© Libro N° 5594.
Divertidas Aventuras Del Nieto De Juan Moreira. Payró, Roberto J. Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título
original: © Divertidas Aventuras Del Nieto De Juan Moreira. Roberto J.
Payró
Versión Original: © Divertidas Aventuras Del Nieto De Juan Moreira.
Roberto J. Payró
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Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
Roberto J.
Payró
Primera parte
- I -
Nací a la
política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de provincia, muy
considerable según el padrón electoral, aunque tuviera escasos vecinos, pobre
comercio, indigente sociabilidad, nada de industria y lo demás en proporción.
El clima benigno, el cielo siempre azul, el sol radiante, la tierra
fertilísima, no habían bastado, como se comprenderá, para conquistarle aquella
preeminencia. Era menester otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al
levantarse el último censo, por arte de birlibirloque habían dotado al
departamento con una importante masa de sufragios -mayor que el natural-, para
procurarle decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa
participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el Congreso
Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del país. Escrutando
las causas y los efectos, no me cabe duda de que los sunchalenses confiaban más
en sus propias luces y patriotismo que en el patriotismo y las luces del resto
de nuestros compatriotas y de que se esforzaban por gobernar con espíritu
puramente altruista. El hecho es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse,
alcanzaban tácita o manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero
esto, que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia
incipiente, no es divertido y no hace tampoco al caso.
Lo que sí
hace y quizá resulte divertido es que mi padre fuera uno de los susodichos
dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi
aristocrática cuna me diera -como en realidad me dio- vara alta en aquel pueblo
manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo el cielo sin nubes,
cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me parece que hasta el aire de
Los Sunchos era alimenticio y que bastaba masticarlo al respirar para mantener
y aun acrecentar las fuerzas: milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía
se encuentran pepitas de oro en medio de la calle.
Desde
chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de vigilantes, peones,
gente del pueblo y empleados públicos de menor cuantía, quienes me enseñaron
pacientemente a montar a caballo, vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi
capricho era ley para todos aquellos buenos paisanos, en especial para el
populacho, los subalternos y los humildes amigos o paniaguados de las
autoridades; y cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser
pesadas, se quejaba a mis padres, nunca me faltó defensa o excusa, y si bien
ambos prometían a veces reprenderme o castigarme, la verdad es que
-especialmente el «viejo»- no hacían sino reírse de mis gracias.
Y aquí debo
confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me consideraba en lo
físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía amarillenta y borrosa que me
sacó un fotógrafo trashumante al cumplir mis cinco años, y aparte la ridícula
vestimenta de lugareño y el aire cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie
puede considerarse la de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y
serenos, frente espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien
dibujada, en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su
hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia y en la
juventud fui lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de belleza un tanto
femenil, pese a mi poblado bigote, mi porte altivo, mi clara mirada, tan
resuelta y firme; y estos dotes de la naturaleza me procuraron siempre, hasta
en épocas de madurez... Pero no adelantemos los acontecimientos...
Tenía yo por
aquel entonces un carácter de todos los demonios que, según me parece, la edad
y la experiencia han modificado y mejorado mucho, especialmente en las
exteriorizaciones. Nada podía torcer mi voluntad, nadie lograba imponérseme, y
todos los medios me eran buenos para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad.
Recomiendo a los padres de familia deseosos de ver el triunfo de su prole que
la fomenten en sus hijos, renunciando, como a cosa inútil y perjudicial, a la
tan preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles
luego graves y quizá insuperables dificultades en la vida. Estudien mi ejemplo,
sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado, detalle más,
detalle menos, todo cuanto soñaba o quería, porque nunca me detuvo ningún falso
escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral, como ninguna preocupación
melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando una criada o un peón me eran
molestos o antipáticos, espiaba todos sus pasos, acciones, palabras y aun
pensamientos, hasta encontrarlos en falta y poder acusarlos ante el tribunal
casero, o -no hallando hechos reales- imaginaba y revelaba hechos verosímiles,
valiéndome de las circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente
estudiadas. ¡Y cuántas veces habrá sido profunda e ignorada verdad lo que yo
mismo creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción
instintivas!
Pero esto era
sólo una complicación poco evidente -para descubrirla he debido forzar el
análisis- de mi carácter que, si bien obstinado y astuto, era, sobre todo
-extraña antinomia aparente-, exaltado y violento, como irreflexivo y de primer
impulso, lo que me permitía tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía
conseguirse. Y como en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente a usar de
los puños, los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque o en
la batalla con el criado u otro adversario eventual resultara yo con alguna
marca, contusión o rasguño que ellos no me habían inferido quizá, pero que,
dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y aun sobraba como prueba de la
ajena barbarie, y hacía recaer sobre el enemigo todas las iras paternas:
-¡Pobre
muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera atrocidad!...
Y tras de mis
arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían sobre el antagonista los
puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas, extraordinario vigor, destreza
envidiable y amén de esto grande autoridad.
¿Quién se
atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no cejaba ante el brillo de sus
ojos de acero, que relampagueaban en la sombra de sus espesas cejas, como
intensificados por su gran nariz ganchuda, por su grueso bigote cano, por su
perilla que en ocasiones parecía adelantarse como la punta de un arma?
Vivíamos con
grandeza -naturalmente en la relatividad aldeana, que no da pretexto a los
lujos desmedidos-, y «Tatita» gastaba cuanto ganaba o un poco más, pues a su
muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada con una crecida hipoteca que
hacían más molesta algunas otras deudas menores. Sí; sólo teníamos una chacra,
pero hay que explicarse: era una vasta posesión de cuatrocientas varas de
frente por otras tantas de fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro
del pueblo. Su cerco, en parte de adobe, en parte de pita, cinacina, y talas,
interceptaba las calles de Libertad, Tunes y Cadilla, que corrían de Norte a
Sud, y las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este a Oeste. Los cuatro
grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y Monteagudo.
Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y Constitución, la más
próxima a la plaza y los edificios públicos, y era una amplia construcción de
un solo piso, a lo largo de la cual corría una columnata de pilares delgados,
sosteniendo un ancho alero. En ella habitábamos nosotros solos, pues las
cocinas, cocheras, dependencias y cuartos de la servidumbre formaban cuerpo
aparte, cuadrando una especie de patio en que Mamita cultivaba algunas flores y
Tatita criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos de
árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero, y varios
potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo idea de que alguna
vez se plantaron hortalizas en un rincón de la chacra, pero en todo caso no fue
siempre, ni siquiera con frecuencia, sin duda para no desdecir mucho del
indolente carácter criollo que en aquel tiempo consideraba «cosa de gringos»
ordeñar las vacas y comer legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y
nuestra chacra un vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los
Sunchos, y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que más
de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban como avispas
irritadas, aunque a respetable distancia de los oídos de Tatita. Esta especie
de refinamiento, cada vez más borroso, se explica naturalmente: mi padre
pertenecía a una de las familias más viejas del país, una familia patricia
radicada en Buenos Aires desde la guerra de la Independencia, vinculada a la
alta sociedad y dueña de una respetable fortuna que varias ramas conservan
todavía. Menos previsor o más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó
-ignoro cómo y no me importa saberlo-, salió a correr tierras en busca de mejor
suerte y fue a varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus
antiguos hábitos y aficiones.
No se ocupaba
más que de la política activa y de la tramitación de toda clase de asuntos ante
las autoridades municipales y provinciales.
Intendente y
presidente de la Municipalidad, en varias administraciones, había acabado por
negarse a ocupar puesto oficial alguno, conservando sin embargo,
meticulosamente, su influencia y su prestigio: desde afuera manejaba mejor sus
negocios, sin dar que hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas
electorales, y otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba a la
capital de la provincia, llevado por sus asuntos propios o ajenos -en calidad
de intermediario-, pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de carreras
o de pelota, en el billar o la sala de juego del Club del Progreso, o de visita
en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres, y Mamá hablaba de ellas con
cierto retintín y a veces hasta colérica, cosa extraña en una mujer tan buena,
que era la mansedumbre en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. A él se
debe, entre otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo
que acabó con las canchas derechas y de andarivel, e hizo también para las riñas
de gallos un verdadero circo en miniatura. Leía los periódicos de la capital de
la provincia, que le llegaban tres veces por semana, y gracias a esto, a su
copiosa correspondencia epistolar y a las noticias de los pocos viajeros y de
Isabel Contreras, el mayoral de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al
corriente de lo que sucedía y de lo que iba a suceder, sirviéndole para prever
esto último su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en
años enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de esta
clase de información fue sin duda lo que le hizo mandarme a la escuela, no con
la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible intención de proveerme
de una herramienta preciosa para después.
Esto ocurrió
pasados ya mis nueve años, puede también que los diez.
Mi ingreso en
la escuela fue como una catástrofe que abriera un paréntesis en mi vida de
vagancia y holgazanería, y luego como una tortura momentánea sí, pero muy
dolorosa, tanto más cuanto que, si aprendí a leer, fue gracias a mi santa
madre, cuya inagotable paciencia supo aprovechar todos mis fugitivos instantes
de docilidad, y cuya bondad tímida y enfermiza premiaba cada pequeño esfuerzo
mío tan espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla
todavía, siempre de negro, oprimida en
un vestido muy liso, pálida bajo sus bandós castaño oscuro, hablando con
voz lenta y suave y sonriendo casi dolorosamente, a fuerza de ternura.
Mucho le
costaron las primeras lecciones, como le costó hacerme ir a misa a inculcarme
ciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por mi inquietud
indómita; pero a poco cedí y me plegué, más que todo, interesado por los
cuentos de las viejas sirvientas y los aún más maravillosos de una costurerita
española, jorobada, que decía a cada paso «interín», que estaba siempre en los
rincones oscuros, y en quien creía yo ver la encarnación de un diablillo
entretenido y amistoso o de una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me
contaban las unas las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la
otra los amores de Beldad y la Bestia, o las terribles aventuras del Gato, el
Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi naciente
raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme aquello a mí
mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me antojara, ampliado y
embellecido con los detalles en que sin duda abundaría la letra menudita y
cabalística de los libros. Y aprendí a leer, rápidamente, en suma, buscando la
emancipación, tratando de conquistar la independencia.
- II -
Acabé por
acostumbrarme un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión
mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz
español, cojo y ridículo, que, gracias a mí, se sentó centenares de veces sobre
una punta de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió
en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas. ¡Era
de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados por la pluma, o
levantarse con la silla pegada a los fondillos, o llevar la mano al órgano
acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un
tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis
tímidos condiscípulos, sin imaginación,
ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en
mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que
para atreverse a tanto era preciso haber nacido con privilegios excepcionales
de carácter y de posición.
Don Lucas
tenía la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre -«cátedra» decía él-
mientras explicaba o interrogaba; después, en la hora de caligrafía o de
dictado, poníase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las
manos, como si su cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta
peculiaridad, procurarme picapica y espolvorear con ella la cátedra, fueron
para mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí a menudo la ingeniosa
operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver a don Lucas
rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en seguida rabioso, por
último frenético hasta el estallido final:
-¡Todo el
mundo se queda dos horas!
Iba a
lavarse, a ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase abandonada se
convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta a mi toque de
zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros -quebrada la
inercia de mis condiscípulos-, mientras los instrumentos musicales más
insólitos ejecutaban una sinfonía infernal.
Muchas veces
he pensado, recapitulando estas escenas, que mi verdadero temperamento es el
revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi
vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas,
rojo y barnizado de ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas
-espectáculo bufo si los hay-, y, exasperado por la intolerable picazón,
comenzaba a distribuir castigos supletorios a diestra y siniestra, condenando
sin distinción a inocentes y culpables, a juiciosos y traviesos, a todos, en
fin... A todos menos a mí.
¿No era yo
acaso el hijo de don Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona»,
según solían decir mis camaradas?
¡Vaya con mi
don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco
siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie
debidamente a los que, como tú entonces, saben acatar la autoridad política en
todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque
si bien este acatamiento es la única base posible de la felicidad de los
ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas demasiado, olvidando que eras
también «autoridad», aunque de infinito orden. Y esta flaqueza es para mí
irritante e inadmisible, sobre todo cuando llega a extremos como éste.
Una tarde, a
la hora de salir de la escuela y a raíz de un alboroto colosal, don Lucas me
llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar conmigo. Sospechando que el
cielo iba a caérseme encima, me preparé a rechazar los ataques del magister
hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como
consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su férula ni él regentando la
escuela, su único medio de vida: un arañazo o una equimosis no significaban
nada para mí -era y soy valiente-, y con una marca directa o indirecta de don
Lucas obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de algunas
otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues, mi pasmo, al
oírle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y académico lenguaje, o,
mejor dicho, prosodia:
-Después de
recapacitar muy seriamente, he arribado a una conclusión, mi querido
Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba a todos los demás), usted
es el más inteligente y el más aplicado... No, no se enfade todavía, permítame
terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que
sabe hacerse respetar por sus condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con
verdadera eficacia, sí, con la mayor eficacia, a conservar el orden y mantener
la disciplina en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es
la carcoma de este país...
Aunque
sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas con solemne
gravedad, como en una tribuna, comencé a esperar más serenamente los
acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada.
-Pero no he
querido -continuó don Lucas, en el mismo tono- adoptar una resolución,
cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.
El aula
estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde.
Junto a la
puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío, cubierto de gramíneas,
rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la
masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que parecía flotar aún
el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes.
Esta doble
visión de luz y de sombra me absorbió, sobre todo, durante una pausa trágica
del maestro, para preparar esta pregunta:
-¿Quiere
usted ser monitor?
¡Monitor! ¡El
segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad más alta en
ausencia de don Lucas, quizá en su misma presencia, ya que él era tan débil de
carácter!... ¡Y yo apenas sabía leer de corrido, gracias a Mamita! ¡Y en la
escuela había veinte muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y
mayores que yo! ¡Oh! Estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no
esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la
proposición me pareció tan natural y tan ajustada a mis merecimientos, que la
acepté, diciendo sencillamente, sin emoción alguna:
-Bueno, don
Lucas.
Yo siempre he
sido así, imperturbable, y aunque me nombraran Papa, mariscal o almirante, no
me sorprendería ni me consideraría inepto para el cargo. Pero deseando ser
enteramente veraz, agregaré que el «don Lucas» de la aceptación había sido,
desde tiempo atrás, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se
limitaban a un sí o un no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de
señor o don, como nos enseña la cortesía. Y ésta fue una evidente demostración
de gratitud...
Después he
pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filósofo o como un
canalla: como un filósofo, si quiso modificar mi carácter y disciplinarme,
haciéndome precisamente custodio de la disciplina; como un canalla, si sólo
trató de comprarme a costa de una claudicación moral, mucho peor que la física
de su pata coja. Pero, meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como
otra cosa, sino apenas como un simple que se defiende con las armas que tiene,
sin mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza
para ello los medios políticos a su alcance -medios poco sutiles a la verdad,
porque la sutileza política no es el dote de los simples-. Para los demás
muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico, desastroso como
disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar con la cabra y con la col;
pero ¡bah! Yo tenía tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan
poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el
puesto gubernativo me correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy
avieso había de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi
regencia.
Comencé,
pues, desde el día siguiente, a ejercer el mando, como si no hubiera nacido
para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande autoridad, sobre todo desde el
famoso día en que presenté a don Lucas mi renuncia indeclinable...
He aquí por
qué:
Irritado
contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo en el patio, a la
hora del recreo, me llevó por delante, levanté la mano, y sin ver lo que hacía
le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba a llorar a moco
tendido, uno de los más adelantados, Pedro Vázquez, con quien estaba yo en
entredicho desde mi nombramiento de monitor, me faltó audazmente al respeto,
gritando:
-¡Grandulón!
¡Sinvergüenza!
Iba a
precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi alta
investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:
-¡Usted,
Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!
Me volvió la
espalda, rudamente, y se encogió de hombros, refunfuñando no sé qué, vagas
amenazas, sin duda, o frases despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba a
desempeñar un papel bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy
pálido, de ojos grandes, azul oscuro, verdosos a veces, cuando la luz les daba
de costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente
risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia clara,
mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición científica y voluntad
desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.
Aquel día,
cuando volvimos a entrar en clase, Pedro, que estaba en uno de sus períodos de
firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que revocó incontinenti la
sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.
-¡Pues si es
así! Caramba -grité-, no quiero seguir de monitor ni un minuto más. ¡Métase el
nombramiento en donde no le dé el sol!
Don Lucas
recapacitó un instante, murmurando: «¡calma! ¡Calma!», y tratando de
apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la mano derecha. Sin duda
evocaría el punzante recuerdo de las puntas de pluma, el aglutinante de la
pega-pega, el viscoso del papel mascado, el urticante de la picapica, pues con
voz melosa preguntó, tuteándome contra su costumbre:
-¿Es decir
que renuncias?
-¡Sí!
¡Renuncio in-de-cli-na-ble-men-te! -repliqué, recalcando cada sílaba del
adverbio, aprendido de Tatita en sus disposiciones electorales.
La clase
entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la palabrota era un terno
formidable, anuncio de alguna colisión más formidable aún; pero volvió a la
serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo,
me decía:
-Pues no te
la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo
mío. ¡Este niño irá lejos, hay que imitarle! -agregó, señalándome con ademán
ponderativo a la admiración de mis estupefactos camaradas-. ¡La dignidad es lo
primero!... Mauricio Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de
monitor, y Pedro Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho...
¡Y silencio!
La clase
estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de esas terminantes
afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difíciles, cuando
dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de
rebelión; aquel «¡silencio!» era, en suma, una declaración de estado de sitio,
que yo me encargaría de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el
papel de ejército y policía al mismo tiempo.
Sólo Vázquez
se atrevió a intentar una protesta, balbuciendo, entre indignado y lloroso, un:
¡Pero,
señor!...
¡Silencio he
dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.
Acostumbrado
a obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su banco, mientras una
oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me hacía subir los colores a
la cara, la sonrisa a los labios, el fuego a los ojos.
- III -
Este
acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo, provocando
nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica, punto de partida de
una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por lo menos.
Para esto
fue, naturalmente, necesaria una crisis.
Sufrió el
castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela, durante dos días,
hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes de la hora de clase, me
esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba siempre, y en aquella soledad me
desafió a singular combate, considerando que mis fueros desaparecían
extraterritorialmente de los dominios de don Lucas.
-¡Vení, si
sos hombre! ¡Aquí te voy a enseñar a que le pegués a los chicos!
Todo mi amor
propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar por el momento a las
prerrogativas que él consideraba, erróneamente, suspendidas en la calle, con
ese desconocimiento de la autoridad que caracteriza a nuestros compatriotas.
Sentí necesaria, con romántica tontería, la afirmación de mi superioridad hasta
en el terreno de la fuerza, y contesté:
-¡Aquí no!
Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean peleando; pero en cualquiera
otra parte soy muy capaz de darte una zurra, para que aprendás a meterte a
sonso.
-¡Vamos donde
quieras, maula!
Nos dimos de
moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado, supletorio depósito de
lanas, y debo confesar que saqué la peor parte en la batalla. La excitación
nerviosa dio a Vázquez una fuerza y una tenacidad que nunca le hubiera
sospechado. Ambos llegamos tarde a la escuela, con la cara amoratada, pero él
no habló ni yo me quejé, aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquél
era mi primer duelo formal -toda proporción guardada-, y el duelo, aun entre
muchachos, ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución
respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la sociedad, un
complemento imprescindible de las leyes, aleatorio a veces, si se quiere, pero
no más aleatorio y más arbitrario que muchas de ellas. En el caso
insignificante que refiero, sirvió para zanjar entre Vázquez y yo diferencias
que con otros trámites hubieran podido llegar al odio, y que, gracias a él, no
dejaron huellas, pues mi adversario no supo nunca cómo agradecer mi
caballerosidad después del combate, y hasta creo que se consideró vencido, para
retribuir de algún modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, a quienes muchos
querrían confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden
moral, dejan a menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una partida
de armas... o de puños.
Esta manera
de considerar el duelo -confusa e instintiva entonces, pero clara y lógica hoy-
me había sido inspirada por algunas lecturas, pues ya comenzaba a devorar
libros -novelas, naturalmente-. Y si Don Quijote me aburría, porque
ridiculizaba las más caballerescas iniciativas, encantábanme las otras gestas,
en que la acción tenía un objeto real y arribaba a un triunfo previsto e
inevitable. No me preocupaban las tendencias buenas o malas del héroe, su
concepto acertado o erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de
Osló, «me hallaba en estado de inocencia e ignoraba la distinción entre el bien
y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado a salir nunca. Las hazañas
de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de Men Rodríguez de Sanabria,
de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan y de otros cientos eran para mí
motivo de envidia, y sus peregrinas epopeyas formaban mí único bagaje histórico
y literario, pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán
Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los
Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera hacer
buena figura en el mundo imponíase la imitación de alguno de los admirables
personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre coronadas por el éxito.
Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la conciencia de nuestro propio valor
nos hizo amigos; pero yo estimaba poco lo que él me daba -narraciones de viajes
y novelas de Julio Verne, principalmente-, mientras que él desdeñaba un tanto
mis divertidas historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.
-Como si tus
Ingleses en el Polo Norte no fueran una estúpida farsa -le decía yo-. José
María será un bandido, pero es también un caballero valiente y generoso, y
Rocambole era más «diablo» que cualquiera...
Sólo
estábamos de acuerdo en la admiración por las Mil y una noches, pero nuestros
conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que llamaré su «poesía» y yo
con su acción, con la fuerza, la riqueza, el poder que suelen desbordar de sus
páginas. Este modo de ver, esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente
aún, me llevó a acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y
semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi espíritu de
iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos, mi temeridad innata y la
égida invulnerable con que me revestía mi apellido. Con esta cuadrilla, en la
que al principio figuró Vázquez, hacía verdaderas incursiones, conquistando
gallineros, melonares, zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro,
que en los comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara
aquel ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos en
petróleo a un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la oscuridad como
un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante atrocidad, pero nunca
quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para no revelar flaqueza; por el
contrario, recordando la hazaña, solía decirles con sonrisa prometedora:
-Cuando
cacemos un gato...
Pero no
reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella escena neroniana
que había resultado tan terrible. No nos faltaban, por fortuna, otros
entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría por volver, siquiera un
instante, a los dulces años de mi infancia! ¡Cuánto!
¡Y sólo me
resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos como en sueños al escribir
estos garabatos!
¡Qué magnas
empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin duda, por la
displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos de salteadores,
ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en el camino de la diligencia
para tratar de que volcara el pesado vehículo, atestado de carga y pasajeros
-proeza que realizamos una vez-. Atravesábamos la calle con una cuerda, a una
cuarta del suelo, para que rodaran los caballos, o quitábamos las chavetas de
los carros abandonados un instante a la puerta de los despachos de bebidas,
para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en escena,
episodios de Gil Blas o de Piquillo Aliaga, que yo contaba compendiosamente a
«mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de Rolando o de Juan Bautista
Balseiro, y la imaginación se encargaba de complementar lo que en nuestro acto
quedaba de trunco y de estéril: con el pensamiento despojábamos coche y
pasajeros, jinete y montura, carro y conductor, llevándonos a la madriguera a
las personas de fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras
proezas eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían
en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos un gato
previamente enfurecido, o un perro asustado, con una lata llena de piedras en
la cola, para divertirnos viendo a los vecinos alarmados asomarse en paños
menores a puertas y ventanas bajo la lluvia torrencial y el viento helado.
En primavera,
gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos de las plantas y
podando éstas hasta el tronco o despojándolas simplemente de todos sus botones.
¡Qué cara la de los dueños al encontrarse, por la mañana, con la desolación
aquélla! ¡Ni la de un candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
En verano
pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas de los que dormían
con la ventana abierta, y luego quemábamos o enterrábamos aquellos despojos,
para no dejar rastros de nuestra diablura, realizada sin idea de robar, por el
gusto de hacer daño y reírnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco
dinero que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos, como
en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que compraba o
consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los más menesterosos.
Eran, en fin,
cosas de muchachos, bromas sin más trascendencia que la que debe atribuirse a
una inocente travesura, y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las
sufrían las personas antipáticas por su excesiva severidad, o las que habían merecido
el desdén, el desprecio o el odio de mi padre; los amigos políticos, o de la
familia, gozaban de completa inmunidad, porque siempre ha existido en mí el
espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan necia que, en vez de dar a nuestros
juegos su verdadero y limitado alcance, considerándolos ingenuos remedos de las
aventuras novelescas, se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una
horda de rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos o ahuyentarlos.
¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen siempre
opositores o indiferentes, la policía y la municipalidad se preocuparon de
defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy lejos, temiendo
probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo de acción y cesara de
respetar a los partidarios de la buena causa. Cuando esto resolvieron las
autoridades, hubiéramos sido descubiertos inevitablemente, a no mediar una
circunstancia salvadora: Tatita, siempre al corriente de los sucesos, dijo una
tarde, en la mesa:
-Por fin nos
vamos a sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche caerán, sin remedio,
en la trampa. Se ha organizado una gran batida con todos los vigilantes y
algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos serán si consiguen escaparse!
Yo no eché la
noticia en saco roto, corrí a prevenir a los camaradas, y aquella noche y las
siguientes nos quedamos más quietos que en misa. Pero ¡así fue, también, el
desquite, en cuanto comenzó a relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los
Sunchos no quedó títere con cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda
sensación que durante mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo»
como de una calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda
alrededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el
hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes o fantasmas enriquecen
las supersticiones criollas.
En fin, para
concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano
surgió, en competencia con la mía, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra,
hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero,
enorgullecido por la posición del padre, que se la debía al mío, trataba de
disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás.
No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima. Hubo -análogo a
la batalla del Piojito- un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del
pueblo, junto al arroyo cuyas orillas están cubiertas de pedregullo. Los cantos
rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias
narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fue
nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en mis
huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
Esta especie
de pastoral de sabor tan genuino y rústico duró hasta mis quince años, y hoy no
puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida,
sin una nubecilla húmeda en los ojos...
- IV -
Antes de los
quince años había comenzado ya mi historia pasional -que así debe llamarse,
libre como estaba de todo sentimentalismo-. Bajo la influencia del clima y las
costumbres -ardiente el uno, libres las otras por su mismo carácter
patriarcal-, en los pueblos de provincia y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba
en el cuerpo del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras
vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era siempre
ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las provincianas y
campesinas, con tres grandes patios y a veces huerta, llenas de vericuetos,
escondrijos y rincones no frecuentados por la gente mayor, hacían ineficaz la
vigilancia paterna despertada por algún síntoma o indicio que aconsejara la
represión, tanto más cuanto que los criados eran por lo común cómplices y
encubridores, a cambio de reciprocidad. Poco a poco, este defecto de nuestra
organización doméstica, tan contrario a los principios entonces imperantes, ha
venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por la fuerza
de las circunstancias que, dando enorme valor a la tierra, han empequeñecido
las casas, facilitando la observación y agrupando más la familia. Véase cómo
causas al parecer muy lejanas en la materialidad de las cosas producen en la
conducta de los hombres los más inesperados efectos. En este caso, los
instintos en libertad se han visto paulatinamente coartados por las exigencias
de la vida, es decir, por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.
Yo, por mi
parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado ni gozar de mayores
libertades; era dueño de mí mismo, y en esta independencia total realicé actos
que no son para contarlos y a los que sólo me refiero por la influencia que
tuvieron después sobre mi carácter.
Mamita pasaba
los días taciturna y casi inmóvil, cosiendo, tomando mate o rezando, presa de
incurable melancolía, que sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme
con transporte enfermizo. Tatita, siempre ocupado o entretenido fuera de casa,
no tenía tiempo ni quizá interés de imponerme una moral medianamente rígida. No
los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor de mujer siempre
aislada, no llegó nunca a sospechar que mi inocencia corriera peligro, y mi
padre pensaba, probablemente, que no tenía por qué preocuparse de cosas que
habían de suceder más tarde o más temprano, tratándose de un muchacho robusto,
de salud de hierro, alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, o
mejor, enervaba, con la oposición a sus antojos y la restricción a su
autonomía. ¿Qué quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos
para la vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo
material, en lo intelectual como en lo físico?
A un buen
padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus hijos sean
inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso. Yo daba pruebas de no
ser tonto y estaba muy lejos de no respetar a mi padre.
Por el
contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo indiscutible del
pueblo, y todos le rendían pleito homenaje, porque siempre fue «muy hombre», es
decir, capaz de ponérsele delante al más pintado y de arrostrar cualquier
peligro, por grave que fuese; porque tenía una libertad de palabra demostrativa
de la más plena confianza en sí mismo; porque montaba a caballo como un
centauro y realizaba sin aparente esfuerzo los ejercicios camperos más
difíciles, las hazañas gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado
en alguna estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, o en las carreras,
en el juego de pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba, el truco,
la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén de otros juegos de
azar y de destreza, y porque criaba los mejores gallos de riña del departamento
en una serie de cajones puestos en fila, en el patio de casa, frente a mi
cuarto; porque, gracias a él, con quien nadie se atrevió nunca, yo podía
atreverme impunemente con cualquiera. En suma, era para mí un dechado de
perfecciones, y yo me sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de
su protección directa e indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no
se tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante al
efecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más poderoso, que
accede, sin embargo, bondadosamente a todos nuestros caprichos.
Como más de
una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó a las carreras, las riñas y otras
diversiones públicas, y como nunca tomaba a mal mi presencia en aquellos sitios
-ni a bien tampoco, porque siempre hizo como que no me veía-, pronto me
aficioné y acostumbré a correr, también, la caravana, y no tardé en conocer
todos los rincones más o menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de
baile y demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar escuela, pese a mi
cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer,
creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien poca cosa más -quizá la
ortografía, que he ido aprendiendo luego, en el camino-. Pedro Vázquez no
faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis correrías a la hora de clase.
-¡Sos un
sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!
-Papá dice
que eso es bueno, porque uno se acostumbra a la disciplina y al trabajo, y como
me va a mandar a estudiar en la ciudad... -me contestaba Pedro, gravemente, muy
cómico con su gran «chapona» crecedora, los pantalones por los tobillos y el
chambergo de anchas alas.
-¡Se necesita
ser pavo! -reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo a mis diversiones con
un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad.
Entretanto mi
educación se completaba en otros sentidos: iniciábame rápidamente en la vida
bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero que luego me han servido por
igual: la fantástica, que me ofrecían los libros de imaginación, y la real, que
aprendía en plena comedia humana. Esta última forma me parecía trivial y
circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple
peculiaridad de nuestra aldea y que su campo de acción estrecho, embrionario,
se ensancharía y agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa
amplitud que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aún no sentía el deseo
de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo
proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia; bastábame imaginarla
y soñar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las personas y las
cosas de mi ambiente, y me decía por instinto, sin reminiscencia histórica
alguna: «Más vale ser el primero aquí que el segundo en Roma». Es que, en
realidad, me divertía, satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más
arriba dejo anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que
me había hecho asiduo lector de Paul de Kock, de Pigault-Lebrun, del abate
Prévost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me divertían
no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles intrigas. Me hacían,
sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles o difíciles, más altas y
envanecedoras que la resignada pasividad del estropajo o su servil provocación.
Con las vulgares realizaciones de los libros humorísticos luchaba mi
imaginación y el idealismo sensual de algunas novelas románticas, y estas dos
fases de la sensación, conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la
mujer tal cual la conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad
superior de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.
Estos sueños,
no me cabía duda, eran realizables y se realizarían después, cuando hubiera
conquistado brillante posición, cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo
ignoraba, pero debía ser alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero
o político, una victoria decisiva sobre el enemigo -¿qué enemigo?- que me
hiciera un nuevo Napoleón; o un triunfo colosal sobre mis adversarios -¿qué
adversarios?- llave que me abriese de par en par las puertas del poder; o la
adquisición de una fortuna inmensa -¿por qué herencia, lotería o hallazgo?- que
me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto era, naturalmente, nebuloso
y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba indecisa y como ciega, sin acertar a
trazarse un camino, una norma de conducta que la llevara a las grandes
realizaciones. Las circunstancias no eran propicias, y largo tiempo esperé en
vano una oportunidad que me iluminara, invitándome a la acción.
Sin embargo,
la princesa o su sucedáneo estaba muy cerca y en forma tangible: vivía frente a
casa, en un bosque durmiente, aguardando que yo fuera a despertarla.
Era la hija
única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que
compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección política del
departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi experiencia, no pasaba
en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre (¿o es que
el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo resultaba
entonces para mí la flor de la maravilla, porque tenía el divino prestigio de
la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un
puesto análogo al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin
corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca
grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tenía, no
obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas,
que era un verdadero encanto e invitaba a besarla o a morderla como un fruto
maduro; de estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de
golosinas y mate dulce, parecía bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que,
más esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con
su mirada bondadosa y suave, como lejana o dormida, y con su palabra lenta y
melosa a causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la
voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera
obtenido el primer premio, a estilarse allí los concursos de belleza. Siempre a
una ventana del viejo caserón que, rodeado de árboles, daba frente a casa en la
calle de la Constitución, Teresa, que fue mi compañera en la primera infancia,
me seguía infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin
que yo parara mientes en aquel interés ni tratara de investigar sus causas.
Pero cuando sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé a soñar en la
mujer ideal, el instinto me llevó a fijar la vista en ella, como en la posible
realización de mi deseo poético de conquistar el primer perfume de una flor de
invernáculo, o por lo menos de jardín cultivado y custodiado. Aquel hortus
conclusus llegó, en fin, a detener mi atención y a despertar en mí un
sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer
despertamiento de la imaginación en consorcio con los sentidos, como lo prueba
la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba...
Era una
noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía con entusiasmo la
Mademoiselle de Maupin, de Teófilo Gautier; como a Paolo y Francesca los amores
de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino
vértigo. La sugestión surgió, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi
cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había
presentado a mis ojos ni a mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto
nuevo y fascinador. Tan poderoso fue este choque recibido por mi espíritu, que
-cual si se tratara de una cita convenida de antemano-, salté de la cama con
arrebato infantil, me vestí a toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la
inutilidad de mi acción, salí a la calle y, envuelto en la sombra de la noche,
sola ánima viviente en el pueblo amodorrado, comencé a tirar piedrecitas a los
vidrios de la que improvisamente llamaba ya «mi novia», con la esperanza de
verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de
pasión... Como ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de
salvas inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño
terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y
perfidias, en que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida
con sus consiguientes lagos de sangre.
¡Oh
imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa que el
propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio, lloré, mordí las
almohadas y representé para mí solo toda una larga escena de violencias
románticas...? Hoy quizá me explique aquel estado de ánimo.
De ahí podía
decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amén de las lecturas
especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en
general, sino sencillamente en que se comienza a amar el amor; situación
difícil y peligrosa, a poco que falten los derivativos.
Pero, con
toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé por dormirme tan
tranquilo como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedió su lugar
al sueño sin ensueños de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con
el esfuerzo físico de largas horas.
- V -
Al día
siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño hubiese sido sólo
un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza
despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación recobró sobre mí su imperio
tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me vestí con un esmero que no
acostumbraba, y me dirigí a casa de Teresa, resuelto a aclarar la situación,
absolver posiciones, y, si a mano venía, enrostrarle su desvío y acusarla de
traición. Y, en pleno drama, me sentía alegre.
Ya he hablado
de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no
extrañará, pues, que en aquella época estas peculiaridades llegaran a la
ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la
inexperiencia de la muchacha mi tontería no resultaría para ella ridícula, sino
dramática, y por otra, que aquella mañana primaveral hacía un calor bochornoso
y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, a pesar de la hora
temprana, echaba chispas, y la tierra, húmeda con las lluvias recientes,
desprendía un vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.
Don Inginio
acababa de salir a caballo, y Teresa tomaba mate, paseándose lentamente en el
primer patio, cuando yo llegué. Al atravesar nuestro jardín asoleado y la
calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el
cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareció. No vi a Teresa, no vi más
que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre
el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi
cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con arrebato, como si
la niña estuviera ya al corriente de cuanto había pasado o yo imaginara:
-¿Por qué sos
así?
Este ex
abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica comprendí, aunque
no estuviese acostumbrado a tales repulsas. No se trataba de una de mis
siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la espantó, la indignó. Con violento
ademán, se libertó de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dejó caer y
rodar por las baldosas el mate, que se rompió con sordo ruido, mientras la
bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas.
La reacción
se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal siguió una timidez
extrema. Quise decir algo y sólo acerté a iniciar la frase con un risible
«pero... pero...» varias veces repetido. Traté, nuevo Quijote, de recordar
alguna circunstancia análoga, leía en los libros, pero no evoqué sino hechos
vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situación y, con el amor propio
herido por la vergüenza, allí hubiera puesto fin a las cosas, si la muchacha,
magnífica e instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado
toda importancia a la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras recogía
la bombilla y los restos del mate:
-¡Qué zuzto
me haz dado! Eztaba diztraída.
No agregó
más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero aquellas pocas palabras
bastaron para devolverme el aplomo y me permitieron buscar un nuevo plan, otro
punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo
instintivamente que en el presunto enemigo podía ver un secreto aliado, comencé
por donde primero se me ocurrió, es decir, por la más tonta de las
trivialidades.
-¿Has visto
-pregunté con acento indiferente- la cantidad de macachines que hay en el
campo?
Como si
aquello la interesara de veras, sonrió, dio un paso hacia mí, e inquirió,
clavándome los ojos, negros y francos:
-¿Hay muchoz?
-¡Muchísimos!
¿Querés que te traiga?
-¿Con ezte
zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque a la cabeza.
-¡Bah! El sol
no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada.
-Además, no
me guztan.
Lo dijo con
mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el
brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
-¿Y los
huevos de gallo?
-¡Oh! Ezo zí;
pero no para comerloz: loz pongo en loz floreroz, con loz penachoz de
cortadera, y rezultan máz bonitoz...
-¡Pues ya
verás! ¡Ya verás el montón que te traigo! -exclamé con resolución, como si
prometiera realizar una hazaña, tanto que, alarmada, tratando de detenerme
dulcemente, porque yo salía ya a toda prisa:
-¡No vayaz a
hacer ningún dizparate, Mauricio!- suplicó.
-¡Dejá, dejá
no más!
Y salí
corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho menos tirante que
en un principio, no dejaba todavía de serme embarazosa; porque aquel pretexto,
aunque traído de los cabellos, me servía a maravilla para retirarme con
dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto
romántico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran
efecto en el corazón femenino.
Huevos de
gallo, no había, por el momento, sino en una barranca a pico, junto al arroyo,
y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la
delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo,
apenas más arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos
descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido.
Los que
arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las
traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger
un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenían toda mi admiración,
no sólo por su heroísmo, sino también porque su voluntad les llevaba a la
realización de sus apasionados deseos.
¡Ésos son
hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio,
más grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque éste sea muy
grande también, pese al ridículo de que suelen rodearlo los que no comprenden
su acción heroica. Yo me sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y
agregaré que aun me sentiría con disposiciones análogas, si el motivo
determinante fuera de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fui capaz de
exponerme por ofrecer huevos de gallo a una chiquilla, así también, ahora que
peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico o no,
loable o vituperable, si de él depende el logro de un fin que me importe mucho.
Qué fin no hace al caso. Bástame con afirmar mi capacidad de acción.
Una hora
después de mi brusca partida, volvía yo a casa de Teresa con el pañuelo lleno
de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde
más oscuro y sucio de las hojas. La niña recibió el regalo con regocijo y se
empeñó en que le contara dónde y cómo había hecho la hermosa cosecha. En el
lenguaje tosco e impreciso que era entonces mi único medio de expresión, relaté
la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome
de una cuerda atada a un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y
furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el
vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los bolsillos, el dolor de las
manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascención final,
cuando hubiera sido tan fácil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo
que corría a diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba a
preguntas, obligándome a completar el relato con minuciosos detalles, muchos de
ellos inventados o evocados de mis lecturas, para dar más realce a la proeza.
Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos,
sonreían con expresión admirativa y al propio tiempo angustiada, mientras sus
mejillas se coloreaban y palidecían alternativamente. Cuando terminé:
-¡Muchaz
graciaz! -murmuró-. ¡Zoz muy valiente!
Y se puso
encarnada como una flor de ceibo, mientras bajaba la vista para mirar las
frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
Pensé que la
situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví a utilizar sus
ventajas, o no encontré el medio de aprovecharlas. Limiteme a decir que aquello
no tenía importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto
a todo por complacerla... Me dio, en premio, un ramito de jazmines del país,
que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
-Y no hagaz
como antez, no ceaz tan «chúcaro». Vení a vernoz de cuando en cuando.
-¡Ya lo creo
que vendré!
Y fui todos
los días, a veces de mañana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no
estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez, pero en otra forma.
Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque cándida y confiada, Teresa se
mantenía en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hábil.
Sin tomar demasiado a mal mis avances, sabía tenerme a distancia y rechazar sin
acrimonia toda libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de
palabra me tomaba.
Éstas no eran
muchas, a decir verdad, porque los abstrusos o almibarados requiebros que me
proporcionaban algunas novelas me parecían incomprensibles para ella, e
inadecuados por añadidura, mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico
e ignorante, las burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la
frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, a mis labios, pero
no salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era más bien buen
gusto innato comenzando a desarrollarse. Jugábamos, en suma, como chiquillos,
corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y había en ella una
mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el candor de la niña, que
irritaba y al propio tiempo tranquilizaba mis pasiones...
- VI -
Tal fue la
primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente,
inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo,
considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados
el uno a la otra, por la ley sociológica que rige a las grandes casas
solariegas, en el sentir de los creyentes, todavía numerosos, en estas
aristocracias de nuevo o de viejo cuño. Aquel astuto político de aldea
calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el
porvenir que se me presentaba no dejaría de ser, gracias a mi nombre, fácil y
brillante, sobre todo si Tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni
al uno ni al otro les faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían hacer
cuanto quisieran.
Bajo y
grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del
tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos
por espesas cejas blancas e hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y
rojiza, don Inginio parecía físicamente un viejo león manso; moralmente era
bondadoso en todo cuanto no afectaba a su interés, servicial con sus amigos,
cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de
conciencia elástica en política y administración, como si el país, la
provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para
servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, a
estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez
se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera su tela,
pronto, sin embargo, a intervenir en el momento oportuno para la mejor
realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y
excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta
confianza en Teresa, quizá también porque contaba con mi temor y mi respeto
hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por su
propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía a menudo que mi padre
y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el
éxito. Teresa, al oírlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin
poder adivinar sus planes, e intrigado con ellos.
-¿Qué quiere
decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»? -pregunté un día a
Teresa-. ¿Te ha dicho algo sobre eso?
-Puede ser
-contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias-.
Lo único que
puedo decirte -agregó, muy afirmativa-, es que Tatita te quiere mucho, y que
siempre hace todo lo que dice.
No tardaría,
por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los
primeros días desgraciados de mi vida.
Entretanto, y
como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más
tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia
a mi amor propio y causa de oscura felicidad.
Satisfecho
por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la
fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de
mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías
picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, habían ensanchado,
como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los
elementos de éstas. Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas.
Más precoz que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos
placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y por esto se
me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba a los naipes, en el
reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde, si no
se me recibía con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.
Pero esta
agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron a un tiempo, de allí a
poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después -y aquí comienza la
realización de los misteriosos proyectos de éste-, declaró un día que la
enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir
que me estaba deparado, y que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio
Nacional de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, a la que me
destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro, gobernador,
presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo agregando
juiciosas consideraciones.
-El saber no
ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien,
gracias a mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta
protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas
o no sepas, el título de doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en
nuestro país, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera
política, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy
alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero a costa de grandes sacrificios,
porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata. Pero, en
fin, aunque no llegaras a ser doctor, siempre habrías ganado, en la ciudad,
buenas cuñas para los momentos difíciles y para el ascenso deseado, conociendo
y conquistándote a los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte
cancha» cuando estés en edad.
La resolución
de mi padre me dio un gran disgusto, pues preví que cualquiera cosa nueva sería
peor que la vida de holganza y libertad a que estaba acostumbrado. Me opuse,
pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por
Mamita, que no quería separarse de mí, y para quien mi ausencia equivalía a la
muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba a la tierra. Mi resistencia,
airada o afligida, según el momento, fue tan inútil como las súplicas maternas:
Tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don Inginio,
entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes a la ciudad,
aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.
-Mire, misia
María -dijo irónicamente mi padre a Mamá, que insistía en tenerme a su lado-.
Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido a la pretina de sus polleras, no
servirá nunca para nada.
Mi madre
calló y se limitó a seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin
réplica a la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me
pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de
los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco e inocente como el cordero
pascual. Yo, entretanto, fui a desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.
¡Con qué
asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero
necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo
ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado a
veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba a echar mucho
de menos y le parecía estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero
que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme a ver hecho
un personaje.
-Además
-agregó-, la ciudad te va a gustar mucho, te vas a divertir, te vas a olvidar
de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo peor!
-suspiró
tristemente-. ¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!
-¡No seas
tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...
Llegó el día
de la partida. Momentos antes de la hora corrí a despedirme de Teresa, que me
abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que
se había impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera
vez también que quería de veras a aquella muchacha o que tenía un vago temor de
lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente a la familia.
En casa,
Mamita, hecha un mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el
espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una extraña sensación. No había que
exagerar tanto; yo no me iba a morir y puede que, por el contrario, me
esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna
tuvo la virtud de devolverme la sangre fría.
Cuando, en la
puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los
Sunchos a la ciudad y de la ciudad a Los Sunchos, habían llegado en
manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y
dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como
preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles
Guerra, protector conmigo, servil con Tatita, el comisario de policía, don
Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de
explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquí. Allí no hay
Tatita que valga, y a los atrevidos los atan muy corto». Entre otros muchos, no
olvidaré a don Lucas, que creyó de su deber alabar mis altas dotes
intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:
-¡Este joven
irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para
sus maestros -entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno-,
para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún
puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...
En seguida,
como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:
-Pero, cuando
llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su
cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.
-¡Sí! ¡Que
nos traiga el ferrocarril, y... y un banquito! -dijo burlonamente don Inginio.
Todos rieron,
con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en serio.
Isabel
Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro equipaje a la
imperial -la valija de Tatita y dos o tres maletas atestadas de ropa blanca, de
dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el
camino-. Muchos apretones de manos. Mamita me abrazó, llorando
desgarradoramente.
-¡Vamos!
¡Arriba, que se hace tarde!
Papá y yo
ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida,
recomendaciones y encargos confusos, la galera echó a andar con gran ruido de
hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de
perros, seguida a la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la
acompañaron hasta el arrabal. Teresa se había asomado a la ventana, y, lejos
ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavía vi flotar en el aire su
pañuelito blanco...
- VII -
El viaje en
la galera, muy agradable y divertido, en un principio, sobre todo a la hora de
almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, resultó a la
larga interminable y molesto, aun para nosotros que no íbamos estibados entre
bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior.
-¡Qué brutos
hemos sido en no venirnos a caballo!- decía mi padre.
Él utilizaba
muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes, que lo dejaban tan
fresco como una lechuga, y después de los cuales afirmaba con naturalidad no
exenta de satisfacción:
-Veinte
leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen «montado» y otro de
tiro.
Pero temía
que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no era hombre de hacer noche
en mitad del camino, pues consideraría menoscabada con ello su fama de eximio
jinete o, más bien, de «buen gaucho». En cuanto a mí, doce leguas era el
máximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las
veinte, en mi petulancia juvenil.
Nuestra única
diversión era mirar el campo que parecía ensancharse inacabablemente delante de
la galera, lanzada a todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos,
atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían o nunca habían tenido
la forma de un arnés, y tres de ellos, a la izquierda, montados por otros
tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la
frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban
alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su
arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los
pobres «mancarrones».
Contreras,
desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la
derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos
caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube
de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera
hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas
sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios a un tiempo.
Terminaba el
verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país -hoy océano de
trigo- estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados
felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en
densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas
paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se
desarrollaba caprichosamente, más oscuro sobre el fondo amarillento del campo,
descendiendo a los bañados en línea casi recta, como un triángulo isósceles de
base inapreciable, o subiendo a las lomas en curvas serpentinas que
desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como una cinta estrecha y
ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos árboles, unos verdes y
melenudos, como bañistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de
follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campiña,
cortada a veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el
curso de un arroyo, pero sin interés, con una majestad vaga, y mucho más para
mí, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa,
un poco en mi madre desconsolada y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio
que llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta
para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?
En las
postas, mientras Contreras, los postillones y los peones «ociosos», lentos y
malhumorados, reunían los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese
días y horas fijos de «paso», los pasajeros todos bajábamos a estirar las
piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente,
una esquina o pulpería -pongamos mesón, para hablar castellano y francés al
mismo tiempo-, se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico con la
imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa a todo el
mundo, la caña con limonada, la ginebra o el suisé, daban nuevas fuerzas a
nuestros compañeros de viaje para seguir desempeñando resignadamente el papel
de sardinas. ¡Cómo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que parecían
excluir toda adulación! ¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel
dominador, tan servilmente acatado!...
Llegamos, por
fin, a la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueteo. La galera
rodó por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes
taciturnas, y haciendo asomarse a las puertas las comadres, que nos seguían con
la vista, curiosas, inmóviles y calladas, ladrar furiosos los perros
alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos
sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la
torpe confusión de los instintos y las sensaciones.
Y, al caer la
tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la galera nos depositó
frente a la casa de don Claudio Zapata, «la casa cristiana, donde no había
malos ejemplos, perdición de los jóvenes», reclamada por Mamita. Don Claudio y
su mujer nos aguardaban a la puerta.
Ambos
hicieron grandes agasajos a Tatita, casi sin parar mientes en mí, lo que me
lastimó mucho, pensando que estaban llamados a constituir provisoriamente toda
mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se
llegaba a un término medio mucho más caluroso. Y esta primera impresión tuvo
una fuerza incalculable: de semi-hombre que era en Los Sunchos, me sentí de
pronto rebajado a niño, regresión que iba a seguir experimentando después, y
que se manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno en
la vida bonaerense, años más tarde...
La hembra de
aquella pareja -¿era la hembra aquel sargentón de fornidos hombros, pecho como
alforjas, porte militar, gran cabellera castaña (postiza, claro), bozo negro en
el labio, mano de gañán, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro,
pie de gigante? ¿Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina
de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla
blancos (caricatura de Tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?- La
hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde
de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel femenino,
mostrándose algo afectuosa, y se dirigió a mí, diciéndome las palabras más
agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su voz tenía inflexiones
desapacibles y pese a sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de
antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por
su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fue esta impresión que
-vuelto a ser niño, como ya dije- los ojos se me llenaron de lágrimas que
disimulé y me sorbí como pude por que nadie advirtiera una emoción de que nadie
se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado a Mamita si la hubiese
supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto.
Algunos
amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron a saludarlo, y poco a
poco se llenó de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como
decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja -las de enea, o
anea de los españoles- dos sillones «de hamaca», amarillos, montados sobre
simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían
algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores
primarios, como las de Épinal, o las aleluyas, una consola de jacarandá muy
lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y
encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas
dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo
de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio
descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra.
Dos chinitas
descalzas, y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas a la
cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul
a fuerza de ser negro, pendientes a la espalda, la tez muy morena, las narices
chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes
bruscos e indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el
interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de
Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara
de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa -que no he descrito-,
pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas
también.
Yo me aburría
solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado
en un rincón oscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta
de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política
a que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando a ratos cuatro y cinco a la
vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que
sólo me permitía oír palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes
borrosas e inconexas. Mi padre puso, por fin, término a esta situación,
proponiendo un paso «para estirar las piernas», frase cuyo significado
interpreté al momento: irían hasta el café o el club a jugar al billar o al
truco y a beber el vermouth de la tarde. Fui el primero que se puso de pie
lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros
se dispusieron a acompañar a Tatita.
-¡No vuelvan
tarde, que pronto va a estar la cena! -recomendó misia Gertrudis con una
sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio.
Salimos,
pues, y en el trayecto comencé a conocer la «maravillosa» ciudad de calles
angostas y rectilíneas formadas por caserones a la antigua española, de un solo
piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados a lo
Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de
bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo más abajo, por series de
ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. A cada cien varas o
menos se veía la fachada, el costado o el ábside de alguna iglesia o capilla,
el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle
las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de
durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse,
al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas a la sala de don
Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo o de baldosa, tirantes visibles,
paredes encaladas e ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de
santos, las vírgenes de yeso, y a veces un retrato de familia groseramente
pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto
pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión
es muy posterior a mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme
desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de
esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie
nace sabiendo!
Sin embargo,
más que todo aquello me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles,
con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde
oscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro
lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de
niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos o las
requebraban al pasar, mientras que los viejos -padres benévolos y madres
ceñudas-, sentados en los escaños de piedra o de listones pintados de verde,
mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.
Apenas mi
padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí a fumar
un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se
elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre
después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado
aquel para mí enorme hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y
las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la
ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores
morados y rojizos.
Y de repente,
un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí:
encontrábame solo, abandonado -como si aquel cinturón de colinas me separara
del mundo-, en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé
que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo
alguno entre aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió
el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volvía a
experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja del
estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una expectativa
temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la costurera jorobada me
sugerían la presencia virtual de algún espíritu maléfico o la aproximación de
algún peligro desconocido. ¡Me sentí tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta
de defenderme!... El mismo exceso de esta sensación hizo que la sacudiese,
levantándome de pronto y corriendo hacia el Café de la Paz.
Cuando entré,
las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las
bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me
devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas
en aquella tarde memorable, creo que me había perturbado -ayudándola el
cansancio y el trasplante- la intensa melancolía del crepúsculo.
- VIII -
En casa de
Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como toda comida de gala
en provincia.
Alrededor de
la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca vajilla de loza y gruesos
vasos de vidrio, además de don Claudio, misia Gertrudis, mi padre y yo,
sentáronse varios convidados de importancia: don Néstor Orozco, rector del
Colegio Nacional, don Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan
Argüello, abogado y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la
ciudad, y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que
acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de la
Municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra cosa, con
gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
El que
absorbió toda mi atención en los primeros momentos fue, con justicia, el doctor
Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco a sesenta años, alto, delgado, seco, de
ojos negros, pequeños y vivísimos, cutis aceitunado y rugoso, nariz aguileña
algo rojiza en el extremo, gran cabellera que, como el bigote y la perilla que
llevaba a lo Napoleón III, era de un negro tan natural que resultaba
sobrenatural; decía pocas palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre
sentencioso y dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo,
el mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar, como
médico, la misma capital de la República. Esto no me admiró tanto como su
sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio lado y hundido
hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la circunstancia, había
puesto cuidadosamente sobre una de las consolas de jacarandá. También me ocupó
don Néstor, anciano bajo y grueso, blanco en canas, de cara de luna llena, muy
risueño siempre, amable conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos
y sensuales relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin
gracia con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los tiempos
de antes», y al referirse a su juventud parecía buscar el testimonio de misia
Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva. Varias veces se insinuó, en
la mesa que «había sido muy diablo», cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo
cuando replicó:
-Y no lo
tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense que más sabe por
viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?
-¿Qué quiere
que yo sepa, don Néstor?- contestó evasivamente el sargentón, con un tono de
enfado que hizo sonreír a todos menos al marido.
Cuando mi
padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres -arroz con leche cubierto
de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo y tabletas y confites de
Córdoba- yo me estremecí en el extremo de la mesa a que me habían relegado con
la orden tradicional de «no meter mi cuchara», vale decir de no desplegar los
labios, como si quisieran que «aprendiese para estatua». Me estremecí porque
Tatita dijo:
-Aquí tienen
ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene a estudiar para «doctor» y
cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los amigos. Es muy pollo todavía, pero
tiene enjundia suficiente para no quedarse aplastado a lo mejor. Va a entrar al
Colegio Nacional, y usted, don Néstor, bien puede darle una manito.
-Con mucho
gusto -contestó el interpelado-. Hasta le pondremos cuarta si es preciso
-agregó mirándome con sonrisa entre burlona y afectuosa-.
¿Estás bien
preparado para el examen de ingreso?
-¿Cómo dice?
-balbucí, no entendiendo la pregunta y con toda mi indígena descortesía, como
si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes convecinos.
-Que si has
terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.
Comprendiendo
a medias, contesté, no sin cierto orgullo:
-Era monitor.
-¡Ah!
-exclamó don Néstor, divertidísimo-. ¿Conque monitor? ¡Está bueno! ¡Está bueno!
Ser monitor no es moco de pavo, pero...
Tatita corrió
en mi auxilio diciendo socarronamente:
-La verdad...
La verdad es que no sabe muy mucho; pero hay que considerar... hay que
considerar lo brutos que son los maestros de campaña... Y el tal don Lucas de
Los Sunchos es tan mulita que no sirve ni para «rejuntar» leña... Vaya, don
Néstor, no se haga el malo y no me abatate al chico... ya sabe que en el camino
se hacen bueyes... ¡Y usted, doctor -dirigiéndose a Orlandi-, dé un
«arrempujoncito», pues, hombre!
Esto fue
dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron a reír; todos menos,
naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía llegar a mostrarse amable ni aun
para adular a Tatita.
-Tien
l'aspetto mucho inteliguente -sentenció el doctor, examinándome con sus ojillos
escrutadores-. Y los cóvenes creollos aprenden muy fáchile.
-Eso es
verdad -asintió don Néstor-. Nuestra muchachada es viva como la luz. En cuanto
a éste, ya se despertará en el Colegio. Si para admitir a los que vienen del
campo exigiéramos que se presentaran al examen de ingreso como unos Picos de la
Mirándola, el Colegio quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen
es, a veces, una mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta
concesión, confiando en nuestro excelente plan de enseñanza y en el saber de
nuestros profesores, amiguito: el Colegio Nacional no es la escuela primaria de
Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!
Ya apareció
aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de perseguirme toda la vida
sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere decir.
-Preséntese
el niño sin cuidado -continuó don Néstor, volviendo a su húmeda sonrisa que
había abandonado un instante-. Ahora lo traerán como si lo presentaran en
bandeja. Pero después ¡cuidado con los exámenes de fin de curso! ¡Entonces...
entonces habrá que saber, amiguito; hay que hamacarse!
Todo aquello
de exámenes, Colegio, profesores, plan de estudios, me parecían a veces
pamplina, palabras sin sentido, gracias a mi profunda ignorancia; pero
inmediatamente después me intimidaban, como algo cabalístico y misterioso, como
un rito terrible y arcano que sólo el poder de mi padre hacía accesible para
mí, tan accesible que todas las primeras dificultades se desvanecían ante su
conjuro. ¿Por qué no habría de seguir siendo siempre así?... Y ahíto de comidas
pesadas, mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente
rendido por la fatiga del viaje, comencé a dar cabezazos sobre la mesa, «a
pescar», como decía Tatita, soñando ya, semidespierto, con las pruebas de las
sociedades secretas descritas en los novelones, como si se impusieran a un ser
que, ajeno a mí, fuese al propio tiempo yo mismo.
-¡Se le van
los bueyes, amigo! -gritó mi padre al verme dar con la frente en el mantel
maculado de salsas y de vino-. Váyase a hacer nono.
Misia
Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?
-Yo lo he de
llevar -dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar para mí aquella comida
que debió asumir colosales proporciones, pues mucho más tarde pareciome oír,
entre sueños, gran vocerío e inextinguibles carcajadas.
Algo
monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi papel de cola de
Tatita, a quien seguía a todas partes, esquivándome en todas para fumar o
corretear, pasaron los días que me separaban del misterioso y vagamente temido
examen de ingreso.
Entré en la
vasta aula, abovedada y solemne, pese a su poca elevación y merced a su aspecto
alargado de catacumba, y me mezclé con otros chicos, más azorados que yo, casi
sin ver la mesa examinadora, allá, en el extremo de la sala, destacándose con
su tapete verde, su campanilla de plata y el amenazante bombo de las bolillas,
sobre la pared blanca de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras
de la cual se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, a la derecha el
doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y a la
izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos, quien,
según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor de latín,
idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el Paladión del saber y
la civilización humanos: quien ignorara el latín «estaba dispensado de tener
sentido común», y quien lo supiera podía a su juicio ignorar todo lo demás y
ser, sin embargo, una deslumbrante lumbrera.
No entendí
nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por los muchachos que me
precedieron, y preguntas y respuestas eran para mí un zumbido molesto de cosas
informes, el rezongo de una liturgia desconocida.
Pero una
desazón me oprimía el pecho, perdido ya completamente mi aplomo de Los Sunchos,
y cuando me llegó la vez, a pesar de mi convicción de invulnerabilidad,
tiritando me acerqué a la silla que, en medio de un espacio vacío y frente al
tapete verde, me parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de
muerte...
¿Qué me
preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstruirlo!
Sólo recuerdo
que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y murmuró, no tan bajo que
no lo oyera, con los sentidos aguzados por el temor:
-¡Pero si no
sabe una palabra!
-¡Bah! Para
eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez Herrera -dijo don Néstor.
-¡Ah!
Entonces...
El doctor
Orlandi cortó el aparte, preguntándome:
-¿Cuále é il
gondinende más grande del mondo?
Un relámpago
de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que había oído de la grandeza
de nuestro país, y contesté, resuelta, categóricamente:
-¡La
República Argentina!
Los tres se
echaron a reír, Orlandi, alzando los bigotes de tinta, don Néstor, estirando de
oreja a oreja la gruesa boca húmeda, don Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y
sonoro como el choque de dos tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me
subió a la cara. Don Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:
-No es del
todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No aprenden geografía en
la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...
Hice ademán
de levantarme, considerando terminado el martirio con la muerte moral; pero el
latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta fulminante:
-¿Cuál es la
función del verbo?
Medio de pie,
con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla, clavé en él los ojos
espantados y balbucí:
-¡Yo... yo no
la he visto nunca!
La ira de don
Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de los otros dos, entre
cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:
-¡Está bien,
siéntese! ¡Está bien, siéntese!
Completamente
cortado volví a sentarme en el banquillo, diciéndome que aquella tortura no
acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero el rector acertó a
contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
-No, no. Vaya
a su asiento. Vaya a su asiento.
Los oídos me
zumbaban, pero al pasar junto a los bancos pareciome oír: «Es un burro», y
pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos, pero no tuve fuerzas. Caí
desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían reído de mí profesores y alumnos! ¡De
mí, de quien, en mi pueblo, no se había atrevido nadie a reírse, de mí, de
Mauricio Gómez Herrera!...
- IX -
Como era
lógico -aunque ahora quizá no lo parezca-, entré a cursar el primer año del
Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer calvario de mi vida, quizá
el único hasta hoy.
En cuanto
supo que «había pasado», Tatita se volvió a Los Sunchos, dejándome en poder de
los Zapata, cuyos procedimientos resultaron, ¡ay!, muy otros que los de mis
padres, y cuyo seco rigor era la antítesis de la tolerancia cariñosa o servil a
que estaba acostumbrado. En un principio, traté de rebelarme contra esta
tiranía, sobre todo contra la de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se
estrellaron en su carácter inflexible, que pocas veces trataba de disimular
bajo una apariencia dulzona.
-¡Es por tu
bien! -me decía, después de arrancarme a las más inocentes diversiones-. ¿Qué
diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que quisieras y perder el tiempo a tu
antojo?
-Tatita
-replicaba yo airado- no me ha tenido nunca encerrado como un preso, y no me
perseguía como usted.
-¡Es por tu
bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del mismo don Fernando.
Acuérdate de que cuando don Néstor le dijo que, si no estudiabas mucho, te
quedarías en primer año, tu padre me recomendó:
«Átemelo a
soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más ni menos! ¡Y...
basta de discusión!
Se marchaba y
yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia. ¿Qué se había hecho de mi
indomable voluntad? ¡Ay! Desterrado, en el aislamiento, en un mundo desconocido
y hostil, sin los sólidos puntos de apoyo de Mamita, de los sirvientes, de
todos cuantos me adulaban para adular a mi padre, sentíame deprimido, incapaz
de iniciativa y de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios
sólo arribaron a hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los Zapata
lo eran:
no me dejaban
ni a sol ni a sombra, no me permitían salir solo; inspirado por su mujer, don
Claudio me llevaba todos los días al Colegio, para hacerme imposible el dulce
vagar de la «rabona». Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos a misa, al
sermón, a la doctrina, y en los intervalos, me hacían acompañarlos a recorrer
las calles como un bobo, cuando no a hacer visitas que me daban un tedio mortal
y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia Gertrudis no se
adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo al suyo, para tenerme
siempre a la vista o al alcance de la mano y de la voz; limitaba mis relaciones
con las chinitas a lo más estrictamente necesario para mi servicio, sin dejarme
charlar ni jugar con ellas; registraba todas las noches mi habitación y mis
bolsillos para confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me
procurara a hurtadillas; a media noche se levantaba para hacer una ronda por la
casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa, hasta la
manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había sido su culto cuando
moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era de las que daban vuelta a los
santos cara a la pared -contábanme sus contemporáneos, años más tarde-, y don
Néstor Orozco no fue ni el primero ni el último de sus amigos», y añadían
nombres y detalles que no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio,
denigrándolo otros por su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo,
misia Gertrudis trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la
monástica austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores.
Dios la haya
perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir a los demás, si no en
gracia de los interminables rosarios que nos hacía rezar todas las noches, de
rodillas sobre un rudo enladrillado de la sala semi a obscuras.
Con todo, mi
ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su espionaje, especialmente para
fumar y leer novelas que encuadernaba con las tapas de los libros de texto.
Pero aquel sistema depresivo daba aparentemente sus frutos que cualquier
observador superficial como misia Gertrudis y don Claudio podía haber juzgado
benéficos y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del
Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un muchachón
disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca, como un perro
perseguido.
Ocultamente
también escribí varias veces a mi madre, quejándome de la horrible sujeción y
pidiendo que le pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada
podía contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto a «hacerme
hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco, porque
Tatita se lo había prohibido, por consejo y exigencia de los Zapata. De vez en
cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que siempre le preguntaba con mucho
interés por mí... Estas cartas, lejos de consolarme un tanto, hacían mayor mi
desaliento y mi depresión, privándome de mis últimas esperanzas.
Acababa de
quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde los condiscípulos me
demostraban la mayor antipatía, un poco por mi culpa, sea dicho de paso, y sin
que la provocara el favoritismo de mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi
examen, aunque a veces recordaran burlándose, el famoso «Yo no la he visto
nunca». Y es que al principio, falto de experiencia e iniciando una política
inhábil y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo
acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta pretensión,
mezclada quizá a un poco de envidia por mi buena figura, y de celos por cierta
condescendencia de algunos profesores, desencadenó la enemistad de los
muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me decían, fue la víctima de sus
camaradas, que no vislumbraban siquiera, tras él, la sombra omnipotente y
amenazadora del papá. Esta enemistad, que se traducía en agresiones colectivas,
manteos, «ronga-catonga» bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés,
escupidas y otras amenidades escolares, de que nunca me quejé a los superiores
por caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por ejemplo, después de varios
combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté casi siempre
vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque, envalentonado con mi
triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi forzoso aislamiento, fuera de
las horas de clase y de los recreos en los claustros sombríos o en el gran
patio del Colegio, no me permitía cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo
Pedro Vázquez, alumno de segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si
don Claudio ahuyentaba en la calle a mis condiscípulos, que de otro modo quizá
se hubieran unido a mí?
El estudio me
interesaba muy poco; antes que aprender las largas lecciones de memoria, el
musa musae, el bonus, bona, bonum, la nomenclatura interminable de los
departamentos de provincia, los cuentos insípidos del Compendio de Historia
Sagrada, prefería quedarme horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas
imágenes de Los Sunchos, o rehaciendo
las complicadas intrigas de las novelas. Era el más «burro» de la clase, pero
mi insuficiencia no me molestaba en lo más mínimo, ni por mis condiscípulos ni
por los profesores, olfateando instintivamente en estos últimos, quizá, una
insuficiencia, si no mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran
ignorantes, se limitaban a tomar las lecciones con el texto en la mano,
docticum libro, y contestaban rara vez a las preguntas que les hacían, para
aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que las
«cátedras» eran el refugio de los amigos del gobierno que no tenían profesión
ni aptitudes para ganarse el pan.
Mi vida,
pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que apenas recibía a
dos o tres personas, además del cura Ferreira y de fray Pedro Arosa,
franciscano, y que no dio fiesta alguna después de la comida en honor de
Tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde lo que aprendí fue de oírlo
repetir a los demás; cada día me era más difícil procurarme novelas, porque el
dinero escaseaba mucho, pues, como repetía misia Gertrudis:
-Aquí tienes
todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los muchachos, sobre todo
en una ciudad como ésta-, considerando que la dormida capital provinciana era
una Babilonia, si no un París.
¿Qué hacer,
entonces? ¡Volverme a Los Sunchos! Esta idea llegó a convertirse en obsesión.
Pero ¿cómo realizarla, sin medios, sin recursos?
En último
extremo, cansado de quejarme inútilmente a mi madre, había escrito a Tatita,
pintándole mis padecimientos con los más negros colores, y pidiéndole que me
llevara a su lado o por lo menos me hiciera tratar de un modo más humano; pero
él, convencido de que yo exageraba, alentado por los consejos de don Higinio,
engañado por las cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara,
porque en la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él
cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo que se
proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y a lo más que puedo
llegar es a decirme quedaban libre curso a su carácter con los que estaban bajo
su dependencia -las chinas y yo-, y que era más sabroso para ellos dominarme,
engañando a Tatita, so color de rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y
volví al asalto por la parte más débil, escribiendo una y otra carta a Mamá,
con tantas jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que
la buena señora se resolvió, por fin, a desobedecer de lleno, y quizá por
primera vez, a su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo le pedía
con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar libros y otras
cosas necesarias.
Una vez dueño
de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan fácil como a primera vista
podría creerse: me costó días enteros de meditación, pero el plan resultó de
una pieza.
La galera
para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy temprano, de una
posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después de atravesar la ciudad
se detenía en una pulpería de las afueras -la Esquina del Poste Blanco-,
especie de sub-agencia para encomiendas y pasajeros, antes de emprender
seriamente el galope, camino real adelante. Allí había que tomarla, no cabe
duda, pues atravesando la ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores
del paso de la galera había de verme, necesariamente.
Los hábitos
recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la circunstancia como si sólo
para ella me los hubieran inculcado; después tuve ocasión de utilizarlos muchas
veces con éxito, probando que los frutos de la buena educación no se pierden
nunca. Bueno, pues; con gran sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que
hasta entonces tenía que despertarme tres o cuatro veces cada mañana, comencé a
madrugar por iniciativa propia, y a dar cortos paseos, con el libro en la mano,
como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la calle, casi
siempre a la vista de la vigilante centinela, pero cuidando de desaparecer a
veces un momento, para que fueran adormeciéndose sus sospechas. Cuidé también
de hablar mucho, por aquellos días, de un paraje pintoresco, a una legua o poco
más de la ciudad, al otro extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en
una excursión con los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua tendido
sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces, gracias a una
especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente sitio para pescar
bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus cauces, sus peces y su bañadero no se
me caía de la boca, y cualquiera hubiese jurado que yo no pensaba en otro paraíso.
-¡Así me
gusta! ¡Estás estudioso! -decía misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir
de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada-. Si seguís así, un
día de estos te vamos a llevar al «Mojarral».
-¡Sí! Pero
que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!
En fin, un
martes por la noche deposité una maletita con parte de mi ropa en el fondo de
la huerta, que daba a una calle excusada, y en un rincón de donde podría
sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté, en seguida, pero no me fue posible
dormir: la fiebre me devoraba, considerábame libre ya, y renacía en mí el
muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno
horrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo
vengarme de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno
de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza, jurándome,
sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como, apenas me
amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían descubierto, resolví
levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque misia Gertrudis gritó de
pronto:
-¿Quién anda
ahí?
Volví a
meterme en la cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba a su vez
precipitadamente, encendía luz, se asomaba a mi cuarto y luego salía al patio a
hacer una ronda extraordinaria.
-¡Ésta es la
mía! -Me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad.
Y
precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis -don Claudio tenía cuarto
aparte-, tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus magníficas
trenzas castañas, que sólo se ataba a la cabeza una vez terminadas las faenas
matinales. ¿Qué iba a hacer con ellas? No lo sabía ni me importaba por el
momento.
Amaneció poco
después, sin que misia Gertrudis volviera de su inspección, y yo salí, como de
costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la
cocina. Corrí a la huerta, tiré en el lodo infecto del comedero de los cerdos
las hermosas trenzas que los «cuchis» se encargarían de devorar o destrozar,
por lo menos, como un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por
las calles solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fui al boliche del
Poste Blanco, a esperar la galera de Los Sunchos, que ya estaría por llegar. En
efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran
ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y
los postillones, entraron a tomar su segunda «mañanita», de caña pura, caña con
limonada o ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y a recoger
encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.
Contreras,
que como miembro conspicuo de la población flotante de Los Sunchos, me conocía
como a sus manos, y respetaba a Tatita, a quien, según ya dije, servía de
correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se metió
en indiscretas averiguaciones a propósito de mi presencia allí, y me dispensó
el señalado honor de invitarme a que lo acompañara en el pescante, mientras
ponía él mismo mi valija en el imperial. Cuando hice mención de pagar el
pasaje, rechazó el dinero.
-Ya me pagará
don Fernando.
¡Si yo
hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la zapatil
mazmorra!
Charlando
durante el viaje, y animado por alguna libación en las postas, con la falta de
reserva que caracteriza a la petulancia infantil, y que no había corregido del
todo, todavía, pese a la inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté
por lo largo a Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no
podía aguantar más».
Sobresaltose
el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba a
arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccionó, echose a reír a
carcajadas, y haciendo restallar su largo látigo exclamó:
-¡Hijo 'e
tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!
Se rió mucho
más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la merecía la «perra
vieja» aquélla, y después, como hombre ducho, me aconsejó que no me dejase ver
por Tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las
«mejores tapaderas» para los hijos, y porque «hay que tener mucho ojo con el
mal genio de don Fernando». Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una
callecita solitaria, a corta distancia de casa, guardó la maleta para
enviármela más tarde, y me estrechó campechanamente la mano con la suya, como
papel de lija, diciéndome:
-Y ahora,
compadre, bájese y vaya corriendo a su mamá, que es la única que tendrá lástima
de sus penurias... Dígale que aquí como en cualquiera otra parte puede «hacerse
hombre».
¡Hacerse
hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé inmóvil, alelado,
entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doña
Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno, como una horrible pesadilla.
Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo
que iba a ocurrir, me sentía con más valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo,
en fin.
- X -
Mi madre me
recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de
abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó a llorar de pronto, sin
preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas
con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de
Mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más
pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y por las cosas, y que sólo
se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por
la superstición, o, mejor dicho, por una
especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre
los motivos de mi regreso -que adivinaba perfectamente-, y se condolió de mis
padecimientos hasta las lágrimas.
También es
verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido
conmover a otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.
-¡Has hecho
bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo! -exclamaba-. Yo
hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.
Y en un rapto
de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:
-¡Me hacías
tanta falta!
Cuando a la
hora de comer, Tatita volvió de sus quehaceres o diversiones acostumbrados,
Mamá, que me había hecho quedar en mi cuarto, le habló largo rato a solas. De
tiempo en tiempo, llegaban hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante
de Mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china
diciéndome desde la puerta:
-¡Niño! ¡Dice
don Fernando que vaya al comedor!
Mi temerosa
incertidumbre desapareció como por encanto: iba a verme frente de los hechos,
con la firme voluntad de no doblegarme. Además, auguraba mucho bueno de la
forma en que se presentaba aquel choque: si Tatita no estuviera pronto a ceder
y quisiera castigarme, se precipitaría furioso a mi cuarto, no me llamaría al
comedor.
Sin embargo,
me recibió con una piedra en cada mano, colérico en apariencia, llenándome de
improperios y amenazándome con «darme de lazazos hasta que me corriera la
sangre». Me afirmé en mi opinión de que era una tormenta de verano y que ya
comenzaba a aclarar, pero no dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:
-Has hecho
mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y
si no fuera por tu madre, verías lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por
ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente a casa de
Zapata, le pidas perdón y no vuelvas a hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la
galera!...
Yo me
encabrité, y con el pecho oprimido, casi a punto de romper a llorar, hice un
esfuerzo y dije desgarradoramente:
-¡Pero
Tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! ¡Yo no he hecho nada
para que me tengan preso!... ¡No, Tatita! Puede matarme, pero yo no iré...
¡Prefiero que me mate!
-¿Que no
irás? -estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la
abierta oposición-. ¡Eso será lo que tase un sastre!
¡Habrase
visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás a la ciudad y les
pedirás perdón, canejo!
-¡Fernando,
por Dios! -exclamó mi madre.
-No tengas
miedo. No le voy a hacer nada. Pero, en cuanto a lo otro, ¡no hay tutía! ¡Irá a
la ciudad, y más pronto que ligero!
-No iré, no
iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!
Esto no lo
dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré a mí mismo.
A decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el
arrebato de su impulsividad.
Hubo un largo
silencio.
-¡Bueno!
¡Ahora, a comer! -ordenó Tatita, por fin, calmado ya.
La comida
comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la
mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la
lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por
último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga -aún me parece
verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas
de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía-,
mi padre me preguntó con tono natural:
-¿Y cómo ha
sido eso?
Repetí el
relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado
por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia
Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos a veces.
Y por último, indignado de veras, exclamé:
-Se vengan en
mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo
el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos
que al hijo de Gómez Herrera!...
¿Quién dijo
que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo
una gran verdad.
Tatita se
sintió herido en su amor propio o encontró aquella coyuntura favorable para
hacer una diversión y encaminarse a sus verdaderos propósitos. El caso es que
vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué que había tomado el buen rumbo.
-¡No respetan
a nadie! -agregué-. Para ellos todo es cuestión de suerte y favoritismo, y los
más ricos y los que pueden más no son más que unos buscavidas.
-¡Hum, hum!
-hizo Tatita, receloso-. ¿Han hablado de mí?
-¡Dios los
hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada.
Pero como
hablan pestes de todos los amigos...
-¡Está bien!
¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada más!
-interrumpió,
mal engestado.
-¿No te
parece, Fernando -dijo Mamita después de una pausa-, que este muchacho debería
irse a acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir
mañana temprano, se nos va a enfermar...
-Es posible.
Mamá
insistió. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tenía
fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían? ¿No sería mejor
dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por
ejemplo?
-Bueno
-contestó, por fin Tatita, como quien hace un sacrificio-. Irá en el otro
viaje, ¡pero eso, sin remisión!
¡No iré
nunca! -pensé.
-Voy a
escribir a don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo disculpas a misia
Gertrudis de tu parte, para que te perdone.
-¡No me ha de
perdonar! -murmuré.
-¿Por qué? Al
fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.
No pude menos
de sonreírme.
-¿O has hecho
algo más, que no sabemos todavía?
Conociendo el
carácter de Tatita, no vacilé en contarle la travesura de las trenzas, pero
traté de hacerlo con más habilidad y gracia, comenzando por describir las dos
figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensión ridícula de su
coquetería senil, tan contraria a la beatería, la rabia que me daba verla
presumir de muchacha... Cuando agregué que los cerdos se habían precipitado, en
el chiquero, a devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fueran un
plato delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su
cabellera, Tatita rompió a reír a carcajadas, echándose hacia atrás en su
sillón, como si estuviera asistiendo a la escena más cómica de su vida. Estaba
derrotado...
Poco rato
después me fui, en apariencia, a dormir, pero en realidad me quedé atisbando
para ver si Tatita escribía a los Zapata, con esa incertidumbre de los
muchachos que no saben decirse: «esto sucederá y no otra cosa». No escribió,
naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas a nadie, por nada de este
mundo; en cambio, adiviné que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad,
primero con Mamita, después con don Higinio, que, sabedor de mi escapatoria,
fue a casa en procura de mayores datos. Al oír entrar al viejo Rivas, me
acerqué al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más
bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto a creer que los Zapata
habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos criollos son
amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y a mí se me había transplantado
violentamente de la independencia casi total a una especie de encarcelamiento.
-Pero, así y
todo -terminó-, es preciso que se haga hombre, ¿no es cierto, misia María?
Sostenido
nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club,
consideré que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin
pedir permiso a nadie me escabullí en busca de mis camaradas. La visita de don
Higinio me había hecho pensar en Teresa, pero esta evocación quedó muy en
segundo término, siendo lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin
embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles
objeciones de Mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de
enfrente.
Sabiendo mi
llegada, Teresa me aguardaba a la reja, segura de que iría a conversar con ella
o temerosa de que no la recordara -caben ambas interpretaciones en el
determinismo femenil.
Al sentirla
allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto a la vida de
antes, corrí a la ventana a saludar en ella toda la poesía erótico-sentimental
que encarnaba para mí. A mis transportes, al propio tiempo ingenuos y
perversos, respondió la niña con una emoción intensa y contagiosa. Su pobre
alma se enajenaba más con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo,
como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me
distribuían, pronto a ser Otelo o Marco Antonio, Don Juan o Marsilla. La dije
-y en aquel momento yo mismo lo creía- que había vuelto a Los Sunchos,
despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir lejos de
ella.
Y tanto
efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena
entre dos barrotes de hierro me tendió como una flor los labios frescos y
rojos, para darme el primer beso.
- XI -
Como mi
fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente, observé a Teresa
que podrían sorprendernos y que no quería enojar más a Tatita, para quien
estaba en cama desde hacía mucho. Minutos después entraba en el Café de la
Esperanza, buscando a mis amigos, y la casualidad quiso que Papá estuviera
allí, jugando a la treinta y una ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su
partida tranquilamente. Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo
que todos los anteriores. ¡Adiós los Zapata!
Salí con mi
pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar nuestras diversiones. Los
camaradas me habían recibido con grandes muestras de alegría y entusiasmo, y
como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir,
hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la más memorable de las
fiestas, continuada en el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida
maravillosa, que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la
ciudad.
Pero ni aun
embriagado por estas delicias descuidé completamente la parte seria de las
cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia, que podía fallar por causas
exteriores y transitorias, escribí a mi padre una larga carta, modelo de
diplomacia juvenil y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles.
Decíale que, dado mi carácter, tan análogo al suyo -cosa de que me
enorgullecía-, la corrección de mi conducta dependía precisamente de la mayor o
menor amplitud de mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que,
desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla.
A mí, como a
él, sin duda, la sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta
del malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos aun
pensamientos) había sido hasta entonces más que suficiente para hacerme cumplir
con mi deber, y no valía la pena -antes bien era un error- cambiarla por un
despotismo de extraños que me impulsaba necesariamente a la rebelión... Todo
esto salvo su mejor parecer.
Ni la
sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó así. Además,
las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una
revelación y un encanto, si no están corroídos por el cáncer de la crítica. Y
notable efecto produjo la mía en Tatita.
Inmediatamente
escribió a los Zapata, diciéndoles que «por razones de salud» yo no volvería a
la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les había faltado en algo, y que me
enviaran la ropa y los libros... Pero antes me había arrancado la promesa de
estudiar seriamente en casa para presentarme a fin de año como «libre» en los
exámenes.
-Tienes los
programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrás pasar fácilmente.
Si pasas, el año que viene te mandaré a la ciudad en otras condiciones, sin
tutores que te majadereen, «como un hombre». Pero para eso hay que prometerme
que te portarás bien.
-¡Sí, Tatita!
«¡como un hombre!» -juré, pensando para mis adentros que los hombres suelen no
portarse bien.
Llegada la
época de los exámenes fui a alojarme en la casa de huéspedes de la viuda de
Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era
el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio
tiempo sin descaro, en que se explota el nombre de familia a veces venerable,
por mercantilismo o por necesidad -a falta de otro medio de subsistencia-, y
que abundan en provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco,
aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las
chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como a porfía de las
reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque, ni qué Auberge du Libre
Échange! Para
divertirse, allí, en la respetable pensión de la distinguida viuda del señor
Calleja, sobrina de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los
Sunchos, me quedo en aquella Capua, sórdida si se quiere, pero en cambio tan
libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata... ¡Viva la
libertad! Y pasemos a otra cosa.
¿A qué decir
que me dejaron suspenso en varias materias -creo que cuatro de seis- y que en
otras pasé por suerte o por benevolencia de la mesa examinadora? ¿Para qué
contar que el latinista don Prilidiano Méndez, después de otras preguntas, me
invitó con alevosía y ensañamiento a que declinara el quis vel qui, del que yo
sólo sabía la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me
importaba un ardite.
Intuitivamente
comprendía que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si
quisiera ser completamente franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en
nuestro país los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos,
han sido autodidactos, selfmade men, mientras que los rutinarios, los
mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte
de complacencia...
Para
desquitarme de los malos ratos que me había procurado el examen, ocurrióseme
darle uno a misia Gertrudis, antes de volver a la aldea. No tenía que quebrarme
mucho la cabeza para inventar una buena broma; abrigaba la seguridad de que mi
presencia bastaría para darle un soponcio, y con algunos requiebros como
«¡Bicho feo! ¡Vieja mamarracho!» u otros, estaba seguro de mi venganza, pues
rabiaría quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces;
a la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de
sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera más
abundante y más juvenil que nunca.
-¡Bicho feo!-
silbé.
Volvió los
ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el «¡Viejo mamarracho!» no
pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay Dios!
¡Tuve miedo y
eché a correr! Es la primera vez que he sentido el pánico en mi vida, como
Facundo acosado por el tigre...
Volví a Los
Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni
siquiera fingí prepararme para los misericordiosos exámenes de marzo. No
quería, no podía renunciar otra vez, ni por un momento, a mi individualidad,
tan señalada en el pueblo y tan desvanecida e insignificante en aquel
escenario. «Más vale cabeza de ratón que cola de león», como decía Tatita.
Mamá se
encargó de arreglar las cosas a medida de mis deseos, para tenerme
definitivamente a su lado. Yo «quería trabajar, empezar a ganarme la vida». Era
lo más fácil procurarme una ocupación, tarea o empleo que me preparara
prácticamente a la lucha por la existencia, ya que la teoría no era de mi
agrado ni «me entraba en la cabeza», como afirmaba yo. Habló varias veces con
Tatita al respecto, y como me valí de Teresa para conquistar a don Higinio que,
decididamente, ejercía gran influencia sobre mi destino, Papá accedió sin
muchas dificultades y diciéndose, quizá, que, como me dedicaría a la política
que no exige sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era
bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el
intendente municipal, don Sócrates Casajuana, a la primera insinuación me
concedió un empleíto rentado que iría preparándome a más altas funciones.
Pocos días
después, a principios de año, tomé posesión de mi empleo, y aquí comenzó mi
vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era muy muchacho y poco inclinado
a la observación, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazón del
pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. A la media hora de estar en
mi puesto, sentado a una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y
escapaba a divertirme a otra parte. Sin embargo, a la larga, conocí el personal
superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano astuto y retobado,
gordo y de piernas torcidas, por andar a caballo desde niño de teta, gran
mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la
Municipalidad, don Temístocles Guerra, no sé si menos tosco o más presuntuoso,
gran comerciante también; el tesorero, don Ubaldo Miró, que con un sueldo
miserable alcanzaba, sin embargo, a llevar una vida casi suntuosa, gracias a su
habilidad para el escamoteo y a la bondad benévola con que adelantaba los sueldos
a los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios, uno de
la intendencia -Joaquín Valdés-, otro del Concejo -Rodolfo Martirena-, que
andaban siempre a caza de propinas y que las provocaban deteniendo los
expedientes todo el tiempo que podían y prolongando indefinidamente la
tramitación de cualquier asunto que no interesara a los partidarios más
caracterizados de la «situación».
Yo estaba
adscripto a la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi jefe, Antonio
Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba nunca por mis ausencias,
antes bien parecía invitarme a continuar aquella nueva especie de «rabona».
Después comprendí el porqué de su conducta; no quería testigos molestos, y yo
le estorbaba tanto que se había quejado amargamente a su hermano de mi
nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de más a los ganaderos que enviaban
animales, cueros o lanas a otros departamentos, se robaba las estampillas que
debían quedar obliteradas en el libro de
guías, y hasta daba certificados falsos a los encubridores de los cuatreros,
ganándose así buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es
natural, era hermano del intendente; su otro socio era el tesorero; ni la
comuna, ni la misma provincia tenían fuerzas bastantes para reprimir el
cuatrerismo, y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable.
Cuando supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por
observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente, para mis
gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido
previsor, y no lo lamento.
En cuanto
escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y los alrededores, a pie
unas veces, pero generalmente a caballo, con algunos camaradas mayores, pero
tan zánganos como yo, y persiguiendo a las muchachas de los ranchos y las
casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestación,
todavía desviada, de mi futura inclinación irresistible al bello sexo.
Ya iniciado
en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar en regla y con
perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de
diez y siete a diez y ocho años, diablo y atrevido como él solo, con quien me
había ligado estrechamente, me aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un
término medio rústico y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».
Estos amores
eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de
vértigo, una violencia y se acabó. A veces continuaban algún tiempo, había
hecho una conquista; pero en la mayoría de los casos se me huía después como a
un enemigo. Teresa quedó relegada al fondo oscuro de la memoria, aunque la
viese casi todos los días, al pasar.
Las otras
ingenuas diversiones con los camaradas -excepción hecha de Marto- comenzaron a
parecerme, poco después, insulsas, parangonadas con la compañía de los
empleados de la Municipalidad, mucho más entretenidos porque, siendo «más
hombres», se pasaban el día en peso conversando de carreras, de riñas, de
partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades,
chismorreando amoríos más o menos escabrosos, después de lo cual, como
intervalo, salían a tomar el vermouth (mermú) a horas de almuerzo, y como
final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de política, y
combinando el programa nocturno.
Comencé a
frecuentarlos, más interesado cada día. Jugábamos al billar, hasta que entraba
la noche; comíamos en casa o en el restaurante, a la disparada, y después nos
reuníamos, ora aquí, ora allí, en la «timba» del Maneo, en el establecimiento
de Ilka, la polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que
nadie entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las
armas, o en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar,
alrededor de un tapete criollo o bajo un emparrado polaco, no sólo a los
camaradas, a los demás contemporáneos, sino también a toda la flor y nata de
Los Sunchos, con el mismo don Sócrates a la cabeza. ¡Y dicen que la Grecia
antigua no renace en nuestro «país», con Sócrates y todo!... En fin, a la madrugada
nos íbamos a acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente
calla un momento, reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para
despertar, poco después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he
tenido un flaco fervor por los grandes espectáculos de la naturaleza, y creo
que, si la política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el
descriptor más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.
Pero no es
posible repicar y andar en la procesión.
- XII -
Pocos años
más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía muchísimo, fue el punto
de arranque de una de las manifestaciones más significativas de mi vida.
Solía yo
visitar de noche la redacción de La Época, periódico semi-oficial, sostenido
por la Municipalidad y redactado por un joven aventurero español, que respondía
al sonoro nombre de Miguel de la Espada, mozo capaz de escribir cuanto
conviniese a los que le pagaban, y tipo común de todos los pueblos y ciudades
de la República. La imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable,
situada a pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer
cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino blanco,
llena de diarios y papeles, un pupitre alto, para los libros de caja de la
Administración, varias sillas de enea, una silla de vaqueta, de alto respaldo,
piso de ladrillos hechos polvo, paredes blanqueadas, llenas de telarañas y
manchas de tinta y de mugre, cielorraso empapelado, del que colgaban
lamentablemente varias tiras de papel, despegadas por las goteras... Aquello
olía a humedad, a aceite, a petróleo. En la segunda habitación, oscura y mal
ventilada, veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;
en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón. Allí reinaba
de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios jóvenes
situacionistas, a comentar la vida doméstica, social y política de Los Sunchos.
Eran de oír las habladurías, chismes, críticas, difamaciones y calumnias que
formaban el fondo de aquellas amenas charlas, análisis de la vida y milagros
del pueblo entero, en que los detalles faltantes eran sustituidos con ventaja
por otros, fruto de la imaginación de los contertulios. La famosa botica de
Paredes, llamada el «mentidero», no aventajaba en nada la redacción de La
Época.
Allí me
inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia de todas las
familias, supe las faltas de éstos, los errores de aquéllos, los delitos de los
otros, aquilaté la virtud exigida de las mujeres y comencé a ver otro aspecto
del mundo, quizá algo exagerado, quizá un poco ennegrecido, pero, en resumen,
muy aproximado a la realidad.
De la Espada
era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de ojos pequeños, llorosos y
casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito de cerdas, horrible, en fin, pero
tan simpático merced a su gracia madrileña, a su picaresco pesimismo... Solía
resumir las conversaciones por medio de sentencias que construían todo un curso
de enseñanza, la síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque
flaquearan bastante en cuanto a originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto
se podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires hasta director de
periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):
-Todas las
mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte a acercárseles en ese
momento puede estar seguro de obtenerlas.
O bien:
-Todos los
hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.
O bien:
-Para llamar
honrado a un hombre es preciso ponerlo en la mayor necesidad, y, al mismo
tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es honrado. Pero en esas
condiciones no hay quien no robe.
-Igual cosa
digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado a su marido, por lo
menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien a su juicio mejor que el
marido. Ante su vista o también ante su imaginación...
Estas
doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas reservas,
porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre hubiera faltado, ni
aun soñando, a sus deberes. Pero esta excepción no alcanzaba, generalmente, a
la madre de los demás, y pecaba por exceso de limitación.
La sabiduría
de la Espada se infiltraba, pues, en mí, y no había de tardar en ensayarla en
la práctica de la vida.
Otro
entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta influencia en mi
vida: iba a menudo a tomar mate con el viejo comisario don Sandalio Suárez, en
la misma comisaría, interesándome en la organización de la vigilancia y otros
servicios, y, sobre todo, en los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes
no hubiese nacido todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen
llegado a Los Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las
maravillosas facultades investigadoras de los rastreadores y la admirable
perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.
-Todas ésas
son camamas -contestaba don Sandalio-. Nadie descubre a los criminales, cuando
no se entregan ellos mismos, y yo, que te hablo, con todos mis años de policía,
no he agarrado a ninguno, sino en fragante, por casualidad, o porque, de sonso,
se me entregó él mismo.
Me contaba
sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias veces me invitó a
acompañarle en sus pesquisas, en las que yo colaboraba con entusiasmo.
Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de una mujer, cuyo autor busqué por
el buen método, averiguando a quién podría aprovechar su muerte. Di con el
marido, enamorado de otra, joven y bonita, y lo hice prender. Pero pocas noches
después un borracho se jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que
nadie sospecharía de él. Detenido e interrogado, supimos que había asesinado a
la mujer por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando
muy ebrio, al verla asomada a la puerta de su casa... Este fracaso no me
desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir a los cuatreros que
infestaban el departamento.
-¡Dejáte de
cuatreros! -exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi intención-. Si te metés
en eso te va a salir la torta un pan. ¡El chasco que te darías si los
descubrieses y supieses que eran don, y don, y otros que tampoco te quiero
nombrar!
Pero dejemos
la policía para seguir el hilo de mi historia.
Celebrábanse
entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la primavera, fiestas populares
introducidas por los vecinos españoles y adoptadas con entusiasmo por la
población criolla: las Romerías. En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse
tinglados, tiendas de lona, galpones de madera, enramadas, quioscos,
improvisándose una aldea volante, una especie de paradero de indios, que se
adornaba con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y
churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en el
pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas ya
invendibles, y sobre todo cosas de comer y beber, buñuelos, cerveza, tortas
fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran «carpa» de la Sociedad
Española se instalaba un bazar de caridad, atendido por las niñas más conocidas
del pueblo, y en él se vendían, se remataban o se rifaban mil «clavos»
generosamente regalados por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía,
como diversión, palo-jabonado, rompecabezas, «calesitas»; el populacho, baile
al aire libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez sustituidos por la banda
de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa» de la Sociedad,
punto de reunión de la gente distinguida.
Una atmósfera
sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca
necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en las
romerías, y embriagaba a todos, comenzando por la masa popular, para invadir
poco a poco las capas superiores. Más capitosas que el carnaval, porque reunían
a todo el mundo en un solo sitio, el contagio sexual era en ellas más rápido y
avasallador; pero en la ingenuidad de las costumbres, esto no lo advertían sino
el cura, que predicaba contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro
viejo, cuyas observaciones se tomaban generalmente como una demostración de
envidia de los que ya no pueden divertirse.
Aquel año fui
el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa propia, un poco porque
ella halló manera de cautivarme con sus monadas, acercándoseme a cada rato, en
un principio, con el pretexto de ofrecerme cedulillas de la rifa o artículos
del bazar de caridad. Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el
baile para la «gente decente», en un tablado hecho a propósito junto a la
«carpa» de la Sociedad; la di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus
funciones de vendedora a través de la multitud acudida del pueblo, y de las
aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil ternezas
que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla temblar, al
apoyarse con abandono en mi brazo.
- ¡Pero eres
un malo, un perverso! -me decía-. ¡No te puedo creer!
¡Si me
quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir a verme!
¿Era el
cuarto de hora de Espada d'aprés Rabelais?
Así lo creí,
pues le declaré que si no iba a verla era porque «me daba rabia» hablar con
ella, habiendo gente delante, o con una reja de por medio.
-Si me
esperaras en la huerta, donde podemos conversar a gusto, yo iría a verte todas
las noches.
-¡Pero eso
está muy mal hecho! -exclamó.
¿Por qué?
¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos acostumbrados a
andar juntos y solos, desde chicos? E insistí:
-No me digas
que sí ni que no. Esta noche iré a la huerta. Si quieres, me esperas; si no
estás, lo sentiré mucho y me volveré a casa...
Lo dije con
un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga amenaza, tales que,
vencida, me estrechó el brazo y me miró a los ojos con la vista turbia. Iría a
la huerta, sin duda alguna.
Don Higinio,
como es natural, había notado mis asiduidades, y la actitud de Teresa, pero no
les dio importancia, o, más bien dicho, se felicitó, sin duda, de nuestro
acuerdo, que debía conducirnos a la ejecución de sus proyectos matrimoniales,
de larga data planteados.
-¡Ah, pícaro!
-me dijo, golpeándome el hombro-. Ya te he visto de «temporada»... ¡Cómo ha de
ser! Los muchachos se apuran a ocupar nuestro sitio, y no tienen reparo en
dejarnos a un lado...
Me reí, sin
contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran mis planes, y
diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco.
¡Cualquier
día renuncio yo a mi libertad por una cosa que puedo obtener sin semejante
sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa acudía a la cita cuanto
si me dejaba plantado, conducirme de allí en adelante con mayor cautela y
ocultar en lo posible nuestros amores, para no dar asidero a don Higinio y
rehuir sus insinuaciones, que no tardarían en ser exigencias.
Teresa me
aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron acostado en su
casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con diplomacia, sentados bajo
un enorme sauce que había en el fondo de la huerta. Un momento creí que estaba
completamente a mi discreción, pero a la primera libertad que quise tomarme se
levantó sin aspavientos, y separándose un paso de mí me dijo con serenidad y
blandura:
-No, eso no, Mauricio.
Me has prometido portarte bien, y por eso estoy aquí. Conversemos cuanto
quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos criaturas.
¡Sonsa! ¡Más
que sonsa!
Había tanta
tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado, sin acertar a decir
palabra. La entrevista perdió para mí todo su encanto.
¿Quién la
hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su afecto, real y grande, hallaba,
sin embargo, fuerzas para resistir? No lo sé, aunque me parece efecto de la
educación, no de las lecciones paternas, sino de las charlas íntimas con las
amigas que van revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el
«cuarto de hora» no había sonado o había pasado ya, pero, repuesto de la
primera impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser más
serio en adelante y no importunarla en otra cita que pedí para la siguiente
noche.
-Sí, vendré.
Pero tienes que jurarme que estarás quietito.
La estreché
la mano, y me fui rabiando conmigo mismo. Debía haber sido más audaz, debía...
Y me puse a forjar para lo futuro planes de seducción análogos a los leídos en
las novelas, recordando al propio tiempo el aforismo de de la Espada: «Para
conquistar a una mujer desinteresada se necesita mucho tiempo y mucha
paciencia. A su tiempo maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo,
mientras que el exigente se queda afeitado y sin visita»... Pero me parecía que
nuestros amores duraban ya tanto, tanto...
-¿Será que no
me quiere? ¿O tiene la decidida voluntad de que me case con ella, y sabe que
para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de muchacha!... ¡Bah! Consultaré a de
la Espada, lo haré mi confidente...
¿Por qué
no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada a nadie.
- XIII -
Al día
siguiente, revelé a de la Espada todos mis secretos, sin omitir ni aun el
fracaso de mi última tentativa. Se echó a reír.
-¡No seas
tonto! -dijo-. No te aflijas ni te desalientes. La muchacha está a punto, y
sólo te falta la ocasión. ¡No vayas a asustarla!
Por el
contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La casualidad te
proporcionará, indudablemente, algún momento de gran emoción para ella. Ése es
el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero ¡ten cuidado!
Mira que el
padre no es de los que aguantan esas cosas, y en cuanto llegue a descubrir tus
intenciones, o su realización, si no te mata es muy capaz de casarte a la
fuerza, tanto más cuanto que es íntimo amigo de tu padre.
-¡Bah!
-repliqué-. Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al viejo, y no es el
primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo, según tú mismo me has
dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para evitar que el escándalo fuese
más grande!...
La
oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no tardó,
efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había conversado muchas
noches con Teresa, adormeciendo sus recelos, exasperando su amor, y entre
nosotros reinaba la más deliciosa intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos
proyectos... Ella quería que viviésemos en casa de su padre, yo fingía que
habitásemos en la nuestra, y sólo se arribaba a un acuerdo, cuando nos
proponíamos hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que
las vinculaba.
-¡Lo malo es
que así nunca estaremos solos! -objetaba yo-. Siempre tendremos a uno de los
viejos pisándonos los talones.
-¿Y eso, qué
le hace? -replicaba Teresa-. Si no nos quisiéramos sería otra cosa, ¡pero nos
queremos tanto!...
Pero vamos al
caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba «haciéndome hombre», Tatita me
invitó a montar a caballo y acompañarlo hasta una chacra, a dos o más leguas
del pueblo, donde tenía un negocio pendiente que era preciso arreglar sin
pérdida de tiempo. Su invitación era una orden, y no desagradable, porque nunca
he visto más jovial compañero de viaje y jamás me he aburrido a su lado.
No tardaría
mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete, pero el asunto urgía y
ambos estábamos acostumbrados a recorrer el campo a cualquier hora, sin miedo
al rayo del sol de mediodía, ni a las «luces malas» de la media noche. Llegamos
a la chacra cuando acababa el día, con una puesta de sol admirable que envolvía
la pampa entera en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora o
veinte minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha a los
caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de noche. Sólo una
línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se había marchado el sol.
El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes desconocidos, contagiándonos con
su propia vacilación. Sin dejar de ver, no discerníamos la naturaleza de las
cosas vistas, y sólo una larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la
cinta descolorida del camino.
-¡Vamos a
llegar muy tarde! -exclamó de pronto Tatita-. Cortemos campo.
-¡Cortemos!
-contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección a Los Sunchos, sin
abandonar el galope.
El camino
daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en la época de las
lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una tercera parte tomando la
línea recta, la cuerda, como si dijéramos, pero el proyecto no era muy cómodo,
porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas,
tenía, además, vastos limpiones llenos de vizcacheras. Afortunadamente la
pálida mancha de estos rompecabezas basta para advertir el peligro a un jinete
experimentado, aun en la oscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo
«baquiano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero.
Me adelanté,
pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura, que evitaba matorrales y
vizcacheras atenta a todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y
habría galopado un cuarto de hora, cuando me pareció oír un grito. Detuve en
seco el caballo y escuché. No oí nada más, ni siquiera el galope del zaino de
Tatita, cuyas herraduras debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado,
dura entonces, por la sequía, como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba
aquello? Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás a rienda suelta. Nada veía.
Nada oía. Mi caballo dio de repente una terrible espantada junto a una
vizcachera, y echó a disparar pesando violentamente sobre el freno. A duras
penas logré contenerlo, y acariciándolo le obligué a volver al paso hacia la
vizcachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo! Primero entreví, lleno
de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba
lastimosamente. Un poco más lejos estaba Tatita, tendido en la tierra
petrificada de la vizcachera. Me tiré del caballo, corriendo en su auxilio. Una
larga herida le cruzaba el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el
corazón parecía no latir...
Volví la
vista a todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado no pasaba nadie,
sobre todo a aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar a Tatita y correr en busca de
socorro, ya que ni agua tenía a mi alcance para tratar de hacerlo volver en sí?
No había otro partido que tomar. Lo recosté lo mejor que pude, le hice una
almohada con mi blusa y mi poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía,
y, convencido de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la
más desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían a la
distancia.
Azorado y sin
poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo, de reconstruir el
accidente; preocupado por un asunto que podía significarle la pérdida de una
crecida suma de dinero, Tatita se había distraído, confiando en el instinto del
viejo caballo, que conocía perfectamente el campo en muchas leguas a la
redonda. Pero el zaino habría tenido también su momento de distracción,
bastante para meter las manos en una cueva de vizcacha, «bolearse» y proyectar
a su jinete a varios metros de distancia.
El pobre
Tatita debió dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las vizcacheras...
¿Estaría muerto? ¡No! Semejante rodada no acababa con los gauchos de su temple.
¡No! Cuando mucho, sufriría un largo desmayo y la herida sería fácil de
curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte.
Volví con
gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo, mientras un hombre
corría a avisar al médico y a buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su
sentido, incorporado y pronto a emprender la marcha; pero seguía inerte, tibio
aún, y no fue posible hacerle tragar una gota de ginebra, llevada a prevención.
El doctor Merino, que llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el
fallecimiento.
No omitiré
aquí un episodio que, pese a las circunstancias trágicas, me ocupó un instante,
produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me
habían acompañado, oyendo que el zaino de Tatita resollaba y se quejaba casi
como una persona, se acercó a examinarlo.
-Tiene las
dos patas quebradas -dijo-. Hay que despenarlo.
Y sacando el facón
de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo lo degolló, consumando así,
sin pensarlo, un sacrificio usual en la tumba de los antiguos señores de la
pampa...
El cadáver
del pobre Tatita fue tendido cuidadosamente en el carruaje, y yo lo seguí al
paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como si yo también hubiese
recibido un golpe en la cabeza...
Antes de
llegar al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y al
pasar por las calles principales, dirigiéndonos a casa, formábamos ya un
imponente cortejo: la noticia había cundido; los amigos, los indiferentes y los
enemigos atraídos por la pena, la curiosidad o la disimulada satisfacción.
Entretanto, algunas mujeres rodeaban ya a Mamita, preparándola para la horrible
sorpresa. Al oírnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que
sólo encontraría un cadáver. La escena fue desgarradora, y entonces comprendí
cuánto amaba mi pobre madre a aquel hombre que había vivido con ella treinta
años de indiferencia y de abandono.
El velorio y
los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita, incapaz de ocuparse de
nada, sino de llorar y rezar junto a su esposo, dio carta blanca a amigos y
sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante treinta y seis horas largas,
alternándose el chocolate con los vinos y licores, los «churrasquitos» con el
mate dulce o amargo, el puchero con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y
las tortas fritas.
Una nube de
chinas de las casas amigas habían ido «a ayudar», convirtiendo la nuestra en
pandemonium y la sala, el comedor, las habitaciones de respeto, estaban llenas
de visitantes, hombres y mujeres que hablaban de política, contaban cuentos,
jugaban a las prendas, iniciaban o continuaban sus intrigas amorosas... Y esta
animada tertulia, en que sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de
conducir los restos a su última morada.
Yo estaba
aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que lo quería de
veras, y su ausencia repentina e irrevocable, producíame, al propio tiempo que
dolor, una rara sensación de espanto, como si me encontrara de pronto y por
primera vez ante lo desconocido amenazador.
Pero todo
esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera, como si no
pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara por una confusa y
angustiosa pesadilla...
Hubo
discursos junto a la tumba de don Fernando Gómez Herrera, cuyo ataúd acompañó
el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado cementerio de Los Sunchos,
cubierto de pasto y poblado de peludos y de víboras. Don Sócrates Casajuana, el
intendente municipal, dijo que era un prohombre a quien la patria y su partido
debían sacrificios innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos
en él un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser
reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que, con el
diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente a Los Sunchos, para honrar la
memoria de Tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y de la legislatura,
recomendando al pueblo que siguiera las admirables huellas del probo y austero
ciudadano, prematuramente desaparecido cuando, en plena madurez, mayores
servicios podía prestar a la patria.
Yo oía todas
aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido, y no podría
reconstruirlas ahora, si después no las hubiera escuchado cien veces, dichas
sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas, siempre triviales, siempre
demostrando un desconocimiento casi completo de la personalidad a quien se
honraba, siempre sin proporción ni
medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, lo hubiesen sido
también en la existencia.
A la puerta
del cementerio, acompañado por el cura, don Jenaro Cecchi, por algunos
presuntos parientes de Papá o de Mamá, y por don Higinio Rivas, que lagrimeaba
sinceramente, estreché una tras otra todas aquellas manos indiferentes, y
escuché de aquellas bocas sin emoción las rituales palabras de pésame. Esta
larga, esta interminable ceremonia fue para mí una tortura. Por fin, en el
mismo carruaje que la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi
padre, volví a casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que
la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes catástrofes,
anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza a acostumbrarse al dolor. El
cura y don Higinio me acompañaban.
En casa, y
con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar a Mamita que, encerrada
en su cuarto, a oscuras, llorando y rezando, no quería ver a nadie ni dejarse
distraer de su pena bajo pretexto alguno. Me tuvo abrazado largo rato,
cubriéndome de besos y bañándome en sus lágrimas.
A la hora de
comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que quedó para acompañar
a mi madre y manejar la casa, por indicación de don Higinio.
Por la noche,
solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló más tiernamente que
nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante en que nos abrazamos, perdida
la cabeza.
Y éste fue el
momento de gran emoción de que hablara de la Espada.
- XIV -
La muerte de
Tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos políticos de Los
Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo único e indiscutible,
entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna,
tenía a todas las autoridades como si dijéramos rendidas a discreción.
Convencido de que tarde o temprano me casaría con Teresa, ignorante del cambio
radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había
dejado más deudas que bienes, que Mamita era incapaz de salir del atolladero y
que yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse
desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran
satisfacción.
-Yo
conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar a los acreedores por
medio de una amortización, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que
no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos
menudos, no será difícil que el gobierno de la provincia pase una pensión a la
viuda, y yo mismo iré a la ciudad a trabajar hasta conseguirla. Es lástima que
Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrador,
porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero ¡no importa! Con todo, la
chacra valdrá mucho a la vuelta de pocos años y podrás venderla muy
ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto, necesita muy
poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te
han aumentado dos o tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los
usureros les claven las uñas.
Se
interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba a decir, y agregó:
-¡Esto,
muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada más! Fernando
tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre fui muy su amigo...
Temiendo que algún día pudieran obligarlo a vender la chacra en malas
condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto de retroventa.
Naturalmente, esto era «engañapichanga». Hicimos en la escribanía el contrato
de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado
y que la propiedad sigue siendo suya:
esto para el
caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no
había necesidad de semejante garantía. Esa carta debe estar entre los papeles
del finado. Traémela y te daré otra para tu resguardo. La hipoteca vence en
estos meses; la renovaremos a tu nombre y el de tu mamá, con las formalidades
de la testamentaría, y así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que
les queda.
Se
interrumpió para añadir después, con una risita entre maliciosa y avergonzada:
-Todo esto no
será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uñas que tiene, y a mí
me parece que tu tata tenía mucha razón de no querer quedarse en camisa y en el
medio de la calle, para pagar a sus acreedores, que son casi todos gente rica,
y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no
tenés nada que echarte en cara...
Dimos a don
Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos.
Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensión del
gobierno de la provincia y otra del nacional para «la viuda e hijo de un
guerrero del Paraguay», arregló con los acreedores exigiéndoles una importante
quita y haciéndolos contentarse con una pequeña amortización anual -«del lobo
un pelo», decía él-, de manera que, en vez de empeorar, nuestra situación
mejoró, porque ya no estaba allí Tatita, manirroto a quien ningún dinero daba
abasto, y porque yo no me había acostumbrado todavía a tirar la plata, gracias
a las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían y gracias también a que
Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia,
y hubiera reinado la alegría si Mamita, como la enredadera que se encuentra de
pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y áspero de una tapia, no se hubiera
marchitado y abatido, más silenciosa y solitaria que nunca.
-Pocos años
de vida le quedan a misia María -murmuraba la gente al verla pasar como un
fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y
resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones simpáticas y amables para todos.
-¿Por qué te
afliges tanto, Mamita? -me atreví a decirla una vez-. Al fin y al cabo, Tatita
no te hacía tan feliz...
Me miró
espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:
-¡Mauricio!
¡Era tu padre!
La religión
de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo
raciocinio.
Así fue
pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Higinio quiso un día
complementar con un golpe de maestro la magnífica ayuda que nos había prestado,
poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de «hacerme hombre».
Ocurrió que,
en la lista de candidatos oficiales por nuestro departamento, figuraban dos o
tres que no eran, ni con mucho, de la devoción de las autoridades sunchalenses.
Uno de ellos, sobre todo, Cirilo Gómez, ex-vecino de Los Sunchos, y culpable de
una grave indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra
pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían contagiado
con su odio a don Sandalio Suárez, el comisario de policía. Los tres,
saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los proyectos electorales
de sus jefes (las listas les llegaban siempre hechas de la ciudad, y ellos las
hacían votar a ojos cerrados, obedeciendo al Gobernador) y declararon que no
votarían jamás aquélla, si no era modificada de acuerdo con sus deseos,
eliminando la candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su
indignación a la amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima
exigencia, harían abstenerse a «sus amigos», dando el triunfo a la oposición,
que se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de
arriba...
Esto agitó
hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos, desencadenando pasiones
y ambiciones. En tan graves circunstancias, don Higinio asumió su papel de
caudillo, predicó la moderación, el mantenimiento de la disciplina a todo
trance, y se encargó de arreglar personalmente las cosas, de manera que todos
quedaran satisfechos -todos menos el candidato que hoy llamaríamos boycoteado-.
Iría a la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del partido oficial,
¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron plenos poderes, y,
preparándose para el viaje y la campaña política, aquella misma noche me llamó:
-¡Muchacho!
-me dijo-. Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando más que una «bolada»
y lo que ésta no me la quita nadie.
Aunque
todavía no tengas la edad, te vamos a hacer diputado. Así, como suena,
diputado.
Me quedé
estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había atrevido a esperar
semejante ganga sino para muchos años después, y eso vagamente. De simple
empleadillo de la Municipalidad -pues aunque el sueldo aumentado ya varias
veces era crecido, no se me había dado función alguna, por la sencilla razón de
que no la ejercería-, de simple empleadillo de la Municipalidad a diputado a la
Legislatura de la provincia ¡era tan grande el salto!...
-¿De veras,
don Higinio? ¿No me está titeando? -logré preguntar por fin-. ¿Con qué títulos?
-«Sos» hijo
de tu padre y un poco hijo mío, si me salgo con la mía...
que me he de
salir. ¡No! Si no soy ciego y no tenés para qué hacer aspavientos. Claro, que
si Teresa fuera macho, no te caería la ganga...
Pero viene a
ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando llegue el momento...
La muchacha y
«vos» sois muy jóvenes todavía... Bueno, pues, además del nombre de tu tata y
de mi protección, tenés tus trabajos: has escrito en La Época.
En efecto,
con el contagio de la redacción, había garabateado uno que otro sueltecito, una
que otra diatriba más o menos calumniosa o epigramática contra nuestros
adversarios.
-De la
Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que un poco de
platita, y se la daremos. Será el primero en cacarear que «sos» el alma del
diario y el mejor elemento del partido. En fin, ésta es cosa mía, y podés estar
seguro de que no me la quita nadie.
Yo tenía
fiebre. No sabía lo que me pasaba, no podía estarme quieto, ni hablar; hubiera
bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me reservaba una sorpresa
más importante todavía, si se mira bien.
-Serás
diputado -continuó- y tendrás una fortunita. Vengo pensando en eso desde hace
mucho, y creo que por fin he dado en el clavo. Apenas te sentés en tu banca de
la Legislatura, yo haré que la Municipalidad mande abrir las calles Santo
Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad, Funes y Cadillal, que están cortadas por
tu chacra. Naturalmente habrá que pagarte el valor del terreno que te quiten,
es decir, unas veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te
quedarán, entonces, nada menos, veintiséis manzanas de pueblo, en el mismo
riñón, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, podés vender dos o tres de las
más afuera para hacer veredas y tapias con esa platita. Lo que quede, a la
larga será toda una fortuna, aunque ahora valga poco. Si el país sigue
adelantando, de repente vas a ser más rico que Anchorena. Y no te digo más.
Lo abracé,
bailando.
-¡Oh, don
Higinio, cómo le podré pagar!...
Me apartó
sonriente, y, meneando su cabeza de león manso, se puso a armar con cachaza un
cigarrillo negro. Después agregó con calma un poquito conmovida:
-Yo no te
pido nada. Sé lo que valés y te tengo confianza... Además, también lo hago por
Teresa, que te quiere mucho y será una compañera de mi flor... Eso te lo
garanto, porque los Rivas somos todos como platita labrada, muy «derecho
viejo», más leales que un perro... Y ahora, muchacho, tené mucha paciencia y
estate muy calladito la boca, no sea cosa que nos conozcan el juego.
Y me mandó
que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.
- XV -
Teresa me
contó aquella noche que la casa era una romería desde que don Higinio se había
encargado de arreglar aquel asunto. Sabiéndolo con una diputación en la mano,
chicos y grandes iban a pedírsela, y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas,
de manifestaciones entusiastas. El viejo no soltó prenda. Todos se marchaban
creyendo en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra
decisiva; enumeraba los méritos de cada uno, en su presencia, alababa los
servicios prestados a la causa, decía con aire protector «veremos lo que
piensan en la ciudad», y daba sendos apretones de mano. Los pechos de todos los
ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un solo hombre en vísperas de
un gran acontecimiento feliz, y algunos me hicieron confidente de sus
esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo, suponiendo que tenía cierta
influencia con don Higinio. Este período de satisfacción, de beatitud, pasó
pronto, sin embargo, dando lugar a otro de irritabilidad e inquina.
Despertáronse
de pronto los recelos, y Los Sunchos se convirtió en un semillero de intrigas.
Medio pueblo habló pestes del otro medio, porque cada cual quería despejar de
competidores el campo de la acción. Sólo yo resultaba indemne en aquella lucha
a dentellada limpia, porque nadie me creía con la menor probabilidad de
llevarme la presa.
La Época,
inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por muy legítimas que
fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que la ardiente competencia
iniciada ponía en peligro la disciplina del partido, dando un pésimo ejemplo de
discordia, y que se imponía a todos los pretendientes en general, como una
prueba de generosos sentimientos y altas ideas, deponer sus pretensiones en el
sagrado altar de la patria.
Agregaba que
el nuevo candidato sería designado por los jefes del partido, es decir, en la
capital de la provincia, porque, dada la disconformidad de las opiniones,
algunas egoístas, fuerza es decirlo, las circunstancias imponían una decisión
completamente imparcial, que sólo allí podría obtenerse. Y así, nadie tendría,
luego, motivo de queja.
En el número
siguiente el editorial de de la Espada apareció doctrinario, sin alusiones a
persona alguna, según creyeron los lectores.
Era indudable
que, en la perplejidad de la designación, el diario oficial se daba un compás
de espera. Sin embargo, el diario decía, nada menos, que había llegado el
instante histórico de dar paso a las nuevas generaciones, de llevar al gobierno
del país a los hombres nuevos que habían demostrado amplitud de espíritu,
respeto a las instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando
los altos puestos públicos, desde la presidencia abajo, estén refrescados por
sangre juvenil, será como si la nación entera recobrase una nueva y vigorosa
juventud. En épocas de revueltas y trastornos, la experiencia de los ancianos
es el mejor instrumento de gobierno; en épocas de paz y de prosperidad, el
entusiasmo de los jóvenes es lo que conduce a mayor felicidad y a más riqueza.
Nadie supuso que aquel articulejo preparaba el lanzamiento de mi candidatura,
aunque en Los Sunchos se hilara muy delgado, y fue porque estas
generalizaciones no son para sintetizarlas gente primitiva y en el fondo
candorosa.
Don Higinio
se había marchado a la ciudad y me escribía casi diariamente, enviándome las
cartas con el mayoral Contreras, su hombre de confianza, como lo había sido de
Tatita. En sus cartas me señalaba, punto por punto, lo que debía hacer para
complementar sus propios trabajos.
Por
indicación suya, los miembros del comité local (vale decir las autoridades del
pueblo) organizaron un mitin para determinar públicamente cuál iba a ser la
actitud del partido. En él se rechazaría sin apelación la candidatura de Cirilo
Gómez, pero, para demostrar que esto no era una rebelión, sino una
desobediencia forzosa, que en nada menoscababa la disciplina, se declararía
solemnemente, bajo juramento, si se consideraba necesario, que el partido
votaría en masa, como un solo hombre, el nuevo candidato -quienquiera que
fuese-, designado por el comité central. «Sólo así -escribía don Higinio-, se
sustituiría fácilmente a Gómez y seguiremos gozando del favor del gobierno».
Aquella
mañana, en el vasto corralón de Varela, se reunieron unos cuantos centenares de
personas -gente del campo y peones municipales, en su mayoría-, capitaneados
por Casajuana, Guerra y Suárez, a quienes servíamos de tenientes Miró, Valdés,
Martirena, Antonio Casajuana, el doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se
había preparado un asado con cuero -una vaquillona carneada probablemente en la
estancia de algún opositor-, y las damajuanas de vino y las «frasqueras» de
ginebra prometían un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me
estrené como orador, repitiendo, palabra más, palabra menos, algunos
editoriales de de la Espada.
«Hay que
sacrificarlo todo generosamente por el bien del país. Las ambiciones desmedidas
de algunos ciudadanos suelen poner en peligro la marcha de nuestro partido, el
más noble, el más puro, el más progresista, el único que se ha mostrado capaz
de gobernar... Esas ambiciones deben ser arrancadas de raíz, como la mala
hierba. Si los ambiciosos no renuncian voluntariamente a ellas, los verdaderos
patriotas deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un arma funesta
(frase original, calurosísimamente aplaudida). Además, ya es hora de que se
abra paso a los hombres nuevos. En la política, como en la milicia, hay una
edad para el retiro, y el gobierno, como el ejército, debe completarse con
sangre joven. Y por último, a nada aspiro personalmente, nada deseo, pero mi
mismo desinterés me autoriza a recomendar a mis correligionarios la más severa
disciplina y la más estricta obediencia a los mandatos de nuestros jefes.
Señores: ¡Viva el partido provincial! ¡Viva el Gobernador de la provincia!»
No insistiré
en la ovación que se me hizo ni en las escenas que siguieron, dignas del mismo
Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero necesito decir que al otro día La Época
proclamó que me había revelado orador brillantísimo, pensador profundo y uno de
los cerebros mejor dotados del país, que de mí debía esperar maravillas. Los
demás «discursantes», que los hubo en gran número y a cuál más ardoroso, se
eclipsaron ante el astro nuevo, y en la «alta sociedad», así como en los
modestos corrillos, alguien comenzó a hablar de Mauricio Gómez Herrera como de
un muchacho de gran porvenir, que se estaba malgastando en aquel rincón. Como
con esto se tiraba a matar a los «prohombres» de que todo el mundo estaba
harto, la apreciación cundió, especialmente desde que los diarios de la ciudad,
a instancias del viejo Rivas, transcribieron los artículos y sueltos de La
Época, poniéndome por su cuenta en los cuernos de la luna.
Tomé con
esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche a la mañana me hice
un hombre grave, más grave quizá de lo que conviniera para no dejar traslucir
mi secreto. Había adquirido enorme importancia, y una de las manifestaciones
exteriores de ello era que las principales familias hallaban modo de invitarme
a sus tertulias, a almorzar, a comer, cosa que antes ocurría muy de vez en
cuando. Yo no paraba un momento en casa, con gran pena de Mamita que, si hasta
entonces sólo me veía a las horas de comer, desde entonces ya no me vio a
ninguna hora, si no es por las mañanas, mientras dormía... Aprendí con esto los
rudimentos de la vida social (¡en Los Sunchos!) que tanto debía cultivar más
tarde. Había sido un oso; pero las mujeres son tan amables, cuando quieren, que
me sorprendí de no haber frecuentado más la sociedad... No; aventuras no tuve.
Me faltaba atrevimiento, y, por otra parte, la bendita chismografía y el santo
espionaje de los pueblos pequeños, como una especie de cinturón de honestidad, hacen
a las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la verdadera
pasión.
En fin,
cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo gobierno, pocos días antes
de las elecciones, mi designación sorprendió a muy poca gente: estaba en el
aire, sembrada esporádicamente por don Higinio, de la Espada y los demás
amigos. La única persona que se sorprendió y se asustó fue Mamita. En cuanto
supo mi proclamación aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina,
impulsada por su misticismo iconólatra, empezó a encender velas ante una imagen
de Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía para que
saliera o no saliera diputado...
Sospecho lo
último.
La elección
fue canónica, porque en Los Sunchos como en todas partes, estaban vedadas a los
opositores, que desde tiempo inmemorial se limitaban a protestar las elecciones
ante escribano público, sin más resultado que dejar un documento para la
historia, que probablemente no lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera
resultó diputado, como se proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un
domingo de marzo, entre los estampidos de las bombas de estruendo y los
pasodobles de la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó
en el club, donde se destaparon algunas botellas de champaña e innumerables de
cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los líquidos.
Muy tarde,
casi a la madrugada, me vi por fin libre de las amables impertinencias del
triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la casa, pero, adentro ya, no
sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría en la huerta, pese a la hora
intempestiva, como una esposa abnegada que aguarda al marido calavera. Y, en la
satisfacción de la victoria, que ablanda los corazones, quise que, en tal caso,
la tonta fuera feliz. Esperé a que mis acompañantes, que cantaban
entusiasmados, estuvieran lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi
seguro de no encontrar a nadie, aunque esto hubiera lastimado mi amor propio...
Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.
-Ya creí que
no vendríaz -me dijo con su voz cantante-. El zeñor diputado ze hace decear...
Tenéz razón... Lo único que ziento ez que ahora te me iráz...
-Me iré... Me
iré; pero volveré a cada rato. ¡Estamos tan cerca de la ciudad!
Me había
echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la oscuridad, ver y
hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo de las estrellas que
poblaban el cielo, titilantes e innumerables.
-¿Vendráz a
menudo? -preguntó mimosa.
-Cuantas
veces pueda.
-¡Sí! Ez
precizo que vengaz -y recalcó exageradamente el «es preciso»-. No zé todavía...
Pero me parece que tengo que decirte... una coza...
Me dio un
calofrío, tanto temor y tanta alegría vibraban a la vez en sus palabras.
¿Sería?
Pero la
insólita entrevista no se prolongó, ni era posible que se prolongara, porque ya
comenzaba a amanecer.
Como si se
hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina, de la Espada, en
medio de las embriagadoras congratulaciones del día siguiente, en un momento en
que nos quedamos solos, me dijo con una cómica solemnidad que era
exclusivamente suya:
-Mira, chico,
yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una cosa. Se está hablando
demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te han visto entrar muchas veces
en su casa, entre otras anoche mismo, y el «comadreo» es tremendo y va a ser
terrible. Yo no sé, tanto se habla, cómo don Higinio no ha caído en cuenta
todavía... será porque es el más interesado. Pero no te fíes. Mira de quién se
trata y ándate con tiento, si es que no te propones lo mejor, que sería...
santificar las fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices y
puede darte qué sentir.
La misma
perplejidad en que me hallaba me permitió contestar en broma al «galleguito»,
negando toda importancia al problema que, sin embargo, era trascendental y me
preocupaba hondamente, hasta imponerme la obsesión de esta preguntita:
«¿Será?»...
Era. Noches
después, Teresa me reveló el, para ella, terrible y encantador secreto.
-Tenemos que
casarnos pronto, muy pronto, queridito -me dijo, acariciándome las mejillas con
las palmas de las manos-. Ya no es posible esperar más de veras... Después,
sería un bochorno... ¡Y Tatita! ¡Qué diría Tatita! Sería capaz de matarme... Y
yo... yo me moriría de vergüenza...
Rehuí toda
respuesta comprometedora, puse de relieve, como dificultades, precisamente
todas las facilidades del momento -tan propicio-, pero sin mala intención,
aunque nadie lo crea, sin segunda intención ¡lo juro! Sólo por instinto, como
un ademán subconsciente que me defendiera de un peligro imprevisto,
atávicamente revelado a no sé qué parte de mi ser. Y, dominada o atontada por
mi elocuencia, Teresa se tranquilizó, me abrazó, me besó, me hizo mil caricias,
y, en la decisión completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometió no decir
nada a don Higinio mientras yo no se lo mandase.
Una vez a
solas, me di cuenta del atolladero en que me había metido.
¡Qué a punto
venían las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera hablado meses atrás...
Pero, como dicen las comadres: «Después del niño ahogado...
¡María, tapa
el pozo!» ¡Bah! Todavía nadie se ha muerto de eso. En el peor de los casos, no
tendré de qué quejarme. Pero...
La verdad, la
verdad es que prefería no casarme porque aquella muchacha carecía de
atractivos, o si los tenía eran menores cada vez.
Teresa no me
interesaba, o me interesaba poco, ya sin prestigio ni misterio, con sus grandes
ojos de ternera conmovida, su cutis de magnolia, su ceceo infantil, su candor
de paisanita.
Eso está
bueno para pasar un rato ¡pero toda la vida!...
- XVI -
En la ciudad
alcancé un éxito que no me esperaba. Muchos de los antiguos condiscípulos que
me perseguían en el Colegio, y que todavía no habían logrado hacerse una
posición, ni terminar una carrera, fueron a visitarme en el Hotel de la Paz, y
me colmaron de felicitaciones, lisonjas y bajezas, tras de las cuales solía
transparentarse la envidia, una envidia rayana en odio. Éste fue el prefacio de
una larga serie de otras visitas y de invitaciones a fiestas, comidas,
tertulias, bailes, en que siempre era yo el niño mimado por excelencia. Todo el
mundo veía despuntar en mí un astro nuevo, un hombre predestinado por la
fortuna para ocupar las más elevadas posiciones, porque nadie quería creer en
mi mérito excepcional ni en los servicios que pudiera haber prestado al país,
considerándome sólo como una criatura nacida de pie. Y una tarde, ¿a quién se
dirá que me veo aparecer en el cuarto que servía de sala de recibo?
¡Pues a don
Claudio Zapata, en cuerpo y alma! Pero esto sería bien poco, si tras él no
hubiera asomado la soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al
pecho, y su enorme masa de cabellos castaños, que parecía aplastarle y
derretirle la cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que
ya no era sino una especie de vejiga vacía.
-¡Oh! ¡Don
Claudio! ¡Oh! ¡Misia Gertrudis!- exclamé sin poder contener la risa-. ¡Cuánto
bueno por acá!
-Hemos venido
-dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi hilaridad como
manifestación de cariño-, hemos venido, seguros de que no habrás olvidado a los
que te sirvieron de padres, a los que, educándote, algo severamente, es cierto,
te prepararon por eso mismo para la posición que hoy ocupas.
-¡Oh, don
Claudio! ¡Y cómo me he de olvidar!
-Eras un
muchacho travieso, muy travieso, pero se veía claro que harías camino -agregó
misia Gertrudis-. Siempre se lo he dicho a Claudio y a tu tata, que esté en
gloria. ¡Pobre don Fernando! ¡Quién había de decir!
Todavía tengo
su última carta, y la guardo como oro en paño. ¡Nos afligió tanto su muerte!...
Aquí le hemos hecho decir unas misas...
A pesar de
los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me retozaba pensando en las
trenzas y en la cara que habría puesto al no encontrarlas. Pero, dominándome,
dije:
-¡Pues me
siento muy honrado con la visita de ustedes! ¡Qué recuerdos, eh!... ¡Vaya con
don Claudio! ¡Vaya con misia Gertrudis! ¡Y qué bien están los dos! Pero háganme
el favor de sentarse y digan si en algo puedo servirlos... Y ante todo,
tornarán un matecito.
El mate
comenzó a circular. Yo estaba seguro de que llevaban un propósito interesado, y
entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis reiteradas instancias, doña
Gertrudis consintió al fin en decirme cómo podía pagarles el honor de aquella
visita y la refinada educación que me habían dado: los tiempos estaban malos;
sin sufrir miseria, lo que se llama miseria, no estaban tampoco en la
abundancia ni mucho menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones,
grandes servicios al gobierno, y muchos personajes, entre ellos Tatita, le
habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado el viento y
que sólo mi padre hubiera cumplido, a no morir de tan trágica manera... Muerto
él, a mí, su hijo y el hijo adoptivo, o poco menos, de los Zapata, me tocaba
esa herencia. Don Claudio era muy modesto -¡demasiado modesto, por eso lo
dejaban en un rincón!- y se contentaría con una insignificancia cualquiera.
Bastaría, por ejemplo, con que yo, diputado influyente a quien el gobierno no
podía negarme nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto
estaba vacante.
-¡Pero
señora! -objeté por hacerla hablar-. En primer lugar, todavía no hay diputado,
porque las elecciones no han sido aprobadas.
-¡Oh! ¡Eso es
una simple formalidad!
-¡No tan
simple!... En segundo, no sé si tengo o no tengo influencia con el gobierno,
porque todavía no lo he tanteado...
-¡Bah! ¡Eso
está visto! ¡Un Gómez Herrera!
-Y en
tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente nada, con el
puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.
Misia
Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente, meditando para no
decir las atrocidades que pensaba, replicó:
-¡No le
hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real...
Claudio no es
de esos que aprovechan ¿no es verdad, Claudio? y son capaces de quitarles hasta
la camisa a los pobres que tienen una demanda... Pero como juez de paz tendrá
otra espectabilidad, podrá hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno
que otro negocio que nos saque de apuros.
La escena me
divirtió tanto que prometí darle lo que me pedían en cuanto me fuera posible,
si llegaba a tener influencia en el gobierno. Y como quien hace una diablura,
meses después, di a don Claudio el nombramiento de juez de paz para gozar con
sus sentencias salomónicas o sanchescas y con sus coimas inverosímiles.
Adelantaré aquí, aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el
mundo, por el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y
esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime
imparcialidad.
No fue tan
grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante entonces de Derecho en
la Facultad de una provincia vecina, y que había ido a la ciudad de paseo. Como
todos los demás, me felicitó por mi rápida carrera, pero con cierto aire
burlón, que yo tomé por crítica o protesta muda.
-¿Quisieras
verte en mi lugar, eh? -le dije, enfadado, con tono de superioridad hiriente,
significándole que debía tener un poco de envidia.
-¿Yo? No
creas. ¡Te va a costar tanto trabajo mantenerte a la altura de tu puesto!... Yo
no aceptaría por nada, a nuestra edad, un cargo tan lleno de
responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien al pueblo! No; es una
tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha dicho...
-¡No me
importa lo que diga Solón, señor estudiante! -interrumpí, rabiando por la
solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus palabras-. ¿Acaso los demás
diputados se preocupan de semejantes tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás
vivir, y no te das cuenta de nada! No todos han de proyectar las leyes desde el
primer momento, y cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son
buenas o malas las que se le presenten...
-¡Oh! Ese
papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni aspiraciones, no para
un muchacho como tú, inteligente y de corazón, que puedes ser más tarde muy
útil a la tierra. No, Mauricio, no te envidio, por ahora. Hay que prepararse
mucho para tareas así, y yo no estoy preparado; apenas si empiezo a aprender...
Dentro de algunos años no digo que no. Pero ahora, lo principal es estudiar.
-Sí, las
cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo de Mari-Castaña.
¡Vaya una sabiduría!
-De lo viejo
ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de Montesquieu y verás.
-En fin,
Vázquez, no estamos de acuerdo.
Esto lo dije
con blandura, convencido de que no llevaba mala intención, esforzándome por ser
afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones por burlón si se reía de mí,
por tonto si hablaba en serio.
Cuando nos
separamos me fui, sin embargo, rumiando lo que había dicho, prometiéndome leer
a Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco para legislador, aunque no
mucho menos que la mayoría de mis colegas.
La ciudad se
me presentaba completamente distinta de la otra vez, y mi individualidad no
había sufrido las antiguas torturas al verse empequeñecida, suprimida casi. Muy
al contrario, mi yo se agigantaba, pues ocupando, relativamente, el mismo lugar
que en mi pueblo, el escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor
significación, para mí mismo y para los demás. El transplante me favorecía esta
vez, enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que a
sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más fáciles que
en Los Sunchos -hablo de la gente de cierta posición-, y no dejé de aprovechar
esta circunstancia. El éxito es una aureola que deslumbra a muchas mujeres, y
mi brillante aparición en la escena política, a una edad en que otros no se han
puesto, casi puede decirse, los primeros pantalones largos, me hizo el niño
mimado de las damas. Algunas me concedieron amables entrevistas matinales o a
la hora de la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los
maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor en
algunas que para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante
mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más que
inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en todo aquello una
simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una especie de regresión al
estado natural, coadyuvada, si no fomentada, por la completa remisión de los
pecados, en la que nadie dejaba de creer. Y si lo cuento es sólo porque estas
aventuras pasajeras ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del
matrimonio, mientras me alejaban también de Teresa, un poco por temor, un mucho
por desdén que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el
matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la pasión
que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los hijos imponen el
matrimonio, pero esto en la actualidad es un craso error, aunque antiguamente
pudiera resultar exacto. Los hijos toman la vida como viene, y suelen tener
mejores ejemplos en una unión libre, desligable a la primera falta, que en un
honor legítimo donde, al cabo de algunos años, marido y mujer no pueden
aguantarse y tienen que aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que
disimularán a los extraños, a los mismos amigos, pero que resultará siempre
evidente para los hijos...
Pero no era
mi intención meterme en estas honduras, sino sencillamente decir que cada día
me afirmaba más en el propósito de no casarme con Teresa -sobre todo con
Teresa-, porque ¿cómo arrostrar a sabiendas los peligros que veía
ejemplarizados a mi alrededor, el infortunio, el ridículo quizá ambos a la vez,
sin una gran compensación?
Entretanto me
preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues no creería en mi buena
suerte mientras no me viera en mi banca de diputado. E interrogaba a todo el
mundo, con aire indiferente, si a su juicio se presentarían o no dificultades.
-¡Qué se han
de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.
No decían en
el correo, porque el correo era entonces una verdadera calamidad.
Asistía como
interesado espectador a las sesiones preparatorias de la Legislatura, mucho más
divertidas que el resto de la monótona vida provinciana -salvo los amoríos, los
bailes y las francachelas-, y me paseaba en antesalas, trabando relación con
los colegas futuros. Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de
política, de chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que
somos tan golosos los provincianos.
El «recinto»
de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso frontispicio Renacimiento,
un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro mediante unas barandillas de madera
que dejaban a disposición de la barra el fondo y los rincones, llenos de largos
escaños. Las «bancas» o asientos de los padres conscriptos eran una especie de
pupitres de escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las
mayores a lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el centro,
dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón, sobre la larga mesa
de la presidencia, el gran retrato al óleo de un prócer de la provincia. ¡Qué
majestuosa me pareció aquella sala la primera vez que entré en ella, con el
pecho algo oprimido, como quien penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué
religiosa atención escuché lo que se decía, pagando la chapetonada y
conquistando así el derecho de no hacerlo más tarde!
Los diputados
decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces, que entonces me
parecían rasgos de elocuencia: tal es el prestigio del poder. Eligieron la mesa
y comenzaron a discutir las actas de las elecciones, por mera fórmula, según me
dijera misia Gertrudis: bien se veía que todos se habían puesto de acuerdo
antes de entrar en sesión. Mi diploma era uno de los pocos que parecían
peligrar, porque las elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre,
protestadas por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fui invitado a
entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas habían
sido electos más o menos en la misma
forma que yo, y habían pasado sobre iguales protestas, no les fue difícil
convencerse de la legalidad de mi mandato, y de que:
«La
impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas y malos
patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública y desdeñados y
aborrecidos por ella, como se hace con una víbora venenosa, los obliga a
adoptar el único medio de fingirse vivientes, firmes y numerosos, de mostrarse
engañosamente al pueblo como una fuerza respetable: la cínica protesta de una
elección legal, en que se ha respetado la inmaculada pureza del sufragio,
protesta que lleva al pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que
quizá no sean ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las
firmas», testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No
hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...
-¡Las firmas
están! -agregó una voz desde la barra.
-«Habrá...
habrá nombres inventados, nombres supuestos que no figuran en el padrón. ¡No,
no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo hay ambiciones inconfesables, y, como
ya dije, la rabia feroz de la impotencia. («Muy bien», en las bancas). Vengo a
apoyar decididamente al gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es
sabido, y esto despierta contra mí el odio de los que quisieran sustituirse a
él. Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales.
Entretanto,
el gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del pueblo, y ésa es la que me
ha elegido por mis opiniones. No declarar legítimo mi mandato sería sospechar
de impopularidad al mismo Poder Ejecutivo que aclaman las muchedumbres
entusiastas y del que quiero ser modesto pero abnegado colaborador».
Esto lo copio
de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo, no por presunción,
sino porque me gustan las buenas formas, lo que podría llamarse el aseo de la
ropita oratoria. El fondo era así, vago, indeterminado e insultante para los
adversarios. De más está decir que, como en mi célebre examen de ingreso, allí
pasé por unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era,
definitivamente, un personaje.
Escuché desde
entonces los discursos con menos respeto, y comencé a comprender como por vaga
intuición que aquello no valía nada, que yo podría hacerlo mejor sin mucho
esfuerzo, sin todo ese trabajo de años a que Vázquez se refería. Y resolví
ponerme a leer discursos parlamentarios.
La indigente
biblioteca de la Legislatura, compuesta de unos pocos centenares de volúmenes,
me proporcionó los diarios de sesiones del Congreso; devoré a Sarmiento,
Avellaneda, Rawson, Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos,
reteniendo más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares
comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros de
Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse a leer la
Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía como antes las
novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me enriquecieron
notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo, su heroica entereza,
en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la Cámara era como si la patria
estuviese en peligro; los otros «buenos oradores», escasos entre mis colegas,
hacían, por otra parte lo mismo, de modo que, a propósito de la construcción de
un camino o de cualquier otro detalle, las sesiones de nuestra humilde
Legislatura alcanzaban el diapasón de las más vibrantes y memorables de la
historia.
Un discurso
que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en la provincia mereció
que algunos corresponsales escribieran a Buenos Aires, y dos o tres diarios me
dedicaron palabras elogiosas en los sueltos. Éste fue el mayor espolazo que
haya recibido mi ambición, desde entonces pronta a desbocarse. Me propuse
conocer la capital, los hombres de gobierno, el Presidente de la República,
ciudadano de gran talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe!
Quizá abrir una brecha que me permitiese lanzarme a la conquista de aquel
emporio, y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en
mi ciudad provinciana: si no el primero, uno de los primeros, con un porvenir
de gloria y de grandeza.
Vivía
exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese donde
estuviese, trabajando o divirtiéndome, amando o durmiendo, porque hasta mis
sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor influencia y más poder para
mí. Ningún detalle me parecía nimio, y todo, hombres, cosas, hechos, iban
almacenándose en mi memoria, que tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la
vida y milagros de centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto
modestas y aun insignificantes.
Formaba mi
arsenal, con avidez y con paciencia, y comenzaba a utilizarlo para avezarme a
su manejo.
Como
aprendizaje del uso de mis armas, escribía en Los Tiempos, diario que era una
reproducción agrandada de La Época de Los Sunchos, y mis sueltos incisivos,
mordaces, casi siempre animados con una anécdota verdadera o imaginada, se
destacaban del resto de aquella prosa indigesta y burda, lana de colchón con
que se rellenaban las columnas del periodicucho. Mi fama comenzó a cundir, y ya
muchos me consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me
tenían como un muchacho mal educado e insolente, capaz de las mayores
desvergüenzas.
Entretanto,
Mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos, quedaban muy lejos, allá atrás, allá
abajo, como perdidos en la bruma para siempre.
Sólo, de
tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía a sobresaltarme, a turbarme un
momento: su secreto, nuestro secreto, iba a dejar de serlo; la verdad se
impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me suplicaba que fuera, que
arreglara las cosas, que la salvara de toda una inminente tragedia...
¿Para qué me
habría yo metido en semejante atolladero?
- XVII -
Me pareció
oportuno realizar el proyectado viaje a Buenos Aires, antes de decidir lo que
había de hacer. Pedí licencia a la Cámara y algunas cartas de presentación de
mis amigos del gobierno para los «ases» de la gran capital. Con esto, mi
diploma de diputado, mi calidad de periodista y mi apellido patricio, salí,
seguro del éxito, en busca de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas
del mundo oficial y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en
par ante mí. Visité a varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera
tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose a mi
disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta manifestación de
cortesía.
Buenos Aires
estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí una atmósfera candente,
anuncio de una tempestad. Los ciudadanos se adiestraban en el uso de las armas
y en el ejercicio militar, a vista y paciencia del gobierno de la nación,
contra quien iban, impotente para reprimirlos sino con una medida de fuerzas
que hubiera sido señal de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas
desavenencias mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían
crisis, y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los dos
grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban la hegemonía, y el
drama político empezado desde los albores de la independencia, corría
rápidamente a su desenlace. ¿Cuál sería éste? ¿Triunfaría la altiva Buenos
Aires sobre todo el resto del país, imponiéndose como la cabeza pensante a los
demás miembros del cuerpo? ¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y
hacerla entrar en razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!
Fui a
saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre encantador, de
maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que, a primera vista podría
creérsele débil, femenil. Me parece estarlo viendo, pequeñito, menudo, bien
proporcionado, sin embargo, con la frente ancha, coronada por cabellos largos,
negros y ensortijados, ojos llenos de inteligente viveza, bigote y perilla,
negros también. Hablaba con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases
tenían siempre su ritmo cantante.
Así, cuando
hablaba en público, era una delicia escucharle, porque se hubiera dicho que su
oratoria era musical, persuasiva y tranquilizadora como una caricia.
Me habló de
mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país, siempre agitado por
disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo de anarquía y violencia al
mundo, que consideraba a las nuevas naciones de la América del Sur, y sobre
todo a la nuestra, como grupos de chiquillos revoltosos, si no como tribus
semiprimitivas, incapaces de comprender la libertad, y por lo tanto de gozar de
ella. Y sin duda, para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer
confidencias intempestivas a un jovenzuelo que era, al fin y al cabo,
desconocido, se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví a
ver, pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.
Poco duró mi
permanencia en Buenos Aires porque algunos dirigentes del partido me
aconsejaron que volviera a mi provincia, donde podría hacer falta: la inminente
rebelión de la capital porteña repercutiría quizá en alguna otra parte, y
aunque mi provincia estuviera al abrigo de todo temor y toda sospecha, como
defensora decidida de la causa nacional -eran sus palabras-, nunca es malo
estar prevenido, y en épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto.
Me fui, pues, y véase cómo asocia uno egoístamente a sus pequeñas necesidades
los más grandes intereses colectivos: me fui haciendo votos por que estallara
no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de que en esta
tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo, de acuerdo con mis
deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.
En la ciudad
me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de la desgracia que lo
amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al negocio de la chacra, que
marchaba muy bien, gracias a su «muñequeo».
Había
conseguido que la oposición misma clamara por la apertura de las calles,
creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que, como los
castillos medievales, dominaba al pueblo de Los Sunchos, aunque sin protegerlo
ni servirle, sino a modo de dique contra su desarrollo natural». La
Municipalidad fingía indignarse mucho contra aquella pretensión; pero estaba,
naturalmente, pronta a ceder en cuanto él lo indicara. No era oportuno todavía,
si se quería obtener una buena indemnización.
Contingencia
feliz e ingrata a la vez, que me dejó perplejo.
Agregábase un
elemento más a mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el fondo, mi
resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia política necesitaba
todavía, don Higinio, que, como un buen criollo, era muy capaz de vengarse
sangrientamente de mí, preparando este brillante negocio me obligaba aún más a
contemporizar con él. ¿Cómo salvarme del compromiso, cómo ganar tiempo, al
menos?... A fuerza de buscar, se me ocurrió una idea luminosa, y escribí a la
muchacha, en una forma ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que
nunca guardara su secreto, y a don Higinio preguntándole si iría pronto a la
ciudad, pues me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía
tratarse por cartas, pero que tampoco era cuestión de días más o menos. Un «se
trata de mi felicidad» debía sugerirle el tema probable de la entrevista.
Me
precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo, y elegía la
ciudad, donde las cosas más graves, las que serían catástrofes en una aldea,
pueden pasar inadvertidas y donde toda defensa es más fácil.
En aquel
teatro se equilibraban mejor nuestro poder y nuestras armas.
Como lo había
supuesto el viejo se precipitó a la cita. Creo que estaba más contento que la
misma Teresa, pues creía realizar un sueño de muchos años y crear para sus
nietos toda una aristocracia, dándoles al propio tiempo gran fortuna, elevada
posición y un nombre envidiable, un apellido patricio.
-¡Don
Higinio! -exclamé al verlo-. Mi asunto no corría tanta prisa.
-No -dijo
ladinamente-. Si he venido por otras muchas cosas; y de paso es natural que te
pregunte lo que querés.
-Yo hubiera
debido ir a Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis ocupaciones de la
Cámara me lo impiden.
No había ido,
temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con Teresa, y su posible
indiscreción... ¡Oh! Las mujeres saben callar, pero de repente, cuando no hay
peligro o a ellas les parece que no lo hay, se les va la lengua y arman un
enredo sin querer.
-Se trata de
Teresa -agregué-. Usted bien sabe que nos queremos desde hace mucho, desde que
éramos muchachos. ¿Nos dará usted su consentimiento para casarnos?
-¡Pero
hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!
Me abrazó
conmovido.
-Cuanto antes
me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar hasta el año que viene.
Mis asuntos no están bien claros y los recursos no son muchos, mientras no se
arregle lo de la chacra.
-Se
arreglará. Y además, yo soy bastante rico para que no les falte nada.
-Otra cosa:
tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar ni un momento la
política, si he de hacer camino. Debo frecuentar asiduamente la sociedad, los
comités, el club, la Casa de Gobierno, la Legislatura. Todo pinta muy bien;
pero, con la desgraciada perspectiva de una revolución en Buenos Aires, quizá
de una guerra civil, si me casara ahora, tendría que abandonar a mi mujercita o
no cumplir con los deberes que me imponen mi puesto y mi partido...
-¿Y cuándo,
entonces?
-¡Oh! El año
que viene, a más tardar. El año que viene estará completamente despejada la
situación del país y mía...
Un relámpago
de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía extraño -y me lo
dijo- que, una vez resuelto a casarme, lo dejara para más tarde sin ardor
juvenil de inmediata realización. Que antes vacilara, sí, es comprensible;
pero, decidido ya, la demora resultaba menos natural. ¡En fin! Que él no
hubiera obrado así, y en su tiempo la gente se casaba sin preocuparse de las
revoluciones. ¡Pero sobre gustos no hay nada escrito!
-Será, pues,
para el año que viene. Escríbele a Teresa. Yo mismo le llevaré la carta para
ver la cara que pone.
¡Escribirle!
Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras, y la carta anterior
me había costado prodigios de ingenio. Salí del paso lo mejor que pude.
-Ella ya sabe
-le dije-. Lo sabe desde antes de venirme a la ciudad.
-¡Ah,
picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!
Se quedó todo
el día conmigo, haciendo proyectos, castillos al aire, como si él fuera el
novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la ciudad, y en el mismo Buenos
Aires, donde Teresa brillaría un día como una reina.
Aquí se me
escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias trascendentales.
-Déjese de
eso, viejo -le dije-. Teresa es demasiado modesta para que se pueda lucir en
Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que las mujeres tienen una
educación muy distinta, son grandes señoras, no muchachas ignorantes, como las
de nuestros pueblitos de provincia.
Se quedó
mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera producido la más
honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.
Cuatro días
después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido en Los Sunchos, a
la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría, le había dicho que yo acababa
de pedir su mano. Ella, cuando el viejo agregó que el casamiento se celebraría
el año siguiente, no pudo reprimir un grito:
-¡Cómo el año
que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes...!
El viejo
alarmado, aunque sin dar toda su significación a estas palabras, preguntó,
suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera fue indescriptible. Quería
montar a caballo y correr a la ciudad a llevarme «de una oreja» para hacerme
casar inmediatamente o matarme como a un perro si me resistía. Y lo hubiera
hecho como lo decía, si no le hubiera dado un ataque a la cabeza, que lo dejó
tendido en medio del patio, mientras apretaba la cincha a su alazán. ¿No digo
que las mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren
una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde o
temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino a cambiar completamente el rumbo
de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que me casa o me mata,
si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama después, muchos días, con
ventosas, cáusticos, sangrías y toda la terapéutica provinciana de aquel
entonces.
Otras cartas
de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del viejo había logrado
enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto, gracias a su debilidad
momentánea, a su cariño de padre y a la confianza que tenía en mi
caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había que ocultar la falta, lo mejor
posible; cuando nos casáramos, que debía de ser inmediatamente, iríamos a hacer
un largo viaje a Chile, a Europa, al Paraguay, a cualquier parte, y volveríamos
con nuestro hijo, sin que nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería,
tenía que hablar conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que
cumpliría mi palabra, si no me obligaba a casarme en seguida. ¡Esto sería lo
mejor!» La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero el
peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo no quería
sentir la pesada mano de don Higinio, o, por el contrario, hacerle sentir la
mía y provocar con ello un terrible escándalo que haría fijarse todas las
miradas en nosotros y que necesariamente sería muy perjudicial para mi
porvenir, porque, si bien las faltas y aun los delitos pueden perdonarse y
hasta olvidarse en provincias, si no trascienden mucho y se ha sabido guardar
las formas, la condenación general, implacable, persigue a los que
violentamente perturban el buen orden social.
- XVIII -
La situación
política se hacía más tirante cada vez, el interior estaba agitado y receloso,
Buenos Aires con las armas en la mano, dispuesta a romper las hostilidades
contra el gobierno nacional, contando con la ayuda más o menos ilusoria de dos
o tres provincias. Nosotros, en realidad, no teníamos nada grave que temer,
pues nuestro pueblo es tradicionalmente adversario del porteño; pero en épocas
tan revueltas nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias, y la
oposición local era muy capaz de servirse de ellas para provocar un cambio de
gobierno que la llevara al poder. Así lo comprendíamos los que pulsábamos la
situación con alguna perspicacia. Era fácil ver que los opositores se movían
disimuladamente, preparando algo, un golpe de mano o una revolucioncita de las
que tanto abundaban por aquellos tiempos. No tenían, sin duda alguna, la mejor
intención de ayudar a Buenos Aires, pero desde hacía mucho soñaban con derribar
al Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitándole al diablo
para ponerle a él. No administraba Camino peor que otros, pero no podían
perdonársele sus costumbres disolutas, y especialmente su afición al bello sexo
de baja estofa, que lo lanzaba a inconfesables aventuras en las que sólo le
seguía su asistente, Gaspar Cruz, paisano retobado, valiente como las armas,
fiel como un perro, para quien el mundo estaba exclusivamente cifrado en el
Gobernador, persona excepcional, casi divina, según su cerebro obtuso y
fetichista. Marido de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos
lindas muchachas candorosas e inteligentes, Camino era considerado realmente
como un criminal en los círculos austeros, y aparente y utilitariamente en los
que no lo eran tanto, pero podían aprovecharse de su desprestigio. En suma, muchos
le tenían por una especie de tirano corrompido, y si no contribuían a
derrocarlo no harían nada por sostenerlo tampoco.
Vi muy claras
las ventajas que me ofrecía aquella situación y no tardé en utilizarlas. Una
noche que, con otros personajes, estaba de visita en casa del Gobernador, llevé
la conversación a las agitaciones populares, declarando que, a mi juicio, eran
mucho más graves de lo que se creía. Varias personas, con ese espíritu de torpe
adulación que hace negar hasta la evidencia, si ésta puede ser desagradable al
que quiere lisonjear, y aunque con ello le expongan a los mayores peligros, me
replicaron entre risas que estaba viendo visiones y que me asustaba de
fantasmas.
-¡No! ¡No
hablo a tontas y a locas! -exclamé-. Tengo datos, y si el Gobernador quiere
escucharme y seguir mi consejo, no durmiéndose en las pajas, podrá evitarse un
mal rato. Más tarde, ya no sería tiempo.
Camino quedó
un tanto preocupado, pero supo disimular, y al cabo de un momento me llamó
aparte para que le contara lo que sabía. Exageré un poco, creyéndolo necesario
para mis fines. La oposición se armaba secretamente -lo que era cierto-, tenía
en la ciudad verdaderos arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que
entrarían en campaña a la primera señal, una especie de logia revolucionaria
que funcionaba todas las noches, y hasta inteligencias en la misma policía,
muchos de cuyos agentes estaban complotados.
-¡Pero qué
hace don Mariano! -exclamó el Gobernador, alarmado, refiriéndose al viejo
Villoldo, jefe de policía.
-Don Mariano
no ve más allá de sus narices, está medio chocho y toda la vida ha sido débil
-contesté-. Y en estos momentos lo que se necesita es un hombre resuelto, que
no se preocupe de «legalidades» ni se ande con paños calientes...
-¿Dónde
encontrar ese hombre?
-¡Vamos,
Gobernador! ¿No lo tiene delante?
-¿Usted?
¿Usted se considera capaz?...
-¿De sofocar
o de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz!
Si usted me
da la jefatura de policía y me deja completa libertad de acción, le aseguro que
antes de quince días todo estará más tranquilo que nunca. Pero ¡eso sí!, ¡nada
de escrúpulos tontos y carta blanca para mí!
Habrá que
meter bastante gente en la cárcel.
-Pero la
opinión...
-¡Bah! En las
circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha; además, no pueden ser más
favorables, porque con la agitación completa del país, un detalle más o menos
viene a ser la misma cosa. ¡Déjeme hacer, Gobernador, y verá cómo todo sale
bien!
-¡Bueno... lo
pensaré! -murmuró, perplejo.
-No. No es
cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme o no me nombre a mí, don
Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto si usted quiere seguir en el
gobierno. Es cuestión de días, quizá de horas, y puede que en este mismo
momento se esté preparando la ratonera.
-¡Bien! ¡Está
dicho!... Voy a llamar a don Mariano, y mañana será usted jefe de policía.
-Entendido
que conservaré mi banca en la Legislatura...
¿Cómo? ¿Y la
Constitución?
-Es un
librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que un diputado no puede
ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en circunstancias tan excepcionales...
Me interesa conservar el puesto por si algún día dejo la policía... o a usted
se le antoja quitármela...
-En fin, la
Cámara decidirá.
-No. Si ahora
mismo voy a pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y carta blanca, eh!
Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en el momento oportuno...
Don Mariano
Villoldo renunció aquella noche, a pedido del Gobernador, y al día siguiente
comencé a ejercer mis nuevas funciones de jefe político de la provincia, con
gran sorpresa de todo el mundo, porque nadie se explicaba tan enorme salto.
Abundaron las críticas porque «un mocosuelo» al frente de la policía no podía
hacer más que barrabasadas. Pero dejé hablar y me dediqué a reorganizar mi
gente, valiéndome de los comisarios y oficiales en quienes se podía tener
confianza. La tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente, al
propio tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar o
inventar una buena oportunidad para poner presos a los cabecillas,
secuestrarles las armas y quitarles las ganas por un tiempo, de meterse a revoltosos.
Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes, escuchando partes y
confidencias, recibiendo espías, amonestando a subalternos dudosos, pero de
quienes todavía se podía esperar algo. Hasta dormía en mi despacho, para estar
«al pie del cañón». Los opositores se reunían unas veces en una parte, otras en
otra, nunca dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos
en cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local
elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago ni
provocar demasiada crítica.
En esto,
sobrevino el rompimiento entre el gobierno nacional y el de Buenos Aires, como
si quisieran servirme exclusivamente a mí, tanto en los asuntos privados cuanto
en los políticos. Llegome, aun antes que al Gobernador, noticia de los sucesos:
el Presidente de la República, sus ministros y gran parte del Congreso habían
abandonado la ciudad rebelde que se fortificaba, y a la que ponía sitio el
ejército de línea.
La lucha iba
a ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos a no cejar y tenían
numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios criollos y
extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba rodeada de fosos y
trincheras y los puestos avanzados defendidos estratégicamente. Era una
revolución en regla, como no la había habido desde muchos años atrás, y como
era de temerlo, dados los largos y ostensibles preparativos... El país entero
se hallaba bajo el estado de sitio.
En cuanto
supe esto, y antes de que pudiera hacerse público, renuncié a esperar otra
oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos a los presuntos revolucionarios.
Usando de los plenos poderes que tenía, impartí mis órdenes, y corrí a casa de
Camino, para darle cuenta de lo que acababa de hacer.
-En estos
momentos -le dije- sacan de sus casas a todos los jefes de la oposición, y por
mi orden los llevan a la policía. Puede V. E. estar tranquilo. Aunque no tema
el más ligero disturbio, le mandaré un piquete para su custodia, bajo las
órdenes de un hombre de confianza. ¡Todo va bien!
Quiso pedirme
mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde, limitándome a decir que
Buenos Aires acababa de sublevarse, como se temía, y agregando:
-Ya
comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo está
justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las armas, y
después de tenerlos un tiempo en la sombra, para que aprendan a no meterse a
sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán a alborotar en muchos años.
-Sí, pero ¿y
los ministros?
-¡Valiente
preocupación! ¡Reúnalos y dígales...! Están acostumbrados a callarse y aprobar.
Cuando volví
a mi despacho comenzaron a llegar a la policía los primeros detenidos, unos
protestando enérgicamente contra el «atropello», el allanamiento de su casa sin
orden de juez, la violencia contra sus personas, otros asustados y temblando
como criminales, los menos, serenos y dignos, diciéndose que desde el principio
sabían a lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en
libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de la
escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy blandos que
digamos, y vejaban a los opositores presos, encerrándolos en calabozos
inmundos, maltratándolos, obligándolos a hacer las tareas más viles, como
limpiar los excusados o barrer las aceras y la plaza pública. Esto se explica.
Las autoridades, y especialmente la policía, estaban siempre en manos de
hombres rudos y toscos que habían ido, a veces desde años enteros, amontonando
rencores, y deseaban vengarse de desaires y desprecios no por lo disimulados
menos hirientes y sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen
príncipe. Ordené que se tratara a mis prisioneros con toda consideración, que
se les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera hacerse
llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin embargo,
incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno de mis
subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y les explicara que
el gobierno se veía obligado a tomar precauciones excepcionales, para la seguridad
del país.
Entretanto,
valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre todo, de lo que me
revelaron algunos conspiradores débiles de carácter, por librarse del castigo,
y otros venales, por obtener recompensas, supe dónde estaban ocultas las armas
-casi todas- y las hice recoger. La conspiración quedaba sofocada: teníamos
quince o veinte opositores de significación detenidos, y habíamos secuestrado
un centenar de fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas
con cañas tacuaras y tijeras de esquilar.
En medio de
toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio me fue ingratísima,
pero que me llegaba precisamente, en el momento más favorable para mí, como no
tardé en comprenderlo. Mi despacho estaba lleno de gente, cuando un ordenanza
me anunció que don Higinio Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora
trágica. Un momento estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me
pareció demasiada cobardía y mirando al destino cara a cara le hice entrar, sin
despedir a mis subalternos.
Casi no
reconocí a don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y debilitado mucho, y
las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio herido, después de provocar
un paroxismo de rabia, lo habían dejado como inquieto y vacilante. Su cara de
león manso, alargada y arrugada, expresaba más bien melancolía que fiereza, y
sus ojillos negros, bajo las cejas blancas e hirsutas, no se fijaban ya ni
resueltos ni investigadores, sino que vagaban indecisos, de una a otra persona,
de uno a otro objeto.
-Quiero que
hablemos solos -me dijo después de saludarme desabridamente.
-Un momento,
don Higinio, y estoy a su disposición. Tengo que dar algunas órdenes... Pero
siéntese... Las circunstancias son tan graves...
Afortunadamente,
no tengo secretos para usted...
Di entonces
con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones a comisarios y oficiales, y
me pareció conveniente -más por don Higinio que por otra cosa- extremar las
disposiciones guerreras ofensivas y defensivas: dispuse el acuartelamiento de
los vigilantes con las armas en la mano, la instalación de cantones en los
puntos estratégicos para defender la Casa de Gobierno, la Municipalidad, la
policía, el Banco, los domicilios del Gobernador y los ministros. Con esto,
entraban y salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio,
sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro comenzó a
animarse y a tomar la astuta y resuelta expresión de antes. El «politiquero»,
el caudillo despertaba en él. No me había equivocado al esperarlo.
-Pero ¿de qué
se trata? -preguntó por fin, sin poderse contener.
-¿Cómo? ¿No
sabe?
-Acabo de
llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo a la puerta; no he
visto a nadie, sino a tu sirviente que me dijo que estabas aquí.
-Pues estamos
en momentos muy difíciles. Ha estallado la revolución, terrible, en Buenos
Aires, y aquí se iban a sublevar también si no los sorprendemos a tiempo. ¡Por
eso me ve usted nada menos que jefe de policía, don Higinio!
-Jefe de
policía... Revolución ¡Y yo sin saber nada!...
Olvidando por
un momento lo que lo llevaba, obedeciendo a sus instintos, quiso saber cuanto
ocurría, me pidió datos, aclaraciones, detalles... El primer encuentro, que me
hacía temblar, estaba atenuado como por un paragolpes, por la oportunísima
revolución, que Dios bendiga.
Y aun me era
posible atenuarlo más, dificultando para después cualquier choque violento.
-Usted llega
como llovido del cielo -le dije en voz baja-. El piquete que hace la guardia en
casa del Gobernador está mandado por un oficial que no me inspira confianza.
Usted podría ponerse al frente de él. ¡Es necesario!
-Si crees que
puedo servir...
-Voy a
redactar la orden de que el piquete se ponga a su disposición.
Usted es
amigo de Camino, y él estará más tranquilo a su lado.
Juzgué que
había llegado el momento de hablar del asunto principal, y mientras escribía
pedí que nos dejaran solos, indicando reservadamente que alguien volviera al
poco rato para interrumpir la entrevista.
Al entregarle
el pliego, me atreví a tomar el toro por las astas.
-¿Quiere
decir que no ha venido por la revolución?
Se levantó,
hosco y turbado, dio algunos pasos, como buscando la manera de empezar, y
estalló:
-¡No! ¡No
vengo por eso! ¡Vengo por una cosa muy grave y muy triste, por una cosa
tremenda, Mauricio!... ¡Nunca lo hubiera creído!
Se
interrumpió para dominarse, y con voz lenta y sorda, agregó luego:
-Tenés que
casarte... inmediatamente.
-Inmediatamente
¿por qué?
-¡Sí,
inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero echarte en cara tu
conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia.
Pero, eso sí,
te lo repito: ¡Tenés que casarte inmediatamente!... ¡Éstas son vergüenzas que
no admiten los Rivas!
Con acento
que busqué conmovido y firme a la par:
-Bien sabe,
don Higinio -repliqué-, bien sabe que quiero casarme y que ya lo habría hecho
si no fuera por la situación. Quiero a Teresa, y ya que usted está al corriente
de lo que pasa, le juro que no la dejaré en mal lugar... ni a ella, ni a usted,
que ha sido siempre como mi segundo padre.
Noté en él
cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la negativa, con el
drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar, como después de un golpe
vago, y deslizarse hacia la comedia sentimental.
-¿Te casarás
inmediatamente?
-En cuanto
sea posible.
-¿Me das tu
palabra?
-Sí.
-¡Bueno! -y
me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos-. Entonces mañana mismo nos
iremos a Los Sunchos.
-¡Eso no
puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que una locura, una
verdadera traición! En este puesto y en estas circunstancias, soy militar, soy
soldado, y no puedo desertar...
-Sí, pero, ¿y
el honor de Teresa, y el mío? ¡Te repito que la cosa urge, que el escándalo va
a venir, y que yo eso no lo tolero!
Se había
puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa de tocar
disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario de órdenes entró en el
despacho. Le hice seña de que esperase, y dirigiéndome a Rivas:
-Vaya
tranquilo, viejo -lo dije afectuosamente-. Todo se arreglará a medida de sus
deseos; todo. Ahora, a cumplir cada cual con su deber. El Gobernador lo
necesita. Defiéndalo, tome todas las medidas que le parezca y téngame al
corriente.
Quiso
insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un ademán de
descontento y salió.
Aquella misma
noche hice que Camino lo nombrara comandante militar extraordinario de Los
Sunchos, con plenos poderes, encomendándole la misión de impedir el paso, por
el departamento, de partidas revolucionarias procedentes de otras provincias,
para lo cual se le dio un piquete de guardia de cárceles, refuerzo necesario de
la escasa policía local. Debía prepararse también a movilizar la guardia
nacional en cuanto le llegara la orden.
Con esto
ganaba tiempo. ¡Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque sabía y sé cuánta
es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto pasara el momento fisiológico
que temíamos, en cuanto se impusiera lo irremediable, en cuanto se comenzara a
pensar «peor es meneallo», yo me encontraría fuera o casi fuera del atolladero.
Con un poco de habilidad y un poco de suerte, aquel cuasi drama sería sólo
historia antigua.
Días después
supe que don Higinio había enviado a Teresa a la chacra de unas parientas
pobres en quienes tenía plena confianza y que vivían muy lejos de Los Sunchos,
entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la complicidad, provocada por el mismo
«honor». Un esfuerzo más y me vería libre para siempre. El esfuerzo necesario
era toda una hazaña, pero lo realicé. Fui a ver a Teresa. Entre halagos y
ternuras, le pinté mi situación, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los
que se me ofrecían aún. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era
preciso no comprometerme con un escándalo, era preciso llegar hasta el
sacrificio para ser felices después, como recompensa.
-¿Qué
sacrificio? -me preguntó con su candor pronto ya a todas las abnegaciones.
Se imponía
retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiese consolidado mi posición. Y
tuve la crueldad -de que ahora me arrepiento por sus consecuencias- de decirla
que ella no estaba preparada ni por su educación, ni por su saber, ni por su
modo de vestir, para ser la digna esposa de todo un personaje. Tenía que
modificarse, que estudiar, que ponerse a mi altura, y entonces...
-¿Pero qué
pretexto darle a Tatita?
-Dile que no tienes
confianza en mí, que soy demasiado calavera, que te haría desgraciada, que te
mataría a disgustos y ¡que no quieres, en fin!
La dejé
llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si accedía o no a mis
pretensiones. Pero me fui tranquilo. ¡Conozco tanto el corazón humano!
La revolución
acabó pacíficamente en mi provincia, no sin sangre y padecimientos en Buenos
Aires, sitiada y al fin vencida -esta vez para siempre-, por las fuerzas de la
nación.
Al propio
tiempo, nacía el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en un principio
demasiada gente, así como después lo supo todo el mundo.
El viejo no
volvió a verme, a causa, sin duda, de la actitud de Teresa, y, avergonzado,
meses más tarde se fue a Buenos Aires con ella y el niño. Al marcharse, la
pobre me escribió recordándome mis «sagradas promesas, más sagradas ahora que
tenemos un hijo», y prometiéndome esforzarse por ser toda una señora que me
hiciera honor en cualquier parte... ¡Oh esperanza!
¡Oh candor!
¡Oh ilusiones!
Yo,
entretanto, me limitaba a observar la realidad, a utilizarla, con la vía libre
al fin.
Segunda parte
- I -
Pasó tiempo,
no sé cuánto, aunque a mí me pareciera bien largo en aquella edad privilegiada
en que no se toman en cuenta las horas, ni los días, pero en que los años
parecen tener el privilegio de no acabarse jamás. Y aunque, terminado el
período de Camino, tuviéramos entonces otro Gobernador -don Lucas Benavides-,
éste se mostraba mi amigo y yo seguía desempeñando mis puestos, no diré con
brillo, pero sí con cierta discreción que hizo acallar muchas de las
malevolencias suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se
me agradecía, sin decirlo, la cortesía y la blandura que había demostrado para
con los presos políticos, en la hora tragi-cómica de la revolución, contra
todas las tradiciones y los precedentes provincianos. Aunque lo comprendiera
muy bien, quien me confirmó en este pensamiento fue Vázquez, al volver con su
título de doctor, recién conquistado en la Facultad de la provincia vecina.
Alabó mi conducta, demostrándome que yo había dado un paso hacia las mejores
costumbres políticas y sociales que los buenos ciudadanos soñaban para nuestro
país.
-¡Bah! ¡No
seas exagerado! -repliqué-. He hecho lo que cualquiera.
-No. Has
hecho más que otros: has dado un buen ejemplo.
Contribuía,
sin duda, a su juicio benévolo, que a mí en realidad me importaba bien poco, el
estado beatífico en que se hallaba, con un título respetable para la mayoría,
recursos suficientes que su padre le proporcionaba, y una novia bonita y de
alta posición social: María Blanco.
Pero al decir
novia no me sirvo de la palabra exacta, porque María Blanco la patricia por antonomasia, no hacía, en
realidad, más que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que
llegaría probablemente a ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma
alguna, según él mismo me lo confesó en un momento de expansión. Con todo, la
posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro era brillante.
Yo, en
cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho en todo aquel
tiempo, pues aparte de las intrigas amorosas, según creo haberlo dicho ya, no
se me ofrecía otra diversión en aquella ciudad amodorrada y taciturna. Y así
como había jugado había perdido, casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era
posible, por el momento, echar mano de mi fortuna, grande o pequeña, porque
estaba indivisa con Mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que
nos dejara en la calle.
Para remachar
el clavo, en una larga partida con varios personajes venidos de Buenos Aires
perdí cierta noche unos diez mil pesos (no eran en realidad, sino su
equivalente, no adoptando aún el actual sistema monetario), y para pagar me vi
en las más graves dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan
crecido, cuando me acordé de Vázquez, y acudí a él, como último recurso,
pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de mis
apuros.
-Quiero
instalarme bien -le dije-, poner una casa decorosamente amueblada, y me acosan
al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú sabes que tengo con qué
responder y que no estoy en el caso de trampear a nadie; pero te agradeceré
como un señaladísimo servicio que me prestes veinte mil pesos, lo más pronto
posible. ¿Los tienes? Porque no dudo que, a tenerlos, me los prestarás
inmediatamente...
-Haces bien
en no dudar; pero, por el momento, no los tengo -me contestó-. Habría que
esperar...
-¡Es que el
caso es urgente, muy urgente!
-Entonces, no
se trata sólo de instalarte.
-Ya te dije
que tenía algunas deudas de honor.
-¡Vaya! ¡Sé
franco! ¿Has jugado y has perdido?
No vacilé,
entonces, en decirle la verdad.
-Es cierto
-exclamé-.Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. ¿Podrás,
aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las
veinticuatro horas? ¿De las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce
perdidas?
-Sí.
Acompáñame y los tendrás.
Fue a ver a
uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la suma, sobre sólidas
garantías probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el
dinero así como así aunque se tratara de su padre.
Abreviando:
aquella misma tarde pude pagar a mis ganadores, quedándome con una cantidad
importante, que me permitiría comenzar a poner casa, como era, en realidad, mi
deseo y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso
aceptar pagarés, ni siquiera un recibo.
Yo había
vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traía
más de una seria dificultad, pues no me hallaba «en mi casa», y todos mis actos
se veían continua y necesariamente fiscalizados, no sólo por la servidumbre,
más o menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino también por los extraños
que iban a hospedarse allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente
aislado, sin otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de
la vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche a la mañana, era
imposible impedir que los huéspedes pasaran a menudo por mis dominios, y, más
que todo, que vieran quién entraba y quién salía de mis habitaciones. Tomé,
pues, una casita en una calle poco frecuentada pero muy céntrica, y la amueblé,
aunque modestamente, con las mayores comodidades que entonces podían
conseguirse en provincia. Hice también arreglar un pequeño jardín que, con sus
cuatro higueras, sus seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose
detrás de las habitaciones, iba a dar a otra calle, más solitaria aún que la
primera. Tenía así casa y garçoniere al propio tiempo, y como jefe dirigente de
todo aquello puse a mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo de mi amigo
el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que -aspirando a la dignidad de
«vigilante», como a un bastón de mariscal- me había pedido muchas veces que lo
llevara a la ciudad, y hombre en quien podía confiar tan ciegamente como Camino
en su asistente Cruz.
Hecho esto,
sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar seriamente en mis
asuntos de interés y darme cuenta exacta del estado de nuestra fortuna.
Don Higinio
había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra, obligado punto de
partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en los últimos tiempos lo dejó
completamente de mano, como es natural, aunque -debo decirlo en honor suyo- sin
destruir la obra con vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad,
quizá porque abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también
porque yo era demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas y
miserables. Había que herirme de muerte o no tocarme, sin término medio.
Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba yo, resolví ir
a Los Sunchos, a darle la última mano, aprovechando la noticia de que la
oposición, lanzada años atrás en ese camino por la habilidad de Rivas,
reclamaba a gritos la apertura de las calles que mi chacra interceptaba, sin
darse cuenta de que así hacía precisamente el juego de uno de sus enemigos. En
mi carrera política, muchas veces he tenido oportunidad de ver producirse este
fenómeno, más común de lo que se creerá. No hay mejor colaborador que el
adversario, cuando uno sabe servirse de él.
Un día, pues,
salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi alta posición de
diputado y jefe político, aunque con la aparente modestia que cuadra a un
demócrata criollo. Fui a caballo, vestido de bombacha, poncho, chambergo y
botas, pero llevando conmigo una pequeña escolta, como que iba «en misión
oficial» a realizar una visita de inspección a las policías de los
departamentos, y especialmente del mío. Era bueno no dejar que aquellos
«tigres» supieran exactamente mis propósitos, porque eran capaces de «coimear»
a la misma madre, y aunque yo estuviese resuelto a darles algo, no llegaba mi
desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse alrededor del
tapete verde.
Noticiosas de
mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con una gran recepción.
Algunos funcionarios salieron a caballo hasta las afueras del pueblo, como se
hacía con los antiguos señores, y me acompañaron hasta la Municipalidad, donde
se había preparado un «refresco» y estaban reunidos numerosos vecinos, con la
infaltable banda de música.
Allí hubo
abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas triunfales, Himno
Nacional y un largo discurso encomendado de antemano a mi amigo, el galleguito
de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los Sunchos, hijo predilecto de la
provincia y ahijado de la fortuna y de la gloria», provocando los aplausos
entusiastas del partido oficial reunido para honrarme. Traté de escapar a estos
agasajos, demasiado rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario
de ciudad, pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el
director de La Época.
-¡Eres un
ingrato!
-¿Por qué?
-Inquirí, sorprendido.
-Yo esperaba
que me llevarías a la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me estoy malgastando!
-Pero ¿qué
harías allí?
-¡Toma!
Dirigir o siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo dedos para
organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo a ti, ni me sirvo a
mí, ni sirvo a nadie. ¡Ea! ¡Un buen movimiento, y buscándome algo por allá!
-¡Pero hijo!
¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes a cuántos he tenido que
colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa se me cae encima!...
-¡Razón de
más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud, Mauricio!
Me lo decía
con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos que reírme y
prometerle trabajar para que se fuera a la ciudad en buenas condiciones. Y
escapé con el pretexto de abrazar a Mamita, que estaría aguardándome ansiosa.
Lo estaba
efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo a la vez, sin atinar
a decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!» como si yo acabara de
resucitar. Mucho más me costó conseguir que calmara sus transportes y se
sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan lleno de recuerdos como
vacío de muebles. Entonces pude verla. En la soledad había envejecido con una
rapidez increíble. Diríase que era más baja, mucho más delgada, con la columna
vertebral como un arco, y así, tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós
blanco-ceniciento, mi pobre vieja estaba «hecha un pasita». Sonreía, sin
embargo, entre las lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas
descarnadas.
-¿Te quedarás
ahora? -Me preguntó.
-Sí. Unos
cuantos días...
-¡Otra vez
separarnos!
-Es preciso,
Mamita, si usted no quiere venirse conmigo a la ciudad... Yo no tengo nada que
hacer en Los Sunchos...
-¿Nada? -y
había como un reproche en su voz, al decirlo-. ¡Es cierto!... Los muchachos de
hoy... Pero yo sí tengo que hacer... Yo no me puedo ir a la ciudad...
Esperaré... Pero «vení» más a menudo... Yo no puedo ir...
Después supe
la razón de esta insistencia en quedarse: rendía a la memoria de Tatita un
culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus antiguas tendencias místicas,
visitando todos los días el sepulcro que había convertido en un jardín, y que
llenaba, sin embargo, de flores cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la
reserva característica de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde
que murió Tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba
con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especial tibieza
para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir voluntariamente
separada de mí? ¿Por amor a Los Sunchos? ¿Por temor a otro abandono, análogo al
de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que sentía correspondido desde la
tumba?...
Cumplidos
estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé de estudiar en sus
detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse producido algunos cambios,
profundos a primera vista; don Sócrates Casajuana no era ya intendente
municipal ni don Temístocles Guerra presidente de la Municipalidad. Pero ¡no
haya miedo! El trastorno no había sido tan radical, porque don Temístocles
ejercía la intendencia y don Sócrates la presidencia, gracias a una serie de
hábiles permutas iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente,
habían hallado este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses,
sin tener ya siquiera la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban a las
«dos esquinas».
Hallábame,
pues, en terreno amigo, y podía tentar la realización del negocio.
-¡La cosa
puede hacerse, pero esa maldita oposición! -exclamó Casajuana, cuando los llamé
a conferenciar.
-¡Ahora no lo
dejan a uno dar ni siquiera un paso, esos indinos!
-exclamó
Guerra.
-¡Vaya, don
Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates! -dije, riendo irónicamente-. ¡Si la oposición
pide a gritos la apertura de las calles!
¿O es que me
quieren tomar de ahijado?
Casajuana, el
más ladino, se apresuró a contestar, teniendo ya, sin duda, preparada la
objeción... y un rosario de objeciones más, si no veía claro su provecho:
-¡Ah! Pero
los opositores alegan que el terreno de las calles es de propiedad municipal y
que debe volver gratuitamente al municipio.
-¿Cómo así?
¡Qué disparate! -protesté.
-No dejan de
tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo, que existe en los
archivos, las calles aparecen abiertas en toda su extensión.
-Ni aunque
así fuera -objeté-. Siempre faltaría saber si el derecho de propiedad no es
anterior a ese plano.
-La escritura
es posterior -dijo don Sócrates-. Yo mismo he comprobado las fechas. Y lo que
«embarra» más las cosas es que se trata de terrenos vendidos por la misma
Municipalidad.
-¿Con
obligación de abrir las calles?
-Eso cae de
su peso. Además, ahí está el plano.
-Habría que
ver la escritura, que seguramente no habla de las calles... Y en último caso,
no sé a qué viene ese plano en los archivos...
Allí no hace
falta.
Y buscando
los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda la dialéctica de que
era capaz, les insinué que les daría una amplia participación en el negocio si
eran bastante «gauchos» para allanar esas dificultades y otras que pudieran
presentarse. Como riéndose de mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido
a hablarles claro, comenzaron a debatir la cuestión a cartas vistas, con tanta
libertad como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma que
me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para Miró,
tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente de la
Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo, cuyos votos
había que reconquistar. Accedí a todo, que no era mucho, en la relatividad de
las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba terrenos casi sin valor, que
ellos me retribuían con dinero, ajeno si se quiere, pero contante y sonante. En
efecto, la Municipalidad iba a pagarme a elevado precio la superficie de las
calles que duplicarían, precisamente, el valor de mis solares.
Tuve que
vencer otra resistencia más grande: la de Mamita, que no quería por nada ni que
se dividiera la propiedad, ni mucho menos que se sacara a la venta una parte de
ella, como era mi proyecto. Quería conservar la chacra tal y como era en vida
de su marido, y toda modificación le parecía un crimen.
-¡Pero si
todo es tuyo! -exclamaba-. Espérate a que me muera, y lo tendrás, como lo
tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni tirarlo a la calle. ¡Fernando
no hubiera vendido ni dividido jamás la chacra!...
-¡Si le
convenía, sí, Mamita; no lo dude!
Sólo después
de discusiones interminables conseguí que consintiera en pedir la división
judicial de condominio. De otra manera, siempre me hubiera sido imposible
realizar el negocio tan hábilmente planteado. El sentimiento es mal consejero
en países así, como el nuestro, donde los grandes patrimonios no pueden pasar
íntegros de generación en generación como en Inglaterra y algunas partes de
Alemania. Ni tampoco hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen
ser muy otros.
En fin,
terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos, no sin tener que soportar antes
media docena de banquetes y tertulias con que mis convecinos me agasajaron,
convencidos ya de que yo les hacía efectivamente honor, y olvidados de mis
antiguas hazañas de pillete imitador de mosqueteros, contrabandistas y
bandidos. Pero, como había salido de la ciudad en viaje de inspección a las
policías de los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula,
la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo don Sandalio
Suárez, el más asiduo de los concurrentes a todas las manifestaciones de
simpatía que se me habían hecho.
A la primera
ojeada comprendí que don Sandalio se «comía» veinte vigilantes, es decir, que
sólo tenía la mitad del personal señalado en el presupuesto, y que el sueldo de
la otra mitad servía para aumentar decorosamente sus modestos emolumentos. Y
cuando pasé revista me divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas
observaciones:
-¡Pero don
Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un departamento tan grande como Los
Sunchos. Habrá que aumentar el personal.
¿Cuántos
hombres tiene?
-Oh, no es
necesario aumentarlos -contestó apresuradamente, rehuyendo la cifra acusadora-.
Éstos son bastantes.
-Pero ¿usted
me «garante» la situación de Los Sunchos con estos cuatro gatos, don Sandalio?
-insistí-. ¡Mire que esta es una de las policías más pobres!...
-¿Que si lo
garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo.
Aquí no se ha
de mover una mosca. ¡No faltaba más! Antes que eso resucitaría el
«contingente»...
-¡Qué don
Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más comilones! -dije,
por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.
Me miró como
a un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad...
mientras
continuara de jefe de policía.
- II -
El asunto
marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo desapareció de los
archivos de la Municipalidad. La indemnización se votó, generosa y contante.
Pocos meses después las nuevas calles estaban abiertas al tráfico público, con
gran contentamiento de la población y mientras los opositores, caídos por fin
de su burro, gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de la
Espada halló manera de dar en La Época un bombo colosal a la progresista
Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés de Mauricio Gómez Herrera,
hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo engrandecimiento me sacrificaba, y
eminente jefe de policía de la provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio,
magníficamente pensado, era a larga data, y por aquel entonces sólo en parte
resultaba realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes, y
obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo «riñón» de Los
Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas especulaciones, y era
necesario esperar. Con todo, confiando en el porvenir, y a imitación de algunos
atrevidos hombres de negocios, saqué dinero del Banco y edifiqué algunas casas
en los puntos más cercanos a la plaza pública, cercando de adobes o con
cina-cina lo demás, a la espera de la época más propicia. Como me quedara algún
dinero disponible, poco a decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y
fui a verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.
-¡No seas
tonto! -me dijo-. Yo, por ahora, no necesito esa platita.
Ya le pagué a
mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la necesite, te la pediré, y
me la pagarás toda junta. Ahora, mientras no arregles tus negocios, a ti te
hace más falta que a mí. Lo único que te pido es que si me ves en un apuro y
puedes hacerlo, no dejes de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como
yo te los he prestado.
-¡Oh, de eso
podés estar seguro! -exclamé-. ¡Aunque tuviera que quitarme el pan de la boca!
Resueltas las
cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme unas vacaciones,
tanto más cuanto que el país estaba tranquilo, tascando un freno que a las
veces le parecía duro, pero sin poder sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como
hubiera dicho don Higinio.
Y fui a
divertirme en Buenos Aires, a donde afluía entonces, más que nunca, todo lo que
las provincias tienen de brillante, como nombre, como fortuna o como posición
política.
Como la
primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo a teatros y otras
diversiones menos inocentes, visité a mis amigos y parentela, y por último fui
a reanudar mis útiles relaciones oficiales, y a anudar otras nuevas, sobre todo
la del Presidente de la República.
Tratábase
esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y socarrón epigramático, que
guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo, y que, gran conocedor del corazón
humano y sus flaquezas, no dejaba ver nunca, en la intimidad, si hablaba en
serio o si estaba «gozando» a su interlocutor.
Nadie le
hubiera reconocido diez o veinte años más tarde, pero entonces era, no sé si
instintiva o rebuscadamente, el tipo del gaucho refinado hasta el extremo de
ocultar casi completamente su procedencia, que apenas se revelaba -pero se
revelaba al fin-, entre otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas,
así como sus antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los
cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de propósito,
para demostrar más a los porteños su carácter genuino de «hijo del país», y
hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió que me conociera de nombre
-sin caer en la cuenta de que todos estos personajes tienen quienes los
informen momentos antes de recibir una nueva pero anunciada visita-, de que
supiera lo poco que había hecho yo hasta entonces, y de que me hablara de
Tatita como de un viejo amigo con quien había hecho no sé qué campaña, creo que
la del Paraguay, cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de
satisfacción: no me había recibido como a un cualquiera, sino demostrándome un
grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome toda
suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no tardaron en
decirme que el Presidente era igual con todo el mundo y que lo mismo hubiera
tratado a su peor enemigo. No lo quise creer.
¿Cómo,
entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en un país que, si
ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha heredado o ha aprendido
también, de los indios, la sagrada fórmula de «dando, hermano, dando»,
traducción bárbara del latino do ut des?
-¡En fin,
señor Presidente! -pensé-. Lo que sea sonará. Y no he de bailar al son que me
toquen, lo que no significa que me niegue a seguir detrás de la banda y a
marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo primero que yo respeto es la
autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también autoridad!...
Al terminar
la entrevista, que fue agradable y sin ceremonia, le pedí que no me olvidara y
me tuviera siempre por un resuelto servidor y amigo.
-Venga a
visitarme a menudo, Gómez Herrera -me contestó-. Yo tengo siempre gusto de
conversar con muchachos como usted y en oír sus opiniones.
Reiteré, en
efecto, la visita, pero viendo que sólo muy a la larga podía sacar provecho de
ellas, y a pesar de su evidente interés -las reuniones no podían ser más
amenas-, resolví regresar, dejando, sin embargo, detrás de mí la convicción de
que era un elemento con el que se podía contar en cualquier emergencia.
-¡Vaya sin
cuidado! Yo lo conozco bien -fueron las últimas palabras del Presidente, que no
volvió a recordarme, sin duda porque me conocía más que yo mismo y sabía que no
tenía nada que temer ni nada que esperar de mí.
¡Hacer que
teman, hacer que esperen! -sésamo del éxito en política.
Pero, ya lo
he dicho, nadie nace sabiendo...
Con todo,
este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente -yo había cuidado de dar
publicidad a mis visitas-, y las evidentes vinculaciones con entidades sociales
y políticas de Buenos Aires, contribuyeron no poco a aumentar mi prestigio, y,
por ende, a fijar sobre mí las miradas de la siempre envidiosa y díscola
oposición. De vuelta en mi capital, de nuevo al frente de la policía, y dando
los últimos toques al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio,
jugando todas las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas
que se me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos,
más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis maneras
de gran señor molestaron a mucha gente. Así como me había hecho una corte de
aduladores a todo trance, así también me hice de una falange de enemigos
irreconciliables, hasta en las filas de mi propio partido y entre los mismos
que me «bailaban el agua delante», como vulgarmente se dice. Éstos resultan los
peores, porque son los que están más al corriente de nuestra vida y milagros,
conocen la falla de nuestra armadura y suelen atacarnos en la sombra con plena
impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos, nadie
hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en la Legislatura, y
que éste era un hecho susceptible de ser probado, más que cualquier otra de las
acusaciones de mala administración, de pésimas costumbres y lo demás que nunca
falta en la foja de servicios de un alto funcionario, sea porque es realmente
culpable, sea porque es «necesariamente» culpable para sus enemigos o sus
competidores. En suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso ¿qué quiere
decir, y qué querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»?
A no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre, hasta
una virtud -por ejemplo, la discreción-, me la hubieran convertido en vicio,
llamándola disimulo o hipocresía. Parece que entre los hombres sólo hubiera un
propósito: matar o disminuir a los vivientes, que incomodan o pueden incomodar,
y divinizar y eternizar a los muertos, incapaces ya de molestar a nadie. A los
que parecen a punto de triunfar se les oponen, por añadidura, los que
comienzan; y éstos, a su vez, ya cerca del triunfo, se ven sustituidos por los
que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían posiblemente... si
la serie no estuviera constituida en forma de cadena sin fin... En mi caso, se
sacó a luz mi «olvido» de renunciar a la diputación, y el hecho inconcebible de
que siguiera recibiendo la dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de
policía y «otras gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga.
Algunos correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación
inusitada, habían buscado un competidor para ponerme delante, pero un
competidor a su juicio más fácil de dominar que yo, y si acaso alcanzaba el
triunfo -error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que resultan
derrotados o sujetos a una fuerza mayor-, y habían dado con el flamante doctor,
honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez. Así, los enemigos por dar un
mal rato al gobierno, y los amigos por darme un mal rato a mí, recordaron en un
momento dado que había una representación virtualmente vacante.
Mis
competidores veían en Pedrito al universitario teórico, que derramaría su
elocuencia sin pedir nada en cambio y que se dejaría llevar en la práctica por
las narices; considerábanle, pues, mucho más conveniente que yo, que «no daba
puntada sin nudo», y que utilizaba mis puestos sacándoles bien «la chicha». El
gobernador Benavides, traído y llevado por los politiqueros, no tardó en
convenir en que era necesario quitarme la diputación y dársela a Vázquez, pero,
aunque decidido a hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de
sacarme la muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de
pronto la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío,
hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.
Aleccionado
por mis viajes a la capital, y por la frecuentación de los grandes
«restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis comidas, así como
refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en casa un cocinero que sabía
preparar algunos platos a la francesa, sino que en el hotel, en el club, en la
fonda, exigía siempre cosas finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora
puedo reírme de mis primeros candorosos menús, o, mejor dicho, minutas,
entonces había muy pocos en provincia que supieran comer como yo y que dieran a
los vinos su colocación adecuada en una comida o un almuerzo. Vázquez, cuyas
tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera confesar, y
que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta a la ciudad este refinamiento
mío y se propuso aprovecharlo, comiendo conmigo cuantas veces pudiera, aunque
sin idea de gula: simplemente como un aprendiz de sibarita. A la mesa, siempre
lo mejor servida que era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían
al alcance de la mano, solíamos tener en menos ¡cuán equivocadamente!, la
sabrosa cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son
merecedores de toda una vindicación.
Pero también
hablábamos de otras cosas, sobre todo de María Blanco.
-¿No se te ha
ocurrido nunca ser diputado? -le pregunté una tarde, mientras comíamos en el
club, solitario.
-¡Hombre!
Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y que lo tomaste
bastante a mal.
-Sí, pero me
parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión...
Sobre todo
tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en las Cámaras a muchos
que valen menos que tú; menos de lo que yo valía cuando me hicieron diputado.
-Es verdad...
Los hechos están ahí... No es posible negarlos...
-En ese caso,
¿aceptarías una diputación?
-¡Vaya una
pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.
-Y es el
caso.
-¿Cómo?
-Sí. Yo te
ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la ofrezco! -repetí, recalcando cada sílaba.
-¡Déjate de
bromas!
-No son
tales.
Le conté
entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de Los Sunchos, y
cómo podía él resultar diputado sin tener que competir con un tercero, amigo o
enemigo de la situación. No me quería creer. Y en cuanto me quiso creer,
asomaron los escrúpulos.
-En ese caso
no me elegirían. ¡Me nombraría el gobierno!...
-Resultarías
elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja:
que no
tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector sería yo.
¡Vaya! Autorízame a obrar, y yo te aseguro que antes de tres meses estás en la
Legislatura haciendo maravillas.
Fingió creer
que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes. Después,
enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:
-Si esos
sueños se realizaran sería una suerte para mí. No por la política. No. Pero mi
novia tiene unas ideas... ¡A veces la creo demasiado ambiciosa!
-¿Tu novia?
¿Es tu novia, por fin?
-No; pero lo
será. Todo pinta muy bien.
-De modo que
todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio -dije, en broma.
Aquella
noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizá también por un
vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente del club, habló con más
locuacidad que nunca y se permitió hacer un examen de mi modesta
individualidad. Antes de renovar en lo posible sus palabras, trataré de decir
lo que él me parecía y la impresión que me produce todavía ahora. Algo
taciturno e inclinado a la melancolía, buscaba seguramente en mí un contraste
que lo animara; se divertía mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las
más tontas, a causa, sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar por eso de
discutir lo que él llamaba mis «doctrinas» o mis «paradojas». Desde antes de
salir de Los Sunchos escribía versos -malos, a decir verdad-, pero no renunció
a ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa, sino -aseguraba
él- porque «el verso le obligaba a abandonar una parte de su pensamiento y a
veces a escribir algo que no había pensado». Esto me hacía recordar la famosa
frase del negro bozal: «¡Corazón ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con
sentido común que, para escribir versos medianos, más vale escribir cartas a la
familia». Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en
los hombres y en las cosas, prefiriéndolos a los libros, pero que éstos no
deben dejarse de lado, porque son las síntesis de los estudios anteriores y,
sobre todo, el más grato de los entretenimientos».
Alguna vez se
me ocurrió que me había tomado como anima vilis para disecarme con sus estudios
psicológicos, pero aunque esto fuera, en realidad, se lo perdonaría con gusto,
porque siempre se mostró muy mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me
espetó este singular discurso:
-Todos los
caminos están abiertos para ti. Eres miembro -cómplice, dirían otros, los de la
oposición ciega, que no ven la marcha paulatina de las cosas-, eres miembro de
una oligarquía que prepara la gran república democrática de mañana, así como
Napoleón III preparó sin comprenderlo la todavía lejana verdadera República
Francesa. Eres audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral. Con esto se
puede llegar muy lejos, y lo que es inverosímil, hacer mucho bien al país con
el más perfecto egoísmo... Quizá yo debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un
ejemplar característico de la raza en formación, de la raza de los tiempos que
vienen, soy más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como
puede contar con ella el partido a que pertenecemos, por muchos errores que
cometa, porque es un partido histórico, un partido de transición marcada, y
realiza por buenas o por malas el papel que le corresponde... Como los demás
partidos... por otra parte, pero no en el mismo escenario... Los otros quieren quedarse
demasiado atrás o ir demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona
insensiblemente, harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el
poder. Ya ves que soy tolerante... Esta tolerancia, que puede parecer
exagerada, es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad,
porque mi instinto me obliga a comprender, y comprender es más que perdonar, es
tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo que del
partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú, nuestro país sería
otra cosa -quién sabe cuál-, pero dejaría de ser lo que es y no llegaría a ser
lo que será. ¡Perogrullada, dirás! ¡Pero perogrullada que pocos se dan el
trabajo de comprender! Con la gente estática no se va a ninguna parte, con la
muy dinámica se puede llegar a incurables desórdenes, a la anarquía que
engendra la tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y
detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos tan
necesarios como lo son los demás, los que siguen a sus jefes de la oposición,
al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha sido nada: somos los
reguladores; y verás cómo, gracias a nosotros y a ellos, poco a poco van
convergiendo los caminos y los esfuerzos, aun en los momentos en que más
alejados y más antagónicos parezcan. Y es que el hombre quiere someter la
naturaleza a una armonía que nadie, sino la caprichosa naturaleza nos ha
enseñado, que nadie sino ella puede crear... Verás cómo, entre todos, a la
larga, se establece un equilibrio, sin imponerse como único y definitivo,
porque es variable, y cambia a cada hora, en un segundo para la historia, en
muchos años para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al
siglo todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas
para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros, en lucha
por conquistar un bienestar epicúreo, que esto nos lleva al desastre.
¡Mentira!
Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si los locos como tú no
aspiraran a una vida de lujo y de molicie, éste sería un pueblo de santos
patriarcas, es decir, un pueblo estancado en plena vida pastoril. Lo inerte es
lo único que no cambia, lo único sometido a la estabilidad que parece imponerse
a los pueblos que sueñan ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso,
«no tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que
brindemos, Mauricio, a tu soberbia, a tu insolente vitalidad?
- III -
Aquellas
antiguas aficiones despertadas en La Época de Los Sunchos, y cultivadas
después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad, revivieron
vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa hecha en hora de
debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito la dirección y redacción
de Los Tiempos, el diario oficial, siempre necesitado de quien lo llenara de
mala tinta a precio vil. De la Espada conservaba aún, para mí, cierto vago,
cierto humorístico prestigio, y más que todo por hablarle y renovar en él, en
cierta manera, las antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta,
y recomencé a escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues
más lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada con lo
que vengo contando. Y a propósito, antes terminaré con lo atinente a la
diputación de Vázquez.
Poco después
de dejarlo, fui a ver al gobernador Benavides, y le propuse de buenas a
primeras lo que él estaba deseando imponerme.
-Mi banca en
la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno elegir a Vázquez en mi
lugar?
-¡Hombre!
¡Mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos días; sería una
magnífica combinación, en la que usted, al fin y al cabo, no perdería nada,
mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos de encima un posible enemigo.
Vázquez, con sus lirismos, puede ser peligroso, si no nos lo conquistamos.
Y con esto
quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de gobierno no es tan
complicada como algunos aparentan creerlo todavía.
Volviendo a
mis artículos de Los Tiempos, agregaré a lo ya dicho que mi colaboración era
bastante asidua, pues siempre me ha divertido mucho hacer rabiar a la gente.
Además algunos correligionarios habían descubierto en mí un espíritu satírico
de primer orden, y hablaban de mi estilo como del más gallardo y desenvuelto
que conocieran. Era, para ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la
particularidad en mi favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el
desorden bajo pretexto alguno, mientras que al autor de Civilización y barbarie
solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no dejar
títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.
En lo que
entonces escribí puse a los hombres de la oposición como chupa de dómine, no
sólo ridiculizándolos, sino sacándoles también, con más o menos disimulo y
contemplaciones, todos los trapitos al sol. Mis informes del mundo eran tan
completos, que no se me escapaban ni las andanzas políticas ni los traspiés
privados de la gente. Así, el hecho graciosísimo de un joven que había tenido
que pasarse una noche encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre
feroz, me tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras,
que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor de
primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para saber quién era
el indiscreto escritor y pedirle cuenta y razón del suelto que había hecho reír
a toda la ciudad a su costa y a la de otros miembros de su familia. Supo que
era yo y me mandó los padrinos a pedirme una retractación en regla o una
satisfacción por las armas.
Conflicto.
Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo estaba severamente
prohibido en aquel centro católico, donde no era sólo una infracción a las
leyes, sino también un abominable «pecado mortal».
Pero si me
negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de valiente que tanto bien me
había hecho hasta entonces, y a la que no quería renunciar por nada. Encargué,
pues, a mis padrinos, Pedro Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de Los
Tiempos, que concertaran el encuentro fuera de la provincia -de retractación no
quise ni oír hablar-, y me fui a ver al Gobernador para exponerle el caso y
tratar de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar a mi
fama de valiente, tampoco quería renunciar a mi puesto de jefe de policía.
-Yo creo que
debe evitarse a todo trance ese duelo -me dijo Benavides.
-¡Imposible!
He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer un papelón.
-Entonces, no
veo otro camino que la renuncia.
-¡Gobernador!
-exclamé-. Usted me necesita, usted me necesita más que nadie, dado su carácter
bondadoso, porque no tiene otro hombre en quien confiar de veras, aunque tantos
parezcan sus amigos. Yo deseo seguir sirviéndole como hasta ahora.
-Yo también
lo deseo; pero no encuentro la manera.
Recapacité un
momento, y luego dije:
-Hagamos una
cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia, y usted la hace
publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se realice el duelo... Después,
si la opinión digna de tenerse en cuenta no se satisface con la simple noticia,
y quiere que se acepte la renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si
el asunto no se toma demasiado a mal, vuelvo a mi puesto y se acabó. ¿No le
parece?
Hizo algunas
objeciones, pero aceptó por fin el arreglo. No arriesgaba nada, y así quizá le
fuera posible seguir utilizando mis servicios.
El duelo se
realizó fuera del territorio de la provincia (aparentemente; en realidad, nos
batimos en una chacra cercana), y sus resultados fueron lo más halagüeños que
pudieran darse. Contra lo que yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté
herido en una pierna.
Allí mismo me
reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando cuanto hubiera podido
lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno mis convicciones de ciudadano».
Era yo, pues,
un mártir de nuestro credo partidista, porque desde el primer momento habíamos
cuidado de dar a la cuestión un alcance altamente político, y mi reconciliación
lo demostraba, en realidad. Además, en el pueblo, entusiasta, como todos los
criollos, por los actos de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores
me respetaron por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había,
pues, que temer a los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban de
capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y además cuidé
de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de los Zapata, para
confesarme con él y reconciliarme con la Iglesia.
-Aunque no
estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito, porque he cometido un
pecado muy grande.
Aquella
confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque fray Pedro tenía
grande influencia en su partido...
Nadie
criticó, pues, que el Gobernador no aceptara mi renuncia y me dejara en el
puesto que tan brillantemente desempeñaba, como decía de la Espada cada vez que
mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.
Mi herida era
ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que se festejó muchísimo en
la ciudad. Hasta una tertulia del Club del Progreso vino a resultar en mi
honor. Tratando de igualarse a Buenos Aires, orgullosa entonces del suyo, no
había en el país ciudad, pueblo ni aldea que no tuviese o pensase tener su Club
del Progreso, siquiera en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin
excepción, patrimonio del partido del gobierno, con abstención, generalmente
voluntaria, a veces forzoza, de los opositores.
En la
tertulia, que era una de tantas, pero de la que fui héroe único, gracias a mi
renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco, la novia de Vázquez.
Éste, que a fuerza de padrino primerizo estaba encantado con el duelo, como con
la realización de algo novelesco que sólo puede verse en los libros o en el
teatro, había contado ponderativamente a la joven mi valerosa y tranquila
actitud antes del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando
pedí noblemente excusas a mi adversario. María estaba encantada de bailar y de
conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.
Yo la conocía
mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella.
Salíamos, con
Vázquez o con otros camaradas, muchas tardes en victoria descubierta, a correr
las calles empedradas, exhibiéndonos a la admiración de las muchachas, que se
exhibían a su vez en ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de
feria de noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época
romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se iban a la
«estancia» paseaban a caballo días enteros, para ver y hacerse ver. Las
negociaciones preliminares entre novios y novias han sido siempre ridículas
para quien las mira de afuera, ¡pero cuán interesante para actores y actrices,
ya queden en la forma salvaje de la cacería de la mujer, ya lleguen al
refinamiento del baile, la tertulia o la visita, en la alta sociedad
civilizada! Amor, eterno amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck,
¡instinto invencible que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele
enloquecer al viejo!
En estas
andanzas conocí de vista a María Blanco, que desde un principio me pareció una
muchacha muy interesante y muy honesta, aunque siguiera la costumbre de la
exhibición, que nadie tomaba a mal, por otra parte, incorporada como estaba a
nuestra vida. Era una joven alta, rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus
ojos azules tenían pestañas y cejas negras, lo que les daba un brillo
particular de agua clara y profunda y los hacía a veces parecer negros también.
Su conversación, según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo
mesurada y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un
carácter firme y resuelto. Por lo menos, éstas fueron mis sensaciones de
aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más tarde, con
igual o mayor intensidad.
-¿Si será
ésta la mujer que me está destinada? -llegue a preguntarme entonces, casi
instintivamente.
Me
deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su amabilidad -su
bondad, sin duda- y de su nombre, uno de los más preclaros de la provincia,
donde su familia desempeñaba gran papel, pese a cierta escasez de fortuna; y me
deslumbraba hasta el punto de hacerme dejar de lado, por un momento, mis
tendencias, resueltamente antimatrimoniales.
¡Sí! Con una
mujer así, bien podría casarme, porque, aun sin el dinero, su aporte a la
sociedad conyugal sería importantísimo. Una alianza con los Blanco podría
resultarme altamente provechosa, porque tenían positiva influencia en la
provincia y eran de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros
dos apellidos, vinculándolos a lo más granado de la República entera -ella con
el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires-, crearían todo un nuevo
título a la consideración social y política. Me detuve un poco en estas ideas,
viendo que Vázquez perdía terreno aquella noche, más que todo por su culpa,
pues ¿quién le mandó entonar mis alabanzas ante una niña de espíritu algo
romántico, prendada de lo caballeresco?... Y como el padre de María, don
Evaristo, me ofreciera su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar
tan honrosa relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como
un relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro.
Ya veríamos
más tarde... Pero desde entonces visité a los Blanco con asiduidad, en
ocasiones hasta dos veces por semana.
Entretanto,
Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran Elector, llegó a ser
diputado por Los Sunchos.
La elección
pasó sin tropiezos, porque yo mismo fui a arreglar las cosas, con autorización
del gobernador Benavides, dejando así bien demarcada mi acción en este asunto,
que Vázquez creyó siempre debido a mi iniciativa. Pero en la Legislatura no le
aguardaba el papel que él se había soñado gracias a mis sugestiones. Lejos de
ser el leader de la Cámara, nadie le hacía caso o poco menos. No estaba la
provincia para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes.
Allí se debía gobernar y legislar «a lo que te criaste», sin meterse en
novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, a comisión, para dormir
el sueño de los justos, pese a sus reclamaciones, y en cuanto pronunciaba un
discurso algo avanzado, poco faltaba para que lo acusaran de traidor al
partido, y, por consiguiente, a la patria, y para que le hicieran una
zancadilla que lo echara a rodar fuera de la Legislatura. Hasta le enrostraron
su elección, hecha entre gallos y media noche, ellos que también eran
representantes del pueblo por arte de encantamiento, diciéndole, no sin razón,
que aquello no estaba muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y a
ruego mío, el Gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar
tranquilo al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos
mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por generosidad
de alma, sino porque realmente lo creía de buena política. Aunque me convenía
que conservara un puesto que yo podía considerar feudo mío y reclamarle en un
momento dado -sin temor de que se negase a restituírmelo-, no me preocupaba
mucho, sin embargo, de sostener a Vázquez; por el contrario, y desde que
conocía a María Blanco, sentí contra él y como por instinto una especie de
inquina, que me obligaba a hablar desdeñosamente de sus méritos, de su
inteligencia y de su utilidad, diciendo, por ejemplo, que era un buen muchacho,
pero un loco, un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y
que cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador lírico,
en revolucionario de «ñanga-pichanga».
Cuando
llegaban a sus oídos estas mis apreciaciones, o no las creía o no le
importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno. Lo que le
importaba era cierta visible distinción, casi predilección, que María Blanco me
demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era demasiado orgulloso para
dejar ver a las claras su despecho. Cuando nos encontrábamos solos, por
casualidad, pues yo no lo buscaba y él no parecía muy interesado en
frecuentarme y reanudar los antiguos paseos y comidas selectas, conversábamos
un rato, pero jamás hizo mención de María, como si aquella competencia iniciada
entre ambos no existiese en realidad.
Pero se le
veía más reconcentrado y melancólico que antes, y pasó por una crisis de
inercia en la Legislatura, a cuyas sesiones asistía apenas, y siempre en
silencio, como medio dormido. Su despecho sólo se manifestó una vez, y eso
indirectamente.
-Contigo -me
dijo- soy como el perro danés que se crió con un cachorro de tigre. Eran
amigos, hermanos, pero un día de hambre o de fiebre el tigre devoró al danés.
Tú me devorarás también, si llega el caso... Y puede que llegue...
Bien sabe
Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca.
Dar una
dentellada o un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si se quiere, pero
no devorar.
Entretanto,
el tiempo parecía haber comenzado a deslizarse más de prisa, o bien, ahora, al
poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo algunas fechas o salto por
encima de algunos acontecimientos que se han desvanecido en mi memoria. Esto no
tiene importancia alguna y no deja al presente relato menos verídico que otros
escritos, pretendidos históricos, donde se hacen mangas y capirotes con la
verdad.
El caso es
que el período presidencial iniciado cuando mi estreno de jefe de policía
tocaba a su fin, y que mi amigo el Presidente se preparaba a bajar del poder,
en cuyo ejercicio había logrado pacificar relativamente el país, fomentar la
instrucción pública, emprender algunas obras de importancia y, sobre todo,
dejar que las enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran a desarrollarse
por su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las
mayores esperanzas. Como al principio tuvo que luchar en Buenos Aires con una
población hostil, como algunos actos de rigor de la policía agitaron los
ánimos, hasta entre el bello sexo, como al fin la necesidad de la paz se impuso
a todos, en provincia se decía con entusiasmo que «había domado la soberbia
porteña, y se le consideraba como el jefe único, no sólo de su partido sino de
la República entera. Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones,
y hubiérase jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque
tuviera que ceder su puesto a otro presidente, no siendo él reelegible según la
Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? Seguiría gobernando desde
su casa, tranquilamente, con cualquier personero, para bien del país, que tanto
había adelantado y tanto tenía que agradecerle. Y, efectivamente, gracias a él,
a sus consejos de disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia,
por ejemplo, vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de
lado la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que por
eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor a nuestras tertulias.
Yo salía a
menudo a cazar en los alrededores, acompañado por varios amigos de buen humor,
con quienes tenía grandes almuerzos campestres, famosos entre todos, tanto que
nos llovían las directas o indirectas solicitudes de invitación. Las largas
partidas en el Club del Progreso ocupaban mis noches, con alternativas de
pérdida y ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía
de paseo o de visita -sobre todo a casa de Blanco-, y así dejaba correr los
días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del cielo, más
tarde o más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni aun la ambición,
turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida amodorrada de provincia me
iba enervando, conquistándome hasta el punto de que ya casi no comprendía otra,
y nuestras mismas reuniones en el despacho de la policía, que en épocas de
agitación llegaban a febriles y bulliciosas, eran entonces monótonas y
aburridas hasta el bostezo, como si la invitación a la siesta entrara por
puertas y ventanas, con el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía
un asistente.
El gobierno
de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada. Él y sus ministros
se limitaban, como quien está cayéndose de sueño, a pasarse unos a otros, a
largos intervalos, desganadamente, los expedientes de asuntos en trámite que,
con ese paso, nunca lograrían una solución. Me recordaban a aquellos personajes
de Swift que llevan siempre detrás a un
criado con una vejiga para que los despierte de cuando en cuando. ¡Bah! Lo
mejor era dejarlos dormir, pues así no hacían daño a nadie, y ajustando mi
acción a este pensamiento hice cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de
su siesta, y creo que hasta entraba en la casa en puntas de pie cuando allí me
llevaba alguna urgencia.
Entretanto,
sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó a moverse, pensando
que podría aprovecharse del letargo aquel para dar un buen golpe en las
próximas elecciones. Hablé al respecto con los jefes del partido, que no
encontraron actitud mejor que consultar al Presidente.
«Rodeen a
Camino», contestó éste, sin más, y la frase, conocida por una indiscreción, se
hizo famosa.
Camino estaba
en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era necesario darle la
jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por qué? No era en realidad
porque la oposición fuera de temer en las elecciones provinciales, y menos aún
en las nacionales. La razón se me presentaba más honda y trascendental; aquello
era una hábil previsión para el futuro, para cuando otro ocupara la
presidencia. Entonces, el ex Presidente necesitaría apoyo en las provincias, y
Camino era para él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo
propio, el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuido y sería
necesariamente el personero de su antecesor.
-¡No está
mal! ¡No está mal! -me dije-. Pero hay que preparar la combinación. Después
veremos.
Nadie objetó
palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible. Se opuso
resueltamente a que proclamáramos la jefatura de Camino y su candidatura para
la próxima elección, diciendo que era un hombre desconceptuado, un espíritu
estrecho, y que los que votaran por él serían, en el concepto de las familias
honestas, unos pervertidos que aprobaban o por lo menos toleraban sus torpezas.
No todo lo hacía la política, también era necesario tener en cuenta a la
sociedad. Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que
el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran su
autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su diputación al
gobierno.
-Ni uno ni
otra cosa me obligan a nada -replicó-. El Presidente hace mal en preparar un
estado dentro del estado, una especie de presidencia doble, en la que un poder
anulará al otro. En cuanto a que el gobierno me hiciera elegir, no es verdad:
lo hiciste tú.
-Con su
aprobación, y él era el que podía...
-Aunque haya
sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso mismo lo dudo; pero nadie
me dirá que tengo el compromiso de hacer reelegir a Camino. ¡Eso sería
monstruoso! En esa forma, el país no cambiaría jamás de gobernantes, como la
Municipalidad de Los Sunchos.
-Te
enajenarás la voluntad del futuro Presidente, sea quien sea.
-Poco me
importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países la política
resulta una profesión, cuando es una función general, casi diría obligatoria,
de todos los ciudadanos...
-¿Sólo en
éstos? ¡No embromés!
La voz de
Vázquez fue, como es natural, la clamantis in deserto.
Nadie le hizo
caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio de un entusiasmo popular
que preparamos por todos los medios a nuestro alcance.
Pero el
candidato a la reelección no tardó en saber que Vázquez le había hecho fuego,
cosa que no le perdonaría nunca. No. No fui yo quien se lo dijo, no fui yo el
indiscreto ni el mal intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la
Legislatura, y aunque hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el
chisme, sabiendo que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga o
por maldad.
Casi al
propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el apoyo gubernativo la
candidatura presidencial, que desde allí fue comunicándose a todas partes,
siempre en las mismas condiciones, «como un reguero de pólvora», según decían
con admiración los diarios amigos, que ensalzaban los méritos incomparables del
candidato, «representante de la juventud, y, por lo tanto, del progreso,
ciudadano de iniciativa, como lo había demostrado en el gobierno de su
provincia, espíritu liberal, enemigo de toda hipocrecía y de toda bajeza,
hombre tolerante, que sería el vínculo de unión entre los estados, las
sociedades, las religiones, los partidos del país», y a quien acompañarían
mañana, como le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo,
los jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».
-¡Paso a los
jóvenes! -comenzaron a gritar, como gritara de la Espada en otros tiempos, en
Los Sunchos.
Buenos Aires
-la provincia-, celosa de su hegemonía política, aunque ésta no fuese ya más
que un hecho casi legendario, quiso oponernos otras candidaturas, arrastrar la
opinión del país, enarbolando como bandera el nombre de preclaros patricios, y
aun el de un político eminente que podía considerar conquistado el interior,
porque en la lucha decisiva tomó, siendo porteño, partido a favor suyo y contra
su provincia, como muchos otros, que no dejaban de tener razón, según ha podido
verse después.
Pero si todos
los jefes de policía, si todas las autoridades obraban como yo, no había miedo
de que nos arrebataran el poder, ni con sutilezas, ni con esfuerzos. De ello
quedé convencido cuando Camino resultó electo Gobernador, y Casiano Correa,
antiguo amigo de Tatita, Vice -con casi todas las actas protestadas, es
cierto-, casi sin oposición, o -como decíamos entonces-, con «elecciones
canónicas». ¿Que cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente.
Preparándolo todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las
mesas de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los jueces
provinciales o federales para el posible caso de un juicio. En aquella época no
hubo sino un juez que se atreviera a desafiar al poder, pero su derrota fue
completa, por el momento, aunque hoy todos lo consideramos como ejemplarísimo y
muchos hayamos contribuido a perpetuar en el mármol su memoria.
¿Diré,
después de esto, que nuestro candidato a la presidencia resultó triunfante?
No, ni he de
contar tampoco el éxodo de sus comprovincianos, que invadieron la capital de la
República, convencidos de haber triunfado con él. A mí mismo me dieron ganas de
irme, y lo hubiera hecho, a ser de su provincia y de sus allegados. «No hay
cosa mejor que tener buenas relaciones», decía Tatita. Pero era preciso
esperar; estaba muy lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el
juego, sino cuando llega la ocasión. Y a mí tenía que llegarme, como me
llegaban las épocas de trabajo -las electorales- y las de descanso -la modorra
provinciana en las épocas de normalidad.
Por el
momento, bueno era volver tranquilamente a la siesta. ¿No habíamos pasado por
un largo período de agitación tal, que ya ni visitaba la casa de Blanco, ni me
daba apenas tiempo para ver a mis viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir
de vez en cuando mis partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías
con almuerzo, y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos a la
vida epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de
lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.
Camino me
preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:
-¿Cuándo
«acaba» Vázquez?
-Creo que
dentro de cuatro meses.
-Hay que ir
pensando en eso.
-¿En qué?
-En la
elección. Hay que ver a quién se elige.
-¡Al mismo
Vázquez, pues!
Me miró primero
con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna, y dijo:
-No... No lo
quieren en Los Sunchos.
- V -
Sólo la
ingenuidad de Vázquez es comparable a la tontería de Camino; desdeñando un
efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo en su banca de
diputado, ni Camino en su silla de Gobernador. Vázquez porque Camino no quería,
y Camino por... lo que se sabrá en seguida.
El ex
Presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas claras y largas, buen
conocedor del corazón humano, para mantener todo el tiempo posible la mayor
suma posible de influencia, pero con la candorosa ilusión que le atribuíamos de
seguir gobernando entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple
personero. Si así no fue, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo
advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar bien o
no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse a silencio, como lo
hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el Papa, deslumbrados con el
poder que recibieran de él, creyeron que éste era un atributo propio, que sólo
podía reclamarles y retirarles quien se lo había concedido, y comenzaron a
«corcovearle» al nuevo Presidente, y a no hacer sus gustos con la requerida
sumisión, como si no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no
pudiera «ponerlos patas arriba a las primeras de cambio».
Uno de estos
tontos fue mi Gobernador, el del célebre «¡Rodeen a Camino!»
Fue torpeza
la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco a poco, y la oposición,
bajo una mano de hierro, confesaba al fin su impotencia, retirándose de toda
lucha y contentándose con la lírica actitud de criticar acerbamente al
«oficialismo», a todos los «oficialismos», en la intimidad de sus reuniones
privadas, y en la no menos íntima escasez de circulación de sus diarios.
También es cierto que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años
atrás -no sé si por mi inspiración-, y el cuerpo de vigilantes y bomberos
-éstos sí organizados y disciplinados por mí - los criollos nacemos militares-,
constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad del poder,
invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograra suprimir o sustituir personas,
nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía, casi exclusivamente mía!
Cuando me di
cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero ¿a qué contar ensueños que mi
juicio mismo desvanecía entonces, apenas formulados? Vamos a los hechos, que es
lo importante.
Molestó al
Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más recalcitrante que Camino,
y no faltaron voceros que llegaran hasta mí, insinuándome cuánto agradaría mi
ayuda para un cambio de situación.
Como podía
pulsar el valimiento de los que esto me decían y la auténtica procedencia de
sus invitaciones, no vacilé un punto, y organicé una partida de guardia de
cárceles y vigilantes vestidos de particular. Por desgracia, yo no podía
mandarlos en persona sin comprometer gravemente la «autonomía de las
provincias»; pero uno de mis amigos, diputado y ex redactor de Los Tiempos,
Ulises Cabral, mi padrino en el duelo, se comprometió a representarme y obrar
como si fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de
sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía muy en
cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.
Por el mismo
conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco después que el Gobernador
Camino, mi propio Gobernador, no era ya «persona grata», y que en las altas
esferas se le vería con placer sustituido por el Vicegobernador Correa, hombre
en quien se tenía la mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz y,
sobre todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía
probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción. Pero no
me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el primer momento lo que
de mí se esperaba: que pusiera fuego a la mecha, que buscara el pretexto para
poner al Gobernador de patitas en la calle, alterando el orden lo menos
posible, pero sin una revolución, si tenía dedos para tanto. Una «agitación»
era, por lo menos, inevitable, porque Camino no abandonaría el puesto así como
así.
Pero él mismo
había de darme pie para romper las hostilidades, porque bien dijo el latino que
Júpiter ciega a los que quiere perder. He aquí cómo ocurrió aquello: La
inacción de los opositores y alguno que otro desliz demasiado exagerado de lo
que la mala prensa llamaba «guardia pretoriana», hicieron que el Gobernador
creyera llegado el momento de «entrar en la normalidad» y me exigiera el
castigo de un comisario cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos a
una persona conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga
de un cuatrero sorprendido in fraganti.
-Si empezamos
así, Gobernador, pronto no tendremos policía -le dije con gravedad.
-Pero vea,
amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los
mismos amigos me «caen».
-No les haga
caso. Hay que acostumbrarse a esas cosas cuando se es Gobernador. ¡Mire! Si no
fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y sería lo mismo...
-Sí. Pero yo
no quiero que se apalee a la gente... sin necesidad.
-¡Bah! No se
aflija, y dejemos en su puesto a ese comisario, que es un tigre. Nos haría
falta en un momento dado.
-Por lo
menos, cámbielo. Mándelo a la campaña hasta que se acabe esta gritería.
Me encogí de
hombros.
-Así no se
hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por dejar que la
oposición echara a la calle un comisario, y mañana no podríamos evitar que
echaran a un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!
No replicó,
no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me perdonó tampoco,
más que mi desobediencia, mi franqueza. ¡Así suelen ser, en cuanto uno se
descuida y por muy útil que les sea! Lo peor para él, en este caso, es que
hacía mi juego, iniciando la anarquía en el poder, pretexto magnífico para
hacerle la deseada zancadilla. Tan ciego estaba, que cayó en la trampa como un
inocente. Ciertos indicios, algunas visitas, frases sueltas, un principio de
despego de los más allegados a su persona, me hicieron comprender que el
gobernador Camino me buscaba reemplazante.
-¿Ésas
tenemos? ¡Pues ya verás quién es Callejas! -me dije.
Me acerqué
desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación, al Vicegobernador,
don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado, glotón, jugador y avaro, cuyo
cuerpo pequeñito, endeble e insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y
ambicioso que imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de
lo que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades de
Camino comenzaban también, a mi juicio, a comprometer su gobierno, y que no
sería difícil que el mismo Presidente de la República interviniera para hacerle
dejar el mando, en que hacía tan desairado papel.
-Provoca una
escisión del partido en la provincia, lo debilita y lo enerva; no es lo que
conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le pondrá remedio, no lo dude,
Correa.
-¿Pero cómo?
-preguntó Correa, para verme venir.
-Tan
fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una revolución si
es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos a...?
-¡Es cierto!
-interrumpió-. Ahora, la cuestión es que el Presidente lo sepa.
-Usted puede
hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es que ya no está al
tanto de todo...
Lo conduje a
que me preguntara si «en un caso dado» podía contar conmigo.
-Incondicionalmente...
Pero con una condición. El gobernador Camino me promete hacerme diputado
nacional en la próxima renovación del Congreso.
No era
verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que «si eso llegaba a
depender de él» yo sería diputado nacional. Y comenzó la intriga, que condujo
admirablemente, fuerza es confesarlo, haciendo que el Presidente se convenciera
del todo de la necesidad de «pasar la mano» al Vicegobernador, mediante mil
informes más o menos antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el
caballo», como dicen los paisanos, y estaba pronto a hacerle, en la
oportunidad, la más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro».
¡Como si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía a su
antecesor como a un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y creía
preciso quebrantar no sólo a todos sus enemigos, sino también a cuantos
pudieran llegar a serlo. Tenía la locura de la unanimidad, a lo Napoleón III,
con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran sorpresa de Camino, que
hasta entonces no temía las represalias, a demostrarle cierto encono,
retardándole los arreglos financieros que pedía, insinuando que el Banco
Nacional restringiese los descuentos a sus amigos personales, y a hacerle
directa o indirectamente otras muchas manifestaciones de que había perdido la
gracia presidencial y no estaba ya en predicamento.
Como estos
indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se le fueron alejando, como
se habían alejado de mí al verme romper la primera lanza con el Gobernador, y
comenzaron a rodearme, como si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano
Correa, que ya tenía también su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora
de posesionarse del mando.
Camino, en
tal atolladero, no encontró hombre con quien sustituirme.
Sólo los muy
desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto en que no durarían
un par de meses, olfateada ya la voluntad presidencial.
No hubo más
que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo ciertas
condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios labios. El
Gobernador le ofreció la jefatura.
-Yo la
aceptaría, si usted me nombrara, pero no me nombrará -le dijo Vázquez.
-¡Vaya si lo
nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez Herrera, que me hace mal
tercio con el Presidente, lo mismo que el Vicegobernador.
-Entonces,
puede nombrarme, si me autoriza: Primero, a licenciar el Guardia de Cárceles,
que es inconstitucional e innecesario...
-¡Usted está
loco!... -exclamó Camino-. ¡Licenciar el Guardia de Cárceles! Sería lo mismo
pedirme la renuncia.
-Pues yo no
lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden y la provincia no debe
tener ejército, el orden no se mantiene con el ejército sino con la legalidad.
Este acto, por otra parte, levantaría notablemente el prestigio del gobierno.
En cuanto a las otras condiciones...
-¡Con ésa
basta! -interrumpió el Gobernador-. Prefiero la sospecha de que el gobierno
nacional me mande o no me mande a mi casa, a la seguridad de que la oposición
me ponga de patitas en la calle. ¡Usted está, decididamente, loco, amigo
Vázquez!
Éste agregaba
al contármelo:
-Yo sabía que
su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir Camino era caer «en
beauté», como dicen los franceses, «lindo», como decimos nosotros. Pero ahora
nadie se preocupa de la belleza, y «un día de vida es vida», proclaman los
paisanos. Por veinticuatro horas más de gobierno hay muchos que arrostrarían el
ridículo y la vergüenza, sin ver que éstos los aguardan de todos modos,
borrachos de mando como están.
Palabras
proféticas que luego pudieron aplicarse a más de un Presidente de la República.
Los niños y los locos dicen las verdades...
- VI -
La intriga
iniciada en las alturas nacionales, secundada por mí y tímidamente por Correa,
iba a dar sus frutos, pues el Presidente estaba más que nunca resuelto a dejar
de mano a un Gobernador que no era incondicionalmente suyo. Pero la casualidad
quiso que todo el trabajo resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de
nuestros deseos de tal manera que, aunque no hubiéramos hecho nada, el
resultado hubiera sido el mismo. Sólo que este triunfo, provocado por el
destino, sin nuestra intervención, hubo de costarnos moralmente mucho más que
el que habíamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qué
contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hábil y suele cortar
los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero vamos al caso.
Hallábame una
noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de siempre, cuando Cruz,
el asistente del Gobernador, entró en la sala, y se me dio la noticia de que
Camino acababa de sufrir un ataque de apoplejía y que según todas las
apariencias habría muerto o estaba agonizando. El doctor Orlandi, llamado a
toda prisa, no daba esperanzas:
según él, la
muerte había sido fulminante.
-¿Dónde está?
¿En su casa?
-¡No! ¡Y eso
es lo «pior»!
Siguiendo sus
plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora en un sitio
inconfesable.
Sin decir una
palabra a mis compañeros, salí, dando orden al asistente de que callara como un
muerto y dijera al comisario de órdenes que se reuniese conmigo, sin perder un
momento, en la casa a donde me dirigía. Corrí a una cochería, mandé atar un
gran landó, y al galope de los caballos me hice llevar al suburbio norte, en
una de cuyas casas había muerto el Gobernador. Era la una de la mañana cuando
llegué: la ciudad dormía, y afortunadamente no había un alma en las calles. Dos
agentes policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz,
hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome un
particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la discreta
precaución del asistente, porque en las circunstancias había que obrar con
mucho tino.
En la casa no
había más hombres que el doctor Orlandi, sentado junto a una cama revuelta en
que yacía el Gobernador. Estaba muerto.
-¿Qué vamos a
hacer? -me preguntó el italiano, atolondrado por aquella inesperada catástrofe,
producida con tan poca nobleza.
-Llevárnoslo
a su casa lo más sigilosamente que sea posible en cuanto lleguen Cruz y el
comisario de órdenes.
-¡Ma! ¡Es una
responsabilidad terrible!
-¡Qué quiere,
doctor! Nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que podemos hacer es disimular
las cosas.
Momentos
después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo sacamos el cadáver y lo
metimos en el carruaje. El cochero fue amenazado con los más contundentes
castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con la gente de la casa que,
por fortuna, era sumisa a la policía y estaba bajo su inmediata dependencia. En
el trayecto di mis instrucciones al comisario de órdenes: debía hacer
acuartelar las policías y el Guardia de Cárceles en toda la provincia, para
sofocar inmediatamente hasta el más ligero disturbio que pudiera producirse
cuando se hiciera pública la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era
cosa de perderla ni de comprometerla siquiera...
Cruz abrió la
puerta de la casa del Gobernador, y entre Orlandi, yo, el asistente y el
cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo metimos en la cama.
Ahora ¿cómo
avisar a la familia? Inmediatamente concertamos lo que íbamos a decir: «Camino,
sintiéndose mal, había llamado a su asistente, prohibiéndole que alarmara a los
suyos y ordenándole que llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el club,
entró a ver si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome,
juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar a Orlandi
con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos al doctor, los tres
acudimos con un coche a casa de Camino... Pero, desgraciadamente, cuando
llegamos había muerto». Así se dijo.
Es de
imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila, los llantos de
las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas, las exclamaciones, los
ayes. Una hora después, los parientes, los amigos, acudían desolados.
¡Figúrense ustedes! ¡No moría sólo un pariente, un amigo, sino un
Gobernador!...
Nuestra
versión fue perfectamente admitida en los primeros momentos, y nadie puso en
duda que las cosas hubieran pasado así.
Yo me ocupé
de avisar al vicegobernador Correa, que dormía profundamente, sin sospechar lo
que pasaba.
-¡Ya es
Gobernador, amigo! -le dije.
-¡Qué! ¿Ha
habido revolución?
-¡No, hombre!
-contesté riéndome.
-¿Ha
renunciado, entonces?
-¡Sí, en casa
de Maritski!
-¿No me diga?
Le conté el
suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante.
Vistió en un
segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo para correr a la casa
mortuoria.
-Diga, don
Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?
-¡Claro!
¡Vaya una pregunta!
-¿Y tendré la
primera diputación?
-Si depende
de mí...
-No. Conteste
categóricamente, sí o no. De otro modo... Usted sabe que tengo la provincia en
la mano.
-¡Vaya
hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado nacional!
-y me
tuteaba, camarada hasta la muerte.
-¿Palabra?
-¡Palabra de
honor!
-¿En la
primera elección?
-¡En la
primera! ¡No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.
Amaneció
aquel día sin que hubiésemos dormido. En la sala de Camino había, más que
nunca, olor a encerramiento, a humedad, atmósfera a la que se mezclaba el humo
capitoso del benjuí, del incienso, y del «cachimbo», como decía Mamita hablando
del cigarro.
Correa firmó
su primer decreto -como provisional todavía-, determinando los honores que
debían rendirse al ex Gobernador en sus funerales: la bandera a media asta en
todos los establecimientos provinciales, la escolta del Guardia de Cárceles, la
presencia del Poder Ejecutivo, que encargaba al ministro de Gobierno de
pronunciar la oración fúnebre... La Legislatura resolvió asistir en masa a las
exequias, lo mismo que el Poder Judicial. Preparábase una manifestación de
duelo como nunca se había visto, tanto más cuanto que Camino, vinculado por el
parentesco a casi todas las familias representativas de la provincia,
arrastraría tras de su féretro a buena parte de la oposición, acalladas las
pasiones ante el silencio del sepulcro.
De aquella
magnífica ceremonia sólo quiero recordar un detalle: El ministro de Gobierno,
González Medina, terminó su oración fúnebre diciendo no sé si con ingenuidad o
con malicia provinciana:
-Ha caído en
el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus convicciones. ¡Llorad,
pero imitad este ejemplo, ciudadanos!...
No sé lo que
Cruz, si estaba presente, comprendió en estas palabras.
En cuanto a
mí, es la primera y última vez que he tenido que hacer esfuerzos para no reírme
en un cementerio.
- VII -
Al día
siguiente, me llamó Correa a su despacho de Gobernador.
-Mirá -me
dijo-. He pensado mucho en la situación, y he resuelto cambiar el ministerio.
¿Querés ser ministro de Gobierno?
-¡No friegue,
don! -exclamé-. Usted me ha prometido otra cosa.
-Sí. Pero,
hijito, ¡ministro!...
-¿Y qué hay
con eso? A usted no le quedan más que dos años de gobierno; y yo quiero ir a
Buenos Aires. Esto es muy chico para mí. Mire, no cambie los ministros: son
buenos muchachos, ya están acostumbrados a hacer lo que quiera el Gobernador.
-Eran hombres
de Camino.
-Se equivoca.
Eran y son hombres del Gobernador. Tanto les da Juan como Pedro, con tal de que
ellos figuren.
-Es que
quisiera cambiar un poco el gobierno, darle al pueblo alguna satisfacción.
-Llame a
Vázquez, entonces.
-Puede que no
sea mala idea.
-Pero le
advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de puritano: como
contemporizador no satisfará a i la oposición, y como puritano hará enfurecerse
a los nuestros. Además, Camino lo ha puesto mal con el Presidente... Conque...
-Conque... se
puede ir al diablo.
Sonreí y le
di el último golpe:
-Y al
concluir su período, con Vázquez tendría que renunciar a ir al Senado, porque
la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le perdonaría sus lirismos.
Correa no era
difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad, y todo quedó como
estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque eran completamente ineptos, y
yo sabía la manera de manejarlos. Siempre me habían temido, y desde que Correa
subió al poder comenzaron a temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido
hacer todo lo posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia
que debió costamos caro vino a dañar inopinadamente mi prestigio.
La muerte de
Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas, precisamente cuando
comenzaban a trascender nuestras intrigas tendientes a derrocarlo, pareció de
pronto al público menos clara de lo que la presentábamos. Nuestras idas y
venidas en aquella noche aciaga, y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado
inadvertidas, porque la gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando
se trata de algo que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento
estuviera urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si se
podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del comisario de órdenes, la del
zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los dos vigilantes y el
cochero. Los secretos de almohada por la almohada suelen trascender.
Uniendo a
esto la malevolencia de la oposición, no es raro que comenzara de pronto a
correr este rumor siniestro:
«El
gobernador Camino ha muerto envenenado».
Y con este
rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos no recibían sus
favores, que las familias excomulgaban por sus notorias costumbres, que nunca
había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni aun regular, resultó un defensor
de los intereses del pueblo, que el Presidente de la República quería suprimir,
una víctima del sistema, un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo,
Correa, ¡quién sabe cuántos más!, unos envenenadores, unos Borgia de nuevo
cuño. En vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de
presentar la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba
caído y no podía estorbarnos ya. Todo el mundo creyó, o fingió creer, que lo
habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi -italiano al fin- era la
mano, mientras que Correa y yo éramos la voluntad... ¡Ah canalla, canalla,
canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces la libertad de la
calumnia que pasa de boca a oído y resulta más notoria que la insertada en los
diarios! Yo había mentido a sabiendas y públicamente, para destruir al
contrario, muchas veces, pero nunca había llegado a tal extremo, nunca había
inventado una calumnia que, como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera,
tan lejos de las costumbres políticas de nuestro país.
Y ¡vean
ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello nos hizo mucho
bien, si no moral, materialmente. El temor que nos rodeaba y comenzaba a ser lo
más claro de nuestro prestigio entre el pueblo bajo, se intensificó hasta un
grado increíble. Nunca como entonces, fuimos dueños de la situación, aunque nos
execraran. Entre la gente de buena posición, nadie creía aquella horrible
calumnia, aunque algunos energúmenos la aprovecharon para denigrarnos. Entre
éstos que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían
caballerosamente en duda, el pueblo decía:
-Los que los
acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.
Y si la gente
tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre pueblo? De tan vil, de
tan inexistente causa, nunca he visto salir tales efectos. Como si estuviésemos
en tiempos de Rosas, la provincia calló, y no hay gobernante que haya gobernado
tan pacíficamente como Correa.
Una persona,
sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en extremo: María.
La visitaba
frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de su hermosura, de su
ingenio, de su delicadeza, de su instrucción artística. Era toda una señora con
los candores deliciosos de una niña.
Hacía tiempo
que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder darme cuenta del
motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé a qué cuento, al difunto
Gobernador, dejó escapar esta frase:
-¡Cuándo se
aclarará ese misterio tan doloroso!
Comprendí
entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando por revelarle la
vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas costumbres, para terminar con
el cuadro de su muerte, sin detalles ociosos y escandalosos, tal, en fin, como
lo he hecho en estas páginas. Y terminé diciendo:
-Para que no
tenga usted la menor duda, voy a mandar que venga Cruz, y él le contará las
cosas tal como pasaron.
Comenzaba a
escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo su mano sobre la
mía, me interrumpió así:
-Nadie sino
usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero no quiero que nadie
me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...
No dijo
sospecha, no dijo duda, porque cualquiera de estas palabras le hubiera parecido
excesiva.
¡Oh, el pudor
de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía quedan algunos ejemplares,
contrastando con la inmensa muchedumbre de «libertadas», de emancipadas,
aspirantes a hombre, que hoy nos rodea!
Conquistar
una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando) robarse un fruto asaltando
una tapia coronada de vidrios de botella; conquistarla hoy suele ser robarla
del escaparate en que las ofrecen.
María se
mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había convencido. En
cuanto a Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente de todo lo ocurrido.
Pocos días
después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se marcha mucho más pronto
de lo que uno supone, y el camino va quedando sembrado de cadáveres. Hoy pienso
que si se llevara una nomenclatura de todos los parientes, amigos y allegados
que mueren, al cumplir los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de
punta, en cuanto viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado
atrás. La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una semana
antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en mi vida y sin
embargo me conmovió, removiendo todos los recuerdos de la infancia y la
adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que aún vivía mi madre, hecha una
pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía! ¡Qué lejos estaba todo aquello!
¡Y qué jugoso
y qué sabroso era, con su candor, un poco perverso a veces!... Pensé que un
día, como a Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia
primitiva, tan sentimental, componiendo mis Recuerdos de provincia... Pero
mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me contenté con
escribir un largo artículo necrológico para Los Tiempos, que, gracias a mis
buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi amigo el galleguito Miguel de
la Espada.
¿Qué dije de
don Higinio? Nadie se preocupe de ello.
Precisamente
aquel artículo necrológico, que conservo pegado en un cuaderno de recortes, es
el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara leonina, su
ingenio astuto y quizá su carácter débil de gritón. Pero le hice justicia y
disimulé sus defectos.
De la Espada,
después de leer las cuartillas que le había llevado, me dijo, como quien quiere
decir algo y no acierta, en el tono que los autores dramáticos acotan «con
intención»:
-Bien se lo
ha ganado, el pobre.
Cumplido este
deber, el único de mi incumbencia, según creía, preparábame a dar por
definitivamente cerrado aquel capitulito de mi vida, cuando recibí esta carta:
«Mi muy
querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte de Tatita, de la que
debes tener noticia, me siento con valor suficiente para escribirte. Todo el
luto que orla este papel no es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y
mi corazón. ¡Pobre, pobre Tatita! Murió abrazando a tu hijito, que tanto se te
parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha perdido. No habló de
ti, no aludió a ti, como si ya no tuviera esperanza de remedio al daño que
hiciste. A mí me dijo -y son sus últimas palabras-: Cuídalo bien-. ¿Para qué te
escribo esta carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me
queda en el mundo más que mi hijito, y quizá tú. ¡No te pido nada, nada, nada!
Sólo quisiera estar a tu lado, vivir con tu vida, ser como una guachita mansa
de esas que siguen al dueño por todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!...
¿Quieres que vaya, o vendrás tú, por fin, a conocer a tu hijo que ya va siendo
un hombrecito?»...
Puedo
transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la guardé, contra mi
costumbre, tanta fue la sorpresa que me causó su forma.
¿La había
escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien...? ¿De dónde salía todo ese
atildado romanticismo, o sentimentalismo, si hay quien lo prefiera? Hace poco,
revolviendo papeles viejos, volví a encontrar esta carta, amarillenta ya, la
releí, y debo confesar que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil
detalles, mil tiernos recuerdos que omito.
¡Si la
hubiera comprendido entonces como la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa?
Nada. ¿Qué me ofrecía? Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces
sospeché de ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus
ofrecimientos, cebo, a mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio, al
reconocimiento del chico, a empeñar mi vida, en fin, como en el Monte de
Piedad. No, no. En mi opinión su cálculo era éste: vivir conmigo y esperar la
ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias al vínculo del muchacho, del
«hombrecito». Era una infeliz; es la única mujer a quien quizá haya hecho
desgraciada. Pero ¿quién iba a decirme entonces que tanta candidez puede
existir en el mundo?
Y en aquel
tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me dije que podía optar
por dos temperamentos, a saber: contestarla o no contestarla.
Me acordé de
Vázquez, a quien hubiera comparado entonces con el doctor Relling de Ibsen, si
lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio. No obré, es cierto, ni como
Vázquez ni como Relling, pero... tomé el camino del medio: Escribir sin
contestar.
Y el borrador
de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro día, cuando revolví mis
papeles viejos, al alcance de mi mano, prendido de un alfiler a la extraña
misiva de Teresa. Decía así:
«Señorita: He
lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio, a quien siempre quise
mucho, como viejo amigo de mi padre, y a quien siempre admiré y respeté como a
uno de los hombres más representativos de nuestra provincia, y sobre todo de
nuestro amado pueblo de Los Sunchos.
»Ha dejado un
vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro partido, en el círculo de
sus amigos y camaradas, y más aún en el corazón de su hija, la estimable
compañera de mis años infantiles a quien nunca olvidaré y para quien son mis
mejores sentimientos.
»Acompaño a
la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano que sufre y llora al par
de ella, y lamento más que nunca la impotencia del hombre a quien el misterio
de la muerte dice: No pasarás de aquí.
»¡Teresa! Si
en algo puedo ser útil a la hija del gran caudillo, no tiene más que mandar.
»Ordene al
compañero de los primeros años de la vida, al que confundió con usted sus
pensamientos y sus aspiraciones con todo su candor de niño, antes de que ambos
entráramos en la lucha por la existencia; al que hoy pide a Dios que traiga a
su espíritu la conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance».
Esto parecerá
a algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero he aquí la verdad: Estaban
en juego mis sentimientos más íntimos -entonces creía que comenzaba a amar a
María Blanco-, estaba en juego mi afecto y mi respeto hacia don Higinio, hacia
Teresa, estaba en juego también todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago e
inútil sentimentalismo ¿debía apartarme del camino recto que se abría ante mi
vista? Eso, nunca. Los mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con
tu madre, con tu amigo y sígueme».
Lo sentí
mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir dejando vellones de mi
lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!... ¡oh recuerdos!... Pero,
desgraciadamente, no he nacido con todas las felicidades y todas las
preeminencias, no he podido dejar de hacer sacrificios para llegar donde he
llegado. ¡He ahí! Yo tenía, fatalmente, que recorrer mi órbita, y tanto peor
para los que encontraba en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis
comienzos me hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado a lo ignoto. Por
otra parte ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! Leve
escrúpulo.
Mauricio
Rivas había nacido rico.
- VIII -
Más me
preocupaba María Blanco, a quien seguía cortejando con asiduidad. Teresa había
pasado a la categoría de los recuerdos indiferentes, vale decir que no son ni
gratos ni desagradables. No me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que
daba todo por terminado.
¿Comprendía
la distancia que nos separaba y que se hacía mayor cada vez?
No sé si era
éste u otro el orden de sus pensamientos; lo cierto es que no volví a oír
hablar de ella en mucho tiempo, y que no me escribió una línea. Era, pues, un
capítulo terminado de mi vida, y si insisto en él es sólo porque
acontecimientos posteriores me lo evocaron vívidamente en circunstancias que
más tarde narraré. Entonces -lo repito- me acordaba de Teresa y el chicuelo
como de seres y cosas vinculadas a una travesura de la niñez, como de un
paisaje lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la
tienda en el tránsito de la vida.
Pero si
María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía vengar al sexo,
afectando, si no desdén -que esto yo nunca lo hubiera admitido-, una especie de
despego prometedor y cautivador, pero engañoso, la verdad es que si pudo
detenerme un tiempo no consiguió en modo alguno su propósito de venganza, o
cualquier otro que tuviera. Yo «me le fui a los cañones», como vulgarmente se
dice, y me esforcé en aclarar la situación con entera franqueza.
Una tarde que
nos paseábamos en la huerta, a poca distancia de don Evaristo, que hacía como
que cuidaba las plantas para dejarnos cierta libertad, la hablé resueltamente.
-Está muy
esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?
-¿A mí? No,
que yo sepa. Pero ¿a qué viene esa pregunta? ¿No somos tan amigos como siempre?
-Hay una
diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás, enorme para mí. Las
cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré?, desafinadas. Ya no tiene usted el
adorable abandono de los primeros días, que me cautivó tanto...
-¡Vamos! Yo
soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo.
Será usted el
que ha cambiado.
Hablaba
tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que de costumbre y,
por lo tanto, hiriente para mí.
Estuve por
decirla:
-Pero ¿cómo
es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como hacen las mujeres,
únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho usted, sin decírmelo, que debía
festejarla, porque usted me había designado para novio? ¿No la atraía esa misma
aureola de calavera que quizá en este momento la hace alejarse de mí?
No se lo
dije. Sólo acerté a esto:
-Me trata de
un modo que me da pena, María. Como a un amigo, sí; pero no como a un amigo que
pueda aspirar a más, sino como a una simple «relación», como a un «conocido»
que pasa y se olvida.
-¡No soy de
amistad tan fácil! -replicó sonriendo, siempre fría.
-¡María!
¡Alguien le ha hablado mal de mí! -exclame, pensando en Vázquez.
Me miró de
hito en hito, seria, pero sin acritud.
-Todos -
contestó.
-¿En estos
días? -inquirí, casi colérico.
-No. Antes...
mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora veo que no se puede
contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un momento que, ocupándose de cosas
más serias, más elevadas, se olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no
fuera más que eso!
No sé por qué
me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los Sunchos, tan ingenuas,
en las que no se trataba de imponerme nada, nada, ni aun de la manera más
indirecta del mundo. Donde cabe el examen ¿cabe, al propio tiempo, el amor?
Me parece que
no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí desconcertado y
molesto.
-No la
entiendo, de veras -dije con displicencia-. Ya me ve usted sujeto a todas sus
voluntades, visitándola día a día, no pensando sino en usted.
-Sí, usted
viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran significación para una
muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada a pensar y juzgar. Ninguno de esos
actos le cuesta el menor esfuerzo, como le costaría, por ejemplo, abandonar el
café, el club, las... relaciones.
Esto era
significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada en cambio,
categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un modo decisivo:
-¡Mire,
María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es verdad. Pero no
tengo nada grave que echarme en cara...
Esto lo dije
tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa.
No se inmutó, no replicó: no sabía entonces...
-Pero ¿cómo
quiere -agregué, más seguro de mí mismo- que de la noche a la mañana me
convierta en un viejo, ni que renuncie a mis pocas diversiones -muy inocentes,
por otra parte-, si no veo más o menos cercana la recompensa de ese pequeño
sacrificio? Ofrézcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro...
-¿Y qué
recompensa puedo ofrecerle yo?
-Decirme que
me quiere.
-Hágase
querer -dijo con seriedad y coquetería a un tiempo.
Don Evaristo,
que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé pensando en las desmedidas
ambiciones de la niña. ¿Conque, nada menos, quería que yo renunciara a todo y
que me quedara prosternado, adorándola como a una imagen? ¡Qué pretensión!
Estaba enamorada de mí, y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo
mismo, renovando con variantes «el desdén con el desdén»?
Yo, para mí,
y por una fuerza, quizá ajena a mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido,
soy y seré, lo digo así, brutalmente, porque es la mejor, la más verdadera
forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que más me interesa es el propio
«yo», y el resto debe supeditarse a esta entidad. Pero hay una atenuante a
esto, demasiado absoluta quizá, atenuante que me ha permitido llegar a ser lo
que soy: cuando las cosas exteriores no pueden o no quieren supeditarse, el
«yo» debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, a toda
costa. Y jugar conmigo es cosa seria.
Dejé a María
y a su padre, que me invitaba a comer con ellos, pretextando quehaceres y
jurándome tener la última palabra en la cuestión.
Para ello,
bastaba a mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo
encuentro con la altiva moza, aspirante a mi esclavitud, que ella soñaba
probablemente redención. Cosa fácil, porque en aquel momento me preocupaba
mucho mi porvenir político, y más aún porque mi puesto de jefe de policía me
daba nociones de la vida -exageradas por lo unilaterales- que no ha escrito el
más negro de los pesimistas, que no han expresado ni aun en la redacción de los
diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres no sabe, en
cuanto a la vida privada de los habitantes de una ciudad grande o pequeña, ni
lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si quisiera novelas o escándalos
no tendría más que pasar por ese cedazo, o, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se
echan pestes contra la policía, pero si ella hablara se acabaría sencillamente
la sociedad, minada en sus cimientos, o por lo menos en la parte convencional
de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral, esta
escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo pone de relieve
la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando a creer que toda
ella es así, sin excepciones, o casi... No se extrañe, pues, que no pudiera
tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese.
Sin embargo,
María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprendí al encontrarme
aquella misma tarde de manos a boca con Vázquez, quien se acercó a saludarme,
afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca.
-¿Cómo te va?
-¡Mal! -le
repliqué.
-¿Qué te
pasa?
-Alguien me
ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo muy mucho...
-¿El
Gobernador?
-¡No te hagas
el tonto!
Encogiose de
hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:
-¡Mauricio!
Temo que hagas desgraciadas a muchas personas y, lo que es más curioso, que no
te conquistes con ello la felicidad... Si aludes a mí, y crees que yo me opongo
en cualquiera de tus caminos para cerrarte el paso, te equivocas... Mauricio.
Tú has nacido de pie, como dicen nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni
abierta ni solapadamente, porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en
que no estés seguro del éxito e impulsado a ello por las circunstancias. ¡Oh,
tú harás siempre lo que quieras!...
-¿Por qué?
-Ya te lo he
dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que esté al alcance de tu mano.
Eres como un chico que va a la juguetería con el bolsillo lleno, sin proyecto
alguno, sin más que un deseo vivo e indeterminado de «tener cosas», y que va
tomando todo cuanto le gusta...
-¿Y tú?
-dije, no sin ironía.
-Yo tengo,
por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de conducta. Como sé lo que
quiero, es muy probable que no lo consiga, y los demás dirán siempre que me
estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontraría
seguramente abierto...
¡Las
ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!...
Ahora las
juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo, sueños románticos y
nada más. Pero entonces no paré mientes en ello, y lo di por admitido,
encarando de lleno y francamente el asunto principal.
-¡Hablemos
claro! ¿María Blanco?
-Es la
muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada por un espejismo.
No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no
desearía unirme a una mujer convenciéndola, sino enamorándola. Convencida,
siempre estaría viendo tras de mí, más grande y más hermoso que yo, al príncipe
de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso:
con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de
hombre de posición política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera.
Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los
don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás.
Hube de
pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente,
aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí la mano, y le dije:
-«Sos» un
misántropo. Así no irás a ninguna parte.
-¡No quiero!
-contestó.
Cualquier
otra cosa hubiera sido mejor para mí que ese coloquio, pues me dejó más
nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influía para nada en la
actitud de María Blanco. «Esperar que lo quieran», así, resueltamente, es como
decirse que uno es estatua, monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía
conciencia de valer todo eso? ¿Era feliz? ¡Feliz, renunciando a lo que quizá
pudiera conquistar! ¿O es que consideraba que la felicidad sólo existe en el
equilibrio perfecto, no en la lucha?
¡Bah!...
- IX -
La lucha, en
cambio, me conviene a mí, es mi elemento. Sé, como el cazador primitivo,
estudiar las costumbres de la presa futura, las circunstancias, la atmósfera,
los accidentes del terreno, todo cuanto puede contribuir a la satisfacción de
mis deseos o ambiciones. Este estudio es, en la práctica, una verdadera lucha,
al contrario del que se hace en los bufetes o en las escuelas, puramente
especulativo o contemplativo: exige acción continua, atención infatigable,
decisión rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador sino
cazando.
Ya en aquel
entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas estas cualidades, como
habrá podido verse, e iba adquiriendo gran conocimiento del mundo un tanto
especial en que actuaba, inspirador de una filosofía sui generis, empíricamente
materialista -pese a mi confesión cuando el duelo-, y en cierto modo
antisténica, lo que me permitía pasar por algunos detalles que a otros quizá
les hubieran parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el
alcance de esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, a casos como el que,
por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo que le
ocurrió a este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando. Lo daría en mil.
Pues simplemente quiso seguir las huellas de su digno antecesor, sin arredrarse
ante los resultados, sin escarmentar en cabeza ajena, y quiso profundizar sus
vagas ideas pasionales, él, que desde los veintidós años, edad en que se casó,
conocía únicamente al sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta
esposa. ¿Y a quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus
temores de dar que hablar, su terror pánico a los celos póstumos de su mujer?
Una tarde que fui a su despacho me dijo sonriendo, entre desenvuelto y cortado:
-Corren las
mentas de que se divierte, Herrera.
-¡Eh! Se hace
lo que se puede, Gobernador.
-¡Qué diablo
de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo... Yo también, si
pudiese. Pero ya se me pasó el tiempo...
Solamente...
Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! Por curiosear, como
mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin, un rato de
vida es vida...
-¡Y a dónde
me querría acompañar, Gobernador? -le pregunté por tirarle de la lengua.
-¡Ah! Usted
bien sabe... No ha de ser a misa, está claro... Usted tiene tantas buenas
relaciones, y ha de ser divertido... ¿No me convida, entonces?
-¡Cómo no!
Cuando usted quiera...
Abrevio. Lo
más difícil de decir es esto: el Gobernador Correa, como novel aspirante,
adoptó las modas después de abandonarlas yo... Y nadie tuvo de qué quejarse, ni
yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia Carmen, quizá.
Ésta era una
de tantas entre todas mis funciones policiales. Y a propósito, apenas he
hablado de mi acción en cuanto al orden y la seguridad. Esto se explica: se ha
abusado del género en estos últimos tiempos y no quiero plagiar
involuntariamente a Gaboriau, a Conan Doyle, a Leblanc o a Eduardo Gutiérrez. A
ellos envío a los que me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues
siempre saldré ganando; quizá, en efecto, no haya hecho nada notable como
detective, pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al
contrario, a veces se me aconsejaron procedimientos análogos a los del
comisario Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero
adopté siempre sistemas menos primitivos...
Entretanto,
la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote en mi espíritu. En
vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y ponderados, estaban
probablemente hechos para unirse, y que una mujer como María, llena de
principios y de escrúpulos, no era lo que me cuadraba. Había una circunstancia
favorable, y mi amor propio de «gallo único» -recuerdo a Ibsen- me obligaba a
aprovecharla. Así es que fingí desdén durante una, dos semanas, pero,
esforzándome por fingirlo, me iba convenciendo cada vez más -por autosugestión-
de que era falso. Y un desdén fingido es simplemente un deseo verdadero. Me
puse a desear ardientemente a María; y esto me obcecó hasta extremos
incomprensibles, tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.
Como un
chiquillo romántico, fui a verla arrebatado, después de dos semanas de
ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos comencé a echarle
violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia, todo cuanto se me vino a
la boca.
Se puso muy
colorada, tembló toda, dejando caer los brazos e inclinando la cabeza, bajo
aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir cuanto quise, y un rato
después de que callé alzó los ojos, me miró tiernamente y me dijo:
-¿Está tan
enojado... de veras?
Creí ver un
relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de pronto.
-No estoy
enojado -contesté con calma relativa-. Es mi modo de hablar.
-¡Ah!
Se irguió, se
puso pálida, y continuó, después de un momento:
-Usted tiene
siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero anda demasiado aprisa y
me trata mal.
-¿Mal, María?
¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la compañera le mi vida?
¡Diga! ¿Quiere ser mi mujer?
-¿Su mujer?
Y después de
otra pausa, contestó:
-Pensémoslo
más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la ridiculez de ser algo
romántica, repitiéndome los versos de Campoamor: La tierra está cansada de dar
flores; necesita algún año de reposo.
-¿Tantas ha
dado?
-Alg...
unas...
-¿Con
Vázquez?
Se separó
violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.
-Las flores
son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde, cuándo, ni cómo, ni por
qué? -dijo amargamente.
-¿Se ha
enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba a pedir...
-¿Qué?
-Que nos
casáramos... cuando usted quisiera.
-¿Dentro de
un año? -preguntó sonriendo como entre nublados.
-¿Dentro de
un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de un año?
-Porque... no
tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.
-¡Yo!
-Muy veleta y
muy... ¡Ah, Mauricio! ¿Quiere que volvamos a hablar de esto el año que viene?
¿Quiere? ¡Sea buenito!
-Pero María,
usted duda de mí, usted piensa que yo...
-No, Mauricio
-interrumpió-. Éstas son cuestiones más serias de lo que nosotros creemos.
Ahora le diría «sí», pero quizá me arrepintiera más tarde. Dejemos que las
cosas lleguen a su punto. ¿Qué importa esperar, si luego no hay que
discutir?...
Y he aquí
toda la declaración de un temible don Juan. ¿No significa esto que cuando la
mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y seguí creyendo haberme
enamorado de ella como un loco.
De todos
modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las apariencias y
afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó bastante la atención en
el círculo de mis relaciones. Durante algunos meses, sólo frecuenté los
círculos políticos, la Casa de Gobierno, mi despacho de la jefatura, sin
aparecer por el club sino breves instantes.
También por
entonces me absorbía enormemente la cuestión de mi candidatura, que si en un
principio pudo parecerme cosa hecha, de pronto comenzó a presentarme
dificultades. Había muchos aspirantes y el gobernador Correa se sentía traído y
llevado por ellos. Era de buena fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme
le llenaban la cabeza de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado
muchacho, no tenía antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de
locuras; hacerme elegir sería desconceptuar al gobierno, ya harto malparado,
tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría
demasiado evidente la intromisión del gobierno en las elecciones. Algo de todo
esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas sus objeciones y
muchas otras que podría presentarme.
-Soy joven,
es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer diputado nacional de
mi edad. En nuestro país todos los hombres públicos, casi sin excepción, han
empezado muy temprano su carrera. Y lo mejor que han hecho lo hicieron cuando
jóvenes, cuando tenían más iniciativa y más empuje. En cuanto a mis pretendidas
«calaveradas», no son Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo
el mundo, y a usted menos que a nadie pueden sorprenderle, conociendo como
conoce la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una
muchacha virtuosa, inteligente, instruida y de una familia notable.
-Sí, sí; ya
sé: la de Blanco.
-¿No le
parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así, en Buenos Aires,
en las mejores condiciones sociales y políticas?
-Sí, eso
cambia...
-Ahora, ¿que soy
jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si usted quiere, pero esto le
traería algún trastorno si no tiene ya bajo la mano un hombre de confianza, que
yo le encontraré apenas me elijan.
Además, la
Constitución no dice que un jefe político no pueda ser electo diputado
-agregué, repitiendo un viejo argumento.
-Pero hay que
tener muy en cuenta a la oposición...
-¡Bah!
¿Prefiere usted que grite o que mande? Si le hacemos caso, ella será la que
gobierne, no nosotros...
-¡Vaya! ¡No
hablemos más, Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?
Dije esto
sonriendo y levantándome para dar por terminada la entrevista, como si yo fuera
el amo, y con un acento tal que Correa sólo podía interpretar la frase de este
modo:
-Me ha dado
su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado o por fuerza. ¡Para algo
tengo la provincia en la mano!...
-Váyase
tranquilo -murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...
- X -
Una sola cosa
perjudicaba realmente a mi candidatura. Por falta de reflexión, por
insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los
primeros tiempos de mi vida ciudadana habíame mostrado de un liberalismo quizá
excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comiéndome un
fraile y que cenaba devorando un cura o poco menos. En realidad, no me
importaban un ardite, pero creía que esta actitud me daba cierto carácter
batallador e independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático
pudiera haber en mi sumisión a los poderes constituídos y en mi partidismo
incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.
Pero desde mi
elevado puesto, que me obligaba a la observación de los hechos con documentos
reales y positivos, sospeché en un principio -cuando el duelo con Vinuesca- y
pude convencerme después de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible,
por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto Gobernador
Camino? Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos
cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión, conducían
al país a la ruina. La palabra de los agitadores políticos era sospechosa en
las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el púlpito, o difundidas de
casa en casa por el señor cura, adquirían una resonancia y una eficacia
extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin
ser practicante, tiene supersticiosa veneración por cuanto sale de la Iglesia,
y el escepticismo bonaerense es más superficial y de «moda» que real y
profundo. ¡Qué decir entonces de las provincias, que han conservado mucho más
el carácter español, y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese
llena de crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué
tonto había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades!
Era preciso corregir aquello, a todo trance, pero con la suficiente habilidad
para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aun más que si pasara
inadvertida.
Doña
Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más a la religión, hasta
llegar a un feroz fanatismo. Vestía el hábito del Carmen, comíase a todos los
santos, no salía de las iglesias, llevaba de casa en casa el Niño Dios en
bandeja, pidiendo limosna para la fábrica de tal o cual templo, adornaba
altares, visitaba a las monjas, hacía escapularios.
Las malas
lenguas decían que los viernes ponía calzones al gallo de su corral y que
durante la Semana Santa lo tenía enjaulado en el jardín. La casa de don
Claudio, quien seguía desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre
llena de curas y frailes, y los domingos había en ella gran almuerzo, de
cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos o tres sacerdotes de
significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor influencia,
las autoridades eclesiásticas, en fin, el mismo obispo se había dignado aceptar
una o dos veces la humilde invitación de misia Gertrudis, que en esas ocasiones
echó la casa por la ventana haciendo un menú sardanapalesco. Equilibrábase así
la zorrería de don Claudio con la santidad de su mujer, y todo marchaba a las
mil maravillas.
Yo los había
visitado de vez en cuando para oír, como se sabe de boca del mismo autor, la
narración de alguna de las sentencias notables de Zapata, de modo que cuando me
mostré más asiduo no llamé la atención a nadie. De este modo estreché
relaciones que más tarde habían de serme utilísimas, con el buen padre fray
Pedro Arosa, mi antiguo conocido, franciscano regordete y jovial que era
entonces el «pico de oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco,
triste y silencioso, y con otros sacerdotes de mayor o menor cuantía. Reservado
en un principio, demostreles el mayor respeto, no exento de dignidad, escuché
sus opiniones, se las pedí a veces, y me permití discutirlas con la mayor
reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido al fin. Esta táctica me
conquistó del todo sus voluntades, tanto más cuanto que no veían o aparentaban
no ver dónde iba yo a parar. Mi plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo
mismo no hubiera acertado a explicarlo sino como una simple tontería. Había
visto una fuerza que podía serme útil y me colocaba en situación tal que
pudiera servirme en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron,
¡tanto peor para ellos!
En el curso
de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias». Lo cierto es, por
una parte -ya lo saben ustedes-, que no las he desdeñado nunca, y por otra que
a veces he solido verlas venir desde muy lejos, y nunca he reñido con ellas
antes de tiempo. ¡Aprovechar las circunstancias! ¡Pero si eso es sólo saber
vivir la vida! ¡Vislumbrar las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener
talento político! ¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de
circunstancias», en nuestro país y en todas partes, sino ir a la inmolación o
ponerse sencillamente en ridículo?...
Fray Pedro
Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber a qué atenerse respecto
de mí, y un día me sometió a un amable interrogatorio, como si hablara de cosas
indiferentes.
-Muchos hay
-me dijo- que no creen ciegamente en los sagrados misterios de nuestra
religión, pero que tampoco se atreven a negarlos y les tributan el más profundo
respeto. Esperan el «estado de gracia», que, dada su situación, no puede tardar
en llegarles. Entretanto, se sienten desgraciados -así debe decirse- porque les
falta la inefable satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la
fe.
Pisé el
palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente en esa situación,
que quería creer, pero que no podía librarme de toda duda. Veneraba la Iglesia
-había dado pruebas de ello-, pero se me hacía difícil admitir todo su credo,
probablemente porque no me hallaba en el susodicho «estado de gracia».
-¿Por qué no
frecuenta más los sacramentos? -preguntó campechanamente el padre Arosa.
-¿Cómo dice,
padre?
-¿Por qué no
se confiesa y comulga más a menudo? Cuando se está con un pie dentro y otro
fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un esfuerzo. El estado de gracia
viene de lo alto, repentinamente, como a San Pablo en el camino de Damasco,
pero también puede obtenerse mediante la oración y las prácticas religiosas. La
fe, la convicción, se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo
innumerables satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su
indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen los
paisanos, con este aditamento:
que el que no
está con Dios está contra él.
-¡Santas
palabras! -exclamó misia Gertrudis-. ¡Con razón le dicen «pico de oro», padre!
Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero este Mauricio ha sido siempre
algo hereje, y no se dejará convencer hasta que no vea cerca su última hora.
-¿Por qué
dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero eso no quiere
decir que sea un hereje.
-No. No es el
caso -repuso fray Pedro-. La herejía es otra cosa muy distinta, como es
distinta la incredulidad. Aquí estamos frente a un acabado ejemplo de
indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese estado enfermizo de su alma irá
cediendo poco a poco o rápidamente ¡quién lo sabe!, a la celestial medicina.
-Lo haré,
padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama, me traerá la paz y
la felicidad.
-Así en la
tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios premia a sus servidores,
sin contar, como padre generoso y amante.
Pocas noches
después fui a visitarlo al convento, y me confesé con él. París vale bien una
misa. Por otra parte la confesión no me repugnaba, desde que el padre Arosa
estaba ya muy al corriente de mi vida. En efecto, nada de lo nuevo que le conté
le sorprendió, quizá porque ya lo sabía,
quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho más gordas
que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera confesión, que me
ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin duda convencido de que un matrimonio
sin amor no sería más que un semillero de pecados mortales. Lo único que me
recomendó fue que huyera de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por
excelencia del demonio...
-Debes
frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte a la oración,
leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte que te hagas un
anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos en la sociedad, y la
alegría y los placeres lícitos no dañan al buen cristiano. La religión necesita
servidores en el mundo, no sólo en la Iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz.
Ego te absolvo, in nomine...
La noticia de
mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de sacristía en sacristía y de
convento en convento, y no tardó en trascender hasta el público. Muchos
liberales la creyeron cuento y no le atribuyeron importancia alguna. Y cuando
el hecho se confirmó, ya todo el mundo estaba acostumbrado a él.
Mi temible
enemigo era, pues, mi aliado. El camino a la diputación nacional quedaba
abierto y sin obstáculos.
- XI -
Aunque lo
esperaba de un momento a otro, no supe sino algo más tarde que el partido
católico de la provincia apoyaría indirectamente mi candidatura. Digo
indirectamente, y voy a explicar por qué. Desde mucho tiempo atrás, la
oposición no se presentaba a las elecciones o salía afrentosamente derrotada
apenas trataba de dar señales de vida. Con las mesas totalmente gobiernistas,
la policía nuestra, los jueces nuestros, sin grandes gastos de movilización de
gente, el triunfo nos pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores
copiaran los registros durante un par de horas. Pero si la oposición
propiamente dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido
político en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es
decir, en la designación de candidatos. En el partido del gobierno, así como en
los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general rica y
conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se escuchaban
siempre y se seguían a menudo. La opinión de éstos en cuanto a hombres y cosas
se consideraba el exponente de lo que el pueblo podía tolerar. Algo que
provocara su violenta desaprobación sería necesariamente inaguantable para los
demás. Podían, pues, hacer con éxito la guerra a mi candidatura, antes de que
saliera a luz, ya que no en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una
conversación que tuve con fray Pedro Arosa.
-¿Ha oído
usted hablar -me preguntó una tarde- de un proyecto de ley de divorcio que va a
presentarse al Congreso, y que completaría la iniquidad de la ley de matrimonio
civil? ¿Sabe usted si el Presidente está dispuesto a apoyarlo?
-No lo creo
-repliqué-. El Presidente debe tener en la actualidad otras preocupaciones. En
cuanto al proyecto, existe, pero lo considero un simple tanteo de la opinión,
un preparativo para más tarde...
-¡Pues ni
como tanteo! -gritó el padre Arosa-. Los «tanteos» preparan las
«realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible castigo! ¡Es
necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente! Están minando el
edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que aplastará al país con sus
ruinas. ¡El día que se acabe la religión, esta República habrá dejado de
existir, será un pueblo muerto, abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio!
¿Sabe usted lo que es el divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de
la sociedad, el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer,
sin el freno del matrimonio, no irá a buscar consuelo y confortación en la
iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de aventuras,
corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le ofrecerá
engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es, hoy por hoy, la
única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto caiga de tal modo bajo la
condenación general, que nadie se atreva, en muchos años, a volver a
presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...
-Si llego a
ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente al triunfo de la buena causa, y el divorcio
no tendrá enemigo más resuelto -dije con unción.
-¿Aunque el
Presidente lo apoye?
-En
cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse. Yo
encontraré el medio de hacer que el Presidente deje a sus partidarios en plena
libertad en esta cuestión.
-¡Es tan
liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo nuestro!
-Eran otros
tiempos. Y además, padre, tenía que propiciarse el pueblo bajo, en vista de la
Presidencia... Ahora no querrá mezclar a la cuestión política una especie de
guerra de religión, ni enajenarse la voluntad femenina, inclinada a él por el
apogeo del lujo y la riqueza, por el brillo de una vida de holgura y
diversiones... amén de otras cosas...
-Puede que
eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan buenas intenciones, es
preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta hombres como usted.
No oculté mi
satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y regocijo acostumbrados,
agregó, sonriente:
-¿No le
parecería bueno hacer un viajecito a Buenos Aires? Yo creo muy útil que se vea
con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos el proyecto de divorcio. ¡Oh!
¡Como simple informe, sin meterse en honduras!
Tanto más
cuanto que sería magnífico que el Presidente se mostrara favorable a su
elección.
¡Gran
consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz de ponerse en
mi camino.
-Iré esta
misma semana -dije-. Cuente conmigo, padre.
-¡Dios te lo
pagará!
Entretanto
María no había cambiado de actitud... Amable, afectuosa, me recibía como a un
buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba -pronto reprimida- una promesa por
sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fui a verla como de costumbre, me dijo
con cierta gravedad:
-Ayer
incidentalmente, habló Papá de que está usted muy religioso, ¿es cierto?
-No tengo por
qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como dicen los sacerdotes,
María -contesté en tono de broma.
-¿No se
enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle indiscretas?
-¡Qué
esperanza!
-Dígame,
pues: ¿usted cree, de veras, en todo lo que enseña la religión?
-Sí, creo
-dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejar ver mi vacilación-.
¿Por qué me lo pregunta?
-Porque me
parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar con incredulidad y
hasta con burla de más de un misterio, de más de un dogma.
-Extravíos de
la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siempre a sus primeras
creencias, a lo que le enseñó la madre, cuando niño...
-¡Ah!
-Siempre
queda allá en el fondo un resto de fe, que florece y fructifica en determinadas
circunstancias. Ya sabe usted que quiero hacerme hombre serio, María.
-Sí, sí. Eso
debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser serio sin ser religioso?
Papá no cree, por lo menos él lo dice, y sin embargo lo considero grave, bueno,
honrado y puro... Me afligiría que cambiara de modo de pensar, sin una causa
evidente y convincente...
-Lo que
quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo que quiere decir
que usted tampoco cree?
-Yo creo...
Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto a examinar esa
cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y todavía no estoy preparada
para discutir. Los mandamientos de la Ley de Dios son justos y santos, esto me
basta. Los considero la regla de conducirse bien en la vida, y me someto a ello
como a una disciplina salvadora... Pero si llegara a dudar de los artículos de
la fe, me parece tan difícil que volviera a creer en ellos de la noche a la
mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que digamos.
Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.
Mucho me
sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y tristeza que vi en la
cara de María. ¿La habría mordido «el demonio implacable de la duda»?
¿Desmerecía yo en su concepto con mi actitud?
¡Imposible!
La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo que, cuando incidentalmente
criticaba yo o satirizaba la religión en su presencia, María me llamaba al
orden, diciendo que no debía hacer burla de las «cosas respetables».
Pero ¿quién
entiende a las mujeres? Cualquiera diría que aquella muchacha sospechaba de mi
sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y utilitario en mi conversión, y
abrigaba temores respecto de mi carácter y de mi conducta futura para con ella.
Quise poner esto en claro, y, anunciándole mi próximo viaje a Buenos Aires, la
dije que, según todas las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.
-Ya lo sabía
y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho por el país.
-Lo dice
usted sin interés ni entusiasmo.
-¡Vaya! No es
cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa nada... Es un buen empleo,
nada más... Eso si no se halla manera de elevarlo hasta la altura de una
misión, y de servirse de él como de una herramienta poderosa para hacer el
bien.
-Así lo haría
yo, si tuviera quien me confortara e inspirara. ¿Quiere usted ser mi apoyo y mi
inspiradora? ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me elijan, y entrar del brazo
conmigo en Buenos Aires?
Me miró con
fijeza tranquila y severa.
-Ya se lo he
dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año.
Quiero...
estar segura de mí misma... y de los demás.
-¡Me hace
usted desesperar! -dije, tomando el sombrero-. ¿Es su última palabra?
-¡No, pues!
La última se la diré dentro de un año.
-¿Y será que
no?
-Creo, espero
lo contrario, Herrera -contestó con blandura, tendiéndome la mano.
¡Curiosa
mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase que en ella más podía
la reflexión que el sentimiento. Había una lucha ardiente entre su corazón y su
cabeza, y ésta era tan encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola,
y en su moral, entristeciéndola.
Nunca, en mi
vida, he hallado otra mujer como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni
en las que pude observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con
Teresa, por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy
ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión, sin
condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los sentimientos, por
las circunstancias. María, en cambio, pura y también candorosa a su modo,
tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse arrastrar por sus sensaciones e
impresiones, estaba en guardia contra peligros desconocidos, quizá imaginarios,
y me resultaba una criatura artificial, una especie de coqueta terrible, porque
filosofaba y ponía en práctica su filosofía.
Sabia
coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más a ella, y mi
voluntad iba violentamente a su conquista, por cualquier medio.
Esta
situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable, desde una visita de
don Evaristo en mi despacho, análoga, pero ¡qué diferente!, a la del viejo
Rivas.
-Mi querido
Mauricio -díjome Blanco, afectuosamente-. Debo hablarle de un asunto de
importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que no tome a mal mis
palabras y que se ponga en mi lugar de padre con imprescriptibles obligaciones.
-¡Hable usted
con toda libertad, don Evaristo! -exclamé sin sospechar aún lo que me diría,
aunque sabiendo de quién se trataba.
La vida tiene
ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno pudiese considerarlas
desde fuera, con ánimo sereno. La escena con Blanco era, más que una ironía, un
sarcasmo. Iba a decirme que como mi asiduidad en su casa se prolongaba
demasiado y comprometía a su hija, era necesario que explicara mis intenciones,
pidiera la mano de la niña o me retirara, como cuadra a un caballero. Todo el
mundo me consideraba novio de María, y algunos pretendientes serios se habían
retirado, al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar a María
¡muy al contrario!, pero deseaba aclarar la situación y no verla en una
posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.
Le dejé
hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le agradaba ser
interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad provinciana y ese
acento oratorio que es todavía atributo de algunos viejos chapados a la antigua
y olvidados por la muerte. Cuando con una larga pausa y una mirada invitadora
señaló que había terminado, repliqué, muy grave:
-Todo eso
está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en pedirle ahora mismo
la mano de María, considerándome muy honrado en obtenerla, pero... Pero es el
caso que no puedo hacerlo, por ahora.
-¡Cómo así!
¿Por qué? -preguntó sobresaltado.
-Porque ella
misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos inmediatamente, sin pérdida de
tiempo, pero a todas mis súplicas contesta que resolverá dentro de un año. Sin
quitarme las esperanzas, no me las quiere confirmar tampoco...
-¡Es
posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...
Y se
interrumpió en seco, al comprender que iba a hablar mal de su hija, a penetrar
con cierto impudor en su fuero interno de mujer, cayendo luego en honda
meditación como si el inesperado problema lo dejara perplejo. Convencido, sin
duda, de nuestro amor recíproco, no había querido interrogar a María, con ese
exceso de pudor de ciertos padres criollos, que no dejando escapar ante sus
hijas ni la menor palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más
incapaces aún de someterlas a un interrogatorio siempre escabroso, por más
tacto que se tenga.
Había
respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor que se
imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo mismo que su
antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una mujer hecha y derecha,
experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto puede el misterio!
-En ese caso
-dijo por fin el viejo, llegando a una crisis de su meditación-, en ese caso
doy por pedida la mano de María. Yo hablaré con ella, haré que me diga sí o no,
o por lo menos sabré qué piensa...
-Creo que su
intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone.
María me ha
declarado que está resuelta a no acortar el plazo...
-¡Oh! Estas
muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!...
Pero las
cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez... En cuanto a usted,
mi querido Mauricio, le ruego que no complique más el problema con tan
frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al contrario, es posible que así
se arreglen las cosas mucho más pronto...
Se fue el
buen hombre, y yo quedé riendo de rabia por la irónica comunicación, y ardiendo
en deseos de asistir al coloquio revelador que iban a tener padre e hija. En la
imposibilidad de escucharlo, traté de encontrarme al día siguiente con Blanco,
lo que no era muy difícil, pues todas las tardes salía a caminar. A mis
preguntas, contestó evasivamente, con aparente franqueza:
-Dice que los
dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo para casarse. Que quiere
conocerlo más, para no lamentar después una equivocación...
Hoy me alegro
infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer debe entregarse sin
condiciones al marido, y no someterlo eternamente a la crítica, porque de otro
modo ni él ni ella podrán nunca ser felices. Éste debía ser el fondo del
pensamiento de Vázquez, al decir que no quería conquistar a una mujer
«convenciéndola» sino «enamorándola».
Pero entonces
mis sentimientos llegaron a exagerar todos sus caracteres apasionados ya, y me
pareció imposible vivir sin María, no vencer ese primer obstáculo opuesto a la
realización de mi voluntad, hasta entonces siempre vencedora.
Ajustándome,
pues, a los deseos manifestados por don Evaristo, y siguiendo una táctica que
aún me parecía eficaz, pese a su fracaso anterior, no fui a ver a María, sino
el día antes de marcharme a Buenos Aires. Estuve pocos minutos y me despedí
diciendo:
-Espero que a
mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida está devorada por la
impaciencia y resulta intolerable.
-¿Por qué
impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si empezara, tendría
luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.
-Y usted
demasiado indiferente. Adiós, María.
- XII -
La capital me
atraía poderosamente, por su vida más amplia y más libre, su movimiento, sus
diversiones, su buen humor aparente que contrasta con la amodorrada gravedad
provinciana, pero nunca produjo en mí tanto efecto de atracción como aquella
vez, sin duda porque ya vislumbraba próxima la hora en que emprendería su
conquista. Pisé sus aceras con paso firme, de propietario, y me sentí más
familiarizado que nunca con aquel torbellino que en un principio me mareara,
desconcertándome. Una nueva vida parecía empezar para mí, excitando mi orgullo,
y con la frente alta miraba la ciudad como cosa mía.
-¿Soy
provinciano? -me preguntaba, recorriendo aquellas calles animadas que diez o
veinte años más tarde iban a convertirse en tumultuosas-. ¿Y ese epíteto de
provinciano significaría que esto no me pertenece como al mejor entre los
mejores? ¡Bah! Ésas son tonterías que sólo sirven para alimentar la
conversación de los fogones y las salas de aldea. Aunque no tuviera antepasados
porteños, en cuanto me pasara el primer mareo de la multitud, me encontraría en
casa, como todos los del interior que han triunfado, y que sólo utilitariamente
mantuvieron el antagonismo tradicional. ¿Qué es lo «porteño», sino la suma de
los mejores esfuerzos de todo el país? ¡Vamos! Desde el ochenta, más gozan de
Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan menos de París
los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es una resultancia, y yo la
quiero, y todos debemos quererla, hasta por egoísmo, porque todos colaboramos o
hemos colaborado en la tarea de su realización. ¡Una capital con la quinta
parte de la población de un país que es un mundo, capital que, sin embargo,
vive en la abundancia, en el lujo, en la esplendidez!
¡Qué ciudad,
qué país, qué maravilla!... Quererla mal es renegar de la propia obra, es no
saber lo que estamos haciendo...
La ciudad de
provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el mismo recuerdo de María se
esfumaba como algo que comenzara a ser remoto.
El grande
hombre del interior iba a ser grande hombre de la capital, centuplicando su
importancia sin trabajo, conducido por el curso natural de las cosas... Pero ¿y
si el Presidente?... ¡No! No había nada que temer:
me daría su
confirmación, pues le constaba que lo había servido y lo serviría
incondicionalmente, mientras ocupara el poder. Después, no podía forjarse
ilusiones; su sucesor lo arrumbaría en cualquier rincón, como él mismo había
hecho con su antecesor, como lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de
los presidentes. Lo importante para él era contar durante su período con
hombres probados y prepararse a volver en las mejores condiciones posibles a la
vida privada... Pero ¿no sería peligroso hablarle de lo que me había encargado
fray Pedro? ¿No consideraría aquello como una falta de disciplina? ¿Qué pensaba
del divorcio? ¿Deseaba implantarlo realmente? ¡Bah! Todo es cuestión de tantear
el terreno con destreza y no precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una
medida tan radical no es de su temperamento...
Fui a verlo
en su casa particular al día siguiente y en cuanto hice pasar mi tarjeta me
recibió. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada suave y bondadosa, muy
campechano y afable. Hablaba con cierto dejo provinciano que no carecía de
gracia, y accionaba con viveza cuando decía algo interesante, acentuando
entonces más las sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba
nada aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán
resuelto y franco, me hizo sentar junto a él en un sofá, y entró inmediatamente
en materia, preguntándome -cual si ésta fuera una «Guía de la Conversación» de
los presidentes- cómo andaban las cosas en mi provincia y cómo se presentarían
las próximas elecciones nacionales.
Exageré la
paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad del pueblo a su gobierno,
la riqueza que fluía de todas partes, la floreciente situación de los Bancos,
el progreso que avanzaba vertiginosamente.
En cuanto a
las elecciones, procurarían un nuevo triunfo a nuestro partido, del que él era
tan digno jefe, aunque entre los candidatos hubiera alguno o algunos de escaso
mérito.
-¿Por
ejemplo, cuál? -me preguntó extrañado.
-Por ejemplo,
éste su servidor, Presidente -dije, mirándole al soslayo, para sorprender la
impresión que le causaba.
Se echó a
reír.
-¡Vaya una
modestia, amigo! -me contestó-. Usted hará muy buen papel en la Cámara... mejor
que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface,
porque usted es un hombre con quien se puede contar.
-¡Oh, en
cuanto a eso!...
-Pero, dígame
lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador Correa?
Iniciose,
entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole detalles de todo
género, haciendo retratos más o menos parecidos de mis comprovincianos
influyentes, contándole las últimas anécdotas y los últimos escándalos. Era
curioso y se divertía muchísimo con aquella chismografía político-social, que
yo manejaba como un maestro. Aproveché la circunstancia para informarlo de la
actitud del clero y del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley de
divorcio.
-Pero no ve,
amigo, cómo nos atacan los clericales -exclamó con un ademán violento y
poniéndose ligeramente encarnado-. ¡Nunca se ha visto!... Hacen política hasta
en el púlpito, y hay que darles una lección... Están demasiado engreídos
(engréidos, pronunciaba él), y no quiero que en mi gobierno haya nadie que se
ría de mí.
-¿Y no cree
usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo, no se portarán peor?
Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del gobierno...
-Eso es lo
que hará, precisamente... No tengo interés mayor en la ley. Pero al sentir esa
amenaza comprenderán que sólo yo puedo desvanecerla o alejarla indefinidamente.
-¿De modo que
nuestros diputados podrán votar como les parezca?
-Naturalmente.
Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinión.
Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo estreno para usted.
Salí radiante
de alegría, y corrí al hotel a escribir a Correa, a los amigos, para
comunicarles que el Presidente me había ungido diputado. Todo temor
desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo.
También
escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había pasado de acuerdo con
nuestros deseos, y a de la Espada, pidiéndole que lanzara abiertamente mi
candidatura en Los Tiempos, sin esperar a que el Comité me proclamase. ¡Me reía
yo de todos los comités, de todos los gobernadores de provincia, de todos los
candidatos de sí mismos!
Pasé en
Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro a una tertulia, de
una visita a un paseo, de un club a alguna libre y amena reunión femenina,
derrochando dinero como sólo se ha derrochado en aquella época delirante y
magnífica, que la mala suerte vino a interrumpir, pero que pudo ser, sin la
intervención de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció
reiniciarse diez o quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea
escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde que
todo el edificio cimentado en el crédito, pero que se hubiera consolidado
echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche a la mañana, y pusiera
en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del único
que tiene suficientes fuerzas para gobernar el país, experiencia profunda y
clara comprensión de cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura,
que me hizo pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de
tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, a despecho de
la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo de una policía fuerte
y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el
populacho que la oposición trataba de anarquizar.
Cuando volví
a mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría para vivir con rumbo seis
meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los
Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban día a día, y no
tardarían en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en
especulaciones que Buenos Aires ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en
poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, o, por lo menos,
así lo creía yo.
Para
asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado dinero de los
Bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en el Nacional, unas veces
con mi firma -las menos-, otras con las de algunos servidores de confianza,
para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intención de suspender las
amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor.
¿Por qué
había de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor
posición política que yo no corrían riesgo alguno, usando de cuanto dinero
necesitaban? Además, con aquello no hacía daño a nadie, y esas sumas me
permitían edificar, especular, aumentar el número y la extensión de mis
propiedades...
Vuelto a la
ciudad, mi primera visita fue para María, que me recibió como me había
despedido, amistosa pero fríamente, con una reserva que se esforzaba al propio
tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero ¿contra
qué? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina.
Fray Pedro, a
quien fui a ver en seguida, me abrumó a preguntas, y sólo se tranquilizó cuando
le dije lo que se proponía el Presidente:
amenazarlos
para mostrarse después buen príncipe y atraerlos a su lado, o por lo menos
neutralizarlos en la fiera campaña de oposición que se iniciaba entonces.
-¡Bien, muy
bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se
propone con ese espantajo. No se puede encender una vela a Dios y otra al
diablo, y sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes.
Mi
candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo que mi casa
particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios,
deslumbrados por mi rápida fortuna, y a quienes Zapata hacía los honores,
dándoles el tono y el compás en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se
atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su
apogeo. Yo era, si no el más importante, uno de los personajes más importantes
de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba a votar por mí, y me pedía
alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo o el
pariente, una pensión para la viuda, la huérfana o la hermana de un guerrero
del Paraguay, que probablemente no había salido de su casa, una recomendación
para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesión o de
privilegio, cátedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y
hasta en las Universidades, cuanto Dios crió y las administraciones humanas
inventaron desde que el mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerpo
de Amaltea, o la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fui más rodeado
que Camino, e incomparablemente más que Correa.
Yo a todos
decía que sí.
Cuando se va
subiendo en política, hay que acceder a cuanto se nos pide. Basta con
reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega en los tiempos
indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los interesados.
- XIII -
En cambio, mi
candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de oposición, que me
llenaban de improperios, lo mismo que a los otros candidatos situacionistas. La
prensa bonaerense nos zurraba también, incitada por sus corresponsales, eco
molesto del periodismo local. El diario católico de la ciudad, entretanto, me
perdonaba a mí solo, atacando con singular violencia a mis futuros colegas, que
al fin y al cabo no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto a
preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como Correa,
cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida
la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido de su corazón, y hacía
cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los
diarios que él era el más empeñado en mi triunfo y que yo debía considerarme
«su hijo... político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese
hecho sufrir a la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía
segura mi «banca» en el Congreso, no me avine a dejar pasar sin castigo todas
estas impertinencias, y, empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis
y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma
una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi
provincia.
Allí salían a
bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los
detalles más o menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para
esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que
conocían la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones
atrás. Aparte la genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los
escándalos verdaderos y calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada
uno de nuestros comprovincianos de significación.
-¿Qué se
puede decir de Fulano, misia Gertrudis?
-Que es un
mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los Bermúdez, que entró
de sacristán en San Francisco. Los buenos padres enseñaron a leer y escribir a
los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacén y pulpería, y
ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este
personaje de hoy, le cantábamos para hacerlo rabiar:
La Habana se
v'a perder
la culpa
tiene el dinero:
los negros
quieren ser blancos,
los mulatos
caballeros.
Tenía el odio
más inveterado y mortal contra los negros y mulatos, sólo comparable con el que
dedicaba a los «carcamanes», o sea italianos burdos, a los «gringos», es decir,
a los extranjeros en general, y a los catalanes, aunque fueran nobles hijos de
la península ibérica, patria de sus antepasados.
Para cada
colectividad de éstas tenía una copla, más o menos chistosa, por ejemplo:
A la orilla
de un barranco
dos negros
cantando están:
¡Dios mío!
¡Quién fuera blanco...
aunque fuese
catalán!
A los
carcamanes, bachichas, «mangiapolenta», escasos por entonces en la provincia,
no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese a su alta posición
oficial y pecuniaria, no escapaba a sus tiros. Don Claudio le hacía coro y
complementaba a veces sus recuerdos y observaciones, con análoga malevolencia,
subrayando algún detalle o exhumando otros desconocidos u olvidados por su cara
mitad.
-«Acórdate»
de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había parado en su casa don
Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras
que no se parece nada al padre.
Y así para
todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues, admirablemente mi
policía oficial, en el tiempo y en el espacio, metiéndose donde ésta no podía
entrar, resucitando archivos inaccesibles para ella, y gracias a sus informes e
insinuaciones podía yo escribir sueltecitos picantes como «aí cumbarí». Pero,
aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir -los duelos
son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor notoriedad-,
cuidaba de indicar clara, inequívocamente a mi víctima, pero sin señalarla de
un modo categórico. Quiero presentar aquí un espécimen de aquella literatura,
una silueta -no la más hiriente, por cierto- de un enemigo de significación, el
redactor en jefe de El Grito del Pueblo, diario el más vehementemente radical
que se haya visto en mi provincia:
«Escribe con
una copa de caña al lado. Esta copa siempre está llena, y no porque él la
olvida. No. Cuando se la bebe, distraído, le escancia inmediatamente otra una
mujerona de color sospechoso, entre china y mulata, con quien se casó hace poco
para legitimar una larga prole de negritos, de mota y pata en el suelo. Este
manejo se repite cada cinco minutos o a cada párrafo de 'sana doctrina
política'. La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana, cobra
naturalmente su comisión en especies, echando sendos tragos, de modo que al
acabar un artículo atiborrado de insultos y de calumnias y hediendo a alcohol,
ambos, el salvador del país y su Egeria cetrina, están completamente borrachos.
Entonces leen lo que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir
las palabras demasiado suaves, sustituyéndolas con las más gordas del
diccionario populachero y dándoles todo el fétido aliento de su dipsomanía. Y
el engendro de su doble embriaguez delirante es para ellos algo sagrado, si no
divino, el eco exacto y admirable del grito del pueblo. Para los demás es
únicamente, y no puede ser otra cosa, el eructo del porrón.»
No copio más,
porque juzgo ahora este sistema de polémica menos distinguido que entonces, y
mucho más eficaz de lo que parece. Va más allá del blanco. Pero agregaré en mi
descargo, si no en mi honor, que estos mismos sueltos, procaces si se quiere,
eran modelo de discreción y agudeza, comparados con los que entonces solían
leerse en la prensa provinciana, de los que guardo algunos tan curiosos como
aquel que discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni
insinuar se puede lo que decía.
Como es fácil
de comprender, este deporte periodístico era para mí una diversión
incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de insidias y
gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues va había comenzado la
agitación política con sus asambleas de comités, sus almuerzos campestres, sus
asados con cuero, sus manifestaciones callejeras, sus mitines en el teatro o en
las canchas de pelota, su serie interminable de fiestas y reuniones, en que
tuve que pronunciar casi tantos discursos como un candidato yanqui a la
presidencia. Pero con un arsenal de lugares comunes que me había formado salía
airoso, barajando, unas veces de una manera y otras de otra, los santos
principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad y la integridad
nacional, el partido dirigente por excelencia, la hidra siempre amenazadora de
la anarquía, la representación genuina de las provincias, el Presidente de la
República, garantía de paz, de prosperidad y de progreso, la vil canalla de la
oposición, la traílla de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la
calumnia, los altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio,
la era de las instituciones...
y mil otras
frases más o menos huérfanas de pensamiento, que el público me escuchaba con
tamaña boca abierta y me aplaudía a rabiar, porque con esa intención o esa
consigna había acudido a oírme.
Pero tanto
fue el tolle que armó la prensa local y la bonaerense sobre mi presencia
inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo candidato, tanto se protestó
contra este escándalo electoral, que Correa estuvo a punto de ceder y quitarme
el mejor escalón para llegar al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias
me ayudaron otra vez.
Volvían a
correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han corrido rumores de
revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo inmemorial. Podía aplicarse al
país lo de que «cuando no estaba preso lo andaban buscando», y la prensa
europea glosaba nuestras convulsiones internas como otros tantos cuadros de una
opereta pasada de moda. Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad
nacional», poniendo al unísono a todos los gobiernos de provincia, que
pertenecían exclusivamente a nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de
la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición, desalojada
hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y se armaba para
luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de la legalidad estaba
clausurado para ella. Mi provincia no constituyó excepción. Pero las
oposiciones, cuando no son enormemente fuertes, resultan muy desgraciadas en
nuestro país, y nunca son así, enormemente fuertes, sino en circunstancias
especiales y siempre transitorias. La mayoría, en realidad, prefiere ser
martillo y no yunque.
No tardé,
pues, en saber los preparativos que se hacían contra el gobierno local. Los
jefes de dos de las estaciones urbanas de ferrocarriles, que tenían también la
dirección del resto de sus líneas en la provincia, se permitían ser opositores
con mayor o menor franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no
era «forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este último
acudió un día a mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se habían
introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera notoria su
fidelidad al gobierno y su continua vigilancia.
-Y si se han
atrevido a servirse de mi compañía -agregó- estoy seguro de que se sirven mucho
más de las otras y de que en estos momentos ya hay centenares de fusiles en la
provincia.
-Gracias por
la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso.
Pero vaya sin
cuidado, que no va a suceder nada... Eso sí, averigüe quiénes han recibido las
armas, pero sin alborotar a nadie, y hágamelo saber. Lo demás corre de mi
cuenta.
Al día
siguiente hice citar a los dos jefes opositores, para que concurrieran a la
misma hora a mi despacho. En cuanto los tuve en mi presencia, agitando unos
papeles, como si fueran los documentos reveladores de sus manejos, exclamé:
-¡Sé todo lo
que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto a no hacerme el
desentendido, y a perseguir cualquier malevolencia, cualquier traición... Así
pues, desde este mismo instante me darán ustedes cuenta exacta de todas las
armas que se introduzcan en la provincia por sus ferrocarriles y del nombre de
sus destinatarios... Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por
mi personal, y es deber de ustedes facilitar la obra del gobierno. Si no lo
hacen y resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré
responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo respecto
de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.
Varias veces
habían tratado de interrumpirme, protestando de su inocencia y alegando
ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando renovaban sus protestas, les
hice callar, afirmando:
-Estaré
siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios, pero ustedes
tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren pasarlo mal... Por otra
parte, no tengan cuidado, porque sus informes quedarán completamente
secretos...
-Esto tiene
que venir de habladurías, de calumnias de Sánchez -insistió uno de ellos,
Smithson-; nadie sino él tiene interés en perjudicarnos.
-¿Qué clase
de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me ha dicho una
palabra?...
-¿Qué clase
de interés? -saltó el otro, llamado Peacan-.
¡Congraciarse
con el gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de
mercancías de su estación central!
-¡Bah! Ese
asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda actividad. El
culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes creen.
Y mirando a
Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara involuntariamente que
Smithson y no otro era el soplón, agregué:
-¡Vaya, vaya!
Ni se sueña usted quién me ha informado.
Al despedirme
de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:
-¿Me cree
usted tan simple que no hubiera convocado a Sánchez, si éste fuese mi
informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las sospechas?
En cuanto a
Smithson, a quien retuve unos minutos más, también le sugerí la idea de que el
indiscreto era Peacan, y esperé el resultado de mi pequeña combinación.
Cualquier otro hubiera hablado a solas con cada uno de ellos, para tratar de
sacarle la verdad, pero hubiera fracasado inevitablemente; yo, hablando con los
dos a un tiempo, suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi
objeto. Y, en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar
dos cajones de remingtons, consignados a un bolichero de las afueras, hombre de
Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En cuanto a Peacan, más
leal o menos asustadizo, había pedido que no se siguiera enviando armas por su
línea, porque estaba descubierto.
Hice seguir
los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados, para que no me los
escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos». Un tercer cajón llegó
a casa de un opositor católico, el doctor Lasso; también lo dejé. Por último,
Zúñiga cometió la tontería de recibir dos en su propio domicilio. Era el
momento de obrar. Hice allanar la casa de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí
los que había en las chacras, en el boliche, en poder de algunos particulares,
y escribí a Lasso un billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero
que, como no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones
religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.
Correa se
quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los rumores habían
llegado a sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al ver que me encogía de
hombros cuando me interrogaba al respecto. Y honrándome como nunca lo había
hecho, me fue a visitar en la policía.
-¡Ah,
muchacho! -exclamó-. ¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!...
¡Ahora lo que
hay que hacer es enjuiciar a todos esos revoltosos de porra!
-¡No se
precipite! Mire bien lo que va a hacer, don Casiano -le dije-. El pueblo está
demasiado alborotado para que nos metamos en «persecuciones». Lo mejor será
practicar una larga investigación, sin tomar preso a nadie por el momento.
Siempre habrá tiempo de hacerlo en el curso de la instrucción, si vuelven a
alzar el gallo. Y ahora, para hacerle el gusto, permítame que le presente mi
renuncia...
-¡Cómo tu
renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que «renunciés» en estos
momentos, ¡no faltaba más!
-Sí,
Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la renuncia, pero
copiando este borrador.
Y le presenté
una minuta así concebida:
«Considerando:
1º que el benemérito jefe de policía de la provincia, don Mauricio Gómez
Herrera, tiene razones poderosas para renunciar el puesto que con tanto acierto
y patriotismo desempeña; 2º que las circunstancias anormales por que atraviesa
la provincia, teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus
servicios:
»El
gobernador de la provincia, en acuerdo de ministros, decreta:
»Art. 1º
Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez Herrera;
»Art. 2º
Encárguese al mismo don Mauricio Gómez Herrera del desempeño de las funciones
de jefe de policía de la provincia, mientras duren las presentes anormales circunstancias.»
-¿Lo firmará?
-pregunté.
-¡Pues, está
claro!
¡Viva la
República! ¡Cualquier día iba yo a dejar que mi elección se hiciera sin
dirigirla personalmente yo!
- XIV -
Estas
sencillas maniobras que no sé si llamar hábiles dieron lugar a un hecho
agradablemente inesperado. María me escribió un billetito, el primero,
pidiéndome que fuera a su casa. Hacía semanas enteras que no iba a visitarla, y
recibí su invitación con verdadero regocijo, como una señal evidente de mi
triunfo próximo y definitivo. Corrí a casa de Blanco sin perder un minuto, y
entré en la sala con aire de conquistador, aunque ligeramente conmovido. Saludé
con efusión, pero quedé sorprendido al ver que María me recibía con cierta
gravedad.
-Mauricio
-dijo, por fin, entrando en materia-. He creído de mi deber atreverme a hacerle
una advertencia. Usted comprenderá que, dadas nuestras relaciones... amistosas,
me preocupe de cuanto hace, y tenga, como si dijéramos, los ojos clavados en
usted... Y, perdóneme, su actitud me aflige.
-¡No he hecho
el menor daño a nadie! -exclamé estupefacto-. Hasta he salvado a los
revolucionarios, negándome a tomarlos presos, como quería el Gobernador.
-No me
considere «politiquera». No lo soy. Si me informo de la política, es porque
usted es político; me ocuparía también de usted en cualquier otro terreno en
que actuara. La mujer que quiere conocer su destino sabe adaptarse al medio de
su... de los amigos que han de influir decididamente en su vida.
Una luz me
iluminó como un relámpago, y después de callar un momento, pregunté con
afectada tranquilidad:
-¿Hace mucho
que no ve a Pedro Vázquez?
-¿Por qué me
lo pregunta?
-Simple
curiosidad.
-Vino ayer...
-¿Y hablaron
ustedes de mí?
-No.
-Sí, María.
-¡No!... Por
lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos...
hablamos del
éxito.
-Y Pedro
considera que el éxito es caprichoso, siempre o casi siempre injusto, que se
ofrece al más torpe o al más tonto, y que se niega al mérito, al esfuerzo, al
sacrificio... ¡Qué bien veo a Pedro en esto, y cómo sabe hacerse la mosca
muerta para intrigar mejor y dar los golpes más certeros!
-No. Vázquez
considera, como yo, que el éxito suele ser el salario de los que se doblegan a
todas las influencias y se dejan llevar por todas las corrientes, tengan
méritos o no...
-¿Sabe,
María, que usted piensa mucho? ¿Sabe que piensa demasiado para poder sentir?
-¿Y eso
significa?...
-Que quien
tanto analiza, señal es que quiere poco.
-¿Deben
aceptarse las cosas y los hombres sin examen?
-¡Bah! Bien
admira a Pedrito...
-Analizando,
como usted dice.
Yo rabiaba de
celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquélla, que se arrogaba la facultad de
juzgarme, de criticarme y de aconsejarme! Porque si bien no me había dicho nada
concreto aún, yo leía en sus ojos la amonestación preparada... ¿Con qué
derecho? ¡Una mujer, que no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No
es odiosa esta clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque
han leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! Todo hubiera
concluido allí, si los celos o el amor propio no me mordieran el corazón. ¡No
estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!... Y con las manos trémulas
de ira y la voz entrecortada dije:
-¡Me ha hecho
muchos reproches sin formularlos, María! Usted condenaba mi conducta, aunque
ésta se ajuste estrictamente a lo que exige la vida real. ¡Bah! Usted es una
soñadora, una criatura angelical, convengo en ello, pero ajena al mundo,
incapaz de manejarse en el mundo...
Quizá por eso
la quiero tanto... Pero que la quiera no significa que...
No, no tiene
derecho a criticarme. Ya se dará cuenta de las cosas, y entonces comprenderá.
Cuando uno se propone llegar a un punto determinado, tiene forzosamente que
tomar el camino que conduce a él, sea una carretera, sea un atajo, sea un
desfiladero entre precipicios... Yo voy, adonde debo ir, por el único camino
que tengo, sin mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan
tropiezos humanos o materiales, pero sin faltar por ello a mis principios de
hombre de honor, a mi...
Una risita
entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.
-¿Usted cree,
entonces -dijo en voz clara-, que sus sueltos del diario, por ejemplo, no pasan
los límites de la gentileza y la corrección, por no decir más?
-¿Mis
sueltos? Yo no escribo.
-¡Vamos! No
agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su negativa. Usted sabe que
esos juegos, que probablemente así los consideran muchos, abren todas las
puertas a la calumnia y al escándalo. El que hoy es objeto de burlas o
difamaciones, para vengarse no se detendrá mañana por consideración alguna, y
hará a su vez que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus
efectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser terribles, y
nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.
La miré de
hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.
-¿Para eso me
ha llamado usted? -balbucí, ardiendo en ira-. ¿Sólo para eso me ha llamado? ¿No
podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien! Yo también tengo algo que decirle:
¡Usted no me quiere, usted no me ha querido nunca, María!
Inclinó la
frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el vestido entre sus
dedos:
-Puede ser.
Puede ser muy bien.
En su acento
había nuevamente un poco de ternura y un poco de ironía.
Para un frío
espectador, hubiera sido evidente que en su alma luchaba la imagen que de mí se
había forjado con la realidad que iba presentándole yo poco a poco.
Romanticismo, en fin. Cuando alzó los ojos, su mirada estaba completamente
serena. No dijo una palabra. Y durante un tiempo incalculable, quizá treinta
segundos, quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba a ser de mí, si llegaba
acompañado de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista? Unirme
a ella sería condenarme a una vida de amargos sinsabores, a una tiranía
perenne, a una censura continua e inflexible de todos mis actos. Tuve miedo.
Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de subyugarla, de dominarla, de
someterla a una incondicional adoración de mi persona. Y obedeciendo a este
impulso, traté de serenarme. Cambié de tono y la dije con mimo que cuanto
hacía, bueno o malo -sin saber que pudiera ser malo-, era por ella, por
conquistarla, por prepararle, también la más elevada de las posiciones, la
riqueza, el poder, la felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no
ambicionaba nada para mí; para ella nada me parecía suficiente.
-Usted es una
de las mujeres excepcionales que hacen a los grandes hombres. Con usted a mi
lado estoy seguro de llegar a donde me proponga y más lejos aún... Soy rico,
seré muy rico. Tengo algún poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá
dentro de poco quien pueda competir conmigo...
-Sí,
Mauricio.
-¿Quién?
-El que
piense mejor.
La sombra de
Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado recuperaba poco a poco
sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me desconcertó, porque no acertaba
a explicarme la mudanza de María, pese a los síntomas anteriores. Traté, sin
embargo, de ahondar más en el alma de la joven, y la pregunté:
-¿Sólo para
eso me ha llamado?
-No. Quería,
sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique su presencia al frente
de la policía, mientras se prepara su propia elección. ¿Por qué no deja el
puesto y satisface así a amigos y enemigos?
-¡Porque
serían capaces de dejarme a pie! -exclamé sonriendo-. Se necesita ser muy
ingenua, María, para preguntarme o para pedirme semejante cosa.
-Y sin
embargo, yo creía... -murmuró, casi con las lágrimas en los ojos, conmoviéndome
a mí también con su tono de queja.
En esto,
entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro enternecimiento, creyó dado
el gran paso y zanjadas las últimas dificultades.
-¿Se adelanta
algo, muchacho? -me preguntó, sonriendo alegremente, en la esperanza de una
grata noticia.
-¡Ah, don
Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del poder -contesté.
Don Evaristo
entendió la frase en su sentido más directo y me sometió a todo un
interrogatorio sobre la situación política de la provincia.
María
escuchaba mis palabras, posiblemente sin oírlas, con los ojos muy abiertos, tan
abiertos como cuando uno mira a su interior.
Días más
tarde volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla, un arrebato sólo
semejante a la sed de venganza de un ultraje terrible, todo el feroz impulso
del amor propio desenfrenado. Ella mantenía a toda costa la conversación en el
terreno de las generalidades, muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en
cuando. Yo me ponía alternativamente rojo y pálido. A veces sentía ganas de
lanzarme sobre ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la
presencia de don Evaristo, que nos acompañaba, probablemente a indicación suya,
impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.
Las
elecciones iban a practicarse el domingo, tres días después.
Blanco me
habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos Aires. Yo
le repliqué, con fingida modestia:
-Se puede ser
el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y el último o poco menos
en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en sus pueblos naufragan y se
pierden en Buenos Aires! Y puede que yo mismo llegue a ser uno de tantos,
tantos, perdido entre la multitud...
-Es posible
-murmuró distraídamente María.
Una oleada de
sangre me subió a la cabeza, y empecé:
-¡Y se
imagina usted que yo!...
Pero me
contuve, y salí trémulo de rabia, casi sin despedirme.
Las
elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado el escrutinio,
resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé a preparar el viaje a
Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas, mientras en el cerebro me trotaba
la maldita hipótesis, tan fácilmente aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de
aldea, prohombre de provincia luego, a desmerecer en la capital, a ocupar un
rango inferior, a no abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba
invenciblemente el triste papel representado por tantos comprovincianos,
brillantes en el «pago» y después deslucidos, opacos y oscuros, en cuanto
salieron de su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección
del país que aspira y absorbe la capital.
¡Oh, María,
María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires, para avasallarla
también a ella, de rechazo, en una hipótesis de mi amor propio!
Tercera parte
- I -
Aunque ya
estuviese bastante acostumbrado a la vida intensa de la gran metrópoli, Buenos
Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se explica: hasta entonces sólo
había ido allí por paseo, sin nada bien determinado que hacer, el tiempo
completamente mío, contando siempre con el refugio hospitalario de mi ciudad,
como un baluarte que me defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis
relaciones, retraerme o prodigarme, según me conviniera; simple visitante, en
fin, a quien hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;
mientras que esta vez, iba a radicarme allí, con un plan de conducta
establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales, deberes
de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al diapasón del gran
centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar ya con tirios y troyanos,
como que entraba decididamente en la arena, ni poder pensar en el modesto
abrigo de la provincia, pues retirarme sería equivalente al más estruendoso
fracaso.
Al mareo
contribuía también la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de
verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo
considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi mano. Y
otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos ensueños de
cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto proyecto de aparecer, y
deslumbrar, trabajando activa y brillantemente por la unión estrecha de Buenos
Aires y las provincias, por la extinción total de los viejos antagonismos;
pero, apenas me puse a pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya
realizada o en vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme a las
burlas de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura...
No, si no es
tan fácil la iniciación como parece.
-¡Bah! -me
dije-. Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que estoy algo «boleado»,
que me azoro como un advenedizo, y, por otra, no darme por ahora aires de
grande hombre, ni esforzarme por llegar a serlo, mientras no se me ofrezca una
oportunidad verdaderamente favorable...
Seamos
modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.
Gracias a un
dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo e indiferente en las
mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera mi azoramiento. En cuanto al
otro autoconsejo, lo modifiqué, pensando que, sin aparentes pretensiones, podía
y debía presentarme y aun con atildada elegancia en cuanto a mi exterior se
refería. Renové, pues, mi guardarropa, abandonando los trajes que en provincia
podían dar el tono, pero que en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué
detalles de corte, de color, creo que hasta de olor; comencé a frecuentar los
grandes «restaurants» a la moda, los teatros, los clubs, los círculos que ya
conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me hizo creer un
instante que comenzaba a ser popular. Veíame siempre, en efecto, rodeado de un
círculo de amigos y conocidos que se ensanchaba cada día, y del que era o del
que creía ser eje principal, pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino
también hasta admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas,
que en mis visitas anteriores se sentaban a mi mesa y me iniciaban en el
conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no eran tan
numerosos ni tan permanentes -no me parecieron así, al menos gracias a lo
transitorio de mi estada-, mientras que, en este nuevo período, llegué a
considerarlos innumerables y pesados en demasía, sobre todo cuando saqué
cuentas al cabo del segundo mes: me había gastado lo que creía suficiente para
medio año, por lo menos. Mis recursos, grandes en provincia, resultaban
escasísimos en la capital, llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde
se va el dinero como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un
céntimo, sea preciso caer en la exageración de prestar a cuantos piden. Resolví,
pues, substraerme un poco a la admiración de mis contemporáneos, y recordé mis
buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta vez.
Con todo, y
aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de diputado, el dinero
no me alcanzaba, en medio de aquel «maelstrom» devorador, sobre todo, si quería
mantener íntegra mi pequeña fortuna, como era mi intención. Puede que se me
considere ávido y hasta mezquino por esto, pero era sólo previsor y sabía
gastarme las rentas sin pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí a no proceder de
esta manera, cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente,
fueron luego a rodar al abismo de la miseria, o poco menos!
Era urgente,
pues, arbitrar recursos, y para ello escribí a Correa, pidiéndole un auxilio,
en forma de comisión gubernativa, u otra cualquiera. Había observado que los
funcionarios y empleados mejor retribuidos eran generalmente ricos o de mediana
posición, como si los poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las
fortunas, y mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha
del país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos méritos
que tengan, acostumbrados a vivir con poco, no necesitan de grandes recursos,
especialmente si trabajan de veras, y darles más que el bienestar en sus
comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los nacidos en la abundancia
deben ver protegida y conservada su posición, pues de otro modo fácil sería que
hicieran disparates, perdieran la riqueza y se hundieran, comprometiendo luego
a buena parte de la sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio
esfuerzo. Esta acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada,
es evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso de
Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le ayudara
pecuniariamente a salvarse, aunque fuera un inútil, mientras que a Renato
Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé qué problema y se moría de hambre, nadie le facilitó
recursos y tuvo que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio?
En el primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez,
emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el pantano, por
lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con una misión al
extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera quedaba comprometido,
y si sus trabajos eran realmente de valor, no se habían de evaporar por eso.
Hombres más
grandes que lo que él pueda ser, han vivido en la miseria, pero la humanidad no
ha perdido sus obras. En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país,
para que nos ocupemos en aumentarla.
Don Casiano,
buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle muy útil en Buenos
Aires, me procuró inmediatamente una prebenda, una representación innecesaria
pero bien pagada, ante diversas oficinas públicas que tenían asuntos con la
provincia. Con esto podía manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no
cometería locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de
despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor impavidez,
como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores a mi elección, la
prensa opositora me acusó más o menos injustamente de malversaciones, de
«coimas» exigidas a los proveedores de la policía, de sobresueldos secretos
recibidos del gobierno, de cientos de vigilantes «comidos», como se los comía
don Sandalio Suárez, el comisario de Los Sunchos; cierto es -no tengo reparo en
confesarlo, porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo-, cierto es que
acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice por aumentar
mis capitales, sino con entero desprendimiento, por darme mejor vida: todo
aquello, como vino se fue, y a no ser por la especulación de mi chacra y otras
emprendidas con platita de los Bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el
dinero, pero no por el dinero mismo, sino por la libertad que procura y
complementa -porque la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es
nada, tanto, que se ha llegado a hablar de la «libertad de morirse de hambre»-.
Desgraciadamente,
las gangas a que más arriba me refiero, habían cesado, y en Buenos Aires no
podía conquistarme otras nuevas mientras no estuviese en el ejercicio de mis
funciones. Ya me desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me
venía como anillo al dedo.
Para
modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me había
hospedado y alquilé una casita antigua en la calle central -tres o cuatro
habitaciones y las dependencias, no muy primitivas-, la hice empapelar, pintar,
amueblar con cierto gusto -con ese gusto innato de la familia, que permite a
uno de mis tíos hacer viajes a Europa con el beneficio de los muebles que
compra allí y usa y revende aquí-, y me instalé como quien está dispuesto a
llevar una vida seria y arreglada.
Llamé a Marto
Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y completé el servicio con un
cocinero y un sirviente que salía de una casa aristocrática, y que halló modo
de robarme como un pazguato. Y, ya en mi casa, en vez de correr cafés y
restaurants y «rotisseries», me limité a mis clubs y círculos, y frecuenté mis
relaciones, previo estudio de sus características, y fui espiritual y escéptico
en unas partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá,
tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así logré que
se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi figura permanecía
indecisa y enigmática, e inspiraba, cuando mucho, una especie de tibia
curiosidad.
En esto,
pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el mes de la apertura
del Congreso en que iba a estrenarme. Ahorro la crónica de las sesiones
preliminares, de las largas guardias en los salones y los pasillos de la vieja
casa que parecía un reñidero de gallos en el recinto, y una carnicería para
gigantes desde afuera, y llego a la defensa de mi diploma, que fue en un día
desagradable, de humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ve
en Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte pegajoso
y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los ruidos me son más
discordantes, más ensordecedores, los movimientos más difíciles, como
dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes, los olores más intensos e
ingratos, hasta nauseabundos, la luz falsa, engañosa, mareadora, las aceras son
lodazales, las paredes chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se
muestran irritables, provocativos, impertinentes, las mujeres andan como
sonámbulas y todas parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros
momentos, se convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen
momentáneos pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un
momento así no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera de
nuestra voluntad. En tales condiciones tuve que mantener la validez de mi
diploma.
Comencé
vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la indiferencia
ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me excitó, me irritó poco a
poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada. Soy verboso y brillante. No
importa que no sepa lo que voy a decir: sustituyo fácilmente las ideas con
figuras, con frases retumbantes y efectistas, con imágenes a veces pintorescas,
que subrayan muy bien mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo
pese a las frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin
esfuerzo a cautivar a los oyentes y aun a arrancarles el aplauso. Aquella tarde
memorable, a las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas, cuando ya
estaba en vena:
«¡Se me acusa
de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He garantizado la libertad del
sufragio, me he desvivido por ella en las altas funciones que me incumbían; no
he movido un dedo para que se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado
ocupado en mantener la paz y el orden en nuestra provincia: estaba demasiado
ocupado en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos de
los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado anárquico... Y
si mi candidatura surgió en el último instante, una vez pacificada la
provincia, gracias a mi humilde esfuerzo, cuando ya no era jefe político, sino
comisionado eventual para mantener el orden, fue porque la parte honesta, la
parte patriota, la parte bien pensante de la opinión -que es, afortunadamente,
la mayoría en mi provincia, y en el país entero-, quiso afirmar, exteriorizar,
materializar sus nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más
modesto de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había
realizado desinteresados y generosos -¡sí, generosos!- sacrificios en pro de la
verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni menos la incendiaria
anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones inconfesables y de las
ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi persona sin relieve ni méritos, la
playa de arena, mansa, que aplaca sus furores, siendo como es, apenas, un lazo
de unión entre la ola devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos».
Ya con Pegaso
desbocado agregué que a estas consideraciones de hecho se sumaban otras
simplemente morales, intelectuales y étnicas, que, haciéndome un prototipo de
la nacionalidad (gracias, Vázquez), demostraban hasta la evidencia la bondad de
mi elección:
«El hombre
que lleva en todo su ser el sello de la familia -de una familia que ha dado
héroes y mártires a la patria-, dondequiera que vaya es reconocido como miembro
de esa familia, como genuino, como su más genuino representante, y yo me
encuentro aquí, en el seno de mi verdadera familia patricia, como un hijo
pródigo quizá, pero afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de
reincorporarse a los suyos... ¡Sí, señor Presidente!
¡Sí, señores
diputados! ¿Sabéis cómo me llama la gentil Buenos Aires?
¿Sabéis cómo
se me indica en todos los centros políticos y sociales que tengo el honor de
frecuentar?... ¡El provinciano!... ¡El provinciano!,(5) adjetivo que me
enorgullece, porque demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin
merecerlo, puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y
qué, si no esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones del
país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de mis honorables
colegas -no vacilo en llamarlos así, adelantándome a su justa sanción- puede
invalidar este doble reconocimiento de mis comprovincianos y del resto de los
argentinos reunidos en la capital, síntesis del país?»
Alguien
replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había demostrado mi carácter
de... provinciano; y como la barra había aplaudido, y como mi diploma estaba
aprobado de antemano, se votó y pasé a prestar juramento.
Grandes
felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:
-¡Nos ha
nacido un gran orador!
-No desmiente
la casta.
-¡Está bien,
amiguito; así me gusta!
Un opositor,
echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia de Shakespeare:
-Much ado
abouth nothing.
Y otro le
replicó:
-Esperemos a
que vengan las ideas.
Raza
envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!
- II -
No sé si bien
o mal inspirado, don Evaristo me convidó a comer antes de mi partida para
Buenos Aires. La reunión, muy íntima -estábamos únicamente los tres-, fue, sin
embargo, casi tan ceremoniosa como nuestros primeros encuentros con María en su
casa. Sólo Blanco demostraba o afectaba buen humor, y me invitó a que le
escribiera dándole noticia de mis primeros actos e impresiones, cosa que le
prometí:
-Y usted,
María, ¿me escribirá? -le pregunté.
-Yo no sé
escribir, Mauricio, pero siempre acertaré a decirle si estamos buenos o no.
Cualquier cosa que añadiera podría hacerlo enojar.
Esta alusión
al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero sólo repliqué, tratando
de ser afectuoso.
-Aunque sea
una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar con calma que se cumpla
el plazo.
-¡Ah!...
¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...
Ciego, no
veía o no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que desde mucho antes
había renunciado a su capricho de un minuto, que yo no significaba nada para
ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi amor propio, toda mi pasión, se
estrellarían contra su indiferencia. Pero también, que mantendría su palabra, y
que no se avenía a que se pisoteara su orgullo con un desdén.
-Y usted
¿pensará en «otra cosa»? -pregunté.
-No,
Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho está. Y escuche,
¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma que cuando el plazo se cumpla
podamos darnos la mano... para toda la vida.
-¡Ah! Esto me
consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me quiere un poquito, María?
-Sí...
La despedida
fue más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos y quedamos largo
rato con las manos enlazadas. Llegué a creer que la había vencido, conquistado
para siempre, y sentí honda satisfacción. Pero esto duró poco. A un saludo que
la dirigí al llegar a Buenos Aires contestó con una fórmula corriente de
cortesía, y con esto quedó cortada casi radicalmente nuestra correspondencia.
Así se explica que pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles
disipaciones de la capital, que, aun sin tener que concurrir a la Cámara, no me
hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación. Bailes,
tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían ni siquiera
seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la noche, en cama,
buscando la tranquilidad de los nervios antes de dormirme. La noche me la
consumían, después del teatro, las partidas, las largas partidas en el círculo,
con los prohombres de la situación.
No sé por qué
se niega que el juego de naipes tenga otro interés que el del dinero y se diga
que los que «cambian cartas es porque no saben cambiar ideas». Yo le encuentro,
entretanto, mucho interés «moral» y hasta una grande importancia, no por sus
combinaciones y azares en sí, sino por lo que desarrolla la facultad de conocer
a primera vista el carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos.
Más que cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta
qué punto llega la mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía más esto
por jugador que por gaucho. A mi juicio, todo político debe ser jugador -con
tal que no se dedique a juegos de simple azar ni de pura destreza-, pues la
práctica de los naipes le dará dominio sobre sí mismo, facilidad para
improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico para descifrar caracteres,
habilidad para descubrir las tretas del adversario, y esa serenidad que permite
perder hasta la camisa sin que nadie se entere, serenidad que en el público versátil
hace sobrevivir el prestigio a las mayores derrotas, facilitando así el, de
otro modo, imposible desquite.
¡Ay del
político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado!
Ése no
volverá a brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como un jugador sin
plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.
Por otra
parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes que las de mi club
provinciano, y no porque parecieran más animadas. Por el contrario eran
correctas, casi frías, sin las exclamaciones y los ternos que solían salpicar
las nuestras; pero en los intervalos se cambiaban algunas ideas útiles, algunos
datos importantes, entre todos iba formándose una especie de solidaridad, de
complicidad, y no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,
extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos tenía
locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar como una tromba
y sentase en su sitio acostumbrado, exclamando:
-¡Llego
tarde, porque vengo de sorprender a unos jugadores!...
Ni faltaba su
poco de psicología, más o menos trasnochada. Uno de mis colegas de la Cámara,
sin darse o dándose cuenta de que escupía al cielo, me dijo cierta noche:
-Mire,
Herrera; uno se siente caballero junto a un tapete verde; pero si permanece
mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...
-O un sonso
-completé.
Sin embargo,
los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las que no se hacían «más
trampas que las necesarias», como dicen los prestidigitadores espirituales
según la receta. Varios hubo... Pero esto es tan general en el mundo civilizado
que no hay para qué entrar en detalles.
Algunas
veces, al dejar la partida y salir a la calle, la hora del alba sumergía el
empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de azul tan intenso, que yo me
quedaba absorto ante aquella maravilla monocroma, mucho más sorprendente al
dejar la iluminación anaranjada de los salones.
Pero sólo un
espectáculo excesivo como éste podía llamarme la atención en el enervamiento de
la partida; las medias tintas, los matices me dejan indiferente.
Así también
la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en sus grandes manifestaciones,
y cuyos matices me escapaban, en la preocupación de la importante partida que
estaba dispuesto a jugar, pero que no veía «armada» en ninguna parte: la
partida de mi porvenir.
La iniciación
era muy dura. Muchas veces me eché a muerto, renunciando a abrirme camino de
las últimas a las primeras filas. ¡Era tanta la competencia en todos los
terrenos accesibles para mí! Aun en el del servilismo. Recuerdo el caso de
aquellos dos personajes, hombres de reconocido valer, que se precipitaron a
abrir la portezuela del carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El
que quedó atrás, dijo al otro, irritado:
-¡Adulón!
Y su
competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia, replicó:
-¡Envidioso!
Mi incipiente
reputación oratoria no me bastaba, faltándole las ocasiones de hablar sin
peligro y con brillo. Se debatían cuestiones demasiado complejas, demasiado
técnicas para que pudieran lucir las lindas y sonoras frases huecas de mi
repertorio, y no me encontraba con valor suficiente, por el momento, para
emprender el estudio a fondo de un asunto determinado, tanto más cuanto que,
desde nuestras filas, los argumentos debían ser muy especiosos y singularmente
hábiles para que resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse
vuelto del lado de la oposición...
Debatíame,
pues, en la oscuridad, y más que entonces, mucho más que entonces lo comprendo
ahora cuando, como fondo a mi individualidad, trato de poner aquella decoración
de ciudad-emporio, y aquella época de delirio de las grandezas. Desaparezco, no
resulto yo, «pigmeizado», y lo peor es que tampoco acierto a dar la impresión
de aquel pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido
por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse
acariciándose. Así los «amigos» del club, indiferentes en cuanto se levantaban
de la mesa...
Pugnaba yo
por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi protector
incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para después, no quería que
me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el futuro que toda aquella
grandeza iba a ser derribada de un soplo, y que sólo subsistirían, no los
árboles erguidos, sino el cepellón que crece mejor cuando el bosque se aclara.
Bien es cierto que, después, si yo he crecido, muchos de aquellos árboles
tronchados han vuelto a retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no
vuelven.
Perdóneseme
esta digresión: es la última o una de las últimas, porque comprendo que,
después de tan larga caminata como hemos hecho juntos, el lector, viendo o
creyendo ver próxima la etapa final, me incita a no detenerme a coger flores y
contemplar el paisaje, sino a seguir andando «derecho viejo», hasta el
apetecido descanso. Dejaré, pues, que los hechos se expliquen por sí solos,
tanto más cuanto que pienso en la posible excelencia de unas memorias escritas
de ese modo desde la primera página.
Resultarían
admirables quizá, pero no serían «mis» memorias, pues tengo cierta cavilosidad
característica que me lleva a los análisis minuciosos.
Mas lo
prometido es deuda. Vamos a los hechos descarnados.
Luis
Ferrando, uno de mis camaradas del club, joven insignificante pero muy
difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta noche
diciéndome:
-Usted, que
es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una velada de caridad que
organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad formada por las señoras más
distinguidas?...
-Si ellas
creen que puedo servirles...-contesté, pensando que aquello me era conveniente.
-Me han
encargado, justamente, que se lo pida.
-Entonces, no
hay más que decir... Cuando esas damas quieran.
La fiesta
resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis discursos, como
podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni con mucho, el más
deslumbrador:
«Como la
cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de colores, en
avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte y toda la campiña,
desde la planta aromática de la cumbre hasta la flor de la falda, hasta la
espiga del llano, hasta el árbol corpulento y añoso que crece entre las grietas
del peñasco, así el sentimiento desbordante, así la irisada caridad de la mujer
argentina baja desde la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada
oscura en que hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia,
abajo se llama Beneficencia.
¡Oh! ¡Dadme,
dadme vuestra limosna admirable como único premio de mi vida!
¡Si soy un
mendigo, tendré por vosotras dónde recuperar los alientos perdidos; si soy un
triunfador, encontraré en vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta,
tendré en vuestros ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de
rocío, la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de la
tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros preciosos
sentimientos, emanación única de Dios!»
Esto parecerá
rebuscado, enfático, y a los más exigentes hueco, ¡pero había que oírmelo decir
con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al propio tiempo amplio, rítmico y
dominador! Un calofrío por toda la sala, como una ráfaga de viento en un
trigal; las mujeres lloraban, los hombres aplaudían a despellejar las manos.
¡Qué triunfo aquél!
Al salir del
teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos, las felicitaciones
entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando se me acercó en el
vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes mal cubriendo con los
abrigos todavía innecesarios, dada la estación, sus riquísimos trajes de
soirée.
-Un caballero
y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo presente. Allí están
aguardando en el coche. ¿Quiere venir?
-¿Quiénes
son?
-Don
Estanislao Rozsahegy (pronunció Rozsahegui) y su hija Eulalia, una muchacha
preciosa...
Y mientras yo
le decía «Vamos allá», él agregaba aún:
-La más rica
heredera de Buenos Aires...
- III -
Soplaba el
pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como un hombre nuevo,
más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien todas las empresas
tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo azul cobalto, transparente
como una vidriera de colores, cruzaban rápidas nubes blancas y cenicientas,
caprichosamente redondeadas, mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba
en otros a la tierra sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis.
Bajé a buen paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes
como una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central, donde
iba a tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me había invitado
a una «garden-party» -la última de la estación- en su magnífica quinta.
Durante el
viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los preliminares de
nuestra naciente amistad. Después de la presentación en el vestíbulo de la
Ópera, me había abierto su casa, y suplicado a Ferrando que me llevara una
noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz de no ir».
Los había
visitado una o dos veces, y digo «los», porque quien me atraía era Eulalia,
que, indiscutiblemente, había quedado prendada del orador y del hombre, y que
no trataba de disimularlo. ¡Es tan grato verse querido!... Aunque sea por la
hija de don Estanislao Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la
especulación, que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos,
a quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su
ausencia. Nadie sabía, a ciencia cierta, cuál era el verdadero punto de partida
de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos decían que se había
«sacado una grande» en la lotería; otros que Irma, su mujer -eslava o teutona,
zafia e ignorante, que quién sabe qué había hecho en su primera juventud-, le
llevó en dote unos cuantos miles de pesos; los menos afectaban sospechar una
procedencia poco honesta, si no criminal, a los fondos con que inició su
brillante carrera de agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya
aclaración hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque
en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos habrían
desaparecido u olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su habilidad de
banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su suerte de bolsista,
que le permitían aumentar sin tregua una fortuna ingente ya. En cuanto a su
físico y sus maneras, sólo diré que era rechoncho sin ser obeso, moreno y
velludo, con la cabeza como una bola, los ojos pequeños y maliciosos; negros
como el grueso bigote teñido que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes
fosas bien abiertas, como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y
manos gordas, enormes, peludas, de dedos enanos y deformes -atractivos todos
estos complementados con ademanes bruscos e irregulares, voz rotunda de bajo,
franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje incorrecto
de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su país de origen ni la
de aquél en que había clavado definitivamente su tienda-. Irma, su mujer, debió
ser hermosa cuando joven, pues aún le quedaban algunos restos que la hacían
parecer a la Isabel Bas de Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de
esta gran dama de la burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con
todo el mundo, hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto
de su exclusiva composición.
En cambio,
Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía más junto a sus padres,
por contraste, como si éstos fueran zafios y grotescos para que resaltara la
delicadeza de su fina persona, su frente clara y abovedada, sus ojos profundos
rodeados de una aureola oscura que les daba un encanto dulce y luminoso, la
boca dibujaba como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la
de un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una voz
argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su linda, su
graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco, sin mancilla,
ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita que María Blanco,
sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra iba rodeada de una aureola
de severidad, que la hacía como lejana e intangible, y sus trajes modestos,
casi austeros, poco o nada ceñidos a la moda, añadían a la impresión de
alejamiento que esto producía. Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre
riente, conversadora y bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos
y vistosos para su edad y su estado -pero, por otra parte, ya se había perdido
en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran sencillamente y
sin joyas hasta el día de su casamiento...- Puestas ambas en parangón, y como
mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el triunfo correspondería a Eulalia.
Me había
encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría creerse: otras
aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo de la novedad, me
absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina de la Selva, la viuda
treintona codiciada por tantos y tan apetecible, no eran un secreto para la
parte de la sociedad que frecuentábamos... ni para el resto tampoco. Esta
vinculación -sobre la que no insistiré porque es innecesario- bastaba para
distraerme y hacerme rehuir o postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto a la
parte seria de la vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y
flirts, mis proyectos matrimoniales con la buena María.
Llegué, en
fin, a Olivos y a la quinta de Rozsahegy, donde, pese al fresco intempestivo
del día, numerosas parejas paseaban por los jardines y se divertían
animadamente en diversos juegos, al son de una música discreta. Eulalia debía
estar atisbando, pues apenas llegué salió alegremente a mi encuentro.
-¡Bien
venido! ¡Bien venido! -me decía con una voz que parecía un canto, un arrullo,
un mimo.
Casi podría
tomarse aquello por una declaración, si el infantil regocijo que caracterizaba
a Eulalia no explicase sus arrebatos, de todas maneras inocentes.
Ella misma me
tomó del brazo e hizo que la acompañara por el jardín, que recorría como sus
padres, cuidando de que no le faltara nada a los invitados, y entretanto
parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente con sus ojos grandes e ingenuos,
movía el cuerpo flexible con gracia serpentina, agitaba las manos finas -sin
anillos que deslucieran su belleza en el errado supuesto de llamar la atención-
con ademanes mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio,
sino don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin
decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada,
relativamente instruida, había pasado algunos años en un colegio de hermanas
francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla. No criticaba a sus
padres, pero se veía que, en el fondo, hacía comparaciones, y que este mismo
análisis contribuía a refinarla.
Pasé, en
suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del centenar de personas
más o menos elegantes, ricas o aristocráticas que pululaban en el jardín y en
los salones. Apenas si había cambiado cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma.
Pero esta última iba a tratar de desquitarse. Y, en efecto, cuando un grupo
numeroso pasó a tomar el té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la
voz y, encarándose conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:
-¡Herrera!
¿Por qué no nos repite el discurso?
Eulalia se
puso roja, y apenas acertó a murmurar:
-¡Mamá, por
Dios!
Yo,
sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba disimuladas
pero irresistibles risas, repliqué:
-No es el
momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan exquisita y esta reunión
es tan agradable, que no hay que turbarla sino con palabras de agradecimiento.
Brindemos, pues, por los dueños de casa.
Eulalia me
agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban la emoción y la
alegría. Creo que me consideró un héroe.
Ferrando, que
volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial, probablemente para
quitarme las ganas:
-La muchacha
es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga a dos tirones... El que
la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy rico.
¡Es
natural!... Un millonario como Rozsahegy...
-Sin embargo,
creo que usted no pierde la esperanza -observé, riendo.
-Sí, pero la
chica «no las va» por ahora... y los viejos tampoco...
Veremos
después... Lo único que me da ánimo es que el «gringo» se «pirra» por entrar de
veras en la buena sociedad, donde apenas si lo admiten de vez en cuando, como
de lástima, y eso sólo en las kermesses y en las fiestas de caridad, en que la
entrada es libre para todo el mundo... Con mi nombre y mi familia...
Y desarrolló
largamente el tema de su nobleza, él, cuyo padre había sido mercero en la calle
Buen Orden, y cuyo abuelo fue remendón o sastre en la de Potosí, casi en el
«barrio del alto, donde llueve y no gotea»...
Pero el dato
me llamó la atención y me hizo pensar: ¿Conque Rozsahegy y todos sus millones
ambicionaban emparentar con una familia patricia para que sus nietos y su misma
hija obtuvieran «patente limpia» y no sufrieran más tarde los desaires
disimulados que él debía olfatear necesariamente, pese a su tosquedad? No era
malo saberlo, y quién sabe si...
Pero apenas
bajamos del tren y nos fuimos a comer en el Café de París, entonces en todo su
apogeo, olvidé a Eulalia, a los Rozsahegy, y creo que aquella noche sólo conté
dos o tres veces la salida de pie de banco de Irma pidiéndome que repitiera mi
discurso en su «garden-party».
En casa me
esperaba una cartita muy lacónica de María Blanco, diciéndome que todos estaban
buenos y pidiéndome noticias mías. «Hace un siglo que no escribe, y eso no está
bien». ¡Eh!, ya le escribiría cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo
referente a mis primeras armas en Buenos Aires -no en sociedad, se entiende- y
a mis primeros triunfos. Me fastidió que no me dijera nada de mi éxito en la
Ópera, aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno que
publicaba íntegra mi «magnífica pieza oratoria», como decía el encabezamiento.
Tenía muchos
amigos en la prensa de todos los colores, pues desde el primer momento traté de
propiciarme el «cuarto poder del Estado». Pocos periodistas son venales entre
nosotros, pero ninguno, si no es un díscolo feroz, deja de mostrarse sensible a
las atenciones y las lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente
parásitos, como los escritores del Siglo de Oro, considerando su parasitismo
como un derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.
Los
periodistas que me habían conquistado más completamente, o, mejor dicho, que yo
había conquistado con mis amabilidades e invitaciones, me demostraban a veces
su afecto, exigiéndome pretextos para hablar de mí y renovar mis dos triunfos
anteriores.
-Es preciso
hacer algo -repetían-. Si usted no hace nada, nada se puede decir. Usted es
demasiado hombre para quedar empantanado en las noticias sociales.
-Pero, ¿qué
he de hacer? -preguntaba yo.
-Cualquier
cosa. Escribir, hablar, dar conferencias.
-¿Como el
padre Jordán? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me basta con figurar en
sociedad. Ya llegará el momento.
Pero no
dejaba de comprender que para salir de la penumbra era necesario un esfuerzo, y
tanto es así que pensé en realizarlo. La época estaba completamente entregada a
las finanzas; nunca se ha estudiado ni discutido más -en ninguna parte del
mundo- la economía política, y nunca -en ninguna parte del mundo, tampoco- se
han hecho más disparates económicos. Juzgué, pues, que bien o mal, para mi
estreno definitivo en la Cámara debía hablar de hacienda pública, cosa que
quizá facilitara mi progreso en la carrera política. Para hacerlo, busqué
algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran antiguos o
modernos, y leí a salto de mata algunos economistas, entre otros a Paul
Leroy-Beaulieu, a Juan Bautista Say, a Adam Smith. En este último encontré lo
que buscaba, aunque fuera librecambista rabioso. Sus opiniones sobre la fuerza
del trabajo y de la industria me dieron pie para demostrar que los argentinos
debíamos ser proteccionistas a todo trance, porque la industria es la base de
la riqueza, pero ¿cómo tener industria si las cosas nos vienen hechas del
extranjero y los productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en
precio? Ahorro lo demás al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces,
que la crematística no tenía ya secretos para mí, opinión en que me confirmaron
varios amigos a quienes leí mis borradores, llenos de frases rotundas y
deslumbradoras.
-¡Eres el
orador más brillante del país!
-¡Todo un
poeta! ¡Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las frases!
-Sí, pero, ¿y
el fondo? ¿Qué me dicen ustedes del fondo?
-De eso yo no
puedo hablar, pero... me parece que está muy bien.
-¡Ni
Rivadavia, hermano, «creme»!
Llegó el
momento de dar a luz aquella pieza histórica. Tratábase de conceder entrada
libre, sin derechos de aduana, a la maquinaria y el alambre para una fábrica de
clavos, así como la excepción de todo impuesto nacional y municipal, y la
concesión de pasajes subsidiarios (gratuitos) a los obreros que debían venir de
Europa a poner en movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones
eran elocuentes... Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron efecto,
hasta en la barra, que ya comenzaba a ser decididamente opositora. El proyecto
pasó como era lógico.
Varios
colegas me felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no
desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y burlón.
Y por todas partes me parecía oír como un estribillo, como un zumbido
persistente y cargoso:
-¿Qué ha
dicho?
-¿Qué ha
dicho?
-¡Habla muy
bien!
-¡Lástima que
no diga nada!
-Decididamente
-pensé-, aquí no estamos en la Legislatura de mi provincia... Es preciso no
volver a meterse en... economías.
Y luego,
profundamente sorprendido, me pregunté:
-¿Pero de
dónde salen sabiendo, todos estos burros?... ¿O basta con que sepan dos o tres,
para elevar el nivel científico de la Cámara?...
¡Eso ha de
ser, pero es curioso!
- IV -
Esto me dio
mucho que pensar, confirmándome en mis primitivos temores de ver mi
personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente experiencia me planteaba
este dilema de hierro:
O eres un
hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como tal, y entonces verte
probablemente condenado al desdén si no a la persecución, pues renunciarías a
tus amigos actuales sin conquistarte antes otros que te defendieran, o eres un
hombre mediano que debe contentarse con la medianía y aprovechar las migajas
sin provocar los grandes golpes de fortuna, aguardándolos, por si llegan un
día, y conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.
Tengo de lo
uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas, aunque no me dé por
los grandes sacrificios, y yo, como el héroe de Stendhal, capaz de disimular mi
superioridad en beneficio propio, opté por esto último.
Un gran
orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho, comenzó por aquel
entonces una terrible campaña contra el gobierno, tratando de demostrar que
éste procedía ilegalmente en no quiero recordar qué combinaciones financieras
importantes, sobre todo para las provincias.
Al propio
tiempo, como movimiento convergente, formábase un gran partido con todos los
elementos heterogéneos que no comulgaban con la política oficial. Vi el abismo
abierto a nuestros pies, cuando todo el mundo quería negarlo, pero me dije que
el lado de los dirigentes era y sería siempre...
el lado de
los dirigentes. Los hombres de gobierno pueden verse alejados pero no
suprimidos de la escena -porque forman una verdadera casta, una institución-, y
los gobiernos se renuevan con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy
pequeña dosis, con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder.
Comprendí, pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, debía caer con
los míos, y me aferré a la defensa del Presidente y su política. Grité contra
aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada de mujer,
armoniosa a veces, retumbante otras, y creo que, parodiando a misia Gertrudis
hasta insinué que era mulato y mal nacido... Esto no lo hacía en discursos
-voluntaria y radicalmente suprimidos-, sino en simples interrupciones. Los
correligionarios me estimulaban, me agasajaban para sacar las castañas del
fuego con la mano del gato, pero yo sentía el gran vacío de una posición falsa,
y de pronto cesé hasta en mis invectivas, buscando también el silencio y el
olvido. Poco antes, algunos diarios me atacaban, tomándome como pretexto para
mesar las barbas del Presidente en persona, y presentándome como su vocero,
como su alma condenada. Esto me afligía y me torturaba, aunque en las calles,
en los clubs, en el Congreso y en el teatro me diera aires de Matamoros, y...
al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los Sunchos, el árbitro de la
capital provinciana, era, cada vez más, uno de tantos en la capital de la
República...
Coen, el
banquero, cuya mujer me hacía ojitos en casa de Rozsahegy, y con quien había
hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un día:
-Yo le
aconsejaría, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos negocios, como el
de sus tierras, que pueden darle todavía magnífico resultado. Si espera un
tiempo más es muy posible que se vaya «al bombo».
Realice y
compre oro para dentro de tres meses; pero compre oro efectivo, no se contente
con las diferencias, porque si no se embromará. Esté cierto de que va a quebrar
medio mundo el día menos pensado.
-¡No embrome!
-le dije, sonriendo-. Ésos son cuentos para asustar a las viejas.
Sin embargo,
fui a ver al Presidente y le hice comprender en forma velada lo que había en la
atmósfera.
-¡Bah! Ésos
son excesos de la oposición -me dijo-. Y usted, ¿qué piensa hacer?
-¿Yo? No
mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy a la situación, y por más insignificante
que sea, una maniobra temerosa mía podría acelerar un pánico que nuestros
adversarios se esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de
mis protectores -agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.
-Haga lo que
se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía la marcha del país
-dijo con sorna.
-La oposición
sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que se fija en todo... hasta
en mí... Yo estoy a la baja...
-Sí, es lo
mejor. Pero no se preocupe. Son «alharacas» de los opositores, nada más.
Pepe Serna,
el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde en el club, que mi
actitud había complacido mucho al Presidente.
-¡Poco me
importa! -contesté-. Lo único que quiero es demostrar carácter. Podría comprar
oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy rico; pero prefiero mirar al futuro
y no hacer pavadas que lo echen a perder. ¿Y «vos»?
-Yo -contestó
Pepe- se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente y tengo miedo de dejar de
serlo, porque entonces dejaría de estimarme a mí mismo. ¡Como que si me estimo
un poco todavía es sólo por eso!...
Nos fuimos a
comer juntos sin hablar más de la cuestión, aunque ambos siguiéramos pensando
en ella. Alguien que comía en el mismo Café de París, con otros amigos, un
comprovinciano muy al corriente de todos los chismes de nuestra ciudad, me
mandó con el maître d'hotel un diario de mi provincia, al margen del cual había
escrito con lápiz: «Hay noticias interesantes para usted».
Busqué la
noticia interesante, y fuera de la habitual palabrería política no encontré
nada. Miré al comprovinciano, mostrándole el periódico y encogiéndome de
hombros, para indicarle que aquello me importaba un bledo. Él sonrió, me hizo
con la mano señas de que esperase y escribió en una tarjeta: «En la Crónica
Social». La noticia era ésta:
«El doctor
Pedro Vázquez ha pedido la mano de la distinguida señorita María Blanco, hija
de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en nuestra provincia, etc.,
etc...»
¿Me puse
pálido? Creo que sí, aunque no puedo afirmarlo. Sé solamente que aquello, tan
previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida, un profundo
desgarramiento de mi amor propio. El plazo no había vencido, María no me había
dicho nada, yo no había retirado mi palabra, antes bien insistía aparentemente
en mi solicitud...
-¿Qué tienes?
-me preguntó Pepe Serna, advirtiendo mi turbación.
-¡Nada! Me
acabo de acordar de que esta misma noche debo ir a casa de Rozsahegy, y me
fastidia pensar que he estado a punto de cometer una gran grosería. No puedo
dejar de...
-¿De ver a
Eulalita, no?
-¡Como lo
dices! Precisamente, de ver a Eulalita.
Una vez más
era juguete de las circunstancias que, en lugar de perjudicarme, han sido
siempre mis abnegadas servidoras. Algunos, a quienes suelo estorbar todavía,
dicen que soy un «oportunista». ¡Bah! Ése es un rótulo como cualquier otro. La
verdad es que siempre he sabido amoldarme a la vida, aunque en mi interior
ardan todas las pasiones, convencido de que la pasión sólo sirve para hacer
disparates. Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rápidas.
-Pero algo te
pasa -insistió Pepe-. El simple propósito de hacer una visita no puede turbarte
así...
-Mañana... o
pasado lo sabrás... Tengo un proyecto que ha de influir en todo el resto de mi
vida...
-¿Ésas
tenemos? -murmuró, adivinando.
-Sí.
Pagué la
cuenta y salimos.
Eran las diez
cuando entré en el palacio de Rozsahegy, la casa solariega de una vieja familia
de próceres, que el advenedizo había comprado a fuerza de dinero para darse
cierto barniz «ladrillesco» de aristocracia.
Había en el
salón unas diez personas de clase muy mezclada: los dos jóvenes «conocidos»
-Ferrando y otro-, un político secundario, muy mercachifle, con ínfulas de
influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope y tierna, figulina de
Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de colores chillones y como
infantiles, que me hacía una corte asidua e incondicional; una señorita
extranjera, con aires de demoiselle de compagnie en reemplazo de su señora; un
sabio europeo venido a estudiar no sé qué epizootia y a llevarse no sé cuántos
pesos; el dueño de la casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su
idioma tan semejante al alemán como al castellano, y la linda Eulalia, que
reunía en torno suyo a los dos elegantes, la muñequita de porcelana barnizada y
la demoiselle de compagnie, mientras que el gran Rozsahegy acaparaba al
político, al banquero y a la germano-criolla, es decir, la parte más seria de
la sociedad.
-¡Por fin
sale usted del bosque! -exclamó Eulalia con la libertad de ideas de las niñas
«de sociedad», acudiendo presurosa a recibirme, con gran disgusto de los dos
gomosos.
-¿Del bosque,
Eulalia, en pleno Buenos Aires?
-¿No dicen
que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es un poquito oso, ¿no
es verdad? ¡Vaya! Deje a los viejos que hablan de negocios y especulaciones sin
ocuparse de los muchachos, y véngase con nosotros...
La alusión a
la señora de la Selva había sido clara, pero ni me di por entendido, ni ella
insistió, por buen gusto innato, aunque criada en un medio que no era
cultivador de semejantes matices.
En el grupo
juvenil, bullicioso, superficial, y entrometido, me encontré molesto, porque no
iba a mantener conversaciones generales: iba en busca de algo decisivo, y
necesitaba hablar aparte con Eulalia. Buscaba el medio de alejarla del grupo,
cuando Rozsahegy me hizo muy indirectamente el juego, llamándome.
-La situación
sólida, ¿usted cree? -preguntó con aire de inocencia y de perplejidad, aunque
fuera un zorro viejo.
-Sí, don
Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso a la oposición. Su misma fiebre
lo demuestra. Son perros que ladran a la luna...
-Muchos
perros... Ese mitin del Frontón.
-¿Ha viajado
por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco, todos los perros
desocupados se ponen a ladrar también, sin saber por qué, y no muerden, porque
no tienen qué morder...
-¡Oh! -dijo
Coen, con aire misterioso-. La Bolsa está tranquila...
-¡Bah! Contra
los que juegan al alza están los que juegan a la baja.
Es una
partida reñida, pero jugarreta al fin.
-La apuesta
es la fortuna del país, no unos cuantos pesos de los jugadores...
-El país es
demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna.
-¡Hum! Usted
está muy confiado, muy confiado, lo mismo que el gobierno. ¿Qué hace el gobierno?
-¡Pues, nada!
¡Provocar la baja! Y lo conseguirá. ¿Quién lucha, don Estanislao, contra el
poder y el dinero, el poder total, el dinero inagotable?...
-Sí, eso es
muy importante -murmuró Rozsahegy, sin convicción.
-Papelitos
impresos -murmuró Coen.
-¡Oro! ¡El
oro caerá en la Bolsa como el maná en el desierto! El ministro lo ha prometido.
¡Será el maná, y los israelitas no se morirán de hambre!...
-Eso no dudo
-insistió Coen, burlón.
-Y... eso,
¿usted tiene confianza, entonces? -preguntó Rozsahegy con aire extremadamente
candoroso.
-¡Absoluta!
-Yo también
-apoyó don Estanislao, entre sonrisas indescifrables-. Yo también... por ahora.
Y llamó a
Eulalia para decirla que hiciera servir el té, poniéndola así a mi alcance
fuera de oídos indiscretos.
Me acerqué a
ella y entablé el coloquio proyectado.
-¿Conque soy
un oso, no?
-«Silvestre»,
sí, según se dice.
-¡Vamos,
Eulalia! Dejemos los árboles, y yo le demostraré que soy, por el contrario, una
fiera domesticada. ¿No me cree usted capaz de abandonar la arboricultura para
dedicarme al cultivo de las flores?
-¿De qué
flores?
-De las más
hermosas, las más gallardas, las más perfumadas... Usted, por ejemplo.
-¡Oh! -y el
rubor le invadió las mejillas, mientras que un ligero calofrío le corría de los
pies a la cabeza.
-Ni el
momento ni el sitio parecen oportunos Eulalia; pero, sin embargo, son
favorables para quien no puede aguardar más. Hace mucho que tengo que
decírselo: La quiero... Y usted, ¿me quiere?
Le clavé los
ojos; ella no desvió los suyos, humedecidos y vagos.
Buscó el
botón de la campanilla, tras de su espalda, con la mano izquierda, como para
disimular su turbación, y no pudo menos que tenderme la derecha, que sentí
trémula de emoción en la mía, seca y febril.
-¿Está dicho?
-Sí.
Un lacayo
apareció.
-El té -dijo
Eulalia, con voz temblorosa-. El té en el comedor.
-¿Por qué en
el comedor? -preguntó Rozsahegy-. Aquí estamos muy bien.
-En el
comedor, papá... -insistió Eulalia, con ese acento profundamente persuasivo que
sólo saben encontrar las mujeres, y sobre todo las muy jóvenes, mezcla de orden
y de súplica.
Rozsahegy no
insistió, ni hubiera insistido aun tratándose de cosas de mayor importancia; en
el trato social se dejaba guiar ciegamente por su hija, confiando en su
discreción y en su cultura, él que no tenía el menor roce, y que sólo sabía
tratar con los hombres de negocios, y sus empleados y peones.
Entretanto,
los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacían converger sus miradas
hacia nosotros, lo que me demostró que nuestra actitud no había sido tan
disimulada como lo esperábamos. Supongo que Eulalia haría la misma observación,
pero siguió a mi lado sin dar importancia a la curiosidad que nos rodeaba.
-¿Es cierto,
Herrera? ¿Es cierto... Mauricio?
-¡Sí,
Eulalia!
-¡Oh! Si
usted supiera cómo temía...
-¡Y yo,
Eulalia! ¡Cuánto desearía que estuviéramos solos para decirle!... -Ahora... cuando entren a tomar el té.
Mentira; no
deseaba que estuviéramos solos. Me sonreía, por el contrario, aquella
declaración en plena sociedad; ésta justificaba la falta de arrebatos
románticos y me permitía no buscar frases y actitudes artificiales y
dramáticas. Me gustaba Eulalia, me había prendado desde el primer momento, pero
me era imposible encontrar para ella frases arrebatadoras, explosiones de
pasión. Tras de la princesa de cuento de hadas veía los dos ogros que
entibiaban mi ardor, como una amenaza.
Cuando los
invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en la sala, desierta y
rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos caídas, torturando el abanico
de nácar, la niña esperó.
-¡Está usted
deslumbradora esta noche!
-No
quisiera...
-¿Por qué, mi
Eulalia?
-Porque lo
deslumbrante no se ve.
-¡Ah,
coqueta! Y usted quiere ser vista...
-Sí. Con
todos mis defectos y todas mis fealdades... para que después no venga el
arrepentimiento.
-Usted no
tiene defectos ni fealdades...
-Quizá sea
que no se ven ahora...
-Para mí no
existen... No existirán nunca, Eulalia.
-¿De veras?
-murmuró, casi burlona.
-¡No se
ría!... ¡La quiero con el alma!
Se puso seria,
muy seria, de una gravedad insólita para decirme:
-Yo también a
usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y otras cosas.
-¿Y usted
puede creer?... Habladurías, malevolencias.
Me miró
sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y preguntó con intención:
-No, pero...
¿Qué cree usted que pensaría la mujer de César?
-No colijo...
-Pues... que
César no debería ser sospechado, él tampoco.
La miré como
haciéndola un montón de promesas y juramentos, y, por fin, murmuré, decisivo:
-Es preciso
que me autorice...
-¿A qué,
Mauricio?
-A pedirla a
sus padres.
Fijó en mí
los ojos, tan vagos, tan empañados que temí verla desmayarse.
-Sí, Mauricio
-murmuró apenas.
Y el
«Mauricio» sonaba en su boca como una caricia de sus labios, porque ese nombre,
mi nombre, debía haber sido besado mil veces al pasar por sus labios, aunque su
estructura parezca no prestarse al beso tanto como otros, Pepe, por ejemplo,
que son dos besos seguidos.
-¡Pues, esta
misma noche! -dije-. Mañana... a más tardar...
El grupo de
los jóvenes, viendo que la montaña no se acercaba a ellos, se acercó a la
montaña, saliendo del comedor. Fui buen príncipe, ayudando a formar la rueda y
reanudando la conversación general, de modo que Eulalia pudo recobrar su sangre
fría. La señora de Coen me lanzó una indirecta como un mazazo:
-¡No hay como
la soledad para los idilios!
-Oh, señora,
cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estaré más y menos solo que hoy.
-No
entiendo...
-¡Eh! Así son
los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace o el que goza de
ellos... Los demás cuando mucho, aciertan a echarlos a perder, por indiscreción
o por... competencia.
Se mordió los
labios, y oí que se juraba en silencio vengarse de mi impertinencia.
Al
despedirme, pedí a Rozsahegy una entrevista para el día siguiente.
-Vaya a mi
escritorio, a cualquier hora.
-No es cosa
de negocios.
-Entonces,
aquí, de nueve a diez de la noche. ¿Le conviene?
- V -
A la noche
siguiente, y no sin haber vacilado todo el día, me presenté en casa de
Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso comprometedor, al que me
impulsaban el deseo de vengarme de María o más bien de demostrar que su
indiferencia y su traición eran, por lo menos, simultáneas con las mías, y al
propio tiempo los atractivos indiscutiblemente seductores de la niña. Pero me
fastidiaba enajenar tan prematuramente la libertad, y a no ser porque una gran
fortuna facilitaría mi rápida ascensión, convirtiéndome en un hombre de verdadera
importancia, mis cavilaciones de aquel día me hubieran hecho volverme atrás, y
renunciar al casamiento, o dejar, por lo menos, las cosas pendientes.
Rozsahegy me
recibió sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno de libros vírgenes que
tenía en su palacio. Algo sospechaba de la naturaleza de la entrevista, pues no
le podía haber pasado inadvertida nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba
seguro, porque ésta no había querido hacerle confidencia alguna. Mostrose
benévolo, casi servicial, como lo era con todos los hombres de la situación que
podía utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las ramas.
-Usted es
todo un hombre -comencé-, y no le gustan los rodeos.
-Está claro.
Al vino, vino. Es lo mejor.
-Y cuando yo
resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente.
-Yo también.
Es lo mejor.
-Todos los
hombres de acción somos así... Ahora, lo que me trae, don Estanislao, no puede
ser más sencillo: Quiero a Eulalia, ella me quiere, y vengo a pedirle su
mano... Me parece...
-¡Eh!
-exclamó, interrumpiéndome.
Abrió
enormemente los ojos; un deslumbramiento pasó por ellos... Lo había soñado, lo
había pensado, lo esperaba, pero aún le parecía imposible. Me echó las enormes
y velludas manos sobre los hombros, me atrajo hacia sí como si intentara
besarme en la boca, y tartamudeó, olvidado del castellano por la emoción:
-¡Donner!
¡Donner! ¡Qué bueno! Yo a mi mujier diciendo... ¡Irma!
¡Irma!...
¡Kommen Sie!
Se había
asomado a la puerta que da al vestíbulo, y gritaba. La voz de la dama que
acudía corriendo, contestó desde el salón:
-Was ist los?
No había
acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi la alzaba en sus
cortos y forzudos brazos, gritando:
-¡Todo hecho!
Herrera quiere casar con Eulalia.
-¿Y «echa»
qui dice? -murmuró la pobre mujer, como alelada.
-Hay que
preguntárselo, señora -dije, sonriendo, a pesar de la gravedad interna de la
situación.
Y nuevos
gritos:
-¡Eulalia!
¡Eulalia! Schnell! Schnell! Apresúrate -como si se tratara de un sueño que
pudiera desvanecerse de un momento a otro.
Eulalia
apareció, muy colorada, sabiendo lo que se le iba a preguntar. Pero no vaciló y
dio su respuesta en firme:
-¡Sí!
Con un
movimiento lleno de gracia tomó entonces con la izquierda dos dedos de la mano
de su padre, y me tendió la diestra a mí, mientras miraba mimosa y conmovida la
redonda cara plácida de Irma, a punto de llorar.
Después,
desprendiéndose de ambos, corrió a colgarse del cuello de la madre, y le cubrió
las mejillas de besos, que en parte me dedicaba, sin duda.
¡Qué
contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qué sé yo
comarcas extranjeras, había brotado como por milagro aquella suave y delicada
flor criolla, como de los torturados espinillos brotan en primavera las aromas
de oro, más sutiles, más finas y más perfumadas que cualquier florescencia de
invernáculo.
Irma, un
instante después, me sometió, como a una prueba masónica, a un concienzudo
abrazo, y me besó en ambas mejillas con verdadero furor.
Mi solicitud
había sido aceptada, pues, no sólo con benevolencia, sino con entusiasmo y sin
ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo nos acercamos mientras «los viejos»
se hablaban aparte, y comenzamos una de esas gentiles conversaciones que pueden
compararse al arrullo, porque las palabras no dicen nada, mientras que la
expresión lo dice todo... y muchas otras cosas más.
Nos
interrumpió Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, habían resuelto dar una
comida a sus amigos más íntimos, para comunicarles a los postres nuestro
próximo casamiento. La comida se celebraría dos días después.
-Dentro de
dos días, sin falta, don Estanislao -observé-. Tengo que ir a mi provincia lo
más pronto posible.
Dos días
después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente. A las ocho en
punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del comedor, donde estaba la
mesa tendida, con gran lujo de flores, de cristales y de vajilla de plata.
Entramos, dando el brazo a nuestras parejas. La mía, en la circunstancia, era
naturalmente, Irma. Sólo Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia,
y fuimos desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían
decirnos:
Miren ustedes
cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un patán enriquecido... Sí,
yo, el antiguo peón, el «changador» miserable, soy ahora un gran señor con
mucho estilo, y esos muebles principescos, y ese mantel con encajes, y esa
vajilla de plata -de plata legítima y maciza-, y esas orquídeas maravillosas, y
esos cristales tallados, que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como
pétalos de flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos
brillan como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se
derrama sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso y mucho más
es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe aún, volcara sobre la
mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el chacolí o el espeso vino negro
griego en las tabernas, llamaría a mis lacayos y haría cambiar en un momento la
decoración, con más encajes, y más plata, y más cristales, y más porcelanas, y
flores más hermosas, y todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre: -«¡Rompa,
rompa, que está pago!»
¡Y ningún
orgullo semejante a aquél!
Yo había
dado, pues, el brazo a Irma, conduciéndola a su asiento en una de las cabeceras
de la mesa, y fui, menos Rozsahegy, el último en ocupar su sitio. No habían
puesto tarjetas indicando la colocación de los convidados, y Ferrando, no sé si
distraído o presuntuoso, quiso sentarse junto a Eulalia. Irma, que vio esto,
corrió hacia él, le golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:
-Permite,
permite...
Y cuando el
otro se apartó, desconcertado, me llamó a mí, indicándome la silla y diciendo:
-Sienta...
sienta aquí... Al lado novia.
Tal fue el
parte oficial de nuestro compromiso que aguó el probable discursito de
Rozsahegy.
Eulalia se
mordía de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto en una situación
más ridícula, situación que hubiera sido intolerable, sin el desconcierto del
infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba ni cómo debía tomar semejante
salida. Lo miré, y unas atroces ganas de reír me asaltaron de pronto,
haciéndome olvidar mi propia desventura. Ferrando, ciego, buscaba dónde
sentarse, tropezaba con muebles y personas, sin comprender que nadie le
observaba sino yo y la señora de Coen, y pensaba evidentemente en marcharse a
la francesa, como gato escaldado, cuando esta última, compadecida o resuelta a
consolarse con él de mi indiferencia, lo llamó junto a su redonda persona, a
sus ojillos miopes y parpadeantes, a su traje de colores deslumbradores, a sus
manos regordetas anquilosadas por los anillos, a su descote en que los
brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo barranco.
Y, a los
postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo retemblar hasta
aquellos mismos peñascos de carne:
-¡Traiga
champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica Eulalia y don
Mauricio Comes Herera!
¡Oh, manes de
mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en aquel momento! Y, al
fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo habréis estado más tarde, al ver
unida a la fuerza del conquistador que ante nada se detiene, esa otra fuerza
más pura y distinguida que proviene de vosotros...
No hay que
buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia, donde, salvo algunos,
todos tenemos abuelos mercaderes o artesanos. Y nuestros antepasados más nobles
no se quejan. Ellos mismos lo han dicho en sus declaraciones doctrinarias:
todos somos iguales, un detalle de educación no es cosa que puede conmover sus
huesos en la gloriosa tumba...
Además,
Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es hoy, una gran señora,
porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos de europeos también, nació en
esta tierra de belleza y de intuición...
En suma,
cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el menú había sido
desbordante. Una taza de café o de té, enormes cigarros habanos, licores, más
champaña para los que lo deseaban -Coen, el político influyente, Ferrando, el
otro highlife, varios jovenzuelos-; bombones para las niñas; monadas de madama
Coen, dirigidas ya abiertamente a Ferrando, con abandono de mi humilde persona;
una o dos frases pseudoamables, pero bien perversas, de la demoiselle de
compagnie, sobre la demoníaca maldad de los hombres y lo inane de las riquezas;
lagrimitas de mamá Irma; rubores y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de
Rozsahegy; cálculos tele-futuros de Coen -vidente de lo que yo podría hacer con
mi nombre y con «nuestra» fortuna al cabo de diez años-, sonrisas entendidas de
los mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba
inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde y la
Calandraca, puntos de reunión de aquel tiempo de lo más granado de la sociedad
oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los sirvientes de librea,
ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs y bombones a los comensales de
un patrón que fue quizá su camarada; un poco de música, unas vueltas de vals...
Se marcharon,
al fin, todos aparentemente contentos; excepto la demoiselle de compagnie, más
que nunca deseosa de ser actriz y no espectadora; los elegantes que hacían el
inventario de la fortuna de Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera
dado generosamente esta negación a cambio de los millones rozsaheguianos; la
mujer de Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus
deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque ya el
resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo, «sabía» que
«sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.
El tête a
tête con Eulalia, que siguió a la fiesta fue encantador, pero corto. Aquella
virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta me hacía olvidar, en esos
minutos, que al pedir su mano sólo había obedecido a un rapto de despecho, a un
impulso de orgullo satánico. Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto a un
hombre como verse querido incondicionalmente. Es como si tomara a grandes copas
el más capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...
-¿Cuándo
piensa usted casarse? -me preguntó Rozsahegy, acercándose.
-Lo más
pronto posible, don Estanislao.
-También a mí
me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo digo por mal), porque...
Venga un poco aquí y le diré.
Me tomó
aparte, y continuó.
-Porque usted
tiene...
Y me dejó
boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi fortuna, que yo
mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome dos meses de tiempo para
buscar los datos y ordenar los papeles. Total, realizando en aquel momento, mi
capital ascendería, por lo menos, a un millón seiscientos o setecientos mil
nacionales. Ahora bien, habría que rebajar la deuda a los Bancos (pero ésta no
era de preocuparse), y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple
aumento por la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de
sobra, y yo, con «dejar dormir», mis propiedades, me despertaría una mañana
poderoso.
-«¡Déquese
estar! ¡Déquese estar!» -me repetía Rozsahegy, sonriendo con su ancha cara
rojiza y bigotuda de mozo de cordel-. En este país, para ganar plata, lo mejor
es no hacer nada, nada, nada sino esperar las gangas. Para hacerse rico
«trabacando», hay que ser muy vivo y no tener «sonseríos».
Divertido, y,
al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término a los desarrollos
económicos de mi futuro suegro, diciéndole:
-¡Pero don
Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque la quiero, no por
otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de Buenos Aires.
-Eulalia
Cómez Herera -exclamó sentenciosamente el viejo-, es una cosa. Pero si Eulalia
Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el marido, sería otra cosa.
Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es una gran persona, y el marido
también, y el padre también.
-¡Oh, sí!
-exclamó Irma, corriendo otra vez a abrazarme.
Eulalia se
moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de echarme a reír. Pero
besé a Eulalia en la frente, abracé a la suegra, estreché la ancha y velluda
pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí, diciendo:
-Mañana salgo
para mi provincia. Allí estaré dos o tres días, nada más. Entretanto,
comenzarán a hacerse todos los preparativos para el casamiento.
-¡Se va!
-exclamó Eulalia, como si oscureciera de repente.
-Pero
escribiré, querida -le dije al oído-. Si me voy, es precisamente para que
seamos felices más pronto...
Cuando me
marché, pareciome que aquel palacio olía a grosera felicidad, como un local
dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana en orgía. Eulalia era
allí como una flor olvidada que se agostaba en la atmósfera caliginosa.
- VI -
¡Golpe por
golpe! Las circunstancias me permitían vengarme sin sufrir, más que sin sufrir,
ganando en cambio. ¡María!... ¡Vázquez!... ¡La cara que iban a poner cuando supieran
que, conquistando una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires, conquistaba,
también, una fortuna que ponía fuera de todo parangón: Mauricio Gómez Herrera,
gran familia, gran posición, gran talento, gran fortuna, ¡todo! ¡Oh,
circunstancias, amigas mías! ¡Oh, santo oportunismo, oh, propicia fatalidad,
que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las cumbres a los
elegidos de tu capricho!... ¡Y la venganza!...
Sin embargo,
la mañana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las once, cuando mi
valet de pied se atrevió a despertarme con una serie de discretos golpecitos a
la puerta de mi dormitorio.
-Una señora
espera en la sala...
-¡Imbécil!
¿No te he mandado que me dejaras dormir?
-Son las
once, señor, y don Marto me ha dicho que podía despertarlo.
-¡Ah, bueno!
¿Quién es?
-Una señora.
No ha dicho su nombre.
¡Tantas
señoras!... ¿Un sablazo matutino? ¡Bah! Noblesse oblige.
Sobre el
pijama me puse la robe de chambre, y me dirigí serenamente a la sala, seguro de
que el sablazo más feroz no podría interesar sino la superficie de mi coraza,
reforzada por Rozsahegy.
¿Quién es? No
la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos, traje elegantemente
cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja, nada que choque al gusto más
refinado.
-Señora...
usted disculpará, pero, por no hacerla esperar... ¿A quién tengo el honor?...
Se había
puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada, como si sólo
esperara mi presencia para marcharse, más que como demostración de respetuosa
cortedad.
-He vacilado
mucho antes de venir -murmuró-, y ahora veo que tenía razón en vacilar, puesto
que ni siquiera me conoce.
El ceceo me
la reveló.
-¡Teresa!
-exclamé, atolondrado, sin acertar a moverme ni a decir más.
-Sí, Teresa
Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted, Mauricio, y por eso
vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va a ser un hombre, mi hijo, que
tiene derecho a preguntarme quién es su padre... Se llama Mauricio Rivas, y es
un muchacho inteligente y bueno, trabajador, y más noble...
Yo callaba.
Teresa se interrumpió para continuar en seguida, con un esfuerzo, conmovida
hasta las lágrimas.
-Ese niño,
ese jovencito está al abrigo de la necesidad, ha recibido una excelente
educación, porque su madre no es ya una campesina tosca e ignorante, y puede
emprender cualquier carrera, aspirar a cualquier situación... con tal que la
sociedad no le cierre sus puertas... Ese niño no tiene padre.
Yo estaba en
ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romántica, me ponía fuera de
mí. Ganas me daban de tomar a aquella mujer por la cintura y ponerla sin
ceremonia en la puerta de la calle. ¡Caramba!
¡Y qué
complemento a la comedia idiota de casa de Rozsahegy!
-Ese niño no
tiene padre -continuaba diciendo Teresa, balbuciente-, y este defecto le hará
tropezar con gravísimas dificultades, aunque sea relativamente rico, porque,
por más que se diga, en nuestro país el dinero no es todavía el todo. Por eso,
como usted, Mauricio, es su... amigo más cercano, he venido a preguntarle -¡oh,
sin segunda intención, sin exigencia alguna!-: Mauricio, ¿qué puede usted hacer
por esa infeliz criatura?
¿De qué modo
resolver esta peripecia, como la llamaría un dramaturgo?
Miré a las
paredes, a las puertas, invoqué al rayo, la presencia de cualquier persona,
amiga o enemiga, pensé hasta en el suicidio, todo me pareció preferible a
aquella situación tremenda por lo insólita e inconducente...
¡Oh, destino!
¡Oh, fatalidad! ¿Por qué las cosas de la vida se amontonan en un instante dado,
formando lo que los novelistas, poetas y comediógrafos llaman el nudo? ¡María,
Eulalia, ahora Teresa!
¡Todo de
golpe! ¿O todo esto existía antes, y el nudo no es más que una visión más aguda
y sintética de lo que viene sucediendo y ha estado anudado siempre? ¡Por los
clavos de Cristo! ¿Cómo resolver esta maldita peripecia, sin rebajarla hasta lo
innoble? Yo no sé lo que imaginaría un novelista dado el problema psicológico.
Lo único que puedo exponer es lo que hice, dejándome inspirar, sencillamente,
por mi instinto de conservación.
-Tenga usted
confianza... Siéntese... Conversemos -dije.
Se sentó,
automáticamente.
-Debe estar
hecho todo un hombre... Y buen mozo, ¿eh?... ¿Cómo se llama?...
-Ya dije...
Mauricio... Mauricio, como... como su padre.
-¡Ah!
Y luego,
bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la desolación,
agregué:
-Puedes...
puede estar usted segura, señora, de que ese niño tendrá siempre en mí el más
resuelto, el más abnegado de los protectores y de los amigos... Será para mí...
como un hijo adoptivo... ¡Oh, Teresa!... ¿Y puedes... y puede usted haberlo
puesto en duda?
-No se trata
de eso, Mauricio -dijo, dolorosa-. Lo único que el niño necesita es un apellido
legítimo y el honor de su madre... ¡Oh, no se espante! ¡Usted se equivoca mucho
al suponerse, ni por un momento, en una situación sin salida, o, por lo menos,
difícil de resolver!... ¡Nada más fácil, por el contrario! Aquella pobre Teresa
Rivas de Los Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto a la mujer experimentada
que Mauricio Gómez Herrera la invitó a ser para que fuera digna de él... Esta
nueva encarnación no pide nada para ella, vuelta ya de su engaño, pero tiene un
hijo y viene a preguntarle: Mauricio, ¿qué va usted a hacer por esa infeliz
criatura?... ¿Nada?... ¿Nada?...
Me quedé
silencioso, aterrado. Ella calló, también, medio minuto, impávida, mirándome
con sus olímpicos ojos de ternura.
-Esto no es
una tentativa de chantage, Mauricio, ni un arrebato de sentimentalismo malsano.
Lo vengo pensando hace mucho, y creyéndolo mi estricto deber y recordando sus
promesas, he querido, por primera y última vez, ponerlo frente a frente a su
deber, al suyo, sin imponerle que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es
todavía tiempo, mientras el niño no entre de lleno en la vida... pero ni
reclamo ni impongo nada...
-No sé
cómo... -murmuré, dándome aires de irritación.
-¿Es cierto,
entonces, el rumor que ha llegado a mis oídos? ¿Se casa usted con María Blanco?
-¿Con María
Blanco? ¡No!
-Importa
poco... Será con ella, con otra, o no será... Lo que yo tenía que hacer está
hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar... Ya supondrá usted todas las
súplicas que formulé, todas las amargas lágrimas que he derramado en estos años
tan largos... inacabables... Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo
hiere... No me conteste por el momento, no... Yo también he tenido que meditar
mucho antes de dar este paso...
Aquí tiene
usted mis señas... hable a su conciencia, ella le dirá... Y yo esperaré su
palabra, que vendrá, o no... Adiós, Mauricio...
Dejó su
tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para acercarse a mí, pero se
contuvo, y, muy digna, salió paso a paso del salón.
Juraría que
nadie creerá lo que pensé mientras, petrificado, miraba alejarse para siempre a
la nueva Teresa. Y lo que pensaba era, sencillamente:
-¡Parece
mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho que la cándida y
vulgar Teresa... ¡Decididamente, éste es un gran país!...
Pero, acto
continuo, volví al sentimiento de la situación. Había sido ridículo y de una
pobreza inverosímil de recursos. ¡No encontrar nada, nada, nada que
contestarle! ¡No acertar con nada, sino con una irritación absurda, una cólera
terrible, mortífera quizá, que sólo había podido dominar lo que se llama
«educación», que no es sino una autodomesticación de la fiera!... ¡Y ella, que
no me había dado ni el más mínimo pretexto para el estallido, para el estallido
salvador que hubiera convertido en trágica o siquiera dramática aquella escena
tan profundamente ridícula...
-¡Manuel!
¡Manuel! ¡Manuel!
Azorado, el
gallego asomó su hocico a la puerta de la sala.
-¿Has hecho
mis maletas?
-Todavía no,
señorito... El almuerzo...
-¡Imbécil,
torpe! ¿No te he dicho que hicieras mis valijas?
Desapareció a
tiempo, pues mi puntapié hizo que la hoja de la puerta le golpeara las
espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente e inútil, me senté en un sofá,
mordiéndome los puños, me levanté, hice pedazos la tarjeta, sin leerla, corrí
como un loco alrededor de la sala, dando puñetazos a los muebles, y de repente
me calmé, me eché a reír, y fui a vestirme, completamente tranquilo, repitiendo
un refrán que don Fernando Gómez Herrera, mi señor padre, solía decir a menudo:
«Lo que no tiene remedio, remediado está».
- VII -
Dos horas
después en el tren que me conducía a mi provincia, pensaba en aquella nueva
Teresa que era como el símbolo de toda la perfectibilidad de nuestra raza, y me
repetía:
-¡Si uno
pudiese saber a tiempo!
Pero ¡bah!,
nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido.
¿No obraban
los demás, conmigo, con igual desparpajo? María, por ejemplo... ¡Vaya! ¡En la
guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de amoldarse a las
circunstancias, y entre varios males elegir el menor... cuando se puede elegir.
¡Extrañas
antinomias! ¿Quién explicará jamás que en mi fatalismo, no hiciera yo aquel
viaje sino para representar ante María Blanco una escena análoga, si no igual a
la que Teresa Rivas acababa de representar ante mí?
¿No iba,
únicamente, a echarle en cara su falta de palabra, y a afirmar mi superioridad de varón declarándole que yo
había faltado antes al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?
Hoy creo que
nunca he hecho una serie más larga y disparatada de locuras, y tanto me escuece
su amplitud. Me había cegado el éxito de todas mis empresas, y mi orgullo
crecía tanto más cuanto que, en realidad, era más mediana mi situación
intelectual, social y moral en Buenos Aires.
Instintivamente
sentía, pese a las adulaciones y los triunfos visibles, que me hacían poco
caso, quizá menos del que yo merecía en realidad, porque, al fin y al cabo,
modestia aparte, estoy bastante arriba del término medio de mis contemporáneos.
Esto explica bien naturalmente la exasperación de mi amor propio...
Caí como una
bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la vasta sala en que parecían
naufragar los viejos y pesados muebles provincianos, sentada junto a la ventana
y bordando un pañuelo, estaba María. Frente a ella, un hombre: Vázquez.
Sentí que
toda la sangre se me subía a la cabeza, pero haciendo un titánico esfuerzo, me
dominé, y con risa sardónica acerqueme a la joven, haciendo como que no veía a
Vázquez, tranquilo y grave, y sin ver en realidad al viejo Blanco, que estaba
en la sombra.
-¡Mauricio!
-exclamó María con un tono de cándida satisfacción que me sorprendió.
-En persona
-dije, inclinándome con exagerada reverencia-. Ardía en deseos de saludarla,
señorita.
Y girando
rápidamente sobre mis talones, me volví a Vázquez y dije, provocativo:
-¡Y a ti
también!
Entonces vi a
don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tendía afectuosamente la mano.
Esto me desconcertó un poco, retardando la explosión de mi rabia.
-Señor
Blanco...
Hubo un
silencio, porque todos sentíamos que la situación era violenta y tempestuosa.
En este corto intervalo cobré bríos, y dije:
-He querido
venir personalmente a anunciarles mi próximo enlace con Eulalia Rozsahegy, una
de las...
Tres
exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me interrumpieron. Vi que
María se había puesto intensamente pálida y que estaba a punto de desmayarse.
Los dos hombres, mudos, la miraban y me miraban, inmóviles en su sitio.
De pronto,
María Blanco se levantó, de una pieza, como si fuese de acero, dio un paso
hacia mí, pálida, mortal, me miró a los ojos y dijo con esfuerzo: «Muchas
felicidades», y salió como una sonámbula.
Don Evaristo
se lanzó hacia mí, pero Pedro lo detuvo, me asió del brazo y me sacó de la
sala, diciendo al viejo:
-Deje
usted... Todo se arreglará... se arreglará...
Cuando
estuvimos en la calle:
-¿Qué has
hecho? -me preguntó.
-Mi deber. He
leído la noticia.
-Es una
infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y hacer daño a
María. ¿No has recibido su carta?
-¡No!
¿Pretendes reírte de mí?
-¡Mauricio!
¡Esto es una desgracia! ¡Esto es un infortunio causado por una perfidia! Yo te
juro, te juro que hasta hoy no había vuelto a poner los pies en esta casa. Han
jugado conmigo, contigo, con María, ¡pobre María! ¡Si me has encontrado hoy
allí, es porque he venido de Los Sunchos, donde estaba, a buscar el modo de
castigar esa infamia y evitar sus desastrosos efectos! Créeme o no me creas; no
te doy explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin
nombre, de las que sólo se ven en estas sociedades inorgánicas, donde los
espíritus maléficos encuentran terreno propicio para sus hazañas. Al chisme se
agrega ahora, gracias a los periodicuchos inmundos, la noticia, inocente en
apariencia, pero cargada de veneno. ¿Te callas? ¿No me dices nada?
-Ya es tarde
-repliqué-. Te creo, pero ya es tarde.
-¡Cómo! ¿Lo
de tu compromiso es cierto?
-De lo más
cierto del mundo. Y no sé cómo puede componerse todo esto...
Calló largo
rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin alegría, dijo, como
contestando a mi última frase:
-Yo sí.
-¡Yo también!
-exclamé, riendo forzadamente, y encogiéndome de hombros.
Y, doblando
una esquina, a que llegábamos, añadí con sorna:
-¡Muchas
felicidades, como dice María!
Se quedó
clavado, y yo me fui sin volver la cabeza.
Mis bodas,
meses más tarde, fueron todo un acontecimiento social en la capital de la
República. La bendijo uno de los príncipes de la Iglesia, a quien fui a
pedírselo por indicación de mi suegro, que deseaba verme en buenas relaciones
con el alto clero. Yo asentí, naturalmente.
-La fe es una
de las columnas más robustas de la sociedad -pensaba-, y cuando en Los Sunchos
y en la capital de mi provincia quise desviarme de ella, hasta ponérmele en
contra, no veía que atacaba mis propios intereses, mi propia personalidad.
Después, cuando me reconcilié con la Iglesia, no lo hice con toda la
intensidad, con toda la exageración que debía, y seguí siendo indiferente,
salvo las apariencias. Ahora hay que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo
necesitaba una disciplina: aquí la tenemos hecha. Ninguna más fácil y eficaz
que la religión. Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, haré de mi aldea lo que
se me antoje. Yo, Gobernador, haré con el diocesano lo que creamos preciso. Yo,
Presidente, haré con el arzobispo cuanto se nos ocurra... Éste es el único
peligro: el «nos». Sólo Rivas supo meterse al clero en el bolsillo; porque a
Rivadavia lo «voltearon» ellos... ¡En fin!, no me ha llegado el caso, no estoy
a tales alturas... Si llego, ya veremos... Entretanto, bueno es estar de ese
lado...
Y fui a
visitar a Monseñor, para pedirle que nos echara la bendición nupcial. Me
sorprendí al verle. Era un hombre de tipo sensual y gastado, de cutis terroso y
lleno de precoces arrugas, labio inferior grueso y colgante en la ancha boca
cortada como un tajo, ojos pequeños, móviles y húmedos, narices chatas y muy
abiertas -un mulatillo, hubiera diagnosticado misia Gertrudis-. Su historia era
vulgar. Siendo simple cura y redactor de un diario católico de su provincia,
hizo gran campaña en pro de un candidato a Gobernador que, una vez triunfante,
le pagó sus servicios con una protección decidida y halló medio de enviarlo a
Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La ayuda oficial le
facilitó sus ascensos en la corte de Roma, al mismo tiempo que le daba grande
influencia en la sociedad bonaerense. Hombre de mundo, al par que político y
religioso, dedicose especialmente a conquistar las familias patricias, por
medio de las mujeres, y alcanzó brillantes resultados en esta empresa.
Se le veía en
todas partes, en los salones, a la cabecera de los moribundos ilustres, en las
fiestas oficiales, y él era quien bendecía la unión de los favorecidos del
nombre y de la fortuna, él quien bautizaba a los futuros próceres.
-¿Quién es el
padrino? -me preguntó.
-El
Presidente de la República.
-¡Ah, ja! Eso
está bien... ¿Y la madrina?
-Mi tía
Mónica Vallmitjana, ya sabe, Monseñor, es de la ilustre familia catalana que...
-¡Ah! ¿Una
señora perlática?
-La misma.
-¡Bien! ¡Vaya
en paz, hijo! Tendré el mayor gusto en casarlos... Y diré unas palabritas en la
ceremonia.
El día de
nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vio llena de lo más
granado de la sociedad, y el lujo que allí se desplegó hizo época, tanto como
el célebre baile de la Bolsa en que se robaron los sobretodos y los abrigos...
Mucho más
modesto fue, varios meses después, en la iglesia matriz de aquella dormida
ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vázquez con María Blanco.
-¡Muchas
felicidades! -como dijo María.
- VIII -
¡Qué bonita y
amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega a ella dando el brazo a
una mujer joven y hermosa, con quien se ha compartido un regio departamento a
bordo del vapor de la carrera! Cómo reposan aquellas accidentadas calles, de la
chata monotonía de Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del
agua, la del mar y la del río, que se ve a un tiempo a un lado y otro, desde
ciertos rincones, y las playas de baños, y las plazas llenas de gente elegante,
y las avenidas sombreadas de árboles, y los parques antiguos, como la quinta de
Bushental, llenos de poesía... ¡A un paso de la gran ciudad argentina, y tan
diversa de aspecto, de modo de vivir, hasta de calidad de ambiente!
¡Con cuánto
gusto hubiéramos estudiado a fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiéramos
ido allí en otras condiciones! Pero, ¡ya se ve! No teníamos un minuto para
dedicar a las cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo
mismo hubiera sido Montevideo que Martín García, Martín García que Santa Cruz o
Ushuaia.
Porque yo
estaba enamorado de mi mujer, ella de mí, y nuestra luna de miel se prolongaba
indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una caricia de niño.
Descubrí en
aquella muchacha méritos insospechados, fuera de sus atractivos físicos, que
eran avasalladores. ¿Cómo había nacido aquella flor del aire entre aquellas
zarzas groseras? ¿De dónde le venía toda aquella delicadeza angelical, aquella
elegancia sin esfuerzo, aquella pasión ardiente y pudorosa a la vez, aquella
alta dignidad que se imponía entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores?
¡Cuánto y cuántas veces me felicité de que una desinteligencia inexplicable, si
no un acto instintivo, me hubiera obligado a romper con María, la severa, la
que a los treinta años sería inevitablemente un fiscal pensante y actuante, un
censor celoso del marido! Obligado a romper, digo, y de un modo inevitable: ¿No
hubiera roto yo, de todos modos, considerando que aquel enlace no me convenía y
que se me ofrecían en Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar a
Eulalia?, y ¿no hubiera roto ella, antes de finalizar el año del plazo,
considerando que yo no era el compañero soñado, el hombre capaz de los grandes
actos y las grandes abnegaciones que ella soñaba, sino el protegido del éxito y
de la fortuna? Es el problema que no me atrevo a resolver definitivamente,
quizá porque cualquiera de las dos soluciones hubiera podido imponerse. Unas
veces pienso que María no me había querido, que no había tenido hacia mí sino
un capricho pasajero, semejante al de la niña inocente que se enamora de un
viejo actor al verlo en el papel de un héroe romántico, como lo probaría su
casamiento con Vázquez; otras me digo que me amaba de veras pero que mi
conducta la aterraba, aunque estuviera pronta aun a pasar por ella, si le
demostraba yo, por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el término del
plazo establecido. Respecto a mí, ya se colige cómo hubiera procedido, y no
tengo una palabra que agregar.
En fin, la
hija de Blanco, la mujer de Vázquez, se perdía o se había perdido ya en las
brumas de un pasado remoto, y Eulalia tenía para mí todos los atractivos de una
amante exquisita y de una amiga ideal.
Temblaba yo,
antes de casarme y en los primeros días del viaje de novios, recordando la
zafia ostentación de los Rozsahegy, su falta de educación, su torpe orgullo de
gañanes enriquecidos, el lenguaje papagayesco de Irma, que no había podido
aprender el castellano, la irritante soberbia del marido, tan humilde con los
grandes como dominador con los pequeños:
imposible
que, tarde o temprano, todo aquel color plebeyo no destiñera sobre Eulalia,
quitándole su brillantez de flor inmaculada. Pero me tranquilicé bien pronto,
gracias a un pequeño detalle.
Eulalia había
llevado en sus baúles una docena de trajes de gran riqueza, que Irma se
empeñaba en que usara a toda hora, para demostrar su riqueza y su distinción.
Mi mujer no se puso ninguno, ni para los paseos matinales, ni en nuestras
excursiones por las playas, y aun de noche, cuando bajábamos al gran comedor
del hotel, se vestía con una modestia que hacía resaltar su buen gusto. Yo no
estaba todavía en condiciones de raciocinar sobre esto, pero me producía buena
impresión, como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que
nada choca. En ella era, también, instintivo, y fue desarrollándose con la
edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms o nuestros Paquins bonaerenses,
quedaron, pues, para las noches de Ópera y las soirées extraordinarias.
En nuestras
charlas interminables, mientras paseábamos lentamente por la arena de Ramírez y
los Pocitos o a lo largo del puerto, viendo la ciudad tendida en anfiteatro, el
pequeño Cerro con su fortaleza que parece un juguete de cartón, la rada con sus
vapores y sus buques de vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes
de pasajeros que la marejada sacudía, los barcos de pesca con su latina al sol,
las bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia solía mostrarse melancólica, y
entonces me hablaba de mi madre con ternura que sólo podía comprender como un
reflejo de su afecto hacia mí.
-¿Me llevarás
un día? ¡Deseo tanto conocerla!... Mientras no la conozca me parecerá que no te
conozco bien a ti tampoco... Debe de ser una de esas señoras antiguas, tan
graves y tan modestas, que se hacen respetar por todo el mundo sin necesidad de
exigirlo, y que en medio de una gravedad saben sonreír, y estar siempre de buen
humor, con infinita benevolencia, con inagotable bondad, ¿no es cierto?
No quise
decirle que Mamita era taciturna, melancólica, mística, aunque muy buena y muy
tolerante. Por el contrario, apoyé sus conjeturas, viendo que mentalmente, sin
querer confesarlo quizá, hacía comparaciones entre su madre y la mía, y que
esto me daba una nueva e inesperada superioridad sobre ella.
-Sí,
queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. ¡Lástima que no haya
podido asistir a nuestro casamiento! De seguro que, apenas te viera, te querría
a ti más que a mí, si es posible.
-¡Oh! ¡Eso
no! Pero iremos a verla, ¿quieres?
-En cuanto
sea posible... El verano próximo. El viaje es largo y molesto.
-¡Eso no
importa! ¡Hay que ir!
Mes y medio
delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que apenas conocíamos unas
cuantas personas que nos dejaban discretamente la más amplia libertad. Al cabo
de este tiempo, comencé a encontrar algo monótono nuestro continuo tête a tête,
y a echar de menos el movimiento y la acción de Buenos Aires. Leí cartas, y me
dije que el momento era llegado de reanudar la vida activa, porque todas las
noticias venían a alarmarme. Eulalia intentó una ligera oposición:
-¡Estamos tan
bien aquí! Tiempo tendrás de dedicarte a los otros.
Ahora te
quiero todo mío, segura de que me descuidarás en cuanto estemos en Buenos
Aires.
Pero se
convenció de que era preciso regresar en cuanto le describí la situación como
ya la veía. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua ni descanso; el
combate arreciaba en toda línea; el Presidente de la República tenía necesidad
hasta de sus amigos más insignificantes en los puestos avanzados; el
descontento cundía, a pesar de esfuerzos tan extraordinarios como una gran
reunión de los jóvenes, declarándose dispuestos a sostener al Presidente sin
condición alguna, hiciera lo que hiciera.
-No tengo el
ánimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me huele a tormenta, y
aunque yo poco he de perder, me gusta ver cómo van desarrollándose los sucesos
para que no me tomen de sorpresa.
Volvimos a
Buenos Aires, y mi primera visita fue para el suegro, el mejor de los
informantes.
-La situación
es aparentemente sólida -me dijo Rozsahegy, en su media lengua-. El Presidente
cuenta con todos los Gobernadores de provincia, con la inmensa mayoría de las
Cámaras, con todo el ejército y toda la escuadra, con una policía aguerrida y
resuelta, con diarios que defienden todos sus actos. ¡Muy bien, perfectamente!
Este conjunto parece demostrar que está firme en el poder, pero hay vagas
señales de que no es así. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y
aun simples comerciantes encuentran que se abusa del crédito. Los diarios de
oposición exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en el público.
Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver más allá de sus
narices. Si no fueras «mi hico» -agregó tuteándome, pues me trataba
indistintamente de tú o de usted-, no te lo diría, pero... ahí está... Es bueno
que te des cuenta de las cosas antes que los demás. ¡Para algo soy tu suegro,
tu suegro Rozsahegy!...
Y después de
una pausa, agregó:
-Hay que
andar con mucho «oco». Un derrepente, ¡cataplum!
No dejaron de
alarmarme estos informes, pero me alarmó mucho más todavía la observación de
que la política del Presidente no satisfacía al mismo partido que lo elevara al
poder, y de que algunos de sus miembros más conspicuos se retiraban a cuarteles
de invierno o se plegaban más o menos abiertamente a la oposición.
-¡Cuando las
ratas se van, señal de que el barco hace agua! -me dije.
Pero no eran
precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los marineros, y hasta los
pilotos. A esta deserción, contribuía de un modo visible la guerra que desde un
principio se había hecho al mismo ex-jefe de nuestro partido, cuya voluntad
creara aquella situación, y que continuaba aún, tratando de suprimir hasta los
últimos restos de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta política
inútil y equivocada, se llegó a extremos tontos. Uno de los allegados al
Presidente, el mismo que años más tarde iba a ocupar elevadísimas posiciones,
se ensanchó contra él en el diario oficioso, tratando de demostrar que era un
muñeco insignificante, un pobre individuo presuntuoso y ridículo, a quien sólo
el azar de las circunstancias había podido dar cierto relieve. Hasta entre los
militares comenzaban a notarse síntomas amenazadores. Entretanto, la única
situación provincial que permanecía fiel al viejo jefe, caía derrocada por una
especie de revolución que organizara el mismo gobierno nacional, con soldados del
ejército disfrazados de particulares. Algunos partidarios se retiraron, pues, y
sin hacer abiertamente buenas migas con la oposición, dejaron ver que, en caso
de una revuelta, no se pondrían de parte del Presidente. Otros entraron
resueltamente en las filas enemigas.
Se pensará
que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresuré a decir «ahí queda
eso» y a abandonar al Presidente para no caer con él, si caía, como era ya muy
probable. Pero quien tal crea no me conoce. Hilo más delgado que todo eso. Sin
que me preocuparan mis deudas a los Bancos, que podrían apretarme el torniquete
en caso de defección (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis
letras no estaban firmadas por mí), sin que me moviera ningún motivo
sentimental, rechacé la idea de pasarme a
las filas contrarias desde el punto en que se presentó a mi imaginación. No era
ése el papel que me convenía. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que
soñé al venir a Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significación
de la época, no digo que no me hubiera convenido una actitud de héroe salvador
del país, tanto más cuanto que podría adoptarla sin arriesgar nada o muy poco
-los situacionistas que cambiaron de casaca no se cuidaron de devolver
previamente lo que habían comido-, pero, dada mi relativa insignificancia de
hombre de tercero o cuarto término, casi perdido entre la multitud, y que
apenas conquistaría un miserable ascenso en las filas contrarias, no había
ventaja alguna para mí en la maniobra. Lo útil, lo verdaderamente provechoso
era pasar inadvertido, permaneciendo fiel a «la causa»: con eso no tenía nada
que temer, y sí mucho que esperar. Nuestro partido seguiría gobernando -por lo
menos en un período de muchos años-, y salvo los que se hubieran comprometido
exageradamente en aquel tiempo, todos quedaríamos en disponibilidad y con
muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.
¡Sabia
política de la que nunca me felicitaré bastante, porque mis vaticinios
resultaron plenamente confirmados: los opositores tradicionales no llegaron
nunca al poder, los transitorios se hicieron sospechosos y no obtuvieron más
que migajas, y los amigos del Presidente que se comprometieron demasiado
tuvieron que vivir largos años metidos en un rincón, esperando a que los
olvidaran!
Como es de
presumir, dados sus antecedentes, Vázquez fue, en nuestra provincia, uno de los
primeros que se plegaron a la oposición. Como yo le pidiera sus razones en uno
de sus viajes a Buenos Aires me las explicó candorosamente así:
-La política
del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el defecto capital de no
contentar a nadie sino a los pocos que lo rodean en la intimidad y que no son
hombres de grandes miras. Están matando la gallina de los huevos de oro. La
locura de la especulación que hoy embriaga a tantos, pasará necesariamente,
porque se edifica sobre arena; y, al
primer desastre, todo el mundo se volverá contra el iluso que lo provoca, más
por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar mucho...
-¡Vaya un
sociólogo! -pensé-. ¡Más sabe mi suegro Rozsahegy que todos estos doctorcitos
juntos!
Y en voz alta
repliqué a Vázquez:
-Puede que
tengas razón, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el país progresa
maravillosamente, y eso se debe al gobierno actual. ¿Que tropezamos con
dificultades? Siempre las hubo, y deberíamos trabajar por vencerlas, no por
agravarlas complicándolas, como hacen ustedes.
Pedro se
encogió de hombros.
-¡Comprendería
tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible! -dijo con ironía.
¡Un puesto
inamovible! ¡Qué rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que me convendría
mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero ¿cuál? No podía ser juez, porque
había desdeñado hacerme dar, como tantos otros, un título de doctor en alguna
caritativa Facultad provinciana, y ya no era tiempo -dada mi relativa
notoriedad- de volver sobre mis pasos. Me quedaba la carrera diplomática...
¿Por qué no hacerme nombrar ministro en Europa o, por lo menos, en uno de esos
hospitalarios y divertidos países sudamericanos, donde se lleva una vida
patriarcal y caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima espléndido,
en medio de las más sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie que
amenace la estabilidad del puesto?
¡Oh! ¡Gracias
por la idea, dulce Vázquez!
- IX -
Fui a visitar
al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y le hablé incidentalmente de
mis deseos, para tantear el terreno y guardándome la retirada. Me dijo que
estaba loco, que no podía habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos
momentos, necesitaba de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo
presentando con elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de
nombrarme, ni aun de permitir que me expatriara.
-Preferiría
hacerte ministro aquí -exclamó tuteándome como lo hacía en los grandes momentos
de expansión-. Y si la situación lo permitiera, lo haría sin vacilar, como lo
haré en cuanto se calmen los ánimos. No te apures: ¡tu porvenir está asegurado!
Antes de dos años serás ministro u otra cosa semejante, y con eso se
consolidará definitivamente tu situación.
Me marché
perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara en mi cerebro.
Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que se empeñaba en una
política por lo menos enojosa para todos, y que sus promesas eran demasiado
brillantes, demasiado extemporáneas.
-Éste es -me
decía- como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo desfallecer a fuerza de
sangrías y agua caliente, le recetaba más sangrías y más agua caliente, y
cuando moría, declaraba que era porque no se le había sangrado lo bastante ni
dado toda el agua caliente necesaria.
En fin, lo
mejor era vivir de la política haciéndola lo menos posible, permanecer mudo
como un sábalo, y divertirse en otras cosas.
Llegué a
saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la vida de Teresa, desde
que saliera de Los Sunchos. Habíase dedicado completamente a su hijo y a
estudiar, con la buena fortuna de encontrar una institutriz alemana, mujer de
alguna edad, que había pasado largos años en París. Esta buena señora, que
llegó en poco tiempo al rango de amiga, si no de madre, limitose a enseñarla
idiomas y música, y a aconsejarle lecturas, dejándole el espíritu libre. La
disciplina germánica estaba atemperada en ella por su segunda educación latina,
y como la discípula era ya una mujer hecha y derecha, no trató de torcer -por
enderezar- su carácter, sino de dar el mayor relieve posible a sus buenas
cualidades. En música, la enseñó a leerla y entenderla, sin esforzarse por
darle la brillante ejecución que ella tenía, y la felicitaba cuando Teresa
interpretaba un trozo de Beethoven o Bach, de una manera distinta a ella,
porque «esto afirma su personalidad», le decía.
Con
insensible gradación, logró que Teresa pasara de las lecturas objetivas, las
narraciones de acción, que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, a
las lecturas algo más subjetivas de las novelas psicológicas, de éstas, luego,
a los libros de simple generalización, y, por fin, a los puramente
especulativos. Para esta última etapa se valió de la discusión, interesando a
la joven en asuntos filosóficos, y dándole, después, elementos para formar
juicio. Y en medio de estas tareas metafísicas, con su espíritu práctico de
alemana, Fraulein Hildegard la enseñaba las tareas domésticas, el bordado, la
costura, la cocina, el arte de hacer conservas y de adornar la casa. De tal
modo, que Teresa no tenía un minuto desocupado y no sentía la necesidad de ser
feliz, tanto más cuanto que Mauricio le absorbía todos los pocos restos de su
tiempo.
Cuando supe
esto, que llegó hasta mí muy fragmentariamente, sentí una gran curiosidad de
verlo de cerca, y busqué toda clase de pretextos viables para acercarme a
Teresa. Pero nuestra última entrevista había sido tan ridícula para mí, ella
permanecía encerrada y mi casamiento era un obstáculo tan grande, que tuve que
renunciar a mis antojadizos propósitos.
Sin embargo,
no fue sin un ensayo: la encontré un día en la calle, la hice un saludo hasta
el suelo, y me aproximé tendiendo la mano. Hizo como que no veía el gesto, y
usando la frase trivial de práctica, dijo «Servir a usted» y pasó de largo, sin
exagerada modestia ni excesiva altivez, dejándome plantado en medio de la
acera.
Yo, por las
tardes, iba a la redacción del diario oficioso, verdadero fox-terrier lanzado a
las pantorrillas de la oposición. Pero no escribía.
Escribir es
oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer a su amo, como decía Sancho
Panza, y en mi caso, dada la vidriosísima situación, no hubiera hecho otra cosa
que comprometerme, lo mismo que hablar en público.
Sin embargo,
a veces pensaba que me gustaría tener tiempo y ganas de escribir una novela: un
simple antojo irrealizable de aficionado. A encontrarme con la constancia
necesaria para acometer el proyecto, lo iniciara como una novela del progreso
de la República Argentina, tomando por personaje principal una figura simbólica
que no fuese sino un vago mosaico cambiante, más espléndido y luminoso cada
vez. Esa figura no sería nadie y sería todo el mundo, y un «todo el mundo» de
una fuerza genial. Obsérvese: todos trabajan, todos han trabajado, el magnífico
producto está a la vista, pero nadie puede discernir lo que ha hecho cada cual,
ni lo que ha ejecutado un grupo, ni un partido, ni una raza, como en esos
guisados de la gran cocina, en que se mezclan y confunden mil ingredientes para
producir una cosa única. En mi novela, el guisado sería el protagonista y los
condimentos el resto de los actores...
Pero bien pronto,
renunciaba a estas tontas divagaciones peligrosas, y cuando mucho escribía un
sueltecito de crónica social, adulando a mi más reciente conquista. No tengo
carácter para víctima, ni me gusta el papel de «genio incomprendido». Allí en
la imprenta, estreché relación con algunos escritores y pichones de escritor,
que a estas horas han muerto de miseria o han cambiado de rumbo, dejando de
escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacían morir de
risa con su petulancia. Se reunían entre ellos para quemarse mutuamente
incienso, miraban a los demás por encima del hombro, como si perteneciesen a
una raza subalterna, y luego se entredevoraban, despreciando a los ausentes.
¡Pobres tontos! No veían ni han visto nunca que sólo ellos se hacen caso, y su
ceguera llega a tal punto que se esfuerzan por destruirse unos a otros, sin ver
que todos están destruidos por definición en un país como el nuestro, donde
apenas si pueden hacer el papel de víctimas cómicas. Y lo más curioso es que
esos pobres parias, tomaban o fingían tomar bajo su protección, a pintores,
escultores, músicos, actores y hasta sabios a la violeta, que -a su vez- les
formaban círculo, creando en la vida porteña algo así como uno de esos islotes
del Paraná que nadie utiliza, porque se inundan, están llenos de sabandijas y
no tienen comunicación con la vida comercial.
Mi espíritu
curioso me hacía no espantarlos ni alejarlos; para eso los trataba en serio,
fingía interesarme en lo que hacían, y hasta cuidé de aprender el título de
alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba éste, el rostro de mi escritor se
iluminaba y ya no tenía más que dejarlo hablar, porque me repetía lo que había
dicho, pidiéndome mi parecer, cosa fácil de exponerle con un ¡ah!, o un ¡oh!,
admirativo, o con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.
Como los
diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella época disminuían las
transcripciones y traducciones de los periódicos europeos, estos desgraciados
plumíferos alcanzaban de vez en cuando un sueldecito, y vivían muriendo, a la
espera de un puesto oficial o en la expectativa de un cambio de situación... No
saben cuánto me he reído de ellos, los directores y administradores de los
diarios que redactaban, gente cuyo único propósito era sacar las castañas del
fuego con la mano del gato...
Lo digo, para
que aprendan los ingenuos que quizá pretendan recoger la herencia de esas
pobres criaturas ridículas y pretenciosas, verdaderos parásitos de la sociedad,
soñadores inútiles que llegan a creerse llenos de influencia y de poder.
Idiotizados, viven mirándose los unos a los otros, y como ellos son los que
escriben en los diarios y a veces en los libros, llegan a creer que todo el
mundo está pendiente de ellos, cuando a nadie importan un ardite. Chicos y
grandes les han manifestado siempre su gran insuficiencia, pero ellos -tieso
que tieso-, lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una envidia
que sólo existe en su cerebro. Y como, a fuerza de escribir cuartillas, al fin
llega a salirles algo bonito, puede que, cuando alguno de ellos muera, le
pongan una chapa de bronce en el sepulcro, o le hagan un bustito, o se cite su
nombre en las antologías de escritores regionales.
Ya se verá,
después, con qué rima éste mi justo enojo contra los escritorzuelos
periodísticos de aquella época... y de otras, anteriores y posteriores.
Por el
momento, en mis charlas con los redactores del órgano oficioso de la tarde y el
oficial de la mañana, traslucí una cosa que acabó de darme mala espina: Los
diarios de oposición se enriquecían, mientras que los nuestros vivían apenas de
las subscripciones gubernativas, y para circular un poco tenían que enviarse
casi gratuitamente a correligionarios y empleados públicos; esto tenía dos
explicaciones: o estaban administrados y dirigidos por gente demasiado ávida de
dinero, a la que nada bastaba, o el soberano público se mostraba para con ellos
de un desdén desesperante. En la disyuntiva, tomé sabiamente el término medio y
me dije:
-El público
los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un mucho de la situación. En
suma, se hacen pagar dos veces... o una vez y media.
Esto, con los
demás antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y preparar lo que podría
llamarse «mi coartada».
Aquellos
pobres «escribidores» que a veces no tenían siquiera ropa que mudarse, eran al
fin y al cabo una fuerza, y más del lado de la oposición que de la del poder,
porque cuando escribían no eran «ellos», sino la entidad que estaba detrás. De
esto no se han dado cuenta nunca, y aun reclaman una individualidad refleja que
jamás tuvieron realmente. Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es
porque ya no puede perjudicarme mi franqueza. Resolví, pues, servirme de
aquella arma.
En el
Congreso, en los teatros, en algún club, me encontraba con reporteros y
redactores de la oposición. Les hablé de lo que escribían cuidando de
objetarlos sin lastimarlos, y facilitándoles la réplica victoriosa. No me fue
difícil conquistar su buena voluntad, porque, aparte de adularlos, solía
insinuarles alguna idea y darles algunos informes. Uno o dos llegaron hasta
aceptar mi invitación a comer, y convinieron conmigo en que, si el Gobierno les
nombraba alguna cosa, no haría más que rendirles justicia. Otros se acercaron
luego a casa, atraídos por mí y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor
cuando que Eulalia tenía el don de gentes, e ignorando mis propósitos y mi
política, los creía hombres de gran valer, literatos eximios, y los trataba con
respetuosa deferencia.
He aquí por
qué los diarios de la época no tienen una palabra contra mí -salvo una dolorosa
excepción, algo más tarde-, aunque en aquel entonces no quedara títere con
cabeza.
Éstos y otros
me pedían mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente mi influencia al
servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando alguno de mis «protegidos»
obtenía por otro conducto lo que deseaba, nunca dejé de encontrar quien le
dijera que lo había alcanzado gracias a mí.
Entretanto,
la situación se metía en agua. Una noche que me hallaba en la tertulia del
Presidente, alguien le habló aparte con decisión. Ambos gesticulaban,
acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba cerca del Presidente que,
irritado todavía, me golpeó el hombro, y me dijo, reconcentrando su rabia:
-El que venga
después, hará lo mismo que yo, o el país volverá a la anarquía. La oposición es
heterogénea, y de ella no puede salir un partido de gobierno. ¿No te parece?
-¡Sí,
Excelencia! -dije y pensé-: O este hombre ve mucho o no ve absolutamente nada y
se va a estrellar...
- X -
Pocos días
después marchose a Europa uno de los hombres más importantes del país, el
último vástago de nuestra raza, como hubiera podido decir yo mismo en un
discurso. Era un militar, un sociólogo, un literato, un sabio, que había optado
por ser un patriarca. El pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo
respetaba, considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por
espíritu tradicional. A mi juicio, era una especie de Cincinato, ilustrado y
romántico, un hombre que había tomado en serio los idealismos de 1830. Conservo
viviente la impresión de nuestro único coloquio, en una visita de consulta que
le hice. El grande hombre me escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en
cuando, una ligera exclamación afirmativa o negativa, mientras que la mirada de
sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su interior y me
parecía el cristal de unos gemelos asestados a mi alma. Con el gesto de su mano
larga y descarnada, detenía de pronto la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente
mi petulancia juvenil, y narraba o explicaba entonces, con acento al par
sentencioso y blando, como un abuelo que hablara a sus nietos y les dijera la
indiscutible verdad bebida en la experiencia...
-Pero...
-Es como yo
le digo -insistía tranquilo y perentorio, y su memoria sorprendente y su juicio
extraordinario evocaban cuadros admirables de pasado y de futuro. Era un prócer
y un poeta.
Se marchó a
Europa en medio de una formidable manifestación de despedida, que fue como un
motín pacífico.
-¡Se da por
vencido! -dijeron los que le veían como un espanta-pájaros, como una tácita
condenación de lo que estábamos haciendo-. A enemigo que huye, puente de
plata...
-No comulga
con la oposición -declararon los que husmeaban en el aire efluvios
revolucionarios.
Difícil me
resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el pueblo? ¿Quiso
comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles?
¿Realizó un
acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero, ateniéndose a lo que
viniera después? Cualquiera de estos motivos es loable, por una razón o por
otra, y en su actitud no careció de belleza al devolver al gran ciudadano todos
los honores que le habían «suspendido», porque hasta entonces manifestara su
«voluntad» de una manera demasiado imperativa a veces.
Pero,
admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis conveniencias, no
estaba dispuesto a dejarme engañar por su viaje y por su mansedumbre.
-¡Sí! -me
dije. Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy, y no quiere sancionar
una cosa que, sin embargo, le parece inevitable.
Desearía ser
el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está bien!
¡Está bien!
Pero se va para permitir que la revolución estalle... ¡Es evidente! Y, como es
evidente, hay que andarse con cuidado, con más cuidado que nunca.
Y mientras
los otros comentaban estos acontecimientos con un sentimentalismo trasnochado,
utilitario o lírico, yo juzgué conveniente saber lo que al respecto pensaba mi
suegro Rozsahegy, el más grande de los hombres de la época, porque era el más
práctico. Nunca, entre nosotros, se ha consultado bastante al extranjero, que
será el más egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no
se ha consultado al criollo que se queda fuera de los negocios y la política,
sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de carambola: «Mirón y
errarla»...
Con la más
absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó a Eulalia, aunque
se comprometía a pasarla una mensualidad crecida «para alfileres», y aun cuando
tomó a su cargo todos los gastos de instalación de nuestra casa, cercana a la
suya, que yo organicé y Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto
innato. Yo no tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés,
«cuestiones financieras», porque estábamos, respectivamente, en la
independencia total.
-¿Qué piensa
de la situación política... de la situación económica, don Estanislao?
-¡Eh!
Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones necesarias, de acuerdo
con lo que opina don Ernesto...
Y después de
este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa solemne. Luego,
descendiendo de la altura, se refirió a mis pequeños intereses:
-Usted no
tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser rico por usted
mismo hasta que pase «esto» momento... La «questión» está en soltar toda la
menos plata que se puede... Y usted, Mauricio, «cuega», usted «cuega demasiado»
en el Club y en el Círculo y en el Jocquey, y en las «careras»... «Déquese» de
historias, hombre... Guarde la platita y verá después...
-¡Pero papá!
--exclamé con mimo burlón-. ¿No ve que yo tengo que vivir como quién soy, he
sido y seré?...
-¡Está claro!
Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que pensar en lo que puede
suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza de chorlito.
¿Cabeza de
chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu práctico y el mío,
no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay formas, hay formas, hay
formas... El centavo tiene que venirme; yo nunca correré tras él, como has
podido hacerlo tú...
Pero lo
admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.
-Con vos
puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es una cosa segura y
te dará el cuatrocientos por ciento, si «sos» capaz de guardarlo...
Se
interrumpió, objetándose a sí mismo:
-Pero ¿dónde
está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No importa... Hay otras maneras,
aunque no se compre oro... Hay el equivalente... el equivalente... y eso lo
«tenés»...
-Mi querido
suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he preguntado es lo que
piensa de la situación...
-Es una
locura, un despilfarro, una borrachera...
Y me explicó:
Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los centenares de millones que
bailaban en plaza, acababan de abrirse una docena de Bancos con un capital de
cincuenta y tantos millones, sin base sólida alguna, millones soñados, escritos
en el agua; se imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en
rotativa; se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra
su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una timba, con
el bluf y todo sobre palabra, casi exclusivamente para cobrar y pagar
diferencias; a la propiedad raíz se había dado un valor ficticio, pues nunca
produciría la renta que el capital representaba; el comercio nacional quedaba
deudor en un tercio por lo menos del comercio extranjero, porque nuestra
producción no estaba a la altura de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba o
estafaba al país, con cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios
hechos sobre propiedades que no existían, descuentos concedidos a testaferros
sin responsabilidad...
-Es como si
en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras tomando «fiado» donde
te dejaran... ¡Vas a ver lo que pasa después!
-¿Usted cree,
entonces, que esto no tiene remedio?
-Sí, tiene...
Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho... Pero hay que tener
paciencia... Hay que estarse muy quietito...
Ya diré...
Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!...
Hay que
esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.
-Pero, quizá
si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...
-«Deque
estar... Pueda ser» que parezca menos rico, pero será relativamente tan rico y
más... Cuando el nivel baja, baja para todos; y si no baja demasiado, el que
está más arriba queda más arriba... y viene a ser lo mismo.
-¡Don
Estanislao, no se equivoque! El ministro de Hacienda va a sofocar la plaza con
una avalancha de oro, con cien millones que el gobierno tiene en caja...
-Y la Bolsa
hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se deben cinco?
-Se hace
esperar.
-¡Eh! Sí.
Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer...
Pero aquí no
nos quedamos con nada...
-Usted cree
entonces que la revolución...
- ¡Pshit!
Irma se
precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:
-La muchacha
está triste, ¿qué tiene?
-Yo no sé,
señora...
-¡Debe saber!
Parece enferma, afligida...
-¿Eulalia?...
¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.
-No. Está
pálida y ojerosa, está intranquila...
-¿Le ha dicho
algo?
-No.
-¿Y entonces?
Me levanté,
tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.
-Hablaremos
otra vez -dije-. Hay mucho paño que cortar.
-Sí,
«hiquito», sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin consultarme antes.
Sobre todo, no «vendás».
Y en voz más
baja:
-No
«pagués»... hay tiempo.
El ataque de
Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que volvimos a Buenos Aires,
arrebatándome el torbellino de la vida, no fui ni podía ser para Eulalia el
compañero amable, despreocupado y cariñoso de todas las horas. Un desencanto,
también, la afligía y marchitaba: yo no era siempre, en la intimidad, el orador
elocuente y triunfal, ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones
sociales, sino un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena
sino también los bastidores.
En cambio, a
mí, hecho a todas las libertades del sensualismo, en los acercamientos venales
o caprichosos, la austera unión que ella consideraba única posible, me parecía
insulsa y timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco a poco,
pues; ella sufría, yo... filosofaba.
Quizá ahondé
esta separación cuando, al recibir días después la noticia de la muerte de
Mamita, y olvidando nuestras conversaciones de Montevideo, me opuse a que
Eulalia fuese conmigo, pretextando las molestias y fatigas del viaje hasta Los
Sunchos, donde las autoridades, con exquisita deferencia, me aguardaban para el
sepelio y los funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar
los últimos momentos de mi viejita.
Se había ido
apagando poco a poco. Ya no andaba, sino arrastrando los pies, como quien
patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro de mi padre. No hablaba, pero
sonreía a todo, con esa sonrisa entre compasiva y alegre que suelen tener
muchos ancianos, y que algunos consideran atontada, casi idiota, aunque otros
la crean excesiva benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y
guardó cama, siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las
enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:
-Quiero
vestirme. Voy al cementerio.
Pero, incapaz
de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y se quedó dormida para
siempre.
«Fernando»
dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba mejor la del esposo,
que nunca parece tan total como la de los hijos, porque nunca se le ha dado
tanto... Pero ¿quién me asegura que no nos confundiera a ambos en un solo
nombre, no pronunciado para los demás sino para ella misma? ¡Pobre Mamita!; la
lloré de veras, no acertando, sin embargo, a darle determinados relieves, como
si sólo fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo de mi
vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que provoque ni
grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre Mamita!... Cuando la evoco, no tengo
más que una sensación de penumbra y de silencio, de renunciamiento a la vida.
Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la modeló así, y yo, su hijo, no hice sino
continuar su obra. ¡No había ni siquiera asistido a mi casamiento; yo no la
escribía desde años atrás, pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de
mí, y al recordarla ahora, siento que he hecho un mal negocio, y que las caricias
locas con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y
tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé en
edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría también,
llegada mi hora. «Esto consolará a la pobre viejita», me decía, embriagado por
el licor demencial de la muerte, del misterio... Casi un cuarto de siglo
después, todavía no he realizado el proyecto...
Pero no podía
yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin tener que amoldarme a mi
papel. Para distraerme, amigos y aduladores me mostraron el pueblo, que crecía
a ojos vistas y al que hubiera llegado meses después el ferrocarril... El
villorrio iba transformándose, materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y
Los Sunchos, teatro de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía
su carácter con las pretenciosas imitaciones de las arquitecturas de las
capitales. Iba a poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos
empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en hacerla...
capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de la nuestra y parte
de un territorio nacional contiguo.
-¿Y para qué
provincia? -pregunté.
-¡Para que
Los Sunchos tenga toda la importancia que merece! -me contestaron.
No era una
respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser gobernadores, diputados,
senadores, etc.; fundar una pequeña aristocracia, en fin, y no ser el
departamento más alejado pero más influyente, el bourg pourri, sino una gran
entidad. ¡Bah! ¡Si ellos supieran dónde van a parar las grandezas de Los
Sunchos, y pudieran leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos
Aires!... Pero tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más
feliz que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin más
éxito que el obtenido con las mujeres, que no cuantifican el mérito y que
magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré aunque parezca no
venir a pelo: La mujer, en nuestro país, como en todas partes, es el mejor
vocero, el único propagador de la fama. No se la tiene, muchas veces, en
cuenta, pero en mi larga experiencia de la vida sé que quien la ha descuidado,
ha caído necesariamente en el olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que
fuese, ha llegado a las alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta
de bueyes -como dicen que dijo Rosas-, y porque, como no envidian a los
hombres, ni los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones
entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...
Cuando volví
a Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé mi vida de
agitación.
Eulalia me
hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era cierto, pero no me
inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro, gracias a mis méritos físicos e
intelectuales, pese a todos los ejemplos que en contrario me presentaban la
historia, la tradición y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia,
tan fina, tan discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento
oportuno, que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres?
¿Cómo fundar o refundar una aristocracia con los Rozsahegy a la rastra? Yo
tenía fuerzas suficientes para imponer a Eulalia, pero no a Irma y a don
Estanislao.
Puede que
pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería. Eulalia, a veces, parecía
comprenderlo; otras, su ambición rompía todo lazo: pero era una ambición hacia
mí, no hacia la sociedad, y esto me había desgraciado.
-María haría
lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo -me decía yo-.
Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al fin, es de una vieja y
respetable familia del país. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de
Teresa y la individualidad de María, es la única que no puede exigirme que la
imponga a esta sociedad, por mezclada que esté, porque no he de llevarla a los
«bailes de la Bolsa» u otros «peringundines», sino precisamente a los salones
tradicionales que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos
recibieran mal.
Mi tía
Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque un médico, allá
en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la dejó para siempre con la
cabeza bamboleante, como una perlática, mi madrina de casamiento, en fin, me
ilustró el punto casi con tanta crueldad inhábil como la del cirujano que la
mutilara, agostando su juventud, su gracia y su talento de mujer.
-Tenemos, sí
-me dijo-, la aristocracia del dinero; pero es superficial, mientras no
desaparecen los que lo han ganado directamente.
Recuerda,
Mauricio, el dicho de aquel extranjero en el Colón, al ver cuajada de diamantes
nuestra más alta sociedad: «¡Muy hermoso, pero huele a bosta!» Todos somos
descendientes de negociantes o estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo
el mundo se esfuerza para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos
de su abuelo pulpero, tendero, zapatero o criador, es el más aristócrata. Tú,
con tu casamiento, has perdido dos o tres peldaños, porque el patán de tu
suegro vive y se muestra demasiado...
Es un
«carcamán», y eso no se te perdona.
Mauricio
Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus primos o sobrinos,
que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción, tener talento, no son sino
pobres aspirantes o infelices descontentos, socialistas, anarquistas o cosa por
el estilo...
-¡Qué mi tía
Mónica!
- XI -
El juego, las
mujeres, los paseos y la controversia chismográfica -he aquí cómo distribuyo mi
vida desde que he dejado la política en segundo término, previendo lo que va a
suceder-. Ni a tiros me hacen hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la
historia de las anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversión al
peso moneda corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.
-Haga una
cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasládelo pronto al Banco garantido de
su provincia; yo sé lo que le digo... Allí será más fácil arreglar...
Sin saber a
qué podía corresponder aquel consejo, me apresuré a seguirlo, y al hacer esta
permuta, que mi posición política me facilitó, supe que, con mi nombre o el de
otros, debía nada menos que cerca de un millón de pesos nacionales. Aunque mis
propiedades de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos
representaran entonces algo más de esa suma, me asusté, y fui a consultar a
Rozsahegy, seguro de que se había equivocado y me había hecho cometer un
desatino.
-Creo -le
dije-, que siendo yo rico, y Eulalia también, Eulalia debe ayudarme a
consolidar mi fortuna, tanto más cuanto que ella no pierde un centavo. En su
nombre, pues, vengo a pedirle que sanee mis propiedades, pagando mi deuda al
Banco de la provincia.
-Usted es muy
muchacho -me replicó-. Yo no pago deudas de nadie que puede pagarlas. A Eulalia
no le faltará nada, ni hoy ni nunca, y, por lo tanto, a usted, sobre todo si no
sigue haciendo sonseras y jugando hasta la camisa. Y deje estar, ya le he
dicho: nadie se ha de llevar sus tierras, mientras viva Rozsahegy.
-Debo cerca
de un millón.
-Eso es una
porquería. No hay un allegado al Presidente ni siquiera a un Gobernador de
provincia que no deba otro tanto. ¿Y vos crés que los van a matar? ¡Se acabaría
el país!... ¡Eh, nadie se muere de deudas!...
Y, paternal,
agregó:
-Eulalia
tendrá cuanto necesite. Vos podés seguir haciendo negocios para tus «farras».
Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno, ya sabré cómo ayudarte.
¡Eso sí!, no venda sus tierras, porque entonces ya no hay defensa.
-El «gringo»
sabe lo que se pesca -pensé-, y lo mejor es hacer negocitos.
Era todavía,
en sus últimos boqueos, el tiempo llamado de las «coimas». Ganar algún dinero
no me costaba más trabajo que el de leer un memorándums presentado por algún
postulante de concesión, y repetirlo en otra forma en el recinto de la Cámara.
Estos memorándums solían estar bien hechos, lo que afirmaba mi reputación de
orador enciclopedista, sin comprometerme como político. Podía hacérseme, por el
mismo procedimiento, una competencia mortal, pero, pese a mi modestia, diré que
yo presentaba aquello con elocuencia y con éxito, sobre todo porque entre los
colegas habíamos establecido un convenio tácito, y nos dábamos mutua y
alternativamente el voto.
Mis
«bohemios» oficialistas y opositores no veían más que fuego, como dicen los
franceses, y los primeros, obedeciendo a mi consigna, no me ponían nunca muy de
relieve, mientras que los segundos, conquistados, cargaban la romana sobre
otros, nunca sobre mí, y estaban (unos y otros) tanto más conformes conmigo
cuanto que no me daban notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio
con mesura y respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me
nombraban solían -rara vez, -pero solían- deslizar una palabra amable junto a
mi nombre. También es cierto que nunca me opuse a un sablazo, ni negué una
recomendación, ni dejé de aparentar que buscaba un puesto, ni hablé mal sino de
los caídos, ni hablé bien sino de los notorios y momentáneamente «indiscutibles».
Y los cuentos y comentarios me llegaban.
Yo no tenía
talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tenía ilustración, pero era
inteligente y receptivo; no tenía moralidad, pero era muy tolerante para los
defectos ajenos; no tenía carácter, pero era incapaz de hacer daño a una mosca;
no era altruista, pero no dejaría a nadie sin comer por hartarme yo.
Virtudes
negativas, pero, al fin, virtudes.
Pero,
pasemos. Tal era mi acción, la única que me interesaba para mantenerme en la
posición debida: frecuentando la sociedad, por lo que podía darme, gracias
sobre todo a las mujeres, haciendo pequeños «negocios» para poder vivir sin
comprometer mi fortuna y con ella mi libertad de acción; entregándome a veces
al placer, en forma que la plebe dogmática encuentra excesiva; presentándome
como un elegante y un gran señor, sin exageración -para no morirme de hastío en
los momentos obligados de inercia-, aparecía yo como un protector nato de las
letras y las artes, que no me importan un pito, era el ídolo de los salones, el
pico de oro en la Cámara, el instrumento admirable y admirado del gobierno -a
quien no servía-, y el hombre, en suma, capaz de ponerse, si quisiera, frente a
frente de otro cualquiera, del más alto, del más popular, del más poderoso.
Quédame esta fama, todavía; y si me queda es, precisamente, porque hasta ahora
he rehuido el combate. Seré capaz de una acción decisiva, pero cuando la sienta
de antemano decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de
mis antepasados emancipadores, se reducen a la conquista del éxito. A los
abuelos les obligaron a ser yunque, y yo quiero y siempre quise ser martillo,
aprovechando para ello nuestras mismas cualidades, diversamente encaminadas.
Eulalia se
había resignado al papel de amiga. A pesar de su familia era, para mí, como una
decoración, gracias a su admirable don de gentes.
La llevaba al
teatro, a alguno de esos «salones» curiosos que perduraban en Buenos Aires como
confuso rasgo de unión entre la antigua sociedad y la que iba a nacer más
tarde, muy libres, muy rastacueros, pero, en fin, lo único que entonces había.
Era muy solicitada y muy cortejada. A veces me pareció que las galanterías de
algunos iban demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda
corriente. Pero no cuadra a Mauricio Gómez Herrera preocuparse de estos
detalles, cuando cien cosas de mayor cuantía para sí y los suyos solicitan en
todo instante su atención. Por otra parte, Eulalia era, ha sido y es
fundamentalmente honesta -o así me ha parecido, ¡y eso basta!...
Y cuando, en
aquel entonces, planteaba en parte estos problemas psicológicos, siempre se me
evocaba la imagen de María Blanco, y siempre refería las acciones de Eulalia a
las que ella hubiera realizado. Y aunque Eulalia actuase como María Blanco
hubiera podido actuar, siempre encontraba una superioridad en María, quién sabe
por qué atávica preocupación, olvidando que mi mujer era toda una señora.
Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aquí: cuestión de pronunciación.
María,
entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se preocupaba para nada de mí.
Llevaba, seguramente, una vida análoga a la de Teresa, y dedicaba a Vázquez o a
su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la veía jamás en parte
alguna. Vázquez deseaba hacer un viaje a Europa.
Quería
completar su educación y ver de cerca, en la realidad, lo que le habían
mostrado los libros, sintiéndose capaz de ser útil a su tierra, no porque fuera
a aprender más en el extranjero, sino por la mayor autoridad que una
permanencia en el Viejo Mundo le daría. Imitando burlescamente aquello de
Calderón de que «porque no sepas que sé que sabes flaquezas mías», observaba
que, para ser eficaz, es preciso que los demás «sepan que uno sabe», o lo
supongan, que es lo mismo.
Una tarde,
comentando la crónica del Congreso de los diarios de oposición, en la que se me
trataba muy bien, llegué a decirle que despreciaba resueltamente a todos los
escritorzuelos, y que, cuando mucho, los toleraba. El romántico de Vázquez me
contestó, animadamente:
-¿Los
toleras? ¡Pero, tonto! ¿No ves que ellos son los únicos que hacen algo y que
tienen el derecho de «tolerar»? ¡El más insignificante tiene mayores
probabilidades que tú y que yo, de ser admirado y venerado por los que
vienen!... Pobre consuelo, dirás. Pero es que ellos cobran su paga mental por
adelantado, y no la descuentan para poder enorgullecerse aun más de sí
mismos... Están bien convencidos de ser lo que son, mientras que nosotros no
sabemos lo que somos.
-¿Qué
significa?
-Ellos pueden
oponerse a las circunstancias, nosotros las estudiamos para seguirlas.
-Haces juegos
de palabras, y nada más.
-Me alegro de
que lo tomes así.
Yo creía y
creo todavía en la existencia de lo que se llama «hombres superiores», y en que
son los que señalan rumbos a las sociedades y los pueblos. Y mientras escribo
estas líneas, leo un discurso de Roosevelt, pronunciado en Bruselas,
panegirizando la medianía. Es una adulación electoral, como las de nuestros
discursos de provincia, en que alabamos a los labradores y los ganaderos, como
a las más altas y fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia...
Otras cosas
me distrajeron. El gobierno estaba cada vez más preocupado con la situación,
especialmente en su parte económica. Una especie de bancarrota amenazaba al
país, y los ministros de Hacienda se sucedían haciendo desatinos cada vez
mayores. Para detener el alza del oro, el gobierno vendió todo lo que tenía,
que fue inmediatamente absorbido por los banqueros, y emigró. Sin haber
detenido la subida, lejos de eso, tuvo necesidad de metálico en crecida
cantidad para amortizar empréstitos y pagar intereses, y debió comprarlo a
precios inverosímiles.
Corrió la voz
de graves irregularidades en los Bancos, y en la capital se respiraba un
ambiente de desconcierto que olía a revolución. Lo que supo Rozsahegy meses
antes lo sabía todo el mundo ya. Mi suegro me llamó entonces, con urgencia.
-¿Has hecho
lo que dije?
-No sé a qué
se refiere.
-Hacer
trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia.
-Sí.
-¿A cuánto
asciende?
-Con algunos
intereses acumulados, ya le dije, a cerca de un millón de pesos.
-¿Con tu sola
firma?
-La mayor
parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras no he firmado yo.
Pero se sabe...
-Eso no
importa. Déjese estar. No se apure. No haga caso de nada. Sobre todo, no
venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha sangre fría, mucha...
-¿Usted
también cree en la revolución? -dije, irónico.
Me miró con
aire socarrón, sonriéndole los ojillos de cerdo.
-Yo más que
nadie -contestó-. Esto no puede seguir así.
Comprendí que
sabía más de lo que quería decir, y traté de sondearlo.
-Estoy seguro
de que hasta ha dado dinero...
-¡Ésas son
cuentas mías! -exclamó riendo más que antes-. La verdad es que cualquier cosa,
¿entiende?, cualquier cosa es mejor que prolongar esta situación. Hay que
liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no hay desatino que no se haga, y
se ha tocado demasiado a lo hondo del bolsillo de la gente.
-La
revolución no triunfará. No hará más que consolidar el gobierno.
-Puede que no
triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harán gentes muy distintas. Pero el
gobierno no podrá consolidarse, sino en calidad de gobierno; es decir, quedando
como es, pero variando de hombres y de procederes.
-¡Qué
curioso!
-Será lo que
te parezca. Pero, ¿quieres un consejo, Mauricio, para completar los otros, que
son salvadores?
-Venga el
consejo.
-«Andate» de
Buenos Aires. Eulalia está delicada, el invierno amenaza ser crudo. Llévatela a
un rincón del Norte, o Río de Janeiro, si prefieres la ciudad al campo, y espera
los sucesos.
-No puedo.
Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia, sería una deserción.
Me quedaré aquí, a pie firme.
-¡Compromete
su porvenir!
-No crea,
viejito. Tengo uñas para salir del paso. Ya verá. ¡Y nadie podrá decir nunca
que Mauricio Gómez Herrera es un traidor ni un cobarde!
- XII -
La revolución
estalló, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni crédito con qué
sustituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel momento, una «persona formal»
porque había logrado que nadie se ocupara de mí. Y en la difícil emergencia, me
dije:
-Hay que
prepararse a echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos venir. Yo no hago
nada malo. La política es una serie de accidentes en los que uno debe «poder
ser útil o utilizable», y demostrarlo, aunque sea de un modo pasivo. La
sociedad dice: Sé rico, ten influencia, y triunfarás. La religión actual dice
lo mismo, exigiendo, como la sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy
rico, o mejor dicho, tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de
tal. Soy rico por mi mujer, y rico por mí mismo, si es cierto lo que dice
Rozsahegy. Tengo talento o, lo que quizá sea preferible, el don de saber vivir.
La cuestión es no destruirse a los treinta y cinco años. Este período ha sido
un gran gastador de jóvenes. Todavía puedo ser un hombre nuevo, y muchos de
nuestros próceres no habían despuntado aún a los cuarenta años. ¿Quién me
dice?...
Pero quise
cerrar con broche de oro este largo capítulo de mi vida, mostrándome fiel, si
no a mis principios, a mis amistades y vinculaciones, y en cuanto estalló la
revolución fui de los primeros en rodear al Presidente, mientras que los
sublevados, contemporizadores, se encerraban en la plaza del parque y formaban
cantones en los alrededores dedicándose a matar vigilantes para satisfacer una
necesidad de venganza contra la autoridad o sus símbolos.
-Es un motín
militar -me dijo el Presidente, dándome un instante de atención, en medio de la
turba azorada de palaciegos que le rodeaba-. Pero el ejército fiel no tardará
en reducir a los revoltosos.
-Es mi
convicción -dije-. Y si puedo ser útil en algo... Ya sabe usted que se debe
contar conmigo.
-¡Gracias!
¡Ya sé, ya sé!...
Otros lo
rodeaban, acaparando su atención, y mareándolo por completo.
Él veía la
montaña que se le venía encima, pero demostraba entereza y confianza. No era el
pusilánime que sus enemigos han querido presentar:
iluso, sí,
como lo probaron más tarde las circunstancias, dando razón a mi suegro; pero
quizá no hubiera sido tan iluso, si aquellos que lo rodeaban hubiesen tenido un
poco más de sentido común y un poco menos de adulonería. En suma, los dados
estaban tirados, y era preciso mostrarse buen jugador, sin cobardías ni
desplantes. Es lo que hizo, pues no habló de ir a ponerse personalmente al
frente de sus tropas, ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada.
Pensé que se amoldaba, como yo, a las circunstancias que lo habían llevado tan
alto, y que sabría esperar otras, en caso de derrota.
No era esta
tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo, gritaba jurando que
había de poner a raya a los revoltosos y darles en seguida una fiera lección,
sin suponer por un momento, en su inconsciencia, que aquello se caía a pedazos.
Otros, al contrario, se agarraban la cabeza, como si el cataclismo que
presenciaban fuera el anuncio del Juicio Final. Recuerdo un juez que, tragando
saliva para parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo,
después de una torpe entrada en materia, un «a propósito» tirado por los
cabellos:
-¿Cree usted
que si la revolución triunfa habrá juicios políticos?
Nuestra
historia revolucionaria los repugna, y, generalmente, la más amplia amnistía...
No le hacían
caso, como diciéndole «ve a hacerte ahorcar en otra parte», y, en efecto, sólo
años más tarde cayó como un vulgar pillastre, en un asunto de aprovechamiento
de ajenas falsificaciones...
El hombre que
más me interesaba era el presunto candidato a Presidente de la República. Pasó
varias veces frente a mí, dueño de sí mismo, habiendo medido ya todas las
posibilidades que se le presentaban, porque tenía talento. Era el que jugaba
más fuerte en la partida, y hubiera pagado por saber el desarrollo de sus
pensamientos íntimos, pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y
aparente intimidad, no era aquél el momento de pedirle una confesión sincera.
-¿Qué me dice
de todo esto, doctor? -le pregunté, sin embargo, estrechándole la mano.
-Que la
revolución está vencida, nada más. Es una revolución inerte...
Pero sus ojos
negros se perdían, mirando en lo futuro quién sabe qué ostracismos, y en su
cara pálida, de un tono amarillento, encuadrada por la barba castaño oscuro y
el abundante cabello lacio de músico, había una expresión ascética de angustia
aceptada. ¿Veíase ya, en lo porvenir, chivo emisario de todos los pecados de
aquel fugaz momento histórico? Después de mí, aquél era el personaje que más
simpatía me inspiraba; pero dominé mi sentimentalismo, y dejé en mi interior
toda manifestación comprometedora, pensando: Si tú también ves las cosas tan
mal paradas, hijito, ¿qué quieres que le haga yo? No puedo ser más papista que
el Papa...
Mi estudiada
mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde debía conducirme. El
Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de mí sino como yo quería:
bastaba saber que yo no lo había abandonado, nada más. Los seguros de triunfar
me encontraban demasiado tibio para enredarme en sus ensueños... Los temerosos
de la derrota me veían demasiado partidario de la situación para invitarme a
buscar otra cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo
que fui una entidad al propio tiempo apreciable y desdeñable para todos: que
era lo que se quería demostrar.
Volví todos
los días a presentarme al Presidente, hasta que la revolución, viéndose
vencida, capituló. Entonces, me retiré a mi casa.
Sólo había
sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.
-Aquí no
estamos en mi provincia -repliqué-, y esto es una cuestión militar. No quiero
hacer de mosca de fábula, y complicar la cosa so pretexto de simplificarla. Que
el que manda me mande, y yo obedeceré.
La revolución
cayó y con ella, de rechazo, cuatro días después, el Presidente de la
República, contra quien se ensañaron el populacho, la juventud inconsciente y
algunos de los que le habían arrastrado a los peores extremos, para demostrar
que no tenían participación en la culpa. Y así se fue, entre el vocerío, un
jefe que quizá no tuvo más culpa que confiar demasiado en las fuerzas del país
y en la lealtad de sus amigos -esto fuera de los otros defectos que pudiera
tener y de los otros errores que hubiera cometido-. A mí no me toca acusarlo, y
debo decir que no cargué la romana sobre él cuando lo vi caído, porque...
porque no me pareció un ademán elegante.
Eulalia, que
no había encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al fin:
-Creo que han
hecho bien en derrocarlo.
-Me parece lo
mismo.
-Pero lo
ayudabas...
-Era mi
deber.
-Me gusta eso
que dices -y su mirada me perdonó muchas cosas.
Yo pensé en
María, y reproduje el diálogo que podríamos haber mantenido los dos en las
mismas circunstancias:
-¿Obedecías a
tu deber o a tu interés?
Protesta
violenta de mi parte.
-En fin, tú
debías comprender que el gobierno no marchaba, como se ha dicho en el mismo
Congreso que tendría que cambiarse antes de aplaudir el «nuevo orden de cosas»,
que no existe. Ayudarlo era ayudar tu interés, no tus principios.
-¿Principios?
¡Tú lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que mantener a todo
trance... «el principio de autoridad».
Y la
discusión no hubiera podido terminar nunca, mientras que con Eulalia tuvo el
más grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado por una mujer nada
vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces, cuando éste se desarrolla e n
una casa con todo el confort moderno, y donde no falta ni lo superfluo
siquiera.
Y en la
nuestra no faltaba. Rozsahegy daba a Eulalia cuanto podía necesitar. Yo tenía
mi dieta, y como al despilfarro de los años anteriores había sucedido una
modestia franciscana, porque muchos lo habían perdido todo y otros trataban de
ocultarlo todo, aquello y la poca renta que me
llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el sueldecito de marras), me
bastaban y aun sobraban para vivir bien, frecuentar el club, jugar mi amena
partida de poker, y hacer nuevas deudas, no muy graves, dada la modestia de los
tiempos. Lo único que solía molestarme (¡oh, en idea solamente!), era mi
compromiso con los Bancos, o, más bien dicho, con el Banco Provincial.
Llegó la hora
en que las autoridades se ocuparían de liquidar y de imponer la liquidación.
Esta vez mi
suegro no me llamó, sino que fue a verme.
-Has de darme
un poder general para administrar tus bienes...
-¡Oh, don
Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aquí.
-No, no es lo
mismo. Usted es muy sonso. Y además se necesita dinero contante.
Le di el
poder. Hizo maravillas. Descartó cuantas letras estaban firmadas por
testaferros, disminuyendo así notablemente mi deuda. Cedió a los Bancos, en
pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir, y adelantándome, en suma,
unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo propietario de un millón por la parte
baja.
-Estos ciento
cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar certificados de depósito (la
plata de los unos para los otros, ¡siempre así!, pero plata anónima), los va a
recuperar duplicando como ganancia lo que importaba la deuda. Dentro de pocos
años usted tendrá dos o tres millones.
El pobre
Vázquez vendía, entretanto, todos sus bienes para pagar a sus acreedores,
porque no tenía un liquidador como Rozsahegy. La baja de los precios era tal,
que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquirió por sesenta mil pesos,
prometiéndome cederlos a Eulalia por el mismo precio en cuanto yo quisiera, por
medio de una escritura privada. Y me dijo:
-Te
«quecabas» que yo no daba dote a Eulalia. Aquí «tenés» tres millones, por lo
menos... Y no hay que apurarse. Si no «hacés» locuras, lo que «ganás» y lo que
le doy a tu mujer, bastará suficiente...
Ahora...
cuando yo me «muero», es otra cosa.
Pero ni
siquiera deseo que se muera mi suegro, pese a la herencia incalculable. La
fortuna de don Estanislao ha sido más fortuna para mí, precisamente porque
nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando todo el mundo la cree «mía».
El crédito es inagotable...
- XIII -
Vázquez, como
muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me consta que no pudo
pagar a todos sus acreedores, sino algún tiempo más tarde, y eso, gracias a mí,
después de haber sufrido las consecuencias de su imprevisión o de no tener un
suegro como el mío, sino, apenas, como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo
provincial, incapaz de negocios.
Fue a verme,
y recordándome el viejo préstamo me preguntó cómo andaba de dinero.
-Mal -le
dije-. Con estas cosas, los pesos andan a caballo. Tenemos apenas lo
estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.
-Naturalmente
-replicó, pensativo-. Por disminuir una desgracia no hay que hacer mayores dos
desgracias. A mí eso no me empeora...
Y se fue.
En aquel
momento yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino pidiéndoselos a
Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se había portado tan
admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo a él podía acudir para mis
pequeñas necesidades de juego y otras análogas. No era Vázquez una querida por
quien pudiera yo hacer un disparate, ni Vázquez tenía, tampoco, exigencias que
me pusieran fuera de mí. Por el contrario, habló tranquilamente y se fue, y
aquí no ha pasado nada.
Entretanto,
la situación política era la misma, o mejor para mí. Todo el mundo se había
reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con sordina, pero
gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la revolución se
consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era realmente, sino una
prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista. En antesalas de la Cámara,
en la Casa Rosada, en las redacciones de los diarios, comenzó a hablarse en
broma de mis probabilidades de ser ministro a la primera vacante. Tomelo a
broma, me hice tan modesto, tan pequeño, que las burlas fueron poco a poco
perdiendo su acritud y displicencia y llegaron a hacer ver como posible una
cosa a la que, desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.
Mi carrera
empezaba, o, mejor dicho, estaba terminada.
Se habló una
vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera a proponérmelo. Era años
más tarde de los sucesos que acabo de narrar, seguía yo, por fuerza de inercia,
siendo diputado de mi provincia, pero la situación me pareció harto ambigua,
con un Presidente honestísimo, pero inseguro y burgués, y no me resolví a
apuntalarlo, y a hacer un pasaje de ave migratoria por el Ministerio.
Resentidos aún por la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje,
y yo, muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era
permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir, de
ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro. Rechacé la
oferta, diciendo que mejor servía al gobierno desde abajo que desde arriba.
Lo que me
sonreía era una legación, y volví a este viejo sueño, diciéndome: «En Europa,
no en América, como antes». Pero el competidor nato salió otra vez a mi
encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la única legación de alguna
importancia a que entonces se podía aspirar.
Vázquez ha
sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno de sus triunfos,
aunque me alegre de algunas de sus derrotas... sin quererlo mal, por eso.
-Un
ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil de conseguir.
Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para pedirla.
¡Y la
aprovecharé, como hay Dios!
Acababa de
pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un pedazo de cartón,
ajado y sucio:
MIGUEL DE LA
ESPADA
PERIODISTA
Lo hice
entrar, y desde la puerta me dijo:
-No viene a
verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que estoy muriéndome de
hambre en la capital, y he venido a verte cincuenta veces, por lo menos. ¡Así
está mi última tarjeta, Mauricio!
Y viendo que
su entrada en materia no me hacía maldita la gracia, cambió inmediatamente de
tono, y añadió:
-Los años
pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas.
Yo no he
sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más abajo que el betún,
precisamente, por falta de conducta. No acuso a nadie de ingratitud, sino a mí
mismo de insensatez. He servido a muchos, pero por la dádiva, como las
mujerzuelas que no recuerdan después a quiénes quisieron... Hoy me hallo en la
derrota, como dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no
menos trágicas: «El traidor no es menester, siendo la traición pasada».
Su cara me
decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las pasiones y todos
los caprichos, juguete de los hombres, más que de las circunstancias, y sus
ojos, de mirada amistosa y humilde de perro pícaro, me recordaban la historia
de Los Sunchos y de la capital de provincia. Mi situación me obligaba a
tratarlo de alto abajo; un resto de juventud me hizo acercarme a él, golpearle
el hombro y preguntarle:
-¡Vamos! ¿Qué
quieres?
-¡Comer!
-gritó con desesperación bufonesca-. ¡Comer todos los días o por lo menos, tres
veces por semana!
-Aquí come
todo el mundo.
Con el índice
sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:
-¡Eso dicen
todos los que comen!
-¿Qué haces?
-Desde hace
dos meses soy secretario de una sociedad de socorros mutuos, fundada por un
pillastre que se socorre a sí mismo. No veo un cuarto. Con mi mujer y mis hijos
vivimos en un departamento de la calle Corrientes, que es una cueva de águilas,
no ya de ratas. ¡Haz algo por mí!
-Todo lo
posible. Aquí tienes cincuenta pesos.
-No era eso.
En fin. Después vendrá lo otro.
No paré
mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de ideas:
-¿Vive don
Claudio? -le pregunté.
-Y doña
Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas de la ciudad, y a
nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos, maravillas de ti, pero
terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al buen camino!», lo que significa
que todavía no has llegado a su grado de perfección.
-¡Ah,
canalla!
-¡Gracias, en
nombre de don Claudio!
Se sentó.
Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo.
Después,
reanudó la charla:
-Soy un
fracasado, Mauricio, y me atengo a todas las consecuencias de esto. No tenía
dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno, está bien!
Pero no soy
tonto, y tengo algún talento, sin muchas pretensiones, tú ya lo sabes.
Cincuenta pesos son cincuenta pesos... suma respetable, sobre todo para mí, que
hace cinco minutos no tenía un centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro
de diez días o de dos horas, me volveré a encontrar en la misma situación...
Para salvarme, no hay más que esto:
tómame a tu
servicio; yo seré tu secretario, tu comisionista, tu amanuense, tu perro... En
tu situación, necesitas quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu
tiempo ocupado en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites,
redactaré tus informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...
Se
interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo, como un
Marcos de Obregón:
-No hay
hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo, yo no pido nada.
Yo suplico tan sólo mi derecho a vivir, aunque cigarra sin arte. Empiezo a ser
viejo, y un gran señor como don Mauricio debe comprender que estas palabras son
decisivas, aunque vengan de un pobre hombre como yo. Es triste que...
-Ven a verme
mañana -contesté, divertido-. Hablaremos mañana.
Fue hasta la
puerta, volvió, y, modestamente, dijo:
-Suprimiré
toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la familiaridad
intempestiva...
Y haciendo un
grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:
-Puesto que
se me permite... hasta mañana.
- XIV -
Ridículos los
escritos de de la Espada, buenos para un diario de provincia, pero trasnochados
en Buenos Aires. Le indiqué otros asuntos para que me buscara datos y me
extractara libros, y se desempeñó con un celo tal, que poco a poco fue
convirtiéndose en mi secretario. Un secretario modelo, ya sin ambición, pronto
a ejecutar cuanto yo le mandaba, sin hacer objeciones ni permitirse el
atrevimiento de pensar.
-He aquí un
hombre -me dije más de una vez- que obedece como yo a las circunstancias. ¿Por
qué a mí me va tan bien y a él tan mal?
Y concluí que
ocupábamos nuestras posiciones respectivas, bien equilibradas en la relatividad
de las cosas.
Me sirvió
mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia harto descuidada, y
dándome algunos de esos consejos que uno no adopta, pero que siempre sirven de
punto de referencia para saber cómo piensan los demás. Es una calumnia la
afirmación de que él ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez años a
esta parte; pero, en cambio, es verdad que me ayudó mucho siempre, y que entre
los pocos escritos míos en que no tomó participación, figuran precisamente
éstos a modo de Memorias caprichosas.
En cuanto a
sus consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque -aunque no los
siguiera exactamente- contribuyeron a resolver dos graves situaciones de mi
vida, los dos últimos episodios que por ahora he de contar, y rápidamente,
porque ya la pluma se me cae de las manos.
Vázquez y yo
deseábamos la misma cosa desde hacía mucho, pero uno y otro tropezábamos con la
misma dificultad: la mala voluntad del gobierno, disfrazada bajo una enorme
cantidad de pretextos plausibles, como, por ejemplo, la de que no éramos
diplomáticos de carrera, y no cabía en lo posible postergar a los viejos
ministros para darnos un puesto superior (a él o a mí), como si esto no se
hubiera hecho toda la vida y no fuera a seguir haciéndose por los siglos de los
siglos.
Pedro tenía
dos elementos a su favor y en su contra al propio tiempo:
era empeñoso
y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo soy tenaz, también,
aunque tengo ahora, en la madurez, la virtud de no demostrarlo, pero, en
cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier cosa que ambicione para mi
brillo personal, puedo pedirla «para servir al país», y aceptarla luego en
condiciones inaceptables para los demás, con la simple diferencia de que luego
le he de sacar ventajas inesperadas, como tantos que reciben «gratificaciones»
por trabajos completamente desinteresados, al parecer, en un principio...
Pero esta vez
mis cálculos salieron errados o poco menos. Las probabilidades de Vázquez
subieron un día a términos tales que su nombramiento era inminente.
Por
indiscreción, lamenté esto delante de de la Espada, que, mirándome de hito en
hito, murmuró:
-Yo lo
mataría con cuchillo de palo.
-¿Dónde está
ese cuchillo?
-¡En lo que
debe!
-¡Bah!
-¡Un momento,
un momento! -replicó-. ¿Cuánto daría usted por anularlo?
-¡Diez,
veinte, cincuenta mil pesos! -exclamé-. ¡Es un punto de partida tan hermoso!...
-No se
necesita tanto.
-¿Cómo así?
-Radnitz
tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vázquez, por un valor de veinte
o veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando en su porvenir inmediato. En
cuanto vea un negocio lo hace saltar.
-¿Qué hombre
es ese Radnitz?
-Tiene un
Banquito y hace comercio de obras de arte. En el Banquito presta liberalmente
al uno por ciento mensual, que resulta el cinco o el diez, porque hay que
comprar acciones...
-Estás muy
enterado.
-Te diré.
Cuando vine a Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto aspecto.
Necesitando dinero, me presentaron a Radnitz, que me prestó quinientos pesos,
obligándome a tomar dos acciones de cien pesos de su Banco, y a firmar una
letra de setecientos.
-¿Sin
garantía?
-¡Casi! Al
mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de mis propios muebles,
valuados en setecientos pesos.
-¿Los tenías?
-No. Era para
renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los setecientos pesos, yo resultaría
«depositario infiel» e iría a la cárcel por abuso de confianza...
-¿De modo que
se puede contar con él?
-En absoluto.
Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.
-No. ¡Eso me
parece bajo! -exclamé.
Pero aquella
misma tarde encontré a Radnitz en una de sus exposiciones de pinturas y le dije
que «había Bancos, etc.», que bastaría una denuncia para que este sistema
usurario se viniera abajo. Luego hablé de los cuadros, que él exponía, después
de haberlos comprado en Europa con ayuda de su mujer, diciendo que el gobierno
debería comprar dos o tres. Y al despedirme lamenté que Vázquez no fuera a ser
nombrado ministro, «porque hay alguien en el gobierno que se opone con todas
sus fuerzas, y que aprovechará -con mucha razón-, cualquier pretexto para
desmonetizarlo».
Radnitz no
dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente.
Al otro día
le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy elegante. Después de
algunas maniobras, se me acercó.
-He venido a
ver a... Es un amigo del ministro de Instrucción y deseaba saber si comprarán
dos cuadros de la Exposición de la calle de Florida para el gobierno. Me han
dicho que se interesaba mucho, y como yo también los deseo, no quiero ponerme
en pugna con tal competidor como el gobierno...
-Y no lo
haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán.
Me lo han
dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es hacer que los cuadros
suban demasiado, si se venden en remate. En fin, allá usted...
Hizo como que
se iba, y agregó en tono confidencial:
-He estado en
la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece una exageración. O será uno
de esos pequeños prestamistas de tres al cuarto...
-¡Sin
duda!...
-¡A
propósito! ¿Sabe el escándalo? A Pedro Vázquez acaban de demandarle ante el
juez del crimen por depositario infiel y abuso de confianza. Parece que, en
circunstancias difíciles, ha hecho cosas que...
que no
estaban bien...
No hice que
le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es un hombre infecto.
Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y sobraba. Además, se le
pagarían sus créditos.
Llegué tarde
a casa a la hora de comer. Cuando tomaba el café, con Eulalia, en el hall,
antes de irme al club, me anunciaron a Vázquez.
-Vienes a
tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en seguida -le dije,
rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.
Pero Pedro
estaba demasiado agitado para callarse.
-¿Tienes
dinero disponible? -me dijo, tomando el café a grandes sorbos-. Me encuentro en
una circunstancia embarazosa.
-Algún dinero
tengo. ¿Cuánto necesitas?
-Veinte mil
pesos.
Di un salto
en la silla. Después me tranquilicé.
-Tanto no
-dije-. Apenas ochocientos o mil. Pero, dentro de ocho o quince días...
-Ahora mismo.
-Es una
fatalidad.
-Recuerda que
yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando te presté igual
suma...
-Que todavía
no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! Siempre están a tu disposición.
Sólo que en este momento...
Eulalia se
levantó y nos dejó solos.
-¿De veras?
¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor más grave que el tuyo,
una deuda descuidada, que unos viles usureros hacen revivir ahora. Lo peor es
que lo han llevado a los Tribunales, para echarme la cuerda al cuello, y que si
la cosa trasciende no me nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado
quince días! ¡Es una maldición!
-Veré a mis
amigos en el club.
-¡Sí,
Mauricio! Es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido a tratar de impedir que
salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se prolonga, estoy
reventado para toda la siega...
Salimos
juntos.
-Es fácil.
Voy a buscar el dinero.
-¿Te veré
esta noche? ¿Dónde?
-A las dos,
en el Círculo. O, mejor, mañana, temprano, en casa...
Veinte mil...
No te aflijas... No es una montaña.
Se fue
consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, a la una del día
siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.
-Vázquez ha
venido ya tres veces -me dijo.
-Como si no
hubiera venido.
-¿Por qué?
-Porque no he
podido conseguirle el dinero.
-Pero yo sí.
-¿Cómo? ¿Los
veinte mil?
-Aquí están.
Papá me los ha prestado.
-Es decir que
has ido...
-¡Te veía tan
perplejo!...
¡Oh,
admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los veinte mil, y
ordené que hicieran pasar a Vázquez a mi despacho, en cuanto volviera a
presentarse.
Entró.
-¿Has
conseguido?
-Sí, y no.
-¿Cómo?
-Dentro de
dos días los tendrás. Imposible andar más ligero ni aun tratándose de Bancos.
Ven a verme el jueves; no; el miércoles por la tarde: haré que las cosas anden
lo más rápidamente posible.
-Si no los
tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si llego a los Tribunales
o a la prensa, aunque mi nombre quede a salvo, mi porvenir se va al demonio...
-Tranquilízate.
En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han salido triunfantes de
situaciones más difíciles y escabrosas.
-¡Ah,
Mauricio! ¡Quiera Dios! ¡En fin! De todos mis amigos y de todos los que me
deben servicios, tú eres el único a quien no he acudido en vano...
Ya en el
hall, y cuando comenzaba a bajar la escalera, le dije:
-Pues, para
abreviar tu expectativa, yo mismo iré a buscarte el miércoles, llevándote
eso...
-¿Seguro?
-¡Y tan
seguro!
De la Espada
se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió a los diarios que malquerían
a Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos dieron aquella misma tarde la
noticia de un grave escándalo en que estaba implicado un candidato a ministro
plenipotenciario, añadiendo datos inequívocos de que se trataba de Vázquez.
Sentí un movimiento de temor, de repugnancia o de arrepentimiento, recordando
uno o dos dramas a que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de
algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había hecho más
que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la parte romántica y,
por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba a Eulalia? Yo no tenía dinero...
¿Por qué
imponerme que cambiara el rumbo de las circunstancias? Y además, yo estaba
resuelto a pagar, y el honor de Vázquez siempre quedaba a salvo.
El honor sí;
pero, ¿y el puesto? ¡Vamos! ¡Como si el puesto no me correspondiera!
El Presidente
era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que hiciera encarpetar la
credencial de Vázquez, mezclado a un mal asunto de crédito de la época todavía
execrada y no bastante maldecida.
El miércoles
me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil pesos.
-¡Aun con
esto estoy arruinado! -sollozó.
-No creas. Ve
a ver a mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está seguro de recoger esas
malhadadas letras con cinco o diez mil pesos cuando más. Es un chantage. No
tengas escrúpulos.
-No lo haré.
Me importa poco. Me voy al campo a trabajar. Es lo que me aconseja María.
¡María! Sentí
de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y prolongué la
conversación con la esperanza de conseguirlo.
-Irse al
campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?
-Poco me
importa.
-Mi mérito es
nulo.
-¿Por qué?
-Porque no
puedo amoldarme a las circunstancias, ni servir a nadie, ni ser mi propio
instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero, ebanista, y, en último caso,
labrador o pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo el mundo fuera como tú!...
¿Es amargo
esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose camino a costa de
los otros por la fuerza, por la astucia o por ambas cosas a la vez.
Pero María me
preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por preguntar:
-¿Y tu
señora?
-Está
indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes a ser mi salvador,
duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres!, ésta, tan inteligente, tan
aguda, tan fina, no quiere rendirse a la evidencia, y hasta sospecha de...
Se detuvo,
como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que descubrí preguntando
afirmativamente:
-De mí, ¿eh?
Y sin esperar
la respuesta, le tendí la mano, efusivo y conmovido, murmurando:
-¡Qué le
haremos! ¡No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!
- XV -
Escribo estas
Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve la plenipotencia malamente
ambicionada por Vázquez. Pero no fue sin sufrimientos. Apenas se comenzó a
hablar de mi candidatura, un periodicucho efímero, de esos que suelen publicar
los muchachos en los momentos de agitación, El Chispero, emprendió una feroz
campaña contra mí, como si yo fuese el representante de toda una época de
corrupción. No le hice caso hasta que habló malévolamente de la muerte de
Camino, insinuando las peores suposiciones. Y aun así, no di importancia a
aquellos dicterios, teniendo como tenía mi nombramiento en el bolsillo y mi paz
perpetua asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artículos,
vi esta firma desconcertante: «Mauricio Rivas».
-¡Mauricio
Rivas! ¿Qué quiere decir esto?
Llamé a de la
Espada.
-¿Quién es
este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en El Chispero? -pregunté.
-Debe ser un
jovencito que empieza. Yo nunca he oído hablar de él.
-Hay que
averiguar -dije aparentando indiferencia.
Y luego:
-Hay que
averiguar hoy mismo. Me interesa.
-Lo haré.
Me interesaba
el artículo por dos razones: porque era una violenta diatriba contra mí, para
denigrarme como ministro diplomático ante una corte europea, y porque estaba
firmado con un nombre... con el nombre del hijo de Teresa.
El farsante,
ese que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella pesada broma, iba a
pasarlo mal. No es Mauricio Gómez Herrera de los que se dejan tocar impunemente
las narices. Y, sobre todo, no me gustaba ese símbolo, traído de los cabellos,
de la juventud consciente y sabia que pasa por encima de las ideas de los
padres, para ir a la conquista de un porvenir románticamente soñado.
Busqué entre
mis amigos y mis enemigos quién podía ser el autor de aquel artículo garboso, y
se lo atribuí a Vázquez. Pero Vázquez estaba en Los Sunchos, con su María, como
arrendatario de una estanzuela que había ido convirtiendo en granja, o si se
quiere chacra, y me escribía de vez en cuando cartas llenas de amistad,
seguramente a escondidas de su mujer.
-No es
Vázquez. ¡Pero qué canalla! -exclamé, volviendo a empezar el artículo para
darme cuenta exacta de sus detalles.
No. No podía
ser un contemporáneo, porque sintetizaba demasiado. Uno de mis camaradas
hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto las cosas a bulto,
hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aquí tengo el recorte, con su
título y todo:
DIVERTIDAS
AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
«Tan
ignorante y tan dominador como el abuelo, nació en un rincón de provincia, y
creció en él sin aprender otra cosa que el amor de su persona y la adoración de
sus propios vicios.
»Nunca
entendió ni aceptó cosa alguna de la ley, sino cuando le convino para sus
intereses y pasiones.
»Es la
síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media sociedad, si se
viera en el espejo, se diría cuando pasa: 'Yo soy ése'.
»Tuvo de su
abuelo el atavismo al revés, y así como aquél peleó contra la partida, muchas
veces sin razón, éste pelea siempre sin razón, con la partida, contra todo lo
demás. Suprime sin ruido, hasta gobernadores, como el otro 'compadremente' ,
facón en mano. Que Camino lo diga... Está llamado por eso a todos los triunfos,
y no morirá clavado a una tapia por gentes de bien, sino clavando a las gentes
de bien, moral o materialmente, en todas partes...
»Pero basta
el prólogo y pasemos a sus aventuras.
»Heredó de su
padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado, fue, desde criatura,
la esencia del gaucho y del compadrito, despojado con el chiripá y el poncho de
todas las que pudieran parecer virtudes, conservando sólo cierto valor personal
y un desprendimiento que no es sino la jactancia del ente que se cree superior,
y se ensoberbece tanto más cuanto más grandes son las personas a quienes pueda
o trate de humillar.
'Así, por
ejemplo...'
Y seguía una
larga serie de anécdotas, casi todas falsas -entre ellas el 'envenenamiento' de
Camino-, pero tras de cuyas líneas se transparentaba claramente mi persona,
para terminar diciendo:
»El que esto
escribe no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni a don Mauricio Gómez
Herrera, ni a... ¡tantos otros!; ¿para qué citar nombres?
Pero cree que
es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el compadraje, de no rendir
culto a esos fantasmas del pasado, de respetar la cultura en sus mejores
formas, y de preferir el mérito modesto al exitismo a todo trance. Quizá se le
crea exagerado, pero por el estudio que hará detenidamente de esta personalidad
y de otras análogas, en sucesivos artículos, se verá que tiene razón de
reclamar en nombre de la juventud, contra estos crímenes de lesa patria.
»¡Que el
nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! ¿Por qué no hacer, entonces,
que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que él?»
Y firmaba
«Mauricio Rivas».
Que el
artículo era contra mí, resultaba evidente de la línea aquélla: «El autor no
quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni a don Mauricio Gómez Herrera...»
El asunto me
preocupó hondamente todo el día, pero no quise interrogar a de la Espada,
aunque lo viera salir a la calle y volver varias veces, con la cara larga, y
esquivándome los ojos.
-¿Qué habrá?
-me decía.
Por la tarde,
cuando iba a retirarse, vaciló un rato, después se acercó a mí, y me llamó
aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.
-Es una
desgracia -tartamudeó.
-¿Qué?
-El autor del
artículo...
-¡Ah!
-Sí; es un
jovencito de dieciocho a veinte años, que me parece...
-¿El hijo de
Teresa?
-Tu hijo, sí.
-¡Tenía que
suceder!... -exclamé haciendo un esfuerzo para reírme-.
Pero esto no
puede continuar así. ¿Dónde vive?
-No sé. Pero,
tienes que hablarle...
-¿Dónde se le
ve?
-Come todas
las noches en una fonda de la calle Carabelas.
-¿En la
cortada del Mercado del Plata?
-Eso es.
De todas las
dificultades de mi vida, aquélla era la más nimia, porque de El Chispero nadie
hacía el menor caso, pero ninguna me molestó ni me irritó más, haciéndome
llegar a creer que de aquellas indiscreciones, de aquella diatriba, dependía
todo mi porvenir... Tomé el sombrero y salí, dejando, como de costumbre, que
las visitas se quedaran o se fueran, a su antojo, y comencé a pasearme por las
calles más solitarias, pensando en lo que habría de hacer.
De pronto, me
encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda indicada. Pregunté, después
de pedir un café, que resultó infame decocción de porotos, si estaba allí don
Mauricio...
-¿Qué don
Mauricio?
-Rivas. Un
jovencito que viene a comer.
-¿Uno que
escribe «sobre» los diarios?
-Ése.
-Todavía no
vino.
Esperé,
domando los nervios.
Por fin, vi
acercarse un jovencito que debía parecerse a mí, cuando hacía mis primeras
armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.
-¿Es ése?
-No. Ése es
un amigo. Todos los que vienen se parecen...
A la media
hora, él mismo me señaló un joven ojinegro, pelinegro, como Teresa, tímido en
el andar y la expresión, como Teresa, pero con algo en la mirada, especie de
resolución heroica y tierna a la vez.
-¿Es usted
Mauricio Rivas?
-Servidor. ¿A
quién tengo la honra?
-Habla usted
con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere mal...
-No me doy
cuenta -murmuró, sorprendido.
-¿Tiene usted
dos minutos que dedicar a un desconocido? En tal caso, hágame el favor de
sentarse...
Se sentó,
tímido, contrastando con la violencia de su escrito.
-Impulsivo
-pensé-. ¡Si yo soy el nieto, tú eres el biznieto de Juan Moreira!...
Él estaba
cortado, esperando un acontecimiento que no sabía adivinar, ni siquiera
sospechar.
-Tome un poco
de vermouth.
-Bien.
-Mis
compañeros me esperan para comer -agregó-. Desearía saber qué me vale este
honor...
-He leído su
artículo de El Chispero. Es notable, como vigor, pero me parece exagerado.
Usted hará camino en el periodismo, y tengo razones para darle un consejo...
-¿Ah?
-murmuró bebiendo un sorbo de vermouth.
-Es preciso
que usted conozca más a fondo a las personas que ataca, y que no se haga un
daño irreparable por impremeditación juvenil.
-Señor -me
dijo, incorporándose, como para marcharse-, no pido, por el momento, cursos de
literatura ni de periodismo...
-¡Muy bien
contestado -exclamé, tomándolo acariciadoramente de un brazo-. Muy bien
contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistiría en aconsejarle.
-¿Y quién es
usted? -preguntó con enojo.
-Yo soy
Mauricio Gómez Herrera.
Se quedó
boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que me daba mi
experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:
-Y si usted
hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña Teresa, no lo hubiera
escrito nunca, o no lo hubiera publicado... Somos amigos... amigos íntimos con
su mamá... desde la infancia... y después.
-Eso no
impide...
-Pregúntele a
ella...
-La razón se
sobrepone a los efectos, y las épocas tienen sus exigencias.
-El deber no
cambia.
-¿Quiere
decir? -gritó.
-¡Silencio!
Me levanté, y
dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:
-Habla con
Teresa, Mauricio.
Un rayo no lo
hubiera inmovilizado más.
Al día
siguiente busqué El Chispero; no traía el artículo anunciado.
En cambio,
por la tarde, recibí esta esquela, firmada T. R.:
«Tuvo usted
razón, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre muchacho es otro, desde
que sabe. Pero vivir matando debe ser una desgracia».
Vi algo
horrible, y salí de mi despacho, dejando la esquela tirada en el suelo. Cuando
me tranquilicé y volví, la quemé sin piedad, casi con rabia.
¡Vaya una
tontería! ¡Suponer que, por vanas consideraciones sentimentales, uno ha de
renunciar a sus grandes proyectos o dejarse manosear por quien quiera!...

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