vástagos, ni superar nuestra fuerza.
Flavia sonrió.
—Exacto. McCann dijo que no era nada especial y decidí no seguir con la
discusión.
—Ya veo porqué
lo encuentras tan... fascinante —dijo Madeleine. El sonido de un gran camión
bajando por la Avenida Virginia terminó la conversación.
El vehículo se
detuvo frente al hotel con el chirrido de sus potentes frenos. Se trataba de un
camión de dieciséis ruedas pintado de negro, plateado y rojo; en el lateral
podían verse claramente las letras "MG". —Mi autobús —dijo Madeleine
sonriendo. —¿Quieres que te acerque a algún sitio?
—¿MG? —dijo
Flavia mientras observaba asombrada el enorme vehículo. —Bastante ostentoso,
¿no crees? ¿Y quién demonios conduce esta cosa? Parece que en la cabina hay
varios niños.
—MG es por
Mishkoff Granary —respondió Madeleine. —Es una pequeña pero popular destilería
que distribuye por todo el país, de modo que el camión no llama la atención
demasiado, vaya donde vaya. Esa es la principal razón por la que la familia
compró el negocio hace unos años. El interior está especialmente diseñado para
los Vástagos.
—Ey, señorita
Madeleine —La voz era claramente la de un muchacho muy joven. —¿Nos piramos?
Dentro de nada saldrá el sol, y ya sabemos lo que pasa...
—¿Quién es
ese? —preguntó Flavia. Un adolescente con cara de niño, de unos trece o catorce
años, había bajado la ventana del camión y las observaba con unos transparentes
ojos azules. —¿Estás loca?
—Ey, ¿quién es
la nena de blanco? —preguntó el chico, sin mostrar miedo o timidez alguna hacia
Flavia. —Lahostia...
Madeleine se
encogió de hombros. —Me encontré con los tres en Louisville. Son chicos de la
calle que intentaban robar mi camión. Después de reducirlos, les hice una
oferta que no pudieron rechazar.
—¿Servirte o
morir? —preguntó Flavia.
—Básicamente
—respondió Madeleine con una sonrisa. — Aunque añadí un buen sueldo para
asegurarme su entusiasmo.
—Ay la leche,
vaya tía... —dijo un segundo muchacho mirando por encima del hombro del
primero. —Bonito traje.
—Júnior es el
de la bocaza y el lenguaje soez —explicó Madeleine. —El y Sam, el otro, tienen
catorce años. Pablo tiene dieciséis. Le dejo conducir. —Hizo un gesto con la
mano. —Bajad, chicos, y os presentaré a la señorita.
La puerta del
camión se abrió y los tres jóvenes bajaron a la acera. Se situaron alrededor de
Flavia, haciendo todo tipo de comentarios. La Assamita no daba crédito a lo que
estaba sucediendo.
—¿Te gusta
este ganado? —preguntó, atónita. —Son tus... mascotas.
—Mis aliados
—corrigió Madeleine con una sonrisa.
Tenía que
admitir que podía comprender la confusión de Flavia. Utilizar a adolescentes no
era parte de su procedimiento de actuación normal. No estaba muy segura de
porqué había reclutado a aquellos chicos como sus ayudantes. Su sire hubiera
tachado la decisión de estupidez, pero no estaba dispuesta a abandonarlos a su
cruel destino.
Sus historias
sobre los abusos y malos tratos a los que habían sido sometidos habían calado
muy profundo en su interior. Aunque era una vampira, parte de ella conservaba
la humanidad.
—La señorita
Flavia y yo estamos trabajando juntas —dijo. — Supongo que la veréis bastante.
—Otra nena
vampira —dijo Sam. —Moooola...
—¿Eres una tía
dura como la señorita Madeleine? —preguntó Pablo con curiosidad. —¿O te limitas
a matar a los tíos con ese cuerpazo?
Flavia rió
entre dientes. Aquel sonido, grave y sensual, tenía una extraña cualidad
inhumana. Involuntariamente, los tres chicos dieron un paso atrás, como si
hubieran comprendido al mismo tiempo cuál era la verdadera naturaleza de la
Assamita.
—Los niños son
para verlos —ronroneó, —no para escucharlos.
—Mi boca es
una tumba —dijo Sam.
—Eso —añadió
Pablo.
—Qué cono, la
mía igual... —terminó Júnior mirando a Madeleine. —Queda poco para el
amanecer...
—Lo sé —dijo
Madeleine. Observó a Flavia. —¿Te dejamos en algún sitio?
—No, gracias
—respondió. —Mi refugio está cerca, pero agradezco la oferta.
Los ojos
negros de la Assamita se clavaron directamente en los de Madeleine. —Nos vemos
mañana. Mientras tanto, te dejo dos cosas para que pienses sobre ellas.
Señaló a los
tres chicos. —Primero, los niños son una carga peligrosa. Estamos metidos en
asuntos letales. Cualquier compromiso emocional con ellos puede conducirnos al
desastre.
Madeleine
asintió. Aunque sólo hacía unos días que los conocía, se había encariñado con
ellos. Casi toda su vida había sido una solitaria, y echaba de menos alguna
compañía, aunque fuera la de unos niños.
—No fallaré a
mi sire —dijo. —Soy una Giovanni.
—Bien
—respondió Flavia. —Espero que nunca lo olvides. Segundo. Eres Madeleine
Giovanni, la Daga. Tu clan ha estado tratando con magos desde hace más de
quinientos años. Estáis más familiarizados con las Tradiciones que el resto de
los Vástagos. Los hechizos que McCann utiliza para proteger su lugar de reposo
no son los de un Eutánatos.
—No los
reconocí —admitió Madeleine, —pero las urdimbres eran complejas y muy, muy
poderosas. Esos conjuros eran antiguos... más antiguos que mi clan.
—Sin embargo
—siguió Flavia, —McCann los dispuso con facilidad, y con la ayuda de otro
mortal se enfrentó a la Muerte Roja y a su progenie, cuatro poderosos vampiros,
alcanzando un empate.
—Sirvo a los
deseos de mi clan —dijo inquieta Madeleine. — Estoy aquí por orden directa de
mi sire.
—Ése es mi
tercer punto —dijo Flavia. —Diré McCann, mago o no, es ganado. Es un simple
mortal, pero fuiste enviada hasta América para protegerle. ¿Por qué? ¿Qué hace
que Diré McCann sea tan precioso para los antiguos del clan Giovanni? ¿Por qué
les preocupa su seguridad?
Madeleine no
tenía respuesta alguna.
CAPÍTULO 7
París,
Francia: 24 de marzo de 1994
—Venga, entra
—dijo Marie riendo. Cuidando de no ejercer toda su fuerza, empujó a su joven
amante hacia el gran vestíbulo de la mansión. —Dijo la araña a la mosca.
—Eres
demasiado bonita para ser una araña, amor mío —dijo Maurice, observando su
cuerpo perfecto con ojos llenos de deseo. Él era alto, guapo y de piel oscura,
el estereotipo del caballero seductor. Y estaba borracho como una cuba.
—Me
infravaloras —dijo Marie, girando sobre sus pies. Como una delicada bruma
oscura, su chal casi transparente giró alrededor de su cuerpo. También llevaba
un vestido de terciopelo negro extremadamente corto que se ceñía a sus curvas
como un guante. Las medias estaban decoradas con rosas, conjuntando con la que
tenía pintada en la mejilla derecha. Su cabello era largo y oscuro, y se
enroscaba alrededor de sus hombros como una gigantesca serpiente. Los labios
eran de color rojo brillante. —La viuda negra es a la vez bella y mortal. Ama a
su víctima hasta la muerte.
—Tú no eres
una viuda negra —dijo Maurice sujetándola por los hombros. La atrajo hacia sí y
su boca cubrió la de la mujer con un abrazo apasionado. Las manos descendieron
hacia sus grandes pechos. Tomó impaciente el borde del vestido y tiró hacia
abajo, mostrando los pezones. —Tus labios son fríos como el hielo, pero
enseguida te los calentaré.
—Es por el
aire de la noche —dijo Marie mientras se alejaba de su última conquista. No
hizo esfuerzo alguno por arreglarse el vestido. Un poco más de provocación
nunca hacía daño, pensó. Maurice era joven, fuerte y estaba lleno de vida.
Primero le dejaría hacerle el amor. Después, cuando su energía y su lujuria se
hubieran agotado, le robaría toda su sangre, rica y cálida.
—¿Quieres algo
de beber? —preguntó mientras tocaba una campana para llamar al servicio. —Un
vaso de vino, quizá.
—Vino está
bien —respondió Maurice. Su rostro estaba enrojecido y tenía la mirada fija en
aquellos pezones rojos. —Eres tan joven... tan bella... Tienes unos pechos
increíbles. Quiero hundir mi cara entre tanta belleza...
—Tendrás
tiempo de sobra para examinarlos con detenimiento —dijo Marie con una sonrisa.
—De hecho, creo que insistiré en ello.
El joven rió
con un sonido áspero que contrastaba con la voz de terciopelo de la mujer.
Marie no pudo evitar encogerse. A pesar de su buen aspecto y de sus ropas
caras, Maurice era un típico pueblerino que había venido a la gran ciudad a
hacer fortuna. Todos los años llegaban a París cientos de aventureros como él
en busca de riqueza y notoriedad. Casi todos terminaban como camareros en
alguno de los muchos restaurantes de la ciudad. Otros, como Maurice, se
convertían en gigolós de clase alta que atendían los excesos sexuales más
exóticos y depravados de los ricos. Prácticamente nadie notaría su
desaparición.
Marie lo había
descubierto en la fiesta del amigo de un amigo de un amigo. Como miembro de las
clases privilegiadas de París, la mujer acudía a muchos de estos
acontecimientos. Maurice había llegado a la galería como escolta de una bruja
reseca con demasiado dinero y demasiado poco gusto por la cultura. Librarse de
la vieja no había sido un gran problema, ya que Marie era experta en disponer
de cualquiera que se interpusiera en el camino de sus deseos. Lograr la
atención de Maurice había sido aún más fácil. Un destello de un muslo desnudo,
un susurro apasionado y la visión de la limosina Rolls-Royce era todo lo que
había necesitado para conseguir que le acompañara a su mansión, en el barrio
Marais.
—¿Dónde está
esa chica? —preguntó Marie en voz alta. Volvió a tocar la campanilla. —Yvette,
ven aquí. Ahora.
Nadie
respondió y Marie frunció el ceño. La mansión estaba silenciosa... Demasiado
silenciosa. Yvette debía haber acudido inmediatamente. La chica, uno de sus
ghouls, sabía que no era recomendable hacer esperar a su señora. No había
excusa para su ausencia.
—¿Ocurre algo,
cariño? —preguntó Maurice mientras se balanceaba de un lado a otro. Estaba muy
borracho. —No te preocupes, te protegeré.
—Estoy segura
de que no hay nada de qué preocuparse — respondió Marie, dirigiéndose hacia el
teléfono en una mesilla cercana. — Pero voy a llamar a Emile, por si acaso.
Emile era su
conductor, y tenía su habitación en el garaje. Como Yvette, era un ghoul que
llevaba décadas a su servicio. Había sido veterano de la Segunda Guerra Mundial
y podía ser mortal en una pelea. Si había algún problema en la mansión, Emile
podría encargarse.
La línea
estaba cortada.
Marie frunció
el ceño. La conclusión era evidente. Un grupo de ladrones había entrado en su
casa para robar algunos de sus fabulosos tesoros. Sospechaba que ya era
demasiado tarde para preocuparse por la suerte de Yvette. Aunque lo más
probable era que los ladrones se hubieran marchado hacía horas, Marie sabía que
era mejor ser precavida.
—Creo que lo
mejor es que salgamos de aquí inmediatamente —le dijo a Maurice, aferrando su
brazo derecho. El hombre se sorprendió en su estupor alcohólico por la fuerza
de sus dedos. — Estamos en peligro, No discutas y no intentes hacerte el héroe.
Y permanece callado.
Juntos, se
giraron hacia la puerta, pero Marie contuvo el aliento sorprendida. Allí había
un hombre, un hombre enorme, a quien inmediatamente percibió como un vampiro. Estaba
vestido con unos pantalones descoloridos y una camiseta negra. Tenía los brazos
cruzados sobre el pecho y ocupaba toda la puerta. Su sonrisa era cruel.
—¿Pensaba en ir a algún sitio, milady?
—Apártate de
mi camino, cerdo —ordenó Marie, invocando toda la fuerza de su voluntad. Ningún
hombre y muy pocos Vástagos eran capaces de desobedecer sus órdenes directas.
El vampiro la observó con atención y luego rió. No se movió ni un milímetro.
—¿Q-qué está
pasando? —preguntó Maurice, totalmente confundido. No parecía ser consciente
del peligro. —¿Quién es ese payaso de la puerta? Dile que se vaya. Quiero
quedarme a solas contigo.
—Me temo que
tus deseos no nos importan, mon ami —dijo una voz suave a su
espalda.
Marie giró
sobre sus talones, comenzando a asustarse. Se trataba de un hombre bajo y
delgado, con un bigote fino y ojos nerviosos. Vestía de modo similar a su
compañero... y también era un vampiro.
—¿Quiénes
sois? —exigió Marie, —¿Qué estáis haciendo en mi casa?
—Me llamo Le
Clair —respondió el hombre pequeño, —pero eso carece de importancia. Yo soy el
que hace las preguntas. Tú te limitarás a responder.
—Otro
gilipollas —declaró Maurice, beligerante. Levantó los puños. —No se le habla
así a las señoras. Te voy a enseñar modales, enano...
—Estate
quieto, Maurice —dijo Marie. —Los caballeros son ladrones. Lo único que quieren
es saber dónde guardo las joyas. Déjame atenderles para que puedan marcharse.
—No me asustan
—replicó Maurice balanceándose. Sus labios se torcieron en una mueca burlona.
—Dos paletos... Sus acentos les delatan. Ése es de Marsella, típica escoria
marinera. Hijo de una puta barata, diría yo.
—Mi madre era
una honrada contrabandista —respondió fríamente Le Clair. —Lloró amargamente
por su único hijo, que murió en la guerra.
—Guerra —dijo
Maurice. —¿Qué guerra?
—La Guerra que
terminaría todas las Guerras —respondió Le Clair. Miró por encima del hombro de
Maurice al gigante que esperaba en la puerta. —Me he cansado de las tonterías
de este humano. Baptiste, mátalo.
—Como desees,
Le Clair —murmuró el otro.
Para alguien
de su tamaño, Baptiste se movía a una velocidad cegadora. Dio dos pasos hacia
delante y atrapó con su mano izquierda al sorprendido Maurice por la nuca.
Levantó el brazo, alzando del suelo al joven. Sin esfuerzo alguno, el gigante
aplastó la cara de Maurice contra la pared más cercana. El yeso saltó por la
fuerza del golpe.
La sangre
comenzó a manar en cuanto los huesos se hicieron pedazos. El gigoló aullaba de
dolor, e ignorando los gritos Baptiste le golpeó una segunda vez contra la
pared. Y una tercera, y una cuarta. Cuando Maurice dejó de gritar, su sangre lo
empapaba todo.
—Matar humanos
no es divertido —dijo el gigante, soltando a su presa. Se quedó inmóvil.
—Apenas merece la pena el esfuerzo.
Sonriendo, el
enorme vampiro descargó el pie contra la cabeza del gigoló. El cráneo explotó,
salpicando toda la estancia de huesos, sangre y masa cerebral. —Me encanta
hacer eso —declaró. —Divertido y asqueroso.
—Soy la
favorita del Príncipe de París, Francois Villon —dijo Marie temblando. —Si me
hacéis daño os hará pagar.
—Una idea
aterradora —dijo un tercer vampiro que apareció a la espalda de Le Clair. Era
un hombre de aspecto agradable con un aire relajado y casual. Casi parecía
humano, salvo por sus ojos rojos, que ardían con el fuego de la locura. En sus
manos sostenía las cabezas de Yvette y Emile, pero de éstas no caía sangre
alguna. Les habían dejado secos. —Prometemos portarnos bien.
Le Clair rió.
—Es cierto, los tres somos almas gentiles. No pretendemos hacer daño a nadie.
Todo lo que queremos es algo de información.
—¿Información?
—repitió Marie, consciente de que el gigante, Baptiste, estaba muy cerca de
ella. —¿Qué clase de información? ¿Por qué habéis acudido a mí?
—Porque,
madame —dijo el tercer vampiro arrojando de forma despreocupada las cabezas de
sus dos ghouls a sus pies, —se dice de ti que eres la reina de los rumores
entre los Vástagos de París. En el poco tiempo que llevamos en la ciudad hemos
descubierto que, si hay algún secreto, tú eres la que tiene las respuestas.
—¿Yo, rumores?
—dijo Marie indignada. —Yo no me dedico a esas cosas. Soy una artista.
—Todos los
miembros del clan Toreador aseguran ser artistas —dijo Le Clair. —Muy bien.
Personalmente, opino que el arte es una mierda. Una pérdida de tiempo.
Marie sonrió
socarrona. —Señor, tiene usted el alma de un cerdo.
Le Clair
devolvió el gesto. —Y usted, señorita, está pisando en terreno muy peligroso.
Hay otros en la ciudad que nos pueden proporcionar la misma información. Sigue
insultándome si te atreves.
Marie
comprendió lo precario de su situación. Sus poderes no servían de nada
enfrentada a tres Vástagos de fuerza similar. Estaba a merced de aquellos
monstruos; ella lo sabía y ellos también. —¿Qué queréis saber? Preguntad y
responderé en la medida de lo posible... con una condición.
—¿Una
condición? —dijo Le Clair. —Me hace gracia que te atrevas a negociar con
nosotros. No estás en posición de exigir nada.
—Lamento
disentir —dijo Marie. —Queréis hechos. Los tengo. Nadie sabe más sobre esta
ciudad que yo. Nadie. Destruidme y podéis estar eliminando vuestra única
oportunidad de saber lo que queréis. ¿Tengo razón?
—Eres más
lista de lo que pareces, no hay duda —respondió Le Clair, observando a su
atractivo compañero. —¿Qué opinas, Jean Paul?
—Haz un trato
con la puta —dijo. —Tenemos prisa.
—Siempre
tenemos prisa —señaló Le Clair. —Es una mala costumbre. —Se volvió hacia Marie.
—¿Cuál es tu precio?
—Mi vida, por
supuesto —respondió. Señaló al cuerpo de Maurice y las dos cabezas en el suelo.
—Me he acostumbrado a la vida eterna. Los sirvientes pueden reemplazarse, igual
que los amantes. No son más que ganado. Júrame que no me haréis daño y os diré
todo lo que queráis.
Le Clair hizo
un gesto con la mano. —A cambio, queremos tu juramento de que no revelarás
nuestra presencia en la ciudad a nadie en una semana. Para entonces ya nos
habremos marchado o habremos sido destruidos, dependiendo de las
circunstancias.
—Prometo no
decir palabra —respondió Marie tratando de parecer sincera. En aquel momento
estaba dispuesta a jurar cualquier cosa por conservar la vida. Las promesas no
significaban nada para ella. En cuanto los tres se marcharan pretendía llamar
al Príncipe de París e informarle de todo lo que había sucedido. — Lo juro por
el honor de mi sire.
—El honor de
tu sire —repitió Le Clair. —Ése es un poderoso juramento. Yo también lo juro.
Por el honor de mi sire, no serás dañada.
Marie señaló
al vampiro llamado Jean Paul. —Él también debería jurar. Y el gigante.
—Lo juro —dijo
Jean Paul. —Por el sagrado honor de mi sire, no te haré daño.
—Y yo —añadió
Baptiste. —Lo mismo que han dicho los otros.
—Preguntad,
pues —dijo Marie. —Responderé a todo lo que sepa y después os marcharéis.
—Estamos
buscando a un antiguo Nosferatu conocido como Phantomas —dijo Le Clair. —Se nos
ha dicho que vive en catacumbas en lo más profundo de las calles de París.
Dinos cómo podemos encontrarlo.
—¿Phantomas?
—respondió la mujer riendo. —Debéis estar bromeando. No es más que un personaje
de las revistas. No hay ningún vampiro así en esta ciudad.
—Nuestra presa
no es ningún personaje —siguió Le Clair. — Estoy convencido de ello.
Concéntrate. Actúa como si tu existencia dependiera de tu respuesta —sonrió el
hombre. —Es así.
—¿Catacumbas
bajo las calles? —repitió Marie esforzándose. Sacudió la cabeza. —París no es
Roma. Aquí no hay túneles así.
Entonces,
repentinamente, el pensamiento de Roma despertó un recuerdo casi olvidado.
—Quizá... solo quizá, podéis referiros a los túneles romanos que hay en
Montparnasse... Algunas historias aseguran que forman parte de una red mucho
mayor que recorre toda la ciudad.
—¿Dónde se
encuentran exactamente esas catacumbas romanas? —preguntó Le Clair.
—La entrada
principal se encuentra en Denfert-Roucereau, cerca del monasterio de
Montparnasse —dijo Marie. —Las recuerdo bien. Hace muchos años, antes de que
fuera Abrazada, visité el lugar con mis padres. Fue terrorífico. Durante el
siglo XVIII las
cuevas estaban llenas con los restos de millones de esqueletos desplazados de
los osarios de la ciudad. Cubrían el suelo como si se tratara de una alfombra
de huesos. Mi madre llamaba a aquel lugar las Puertas del Infierno.
Jean Paul
asintió. —Me suena bien.
—A mí también
—dijo Le Clair, inclinándose ante Marie. — Muchas gracias por la información,
madame. Nos has sido de gran ayuda. Gracias por tu colaboración.
Hizo un gesto
a Baptiste. —Destrúyela. Si quieres puedes beberte su sangre.
Marie gritó
cuando el gigante le aferró la garganta. —¡Lo prometisteis! —aulló. —¡Hicisteis
un juramento!
—Mentimos
—respondió Le Clair.
CAPÍTULO 8
París,
Francia: 24 de marzo de 1994
Phantomas
estudió atentamente la pantalla del ordenador. Todas las noticias del día,
transmitidas por más de una decena de redes secretas de inteligencia, eran
malas. Esa era la tónica general desde la primera aparición de la Muerte Roja.
Phantomas sospechaba que las cosas aún tenían que empeorar antes de remontar el
vuelo... si es que lo remontaban alguna vez.
Una enorme
rata gris se arrastró sobre el monitor, pero la ignoró. Toda su guarida estaba
llena de ellas. Le gustaban las ratas. Era un ser solitario que disfrutaba de
la pequeña compañía que le proporcionaban los roedores. Cuando estaba rodeado
por aquellos animales se sentía menos angustiado. No le pedían nada, y a cambio
él tampoco exigía nada de ellas. Se trataba de un pacto mutuamente
satisfactorio.
Al menos las
ratas no se asustaban por su aspecto. Con su enorme nariz, sus ojos saltones de
color rojo y su boca llena de dientes amarillos, Phantomas definía la absoluta
fealdad. Todos los miembros del clan vampírico de los Nosferatu eran
físicamente horrendos, pero Phantomas era bastante peor que la media. Sin
embargo, a pesar de lo grotesco de sus facciones, en realidad era un alma
amable que sólo quería que le dejaran en paz con sus ratas y sus ordenadores
mientras se dedicaba a su gran proyecto. Era esta empresa, estaba convencido,
la que le había ganado la enemistad del monstruoso vampiro conocido como la
Muerte Roja. También esperaba que el mismo proyecto le permitiera, de algún
modo, derrotar los planes del monstruo.
Era realista.
Comprendía los deseos y pasiones de los Condenados mejor que la mayoría de los
suyos. Durante casi mil años había estado trabajando en la creación de una
inmensa enciclopedia que detallara la historia de la raza Cainita. Contenía
biografías exhaustivas de los principales vampiros que habían existido. O, al
menos, de todos aquellos cuya existencia había logrado verificar a lo largo de
sus estudios. Su tabla genealógica vinculaba a los vampiros por su clan y su
sire, y era la más completa que se hubiera realizado nunca sobre los Vástagos.
La obra, aunque distaba de estar completa, contenía más información sobre los
Condenados que cualquier otra fuente del mundo. Y por eso, de algún modo, su
existencia amenazaba a la Muerte Roja.
Cansado,
Phantomas hizo aparecer en su monitor verde toda la información que había
conseguido acumular sobre la misteriosa criatura. No era mucho, ya que ninguna
de sus fuentes habituales le había proporcionado nada útil. Tanto la Camarilla
como el Sabbat creían que el monstruo trabajaba para la secta rival, pero
Phantomas sospechaba que no pertenecía a ninguna de las dos. La Muerte Roja no
trabajaba para más causa que la suya.
Historias sin
confirmar describían al monstruo atacando a los Vástagos en doce lugares
distintos en diversos continentes. Un elemento común de todos los relatos era
la utilización de un fuego infernal para reducir a sus víctimas a cenizas.
Desde luego, no se trataba de exageraciones. El propio Phantomas había visto
los restos calcinados de varios vampiros en el Louvre hacía una semana. Sólo su
inmediata reacción al peligro le había salvado de un destino similar.
En el mismo
edificio, unas noches después, había descubierto que la Muerte Roja era un
Matusalén, un vampiro de la Cuarta Generación con más de cinco mil años de
edad. En el antiguo Egipto, el monstruo había sido conocido como Seker, uno de
los Señores del Inframundo. Por desgracia, no había ninguna criatura así
mencionada en su enciclopedia.
Phantomas murmuró
frustrado. Cada uno de los trece clanes vampíricos poseía determinadas fuerzas
y debilidades, únicas para su línea de sangre específica. Si lograba descubrir
al sire de Seker, y por tanto conocer el clan al que pertenecía, también
descubriría sus vulnerabilidades. Estaba convencido de que esa era la razón por
la que la criatura quería destruirlos a él y a su enciclopedia. La Muerte Roja
era extremadamente poderosa, pero no indestructible. Ningún vampiro lo era.
Con un siseo
de enfado, cambió a otro asunto. Sus dedos retorcidos volaron sobre el teclado
a asombrosa velocidad. Era un buscador obsesivo de conocimientos, el pirata
informático definitivo. Ninguna red del mundo estaba segura de su intrusión.
Antes o después descubriría el secreto que la Muerte Roja estaba intentando
ocultar de forma desesperada. Todo lo que necesitaba era tiempo.
Contemplando
la nueva información que aparecía en su monitor, Phantomas se preguntó si el
tiempo sería más precioso de lo que había imaginado. Cosas extrañas estaban
sucediendo por todo el mundo. Las evidencias que veía en la pantalla señalaban
a una única conclusión posible: los Nictuku se estaban alzando.
Al contrario
que muchos Nosferatu más jóvenes, Phantomas sabía que los Nictuku eran algo más
que viejas leyendas sin ninguna base real. Los monstruos existían,
supuestamente en letargo y ocultos por todo el mundo. Ahora, según los
crípticos informes reunidos de diferentes fuentes, varios de ellos parecían
haber despertado.
Cómo habían
surgido era un misterio para los clanes vampíricos. Sin embargo, al trabajar
con cientos de mitos y leyendas reunidos a lo largo de milenios, Phantomas
había sido capaz de reconstruir la probable historia de su origen y su
propósito. No estaba totalmente seguro de la veracidad de sus conclusiones (ya
que en gran parte se basaban en leyendas transmitidas durante miles de años de
sires a chiquillos), pero estaba seguro de que la información de su
enciclopedia era la más precisa posible.
Hubo un tiempo
en los primeros días de los Vástagos en el que los Nosferatu no eran monstruos
horribles. El fundador de su clan, Absimiliard, era el más apuesto de los trece
Antediluvianos... y el más vanidoso. De algún modo (las leyendas no precisan
claramente su pecado) insultó a Caín, el Tercer Humano y padre de toda la raza
Cainita. Rápido en su ira y terrible en su poder, Caín maldijo a Absimiliard y
a toda su progenie. Aquella noche, los miembros del clan en todo el mundo se
convirtieron en monstruos grotescos. Peor aún, esta maldición se extendía a
toda su descendencia. Cualquier humano abrazado por un Nosferatu, no importaba
su aspecto físico, se retorcía inmediatamente y adoptaba su deforme semblante
vampírico. Todo el clan se convirtió en una colección de horrores, tan temibles
que decidieron vivir ocultos o habitar sólo en las vastas cavernas bajo la
tierra.
La visión de
sus propios rasgos enloqueció a Absimiliard. En su demencia, llegó a la
conclusión de que el único modo de lograr el perdón de Caín era destruir a
todos sus chiquillos, eliminando a toda la línea de sangre. Durante siglos
condujo una cruzada por todo el mundo para buscar y exterminar a sus
descendientes. Sin embargo una mujer, una vampira desconocida de la Cuarta
generación, sobrevivió.
A pesar de los
deseos de su sire, esta criatura creó a numerosos chiquillos, que a su vez
Abrazaron a muchos otros. Al final hubo tantos vampiros Nosferatu que fue
imposible para
Absimiliard
destruirlos a todos. Fue entonces, en su furia, cuando creó a los Nictuku.
El
Antediluviano viajó a los lugares más remotos del planeta en busca de monstruos
horrendos con apenas un destello de humanidad. En los tiempos antiguos,
numerosas pesadillas de la creación aún caminaban sobre la tierra. Absimiliard
encontró y Abrazó a tantas de estas criaturas como fue capaz. Antes ya eran
monstruos horrendos, pero la maldición los hizo mucho peores. Estos cazadores
de pesadilla, poseedores de increíbles poderes de destrucción, llegaron a ser
Conocidos en la lengua olvidada de la Segunda Ciudad como "Los
Devastadores". Eran los Nictuku.
Tras vincular
a sus creaciones con sangre para que obedecieran todos sus deseos, Absimiliard
las envió a localizar y destruir a todos los miembros del clan Nosferatu.
Satisfecho conque su maldición se levantaría algún día y confiado en que sus
servidores terminarían el trabajo que él había empezado, el Antediluviano se
retiró a su letargo. Eso había ocurrido hacía más de seis mil años. A lo largo
de los milenios siguientes, por motivos que no se llegaban a comprender, los
Nictuku también habían ido desapareciendo para descansar. Pero ahora se alzaban
de nuevo.
Ni siquiera
Phantomas estaba seguro de cuántos de aquellos monstruos existían. Conocía
algunos nombres, títulos que habían pasado por el clan Nosferatu a lo largo de
los siglos. Estaba Gorgo, La Que Aúlla en la Oscuridad, Nuckalavee, el
Desollado, Abraxes, Señor de las Brumas, Azazel, la Abominación y Echidma, la
Madre de la Maldad. Sobre sus poderes sólo se podía especular. Sin embargo,
Phantomas sospechaba que sus nombres no eran más que una pequeña muestra de su
verdadera maldad. No se trataba de un pensamiento agradable.
En Australia,
Nuckalavee había despertado. Los informes de las últimas semanas describían la
inesperada migración de miles de aborígenes desde los desiertos del Territorio
del Norte hacia la ciudad de Darwin, lo que había desembocado en disturbios
raciales en los que había habido cientos de muertos. Nadie estaba seguro de por
qué los nativos habían huido de sus hogares en la base de las Montañas
MacDonnell, y por qué se negaba a regresar. Sin embargo, en todas sus
explicaciones al respecto los aborígenes repetían una palabra: Nuckalavee.
Igualmente
preocupantes eran los informes de Buenos Aires. O, más bien, la falta de
informes. La ciudad había servido durante mucho tiempo como una importante
fortaleza de los Vástagos en Sudamérica, y era hogar de decenas de vampiros.
Sin embargo, Phantomas temía que ya no fuera así. Hacía días que no llegaba
mensaje alguno de la ciudad. Sus Vástagos, tanto del Sabbat como de la
Camarilla, habían desaparecido repentinamente. Nadie estaba seguro del motivo,
aunque la enigmática Muerte Roja era el ' foco de muchas de las especulaciones.
Phantomas estaba convencido de que la culpa era de Gorgo, la Que Aúlla en la
Oscuridad. Durante casi dos mil años había estado durmiendo en un laberinto de
cuevas bajo los Andes, pero hacía poco se había abierto la entrada a la vasta
red de túneles. Parecía evidente que la Nictuku había escapado.
Posiblemente,
el más aterrador de todos aquellos incidentes era el ocurrido en Rusia. Allí la
Bruja de Hierro, Baba Yaga, de siete mil años de edad, había vuelto a la vida.
Medía casi dos metros y medio, estaba armada con colmillos y garras metálicas y
había derribado sin esfuerzo a los amos vampíricos que en secreto dirigían el
país. Empleando sus increíbles poderes, la Bruja había sellado todo su
territorio a los Vástagos. Los rumores señalaban que podría estar reuniendo un
inmenso Ejército de las Tinieblas con el que, desde Rusia, conquistar Europa.
Phantomas
gruñó. El era pacífico y tranquilo, no un guerrero. Adoraba el arte y la buena
literatura, y la mera idea de combatir a los Nictuku hizo que la piel se le
cubriera de manchas rosadas.
Sin embargo,
no carecía de valor. Era un estricto moralista, y cuando deseaba sangre buscaba
a aquellos criminales y forajidos que habían eludido a la justicia gracias a la
influencia o a los sobornos. El sistema legal parisiense era tan corrupto como
el de casi todas las ciudades modernas, pero existía un poder que no podía ser
doblegado con riquezas o posición. La justicia de Phantomas era rápida, eficaz
y siempre mortal.
—No me gusta
—le dijo a sus compañeros roedores, —pero hay algunos peligros a los que hay
que enfrentarse cara a cara.
Al sonido de
su voz aguda y molesta, un centenar de ratas comenzó a chillar. Sus mascotas se
excitaban fácilmente. —Calmaos —las dijo, moviendo suavemente las manos y
apaciguando a los animales. —Me disgusta la situación tanto como a vosotras.
Sin embargo, no tengo más elección. Como César me dijo una vez, "es mejor
enfrentarse cara a cara con el peligro que sufrir una puñalada por la
espalda".
Los roedores
chillaron su aprobación, o al menos así es como Phantomas interpretó su molesta
respuesta. Era un maestro de la disciplina vampírica conocida como Animalismo,
y mantenía un lazo telepático con la horda de ratas. Sus mentes eran sencillas
y primitivas, pero no eran estúpidas. Prestaban mucha atención a todo lo que
Phantomas decía y, lo que era más importante, obedecían sus órdenes.
—Según mis
análisis informáticos, los únicos Matusalenes capaces de derrotar a la Muerte
Roja son Anis, la Reina de la Noche, y Lameth, el Mesías Oscuro —dijo a las
ratas. —Casi todos los Vástagos creen que no se trata más que de mitos, igual
que los Antediluvianos.
Emitió un
bufido despectivo. —Yo sé la verdad... Tanto Anis como Lameth están activamente
involucrados en la Yihad. Si lograra entrar en contacto con alguno de ellos
podrían ayudarme en mi conflicto contra la Muerte Roja.
Contempló el
monitor, pero sus pensamientos estaban más allá. La identidad del sire de la
Muerte Roja era un misterio para él, como ocurría con Anis y Lameth. Ninguna de
las leyendas que circulaban sobre la pareja daba información alguna sobre su
origen. El vampiro frunció el ceño. Cuando se hablaba de la Cuarta Generación
las coincidencias no existían.
—Nada de
coincidencias —murmuró. —Eso me recuerda...
Escribió una
única palabra en su menú de búsqueda: "Washington".
Una guerra de
sangre se libraba en las calles de la capital de los Estados Unidos. El mortal
conflicto había cogido por sorpresa a los consejos europeos tanto de la
Camarilla como del Sabbat. Cada bando culpaba al otro del inicio de las
hostilidades, pero ninguno parecía estar demasiado seguro de lo que estaba
sucediendo. Para Phantomas, la confusión indicaba que había adversarios
secretos involucrados: las fuerzas de la Cuarta Generación que participaban en
la Yihad.
Había ciento
cuarenta y siete páginas con informes detallados sobre los acontecimientos del
día, reunidos de siete fuentes diferentes. Phantomas negó disgustado con la
cabeza. Dudaba que la mayoría de aquel material sirviera para algo, pero no
podía arriesgarse a dejar pasar algún dato importante enterrado entre los
detalles. Mil años de investigación le habían enseñado que, a menudo, una frase
inocente podía cubrir una multitud de pecados. Si existía alguna prueba de
la participación de la Cuarta Generación en la guerra de sangre, se
encontraba en las páginas transcritas que los agentes de los clanes vampíricos
enviaban a sus amos en Europa. Su trabajo era descubrir los párrafos
relevantes. No era una tarea que le agradara, pero tenía que hacerse.
Sin la
cooperación de Lameth o Anis no tenía oportunidad de derrotar a la Muerte Roja.
Localizarlos era ahora mucho más que un asunto de satisfacción personal. Para
Phantomas se había convertido en una cuestión de supervivencia.
CAPÍTULO 9
San Luis: 23
de marzo de 1994
Como era su
costumbre, Darrow llamó a la puerta de acero del sanctum interior del Príncipe
Vargoss una hora después de la puesta del sol. El príncipe era una persona
meticulosa que se negaba a poner el pie en su cuartel general en el Club
Diabolique antes de estar adecuadamente vestido. Darrow, que había estado
sirviendo como guardaespaldas personal de Vargoss desde la marcha del Ángel
Oscuro hacia Washington, sabía que era mejor no hacer críticas. El príncipe era
famoso por la importancia que daba a su aspecto.
Vargoss solía
abrir la puerta inmediatamente, pero aquella noche no fue así. Darrow volvió a
llamar. Era impensable que un vampiro de San Luis se atreviera a retar al
príncipe, pero últimamente lo impensable se estaba produciendo con asombrosa
regularidad. De nuevo, no hubo respuesta.
Cuidadosamente,
Darrow apoyó una mano contra la puerta y empujó. Era un curtido veterano del
ejército inglés del siglo XIX, y por naturaleza era cauto. Esta
característica le había mantenido con vida a lo largo de una decena de famosas
batallas, y le había servido igualmente bien tras su muerte. La cerradura no
estaba echada, por lo que la puerta se abrió hacia dentro sin sonido alguno. La
sala que había más allá, un pequeño vestidor forrado de espejos, estaba vacío.
—¿Mi príncipe?
—llamó Darrow comenzando a preocuparse. La protección de Vargoss era su
responsabilidad. Si algún otro vampiro había conseguido entrar en sus aposentos
y destruirlo, él sería el que cargara con las culpas. La Muerte Definitiva
sería el menor de los castigos posibles. —¿Mi príncipe? —repitió, esta vez un
poco más alto.
Una voz le
respondió desde la sala contigua, donde Vargoss tenía su ataúd y su amplio
armario ropero. —¿Quién es? — llegó la pregunta, arrogante y despreocupada.
—¿Qué es lo que quieres?
Reconociendo
la voz del príncipe, Darrow sintió una oleada de alivio, aunque se sintió
extrañado por la pregunta. —Soy yo, Príncipe Vargoss. Darrow, tu
guardaespaldas. He venido para llevarte al club.
La puerta de
la cámara se abrió. Vargoss, alto y aristocrático, se encontraba en el umbral.
Como era habitual, estaba vestido con su traje negro, su camisa blanca, la
corbata roja y la faja a juego. Observó a Darrow con suspicacia. —No he pedido
ninguna escolta.
—No, mi
príncipe —dijo Darrow, inseguro de cómo responder. Evidentemente era Vargoss,
ya que era imposible no reconocer su porte regio, ni el inmenso poder que
exudaba. —Vengo cada noche, ¿recuerda? Sólo sigo sus instrucciones.
Vargoss
frunció el ceño. —Mis disculpas —dijo, dejando claro que no lo lamentaba en
absoluto. —Lo había olvidado. Tengo la cabeza en otras cosas.
Darrow
asintió, sintiendo una clara incomodidad. No le gustaba el modo en que el
príncipe le observaba.
Nervioso, se
preguntó si Vargoss había descubierto sus contactos con la Mafia. Si así era,
su no-vida estaba a punto de terminar de forma muy desagradable. El príncipe
exigía una absoluta lealtad de sus súbditos, y no había perdón para la
traición. La pena era una muerte lenta mediante tortura.
—¿Malas
noticias? —preguntó Darrow, incapaz de permanecer en silencio. Su mirada, que
se movía nerviosa de un lado a otro, se concentró en un montón de cenizas en el
suelo de la cámara interior. Los rescoldos aún brillaban. Parecía evidente que
el príncipe había terminado de quemar algo en el momento en que Darrow llamaba
por primera vez. Eso explicaba por qué no había contestado, pero no revelaba el
motivo de su mal humor.
—Muy malas
—respondió Vargoss, entrando en el vestidor. Cerró la puerta de la cámara
interior. —Recientemente he sabido de boca de una fuente totalmente fidedigna
que entre mi círculo interno de consejeros hay traidores a la Camarilla.
—¿Traidores?
—dijo Darrow mientras sus músculos se tensaban. Una decena de tatuajes,
repartidos por todo su cuerpo, bailaron al son de sus nervios. —Me resulta
difícil de creer, mi príncipe.
—A mí también
—respondió mientras tomaba su capa negra, —pero las pruebas son absolutamente
concluyentes.
Hizo que
Darrow marchara delante de él. —Vayamos. Llévame al club. Este asunto debe
resolverse inmediatamente.
Viajaron en
silencio, Vargoss sentado en el asiento trasero pensando mientras Darrow
conducía, preguntándose si estaba condenado. El viaje duró veinte minutos, pero
para el guardaespaldas parecieron al menos veinte vidas.
—¿Quién es el
miembro del club que lleva más tiempo conmigo? —preguntó Vargoss
inesperadamente mientras Darrow maniobraba para aparcar la limosina en el
espacio reservado tras el local. —¿Cuál de mis consejeros parece estar
completamente por encima de cualquier sospecha, Darrow?
Las manos del
Brujah aferraron el volante con tal fuerza que el plástico crujió bajo sus
dedos. Estaba convencido de que el príncipe estaba jugando con él. Sin embargo,
no podía estar totalmente seguro, y por tanto respondió con la mayor veracidad
posible.
—Carafea, por
supuesto. Ese capullo Nosferatu lleva probablemente más tiempo que nadie por
aquí. Nadie sabe su verdadera edad, y era tu consejero desde antes de que yo
llegara. Menudo taimado hijo de puta, Carafea. El típico Nosferatu. Si quieres
mi humilde opinión, son los mejores consejeros que existen.
—¿Quién más?
—preguntó Vargoss. Parecía disfrutar con la incomodidad de Darrow.
—Flavia, el
Ángel Oscuro. Pero está en Washington, ayudando a esa mascota humana tuya,
McCann. Una dama peligrosa, y como todos los Assamitas su lealtad se compra.
Mientras haya dinero se puede confiar en ella, y el contrato parece firme.
—¿Y? —dijo el
príncipe.
—Brutus, que
se encarga de las multitudes a la entrada —respondió Darrow. Si fuera humano,
para entonces estaría sudando profusamente. Estaba a punto de explotar. —Es tu
ghoul, así que no hay mejor modo de comprar su lealtad. Necesita tu sangre para
conservar la juventud.
—¿No te
olvidas de alguien? —rió Vargoss.
—¿Te refieres
a Melville? —dijo Darrow. —Nunca pensé que te importara mucho, mi príncipe.
—No —dijo
Vargoss mientras abría la puerta del vehículo. — No me refiero a Melville, sino
a ti, Darrow. Tú eres uno de mis consejeros de
mayor confianza. Por eso hago que me escoltes hasta aquí. Porque confío en ti.
El príncipe
rió, pero el sonido no sirvió para calmar al Brujah. —Vamos, es la hora de
entrar en el club. Llévame hasta mi mesa habitual. Con suerte, Carafea estará
cerca. Si no es así, encuéntralo. Cuando des con él ve a la entrada y tráeme a
Brutus. No respondas a ninguna pregunta. Yo hablaré. Lo que tengo que decir os
concierne a todos vosotros.
Carafea estaba
en el local, esperando en la mesa habitual del príncipe. Siguiendo sus órdenes,
Darrow bajó a por Brutus. En ningún momento se le pasó por la cabeza la
posibilidad de escapar. El príncipe controlaba San Luis y sus alrededores con
puño de hierro. No había escapatoria, y con Vargoss no había piedad.
Los tres
esperaban en silencio mientras el príncipe bebía de su vaso de sangre. El resto
de los Vástagos en el local hacía lo posible por ignorarles, ya que cuando se
ponía en duda el honor vampírico, la amistad no existía. Darrow no había dicho
nada a sus compañeros sobre los comentarios de Vargoss, pero el humor de éste
era evidente. Su mirada oscura pasaba incansable de uno a otro.
—Hay un
traidor entre nosotros —dijo al final, depositando el vaso sobre la mesa. —He
sido traicionado. Está claro que el ataque de la Muerte Roja era parte de un
plan mucho mayor del Sabbat para hacerse con el control de nuestra ciudad.
Brutus gruñó.
—¿Un traidor? Dígame quién es y le arrancaré los miembros uno a uno.
Carafea
sacudió la cabeza, con sus grotescos rasgos retorcidos en una máscara de
terror. —Yo soy leal, mi príncipe. Siempre os he sido fiel.
Vargoss
asintió. —¿Y tú, Darrow? ¿Clamarás tú también tu inocencia? ¿No tienes nada que
decir?
—Dejo que mis
acciones hablen por mí, mí príncipe —respondió. —Las putas mentiras no pueden
cambiar la verdad.
Vargoss negó
con la cabeza. —Tres servidores de confianza, tres negaciones de la
culpabilidad. Uno o más de vosotros está mintiendo, pero... ¿quién?
Tamborileó con
los dedos sobre la mesa mientras su mirada se fijaba en el ghoul. —Brutus,
¿desde cuándo estás a mi servicio? ¿Cuántos años?
—Veinticinco,
mi príncipe —respondió. —Ya lo sabe. La otra noche me señaló que ya llevábamos
juntos un cuarto de siglo.
Vargoss
asintió. —Dos décadas y media. Veinticinco largos años. No sabes cuánto lamenté
haber descubierto tu engaño.
—No —dijo
Brutus, abriendo la boca por la sorpresa. —Yo no... yo nunca...
—Sí, Brutus
—le interrumpió Vargoss. —Me has traicionado. —El príncipe miró a Darrow.
—Mátalo. Ahora.
Brutus medía
una cabeza más que el Brujan y pesaba casi el doble, y antes de convertirse en
servidor del príncipe había sido luchador profesional. Como ghoul, era más
fuerte y rápido que cualquier hombre, pero todo esto sólo sirvió para posponer
unos meros instantes su ejecución.
Darrow había
aprendido a combatir en las batallas más brutales del siglo XIX. Sobrevivía
cuando los demás caían porque era capaz de hacer cualquier cosa por salir vivo.
La conversión en vampiro no hizo más que reforzar su resolución. Aunque tenía
muchas dudas sobre la culpabilidad de Brutus (pensaba que el ghoul era
demasiado estúpido para involucrarse en una conspiración contra el príncipe),
eso no impidió que obedeciera la orden. Darrow nunca permitía que sus emociones
se impusieran a su buen juicio.
Fue una muerte
rápida e indolora. Creía que se la debía a Brutus, que durante dos décadas
había sido un buen amigo suyo. Apartando a un lado los brazos levantados del
ghoul, le golpeó en la cabeza con un puño que parecía un martillo de acero. La
fuerza del impacto convirtió el rostro en pulpa e hizo que el cartílago de la
nariz se le clavara en el cerebro. Brutus gorgoteó tambaleante, con los ojos
abiertos por la sorpresa. Murió antes de derrumbarse sobre el suelo del local.
—Me resulta
difícil creer que Brutus fuera un traidor —dijo Carafea observando el cuerpo
sin vida. —Nunca me pareció alguien que pudiera volverse contra su príncipe.
¿Cómo llegó el Sabbat hasta él?
—Era un idiota
—respondió Vargoss pidiendo con un gesto otro vaso de sangre, —y como tal era
fácil de engañar con falsas promesas. El verdadero cerebro detrás de esta
intentona del Sabbat, por supuesto, eras tú, Carafea. Destrúyelo también,
Darrow.
El Nosferatu
aulló horrorizado. Se levantó de la mesa del príncipe con una grotesca
expresión de sorpresa. —¡Nunca! —gritó. —¡Nunca!
Con el gesto
sombrío, Darrow saltó hacia delante y aferró a Carafea por el cuello. Pretendía
girarle la cabeza y romperle la columna, pero a pesar de ser increíblemente
delgado, el Nosferatu no era débil. Sus manos salieron disparadas y agarraron
las muñecas del Brujah; con un cacareo demente apartó al guardaespaldas a un
lado. Luego, para sorpresa de todos los presentes, en vez de huir se arrojó
contra el príncipe.
—¡Impostor!
—gritó mientras sus largos dedos arañaban la cara de Vargoss. —¡Tu engaño ha
sido descubierto!
De forma casi
despreocupada, el príncipe extendió una mano y la apretó contra el pecho del
Nosferatu, que comenzó a aullar de dolor. Se quedó congelado, con sus dedos
extendidos a escasos centímetros de la cabeza de Vargoss.
El cuerpo de
Carafea comenzó a hincharse como si se tratara de un globo. En un instante
había duplicado su tamaño, pero entonces, tras la aparición de miles de
pequeñas grietas, el vampiro se colapso sobre sí mismo como si se hubiera
expulsado todo el aire. Cayó al suelo convertido en una medusa vampírica. Solo
sus ojos brillantes indicaban que su mente seguía funcionando.
—Bonito truco
—dijo Darrow mientras observaba la masa latente de carne y músculo. No había un
solo hueso sólido en el cuerpo del Nosferatu. Darrow casi podría jurar que
Vargoss acababa de emplear una disciplina del Sabbat. Sin embargo, después de
ver lo que le había ocurrido a su camarada no tenía intención de preguntar. —No
sabía que pudieras hacer eso.
—Hay muchas
cosas sobre mí que desconoces, Darrow — respondió el príncipe, terminando su
bebida. —Atraviesa su corazón con una estaca. O al menos trata de pensar dónde
podría estar su corazón. Después lleva fuera al traidor y déjale contemplar el
amanecer. Debería dejar una bonita mancha aceitosa en el estacionamiento.
—Eres el
jefe—dijo Darrow. —Como desees. Volveré en unos minutos.
Dos neonatos,
vampiros jóvenes que servían como camareros en el local, le ayudaron a
arrastrar a Carafea al estacionamiento vacío que había tras el edificio. Cuando
clavó una estaca de madera en la zona que creía que correspondía con el corazón
del Nosferatu, la masa gelatinosa tembló dolorida. El sonido era monstruoso.
Nadie dijo
palabra alguna mientras regresaban al club. Darrow podía ver que el horror en
la mirada de los ayudantes reflejaba el suyo.
El príncipe
estaba sentado pacientemente en la mesa. —Ya está hecho —dijo Darrow. —Se
freirá como un huevo escalfado en cuanto salga el sol.
Vargoss
sonrió. En todos sus años con el príncipe, el Brujah nunca había visto una
sonrisa tan feroz, tan diabólica. —Aún hay otro traidor del que encargarse,
Darrow.
El
guardaespaldas se tensó. Después de casi doscientos años de existencia, la
Muerte Definitiva le parecía terrorífica. Sin embargo, terminar como Carafea,
reducido a una pulpa de carne, era obsceno. —¿Qué quieres decir, mi príncipe,
si puedo preguntar?
—Diré McCann
—respondió Vargoss riendo entre dientes. Aquella sonrisa dejaba claro que era
consciente de que el nombre del detective no era lo que Darrow esperaba oír.
—Ese mago ha estado conspirando contra mí desde que nos conocimos. No estaré a
salvo hasta que sea destruido.
—Encargarse de
él no será fácil, mi príncipe —dijo el Brujah, tratando de calmar sus nervios.
—Los magos no son una pieza sencilla. Además, parece que Flavia no le quita el
ojo de encima. Yo soy bueno, pero ella es la hostia. Esa maldita Assamita
podría machacarme y escupir mis huesos sin pestañear.
—El Ángel
Oscuro tiene su propia cita con el destino —dijo Vargoss críticamente. —Estoy
pensando en rescindir su contrato... del modo más permanente posible.
Darrow no
necesitaba que le explicaran lo que eso significaba. Se sentía tremendamente
incómodo. Por motivos de momento desconocidos, el príncipe se había vuelto
contra sus seguidores más leales. En ningún momento había realizado ninguna
acusación formal contra ellos. ¿Qué informaciones le habían convencido de su
culpabilidad? El Brujah no creía que existiera prueba alguna. Recordando el
montón de cenizas calientes en el sanctum del príncipe, se preguntó qué
secretos habían sido destruidos en las llamas. ¿De dónde procedían? Y, sobre
todo, ¿a quién pertenecían?
—Confío en que
no olvides la lección de esta noche, Darrow —dijo Vargoss volviendo a su silla.
Mientras se relajaba regresaron las conversaciones a las mesas, acalladas
durante todo el enfrentamiento. —Sólo un loco intenta servir a dos maestros.
Recuérdalo. Siempre.
—Aprendo
rápido, mi príncipe —dijo Darrow con la mayor sinceridad que fue capaz de
reunir. Se prometió mentalmente que nunca jamás volvería a darle la espalda a
Vargoss. —Puedes contar conmigo. No hay nadie más leal que Jack Darrow. Creo
que lo he demostrado esta noche.
El príncipe
juntó sus manos y las colocó sobre la mesa. No era un gesto que el Brujah
recordara haber visto nunca. Su maestro era diferente. El guardaespaldas no
estaba seguro de lo que había sucedido antes de su llegada al sanctum aquella
noche, pero fuera lo que fuera no le gustaba.
—No has hecho
más que comportarte como se esperaba de ti, Darrow —declaró Vargoss asintiendo
satisfecho. —Asegúrate de seguir así en el futuro, pues no habrá segundas
oportunidades. Ninguna.
Las palabras
del príncipe le sonaron a Darrow como una sentencia de muerte pospuesta, pero
no cancelada. Su sentencia de muerte.
CAPÍTULO 10
Washington
D.C.: 24 de mano de 1994
El póquer le
había enseñado a Walter Holmes muchas lecciones importantes, la mayoría de las
cuales no tenían nada que ver con las cartas. Era posible que la principal
fuera la importancia de conservar la calma y la cabeza despejada, por muy
inesperada o peligrosa que fuera una situación. Se enorgullecía de su capacidad
para tratar de forma racional con lo imposible, fueran cuales fueran las
circunstancias. Tras su aburrida fachada se ocultaba una mente de increíble
astucia. Sus rasgos inocuos siempre le habían sido de gran utilidad. A pesar de
la fuerte seguridad, nadie en el almacén abandonado que servía durante el
ataque del Sabbat a Washington como cuartel general para Justine Bern,
arzobispo de Nueva York, se cuestionaba su presencia en el edificio. Todos le
consideraban un vampiro sin importancia. La Guardia de Sangre, la orden de
élite de Cainitas que servía como tropa personal del arzobispo, le toleraba.
Era callado y tenía una expresión ligeramente confusa. También sabía escuchar,
una extraña cualidad entre los no-muertos. Mientras la mayoría de los
anarquistas no dejaba de presumir de sus habilidades, Walter apenas hablaba de
sus triunfos. Prefería jugar en silencio a las cartas.
Era un jugador
de póquer excepcional, pero nadie en el almacén sospechaba hasta qué punto. La
práctica hacía la perfección, y Walter llevaba más tiempo jugando del que
muchos sospechaban. Era bastante más viejo de lo que aparentaba; de un modo
extraño e indefinido, parecía no tener edad. En el pasado había servido el
ejército de Roma, pero ahora trabajaba como Monitor del Inconnu en Nueva York.
El Inconnu era
la más antigua y misteriosa secta de los Vástagos. Sus seguidores controlaban
los planes y engaños de los Condenados por motivos que jamás revelaban a nadie.
Sus agentes se movían en secreto entre los vampiros, pretendiendo ser Cainitas
ordinarios mientras observaban, esperaban y nunca interferían. Al menos, no en
circunstancias normales.
Siguiendo las
órdenes directas de sus superiores, el grupo de antiguos vampiros conocido como
"Los Doce", Walter había llegado a Washington para informar del
ataque del Sabbat contra la ciudad. Las historias sobre un misterioso vampiro
conocido como la Muerte Roja preocupaban a los líderes del Inconnu, y querían
saber más sobre los planes del monstruo y su terrorífico control sobre el
fuego. Ése era el trabajo de Walter. En una extraña desviación de la política
de la secta, se le había ordenado que empleara cualquier medio necesario para
descubrir los hechos.
Varios minutos
después de la medianoche del día posterior a la tremenda explosión en el
Depósito de la Armada, Walter estaba sentado con cuatro miembros de la Guardia
de Sangre jugando con cinco cartas y un descarte en la parte trasera del
almacén. Servían como vigilantes del edificio. El resto de las tropas se
encontraban en las calles de Washington, haciendo cumplir el edicto de Justine
Bern contra la violencia dentro de los límites de la ciudad. Mientras tanto, en
la oficina trasera, la arzobispo y dos de sus tres consejeros más cercanos
discutían el modo de evitar un enorme desastre.
Un ataque
contra ella en Manhattan por parte de la Muerte Roja parecía ser el responsable
de que Justine declarara una guerra de sangre contra Washington. La ciudad,
como ocurría con todas las grandes urbes de los Estados Unidos, estaba
secretamente gobernada por los vampiros. La arzobispo aseguraba que la Muerte
Roja trabajaba para los antiguos de la Camarilla que controlaban la capital de
la nación, y que por tanto debía ser destruida.
En realidad,
Justine llevaba mucho tiempo codiciando la ciudad. Con la capital y Nueva York
bajo su poder, sería capaz de controlar toda la costa este de los Estados
Unidos para el Sabbat. Tal poder prepararía el escenario para su ascenso
definitivo hasta la autoridad suprema de la secta. La actual regente, Melinda
Galbraith, había desaparecido hacía algunos meses en un desastre aún sin
explicar en Méjico D.F. en el que habían muerto miles de personas. Justine era
uno de los muchos arzobispos que trataba de ocupar su lugar, y la Muerte Roja
había servido como la excusa perfecta para declarar la guerra de sangre. Si no
se hubiera alzado, antes o después Justine hubiera tenido que fabricar una
amenaza.
El único
problema era que el ataque no iba como estaba planeado. Cientos de vampiros
anarquistas, consumidos por una incontrolable sed de sangre, habían descendido
sobre la capital para sembrar la muerte y la destrucción a su paso. Por todo
Washington y sus suburbios se habían producido graves conflictos, y la policía
local era incapaz de controlar la situación. Sin embargo, mientras la anarquía
se adueñaba de la ciudad, los maestros secretos de la Camarilla en Washington
habían desaparecido. De algún modo estaban prevenidos contra el ataque y se
habían ocultado. Salvo que dieran con ellos y los destruyeran, la guerra de
sangre sería un fracaso. Justine Bern caería en desgracia.
Quedaba poco
tiempo, y ni siquiera el Sabbat se atrevía a alertar a la humanidad de la
existencia de vampiros entre ellos. Como era habitual, los disturbios y saqueos
habían servido para ocultar la guerra. Sin embargo, había un límite a la
violencia que se podía permitir antes de que el número de muertes llegara a ser
sospechoso. Con cada hora que pasaba, Justine caía más en la desesperación.
Para hablar de
la situación con ella en su despacho del almacén estaban Hugh Portiglio, un
vampiro hechicero Tremeré renegado, y Molly Wade, una Malkavian de lealtad
confusa. Como casi todos los de su clan, Molly actuaba como si acabara de
escaparse de un manicomio. Sin embargo, era brillante, tenía una mentalidad
táctica poco convencional y dominaba muy bien la intriga política. Servía como
equilibrio de Portiglio, un estratega clásico sin el menor rastro de
imaginación.
Faltaba a la
reunión la ghoul de Justine y consejera de mayor confianza, Alicia Varney.
Hacía dos días que nadie sabía nada de ella. Portiglio, que odiaba a aquella
mujer por la influencia que ejercía sobre Justine, ya le había acusado de
desertar de la causa. Molly, con el inimitable estilo de los Malkavian, había
murmurado algo sobre que Alicia era la única que mostraba sentido común.
Justine estaba enfadada por su ausencia, pero esperaba ansiosa su regreso.
Walter creía saber el verdadero motivo.
Estaba
convencido de que Alicia Varney no era en realidad el ghoul de Justine, sino
que servía a otra señora: Anis, Reina de la Noche. Creía que Anis, a través de
Alicia, dominaba la mente de la arzobispo y que era la principal responsable
del ataque sobre Washington. No sabía el papel que la Muerte Roja tendría en
aquella conspiración, pero sospechaba que la figura espectral estaba
relacionada con la misteriosa ausencia de Alicia.
Centenares de
planes y respuestas giraban por la cabeza de Walter mientras barajaba las
cartas. Era un maestro de los juegos de manos y se aseguró de que sus
compañeros ganaran casi todas las manos. Repartía buenas bazas entre los
vigilantes, rompiendo la racha de vez en cuando para ganar alguna mano. El
dinero no significaba nada para él. Lo que importaba era la información.
La telaraña
mental de percepción que mantenía alrededor de todo el almacén le proporcionó
un segundo de ventaja al llegar el desastre. Instantáneamente, permitió que su
aura psíquica se colapsara y retiró su mente a un cascarón interior,
permitiendo que apareciera la sección de su personalidad que consistía en un
fanático jugador de cartas. Una comprobación telepática de sus pensamientos
confirmaría que Walter Holmes era exactamente lo que aparentaba: un vampiro sin
importancia obsesionado con el póquer. Desde una diminuta mirilla en su mente,
el monitor del Inconnu en Nueva York observó y esperó lo peor.
Las puertas
frontales del almacén explotaron y se desencajaron de sus goznes. Aullando como
un banshee, un viento feroz sacudió todo el edificio. La electricidad falló,
volvió a activarse y finalmente se desconectó, fundiendo todas las bombillas.
El aire crepitaba con fuerzas invisibles.
Los cuatro
miembros de la Guardia de Sangre estaban en pie, con los cuchillos y las
pistolas en la mano. Walter, adoptando su personaje, se deslizó hacia la pared
del almacén con la mirada fija en las puertas abiertas. Desde allí podía ver a
una mujer, su figura delimitada por la luz de la luna. Walter la reconoció de
inmediato: era la regente perdida del Sabbat, Melinda Galbraith.
Era una mujer
pequeña y extremadamente bella con cabello castaño y ojos marrones. Era fácil
percibir su poder interior. Iba vestida con un traje negro, tacones altos y
guantes negros largos, y tenía más aspecto de ser una modelo de pasarela que
una líder del Sabbat. Sin embargo, las apariencias engañaban: Melinda era uno
de los vampiros más letales del mundo. Era un antiguo miembro del clan
Lasombra, un grupo conocido por su falta de escrúpulos y su depravación. Desde
la fundación del Sabbat, los dirigentes Lasombra habían sido los únicos en
servir como regentes.
—¿Dónde está
Justine Bern? —preguntó con un susurro frío que partió el viento y rugió a su
alrededor. —Quiero ver a esa estúpida zorra ahora mismo.
—¿Quién cono
eres? —exigió un miembro de la Guardia de Sangre, un asesino alto y delgado
llamado López con demasiada arrogancia y demasiado poco juicio. —La arzobispo
no recibe a nadie sin cita previa, nena, y creo que tú no tienes.
Melinda
sonrió, casi complacida con aquella respuesta. —Soy
Melinda
Galbraith —declaró. Lentamente, levantó la mano izquierda hasta el nivel de los
ojos. Sus dedos se cerraron en un puño y se tensaron mientras López comenzaba a
gritar. —Y exijo respeto de escoria como tú.
El guardia
volvió a gritar, sacudiendo la cabeza de un lado a otro como si una gigantesca
mano invisible le sujetara la garganta. Golpeaba su cuello desesperado,
tratando de romper la presa que le estaba convirtiendo la tráquea en pulpa.
Volvió a abrir la boca, lanzando un grito mudo de desesperación. Sobre su piel
blanca eran ahora claramente visibles cinco profundas heridas. Con los ojos a
punto de explotar, el guardia cayó de rodillas. Las marcas de los dedos se
hicieron cada vez más profundas, y la lucha más frenética.
Melinda reía
mientras retorcía la mano. Con un crujido que resonó por todo el almacén, la
columna de López se partió en dos. Su cabeza cayó como un peso muerto hacia
delante. Su cuerpo se movía como el de una marioneta cuyos hilos se hubieran
cortado.
Con una
sonrisa satisfecha, Melinda abrió el puño y dio una fuerte palmada.
El cráneo del
guardia estalló como si se hubiera encontrado en el centro de una prensa
hidráulica. Un chorro de sangre y materia gris saltó hacia el techo. La cabeza
había desaparecido, y el cuerpo decapitado se desplomó, convirtiéndose en carne
podrida a medida que caía. A los pocos segundos, lo único que quedaba de él era
su ropa y su equipo.
—¿Alguien más
quiere jugar? —preguntó Melinda con voz suave. —Si no es así, decidle a la
Arzobispo Bern que estoy esperando para verla.
—No será
necesario que te anuncien —dijo Justine desde la puerta de la oficina del
almacén. Junto a ella estaban Hugh Portiglio y Molly Wade. La expresión de la
arzobispo era una mezcla de rabia y aprensión. —Te oí llegar.
Melinda amplió
su sonrisa. —Dramático, ¿no crees? —Agitó una mano y los vientos se detuvieron.
—Suponía que atraería tu atención.
—Los rumores
decían que moriste en Ciudad de Méjico — dijo Justine. —Se habló de demonios
que se alzaban, y los informes mencionaban a miles de humanos y decenas de
vampiros muertos en el terremoto.
—Los rumores
no significan nada —respondió Melinda, caminando hacia delante. —Como puedes
ver, he sobrevivido.
Observó el
lugar mientras andaba, captando cada detalle. Reparó en Walter, encogido contra
una pared alejada; le examinó brevemente antes de continuar. Era un vampiro sin
importancia alguna que sólo pensaba en las cartas.
—¿Qué sucedió?
—preguntó Portiglio. —Creíamos...
—Como si me
importara lo que tú creas, gusano Tremeré — respondió Melinda secamente. Sonrió
burlona al ver encogerse al mago. —Lo que sucedió en Méjico ya ha terminado.
Olvidado. No importa.
En la pequeña
sección de su cerebro donde aún funcionaba el intelecto, Walter notó que
Melinda parecía reacia a ofrecer explicación alguna sobre su larga ausencia, y
tampoco estaba acompañada por su habitual séquito de guardaespaldas, aduladores
y consejeros.
Por lo que
sabía de la personalidad de la regente, su aparición aquella noche en el
almacén, inesperada y sin anuncio precio, parecía muy extraña en ella. Se
preguntó qué había sucedido realmente en Méjico.
—¿Qué haces
aquí, Melinda? —preguntó Justine. Llevaba un vestido azul oscuro y era de
rasgos delgados, penetrantes ojos negros y cabello oscuro recogido en un moño.
Recordaba a la versión hollywoodiense de la institutriz severa, pero no le
preocupaba en absoluto su aspecto. Lo único que le importaba era el poder. Todo
el que pudiera acumular.
—Tú me
convocaste, Justine —dijo Melinda suavemente, a pocos metros de la arzobispo.
—O quizá debería decir—siguió alzando su voz desde un susurro hasta un grito de
furia, —¡me llamó tu estúpido plan, mal concebido, ineptamente planeado y
patéticamente ejecutado para adueñarte de esta ciudad! Dime, mierda, carne
putrefacta, ¿quién ha autorizado esta maldita guerra de sangre? ¿Cómo puedes
ser tan jodidamente incompetente?
Con los ojos
ardiendo y los dientes apretados en una máscara de ira, Justine parecía a punto
de despedazar a Melinda. —¿De qué estás hablando? —logró preguntar.
—¡Del príncipe
de la ciudad, estúpida zorra! —respondió la regente. —¿Por qué crees que di
órdenes estrictas de que se dejara en paz a Vitel? ¿Por qué? ¡Por qué! ¡POR
QUÉ!
Asustada por
la pura malevolencia que Melinda proyectaba, Justine dio un paso atrás.
—¿Órdenes? ¿Qué órdenes? No recuerdo haber recibido instrucciones así.
—¡Idiota!
—gritó Melinda mientras daba una fuerte bofetada a la arzobispo. —¡No
recuerdas! ¡Meses y meses de negociaciones echados a perder porque te
olvidaste!
Cuidadosamente,
Walter se deslizó hasta la entrada del almacén. Observó el resto de los
acontecimientos desde la esquina exterior de la puerta, preparado para escapar
inmediatamente si Melinda miraba en su dirección. Tenía un mal presentimiento
sobre esta confrontación, y a lo largo de muchos siglos había aprendido a
confiar en sus instintos.
—Y-yo no
recuerdo ningún mensaje —farfulló Justine, completamente amedrentada por la
furia de la regente. —No sabía que se estuviera preparando ningún trato.
—Claro que no
—dijo Melinda con un tono más calmado, pero lleno de sarcasmo. —¿Cómo ibas a
saberlo? Si lo supieras las negociaciones no hubieran sido secretas.
La regente
sacudió la cabeza disgustada. —Vamos. Tenemos que encontrar un modo de
minimizar nuestras pérdidas y retirarnos. Cuanto antes lo terminemos, mejor.
Totalmente
derrotada, Justine se volvió hacia la puerta de la oficina.
En ese
momento, como salido de la nada, un machete se materializó en manos de Melinda
Galbraith. Un poderoso hechizo de engaño lo había mantenido oculto hasta el
preciso momento en el que fuera necesario. Ágilmente, la mujer alzó el cuchillo
por encima de la cabeza y lo descargó contra el cuello expuesto de Justine.
Ésta, como
casi todos los antiguos vampiros de cierto poder, empleaba una medida de
protección conocida como la Piel de Acero para rechazar tales ataques,
endureciendo su piel hasta formar una barrera casi impenetrable. El machete no
debería haber atravesado la garganta de Justine. Debería haberse partido al
menor contacto, pero no ocurrió ninguna de las dos cosas. La brillante hoja
atravesó el cuello de la arzobispo con fuerza increíble, cortando hasta el
hueso.
Justine,
totalmente sorprendida, emitió unos sonidos ininteligibles. Pequeños hilillos
de sangre negra comenzaron a manchar su vestido.
Dando un paso
hacia delante, Melinda la aferró por el moño, y con un violento tirón empujó
hacia atrás la cabeza de la arzobispo, exponiendo la herida provocada por el
machete. Riendo de forma salvaje, la regente alzó de nuevo el arma y volvió a
golpear.
Como un
destello plateado, la hoja atravesó carne y hueso, separando la cabeza del
cuerpo. Temblando como el beicon en la parrilla, el cadáver se derrumbó sobre
el suelo. Aullando de placer, Melinda arrojó al aire la cabeza de su enemiga.
—Intenta
quedarte con mi trabajo, puta —gritó sin demasiada cordura. —Fíjate dónde te ha
llevado tu ambición.
Con el machete
aún en las manos, se giró para observar a Hugh Portiglio. El mago tenía una
expresión atónita y horrorizada. — Era un arzobispo —croó con dificultad. —No
puedes ejecutar así a un arzobispo.
—Soy Melinda
Galbraith, regente del Sabbat —dijo la mujer, con el rostro iluminado por una
impía sed de sangre. —Puedo hacer lo que me plazca.
—Giró al
cabeza y buscó a los tres miembros restantes de la Guardia de Sangre. —Los que
no están conmigo están contra mí. ¿Qué me decís?
—Estoy con
usted, señora —declaró el más rápido de los tres. —Soy leal.
Ansiosos, los
otros dos asintieron conformes. Melinda sonrió.
—Llevaos a esa
basura —dijo señalando a Hugh Portiglio, — y atravesadle el corazón con una
estaca de madera. Eso debería calmarle un poco. Cuando las cosas se tranquilicen
me encargaré de él... Lamentará haber sido Abrazado.
—N-noo —gimió
el Tremeré, agitando los brazos frenéticamente sin resultado alguno.
—No os
preocupéis —dijo Melinda. —He neutralizado su magia. Ese traidor hijo de puta
es totalmente inofensivo.
La regente se
giró, buscando a Molly Wade. La Malkavian había desaparecido justo en el
momento en que el machete había atravesado el cuello de Justine. Estaría loca,
pero no era una estúpida.
—La Malkavian
demostró tener mucho más juicio que tú — dijo Melinda riendo mientras Portiglio
luchaba de forma fútil contra la presa de dos de los guardias. El tercero había
ido a buscar algo de madera que pudiera servir. —Puede huir, pero no logrará
escapar de Melinda. Terminaré dando con ella.
—No, no, no
—suplicó Hugh cuando vio al guardia regresar con un mango de escoba afilado.
—Por favor, por favor, por favor... Yo no, yo no...
—Ya no eres
útil, Tremeré —dijo Melinda. —Con Justine destruida no te necesito. Sin
embargo, te prometo un fin interesante. Tu Muerte Definitiva me proporcionará
varias horas de entretenimiento.
Rió. —¡Pero no
será nada comparado con lo que tengo preparado para la señorita Alicia Varney
cuando por fin reaparezca! Conociendo tu afecto hacia ella, es una pena que no
vayas a vivir para ser testigo de su ejecución. Pero claro, nadie dijo que la
no-vida fuera justa.
Fue entonces
cuando las sospechas de Walter Holmes se hicieron reales: comprendió la verdad
sobre Melinda Galbraith.
CAPÍTULO 11
Washington
D.C.: 23 de marzo de 1994
La joven y
atractiva pareja estaba sentada al fondo de Marisco Colabouno, comiendo gambas
y bebiendo coca-cola. Aunque se encontraba en uno de los barrios más seguros de
la ciudad, el restaurante no estaba demasiado lleno: los disturbios parecían
haber aplacado las ganas de la gente de salir de casa. Sólo había unas diez
mesas ocupadas, aunque había más de cien. Ninguno de los empleados recordaba la
llegada de la pareja, ni sabían quién les había tomado nota. Sin embargo, como
parecían complacidos con el servicio y la comida nadie se preocupó por ellos.
El hombre era
alto y delgado, con cabello rubio ondulado y profundos ojos azules. Su piel
bronceada irradiaba buena salud. Vestía una camisa blanca de cuello abierto y
manga corla, y pantalones del mismo color. Los zapatos y calcetines eran
también blancos. Aunque la primavera apenas había comenzado, no vestía ni
abrigo ni sombrero.
La mujer que
se sentaba frente a él guardaba un parecido suficiente como para señalarla como
su hermana. Vestía un top rojo con lentejuelas, una falda a juego y zapatos de
tacón. Su cabello era rojo, y tenía los mismos ojos azules que el hombre. Su
figura era de aquellas que llamaban la atención. Su compañero era atractivo,
pero ella era espectacular.
La pareja
hablaba con un tono que no llegaba más allá de la mesa, aunque nadie espiaba
nunca sus conversaciones. Necesitaban intimidad, y cuando los dos se
concentraban podían hacer que sucediera lo que ellos quisieran.
—Bien —dijo el
joven que en ocasiones se hacía llamar Reuben. —Han sobrevivido a las llamas.
—Alicia empleó
Temporis —dijo la mujer, que había adoptado el nombre de Rachel por una canción
infantil. —Usó el poder de Anis para detener el tiempo lo suficiente como para
llegar hasta la cápsula de salvamento. McCann me sorprendió: con Madeleine
Giovanni se sacó un conejo de la chistera.
—Padre me dijo
una vez que Lameth tiene grandes poderes precognitivos —dijo Reuben mientras se
llevaba una gamba a la boca. —No estoy seguro de que comprenda por anticipado
porqué hace ciertas cosas, pero actúa intuitivamente con excelentes resultados.
—¿Qué poder
tiene sobre el clan Giovanni? —preguntó Rachel mientras bebía de su vaso.
—Nunca he oído que hicieran favores a los extraños.
Reuben sacudió
la cabeza. —No me preguntes. —Lameth es un Matusalén. Tiene seis o siete mil
años, y es absolutamente taimado —dijo sonriendo a su hermana. —Conoce secretos
sobre los secretos. ¿Has descubierto su relación con Diré McCann? Yo aún estoy
tratando de componer las piezas de ese rompecabezas.
Rachel
suspiró. —Podría ser una máscara, como Anis y Alicia. Eso es lo que sospechaba
en un principio, pero ahora no estoy segura. McCann no actúa como si estuviera
poseído. Es demasiado... independiente.
—Ya sé a qué
te refieres —dijo Reuben. —Por lo que he podido detectar de sus pensamientos
superficiales, Lameth se comunica con el detective a través de sus sueños. Sin
embargo, su relación exacta con el vampiro sigue siendo un misterio.
—Antes o
después conoceremos la verdad —respondió Rachel con confianza. —Siempre lo
hacemos. La paciencia es una virtud.
Reuben rió. —A
la Muerte Roja no le vendría mal practicarla.
La joven mojó
una gamba en la salsa de cóctel y se la comió antes de responder. —Es
impaciente, eso está claro. Toda su línea de sangre parece tener prisa. Están
convencidos de que el Apocalipsis se acerca rápidamente, y de que son los
únicos que pueden detenerlo.
—Podrían estar
en lo cierto —dijo Reuben. —Los Nictuku se alzan por todo el planeta, y su
aparición puede ser la señal del desastre. Es una creencia común entre muchos
de los Vástagos, pero no importa. Lo que cuenta es que Seker y su progenie
están empleando a los Sheddim para conseguir sus planes. Esos estúpidos
confiados realmente creen que están manipulando a los elementales de fuego. Por
supuesto, eso es precisamente lo que los Sheddim quieren que piensen... Esas
criaturas han estado maquinando desde el comienzo de la historia para lograr
poner el pie en nuestra realidad, y ahora la Muerte Roja y sus chiquillos les
están dando por fin una oportunidad. Si consiguen llegar hasta nuestro mundo,
todos los habitantes de la Tierra pagarán por la insensatez de Seker. Por eso
McCann y Alicia deben detener a los Hijos de la Noche del Terror.
—La Muerte
Roja y los Sheddim —dijo Rachel, temblando.
—Verdaderos
aliados impíos.
—Lameth puede
destruir la unión entre ellos —dijo Reuben. —O Anis. Ambos controlan poderes
que les igualan a esos monstruos.
—Ya me he
fijado en que tu amigo de Israel piensa igual — dijo la mujer masticando otra
gamba. —Me hacía gracia ver cómo ha llegado a las mismas conclusiones.
Reuben sacudió
la cabeza, fingiendo consternación. —No puedo ocultarte nada, ¿no es así?
—No. Ése es el
peligro de ser gemelos.
—Bueno— dijo
el hombre, —me preocupaba que McCann no pudiera comprender la gravedad de la
situación sin un pequeño empujón. Recuerda la otra noche, cuando hablamos sobre
lo arrogantes que pueden ser los Matusalenes. Creen saberlo todo, pero dudo que
ni siquiera Lameth comprenda el peligro que representan los Sheddim. Son
bastante oscuros. Así que la última vez que jugué al ajedrez con Rambam dejé
caer algunas pistas sobre Seker y sus planes. Nada demasiado claro, por
supuesto. Los dos sabemos que eso está prohibido.
—Por supuesto,
prohibido —le interrumpió Rachel parpadeando. —Va contra esas reglas que ya
hemos retorcido y distorsionado hasta hacerlas irreconocibles.
—Maimónides no
es estúpido —dijo Reuben —. Conoce la Kabbalah
de la primera a la última página, así que la menor mención sobre el interés
de los Sheddim en nuestra realidad le hizo investigar. Es un mago
extremadamente poderoso, igual que sus amigos. Descubrió la verdad casi
inmediatamente, y comprendió que ningún humano podía encargarse de la amenaza;
era necesario un ser con lazos tanto con la humanidad como con los Vástagos,
por lo que envió a su mensajero en busca de Diré McCann. El detective es la
opción lógica para encargarse de los Hijos. Debe triunfar.
—Lo que no
entiendo —dijo Rachel mientras apartaba su plato, —es cómo Seker logró
contactar con los Sheddim. Habitaren la oscuridad fuera de nuestro universo.
¿Dónde encontró el conjuro que le permitió comunicarse con esas criaturas?
—¿Has oído
hablar de un libro llamado El Necronomicón!
—Oh, por favor
—dijo Rachel, enarcando las cejas. —¿Bromeas? El texto prohibido escrito por
Abdul Alhazred no es más que una invención. H.P. Lovecraft lo creó como
trasfondo para sus historias. La Muerte Roja no encontró ahí ningunas
instrucciones para contactar con los Sheddim.
—Sólo era una
prueba —rió su hermano. —Quería asegurarme de que me estabas prestando
atención.
Observó los
últimos restos de comida en la bandeja y negó con la cabeza.
—Ya he comido
suficientes gambas —decidió, mientras daba un último sorbo a su refresco. Con
un gesto de la mano llamó a un camarero para que limpiara la mesa.
—¿Quieres algo
de postre? —le preguntó a su hermana. — Aún no va a suceder nada. Es demasiado
pronto. Dicen que el pastel de mousse de chocolate es fantástico.
—Suena bien
—dijo Rachel. Un breve gesto de concentración brilló en su rostro. —Ya está. El
camarero lo traerá enseguida con el café. Basta de tonterías. Respóndeme.
—Los Sheddim y
los mundos destrozados se describían en una sección perdida de El
Libro de Enoch —dijo Reuben, mencionado el fabuloso libro del saber
vampírico del que sólo quedaban fragmentos. —Un erudito Tremeré encontró el
pasaje olvidado tallado en los muros de una vieja tumba en Oriente Medio, pero
Seker acabó con él antes de que pudiera informar de su descubrimiento a sus
antiguos. La fórmula inscrita en las piedras le permitía contactar con los
Sheddim. Así nació la Muerte Roja.
—¿Aún no saben
los Tremeré cómo Seker los ha estado manipulando durante siglos? —preguntó
Rachel, negando con la cabeza. —Esos idiotas... Les ha robado muchísimos
grandes descubrimientos y ha usado la Casa del Misterio para sus propios fines.
Su rostro se
iluminó cuando vio acercarse al camarero. —Ah, el postre y el café.
Ligeramente
confundido, el sirviente depositó sobre la mesa dos porciones de pastel de
mousse y les sirvió sus cafés. —¿Desean algo más? —preguntó dubitativo. —¿Está
todo bien?
—Excelente
—dijo Reuben. —El servicio ha sido espléndido. Buen trabajo. Creo que eso es
todo por el momento, aunque podría traernos la cuenta.
Asintiendo
perplejo, el camarero se marchó. —Tenían razón respecto al pastel —declaró
Rachel, que ya estaba probando su segundo bocado. —Es estupendo.
—Le envié un
sueño a Etrius —dijo Reuben, —que llamó su atención. Por desgracia, el resto
del Círculo Interior se negó a creer lo que les decía. No puedo hacer nada más,
ya que si transmitiera sueños similares a los Siete el asunto iría mucho más
allá de la coincidencia. En cualquier caso, Etrius ha actuado por su cuenta y
ha despachado a un subordinado para cazar a St. Germain. Al menos es un
comienzo.
—Mejor que
nada —dijo Rachel observando a su hermano. — ¿Qué hacemos ahora?
—Sentarnos y
esperar, supongo —respondió. —Las cosas deberían comenzar a bullir muy pronto.
—La Muerte
Roja trató de matar a Anis y a Lameth y falló. Lo intentará de nuevo. Los
fanáticos como él nunca se dan por vencidos. Apostaría a que comenzó a trazar
un nuevo plan en el momento en que el primero se vino abajo, pero después del
ataque sus objetivos saben mucho más sobre él. No volverán a ser engañados tan
fácilmente.
—Lameth es un
enemigo extremadamente peligroso. Su ira es lenta, pero si llega a enfurecerse
tiene poder suficiente para hacer temblar el mundo. Anis tampoco es una
oponente fácil. Si cualquiera de ellos saliera del letargo, podrían acabar con
la Muerte Roja y toda su progenie... asumiendo que descubran el plan de Seker
antes de que éste lo ponga en marcha.
—Necesitan
contactar con Phantomas —dijo Rachel. —En su enciclopedia está la solución a
todo este dilema.
—Estoy de
acuerdo —dijo Reuben con rostro serio. — Phantomas es la clave. El Nosferatu es
el único Vástago que puede desvelar la Mascarada de la Muerte Roja.
CAPÍTULO 12
Washington
D.C.: 24 de marzo de 1994
—Está
noche habrá tormentas —dijo la voz en la cabeza de McCann: —Violentas
tormentas con muchos rayos.
El detective,
como siempre, guardaba silencio. Nunca hablaba en sueños, sólo escuchaba y
recordaba.
Lameth no le
ofrecía explicación para las tormentas que se avecinaban, pero McCann aceptaba
la información como hechos. El Matusalén que se comunicaba con él mediante su
cerebro controlaba grandes fuerzas. Si aseguraba que aquella noche habría tormentas,
sólo era cuestión de saber cuándo, no si era cierto.
Violentas
tormentas, con muchos rayos. Las palabras resonaban en su cabeza mientras
despertaba. Aturdido, levantó el brazo sobre su cabeza y observó el reloj que
había sobre la mesilla. Eran casi las nueve de la noche, hora de levantarse.
El detective
comprobó mentalmente las defensas psíquicas que había dispuesto por toda la
suite, pero estaban intactas. Nadie había intentado penetrar en su escondite
mientras descansaba. Tampoco había mensajes en el buzón de voz del hotel. Tenía
casi dos horas para comer algo antes de su reunión con Madeleine y Flavia en el
Lincoln Memorial.
Saliendo de la
cama, se acercó descalzo hacia las pesadas cortinas que ocultaban la suite al
mundo exterior. Las apartó y contempló las luces de la ciudad. El cielo estaba
despejado y en lo alto brillaba una luna lustrosa. Las estrellas parpadeaban
brillantes y no se veía una sola nube. Se encogió de hombros. Ni el periódico
ni las noticias del tiempo en la televisión predecían lluvia, pero Lameth le
había dicho que iba a haber tormentas. El vampiro no hacía promesas en balde.
Cuarenta y
cinco minutos después, mientras McCann se preparaba para salir de la
habitación, las nubes ya empezaban a encapotar el cielo. El detective no estaba
seguro de cómo lograba Lameth alterar los patrones climáticos, pero no le
importaba. Por alguna razón inexplicable, el Matusalén quería tormentas sobre
Washington aquella noche. El trueno lejano era la prueba de que cuando Lameth
quería algo lo conseguía.
Comprobó
cuidadosamente su equipo. En la sobaquera estaba su ametralladora Ingram Mac
10. Era una potente arma automática que disparaba treinta balas del calibre .45
en una ráfaga continua. El impacto de esta descarga bastaba para aturdir y
confundir a la mayoría de los vampiros. El alambre afilado que ocultaba en el
cinturón le proporcionaba el toque final.
Cosido en el
interior de su larga gabardina negra, casi invisible, había un tubo flexible de
cuero de veinte centímetros. En su interior asomaban tres largos trozos de
madera. Aunque podían parecer juguetes de niños, en realidad eran efectivas
armas destructoras. Reforzadas por un clavo interior de acero, las estacas
estaban peligrosamente afiladas. McCann las empleaba como dardos,
arrojándoselas a sus enemigos como si fueran pequeñas lanzas. A pesar de su
tamaño, aquellas armas podían matar a un hombre o paralizar a un vampiro
atravesándole el corazón.
Satisfecho y
listo para cualquier eventualidad, el detective apagó las luces y salió al
pasillo del hotel. Comprobó su reloj: las diez en punto. Tenía que estar en el
monumento a las once, y la estatua estaba muy cerca de su hotel. Tenía tiempo
de sobra.
Se dirigió
hacia el final del pasillo y llamó al ascensor. Mientras esperaba sonrió,
pensando en la expresión de Madeleine Giovanni la noche anterior. La vampira
era una curiosa combinación de asesina letal e ingenua provinciana. Desde
luego, no cuadraba con el estereotipo de su clan.
La llegada del
ascensor interrumpió los pensamientos de McCann sobre su protectora. Entró y
pulsó el botón de la planta baja. Con un zumbido, las puertas se cerraron y la
cabina comenzó a descender.
Entonces, sin
previo aviso, el ascensor se detuvo entre las plantas tercera y cuarta. La luz
del techo parpadeó y se apagó. McCann frunció el ceño. No estaba de humor para
averías estúpidas. Esperó nervioso a que la cabina continuara, pero pasado un
minuto llegó a la conclusión de que no iba a moverse. Maldiciendo, palpó el
panel hasta que dio con el teléfono de emergencia. Se llevó el auricular al
oído, pero la línea estaba cortada.
Cada vez más
furioso, golpeó las puertas con los puños. — ¿Hay alguien ahí? —gritó. —¿Qué
está ocurriendo?
No hubo
respuesta. Lanzó un suspiro desesperado. Los disturbios estaban provocando un
desastre detrás de otro en la ciudad, y era plausible que los anarquistas del
Sabbat hubieran volado alguna central eléctrica. Estaba atrapado en la cabina
hasta que llegara ayuda, lo que podía tardar horas.
—Y una mierda
—murmuró el detective. Cerró los ojos un momento y trató de recordar el
interior de la cabina. Asintió. Si no se equivocaba, justo sobre él había una
trampilla de emergencia.
Cerró los
puños sobre su cabeza y saltó, atravesando el techo como un martillo. El acero
gimió y la tapa de la trampilla saltó por los aires. Mientras caía, vio una
pálida luz que se filtraba por la abertura. Eran las luces de emergencia del
hueco del ascensor.
Saltó de nuevo
y se aferró a los bordes de la trampilla, izándose hasta el techo de la cabina.
Se puso en pie y comprobó que alcanzaba las puertas de la cuarta planta.
Introdujo los dedos entre las dos hojas y comenzó a hacer fuerza. Las puertas
se abrieron con una descarga de aire comprimido.
Frunció el
ceño. Las luces del pasillo estaban encendidas, así que parecía que la avería
sólo había afectado a los ascensores. Sabía que no era una coincidencia que la
electricidad hubiera fallado precisamente estando él dentro. Saltó rápidamente
para ponerse en pie. Se acercaba compañía, y con malas intenciones.
—¿Señor
McCann? —preguntó suavemente una voz que sorprendió al detective. Giró la
cabeza rápidamente y desenfundó la Ingram con la mano derecha. Un joven alto y
delgado, con el pelo castaño rizado y enormes ojos marrones, se encontraba
junto al botón de llamada del ascensor. Llevaba unos sencillos pantalones color
avellana y una sudadera gris clara con las palabras "Notre Dame" en
el pecho. En la cabeza llevaba un yarmulke, el solideo de los judíos
religiosos.
—¿Quién cono
eres? —preguntó McCann apuntando la ametralladora. Solo y desarmado, el joven
irradiaba buena voluntad. No era una amenaza. —¿Cómo sabes mi nombre?
—Soy Elisha
Horwitz —dijo mientras observaba el pasillo. — Ahora no tenemos tiempo de
hablar. El grupo que cortó la electricidad de los ascensores está a punto de
llegar. Son vampiros con lanzallamas, y vienen a por usted. Será mejor que nos
vayamos.
McCann
asintió. Después de los sucesos de la noche anterior ya estaba curado de
espantos. —¿Has venido a rescatarme?
—No
exactamente —dijo el joven sonriendo. —Sospecho que es usted perfectamente
capaz de manejar cualquier peligro. Sentí que saldría en esta planta y creí que
lo mejor era reunimos aquí. No soy más que un mensajero.
La puerta
anti-incendios que conducía a las escaleras de emergencia en el otro extremo
del pasillo se abrió de golpe. Aparecieron cuatro figuras, vestidas de cuero
negro, con la cabeza afeitada y actitud amenazadora. Todos iban armados con
lanzallamas, y al ver a McCann gritaron triunfantes.
—Mierda —dijo
el detective mientras volvía a levantar la Ingram. —Luchando contra vampiros en
el pasillo de un hotel caro. Parezco un personaje en una película de John Woo.
Sígueme, chaval. Trata de mantenerte atrás si no quieres salir herido. Quiero
oír ese mensaje tuyo.
Apretando el
gatillo, McCann inundó el pasillo de balas. Los proyectiles impactaron en el
primero de los vampiros, arrancándolo del suelo y lanzándolo contra sus
compañeros, que cayeron enredados sobre la moqueta.
El detective
se movía a velocidad inhumana, llegando hasta el grupo antes de que pudieran
siquiera levantarse. Agarró al vampiro herido y lo aplastó contra la pared. El
cuerpo se derrumbó inmóvil. Aunque el acero no podía destruir a los Vástagos,
el monstruo tardaría semanas en regenerarse. Ya no sería un problema.
Al segundo y
al tercero los anuló con sus "palillos" de madera. Con el corazón
atravesado, los Cainitas quedaron congelados en el sitio. Sólo quedaba uno,
pero había desaparecido.
Confundido,
McCann miró a su alrededor. Nada. Al final descubrió una delgada línea de
cenizas que delimitaba el contorno de un cuerpo sobre la moqueta; en medio
había un lanzallamas. El detective abrió los ojos asombrado. Evidentemente,
cuando el vampiro había sido derribado el cañón del arma había apuntado a su
pecho y se había disparado accidentalmente. Las llamas producidas habían
acabado con él. Era una respuesta improbable, pero concordaba con los hechos.
Se giró y
observó a Elisha. —¿Tienes algo que ver con esto? —le preguntó, señalando a las
cenizas.
El joven miró
a McCann con ojos grandes e inocentes. —¿Yo? ¿Cómo? Parece que cayó sobre su
propia arma y se destruyó solo. Ni siquiera lo he tocado.
—Claro —dijo
McCann sarcástico, observando a los dos vampiros inmovilizados. —Salgamos de
aquí. He notado que estos gamberros cazan en manadas, así que es probable que
el hotel esté lleno de ellos.
Elisha
asintió. —Siento al menos a diez más en el edificio. Parecen ansiosos por dar
con usted.
—Supongo que
la Muerte Roja habrá aumentado la recompensa por mi cabeza —dijo el detective,
—si es posible separada del cuerpo. Vamos. Si percibes a más vampiros, grita.
Las escaleras
de emergencia estaban vacías. La iluminación era mala y había mucha humedad,
pero no había rastro de enemigos. McCann y el joven descendieron a toda prisa
hasta la primera planta.
—Tienes que
saber —dijo el detective mientras bajaban, — que me has dado la excusa estándar
de los magos a lo largo de los siglos para cualquier suceso inexplicable: ni
siquiera lo he tocado. Deberías probar algo diferente. El mensaje que traes,
¿De quién es?
—De mi maestro
—dijo Elisha. —Rabbi Moses Ben Maimón.
El rostro del
detective, normalmente impasible, se iluminó con un inesperado alivio. —Rambam.
Hacía mucho que no oía de él. ¿Sigue jugando al ajedrez?
—Por supuesto
—respondió Elisha, —aunque no deja de quejarse de que no tiene competencia. El
único que representa un reto es un hombre llamado Reuben que le visita...
Elisha se
detuvo a mitad de la frase, ya que dos vampiros anarquistas bajaban a toda
velocidad tras ellos, sus gritos resonando en el hueco de la escalera. Las
criaturas habían logrado camuflar sus pensamientos hasta que se encontraron muy
cerca. McCann maldijo. Había dejado que la conversación le distrajera, cuando
debía haber estado alerta. Comenzó a canalizar su poder hacia sus puños:
acabaría con la pareja con las manos desnudas.
No tuvo que
molestarse. Cuando ya estaban muy cerca el primer vampiro, armado con un
cuchillo de caza, tropezó en el peldaño con el tacón de sus botas de cuero de
motorista. Con un rugido de furia el Cainita salió disparado por los aires,
volando sobre la cabeza de McCann como un cohete desviado. La caída se detuvo
cuando su cabeza chocó contra el pasamanos de acero que bordeaba toda la
escalera. El detective parpadeó atónito cuando vio el cuchillo saltar por los
aires, dar un giro y caer directamente sobre la nuca de la criatura. El
anarquista sufrió espasmos durante algunos segundos hasta que se detuvo. No
estaba destruido, pero no se movería durante un buen rato.
Su compañero
tuvo un destino similar. Volteaba una pesada cadena metálica en un círculo
mortal sobre su cabeza, acercándose cuidadosamente. Sus pasos eran lentos y
seguros, pero a pesar de sus precauciones fue sorprendido cuando el suelo bajo
sus pies cedió repentinamente. Con un grito de rabia, la criatura desapareció
por el hueco abierto. La caída hasta el sótano era muy larga. Sus aullidos de
furia terminaron abruptamente con el enfermizo crujido de los huesos
pulverizándose contra el hormigón.
—Decididamente,
búscate otra excusa —dijo McCann con una expresión incrédula mientras pasaban
junto al vampiro empalado. —Manipulas las coincidencias con demasiada facilidad
como para que los demás crean que son casuales.
—Soy nuevo en
el negocio —admitió Elisha mientras abandonaban la escalera y salían al
vestíbulo del hotel. Los ojos del joven brillaban de emoción. No parecía haber
anarquistas en la planta principal, ya que todos estaban buscando a McCann
arriba. —La creación de accidentes creíbles requiere práctica.
—A mí me
parece que sólo tienes que trabajar el estilo —dijo McCann, —no los resultados.
Te encargaste de esos vampiros sin perder un paso.
—Rambam me ha
entrenado sin descanso para enfrentarme a lo inesperado —dijo Elisha.
—Reaccioné sin pensar.
—Hablando de
tu maestro —dijo McCann mientras atravesaban la puerta principal del hotel y
salían a la calle, —¿qué me comentabas sobre que Maimónides jugaba al ajedrez
con un hombre llamado Reuben? ¿Reuben qué?
—No conozco su
apellido —respondió. —Es rubio, ojos azules brillantes y siempre viste de
blanco. Parece joven, pero sospecho que es mucho más viejo de lo que aparenta.
—Sonrió. — Todos los que visitan a mi maestro son mayores de lo que parecen. No
sé nada sobre él, pero es un excelente jugador. Vence a mi maestro tantas veces
como pierde.
—Muy
interesante —dijo McCann. Otra pieza del rompecabezas que parecía no tener
solución.
Se dirigieron
juntos por la Avenida Virginia hacia el Potomac. Una calle paralela al río
llevaba directamente hasta el Lincoln Memorial.
Había
comenzado a llover, y los destellos iluminaban el cielo a lo lejos. Al
detective no le preocupaba. Después del reciente encuentro con los anarquistas
prefería evitar los automóviles. Iba a llegar tarde a la reunión, pero no podía
haber hecho nada al respecto.
—Muy bien.
Estamos solos —dijo el detective. —¿Cuál es ese mensaje tan importante, que has
tenido que venir desde Israel para dármelo en persona?
—Mi maestro
quiere verle inmediatamente —respondió Elisha, ruborizado. —Se supone que debe
regresar conmigo tan pronto como sea posible. Necesita contarle la verdad sobre
la Muerte Roja.
McCann sacudió
la cabeza, incrédulo. —No estoy seguro de comprender la importancia de esa
reunión. ¿Desde cuándo se involucra un mago del poder de Maimónides en los
asuntos de los Vástagos?
—¿No lo ve?
—dijo nervioso Elisha. —Ése es exactamente el problema. A Rambam no le
preocupan los Vástagos. Los planes de la Muerte Roja no afectan únicamente a
los Condenados. ¡Si no es derrotado, ese monstruo podría destruir el mundo
entero!
CAPÍTULO 13
Washington
D.C.: 24 de marzo de 1994
Estacionaron
el camión en un área pública de descanso a treinta kilómetros de Washington. El
lugar estaba desierto, ya que los disturbios y las revueltas en la capital
habían convencido a los transportistas independientes de que era mejor alejarse
de la ciudad. Madeleine pensó que el trailer estaría a salvo en un Jugarían
apartado hasta que regresara por la mañana. A sus tres jóvenes ayudantes no les
gustó la idea, ya que deseaban sentir las emociones de la gran ciudad.
—Es una
maldita paranoica —declaró Júnior. Aunque era bastante malhablado, era mucho
más inteligente de lo que aparentaba. —A nadie le importa un huevo ni el camión
ni lo que lleve dentro. Anoche aparcamos en Washington y no tuvimos ningún
problema.
—Sí—dijo
Pablo. —Deberíamos ir a la ciudad a divertirnos.
—Eso —añadió
Sam. —Tienen salones recreativos abiertos toda la noche. He oído los anuncios
en la radio. Quiero verlos.
—Pizza —dijo
Júnior. —Los Big Macs de la cena estaban bien, pero yo quiero una maldita
pizza. Me muero de hambre.
—Compramos
comida de sobra en el Seven-Eleven —declaró Madeleine
levantando la vista de su escritorio. —Podéis comer las patatas fritas y los
caramelos, pero de ningún modo moveréis el camión de aquí. No voy a cambiar de
opinión.
Se encontraban
en el remolque del enorme trailer. El interior había sido dispuesto como una
oficina. Había una mesa, varias sillas y una hilera de archivadores. Todo
estaba atornillado al suelo, para que no se moviera cuando el camión estuviera
en marcha. Un teléfono móvil y un sistema de telefax conectaban a Madeleine
directamente con el Mausoleo, el cuartel general de los Giovanni en Venecia.
Además del
mobiliario de oficina había un gran armario lleno con las ropas de Madeleine, y
detrás se encontraba su ataúd. Al lado había dos sacos de dormir, uno para
Júnior y otro para Sam. Pablo odiaba dormir en el suelo, por lo que descansaba
en la cabina del conductor.
—Recordad
—dijo Madeleine —que esto no es un juego. Hay muchos Vástagos que harían lo que
fuera por destruirme. Me tuve que enfrentar a un grupo de ellos en vuestra
casa, en Lexington, la noche que os conocí. Es seguro que hay otros, quizá en
la zona, buscándome. Mi identidad ha sido comprometida, por lo que permanecer
oculta es una cuestión de supervivencia.
—Sí —dijo
Júnior. Los chicos estaban sentados en sillas plegables dispuestas en un
semicírculo alrededor del escritorio. — Lo entendemos, señorita Madeleine. De
verdad. Nos parece muy bien, y todo eso. No hacemos más que fastidiarla.
Madeleine
terminó de escribir en su diario informático y pulsó una tecla para imprimir el
documento. Antes de irse quería enviar por fax a su sire el relato de los
acontecimientos de la noche pasada. Era parte de su rutina diaria. Sin embargo,
ni en este informe ni en ninguno de los anteriores se hacía mención de sus tres
ayudantes.
Sabía que su
abuelo no aprobaría que hubiera reclutado a aquellos tres pordioseros, aunque
también estaba convencida de que no le obligaría a abandonarlos. Como Daga de
los Giovanni, se le permitía actuar como estimaba más conveniente. Trabajaba al
margen de cualquier control, por lo que su decisión sobre sus ayudantes era
totalmente personal.
El problema
era que la propia Madeleine no llegaba a comprender por qué había adoptado a
aquellos tres niños como cómplices. A pesar de lo que les había dicho, podía
haberse valido perfectamente sola. Eran útiles, pero no necesarios.
Como cualquier
chica nacida en la Casa de Giovanni, había crecido sin amigos: sólo había
tenido responsabilidades. La ejecución de su padre por orden de Don Caravelli
(Capo de la Mafia) cuando ella contaba once años destruyó cualquier posibilidad
de haber llevado una vida normal. Fue una niña intensa y sombría que encontró
su destino en la muerte.
En vez de
aprender el negocio familiar o de casarse con algún importante líder
empresarial al que los Giovanni quisieran atraer al clan, se dedicó en cuerpo y
alma a la venganza. Se entrenó con los mejores maestros europeos en el
sabotaje, la subversión y el engaño. Se convirtió en una experta en el combate
armado y desarmado y aprendió táctica y estrategia de los políticos más
aviesos.
Pasó doce años
aprendiendo todo lo necesario para convertirse en una terrorista perfecta.
Entonces, cuando logró su objetivo, Madeleine le pidió a su abuelo que la
Abrazara. Era una petición realizada bajo el Rito de la Sangre y la Venganza
que no podía rechazarse, de modo que la niña solitaria y silenciosa se
convirtió en una vampira solitaria y silenciosa.
Pasó otra
década fundiendo sus habilidades con sus poderes vampíricos. Era extremadamente
paciente y nunca se aburría. Veintidós años después de que jurara que no
descansaría hasta que el jefe de la Mafia que destruyó a su padre fuera
ejecutado, el arma secreta de los antiguos Giovanni entró en el sombrío mundo
del espionaje y la intriga de Europa.
Aunque el clan
se negaba a reconocer participación alguna en el asesinato del Archiduque Franz
Ferdinand, su muerte fue indirectamente preparada por Madeleine. Lo mismo
sucedió a lo largo de las décadas siguientes con decenas de políticos que se
atrevían a enfrentarse a los planes y ambiciones del clan. La Daga de los
Giovanni golpeaba con rápida y silenciosa precisión. Nunca fallaba.
Pasaron
ochenta años y Madeleine nunca dejó de entrenarse. Tampoco dejaba de soñar con
la noche en la que por fin se enfrentara a Don Caravelli y saldara su deuda de
honor.
—Me resulta
inconcebible que haya espías en el Mausoleo, el cuartel general de mi clan
—dijo Madeleine mientras introducía las páginas en el fax. El mensaje estaba en
una clave que había sido empleada por los Giovanni desde hacía siglos. Estaba
basada en la jerarquía de la familia (tanto en la rama mortal como en la
vampírica), y nadie que no perteneciera al clan podría descifrarla. —En mi
línea de sangre la lealtad no se compra ni se vende al mejor postor. Es una
cuestión de honor.
Observó a sus
tres colaboradores; la adoración que sentían hacia ella era evidente en sus
rostros. No les importaba que fuera una de los Condenados. Lo que contaba era
que se preocupaba por ellos. Aquella responsabilidad había sorprendido a
Madeleine, pero se la tomaba muy en serio.
La venganza
había ocupado su vida y su muerte, y durante más de un siglo no había conocido
otra cosa. Sin embargo, la humanidad que quedaba en ella comprendía de forma
instintiva que la existencia era algo más que destrucción. Comprendía vagamente
que su inesperado apego por aquellos tres parias era tanto una reacción a su
niñez perdida como a la de ellos.
—¿Quién te ha
vendido? —preguntó Sam. —¿Quién ha cantado?
—No lo sé
—respondió. —Estoy segura de que no me reconoció por casualidad ningún Vástago
que pasaba por ahí. Mi cara no es conocida. —Sonrió brevemente. —Los que
descubren mi verdadera identidad suelen recibir inmediatamente la Muerte
Definitiva.
Se encogió de
hombros. —Es posible que el príncipe de San Luis confundiera mi misión y
creyera que era más importante de lo que pensaba, mandando asesinos tras mi
pista. Sin embargo, dudo de que Alexander Vargoss hubiera empleado agentes tan
ineptos. Algún día descubriré la verdad y el traidor pagará por ello.
—Si tanto te
preocupa la seguridad —dijo Júnior inesperadamente, —podrías convertirnos en
putos vampiros. Así no tendrías que preocuparte por nada. Seríamos fuertes como
tú. ¡Invencibles, colega!
Madeleine le
atravesó con la mirada. Se acercó enojada hacia la silla en la que el chico
estaba sentado comiendo patatas fritas y le arrancó la bolsa de las manos.
Aplastó el contenido con sus dedos hasta que no quedaron más que migajas,
arrojó la bolsa al suelo y la pisó con el pie.
—No puedo
comer estas intrigantes patatas fritas —dijo con voz gélida, —ni puedo
disfrutar de los diferentes sabores de la cerveza de raíz. Nunca he comido un
perrito caliente ni he probado el pastel de manzana, ambos estándares
estadounidenses. Mi única dieta es la de la sangre. —Desnudó sus colmillos y
asintió satisfecha cuando los jóvenes se hundieron en sus asientos,
horrorizados. —La sangre humana. Caliente.
Perforó a
Júnior con una mirada que éste no pudo sostener. — Si te Abrazara ahora serías
un niño eternamente. Nunca madurarías, nunca te convertirías en un hombre. Tu
existencia sería una pesadilla de sueños sin cumplir, ambiciones irrealizables.
A los míos se les llama Condenados por un motivo.
Júnior tragó
saliva. —Estaba de cofia —dijo. —De verdad...
—Comprendo el
atractivo de vivir eternamente —dijo Madeleine. —Cuando crezcáis, los tres os
convertiréis en mis ghouls. Os daré a probar mi sangre de vez en cuando, lo que
multiplicará por diez vuestra esperanza de vida, pero aún podréis disfrutar de
las experiencias que se nos niegan a los no-muertos.
—¿Ghouls?
—dijo Sam. —Eso suena guay. Sam el Ghoul. Le pega a mi personalidad.
—Sí —dijo
Pablo, que normalmente no tenía mucho que decir. —A mí también me parece
genial. Creo que podría acostumbrarme.
Madeleine
asintió, permitiéndose una pequeña sonrisa. A lo largo de sus años de
entrenamiento había aprendido a fingir angustia perfectamente. Era una lección
que no dejaba de serle útil. —Eso es exactamente lo que quiero de vosotros, mis
pequeños. Servidme en vida, no en la muerte.
—No te
fallaremos, señorita Madeleine —dijo Júnior solemne. —Nunca jamás. Ni de coña.
En serio.
—Ya lo sé,
Júnior —respondió Madeleine. —No podría encontrar aliados más formales. Ahora
debo marcharme. Mi sire me envió a América a proteger a un hombre, no para
sentarme a discutir sobre patatas fritas con tres reclutas Giovanni.
Los chicos se
hincharon de orgullo ante aquellas palabras, como ella sabía que ocurriría.
Aunque nunca había tratado con niños, comprendía de forma instintiva sus
necesidades: eran muy similares a las suyas.
—Esperad en el
camión —siguió. —Y vigilad. Si notáis algo sospechoso, abandonad la zona
inmediatamente y aparcad en el mismo sitio que anoche. Tened mucho cuidado.
Prefiero pecar de cauta que de valiente.
—No tienes que
preocuparte, señorita Madeleine —dijo Pablo. —Protegeremos este enorme camión
con nuestras vidas. No pasará nada. Somos más duros de lo que parecemos.
—Parecéis
bastante duros, sí—dijo Madeleine con una sonrisa. —Me marcho. Tened cuidado.
Volveré antes del amanecer.
Con esto
desapareció, pero la muerte, su constante compañera, se quedó merodeando.
PARTE
2
En el más
profundo sueño... ¡no! En el delirio... ¡no! En el desvanecimiento... ¡no! En
la muerte... ¡no! ¡Ni siquiera en la tumba lodo está perdido!
"El Pozo
y el Péndulo"
Edgar Allan
Poe
CAPÍTULO 1
Washington
D.C.; 25 de marzo de 1994
Había
terminado el tiempo de soñar. Alicia abrió los ojos y dejó vagar libremente sus
sentidos. El fuego aún ardía, pero no con la misma intensidad. Ya podía escapar
del terreno de desfiles mientras vigilara cuidadosamente dónde pisaba.
El reloj en la
cápsula de contención señalaba casi las dos de la madrugada. Ya llevaba más de
veinticuatro horas encerrada en aquel lugar, y no estaba segura de lo que había
sucedido entre tanto. Sin embargo, pretendía descubrirlo en breve.
Estaba segura
de que la Muerte Roja no se habría quedado quieta. El proyecto del monstruo
para lograr el control de la Camarilla y del Sabbat era complejo y laberíntico.
La guerra de sangre que había sumido a Washington en el caos no era más que una
fase del plan maestro de la criatura; el ataque y eliminación de miembros de
ambas sectas había sido otra. La Muerte Roja había dejado claro que pretendía
nada menos que lograr el control de toda la raza Cainita. Podía comprender
perfectamente sus motivaciones, ya que era un sueño compartido por todos los
Matusalenes que participaban en la Yihad. La tapa de la cápsula con aspecto de
ataúd se abrió con la pulsación de un botón. Alicia se sentó y observó a su
alrededor. La cápsula había sido situada dentro de un depósito de
almacenamiento en el extremo del campo de desfiles, pero el edificio había
desaparecido. La explosión y el fuego habían volatilizado la estructura de la
faz de la Tierra, y todo lo que quedaba era algunos trozos de muro chamuscado.
Estaba cayendo
una lluvia constante, pero las gotas se evaporaban contra las llamas que aún
ardían en diversos puntos de la base. El depósito parecía un lugar
relativamente seguro. Alicia se incorporó impaciente sobre un lateral de la
cápsula y bajó el pie hasta el suelo. Era capaz de sentir el calor de la tierra
a través de la suela de sus zapatos, pero a pesar de la intensidad casi
volcánica lo podía soportar. No tenía intención de permanecer mucho más en
aquel lugar.
Aún vestía sus
pantalones oscuros y la chaqueta invernal. Su sombrero había desaparecido en la
carrera desesperada para llegar hasta la cápsula, y bajo sus ropas llevaba una
delgada armadura de fibra de vidrio. El equipo de comunicaciones que había
traído con ella no era más que un montón de metal; los primeros segundos de la
explosión habían sacudido la tierra como un terremoto, así que había sido
afortunada por sobrevivir con sólo algunos rasguños y un micrófono roto.
Con un empujón
cerró la tapa. Conseguir tres cápsulas para aquella operación en el Depósito de
la Armada le había costado millones en sobornos, pero ahora sabía que había
sido una buena inversión. Las cajas habían salvado el cuerpo de Alicia de la
destrucción, una de los principales objetivos de la Muerte Roja aquella noche.
La criatura
sabía que matar a Anis hubiera sido prácticamente imposible. Como casi todos
los viejos vampiros, empleaba un agente para operar mientras su verdadero
cuerpo permanecía oculto y en letargo. Sin embargo, destruir a aquel huésped
hubiera sido casi tan efectivo como acabar con Anis. La muerte de Alicia Varney
hubiera obligado a la Matusalén a establecer una nueva identidad, un esfuerzo
que podía llevar meses, incluso años. Mantener el control sobre el inmenso
imperio financiero que Anis había creado a lo largo de los siglos hubiera sido
difícil. Además, hubiera tardado mucho más en recuperar su influencia entre los
Vástagos. Alicia tenía que permanecer con vida para poder derrotar a la Muerte
Roja.
Con los
sentidos alerta ante cualquier posible fallo del terreno, se movió entre la
devastación. El lugar parecía haber sido atacado con una bomba atómica, ya que
no quedaba un solo edificio en pie. Los restos ennegrecidos de metal y hormigón
eran la única prueba de que allí había habido algo. Makish, el asesino Assamita
renegado con querencia por la Termita, se había superado. La zona era tan
sombría y triste como el lado oscuro de la Luna, y casi igual de habitable.
La lluvia
golpeó su cuerpo con creciente ferocidad, y en el cielo los relámpagos
restallaban sin descanso. Con el cabello pegado a la cabeza y la ropa adherida
como una segunda piel, se abrió paso en aquel infierno fundido hasta regresar a
las calles de la capital.
No se veía ni
rastro de policía ni de bomberos, salvo por una barricada que bloqueaba la
entrada a la escena del desastre. Ambos departamentos sufrían una grave
carencia de personal. Mientras fuera posible, los jefes de bomberos preferían
evitar los grandes incendios, esperando a que se consumieran por su cuenta,
ahorrando personal, tiempo y dinero. En una época de presupuestos ajustados e
indiferencia hacia las clases desfavorecidas, un cierto número de bajas,
especialmente en los barrios más pobres de la ciudad, se consideraba aceptable.
Era una decisión dura, pero necesaria.
Alicia tenía
el aspecto de una rata ahogada, y era así como se sentía. La lluvia era fuerte
y constante, y el cielo no dejaba de iluminarse con los rayos. Un baño caliente
y una taza de café hirviendo, preferiblemente con un poco de brandy, serían
perfectos. Sin embargo, sabía que tenía cosas más importantes que hacer. El
descanso podía esperar.
Tardó varios
minutos en localizar el lugar exacto por el que había entrado en el parque la
noche anterior. La furgoneta que había servido como cuartel general y en el que
guardaban todo el material electrónico no estaba. El estacionamiento estaba
vacío, y Alicia no pudo reprimir un suspiro de alivio. Las marcas de la
explosión no parecían haber alcanzado al vehículo, y no había restos que
hicieran temer lo peor. Por lo que sabía, su ayudante, Sanford Jackson, había
sobrevivido al desastre.
Frunció el
ceño, preguntándose por qué Jackson no estaba allí. Su mano derecha había sido
imprescindible para obtener las cápsulas de emergencia de la NASA, así que era
consciente de su capacidad para soportar la explosión. También sabía, por
observación personal, que Alicia no era fácil de matar. Parecía extraño que no
hubiera esperado a que ella saliera del fuego antes de marcharse. La idea le
preocupó. Jackson era leal más allá de toda duda, y si había desaparecido tenía
que haber un buen motivo.
Las calles
estaban desiertas y las casas más cercanas a la zona del incendio estaban
chamuscadas. Parecía evidente que los habitantes de aquellos destartalados
edificios habían huido del infierno, y que no tenían demasiada prisa para
regresar a casa.
No podía
culparles. Ella había conocido la pobreza y la riqueza, y sabía que la primera
era un infierno. La abundancia era infinitamente mejor.
Le sentó bien
volver a caminar. Después de más de un día encerrada en aquel ataúd, estaba
disfrutando de su libertad. La lluvia no le molestaba y la sangre de Anís que
tomaba cada mes le mantenía en una perfecta condición física. El agua que
chapoteaba bajo sus pies no era más que una molestia menor. El diluvio mantenía
a la gente en sus casas, por lo que se movía a buen paso.
Estaba ansiosa
por regresar al cuartel general de Justine Bern, ya que mientras estuvo en la
cápsula había sido incapaz de establecer ningún tipo de enlace mental con la
arzobispo. Quería saber si la Guardia de Sangre había encontrado el paradero
del Príncipe de Washington y los suyos. Si no conseguían dar con Vitel y
destruirlo, la guerra de sangre sería considerada un fracaso por la jerarquía
del Sabbat, y las penas por el fracaso eran severas.
Justine había
codiciado desde hacía mucho tiempo la posición del príncipe de la ciudad, y la
Muerte Roja le había proporcionado la excusa necesaria para la invasión. La
arzobispo nunca llegó a darse cuenta de que actuaba de acuerdo con el plan del
espectro escarlata. El ataque había atraído a Alicia a la capital, y los
cientos de vampiros involucrados sirvieron como la cobertura mental perfecta
para la presencia de cuatro Muertes Rojas diferentes. Esa sección del plan casi
había resultado en la destrucción de Alicia, pero lo que le preocupaba era el
resto del proyecto: no tenía ni la menor idea de lo que el monstruo pretendía
hacer a continuación, pero estaba segura de que, fuera lo que fuera, no iba a
resultar de su agrado.
Un trueno
retumbó segundos después de que el relámpago iluminara el cielo. Los últimos
rayos habían golpeado el centro de la ciudad, lo que hizo que Alicia,
temblando, se protegiera aún más con su chaqueta. Hacía un frío poco
acostumbrado para una tormenta, aunque normalmente los cambios de temperatura
no le preocupaban. Sin embargo, aquella noche se sentía ligeramente inquieta.
Había algo extraño en el aire, y el clima parecía ser un reflejo. La lluvia
seguía cayendo como una manta constante que, combinada con la oscuridad, servía
para reducir la visibilidad a menos de treinta metros.
Aquella
tormenta tenía una misteriosa cualidad familiar que le trajo recuerdos casi
olvidados. Se detuvo unos instantes y dejó que su mente retrocediera los
milenios que habían sido su vida. La respuesta llegó en pocos segundos: el
Mesías Oscuro era un maestro del clima violento. Tras conectar todos los
acontecimientos, recordó varios momentos a lo largo de su relación en los que
su amante había invocado tormentas similares para ayudarse en sus planes.
Alicia sonrió. Como sospechaba, Diré McCann también había conseguido escapar de
la trampa de la Muerte Roja, y era el responsable de aquel torrente. No tenía
ni idea de por qué Lameth quería aquella lluvia, pero por su intensidad
sospechaba que no se trataba de nada agradable.
Alicia se
encogió y prosiguió su marcha. Hacía treinta y seis horas que no comía ni bebía
nada, y hasta un ghoul necesitaba sustento. Lo más probable es que pudiera
atribuir su inquietud a la falta de agua y comida. Un filete y una botella de
vino le animarían un poco. Por desgracia, sospechaba que pasarían horas antes
de que pudiera perderse en tales placeres. Antes había cosas más importantes
que hacer.
Estaba a muy
pocas manzanas del almacén. Allí, por fin, conseguiría algo de ropa seca,
aunque era consciente de que no había comida apta para el consumo humano. El
Sabbat solo conservaba lo que necesitaba. Esperaba que Justine y sus consejeros
estuvieran presentes. Un rápido sondeo mental a la arzobispo le proporcionaría
toda la información que necesitaba y le permitiría orientarla en la dirección
correcta. Justine era astuta, pero ni siquiera se acercaba a la Matusalén
llamada Anis, que contaba con siete mil años de edad.
Mientras se
aproximaba al almacén Alicia vio luz surgiendo de la puerta principal, aunque
no se veían señales de actividad. El lugar parecía desierto; se preguntó qué
habría pasado. No tenía sentido que los portones estuvieran abiertos. Las
líneas de preocupación que surcaban su rostro se hicieron más profundas cuando
la sensación de inquietud que experimentaba se hizo aún más fuerte. Había algún
problema grave.
—Alicia
—susurró una voz desde la oscuridad. —No te acerques ni un paso, hazme caso. Es
una trampa, creo, mortal por lo que veo.
Alicia volvió
la mirada rápidamente hacia la derecha. — ¿Molly? ¿Eres tú? ¿De qué demonios
estás hablando?
—Soy yo,
belleza, y estoy de una pieza —rimó Molly Wade oculta por las sombras. —Me
alegra ver que no estás muerta, pero lo estarás si cruzas esa puerta.
Alicia volvió
a mirar hacia la entrada. Creyó ver moverse algo en el interior, pero con la
lluvia y la distancia no podía asegurarlo. Siguió moviendo las piernas como si
estuviera andando, pero en vez de marchar hacia delante se mantuvo en el lugar.
Engañaría a cualquiera durante unos segundos.
—Explícate,
maníaca —siseó. Molly era una Malkavian, un clan de vampiros notorio por su
locura. Comprenderla era difícil, aun en las mejores condiciones. —¿Quién hay
dentro?
¿Hugh?
¿Justine?
—No habrá
tiempo para charlas —dijo Molly, apareciendo de la nada al lado de Alicia, —si
no te marchas. Tendremos que escapar antes de hablar.
La Malkavian
aferró a Alicia por un brazo y la arrastró con fuerza hacia la oscuridad entre
dos edificios desiertos. Alguien en el almacén gritó sorprendido.
—Coge mi mano
—le susurró Molly. En la oscuridad parecía perfectamente cuerda. —No te
sueltes. Conozco las calles, y tú no. Si nos separamos la Guardia de Sangre
dará contigo, y te puedo asegurar que no será agradable. No después del regreso
de la bruja.
—¿La bruja?
—repitió Alicia mientras corría junto a la Malkavian a través de las calles
oscuras. Tenía la terrible sensación de que conocía la respuesta a su siguiente
pregunta. —¿De quién estás hablando?
—Melinda
Galbraith —dijo Molly. —La regente ha regresado de entre los muertos, y quiere
sangre...
CAPÍTULO 2
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Corrieron
durante media hora, siguiendo un complejo camino que parecía cruzarse varias
veces, antes de que Alicia señalara que necesitaba descansar. Se acuclilló en
el extremo de la acera y apoyó los brazos en las rodillas, tratando de
recuperar el aliento. La lluvia se había convertido en una llovizna sorda. Una
espesa niebla cubría el ambiente, reduciendo la visibilidad prácticamente a cero.
Podían haber estado en la base del monumento a Washington y Alicia no lo
hubiera sabido. Le daba igual. Estaba cansada, hambrienta, sedienta y enfadada.
Sobre todo enfadada, con ella misma y con el mundo en general.
—¿Qué le ha
pasado a Justine? —preguntó mientras aspiraba grandes bocanadas. —Y ya puestos,
¿qué hay de mi amiguito, Hugh Portiglio?
—Muertos —dijo
Molly. La Malkavian tenía el aspecto de una adolescente. Llevaba el pelo
recogido en coletas y tenía un permanente aire de inocencia. —Exterminados. Lo
primero que Melinda hizo cuando nos sorprendió fue despacharlos a los dos.
Muerte Definitiva. Hubiéramos sido los tres si yo no fuera tan rápida. Cuando
acuchilló a Justine comprendí que la no-vida había dado un giro a peor, así que
desaparecí.
Molly sonrió.
—Es un talento especial. Puedo fundirme con las paredes. Durante un instante
nadie me estaba observando, así que atravesé el muro de la oficina. Me salvó de
que mi cabeza terminara en una bandeja. En serio.
—Te creo —dijo
Alicia, estirando los brazos sobre la cabeza. —La sutileza nunca ha sido una de
las principales cualidades de Melinda Galbraith. Cree en las acciones directas
y contundentes. Todo lo que me cuentas apesta a ella. Utiliza métodos
prácticamente terroristas. Sin compromisos, sin concesiones. Es un adversario
muy peligroso, y no tiene amigos.
—Pues ponle en
lo alto de tu lista de enemigos —dijo Molly. —Quería matarte y hacerte
pedacitos. Antes de escapar, oí cómo ordenaba a la Guardia de Sangre que te
exterminara en cuanto llegaras al cuartel. Por eso te estaba esperando fuera.
Yo estoy en la misma lista. Cualquiera que haya tenido relación con Justine
está condenado.
Alicia torció
el gesto. Mientras ella estaba atrapada en las llamas los acontecimientos
habían escapado fuera de control. Una década de planificación se había perdido
en cuestión de pocos minutos. Era un trago amargo, empeorado por ser tan
inesperado. Melinda llevaba meses desaparecida. Todos la creían muerta,
destruida en la catástrofe de Ciudad de Méjico. Todos, incluida Alicia.
Shaitan, otro
Matusalén, había sido el causante del incidente. Alicia no conocía los
detalles, pero era evidente que Shaitan había intentado, con ayuda de Melinda,
despertar después de varios siglos de letargo. Otros vampiros de la Camarilla
habían interferido, y el resultado fue un terrible terremoto y una explosión
que devasto la región de la capital. Shaitan desapareció, destruido o devuelto
a su eterno sueño. Melinda se había desvanecido... hasta ahora.
—Vaya maldito
lío —dijo Alicia en alto, olvidando la presencia de Molly. Negó con la cabeza,
disgustada. —Vaya lío.
—La
destrucción de Justine elimina tu fuente de sangre vampírica, ¿no? —dijo la
Malkavian, confundiendo la preocupación de Alicia. —Sin la arzobispo,
envejecerás y morirás como el ganado normal.
—No estaba
pensando en eso —respondió cada vez más molesta. Aunque nunca había tocado una
sola gota de sangre de Justine, todos los miembros del Sabbat en Nueva York
estaban convencidos de que era su ghoul. Explicar su supervivencia después de
la muerte de la arzobispo iba a ser más difícil a medida que pasara el tiempo.
Otra dificultad para la que no estaba preparada. —Hija de puta.
—Será mejor
que nos movamos —dijo Molly. —Los Guardias de Sangre son buenos rastreadores.
Si Melinda los ha soltado contra nosotros, no debemos quedarnos mucho tiempo en
el mismo sitio.
—Como digas—
declaró Alicia. Aún estaba intentando coordinar la súbita reaparición de la
regente del Sabbat con los planes de la Muerte Roja. En los asuntos de los
Vástagos no existían las coincidencias, y estaba convencida de que el regreso
de Melinda estaba directamente relacionado con el plan de aquel espectro. Lo
que no sabía era cómo... todavía.
Marchaban a
paso rápido. Molly parecía saber perfectamente dónde iban, aunque Alicia tenía
la sensación de que corrían formando un dibujo que se cruzaba una y otra vez.
La Malkavian no decía palabra, algo muy conveniente para el humor de Alicia.
Necesitaba tiempo para pensar.
Las calles
estaban desiertas. Parecía que la lluvia hubiera limpiado las calles de toda
vida. No se veían coches, ya que conducir con aquella niebla sería suicida.
Estaban solas. Ellas y sus cazadores.
—Nos siguen
cinco de ellos —anunció Molly por sorpresa. — La buena noticia es que son muy
ruidosos. Están a tres manzanas y puedo oírles. Las malas son que se mueven
mucho más rápido que nosotras. No podremos perderles.
Alicia apretó
los dientes. —¿Qué más puede salir mal esta noche? —dijo frustrada. Su genio
estalló y decidió que era momento de devolver los golpes.
Se detuvo.
Parada en medio de la calle, cerró los ojos y se concentró. —¿Cinco, dices? ¿A
tres manzanas?
—Ahora, a
menos —respondió Molly, mirándola con una mezcla de curiosidad y admiración.
—¿Planeas luchar contra ellos? ¿Un único ghoul contra cinco Cainitas? Recuerda
que son la Guardia de Sangre. Son los vampiros más duros que te puedas
encontrar.
—Error —dijo
Alicia con voz maliciosa. Sus labios se torcieron y pronunciaron palabras en
una lengua muerta hace mucho tiempo. El aire tembló con la fuerza del conjuro y
algo se agitó. El pavimento bajo sus pies había cambiado.
Alicia abrió
los ojos y miró directamente a Molly. Sus voz era un ronroneo satisfecho. —Hay
cosas en este mundo de tinieblas mucho más letales que esos pobres idiotas...
como acaban de descubrir. Ya podemos ir a nuestro destino sin más
interrupciones. Supongo que sabes dónde vamos, ¿no? ¿O hemos estado una hora
corriendo por las calles siguiendo los locos caprichos de una Malkavian?
Molly se
humedeció nerviosa los labios. —Tiene razón, ¿no? Estás poseída por el espíritu
de Anis. Las leyendas dicen que posee el poder de invocar demonios con una sola
palabra.
—Los mitos
tienden a exagerar, Molly —dijo una voz surgiendo de la bruma, seguida por la
aparición de un hombre de aspecto anodino. —Creo que la señorita Varney
necesitó toda una frase para llamar a las fuerzas del Infierno.
—El jugador de
cartas —dijo Alicia, reconociendo al hombre de inmediato. —Walter Holmes. Hace
una semana comenzaste a leerme el futuro en el Perdición. Nunca había visto a
nadie con tanta habilidad.
—Siempre he
sido un jugador —respondió Holmes crípticamente. —Encontrarme contigo en la
calle es quizá el mayor riesgo que podía asumir.
—Recorrí las
calles como me pediste, Walter —dijo Molly. — Supuse que antes o después
aparecerías, pero no contaba con que nos lanzaran a los lobos detrás.
Alicia se
volvió hacia Molly. —Tú, una consejera del arzobispo de Nueva York... ¿obedeces
órdenes de un jugador de póquer? Qué interesante.
—Ya no soy
consejera —cantó Molly, volviendo a su pose
lunática en cuanto se la enfrentó a una pregunta que evidentemente no quería
responder, —y Walter tiene mucha más madera.
—Detecté algo
extraño en ti aquella noche en el bar —dijo Alicia. —Ahora sé que tenía razón.
Enmascaras tus pensamientos con una extraordinaria habilidad.
—Aún lo hago
—dijo Walter con la más leve de las sonrisas. —Es parte de mi encanto. ¿Puedo
sugerir que abandonemos esta zona inmediatamente? Hay otros Guardias de Sangre
recorriendo las calles en tu busca. Destruirlos a todos podría poner a prueba
incluso los poderes de la Reina de la Noche.
—Quizá—dijo
Alicia. Nunca admitía limitación alguna en sus capacidades. Como humana, sólo
era capaz de canalizar por su cuerpo una fracción del poder de Anis. Podía
emplear disciplinas como Temporis sólo durante unos breves segundos. Una gran
invocación, como El Borde del Abismo del Infierno, agotaba
sus fuerzas durante horas. Sin embargo, no tenía la menor intención de
revelarle ese hecho a nadie. Era mejor dejar que se preocuparan a permitirles
descubrir su debilidad.
—No me
importaría comer y beber algo —declaró, —y mi cuerpo necesita descanso. Estoy
agotada.
—Tengo el
coche aparcado a pocas manzanas —dijo Holmes. —Aunque es difícil, con la
disciplina Auspex podré conducir en la niebla. Sugiero que abandonemos la
ciudad. Ahora que Melinda está al mando, la guerra de sangre del Sabbat ha
terminado definitivamente. Además, supongo que querrás regresar a Nueva York en
cuanto sea posible.
—¿Manhattan?
—dijo Alicia, inmediatamente alerta. —¿De qué estás hablando?
—Lo siento
—dijo Holmes. —Pensé que lo sabías. Inmediatamente tras la toma del mando del
Sabbat, Melinda envió a un grupo de ghouls al norte con instrucciones para
atacar el Edifico Varney de Nueva York. Es muy probable que tu base esté bajo
asedio ahora mismo.
CAPÍTULO 3
París,
Francia: 25 de marzo de 1994
El suelo de
las catacumbas estaba cubierto de huesos. Había millones y millones de ellos,
extendiéndose al parecer hasta el infinito sobre los túneles oscuros. Le Clair,
que a menudo presumía de tener el alma de un filósofo, y a pesar de creer en lo
sobrenatural, encontró el escenario inspirador.
—Oye mis
palabras, oh Poderoso —declaró solemne mientras descendían hacia la negrura.
Hacía mucho que habían abandonado la sección de turistas de las catacumbas, y
se encontraban en una zona sin sendas bien definidas ni luz eléctrica. No
importaba, ya que los tres tenían el poder para ver en la oscuridad. Baptiste
disfrutaba aplastando con sus pies los huesos, secos y frágiles. — Y desespera.
—Muy adecuado
—dijo Jean Paul, —pero creo que eso ya lo ha dicho alguien antes.
—Las grandes
mentes piensan igual —dijo Le Clair.
—Creía que le
habías dicho a la zorra Toreador que el arte era una pérdida de tiempo —siguió
Jean Paul mientras miraba a Baptiste, que se abría paso entre los montones de
esqueletos. — ¿Recuerdas mon ami?
—La pintura es
una mierda —se defendió Le Clair. —La danza es una mierda. La música es una
mierda. Pero la poesía... eso es diferente. La poesía es filosofía. Como la
ciencia, es la verdad.
—Ah —dijo Jean
Paul. —Mis disculpas. Mi tosco cerebro no comprendía las diferencias. Ahora sé.
Después de
descubrir la entrada a las catacumbas gracias a Marie Rouchard, habían decidido
esperar a la noche siguiente para entrar en los túneles. El día lo pasaron
durmiendo cómodamente en la mansión de la condesa. Hacía poco que había
anochecido, por lo que tenían varias horas para encontrar y destruir a
Phantomas.
Le Clair
escupió sangre molesto. —No te burles de mí, Jean Paul. Odio...
—Lo he
encontrado —rugió Baptiste, ahogando la protesta de Le Clair. —Lo he
encontrado. Aquí está.
Se trataba de
un angosto pasadizo que descendía con una fuerte pendiente bajo el corazón de
París. El techo era tan bajo que
Baptiste no
podía caminar sin agachar la cabeza. El suelo estaba cubierto por una espesa
capa de polvo, lo que indicaba que no había sido empleado en muchos años. No
había esqueletos.
—¿Crees que
este pasadizo conduce hasta la guarida del Nosferatu? —preguntó Jean Paul.
—Eso espero
—contestó Le Clair. Marchaban en fila, con él a la cabeza. Baptiste iba el
segundo y Jean Paul cerraba el grupo. El primero era el de ideas más claras, el
segundo era el tanque y Jean Paul aportaba la dosis necesaria de precaución.
—Esos monstruos cabrones siempre diseñan sus escondrijos con cinco o seis
salidas. Les aterra la idea de quedar atrapados bajo tierra por sus enemigos.
Con un poco de suerte sorprenderemos a este Phantomas mientras aparece por
alguna de sus rutas de escape.
—Eso si
tenemos suerte —dijo Jean Paul. Era pesimista por naturaleza. —¿Y si no la
tenemos?
—Entonces
sentirá nuestra presencia y huirá antes de que lleguemos —respondió Le Clair.
—No hay mucha diferencia. Vaya donde vaya, le seguiremos y lo aplastaremos como
a un insecto.
—¿No se va a
acabar nunca este túnel? —preguntó Baptiste. —Parece que no deja de bajar y de
girar una y otra vez.
—Yo no me
quejaría —dijo Le Clair. —Muchos Nosferatu llenan estos túneles hacia sus
antecámaras con hongos venenosos gigantes. No les gustan los visitantes.
—Me importa un
bledo —respondió Baptiste. —Quiero su sangre, y...
Las palabras
del gigante fueron interrumpidas por el chirrido del metal. Una placa de acero
de un metro y medio por un metro y medio, cubierta de pinchos de quince
centímetros, hizo un rápido giro desde la pared derecha. Le Clair gritó
sorprendido.
Casi sin
pensarlo, Baptiste dio un paso adelante y apartó a su compañero. Dos enormes
manos golpearon el espacio entre los pinchos. El gigante era
extraordinariamente fuerte y, con un rugido la puerta mortal se detuvo
abruptamente. Baptiste empujó la placa hasta que ésta volvió a tocar la pared.
El mecanismo se cerró y los pinchos se ocultaron, regresando a la posición que
habían tenido hasta hacía unos segundos.
—Típica trampa
Nosferatu —declaró Jean Paul mientras observaba con interés el mecanismo.
—Activada por la presión sobre una placa en el suelo, supongo. Tosco pero
eficaz. ¿Puedo sugerir que Baptiste marche delante?
—Buena idea —dijo
Le Clair, señalando al gigante que continuara. —Estate alerta. Habrá más
parecidas antes de que lleguemos hasta la guarida.
—Como estaba
diciendo —dijo Baptiste, —quiero su sangre. Estas estúpidas trampas no van a
detenerme.
Unos treinta
metros más adelante el techo se derrumbó sobe ellos, enterrándolos bajo
toneladas de roca y escombro. Eran veteranos de la Primera Guerra Mundial que
habían soportado horrores similares en las trincheras. Tardaron más de veinte
minutos en conseguir escapar del derrumbamiento.
—Mon
dieu, qué recuerdos —dijo Le Clair. —Tenemos suerte de no tener que
respirar.
—Aguantar el
aliento tanto tiempo hubiera sido difícil, sí — dijo Jean Paul lacónico. —Este
Nosferatu cabrón parece dispuesto a proteger su intimidad.
—Estas trampas
están pensadas para mortales, no para vampiros —dijo Le Clair. —Sospecho que
Phantomas confía en el anonimato para protegerse de gente como nosotros. Mucho
mejor. Eso significa que no estará preparado para nuestro ataque.
—Puede ser
—dijo Jean Paul, siempre escéptico, —aunque sospecho que cualquier Vástago que
haya sobrevivido dos mil años no puede ser ningún idiota.
—Basta de
cháchara —declaró Baptiste. —La noche no es eterna. Vamos a movernos.
Comenzaron de
nuevo la marcha. Una carga explosiva de gas venenoso fue una prueba más de que
las trampas de Phantomas estaban dirigidas contra los mortales, igual que el
fuego de las ametralladoras situadas en un lateral de un corredor y que se
activaron cuando se encontraban en medio. Jean Paul anuló mentalmente los
circuitos con facilidad.
—Parece que
nos acercamos a Berlín, muchachos —dijo Baptiste. —Ojalá este maldito túnel
termine de una vez.
Así era.
Treinta metros más adelante, el corredor moría abruptamente contra un muro.
—¡Merde!
¡No puede terminar así! —dijo Le Clair con el ceño fruncido. —¿Por qué
molestarse en colocar trampas en un pasadizo que no conduce a ninguna parte? No
tiene sentido.
—¿Desde cuándo
tiene sentido lo que hacen los Nosferatu? — señaló Jean Paul. —Pero tienes
razón. Este túnel no puede detenerse. No puede ser. Sólo lo parece.
Sonriendo, dio
un paso al frente y atravesó el muro sin el menor ruido. Un instante después
volvió a parecer, aún sonriendo.
—Como
pensaba—dijo. —No es más que una ilusión, lo suficientemente buena como para
engañar al ganado, pero no a cazadores como nosotros. Ignoradla. El pasillo
sigue igual al otro lado.
Un trecho más
adelante, el corredor realizaba un brusco giro a la izquierda. Del recodo
provenía una débil luz, la primera que habían visto desde que entraran en aquel
pasadizo. Le Clair tocó el brazo de Baptiste para advertirle.
—Cuidado.
Siento vida ahí adelante, pero a esta profundidad no puede ser nada natural.
—No tengo
miedo —dijo Baptiste. —No temo a nada, Le Clair. Deberías saberlo.
Con expresión
arrogante, el gigantesco vampiro giró la esquina. Sus dos compañeros le
siguieron con mayor cautela. No hacía falta que se precipitaran. Baptiste se
quedó clavado en el sitio, con la mira atónita.
—Mon
dieu —susurró Le Clair. —Un criadero...
Se encontraban
en una caverna circular de unos catorce metros de diámetro y tres de altura.
Era la sala central de un gigantesco laberinto subterráneo. Extrañamente fuera
de lugar, del techo colgaba una única luz eléctrica que iluminaba la zona con
una enfermiza luz amarilla.
En el cetro de
la cámara había un pequeño estanque de unos tres metros de diámetro. El agua
tenía un tono rosado oscuro. Cerca del borde había más de una decena de
criaturas, algunas bebiendo de aquel líquido. Eran éstas las que habían
detenido a Baptiste. Los habitantes de la caverna eran monstruosos más allá de
toda imaginación.
Se trataba de
ratas del tamaño de ponys que lamían el agua con lenguas increíblemente largas.
Un escarabajo negro, grande como un perro y con las mandíbulas castañeteando,
daba vueltas alrededor de la cámara. Un par de ciempiés gigantes, del tamaño de
serpientes pitones, estaban entrelazados en una de las paredes. Un enorme
lagarto se escabullía; sus grandes ojos eran del tamaño de pelotas de tenis.
—Santa madre
de Dios —murmuró Le Clair. —Es exactamente como decían las historias. Las
bestias se alimentan del agua del estanque, contaminada con gotas de la sangre
del Nosferatu. La mezcla provoca mutaciones y retuerce sus formas, igual que le
sucedió al vampiro.
—Dejad de
asombraros, cretinos —saltó Jean Paul. —Estos horrores son algún tipo de ghoul,
así que es probable que sus mentes estén enlazadas con la de Phantomas. Debemos
salir inmediatamente de este maldito lugar o tendremos problemas.
Baptiste negó
con la cabeza. —No voy a entrar ahí. No puedo. No es natural.
—Nosotros
no somos naturales —respondió Jean Paul. Dio un paso al frente y abofeteó
fuertemente al gigante en la cara. —No vamos a regresar. El túnel se vino
abajo, ¿recuerdas? Ahora hay que matar o morir. Phantomas o nosotros. Sígueme y
no te quedes atrás. Tú también, Le Clair.
Jean Paul se
puso al frente. Baptiste, apenas capaz de reprimir el terror, le siguió. Le
Clair iba el último, hipnotizado por el tamaño y el temible aspecto de las
criaturas.
Caminaron con
paso lento, pero firme. Jean Paul vigilaba cada uno de sus pasos. Las ratas les
miraron, pero no hicieron movimiento alguno para frenar su marcha. Los insectos
también les ignoraban y el lagarto se apartó como pudo.
—No hay por
qué preocuparse —dijo Jean Paul mientras se acercaban a un enorme tronco
cubierto de musgo que iba desde el extremo de un pasillo hasta el estanque.
Giró la cabeza y sonrió a Le Clair. —Estos monstruos hacen como su amo. Se
ocultan bajo tierra, temerosos de la superficie. No corremos peligro.
Como respuesta
al comentario del vampiro, el tronco marrón y verdoso se levantó del suelo a
pocos metros de ellos. Le Clair abrió la boca. Lo que creían una enorme madera,
el resto de alguna obra abandonada hacía tiempo, era un gigantesco cocodrilo
que les observaba hambriento con los ojos inyectados en sangre.
Abriendo sus
inmensas fauces para revelar unos dientes amarillentos del tamaño de cuchillos,
el monstruo se lanzó hacia delante. Se movía a una sorprendente velocidad para
tener aquel tamaño. Jean Paul nunca tuvo una oportunidad. La mandíbula del
cocodrilo se cerró sobre su cabeza como haría un niño con una piruleta. Con un
chasquido que resonó en toda la caverna, la bestia cerró sus fauces y decapitó
al vampiro antes siquiera de que pudiera gritar.
—Merde
—murmuró Le Clair, totalmente aturdido mientas veía el cuerpo de su amigo
convertirse en polvo. —Jean Paul.
Con un temible
rugido que sacudió la cámara, el cocodrilo volvió a abrir las mandíbulas. Le
Clair creyó estar contemplando la boca del infierno. Estaba inmovilizado por el
terror mientras el monstruo daba un ágil paso hacia delante. A su espalda, las
enormes ratas se ocultaban en los túneles, chillando aterradas.
—Vamos, Le
Clair —dijo Baptiste agarrándole por un brazo. El gigante medio arrastró a su
compañero hacia el pasadizo que se encontraba justo tras el cocodrilo.
—¿Quieres ser el siguiente? ¡Muévete!
Trastabillando
en la oscuridad, dejaron atrás los horrores de aquel estanque. Ninguna de las
criaturas les siguió, ya que el cocodrilo era demasiado grande para los
pasadizos. Le Clair no sabía cuántos años había pasado aquella monstruosidad
viviendo junto al agua contaminada, pero por su tamaño sospechaba que podía
llevar varios siglos alimentándose de la sangre del vampiro diluida en el agua.
—Tenemos que
estar acercándonos al escondite de Phantomas —dijo después de quince minutos de
silencio. —Puedo sentir la presencia de un vampiro poderoso en los alrededores.
No puede andar lejos.
—Bien —gruñó
Baptiste. No parecía afectado por la inesperada muerte de Jean Paul. Ahora sólo
quedaba Le Clair para cuidar del gigante, que aunque era extremadamente
poderoso también era extremadamente estúpido. Mantenerle a raya era un trabajo
agotador y muy poco reconfortante. Si Baptiste también moría en aquella
búsqueda, él sería libre para beber la sangre de Phantomas... y hacerse con el
control del dominio del Nosferatu.
Era una idea
tentadora, y Le Clair no era de los que se resistían alas tentaciones.
CAPÍTULO 4
Viena, Austria:
25 de marzo de 1994
Etrius frunció
el ceño ante el neonato. —¿Qué quieres? —exigió con una voz fría como el viento
de la noche. —Dejé dicho que no se me molestara.
—L-lo sé,
maestro —tartamudeó el aprendiz, confundido, — pero la mujer insistió. Me dijo
que le diera esta nota.
El rostro de
Etrius se hizo aún más sombrío. Como miembro del Consejo Interior del clan
Tremeré, no estaba acostumbrado a que se le desobedeciera. Normalmente hubiera
hecho que el neonato fuera severamente castigado por interrumpir sus estudios,
pero parecía claro que la fuerza de la personalidad de la visitante había
barrido el acondicionamiento del novicio. Debía tratarse de una vampira de
increíbles poderes mentales, y no esperaba visitantes así. Intrigado, desdobló
la nota.
Escrita con
una elaborada caligrafía había una única letra, E. Etrius
lanzó una mirada severa al neonato. —Aparte de ti, ¿quién más ha visto a la
extraña?
—Nadie maestro
—respondió. —Llegó hace unos minutos y... y la traje inmediatamente. Me pareció
que hacía lo correcto.
Etrius
asintió. No esperaba menos, ya que la visitante viajaba en secreto. Aún quedaba
la molesta decisión de qué hacer con el neonato que había llevado a la mujer
hasta su cámara.
Destruirlo,
decidió, levantaría sospechas. Solucionar un misterio creando otro nunca
funcionaba. Era mucho mejor borrar los recuerdos de los aprendices.
—Cuando
abandones esta estancia —dijo con la mirada fija en el neonato, —dile a la
mujer que entre. Después regresa a tu puesto. Cuando llegues, olvida todo lo
que ha ocurrido en la última media hora. No llegó nadie. No escoltaste a nadie
hasta mis aposentos. Nada sucedió. ¿Comprendes? Nada en absoluto.
El aprendiz
asintió, hechizado por el sonido de la voz de Etrius. —Sí, Canciller. No
sucedió nada. Lo comprendo.
—Bien. Ahora
márchate.
Etrius se puso
en pie cuando su visitante entró en la sala. La mujer vestía una larga capa con
capucha que mantenía sus rasgos en las sombras. En la mano izquierda empuñaba
un elaborado bastón de madera. La presencia de aquel talismán místico no hacía
sino confirmar la identidad de la extraña.
—Mi querida
Elaine —dijo Etrius con una ligera inclinación. —Me honras con tu presencia.
La mujer
retiró la capucha, revelando las bellas facciones de una joven. Era de pómulos
altos, piel lechosa y labios rojos como el rubí. Su espeso cabello dorado caía
en dos largas trenzas casi hasta la cintura, y los ojos azules ardían con un
intenso fuego interior. Era Elaine de Calinot. Había sido una noble en la corte
francesa del siglo XV. Ahora
pertenecía al Círculo Interior del clan Tremeré.
—Siempre un
caballero, Etrius —respondió con una ligera reverencia. Había sido criada entre
la nobleza, y con cualquier atuendo conservaba su estilo.
—Siéntate
—dijo Etrius, señalando una silla de madera de respaldo alto frente a su mesa.
—Tu visita, aunque inesperada, es bienvenida. Apenas hemos mantenido el
contacto desde aquel desafortunado incidente en el Brocken.
Elaine parecía
confusa con su comentario. —¿El Brocken?
—El año pasado
—dijo Etrius. —El intento fallido de recuperar nuestra mortalidad perdida. No
estuviste presente en persona, pero seguiste telepáticamente los
acontecimientos.
—Ya recuerdo
—dijo Elaine con una ligera sonrisa. —El intento fallido.
—Una noche
espantosa —dijo Etrius, —inundada por el caos y el engaño. —Señaló la llave que
colgaba de su cuello. —Fue una apuesta arriesgada. Tuvimos suerte de que nadie
del Círculo Interior fuese destruido.
—No he venido
esta noche para hablar del pasado —dijo Elaine. —Tenemos que hablar del
presente. Y del futuro.
—Vienes en
secreto —respondió Etrius entrecerrando los ojos. —¿Hay algún problema en
África?
El Círculo
Interior había dividido el mundo en siete regiones. Elaine era la Consejera
para África, una zona muy difícil de controlar.
—Allí siempre
hay problemas —respondió. —Sospecho que hay antiguos Vástagos durmiendo bajo
las arenas, tratando de manipular mis actos.
—Tus
predecesores como Consejeros en la región desaparecieron en circunstancias
inexplicables...
—Lo sé —dijo
Elaine. Parecía cansada. Necesitaba un ayudante, pero como casi todos los
antiguos Tremeré, no confiaba en ninguno. —El que a varios miembros de nuestro
clan, Abrazados hace siglos, no les guste recibir órdenes de una mujer no me
facilita las cosas. Mantenerlos a raya no es una de mis labores favoritas.
—Son unos
estúpidos —dijo Etrius. —Estás entre los más competentes del Círculo Interior.
—Hago lo que
puedo —respondió mientras se inclinaba hacia delante, apoyando los codos en la
mesa de Etrius. —En este momento mis pontífices pueden encargarse de los
problemas menores. Comparadas con el horror al que nos enfrentamos, todas las
demás dificultades son menores.
Etrius asintió
mientras una extraña sensación asaltaba sus sentidos. Durante un instante
sintió estar compartiendo su cuerpo con otro. Todo lo que veía a través de sus
ojos, todo lo que oía, era absorbido tanto por él como por un compañero
invisible. Era una sensación inquietante, pero pasó tan pronto como llegó.
—¿Has
experimentado eso? —preguntó nervioso a su invitada.
—¿Experimentar
el qué? —respondió. —No he notado nada extraño.
—Olvídalo
—dijo Etrius negando con la cabeza. —Imaginaciones mías. Dime por qué has
venido.
Había sido
Tremeré, decidió en silencio. El fundador del clan había vinculado con sangre a
todo el Círculo Interior y podía oír mentalmente sus conversaciones cuando dos
o más se reunían. Aunque descansaba en letargo, Tremeré aún mantenía un férreo
control sobre la orden que había creado.
—He leído con
gran interés acerca de tu reciente sueño con el misterioso Conde St. Germain y
su alianza con Tremeré. Quizá, al haber sido Abrazada mucho después de aquellos
acontecimientos, haya encontrado la historia más creíble que los demás
Consejeros. Ignoraron tu relato porque se enfrentaba a sus recuerdos de aquel
acontecimiento.
—¿Crees
entonces, como yo, que St. Germain era un vampiro antes de la creación de
nuestro clan? —preguntó Etrius, —¿y que persuadió a Tremeré para que bebiera la
fórmula que nos transformó de magos en vampiros?
—Lo creo —dijo
Elaine.
—No
respondiste así a mi carta, ni apoyaste mi idea ante los demás.
—Que estuviera
de acuerdo contigo no significa que fuera estúpida. Creí que lo mejor era
contactar contigo en secreto, revelando después mis sospechas a los demás. No
confío en ellos.
Etrius cruzó
los brazos sobre su pecho. No le gustaba la dirección que estaba tomando
aquello. —¿A qué te refieres?
Elaine no
contestó inmediatamente, sino que se puso en pie con el cayado en la mano y
paseó por la estancia. Su voz, dulce y suave, cantaba en una antigua lengua.
Cada pocos pasos alzaba y bajaba el bastón, tejiendo una serie de complejos
diseños en el aire. Etrius, uno de los hechiceros más poderosos del mundo,
reconoció inmediatamente el conjuro corno un poderoso vínculo de intimidad.
—¿Crees
realmente que alguien se atrevería a espiar nuestras deliberaciones? —preguntó
a Elaine cuando ésta volvió a sentarse. Sonrió. —Somos dos de los Vástagos más
poderosos del mundo.
—Prefiero no
dar nada por sentado —respondió la mujer sombría. —Me interesan los hechos. Los
dos sabemos que soy la tercera Consejera de África, y que los dos anteriores
desaparecieron en circunstancias misteriosas. En los últimos meses he sido
sometida a ataques psíquicos cada vez más frecuentes. Mi enemigo permanece
oculto, y defenderme se hace cada vez más difícil. Sea quien sea, tiene un
poder que rivaliza con el mío.
—¿Sospechas de
un miembro del Círculo Interior? —preguntó Etrius.
—No,
reconocería la magia. Mi enemigo es un extraño.
—¿Y crees que
puede ser el responsable de la eliminación de tus predecesores? —siguió Etrius.
—Las implicaciones no son agradables.
—Eso mismo
pienso yo —respondió Elaine. —Por eso me preocupó tanto tu carta. ¿Es posible
que mi adversario oculto pueda ser el misterioso Conde St. Germain? ¿Sigue
manipulando al clan Tremeré para sus propios fines?
Etrius frunció
el ceño. —No lo sé. Mi búsqueda en el diario de la cabala no ha dado resultado
alguno sobre St. Germain. Es un nombre, nada más. Las leyendas que circulan
sobre su supuesta ejecución en el siglo XIX podrían haber sido una invención suya
para ocultar su verdadera naturaleza.'Es muy posible que aún exista.
—Y que
orquestara nuestros movimientos como piezas de un gigantesco ajedrez —añadió
Elaine.
—La
posibilidad de que St. Germain controle mi destino me da escalofríos —declaró
Etrius. —No soy un peón.
—Ni yo —añadió
la mujer. —¿Pero cuántos de los mortales que empleamos para nuestros propios
fines dirían lo mismo, sin saber quién está tirando de los hilos? ¿Cómo podemos
estar seguros de ser libres, Etrius? ¿Cómo podemos estar absolutamente
seguros?
—¿Dónde
quieres llegar, Elaine? No me enredes en juegos de palabras. ¿Qué quieres decir
exactamente?
—No podemos
atrapar a St. Germain por nuestra cuenta. No, si nos ha estado manipulando
durante siglos. Encontrarle y destruirle será imposible para el clan Tremeré.
Lo que tenemos que hacer es convencer a los antiguos de los demás clanes que
forman la Camarilla para que hagan el trabajo por nosotros.
—¿Cómo?
—exigió Etrius. Sus labios se torcieron en una sonrisa burlona. —¿Apelando a su
espíritu de cooperación? No creo que funcionara. Casi todos los Vástagos nos
odian, y consideran que nuestro clan está compuesto por arribistas peligrosos
que tratan de convertirse en reyes de los no-muertos. Lo que, por otra parte,
es totalmente cierto. ¿Por qué iban a ayudarnos a dar con St. Germain?
—Lo harán si
creen que es lo mejor para ellos —respondió Elaine. —La
avaricia y el miedo motivan a los Condenados. No tenemos más que persuadirles
de que el Conde amenaza su gobierno.
—Debo suponer
que ya tienes un plan —dijo Etrius, distraído. —Debo admitir que estoy
sorprendido. Nunca imaginé que fueras tan enrevesada... Es una faceta
totalmente nueva de tu personalidad.
—Cuando mí
existencia está en juego sé estar a la altura.
—¿Cuál es tu
plan?
—Necesitamos
convocar un Cónclave de emergencia —dijo Elaine. —Cuanto antes mejor.
—Esas
reuniones sólo las pueden solicitar los Justicar —dijo Etrius.
La mujer
asintió. —Como protectores de las Tradiciones de la Camarilla, ése es su
derecho. Además, como sirven de jueces y ejecutores al mismo tiempo, se toman
sus responsabilidades muy en serio —rió entre dientes. —Esos Vástagos tan
comprometidos son los más fáciles de manipular.
—Hay siete
Justicar que representan a cada uno de los clanes de la Camarilla —siguió
Etrius. —No todos ellos son estúpidos.
—Nos basta con
convencer a uno —dijo Elaine riendo. —Será fácil, especialmente cuando le
expliquemos la amenaza sobre la que hay que discutir. Los líderes de los clanes
de toda Europa acudirán a la conferencia.
—No comprendo
—dijo Etrius. —¿Qué amenaza?
—Los cónclaves
suelen celebrarse para declarar una Caza de Sangre contra un enemigo de la
Camarilla —dijo Elaine. —A veces es un príncipe descarriado cuyas acciones
amenazan a la Mascarada. Sin embargo, en esta ocasión presentaremos pruebas de
que el Conde St. Germain pone en peligro la misma existencia de la secta.
Cuando presentemos los hechos, el Cónclave estará obligado a exigir su
destrucción. Lo que no podemos conseguir por nuestros medios, podemos lograr
que nos sea entregado por los Justicar de la Camarilla.
—Una idea
excelente —dijo Etrius, —salvo por un pequeño detalle. ¿Cómo pretendes
convencer a los antiguos de la Camarilla de que el Conde St. Germain es una
amenaza para todos, y no solo para el clan Tremeré?
—Es muy
sencillo, mi querido Etrius —respondió Elaine. — Les diremos que el Conde es la
Muerte Roja.
—¿Qué? —rugió
Etrius, levantándose asombrado de su silla. —¿Cómo lo sabes? ¿Qué pruebas
tienes?
Elaine sonrió.
—Cálmate. No tengo pruebas. Por todo lo que sé, no existe ninguna. Tendremos
que fabricarlas... Puede hacerse.
—St. Germain y
la Muerte Roja —dijo Etrius pensativo. — ¿Crees que los antiguos nos creerán?
—Estoy
convencida de ello. Los líderes de la Camarilla están enormemente preocupados
con la Muerte Roja. Su ataque les ha asustado, y temen todo aquello que no son
capaces de comprender.
Etrius
permaneció algunos minutos en silencio, pensando en aquella idea. Al final
asintió, aprobándola. —Las mejores mentiras son las más descaradas. Podrían
picar.
—Bien —dijo
Elaine, levantándose de la silla. —Se hace tarde, debo marchar. Mañana podemos
hablar sobre las pruebas que el Cónclave nos exigirá. Crearlas no representará
un gran esfuerzo.
—¿No piensas
quedarte en la capilla? —preguntó Etrius.
—Cuanto menos
nos vean juntos, mejor. Ya hay demasiados ojos vigilándonos.
—Buenas
noches, pues —dijo mientras la escoltaba hasta la puerta de su cámara. —Ten
cuidado. Si St. Germain es el enemigo que se oculta tras esos ataques, no se
alegrará ante esta nueva ofensiva.
Elaine
asintió. —Por eso prefiero pasar la noche en cualquier otra parte. Sus poderes
son más fuertes dentro de estos muros. Eres tú el que debería tener cuidado, no
yo.
Ya solo,
Etrius se frotó la barbilla pensativo. No había dicho nada a su compañera sobre
Peter Spizzo, el vampiro que había asignado para buscar a St. Germain hacía
unos días, y no tenía intención de hacerlo en el futuro. Algunos secretos era
mejor mantenerlos escondidos.
No confiaba
totalmente en Elaine, y su repentino cambio de comportamiento le preocupaba.
Además, parecía desconocer totalmente los viejos lazos que los ataban más
fuertemente que a los demás Vástagos, lazos que no se podían olvidar. Etrius
pretendía colaborar en su plan, pero juró que estaría preparado para cualquier
traición que estuviera planeando.
Totalmente
preparado.
CAPÍTULO 5
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Tony Blanchard
colgó el teléfono y se volvió hacia Don Lazzari con una amplia sonrisa. El
vampiro estaba sentado en un sillón de cuero a la cabeza de la larga mesa de
reuniones, leyendo una novela de Anne Rice. Con una expresión divertida, el
líder de la Mafia levantó la mirada del libro y observó a Tony.
—¿Buenas
noticias? —preguntó.
—Muy buenas
—dijo Tony. —Era Joey Campbell, un matón que trabaja en los suburbios. Ha visto
el camión. Le he dicho que venga a recoger su recompensa. Llegará en media
hora.
—Excelente
—dijo Lazzari. —Excelente.
El vampiro se
levantó de la silla con un movimiento fluido. Tony no pudo evitar un
escalofrío. Aquel Cainita le aterrorizaba. A pesar de parecer humano, no lo
era. Era un monstruo con un corazón de hielo, un verdadero miembro de los
Condenados.
—Joey no
hablará si no se le paga por anticipado —dijo Tony. —No se ofenda, pero ya le
dije que trabaja en cosas pequeñas. No sabe confiar en nadie.
—Lo comprendo
perfectamente —dijo el vampiro asintiendo. —La Mafia tiene bolsillos muy
profundos, Tony. Podemos permitirnos ser generosos.
Lazzari se
dirigió hacia el teléfono y marcó. Unos segundos después murmuró unas breves
frases. Asintiendo con satisfacción, colgó.
—Dame papel y
bolígrafo —dijo a Blanchard.
El Don
escribió una dirección de Washington y se la entregó. —Envía a uno de tus
guardaespaldas a este lugar. Debe decirle al portero que Don Lazzari le ha
enviado. El dinero estará allí en billetes pequeños.
—Perfecto
—dijo Tony mirando el papel. Inmediatamente se dio cuenta de que se trataba de
la dirección de una importante figura política. —Puede ir Alvin. Conduce muy
rápido.
—Tony —dijo
Lazzari mientras éste se dirigía hacia la puerta. —Sería conveniente que
olvidaras esa dirección. Bórrala de tu memoria.
—Eh... Sí,
claro, Don Lazzari —respondió Tony con el sudor corriendo
por su espalda. El tono del vampiro dejaba claro que no se trataba de una
sugerencia.
—Del mismo
modo —siguió el Cainita, —el menor indicio de que mi conversación telefónica
pudiera estar grabada me entristecería enormemente.
—¿Grabar sus
mensajes? —sonrío nervioso Tony. —Nunca jamás, Don Lazzari. Después de todo, el
Sindicato coopera totalmente con la Mafia. Soy su hombre en América. Su ghoul.
Podemos confiar el uno en el otro.
—Bien —dijo el
vampiro, regresando a la cabecera de la mesa. Se sentó y volvió a abrir su
libro. —La confianza entre un líder y sus fieles tropas es algo maravilloso.
Tony, me alegro de que estemos de acuerdo en su importancia. Ahora déjame con
Lestat y sus estúpidas aventuras. Vete.
—Sí,
señor—obedeció Tony mientras se dirigía hacia la puerta. —Le avisaré en cuanto
llegue Joey Campbell.
Tony se obligó
a bajar lentamente las escaleras; no quería aparentar prisa, pero su corazón
latía tan fuerte que su pecho podía estallar en llamas. Había enviado a Alvin a
por el dinero, y necesitaba llamar a Presten para decirle que dejara de
monitorizar inmediatamente las llamadas.
Campbell llegó
veinte minutos después, antes de lo esperado. Era bajo y enjuto, con el cabello
negro y ojos que no dejaban de parpadear. A Tony le recordaba a un hurón
drogado con anfetaminas, ya que siempre parecía dispuesto a saltar hacia la
salida al menor signo de problemas.
Encendió un
pitillo con la colilla del anterior. —Muy bien — dijo dando cabezadas a un lado
y a otro, como una marioneta estropeada. —¿Dónde está ese tío duro de la Mafia?
Quiero ver el color de su jodido dinero antes de abrir la boca.
Tony le lanzó
una mirada. —Cuida tu boca, gilipollas —le dijo molesto. —Si le hablas así a
Don Lazzari te dará por el culo... y no como a ti te
gusta.
—A mí no me
asusta ningún mierdecita impotente de I-ta-lia —respondió Joey, marcando cada
sílaba. —Joey Campbell no le tiene miedo a nada.
—Eso está muy
bien —dijo Tony mirando a Theodore, su otro guardaespaldas. Sonrió. —Joey es un
tipo duro, o al menos eso da a entender. Creo que es hora de que hable con Don
Lazzari. Tienen asuntos que discutir.
Los ojos de
Joey casi se le salieron de las órbitas cuando vio al italiano. El vampiro
exudaba amenaza, y cuando sonrío Campbell hubiera escapado a toda prisa, de no
ser porque Tony y Theodore le tenían sujeto por los brazos.
—Por favor,
señor Campbell, siéntese —dijo Lazzari educadamente señalando una silla. —No se
asuste, no le haré daño. De hecho, estoy preparado para convertirle en un
hombre rico por la información que posee.
Joey tomó asiento,
sin perder de vista ni un momento a Don Lazzari. Cuando habló, su voz era
apenas un susurro.
—Encontré el
camión que quería. Lo vi esta noche. No había ninguna mujer en la cabina, pero
era ése. Comprobé cuidadosamente la descripción.
—¿No le vio
nadie? —preguntó el vampiro.
—Joey negó con
la cabeza. —No, no soy ningún gilipollas. No llegué a acercarme. Lo revisé con
unos prismáticos. Supuse que era mejor ser cuidadoso.
—¿Le ha
hablado a alguien de su descubrimiento?
—¿Está loco?
—dijo Joey. —¡No pienso repartirme la pasta con nadie!
—Una buena
política—dijo Don Lazzari. —Un hombre sabio sigue sus propios consejos. Por
favor, señor Campbell, díganos ahora dónde encontrar el vehículo.
Joey se
humedeció nervioso los labios. —Había, en, había una recompensa por encontrar
el camión, ¿no? No quiero molestar, ni nada de eso, pero tengo mis gastos.
El hombre
asintió. —Comprendo perfectamente lo que está diciendo. Después de todo, los
dos somos hombres de negocios, señor Campbell. Como contratista independiente,
espera ser pagado en el momento de la entrega de la mercancía. O. en este caso,
de la información.
Don Lazzari
miró a Tony. —El dinero. ¿Dónde está?
—Parece que
ahí está Alvin —dijo Tony con un suspiro de alivio al oír el coche detenerse
frente al edificio. El Cainita estaba jugando a ser el buen anfitrión con Joey
Campbell, y Tony no sabía exactamente porqué. Desde luego, no tenía intención
de ser el que explotara la burbuja.
Unos momentos
después, Alvin le entregó al jefe de la Mafia un maletín de cuero negro. No
estaba cerrado. Lazzari levantó la tapa, revelando fajos y fajos de billetes de
diez y de veinte dólares, unidos con gomas elásticas.
—Veinticinco
mil dólares en billetes pequeños sin marcar — dijo mientras le entregaba la
maleta a Joey. —Puede contarlo si lo desea, señor Campbell,
Éste negó con
la cabeza. No era tan estúpido como para forzar aún más su suerte. —No es
necesario, confío en usted.
—Gracias. ¿El
lugar, por favor?
—El camión
está aparcado en un área de descanso a treinta kilómetros de D.C. —dijo Joey,
dándole a Tony la dirección exacta. —No tendréis problemas para encontrarlo.
—¿Es cierto,
Tony? —preguntó Don Lazzari.
—Sí, no hay
problema. Conozco el lugar. Adecuado y desierto. Coordinar un ataque será
sencillo, si eso es lo que desea.
El vampiro
cerró los ojos, como si estuviera pensando en sus planes. —Creo que eso sería
lo mejor —dijo. —¿Por qué conceder a otro Vástago el honor de la pieza? ¿Quién
mejor para ejecutar a esa zorra que yo?
Abrió los ojos
y miró directamente a Joey. —Gracias por su información, señor Campbell.
Apreciamos enormemente su colaboración. Puede marcharse. —Lazzari dudó unos
instantes. — Pero por favor, devuélvame el maletín antes de marcharse.
—¿Eh? —dijo
Joey mientras se levantaba de la silla. —¿Qué ha dicho?
—Quiero que me
devuelva el dinero —respondió fríamente Don Lazzari. —A los muertos el dinero
no les vale para nada.
El vampiro
hizo un gesto a Theodore. El enorme guardaespaldas agarró a Joey por la
espalda, apretando un poderoso brazo contra su cuello. Totalmente sorprendido,
Campbell no pudo hacer nada. Con un rápido giro, Theodore volvió del revés la
cabeza del matón, partiendo su columna vertebral con un chasquido. Con el
rostro azul y la mirada sorprendida, Campbell se derrumbó sobre el suelo. Un
pisotón en el cuello completó el trabajo.
—Muy eficaz
—dijo Lazzari mientras sostenía el maletín. — Ese
imbécil creía de verdad que le iba a permitir marcharse con el dinero. Qué
ingenuidad tan refrescante,
—Sí—dijo Tony
nervioso. —Ese tipo era un estúpido.
—Llama a tus
hombres —dijo el vampiro. —Haz que vigilen el camión, pero diles que no actúen
hasta que lleguemos.
El Cainita
rodeó la mesa con el maletín aún en la mano. —Un hombre sabio no confía en
nadie —dijo pasando sobre el cadáver. —Especialmente en aquellos que tienen el
poder.
Le entregó el
dinero a Alvin. —Guárdalo en la caja fuerte. Más adelante podría sernos útil.
Tony tragó
saliva, notando que Alvin obedecía las órdenes de Don Lazzari sin vacilaciones.
Estaba viendo cómo el control de sus hombres y de su organización se le
escapaba entre los dedos. Las palabras del vampiro sobre la confianza, en
completa contradicción con lo que había dicho momentos antes, dejaban muy claro
que no se podía creer en nada de lo que dijera. El futuro de Tony parecía cada
vez más oscuro.
Como si leyera
sus pensamientos, Lazzari le sonrió. —Es mejor vivir como un fiel sirviente que
morir como un líder mártir.
Tony asintió
aturdido. No tenía absolutamente nada que decir.
CAPÍTULO 6
La Costa Este:
25 de marzo de 1994
Walter Holmes
conducía del mismo modo que hacía todo lo demás: de forma anodina. Alicia, que
pensaba que los límites de velocidad existían para saltárselos, no estaba muy
contenta.
—¿No puedes ir
más rápido? —preguntó por enésima vez mientras atravesaban otro pequeño pueblo
de Maryland a cuarenta kilómetros por hora. —Amanecerá dentro de una hora.
—Atravesar a
toda velocidad una pequeña comunidad a las cinco de la mañana llamaría
demasiado la atención —respondió calmadamente. Señaló con la cabeza una valla
publicitaria a la izquierda. Tras ese cartel hay un coche de la policía
rastreándonos son un radar. Si nos detuvieran ahora sería un desastre.
—Puedo comprar
y vender pueblos de este tamaño —dijo Alicia impaciente. —Las multas no me
preocupan.
—Deberían
—dijo Walter. —No llevas dinero encima, y si Melinda es tan lista y despiadada
como asegura su reputación, habrá supuesto que te diriges hacia Nueva York. Es
probable que sus agentes nos pisen los talones, y no podemos arriesgarnos a
perder ni un minuto.
Una vez fuera
de los límites de la ciudad, Walter aceleró. — Además, como miembro del Sabbat
sabes que muchas de las policías de la zona están controladas por los
narcotraficantes. Es muy posible que tu fotografía esté circulando por ahí, con
órdenes de disparar a matar.
Alicia torció
el gesto. Odiaba estar equivocada, especialmente con algo tan evidente. —¿Por
eso has evitado las autopistas principales?
—Exacto —dijo
Walter. —No podemos confiar en nadie. El poder lo tiene ahora Melinda, no
Justine. La cazadora se ha convertido en la presa.
—Melinda
conoce mi aspecto —dijo Alicia. Miró a Molly, sentada en silencio en el asiento
de atrás y jugando con sus dedos. —Y el de Molly. El tuyo no. ¿Por qué te
preocupas por nosotras? Nadie sabe de tu participación en nuestra huida. Si nos
dejaras ahora no te ocurriría nada.
—En
circunstancias normales —admitió Holmes, —eso es exactamente lo que hubiera
hecho. Sin embargo, vivimos tiempos extraños. Ya no puedo limitarme a
monitorizar los acontecimientos. La situación exige acciones directas por mi
parte.
Alicia le
observó en silencio durante algunos minutos. Parecía sumida en sus
pensamientos.
—¿Inconnu?
—preguntó inesperadamente.
—¿Anis, Reina
de la Noche? —respondió él de inmediato.
Alicia rompió
a reír. —Dos personajes misteriosos en busca de identidad —declaró. —Guarda tus
secretos, jugador, y yo haré lo mismo. Siento haber preguntado.
—Acepto tus
disculpas —sonrió Holmes.
—Basta de
juegos —dijo repentinamente Molly. —La Muerte Roja enciende su fuego.
La expresión
de Holmes se oscureció. —Estamos unidos por una creencia común —dijo. —La
Muerte Roja amenaza la misma existencia de los Vástagos. Debemos detenerla.
—Desde luego,
no es uno de mis mejores amigos —dijo Alicia. —Sin embargo, me sorprende que
hayas dicho eso. Es creencia común que ciertos elementos entre los no-muertos
se limitan a observar los conflictos de su raza, pero sin interferir nunca.
Holmes asintió
con expresión inmutable. —Yo también he oído esos rumores. Probablemente tengan
algo de cierto, pero sospecho que cualquier grupo así será lo suficientemente
sabio como para comprender cuándo hay que hacer una excepción a las reglas. —Se
detuvo unos instantes. —O al menos algunos de sus miembros poseen esa
perspicacia.
—Walter es
genial —dijo Molly. —Yo pienso igual.
—¿Cómo
llegaste a reclutar a Molly? —preguntó Alicia observando a la vampira a su
espalda. Ésta, con los puños cerrados, estaba haciendo una pelea de pulgares.
—Está loca.
—Compartimos
nuestro amor por el juego —dijo Walter. — Hace algunos años le propuse una
apuesta mayor: que espiara a Justine para mí. Creí que la idea agradaría a su
sentido Malkavian del absurdo. Evidentemente, tenía razón. Desde entonces ha
estado trabajando para mí.
—Ahora
entiendo cómo puede jugar tan bien al póquer. Es imposible leer su expresión.
—Molly es
bastante astuta —dijo Walter. —Cuando me concentro en el juego soy
prácticamente imbatible, Casi nunca pierdo salvo contra ella.
Hizo un gesto
con la cabeza. —Es típico de su clan —dijo.
—A menudo me
pregunto si los Malkavian están realmente tan locos como parece. Quizá sean
ellos los únicos que de verdad están cuerdos.
—Dejaré esos
profundos pensamientos para los filósofos — dijo Alicia. —Mientras tanto, ¿por
qué no hablamos de la Muerte Roja?
—Una excelente
idea —dijo Holmes. —Creo que un intercambio de información sería beneficioso
para ambos. Quizá si combinamos nuestros conocimientos podamos descubrir los
motivos que se ocultan tras su locura.
—Me parece
bien —dijo Alicia. —Entre la Muerte Roja y Melinda Galbraith, siento como si el
mundo entero estuviera conspirando contra mí. —Sonrió burlona. —Me encantaría
devolverle el favor.
—Anis está
enfadada —cantó Molly, —y eso no es bueno para nada.
—La Muerte
Roja es un vampiro de la Cuarta Generación, un Matusalén que planea hacerse con
el control tanto de la Camarilla como del Sabbat —dijo Alicia, ignorando el
último comentario de la Malkavian. —Asegura que, después de largos años de
letargo, la Tercera Generación se está despertando. Como tantos otros antiguos
teme que, cuando se levanten, los Antediluvianos se vean consumidos por una
terrible sed de sangre... de vampiro. Se convertirán en caníbales, devorando a
sus descendientes a millares. La Muerte Roja cree ser el único Cainita capaz de
evitar la carnicería.
—Una historia
familiar —dijo Walter. —He oído diferentes variaciones muchas veces. ¿Qué
prueba ofreció el monstruo para respaldar su idea sobre los Antediluvianos?
—Los Nictuku
se están alzando —dijo Alicia. —Baba Yaga ha despertado en Rusia, Nuckalavee
recorre los desiertos de Australia y Gorgo, La que Aúlla en la Oscuridad, está
cazando en la jungla amazónica.
—Noticias
deprimentes —dijo Holmes. —Muchos Vástagos creen que el regreso de esas
abominaciones es una señal de la llegada del Armagedón. ¿Dijo la Muerte Roja
cómo pensaba detener a la Tercera Generación?
—Claro que no
—dijo Alicia. —Dijo muchas generalidades, pero nada específico. Tampoco llegó a
explicar por qué era él el adecuado para liderar a los Vástagos, aunque dio a
entender que había un motivo.
—Puede que
piense que su control sobre el fuego es justificación suficiente —dijo Holmes.
—Es una disciplina terrorífica.
Alicia
asintió. —La Muerte Roja es muy poderosa, y pertenece a una línea de sangre
desconocida. Además —dijo haciendo una pausa para enfatizar su idea, —tiene al
menos tres chiquillos con el mismo control sobre el fuego.
Walter Holmes
volvió la mirada y observó a Alicia unos momentos. En sus ojos se veía la
sorpresa, aunque su voz seguía siendo relajada. —¿Cuatro Muertes Rojas? ¿Son de
aspecto similar?
—Duplicados
exactos del original —dijo Alicia. —Incluso tenían la misma voz. Solo variaban
en el grado de su poder psíquico.
Holmes
asintió. —Interesante. Eso explicaría muchas cosas sobre los ataques. He visto informes
que aseguraban que el monstruo había atacado diversos puntos en América y
Europa más o menos a la misma hora. Varias Muertes Rojas harían todo eso
posible.
—La criatura
aseguró que el ataque contra Washington era parte de un gigantesco plan que le
daría el control sobre las dos principales sectas —dijo Alicia. Dudó un momento
si debía hablar sobre sus propios planes al respecto. Decidió rápidamente que
esa información no era relevante en aquel momento. —Este mismo plan también
serviría para destruirme a mí y a otro mortal al que la Muerte Roja teme.
—Diré McCann
—dijo Holmes. —Ya me he encontrado ese nombre en otras ocasiones. El mago
proscrito cuyos poderes están más allá de cualquier humano. Evitaré hacer
comentario alguno sobre la evidente conexión entre dos mortales y dos Vástagos
legendarios.
—La contención
es una excelente disciplina —dijo Alicia. — Creo que te he dicho todo lo que
podía sobre nuestro enemigo común. ¿Qué puedes ofrecerme a cambio?
—No sé más
sobre la Muerte Roja de lo que ya has dicho — comenzó. —Sin embargo, creo saber
cómo planea el monstruo hacerse con el control del Sabbat. De hecho, debería
decir que ya lo ha conseguido.
—¿Qué?
—saltaron Alicia y Molly al unísono.
—Llevo varios
siglos sirviendo como monitor —dijo Holmes. —Además de registrar todos los
acontecimientos importantes, otra de mis funciones es seguir la pista a los
Vástagos influyentes.
Durante el
pasado siglo mantuve una estrecha vigilancia sobre Melinda Galbraith,
contemplando su constante ascenso en las filas del Sabbat. Para alcanzar la
regencia de la secta se lanzó a una campaña de extorsión y asesinato
especialmente eficaz. La Melinda Galbraith a la que he vigilado los últimos
cien años no era la misma que vi esta noche.
—Explícate
—dijo Alicia.
—El cuerpo era
el mismo —dijo Holmes, —pero su personalidad no. Había demasiadas
inconsistencias en su historia y su comportamiento era demasiado extraño. No
tenía nada que ver con ella. Cuanto más veía, más convencido estaba. Hay otro
Vástago controlando la mente de Melinda.
La voz de
Holmes perdió su habitual tono neutral. Parecía asustado. —Tu historia me
proporcionó la última pista. El regreso de Galbraith esta noche no ha sido una
coincidencia. Estaba cuidadosamente cronometrado para eliminar a Justine Bern y
restablecer el control absoluto de Melinda sobre el Sabbat. Su aparición desde
su escondite es parte de una vasta conspiración. La regente es una marioneta
controlada por todo un maestro. Es un peón de la Muerte Roja.
CAPÍTULO 7
La Costa Este:
25 de marzo de 1994
Alicia salió
del coche media hora más tarde. El amanecer se estaba acercando y Walter Holmes
y Molly tenían que encontrar un refugio contra la luz del sol. Un motel aislado
con un cartel de neón «Habitaciones" les proporcionó un lugar donde pasar
el día. Ansiosa por regresar a Manhattan, Alicia decidió seguir por su cuenta.
—Ten cuidado
—le advirtió Holmes cuando se separaron. — Aunque controlas fuerzas inmensas,
un ghoul no pude derrotar a todo el Sabbat. No intentes lo imposible.
—Conozco mis
limitaciones —dijo Alicia, —pero Melinda tardará días en conseguir dirigir toda
la fuerza de la secta contra mi cuartel general. Para entonces habré
desaparecido. La Muerte Roja podrá tomar el mando por el momento, pero te puedo
asegurar que no será por mucho tiempo. Pronto descubrirá por qué a Anis se le
llama la Reina de la Noche.
Siguiendo el
consejo de Holmes, siguió su viaje llamando lo menos posible la atención. Un
granjero que transportaba sus productos al mercado y que no tenía intención de llevar
autostopistas le acercó al pueblo. Un camionero le llevó hasta Delaware y un
vendedor con visitas durante todo el día en Newark, Nueva Jersey, le estuvo
contando chistes verdes mientras viajaban por la carretera de Carden State.
Ninguno de los tres se preguntó por su presencia, y en cuanto ella se marchó
olvidaron haberla visto. Las mentes sencillas sólo requerían soluciones
sencillas.
Necesitaba
dinero, así que pasó veinte minutos en la terminal Greyhound hablando con las
prostitutas que esperaban clientes. Seis mujeres le dieron diez dólares cada
una, y sólo una vez fue descubierta. Un chulo, enfadado, se acercó a ella con
intenciones claramente violentas. Abandonando su contención por unos instantes,
Alicia le dijo al hombre exactamente adonde tenía que ir y lo que debía hacer
cuando llegara. Su grotesco suicidio fue portada en los periódicos del día
siguiente.
Alicia tomó el
tren Hudson desde Newark hasta Nueva Jersey, y de ahí a Manhattan. Llegó al
centro de Nueva York poco después de las once de la mañana. Veinte minutos
después un taxi le dejaba a una manzana del Edificio Varney.
El enorme
rascacielos dominaba todo su entorno. Al observarlo, Alicia no pudo evitar una
sonrisa satisfecha. Aquel edificio le había servido durante años como cuartel
general. Había colaborado muy de cerca en su diseño, y sólo ella conocía
algunas de sus características. Todos los demás implicados habían muerto hacía
ya tiempo. Ese era uno de los beneficios de la inmortalidad: sobrevivir a
aquellos que conocen tus secretos.
Lanzó un
suspiro. Lamentaba abandonar el rascacielos, pero estaba segura de que no iba a
poder quedarse mucho tiempo. En pocas noches, Melinda tendría cientos de
vampiros recorriendo cada uno de los pasillos, y encargarse de todos ellos
consumiría tiempo y energías. Ambos eran demasiado preciosos para malgastarlos
con Vástagos menores. Alicia quería un segundo asalto contra la Muerte Roja...
con sus propios términos.
Al contrario
que Walter Holmes, ella no estaba convencida de que Melinda Galbraith estuviera
bajo el control de la amenaza espectral. Décadas antes, cuando Melinda se había
hecho con el control del Sabbat, Alicia había tratado de dominar su mente. El
intento llegó demasiado tarde: otro vampiro de la Cuarta Generación, una figura
demoníaca surgida del pasado de Méjico, ya estaba insinuada en su conciencia.
Sin embargo, ni siquiera un Cainita tan extremadamente poderoso era capaz de
controlarla completamente. Podía influir en sus pensamientos igual que hacía
Alicia con Justine, pero manipular cada uno de sus movimientos era imposible Si
aquella abominación había sido incapaz de controlar a Melinda tras varios años
de intentos, Alicia estaba segura de que la Muerte Roja tendría el mismo
problema. La regente podría no comportarse normalmente, pero no sería porque
sus pensamientos no le pertenecieran.
Había un
pequeño restaurante llamado Alice's justo enfrente del Edificio Varney, con un
dibujo de Arlo Guthrie en el escaparate. El lugar vivía del desayuno y el
almuerzo de los empleados del rascacielos, pero eran muchos los que se
preguntaban cómo podía seguir abierto a unos precios tan razonables con los
alquileres salvajes de la ciudad. La respuesta era sencilla. El restaurante
tenía pérdidas, pero éstas eran enjuagadas por la Corporación Varney.
La excusa
estándar que la compañía ofrecía por sus acciones era que los empleados
necesitaban algún sitio al que ir que no fuera la cafetería del edificio. No
importaba. A nadie le preocupaba. Casi todos los impuestos y tasas eran pagados
por los hombres encargados de hacer la facturación. Con la cantidad de
laboratorios de droga y casas de apuestas en el vecindario, preocuparse por un
restaurante legítimo parecía una estupidez.
Alicia era la
dueña de todos los edificios en un radio de tres manzanas del rascacielos. La
mayoría estaban alquilados a cualquiera que pudiera permitírselo, pero sobre
otros, como el del Alice's, mantenía un control absoluto. En caso de emergencia
esos lugares podían ser útiles.
Entró en el
restaurante y saludó al encargado. —¿Cómo va el negocio? —preguntó.
—Lento
—respondió el hombre con un gesto de la mano. — Considerando la tasa de
desempleo, deberíamos alegrarnos de que alguien siga comiendo fuera.
Alicia asintió
mientras observaba a todos los clientes. Le llamó la atención un hombre alto,
delgado y de mediana edad. Era calvo pero sus cejas estaban muy pobladas.
Estaba sentado en una mesa cerca de la entrada de la cocina, comiendo un tazón
de sopa y leyendo el periódico. Era un ghoul, y por tanto un enemigo. — ¿Le has
visto antes? —preguntó Alicia.
—No —dijo el
encargado. —Es la primera vez que viene por aquí.
—Y la última
—dijo Alicia. —En unos minutos va a necesitar atención médica, pero no te
precipites. No llegarán a tiempo. Estaré en la oficina de atrás. No quiero que
me molesten.
—Usted manda
—dijo el hombre. —Espero que nadie piense que la sopa está mala. Hoy ha salido
excelente.
Riendo entre
dientes, Alicia se acercó a la mesa del hombre calvo.
—¿Le gusta la
comida? —preguntó.
Lentamente, el
hombre levantó la mirada del periódico. Abrió la boca para decir algo, pero
fuera lo que fuera nunca llegó a pronunciarlo. Su cuerpo se tensó, abrió los
ojos sorprendido y aferró el periódico con fuerza. Según el informe médico
posterior, murió de un ataque cardiaco. Decididamente, no fue la sopa.
—Arrogante
hijo de puta —murmuró Alicia mientras abandonaba el cadáver inmóvil y entraba
en la cocina. —Buscarme en uno de mis propios restaurantes. Ha tenido suerte de
morir tan rápidamente.
Los tres
cocineros le saludaron con la mirada, pero siguieron con su trabajo. Les
pagaban para cocinar, no para hacer preguntas. Devolvió el saludo con la cabeza
y se dirigió hacia una puerta con el cartel "SOLO EMPLEADOS". Abrió
la puerta y entró.
En la sala
había una pequeña mesa, varias sillas, una gran caja fuerte y un armario
metálico. Normalmente se usaba para pequeños negocios, como pagar sobornos y
gratificaciones a los funcionarios públicos o hacer la facturación diaria. Sólo
Alicia conocía otra de sus funciones.
Se dirigió
hacia la pared posterior y localizó un pestillo que sólo ella podía ver. Lo
giró lentamente. Con un sonido, toda la sección de la pared desapareció,
revelando un pequeño espacio tras el despacho. Alicia entró y presionó otro
botón invisible. El panel regresó a su posición.
La diminuta
cámara quedó inundada inmediatamente por un ligero zumbido: se trataba de un
ascensor. Descendía hasta un túnel secreto muy profundo que conectaba el
restaurante con el subsolano del edificio Varney. Era uno de los tres
ascensores que había en un radio de una manzana, y se remontaba a la época de
la construcción del rascacielos. Alicia siempre trataba de estar lista ante
cualquier problema.
Recorrió
rápidamente el pasillo y llegó hasta una gran puerta negra en la que se podía
leer "NO PASAR". No había picaporte ni cerradura de ningún tipo.
Alicia empujó, abriendo la puerta sin la menor resistencia. Entró en la
siguiente sala y la puerta se cerró inmediatamente a su espalda. Estaba
encajada en la pared y no había picaporte en el interior, por lo que no podía
abrirse desde dentro; tras entrar en aquella cámara no había vuelta atrás.
Con una
sonrisa de desafío, Alicia fue hasta la pared opuesta y apretó la palma de la
mano contra una placa de metal. Igual que antes, una sección de la pared se
deslizó para revelar el interior de otro ascensor. Entró y la puerta se cerró.
La placa estaba codificada para que cualquiera que se encontrara en la sala
estuviera encerrado, aunque no por mucho tiempo. Cinco minutos después de que
se abriera la puerta negra, el suelo de la cámara cedía y arrojaba al intruso a
un pozo de treinta metros lleno de ácido. Era un modo cruel pero eficaz de
lograr que los espías no intentaran entrar en el edificio.
El segundo
ascensor la llevó hasta la decimotercera planta del rascacielos. Oficialmente,
ese piso no existía. Ninguno de los ascensores paraba allí, ni las escaleras de
emergencia. En el exterior del edificio, un enorme mural que cubría el espacio
entre las plantas doce y quince ocultaba la fachada. Ninguna de aquellas
plantas tenía ventanas. El inmenso tamaño del mural y la altura desde el suelo
hacían imposible que nadie detectara que correspondía a cuatro plantas, no a
tres.
El piso oculto
estaba exento de cualquier división o tabiquería. Tampoco había alfombras ni
mobiliario alguno. Contra las paredes había varios armarios de madera llenos de
ropas y armas. El espacio estaba claramente diseñado de forma funcional, sin
pensar en la comodidad.
Una batería de
ascensores especiales de alta velocidad a los que sólo Alicia podía acceder era
el único modo de entrar o salir. Tres de ellos conducían hasta pasadizos
secretos como los que acababa de utilizar. Un cuarto, en la fachada sur,
ascendía hasta su apartamento en el ático. También estaba conectado con una
sala situada mucho más abajo de la cimentación del edificio, una cámara oculta
que no aparecía en ningún plano del rascacielos. Era una pequeña celda a la que
sólo ella podía acceder, una cripta que contenía un único objeto: el sarcófago
de plata de Anis.
Alicia estaba
ansiosa por regresar a su apartamento. Sospechaba que allí sería donde
encontraría a Sanford Jackson, su lugarteniente. No estaba segura de si estaba
vivo o muerto, pero en cualquier caso estaba convencida de que no estaría solo.
Pensó en coger
una pistola antes de subir, ya que en aquella planta había un arsenal muy bien
provisto. Aunque raramente empleaba las armas de fuego, era una excelente
tiradora. Al contrario que los vampiros, los ghouls eran vulnerables a los
proyectiles de alta velocidad; por desgracia, lo mismo le sucedía a Jackson.
Tras unos momentos de indecisión, decidió subir desarmada. Si su ayudante no
estaba muerto, no quería acabar con él por accidente. Atacaría empleando su
energía psíquica y su astucia.
Entró en el
ascensor que conducía al ático. Sus enemigos estaban dispuestos a pagar
cualquier precio por descubrir la localización de la sala secreta en lo más
profundo del edificio, ya que la sangre de un vampiro de la cuarta generación
era un premio por el que merecía la pena morir. Sonrió. Aquella noche se iba a
divertir con los secuaces de Melinda. Con este pensamiento pulsó el botón que
la conduciría a toda velocidad hacia arriba.
Con el más
leve susurro, el ascensor se detuvo en el ático del rascacielos. Las puertas se
abrieron para dar paso al armario ropero de Alicia. Con cuidado de no tocar las
puertas que daban paso a su dormitorio, salió del ascensor.
Hizo una
rápida comprobación mental del apartamento. No había nadie en el dormitorio.
Todos estaban reunidos en el gran salón de la entrada, cerca de la batería de
ascensores que conducía hasta las plantas inferiores. Seis poderosos ghouls,
todos hombres, le esperaban junto a Sanford Jackson. Alicia soltó un suspiro de
alivio. Aunque los pensamientos de su ayudante eran incoherentes y confusos, al
menos seguía con vida.
No se sentía
muy contenta con la relación numérica. Las doce últimas horas habían sido
frenéticas, y empezaba a resentirse. El conjuro que había utilizado la noche
anterior contra la Guardia de Sangre solo funcionaba en la oscuridad, y
necesitaba de todas sus fuerzas. Atrapar a un ghoul solitario por sorpresa en
un restaurante y aplastar su corazón había sido fácil, pero enfrentarse a seis
de ellos y eliminarlos era otro asunto.
Ella misma era
un ghoul, así que era más fuerte y rápida que la mayoría de los humanos. Al
servir a Anis, era aún más poderosa que los ghouls normales. Sin embargo, no
era ni invulnerable ni inmortal. Podía morir... igual que sus enemigos.
Ese último
pensamiento decidió su curso de acción. Sus oponentes eran humanos, no
vampiros, y aún poseían rastros de emociones. Era posible sorprenderles y
desviar su atención por unos instantes, aunque quizá no con medios ordinarios.
Los ghouls del Sabbat solían ser lunáticos dementes. Aunque los hombres que
había en la otra sala no estaban físicamente alterados, como era el caso de
muchos servidores de la secta, sus mentes eran extrañas. Llevaría mucho tiempo
aturdirlos hasta llevarlos a la inacción.
Con un gesto
decidido, Alicia se despojó de su ropa interior. Necesitaba la mayor libertad
para lo que pensaba hacer.
Era una mujer
excepcionalmente bella y estaba en plena forma. Aunque tenía varios siglos, su
cuerpo apenas había envejecido desde que se convirtió en la ghoul de Anis.
Físicamente apenas llegaba a los veinticinco. Su cuerpo era fuerte, esbelto y
tenía un buen tono muscular. Hacía ejercicio con regularidad y tenía los
reflejos y la habilidad de un buen atleta. Era una experta gimnasta.
Dando una gran
bocanada de aire, abrió la puerta que conducía al salón del apartamento. —¿Me
buscabais? —preguntó a los atónitos ghouls. —Aquí me tenéis.
Eran asesinos
entrenados, locos y enfermos dedicados al servicio del Sabbat. La vida humana
no significaba nada para ellos, pero aún era posible confundirles. El ver a su
presa en el umbral a su espalda les había cogido por sorpresa. Antes de que
pudieran alzar las armas, Alicia voló por la habitación con una eléctrica serie
de tumbos y volteretas. Los ghouls, sorprendidos, olvidaron por unos segundos
sus armas. Era todo el tiempo que Alicia necesitaba.
Sanford
Jackson estaba colgado boca abajo en un crucifijo invertido orientado hacia los
ascensores. Sus ropas estaban totalmente destrozadas por innumerables cortes.
Bajo su cabeza, en una bandeja de plata, había un enorme cuchillo de carnicero.
Su rostro y su pecho estaban cubiertos de sangre, y solo el más leve movimiento
de su cuerpo al respirar indicaba que seguía con vida. El rostro de Alicia
enrojeció, tanto con su propia furia como con la de Anis. Su mente se cubrió de
negrura.
El ghoul más
rápido había empezado a preparar su ametralladora cuando Alicia lo golpeó con
sus pensamientos. El hombre aulló de dolor, olvidando el arma. Su rostro
enrojeció por la sangre que acudía a la cabeza. Con los ojos saliendo de sus
órbitas cayó de rodillas, aumentando la intensidad y el volumen de sus gritos.
Con el sonido de una calabaza podrida aplastada con un martillo, la cabeza del
ghoul explotó, rociando a sus compañeros con una materia gris y rojiza.
Otro se
derrumbó en el suelo, retorciéndose espasmódicamente cuando su corazón dejó de
latir. El tercero y el cuarto llegaron a sacar las armas, pero terminaron
apuntándose mutuamente a la cabeza. Ninguno de los dos pudo evitar apretar el
gatillo, ni consiguió esquivar las balas perforadoras que destrozaron sus
cráneos.
Quedaban dos
asesinos. Rodeados de muerte y destrucción, los ghouls lograron de algún modo
dar un paso atrás y levantar sus armas. Nunca tuvieron oportunidad de disparar.
A su espalda,
la enorme cruz de madera que sostenía a Sanford Jackson cayó al suelo.
Involuntariamente, los dos ghouls se dieron la vuelta. Alicia, acuclillada a
seis metros de distancia, aprovechó perfectamente la ocasión.
Los ojos de
los dos brillaron. Tiraron sus armas al suelo y, rodeando el crucifijo caído,
se dirigieron hacia las puertas del ascensor más cercano. Cada uno tomó una de
las hojas y empujó hasta abrirlas, dejando al descubierto el hueco. La cabina
se encontraba cuarenta plantas más abajo. Sin una palabra, los dos dieron un
paso al frente y cayeron como piedras.
Sacudiendo la
cabeza atónita, Alicia se acercó a su ayudante, que miró hacia arriba con ojos
cansados.
—Bonita
actuación —murmuró a través de sus labios magullados. —No sabía que fuera una
acróbata. Cuando llegó ya me estaba empezando a marear de estar boca abajo.
—¿Cómo
demonios conseguiste tumbar esta cosa? —preguntó Alicia arrodillándose junto a
la cruz. Dejando fluir la fuerza hacia sus dedos, arrancó las cuerdas que
mantenían a Jackson atado.
—Cuando me
ataron simulé estar apenas consciente—respondió. —Tenía los músculos relajados,
lo que me permitía un cierto movimiento. Cuando le oí a usted y los disparos,
pensé que sería necesaria una distracción. Tensé los músculos de las piernas,
me impulsé hacia arriba y desequilibré la cruz. Es un truco que aprendí en
Vietnam.
Sonrió,
haciendo que varios cortes en su cara y en su pecho comenzaran a sangrar. —No
es la primera vez que me crucifican.
—Me sorprende
que sigas vivo —dijo Alicia mientras le ayudaba a sentarse. —Creía que estarías
muerto.
—Me estaban
reservando para cuando usted apareciera por el ascensor —dijo. —Creo que tenían
pensado cortarme la garganta en cuanto las puertas se abrieran. Se suponía que
la visión de mi sangre cayendo sobre la bandeja la detendría, dándoles la
posibilidad de destrozarla en un fuego cruzado.
—Pues tenían
que haberme esperado haciendo números circenses —sonrió Alicia. Eso sí que
hubiera sido una sorpresa. He matado a seis de ellos. ¿Sabes si hay más en el
edificio?
—Nueve de esos
hijos de puta me siguieron hacia el norte — dijo Jackson. —Recuerdo que uno de
ellos habló de poner vigilantes en la calle.
—Entonces ya
van siete —dijo Alicia. —Ahora me encargaré de esos otros dos. No escaparán.
Pero lo primero es limpiarte y ponerte de nuevo en funcionamiento.
—No hay
problema —dijo Jackson tratando de levantarse. Se derrumbó sobre el suelo con
un gemido después de incorporarse unos centímetros. —Pensándolo mejor, creo que
necesitaré algo de ayuda.
Alicia medio
arrastró a Jackson hasta un sofá cercano. Había recibido una buena paliza de
los ghouls, pero no tenía nada roto. Empleando un rollo de cinta quirúrgica y
un antiséptico, Alicia cubrió sus heridas como mejor pudo.
—No tiene buen
aspecto —dijo mirando los cortes y magulladuras, —pero sobrevivirás.
—Estaría bien
—dijo Jackson, —si no fuera por la sensación de haber sido atropellado por un
tanque.
Tenía los dos
ojos morados, las mejillas abiertas y los labios partidos.
—Y bien,
señorita Alicia, dígame.
—¿El qué?
—preguntó.
—¿Qué tal le
ha ido a usted?
CAPÍTULO 8
Nueva York: 25
de marzo de 1994
Dos horas más
tarde, Alicia sintió de nuevo que tenía el control. Los dos ghouls restantes
habían sido localizados y eliminados. Sabiendo que tres muertes inesperadas en
el vecindario en una sola mañana podrían despertar algunas sospechas, creó en
sus mentes una abrumadora compulsión por investigar el fondo del Río Hudson.
Sus órdenes sugerían específicamente que lo intentaran sin equipo de buceo. El
índice de suicidios de Nueva York era tan alto que dos víctimas más no
aparecerían en los periódicos.
Mientras se
encargaba de los ghouls, un equipo de especialistas en limpieza visitó el
apartamento y se encargó de la sangre y los cadáveres. Después, el médico del
edificio examinó las heridas de Jackson. El ex-soldado recibió órdenes
estrictas de permanecer en la cama durante al menos una semana, descansando
todo lo posible. El doctor sabía por experiencia previa con el mismo paciente
que le desobedecería, pero no dejaba de intentarlo.
Quince minutos
después de la marcha del médico, Jackson estaba en el teléfono dando órdenes al
personal del edificio para transferir el control de las diversas empresas
Varney a las oficinas regionales repartidas por todo el mundo. Varios miles de
empleados descubrieron que estaban de vacaciones hasta nuevo aviso. Esa misma
noche se iba a cerrar el rascacielos, y no se sabía cuándo volvería a abrirse.
Cuando Alicia
regresó de la caza ya había comenzado el éxodo masivo. Después de enfrentarse
en el pasado a diferentes desastres, había estructurado su vasto imperio
financiero de modo que la autoridad pudiera desviarse a las oficinas regionales
con un trauma mínimo. La Corporación Varney seguiría funcionando con toda
tranquilidad, pero no sería dirigida desde las oficinas en Nueva York.
—¿Has llamado
a nuestra empresa de relaciones públicas? —preguntó Alicia. Vestía unos
pantalones negros ajustados, una camiseta negra y botas negras de tacón. De su
cuello colgaba un símbolo plateado. —¿Saben ya cómo darle un giro positivo a la
situación?
—Harán todo lo
posible —dijo Jackson. Como único gesto hacia las órdenes del doctor, en vez de
estar de pie permanecía sentado. Entre llamadas telefónicas estaba devorando un
filete con patatas cocidas y un batido de chocolate. —Va a hacer falta mucha imaginación
para explicar de forma satisfactoria el cierre del edificio.
—Les pago una
fortuna para que den un giro positivo a todos nuestros negocios —dijo Alicia.
—Ya inventarán algo.
—¿Cuándo
quiere que nos marchemos? —preguntó Jackson. —Asumo que tiene usted planificada
nuestra retirada.
—Deberíamos
irnos antes del anochecer—dijo Alicia. —Será entonces cuando lleguen los
vampiros.
—¿Deberíamos?
—repitió Jackson. —¿A qué se refiere?
—La muerte de
unos cuantos ghouls no molestará a Melinda —dijo Alicia. —Considera a los
humanos prescindibles. Carne de cañón. La regente los envió porque son capaces
de operar durante el día. A no ser que haya perdido el juicio, sabe que no
conseguirán dañarme. Quiere que sepa que haga lo que haga, vaya donde vaya, me
seguirá. Estoy segura de que esta noche llegarán las verdaderas topas de
asalto.
Sonrió con
ferocidad. —Necesito enviarle un mensaje de vuelta, tanto a ella como a sus
leales seguidores. Algo desagradable que deje claro que Alicia Varney no se
asusta fácilmente.
—Lo que usted
quiera —dijo Jackson, —aunque suena peligroso.
—No haremos
más que poner un cebo y marcharnos —dijo Alicia, viendo cómo su lugarteniente
se comía la patata cocida. —No es por cambiar de tema, pero... ¿podrías decirme
cómo fuiste capturado y cómo te trajeron hasta aquí?
Jackson se
encogió de hombros. —No hay mucho que contar, me temo —dijo mientras cortaba el
filete. —La explosión y el incendio posterior sacudieron la furgoneta, pero
tanto el equipo como yo estábamos básicamente intactos. Como sabe, grabamos
todo el encuentro desde lejos, empleando lentes telescópicas de alta potencia.
Estaba preocupado por usted, así que revisé los últimos minutos de la cita
anteriores a la explosión, fotograma a fotograma. Aquella revisión demostró ser
fascinante.
—¿Qué ocurrió?
—preguntó Alicia. —¿Qué viste?
—Cuatro
segundos antes de la explosión usted se desvaneció de la imagen. Fue como un
interruptor que apagara una lámpara. En un fotograma aparecía usted y una
centésima de segundo más tarde se había evaporado. Supuse que eso significaba
que había escapado hacia las cápsulas de soporte vital.
—¿Qué ocurrió
con el hombre que había a mi lado? —preguntó Alicia, intrigada por el modo en
que McCann había logrado escapar de la explosión.
—Que me aspen
si lo sé —respondió Jackson. —Desapareció de la imagen un instante antes que
usted. La imagen muestra un borrón en medio de la pantalla durante algunos
fotogramas, pero inmediatamente después tanto la mancha como el tipo
desaparecen. Bastante siniestro.
Alicia torció
el gesto. Odiaba los misterios, y sabía por experiencia que cualquier cosa que
rodeara a Lameth tenía que ver con algún misterio.
—Continúa
—dijo. —¿Qué sucedió a continuación?
—Llegaron los
bomberos, seguidos por su jefe. Echó un vistazo al lugar y decidió marcharse.
No estaba dispuesto a arriesgar a sus hombres en un fuego de aquella
intensidad, especialmente con los disturbios que se producían por toda la
ciudad. Era mucho más sencillo situar algunas barreras y decirle a todo el
mundo que iban a dejar que se apagara solo. Hizo exactamente lo que esperaba
que hiciera. Es un hombre de soluciones sencillas.
—Es
sorprendente lo mucho que se preocupan los políticos por el presupuesto cuando
el problema se produce en un barrio pobre —dijo Alicia. —Da igual. ¿Cuándo
llegaron los ghouls?
—No
aparecieron hasta la tarde siguiente —respondió Jackson.—Despedí a nuestros
equipos y esperé en la furgoneta a que el fuego se extinguiera. Suponía que le
gustaría que estuviera allí cuando saliera de la cápsula, así que me puse a
esperar. — Sacudió la cabeza. —Nos va a costar muchísimo dinero explicar la
pérdida del material de la NASA. A nuestro congresista no le gustará saber que
varios miles de millones en tecnología espacial ardieron en un incendio.
—Ya nos
preocuparemos más tarde de eso —dijo Alicia. — ¿Dijiste que los ghouls llegaron
por la tarde?
—Alrededor de
las cuatro —dijo. —Irrumpieron en la furgoneta mientras echaba una cabezada.
Esos cabrones arrancaron la puerta de cuajo. Intenté luchar, pero eran mucho
más numerosos que yo. No pude hacer nada.
—No te
preocupes por eso —dijo Alicia. —Hiciste lo que pudiste.
—Me
empaquetaron como un pavo de Navidad y me arrojaron al asiento trasero de una
limosina. Un bicho más hablador que los demás me dijo que me necesitaban vivo
uno o dos días, y que de no ser así me hubieran arrojado a las llamas. —Jackson
se tocó un gran chichón sobre el ojo derecho. —Vivo no quería decir intacto. Se
turnaron para golpearme durante todo el viaje. Parecían divertirse. Buenos
chicos.
—Al Sabbat no
le gusta usar muchos ghouls, como a la Camarilla —dijo Alicia. —Sus antiguos
creen que los humanos no son más que comida, así que los que utilizan suelen
ser perros de ataque. Salvajes, brutales, extremadamente leales y carentes de
inteligencia.
—No estaban
seguros de cuando regresaría usted a la ciudad —dijo Jackson. —Usaron mi cabeza
para abrirse paso hasta el ático. Sorprendentemente, llevaron la madera para la
cruz desde D.C. en una segunda limosina. Esos payasos estaban dispuestos a
montar el número.
Alicia se
acercó hacia el gran ventanal, que le ofrecía una espectacular vista del oeste
de Manhattan. Observó las azoteas de los edificios con expresión pensativa. El
sol, anaranjado por la polución, se acercaba a las Empalizadas de Nueva Jersey.
En unas horas caería la noche y llegaría el ataque de los Vástagos.
—Melinda no
eliminó a Justine hasta anoche —dijo Alicia, — pero aquellos ghouls te
capturaron el día anterior a que la regente
recuperara el control del Sabbat. Por separado, los hechos no parecen demasiado
importantes. Sin embargo, si se unen arrojan una desagradable conclusión.
—Parece
evidente que Melinda no actuaba por impulso cuando se enfrentó a la arzobispo
—dijo Jackson. —Usted era el objetivo mucho antes de que destruyera a Justine.
Ya tenía su operación en marcha.
—Lo que
también significa que Melinda sabía que yo no iba a estar presente cuando atacó
el almacén anoche —siguió Alicia. —El único modo de que lo supiera era que
conociera dónde me encontraba en realidad. Como estaba atrapada, era incapaz de
acudir al rescate de Justine.
—Tiene sentido
—dijo Jackson. —Parece que todo el plan estaba preparado con anterioridad.
—Estoy seguro
de que hubo pequeños ajustes —dijo Alicia. —No se esperaba que yo sobreviviera
al infierno del Depósito de la Armada, pero el plan básico no necesitó muchos
cambios. Parece ser que el ataque del Sabbat contra Washington y la ejecución
de Justine estaban diseñados y ejecutados con el objetivo de devolver a Melinda
Galbraith al poder, más fuerte que nunca... y que el cerebro que controlaba
ambos acontecimientos era la Muerte Roja.
Jackson rió
sin humor. —¿Le sorprende?
—En realidad
no —dijo Alicia. —Estoy impresionada, pero no me supera. La Muerte Roja es
bastante astuta. Ha ganado algunas escaramuzas, pero la gran batalla aún no se
ha producido. Esa será la que cuente en realidad, y no tengo intención de
perder.
—¿Qué hacemos
ahora? —preguntó Jackson.
—Quiero
estudiar una profecía —dijo Alicia. —Espero que determinado jugador de cartas
pueda ayudarme a encontrar a alguien.
—¿Encontrar a
alguien? —repitió Jackson. —¿A quién?
—A un vampiro
llamado Hombre Rata —dijo Alicia. —Tiene las respuestas... si sé cómo hacer las
preguntas adecuadas.
CAPÍTULO 9
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994 El sonido de la lluvia golpeando el lateral del
camión despertó a Júnior. Casi dormido, observó los números brillantes del
reloj que había junto a su saco de dormir. Habían pasado unos minutos de la
medianoche. Madeleine ya llevaba algunas horas fuera y Pablo estaba montando
guardia en la cabina... suponiendo que no hubiera vuelto a dormirse. Era una
lechuza, y le gustaba oír la cháchara de la Banda Ciudadana y permanecer
despierto en la madrugada.
—Ey, Júnior
—susurró Sam. —¿Eres tú? —¿Quién iba a ser, gilipollas? —preguntó Júnior. —¿A
quién esperabas? ¿A Freddie?
—No —dijo Sam.
—Espero que no. Está lloviendo —Vaya si llueve. A veces pasa. Hace que las
flores y todas esas cosas crezcan. Calla y duérmete. —No puedo —dijo Sam.
—Antes tengo que ir al baño. Júnior gimió. Como vampiro, Madeleine no tenía las
necesidades de los seres humanos normales. No bebía ni comía, y tampoco
necesitaba cuarto de baño. Los últimos días habían estado utilizando los aseos
de las gasolineras, pero ahora estaban aparcados en medio de ninguna parte.
—Hay un
servicio en la estación abandonada —dijo Júnior, recordando vagamente cómo era
el parque. Puedes ir ahí.
—Pero eso está
muy lejos —respondió Sam. —No quiero ir hasta allí en la oscuridad. Además,
está lloviendo. Me iba a calar, y no tenemos toallas.
—Sí, sí—dijo
Júnior. Estaba cansado y no tenía ganas de discutir. Sam era el niño del grupo.
No era fuerte como Júnior. — ¿Por qué no lo haces debajo del camión? No te
mojarás demasiado. Seguro que no es muy cómodo cagar debajo de las ruedas, pero
al menos estarás seco. ¿No suena genial?
—No —respondió
Sam, —pero es mejor que nada. Sólo quiero mear.
—Bueno, pues
lárgate y cállate de una puta vez. Tengo que dormir, ¿vale?
—Sí—dijo Sam,
poniéndose en pie. Su voz se hizo nerviosa. —¿Te puedes quedar despierto hasta
que vuelva?
—Sí, Sam
—respondió Júnior. —Me quedaré despierto. No te va a pasar nada. Recuerda que
trabajamos para la señorita Madeleine. Nadie se atreverá a meterse con
nosotros.
—Es verdad
—dijo Sam. —Somos tipos duros, lo dijiste antes... Somos duros, somos la
hostia.
Sam lo repetía
una y otra vez mientras abría la puerta trasera del trailer y saltaba al suelo.
Júnior imaginó que oía a Sam repetir aquellas palabras mientras estaba debajo
del camión. La idea le dio un ataque de risa.
Sin embargo,
calló inmediatamente cuando oyó cerrarse de un portazo la puerta de la cabina
del camión. Oía voces, voces fuertes ininteligibles en la lluvia. Alguien gritó
y empezaron a sonar los disparos.
—Mierda
—susurró mientras salía del saco de dormir. Ahí fuera estaba sucediendo algo
malo. Algo muy, muy malo. Se estaba dirigiendo hacia la salida del remolque
cuando el portón metálico se abrió de golpe y fue bañado por la luz de media
decena de linternas.
—Hijo de puta
—maldijo un hombre, aparentemente disgustado. —Es otro niño.
Júnior observó
las luces. Era difícil distinguir las figuras, pero tampoco importaba
demasiado. Estaba atrapado dentro del camión por un grupo de hombres armados.
Correr no le iba a sacar de aquel lío. Tenía que conservar la calma y usar la
cabeza.
—¿Quiénes son,
señores? —preguntó con su mejor voz infantil —¿Que quieren de mí? No he hecho
nada malo.
—Claro,
chaval, claro —dijo un hombre fornido de mediana edad, dando unos pasos hacia
delante. Su rostro era rojo como un tomate, vestía un traje arrugado y no
parecía demasiado contento. En una mano sostenía una pistola de gran calibre
apuntada directamente hacia Júnior. —Eres dulce e inocente. ¿Dónde está la
nena?
—¿Nena?
—preguntó Júnior, tratando de parecer inocente y confundido. —¿Qué nena?
—La nena dueña
de este camión —dijo el hombre. —Olvídate de esa mierda inocente, gilipollas.
Dinos dónde está la zorra Giovanni o terminarás como tu amigo.
El hombre
señaló con un dedo. Alguien lanzó un gruñido y Pablo apareció dando tumbos
sobre el suelo del camión. Bajo su cuerpo se podía ver un hilillo de sangre que
se concentraba en su cabeza.
—Trató de
correr en el momento menos apropiado —dijo el hombre de la cara roja. —No
cometas el mismo error, chaval.
La garganta de
Júnior se secó y no pudo evitar parpadear atónito. Pablo estaba muerto.
Asesinado. Hacía unas horas había estado riendo, bromeando y comiendo patatas
fritas, pero ahora no era más que arcilla sin vida, asesinada por aquellos
cabrones. Las lágrimas luchaban por salir, pero no lloró.
—N-no sé de
qué me están hablando —dijo Júnior con la voz constreñida por la emoción. No
tuvo que fingir para ello. —S-solo encontramos el camión abierto. Queríamos
pasar la noche. N-no queríamos causar ningún problema... de verdad.
—Creo que no
miente, jefe —dijo una voz desde el círculo de luces. —Una tía tan peligrosa no
iba a dejar a tres mocosos cuidando de su camión.
—Y un huevo
—dijo el hombre de la cara roja. —¿Y entonces por qué corrió este cabrón —dijo
dando una fuerte patada a Pablo —hacia el bosque cuando le sacamos de la
cabina?
—P-puede que
creyera que su padre les había contratado para dar con él —dijo Júnior mientras
su cabeza funcionaba a toda velocidad. —Su p-padre está loco y no deja de
pegarle con la correa... Estaba escapando de su casa, como yo.
—Dos niños
escapados descubren un camión en medio de la carretera y deciden quedarse a
pasar la noche —dijo el hombre con una sonrisa socarrona. —Llegan, se
encuentran la puerta abierta y hasta encuentran las llaves puestas. Qué
conveniente.
—A saber qué
piensa la Giovanni, jefe —dijo la misma voz anterior. —Puede que creyera seguro
dejar el camión vacío. ¿No es así, señor Lazzari?
Entonces oyó
otra voz y Júnior tragó saliva. Esta era fría como el hielo, como el siseo de
una enorme serpiente. Recordando lo que la señorita Madeleine les había dicho
antes de marcharse, Júnior no tenía dudas de que se trataba de un Vástago. Si
era así, la vida humana no significaba nada para él.
—En mi país
—dijo el monstruo llamado Lazzari, —ningún ganado se atreve a tocar nada que
lleve el sello de los Giovanni: Es concebible que Madeleine dejara el camión
como ha dicho el joven. La arrogancia de su clan no conoce límites. Por lo que
respecta a esa zorra, todo es posible.
—Mierda —dijo
el hombre de la cara roja. Parecía preocupado. Con un gesto de la mano, llamó a
uno de los matones a su lado, un gigante con gafas de sol. En una mano llevaba
una ametralladora semiautomática y en la otra una linterna. —Alvin, registra
este puto remolque. Veamos si la historia de este pequeño hijo de puta es
cierta.
Júnior cerró
fuertemente los ojos cuando el gigante, oscilando el arma, se dirigió hacia el
fondo del camión. Rezó en silencio por que Sam tuviera el juicio de permanecer
escondido. Si lo hacía, era posible que consiguiera sobrevivir.
Sobre su
propia vida prefería no hacerse ilusiones. Aquellos tipos eran asesinos. Habían
matado a Pablo, y con él iban a hacer lo mismo. Aquella gente nunca dejaba
cabos sueltos, y su trabajo era cargarse a la gente. No había escapatoria.
No le
preocupaba demasiado. Su vida, salvo los últimos días, no había sido más que
una continua racha de mala suerte. La señorita Madeleine sería una vampira,
pero era la única persona que le había tratado bien. Estaba dispuesto a
devolverle el favor. Pasara lo que pasara, no iba a traicionar su confianza.
El gigante al
que el hombre de la cara roja había llamado Alvin volvió poco después. En la
mano izquierda llevaba una bolsa vacía de patatas fritas. —Es el escondite de
la dama, eso seguro. Ahí está su ataúd, y dos sacos de dormir. Hay basura por
todas partes.
—La zorra ha
salido —dijo el tipo con voz de serpiente. El señor Lazzari, pensó Júnior. El
hombre entró en el círculo de luz creado por las linternas. Era bajo y
poderoso, su piel era blanca y el cabello era totalmente negro. Sus ojos tenían
reflejos rojizos y llevaba las manos enguantadas. —Hemos llegado demasiado
tarde. Mala planificación, Tony.
Tony, el
hombre de la cara roja, tembló sin decir nada. Le asustaba su compañero, y era
fácil suponer el motivo. La señorita Madeleine podía ser un vampiro, pero este Lazzari
era un auténtico monstruo.
—Parece que
tendré que volver a presentar la recompensa por su captura como estaba previsto
—dijo Lazzari. —Que así sea. Los deseos del Don son ley. Ejecutarla hubiera
sido un placer, pero tendré que buscar otra diversión.
El vampiro
observó a Júnior. —Dime, joven —dijo suavemente con los ojos brillantes. —¿Has
llegado a conocer el verdadero sabor del cuerpo de una mujer? ¿Eres un hombre,
o sigues sin ser más que un muchacho?
—¿D-de qué me
está hablando? —preguntó Júnior evitando su mirada. Madeleine era capaz de
saber si mentía con sólo mirarle a los ojos, y no quería arriesgarse a que este
vampiro fuera todavía peor. —No me gustan las chicas. Son idiotas.
—¿Te han
follado alguna vez, chaval? —preguntó Tony, cada vez más rojo. Su voz era un
chillido agudo, asustado. Júnior no sabía exactamente de qué, pero no quería
averiguarlo. Dijo la verdad.
—No.
—Qué suerte
—dijo el señor Lazzari. Se dio la espalda y abandonó la luz. —Entonces esta
excursión no ha sido una completa pérdida de tiempo. Coge al chico, Tony. Ha
visto demasiado para dejarlo atrás. Al menos me proporcionará unos momentos de
diversión más tarde.
—Como diga,
Don Lazzari —respondió Tony, apenas audible. El color le estaba abandonando,
convirtiendo su cara en una máscara pálida. —Usted manda.
Dos matones
aferraron a Júnior por los brazos, inmovilizándolo. Lo levantaron del suelo y
lo llevaron fuera. La lluvia se había convertido en una espesa niebla que lo
cubría todo. Aparcado a pocos metros del camión había tres grandes limosinas
negras. Los motores rugieron desafiantes en la oscuridad.
—Destruid el
camión —dijo el vampiro mientras entraba en el primer coche. Llevaron a Júnior
hasta una puerta abierta en el tercer vehículo. —Usad muchos explosivos. Quiero
que esa zorra sepa que estamos tras ella, y que no hay lugar donde pueda
ocultarse.
En silencio,
Júnior rezó por que Sam tuviera el juicio suficiente para arrastrase hasta los
bosques antes de que el camión explotara. Si su amigo sobrevivía, aún era
posible que encontrara a la señorita Madeleine y que le hablara de su rapto. No
era mucho, pero sí la última esperanza que le quedaba.
CAPÍTULO 10
París,
Francia: 25 de marzo de 1994
Tras caminar
otros veinte minutos, Le Clair comenzó a sospechar. Aunque llevaban varias
horas en los túneles, aún no habían visto rastro alguno de Phantomas. Los
pasadizos seguían y seguían, sin llegar a ninguna parte.
—Aún siento la
presencia del Nosferatu —le dijo a Baptiste, frustrado. —El antiguo está en
alguna parte, en el corazón de este laberinto. Antes lo detecté frente a
nosotros, pero ahora está a nuestra derecha.
El gigante
sacudió la cabeza —No entiendo. ¿Qué significa eso, Le Clair?
—Estamos dando
círculos a su alrededor —respondió sombrío. —En vez de dirigirnos hacia su
guarida, este túnel la rodea sin llegar a atravesarla. No tiene sentido. ¿Por
qué construir pasadizos que no se conectan con el nudo central?
—Es posible
—dijo Baptiste con el ceño fruncido por la concentración —que Phantomas cerrara
las puertas al oírnos entrar.
—No hay
puertas, canchón —saltó Le Clair. Se preguntaba por qué se
molestaba en decirle nada a Baptiste. El gigante era un completo idiota.
—Estamos en un laberinto, no en una casa de huéspedes. No hay pasadizos con
paneles...
Entonces se
detuvo, pensando exactamente en lo que iba a decir. —Paneles deslizantes
—terminó. —Merde.
Baptiste
sonrió, como si comprendiera que había dicho algo importante. No sabía qué era,
pero la expresión de Le Clair dejaba claro que podía ser una solución.
—Los Nosferatu
son un culto de locos paranoicos —dijo Le Clair. —Construyen inmensas guaridas
bajo tierra y las llenan de trampas para mantener alejado a algún hombre del
saco. Ése es nuestro problema: Phantomas diseñó estos túneles, y tiene miedo de
su propia sombra.
—¿Qué pasa con
las puertas deslizantes, Le Clair? —preguntó Baptiste, ansioso por descubrir
más sobre aquel hallazgo. —¿A qué te referías?
—Ese es el
secreto del laberinto, amigo mío —respondió. — Hemos seguido pasadizos que se
retuercen como las ideas de un poeta loco y que no conducen a ningún sitio. Sin
embargo, sospecho que muchos de ellos se conectan en realidad con el corazón
del laberinto. Lo que ha hecho Phantomas ha sido bloquear esos túneles con
muros móviles. Estamos trazando un gigantesco círculo alrededor del sanctum del
Nosferatu. Si seguimos lo suficiente, podríamos terminar donde empezamos.
—¿Entonces no
hay forma de llegar al centro? —preguntó Baptiste frunciendo el ceño. —¿Cómo
entra y sale Phantomas de su cuartel general?
—Las paredes
se mueven, conchan —dijo Le Clair fríamente. Echaba de menos
a Jean Paul. —Eso es lo que he estado intentando decir. Se pueden deslizar de
diferentes maneras, cambiando la forma del laberinto. Cuando Phantomas quiere
marcharse, pulsa un botón y aparece un camino limpio y directo hacia la
superficie. Cuando hay intrusos en los túneles, pulsa otro y voilá, reaparece
un gigantesco laberinto que no conduce a ninguna parte. ¿Entiendes ahora?
—Eso creo
—dijo Baptiste lentamente. —Somos como insectos en un laberinto de juguete.
Queremos llegar al centro, pero el jefe no nos lo permite, tapando todas las
entradas. Es un juego que no podemos ganar, porque las reglas las hace Phantomas.
¿Qué vamos a hacer?
Le Clair rió
con un ruido cruel que resonó en todo el pasadizo. —Dejaremos de seguir las
reglas de Phantomas, amigo mío. Inventaremos las nuestras, unas que nos
conviertan en ganadores.
—¿Nuevas
reglas? —dijo Baptiste confuso. —No sabía que pudiéramos hacer eso.
—Eso es lo que
nos hace especiales —dijo Le Clair. Nos negamos a ser gobernados por las
decisiones de otros. Somos nuestros propios amos.
—¿Cuándo
empezamos? —dijo Baptiste. —Estoy aburrido de andar por estos túneles.
Cambiemos las reglas ahora mismo.
—Eso mismo
pienso yo —respondió Le Clair. —Ahora guarda silencio. Tengo que concentrarme.
Cerrando los
ojos, el vampiro tanteó con su mente. Podía sentir la presencia de Phantomas en
el laberinto, pero lo que necesitaba era situarlo exactamente, encontrando
luego un camino que llevara hasta él.
—Sígueme —dijo
tras unos instantes. Con los ojos aún cerrados, colocó su mano izquierda en el
muro interior y comenzó a deshacer lentamente el camino recorrido. Ansioso por
entrar en acción, Baptiste marchó detrás de él.
Avanzaron unos
treinta metros antes de que Le Clair se detuviera. Paró y se giró sobre sus
tobillos hasta encararse con su compañero. Con la mano derecha tocando la pared
y los ojos muy cerrados, dio cinco pasos hacia atrás, hasta que al final se
detuvo. Se volvió hacia la pared. —Está más cerca de este punto —declaró
abriendo los ojos. —Desde aquí siento más claramente la presencia del antiguo.
Miró a
Baptiste. —Dijiste que estabas cansado de andar. Muy bien. Nuestra presa está
tras esta pared. Ahí debe haber un pasadizo que conduzca directamente hacia él,
más allá de las piedras. Encuéntralo.
Baptiste
observó la roca sólida y después se giró hacia Le Clair, encogiéndose de
hombros. Nunca discutía las órdenes de su compañero. Era la cruz de su
relación, y así había sido desde su Abrazo. Le Clair pensaba y él proporcionaba
el músculo.
—Apártate —le
dijo apretando fuertemente los puños. No va a ser fácil.
Le Clair se
apartó unos metros —Adelante —le ordenó. — Estoy seguro de que al otro lado hay
un pasadizo.
—Eso espero
—declaró Baptiste mientras descargaba sus enormes puños contra la piedra. Sus
manos parecían de acero, y los fragmentos de roca comenzaron a volar. Golpeó el
mismo punto con el otro puño, esparciendo esquirlas por todo el pasadizo.
Firmemente plantado sobe el suelo, el gigante martilleó la pared como una bola
de demolición.
Una decena de
golpes demostraron ser suficientes. Baptiste cayó hacia delante cuando su puño
derecho atravesó la barrera. Después de recuperar el equilibrio, sonrió y sacó
el brazo, destrozando la roca con sus dedos. —Ha sido fácil —dijo. —En el otro
lado está abierto.
—Por supuesto
—dijo Le Clair, controlando su temperamento. La fuerza de su compañero era una
continua fuente de sorpresas. Insultar a Baptiste, especialmente ahora que Jean
Paul había desaparecido, podía ser peligroso. —Te dije que ahí tenía que haber
un pasadizo. Amplía el hueco para que podamos arrastrarnos.
—No hace falta
que nos arrastremos —dijo, dando un paso atrás y arrojándose contra el muro.
Todo el pasadizo vibró con el impacto y la pared se movió un centímetro. Cuando
empezaron a caer fragmentos del techo, Le Clair comprobó el túnel. Parecía
estable. Baptiste, que nunca se preocupaba por los efectos de sus acciones, se
lanzó una segunda vez.
Con un crujido
el muro se colapso, revelando un pasadizo perpendicular a aquel en el que se
encontraban. El gigante, cubierto de polvo pero ileso, sonrió. Se encontraba en
el espacio entre los dos túneles. —Mira —dijo orgulloso. —No hace falta
arrastrarse cuando podemos entrar andando.
—Una
demostración impresionante —dijo Le Clair entrando en el nuevo pasadizo. —Este
túnel conduce en la dirección correcta. El Nosferatu está directamente frente a
nosotros. No puede andar lejos.
—Quiero su
sangre —dijo Baptiste mientras comenzaban a avanzar rápidamente. —Me la he
ganado.
—Así es, amigo
mío —dijo Le Clair. —Sin embargo, primero hay que atraparle. Creo sospechar que
aún puede haber un obstáculo o dos en nuestro camino.
—¡Mira! —gritó
el gigante, su voz resonando en todo el pasadizo. —¡Ahí está, frente a
nosotros!
Los ojos de Le
Clair se abrieron asombrados. Su compañero tenía razón. A veinte metros,
observándolos con calma, estaba la criatura más fea que había visto jamás.
Tenía que ser Phantomas. Era bajo y fornido, con una piel moteada del color del
queso mohoso y ojos que brillaban en la oscuridad con el tono de la sangre.
Estaba sonriendo.
—Cuidado,
Baptiste —gritó Le Clair mientras el gigante se lanzaba hacia delante. —Hay
algo extraño en ese pasillo.
La advertencia
llegó a tiempo, ya que Baptiste se detuvo en seco a unos siete metros. Le Clair
corrió a su lado y vio el pozo.
El túnel
terminaba abruptamente en el extremo de un gigantesco agujero en la tierra.
Tenía diez metros de diámetro y separaba los dos extremos del corredor. Las
paredes verticales caían cien metros, y en la oscuridad Le Clair creyó poder
distinguir enormes escarpias metálicas surgiendo del fondo. Estaba convencido
de que aquellas puntas no eran el único peligro.
Phantomas se
encontraba a menos de diez metros, pero podían haber sido kilómetros. No había
ningún puente que cruzara la sima.
—Hemos venido
a por su sangre, monsieur Phantomas —gritó atrevidamente Baptiste. —No podrá
escapar de nosotros.
—Eso
explícaselo al pozo —respondió el Nosferatu. Su voz era sorprendentemente suave
para alguien tan feo. —Te está esperando.
A la espalda
de los dos vampiros llegó el sonido de la roca moviéndose contra la roca. Le
Clair se giró y maldijo. El pasadizo por el que habían llegado se había cerrado
con una enorme puerta de piedra que ocupaba todo el túnel, cortándoles la
retirada. Se encontraban en una sección de tres metros de longitud por uno y
medio de anchura. Unas maquinarias invisibles se activaron, y lenta pero
constantemente la plataforma sobre la que se encontraban comenzó a alzarse,
inclinándose hacia el pozo. Le Clair gritó asustado. En meros segundos la placa
estaría vertical y los arrojaría al abismo. No podían hacer nada por evitarlo.
—Adiós,
estúpidos —dijo Phantomas. Tras esto se dio la vuelta y regresó a su sanctum,
dejándolos solos para enfrentarse a su destino.
—Rápido,
Baptiste —dijo Le Clair mientras la plataforma seguía inclinándose. —Aún hay
una oportunidad. ¿Recuerdas la mansión en Transilvania? Me lanzaste sobre el
suelo derrumbado. Hazlo otra vez. Tírame al otro lado, ¡pero asegúrate de
apuntar bien!
Obediente,
Baptiste levantó a Le Clair sobre su cabeza. —¿Y qué hay de mí? —preguntó de
repente. —No puedo arrojarme a mí mismo.
—Haz lo mismo
que la otra vez —dijo Le Clair. —Tus piernas son fuertes. Salta. Si necesitas
ayuda yo te cogeré.
—Es un buen
plan —declaró el gigante.
Sin más
palabras, arrojó a Le Clair sobre el abismo. Durante un momento el pequeño
vampiro vio cómo se dirigía hacia los muros. Su mente se llenó de pensamientos
sombríos, pero antes de que pudiera cerrar los ojos se descubrió en el suelo al
otro extremo del pasadizo. Baptiste había realizado un lanzamiento perfecto.
—¡Ahí voy!
—gritó el gigante mientras su compañero se ponía en pie a toda prisa y corría
hacia el fondo del túnel. El gigante estaba en un equilibrio precario en el
borde del abismo, con la plataforma de piedra empujándole la espalda. —¡Ya!
Ni siquiera
Baptiste era lo suficientemente fuerte como para saltar diez metros sin
carrerilla alguna. Anduvo cerca, pero su cuerpo chocó contra la pared opuesta,
cinco metros bajo la entrada del túnel.
Sorprendentemente,
no cayó. Los dedos del gigante, fuertes como el acero, se habían clavado sobre
la superficie y le habían anclado a la roca. Se encontraba allí colgado, con
todo el peso del cuerpo apoyado en sus manos.
Le Clair
sacudió la cabeza sorprendido. Creía que por fin se había librado de Baptiste,
pero parecía demostrando que era muy difícil de matar. Sin embargo, estaba
decidido a poner fin a su carrera.
—Baptiste —le
dijo asomándose sobre el borde del pozo. — ¿Puedes subir? Sujétate con una mano
y usa la otra para crearte otro asidero.
—Lo intentaré
—respondió mientras miraba a su compañero con ojos preocupados. Tenía la nariz
aplastada contra la cara y sus rasgos estaban cubiertos de sangre. —Tengo que
tener cuidado, no estoy bien sujeto.
—No esperes
demasiado. Phantomas se ha ido, pero puede volver en cualquier momento. Además,
cuanto más estés ahí más te cansarás. Mira a ver si puedes empezar ya.
—L-lo
intentaré —dijo Baptiste.
Cuidadosamente,
el gigante sacó de la piedra los dedos de su mano izquierda. No sucedió nada.
Permanecía inmóvil, con su cuerpo colgado de los otros cinco dedos. Elevó
lentamente el brazo izquierdo sobre su cabeza lo más alto que pudo. Entonces,
curvando los dedos y extendiéndolos, los clavó en la roca.
Asombrado, Le
Clair observó cómo Baptiste tensaba los músculos del brazo extendido, alzándose
como una grúa. Los dedos de la mano derecha se liberaron y colgaron a su
costado mientras equilibraba su nueva posición. Entonces, sin dudas, Baptiste
repitió la operación, subiendo todo lo posible.
Izquierda,
derecha, izquierda, derecha, el gigante escalaba la pared del pozo hacia Le
Clair. El pequeño hombre gruñó frustrado. En breves instantes Baptiste llegaría
al borde y estaría a salvo. Sabía que no volvería a tener una oportunidad así.
Desesperado,
miró el pasadizo. Estaba limpio de escombros: nada que arrojarle. Pensó en sus
botas, pero olvidó la idea. Para cuando se las desatara ya sería demasiado
tarde. Aún había otra opción. Por mucho que le desagradara la idea de
enfrentarse físicamente a Baptiste, era el único camino.
—Vamos —le
apremió tumbado sobre el suelo del túnel. Se situó directamente sobre la cabeza
de su compañero. Apoyado sobre un codo, espero a que la cara de Baptiste
surgiera del pozo.
Como cuatro
inmensos gusanos, los dedos del gigante surgieron en la oscuridad, tanteando.
Le Clair frunció el ceño cuando vio cómo los dedos se clavaban en la piedra, a
sólo unos centímetros. Se puso en guardia, sabiendo que decidir el momento del
ataque era crucial.
Durante unos
segundos, con la mano izquierda libre, Baptiste estaba sujeto únicamente por
sus dedos clavados en el suelo. Centímetro a centímetro, su cabeza surgió del
abismo. Primero apareció el pelo, luego la amplia frente y por fin sus ojos.
Las pupilas de Baptiste se abrieron asombradas al ver la cara de Le Clair a
milímetros de la suya. Aquel era el momento.
Con toda la
fuerza de su cuerpo, Le Clair golpeó a Baptiste en la cara. Sus dedos índice y
corazón, extendidos como estacas, se hundieron en los globos oculares del
gigante, que gritó confuso cuando sus pupilas estallaron. Lanzó hacia atrás la
cabeza involuntariamente, tratando de huir del dolor.
La roca se
pulverizó cuando los dedos de Baptiste se cerraron en un puño. Le Clair torció
su propia mano, golpeando salvajemente con la palma la nariz de su compañero.
El brazo de Baptiste empezó a resbalar, hasta que la gravedad entró en acción.
Gritando de forma incoherente, el gigante se precipitó al abismo. Sonriendo
triunfante, Le Clair contempló la caída de su amigo, que agitaba los brazos
desesperado como si tratara de volar. Aterrizó con un ruido enfermizo sobre las
inmensas escarpias metálicas, quedando atravesado por una decena de ellas en su
horrendo abrazo.
Segundos
después, el fuego rugió en el fondo del pozo. Evidentemente, cualquier contacto
con el metal disparaba los lanzallamas embebidos en las paredes. Aunque
Baptiste hubiera sobrevivido a la caída, las llamas significaban su fin. El
gigante había muerto. Los Tres Impíos se habían visto reducidos a uno.
Le Clair se
puso en pie. Jean Paul destruido. Baptiste destruido. Solo quedaba él.
Sonrió. Según
ciertos filósofos, los fuertes sobrevivían. No era cierto. La fuerza estaba
bien, pero la inteligencia era mejor. Y no había nada como la falta de
escrúpulos.
CAPÍTULO 11
Viena,
Austria: 26 de marzo de 1994
Etrius abrió
la puerta de su estudio y entró. Las luces de la cámara, sensibles a su
presencia, se encendieron y comenzaron a arrojar sombras sobre sus rasgos
iracundos. Iba retrasado, como era habitual. A pesar de ser uno de los Vástagos
más poderosos del mundo, miembro del Círculo Interior de los Tremeré, tenía que
aprobar las cuentas y facturas de la Capilla de Viena. Aunque se negaba a
admitirlo, tenía una personalidad obsesivo-compulsiva; le era prácticamente
imposible delegar autoridad, un rasgo que no le hacía demasiado popular entre
los demás miembros de la Orden.
Comprobó la
hora en el reloj que había sobre la chimenea mientras se derrumbaba en la silla
tras su escritorio. Eran las once y media. Faltaba media hora para la llegada
de Elaine, y apenas tenía tiempo para ordenar algunas ideas que tenía sobre su
curso de acción. Tomó un bolígrafo y un cuaderno, pero en ese momento se
congeló. Algo se había movido en las sombras al otro lado de la cámara.
—¿Quién hay
ahí? —exigió con la fuerza de su inmensa voluntad. —Muéstrate.
—Calma, sire
—llegó la respuesta. Un hombre bajo y poderoso, con los hombros anchos, el
cabello negro y la tez morena, entró en la luz con pasos rápidos y nerviosos.
Era Peter Spizzo, chiquillo y agente especial de Etrius.
—No quería
sorprenderte —dijo Spizzo mientras se acercaba al escritorio. —La entrada
estaba abierta. Siguiendo tus instrucciones, creí conveniente que no se me
viera.
Etrius
asintió, acomodando su cuerpo en la silla. Estaba totalmente seguro de que la
noche anterior había cerrado con llave el despacho, empleando poderosos
conjuros para asegurar que nadie irrumpiera en la estancia.
—Me cogiste
por sorpresa —admitió Etrius sin dar voz a sus pensamientos. —No sabía que
estabas aquí.
—Tengo un gran
talento para pasar desapercibido —dijo Spizzo con una leve sonrisa.
—Una habilidad
necesaria para un espía —dijo Etrius secamente. Se inclinó sobre el escritorio.
—¿Por qué has regresado tan pronto? ¿Qué has descubierto?
—He estado
viajando mucho —dijo Spizzo, —empleando los atajos de la Casa de los Secretos.
He visitado algunas capillas en Europa y América, haciendo algunas preguntas y
saludando a algunos viejos amigos.
La Casa de los
Secretos era una misteriosa estructura que existía fuera del espacio y del
tiempo normales. Había sido descubierta por un antiguo Tremeré hacía siglos,
convirtiéndose rápidamente en uno de los secretos mejor guardados del clan.
Nadie sabía quién la había construido ni cuándo. Simplemente existía.
Era un inmenso
palacio con miles de habitaciones, muchas de ellas sin explorar. La Casa de los
Secretos tocaba al mundo real en cientos de puntos diferentes, permitiendo a un
mago Tremeré que entrara en el edificio por una puerta, recorriera tres salas y
saliera por otra, a miles de kilómetros de distancia. El uso de los portales
dimensionales ayudaba al clan a mantener un fuerte lazo con sus miembros
dispersos. Las capillas de todo el mundo estaban construidas sobre las entradas
de la Casa de los Secretos, igual que los cuarteles generales en Viena.
—¿Descubriste
algo sobre el Conde St. Germain? —preguntó Etrius tamborileando con los dedos
en el escritorio. Elaine no tardaría en llegar, y no quería que para entonces
Spizzo estuviera allí. Sin embargo, el espía había regresado con un motivo, y
Etrius quería conocerlo.
El Tremeré
frunció el ceño cuando una extraña sensación nubló su visión. Igual que la
noche anterior, sintió repentinamente que otra mente estaba compartiendo su
cuerpo, observando el mundo a través de sus ojos, escuchando todo lo que oía.
Estaba seguro de que se trataba de Tremeré, en letargo, empleando sus poderes
telepáticos. Era una impresión extraña que no le resultaba agradable. Una vez
más, la sensación desapareció tan pronto como había llegado.
—Hablé con
antiguos que recordaban claramente haber estado con él varias veces en el
pasado —dijo Spizzo. —Sin embargo, ninguno de ellos fue capaz de proporcionarme
su descripción, lo que encontré bastante extraño. El Conde dejaba una fuerte
impresión en todos aquellos con los que hablaba, pero nadie recuerda su
aspecto.
—Ése es otro
valioso talento para los espías —dijo Etrius, recuperando la compostura. —¿Por
qué recurrir a un disfraz cuando tus rasgos desaparecen de la memoria en cuanto
te marchas?
—Exacto —dijo
Spizzo. —Nadie fue capaz de decirme tampoco cuándo habían hablado exactamente
con el misterioso Conde. Recordaban momentos en los que habían tratado con él
ciertos temas, pero ninguno estaba seguro del momento exacto.
Etrius se
encogió de hombros. —Evidentemente, es un maestro del embaucamiento, pero eso
ya lo sospechaba. Ha engañado al Concilio Interior de los Tremeré durante mil
años. El que lo haya hecho con nuestros subordinados no significa mucho. Dime
algo que no sepa. —dijo estrechando los ojos. —Mencionaste ciertos
temas. ¿De qué hablaba con esos antiguos?
Spizzo rió
entre dientes. —Pensé que esas palabras picarían tu curiosidad. Por lo que he
podido averiguar, St. Germain buscaba a los principales eruditos e
historiadores de nuestro clan. Todos ellos eran conocidos por sus estudios
sobre las viejas leyendas de los Vástagos. Hablaba sobre dos temas, los
mismos dos temas, con todos ellos. Y en diversas ocasiones.
Etrius desvió
la mirada hacia el reloj. Elaine llegaría en unos minutos, y cada vez tenía
menos ganas de que se encontrara con Peter Spizzo... y viceversa. Creía que era
mejor que ninguno de los dos supiera del otro.
—¿Qué dos
temas? —preguntó. —Basta de dramatismo, Spizzo. Me estoy impacientando.
—El Conde
quería saberlo todo sobre las leyendas Nosferatu acerca de los Nictuku —dijo el
espía. —Estaba interesado en sus nombres, sus descripciones, sus orígenes, sus
vastos poderes, las leyendas sobre su desaparición y las profecías sobre su
regreso.
Etrius sintió
un frío repentino. Recordaba las extrañas circunstancias que habían rodeado la
Muerte Definitiva de Tyrus Benedict, su enviado para el príncipe de San Luis.
Los informes relacionaban el asesinato con unas misteriosas fotografías en las
que supuestamente aparecía Baba Yaga, uno de los fabulosos Nictuku...y con la
aparición de un horror espectral conocido como la Muerte Roja.
Elaine de
Calinot planeaba convencer a la Camarilla de que el Conde St. Germain era la
Muerte Roja, y Etrius se preguntó si, por pura coincidencia, se había topado
con la verdad. —¿En qué otro tema estaba interesado?
—El
Libro de Nod —respondió Spizzo, nombrando la famosa colección de relatos
primitivos que presuntamente describían la verdadera historia de los
Condenados. Etrius, que era tanto un estudiante como un practicante de lo
oculto, estaba muy familiarizado con el volumen, ya que había pasado varios
años dedicado a su examen. Sus investigaciones le habían convencido de que
había sido escrito por diversas manos a lo largo de unos mil años. No estaba
seguro de que todas las historias fueran ciertas, pero tampoco se atrevía a
dudar de ellas.
—¿Qué quería
saber St. Germain sobre el Libro de Nod? — preguntó. —¿O
tampoco eran capaces de acordarse de ello los eruditos?
—Recuerdan que
al Conde no le interesaba nada de lo que pudieran decirle sobre el libro.
Preguntaba sobre lo desconocido. Deseaba saber qué partes faltaban. Estaba
buscando las páginas perdidas del Libro de Nod.
—El
Apócrifo de los Condenados —susurró Etrius, casi como si se asustara de sus
propias palabras. No le gustaba lo que estaba oyendo. —Las verdades no
reveladas de Caín, el Tercer Mortal, tal y como las contó Seth, su ghoul. Los
secretos definitivos de los Vástagos.
—Un premio tan
valioso como la legendaria Copa de Lameth —dijo Spizzo. —O la Espada de Troile.
—Y
probablemente igual de ficticio —dijo Etrius, sintiendo aumentar su furia. —A
lo largo de los siglos ha habido cientos de rumores sobre la aparición del Apócrifo,
pero nunca se han materializado.
—¿Estás
seguro? —preguntó Spizzo. —¿Estás seguro, mi sire?
—¿A qué te
refieres? —preguntó Etrius con un escalofrío temeroso.
—Pregunté a
los eruditos por qué St. Germain había dejado de acudir a ellos a pedir más
información. Ninguno pudo darme una respuesta, pero casi todos estaban
convencidos de que había una explicación evidente.
—¿Y es?
—preguntó Etrius. La sabía, pero quería la confirmación de Spizzo.
—El Conde no
necesitaba seguir investigando sobre El Apócrifo
Perdido porque ya lo tenía. De algún modo, el misterioso Conde St. Germain
se había hecho con los capítulos perdidos del Libro de Nod.
CAPÍTULO 12
Nueva York: 26
de marzo de 1994
La luna llena
arrojaba su luz a través del enorme ventanal del ático de Alicia Varney. Era la
única iluminación. Las luces estaban apagadas y todo esta en silencio, salvo
por el pequeño reloj que descansaba sobre la mesa donde Alicia solía tomar el
desayuno. Era casi la una. El lugar estaba desierto.
Una sombra
cruzó el rostro de la luna, sumiendo el ático en la oscuridad. Algo grande y
siniestro flotaba en el cielo nocturno, dirigiéndose hacia la ventana. Tenía
inmensas alas, pequeños pies con garras y el rostro de una pesadilla gótica.
Con un leve
sonido, el horror aterrizó sobre la repisa. Su cuerpo negro se apretó contra la
ventana como una gigantesca ventosa mientras las alas se plegaban a sus
costados. Esperó durante unos instantes cualquier reacción desde el interior.
No sucedió nada.
Lentamente, la
forma tembló bajo la luz de la luna, haciéndose indistinta y brumosa.
Silenciosamente, el vapor se hundió en el vidrio del ventanal. Al instante
había desaparecido, fundiéndose con el cristal. Pasaron cinco, diez, quince
segundos. Entonces, en el interior de la ventana, se formó una oscura película.
La mancha negra se hizo cada vez más grande y nítida, hasta que una figura
cobró forma. En lugar del murciélago había un vampiro enorme de cabeza
puntiaguda y cabello plateado muy corto.
Los ojos rojos
registraron la habitación. Nada había cambiado en los breves instantes que
había tardado en entrar. Aparte del reloj, el apartamento permanecía en
silencio. El hombre asintió, como si respondiera a su propia pregunta. Tenía
que ser cuidadoso, ya que transformarse de una forma a otra exigía una gran
cantidad de poder: durante las horas siguientes estaba confinado a su forma
humana. Poniéndose en pie, se volvió hacia el ventanal y lo abrió. Esperaba a
otros tres, que aunque volaban no eran capaces de atravesar los materiales como
había hecho él.
El vampiro
murciélago medía dos metros y pesaba unos ciento cincuenta kilos. Sus hombros
eran sobrenaturalmente anchos y los brazos eran largos como los de un gorila.
Hacía cuatrocientos años, siendo mortal, fue conocido como Otto el Carnicero,
el Terror de la Selva Negra. Había sido un famoso bandido y asesino de masas
que desapareció misteriosamente en lo más alto de su sangrienta carrera para no
volver a ser visto. Los historiadores asumían que fue asesinado por sus propios
hombres, cansados al fin de sus horrendos excesos.
En realidad
había sido Abrazado por un Brujah antitribu, siendo
reclutado como miembro de la Guardia de Sangre del Sabbat. Otto siguió con su
reinado de terror, pero con los Vástagos como sus nuevas víctimas. Durante los
últimos cincuenta años había trabajado para Justine Bern, pero al ser ésta
destruida cambió inmediatamente su alianza a la de su ejecutora, Melinda
Galbraith. La lealtad no significaba nada para Otto el Carnicero. Lo único que
le importaba era matar.
Las alas
oscuras a la luz de la luna señalaron la llegada del resto de su manada. Tres
enormes murciélagos planearon hasta el salón. Dos aterrizaron sobre la alfombra
y el tercero sobre una silla. Momentos después se habían transformado en un
hombre y dos mujeres. Otto no tenía ningún prejuicio sexista. Lo único que le
importaba de sus compañeros era que estuvieran consumidos por una insaciable
sed de destrucción.
Hans Heinz
había sido un notorio Hauptmann de las SS buscado en tres
continentes por crímenes contra la humanidad. Había evitado su ejecución
convirtiéndose en uno de los Condenados. Era un sádico maníaco que siempre
reía, como si estuviera disfrutando del recuerdo de alguna broma. Ni siquiera
Otto se atrevía a darle la espalda.
Debbie Sue
Mauser había robado veintidós bancos en Tejas durante una carrera de tres meses
a finales de los cincuenta. Siete guardias de seguridad murieron antes de que
encontrara su fin en una emboscada del FBI en Waco, pero no todos creyeron que
había desaparecido. Los mismos que aseguraban que John Dillinger no había
perecido frente al Biograph Theater en Chicago declararon que la muerte de
Debbie Sue Mauser había sido una tapadera. Estaban en lo cierto. Se trataba de
una conspiración del Sabbat. Una mujer inocente murió mientras Debbie se unía a
las filas de la Guardia de Sangre.
El cuarto
miembro de la manada era Sha'una Teague, una esbelta mujer de color de rasgos
delicadamente trazados y ojos suaves y castaños. Sha'una era la prueba de que
las apariencias engañaban. En vida había servido como ministra de información
para el dictador de Uganda Idi Amin. Su gusto por la tortura con hierros al
rojo y pequeños objetos afilados le habían hecho una de las mujeres más temidas
de África. Cuando Amin se vio obligado a huir del país Sha'una se estableció
por su cuenta. Fue reclutada por el Sabbat gracias a su habilidad para hacer
sufrir a los demás. Como miembro de la Guardia de Sangre había excedido con
mucho las mejores expectativas de la secta.
—Recordad
—dijo Otto barriendo el apartamento con la mirada —que no debe escapar nadie.
Deben morir en mucho dolor.
Hablaba el
inglés con un fuerte acento alemán. No era especialmente bueno con los idiomas,
pero eso daba igual. Era insuperable en lo que importaba: matar.
—Esta bonita
pocilga está abandonada —dijo Debbie. Hablaba con un tono nasal. —Estamos
haciendo el gilipollas al perder el tiempo aquí.
—Seguimos las
órdenes de la Kommandant Galbraith —dijo Hans con severidad. —Un verdadero
soldado nunca cuestiona a sus superiores.
—Bueno, es que
igual no veo a la puta Melinda como mi superiora —dijo Debbie mirando a su
compañero. —¿Quién cono la puso la mando de la noche a la mañana? ¿Y quién cono
eres tú para decirme lo que tengo que hacer, lameculos?
—Callad —dijo
Otto. —Los dos. No es momento de discutir. Nos separamos y registramos el
apartamento. No hay nadie, también lo siento, pero tenemos. Melinda quiere un
informe.
—Qué pérdida
de tiempo —murmuró Debbie, cerrando la boca cuando Otto le lanzó una mirada. La
lejana no tuvo en vida respeto por la autoridad, y mucho menos en la muerte. Ni
siquiera la Muerte Definitiva le asustaba... pero Otto el Carnicero era otra
cosa.
—Nos separamos
—dijo éste. —Yo con Hans exploramos esta sala y el vestíbulo. Debbie, ve con
Sha'una y registra el dormitorio. Esta Alicia dejará una pista. No podemos
volver sin nada.
—Me encantaría
encontrar a esa puta y arrancarle la cabeza — dijo Debbie mientras se dirigía
hacia el dormitorio. Sha'una, que prefería dejar que sus acciones hablaran por
ella, permaneció en silencio. —Puede que tenga algo guapo en el armario. Desde
luego, se lo puede permitir.
—A esa idiota
había que dejarla al sol para que se tostara — gruñó Heinz cuando Debbie
abandonó el salón.
—Es un dolor
—dijo Otto. —Pero pelea bien. Basta de hablar. Busca pistas.
—Los dos
vampiros pasaron los quince minutos siguientes destrozando el salón, reduciendo
el mobiliario a pedazos en busca de alguna pista sobre el destino de Alicia. No
encontraron nada. El registro de la zona de los ascensores demostró ser igual
de frustrante. Otto no estaba nada contento.
—Enviar ghouls
aquí primero fue un terrible error —declaró mientras observaba los destrozos.
—No eran rival para esa mujer Alicia. Los mató y dejó el edificio hace horas.
Debbie tenía razón, perdemos el tiempo.
—Las chicas
están muy silenciosas —dijo Hans mientras observaba la entrada del dormitorio.
—Qué raro en Debbie. Normalmente no deja de gritar obscenidades.
Otto frunció
el ceño. —Curioso. No siento a Debbie ni Sha'una ahí dentro. Se han ido.
Hans gruñó,
mostrando los colmillos. —¿Ido? ¿Cómo es posible? ¿Qué les ha pasado? No pueden
haberse desvanecido en el aire.
—Lo
descubriremos —dijo Otto mientras avanzaba a grandes zancadas hacia la puerta.
Heinz iba a su espalda, con los dedos extendidos como garras. El Carnicero no
temía a nada, ni vivo ni muerto.
Preparado para
una pelea, Otto aferró la puerta y la arrancó de las bisagras. La arrojó a un
lado y entró con paso arrogante en el dormitorio. Su cabeza puntiaguda iba de
un lado a otro, buscando a algún enemigo al que aplastar y destruir, pero el
lugar estaba desierto.
No había mucho
mobiliario. En el centro se encontraba una enorme cama, flanqueada a cada lado
por mesillas de madera. Las sábanas de seda eran rojas y sobre ellas había una
gruesa colcha negra. La pared de la derecha estaba ocupada por un enorme
ventanal igual al del salón. Un pequeño escritorio y una silla miraban al mundo
exterior. En la pared opuesta no había más que armarios. Una puerta junto a la
cama parecía conducir a un cuarto de baño.
—No están
—dijo Hans Heinz. —Nervioso, se acercó al ventanal y lo comprobó. Estaba
cerrado por dentro.
—Mira —dijo
Otto, señalando en la dirección opuesta. —En el armario. Encontraron una puerta
secreta.
—¿Un ascensor?
—preguntó Heinz. —La muy estúpida lo habrá cogido sin avisarte.
—No sé lo que
ha hecho —dijo Otto furioso. El Carnicero se acercó al ascensor abierto. —Pero
pienso descubrirlo. Vamos. Entraremos y veremos dónde va.
Heinz se
dirigió hacia el armario, pero se detuvo frente a la enorme cama.
—Qué curioso
—dijo observando el suelo. —La alfombra está mojada aquí. Manchada de negro.
—Se arrodilló
y tocó el tejido con los dedos. Su voz se agudizó. —Es sangre.
Sin un ruido,
la colcha negra se levantó sobre las sábanas de seda. Lo que había parecido
meramente una manta se había convertido repentinamente en una enorme pantera
negra. Su mirada rojiza observó con inteligencia casi humana al desprevenido
vampiro.
Heinz no llegó
a ver lo que se le venía encima. Con un ágil movimiento, el inmenso felino
golpeó la cabeza descubierta del alemán con su monstruosa pezuña. Garras
amarillas afiladas como cuchillas cortaron profundamente la garganta del
Vástago, atravesándole el cuello y desgarrando el músculo y el hueso como si
fuera papel. El cuerpo decapitado del oficial de las SS se desplomó como un
saco de cemento sobre el suelo. La cabeza, goteando sangre negruzca, rodó por
toda la estancia hasta detenerse bajo el ventanal.
Con un
profundo rugido, la pantera se volvió hacia Otto. Abrió las mandíbulas y lanzó
su desafío al Cainita.
El Carnicero
se metió nervioso en el ascensor. En el panel de control había tres botones y
pulsó el inferior. Angustiado, vio cómo la puerta se deslizaba hasta cerrarse.
Después de ver la facilidad con la que la pantera había eliminado a Hans, no
dudaba del destino de los demás miembros de la manada. Sus cuerpos se habrían
convertido en polvo o estarían ocultos bajo la cama. Le daba igual. Lo que le
importaba es que se había quedado solo.
El ascensor
bajó durante algunos minutos, y cuanto más descendía más se animaba el vampiro.
Parecía claro que se dirigía hacia alguna cámara escondida bajo los cimientos
del Edificio Varney. Melinda les había dicho que habría algún escondrijo así, y
él había dado con él por pura casualidad.
La cabina se
detuvo lentamente, abriéndose la puerta con un leve susurro de aire. Nervioso
pero excitado, dio un paso hacia delante. En cuanto salió las puertas se
cerraron a su espalda.
Se encontraba
en una sala rectangular de ocho metros de longitud por tres de anchura. El
techo era lo suficientemente bajo como para tocarlo extendiendo el brazo. Todo
estaba forrado de cemento, sin juntas visibles. Una hilera de luces eléctricas
en el techo iluminaba el lugar, y en el muro opuesto había un conducto de
ventilación que mantenía el aire circulando.
La cámara
estaba vacía. Hubiera lo que hubiera allí, había desaparecido. Maldijo
enfadado. No podía hacer otra cosa que entrar en el ascensor y pulsar el
segundo botón. Se volvió y buscó algún interruptor para abrir la puerta, pero
no había ninguno. Furioso, golpeó el panel metálico con sus grandes puños, pero
no consiguió siquiera abollarlo. Estaba atrapado hasta que reuniera fuerzas
suficientes para convertirse en murciélago.
Sacudió la
cabeza. Primero la pantera negra y ahora el almacén abandonado. Se preguntaba
qué más podría salir mal.
Como
respuesta, un líquido de fuerte olor comenzó a inundar la estancia desde el
orificio de ventilación. El Carnicero sonrió. Como vampiro no necesitaba
respirar, así que no temía ahogarse. Además, era posible que la presión del
líquido hiciera abrirse las puertas del ascensor.
Hasta varios
minutos después Otto no comprendió que el líquido que llenaba la estancia era
gasolina. Estaba pensando en lo que eso significaba cuando la energía tuvo una
sobrecarga, haciendo estallar las bombillas y llenando el lugar de chispas.
CAPÍTULO 13
París,
Francia: 25 de marzo de 1994
Desde que
entró en el laberinto que conducía a la guarida de Phantomas, a Le Clair le
había preocupado que el Nosferatu escapara, abandonando el lugar para
protegerse. Ahora que por fin llegaba al sanctum del viejo vampiro, comprendió
que sus miedos eran infundados. Todo estaba lleno de ordenadores. La caverna
estaba atestada de maquinaria, y el brillo verdoso de los monitores arrojaba
extrañas sombras sobre las paredes. Era imposible que Phantomas abandonara todo
aquel equipo en manos de los invasores. Era un prisionero de sus posesiones.
Ratas, decenas
de ratas se escabullían a su paso mientras avanzaba. Su mirada iba de un lugar
a otro, buscando a su escurridiza presa. Podía sentir la presencia de Phantomas
en la estancia, pero desde aquella distancia no era posible localizarlo con
exactitud. No tuvo que molestarse.
—Bienvenido a
mi hogar, monsieur Le Clair —dijo una voz agradable y relajada desde el otro
extremo de la caverna. Una figura grotesca vestida con una informe túnica gris
se levantó de una silla orientada hacia una gran consola de circuitos.
Phantomas medía poco más de un metro cincuenta y era de hombros anchos y
retorcidos, piel verde moteada y facciones picasianos. Sobre su hombro
izquierdo descansaba una pequeña rata. Otras cinco se arremolinaban a sus pies.
—Mis
felicitaciones por su persistencia —dijo el Nosferatu. —A lo largo de los
siglos otros han intentado encontrar este lugar, pero usted ha sido el primero
en conseguirlo.
—Soy decidido
por naturaleza —dijo Le Clair. Se detuvo, satisfecho con la posibilidad de
poder intercambiar información durante unos instantes. Phantomas estaba
atrapado en un pasadizo de máquinas. —¿Conoce mi nombre?
—Por supuesto
—dijo señalando con una mano las grandes hileras de ordenadores. —Es usted uno
de los muchos miles de Vástagos que se encuentra en mi gran proyecto. Estoy
trabajando en una enciclopedia sobre los vampiros, y después de escuchar su
conversación en mis túneles no fue difícil descubrir su identidad. Los
pasadizos, por supuesto, están constantemente vigilados por cámaras y
micrófonos.
—Por supuesto
—dijo Le Clair. —No esperaba menos de un maestro ingeniero de su calibre.
—Muchas
gracias —respondió Phantomas. —Lo tomaré como un gran cumplido, viniendo como
viene de un maestro del engaño. Considerando la pérdida de sus dos compañeros,
creo que mis trampas fueron bastante eficaces.
—Agradezco la
ayuda —dijo Le Clair. Del bolsillo trasero de su pantalón sacó una navaja
automática. Presionó el botón, revelando una hoja de acero de quince
centímetros. —Después de tantas décadas su presencia se había hecho molesta. No
me gusta tener que repartir el botín.
—Le comprendo
perfectamente —dijo Phantomas. La rata sobre su hombro saltó al suelo, pero el
Nosferatu no pareció notarlo. —Los vampiros valoramos nuestra independencia. Es
parte de nuestra naturaleza solitaria. —Se detuvo unos instantes. —Sin embargo,
a pesar de estos sentimientos, sospecho que no trabaja usted por su cuenta. ¿Me
equivoco?
Le Clair dio
un paso hacia su víctima. Otro. No tenía prisa, pero tampoco disponía de toda
la noche. —¿Se refiere a la Muerte Roja? Es una parte importante de mi misión,
pero no soy su sirviente, ni su compañero. Yo soy el único dueño de mi destino.
—Eso piensan
todos los Vástagos —dijo Phantomas riendo. Una decena de ratas se arremolinaba
a sus pies, respondiendo con chillidos a la risa. —Nos negamos a admitir que
muchas de nuestras acciones son el resultado directo de vampiros más poderosos
que nos manipulan para sus propios fines.
—¿La Yihad?
—dijo Le Clair con media sonrisa. Se acercó un poco más, con la atención fija
en Phantomas. Los miembros del clan Nosferatu eran grandes maestros de la
ilusión, y no tenía intención de dejar escapar a su presa mediante la
invisibilidad. — No me diga que cree en esa fábula. Es un mito alentado por la
Camarilla para mantener a raya al rebaño. A mí no se me engaña tan fácilmente.
Phantomas negó
lentamente con la cabeza, como si estuviera decepcionado. Se arrodilló y tomó
lentamente en su mano una gran rata, acunándola como si fuera un gato mientras
volvía a ponerse en pie. —Es usted un estúpido, monsieur Le Clair—dijo
suavemente, —ciego a la verdad que le ilumina desde la oscuridad. La Muerte
Roja no es un mito. Es un Matusalén, uno de los poderosos Vástagos involucrados
en la Yihad, y usted es su marioneta. Está dejándole tirar de los hilos.
Le Clair alzó
el cuchillo. El acero refulgió con el brillo verdoso de los monitores. —Basta
de cháchara sin sentido —declaró. —He vencido. El sabor de su sangre me hará
fuerte.
—No lo creo
—dijo Phantomas. —Cometió un terrible error, Le Clair, al dejar morir a sus
amigos. Está usted solo, mientras yo estoy rodeado por todos mis aliados.
La risa de Le
Clair resonó cruel en toda la caverna. —¿Aliados? ¿Qué aliados?
Apretando a la
rata con una mano contra su pecho, Phantomas señaló al suelo con la otra.
—Tengo amigas leales, monsieur. Miles y miles de ellas. Como yo, son feas...
pero también fieles.
De repente, el
suelo de la caverna cobró vida. Las ratas cubrían la tierra como una manta. Le
Clair comenzó a sentirse inquieto, ya que miles y miles de ojos le observaban
directamente. El cuchillo que sostenía en la mano parecía ahora inútil.
Phantomas dejó
que la rata que sostenía cayera al suelo. —No le matarán, Le Clair, pero le
mantendrán más que ocupado mientras termino el trabajo arrancándole la cabeza.
De la mesa en
la que descansaba su teclado, el Nosferatu tomo un largo objeto metálico. Era
un gladius romano.
—Que me oculte
en la oscuridad, Le Clair —dijo, —no significa que no sepa defenderme.
Phantomas alzó
el brazo y señaló a su enemigo. —A por él — ordenó.
Le Clair
consiguió gritar antes de ser engullido por un enjambre de ratas.
PARTE
3
La furia de la
corriente de aire casi nos levantó del suelo. Era una noche tempestuosa, sí,
pero también bella en su severidad e increíblemente única en su terror y su
encanto.
"La Caída de la Casa Usher"
Edgar Allan
Poe
CAPÍTULO 1
Washington
D.C.: 24 de marzo de 1994
Aunque mataba
por dinero, Makish no se consideraba un asesino. Se veía más como un
intérprete, un artista que creaba tapices tridimensionales de destrucción. La
muerte no era más que la escena final de sus elaboradas creaciones. El acto de
cometer un asesinato era tan importante para él como el resultado. Estaba
totalmente dedicado a su arte. No importaba lo fuerte que fuera la presión, se
negaba a comprometer sus creencias. Para él, es estilo lo era todo.
Aquella noche,
como había prometido a la Muerte Roja, Makish pensaba matar a la asesina
Assamita conocida como Flavia, el Ángel Oscuro. Al hacerlo estaba violando uno
de los siete principios básicos del código del clan, llamado khabar.
De acuerdo con la tradición conocida como Ikhwan, los asesinos eran
miembros de una hermandad compartida que tenía preferencia sobre cualquier
contrato u obligación. Tenían absolutamente prohibido pelear entre ellos, y la
pena por violar akhabar
era la Muerte Definitiva. A Makish no le importaba. Ya había sido
condenado hacía siglos por el concilio interior del clan, el Du'at. Solo podía
morir una vez.
Poco después
del anochecer completó los preparativos para la batalla que se avecinaba. Se
puso unos pantalones amplios de color verde oscuro y una camisa de seda de tono
similar. Aquella ropa le daba libertad de movimientos y era difícil de agarrar
por sus enemigos. En el interior de la camisa, en las mangas y la cintura, se
ocultaban varios bolsillos secretos. En cada uno había algunas cargas
minúsculas de Termita con su correspondiente detonador. Pensaba inmovilizar a
Flavia y después rodearle el cuello con una cadena de explosivos. La
detonación, que la reduciría a cenizas, iba a ser un momento supremo de
expresión artística.
Para completar
su atuendo se calzó unas sandalias de tela negra y se echó al hombro una bolsa
de color azul claro en la que guardaba su cartera y su documentación. Makish
era un experto falsificador, y nunca viajaba sin la documentación completa y
correcta... aunque falsa. Como todos los asesinos profesionales, era un experto
en parecer inofensivo y vulgar.
En el fondo de
la bolsa también había dos bloques de plástico negro de unos diez centímetros
de anchura, diez de longitud y cuatro de espesor. Los había sacado de su maleta
la noche anterior. Cada uno de ellos tenía en un extremo cuatro orificios del
tamaño de los dedos de un hombre pequeño... de los dedos de Makish.
Aquellas
piezas de plástico parecían inofensivas, y lo eran hasta que el asesino las
aferraba. En ese momento, y por pura fuerza de voluntad, se transformaban en
unas armas únicas conocidas como Bakh Nagh, garras
de tigre.
Cada una era
una pieza moldeada de plástico resistente al impacto que se amoldaba a sus
nudillos como una segunda piel. Embebidas en su interior había varias puntas de
acero curvas de ocho centímetros. Las garras estaban afiladas como cuchillas, y
eran capaces de cortar el músculo y el hueso como las tijeras el papel.
Cerrando los puños, Makish convertía sus dedos en gigantescas garras metálicas.
Normalmente no
empleaba aquellas armas en sus misiones, ya que no le gustaba separarse de la
muerte mediante medios artificiales. Aunque necesitaba sangre humana para
sobrevivir, tenía cuidado de no matar nunca a los mortales de los que se
alimentaba. El asesinato lo reservaba únicamente para su arte. Bebía vitae
porque la necesitaba; mataba para dar significado a su existencia.
Sin embargo,
creía que para encargarse del Ángel Oscuro estaba justificado el uso de
aquellas armas. Todos los informes que había leído sobre las habilidades de
Flavia le acreditaban como una espectacular guerrera con la espada. Armada con
dos hojas de cuarenta centímetros y con unas disciplinas vampíricas que
cancelaban las suyas, el Ángel Oscuro era un oponente peligroso. Makish
confiaba en sus capacidades marciales, con o sin garras, pero no le gustaba
dejar nada al azar. Aunque estaba decidido a destruir a Flavia, también
pretendía sobrevivir al encuentro.
Satisfecho con
los preparativos, comprobó cuidadosamente el aspecto de su cuartel general,
asegurándose de que el lugar no pareciera ocupado. Los mejores escondites eran
aquellos que no parecían estar siendo utilizados.
El sótano
desierto de un edificio de apartamentos quemado al sudeste de la capital le
servía como base de operaciones. Había descubierto el lugar la primera noche
tras la llamada de la Muerte Roja para que acudiera a Washington. Se encontraba
en el centro de los peores suburbios de D.C., cerca del Depósito de la Armada
que había destruido de modo tan espectacular. Al oeste estaban las dos cámaras
del Congreso y al norte los monumentos presidenciales. El lugar le permitía
almacenar sus ropas, permanecer oculto durante el día mientras dormía, hacer
sus ejercicios tras despertar cada noche y lanzar sus ataques obedeciendo a la
Muerte Roja.
Cuando salió
estaba comenzando a llover. El cielo estaba oscuro, y nubes espesas ocultaban
la luna y las estrellas. Los truenos y relámpagos restallaban en la distancia.
Makish caminaba a buen paso, casi trotando. Su destino era un gran edificio de
oficinas frente al Hotel Watergate. Estaba seguro de que era allí donde
encontraría al Ángel Oscuro.
La confianza
de Makish surgía de haber sido criado y entrenado como otro asesino Assamita.
Comprendía como solo podía hacerlo un camarada las prácticas y filosofías de su
clan, y por tanto podía predecir cómo actuaría Flavia en situaciones
determinadas pensando en cuáles serían sus propias reacciones.
Se le habían
dado órdenes de proteger a Diré McCann de sus enemigos entre los Vástagos, pero
el detective se había negado a permitirle acceso ilimitado a su habitación.
Además, las regulaciones y normas de los hoteles solían causar serios problemas
a los vampiros. Makish, por tanto, supuso que el Ángel Oscuro se quedaría cerca
de la base de McCann sin estar encima de él. El reto era dar con el detective,
pero para un asesino de la estatura de Makish eso no era más que un molesto
acertijo.
Como muchos
Vástagos poderosos, el Assamita no tenía ni chiquillos ni ghouls. Prefería
trabajar solo, y no quería seguidores o ayudantes que le estorbaran. Sin
embargo, cuando necesitaba soldados hacía uso de los vampiros sin clan
conocidos como mercenarios Caitiff. Ansiosos por trabajar a cambio de dinero o
de sangre inocente, los Caitiff hacían todo aquello de lo que Makish no podía
encargarse.
Una decena de
estos vampiros había comprobado los registros de los hoteles de la zona de
Washington hasta que descubrieron a un invitado que correspondía con la
descripción de McCann en el Hotel Watergate. Al mismo grupo de renegados la
había prometido una enorme suma por eliminar al detective aquella noche, aunque
el asesino no se hacía muchas ilusiones al respecto. Los estaba enviando a una
muerte segura, pero su ataque contra McCann le proporcionaría el tiempo
suficiente para contactar con Flavia y lanzarle un reto que no pudiera
rechazar.
Frente a la
fachada oeste del Hotel Watergate había un impresionante bloque de oficinas.
Makish comprobó el directorio en busca de empresas nuevas y se detuvo al
encontrar Importaciones Vargoss. No necesitó demasiada imaginación para
vincular al Ángel Oscuro con una sucursal de las empresas de su príncipe.
Muchos de los vampiros que viajaban de una ciudad a otra confiaban en
alquileres breves como refugios seguros. Era fácil sellar las oficinas por la
noche y dejar instrucciones a los encargados de la limpieza para que acudieran
por la mañana. Ofrecían una alternativa viable a los Vástagos que preferían que
sus lugares de descanso fueran desconocidos para los demás Cainitas de la
ciudad... o para un vampiro con más enemigos que aliados.
Makish tomó el
ascensor hasta la séptima planta, pensando si debía derribar la puerta y atacar
a Flavia sin previo aviso. Con un poco de suerte la cogería totalmente por
sorpresa y podría hacerla pedazos antes de que pudiera montar un contraataque.
El asesino
sacudió la cabeza: nunca confiaba en la suerte. Las apuestas eran para los
estúpidos, y él no había sobrevivido durante cientos de años asumiendo riesgos
innecesarios.
Flavia podría
ser paranoica, un rasgo muy frecuente entre los asesinos, y tener la puerta
preparada con explosivos ante un ataque sorpresa. También podría irrumpir en la
habitación en el momento en que ella preparaba sus armas. En ambos casos, eso
significaba el desastre. Makish prefería ser más precavido, y pensaba atrapar
al Ángel Oscuro con su propio código. El pasillo que conducía a la oficina 714
estaba desierto. Moviéndose en silencio, el asesino se dirigió hacia la puerta
y llamó tres veces con los nudillos.
—¿Quién es?
—preguntó una voz de mujer sin vacilación. Flavia no parecía ni preocupada ni
sorprendida. Mostrar duda no era parte de la tradición Assamita. —Identifícate.
—Soy un tigre
entre leopardos —dijo Makish. Entre los Vástagos, los Assamitas solían ser
denominados "leopardos entre chacales". Makish, uno de los mayores
asesinos de la línea de sangre, creía merecer aquel título que denotaba su
posición. — ¿Puedo pasar?
La puerta se
abrió. Dentro, con la espalda contra la pared más alejada, estaba Flavia, el
Ángel Oscuro. Iba vestida de arriba abajo con cuero blanco, y era más alta y
pesada que Makish. Esperó a que entrara con una fantasmal sonrisa en los
labios. —
¿Has venido
para rendirte y enfrentarte a la justicia del clan? — preguntó mientras Makish
entraba y cerraba la puerta. —¿O me he equivocado?
El asesino
rió, apreciando el sarcasmo del Ángel Oscuro. Casi todos los Assamitas eran
demasiado serios, y se alegró de ver aquel cambio. Las ruedas habían comenzado
a moverse y no se podía hacer nada por detener su movimiento. Flavia estaba
condenada.
Dobló las
manos bajo su pecho y asintió rápidamente con la cabeza varias veces. —Lo
lamento, señorita —anunció con una voz aguda y musical. —Estás muy confundida.
No he venido a rendirte mi humilde persona. Mis más sinceras disculpas.
—¿Qué haces
aquí, entonces? —preguntó Flavia. Aunque la mujer parecía de buen humor, Makish
notó que sostenía una espada corta en cada mano. No esperaba otra cosa, ya que
había sido entrenada adecuadamente. Un buen asesino nunca se enfrentaba a un
extraño desarmado.
—He venido a
lanzar un desafío —dijo Makish, abandonando su fingido acento indio. —Tu
presencia en esta ciudad amenaza a mi cliente, al que he jurado proteger.
Comprendo perfectamente que no puedas abandonar hasta verlo destruido. Estás
atada por tu palabra, igual que yo por la mía. La única solución honorable es
un duelo a muerte entre los dos.
—Hablas de
Muruwa, de honor—dijo Flavia sin el menor asomo de humor, —pero eres un
renegado y un traidor a tu clan. ¿Por qué debería creer nada de lo que digas?
Makish se
encogió de hombros. —Cree lo que desees. Es cierto que he desobedecido las
órdenes del Du'at, pero comprende, por favor, que la política del clan me forzó
a tomar aquella decisión.
—Explícate
—dijo Flavia. —Te escucho.
—Jamal, líder
de nuestro clan, siempre me consideró su mayor rival como Maestro de los
Asesinos. Sabía que algún día le retaría por el puesto, y temía mis
habilidades. Por tanto, recurrió a la traición y al engaño para marcarme como
proscrito. Cuando mi sire fue asesinado por un mortal exigí, como era mi
derecho y mi deber, venganza contra su asesino. Jamal y sus marionetas
denegaron mi petición. Dijeron que mis acciones podían poner en peligro la
Mascarada. ¡Como si los Assamitas se preocuparan por tales estupideces!
Sospecho que tenían relación con los asesinos, pero carecía de pruebas. La
sangre llamaba a la sangre. Mi honor sagrado no me permitía tomar otro camino
que desobedecer las órdenes del Du'at. Al hacerlo fui declarado proscrito y
forajido.
La voz de
Makish se hizo gélida. —Pero vengué la muerte de mi sire. Su furia está en
reposo en la tierra de los muertos. Algunas deudas deben saldarse, como seguro
entenderás. El espíritu de tu hermana, destruida por la Muerte Roja, te llama y
te demanda que honres su nombre. Yo trabajo para la Muerte Roja; me ha
contratado para protegerle de cualquier daño, y mi palabra, una vez dada, es
ley. Tu senda de venganza debe pasar primero por raí. La elección es clara:
acepta mi reto y enfréntate a mí en combate singular o abandona tu promesa y tu
honor.
—La elección
que me ofreces no es tal —dijo Flavia. En su voz había una sombra de
desesperación. Había sido acorralada por su propio código. —Lucharé, como bien
sabes que haría. Acepto tu reto. ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Esta noche,
por supuesto —dijo Makish. Como si reflejaran sus palabras, un rayo surcó la
ventana. —Tan pronto como estés lista. El momento es el adecuado. Como he
elegido la hora, tienes derecho a decidir el lugar.
Los ojos de
Flavia se estrecharon. A su espalda volvió a restallar un rayo. Asintió
lentamente, como si respondiera a una pregunta interior. —En el prado entre los
monumentos de Lincoln y Washington —dijo con una extraña expresión de
satisfacción. — Entre el tiempo y los disturbios, la zona debería estar
desierta. Estaremos totalmente solos.
Makish no
tenía más remedio que aceptar, aunque el rostro complacido del ángel Oscuro le
hizo preguntarse si no habría cometido un peligroso error.
CAPÍTULO 2
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Elisha se
protegió como pudo subiéndose el cuello de la sudadera. La lluvia era cada vez
más fuerte y estaba totalmente empapado. Todo su cuerpo se había convertido en
una gigantesca esponja.
En el cielo
brillaban los relámpagos, seguidos casi al instante por los truenos. La
tormenta estaba sobre ellos con toda su furia. En uno de los destellos observó
a su compañero, Diré McCann, cuya expresión era seria. El enorme detective
parecía perdido en sus pensamientos.
Según McCann,
el camino desde el Hotel Watergate hasta el Lincoln Memorial no era más que un
paseo, pero con aquella lluvia moverse era como nadar corriente arriba por una
catarata. Hubiera sugerido que tomaran un taxi, pero en los últimos veinte
minutos no habían visto un solo vehículo. Las calles estaban totalmente
desiertas, y ni siquiera su magia podía hacer aparecer un taxi de la nada.
—¿Ocurre algo,
señor McCann? —preguntó Elisha, que no sabía por qué el detective perecía tan
preocupado. —Parece intranquilo.
—Estaba
pensando —respondió, —que es posible que no se esperara que el ataque me
cogiera por sorpresa. La Muerte Roja ya sabe que no soy vulnerable a escoria
como los vampiros que nos atacaron en el pasillo. No eran más que una pequeña
molestia.
—¿Y para qué
fueron enviados, entonces? —preguntó Elisha.
—No estoy
seguro, pero sospecho que lo descubriremos en...
—Alguien se
acerca —le interrumpió Elisha cuando sus defensas mentales comenzaron a saltar.
—Siento una presencia que se acerca.
Revisó
nervioso la zona, buscando cualquier señal de problemas. No fue difícil. Tocó
el brazo de McCann y señaló una mancha negra en la calle, a unos quince metros.
—Allí. Esa forma en el suelo se mueve hacia nosotros.
El detective
sonrió. —No te preocupes. Está de nuestra parte.
—¿Nuestra
parte? —repitió Elisha.
—Observa —dijo
McCann. —Algunos poderes no pueden explicarse. Hay que verlos para creerlos.
La mancha
sombría aceleró su marcha, y mientras se acercaba asumió gradualmente forma,
solidificándose a partir de la oscuridad que la rodeaba. Elisha se apartó la
lluvia de los ojos. Aunque había pasado casi toda su vida rodeado por la magia,
nunca había visto surgir una forma tridimensional de otro bidimensional en una
transición tan espectacular. Lo que había sido sombra era ahora sustancia. La
mancha fantasmal había desaparecido, siendo reemplazada por una misteriosa
joven vestida totalmente de negro.
La recién
llegada llevaba un vestido corto, medias y zapatos. Hasta sus ojos y su cabello
eran negros. Alrededor del cuello llevaba un elaborado collar de plata. Sus
facciones eran de una palidez extrema, rota solo por el rojo de sus labios. A
Elisha le parecía impresionante, y tardó algunos segundos en comprender que no
irradiaba calor, ni vida. Era un vampiro.
—Madeleine
Giovanni —dijo McCann complacido. Elisha se preguntó si su decepción era
demasiado evidente. —Me gustaría presentarte a Elisha Horwitz. Ha venido a
verme a petición de un viejo amigo.
El detective
hizo una pausa y se dirigió al joven mago. —Los dos tenéis eso en común.
Madeleine viene de Venecia. Es chiquilla de otro amigo cercano.
Reaccionando
por instinto, Elisha dio un paso al frente y extendió su mano. —Encantado de
conocerla —dijo.
—El placer es
mío —respondió Madeleine con expresión enigmática tocando su mano unos
instantes. Sus dedos eran gélidos. —¿Eres un mago?
—Solo aprendiz
—dijo el joven, algo perplejo. —¿Cómo lo sabe?
—Hay algunos
rasgos únicos que sitúan a los magos aparte de los humanos normales —dijo. —He
aprendido a reconocerlos, lo que me permite evitar confrontaciones laborales de
dudoso resultado.
Elisha no
tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando, pero no iba a hacérselo
saber. —Siempre creí que era bastante ordinario —declaró. —Nunca nadie ha
pensado lo contrario.
—Casi todos
los mortales son estúpidos —declaró con la mirada brillante. —No observan más
que lo físico, pero no son capaces de ver bajo la superficie. Personalmente, te
encuentro bastante atractivo.
Diré McCann
rió. —Basta de adulaciones, Madeleine. El pobre Elisha se está sonrojando.
El joven abrió
la boca para negarlo, pero no llegó a articular palabra.
—Digo la
verdad —respondió la mujer con un tono confuso. —Por favor, no te sientas
molesto por mi comentario.
Elisha tragó
saliva. La lluvia había empapado el vestido negro de Madeleine, haciendo que se
pegara a su esbelta figura como una segunda piel, y debajo no vestía nada más.
Aunque no era humana, Elisha pensó que era la mujer más bella que había visto
nunca. —Estoy bien —mintió con un graznido. —De verdad.
—Movámonos
—dijo McCann, observando el cielo con aprensión. —Estar en un camino junto al
Potomac con todos estos rayos me pone nervioso. Además, llegamos tarde a
nuestra cita. Flavia tiene que estar maldiciendo y preguntándose dónde me he
metido esta noche.
—¿Flavia?
—preguntó Elisha mientras reanudaban la marcha. Como McCann iba delante,
parecía normal que caminara junto a Madeleine. —¿Quién es?
—Una asesina
Assamita —respondió la joven de negro. —Es la guardaespaldas de McCann.
Elisha negó
con la cabeza, pensando en la pelea en el pasillo. —El señor McCann no necesita
guardaespaldas.
Madeleine
sonrió. —Todo el mundo necesita protección en algún momento. Hasta un mago como
Elisha Horwitz. Incluso Diré McCann.
Se calló unos
instantes antes de cambiar de terna. —¿Cuál de las Nueve Tradiciones sigues?
—Mi maestro no
se adhiere a ningún sistema de magia particular —respondió con cautela. Recordó
las tres advertencias de Rambam. Madeleine parecía agradable y era evidente que
McCann confiaba en ella, pero era uno de los Vástagos. —Las honra a todas por igual.
—Una respuesta
diplomática —respondió Madeleine con una risa. —Tu mentor parece ser un hombre
muy sabio. ¿Quién es?
—Es la persona
más inteligente del mundo —respondió Elisha con orgullo. Hablaba sin pensar.
—Se le conoce como Rambam, pero no es más que un apodo.
Los ojos de
Madeleine se abrieron sorprendidos. —¿Estudias con el Segundo Moisés?
Maimónides se cuenta entre los más poderosos magos del mundo, y sólo instruye a
unos pocos elegidos.
No me extraña
que tu aura sea tan brillante.
Elisha volvió
a sentir que el color regresaba a sus mejillas. No se le había ocurrido que, a
pesar de su cautela inicial, había revelado más sobre él de lo que debería.
Había olvidado las precauciones de su maestro, pero hasta mucho después no
comprendería su error.
—¿Qué relación
tiene con McCann? —preguntó a la joven, tratando de recuperar la compostura.
—Probablemente
la misma que tú —respondió. De nuevo, cambiaba de tema sin proporcionar una
respuesta clara. —Es bastante misterioso. Sabrás, por supuesto, que dice ser un
mago de la tradición Eutánatos...
—Eso he oído
—respondió Elisha, —aunque me cuesta creerlo. El señor McCann actúa de forma
tan... extraña.
—Te entiendo
—dijo Madeleine, mostrándole otra sonrisa. — Todo lo que Diré McCann dice sobre
sí mismo parece ser totalmente cuestionable. No estoy segura de que nadie
conozca la verdad sobre él, y sospecho que eso es lo que prefiere.
Llegaron al
Lincoln Memorial diez minutos más tarde. El camino del río llegaba hasta la
entrada posterior del enorme edificio. No había señales de vida. El monumento
parecía desierto.
—Sécate —le
dijo McCann a Elisha. —Voy a comprobar el puesto de guardia, pero volveré en un
momento. Madeleine, vigila. Puede que Flavia nos esté buscando.
Quedándose
solo por unos momentos, Elisha se quitó la sudadera y la escurrió lo mejor que
pudo. Cuando terminó, decidió hacer un poco de turismo hasta que el detective
regresara. De momento, lo único que había visto de América era un aeropuerto,
un hotel y algunas calles.
Tardó sólo
unos minutos en observar la magnifica escultura de Abraham Lincoln. Negó
tristemente con la cabeza. El monumento le parecía al mismo tiempo inspirador y
deprimente. La estatua era impresionante, igual que las palabras del gran
orador que había talladas en los muros de mármol. Sin embargo, el impacto
quedaba disminuido por el graffiti y las pintadas de las bandas que había por
todas partes. Ni siquiera la escultura había escapado a los vándalos. En una
grotesca declaración de los valores modernos, un pandillero desconocido había
decorado la frente de Lincoln con una diana.
—No está
—declaró McCann interrumpiendo los pensamientos melancólicos de Elisha. El
detective estaba en la base de la estatua con el ceño fruncido. —Lo he
comprobado todo. Es extraño. Tras la bronca de anoche, lo último que esperaba
es que llegáramos antes que Flavia.
—Estoy de
acuerdo —dijo Madeleine, apareciendo como por arte de magia junto a Elisha. La
mujer sonrió al ver saltar al mago por la sorpresa. —El Ángel Oscuro no parece
del tipo que llega tarde a las citas.
La vampira
Giovanni cerró los ojos. —Voy a intentar localizarla —dijo. —Poseo el poder de
determinar el paradero de un Vástago poderoso gracias a sus patrones mentales.
Anoche busqué a Makish y a la Muerte Roja para determinar dónde estaba usted, y
di con Flavia del mismo modo. No será difícil volver a hacerlo.
Elisha
observaba asombrado a Madeleine, preguntándose qué otros poderes increíbles
controlaría.
Los ojos de la
joven estuvieron cerrados sólo un instante. Cuando los volvió a abrir parecía
sorprendida. —Ahí mismo —declaró. —Flavia está fuera, en la pradera que separa
este edificio del monumento a Washington... pero no está sola. Siento a un
segundo Assamita con ella... muy poderoso.
—Makish —dijo
McCann mientras corría hacia la entrada principal del monumento. Madeleine iba
un paso tras él. —El asesino proscrito. Tiene que ser él.
Sin saber lo
que sucedía, pero decidido a no quedarse solo, Elisha corrió tras ellos. Los
rayos caían casi constantes, iluminando lo suficiente el lugar como para saber
dónde se encontraba el detective. McCann voló sobre los escalones del Lincoln
Memorial y corrió por la calle, pero se detuvo en el borde de la pradera. Unos
momentos después, Madeleine se congeló al lado del detective. Elisha tardó unos
segundos en llegar hasta ellos. Las preguntas se agolpaban en su cabeza
mientras observaba atónito el drama que se desarrollaba a menos de treinta
metros.
Dos figuras se
movían sobre la hierba en lo que parecía ser una compleja danza ritual. Una
pertenecía a un hombre bajo y delgado vestido totalmente de seda verde. La otra
era una mujer con un traje de cuero blanco. Los dos eran Vástagos. La lluvia
ocultaba sus rasgos, pero Elisha sabía que tenían que ser Flavia y Makish. Al
observarlos con detenimiento, el mago comprendió que no estaban bailando.
Estaban luchando con espadas y garras.
—¿Qué ocurre?
—susurró Elisha a Madeleine. No se atrevía a levantar la voz por miedo a
distraer a alguno de los combatientes.
—Makish es un
asesino Assamita renegado a sueldo de la Muerte Roja —respondió la mujer en voz
baja, con los labios cerca de su oído. —Es el que casi mató anoche a McCann.
Flavia ha hecho el juramento sagrado de que destruiría a la Muerte Roja.
Obviamente, Makish dio con ella y le retó a un duelo a muerte. Atada por su
código de honor no podía negarse, aunque sus probabilidades de victoria contra
el traidor sean mínimas.
—¿Es mejor que
ella? —preguntó Elisha. Viendo a los dos Assamitas moverse bajo la lluvia,
parecían igualados.
—Ella es muy
buena —respondió Madeleine. —Hay pocos Vástagos que puedan enfrentarse a su
velocidad y su habilidad, pero Makish está en una categoría aparte. Es uno de
los mejores. Flavia necesitará un milagro para derrotarlo.
—Podríamos
ayudarle —dijo Elisha. —Eso igualaría las tornas.
—Jamás
—respondió Madeleine. —Preferiría aceptar la Muerte Definitiva antes que
recibir ayuda. Sólo podemos mirar. Ninguno de nosotros debe interferir. Flavia
está atada por su honor y por el de su clan, y debe luchar contra Makish sin
ayuda alguna.
—¿Y qué
ocurrirá si la destruye?
—Será
vengada—dijo Madeleine con tono sombrío. No había el menor asomo de duda en sus
palabras. —No puedo intervenir mientras pelean, pero cuando termine tendré
libertad para obrar como desee. Y te prometo que habrá venganza. La venganza de
la sangre.
CAPÍTULO 3
Washington
D.C.: 25 de marzo de ¡994
Cinco minutos
después del comienzo del duelo Makish sabía cómo terminaría. Luchó empleando
sus garras de tigre y Flavia sus dos espadas cortas. Las armas estaban
igualadas. Ninguno se atrevía a emplear la magia, debido a las muchas fuerzas
que restaba a su invocador. Dependían únicamente de su capacidad física. Ella
era más pesada y fuerte, pero él tenía una ligera ventaja en la velocidad. Las
diferencias les igualaban. La hierba estaba resbaladiza, igual que las ropas de
ambos. Sólo les separaban sus años de experiencia. El Ángel Oscuro llevaba poco
más de un siglo siendo una Assamita, mientras que Makish había vivido casi el
doble. Ella había pasado casi todo el tiempo trabajando en equipo con su
hermana, pero él había operado siempre solo. Las disparidades eran menores,
pero suficientes. Makish estaba convencido de su victoria, y sólo era cuestión
de tiempo el que Flavia cometiera un error fatal.
Las reglas del
duelo eran sencillas. La pelea era a muerte, y continuaría hasta que uno de los
dos fuera destruido. Eso era todo. Todo estaba permitido, siempre que los
combatientes permanecieran en el lugar acordado y no recibieran ayuda exterior.
Por cada uno
de los ataques de la mujer, él tenía una respuesta. Flavia había aprendido el
estilo de las dos espadas de Salaq Quadim, el mayor maestro del mundo con las
armas. Makish también había estudiado con él, así que conocían los mismos
trucos y las mismas paradas.
—Luchas bien
para ser un viejo —dijo Flavia después de cinco minutos. —Será una pena
enviarte a la Muerte Definitiva.
Makish sonrió
sin apartar ni un segundo la atención de las espadas de su contrincante. No era
tan fácil distraerle.
—Aprecio el
cumplido —respondió. —Pero, como antes, has cometido un terrible error. No soy
yo el que morirá, sino tú.
Como si
quisiera demostrar sus palabras, Makish dirigió una serie de rápidos golpes
contra la cabeza de Flavia. Sus manos, moviéndose más rápidas que la vista,
dirigían las garras de metal directamente hacia los ojos del Ángel Oscuro, que
no parpadeó ni se retiró.
Levantó las
espadas, que chocaron fuertemente contra el plástico oscuro de las garras. Con
un rápido giro de sus muñecas, la mujer desvió los ataques sobre sus hombros.
Entonces, mientras Makish tenía la guardia abierta, cargó contra él para
golpearle con su cuerpo. Flavia sabía que, con su ventaja de peso, si lograba
derribar al asesino y caer sobre él la lucha habría terminado. Sin embargo,
Makish también era consciente de ello.
Como un
saltador de trampolín, el hombre golpeó el suelo húmedo con los pies y se
propulsó con sus poderosas piernas hacia arriba, apretando los brazos contra el
cuerpo. Flavia cargó, pero Makish ya no se encontraba allí. Curvando su cuerpo,
el asesino se puso boca abajo y aterrizó a tres metros de la mujer. Se puso en
pie propulsándose con los brazos y alzó inmediatamente sus garras de tigre en
una postura defensiva.
—Pienso estar
muchos años más encargándome de mis negocios, gracias —declaró con voz suave
mientras Flavia giraba para encararse con él. —Creo que aún no es el momento de
jubilarme.
—Esa decisión
no es tuya —respondió Flavia. —¿Por qué no... —comenzó, saltando después hacia
delante sin terminar la frase.
El Ángel
Oscuro se movió con la velocidad del rayo, haciendo un corte de abajo arriba en
busca del estómago de Makish. Reaccionando con igual presteza, éste paró la
hoja con su garra izquierda y la desvió a un lado. En el mismo movimiento
golpeó hacia abajo con el otro brazo, apuntando al hombro descubierto. La
segunda espada interceptó los ganchos de acero a pocos centímetros de su
objetivo. Trabados, comenzaron a girar en un tango mortal.
—...me haces
caso? —siguió Flavia donde lo había dejado mientras pugnaban por lograr una
posición ventajosa. —No puedes derrotarme.
—¿Por qué no?
—preguntó Makish mientras reunía sus fuerzas. Girando las dos manos, alzó
rápidamente los brazos para intentar que Flavia soltara sus espadas. Con un
susurro metálico, la mujer se alejó de la trampa. Sin embargo, en vez de
levantar los pies resbaló. La hierba húmeda le traicionó, pegada como estaba al
terreno perlas horas de lluvia. Durante un breve segundo Flavia trastabilló
hacia atrás, desequilibrada y con la guardia abierta.
Makish, con
las manos aún sobre la cabeza, reaccionó con sus piernas, golpeando con los
dedos de los pies, duros como rocas. El golpe impactó en la rodilla derecha de
la mujer. Los huesos saltaron.
Maldiciendo
desesperada, Flavia atacó salvajemente con ambas espadas el pecho de Makish. El
renegado se alejó del ataque bailando con una risotada feliz. Como casi todos
los vampiros, Flavia poseía grandes poderes regenerativos, pero para eso
necesitaba sangre y tiempo. No disponía ni de lo uno ni de lo otro.
Makish rodeó
cuidadosamente a su víctima que, tullida, hacía lo que podía para maniobrar con
una única pierna. La otra se arrastraba mientras giraba para encararse al
asesino.
—Un pequeño
error —dijo el hombre con inocencia, —es la diferencia entre la supervivencia y
la destrucción. Estás acabada.
—Aún no he
muerto —dijo Flavia. Su mirada se desvió sobre el hombro del asesino y se
concentró en la oscuridad. —Soy el Ángel Oscuro. En mi destino no está ser
destruida esta noche. Morirás tú, traidor al khabar.
—¿Crees que
tus compañeros que han estado observando te salvarán? •—dijo Makish moviéndose
un poco más rápido. No tenía prisa, y hacer sufrir física y mentalmente a sus
enemigos era uno de los aspectos de su arte. Sin dolor y crueldad, la muerte no
era más que un acto. Hacía falta pasión y odio para conferirle belleza. —Ya he
notado su presencia, pero no se involucrarán en nuestro duelo. Eludirles en la
lluvia y la oscuridad cuando te destruya no será difícil.
—No necesito
que me salven —respondió Flavia. —El fin se acerca, pero no para mí, sino para
ti.
Repentinamente,
Makish descargó un terrible golpe sobre el costado de Flavia. Las constantes
amenazas y provocaciones le irritaban, especialmente ahora que había ganado el
combate. Reaccionando instintivamente, el Ángel Oscuro detuvo las garras con
una espada, entrechocando el acero. El asesino no esperaba menos.
Instantáneamente, alzó el brazo y trazó un amplísimo arco que hizo tambalearse
a Flavia. Con una sola pierna para apoyarse, la vampira cayó al suelo boca
arriba. Makish pateó brutalmente su pierna buena, reduciendo a pulpa el hueso y
el cartílago.
El Ángel
Oscuro estaba indefenso, con ambas piernas destrozadas. Ya no podría volver a
levantarse, y Makish lo sabía. Sonriendo, el Assamita rodeó a su enemiga caída
cuidando de no acercarse demasiado. Flavia aún sostenía sus dos espadas, aunque
en unos instantes eso daría igual. Estaba acabada. Su triunfo era completo.
—Crees que me
has derrotado —dijo la mujer con los ojos ardiendo mientras él se quitaba las
garras. Makish ya no necesitaba sus armas, y prefería tener las manos libres.
Pensaba partirle los codos, dejándola totalmente desvalida. Entonces la
destruiría con cargas de Termita. —Te equivocas.
—Considerando
tu posición —dijo Makish, —encuentro muy divertidos tus comentarios. ¿Te
importaría explicármelos en los pocos segundos que te quedan?
—Mejor aún
—dijo Flavia mientras la lluvia le azotaba la cara. —Te lo demostraré.
Su mano
derecha se lanzó hacia delante, arrojando una espada contra el rostro de
Makish. Éste reaccionó sin pensar. Dejando que sus reflejos se hicieran cargo,
levantó una mano y atrapó el arma en el aire, a meros centímetros de su ojo
izquierdo. Un segundo después capturó la segunda espada con la otra mano.
—Me temo que
esperaba una respuesta diferente —dijo pensativo sosteniendo las dos armas con
los brazos extendidos.
—Arrogante
hijo de puta, ignorante —se burló Flavia. —Soy un ángel. Oscuros o luminosos,
todos podemos invocar rayos.
El cielo se
fundió en un estallido blanco. La tremenda descarga eléctrica atraída por las
espadas de acero podrían no haber destruido a Makish, pero no había modo de
sobrevivir a la explosión de las bombas de Termita que guardaba en los
bolsillos.
CAPÍTULO 4
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Aturdido,
McCann se levantó del suelo embarrado. No parecía tener ningún hueso roto. La
descarga del rayo y la explosión posterior le habían cogido totalmente por
sorpresa, y la onda de choque le había derribado. Le dolían los ojos y sabía
que estaba parcialmente sordo. A pesar de todo, seguía vivo y en buen estado,
mucho más de lo que podía decirse de Makish. La Termita era extremadamente
efectiva.
Sacudiéndose
el aturdimiento, el detective se puso en pie. A unos metros, Elisha Horwitz
estaba sentado sobre la hierba con la cabeza entre las manos. La lluvia, que
hacía unos minutos parecía amainar, había regresado con toda su fuerza. El
detective se abrió paso entre los charcos hasta el joven. No había señal de
Madeleine Giovanni.
—¿Estás bien?
—preguntó el detective. Elisha levantó la cabeza y parpadeó. —Claro —dijo con
una risa, —aparte de que estoy medio ciego, tengo una campana en los oídos y un
dolor de cabeza que me va a durar hasta la semana que viene. Muy bien.
—Bien —dijo
McCann riendo entre dientes. —Temía que pudiera ser algo grave. —Hizo una
pausa. —Creo que no has tenido nada que ver con ese rayo, ¿no?
—¿Yo? —dijo
Elisha. —No se me ocurriría. Mi maestro me ha advertido que no juegue con el
clima. Las coincidencias terminan volviéndose contra uno, y crear una tormenta
supera todos los límites. Y hace falta una habilidad mayor que la mía para
disparar rayos. Recuerde que sólo soy un aprendiz.
—No lo he
olvidado —dijo McCann, —pero sospecho que infravaloras tus talentos. ¿Tienes
idea de dónde puede estar nuestra amiga?
—¿Madeleine?
—preguntó. —Hace un momento estaba aquí. Me ayudó a incorporarme y comprobó que
no estuviera herido. Luego dijo que iba a echarle un vistazo a Flavia, aunque
no sé por qué se preocupa. Nadie puede sobrevivir a una explosión así.
—No has tenido
mucho contacto con los Vástagos —dijo McCann. —Los vampiros, especialmente los
Assamitas, son increíblemente difíciles de destruir. Dame la mano. Ya es hora
de que salgas del barro. Caminar te sentará bien. Veamos lo que ha descubierto.
Encontraron a
Madeleine sentada con las piernas cruzadas sobre una zona arrasada de tres
metros de diámetro. A su lado se encontraba el cuerpo destrozado y abrasado del
Ángel Oscuro. Su mono blanco colgaba hecho jirones, y gran parte de su piel
estaba calcinada. En varios puntos, el músculo y el hueso estaban expuestos a
la lluvia. Tenía las dos rodillas rotas y los brazos y las piernas colgaban
muertos. Sin embargo, tenía los ojos abiertos y su mirada brillaba con
inteligencia.
De Makish no
quedaba nada. Había desaparecido, desintegrado. El único recuerdo de su paso
eran las dos piezas fundidas de plástico oscuro.
—McCann —croó
Flavia cuando vio al detective. —Mis disculpas. He sido yo la que ha llegado
tarde esta noche
—Estás
perdonada —respondió el detective, arrodillándose junto a la asesina. —No sabía
que pudieras invocar rayos.
—Y tampoco
Makish, ese arrogante hijo de puta —respondió. —Tanto mi hermana como yo
teníamos ese poder. De ahí nos vino nuestro apodo. Parecíamos ángeles
celestiales y controlábamos el fuego de los Cielos.
—Te
infravaloró —dijo McCann. —Un error fatal.
—El renegado
era demasiado confiado —siguió Flavia, cerrando cansada los ojos. —Se creía por
encima del honor de su clan. Olvidó que un asesino sabio debe siempre enterrar
su orgullo, y pagó el precio por su vanidad.
—Necesita
sangre —dijo Madeleine. —Cuanto más esperemos, más necesitará. Las quemaduras
precisan de muchísima vitae y tiempo para recuperarse. Los Assamitas tienen
increíbles poderes regenerativos, pero no funcionan sin sangre.
—La mía no
—dijo McCann instantáneamente. Se puso en pie y dio un paso atrás. La idea de
que Flavia bebiera de su sangre le aterrorizaba. —Lo siento, pero eso es
imposible. No puede probar mi sangre.
Flavia volvió
a abrir los ojos. Observó al detective y sonrió. Sus labios crujieron como el
beicon seco. —No sé por qué suponía que dirías eso, McCann.
El Ángel
Oscuro giró la cabeza y observó a Madeleine. —No puedo beber la tuya —dijo.
—Como bien sabes, los Assamitas estamos malditos. No podemos tocar la vitae de
otro Vástago.
Sólo podemos
alimentarnos de la sangre de mortales, como ese joven amigo de ahí.
Elisha, que
había estado oyendo la conversación con interés, palideció inmediatamente.
—¿Quiere beber mi sangre?
—Sólo una
pequeña cantidad —dijo Madeleine. —Es todo lo que necesita para moverse. Por
favor, Elisha, no te dolerá. Más bien todo lo contrario. Te lo juro.
—¿Y cómo sé
que sólo beberá un poco? —preguntó el joven aterrorizado. Su voz estaba fuera
de control. —Dijo que necesita mucha para curarse. ¿Qué le hará detenerse una
vez empiece?
—McCann y yo
vigilaremos —contestó Madeleine. —No hay peligro.
—N-no estoy
seguro —dijo Elisha. Se humedeció los labios y miró alternativamente a Diré
McCann y a Madeleine Giovanni. —Les he conocido esta noche. ¿Por qué debería
creer lo que me están diciendo? Podrían estar mintiendo para salvar a su amiga.
—Muchacho
—dijo Flavia con voz áspera. Había logrado incorporarse sobre los brazos y
estaba parcialmente sentada. —Soy una Assamita. Mi clan no es como el resto de
los Vástagos. Cuando damos nuestra palabra, a humanos o a
vampiros, siempre la cumplimos. Por mi honor sagrado, te juro que sólo
tomaré la sangre que me permita regenerarme y regresar a mi refugio. Mañana
obtendré el resto que me ayude a completar la curación. No te haré daño, y
estaré siempre en deuda contigo.
Elisha cerró
los puños y dio varias bocanadas de aire. La mirada de terror desapareció y el
color regresó a sus mejillas.
—Probablemente
esté cometiendo el mayor error de mi vida —declaró con voz trémula, —pero lo
haré.
Temblando, el
joven se arrodilló sobre el barro junto a Flavia. Apoyando un brazo bajo la
Assamita, Madeleine le ayudó a incorporarse. Ahora caía una fina llovizna.
Elisha tiró del cuello de su sudadera. —Supongo que querrá que me quite esto
—dijo con una débil sonrisa.
—No es
necesario —dijo Flavia. —Morder cuellos ha pasado de moda. Dame tu brazo
izquierdo. Súbete la manga, eso es todo. Cierra los ojos y olvida dónde estás.
Mordiéndose el
labio inferior, Elisha obedeció. Flavia se llevó ansiosa a la boca la muñeca
del joven.
—No te asustes
—dijo McCann poniendo una mano sobre el hombro de Elisha. El detective trató de
transmitir parte de su calma interior al aterrorizado mago. —No es como te
imaginas.
Flavia mordió
y bebió. La mandíbula de Elisha cayó por la sorpresa, y McCann sabía porqué. El
beso de un vampiro no producía dolor, sino placer. La sensación tanto para el
Vástago como para el mortal era intensa más allá de cualquier idea. Era un
momento supremo de pasiones consumadas.
Duró meros
segundos. —Suficiente —dijo Flavia con voz temblorosa. Apartó la boca de la
muñeca de Elisha y se alejó del joven. —No necesito más.
McCann se
maravilló ante el control de la Assamita. Pocos vampiros tenían la fuerza de
voluntad necesaria para romper el contacto tan rápidamente. La sangre no sólo
daba a los Vástagos la vida, sino que era la
vida. A esta hambre oscura se la denominada la Bestia Interior, y ése era
exactamente el motivo.
—¿Estás bien?
—preguntó McCann mientras Elisha abría los ojos. Las dos incisiones abiertas en
la muñeca ya se habían cerrado. En unos segundos habrían desaparecido. Los
Vástagos nunca dejaban señal alguna de su presencia. —¿Cómo te sientes?
Elisha sacudió
la cabeza, aparentemente perplejo. Se puso en pie torpemente con la ayuda de
McCann. —Estoy bien. Un poco confundido y mareado, pero bien. —Es una
sensación... extraña. Muy extraña —sonrió. —Eso sí, se me ha pasado el dolor de
cabeza.
El detective
mantuvo la mano sobre el hombro del mago para asegurarse de que no se
derrumbara. —Estarás así unos minutos —le dijo. —Tómatelo con calma. Mientras
tanto, podría interesarte ver cómo Flavia emplea tu sangre para renovar su
cuerpo. Es una transformación que los mortales no suelen tener oportunidad de
contemplar.
McCann no
exageraba. El Ángel Oscuro estaba sufriendo una sorprendente metamorfosis. Su
piel se alisaba, volviéndose suave y blanquecina, recuperándose allí donde
había sido carne chamuscada. En escasos segundos habían desaparecido todos los
puntos negros, reemplazados por carne sana y flexible. Simultáneamente, los
huesos de sus rodillas se reformaron, recuperando la forma que tenían antes de
la pelea. Las piernas se estiraron, igual que los brazos. Lo único que quedaba
era el mono de cuero, que aún caía hecho jirones sobre su cuerpo rejuvenecido.
—Increíble
—dijo Madeleine Giovanni, humedeciéndose los labios. —Su sangre es
increíblemente poderosa.
Flavia,
aparentemente igual de sorprendida, recorrió lentamente
su cuerpo con los dedos, tocando todos los puntos donde había sido herida. Alzó
la mirada con una expresión complacida. — Estaba rota, pero ahora estoy entera.
—Ya has visto
el poder de la sangre de un mago —dijo McCann a Elisha, —y también has
conocido, hasta cierto punto, el beso de un vampiro. Pocos mortales pueden
decir lo mismo. Recuérdalo bien porque en estos tiempos peligrosos ese
conocimiento es el poder definitivo.
—También
tienes el favor de una asesina Assamita —le dijo Flavia, levantándose como un
fantasma en la bruma. Estaba totalmente recuperada, y su figura exuberante hizo
que los restos de su traje cayeran al suelo. No hizo esfuerzo alguno por
cubrirse. Una sonrisa sardónica cruzó sus labios rojos. —No nos tomamos tales
obligaciones a la ligera. Serás recompensado.
—Muy bien
—dijo McCann, —pero sigamos esta conversación a cubierto. Estoy calado hasta
los huesos.
—Yo también
—dijo Elisha. —No me gusta este tipo de clima.
—A mí me gusta
la lluvia —dijo Madeleine Giovanni mientras se dirigían hacia el Lincoln
Memorial. —Da personalidad a la noche.
—A mí me salvó
la piel —dijo Flavia con una risa. —Sin ella, nunca hubiera derrotado a Makish.
—Cuando le
derribó creí que estaba acabada —dijo Elisha. — Entonces llegó el rayo.
—Le estuve
provocando toda la pelea —dijo Flavia, —diciéndole que no podía perder. Las
palabras le molestaban, pero no llegó a darles crédito. Por eso, cuando llegó
el momento de rematarme, se tomó unos momentos para presumir. Esos segundos
eran todo lo que necesitaba para invocar el rayo. Nunca llegó a comprender que
el peligro provenía de su actitud, no de la mía. El renegado tenía un defecto
básico que terminó siendo su perdición.
—Exceso de
confianza —dijo Diré McCann. —Estaba tan seguro de su victoria que olvidó ser
precavido.
Flavia sonrió.
—Un pecado que cometen mortales e inmortales —dijo mirando directamente al
detective. —Típica actitud masculina. Makish estaba tan convencido de ser
superior a mí...
—¡N-NOOOOOOO!
—gritó repentinamente Madeleine, interrumpiendo el comentario de Flavia. Se
llevó las manos a la frente y volvió a gritar. —¡No! i No! ¡NO!
La vampira
Giovanni se derrumbó en el suelo, con una expresión de total desesperación.
Elisha parecía consternado. McCann no sabía lo que ocurría, pero Flavia lo
comprendió.
—Los niños
—susurró. —Algo le ha sucedido a esos tres niños.
CAPÍTULO 5
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Cuando tenía
trece años, la madre de Tony Blanchard le dijo a su hijo de forma clara que por
aquel camino iba a llegar al infierno. Con la sabiduría que proporcionaban el
dinero rápido y la ambición sin límites, él se había reído en su cara. Lucia
Blanchard, una mujer severa e implacable, le echó de casa. El joven nunca miró
atrás. Quince años después, una breve carta de su hermana le informó de que su
madre había muerto de cáncer, aún maldiciendo su nombre. Tony no se molestó en
responder. Ahora, por primera vez, deseaba haber prestado más atención.
Había seis
personas en la habitación, y de ellas solo Tony respiraba. Las otras cinco eran
vampiros. Tony no se estaba dirigiendo hacia el infierno: ya estaba allí.
Los cuatro
habían estado esperando a que Don Lazzari regresara del camión de Madeleine
Giovanni. Eran figuras altas y enjutas, vestidas con gabardinas largas, piel
blanca y labios escarlata. Los ojos brillaban rojizos en la oscuridad. El Capo
de la Mafia reconoció su presencia con un gesto de la mano y un asentimiento.
—Lleva al niño
abajo, Tony —ordenó. —Que Alvin y Theodore se queden con él para que no trate
de escapar suicidándose. Manda al resto de tus hombres a casa, ya no les
necesitaremos. Cuando acabes, reúnete conmigo arriba. Quiero presentarte a
algunos de mis nuevos socios.
—Como desee,
Don Lazzari —respondió Tony con el estómago revuelto. —Subiré en cuanto pueda.
—Date prisa,
Tony. A nuestros visitantes no les gustará esperar por un simple ghoul. Cuando
regrese a Sicilia es posible que trabajes estrechamente con esos caballeros. La
primera impresión es muy importante.
—Entiendo, mi
Don —dijo Tony con un nudo en la garganta. —Iré inmediatamente.
Las
presentaciones le pusieron al borde del precipicio. Los cuatro vampiros no
abrieron la boca, pero sus expresiones, una mezcla de entretenimiento y hambre,
se bastaban solas.
Blanchard
había tratado con vampiros durante más de tres décadas. Como parte del
Sindicato no podía evitarlos, ya que los Vástagos estaban involucrados en todos
los negocios ilegales. Eran criaturas de las tinieblas que no creían en más
leyes que las suyas. El asesinato era uno de sus derechos de nacimiento, y la
adicción un modo de demostrar su herencia.
En Europa, la
Mafia controla el crimen organizado. Aunque había miles de agentes
independientes (ladrones, chantajistas, violadores y asesinos), cualquier
empresa criminal importante requería la sanción y aprobación de los Capos de la
Hermandad Secreta. Don Caravelli, jefe de jefes, ostentaba tanto poder como
muchos de los antiguos de los clanes. En el Viejo Continente su palabra era
ley.
Sin embargo,
en Estados Unidos la Mafia nunca había llegado a enraizarse. El crimen era allí
más un asunto regional, controlado por poderosas bandas confederadas de forma
somera en una organización conocida como el Sindicato. Los vampiros estaban
involucrados, pero no pertenecían a la jerarquía interna. La venta del vicio en
los Estados Unidos era un asunto estrictamente humano.
Tony Blanchard
había pertenecido a la organización durante casi toda su vida. Había comenzado
cómo matón y había llegado a ser un jefe criminal mediante una combinación de
agallas y avaricia. A lo largo del tiempo había adquirido el mote
"Atún" por su comportamiento frío en las situaciones más
desesperadas.
Como líder de
la Costa Este del imperio criminal, había sugerido una alianza con la Mafia
para combatir la creciente influencia de las Tríadas orientales en el país. Era
él el que había hecho el trato con Don Caravelli, sólo para descubrir que había
sellado un pacto con un diablo en forma humana. Fue él el que, en un esfuerzo
desesperado por conservar su base de poder enfrentado a una competencia cada
vez mayor, obedecía todos los deseos de Don Lazzari, lugarteniente de
Caravelli.
Normalmente
Tony trataba con los vampiros desde una posición de fuerza. Trabajaba codo con
codo con varios príncipes en las principales ciudades de la costa y le trataban
con respeto, sabedores de que controlaba recursos necesarios para mantener su
control sobre la comunidad. Blanchard, a cambio, comprendía que dependía de los
Vástagos para lograr la seguridad de sus hombres después del anochecer. Era una
relación mutuamente beneficiosa.
Las criaturas
que se habían reunido con Don Lazzari eran completamente diferentes. No tenían
ni la clase ni el estilo de los príncipes o de sus consejeros. Eran proscritos
de la sociedad vampírica, criaturas peligrosas y solitarias que no obedecían ni
a príncipe ni a arzobispo. No pertenecían ni a la Camarilla ni al Sabbat. Eran
lacayos de la Mafia.
Igual que
Alvin y Theodore, eran matones brutales y violentos que soñaban con dar el gran
golpe. Los cuatro eran asesinos que hablan encontrado su lugar trabajando para
los señores del crimen. Eran pistolas baratas empleadas como tropas de asalto
en un intento de la organización de crear una cabeza de playa en los Estados
Unidos. Don Lazzari les había llamado a la plantación para revelarles la oferta
de Don Caravelli sobre Madeleine Giovanni. Tony tenía la molesta sensación de
que en cuando Lazzari abandonara América, los cuatro irían a por él... y no
para rendirle tributo.
Era evidente
que el Capo de la Mafia conocía estos deseos. En frases breves y concisas les
dejó claro a todos que él era el jefe, explicándoles lo que esperaba de sus
subordinados.
—Cuando me
marche —dijo con un tono totalmente desprovisto de humanidad, —Tony Blanchard
hablará por mí. Él es mi voz en América. Cualquier
acción contra él es una acción contra mí. Y yo hablo por Don Caravelli, Capo
de Capi de la Mafia. ¿Entendido?
Los cuatro ya
no parecían tener ganas de divertirse. Don Lazzari era un enemigo peligroso, y
su reputación de amargo e implacable le había ganado el respeto de los
proscritos. Sin embargo, Don Caravelli era el terror personificado. Nadie se
atrevía a enfrentarse a su ira.
—Comprendemos
—gruñó Tito Gagliani, el jefe de los cuatro. —Oímos y obedecemos, Don Lazzari.
—Bien
—respondió éste, señalando las sillas alrededor de la mesa. —Sentaos. Tengo un
mensaje que quiero que extendáis por la ciudad. Son palabras del propio Don
Caravelli. No hace falta decir que se trata de algo muy importante. Creo que
así lo pensaréis.
Veinte minutos
después, el Capo de la Mafia terminó de describir la recompensa que Don
Caravelli ofrecía por Madeleine Giovanni, y era una oferta que tentaría hasta
al Vástago más poderoso. Aquel que destruyera a la peor enemiga del Don sería
ascendido a Capo de Capi de América, teniendo además la oportunidad de aumentar
su poder bebiendo la sangre de un antiguo Cainita.
—Destruir a
esa zorra no basta —dijo Don Lazzari. —Debe existir verificación antes del
pago. Don Caravelli quiere pruebas. El collar de plata que lleva alrededor del
cuello será suficiente.
—Extenderé el
mensaje —dijo Tito Gagliani poniéndose en pie. Sus tres compañeros le imitaron.
—Pero eso no significa que no tenga previsto conseguir la recompensa.
—Sólo si la
encuentras primero —se rió uno de los otros.
—Excelente
—dijo Don Lazzari poniéndose en pie. —Ésa es la actitud adecuada. Madeleine
Giovanni está en la ciudad, en alguna parte. Su base ha sido destruida, y aún
quedan horas para que amanezca. Que comience la caza de sangre.
Señaló la
puerta. —Ahora dejadme. Tengo otros asuntos importantes de los que ocuparme.
Tony tembló
mientras los cuatro vampiros pasaban a su lado y se perdían en la noche. Sabía
exactamente a qué se refería el italiano. Tenía hambre, hambre de sangre de
niño.
—Lleva al
muchacho a la entrada, Tony —le dijo Don Lazzari, confirmando sus peores
sospechas. —Tengo ganas de divertirme un poco, y el niño parece tener carácter.
Cazarle será un buen ejercicio.
Tony asintió,
incapaz de hablar. Sentía como si le hubieran convertido el estómago en hielo.
Don Lazzari consideraba que sus monstruosas persecuciones era un mero
"deporte". Para el vampiro, los niños humanos no eran más que presas
a las que perseguir, capturar y devorar. Sentía la misma misericordia por sus
víctimas que los mortales por el ganado. Aquella era una idea terrible,
especialmente desde que Tony comprendió que lo único que le separaba de las
víctimas de Don Lazzari eran quince años.
Con la
garganta seca y los ojos ardiendo, Tony descendió lentamente los trece peldaños
que había hasta el sótano. Alvin, Theodore y el niño estaban sentados alrededor
de una mesa de madera en el centro de la estancia. Estaban jugando al póquer.
—Ases y seises
—dijo el chico poniendo las cartas sobre la mesa mientras Tony se acercaba.
—Vuelvo a ganar.
—Qué hijo de
puta —maldijo Alvin, tirando sus cartas con disgusto. —No tengo una mierda.
—Igual que yo
—añadió Theodore, soltando también su mano. —Ya llevas dieciséis pavos, chaval.
El matón miró
a Tony. —Este maldito niño sabe jugar a las cartas de verdad, jefe. Deberíamos contratarle.
Nunca he visto nada parecido.
—Bien, parece
que la suerte ha cambiado —dijo Tony. — Llevadle fuera. Don Lazzari quiere un
tentempié de medianoche.
El muchacho se
quedó blanco. Era evidente que comprendía el significado de aquello, lo que
indicaba, al menos para Tony, que sabía más sobre Madeleine Giovanni de lo que
había dejado entrever. No le importaba. Supiera lo que supiera, sus secretos
estaban a punto de morir con él.
—¿Tenemos que
hacerlo, jefe?—preguntó Alvin. —El chaval es divertido. No merece morir.
—¿Quieres
explicárselo tú a Don Lazzari? —preguntó Tony. —Hazlo si te apetece, Alvin,
pero yo no tengo nada que ver.
Alvin negó con
la cabeza. —Seré tonto —respondió, —pero no gilipollas. Vamos, chaval. Tenemos
una cita fuera con el gran jefe.
El chico se
puso en pie. Era bajo y desgarbado, y su aspecto era todo menos impresionante.
Tenía la cara pálida y los ojos recorrían nerviosos el sótano, como si
estuviera buscando un modo de escapar. A pesar de todo, cuando habló lo hizo
con voz calmada.
—Sois todos
unos putos fantasmas —dijo. —Aún no lo sabéis, pero es así. Sois hombres
muertos. Yo iré al infierno, pero os juro por mis huevos que pronto tendré
compañía.
Tony le guiñó
un ojo. —Eres un malhablado, chaval, y no es el momento de amenazar a nadie.
El muchacho
rió. Tony sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Aquel mocoso estaba a
punto de morir. No debería estar riendo.
—La señorita
Madeleine os cazará —dijo. —Es la nena más dura y más capulla
del mundo. Lo sé. La he visto. Irá a por vosotros, contad con ello. Y a por esa
serpiente de ahí arriba.
—Basta de
gilipolleces —le dijo Tony enfadado a Alvin y a Theodore. —Llevadlo arriba
ahora mismo. El Don está esperando, y probablemente se pregunté qué hacemos
aquí.
Sacudió la
cabeza, como si estuviera aclarando sus pensamientos. No había posibilidad de
duda. Había hecho su elección y no había vuelta atrás. —No podemos dejar que
ese chico nos asuste.
Don Lazzari
les esperaba en el jardín delantero, torciendo sus labios en una sonrisa
cuando vio al joven. La mirada del Capo de la Mafia bastó para convencer a Tony
de que era un gran error mencionar nada de lo sucedido. Mantuvo la boca cerrada
y rezó por que el chico hiciera lo mismo.
La niebla era
tan espesa que apenas se podía ver a pocos metros, aunque Blanchard sospechaba
que aquello no era ningún impedimento para Lazzari. Al menos, el vampiro no
parecía preocupado.
—Soy un
vampiro —le dijo al niño. —Dentro de unos minutos pretendo beberme tu sangre.
—Que te cagas
—dijo el muchacho antes de que Lazzari pudiera proseguir.
El Vástago
frunció el ceño. No estaba preparado para aquellas burlas. Con los ojos
brillando ominosos, siguió hablando. —Sin embargo, me gustan los riesgos. Estoy
dispuesto a darte una posibilidad de escapar.
Se detuvo,
como si retara al joven a hacer otro comentario. Tras unos segundos de silencio
siguió hablando. —La carretera estatal no está lejos de aquí. Te daré cinco
minutos de ventaja y después correré a por ti. Si llegas hasta la autopista no
te perseguiré. Serás libre. Si te alcanzo —dijo sonriendo y revelando sus
colmillos, —tu sangre será mía.
—Lo cojo —dijo
el chico. —Corro como un gilipollas intentando llegar a la autopista. Me dejo
los huevos corriendo durante cinco minutos y entonces apareces y me dejas seco.
Suena cojonudo.
Tony esperaba
que Don Lazzari explotara, pero lo que hizo fue asentir.
—Básicamente
correcto. Eres más listo de lo que pareces. Es evidente que cometí el error de
creer tu historia en el camión, pero no importa. Tu sangre seguirá igual de
dulce. ¿Estás preparado, joven?
El muchacho
observó a Lazzari, como si estuviera memorizando sus rasgos. Después se volvió
hacia Tony con la misma expresión. —Cuando queráis —dijo.
—Tony, por
favor, consulta tu reloj —dijo Lazzari. —¿Qué hora es?
—Las tres en
punto —respondió Blanchard. Le temblaba la mano, pero Lazzari
no pareció notarlo. —En punto.
—Tú llevas el
tiempo —dijo el vampiro, sonriendo. —Acaban de empezar tus últimos cinco
minutos de vida.
CAPÍTULO 6
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
—Uno de los
chicos está muerto —dijo Madeleine angustiada. Lágrimas de sangre corrían por
sus mejillas. —Sentí su vida temblar y apagarse como la llama de una vela. Los
otros siguen vivos, o al menos eso creo. No estoy segura.
Observó a Diré
McCann con ojos confusos. —Puedo sentir la presencia de Vástagos poderosos en
una ciudad. A veces llego incluso a determinar su clan, pero mi talento nunca
se había extendido a los mortales... hasta ahora.
La expresión
de McCann estaba llena de tristeza. —Eso es porque nunca antes habías sentido
un lazo emocional tan fuerte con un humano. Es el precio que hay que pagar.
—Nunca antes
había llorado —dijo Madeleine. —Ni siquiera cuando asesinaron a mi padre. Soy
una Giovanni, y los Giovanni no lloran jamás.
Se limpió la
sangre oscura de la cara y se puso en pie con un rápido movimiento. —Debo
solicitarle un favor —le dijo a McCann.
—Habla
—respondió el detective.
—He venido a
América para protegerle —dijo Madeleine. — Mi sire me dio instrucciones muy
explícitas y no puedo desobedecerle. Sin embargo, si usted me pidiera que
defendiera su honor vengando el asesinato de un amigo, o la muerte de un
niño...
McCann
asintió. —Las deudas de sangre deben ser cobradas —dijo, repitiendo el sagrado
juramento de venganza que Madeleine había hecho la noche anterior.
La voz del
detective pareció hacerse más profunda, vibrando con un poder desconocido.
Parecía que otro ser más poderoso hablará a través de sus labios. —Los enemigos
de mis amigos son mis enemigos. Ve y busca a aquellos que matan niños para
lograr sus objetivos. Sean Vástagos o ganado, no muestres piedad.
—Se ahogarán
en su propia sangre —prometió solemne Madeleine.
Asintió a
Flavia y después a Elisha. El joven parecía querer decir algo, pero no le dio
tiempo. Durante toda su vida había sido una solitaria, y no deseaba ayuda. El
sacrificio sólo lo debía hacer ella. Al instante desapareció, fundiéndose con
la tierra.
Tardó media
hora en llegar hasta el área de descanso donde había dejado el camión. Aunque
le consumía la necesidad de saber quién había muerto y cómo, no era tan
estúpida como para acercarse al vehículo sin supervisar antes los alrededores.
Tenía que asegurarse de que el asesino no lo había calculado todo para atraerle
hasta la zona. Se introdujo veinte metros en el bosque cercano y adoptó forma
humana. Moviéndose en silencio, se arrastró hasta el límite del bosque y se
encontró con una montaña de metal fundido que había sido su camión.
El resto de la
zona parecía desierta. No podía sentir a ningún Vástago en la zona, y una
rápida comprobación visual no percibió a ningún humano. Sus enemigos habían
descubierto el camión, matado a uno de los chicos y destruido el vehículo,
marchándose después. Sintió un ataque de furia. Aquella escoria estaba tan
confiada de su triunfo que ni siquiera había pensado en tenderle una trampa.
Era un error que pensaba hacerles pagar con sangre.
A unos seis
metros, unos arbustos se movieron. Madeleine se desplazó hasta allí
instantáneamente, moviéndose tan rápido que no parecía más que una mancha a
través de la bruma.
—Sam —exclamó
aliviada mientras tomaba al niño en sus brazos. La presa mortal se convirtió en
un abrazo de afecto. El más joven de los tres estaba sucio, calado hasta los
huesos y muy asustado, pero al menos parecía ileso.
—Señorita
Madeleine, señorita Madeleine —suspiró, comenzando a llorar. —Se llevaron a
Júnior. Cogieron a Júnior y se lo llevaron.
—¿Quién, Sam?
—preguntó Madeleine, sabiendo ya que era Pablo el que había muerto. Era el
mayor de los tres, el chico alto y callado que nunca tenía nada que decir. Su
muerte sería vengada, juró en silencio, antes de que terminara la noche.
—¿Quién se llevó a Júnior? ¿Dónde?
—No lo sé
—respondió con aspecto infantil y asustado. Hacía lo posible por contener las
lágrimas. Madeleine odiaba preguntarle sobre el ataque, pero necesitaba las
respuestas inmediatamente si quería rescatar a Júnior. —Estaba debajo del
camión y no oí nada.
—¿Qué hacías
debajo del camión? —preguntó la mujer. Sacarle la historia podría llevar
minutos preciosos, pero con suerte conseguiría alguna pista. Lo que fuera.
—Salí a mear
—dijo Sam. —Júnior me dijo que lo hiciera debajo del camión. Entonces empezaron
a llegar los coches.
—¿Coches?
—preguntó Madeleine. —¿Cuántos eran, Sam?
—Tres
—respondió el chico. —Los conté cuando se iban. Limos grandes, como las que
lleva el presidente. Algunos de los tíos del último coche llenaron el camión de
bombas, pero yo me escabullí. Nunca llegaron a verme. Nunca.
—Muy bien, Sam
—dijo Madeleine. —Llegaron tres coches. ¿Qué pasó después?
El joven
sacudió la cabeza. —No estoy seguro, señorita Madeleine. Iba a salir, pero
tenía miedo y debajo del camión estaba oscuro. Había muchos tipos fuera, pero
sólo podía verles los pies. Recordé lo que nos dijo sobre que la perseguían y
todo eso, y me escondí junto a las ruedas para que no me vieran.
Sam sintió un
escalofrío. —Algunos fueron a la cabina. Se pusieron a gritar, pero no sé qué
decían. Luego... luego... luego empezaron a disparar.
Los ojos del
chico se llenaron de lágrimas. —Mataron a Pablo, señorita Madeleine. Le pegaron
un tiro y se lo cargaron. ¡Se cargaron a Pablo!
—Ya lo sé, Sam
—dijo la mujer mientras abrazaba al muchacho. Le acarició el pelo mientras él
lloraba en su hombro. El cuerpo de Sam estaba frío, terriblemente frío, pero
Madeleine no tenía ningún calor que darle.
—Después —dijo
Sam tratando de continuar, —fueron al camión y hablaron con Júnior. Lo hacían
en voz baja, así que no sé qué decían. Lo intenté, de verdad, pero no quería
que me vieran. T-tenía miedo de que me dispararan.
—Lo hiciste
muy bien, Sam —dijo Madeleine. —No tienes nada de lo que lamentarte. Hiciste
todo lo que pudiste. Estoy orgullosa de ti.
Se detuvo,
dando al chico un momento para recomponerse. — ¿Oíste algo de lo que dijeron?
—preguntó por fin cuando parecía listo para seguir. —¿Un nombre? ¿Un lugar al
que fueran? Piensa en cualquier cosa. Piensa. Podría ser importante.
Sam frunció el
ceño concentrado. —Oí hablar a uno de ellos, y dijo un nombre. Bueno, creo que
era un nombre. Llamó Don a otro tipo.
—¿Don?
—preguntó Madeleine haciendo un esfuerzo por parecer tranquila. —¿Don qué, Sam?
—Don... Don...
Lasers—respondió el chico.—Cuando lo oí me sonó a videojuego.
—¿Don Lazzari?
—preguntó Madeleine. —¿Era así, Sam, Don Lazzari?
El muchacho
asintió. —Ése era, señorita Madeleine. Don Lazzari. ¿Lo conoce?
La mujer
asintió. —Lo conozco, Sam —dijo mientras una fría rabia invadía su mente. Su
voz permaneció calmada. —Aunque nunca nos hemos visto, conozco muy bien su
reputación. Es el matón de una criatura extremadamente malvada llamada Don
Caravelli, que asesinó a mi padre. Don Lazzari es prácticamente igual de
monstruoso.
Sam miró a
Madeleine directamente a los ojos. Sus rasgos estaban retorcidos por el miedo.
—Es un vampiro, ¿no? Don Lazzari es un vampiro y tiene a Júnior. —La voz del
muchacho comenzó a temblar. —Por eso se llevó a Júnior cuando se largaron. Se
va a beber su sangre. ¿No? ¿No es así?
—Don Lazzari
es conocido por sus deseos perversos —dijo Madeleine. —Sólo bebe la sangre de
niños inocentes. Júnior está en un terrible peligro, pero aún sigue vivo.
Hubiera sentido su muerte.
La vampira
cerró los ojos. Tardó escasos segundos en localizar a Lazzari. Podía llegar
rápidamente hasta él.
—Tengo que
dejarte, Sam —dijo. —No me gusta, pero tengo que hacerlo para rescatar a
Júnior. Quédate aquí y escóndete. Volveré en cuanto me sea posible. Puede que
un hombre llamado McCann venga en mi lugar. Puedes confiar en él.
Sam miró
nervioso hacia el bosque. —¿No puede llevarme con usted? —preguntó.
La mujer negó
con la cabeza. —No puedo. Tengo que marcharme. —Dio un paso atrás, soltando al
chico. —Sé valiente, Sam. Sé fuerte.
Fijando la
posición de Don Lazzari en su mente, Madeleine dejó a su cuerpo fundirse con la
tierra. Aunque no llevaba reloj, siempre sabía la hora exacta. Eran las tres de
la madrugada, y tardaría poco más de cinco minutos en llegar hasta el cuartel
general del jefe de la Mafia. Esperaba que no fuera demasiado tarde.
CAPÍTULO 7
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Júnior sabía
que correr hacia la autopista no serviría de nada. Si Don Lazzari era al menos
la mitad de rápido que la señorita Madeleine, una ventaja de cinco minutos no
significaba nada. Además, estaba convencido de que, a pesar de todo lo que
había dicho, el jefe de la Mafia nunca le dejaría escapar.
Lo que hizo en
cuanto el vampiro le dio la salida fue marchar en otra dirección. La mayor
parte de su vida la había pasado fugado, y en los años en la carretera Júnior
había aprendido muchas cosas para evitar la captura. El factor más importante
era aprovechar la ventaja de su tamaño. Don Lazzari podría ser más fuerte y
rápido, pero era mucho más alto que él y bastante más fornido. Además, el
Cainita no podía soportar la luz del sol.
Júnior sabía
que aquello no era una carrera contra la autopista, sino contra el reloj. Tenía
que aguantar alejado de Don Lazzari hasta el amanecer. Aquella era su única
posibilidad de sobrevivir.
La granja
estaba rodeada de árboles. Los bosques eran oscuros y dificultaban la visión.
El suelo estaba cubierto de matojos, enredadoras, arbustos y ramas rotas.
Júnior comenzó a caminar entre la maleza sin preocuparse por dejar un rastro.
Estaba seguro de que el vampiro podría encontrarle de todos modos. Necesitaba
encontrar una zona llena de espinos antes de que terminaran los cinco minutos.
Sin ellos, estaba condenado.
La suerte
estaba con él. Tras tres minutos en el bosque se topó con una enorme masa de
arbustos de seis metros de longitud y tres de anchura enredados entre media
docena de arces. Las ramas de los arbustos no tenían hojas, sino inmensas
espinas, largas y afiladas, que surgían en todas direcciones. Aquella
vegetación formaba una barrera, un muro impenetrable. Con un suspiro, Júnior se
tumbó boca abajo y comenzó a arrastrarse.
Apenas había
sitio para deslizarse bajo las espinas más bajas. El suelo estaba blando y
embarrado, lo que frenaba sus progresos. Sin embargo, para cuando terminaron
los cinco minutos Júnior esta casi en el centro de la nube de espinas. Apenas
se había dado la vuelta cuando supo que su tiempo de gracia había expirado.
—Un bonito
truco —dijo Don Lazzari. El vampiro parecía más
agradado que molesto. —No sólo tienes cerebro, sino también coraje, te lo
concedo. Por desgracia, no me rindo fácilmente. Estos obstáculos no son más que
una molestia.
El terreno
tembló como si fuera golpeado por un gigantesco martillo. Los ojos de Júnior se
abrieron aterrados cuando comprendió que Don Lazzari estaba aferrando la base
de cada arbusto para arrancarlos del suelo. El vampiro poseía una fuerza
sobrehumana. Con un gemido de frustración, el chico comenzó a arrastrase hacia
el otro extremo de los matorrales. No le quedaba hacer otra cosa que correr.
Un minuto más
tarde, arañado y lleno de heridas, Júnior se puso en pie. A tres metros, en el
centro de los arbustos, se encontraba Don Lazzari con
una de las plantas arrancadas en la mano. Sus ojos brillaron en la oscuridad
cuando detectó a su aterrada presa.
Con el corazón
desbocado, Júnior corrió entre los árboles, trazando un camino irregular a
través de la maleza y esperando que el monstruo no fuera capaz de seguirle el
rastro. Salvo por su aliento entrecortado, el bosque estaba en silencio. Don
Lazzari no hacía ruido alguno.
El terreno se
hundió en un pequeño barranco en cuyo fondo corría un pequeño riachuelo.
Agotado, Júnior entró en el agua fría. Según una película que recordaba haber
visto en el orfanato, los vampiros no podían cruzar el agua. Rezaba por que
Lazzari hubiera visto la misma película... y por que se la creyera.
Siete metros
más adelante, Júnior regresó al bosque. La corriente se curvaba hacia la
granja, y desde luego era el último lugar al que quería ir. Aturdido y confuso,
corrió hacia la oscuridad mientras trataba ansioso de detectar algún ruido de
su perseguidor.
Inesperadamente,
el bosque terminó. Los árboles desaparecieron, dando paso a un campo totalmente
abierto. Algunas mesas rotas indicaban que hacía años aquello había sido una
zona de picnic. Al otro extremo del claro había un estacionamiento abandonado y
una carretera de un solo carril. Más allá debía encontrarse la autopista,
comprendió. Era una esperanza remota, pero mejor que nada. Se negaba a
rendirse. Nunca lo había hecho.
Gimiendo con
cada aliento, atravesó el campo desierto. Los pulmones le ardían y tenía la
sensación de tener los pies en carne viva, pero no había señal de Don Lazzari.
Nervioso, miró por encima del hombro esperando que el vampiro surgiera del
bosque de un momento a otro. No ocurría nada. La lluvia se había detenido y la
niebla se levantaba. Un destello de luz de luna iluminó el suelo. El pavimento
estaba a menos de veinte metros, luego quince, tres...
La hierba alta
que rodeaba a Júnior se agitó como si la meciera una brisa inesperada. El chico
creyó ver un destello antes de que Don Lazzari, con una sonrisa de suficiencia
en los labios, apareciera de la nada frente al estacionamiento. El vampiro río,
meciendo la cabeza fingiendo sorpresa. —Podía haberte capturado en cualquier
momento —declaró, —pero creí que era mejor dejarte creer que tenías alguna
posibilidad. El juego es mucho más entretenido si la presa sigue luchando hasta
el final.
Júnior se
derrumbó sobre el suelo. Tumbado de espaldas, miró desafiante a Don Lazzari.
—Aún no ha terminado, monstruo de mierda —gruñó.
—Ha terminado
—respondió el vampiro con los ojos brillantes. Se inclinó y extendió el brazo
hacia el hombro del muchacho. En ese momento se congeló: otra voz resonaba en
el claro.
—Ha
terminado, devorador de niños. No para el chico, sino para ti.
Don Lazzari
se giró para enfrentarse a la recién llegada. En su voz pudo oírse un leve
rastro de miedo al identificar a la mujer. — Madeleine Giovanni.
—¡Señorita
Madeleine! —gritó Júnior, incorporándose sobre un codo. —¡Sabía que me
encontraría!
La mujer
estaba a pocos metros de Lazzari. Se había alzado de las
sombras sin un ruido, y su ropa negra y piel blanca como el marfil contrastaban
en la noche. Los brazos descansaban a los costados y parecía totalmente
relajada. Su rostro era sereno, mortalmente calmado. En sus labios había una sonrisa
helada. Sus ojos ardían con la intensidad del infierno.
—Creo que me
estabas buscando —dijo. —Ya estoy aquí, Don Lazzari. ¿Dónde está tu valentía,
ahora que no te enfrentas a un niño?
El Capo de la
Mafia gruñó con un ruido inhumano que surgió de su pecho. —Puta —dijo. —No me
asustas.
—Mentiroso —le
respondió Madeleine, dando un paso hacia delante. Don Lazzari
se retiró un paso. —O, si lo dices en serio, idiota. Soy tu muerte.
Hace un siglo ayudaste a tu amo a matar a mi padre. Esta noche has ejecutado a
un niño que era amigo mío.
Te atreviste a
cazar a otro. El castigo por cada uno de tus crímenes es la Muerte Definitiva.
Llevo mucho tiempo esperando este momento. No habrá piedad, ni perdón. Lo único
que lamento es que no pueda llevarte conmigo de vuelta al mausoleo. Allí
sufrirías mil años de tormentos antes de que te dejaran morir.
—Sólo hice lo
que se me ordenó —dijo Don Lazzari con voz dubitativa. —Sólo seguía órdenes.
—Eso díselo a
tus víctimas cuando te enfrentes a ellas en el infierno.
—¡Nunca!
—gritó el vampiro lanzándose hacia Madeleine con las manos dirigidas contra su
cuello. Apenas les separaba distancia alguna y se movía rápido como el viento,
pero cuando cerró los dedos la mujer ya no estaba allí.
—Eres un bufón
y un imbécil —declaró una sombra oscura a su lado. Un zarcillo de negrura se
acercó a Don Lazzari y le tocó el cuello. Los huesos se partieron como ramas
secas mientras el Capo gritaba y se precipitaba hacia el suelo. Se quedó allí,
retorciendo su cuerpo como un pez fuera del agua. Tenía la cabeza tan
fuertemente apretada contra el barro que no podía emitir sonido alguno.
—El golpe te
ha partido la columna —dijo Madeleine con aire satisfecho por su trabajo. Pasó
sobre el cuerpo derribado y se acercó a Júnior, ayudándole a ponerse en pie.
—No podrá emplear sus brazos ni sus piernas hasta que se recupere. Por
desgracia para él, para regenerar una herida tan seria necesita sangre. Puede
oír, puede ver, puede hablar y, por supuesto, sentir. Pero no puede moverse.
—¿Lo hizo con
ese golpecito, señorita Madeleine? —dijo Júnior. —¡Es la hostia! ¡Ha sido
increíble!
—No, Júnior
—dijo Madeleine con una sonrisa maliciosa. — Ha sido un
placer.
La mujer
observó al prisionero indefenso. Su rostro era una máscara mortal. —Aún no he
terminado con Don Lazzari. No queda mucho hasta el amanecer, así que tengo que
actuar rápido. Esta escoria va a sufrir por sus crímenes. Probablemente será
mejor que no veas lo que voy a hacer a continuación.
—Y un huevo
•—dijo Júnior. —Este hijo de puta hizo que mataran a Pablo y quería beberse mi
puta sangre. Quiero ver todo lo que le hagas.
—Si así lo
deseas —dijo Madeleine. No intentó discutir, y su expresión era inescrutable.
—Hazte a un lado.
Levantando al
inerte Don Lazzari como a un niño. Madeleine se lo llevó hasta el
estacionamiento de hormigón, tirándolo boca arriba sobre el pavimento. Incapaz
de hacer otra cosa que mover la cabeza, el vampiro observó horrorizado cómo la
mujer buscaba en los alrededores algunos trozos sueltos de cemento.
—Madre del
amor hermoso —gritó cuando vio a Madeleine arrancar una pequeña losa de más de
medio metro. —¿Qué vas a hacerme?
—Aplastaste
mis sueños —dijo Madeleine mientras levantaba el bloque sobre la pierna del
vampiro. —Antes de que mueras pienso pagarte con la misma moneda.
—Déjame ir
—suplico Lazzari con la vista fija en el bloque de
hormigón. —Te lo ruego, por favor... Déjame morir peleando, no aplastado como
un insecto.
—Una
comparación adecuada —dijo Madeleine sin el menor rastro de remordimiento. Una
ligera sonrisa cruzó por sus labios. —Te concederé la misma misericordia que le
disteis a mi padre.
Aún sonriendo,
derribó el bloque sobre las piernas de Don Lazzari. El
vampiro aulló cuando sus miembros quedaron reducidos a pulpa. El sonido parecía
no terminar nunca. Madeleine rió mientras volvía a levantar la losa. Júnior,
menos interesado en la venganza, vomitó lo poco que le quedaba de cena en el
estómago.
—Esperaré en
las mesas de picnic, señorita Madeleine.
—Esto me
llevará unos minutos, Júnior —dijo la mujer sin volver la cabeza. Don Lazzari,
con la mirada horrorizada, balbucía incoherente. —Quiero asegurarme de que
Don Lazzari no se mueve de aquí hasta que salga el sol. Primero tengo que
terminar de destrozarle las piernas. Después le reventaré los brazos y por
último me encargaré de parte de su cuerpo. Para cuando termine, saludará con
alegría el abrazo del amanecer.
Don Lazzari
no dejó de gritar, pero la Daga de los Giovanni era implacable. No ofreció
cuartel alguno.
CAPÍTULO 8
Washington
D.C.: 25 de marzo de 1994
Nervioso, Tony
Blanchard volvió a mirar su reloj. Ya habían pasado más de diez minutos desde
que soltaron al muchacho. Don Lazzari se había ido hacía cinco, pero del bosque
no había llegado ningún grito. Tony no podía sino preguntarse si algo
inesperado había sucedido.
—No me gusta
nada —susurró. —Algo va mal.
—Ese chaval no
era un mierdecita, jefe —dijo Alvin. Él y Theodore parecían tranquilos. —Jugaba
a las cartas como un profesional.
—Hacer trampas
en el póquer no tiene nada que ver con jugársela a un vampiro —dijo Tony. —Lo
más probable es que Don Lazzari se esté tomando su tiempo,
jugando al gato y al ratón.
—Sí —dijo
Theodore mientras observaba la oscuridad. La niebla se estaba levantando y el
leve brillo de la luna comenzaba a filtrarse por las nubes. —Ese mañoso es todo
un hijo de puta, y sus amigos son casi peores.
Tony sintió un
escalofrío al recordar la mirada hambrienta en los ojos de los renegados. —No
causarán problemas —declaró. —No tendremos que preocuparnos de ellos mientras
hagamos nuestro trabajo y obedezcamos a Don Lazzari.
—Seguro, Tony
—dijo Theodore. —Apuesto a que Joey Campbell pensaba lo mismo antes de
palmarla.
—Le mataste
tú, no yo —dijo Tony mientras volvía a observar la hora. El Capo ya había
salido hacía diez minutos, y aún no se oía nada desde el bosque.
—Hice lo que
se me dijo —respondió Theodore. —Desde luego, no me iba a negar. Al mirar a Don
Lazzari vi que era o él o yo, y no soy tan noble.
—Ya somos dos
—añadió Alvin. —Lo siento, jefe, pero Don Lazzari es el que está ahora al
mando. Tú eres el segundo, y nosotros no podemos hacer nada al respecto.
—Bueno, aún
tengo... —Tony se detuvo abruptamente. — ¿Habéis oído algo?
—Mierda —dijo
Theodore. —Parecía alguien gritando en la vieja zona de picnic.
—Sí —dijo
Alvin palideciendo. —Y no ha sido ese maldito chico.
—El chaval no
puede hacer daño a un vampiro —dijo Tony. —No me lo creo.
El segundo
grito llegó un minuto después, y duró mucho, mucho tiempo. No había duda de que
se trataba de la voz de Don Lazzari.
—Tengo la
ligera sospecha de que Lazzari se ha topado con la dama que estaba buscando
—comentó Alvin. —A pesar de todo lo que decía, sospecho que no tenía mucha
prisa por encontrársela a solas.
—Sí —dijo
Theodore. —Tampoco parecía tener muchas ganas de quedarse esperando en el
camión a que regresara.
—Pero...
pero... —dijo Tony. Cada grito era un clavo más en su ataúd. Se lo había jugado
todo a favor de aquel vampiro. Sin la protección del Don Lazzari, Blanchard no
era más que un jefe del Sindicato con sueños de grandeza. —No puede terminar
así. No.
—Lo siento,
Tony —dijo Alvin, —pero no pienso quedarme aquí hasta que demuestres que te has
equivocado. Cuando esos cuatro tipos sepan que el italiano es historia
volverán, y no tengo ganas de saludarles de nuevo.
—Yo también me
largo —dijo Theodore mirando a Tony. — Puedes venir con nosotros si quieres,
jefe.
—Yo no me
marcho —respondió furioso Tony. —No puede ser cierto. Debe ser un error. Don
Lazzari sólo nos está poniendo a prueba. Eso es lo que pasa, una prueba. Quiere
ver quién es leal y quién no. Largaos ahora y os cazará uno
detrás de otro.
—Me arriesgaré
—dijo Alvin desenfundando su arma. —Salud, jefe. Puede que el niño tuviera
razón. Nos vemos en el infierno.
Alvin y
Theodore se subieron a la limosina negra y se perdieron en la oscuridad. Tony
se quedó solo con su rostro convertido en una máscara angustiada. —¡No puede
ser! —gritó al coche que se alejaba. —¡No puede ser!
Sacudiendo la
cabeza, se giró y se dirigió hacia la puerta. Apenas había entrado en el
edificio cuando se oyeron los primeros disparos. Desde la entrada podía ver los
destellos de las detonaciones. Fueron cinco, seis tiros de armas diferentes.
Entonces se oyó un aullido y Tony reconoció la voz de Alvin. Descompuesto,
Blanchard cerró la puerta y la atrancó. Rezando plegarias que no oía desde su
niñez, corrió escaleras arriba hasta la sala de reuniones de la segunda planta.
—Es esa loca
que está detrás de Don Caravelli —le dijo a las sillas mientras se acercaba al
sillón de cuero negro que había frente a la entrada. —Mató a seis tipos que el
Capo de Capi envió tras ella. Recuerdo que nos lo dijo. Esa puta es el infierno
sobre ruedas. Nunca tenía que haberme liado con estos cabrones de la Mafia. Qué
gran error, colega, qué gran error.
Cerca del
sillón había una pequeña ametralladora oculta en una caja. Tony la sacó y
comprobó el cargador. El arma estaba lista. —Nadie coge a Tony Blanchard
desprevenido —dijo. —No es ninguna mierda.
La puerta de
entrada saltó en pedazos en la planta baja. Con la mirada aterrorizada, Tony
levantó la ametralladora y la apuntó hacia las escaleras. Las luces se
apagaron.
Disparó.
Apretó el gatillo y no lo soltó mientras las balas volaban por la sala de
reuniones, impactando contra las sillas y el suelo. Las paredes explotaban
cuando los proyectiles atravesaban el yeso. Tony gritó mientras agitaba el arma
de un lado a otro, inundando el aire de plomo.
Mantuvo el
dedo en el gatillo hasta que se quedó sin munición. No se oía nada. Rió. Nadie
podía haber sobrevivido a aquellos disparos. Hasta los vampiros eran de carne y
hueso.
A su espalda,
una mano se acercó y le arrancó la ametralladora de los dedos. Ahogado por la
sorpresa, Tony se giró. Frente a él había una esbelta joven vestida con un
traje negro. Su piel era blanca como la tiza. En silencio, la mujer tomó el
cañón ardiente del arma y lo dobló por la mitad. —Apuntaste demasiado alto —
dijo sonriendo. —Además, eres lento.
—¿Q-quién
eres? —preguntó Tony, sabiendo la respuesta.
—Soy Madeleine
Giovanni, del clan Giovanni —respondió. —Júnior me ha dicho que te llamas Tony.
—¿Júnior?
—preguntó. —¿El chaval?
—El chico que
entregaste a Don Lazzari para su caza —dijo Madeleine. —Oyó tu nombre en mi
camión. Tiene buena memoria, y nunca olvida a sus enemigos. Nunca.
Tony se sentía
mareado. —¿Vas a matarme?
Madeleine
Giovanni negó con la cabeza. —No, salvo que me obligues a hacerlo. Trataste mal
a Júnior, pero no fuiste cruel intencionadamente. Los dos hombres del coche
trataron de atropellarme cuando me vieron y tuve que defenderme. Pagaron el
precio por su estupidez, pero de otro modo les hubiera dejado marchar en paz. A
Júnior le gustaban. Dinero fácil, creo que les llamaba.
—Si no vas a
matarme —dijo Tony recuperando parte de su coraje, —¿qué haces aquí? ¿Qué es lo
que quieres?
—Necesito un
mensajero —respondió Madeleine. —Hay un comunicado importante que quiero que
llegue hasta alguien a quien no tengo acceso inmediato. Tú puedes conseguirlo.
Tony tragó
saliva al comprender lo que la mujer quería decir. —Un mensaje —repitió
mientras el sudor comenzaba a caerle por la frente. —¿Quieres que entregue una
carta de tu parte?
—No, una carta
no —dijo Madeleine. Sus ojos oscuros parecían increíblemente grandes. Tony no
podía apartar la mirada de ellos, hundiéndose en su profundidad imposible. La
voz de la mujer llegó desde muy lejos y sus palabras parecían irresistibles.
—Quiero que
vueles mañana hasta Sicilia —dijo. —Emplea el nombre de Don Lazzari cuando sea
necesario. Te abrirá los canales necesarios. Ya sabes dónde tienes que ir: la
fortaleza de la Mafia.
—Su cuartel
general —asintió Tony. Escuchó cuidadosamente, sabiendo que tenía que seguir
las órdenes de la vampira al pie de la letra. Era lo adecuado. Era necesario
que lo hiciera.
—Una vez
llegues allí —siguió Madeleine, —quiero que le entregues a Don Caravelli un
mensaje de mi parte. Asegúrate de hablarle tú en persona. No permitas que nadie
más lo haga por ti. Es tu misión, tu responsabilidad. ¿Comprendes?
Tony asintió.
—Comprendo. Es mi misión. —Haría todo lo que quisiera Madeleine. Era su deber.
—Muy bien
—respondió la mujer. —Quiero que le digas lo siguiente: "Madeleine
Giovanni envía sus saludos al cobarde de la roca. Tu marioneta, Don Lazzari,
ha visto la gloria del amanecer. Muy pronto tú también la conocerás".
Tony repitió
las palabras. —¿Eso es todo lo que tengo que decirle? —preguntó. ¿Quieres que
espere por si hay alguna respuesta?
—No será
necesario —dijo Madeleine. —No espero respuesta alguna. Don Caravelli tiene un
temperamento violento, y sospecho que cometerá el error de pagar el mensaje con
el mensajero. Puede que te perdone por tu papel en este drama, pero
sinceramente lo dudo.
—Ahora mismo
haré los arreglos necesarios —dijo Tony. Se acercó al teléfono, medio enterrado
entre los cascotes de yeso. Sorprendentemente, aún funcionaba. —Aún hay línea,
gracias a Dios.
Le estaba
hablando al aire. Madeleine Giovanni había desaparecido, y el único sonido de
la habitación era el del teléfono. El hampón se volvió y marcó el número de su
cuartel general. Una vaga sensación de inquietud apareció en lo más profundo de
su mente, pero la ignoró. Estaba haciendo lo correcto. Su madre, por fin, le
daría su aprobación.
CAPÍTULO 9
Washington D.
C.: 26 de marzo de 1994
Creo que ha
llegado el momento de abandonar Washington — dijo Diré McCann. Después de un
día de descanso sin interrupciones, el detective volvía a sentirse humano de
nuevo. Había convocado aquella conferencia nocturna para decidir con su pequeña
banda el siguiente paso en su conflicto contra la Muerte Roja.
—Yo no me
opongo —dijo Flavia. Estaba sentada en el sofá del salón de la habitación de
McCann. Como su mono blanco estaba destrozado, vestía unos pantalones de color
azul oscuro que conjuntaban con su piel pálida y sus labios rojos. —Nunca me ha
gustado el turismo. Ya he visto monumentos más que de sobra.
—La guerra de
sangre ha terminado de forma abrupta —intervino Madeleine Giovanni. Como
siempre, estaba vestida con un traje negro ajustado que le llegaba hasta la
mitad del muslo. Aunque el camión en el que llevaba todas sus posesiones había
sido destruido por lo secuaces de Don Lazzari, la saboteadora Giovanni no había
tardado mucho en hacerse con un nuevo guardarropa, ni en encontrar un vehículo
que le sirviera de refugio. Como chiquilla favorita de Pietro Giovanni, tenía
una línea de crédito de varios millones de dólares. Si quería algo, lo
conseguía sin más preguntas.
—Los
anarquistas están abandonando la ciudad a decenas. Cuando el regente habla,
todos obedecen. La reputación cruel de Melinda le está sirviendo bien. Para
mañana, el control de la capital habrá vuelto a manos de la Camarilla.
—Discutir la
situación con el príncipe Vitel ya no parece demasiado importante —dijo McCann.
—Dudo que sepa algo que nosotros desconozcamos. Lo que la Muerte Roja quisiera
de la ciudad parece concluido. Creo que se trata de un callejón sin salida.
—La repentina
aparición de Melinda Galbraith parece haber cogido por sorpresa a muchos
Vástagos —dijo Flavia. —En los locales que rodean la ciudad todo parece estar
patas arriba, ya que nadie sabe cuál será su próximo movimiento. Por lo que he
podido averiguar, ha recuperado el control completo del Sabbat por pura fuerza
de voluntad. Todo el mundo parece tener claro que instalará su nueva base de
operaciones en Nueva York.
—Justine Bern
era una de las rivales más serias de Melinda —dijo McCann. —La regente la
destruyó inmediatamente, igual que a ese Tremeré renegado que servía como
consejero a la arzobispo. ¿Se sabe algo más de las otras dos colaboradoras de
Justine?
Flavia sonrió.
—Nada de nada. Se han desvanecido, desapareciendo en la noche. —Se detuvo un
momento. —Una de ellas era tu amiga, Alicia Varney.
—Alicia sabe
cuidar de sí misma —dijo McCann. —No me preocupa. Quien me importa es la Muerte
Roja.
—¿Cree que el
monstruo estuvo involucrado en la reaparición de Melinda? —preguntó Madeleine.
—¿Crees en las
coincidencias? —preguntó el detective con tono sarcástico.
—Claro que no
—respondió Madeleine. Tras una pausa siguió. —Ya veo. Olvide mi pregunta.
—La Muerte
Roja ha demostrado ser un gran maquinador — dijo McCann. —A pesar de nuestros
éxitos limitados contra 61, sospecho que sus planes proceden según el
calendario previsto. Me dijo que pretende hacerse con el control tanto de la
Camarilla como del Sabbat, por lo que pienso que está relacionado con el
inesperado regreso de Melinda Galbraith.
—La regente es
la líder del Sabbat —dijo Madeleine, —pero gobierna con la cooperación y la
aprobación de la Mano Negra.
—¿La Mano
Negra? —preguntó Elisha, que había estado sentado en una esquina de la
habitación escuchando atento. —¿Quiénes o qué son?
—La verdadera
fuerza del Sabbat —dijo Flavia. —Son la élite de asesinos de la organización.
No se sabe mucho sobre ellos. Son una secta secreta dentro de la secta. Son muy
pocos, pero su influencia está muy extendida. Sus cuatro líderes son conocidos
como los Serafines. Ya se está rumoreando que planean visitar Manhattan en
breve para reunirse con Melinda.
—Por el
momento, no creo que podamos hacer mucho sobre el Sabbat —dijo McCann, —y ya
puestos, tampoco con la Camarilla. Hasta que la Muerte Roja vuelva a golpear,
no podemos hacer nada al respecto.
—¿Nos
sentaremos a esperar cruzados de brazos? —dijo Flavia.
—No
exactamente —respondió McCann. —Creo que haré un viaje.
—¿Un viaje? ¿A
dónde? —preguntó Madeleine.
—A Israel.
Elisha vino hasta aquí para invitarme a visitar a su maestro, y creo que es el
momento de acudir. Tengo curiosidad por saber qué cree Maimónides que necesita
mi atención personal.
—Pietro
Giovanni me ordenó que le protegiera —dijo Madeleine. —No me dijo dónde. Si
usted va, yo voy. —Sonrió. —Además, siempre he querido conocer a Rambam.
McCann se
encogió de hombros y miró a Elisha. —¿Pones alguna objeción a que venga
Madeleine?
El joven
sonrió. —¿Está de br...? —comenzó antes de darse cuenta de lo que estaba
diciendo. Sus mejillas enrojecieron rápidamente. —Claro que no. Mi mentor
estará complacido al recibirla. Pero, ¿qué hay de los dos niños que rescató
anoche?
—Están a salvo
y en buena compañía —dijo Madeleine. —He arreglado las cosas para que vivan con
ghouls leales a mi familia. Serán tratados con el mayor de los respetos y
protegidos de cualquier daño. Ahora comprendo que, mientras tenga que
enfrentarme a la Mafia, crear lazos de cualquier tipo —dijo desviando
brevemente la mirada hacia Elisha, —es un peligroso error.
—Bien —dijo
Flavia. —El Príncipe Vargoss me ordenó que te vigilara, McCann. No me dijo nada
sobre volver a casa si decidías hacer un viaje. Quiere destruir a la Muerte
Roja, igual que yo. Dudo que ponga objeciones si te acompaño.
—¿Por qué no?
—dijo Elisha. —¿Juega alguno de ustedes al ajedrez?
—Creo que ya
está decidido —dijo McCann. —Sólo nos queda encontrar un medio de transporte.
Cruzar el océano acompañado por varios vampiros presenta algunos pequeños
problemas logísticos.
—Algunas
dificultades son más fáciles de resolver que otras —sonrió Madeleine. —Mi clan
controla varias compañías de transportes. Si a usted y a Elisha no les importan
los horarios vampíricos, puedo conseguir transporte en un carguero pensado
especialmente para vampiros y ghouls. No es tan rápido como el avión, pero sí
mucho más seguro.
—Llevo tanto
tiempo trabajando de noche que ya no recuerdo cómo es el sol —dijo McCann.
—Pero consígueme un camarote privado. Me gusta la intimidad.
—¿No quieres
compañía, McCann? —preguntó Flavia lamiéndose los labios de forma sensual.
—Piensa en lo bien que nos lo podríamos pasar juntos.
McCann negó
con la cabeza. —Viva o muerta, eres demasiado para mí, Flavia. Prefiero ir
solo.
El Ángel
Oscuro asintió. —Por preguntar... —dijo con una risa. —Recuerda la oferta que
te hice en San Luis, McCann. Sigue en pie.
Madeleine
tenía una expresión confundida. —¿Oferta?
—Flavia está
convencida de saber un profundo y oscuro secreto sobre mí —dijo el detective.
Parecía pasarlo bien. —Le molesta que me niegue a confirmar o a negar sus
sospechas.
McCann rió.
—La vida es una mascarada en muchos ámbitos diferentes. Flavia quiere conocer
la verdad que se oculta tras mi máscara. —La voz del detective sonaba extraña,
casi amenazadora. —Pero hay misterios que es mejor no revelar... a nadie.
CAPÍTULO 10
San Luis: 29
de marzo de ¡994
Jack Darrow
leyó tres veces el fax procedente de Sicilia. Después, cuidadosamente, arrojó
el papel a las llamas y observó cómo ardía hasta consumirse totalmente. Removió
las cenizas grises y las convirtió en polvo. Abrió la puerta de su apartamento
y arrojó los restos al viento de la noche. La magia podía hacer cosas
sorprendentes, pero hasta la hechicería tenía sus límites. Darrow no había sido
agente de la Mafia sirviendo a un príncipe de la Camarilla sin ser muy
cuidadoso.
Los contenidos
de la misiva eran breves y concisos. Don Lazzari, el fiel lugarteniente de Don
Caravelli, líder de la Mafia, había sido destruido por Madeleine Giovanni, la
Némesis de la organización. El Capo de Capi no estaba contento, especialmente
porque Madeleine había estado trabajando sola en América mientras Lazzari
disponía de toda la cooperación del Sindicato del Crimen de la Costa Este.
Aunque el fax
no decía nada definitivo, Darrow no era idiota y sabía leer entre líneas. Don
Caravelli estaba preocupado. Durante casi un siglo, Madeleine Giovanni había
estado detrás de su cabeza. Era como una de las Furias: persistente,
infatigable e implacable. No había modo de alejarla de su venganza. Respaldada
por los increíbles recursos del clan Giovanni, la cazadora perseguía
constantemente al Capo de Capi, que cada vez estaba más desesperado. Sabía que,
antes o después, Madeleine le atraparía, y a pesar de su reputación mortal el
Jefe de Jefes sabía que no era rival para la Daga de los Giovanni.
El fax
describía una oferta que Don Lazzari había llevado a los Estados
Unidos. Aquel que matara a Madeleine Giovanni se convertiría en señor del Mafia
del país y tendría la oportunidad de bajar su generación mediante la diablerie.
Era un gran regalo, una oferta que dejaba claro lo desesperado que Caravelli
había estado cuando envió a su lugarteniente a supervisar la operación. Sin
embargo, eso no había salvado a Lazzari de la Muerte Definitiva. A pesar
de su generosidad, nadie había aceptado la oferta. Hasta los Caitiff más
estúpidos conocían la diferencia entre la ambición y el suicidio.
Enfrentado a
la muerte de su agente y atado por un inflexible código de honor, Don Caravelli
había aumentado la apuesta. Una sola frase describía los increíbles detalles, y
aunque el papel había sido consumido por las llamas, las palabras estaban
grabadas en su memoria.
Aquel que
elimine a Madeleine Giovanni se convertirá en Maestro de la Caza de la Mafia.
Por tradición
de la organización, el Maestro de la Caza era el vampiro a cargo de las
operaciones. Se trataba del cargo de más poder después del de Capo de Capi. El
Vástago que lo ostentaba era visto como el sucesor lógico del Jefe en caso de
muerte o destrucción de éste. En aquel momento el cargo estaba vacante. El
anterior Cazador había cometido el error de creerse el igual de su líder, y Don
Caravelli le había corregido... permanentemente. No había habido Maestro de la
Caza desde hacía casi veinte años. Que Don Caravelli estuviera dispuesto a
nombrar uno nuevo indicaba claramente hasta qué punto temía a su enemiga.
Darrow sacudió
la cabeza y trató de controlar sus ambiciones. Era hora de ponerse en marcha.
En media hora tenía una cita con el Príncipe Vargoss, y no se atrevía a llegar
tarde.
Vargoss había
experimentado un sorprendente cambio de personalidad a lo largo de la última
semana. Había desaparecido su modo relajado y abierto de tratar con los suyos.
Se había convertido en un tirano duro y sádico capaz de volverse contra un
súbdito leal ante la menor infracción. Darrow creía estar caminando por la
cuerda floja con un pozo de lava ardiente bajo sus pies.
El príncipe ya
no confiaba en sus consejeros. Darrow había sido relegado rápidamente a la
posición de guardaespaldas ocasional y lacayo. Vargoss prefería su
independencia y no confiaba en nadie. Aparecía en el club a horas extrañas y
conducía los asuntos de la ciudad según su humor... cuando lo hacía. Nadie se
atrevía a discutir con él, y los pocos que habían osado levantarle la voz para
disentir habían desaparecido misteriosamente. El recuerdo de la ejecución de
Carafea estaba demasiado fresco en la mente de todos como para hacer preguntas.
Darrow tenía
sus sospechas, pero no las compartía con nadie. Sabía que era casi imposible
igualar el poder de Vargoss, pero lo que el Brujah carecía en fuerza lo suplía
con astucia.
Llegó al local
diez minutos antes de lo previsto. Aunque no era una noche importante, el lugar
estaba atestado No había sitio donde aparcar, pero Darrow condujo hacia la zona
de descarga de mercancías. Sospechaba que Vargoss se sentiría extraordinariamente
molesto si llegara tarde a aquella reunión en particular.
El tiempo
pasaba poco a poco. Cada pocos segundos, Darrow comprobaba el reloj del
salpicadero. No había señal del príncipe, aunque los minutos se acercaban cada
vez más a la medianoche. El guardaespaldas esperó nervioso. Las instrucciones
de Vargoss habían sido claras. Tenía que estar en la puerta trasera del local
exactamente a medianoche y no tenía que mencionar el encuentro con nadie.
También tenía que llevar varias latas llenas de gasolina.
—Llegas pronto
—dijo una voz desde el asiento trasero del coche. —Eso es algo que me gusta de
ti, Darrow. No tomas riesgos innecesarios retrasándote.
El
guardaespaldas se tensó sorprendido. Ninguna de las puertas se habían abierto,
pero de algún modo el príncipe se encontraba sentado a su espalda. El Brujah
estaba convencido de que Vargoss no había estado ahí hacía unos segundos. Había
aparecido de la nada, y aquel era un poder que nunca antes había demostrado
tener.
—Hago lo que
se me dice, mi príncipe —respondió, manteniendo la voz tan calmada como era
posible. —Ya lo sabes. Sigo las instrucciones al pie de la letra, sean las que
sean. Soy tu fiel servidor.
—Eres un
vampiro sin moral y sin convicciones firmes, Darrow —rió Vargoss, —pero no te
preocupes. Me gusta eso en mis ayudantes. Tienes ambiciones y estás dispuesto a
hacer lo que sea necesario para alcanzar tus metas. ¿No es cierto?
—Ha dado en el
clavo, mi príncipe —respondió. —Ya estoy condenado, así que no creo que nada de
lo que haga ahora me vaya a joder mucho en el más allá. No creo que haya perdón
para nosotros al otro lado.
—Un modo
pragmático de ver el mundo —dijo Vargoss. —Es refrescante si se compara con el
enfermizo código de honor de los Assamitas y otros similares. Por supuesto,
hablar es fácil. Las palabras no son nada sin la acción. Darrow, creo que esta
noche será el momento de que demuestres lo que dices.
—No estoy
seguro de entenderte, mi príncipe —dijo Darrow.
—La próxima
semana se celebrará un importante cónclave en Europa —dijo Vargoss. —Los
antiguos de la Camarilla van a discutir el asunto de la Muerte Roja, y como
primer objetivo del monstruo seré llamado a declarar ante tan augusta
concurrencia.
El príncipe
volvió a reír con un tono desagradable. —Hará falta algo más que mi historia
para convencer a los señores de la Camarilla de que es necesario tomar medidas
severas para encargarse de la amenaza. La muerte de unos cuantos Vástagos
menores no es una preocupación para Cainitas tan dignos.
—Hubo otros
ataques —dijo Darrow, —y el asalto del Sabbat contra Washington.
—Es cierto
—dijo Vargoss, —pero asume que creen que la Muerte Roja estuvo involucrada de
algún modo en la guerra de sangre. Son muchos los que opinan que el ataque
estuvo motivado únicamente por las ambiciones de la arzobispo de Nueva York, y
que ésta fue frustrada por la reaparición de Melinda Galbraith. Los antiguos de
la Camarilla tienen opiniones firmes. Hará falta algo importante para hacerles
cambiar de idea. A pesar de todo lo que ha sucedido, temo que decidan no hacer
nada. Lo único que harán contra ese monstruo es quedarse quietos.
—No parece que
podamos hacer nada al respecto, mi príncipe —dijo Darrow.
—Al contrario
—respondió Vargoss. —Podemos hacer algo muy sencillo. ¿Has traído los tanques
de gasolina que te ordené?
—Ahí están
—dijo Darrow entrecerrando los ojos incrédulo. —¿Cuál es tu plan?
—La Muerte
Roja empleó un fuego infernal para destruir a sus víctimas —dijo Vargoss. —Sin
embargo, la mayoría de sus ataques atraían poco la atención. Se concentraban en
los Vástagos, no en el ganado. Las historias fueron acalladas.
El príncipe se
mantenía sereno mientras explicaba su diabólico plan. —La Camarilla trata de
mantener la Mascarada a toda costa, y hará lo que sea para proteger los
secretos de los Vástagos. Un incendio devastador con bajas mortales que atraiga
la atención de todo el país obligaría a los antiguos a actuar.
Darrow no era
un idiota. —¿Estás proponiendo incendiar el local para culpar a la Muerte Roja?
Vargoss se
limitó a sonreír.
—El edificio
no arderá —dijo Darrow. —Esta protegido por todo tipo de conjuros para asegurar
que nada como eso pueda suceder.
—Encantamientos
menores —dijo el príncipe abriendo la puerta trasera del coche. —Son fáciles de
neutralizar.
La mirada de
Vargoss perforó la espalda de Darrow. —¿Estás conmigo o no?
El Brujah
sabía que negarse era firmar su sentencia de muerte. El Club Diabolique iba a
ser destruido, con o sin su colaboración. Aunque evitaba los derramamientos de
sangre innecesarios siempre que era posible, su existencia importaba mucho más
que sus escrúpulos. —Por lo que a mí respecta, mi príncipe, si quieres este
puto lugar reducido a cenizas eso es lo que tendrás.
—Una sabia
decisión —respondió Vargoss. —No esperaba menos. Coge la gasolina y viértela en
las puertas y las ventanas. Si es posible, bloquea la entrada y las salidas de
emergencia desde el exterior. —El príncipe mostró una sonrisa mortal. —Cuantos
menos supervivientes haya, mejor. Cuantos más muertos haya, mayores serán los
titulares.
Darrow hizo lo
que se le ordenó. En el interior del club, la música atronaba con intensidad
despiadada. El grupo goth que estaba tocando se llamaba Descenso
hacia el Maelstrom. Darrow estimaba que habría al menos trescientos humanos.
Arriba, en el local especial, habría unos doce vampiros. Si las llamas se
extendían rápidamente no había muchas posibilidades de que hubiera demasiados
supervivientes.
—Ya está hecho
—informó al príncipe quince minutos después. —El lugar está listo para
explotar. Solo hace falta una cerilla.
—Arranca el
coche —dijo Vargoss. —Me reuniré contigo en unos momentos. Será mejor que no
andemos cerca cuando empiece el fuego.
Asintiendo,
Darrow se subió al coche y arrancó el motor. A través del parabrisas podía ver
al príncipe Vargoss extender sus brazos hacia el rastro de gasolina. Se había
quitado los guantes de seda blanca para revelar una manos largas y esbeltas.
Las puntas de sus dedos brillaban bajo la luz de la luna con un rojo
sangriento.
CAPÍTULO 11
Sicilia: 29 de
marzo de 1994
Don Caravelli,
Capo de Capi de la Mafia, estaba sentado solo en su estudio. Sobre su
escritorio, sin leer, había numerosos despachos e informes sobre las
actividades de la organización en cien ciudades diferentes. No estaba de humor
para trabajar.
El muro a su
espalda estaba cubierto de armas de filo. Había decenas de espadas de todo
tipo: largas, cortas, anchas, estoques, de cobre, de hierro y del mejor acero
toledano. Entre ellas había varias dagas. La colección incluía cuchillos del
Paleolítico tallados toscamente en piedra y madera, delicadas dagas curvas de
los guerreros del Islam y puñales increíblemente afilados del Renacimiento
italiano con compartimentos secretos en la empuñadura para ocultar veneno.
Las hachas de
uno o dos filos también tenían su lugar, igual que las lanzas y las picas.
Había incluso una sección con hoces y guadañas. No faltaba ninguna arma de filo
a este lado de la muerte.
En vida, Don
Caravelli había sido famoso en toda Italia como el mejor duelista de su tiempo.
Como ocurría con muchos Vástagos, con la muerte sus habilidades se habían
multiplicado. Junto con Salaq Quadim, maestro de armas de los asesinos
Assamitas, Don Caravelli estaba considerado como el mejor espadachín del mundo.
El Capo de Capi no había heredado su posición en la Mafia, sino que se había
labrado su camino hasta la cima con la sangre de sus superiores. Era un
estudioso de Maquiavelo que creía en una verdad: como líder, es mejor ser
temido que ser amado.
Durante más de
cien años había sido el líder indiscutible de la organización. Bajo su guía, la
Mafia había pasado de ser un grupo disperso de bandidos y vampiros sicilianos a
convertirse en la organización ilegal más poderosa del mundo. Tanto la Camarilla
como el Sabbat le trataban con respeto, y sus órdenes eran obedecidas por
príncipes y arzobispos por igual. Sólo una persona le desafiaba: Madeleine
Giovanni. Era su Némesis. Temía que fuera su destrucción.
La asesina
Giovanni había matado a Don Lazzari y se había atrevido a enviarle la noticia
mediante un mensajero. Don Caravelli gruñó al pensar en el comunicado. En un
ataque de furia, había entregado a Tony Blanchard a sus guardias para que se
divirtieran. La muerte del jefe del Sindicato había sido terrible, pero
pensándolo con cuidado comprendía que había actuado exactamente como Madeleine
esperaba. Daba igual. La muerte del ganado no era importante, aunque hubiera
sido la de uno de sus aliados. Los hombres vivían y morían, pero la Mafia
resistía.
El picaporte
de la puerta del fondo del estudio giró. Los ojos de Caravelli se entornaron
sorprendidos: nadie entraba en su sanctum interior sin su permiso. Hacerlo
significaba ser crucificado para recibir la Muerte Definitiva con el amanecer.
Inclinándose en la silla, alcanzó con gesto despreocupado un hacha de batalla
noruega de doble filo. La enorme arma, coronada por una punta metálica, estaba
pensada para utilizarse con dos manos. La levantó de su lugar en el expositor y
la depositó sobre la mesa. Le gustaba estar preparado ante el invitado
inesperado.
La puerta se
abrió, revelando a una mujer. Estaba inmóvil, como si esperara una invitación.
Aunque estaba preparado para cualquier traición, le sorprendió que fuera una
mujer. Vestía una larga capa con capucha que ocultaba sus rasgos en las
sombras. En la mano izquierda sostenía un bastón de madera cuidadosamente
ornamentado. La presencia del talismán místico la identificaba como una maga,
pero era imposible confundirla con una mortal. Era miembro de los Vástagos, y
de algún modo había llegado sin ser detectada hasta el corazón de su fortaleza.
El Capo se
puso en pie, aunque conservó una mano sobre el mango del hacha. —Entra, por
favor —dijo suavemente. —Soy Don Caravelli. ¿Me estabas buscando?
—Por supuesto
—dijo la extraña entrando en la habitación. La puerta se cerró en silencio a su
espalda. Con un gesto de la cabeza echó hacia atrás la capucha, revelando el
rostro de una joven atractiva. Sin embargo, Caravelli no estaba interesado en
su piel blanca ni en su cabello espeso y rubio recogido en trenzas que caían
hasta la cintura. —Era su poderosa sangre lo que le atraía, así como el fuego
interior que brillaba tras sus ojos azules.
—Soy Elaine de
Calinot —anunció. —Supongo que habrás oído hablar de mí.
—¿Y quién no
lo ha hecho entre los Vástagos? —respondió el hombre educadamente. Hizo un
gesto con la mano hacia la silla que había frente al escritorio, pero no soltó
la empuñadura del arma. —Tu fama te precede, igual que las historias sobre tu
belleza. Me honra la visita de un miembro del Consejo Interior de Tremeré.
—Mi presencia
aquí es un secreto que sólo compartimos nosotros dos —dijo Elaine. —Etrius y el
resto del Consejo no saben que he venido a verte, ni deben saberlo. Nadie en
esta ciudadela es consciente de mi presencia y nadie me verá marchar. Creo que
es lo mejor.
Don Caravelli
asintió. —Como desees.
Elaine sonrió.
—Gracias. Estoy segura de que no te importará que las cámaras ocultas que
vigilan esta estancia ya no funcionen, así como los micrófonos embebidos en las
paredes.
El Capo de la
Mafia torció al gesto. —Debo admitir que son una pérdida de tiempo y dinero.
Todos los invitados que poseen tu poder las sienten inmediatamente y las
desactivan —rió. —Mis cintas más interesantes están en blanco.
—Somos una
raza secretista —dijo Elaine. —Puede que sea un rasgo que heredamos de Caín, el
maestro de los secretos.
—Puede ser
—dijo Don Caravelli. —Yo sospecho que es más el resultado de cientos de años de
traiciones, dobles juegos y puñaladas por la espalda.
—Cierto
—respondió Elaine. —Estoy segura de que te preguntas por qué he venido de este
modo.
El Jefe negó
con la cabeza. —Hace tiempo que no me preocupo por esas cosas. Mis invitados
suelen revelarme sus motivos sin tener que adivinarlos. No eres el primer
antiguo de los clanes que visita mi ciudadela, y estoy seguro de que no serás
la última.
Estoy
interesada en formar una alianza —dijo Elaine. —Mi control sobre el clan
Tremeré es casi completo, y una vez lo haya asegurado eres la elección evidente
para ayudarme a alcanzar mi objetivo definitivo: el dominio total de todos los
Vástagos. Como aliados, los Tremeré y la Mafia podríamos ser la fuerza más
poderosa del mundo. Juntos podremos gobernar la Camarilla y exterminar a los
problemáticos rebeldes del Sabbat.
—Siempre
estarán los Giovanni —dijo Don Caravelli. —No están alineados con secta alguna,
y su ambición es tan grande como la tuya.
—Encargarnos
de esas abominaciones será un juego de niños —dijo Elaine, —una vez la
Camarilla y el Sabbat estén bajo nuestras botas. Hasta el Inconnu tendrá que
plegarse a nosotros o ser destruido.
—Eres
ambiciosa —dijo Don Caravelli, —como casi todos los antiguos. Yo también tengo
mis objetivos. ¿Qué te hace pensar que tendrás éxito cuando tantos otros han
fallado? Hace muy poco, uno de los tuyos trató de exterminar a toda la raza
vampírica y devolver la magia al mundo. Fue un plan insensato que estuvo a
punto de triunfar gracias a la ayuda de poderes innombrables. Sin embargo,
terminó siendo derrotado y destruido.
—Tengo aliados
extremadamente poderosos —dijo Elaine. —Aliados impíos, mucho más fuertes
todavía que las fuerzas del infierno. Su poder, unido al mío, me hace
prácticamente invencible.
—Prácticamente
invencible —repitió Don Caravelli, haciendo hincapié en la primera palabra.
—Igual que
tengo aliados poderosos —siguió la mujer, —tengo grandes enemigos. Lameth, el
Mesías Oscuro, está contra mí. Igual que Anis, Reina de la Noche.
—¿Lameth y
Anis? —dijo Don Caravelli. —Creí que eran leyendas. Es deprimente descubrir que
son reales.
—Son muy
reales —respondió Elaine, —y disponen de grandes poderes. Sin embargo, dependen
de avalares humanos para desarrollar sus planes. Destruir a los Matusalenes
puede ser imposible, pero no acabar con sus marionetas.
—Si eso es
cierto, es interesante —dijo el Jefe. —Admito sentirme tentado. Sin embargo, no
he sido Capo de Capi de la Mafia durante más de un siglo asumiendo riesgos
innecesarios.
—El agente
mortal de Lameth es un hombre llamado Diré McCann —dijo Elaine.
—He oído el
nombre —respondió apretando la empuñadura del hacha.
—McCann es un
detective mortal con dos guardaespaldas — siguió Elaine. —Una es una Assamita
conocida como Flavia, el Ángel Oscuro. La otra es Madeleine Giovanni.
—Qué
complicada red teje el destino —dijo Don Caravelli soltando el arma. —Creo que
tenemos un trato. Si yo me encargo de McCann, tus aliados dispondrán de sus
protectoras.
—Por supuesto
—dijo Elaine. —Creí que la idea te interesaría.
—Aliados
impíos —dijo el Capo de Capi. —Me gusta esa expresión. Nos cuadra muy bien a
los dos. —Se detuvo unos instantes. —Dijiste que esas entidades que te
proporcionan ayuda son más poderosas que los demonios. No conozco a tales
criaturas.
¿Cómo se
llaman?
—Son seres
compuestos por completo de llamas inteligentes —dijo Elaine de Calinot. —Son
los Sheddim.
CAPÍTULO 12
El Océano
Atlántico: 29 de marzo de 1994
Diré McCann se
encontraba apoyado en la barandilla de la cubierta superior del crucero Demeter.
La noche era plácida y el mar estaba en calma. Observaba el océano. La luz
de la luna dibujaba extrañas figuras con su sombra, retorciéndola en extrañas
formas sobre la cubierta. Los ojos del detective, melancólicos y oscuros,
contemplaban la superficie mientras pensaba en acontecimientos muy lejanos.
Moviéndose en
silencio, una forma oscura surgió de la puerta que comunicaba la cubierta con
el vestíbulo. Mientras se acercaba a McCann, la sombra cobró sustancia y forma.
Era Madeleine Giovanni, vestida como siempre con un vestido negro corto, medias
y tacones del mismo color y un collar de plata alrededor del cuello.
—¿Comulga con
el mar, señor McCann? —preguntó con curiosidad. —Nunca le hubiera imaginado
como un marinero.
—El océano es
eterno —dijo sin volverse. —Está escrito en la Biblia: El
Hombre viene y va, pero la Tierra permanece. Lo mismo ocurre con las aguas.
Al principio, Dios creó los cielos y las aguas. La tierra vino después. El
hombre, y por tanto los Vástagos, llegaron más tarde. Nuestra presencia no
tiene importancia.
—Habla como mi
abuelo —dijo Madeleine. —Cuando los negocios se complican, Pietro observa la
ciudad y expresa ideas similares.
McCann sonrió.
—Hace muchos años tu sire y yo pasamos varios días debatiendo sobre el destino
del universo. Terminamos decidiendo que ni siquiera los Condenados, en su
arrogancia cósmica, conocían los secretos del Creador. —Rió. —No fue una
respuesta que a ninguno de los dos nos gustara aceptar.
—¿Hace mucho
que conoce a mi abuelo? —preguntó Madeleine.
El detective
se volvió hacia ella. Su expresión era inescrutable, pero parecía interesado.
—Hace mucho tiempo.
Madeleine
frunció el ceño. —Tiene el molesto hábito de evitar las respuestas directas,
señor McCann. Lo encuentro muy frustrante.
—Sospecho —rió
el detective, —que nuestro amigo Elisha podría decir lo mismo de ti. ¿Dónde
está, por cierto?
—Dentro, en la
cubierta principal —dijo Madeleine. —Se siente fascinado por el Demeter y sus
pasajeros. Creo que está con Flavia. Una loca Malkavian llamada Molly les está
echando las cartas.
Madeleine
sacudió la cabeza consternada. —Elisha no sabía que había barcos enteros
dedicados a los asuntos de los vampiros y sus ghouls. A pesar de todo su
conocimiento sobre el funcionamiento del universo, es increíblemente ingenuo.
—Aprende
rápido —dijo McCann. —No subestimes la habilidad de unir los hechos para llegar
a una conclusión correcta. Cualquiera que estudie con Moisés Maimónides es
especial.
Madeleine
asintió. —Lo comprendí en cuanto le conocí. Elisha arde con energía pura.
Cuando sea más viejo y sabio, los demás magos temblarán al oír su nombre.
—No será
demasiado popular entre determinados grupos — dijo McCann. —La Tecnocracia
destruye todo aquello que no puede controlar. La magia le es inaceptable, a no
ser que se disfrace como ciencia. Algún día Elisha llamará su atención y los
Hombres de Negro irán en su busca.
Los ojos de
Madeleine se entrecerraron. —Los Nefandos, los renegados salvajes que sirven a
los monstruos de la Umbra Profunda, también le temerán. Odian a cualquiera que
se oponga al caos absoluto.
—Parece que le
vendrá bien un guardaespaldas —dijo McCann. —Un compañero de confianza que le
proteja.
—Soy la Daga
de los Giovanni —dijo Madeleine con voz fría y desprovista de emoción. —Existo
para servir a mi sire y a mi clan.
—Él podría
hacerte mortal de nuevo —dijo McCann con tono neutro.
—¿Qué? —dijo
Madeleine sorprendida.
—Rambam conoce
un hechizo de transformación —dijo el detective. —Lo ha empleado al menos una
vez en el pasado, y estoy seguro de que se lo enseñaría a Elisha si éste se lo
pidiera.
—Basta de
tonterías —dijo Madeleine enfadada. —No quiero oír nada más.
—Como quieras.
Sólo creí que podrías considerar esa información interesante.
—Y distraerme
completamente de lo que vine a preguntarle en un principio —dijo Madeleine
exasperada. —Creo, señor McCann, que disfruta jugando a estos juegos con
cualquiera con el que se encuentra.
El detective
volvió a observar el océano. —Déjame decir algo —dijo tras unos momentos de
silencio. —Presta atención, pero no respondas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo
—respondió Madeleine instantáneamente.
—¿Supones
—preguntó con una extraña voz distante, —supones por un
momento que un ser racional puede sobrevivir siete mil años conservando la
cordura si no tiene un cierto sentido del humor?
—N-nunca había
pensado en ello —dijo Madeleine, momentáneamente confundida.
—Muy pocos lo
hacen —dijo McCann. —Piensa durante un tiempo en la idea y considera el tema
zanjado de momento. Dijiste que habías venido a preguntarme algo. ¿Qué era?
—Elisha me
dijo por qué había venido a verle a América — dijo. —No veía el sentido de
mantenerlo en secreto. Me preguntaba si sabe lo que Rambam considera tan
desesperadamente importante como para tener que hablarlo en persona.
—Quiere
decirme la verdad sobre los Hijos de la Noche del Terror —dijo el detective.
—Sospecho que las noticias no serán especialmente alentadoras, pero no podemos
evitarlas.
—¿Quiénes son?
—preguntó Madeleine. —No recuerdo haber oído antes ese nombre. ¿Me equivoco si
supongo que están relacionados de algún modo con la Muerte Roja?
—La primera
vez que me encontré con el monstruo descubrí que empleaba una disciplina
desconocida, Cuerpo de Fuego, para transformar todo su ser en
una masa de llamas vivientes. El proceso precisaba de varios Vástagos
trabajando juntos para elaborar los rituales necesarios. Al principio creí que
la magia afectaba a un solo vampiro, pero no fue hasta el combate en el Depósito
de la Armada que comprendí que el rito afectaba a todos los participantes. Son
los Hijos de la Noche del Terror, la progenie de la Muerte Roja.
—La idea de
que haya toda una línea de sangre de vampiros capaces de convertirse en fuego
infernal y destruir a los demás con un simple toque es terrorífica —dijo
Madeleine.
—Los Vástagos
llevan cien siglos existiendo —respondió McCann. —Sé más que la mayoría sobre
su historia, pero a pesar de todos mis estudios nunca he encontrado una
disciplina conocida como Cuerpo de Fuego. Eso es lo que me
preocupa.
—La Muerte
Roja ha desviado gran parte de su atención hacia tu destrucción y la de Alicia
Varney —dijo Madeleine. — ¿Qué hace que dos mortales sean tan peligrosos para
un monstruo como ese?
McCann negó
con la cabeza. —No lo sé. Alicia, La Muerte Roja y yo estamos enlazados de
algún modo. La criatura nos considera la única amenaza posible para sus planes,
y debe haber un motivo. Cuando descubra el elemento invisible que nos une
comprenderé finalmente los secretos más profundos de la Muerte Roja.
—¿Y qué
sucederá entonces?
—Entonces
—dijo McCann con una voz que apenas era humana, —el espectro descubrirá que no
es posible huir de la furia de Lameth, el Mesías Oscuro.
CAPÍTULO 13
Tel Aviv,
Israel: 31 de marzo de 1994
Siete personas
se reunieron alrededor de la mesa del comedor de la casa de Moisés Maimónides
cuando el reloj dio las once. Las presentaciones ya estaban hechas y era el
momento de hablar de asuntos serios. Habían decidido rápidamente que eran
demasiados para la biblioteca, y ninguno temía por su seguridad.
Rambam se
sentó en la cabecera de la mesa. A su izquierda se sentaba el hombre pequeño y
de cabello canoso llamado Ezra. A la derecha de Rambam estaba la maga Judith.
Antes de la reunión se les había dicho que Simón no podría asistir debido a los
conflictos en Alemania.
Justo enfrente
de Maimónides estaba Diré McCann, flanqueado a su derecha por Flavia y a su
izquierda por Madeleine Giovanni. Elisha estaba entre esta última y Judith. La
silla frente a él estaba vacía.
—Gracias por
aceptar mi invitación —dijo Rambam. —Te agradezco que hayas hecho el viaje con
tanta premura. Eres bienvenido a mi hogar, igual que tus dos compañeras.
El viejo mago
sonrió. —Cuando le dije a Elisha que te encontrara no esperaba que volviera con
una multitud.
—Los peligros
de la popularidad, supongo —dijo McCann. — Las dos me sirven como
guardaespaldas y se niegan a dejarme viajar sin protección. Lo que tengas que
decirme pueden oírlo sin ninguna reserva. Confío en su discreción.
—Como desees
—dijo Rambam. —Ya conoces a mis asociados, Ezra y Judith.
El detective
asintió.—Conozco su reputación, aunque los nombres pueden cambiar. Es un honor
estar entre magos tan distinguidos.
Ezra gruñó
algo incomprensible tras su espesa barba. Judith suspiró resignada. —Hablo por
mi hermano y por mí —declaró, —al daros la bienvenida a esta reunión.
Elisha abrió
la boca asombrado, pero la cerró rápidamente. Nunca hubiera dicho que los dos
magos estuvieran emparentados.
—Basta de
naderías —gruñó Ezra. —Hemos venido aquí a hablar sobre la Muerte Roja. Vamos a
ello.
Diré McCann
cruzó los brazos sobre el pecho. —Estoy de acuerdo. Elisha dejó claro que crees
que ese monstruo es una amenaza tanto para los Vástagos como para los mortales.
Me preocupa la supervivencia de ambas razas, así que podemos empezar a hablar.
—Para
comprender totalmente la amenaza que la Muerte Roja representa —dijo Rambam,
—debemos indagar en los más oscuros secretos del libro místico conocido como La
Kabbalah. Allí, ocultas en un lenguaje tan oscuro que solo los eruditos más
decididos pueden desvelarlas, se encuentran las verdades básicas sobre el mundo
y su creación.
—Seth
—interrumpió Ezra, —el tercer hijo de Adán y Eva, fue el primer mago. Aprendió
los secretos de su padre, que a su vez los había recibido del Arcángel Gabriel.
A lo largo de los milenios los diálogos sagrados de Seth, los hokmah
nistarah, han pasado de un mago a otro hasta ser transcritos por el
estudioso del ocultismo Moisés de León en El Zohar, la base de lo que se
convertiría en La Kabbalah.
Una extraña
mirada cruzó el rostro de Diré McCann. Sus ojos se abrieron, como si vieran
algo en la estancia invisible para todos los demás. —Seth fue el primer mago,
pero igualmente importante para los Cainitas, fue el primer ghoul. Era el
sirviente de Caín. Desapareció cuando Enoch, la Primera Ciudad, fue destruida.
El detective
observó a Maimónides. Elisha, sensible a los hábitos de su maestro, vio cómo
Rambam inclinaba la cabeza respondiendo a una pregunta silenciosa.
—No me extraña
que pareciera tan familiar—murmuró McCann. Entonces sacudió la cabeza para
aclarar las ideas. —Según la tradición Cainita, los diálogos de Seth formaban
parte del Libro de Nod, pero esos capítulos llevan perdidos
miles de años.
—Por desgracia
—dijo Rambam, —fueron recuperados por el ser que se hace llamar la Muerte Roja.
Pero me estoy adelantando. Por favor, dejadme continuar o no tendrá sentido.
—Basta de
divagaciones, Ezra, o nos pasaremos aquí toda la noche —dijo Judith.
—Mis disculpas
—gruñó el mago con un tono de voz que indicaba que no lo lamentaba en absoluto.
—Pon a tres filósofos en una habitación y tendrás tres versiones diferentes de
la misma historia.
—En el
comienzo, Dios dijo "Hágase la luz", y la luz se hizo —dijo Rambam.
—Después creó los cielos y la tierra. Sin embargo, si había necesidad de luz es
que antes existían las tinieblas. ¿Por qué tinieblas? La respuesta es sencilla:
antes de nuestro mundo había otros. Nuestro universo no fue el primero creado
por Dios. Ha habido otras esferas. Cuántas, no lo sabemos. Gabriel no se lo
llegó a revelar a Seth. Existían, pero fueron destruidas, bien por Dios, bien
por sus moradores.
—¿Moradores?
—preguntó Elisha. —¿Existía gente antes de nuestro mundo?
—Moradores
sí—dijo Rambam. —Gente no. Dios, en su infinita sabiduría, creó a los
habitantes de cada esfera a su imagen y semejanza. Sin embargo, como el Señor
es Todopoderoso, las formas de esos seres no eran iguales que las nuestras. Ni
siquiera su sustancia.
—¿La
sustancia? —preguntó Madeleine Giovanni. —¿Eran fantasmas?
—Los seres que
habitan este plano de la existencia, la dimensión material, tienen forma
—respondió Rambam. —Humanos, Vástagos, Garou, todos son criaturas de carne y
sangre. Los demonios y las hadas son iguales, cuando se manifiestan y adoptan
forma física. Hasta los habitantes de la Umbra, creaciones de energía psíquica,
y los fantasmas, espíritus de los muertos, tienen presencias tangibles en
nuestro mundo. En las esferas de la realidad que existieron antes de la nuestra
no siempre era así.
—Las esferas
rotas —dijo McCann suavemente.
—Ese es el
nombre que se da a aquellos primeros universos — dijo Rambam. —Pues aunque
fueron destruidos, nada de lo que creó Dios y que fue tocado por su presencia
puede ser totalmente aniquilado. Fuera de nuestro universo aún existen
fragmentos de esas otras realidades, y habitando en ellos hay criaturas
totalmente ajenas a nuestra dimensión.
—Estoy
comenzando a tener una sensación muy desagradable sobre todo este asunto —dijo
McCann.
—Las noticias
—dijo Judith con rostro serio, —son mucho peores de lo que puedas imaginar.
—Nuestra
realidad y la de las esferas rotas no entran en contacto —siguió Rambam. —Los
universos no tienen puntos en común, por lo que es imposible viajar entre
nuestro mundo y los que existieron. Sin embargo, empleando el ritual adecuado
un habitante de un plano puede ser transportado a
otro.
—¿Por qué?
—preguntó Madeleine. —¿Porqué se arriesgaría nadie a algo así? Los riesgos
asociados con un hechizo así deben ser enormes.
—Hay criaturas
para las que ningún riesgo es suficiente — respondió Rambam. —¿Quién está
dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguir poder?
—La Muerte
Roja —dijo McCann.
—El Vástago de
la Cuarta Generación que se hace llamar la Muerte Roja es un maquinador capaz
de ello. En su búsqueda del dominio total sobre la raza Cainita descubrió un
conjuro que le permitía entrar en contacto con los habitantes de las esferas
rotas. Eran seres de fuego viviente que le ofrecieron un trato. Las criaturas
ígneas querían acceder a nuestro mundo. No podían existir en este plano de la
realidad porque no tenían forma física. La Muerte Roja y su progenie, los Hijos
de la Noche del Terror, deseaban una disciplina que les permitieran eliminar a
todos aquellos que se opusieran a su conquista sobre los Vástagos. Las dos
fuerzas hicieron un trato y se convirtieron en compañeros de la destrucción.
—Aliados
impíos —dijo McCann, —en cuerpo y en mente.
—Cada miembro
de los Hijos de la Noche del Terror comparte su cuerpo con uno de los seres de
fuego. Al acceder a los poderes naturales del monstruo son capaces de
convertirse durante un tiempo en criaturas de llama viva. En esta forma son
casi indestructibles y capaces de sembrar la destrucción.
—Ahora
entiendo que la Muerte Roja aceptara el trato —dijo Flavia, interviniendo por
primera vez, —pero me pregunto qué ganan las criaturas de fuego con esta
alianza.
—Para eso os
hemos convocado aquí —dijo Judith. —La Muerte Roja es una amenaza para los
Vástagos, y nosotros no interferimos con los Hijos de Caín. Sin embargo, sus
diabólicos camaradas amenazan tanto a los vampiros como a la humanidad.
—Cada vez que
la Muerte Roja o su progenie usan su disciplina ígnea —declaró Rambam,
—refuerzan el control de los monstruos que comparten sus cuerpos. La Muerte
Roja cree que los seres de fuego se contentan con observar nuestro plano de la
existencia, pero no es así. Los monstruos están tomando el control de sus
huéspedes, lenta pero implacablemente. Unas cuantas transformaciones más y la
Muerte Roja y sus seguidores se convertirán en los monstruos.
—Y una vez
suceda —dijo Ezra sombrío, —una vez los horrores hayan puesto el pie en nuestro
universo, estamos convencidos de que serán capaces de transportar al resto de
los suyos desde las esferas rotas hasta nuestra realidad.
—Son criaturas
de fuego vivo que convertirán el mundo en un infierno —dijo Rambam. —El
infierno en la Tierra.
—¿Es posible
detenerles? —preguntó McCann.
—Aún hay
esperanza —siguió Rambam. —Los monstruos, al menos de momento, no pueden
existir sin la presencia física de sus huéspedes. Comparten su forma con los
Hijos de la Noche del Terror. Si sois capaces de destruir a la Muerte Roja y a
toda su progenie antes que de empleen el Cuerpo de Fuego las veces suficientes,
las criaturas también serán exterminadas.
—Las veces
suficientes —repitió Flavia. —¿Cuántas son?
—Lamento decir
que no lo sé —declaró Maimónides con mirada dubitativa.
—¿El destino
de nuestro mundo depende de que detengamos a la Muerte Roja y a sus compañeros
demoníacos y no estás seguro del tiempo que nos queda? —preguntó McCann. Si la
situación no fuera tan desesperada, lo encontraría hasta gracioso.
—¿Tienen
nombre esos monstruos de fuego? —preguntó Madeleine Giovanni.
—Son
habitantes de la más absoluta oscuridad —dijo Rambam. —Son conocidos como los Sheddim.
Descansando
sus grandes brazos sobre la mesa, McCann se inclinó hacia delante y recorrió a
los presentes con la mirada. — No parece que tengamos muchas opciones —dijo.
—Tenemos que destruir a la Muerte Roja y a los Hijos de la Noche del Terror, y
somos los únicos que tenemos alguna posibilidad de éxito.
—Parece que
las probabilidades están a su favor —dijo secamente Flavia.
—Nuestra
posición parece desesperada —añadió Madeleine Giovanni.
—Estoy de
acuerdo —respondió el detective. —Podemos quedarnos sentados y esperar el
Apocalipsis o hacer todo lo posible por impedirlo. No me gusta esperar. Nunca
me ha gustado y nunca me gustará. Pienso detener a la Muerte Roja o morir en el
intento.
—Siempre he
creído que las probabilidades en contra no son más que un reto —dijo Flavia.
—Pienso
exactamente lo mismo de las situaciones desesperadas —añadió Madeleine.
—Yo ayudaré
como mejor pueda —dijo Elisha.
—Como todos
nosotros —dijo Rambam señalando a sus compañeros.
McCann sonrió.
—La Muerte Roja y los Sheddim serán aliados impíos, pero
es posible que nosotros también lo seamos.
EPÍLOGO
En el
desierto, a pocos kilómetros de Tel Aviv, una enorme forma se movió bajo la luz
de la luna. Era un monstruo gigantesco de tres metros de altura, ojos
flamígeros y dos astas curvadas. Estaba de caza. Miles de años antes había sido
apresado bajo las arenas por un poderoso mago conocido como Salomón el Sabio.
Liberado milenios después, la criatura ansiaba venganza. Alzó la cabeza y buscó
con sus poderes psíquicos una mente con el poder de aquel que le condenó al
tormento. Después de varios segundos, Azazel gruñó satisfecho. Su enemigo se
encontraba muy cerca. Había llegado el momento de la venganza; se dirigió con
paso decidido hacia la casa de Moisés Maimónides.
Unos ojos
demoníacos de salvaje y espectral vivacidad me observaban desde mil direcciones
diferentes. Habían aparecido de la nada y brillaban con el fulgor de un fuego
que mi imaginación no podía considerar irreal.
"El Pozo
y el Péndulo"
Edgar Allan
Poe

No hay comentarios:
Publicar un comentario