© Libro N° 5593.
La Rebelión De Los Brujos. Pauwels, L. & Bergier, J. Emancipación. Enero
19 de 2019.
Título original: © La Rebelión
De Los Brujos. L. Pauwels & J. Bergier
Versión Original: © La Rebelión De Los Brujos. L. Pauwels & J.
Bergier
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA REBELIÓN DE LOS BRUJOS
L. Pauwels & J.
Bergier
INDICE
PRÓLOGO .
EL HOMBRE ETERNO
PRIMERA PARTE
VIAJE DE RECREO
A LA ETERNIDAD
I. Dudas sobre la evolución
II. El deslizamiento de los continentes
III. Historia de
unos mapas imposibles
IV. Las
cicatrices de la Tierra
V. Dos cuentos de hadas, con vistas al futuro
SEGUNDA PARTE
FANTASIAS SOBRE
EL GRAN LENGUAJE
I. La música del baile de los gigantes
II. El centésimo nombre del Señor
III. En busca de
una escritura de lo absoluto .
TERCERA PARTE
LA CUESTIÓN MAS
VASTA
El enigma
ejemplar de los Akpallus
CUARTA PARTE
SOBRE ALGUNAS
INTERROGACIONES ROMÁNTICAS
I Pequeño manual del juego de los enigmas
II. Un estadístico de las cavernas .
III. Los
desconocidos de Australia .
IV. Sobre la
comunicación de los mundos
V. A propósito de la ciencia china
VI. Viaje
alrededor de Numinor
QUINTA PARTE
SOBRE ALGUNAS
SEMICERTIDUMBRES MARAVILLOSAS
I La unión libre del saber y del hacer .
II. Las doce ciudades de Catal Huyuk
III. El Imperio
de Dédalo . . . . .
Prólogo
Nuestra civilización, como toda civilización, es un complot. Numerosas divinidades
minúsculas, cuyo poder sólo proviene de nuestro consentimiento en no discutirlas,
desvían nuestra mirada del rostro fantástico de la realidad. El complot tiende
a ocultarnos que hay otro mundo en el mundo en que vivimos, y otro hombre es el
hombre que somos. Habría que romper el pacto, hacerse bárbaro. Y, ante todo,
ser realista. Es decir, partir del principio de que la realidad es
desconocida. Si empleásemos libremente
los conocimientos de que disponemos; si estableciésemos entre éstos relaciones
inesperadas; si acogiésemos los hechos sin prejuicios antiguos o modernos; si
nos comportásemos, en fin, entre los productos del saber con una mentalidad
nueva, ignorante de los hábitos establecidos y afanosa de comprender, veríamos
a cada instante surgir lo fantástico al mismo tiempo que la realidad.
En el fondo, esta actitud
es la propia de la Ciencia, la cual no es solamente la que la tradición universitaria
del siglo XIX, amparándose en el racionalismo, acabó por imponer, sino más
bien todo lo que la
inteligencia puede escudriñar, tanto fuera como dentro de nosotros mismos, sin
desdeñar lo desacostumbrado, sin excluir lo que parece escapar a las normas. Es
imposible prever exactamente lo que será el conocimiento en tiempos venideros,
y si éste no se apoyará en conceptos que ahora desdeñamos y cuya importancia
habrán descubierto nuestros descendientes, así como su papel oculto en nuestras
personas y en el Universo al que entonces interrogaremos.
Las
inteligencias son como los paracaídas: sólo funcionan cuando están abiertos.
Nuestro objetivo consiste en provocar una apertura al máximo, sobre todo para
abordar los campos de las ciencias humanas, donde la conspiración es más tenaz.
Haciéndolo así, nos encontramos situados en un mundo tan maravilloso, dúctil
y extenso, como el del físico, el del astrónomo o el del matemático. Hay una
continuidad. Es estupendo. El hombre, su pasado, su futuro, todo esto oculta
también un complejo invisible, habla de infinito, canta la música de las
esferas. Los que se ahogan, se aburren o se desesperan en el seno de tantas
rarezas sublimes y de tantos enigmas resplandecientes, tienen un corazón
ignorante y una inteligencia carente de amor. ¡Ah! ¡El mundo es tan bello -dice
un personaje de Claudel- que tendría que haber en él alguien que fuese capaz
de no dormir!
Naturalmente, nuestra manera de hacer no carece
de peligros y de inconvenientes, agravados por nuestras deficiencias.
Planteamos numerosas hipótesis arriesgadas, revolvemos una polvareda de hechos
malditos, hurgamos entre un fárrago de errores y de sueños, para descubrir
algunas verdades nuevas pero zafias. Sin embargo, ocurre a veces que, partiendo
de señales dudosas, se abren direcciones hasta entonces insospechadas y
realmente útiles. A nuestro modo de ver, y aunque hayamos trabajado con todo el
cuidado y con toda la seriedad de que éramos capaces, lo esencial reside en el
deseo de una visión ampliada, en el amor a las realidades fantásticas que
demuestran el empeño del hombre y del mundo a realizarse en toda su plenitud.
Parafraseando al barón de Gleichen, podemos decir: La tendencia a lo
maravilloso, innata en todos los hombres; nuestra afición particular a lo
imposible; nuestro desprecio por lo que ya se sabe; nuestro respeto a lo que se
ignora: he aquí nuestros móviles.
Somos hombres
modestos. Sin embargo, creemos tener derecho a presentar esta obra mal
pergeñada como un «Manual de embellecimiento de la vida». El amable lector, al
aprender a emplear este Manual, descubrirá, al propio tiempo, y aunque antes
careciese de su alegría natural, la importancia de la existencia. Y también su
emoción, desde el momento en que se despierte su
curiosidad. Y sabrá
que el ejercicio de la curiosidad transforma la vida en una aventura
poética. Un amigo
mío, fabricante de absoluto, ejerce su profesión en una gran propiedad del
mediodía de Francia. El absoluto es la esencia extremadamente concentrada de
una flor, que entra en la elaboración de diversos perfumes. Mi amigo destila
absoluto de jazmín. Bonachón y artista
por naturaleza, inventó, para sus visitantes, un parque cuyos senderos están
alfombrados de plantas que uno aplasta al caminar, levantando de este modo
oleadas de un perfume perfectamente clasificado. Macizos de flores se extienden
a la sombra de los árboles. En los lugares de descanso, hay copas y cubos con
botellas de champaña, el hielo de los cuales es renovado por los jardineros.
Nosotros quisiéramos que este Manual convirtiese la vida intelectual de sus
lectores en un viaje a través de los tiempos humanos, pasados y venideros,
parecido en cierto modo a un paseo por aquel parque y evocador de un anfitrión
que fabrica absoluto y sortilegios.
Otro amigo mío es pediatra. Piensa que
la toxicosis de los recién nacidos, con frecuencia mortal, es en realidad un
suicidio, una inhibición psicofisiológica originada por el pánico a la
soledad. En efecto, nosotros acostamos boca arriba al bebé, entre tablas o
barrotes, bajo un techo vacío. Apenas ha sentido el calor del pecho materno y
recibido la mirada de la madre, y ya lo colocamos en la posición de los
muertos. Cierto que, al nacer, se ha desprendido de la madre. Pero lo que se ha
desprendido debe ser reanudado. Mi amigo patentó una cuna inclinada, que
elimina el aislamiento y hace que el niño sienta constantemente la presencia
de la madre y de las cosas de la vida. No importa que este invento reproduzca
tradiciones primitivas, si con él se pueden evitar angustias y, a veces,
muertes. De la misma manera que este médico intenta beneficiar a los niños,
nosotros quisiéramos que este Manual ayudase a las mentes a librarse de los
barrotes, de las tablas, del techo vacío; evitarles el veneno de la separación,
y devolverles al calor del mundo.
Un propósito muy ambicioso. Pero las
poderosas mentes críticas y frías pueden perdonárnoslo sin temor. Apenas si
amenaza su terreno; no es más que una ambición nacida del amor.
El poeta ruso Valerio Brusov,
contemporáneo de la Revolución de Octubre, testigo del fin de un mundo y del
comienzo de otro, se hacía, allá por el año 1920, esta pregunta:
«Los principios de culturas tan diferentes y tan
dispersas en el espacio como las del mar Egeo, Egipto, Babilonia, etruscas,
India, mayas, Pacífico, muestran parecidos que no pueden explicarse únicamente
por la asimilación o las imitaciones. Por esto habría que buscar, en el fondo
de las culturas que creemos más antiguas, una influencia única que explique sus
notables analogías. Habría que buscar, más allá de las fronteras de la Antigüedad,
una X, un mundo de cultura que aún ignoramos y que puso en marcha el motor que
conocemos. Los egipcios, los babilonios, los griegos y los romanos fueron
nuestros maestros. Pero, ¿quiénes fueron los maestros de nuestros maestros?»
Los descubrimientos acumulados en los
últimos cincuenta años han hecho retroceder enormemente en el pasado la
historia de los hombres y de las civilizaciones, y eso ha justificado aún más
la pregunta de Brusov. Este libro no da respuesta a esta pregunta, pero pone de
manifiesto el interés por ella e indica varias direcciones posibles de
investigación.
Es un trabajo de aficionados. Pero
sentimos la necesidad de emprenderlo, en la esperanza de que algún día se
constituya un grupo mejor equipado para proseguirlo. Aquella noble cuestión ha
estado, hasta hoy, pésimamente ubicada: en los camaranchones de los
especialistas, o en los asilos de alienados. Nosotros hemos tratado de
rescatarla de los locos o los embusteros que alegan revelaciones ocultas, y de
arrancarla al desprecio o a la inquietud iracunda de los arqueólogos. La
Arqueología, observó recientemente un corresponsal del New York Herald Tribune, es,
más que una ciencia, una vendetta. Se trata, más que nada, de
vengarse del descubridor que no ha encontrado nada por sí mismo. Hay que
excavar, aunque sea mal visto por los grandes, por los hacedores de teorías.
Pero a condición de no descubrir, al mismo tiempo, alguna idea no aceptada
sobre la historia humana.
Desplazar el paraíso en el tiempo, es lo
mismo que cambiar de sitio el mobiliario. Los tradicionalistas añoran el ayer.
Los progresistas cuentan con el mañana. Pero todos están de acuerdo en que
nuestros antepasados, vestidos de hojas y de pieles, golpearon estúpidamente
las piedras durante milenios esperando que saltara la chispa. También convienen
en la idea de que todas las civilizaciones son mortales. En cambio, nadie se
atreve a pensar que, en el decurso de millones de años, la inteligencia y la
pericia humanas pudieron conocer otros apogeos. No amamos la libertad ni el
infinito. Nos aferramos a un determinismo angosto y queremos que el tiempo de
la inteligencia humana ocupe solamente una parte diminuta del tiempo de la
creación. Si somos espiritualistas, consideramos al hombre como un animal que
recibió el don de concebir lo infinito y lo eterno..., pero desde hace
poquísimo tiempo. Si somos materialistas, pensamos que el hombre es un
producto de la Historia..., pero de una Historia muy reciente. Tampoco figura
en las convenciones la idea de que no todas las civilizaciones han
necesariamente de perecer. Sin embargo, nada sabemos de ellos. Sabemos demasiado
poco para establecer una ley. Descubrimos algunas civilizaciones que parecen
haber resplandecido durante milenios. Pero jamás nos permitimos hacer la
justa observación de que ciertas civilizaciones, a las que llamamos
primitivas, pero que siguen existiendo en el día de hoy, tienen todas las
apariencias de la inmortalidad. En fin, si la Humanidad, en el transcurso de
edades extinguidas, trató repetidas veces de subir los peldaños que conducen a
una altísima civilización inmortal, y resbaló, y cayó, ¿por qué no podemos
estar nosotros en camino de conseguir la escalada, de construir la civilización
que conocerá la inmortalidad en la Tierra y en los cielos? Esta pregunta
optimista hará sonreír a muchos, pues hoy está de moda el desdén, el
«catastrofismo» zumbón. Pero, en primer lugar, la moda es lo que pasa de moda.
Y, en segundo término, sería una estupidez detenerse en una posada tan
mezquina en el curso de un viaje tan largo y tan hermoso en el tiempo.
El tema de este libro no es muy
original. Ha sido utilizado por muchos autores desde la publicación de El retorno
de los brujos y de la revista Planéte, fundada por nosotros. Sin
embargo, hemos creído necesario reanudarlo a nuestro modo, a fin de limpiar
nuestro propio terreno. No es fácil levantar, Como recomendaba Nietzsche, «una
barrera alrededor de la propia doctrina para impedir que entren los cerdos».
Él mismo, desde su tumba, debió darse cuenta de esto. También es preciso
arrojar muchos cubos de agua y barrer furiosamente. Es lo que vamos a hacer
nosotros a lo largo de estas páginas. En ocasiones, podemos resultar un poco
enfadosos, por exceso de aplicación. Saltaos sin remilgos los capítulos
pesados, hojead, navegad a vuestro antojo; lo esencial está en el espíritu, no
en la letra.
Mientras escribíamos esta obra,
descubrimos, no sin cierta satisfacción, la existencia de un enésimo hijo de
El retorno
de los brujos. Era un librito popular, pero bastante documentado,
publicado en 1968 por la editora oficial de Moscú. Su autor, Alejandro
Gorbovsky, estudiaba la hipótesis de civilizaciones avanzadas en las edades
antediluvianas. Por encima de todo, nos satisfizo el prólogo. Había sido
redactado por un investigador oficial, el profesor Fedorov, doctor en ciencias
históricas. Oscilando entre el escepticismo y la seducción, decía Fedorov:
«Los
poetas y los escépticos son igualmente indispensables para la investigación.
Forman una combinación necesaria. El libro de Alejandro Gorbovsky es
importante porque plantea un problema esencial de la historia de los hombres.
Si el autor y los que piensan como él tienen razón, podrán explicarse hechos
hasta ahora inexplicables. Este libro constituye una noble empresa. El autor ha
querido poner al alcance de un público muy vasto una grande y generosa idea,
una nueva visión histórica. Y lo ha conseguido. Muchos lectores leerán esta
obra con un interés rayano en el apasionamiento: como yo.»
Nuestra satisfacción fue acompañada de
un poco de disgusto al pensar que, seguramente, no habría un solo universitario
francés de cierto renombre que
nos apoyase de igual modo. Cierto que fue
un disgusto ligero, pues nos hallábamos en los momentos en los que iban a
aparecer en las paredes de la Sorbona inscripciones como éstas:
«Profesores, ¡queréis hacernos viejos!» y «¡La Imaginación al
poder!>
Nuestro «Manual de embellecimiento de la
vida» se compondrá, si Dios nos concede un poco más de tiempo, de cinco
volúmenes.
El hombre eterno es un ensayo y una fantasía sobre el tema de las
civilizaciones desaparecidas.
El hombre infinito tratará de la
condición sobrehumana.
El hombre en la cruz, de los riesgos y oportunidades de esta
civilización; de la apuesta sobre las probabilidades.
El hombre comprometido, del contacto con inteligencias diferentes, en los
cielos y aquí abajo.
El hombre y los dioses del futuro desarrollará
la idea de que es probablemente imposible crear un mito nuevo, pero que el
advenimiento de semejante mito es indispensable.
Desde hace diez años, hemos
estado reuniendo la documentación necesaria para la composición de este Manual.
En lo que atañe a este primer volumen, y aparte de centenares de
corresponsales de todo el mundo a los que hemos expresado nuestro
agradecimiento, damos especialmente las gracias a Paul Émile Victor, director
de las expediciones polares francesas, que realizó, a petición nuestra, un estudio
sobre el enigma de los mapas de Piri Reis, y nos autorizó a reproducirlo aquí;
a nuestro amigo y colaborador en Planéte, Aimé Michel, que nos permitió
utilizar su artículo sobre los trabajos de Leroi Gourhan y el arte de las
cavernas, así como varias notas sobre la ciencia y los ingenieros de la
Antigüedad, y a Madame Freddy Bémont, profesor auxiliar de la Facultad de Letras
y Ciencias Humanas de Nanterre, que nos ayudó particularmente en la redacción
de los capítulos sobre Numinor, las ciudades de Catal Huyuk y el Imperio de
Dédalo.
Este Manual no aspira a una
categoría científica. Lo prudente, incluso a escala planetaria, es limitar el
propio ámbito. Nuestro ámbito es la poesía. Pero la poesía -como también la
Ciencia - saca lo que puede de todas partes, con el fin de producir un bien
mayor. La Ciencia busca la verdad, o al menos lo intenta sinceramente. La
poesía busca lo maravilloso, o al menos lo intenta con igual sinceridad. Y
quizás hay algo de verdad en lo maravilloso. Ahora bien, si alguien, abusando
de la autoridad científica -la cual, que yo sepa, no tiene por misión
desesperar al hombre- me dice: «nada maravilloso puede encontrarse en este mundo»,
me negaré obstinadamente a prestarle oídos. Con mis pobres medios, y con toda
mi pasión proseguiré mi búsqueda. Y si no encuentro nada maravilloso en esta
vida, diré, al despedirme de ella, que mi alma estaba embotada
y mi inteligencia ciega, no que no hubiese nada que encontrar.
L. P. 1970.
EL HOMBRE ETERNO
PRIMERA PARTE
VIAJE DE RECREO
A LA ETERNIDAD
CAPÍTULO PRIMERO
DUDAS SOBRE LA EVOLUCIÓN
Tomo el té con Sir Julian. - La religión
de los abuelos. - Un conflicto pasado a pérdidas y ganancias. - El enojo de
Cuvier. - Los triunfos del transformismo. - Bergson inventa «el impulso vital».
- Un mito bien alimentado. - El maridaje de la idea de evolución con la idea de
progreso. - Un «ismo» al que hay que vigilar. - Los apuros de la Biología. -
Donde los autores tienen otro delirio, pero moderado. - El escurridizo primer
hombre. - La hipótesis de una forma estable. - Una doctrina no aceptada: el
humanismo.
En el vestíbulo del «Atheneum
Club», frecuentado por ancianos caballeros que son honra y prez de la
inteligencia anglosajona, pueden verse dos grandes retratos: el de Darwin, y el
de su amigo Thomas Henry Huxley, pintor, naturalista y filósofo del
evolucionismo.
Una hermosa tarde de junio de 1963, me hallé
tomando el té, en la biblioteca del Club, con el nieto de uno de los dos
fundadores de la religión evolucionista. Porque, efectivamente, se trata de una
religión. El nieto no andaba equivocado al afirmarlo.
Yo dije a Julian Huxley:
-Sir Julian, usted publicó, en 1928, una
obra titulada Religión sin Revelación. Su idea se abrió camino. En 1958,
treinta años después de su publicación, este libro alcanzó una gran difusión
en edición popular. Y en el Congreso de Chicago, a raíz del centenario de la
obra de Darwin, hizo usted una declaración que tuvo enorme resonancia. «La
visión evolucionista -dijo-- nos permite distinguir las líneas generales de la
nueva religión que, con toda seguridad, surgirá para responder a las
necesidades de la próxima era.» ¿Podemos estar realmente seguros?
-Sí -me respondió Sir Julian-. El mundo la
espera. La Humanidad discierne, más o menos claramente, que hay algo como una
religión a punto de manifestarse. O, más bien (si excluyo a Dios o una
finalidad divina), un sentimiento exaltado de relación con el todo. Las
ciencias están ya lo bastante desarrolladas para que su convergencia pueda
producir una nueva imagen del Universo. Por eso, el proceso de evolución, en la
persona del hombre, empieza a tomar conciencia de sí mismo.
-Una conciencia cuasi-religiosa del proceso
evolutivo, ¿no es así?
-Oh, muchos amigos míos ponen objeciones al
término religión... Pero, en fin... Ya sabe usted que incluso los sistemas que
se dicen materialistas, como el marxismo, tienen aspectos típicamente
religiosos...
Decididamente, pensaba yo, mientras mojaba
una magdalena en el té, así como los franceses son anarquistas moderados, los
ingleses son místicos razonables. He aquí un Teilhard agnóstico. Está visto
que, en este momento y a este lado del canal de la Mancha, sopla un viento de
religiosidad sobre la frente de los viejos y honorables científicos. Tal vez
están descubriendo, en este tiempo de inquietud, con su sólido y discreto
orgullo, que sus abuelos darwinistas propusieron efectivamente al mundo una
nueva forma de religión.
Pensé en Haldane, otro descendiente de un
noble linaje de intelectuales ingleses.
También él
acariciaba ideas de religión sin revelación. Me había escrito:
«Hay que prever la posibilidad de que nazca una
nueva religión, cuyo credo esté de acuerdo con el pensamiento moderno, o, más
exactamente, con el pensamiento de la generación precedente. Hoy, podemos
encontrar huellas de este credo en las frases de espiritualistas eminentes, en
el dogma económico del partido comunista y en los escritos de los que creen en
la evolución creadora.»
Los que
«creen»...
Observaba a Sir Julian, que revolvía
tranquilamente el té con su cuchara. Aquel hombre no había cesado de acumular
honores y riesgos. Era un monumento levantado sobre la estrecha frontera entre
la generalización idealista y la prudencia académica, entre el misticismo de
su hermano Aldous y el determinismo de su abuelo. Después, mi pensamiento se
desvió a su turbulento colega Haldane, que había escogido también una noble e
incómoda actitud. Había sido comunista, y terminaba una brillante y poco conforme
carrera estudiando en la India la fisiología de los yoguis en éxtasis. ¡Esos
endiablados y grandes ingleses...!
Seguía una cadena de viejos caballeros.
Me parecía estar viendo al buen maestro de la psicosíntesis, el profesor
Assagioli, en su pequeño despacho de Roma. «Existe actualmente un hecho muy
importante y significativo -decía- y es la espera de una gran renovación
religiosa...»
Todas estas conversaciones tuvieron
lugar antes de que las capitales de Europa viesen surgir una juventud a la vez
revolucionaria y antiprogresista, ávida de cosas sagradas, mística y salvaje,
con su música sacra al revés y sus rebeldías parecidas a mímicas litúrgicas.
Tal vez tengo algo de médium. O quizá, simplemente, por tener menos años que
mis grandes ingleses, era más sensible que ellos al futuro. Esta renovación
religiosa se producirá -pensaba yo-; esto es seguro. Pero, ¿no saltará hecho
pedazos el dogma evolucionista, que sirvió de puente a dos o tres generaciones
para cruzar los períodos de eclipse de Dios? Haldane y Huxley retrocedían,
captados en travelling hacia atrás, en su conmovedora actitud de papaítos
bonachones inclinados sobre el porvenir: «¿Los que creen en la evolución
creadora?» Bueno, esto había que observarlo desde cerca, con dudas sobre el
cómo y el porqué. Yo, como buen hijo que era, me había aferrado a este dogma.
Un dogma que tal vez iba a fundirse, a disolverse, como mi bollo en la taza de
té.
Nuestros abuelos habían decretado la
muerte de Dios. Pero la Trinidad resistió el golpe. Sólo cambiaron las
palabras. El Padre se convirtió en la Evolución; el Hijo, en el Progreso; el
Espíritu Santo, en la Historia.
Matad al Padre de una vez para siempre. Es
decir, poned en duda la Evolución. Entonces, la noción de Progreso fallará por
su base; perderá su valor de absoluto; se despojará de su naturaleza casi
religiosa. Y, en consecuencia, la Historia dejará de ser necesariamente
ascendente. Hela aquí desprovista de mesianismo, reducida a pura crónica.
Quizá sea éste el verdadero paisaje, que permanecía oculto detrás de los
tabúes. ¿Un paisaje frío? Sin duda alguna. Un paisaje para adultos libres,
salidos de la tibieza de la matriz.
Naturalmente, hay que tratar con
precaución y respeto a los partidarios de la evolución. Durante el siglo
pasado, sostuvieron un duro combate. «Dios creó todos los seres vivos, cada uno
según su especie», afirma el Génesis. La Tecnología tradicional concuerda con
la visión platónica: la Naturaleza es la encarnación de los ideales, y la idea
de caballo existió antes que el caballo, diseñada desde toda la eternidad en
los cielos espirituales. Concuerda con la fijeza del sentido común y del lenguaje.
Hace menos de cien años, un obispo anglicano exclamaba: «¡No! ¡Nada de
evolución! ¡Dios creó efectivamente en seis días el mundo, comprendidos los fósiles!» El
«proceso de los monos» de Dayton, Estados Unidos, donde se persiguió a unos
profesores por haber enseñado el transformismo, sólo data de 1926. En la
actualidad, la Iglesia ha aceptado los datos fundamentales de la Antropología,
no sin guardarse de las tendencias teilhardianas a una «religión de la
evolución», bastante próxima, a fin de cuentas, a la de Huxley. Después de un
análisis neodarwinista de la evolución anatómica del hombre en el curso de las
edades geológicas, leemos lo siguiente en un diccionario de tendencia
cristiana:
«Los descubrimientos de fósiles humanos
que datan de las últimas edades geológicas, es decir, del terciario y del
diluviano, suministran la prueba de que el cuerpo humano participó en la evolución
de conjunto del mundo vivo. El cuerpo humano, en su forma actual, es la última
prolongación de este proceso evolutivo. Los conocimientos actuales de la
Ciencia permiten situar un poco antes de la época de transición que lleva del
terciario al diluviano, es decir, hace aproximadamente un millón de años, el
momento decisivo en que, diferenciándose de un cuerpo animal muy parecido al
suyo, el cuerpo humano hizo su aparición en su forma actual. Fue en este
momento cuando, después de una larga evolución del mundo animal y vegetal, el
ser de carne y de espíritu, llamado hombre, nació del acto creador de Dios y
pudo iniciar el camino de su propio devenir.»
La Iglesia moderna acepta, pues, que el
cuerpo del hombre es producto de la evolución. En cuanto al alma, mantiene su
posición. En cierto momento, en la cadena de transformaciones, aparece un
animal que se nos asemeja en gran manera. Entonces, interviene Dios: ése lo
haré a mi imagen; demos el soplo decisivo y un «devenir propio» a esa criatura
privilegiada.
Como vemos, el conflicto entre «fijismo» y
transformismo no está, ni mucho menos, resuelto. Todos están de acuerdo en lo
que se refiere al iguanodonte, al pez volador o al chimpancé. Pero el
cristiano recupera el espíritu del Génesis en la última etapa de la creación.
Sin embargo, este conflicto, tan fundamental, se pasa actualmente en silencio.
La amistad entre los progresismos cristiano y ateo bien vale que se pase por
alto esta confusión sobre la evolución. ¡Chitón!, camaradas, y marchemos
juntos y del brazo en el sentido de la Historia.
Cierto que la historia de la idea de
evolución es una historia de confusiones, como demostró muy bien Emmanuel Berl
en un notable y breve ensayo: La evolución de la evolución.
Esta idea de evolución daba náuseas a
Cuvier, el cual, empero, contribuyó mucho a su futuro al fundar la
Paleontología. Cuvier pensaba poder reconstruir cualquier animal partiendo de
un huesecillo. Esto era apostar por una arquitectura natural de las especies,
por una especie de «número áureo» del diplodoco o de la jirafa, por unos
ideales arquitectónicos que el transformismo hacía pastosos, entremezclados en
una papilla evolutiva. La multiplicación de las especies, la desaparición de
ciertas formas de vida, la aparición de otras formas, ¿son fruto de los
proyectos de algún gran arquitecto? En cambio, el transformismo veía un sólido
encadenamiento de causas y de efectos. Las especies se engendran según las
ingeniosas necesidades naturales. El finalismo de Lamarck, y también el de
Geoffroy-Saint-Hilaire, presuponen una acción determinante del medio. Los
seres vivos se transforman porque el medio ambiente y las condiciones de vida
les obligan a hacerlo. La adaptación es la causa determinante. Ella da patas a
los grandes reptiles, y calienta su sangre cuando se retiran las aguas. Una
rama de su descendencia se hace pájaro: bajo la influencia del medio, cada vez
más oxigenado, los flecos membranosos se convierten en plumas. La Zoología, la
Botánica y la naciente Biología abrigaban grandes dudas al respecto. Por
ejemplo, no se acababa de comprender por qué el lino y el cáñamo podían adoptar
formas muy distintas en un medio idéntico. -No se comprendía cómo las especies
que, según demostraba la observación, se resistían a mezclarse para producir
híbridos, hubiesen podido copular entre ellas de un modo tan extraño, en
tiempos en que no existían los zoólogos. A pesar de todo, el transformismo era
bastante satisfactorio para la inteligencia. Así como el hombre inventa
utensilios, la función crea el órgano. El caracol se provee de cuernos, de la
misma manera que el ciego se suministra un bastón; y la jirafa estira el
cuello para alcanzar los dátiles. Pero Fabre se preguntaba cómo habían vivido
las abejas antes de aprender a confeccionar la miel. «Lamarck -escribió
Cuvier, a quien aquél tachaba de loco- es, desgraciadamente, uno de esos
sabios que no han podido resistirse a mezclar conceptos fantásticos a los
verdaderos descubrimientos con los que enriquecieron nuestros conocimientos. La
teoría de la evolución es un grande y hermoso edificio que, desgraciadamente,
se apoya sobre cimientos imaginarios.»
Sin embargo, la teoría acabaría
imponiéndose. En efecto: no se podía negar que hubiese una historia cambiante
del ser vivo. Pero, ¿se apoyaba esta historia en alguna clase de determinismo?
No se podía tener la seguridad de que el transformismo lamarckiano fuese la
explicación acertada. Pero sí era seguro que había que buscar en el sentido de
un encadenamiento de causas y efectos. Si dudamos de que el efecto sigue a la
causa, y de que las causas producen necesariamente efectos, la Ciencia deja de
ser metódica y pierde su objetivo. Como observa Emmanuel Berl: «El transformismo tenía un triunfo muy firme
para los sabios: extendía el campo de aplicación del determinismo (...) Esta
evolución les parecía como una declaración de los derechos del determinismo
sobre la Zoología y la Botánica (...) Las especies animales son otros tantos
efectos, y estos efectos provienen de causas que la Ciencia podrá descubrir a
lo largo de los siglos, aunque no encuentre la causa primera, que no forma
parte de su campo de estudio. Esto es absolutamente indispensable; no hace
falta nada más.»
El transformismo lamarckiano fracasa,
pero Darwin reconcilia esta noción con la idea general de evolución...
proponiendo una explicación mecanicista a la transformación de las especies.
Se acumulan mutaciones insensibles, y la Naturaleza escoge, en función de la
selección. Pero, ¿con qué prodigioso juego de casualidades consiguió la Naturaleza
crear un órgano tan perfecto como el ojo de los vertebrados superiores? Darwin
confesaba que no podía pensar en esto sin que le acometiese la fiebre. Por lo
demás, era un intelectual carente de fanatismo, prodigiosamente abierto y
aventurero, que hacía, sólo por ver, lo que él llamaba «experimentos idiotas»,
como tocar la trompeta a unas enredaderas. Y Wallace, tan abierto como él, fue
un pionero de la Parapsicología. Pero ni las mutaciones insensibles, ni las
mutaciones bruscas de De Vries, conseguirán justificar el principio de selección
natural y, en suma, de evolución planificada. ¡Extraña historia la del reptil,
cuando empezó a salirle una punta microscópica de ala! ¡Y más extraña aún, si
una alita pequeña y verdadera le salió de un solo golpe! ¡Qué prodigiosas
coincidencias de casualidades las que, a través de mutaciones insensibles,
condujeron a un órgano tan perfectamente elaborado como el ojo del tigre! ¡Y
qué formidable producción de monstruos enfermizos, con las bruscas mutaciones!
¿Cómo puede actuar la selección natural en estas condiciones?
«Firmemente
resueltos a no poner en duda la evolución -escribe Berl- Bergson y toda la ciencia
de su tiempo reconocen que no tienen la menor idea de los mecanismos por medio
de los cuales se produce esta evolución. El golpe teatral más estupendo es la
conclusión de Bergson: ya que no podemos explicar la evolución de los
fenómenos, es necesario y suficiente explicar los fenómenos por la evolución.
Atribuir a ésta un poder creador, un "impulso vital" que empuje a los
seres evolutivos, aunque no encontremos en éste rastros de aquélla. Si no
comprendemos cómo pudo formar la evolución el ojo del hombre, razón de más para
decir: la evolución ha formado este ojo. Huelgan los mecanismos determinantes,
puesto que la evolución determina por sí sola.
»Al padre Teilhard le bastará con seguir este
camino real; lo encontró trazado por entero. »Por un extraño movimiento de
regreso, la evolución, que antaño se decía hija del determinismo y pretendía
proceder de él y ser su consecuencia necesaria, se vuelve contra él, lo niega,
reniega de él con un desdén que muy pronto ni siquiera tratará de disimular. No
afirma que los efectos tengan causas; no quiere afirmarlo. Lo esencial es que
corrobora y confirma el progreso, un progreso de la Naturaleza hacia la Inteligencia,
de la Historia hacia la Justicia, de la Humanidad hacia lo Sobrehumano.»
El transformismo, que, quiérase o no,
está en la base de la idea de evolución, es abandonado como mecanismo
coherente, como encadenamiento de casualidades. Existe una causa final, que
produce efectos a lo largo de la historia de los seres vivos. Es un
determinismo invertido, y los fenómenos inexplicables de la evolución se
explican por el solo Hecho de que son resacas del futuro.
Y, si la genética descarga un golpe mortal
al transformismo, no por ello destruye la idea de evolución ascendente. Porque
esta idea ha pasado del nivel de la explicación científica al nivel de mito
necesario para una civilización.
La teoría de los cromosomas de Weisman y
las leyes de Mendel destruyeron las tesis sobre las mutaciones que habían
venido en apoyo del transformismo. Al afirmar que los caracteres transmitidos
son invariables,. y que no puede haber transmisión de los caracteres
adquiridos, ya que la herencia actúa, no de organismo a organismo, sino de germen
a germen estable, la genética no dice nada en absoluto a favor del
evolucionismo. Cuando Lyssenko y los mitchurinianos de la época estalinista se
pronuncian a favor de la evolución y contra la genética, lo hacen con plena
conciencia de la contradicción en que incurren. Pero necesitan apoyos
«científicos» para el mito necesario. En nombre de la verdad científica, envían
a los geneticistas a presidio; pues, para ellos, la Ciencia no es solamente la
verdad, sino la verdad más la esperanza; la esperanza de ser causa, de poder
modificar y mejorar la naturaleza del hombre por un cambio del medio que dé al
transformismo la posibilidad de ejercer sus virtudes. Cierto que era una
crueldad inútil enviar a los sabios a la muerte. Pero aquellos materialistas no
tenían suficiente confianza en el mito. Ni siquiera hubiese sido necesario el
silencio. El mito de la evolución ascendente vive muy bien y engorda con las
contradicciones, que le sirven de suero.
Los transformistas de principios del siglo
XIX consideraban más que suficiente el haber sustituido el arbitrio del
Creador por una hipótesis que implicaba cierto determinismo. No se pronunciaban
sobre un sentido cualquiera de la evolución. Las causas engendraban efectos, la
acción del medio y la selección natural hacían que se modificasen las
especies, las formas de vida se desplegaban, obedeciendo a necesidades
implacables, desde la amiba hasta el hombre. Se guardaban muy mucho de
pronunciarse sobre una cuestión que, por lo demás, les habría parecido
desprovista de espíritu científico: ¿tiene la evolución un sentido? El transformismo
no era pesimista ni optimista. Se negaba a dar una intención y una dirección a
un fenómeno natural. En esto, se avenía bastante bien con el espíritu de la
época, que mantenía un equilibrio bastante desmañado entre la esperanza y la
desesperación, con una ligera preferencia por la lucidez amarga. Julio Verne
era contemporáneo de unos filósofos que profetizaban el Apocalipsis, y Baudelaire
exclamaba: «¡El mundo se acaba!» Por otra parte, la Física de la época tiene
negra la color. La entropía generalizada condena al Universo a la extinción.
Nietzsche encuentra, en el determinismo que preside la evolución de las
especies, algo con que alimentar su visión trágica. Se pasma sombriamente ante
la dureza implacable de la selección natural y al ver aparecer el hombre sobre
un inmenso cementerio de especies enterradas. Los biólogos, que «no vieron a
Dios en sus probetas», se encogerían de hombros, bajo su levita negra, si se
asignase un sentido cualquiera a los fenómenos naturales. Sólo los
determinismos fisicoquímicos se hallan en juego. Y los propios psicólogos se
colocan a su lado: la inteligencia y las virtudes son productos, como el
alcohol y el azúcar. En cuanto al hombre, desciende
del mono. El propio verbo excluye toda idea de una ascensión cualquiera del
ser vivo, de una dirección positiva del «impulso vital». El Génesis nos hacía
nacer del polvo y nos decía que volveríamos a él. El dogma afirmaba que éramos
barro animado por Dios. No somos este producto de la voluntad del Señor, sino,
simplemente, un primate que evolucionó por el juego de causalidades ciegas y
fue arrojado a una Naturaleza que no tiene ningún fin y que, por lo demás, está
condenada a la extinción por la termodinámica.
Si, por una extraordinaria circunstancia,
los descubrimientos de la genética moderna se hubiesen realizado antes del
advenimiento de la civilización industrial, los partidarios del fijismo
habrían llevado la mejor parte. Como dice acertadamente Emmanuel Berl, estos
descubrimientos habrían «entusiasmado a los filósofos más obsesionados por lo
Eterno, más indiferentes a la Duración». No se habría hablado de «impulso
vital», ni, con mayor razón, de “evolución creadora” .
Los principios de majestuosa inmutabilidad
de la Naturaleza habrían triunfado, y toda nuestra visión del ser vivo, de la
historia del hombre y sus sociedades, de nuestra propia civilización, se
habría modificado.
Pero, mientras tanto, la idea de evolución
se había emparejado con la idea de progreso. Con la civilización industrial y
sus primeros y espectaculares logros, se extinguió el concepto de que la edad
de oro había quedado atrás. La máquina de vapor y la electricidad desplazaban
el paraíso desde atrás hacia delante. Íbamos a «triunfar sobre la Naturaleza»,
a cambiar las cosas y, por consiguiente, a cambiar el hombre. El transformismo
volvía a recobrar el pelo de la dehesa; la industria, que transformaba el
medio, transformaría la Humanidad. La «marcha hacia delante» es
«irreversible». «Es imposible detener el progreso»; la Humanidad puede confiar
en descubrir un sentido a la Historia.
Hegel elabora la metafísica del progreso,
y Marx, su antropología. El impulso fáustico que se desarrolla en la fábrica y
en el laboratorio enlaza con el mítico «impulso vital», y es este último mito
el que dará carácter de absoluto a un hecho de civilización muy limitado en el
tiempo.
El medio determina la transformación, y la
función crea el órgano: he aquí el fondo de lamarchismo que volveremos a
encontrar en el «socialismo científico». Y cuando Marx declara que la Humanidad
realiza sus descubrimientos en el momento en que le son necesarios, es también
Lamarck quien habla. Las implacables leyes de la «evolución económica» tienen
mucho de transformismo, y el principio de la lucha de clases es primo hermano
de la selección natural.
La idea de evolución creadora, que es un
invento de la mente para dar cuenta de una historia general del ser vivo cuyo
mecanismo no puede explicarse, servirá para justificar plenamente los
sacrificios que en nombre del progreso exige la naciente civilización
industrial. ¿Es el progreso una noción relativa? ¡No, y no! El progreso radica
en la
naturaleza de la evolución. Participa del impulso que eleva al ser
vivo en el decurso de los tiempos. Es correlativo a la evolución. «Con el apareamiento de la evolución y el
progreso -dice Berl-, la evolución (es decir, la idea de evolución creadora,
que era mucho más mítica que científica) adquiere dignidad política, y el
progreso (que no era más que una constante bastante dudosa, prendida en una
estrecha coyuntura del tiempo) cobra dignidad científica.»
Pero desde el momento en que el progreso adquiere
esta dignidad y se erige en rey del mundo, le conviene rechazar todo el pasado
y sumirlo en una noche de prolongados, torpes y balbucientes esfuerzos. El
progreso es el magnífico heredero de toda la evolución, el producto
resplandeciente, definitivo, de tres mil millones de años de vida y de
esfuerzos por conseguir esta entidad espléndida. El progreso ilumina el mundo.
Antes, el mundo estaba a oscuras. En realidad, el hombre no conocía la luz del
día. Esto es lo que significa el término «siglo de las luces». Es el siglo que
ve nacer la idea del progreso. Con él, llega nuestro tiempo, el tiempo de los
hijos del tiempo. Surgimos al fin, y tomamos por nuestra cuenta las riendas de
la evolución; nosotros, que hasta entonces habíamos estado ligados a una lenta
evolución de la materia, a un tímido avance, sofocante y terrorífico, sometido
a la mordedura de las inclemencias químicas, de los organismos nocivos que
vegetaban en las encharcadas aguas del Devónico.
A partir de entonces, tenemos la seguridad
de que el progreso está justificado por la evolución y de que la Historia
tiene, en consecuencia, un carácter mesiánico. Pero debemos considerar si esta
certeza deriva de los imperativos de nuestra civilización industrial y
técnica, más que de una realidad científicamente revelada. Emmanuel Berl tiene
muchísima razón cuando habla, a este respecto, «de la presión ejercida (sobre
los defensores de la evolución creadora) por la civilización que les rodea».
Es ésta, sigue diciendo, «la que, sin duda alguna, confiere a las ideas de
evolución y de progreso un valor que no guarda proporción con los fenómenos
efectivamente comprobados. Es ella quien orienta las investigaciones en el
sentido conveniente, anulando las prevenciones contra palabras que significan
e insinúan mucho más de lo que expresan; la que incita a confundir una teoría,
verosímil pero discutible, como todas las teorías, con un conjunto de hechos
establecidos. Estos hechos pueden revelar situaciones pretéritas, sucesiones,
causalidades; pero no pueden, evidentemente, revelar finalidades y, menos aún,
el sentido último de unos procesos que no han finalizado y cuyo término es
imprevisible.
»No
conocemos, ni podemos conocer, el desenlace de los combates que la vida
entabla contra sí misma y contra la materia inanimada. Los biólogos no podían
prever la bomba atómica, ni saben qué nuevos virus podrán, mariana, diezmar
nuestra especie. Su evolucionismo implica, pues, un acto de fe; un acto de fe
que ni siquiera se apoya en una revelación y que se hace aún más difícil desde
el momento en que excluimos la transmisión de los caracteres adquiridos. Al
profesar el evolucionismo, creen dominar y dirigir la Sociología, cuando en
realidad no hacen más que someterse a ella. Pues es la Sociología, y no la
Biología, la que presta a la evolución el prestigio y el atractivo que ejerce
sobre nosotros. Es el progreso del hombre, y no el de las especies animales y
vegetales, el que rige nuestro trabajo y nuestras ideas.
»Y, si nos sentimos inclinados a pensar
que todo va de mejor a mejor en el mundo, es porque vemos aumentar el poder que
el hombre ejerce sobre él. Montaigne se burlaría de esta idea. Pero, se mire
como se mire, en la actualidad todos saldríamos ganando si considerásemos la
evolución con mayor desconfianza y si empleásemos esta palabra con más cautela
y con mayor rigor. El evolucionismo se volvió contra el determinismo, después
de haberse confundido con él; se volvió devoto, si no ortodoxo, después de
haber sido ardientemente librepensador. ¿Cómo saber a qué causas servirá
mañana? Ni siquiera podemos afirmar que asegure el bienestar de sus
adeptos: los poetas nos enseñaron, hace
mucho tiempo, que se puede torturar con
la esperanza, y los historiadores, que los
jefes de los pueblos pueden hacer más atroz la vida presente, en nombre
del porvenir mejor que les prometen. Las
peores tiranías se hacen excusables, e incluso se justifican, cuando damos por
cierto que el mundo, sometido a una fatalidad dichosa, camina hacia un estado
paradisíaco. Si, pase lo que pase, todo tiende al bien, el mal deja
de existir; una enorme carnicería no detendría el curso de la evolución; algunos
pueden incluso alardear de que la aceleraría y de que una pequeña sangría de novecientos millones de hombres
facilitaría a los supervivientes, el acceso a la sociedad sin ciases a la que
aspira el socialismo; de la misma manera, los nazis se jactaban de que,
eliminando las razas inferiores, harían más rápido y seguro el juego bienhechor
de la selección natural. El evolucionismo no está más exento de delirio que
todos los otros "ismos". Incluso es preciso vigilarlo de cerca, sobre
todo si se quiere defenderlo».
A decir verdad, no me siento inclinado --y
tampoco Bergier- a «defender el evolucionismo». ¿Y si la evolución fuese como
una de esas muñecas debajo de cuya falda aparecen otras varias muñequitas
enteramente formadas? ¿Si hubiese habido, por ejemplo, varias apariencias del
hombre, y varias tentativas hermanas de dominar la Naturaleza? ¿No habría
entonces, en esta creencia positiva, un optimismo que no iría acompañado de la
fe en un «impulso vital» ascendente, ni del rechazo de todo el pasado de la Creación
en una oscuridad fangosa? Habría habido varias tentativas, y la actual sería
la buena. Naturalmente, también esta idea es delirante. Pero el retroceso
incesante, durante los últimos años, del campo de observación de la historia
humana, proporciona buenos puntos de apoyo a este delirio.
Los biólogos modernos -advierte André Bouthoui
en su obra Variaciones y mutaciones sociales- se inclinan a creer que, durante
el último período geológico, la Naturaleza dejó de crear nuevas especies
animales. Cuénot (La evolución biológica) calcula que, hace unos quinientos
millones de años, después de la aparición de los pájaros, el verbo creador de
la Naturaleza pareció agotarse. Ninguna estructura nueva surgió después de los primates y del hombre.
Y, no obstante, parece que no
varió la densidad media de radiación, que nada cambió sensiblemente en
nuestro medio físico. Entonces, ¿qué pensar de la evolución como proceso
continuo? «Las observaciones de la Biología moderna -sigue advirtiendo
Bouthoul- hacen dudosa la aparición de mutaciones que den origen a especies
nuevas.» Morgan sometió a ciertos insectos a los tratamientos más variados,
comprendido el bombardeo con rayos correspondientes a las condiciones físicas
de las épocas geológicas más antiguas, sin obtener resultados probatorios.
Sin embargo, la especie humana
modifica, en muy pocos siglos, sus posibilidades de acción, sus modos de
existencia. Aquí, para no perder el hilo del evolucionismo (confundido en
nuestras mentes con la noción de progreso), recuperamos acrobáticamente la
idea de las mutaciones, declarando que «la creación de las máquinas y de las
técnicas constituye verdaderas mutaciones biológicas de la especie humana», y
que, si la evolución ascendente no ha afectado al homo en general, sí que ha influido en el homo sapiens y en sus sociedades. Como si la Naturaleza, bruscamente fatigada, o la
evolución progresiva, al sufrir una avería, hubiesen delegado sus funciones en
el homo sapiens. Y, en nuestro empeño de ser
evolucionistas a pesar de todo, volvemos al puro y simple acto de fe de un
Padre de la Iglesia, san Clemente de Alejandría: «Una vez definitivamente terminada la Creación, el hombre fue encargado
de regir los destinos de la Naturaleza.»
A menos, que, en nuestra
búsqueda de huellas de una evolución, las encontrásemos efectivamente. Pero
ésta debería actuar exclusivamente en el hombre. Y, en este caso, tendríamos
que hacernos a la idea de que el hombre es una criatura excepcional,
perteneciente a una especie privilegiada; de que el hombre es objeto y producto
de determinadas fuerzas: «Algunos biólogos opinan
en la actualidad que las mutaciones espontáneas, visiblemente terminadas en
las especies animales, siguen produciéndose en el encéfalo humano, principalmente
en las zonas corticales, de suerte que
las modificaciones de las mentalidades no serían más que el aspecto
psicosociológico de aquellas mutaciones espontáneas, de origen misterioso y
tal vez cósmico» (Bouthoul). Situados en estas perspectivas, contrarias a la
teoría general de la evolución, no tendríamos más remedio que declarar que el hombre es un animal fuera de serie, que
constituye una forma viva ajena al proceso global. He aquí una declaración
que nos sentirnos fuertemente tentados a hacer, por nuestra cuenta y riesgo.
Pues bien, dejémonos tentar. Planteadas así las cosas, tenemos que añadir que
esa forma viva, que escapa al proceso general, podría muy bien aparecer, no al
final de una lenta evolución, sino de manera acelerada, y cada vez que le resulta posible. En la historia de
nuestro planeta, el hombre pudo aparecer varias veces durante los millones de
años que quedaron atrás. De suerte que, considerado a la escala de nuestras
vidas y de la duración de nuestras civilizaciones, podríamos decir que el
hombre es eterno. Esta hipótesis no es mística. No presupone un Dios testarudo
y vigilante, que crea al hombre cada
vez que las condiciones se lo permiten. Es una hipótesis natural. Así como el
azar no interviene en la química, tampoco influiría en la evolución. Así como
existen moléculas estables, habría al menos una forma de vida, el hombre, que
se manifestaría con constancia, cada vez que se presentase la ocasión; que
pasaría por muchas vicisitudes, avatares, altibajos, degeneraciones y en una
eterna tentativa de realizarse; con plenitud.
Cada nuevo descubrimiento hace retroceder la fecha
de nacimiento del primer hombre. En setiembre de 1969, un congreso de
antropólogos y paleontólogos, reunidos en la sede parisiense de la UNESCO,
rechaza la idea de que el hombre de Neandertal fuese nuestro antepasado, y
admite que, hace más de dos millones de años, existía un, hombre que
confeccionaba útiles y practicaba un culto a los muertos. Pero esto resulta ya
insuficiente. Las excavaciones del Chad revelan una Humanidad cuya antigüedad
se remonta a seis millones de años. Esta pista podría seguir indefinidamente
y hacernos pensar que, a nuestra escala, hablar del primer hombre es lo mismo
que hablar del extremo del Universo.
No pretendemos
lanzar la idea de que el nacimiento del hombre podría ser sincrónico de la formación
de la vida sobre la Tierra, hace más de tres mil millones de años. Pero es
posible que, en diez millones de años, surgiese la especie humana,
desapareciese a causa de ciertos cataclismos y volviese a aparecer, de .la
misma manera que renace la vida en las islas convertidas en improductivas por
erupciones volcánicas.
«La explicación darviniana de la
transformación de las especies por mutaciones lentas y graduales es, en la
actualidad, difícilmente aceptable. Una propiedad que no ha tenido tiempo de
afirmarse, que sólo existe en estado embrionario, tiene muy pocas
probabilidades de alcanzar jamás el estado adulto: con frecuencia, no es más
que un obstáculo en la lucha por la vida, y, por esta propia circunstancia,
está condenada a desaparecer. ¿Cómo pudo, en estas condiciones, desarrollarse,
fase por fase, esa totalidad constituida por un ser completamente nuevo?» Ésta
es la pregunta que se formula un biólogo como Heinrich Schirmbeck. Sin embargo,
y fundándose en los resultados suministrados por la Antropología, pone fuera
de duda que el hombre, «elemento de la Naturaleza, tiene un pasado biológico cuyas raíces se hincan en un conjunto
de formas animales preliminares». Al propio tiempo, otros sabios al tropezar
con la imposibilidad de explicar evolutivamente la génesis del hombre, no han
vacilado en dar un rodeo para salvar el obstáculo, en aislar al hombre del
resto del universo y en atribuirle, desde el principio, un devenir propio.
Así, Edgar Dacqué, en vez de considerar al hombre como la forma más reciente
de una larga evolución, afirma que es el «primogénito» de la creación, cuyo
centro ocupa. Según Dacqué, el hombre sería el ser primeramente concebido en
el decurso de todos los tiempos, y toda la creación habría proliferado
alrededor de este modelo inicial.
Nuestra hipótesis parece, en
relación con aquélla, un poco menos fantástica. Presupone una forma de vida
estable, que aparece y desaparece según coincidan o no las condiciones
necesarias, que se manifiesta, se extingue y reaparece en el decurso de los
tiempos. ¿Es esto un «verdadero delirio utópico», como el de Dacqué? En todo
caso, y habida cuenta de que el curso de los tiempos «humanos» se prolonga sin
cesar ante nuestros ojos a medida que progresa la investigación antropológica,
tenemos perfecto derecho a buscar explicaciones distintas de las del
evolucionismo.
En 1856, cuando se
descubrieron los primeros fragmentos del esqueleto de! hombre de Neandertal,
no faltaron expertos que declarasen que el hombre no se remontaba a tiempos tan
remotos y que se trataba de restos de un salvaje o de un idiota. Pero, desde
hace un siglo, se han exhumado en muchos lugares del mundo restos de hombres
fosilizados y de hombres-monos, sin que sea fácil, frente a formas ora
indescifrables, ora humanas, establecer filiaciones y trazar un árbol genealógico.
El neandertaliano, que tallaba los finos útiles de la época musteriense, que
construía sepulturas y se comunicaba con el lenguaje de los conocimientos
técnicos, se nos presenta actualmente como un momento de la historia humana
(cincuenta mil años atrás) incomprensiblemente suspendido en la noche de los
tiempos. Parece como una aberración, fruto de cruzamientos entre un homo habilis infinitamente más antiguo, o
de un homo sapiens ya aparecido, y los pitecántropos,
una variedad de cruce, como el hombre de Solo, en Java.
El doctor Leakey, que, desde
hace más de cuarenta años, realiza excavaciones en África Oriental, descubrió
en Kenya, en 1948, vestigios de uno de los primeros eslabones de la cadena que
pudo dar origen a los primates y al hombre, vestigios cuya antigüedad se estima
de unos cuarenta a veinticinco millones de años. En 1959, el doctor Leakey
descubrió el tipo homínido más antiguo de los conocidos hasta entonces, el zinjántropo australopiteco, que había morado en
Olduvai, Tanzania, hace de 180.000 a 800.000 años. En 1962, descubrió el
kenyapiteco, cuya antigüedad se remonta a unos cincuenta millones de años y que
parece situarse también en la línea de los antepasados homínidos. En 1963,
pensó que un nuevo descubrimiento efectuado en Olduvai, el del homo habilis, ponía en tela de juicio todas
las teorías existentes sobre el origen del hombre.
«El descubrimiento de una
criatura que presentaba rasgos tan parecidos a los humanos y que vivió hace
un millón ochocientos mil años, constituyó, por sí solo, una revolución
-escribió Madame Yvonne Rebevrol en Le Monde, comentando el Congreso de la
UNESCO-. Hasta entonces, la línea de los homínidos avanzaba desde el
antiquísimo australopiteco hasta el homo sapiens (es decir, el hombre de hoy)
que se suponía aparecido hace solamente unos 25.000 años. La evolución estaba
jalonada por el pitecántropo nada por el pitecántropo, más tardío y evolucionado
que el australopiteco,
y por el hombre de Neandertal, más primitivo que el homo
sapiens. Pero he aquí que aparece una nueva criatura, tan antigua
como los australopitecos, pero que muestra chocantes analogías con el homo
sapiens. Según el doctor Leakey, es el homo habilis nuestro único
antepasado, mientras que los otros homínidos no son más que ramas defectuosas
que no tuvieron descendencia. El australopiteco, el pitecántropo y el homo
habilis aparecieron al mismo tiempo, pero solo el homo
habilis fue punto de partida de la fructífera evolución que condujo
al homo
sapiens. Por lo demás, hay que observar que, en diferentes lugares,
pero principalmente en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Hungría, se han
encontrado cráneos fósiles cuyas características hacen pensar en el hombre
actual, pero que proceden de yacimientos muy antiguos. Recientemente, en el
yacimiento del río Omo (Etiopía), se han descubierto dos cráneos muy
"modernos" pero también antiquísimos. Esta dispersión de tipos
sumamente evolucionados presupone, evidentemente, una dispersión anterior del
tronco, del homo habilis. (...)
»Sin embargo, el doctor Leakey sigue opinando
que el hombre "nació" en la zona que comprende el África Oriental,
Arabia y el oeste de la India.
En la India, ha sido descubierto un mono fósil,
el ramapiteco,
más reciente pero bastante parecido al kenyapiteco, y se ha
puesto también de manifiesto una industria primitiva. Mr. Leakey está
convencido de que unas excavaciones sistemáticas en la India o en Arabia
resultarían extraordinariamente fructíferas, puesto que el África oriental
muestra incesantemente su riqueza en fósiles. Después de los yacimientos de
Tanzania y de Kenya, Etiopía reveló el del río Omo. La latitud y las alturas
escalonadas en estas regiones fueron extraordinariamente favorables a la
aparición y a la evolución de los homínidos primitivos. Sus tierras volcánicas
son ideales para la conservación, de los fósiles: Cuanto más se busca, más se
encuentra. En fecha muy reciente, Mr. Leakey descubrió, en Olduval, un cráneo
de homo
habilis que parece completo o poco menos (Le Monde, 19 de agosto de
1969). El doctor Leakey mostró un diente encontrado en territorio kenyano, al
sur del lago Rodolfo: este diente parece haber pertenecido a un homínido que
vivía hace ocho millones de años.»
Sin embargo, Leakey opina que el homo sapiens
sólo pudo aparecer cuando tuvo posibilidad de encender fuego, es
decir, «la seguridad y la tranquilidad mental necesarias para que se produjese
el pensamiento abstracto». Los útiles aparecieron muy pronto, pero no
determinan el paso del prehombre al hombre. El hombre propiamente dicho nació
con el pensamiento abstracto, los conceptos de magia, la religión y el arte.
Según el doctor Leakey, se necesitó un período considerable de tiempo para
pasar del homo habilis al homo sapiens, cuya antigüedad sería
solamente de unos cien mil años.
Esta tesis no se apoya en nada
definitivamente establecido. Solamente jalona incertidumbres, partiendo de
vagas estimaciones. Lo único cierto es que, «cuanto más se busca, más se
encuentra». Un homo habilis de varios millones de años. Un homo
sapiens de cien mil años; y algunas suposiciones constantemente
puestas en tela de juicio, flotando en este océano del tiempo. Pero, si
vivieron homínidos hace más de ocho millones de años, se derrumba la teoría
clásica de la evolución. Y, si el hombre pensante existe desde hace cien mil
años, tenemos lógicamente derecho a preguntarnos si es posible aceptar
tranquilamente la idea de que sólo adquirió luces y poder en los últimos
siglos, de que hubo un único momento privilegiado en esta larga aventura, un
momento comprendido en la última quingentésima parte del tiempo humano, surgido, a su vez, de una noche oscura de ocho
millones de años.
Y si, como opina Leakey, el homo sapiens aparece con la magia, es
decir, con el intento de dominar el mundo visible por medio de fuerzas invisibles,
podemos considerar nuestros dos siglos de tecnología como una de las formas
asumidas por la prolongada búsqueda mágica, entre las muchas que se
desarrollaron, con éxito o sin él, en el decurso de tiempos inmemoriales. Esta
manera de ver la cuestión es, en todo caso, menos fantástica que la manera
convencional que presupone dos siglos de revelación en cien mil años de
letargo y, en resumidas cuentas, un extraordinario racismo temporal.
Es curioso que combinemos con
tanta satisfacción la idea de que la última quingentésima parte del tiempo
humano nos ha convertido en señores de toda la Humanidad pensante, con la idea
evolucionista que liga nuestra ascensión al oscuro proceso general de lo
viviente, que hacía salir al reptil de su légamo, y a la química ciega que,
añadiendo dos pequeños balones a su débil cerebro, daba origen a los
hemisferios cerebrales. Quizá sería útil para la mente, al menos a modo de
ejercicio, considerar las actitudes inversas: situarnos menos excepcionalmente
en la historia humana y más excepcionalmente en la historia de lo viviente;
pensar que el hombre podría ser una forma estable, capaz de manifestarse en repetidas
ocasiones, con éxitos o catástrofes. Este antirracismo temporal y el
sentimiento de que la Humanidad podría ser, en la Tierra y en el Universo, una
forma de emergencia estable, un punto final de las energías, la plasmación del
eterno empeño del ser en manifestarse, podría influir en la civilización, en
la sociedad y en la moral. Que el hombre más humilde sea un objeto de valor incalculable.
Que la totalidad de los tiempos humanos sea considerada con la mayor
predisposición al respeto, a la admiración y al asombro. Si rebuscamos en el
almacén de las doctrinas no admitidas, encontramos una bastante adecuada: el
humanismo.
CAPíTULO II
EL DESLIZAMIENTO DE LOS CONTINENTES
Una mirada infantil al mapa
del mundo. - Es un rompecabezas. - La idea de Wegener. - Le dan la razón
treinta años después. - Breve digresión sobre el paleomagnetismo. - Einstein
prologa la obra de Hapgood. - Cómo se produciría el deslizamiento de los
continentes. - Una teoría nueva: el fondo de los océanos se mueve. Unas
palabras sobre la Atlántida. - ¿Qué fue la Antártida? - Un sueño de Hapgood. -
Viajemos en trineo, con Paul-Érnile Victor, por los senderos del tiempo.
Vestigios de materia orgánica fueron
descubiertos en dos fragmentos de Luna traídos por sus primeros exploradores.
¿Son estos vestigios de origen genuino? ¿O fueron incorporados por los propios
cosmonautas, a pesar de todas las precauciones? Aún sabemos muy poco sobre la
composición de nuestro satélite. ¿Por qué la
atmósfera de Marte no ha de contener nitrógeno, si se cree observar amoníaco en
ella? Hay muchas preguntas sin respuesta. Las informaciones son escasas y
fragmentarias. Pero, ¿lo sabemos todo sobre la Tierra en que habitamos? Ni
mucho menos. Sus profundidades nos son en gran parte desconocidas. Su historia
sigue siendo enigmática.
Contemplad un mapa del mundo.
¿Es un rompecabezas cuyos pedazos fueron separados? La costa oriental de las
Américas parece haberse despegado de la costa occidental de Europa y África.
¿Se habrá separado poco a poco, hasta el punto ¿le convertir un estrecho en ese
Atlántico de 4.800 kilómetros de anchura?
¿Y el océano índico? ¿Y no
parecen África del Sur, Madagascar, la Antártida y Australia pedazos de un
rompecabezas a la deriva? Hace ya mucho tiempo, los geólogos se vieron
sorprendidos por las semejanzas de formaciones rocosas descubiertas en África
del Sur, el Dekkán, Madagascar y el Brasil, y algunos de ellos formularon la
hipótesis de un continente primitivo: el Gondwana. Los primeros estudios de la
geología antártica les incitaron a atribuir una parte del continente austral
al Gondwana. En diciembre de 1969, se descubrió en la Antártida (Montes
Alejandra) el cráneo de un listrosauro. Éste es un reptil que se supone que
vivió a principios del período secundario, hace 230 millones de años. Fósiles
análogos habían sido encontrados en África del Sur y en Australia. Existen
similitudes evidentes entre las floras fósiles de la Antártida, de África del
Sur, de Australia y de América del Sur. Y el carbón de la Antártida procede de
fósiles de grandes árboles que hacen pensar en un clima ecuatorial.
En 1914, un alemán, el
geofísico y meteorólogo Alfred Wegener, lanzó una hipótesis global. Según su
teoría, todas las tierras formaban al principio un solo bloque. Después, debieron producirse dislocaciones, en épocas
diversas, y cada continente marchó a la deriva. Wegener murió en 1930, durante
una expedición a Groenlandia. Y su tesis cayó en el descrédito.
«Yo mismo empecé mis
investigaciones con la intención de demostrar que la teoría de Wegener era
absurda», declaró en 1969 Patrick M. Hurley, profesor de geología del MIT.
Pero, ante el cúmulo de hechos recientemente descubiertos, reconoció que el
sabio alemán tenía razón en lo esencial: los continentes cambian de sitio.
En efecto, a partir de 1950,
una nueva serie de elementos devolvió su fuerza a la idea de la movilidad de
la corteza terrestre y del deslizamiento de los continentes.
Vamos a verlo. Y que se nos
perdone el tecnicismo de esta breve exposición.
El paleomagnetismo es el
estudio de la dirección y la intensidad del magnetismo de las rocas. La
importancia de esta magnetización estriba en que está orientada en el sentido
del campo magnético terrestre en la época del enfriamiento. En la roca
sedimentaria se halla, pues, contenida la indicación de la orientación del
campo magnético de la Tierra en un período dado.
Al proseguir en Europa los
estudios sobre formaciones rocosas cada vez más antiguas, se descubrió que,
cuanto más viejas son las rocas, nos dan posiciones del polo magnético más
alejadas de la del polo geográfico actual. Ciertas rocas de hace cuatrocientos
millones de años nos dan un polo situado en el ecuador. Así, pues, los polos,
o los continentes, han cambiado de sitio.
El estudio de las rocas de una
misma época en continentes diferentes debería darnos igual posición para el
polo. Sin embargo, los experimentos dieron un resultado distinto. en vez de
coincidir, los polos paleomagnéticos de América del Norte se inclinan
sistemáticamente al oeste de los de Europa. Esto sólo tendría explicación si
América del Norte se hubiese desplazado hacia el Oeste, en relación a Europa.
Lo cual nos lleva de nuevo a la teoría del deslizamiento de los continentes.
De manera parecida, los
antiguos polos de los continentes australes no coinciden con los polos del
hemisferio Norte. Pero existe una diferencia: ¡ otros elementos permiten
suponer que las tierras del hemisferio Sur se separaron más que las del
hemisferio Boreal.
Las direcciones de
magnetización tomadas de piedras sedimcntarias de Africa Central sitúan el.
polo Sur en la República Sudafricana. Datos análogos observados en Australia
sitúan aquel mismo polo, en igual período, en la parte meridional de Australia.
Si estas indicaciones proporcionadas por África y Australia sobre la posición
del polo Sur, hace trescientos millones de años, son exactas, Australia debía
encontrarse situada, en aquel entonces, un poco al Norte y junto a
la costa este de África del Sur. Eso confirmaría la teoría de que, hace
trescientos millones de años, las tierras formaban una sola masa.
La tesis de Wegener fue
adoptada por Charles H. Hapgood, con mucha resonancia, y sostenida por Albert
Einstein, abierto siempre a las ideas nuevas. En 1958, Einstein prologó la obra
de Hapgood, en estos términos:
«Frecuentemente recibo
comunicaciones de personas que desean consultarme sobre sus ideas inéditas.
Inútil decir que raras veces poseen estas ideas el menor valor científico. Sin
embargo, la primera comunicación que recibí de Monsieur Hapgood me electrizó.
Su idea es original, muy sencilla, y, si puede apartar nuevas pruebas a su
argumentación, de gran importancia para todo lo relativo a la historia de la
superficie de la Tierra.
»Numerosos datos experimentales
indican que, en todos los puntos de la superficie de la Tierra donde pueden
realizarse estudios con medios suficientes, se producen numerosos cambios de
clima, aparentemente súbitos. Según Hapgood, esto es explicable: la corteza
externa de la "Tierra, prácticamente rígida, sufriría de vez en cuando
considerables desplazamientos sobre las capas internas, viscosas, plásticas y
tal vez fluidas. Tales desplazamientos pueden producirse como efecto de
fuerzas relativamente débiles ejercidas sobre la corteza y procedentes del
movimiento de rotación de la Tierra, el cual tiende, a su vez, a alterar el eje
de rotación.
»En una región polar, el hielo
se deposita de manera continua, pero no se distribuye simétricamente alrededor
del polo. La rotación de la Tierra actúa sobre estas masas de hielo de manera
irregular y produce un movimiento de acción centrífuga. que se transmite a la
corteza rígida de la Tierra. Este movimiento centrífugo, que aumenta constantemente,
puede haber provocado, al alcanzar cierta fuerza, un deslizamiento de la
corteza terrestre sobre el resto del cuerpo de la Tierra, que acercaría las
regiones polares al ecuador.
»Es indudable el trecho de que
la corteza terrestre es lo bastante resistente para no hundirse bajo el peso
de los hielos. La cuestión estriba, ahora, en saber si esta corteza terrestre
puede efectivamente deslizarse sobre las capas internas.
>El autor no se ha limitado
a una simple exposición de esta idea. Presenta, de manera a la vez prudente y
completa, un material extraordinariamente rico que confirma su teoría. Yo creo
que esta idea sorprendente, y aun apasionante, merece la mayor atención de
todos los que se ocupan de los problemas de la evolución de la Tierra.
»Quisiera añadir, para
terminar, una observación que acudió a mi mente mientras escribía estas
líneas: Si la corteza de la Tierra puede desplazarse con tanta facilidad, esto
presupone que las masas rígidas de la superficie terrestre tienen que estar
distribuidas de manera que no originen una inercia centrífuga lo bastante
importante para provocar el deslizamiento. Pienso que sería posible comprobar
esta deducción, al menos de un modo aproximado. En todo caso, este movimiento
centrífugo debe de ser más débil que el producido por las masas de hielo
depositadas.»
El prólogo de Einstein atrajo
la atención sobre la idea de la movilidad de los continentes.
Hapgood admite la existencia,
bajo la corteza terrestre, de una capa viscosa sobre la que se deslizarían los
continentes, como icebergs sobre el agua. En realidad, gracias a indicios
indirectos, y gracias a la sismografia, creemos saber que el grueso de la
Tierra está compuesto de este modo:
* Una corteza exterior, de 35
kilómetros de profundidad, que se adelgaza hasta 11 kilómetros debajo de los
océanos.
* El «manto», región que va
desde la parte inferior de la corteza hasta una profundidad de 2.900
kilómetros y que se compone de una zona rígida de 100 kilómetros (litosfera),
una zona parcialmente en estado de fusión, de varios centenares de kilómetros
(astenosfera), y una zona de rigidez considerable (mesosfera).
* El centro, cuya temperatura
se calcula en 6.000 grados centígrados, mientras que, en su límite con el
manto, es probablemente de 4.000 grados. El calor de la
litosfera es constante, pero más elevado a lo largo de una franja estrecha en
el fondo de los océanos, que recibe el nombre de cadena medio- oceanica.
Otra característica de los
fondos submarinos: una línea de depresiones alrededor de la Tierra, con una
anchura de varias decenas de kilómetros y profundidades de 7.000 a 8.000
metros, y que es centro de gran actividad sísmica.
Se trata, en general, de un
modelo supuesto. No disponemos de medio alguno para ver la sección de la
Tierra, ni se ha efectuado ningún sondeo realmente profundo. Nuestro
conocimiento del interior del Globo es, pues, muy imperfecto y en gran parte
hipotético. Si algún sistema nos permite un día «radiografiar» la Tierra,
sabremos si Hapgood tiene razón.
Sin embargo, y aunque hubiese
de abandonarse su teoría, la tesis del deslizamiento de los continentes tuvo
un valioso retoño en la explicación ofrecida en 1963 por dos profesores
americanos: Hess (de Princeton) y Díez (de la «Experimental Science Service
Administration»). Hess y Díez piensan que, bajo la arruga medio-oceánica,
existen levantamientos en el manto de la Tierra.
Se formaría una nueva corteza
sobre la cima de esta línea de crestas, mientras que la antigua corteza sería
absorbida por las depresiones marinas. De este modo, el fondo del océano,
situado entre las cadenas y las depresiones, se desplazaría progresivamente.
Si a uno le resulta difícil
imaginarse este mecanismo de expansión del fondo de los mares, puede utilizar
la siguiente analogía: basta imaginar dos de esas cintas móviles que se
utilizan para el transporte, colocadas de modo que sus extremos estén a la
misma altura, pero girando en sentido contrario. El espacio que las separa
representa la arruga medio-oceánica, y sus bordes opuestos, el lado más
próximo a las depresiones. Se colocan bloques de piedra sobre cada cinta, en el
lado de la cresta, y se pone la instalación en marcha.
La idea de la expansión de los
fondos submarinos es relativamente reciente. Si obtuviésemos indicios en este
campo, aquélla constituiría uno de los elementos más sólidos de la larga cadena
de pruebas que tienden a demostrar la movilidad de la corteza terrestre.
Si se crea una nueva corteza
al nivel de las cadenas, es preciso que la corteza más antigua se destruya, en
alguna parte, a fin de que la Tierra conserve siempre la misma superficie.
Según la hipótesis de la expansión de los fondos submarinos, esta corteza se
destruye en el emplazamiento de las depresiones oceánicas.
En lo que respecta a la
violencia y a la frecuencia de los temblores de tierra, el sistema de depresiones
oceánicas es la zona más activa del Globo. En estas regiones, los terremotos
son corrientes e importantes. Además, es en aquellas depresiones donde ocurren
los seísmos más profundos que conocemos, y que se producen a una profundidad
de 700 kilómetros. Los temblores de tierra asociados a la red de depresiones se
extienden en un plano que forma un ángulo de unos 30 grados con el de la cuenca
oceánica. Algunos terremotos se producen debajo de las depresiones.
En la actualidad, no faltan
pruebas de la expansión de los fondos submarinos y de la movilidad de la
corteza terrestre. Además, ciertos estudios sísmicos nos permiten captar lo
que ocurre en nuestros días en la superficie de la Tierra.
Aparte de esto, si los
continentes se desplazan al mismo tiempo que el fondo del océano, parece
inevitable que dos o más masas continentales acabarán entrando en colisión.
La arruga medio-oceánica tiene
contacto, en dos puntos, con una masa continental: el golfo de California y el
mar Rojo. En ambos casos, esto acarrea una gran actividad tectónica. El mar
Rojo se formó a consecuencia de la separación de la península de Arabia del
continente africano. Según parece, California se está despegando a lo largo de
la fisura de San Andrés, a razón de cinco centímetros por año. Si continúa el
movimiento actual, dentro de unos millones de años California se habrá
convertido en
una isla.
En la actualidad, no conocemos
la naturaleza exacta del movimiento del manto. Tenemos que esperar el resultado
de los estudios en curso. En todo caso, la manifestación de estas fuerzas
afecta profundamente a la raza humana, y su comprensión abre nuevas y
fantásticas hipótesis sobre el pasado y el futuro.
La explicación de Hess y Díez,
por la expansión de los fondos submarinos, parece preferible a la tesis de
Hapgood, que presupone la existencia de una capa viscosa sobre la cual
navegaría la corteza terrestre. Según hemos observado, la temperatura de la
linde entre el centro y el manto es de 4.000 grados centígrados. No se
comprende que esta temperatura pudiese provocar la formación de una viscosidad
que permitiese el rápido deslizamiento de los continentes. Sin embargo,
ígnoramos muchas cosas sobre las propiedades de la materia a temperaturas
altas y combinadas con presiones considerables.
Según Hapgood, el hecho de que
se hayan encontrado fósiles tropicales en la Antártida demuestra que hubo una
época en que este continente estuvo situado en el ecuador, y que se desplazó
posteriormente. Hace diez o quince mil años, la Antártida se encontraba unos
cuatro mil kilómetros más al Norte. Su clima era templado. Entonces, por causas
desconocidas, empezó una era glacial. El hielo se acumuló al principio en los
polos, para alcanzar después las zonas templadas. Por efecto de las fuerzas
centrífugas producidas por los dos centros de gravedad de los casquetes
polares, la corteza terrestre empezó a deslizarse; la bahía de Hudson y Quebec
se desplazaron 4.000 kilómetros hacia el Sur; Siberia, hacia el Norte, y la
Àntártida, hacia el
Sur. En unos cuantos miles de años, la Antártida llegó al polo Sur, adquiriendo
su clima actual.
Es esta cifra de sólo diez o quince mil
años lo que la mayoría de los geólogos se niegan a admitir. Sin embargo, el
deshielo fue muy súbito en América, geológicamente hablando (unos miles de
años como máximo), y lo mismo ocurrió con la congelación de Siberia.
Sea de ello lo que fuere, la geología
moderna hace plausible la hipótesis inicial de Wegener; el desplazamiento de
los continentes parece cierto, aunque sea dudoso su mecanismo, que puede haber
sido un deslizamiento de tierras sobre una capa viscosa o un ensanchamiento del
fondo de los océanos. Y, si admitimos la posibilidad de grandes civilizaciones
desaparecidas sin dejar rastro, es indudable que estos fenómenos geológicos
pueden darnos mayores elementos para alimentar nuestra fantasía que los continentes
sumergidos, Mú o Atlántida, tan apreciados por los teósofos.
A propósito de la Atlántida, permítasenos
un inciso. Por nuestra parte, compartimos de buen grado la tesis rusa, según la
cual la Atlántida no fue un continente, sino la isla Thera, colonia cretense
del Mediterráneo, destruida por la explosión del volcán Santorín, unos 3.000
años antes de Jesucristo.
Pero volvamos a Hapgood. Uno se siente
inclinado a conjeturar, con él, que existió una civilización en Antártida, o
que otras civilizaciones tuvieron conocimiento de este continente antes del período
glacial que había de provocar su relativamente brusco desplazamiento. Tal vez
duermen vestigios bajo los hielos. Y podemos preguntarnos si, por las mismas
razones, no se albergarán también, en el extremo Norte, otros rastros de
civilizaciones enterradas bajo los hielos de Groenlandia, país que tal vez
guarda relación con las leyendas de Thule, de Hiperbórea y de Numinor.
¿Y cuál sería la vida de los hombres, en un
continente a la deriva, en curso de dislocación? La latitud cambiaba con los
siglos. Los terremotos eran continuos; se transformaba el clima, las perturbaciones
meteorológicas debieron de ser espantosas. A la luz de tales hipótesis, ¿no
convendría examinar de nuevo las leyendas y las tradiciones nórdicas? «Hay algo
irresistiblemente romántico -escribe Hapgood- en el tema de las civilizaciones
desaparecidas, de las ciudades destruidas, de los descubrimientos olvidados. Es
como si la mente del hombre se deslizase a lo largo de los senderos del
tiempo. Parece como si, en alguna parte, en un recodo de uno de estos senderos,
tuviesen que aparecer bruscamente amplias perspectivas: maravillosas ciudades
que un día fueron florecientes, para extinguirse después, en el mundo y en el
recuerdo.» Y, en el vago presentimiento de un eterno retorno de las cosas,
mientras pensamos en la suerte de nuestro propio mundo actual, nuestra alma
escucha las palabras de Shakespeare: «Llegará un día en que, lo mismo que el
edificio sin cimientos de esta visión, las torres coronadas de nubes, los
magníficos palacios, los templos solemnes, este propio Globo inmenso y todo lo
que contiene, se disolverán sin dejar más rastro de brumas en el horizonte que
la fiesta inmaterial que acaba de desvanecerse...»
Y es que un asombroso descubrimiento había
de confirmar, a los ojos de Hapgood, su tesis sobre la Antártida. Nos referimos
a la célebre cuestión de los mapas de Piri Reis.
Esta cuestión, señalada por vez primera en
Francia por Paul-Émile Victor, jefe de las expediciones polares francesas, fue
evocada por nosotros en El retorno de los brujos. A esto siguió una
abundante literatura, dudosa en su mayor parte. La obra del propio Hapgood, Mapas de
los antiguos mares; las sesiones celebradas en 1956 en la
Universidad de Georgetown, Washington, sobre el tema «Nuevos y antiguos
descubrimientos en la Antártida», y algunos otros trabajos, corroboraron y
profundizaron, ya que no resolvieron, el enigma planteado por aquellos mapas.
En julio de 1966, pedimos a Paul-Émile Victor que escribiese, para Planète,
su opinión y sus informaciones sobre el misterio de Piri Reis.
Habida cuenta de que los estudios actuales no han superado el artículo que él
nos mandó a la sazón, nos parece útil reproducirlo aquí. «En el presente
artículo -escribió Paul-Émile Victor-, no vacilamos en seguir el camino de las
hipótesis audaces. Pero insistimos en el hecho de que no se trata de nada más.
Los verdaderos sabios son poetas y hombres de imaginación. Sin ellos, la
Ciencia no existiría. Los otros son como contables o tenderos de ultramarinos
que no descubren nada. Por lo demás, ¡qué aburrida sería la vida sin la
imaginación!»
Si bien os parece, tomad el trineo de
Victor y realizad una excursión por los «senderos del tiempo».
CAPÍTULO III
HISTORIA DE UNOS MAPAS IMPOSIBLES
Este capítulo es reproducción
de un artículo de Paul-Émile Victor. - Dos mapas del mundo en el museo Topkapi.
- Curioso relato de Piri Reis sobre Cristóbal Colón. - La sorpresa de
Arlington H. Mallery. - ¡Mapas de antes de la glaciación! - En Historia, hay
que esperar sorpresas tan grandes como en física nuclear. - La interpretación
rusa. - La hipótesis fenicia. - ¿Hubo cartógrafos hace diez mil años? - ¿Hubo
mapas celestes? - ¿Hubo una rama ignorada de la raza humana? - El gran
descubrimiento arqueológico del siglo está aún por nacer.
Los mapas de Piri Reis tienen una realidad
histórica perfectamente fechada y comprobada, que empieza en 1513, y una
realidad «prehistórica», en el sentido técnico de la palabra, es decir, únicamente
conjetural y sin documentos corroboradores, que corresponde a antes de 1513.
Empecemos por lo que se sabe de modo seguro e irrefutable. El día 9 de noviembre de 1929, Malil
Edhem, director de los Museos Nacionales turcos, al proceder al inventario y a
la clasificación de todo lo existente a la sazón en el famoso museo Topkapi,
de Estambul, descubrió dos mapas del mundo -o, mejor dicho, fragmentos de
ellos- que se creían perdidos para siempre: los mapas de Piri Reis, célebre
héroe (para los turcos) o pirata (para todos los demás) del siglo XVI,
que relata prolijamente en su libro de memorias, Bahriye, las condiciones y circunstancias en que levantó estos mapas.
De momento, el relato escrito no despertó mucha atención; pero el mapa habría
de darle, gradualmente, un valor considerable. En realidad, hubo que esperar
al término de la Segunda Guerra Mundial para emprender de veras el estudio comparativo
de los mapas y del texto de Piri Reis.
Perteneciente a una familia de grandes
marinos turcos, Piri Reis, notable navegante, cosechó éxitos en los cuatro
rincones del Mediterráneo y de los mares vecinos, obtuvo numerosas victorias
navales y contribuyó a afirmar la supremacía marítima, incontestable a la
sazón, del Imperio otomano. Pero Piri Reis era hombre culto e inteligente, y
así, mientras corría sus aventuras, empleó algún tiempo en escribir el Bahriye en el que abundan las notas
pintorescas y vivaces sobre todos los puertos del Mediterráneo, y los mapas de
diversa índole (21 en total). Y también, antes de empezar a escribir, se tomó
tiempo para diseñar dos mapas del mundo: uno, en 1513, y el otro, en 1528
(durante el reinado de Soleimán el Magnífico).
Fue un cartógrafo concienzudo y ejemplar.
Empieza afirmando que el trazado de un mapa requiere profundos conocimientos
y una capacidad indiscutible. En su prólogo al Bahriye, habla prolijamente de su primer mapa, dibujado en su ciudad
natal, Gelibolu, desde el 9 de marzo hasta el 7 de abril de 1513 (año 919 de la
Héjira). Declara, que, para trazarlo, cotejó todos los mapas que conocía,
aproximadamente una veintena, algunos muy secretos y muy antiguos, comprendidos
ciertos mapas orientales que, seguramente, nadie más que él poseía en Europa.
Su conocimiento del griego, del italiano,
del español y del portugués le ayudó muchísimo a sacar el mayor partido de las
indicaciones contenidas en todos los mapas que consultó. Además, disponía de un
mapa confeccionado por el propio Cristóbal Colón y que había llegado a su poder
gracias a un miembro de la tripulación del célebre genovés. Este marinero había
sido hecho prisionero por Kemal Reis, tío de Piri Reis, y pudo, por ello,
completar de viva voz los conocimientos de nuestro cartógrafo turco. Hasta
aquí, la obra de Piri Reis sólo tenía un interés anecdótico, aunque no
careciese de importancia, como testimonio de la grandeza del pasado para los
turcos, y como desmitificación de los «piratas berberiscos» para los europeos.
El Bahriye fue, pues, durante mucho
tiempo, una obra «clásica» turca, para personas cultas. Sin embargo, incluso
antes de que se conocieran los mapas que menciona y que habían de plantear un
formidable interrogante a muchos investigadores del mundo entero, sus profundos
conocimientos habrían podido evitar que los historiadores cayesen en su más
tremendo error: la afirmación de que Cristóbal Colón había descubierto América.
Colón redescubrió, o, mejor dicho, reveló a la Europa Occidental un continente
cuya existencia era sólo conocida, hasta entonces, por algunos iniciados. El
testimonio del almirante turco no puede ser más claro e inequívoco. En el
capítulo sobre «El mar occidental» (nombre que se dio durante mucho tiempo al
océano Atlántico), habla prolijamente del navegante genovés, cuya aventura refiere
en estos términos:
«Un infiel, llamado Colombo y
que era genovés, fue quien descubrió estas tierras. Un libra llegó a las manos
del susodicho Colombo, el cual vio que se decía en el libro que, al otro lado
del mar occidental, precisamente hacia el Oeste, había costas e islas, y toda
clase de metales, así como piedras preciosas. El susodicho, después de
estudiar largamente el libro, fue a suplicar, uno tras otro, a todos los
notables de Génova, diciéndoles: "Dadme dos barcos para ir allá y
descubrir esas tierras." Ellos le respondieron: "¡Oh, hombre vano!
¿Cómo puede encontrarse un límite al mar occidental? Éste se pierde en la
niebla y en la noche."
»El susodicho Colombo vio que
nada sacaría de los genoveses y se apresuró a ir al encuentro del Rey de
España, para contarle detalladamente su historia. Le respondieron lo mismo que
en Génova. Pero suplicó durante tanto tiempo a los españoles, que su Rey acabó
por darle dos barcos, muy bien pertrechados, y le dijo: "¡Oh, Colombo! Si
sucede lo que tú dices, te haré Rapudán de aquel país." Dicho lo cual, el
Rey envió a Colombo
al mar occidental.»
Piri Reis pasa seguidamente al
relato que le hizo el marinero de Cristóbal Colón, que era ahora su esclavo.
Resultaría inútil reproducir por entero este relato, en el que se explica el
asombro de los marinos europeos ante los salvajes casi completamente desnudos
que encontraron en las islas donde pusieron pie al llegar. Sin embargo, existe
un detalle que es esencial para nuestro objeto: «Los habitantes de esta isla
vieron que ningún mal les venía de nuestro barco; por consiguiente, cogieron
pescados y nos los trajeron, empleando sus canoas. Los españoles se alegraron
no poco y les dieron baratijas, pues Colombo había leído en su libro que a
aquellas gentes les gustaban mucho las baratijas.» Este detalle
extraordinariamente sorprendente y que, a nuestro entender, no ha sido aún
comentado por nadie, adquiere mayor relieve si lo relacionamos con unas
indicaciones contenidas en uno de los mapas de Piri- Reis, donde éste afirma
que el libro en cuestión databa de tiempos de Alejandro El Magno. Resulta difícil
afirmar que nuestro almirante turco tuviese este famoso libro en su poder,
pero, en todo caso, conocía sin duda alguna su texto.
Fue, pues, deliberadamente,
que Cristóbal Colón partió a descubrir América. Confiaba en su valioso libro,
y los hechos sucesivos demostraron que tenía razón; pero limitó sus
confidencias a los notables genoveses y al rey de España. Públicamente, fingió
compartir la opinión corriente en su época: como la Tierra era redonda, parecía
natural que, navegando hacia el Oeste, volvería fatalmente, más pronto o más
tarde, al punto de partida, después de pasar en su trayecto, pero en sentido
inverso, por los países orientales conocidos en Europa. Algunos cartógrafos
daban testimonio de esta creencia general. Existe, por ejemplo, un mapa
atribuido a un tal Toscanelli y que Cristóbal Colón llevó consigo en su
expedición: en él se ve, de derecha a izquierda, las costas europeas; después,
el «mar occidental», y, por último, la isla de «Cepanda» (otra forma de
«Cipango», nombre con que se conocía entonces al Japón), el país de «Catay»
(China), la India y las islas del Asia sudoriental. ¡Ni el menor atisbo de América
en este mapa! Esta arraigada opinión explica que se diese al Nuevo Mundo el
nombre de «Indias Occidentales».
Como no es nuestro propósito
la desmitificación de Cristóbal Colón, no nos extenderemos sobre sus
predecesores, que descubrieron también América, pero sin darse cuenta de la
importancia del hecho y sin tratar de profundizar en la cuestión. Los vikingos
son los más conocidos, y pronto volveremos a hablar de ellos. Pero Piri Reís
cita otros, a los que saludan los de pasada: Savobrandán (convertido en San
Brandán), el portugués Nicola Giuvan, otro portugués, Antón el
Genovés, etcétera.
Lo cierto es que, incluso
antes de que fuese encontrado el mapa del mundo, se hubiera debido dar más
crédito a Piri Reis. En su libro, repite en muchas ocasiones: «Nada hay en este
libro que no se funde en hechos.» Los 215 mapas que se contienen en el
Balzriye permitían comprobar perfectamente sus dichos. Y añade. «El más
pequeño error hace inútil cualquier carta marina.» No olvidemos que es un
marino quien lo dice, un hombre que conoce las traiciones y la servidumbre del
mar. Tengamos presente esa observación al examinar sus mapas del mundo.
Sólo se poseen fragmentos de
estos mapas, pero en ellos figura la totalidad del Atlántico y sus costas
americanas, europeas, africanas, árticas y antárticas. Aparecen trazados sobre
pergamino de color, iluminados y enriquecidos con numerosas ilustraciones:
retratos de los soberanos de Portugal, de Marruecos y de Guinea; en África, un
elefante y un avestruz; en América del Sur, llamas y pumas; en el océano y
junto a las costas, barcos, y en las islas, pájaros. Los pies de las
ilustraciones están escritos en turco. Las montañas se indican con su perfil, y
los ríos, con líneas gruesas. Los colores se utilizan de modo convencional: los
parajes rocosos aparecen pintados de negro; las aguas arenosas y poco
profundas, se señalan con puntos rojos, y los escollos ocultos bajo la
superficie del mar, con cruces.
Éstos son los venerables
pergaminos descubiertos en 1929. Los turcos los contemplaron con precaución y
devoción, pensando con nostalgia en la fastuosa época del Imperio otomano y sin
que se les ocurriese estudiar más a fondo el asunto. Varias bibliotecas del
mundo adquirieron reproducciones. En 1953, un oficial de la Marina turca envió
una copia al ingeniero jefe de la Oficina hidrográfica de la Marina de los
Estados Unidos, el cual la mostró a un especialista en mapas antiguos,
conocido suyo: Arlington H. Mallery.
Y entonces empezó
verdaderamente el «asunto» de los mapas de Piri Reis.
¿Quién es Arlington H.
Mallery? Ingeniero de profesión, se había interesado siempre en las cosas del
mar, y durante la Segunda Guerra Mundial había prestado servicio en los
transportes de tropas. Al licenciarse -era capitán-, dedicó sus ocios a un
tema que le apasionaba: Europa había descubierto América antes de Cristóbal
Colón. Pacientes investigaciones lingüísticas (para demostrar la influencia
del noruego antiguo en la lengua iroquesa), minuciosos estudios de las sagas
escandinavas, búsquedas arqueológicas pacientemente dirigidas, descifrado de
antiguos «portulanos», le llevaron a reconstituir la epopeya vikinga en Islandia,
en Groenlandia, en Terranova y en el litoral canadiense. Dio cuenta de sus
descubrimientos en un libro, América perdida, publicado en 1951 y prologado
por Matew W. Stirling, director de la Oficina de Etnología americana de la
«Smithsonian Institution», que tuvo considerable resonancia. El capitán Mallery
defendía su tesis y aportaba pruebas de que había existido en América una
civilización del hierro no sólo antes de la conquista europea, sino también,
quizás, antes del pueblo americano.
Sin embargo, esto no fue más
que el comienzo de una aventura que haría de ser mucho más emocionante. Cuando
recibió los mapas de Piri Reis, tenía ya mucha experiencia en la materia, y le
bastó el primer vistazo a los documentos para comprender que aquel
descubrimiento no tenía parangón con los anteriores. Arlington H. Mallery tuvo
inmediatamente la intuición de que aquellos mapas ocultaban un misterio
fascinante.
Pero no se lanzó a ciegas a su
estudio. Sus trabajos anteriores le habían enseriado a consultar siempre a las
autoridades técnicas consideradas indiscutibles. Y esto fue lo que hizo,
trabajando con cartógrafos famosos (principalmente, con Mr. I. Walters),
científicos y técnicos polares (entre ellos, el R. P. Linchan).
El primer problema que se
planteó fue el descifrado mismo de los mapas, es decir, del sistema de
proyección empleado, que, al menos a los ojos de un profano, parece extraño a
primera vista. Pero los especialistas, gracias a los recursos de la trigonometría
moderna, pudieron descifrarlos: un explorador sueco, Nordenskjold, consiguió
efectuar, en dieciocho años, la «traducción» de los portulanos al lenguaje
cartográfico moderno. Su trabajo sirvió de base, primero, a Mallery, y después,
a Charles Hapgood y a sus discípulos. Éstos efectuaron comprobaciones tan
exactas, que pudieron afirmar que los mapas de Piri Reis procedían de orígenes
diferentes, y reconstituir, al menos teóricamente, el primitivo rompecabezas.
Este trabajo, constantemente verificado por matemáticos, es, hasta la fecha, la
mejor demostración de que los mapas de Piri Reís constituyen un problema real,
y de que las intuiciones de las primeras personas que los descubrieron y, sobre
todo, de Mallery, eran acertadas. Las pruebas de su antigüedad son muy
numerosas. Nótese, por ejemplo, que la llama dibujada en aquellos mapas era
desconocida por los europeos de la época. En cuanto a las longitudes,
exactamente indicadas, ni siquiera Cristóbal Colón sabía calcularlas. Para
comprender su carácter excepcional, lo primero que hay que hacer es comparar
estos mapas con otros de la misma época: la diferencia salta inmediatamente a
la vista, incluso para aquellos que trabajaron dieciocho años en los
portulanos. Citemos algunos de aquellos: el mapa de Jean Severs, publicado en
Leyden en 1514, exacto en cuanto se refiere a Europa y África (notese, en
particular, que la América Central y la América del Norte se confunden). El
mapa atribuido a Lopa Hamen y publicado en 1519 no es mejor que el anterior:
las dimensiones de América son desproporcionadas en relación con las de África;
la distancia entre África y América es mucho menor que la real, y la
configuración general del Nuevo Mundo es casi imposible de reconocer.
Otro mapa, trazado por un
portugués cuyo nombre se ignora, apareció en 1520. América termina bruscamente
al sur del Brasil. Hay que concretar que fue precisamente aquel año cuando
Magallanes emprendió su viaje marítimo alrededor de América y que, por tanto,
los resultados de esta exploración eran aún desconocidos.
Más aún: un mapa de América,
publicado en la cosmografía de Sebastián Munster en
1550 -o sea, casi cuarenta años después de los de Piri Reis-, dista
mucho de ser satisfactorio, aunque el Nuevo Mundo aparezca al fin identificado
como continente. Nos hallamos, pues, ante unos hechos concretos: las
afirmaciones del Bahriye son corroboradas por los
mapas de Piri Reis. Es indiscutible que éste poseía informaciones veraces sobre
América, diferentes de las proporcionadas por Cristóbal Colón y anteriores a
éste. Pero, ¿cuánto tiempo anteriores? Aquí está toda la cuestión.
Debemos examinar ahora la
interpretación moderna de estos mapas. Nos enfrentamos con dos tesis: la
americana y la rusa.
Sigamos ante todo a Mallery,
que tuvo el mérito de descubrir el misterio, y a Hapgood, que se empeñó en
resolverlo.
La porción del mapa
comprendida entre Terranova y el sur del Brasil, dejando aparte su exactitud,
asombrosa para la época, no plantea problemas de descifrado. En lo que atañe
al norte y al sur del mapa, y una
vez «traducidas» las indicaciones al lenguaje cartográfico moderno, Mallery
adquirió el convencimiento de que Piri Reis había dibujado las costas de la
Antártida, y de que, por otra parte, Groenlandia y el continente antártico
aparecían diseñados... ¡tal como eran antes de la glaciación de los polos!
Esta hipótesis, a primera vista
extravagante, sólo puede formularse -incluso antes de discutirla, cosa que
liaremos seguidamente- si se está en condiciones de definir, más o menos
exactamente, la configuración de los zócalos terrestres del Ártico y de la
Antártida bajo la capa de hielo que las recubre en la actualidad.
Sólo recientemente se han adquirido conocimientos
a este respecto. Las técnicas modernas (gravimetría, sondeos sísmicos,
etcétera), perfeccionadas y experimentadas ante todo en Groenlandia por las
expediciones polares francesas, y después en la Antártida, han dado resultados
espectaculares.
En primer lugar, se pudo medir el espesor
de la capa de hielo: en Groenlandia, el espesor máximo es de 3.300 metros; en
la Antártida, alcanza los 4.500 metros. Después, se pudo confeccionar un mapa
del relieve groenlandés, con sus alturas, tal como es en realidad debajo de la
enorme capa de hielo. Trabajos parecidos se efectuaron en ciertas zonas de la
Antártida.
Arlington H. Mallery disponía, pues, de
elementos geográficos modernos con los que comparar los datos de los mapas de
Piri Reis. Sus conclusiones personales, enérgicamente sostenidas en el Foro de
la Universidad de Georgetown, fueron rotundas: la Groenlandia dibujada por el
almirante turco correspondía a las líneas de relieve descubiertas por las
expediciones polares francesas (que revelan dos estrechamientos medios que
cortan Groenlandia). En cuanto a la costa que prolonga en gran manera la de
América del Sur, no era otra cosa que la de la Antártida: Arlington H. Mallery
se tomó el trabajo de seguir el mapa milímetro a milímetro y de hacer, cada
vez, la oportuna comparación con los datos modernos. Hay que decir que, de este
modo, llegó a conclusiones que son, al menos, sorprendentes: por ejemplo, las
islas indicadas por Piri Reis frente a las costas coinciden con los que parecen
ser picos montañosos subglaciales descubiertos por la expedición antártica
noruegosuecobritánica en la Tierra de la Reina Maud, y cuyo trazado fue
publicado en el Geographie Journal de junio de 1954.
También con referencia a la Tierra de la
Reina Maud, Mallery estudió, en el curso de sus comparaciones, un mapa de la
costa continental antártica levantado por Peterman en 1954. A su entender,
ambos coincidían perfectamente, salvo en un punto: Piri Reis indicaba dos
bahías, y Peterman, tierra firme. Mallery planteó el problema al Servicio
Hidrográfico. Había conseguido interesar hasta tal punto a los técnicos más
competentes, que los americanos emprendieron sondeos sísmicos de comprobación
en aquel lugar. ¡Y era el mapa de Piri Reis el que estaba en lo cierto! No es,
pues, de extrañar que, al celebrarse la sesión antes mencionada, la hipótesis
de la antigüedad de los mapas de Piri Reis dejase de ser meramente especulativa.
«los trabajos realizados hasta el día de hoy -dice el R. P. Linehan- indican
que estos mapas parecen extraordinariamente exactos.» Y en otra parte añade:
«Creo que unos estudios sísmicos complementarios, que permitan determinar el emplazamiento
respectivo del hielo y de la tierra firme, demostrarán que estos mapas son aún
más exactos que lo que pensamos actualmente.»
Pero no
todo el mundo está de acuerdo a este respecto. Los rusos, que, como es sabido,
participan con muchas naciones occidentales en el estudio del continente
antártico, formularon otras tesis sobre el asunto. Realizando sus propios
trabajos de transposición, llegaron a la conclusión de que el trazado de Piri
Reis no corresponde a la Antártida, sino al extremo sur de Patagonia y de la
Tierra del Fuego. Pero esto no plantea un problema menor, puesto que estas
regiones no empezaron a ser oficialmente conocidas hasta 1520.
Por otra parte, en la propia
Rusia se han emitido otras opiniones sobre la cuestión. El profesor L. D.
Dolguchin, del Instituto Geográfico, pensó que estos mapas podían representar
la Antártida, pero que las informaciones que se contienen en elles no proceden
de antes de la glaciación, período que hace remontar a un millón de años atrás
(después veremos las tesis actuales sobre este problema). El profesor M. Y.
Mepert, secretario del Instituto Arqueológico, declaró: «En Historia, hay que
esperar sorpresas tan grandes como en física nuclear. Por esto es necesario
estudiar estos mapas.»
Tratándose de un tema tan
poco conformista, conviene, en todo caso, avanzar con precaución. El primer
punto comprobado es que Piri Reis poseía, sobre el continente americano, datos
anteriores al «descubrimiento» de Cristóbal Colón. Se podría suponer que estos
datos proceden de la epopeya de los vikingos, a la sazón bien conocida y casi
salida del limbo medieval. Pero los vikingos, por temerarios que fuesen, sólo
conocían una pequeña parte de la América del Norte, la cual, por otra parte,
ignoraban que fuese un continente. Un reciente descubrimiento ha dado mucho que
hablar: el de un mapa encontrado en Suiza y que lleva la fecha de 1440. En él
se ve, a la altura de Escandinavia, primero, Islandia; después, Groenlandia, y,
por último, una isla más vasta, en la que se cree reconocer las desembocaduras
del San Lorenzo y del Hudson, convertidas en profundas bahías. La inscripción
dice así: «Descubrimientos de Bjarni y de Leif.» Aclaremos que, según las sagas
noruegas, Bjarni Herjolfson navegó hasta las costas americanas en el año 986,
y Leif Ericson, en el 1002.
Los vikingos no pueden
explicar, pues, por sí solos, los mapas de Piri Reis. Éstos son corroborados
por otros hechos. Existe, por ejemplo, otro mapa del mundo, conocido por el
nombre de Mapa de Gloreanus y que se encuentra en la Biblioteca de Bonn.
Mientras no se demuestre lo contrario, data de 1510. Parece, pues, anterior a
los de Piri Reis. Este mapa nos da no
solamente la configuración exacta de toda la costa atlántica de América,
desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego, cosa ya de por sí extraordinaria,
sino también la de toda la costa del Pacífico, igualmente de Norte a Sur.
Los datos de la Historia
oficial no bastan para resolver el misterio planteado por la existencia de
estos mapas. Debemos, pues, remontar con audacia la cronología. Detengámonos,
ante todo, en la interpretación rusa: Piri Reis habría dibujado, no la
Antártida, sino Patagonia y la Tierra del Fuego. Estos países eran, a la sazón,
desconocidos. Ni siquiera los conocían los vikingos. El único pueblo navegante
al que tal vez se podría atribuir este conocimiento es el fenicio. Se ha
comprobado históricamente que los fenicios practicaban la navegación de
cabotaje por toda la costa occidental europea. ¿Fueron más lejos? ¿Se
atrevieron a enfrentarse con la inmensidad del océano? Al menos, puede
formularse la pregunta. Es cierto que, a través de la Antigüedad y de la Edad
Media, se transmitió una tradición referente a la existencia de un continente
más o menos mítico al otro lado del océano. Ya hemos hablado del famoso libro,
presuntamente de tiempos de Alejandro Mamo, cuya lectura impulsó a Colón a su
gran aventura. Ciertos compiladores griegos hablan de un continente llamado
«Antictoné» (es decir, «tierra de los antípodas»). Se dice que san Isidoro de
Sevilla, que vivió desde el 560 hasta el 636, declaró: «Existe otro continente,
además de los tres que conocemos. Está al otro lado del océano, y allí, el sol
calienta más que en nuestras regiones.» Y debemos pensar también en la epopeya,
aún poco conocida, de los monjes bretones que partieron a evangelizar los
pueblos de un famoso continente del que habían oído hablar: cruzada dramática y
sumamente mortífera. Sabemos que partieron de las costas de Bretaña.
¿Llegaría a América uno de sus barcos?
Existen sólidos argumentos a
favor de la hipótesis fenicia, tanto más cuanto que en América del Sur, y aun
del Norte, se han descubierto vestigios de características mediterráneas: el
más reciente descubrimiento se debe a un holandés, el profesor Stocks. Estos
descubrimientos son, en general, muy discutidos. La idea de que los fenicios
fuesen capaces de efectuar travesías oceánicas no tiene, en sí, nada de
fantástico. Su marina, tanto mercante como de guerra, les permitía llevar a
cabo esta hazaña. En cambio, resulta más difícil imaginar los motivos que
tuvieron para guardar en secreto sus descubrimientos. Pero el poderío de su
diminuto país se fundaba únicamente en su marina, y el conocimiento exclusivo
de unos lugares de aprovisionamiento habría constituido un triunfo muy
interesante para ellos. Después, el secreto se habría perdido más o menos en el
curso de la Historia. Pensemos, a este respecto, en los vikingos: algunos
siglos después de sus expediciones marítimas, hubo que «redescubrir» Groenlandia,
Terranova y el Catadá. Tales secretos corporativos son fáciles de guardar y,
más aún, de perder.
Pasemos ahora a la hipótesis
de Mallery: heredero de una larga serie de tradiciones secretas, Piri Reis
debió de tener conocimiento de datos geográficos que, en
lo tocante a Groenlandia y a la Antártida, databan de antes de la glaciación.
Se plantea una primera cuestión: ¿Cuándo se produjo esta glaciación?
El Año Geofísico Internacional
dio vivo impulso, entre otras, a estas investigaciones. En 1957, los trabajos
convergentes del doctor J. L. Hough, de la Universidad de Illinois, por medio
del sondeo, y del doctor W. D. Hurry, de los laboratorios de geofísica del
Instituto Carnegie, por el método del radiocarbono, empezaron a delimitar el
problema: el período de glaciación actual de los polos empezó entre 6.000 y
15.000 años atrás. Este margen de
incertidumbre ha sido posteriormente muy reducido. Los especialistas (y en
particular Claude Lorius, jefe glaciólogo de las expediciones polares
francesas) fijan el comienzo del período glacial entre 9.000 y 10.000 años
atrás. Además, están de acuerdo en que acaba de empezar un período de
desglaciación. Parece, pues, posible que, hace unos diez milenios, Groenlandia
y la Antártida tuviesen la configuración que se observa en los mapas de Piri
Reis. Su relieve se manifestaba libremente; una parte de las tierras
actualmente cubiertas por el hielo o sumergidas era, entonces, aún visible.
En vista de esto, parece que se podría concluir diciendo que los
conocimientos que sirvieron para el trazado de estos mapas datan de unos 10.000
años atrás.
Después de todo lo que
acabamos de decir, esta conclusión es inevitable; pero contradice todas las
teorías clásicas actuales sobre la historia de la civilización y debe ser
considerada con gran cautela. ¿Qué dicen los manuales de Prehistoria? Hace diez
mil años, reinaba (si podemos expresarnos así) el hombre de Cro-Magnon, al cual
se atribuyen las pinturas de Lascaux, pero que no conocía el trabajo de los
metales, ni el cultivo de la tierra, ni la domesticación de los animales.
Ahora bien, Arlington H.
Mallery, el gran especialista, dice de los mapas de Piri Reis: «En la época en que se confeccionó el mapa,
no era solamente preciso que hubiese exploradores, sino también técnicos en
hidrografía particularmente competentes y organizados, pues no se puede
dibujar el mapa del continente o territorios tan extensos como la Antártida,
Groenlandia o América, como por lo visto se dibujó hace algunos milenios, si no
se es más que un simple individuo o incluso un pequeño grupo de exploradores.
Se necesitan técnicos experimentados, conocedores de la astronomía, así como
de los métodos necesarios para el trazado de mapas.»
Arlington H. Mallery va aún
más lejos. Dice: «No comprendemos cómo pudieron confeccionarse esos mapas sin
la ayuda de la aviación. Además, las longitudes son absolutamente exactas, cosa
que nosotros mismos sólo sabemos hacer desde hace apenas dos siglos.»
Habría que proceder, pues, a
una «revisión desgarradora» de nuestros conceptos referentes a la historia de
la Humanidad. ¿Qué conjeturas podemos hacer sobre una civilización
desarrollada que habría existido hace unos diez mil años?
Por su parte, Arlington H.
Mallery, especialista de la América precolombina, y que tiene, en este campo,
notables descubrimientos en su haber, andaba en busca de una gran civilización
desaparecida, que habría existido en el continente americano. Pudo presentar
un cúmulo de elementos, algunos de los cuales son desconcertantes, sobre todo
unos altos hornos para tratar el hierro -sobre cuya fecha están en desacuerdo
los especialistas- y unas piedras provistas de inscripciones.
Este descubrimiento fue hecho
en Pensilvania, al este de Harrisburg, en la casa de los hermanos Strong. Los
especialistas consultados por Mallery,-Sir W. M. Petrie, Sir Arthur J. Evans y
J. L. Myres- descubrieron en tales inscripciones ciertas semejanzas, tal vez
fenicias, tal vez cretenses. Sea como fuere, las inscripciones parecían
corresponder a una fase anterior a las primeras escrituras mediterráneas, dado
que la alfabetización había empezado en ellas, pero la escritura, que ya no es
realmente silábica, contiene aún 170 signos. Actualmente, no ha sido todavía
descifrada.
Arlington H. Mallery opina que
es la escritura de una antigua civilización americana, anterior, naturalmente,
a las civilizaciones precolombinas conocidas (inca, maya, o azteca). Se puede
conjeturar que éstas conservaron algunos vestigios: así se explicarían la
misteriosa fortaleza de Tiahuanaco, cuya fecha ha sido imposible fijar; ciertas
particularidades de la astronomía maya, que parece referirse a un estado del
cielo anterior en muchos milenios al que conocemos; las extrañas leyendas
referentes a antiguos civilizadores; etcétera.
Pero, aun admitiendo que
semejante civilización existiese hace diez mil años en el continente americano,
aún habría que explicar cómo sus conocimientos geográficos pudieron llegar a
Europa.
Y, ya que hemos franqueado
ahora el muro de la razón, podemos dar libre curso a la fantasía: ¿Y si esta
civilización avanzada hubiese existido, no solamente en América, sino en toda
la Tierra? ¿Habría tenido esta civilización un origen extraterrestre? En lo
que atañe a los mapas de Piri Reis, nos resulta muy difícil hacer intervenir a
los venusianos o a seres de otros planetas: porque, si, como es de suponer,
disponían de los cohetes más perfeccionados, ¿qué necesidad tenían de levantar
un mapa detallado, no de los continentes -cosa que aún habría podido
explicarse-, sino de las orillas y las costas? Esto no impide, desde luego, que se
pueda estudiar este problema; pero los mapas de Piri Reis son obra exclusiva de
marinos terrestres.
Entonces, ¿serían habitantes de la
Atlántida o de Gondwana? Perro el desplazamiento de los continentes tiene una
historia que se remonta mucho más allá de diez milenios y de la época que nos
interesa; estos continentes, si existieron, habían desaparecido o se habían
hecho pedazos mucho tiempo antes.
Podríamos suponer, pues, que una rama de la
raza humana, coexistente con otras menos desarrolladas, hubiese alcanzado,
hace ocho o diez mil años, un grado de civilización considerable, y que tuviese
un conocimiento muy completo de su planeta; y que hubiese sido destruida,
inopinadamente, por un cataclismo. Charles H. Hapgood se muestra rotundo en
sus conclusiones. Sólo hace un siglo que se empezó a hacer retroceder los
límites de la Historia y se encontraron vestigios materiales de civilizaciones
hasta entonces consideradas como míticas (Troya, Creta), o incluso desconocidas
(Sumer, los hititas, el valle del Indo). El profesor americano declara que hay
que continuar las investigaciones, y que éstas habrán de conducir forzosamente
al descubrimiento de la avanzada civilización que existió hace diez mil años.
Naturalmente, le dejamos la responsabilidad de estas afirmaciones, apoyadas,
repitámoslo una vez más, por una concienzuda experimentación científica. El
gran descubrimiento arqueológico del siglo está aún por hacerse...
CAPÍTULO IV
LAS CICATRICES DE LA TIERRA
Un error fatal. - Así
podríamos terminar... -- El cráter Barringer. - Meteoritos gigantes. - Regiones
más allá del sistema solar. - Una idea sobre los Diluvios. - Una idea sobre las
eras glaciales. - Las minas celestes de Sudbury. - ¿Una protección? - Los
meteoritos secundarios y la posible simiente de la vida. - La idea de una
cosmo-historia. - Los que descubrieron un cielo estrellado.- ¿Causalidad
externa? - Los misteriosos cantos de la ópera terrestre.
Rusos, americanos, chinos, ingleses y
franceses creen, en el mismo momento, que acaba de lanzarse un ataque atómico
masivo. Todos ellos ponen en funcionamiento, en el mismo instante, los sistemas
de represalia. Y arde la Tierra. Ahora bien, la causa de esto no ha sido la
malignidad de una nación, sino el ciego «ni bien ni mal» del cielo. La verdad
es que ha caído un meteorito gigante. Así podríamos
terminar, aniquilados desde lo alto... Es un
futuro previsible.
Estas caídas de meteoritos
gigantescos se produjeron en el pasado. La Tierra muestra aún sus cicatrices.
El cráter Barringer, en Arizona, fue abierto por una explosión cuya potencia
puede calcularse en 2,5 megatones (25 veces la bomba de, Hiroshima) y que se
produjo hace 50.000 años. Cuando el ingeniero de minas americano, D. M. Barrin,Zer,
declaró que la causa de esta explosión había sido la caída de un enorme
meteorito, tropezó con la oposición oficial más obstinada. Se preferían las
hipótesis de una erupción volcánica o de una explosión de gas natural. Pero
Barringer acabó haciendo prevalecer su opinión. Hoy se admite que hubo una
colisión entre la Tierra y un cuerpo de diez mil toneladas que se desplazaba a
la velocidad de 40 kilómetros por segundo. Se recogieron, alrededor de los
cráteres, bolitas microscópicas de hierro producidas, al parecer, por la
condensación de una nube de vapor de hierro provocada por el choque.
Pero el cráter Barringer no es el más importante. El Vreedovrt, en la
Unión Sudafricana, tiene un volumen de diez kilómetros cúbicos. Parece ser que
el proyectil arrancó la corteza terrestre, dando salida a la lava que llenó
inmediatamente una parte de la brecha.
Tal vez se produjeron
colisiones aún más terribles, y hay motivos para suponer que el mar del Japón,
la bahía de Hudson y el mar de Weddell se crearon de este modo. Si este hecho
es cierto, la energía desarrollada habría sido del orden astronómico de 1033
ergios. Esta cifra dice muy poco. pero corresponde a una cuarta parte de la
energía emitida por el Sol en un segundo, o a la conversión, al 100 por ciento,
de un millón de toneladas de materia en energía.
Se hace una objeción a estas
hipótesis. Una colisión de fuerza semejante habría elevado la temperatura de
la atmósfera, sobre el planeta, a doscientos grados centígrados. Toda la
superficie de la Tierra habría quedado esterilizada. Ahora bien, en
toda la historia biológica conocida del Globo, no se encuentran huellas
de tal esterilización. Sin embargo, se admiten corrientemente colisiones que
engendrasen energías de un millón de megatones, y las cicatrices producidas por
las mismas en la corteza terrestre han sido identificadas en número bastante
considerable.
En el Canadá se han
descubierto una docena de ellas, con diámetros que oscilan entre 2 y 60 kilómetros,
y una antigüedad que varía de 2 a 500 millones de años. En Australia, podemos
citar el cráter de Wolf Creek, y, en los Estados Unidos, de modo principal, el
cráter circular de Deep Bay, donde se ha formado un lago, que tiene doce kilómetros
de diámetro y ciento cincuenta metros de profundidad.
Según los cálculos, un
proyectil de más de mil toneladas que se desplace a velocidad suficiente, no es
detenido por la atmósfera. Un proyectil que procediese del sistema solar no
superaría la velocidad de 42 kilómetros por segundo, pues, en otro caso,
escaparía de este sistema. Así, pues, un meteorito que llegase a velocidades
del orden de 100 a 150 kilómetros por segundo habría de proceder de regiones de
más allá del sistema solar.
Citaremos en fin,
seguidamente, los meteoritos secundarios, es decir, salidos de la
Tierra, y que, al ser proyectados, podrían transportar materia viva a las
lejanas estrellas y, de este modo, dar origen en el cosmos a una vida análoga a
la nuestra.
Si los puntos de caída de los
grandes meteoritos se distribuyen al azar, hay tres probabilidades contra una
de que el impacto se produzca en el mar. La colisión volatilizaría decenas de
millares de kilómetros de océano. La Tierra entera se vería cubierta, durante
muchos días, de nubes tan espesas
como las de Venus. Mareas fabulosas barrerían el planeta. Podemos imaginar un
fenómeno de este género. Probablemente, se produjo ya alguna vez.
Ahora bien, una marea de esta clase se asemeja exactamente a un diluvio, al
Diluvio Universal que encontró eco en todas las tradiciones.
Es, pues, perfectamente lógico imaginar que
una civilización o una serie de civilizaciones pudieron ser aniquiladas de
este modo por la «ira del cielo ».
Las cicatrices de la Tierra revelan dos o
tres catástrofes por cada millón de años. Basta esto para poner en tela de
juicio el ordenado desarrollo, fundado exclusivamente en causas internas, que
nos presenta la teoría clásica de la evolución. También habría que poner de
nuevo en tela de juicio la tesis sobre el origen de las eras glaciales, pues
las espesas nubes formadas alrededor de la Tierra por el choque del meteorito,
y compuestas de vapor de agua y polvo, tuvieron que reflejar la energía solar y
rebajar considerablemente la temperatura media.
El americano R. S. Dietz pudo demostrar que
las importantes minas canadienses de níquel, de Sudbury, proceden de un
meteorito gigante. Estas minas son explotadas desde 1860. Así, pues, desde hace
un siglo los hombres han venido explotando la riqueza de un visitante caído del
cielo. El meteorito gigante de Sudbury llegó a la Tierra hace 1.700 millones
de años. Su masa era de 3,8.10'3 toneladas. Contenía una
considerable cantidad de níquel. Lo cuál resulta desconcertante, en vista de
la proporción relativa de hierro y de níquel de los pequeños meteoritos que
caen en nuestros días. Prosiguen los estudios, y, a medida que se descubren
hechos nuevos, se alarga la edad de la Tierra. Como dice Dietz: «La Tierra
envejece un millón de años cada día.»
Los problemas planteados por las cicatrices
de la Tierra son muy numerosos, pero el más importante es sin duda el
siguiente: el estudio de la Luna y la observación de Marte demuestran que estos
astros fueron literalmente acribillados por los meteoritos gigantes. En
comparación con aquellos, la Tierra ha sufrido muy poco. Cierto que su
atmósfera la ha protegido de los pequeños impactos. Pero todo induce a creer
que la atmósfera no puede retener meteoritos de una masa superior a las mil
toneladas. Entonces, ¿qué? Podemos pensar en una protección magnética o
electromagnética, ejercida por las capas electrizadas que envuelven la
Tierra. Sin embargo, una protección de esta clase detendría preferentemente los
meteoritos ricos en material magnético, como el níquel. ¿Cómo explicar el caso
de Sudbury?
Sigamos soñando. Si la Tierra es el único
planeta del sistema solar donde existe la vida, ¿habrán los grandes ingenieros
del más allá organizado su protección? Si existen, en la galaxia, seres más poderosos
que nosotros, quizás intervienen en la mecánica celeste para que permanezcan y
sigan desarrollándose la vida y la inteligencia en ese barrio minúsculo del
espacio...
El segundo enigma está relacionado con el
fenómeno mismo de la colisión. A las extraordinarias temperaturas que se
produce, la materia no puede subsistir en estado gaseoso, sino que pasa al
cuarto estado, el plasma. Es decir, los átomos pierden una gran parte de sus
electrones. Se forma una bola de fuego, y, según el doctor R. L. Bjork, un
torbellino casi perfectamente circular. Los cráteres de la Tierra y de la Luna
serían las huellas fósiles de estos torbellinos. El torbellino arranca la
corteza terrestre, dando salida al magma primario. Después, estalla, y esta
explosión puede enviar al espacio fragmentos de la Tierra, a una velocidad de
80 kilómetros por segundo. Cierto que queda aún mucho por descubrir a este
respecto, puesto que el cuarto estado de la materia nos es muy poco conocido.
Pero no hay que echar en olvido esta posibilidad de una proyección, fuera de
la Tierra, de fragmentos de nuestra sustancia a gran velocidad, suficiente para
que tales fragmentos escapasen al sistema solar y surcasen el universo, con su
carga de materia viva.
Así, fragmentos de nuestra Tierra,
arrancados hace 1.700 millones de años por el meteorito de Sudbury, pudieron
tal vez llegar a algún medio fértil, en algún lugar del cielo estrellado...
Nuestra ambición se limita a proporcionar
algunos puntos de apoyo a los sueños, y a ensalzar, con un puñado de hechos,
las virtudes de la imaginación. La geología romántica moderna -al resucitar
la tesis del deslizamiento de los continentes-, las investigaciones sobre los
grandes cráteres y los estudios sobre la mecánica de los grandes meteoritos,
nos parecen mucho más adecuados que las pretendidas revelaciones del ocultismo
para abrir un interrogante sobre las civilizaciones desaparecidas, sobre una o
varias historias pretéritas de la Humanidad, y para invitar a nuevas interpretaciones
de las tradiciones apocalípticas, de los mitos y leyendas referentes a la
existencia de Grandes Antepasados. Pero lo que hay que recordar por encima de
todo, en nuestro breve y fantasioso examen de las cicatrices de la Tierra, es
que la historia de nuestro Globo, y de los hombres que lo habitan, está sin
duda indisolublemente ligada a la historia del sistema solar y, probablemente,
a la del Universo. Tal vez un mismo infarto cósmico destruyó Faetón, arrancó
el planeta Plutón de su órbita de satélite de Neptuno, y bombardeó la Tierra en
Sudbury. Otras crisis espaciales pudieron provocar, hace unas decenas de
millares de años, la caída de meteoritos gigantes en la Tierra o en los
océanos; engendrar eras glaciales; destruir civilizaciones nacientes o ya
desarrolladas, y cubrir el cielo con nubes tan espesas, y durante tanto
tiempo, que su dispersión hizo descubrir las estrellas a unos hombres que no
las habían visto jamás y que ignoraban el ritmo de la luz y las noches pobladas
de astros. Una tradición de América del Sur dice que la civilización de
Tiahuanaco existió antes que las estrellas. ¿Antes que las estrellas? Absurda
afirmación, si tomamos las cosas al pie de la letra. Pero no tanto si
suponemos que, en un momento dado, los hombres vieron levantarse el telón,
disolverse las nubes y brillar, por vez primera, un cielo constelado sobre sus
cabezas.
Se ha dicho con frecuencia que sin las
estrellas no habría podido desarrollarse ninguna civilización, pues los
hombres no habrían tenido la menor idea de las leyes cíclicas de la Naturaleza,
ni punto de referencia, ni conciencia del infinito. Si esta opinión está en lo
cierto, la Ciencia habría empezado, para ciertos hombres, en el
deslumbramiento de las estrellas hechas visibles, y tal vez fue esto lo que
ocurrió en Stonehenge y entre nuestros antepasados del neolítico, que
establecieron un calendario estelar.
En lo que atañe a la vida, a la
inteligencia, al nacimiento y a la muerte de las civilizaciones, las
interacciones entre la Tierra, los otros planetas y, sin duda alguna, todo el
cosmos, deberían parecernos mucho más importante de lo que admite el sistema
cerrado de la ciencia oficial, que se aferra religiosamente a una causalidad
interna, a una evolución continua y a una dinámica simple de los «progresos»
de la historia humana. La idea de que tales interacciones pudieron y pueden aún
afectar a la Tierra, volver y revolver la historia humana, constituye uno de
los temas de la presente obra. Esta se propone escuchar, en la ópera terrestre,
el «misterioso canto de la vuelta atrás».
CAPÍTULO V
DOS CUENTOS DE HADAS, CON VISTAS AL FUTURO
Bibliotecas de mentiras. -
Unas palabras sobre los ocultistas. - El descubrimiento de Medzamor. - Un
complejo metalúrgico del tercer milenio. - La pinza Brucelles. - Hubo una
prehistoria científica e industrial. - Dos ejercicios de imaginación. -
Primer ejercicio: el cuento de hadas del Viento Solar. - La fábula y su
moraleja. - Las justificaciones del sueño. - Segundo ejercicio: el cuento de
hadas de Faetón. - Para que la Historia permanezca abierta.
Como puede verse, este libro no quiere
enseñar una religión. No tenemos vocación para ello. Tampoco tenemos acceso a
las ciencias secretas. Ni contamos con alfombras volantes. Sólo una alfombra
pequeña para hacer gimnasia.
Por consiguiente, ninguna revelación
llegada especialmente para nosotros, desde un Tibet quiera, nos autoriza a
cantar:
En cierta verde isla del
océano
donde crece hoy en día el
oscuro coral,
llenos de orgullo, fausto y
majestad,
alzábanse los palacios de la
antigua Atlantis.
Pero, como ninguna certidumbre histórica ha
venido aún a prohibir a rajatabla la idea de una Humanidad desconocida, que
floreció y se extinguió en un remoto pasado, podemos permitirnos los
ejercicios de imaginación. A condición de presentarlos como tales. Y de
realizarlos correctamente. Escogiendo bien los puntos de apoyo, respirando
profundamente, tensando los músculos. ¿Queréis hacer un poco de gimnasia con
nosotros? He aquí dos ejercicios a nuestro estilo. Dos hipótesis. La primera
fue sugerida por dos ingenieros americanos, amantes de la
antropología-ficción: Walt y Leigh Richemond. La segunda, por un escritor soviético:
Rudenko. Dos hipótesis. O, mejor dicho, dos cuentos de hadas. Llamaremos al
primero, Cuento del Viento Solar. Al segundo, Cuento de Faetón.
Todas las tradiciones evocan este antiguo
mundo humano y su desaparición catastrófica. Naturalmente, puede no ser más
que un mito. Pero también podríamos preguntarnos si la idea de una Humanidad
que crea mitos para expresar su psicología profunda, no será un mito moderno.
Tal vez se trata de relatos adulterados de hechos objetivos, de realidades
exteriores y concretas.
Los ocultistas, que sostienen
apasionadamente que la Edad de Oro quedó atrás y que una catástrofe -de la que
existe un enojoso precedente en el pasado- vendrá a castigar justamente al
mundo moderno, no han dejado de facilitarnos datos. Pero sus informaciones
provienen de fuentes misteriosas, tan elevadas y secretas, que nosotros, desdichados
infieles, tardamos poco en desanimarnos. Cuando el asidero del sueño está tan
alto, cuesta mucho agarrarse a él... ¿O será que aquella gente tiene, por
naturaleza, las piernas tan cortas que no tocan el suelo? Madame Blavatsky
recibe la «revelación» de la existencia de Lemuria, donde nació «la tercera
raza madre». Sumergida Lemuria, aparece una «cuarta raza madre» en la
Atlántida. Scott-Elliott, heredero de las visiones de Madame Blavatsky y de
Annie Besant, describe una «civilización tolteca», la más evolucionado de la
Atlántida, así como sus fuerzas cósmicas y sus astronaves. Rudolf Steiner (en
la parte más discutible de una obra inmensa y con frecuencia genial) añade a la
epopeya de Scott-Elliott unos detalles cuya procedencia -dice- no podría
divulgar sin cometer un pecado abominable. El coronel James Churchward afirma
que un sabio hindú le envió unas tablillas escritas en la lengua del
continente lemúrido, al que denomina Mú. Este militar americano inicia, a los
setenta años, la redacción de cuatro obras sobre la civilización de los Grandes
Antiguos, con un lujo de detalles que entusiasmará a las multitudes. ¿Cómo
escribir en serio cuatro volúmenes de sueños falaces? Ingenua pregunta. En
realidad, existen «monumentos de impostura y bibliotecas enteras de mentiras».
Paralelamente a los ocultistas, algunos
teóricos, mezclando las leyendas, la Astronomía, la Geología, la Climatología,
la Botánica, la Zoología y la Antropología, trataron de establecer el lugar y
de explicar la existencia y la desaparición de una alta civilización
primordial. La obra de Ignace Donnelly, Atlantis, publicada en 1882, alcanzó un
éxito prodigioso. Partiendo «de un montoncito de hechos y de una montaña de
conjeturas», Donnelly sitúa el Paraíso Perdido en el lugar que ocupa el actual
océano Atlántico. Los dioses de la Antigüedad son, los Señores del continente
sumergido. Como su precursor Donnelly, el psicoanalista Velikovskv, partiendo
de una tesis astronómica discutible (Venus fue, al principio, un cometa
desprendido de Júpiter, que rozó por dos veces la Tierra), explica el Génesis y
el Éxodo, y justifica la Escritura por
el recuerdo de una tremenda catástrofe física.
¿No se podrían establecer hipótesis que,
sin ser menos fantásticas, prescindiesen un poco más de lo inverosímil? Vamos a
intentarlo.
Desde que, en los albores de la sociedad
industrial, el astrónomo Jean-Sylvain Bailly pensó que otros hombres, en
tiempos muy remotos, pudieron poseer un conocimiento técnico, esta idea se ha
abierto camino. No sólo en el campo de la fantasía, sino también en el de los
hechos exhumados. «El hombre no esperó al siglo xx para sacar provecho de la
Tierra», dice Korium Meguertchian, doctor en ciencias del Servicio Geológico
armenio. Acaba de descubrir (en 1968) la fábrica más antigua del mundo en
Medzamor, en el glacis
armeniosoviético.
Según él, la leyenda de los sacerdotes del fuego, transmitida por los vecinos y
los invasores de Medzamor, no es más que el recuerdo de los obreros de un
complejo metalúrgico que data del tercer milenio. Y estos obreros,
«enguantados, cubierta la boca con un filtro protector, se parecían como
hermanos a los proletarios del Creusot, de Essen o del Donetsk». En esta ciudad
metalúrgica, levantada sobre capas más antiguas, donde están enterradas
instalaciones fabriles de la Prehistoria, se trataba un mineral de
importación. El periodista científico Jean Vidal (Science et Vie, julio de
1969), a su regreso de la Armenia soviética, donde investigó junto a
Meguertchian y sus colegas, escribe: «Redactar la lista de los objetos encontrados
sólo equivaldría, de momento, a hacer un inventario rudimentario, pues Medzamor
oculta aún muchas cosas ignoradas. Pero entre estos objetos hay uno que llena
de asombro a los historiadores de la metalurgia. Se trata de la pinza
Brucelles, de acera, de la que se han encontrado muchos modelos en capas
correspondientes a principios del primer milenio. La Brucelles, especie de
pinza de depilación, permite al químico y al relojero sujetar los microobjetos
que son incapaces de manipular.»
«Medzamor -prosigue- fue fundada por sabios
formados en la escuela de civilizaciones anteriores, que aportaron a su
edificación una suma de conocimientos adquiridos en el curso de un período
oscuro e incierto, que bien merece el nombre de "prehistoria científica e
industrial". Los constructores de Medzamor tuvieron por maestros a arquitectos,
metalúrgicos y astrónomos del neolítico, que tenían ya una cultura científica y
cuya razón había sido amasada con la misma levadura que las ciencias y las
técnicas que dominaban. Incluso antes de que la Historia empezase en Sumer, el
hombre vivía en una sociedad organizada, cuyas estructuras eran, en muchos
aspectos, iguales que las nuestras.»
Los anteriores descubrimientos de Çatal
Huyuk y de Lepenski-Vir (civilizaciones urbanas de 7.000 y 5.500 años antes de
nuestra Era) habían planteado ya enigmáticas interrogaciones al arqueólogo
Mellaert, cuando éste encontró objetos de cobre «confitados» en las escorias
del metal. Por consiguiente, aquellos hombres sabían aislar el metal del
mineral y darle forma con ayuda del fuego.
Medzamor, situada a mil kilómetros de Catal
Huyuk, aporta una primera revelación sobre una tecnología prehistórica,
absolutamente insospechada hace diez años.
¿Asombroso comienzo, o vestigios de
técnicas más avanzadas, en una civilización desconocida y enterrada por una
catástrofe? Tenemos derecho a hacernos esta pregunta. Pero ésta trae otra consigo:
¿Qué catástrofe? ¿Provocada por Dios, por el cielo o por los propios hombres?
Esto nos conduce a nuestro primer cuento de hadas, llamado Viento Solar.
Érase una vez, hace veinte mil años, una
avanzada civilización que se interesaba apasionadamente por el Sol. Cuando
hubo desaparecido, como vamos a ver, los hombres, guardando de aquélla un vago
recuerdo, prestaron adoración al Sol y le ofrecieron numerosos sacrificios;
pero el contenido racional del interés de sus antepasados por el astro se
había extinguido con éstos.
Una mirada echada sobre nosotros mismos puede
darnos una idea de los titánicos trabajos emprendidos por aquellos. A
excepción de cantidades relativamente pequeñas de energía producida a base de
átomos, extraemos toda nuestra energía del Sol, ya sea en forma fósil (carbón,
petróleo), ya en forma inmediata (energía hidroeléctrica, producto de la
evaporación). Fabricamos también pilas solares, que transforman los rayos en
corriente. Y podríamos concebir una captación más extensa. Por ejemplo, tratar
de utilizar la energía termonuclear por fusión de núcleos ligeros y de núcleos
pesados, cosa que equivaldría a reproducir el Sol sobre la Tierra. Podríamos,
en fin, intentar la captación del viento solar. Éste es un torrente de partículas
descubierto en 1960 por los sabios. Se trata de átomos de materia solar que
vienen a chocar con nuestro Globo. Y se piensa que este viento es tal vez el
que provoca las auroras boreales y determina la formación de la capa eléctrica
de la atmósfera. Estableciendo un cortocircuito entre las capas electrizadas
de la alta atmósfera y el suelo, conseguiríamos una fuente de energía
prodigiosa e inagotable. ¿Cómo hacerlo? ¿Haciendo conductora la atmósfera? Esto
es lo que ocurre con el rayo. Un rayo láser lo bastante intenso podría producir
el fenómeno.
Hace veinte mil años, una civilización
técnica y científica concibió el proyecto de domesticar el viento solar. Se
construyeron, en diferentes lugares de la Tierra, monumentales aisladores en
forma de pirámides. En su cima había algo parecido a un súper láser. Mucho
tiempo después, estos instrumentos seguirían hurgando en la memoria confusa
de las generaciones supervivientes. Los hombres construirían pirámides, sin
comprender, y colocarían a veces, en la cima, piedras reverberantes,
engastadas en metal.
Se intentó el
experimento. Pero el poder arrancado al Sol aniquiló la ambiciosa
civilización, fulminó un mundo que vio «enrollarse el cielo sobre sí mismo,
como un pergamino, y teñirse la Luna como de sangre».
Los grandes aisladores se volatilizaron. En
vez de ellos, se encontraría mucho más tarde, en el siglo xx de nuestra Era,
en diferentes lugares de África, de Australia, de Egipto, proyecciones constituidas
por vidrio sometido a una enorme temperatura y bombardeado por partículas de
alta energía: las tectitas.
¿Hubo supervivientes entre los detentadores
del saber? Tal vez algunos de ellos habían buscado refugio en profundas
cavernas. O, quizás, otros se hallaban entonces de viaje por el espacio. La
situación, después de la gran catástrofe, no fue sólo desastrosa
geológicamente (continentes hundidos o sumergidos), sino también
biológicamente. El bombardeo de la atmósfera había creado una considerable
cantidad de carbono radiactivo. Al ser absorbido por los animales y por los
hombres, debió de producir mutaciones y provocar la aparición de híbridos
fantásticos. Estos híbridos -centauros, sátiros, hombres-pájaros-
sobrevivieron largo tiempo en el recuerdo humano, hasta los tiempos históricos
de Grecia y de Egipto.
Los supervivientes expertos se enfrentaron
con un problema técnico urgente: eliminar el carbono 14. Esto les condujo a
organizar un gigantesco lavado de la atmósfera, mediante lluvias artificiales,
mientras se esforzaban en conservar un número suficiente de seres humanos y de
especies animales, que no habían sufrido mutación. Entre los métodos
protectores figuró, sobre todo, la circuncisión. La hemofilia, producto de una
mutación perjudicial, es transmitida por la hembra, mientras que la
circuncisión tenía un valor selectivo. Y esta práctica, instituida como medida
sanitaria genética, siguió efectuándose durante milenios, sin conocimiento de
causa, por numerosos pueblos esparcidos por el mundo...
He aquí una pequeña tentativa para
descifrar las tradiciones y explicar las cosas sin necesidad de recurrir al
ocultismo. ¿Es una buena pista? No estamos muy seguros. Pero confiamos en que
vendrá un hombre que, con la fe de un Schlieman y el genio sintético de un
Darwin, reunirá los dispersos elementos de verdad y escribirá la historia de
antes de la Historia.
Si nos decís: «Esto es una hipótesis
tremenda e infantil, ¿creéis en ella?», os responderemos que no creemos en la
fábula, pero sí en su moraleja.
Además, hemos escogido esta fábula, porque
ilustra la manera realista-fantástica de abordar estos problemas, y apunta la
dirección en que hay que buscar respuesta a muchas preguntas actuales.
Si situamos la gran catástrofe en una fecha
que se remonta a veinte mil años atrás, pueden explicarse ciertas anomalías
que se producen cuando se intenta establecer la antigüedad de algo por el
carbono 14. Cuando se descubrió el método del carbono 14, hubo motivo para
creer que la Arqueología se convertiría en una ciencia exacta. Su perfeccionamiento
permitió establecer fechas de antigüedad hasta cincuenta mil años atrás. Lo
curioso es que no podemos situar ningún objeto entre los veinte mil y los veinticinco mil años, mientras que
podemos hacerlo antes y después. Hasta ahora, no se ha encontrado ninguna
explicación a esta anomalía. Por lo tanto, puede suponerse que, en aquel
período, se produjo algún suceso que modificó la concentración del carbono 14
en la atmósfera.
Nuestra fábula sugiere un posible contenido
real de las innumerables leyendas referentes a seres mitad hombre, mitad
animal. Objeción: no se encuentran osamentas de esta clase. Respuesta: sí que se encuentran; pero el
arqueólogo se imagina haber descubierto, en tumbas consagradas a alguna
religión totémica, un hombre enterrado con un animal.
Nuestra fábula tiene la ventaja de proponer
el empleo de métodos tomados de la Física para tratar de determinar la fecha de
una posible gran catástrofe. Si ésta se debió a un cortocircuito en la atmósfera
terrestre, semejante cortocircuito perturbó sin duda el campo magnético e
incluso desplazó, quizá, los polos magnéticos. Los especialistas podrían
investigar en este sentido.
Los campos de tectitas podrían ayudar a
identificar los lugares en que se inició la catástrofe. El examen de la
composición nuclear de las tectitas demuestra que éstas no viajaron largo
tiempo por el espacio. Hay que presumir, pues, que se formaron en la Tierra o
en la Luna. Su formación parece haber desarrollado una energía tan enorme que,
evidentemente, uno puede negarse a admitir un origen tecnológico. Sin embargo,
la catástrofe de nuestro muy hipotético relato pudo, a un mismo tiempo, crear y
proyectar las tectitas alrededor del punto en que se produjo la descarga que
las habría originado. Se ha podido demostrar que las tectitas habían viajado
por la atmósfera a una velocidad considerable. Esto parece demostrar, a su
vez, que, o bien proceden de la Luna, o bien fueron creadas en la Tierra a
consecuencia de algún acontecimiento catastrófico. Es igualmente posible que
se encuentren huellas de esta catástrofe, consistentes en trayectorias formadas
en ciertos minerales por el paso de
partículas de alta energía. Bastaría con que los medios científicos retuviesen
la hipótesis de una gran catástrofe, para que se iniciasen investigaciones de
orden físico. Tal vez entonces obtendríamos informaciones capaces de trastornar
nuestras ideas sobre la historia de la Humanidad.
Por último, nuestra fábula da a entender
que la utilización de la mitología como base de investigaciones sobre la
realidad, tal como genialmente lo comprendió Schlieman, está sólo en sus comienzos.
Todos los mitos catastróficos, sobre todo aquellos en que el fuego del cielo
cae sobre los hombres, y todas las leyendas que describen seres no humanos
derivados del hombre, deberían ser sistemáticamente estudiados.
En esta fábula no hemos intentado una
descripción de los contemporáneos de la gran catástrofe. Tal vez cierto
racismo, consciente o inconsciente, influyó hasta hoy en las investigaciones
sobre el origen del hombre. Esta cuestión se plantea desde la célebre
tesis del jeque
Anta Diop sobre « Naciones negras y cultura», encaminada a demostrar el origen
negro del antiguo Egipto. En Anterioridad de las civilizaciones negras, escribe
Anta Diop:
«Los resultados de las excavaciones
arqueológicas, particularmente las del doctor Leakey en África oriental,
permiten situar cada vez más lejos, en la noche de los tiempos, los primeros
esbozos de la Humanidad. Sin embargo, se sigue admitiendo que el homo
sapiens apareció hace unos cuarenta mil años, en el paleolítico
superior. Esta primera Humanidad, que corresponde a las capas inferiores del
auriñaciense, se asemeja, morfológicamente, al tipo negro de la Humanidad
actual (...) Nos sentimos inclinados a admitir, con absoluta objetividad, que
el primer homo sapiens fue "negroide", y que las otras razas,
la blanca y la amarilla, aparecieron más tarde, debido a diferenciaciones cuyas
causas físicas, escapan aún a la ciencia. (...) Todo indica que, al principio,
en la Prehistoria, en el paleolítico superior, predominaron los negros. Y
siguieron predominando en los tiempos históricos, durante milenios, en el
campo de la civilización, de la supremacía técnica y militar.»
Resulta, pues, que los Grandes Antiguos de
nuestro Cuento del Viento Solar eran negros. ¿Vivían en una armoniosa síntesis
de religión y ciencia? ¿Habían dado un sentido elevado a su destino? Cuando
el Sol se abatió sobre sus cabezas inteligentes y crespas, ¿qué valor, qué fe,
demostraron los mejores? Si la Biblia conserva un eco lejano de su tragedia,
fueron estos ladrones del Sol quienes pronunciaron, por primera vez, la frase
sublime: «El Señor nos lo dio; el Señor nos lo quita. Bendito sea el nombre
del Señor.»
Pasemos ahora al Cuento de Faetón.
También éste evoca una evolución
discontinua. Pero, en él, la catástrofe no es de procedencia humana. « La
llave de la puerta que nos separa de la naturaleza interior está enmohecida
desde el Diluvio», dice Gustav Meyrinck. Pero, según el ucraniano Nicolai
Danilovich Rudenko, no lo está por culpa nuestra. Fue un error de las
Inteligencias del planeta Faetón. Y ahora, ellas ya no nos perjudican, y
podemos ganar la partida. Tuvimos otras civilizaciones, conocedoras de las
ciencias y de las técnicas. Fueron destruidas por la explosión de Faetón. Pero,
de hoy en adelante, estaremos libres de la amenaza de estos apocalipsis. ¿Hubo
fines del mundo? Ya no los habrá más. Nuestra civilización es la buena. No es
mortal. O, al menos, sólo depende de nosotros que lo sea.
En 1959, los astrónomos de Checoslovaquia
pudieron determinar el origen de un meteorito que cayó en su país. El
proyectil cósmico procedía, según su trayectoria, de algún lugar situado entre
Marte y Júpiter. Vino a sumarse a los millares de asteroides caídos en aquellos
parajes desde principios del siglo XIX. Era, según se cree, un ínfimo
fragmento del planeta Faetón, que desapareció del cielo en tiempos remotos.
¿Cuándo? Nuestro ucraniano piensa que hace unas decenas de millares de años.
En cambio, la Astronomía retrasa muchísimo más el tiempo en que Faetón, según
afirma el académico ruso V. G. Fesenkov, «estalló como una bomba». Si este
planeta estaba habitado, ¿serán los Akpallus, extraños escafandristas de
quienes nos habla el babilonio Berose (véase la parte tercera de este libro),
supervivientes de aquella catástrofe, que viajaron por el espacio, visitaron
la Tierra y enseñaron a los hombres, en las orillas del Golfo Pérsico, los
rudimentos de su saber? Y si fragmentos de Faetón cayeron en enormes aludes
repetidas veces en el curso de los tiempos, ¿no pudieron. destruir, cada vez,
florecientes civilizaciones humanas? He aquí una cosmo-historia que vendría a
sustituir a la Historia. Rudenko se abandona a las delicias de este sueño en
lo que él denomina Cuento de hadas cósmico. Es un libro, medio
novela, medio ensayo, qué él mismo considera peligrosamente «idealista». Y, en
su relato, unos estudiantes, que se han reunido para estudiar los problemas
suscitados por la cosmo-historia, son detenidos por la Policía política, por la
tentativa de creación de una nueva religión...
Para este soñador, como para C. S. Lewis,
Júpiter es el centro biológico del sistema solar, el lugar del Universo en que
la vida adquirió sus formas más completas. Los seres de Faetón ocupaban, en la
jerarquía, un lugar intermedio entre los habitantes de Júpiter y los de la
Tierra. Gracias a este contacto indirecto, nació entre nosotros la idea de
Dios. Pero Solón, repitiendo lo que había aprendido de los sacerdotes egipcios
de Sais, nos dice: «Faetón, hijo del Sol, no pudo dominar el carro del Sol y
quemó cuanto había en la Tierra; después, pereció, víctima del fuego. Cayó
envuelto en llamas sobre la Tierra.»
Y el libro maya de Chilam Balam:
«La Tierra tembló. Y cayó una lluvia de
fuego y de cenizas, y de rocas. Y las aguas subieron y descargaron un terrible
golpe. Y en un momento todo fue destruido.»
¿Por qué el hombre, cuya antigüedad es sin
duda de varios millones de años, no construyó una elevada civilización hasta
tiempos recentísimos? Porque los restos del planeta Faetón sólo dejaron de caer
hace unos cuantos miles de años. Ahora, sólo recibimos, todos los años, un poco
de polvo, unas cuantas motas de barro, y quizás esta fina materia meteorítica
contiene aún restos fósiles de vida, como pretenden algunos investigadores. Tales
son los últimos mensajeros fantásticos del planeta muerto, de donde vinieron
los que nos moldearon, los que adoraban los «grandes cerebros de Júpiter». No
hay materia muerta, ni materia viva -escribe Engels, citado por Rudenko-, sino
fases en la existencia de la materia, donde nace la vida, para desaparecer y
reaparecer de nuevo. Así, pues, Faetón transmitió a la Tierra la razón, que es
fuente y protección de la vida, y nosotros conservamos en nuestra memoria, más
vieja de lo que pensamos, recuerdos que nos hacen ligar al espectáculo de las
estrellas fugaces la idea de un peligro mortal y el deseo de formular ruegos a
las benévolas potencias celestes. También hemos conservado la confusa
conciencia de la presencia de vida y de inteligencia en las constelaciones.
Ahora somos poseedores, como los Antiguos de Faetón, de un poder que, si se
desencadenara, podría hacer estallar nuestro propio planeta. «Escribo este
cuento de hadas -dice Rudenko- para que mis hijos, Yuri, Oleg y Valeri puedan vivir, y para que nosotros no
cometamos el mismo error que los seres de Faetón. Para que, dominado el fuego
del cielo, no nos aniquile también la llama celeste y flotemos todos nosotros,
en los milenios venideros, convertidos en polvo en la inmensidad.»
Confiamos en haber sido
comprendidos. Nuestro objetivo, al dejarnos llevar por estos sueños, no es
imponer al lector tal o cual teoría, siempre incompleta. «Cocinada» a medias.
Culta a medias. Tratamos solamente de sugerir la posibilidad de concepciones
diferentes de la historia de los hombres. Para que «haya siempre una bandera
al viento en las arenas del sueño». Y para que la Historia permanezca
abierta.
SEGUNDA PARTE
FANTASÍAS SOBRE EL GRAN
LENGUAJE
CAPÍTULO PRIMERO
LA MÚSICA DEL BAILE DE LOS
GIGANTES
Un consejo de Merlín el Encantador. -- Samuel Pepys encuentra que Stonehenge valía el
viaje. - Anticuómanos y arqueólogos. - Un astrónomo en la meseta de Salisbury.
- El asombroso descubrimiento de Hawkins. - Un observatorio y un calendario.
- Unas grandes piedras muy turbadoras. - ¿De dónde vinieron los arquitectos? -
Filólogos entre los «primitivos». - ¿Existe un contramaestre sin libreta de notas? - Sobre el conocimiento y la
escritura invisible. - Hipótesis sobre la escritura desaparecida. La tradición
contra la escritura. - El enigma de un lenguaje inicial.
En el siglo v de nuestra Era,
Aurelius, heredero del trono bretón, quiso levantar un monumento a la memoria
de sus hombres muertos por los sajones. Llamó a Merlín el Encantador, astrólogo y mago. Merlín le
dijo: <Si deseas realmente honrar la sepultura de esos hombres con una obra
que desafíe a los siglos, manda a buscar el Baile de los Gigantes, a
Killaraus, montaña de Irlanda. Allí se levanta un monumento de piedras como
nadie podría edificar en nuestros días, a menos que fuese infinitamente
poderoso. Pues esas piedras son enormes, aunque jamás se vieron otras que
tuviesen tantas virtudes y ocultasen tantos misterios...»
Aurelius envió un ejército.
Los soldados no pudieron mover los bloques y robar el Baile de los Gigantes.
Entonces, Merlín pronunció unas fórmulas mágicas, y las piedras se tornaron
ligeras y fueron fácilmente transportadas hasta la costa, embarcadas y llevadas
a Stonehenge, en la meseta de Salisbury, «donde permanecerán por toda la
eternidad».
Así se menciona por primera
vez, en la fantástica y maravillosa Historia de los Reyes de Bretaña,
de Geoffroi de Monmouth, que data de 1140, este conjunto de piedras
areniscas y calcáreas que constituye, entre Gales y Cornualles, el más asombroso
de todos los monumentos megalíticos. Durante cinco siglos, se aceptó la
leyenda de Geoffroi de Monmouth. En 1620, el rey Jacobo envió al arquitecto
Iñigo Jones para que estudiase Stonehenge, y éste llegó a la conclusión de que
se trataba de un templo romano. Samuel Pepys declara, en su Diario, que tales
piedras «valían el viaje». «¡Sabe Dios para qué podían servir!»
El primer investigador de
Stonehenge fue John Aubrey, anticuómano y renombrado ladrón de vestigios
prehistóricos, a quien debemos muchos chismes sobre la vida de Shakespeare. Él
fue quien hizo los primeros descubrimientos topológicos y observó las
alineaciones de agujeros y los círculos concéntricos de piedras levantadas.
Según Aubrey, Stonehenge tiene un origen druídico. A la misma conclusión llegó,
un siglo más tarde, otro anticuómano, el doctor Stukeley, amigo de juventud de
Isaac Newton.
Las excavaciones sistemáticas
empezaron en 1801. Cunnington excavó al pie de la Piedra del Sacrificio; no
encontró nada, y dejó allí una botella de oporto, dedicada a los arqueólogos
futuros. Exactamente cien años más tarde, el profesor Gowland descubrió, bajo
la capa romana, ochenta hachas y martillos de piedra, que daban fe del origen,
varias veces milenario, del Baile de los Gigantes. En 1950, el carbono 14
permitió establecer la fecha de los agujeros de Aubrey: 1848 antes de J. C.
¿Qué era esta construcción compleja del neolítico? ¿Para qué podía servir?,
según se preguntó Samuel Pepys.
El plano completo,
reconstituido por los arqueólogos, revela, a través de las ruinas y del desorden
producido por los siglos, una estructura rigurosa:
Una circunferencia de 115
metros de diámetro, delimitada por un foso flanqueado por dos taludes, uno
interior y otro exterior, y sin más que un pasillo para la
entrada. Casi inmediatamente, y concéntrico a aquélla, un círculo de 56
agujeros, llamados «agujeros de Aubrey». Incrustado en este círculo, y
perpendicular a la entrada, un rectángulo delimitado en los cuatro ángulos por
piedras de las que sólo subsisten dos. Un círculo de 31 metros de diámetro,
compuesto de treinta piedras de 25 toneladas cada una, unidas las unas a las
otras por dinteles y formando, en consecuencia, una serie continua de
dólmenes. Un círculo de 59 piedras. Una herradura orientada hacia la entrada y
compuesta de diez bloques, cada uno de los cuales pesa unas cincuenta
toneladas, y que están unidos de dos en dos por dinteles horizontales,
formando, pues, cinco dólmenes. Una herradura de diecinueve piedras. Tres
monolitos o menhires, uno en el centro, otro en la entrada y el tercero en el
exterior del foso y colocado en medio del pasillo de acceso.
Por último, prácticamente
invisibles sobre el terreno y en parte conjeturales, entre los agujeros de Aubrey y las treinta piedras de 25 toneladas,
dos círculos compuestos, el uno, de 30 agujeros, y el otro, de 29.
Gerald S. Hawkins, profesor de Astronomía
de la Universidad de Boston, es de origen inglés. Volvió al país hace algunos
años, destinado a una base experimental de misiles, en el sudoeste inglés, en
Larkill. Esto se encuentra muy cerca de Stonehenge. Lo visitó, como hacen
trescientos mil turistas todos los años. Le explicaron que, si uno se coloca
en el centro del monumento, en la mañana del solsticio de verano, ve levantarse
el sol sobre una de las piedras colocadas en lugar separado, la Heel Stone. Lo
comprobó con sus propios ojos. Después, empezó a formularse preguntas. Y el astrónomo
se convirtió en arqueólogo. Más tarde, Fred Hoyle verificaría los cálculos de
Hawkins, quien, en una obra publicada en Nueva York en 1965, confirmó su
primera intuición: aquellas hileras de piedras constituían un observatorio
astronómico complejo.
Un primer examen le convenció de que había
al menos un centenar de alineaciones posibles. ¿Cómo distinguir las que
significaban algo? Habría tardado muchos meses en descifrarlo. Hawkins buscó
la ayuda de un ordenador, cariñosamente bautizado con el nombre de «Oscar», al
cual proporcionó, de una parte, las alineaciones posibles de Stonnehenge, y,
de otra, las posiciones clave (ortos, puestas, culminaciones, etcétera) de los
principales cuerpos celestes: Sol, Luna, planetas, estrellas.
«Oscar» empezó, pues, a señalar lo que veía
en el cielo, en tal mes, en tal día, a tal hora, entre tal y cual megalitos. El
resultado fue sorprendente.
Si bien los planetas y las estrellas
aparecían completamente desdeñados, Stonehhenge permitía, en cambio, registrar
todas las posiciones significativas de la Luna y del Sol, y seguir sus
variaciones estacionales. Los gráficos y cuadros establecidos por Hawkins no
dejaban lugar a dudas. «Oscar» acababa de explicar para qué servían los
megalitos. Pero en Stonehenge hay algo más que megalitos: los constructores que
levantaron piedras, excavaron también el suelo. 56 agujeros de Aubrey. 30
agujeros. 29 agujeros, 56, 30, 29... ¿A qué podían corresponder estos números?
Una vez planteado el problema, los datos eran bastante sencillos: al parecer,
los hombres de Stonehenge sólo habían dedicado su atención al Sol y a la Luna.
Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de estos astros son,
ciertamente, dignas de interés. Pero aún lo son más los espectaculares fenómenos
en que el Sol y la Luna se encuentran: los eclipses. La Astronomía moderna se
dedica menos a la observación de los ritmos que a la fisiología de los
mecanismos. Pero Hawkins se acordó del «año metódico». El astrónomo griego
Metón observó que, cada diecinueve años, la Luna llena caía en las mismas
fechas del calendario solar, y que los eclipses obedecían al mismo ciclo. En
realidad, no son exactamente diecinueve años, sino 18,61 años, por lo que hay
que suplir esta diferencia al establecer un calendario regular (como hacemos
nosotros con el día complementario de los años bisiestos). Al redondear la
cifra a 18 ó 19, el error se pone rápidamente de manifiesto. Pero, formando un
ciclo más grande, a base de este pequeño ciclo metódico rectificado, ora a 18,
ora a 19, se consigue una exactitud valedera durante siglos. La aproximación
más satisfactoria, según nos muestra rápidamente el cálculo, es un gran ciclo
de 19 + 19 -1- 18. Sumad. Obtendréis 56. El mismo número de los agujeros de
Aubrey. (Observemos, de paso, que el número 56, que vemos aparecer en esta
ocasión por vez primera en la historia de la Humanidad, es el número de la
alquimia, la masa del isótopo estable del hierro.) Hawkins, no contento con haber descubierto este hecho, imaginó que
el círculo de Aubrey, asociado a los megalitos, permitiría, quizá, la
previsión de los eclipses. Se calcularon las fechas de los eclipses que tuvieron
lugar en la época de la construcción de Stonehenge. «Oscar» fue puesto de nuevo
a contribución. Y, una vez más, la conclusión fue positiva: un sistema de
piedras desplazadas a lo largo del círculo de Aubrey permitiría prever los
años de eclipses. ¿Y los días? El mes lunar es de 29,53 días. Dos meses lunares
forman, pues, una cifra redonda de 59 días, que coincide con la suma de los 30
y los 29 agujeros. También coincide con otro círculo, que no hemos mencionado
hasta ahora porque es casi enteramente conjetural, y que se compondría de 59
piedras azules... Hawkins, especulando con los 56 agujeros de Aubrey, los 30 y
los 29 agujeros, y la Heel Stone (todas las observaciones deben hacerse a base
de este menhir), consiguió, no solamente encontrar las fechas exactas de los
eclipses producidos en la época de la construcción, sino también calcular, por
ejemplo, la fecha de nuestra fiesta movible de Pascua, supervivencia
cristiana, según sabemos, de una antigua tradición pagana. Stonehenge es, pues,
un observatorio y un calendario.
Hasta ahora, y que nosotros
sepamos, nadie ha rebatido la tesis de Hawkins. Por otra parte, el cálculo de
probabilidades indica que sólo hay una probabilidad entre diez millones de que
aquellas significativas alineaciones sean pura coincidencia. A pesar de todo,
el enigma de Stonehenge no está resuelto; sino que los problemas materiales y
culturales que plantea la construcción de este monumento, de una parte, y las
características heterodoxas del fenómeno megalítico del que forma parte
Stonehenge, de otra, resultan sumamente embarazosos para los prehistoriadores.
Por consiguiente, se prefiere ignorar Stonehenge. Abramos, por ejemplo, uno
de los más recientes manuales de Prehistoria publicado en Francia bajo la
dirección de uno de nuestros especialistas, que gozan de justo renombre. El
libro consta de 350 páginas de densa tipografía. En el índice de los lugares
prehistóricos que se mencionan en la obra, constan docenas y docenas de
nombres. El de Stonehenge brilla por su ausencia.
Las rocas que componen el
monumento no fueron extraídas del subsuelo inmediato. Las piedras azules, que
pesan, por término medio, cinco toneladas cada una, provienen de una mina
situada a unos cuatrocientos kilómetros. El transporte debió hacerse por mar y
por tierra, y cruzando algunos ríos. Pero, ¿por qué medios? Otros bloques pesan
de 25 a 50 toneladas. Las canteras de las que fueron extraídos están más
próximas a Stonehenge. Pero hubo que arrancarlas del subsuelo, transportarlas,
tallarlas. Todas las piedras aparecen trabajadas por la mano del hombre, sobre
todo las que muestran cierta curvatura para corregir la ilusión óptica (si
fueren completamente rectilíneas, se verían cóncavas). Después, hubo que
levantarlas, y, por último, colocar las piedras transversales de los dólmenes.
Todo ello con precisión centimétrica, si admitimos la finalidad astronómica
demostrada por Hawkins. Una operación que ni siquiera hoy sería fácil. Y esto
sin contar los cálculos teóricos fundados en leyes matemáticas, físicas y mecánicas.
Hoy se da por cierto que
Stonehenge fue construido en varias veces, durante un período comprendido
entre los años 2000 y 1700 antes de J. C., aunque la primera implantación pudo
ser aún más remota. Ahora bien, la Prehistoria pretende conocer perfectamente
a los hombres que poblaban en aquellos tiempos las islas anglosajonas. Son los
de la Edad de Piedra, que pronto conocerán el cobre y el bronce, y que empiezan a
practicar la ganadería y la agricultura. Culturalmente, aparecen claramente
subdesarrollados en relación con las grandes civilizaciones mediterráneas de
la misma época. Se intentó rehacer la construcción de Stonehenge con los
únicos métodos primitivos que admite la ortodoxia, y se llegó a conclusiones
difíciles de aceptar: se habrían necesitado millones de jornadas de trabajo,
es decir, generaciones enteras dedicadas a la edificación del monumento. Ahora
bien, Stonehenge no es único, sino que forma parte de un vasto conjunto. En un
radio de una veintena de kilómetros, encontramos otros crómlechs, algunos de
ellos gigantescos, como el de Avebury (el crómlech más grande conocido: 365
metros de diámetro); círculos de agujeros en los que se han encontrado
vestigios de madera; un monumento concéntrico, llamado «Santuario»; túmulos
funerarios enormes; un rectángulo delimitado por un foso de 2.800 metros de
longitud por 90 de anchura; un promontorio artificial de 500.000 metros
cúbicos; un círculo gigantesco de 450 metros de diámetro; una excavación en
forma de embudo, con una profundidad de 100 metros: avenidas anchas como
autopistas...
Existen megalitos en todo el mundo. Ninguno
de los cinco continentes carece de ellos. Se ha querido ver en todos ellos una
intención funeraria. Y, ciertamente, hay numerosas sepulturas. Cierto, también,
que, incluso en Stonehenge, se han encontrado cenizas y osamentas entre los
crómlechs o las otras alineaciones. Pero el hecho de que haya cementerios junto
a las iglesias no quiere decir que las iglesias sean, por ello, sepulcros.
Los megalitos aparecen
extrañamente repartidos: en grupos separados, desligados unos de otros, nunca
lejos de las costas, dotados de características semejantes. El fenómeno parece
haberse producido únicamente durante la primera mitad del segundo milenio antes
de nuestra Era, y haber cesado bruscamente, sin dejar más huellas que
leyendas que aún perduran en nuestros días. Hawkins hizo otra observación:
Stonehenge se encuentra en la estrecha porción del hemisferio Norte donde los
acimuts del Sol y de la Luna, en su declinación máxima, forman un ángulo de 90
grados. El lugar simétrico, en el hemisferio Sur, serían las islas Malvinas y
el estrecho de Magallanes. ¿Sabían los constructores de Stonehenge calcular la
longitud y la latitud?
Parece como si unos «misioneros»,
portadores de una idea y de una técnica, partidos de un centro desconocido,
hubiesen recorrido el mundo. El mar habría sido su ruta principal. Estos «propagandistas»
habrían establecido contacto con ciertas poblaciones, y no con otras. Esto
explicaría los «huecos» o zonas de menor densidad en el reparto, así como el
aislamiento de ciertos focos megalíticos. Esto explicaría también
cómo y por qué se superponen los monumentos megalíticos a la
civilización neolítica. Y daría, asimismo, explicación a todas las leyendas
que atribuyen la construcción a seres sobrenaturales. Sabríamos, al fin, por
qué unos hombres capaces de colocar verticalmente bloques de 300 toneladas, y
de levantar piedras planas de 100 toneladas, no nos dejaron otras muestras de
su prodigiosa habilidad. Las sagas irlandesas hablan de gigantes del mar,
agricultores y constructores. La literatura griega alude a los «hiperbóreos» y
a sus templos circulares, donde Apolo, dios del Sol, se aparece cada diecinueve
años... En realidad, todo lo que sabemos acerca de los megalitos y, sobre todo,
del conjunto de Stonehenge, que es el más completo y más estudiado, deja
entrever el paso de una civilización ajena al curso normal de la Prehistoria.
Un mundo de conocimientos superiores señala su paso, durante algunos siglos,
y, después, desaparece.
El problema de Stonehenge, como el de todos los
rnonumentos megalíticos, no termina aquí. Nadie duda, en la actualidad, de que
estos monumentos son estructuras complejas, bases e instrumentos de
conocimiento. Como nadie duda de que el arte parietal (lo veremos en el curso
de esta obra) expresa una metafísica.
En fin, todo lo que sabemos
del lenguaje en los pueblos primitivos nos invita a considerar éste como una
función a la que la mente humana, incluso la «no civilizada», atribuye un
valor privilegiado. Geneviève Calame Griauie, en su estudio sobre los dogones (Ethnologie et Langage: La Parole chez les Dogons,
1965), población del sudoeste del Níger, observa que, para este pueblo, la palabra
«so», con que se designa el lenguaje, significa también «la facultad que
distingue al hombre del animal, la lengua en el sentido exclusivista del
término, la lengua de un grupo humano distinta de la de otro, la palabra a
secas, el razonamiento y sus modalidades». En fin, la palabra es, en todos los
«primitivos», sinónimo de acción emprendida y clasificación de la creación. Es
el hacer y el saber, la acción sobre el mundo y la visión del mundo. «Porque el
mundo está impregnado de la palabra, y la palabra es el mundo, los dogones elaboran
su teoría del lenguaje como una inmensa arquitectura de correspondencias entre
las variaciones del razonamiento individual y los acontecimientos de la vida
social.» Hay 48 tipos de palabras» descompuestas en dos veces 24, número clave
del mundo. Así, a cada palabra corresponde un acto, una técnica, una
institución o un elemento de la creación. Así, en el hombre de las edades
remotas, la palabra es un vasto conjunto combinatorio, un cálculo universal
cargado de valores, de posibilidades de acción y de recuentos, un depósito de
conocimientos revelados y un material complejo para actuar sobre la realidad.
Los bambaras sudaneses distinguen una primera palabra aún no expresada, el
«ko», que forma parte de la palabra primordial de Dios, y una palabra humana,
dotada de un sustrato material que es el cuerpo, el conjunto de los órganos
del cuerpo, y por el cual tiene el hombre «dominio» sobre el lenguaje. El
elemento lingüístico es tan material como el cuerpo que lo produce, y los
sonidos primordiales, en relación con los cuatro elementos cósmicos -agua,
tierra, fuego y aire- reengendrados en las entrañas, producen el verbo que
«nacerá» entre los dientes.
En su obra sobre El lenguaje, ese desconocido, Julia Joyaux refiere una
leyenda melanesia sobre el origen del lenguaje y su relación con el cuerpo
visceral: El dios Gomawe estaba paseando cuando tropezó con dos personajes que
no sabían responder a sus preguntas, ni siquiera expresarse. Pensando que
esto se debía a que tenían el cuerpo vacío, fue a cazar dos ratas, a las que
arrancó las entrañas. Volvió junto a los dos hombres, les abrió el adbomen y
metió allí los intestinos, el corazón y el hígado de las ratas. Inmediatamente,
los dos hombres empezaron a hablar. «¿Cuál es tu vientre?» significa «¿Cuál es
tu lengua?».
Conviene retener dos ideas. La
primera, que el lenguaje se concibe, en su expresión a través del hombre, como
una realidad material, y que lanzar una palabra es un acto tan transformador
como arrojar una flecha o una piedra. La segunda, que el Verbo-Idea preexiste
al lenguaje-víscera; que hay una palabra primordial de Dios. De suerte que, por
ejemplo, para los bambaras, el hombre áfono se remonta a la edad de oro de la
Humanidad. Lo cual, en esta concepción, no significa ausencia de lenguaje, sino
conocimiento y comunicación sin sustrato sensible.
Además, encontramos en
numerosos «primitivos» teorías extraordinariamente refinadas y detalladas
sobre las correlaciones gráficas de la palabra. Descubrimos, en civilizaciones
desaparecidas, sistemas gráficos que dan testimonio de una reflexión sutil sobre
el lenguaje, de una distancia entre el signo y la cosa representada, que presupone
un simbolismo sumamente desarrollado. La escritura maya, aún no descifrada,
parece haber sido propia de los sacerdotes; haber estado relacionada con los
cultos y con toda una ciencia fundada en un concepto cíclico del tiempo, y
formando, en su conjunto (¿jeroglífico o alfabético?), según J. E. Tompson,
una «sinfonía del Tiempo». En la escritura enigmática de la isla de Pascua,
quiere ver Alfred Métraux una serie de recordatorias para los cantores.
Barthel observa que los 120 signos de este sistema de escritura dan pie a 1.500
ó 2.000 combinaciones. Y, entre estos signos (personajes, cabezas, brazos,
animales, objetos, plantas, dibujos geométricos), algunos constituyen verdaderas
imágenes; la mujer es representada por una flor; una persona que come expresa
la recitación de un poema: colmo de la reflexión sobre las funciones estéticas,
mágicas, religiosas y creadoras del lenguaje. El proceso de elaboración y de
clasificación de las cuatro etapas de la escritura de los dogones nos ofrece
también un turbador ejemplo de conciencia sutil del lenguaje diferenciado.
«Esta participación del lenguaje en el mundo, en la Naturaleza, en el cuerpo,
en la sociedad -de la que está, empero, prácticamente diferenciada- y en
sistematización compleja, constituye tal vez -escribe Julia Joyaux- el rasgo
fundamental de la concepción del lenguaje en las sociedades llamadas "primitivas"...»
Lo cual equivale a decir que la lingüística de
los pre-civilizados es una lingüística de alta civilización.
Y ahora se plantea una
cuestión. Stonehenge, como otros monumentos megalíticos, fue una construcción
compleja, expresión e instrumento de conocimientos matemáticos y cosmogónicos,
testimonio de una cultura. Siendo así, ¿cuál fue el lenguaje de esta cultura?
¿Cabe presumir que careciese de escritura, de correlativo gráfico, si nos dejó
un vestigio tan evidente de correlativo arquitectónico? Sin necesidad de
plantear la cuestión en un plano general, la simple consideración de las necesidades
técnicas nos obliga a aceptar la idea de que hubo una escritura. Pues, a fin de
cuentas, ¿cómo se habrían podido efectuar cálculos tan importantes, y dirigir
operaciones de transporte de un material enorme y de innumerables brigadas de
obreros a través de varios centenares de kilómetros, y organizar otras tan
importantes, si se hubiese carecido de escritura?
Pero, ¿cómo no queda de ella
algún vestigio? Tal vez las huellas se borraron en el curso de los siglos, ante
la absoluta indiferencia de los habitantes de aquellas regiones. Atkinson
presume que los instructores-constructores vinieron de Creta. ¿Utilizaron,
quizá, para fijar los signos, materiales perecederos? Pero la escritura sobre
tablillas de arcilla era a la sazón desconocida, y los maestros de obras
disponían de piedras y de madera en abundancia. Tal vez conviene más imaginar
que, como dice la tradición bambara, «el hombre áfono se remonta a la edad de
oro de la Humanidad», y que los constructores, pertenecientes a alguna casta
sacerdotal, iniciados y técnicos a un mismo tiempo, realizaban mudas
operaciones mentales, que se transmitían por algún medio telepático. O que
procedían a sutiles registros del pensamiento sobre materiales orgánicos o
cristales especialmente preparados. O, en fin -y en correspondencia con lo
que sabemos de los tabúes de lenguaje en el mundo antiguo-, que los maestros
mantuvieron secretas las palabras e invisibles los signos necesarios para la
edificación y el funcionamiento de aquellas colosales máquinas-templos.
Pero aunque las palabras y la
escritura de los maestros permaneciesen ocultas, la ejecución de los trabajos
debió de requerir signos, una escritura secundaria, una escritura
visible que se ha desvanecido. Si ésta existió, fue tal vez empleada por los
arquitectos corno una simple necesidad de intendencia, como un producto
inferior del conocimiento secreto, el cual carecía de vehículo visible de
comunicación.
Bernard Shaw, en una de sus
obras, pone en escena a César. La Biblioteca de Alejandría está ardiendo. Un
personaje dice que la memoria de la Humanidad va a desaparecer. «Déjala arder
-responde César-. Es una memoria llena de infamia.» El amo del mundo no
expresa, con estas palabras, desprecio del conocimiento, sino más bien una
idea, de los Antiguos, según la cual, el lenguaje escrito no era más que un sucedáneo del verdadero
saber registrado en las regiones superiores de la mente, depositado en la silenciosa
memoria de los iniciados. Platón, en Timeo, declara: «Ardua tarea es descubrir
al autor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible darlo a
conocer a todos los hombres.» En, Fedro, refiere una fábula egipcia contra la
escritura, cuyo empleo desacostumbra a los hombres a ejercitar su memoria y
les obliga a depender de los signos. Los libros, dice, «se asemejan a los
retratos, que perecen vivos pero son incapaces de responder una palabra a las
preguntas que se les formulan». Clemente de Alejandría afirma: «Escribir todo
un libro es poner una espada en manos de un niño.» Esta idea fundamental de la
remota antigüedad volvemos a encontrarla, como observa Jorge Luis Borges, en el
texto evangélico: «No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras
perlas a puercos, no sea que las pisoteen y revolviéndose os destrocen.» Esta
máxima es de Jesús, el maestro más grande de la enseñanza oral, que sólo una
vez escribió en el suelo unas palabras que nadie leyó.
¿Es Stonehenge el monumento de
una cultura superior, primordial y, por ello, independiente de todo vehículo
visible, carente de signos gráficos de comunicación? La escritura podría representar
una caída en el exoterismo, un producto secundario del lenguaje del
conocimiento, un vehículo de enseñanzas accesorio para uso del común de los
mortales. Sin embargo, la escritura visible fue necesaria para aquellas grandes
obras. El profesor Glyn Daniel, en un artículo publicado en el Observer de setiembre de 1964, observó
que el traslado de las enormes piedras de la región de Pembrokshire a la
llanura de Salisbury debió plantear delicados problemas de logística, y que
toda la operación debió efectuarse de acuerdo con planos, instrucciones
escritas, órdenes y proyectos. -Formuló la hipótesis de mapas y planos
dibujados sobre pieles o tablillas de madera. Es asombroso que, salvo Glyn
Daniel, ningún prehistoriador parece haberse planteado esta cuestión.
Podríamos fundar otra
hipótesis en los «quipus», o cuerdas anudadas que fueron descubiertas en el
Perú y que, según se cree actualmente, servían para la transmisión de
indicaciones numéricas. Unos nudos complejos pueden servir para representar
números e ideas. Sabemos muy poco acerca de estas cuerdas anudadas, como
tampoco de las «escalas de hechiceros» del sur de Italia o de sus semejantes de
los Países Bajos, que, según la tradición mágica, servían para «anudar o desligar
el viento». Si la escritura práctica de Stonehenge fue de este tipo, la tierra
húmeda de Salisbury debió de destruir sus huellas desde hace miles de años.
Por último, podemos imaginar
una escritura que fuese demasiado pequeña o demasiado grande para ser
percibida: algo parecido al micro-punto que empleamos para los mensajes
secretos, o a signos inmensos trazados en el paisaje.
¿Una manera de saber hacer
sin saber decir? ¿Encontraremos un día algún vestigio de la escritura perdida
y nos remontaremos, gracias a ella, al gran lenguaje de los
orígenes? Heródoto refiere
un experimento de Psamético, rey de Egipto, que hizo criar a dos niños, desde
su nacimiento, sin el menor contacto con lenguaje alguno. La primera palabra
que pronunciaron estos niños fue «pan», en frigio, y el rey sacó la conclusión
de que el frigio era más antiguo que el egipcio y había sido la lengua ya formada
que había recibido el hombre. Vemos, pues, que el enigma del lenguaje nos
acosa desde siempre, desde el rey de Egipto hasta Lévi-Strauss, el cual
sostiene que «el lenguaje sólo pudo aparecer de golpe..., efectuándose un paso
brusco de una fase en que nada tenía sentido, a otra, en que todo lo tenía».
¿Hubo, pues, para todos los hombres, un gran lenguaje original, cuyo verbo
inicial reveló la naturaleza de las cosas, su verdadero nombre y su función en
la armonía universal? ¿Y se escribió el Baile de los Gigantes sobre la música
de este gran lenguaje?
CAPITULO II
EL CENTÉSIMO NOMBRE DEL SEÑOR
Sobre la piel de un jaguar. - La magia del nombre entre
los primitivos y entre los egipcios. - Cómo domesticar al oso. - Los secretos
del sonido. - La gnosis y el lenguaje revelado. - Fulcanelli y la lengua de
los pájaros. - Hipótesis sobre las escrituras mágicas. - La asombrosa historia
del manuscrito Voynitch. - El río de Padirac. - El libro del gran Set.
«Un judío, llamado Gustav Meyrinck, fue circuncidado,
sabe por qué lo fue, y conoce el Nombre en todos sus aspectos.»
El Señor tiene noventa y nueve nombres
accesibles al entendimiento humano; noventa y nueve atributos: es justo,
misericordioso, todopoderoso, etcétera. Pero tiene un centésimo nombre que brilla
en los cielos. El que llega a aprenderlo, se eleva por encima de la condición
humana; en él residen el pensamiento y el poder infinitos; él es el Maestro del Nombre. Una larga cadena de Maestros
del Nombre -dice Israel Baal Shem- liga los siglos a la revelación original,
desde el inmemorial Melquisedec hasta nuestros días. Eliezer de Worms
aseguraba que el Nombre está escrito en una espada, y que, cuando el Judío
Errante la ve, tiene que reanudar inmediatamente su camino... En una narración
muy notable de Jorge Luis Borges, el mago Tzinacán, sacerdote sacrificador de
la pirámide de Qaholom, se ve encerrado en una profunda cárcel, donde tiene que
morir, por haberse negado a revelar a los españoles el escondrijo de un
tesoro. Será devorado por un jaguar, que espera al otro lado del muro. Tzinacán
busca el nombre, la fórmula de la escritura absoluta, de la eternidad. Dios la
escribió el primer día de la creación. «La escribió de manera que llegara a
las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué
punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura secreta, y
que la leerá un elegido... Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizá
yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el
jaguar era uno de los atributos del dios.» Y así fue como Tzinacán, mudo,
indiferente a sí mismo y a su fin, «dejando que me olviden los días, acostado
en la oscuridad», descifró en la piel de la fiera «los ardientes designios del
Universo».
Todas las tradiciones,
primitivas, gnóstica, cabalística, dicen que hay un Nombre supremo, clave de
todas las cosas. Pero también enseñan que cada cosa y cada criatura tienen su
nombre verdadero, que contiene y expresa su naturaleza esencial, su situación
y su papel en la armonía universal. Esta idea se encuentra ya en las antiguas
civilizaciones. El verdadero nombre de Roma era guardado en secreto, y Cartago
fue destruida -según se dijo- cuando los romanos se enteraron, por una
traición, de su nombre oculto.
Para el hombre llamado
«primitivo», no hay diferencia entre la cosa y la palabra que expresa la cosa,
no hay diferencia entre el aliento, principio vital, y el Verbo, formado por
el aliento entre los dientes. El lenguaje es una sustancia y una fuerza
material que no se concibe como una parte mental, como un proceso de
abstracción, sino como un elemento del cuerpo y de la Naturaleza. Lo mismo que
ocurre con la materia y el espíritu, lo real y el lenguaje, lo significado y lo
que lo significa, que se confunden en la unidad del mundo exterior y el mundo
interior. Hasta el punto de que la mayoría de los sistemas mágicos se fundan en
un tratamiento de la palabra considerada como fuerza realmente activa. Hay
palabras secretas, demasiado poderosas para ser manejadas por los no iniciados;
existen prohibiciones de usar ciertas palabras; hay palabras que son
instrumentos eficaces del hechizo o del exorcismo. En la lengua acadia, «ser»
y «nombrar» son sinónimos. En su célebre libro, El ramo de oro, Frazer observa que, en muchas tribus primitivas,
«el nombre puede servir de
intermediario -igual que los cabellos, las uñas u otra
parte cualquiera de la persona física- para hacer actuar la magia sobre esta
persona». Para el indio de América del Norte, su
nombre es una parte de su cuerpo; quien maltrate a su nombre, atenta
contra su vida.
Julia Joyaux (El lenguaje, ese
desconocido) observa: «El nombre no debe ser pronunciado, pues el acto de
la pronunciación-materialización puede revelar-materializar las propiedades
reales de la persona que lo lleva, haciéndola así vulnerable a la mirada de sus
enemigos. Los esquimales adoptaban un nombre nuevo cuando se hacían viejos.
Los celtas consideraban los nombres como sinónimos del "alma" y del
"aliento". Entre los yuins de Nueva Gales del Sur, en Australia, y en otros
pueblos, siempre según Frazer, el padre revelaba su nombre a su hijo en el
momento de la iniciación, pero muy pocas personas lo conocían. En Australia,
se olvidan
los nombres, y se llama a la gente "hermano, primo,
sobrino...". Los egipcios tenían también dos nombres: el pequeño, que era
bueno y se empleaba en público, y el grande, que se disimulaba. Tales
creencias, referidas al nombre propio, se encuentran también entre los kru del
África Occidental, en los pueblos de la Costa de los Esclavos, entre los wolofs
de Senegambia, en las Islas Filipinas, en las Islas Burrú (Indias Orientales),
en la isla de Chiloé (frente a la costa meridional de Chile), etcétera. El dios
egipcio Ra, al ser mordido por una serpiente, se lamenta: "Yo soy aquel
que tiene muchos nombres y muchas formas... Mi padre y mi madre me dijeron mi
nombre; permanece oculto en mi cuerpo desde mi nacimiento, para que ningún
poder mágico pueda ser adquirido por quien quisiera echarme un
maleficio." Pero acabó por revelar su nombre a Isis, que se hizo, por
ello, todopoderosa. También pesan tabúes sobre palabras que designan grados de
parentesco.
»Entre los cafres, las mujeres tienen
prohibido pronunciar el nombre de su marido y el de su suegro, así como
cualquier otra palabra que tenga semejanza con aquéllos. Esto trae consigo una
alteración tal en el lenguaje de las mujeres, que bien puede decirse que éstas
hablan una lengua diferente. Frazer recuerda, a este respecto, que, en la
Antigüedad, las mujeres jónicas no llamaban nunca a su marido por su nombre, y
que, en Roma, nadie debía nombrar al padre o a una hija mientras se celebraban
los ritos de Ceres.
»Los nombres de los muertos están sometidos
a las leyes del tabú. Tales costumbres eran observadas por los albaneses del
Cáucaso, y Frazer las advierte también en los aborígenes de Australia.
En el lenguaje de los abipones del Paraguay,
se introducen palabras nuevas todos los años, pues se suprimen oficialmente
todas aquellas que se parecen a los nombres de los muertos, sustituyéndolas
por otras nuevas. Se comprende que tales procedimientos anulan la posibilidad
de crónicas e historias; el lenguaje deja de ser depositario del pasado y se
transforma con el decurso real del tiempo.
»Los tabúes afectan igualmente a los
nombres de los reyes, de los personajes sagrados y de los dioses; pero también
a muchísimos nombres comunes. Se trata, sobre todo, de nombres de animales o
de plantas, considerados peligrosos, y cuya pronunciación equivaldría a evocar
el peligro mismo. Así, en las lenguas eslavas, la palabra que significa
"oso" fue sustituida por otra más "anodina", cuya raíz es
"miel" y que nos dio, por ejemplo, en ruso, el vocablo
"med'ved", de "med", miel. El oso maléfico quedó remplazado
por algo más eufórico.
»Estas prohibiciones parecen corresponder a
"imposibilidades" naturales, y pueden ser levantadas o expiadas
mediante determinadas ceremonias. Muchas prácticas mágicas se fundan en la
creencia de que las palabras poseen una realidad concreta y activa, y de que
basta con pronunciarlas para que ejerzan su acción. Tal es la base de muchas
oraciones o fórmulas mágicas con las que se obtiene la "curación" de
enfermedades, la lluvia sobre los campos, cosechas abundantes, etc.»
Nosotros, los «civilizados», establecimos
una dicotomía entre espíritu y materia, realidad y lenguaje, y nuestra
concepción general dualista nos induce a considerar el lenguaje como una
función separada, la lingüística como una ciencia distinta, el «hecho
lingüístico» como procedente de una visión puramente formal, abstracta. Un
filólogo como Boas lleva esta visión aislante hasta el extremo de negar toda
relación entre el lenguaje de una tribu y su cultura. Ahora bien, no sólo
existe, como opina Malinovsky, una relación
entre el lenguaje y el contexto cultural y social, sino que, quizás, hay una
relación, en «la magia que funciona», entre la palabra, el aliento, el sonido,
la posición, el momento, el lugar, la disposición de la asamblea en que
aquélla es pronunciada con acompañamiento rítmico, y la acción efectiva que se
emprende. Todavía sabemos muy poco acerca de las virtudes del sonido, de que
nos hablan las civilizaciones mágicas y espiritualistas. Todavía no hemos
estudiado sistemáticamente el aliento y su articulación como «máquina», como
medio de acción. sobre el psiquismo, sobre la Naturaleza. Es posible que la
lingüística, en el sentido moderno de esta disciplina, sea una ciencia de la
corteza, y que haya una ciencia de la pulpa, que tal vez, un día, descubriremos
o redescubriremos.
La idea de que existen
«palabras-maestras», que serían claves de la realidad, se expresa en diversos
grados en las mentalidades «primitivas» y en las metafísicas de corriente
gnóstica. Cada cosa, cada ser, tiene su nombre misterioso inscrito en el
repertorio del conocimiento absoluto. Dios dio nombre a su creación, en un lenguaje que los elegidos serán llamados a
comprender. «Muy poca gente -dice el gnóstico- puede poseer este conocimiento:
uno entre mil, dos entre diez mil» (Basilido; Ireneo, Adversus Haereses, I, 24, 6). Simón el Mago empieza así su gran Revelación (Apophasis): «Este es el
escrito de la revelación de la Voz y del Nombre, procedente del Pensamiento y
de la gran Potencia infinita. Por esto será sellado, escondido, envuelto en la
morada donde la raíz del Todo tiene sus fundamentos.»
Existe, pues, según los
antiguos, un lenguaje revelado, en el cual los nombres no serían el símbolo
transmisor de las cosas, sino la expresión y la realidad de la estructura
última de las cosas. y nuestras lenguas no serían más que el recuerdo esfumado
de este lenguaje original divino. En ocasiones, una palabra parece ligada aún,
por un sólido lazo, a su raíz divina. Su ambivalencia ilustradora, o su complejo
contenido numérico, parecen evocar su relación con alguna enciclopedia de las
verdades primordiales. Así, la palabra Phos significa, en griego, según la
acentuación, hombre o luz. Así, en las sectas gnósticas cristianas del Imperio
Romano, se utilizaban como signo de reconocimiento unas gemas que llevaban
grabada la palabra mágica Abraxas o Abrasax. Y, según observa Serge Hutin (Los gnósticos), «sumando los valores numéricos
respectivos de las letras griegas de esta palabra, ya que en griego antiguo las
cifras eran representadas por letras, se obtiene 365, que es también el valor de Mitra y que corresponde, a la vez, al número
de círculos que el Sol parece describir y a la creencia de los basilidianos de
que existen 365 cielos o universos». Toda
palabra, en la «lengua verdadera», sería saber y magia, es decir, revelación
de la estructura de la cosa nombrada y poder absoluto sobre esta cosa,
depósito de sus significados últimos en su correspondencia con la armonía
universal.
En su célebre obra El misterio de las catedrales (Publicada por Plaza &
Janés, Editores»., Fulcanelli propone una interpretación de la expresión «arte gótico»,
mostrando que los grandes edificios religiosos de la Edad Media son, en
realidad, libros de piedra que enseñan la ciencia de la alquimia y contienen
«la misma verdad positiva, el mismo fondo científico que las pirámides de
Egipto, los templos de Grecia, las catacumbas romanas y las basílicas
bizantinas». Esta interpretación presupone la existencia de un Gran Lenguaje original. Hay
que buscar la explicación -nos dice- en el origen cabalístico de la palabra,
más que en su raíz literal. Dicho en otros términos: existe una
lingüística esotérica que es la verdadera lingüística estructuralista.
«Algunos autores perspicaces, impresionados
por la semejanza que existe entre gótico y goético, pensaron que había de
existir una relación estrecha entre el arte gótico y el arte goético o mágico.
»Para nosotros, arte gótico no es más que
una deformación ortográfica de la palabra argótico, cuya homofonía es perfecta,
de acuerdo con la ley fonética que rige, en todas las lenguas y sin tener en
cuenta la ortografía, la cábala tradicional. La catedral es una obra de art
goth o de argot. Ahora bien, los diccionarios definen el argot como "una
lengua particular de todos los individuos que tienen interés en comunicar sus
pensamientos sin ser comprendidos por los que les rodean". Es, pues, una
cábala hablada. Los argotiers, o sea los que utilizan este lenguaje, son
descendientes herméticos de los argo-nautas, los cuales mandaban la nave Argos
y hablaban la lengua argótica, mientras bogaban hacia las riberas afortunadas
de Cólquida en busca del famoso Vellocino de Oro (...).
»Añadamos, por último, que el argot es una
de las formas derivadas de la lengua de los pájaros, madre y decana de todas
las demás, la lengua de los filósofos... Es aquella cuyo conocimiento revela
Jesús a sus apóstoles al enviarles su espíritu, el Espíritu Santo. Es ella la
que enseña el misterio de las cosas y descorre el velo de las verdades más
ocultas. Los antiguos incas la llamaban "lengua de Corte", porque era
muy empleada por los "diplomáticos", a los que daba la clave de una
doble ciencia: la ciencia sagrada y la ciencia profana. En la Edad Media era
calificada de Gaya Ciencia o Gay (No tiene
relación con la denominación actual de la homosexualidad) Saber, Lengua de los dioses, Diosa-Botella. La
Tradición afirma que los hombres la hablaban antes de la construcción de la
Torre de Babel, causa de su perversión y, para la mayoría, del olvido total de
este idioma sagrado.»
¿Qué pensar de estas afirmaciones
reiteradas en todas las grandes tradiciones, y de su eco en las magias verbales
de los «primitivos»? Nuestro camino no es la adhesión supersticiosa. Pero podemos
preguntarnos, con ánimo abierto, si no tendría base razonable una
investigación orientada en este sentido.
Todo nos conduce hoy en día a pensar que
las lenguas no se remontan, en el tiempo, hasta los balbuceos neandertalianos.
La antropología estructuralista evoca incluso la hipótesis de una aparición
brusca del lenguaje: «fuesen cuales fueren el momento y las circunstancias de
su aparición en la escala de la vida animal, el lenguaje sólo pudo nacer de un
solo golpe» (Lévi-Strauss). Según Sapir, el lenguaje es «formalmente completo»
desde el «principio», y, desde que hay hombres, hay lenguaje. Para
Leroi-Gourhan, las huellas más antiguas de un lenguaje y del simbolismo
gráfico se remontan a finales del musteriense y se hacen abundantes unos 35.000
años antes de nuestra Era. El lenguaje no habría tenido prehistoria, sino que
habría sido «dado» de algún modo, y sería, en cierto modo, «eterno». También empezamos a preguntarnos si el
neandertalense, al que tuvimos hasta hace pocos años por el antepasado del hombre,
no sería un producto de cruzamiento que coexistió, hace cincuenta milenios,
con un homo habilis infinitamente más viejo El prehistoriador americano
Alexander Marshak, en numerosas comunicaciones presentadas en 1964, insistió
en unos signos, sobre guijarros, que revelaban vestigios de matemáticas
paleolíticas. Estos signos parecían corresponder a un calendario lunar de
35.000 años de antigüedad. La confección de un calendario semejante hace
suponer la existencia de notables conocimientos matemáticos o, en todo caso,
de anotaciones de periodicidad. Si se trata
de restos de una cultura desaparecida, anterior al neandertalense, ¿nos
hallamos en presencia de un gran lenguaje primordial? Podemos imaginarnos
también un tiempo en las cavernas en que hubiesen coexistido los supervivientes
de una civilización con los neandertalianos, como coexisten, en nuestra era de
cohetes espaciales, los ingenieros de la NASA con los indios coghis.
En fin, estamos empezando a
descifrar, mediante ordenadores, ciertas lenguas antiquísimas y, al parecer,
tan complejas como el sánscrito y el egipcio; tal es, por ejemplo, la escritura
de las tablillas del valle del Indo. Este descifrado y el estudio de las
correlaciones entre las escrituras muy antiguas pueden depararnos grandes
sorpresas. «La idea de que hubo un
tiempo en que todos los hombres civilizados hablaban la misma lengua -escribe
Linco1n Barnett- no es en modo alguno exclusiva del Génesis. La encontramos
también en el antiguo Egipto y en los viejos escritos hindúes y budistas. Esta
idea fue seriamente estudiada por varios filósofos europeos del siglo XVI.» Nuestra inmersión en el
abismo del tiempo nos revela un creciente retroceso de la edad del hombre y de
las civilizaciones, y los filósofos del siglo XXI podrán, tal vez, recoger
eficazmente esta hipótesis y ampliarla a los tiempos antediluvianos. En tal
caso, no habría que olvidar la siguiente pregunta, aparentemente extravagante:
Si hubo una lengua primordial,
¿en qué forma se conservó y transmitió? En seguida pensamos en las tablillas de
arcilla y en las inscripciones sobre piedra o madera. Pero estos medios toscos,
esta escritura visible -que dan, no obstante, testimonio de sociedades
sorprendentemente refinadas en los antiguos milenios-, fueron, tal vez,
únicamente utilizados por sociedades posteriores a una civilización más
elevada. Si a la idea del alto conocimiento revelado se une siempre la idea
del secreto, de la comunicación exclusivamente iniciática, tenemos derecho a
imaginarnos alguna escritura oculta a los ojos del público. En la actualidad,
poseemos medios invisibles de registro del conocimiento, desde el disco hasta
la cinta magnética, desde el microfilme hasta los cristales. Tal vez un día
descubriremos la escritura camuflada, depositada en objetos, en piedras del
suelo o -¿quién sabe?- en nosotros mismos, en las sutiles profundidades de
nuestras células... Y, en fin, aunque se trate de una escritura evidente,
debemos recordar que todos los libros del mundo antiguo, reunidos en las
inmensas bibliotecas de Rodas, de Cartago, de Alejandría y de otras partes,
fueron destruidos; que poseemos menos del 1 por ciento de las literaturas
griega y romana, y que quedaron enterradas las cenizas del genio del pasado.
Para terminar: si progresa el descifrado de las lenguas ignoradas, sobre todo
mediante el empleo de los ordenadores, la existencia de una escritura que
hubiera transmitido conocimientos de abstracciones matemáticas plantearía
problemas insolubles. Todas nuestras investigaciones arqueológicas o
lingüísticas se han referido siempre a civilizaciones menos avanzadas que la
nuestra. Si la realidad fuese a la inversa, tropezaríamos con términos que no
podríamos interpretar; nos hallaríamos en situación parecida a la de un
confuso estudiante del siglo xrx que hubiese debido traducir, en su ejercicio
de latín, las palabras transistor o laser.
Otra vía de acceso al
hipotético Gran Lenguaje podría ser el análisis de las escrituras mágicas. El
arqueólogo inglés S. F. Hood, al estudiar unas tablillas encontradas en el
yacimiento prehistórico de Tartariz., Rumania, pudo establecer correlaciones
con Creta, el Irak, Egipto y los Balcanes. Parece ser que, hace más de seis
mil años, se empleó
un sistema único de signos mágicos. También el especialista rumano N.
Vlassa, adscrito al Museo de Cluj, recogió, entre las cenizas de lo que parece
haber sido un altar, unas tablillas en las que se veían aquellos signos,
parecidos a los descubiertos en Vinra, cerca de Belgrado; en Tordos, Rumania;
en Troya, y en la isla de Melos, en el mar Egeo. Hood opina que este sistema
único de notaciones debió de propagarse partiendo del Irak. Pero falta
interpretarlo. El descifrado de escrituras mágicas, incluso mucho más
recientes, no ha comenzado aún. Las diversas interpretaciones esotéricas son
poco convincentes. Numerosos alfabetos mágicos han llegado hasta nosotros, y
A. E. Waite publicó varios de ellos. En realidad, el misterio que encierran
permanece oculto por entero. Según la mayoría de los especialistas, presentan
signos más complejos que los ideogramas chinos, y tienen, probablemente, un
contenido muy rico en información. Una cosa nos llama la atención, y es que,
con frecuencia, tienen un extraño parecido con los diagramas de los circuitos
impresos. Sabemos lo que son, por ejemplo, los circuitos impresos de los
transistores. Se trata de circuitos electrónicos realizados con tintas
resistentes... conductoras y magnéticas. Esta idea puede ser una locura. No
será un caso único en este libro. Unas líneas trazadas sobre un pergamino
pueden ser instrumentos de telecomunicación o receptáculos de energía. En todo
caso, convendría partir de ideas de esta naturaleza pluridisciplinaria para
proseguir los trabajos esbozados por John Dee sobre la escritura mágica.
La clave de los sistemas
mágicos y del Gran Lenguaje, ¿se encuentra, tal vez, en casa de un anticuario
americano? Esta absurda pregunta, propia de un periódico sensacionalista,
tiene, sin embargo, cierto interés.
David Kahn, uno de los más
distinguidos especialistas americanos en criptografía, escribe: «El manuscrito
Voynitch es, quizás, una bomba colocada debajo de nuestros conocimientos, y
que estallará el día en que se consiga descifrarlo.» Este manuscrito se halla
en venta, por 160.000 dólares, en casa de Hans P. Kraus, en Nueva York. Se
presenta como un manuscrito iluminado de la Edad Media. Consta de 204 páginas.
Según la numeración, faltan 28 de ellas. Su redacción se atribuye a Roger
Bacon. Se trata, bien de una lengua desconocida, bien -y esto parece más
probable- de una obra escrita en clave. Allá por el año de 1580, el duque de
Northumberland, que había saqueado un número considerable de monasterios, lo
envió al mago John Dee, el cual, después de un estudio dcl que nada sabemos, lo
regaló al emperador Rodolfo II, alquimista, astrónomo y protector de Tycho
Brahe y de Kepler. Más tarde, en el siglo XVII, pasó a manos de Marci,
rector de la Universidad de Praga. Una carta de 19 de agosto de 1666 acompaña
su envío a Atanasio Kirscher, cuyos esfuerzos resultaron vanos. Después de su
fracaso, Kirscher depositó el manuscrito en poder de la Orden de los jesuitas.
En 1912, el anticuario Wilfred Voynitch lo compró a la Universidad jesuita de
Mondragone Frascati (Italia) y repartió copias por todo el
mundo. Se creyó descubrir, en las iluminaciones, nebulosas espirales, plantas
desconocidas y el cielo alrededor de Aldebarán y de las Híadas. En 1921,
William Newbold, decano de la Universidad de Pensilvania, asesor del centro de
espionaje americano en materia de criptografia, creyó haber descifrado una
parte del manuscrito, algunas de las primeras páginas. Pero la clave cambiaba
después. Según Newbold, Bacon debió tener conocimientos superiores a los
nuestros; pero su traducción es discutida en la actualidad. Newbold murió en
1926; Voynitch, en 1930; su mujer, en 1960, y los herederos cedieron el
indescifrable manuscrito a Kraus, el cual espera la oferta de alguna fundación.
Todas las hipótesis están
permitidas. El pesimista recordará el famoso papiro Rhind, escrito 1.800 años
antes de J. C., que anuncia «el conocimiento completo de todas las cosas, la
explicación de todo lo que existe, la revelación de todos los secretos», y que
no contiene más que la teoría de las fracciones y su aplicación a la paga de
los obreros de una obra. El optimista pensará que Roger Bacon no era hombre
capaz de poner en clave cosas insignificantes. El manuscrito Voynitch puede no
contener más que fórmulas anticuadas, o puede ser la clave que, como imagina
David Kahn, venga a trastornar un día toda la historia de los conocimientos.
Por otra parte, esta conmoción
se halla ya en curso, sobre todo en el estudio de las matemáticas antiguas. Ni
siquiera un hombre como Van der Waerden, una de las más altas autoridades en
este campo, rechaza la hipótesis de una ciencia antigua que habría dado origen
a los conocimientos babilónico, egipcio y chino.
«Es imposible demostrar el
fundamento de tales hipótesis, que, por lo demás, son ajenas a nuestro
trabajo», dice. Pero añade a continuación: «La historia de las matemáticas
griegas se extingue súbitamente, como una vela al ser soplada. ¿Cuántas otras
altas ciencias murieron con la misma brusquedad, y por qué?»
Es evidente que el
descubrimiento de unas matemáticas superiores probaría la existencia de altas
civilizaciones extinguidas, a su vez, «como una vela al ser soplada», y
arrojaría una viva luz sobre el Gran Lenguaje. Sin embargo, las altas
matemáticas exigen una estructura mental particular. Los números y los
cálculos no aparecen por sí solos. Su relación con el mundo real es imposible
de captar. Si existe algún vestigio de ellas en los documentos de que
disponemos, sólo podría ser descubierto por matemáticos cuyo violín de Ingres
fuese la Arqueología, o por equipos pluridisciplinarios que no han sido aún
constituidos sistemáticamente. Por supuesto, nosotros somos optimistas. Nuestra
mayor satisfacción sería presenciar el estallido de bombas como la que sueña
Kahn. Y, sin prejuzgar nada, estamos alerta en todas partes: ante el pórtico
de Notre-Dame; entre los megalitos; en las ruinas de Babilonia, e incluso en
casa de Kraus, en Nueva York...
Una última pista podría
conducir al Gran Lenguaje: el inconsciente colectivo de la especie humana. En
las extrañas lenguas que inventan a veces los niños, en los lenguajes
desconocidos que hace aparecer, en ciertos casos, la hipnosis profunda, ¿puede
percibirse el eco de aquella «lengua de los pájaros, madre y decana de todas
las demás», que asciende desde lo profundo de los tiempos?
Hace treinta años, visité la
sima de Padirac. El barquero que nos conducía sobre las negras aguas, pronunció
esta maravillosa frase: «Este río es tan desconocido que ni siquiera se sabe su
nombre...» Con esto expresaba, ingenuamente, dos certidumbres profundas que se
agitan en nuestras almas: a saber, que las cosas sólo existen para nosotros
cuando han sido nombradas, y que existe, desde la eternidad, un nombre que
corresponde a cada cosa, la contiene y la expresa por entero.
«El hombre -escribe
Chesterton- sabe que el alma tiene matices más milagrosos, más innumerables,
más indecibles aún que los colores de un bosque en otoño. ¿Cómo creer que
todas estas realidades, en sus tonos y semitonos, en sus fusiones y sutiles
correlaciones, pueden ser expresadas con exactitud por un sistema arbitrario de
gruñidos y gemidos? ¿Puede un agente de Cambio y Bolsa emitir con sus labios
todos los sonidos que explican los misterios de la memoria y las angustias del
deseo? No, no, piensa el hombre: toda lengua es insuficiente: quizá todas las
lenguas no son más que degeneraciones del momento sagrado en que Adán «puso
nombre a las cosas».
Esta idea, ¿es añoranza, o comprobación de una
insuficiencia eterna? ¿Hemos inventado el mito de un Gran Lenguaje para mitigar
nuestra angustia de lo inexpresable? Sin embargo, la tradición se refiere a él
con insistencia, y las sectas gnósticas, por ejemplo, afirman poseer la verdad
de libros cuyo origen es alógeno, extraño y superior a este mundo. La
exposición del Libro Sagrado del Gran Espíritu Invisible se inicia con estas
solemnes frases:
«Aquí está el libro que escribió el gran
Set (uno de los hijos de Adán). Lo depositó en altas montañas... Este libro lo
escribió el gran Set, con escrituras de ciento treinta años. Lo depositó en la
montaña llamada Charax, a fin de que se manifieste en los últimos tiempos y en
los últimos instantes.»
CAPTULO III
EN BUSCA DE UNA ESCRITURA DE LO ABSOLUTO
El «Colegio Invisible» de John
Wilkins. - La primera sociedad científica. - ¿Es luna más expresivo que moon?
- La lengua universal de Wilkins. - Todo el universo en letras. - «El mercado
celeste de los conocimientos benévolos.» - Una idea que hay que proseguir. -
El mito de una escritura santa. - Nuestra inscripción en el anuario del
teléfono galáctico. - El lenguaje acelerado de Heinlein y e1 de Lincos de
Freudenthal. - Para un mensaje terrestre. - El Verbo y la estructura absoluta.
- Sobre la utilidad de jugar con fuego.
Sí, ¿cuál fue el saber decir? Cuando
soñamos en las escrituras perdidas, siempre vuelve a nuestra mente la idea de
un Gran Lenguaje original, comprensivo y expresivo del conocimiento, almacén
enciclopédico de los dioses legendarios.
Un hombre que, hace trescientos años,
soñaba en conquistar la Luna, quiso brindar a sus hermanos un Gran Lenguaje
nuevo. Se llamaba John Wilkins. Nacido en 1614 y muerto en 1672, Wilkins fue el
primer secretario de la Real Sociedad de Ciencias, de la que era fundador su
amigo Elias Ashmole. Ese Ashmole era un singular y estupendo personaje, que
había de legar también a Oxford un museo rico en documentos sobre la alquimia y
sobre los orígenes de la masonería. Miembro de una secta Rosacruz, fue discípulo
del alquimista William Backhouse. Leemos en su Diario, con fecha 13 de mayo de
1653: «Mi maestro Backhouse, enfermo en su casa de Fleet Street y temiendo que
iba a morir, me reveló este día, a las once de la noche, el verdadero secreto
de la piedra filosofal.» Backhouse no murió aquel día, sino nueve años más
tarde. Pensaba que había llegado el momento de transformar una ciencia secreta
en ciencia abierta. Esta actitud mental fue seguida por Ashmole y por Wilkins,
y había de dar origen a la Royal Society, motor del conocimiento moderno.
Aquellos hombres tuvieron una amplitud de conceptos y una curiosidad
extraordinarias. Pero esta raza se ha extinguido, se nos dirá... Jorge Luis
Borges, que hizo un penetrante estudio de Wilkins, cita, entre las materias que
apasionaron a éste, la Teología, la Música, la fabricación de colmenas transparentes
para la observación de las abejas, la existencia de un planeta invisible en el
sistema solar, la construcción de astronaves para comunicaciones regulares con
la Luna, y, en fin, el establecimiento de un lenguaje universal.
Capellán del príncipe palatino Carlos Luis,
rector del Wadham College de Oxford, Wilkins había creado en esta ciudad una
agrupación de investigadores, el «Colegio Invisible», que contaba entre sus
miembros a sabios como Sir Christopher Wren, Thomas Sydenham y Robert Boyle.
Este «Colegio Invisible» se incorporó a la Royal Society, que recibió su título del rey Carlos II, en 1662, y que,
dedicada al estudio experimental, tomó como divisa una frase de Horacio:
Nullius in verba. En 1666, Colbert,
celoso de las ventajas que sacaría Inglaterra de los trabajos de la Royal
Society, fundó la Academia de Ciencias de París.
Wilkins mantuvo también
relación con los miembros del grupo platónico de Cambridge, animado por Newton
desde 1670 hasta 1680. Este grupo reeditó textos esenciales de la alquimia, en
una colección dirigida por Ashmole y titulada Teatrum Chimicum Britannicum. En la misma época, Robert
Boyle publicó su obra El químico escéptico, en la que insistía sobre la
necesidad de una comprobación experimental de las afirmaciones teóricas.
Opinaba que los cuatro elementos fundamentales de los antiguos -agua, fuego,
aire y tierra no bastaban para describir la materia, y que ésta se componía
indudablemente de un número elevado de elementos. En la actualidad, nosotros
conocemos 108. Trabajando con transmutaciones según la enseñanza alquímica,
envió a Newton polvos de proyección. Los miembros del «Colegio Invisible»
unían, a un conocimiento profundo de los secretos antiguos, una seria pasión
por el control y la experimentación, y el convencimiento de abrir a la Humanidad
el camino de nuevos poderes sobre la Naturaleza. En esta atmósfera de
entusiasmo y en un medio agitado por la idea de que eran posibles grandes
empresas, hay que situar, pues, la obra lingüística de Wilkins. Tal vez existió
un Gran Lenguaje. Tal vez algún día sería encontrado. Pero también se podía
emprender la tarea de crearlo de nuevo para la época y de ofrecer a los hombres
una lengua universal, descriptiva de la realidad de sus leyes. Wilkins trabajó
cuatro años en esto, desde 1664 hasta 1668. Su obra, An Essay toward a Real Character and a Philosophical
Language, publicada en 1668 y compuesta de seiscientas páginas en cuarto, permanece
hoy en el más completo olvido. Jorge Luis Borges, en su obra Otras inquisiciones, sobre las grandes empresas
lingüísticas, observa:
«Todos, alguna vez, hemos
padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio de interjecciones
y de anacolutos, jura que la palabra luna
es más (o menos} expresiva que la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para
representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna,
nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras compuestas
y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (sin excluir el volapük de Johann Martin Schleyer y la
románica interlíngua de Peano) son
igualmente inexpresivos. No hay edición de la Gramática de la Real Academia que
no pondere "el envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y
expresivas de la riquísima lengua española", pero se trata de una mera
jactancia, sin corroboración.»
La ambición de Wilkins fue
crear una lengua universal, cada una de cuyas palabras, definiéndose a sí
misma, proporcionase un conocimiento completo de la cosa representada y la
situase en una de las categorías de lo real. Para ello, empezó por dividir el
Universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles, a su vez, en
especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada subgénero,
una consonante, y a cada especie, una vocal.
Así, de significa un elemento; deb
es el primero de los elementos, el fuego, y deba es una fracción del fuego, a saber, una llama.
En el siglo XIX, en el ambiente utópico y
generoso originado por la Icaria, de Cabet, y el Nuevo Mundo enamorado, de Fourier, un
lingüista como Letellier tenía que acordarse de Wilkins y continuar su método,
proponiendo un lenguaje en el que a quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro;
abiv, equino; etcétera. Alrededor de
1850, el español Bonifacio Sotos Ochando intentó- algo parecido. «Las palabras
del idioma analítico de John Wilkins -observa Borges- no son torpes símbolos
arbitrarios; cada una de las letras que la integran es significativa, como lo
fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas.» Los niños podrían
asimilar esta lengua sin conocer su artificio. Más tarde, en el colegio,
descubrirían poco a poco que, además de una lengua, es una clave universal y
una enciclopedia secreta. La palabra salmón
no nos dice nada. En la lengua de Wilkins, el vocablo zana nos dice que se trata de un pez escamoso, fluvial y de carne
rojiza. «Teóricamente -sigue diciendo Borges-, no es inconcebible un idioma
donde el nombre de cada ser indicara todos los pormenores de su destino, pasado
y venidero.» Léon Bloy escribió, en El alma
de Napoleón: «No hay un ser humano capaz de decir quién es... Nadie sabe lo
que ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus
sentimientos, sus ideas ni cuál es su nombre verdadero e imperecedero. Nombre
inscrito en el registro de la luz.» Cada cosa y cada ser son, sin que
conozcamos su importancia o insignificancia particulares, la calidad de su
juego en el conjunto de la composición, como un tilde o un punto, una coma, un
versículo o un capítulo entero de un gran texto litúrgico, cuyos alfabeto,
vocabulario y gramática permanecen ocultos para nosotros. Nosotros somos los
versículos, las palabras o las letras de un libro mágico, y este libro
interminable es la única cosa que existe en el mundo: dicho con mayor
exactitud, es el mundo.»
Esta gran idea bullía sin duda
en Wilkins, aunque éste tuvo la ambición más modesta, aunque también
insensata, de darnos una escritura que transmitiese el conocimiento de cada
cosa nombrada, en relación con nuestro conocimiento provisional del Universo.
Semejante tentativa choca, naturalmente,
con la dificultad de dividir en clases todos los elementos de nuestro universo.
Depende, pues, de la idea que nos forjemos del mundo en un momento dado, y esta
clasificación tiene que ser,
forzosamente, arbitraria y conjetural. Una antigua enciclopedia china, El mercado
selecto de los conocimientos bienhechores, divide los animales en la
forma siguiente: pertenecientes al emperador, domesticados, que se agitan como
locos, dibujados con un pincel muy fino de piel de camello, que acaban de
romper el cascarón, que de lejos parecer, moscas, etcétera. Wilkins, como
hombre de ciencia de su tiempo, propone una clasificación racional, pero que
hoy nos parece insuficiente, ligera. Así, en la octava categoría, que es la de
las piedras, distingue: piedras comunes (sílex, arena gruesa, pizarra),
medianamente caras (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes
(amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda, arsénico). Nosotros hemos
progresado mucho en la denominación y la ordenación. Pero también hemos aprendido
que, cuanto más se afina el conocimiento de lo real, más ambigüedades surgen. Por
ejemplo, ¿habría que incluir la luz en la categoría onda o en la categoría
corpúsculo? Sin embargo, quisiéramos que un Wilkins de nuestro tiempo reanudase
e; intento, y, después, que esta nueva lengua universal fuese sometida al
ordenador, que, examinando el conjunto de combinaciones posibles, haría surgir
las palabras que faltasen. Estas últimas palabras corresponderían sin duda a
objetos inexistentes o imposibles, como un triángulo de cuatro lados, o a
lagunas del Universo, como, por ejemplo, el elemento estable cuyo núcleo
contuviese cinco partículas. También podemos preguntarnos si las regularidades
de semejante lengua sintética no corresponderían a algún misterio fundamental
de los números y de las palabras. En fin, una eliminación de los conceptos sin
contenido de información haría que el empleo de esta lengua fuese una gimnasia
completamente nueva, profundamente transformadora del pensamiento y, en
particular, del pensamiento político... Pero volvamos a nuestro querido
Wilkins. Su prodigioso esfuerzo se inscribe en
el movimiento de las ideas de su siglo, bisagra entre la tradición y la
ciencia naciente. Es un lugar de convergencia de las corrientes intelectuales
de la época.
En una carta del mes de noviembre de 1629,
Descartes había observado ya que, por medio del sistema decimal de
numeración, podía aprenderse en un solo día a nombrar todas las cantidades
hasta el infinito y a escribirlas en una lengua nueva, que es la de las cifras.
Proponía la formación de una lengua análoga, general, capaz de organizar y de
abarcar todas las ideas humanas. Un proyecto parecido era el que emprendería
Wilkins, treinta y cinco años después de esta carta.
La corriente intelectual que animaba el
«Colegio Invisible» estaba alimentada, simultáneamente, por la alquimia y por
el modernismo. Tenía que orientar las investigaciones hacia un lenguaje
establecido por los sabios para los sabios, ya que el latín resultaba
insuficiente. La idea universalista del Renacimiento, enriquecida al propio
tiempo por la influencia de la Rosacruz y por el auge del pensamiento
científico, hacía soñar a una verdadera Internacional de hombres de saber y de
poder, al margen y por encima de los Estados. Para la creación de una
Internacional de esta índole, era necesario un lenguaje sintético, de valor
enciclopédico. Tres siglos más tarde, esta Internacional está tratando aún de
constituirse.
En fin, la empresa de Wilkins tiene su raíz
en el concepto religioso del lenguaje. Dios habla directamente a los hombres.
Les da a conocer, de viva voz, sus órdenes y sus prohibiciones. Después, se
superpone a esta idea la de un Libro Santo, la de una Sagrada Escritura. Es
una idea tenaz, que transvasada del plano místico ,al profano, hace decir a Mallarmé que «todo existe en el mundo para
conducir a un libro», provoca a Flaubert a sufrir pasión y Martirio, lanza a
Joyce a la aventura de Ulises y, actualmente, incita a los escritores a
investigaciones fundadas en el sentimiento de que «la escritura sólo conduce a
ella misma».
En la tradición musulmana, el
Corán, Al Kitab, el Libro, es uno de los atributos de Dios. El texto original,
o Madre del Libro, se conserva en el cielo.
«Se copia el Corán en un
libro, se pronuncia con la lengua, se aprende de memoria, y, sin embargo,
subsiste en el centro de Dios.» No es una obra de la Divinidad, sino que
participa de su sustancia. Los judíos fueron aún más lejos en la mística de la
escritura sagrada. Según los cabalistas, la virtud mágica de la orden de Dios:
«¡Hágase la luz!», proviene de las letras mismas que la componen. El Dios de
Israel creó el Universo sirviéndose de los números comprendidos entre el uno y
el diez, y de veintidós letras del alfabeto. «Veintidós letras fundamentales:
Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las permutó, y produjo con ellas todo
lo que es y todo lo que será.» Según los cristianos, Dios escribió dos libros,
el segundo de los cuales es el Universo. Según Francis Bacon, las Escrituras
nos revelan Su voluntad y el Universo; es decir, el libro de las criaturas nos
revela Su poder. Y toda la creación es, efectivamente, un libro que se nos pide
que descifremos, igual que la Sagrada Escritura. «No podemos comprenderlo
-escribe Galileo- sin antes haber estudiado la lengua y los caracteres en que
está escrito. La lengua de este libro es matemática, y sus caracteres son
triángulos; círculos y otras figuras.»
Así, la mente humana alberga
continuamente la idea de que hay una clave última del lenguaje y un último
lenguaje clave; de que el Verbo le fue dado para resolver su propio enigma y el
del mundo; de que podría salir de las modulaciones del aliento humano la
«palabra maestra» de la estructura absoluta, y de que nuestro lenguaje,
incluso en sus sabias combinaciones, no es más que la sombra, proyectada y
deformada, de un Gran Lenguaje enterrado o por venir, o, quizás, al mismo
tiempo, enterrado y por venir.
La empresa de Wilkins era el
sueño de un lenguaje de la totalidad de lo real. Pero, ¿no puede existir un
lenguaje, no de la totalidad, sino de lo esencial? En otras palabras, si se
tratase de comunicar con una inteligencia en el Universo, fuese cual fuese su
apoyo, ¿existe un Verbo mediante el cual pueda la inteligencia de aquí abajo
decir «Yo soy», definir su naturaleza y el estado de su conocimiento, hacerse
entender y recibir respuestas? ¿Una gran lengua para comunicar con el
Infinito? Tal vez la aprendimos de los Visitantes y la olvidamos después. Hoy,
la estamos buscando:"'Wilkins, que no sospechaba que los hombres
llegarían un día a la Luna, quería dotarles de un lenguaje que les permitiese
inventariar su propio mundo, de un vocabulario que sería una enciclopedia
universal. El bagaje completo del terrícola. Hoy nos sentimos apremiados a
establecer un lenguaje que permita transmitir el siguiente mensaje a la
inmensidad de los cielos: «Aquí hay un Ser, una Inteligencia de tal o cual
nivel. Respondan.» Nos preguntamos, en suma, qué alfabeto tenemos que utilizar
para conseguir, como dijo Fred Hoyle en la Universidad de Columbia durante el
curso de 1969, «nuestra inscripción en el anuario telefónico galáctico». Y así
prosigue, en planos diferentes, en grados diversos de necesidad y de ambición,
la búsqueda de un Graal lingüístico, de una Escritura de lo Absoluto.
Con los cohetes sonda, nos comunicamos a millones
de kilómetros en el espacio. Recibimos señales procedentes de objetos celestes
que distan millones de años luz. Tal vez se
acerca el momento en que descubriremos que hay señales sistemáticas y
operadores de un telégrafo estelar en alguna parte del Gran Anillo de
Inteligencia con que sueña Efremov. La antigua mística de la Sagrada Escritura
conduce al cabalista Adolf Grad a sostener que la lengua hebrea, de origen
divino, es la estructura última de toda comunicación, sean cuales fueren las formas de inteligencia del
Cosmos. Líbrenos Dios de burlarnos. Sin embargo, preferimos prestar nuestra
atención a nuevas tentativas, a algunas soluciones balbucientes, pero en cierto
modo maravillosas, propuestas por hombres de imaginación y por investigadores
científicos. Diremos, pues, unas palabras sobre tres de estas tentativas: el
lenguaje acelerado imaginado por el escritor Robert Heinlein; el Loglan, o
lenguaje lógico, propuesto por un grupo de semánticos americanos, y, por
último, el Lincos, lingua cósmica, que intenta establecer el lógico holandés Hans Freudenthal.
En los tres casos, se trata de
una lengua enteramente artificial, de un conjunto lógico susceptible de
expresar la esencia de la inteligencia. Si la inteligencia es, propiamente
hablando, lo que pasa cuando nada impide funcionar la inteligencia, se trata
aquí de hacer que se manifieste, dotándola de una expresión que no actúe de
freno. Todos nuestros lenguajes son sistemas embarazosos. Tal es la primera
observación de Heinlein. La mente pierde una gran parte de su sustancia al
rozar con las palabras. Toda expresión es, en pequeña parte, mensaje de la
inteligencia, y, en su mayor parte, efecto de la lucha de ésta contra los
obstáculos. Heinlein imagina, pues, un vocabulario-música, reducido, pero
rápido y sutil: acentos y vocales que multiplican el número relativamente
limitado de sonidos que puede emitir la garganta humana; algo como una
composición musical partiendo de las siete notas. Este lenguaje, al que bautiza
con el nombre de «rapipalabra» (speedtalk), permitiría, al expresarnos más
de prisa, pensar con mayor rapidez, y, en definitiva, vivir mas, es decir,
aumentar nuestro tiempo consciente. De un cuatrocientos a un ochocientos por
ciento, dice. Una diferencia más grande que la existente entre el lector
corriente y el lector prodigio, tipo Bergier. Este. lenguaje podría
ser cómodamente registrado por máquinas electrónicas, que imprimirían los
signos dictados con aquella aceleración. Además, afirma Heinlein, la
«rapipalabra» sería una lengua sin paradojas, ya que éstas nacen del conflicto
que se produce entre la mente, infinitamente ágil, dúctil y capaz de actuar en
varios planos, y las estructuras lineales y dualistas de nuestros modos de
expresión escritos y hablados. Sería un lenguaje adaptado a la estructura
real del mundo y del espíritu, que, tomarla de las matemáticas la velocidad y
la ductilidad, y de la música su infinidad de modulaciones. Se puede -comparar
el sueño de Heinlein --para mejor comprender su calidad- a los trabajos-de
Benjamin Lee Whorf, químico cuyo violín de Ingres fue la lingüística y que
descubrió una tribu india cuyo lenguaje está concebido en términos de
relatividad y de quantas, más que de tiempo y de espacio: Esta lengua posee
conjunciones que corresponden a un acontecimiento de espacio-tiempo. Así, una
conjunción tendría tres modos, aplicada al acontecimiento hombre-barca. El modo
de lo real, cuando el
acontecimiento, un hombre en una barca, ha sido efectivamente observado. El
modo del sueño, cuando el narrador ha vivido en sueños la situación. El modo de
lo probable, cuando el narrador no ha visto el hecho, sino que se lo han
contado, y éste tiene cierto grado de probabilidad. Se ha hecho a Heinlein la
observación si
modulaciones su lenguaje de modulaciones presupone un oído y unos
instrumentos de transmisión perfectos. «Si yo no, tengo el oído de Mozart, me
expongo a entender caracola cuando usted dice cosmonauta.» A lo cual responde
Heinlein -que, por lo demás, se ha
contentado con soñar este lenguaje que el solo hecho de aprender el
“rapipalabra”, y de estar en condiciones de entenderlo sin equivocarse,
demostraría que uno pertenece ya al homo novis que ha de suceder al homo sapiens.
Sin embargo, se aferra con extraordinario tesón a este sueño, y sus
ideas han estimulado a ciertos medios científicos, como el grupo de estudios
del Loglan o Lenguaje Lógico. Este lenguaje, menos revolucionario que el de
Heinlein, no prescinde de las raíces latina y anglosajonas; pero tiende, en su
construcción, a eliminar el mayor número posible de paradojas.
Saltos en lo imaginario o trabajos de
aproximación, su ambición es grande y bella: un lenguaje nuevo crearía un
hombre nuevo. Observamos, aquí, un eco del sueño cabalista: la restauración de
la palabra perdida volvería al hombre a su estado divino. Aparece, una vez más,
el concepto sagrado del Verbo creador del Ser. Esta preocupación tradicional
coincide, por otra parte, con las preocupaciones más inmediatas del saber. En
su lección inaugural del curso de Biología molecular del Collège de Franco, de
1967, Jacques Monod, premio Nobel, declaró: «La aparición del lenguaje precedió,
tal vez muy lejanamente, a la emergencia del sistema nervioso central propio de
la especie humana, y contribuyó de hecho, y de manera decisiva, a la selección
de las variantes más aptas para utilizar todos sus recursos. En otras
palabras, sería el lenguaje el que habría creado el hombre, más que el hombre
el lenguaje.»
De una lengua nueva, propia para activar
las funciones superiores de la mente, pasamos, con el lógico Freudenthal, a un
lenguaje susceptible de alcanzar la Inteligencia en el espacio galáctico.
Avalado por la presencia de maestros de la lógica matemática como Brouwer,
Beth y Heyting, en la serie de monografías Studies in Logic and the Foundations of Mathematics
donde apareció su obra el profesor
Freudenthal publicó, en 1960, su primer libro sobre el Lincos: Design of
a Language tor Cosmic Intercourse. El Lincos de Freudenthal tiene,
efectivamente, por objeto la comunicación con
el Cosmos, e implica una estructura fundamental de la inteligencia, que sería
universal, con independencia de lo que sirviese de apoyo a esta inteligencia en
las lejanas estrellas. Su tentativa recuerda la ambición de Lovecraft: crear un
mito «que sea comprensible, incluso para los cerebros vaporosos de las
nebulosas espirales». El lógico holandés trata de establecer un sistema de
señales-radio que, a través de la noche cósmica y por medio de las
matemáticas, fuese capaz de describir a la Inteligencia nuestro mundo, bajo
tres formas: tiempo, espacio y comportamiento. Freudenthal escribe: «Es
probable que mi lenguaje cósmico exista ya, que algunos seres lo empleen para
comunicarse. Había pensado que los rayos cósmicos podían ser el vehículo de
tales comunicaciones; pero he dejado de creerlo. Es posible que las ondas
utilizadas sean detenidas por la atmósfera terrestre o por las capas
electrizadas que nos rodean. Es posible que un puesto avanzado en el espacio
detecte estas conversaciones cósmicas. Pero, si nada sabemos de seres
inteligentes galácticos, ¿que puede haber de común entre ellos y nosotros?» La
inteligencia matemática -presume Freudenthal- y la noción de espacio-tiempo.
El Lincos se funda en emisiones de ondas largas y cortas; todo un vocabulario
de señales que exprese la esencia de las matemáticas, el transcurso del tiempo
y la naturaleza del espacio en nuestra región celeste. «¿Qué le pasa a usted
con el tiempo?», preguntaban los surrealistas en una célebre encuesta. Ahora
se trata de hacer saber lo que pasa con el tiempo en «la mente de los abismos
cósmicos». El aspecto más asombroso del trabajo de Freudenthal se refiere a la búsqueda de un lenguaje matemático
esencial, capaz de transmitir indicaciones sobre lo que somos nosotros, los
terrícolas: una comunidad de seres que buscan la verdad, que pueden comunicar
más o menos bien entre ellos y que buscan el diálogo con el Universo. La cuarta
parte de la empresa es un tratado del espacio, del movimiento y de la masa:
decir a los Otros cómo medimos, las distancias y las velocidades, las
variaciones de la masa en función de la velocidad, las leyes de la gravitación.
Estos mensajes, circulando en el torrente de los años luz, podrían, en el curso
de los milenios, hacer saber que aquí hay inteligencia, e indicar nuestra
posición. «Tal vez éste será un gran día para Ellos, dijo un amigo nuestro. A
menos que se limiten a anotar tranquilamente en sus archivos: "Acaba de
descubrirse una civilización que hace
10.000 de la enésima galaxia."» Y prosigan sus observaciones, con fría
indiferencia cuyas razones no comprendemos; pues el Universo bien podría estar,
como sugiere Carl Sagan, «lleno de civilizaciones a la escucha, pero que se
abstienen de emitir». Nosotros no nos libramos fácilmente de los terrores del
Infinito, del espanto de la inmensidad. Bajo el cielo poblado, lanza la mente
el prolongado gemido de sus limitaciones, como el perro que aúlla a la Luna.
Pero también es posible que se nos busque con amor, que cada inteligencia
busque a otra para crecer con ella y descubrir el depósito de una estructura
absoluta. ¿Debemos hacer todo lo posible para llamar la atención?
¿Descubriremos el Enemigo, o la universalidad de la criatura divina, como
pensaban Teilhard de Chardin y C. S. Lewis, es decir, una pulsión y una
iluminación últimas del espíritu, comunes a toda criatura inteligente, ya sea
hombre o «cerebros vaporosos de las nebulosas espirales»? La impotencia del
lenguaje nos separa de nuestra naturaleza esencial, como nos separa de la
naturaleza de los Otros en el espacio, y por esto buscamos el Gran Lenguaje que
nos devuelva la comunicación con el ser del Ser, aquí abajo y en los cielos.
¡No! ¡No! No busquemos esto. Sería impío Y peligroso, exclama Arthur C. Clarke,
en un momento de depresión: «No sabemos qué es lo que se pasea por la
carretera real de las galaxias, y más vale no saberlo.» Pero es preciso jugar
con fuego. Sólo jugando con fuego, construyó el hombre su morada sobre la
Tierra.
TERCERA PARTE
LA CUESTIÓN MÁS VASTA
EL ENIGMA EJEMPLAR DE LOS
AKPALLUS
Los trabajos de Chklovski, el
soviético, y de Sagan, el americano. - «No nos llevaremos nuestras fronteras
al cielo.» - Sobre la pluralidad de mundos habitados. - Los sueños de
Tsiolkovski. - ¿Contactos interestelares? - ¿Visitantes venidos del espacio? -
Calma y ortografía. - Una posibilidad diferente de cero. - La Hipótesis de Chklovski
y de Sagan. - Lo que contó Beroso. - Descripción de Oannes. Un maestro con
escafandra. - Los relatos. - Ese singular Próximo Oriente. - Retorno a
Platón. - No hay que confundir los latidos del corazón con el ruido de los
zuecos.
Y sin embargo...
Incluso en las publicaciones
dirigidas en principio a un vasto público, la crítica de las ideas y de los
libros, acaparada por insolentes universitarios mundanos, es, entre nosotros,
como una conversación entre mandarines que se desarrollase a ojos cerrados.
Por eso pasó inadvertida la asombrosa y rica obra de Chklovski, miembro
director
del Instituto de
Astronomía de la Universidad de Moscú, publicada en francés en 1967. Sin
embargo, por su cantidad de información, por su rigor científico, por la
audacia de las hipótesis y la inmensidad de la visión sugerida, era la obra
más ilustradora que podía escribirse sobre la vida y la razón en el Universo.
Este libro impresionaba la mente por su enorme libertad. Chklovski ignoró las
limitaciones del especialista, los prejuicios doctrinales y políticos. Colocó
sus razonamientos de ciencia estricta bajo el patrocinio de los poetas y de los
visionarios. Podía verse el despliegue de una inteligencia en esa cultura de
mañana, aumentada y unificada por la conquista del espacio, que hacía decir a
Clarke: «No nos llevaremos nuestras fronteras al cielo.»
Cuando recibió la obra en ruso, Carl Sagan,
profesor de Astronomía en Harvard y director del Observatorio de Astrofísica
de Cambridge, Massachusetts, se apresuró a hacerla traducir por Paula Fern. Su
lectura le sugirió una gran cantidad de reflexiones incidentales o
complementarias. Escribió a Chklovski, proponiéndole una edición americana en
colaboración. «Desgraciadamente -le respondió el soviético-, tenemos menos
probabilidades de reunirnos para trabajar juntos, que de recibir un día la
visita de seres extraterrestres.» Sagan publicó la obra, alternando el texto
de su colega ruso con sus propias notas. Tal fue la primera y hasta hoy única
obra escrita por dos grandes sabios del Este y de Occidente sobre el proyecto
más maravilloso de nuestro tiempo: establecer contacto con otras inteligencias
en el cosmos. Esta edición americana fue dedicada a la memoria del que fue
nuestro amigo J. B. S. Haldane, biólogo y ciudadano del mundo, miembro de la
Academia de Ciencias de los Estados Unidos y de la Academia de la Unión
Soviética, y miembro de la Orden del Delfín,
muerto en la india. Se inicia con estos versos de una oda de Píndaro:
Hay una raza de hombres,
hay una raza de dioses.
Cada una de ellas saca su
aliento vital
de la misma madre,
pero sus poderes son diversos,
de suerte que unos no son nada
y los otros son los dueños del
cielo luminoso
que es su ciudadela para siempre.
Sin embargo, todos nosotros
participamos de la gran
inteligencia;
tenemos un poco de la fuerza
de los inmortales,
aunque no sepamos
lo que el día nos tiene reservado,
lo que el destino nos tiene
preparado
para antes de que cierre la noche.
He aquí la introducción de Chklovski:
«La idea de que la existencia de seres
dotados de razón no se limita a la Tierra, sino que es un fenómeno ampliamente
extendido en una multitud de otros mundos, apareció en un pasado muy remoto,
cuando la Astronomía estaba aún en sus comienzos. Es muy verosímil que sus
raíces arranquen de los cultos primitivos, que "vitalizan" cosas y
fenómenos. La religión budista contiene nociones bastante vagas sobre la
pluralidad de mundos habitados, en el marco de la teoría idealista de la
transmigración de las almas. Según esta concepción, el Sol, la Luna y las
estrellas son los lugares a los que emigran las almas de los muertos antes de
alcanzar la beatitud del nirvana.
»Los progresos de la Astronomía dieron una
base más concreta y más científica a la idea de la pluralidad de mundos
habitados. La mayoría de los filósofos griegos, idealistas o materialistas, no
consideraban la Tierra como el único hogar de la inteligencia. Sólo podemos
inclinarnos ante su intuición genial, si consideramos el nivel en que se
encontraba entonces la Ciencia. Así, Tales, fundador de la escuela jónica,
enseñó que las estrellas estaban hechas de la misma materia que la Tierra.
Anaximandro afirmó que los mundos nacen y se destruyen. En opinión de
Anaxágoras, uno de los primeros defensores del heliocentrismo, la Luna estaba
habitada. Veía en los "gérmenes de vida", dispersos por todas
partes, el origen de todo lo viviente.
»En el curso de los siglos siguientes, y
hasta nuestra época, diversos sabios y filósofos han adoptado la idea de la
"panspermia», según la cual la vida ha existido siempre. La religión
cristiana aceptó con bastante rapidez el concepto de los "gérmenes de
vida".
»La escuela materialista de Epicuro
defendió la pluralidad de mundos habitados, que imaginaba, por lo demás,
semejantes a nuestra Tierra. Mitrodoro, por ejemplo, pensaba que
"considerar la Tierra como el único mundo poblado en el espacio sin
límites era una tontería tan imperdonable como afirmar que, en un inmenso campo
sembrado, puede frotar una sola espiga". Es interesante observar que los
partidarios de esta doctrina entendían por "mundos" no sólo los
planetas, sino también toda clase de cuerpos celestes desparramados en la
extensión infinita del Universo. Lucrecio defendió con ardor la idea de que el
número de los mundos habitados es inconmensurable. En su De Rerum Natura, escribió:
"Es preciso confesar que hay otras regiones del espacio, otras tierras
distintas de la nuestra, y razas de hombres diferentes, y otras especies
salvajes." Observemos, de paso, que Lucrecio estaba absolutamente
equivocado sobre la naturaleza de las estrellas, que tomaba por emanaciones
brillantes de la Tierra. Por esto situaba sus mundos poblados de seres
inteligentes más allá de las fronteras del universo visible.
»Después, y esto había de durar un milenio
y medio, la victoriosa religión cristiana haría
de la Tierra el
centro del Universo, siguiendo a Tolomeo e impidiendo profundizar en las
teorías de la multiplicidad de mundos habitados. Fue el gran astrónomo
polaco, Copérnico, quien, después de rebatir el sistema de Tolomeo, mostró por
vez primera a la Humanidad el lugar que realmente le correspondía. Y al
"volver la Tierra al sitio que le tocaba", la posibilidad de vida en
otros planetas recibió un fundamento científico. Las primeras observaciones a
través del telescopio, gracias a las cuales abrió Galileo una nueva era en la
Astronomía, acuciaron la imaginación de sus contemporáneos. Se puso en claro
que los planetas eran cuerpos celestes muy parecidos a la Tierra. Y esto
condujo, naturalmente, a formular esta pregunta: Si había en la Luna montañas
y valles, ¿por qué no podía haber ciudades, con habitantes dotados de razón?
¿Por qué había de ser nuestro Sol el único astro acompañado de una cohorte de
planetas? El gran pensador italiano Giordano Bruno expresó estas atrevidas
ideas en forma clara e inequívoca: "Existe una infinidad de soles, de
tierras que giran alrededor de sus soles como giran nuestros siete planetas alrededor
de nuestro Sol... Seres vivos habitan esos mundos." La Iglesia católica se
vengó cruelmente de Bruno: declarado hereje por el Santo Oficio, fue quemado en
Roma, en el Campo del Fiori, el 17 de febrero de 1600. Este crimen del clero
contra la Ciencia no había de ser el último. Hasta el final del siglo XVII,
la Iglesia católica (lo mismo que las Iglesias protestantes) no dejó de oponer
una enconada resistencia a la teoría heliocéntrica. Pero, poco a poco, incluso
los teólogos comprendieron la inutilidad de aquella lucha y empezaron a revisar
sus posiciones. En la hora actual, no ven en la existencia de seres en otros
planetas ninguna contradicción con los dogmas de su religión.
»En la segunda mitad del siglo XVII y
durante todo el XVIII, sabios, filósofos y escritores dedicaron gran
cantidad de libros al problema de la vida en el Universo. Citemos a Cyrano de
Bergerac, Fontenelle, Huygens, Voltaire. Sus obras, puramente especulativas,
unían a la profundidad de pensamiento (cosa particularmente cierta en
Voltaire) la elegancia de la forma.
»Tomemos al sabio ruso Lomonosov, tomemos a
Kant, a Laplace, a Herschel, y veremos que la idea de la pluralidad de mundos
habitados se había extendido absolutamente por todas partes, sin que nadie, o
casi nadie, en los medios científicos y filosóficos, se atreviese a levantarse
contra ella. Sólo voces aisladas se oponían al concepto que hacía de los
planetas otros tantos focos de vida, y de vida consciente. Así, William
Whewell, en un libro publicado en 1853, opina, con cierta audacia para la época
(¡los tiempos han cambiado!), que los planetas están muy lejos de poder
ofrecer albergue a la vida, ya que los mayores están compuestos "de agua,
de gas y de vapores", y los más próximos al Sol "reciben una enorme
cantidad de calor, y el agua no puede conservarse en su superficie." Demuestra
que no puede haber vida en la Luna, idea que tardó mucho en penetrar en las
mentes. En efecto, a fines del siglo XIX, William Pickering afirmaba aún, con absoluta
convicción, que las alteraciones del paisaje lunar se explicaban por los desplazamientos
de grandes masas de insectos... Observemos, de paso, que posteriormente se
resucitó esta hipótesis para aplicarla a Marte...
»El siguiente ejemplo nos mostrará hasta
qué punto se había extendido, en el siglo XVIII y
comienzos del XIX, la idea de la extensión universal de la vida
consciente. El célebre astrónomo inglés Herschel consideraba que el Sol estaba
habitado: las manchas solares eran, para él, como desgarrones en las cegadoras
nubes que envolvían enteramente la superficie oscura del astro; a través de
aquellos, los habitantes del Sol podían admirar la bóveda estrellada... Y
también Newton pensaba que el Sol estaba habitado.
»En la segunda mitad del siglo XIX,
el libro de Flammarion, La pluralidad de los mundos habitados,
alcanzó extraordinaria popularidad: sólo en Francia, hubo treinta ediciones en
veinte años, y fue traducido a muchos idiomas. Partiendo de posiciones
idealistas, Flammarion consideraba que la vida era el objetivo final de la
formación de los planetas. Escritos con mucha imaginación, en un estilo vivo
aunque un poco rebuscado, sus libros causaron gran impresión a sus
contemporáneos. Lo que choca más al lector actual es la desproporción entre la
irrisoria cantidad de conocimientos precisos sobre la naturaleza de los
cuerpos celestes (la Astrofísica acababa de nacer) y el tono rotundo con que
el autor afirmaba la pluralidad de los mundos habitados... Flammarion apelaba
más a la sensibilidad que al razonamiento.
»A fines del siglo xix y en el xx, la
antigua hipótesis de la "panspermia" reapareció, bajo formas
nuevas, y alcanzó una amplia difusión. Según este concepto metafísico, la vida
existe en el Universo desde toda la eternidad. La sustancia viva sólo se
engendra partiendo de la materia inerte, según leyes exactas, y se transmite de
un planeta a otro. Así, según Svante Arrhenius, finos granos de polvo,
impulsados por la presión de la luz, transportan a otros planetas partículas de
materia viva, esporas o bacterias, sin que éstas pierdan su vitalidad. Cuando
encuentran en uno de aquellos condiciones favorables, las esporas germinan y
dan origen a toda la evolución ulterior de la vida.
»Si, en principio, no se puede negar la
posibilidad de esta transferencia de un planeta a otro, resulta difícil, de
momento, aceptar un mecanismo semejante cuando se trata de sistemas estelares.
Arrhenius pensaba que la presión de la luz puede imprimir velocidades
considerables a los granos de polvo. Pero lo que ahora sabemos sobre la naturaleza
del espacio interestelar, excluye aquella posibilidad. En fin, la tesis de la
eternidad de la vida es incompatible con la idea que, a base de muchísimas
observaciones, nos hemos formado de
la evolución de
las estrellas y de las galaxias. Según esta idea, el Universo se componía, en
el pasado, solamente de hidrógeno, o bien de hidrógeno y helio; los elementos
pesados, sin los cuales es inconcebible cualquier forma de vida, sólo
aparecieron más tarde.
»Además, el desplazamiento hacia el rojo
del espectro de las galaxias hace pensar que, diez o quince mil millones de
años atrás, el estado del Universo hacía poco probable la existencia de vida.
»Ésta pudo, pues, surgir únicamente en
ciertas regiones privilegiadas y en una etapa determinada de la evolución. Por
esto, la tesis principal de la teoría panspérmica nos parece equivocada.
»El ruso Constantin Tsiolkovski, padre de
la Astronáutica, fue ardiente defensor de la pluralidad de mundos habitados.
Citaremos solamente algunas de sus frases: "¿Se puede concebir que Europa
esté poblada, y no lo estén las otras partes del mundo?" Y después:
"Los diversos planetas presentan las diversas fases de la evolución de los
seres vivos. Lo que fue la Humanidad hace algunos años, podemos saberlo
interrogando a los planetas..." Si la primera cita no hace más que repetir
lo que dijeron filósofos antiguos, la segunda contiene un pensamiento muy
importante que ha sido desarrollado después. Los pensadores y escritores de
los siglos pasados se imaginaban las civilizaciones de los otros planetas,
desde el punto de vista social, científico y técnico, parecidas a lo que veían
sobre la Tierra en su época. En cuanto a Tsiolkovski, llamó acertadamente la
atención sobre las considerables diferencias de nivel entre las civilizaciones
de los diversos mundos. Sin embargo, en su época, estas hipótesis no podían ser
aún confirmadas por la Ciencia.
»La historia de las ideas de la pluralidad
de mundos habitados está íntimamente ligada con la de las concepciones
cosmogónicas. Así, en el primer tercio del siglo xx, cuando circuló la
hipótesis cosmogónica de Jeans, según la cual el Sol debe su cortejo de
planetas a una catástrofe cósmica sumamente rara (el "medio choque"
de dos estrellas), la mayoría de los sabios consideraron la vida como un
fenómeno excepcional en el Universo. Parecía sumamente improbable que en
nuestra galaxia, compuesta de más de cien mil millones de estrellas, hubiese
una sola, además del Sol, que tuviese un sistema planetario. El hundimiento de
la teoría de Jeans, después de 1930, y el florecimiento de la Astrofísica,
casi nos llevan a la conclusión de que en nuestra galaxia hay una considerable
cantidad de sistemas planetarios, y de que el sistema solar es una regla, más
que una excepción, en el mundo de las estrellas. A pesar de todo, esta suposición,
sumamente probable, no ha sido aún estrictamente demostrada. .
»Los progresos de la cosmografía estelar
contribuyeron y contribuyen de modo decisivo a la solución del problema de la
aparición y la evolución de la vida en el Universo. En la actualidad, sabemos
distinguir las estrellas jóvenes de las viejas, y sabemos durante cuánto
tiempo irradian una energía lo bastante constante para conservar la vida en los
planetas que se mueven a su alrededor. En fin, la cosmogonía estelar permite
predecir, para un período bastante largo, los destinos del Sol, cosa que, evidentemente,
tiene una importancia capital para el futuro de la vida sobre la Tierra.
Vemos, pues, que los diez o quince últimos años de investigación astrofísica
han hecho posible que el problema de la pluralidad de los mundos habitados
sea considerado científicamente.
»Una ofensiva semejante se ha llevado a
cabo en los frentes de la Biología y de la Bioquímica. El problema de la vida
es, en gran parte, químico. ¿De qué manera, y gracias a qué condiciones externas,
pudo producirse la síntesis de las moléculas orgánicas complejas que condujo a
la aparición de las primeras partículas de materia viva? Durante los últimos
decenios, los bioquímicos avanzaron considerablemente en este terreno,-
apoyándose, sobre todo, en experimentos de laboratorio. Sin embargo, tenemos la
impresión de que sólo muy recientemente apareció la posibilidad de abordar el
problema del origen de la vida en la Tierra, y, por ende, en los otros
planetas. Empezamos precisamente a levantar una punta del velo que envuelve
el sancta-sanctórum de la sustancia viva: la herencia.
»Los notables éxitos de la Genética y,
sobre todo, el descubrimiento de la "significación cibernética" de
los ácidos desoxirribonucleico y ribonucleico, vuelve a poner sobre el tapete
la definición de la vida. Se hace cada vez más claro que el problema del
origen de la vida es, en gran parte, un problema genético. Su solución podrá
obtenerse en un futuro bastante próximo, si continúan los progresos de una
ciencia tan joven como es la Biología molecular.
»La puesta en órbita del primer satélite
artificial de fa Tierra por la Unión Soviética, el 4 de octubre de 1957,
abrió una etapa radicalmente nueva en la historia de la idea de la pluralidad
de mundos habitados. A partir de entonces, el estudio y el dominio del espacio
que rodea la Tierra avanzaron con enorme rapidez, para culminar en los vuelos
de los cosmonautas soviéticos y, después,
de los americanos. Los hombres comprendieron, de pronto, que moraban en un
diminuto planeta sumergido en la inmensidad del espacio cósmico. Naturalmente,
todo el mundo había estudiado un poco de Astronomía en el colegio (bastante mal
enseñada, por cierto) y sabía, "teóricamente", el lugar que ocupaba
la Tierra en el cosmos. Sin embargo, la actividad práctica continuaba regida
por un geocentrismo espontáneo. Por esto no nos cansaremos de insistir en la
conmoción producida en la conciencia de los hombres en este principio de una
nueva era de la historia humana: la era del estudio directo y, más adelante,
de la conquista del cosmos.
»Así, pues, la cuestión de la existencia de
vida en otros mundos salió del campo de la abstracción para adquirir una
significación concreta. Dentro de unos años, se resolverá experimentalmente en
lo que concierne a los planetas del sistema solar. Se enviarán
"detectores de vida" a la superficie de los planetas, y aquellos nos
informarán, sin error posible, de lo que encuentren en ella. No está lejos el
día en que los astronautas desembarcarán, además de en la Luna, en Marte y,
quizás, incluso en el enigmático y poco hospitalario Venus, y empezarán a
estudiar la vida, si es que existe, según los mismos métodos empleados por los
biólogos en la Tierra.
»El enorme interés manifestado por el
hombre de la calle en lo que atañe al problema de la vida en el Universo
explica la fecundidad de los trabajos que físicos y astrónomos famosos
dedican, con gran rigor científico, al establecimiento de contactos con los
habitantes inteligentes de los otros sistemas planetarios. Ahora bien, para
tratar este tema es imposible mantenerse aferrado a una especialidad. Hay que
elaborar hipótesis sobre las perspectivas de evolución de la civilización en muchos
miles e incluso millones de años. Y esto es una tarea delicada y, además, mal
definida... Sin embargo, hay que llevarla a cabo, es muy concreta, y la
solución que se le dé puede ser, en principio, prácticamente comprobada.
»El objeto de este libro es poner al
corriente a los lectores no especializados del estado actual de esta cuestión.
Decimos "actual", porque nuestras ideas sobre la pluralidad de mundos
habitados evoluciona, en este momento, muy de prisa. Además, y a diferencia de
otras obras sobre el mismo tema (como La vida en el Universo, de Oparín y
Fesenkov, y La vida en los otros mundos, de Spencer Jones), que estudian,
sobre todo, los planetas del sistema solar y,
en especial, Marte y Venus, dedicamos un espacio bastante considerable a los
otros sistemas planetarios. Por último, y que nosotros sepamos, es la primera
vez que se emprende un análisis de la existencia eventual en el Universo de
formas conscientes de vida, y de posibles contactos entre las civilizaciones
separadas por el espacio intersideral.
»El libro se divide en tres
partes. La primera proporciona las bases astronómicas indispensables para
comprender los conceptos actuales sobre la evolución de las galaxias, de las
estrellas y de los sistemas planetarios. La segunda estudia las condiciones
generales de aparición de la vida en los planetas. Se plantea, también, la
cuestión de la habitabilidad de Marte, de Venus y de los demás planetas del
sistema solar. El final de esta parte contiene una crítica de las últimas
variantes de la teoría de la panspermia. Por último, la tercera parte analiza
la posibilidad de existencia de vida consciente en ciertas regiones del
Universo. Se centra principalmente la atención sobre el problema del
establecimiento de contactos entre las civilizaciones de sistemas planetarios
diferentes. Esta tercera parte se distingue de las dos primeras en que éstas
exponen los descubrimientos concretos de la ciencia en cierto número de campos,
mientras que en aquélla predomina, necesariamente, el elemento hipotético: no tenemos
aún ningún contacto con las civilizaciones de los otros planetas, y no sabemos
cuándo lo estableceremos, ni si llegaremos a establecerlo jamás... Lo cual no
quiere decir que esta parte esté desprovista de todo contenido científico y
sea pura ficción. Por el contrario, es en este lugar del libro donde se
exponen, con todo el rigor posible, los recentísimos logros de la Ciencia y de
la Técnica, susceptibles de llegar un día al éxito. Esta parte da, al mismo
tiempo, una idea del poder de la mente humana. A partir de hoy, la Humanidad,
por su actividad concreta, se ha convertido en un factor de importancia
cósmica. ¿Qué no podemos esperar de los siglos venideros?
Mientras tanto, Chklovski
reanuda, por cuenta de una imaginación científica legítima, los sueños a que se
entregaba, a principios de siglo, un maestrillo provinciano, Constantin
Tsiolkovski, que veía al hombre conquistar el espacio, reorganizando el sistema
solar, domeñando el color y la luz del Sol, abarcando los astros y «dirigiendo
los pequeños planetas como gobernamos nosotros nuestros caballos». Imagina
también, lo mismo que Sagan, la actividad, en galaxias remotas, de
civilizaciones distintas de la nuestra. «¿Por qué no presumir que la actividad
de seres inteligentes y perfectamente organizados puede modificar las
propiedades de sistemas estelares enteros? Los fenómenos extraños que
observamos en el núcleo de las galaxias, empezando por la nuestra, ¿no podrían
atribuirse a la iniciativa de ciertas civilizaciones? Y, en fin, y aunque uno
vacile en pensarlo, y más aún en escribirlo, ¿no podría buscarse la causa de
la excepcionalmente poderosa irradiación radioeléctrica de ciertas galaxias
(las radiogalaxias) en la actividad de formas de materia altamente organizada y
a las que incluso resulta difícil llamar inteligentes?» Cierto que considera
argumentos que nos conducirían «a la triste corroboración de nuestra casi
soledad en el Universo». Pero los rechaza. «Sí -dice-, esperemos que no sea
así, y que los "prodigios cósmicos" que observamos sean prodigios de
la inteligencia a través de los mundos y prueba de la existencia de "amos
del luminoso cielo, que es su fortaleza perdurable".»
Ahora bien, si en la actualidad podemos
considerar unas perspectivas tan fabulosas, se plantea una cuestión: ¿Habrá
recibido nuestro planeta, en un pasado relativamente próximo, la visita de astronautas
venidos de otros sistemas planetarios? Chklovski considera válida la hipótesis.
Sagan le apoya, aporta nuevos elementos y desarrolla particularmente este
punto.
Cuando, en 1960, en El retorno de los brujos, y
después, en 1961, en Planète, nos hicimos eco de los estudios
del investigador soviético Agrest sobre este tema, tanto los buenos
intelectuales racionalistas franceses como los cristianos se echaron a reír.
Recordamos que Louis Aragon nos envió al cuerno... asegurando que el tal señor
Agrest era un simpático farsante, y que sólo por benevolencia toleraba la Unión
de Escritores Soviéticos los vaticinios de los locos inofensivos. El R. P.
Dubarle dijo, despectivamente: ¡ahora nos vienen con teología-ficción! Los
trabajos de Agrest datan de 1959. En 1967, Carl Sagan y Chklovski declararon
conjuntamente: «La manera en que el señor Agrest plantea el problema nos
parece absolutamente sensata y merece un análisis minucioso.»
La idea esencial de Agrest es la siguiente.
Supongamos que unos astronautas llegaron a nuestra Tierra y encontraron
hombres en ella. Un acontecimiento tan fuera de lo corriente tenía forzosamente
que dejar huellas en las leyendas y en los mitos. Estos seres, dotados a sus
ojos de un poder sobrenatural, serían considerados por los primitivos como de
naturaleza divina, y los mitos otorgarían un papel especial al cielo del que
habían venido y al que habían vuelto aquellos visitantes enigmáticos. Los «visitantes
celestes» pudieron enseñar a los terrícolas ciertas técnicas y ciertos rudimentos
científicos. Sabemos que los mitos y las leyendas nacidos antes de la aparición
de la escritura poseen un gran valor histórico. Así, podemos actualmente
reconstruir una gran parte de la historia precolonial de los pueblos del
África Negra, que no tenían escritura, valiéndonos del folklore, de las
leyendas y de los mitos. Carl Sagan añade este ejemplo: en 1875, los indios del
noroeste de América vieron desembarcar a La Pérouse. Un siglo más tarde, el
análisis de las leyendas inspiradas por aquel acontecimiento permiten
reconstruir la llegada del navegante e incluso el aspecto de sus barcos.
Agrest interpreta pasajes de la Biblia: ve,
en la destrucción de Sodoma y Gomorra, los efectos de una explosión nuclear; en
la ascensión de Enoch, un secuestro de los visitantes; etcétera. Se comprende
la ingenua utilización que puede hacer de esto el dogmatismo materialista:
reducir la idea de divinidad al recuerdo del paso por la Tierra de un La
Pérouse venido de las estrellas. Este fomento del ateísmo, que no contraría al
yogui, complace al comisario...
En la actualidad, sabemos también que este
sistema de interpretación permitió a «investigadores» poco escrupulosos una
hermosa carrera en el terreno de la chanza. Nosotros no nos oponemos en
absoluto a la chanza, pues no alardeamos de poseer la verdad, no tomamos la
Ciencia por una vaca sagrada, y preferimos la muerte al oficio de censores.
Además, el amor a la música abarca también las coplas. Y, en fin, nunca se
insistirá bastante en que, sin la chanza, uno se asfixia. Pero, desde El retorno de
los brujos, ha proliferado toda una literatura sobre este tema.
Nosotros no avalamos a nuestros dudosos epígonos. «Que nosotros sepamos
-declara Chklovski-, no existe un solo monumento material de la pasada cultura
en que podamos ver, fundamentalmente, una alusión a seres pensantes venidos
del cosmos.» Nosotros opinamos lo mismo. Es muy posible, por ejemplo, que el
famoso fresco sahariano del Tassili, que representa un «marciano» con
escafandra, haya sido abusivamente utilizado (un poco por nosotros y un mucho
por otros) como demostración. Sin embargo,
seguimos pensando, como Sagan y su colega ruso, «que las investigaciones
encaminadas en este sentido no son absurdas ni anticientíficas. Sólo es preciso
no perder la sangre fría». Y, ya que se trata de descifrar, «¡Calma y
ortografía», como dicen los Pies Niquelados...
¿Seremos visitados? ¿Lo hemos
sido ya? Lo cierto es que Sagan pretende establecer
la frecuencia probable. Calcula que el número de civilizaciones
técnicamente desarrolladas, existentes simultáneamente en la galaxia, podría
ser del orden del 106. La duración de tales civilizaciones sería de
diez a la séptima potencia años. «Lo cual -observa Chklovski- me parece
optimista.» Sagan conjetura que estas civilizaciones estudian el cosmos
siguiendo un plan que excluye la repetición de una visita. Si cada civilización
envía, cada año terrestre, una nave interestelar de investigación, el
intervalo medio entre dos visitas de la región de una sola y misma estrella
será igual a 105 años. En cuanto al intervalo medio entre dos
visitas de un solo y mismo sistema planetario (por ejemplo, el nuestro), que
albergue formas razonables de vida, podemos adoptar, en el cuadro de las
hipótesis de Sagan, la cifra de algunos miles de años. La frecuencia es, aquí,
de unos 5.500 años. Si «la Historia empieza en Sumer» y si esta historia nació
de una visita, debemos esperar un próximo desembarco. Pero, si, como escribe
el astrónomo americano, «parece probable que la Tierra haya recibido, en muchas
ocasiones, visitas de civilizaciones galácticas, y probablemente 104
durante la era geológica», ¿por qué no encontramos ninguna huella formal? Hay
tres respuestas a esto. Primera: la arqueología científica no ha hecho más que
empezar, nos reserva sin duda muchas sorpresas, y la idea de una cosmohistória
puede abrir nuevos caminos de investigación. Segunda: encontramos huellas en la
memoria de los hombres, en las
leyendas y los mitos, pero aún no hemos
estudiado éstos con amplia curiosidad. Sagan aporta una demostración de esto
al referirse a la leyenda de los Akpallus, sobre la que volveremos dentro de
poco. Tercera: el contacto con seres tan primitivos como los terrícolas de los
antiguos milenios no justificaba la instalación de una base. Esta base podría
estar en la cara oculta de la Luna, y
nosotros sólo encontraremos la tarjeta de visita de los galácticos cuando
hayamos alcanzado el suficiente nivel tecnológico. Drake y Clarke llegaron a
sugerir la posibilidad de que una civilización extraterrestre hubiese
depositado un avisador automático, un sistema de alarma que iluminaría el
espacio interestelar cuando el nivel técnico local alcanzase determinado grado.
Función de semejante avisador podría ser, por ejemplo, el análisis del
contenido de elementos radiactivos de la atmósfera terrestre. Un aumento de los
radioisótopos atmosféricos, provocado por repetidos experimentos nucleares,
podría, en este caso, hacer funcionar la alarma. Y, en esta Tierra, cada día
más pletórica de radiaciones nuevas, tal vez se ha producido ya la señal. Sagan
escribe: «A cuarenta años luz de la Tierra, las noticias referentes a una
civilización técnica reciente vuelan ya entre las estrellas. Si hay, allá,
seres que escrutan los cielos, en espera de que aparezca una civilización
técnica avanzada en nuestra región del espacio, conocerán nuestro saber, para
bien o para mal. Y tal vez dentro de algunos .siglos recibiremos algún
emisario. Deseo que, cuando lleguen los visitantes de la remota estrella,
hayamos progresado aún más y no lo hayamos destruido todo.»
Chklovski, más escéptico o menos lírico, considerando el abismo del
tiempo pasado, reconoce que “hay una posibilidad diferente de cero de que la
Tierra haya recibido visitantes del espacio».
Y añade:
«Lo mismo que Agrest, Sagan dirige su atención a las leyendas y a los
mitos. Hace particular hincapié en la epopeya sumeria, que relata las apariciones
regulares, en las aguas del Golfo Pérsico, de seres extraños que enseñaban a
los hombres oficios y ciencias. Es posible que estos sucesos tuviesen lugar
no lejos de la ciudad sumeria de Eridu, aproximadamente en la primera mitad del
cuarto milenio antes de nuestra Era.» «Antes de nuestra Era» es la manera
marxista de decir antes de J. C. Esto nos hace pensar en las etapas históricas
de Un mundo feliz, de Huxléy; antes de Ford y después
de Ford... Pero volvamos a lo nuestro. Carl Sagan comprueba, apoyándose en sus
investigaciones, una ruptura muy clara en la historia de la cultura sumeria,
que pasó bruscamente de una estancada barbarie a un brillante florecimiento de
sus ciudades, a la construcción de complejos canales de irrigación, al
desarrollo de la Astronomía y de las Matemáticas. En realidad, nada sabemos de
los orígenes de la civilización sumeria. René Alleau, erudito francés, formula
una hipótesis sorprendente: los sumerios no vinieron de la tierra, sino del
mar. Habían vivido mucho tiempo en el océano, en aglomeraciones de pueblos-almadías,
y sólo después de un encuentro, en las aguas, con seres superiores venidos del
espacio, pasaron a la tierra, construyeron sus ciudades y desarrollaron la
civilización que aquellos les habían enseñado. Esta idea se funda en la leyenda
de los Akpallus, estudiada por Carl Sagan.
«En mi opinión -declara
Chklovski--, las hipótesis de Agrest y de Sagan no se contradicen. Agrest
presenta una interpretación de los textos bíblicos. Pero estos textos tienen
profundas raíces babilónicas. Los babilonios, los asirios y los persas fueron
sucesores de las civilizaciones sumeria y acadia. No se puede, pues, excluir
que estos textos bíblicos y los mitos anteriores a Babilonia reflejen unos
mismos acontecimientos. Desde luego, no podríamos aportar pruebas científicas
bastantes acerca de esto. Pero no por ello tales hipótesis dejan de ser
merecedoras de atención.
La hipótesis de Sagan es ésta:
unos visitantes extraterrestres, provistos de escafandras y a bordo de una nave
espacial que se posó en el mar, vinieron a traer a los hombres los rudimentos
del conocimiento. Estos hombres fundaron Surner. La Humanidad había de
conservar, durante largo tiempo, el recuerdo de unos seres medio hombres, medio
peces (el casco; la armadura, que recuerda el brillo de las escamas, y el
aparato respiratorio, como una cola que prolongase el cuerpo), que había llegado
de un exterior desconocido, para comunicar el saber. El signo de pez, que había
de distinguir más tarde a los iniciados del Próximo Oriente, está tal vez
relacionado con este recuerdo fabuloso.
Existen tres versiones
relativas a los Akpallus, que datan de las épocas clásicas; pero todas ellas
tienen su origen en Beroso, que fue sacerdote de Baal-Marduk en Babilonia, en
tiempos de Alejandro Magno. Beroso pudo tener acceso a testimonios
cuneiformes y pictográficos de varios miles de años de antigüedad. Recuerdos de
la enseñanza de Beroso nutren los textos clásicos, y Sagan se refiere
principalmente a los escritos griegos y latinos recogidos en los Antiguos fragmentos de Cory, citando la edición
revisada y corregida de 1870. Encontramos en ella tres relatos.
Relato de Alejandro
Polilihistor:
En el primer libro referente a
la historia de Babilonia, Beroso declara haber vivido en tiempos de Alejandro,
hijo de Filipo. Menciona escritos conservados en Babilonia y relativos a un
ciclo de quince decenas de milenios. Estos escritos referían la historia de
los cielos y del mar, el nacimiento de la Humanidad, así como la historia de
los que detentaban los poderes soberanos. Beroso describe Babilonia como un
país que se extendía desde el Tigris hasta el Éufrates y en el que abundaban
el trigo, la cebada y el sésamo. En los lagos, se encontraban las raíces
llamadas gongae, comestibles y equivalentes a
la cebada en cuanto a valor nutritivo. También había palmeras, manzanos y la
mayor parte de frutos, peces y aves que nos son conocidos. La parte de
Babilonia que lindara con Arabia era árida; en la que se extendía al otro lado,
había fértiles valles. En aquella época, Babilonia atraía a los heterogéneos
pueblos de Caldea, qué vivían sin ley ni orden, como las bestias de los campos.
En el transcurso del «primer
año«, apareció un animal dotado de inteligencia llamado Ganes, procedente del
Golfo Pérsico (referencia al relato de Apolodoro). El cuerpo del animal era
parecido al de un pez. Poseía bajo su cabeza de pez., una segunda cabeza.
Tenía pies humanos, pero cola de pez. Su voz y su lenguaje eran articulados.
Esta criatura hablaba con los hombres durante el día, pero no comía. Les inició
en la escritura, en las ciencias y en las distintas artes. Les enseñó a construir
casas, a levantar templos, a practicar el derecho y a utilizar los principios
del conocimiento geométrico. Les enseñó también a distinguir los granos de la
tierra y a recolectar los frutos. En una palabra, les inculcó todo lo que podía
contribuir a suavizar sus costumbres y a humanizarlos. En aquel momento, su
enseñanza era hasta tal punto universal, que no pudo ser perfeccionada de
manera sensible. Al ponerse el sol, aquella criatura se sumergía en el mar,
para pasar la noche «en las profundidades». Porque era «una criatura anfibia».
Después, hubo otros animales
parecidos a Oanes. Beroso promete hablar de ellos cuando refiera la historia
de los reyes.
Relato de Abideno:
Se refiere a la sabiduría de
los caldeos. Se dice, en él, que el primer rey del país fue Alorus, que
afirmaba haber sido designado por Dios para serpastor de su pueblo; reinó diez saris. Actualmente se calcula que un
sarus equivale a tres mil seiscientos años; un neros, a seiscientos años, y un sosos, a sesenta años. Después de él, reinó
Alaparus, durante tres saris. Le sucedió Amilarus, de Pantibiblon, y reinó por
espacio de treinta saris; en su tiempo, una criatura parecida a Oanes, pero
mitad deruonio, llamado Annedotus, volvió a surgir del mar. Después, Ammenon,
de Pantibiblon, que reinó durante doce saris. Le sucedió Megalarus, también de
Pantibiblon, cuyo reinado fue de dieciocho saris. A continuación, Daos, el
pastor oriundo de Pantibiblon, gobernó durante diez saris; en su época, cuatro
personajes de doble cara surgieron del mar; se llamaban Euedocus, Eneugamus,
Eneubulos y Anementus. Vino después Anodaphus, del tiempo de Euedoreschus. Y le
siguieron otros reyes, el último de los cuales fue Sisithrus (Xisuthrus). Hubo
en total, diez reyes, y la duración de su reinado fue de ciento veinte saris...
Relato de Apolodoro:
He aquí -dice Apolodoro- la historia tal
como nos la transmitió Beroso. Éste nos dice que el primer rey fue el caldeo
Alorus, de Babilonia: reinó durante diez saris; después, vinieron Alaparus y
Amelon, oriundos de Pantibiblon; después Animenon de Caldea, en tiempos del
cual apareció el Annedotus Musarus Oanes, procedente del Golfo Pérsico
(Alejandro Polihistor, anticipando el acontecimiento, afirma que tuvo lugar
durante el primer año. En cambio, según el relato de Apolodoro, se trata de
cuarenta saris, aunque Abideno no sitúa la aparición del segundo Annedotus
hasta después de veintiséis saris). Le sucedió Magalarus de Pantibiblon, quien
reinó durante dieciocho saris; después, vino el pastor Daonus, de Pantibiblon,
que reinó por espacio de diez saris; en su tiempo (afirma) apareció, procedente
del Golfo Pérsico, el cuarto Ànnedotus, que tenía la misma forma que los
anteriores, o sea un aspecto que era en parte de pez y en parte de hombre.
Después, Euedoreschus, de Pantibiblon, reinó durante dieciocho saris. Durante
su reinado, apareció otro personaje, llamado Odacon. Venía, como el anterior,
del Golfo Pérsico, y tenía la misma forma complicada, mezcla de pez y de
hombre. (Todos -dice Apolodoro- refirieron con detalle, según las
circunstancias, lo que les enseñó Oanes. Abideno no menciona estas
apariciones.) Después, reinó Amempsinus de Laranchae, y, como era el octavo
en el orden sucesorio, gobernó durante diez saris. Después, vino Otiartes,
caldeo nacido en Laranchae, que reinó durante ocho saris.
Después de la
muerte de Otiartes, su hijo Xisuthrus reinó durante dieciocho saris. Fue entonces
cuando se produjo el Gran Diluvio...
Relato ulterior de Alejandro
Polihistor.
Después de la muerte de Ardates, su hijo Xisuthrus
le sucedió, reinando durante dieciocho saris. En esta época tuvo lugar el Gran
Diluvio, cuya historia es relatada en la forma siguiente: El dios Cronos se
apareció en sueños a Xisuthrus y le hizo saber que habría un diluvio el día
decimoquinto del mes de Daesia, y que la Humanidad sería destruida. Le ordenó,
pues, que escribiese una historia de los orígenes, los progresos y el fin
último de todas las cosas, hasta nuestros días; que enterrase estas notas en
Sippara, en la Ciudad del Sol; que construyese un barco y se llevase a sus
amigos y parientes. Por último, le mandó que embarcase todo lo necesario para
el mantenimiento de la vida, que recogiese todas las especies animales, tanto
las que volaban como las que corrían por la tierra, y que se confiase a las
profundas aguas... Al preguntarle al dios hasta donde debía ir, éste le
respondió: «Hasta donde están los dioses.»
En estos fragmentos se afirma claramente el
origen no humano de la civilización sumeria. Una serie de criaturas extrañas se
manifiesta en el curso de varias generaciones. Oanes y los otros Akpallus
aparecen como «animales dotados de razón.>, o, mejor dicho, como seres
inteligentes, de forma humanoide, provistos de casco y caparazón, de un
«cuerpo doble». Tal vez se trataba de visitantes venidos de un planeta
enteramente cubierto por las aguas. En un cilindro asirio, vemos al Akpallu llevando unos aparatos sobre la espalda y acompañado de un delfín.
Alejandro Polihistor da fe de
un repentino florecimiento de la civilización después del paso de Oanes, Cosa
que concuerda con las observaciones de la arqueología sumeria. El sumerólogo
Thorkild Jacobsen, de la Universidad de Harvard, escribe:
<Súbitamente,
cambia el panorama. La civilización mesopotámica, que estaba sumida en la oscuridad,
se cristaliza. La trama fundamental, el armazón en el interior del cual tenía
Mesopotamia que vivir, que formular las más profundas preguntas, que valorarse
y valorar el Universo para siglos Venideros, estallaron de vida y cumplieron su
fin>. Cierto que, después de los trabajos de Jacobsen, se han descubierto en
Mesopotamia restos de ciudades aún más antiguas, lo cual hace presumir una
evolución más lenta. Sin embargo, persiste el misterio de los visitantes,
reforzado por el estudio de los sellos cilíndricos asirios, en los que Sagan
cree descifrar el Sol rodeado de nueve planetas, con dos planetas más pequeños
en uno de los lados, así como otras representaciones de sistemas que muestran
un número variado de planetas para cada estrella. La idea de los planetas
girando alrededor del Sol y las estrellas no aparecen hasta Copérnico, aunque
encontremos algunas especulaciones precoces de este orden entre los griegos.
La particular densidad de
acontecimientos inexplicables, referidos por las leyendas del Próximo Oriente,
plantea un problema. La Arqueología ha puesto al descubierto vestigios de
tecnología, como el horno de reverbero de Ezeón Gober, en Israel, o el bloque
de vidrio de tres toneladas enterrado cerca de Haifa. La aparición, en esta
región del mundo de técnicas, de ideas nuevas, de religiones, como si se
tratase del crisol de la historia humana, suscita la siguiente pregunta:
¿Fueron escogidos estos lugares por los Maestros venidos de las estrellas?
¿Cómo, y por qué?
Sagan imagina cinco orígenes
posibles de los visitantes: Alfa del Centauro, Epsilon del Eridano, 61 del
cisne, Epsilón del Indio y Tau de la ballena, a quimce años luz de nosotros. Y concluye:
<Historias como la leyenda de Oanes, y las figuras y textos más antiguos
concernientes a la aparición de las primeras civilizaciones terrestres
(interpretados, hasta hoy, exclusivamente como mitos o desvaríos da la imaginación
primitiva), merecerían estudios críticos más amplios que los realizados hasta
la actualidad. Estos estudios no deberían rechazar una rama de investigación
relativa a contactos directos con una civilización extraterrestre.»
Hemos llegado, sin duda, a una
fase de riqueza y de poder que empieza a permitirnos la más amplia
investigación de nuestro pasado remoto. Y Platón parece dirigirse a nosotros,
cuando escribe en Critias:
«Sin duda los nombres de estos
autóctonos fueron salvados del olvido, mientras se oscurecía el recuerdo de su
obra, como consecuencia tanto de la desaparición de los que habían recibido su
tradición como de la longitud del tiempo transcurrido. En efecto, siempre,
después de los hundimientos y los diluvios, lo que quedaba de la especie humana
sobrevivía en estado inculto, teniendo conocimiento únicamente de los nombres
de los príncipes que habían reinado en el país, y muy poco sobre su obra. Por
esto les gustaba dar estos nombres a sus hijos, aunque ignoraban los méritos
de estos hombres del pasado y las leyes que habían promulgado, a excepción de
algunas tradiciones oscuras y relativas a cada uno de ellos. Desprovistos como
estaban, ellos y sus hijos, durante muchas generaciones, de las cosas necesarias
para, la existencia, absorta la mente en estas cosas que les faltaban, y tomándolas
como único tema de sus conversaciones, no se preocupaban con lo que había
ocurrido con anterioridad, ni de los acontecimientos de un pasado remoto. En realidad,
el estudio de las leyendas, las
investigaciones relativas a la Antigüedad, fueron dos cosas que, con el ocio,
entraron simultáneamente en las ciudades, desde el momento en que éstas vieron
aseguradas, por algunos años, las necesidades de la existencia; pero no antes.»
Estas dos cosas que entran en nuestras
ciudades, tal vez nos harán sensibles a una circulación entre los tiempos
sumergidos y los tiempos aún por venir; tal vez nos enseñarán que nuestro enorme
esfuerzo por surcar el cielo corresponde a un afán antiquísimo y heroico de
continuar la conversación. Tal vez veremos nuestros orígenes y nuestros fines
como los dos momentos de una relación con la vida y la inteligencia del
Universo. Naturalmente, cuando pensamos en estas cosas, cuando buscamos las
posibilidades del futuro, debemos tener muy presente el proverbio chino: «El
que espera a un jinete debe cuidar muy bien de no confundir el ruido de las
pezuñas con los latidos de su corazón.» Pero es preciso que la esperanza haga
latir con fuerza el corazón.
CUARTA PARTE
SOBRE ALGUNAS INTERROGACIONES ROMANTICAS
CAPITULO PRIMERO
PEQUEÑO MANUAL DEL JUEGO DE LOS ENIGMAS
Cómo apostrofar al señor presidente. - Cómo
no dejarse aprisionar por los hielos. - Cómo pasearse por los Andes. - La
cuestión de la meseta de Marcahuasi. - Cómo dudar de las cronologías. - Las tablillas
de Mohenjo Daro. - Cómo conjugar el futuro anterior del verbo «inventar». - La
pila de Bagdad. - El mecanismo de Anti-Citera. - Un poco de metalurgia. - La
increíble geoda. - Cómo hurgar con la badila del sueño.
«Caballero: usted cree en profundos
misterios, porque es un aficionado. Para un arqueólogo serio, los enigmas no
existen.»
Así discurría en la televisión, una noche
de 1969, el presidente de la Asociación de Escritores Científicos Franceses. El
no es arqueólogo. Es matemático. Pero defendía cierto concepto de la ciencia
que es tradicional en nuestro país desde «el siglo de las luces». El hombre,
que desciende del mono, sólo fue verdadero animal racional después de la muerte
de Luis XVI. Actualmente, puede explicarlo todo, o casi todo. La persona seria
es ahorrativa. La mejor hipótesis es la que utiliza una menor cantidad de
imaginación y no destruye el concepto admitido de la mecánica de las cosas. Si
las ratas de Noruega van en tropel a ahogarse en las aguas del océano, es
porque son miopes y toman por un río el mar en que habrán de sucumbir. ¡Ah!
Esto es científico, porque nos libra de un misterio. El hecho de entusiasmarnos
con la idea de que hay muchas cosas ocultas por descubrir equivale a hacerse
cómplice del oscurantismo. Esta paradoja es el fundamento de cierto «racionalismo».
En él, hay más fanatismo antirreligioso que razón. En verdad, este racionalismo
es un prosaísmo insensato. La seriedad hace carrera en esta insensatez. La
inteligencia se aventura. El hombre serio profesa una idea de la ciencia que,
al rechazar lo desconocido, desanima a la investigación. La inteligencia
considera que no se puede tener una idea de la ciencia y conformarse con ella
sin impedir, inmediatamente, su funcionamiento. Si para un arqueólogo serio
los enigmas no existen, ¿por qué se dedica a la Arqueología? ¡Triste
oficio el
suyo! ¡Que insensatez haberlo escogido y mantenerse en él! Boucher de Perthes era un aficionado. Y
descubrió la Prehistoria. Schlieman era un aficionado. Y descubrió Troya.
Hapgood era un aficionado. Y formuló la teoría del despla-zamiento de los
continentes. Hawkins era un aficionado. Y penetró el secreto de Stonehenge. La
Naturaleza, que parece carecer de ideología, desdeñó inscribirse en la liga
racionalista. Todo induce a creer que escribe una historia muy complicada y
más bien fantástica, para el uso de personas que son más inteligentes que
serias.
Así, pues, señor presidente, ¿cree usted
que conocemos todo el pasado humano? ¿Es la Arqueología, después de unos
cuantos años de excavaciones, una ciencia completa y cerrada, como lo era la
Física en el siglo XIX? ¿No hay la menor posibilidad de una revolución
en este campo, comparable a la que produjeron, en física, la radiactividad,
la relatividad y la mecánica ondulatoria? Permítanos algunas preguntas. ¿Quién
las formula? ¡Bah! ¡Unos despreciables aficionados! ¿Especialistas en nada?
¡Pues sí! Especialistas en ideas generales. Es ésta una especialidad muy
desacreditada hoy en día. Tan desacreditada, que casi no nos atreveríamos a
formular preguntas si no tuviésemos en cuenta esta verdad: el hombre que a
veces hace muchas preguntas puede parecer imbé- cil, pero el que no hace ninguna, seguirá
siéndolo toda la vida.
Primera
cuestión:
Nadie sabe actualmente la causa de las
glaciaciones, ni cómo pudieron los hombres sobrevivir a ellas. Se nos dice, a
priori, que no pudo haber civilización alguna antes de las eras glaciales, sobre
cuyas fechas, por otra parte, prosigue la discusión. Como es imposible hacer
excavaciones en las regiones del Globo cubiertas actualmente por los hielos
-Antártida y Groenlandia-, el interrogante permanece, al menos, abierto.
Se nos presenta a los hombres de hace
quince o dieciséis mil años como solamente capaces de tallar la piedra y de
conservar el fuego. Ignoraban el cultivo de los campos y la ganadería; no
tenían más medios de subsistencia que la recolección de los frutos silvestres y
la caza. Las glaciaciones sucesivas del período Würm III duraron, probablemente,
varios milenios: desde el 13000 al 8000, aproximadamente. ¿Adónde fueron a
parar, entonces, las piezas de caza y las bayas silvestres?
Sin duda,
algunos pueblos pudieron trasladarse a tierras más cálidas, y otros habitaban
ya, quizás, en ellas. Pero, en el punto culminante de la glaciación, cuando el
frío invadió Wisconsin, Inglaterra, Francia e Italia, y los hielos sepultaron
todas las regiones del Globo habitadas por las diversas razas del Paleolítico
(en realidad, las únicas regiones en que encontramos sus huellas), ¿cómo
pudieron sobrevivir estos pueblos?
La idea de «reservas» acude en seguida a
nuestra mente, y, en especial, de reservas de trigo silvestre; pues, de una
parte tales especies de trigo existieron mucho antes que la agricultura, y, de
otra, el trigo conserva sus virtudes (nutritivas, entre otras) durante varios
miles de años: los stocks de las tumbas egipcias nos dan una prueba de ello.
Pero ni siquiera esta idea es sencilla:
presupone nociones de previsión, de anticipación. Si se acumularon reservas,
esta operación tuvo que empezar siglos antes de la invasión de los hielos; es
decir, hubo que profetizar la plaga.
Este razonamiento fue singularmente
confirmado por un artículo publicado en el N.' 6 (1965) de la revista rusa
Técnica y Juventud. Veamos los hechos: en noviembre de 1957, durante
unos trabajos de excavación para la reconstrucción de Hamburgo, dirigidos por
el ingeniero Hans Elieschlager, aparecieron unas piedras gigantescas semejantes
a cabezas humanas. El profesor Mattes, arqueólogo alemán, procedió a su estudio
y llegó a la conclusión de que se trataba de objetos esculpidos por la mano
del hombre en fecha anterior a la época glacial. Bajo la dirección del profesor
Mattes, se encontraron otros en capas de arcilla que tenían, al menos, esta
antigüedad. Según el profesor, no puede tratarse de un juego de la casualidad.
Mattes encontró incluso figuras con doble rostro: si se las hace girar ciento
veinticinco grados, la cara de hombre se transforma en cara de mujer.
El arqueólogo ruso Z. A. Abramov descubrió
también piedras parecidas. El autor del artículo ruso, V. Kristly, añade: «La
clásica imagen que reproducía figuras hirsutas, envueltas en pieles de
animales, de rostro simiesco, y frotando estúpidamente dos pedazos de sílex,
es una pesadilla de arqueólogo clásico, que nada tiene que ver con la
realidad.»
Los arqueólogos no podrán dejar de
reconocer, un día, que, en el fondo, nada saben de lo ocurrido antes de la
glaciación.
Y esto nos lleva
a la segunda
cuestión:
Desde las primeras investigaciones de 1952,
en la meseta peruana de Marcahuasi, a 3.600 m de altura, en el corazón del
macizo de los Andes, Daniel Ruzo no ha dejado de obtener confirmaciones de la
existencia en aquella meseta de un conjunto de esculturas y de monumentos que
bien podría ser el primero y más importante del mundo.
Este descubrimiento no se debió a la
casualidad. Ya en 1925, Daniel Ruzo había llegado a la conclusión de que
habían de existir vestigios de una antiquísima cultura qué se extendió por la
América Central y la América del Sur, principalmente entre los dos trópicos.
El estudio de la Biblia y de las tradiciones y leyendas de la Humanidad, y el
análisis de los relatos de los cronistas españoles de la Conquista, le habían
llevado a esta convicción. En 1952, al enterarse de la existencia de una roca
excepcional en la meseta de Marcahuasi, organizó una expedición y pudo ver que
se trataba, no de una piedra aislada, sino de un conjunto de monumentos y
esculturas distribuido en una superficie de tres kilómetros cuadrados. Después,
daría el nombre de «Masma» al presunto pueblo de escultores, En efecto, desde
tiempo inmemorial se conocen con este nombre un valle y una población de la
región central del Perú, donde habitaron los huancas hasta la llegada de los
españoles.
Lo primero que chocó a Ruzo fue la
existencia de un sistema hidrográfico artificial, destinado a recoger el agua
de las lluvias y distribuirla por toda la región circundante durante los seis
meses de sequía. De doce antiguos lagos artificiales, sólo dos continúan en
estado de servicio, pues los diques de los otros fueron destruidos por la
acción del tiempo. Unos canales servían para conducir el agua hasta 1.500
metros más abajo, irrigando de este modo los vastos campos agrícolas escalonados
entre la meseta y el valle. Hoy podemos ver aún un canal subterráneo que
termina en una abertura, a media altura de la meseta. Estos vestigios
atestiguan la prosperidad de una región aislada que debía de alimentar a una
población muy numerosa.
Para la defensa de este centro hidrográfico
vital y de esta rica comarca, toda la meseta había sido convertida en
fortaleza. En un punto, dos enormes rocas fueron profundamente ahuecadas en su
base, a fin de hacer imposible la escalada directa, y, por su parte de atrás,
fueron enlazadas con un muro de grandes piedras. Nos encontramos frente a una
inmensa fortificación, cuya técnica revela la experiencia militar de sus
constructores. Encontramos restos de caminos cubiertos y bien protegidos, e
incluso, en ciertos lugares, fortines cuyos techos han desaparecido. Podemos
ver también las grandes piedras que formaban el muro, y la columna central que
sostenía el techo. En todos los puntos que dominan los tres valles, podemos ver
aún los puestos de observación para los centinelas. En algunos de ellos,
afloran del suelo una especie de grandes dientes de piedra, que nos hacen
pensar en antiguas máquinas de guerra concebidas para arrojar bloques de piedra
sobre los asaltantes.
Poco a poco, Daniel Ruzo descubrió, en el
recinto fortificado, una importante cantidad de esculturas, de monumentos y
de tumbas. Los cuatro centros más interesantes, cada uno de los cuáles está
dominado por un altar monumental, aparecen situados en los cuatro puntos
cardinales.
Los altares levantados al Este, están
orientados hacia Levante. Frente a ellos, hay un campo lo bastante vasto para
contener un ejército o la población entera de la comarca; cerca de allí, una
pequeña colina fue modificada para que pareciese, si se la mira desde un
ángulo determinado, un rey o un sacerdote, sentado en un trono, con las manos
juntas y rezando.
Hacia el Sur, a una altura de unos 50 ó 60
metros, se levantan, por todos lados, figuras esculpidas. Un altar, orientado
hacia el Este, sobresale 15 metros del nivel del llano circundante. Partiendo
de su base, y descendiendo hasta el llano, hay una pendiente de superficie
lisa, que parece haberse realizado con alguna especie de cemento.
Esta pendiente, parecida a la de los otros
altares, está cruzada por unas rayas que permiten conjeturar que el
revestimiento se efectuó por partes, para prevenir los efectos de la
dilatación. El cemento, que imita la textura de la roca natural expuesta a los
elementos, parece revestir también ciertas figuras. Al levantar una primera
capa de este material, los investigadores descubrieron que, inmediatamente
debajo de ella, había unos botones redondos y salientes, que parecen haber
sido colocados al objeto de impedir el deslizamiento de aquella capa durante el
tiempo necesario para su endurecimiento.
Dos esculturas, a cierta distancia una de
otra, representan la diosa Thueris, protectora de las parturientas en Egipto.
Era la diosa de la fecundidad y de la perpetuación de la vida. Su aspecto es
muy original: un hipopótamo hembra, de pie sobre las patas traseras y con una
especie de casco redondo en la cabeza. Con su morro prominente, su panza enorme y el signo de la vida en la mano
derecha, es imposible que esta figura convencional fuese reproducida por
casualidad en Marcahuasi. Después del descubrimiento de varias figuras parecidas
a esculturas egipcias, una de ellas a medio ejecutar, Daniel Ruzo opina que se
puede considerar la posibilidad de antiquísimos contactos entre las dos
culturas.
En el borde oeste de la
meseta, a unos cien metros del abismo, un conjunto de enormes rocas forma un
altar orientado hacia Poniente. Se llama a este lugar «las mayoralas», nombre
moderno que se aplica a las jóvenes que cantan y bailan, siguiendo la
tradición, en las fiestas rituales que se celebran durante la primera semana de
octubre. El nombre antiguo de este grupo de cantoras era «Taquet», y también se
aplica a la masa rocosa. Sin duda alguna, se trata de un altar construido con
vistas a cánticos religiosos y dispuesto en forma de concha acústica con
objeto de amplificar el sonido.
La fiesta comienza cerca de
San Pedro de Casta, en la carretera que sube a la meseta, y en un lugar
llamado Chushua, a los pies de un gran animal de piedra, parecido a los
animales fabulosos creados por la imaginación de los artistas asiáticos: el
huanca Malco. Siguiendo la tradición, los hombres solos, una noche de primeros
de octubre, antes de que empiece la estación de las lluvias, celebran la
primera ceremonia alrededor de la escultura, inaugurando la semana de fiestas
en honor de Huarí. Las otras fiestas se celebran, con el concurso de las
mujeres y de las cantantes, en los alrededores y en el recinto de la ciudad.
Estas festividades son testimonio, incluso hoy en día, de la asombrosa
vitalidad de los sentimientos religiosos de la antigua raza, conservada a
través de los siglos, a pesar de las encarnizadas persecuciones y del olvido de
la fuente religiosa original.
En el extremo norte de la
meseta, dos enormes sapos aparecen sentados sobre un altar semicircular
orientado hacia el Oeste. Una vez al año, en el solsticio de junio, los
sacerdotes veían elevarse el Sol exactamente sobre la figura central.
Este altar pertenece a un
conjunto casi circular de monumentos que tienen en su centro un mausoleo, en
muy mal estado, pero en el cual un centenar de fotografías, tomadas en
diferentes épocas del año, revelaron la estatua de un hombre yacente, viejo,
velado por dos mujeres, y de algunas figuras de animales, que tal vez
representan los cuatro elementos de la Naturaleza.
La proyección directa, en la
pantalla, del negativo de una de estas fotografías, hizo aparecer una segunda
figura. Vemos, en el sitio donde se encuentra la cabeza del primer personaje,
el rostro esculpido de un hombre joven, con los cabellos caídos sobre la
frente, que nos contempla con noble y orgullosa expresión. ¿Cómo explicar este
misterio escultórico, que solamente descubre la fotografía?
El monumento más importante,
por la perfección del trabajo, es una doble roca de una altura de más de 25
metros. Cada una de sus partes parece representar una cabeza humana. En realidad,
hay al menos 14 cabezas de hombre esculpidas, que representan cuatro razas
diferentes. Su nombre más antiguo es «Peca Gasha» (la cabeza del colador). Hoy
la llaman, en la comarca, «La cabeza del inca». Como no se parece en nada a la
cabeza de un inca, es probable que le diesen este nombre para situarla en los
tiempos «más antiguos». Considerando los relatos de los cronistas españoles de
la Conquista, y de acuerdo con sus observaciones personales, podemos afirmar:
* Que las esculturas antropomórficas y zoomórficas de
piedra existieron en diferentes regiones del Perú, y que el inca Yupanqui tuvo
conocimiento de esas esculturas.
* Que estas esculturas fueron
atribuidas a hombres blancos y
barbudos, pertenecientes a una raza legendaria.
* Que los huancas, que cuando llegaron los españoles
habitaban toda la región central del Perú, donde se encuentran Marcahuasi y
Masma, fueron siempre considerados como los obreros más hábiles del Imperio
inca para los trabajos en piedra.
* Que esta
antigua raza de escultores había dejado inscripciones. En Marcahuasi, dos
rocas, desgraciadamente estropeadas por los años, parecen caber estado
cubiertas de inscripciones.
Existen también «petrografías» diferentes
de las ya conocidas: gracias a una hábil combinación de incisiones y relieves,
el escultor ejecutó imágenes que deben ser contempladas desde un cierto
ángulo; a veces, el efecto se consigue cuando la luz del sol incide en
determinado ángulo; otra, las figuras sólo se manifiestan al mediodía. El estudio
de estas imágenes es muy difícil. Para captarlas bien, conviene fotografiarlas
en diversas épocas del año. Entonces percibimos estropeadas reproducciones de estrellas
de cinco y seis puntas, círculos, triángulos y rectángulos.
La inscripción más notable está situada en
el cuello y la base del mentón de la figura principal de la «Cabeza del inca».
Imaginaos unas líneas dobles y hechas con puntitos negros, grabados en la roca
de manera indeleble. Parece casi increíble que estos puntos hayan podido
desafiar el tiempo; quizá fueron grabados en profundidad. La inscripción
reproduce la parte central de un tablero de ajedrez. Una cuadrícula análoga a
la que los egipcios grababan sobre la cabeza de sus dioses.
Lo mismo que las inscripciones, los
recuerdos del pasado se han ido borrando poco a poco. La idea corriente, en la
región, es que la meseta es un lugar hechizado. Se dice que hubo un tiempo en
que los mejores hechiceros y curanderos se reunían allí, y que cada una de las
rocas representa a uno de ellos. Si algunas figuras pueden ser reproducidas
fotográficamente, la mayoría tienen que ser observadas sobre el terreno, en
ciertas condiciones de luz y por escultores o personas familiarizadas con este
trabajo. Las esculturas sólo parecen perfectas cuando se miran desde un ángulo
dado, partiendo de puntos bien determinados; fuera de éstos, cambian,
desaparecen o se convierten en otras figuras, que tienen también sus ángulos de
observación. Estos «puntos de visión» aparecen casi siempre indicados por una
piedra o una construcción relativamente importante.
Para la ejecución de estos trabajos, hubo
que apelar a todos los recursos de la escultura, del bajorrelieve, del grabado
y de la utilización de las luces y las sombras. Algunos son visibles solamente
durante ciertas horas del día, ya en cualquier día del año, ya únicamente en
uno de los solsticios, si requieren un ángulo extremo del sol. Otros, por el
contrario, sólo pueden apreciarse durante el crepúsculo, cuando ningún rayo de
sol incide sobre ellos.
Muchos están relacionados entre sí y con
los «puntos de visión» correspondientes, permitiendo trazar líneas rectas que
reúnan tres puntos importantes, o más. Si prolongásemos algunas de estas
líneas, señalarían, aproximadamente, las posiciones extremas de declinación del
sol.
Las figuras son antropomorfas o zoomorfas.
Las primeras representan, al menos, cuatro razas humanas y, entre éstas, la
raza negra. La mayoría de las cabezas están descubiertas, pero algunas de ellas
aparecen tocadas con un casco de guerrero o con un sombrero.
Las figuras zoomorfas ofrecen una extraordinaria
variedad. Hay animales originarios de la región, como el cóndor y el sapo;
animales americanos, tortugas y monos, que no podían vivir a tanta altura;
especies -vacas y caballos- que trajeron los
españoles; animales que no existían en el continente -y tampoco en los tiempos
prehistóricos-, como el elefante, el león de África y el camello; y una gran
cantidad de figuras o cabezas de perro, tótem de los huancas, incluso en la
época de la Conquista.
Los escultores realizaron
también sus figuras utilizando juegos de sombras, que pueden apreciarse sobre
todo durante los meses de junio y diciembre, cuando el sol envía sus rayos
desde los puntos extremos de su declinación. También aprovecharon las sombras
cincelando cavidades en la roca, a fin de que los bordes de éstas proyectaran
siluetas exactas en cierto momento del año, para formar o completar una figura.
Todo esto induce a creer en la
existencia de una raza de escultores en el Perú, que hizo de Marcahuasi su más
importante centro religioso y que, por esta razón, lo decoró profusamente.
Podríamos comparar esta raza de escultores con los artistas prehistóricos que
decoraron, con pinturas murales, las cavernas de Europa. Encontramos, además,
«petrografías» obtenidas con el empleo de barnices indelebles: rojos, negros,
amarillos y castaños, parecidas a otras que se descubrieron en el departamento
de Lima, pero menos antiguas que las grandes esculturas.
Existe un parentesco muy
próximo entre las esculturas de Marcahuasi y las que sirven de decoración, en
muy gran número, a la pequeña isla de Pascua: la técnica escultórica es la
misma; los escultores representan las cabezas sin ojos, tallando las cejas de
manera que produzcan una sombra que, en un momento dado del año, dibuja el ojo
en la cavidad.
Estas obras, de tipo
extraordinariamente arcaico, parecen haber sido concebidas por una mentalidad
humana intermedia entre la de los paleolíticos o mesolíticos antiguos -cuyo
último vestigio está constituido por los australianos- y la tan conocida de
los grandes imperios, cuyos rasgos más esenciales son la talla de las piedras,
la geometría, la aritmética de posición, con inclusión del cero, y la
construcción de las Pirámides.
Al parecer, Marcahuasi, más
que centro de lugares habitados, fue lugar de reunión de los hijos de un mismo
clan. El conjunto de monumentos y esculturas, en los tres kilómetros cuadrados
de la meseta, constituye una obra sagrada, como las alineaciones de Carnac o
las grutas de las Eysies.
Cuatro mil fotos en negro y en
colores, estudios químicos sobre la piedra, comparaciones con los
bajorrelieves descubiertos en Egipto y en el Brasil, demuestran que la
escultura de la meseta de Marcahuasi es, quizá, la más antigua del mundo, más
antigua que la de Egipto, más antigua que la de Sumer. ¿Qué pasó en América del
Sur, entre este período y la llegada de los españoles?
La tercera cuestión se refiere, pues, a los métodos
de establecimiento de las cronologías.
Los arqueólogos, cuando se les
habla de América del Sur, se vuelven agresivos y cortan el diálogo, después
de algunos improperios contra la «superstición», la «mentalidad prelógica»,
etcétera.
En cambio, los etnólogos
suelen mostrarse más corteses. Por ejemplo, el profesor danés Kaj Birket-Smith,
doctor en ciencias de las universidades de Pensilvania, Oslo y Basilea. Su
libro The Path of Culture, traducido del danés por Karin
Fennow, fue publicado por la Universidad de Wisconsin en 1965. En él
encontramos, con referencia a las civilizaciones sudamericanas, la frase
siguiente: «Al parecer, nos enfrentamos con un enigma sin solución, y hay que
confesar que todavía no se ha encontrado la respuesta definitiva.»
Tanto si suponemos que América
del Sur fue colonizada por hombres procedentes de Polinesia, de una misteriosa Atlántida o
incluso de Creta (esta última tesis se defiende en la obra de Honoré Champion,
El dios blanco precolombino), como si partimos, por el
contrario, de la hipótesis de una cultura autóctona, se multiplican los enigmas
y se acumulan las contradicciones. Consideremos la ciudad de Tiahuanaco, en el
Perú. Comparemos dos cronologías relativas a esta ciudad: la de los
arqueológicos clásicos y la de los arqueólogos románticos.
Cronología clásica:
* 9.000 años antes de J. C.:
Hombres bastante parecidos a los indios de nuestros días cazan animales
actualmente desaparecidos en América del Sur.
* 3.000 años
antes de J. C.: Estos mismos hombres descubren la agricultura.
* 1.200 años antes de J. C.: Nace
la técnica, particularmente con la invención de la cerámica.
* 800 años antes de J. C.:
Aparición del maíz, como base de la alimentación.
* Entre 700 años antes de J. C.
y 100 después de J. C.: Tres civilizaciones aparecen y se derrumban.
* 100 a 1.000 años después de J.
C.: Aparición de importantes civilizaciones y construcción de la ciudad
ciclópea de Tiahuanaco.
* 1.000 a 1.200 años después de
J. C.: Una laguna, en la que, bruscamente, no se encuentra ningún objeto, sin
que ninguna tradición pueda ilustrarnos sobre lo ocurrido. La civilización más
antigua durante este período, y cuya fecha no puede establecerse, es la de
Chanapata. Alfred Métraux, arqueólogo cuya seriedad no ofrece dudas, escribirá
acerca de ellas: «Una cosa permanece cierta: entre esta civilización arcaica y
la de los incas, cuya iniciación se sitúa alrededor del año 1.200 de nuestra
Era, hay una solución de continuidad. Nada permite aún llenar este vacío».
* 1.200 a 1.400 años después de
J. C.: ¡Una serie de emperadores incas, que no sabemos si realmente
existieron! Prudentemente, los arqueólogos serios los califican de
semilegendarios.
* 1492 después de J. C.:
Descubrimiento de América.
* 1532: Destrucción del Imperio
inca por la invasión española.
* 1583: Por
decisión del Concilio de Lima, se quema la mayoría de las cuerdas con nudos, o
quipus, en las que los incas habían registrado su historia y la de las
civilizaciones anteriores. El pretexto de la quema fue que se trataba de
instrumentos diabólicos. Así desaparece la última oportunidad de saber la
verdad sobre el pasado del Perú. En la actualidad, todo lo que pueden hacer,
tanto los clásicos como los románticos, es formular hipótesis.
Veamos ahora la cronología
romántica:
50.000 años antes de J. C.: En la meseta de Marcahuasi, nace la
civilización masma, la más antigua de la Tierra.
30.000 años antes de J. C.: Fundación del Imperio megalítico de
Tiahuanaco.
De 10.000 años antes de J. C. a 1.000 años después de J. C.: Cinco
grandes imperios, separados por catástrofes sucesivas.
1.200 años después de J. C.: Mánco-Cápac funda el Imperio inca. A
partir de aquí, la cronología romántica coincide con la clásica.
Para el profano, los
argumentos sobre los que se fundan ambas cronologías parecen igualmente buenos.
¿Se puede resolver el debate, recurriendo a uno de los métodos físicos de
fijación de antigüedad: radio-carbono, termoluminiscencia, relación
argón-potasio, etc.? ¡Ay! Todos estos métodos son discutibles en su principio y
delicados en su aplicación. En particular, el radio-carbono.
La teoría de la determinación
de la antigüedad de los objetos por el radio-carbono es muy simple. La
atmósfera de la Tierra es constantemente bombardeada por rayos cósmicos que
vienen del espacio. Por efecto de estos bombardeos, una parte del ázoe de la
atmósfera se transforma en carbono. Pero este carbono es pesado, con un peso
atómico de 14, y radiactivo. Este carbono radiactivo forma, con el oxígeno, un
gas carbónico radiactivo que es absorbido por las plantas. Las plantas a su
vez, son comidas por los animales, y en definitiva, todo organismo vivo contiene cierta proporción de carbono 14.
Cuando el organismo muere, cesan los intercambios con el exterior. El carbono
14, presente en el momento de la muerte, se desintegra con una periodicidad de
5.600 años, es decir, que, en este tiempo, el objeto pierde la mitad de los
átomos de carbono 14 que tenía. Al cabo de otros 5.600 años, sólo quedará la
mitad de esta mitad, o sea la cuarta parte de los átomos de origen. Y así
sucesivamente... Con instrumentos de precisión, se pueden contar los átomos que
quedan y determinar así la fecha en que un animal fue muerto, o en que un
árbol fue cortado para hacer carbón vegetal, o en que una momia fue depositada
en su féretro.
Tal es la teoría. Esta
presupone que la radiación cósmica es igual en todas las épocas y en todos los
países, que la muestra utilizada no ha sido contaminada por microbios u hongos
recientes, que no hubo realmente ningún intercambio con el medio exterior. En
la práctica, jamás concurren todas estas condiciones. Particularmente en el
Perú, ciertos fenómenos aún mal conocidos y que tal vez se deben a la altura o
a la radiactividad local, alteran los datos obtenidos por el radio-carbono,
hasta el punto de que el arqueólogo clásico J. Alden Mason, en su libro sobre
las antiguas civilizaciones del Perú, escribió: «De un modo general, si la
fecha obtenida por medio del radio-carbono parece completamente ilógica al arqueólogo
experto, y si no concuerda con los datos adyacentes, aquél tiene perfecto
derecho a no aceptarla y a insistir en que se efectúen comprobaciones por
otros métodos:»
Esto quiere decir que no se
puede contar con el radio-carbono para solventar definitivamente el misterio
peruano, y que está justificado el aceptar la cronología romántica, cuando ésta
se funda en la experiencia. En lo que atañe a la meseta de Marcahuasi, Daniel
Ruzo hizo algunas pruebas de envejecimiento con pedazos de granito virgen expuestos
al clima de la meseta. De este modo obtuvo una fecha del orden de 50.000 años.
Pero convendría observar, además, la decoloración del granito, y no a simple
vista, sino con la ayuda de células fotoeléctricas.
En términos generales, la
tendencia actual es aceptar el carbono 14 como medio de comprobación de una
fecha ya establecida, pero no fiarse excesivamente de él cuando no hay otro
recurso. Lo propio puede decirse, de momento, de los demás métodos físicos.
Por último, la cuarta cuestión se referirá, naturalmente, a la presencia de enigmáticos recuerdos y
vestigios de tecnología avanzada.
H. P. Lovecraft escribió: «Los
teósofos y, de una manera general, las personas que se fundan en la tradición
india, hablan de dilatadísimos períodos de tiempos pasados, en términos que helarían
la sangre si no se anunciase todo con un edulcorado optimismo. Pero, ¿qué
sabemos en realidad?»
Una de las obras más recientes
y más serias en este campo se debe a un hombre de mentalidad universal,
matemático, geneticista, numismático y arqueólogo: The Culture and Civilisation of Ancient India in Historical Outline, de D. D. Kosambi («Routledge
and Kegan Paul», Londres).
¿Es la India una tierra fuera
de la Historia?
Hay pocas huellas de la
historia primitiva india, ningún hito en un pasado que se extiende a decenas
de milenios.
Nadie ha podido descifrar aún
una misteriosa escritura surgida hace cinco mil años, en el valle del Indo,
alrededor de Mohenjo Daro. Lo único que sabemos con certeza es que no hay
rasgos comunes entre esta lengua del Indo y las lenguas indoeuropeas que habían
de sucederle. Hace varios años, dos estudiantes finlandeses, uno de filología
y el otro de asiriología, los hermanos Parpola, en colaboración con un joven
estadístico, Seppo Koskenniemi, se empeñaron en descifrar esta lengua, que
parece intermedia entre el sistema chino de los ideogramas y el sistema silábico
de nuestras lenguas. El descifrado, que se apoya en la hipótesis de una posible
relación con las raíces dravídicas, no ha dado todavía resultados
satisfactorios, y las tablillas siguen sin «hablar».
En estas tablillas, un pueblo
desconocido, reunido alrededor de Mohenjo Daro, en el tercer milenio antes de
J. C., fijó sus enigmáticos recuerdos. Durante algunos siglos, o más,
resplandeció allí una civilización que no puede compararse con la de Sumer y la
de Egipto. Después, se produjo la ruina. Una sociedad, sin duda fosilizada, se
derrumba, se extingue bruscamente. ¿Inundaciones? ¿Invasiones? No lo sabemos.
Y las tablillas-jeroglíficos se encuentran en las ruinas de todas las casas.
¿Cuánto tiempo tardó en
florecer esta civilización de Mohenjo Daro, para agostarse después, sin
ofrecer la menor resistencia a lo que la destruyó de golpe?
Posiblemente, durante el
período de decadencia de Mohenjo Daro llegaron unos invasores, que incendiaron
la ciudad y dieron muerte a sus habitantes. Estos invasores no dejaron el
menor rastro en la Historia. Se ha pensado que algunas leyendas de los Vedas
pueden referirse a ellos, pero no puede saberse con seguridad. El profesor Kosambi
definió a estos invasores como los primeros arios, pero él mismo reconoce que
su punto de vista es discutible. Trata de identificar Mohenjo Daro con la
ciudad de Narmini, descrita en el Rig Veda, pero confiesa que esto no es más
que una hipótesis. En términos generales, admite de los Vedas lo que le parece
técnicamente realizable en aquella época y rechaza todo lo demás, a pesar de
los textos que describen con precisión unos aparatos voladores. Falta saber si,
con este método, no deja a un lado cierto número de cuestiones fantásticas y
juiciosas. El autor considera simplemente a los arios como nómadas que
asesinan a cuantos ven y destruyen todas las culturas con que se tropiezan. En
las guerras descritas en los Vedas, considera mitológicas todas aquellas en
que se habla de armas superiores. Es, evidentemente, un punto de vista «serio».
Sin embargo, también parece muy simplista. Si negamos a priori, como legendario,
todo lo que se refiere a una tecnología superior a la media de la época, nos
hallamos sin duda con un hermoso folklore, de una parte, y con una historia
clara y vulgar, de otra.
La abundante -y en parte
delirante- literatura surgida de El retorno de los brujos familiarizó al lector con los
ecos de visitas extraterrestres en los antiguos textos sagrados, entre los que
se encuentran precisamente los Vedas. Pero todavía no se ha hecho un análisis
sistemático del conjunto de las tradiciones orales y escritas que guardan
relación con este tema. Pero no es éste el único enigma que hay que
resolver. Si el hombre es más antiguo
de lo que se creía hace veinte años; si hay que poner en tela de juicio la idea
de una evolución lenta y progresiva; si la imagen del imbécil con cara de mono,
frotando sus piedras de sílex, es una «pesadilla de arqueólogo clásico», el
clisé de una tecnología que balbucea durante veinticinco mil años
para alzarse bruscamente hace dos siglos y batir todas las marcas de
velocidad, debe ser un delirio de orgullo del propio arqueólogo, decididamente
neurótico. La economía de las hipótesis debería implicar la hipótesis de
tecnologías avanzadas en civilizaciones anteriores a la Historia. Esta
hipótesis puede ser más digna del estudio experimental que la de la «magia
primitiva», fruto de una interpretación subjetiva y literaria. Sin embargo,
dice el arqueólogo clásico, si existieron técnicas avanzadas en el pasado,
¿por qué no dejaron huellas? Pues bien: sí que dejaron huellas. Y tal vez
encontraríamos más, sí las mentes estuviesen dispuestas a buscarlas.
En 1930, un ingeniero alemán,
que había venido a reparar el alcantarillado de Bagdad, encontró en los
sótanos del museo de esta ciudad una caja que contenía «diversos objetos de
culto» no clasificados. De este modo descubrió Wilhelm Kóning una pila
eléctrica de dos mil años de antigüedad. John Campbell, en 1938, dio cierta
publicidad a este asunto en su revista Analog, y entonces la Universidad de Pensilvania adquirió el extraño y pequeño
objeto (su altura es de quince centímetros) y confirmó seguidamente que se
trataba, en efecto, de una pila a base de hierro, cobre, un electrólito y
asfalto como aislante. ¿Una técnica olvidada, o desechada inmediatamente
después de su descubrimiento? ¿Un procedimiento de doradura empleado en los
templos y desdeñado después? ¿Un instrumento de los sacerdotes para «hacer
milagros»? ¿O un vestigio de conocimientos y prácticas anteriores a los
hombres de hace dos mil años y que éstos echaron a la basura, por ignorancia e
incapacidad? Parece que, en 1967, se hicieron otros descubrimientos en el mismo
museo de Bagdad. Esperamos información.
En 1901, ante la costa de la
isla de Anti-Citera, del archipiélago griego, es sacada del mar un ánfora del
siglo II antes de J. C. El ánfora está sellada. Se advierte que contiene un
objeto metálico bastante grande y completamente oxidado. En 1946, y con objeto
de recuperar materiales abandonados en los campos de batalla, se perfecciona un
nuevo procedimiento de recuperación de objetos oxidados. En 1960, un profesor
de Oxford, Dereck de Solla Price, concibe la idea de emplear este procedimiento
para descubrir la naturaleza del herrumbroso objeto contenido en el ánfora de
Anti-Citera. Al ser ésta desoxidada y reconstituida, se observa que se trata de
una aparato especial de bronce, destinado a calcular la posición de los
planetas del sistema solar. No se puede fijar la fecha de este bronce. El barco
griego que se hundió hace dos mil años, ¿transportaba en esta ánfora una máquina
muy antigua, cuya utilidad ignoraban? En su obra La ciencia después de Babilonia, Dereck de Solía Price
considera que hay «algo espantoso» en este descubrimiento, y pide una revisión
de la arqueología.
El doctor Berasoe (trabajos
citados por el profesor Kaj Birket-Smith) descubrió, en 1965, una técnica de
doradura, desconocida en la actualidad y que se utilizó en el Ecuador alrededor
del año 1000 y hasta la llegada de los españoles. Se recubría el objeto que
había que dorar con una aleación fácilmente fundible de cobre y oro. Después,
se martilleaba y se calentaba. El cobre se transformaba en un óxido que se
disolvía en un ácido vegetal, la savia del árbol Oxalis Pubescens. Y quedaba la capa de oro. Esta técnica, que hubiese
podido patentarse en 1965, es más sencilla que el método por amalgama o por
electrólisis. ¿Por qué no pensar que ciertas realizaciones que a priori
consideramos imposibles en el pasado, pudieron efectuarse a base de
procedimientos que ignoramos? ¿Es nuestra tecnología la única eficaz? La
Naturaleza, que, sin tomar partido, entrega sus secretos tanto al marxista como
al capitalista, pudo muy bien favorecer al pasado «prelógico», lo mismo que a
nuestro presente progresista. ¿Debemos decir, para rechazar esta turbadora
hipótesis, que tales descubrimientos tecnológicos fueron producto de la casualidad?
En el caso de la doradura, se trata de un procedimiento complejo, con cuatro
fases sucesivas de operación. Entonces, para rechazarla de otro modo,
¿habremos de apelar a bruscas inspiraciones, conseguidas en estado de éxtasis?
Otro ejemplo: Robert von Heine-Geldern comprobó que las técnicas de fundición
del bronce empleadas en el Perú y en Tonquín 2.000 años antes de J. C., se parecen
hasta tal punto que no puede tratarse de una mera coincidencia. Presume que
estas técnicas pudieron llevarlas ciertos viajeros desde Tonquín al Perú.
Pero nos gustaría saber cómo se desplazaban estos viajeros, y por qué llevaban
consigo un manual de metalurgia. La economía de las hipótesis nos inclinaría a
imaginar una fuente común. Interrogantes, interrogantes... Pero aún los hay más
turbadores o estrafalarios.
El 13 de febrero de 1961, en
California, a unos diez kilómetros al norte de Olancha, Mike Mikesell, Wallace
y Virginia Maxey se dedicaban a recoger geodas. Las geodas son piedras
esféricas u ovoides, huecas y con el interior recubierto de cristales. Las
recogían para su tienda de piedras raras y de regalos. A veces, las geodas
contenían piedras finas, que vendían también. Recogieron una piedra que tomaron
por una geoda, a pesar de que presentaba vestigios de conchas fósiles. Al día
siguiente, cortaron la falsa geoda en dos, por medio de su sierra diamantina.
La piedra no era hueca. Lo que obtuvieron fue la sección de un material de
porcelana o de cerámica, extraordinariamente duro, con una brillante espiga
metálica de dos milímetros en su centro.
Varios miembros de la Sociedad
Charles Fort, investigadores de hechos extraños y amantes de lo insólito,
examinaron con rayos Y aquel conjunto (cerámica, cobre, espiga metálica) que
hace pensar en un vestigio de equipo eléctrico. Los propietarios de la «geoda»
misteriosa acaban de ponerla a la venta por un precio de 25.000 dólares. Si
este objeto no está, según parece, envuelto en una concreción lodosa, sino en
una capa sedimentaria, nos hallamos en presencia de un formidable enigma.
Evidentemente, no referimos
esta historia con la intención de desencadenar una revolución en arqueología.
Queremos indicar, sencillamente, que son innumerables los interrogantes de esta
índole a los que no se ha dado respuesta definitivamente satisfactoria. Pero,
el día menos pensado, cualquier «hecho maligno puede venir a desacreditar para
siempre una deliciosa generalización», según escribió Huxley, y la historia de
los hombres se nos aparecerá bajo una nueva luz. Sabemos muy bien nosotros, los
pobres y curiosos aficionados, que conviene soñar sin dejar que los sueños se
apoderen del mando. Pero los sueños están permitidos. E incluso podría ser que
fuesen altamente recomendables para hurgar en el pasado. Es el arma principal
de combate contra la profunda oscuridad de los tiempos sumergidos. Y el
combate contra el tiempo es la única actividad digna del hombre que siente,
que sabe que hay algo eterno dentro de él.
CAPÍTULO II
UN ESTADÍSTICO DE LAS CAVERNAS
Cuando los turistas gastrónomos observan un
religioso silencio. - La Prehistoria, desde Boucher de Perthes hasta el abate
Breuil. - El estupor de Altamira. - La explicación por la caza mágica. Un
etnólogo que hace mecanografía. - Un repertorio estadístico de signos. - El
simbolismo masculino y femenino. - La topografía de las cavernas. - Una
catedral-matriz. - El extraño pudor. - Donde Leroi-Gourhan descubre a unos
nietafísicos.
Cuando, después de un
suculento almuerzo perigordino en cualquier restaurante de Montignae o de las
Eyzies, el turista sube de nuevo a su coche para ir a Lascaux, suele obedecer
al rito de las etapas gastronómicas, más que a una verdadera curiosidad: no se
pasa por Montignac sin visitar Lascaux. Hay que haber visto Lascaux. Se llega,
pues, a la famosa pradera, y se desciende, charlando, la corta escalera que
lleva a la rotonda. De momento, sólo el suelo aparece iluminado. Durante unos
minutos, los visitantes se apretujan alrededor del guía. Como no se ve nada,
siguen charlando. Después se enciende la luz, y las pinturas surgen de la
sombra, rojas y negras, sobre la admirable blancura de la pared.
Y entonces se repite, una vez
más, como siempre, la misma extraordinaria escena. Hombres y mujeres, hijos
del siglo xx, que, en su inmensa mayoría, no saben nada de Prehistoria, y para
quienes las palabras paleolítico, magdaleniense y parietal no tienen ningún
sentido, se sienten, sin excepción, embargados por un estupor sagrado. Se hace
un profundo silencio. El grupo, sometido aún a los efectos de la trufa y el
foie-gras, siente el peso formidable de la presencia de unos hombres que, hace
150 ó 200 siglos, vinieron aquí a expresar por medio de la pintura las más
altas aspiraciones de su espíritu y de su corazón.
Una vez terminada la visita,
el silencio se prolongará durante mucho rato. ¿Qué significan estas pinturas
extraordinarias? ¿A qué ideas obedecieron sus autores? Con frecuencia, la
visita a Lascaux despierta una sed de saber insospechada unos momentos antes.
Los libreros de Montignac lo saben muy bien, pues venden mucho más después de
la visita que antes de ésta.
El hecho de que Lascaux
mereciese, por la belleza de sus pinturas, el nombre de «Capilla Sixtina de
la Prehistoria» (y, a decir verdad, no sabemos cuál de estos dos lugares deben
sentirse más alabado), y de que esta Capilla Sixtina fuese pintada hace
tantísimo tiempo, plantea a toda mente reflexiva un problema de tal
envergadura, que se conciben muy bien las pasiones en medio de las cuales se ha
desarrollado la ciencia prehistórica.
Boucher de Perthes luchó
treinta años para hacer admitir la existencia del hombre fósil: desde 1828
hasta 1859. Parece que la terquedad de estas luchas de ideas, y con frecuencia
de personas, ha perseguido a la Prehistoria hasta nuestros días, como un pecado
original. Aunque los descubrimientos se sucedieron sin interrupción desde la
época en que Boucher de Perthes recogió, cerca de Abbeville, las primeras
hachas de piedra tallada, identificándolas por lo que eran en realidad, la
ciencia de la Prehistoria no había conseguido nunca, hasta hoy, actualizar los
métodos de una ciencia rigurosamente objetiva e impersonal, salvo en un aspecto
concreto, el del contexto estratigráfico. Cuando un prehistoriador descubre un
objeto enterrado describe los otros objetos encontrados al mismo nivel (a la
misma profundidad) que aquél, y, sobre todo, los restos fósiles, osamentas y
vestigios diversos de seres vivos, animales y vegetales. Nadie discutirá esta
descripción, si está bien hecha. Hasta hoy, era ésta la única materia sobre la
cual los prehistoriadores podían tener la seguridad de que la discusión de sus
trabajos no se convertiría en seguida en un debate personal. Esta inseguridad
del prehistoriador, ya muy desagradable en el pasado siglo, cuando sólo se
trataba de dictaminar sobre objetos encontrados en capas del suelo identificadas
desde hacía tiempo por los geólogos, se hace obsesiva a partir de los primeros
años del siglo actual, cuando ya no puede negarse la autenticidad de las
cavernas decoradas de pinturas y se plantea el problema de establecer su
cronología. Y es que la inmensa mayoría de las obras de arte pintadas o
grabadas en las paredes de las cavernas no ofrecen nada más a la vista del que
las examina, salvo ellas mismas. Aquí tenemos un bisonte pintado. Es un
cuadro; digamos, más bien, un fresco. ¿Cómo saber (para emplear la terminología
establecida con la ayuda de los objetos encontrados en el suelo, que los
prehistoriadores llaman mobiliario) si corresponde al solutrense o al magdaleniense?
Si uno se equivoca, ;su error puede ser de diez mil años! ¿A qué métodos hay
que recurrir? Lo esencial de las posibles respuestas a esta pregunta coincide
prácticamente con la obra inmensa de un gigante de la Prehistoria: el abate
Breuil. En el momento en que el abate Breuil empieza a estudiar sus primeras
cavernas, alrededor del año 1900, la ciencia prehistórica posee ya una gran
experiencia. Pero, en lo tocante a las cavernas decoradas, existe un vacío
total. No hay nada, o casi nada. Dotado de una formidable capacidad de trabajo
y de lectura, incapaz de retroceder ante cualquier dificultad intelectual o
física (con frecuencia, para llegar a la obra de arte parietal, es decir,
pintada o grabada en un muro de roca subterráneo, hay que trepar... escalar,
sumergirse en agua helada, etcétera), poseedor de un olfato especial para lo
que pasaba inadvertido a los demás, notable dibujante, y sumando a su
imaginación creadora un vivo espíritu crítico que habrán de temer sus posibles
adversarios, el joven eclesiástico es, indiscutiblemente, el amo de la
situación. Clasificando las superposiciones de los dibujos, comparando los
estilos por sus afinidades, poniendo de manifiesto las líneas evolutivas de las
formas, de los medios, de las técnicas, creará, casi totalmente, a costa de
medio siglo de trabajo y reflexión, la cronología de este arte enterrado por
los siglos. Para encontrar, en las ciencias de la vida, una obra parecida a la
suya, tenemos que remontarnos a Cuvier o, tal vez, a Linneo.
Sin embargo, el genio mismo de
Breuil no hace sino agravar el carácter subjetivo de la ciencia por él creada.
Pues, ¿a qué hay que atribuir sus descubrimientos?
¿A un método? Rotundamente, no. Es su inagotable fecundidad de trabajo y de
imaginación la que saca de la sombra todos estos siglos perdidos. Breuil es un
empírico que posee dotes fantásticas. Enseña resultados, no un método. Para
seguir sus pisadas, habría que ser como él.
Ahora bien, allá por el año
1945, un joven etnólogo , apasionado por la Prehistoria (pero que no era
discípulo del abate Breuil), reflexionó sobre aquella situación de una ciencia
por la que se sentía irresistiblemente atraído. André Leroi-Gourhan era, por
naturaleza, la viva antítesis de Breuil: tan frío y reservado, como fogoso
podía ser Breuil; tan preocupado por el curso de sus propias ideas y de las de
los demás, como podía Breuil mostrarse personal. Pero ambos tenían en común la
paciencia, la imaginación creadora y la probidad científica.
Alrededor de 1947,
Leroi-Gourhan inició la tarea de poner en claro métodos objetivos para establecer
una cronología del arte prehistórico. Sistemáticamente, año tras año, estudió
minuciosamente la inmensa mayoría de las cavernas ornadas. Y, allí mismo donde
Breuil había pasado años bajo tierra, trazando sobre el papel, uno a uno,
millares de diseños de grabados y pinturas, Leroi-Gourlian pasó años midiendo,
situando, contando. Por primera vez, los datos numéricos venían a sumarse,
poco a poco, a los insustituibles croquis de Breuil.
«El material que he utilizado
-escribió- está compuesta por 2.188 figuras de animales, distribuidas en 66
cavernas o abrigos decorados, que estudié sobre el terreno... Por orden de
frecuencia, pude encontrar 610 caballos, 510 bisontes, 205 mamuts, 176
rebecos, 137 bueyes, 135 corzas, 112 ciervos, 84 renos, 36 osos, 29 leones, 15
rinocerontes..., 8 gamos megáceros, 3 carnívoros imprecos, 2 jabalíes, 2
camellos, 6 pájaros, 9 monstruos...»
Pero mientras todos los datos
estadísticos, hasta entonces despreciados, se amontonaban en los ficheros,
empezaba a imponerse, poco a poco, en la mente del investigador la imagen de un
orden, siempre igual, de los animales y los signos en las cavernas.
Esta imagen de un orden
particularísimo de los motivos pintados arrojará una luz extraordinaria sobre
nuestros antepasados de hace veinte o treinta mil años. En lo sucesivo,
tendremos que dejar de considerarlos
como hechiceros salvajes obsesionados por la caza, como primitivos oscuros que
bailaban alrededor de los tótems de la caza. En lo sucesivo, tendremos que
sentir más respeto por ellos y formularnos complicadas preguntas sobre el
funcionamiento de la mente humana en las edades remotas. En lo sucesivo, la
revelación de una figuración infinitamente más elevada, más sutil, más rica en
abstracciones, que la de simples invocaciones para la alimentación de la
tribu, pondrá fin a una contradicción que hubiese debido preocuparnos desde
hace mucho tiempo: la contradicción entre el arte consumado del dibujo y su
alta calidad de signo gráfico elaborado, y la significación primitiva que les
atribuyó la etnografía hasta nuestros días.
Todos nuestros conocimientos sobre la Prehistoria
tienen que ser revisados por medio del método estrictamente objetivo e
impersonal de cifras estadísticas instaurado por Leroi-Gourhan.
En 1879, Marcelino Santuola y su hija
afirmaron que las cuevas de Altamira, cerca de Santander, ocultaban pinturas
ejecutadas por hombres prehistóricos. Los prehistoriadores se echaron a reír a
mandíbula batiente. Esta risa duró veinte años. Después, el abate Breuil y
Cartailhac fueron a ver qué era aquello, y la risa dio paso al estupor. Las pinturas
eran auténticas. Indudablemente, eran obra de los hombres del paleolítico. Y no
eran menos bellas que la mejor pintura moderna.
El estupor no es una actitud científica, y
los sabios sienten horror por este sentimiento. La necesidad de encontrar una
explicación era tanto más apremiante cuanto que los descubrimientos de grutas
decoradas se aumentaban todos los años, y Altamira no podía ser una excepción
desprovista de sentido: era evidente que la caverna, y sobre todo, al parecer,
la caverna profunda, la de la eterna noche, había representado una función
esencial en la psicología de nuestros remotos antepasados. Fue la etnografía,
ciencia a la sazón en sus albores, la que suministró la explicación. Como
quiera que se había visto a los primitivos del siglo XX practicar magias de
caza, bailar ante representaciones de animales con fines de hechizo, pintar
sobre el dibujo de un antílope o de un cebú un trazo que representaba una
flecha, se presumió que el hombre paleolítico había hecho lo mismo que ellos.
Y era tal la necesidad de una explicación, y de una explicación lo más
inofensiva posible, que esta presunción fue aceptada inmediatamente. No importó
que algunos objetasen que, incluso los primitivos actuales que practican el
embrujo cinegético recurren igualmente al hechizo para la guerra; que
conocemos cráneos prehistóricos con evidentes señales de violencia; que
nuestros antepasados combatían, pues, a veces, entre ellos, y que, a pesar de
todo, casi sólo se encuentran animales en las cavernas: existía una
explicación, y no iba a prescindirse de ella por tan poca cosa. Hasta el punto
de que, desde hace medio siglo, el sonsonete del pobre salvaje embrutecido y
bestial, bailando en el fondo de las grutas ante un bisonte pintado, en la
creencia de que así preparaba su victoria sobre el bisonte galopante, no ha
dejado nunca de zumbar en nuestros oídos.
Que la etnografía fuese como una caja
abierta, en la que bastaba hurgar un poco para encontrar, creyendo
descubrirlas, las ideas que uno llevaba ya en su equipaje, fue algo que, por lo
visto, no preocupó a nadie, y menos a los prehistoriadores. Poner en duda el
hechizo de caza ante los mamuts de Rouffignac o los ciervos de la Pasiega, era
delirar peligrosamente, buscar tres pies al gato, abrir la puerta a
inquietantes fantasías. Pero, mientras tanto, los etnólogos descubrían, poco a
poco, al hombre contemporáneo real, primitivo o civilizado, y comprendían que
no se le puede encerrar en ninguna fórmula,
que es infinitamente variable y variado, que se puede esperar todo y nada de
él. Y, si los hombres del siglo xx presentaban tantas diversidades, ¿no era muy
aventurado tratar de explicar a sus antepasados de 20.000 años atrás partiendo
de observaciones actuales?
Así, cuando Leroi-Gourhan
quiso buscar un camino objetivo que le condujese al alma del paleolítico, su
primer cuidado fue huir de las facilidades que le ofrecía la encrucijada del
esquimal y del australiano. Con ello, no se negaba a priori a llegar a una
explicación derivada de la etnografía, sino que solamente se negaba a llevar
esta explicación en su maleta.
El método seguido fue el
análisis estadístico de 72 conjuntos parietales estudiados en 66 cavernas, que
representaban, prácticamente, todo el arte parietal europeo (existen 110
lugares ornados, pero los 44 no estudiados por Leroi-Gourhan son pobres en
decoración). A base de los documentos recogidos, efectuó un cálculo
sistemático, en el que intervinieron la mecanografía y los planos perforados.
¿Adónde habían de llevar estos cálculos estadísticos? Sencillamente, a
destruir la teoría de la magia cinegética y a revelarnos, en el hombre de la
última glaciación, un ser tan complejo como nosotros mismos.
Para empezar, dejemos que
hablen los números. El 91 por ciento de los bisontes, el 92 por ciento de los
bueyes y el 86 por ciento de los caballos aparecen representados en la
composición central de las cavernas decoradas. En consecuencia, estos animales
faltan prácticamente en las otras partes. Contrariamente, la composición
central sólo cuenta con el 8 por ciento de las corzas, el 20 por ciento de los
renos, el 9 por ciento de los ciervos, el 4 por ciento de los rebecos, el 8 por
ciento de los osos y el 11 por ciento de los felinos existentes en el conjunto
de las mismas cavernas. Estos primeros porcentajes nos muestran, sin
equivocación posible, que algunos animales están casi siempre en la composición
central y que otros no aparecen casi nunca en ella. ¿Por qué? Conseguido este
resultado, el estadístico podría dejarse llevar por la especulación: el hombre
paleolítico apreciaba especialmente el bisonte o el buey, o bien estos
animales eran relativamente más numerosos (cosa que, por otra parte, desmienten
los vestigios fósiles). Pero el calculador se niega a especular: se atiene a su
método, que consiste en fiarse únicamente de los hechos que pueden expresarse
en cifras. Como todos sus colegas, desde que empezaron las exploraciones de
las cavernas decoradas, Leroi-Gourhan observó que en éstas, aparte de las
representaciones animales, abundaban ciertos signos, que siempre eran
aproximadamente los mismos. Estos signos habían dado pie a infinitas
suposiciones. Para unos, eran objetos más o menos esquematizados; para otros,
carteles indicadores para guía del peregrino, y para otros, garabatos sin
interés, o incluso la firma del artista. Leroi-Gourhan se limita, de momento,
a clasificarlos según sus formas, estableciendo lo que él llama su tipología.
Y entonces advierte que todos estos signos, considerados estrictamente desde
el punto de vista de su dibujo, derivan de algunas formas iniciales que son,
esencialmente, el falo, la vulva y el perfil de una mujer desnuda. Hay, pues,
signos masculinos y signos femeninos.
Muy bien. Y estos signos, ¿en
qué parte de la caverna se encuentran? También aquí, la cosa es simple: basta
contarlos. Y las cifras obtenidas (omitiremos el detalle de los porcentajes,
habida cuenta del gran número de signos) nos muestran, sencillamente, que la
casi totalidad de los signos femeninos se encuentran en la composición central
y en los divertículos (o cavidades laterales de la caverna). En cambio, sólo se
encuentra allí un 34 por ciento de los signos masculinos, e incluso, casi
siempre, acoplados con signos femeninos.
En la caverna decorada del hombre
paleolítico hay, pues, sectores con simbolismo masculino, y otros con
simbolismo femenino. Y, habida cuenta de que los mismos animales tienden a
figurar en los mismos sitios, el propio mundo animal se encuentra, en su
conjunto, repartido en una inmensa zoogonía bisexuada. El bisonte, el buey y el
caballo están cargados de un simbolismo femenino, lo mismo que el centro de la
caverna en que aparecen. Pero una cierta proporción de signos abstractos machos
(34 por ciento) se encuentran en el centro, con figuras femeninas. Así, en las
cavernas, resulta evidente que existen tres grupos de figuras de machos en la
entrada, machos y hembras en el centro, y machos en el fondo. Desde el período
más antiguo, las figuras humanas se esquematizan mediante la representación de
los órganos de la reproducción, traducidos en símbolos gráficos más o menos
abstractos. Sin embargo, su sentido sigue siendo inteligible, pues, en diversas
épocas, reaparecen las representaciones completas del hombre y de la mujer.
Podemos llevar mucho más lejos el análisis
del simbolismo topográfico y sexual. La caverna comprende, en general, seis
tipos de localización, cada uno de los cuales tiene su sentido: la composición
central, los divertículos, la galería, la entrada, los «pasadizos» y el fondo.
Es curioso observar que las representaciones de la mano humana generalmente
obtenida en negativo, apoyando la mano en la pared y soplando pintura líquida a
su alrededor, o bien ejerciendo presión, se hallan casi todas en la entrada de
la gruta y en la composición central. También es chocante que casi todos los
signos femeninos que no figuran en la composición central y en los
divertículos, se encuentran en la entrada, acoplados con signos masculinos.
¿Qué significa todo esto? Objetivamente y
por encima de cualquier otra interpretación,
significa que la
caverna decorada está organizada en función de una metafísica desconocida, pero
tan exigente en su simbolismo como la metafísica cristiana. De la misma manera
que el templo católico tiene, en principio, doce pilares representativos de los
doce Apóstoles; de la misma manera que los cuadros del Vía Crucis siguen
siempre un mismo orden, desde la izquierda del altar hasta la entrada y desde
la entrada a la derecha del altar, así la caverna prehistórica decorada se
halla sometida a un ordenamiento figurativo, notablemente constante en toda la
extensa zona de Europa occidental donde se encuentra, y durante los milenios en
que fue habitada.
Naturalmente, esta constancia no deja de
tener sus variaciones, y hay estilos de lugar y estilos de época, como tenemos,
actualmente, el románico borgoñón y el jesuita español. Pero la organización
general sigue siendo fiel a la concepción de un mundo dividido entre dos sexos
opuestos. Ciertos indicios, a veces difíciles de descifrar pero siempre
turbadores, inducen a pensar que la propia caverna era considerada como un
formidable símbolo natural del vientre de la mujer. Por ejemplo; los estrechos
pasadizos aparecen frecuentemente embadurnados de rojo. Y la parte de gruta en
que dominan los animales de la femineidad se encuentra frecuentemente marcado,
ora con signos masculinos abstractos, era con manos, como para recalcar la
posesión o, tal vez, la presencia humana. En fin, como hemos visto, la entrada
y el fondo de la caverna están frecuentemente dedicados al simbolismo macho.
Pero la sola explicación por el universo del sexo y de la fecundidad resulta
insuficiente. Si consideramos estos maravillosos conjuntos gráficos, no parece
que nos hallemos en presencia de toscas representaciones. Las famosas «hembras
grávidas» de la etnografía clásica no son más ni menos «grávidas» que los
membrudos caballos sementales de la pintura china, y, en el arte parietal,
parece que en parte alguna se reproduce el
sexo por el sexo. Lo que caracteriza este arte, aparentemente dominado por el
acto reproductor, es su extraordinario pudor, su deliberada propensión al
simbolismo, a la abstracción. Así como los signos sexuales abstractos están
presentes en todas partes, los hombres de las cavernas, a pesar de estar
dotados de un deslumbrante genio plástico, ¡no dibujaron una sola vez la menor
escena de apareamiento! Los escasos hombres que son representados en erección
(itifalos, como dicen los prehistoriadores, por herencia puritana) aparecen
esbozados sin el menor realismo. Incluso muestran, en general, como el célebre
cádaver itifalo del pozo de Lascaux, rasgos animales que subrayan su carácter
simbólico.
Si no se trata del sexo por sí
mismo, ni del sexo por la fecundidad, ¿cuál fue la intención de los pintores?
¿Qué metafísica se encuentra implicada a través de este simbolismo? Confesemos,
dice Leroi-Gourhan, que lo ignoramos en absoluto. Confesemos la modestia de
nuestros conocimientos, y que esos hombres de hace dos o trescientos siglos nos
dejaron la escritura indescifrable de una inteligencia compleja, sutil, cuya
calidad presentimos, aunque sin saber nada de su contenido. Pero tal vez el
mero hecho de haber descubierto que se trata de una escritura, en cierto modo
comparable a la contenida en el arte de las catedrales, y de haber realizado
este estudio según métodos científicos de cálculo objetivo, es prometedor de
que algún día llegaremos a descifrarla. Entonces, perderemos unos «primitivos»
y encontraremos unos hermanos en los abismos del tiempo. Sabremos quiénes fueron
esos metafísicos, que poseían maravillosas técnicas de arte y que se hundían
en lo más profundo de la Tierra para plasmar allí, con un afán de eternidad,
los símbolos de su espiritualidad.
CAPÍTULO III
LOS DESCONOCIDOS DE AUSTRALIA
Unos penados desembarcan en mia. tierra
muda. - Los más pobres de todos los primitivos. - Se les atribuía tres mil
años, y tienen más de quince mil. - Los asombrosos descubrimientos de Mulvaney.
- Y la cosa apenas ha empezado. - ¿Deportación a un paraíso? - Destierro, o
reserva. - El fin de los tasmanios. - La exuberancia de Nueva Guinea. - La
gran feria de la Prehistoria. - El paso de «no importa quién». - Algunas fantasías
sobre el continente del silencio.
Separada de Asia antes de la
aparición del homo sapiens (según la cronología clásica),
Australia es una extensión de tierra seca y casi llana, de una superficie igual
a la de los Estados Unidos. Montañas y ríos se concentran en el Este; pero uno
puede ir desde el golfo Carpentrias, al Nordeste, hasta la costa sur, sin subir
nunca a más de doscientos metros, y a través de desiertos resecos y de
polvorientas zonas de escasa vegetación. Sin embargo, las huellas de ríos
desecados desde hace milenios, y los depósitos de sal, inducen a pensar que, a
fines del pleistoceno o principios del período posglacial, este continente
desolado gozaba de un clima más benigno, y que la vegetación verdeaba en las
áridas extensiones hoy pobladas de termites. ¿Son de estos remotos tiempos los
primeros habitantes? ¿Por qué y cómo se produjo la inmigración? ¿Fue
Australia, tradicionalmente, un lugar de destierro? ¿Fue llevada una parte de
la raza humana a esa isla inmensa, sin mamíferos, sin bestias de presa, poblada
solamente de marsupiales, extraños herbívoros saltarines, como una especie de
reserva? Cuando, en 1788,
desembarcaron allí los blancos para arrojar a sus penados en aquellos páramos
lunares, no encontraron el menor vestigio de templo o de pirámide, ni huellas
de antiguas civilizaciones; sólo trescientos mil aborígenes errantes, a razón
de un ser humano por milla cuadrada, en los valles del Este o en la costa, y de
uno por treinta o cuarenta millas en el resto de la isla. A pesar de la
diferencia entre la región húmeda y la inmensidad reseca, no se percibía
ninguna adaptación particular al medio, ni rastro de agricultura; sólo caza,
pesca, recolección de frutos silvestres, nomadismo. El misterio de aquellas tierras mudas dio
origen a muchas fantasías. Erle Cox se imaginó una esfera de oro, enterrada en
las profundidades, donde dormían, desde tiempos muy remotos, un hombre y una
mujer, testigos de una civilización desaparecida. Lovecraft soñó en bibliotecas
y laboratorios subterráneos, abandonados por visitantes no humanos. A partir de
1929, un poco de arqueología sustituyó a la interrogación poética. Tal vez, en
el futuro, una arqueología abundante devolverá su valor a esta interrogación.
Pocos pueblos más pobres que
los primeros moradores de Australia. Nada de animales con cuernos o defensas,
que pudiesen proporcionar material para la fabricación de armas. Muy poco
sílex y piedra de grano fino. Mucho cuarzo, y nada más. Ningún vestigio de
tumbas ni de habitáculos. Ni cerámica, ni metales... ni piedras preciosas. Ningún
rastro de cultivo y ningún resto de animales domésticos, a excepción del perro,
el dingo. ¿De dónde vino este perro?
¿Desde cuándo es compañero del aborigen? Ciertas excavaciones efectuadas en
los últimos años por D. J. Mulvaney, en la región de Fromm's Landing, sitúan
su aparición en el tercer milenio antes de J. C. Y es el dingo el que, juntamente con el hombre cazador, hizo desaparecer
numerosas especies, como el «planga de Tasmania» y el «lobo de Tasmania».
Durante millares de años, los únicos cambios en la ecología fueron sin duda
producidos por el hambre del dingo y
del hombre cazador.
Pero, hasta 1960, se calculaba
que los primeros pobladores de Australia habían precedido en poco tiempo a los
penados. A lo sumo, en tres mil años. Hale y Tindale hicieron, en 1929, los
primeros descubrimientos arqueológicos en el valle del río Murray (Adelaida).
En un lugar resguardado por las rocas, excavaron una capa de depósitos
estratificados de seis metros de espesor. En lo más profundo, encontraron
puntas de proyectil de piedra; encima, huesos de escasa longitud, afilados en
los dos extremos, y que muy bien podían ser anzuelos; por último, en la
superficie, utensilios primitivos, de hueso o de piedra, utilizados por los
aborígenes locales. Según una muestra de carbón, la antigüedad de la capa
inferior es, aproximadamente, de tres mil años. En general, y hasta los
trabajos de Mulvaney, se aceptó, en nuestra última década, la teoría de
Tindale y Hale. Había habido tres «culturas»: la de los útiles de piedra, la
de los útiles de hueso, y la de los primitivos actuales, que emplean
simultáneamente la piedra y el hueso. Durante aquellos tres mil años, había
habido diversas poblaciones, ya que había diferentes «culturas». Era,
evidentemente, una suposición no contradicha por ningún rastro de migración
hacia Australia.
Entre 1960 y 1964, Mulvaney
excavó, en un abrigo rocoso del sur de Queensland (Ken Niff Cave, en la dehesa
de Mount Moffatt), una capa de tres metros y medio de profundidad. Desenterró
850 proyectiles o raspadores, en su mayoría de cuarcita. El método del carbono
14 permitió fijar su antigüedad en dieciséis mil años. Nuevos trabajos realizados
en Sidney, Territorio del Norte, y en Victoria, Australia del Sur, permitieron
a Mulvaney formular una teoría más convincente. A saber: no hubo «culturas» ni
poblaciones diferentes, sino una evolución, no determinada por el paso de la
piedra al hueso, sino del utensilio sin mango al utensilio con mango. Durante
once mil años, los ignorados hombres de Australia desconocieron el uso del
mango. En las capas correspondientes a unos tres mil años atrás, se encuentran
mangos o empuñaduras, resina de fijación, vestigios de cintas, correas de
tripas o de cabellos. Hubo, pues, un singular estancamiento durante una decena
de milenios, seguido de un brusco progreso tecnológico, que se acelera en el
último milenio, en que vemos aparecer útiles de piedra más finamente
trabajados, cuchillos y laminitas, hojas de tijeras y gubias, como si se
hubiese levantado un «entredicho» y el hombre se hubiese liberado de una
obligación o de una fatalidad de permanencia.
Pero, ¿qué sabemos de este
hombre? Existe una importante cantidad de informaciones, de tradiciones
orales, recogidas por los primeros colonizadores europeos. Sin embargo, las
leyendas, las costumbres y la tecnología embrionaria, observada con más o
menos seriedad, son insuficientes como elementos de interpretación del pasado
prehistórico. ¿En qué fecha puede fijarse la aparición de los primeros hombres
en Australia? Cerca de Melbourne, en las canteras de piedra arenisca de Keilor,
fue
descubierto, en 1940, un cráneo humano. Una prueba con carbono 14,
efectuada en un pedazo de carbón encontrado cerca de aquél, dio una antigüedad
de dieciséis mil años. Pero es imposible saber si el tal carbón procedía de un
fuego de campamento o tenía un origen natural, a pesar de que en las cercanías
se desenterraron también instrumentos de piedra. En 1965, se descubrió en la
misma región un esqueleto en buen estado de conservación, y se obtuvo una
antigüedad idéntica. La rareza de fósiles humanos es extraordinaria, al menos
en el estado actual de las investigaciones. Una última indicación fue
proporcionada por la comparación con cráneos encontrados en Wadjak y en
Saraxvak, en la isla de Java, a los que se atribuye una antigüedad de cuarenta
mil años. Si pensamos en la extensión del continente y en el ínfimo número de
exhumaciones realizadas desde hace tan poco tiempo, comprendemos la prudencia
un poco triste de Mulvaney: «Serán precisas -dice- muchas más excavaciones
para llenar las lagunas de nuestros conocimientos y autorizar un principio de
generalización.» El dibujo de una mano humana, en la roca que domina la
caverna de Ken Niff, es obra reciente de los aborígenes. Ocupaban esta
caverna, donde se refugiaban sus antepasados, desde hace quince o cuarenta mil
años.
Sin embargo, en Australia,
como en todas partes, la investigación moderna hace retroceder cada año, en
varios milenios, el pasado humano. Hoy podemos pensar que los desconocidos
llegaron allí masivamente cuando el clima estaba en su apogeo, cuando fluían
ríos caudalosos, cuando la vegetación rodeaba los lagos abundantes en peces,
cuando los gigantescos marsupiales herbívoros servían de alimento al
inmigrante, a falta de grandes animales de presa. ¿Por qué ruta marina se
efectuó la inmigración? ¿Y por qué causa? ¿Fue el destierro de una raza? ¿Fue
el establecimiento de una reserva en una tierra en que no existía el peligro? ¿Fue por temor a algún riesgo que amenazaba a la
Humanidad? ¿Se trató de una especie de Arca de Noé? ¿O de un experimento por
parte de los Superiores, que tal vez escogieron este inmenso espacio desierto
para depósito de su saber? ¿Llevarían grandes masas de peones para los trabajos
de enterramiento de aquél? Excavamos en las arenas del sueño, en el país de
los canguros...
Pero si los buscadores se ven ayudados en
Australia por la presencia de los descendientes, por sus condiciones orales y
sus lugares de refugio, no puede decirse lo mismo de la isla de Tasmania, separada
del continente por el estrecho de Bass. Los blancos aniquilaron a los
tasmanios. Completamente. A fines del siglo XIX no quedaba ni uno. Nosotros
mismos cegamos toda fuente de información. Algunas excavaciones han puesto de
manifiesto proyectiles de cuarzo tallado. Ni rastro de utensilios con mango.
¿Cómo cruzaron los aborígenes el estrecho de Bass? Ciertos estudios del fondo
del mar permiten conjeturar que, en el pleistoceno, Tasmania estaba unida al
continente. Pero el mapa de la prehistoria australiana y tasmania sigue siendo
una inmensidad en blanco. Nada puede explicar aún este extraño estancamiento
tecnológico y cultural. Nada, en fin, permite imaginar que los primeros
australianos vinieron de Nueva Guinea, tan considerable es la diferencia de
nivel y de actividad culturales entre ambas poblaciones.
Descubierta hace quinientos años, Nueva Guinea,
que cuenta aún con tierras inexploradas, está gobernada en parte por los
australianos modernos, que son segregacionistas. El Señor Administrador reina
en Port-Moresby, la ciudad de las caletas llenas de guijarros, de botellas
vacías y de embarcaciones podridas, donde se albergan los pobres indígenas,
aherrojados por los bajos salarios. Los viejos venidos de los bosques y que
fueron a parar allí, vagan borrachos por las calles bajas, y unas mujeres embrutecidas,
sentadas en el suelo, tratan de vender limones, nueces de betel y collares de
conchas. El centro de la ciudad está dominado por un enclave rodeado de
alambre espinoso; los cuarteles de Murray. El Señor Jefe de la Administración,
que nada ha olvidado de los duros tiempos de las guerras de tribu y de la gran
inseguridad, opina que el país no está preparado para la independencia y
mantiene el espíritu represivo del tiempo de la antropofagia (que aún no ha
pasado del todo, hay que confesarlo) y de los cazadores de cabezas. Es un
antiguo criador de caballos de carreras y granjero de Queensland,
ultraconservador, y que no siente interés particular por la etnografía. Su
ayudante es un antiguo enfermero. El país ha cambiado un poco. Se han
pacificado las tribus y se han abierto nuevas tierras, que eran completamente
salvajes hace veinticinco años. Los servicios de sanidad y los misioneros han
trabajo de firme. Aunque con dificultad, ha surgido una pequeña élite indígena:
hay quinientos estudiantes en la Universidad. Pero siguen siendo indeseables.
El espíritu del colonizador no ha cambiado. Sus «bondades» suenan a falso. Si
se quiere proteger a un joven líder porgaiga,
«para que aprenda nuestra lengua y pueda transmitir a los nativos las ventajas
de la civilización», se le hace boy de un funcionario. Los contactos con las
tribus de los bosques han servido de poco al hombre blanco, ignorante de la
lengua, indiferente a las realidades humanas y culturales particulares. Para
los administradores, los aborígenes son «monos de los roquedales», o bien
«Oli». Esta palabra pidgin significa «no importa quién». Si
la independencia se produce pronto, apresurada por los odios y los equívocos,
sin un período intermedio suficiente en un pueblo despreciado, el bosque
volverá a cerrarse sobre sus misterios. Las tribus olvidarán el breve paso de los blancos y volverán a su eternidad, hundiéndose,
a través de la blanca niebla, con sus pelucas en forma de bicornio
napoleónico, sacudidos por una tos constante, hacia los valles arcillosos de
los Highlands, a preparar, sobre piedras calentadas y envueltos en hojas de
plátano, los cuerpos de los últimos misioneros -meritísimos, por cierto-, tal
como hacen con los casuarios. Pero los jóvenes responsables del país, aunque
tropezando con inmensas dificultades, sabrán quizás interpretar mejor que los
australianos a sus hermanos, comprender su rechazo de nuestro mundo y revelarnos
su alma. Cierto que volverán a sus bosques y a su magia, y que volverán a la
caza del ave del paraíso (que sólo puede derribarse con lanza y con flecha,
pues el fusil es tabú para este hermoso pájaro); y que serán los mismos que
vinieron (¿irónicamente?) a escuchar al Señor Administrador en la inauguración
del nuevo aeródromo de Koroba, con el cuerpo embadurnado de grasa de cerdo o de
pintura blanca, como aquel que llevaba un bolígrafo en la nariz, o aquel otro
que, desnudo, se había ceñido la frente con una cremallera, o como aquel
chiquillo que llevaba, por todo vestido, un par de gafas pintadas...
En contraste con la unidad
estancada del primitivismo aborigen australiano, la finura y la multiplicidad
cultural de Nueva Guinea son asombrosas. Debido a la geografía, los hombres de
las diferentes tribus se comunican poco y viven en valles cerrados. Pero en
cada uno de éstos hay una efervescencia considerable. Se hablan quinientas lenguas
diferentes, o sea la décima parte de las que se hablan en todo el mundo, y
algunas de ellas resultan sumamente complicadas. La lengua duna,
por ejemplo, que clasifica las criaturas vivas en categorías (las que vuelan, las que
caminan y las inferiores, las que se arrastran: los cerdos y las mujeres), posee un vasto vocabulario
cuyas variantes son de tono, como en chino. La diversidad de indumentaria, de
decoración, de costumbres y de tradiciones culmina en este pueblo, que ignora
el concepto de unidad y que es, sin duda, el más igualitario y el más
independiente del planeta. Sin soberanos, sin caudillos hereditarios, sólo
elige un jefe en caso de conflicto, para que les dirija en el combate.
Parece que los hombres de
Nueva Guinea se vanaglorian de la perennidad de sus costumbres, y, lejos de
querer imitar a los blancos, afirman su singularidad delante de éstos con
apasionamiento y con una especie de burlona satisfacción. Leo Hannet, el más
conocido de los jóvenes líderes guineanos, que se formó en una misión católica
y, después, en la Universidad, admira a Camus, a Luther King, a Kennedy y a
Senghor. Si debe empuñar un día las riendas del poder en su país, se opondrá al
desarraigo de sus hermanos, a la emigración a las ciudades frías y
artificiales, y procurará que la civilización y la tradición se emparejen en
el mundo real, en las pequeñas aldeas, en los claros del bosque, donde se
cultiva la batata. Una tierra sólida, una naturaleza y unos hombres borrachos
de colores y de libertad. En el bosque fresco, los árboles rezuman
continuamente. Al amanecer, los valles de los Highlands son como ríos de niebla
lechosa, en los que nadan los porteadores. En las alturas, cuando aparece el
sol, el suelo se cubre de mariposas amarillas y negras, que extienden sus alas
para secarlas. ¿Qué diálogo podría establecerse entre los blancos, ávidos y
abstractos, con su hormigón y sus gráficos, y esos hombres sumergidos en
paisajes dalinianos, que dibujan flores sobre sus piernas y se tocan con plumas
de loro y de ave del paraíso? Un mes de agosto, hace diez años, los blancos
organizaron, en Mount Hagen, una exposición de animales de corral y de
máquinas agrícolas. Se tenía el proyecto de celebrar esta feria cada dos años.
Los indígenas tuvieron noticia de ella y fueron a ver lo que pasaba. Las tribus
salieron de los bosques, con sus trajes de fiesta.
Cuando la feria siguiente, eran tan numerosos que tomaron la delantera a los
granjeros australianos y holandeses, organizando la única y formidable «bienal
de la prehistoria» del mundo. Después, no hubo más remedio que dejarles hacer.
Y cada año, en agosto, acuden para mostrar a los blancos, y a ellos mismos, lo
que son. Tribus que antes no se trataban, se reúnen, bailan, cantan y lanzan
sus gritos de guerra, blandiendo lanzas, arcos y flechas. Son veinte mil en el
ruedo; la tierra tiembla, y los turistas fotógrafos se exponen a ser
pisoteados. Los asaros, los kandeps, los chimbusn, los hewas y los laiagaps,
han caminado días y noches enteros, cruzando valles y bosques -en los que el
viajero no suele encontrar más de cien hombres en varias semanas-, para
conmemorar, frente a los blancos, el mundo antiguo.
Allí están los porpaigas, con sus pelucas
adornadas con botones de oro, y sus collares de dientes de perro, y sus
taparrabos de conchas. Allí están los dunas, que viven en chozas, separados los
hombres de las mujeres, con las que sólo se encuentran en los matorrales, y
que se pintan el rostro de rojo y amarillo para la iniciación, y se atraviesan
el tabique nasal con una pluma azul tan larga que sus extremos les rozan los
hombros. Y allí están los hombrecillos del río Asaro, que son los más extraños
y repelentes, enteramente embadurnados de barro ocre y gris, con toscas
máscaras confeccionadas con el mismo barro; personajes de los orígenes,
desmañados, terroríficos, dolorosos... Pero hay que vender los tractores y las
vacas de concurso. Por la tarde, los organizadores de la feria blanca reúnen a
viva fuerza a estos millares de testigos de la eternidad mágica, para que el
señor ministro pueda pronunciar su discurso, y desfile el Ejército, y se
celebre el partido de polo. Después, los curiosos emprenden el regreso a
Port-Moresby, dominado por su prisión. Y las tribus se marchan también, para
diluirse en las lejanas tierras pobladas de mariposas...
¿Por qué esta exuberancia en Nueva Guinea,
y este estancamiento en Australia? No parece que existieran contactos. Los
mitos de Australia oriental refieren que la Tierra emergió progresivamente de
un mar original, pero no hablan de visitas, ni de viajes. Todos ellos guardan
relación con los «tiempos del Sueño», eternamente presentes y fuente de toda
vida, reino de los héroes celestes creadores, padres del chamanismo, que
moraban en el Cielo, en un lugar en que abundaban el agua fresca y los
cristales de cuarzo. Éstos son los dioses que rigen la procreación y la
muerte, cosas sobrenaturales ambas. Otro héroe, que ora parece sabio, ora
tonto, fue el mediador entre los dioses y los hombres, a los que aportó
rudimentos de conocimiento, de técnica y de medicina mágica. En todos estos
mitos, recogidos vagamente de la tradición oral, parece flotar un tabú contra
el cambio y la evasión, como si esta inmensidad aislada estuviese destinada al
confinamiento.
En 1963, llegó hasta nosotros una
información singular, totalmente desconcertante. En un terreno australiano
resguardado por rocas se había descubierto un depósito de monedas egipcias,
cuyo escondrijo databa aproximadamente de cuatro mil años atrás. Los lectores
que nos comunicaron esta información se referían a ciertas revistas bastante
oscuras, mientras que ninguna publicación arqueológica había mencionado este
descubrimiento. Sin embargo, la revista soviética, de gran difusión, Teknika
Molodeji, que dedica una sección regular a los hechos inexplicados,
comentados por personas autorizadas, se hizo eco de esta noticia y publicó fotografías
de las piezas desenterradas. Si se confirmase este descubrimiento, que, como
es natural, debe ser considerado con suma prudencia por el arqueólogo, se
plantearían enormes interrogantes. Resultaría difícil imaginar una expedición
egipcia a Australia, dado que conocemos sus medios de navegación. ¿Qué
viajero, exploradores del mundo hace cuatro mi) años, habrían ido a depositar
aquel caudal en suelo australiano? Lo cual nos lleva de nuevo a nuestra
hipótesis: ¿Fue tradicionalmente este continente un lugar de depósito, un
inmenso escondrijo, utilizado por visitantes del exterior o por una raza
desconocida, que organizó también una deportación de hombres mantenidos en la
ignorancia? Evidentemente, esto no es más que una interrogación romántica,
sobreañadida al misterio de la población original de Australia, que creíamos
reciente, pero que las escasas excavaciones practicadas desde hace diez años
hacen remontar al paleolítico. Esperemos que una investigación más sistemática
revele los secretos de esta tierra «olvidada por el tiempo», como decía
Borroughs.
CAPíTULO IV
SOBRE LA COMUNICACIÓN DE LOS MUNDOS
La ascensión del joven Bingham. - Machu
Picchu. - El enigma de Tiahuanaco. - Las balizas del llano de Nazca. - Fenicios
en el Brasil. - Coincidencias de lenguaje y de objetos. - Un viaje de
Benvenuto Cellini. - Japoneses en el Ecuador. - ¿Una ciudad en Amazonia? - El
coronel Faucett y el explorador Varrill. - El cristal desconocido. Una cárcel
misteriosa.
Una mañana de julio de 1911, un granjero indígena,
un militar peruano y un joven profesor de la Universidad de Yale, llamado Hiram
Bingham, caminan sobre un frágil puente de ramas y sarmientos, tendido sobre
el vacío, entre dos bloques de roca gigantescos. En el fondo del abismo, ruge
el Urumba, que vierte sus aguas en el Amazonas. Los hombres prosiguen su
escalada, agarrándose a los árboles que brotan de la pared cortada a pico, y descubren unas terrazas rematadas por un dédalo
de admirables ruinas de pálido
granito. Bajo la vegetación, aparece
la formidable ciudadela sin nombre, dominada por los imponentes picachos del
Huayna Picchu y del Machu Picchu.
Bingham, piloto de combate en
la Primera Guerra Mundial y, después, senador de los Estados Unidos por
Connecticut, defenderá tercamente, en el curso de su variada carrera y hasta su
muerte, acaecida en 1965, su interpretación de los orígenes de la ciudadela
misteriosa de Machu Picchu. Según él, se trata del Tampu Tocco del que habla
el sacerdote español Fernando Montesinos, en su Historia del Perú antes de la Conquista. Montesinos fue el primer
historiador de los peruanos, y le debernos los primeros trabajos sobre los
recursos mineralógicos de los Andes. Murió en 1562. Según el padre Montesinos,
la dinastía de los Amautas reinó en los Andes mucho tiempo antes de los incas,
y, durante el reinado del sexagésimo segundo Amauta, unas hordas bárbaras
invadieron el Imperio. En el año 500, varios soldados del derrotado ejército
llevaron los restos de su rey a un refugio llamado Tampu Tocco, donde
construyeron una ciudadela, de la que hacia el año 1300, bajaría un Amauta,
Manco Cápac, para apoderarse de Cuzco y fundar el Imperio inca.
Es una tesis controvertida. La
existencia de Manco Cápac no ha sido demostrada. Tal vez se trata de un héroe
legendario o del nombre simbólico de una dinastía preincaica. Según ciertas
tradiciones orales, Manco Cápac fue oriundo de Tiahuanaco. Y henos aquí
encaminados hacia otra ciudad en ruinas, del misterioso pasado prehistórico.
Entre 1200 y 400 antes de J.
C., la civilización de los chavines se extendió sobre las altas mesetas del
norte del Perú y nos legó los vestigios de una obra de arte llena de dioses
feroces. En los propios parajes encontramos la huella de civilizaciones
prehistóricas que edificaron pirámides y colosales fortalezas de bloques de
arcilla cocidos al sol. Hay fósiles que atestiguan la presencia de mastodontes
en estas tierras. Al sudeste del lago Titicaca, se levantan los testigos de la más asombrosa
cultura prehistórica, Tiahuanaco. En varias hectáreas de terreno, vemos
pirámides truncadas, montículos artificiales, hileras de monolitos,
plataformas, cámaras subterráneas, pórticos de dos pilares y dintel, tallados
en la dura piedra. La famosa Puerta del Sol, con sus inscripciones, hace
pensar, según se ha dicho, en un calendario astronómico. ¿Se trata del centro
de un Imperio, como Machu Picchu? Y si estos dos lugares altos, batidos por los
vientos, inadecuados para el cultivo, y de una antigüedad imposible de
precisar, no eran centros de habitación, ¿cuáles fueron sus funciones?
¿Y cuál fue la civilización de
Nazca, en la costa norte del Perú? Más antigua que el reino de Chimú, que nos
legó las imponentes ruinas de ChanChan, la civilización nazca, cuyo origen
ignoramos, dejó sobre los llanos desérticos, sobre la arena y los pedregales,
gigantescas figuras geométricas, siluetas de pájaros, de ballenas y de arañas,
cuyas líneas tienen cerca de siete kilómetros de longitud y parece que fueron
trazadas para ser descifradas desde el cielo, a gran altura.
Nazca sigue siendo un enigma.
Y Sprague de Camp, en su hermoso libro Ancient Ruins and Archealogy, escribe: «Ya que el pueblo de
Tiahuanaco, como las otras civilizaciones desaparecidas de América del Sur,
carece de toda tradición escrita, no se puede descifrar ninguna inscripción.
Nada permite descubrir la historia perdida de Tiahuanaco. Los acontecimientos
que no pudieron consignarse por escrito se pierden para siempre cuando mueren
aquellos que conservaban su recuerdo. Por esto la historia de la fortaleza inca
de Machu Piecchu, así como el enigma del Imperio perdido de Tiahuanaco, tienen
grandes probabilidades de permanecer
ocultos para siempre, entre las brumas que se arremolinan alrededor de los
altivos picos de los Andes.»
No volveremos, bajo un pretexto romántico,
a las tesis de Horbigger, que evocamos en El retorno de los brujos. Sabemos
que, según Horbigger-que conoció la gloria bajo el nazismo-, el hombre era ya
civilizado en la era terciaria. Según la teoría horbiggeriana del «hielo
cósmico», antes de que existiese nuestra Luna actual, seis satélites, formados
por explosiones de estrellas, fueron atraídos y destruidos por la Tierra, en
eras geológicas diversas. Cuando se acercaba el satélite, se desintegraba en la
atmósfera, y sus fragmentos se extendían sobre nuestro planeta. El Diluvio, la
Atlántida, serían episodios de esta historia. La «luna« del terciario cayó hace
25.000 años. Todas las tierras tropicales quedaron sumergidas, a excepción de
algunas altas montañas, como las del Perú y las de Etiopía. Según los
horbiggerianos, como Hans Bellamy y Arthur Posnansky, Tiahuanaco y Machu Picchu
datarían de esta época. Habían sido refugios de la élite humana de la era
terciaria, situados, a la sazón, al nivel del mar.
Existen, quizás, algunas pistas a seguir en
este delirio, pero han sido demasiadas las recientes observaciones
astronómicas que han venido a destruir las afirmaciones de Horbigger, para que
nos decidamos a seguir aquéllas por nuestra cuenta, ni siquiera por amor a los
sueños. Nos limitaremos a dar un rápido vistazo, cruzando en zigzag la América
del Sur, a algunos interrogantes fundados en investigaciones y descubrimientos,
comprobables en todo o en parte.
Según refieren las crónicas, el inca Huayna
Cápac, el dios vivo, hijo del Sol, oyó decir, allá por el año 1526 de nuestro
calendario, que unos hombres extraños y de rostro pálido habían llegado muy
cerca de las costas septentrionales de su Imperio, en unas embarcaciones de
formas extravagantes y dimensiones anormales. En 1532, Pizarro desembarcaría
en las costas del Ecuador y avanzaría hacia el Sur, cruzando el Imperio inca.
Pero, cuando Huayna Cápac oyó hablar de rostros pálidos, tenía detrás de él
una larga tradición que hablaba de hombres blancos venidos del mar, en la
noche de los tiempos. El padre Montesinos pretendía que los peruanos eran
descendientes de Ofir, bisnieto de Noé. La única prueba de un antiguo contacto
entre América del Sur y la civilización mediterránea ha sido descubierta
recientemente. El profesor Cyrus H. Gordon, que enseña arqueología en la Universidad
de Brandeis, EE.UU., pretende haber descifrado un mensaje fenicio en una roca
de Parayba, Brasil. Esta roca, cubierta de inscripciones, fue descubierta en
1872; pero entonces se creyó que se trataba de una falsificación, ya que la
gramática no correspondía a lo que se sabía de la escritura fenicia de la
época. Pero, más tarde, se encontraron numerosas inscripciones del mismo estilo
en el Próximo Oriente. La autenticidad parece estar fuera de toda duda, al
menos para Gordon, que observa que los barcos fenicios eran de mayores
dimensiones que los de Colón y habían dado varias veces la vuelta a África.
¿Por qué no podían haber llegado al Brasil?
Veamos el texto:
«Somos hijos de Canaá y venimos de Sidón,
la ciudad del rey. Cuando tratábamos de hacer comercio, fuimos arrojados a
este país remoto y montañoso. Hemos sacrificado un joven, en honor de los
dioses y diosas de gran poder, en este año diecinueve de Hirán, el gran rey.
Zarpamos de Ezión-Gaber, en el mar Rojo, con diez embarcaciones. Navegamos
todos juntos durante dos años dando la vuelta a la tierra de Ham. Una tempestad
nos separó del grueso de la flota, y buscamos a nuestros compañeros. De este
modo llegamos, doce hombres y tres mujeres, a una tierra nueva, de la que tomo
posesión como almirante. ¡Que los altos dioses y las poderosas diosas nos
protejan!»
Naturalmente, quisiéramos saber lo que fue
de estos fenicios, cuando penetraron tierra adentro, y si las leyendas indias
sobre dioses blancos no tendrían su origen en este desembarco. Si admitimos la
existencia de un lazo entre los pueblos mediterráneos y la América del Sur,
habría que reconsiderar toda la interpretación de la historia precolombina. He
aquí un hermoso tema para nuestros sueños. Y aún podríamos añadirle algo más:
cuando estos fenicios, o sus descendientes, recorrieron las tierras misteriosas,
¿encontraron mundos más antiguos y civilizados que el suyo propio? ¿Cuáles
fueron sus repercusiones? ¿Podrían encontrarse rastros de otros encuentros en
el pasado de estas tierras que han sido tan poco descifradas?
Si nos planteamos esta cuestión de
contactos olvidados por la Historia, vemos, súbitamente, que toda una serie de
descubrimientos y de observaciones se agrupan en un solo y agresivo enigma.
Encontramos, a lo largo de todo el Amazonas, cerámicas que datan, al menos, del
año 2000 antes de J. C.; están decoradas con serpientes aovilladas sobre sí
mismas, extraordinariamente parecidas a las de ciertas cerámicas antiguas del
Próximo Oriente.
La lengua de los indios mahua tiene caracteres
comunes con las lenguas semíticas. El lenguaje de los quechuas se parece al
turco.
La asociación de Venus con la serpiente que
gira sobre sí misma se encuentra tanto en el Codex Borgia mexicano como
en determinadas inscripciones del Próximo Oriente y, sobre todo, de Ras
Shamra.
Mitra tiene una serpiente echada a sus
pies. El Codex Troano nos dice que, en México, el haz de luz divina se
sostenía verticalmente, con una serpiente echada a sus pies. En Bolivia, encontramos
la misma serpiente, así como inscripciones parecidas a las del Próximo Oriente
y hombres con turbantes. El bajorrelieve de Itacuatiara de Inga (Brasil)
muestra una gran cantidad de inscripciones semejantes a las del Próximo
Oriente.
Se han descubierto más de dos mil coincidencias
de palabras entre la antigua lengua egipcia y las inscripciones brasileñas. Lo
cual induce a C. W. Ceram a decir: «Cuanto más antiguas son las lenguas, más se
parecen entre sí, demostrando de este modo que todas ellas proceden de una misma
lengua madre.»
El estudio sistemático del monumento de Itacuatiara
de Inga muestra, no solamente una relación con el Próximo Oriente, sino
también elementos comunes con la isla de Pascua, Mohenjo Daro y Harappa.
¿Revela esto un origen común? Se suele pensar que aquel monumento fue esculpido
hace treinta o cuarenta mil años. ¿Y qué encontramos en sus bajorrelieves?
Símbolos fálicos; mandalas en forma de flores múltiples, que se parecen
curiosamente a las de la India; y un símbolo repetido, que hace pensar en el número
ocho: dos serpientes, o un signo doble de infinito.
¿Podemos, en
fin, buscar una relación entre Itacuatiara de Inga, la civilización de
Marcahuasi, descubierta por Daniel Ruzo, y la civilización de Nazca, estudiada
por Maria Reich?
Otra civilización acaba de ser descubierta
por el ingeniero peruano Augusto Cardich en unas alturas próximas al lago
Lauricocha, en los Andes. Parece que su antigüedad es, al menos, de trece mil
años.
Si hubo civilizaciones florecientes en
América del Sur, y si éstas establecieron contacto con el mundo exterior por
medio de visitantes procedentes del Próximo Oriente, el secreto de América del Sur es, quizás, el más extraordinario de cuantos
se mencionan en la presente obra.
Un siglo después del
descubrimiento de América persistían aún importantes residuos de técnicas de
las antiguas civilizaciones, lo cual suscitó tanta curiosidad que Benvenuto
Cellini viajó hasta México para aprender los medios empleados por los artistas
de los Andes para confeccionar peces de plata con escamas de oro. Pero sin duda
le negaron la información, porque regresó a Italia con las manos vacías...
En el Perú, encontramos
objetos de metal cuya antigüedad se remonta, al menos, al año 500 antes de J.
C., así como técnicas decorativas en las que se utilizaba el cinabrio y los
polvos de piedras preciosas.
Allá por los tiempos de
Jesucristo, los colombianos conocían ya la fundición de los
metales. En Ecuador, se trabajaba en aquella época el platino, y el
danés Paul Bergsoe ha demostrado que los ecuatorianos practicaban la metalurgia
de los polvos metálicos.
En el año 1000 antes de J. C.,
los artesanos de Colombia, de Panamá y de Costa Rica realizaban el moldeado con
cera. Recientemente, se descubrieron, en una gruta de Honduras, hermosas cabezas
de pájaros moldeadas de esta manera. En Panamá, se encontraron bellísimos
reptiles de oro. La soldadura era cosa corriente, y se conocía la fabricación
del hilo metálico. El origen de estas técnicas parece que hay que buscarlo en
los Andes. Pero esto no hace más que alejar el problema en el pasado. Pues,
aunque los fenicios hubiesen llegado al Brasil, no habrían podido enseñar
procedimientos que ellos mismos ignoraban.
En el noroeste de Argentina,
en Cobres, se exhumó una instalación chocante por su modernismo, destinada a
la extracción y manipulación del mineral de cobre. También en aquel lugar se fabricaban
objetos, entre los que llama particularmente la atención un ornamento a base
de figuras de animales y de pájaros, entrelazadas, en un estilo parecido al de
Archimboldo.
Por último, hay que observar
que el uraeus, símbolo de poder de los faraones egipcios, se encuentra entre
los indios campas de los Andes, y advertir, a este respecto, que, hasta finales
del siglo XVIII, algunos lingüistas, cuyos trabajos fueron indebidamente
subestimados durante el siglo XIX, afirmaban que el egipcio era la lengua
original.
Consideremos ahora las
relaciones de América del Sur, en la costa del Pacífico. En la actualidad, está
comprobado que los japoneses desembarcaron en Valdivia, Ecuador, hace unos
cuatro mil años.
Si, como todo induce a creer,
existían en aquellos tiempos civilizaciones capaces de técnicas complicadas y
de refinamiento estético e intelectual, que eran a su vez formas dispersas y
residuales de altas civilizaciones mucho más antiguas y acreditadas por
enigmáticas ruinas, como las de Tiahuanaco, forzosamente tuvieron que
enterarse, en repetidas ocasiones, de la existencia de otro mundo más allá del
gran océano, y asimilar de algún modo esta información.
Indudablemente, como dice el
profesor Marcel F. Homet, «existe un hecho indiscutible: en el pasado de
América del Sur floreció una civilización maravillosa, de la que nada
sabemos».
Pero tal vez algún día
sabremos algo de ellas, pues el espíritu de aventura no ha fenecido en el
mundo, y las tierras misteriosas son, todavía, más numerosas de lo que se cree.
El desengaño no es un producto de la cultura, sino, por el contrario, de la
ignorancia. El que está deseoso de saber descubre que cada uno de sus pasos se
apoya en la superficie de minas profundas, donde duermen los poderes y los
conocimientos de mundos enterrados. En todas partes se guardan herméticos
secretos, desde la Irlanda del Numinor céltico hasta la Australia extrañamente
muda desde Lascaux hasta la isla de Pascua, desde el desierto de Gobi hasta el
Amazonas.
Algunos investigadores han
insistido en que una civilización desconocida, heredera del fabuloso pasado,
existe aún en las selvas inexploradas de Amazonia, y, más concretamente, en la
región delimitada por el río Xingu, el río Tapajos y el Amazonas.
La «ciudad Z» de este
persistente sueño romántico se hallaría situada a 19° 30' de latitud Sur y 12'
30' de longitud Oeste. En las extrañas libretas del coronel Faucett, que
desapareció en estas regiones, en 1925, sin dejar rastro, se lee: «La solución
del origen de los indios de América y del mundo prehistórico, la tendremos
cuando sean descubiertas y abiertas a la investigación científica las antiguas
ciudades de la civilización solar. Pues yo sé que estas ciudades existen.» En
efecto, algunos indios habían hablado a Faucett de una ciudad que seguía viva,
habitada, iluminada por la noche. Pero nadie ha entrado aún en la tierra prohibida.
Alpheus Hyatt Varrill fue, como el coronel Faucett, una prodigiosa
figura de explorador romántico. Murió en 1964, a los noventa y tres años,
después de haber escrito un centenar de obras sobre la América Central y la
América del Sur. Jamás intentó forzar la tierra
prohibida, convencido de que moriría en el empeño; pero pudo consultar,
según dice, los archivos secretos del duque de Medinaceli, en los cuales se
encuentran -dice- los mapas utilizados por Colón, en los que figuran, no
solamente el contorno de las dos Américas, sino también los detalles del interior.
Varrill, y su viuda después de él, no han dejado de afirmar que existieron
civilizaciones extraordinariamente avanzadas en América del Sur, y que aún
permanecen vivos restos considerables de ellos. Dado que la mayoría de las
predicciones de Varrill han sido comprobadas, en particular las referentes a
las inscripciones fenicias y a los métodos químicos empleados por los antiguos
peruanos para el tratamiento del granito, debemos considerar con cierto
respeto su más obstinada afirmación.
Añadiremos, en recuerdo del
coronel Faucett y de Varrill, dos informaciones que no tienen valor decisivo,
pero que fueron recogidas por nosotros en el curso de los últimos años. La
primera nos fue proporcionada por el señor Miguel Cahen, uno de los directores
de la sociedad «Magnesita, S. A.», dedicada, en el Brasil, a minerales
industriales y, en particular, a los derivados del magnesio que se utilizan en
metalurgia. Un prospector de esta
sociedad encontró, junto a los lindes de la tierra
prohibida, un extraño cristal que el señor Miguel Cahen remitió a Jacques
Bergier. Al ser examinado, este cristal resultó ser de carbonato de magnesio,
dotado de una transparencia extraordinaria y de propiedades muy curiosas en el
espectro infrarrojo, con radiaciones polarizadas. Ningún cristal de este tipo
aparece descrito en mineralogía. Bergier envió este cristal a la Oficina
Nacional de Investigaciones Aeronáuticas de Francia. Los especialistas de esta
oficina declararon que el susodicho cristal sólo podía ser de origen
artificial. Y la cosa quedó así, pues «Magnesita, S, A.» no disponía de otras
muestras.
La segunda información llegó a
nuestro conocimiento por medio de una periodista brasileña, Cecilia Pajak, del
diario O Globo. Según Cecilia Pajak, allá por el año 1958 se pidió la
extradición de cierto número de criminales de guerra alemanes, refugiados en
Brasil. Algunos de éstos fueron a esconderse en la tierra prohibida. En general, los que penetran en esta zona
desaparecen para siempre. Pero no ocurrió así en el caso de estos
nazis. Desde 1964, sus familiares residentes en Brasil reciben cartas,
remitidas desde el interior. Estas cartas afirman que aquellos hombres permanecen
prisioneros, pero reciben buen trato. Les está prohibido decir quiénes son sus
carceleros... ¿Serán mantenidos como rehenes en alguna de aquellas ciudades
secretas de que, con tanta fe, nos hablaba el coronel Faucett?
CAPÍTULO V
A PROPÓSITO DE LA CIENCIA
CHINA
Escafandras de 45.000 años. -
Bronce de aluminio y alquimia. - El Tratado de las mutaciones. - El sismógrafo
de Chang Heng. - Las mágiiinas astronómicas del siglo I. - La tradición matemática.
- Los espejos mágicos. - El I Ching. - El orgullo del Celeste Imperio.
El contacto intelectual con
China es muy difícil de establecer. Incluso conociendo la lengua, es casi
imposible captar los argumentos y las intenciones del interlocutor. Mientras
nosotros escribimos este libro, los físicos europeos del CERN (Centro Nacional de
Investigaciones Científicas. - (N. del T.)) discuten el siguiente
problema: los recientes descubrimientos chinos sobre los statons, ¿constituyen un enorme
progreso, o se trata
simplemente de hechos conocidos y redactados en lengua cultural china?
Igual perplejidad impera en los medios
americanos de la física. Dejemos, pues, al profesor Chi Pen Lao, de la
Universidad de Pekín, y a la Agencia Nueva China, la responsabilidad de sus
afirmaciones. Según estas fuentes, en las montañas del Hunán y en una isla del
lago Tungting se descubrieron unos bajorrelieves de granito que representan
seres no humanos, o, mejor dicho, hombres-escafandra con trompa de elefante
(¿aparato respiratorio?). Estos seres aparecen representados, ora de pie en
el suelo, ora sobre unos objetos cilíndricos que flotan en el cielo. Según las
mismas fuentes, ¡estos bajorrelieves tienen una antigüedad de 45.000 años! He
aquí algo que no contradice nuestra tesis. Pero quisiéramos saber cómo ha sido
determinada aquella antigüedad. Existen métodos
-termoluminiscencia,
paleomagnetismo- para determinar las fechas, cuando no basta el carbono
radiactivo. Sin embargo, que nosotros sepamos, estos métodos no han sido nunca
aplicados in situ, y, como la Academia de Ciencias de Pekín no contesta
las cartas que se le escriben, resulta difícil pronunciarse... Esperemos que la
información sea exacta, y consignemos únicamente el hecho de que los mitos
chinos aluden frecuentemente a visitantes extraterrestres.
Los documentos y los objetos que realmente poseemos
para sentar y demostrar la idea de una ciencia y una técnica en China, datan de
los tres primeros siglos de la Era cristiana. Entre cuarenta mil años antes de
J. C. y trescientos después de J. C., existe una considerable distancia en el
tiempo, la mayor que, hasta este momento, se ha señalado en este libro.
' Objetos de
bronce de aluminio han sido encontrados en tumbas que datan del siglo II
después de J. C. Parece imposible, pero
es verdad. No se puede obtener bronce de aluminio sin electrólisis. Sin
embargo, los alquimistas chinos lo consiguieron. ¿Con qué procedimiento? Esto
es lo que quisiéramos saber. En todo caso, conviene consignar algunos datos
sobre la alquimia china. Utilizaremos la Historia del mundo antiguo, de la UNESCO
(tercera parte, edición inglesa). La alquimia china, cuyas raíces habría que
buscar en los milenios desconocidos, tuvo por objeto transmutar al adepto,
haciéndole adquirir la sabiduría y la inmortalidad corporal; en cambio, la
fabricación de oro, a base de un procedimiento de transmutación tradicional,
no fue más que una etapa para la obtención de productos capaces de asegurar al
adepto la trascendencia de la condición humana. Como establece muy bien la
obra de la UNESCO, el oro alquímico no estaba destinado a la venta.
El primer
texto alquímico conocido es el Ts'ant'ung-Ch'i. Como todos los
maestros de ciencias secretas, el autor escribe bajo seudónimo. El texto explica, en noventa párrafos, la
fabricación, partiendo del oro, de la píldora de la inmortalidad, mediante un
procedimiento térmico complejo, en un recipiente
en forma de huevo y herméticamente cerrado. Como el célebre Tratado de
las mutaciones, la
obra utiliza el lenguaje binario de los ordenadores modernos. En ella
encontramos ya los términos Yung y Yin,
o sea la doble oposición que constituye
la base de la doctrina del taoísmo.
Se han
descubierto varios tratados de alquimia, todos
ellos correspondientes a los tres primeros siglos de nuestra Era, pero que hacen referencia a hechos mucho
más antiguos. Según los autores, los alquimistas que consiguieron realizar la
Grande Obra vivirían aún en «una isla de los inmortales». Otros textos
alquímicos han sido descubiertos después de
la revolución cultural, pues Mao Tsé-tung se interesa
por la alquimia.
Pasemos ahora a lo que puede comprobarse.
Existen
dos fuentes indiscutibles en lo que concierne
a China y a su ciencia. Una de ellas es la obra del doctor Àlexander Kovda, director de la sección de Ciencias
Exactas y Naturales de la UNESCO. La otra es la monumental Historia de la
ciencia en China, del historiador inglés Joseph Needham, publicada por la Universidad de Cambridge.
Un primer hecho cierto y sorprendente se
desprende de estas obras: los chinos poseían un conocimiento exacto y sumamente
desarrollado de la sismología. Esto es algo absolutamente único en la historia
de las antiguas civilizaciones. Fueron los chinos quienes redactaron una lista
completa de los temblores de tierra, desde el año 780 antes de J. C. hasta el
1644 de nuestra Era. Según las crónicas, los dioses bajados del cielo exigieron
la redacción de esta lista. Por consiguiente,
los dioses se interesaban de manera singular por la estructura del globo
terrestre. Pero hay, aún, algo más extraordinario. Chang Heng, nacido el año 78
y muerto el año 139, inventó el sismógrafo. Su aparato incluía un péndulo que
podía desplazarse en ocho direcciones y hacía funcionar determinados mecanismos.
En la parte exterior del aparato había ocho cabezas de dragón, cada una de las
cuales sostenía una bola de bronce. Debajo de cada cabeza, un sapo, con la boca
abierta, recogía la bola. De este modo se obtenían indicaciones que permitían
situar, con la regla y el compás, el epicentro del terremoto. No cabe la menor
duda sobre la existencia de este aparato. Pero quizá no se ha reflexionado
bastante sobre su posible interpretación. Se trata de una aplicación, en el
marca de las costumbres y de las artes chinas de la época, de principios
científicos avanzados y que presuponen un conocimiento de la estructura de la Tierra, de las matemáticas e incluso de
la prolongación de las ondas, cuyo origen se ignora. Todo rastro de esta clase
de estudios desaparece después de la dinastía de los Han. ¿Por qué?
La misma obra de la UNESCO aporta datos
interesantes sobre la astronomía china. Ésta surge antes que la alquimia y
constituye la ciencia secreta de los sacerdotes-reyes de la dinastía Chu. Estos
reyes son en parte mitológicos y en parte reales, y ningún historiador está de
acuerdo en la determinación de qué emperadores Chu fueron míticos o reales.
Así, el emperador Yao es citado a veces como legendario, y otras como humano.
Se dice que nombró, para altos cargos, a unos astrónomos que tampoco sabemos
si eran personas o entelequias. Muy poco se sabe en Occidente de esta ciencia
secreta. Se presume que sirvió, principalmente, para el estudio de un planeta
invisible, pero que formaba parte del sistema solar. A partir del siglo XVI
antes de J C., se advierte la observación sistemática de los eclipses de sol,
que, incluso entonces, parecían muy antiguos, remontándose a fechas difíciles
de admitir, porque se refieren a decenas de millares de años. Sabríamos mucho
más si poseyéramos documentos escritos. Pero gran número de éstos fueron
destruidos durante la revolución cultural. No la de Mao, sino la de Wang Mang.
Wang Mang, llamado el Usurpador, gobernó China desde el año 9
hasta el año 22 de la Era cristiana; hizo la revolución, pero acabó por
decretar impuestos tan gravosos, que fue asesinado durante el invierno del año
22 de nuestra Era. En el curso de la revolución, desaparecieron muchísimos
textos. Casi doscientos años más tarde, aparecen nuevos documentos, durante el
siglo II de la Era cristiana. Entonces
vemos surgir, fundándose en una tradición inmemorial, una teoría según la cual
los cielos no estaban compuestos de materia, sino que las estrellas y planetas
flotaban en un espacio infinito y vacío. Es una teoría que se aproxima a la
visión moderna, y absolutamente única en su tiempo. Comprobamos también,
desde el año 5 de la Era cristiana, la existencia de máquinas que imitan el
Universo, que siguen una estrella en su movimiento y permiten predecir los
eclipses. En el siglo III, la predicción de los eclipses alcanza ya un grado
excelente.
A fines
del siglo IV se llega a predecir si un
eclipse será parcial o total. Todo esto aparece perfectamente comprobado en los
trabajos de Joseph Needham y de Alexander Kovda. Esta maquinaria celeste (la
expresión es de Joseph Needham) parece ser absolutamente original. Se distingue
de tentativas contemporáneas de Alejandría y de las realizaciones posteriores
en Europa por el sistema de coordenadas, fundado en la declinación y la
eclíptica. Los dispositivos chinos hacen pensar en los telescopios modernos,
mucho más que las realizaciones de los griegos o, incluso, las de la Edad Media
europea.
No resulta difícil admitir,
desde nuestro punto de vista, que se trata de una ciencia secreta, desarrollada
de manera muy diferente a como se desarrolló en Europa. Hay que observar,
también, que, desde el siglo I de la Era cristiana se conocía el magnetismo.
Éste se empezó a utilizar para l
a. orientación, aunque la brújula no apareció
hasta
un siglo más tarde. Desde el siglo I de nuestra Era
se describen imanes en forma de cuchara, que ostentaban un dibujo de la Osa
Mayor y se orientaban hacia el Sur. Sin duda tenían una antigüedad respetable,
remontándose al período de los alquimistas inmortales, del que no sabemos
prácticamente nada.
Estos descubrimientos parecen
relacionados con matemáticas avanzadas, que sin duda tuvieron mucho que ver con
la magia taoísta. En el siglo II de la Era cristiana, sabemos que existió una
«Memoria sobre la tradición del arte matemático», que relaciona los secretos de
los números con los misterios del Tao.
En el terreno práctico, los
mismos herederos de la de la tradición matemática inventan el ábaco, aproximadamente
en los tiempos de Jesucristo. Este invento, contrariamente a lo ocurrido con
otros, no llegará a Occidente, donde se realizará independientemente.
Todas las descripciones del
desarrollo científico del primer milenio antes de J. C. aluden a los espejos
mágicos. Algunos de estos espejos se conservan aún en colecciones
particulares. Su estructura y su empleo resultan incomprensibles. Son espejos
que tienen, detrás del cristal, unos altorrelieves extraordinariamente
complicados. Cuando el espejo está iluminado por la luz del sol directa, estos
altorrelieves, separados de la superficie del espejo por un cristal
reflectante, se hacen visibles. En cambio, esto no se produce con luz
artificial. Es algo científicamente inexplicable. También se atribuyen otras
propiedades a estos espejos: asociados a pares, transmiten las imágenes, como
la televisión. Que nosotros sepamos, no se ha hecho ningún experimento para
comprobarlo. Los especialistas de la UNESCO explican que la singularidad de
estos espejos se debe a «pequeñas diferencias de curvatura» (?), y se muestran
reservados sobre las otras propiedades. Si se pudiese demostrar que estos
espejos poseen circuitos impresos y constituyen un modo de comunicación,
tendríamos una prueba de la existencia de técnicas avanzadas en la antigua
China.
Por último, y a nuestro modo
de ver, el I Ching constituye la prueba última y esencial de una ciencia
superior en China. Necesitaríamos varios libros del tamaño de éste para
estudiar a fondo el significado del I Ching. Nos limitaremos a mencionar lo
que parece esencial, advirtiendo, ante todo, que la obra de C. G. Jung es
capital en este campo, como en muchos otros.
¿Qué es el I Ching? El I
Ching, o Libro de las mutaciones, es una obra en la que se
consignan metódicamente todas las situaciones en que un ser humano puede
encontrarse. Es también un oráculo que permite descubrir la situación en que se
halla el interrogador en el momento de formular su interrogación. Para obtener
la respuesta, el operador arroja al aire unos palillos y saca un número, correspondiente a la posición de aquellos. Ese
número indica una frase del oráculo.
La clave que indica esta referencia -clave
que como el libro, es de una antigüedad imposible de precisar; tal vez cuatro
mil años- utiliza el sistema binario, igual que hacen los ordenadores. El
funcionamiento de este «aparato para conocerse > presupone, evidentemente,
la intervención y el juego de fenómenos paranormales. Como en los experimentos
parapsicológicos de Rhine y de Soal, existe una violación de las leyes de
probabilidades y un traslado del tiempo, del pasado al futuro. Es indiscutible
que el oráculo contesta y que sus respuestas son, muchas veces, sensatas. No
cabe duda de que, si se hubiese dedicado al I Ching una parte de los recursos
que se consagran a investigaciones insignificantes, pero tranquilizadoras, se
habría hecho progresar el conocimiento universal.
Lo que llama la atención, incluso
prescindiendo del aspecto paranormal del fenómeno, es la utilización de una
clave binaria y al mismo tiempo, la sutil clasificación de todos los problemas
humanos en un número limitado de situaciones típicas. Esto implica formas de
pensamiento abstracto, ciertamente iguales o superiores a los de toda civilización
conocida del año 2000 antes de J. C. Y si recapitulamos: fabricación del
aluminio, sismografía, astronomía y espacio infinito, síntesis del oro, espejo
mágico, I Ching, tendremos que reconocer que había en China una civilización
absolutamente original y siempre orientada hacia la técnica.
Esta civilización plantea, evidentemente,
numerosas cuestiones relativas al pasado. Pero también plantea otras,
relativas al presente:
Dado su inmenso poder de abstracción,
relacionado con una considerable capacidad técnica desde la más remota
antigüedad, ¿por qué no ha progresado China, hasta asegurarse rápidamente la
dominación del mundo? ¿Por qué ha triunfado occidente
sobre esta poderosa civilización?
Según los tradicionalistas, hay que buscar
la respuesta en el hecho de que el taoísmo degeneró rápidamente en un conjunto
de prácticas de charlatanería, rompiéndose el lazo con los «inmortales- Según
los materialistas como Joseph Needham o Alexander Kovda, el proletariado se
dejó encadenar, y China perdió la oportunidad de una revolución industrial y de
un 1917. Ninguna de estas respuestas es enteramente satisfactoria. Pero si
queremos comprender el orgullo chino contemporáneo tenemos que remontarnos a
las antiguas fuentes y ver en ellas la razón de una soberbia inmemorial, así
como la justificación inmemorial de la ambición de gobernar el mundo.
CAPÍTULO VI
VIAJE ALREDEDOR DE NUMINOR
La mano de plata y la fuente
milagrosa. - El agua, la tierra, la luna, la muerte. - Los dioses venidos del
mar y los venidos del cielo, - Los manuscritos desaparecidos. - Conspiración
contra el celtismo. - Una leyenda de tipo Akpallu. - Organización militar y
metalurgia. - Druidas, bardos y
oubages. - Sobre la iniciación y el enterramiento esotérico. - 1.° de mayo, San
Juan y Navidad.- Numinoë y Numinor. - La ciudad de Ys. - El mito de las
ciudadelas sumergidas.
Numinor, la Atlántida del Norte, la Atlántida
celta, es mucho menos célebre que la Atlántida propiamente dicha. Su nombre
despierta cierto eco literario en los países anglosajones, pues sirvió de base
a dos grandes trilogías imaginativas: la de C. S. Lewis y la de J. R. Tolkien.
Sin embargo, incluso para las que han leído estas magníficas trilogías,
Numinor sigue siendo vago símbolo de un polo alrededor del cual se habrían
concentrado las influencias nórdicas.
Incluso ignoramos la posición geográfica de
este centro. Pero si algo tiene una probabilidad de ser verdad es que,
considerado el contenido de los datos legendarios, los celtas debieron tener
una Atenas, una Roma. No poseemos ninguna indicación concreta sobre su
fundación, ni sobre su caída. ¿Se trata
de una ciudad mítica del más allá? ¿Cómo dilucidar este punto? Podemos estudiar
la historia de la Irlanda antigua buscando un rastro de Numinor. Pero no lo
encontramos. Sin embargo, veámosla de todos modos, pues esta historia nos fue
transmitida en forma simbólica y, para comprenderla, hay que intentar una
especie de psicoanálisis de este simbolismo.
Después del gran Diluvio Universal, la
isla que había de ser más tarde Irlanda
fue habitada, en un principio, por la reina maga Cessair (reencarnación de
Circe) y sus súbditos. Cessair pereció, con toda su raza. Hacia el año 2640,
antes de J. C., el príncipe Partholon, procedente de Grecia, desembarcó en
Irlanda con veinticuatro parejas. Al principio, Irlanda era una llanura única,
horadada por cuatro lagos y regada por nueve ríos. Engrandecida por Partholon,
contará en lo sucesivo con cuatro llanuras y siete nuevos lagos. Los compañeros
del príncipe se multiplicaron al cabo de trescientos años eran ya cinco mil.
Pero una misteriosa epidemia los aniquiló cuando la fiesta de Beltine, el
primero de mayo, al cumplirse el tricentenario de su desembarco. Su sepulultura
colectiva se encuentra en Tallaght, cerce de Dublín. Mientras tanto, allá por
el año 2600 la raza de los «Hijos de Nemed» (cuyo nombre significa «Sagrado»), procedente de Escitia,
había puesto pie en la isla, que creían desierta. Otra masa de invasores desembarcó alrededor del año 2400, el día
de Lugnasad (1 de agosto), tercera gran fiesta del año céltico. Los Fir Bolg
(¿los «hombres belgas»?) constituían su elemento principal, al que se
sumaron diferentes tribus, tales como los Gaileoin (¿«galos»?), y los Fir
Dominan (¿«Dummonm de Gran Bretaña»?), pero formando todos una sola raza y una
sola dominación. Por último, procedentes de las «Islas del Oeste», donde
estudiaban el arte de la magia, llegan los miembros de la Tuatha De Danann, que
son de raza divina. Traen consigo sus talismanes: la espada de Nuada, la lanza
de Lug, el caldero de Dagda y la «piedra del destino» de Fâl, que grita cuando
se sienta sobre ella el rey legítimo de Irlanda. Estos invasores sucesivos
tuvieron que combatir, todos ellos, contra una raza de monstruosos gigantes
que moraba al principio en Irlanda. Unos tenían «un solo pie, un solo ojo y
una sola mano»; otros tenían cabeza de animal, en su mayoría de cabra. Estos
monstruos eran los Fomoiré (de fo, debajo, y moiré o mahr, demonio
hembra, cuyo nombre figura en la palabra francesa cauchemar, pesadilla). En
seguida se entabla la lucha entre los Tuatha Dé Danann y los Fir Bolg. La
primera batalla se desarrolla en Moytura (Mag Tuireadh, la «Llanura de los pilares»,
es decir, de los menhires), cerca de Cong, en el actual condado de Mayo. Los
Tuatha Dé Danann salen triunfadores. En el curso de la batalla, su rey, Nuada,
pierde la mano derecha. Esta mutilación trae consigo la privación del poder
soberano. El hábil curandero Diancecht sustituye el miembro amputado por una
mano articulada de plata. Obligado a dimitir, Nuada Mano de Plata es
sustituido por Bres («Hermoso»), hijo de Elatha («el saber»), rey de los
Fomoiré, y de la diosa Dé Danann Eriu (diosa anónima de Irlanda). Las dos
razas enemigas se alían por medio del matrimonio. Bres se casa con
Brigitte, hija de Dagda, mientras que Cian, hijo de Diancecht, se casa con Ehniu, hija de Balor Malos Ojos.
Pero Bres es un tirano odioso. Abruma a sus súbditos con impuestos y
gabelas; se burla de Cairbré, hijo de Ogma y el más grande filé (bardo) de Dê
Danann. Bres se verá obligado
abdicar el poder al cabo de siete años. Entonces, Nuada vuelve a subir
al trono, pues su mano natural ha sido sujetada a su muñeca, gracias a la
habilidad y los ensalmos de Miach, otro hijo de Diancecht. Éste, por envidia,
hace matar a Miach.
Mientras tanto, Bres celebra
un consejo secreto en su morada submarina. Convence a los Fomoiré de que le
ayuden a expulsar de Irlanda a los Dê Danann. Los preparativos de guerra duran
siete años, período durante el cual se va desarrollando Lug, el niño prodigio
«maestro de todas las artes». Lug organiza la resistencia de Dê Danann,
mientras Goibniu les forja armas y Dincecht hace brotar una fuente maravillosa
que cura las heridas y reanima a los guerreros muertos. Pero unos espías
fomoiré la descubren y le quitan su eficacia, llenándola de piedras malditas.
Después de algunos duelos y escaramuzas, se entabla una gran batalla en la
Moytura del norte (llano de Carrowmore, cerca de Sligo). Numerosos guerreros
perecen en el curso de la encarnizada lucha: Endech, hijo de la diosa Domnu,
muere a manos de Ogma, que sucumbe a su vez. Balor Malos Ojos fulmina a Nuada con su mirada fatal. Pero Lug, con su honda mágica,
hace saltar los ojos a Balor. Vencidos y desmoralizados, los horribles Fomoiré
retroceden y son arrojados al mar. Bres cae prisionero, y se rompe la hegemonía
de los gigantes en la isla.
Pero el poderío de los Dê
Danann conocerá una rápida decadencia. Dos deidades del Imperio de los Muertos,
Ith y Bilé, desembarcan en la desembocadura del Kenmare e intervienen en las
reuniones políticas de los vencedores. Mile, hijo de Bilé, va a reunirse con su
padre, en Irlanda, acompañado de sus ocho hijos y de su séquito. Como los
invasores anteriores, llegan un primero de mayo En su camino hacia Tara, se
encuentran sucesivamente con tres diosas epónimas: Banba, Fodla y Eriu. Cada
una de ellas pide al druida Amergin, consejero-divino de Mile, que ponga su
nombre a la isla. La isla recibirá el nombre de Erinn (genitivo de Eriu),
porque Eriu formuló su petición en tercer lugar. Después de nuevos y sangrientos
combates, en el último de los cuales interviene Manannan, hijo de Llyr (el
«Océano»), los tres hijos supervivientes de Mile matan a los reyes Tuatha. Se
concierta un tratado de paz; los Tuatha renuncian a Erinn y se retiran al país
del Mas Allá, sin más compensación que determinado culto y sacrificios
celebrados en memoria suya. Así debió de empezar la religión en Irlanda.
Todo esto es mítico. Sin
embargo, «conviene considerar el mito, no como una fabulación estúpida de la
mente humana en lucha con las famosas potencias engañosas de Pascal, sino como
una técnica operatoria de igual valor epistemológico que las
matemáticas. Tal vez así se comprenderán mejor las lecciones de la Historia,
pues ésta está plagada de mitos que no se atreven a decir su nombre. Se
comprenderá a los celtas, y su curso intelectual» (Jean Markale). Nosotros
trataremos de llegar hasta Numinor a través del mito. El camino es largo.
Empecemos por el principio. En la mitología céltica se observa una cronología
exacta y a todas luces racional, fundada en dos principios inseparables: la
vida y la muerte, asociadas ambas a la tierra madre. Existe un paralelismo
entre la tierra y el hombre. Éste pasa por tres estados: el nacimiento, la vida
y la muerte. En una medalla céltica, cada uno de estos estados está
representado
por una cabeza de corcel. Las
tres cabezas son absolutamente idénticas: hay similitud y una especie de
fusión.
El agua estaba estrechamente relacionada
con el suelo (y con el subsuelo). Es el elemento fluido: mezclado con el
elemento telúrico, y los caracteres sagrados de estos elementos permanecen
íntimamente ligados. (Es curioso observar que, según los esquimales iglulik,
que viven en Canadá, los hombres, cuando llegaron a la tierra, vivieron, en la
oscuridad; nada concreto se dice sobre su origen.) Entonces, no había ningún
animal, y el suelo proporcionaba una alimentación pobre y escasa. Pero un
solitario recibió la visita de espíritus que venían de otra parte. estos le
aconsejaron que descendiese a la casa de la madre de los animales marinos.
Siguió el consejo, y se sumergió. Trajo de allí (cosa curiosa) piezas de caza y
no pescados, y, al propio tiempo, la alegría para sus semejantes. También
puede observarse, entre los celtas, que el señor de los alimentos, Aryaman
(etimológicamente, protector é los arios o indoeuropeos), representa un doble
papel. En esto se parece un poco a Jano. Tarmbién existe en el mazdeísmo. Pero
su ambigüedad -su benevolencia, opuesta al terror que inspira a veces- no
subsiste entre los persas. En la religión de éstos, existen dos fuerzas
opuestas: el genio del bien, Ahura Mazda, y el del mal, Ahrimán, que es
también poder de las Tinieblas. También encontramos esta oposición en su arte
particularmente en la fachada de los edificios, en que los arquitectos
combinaban efectos de luz y de sombra, obtenidos con relieves y concavidades.
Muchos monumentos aqueménidas lo atestiguan. Y es permisible imaginar este
mismo carácter en los edificios de Numinor.
Pero otro elemento viene a sumarse al agua
y a la tierra: la luna, cuyo culto figura en las más antiguas leyendas. Como en
todos los pueblos de la Antigüedad, se le presta adoración, no por
ella misma, sino por su intervención en todas las formas de la vida. La luna
ejerce una fuerza en el crecimiento de los vegetales, en los períodos
femeninos y en las mareas. Por otra parte, las fases creciente y menguante
permitieron a los celtas adquirir nociones precisas de duración y de medida.
Así, pues, los primeros cultos se dedican a
nuestro planeta y a su satélite, sin olvidar la superioridad otorgada al agua.
Pues la inmersión en ésta «simboliza el retorno a lo preformal», y la salida
del agua, el acto cosmogónico de la creación.
Debido a esta continuidad inmutable, el oscuro
mundo subterráneo, que inspira al principio un terror comprensible, pierde
después este aspecto;.pues el País de los Muertos es también el Mag Mell: la
llanura feliz de los Campos Elíseos, y TIR-NA-N-OG, la tierra de los Jóvenes.
Pero, a partir de cierto momento que no se puede precisar, los dioses
subterráneos y acuáticos son remplazados por otros, venidos del espacio.
Parece que esta sustitución indica una conmoción, una conquista. Los invasores
son los hijos de MIL, que venció a los TUATHA-de-DANANN. Éstos disfrutaron de
inmenso poder durante treinta siglos. Para convencemos de esto, basta con
examinar, en las costas de Irlanda, fortalezas o muros de granito que fueron
fundidos en un espesor de cincuenta centímetros por un arma singularmente
parecida al láser o a una fusión termonuclear. Además, se les atribuye la
erección de los megalitos.
Su punto de partida está relacionado con un
crimen, como en el episodio de la caída judeocristiana (y quizá, también, al
de la desaparición de Numinor). Este crimen se dice cometido por Morrigana
(demonio de la noche), hija de Bu-an (el Eterno), o de Ernmas (el Asesinado),
llamado también Bodb (la Corneja). Sea de ello lo que fuere, los dioses solares hicieron inclinar la lanza del lado del fuego y
por consiguiente, la muerte, considerada
desde otro ángulo. En efecto, si en las grandes civilizaciones de Asia y de
Grecia el sol tiene, sobre todo, la condición de creador-fertilizador, y
simboliza la victoria del espíritu sobre la materia, su ocaso guarda también
relación con la decadencia y la desaparición; y así, si engendra al hombre, lo
devora también. Sin embargo, Lug, el más importante dios solar, representa,
sobre todo, un papel benéfico y posee grandes cualidades. Es señor indiscutible
de las artes, tanto de la paz como de la guerra. Recibe el título de
Sahildanach (literalmente, politécnico, herrero, carpintero, poeta, campeón,
historiador, hechicero). Desempeña todas las actividades superiores de la
tribu. Posee una lanza mágica, que hiere por sí sola al enemigo que amenaza al
dios. Su arco es el arco iris y en Irlanda, la Vía Láctea recibe el nombre de
«Cadena de Lug». En cambio, el brillo de su rostro impide que se le pueda mirar
a la cara lo cual recuerda el fenómeno que la Biblia denomina «la Gloria del
Señor», y la ciencia-ficción «los Grandes Galácticos». También tiene algunos
rasgos de Mercurio;y, por otra parte, no hay que olvidar los desastrosos
efectos de la claridad y de la luz en ciertos mitos griegos, como el de Icaro,
en Creta.
Dagda raya a menor altura.
Dios de los músicos, encanta, aunque no suscita una gran veneración. Con su
arpa mágica, toca sucesivamente los aires del sueño, de la risa, de la
tristeza, y sus oyentes duermen, ríen o lloran. Esto recuerda un poco las
virtudes de ciertos temas musicales de la India. Algunos de ellos tenían
incluso el poder de matar a los que los escuchaban, si eran tocados
intempestivamente.
En Irlanda, se venera bajo
este mismo nombre de Dagda al Señor del Caldero, que en otras partes se llama Teutates. En todo caso,
el culto del caldero se practicó en todos los países célticos.
Además de Lug y Dagda, podemos
citar a los hijos de Don. Los galos llamaban Lys Don (corte de Don) a la
constelación de Casiopea, y Caer Gwydon (castillo de Gwydon) a la Vía Láctea.
Al cabo de cierto tiempo, se
afirma de nuevo la superioridad telúrica. Aunque los hijos de Mile habían
transformado el fuego destructor en fuego benéfico, parece que celebraron un
trato con los dioses subterráneos. Éstos se refugiaron en las tenebrosas
regiones del centro del planeta; pero salen de ellas periódicamente, regresan a
la superficie y, visibles o no, pero siempre tangibles, participan en la vida
de los hombres.
Mientras tanto, los celtas siguen esperando (si no un redentor o un
Mesías) un ser predestinado, Galaad, que indicará el sentido exacto de cada
acción, a fin de que sean regeneradas las funciones. Pues el mundo de lo
«sagrado» es ambiguo. Si una cosa posee, por definición, una naturaleza fija,
hay, por el contrario, una fuerza que engendra el bien o el mal, según la
orientación que tome o se le imprima.
Si consideramos la importancia
que los celtas atribuyeron a los mitos, nos daremos cuenta de que no se trata
de simples fabulaciones. Los mitos representan cuanto pudo existir de opuesto
al Logos de los griegos y a la Historia de los latinos. Según los cristianos,
son creencias no confirmadas por las Escrituras y que, por tanto, carecen de
todo fundamento. Pero podríamos replicarles que pocos acontecimientos vinieron
a confirmar las Escrituras.
Lo cierto es que se
transmitieron durante largo tiempo, de generación en generación, por vía oral. Así, los primeros textos irlandeses, que constituyen
la base del folklore, no pueden considerarse como anteriores al siglo v de
nuestra Era, por más que digan los entusiastas. Cierto que no se ha demostrado
que no existiesen manuscritos bretones, que pudieron perderse cuando las invasiones
normandas. Es verosímil que estos manuscritos, en lengua bárbara que nadie
comprendía fuera de la península, fuesen a parar a ciertos monasterios, donde
los pondrían de lado, para destruirlos después.
Ignoramos a qué tiempos se remontan exactamente
las leyendas cuyo origen se pierde en las brumas de la prehistoria indoeuropea
y autóctona (la mayoría de los textos que se han conservado están escritos en
gaélico y en galo medio).
La última forma adoptada por los mitos célticos
fue el
ciclo de la Tabla Redonda de Arturo. Pero, en esta forma, los
símbolos siguen siendo oscuros, y, además, la moral cristiana añadió elementos
ajenos a las leyendas paganas. Éstas, por ser esotéricas, se presentan
envueltas en misterio. «El hombre de la multitud no recibirá el conocimiento»,
escribió Taliesin. Además, algunos manuscritos fueron puestos a buen recaudo,
ya fuese para que no se divulgasen, ya para librarle de los invasores y de las
depredaciones de los ladrones. De vez en cuando, oímos hablar de un
«escondrijo» o de un depósito de manuscritos, descubierto por casualidad o como
consecuencia de minuciosas búsquedas. Uno de los autores de la presente obra
estuvo a punto de encontrar uno de estos escondrijos mientras, en 1938, realizaba,
en Rennes, investigaciones sobre el culto de Alkar-az. Pero, en definitiva, le
fue negado el acceso. Numerosos investigadores, en el curso le los últimos
siglos, trataron de interpretar la abundante literatura céltica. Algunos
especialistas, como G. Dottin, dedicaron varios libros al análisis y al
comentario literario e histórico de los textos que han llegado hasta nosotros.
Ya hemos dicho, al principio de este capítulo, que otros se inspiraron en
diferentes temas, como el de Numinor. Y algunos, en fin, los desnaturalizaron
lastimosamente. Tales exageraciones se deben, quizás, a que, durante largo
tiempo, se desdeñó el estudio de esta civilización anterior a la llegada de los
griegos a Europa occidental y a la conquista romana. Los helenistas y los
latinistas se esforzaron desaforadamente, -durante siglos, en negar toda
aportación por parte de los pueblos conquistados, o en reducir al mínimo sus
méritos y el interés de los enigmas, que, durante dos milenios, no han hecho
más que complicarse. Los historiadores menospreciaron a los celtas hasta el
punto de confundirlos a menudo con los cimbros, que, a pesar de haberse aliado
con los celtas y teutones, tuvieron un origen completamente distinto.
Esta conspiración prosigue aún en nuestros
días, por miedo a empañar el brillo de la cultura dispensada a las Galias por
Julio César y sus sucesores, y también por los evangelizadores cristianos.
Afortunadamente, algunos investigadores ajenos al ostracismo, han intentado,
sobre todo a partir del siglo XIX, reconstituir, al menos fragmentariamente,
la civilización que nos permite creer en la existencia de Numinor, o situarla
con exactitud. Según Eugène Pictard,
que muestra, empero, una gran reserva y se adelanta a las tesis de Broca y de
Dieterle, la cuna de los pueblos célticos, el Harz, estuvo en Bohemia y
Moravia. En el curso del segundo milenio (sin duda en sus comienzos), emigraron
y se dividieron. Al cabo de muchos siglos, algunas ramas llegaron incluso a
Asia Menor, donde los griegos les dieron el nombre de gálatas (de donde procede
el nombre de un barrio de Estambul, en el que se establecieron algunos de
ellos). También observaremos que fundaron, en el corazón de Anatolia, la aldea
de Ancira, actualmente Ankara.
Pero, por
las razones ya expresadas, sus hazañas o sus aportaciones en estas
regiones fueron cuidadosamente minimizadas o pasadas en silencio.
Los autores clásicos aludieron
sobre todo, al hablar de la intrusión gaélica en Italia y en Delfos, a un
salvajismo que infundía terror a las poblaciones autóctonas, como si los
indígenas no hubiesen sentido siempre un gran espanta cuando otros pueblos,
civilizados o bárbaros, efectuaban incursiones en su territorio.
Un grupo de celtas,
procedentes del Harz se desparrama hacia
el Oeste, en forma de abanico, entre los años 950 y 700 antes de J. C., en la
época de Hallstatt, o Edad del Hierro. Una rama se instala en la Galia; otra
pasa por Holanda, Bélgica y la cuenca del Sena, y llega a Escocia y, después,
a Irlanda.
Se ha discutido mucho sobre el
origen exacto de los indoeuropeos de los que forman parte. Por consiguiente,
podría ser muy bien que el Harz no hubiese sido más que un punto de
parada de un núcleo de arios venidos de otra parte, del Norte o del Eranvej.
Dada esta diseminación, y las
mezclas de pueblos que se produjeron en este inmenso crisol, resulta imposible
determinar con precisión las características de la raza celta. Sin embargo,
podemos decir que era braquicéfala, y que esta característica se atenuó, en
el curso de los siglos, debido a las mezclas con las diversas poblaciones
autóctonas encontradas en Escandinavia, Francia, Iberia, Italia, Besarabia,
Polonia, etc.
Al principio allá por el año
5000 antes de nuestra Era, tropezamos con una leyenda de tipo Akpallu:
La raza a que pertenece
Gri-Cen-Chos es la de los Fomore (fo, debajo; mor, grande y mar), potencias
telúrico atlánticas. Son éstos, según el mito, «guerreros» de un solo pie, de
un solo brazo y de un solo ojo; con cabeza de cabra, de caballo o de toro;
genios ofidios ya sedentarios cuando llegaron los primeros inmigrantes. Contra
ellos se estrella cada nueva ola, procedente del mar o de los aires,
modificándolos profundamente, aunque sin llegar a eliminarlos. Volvemos, pues,
a tropezar con los Akpallus, pero sin escafandra, o vistos de perfil.
La lengua se divide muy pronto
en dos grupos: de una parte, el celta o el gaélico; de otra, el kyniers o
belga. El gaélico se hablaba sobre todo en las tierras altas de Escocia y en
Irlanda, y sus dialectos se diferenciaron progresivamente. Pero, a pesar de la
distancia, encontramos numerosas raíces de éstos en el pahlavi e incluso en el
persa moderno. Citaremos un ejemplo: Eyber o Aber significa
agua en gaélico, que se dice âb en farsi.
En los primeros
siglos de la Era cristiana, los celtas utilizaron una escritura: el ogham,
fundado en el alfabeto latino y que consiste en unos trazos perpendiculares, a
uno y otro lado de una arista central. Después, utilizaron casi siempre el
alfabeto latino. Pero así
como se ha puesto en duda su cultura, su organización militar perfeccionada
ha despertado gran atención. Su caballería, sus carros de guerra, sus campos
atrincherados y, sobre todo sus sables de hierro, infundían terror a sus
enemigos. Esto ocurría allá por el año 1000 antes de J. C. Semejante
organización militar presupone un tecnología. Sin embargo, a juzgar por la poca
importancia que les otorgan los historiadores, los celtas no hicieron ningún
aporte a las ciencias y a las técnicas. Por lo menos, resulta curioso. La obra
de la UNESCO dice por ejemplo
en una nota, que los caballos de los
ejércitos celtas llevaron herraduras desde el principio. La fabricación en serie de herraduras, ya que debió
tratarse de decenas de millares, presupone toda una industria, sobre la cual
quisiéramos tener algunos detalles. Conocemos una aldea, La Tène, que fue
centro de cultura celta. Pero esta aldea, que data de 500 años antes de J. C.,
o sea, de al menos dos mil años después del período que nos interesa, se
encuentra en Suiza. No es probable que tengamos que buscar allí a Numinor,
que, según parece, era puerto de mar...
Aparentemente, la civilización
celta, en vez de degenerar, pasó a la clandestinidad en un plano esotérico,
mientras creaba, gracias a la utilización del hierro, una poderosa organización
militar, que dio origen a la cultura llamada «hallstatt occidental», y que los
historiadores dividen, generalmente, en dos períodos: 800 y 650 antes de J. C.
Después de lo cual, este celtismo se transforma en la civilización de La Tène,
cuyo centro, según acabamos de decir, se encuentra en Suiza.
Pero, antes, los celtas, como
todos los habitantes de Europa, pasaron por tiempos difíciles. En el curso de
la era posglacial, el país estaba cubierto de bosques poblados de bestias
salvajes. En esta naturaleza hostil no podían practicar aún la agricultura, que
requiere una seguridad al menos relativa. Permanecieron, pues, durante un
tiempo, en la fase de recogida de frutos silvestres. Una de las primeras
características de su modo de vida es la domesticación de los caballos. Así
como utilizaron en seguida el hierro para herrarlos, sustituyeron sus
primitivos útiles de piedra y de sílex por otros de metal. Pero, incluso en
aquella época, siguieron abriendo pozos de mina de sílex, como los que se han
encontrado en Spiennes, Bélgica, muy bien conservados, de más de diez metros de
profundidad y con galerías y estrechos pasadizos, por los que apenas podía deslizarse
un hombre provisto de sus herramientas.
La habilidad de los celtas en
la metalurgia está comprobada por el gran número de forjas descubiertas en la
Galia, y particularmente en Lorena, en Borgoña y en Bretaña, y por el uso que
hacían los marinos de las cadenas de hierro para anclar sus barcos, en una
época en que los navegantes romanos utilizaban aún cuerdas de cáñamo. Sus
herreros conocían procedimientos de temple que daban a sus armas una dureza extraordinaria.
También trabajaban la plata y sabían la manera de batirla. Ahora bien, todos
estos trabajos presuponen una organización asociativa y, por ende, centros
urbanos o, al menos, aglomeraciones importantes. Indudablemente, se había
superado la fase de las chozas de barro. Después de las ciudades lacustres, de
casas montadas sobre pilotes, debió de haber ciudades próximas a las
importantes necrópolis constituidas parcialmente por los monumentos
megalíticos. Éstos se encuentran en todo el contorno de los mares del Norte y
del océano Atlántico, también en la Europa central.
R. Grosjean, encargado de
investigaciones en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas descubrió en Filesota,
Córcega, vestigios de construcciones muy antiguas, que se remontan, quizás,
al segundo milenio antes de nuestra Era. Y las espigas y entalladuras que se
observan en las piedras levantadas, particularmente en Stonehenge, dan a
entender que los celtas poseían conocimientos arquitectónicos y debían, por
consiguiente, edificar casas de piedra. Eran expertos en diversas artes
menores, practicaban la cerámica y tejían paños muy ricos para la confección
de sus vestidos.
Hay que observar, también, que conocían el empleo del ámbar amarillo (el «elektron» de los
griegos), desde el Báltico hasta el Mediterráneo. Lo utilizaban como adorno,
pero también con fines profilácticos, y, con esta sustancia, que, según Tácito,
era el jugo de una materia sumergida, confeccionaban collares para los niños.
En efecto, se decía que el
ámbar tenía
virtudes terapéuticas, e inmunizaba contra diversas enfermedades.
Tanto las técnicas como los mitos se
transmitían por vía oral y eran, probablemente, patrimonio de la clase
sacerdotal. Ésta constituía una verdadera corporación de filósofos naturalistas
y espiritualistas: los druidas. Aunque ninguna de sus doctrinas y actividades
fueron registradas en un libro, las conocemos gracias a varios escritores
latinos, como Diógenes Laerce, Julio César, Estrabón, Tácito y Plinio el Viejo. Además,
hallamos algunas informaciones a su respecto en algunas vidas de santos y también,
naturalmente, en las leyendas galas.
Su cofradía parece haber estado emparentada
con la de los magos de la religión de Zoroastro y también, un poco, con la de
los poseedores de los dogmas védicos; lo cual no es de extrañar, ya que celtas,
persas y arios de la India constituyen tres de los vástagos de la gran familia
lingüística y cultural de los
indoeuropeos, mientras que la rama de los griegos presentaba sensibles diferencias,
por haber absorbido las creencias, los conocimientos, las tradiciones y el
fondo cultural cretense, lo mismo que los latinos, que fueron discípulos de
los helenos y herederos de los etruscos.
La originalidad de los druidas residía,
pues, principalmente, en el culto naturalista y en el ceremonial de las
estaciones. Además, según dicen los romanos, carecían de templos y reunían a
los fieles en los claros de los bosques.
Gozaban de gran consideración. Según el narrador
de la «razzia» de los bueyes de Cooley,
estaba prohibido
a los ulates
hablar ante el rey y a los reyes, antes que su druida. Estos actuaban
de consejeros políticos de los soberanos y de preceptores de los jóvenes
nobles, y practicaban una medicina fundada en el efecto curativo de ciertas
plantas.
Por otra parte, los celtas, según hemos
dicho, no se limitaban a adorar la Luna como astro, sino también en
consideración a su múltiple influencia. Después de observarla largamente, no
sólo le otorgaron un importante lugar en los motivos decorativos de sus
medallas, sino que concibieron un calendario fundado en las comprobaciones
hechas a su respecto, tomando como base las estaciones y las lunaciones. En sus
funciones culturales estaban asistidos por los bardos, cantores de himnos
litúrgicos, que celebraban el culto de los héroes. Gozaban, además, de un poder
oculto, y, según se dice, realizaban prodigios en comunicación con las fuerzas
espirituales del más allá. Pues creían en la inmortalidad del alma y en la
metempsícosis, y pronunciaban profecías, aunque esto incumbía tal vez a las
druidesas, de las que sabemos poca cosa. Los oubages, adivinos y sacrificadores,
les prestaban igualmente su concurso. Pero el sacrificio no equivalía, como se
tiende a creer, a una inmolación. Era consentido e incluso ambicionado. Se
trata, nos dice Jean Markale, «de una operación psíquica, en el curso de la
cual se despoja al sacrificado de las escorias que le estorban, por grados
sucesivos, y trata de alcanzar la divinidad: el Ser Perfecto». El último grado
es, naturalmente, la muerte, a la que se abandona el iniciado, sin duda como
los hinduistas que se hacían aplastar por las ruedas del carro de Jarjenatte,
en la India.
Pero aunque
tengamos, de manera indirecta, una idea vaga de su saber y de sus costumbres,
varias de éstas se han conservado; en particular, ciertas fiestas que fueron
incorporadas al rito cristiano. Tal es el caso de la «Víspera de Todos los
Santos»; de la fiesta de la Primavera, que, por lo demás, era mucho más precoz
que nuestro Primero de Mayo, y también de las hogueras de San Juan. Lo propio
puede decirse de la Navidad. En efecto: en esta época del invierno, los celtas
solían adornar sus casas con muérdago, y en particular la entrada, para
implorar la gracia de la prosperidad. Más de mil quinientos años después de
que los romanos prohibiesen el druidismo (sobre todo después de haberse
convertido al cristianismo), Goethe tuvo noticia de esta tradición, que perduraba
en ciertas regiones y particularmente en Alsacia, y habló de ella a sus amigos
y, después, la celebró en sus escritos. Pero el muérdago, muy raro en
Alemania, fue remplazado por la rama de abeto Inmediatamente, los emigrantes
propagaron la costumbre en toda Europa y en América del Norte. En la
actualidad, se ha extendido a Asia, e incluso en los hogares musulmanes de
Teherán se iluminan, el 25 de diciembre, los árboles de Navidad cargados de
regalos, sin dar el menor sentido religioso a esta manifestación que, por lo
demás, es estrictamente profana y simplemente tolerada por la cristiandad.
Todo esto parece alejarnos
considerablemente de Numinor. En realidad, convenía, para hacer creíble la
existencia de una ciudad de la que no subsiste rastro alguno, pero cuyo
esplendor es cantado por las leyendas, mostrar que es, al menos, probable,
dado el nivel cultural, artístico espiritual de la sociedad céltica.
Alguien trató de relacionar su nombre con
el más reciente de Numinoë, muy posterior a la época céltica, y cuya historia
vamos a referir para mejor refutar esta hipótesis.
En el año 824 de la Era cristiana, el rey
Ludovico Pío nombró duque de Bretaña y señor de los bretones al conde de
Vannes, que se llamaba Numinoë.
Al principio, Numinoé se mostró
aparentemente leal a Ludovico Pío. Pero cuando los hijos de éste se disputaron
el Imperio, recobró su absoluta libertad de acción, actuó como verdadero
soberano, organizó la unidad bretona y se ganó, por ello, el título de «Padre
de la Patria». Habiéndose declarado en favor de Lotario, soberano alejado y,
por ello, poco molesto, desafió abiertamente a Carlos el Calvo.
Éste llevó a cabo una expedición para
someterle y apoderarse definitivamente de la península. Pero fracasó, pues, el
22 de noviembre de 845, fue derrotado en Ballon, al sur de Rennes, y obligado
a reconocer la autoridad de Numinoë en Bretaña. Pero Numinoë no se contentó
con esto, sino que se apoderó de Rennes y de Nantes y se anexionó la famosa,
Marche, dando así sus lindes al futuro Ducado, que son actualmente los de los
cinco departamentos bretones. Cegado por sus triunfos, Numinoë se convirtió en
conquistador. Invadió Anjou, Maine y el Vendòmois. Murió el 7 de marzo de 851 y
fue enterrado en la abadía de Saint-Sauveur de Redon, fundada bajo su
patrocinio por Conwoion, arcediano de Vannes, y que llegó a ser una de las más
brillantes abadías bretonas.
Sin embargo, Numinoë había tenido tiempo de
trazar las líneas generales de una reforma política, administrativa y
religiosa. Como era vannetés, trasladó el centro político del país de Nantes a
Vannes. Reorganizó y delimitó los obispados del Norte (St-Pol-de-Léon,
Tréguier, St-Brieux, St-Malo y Dol), despojándoles, por lo demás, de su
carácter monástico. Depuró el clero del Sur, tradicionalmente galorromano, y
trató de apartar a toda la Iglesia bretona de la obediencia de Tours,
proponiendo la creación de una nueva metrópoli, bretona, en Dol.
La figura
de Numinoë no carece de grandeza ni de mérito. Es uno de los pocos soberanos
bretones que consiguió una cohesión perfecta en un país poco inclinado a la unidad y desgarrado como en
tiempos de los galos y de los bretones insulares, por querellas intestinas y
luchas de preeminencia muy acordes con la mentalidad céltica. Pero esta
cohesión no duraría mucho tiempo. Parece evidente que este Numinoë fue el jefe
celta supremo de la época, el Pendragon cuya autoridad se extendía sobre todo
el celtismo y que, por la propia fuerza de su nombre, pretendía ser de Numinor.
Nos parece mucho más lógico
considerar las ciudades desaparecidas que menciona la literatura céltica,
aunque ninguna de ellas lleve el nombre de Numinor. Estas desapariciones
coinciden, por lo demás, con cataclismos naturales. Hacia el año 1200 antes de
J. C., descendió en Europa el nivel de los mares, de los lagos y de los
pantanos, y esta disminución de la humedad trajo consigo una aceleración del
progreso. Pero a fines de la Edad del Bronce, o Primer Período de Hallstatt
(ap. 530 a. de J. C.) se produjo un nuevo cambio climático. Después de unas
lluvias torrenciales, que provocaron inundaciones, las costas de los mares del
Norte se anegaron parcialmente y, con ellas, varios puertos del Báltico, de
Bretaña, del país de Gales y de Irlanda. Esto permite dar mayor crédito a la
leyenda bretona de la ciudad de Ys. Aunque hay que reconocer que ésta ha
llegado hasta nosotros con elementos románticos propios de la tradición
medieval, gracias al Lai Graelent-Muer, atribuido a María de Francia, y al
Misterio de Saint-Gwendolé, drama bretón armoricano (del siglo XVI).
Entonces, no todo es símbolo o
mito en estos dos relatos: Gradlon, rey de Cornualles, en el curso de un largo
viaje, se ha casado con un hada de extraordinaria belleza. Durante el viaje de regreso, ella da a luz
una hija, Dahuit o Abes, y muere inmediatamente después del parto. El viudo
consagra todo su cariño a Dahuit. Pero se convierte al cristianismo. (Esta
parte de la leyenda no es sólo mucho más reciente que el resto, sino que tiene
un carácter moralizador en el sentido religioso, tal como nosotros lo
entendemos.) En efecto, Dahuit sigue siendo pagana. Y, para vivir apartada de
la Corte, pide a su padre que le construya una ciudad a orillas del mar. El
padre cede, a este capricho, y protege la ciudad con un dique provisto de una
puerta de bronce.
Alberto el Grande la sitúa en
la bahía de Douarnenez. Según la leyenda, impera el lujo en la ciudad y,
además, sus moradores se entregan a continuas orgías. Dios encarga su castigo
a Gwendolé. El santo varón avisa a Gradlon, rey piadoso y justo, que consigue
salvar sus bienes y emprender la huida. Pero Dahuit y sus disipados compañeros
perecen ahogados en la ciudad engullida por las aguas.
Ahora bien, una leyenda
parecida la encontramos en el País de Gales, la del Libro Negro de Camãrthen,
y otra en Irlanda, en el manuscrito de Leabhar na H. Uidre. En estos textos, y
en otros igualmente relativos a ciudades que desaparecieron sin dejar rastro,
se observan algunas variantes. En algunos de ellos, no se trata de la invasión
de las aguas del mar, sino de una fuente mágica que se desborda. En otras,
interviene un monstruo (casi siempre marino): el de Loch Ness, en Escocia, o
el de la Muerte del Curoi, en Irlanda. También encontramos este tema en
Escandinavia. Por ejemplo, Selma Lagerloff refiere, en Nils Holgerson, el
castigo infligido a los moradores de Vineta, que vivían entregados a la
lujuria. La ciudad es sumergida
por las olas. Aunque, cada siglo, emerge por una noche. La literatura
épica abunda también en relatos de una ciudad desierta que aparece ante los ojos de un
ejército que la ataca y que después desaparece misteriosamente. O bien de una
fortaleza que se desvanece al acercarse un visitante, como Parsifal, que va en
busca del Santo Grial. Naturalmente, pueden atribuirse varios sentidos a estas
desapariciones.
Los cristianos trataron de dar
un carácter punitivo a estas destrucciones, análogas a la de Sodoma y Gomorra en el Antiguo
Testamento. Pero también la desaparición se puede interpretar como una
necesidad de conservar secreto el poder espiritual de los celtas, que resuelven
por ellos mismos pasar a la clandestinidad. Los recientes descubrimientos de
ciudades tales como Çatal Huyuk o de los vestigios de Filatosa, permiten, sin
embargo, esperar que Numinor haya existido en realidad y que un día, tal vez próximo,
la descubran los arqueólogos, los espeleólogos o los oceanógrafos, y aporten,
de este modo, una prueba irrefutable del nivel que alcanzó sin duda la
civilización céltica.
QUINTA PARTE
SOBRE ALGUNAS SEMICERTIDUMBRES MARAVILLOSAS
CAPÍTULO PRIMERO
LA UNIÓN LIBRE DEL SABER Y DEL HACER
Fin del viaje: a caballo sobre
algunas certidumbres. - La ciencia y la tecnología pueden ser dos actividades
sin ligamen ni relación; es decir, contradictorias. - Esta comprobación
ilumina nuestro tiempo y el pasado. - Abundancia de pruebas. - Una ojeada
sobre el mundo animal. - Los cálculos justos y las ideas falsas de los
astrónomos babilonios. - Genio e impotencia de los griegos. - El Imperio de
los ingenieros. - Sobre el progreso de los mogoles. - Humanizar el futuro,
rehumanizando los milenios enterrados.
Hemos galopado mucho a lomos de lo interrogantes.
Algunos de éstos eran vigorosos. Otros aparecían un poco desalentados. Pero en
las postas hay que tomar lo que se encuentra. Lo importante, para el
embellecimiento de la vida, es viajar. He aquí nuestra última etapa. Ahora
hemos encontrado algunas certidumbres, que
son monturas de otra clase. Son jóvenes y muy nerviosas. Procuraremos tener la
espuela ligera.
La arqueología oficial hizo
grandes progresos en Creta y, recientemente, importantes descubrimientos en
Turquía. Cabalguemos en estas certidumbres y, de vez en cuando, espoleemos a
la montura con algunas de nuestras absurdas preguntas. Pero, ¿son realmente tan
absurdas? Tal vez un día, cuando algunas de las ideas o de las hipótesis que
flotan en nuestros toscos libracos engendren vocaciones, alcanzarán aquéllas
la dignidad de un método.
Llevamos, por ejemplo, en
nuestras alforjas, una idea que, a nuestro modo de ver, merece alguna
consideración. Podría servir muy bien para una comprensión más exacta del
pasado y aun dcl presente. Ya veréis cómo la empleamos en los próximos
capítulos, al hablar del mito de Dédalo y de los refinamientos de las recién
desenterradas ciudades de Çatal Huyuk. La idea es ésta: cada vez que se
descubren señales de técnica avanzada el tiempos muy antiguos, se produce un
movimiento de estupor. Incluso de contrariedad. Es algo -se piensa- difícil de
admitir, dada la presunción de que la ciencia de la época era infantil y
falsa. Sólo un conocimiento exacto de las leyes permite la aplicación de la
ciencia. Dicho de otro modo: parece que una civilización para ser técnica,
tiene que ser científica. Nuestra idea rechaza este principio. Rechaza, pues,
el estupor y la contrariedad en presencia de vestigios técnicos. Expulsa de la
mente el principio-tabú que le impide seguir aquellas pistas. Pensamos, en
efecto, que no siempre y necesariamente existe, en una civilización dada, una
relación entre realización técnica y conocimiento general. Aunque esta
civilización sea la nuestra. Este modo de ver es, ciertamente, desconcertante.
Sin embargo, nos parece de acuerdo con la realidad.
Es, propiamente hablando, del
orden del descubrimiento, y este descubrimiento puede servir para una mejor comprensión de nuestro tiempo y de
los tiempos enterrados.
Toda nuestra educación
escolar, organizada y orientada por filósofos, hombres de mentalidad literaria
y pedagogos, tiende a persuadirnos de que la técnica es un producto derivado de
la ciencia. El sabio descubre los principios, y el técnico se sirve de ellos
para realizaciones prácticas. Según este esquema convencional, el progreso
arranca de los hombres que tuvieron grandes conocimientos generales, como
Euclides, Descartes, Newton, Fresnel, Maxwell, Plank y Einstein; y el papel de
las inteligencias tipo Arquímedes, Roger Bacon, Galileo, Marconi o Edison se
reduce a sacar deducciones del
conocimiento fundamental de las leyes del
Universo. Hay que empezar por la comprensión, y continuar con la acción. Pero
semejante esquema, sobre el que se apoya toda la reflexión contemporánea, y,
por ende, toda nuestra manera de estudiar el pasado, no corresponde a la
realidad. Generalmente, la mayoría de las grandes construcciones del genio
científico no han dado lugar a ninguna transformación del medio material en que
vivimos, ni contribuido a ningún progreso material, ni al dominio del hombre
sobre la Naturaleza. En cambio, la mayoría de las etapas del progreso técnico,
que han conducido a nuestro dominio actual de los fenómenos naturales, son
resultado de actuaciones sin el menor alcance filosófico, efectuadas la mayoría
de las veces por hombres carentes de verdadera cultura científica y que han
realizado grandes cosas, no porque fuesen sabios, sino porque no lo eran lo
bastante para saber que tales cosas eran imposibles. El «cientifismo»
aristocrático, que prevalece en el esquema convencional, no corresponde en
absoluto a la realidad dinámica.
Con frecuencia, el hombre
hace, antes de conocer las leyes que explicar correctamente los resultados que
obtiene. Y el hecho de que atribuya estos resultados a los dioses, no implica
que lo que hace sea forzosamente mítico. Los altos hornos funcionaron mucho
antes del nacimiento de la química industrial. Antiguamente, se hundía una
espada calentada al rojo en el cuerpo del prisionero sacrificado. Se
imaginaban que las virtudes de la víctima templaban el acero. En realidad, el
nitrógeno orgánico producía este efecto. El procedimiento era mágico; pero la
técnica era correcta. Cuando Fausto niega la prioridad al Verbo y, después, al
Pensamiento, y se decide a escribir: «A1 principio era la Acción», empieza su
aventura, se agitan «los espíritus en el pasillo» y entra Mefistóteles
disfrazado de estudiante... De la misma manera, unos hombres de civilizaciones
desaparecidas, disfrazados de sumos sacerdotes, con una mentalidad irracional
y una visión absurda del Universo, pudieron realizar proezas técnicas que
desafían nuestra comprensión y desbaratan nuestros cálculos. La solución no
radica en la negativa a considerar el problema, ni en la mística del paraíso
perdido, de los dioses presentes en el principio y de los Atlantes de
conocimiento absoluto. Y, aunque lleguemos a suponer (suposición lícita, a
nuestro modo de ver) que hubo visitas de «Grandes Galácticos» en la noche de
los tiempos, éstos no transmitieron, sin duda, una ciencia intraducible, sino
procedimientos, trucos, juegos de manos, que conocieron diversa suerte, a
través de unos mares de olvido, de ignorancia, de indiferencia al saber.
Echemos un nuevo vistazo a nuestro propio tiempo. ¡Cuán poco espacio
ocupa la pasión del saber! ¡Y qué extensión más grande el afán y la necesidad
de saber hacer! Nuestro mundo técnico seguiría su marcha ascensional durante
años, durante siglos, aunque toda nuestra ciencia se detuviese mañana en el
punto alcanzado, y aunque se olvidasen los principios generales.
La ciencia intervino muy
tardíamente en la técnica, y no sin encontrar resistencia, pues la impaciencia
del hacer tolera mal los engorros del saber. Desde luego, el conocimiento de
las leyes de la Naturaleza permite actuar sobre ésta. La ciencia delegó sus
poderes en los prácticos, en ingenieros científicamente instruidos. Pero la
acción sobre la Naturaleza demuestra, a veces, que aquel conocimiento es
falso, o insuficiente, o más sencillamente, indiferente. El inventor no
pertenece al mundo de las leyes, sino al de los actos. No es una mente
ilustrada. Es una mente inflamada por la voluntad de poder inmediato. Su fuego
interior le impulsa a triunfar, con independencia de que la Ciencia considere
realizable o irrealizable su proyecto. El profesor Simon Newcomb demuestra
matemáticamente, a fines del siglo XIX, que el vuelo de un objeto más pesado
que el aire es una quimera. Dos reparadores de bicicletas, los hermanos
Wright, construyen un avión. A principios del siglo xx, Hertz está convencido
de que sus ondas no pueden servir para transmitir un mensaje a larga
distancia. Un italiano ingenioso y sin títulos académicos, Marconi, establece
las primeras comunicaciones inalámbricas.
Lo que ocurre es que confundimos con la ciencia las realizaciones de
este tipo especial de mentalidad que tan pronto sigue la corriente del
conocimiento como navega contra ella. Y, en nuestra época actual, el impulso
fáustico, en cuanto ha sido reanimado por la ciencia pura, sumerge a ésta, la
envuelve y la asfixia entre sus olas. La imagen del «gran sabio», que
resplandeció durante un siglo, está perdiendo consistencia. El gran sabio
pertenece a una especie cada día más rara. Arrastrado por la ola, o, más
estúpidamente, por los deberes administrativos, este tipo de hombre, que
se entregó a una vocación casi religiosa en favor de la inteligencia pura,
justamente orgulloso de su saber, absorto en ideas generales, preocupado por
las consecuencias de su trabajo, está quedando anticuado. Por otra parte, es
significativo que, en la actualidad, se sustituya la palabra «sabio» por la de
«investigador». Lo cual no es efecto de la modestia. Lo que ocurre es que el
«investigador» pertenece ya a otra raza, más estrechamente especializada y
orientada por entero hacia el saber hacer.
Nosotros vemos una homogeneidad del saber y
el hacer, de la ciencia y la técnica, siendo así que lo que hay es
coexistencia, superposición y, a veces, antinomia.
Los físicos experimentales afirman de buen
grado, en privado, que las vastas síntesis de la física teórica no tienen para
ellos la menor utilidad práctica. Los propios técnicos os dirán que las más
formidables instalaciones nucleares representan, sobre todo, un triunfo del
ingenio artesano; que son fruto de miles y miles de pequeños «trucos» agrupados
por la experiencia y sin relación alguna con las teorías fundamentales. Cierto
que tienen que confesar que su campo fue, en un principio, explorado por unos
teóricos cuyos trabajos no pueden ignorarse. Y aquí reside, quizás, una gran
novedad de nuestro siglo: que, para ser técnico, había que ser también un poco
sabio. Esta relación es un hecho nuevo en la Historia, constituye una originalidad.
Pero esta originalidad no podría fundar una ley general. Los partos
tecnológicos no requieren, como condición necesaria, el previo apareamiento de
las dos actividades de la mente. Incluso en nuestra civilización, es ésta una
unión muy libre, con sus rabietas, sus escapatorias y sus engaños. Tal vez se
necesitaría una transformación de la mentalidad humana, comparable a la
realizada por los griegos hace veinticinco siglos, para que nazca una nueva
forma de conquista del Universo que una estrechamente el conocimiento a la
acción.
Sin embargo, aquel esquema está tan
profundamente arraigado en nosotros, que decimos de buen grado que nuestra
civilización es científica. Y, en realidad, es tecnológica. No está en modo
alguno gobernada por las virtudes del espíritu científico. Son los afanes del
demonio del saber los que llevan la voz cantante. Tenemos sociedades de managers
y de ingenieros, de burócratas y de policías, en las que el empirismo rige las
cosas y los hombres, con justificaciones ideológicas muy vagas, muy dudosas, y
con peticiones de principio cuyo carácter relativo nadie ignora. Una sociedad
regida por la Ciencia sigue siendo una utopía. No; el hacer no es, en
circunstancia alguna, una recompensa del saber. Y nuestra visión de la
historia de la mente se ve falseada por esta creencia.
El Renacimiento, por ejemplo, no es un
fruto rápidamente madurado por una súbita luz. Cierto que la imprenta, la
brújula, la pólvora, aparecen aproximadamente en el momento en que renace la
ciencia fundamental, después de un eclipse de casi quince siglos; pero la
contribución de la ciencia a los inventos y a los descubrimientos es absolutamente
nula. La brújula no nació de la aplicación de las leyes del electromagnetismo,
sino todo lo contrario. Los grandes navegantes españoles y portugueses
precedieron en cuatro siglos a Ampère y a Maxwell. Descartes concretó las leyes
de la óptica mucho tiempo después de que Galileo fabricase su primera lente y
descubriese las montañas de la Luna, los satélites de Júpiter y las fases de
Mercurio y de Venus.
El ejemplo más impresionante del
distanciamiento entre la Ciencia y la técnica es la obra de Newton. este es sin
duda con Einstein el genio más grande de los tiempos modernos.Sus trabajos
inspiraron durante tres siglos, el conocimiento de las leyes del Universo. Pero
sería imposible citar una sola aplicación práctica de sus descubrimientos
hasta el lanzamiento del primer Sputnik. Nada habría cambiado desde el siglo
XVIII, en la conquista de la Naturaleza por el hombre, si las leyes de la
gravitación hubiesen permanecido envueltas en la ignorancia. Ni la máquina de
vapor (inventada mucho antes de que Carnot formulase su teoría), ni la
electricidad, ni la química, les deben nada.
Cuando uno piensa en todo esto se siente
turbado. Los más fecundos inventores modernos, los que más han contribuido a
cambiar el mundo, Denis Papin, Watt, Edison, Marconi, Armstrong, De Forest,
Tesla, George Claude, los hermanos Lumière, no eran lo que se ha convenido en
llamar sabios. Habríamos podido vivir lo mismo que vivimos hoy, sobre un
sondo teórico diferente sobre una visión del Universo y unos conceptos fundamentales
no científicos, irracionales o religiosos. A fin de cuentas, el nazismo era una
filosofía mágica absurda, y su técnica estuvo a punto de conquistar el mundo.
A fin de cuentas, nuestro racionalismo y nuestro materialismo son también opciones
ideológicas, más que productos del espíritu de verdad. A fin de cuentas, el
evolucionismo, sobre el que se apoya todo nuestro concepto del progreso, es
un cuento de hadas.
Todo lo que llevamos dentro se rebela
contra estas comprobaciones. Quisiéramos que las
realizaciones
fuesen recompensas de lo que tenemos por nuestro más noble deseo: el deseo de
la verdad. Por esto queremos negar a nuestros antepasados la posibilidad de
hacer; porque vivían en un profundo alejamiento de las verdades. Y cuando descubrimos
la calefacción central en las ciudades antiguas, nuestra sorpresa tiene un
matiz de angustia. Es nuestro mundo mental que se tambalea. Los pequeños
tenedores de madera, surgidos de la Prehistoria, pinchan nuestra mente. El
robot de Tales, de las costas de Creta, nos lapida. Los constructores de
Stonehenge son nuestros enemigos. Dédalo nos hace dudar de nosotros misinos. El
calendario maya perturba nuestras constelaciones mentales. y, sin embargo,
cuando pensamos en la Ciencia y en la técnica, un solo vistazo a la Naturaleza
debería desengañarnos. No hay un solo descubrimiento útil, transformador de
nuestro mundo, que no haya sido realizado anteriormente por el mundo animal. La
jibia y ciertos insectos esténidos se propulsan por reacción. La avispa fabrica
papel. El pez torpedo dispone de condensadores fijos, de pilas y de
interruptores de corriente eléctrica. Las hormigas practican la ganadería y la
agricultura, y tal vez conocen el uso de los antibióticos. El pez Gymnarcus
niloticus lleva, cerca de la cabeza y de la cola, generadores de tensión y
aparatos capaces de apreciar ínfimos gradientes eléctricos. El demonio del
hacer juega todas las cartas y circula misteriosamente a través de toda la
Naturaleza y, sin duda alguna, de todos los hombres de todos los tiempos.
El prestigio de la ciencia astronómica de
los babilonios se mantiene después de tres milenios. En efecto, no cabe duda de
que, en cierto sentido, esta ciencia fue muy lejos, más lejos que la de los
griegos, e incluso, en ciertos terrenos, que la moderna astronomía hasta el
siglo pasado. Hace más de dos docenas de siglos que Kidinnú calculó el valor
del movimiento anual del Sol y de la Luna con una precisión que sólo fue
superada en 1857, cuando Hensen obtuvo cifras con un error menor a tres segundos
de arco. El error de los resultados de Kidinnú no superaba los nueve segundos.
Más extraordinaria aún es la precisión del
cálculo de los eclipses lunares por el propio Kidinnú. Los actuales métodos de
cálculo, perfeccionados en 1887 por Oppolzer, suponían un error de siete
décimas de segundo de arco por año en la determinación del movimiento del Sol.
el cálculo de Kidinnú se aproximaba más a la
realidad... ¡en dos décimas de segundo! Toulmin y Goodfiels, en un curso que
dieron en 1957 en la Universidad de Leeds, no ocultaron su admiración por el
viejo astrónomo de Mesopotamia.
«Que una tal exactitud
-escribieron- pudiese alcanzarse sin telescopio, sin reloj, sin los impresionantes
aparatos de nuestros modernos observatorios y sin matemáticas superiores,
parecería increíble si no recordásemos que Kidinnú disponía de archivos
astronómicos que abarcaban un período mucho más largo que el de sus sucesores
de nuestro tiempo.»
¿Diremos que Kidinnú y sus
colegas eran grandes astrónomos? ¡No! Por muy sorprendente que parezca, sus conocimientos
astronómicos eran prácticamente nulos. No alcanzaban, ni con mucho, el
nivel de los de un niño de nuestras escuelas primarias. Kidinnú y los otros
«astrónomos» babilonios creían que los planetas eran divinidades. No tenían la
menor idea de las dimensiones del cielo: y la idea misma de distancia espacial,
aplicada a la Luna, al Sol o a Marte, les habría parecido absurda, escandalosa,
sacrílega, como les parecería a nuestros teólogos modernos cualquier cálculo
trigonométrico del movimiento de los ángeles o de la distancia que separa el
Cielo del Purgatorio.
Los astrónomos, que durante
siglos y más siglos observaron el movimiento de los planetas desde lo alto del
Gran Zigurat, eran verdaderos ingenieros en teología. Este Gran Zigurat, cuyas
colosales ruinas producen aún, justificadamente, una especie de estupor
sagrado en el hombre del siglo XX, no tenía nada de observatorio, y sólo una ceguera
psicológica nos inclina a darle este nombre. Nos acercaríamos más a la verdad
si lo imaginásemos como una gigantesca sacristía, dotada de una oficina de
estudios. Por lo demás, los textos «astronómicos» babilónicos reflejan
perfectamente los conceptos básicos en que se apoyaban los admirables cálculos
de Kidinnú.
«Entonces, Marduk (el dios
supremo) creó reinos para los Grandes Dioses. Trazó su imagen en las
constelaciones.
»Fijó el año y definió sus
divisiones, atribuyendo tres constelaciones a cada uno de los doce meses.
»Cuando hubo definido los días
del año por las constelaciones, encargó a Nibirú (el Zodíaco) que las midiese
todas (... ) y situó el Zenit en el centro. Hizo a la Luna brillante señora de
las tinieblas, y le ordenó que habitase la noche y marcase el tiempo. Mandó
que su disco aumentase, un mes tras otro, incesantemente:
»Al comenzar el mes...
brillarás durante seis días como un arco creciente, y como medio disco al
séptimo día. En el plenilunio, a la mitad de cada mes, te hallarás en oposición
al Sol.
»Cuando te alcance el Sol, en
el Este, sobre el horizonte, te encogerás y formarás un creciente invertido...
Y el día vigésimo noveno, volverás a estar en línea con el sol» (Fragmentos del texto sagrado del Enunia Elish.).
Y así sucesivamente para los
planetas, el movimiento del Sol en el Zodíaco, etcétera. El hombre moderno se
siente inclinado, por sus invencibles ilusiones realistas, a interpretar estos
textos como ficciones literarias, destinadas a vestir de un modo elegante unos
hechos cuyo carácter material era perfectamente conocido por los calculadores
del Gran Zigurat. No puede creer que unos cálculos tan perfectos pudiesen ser
realizados por hombres para quienes la Luna, Venus, Marte y todos los astros
fuesen realmente dioses. Pero existe un texto antiguo, perfectamente claro, que
no deja lugar a dudas sobre la prodigiosa ignorancia de los astrónomos
babilonios.
Allá por el año 270 antes de
J. C., Beroso, de quiera hemos hablado ya a propósito de los Akpallus, emigró
a la isla de Cos, en el Dodecaneso, y enseñó allí la ciencia de su país. Su
enseñanza no cayó en saco roto, y, doscientos años más tarde, el romano
Vitrubio hizo un resumen de ella, que ha llegado hasta nosotros. Según Beroso,
heredero de dos mil años de astronomía babilónica, la Tierra era plana, el Sol
la sobrevolaba a altura constante y lo propio hacía la Luna, aunque a más baja
altura. Ésta tenía una cara luminosa y una cara oscura, y giraba sobre sí
misma, de una manera tan ingeniosa que explicaba sus variaciones mensuales,
pero tan extraña que, en el momento; del plenilunio, ¡daba su cara oscura al
Sol! Desde luego, la Luna y el Sol tenían que ser forzosamente dioses, porque,
después de desaparecer todas las noches por el horizonte occidental,
reaparecían al día siguiente por Oriente, gracias a un milagro que sólo el gran
Marduk podía explicar. Pero Beroso no dejó por ello de impresionar a los
griegos (que conocían desde hacía tiempo la redondez de la Tierra y, a grandes
rasgos, las configuraciones celestes), por la fantástica precisión de sus
efemérides y de sus predicciones de eclipses. Los griegos eran sabios. Beroso
era un técnico. Los trabajos prácticos de los astrónomos babilonios no
requerían ningún conocimiento teórico y no han dejado rastro alguno de una
sabiduría de esta clase.
El abismo que separa la
Ciencia de la técnica se pone aún más de manifiesto si rccordamos que, en la
época en que Beroso llega a Cos, Aristarco de Samos había descubierto ya la
rotación de la Tierra sobre sí misma, su revolución anual alrededor del Sol, y
las inmensas dimensiones que, partiendo de este último fenómeno, había que
atribuir al espacio sideral. Pero no había ninguna
necesidad técnica (aquí, teológica) que obligase a Aristarco a prever los
eclipses con un error de una décima de segundo de arco. Le bastaba con saber
cómo ocurrían las cosas y cómo podían explicarse las apariencias, según había
dicho Platón.
Por otra parte, la aventura
intelectual de los griegos ilustra en cierto sentido el desarrollo independiente
de la Ciencia y de la técnica, pues ellos, que fueron los primeros auténticos
hombres de Ciencia, consideraron siempre la técnica como
una habilidad propia de bárbaros y de esclavos, al menos hasta Arquímedes,
cuyo genio revolucionario es tanto el de un ingeniero como el de un sabio. Si
los griegos fueron los primeros hombres de la Historia que vislumbraron la
verdadera naturaleza del universo material y el orden natural que lo organiza
-la palabra Cosmos, que ellos nos legaron, es, ante todo, un adjetivo que
significa hermoso, elegante, ordenado-, si fueron los primeros en comprender
la situación, a la vez predominante y modesta, del hombre en el seno de esta
máquina enorme, no les debemos, en cambio, ninguno de los grandes inventos
realizados en su época. Cuando Arquímedes comprendió, al fin, que la auténtica
Ciencia debía tener también el aspecto artesano de la experimentación, era ya
demasiado tarde: como se sabe, Arquímedes fue asesinado por un soldado del
victorioso ejército romano. Con los romanos, la técnica volvió a remplazar a la
Ciencia.
Hemos citado a Vitrubio, a
quien los diccionarios dan el título de arquitecto, porque él mismo se daba
este nombre. Pero, en realidad, el arquitecto romano era un auténtico
ingeniero, como lo fueron después los arquitectos italianos del Renacimiento.
El arquitecto romano Sergius
Orata, contemporáneo de Julio César, realizó la calefacción central indirecta,
en la forma que está actualmente más de moda: por el suelo. Los ingenieros
romanos y galorromanos multiplicaron, hasta el final del Imperio, los pequeños
inventos que transforman la vida cotidiana (como, por ejemplo, los cristales (de las ventanas), sin apelar al
menor conocimiento} científico. Este progreso técnico se desarrolló sobre un
fondo de ignorancia científica total. En los tiempos de Augusto, los escolares
seguían aprendiendo los teoremas de la geometría de Euclides pero ya no se les
enseñaban las demostraciones... Pues, ¿qué utilidad tenía aprender la
demostración, «si Euclides la había hecho ya»? Este pequeño detalle nos
muestra, mejor
que otro cualquiera, hasta qué punto el genio romano, tan fecundo en el
arte de transformar la Naturaleza, se había aislado de las fuentes de la
inteligencia científica. Cuando
recorremos los restos de un gran acueducto romano, por ejemplo el que
alimentaba Cartago a través de ochenta kilómetros de llanuras y colinas, nos
maravilla la exactitud del cálculo de la pendiente. Pero los que efectuaron
estos cálculos y las mediciones topográficas correspondientes no sabían
demostrar el viejo teorema de Pitágoras y además, les importaba un bledo. Como
nuestros ingenieros modernos y como los ingenieros babilonios, disponían de
tablas y de baremos que resolvían todos los problemas prácticos. Y la teoria
de estas tablas les era tan indiferente como útil.
Uno de los más curiosos
descubrimientos de la arqueología moderna, cuya significación fue el profesor
André Varagnac uno de los primeros en recalcar, es que la caída del Imperio
romano se debió tanto a razones técnicas como a causas políticas. Al registrar
las tumbas de los bárbaros que, a partir del siglo v, se instalaron
sobre los despojos , de aquél, se comprobó, con sorpresa, que sus armas eran
mejores que las de los romanos, por ser su acero de más alta calidad, así como
sus armaduras, los arneses de sus caballos e incluso sus utensilios. Más aún:
los feroces hunos, de los que, al cabo de los siglos, conservaremos aún un
recuerdo espantoso, gracias al testimonio de los últimos cronistas latinos,
resulta que aportaron inventos de los que ningún pueblo europeo tenía la menor
idea, y menos que nadie los griegos, tan hábiles en descifrar los secretos del
Universo.
En efecto, a aquéllos y a los
mogoles debemos la herradura, las guarniciones racionales de los caballos, con
su collera rellena, el fieltro e incluso, indirectamente, ¡la imprenta!
En lo que atañe a la imprenta,
los hechos, largos y complicados, pueden resumirse de la manera siguiente: a
principios de nuestra Era, los chinos inventan el arte del grabado sobre
madera; los mogoles invaden China y la India; en este último país, aprenden...
el juego de naipes, distracción predilecta del soldado ocioso. Para renovar sus
barajas, gastadas en las noches de guardia, utilizan la técnica china del
grabado, que transmiten después a Europa. Los monjes occidentales se apoderan
del invento, no para fabricar barajas, sino estampas piadosas. Un holandés
concibe la idea de separar, en dos objetos diferentes, el grabado que
representa la imagen y el que contiene la leyenda, a fin de combinar diversas
imágenes y leyendas, practicando una permuta. Después, también en Holanda y
en Alemania del norte, otros inventores separan las letras unas de otras. Y,
por último, Gutenberg inventa los diferentes dispositivos que aún se emplean
en la actualidad: la prensa, la tinta de negro animal, la aleación metálica de
los caracteres. Sólo teniendo en cuenta estos dos inventos -las guarniciones
modernas del caballo y la imprenta (ésta indirectamente)-, nos vemos obligados
a confesar que el aporte de los
mogoles a Occidente contribuyó más a la transformación de este que toda la
admirable ciencia griega, al menos hasta el Renacimiento. Ahorabien, la base científica de la imprenta y de la
guarnición con collera es absolutamente nula. En los tiempo de la grandeza de
Roma, las ocas, cuya cría constituía una especialidad de Gran Bretaña, eran
transportadas a Italia por recuas que hacían el viaje a pata y eran conducidas
por veinte intermediarios a través de la Galia, desde Calais hasta los Alpes,
aproximadamente en un mes. Con la aparición del caballo de tiro, el mismo
comercio pudo realizarse en forma de pasta y de encurtidos, transportados, en
parte, en embarcaciones fluviales, y en parte, en pesadas carretas que
representaban el mismo papel económico que nuestros actuales
ferrocarriles. El caballo de sirga, al
generalizar la tracción de pesados cargamentos en los ríos de curso lento de
Alemania y de Flandes, abrió hasta tal punto el camino de la civilización a
estos países, que su papel igualó muy pronto al de la Europa mediterránea y
acabó por eclipsarlo. Fue, pues, en parte, gracias a los mogoles, que la
civilización se implantó en el norte de Europa. Sin embargo, ¿quién lo
recuerda, y qué sitio ocupan los mogoles en la historia oficial del progreso?
Una vez establecida la idea, surgen
innumerables ejemplos. Así, ningún lazo une a los abstractos de la ciencia
helenística del siglo II antes de Jesucristo con los ingeníeros de Alejandría,
que, en la misma época, descubrieron, entre otras cosas, el motor de reacción,
la famosa «bola de Herón—, que, veinte siglos más tarde, proporcionaba a Jean Jacques
Rousseau un éxito de curiosidad.
La historia de los inventos es desmesurada;
la historia de la Ciencia es estrecha. La Ciencia es un río; la invención es un
océano. La Ciencia es conquista y reto para la mente; la invención es la Naturaleza
misma, agitándose en el hombre. La Ciencia es cálculo en relación con lo
posible; la invención es victoria ciega sobre lo imposible. En este sentido,
la invención es magia. Pero estamos hasta tal punto alienados por la ideología,
que creemos sinceramente que la Naturaleza permanece muda, si no tenemos sobre
ella nuestras ideas actuales. Asi, nuestra cultura nos separa de la realidad
dinámica de los mundos desaparecidos, como nuestras ideas modernas sobre el
hombre nos separan de las profundidades y de las amplitudes de la naturaleza
del hombre, de las regiones oscuras en que el genio de la creación supera al
genio de la reflexión, donde el hacer, indiferente al saber, se
adelanta a éste.
El genio humano: si unimos a esta expresión
el poder
de ser causa, la asociamos a una facultad de la libertad. En este
sentido, es una expresión y un concepto modernos. Los Antiguos veían el genio
en los dioses, o en el recuerdo de los grandes antepasados actuando en el
hombre. Y considerando que la mayoría de nuestras realizaciones, si no todas,
han sido efectuadas por la Naturaleza, »través de las especies vivas, diremos:
el genio de la Naturaleza en el hombre pudo desarrollarse muchas veces y de
diversas maneras, a lo largo de decenas de milenios enterrados. «Tenemos en
nosotros el centro de la Naturaleza -dice Paracelso-. Todos estamos en
creación. Somos tierra arable.» El poder creador en bruto, lo que remueve la materia,
lo que moldea la vida, pudo germinar de muchas maneras en esta tierra arable.
La antigüedad del hombre retrocede sin cesar. Las excavaciones nos revelan
continuamente la existencia de civilizaciones de sutileza enigmática, en un
pasado que, ayer mismo, considerábamos poblado de hirsutos brutos que cascaban
piedras en la húmeda oscuridad de las cavernas. Si como pensaba Marx, los
descubrimientos se realizan en el momento en que la Humanidad los necesita, ¿cuál es la necesidad
que corresponde a estas exhumaciones aceleradas? Tal vez la de sentir que no
estamos solos, aislados en una aventura de conquista de la Naturaleza y de nuestra propia máquina humana; que esta
aventura pudo desarrollarse varias veces, en diversos grados de comprensión
fundamental, de éxitos y de riesgos, de extensión en el espacio y en el tiempo.
Tal vez, también, la de llegar a un humanismo útil para el futuro, que sólo
podremos alcanzar mediante la rehumanización de los tiempos enterrados, en una
concepción general de la
eternidad del hombre.
CAPÍTULO II
LAS DOCE CIUDADES DE ÇATAL
HUYUK
La más antigua se remonta a
9.000 años. - Trajes, joyas y espejos. - Los frescos y el símbolo de la mano.
- Preguntamos urna vez más: ¿dónde está la escritura? -
Los santuarios de la Diosa Madre. -- Esos tenedores que vienen de tan lejos a pinchar nuestra mente. - Los técnicos de la obsidiana
y el mito de Prometeo. - Huellas evidentes de agricultura. - Cuestiones sobre
el Arca. - Los descendientes, ¿de quién?
Hemos evocado en este libro
muchas maravillas conjeturales. Pero si es preferible maravillarse sin
conjeturas, he aquí una civilización que hace soñar, pero cuya existencia está
actualmente comprobada. Cuatro de sus centros han sido definitivamente
identificados. El más célebre de ellos se llama Çatal Huyuk. Debemos su
exhumación a James Mellaart.
El descubrimiento fortuito de un objeto de obsidiana,
al sur de Turquía, intrigó a Mellaart. Penso que su hallazgo procedía tal vez
de un taller insospechado, en las cercanías de uno de los volcanes de Anatolia
central. La perspectiva de determinar el origen de tantas armas, útiles y
utensilios de la misma materia, exhumados en numerosos países donde no había
obsidiana, no podía dejar de seducir a un arqueólogo. La localización de un
centro semejante demostraría que, desde el Neolítico, se efectuaban
intercambios entre el Asia anterior, Mesopotamia, la meseta irania, y,
probablemente; diversas regiones occidentales. El joven sabio registró, pues,
la región de Konya. A cincuenta kilómetros de la ciudad y a ochenta del volcán
Hassa:i Dagh, dos tells o colinas se abrazan en la llanura. Los resultados
superaron con mucho las esperanzas de Mellaart.
Descubrió doce ciudades superpuestas, la
más antigua de las cuales se remontaba a 7.000 años antes de J. C., o sea a
9.000 años antes de nuestros días. Salvo la más reciente, era indudable que
estas ciudades habían sido destruidas por el fuego y reconstruidas después. Sin
apelar siquiera al simbolismo, cabe pensar que esta superposición de ciudades
presenta una analogía con nuestra civilización, la cual podría muy bien haber
sido edificada sobre un montón de civilizaciones desaparecidas.
Pero lo que más nos choca, aquí, es el
grado de cultura y de refinamiento que presuponen los hallazgos realizados en
estas doce ciudades.
Estas ciudades estaban formadas por casas
de ladrillos, desprovistas de puertas. Se penetraba en ellas por el tejado y
con ayuda de unas escaleras. El conjunto de viviendas de un barrio estaba dispuesto
en forma de colmena y constituía una fortaleza contra los eventuales
asaltantes y las crecidas del río Carsamba. Los edificios se habían derrumbado
casi totalmente, pero se pudo reconstruir fragmentos de muros. Se descubrió
que éstos estaban cubiertos de frescos en su parte interior. Sin embargo, los
restauradores chocaron con un escollo: una vez expuestos a la claridad solar,
los colores se alteraron. Sin duda habían sido confeccionados a base de
pigmentos minerales, que se deterioran bajo la acción de la luz. Los frescos
fueron inmediatamente fotografiados, para conservar Su recuerdo intacto.
(Después, se realizaron diversos ensayos de revestimiento para proteger los colores.
El acetato de polivinilo dio resultado satisfactorio.)
Estos frescos representaban escenas
variadas: caza, juegos, ceremonias o personajes en diferentes actitudes. La
hechura era de un realismo tan acusado que podemos leer los rasgos más dominantes
del carácter de los personajes: la actividad desbordante y favorecida por una
gran agilidad, la inteligencia sagaz y rayana en la astucia. También se
reconstituyó el estilo de la indumentaria. Los hombres usaban camisas de lana,
túnicas y abrigos de invierno, de piel de leopardo, provistos de cinturones
con hebilla de hueso. En el dobladillo de los trajes femeninos, unos aros de
cobre, semejantes a los de latón que daban rigidez a los miriñaques de nuestras
abuelas, impedían que se levantase la falda. Los escotes, bastante
pronunciados, no se parecían, empero, al de la cretense que sirvió de modelo
para la estatuilla bautizada con el nombre de «La parisiense». Joyas de plomo,
metal rarísimo en aquella época, o de cobre, con incrustaciones de piedras
duras talladas o de piedras preciosas, completaban el atavío. Unas cajitas que
contenían diferentes tintes permiten pensar que el empleo de afeites no era
desconocido, y las elegantes, para comprobar el efecto de su maquillaje, disPonían
de espejos de obsidiana, con el mango protegido
con yeso, para que no se hiriesen los dedos...
También figuran animales en
estos fresco-; aves (en particular, halcones), leopardos y toros. Los toros son
los más numerosos. Los símbolos abundan en estas pinturas murales: curiosas
redes de líneas rojas y negras entrecruzadas; rosetas, mandalas, hachas de
doble filo (que encontramos, varios milenios más tarde, entre los escitas, en
Tracia y también en Creta) y cruces bastante numerosas.
Pero el símbolo más
impresionante y más frecuentemente representado en Catal Huyuk es la mano
humana. Imposible dejar de establecer ua lazo entre éstas y las que pintaron ya
los auriñacienses, varias decenas de milenios antes, en las paredes de sus
cavernas; por ejemplo, en Gargas (Altos Pirineos), en Cabrerets (Lot) y en
Castilic (cerca de Santander). Sin embargo, éstos empleaban un procedimiento
distinto, pues aplicaban la pintura entre los dedos y alrededor de las manos,
que, al ser colocadas planas, reproducían su imagen en negativo. En Catal
Huyuk, aparecían también coloreadas. Ciertamente, sólo se puede presumir la
importancia que se les otorgaba. ¿Es posible que, recién salido del período
carbonífero, el hombre prestase ya un interés particular a esa parte de su
cuerpo, en la cual, según los quirománticos de tantas regiones, desde
Mesopotamia a China, se dibujaban los rasgos de su carácter y los
acontecimientos esenciales de su vida? ¿O hay que ver, en las series de manos
que se yuxtaponen en Catal Huyuk, indicaciones numéricas, en las que cada dedo
representaba una unidad? Sólo cuando las manos se posan sobre unos senos, el símbolo se hace más claro, en el sentido de
una invocación procreadora...
Si consideramos, de una parte,
todos estos símbolos, y de otra, los sellos de arcilla cocida encontrados en
gran número, resulta sorprendente la ausencia de cualquier forma de escritura.
Aquellos sellos, del tamaño de los nuestros de Correos, aparecen en todas las
casas. Servían para marcar objétos de cerámica y se diferenciaban los unos de
los otros, lo cual induce a pensar en una propiedad privada muy rigurosa y,
también, en una estructura social fundada en la familia. Se podría compararlos
con los blasones de nuestra Era; pero éstos son exclusivos de los nobles,
mientras que aquéllos existían en todos los hogares. También cabe imaginar que
tales sellos servían para firmar mensajes escritos sobre materiales
perecederos. Pero, ¿cómo explicar que no se haya conservado el menor rastro de
estos materiales, alterados e incluso en forma de polvo? ¿Y cómo explicar,
también, que no figure ninguna inscripción en los frescos
desenterrados hasta hoy? Sin embargo, los logros conseguidos en tantos campos
no permiten presumir que los hombres
de Catal Huyuk carecieran de toda forma de grafismo o de conservación de la
palabra. ¿O seremos nosotros los que no sabemos identificar esta escritura,
este registro sutil? ¿Nos hallaremos en presencia de los herederos de la escritura
perdida de los primeros tiempos? ¿Fue, ésta, deliberadamente secreta o
prohibida? También podemos preguntarnos si no utilizarían una tinta
criptográfica exclusivamente sensible a un revelador especial, sólo conocido
por los maestros iniciados.
En cuarenta santuarios desenterrados se han
encontrado numerosas esculturas y diversos objetos de culto. Estos elementos
permiten reconstituir, en parte, la religión de los primeros ciudadanos del
mundo (hasta que se demuestre lo contrario). Estos santuarios parecen haber
estado todos ellos consagrados a la Diosa Madre. La presencia de esta diosa
parece indicar que, en los albores de la Humanidad, existía un lazo entre
todos los cultos. ¿Acaso no figura entre las estatuillas del período
solutrense, descubiertas en Vilendorf (Austria), en Brassenpouy (Landas) y en
la gruta Grimaldi de Menton? ¿No la encontramos en los esquimales tchukchi?
Allí se la denomina, a veces, Madre del Muerto, y otras veces se le da nombres
diferentes, pero todos ellos referidos a la calidad esencial de la fecundidad.
Y, en Siberia, ¿no invoca el chamán a la Señora de la Tierra, que sirve de
intermediaria con la Señora del Universo, para obtener la autorización de
cazar con lazo los animales de que depende su subsistencia? ¿No se han desenterrado
en Parmo rudimentarias estatuillas de la diosa, que tienen casi 9.000 años de
antigüedad? ¿Y no era adorada en Eshmún, Mesopotamia, y en Baalbek? En Egipto,
se identifica con Maat. En Caldea, se la representa, ora esbelta como una ninfa,
ora grávida. ¿Y no es ella la que aparece simbolizada por madres que amamantan
a sus hijos, en las figuritas de tierra cocida de Tell-Obeid? Se ha creído
reconocerla en Mohenjo Daro, en el valle del Indo, y, desde la época védica,
ocupa un lugar destacado en el Panteón indio. La Reina del Agua, en México (del
agua, fuente de la vida), y la Reina de la Fecundidad de los minoicos, primero
grávida y después esbelta, ora desnuda, ora vestida y engalanada, se
identifican con ella. En Luristán,
encontramos diversas representaciones de ella, de unos 5.500 años de
antigüedad. Y en Anatolia sigue estando presente después de 4.000 años de la
desaparición de Çatal Huyuk. Faltan eslabones, pero uno se siente tentado a
encontrarla de nuevo en el culto de Maya, la madre del Gautama Buda.
¿permanencia de esta Diosa-Madre del Universo?
En las estatuas encontradas en Catal Huyuk
es exclusivamente fecunda. En una de ellas, aparece representada en el momento
de parir un toro (¿prefiguración del culto de Mitra?). Ciertas pinturas
murales indican que tenía el poder de resucitar a los muertos. Su color, como
el de la vida, era el rojo. El de la muerte, el negro.
En los frescos, encontramos también motivos
en color de rosa, blanco, púrpura, raras veces azul e, inexplicablemente, nunca
verde. En varios frescos se pueden descubrir escenas referentes a la muerte de
alguien y que indican la creencia en un mundo futuro. Los cadáveres eran
desnudados y expuestos, sin duda en un lugar elevado, a merced de los buitres.
Se puede establecer un parangón con los mazdeístas.
En efecto, en los tiempos de Aqueménides, éstos enterraban aún íntegramente los
cadáveres; pero; después de la reconquista del Imperio por los partos, se
extendió el empleo de las torres del silencio, que prosiguió entre los parsis
de la India.
En Çatal Huyuk, cuando de un cuerpo no quedaba
más que el esqueleto, se enterraba éste después de revestirlo con las ropas
del muerto. En la sepultura, se colocaban sus armas y útiles, si se trataba de
un hombre; joyas y varios utensilios, si el muerto era una mujer, y juguetes,
si era un niño.
En las tumbas se han descubierto fragmentos
de tejidos apenas deteriorados, todos ellos de excelente calidad, sobre todo
los de lana, que han permitido identificar tres tipos de tejidos. Había también
telas de pelo de cabra y de fieltro. Son hasta hoy, los tejidos más antiguos de
nuestro planeta. Dos circunstancias favorecieron su conservación: el hecho de
que no estuviesen en contacto con la carne en descomposición, y las condicione,
higrométricas del aire. Pero también podría ser, que el suelo tuviese
cualidades particulares, como el de Ispahán. Ningún estudio pedológico lo ha
confirmado aún.
Entre los objetos usuales dejados a
disposición; de los difuntos, parece interesante mencionar unos tenedores de
madera y de hueso. Este objeto no se encuentra en ningún otro pueblo de la
Prehistoria ni de la protohistoria, y su empleo era ignorado en Occidente
antes de los últimos siglos. Y, junto a estos tenedores, se encuentran platos,
fuentes, cubiletes, vasos y copas, de cerámica muy fina.
El examen de los esqueletos descubiertos
hasta hoy no ha permitido determinar la raza dominante. Se encuentran tipos
modernos de mediterráneos y también anatolios. Pero las excavaciones
prosiguen, y no sabemos las sorpresas que nos tienen reservadas. En cambio,
los etnólogos han podido fijar, aproximadamente, el promedio de edad: treinta
y dos años para los hombres, y treinta para las mujeres. Cabe presumir que una
maternidad excesiva, como ocurría antaño en la India, provocaba esta ligera
diferencia. Aparte de esto, no cabe duda de que la mujer ocupaba la primera
fila en aquella sociedad.
Así lo sugiere un detalle,
independientemente de la importancia que se otorgaba a la mujer en materia
religiosa. Las tumbas eran excavadas debajo del lugar que habían ocupado los
lechos de les difuntos. Los de los hombres eran simples literas.
El ama de casa tenía derecho a una cama muy
grande, casi majestuosa. Tal vez un día se descubrirá una relación entre las
diferentes civilizaciones, esparcidas en el tiempo y en el espacio, que
practicaron el matriarcado: predecesores de los indoeuropeos en diversas
regiones del Asia Occidental y tribus indonesias o malasias, por citar
solamente unos pocos ejemplos.
Sin demasiado temor a equivocarnos, podemos
pensar que, incluso siendo jerárquicamente inferiores a las sacerdotisas,
únicas depositarias del ritual, hubo una cofradía de sacerdotes (o magos),
sabios y técnicos, que supo sacar espléndido partido de la obsidiana,
principal recurso de Catal Huyuk. Había tres yacimientos de obsidiana, cerca
del volcán hoy apagado. Y este material servía para la fabricación de casi
todos los utensilios: hoces, hachas, raspadores para la limpieza de la lana,
punzones, armas diversas y puntas de lanza o de flecha.
Ahora bien, técnicamente, la obsidiana es
un cristal: duro y negro. ¿Por qué los sabios de esta .ciudad no habían de
intentar el invento de variedades de diferentes colores y no habían de ser los
primeros en fabricar el vidrio, cosa que se atribuye a los fenicios y a los
egipcios?
Y las expediciones de estos técnicos a las
proximidades de los volcanes de Hassan Dag, Karaqa Dag y Nekke Dag, ¿no
pudieron dar origen, mucho antes de la civilización helénica, a la leyenda de
Prometeo? Cierto que nada viene a confirmar esta hipótesis. Ni siquiera podemos
apoyarnos en una leyenda que, nacida en la región como fruto de un hecho real,
fuese transmitida a través de las edades a las primeras generaciones de la era
histórica. Pero las condiciones geográficas de Grecia y de Creta no eran las
más adecuadas para el nacimiento de éste mito. Entonces, ¿por qué no buscar su
origen alrededor de unos cráteres antaño incandescentes?
Pero, en Çatal Huyuk, la misma realidad
inclina a soñar. Entre los utensilios, Mellaart observó en seguida los
morteros, que servían para moler el grano. Los granos dejaron, a veces, su
huella, y otras, se conservaron casi intactos. Y los investigadores tuvieron
que rendirse muy pronto a la evidencia (gracias a los estudios genéticos del
profesor danés Hans Helbart): los habitantes de la ciudad neolítica no se
limitaban a cortar espigas de trigo silvestre, sino que cultivaban tres variedades.
También sembraban cebada y lentejas, y cultivaban plantas oleaginosas y
medicinales, almendros y alfóncigos.
Sabemos que unos sabios americanos
descubrieron, igualmente, en las grutas de Mazanderán, a orillas del Caspio,
granos de trigo cuya antigüedad pudieron determinar por el carbono 14: unos
10.000 años. Por otra parte, un poco antes que aquéllos, en 1948, Robert J.
Braidwood había descubierto, en el curso de sus excavaciones en Jarmo (Irak),
muelas y hornos de cocer galletas. Y estos objetos se remontaban a 6.750 años
antes de J. C.
Mellaart opina que los hombres, sin dejar
de ser cazadores, pero habiéndose convertido también en pastores y
agricultores, debieron comprender la necesidad de abandonar sus moradas
dispersas en los flancos de las montañas, para agruparse en los llanos, a fin
de facilitar las operaciones agrícolas y, seguramente, la ganadería.
Después de los trabajos de Maurits van Loot
en Mureybat, Siria septentrional, se alargó la escala de las edades en lo que
atañe a las comunidades agrícolas: se dijo que éstas existían en el octavo
milenio antes de J. C. Pero en el momento actual no podemos arriesgarnos a
establecer cronologías con el dogmatismo de los arqueólogos y los etnólogos
del pasado. Cada año, en algún lugar del Globo, un nuevo descubrimiento pone en
tela de juicio la antigüedad de una civilización.
Aquel lugar de Siria dejó de parecer la
primera aglomeración cultural cuando, recientemente, se descubrieron en Irán
vestigios de una aldea que se remonta a 8.500 años antes de nuestra Era. Tal
vez muy pronto se descubrirán otras más antiguas.
La clasificación de Tunay Akoglu tiene,
naturalmente, a Catal Huyuk como punto de partida. Después de una laguna de
varios milenios, aparece en segundo lugar Tell Hala, descubierto por Oppenheimer
en 1911, y que se remonta a 3.800 ó 3.500 años antes de J. C. Pero esta tabla,
en la que figuran a continuación Uruk, los hatitas, los hititas y los
hurritas, parece muy precaria, a pesar de su rigor científico. Entre la fecha
del último Çatal Huyuk, alrededor del año 5600 antes de J. C. y las
expediciones de que habla Tashin Ozguk, realizadas por los sumerios para la
adquisición de cobre, ¿qué ocurrió en esta región, donde se desarrollaron
tantos acontecimientos desde el principio de la era histórica y que, durante
largo tiempo, se creyó que estaba desorganizada, incluso en comunidades muy
primitivas, del período neolítico? Los intercambios entre sumerios y anatolios
son posteriores en más de veinte siglos a la misteriosa desaparición de la
última ciudad desenterrada por Mellaart. ¿Cómo llenar esta laguna?
En una época más reciente, los asirios
instalaron en la misma región un importante centro comercial: Kanesh. Fue
aquí donde, en 1963, Tashin Ozguk (actualmente director de la sección arqueológica
de la Universidad de Ankara) y sus colaboradores descubrieron 14.000 tablillas
grabadas. Todavía no se ha empezado a descifrarlas. ¿Contendrán indicaciones
relatïvas a Çatal Huyuk?
En 1967, Tashin
Ozguk descubriría, en Altin Tepé, los
vestigios de una ciudad, con una ciudadela y una necrópolis. El lugar, que se
encuentra en la región oriental del actual Estado turco, pertenecía al Urartu
que se edificó en los alrededores del Ararat. Incluso antes de que se iniciaran
las excavaciones en la zona de este vasto imperio que se derrumbó en el siglo
IV antes de J. C., poseíamos ya, gracias a unos textos asirios, mucha información
a su respecto. Habiendo empezado como un pequeño Estado en el segundo milenio,
el Urartu había alcanzado su apogeo en el siglo VIII antes (y no después) de
nuestra Era. En aquella época los lidios lo consideraban como mucho más
poderoso e inquietante que Asiria. Al Norte, se extendía hasta más allá del
Cáucaso; al Oeste, rebasaba el Éufrates. Al Este, había convertido en sus vasallos
a los indoeuropeos de la región del lago Urmiah. La residencia más
frecuentemente citada de sus soberanos, y cuyo emplazamiento exacto seguimos
ignorando, era Toprak Kaleh, a orillas del lago de Van. Desconocemos el origen
de los moradores, aunque se sabe que eran asiáticos y no semitas. Ignoramos,
pues, el lazo que existía entre ellos y los ciudadanos de Çatal Huyuk. Pero no
podemos dejar de sentirnos intrigados por diversas semejanzas.
El descubrimiento de dos
tumbas en la «Colina de Oro» (Altin Tepé), en 1938 y 1956, incitó a la
Fundación Histórica y al Departamento de Antigüedades del Gobierno turco a
realizar excavacíones. Estas permitieron reconstituir la vida cotidiana, las
técnicas, el arte y la religión del pueblo. Los muros del
recinto y los de la ciudadela tenían un grosor de más de diez metros, y la
técnica empleada para su construcción revela una gran habilidad. Una parte de
los textos ya descifrados nos da indicaciones sobre la manera en que eran manejados
los bloques de granito de 40 toneladas, elevados y ajustados por los
ingenieros a más de 60 metros de altura. Sin embargo, aunque se explique el
procedimiento, nos parece asombroso que pudiese realizarse semejante hazaña en
Altin Tepe de la misma manera que nos quedamos estupefactos ante las losas de
Baalbek, preguntándonos de dónde vinieron y cómo pudieron ser transportadas y
colocadas en su sitio.
Se ha conseguido también
descifrar algunos textos relativos a la contabilidad y a las reservas. Uno de ellos nos dice que se
almacenaban 375.000 litros de vino para el consumo del rey y de los nobles.
Cuando se llegue a descifrar los demás textos, obtendremos, sin duda, una gran cantidad
de nuevos datos. Pero, ya en la actualidad, algunos objetos nos proporcionan
valiosas informaciones: como aquel disco de oro, cuyos motivos, minuciosa y artísticamente
grabados, nos permiten establecer singulares comparaciones. Pues, ¿no vemos
allí a un dios vestido con larga túnica y montado en un caballo alado,
predecesor de los de la mitología griega?
Las tumbas son copias
reducidas de las casas, como ocurrirá más tarde en la necrópolis de
Nagheh-e-Rustem. También aquí los cadáveres son suntuosamente ataviados antes
de enterrarlos, y, como en Çatal Huyuk, se colocan armas en las tumbas de los hombres, y joyas
en las de las mujeres.
El lujo superaba en mucho al
de la ciudad neolítica: los muebles tenían adornos de oro y de plata; las
patas de bronce de las mesas y de las camas presentaban la forma de pezuñas de
caballo o de macho cabrío. Cabezas de toro decoraban los calderos. Para ejecutar
el minucioso dibujo de los frescos, los artistas disponían de reglas y compases.
Todos estos elementos fragmentarios no bastan para
reconstituir una sólida cadena. Faltan demasiados eslabones, y el
esparcimiento de aquéllos en el espacio da lugar a que se multipliquen las hipótesis.
Si sabemos, por ejemplo, cómo desapareció Catal Huyuk, destruido (probablemente
por los escitas) a mediados del sexto milenio antes de nuestra Era, ignoramos,
en cambio, los motivos que llevaron a la primera edificación de esta ciudad.
Difícilmente
podemos admitir que se tratase de un ensayo, ya que se consiguió una obra
maestra de urbanismo. Por otra parte, el monopolio de la obsidiana no basta
para explicar este logro. Unas técnicas tan complicadas como la consistente en
practicar en una bola de dura piedra un orificio más fino que la más fina
aguja, no pueden surgir espontáneamente. Si se trata de un invento, éste
presupone un ingenio desconcertante. Pero, ¿no se trataría más bien de algo
heredado? Cuesta mucho imaginar que el arte de Catal Huyuk fuese prolongación
normal del del paleolítico superior, a fines de la última era glacial. Y esto
puede aplicarse igualmente a la civilización de sacerdotes técnicos
recientemente descubierta en el Cáucaso, en una región ciertamente en contacto
con la ciudad neolítica, que tenía, como ya hemos dicho, una importante red
comercial.
¿Primera civilización urbana completa?
Nacida, ¿cómo? ¿Por brusca aparición? En otro caso, ¿cuál fue su filiación?
¿Cuál fue su herencia? ¿Representó un progreso, en relación con un pasado que
ignoramos, o fue recuerdo de alguna civilización más alta?
Tal vez los habitantes de Çatal Huyuk
ignoraban o negaban la existencia de sus predecesores, de la misma manera que
los de Altin Tepé desconocían la de los suyos. Cuando se descifre su escritura,
es posible que leamos: «Sólo un loco podría pretender que en un pasado remoto
hubo hombres tan adelantados como nosotros.»
CAPíTULO III
EL IMPERIO DE
DÉDALO
Santorín, los Atlantes y la
Creta de Minos. - Las relaciones con Asia. - Los reyes del mar y de los metales.
- Historia del oricalco. - Las instalaciones sanitarias y el urbanismo. - Las
elegantes de Cnossos. - Lineal A, Lineal B y disco de Festos. - Los fabulosos
inventos de Dédalo. - ¿Una corporación de Dédalos? - Mito o realidad de Talos,
el robot. - La nafta y la herida de Talos. - La balanza para pesar las almas.
- Infundir humanidad a la historia humana.
«Me dirijo a vosotros desde el tiempo del
Toro, que acaba de terminar. A través de más de tres mil años, os envío un
mensaje; a vosotros, que vivís en la conjunción de Piscis y Acuario. En vuestra
época, habéis realizado cosas que yo
empecé, y algunas de mis realizaciones técnicas parecen, al lado de las
vuestras, triviales y acaso infantiles. Sin embargo, he hecho cosas que nadie había
hecho antes que yo, y he realizado maravillas que nadie era capaz de hacer
antes de mi advenimiento. Mi hijo y yo cruzamos el cielo, donde nadie había
estado antes de nosotros.»
Así nos habla Dédalo, en un mensaje
imaginario con que empieza el magnífico libro de ficción de Michael Ayron,
pintor y escultor inglés...
El imperio de Dédalo tenía por centro a
Creta. Es muy probable que se confunda con el que sobrevivió en la leyenda con
el nombre de Atlántida.
No sabemos nada cierto con respecto a la Atlántida,
y numerosos autores le atribuyen otro emplazamiento. Platón la situaba al este
de las Columnas de Hércules o, dicho de otro modo, del estrecho de Gibraltar.
Y se partió de esta teoría para buscar sus huellas en el Atlántico. Pero, según
parece, los hundimientos en esta región se produjeron muy lentamente, y se
remontan a más de 500.000 años. Ahora bien, la Antigüedad afirma que la
desaparición de la Atlántida fue brusca. Solón oyó hablar de ella durante su
estancia en Egipto. Los sacerdotes de Sais decían que la Atlántida era tan
vasta como Lidia y Asia juntas. Esto es, sin duda, una exageración; por otra
parte, los pueblos civilizados de las orillas del Mediterráneo ignoraron
durante largo tiempo las dimensiones de Asia. Platón habla, en Critias, de una
guerra que estalló, nueve mil años antes de su época, entre los soberanos de
la Atlántida y los del mar Egeo. Debió tratarse, pues, de un reino mucho más
antiguo que el Imperio cretense. Pero, como ninguna hipótesis ha sido, hasta
hoy, confirmada o rebatida, podemos formular otras. Por ejemplo, la siguiente:
un pueblo que, en el período neolítico, vivía en una isla del Atlántico,
inculcó, antes de desaparecer, a los primeros cretenses las bases de su
civilización; y es también permisible imaginar que una sola catástrofe fue
causa de la desaparición de la Atlántida (fuese cual fuere su emplazamiento) y
la destrucción de las ciudades de la Creta minoica. Una terrible erupción
volcánica pudo hacer desaparecer una o varias islas causando solamente la
devastación de otras. En la isla de Thera (o Thira), actualmente Santorín, se
ha podido demostrar que una ciudad, de la que el arqueólogo griego Spiridón
Marinitos descubrió vestigios en 1961, fue destruida, por la explosión de un
volcán submarino, unos 1.500 años antes de J. C. Lo cual, según el sabio, no
habría sido más que un episodio de la historia telúrica, particularmente
agitada en esta parte del mundo. Al mismo tiempo que Santorín, situada a 120
kilómetros de Creta y a 200 de Atenas, al sur del mar Egeo, otras islas más
pequeñas del mismo archipiélago pudieron sufrir las consecuencias del
cataclismo, que, según el sismólogo griego Ganalopoulos, empezó por unas
sacudidas sísmicas, seguidas de un maremoto y de dos erupciones. En todo el
contorno del Mediterráneo oriental se han encontrado restos de lava correspondientes
a aquel siglo, y ciertos papiros hablan del oscurecimiento del sol que se
produjo entonces en Egipto.
Cuando, en 1902, entró en erupción el
volcán de la Montaña Pelada (en Martinica), y las ciudades de Saint-Pierre y el
poblado de Morne Rouge fueron destruidos por la lava, cenizas incandescentes,
chorros de agua hirviente y gases asfixiantes, los habitantes de la isla vecina
de Guadalupe vieron oscurecerse el cielo en pleno día, a causa de la nube de
cenizas. Y, más tarde, se encontraron entre los escombros de Saint-Pierre los
cadáveres de familias sentadas a la mesa, de jinetes a caballo, de obreros trabajando,
de la misma manera que se exhumaron en Creta los esqueletos de personas
sorprendidas en su actividad cotidiana.
Sea cual fuere el origen de la destrucción
de las ciudades cretenses, Ganalopoulos está absolutamente convencido de su
identidad con las ciudades de los Atlantes:
«Los Atlantes y la Creta de Minos se
funden, de ahora en adelante, en una sola imagen: un Estado rico, poderoso,
que es teóricamente una teocracia antigua, bajo un sacerdote-rey, pero que, en
realidad, es una alta burguesía, frívola e inteligente, amante de los
espectáculos extraños y de los deportes, que viste con sutil elegancia, utiliza
objetos de cerámica sumamente bellos y vive en la igualdad de sexos, cosa muy
rara en la Antigüedad; una civilización decadente, fascinante, deliciosa y condenada
...» ¿Condenada? ¿Cómo, y por qué?
Veamos lo que sabemos actualmente de esta
cultura. En muchos aspectos, podríamos calificarla de prodigiosa.
La Creta talasocráfica dominó todas las
regiones vecinas. Desde la era neolítica, se producían continuos intercambios
entre las islas Cícladas y el Asia. Y es probable que hubiese contactos entre
el Asia central y el Asia septentrional, sobre todo en las regiones del Cáucaso
y del Turquestán. Ahora bien, como también se ha demostrado que existían
relaciones entre estas regiones y Anatolia, todas ellas, por mediación de
ésta, tenían relación con Creta.
La era de expansión de los cretenses tuvo
dos fases. Durante la primera, traficaron con Grecia, Melos, Syra, Chipre,
Delos y Siria, y mantuvieron relaciones permanentes con Egipto. Sus técnicos,
ingenieros y arquitectos colaboraron en la edificación de las pirámides de
Senusert II y de Arnenemhet III. En esta época, su flota era ya importante.
Ella les conferiría el título de «reyes del mar». Disponían igualmente de una
marina de guerra, primera fuerza naval del Mediterráneo del Norte, y llegaron
sin duda a Sicilia y a España. Es posible que no esclavizasen completamente a
los pueblos, sino que se contentasen con prodigarles sus técnicas, mientras se
perfeccionaban ellos mismos con el contacto. Su poderío les permitió mejorar
su arte y aumentar su bienestar, procurándose las materias primas de que
carecían. Desde el IV milenio antes de J. C., en Tell Obeld se utilizaba el
cobre, y Herzfeld nos habla, en dos obras sobre Persia, de hachas de este metal
encontradas en Susa.
El oro estaba muy extendido y gozó incluso
de prioridad. Se encontraba en Asia y en África, pero también en Europa: su
empleo estaba, sobre todo, muy difundido en Irlanda.
Aparte de los
tres metales mencionados, alrededor del año 2400 antes de J. C. hizo su
aparición el estaño. Procedía de Sajonia y de Bohemia, a través del Adriático;
Sicilia lo obtenía de Etruria, y el de Cornualles viajaba a través de la Galia
y de Iberia.
En cambio, el empleo del hierro fue muy
tardío en todas partes. Al menos, del hierro terrestre. En Egipto, sólo
empiezan a explotarlo hacia el año 1400 antes de J, C. Se ha encontrado un
bloque, intacto, en una pirámide del año 1600 antes de Jesucristo. En
Palestina, no es trabajado hasta el 1200, aproximadamente. Esto se debió a que
muchos meteoritos que cayeron sin duda durante el neolítico en diversas
regiones del Globo, y que son mencionados por todas las tradiciones (lluvias de
fuego), contenían hierro en estado puro, lo cual hacía innecesaria su
extracción de los minerales. En fecha tan tardía como el siglo XII de nuestra
Era, Averroes refiere que se fabricaron espadas y sables excelentes con el
hierro de un bloque caído del cielo cerca de Córdoba. Y, según la leyenda,
Atila, y mucho más tarde Timur Lenk (Tamerlán), debieron sus victorias a que
sus armas habían sido
forjadas con un
metal enviado por Dios.
Su flota permitió a los cretenses
trasladarse muy lejos en busca de estaño. Y poseyeron talleres de bronce. Por
otra parte, el bronce no era la única aleación utilizada en los tiempos
protohistóricos. Empíricamente, se combinaba el cobre con otros metaloides:
con el arsénico, en Egipto; con el níquel, en Germania; con el cinc, en
Sajonia, para fabricar latón. También se ha encontrado latón en Kameiros,
ciudad de Rodas. Pero los que lo fabricaron debieron sin duda este invento a la
casualidad, pues, en esta época, no figura en ninguna parte en las mismas
proporciones óptimas.
Añadiendo al bronce un poco más de cinc o
de plomo, se obtenía una pátina muy buscada en artesanía artística y en
estatuaria. Además, se ha descubierto en Ur una aleación de oro y plata: el
electro, que sirvió más tarde para la fabricación de monedas. Ahora bien,
podemos preguntarnos si los antiguos no confundjeron a veces el electro, de un
brillo y matiz desacostumbrados, con el oricalco.
Los autores antiguos se refirieron a menudo
a esta sustancia. Algunos creían que se trataba de un metal puro, muy raro.
Otros le atribuían un origen mágico o divino. Platón alababa el brillo de fuego
que daba a los objetos y a las paredes que revestía. Un contemporáneo de
Aristóteles habla de un cobre blanco y brillante, llamado cobre de la montaña.
Los mosinoeci (que habitaban sin duda el Asia Menor) lo obtenían, dice aquél,
añadiendo estaño al cobre, y también una tierra especial, recogida en las orillas
del mar Negro: la calmia (de donde viene la palabra calamina). Plinio cita
también esta piedra, como empleada para la fabricación del aurichalcum.
Los cretenses debieron a su notable técnica
no sólo la construcción de sus admirables palacios, sino también que éstos
ofreciesen comodidades de las que carecieron los pueblos occidentales hasta el
siglo XIX de nuestra Era. Departamentos dispuestos alrededor de un patio
central. Muros con dobles paredes isotérmicas, revestidos interiormente de
mosaicos representando escenas que nos ilustran sobre la vida cotidiana.
Suelos embaldosados, que a veces representan acuarios de un agua tan rumorosa,
por el movimiento de las plantas acuáticas, las burbujas de aire y los ágiles
peces, que uno no se atreve a apoyar el pie, por miedo a caer o a despertar de
su sueño al príncipe flordelisado cuya estatua impera sobre esta eternidad
encantada. Pero nuestra maravilla se convierte en estupor cuando examinamos
las instalaciones sanitarias. Un sistema perfecto de desagüe. Acondicionamiento
de aire mediante un sistema de calefacción central que se convierte, en verano,
en fuente continua de aire fresco. Canalizaciones para la traída de aguas.
Aparatos hidráulicos elevadores, que funcionaban por inercia. Sutil iluminación
de las habitaciones y de las cámaras subterráneas.
Los sistemas de vías públicas y caminos no
son menos perfectos. Los edificios están separados unos de otros por
callejones. Además de los barrios de viviendas, hay talleres, almacenes y
santuarios. Los caminos están embaldosados o tienen el piso de hormigón. Su
anchura es apenas de un metro cuarenta, pero su infraestructura de grava aglomerada,
de un metro de espesor, está sostenida, en ambos lados, por aceras elevadas,
destinadas a los peatones y a los acompañantes de los convoyes. Algunas
calzadas tienen dos carriles paralelos que, en caso de tormenta, debían servir
de canales de evacuación. En otros caminos, estos carriles servían también,
quizá, para el transporte en seco de embarcaciones de un puerto a otro.
Desde principios del II milenio antes de
nuestra Era, los cretenses fundaron ciudades, como Akrotiri, en todas las
islas de Santorín y quizás, incluso, en la Grecia peninsular. En su propio
país, edificaron, según Homero, un centenar. Durante la primera fase, la zona
urbana se encontraba en la costa oriental de la isla. Después, Cnossos y Festos
fueron erigidas casi en el centro; la primera, al Norte, y la segunda, al Sur.
Alrededor de 1750, se produce un cambio
cuya naturaleza ignoramos. Una revolución, una invasión o, quizás, un fenómeno
natural: seísmo o maremoto. Un poco más tarde, se construyen nuevos palacios,
no solamente en Cnossos y Festos, sino también en Hagia, Tríada y Tilisos.
Parece que imperó cierta rivalidad entre estas ciudades. Todas sucumbieron a
mediados del siglo xv, salvo Cnossos, que durará aún cincuenta años antes del
derrumbamiento final.
Las elegantes de Cnossos lanzaban las modas
en las que se inspiraban las mujeres ricas de las islas vecinas o de las
ciudades de Asia Menor, y las egipcias. Primero, llevaron faldas muy largas y
con volantes; después, anchas y lisas. Sus corpiños se adornaban con cuellos
estilo Médicis, y eran muy escotados por delante, dejando los senos al
descubierto. Los hombres llevaban desnudo el busto y, a veces, se tapaban con
un simple suspensorio adornado o con un faldellín que recuerda el de los
evzones. Su coquetería se centraba en el tocado: turbantes planos o tiaras. En
cuanto a los sombreros femeninos, habrían podido rivalizar, en variedad y
extravagancia, con los de las parisienses de la Belle Époque. Por lo demás,
parece que la mujer gozó de gran libertad. Aquí no podomos extendernos sobre
todos los aspectos de la vida social. Además, sólo podemos adivinarlos través
de las muestras pictóricas, pues, hasta hoy, sólo una pequeña parte de la
escritura cretense ha podido ser descifrada.
El lenguaje comprende varias formas
escritas, una de las cuales, la Lineal B, parece haber sido descifrada, aunque
los trabajos de Ventris siguen siendo discutidos. La Lineal B indica que la destrucción
de Cnossos se produjo aproximadamente 1.500 años antes de J. C. Cosa que choca
a los arqueólogos, pero que parece confirmada por las pruebas geovolcánicas.
Antes de la escritura Lineal B, existió la Lineal A. Antes de la Lineal A,
nadie sabe lo que hubo. ¿Acaso la escritura perdida...? Nadie ha descifrado aún
el famoso disco de Festos, objeto que data, probablemente, del principio mismo
de la era de Minos.
Este disco fue encontrado en el palacio de
Festos, en Creta, con objetos correspondientes a la época media de Minos y con
una tablilla con inscripciones indescifrables de escritura Lineal A. En cuanto
al propio disco, es de arcilla y contiene ideogramas y representaciones de
objetos. Si es contemporáneo de los objetos, tendría que datar del siglo XVII
antes de J. C. Pero es posible que sea más antiguo.
Tal vez las excavaciones de Thera nos
proporcionarán un material de estudio. También es posible que el disco de
Festos no sea un mensaje, sino un conjunto de caracteres destinados a ser recortados
y utilizados separadamente.
Si se ha podido reconstituir un gran número
de elementos de la vida y de la historia de los cretenses, hay puntos
esenciales que permanecen en 1a sombra. Lo malo, cuando consideramos los mitos
y leyendas, es que no poseemos datos sobre el nacimiento de éstos, es decir,
sobre los acontecimientos que los provocaron. Pues no solamente es muy
probable que todos los mitos que implican hechos técnicos o históricos estén
basados en la realidad, sino que nos han proporcionado ya numerosas
informaciones, que inspiraron las investigaciones de exploradores como
Schlieman, que redescubrió el emplazamiento de Troya, o de sabios como Victor
Bérard, que reconstituyó la Odisea.
Entre los temas que permanecen oscuros y
llenos de enigmas, prestándose a numerosas interpretaciones, la historia de
Dédalo es uno de los más desconcertantes. Haldane, al hacer el retrato de
Dédalo, le atribuye una sorprendente gama de inventos: los adhesivos, los
preservativos, la inseminación artificial. También creó, según él, una máquina
para horadar túneles, un horno de reverbero, una máquina voladora e incluso un
robot.
Estas creaciones, si las aceptamos como
tales, serían, según el mito, las de un semidiós. Un semidiós inverosímil,
prodigioso ingeniero, más inverosímil aún que el propio Hércules, cuyos doce
trabajos y cuyas aventuras revelan más fuerza y astucia que imaginación
técnica.
¿Qué sabemos de Dédalo? Hijo del dios Ares,
vio la luz en Atenas. Practicó, simultáneamente, la mecánica, la arquitectura y
la cultura, innovando constantemente en cada uno de estos campos. Tenía un
sobrino y discípulo, llamado Talos. Envidioso de su habilidad, lo arrojó desde
lo alto de la Acrópolis; después, se desterró él mismo a Creta. La leyenda, o
él mismo, dieron más tarde aquel nombre a un robot gigantesco de su invención.
Los dioses se
habían repartido la Tierra. La Atlántida (luego Creta, según nosotros)
correspondió a Poseidón (Neptuno). En esta fase, nos chocan los múltiples
papeles que representan los toros en el mito. Un dios (Zeus, según algunos
historiadores) toma la forma de este animal para raptar a la joven Europa, a
la que lleva a nado hasta Creta y de la que tiene tres hijos: Minos, Sarpedon
y Radamante. Minos, convertido en rey de la isla, se casa con Pasifae. Y ésta
se enamora de un toro, como su suegra Europa. En este momento, Dédalo trabaja
ya en la Corte de Minos. Como es escultor, esculpe una ternera de madera. Después
vacía la estatua. Pasifae se introduce en ella y, de este modo, puede
satisfacer su pasión. Desenlace: el hijo que nace de este amor tiene cuerpo de
hombre y cabeza de toro. Es el Minotauro. Para ocultar a las miradas del pueblo
ese hijo bastardo que le avergüenza, Minos pide a Dédalo que construya el
Laberinto.
El toro seguirá representando un papel
preponderante en los mitos cretenses y, después, en los griegos. Minos muere
por no haber sacrificado el toro que Poseidón hizo surgir del mar. El séptimo
trabajo de Hércules, que se realiza en Creta, consiste en domar un toro
salvaje. Prometeo será encadenado por haberle gastado una broma a Júpiter,
dándole a comer la grasa y los huesos del toro de un sacrificio. También
volveremos a encontrar el toro en Egipto y en la India. Pero, ¿qué hace Dédalo,
escultor, mecánico, ingeniero, investigador? Se puede interpretar el mito en
función de la psicología profunda. También podemos imaginarnos a Dédalo
practicando experimentos de genética; buscando la manera de producir seres
híbridos con el animal-dios; realizando ensayos de inseminación. La musa
popular bordará en seguida un relato fabuloso a base de esos hechos. Pero,
mirándolo de otro modo, ¿quién es Dédalo? Así como hubo, no un soberano llamado
Minos, sino todo un linaje de reyes que llevaron este nombre, ¿por qué no se
puede imaginar una corporación de Dédalos, varias generaciones de Dédalos,
pertenecientes a alguna hermandad de investigadores y técnicos, cuyos trabajos
revisten, para los no iniciados, un aspecto mágico?
Los Argonautas, después de
haber auxiliado eficazmente a Jasón en la conquista del Vellocino de Oro,
quieren hacer escala en Creta, durante el trayecto de regreso. Se lo impide la
intervenciión de un robot gigantesco, Talos, que cuida por sí solo de la
protección de la isla. La recorre tres veces cada día: Descubre las
embarcaciones y lesi lanza rocas. Pero tiene un punto débil: el tobillo.. Si sufre
una herida en el tobillo, se escapa por ella la savia vital. ¿Será ésta el
líquido del depósito? ¿Funcionaría con nafta la máquina inventada poor los
Dédalos? Los antiguos conocían la nafta. Leemos en Teofrasto que algunos
pueblos quemaban piedras que desprendían vapor. Este vapor, conducido por
gasoductos, imprimía movimientos a ciertas máquinas. El fuego que encendían
los «rinagos» zoroastrianos, y sin duda, antes que ellos, los sacerdotes de
otras religiones pirólatras, en la meseta irania y en las cercanías de Mosul,
procedía de la inflamación de gases naturales brotados de la tierra. En las
orillas del Golfo Pérsico se recogía, desde la más remota antigüedad, el
«mumyja», especie de betún solidificado, dotado de virtuides terapéuticas
y dinámicas. El término «nafta»> no figura en los textos que describen el
robot Talos. Podemos imaginar otras fuentes de energía,. Podemos también soñar
en una máquina que detecta la proximidad de los barcos y los bombardea sin fallar
jamás la puntería. Medea, protectora de los Argonautas, hiere a Talos en el
tobillo. La máquina queda averiada.
Medea es el espía saboteador de las instalaciones de defensa.
En cuanto al mito de Icaro,
es, si seguimos la misma línea, un cuento fundado en una tentativa técnica.
Naturalmente, podemos imaginar que los cretenses y sus Dédalos recibieron
rudimentos de ciencia y de tecnología de visitantes procedentes del exterior,
tipo Akpallus. También podemos, sin arriesgarnos tanto, considerar a los
cretensess como depositarios de anteriores y desarrolladas civilizaciones y que
el depósito se confió a la sociedad de los Dédalos. En los frescos de Cnossos
encontramos representaciones de una «balanza para pesar las almas», y, en los
palacios y talleres, restos de aparatos enigmáticos. ¿Acaso los Dédalos o sus
vecinos, jugando a aprendices de brujos, trataron de captar la energía
volcánica e hicieron saltar, por ambición, su mundo tan extrañamente
conseguido?
Estas preguntas no son
absurdas. Tal vez sería más absurdo, y perezoso, no formularlas, por miedo de
que se crea en la permanencia de una inteligencia ingeniosa en la Historia
plagada de abismos aún inexplorados.
Cuando se hayan descifrado las
escrituras perdidas; cuando hayamos interrogado los mitos, con un espíritu no
paternalista ni orgulloso, sino abierto a las posibilidades de anteriores
éxitos de la inteligencia creadora, con un espíritu permeable a la idea de
circulación de los tiempos (paso de nuestro presente en el pasado, como hay
presencia del pasado en el presente), habremos infundido, al fin, verdadera
humanidad a la historia humana.
FIN

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