© Libro N° 5603.
Recuerdos Del Camino. Charo Pérez De San Román, Carmen. Emancipación. Enero 26 de 2019.
Título original: © Recuerdos
Del Camino. Carmen Charo Pérez De San Román
Versión Original: © Recuerdos Del Camino. Carmen Charo Pérez De San
Román
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
Carmen
Charo Pérez De San Román
Numeraria del Opus Dei de 1972 a 1990
INDICE
1. Introducción
2. Infancia
3. Vocación - Centro de estudios
4. Valencia - Apostolado
5. La Administración
6. Etapa final: Murcia
INTRODUCCIÓN
Me llamo Carmen Charo Pérez de
San Román, fui numeraria desde agosto de 1972 hasta abril de 1990, en que
escribí una agradecida y cariñosísima carta de dimisión, sometida a la presión
y al engaño por la directora de la delegación de Valencia en ese momento.
Quiero dejar claras dos cosas:
El daño tan grande sufrido
durante los años de pertenencia a la obra (lo escribo con minúscula porque no
creo que se merezca más) se debe no sólo a la perversidad de dicha institución,
sino, y sobretodo, a la experiencia vivida en mi infancia. Verdaderamente ahí
está la raíz y el comienzo de todos mis malos pasos.
Esto no excluye de
responsabilidad ni de maldad al Opus Dei, del que sostengo que es perverso y
anticristiano.
Carmen Charo
Queridos
todos:
Os
hago llegar el testimonio de mi vida, desde mi infancia hasta mi salida de la
obra. Lo escribo con total sinceridad. Pretendo contar los sucesos y mis
vivencias tal y como los recuerdo. No pretendo ninguna revancha contra la obra,
ni justificarme yo, es más, creo que yo no quedo, muchas veces, precisamente
bien.
Escribo
para intentar entender, yo misma, qué pasó en mí para vivir tantos años
aniquilándome como persona.
Escribo
para unir mi testimonio al de tantos y demostrar que la obra no es una obra
divina, sino una gran mentira que me ha hecho gran daño a mí como a tantos
otros.
Escribo
para que mi experiencia pueda servir de ayuda a quienes están cerca del Opus
Dei y dudan.
Me
identifico con mi nombre y apellidos y doy también los nombres de los centros y
ciudades por donde pasé ya que no tengo por qué ocultar nada. No tengo miedo,
aunque sé que muchas personas han sufrido una persecución durísima.
Me
gustaría, con este testimonio unirme a una de las Orejas, Agustina, que ha
tenido que dar la cara por todos. Yo también quiero ponerme de pie y decir a
todo el que quiera escuchar, que aquí estoy, viva y bien viva, felicísima de
VIVIR y agradecida hasta el infinito de haberme marchado de ese Infierno, de
ese lugar de aniquilación que, para mí, ha sido el OPUS DEI.
Sin
semejante experiencia de muerte a todos los niveles, hoy me sería imposible
disfrutar de la vida como lo hago, poder intuir la hondura de la vida humana,
el valor de la persona, cualquier persona, comenzar a experimentar a Dios en
todo mi ser.
Queda
una tercera parte, la de mi renacimiento. Me está costando escribirla, ya que
yo he ido saliendo adelante por la propia vida, de la mano de Dios, sin la
ayuda de un análisis psicoterapéutico exhaustivo y profundo. Así que he
decidido dejar esta parte para más adelante, cuando sea capaz de analizar de
forma sintética cómo he sido capaz de renacer.
Sólo
quiero decir que hoy me encuentro humanamente mejor que nunca, feliz de vivir
cada día mi vida, de ser dueña de ella, consciente de cada decisión que tomo.
Quedan también en mí muchas secuelas del daño sufrido en mi infancia y en los
años en la obra. Quedan muchas cosas por recomponer en mi personalidad humana y
en mi vida espiritual. Creo que necesito un tiempo para poder poner orden en mi
cabeza y poder compartir con todos vosotros mi experiencia actual.
Me
gustaría que os sintierais en la libertad de hacer los comentarios que os
surjan y que me puedan ayudar.
¡Gracias
por todo a todos los que cada día participais en esta página compartiendo
vuestra vida con todos!
¡Un
fuerte abrazo para cada uno!
Carmen Charo
2. INFANCIA
Nací
en octubre de 1956. Soy melliza con un chico, Juan. Mi padre se casó con mi
madre, después de enviudar y perder, a un tiempo, a su esposa (en el parto) y a
uno de sus hijos por malformaciones, a los dos meses del nacimiento. La otra
hija también sufría serias deficiencias físicas y psíquicas. Vivió 13 años,
muriendo cuando nosotros teníamos 7 años. Mi padre también vivió la guerra
civil española, en el frente, como voluntario por ser muy joven, huyendo de la
persecución, que le pudo haber llevado a la muerte debido a haber pertenecido
por breve tiempo a las juventudes socialistas.
A
los 18 años era maestro y, por el mismo motivo (haber sido socialista), fue
desterrado y castigado a trabajar como maestro en un pueblo perdido de León.
Viendo que su vida se cerraba, tuvo que ir a Madrid a estudiar lo que entonces
se llamaba Ciencias Naturales. Fue un estudiante muy brillante. Eran bastantes
hermanos y sus padres no le facilitaron los estudios. El se los costeó
trabajando y con mucho esfuerzo.
Cuento
todo esto para dar a conocer con más amplitud a mi padre, porque quizá vaya a
dar una impresión negativa de él. Creo que es una persona, -aún vive- que ha
sufrido mucho en lo personal, que se ha hecho a sí mismo con mucho esfuerzo,
que es fruto de un tiempo político, cultural y religioso que le ha marcado
grandemente.
En realidad, esto, en mayor o menor medida, se nos puede aplicar a todos. Nunca
podemos juzgar la actuación de nadie. Todos, a veces, podemos hacer daño sin
ninguna intención de hacerlo. En la vida de cada uno se suelen agrupar un
cúmulo de factores: limitaciones, circunstancias, personas…, que nos dan una
visión parcial o deformada de las personas y de los momentos, y nos llevan a
actuar de una determinada manera. En realidad, rara es la persona que actúa con
verdadera malicia.
Esto
lo pienso ahora, pero me ha costado mucho llegar a aceptarlo. El modo de actuar
de mi padre me ha hecho mucho daño. Aún no he resuelto el problema con él, pero
vamos dando pasos, y estoy segura de que llegaremos a un cariño y una
comprensión profunda antes de que nos vayamos ambos de este mundo. Creo que es
una de las tareas importantes que he venido yo a hacer a esta vida.
Tengo
que decir que siento un cariño profundo por él, y él también me quiere, aunque
yo a veces no entienda sus modos.
Sigo
con la historia de mi familia:
Mi
hermano y yo éramos los hijos mayores, nacimos sanísimos y llenos de vida.
Luego llegaron otros dos más.
Tengo
poquísimos recuerdos de la infancia y los que tengo son bastante desgraciados.
Recuerdo
el colegio de monjas al que nos llevaron con 4 años. Ahí comienzan mis
recuerdos de martirio. Había una disciplina severísima. Yo era zurda y tuve que
aprender a escribir con la mano derecha a base de tortas, burlas, gritos…
Viene
a mi memoria con total lucidez cómo lloraba porque no quería ir al colegio y me
tiraba al suelo, en plena calle, sin importarme el número que montara. No sé
por qué, pero caí en desgracia y, en 4º curso de primaria, con unos 8 ó 9 años,
venía la prefecta todos los sábados por la mañana (entonces había clase) a
comprobar nuestros progresos escolares. Siempre me sacaba a la pizarra y
disfrutaba poniéndome en ridículo, haciendo ver a todas las niñas que era
lenta, torpe…
Cada
trimestre y a final de curso, se repartían bandas de distintos colores, según
se tratara de premiar el comportamiento, la brillantez en los estudios, la
puntualidad… Yo jamás obtuve ninguna. Tardé en aprender a leer, escribir,
sumar… Quisieron que mi hermano y yo hiciéramos la Primera Comunión separados
porque yo no daba la talla. De hecho repetí un año, e iba un curso atrasada con
respecto a mi hermano.
Una
vez conté en casa lo que me hacían. Fue mi madre a hablar al colegio -era el
mismo al que asistió ella de pequeña, y conocía a las monjas más antiguas- y la
represalia fue mayúscula. Así que decidí callar y aguantar lo que cayera.
En
fin, así podría seguir contando detalles. De esta forma yo conseguí ser una
niña encogida, temerosa, muda. No vivía, no disfrutaba, sobrevivía, estaba en
una alerta continua, a la defensiva, como con la respiración contenida. El
miedo era mi compañero de juegos.
No
sé si mi padre se creyó realmente que era tonta, o su convencimiento fue
anterior, pero como tal me empezó a tratar.
Hacía
los deberes del colegio conmigo y mi bloqueo era total conforme aumentaban sus
gritos porque yo no daba pié con bola.
Creo
que de siempre mi hermano mellizo fue su ojo derecho. Era inteligente, muy
líder, buen deportista, muy brillante en los estudios…Todo lo hacía bien.
Yo
me sentía fatal, aunque no juzgaba mi situación ya que no tenía referencia de
otra posible vida. Es como el niño que nunca ha tenido zapatos. No sabe si el
frío o dolor por las durezas, son normales porque no tiene otra referencia. No
sabe lo que supone ir con zapatos. En mi caso se trataba de sobrevivir, de
pasar desapercibida para sufrir lo menos posible. Así era mi vida.
Mi
autoestima, si en algún momento la tuve, iba desapareciendo totalmente a la par
que crecía el convencimiento de mi falta total de valía intelectual y en
general, humana.
Sentía
cada vez con más fuerza que lo lógico era que yo hiciera las cosas mal. Era
lógico que no fuera creativa, que fuera torpe físicamente, que tuviera poca
destreza para las habilidades manuales y artísticas… Este sentimiento
absolutamente negativo de mi persona me ha acompañado hasta hace bien poco, y
aún no ha desaparecido totalmente.
Tengo
buenos recuerdos de los juegos con mis hermanos. Nos queríamos y lo pasábamos
bien juntos. Otro buen recuerdo es el de las Navidades. Resultaban entrañables
y alegres. ¡Cuántas sensaciones y buenos recuerdos me traen el olor a compota
por toda la casa, la tarde de Nochebuena!
A
los 10 años me cambiaron de colegio. Me debí de volver hermética y creé cierta
preocupación en casa. Digo esto porque nada más llegar al nuevo colegio me
cogió la directora y me animó a hablar y preguntar sin temor todo lo que no
entendiera.
Cuando
pienso en esa época de mi vida se me pone un nudo tremendo en la garganta. No
sé a qué compararlo. Ahora mismo revivo con total realismo el nudo en la
garganta que me imposibilitaba hablar y la rigidez total en todo mi cuerpo.
Mis
padres no supieron ver mi situación y valorar el tremendo sufrimiento que yo
estaba padeciendo. No quisiera dejar una visión negativa de ellos. Es cierto
que no han sido ninguno de los dos la ternura personificada, pero quizá, yo
también he sido excesivamente sensible.
De
cualquier manera, esta es la vida. En ellos no veo, y lo digo con la visión que
me dan hoy mis 47 años, mala voluntad. Me dieron lo que tenían y no lo supieron
hacer mejor. Cuento todo esto para que os hagáis idea de mi situación personal.
A
los 12 años, una compañera del colegio nos habló del club de bachilleres de la
obra. Comenzamos a ir los sábados a clases de cocina, manualidades… También
solía haber meditaciones. Yo lo pasaba bien, y las meditaciones no me parecían
mal, ni aburridas. Tenía inquietud espiritual. Admiraba a las numerarias que
venían de Pamplona, del centro de estudios. Humanamente me resultaban personas
muy atractivas, alegres…
La
verdad es que las había bien pesadas en el seguimiento personal. Y reconozco
que a mi me faltaba carácter para mandarles a la porra, como hicieron varias
compañeras de mi colegio, que no aparecieron más por el club. Yo era carne de
cañón fácil. De cualquier manera, el balance era más positivo que negativo y
decidí seguir.
En
el club no me encontraba distendida, porque no sabía lo que era eso. Pero, no
estaba mal. Me hacían caso. Me sentía valorada. Parecía importarles. Creo que
ellas reconocían mis valores: era responsable, formal, discreta, estudiosa,
piadosa… en fin, buena persona. En mí había una gran inquietud espiritual y de
servicio a los demás. En el colegio, también venían de vez en cuando, monjas
que estaban en misiones y nos contaban de su labor apostólica. Me resultaba una
vida muy atrayente, aunque nunca me planteé ser monja pues no me resultaban
humanamente atractivas.
VOCACIÓN - CENTRO DE ESTUDIOS
Así
que a partir de los 14 años me bombardearon para que pitara. Como el
seguimiento no era diario la cosa fue dilatándose. Yo no lo tenía nada claro.
Realmente no sentía ninguna llamada y tampoco me sentía feliz y plena como para
tomar semejante decisión. Tampoco se puede decir que fuera amiga íntima, de las
que se puede decir, con plena confianza, de ninguna de las que iba por el
centro. Yo no buscaba nada. Más bien me perseguían a mí.
Me
presionaron diciéndome que Dios me llamaba y, recuerdo que en un curso de
retiro o convivencia de pitables, no sé qué era aquello (creo que yo era la
única "no de la obra") me "invitaron" a entrar en el
oratorio y salir con una respuesta. La responsabilidad, desde luego que fue
mía. Podía perfectamente haber dicho que no, aunque no sé que hubiera pasado,
pero hacía falta conocerme poco o tener pocos escrúpulos, para plantearme a mí
aquello.
Yo
era demasiado obediente, no tenía peso para plantarme y decir que no, no
disponía de claridad mental para razonar mi respuesta. La conciencia que tenía
de mí misma era muy vaga. Me atraía el ideal, pero no sentía el impulso
necesario como para tomar semejante decisión.
Salí
y dije que sí, que pitaba, aunque, visto desde la perspectiva actual, con muy
poca convicción. Desde luego que sí sabía a qué me comprometía y fui
consecuente desde aquel momento. Yo sabía que le daba mi vida a Dios,
renunciando al amor humano, para vivir donde la obra me necesitara y realizando
la tarea que de mí se requiriera, sin perder mi condición de persona normal, es
decir, sin ser monja.
Pité
el 15 de agosto de 1972. Como en otros casos… los consejos de "no digas
nada a tus padres", cosa por otra parte de sentido común. También los
besos y abrazos de las 100 del centro de estudios, a las que no había visto
nunca, o sea, "todo el mundo sabía mi historia"… Esto tampoco me
escandalizó pues me pareció lógica la alegría de una más para la familia.
Ahora
pienso cómo era yo entonces, y me veo como una niña tímida, encogida, sin
espontaneidad. Estaba acostumbrada a sufrir y era excesivamente seria y
responsable. Yo no pasé la rebeldía de la adolescencia, ni la despreocupación.
Era muy formal, obediente y estudiosa.
No
destacaba en nada porque había aprendido que pasando desapercibida se vivía
mejor. Esa era mi máxima. Por lo tanto yo no era, no existía, no tenía vida. No
me conocía. Así que para mí la obediencia en la obra no supuso gran cosa, ya
que mi vida siempre estuvo marcada desde fuera. Yo no tenía criterio ni
opinión. No tenía ilusiones ni objetivos.
Ahora
me doy cuenta realmente, que entonces, inconscientemente, lo único que me
importaba era encontrar un sitio donde sufrir lo menos posible.
Seguía
convencida de mi nulidad, por lo que cualquier reconocimiento exterior era muy
reconfortante.
Esta
era mi realidad interior. Por otra parte, externamente no debía de dar la
sensación de rara, ya que no me hubiesen perseguido. Aunque quizá, vieron en mí
el peón fiel, un buen burro de carga. No sería una estrella, pero hacía mi
papel.
Y
fui de Guatemala a Guatepeor.
Siendo
ya adscrita, íbamos un grupo de amigas, los domingos por la tarde, a hacer
pasar unas horas agradables a personas con discapacidad psíquica. Esta era una
actividad ajena totalmente a la obra. Yo era la única adscrita, y puesto que no
se vivía de forma permanente en la ciudad, tenía que seguir haciendo mi vida.
En
el centro no había ninguna sensibilidad por este tipo de actividades sociales.
No tenían ni idea de que yo me dedicaba a ello. Pero les preocupó mucho que
allí fueran también chicos del colegio de marianistas, majísimos, por cierto.
Así que lo dejé.
Otra
cosa que recuerdo que me chocó de aquel entonces, fueron las visitas a los
pobres. Con otra chica del club que no era de la obra, íbamos a visitar a gente
necesitada. Planteamos hacer una labor continua con alguna señora mayor que
vivía sola, pero nos dijeron que no, que no era lo nuestro. La atención
continua a personas pobres, enfermas… era para otros. Algo crujió dentro de mí
pero así quedó. Ya lo entendería en su momento.
Mi
vida de adscrita fue realmente rara. Era una santidad extraña, hecha de normas
de piedad y apostolado o más bien proselitismo para llevar a mis compañeras por
el centro, pero una vida aislada. Yo tenía una gran inquietud social, pero
aquello no tenía cabida. La verdad es que el apostolado, tal y como se entendía
en la Obra, o sea, buscar gente para acercarla a la Obra, nunca se me dio. Yo
siempre enganchaba con las personas inadecuadas.
Mi
situación personal de desprecio por mi misma era tal, que pensé que la que
hacía las cosas mal era yo, y esto ha sido una constante durante muchos años.
No sabía hacer apostolado. No enganchaba con la gente adecuada.
Como
he dicho antes, algo crujió en mi interior, porque pude comprobar que de cien
almas no interesan las cien, que sólo nos movíamos entre niñas bien, sin
problemas. Nos dedicábamos a actividades absurdas y siempre para pasarlo bien
nosotras, nunca para dar nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestras energías a
los necesitados. Algo sentí con lo que no estaba de acuerdo, pero no supe
racionalizarlo.
No
fui a ningún curso anual, porque ni me dijeron de su existencia. Si asistí a un
curso de retiro, cosa más fácil de entender para mis padres.
Como
he dicho antes, durante un año fui la única adscrita de Vitoria. Al año, pitó
otra chica de mi clase, pero despitó enseguida, así que seguí sola otro año más
hasta que me fui al centro de estudios. No recuerdo nada de la primera
formación, de los compromisos con la obra, costumbres… Seguro que me explicaron
todo, pero de tal forma, o yo estaba tan hipnotizada que no se me quedó nada.
Recuerdo
que fueron dos años de bien poco entusiasmo, en el que planteé varias veces el
dejar de ser numeraria porque llevaba una vida muy solitaria, me sentía
descolgada de todo. Todo lo que me resultaba gratificante, no encajaba con la
vida que debía llevar.
Entonces,
no fui capaz de ver que lo que me pedían era llevar una vida no precisamente
normal, que había excesiva preocupación por proteger (todo era ocasión de
tentación, de caer), no me ayudaron a crecer en libertad interior para poder
vivir realmente en cualquier situación mi vocación. Se hablaba mucho de que la
vocación es como una llama tenue que cualquier viento puede apagar. Ahora veo
que realmente se dejaba, o mejor, se empujaba a pitar a personas con muy poco
convencimiento. No era realmente una decisión libre.
Siempre
se me presionó para que siguiera. Vivía como en una especie de nube, sin sentir
la vida, sin la ilusión propia de los 16, 17 años.
Terminé
COU y me dijeron que tenía que ir al centro de estudios a Pamplona. A mi me
correspondía estudiar en Valladolid, donde había ido mi hermano a estudiar
Medicina. Yo, a través de mi madre, presionaba a mi padre, al que no me atrevía
a dirigirme personalmente. Reconozco que le tenía terror y no teníamos ninguna
confianza mutua.
Yo
quería estudiar Psicología, pero me aconsejaron en la Obra que cambiara a
Pedagogía y así lo hice.
Fui
a Pamplona, con la oposición total de mi padre, que tampoco quiso enfrentarse a
una institución de la Iglesia Católica, (es una persona muy temerosa de Dios)
pero con la que no simpatizaba en absoluto. Sólo mi madre vino a las
convivencias para padres que se organizaron a lo largo de los dos años, ya que
mi padre nunca quiso aparecer por el centro de estudios.
El
24 de Julio de 1974, me fui al semestre anterior al centro de estudios, tras
una bronca fenomenal de mi padre por mi marcha. Recuerdo que para mi fueron
buenos momentos. Me sentía de alguna manera libre, al estar fuera del alcance
de mi padre. Pero, seguía sin estar distendida, relajada y a gusto. Seguía
practicando lo aprendido de vivir a la defensiva, con mucha dificultad para
abrirme, para ser espontánea.
Realmente
la obra no era mi casa, mi familia, el lugar donde una se encuentra plenamente
a gusto, centrada… pero como tampoco me encontraba así con mis padres, no era
capaz de tomar una decisión o de valorar la situación. Seguía en mi huequecito,
pasando desapercibida.
No
hice la admisión hasta el 26 de julio de 1974, es decir, cuando llegué al
semestre. A mí, nunca se me habló claro sobre lo que se pensaba de mí, o si en
algo no daba la talla. Tampoco se me informó de que estaba en periodo de prueba
y de que la admisión suponía el visto bueno de la Obra respecto a mi vocación.
El
centro de estudios fue más de lo mismo. El hecho de que fuéramos más de cien
personas, me ayudó a pasar más desapercibida. Recuerdo la charla fraterna con
horror porque me costaba muchísimo abrirme y pasé por un montón de manos, unas
más agradables que otras. Yo creo que la recuerdo con horror porque allí yo no
iba a explayarme, a mostrarme como era, sino a dar cuenta de una serie de
normas, costumbres, criterios…, más o menos como a quedar bien, a dar la talla.
Había que hacer la charla y confesarse semanalmente, y hacer la charla con el
sacerdote cada quince días. Así que no tenía descanso.
Vienen
a mi memoria personas entrañables con las que pasé muy buenos ratos, que solían
ser personas no precisamente con buen espíritu, y en las que me relajaba su
libertad para mostrase como eran, cosa que yo era incapaz de hacer.
Recuerdo
a una de mi curso, completamente resuelta, a la que le regalaron un abrigo de
piel y una sortija muy vistosa. Realmente llamaba la atención ver una
numeraria, en primero de carrera, con un abrigo abultadísimo de piel por el
campus. Se debió montar bronca buena porque no quiso dejar en la mesa de
dirección, ninguno de los dos regalos, y se quedó más ancha que larga. ¡Claro
que no acabó el centro de estudios! Yo sentí verdadera pena cuando se fue
porque era completamente gratificante en la vida de familia. Era de esas
personas que ensanchan el alma y dan oxígeno a su alrededor.
Otro
recuerdo de entonces fue la muerte del fundador. Fue un día terrible. Se
mascaba la tensión. La subdirectora Tere Negre, ya fallecida, nos fue dando
personalmente la noticia a cada una. Cada quien bajaba al oratorio y ponía cara
de gran pesar o lloraba. Aquella situación era de todo menos natural. Todo el
mundo estaba a la expectativa de lo que correspondía hacer para quedar bien, y
no hacía falta ser un lince para darse cuenta. Era como si se tratara de dar un
ambiente de dolor solemne y profundo a toda la casa.
Yo
era bien experimentada en la tarea de estudiar las situaciones y actuar en
consecuencia. Realmente, yo no sentí precisamente dolor o pena, pero ni me
atrevía a ser consciente de ello, cuánto menos a decirlo a nadie. No se vivía
ambiente de dolor, de unión familiar, que hubiese sido lo lógico. He de
reconocer que puede salvar la situación el hecho de que éramos mucha gente y
gente muy joven.
Hasta
que me tocó pasar a mi a recibir la noticia, la tensión fue tremenda. Me dio
tiempo a pensar de todo: que nos echaban a un montón de la obra, que se iba la
directora… ¡yo que sé! Nadie hablaba con nadie. El silencio durante toda la
tarde en la casa, fue sepulcral.
Por
cierto, que tiempo después, nos pidieron a todas que escribiésemos un
testimonio para la causa de beatificación. Prácticamente todas habíamos tenido
ocasión de ver al fundador cuando vino a Pamplona el año 73 ó 74. Y, todas con
muy buen espíritu, nos estrujamos el cerebro para sacar muestras de santidad,
prácticamente de haberle visto pasar por una puerta, como fue mi caso, al salir
del edificio central de la universidad.
Un
tema importante para mí del centro de estudios, fueron las correcciones
fraternas, que se prodigaban por doquier con el fin de que nadie viviera de
forma espontánea y relajada. Externamente, el fin era empaparnos del "buen
espíritu", exigirnos hasta en los detalles más nimios por vivir el
espíritu que el fundador había recibido de Dios.
A
mi vinieron a darme donde más me dolía, pues vivía en una pura tensión,
llegando a ser aún menos auténtica de lo que ya era, a aprender a interpretar
constantemente el papel de buena hija del Padre.
Recuerdo
sobretodo dos correcciones, que me marcaron. Una de ellas fue por criticar lo
que contaba un artículo de Noticias. Dicho artículo hablaba de la labor
apostólica en Vitoria. Se suponía que una numeraria tenía una conversación
conmigo, aún adscrita, y yo le decía que quería ser periodista… Yo comenté que
lo que decía allí era inventado todo, porque yo jamás había dicho semejante
cosa (¡Ya ves tú, periodista! ¡si mi máxima era pasar desapercibida!). Me
corrigieron diciéndome, ¡que quién era yo para juzgar lo que decía en las
publicaciones internas! Si acaso, no me acordaría de lo que había dicho.
La
segunda corrección fraterna fue al protestar por tener que ir al monte de
excursión con la faldita, absurda y dando un cante total. La misma persona que
en la anterior corrección, me dijo que el que fuéramos con falda era una querer
del Padre que yo debía aceptarlo con libertad, como algo propio, y con agrado.
No era algo opinable, ni discutible, y no tenía derecho ni a que interiormente
me sentara mal. Directamente debía de amar semejante disposición.
Así
se trataba de hacer con todo. Aunque cualquier cosa te pareciera absurda
integral, o fuera mentira total, tú no cuentas para nada. No tienes capacidad
para pensar, juzgar, decidir, o incluso para ver. Así, una empieza a tener una
desconfianza total de sí misma. Puedes no estar segura, incluso de si lo que
tienes delante es una persona o una farola. Es un detalle, pero esto cultivado
constantemente y en temas grandes y pequeños, te llega a deshacer como persona.
Otro
tema que ya me empezó a pesar fue la separación de mi familia. La relación que
tuve con ellos fue a través de mi madre, cuando venía a verme. Mi hermano
mellizo cortó la relación conmigo. Mi hermana, dos años menor que yo, pitó y
despitó a los pocos meses, única ocasión en la que me pidieron que fuera a casa
de mis padres. Por cierto, fue el mismísimo día en que murió el generalísimo,
así que no tuve que perder clase. MI hermano pequeño tenía 12 años, y pasaba de
mí.
La
verdad es que me costó volver de casa de mis padres. Yo, en casa no di a
conocer mi situación, más bien al revés, tuve que demostrar que estaba
encantada y feliz.
La
relación con mi padre seguía muy tensa, pero mi madre derrochó mucha ternura
conmigo. Yo me sentía muy sola y muy perdida. No sentía ningún calor humano, no
percibía un cariño personal, no había intimidad, ni confianza. Todo me parecían
risas huecas y disciplina. Llegar al centro suponía empezar a interpretar un
papel de teatro. Empecé a pensar si me compensaba volver a casa de mis padres.
A esto tampoco le di demasiada importancia pues pensaba que una casa con cien
personas tampoco iba a ser lo habitual en el futuro.
Acabo
el relato de esta etapa con una anécdota que he recordado muchas veces en los
años posteriores, con gran cariño por la persona que la protagonizó.
Una
del centro de estudios, andaluza, de Almería, graciosísima, que aún persevera,
nos contó cómo en sus años de bachiller, su padre la mandó interna a un colegio
y no le mandaba apenas dinero, o se lo tenía bastante recortado. Ella salió en
una película del oeste americano haciendo de extra, sin que nadie lo supiera,
claro. Así gano, 500 Pts y un bocadillo.
Bueno,
la cuestión es que ella le escribía a su padre, pidiéndole dinero, y su padre
le contestaba otra carta en la que se enrollaba contándole de su madre, sus
hermanos, el pueblo, la abuela…. Y siempre terminaba diciéndole: ¡¡Bueno, y de
lo del dinero!!…. Tu padre que te quiere. Y firmaba.
Realmente
nos reímos con aquello, y yo he tenido ocasión de usar la expresión, muchas
veces en la vida, y siempre acordándome de ella.
VALENCIA- APOSTOLADO
Más
o menos bien pasaron los dos años, ¡y por fin comenzaba la vida ordinaria!
A
mi me tocó ir a vivir a Valencia, a un centro de universitarias - Tetuán - en
la Plaza de Tetuán, al lado de la Capitanía General, donde oíamos cada mañana y
cada atardecer a los reclutas que izaban o arriaban la bandera, y al
"turuta" que se pasaba el día ensayando.
Allí
continué la carrera, gracias a Alejandro Llano, numerario, entonces decano de
Filosofía en la Universidad de Valencia. El traslado a una universidad pública
no era fácil ya que podía cursar Pedagogía en Valladolid, universidad que me
correspondía por distrito.
Con
mi maleta de cartón plastificado y liada con una cuerda, ya que se abría de
puro mala que era, me pusieron en el tren y llegué a Valencia. Esas no eran,
claro, las maletas que me había comprado mi madre. (Ese era uno de los
misterios sin resolver del centro de estudios: todo el mundo llegaba con
maletas nuevas y buenas, y se iba con auténticas reliquias, pero, ¡que todo
fuera eso!).
Salió
a recibirme la secretaria del centro. La casa era antigua, de techos muy altos,
bonita, si no fuera porque se estaba cayendo. En una esquina de la casa había
una grieta que controlaban los arquitectos del ayuntamiento, creo. Casi se veía
la calle, y corría un fresco riquísimo. Pero, era una casa entrañable.
Al
llegar al centro, saludé a la directora y me recibieron con cena fría. La
verdad es que noté otro calor de familia. Me gustó el recibimiento.
Vivía
en el centro Rosario Grases, la hermana de Montse, a la que abracé como a una
reliquia viviente. Por cierto, que no me atreví a preguntarle nada acerca de
ella, y luego, en los años en que coincidí con ella, jamás se habló del tema, a
pesar de que es una persona en proceso de beatificación. Ahora lo lamento,
porque sí me gustaría saber qué pensaba su propia hermana de su normalidad y
santidad.
Me
dieron una buena habitación. Ninguna era dormitorio personal. La mía era salita
de día y dormitorio de noche, así que no había forma de perderse. Todas
estábamos igual. Cuando hubo un poco más de confianza pasé a dormir encima de
una mesa del estudio, y compartía el estudio con otras dos más. Eso sí, cada
una dormíamos en una mesa.
También
había clases en lo que a tablas de dormir se refiere. Las tablas de aglomerado
eran más llevaderas por ser más blandas. Aquella no, aquella era una madera
buenísima, gordísima y dura como la piedra. Extendía la cama por la noche y la
recogía por la mañana, guardándola en el armario de un trastero-cocina que
había, donde también guardábamos los zapatos. La ropa la tenía en un armario
del pasillo. Era una casa incómoda, pero tengo que decir que guardo un
gratísimo recuerdo de ella.
Tengo
para mí, que cuanto más incómoda he vivido en la obra, he sido más feliz,
porque se creaba un ambiente más especial, de mayor complicidad y sintonía.
En
la casa había tres duchas para las nueve que vivíamos en el centro, la de la
directora y otras dos más. En una había algún cable que hacía contacto y con
bastante frecuencia te daba un buen calambrazo. Y, en la otra, no había agua
caliente y no se podía cerrar completamente la ventana, así que había que
ducharse con el relentillo.
Era
una casa viejísima y las cucarachas campaban por sus fueros. Rosario Grases,
era la encargada nada más levantarse, de sacar todos los cajones de la cocina y
matar las cucas. Lo hacía con verdadera naturalidad. Todas estas cosas eran la
sal de la vida, y las recuerdo con verdadero cariño.
De
la directora, hoy guardo un cariñoso recuerdo, pero me hizo sufrir mucho,
porque era de una disciplina germánica y, por entonces le faltaba humanidad a
raudales. Años más tarde volví a coincidir con ella y la encontré como una
mujer encantadora y humana.
La
verdad es que nos unimos en aquella casa un grupo variado de gente y lo pasamos
bien. Viene a mi mente, una de ellas, libre totalmente de espíritu, que como
tal, dejó la obra a los pocos años. Le tengo que agradecer especialmente su
cariñosísima bienvenida al centro, y su ayuda en lo profesional cuando abandoné
la obra.
Había
poco dinero, y ella consiguió que le regalaran un pavo, al que cuidaba en un
patio interior y lo alimentaba, con el fin de que llegara a Navidad. El pavo,
mal comido, estaba como una piedra en Navidad.
Otra
anécdota curiosa que le sucedió a ella, fue con la portera de la casa. Se
llamaba Atala, era coja y tenía muy mal genio. Cuando llegó ella al centro, en
su afán por ser cariñosa, saludó a la portera y le dijo: ¡Hola Atila! ¿Qué le
ha pasado en el pié? Ella, con la cara seria y los brazos en jarras, le
contestó: Me llamo Atala, y lo del pié es de nacimiento. Ya no intentó ser más
amable.
A
mi me sorprendía la naturalidad con la que hacía lo que creía que tenía que
hacer, tanto si caía bien como si caía mal. Así, era la única numeraria que yo
haya conocido, que llevara al centro a un compañero (hombre) de curso porque
tenían que hacer un trabajo conjunto. A mí esas libertades de espíritu me
encantaban. No conseguía que nadie le condicionara, y yo la admiraba porque no
me sentía capaz de tanto.
Allí
se me fue esponjando el alma. La vida de familia era distinta que en el centro
de estudios. Yo dejé de estar tanto a la defensiva y comencé a disfrutar.
Recuerdo que tuve una temporada a toda la casa intrigada con un juego, que hoy
me avergüenza por lo infantil. A nadie la pareció mal y no me cayó ninguna
corrección fraterna.
Quizá,
quien entonces ponía la nota amarga era la directora y su tensión apostólica
agobiante.
Por
este tema sí que lo pasé mal. Llegué al centro en fechas ya de hacer la
matrícula en la universidad, y me tenía amargada, exigiéndome que le diera
cuenta diaria de mis gestiones apostólicas: a quién había conocido en la cola
de secretaría, en la calle, de qué había hablado…
Se
trataba de salir a la calle y hablar a quien fuera del centro, pegase o no. Me
exigía resultados diarios. Era antinatural y absurdo, pero yo era incapaz de
hacérselo ver. Es más, me sentía torpe por ser incapaz de trabar una relación
personal de golpe y porrazo.
Fue
llegar y empezar a rendir. Me sentí mal porque nadie se preocupó de mi
adaptación: vivir en un centro pequeño, lejos de mi tierra, de mi familia,…
todo era nuevo y no tuve tiempo ni de comentar cómo me sentía. No había que
perder un minuto. Me sentí mal, pero como siempre, no fui capaz de analizar.
Para
colmo, mi horario de clases era el último de la tarde. A ese grupo, por la hora
de clases, asistían fundamentalmente, personas mayores, maestros que hacían el
curso puente para seguir con Pedagogía, monjas, frailes… Mi campo apostólico se
veía reducido a nada. Yo vivía con esa obsesión constante y un sentimiento cada
vez mayor de hacer las cosas mal, de inutilidad personal.
El
apostolado, o sea, el compartir mi vida espiritual con las personas, que
debiera ser la consecuencia lógica de una gran vida interior, un desbordamiento
del amor de Dios en el propio corazón, y un compartir con todo tipo de
personas, se convirtió en una tarea postiza y artificial, algo obligado, algo
incómodo y antinatural.
Yo
no era capaz de darme cuenta de que me estaban pidiendo algo postizo. Eso no
era apostolado cristiano, y me echaba la culpa de mi ineficacia.
En
todo este modo de proceder puede haber bastante de limitación de las personas,
pero era lo habitual en la vida de todas las del centro, lo que quiere decir
que era la directriz que marcaba la Obra.
Ahora
soy capaz de ver, cómo faltaba una verdadera unidad de vida. El apostolado,
nuevamente no era fruto de la vida interior.
En
nuestra vida personal había como apartados: hacer las normas de piedad, hacer
apostolado, vivir la vida de familia, trabajar o estudiar... En todos esos
apartados había que cumplimentar una serie de requisitos, y así parecía que
todo funcionaba bien. Era el modo de llegar a ser santas.
No
se formaba a personas humanamente maduras, libres, a las que se les daban los
medios para ahondar en su amor a Dios, y por tanto en su compromiso con El. De
esta forma, todo lo que haríamos a lo largo del día, sería una consecuencia de
ese convencimiento interior, de esa base cada vez más sólida y profunda.
Parece
que lo lógico sería que cada quien viviese su compromiso cristiano en cualquier
situación y momento del día, con todo tipo de personas.
Cada
persona se santifica contando con sus cualidades, capacidades, dones
personales, que Dios le ha dado, y por tanto la respuesta de cada uno es
personal, única e irrepetible,
En
la Obra, al revés, se te niega el pensamiento propio, el sano espíritu crítico.
No se da a conocer el espíritu, y cada quien le da vida según su personalidad y
dones particulares. No se vive de forma personal. No, en la Obra, todos,
concretamos de la misma forma el modo de vivir cualquier virtud. Se da a
conocer el espíritu, y se concreta hasta el más mínimo detalle el cómo vivir
aquello. Esto uniforma a las personas, les anula la personalidad, les hace
inmaduras.
No
se trata de sacar lo bueno que cada uno guarda en su interior, sino de vestirse
todos con el mismo traje. La vocación pasa a ser un corsé, más que un traje a
medida, un ir por el carril indicado más que una respuesta personal y libre a
la llamada de Dios. Poco a poco, la vocación va empobreciendo a la persona más
que llenándola de plenitud.
A
lo largo de aquel primer año en el centro, se fueron unas cinco adscritas de
las diez que había, más una de las que vivía en el centro.
A
ésta, la veíamos llorar y llorar, pero nadie le decía nada. Nadie podía o se
atrevía acercarse a ella para consolarla, para hablar... No es que hubiera una
prohibición expresa, pero todas entendíamos que no era cuestión personal de
nadie. A la directora era a la única que le correspondía hablar con ella. Todas
sabíamos de sobra que la vida personal es cuestión del consejo local.
La
verdad es que estas situaciones en los centros son muy duras y difíciles de
comprender cuando se trata de hacer ver que la obra es una familia.
Recuerdo
también, que por aquel entonces, la familia de una de las del centro pasó unos
apuros económicos tremendos. Su padre era un empresario bastante importante y
se arruinaron. Bien, pues yo no me enteré absolutamente de nada. Conocí la
situación años más tarde, cuando era evidente para todo el mundo. Eran
conocidos en Valencia y tuvieron que marchar a trabajar a otro país…Me dolió
mucho, y no creo que fuera yo la que vivía al margen de todo, aunque en ese
momento también me eché la culpa de eso y pensé que iba a lo mío de tal forma
que no me había dado cuenta de nada.
Me
dolió la falta de confianza que tuvieron conmigo. No sé si las demás se
enteraron, lo que sí es cierto que jamás se hizo un comentario sobre el tema en
grupo, en la vida de familia.
Cambiamos
de casa, a una nueva y el encanto de la vida de familia pasó a mejor vida. Yo
permanecí en ese centro los dos años últimos de carrera.
Pasada
la alegría y relajo de los primeros momentos, la vida pasó a ser más dura. Me
sentía desenganchada totalmente en lo apostólico, me creía inútil y eso me
hacía sentir muy mal. Por otra parte, la carrera fue un desastre. No podía leer
nada, no podía asistir a ninguna actividad extraacadémica, no conectaba
humanamente con nadie del curso… ¡Completamente frustrante!
Tengo
muy buen recuerdo de los veranos. El primer año lo pasé entero en Yeste, en
convivencias con bachilleres. Nos dejaron unas casas que llenaron de literas de
la Marina. No había armarios ni nada. El desorden, la austeridad, la vida al
aire libre…fueron muy positivas. Disfruté mucho con las niñas que pasaban por
allí en tandas cada diez días. Yo no era del consejo local, sino peón de apoyo.
No sabía, ni me sentía cómoda persiguiendo a nadie para que pitara. Ese verano
disfruté verdaderamente de las personas. Humanamente fue muy reconfortante.
El
segundo y tercer año, estuve en Cuatretonda, un pueblo de Valencia de unos
2.000 habitantes. Se trataba de una promoción rural con universitarias del
centro. Una señora mayor del pueblo nos cedió su casa y vivíamos con ella. El
sacerdote del pueblo era supernumerario y se llevaba a mal traer con el
alcalde, que era socialista. Ahora me parece verdaderamente meritorio. El
alcalde hizo gala de un sentido de la libertad que en la obra no hubieran
tenido ni en los días de fiesta. ¡A buenas horas se ha dejado a ningún
socialista entrar en un centro y dejarle que hable! Eran el coco, el demonio.
La
cuestión política es otro tema de que hablar. Teóricamente, la Obra no debe
influir sobre el pensamiento político de nadie. Es cierto que no se dan
círculos ni charlas sobre pensamiento político, pero, como en tantos temas, el
ambiente, el modo de vida...van inclinándote hacia un modo de pensar. Yo he
llegado a ser "facha" y fanática donde las haya. También es cierto
que he encontrado auténticas excepciones, personas que han tenido ideas claras
y bien definidas en cuanto al tema político. Siempre tendían hacia un
pensamiento liberal y de izquierdas. Se notaba claramente que no eran la norma
y debían defenderlo.
También
se procura que haya un buen botón de muestra que haga ver de forma patente que
el Opus Dei no tiene opinión política y se respetan todas las tendencias. En
mis tiempos se hablaba muchísimo de Calvo Serer, al que Franco mandó a la
cárcel y tuvo que exiliarse, y por contra, los ministros Lopez Rodó y López
Bravo, numerario y supernumerario, respectivamente.
A
propósito de esto, recuerdo que en junio del año 77, creo que fue, no me
dejaron votar al partido de Democracia Cristiana de Ruiz Jiménez. Fue la propia
directora quien me preguntó qué es lo que iba a votar, y me lo dejó bien claro.
La numeraria "libre de espíritu", de la que he hablado anteriormente,
dijo que "pasaba", pero yo no. Esto, fue un error personal de la
directora, que yo debía haber corregido, pero como lo mismo pasaba con
distintos temas, la verdad es que no creí que fuera yo la equivocada. Sería una
cosa más que entendería con el tiempo. Estaba claro que la Obra no influía en
la opción política, pero…sus razones habría para aquella imposición.
Siguiendo
con el tema político, años más tarde, cuando el golpe de estado de Tejero,
también recuerdo que nadie dijo nada, pero en el ambiente se vivía cierta
euforia, cierto gusto por el hecho de que el golpe de estado prosperase.
Sigo
con la promoción rural. Dábamos clase a los niños por la mañana, y por la
tarde, charlas a las chicas y señoras. Íbamos a la piscina del pueblo y
enseñábamos a nadar a los niños. Eso sí, dimos el cantazo con nuestros
bañadores de faldita antidiluvianos.
El
fin de la promoción no era el bien de la gente del pueblo, sino conseguir que
pitaran las universitarias que iban. Yo seguía sin encajar en aquello. La
verdad es que todas las que por allí pasamos nos volcamos en la gente del
pueblo y disfrutamos. No nos volcamos nadie de forma antinatural en la labor
proselitista y fue una experiencia bonita para todas.
Llevar
una vida normal, mezclada con la gente, hacer tertulias en la puerta de la casa
hasta altas horas de la noche…en fin, romper todas las normas de la vida de una
numeraria era completamente gratificante.
La
gente se admiraba de que fuéramos a Misa todos los días, de que hiciéramos
oración en la iglesia del pueblo, ayudáramos a limpiar bien la iglesia…Fuimos
un punto de color, aquellos años, para mucha gente del pueblo. Eso sí que creo
que fue verdadero apostolado.
De
allí, la verdad es que sólo pitó una supernumeraria, que salió de la obra años
más tarde.
Estas
actividades me daban gasolina para el resto del año. Así se hacía llevadera la
vida.
Otro
recuerdo que no quiero dejar pasar por lo que me marcó hace relación de nuevo a
las visitas a los pobres.
Me
encargaron que fuera con unas chicas de San Rafael a hacer una visita a un
orfanato. Las chicas no eran amigas personales mías. Eran las típicas niñas del
colegio de la Obra, no sé si hijas de supernumerarios o afines. Iban por el
centro como por rutina. Había que tirar de ellas para que asistieran cada
semana al circulo, meditación… Es decir, y no es menosprecio hacia ellas, que
no tenían excesivo interés. Parece que se trataba de que se removieran un poco
viendo la desgracia de fuera, en contraste con su vida acomodada.
Llegamos
al orfanato y se nos pegaron nada más entrar dos hermanitos, el niño de unos 7
años y la niña de 3 ó 4. Aquello fue inenarrable. El niño era como un hombre
adulto. Se sentían solos. El protegía constantemente a su hermana. En su cara
se reflejaba una madurez impropia de su edad, una seriedad y una tristeza que
no sé describir. A mi se me hizo un nudo en la garganta terrible. Hicimos de
tripas corazón y procuramos hacerles reír y que sintieran cariño. Cuando nos
fuimos, yo ya no pude más y sin poderlo remediar lloré hasta hartarme, sin
pudor por las chicas, por la gente que pasaba por la calle…No podía parar. Las
lágrimas salían a borbotones, con hipo…No entendía nada. ¿Qué hacíamos nosotras
allí? Nunca más íbamos a volver. No pretendíamos solucionar nada. Me pareció
cruel y absurdo que nosotras lleváramos una vida tan fácil y hubiera niños tan
pequeños dándonos verdaderas lecciones sobre la vida. Me duró la impresión,
pero como todo se fue diluyendo con el tiempo.
Interiormente
yo no había cambiado mucho. Seguía sin ser yo, sin pensar por mi cuenta, sin
tener criterio ni opinión. Pasé por la carrera como por un túnel, sin ver nada.
Aprobé sin conseguir enterarme de nada, ¡una auténtica obra maestra! Mi
autoestima era muy baja. Todo el tema apostólico me hacía sentir bastante
inútil. En alguna ocasión volví a plantear mi deseo de abandonar mi condición
de numeraria y siguieron insistiéndome en la gravedad de dar la espalda a Dios,
en que aquella era mi vocación y mi sitio. De fondo no era feliz. Había muchas
cosas que no encajaban. Yo me sentía mal, sólo sabía identificar mi dificultad
para el apostolado. En cuanto a lo demás no era capaz de criticarlo de forma
concreta. Ahora veo que no llevaba una vida de persona corriente. Salía a la
calle e iba a clase pero vivía inmersa en una burbuja. Era como una niña,
consultaba absolutamente todo sin adquirir nunca criterio…Vivía ajena a la
situación política del momento, de transición democrática. La universidad
estaba muy movida, pero aquello no iba conmigo. Yo tenía bastante con subsistir
y obedecer.
De
nuevo mi familia no casaba nada en mi vida. Mis padres fueron a visitarme en
alguna ocasión y la situación era del todo extraña. Me encontraba en medio
entre ellos y mis hermanas del centro, no me sentía parte de ninguno.
Me
dolía que fueran como de visita a mi propia casa, que no pudieran ver mi
habitación, que no pudiera invitarles a comer…Cuando se volvían yo me quedaba
fatal, volviendo a sentir de una manera crudísima la soledad, la falta de
verdadero calor humano. Otra vez me pasaba como en el centro de estudios.
Llegaba al centro y había que volver a colocar la sonrisa de que todo iba bien,
había que volver a interpretar.
Nunca
podía hacer lo que me diera la gana, el día estaba completamente marcado. Tenía
que dar cuenta de todos los minutos del día. No existía el cansancio. Había que
aprovechar el tiempo y se trataba de estar en permanente actividad. Jamás me
fui sola a dar una vuelta. No tenía aficiones personales...
Recuerdo
a una compañera de clase, hija única, que mantenía una relación muy estrecha y
buena con sus padres, pero notaba la falta de hermanos. Nos hicimos muy amigas,
pero no compartía nada la forma de ver la vida de la Obra. Me invitó muchas
veces a ir con ella a una casa que tenían en un pueblo cerca de Valencia, a ir
a comer con sus padres, a pasar días en su casa, ya que estaba bastante sola.
Nunca me permitieron nada de eso. Sólo pude pasar ratos estudiando con ella o
dando una vuelta. Pero, como tampoco quería venir por el centro, era más bien
una pérdida de tiempo.
En
muchos momentos me empezó a pesar no tener vida propia, no tener ningún
descanso, pero a mi aire. Esto también soy capaz de verlo ahora. Entonces sólo
lo identificaba como un sentirme mal, sin saberle poner nombre.
En
el centro había buenos ratos pero la relación era muy superficial. Yo tampoco
podía manifestar mi dolor por la marcha de mis padres. Sólo me consolaba
pensar, y lo hice muchas veces, que cuando se murieran ellos no me dolería
nada, pues el dolor ya lo estaba pasando en ese momento.
Las
muestras de cariño con ellos eran extrañas. No se les podía llamar por teléfono
por aquello de la pobreza. Si estaba bien visto escribirles, pero la relación
no era directa. Las cartas se leían previamente por la directora. Recuerdo que
en centro de estudios me hicieron eliminar algo que les comentaba a mis padres
en una carta.
No
se podía tener detalles, en el sentido de regalarles nada. Lo que ellos te
regalaban, no te lo volvían a ver porque había que dejarlo en la mesa de
dirección.
Era
imposible estar en los avatares de su vida. Recuerdo que operaron a mi madre de
un oído y no me dejaron ir, ni siquiera llamar por teléfono. Lo tuvieron que
hacer ellos. Estas cosas duelen hasta el infinito. ¿Y, qué sentido se les da?
Pues que una le ha entregado al Señor las 24 horas del día y no tiene tiempo.
Todo el tiempo y todas las energías se deben de gastar en el encargo apostólico
que a una le han encomendado. Por otra parte, somos pobres, "somos
padres/madres de familia numerosa y pobre".
Si
te duele excesivamente separarte de tus padres es porque estás apegada, y eso
es una falta de generosidad con el Señor, es que realmente no te has entregado
con total radicalidad, no has quemado las naves…
Ellos
siempre me llamaban el día de Nochebuena para felicitarme la Navidad. Un año,
me mandaron por Navidad a hacer el curso anual a Ampuero, un pueblo cerca de
Santander, bien cerca de casa de mis padres. No me permitieron ir a verlos, así
que ese año, lo que sí me permitieron es que les llamara yo por teléfono, con
el fin de que no se enteraran de que estaba tan cerca de casa.
Me
costaba la falta de libertad para tomar decisiones, todo había que consultarlo
(gastos, empleo del tiempo, lecturas, estudios…) Pese a que todo, absolutamente
todo se consultaba y cada semana se daba cuenta exhaustiva de la vida personal
en todos los aspectos (pensamientos, deseos, tentaciones, acciones, omisiones…)
nunca sentí que nadie me conociera realmente. Esto lo sufría especialmente el
día de mi cumpleaños. Los detalles nunca me resultaron personales, como de
quien te conoce bien. Me hacía sufrir mucho, aunque siempre pensé que era una
egoísta y no sabía agradecer lo que me daban. Puede que lo hicieran con toda su
buena voluntad, desde luego, pero también con gran desconocimiento. Quizá a mi
me pasó lo mismo con las demás. Pido perdón por ello a las personas que han
pasado a mi lado.
En
la Obra nadie se supo adelantar a mis necesidades. Es cierto que yo debía ser
quien marcara mis necesidades y mis límites, por lo que en gran parte me
considero responsable de ello. Pero, creo que lo que voy a contar es un botón
de muestra de la obra como familia, y por otra parte, de lo poco que se conoce
a las personas...
Por
otra parte creo que sí se llega al fondo de cada persona en cuanto a lo que
puede rendir o dónde y cómo puede ser más eficaz, y esto se aprovecha bien. Se
estira a la persona hasta que se rompe.
Esto
me induce a ver malicia en el desconocimiento personal y falta real de amor
cristiano y humano.
Mientras
escribo este testimonio, muchas veces pienso, que la experiencia personal
depende, en gran medida, de las personas con las que una ha vivido. Esto es
cierto. Pero, como digo ahora, en la Obra, se llega a conocer muy bien, cómo es
cada una y dónde puede ser más eficaz, lo que me hace pensar que no hay interés
en ayudar a formar personas adultas, maduras y santas. Para mí este es un dato
importante a la hora de juzgar al Opus Dei como perverso. Creo que hay más que
falta de conocimiento o preparación en las personas que gobiernan. Es un
estilo, un modo de hacer.
De
lo que sí estoy segura es que no existe verdadero cariño humano, no se busca el
bien de la persona, por parte de la obra como institución, representada por las
directoras (consejos locales, delegación, asesorías)
No
conozco ningún caso en el que la Obra se haya adelantado a parar a una persona
en su actividad, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que se rompiera.
Esto supone para mí un gran motivo de escándalo
Creo
que nadie esperaba un agradecimiento humano por su tarea, pero sí algo de
humanidad. Conozco algunos casos que han dejado la Obra y se han escandalizado,
dudando de su sobrenaturalidad, precisamente por esto, por su inhumanidad, por
su desprecio hacia la persona destrozada e inútil ya para su labor.
Como
muestra del desinterés en lo referente a mi persona, éste es un botón de
muestra. Nunca fui al dentista en los quince años que viví fuera de casa de mis
padres. Recuerdo que en el último año de carrera pasé un dolor de muelas
terrible, y perdí uno de los parciales de final de curso. La directora, después
de mucho quejarme, me llevó a un dentista amigo de su familia y sin más me sacó
la muela. No sé si había otra solución posible, pero aquella era la más fácil y
más barata. Me dolió que actuaran así conmigo.
Tampoco
recuerdo ningún reconocimiento médico serio en todos esos años. Íbamos a la
consulta de un médico de la Obra, aunque sólo lo recuerdo entre los años 79 y
82, en que residí en la administración de Albalat. Creo que nunca me hicieron
análisis clínicos…
Años
más tarde, comencé a tener un dolor muy fuerte en la espalda, que me bajaba por
toda la pierna. Me llevaron a un traumatólogo, no sé si de la Obra o no. Sólo
recuerdo la cara de pasmo que se le quedó cuando al desnudarme vio las marcas
que el cilicio me había dejado en las piernas. No comentó ni palabra. A la
directora se le iban y se le venían los colores, y yo me quería morir, por la
marca del cilicio y por el pudor absurdo e impropio de una mujer de 30 años, al
verse en paños menores delante de un hombre.
El
médico, sin mediar radiografías ni más historias, así, ¡a ojo!, me dijo que
tenía una pierna más corta que otra y que me pusiera un alza en un zapato. Ahí
quedó resuelto para ellas mi problema. Naturalmente le dolor no cesó, pero me
aguanté. Cuando abandoné la Obra, dependiendo de los esfuerzos físicos que
hiciera, el dolor reaparecía con más fuerza. Resultó ser una hernia discal, que
me tuvieron que operar el año 92.
Yo
era una persona muy austera, jamás pedí nada, ni me creí con derechos. Era de
las personas que intentó vivir el espíritu de la Obra con su infinidad de
indicaciones al pié de la letra, sin permitirme conscientemente ningún escape.
Para mi no había cosa pequeña. Todo era importante.
LA ADMINISTRACIÓN
Al
terminar la carrera, te piden que hagas una propuesta profesional. Yo, como he
dicho, no sabía si había cursado Pedagogía o Peritaje Mercantil. No tenía
ilusiones profesionales. Creo que propuse dar clase en el colegio Guadalaviar,
obra corporativa. También planteé preparar oposiciones… No sé.
Entre
las propuestas, está bien visto, y por si no se te ocurre, te lo aconsejan…, es
bueno decir que una está dispuesta a dedicarse a la administración de los
centros de la obra. Yo también lo dije, y realmente con ilusión. Quería estar
completamente disponible, y me apetecía. Tengo que decir que me gustaba y me
gusta mucho el trabajo de la administración.
Por
otra parte quería descargar económicamente a mis padres. Les había supuesto una
carga costosa darnos a todos mis hermanos una carrera. Yo durante los cinco
años de mi carrera, tuve que dar clases particulares para contribuir a mi
sostenimiento económico. Me sentía incapaz de pedirles que siguieran
manteniéndome mientras preparaba oposiciones o algo similar, por un tiempo
indefinido.
El
hecho de que todos en la Obra, fuéramos responsables de nuestro mantenimiento
económico, es algo que he agradecido muchas veces, porque se aprende a ser
responsable y a mi me produce gran satisfacción poder decir que no les debo
nada. Mucha gente tiene la idea de que nos han pagado la carrera, como pasa en
las congregaciones religiosas.
Aunque
no creo que se nos exigiera el mantenimiento personal a cada uno como algo que
favoreciese nuestro crecimiento personal, sino por puro interés pesetero.
Siempre he comprobado cómo en la obra el dinero importa mucho. Todo era pedir y
pedir y nunca dar. Pedir a las supernumerarias, cooperadoras, las propias
familias... y todo era poco.
He
conocido varias campañas de pedir dinero. Por otra parte, escatimar con los
propios hijos de Dios en la obra, en su salud (conmigo sí que se gastaron un
buen dinero cuando ya no tenía remedio y me aconsejaron ingresar en la clínica
universitaria dos meses), en el tema laboral. Esto, además de tacañería, supone
delito.
En
la obra ha habido muchísimos años en los que no se hacía contrato laboral ni se
pagaba el seguro social a ninguna numeraria ni auxiliar que trabajaran en la
administración. A las auxiliares, no sé si actualmente también, se les asegura
como empleadas de hogar, trabajadoras de una unidad familiar, de forma que el
seguro salga más barato, y no tengan derecho a paro. Realmente, los centros no
son unidades familiares sino empresas y tendrían que estar aseguradas en el
régimen general, que es más caro y sí da derecho a cobrar el paro en caso de
baja laboral o rescisión de contrato, por ejemplo, cuando una decide irse.
Me
salgo completamente de mi historia, pero sí quiero aprovechar para comentar,
sobre este tema, el caso de una auxiliar que acudió a mí queriendo abandonar la
obra y le sucedió lo siguiente: ella estaba contratada como empleada de hogar
en un centro. Tuvieron que operarla, y, antes de la operación la despidieron de
ese trabajo y le dieron de alta en el régimen general, con el fin de que
mientras estuviera de baja pudieran cobrar por ella la baja. Hay que añadirle
el agravante de que estando de baja, a los diez días de la operación, le
obligaron a levantarse a las seis de la mañana, como a todas, para hacer todas
las limpiezas, como si estuviera bien. Más adelante quisieron que fueran sus
padres los que corrieran con los gastos de su rehabilitación.
¡Si
esto es una familia que baje Dios y lo vea! Una vez más se vuelve a repetir mi
teoría de que la obra ve lo que quiere, y siempre actúa en beneficio propio y
perjudicando a los que son sus hijos. Una vez más me resulta patente la
malicia.
En
cuanto al tema del dinero, a mí también me dijeron el año 79 que fuera al UNIV,
y quisieron que les pidiera el costo del viaje, a mis padres. Me sentí incapaz
de hacer semejante cosa, con el sacrificio que ya les costaba mantenerme. Esta,
por cierto, fue una experiencia espantosa, en gran medida por lo que tiene de
agresividad proselitista esta convivencia, cosa que yo no me sentía capaz de
ejercer. Entonces, esta incapacidad la interpretaba como inutilidad y no como
inmoralidad o incapacidad moral.
Las
visitas a Villa Tevere y Villa delle Rose, me dejaron una profunda sensación de
miedo y desazón interior, siempre con la sensación de tener que estar a la
altura, comportándote de una forma rígida, y yo, con la certeza de que antes o
después metería la pata. Todo estaba controlado, guiado…No me sentí para nada
en casa, no ví ningún calor humano, descomplicación, acogida sincera…Yo me
sentía permanentemente como amenazada y vigilada.
No
pitó ninguna de las que iba conmigo, y me vieron tan descolgada que me mandaron
a dar paseos por Roma con las descolgadas como yo, en vez de ir a más tertulias
con el Padre. Yo, interiormente, sentía que algo iba mal en mí, no que no era
mi sitio. Recuerdo que me asignaron una numeraria para que recibiera mi charla
en la convivencia. Ni que decir tiene que me tuvo que perseguir porque yo no
quería tener que comentar semejante tapón interior a una persona a la que no
iba a volver a ver, y era absurdo decir que todo iba bien, cuando era evidente
que no era así. No tuve más escapatoria y me agarró por las bravas en el
autobús ya de vuelta para España. Ahí no había posibilidad de escapatoria.
Por
otra parte, podría decir que he recibido una formación humana, doctrinal…
Francamente, lo humano, creo que cada uno lo llevamos dentro y en la obra se
puede dar el ambiente adecuado para practicar ciertas virtudes, como por
ejemplo, la austeridad, la responsabilidad, el espíritu de trabajo… Yo crecí
humanamente, pero porque la exigencia era mía, surgía de mi interior. Sólo
cuando se asume este crecimiento de forma libre y personal, se crece
humanamente. La imposición supone una atrofia en la persona y antes o después
ésta salta.
En
cuanto a lo doctrinal, puedo decir que no me caló realmente en mi interior
nada. No eran conocimientos que dieran otra visión a mi fe, a mi vida
espiritual. Era más bien, como una peluca, un postizo que te colocas, pero que
no forma parte de ti. La formación doctrinal y espiritual que recibí no
contribuyó para nada a tener una experiencia profunda de Dios. Eso lo he
conocido después, a mi salida del Opus Dei.
Lo
que sí creo que he aprendido en la Obra es a trabajar bien cuando viví en la
administración. Me gustaba la forma ordenada y responsable de trabajar, y el
hecho de que cada una escribiera la praxis del servicio por el que pasaba con
el fin de facilitar el trabajo de quien continuase con el mismo.
Siguiendo
con la formación doctrinal, sí que recibí de la Asesoría, cuando lo pedí, el
certificado con las calificaciones de todo el bachiller teológico. Me quedé de
piedra, porque figuraban unas notas estupendas, que jamás conseguí ni en la
carrera ni en el bachiller. Puedo decir al día de hoy que no me queda nada,
absolutamente nada de dicha formación.
Con mi estancia de tres años en Tetuán, y hasta que acabé la carrera, se
terminaba otra etapa en mi vida.
Volví
a sentir el alivio de cuando dejé el centro de estudios. Cambiaba de casa y de
tarea. Seguro, que estaría mejor. Ahora me doy cuenta de que mi estado interior
iba permanentemente a peor con el paso del tiempo, pero parecía que mejoraba
algo al cambiar de ciudad, situación, centro, personas… Al poco tiempo volvían
a aparecer los síntomas, cada vez más agudos, de que algo no iba bien en mi
vida.
Así
pase a vivir en la administración de Albalat, del centro de estudios de los
chicos.
Ese
año fue fantástico. Lo recuerdo como un vivir para dentro, con un trato con el
Señor más íntimo o más dulce, más sereno. Me entusiasmaba la rutina de las
tardes enteras planchando camisas, en silencio o en conversación con las
auxiliares.
Mi
cuerpo agradeció un trabajo físico duro, movimiento, cansancio… porque luego
descansaba mejor.
Desapareció
la tensión constante de buscar pitables debajo de las piedras. Si embargo, a lo
largo de ese año tuve bastante relación con una antigua compañera de curso y
salía solo el hablar de lo entusiasmada que estaba con mi vocación, con mi
tarea: encontrar a Dios en las tareas sencillas, humildes, escondidas. Buscar
sólo Su contento y aprobación… Fue una especie de experiencia mística. Creo que
este fue el único verdadero apostolado que hice en todos mis años en la obra.
Por
otra parte, ya había aprendido a vivir en un centro. Ya no chocaban tantas
cosas que he comentado anteriormente. Las asumía con más naturalidad.
Conocer
a las numerarias auxiliares fue también algo fantástico. He conocido personas
de una talla humana y espiritual tremenda, y me gustaría nombrarlas para
rendirles un pequeñísimo homenaje. Entre ellas, y posiblemente me olvide de
muchas, están María del Moral, Charo Pascual, Marian Andrés, Rosario Lázaro,
Lute, Mari Pernía, Isatxu Abin, Nati Pagés, Charo y Toñi Piñeiro, Sinda
Vazquez, Deme San Andrés, Carmina Calvelo, Salomé, Conchin Moliner, Basi Díaz,
Lola Fernandez, Mª Carmen Castro, Mercedes Sales, Maru Sala,…Hay muchas de las
que me acuerdo y he olvidado sus nombres. En los últimos años tomé tanta droga
que tengo verdaderas lagunas de memoria.
De
todas estas personas recibí mucho cariño. Por ellas sí que me sentí
verdaderamente acogida. Con ellas sí que tuve la experiencia de familia.
Quizá
también me hacían sentir importante. Era la primera vez que me sentía presente
y valiosa.
Cualquier
numeraria era un poco la referencia para ellas. Aunque no tuvieras ni idea de
nada, la delicadeza era exquisita para enseñarte sin que te sintieras humillada
o ignorante. Te consultaban cualquier modo de hacer, aún a sabiendas de que no
tenías ni idea. Hace falta auténtica categoría humana para vivir así. A mí, esa
sencillez, y ese cariño me facilitaron mucho la vida. No me costó quererlas
mucho y creo que puedo decir que las quise mucho a todas las que conocí.
Sí
que había numerarias auxiliares con espíritu infantil, por otra parte,
necesario muchas veces, para ser grata a algunas directoras.
Yo,
el primer año, sólo me dediqué a disfrutar, disfrutar de la rutina del horario,
del cansancio del trabajo físico, de la sencillez de las auxiliares, de la
tranquilidad en la vida de piedad…
Ese
año hice la fidelidad en el colmo del fervor por mi entrega al Señor.
La
fidelidad iba precedida del testamento manuscrito, en el que se dejaba a
disposición, no de la Obra, no, sino de una serie de personas o entidades,
todos tus bienes. Te daban un modelo que se debía copiar sin ninguna
equivocación, con letra meridianamente clara. Yo lo tuve que repetir como 6 ó 7
veces. Estaba ya aburrida. A pesar de eso, como nadie me explicó, (reconozco
que yo tampoco lo pedí. Simplemente me fié) no me acuerdo de nada, ni de las
personas a las que yo dejaba mis bienes, ni qué significaban muchas expresiones
que para una persona de a pié no son habituales. Yo entonces tenía 24 años. Ni
que decir tiene que no me quedé con ninguna copia del mismo. A mi salida de la
Obra, lo pedí varias veces y ni siquiera me respondieron, simplemente no me lo
dieron. Tuve que volver a un notario para hacer uno nuevo e invalidar el
anterior.
Este
es otro detalle en el que se puede valorar la confianza que yo y muchos pusimos
en la Obra como verdadera familia. Nos saltamos todas las medidas de prudencia
que se deben tomar a la hora de una decisión importante, como conocer
perfectamente a qué nos comprometemos y leer de forma exhaustiva el documento
que vamos a firmar.
Yo
actué como lo hice porque me fié absolutamente, como lo hubiese hecho si mi
padre me hubiese pedido que firmara aquel testamento. Porque sé que me quiere,
a su modo, pero me quiere. De las personas que representaban al Opus Dei en ese
momento, pensé lo mismo. Años más tarde comprobé que no había cariño, ni
familia, ni nada.
De
ese año 1980, recuerdo bien el curso de retiro. En general tengo gratísimo
recuerdo de los cursos de retiro. Muchos los hice en Torreciudad, en los meses
de invierno, cuando no había un alma por allí, corría un aire helador que te
cortaba la cara, y se disfrutaba de una vista fantástica de los Pirineos
nevados al fondo del pantano. Cinco días de absoluto silencio, para mí eran una
delicia.
Poder disfrutar de una casa tan bonita, decorada con un gusto exquisito, aquel
olor a madera y a cera, los detalles de la administración cuidados al máximo,
todo en orden, perfecto, la comida caliente y en su punto, cosa no habitual en
los centros de la sección femenina. Yo puedo decir que sólo he comido bien en
los centros en los que había numerarias auxiliares.
Ese
año, 1980, el curso de retiro fue especialmente fuerte para mí, y creo que el
momento supremo de mi holocausto. Nunca más volví a tener tentaciones de
abandonar la obra, mi vocación. Aquello sí que fue una entrega total, anulando
mi persona de forma radical, exigiéndome una entrega absoluta. Allí enterré mi
ser personal para disolverme en la masa del Opus Dei.
Aun
conservo algunas notas que tomé y en las que decía cosas como: "He
descubierto que mi vida no es mía, mi vida no es para mi. Le debo una lealtad
absoluta a la Obra". "El Señor me ha pedido la vida, el corazón
entero. Tengo que renunciar a todo lo mío, que no sirve. Tengo que tener menos
compasión conmigo, poner todo lo que soy, tengo y hago, al servicio del
Señor" "No tengo derechos. Le he dado al Señor mi forma de pensar y
mi forma de ser" "Tengo que salir de mi, olvidarme de mí, por los
demás. Lucha decidida contra mis defectos" "Los demás siempre tienen
derecho a enriquecerse de mi"…
Hago
referencia al Señor, pero luego todos los propósitos se traducían en una
entrega ciega y rendida a la obra a través de sus directores. Me planteé la
vida como una negación de todo lo mío, una renuncia a todo, un sacrificio
absoluto por la obra…
Crecer
en el amor de Dios suponía pisar todo lo que fuera personal (todo era soberbia,
egoísmo…), dudar del propio juicio, obedecer todas las indicaciones de las
directoras. Era una negación y una imposición más que una descomplicación del
alma y un crecer en libertad interior. La vida interior se reducía a cumplir
las normas y costumbres conforme se indicaba por el Padre y los directores…Era
más una contabilidad que un crecer en la infancia espiritual de que hablaba
Santa Teresa del Niño Jesús.
Yo
creo que poco a poco, a partir de este momento, me fui complicando
interiormente, haciéndome rara, cuadriculada, maniática de las "cosas
pequeñas".
Me
debieron ver en disposición excepcional, y me nombraron subdirectora del
centro, cargo en el que permanecí los dos años siguientes.
Aquí
comenzó nuevamente mi calvario. Puse los pies en la tierra, y llegaron los
desencuentros. Choqué con la directora, a la que no veía coherente ni
entregada. Este era un tema personal suyo, por lo que no voy a abundar en él.
Las
reuniones del consejo local muchas veces consistían en cotillear y hablar con
poca caridad sobre las personas. Reconozco que me chocaba, pero también pensaba
que si la directora llevaba tantos años en consejos locales y era muy bien
considerada por la delegación, a mi me faltaría algún dato.
Recuerdo
que una auxiliar, que estaba pasándolo fatal, le escribió por su cuenta al
Padre, sin entregar la carta para que se mandara a través de la delegación, y
la bronca que le cayó por parte de la directora fue monumental. Había gran
preocupación por el qué dirían en la delegación y la asesoría, más que por la
situación de la persona.
Nuevamente
al contar esto, veo que los fallos con los que topé se debían en gran parte a
las personas más que a la Obra como institución, sin embargo, no eximo a la
Obra de su responsabilidad, porque nunca vi que se actuara con claridad,
transparencia y verdadera fraternidad cristiana. Todo eran dimes y diretes por
aquí, consultas a la delegación… Ellas actuaban por su cuenta sin que tú te
enteraras… ¡Un lío!
Lo
que sí puedo decir es que no se vive como en una familia, en la que se puede
hablar abiertamente y a la cara, con cariño, en la que se pueda dar una
reconciliación clara y sincera.
Yo,
hice saber en delegación lo que me pasaba con la directora. Siempre se me
recomendaba que rezara, tuviera paciencia…El sacerdote del centro, un recién
ordenado con exceso de celo, me molía tachándome de soberbia. Ahora veo que se
debiera haber actuado con más transparencia. Como yo no llevaba su charla
personal, no tenía libertad para decirle abiertamente lo que pensaba de ella,
lo que creía que estaba mal…
En
la Obra no se vive un cariño abierto y transparente. Siempre tiene que haber
alguien haciendo de árbitro, quizá para controlar y estar al tanto de lo que
pasa en cada casa. Eso hace que la convivencia sea retorcida y difícil.
Dos
recuerdos que uno a este tema son, por una parte la complicación del correo
interno que los centros tienen con la delegación. Ya no recuerdo cosas
concretas, pero sí que me chocó que hubiera claves para hacer distintas cosas,
creo que con el fin de que si aquello caía en manos de una persona ajena, no se
enterara de lo que ponía. Por ejemplo, si se nos hablaba de un tema de una
persona, el nombre de la misma iba en otra hoja separada. Quizá todo esto se
pueda ver como medida de prudencia. Yo más bien pensé en retorcimiento y
complicación, excesivo misterio, manía persecutoria. Por otra parte, el correo
siempre se lleva en mano ya sea al centro o a la delegación, incluso cuando los
centros están en una ciudad distinta a la delegación.
Aquel
año tuvimos una comisión de servicio, o una visita de una directora de la
Asesoría Central, para comprobar cómo se vivía el espíritu. No conocí ninguna
antes, ni después. Tengo un recuerdo penoso. Aquello no fue una visita de
familia. Se creó un ambiente tensísimo en la casa. Todo debía estar perfecto,
la casa, los uniformes de las auxiliares, las sonrisas bien colocadas. Había
que tratarla de usted…A mí, con semejante ambiente ni se me ocurrió plantearle
mis problemas con la directora. Más valía malo conocido, que bueno por conocer.
Entre
los recuerdos personales, me vienen a la memoria dos que hacen referencia, al
cariño por la propia familia y el desapego.
Mi
hermana vivió en Valencia, con una beca de investigación, los dos últimos años
que estuve en este centro. Reconozco que yo, en mi éxtasis, no le hice ni caso.
Entonces no compartíamos nada. Ella se alejó completamente de la iglesia y de
la fe, tras su experiencia como numeraria. Yo, las pocas veces que estuve con
ella, me dediqué bien a examinarla y recriminarla por su vida descarriada. Es
cierto que nadie me dio el encargo expreso, pero todo, los medios de formación,
los estudios doctrinales… nos hacían ver que la verdad era una, y nosotros
estábamos en posesión de ella. Reconozco, y pido perdón por ello, que fui
despiadada y dura. Pero, creo que lo peor fue el dejarla absolutamente sola, e
ir yo a lo mío.
Ella
se sentía muy sola y mi madre vino algunas temporadas a pasarlas con ella. Una
de estas veces, coincidió que era el cumpleaños de mi madre. Quise comer con
ella, ya que mi hermana no iba a poder por su trabajo, y no me lo permitieron.
Me dolió infinitamente. Sólo pude estar con ella un ratito por la tarde. No
había razones reales, así que tuve que mentir, fingir mi grandísima ocupación,
y además estar animosa y alegre para que mi madre no se preocupara por mí. Me
pareció cruel y absurdo.
Aquel
año, mis padres cumplían sus bodas de plata. Volví a pedir permiso, prueba
patente de la madurez y libertad con la que las personas actúan en la Obra.
Estaba mal visto decir esto: "que se pedía permiso", porque en
realidad, según decían, no se pide permiso, "se consulta, se comenta lo
que se piensa sobre un asunto"…, pero luego, debes hacer lo que se te
dice, y no en virtud de la obediencia, sino porque eres libre de elegir, y
eliges lo que Dios quiere, que es lo que se te dice. Total una complicación,
que esconde un retorcimiento absoluto de conciencia.
Bueno,
pues tras mi consulta, me dijeron que se debía consultar, a su vez, a la
delegación. Después de varios días, la directora me comentó que lo normal en
estos casos era no ir a esta celebración, pero que como yo no tenía problemas
de apego a la familia, sí podría pasar el día con mis padres. Así que, en
virtud de la pobreza, me pusieron en un avión la víspera de la celebración por
la noche, con el cometido de volver al día siguiente del aniversario por la
mañana.
Ni
que decir tiene que lo pasé fatal y hubiese sido mejor ni aparecer. Nadie en mi
familia entendió mi forma de actuar. Les parecí absurda y provocadora. Me
comentaron si era ministra y no disponía de más tiempo…Mis hermanos no me
dirigieron la palabra, ni para saludarme, ni al estar, ni para despedirme. Yo
había hecho méritos para ganarme la fama de fanática impertinente, y acabé de
colocar la guinda.
En
cuanto a la vida de las auxiliares, creo que el trato que se les daba, dependía
en gran parte del modo de ser y ver la vida de la directora.
Chocaban
cosas, como el tener que tratarnos de usted, pero como era algo establecido por
el Padre, pasaba a formar parte de lo que en algún momento tendría su
explicación. Comían en distinto comedor, con vajilla distinta…pero estos
detalles tampoco los viví como algo humillante, ya que las vajillas eran de la
misma calidad, y lo del comedor podía resultar algo puramente organizativo. En
ese centro las que no teníamos comedor propio éramos las numerarias.
Una
cosa que no entendí nunca era el hecho de que las auxiliares normalmente no
hacían nada solas. En las compras, paseos, encargos apostólicos… siempre estaba
la escopeta de turno, que era una numeraria.
Yo
tuve que acompañar a una auxiliar a ver a sus padres, unos días a Cataluña.
Ella acababa de salir del centro de estudios, pero era de más edad que yo. Lo
pasé fatal porque realmente no pintaba nada allí. Tuve que mentir y decir que
estaba allí por otros asuntos. Se trataba de controlar que la auxiliar no se
descaminara. Una vez más la constatación de la falta de convencimiento
personal. Esto se hacía con todas las auxiliares.
Si
uno está en la Obra porque quiere ¿a qué viene ese control? Esta auxiliar tenía
28 años, creo que edad suficiente para saber lo que quería. Sin embargo, eran
las "hijas pequeñas del Padre". Se les fomentaba ese infantilismo,
llevando hasta el extremo la desconfianza por el propio criterio, haciendo que
se consultase absolutamente todo y cultivando la reverencia excesiva hacia las
numerarias.
La
administración es verdaderamente la antítesis de la vida normal de una persona
de la calle. Si una numeraria, como me había pasado a mí, no tiene vida propia,
ni aficiones personales, ni tiempo libre…, esto se lleva al extremo cuando
hablamos de las numerarias auxiliares.
Para
mí el primer año en la administración fue terapéutico por mi situación
anterior, pero cuando uno es consciente de que ésta es la vida, año tras año,
de todas las auxiliares… resulta verdaderamente heroico, (eso, si aporta algo a
la persona como tal), y creo que también inhumano.
Para
ellas jamás había descanso. Toda la casa llevaba un ritmo. Había un horario
para todas y no había forma de escaparse de él. Las numerarias, sobretodo si
formábamos parte del consejo local, podíamos tener algún escape, algún tiempo
en el que desaparecer, una excusa para romper la rutina.
El
horario consistía en: levantarse, pasar a la limpieza de las zonas comunes de
la residencia, oración, Santa Misa, desayuno, cambiarse a todo correr para
pasar nuevamente a la limpieza del oratorio de la residencia o preparar los
desayunos, seguir con la limpieza de habitaciones, a la vuelta, cada quien a su
servicio (office, cocina, planchero,,,), o lectura espiritual, comer, de nuevo
cada quien a su servicio, cambiarse para la tertulia, normas de piedad
(oración, rosario, charla personal, confesión…), de nuevo al servicio de cada
una, cena, turno de office o cocina, o servicio propio, tertulia, examen y a
dormir (por suerte, ellas sí en colchón). Así se sucedían los días.
Los
sábados y domingos eran más descansados, y por la tarde atendían la cocina dos
auxiliares y una numeraria, que se quedaban de turno. El resto atendían una
labor apostólica. Para nada cada una descansaba su aire. Verdaderamente, para
las auxiliares no había vida personal. No se concebía que nadie se diera un
paseo, sola. Todo era guiado y acompañado.
En
otro centro en el que viví, recuerdo que el médico aconsejó a una auxiliar que
hiciera deporte por un problema de columna. A la auxiliar se le puso una cesta
de baloncesto en la azotea de la casa para que practicase un rato los domingos
por la tarde ella sola. Entre semana era inconcebible ningún descanso, ninguna
práctica deportiva. No había tiempo ni para leer el periódico, como no fuera
que se llegara un minuto antes a la tertulia y se aprovechara para ello.
Al
llegar la directora a la tertulia, todo el mundo se pone de pié y no se sienta
hasta que ella lo hace (verdaderamente, detalle de familia normal).
Dependían
del centro nuestro, las administraciones de las dos delegaciones y de un centro
de supernumerarios. En estas administraciones no había ningún cuarto de estar
propiamente dicho, con un sofá cómodo, luz agradable (en todos los que yo
conocí, sólo disponían de luces fluorescentes). El lugar donde se hacían
habitualmente las tertulias, donde se hacía la vida de familia, era el
planchero, que no era precisamente un cuarto de estar agradable y cómodo. Las
auxiliares cuando eran más mayores, tenían que seguir el mismo ritmo. Por las
tardes, fuera del tiempo de tertulia, no había lugar para el descanso, algo
habitual para cualquier mujer de su edad.
No
soy consciente, por ejemplo, que a nadie se le planteara leer un libro o
practicar cualquier afición, como pintar, oír música…
Ahora
lo pienso, y veo que era inhumano, pero entonces, yo tampoco caí en la cuenta.
Viene
a mi recuerdo una corrección fraterna que me hicieron en una ocasión en la que
no estaba la directora y yo "hacía cabeza".
Iba
a venir la directora de la delegación a una tertulia a nuestro centro. Llovía
bastante y no había nadie en la casa que condujera. Nuestra casa estaba como a
cinco minutos de la delegación. A mi, ni se me ocurrió que había que ir a
buscarla en coche, por la distancia ridícula que nos separaba, a pesar de que
lloviese. Me dijeron que debíamos haber ido a buscar a la directora en coche,
porque se la debía de haber tratado como si fuera el Padre.
Me
ponía bastante nerviosa ese trato tenso, lleno de una cortesía impropia de una
familia, sobretodo porque yo no acertaba nunca. No sabía cómo compaginar el
trato distendido y normal con los detalles corteses y estirados, con tanta
diplomacia y protocolo. Sí que me parecía que la directora de la delegación se
merecía un respeto, pero no me parecía tan grave que viniera andando y se
mojara un poco los zapatos, como todo hijo de vecino. De hecho, fui yo
personalmente a buscarla y me mojé igualmente.
Quizá
estoy equivocada, pero traigo a colación este detalle porque creo que eran más
las ocasiones en las que el trato era tenso, de excesiva cortesía y servilismo,
que un trato lleno de normalidad, de dar ejemplo de entrega, de ir por delante
en el servicio…
En
cuanto a mi situación personal, ya comencé a pasarlo mal. Mi cuerpo empezó a
gritar, pero yo no le entendía. Empecé a tener pesadillas por la noche y en dos
ocasiones, me levanté sonámbula. Una de ellas, me caí de bruces de la cama,
despertándome angustiada sin saber dónde estaba. Lo conté pero nadie le dio
importancia, y yo tampoco. Era incapaz de analizar lo que pasaba en mi
interior.
Así
pasaron los dos años de subdirectora, y me propusieron ser directora de la
administración del centro de estudios de chicas. Allí no había numerarias
auxiliares, sino niñas, auténticas niñas de 13 y 14 años, estudiantes de la
escuela hogar. A mi me dio pavor la idea y así lo hice saber, pero no me
tomaron en serio. Debieron pensar que se trataba de falsa humildad, y nada más
lejos de la realidad.
Realmente
no recuerdo nada de su condición laboral. No sé si cobraban algo o con su
trabajo en la administración, se pagaban sus estudios y su manutención. Creo
que estaba verdaderamente aturdida y me sobraba con mi tarea de contribuir a
que se viviera el espíritu de la Obra en el centro y que pitaran las chicas.
Por cierto, pitaron dos y despitaron a los pocos meses. Yo era un desastre para
presionar y engatusar.
Yo
no sabía mandar, me sentía incomodísima sintiéndome el centro de nada, siendo
quien diera criterio, marcando la norma… Por otra parte, creo que tampoco tenía
claro cómo se debían hacer las cosas, ya que en muchas ocasiones nada tenía que
ver lo que yo pensaba con el criterio de la Obra. ¿Cuándo llegaría a entender
en virtud de qué criterio, unas veces se decía una cosa y se hacía otra?
Yo,
seguía teniéndome en muy baja estima y consideración. Pensaba que cualquiera
era mejor que yo y no me sentía cómoda teniendo que decir a nadie qué debía
hacer...
Con
verdadera angustia me incorporé a mi nueva casa, después de atender un curso
anual de auxiliares adscritas. Era el verano de 1982. Vivíamos cinco numerarias
y las estudiantes de la escuela hogar.
Recibimos
en noviembre la noticia de la aprobación de la Obra como Prelatura Personal, y
la multitud de escritos explicándonos en qué consistía, a los que yo era ajena
completamente. Realmente, estaba fuera de mi sitio. Sentía que no estaba a la
altura del momento, que parecía crucial para la Obra. Sí tenía claro que
aquello suponía el fin de los votos, el dejar de depender de la Sagrada
Congregación para los Religiosos… pero bueno…
Mi
cuerpo seguía gritando. En Navidad tuve un acceso brusco de fiebre sin ninguna
explicación, que remitió enseguida. En enero fui a mi curso anual y allí se
rompió definitivamente la cuerda.
Aquí
hago un inciso para hablar de los cursos anuales. Yo, por mi talante era de las
numerarias de tropa, es decir que nunca me tocó hacer un curso anual en casas
paradisíacas, lejos del lugar donde se vivía o en el extranjero y en los
cálidos meses de verano. Esto se comentaba alguna vez entre las numerarias y en
tono de broma. Parecía que a estos cursos anuales acudían las numerarias
ilustres, las que se merecían un premio o las que había que conquistar de nuevo
tras algún tortazo de la vida. Normalmente, era del dominio público esta
interpretación.
Recuerdo
que una amiga ex numeraria, me contó cómo le ofrecieron ir de curso anual a
Perú cuando estaba en plena crisis.
Yo
tengo que agradecer que nunca me mandaran a estos cursos. Casi siempre me tocó
hacerlos en casas sencillas, y en los fríos meses de invierno. La gente que
asistía solía ser más normalita y para mí más fácil de tratar. Nunca coincidí
con estrellas de la cultura, de los primeros tiempos en la Obra, de la alta
sociedad…
Esto
me da pié para hacer ver cómo en la Obra se trata distinto a según quien. Esto,
en realidad pasa en todas las familias, pero en la Obra, el motivo para tratar
de forma distinta a unas u otras, no era precisamente el cariño o el facilitar
el camino de santidad, sino los intereses de reconducir al camino con paños
calientes, aún favoreciendo manías y rarezas, premiar a las numerarias
inmaduras y raras pero de familias ilustres o importantes para la Obra….
Hay
muchos criterios para todo y también, todas las excepciones que haga falta,
para justificar su incumplimiento cuando conviene. Conmigo no convino nunca
nada. Tengo la sensación de haber sido un verdadero burro de carga. Yo me
dejaba poner encima peso y peso… y como nunca protesté, pues me cargaron hasta
que me rompí.
Lo
cierto es que soy una persona muy activa y con gran capacidad de trabajo. Me
gusta la actividad. Pero, también pensé que tenía unas hermanas que me querían,
que se adelantarían a mi cansancio, que velarían por mi salud, que no dejarían
que me rompiera… y no fue así. A veces, fallaron las personas por incapacidad,
sin malicia. Pero, siempre, año tras año, falló el Opus Dei, que jamás vio en
mí a una persona, menos a un alma, a una hija de Dios. Abusó de mí y me tiró
como a un desperdicio. Ese es para mí el gran escándalo del Opus Dei.
Dentro
de estas excepciones, de las que hablaba, están también las numerarias a las
que se les permite llevar una vida sin ningún control, inmersas por completo en
banalidades, ocupaciones absurdas y frívolas, con el pretexto de influir en un
tipo concreto de personas, que también son hijos de Dios, y, yo añadiría que
tienen buenos talonarios en los bolsillos y un dedo que todo lo que toca lo
convierte en poder.
He
conocido numerarias a las que se les "invitó" a dejar su carrera de
cantante lírica, o azafata de vuelo, porque no era compatible con su vocación.
Sin embargo, hay otras, por todos conocidas, para las que todo vale. Eso sí,
una de ellas, es heroica. Hace poco comentaba en una revista que "desayuna
el pan duro del día anterior". ¡Es todo un mérito!.
Jamás
he conocido que se hayan dado estas excepciones para trabajar por los pobres y
los desheredados de la tierra.
Sigo
con el curso anual…
La
casa donde nos alojábamos creo que pertenecía a la diócesis. El pueblo era
Calamocha, un helador, pero agradable pueblo de Teruel. Administraba una
señora. Lo hacía muy bien pero, lógicamente aquello no tenía nada que ver con
Torreciudad, Castelldaura, Pozoalbero... La casa era muy sencilla y la cocina
casera. A mí me encantaba. Me encontraba muy a gusto.
Una mañana, me desperté angustiada por una pesadilla, pero la sorpresa fue
mayúscula cuando, en la vida real me seguía persiguiendo el terror de la pesadilla.
Era algo que no podía quitarme de encima por más que razonara. Enseguida lo
comenté con la directora del curso, que en principio, no le dio importancia.
Viendo
que seguía verdaderamente angustiada, me comenzó a preguntar si realmente era
sincera, si abría mi alma con total sinceridad o me reservaba algo, si había
algo en lo referente a la pureza….
Ahora
mismo, a este detalle no le veo malicia, pero esta fue la tónica siempre en la
Obra. Ante cualquier problema, siempre es uno quien tiene la culpa. Eres tú
quien fallas en algo y además escondes perversiones ocultas.
En
todos mis años posteriores hasta mi salida de la Obra, me quedó claro que yo
era la responsable de todo lo que me pasaba. Siempre se trataba de falta de
entrega personal, de soberbia… Nunca falla el sistema.
Por
otra parte, nadie analizó mi vida, mi situación. En ese momento, me echaron
encima la carga de vicios o perversiones ocultas, que me atormentaron aún más.
Luego, más adelante se trató de pensar que lo que me pasaba era una enfermedad
que me había tocado por la gracia de Dios, algo ajeno a todo. Era más o menos
como si me hubiese caído, sin que nadie lo provocase, un rayo del cielo y me
hubiese cortado un brazo. A partir de aquel momento, tendría que vivir con
aquello porque era designio de Dios.
Esto,
ahora me parece una aberración, y hoy, culpo a la Obra y sobretodo, a los
profesionales médicos que me trataron, por su ceguera, creo que maliciosa y
perversa.
El
resto del curso anual fue de terror. No dormía nada por el miedo. Comencé a
temblar sin poderlo controlar, se me tensaban todos los músculos del cuerpo, me
seguía persiguiendo la sensación de miedo atroz. Creí que me iba a volver loca,
que iba a perder el control de un momento a otro.
La
vida de familia, en el curso, era un puro fingir, lo que aumentaba mi tensión.
Me ayudó mucho la numeraria que llevaba mi charla fraterna, que era
especialmente maternal y descomplicada. Acudía en su busca cada cuarto de hora
para que me ayudara a serenarme. Le estoy muy agradecida. A pesar de todo, la
directora del curso, había infundido en mí escrúpulos, de falta de sinceridad,
de vicios ocultos contra la pureza… y yo me rompía la cabeza buscando una
explicación.
En
esta situación volví a mi casa y aguanté cuatro meses, interpretando el papel
de directora normal.
También
tengo que agradecer a la que entonces fue la subdirectora, por las noches que
durmió en el suelo de mi habitación, debido al terror que yo sentía sola por
las noches. Creía que me iba a morir al cerrar los ojos para dormir.¡Fue
terrible!.
Me
llevaron al médico habitual, que me diagnosticó, cansancio, y me recetó
reconstituyentes y vitaminas. También me dieron algunas pastillas para dormir.
En
abril, ya no se sostenía la situación y me mandaron a descansar a la Lloma,
casa de retiros, cerca de Valencia. La directora de la casa era la misma
numeraria que había atendido mi charla en el curso anual. Allí permanecí dos
años.
Al
principio, dormí y dormí, paseé, me dediqué a no hacer nada más que estar y me
fue bien. Poco a poco me fui incorporando a la vida ordinaria de la casa. Me
fueron encomendando tareas y trabajos.
Colaboré
con la numeraria auxiliar que hacía la repostería y disfruté. Era una mujer muy
creativa, una artista, de gran delicadeza conmigo, a la que tengo que agradecer
muchos buenos momentos. Ella también pasó por las manos de psiquiatras y sufría
momentos duros de depresión. Ahora les doy la misma explicación que doy a mis
desequilibrios. No sé qué será de ella en estos momentos.
En
este centro el modo de ser de la directora daba un tono diferente a la casa.
Era una persona de mente más abierta, nada controladora, ni cuadriculada. El
trato con las auxiliares era mucho más normal.
La
rutina del horario la cortaba bastante el cambio de actividades en la
residencia. Cuando la residencia estaba llena, el trabajo era constante. Pero,
cuando había cambio de tandas se relajaba el horario y la vida era muy
agradable. Se hacía una limpieza especial en la que participaba casi toda la
casa. A media mañana, la repostera sacaba todas las sobras y se organizaba una
buena tertulia de descanso mientras se reponían fuerzas.
La
directora procuraba que la limpieza se terminase pronto y se aprovechaba para
salir al campo, comer en el jardín o la piscina si hacía buen tiempo, ir a
Valencia a dar una vuelta… Estos cortes en la vida diaria se agradecían mucho.
Por otra parte, esta persona daba bastante paso a iniciativas personales.
En
la zona de la administración había piscina y, recuerdo que en verano, se
disponía de un tiempo por la tarde para poder bañarse y tomar el sol. La vida
era más humana. Durante los meses de junio y julio había cursos anuales de
numerarios y se agradecían las meditaciones de sacerdotes ilustres o mayores en
la Obra. Estos, sí que eran los cursos anuales de los que hablé anteriormente.
En
el curso anual una se relaja, se ve la vida de un color alegre y esperanzado, y
los temas de las meditaciones eran gratificantes, llenos de anécdotas
entrañables o divertidas. Son momentos que vienen a mi memoria con mucho
cariño.
Otro
buen recuerdo que tengo de esa casa es de un sacerdote muy mayor que pasaba
grandes temporadas solo en la zona de invitados. Había vivido los primeros
tiempos de México. No sé si vivirá aún. Se llamaba D. Teodoro. Era una persona
santa, de esas que una agradece haber conocido. Estaba lleno de normalidad,
buen humor, y descomplicación. Era de esas excepciones, que como tal, no volví
a encontrar. No sé si porque ya era mayor, pero era de los que saludaba con una
amplia sonrisa y con normalidad, mirándote a la cara, cosa nada común en los
sacerdotes, por aquello de la separación entre las secciones. Salía en
bicicleta por la zona y tenía mucha relación con unas familias de gitanos que
se habían instalado en las inmediaciones. Esta era otra "rareza" muy
de agradecer.
Confesarse
con él era un descanso, y en las meditaciones que predicaba siempre hablaba del
amor de Dios y de los ángeles. Todo se reducía a eso. ¡Gracias D. Teodoro,
donde esté!.
A
lo largo de los dos años que pasé en La Lloma, tuve temporadas de altos y
bajos. En general, la vida de la casa fue agradable. Conservo un cariñoso
recuerdo de su directora, pero creo que nunca comprendió mi problema. Por lo
que ahora recuerdo, creo que pensaba que yo estaba enferma, con una enfermedad
totalmente independiente de mi persona, que mi situación no correspondía a una
crisis interna, a un problema vital de incoherencia entre lo que pensaba,
sentía, vivía….
Yo
también estuve convencida de ello, y recuerdo mi oración delante del sagrario,
en un llanto constante, aceptando la voluntad de Dios, entregándole mi
malestar, mi angustia vital… todo.
Sí
que me permitió, implícitamente ya que no pedí ningún permiso, escribir a mi
hermano, médico, y comentarle mi situación, aunque mi primera carta la debió de
leer hasta la portera de la delegación ya que tardó mucho en llegarle a mi
hermano, tanto que se llegó a preocupar.
Yo
estaba angustiada y a pesar de que él había cortado la relación conmigo al irme
de casa, nos carteamos una temporada contándonos nuestras vidas. Aun conservo
sus cartas llenas de cariño y en las que me daba pistas, que entonces no fui
capaz de entender y ahora voy comprendiendo.
Yo
le escribía contándole que todos ellos (mis hermanos) eran mejores y más
valiosos que yo, pero que Dios me había elegido a mi. Yo me veía tímida,
cobarde, poca cosa, pero estaba dispuesta a aprender a sufrir, a entregar mi
nada.
Mi
hermano se asustó ante semejante afirmación, y me reprochó mi falta de ilusión
por ser feliz. Me animó a reconocer mis deseos y necesidades, que no existían
entonces. Lo único que tenía claro es que quería ser fiel a Dios, y por lo
tanto, debía dar mi vida en la Obra.
El
me recordaba, lo que nunca hizo nadie en la obra, mis cualidades positivas, mi
ternura, mi preocupación por los demás, mi sensibilidad…
Yo
no hacía más que reflejarle cosas negativas mías, mi miseria, mi egoísmo, mi
carácter raro, mi cuadriculamiento, mi complejo de inferioridad. A la par sólo
le hablaba de exigencia, de necesidad de superar cosas, de cambiar, de
machacarme porque yo, y sólo yo, era la causa de vida desgraciada.
El
se enfadó, reprochándome mi crueldad conmigo misma, reprochándome que me
apropiara de Dios por decir que me había elegido a mí, por pensar que Dios me
exigía de forma inhumana.
Me
decía: "Es necesario que te sientas humana, que te sepas aceptar. Si te
bamboleas de un extremo al otro, (o eres una egoísta o eres una miseria) tu
capacidad de resistencia se agota, tus nervios se rompen, y aparece la
depresión. ….No pongas a prueba tu capacidad de resistencia: ACEPTATE. No digas
que eres una miseria: no es cierto. No digas que eres egoísta: no es cierto. No
digas que padeces una enfermedad como si fuera algo ajeno a tu persona: no es
cierto. No creas en los extremos separadamente. Júntalos y te harás un favor.
Me gustaría saber qué te han dicho en Pamplona. No puede ser cierto que sólo te
hayan dicho que tienes que cambiar de carácter" (posteriormente, en
septiembre de 1984, fui a la consulta psiquiátrica a la Clínica Universtaria)
Yo
no sé qué me decían en Pamplona (Clínica Universitaria) pero no me calaba nada.
Tampoco sé si me llegaba lo que me decía mi hermano, pero, en él percibía
preocupación, cariño, cosa que no sentí jamás en los centros, ni por parte de
los médicos. Desde luego que no me hablaban de aceptación de mi misma, sino de
lucha incesante contra mis defectos y miserias, contra mis rebeldías…
En
una carta, le debí contar que sólo mi vida tenía sentido por la entrega a Dios
y a los demás en la obra. Y, él me preguntó en la carta siguiente, y "¿tu
quién eres? Parece que sólo sabes decir que crees en Dios y que vives para
ayudar a los demás. No podemos decir que estamos sólo para ayudar a los demás.
Puede ser peligroso: podemos sentirnos superiores a las demás personas, y si
nos descuidamos, sublimar nuestros problemas personales…. Tu sigues sin saber
quien eres"
Transcribo
todos estos retazos de cartas porque me parece un escándalo que nadie en la
obra, ni los propios psiquiatras fueran capaces de ver que mis fundamentos
humanos se estuvieran hundiendo, que me estaba destrozando como persona, y sin
embargo mi hermano tuviera un poco de luz, y sobretodo, se me hiciera tan
cercano. Fue un verdadero apoyo, era mi única referencia.
Sigo
con la vida en el centro.
En
la casa había numerarias auxiliares, también con problemas psicológicos y el
tratamiento era el mismo. Al día de hoy, estoy convencida de que les pasaba
como a mí, pero a fuerza de mantener una situación, la patología se hace
crónica y llega a no tener remedio.
Otro
buen recuerdo de la vida en esta casa, era la música. Yo, por lo menos tengo
conciencia de que oí mucha música, se cantaba también bastante. Igual no fue
tanta, pero teniendo en cuenta que en los centros anteriores la música brillaba
por su ausencia, esto parecía todo un lujo.
Era
el año en que Mocedades, no sé si entonces ya se llamaban el Consorcio, sacaron
un nuevo disco, con canciones como "La llamaban loca" (dice la letra:
en el hospital, en un banco al sol se la puede ver…. Y los muchachos del barrio
la llamaban loca….No señor, yo no estoy loca. Estuve loca ayer, pero fue por
amor.) "Dónde estás corazón" (donde estás corazón, no oigo tu
palpitar. Es tan grande el dolor, que no puedo llorar…). Podría nombrar muchas
canciones. Yo ponía el casete, porque casi siempre cuando más escuchábamos
música, era cuando íbamos a la piscina, y lloraba a lágrima viva. Aquello me
ayudó mucho, porque el llanto descongestiona y relaja muchísimo. Por lo menos,
daba salida de alguna manera al gran nudo emocional que me ahogaba.
Años
más tarde, en vísperas de dejar la Obra, creo que también fue la música la que
me ayudó a despertar interiormente. Recuerdo unas lloreras de diluvio con el,
adagio de Albinoni. En serio, la música me ayudó a ser consciente de mi misma,
de mi mundo interior, de mi sensibilidad herida, y me hizo despertar y ver la
vida de otra manera. Me ayudó a reaccionar.
En
septiembre de 1984, como he comentado anteriormente, viendo que parecía que
había algo más que el cansancio inicial, me llevaron a Pamplona, a la consulta
de psiquiatría de la Clínica Universitaria. Iban habitualmente algunas personas
del centro. En la primera consulta hablé con el médico sobre lo que me pasaba y
me hicieron un montón de tests. Me dijeron que tenía síntomas depresivos. Creo
que hablaron a solas con la directora que me acompañó porque siempre tuve la
sensación de que yo no tenía todos los datos de lo que me pasaba.
A esa primera consulta fui nerviosísima, porque estaba segura de que me iban a
decir que estaba loca de atar o me iban a descubrir algo grave. Me pusieron un
tratamiento farmacológico a base de ansiolíticos, antidepresivos y somníferos.
Volvía a la consulta periódicamente, cada tres meses más o menos.
De
todo esto, ni una palabra a mis padres, claro. La primera vez que fui a la
clínica, sí que pasé por casa, ya que hacía tiempo que no los veía, pero les
dije que iba a acompañar a otra al médico. Yo fingía estar feliz y como una
rosa. Nadie me dijo si debía o no decirles nada. Pero, ¿qué les podía decir, si
ni yo misma sabía qué me pasaba? ¿Compensaba preocuparles? Total, no se
enteraban para nada de mi vida, ¡no iba a contarles esto precisamente! Fue algo
más tarde cuando le comenté a mi hermano de mi estado de salud.
La
verdad es que aquella casa humanamente fue bastante alivio, sin embargo,
también tenía muy malos momentos, aunque no identifico las causas. Si recuerdo
que cada vez me era más difícil controlar mis respuestas negativas ante lo que
no entendía o me parecía mal. Empecé a tener reacciones desproporcionadas. Todo
lo que me hacía daño lo sentía con mucha fuerza, y cuando quería hablarlo,
salía mal, a borbotones, con rabia, de malas maneras. Era facilísimo sacarme de
mis casillas. Me faltaba paciencia para razonar las cosas. La secretaria del
centro era una jovencita de muy "buen espíritu" y más de una vez
"la mandé a la porra" de malas maneras. De esta forma, sólo conseguía
que pensaran que realmente estaba loca de atar.
Durante
un tiempo llevé la charla de una numeraria auxiliar, también problemática y
crítica. Hicimos causa común y no paraba de meterme en líos. Ella también acabó
fuera a los pocos años. Se fue escapándose del centro, en Murcia, después de ir
ahorrando poco a poco dinero para pagarse el tren hasta su ciudad de origen.
ETAPA
FINAL: MURCIA
A
pesar de estos altibajos, mi vida era bastante normal, así que en la primavera
del año 85, me mandaron a Madrid para cursar la convalidación de la carrera de
Ciencias Domésticas, entonces, sólo con validez interna. Por cierto, que al
terminar el curso nos dieron un certificado a modo de título, que tiempo más
tarde, recogieron convenientemente sin mediar explicación. Me figuro que alguna
les pondría en un brete con aquel título que no tenía ninguna validez académica
oficial.
En
agosto fui a vivir a Murcia, a un centro que se acababa de abrir para
agregadas, y donde permanecí dos años. Luego, mis dos últimos años en la Obra,
los pasé en otro centro de supernumerarias y también agregadas. Los dos
primeros años y el último, tuve la misma directora en los centros. La llamaré
Rita.
El
tercer año, cambió. Fue nuevamente de esas personas que me hicieron sufrir
mucho, y ahora pienso, que gracias a ella pasé dos meses ingresada en la
Clínica Universitaria de Pamplona. A ella la llamaré Celia.
Rita
es una persona, a la que aún tengo gran cariño, de la que me acuerdo en muchas
ocasiones. He rezado mucho por ella porque creo que sufrió conmigo, pero que no
pudo o no entendió que debía actuar de otra manera conmigo. Su forma de actuar,
una vez fuera de la Obra, me escandalizó en gran medida. Después he tenido
noticias de ella por otras personas y, sé que la empezaron a mover de punta a
punta de la península. Para mí, mal síntoma, síntoma de crisis. Ojalá le sirva
para abrir los ojos y ser valiente.
Murcia
fue una ciudad que me cautivó. La gente abierta, llana, alegre, acogedora. Las
agregadas y supernumerarias eran verdaderamente normales, divertidas… El
talante de la directora, nuevamente, contribuía mucho a que se viviera alegría,
normalidad, cariño, entre las personas de la casa y las que no vivían en el
centro por su condición.
Recuerdo
que el primer año, otra del centro y yo nos vestimos con el traje regional,
(que nos dejó una agregada), por las fiestas de primavera y así salimos a la
calle el día de la fiesta grande. Disfrutamos como niñas, yo por lo menos. Era
constatar que éramos normales, ciudadanas de la calle. Además a mí no me hacía
falta nada para apuntarme a un bombardeo. Me gustaba disfrutar, divertirme,
pasarlo bien con la gente, involucrarme en sus costumbres…
Fue
la propia directora, Rita, quien nos hizo una corrección fraterna, comentando
que ni ella la entendía, pero así se lo habían hecho llegar. No era lugar para
una numeraria, el bullicio de una fiesta, y menos disfrazadas. Yo cogí un
rebote monumental, pero me consoló que ni la directora lo entendiera. Era
antinatural.
De
la vida de la ciudad, en la que nos metían con infinito cariño, las agregadas
del centro, todo lo recuerdo con grandísimo cariño. Estuve unos cuantos años,
después de abandonar la Obra, enganchada a esta ciudad, yendo todos los años
una o dos veces al año a dar vueltas por sus calles, recordando tantos buenos
momentos, personas…
Allí,
el primer año, entró un ladronzuelo a nuestra casa y lo único que pilló fue mi
sortija de la fidelidad, que me la quitaba para ir a trabajar, porque se habían
dado caso de tirones en la calle. Me pareció más prudente dejarla en casa, ya
que era una sortija antigua, único recuerdo, regalo de mi madre.
Una
del centro comentó: "Será que no la necesitas" Quiso interpretar que
mi fidelidad no necesitaba de muestras externas. Pero, acertó, exactamente con
la interpretación opuesta. ¡Cosas de Dios!
Estuve
dos años administrando el club de bachilleres de los chicos, por supuesto sin
contrato ni seguro social, como en años anteriores. Fue la experiencia más
directa que tuve de la otra sección, y fue algo bonito. Era de las casas que a
mí me iban. Se trabajaba a destajo. Yo no era de las administradoras delicadas,
cuidadosas del tono humano en el sentido de detallitos y primores…
A
mi me iba el cariño humano palpable, no las florituras, siempre manteniendo las
debidas distancias con la otra sección, claro. Realmente nunca tuve problemas
de lo que se llamaba "pureza" con la sección de varones. La gente del
club de bachilleres eran jovencísimos, y después, cuando administré el centro
de San Gabriel, en el que la gente tendría a partir de treinta años, se
percibía gente seria y aburrida, todo menos hombres atrayentes.
Sigo
con el club de bachilleres…
El
centro tampoco era precisamente un palacio. Estaba bien destartalado. Se intuía
que vivía gente muy joven, descomplicada, detallosa, ilusionada, que agradecían
infinitamente los cuidados de madre. Y a mí me encantaba ejercer de madre,
entregando la ropa antes de lo previsto si hacía falta, acogiendo con agrado
peticiones a destiempo… porque se veía que no eran fruto del capricho o
señoritismo.
En
las anteriores casas me dolía la excesiva rigidez en aras de que no se diera
ningún trato particular con nadie, con el afán de defender nuestra pureza.
Llevábamos
la casa tres auxiliares y yo, todas, con buen ánimo y ganas de trabajar. Creo
que nos compenetrábamos muy bien y disfrutamos mucho. Sin ninguna idea y con
todo el cariño del mundo, les decorábamos la casa por Navidad, les pintamos en
una ocasión, las puertas… cosas que no nos correspondía hacer, pero que
agradecieron de verdad.
El
tercer año de mi estancia en Murcia, tuve que trabajar unos meses en el centro
de supernumerarios y la experiencia no tuvo nada que ver, en lo que se refiere
a los numerarios.
Una
no conoce ni nombres, ni pone caras, pero es impresionante lo que se puede
saber o intuir acerca de una persona, sólo con ver su habitación, sus demandas
en el comedor, su ropa… En esta casa, que no era una residencia de ancianos,
casi había tantos regímenes como personas. Todo eran excepciones. Ni que decir
tiene que la inmensa mayoría no se hacía la cama. No es que fueran unos
frescos, era, sencillamente lo normal.
En
el club de bachilleres, todo eran detalles para facilitar nuestro trabajo. Así
cuando pedían cualquier cosa, nos desvivíamos por dársela cuanto antes con todo
nuestro cariño. Les debía costar sudor y lágrimas conseguir el dinero para
pagarnos, pero nos lo iban pasando conforme tenían, procurando ser lo más
puntuales posibles.
Mi
tarea apostólica estuvo con las supernumerarias. El primer año, con todo el
frente de juventudes. Había supernumerarias muy mayores, ancianas. Alguna me
trataba como si fuera su nieta, y yo me dejaba querer.
Luego,
me tocó el grupo de las sencillas económicamente, aunque había de todo. Entre
ellas había gente heroica, con maridos irresponsables que les inundaban de
hijos y sin un duro, haciendo el pino para hacer las normas, ir a los medios de
formación, y recibiendo reprimendas por las veces que no se hacían las cosas
bien en cuanto a no cerrar las puertas de la vida…
Había
muchas cosas que no me encajaban, como el hecho de estar ahí simplemente para
exigirles el cumplimiento estricto de lo que decía el espíritu de la Obra, pero
no para echarles una mano cuando se veía que era heroico lo que les estábamos
pidiendo, y que era imposible de vivir. Otra cosa era, la cantidad de mujeres
que actuaban a escondidas o engañando al marido, o que por su condición,
llevaban una vida paralela. ¿Cómo era posible encajar la santidad personal con
todo esto?
Una
vez más no se trataba de ayudar a las personas a que se santificaran, sino que
cumplieran las mil normas y compromisos con la Obra: hacer las normas de
piedad, acudir a los medios de formación, entregar la aportación económica,
conseguir cooperadoras y llevarlas a los medios de formación…
Hacer
las normas de piedad es una cosa y tener una vida interior profunda algo que
puede no tener nada que ver. En la Obra lo que se persigue, en la práctica, es
lo primero. Se podía estar un cuarto de hora con un libro en la mano y por
ejemplo, tres de los quinientos hijos, alrededor mareando. Una no se ha
enterado de nada de lo que pone en el libro, pero se ha cumplido la norma de la
lectura espiritual. Lo mismo se puede decir de la oración, el rosario…
En
general, de la labor con las supernumerarias me quedó la sensación de que son
un instrumento de la Obra para llegar a ser más poderosa, para influir en la
sociedad. De ellas se consigue dinero e influencias. El fin no son ellas
mismas, su santidad. Sólo son un medio para…
En
los meses de verano acudíamos a las playas de Alicante y Murcia para impartir
los medios de formación a las muchísimas supernumerarias que venían del resto
de España, a pesar de que se les decía que no debían ir a las playas porque no
eran más que ocasión de pecado.
Aquellos
círculos siempre me parecieron un cumplo y miento, algo absurdo. Ellas iban a
los círculos, nosotras los dábamos, y ya habíamos cumplido todas. Yo nunca tuve
la sensación de que las supernumerarias vieran los medios de formación como
algo necesario espiritualmente. Nosotras luego, llevábamos nuestra cuenta de
asistencias y faltas.
Parecía
que no importaban sus problemas personales, sus a veces grandísimas
dificultades. Ellas tenían que vivir el espíritu, o mejor, la forma concretada
por el fundador para vivirlo, fuera como fuera. A pesar de que pasaran por
problemas como la falta de trabajo, de dinero, un montón de hijos, problemas de
salud…todas debían colocarse el corsé que el fundador había previsto para cada
uno.
Yo,
en muchísimas ocasiones me encontraba sin palabras, sin autoridad para pedir
nada, porque yo misma me veía incapaz de pasar por situaciones semejantes.
Recuerdo
que en una ocasión se me pidió que le dijera a una supernumeraria que no dejara
entrar en su casa a su hija separada y vuelta a casar civilmente. A otra, que
le preguntara cómo y cuántas veces tenía relaciones íntimas con su marido.
Resultaba extraño que no se quedara embarazada. Ni que decir tiene que me hice
la olvidadiza.
El
último año, se nos pidió que hiciéramos la lista con las supernumerarias que se
confesaban con sacerdotes que no fueran de la Obra. Esa lista luego se mandó a
la delegación. Desee luego, esta disposición no fue idea de la directora del
centro, sino, por lo menos, mandato de la delegación.
Cambiando de tema, recuerdo que un día me encontré con aquella numeraria
"libre de espíritu" con la que viví en el centro de universitarias de
Valencia. Había dejado la Obra. A pesar de no ser de allí, se había quedado a
vivir en Murcia porque era una ciudad que le gustaba y había encontrado
trabajo.
Se
la calumnió llegando a decir que les había sacado dinero a algunas de las
supernumerarias mayores y adineradas, que se había liado sentimentalmente con
una supernumeraria, a la que también había alejado de la Obra, y conseguido que
se separara de su marido. Comprobé que todo eso era mentira. Esa supernumeraria
le dio cobijo en su casa, cuando abandonó la Obra sin un duro para irse a su
tierra. Le tuvieron que pagar hasta el tren para volver a su casa.
Me
dio gran alegría verla. Estuvimos tomando un café juntas. Ella misma me
advirtió de que era peligroso que me vieran con ella, y que si alguien nos
veía, se me "caería el pelo".
Una
supernumeraria nos vio y rápidamente, la directora, Celia, me llamó la atención
al llegar a casa, preguntándome sobre lo que me había contado la ex -
numeraria. Me advirtió que era realmente peligrosa. Ciertamente que me hizo
dudar.
Años
más tarde, una vez que yo hubiese abandonado la Obra, me invitó a su casa.
Durante una semana compartió su tiempo conmigo y me dio a conocer su actividad
profesional, enseñándome para que yo pudiese ganarme la vida de la misma forma
en mi ciudad. Sólo tengo palabras de agradecimiento para ella.
Como
en ocasiones precedentes, pasados los dos primeros años, para mi la vida era un
puro tropiezo. El tercer año en Murcia, cuando Celia era la directora, me
resultó muy duro. Me parecía una persona irritante, que no me entendía en
absoluto. Hubo temporadas en las que me negó la charla fraterna, que hacía con
ella, porque total, según decía, siempre contaba lo mismo: que me encontraba
fatal, que no podía con mi vida, y lloraba y lloraba…
Yo
recordaba el centro de estudios, cuando la charla me resultaba un suplicio.
Ahora, que era el único momento en el que podía hablar de forma personal y
tranquila sobre mi persona, cuando realmente veía ese encuentro como algo
necesario, se me negaba.
Yo
seguía yendo regularmente a Pamplona a la consulta con la psiquiatra. En
Septiembre de 1988, Celia me acompañó a la consulta. Iba realmente saturada, no
sé realmente por qué motivos concretos, pero tampoco estaba desquiciada y
paranoica, como quisieron hacerme creer luego.
Después
de hablar con la doctora, me invitó a quedarme en la clínica unos días para
descansar. Años más tarde, cuando le solicité mi historia clínica, ella
escribió en el informe, que ingresé por un agravamiento en los síntomas. Yo no
creo que estuviera tan mal, de forma que se hiciera patente a los demás. De
hecho, el tiempo que estuve ingresada, hice amistad con algunas pacientes y me
preguntaron que qué me pasaba, pues no me mostraba nada deprimida ni rara.
La
experiencia de la clínica fue bonita y reconfortante. Estuve prácticamente dos
meses. Fue como vivir en otro planeta en el que sus habitantes eran
completamente atípicos. Había personas que vivían permanentemente fuera de la
realidad, con alucinaciones, hablando con seres inexistentes, gente con estrés,
como una maestra que llegó viendo niños debajo de su cama (aunque conservaba la
capacidad de reírse de ello), gente en apariencia normal que pasaba, como yo y
la mayoría, por momentos de depresión, varias chicas con anorexia nerviosa,
varias numerarias en las mismas circunstancias que yo, un sacerdote numerario,
no sé con qué enfermedad, pero en claro mal plan al que, tras una tertulia, una
noche con toda la plana de la sección de mujeres, encerraron en una zona
pequeñita de la planta, en pijama, para que no se escapara. No volví a saber de
él.
Allí
aprendí a ver y valorar a las personas de otra manera. Éramos una gran familia.
Allí nadie debía disimular sus malos momentos, nadie te exigía nada.
Comprendíamos que cada día le tocaba a alguien estar mal y le ayudábamos cuanto
podíamos. Nos reíamos todos con las neuras de cada uno. Nos sentíamos
protegidos todos, unos por otros, comprendidos. No existía sensación de
ridículo. Nadie se sentía más o menos. Todos éramos igualmente importantes.
Para mí fue un ejemplo de sociedad, un lugar donde a mí me hubiese gustado
vivir siempre.
Recuerdo
un día, en que decidió un grupo ir al cine. Las numerarias, dijimos que no nos
apetecía o no estábamos bien. Se fueron unos cuantos y se rieron comentando lo
que diría la gente si supieran que todos estaban ingresados en la planta de
psiquiatría de un hospital. Se creó un ambiente entrañable.
Por
las tardes, algunos días hacíamos musicoterapia o pintura. Escribíamos lo que
nos inspiraba o nos hacía sentir la música que ponía la enfermera o pintábamos
sobre nuestro estado de ánimo del momento y luego lo compartíamos entre todos.
Para
mí fue una experiencia muy enriquecedora sentirme libre para poder compartir
con otras personas, sin cortapisas, mis estados de ánimo, poder llorar,
despotricar mesuradamente, claro…
En
los dibujos casi siempre, pintaba caminos o paisajes con horizontes amplios.
Los interpretaba como un estar en una constante búsqueda de mi camino, una
sensación de agobio, necesidad de amplitud… Ningún profesional interpretó nada
de esto. Nadie supo echarme una mano para darme luz, abrirme horizontes.
Al
revés, había una psiquiatra colombiana, numeraria, que mantenía conversaciones
conmigo, como una persona de Casa, más que como profesional, y me aconsejó, por
lo menos en una ocasión que leyera y meditara puntos de cartas del Padre. Me
pedía una mayor entrega, un mayor olvido de mí misma.
La
psiquiatra habitual, tenía una misión más profesional, y aunque yo le hablaba
como a una persona de la obra, ella no daba nunca a las conversaciones un tono
familiar. No recuerdo nada de lo que me dijera nunca. En muchas ocasiones le
escribí cartas desde Murcia, cuando me encontraba mal o no sabía resolver algo,
y jamás tuve contestación. Así, al día de hoy no tengo nada, ni de ella, ni de
las directoras de la obra, si quisiera pedir alguna responsabilidad.
Yo,
como estaba en buen plan, me dejaban salir libremente de la planta para ir a
misa al oratorio de la clínica, dar un paseo por el campus o Pamplona… En
varias ocasiones me encargaron acompañar de paseo a un chico, (jovencito,
claro) hijo de unos supernumerarios, que estaba francamente mal, o ir de
compras de ropa con una de las chicas con anorexia. Fue realmente crudo, ya que
con todo se veía mal y gorda, y sólo quería ponerse ropa negra. Estaba
completamente hundida y sólo tenía 17 años. No he vuelto a saber de ella.
Me
pidieron que fuera por las tardes a la administración de Aralar, el centro de
estudios de los chicos, pero me sentía incapaz y acudía sólo cada semana para
hacer la charla. Empecé a sentirme ligeramente libre para hacer lo que me pareciera,
y no me presionaron.
A
pesar de que la libertad era muy limitada (había un buen número de gente, entre
médicos, enfermeras y auxiliares vigilando) yo me sentía libre. Agradecía el no
tener que dar cuenta de las salidas y el empleo del tiempo, vivir con personas
a las que humanamente me sentía más unida que a mis hermanas del centro. Con
las personas de la planta podía hablar con libertad sobre mis sentimientos. La
experiencia de convivencia con las numerarias fue también muy buena. No
hablábamos con mucha intimidad, pero desde luego que con bastante más que en un
centro. Nos reuníamos después de cenar para hacer una tertulia. Un día de esos
fue el que vino el sacerdote, y ya no se repitió. Volví a sentir la sensación
de los quince años de estar haciendo algo prohibido, pero excitante y
agradable. Las tertulias no se solía saber cuándo y cómo acababan ya que, por
lo menos yo, me iba plenamente drogada a la cama, y habitualmente no era
consciente de ello al día siguiente.
Pero,
el tiempo pasaba, y aquello se debía terminar en algún momento. Cuando me
dijeron que ya me podía marchar, el bajón fue fulminante. Sentí un terror
mortal de volver a la guerra diaria. Llegué al centro de Murcia. Gracias a
Dios, la directora era nuevamente Rita.
No
recuerdo qué hice al llegar. Creo que estaba para pocos trotes. Así, a los
quince días me dejaron ir con mis padres a pasar unos días a Benidorm. No había
problema (por los desnudos) ya que era noviembre. Estuve muy a gusto con ellos.
Yo vivía con absoluta fidelidad mi vocación, cumpliendo las normas, buscando la
mortificación, la austeridad…
Me
costó mucho volver al centro de nuevo, porque me sentí muy mimada por mis
padres, que a estas alturas ya se habían enterado de mi estancia en la clínica,
debido a un "cansancio muy fuerte" (eso fue lo que les dije). A los
pocos días de volver al centro les escribí una carta de nuevo en plan
holocausto: me encontraba fatal en la obra, pero era mi vocación, el lugar
querido por Dios para mí, y me debía a su Voluntad aunque en ello me fuera la
vida.
Me
encargaron que administrara un centro pequeñísimo de universitarias, al que
sólo debía acudir tres días a la semana. Como encargo apostólico acudía a
atender la labor apostólica, junta a una agregada, de un pueblo de Murcia.
Cada
día me sentía peor, sin fuerzas, incapaz de hasta lo más mínimo. Llegué a
sentir terror ante la idea de dar una charla a cooperadoras. Creía que me iba a
quedar en blanco, que no sabría hacerlo… Alguna vez, esta simple tarea me quitó
el sueño, hizo que me subiera la fiebre y tuviera que quedarme en cama. Estaba
quedándome hecha un guiñapo, hasta que llegó el verano, y con él los habituales
40 grados de Murcia. Yo no podía ni moverme, así que, no sé cómo, pero se me
ocurrió plantear que por qué no me iba unos días a casa de mis padres a
descansar.
Antes,
les comenté que me dejaran ir a la hospedería de un monasterio de monjas, donde
vivía una amiga mía, antigua chica de San Rafael. No me dejaron de ninguna de
las maneras, no sé si por temor a que me infectara de la peste clerical. Yo
monté un buen numerito, no porque estuviera convencida de nada de lo que decía
sino porque ya era incapaz de controlar lo que me hacía mucho daño.
¡Cómo
estaría que no les pareció mal que me fuera con mis padres! Así el 11 de Julio
de 1989, aterricé en casa de mis padres, y Dios me fue abriendo los ojos.
Para
mi sorpresa, me encontré estupendamente, dormía bien, tenía fuerza e ilusión
durante el día. Me daba grandes paseos con mis padres, ya jubilados. Los pocos
días se fueron prolongando y cuando empezaron las fiestas de Vitoria, como no
me apetecían los líos, decidí probar y volver a Murcia.
Conforme
el Talgo se acercaba a la estación, volvía el nudo en el estómago. El centro,
el ambiente postizo, los recuerdos… me hicieron sentir fatal y decidí, ya con
una fuerza impropia de mí, que me iba definitivamente al día siguiente. Rita no
me forzó en absoluto. Comentó a alguna de la casa mi marcha, pero no hubo
despedida oficial.
Yo
tampoco tenía claro si aquello sería el final. Por otra parte, nunca había
habido naturalidad para hablar de mis excepcionalidades en la vida de familia,
debidas a mi estado de salud, así que yo también me sentí más cómoda
marchándome en silencio.
Con
cinco mil pesetas en le monedero, me pusieron nuevamente en el Talgo rumbo a
Vitoria.
Hasta
abril del año 90 no escribí mi carta de dimisión. En este periodo de tiempo
intentaron que asistiera a los medios de formación en el centro de Vitoria. Me
daba alergia sólo pensarlo. Intentaron que pasara a ser agregada o
supernumeraria. Yo, ya entonces, no quería saber nada de medios de formación ni
de pisar un centro porque me ponía fatal. Estuvo un tiempo viniendo, de vez en
cuando, la secretaria del centro de Murcia para hablar conmigo.
Después
de unos meses con mis padres, no sabía cómo iba a ser mi futuro, las
dificultades con las que me encontraría…, pero lo que sí tuve meridianamente
claro es que en mi salida de la obra me iba la vida.
Me
di cuenta de forma meridiana que lo que me pasaba no era una enfermedad, sino
un problema vital. Dios me quería feliz en la vida y yo me estaba enterrando
viva, me estaba negando el oxígeno necesario para vivir. ¡Dios no me quería
allí! ¡Y, gracias a Dios, me fui!
De
haber permanecido allí más tiempo, me hubiese vuelto completamente loca y a
estas horas estaría muerta. Esto lo digo de todo corazón, sin exagerar lo más
mínimo.
Ahora
comenzaba lo más difícil, gracias a Dios, con una gran inconsciencia.

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