© Libro N° 5591.
Memorias De Mamá Blanca. De La Parra,
Teresa. Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título
original: © Memorias De Mamá Blanca. Teresa De
La Parra
Versión Original: © Memorias De Mamá Blanca.
Teresa De La Parra
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MEMORIAS DE MAMÁ BLANCA
Teresa De La Parra
TERESA DE LA
PARRA
Ana Teresa Parra Sanojo nació en París el 5 de octubre de 1890.
En una carta a Georgina Fletcher dice: "Nací en la capital de Francia de
padre y madre venezolanos. Me trajeron a Caracas a los dos años de mi edad.
Murió mi padre seis años después y entonces mi madre resolvió volver a Europa a
fin de educar a sus hijos; fuimos seis hermanos. Ingresé al Colegio de las
Damas del Sagrado Corazón, en España". Y agrega: "Volvimos a Caracas
cuando yo iba a completar dieciocho años. En mi casa, en la apacibilidad del
hogar caraqueño, un tanto aburridor, me consagré a la lectura; conocía un poquito
los clásicos, estudiados a medias en la literatura, y uno que otro novelista
francés; los modernos me cautivaron y me dediqué a ellos con entusiasmo”.
La obra literaria de Teresa de la Parra comienza a revelarse en
Caracas, en 1921, como una de las más exquisitas de nuestras letras. Con el
seudónimo Fru-Fru publica en El Nuevo Diario la leyenda japonesa La flor del
loto, ilustrada por Tito Salas.
Shiby - Sava cuenta la
historia de esta flor simbólica y sagrada del Japón. Por milagro de la Luna, el
cuerpo, los brazos y los cabellos de Oschi-Dori, quien lloraba inconsolable en
la tumba de su amado, el Poderoso Emperador Jim-Mu, se convierten en ocho
blancos y sonrosados pétalos, la flor del loto, que se vistieron de una divina
seda. Es esta flor inmaculada, símbolo de todas las Geishas y Musmés, tan
sencillas en el amor, sentimentales y profundas. En la presentación de este
exótico relato se destaca la fina personalidad de la escritora, la belleza y
elegancia y sus nobles cualidades de mujer.
Con motivo de la visita del infante don Fernando de Baviera y
Borbón a Venezuela, escribe "La Voz de España ", un mensaje en
respuesta a un saludo de la infanta doña Paz, dirigido a Chile y a toda la
América hispana. Se elogia de nuevo la personalidad de la escritora, su alma
apolínea, su prosa magnífica y el encanto y profundidad del pensamiento. En
este mismo año publica una crónica sobre las fiestas del centenario de la
batalla de Carabobo. Después un evangelio indio, "Suda y la Leprosa",
la historia del príncipe Gotama, de la tribu de los Sakias, quien, aburrido
porque llevaba enroscada junto a su corazón la sierpe del hastío, encuentra al
fin, en la sonrisa descarnada de la Leprosa, lo que en tanto tiempo había
buscado: La Esperanza.
Animada por el éxito alcanzado en los periódicos caraqueños, Ana
Teresa Parra Sanojo se da con entusiasmo y constancia a la tarea agradable de
leer y escribir. Sus autores preferidos son Anatole France, Alphonse Daudet,
Guy de Maupassant, Catulle Mendés y ValleInclán. Romain Rolland tendrá gran
influencia en su formación literaria. En esta época comienza el Diario de una
señorita que escribía porque se fastidiaba, la futura Ifigenia, que triunfaba
en París, en 1924.
De ese Diario, la escritora tomó al azar dos fragmentos de los
originales inéditos y los publicó en La Lectura Semanal. Por primera vez usa el
seudónimo Teresa de la Parra, José Rafael Pocaterra la presenta cómo una
escritora que iniciará "la era de una literatura nacional sincera y
libre" con profundas raíces en la entraña fecunda de la tierra. Otro
fragmento, desglosado en forma di cuento, con el título "Mamá X", que
envió al Certamen Nacional de Ciudad Bolívar, obtuvo un premio especial.
Después, la autora escribirá en una de sus cartas: "Este fue el ventanal
donde me asomé y vi el porvenir de Ifigenia”.
El nombre literario, Teresa de la Parra, que la escritora usó
con gran predilección, venía directamente de una serie de Teresas, nombres
tradicionales de familia, desde su tatarabuela, doña Teresa Jerez de
Aristeguieta, célebre por su belleza, una de aquellas "nueve musas "
caraqueñas, prima del libertador Simón Bolívar y madre del general Carlos
Soublette, uno de nuestros héroes. La novelista consideró este nombre como el
de más prestigio, unido al de la doctora de Ávila y al de la Santa del Niño
Jesús. Sin salirse mucho de su nombre propio, Ana Teresa Parra Sanojo adoptó un
seudónimo, un antifaz bajo el cual se ocultó a medias, y con el que se
inmortalizará en las letras americanas.
La infancia de Teresa de la Parra transcurre en El Tazón, la
hacienda familiar, situada entre dos arroyos, Turmeríto y Piedra Azul; y en la
apacibilidad de su hogar caraqueño. Se considera heredera de una linda ciudad
colonial. A sus dotes de mujer elegante une un espíritu místico y pleno de
ternura. Su alma se va llenando del conocimiento emocional de nuestra tierra,
de sus gentes sencillas, de toda la vida caraqueña, rescoldo todavía encendido
de muchas tradiciones nacionales. Relata entonces, con emoción auténtica, cosas
que vive y siente, y describe, con la más fina sensibilidad que escritora
venezolana jamás haya tenido, la vida diaria, al parecer insignificante, la de
todos los días, que se iba tejiendo a su alrededor.
Caracas, con sus aledaños silvestres, campesinos, y sus calles
estrechas, con casas chatas de patinoso alero, se hace carne de su espíritu.
Una vez, Teresa de la Parra le dice a don Rafael Carias: "Si sigo
escribiendo quiero que mi literatura tenga siempre sus raíces en Caracas”. De
su ciudad amada, para la cual conserva su cariño como un tesoro, extrae los
materiales de sus obras. "En arte lo propio es la cantera de donde se saca
todo ", dice en una de sus cartas. Y Caracas, con su empinado Ávila, la
acompañará en sus peregrinaciones y en las inmensas, blancas, aletargadas horas
de su reposo en Leysin.
Después de los felices años caraqueños, la escritora regresa a
Europa. Su espíritu errabundo vagará por ciudades olvidadas del tiempo
presente. En todas partes, libros, proyectos, cartas, conferencias, obra
realizada o inconclusa. Teresa de la Parra es una novelista errante. Siente que
la vida es como un viaje, el cual tiene en cada etapa su clima y su paisaje,
sus encantos. Ella tenía esa "inquietud nómada que llevamos todos los
venezolanos". La escritora confiesa que nunca fue amiga de la vida
estática, como la de los árboles, que jamás estaba sin hacer nada, que le
gustaba trabajar, como los cartujos, florecer en silencio. Siempre estaba
dispuesta a correr, a errar, hasta que la rindiera el cansancio. Entonces
volvía a escribir, a reflejar su vida, como un sueño, en el espejo de su prosa
inmensamente cristalina.
Casi siempre contemplamos a la escritora en continuo viaje; en
Francia, Suiza, Italia, España, Cuba, Panamá, Colombia. En Francia la vemos
triunfar, saborear el éxito mundano de Ifigenia. En Italia la sorprendemos como
una peregrina por los caminos de San Francisco. En España la encontramos
"tras las huellas de los conquistadores, leyendo a Cieza de León y a López
de Gomara, cronistas de la época que son una delicia", y buscando "lo
hondo y no la superficie de España en sus andanzas por el monasterio de Guadalupe,
Avila, "tan llena de Santa Teresa ", el Escorial, Trujillo, Mérida,
Toledo.
En Cuba alcanza un extraordinario éxito, un homenaje verdadero,
con una conferencia sobre "La influencia oculta de las mujeres en la
independencia del continente y en la vida de Bolívar". En Colombia es
recibida como en su "casa paterna". En Bogotá triunfa con sus trece
conferencias sobre la infuencia de las mujeres en la formación del alma
americana, en la época de la Conquista, de la Colonia y de ¡a Guerra de
Independencia. En ciertos momentos se aleja del tono de la conferencia y adopta
el suave, llano y familiar de la conversación y de los cuentos. Y a través de
la cadencia de sus palabras hace asomar a sus oyentes a un ámbito de novela. La
estampa de Simón Rodríguez, incrustada en la tercera conferencia, tiene en
cierto modo el reflejo de un tío Pancho, sacado sin duda de nuestra realidad
venezolana. Muchos tíos Panchos hay en nuestros pueblos, así como Abuelitas
regañonas, asustadizas y Vicentes Cochochos de alma dulce y servicial.
Manuelita Sáenz es el "caso de la protesta violenta contra la servidumbre
tradicional de la mujer a quien solo se le deja como porvenir la puerta no
siempre abierta del matrimonio. Manuelita refleja ya el carácter de una mujer
de nuestros días, tan llena del espíritu de María Eugenia, que sigue viviendo
en cualquier ciudad de América, Buenos Aires, Lima, Bogotá o Caracas. Los
relatos de la vida de algunas mujeres, heroínas o monjas, parecen bocetos para
muchas novelas. La relación de la vida de la madre Teresa, una exclaustrada que
fue a vivir a una casa de familia y que Teresa de la Parra conoció en sus años
de infancia, tiene un sentido evocador de una página de Mamá Blanca.
Teresa de la Parra no solo viaja físicamente, sino que logra por
virtud de su espíritu, desdoblarse y alejarse por cualquier tiempo, penetrar en
él y vivir allí como en su propia casa. Su sentido evocador, alucinante, que
cristaliza en una visión intemporal, una realidad tangible, todo lo que imagina
o presiente, le hace sentir, como en sueños, lejos o cerca, su propia
existencia corporal, su alma proyectada a épocas futuras o pretéritas. En
Europa viaja por los siglos renacentistas o se cree en la agradable compañía de
los muertos de Caracas de hace cien años.
En América se traslada a la Colonia, a los años de la Conquista
o de la Independencia. En el Cuzco conversa con la ñusta doña Isabel, en el
palacio de los Incas, mientras el niño Garcilaso atento escucha los
maravillosos relatos de otros siglos. En Santa Marta, en San Pedro Alejandrino,
asegura que vio a Bolívar en persona, cuando desahuciado, triste y dolorido,
"iba a morirse a la pobre casita". Y desde aquel recinto sagrado de
Colombia contempla la Caracas de su infancia, la misma de la Colonia, con aleros
y ventanas abiertas y sus conventos de campanas dulces, lejana y próxima,
mística y profana, como "un gran monasterio al aire libre en contacto con
la naturaleza".
Cuando el azar de la vida la obliga a permanecer en un solo
sitio reposado, prisionera de las nieves de Leysin, se distrae con relatos de
viajes, que la transportan a Caracas, a los sitios familiares; vuela en
imaginación a Bogotá, ve nuestro gran cielo, todo claro, con racimos de
estrellas; se contempla en Macuto, cuando escribía, oyendo el eco del mar, bajo
la sombra de los matapalos, en una casa en ruinas, su novela Ifigenia. Y se
siente en Los Teques, en una casita en medio del campo, distraída con el volar
de las mariposas, el correr de los lagartos, el canto de los pájaros y el
murmullo del agua del río o de la lluvia. El tiempo es entonces un camino
blanco, todo lleno de vida espiritual, que se puede desandar en cualquier hora
o dirección.
En los remansos de sus viajes, Teresa de la Parra escribe las
más hermosas cartas a sus amigos fraternales, Vicente Lecuna, el historiador
devoto de Bolívar; Luis Zea Uribe, el médico amigo y maestro de su espíritu;
Rafael Carias, el que le señaló el camino literario, el éxito rotundo de
Ifigenia. Algunas cartas son para responder a ciertas cuestiones sobre su
novela Ifigenia, como la que escribió para don Miguel de Unamuno; otras, para
dar a conocer el propio itinerario de su espíritu. Casi todas tienen una
expresión amable y sencilla, una dulzura exquisita.
Una fina ironía salpica sus ideas, pero jamás la queja
amarga. Siempre la indulgencia del alma, cierta melancolía filosófica que parece traslucir una terrible angustia
soterrada, el presentimiento de la muerte. Estas cartas reflejan casi toda la
actividad creadora de nuestra máxima novelista, sus proyectos, aquellos libros,
como la biografía de Bolívar, que no pudo escribir. Es una actividad que parece
sumergirla en largos períodos de ocio intelectual, de quietud aburrida y
sombría. Tal vez, como Ingenia, se fastidiaba en un mundo un poco
contradictorio para su espíritu puro, con sed de vida interior, lleno de
apetencias estéticas, religiosas, sociales, y quizá insatisfecho, con sus
momentos de incertidumbre, nostalgia por la patria, tedio, tristeza, soledad,
incomprensión, ese poquito de amargor que se ofrece casi siempre a las almas
inquietas, y que ella saboreaba con amable dulzura, sin protesta alguna.
Teresa de la Parra nos revela en sus cartas no solo su intensa
vida interior, su labor literaria incansable, sino también el milagro de sus
memorias de Mamá Blanca. Lentamente, como un niño que se va gestando, el libro
se crea a la luz del recuerdo infinito de Caracas, el Que nuestra escritora
llevaba en su corazón, el que vio con sus ojos de niña dulce y distraída. En
octubre de 1927 le dice a su amigo Rafael Carias: "Estoy sintiendo ya un
libro, un libro de allá, que me está brotando y creciendo en el alma".
En Vevey, junto al lago Leman, tan lleno de Byron, de poesía y
nieve, "llevando una vida de ermitaño", se entrega a sus Memorias. Le
cuenta a su amigo Carias: "Vivo como una monja, sola, frente al lago
Leman, escribiendo". El libro surge poco a poco, en una letra clara, fina,
como un tejido, escrita a lápiz, con el capítulo "Banca Nieves y
Compañía". En 1928, en el mismo Vevey, la novelista escribe la
presentación de Mamá Blanca. Y en enero de 1929, en París, se publica la obra.
Ese año, por una extraña coincidencia, don Rómulo Gallegos, el hermano mayor de
nuestra novelista en el relato de América, según Gabriela Mistral, pública en
España su famosa Doña Bárbara.
Nuestra novelista consideró sus Memorias como un libro
"mejor que Ifigenia", y el más criollo. En una de sus cartas, le
escribe a su amigo Carias: "Para satisfacción suya le diré que mi actual
libro será el más criollo de la literatura criolla. Todo pasa en el trapiche,
en el río en el corralón de las vacas, en los ranchos; las seis niñitas que
usted ya conoce, corren y se meten en todas partes". Eran tan traviesas
que, a medida que iban creciendo en Vevey, se hicieron amigas de Romain
Rolland, vecino de la casa, y "jugaban en su jardín mientras él
trabajaba".
Teresa de la Parra ha logrado en sus Memorias de Mamá Blanca el
milagro más sutil de su prosa; cristalizar su alma, mística y sencilla, en la
palabra dulce, casi ingenua, que brota pura como el agua de nuestros
manantiales, a través de un sentimiento nostálgico lleno de evocación, de un
desdoblamiento espiritual. Ausente de la patria sombría, de sus lares sagrados,
de su Tazón, el fundo familiar, de su hogar caraqueño, supo en la tierra
europea, civilizada y racional, revivir tiempos rurales de su infancia, sin
duda los mejores. Las Memorias de Mamá Blanca tienen mucho de la vida guardada
en el más íntimo rescoldo del corazón de la escritora. Teresa de la Parra es una de las seis niñitas, su alma
transfigurada en Blanca Nieves, la misma Mamá Blanca.
Estas Memorias son de una jovial anciana, Mamá Blanca, quien nos
cuenta sus travesuras infantiles, cuando era simplemente Blanca Nieves. Teresa
de la Parra nos relata su encuentro casual con esta venerable anciana, con la
cual no tenía parentesco alguno, sino misteriosas afinidades espirituales.
Debido a estas afinidades, la escritora logró trabar una amistad filial con
Mamá Blanca, nombre surgido de labios de los niños.
Mamá le había pedido a Dios una hija para que alegrara sus días
finales y fuera la heredera del manuscrito misterioso de sus Memorias, en las
cuales había trabajado con la paciencia de un monje medieval. Dios se la mandó
un día, a los setenta años. Y así, por obra de la casualidad, Teresa de la
Parra fue heredera de aquellos pliegos amarillos, de papel de hilo, páginas que
debían quedar desordenadas, ser un auténtico retrato de la vida, tan llena del
azar, y un mensaje de redención, un reconciliarse sencillamente con Dios para
volver al Paraíso Terrenal, a la ingenua y natural sabiduría del sentimiento.
Mamá Blanca nos conduce a un recinto sagrado, presidido Por
Papá, el Dios de Piedra Azul. Y como en un retablo de maravillas, se nos
transfigura en Blanca Nieves, la tercera de las niñitas que gobernaban sin
orgullo sobre toda la Creación, en un mundo de dulce encantamiento, evocado en
silencio, en el recogimiento amable, solitario, del espíritu que sueña en vida que fue.
La Edad de Oro de los niños —aquella de que hablaba Novalis— se
hace presente en cada juego, en las ingenuas travesuras de "Blanca Nieves
y Compañía", en los castigos infantiles, verdaderos autos de fe, en
aquellos milagros del bejuco de cadena , en las obras de misericordia de
Vicente Cochocho, en la amena compañía de Primo Juancho, el Júpiter de la Mala
Suerte, evangelista de Don Quijote. Mamá Blanca nos ha pintado el retrato de su
memoria, de aquella época lejana de Piedra Azul, felices tiempos melancólicos,
vividos como en una "Edad de Oro en Paraíso Perdido", un templo
profanado por el pecado del progreso, que condenó al destierro a toda la
familia. Al leer en silencio el último pliego de las Memorias venerables, solo
hay en nuestro espíritu un desabrimiento de vivir y el eterno anhelo del
hombre, volver siempre a aquel tiempo pasado, que sin duda fue mejor. El libro
niño se adormece en las manos...
En los años finales, nuestra escritora llega a un bienestar como
de limbo, a la ausencia total de los deseos, al estado de gracia, la paz
espiritual, sin goce ni sufrimiento alguno. En Leysin, su vida "tiene de
cielo, de prisión y de convento”. La llama de su espíritu lentamente se le iba
apagando. La muerte la rondaba cuando ya había entrado en la edad "en que
el alma está más madura para el sacrificio y el misticismo”.
Teresa de la Parra muere en Madrid. "Yo comeré una poquita
de tierra", dijo el día de su muerte. Los chopos verdes, primaverales, se
reflejaban en el cielo de Castilla. Era la mañana del 23 de abril de 1936.
DEDICATORIA
A tí, que, al igual que Mamá Blanca, reinaste dulcemente en una
hacienda de caña, donde al impulso de tu mano llamaba a los peones la campana
para la misa del domingo, subía en espirales de oración a la hora del Ángelus
sobre el canto de los grillos y el parpadeo de los cocuyos el humo santo de la
molienda en el torreón y te dibujas allá, entre la niebla de mis primeros
recuerdos, lejana y piadosa, apacentando cabezas sobre un fondo de campo, como
la imagen de la donadora en el retablo de algún primitivo.
ADVERTENCIA
Mamá Blanca, quien me legó al morir suaves recuerdos y unos
quinientos pliegos de papel de hilo surcados por su fina y temblorosa letra
inglesa no tenía el menor parentesco conmigo. Escritos hacia el final de su
vida, aquellos pliegos, que conservo con ternura, tienen la santa sencillez
monótona que preside las horas en la existencia doméstica, y al igual de un
libro rústico y voluminoso, se hallan unidos por el lomo con un estrecho cordón
de seda, cuyo color, tanto el tiempo como el roce de mis manos sobre las
huellas de las manos ausentes, han desteñido ya.
A falta de todo parentesco uníanme estrechamente a Mamá Blanca
misteriosas afinidades espirituales, aquellas que en el comercio de las almas
tejen la trama más o menos duradera de la simpatía, la amistad o el amor, que
son distintos grados dentro del mismo placer supremo de comprenderse. Su
nombre, Mamá Blanca, era, en el fervor de mis labios extraños, la expresión que
mejor convenía a su vejez generosa y sonriente.
Habíaselo dado al romper a hablar el mayor de sus nietos. Como
los niños y el pueblo, por su ignorancia o desdén de las abstracciones, poseen
la ciencia de acordar las cosas con la vida, saben animar de sentido las
palabras y son los únicos capaces de reformar el idioma, el nombre que
describía a un tiempo la blancura del cabello y la indulgencia del alma fue
cundiendo en derredor con tal naturalidad que Mamá Blanca acabaron diciendo
personas de toda edad, sexo y condición, pues que no era nada extraño el que al
llegar a la puerta una pobre con una cesta de mendrugos, o un vendedor
ambulante con su caja de quincalla, luego de llamar: toe, toe, y de anunciar
asomando al Patio la cabeza: "¡Gente de paz!", preguntasen
familiarmente a la sirvienta vieja, que llegaba a atender, si se podía hablar
un momento con la señora Mamá Blanca.
Aquella puerta que, casi siempre entornada, parecía sonreír a la
calle desde el fondo del zaguán, fue un constante reflejo de su trato
hospitalario, una muestra natural de su amor a los humildes, un amable vestigio
de la edad fraternal sin timbres ni llave inglesa y fue también la causa o
circunstancia de donde arrancó nuestro mutuo, gran afecto.
Conocí a Mamá Blanca mucho tiempo antes de su muerte, cuando
ella no tenía aún setenta años ni yo doce. Trabamos amistad, como ocurre en los
cuentos, preguntándonos los nombres desde lejos, amortiguadas las voces por el
rumor del agua que cantaba y se reía al caer sobre el follaje. Iba yo
jugueteando por el barrio y de pronto, como se me viniese a la idea curiosear
en una casa silenciosa y vieja, penetré en el zaguán, empujé la puerta tosca de
aldabón y barrotes de madera, pasé la cabeza por entre las dos hojas y me di a
contemplar los cuadros, las mecedoras, los objetos y en el centro del patio un
corro de macetas, con helechos y novios que subidos al brocal de la pila se
estremecían de contento, azotados por la lluvia de un humilde surtidor de
hierro.
Allá, más lejos aún, en el cuadro de una ventana abierta, dentro
de su comedor, la dueña de la casa, con cabeza de nieve y bata blanca, se
tomaba poco a poco una taza de chocolate, mojando en ella plantillas y
bizcochuelos. Hacía rato que la contemplaba así, cómo a la madrina de las
macetas y del surtidor, cuando ella, volviendo los ojos, descubrió mi cabeza
que pasaba la puerta. Al punto, sorprendida y sonriente, me gritó cariñosa
desde su mesa:
— ¡Aja, muy bien, muy bien! ¡Averiguando la vida ajena, como los
merodeadores y los pajaritos que se meten en el cuarto sin permiso de nadie!
¡No te vayas y dime cómo te llamas, muchachito bonita y curiosa!
Yo le grité mi nombre varias veces hasta que llegó a oírlo y
ella, como tenía el alma jovial ante lo inesperado y le gustaba el sabor de las
pequeñas aventuras callejeras, volvió a gritar en el mismo tono y con la misma
sonrisa:
— Yo me llamo Mamá Blanca! ¡No te vayas, no te vayas, ven acá,
pasa adelante, ven a hacerme una visita y a comerte conmigo una tajada de torta
de bizcochuelo!
Desde mi primera ojeada de inspección había comprobado que
aquella casa de limpieza fragante florecía por todos lados en raídos y
desportillados, cosa que me inspiró una dulce confianza. La jovialidad de su
dueña acabó de tranquilizarme. Por ello, al sentirme descubierta e interpelada,
en lugar de echar a correr a galope tendido como perro cogido en falta, accedí
primero a gritar mi nombre, y después, con mucha naturalidad, pasé adelante.
Sentadas frente por frente en la mesa grande, comiendo
bizcochuelo y mordisqueando plantillas dialogamos un buen rato. Me contó que en
su infancia había traveseado mucho con mi abuelo, sus hermanos y hermanas por
haber sido vecinos muchos años, pero en otro barrio y en unos tiempos que ya se
iban quedando tan lejos, ¡tan lejos!.. . Me encontró parecidos con personas ya
muertas, y como yo, por decir algo, le refiriese que en mi casa teníamos muchas
rosas y el loro Sebastián, que sabía gritar los nombres de todo el mundo, me
llevó para que conociese en detalles su patio y su corral, donde también había
rosas; pero en lugar de Sebastián, ejércitos de hormigones, ¡ayayay! que
acababan con las flores.
Nacida en una hacienda de caña con trapiche y oficinas de beneficiar café, Mamá Blanca
conocía a tal punto los secretos y escondites de la vida agreste que, al igual
de su hermano Juan de la Fontaine, interrogaba o hacía dialogar con ingenio y
donaire flores, sapos y mariposas. Enseñándome patio y corral me fue diciendo:
—Mira, estas margaritas son unas niñas coquetas que les gusta
presumir y que las vean con su vestido de baile bien escotado... Las violeticas
de esta orilla del patio viven tristes porque son pobres y no tienen novio ni
vestidos con que asomarse a la ventana; no salen sino en Semana Santa,
descalzas, con la sayita morada, & cumplir su promesa como los nazarenos. .
. Aquellas señoritas flores de mayo son millonarias, allá van en su coche de
lujo, y no saben de las cosas de la tierra sino por los cuentos que les llevan
las abejas que las adulan porque viven a costa de ellas.
Y así fue como saciada por entero mi curiosidad entre violetas y
margaritas, bizcochuelos y plantillas, Mamá Blanca y yo nos fuimos corriendo de
la mano, camino de nuestra gran amistad. A partir de aquella tarde, bajo el
menor pretexto salía de mi casa, volteaba a todo correr la esquina, penetraba
en el zaguán amigo y comenzaba a gritar alegremente como quien participa una
estupenda noticia:
— ¡Aquí estoy yo, Mamá Blanca, Mamá Blanquita, que estoy yo
aquí!
Nadie comprendía que a mi edad se pudiesen pasar tan largos
ratos en compañía de una señora que bien podía ser mi bisabuela. Como de
costumbre, la gente juzgaba apoyándose en burdas apariencias. Aquella alma
sobre la cual habían pasado setenta años era tan impermeable a la experiencia
que conservaba intactas, sin la molesta inquietud, todas las frescuras de la
adolescencia y, junto a ellas, la santa necesidad del árbol frutal que se cubre
de dones para ofrendarlos maduros por la gracia del cielo. Su trato, como la
oración en labios de los místicos, sabía recubrirme horizontes infinitos e iba
satisfaciendo ansias misteriosas de mi espíritu.
No creo, por lo tanto, exagerar al decir no solo que la quería,
sino que la amaba y que como en todo amor bien entendido, en su principio y en
su fin, me buscaba a mí misma. Para mis pocos años aquella larga existencia
fraternal, en la cual se encerraban aventuras de viajes, guerras, tristezas,
alegrías, prosperidades y decadencias, era como un museo impregnado de gracia
melancólica, donde podía contemplar a mi sabor todas las divinas emociones que
la vida, por previsión bondadosa, no había querido darme todavía, bien que a
menudo, por divertirse quizá con mi impaciencia, me las mostrase desde lejos
sonriendo y guiñando los ojos maliciosamente. Yo no sabía aún que, a la inversa
de los poderosos y los ricos de este mundo, la vida es espléndida no por lo que
da, sino por lo que promete. Sus numerosas promesas no cumplidas me llenaban
entonces el alma de un regocijo incierto.
Sin sospecharlo me iba a buscarlo a todas horas en la paz de los
paisajes campesinos, en los ratos propicios en que florece el ensueño, en el
mundo indefinido de la música o los versos y en el encanto que emana dulcemente
de las cosas e historias de otros tiempos. Como Mamá Blanca poseía el don
precioso de evocar narrando y tenía el alma desordenada y panteísta de los
artistas sin profesión, su trato me conducía fácilmente por amenas
peregrinaciones sentimentales. En una palabra: Mamá Blanca me divertía.
He ahí la razón poderosa por lo egoísta de mi apego y continuas
visitas. Con sus pobres dedos temblosos y sin mayor escuela, tocaba el Piano
con intuición maravillosa. A los pocos días de habernos hecho amigas, emprendió
el largo, cotidiano obsequio de darme lecciones, sentadas las dos todas las
tardes ante su piano viejo. Después de las clases, merendando juntas,
solía decirme a guisa de otro gentil
regalo:
—Siempre le pedí a Dios que entre los hijos me mandara siquiera
una sola hijita. Como es terco y le gusta hacer milagros cuando no lo molestan,
me la mandó ahora: a los setenta años. Debo advertir que Mamá Blanca, cuyo amor
maternal, traspasando los límites de su casa y su familia, se extendía sin
excepción sobre todo lo amable: personas, animales o cosas, vivía sola como un
ermitaño y era pobre como los poetas y las ratas A la muerte de su marido se había dado a malgastar
su fortuna realizando los más perseverantes y lamentables negocios de bolsa. Su
amor a cierto fausto magnífico y futuro, dentro del cual, entre damascos, y
púrpuras, repartía dadivas a manos llenas como frutos cosechados sin esfuerzo
en una tierra de promisión, la había
impulsado a ello. De modo que si sus especulaciones fallidas no le dieron nunca
a probar el sabor deja riqueza, que es deslavazado y fértil en desencantos, le
regalaron, en cambio, generosamente, por virtud hendía de la imaginación,
taparte verdaderamente esplendorosa, la del ideal la misma que en el evangelio
se apresuró a tomar Mana. Ahora, en su pobreza, fiel a su gentil vicio, jugaba
a la lotería.
Sus hijos se condolían de tanto aislamiento dentro de tamaña
estrechez e insistían para que fuese a habitar al lado de uno u otro en sus
cómodas y más o menos bien decoradas casas. Mamá Blanca respondía
obstinadamente:
— ¡Los viejos estorban! Cuando quieran verme, vengan todos a
todas horas: ahí tienen mi puerta de zaguán, que, como buena puerta de pobre,
siempre está abierta. “Los viejos estorban” era un subterfugio. Su abnegación
maternal siempre alerta para acudir a reclamar la mitad de cualquier tristeza o
contratiempo, no había logrado anular en ella su sagrado horror por todo
aquello que significase vulgaridad. Me refiero especialmente a la vulgaridad
del alma. Las nueras de Mamá Blanca, muy unidas entre sí, gracias a la
necesidad absoluta de vivir rivalizando, educadas casi todas en Europa,
hablaban bien varios idiomas, viajaban mucho, hacían sport, no se vestían mal,
cifraban su honor en el brillo más o menos deslumbrante de sus relaciones y se
avergonzaban con discreción de aquella suegra que vivía en una casa con pisos
de ladrillo, junto a una vieja sirvienta mal vestida y que, por otro lado, ni
era inteligente, ni era instruida. Mamá Blanca, cuyos ruidosos fracasos en todo
lo que representase éxito material le habían conquistado aquella sólida
reputación de poca inteligencia, atrincheraba tras su pobrecito francés
aprendido en Oldendorff el más estupendo temperamento de artista y una
exquisita, sutil inteligencia, que más aún que en los libros se había nutrido en
la naturaleza y en el saborear cotidiano de la vida. Estas eran las causas por
las cuales, con amable ironía ante el peligro de sus nueras, había sabido
encerrarse en su casa de ladrillos y en su torre de marfil: "Los viejos
estorban”.
Sus hermosos ojos negros, que en el marco del rostro tan
gentilmente marchito no perdieron nunca el fuego de la juventud, brillaban a
menudo con chispazos de malicia, y sus palabras, que eran armoniosas tanto por
la musicalidad del tono cuanto por la gracia infinita del pensamiento,
mezclaban con sazonada medida la ternura a la ironía. Se burlaba afectuosamente
da todo porque su alma sabía que la bondad y la alegría son el azúcar y la sal
indispensables para aderezar la vida. A cada cosa le ponía sus dos granitos.
Yo creo que jamás reina alguna llevó su manto de brocado y de
armiño con la noble soltura con que Mamá Blanca llevaba su pobreza. Aseguraba
que había aprendido tal arte en su más tierna infancia y en el ejemplo de un
viejo pariente a quien llamaba Primo Juancho. Siempre pulcra, su amor a todo lo
que fuese placer de la vista la inducía, a disimular con multitud de ardides,
en muebles y en objetos, las injurias del uso o de los accidentes, para luego,
cuando viniese el caso, descubrir el engaño por medio de una frase salpicada de
ingenio.
Un día, como se le rompiese en forma irremediable y muy visible
un jarrón de porcelana antigua que servía de envase a una de sus plantas
preferidas, cubrió taparte superior, que era la maltrecha, atando en contorno y
como mejor pudo un pañuelo de seda escocesa. Luego, alejándose unos pasos,
contempló y comentó el desacierto de su trabajo interrogando al jarrón con gran
dulzura:
—Pobre viejo: ¿tienes dolor de cabeza?
El jarrón, en efecto, adquirió para siempre un aspecto humano de
humilde y cómica resignación.
Llena de fe cristiana, trataba a Dios con una familiaridad digna
de aquellos artífices de los primeros siglos de la Iglesia quienes rebosantes
de celo, para bien demostrar a los fieles la Ira Santa y la Sagrada Justicia
del Señor , no vacilaban en tallarlos en piedra tirándose las barbas o
arrojando a Adán del Paraíso por medio de un acertado puntapié. Pero el Dios de
Mamá Blanca no se indignaba nunca ni era capaz del menor acto de violencia. A
menudo sordo, siempre distraído, presidía sin majestad un cielo alegre, lleno
de flores en el cual todo el mundo lograba pasar adelante por poco que le
argumentasen o llamasen la atención haciéndole señas cariñosas desde la puerta
de entrada.
La música fue siempre la gran pasión de su vida. Cuando sentada
al piano lograba apresar entre sus dedos la corriente de comunión divina que
une al compositor con el ejecutante, al igual de los santos en éxtasis, se
alejaba de la tierra y se transfiguraba. En tales momentos, la realidad, por
apremiante que fuera, no existía.
Una vez, hallándose perdida y feliz en el sutil laberinto de un
Claro de luna, de Beethoven, vinieron a avisarle que un individuo, de quien era
acreedora, después de continuas diligencias y demandas realizadas por sus
hijos, llegaba finalmente a saldar su deuda, entregando el dinero en propias
manos. Al oír el anuncio lanzado por la vieja sirvienta desde el umbral de la
sala, Mamá Blanca volvió apenas la cabeza y respondió con una severidad solo
empleada en tales casos:
—He dicho ya mil veces que no me molesten nunca, bajo ningún
pretexto, cuando estoy en el piano.
—Dice que. . . —iba a replicar la sirvienta.
—Dice ¡nada! —Interrumpió Mamá Blanca—; que vuelva otro día.
Y siguió vagando dichosa por su etéreo laberinto, bajo la luna.
Inútil es advertir que el deudor renuente no volvió jamás y que Mamá Blanca, ya
de regreso a la tierra, deploró mucho tiempo, casi entre lágrimas, semejante
coincidencia. Los achaques de su piano, cuyas cuerdas gastadas se resistían de
tiempo en tiempo a sonar como es debido, la hacían sonreír de indulgencia en atención a tan
larga fidelidad herida por fin de decadencia. Sus propias deficiencias la llenaban
de un suave desencanto que florecía en consejos si, dado el caso, yo me hallaba
sentada a su lado. En tal circunstancia, cesaba la pieza comenzada, se quitaba
los anteojos, apoyaba los codos en el teclado, cruzaba sus manos salpicadas por
las manchas del tiempo y me decía en voz de confidencia señalando con los ojos
el nombre del compositor, en el libro abierto sobre el piano:
— ¿Tú ves? Yo hubiera llegado hasta él porque lo comprendo, pero
no lo alcanzo. Estos dedos viejos no me ayudan ni me ayudaron nunca, porque en
mi tiempo, hijita, no se usaba aprender con fundamento. Aprende, aprende tú
para que gobiernes en las notas, no vengan ellas a gobernarte a tí. Óyelo bien
y no lo olvides: éste es el único mando que da ventajas y no deja
remordimientos ni busca enemigos. ¡Sí! Tú hubieras gobernado en las notas y en
otros muchos reinos que no son de este mundo, Mamá Blanca, porque tú tenías
genio, nadie lo sospechó nunca, y fue sin duda esa ignorancia de la opinión
ajena la que purificó tu alma del más leve soplo de vulgaridad, como un nuevo
bautismo de belleza y de gracia.
Una mañanita de abril, muy temprano, como quien se marcha a una
excursión campestre, ante el suave concierto que formaban juntos el surtidor de
la pila y el piar de los pajaritos saltando sobre el alero, sin dolor ni
quejas, Mamá Blanca se fue dulcemente camino de aquel cielo que durante la vida
había tenido el buen cuidado de arreglar a su gusto: ¡tan propicio a la íntima
alegría! Ya dormida, sus labios entreabiertos por una inmóvil sonrisa, cantaban
a lo lejos en el coro de los Bienaventurados. Cuando el ataúd, ligero y florido
como su espíritu, pasó sin dificultad por la puerta del zaguán, el ángulo final
que se ofreció a la vista pareció exclamar desde la altura dirigiéndose a todos
los de adentro:
— ¡Adiós, hasta después, y dispensen la molestia!
Como tanto me lo había recomendado, una vez ya ausente me
apresuré a reclamar cierto manuscrito misterioso que se hallaba dentro de su
armario y en el cual, durante su vida y sus ratos perdidos, solía Trabajar
clandestinamente, como el niño que juega con objetos destinados a más graves
empleos. Sabiendo de antemano que estaría yo siempre de buen grado a la sombra
de su espíritu, me había dicho repetidas veces:
—Ya sabes, esto "es para ti. Dedicado a, mis hijos y
nietos, presiento que de heredarlo sonreirían con ternura diciendo: "
¡Cosas de Mamá Blanca!", y ni siquiera lo hojearían. Escrito, pues, para
ellos, te lo legaré a ti. Léelo si quieres, pero no lo enseñes a nadie. Me
dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo que se me ocurrió la
idea de encerrarlos aquí. Este es el retrato de mi memoria. Lo dejo entre tus
manos. Guárdalo con mi recuerdo algunos años más. Y guardado, en efecto, han
pasado por él varios años.
Siendo indiscreción tan en boga de publicar Memorias y
Biografías cortando aquí, añadiendo allá, según el capricho de biógrafos y
editores, no he podido resistir más tiempo a la corriente de mi época y he
emprendido la tarea fácil y destructora de ordenar las primeras cien páginas de
estas Memorias, que Mamá Blanca llamó "retrato de su memoria", a fin
de darlas a la publicidad. Como se ha visto, quien las escribió solo fue
célebre ante el afecto conmovido de mi alma. Esta es, sin duda, la única
originalidad que ofrecen sobre las demás. Mientras las disponía, he sentido la
mirada del público lector, fija continuamente sobre mí, como el ojo del Señor
sobre Caín. No es de extrañar que, perdida su primera Frescura, hayan adquirido
ya una pretensión helada y simétrica, condición fatal que rige casi todo texto
escrito destinado a la imprenta. Queriendo condensar y aspirando a corregir, he
realizado una siega funesta. Como bandada de mariposas perseguidas, las frases
originales han dejado sobre las viejas páginas sus pintadas alas: las alas de
la vida. En el nuevo manuscrito son muy pocas las que vuelan todavía. Sin
ejercer como yo la profesión de las letras, Mamá Blanca escribía con el
gracioso abandono de esos autores cuyas hojas de libro corren ligeras sobre los
años y nunca se marchitan.
Tal observación la había hecho ya más de una vez leyendo
sencillas cartas de personas que jamás aspiraron a entrar en el templo solemne
de la literatura, por lo cual he deducido con melancolía que esta necesidad
imperiosa de firmar un libro no es
hierba que nos brota por la fuerza del talento, sino quizá, quizá, por la
debilidad del espíritu critico de antemano que la mayoría de mis colegas y
lectores contemporáneos no han de reprocharme la poda hecha en terrenos de la
naturalidad y limpidez, sino acaso por lo que encierra de incompleta. Sensible
a la aprobación, tal seguridad me regocija. En nuestros días, el ingenio alerta
suele realizar en la sombra, entre formas desapacibles y a espaldas de la
naturaleza, obras de un esplendor hermético. Para llegar hasta ellas es preciso
forcejear mucho tiempo, hasta abrir siete puertas con siete llaves de oro.
Cuando se logra penetrar
en el último recinto, se contempla con extenuación un punto interrogante velado
y suspendido en el vacío. Por lo que me atañe puedo asegurar, con la dulce
satisfacción del deber cumplido, que he llevado siempre a exposiciones cubistas
y a antologías dadaístas, un alma vestida de humildad y sedienta de fe: lo
mismo que en las sesiones espiritas, no he visto ni oído a mí alrededor sino la
oscuridad y el silencio.
La escuela de lo hermético unida a la falta de tiempo, condición
que gobierna todas las horas de nuestros días, ha logrado colocar los placeres
del espíritu y las sonrisas de la idea al alcance de nadie. Creo que por medio
de esta alianza combinada con la multiplicación de las máquinas, se inicia la
etapa final de nuestra Redención, que consiste, a mi entender, en matar el
pensamiento con la fuerza hercúlea del pensamiento. Adán y Eva pecaron por
soberbia de la inteligencia. Como represalia, Dios encerró en ella la mayoría
de nuestros dolores y miserias.
Libre de la inteligencia y de sus goces maléficos, la humanidad
se verá libre de una especie de cofre lleno de serpientes. Como la muerte,
negación de todo malestar y nuestro principal castigo, solo es adversa por la
imagen horrible que la idea nos refleja obstinadamente en su espejo perverso,
roto el espejo, maldita entre las serpientes, perecerá la muerte y viviremos
por fin con la serena confianza de los vegetales y los dioses.
Mamá Blanca amaba la sana
alegría y buscaba con pasión la dicha ajena. Ante esta iniciativa de publicar
sus Memorias deformadas comprenderá sin duda que deseo llevar así mi granito de
arena al dichoso remate de nuestra Redención y aprobará conmovida.
Pero no. Escribiendo la frase final he visto acercarse a mi mesa
la sombra de la eterna viajera. Con la seña del silencio impresa sobre una
triste sonrisa ha susurrado a mi oído en tono de suave reprimenda:
— ¡Chst! basta de vanos argumentos. Hablas demasiado. ¿Por qué
no aprendiste con mi piano viejo a errar sin disculparte? Mi memoria retrataba
la vida que es desaliñada, graciosa y torcida. La exhibes corregida en una
forma que muy triste es asentiría: no la favorece. Después dé pecar por
desobediencia y temeridad, como la mujer de Lot, me has negado varias veces por
respeto humano, lo mismo que San Pedro. Podría decirte muy severamente:
"Vete y no peques más", si no fuese porque juzgo imprudente
anatematizar el pecado con demasiada violencia. proscrito del mundo, su
absoluta ausencia podría dejar tras él una aridez de desierto, pues, ¿qué
valdría ya la vida sin la gracia del perdón y la indulgencia?
BLANCA NIEVES Y COMPAÑÍA
Blanca Nieves, la tercera de las niñitas por orden de edad y de
tamaño, tenía entonces cinco años, el cutis muy trigueño, los ojos oscuros, el
pelo muy negro, las piernas quemadísimas de sol, los brazos más quemados aún, y
tengo que confesarlo humildemente, sin merecer en absoluto semejante nombre,
Blanca Nieves era yo.
Siendo inseparables mi nombre y yo, formábamos juntos a todas
horas un disparate ambulante que solo la costumbre, con su gran tolerancia,
aceptaba indulgentemente sin hacer ironías fáciles ni pedir explicaciones. Como
se verá más adelante, la culpa de tan flagrante disparate la tenía Mamá, quien
por temperamento de poeta despreciaba la realidad y la sometía sistemáticamente
a unas leyes arbitrarias y amables que de continuo le dictaba su fantasía. Pero
la realidad no se sometía nunca.
De ahí que Mamá sembrara a su paso con mano pródiga profusión de
errores que tenían la doble propiedad de ser irremediables y de estar llenos de
gracia. "Blanca Nieves" fue un error que a mis expensas, durante
mucho tiempo hizo reír sin maldad a todo el mundo. Violeta, la hermanita que me
llevaba trece meses era otro error de orden moral mucho mayor todavía. Pero eso
lo contaré más adelante. Básteme decir, por ahora, que en aquellos lejanos
tiempos mis cinco hermanitas y yo estábamos colocadas muy ordenadamente en una
suave escalerilla que subía desde los siete meses hasta los siete años, y que
desde allí, firmes en nuestra escalera, reinábamos sin orgullo sobre toda la
Creación. Esta se hallaba entonces encerrada dentro de los límites de nuestra
hacienda Piedra Azul, y no tenía evidentemente más objeto que el de alojarnos
en su seno y descubrir diariamente a nuestros ojos nuevas y nuevas sorpresas.
Desde el principio de los tiempos, junto a Mamá, presidida: por
Papá, especie de deidad ecuestre con polainas, espuelas barba castaña y
sombrero alón de jipijapa, vivíamos en Piedra Azul, cuyos fabulosos linderos
ninguna de nosotras seis habíamos traspasado nunca.
Además de Papá y de Mamá, había Eyelyn, una mulata inglesa de la
isla de Trinidad, quien nos bañaba, cosía nuestra ropa, nos regañaba en un
español sin artículos y aparecía desde por la mañana muy arreglada con su
corsé, su blusa planchada, su delantal y su cinturón de cuero. Dentro de su
corsé, bajo su rebelde pelo lanudo, algo reluciente y lo más liso posible,
Evelyn exhalaba a todas horas orden, simetría, don de mando; y un tímido olor
de aceite de coco.
Sus pasos iban siempre escoltados o precedidos por unos suaves
chss, chss, chss, que proclamaban en todos lados su amor al almidón y su
espíritu positivista adherido continuamente a la realidad como la ostra está
adherida a la concha. Por oposición de caracteres, Mamá admiraba a Evelyn.
Cuando ésta se alejaba dentro de su aura sonora con una o con dos de nosotras
cogidas de la mano, era bastante frecuente el que Mamá levantara los ojos al
cielo y exclamara dulce e intensamente en tono de patética acción de gracias y
cantando muchísimo las palabras, cosa que era en ella forma habitual e
invariable de expresar sus pensamientos:
— ¡Evelyn es mi tranquilidad! ¡Qué sería de mí sin ella! Según supe muchos años después, Evelyn,
"mi tranquilidad", se había trasladado desde Trinidad hasta Piedra
Azul, con el objeto único y exclusivo de que las niñitas aprendieran inglés.
Pero nosotras ignorábamos semejante detalle, por la sencilla razón de que en
aquella época, a pesar de la propia Evelyn no teníamos aún la más ligera
sospecha de que existiese el inglés,
cosa que a todas luces era una complicación innecesaria. En cambio, por
espíritu de justicia y de compensación cuando Evelyn decía indignada:
—Ya ensuciaste vestido limpio, terca, por sentarte en el suelo.
Nosotras no le exigíamos para nada los artículos, los cuales, al
fin y al cabo, tampoco eran indispensables.
Al lado de Evelyn, formando a sus órdenes una especie de estado
mayor, había tres cuidadoras que la asistían en lo de bañarnos, vestirnos y
acostarnos y se reemplazaban tan a menudo en la casa que hoy solo conservo
mezclados y vaguísimos recuerdos de aquellos rostros negros y de aquellos
nombres tan familiares como inusitados: Hermenegilda. . . Eufemia. . . Pastora.
. . Armanda.... independientes del estado mayor habia las dos sirvientas de
adentro: Altagracia, que servía la mesa, y Jesusita, que tendía las camas
"y le andaba la cabeza" a Mamá durante horas enteras, mientras ella,
con su lindo y ondulado pelo suelto, se balanceaba imperceptiblemente en la
hamaca.
En la cocina, con medio sacó viejo prendido en la cintura a
guisa de soplador, siempre de mal humor, había Candelaria, de quien Papá decía
frecuentemente saboreando una hallaca o una taza de café negro: "De aquí
se puede ir todo el mundo menos Candelaria". Razón por la cual los años
pasaban, los acontecimientos se sucedían y Candelaria continuaba impertérrita
con su saco y su latón, transportando de la piedra de moler al colador del
café, entre violencias y cacerolas, aquella alma suya eternamente furibunda.
Por fin más allá de la casa y de la cocina había el mayordomo,
los medianeros, los peones, el trapiche,
las vacas, los becerritos, los mangos , el río, las mariposas, los horribles sapos, las espantosas culebras
semilegendarias y muchas cosas más que sería largo de enumerar aquí.
Como he dicho ya, nosotras seis ocupábamos en escalera y sin
discusión ninguna el centro de ese Cosmos. Sabíamos muy bien que empezando por
Papá y Mamá hasta llegar a las culebras, después de haber pasado por Evelyn y
Candelaria, todos, absolutamente todos, eran a nuestro lado seres y cosas muy
secundarias creadas únicamente para servirnos. Lo sabíamos las seis con entera
certeza y lo sabíamos con magnanimidad, sin envanecimiento ninguno. Esto
provenía quizá de que nuestros
conocimientos, siendo muy claros y muy arraigados, estaban limitados a
nuestros sentidos, sin que jamás se aventuraran a traspasar por soberbia o
ambición las fronteras de lo indispensable. Tan cierto es que los conocimientos
vanos crean los deseos vanos y crean las almas vanas! Nosotras, al igual de los
animales, carecíamos amablemente de unos y de otros.
Nuestra situación social en aquellos tiempos primitivos era,
pues, muy semejante a la de Adán y Eva cuando, señores absolutos del mundo,
salieron inocentes y desnudos de entre las manos de Dios. Solo que nosotras
seis teníamos varias ventajas sobre ellos dos. Una de esas ventajas consistía
en tener a Mamá, quien, dicho sea imparcialmente, con sus veinticuatro años,
sus seis niñitas y sus batas llenas de volantes eran un encanto. Otra ventaja
no menos agradable era la de desobedecer impunemente comiéndonos a escondidas,
mientras Evelyn almorzaba, el mayor número posible de guayabas sin que Dios nos
arrojara del Paraíso cubriéndonos de castigos y de maldiciones.
El pobre Papá, sin
merecerlo ni sospecharlo, asumía a nuestros ojos el papel ingratísimo de Dios.
Nunca nos reprendía; sin embargo, por instinto religioso, rendíamos a su
autoridad suprema el tributo de un terror misterioso impregnado de misticismo.
Por ejemplo: si Papá estaba encerrado en su escritorio y
nosotras las cinco, que sabíamos andar ignorando este detalle, nos sentábamos
en el pretil contiguo a aquel sanctasanctórum y allí en hilera levantando a una
vez todas las piernas gritábamos en coro: "Riquiriqui riquirán, los
maderos de San Juan.. . Una voz poderosa y bien timbrada, la voz de Papá,
surgía inesperadamente de entre los arcanos del escritorio:
— ¡Que callen a esas niñas! ¡Que las pongan a jugar en otra
parte! Enmudecidas como por ensalmo, nos quedábamos inmóviles durante unos
segundos, con los ojos espantados y una mano extendida en la boca hasta salir
por fin, todas juntas, en carrera desenfrenada hacia el extremo opuesto del
corredor, como ratones que hubiesen oído el maullido de un gato.
Por el contrario: otras veces nos subíamos en el columpio que
atado a un árbol de pomarrosas tendía sus cuatro cables frente a aquel ameno
rincón del corredor donde entre palmas y columnas se reunían la hamaca, el
mecedor y el costurero de Mamá. En pie todas juntas en nuestro columpio,
agarrándonos a sus cuerdas o agarrándonos unas a otras, no mecíamos lo más
fuertemente posible, saludando al mismo tiempo la hazaña con voces y gritos de
miedo. Al punto, esponjadísima dentro de su bata blanca cuajada de volantes y
encajitos, asistida por Jesusita, con el pelo derramándose en cascadas y con la
última novela de Dumas padre en la mano, del seno de la hamaca surgía Mamá:
— ¡Niñitas, por amor de Dios: no sean tan desobedientes!
— ¡Bájense dos o tres por lo menos de ese trapecio! ¡Miren que
no puede con tantas y que se van a caer las más chiquitas! ¡Bájense, por Dios;
háganme el favor, bájense ya! ¡No me
molesten más! ¡No me mortifiquen!
Nosotras, arrulladas por
tan suaves cadencias y prolongados calderones, tal cual si fueran las notas de
un cantar de cuna, seguíamos marcando a su compás nuestro vaivén: Arriba. . .,
abajo. . . , arriba. . . , abajo. . . , y encantadas desde las cumbres de
nuestro columpio y de nuestra desobediencia enviábamos a Mamá durante un rato
besos y sonrisas de amor, hasta que al fin, atraída por los gritos, llegaba
Evelyn y: chss, chss, chss, se acercaba al columpio, lo detenía y así como se
arrancan las uvas de un racimo maduro nos arrancaba una a una de sus cuerdas y
nos ponía en el suelo.
Cuando Mamá se iba a Caracas en una calesa de dos caballos,
acontecimiento desgarrador que ocurría cada quince o dieciséis meses, para
regresar al cabo de tres semanas de ausencia, tan delgada como se había ido
antes y con una niñita nueva en la calesa de vuelta, tal cual si en realidad la
hubiera comprado al pasar por una tienda, cuando Mamá se iba, digo, durante
aquel tristísimo interregno de tres y hasta más semanas, la vida, bajo la
dictadura militar de Evelyn, era una cosa desabridísima, sin amenidad ninguna,
toda llena de huecos negros y lóbregos como sepulcros.
Pero cuando en las mañanas, a eso de las nueve, llegaba el
muchacho de la caballeriza, conduciendo a Caramelo, el caballo de Papá, y éste,
a lo lejos, sentado en una silla con una pierna cruzada sobre la otra se
calzaba las espuelas, nosotras nos participábamos alegremente la noticia:
— ¡Ya se va! ¡Ya se va!
Ya podemos hacer riquiriquí en el pretil.
Decididamente entre Papá y nosotras existía latente una mala
inteligencia que se prolongaba por tiempo indefinido. En realidad no solíamos
desobedecerle sino una sola vez en la vida. Pero aquella sola vez bastaba para
desunirnos sin escenas ni
violencias durante muchos años.
La gran desobediencia tenía lugar el día de nuestro nacimiento. Desde
antes de casarse, Papá había declarado solemnemente:
—Quiero tener un hijo varón y quiero que se llame como yo Juan
Manuel.
Pero en lugar de Juan Manuel, destilando poesía, habían llegado
en hilera las más dulces manifestaciones de la naturaleza: "Aurora";
"Violeta"; "Blanca Nieves"; "Estrella";
"Rosalinda"; "Aura Flor"; y como papá no era poeta ni tenía
mal carácter, aguantaba aquella inundación florida con una conformidad tan
magnánima y con una generosidad tan humillada, que desde el primer momento nos
hería con ellas en lo más vivo de nuestro amor propio y era irremisible: el
desacuerdo quedaba; establecido para siempre.
Sí, mi señor don Juan Manuel, tu perdón silencioso era un gran
ofensa, y, para llegar a un acuerdo entre tus seis niñitas y tú, hubiera sido
mil veces mejor el que de tiempo en tiempo que manifestaras tu descontento con
palabras y con actitudes violentas. Aquella resignación tuya era como un árbol
inmenso que hubieras derrumbado por sobre los senderos de nuestro corazón. Por
eso no te quejes si, mientras te alejabas bajo el sol, hasta perderte allá
entre las verdes lontananzas del corte de caña, tu silueta lejana, caracoleando
en Caramelo, coronada por el sombrero jalón de jipijapa, vista desde el pretil,
no venía a ser más sensible a nuestras almas que la de aquel Bolívar militar,
quien a caballo también, caracoleando como tú sobre la puerta cerrada de tu
escritorio, desde el centro de su marco de caoba y bajo el brillo de su espada
desnuda, dirigía con arrogancia todo el día la batalla gloriosa de Carabobo.
VIENEN VISITAS
Espero que ninguno de ustedes, se haya reído, al escuchar la
lista de nuestros nombres, lista incompleta, puesto que en el momento histórico
a que me refiero no se había terminado todavía. Reírse de nuestros nombres por
muy risibles que sean indicaría poco espíritu de adaptación. Es cierto que a
nosotras casi nunca nos quedaron buenos, pero en cambio a Mamá, nacida por el
año 1831, le quedaban todos admirablemente. Al bautizarnos se adornaba con
ellos como si fueran encajes o lazos de cinta, y se contemplaba después a cada
rato llena de satisfacción. Porque Mamá era bonita, Mamá era presumidísima y
con permiso de ustedes, señores clásicos simbolistas y futuristas, Mamá era una
romántica avanzada de la más pura estirpe. Le encantaban las flores
artificiales, el terciopelo aunque hiciera calor, el crujido de la seda, y
cualquier libro, prosa o verso, en donde las metáforas se ahuecaran unas tras
otras muy ordenadamente, como se ahuecan los borreguitos de nube en los cielos
azules del verano. Casi lloraba de nostalgia y de melancolía al recitar aquello
de:
Cuánto amor, Adela mía,
aquí un día
me juraste y te juré.. .
Mamá tenía el alma llena de cursilerías deliciosas. Eran ellas
su principal encanto. Transparentes como el agua, como frutas maduras se
ofrecían cándidamente al alcance de la mano. Por eso más que por nada, diferían
de las cursilerías futuristas, pongo por caso, que se encierran con llave,
soberbia y cobardemente, dentro de las fortalezas inexpugnables de un
esoterismo pedregoso, y allí, sin que nadie vaya nunca a decir los buenos días,
se mueren solas de orgullo y de inanición.
Mamá era, pues, una romántica sin cobardía y sin saberlo. De
obedecer a mi natural impulso, mirándola pasar allá, por el lejano país de mis
recuerdos, con su bata blanca, su abanico de paja, y sus lazos azules o
rosados, no diría de ningún modo que ella trató nunca de imitar a los
románticos; afirmaría, por el contrario, que los románticos trataron siempre de
imitarla a ella. Yo creo que como el tabaco, la pina y la caña de azúcar, el
Romanticismo fue una fruta indígena que creció dulce, espontánea y escondida
entre las languideces coloniales, y las indolencias del trópico hasta fines del
siglo XVIII. Hacia esa época, Josefina Tascher, sin sospecharlo, tal cual si
fuera un microbio ideal, se lo llevó enredado en los encajes de una de sus
cofias, contagió así a Napoleón, en aquella forma aguda que todos conocemos y
poco a poco las tropas del Primer Imperio, secundadas por Chateaubriand,
propagaron la epidemia a todas partes.
Digan lo que quieran,
búrlense o no, yo aseguro que Mamá y Napoleón se parecieron mucho. ¿Hay algo si
no más semejante al afán inmoderado con que Napoleón iba sentando a sus
hermanos uno a uno en los más encumbrados tronos de Europa que aquel otro afán,
inmoderado también, con que Mamá, una a una, iba sentando a sus niñitas en las
más afamadas obras de la Creación? Ser Estrella, Aurora o Blanca Nieves, ¿no
equivale mil veces, desde cierto punto de vista, a ser rey de España, de
Napóles o de Holanda? Solo que la pobre Mamá emprendía la conquista de sus
tronos sin arreos militares y sin sacrificios de vidas.
Se iba, como he dicho ya,
caminando muy poco a poco, en una calesa de dos caballos, con su crinolina
anchota de tafetán, su manteleta de muselina y una capotica llena de cerezas,
que ataba bajo la barba con un gran lazo de cinta. Al arrancar el coche, sacaba
una mano que tenía un mitón de seda y pronunciaba así su única arenga:
— ¡Adiós, mis amores! ¡Adiós, mis linduras! ¡Obedezcan mucho!
¡Pórtense todas muy bien, que yo vuelvo a la tarde y les traeré caramelos!
¡Ah, su obra de paz había de ser mucho más duradera, y nuestros
reinados, que nunca fueron frutos de la usurpación, iban a dilatarse
suavemente, ignorados y felices a lo largo de nuestras diversas existencias!
De tiempo en tiempo llegaban visitas a Piedra Azul. Visitas que
venían a almorzar, o visitas que venían a pasar algunos días. Estas últimas
eran por lo común tíos, primos o amigos íntimos de Papá y Mamá, viejas
amistades en suma, cuyos rostros familiares no llegaban a asustarnos. Pero
¡iay! las visitas que venían a almorzar.
Aquello era terrible. Empezaba porque Evelyn nos bañaba y nos
vestía a todas desde muy temprano, y después de recomendarnos varias veces muy
severamente que no jugáramos con tierra, ni nos entretuviéramos en meter un pie
dentro del barreño de beber las gallinas, para mayor seguridad acababa por
encerrarnos en una gran pieza esterada entre cuyos ámbitos nuestra limpieza
quedaba firmemente garantizada.
Allí, en la feliz ignorancia de lo que nos esperaba, dentro de
unos pantalones que avanzaban con insolencia y candor hasta la orilla de las
botas, y unas faldas tiesas y anchísimas mucho más cortas que los pantalones,
tal cual si fuéramos un rebaño de azucareras o de compoteras invertidas, nos
paseábamos con orgullo de un lado a otro. Por fin llegaban las visitas. Al
divisarlas, corríamos todas a ponernos de espaldas en un rincón; la frente
obstinadamente adherida a la pared, o nos cubríamos el rostro con los brazos
cruzados y apretadísimos en actitud de supremo pudor que nadie elogiaba. Mamá
decía cantando y calderoneando más que nunca:
— ¡Si es que son unas montunas! ¡Son unas mismas salvajes! ¡Le
tienen pena a sus propias sombras!
¡Figúrense que nunca han salido de la hacienda!
Yo no sé cuál de las dos cosas nos impresionaba más: si el
espectáculo aterrador de aquellos rostros desconocidos, que nos hablaban
sonriendo y querían a toda costa besarnos y vernos la cara, o si la actitud
inusitada que desde el primer momento, al solo anuncio de las visitas asumía
Mamá, ¡Ah, es que Mamá era el colmo de la amabilidad!
Su don de gentes, contenido de ordinario dentro de los cuatro
corredores de la casa de Piedra Azul, se desbordaba impetuoso a la primera
oportunidad y era sencillamente un torrente, un diluvio universal de finuras,
sonrisas, obsequios y cumplidos. Al igual que nosotras, ella también se vestía
desde temprano, y agitadísima empezaba a recorrer la casa descubriendo manchas
a diestra y siniestra, cambiando los tapetes de las mesas y poniendo ramos de
flores en todas partes.
Papá era el único que permanecía impasible con el mismo vestido
y el mismo aspecto de todos los días. Sentado en un mecedor, contemplando la
agitación y el continuo arreglarse de Mamá, entre serio y sonriente, entre
nervioso y burlón, comentaba así aquella especie de representación teatral:
— ¡Ya empiezan, ya empiezan las monerías! Contigo no sería de
extrañar, Carmen María, que el día menos pensado las visitas se encontraran con
un ramo de flores, un paño bordado y un plato de dulces en... Y Papá nombraba
un lugar de la casa que no suele mencionarse en sociedad, como estamos nosotros
ahora. Pero Mamá no tomaba en cuenta las ironías de Papá. Su amabilidad firme y
bien asentada tenía raíces demasiado hondas, para que burlas e ironías llegasen
a rozarla siquiera.
Mamá era amable por generosidad de alma, era amable por
adornarse a sí misma, y era amable además porque, teniendo quince años menos
que Papá, no había descubierto todavía que en las batallas de amabilidad, como
en todas las batallas, es mucho más airoso el enviar que el recibir y que el
más amable abusa horriblemente de su contrincante al tomar para sí la mejor
parte. Después de habernos obstinado pudorosamente en que las visitas no nos
vieran la cara, cuando estábamos bien convencidas de que nadie se ocupaba ya de
nosotras, corríamos a escondernos tras una de las puertas de la sala, y allí,
ignoradas de todos, entre risas o suspiros apagados, contemplábamos a nuestro
sabor la representación. Aseguro a ustedes que no era un espectáculo trivial el
de ver a Mamá, llena de lazos, con la boca florecida de cumplidos, y los ojos
levantados al cielo, sirviendo poco a poco, de un jarro de cristal, en donde
flotaban cortezas de pina, unas doradas copas de guarapo fuerte , que iba
distribuyendo después entre languideces y sonrisas. Las visitas las tomaban con
sus manos, las probaban con la punta de los labios y en lugar de decir con
desabrimiento y pretensión, como se dice ahora:
—Este cocktail de champagne es delicioso—declaraban llenos de
nobleza y sencillez:
—Este guarapo fuerte está magnífico.
Mamá, encantada, insistía naturalmente para que bebieran más, y
eran tales las insinuaciones, y tantas
las sonrisas, que por lo que a mí respecta confieso sinceramente que tenía
ganas de llorar a gritos. Me dolía muchísimo el comprobar por la rendija de la
puerta aquel amor desmedido que Mamá profesaba a las visitas, y sentía una
necesidad violenta de desahogar mis celos entre gemidos y lágrimas. A casi
todas mis hermanitas les pasaba lo mismo.
De modo que junto a aquella alegría general que en la sala
encendía y avivaba la inocencia del guarapo fuerte, sin que nadie lo supiese,
tras de la puerta entornada, palpitaba un drama: el olvidado rebaño de
compoteras sufría en silencio con un gran dolor hondo lleno de decepción y de
sorpresa.
Mucho más que en su propia persona, la vanidad de Mamá había
fijado su asiento en nuestras seis cabezas. Al decir "cabezas" no
incluyo de ningún modo en esta palabra la parte anterior o rostro, sino que me
refiero únicamente a aquella parte superior y posterior que en las personas
suele estar cubierta de cabellos. Por los rostros, las cosas no anduvieron
siempre muy en orden: había naricitas respingadas, ojos que podían haber sido
más grandes, pestañas no muy largas y alguna que otra boca medio sin gracia. Pero
si se pasaba de la frente, lo que venía después era siempre un montón de
variadas maravillas. La vanidad de Mamá tenía allí mucho de donde agarrarse.
Había quien llevaba sobre su persona una maraña adorable de seda
bronceada; quien tenía la cabeza literalmente cuajada de sortijas brillantes y
negras como azabaches; quien parecía un mismo carnerito de oro y a quien le
llovía continuamente sobre la nuca, las orejas y la frente una tempestad de
crespitos castaños.
Cuando aparecían las visitas y nosotras, como he contado ya por
cubrirnos el rostro, presentábamos al público todo el pelo, no realizábamos
quizá un acto de cortesía, pero estoy en cambio segurísima de que realizábamos
por instinto, en secreto y misterioso acuerdo con Mamá, un acto de sabia
presunción. La gente decía trémula de sincero entusiasmo:
— ¡Qué cabezas tan divinas, y todas diferentes! ¡Si parecen un
coro de querubines!
Por toda contestación, nosotras nos cubríamos más y más el
rostro. Ante el esfuerzo, las sortijas, bucles, marañas y crespitos temblaban
tornasolados pregonando en nombre de los rostros bellezas sin cuento, que en
realidad no existían. Al explotar así la curiosidad y la credulidad del
público, nos hacíamos con habilidad, en un instante, al igual de los artistas e
industriales modernos, un renombre muy superior al merecido por nuestras
perfecciones. Las visitas, en efecto, acababan diciendo:
— ¡Qué criaturas tan lindas!
Y se iban muy convencidas sin haberlo comprobado. Mamá, bañada
en agua de rosas, respondía con frases desbordantes de falsa modestia y al
final, sin dar a la cosa la menor importancia, declaraba esto:
—Sí. Es verdad que tienen el pelo sedoso y crespo. Y han de
saber ustedes que es enteramente natural. La única que lo tiene un poco menos
rizado es Blanca Nieves, aquélla, la más trigueñita..., pero sus crespos. ..,
¡también son naturales!
La primera frase era verdadera. En la última mi querida Mamá
mentía de un modo descarado y enternecedor. Es cierto que la pobre comenzaba
por encerrar tímidamente su mentira en la forma discreta del eufemismo, lo cual
no deja de ser un homenaje a la verdad, y es cierto, además, que, como alguien
ha dicho, "el primer deber de toda mujer es el de aparecer hermosa".
Al esforzarse ella en cumplir por mí mi primer deber, no podía cometer, pues,
una acción reprochable, al contrario. No lo digo por disculparla: su acto era
digno de elogio, tanto más si se considera aquella serie de esfuerzos
admirables y cotidianos, ¡tan conocidos por mí! que su mentira encubría.
En lo tocante al cabello, la naturaleza, tan pródiga con mis
hermanitas, se había conducido conmigo, solo conmigo, lo mismo que una
madrastra cruel, injusta y caprichosa. Pero como Mamá era madre, la tenía
retada a una lucha sin cuartel que se renovaba todas las mañanas. Por las
tardes, de dos a tres, la madrastra quedaba vencida y burlada. Si venían
visitas, quedaba burlada y vencida desde las once de la mañana, y mí pobre
cabello negro, en el cual no existía la más leve sospecha de una onda, por
virtud del milagro maternal, ante las miradas extrañas, temblaba con gracia e
hipocresía distribuido en menudos crespitos, tan enroscados como los de todo el
mundo, ¡y a ver si quien no estuviera en el secreto sabía distinguir cuáles
eran los falsos y cuáles los verdaderos!
Mamá sufría por la gran injusticia de la cual era yo escondida
víctima. Sufría también por los minuciosos engaños que le imponía la tal
injusticia, pues no era ella persona que gustase de mentir a toda hora por
vicio o costumbre. No. Solo lo hacía con entera sencillez y naturalidad en los
casos en que, como éste, la mentira venía a ser indispensable.
Para luchar contra la lisura de mi cabello, Mamá desplegaba un
ardor y una perseverancia admirables.
Sin embargo, como a todo gran luchador, a ella también la acometía de pronto el
desaliento. A veces, instalada conmigo frente al espejo, antes de ejecutar en
mi pelo aquella serie de artes y oficios que voy a enumerar, apagados por un
segundo ardor y perseverancia, con una voz lastimera y con el peine y la mano
desmayados sobre su falda, me hacía en pleno decaimiento esta especie de
reproche:
— ¿Pero, de dónde sacarías tú el pelo tan liso, Blanca Nieves,
mi hijita querida?
Como yo no sabía en absoluto de dónde lo había sacado,
considerándome culpable, me excusaba tímidamente respondiendo con la misma
pregunta y con la misma dulzura en la voz:
— ¿Y de dónde lo sacaría de verdad, Mamaíta?
Si Mamá sufría que yo tuviera el pelo liso, y sufría mil veces
más de que ella se empeñara en encrespármelo así, contra viento y marea. Aquel
inmoderado interés por mi cabello cautivaba entre sus garras gran parte de mi
tiempo y al suspenderse temible a ciertas horas del día sobre mi cabeza
¡nocente y desondulada, cohibía mi libertad y emponzoñaba mis juegos. A cada
rato me perecía oír aquella frase matinal, solemne e inexorable como una
sentencia:
—Blanca Nieves, ven a cogerte los moñitos.
O ésta, meridiana, solemne e inexorable como otra sentencia:
—Ven, Blanca Nieves para hacerte los crespos.
Y las dos frases se sucedían regular y diariamente como la
revolución solar. A más de aquella presunción, vanidad o amor a la propia
belleza, fuerzas muy considerables y ya mencionadas, Mamá estaba animada por
una fuerza mucho más formidable aún: la fe. Sí, señores, la fe. Mamá creía en
el "bejuco de cadenas". Es decir, que contra toda evidencia ella sabía muy bien que la
reconocida eficacia de dicho encadenado bejuco acabaría por rizar mi cabello en
un porvenir cercano y en forma natural o permanente.
Esto me perdía. De allá, de muy arriba en la montaña iban
expresamente todas las semanas a bajarle su adorado bejuco, el cual llegaba con
un rico olor a monte y a tierra húmeda, tan grato como amenazador. Desafiando
valientemente las furias de Candelaria, Mamá se iba a la cocina, lo ponía en
una cacerola, le echaba agua, lo hervía y sacaba aquel té claro, que destinado
a empaparme la cabeza durante ocho días consecutivos, quedaba depositado en un
tazón, hasta el advenimiento de un nuevo bejuco y la elaboración de un nuevo
té.
Era por lo general así, armada con el tazón, el peine y un
sinfín de maripositas de papel como solía pronunciar en la mañana su importuna
sentencia. Era inútil el que mi pelo y yo demostrásemos todos los días
palpablemente la nulidad desoladora del bejuco de cadena. Ella seguía
comprobando impertérrita los progresos de unas ondas numerosas e imaginarias. Y
es que al amar con tantísima ternura mi desheredado pelo, resultaba natural que
el alma dulce y mística de mi Mamaíta esperara confiada en la misericordia del
bejuco de cadena. Aquello era, en suma, una especie de religión y yo era la
víctima expiatoria, que ella, al igual de Abraham, sacrificaba con valor en
aras de mi belleza.
Me parece que acabo de exagerar un poco al hablar de los crueles
sacrificios que a los cinco años me imponían mis crespos fingidos, o lo que es
lo mismo, mi arduo deber de aparecer hermosa. Tengo ciertos escrúpulos. Creo
que me he dejado llevar por ese prurito tan común a todo el mundo: el deseo de
brillar. He querido brillar por el sufrimiento y exaltarme en la compasión de
ustedes. En el fondo no merezco tal exaltación. Mi pelo liso me imponía
sacrificios, es cierto, pero si me los imponía, era para regalarme luego ratos
de exquisito coloquio con personajes interesantísimos llenos de belleza física
y de encantos morales.
Andando por los ásperos
senderos de mi pelo liso, fue como encontré al amanecer a Nuestra Señora, la
amable poesía. Aunque ni entonces ni después debía yo cubrirme familiarmente
con su propio manto, ella me sonreía ya, bondadosa, desde lejos, y en
contestación, desde lejos también, yo le sonreía. La mutua y discreta sonrisa
dura todavía.
He aquí cómo ocurrían las cosas y cómo a la amargura de la
privación sucedían las dulzuras de una escondida abundancia.
A eso de la una de la tarde, mientras Evelyn almorzaba, nosotras
aprovechábamos aquel resquicio de libertad para divertirnos lo más posible.
Frente a la casa, bajo los árboles, ante la distraída vigilancia de Mamá,
comíamos furtivamente guayabas y pomarrosas jugando al mismo tiempo a "la
candelita". Sentada en un mecedor del corredor de la casa, absorta en un
libro, con su abanico de paja en movimiento, Mamá levantaba de tiempo en tiempo
los ojos y nos veía. En realidad era yo quien, sin parecer, la observaba a ella
con atención e inquietud. De pronto, cerraba el libro y gritaba, en efecto:
— Blanca Nieves, ven a hacerte los crespos.
Pero Blanca Nieves nunca oía. Su cabeza, que, desde por la
mañana, erizada de claros papillotes, parecía una alcachofa salpicada de salsa
blanca, corría de árbol en árbol pidiendo aquí y allá "una
candelita". Mamá esperaba pacientemente que la alcachofa se acercara un
poco para repetir en voz más alta: Blanca Nieves, ¿estás sorda? ¡Qué vengas a
hacerte los crespos!
Como las personas sordas no responden ni vuelven nunca la cabeza
cuando se las llama, la erizada alcachofa seguía de espaldas a todo correr
mordiendo una guayaba e implorando candelita. Mamá esperaba de nuevo unos
segundos para tomar resueltamente su voz de queja:
— ¿Hasta cuándo me molestas, Blanca Nieves? ¿Hasta cuándo me
desesperas?
Y cantando melodiosamente su desesperación se abanicaba y se
mecía con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Era lo mismo que en
las antiguas óperas italianas. Pero por desgracia mía y honor de la vejada
obediencia, la ópera no duraba nunca más de cinco minutos. Llena de ruidos
sordos, Evelyn invadía el lugar y apagando con los vendavales de su falda
almidonada toda candelita, me agarraba de un brazo y me llevaba a presencia de
Mamá. Sea que por temperamento nunca me halagaron las aparatosas manifestaciones
de la rebeldía, sea que me parecieran contrarias a mi dignidad, sea, en fin,
que en aquellas circunstancias las juzgase inútiles, bajo la presión de la mano
de Evelyn en mi brazo, mi cuerpo caminaba sin hacer resistencia. Pero mi alma
independiente, mi alma intangible, a quien Evelyn no podía agarrar por un
brazo, ¡resistía! Ella sí se quedaba un buen rato más junto a los árboles,
comiéndose su guayaba y pidiendo su candelita, mientras mi cabeza malhumorada y
muda bajo los mil papillotes, allá en el cuarto de Mamá, se entregaba
estoicamente entre sus manos.
"No hay rosas sin espinas", suelen decir. Es muy
cierto. Fiel a este conocido aforismo, olvidada de la rosa, todos los días,
comenzaba por herirme con las espinas, para luego, sorprendida y feliz,
inclinarme, coger la rosa a manos llenas, y aspirar encantada su perfume. Esta
poética imagen se renovaba día tras día sin que la experiencia se dignara
intervenir.
Para peinarme Mamá se instalaba en una silla alta, y a mí me
sentaba delante de ella en un taburete. Sus rodillas me servían de respaldo y
al hablar nos mirábamos los rostros en el gran espejo que en frente y cerca de
las dos reflejaba el grupo entero. No bien las manos blancas revoloteando en mi
cabeza empezaban a deshacer moñitos, cuando un poco más arriba los labios
rompían a contar un cuento. Era una costumbre consagrada. El peine entraba
cantando en el pelo, ya escarmenado por la mañana, la voz llena de imágenes
cantaba entre los labios y pronto, al doble reclamo, el alma rezagada y terca
regresaba quedo, se posaba también sobre el espejo, y como barca en el río, se
dejaba llevar por el relato, dulcemente, corriente abajo, entre dos orillas de
amenos paisajes. La despreciable candelita y las viles guayabas se quedaban
decididamente muy atrás.
Mientras el regazo de Mamá se iba llenando de papillotes mustios
mi cabeza florecía en crespitos y mi corazón generoso deseaba alojar en mí no
una sola alma, sino diez o doce para llevarlas todas juntas por tan deliciosos
parajes.
Yo creo sin pretensión y sin asegurarlo que Mamá fue un buen
poeta. Solo que en vez de alinear sus versos en páginas impresas, destinadas
quizá a manos profanas, cosa que hacen casi todos los poetas, ella encerraba
los suyos con gracia y originalidad, en estrofas de crespitos. Su público no
era nutrido, puesto que se componía de mí y de mi imagen reflejada en el
espejo, pero era tan atento, vibraba tan al unísono con el alma de la frase que
el arte poético y narrativo de Mamá podía darse por muy satisfecho: su objeto
quedaba colmado plena y triunfalmente. ¿Qué importa en efecto el número de los
que se acercan a compartir una emoción? Un millón o uno solo es lo mismo. El
caso es sentir que la emoción creada ha sido intensamente compartida y el más
bello de los poemas merecería haberse escrito para un solo buen lector. En lo
tocante a los relatos de Mamá yo era ese único, excelente lector o complemento.
Debo confesar que los personajes y sucesos de tales relatos no
eran nunca origínales. De labios de Mamá surgían en variada sucesión: cuentos
de hadas, relatos mitológicos, fábulas de Samaniego y de La Fontaine, romances
de Zorrilla, trozos de historia sagrada, novelas de Dumas padre y el tierno
poema de Bernardin de Saint Pierre, Pablo y Virginia. La pobre Mamá, que por su
vida aislada y campesina era bastante "leída", como suele decirse,
echaba mano de cuanto su memoria tenía al alcance. Yo me encargaba luego de
imprimir unidad al conjunto. En mis ratos de ensueño, al hacer revivir con
entusiasmo los más notables hechos, invitaba a mis torneos espirituales a
aquellos personajes que juzgaba más nobles o interesantes. Como nadie decía no,
en mis libres adaptaciones se veía por ejemplo a Moisés vencido por D’Artagnan
o a la dulce Virginia naufragando tristemente en el arca de Noé y salvada de
pronto, gracias a los esfuerzos heroicos e inesperados de la Bella y la Fiera.
La brusca interrupción de mis juegos, o sea el paso de los placeres deportivos
a los placeres líricos, resultaba desagradable a mi sensibilidad y encendía en
mi alma como ya se ha visto un vivo y fugaz mal humor. Era un malhumor
arrogante y lleno de autoridad.
Mientras mi persona se sentaba en el taburete, él dictaba sus
leyes y si consentía en entregar mansamente a Mamá la posesión material de mi
cabeza era a trueque de asegurarse la
posesión moral y absoluta de la de ella. Las leyes dictadas eran tan
terminantes como difíciles de prever:
—Quiero que me cuentes hoy, Mamá, un cuento nuevecito en donde
salga un caballo blanco, pero que no me lo hayas contado ni una sola vez.
Mamá tenía que lanzarse a todo correr, memoria arriba, en busca
de un cuento enteramente nuevo, al cual se le pudiera enganchar un caballo
blanco.
Otras veces sentía yo el deseo de vagar a paso lento entre
alamedas familiares sumergidas en la melancolía del recuerdo y frecuentadas por
rostros amigos a quienes poder saludar y sonreír. Exigía entonces "un
cuento viejo" e imponía de antemano tiránicas, reformas, las cuales
respondían a los diversos estados o anhelos de mi espíritu.
Tenía yo reservados para
ciertos días mis dos cuentos preferidos, cuyos principales actores he
mencionado ya. Era uno "La Bella y la Fiera"; el otro mi verdadero
favorito, era Pablo y Virginia, llamado con otro nombre "El cuento de los
dos niñitos". Gracias al arte de Mamá, en estos dos relatos, la ficción se
mezclaba armoniosamente con la realidad, prestándose una a otra en feliz
equilibrio tesoros de poesía y realismo. Mi imaginación podía correr así por
caminos fantásticos llenos de sitiales en donde apoyarse y reconocer la verdad.
Pablo y Virginia, verbigracia, tenían como escenario de sus tristes amores
nuestra misma hacienda Piedra Azul.
La cabaña de Virginia se alzaba en una colina denominada
"el peñón", que yo podía contemplar desde mi taburete por la ventana
abierta del cuarto de Mamá, con solo ladear ligeramente la cabeza. En cuanto a
la de Pablo, erigida un poco más allá, dominaba un conuquito de maíz que solo
se distinguía desde el corredor principal de la casa. Muchas veces, con media
cabeza encrespada y media con papillotes, me levantaba un instante para echarle
un vistazo al conuco de Pablo y volvía
apresurada a ocupar mi taburete a fin de que sin mayor interrupción continuara
el relato. En lugar de embarcarse rumbo a Francia, palabra pretenciosa de
oscura significación, Virginia, llena de naturalidad, se iba a Caracas en una
calesa igual a la de Mamá. A su regreso naufragaba de un modo doloroso por
haber atravesado el río crecido. Difícilmente podría describir hoy hasta qué
punto aquel naufragio fatal me destrozaba el alma. Las circunstancias precisas
del lugar aumentaban vivamente la intensidad dramática. El escenario familiar
prestaba a los hechos el prestigio augusto de la historia. Consagrados así, la
colina, el conuquito y el río, eran en adelante a mis ojos objetos venerables a
los cuales concedía continuamente miradas de devoción y de cariño.
Si la Bella y la Fiera cautivaban también mi simpatía y
derramaban en mi alma un torrente de dulzura, era por razones análogas. La
descripción de la Fiera que se componía de rabo, pelo negro, un par de orejotas
y dos colmillos afiladísimos, con los cuales roía huesos y comía carne cruda,
venía a ser punto por punto el retrato vivo de Marquesa nuestra perra de
Terranova, especie de hermana mayor llena de bondades a quien todas nosotras
queríamos tiernamente. Cuando llegaba el momento de describir la Fiera a mí no
se me pasaba nunca el preguntar conmovida:
—Era así como Marquesa, ¿verdad Mamá?
Mamá comprendía la necesidad urgente de mi corazón y la
satisfacía generosamente:
— Sí, era idéntica a Marquesa.
El amor humilde, inmenso y sin esperanza de la Fiera por la
Bella me enternecía extraordinariamente. Aquella pasión en la cual mi amistad
estaba directamente interesada como ya se ha visto, era tanto más emocionante
cuanto más desigual y nefasta a la Fiera. Por esta razón el verdadero desenlace
del cuento me desagradaba y desde mucho tiempo atrás había impuesto sobre el
particular severas reformas. Permitir que la Fiera se convirtiera en Príncipe
antes de casarse con la Bella me parecía indigno y me perecía además una
inconsecuencia sin nombre para con la pobre Marquesa. El noble impulso de la
Bella quedaba por otro lado rebajado al nivel de lo común; en una palabra,
aquellas bodas principescas y brillantes me resultaban antipáticas y de una
trivialidad despreciable.
Quizás obedeciera en esto al sentimiento natural del público,
que solo aplaude sinceramente el amor, cuando el amor se esconde discreto
dentro de a pobreza, la insignificancia o la mediocridad. A las bodas que
apadrina la pobreza el público asiste siempre con el alma desbordante de
generosos deseos y en los presentes que allí envía suele enlazar, feliz y
estrechamente, los nobles impulsos del corazón y las amables ventajas de la
economía. Sobre este particular, repito, aun cuando no se tratara de enviar presentes
ni de asistir personalmente a la celebración de las bodas, yo me mostraba muy
intransigente. Antes de comenzar el cuento recomendaba:
Pero ya sabes Mamá, que la Fiera se quede Fiera con su rabo, su
pelo negro, sus orejotas y todo, que asimismo se case con la Bella. ¡Que no se
vuelva príncipe nunca!
— ¿Ya lo sabes?
— Mamá tomaba nota.
Es inútil decir que Pablo y Virginia acababan a veces muy bien.
Virginia salvada milagrosamente de las aguas caudalosas se casaba a menudo con
Pablo y eran muy felices. Si dadas las circunstancias, mi alma sentía un vago,
voluptuoso deseo de bañarse en la tristeza, dejaba entonces que las cosas
siguieran su curso normal.
—Mamá, que llueva muchísimo, que crezca el río, que se ahogue la
niñita y que se muera después todo el mundo.
Mamá desencadenaba los elementos y la escena quedaba cubierta de
crespones y cadáveres.
Cuando yo salía del cuarto de Mamá tenía la cabeza rizada como
un borrego y el alma trémula de emociones. Huyendo de gritos apacibles y de
carreras molestas, me sentaba sola en un rincón a fin de rumiar a mis anchas
todo el acopio sentimental. Parece que en tan suaves instantes mis labios se
entreabrían ligeramente y mis ojos se levantaban al cielo en una actitud de
éxtasis dulcísimo que atraía las burlas de mi hermana Violeta y la solicitud
funesta de Evelyn. Esta llena de interés venía hacia mí exclamando, sin
artículos, por supuesto:
— ¡Cierra boca, Blanca Nieves! ¡Ven a jugar con otras!
Y destruía importuna e infame multitud de jardines, castillos y
princesas ideales.
Pero Evelyn no tenía la más remota noticia de su obra
destructora. Las doradas puertas de la vida interior, para sus ojos avizores,
estaban cerradas a piedra y lodo. Sus brazos vandálicos y vencedores, siempre
en lucha feliz con la realidad, no abrazaron jamás los amables fantasmas que
nos contagian de ensueño, de duda y de neurastenia.
Violeta, cuya alma
positivista coincidía en todo con la de Evelyn la respetaba. Antes de exponerse
a desencadenar su rebeldía agarrándola autoritariamente por un brazo, como
hacía con las demás, prefería, llena de prudencia, pasar por ciega o por sorda.
Ambas se enredaban a menudo de palabra, si iban con frecuencia a las manos, se
comprendían, se temían y se apreciaban. Evelyn, que veía en la independencia y
rebeldía de Violeta señales de gran inteligencia, consideraba mis actitudes
contemplativas como un indicio seguro de imbecilidad, y piadosamente las
disimulaba o corregía. Violeta, cuyos seis años eran sin piedad, pensando lo
mismo, subrayaba mi mal al llamarme a todas horas "la bocabierta".
Si alguien llevó en su vida un nombre inadecuado ese alguien fue
Violeta. Ella y la humilde perfumada florecilla del invierno eran dos polos
opuestos. Siempre alerta, siempre dispuesta a reivindicar sus derechos y a
figurar en primer término, desconocía la modestia. En sus ojos brillantísimos,
sombreados por una lluvia de crespos negros, se asomaba atrevido el sarcasmo y
en su naricita chata se albergaba la insolencia cuando no se albergaba la
agresión.
Tenía la respuesta acertada y rápida. Por el gusto de replicar
se mezclaba en pleitos y regaños que no incumbían. Sabía tirar piedras a gran
distancia, hacer maromas y subirse a los árboles. Un día la hallaron trabada en
terrible lucha de bofetadas con uno de los hijitos del mayordomo y los
separaron en el momento en que ella alcanzaba ya la victoria. Al enterarse del
suceso, Mamá se contrarió mucho mientras que Papá, divertidísimo, se reía a
carcajadas. Yo creo que dentro del cuerpo de Violeta se alojaba el espíritu de
Juan Manuel el Deseado, y era ésa la razón poderosísima por la cual él no podía
nacer: hacía seis años que andaba por la tierra disfrazado de Violeta. El
disfraz inadecuado lo encubría tan mal que todo el mundo lo reconocía, Papá el
primero: por eso de tiempo en tiempo lo saludaba alegremente con carcajadas.
Yo admiraba a Violeta en las mismas proporciones en que Violeta
me desdeñaba a mí. Era natural. Yo podía apreciar la puntería de sus pedradas y
la elegancia de sus maromas mientras que a ella no le era dado contemplar
aquellos brillantes cortejos de príncipes y hadas que tras de mi boca abierta
asistían con magnificencia a las bodas de Pablo y Virginia.
Era yo respecto a ella lo que es en nuestros días cualquier
poeta respecto a cualquier campeón de fútbol, de la natación o del boxeo: es
decir, nada. Pero mi humilde superioridad aplastada y oscura tenía su encanto.
Mis ensueños limpios de todo aplauso, asaeteados por Violeta y desbaratados por
Evelyn, al igual de un arbusto después de una poda, reflorecían a escondidas
con más abundancia y mayor intensidad.
Un día concebí un proyecto aciago que iba a dejar mi amor propio
acribillado de heridas y cubierto de humillación. Sea por generosidad e invitar
a sus banquetes aun a aquellos que menos lo merecen; sea vanidad o ambición de
sentirme admirada por quien yo tanto admiraba, es el caso que un día, llamando
aparte a Violeta, le anuncié que iba a contarle un cuento; que me atendiera un
instante y vería entonces qué rato delicioso le proporcionarían mis palabras. Llena de escepticismo y de
condescendencia, Violeta se dignó atender. Es cierto que su alma positivista no
estaba llamada a saborear la finura, ni a descubrir la utilidad superior que
encierra las ficciones y los símbolos, pero también yo, por mi lado, exageré
demasiado.
Al igual de esos anfitriones que agobian a sus invitados a
fuerza de servirles manjares y vinos, y vinos y manjares, yo agobié la
flaquísima atención que me prestó Violeta. Quise deslumbrarla con mis dones y
le di demasiado. Mi generosidad me perdió. En el cuento que improvisé en honor
suyo había de todo: hadas; varitas mágicas; animales parlantes; Adán y Eva; el
diluvio universal y una fiera que siendo príncipe era al mismo tiempo nuestra
negra y queridísima Marquesa. Lo peor de todo era que tantos y tan desordenados
hechos habían tenido lugar allí mismo en Piedra Azul, la noche anterior.
Después de oírme un rato por indulgencia o cortesía, el espíritu
utilitario de Violeta, que se orientaba al instante de un modo admirable hacia
todo lo práctico o positivo, no pudo aguantar más. Me cortó impaciente la
palabra y me dijo con elegante concisión que se necesitaba ser muy necia y muy
bocabierta para no comprender que todo aquello eran puras mentiras inventadas
por Mamá con objeto de que yo me quedara "quieta como una boba y poder así
hacerme los crespos a su sabor. Que ella, en mi lugar, habría arreglado las
cosas desde mucho tiempo atrás, dándole un buen mordisco a Evelyn en la mano si
ésta hubiese venido a sacarla del juego y un acertado puntapié al sagrado tazón
del bejuco de cadena.
Que así las cosas, al siguiente día la hubiesen dejado en paz
con los crespos y los cuentos. Y al expresar tales ¡deas, Violeta hacía su
retrato de un modo tan sobrio como lleno de vida. No faltaba nada.
Ante aquellas palabras que habían ido zumbando derechas hacia la
verdad, como sus famosas pedradas hacia las frutas, yo me quedé muda sin saber
qué contestar. ¿Cómo explicar, en efecto, al alma salvaje y neófita de Violeta
el placer altísimo que encerraba el mundo de los símbolos cuando yo misma lo
olvidaba todos los días? Humillada y pobre de razones, opté por recoger mis
tesoros en silencio. Mientras tanto, Violeta, posada en un solo pie como una
garza, se alejaba saltando y remedando en música, para mayor escarnio, el
estribillo de mi cuento:
—Esta era una Blanca Nieves. ..., ésta era una Negra Nieves.
..., ésta era una bocabierta.
En adelante, cuantas veces mi corazón desbordante de generosidad
necesitó expansiones, fue a buscarlas modestamente en la fácil atención de
Estrella y de Rosalinda, mis hermanitas menores.
Aunque menos brillante, era aquél un público lleno de suavidad y
de indulgencia. Si sus aplausos no colmaban de un todo mi ambición, mi amor
propio estaba seguro de salir satisfecho, o por lo menos de salir ileso. Como
consecuencia de los mencionados disimulos, esfuerzos y sacrificios con que Mamá
encubría mi pelo liso, yo había acabado por edificar sobre las hebras de mi
cabello mi criterio moral, el cual, como el de toda mujer honesta o bien
nacida, era sólido y estricto.
Mi pelo en su forma natural, o sea sin encrespar, resultaba a
mis ojos una especie de desnudez, y si yo veneraba mis crespos era solo por
pudor, aun cuando ustedes no lo crean.
Para mejor explicarme diré que gracias a los principios que sin
ella saberlo me había inculcado Mamá, a los cinco años, mi honor, contra lo
establecido, no dependía de ningún otro lugar de mi persona, sino que dependía
de mi cabeza. Allí había echado sus sólidos cimientos, allí vivía, allí se
ocultaba huraño y púdico. Llena de virtud yo lo hubiera defendido heroicamente
hasta la muerte. Animada del mismo sentimiento sagrado, Mamá parecía respetarlo
y hacerlo respetar aún más que yo.
Voy a demostrarlo.
Un día Violeta y yo jugábamos juntas. Como de costumbre
extendiendo sobre mi docilidad su despotismo, me había llamado ya bocabierta,
Negra Nieves y varios epítetos más cuya atenuada mala intención, al no tocar el
honor, carecía de importancia. En un momento dado, viendo que yo, por no sé qué
circunstancia, no me sometía a su gobierno en forma rápida o absoluta,
contempló con insolencia la fresca bandada de papillotes que Mamá acababa de
sembrar en mi cabeza y acompañando las palabras con una sonrisa de superioridad
me dedeo esta expresión hasta entonces desconocida e inédita:
— ¡María moñitos!
Aunque indirecta, ésta sí era una ofensa a mi honor. Ante el
ultraje, trémula de dignidad y de valor, avancé unos pasos, miré a Violeta de
frente y tratando de devolver ofensa por ofensa le dije arrogante y roja:
— ¿Yo soy María moñitos, Violeta? ¿Yo soy María moñitos?. . .
Entonces tú serás ¡María crespitos!!
Naturalmente que Violeta, lejos de ofenderse, soltó una gran
carcajada. Tenía razón. Como insulto ¿podía darse nada más inepto que María
crespitos? ¡Cuando para obtener esos mismos crespitos se necesitaba tanto
moñito, tanto cuento y tanto bejuco de cadena! Era como si una persona,
obligada a ganar el pan con el sudor de su frente al pelear con una rica la
insultara diciendo: María milloncitos o María hacienditas. Mi pobre insulto
como insulto no valía nada. La heroica expresión con que mi rostro lo había acompañado
contribuía por contraste a hacerlo más poca cosa y más desgraciado.
Violeta lo comprendió
así. ¡Pero su agresión era insaciable! Mi derrota no le bastó. En lugar de
callarse, volvió a la carga y canturreando:
María moñitos me convidó a comer plátanos con arroz se atrevió a
añadir sin ambages:
—¡Pelo liso!
Y agarró, sacrílega, uno de mis papillotes cuyas frágiles alas
de mariposa quedaron entre sus dedos. Pero ¡ay! del valentón el día en que el
tímido dice "aquí estoy". Al ver mi papillote violado, animada de un furor sacrosanto, con
gran sorpresa de Violeta, me lancé como un relámpago sobre sus crespos y los
agarré de raíz a manos llenas. La cabeza insolente y desprevenida, sacudida en
todas direcciones, trataba de desasirse inútilmente. Buscando entonces defensa,
las uñas de Violeta se clavaron a ciegas en mis orejas; pero yo, sin soltar los
crespos por vengar las orejas, la mordí en el cuello.
Así las cosas,
estrechamente enlazados iban mordisco, pellizco y sacudidas cuando uno de los
cuatro pies resbaló, arrastró al grupo entero en el resbalón, la lucha rodó al
suelo y siguió en el suelo hasta dar en un barrial porque había llovido y la
escena tenía lugar frente al corral de las gallinas.
Cuando nos separaron estábamos cubiertas de barro y teníamos
dibujados en sangre ella mis dientes y yo sus uñas. Evelyn nos levantó del
suelo, nos tomó a cada una de la mano y distribuyendo por partes iguales sus
reprensiones y cuidados nos lavó, afeó nuestra conducta y nos cambió de ropa.
Cuando enterada de lo ocurrido llegó Mamá, nos hallábamos ya con los vestidos
limpios y yo por mi parte considerando mi honor lavado en la reyerta como mis
brazos y piernas acababan de serlo en la palangana, me sentía inclinada a una
reconciliación. Mamá, haciendo coro con Evelyn, dijo que nuestra conducta la
avergonzaba y la entristecía. Las cosas no hubiesen pasado de ahí, pero ya lo
he dicho: la agresión o apetito bélico de Violeta no conocía límites. Si yo, la
ofendida, me daba por satisfecha, ella la ofensora no tuvo a bien cesar las
hostilidades.
¡Esta vez su agresión iba a costarle cara!
Dirigiéndose a Mamá, en tono de víctima, cosa que exigía
urgentemente una nueva discusión, dijo:
—Mira, Mamaíta, mira, cómo me clavó sus dientes aquí, lo mismo
que si fuera un perro bravo.
Y enseñó la media luna cárdena que se dibujaba en efecto a un
lado del cuello. Yo tuve naturalmente que replicar:
—Porque ella, Mamá, mira, me encajó sus uñas en mis dos orejas.
— ¡Ah, porque ella antes, Mamá, me agarró mis crespos y me
sacudió como una diabla así... . así.. . así. . .!
—Pero fue porque ella me había roto uno de los papeles que tú,
Mamaíta, me amarraste en mi cabeza con tanto trabajo, y
me dijo "María moñitos", Mamá, y me dijo después
"pelo liso".
¡Ah! ¡Santo Dios! ¡Aquí fue donde comenzó el drama! Al oír mi
última frase, demudada y dolorida, Mamá se volvió hacia Violeta tartamudeando:
— ¿Le. . . le. . . le dijiste que tenía pelo liso?
Y, asumiendo el tono sublime de la tragedia, exclamó:
— ¡Ay, Violeta, tú no tienes corazón! ¡Que me duele! ¡Que me
duele! ¡Que me aflige!..
Aquí una cosa insólita: Mamá, que en su vida nos había castigado,
decidió aumentar la teatralidad del tono, y con la solemnidad del juez que
dicta una sentencia terrible dijo esto:
—Ahora, para que no seas maluca
y para que no seas cruel con tu hermanita menor, te voy a castigar, ¿ya
lo sabes? Te vas a quedar sentada una hora entera, vista por el reloj: ¡ahí
arriba!
Mamá extendió el brazo y como si fuera la estatua viva de la
Justicia se quedó señalando un instante la cúspide de un escritorio secrétaire
cuya altura con relación a la nuestra venía a ser muy respetable.
Y las tres cosas resultaron a cuál más espantosa: la "hora
entera", la altura del escritorio y el brazo extendido de Mamá.
Como casi todos los déspotas y matasiete, Violeta en el fondo
era una débil que atrincheraba su debilidad muy hábilmente tras una falsa
reputación.
El tono de Mamá y su brazo extendido eran de una teatralidad
para asustar a cualquiera, no lo niego, pero de todos modos,, Violeta no estuvo
a la altura de su fama ni supo dominar la situación. Mientras Evelyn, bajo las
órdenes de Mamá ejecutaba la sentencia, Violeta, espantada e izada por los
aires, olvidó toda dignidad, mandó al diablo su célebre rebeldía, comenzó por
abrir la boca de desolación que se fue ensanchando, ensanchando, hasta que ya,
instalada en la cumbre del mueble, presidiendo el auditorio, augusta de derrota
y de infortunio, prorrumpió:
— ¡Aaaay! ¡Ayayayayay!
Y el cuarto empezó a retumbar ante los gritos de dolor. Era como
si la hubieran sentado en unas brasas o como si allá en las alturas una mano
invisible le estuviese aplicando algún tormento.
Al reclamo de tan desgarradores lamentos la habitación comenzó a
llenarse de espectadores. Todas las personas de la casa vinieron asustadas o
curiosas a averiguar lo ocurrido. Llegó primero Aurora; detrás de Aurora,
cogidas de la mano, llegaron Estrella y Rosalinda, mi querido auditorio que
nunca se separaba; una a una fueron llegando las tres cuidadoras o estado
mayor; llegó Marquesa, llegó por fin Aura Flor en brazos de su criadora, llegó,
en una palabra, todo el que podía llegar. Solo faltaba Papá que se encontraba
en el trapiche, y Candelaria, cuyo malhumor la tenía generalmente amarrada a su
fogón como al perro la cadena corta. Aquel drama nunca visto, ustedes no lo
comprenderán quizás, era terrible. Violeta, exaltada en su trono de ignominia,
se restregaba los ojos con las dos manos cerradas, las lágrimas rodaban
abundantes y una boca inmensa en la cual hubiera podido caber todo el dolor del
mundo, se abría, arrojando gritos ensordecedores y mostrando sin amor propio y
sin pudor hasta lo más hondo de la garganta. El público al aumentarse aumentaba
de un modo cruel la intensidad dramática. El suplicio, al hacerse público,
tomaba el cariz humillante de la degradación. Puedo decir con entera propiedad
que en aquel día trágico conocí todo el horror de los autos de fe. Mamá,
instalada al pie del escritorio o cadalso, por asumir una actitud cualquiera,
se había puesto a tejer. De tiempo en tiempo levantaba la cabeza y repetía
inclemente:
—Aunque grites y más grites, una hora entera vas a quedar ahí.
Los gritos redoblaban.
El auto de fe seguía su curso cruel. En su inclemencia Mamá era
el gran inquisidor; Evelyn era el verdugo; yo, el infame delator, y Violeta, la
desarmada Violeta, el pobre hereje que se achicharraba ante las miradas
infamantes del público, cómplice también y también verdugo. Yo reconocía la
parte que me correspondía en la tragedia, y mi corazón lleno de remordimientos
sufría horrores. Sentía una ternura inmensa hacia toda la persona de Violeta.
Sus pobres zapaticos flamantes recién mudados por Evelyn suspendidos y
resignados en el vacío como dos ahorcados, destilaban dolor ante mis ojos; sus
rodillas me parecían unas huérfanas abandonadas; el vestido limpio, las
puntillas frescas y rizadas de los pantalones, un botón aún sin abrochar sobre
su pecho, eran objetos mudos que iban acrecentando mi conmiseración,
aumentando, aumentando mis remordimientos, hasta que por fin, mis ojos, al
fijarse más arriba, descubrieron una cosa espantosa y ya no pude más. Al compás
de los sollozos de Violeta, la media luna cárdena de mi mordisco subía y bajaba
sobre su cuello mártir redimido por las lágrimas y, lo repito, ya no pude más:
me venció el remordimiento. Yo también abrí una boca enorme yo también levanté
el pecho para dar salida a los sollozos que se atropellaban; yo también me puse
las dos manos cerradas en los ojos, y yo también prorrumpí con todo el brío de
mis pulmones y de mi arrepentimiento:
— ¡Aaaaay ¡Ayayayayayay!
Aquello era un golpe teatral enteramente inesperado. Todos los
ojos se fijaron en mí con gran sorpresa. La misma Violeta en plenos gritos me
dirigió desde sus alturas una mirada estupefacta velada de lágrimas. Mamá,
sorprendidísima también y creó que un tanto conmovida, alzó la cabeza de su
trabajo forzado y me preguntó con fingida impaciencia:
— ¿Tú también? ¿Se puede saber por qué lloras tú, Blanca Nieves,
necia?
— ¡Aaaaay ¡Ayayayayay
Contesté yo en coro con Violeta. Mamá en silencio volvió a su
tejido, pero empezó a comprender que su obra la sobrepasaba. Su justicia
desencadenada iba subiendo como la marea y amenazaba sumergirla en tejido y
todo. En efecto, al verme llorar a mí, contagiada de conmiseración, Aurora, la
dulce Aurora, cuyos siete años estaban impregnados de maternidad, se puso a
llorar en silencio. Viendo que Aurora lloraba, Estrella y Rosalinda, por
espíritu de imitación y por amor a Aurora, rompieron a llorar las dos juntas a
grito herido. Ante aquella epidemia de llanto tan trágica en el fondo como
cómica en la superficie, todas las sirvientas se pusieron a reír. Era cuál más
se torcía y más se sacudía de la risa. Aumentado así el escarnio, el coro de
nuestro llanto arreció. Entretanto Aura Flor, del bando de las sirvientas,
asociada a la risa de su criadora, batía ai aire con sus puños cerrados,
saltando, gruñendo y babeando de regocijo, mientras Marquesa movía su rabo y
olfateaba cariñosa a derecha e izquierda a fin de averiguar la causa de tanto
dolor. El barullo era horrible. La única impávida parecía ser Mamá, pero estoy
segura de que también ella tenía unas ganas violentas por romper a llorar.
Decididamente su obra descomunal la
sobrepasaba. No tenía ya más remedio que naufragar dentro de su
justicia, y naufragó con elegancia. Dominando la ensordecedora gritería de
llantos y de risas, se volvió hacia Evelyn diciendo:
—A ver; Evelyn, si ya pasó la hora. Ya debe haber pasado.
Y guiñó un ojo, cosa que vimos todas muy bien a través del
cristal amarguísimo de nuestro llanto. Evelyn salió unos segundos y regresó
diciendo:
—Ya pasó.
— ¡Ya pasó la hora! —Tuvo que gritar Mamá para vencer el
tumulto—. ¡Ya puede bajarse Violeta!
Pero fue como si no hubiese gritado nada. Entregadas a la
voluptuosidad del llanto que corría caudaloso a gran velocidad, nadie pensó en
detenerlo: como todo vértigo, tenía su encanto. ¡Ah, pero Mamá sabía atraerse
las multitudes! Llena de habilidad, mientras Evelyn procedía piadosa al
descendimiento de Violeta, ella retrocedió unos pasos hasta llegar a la puerta
del cuarto, extendió sus dos brazos sobre la tempestad y con la voz potente de
los buenos oradores acudió a este recurso supremo:
—Ahora, niñitas, óiganme todas: la primera que llegue hasta aquí
sin llorar se viene a bañar conmigo en el chorrerón de la molienda que van a
soltar ya, ¡porque son las once!
¡Santa palabra! El llanto general se volvió general regocijo.
Los rostros aún empapados de lágrimas y aún trémulos de sollozos, exclamaban
atropellándose los unos tras de los otros:
— ¡Yo la primera, Mamaíta, yo la primera!
Y todo el mundo pugnaba por agarrarse de la bata de Mamá.
Violeta se agarró en efecto una de las primeras porque su espíritu utilitario
desdeñaba el rencor que es un estorbo, y por que tal era el prestigio del
"chorrerón", aquel mundo de agua que, cuando no hacía ya falta en el
trapiche, se venía a toda carrera y como un monstruo, se arrojaba en un
estanque bramando y atropellando helechos, ramas, frutas verdes, niñitas,
Mamá, Evely1n y cuanto se le presentara al paso.
AQUI ESTÁ PRIMO JUANCHO
Primo Juancho, para servir a ustedes, formaba parte de las
visitas que venían a pasar días. A veces permanecía entre nosotros durante
largas semanas. Llegaba siempre al caer de la tarde, montado hidalgamente en
Caramelo, sin que su presencia nos aterrorizara y sin que Mamá derramara a sus
pies la copa rebosante de sus gracias.
Además de llegar hidalgamente, Primo Juancho llegaba quejándose.
Empezaba por quejarse de todo con mayor o menor indignación, para terminar
prodigando suavemente sobre el mundo entero los más generosos consejos.
Siempre era lo mismo: abandonados los estribos, no bien sus pies
habían tocado el suelo, inmediatamente, después de saludarnos con mucho cariño,
se quejaba con mucha indignación del mal estado de los caminos, del exceso de
polvo, de la falta de puentes, de la pobreza de los ríos, de la costumbre
idiota de jugar bolos a la vera de las pulperías y acababa aconsejándole a Papá con inmensa
dulzura que vendiera a Caramelo, que encargara en Europa un caballo de pura
sangre, que tratara de montar dando saltos a la moda inglesa con un casco
blanco en la cabeza y que arrancara cuanto antes toda la caña de Piedra Azul a
fin de sembrar en su lugar algodón, viñas y tabaco.
Como ven ustedes, Primo Juancho temperaba el furor de sus quejas
con el rocío bienhechor de sus consejos. Su conversación, tramada sin esfuerzo
por aquéllas y por éstos, entreverada además por altos y profundos
pensamientos, formaba en su conjunto una especie de esterilla bien tejida, en donde a veces
guiñándonos un ojo a espaldas del mismo
Primo Juancho, llena de gracia, venia sentarse la anécdota.
Primo hermano de nuestro abuelo paterno, empezaba en nosotros la
tercera generación que por fidelidad al ritmo de su nombre lo seguía llamando
"Primo Juancho". Aquel grado de parentesco que no anunciaba
superioridad de años, se imponía a todos los oídos parieras, amigos o
conocidos, por no sé qué misteriosa concordancia Y surgía naturalmente de todos
los labios, como gritando ¡ven! a la cordialidad. Su compañía, poblada por los
más inesperados accidentes, procuraba a todo el mundo ratos de gratísima
esparcimiento.
Muchos años después de su muerte Mamá decía aún: —Primo Juancho
fue un hombre que tuvo muchos méritos y una inmensa ilustración. Y sonreía sin
que viniera al caso, resumiendo así por instinto, sin ella darse cuenta, la
historia entera de aquella vida, y el secreto de aquella alma, en la cual se abrazaban jovialmente a cada
instante, como dos truenos amigos, lo sublime y lo cómico.
Cuando en nuestra hacienda, entre los tiernos verdores de los
tablones de caña , allá por el camino que venía de Caracas, como punto en el
horizonte asomaba su cabeza venerable, Papá, Mamá y todos los estuviesen en
Piedra Azul se anunciaban mutuamente su presencia con voces de júbilo:
— ¡Aquí está Primo Juancho, Juan Manuel, aquí está Primo
Juancho!
Y se acercaban al pretil y siempre alegres lo contemplaban
llegar a paso lento dentro de los anteojos de larga vista. ¿Por qué razón Primo
Juancho, siendo tan "ilustrado" como decía Mamá, o sea tan cundido de
conocimientos, no se hallaba en los Senados y Congresos, asombrando al país con
su inteligencia, deleitándole con su elocuencia y protegiéndolo con su
honradez? nadie en la familia se lo explicaba. Creían hallarse frente a uno de
esos misterios crueles que con inicua injusticia impone la vida porque sí".
En realidad no había tal injusticia ni misterio. Primo Juancho
no podía gobernar r)¡ dirigir nada, no por falta de aptitudes, sino por exceso
de pensamientos. Su ilustración lo perdía. En su amenísima conversión, su
inteligencia corría y saltaba como una ardita sobre todas las ramas del saber
humano: era imposible seguirlo e imposible vencerlo, si de vencerlo se trataba.
Todo lo sabía con entera conciencia. No importaba época histórica, lugar o
categoría a la cual perteneciese la idea; ante nada vacilaba. Con la misma
propiedad con que disertaba sobre derecho romano, disertaba sobre las
verdaderas causas que determinaron la caída de los girondinos o la
Independencia de América, sobre las leyes que presiden el movimiento de los
astros; sobre el sistema más eficaz para extirpar la polilla y sobre la
proporción con que una cocinera pueda usar, sin abusar, del ajo y del perejil.
En las discusiones, se llevaba a su contrincante a todo correr
por entre los más remotos vericuetos hasta acorralarlo en un punto fijo, y allí
vencerlo noblemente, es decir, sin subrayar con exceso su victoria. Si se
comenzaba a discutir, por ejemplo, sobre el porvenir del café en Centroamérica,
a los cinco minutos/sin saber cómo, Primo Juancho y su contrario se hallaban en
Jerusalén, mil años antes del nacimiento de Jesucristo. Allí, exaltadísimo, con
los dos brazos tendidos al cielo, repiqueteando los gemelos de sus puños y
batiendo los faldones de su levita por sobre los muros de Jerusalén, Primo
Juancho preguntaba de modo muy pertinente a su contrincante:
— ¿Qué influencia predominaba, vamos a ver, en el primitivo
templo de Salomón? Los artistas que !o construyeron: ¿fueron fenicios o fueron
caldeos?
El contrincante lo ignoraba. Primo Juancho, que sí lo sabía,
volvía a interrogar ahora con generosa dulzura:
—Pues si no lo sabes, mi hijo, entonces ¿por qué lo discutes?
Y quedaba triunfante y desbordante de magnanimidad.
Sus definiciones eran siempre admirables; y sus temas ilustrados
con anécdotas, fechas y juiciosas observaciones, se sucedían a todo volar con
una variedad inagotable, sin que nadie sintiese la brusquedad de las
transiciones. Era como un tren en marcha o, mejor aún, era como un diccionario:
la misma unidad parcial dentro del mismo deshilvanado general. En la soledad de
una tarde aburrida, ¿no han hojeado ustedes nunca, al azar, un diccionario? Se
los recomiendo. No hay nada más grato ni más rebosante para el espíritu. Las
palabras, unidas codo con codo, parecen burlarse las unas de las otras. Cada
cual muy oronda y satisfecha de si misma, se ríe de su vecina sin sospechar que
otra vecina se está riendo de ella: lo mismo que en sociedad. Pasar por ejemplo
de la palabra "Catón", ilustrada con una austera cabeza romana, a la
palabra "Cataplasma" sin ilustración ninguna, para después de
"Cataplasma" pasar a "Cataluña", ilustrada también con un
mapa lleno de ríos, montañas y principales ciudades, es un entretenimiento
gratísimo.
El diccionario es el
único libro ameno y reposante, cuya amable incoherencia, tan parecida a la de
nuestra madre la naturaleza, nos hace descansar de la lógica, de las
declamaciones y de la literatura. Tal era Primo Juancho: un Larousse
desencuadernado con todas las hojas sueltas: unas hacia arriba y otras hacia
abajo. Vale decir que era divertidísimo e incapaz de organizar ni crear nada
que no fuese el caos.
Con la misma velocidad con que cambiaba de tema cambiaba de
humor. Se indignaba por todo a cada instante, ski que tal indignación tuviese
la menor importancia. Pasaba de la furia a la sonrisa como de "Catón"
a "Cataplasma". Uno de los rasgos que más caracterizaban la fisonomía
moral de Primo Juancho, era su perpetua exaltación contra si mismo o, mejor
dicho, contra su mala suerte. Aseguraba con los ojos desorbitados que, desde
Job hasta nuestros días, no se conocía un caso de guiña tan perenne o sin
tregua como aquella tenaz que lo perseguía a él. Y no dejaba de ser cierto. Sin
llegar nunca a rozar los límites de las magníficas tragedias que revistieron de
inmortalidad a Job, el sublime, los días de Primo Juancho se deslizaban bajo un
modesto "aguacerito blanco" de contratiempos. Nunca escampaba.
Años después de la época a que me refiero, ya instalada la
familia en Caracas, iba a vernos todos los días; pues bien, era rarísimo el que
entrase de la calle sin arrancarse dramáticamente el sombrero, tirarlo sobre
una mesa, llevarse las dos manos a las sienes e interrogar con la voz anhelante
y los ojos dilatados:
— ¿A qué no saben lo que me pasó hoy? Una cosa única, increíble,
una cosa que no le pasa en el mundo entero sino a este pedazo de Juan, que es
el dios de la guiña, el Júpiter de la mala suerte.
Y relataba el suceso.
Si en los detalles sus calamidades variaban hasta lo infinito,
en el fondo o trabazón esencial, cambiaban muy poco. Era siempre la misma
historia: Primo Juancho, lleno de buenas intenciones, trataba por ingénita e
inmarcesible nobleza de prestar una ayuda o servicio gratuito, pero
circunstancias inesperadas surgían de repente y se unían de consuno contra él,
en forma tal que aparecía forzosamente a los ojos de todo el mundo como persona
egoísta o negligente sin elegancia moral de ninguna especie.
Incapaz de explicarse con calma, se enfurecía. Comenzaba por
cubrir de improperios, no sin cierta razón, a aquel o aquellos a quienes él,
con tan generosas intenciones como fatales resultados, había querido servir.
Los llamaba ingratos, canallas, torpes y felones. Enunciadas tales palabras, su
falsa culpa se hacía más evidente, y mayor la animosidad de los perjudicados.
Si Primo Juancho, pongo por caso, iba andando por la calle con
paso rápido y nervioso como era su costumbre y veía llegar de frente a una
señora respetable y achacosa, él, que era todo galantería, trataba de lanzarse
instantáneamente al medio de la calle, a fin de hacer allí una profunda
reverencia, dejando libre a la señora toda la amplitud de la acera. Pero, ¿qué
pasaba? Pues que en el instante preciso de ejecutar su elegante maniobra, uno
de sus pies resbalaba por haber pisado una corteza de fruta o cualquier otra
cosa. En lugar de saltar hacia la izquierda o arroyo, como eran sus
intenciones, volaba hacia la derecha o pared, contra su voluntad. Allí
tropezaba bruscamente a la señora, le daba un golpe en el pecho y le arrancaba
la mantilla, mientras la partícula de fruta causa del contratiempo se escondía
a traición entre la suela y el tacón de su zapato muy en secreto, donde ni él
ni nadie pudiese verla. La señora achacosa y atropellada exclamaba con
violencia y con la cabeza al aire:
¡Qué manera de andar por la calle! ¿No ha aprendido usted
urbanidad? ¿No sabe que a una señora se le da la acera, aun cuando venga por la
izquierda?
Ante la injusticia, Primo Juancho perdía toda sangre fría.
Indignado, tanto por lo inmerecido del reproche cuanto por la lección de
urbanidad que se permitían darle a él, maestro en cortesanía, contestaba en
forma airada, llegando su indignación hasta los límites en que lo permitiera su
galantería. La señora achacosa le respondía agriamente. Con el sombrero en la
mano Primo Juancho discutía con exaltación y sin tregua hasta desprenderse del
lugar del choque, pálido, mudo y cubierto de injurias.
Al llegar a la casa descubría la corteza de fruta causa del
percance. Si después de una larga jornada a caballo llegaba a un hotel o posada
como se decía entonces, ávido de descanso iba a sentarse con deleite en el
asiento que otro parroquiano acababa de romper y acomodar muy cuidadosamente.
Como era fatal, se caía de espaldas. Al ruido del golpe acudía el dueño del
establecimiento, se formaba naturalmente una discusión horrible, después de la
cual Primo Juancho, furibundo y dolorido, tenía que pagar la silla rota, y
friccionarse con aguardiente alcanforado.
Si subía al Gobierno un personaje honrado e íntegro, quien,
considerando consecuente los méritos y saber de nuestro excelente Primo
Juancho, se disponía a darle un nombramiento lucidísimo, días antes de firmarse
el decreto o nombramiento el ministro consecuente y amigo se moría de repente,
víctima de una aneurisma o angina de pecho. Primo Juancho velaba durante dos
noches el cadáver de su ex futuro protector, mandaba una gran corona cuyo peso
desnivelaba su presupuesto de un mes, pronunciaba un discurso hermosísimo sobre
la tumba del desaparecido, prestaba toda clase de servicios a la viuda y
lloraba durante varios meses la pérdida irreparable de su protector y de su
nombramiento.
A más de ser notable por sus contratiempos, sus indignaciones y
su saber, Primo Juancho era notabilísimo por su elocuencia de buena ley. Limpio
de declamaciones y falsas retóricas, poseía el don divino de la palabra, es
decir, que cuanto surgía de sus labios surgía palpitante de vida y se imponía
en el auditorio. Yo creo que ese don de la palabra fue a un tiempo el origen de
su felicidad y de su desgracia. Y es que, al igual de don Quijote, para
extirpar de raíz todos los males, lleno de abnegación, cabalgando en los más
brillantes períodos, se lanzaba diariamente a trote suelto por entre las
utopías. Regresaba de ellas satisfechísimo de sí mismo, habiendo vencido en
discusión a cuanto adversario se le presentara y habiendo hecho perder al mayor
número posible de amigos la tarde entera. Pero ni tiempo ni dinero tuvieron
nunca a sus ojos la menor importancia. Los reunía en un mismo desprecio y ni
los veía. Siempre estaba en retardo y era rarísimo que tuviera un billete de
banco en la carterita flaca que nadaba solitaria en su bolsillo. Es evidente
que de todas las miserias de este mundo la única que jamás se le ofreció es
aquella que se esconde dentro de las riquezas, los honores y el éxito.
Conservador por temperamento, aun en sus más insignificantes
manifestaciones, por espíritu de contradicción y por amor a la utopía se había
afiliado lleno de ardor al partido liberal, que le cubría diariamente de
ingratitudes y de decepciones. Tales ingratitudes lo habían preservado siempre
de tomar parte activa en cualquier empresa de orden positivo. Alejada así de
toda realidad, su alma, roída por la decepción, aplastada bajo el peso de la
iniquidad humana, guardaba llena de fragancia y de candor la más pura fe en sí
misma. Tenía la inocencia virginal de los que nunca han trabajado. No habiendo
medido jamás la extensión de sus propias aptitudes sino en el terreno de la
discusión, las juzgaba con equidad infinita, y como su corazón rebosante de
altruismo no se había agriado nunca ante el fracaso de la menor empresa a fin
de dar buen ejemplo a los egoístas y a los avaros, los humillaba de continuo
repartiendo con munificencia a derecha y a izquierda toda clase de bienes imaginarios. Sus
indignaciones, aun las más terribles, aun aquellas que le encendían el rostro y
le desorbitaban los ojos, estaban impregnadas de una generosidad universal y
los violentos insultos que lanzaba en general hacia todo lo abstracto y todo lo
colectivo adquirían al pasar por sus labios yo no sé qué matiz de cordial
fraternidad.
Al hablar de los conservadores, exclamaba agitando todo el brazo
derecho, por lo cual repiqueteaban hasta más no poder los gemelos de sus puños:
— ¡Son unos ineptos, enemigos del progreso, sin condiciones
ningunas para el gobierno; a ellos les debemos lo que estamos pasando!
Y al hablar de sus correligionarios, los liberales:
— ¡Son unos ladrones sin idea de conciencia, que nos llevan
sin remisión a la más absoluta ruina!
Su hermosa voz de barítono, tan digna de ir a ensartar en
Academias y Congresos las más bellas flores de la elocuencia, se extendía por
los corredores de Piedra Azul, cálida y bonachona, como si a unos y a otros les
estuviese gritando desde lejos:
— ¡Adiós y cómo les va! ¡Saludos a la familia!
Primo Juancho fue el más completo archivo o cronicón ambulante
de cuanto acontecimiento político y social ocurrió en Venezuela durante los
setenta primeros años del siglo XIX. Desgraciadamente, quizás felizmente, no
escribía sino lo muy preciso. Aun cuando en su conversación politiqueaba de
continuo, el tumulto de sus pensamientos le impedía llevar a buen puerto el
desarrollo de cualquier narración o tesis.
Salvo dos o tres de sus relatos favoritos, que contaba con
muchos detalles hasta el final, sin necesidad, puesto que éstos lo conocían sus
oyentes generalmente de memoria, los demás relatos, o sea los inéditos, se
quedaban a menudo truncos aunque retoñados por todas partes de mil cosas
diversas.
Por ejemplo:
Si después de asegurar que los conservadores eran todos unos
ineptos, comenzaba a relatar ciertos detalles interesantísimos que acompañaron
la renuncia del presidente Vargas y que solo él conocía, todo el mundo lo
escuchaba con atención, sabiendo de antemano que el relato fragilísimo estaba
pendiente de un hilo. En efecto: si se fijaba de pronto en que Mamá, o
cualquier otra persona, un tanto abstraída se estaba frotando ligeramente con
la mano extendida un punto del vestido, bastaba: ¡adiós presidente Vargas! Con
la narración en los labios se iba acercando a Mamá, o a quien fuese,
contemplaba un segundo el lugar frotado y cortando por lo sano exclamaba:
— ¡Ya te manchaste! Lo vi desde hace un rato. No te preocupes,
no es mancha de fruta, es de grasa aunque no parezca..
No la toques, no la toques. Oye mi consejo: extiende tu vestido,
ponle magnesia, un papel de seda, un peso encima. . .
Mientras tanto, el presidente se quedaba para siempre sin
renunciar.
Años atrás, en momentos de favor y de bonanza, habiendo
alcanzado por fin el sueño dorado de su vida, Primo Juancho había sido enviado
a Europa en misión especial, aunque por muy poco tiempo y con muy poco sueldo.
Se embarcó radiante. Después de haber maldecido convenientemente el calor y el
mareo durante breves días, en el resto de la larga travesía conversó a toda
hora con tal amenidad, discutió con tantísimo acierto, y con tal ingenio
sostuvo tan brillantes paradojas, que su presencia fue en adelante la sal de la
navegación y la liga que amalgamaba, en un grato bienestar, todas las
tertulias.
De haber llevado a cabo su misión diplomática, hubiese seguido,
como a bordo, haciendo las delicias del auditorio. Reunido con el resto de sus
colegas en un vasto salón destartalado, donde cada cual hubiese acudido con un
rostro grave y un vestido negro; en medio de una solemnidad helada, exacta a la
que se encierra en las capillas protestantes, Primo Juancho se habría
apresurado a romper el hielo, tomando la palabra. Con su habitual repiquetear
de gemelos y bailotear de faldones, después de disertar admirablemente sobre el
equilibrio europeo y los futuros Estados Unidos de Hispanoamérica, atraído por
cualquier detalle, habría terminado elogiando las excelencias del jabón de
Marsella. En el salón destartalado, lleno ahora de valor y palpitante de vida,
sus colegas encantados lo hubiesen escuchado con deleite y aplaudido con
alegría.
Como aquí, muy, muy entre nosotros, no vayan a ofenderse esos
señores, es sabidísimo que en todos los Congresos y Asambleas diplomáticas,
desde los tiempos de Asiría y Babilonia, hasta nuestros días en la Sociedad de
las Naciones, los delegados no han tenido nunca más misión efectiva que la de
ocultar al público, con habilidad y con admirable espíritu de asociación, la
inutilidad absoluta de sus reuniones, dándose cada uno al propio tiempo la
mayor importancia posible, Primo Juancho, siempre más íntegro, siempre más
honrado que nadie, habría roto por todos lados con tal consigna. El sí habría
hecho algo útil, puesto que habría divertido a sus colegas al saltar en aquella
forma ágil e inesperada que le era tan peculiar de la futura unidad de
Hispanoamérica o las excelencias del jabón de Marsella o las propiedades del
ajonjolí.
Pero Dios no quiso que Primo Juancho cumpliese con honradez y
conciencia la misión diplomática que se le había encomendado. Su mala suerte,
siempre despierta, acechaba.
A los pocos días de pisar tierra firme recibió noticias de que
su Gobierno amigo acababa de ser derrocado y de que su misión juzgada inútil
por el nuevo Gobierno, debía ser abandonada cuanto antes, suprimido ya su
sueldo de raíz como gasto oneroso e inepto. La catástrofe lo sorprendió entre
las nieblas encartonadas de Londres. En su resignación furiosa no quiso
embarcarse de regreso sin visitar a París, ciudad que anhelaba conocer, tanto
por natural interés, cuanto para poder elogiarla o denigrarla según se
presentasen las cosas, con entero conocimiento de causa.
Estirando su primero y único sueldo tal cual se estira una cinta
de goma, trazó un presupuesto milagroso y se fue a pasar tres meses en una
modesta casa de pensión a la orilla izquierda del Sena. Pero a poco de abordar
la orilla izquierda, la misma tarde en que se disponía encantado a presenciar
una reunión solemne del Congreso presidida por Napoleón III, se sintió tan
enfermo que tuvo que renunciar a la reunión solemne, meterse en cama y pasar en
ella una pulmonía gravísima, que lo llevó a las puertas de la muerte. Repuesto
de la pulmonía, sin saber una palabra de francés, Primo Juancho paseó con
altivez su solitaria convalecencia por los jardines del Luxemburgo pisando las
hojas secas que crujían suavemente bajo sus pies y bajo sus soliloquios ante el
cielo nublado del otoño. Su aislamiento, salpicado con frecuencia por el barro
de la calle e insultado a menudo por los cocheros de fiacre, fortificó su
desprecio a los malvados.
Cuando transcurridos los
tres meses regresó a Venezuela traía los pulmones propensos a los largos
catarros y su alma mordida por la nostalgia de los paisajes nevados y de las
magníficas virtudes cívicas, desarraigado ya para el resto de sus días,
languidecía sin esperanza de remisión. El europeísmo de Primo Juancho,
robustecido por revistas y catálogos, debía ejercer en nuestra vida una
influencia muy directa aunque enteramente opuesta al objeto que él en su vivo interés
por nosotras anhelaba y perseguía. Evelyn, sin ir más lejos, vino a Piedra Azul
por consejo y reiterado empeño de Primo Juancho, a fin de que al nacer, decía,
nos iniciáramos ya en algo de la sana mentalidad y del indispensable idioma
inglés. Convertida inmediatamente a aquel español criollísimo y sin artículos,
de que he hablado ya, la actividad opresora de Evelyn nos hizo amar por
contraste, junto con la tolerante indolencia de cuanto nos rodeaba, el español
amable, afectado y cantadísimo de Mamá.
Primo Juancho trajo de Londres a sus parientes de Piedra Azul
una gran sombrilla de jardín con el objeto de que la clavasen cuanto antes en
el centro de una mesa de hierro o de mimbre y sentados así bajo su sombra
inglesa y circular, según moda que él había visto no sé dónde, tomasen a pleno
aire a las cinco de la tarde té con pan tostado y mantequilla.
Pero Mamá, Papá y sus
convidados, balanceándose cadenciosamente en un mecedor cualquiera de los
corredores de Piedra Azul, se bebían a las cuatro, a las seis o a la hora en
que mejor les parecía, grandes vasos con refrescos de guanábana o de parcha
granadina mientras la sombrillota degradada y decaída, ¿qué dirán ustedes que
hacía? Pues solo salía a la luz de tiempo en tiempo a las diez de la mañana y
entonces, como una bondadosa gallina clueca, posada con un mismo amor sobre
Mamá, Evelyn y todas nosotras, meneándose con muchísima pereza de derecha a
izquierda y de izquierda a derecha se venía caminando lentamente, callejón
abajo, en un gran carro de bueyes, a presenciar sobre las piedras, entre
jabones, gritos y paños felpudos, nuestro alegre y rumoroso baño de río.
Cuando terminado el baño, todas frescas, goteando perlas de agua
los cabellos, volvíamos a agruparnos las unas contra las otras en el fondo del
carro, Mamá, muy contenta también, se sentaba en su banquito más cerca de los
bueyes. Entonces, mientras Evelyn con la ayuda del gañán tornaba a abrir y a
instalar no sin ciertos esfuerzos la pesada sombrilla, Mamá respiraba de placer
bajo su sombra y decía con placidez y con dulce bienestar:
—Muy vieja y muy fea que está ya la pobre, pero sin esta
sombrilla nunca podríamos, niñitas, llegar hasta aquí y bañarnos tan sabroso en
este pozo del río.
Lo que nunca agradeceré bastante a Primo Juancho por lo que a mí
respecta es el haberme enseñado a bien comprender y amar desde mis más tiernos
años entre insultos y diatribas el alma idealista de la raza. Me inculcó al
efecto tal conocimiento y tal amor por el sistema de la demostración que es sin
duda el más eficaz para inculcar las cosas. En sus violentas exposiciones
empezaba por desahuciar enteramente a Venezuela como país perdido ya para la
civilización, sin esperanza de remedio alguno. Su pesimismo al avivarse iba
invadiendo poco a poco todo nuestro continente sur hasta que al fin se decidía,
atravesaba con voracidad el mar, se lanzaba sobre España, la devoraba y acababa
salpicando terrible con las chispas de su incendio todos los pueblos latinos. Sobre
la gran desolación de la catástrofe solo flotaban felices y sonrientes las dos
islas británicas.
¡Qué de amables defectos fulminabas, Primo Juancho, y cómo al
condenarlos, reflejándolos todos en ti mismo, sin que te dieras cuenta, los
empapabas de gracia y de hidalguía! ¡Cuánto iba a aprender contigo!
En efecto, algunos años después, debido tan solo a Primo
Juancho, sin tener aún ninguna cultura, ni el menor sentido de la historia,
mientras personas más graves y más doctas se aburrían leyendo Don Quijote, yo
sabía ya escuchar atenta la bondad de sus consejos, me deleitaba al conversar
llano de Sancho, le avisaba con un grito cuando por segunda vez decía el mismo
refrán, jugaba con su burro, juntos los dos, al pasar Rocinante nos guiñábamos
un ojo, por la mucha fanfarronada sobre la mucha flacura, y tanto acababa al
fin por quererlos a todos, que al igual de las Santas Mujeres, andando,
andando, me iba también en pos de ellos, los seguía con amor en su calvario y
lloraba de dolor y de risa ante el martirio alegre y conmovedor de sus palizas
y de sus manteamientos.
Debido también a mi Primo Juancho, muchos años después, cuando
ya digna de mi nombre por la nieve abundante de mi abundante cabello, viajé por
ciertas viejas ciudades de España, Extremadura o Castilla, allí donde otros no
veían sino malos caminos, cocina con aceite y carencia de baños, yo podía
contemplar a mi sabor horizontes inefables de una belleza honda e infinita. Era
siempre el familiar brazo derecho que al estremecerse elocuente e indignado me
hacía todavía señas y llamadas lo mismo entre las junturas de las piedras
adustas que sobre las viejas aspas de los molinos de Don Quijote.
Decir que en los lejanos tiempos de Piedra Azul mi inteligencia
fuera capaz de distinguir tales matices o de saber siquiera hacia quiénes y
hacia dónde se dirigían los elogios y las diatribas de Primo Juancho, seria
tratar de engañarlos a ustedes. Mentiría por vanagloria y mentiría por lo tanto
con mal gusto. Mis cinco años, al contrario, eran especialmente menudos y en
retardo. Agravados por aquella sencillez campesina, siempre asombrada, siempre
con los labios entreabiertos, tenía como el resto de mis hermanitas un aspecto
de grata y fresca bobería. Queríamos todas muchísimo a Primo Juancho, como se
quiere a un buen perrote familiar y manso que nunca ha mordido. Nuestro amor se
extendía ingenuamente a sus zapatos y a sus vestidos. Su oratoria magnífica no
se distinguía en nada a nuestros oídos de los fraternales ladridos de Marquesa.
Pero poco a poco estos otros ladridos iban haciendo un trabajo subterráneo en
nuestras almas candidas y oscuras. La imagen, como ven hoy ustedes, iba a
grabarse con nitidez en todos sus contornos tal cual se graba un busto en una
de esas medallas que guardadas después en el fondo de un mueble se sacan a la
luz y se contemplan con cariño muy de vez en cuando.
Primo Juancho llevaba con reserva su pobreza noble y cepillada.
Junto con la pobreza disimulaba con relativa discreción que la falta de buenos
resultados tornaba conmovedora, dos cosas más: su verdadera edad y la falsedad
de cuatro dientes que había perdido siendo joven en una de sus innumerables
caídas. Pero tanto las frases de entusiasmo como las de censura, al pasar
Silbando por sus labios movían de vez en cuando sus cuatro dientes postizos,
¡pobre Primo Juancho!, y después de declarar: "No se debe nunca hablar de
edad", sin darse cuenta indicaba la suya de continuo al narrar el menor
suceso. Nacido a fines del siglo XVIII, tenía sesenta y siete años en la época
a que me refiero.
Además de andar muy cepillado, Primo Juancho andaba siempre muy
vestido de negro. Se ataba al cuello con enrollada y sabía complicación una
ancha corbata de seda oscura y usaba sin cesar una especie de solemne levitón
con dos faldones atrás, y sobre los dos faldones, presidiendo su espalda, dos
grandes botones que no abotonaban nada. Era como si a cada instante estuviera a
punto de asistir a un entierro o a una sesión del Congreso. Nunca variaba e
impertérrito ¿qué dicen ustedes de esto? así se aparecía todas las mañanas
desde muy temprano en los corredores de Piedra azul. ¡Ah, la pobre dama pobreza
tiene a veces esos lujos inesperados y tercos! A Papá le daba lástima verlo
así, siempre pasando calor, siempre gastando la levita y su buen corazón
trataba a cada instante de evitar el doble mal, pero nunca tuvo éxito.
Ocurría con frecuencia que Primo Juancho, deseando por su lado
despertar en el alma dormida e indiferente de Papá una chispa siquiera de ese
sagrado interés que debe animar las almas ante los destinos del país, se
enfrentaba a él y le exponía vehemente, con la ayuda de sus dos brazos y de sus
dos faldones trémulos, dilemas tan terminantes como éste:
—Una de dos, Juan Manuel: o estos liberales cambian de política
y no se siguen robando el nombre de liberales que deshonran y que no merecen, o
yo me retiro dignamente del partido después de decirles lo que pienso de todos
ellos. ¿No te parece que es ése mi deber, Juan Manuel?
Después de haberlo considerado con mucha atención, Papá le
contestaba, en efecto, con muchísimo interés:
—Yo no comprendo, Primo Juancho, cómo puedes aguantar el día
entero esa levita de paño negro adherida a tu cuerpo. ¿Cómo no te mueres de
calor? Ponte una de mis chaquetas de dril blanco, una de las últimas que me han
hecho, ya te lo he dicho varias veces: póntelas, que a mí no me sirven y a ti
te deben quedar bien! Aunque solo sea en la mañana, durante las horas de más
calor
Por lo que a mí se refiere otra cosa me intrigaba y me taladraba
de curiosidad el alma. Cuando Primo Juancho hablaba, mientras sus queridos
faldones se agitaban con violencia al nivel de mi frente, mis dos ojos fijos en
la altura no se saciaban de contemplar los labios. Quería interrumpirlos y por
fin vacilaba. Era que en los míos siempre pendiente, siempre a punto de caer,
se encontraba preparada ya desde hacía tiempo la siguiente indagadora pregunta:
— ¿Y qué tú haces, Primo Juancho, cuando tú hablas, para poder
menear tus dientes? ¿Ah? ¿Y qué tu haces?
Afortunadamente siendo mi timidez mucho mayor que mi curiosidad,
la pregunta no voló nunca en alas de tan gran indiscreción. Mamá hubiera
sufrido horriblemente en lo más vivo de su amabilidad y es muy posible que al
oírme se hubiera caído desmayada de confusión a los propios pies de Primo
Juancho.
Desde entonces considero la timidez como una gran consejera y
una excelente amiga. Más tarde, en mi largo peregrinar por el mundo, cuántas
veces la he visto aparecer a mi lado andando lentamente con el índice en los
labios como una visión del cielo; acordándome de entonces la he mirado con
cariño y desde el abismo del silencio le he enviado agradecida mis mejores
sonrisas y mis más puros besos. De aquellas anécdotas o cuentos de Primo
Juancho, que llegaban a buen puerto y en los cuales, sin él sospecharlo, se
revelaba su espíritu de rancia cepa castellana, había uno, el más reciente
quizás del repertorio, que fue siempre el preferido de mi alma, porque sus
actores me eran familiares y porque además de estar presentes en el escenario
solían estar presentes en el auditorio, cosa que daba a las palabras cierto
sabor y jugosa vida. También se deleitaba en él Primo Juancho y aun lo refería
con gusto muchos años después hacia el final de sus días. De tanto contarlo
había ido limando asperezas, podando brozas, romando ángulos agudos, de modo
que cuanto de él quedaba eran redondeces y delicados perfiles. Mamá se
encontraba allí especialmente implicada. Su figura aparecía en primer plano tan
inundada de luz que no se dio nunca el caso de que comenzase el cuento sin interrumpirlo
ella cantadora y desganada:
— ¿Hasta cuándo lo cuentas, Primo Juancho, por Dios, hasta
cuándo?
Pero si era difícil obtener que ciertos cuentos de Primo Juancho
no se descarrilasen, era completamente imposible el detener a uno de sus
favoritos si, calzadas las botas de siete leguas, había ya dicho: "A
correr".
La anécdota a que me refiero era sencillísima y de una
trivialidad desbordante de interés. ¿Cómo podían correr juntos, agarrados
alegremente de la mano, esa pareja de enemigos mortales: la trivialidad y el
interés?, preguntarán ustedes. No puedo contestar: he ahí el misterio, he ahí
el embrujo, he ahí la esencia que encerraban las palabras de Primo Juancho y
que jamás me será dado el transmitir a ustedes.
Se trataba de cómo, cuándo y en qué circunstancia Papá y Mamá
celebraron sus bodas.
—Se casaron el año 46 —empezaba Primo Juancho—; era en el mes de
marzo, y era un domingo de Pascua. Carmen tema quince años y Juan Manuel
treinta y uno.
Quisieron un matrimonio lujoso, y lo tuvieron espléndido. Los
casó el arzobispo y a la novia la llevó del brazo su padrino, que eran entonces
presidente de la República. Pero a ahijada y a padrino al salir juntos de la
casa les pasó un gran chasco con el que nadie contaba y el chasco, como verán,
es la única gracia que tiene mi cuento...
Pero es inútil seguir repitiendo las palabras de Primo Juancho:
sin su voz, sin su ademán, sin ese calor indefinido que es alma o perfume de la
expresión en el narrar de los buenos narradores, nada significan. Solo puedo
asegurarles que cuando por aquí llegaba la sencilla historia, o sea el anuncio
del "chasco" todo el mundo atendía: si Evelyn pasaba por el fondo del
corredor suspendía un instante su actividad febril y atendía; las sirvientas
atendían; las niñitas todas atendíamos; hasta Aura Flor, si es que estaba
presente, en sus tiranos seis a nueve meses, encumbrada en los brazos de su
criadora, con tres dedos sumergidos en su boca sin dientes y un severo ceño en
la frente reflexiva vencida por la fuerza del ambiente se dignaba atender y
atendía con placer, lo garantizo.
Contando en pocas y desabridas palabras, el chasco fue que al
salir el matrimonio de la casa, al coche de adelante en donde iba la novia se
le rompió una rueda y con caballos, cochero, novia, presidente y todo, se quedó
en plena calle volcado y tullido. Era el coche oficial y solemne de la
presidencia. Con su uniforme de general viejo de la Independencia, todo lleno
de entorchados y condecoraciones, como sale un caracol de su concha, salió el
padrino de su coche volcado, sacó a la novia lo mejor que pudo, y aunque
cruzaba entonces por un período de aguda impopularidad y no era oportuno
codearse con el populacho tan engalanado y empenachado, viendo el conflicto,
viendo que la iglesia no les quedaba tan lejos y viendo que otro coche (gran
lujo y boato entonces) no podía hallarse así tan al alcance de la mano, se
tragó él solo su gran desgano y desafiando a la vez los dos conflictos dijo con
una sonrisa muy alegre y muy campechana:
— ¡Pues seguiremos a pie!
Los invitados que tengan coche se bajaron al punto e imitando al
presidente también saludaron al herido con una franca sonrisa, repitiendo lo
mismo:
— ¡Pues seguiremos a pie!
Y el padrino con sus entorchados y la ahijada con sus azahares y
todo el cortejo atrás, anda que anda se fueron calle arriba, entre una doble
hilera de curiosos y una doble hilera de ventanas, que mirando avanzar el gran
suceso batían sus hojas apresuradas echando raudales de luz y haces de
comentarios sobre la calle medio oscura, porque matrimonio y percance estaban
pasando de noche.
La novia al avanzar oyó caer de todos los labios un torrente de
flores, pero el viejo general oyó otras cosas, porque, como he dicho ya, tenía
enemigos; expiraba su período presidencial y a pesar de sus muchas bondades y
de sus muchas glorias viejas eran aquellos días de malquerencia y de
impopularidad. Moraleja: para atravesar una calle entre dos hileras de curiosos
y dos hileras de ventanas, es más grato y más seguro atravesarla de novia que
atravesarla de general.
Tal era a grandes rasgos el cuento, con su moraleja y todo.
Ahora bien, lo que Primo Juancho llamaba "la gracia de mi cuento", no
se encerraba, no, en los linderos del chasco como él creía, sino que derramada
por todos lados iba regocijando el espíritu, con esa alegría sabrosa del agua
fresca bebida en plena sed, alegría y sabrosura que cuando logra apresarse en
palabras escritas, las páginas donde se guardan, así pasen años y más años, no
se marchitan nunca. Solo mucho tiempo después llegué a conocer esta verdad:
extasiada de sorpresa y de añoranza la encontré un día en unas páginas
amarillentas del Romancero, leyendo el relato de otras bodas que también iban
andando con nobleza campechana por el medio de la calle. Aquí están. Son las
bodas del Cid. Sí impregnan en este aroma mi relato desabrido comprenderán cuál
era el encanto indefinido que animaba el cuento de Primo Juancho:
Más atrás viene Jimena
trabándola el rey la mano
con la reina su madrina
y con la gente de manto.
Por las rejas y ventanas
arrojaban trigo tanto
que el rey llevaba en la gorra
como es ancha un gran puñado,
y a la humildosa Jimena
se le metían mil granos
por la marquesota al cuello
y el rey se los va sacando.
Envidioso, dijo Suero,
Que lo oyera el rey en alto
—aunque es de estimar ser rey
estimara más ser mano—
mandóle por el requiebro
el rey un rico penacho
y a Jimena le rogó
que en casa le dé un abrazo.
Fablándole iba el rey,
mas siempre le fabla en vano,
que non dirá discreción
cómo la que faz callando
llegó a la puerta el gentío
y partiéndose a dos lados
quedóse el rey a comer
y los que eran invitados.
Si tienen a bien cambiar los granos de trigo, que nunca se dio
en Caracas, por comentarios contra el presidente, y espontáneas flores a la
novia, tendrán ustedes el romance de las bodas de Mamá tal como tantas veces lo
escuchó narrar mi infancia.
¡Ah, Primo Juancho, la gracia de tu cuento! Ahora ya sé por qué
vivías indignado sin razón, y por qué amanecías todas las mañanas con tu
solemne y negro levitón de entierro. Sabías que entre unos y otros estaban
asesinando brutalmente la noble, vieja gracia campechana, y cómo poco a poco
enterraban algo de ella todos los días, todos los días tú asistías consecuente
a su pedazo de entierro. Pero su agonía fue larga y respirando a tu lado vivió
mientras tú viviste. Fue ella quien como perro fiel, olfateando tus faldones,
se fue a trote ligero detrás de tu entierro pobre, e inmóvil sobre tu tumba
como los perros de mármol de los mausoleos, se quedó para siempre en el
cementerio.
Al terminar de escribir estas palabras dos gruesas lágrimas han
corrido por mi rostro, arrugado, tanto por las contracciones del dolor cuanto
por las muchas líneas que al rodar de los años ha ido trazando la risa. Una de
las lágrimas es por la pérdida irreparable de la querida ausente. La otra, por
la tristeza inmensa que me da el saber que sobre las amadas cenizas, siempre
triunfante, siempre terrible, cual un ángel de exterminio con una espada de
fuego, guardando las puertas de todo lo amable, en lugar de la gracia, como
castigo, nos ha quedado el énfasis.
VICENTE COCHOCHO
Las debilidades, deficiencias e imperfecciones de mi alma, como
las de casi todas las almas, son bastante numerosas, lo reconozco. Ellas me
rodearon regocijadas y en tropel durante mi larga vida, tal cual rodea a una
pastora su fiel rebaño de ovejas. Antes que conducirlas yo a ellas, me dejé
conducir por ellas a través de los años con sumisión y dulzura. Encariñadas así
con mi persona, ninguna llegó nunca a descarriarse: aquí van todas.
Una debilidad que apenas, apenas, asomó su cabeza en mi rebaño,
es aquella contagiosísima que designan hoy con esta palabra de origen
anglosajón: snobismo. No, yo no soy ni he sido snob, sino acaso una que otra
vez con indolencia y desgano. Como tal debilidad es al fin y al cabo una gran
fuerza, el no ser snob me desprestigió muchísimo en la consideración de las
gentes, las cuales solo buscan y exaltan al que bien sepa aplastarlos bajo el
peso de una vanidad aparatosa y estéril. Por causa de tal inferioridad o
desprestigio, junto a las debilidades, Poco a poco han venido sumándose los
fracasos, los cuales me siguen también con cierta fidelidad y con regocijo un
tanto romeo. Yo no los reniego. Salieron de mí espontáneamente. Igual de mis
hijos y mis nietos, son mi obra y son mi descendencia: ¡que me sigan siguiendo
y que Dios los bendiga a todos!
Este exordio es para decir a ustedes que siendo una anti-snob
con la vida salpicada de modestos fracasos, no me avergüenzo de presentarme en
público al lado de personas impresentables o mal vestidas. Acabo de hacerlo,
sin que ustedes lo sepan, al encabezar este capítulo así: "Vicente
Cochocho" quien, lo confieso sin ambages; andaba peor que mal vestido,
puesto que casi no andaba vestido. Perdónenme. Piensen indulgentes que las
personas más impresentables son generalmente las más interesantes. Yo creo que
el cuerpo suele adornarse con detrimento del espíritu. Es una convicción cruel
que profeso con tristeza, pues me duele muchísimo el pensar que la amable, la
divina elegancia del cuerpo, es una ladrona linda y vil que para bien adornarse
dejo el alma sin ropas ni pan, sumida en la miseria.
Así, peor que mal vestido, simple peón de Piedra Azul, sin
derechos de medianería, bueyes, rancho ni conuco, Vicente Cochocho fue uno de
los amigos tutelares de nuestra infancia Hace casi setenta años que sus pies
descalzos, negros, cortísimos y abiertos en forma de abanico no hacen florecer
el ramo de sus cinco dedos sobre el polvo de este mundo, pero su memoria
querida y oscura, tan digna de la gloria, vive con honor en mí recuerdo. Aquí
tiene su calle, su estatua y su mausoleo. Los mereció por su valer y virtudes
al igual de los más grandes de la tierra. Sé muy bien que pasaré algún día,
¡también pasan las ciudades! entonces, y solo entonces, sepultada entre mis
ruinas su memoria morirá conmigo.
Cochocho no era un apellido, era un apodo. Nuestro gran amigo
tutelar Vicente ni alzaba zapatos ni calzaba apellido. Cochocho, perdónenme
otra vez, quiere decir piojo, pero un piojo tan despreciable que ni siquiera se
encuentra en el diccionario. Para dar con él hay que ir, según creo, a los
Llanos de Venezuela y buscarlo con paciencia entre la piel o crines del ganado,
no sé bien. Yo nunca lo vi, pero a juzgar por su homónimo Vicente, quien
llevaba tal nombre con la misma naturalidad elegante con que ciertos grandes
llevan sus títulos, un cochocho debe ser, sencillamente, horrible. ¡Ah, mi
querido Vicente, no te ofendas por esta deducción en la paz de tu descanso:
acuérdate que fue tu arte y tu más alta gloria la de haber embellecido la
fealdad!
Vicente, que era grande por la bondad de su alma, no podía ser
más pequeño en cuanto a estatura física. Apenas le llevaría unos cuatro o cinco
dedos a Aurora, quien, dicho sea con justicia, era alta para tener siete años.
Ambas dimensiones, la del cuerpo y la del alma, lo acercaban a nosotras, que
éramos pequeñas de tamaño y que siendo inocentes buscábamos la bondad
naturalmente por consonancia o amor a la armonía.
Una circunstancia imperiosa de orden material contribuía también
a unirnos con Vicente: era la frecuencia del trato. El puesto
"oficial" por decir así de Vicente Cochocho era el de paleador de la
acequia. Quiero decir con esto que cada dos semanas pasaba cuatro o cinco días
metido en el barro hasta más arriba de las rodillas, con una pala en la mano,
amontonando a uno y otro lado de la acequia grande cuanto sedimento hubiese
depositado el agua de dos semanas. Como tal cosa tenía lugar lejos de la casa,
durante ese lapso quincenal, Vicente se eclipsaba a nuestros ojos. Pero el
resto del tiempo sus variados quehaceres quedaban adheridos a la casa y a sus
dependencias. A veces, muy raras veces, emburraba caña en el trapiche.
Había que verlo entonces empinándose en un tramo para poder
alcanzar al igual de los demás emburradores
la marcha lenta de los tres cilindros. Siempre alcanzaba y los
cilindros, sin decir "muchas gracias", devoraban majestuosos la caña
que con tanto esfuerzo les daba a comer Vicente. Pero, repito, esto no era
frecuente. Quehaceres más cónsonos con su estatura lo tenían oscilando casi
siempre alrededor de la casa.
Generalmente, era Vicente quien ayudaba a limpiar la caballeriza
y curaba los caballos y las vacas enfermas; era Vicente quien enviado por Mamá
se subía a los árboles del huerto y cogía las frutas en sazón; era Vicente
quien salía con el burro montaña arriba o callejón abajo a buscar leña, hojas
de plátano para las hallacas, hojas de maíz para las hallaquitas, bejuco de
cadena para mi pelo, legumbres, aguacates, papelones o cualquier cosa que se
necesitara de improviso en la cocina; era Vicente quien remendaba puertas y
alambrados en el corral de las gallinas; quien cazaba de noche los rabopelados
, quien armado de una azada y una pala cavaba un hoyo en el huerto o en el
jardín si es que Papá deseaba sembrar una planta nueva; era Vicente quien
gobernando las aguas al igual de Neptuno, con los pies apoyados a uno y otro
borde la represa, levantaba la compuerta y, como quien desata una fiera,
desataba el espléndido tumulto del chorrerón y era por fin Vicente, quien, en
cuclillas, adherido al piso, lo mismo que su homónimo al ganado con el cuchillo
puntiagudo que solía llevar en la cintura, arrancaba pacientemente las briznas
de hierba que crecían obstinadas por entre las piedras, lajas y ladrillos de
los corredores y patios de Piedra Azul.
Cuando Vicente Cochocho deshierbaba las lajas recogido en
cuclillas, verlo desde lejos era lo mismo que ver un sapo en el momento en que
ya va a saltar. En su cabeza chata y cordial se aliaba humildemente el indio
con el negro, cada cual en su puesto, con mucha mansedumbre y sin nunca dirigir
malevolentes su alianza contra el blanco. El pelo de la cabeza, donde mandaba
el negro, era un mullido colchón lanudo, mientras que el bozo, dominado por el
indio, era tan ralo, tan tieso, tan poca cosa, que nosotras le decíamos con
cariño (esto era original de Violeta), Vicente Cochocho, bigotes de cucaracha.
Según parece, Vicente, quien al igual de los sapos y de los
cochochos no tenía a simple vista edad ninguna, era viejo. Sus piernas cortas y
torcidas siempre en trato íntimo con tierra y agua, siempre desnudas hasta la
rodilla, siempre salpicadas de barro, no daban impresión de suciedad o
descuido, ni podían inspirar asco. ¿Son sucios los helechos que besa la
corriente y espolvorea la tierra? ¿Dan asco las raíces que se arrastran al
nivel del suelo entre el polvo hermano y la lluvia santa?
Pero Evelyn, que entendía las cosas de otro modo, había
declarado que Vicente era un ser inmundo digno del mayor asco, que siendo él,
ya de por sí, un piojo, debía tener la cabeza cundida de ellos, y que por
consiguiente no debíamos acercarnos a su persona en ninguna forma y bajo ningún
pretexto. Inútil es decir que nuestra adhesión a Vicente Cochocho, espoleada
así por la persecución y realzada por el atractivo inmenso de lo prohibido,
tomaba incremento a todas horas. ¿Qué vale en efecto un amor que no se contraría,
y qué una amistad por la cual no se ha luchado? Al distinguir de lejos a
Vicente cavando en el jardín, o en cuclillas, deshierbando el patio, corríamos
todas y lo rodeábamos de cerca con pasión. Entonces, el más mínimo de sus
movimientos, la menor de sus palabras interesantes ya de por sí, amenazados por
la intervención policial de Evelyn, adquirían un sabor y un precio
extraordinarios.
En el fondo, hoy lo comprendo, la guerra a muerte que Evelyn
declaraba diariamente a nuestro querido Cochocho tenía por base un complicado y
personal odio de raza. Por eso era encarnizada y sin tregua. Evelyn, que tenía
tres cuartos de sangre blanca, maldecía con ellos su cuarto de sangre negra.
Como no le era posible maltratar su negro en ella, le pasaba poderes a Vicente
y lo maltrataba en él, A cada instante trataba de empeñar el prestigio de
Cochocho en el ánimo de sus prosélitas o sea en nuestros ánimos, pero sin éxito
ninguno, mejor dicho, con resultados inversos. No perdía ocasión. Si una de
nosotras se había derramado en el vestido un plato de sopa, o una taza de
chocolate, Evelyn, desesperada, contemplaba un instante a la manchada y la
reprendía así:
—Por atolondrada y por no poner cuidado estás ahora sucia: ¡como
Vicente Cochocho!
Bajo el chocolate o la sopa, nuestro amor a Vicente subía de dos
a tres grados.
Si tenía lugar una de esas acciones reprochables que indican
falta de cortesía o cultura, al punto, encarándose con la culpable, Evelyn
interrogaba sarcástica:
Eso tan lindo, eso tan precioso, ¿lo aprendiste, no es verdad,
con señor don Vicente Cochocho?
Nuestro amor crecía.
Si nos hallaba de improviso rodeando a Vicente en pleno patio,
se precipitaba sobre nuestro círculo de amor y lo desbarataba preguntando con
una discreción terrible, en la cual pululaban las ofensas:
¿Qué he dicho ya más de mil veces? ¿Qué está prohibido aquí
siempre?
Vicente sabía muy bien lo que estaba prohibido aquí siempre, y
lo que se había dicho ya más de mil veces. Sin embargo, ante el vejamen no
protestaba: continuaba paciente con su cuchillo, arranca que arranca la hierba
terca. Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales
aceptaba sin quejarse las iniquidades de los hombres y las injusticias de la
naturaleza. Hundido en la acequia o adherido a las lajas, zahiriéranlo o no,
seguía como buen vegetal dando impasible sus frutas y sus flores.
Acusar a Vicente de falta de aliño o limpieza podía pasar, era
una cuestión de apreciación; acusarlo de descortesía era a todas luces una
injusticia. No era posible ser más cortés. Solo que Evelyn, en su
intransigencia inglesa y puritana, era incapaz de apreciar el refinamiento de
aquella cortesía rústica Nosotras, sí. Ni ella, ni Mamá, ni Papá, ni nadie eran
tampoco capaces de apreciar el buen sabor a español noble y añejo del
vocabulario que empleaba Vicente. Nosotras sí, y porque lo apreciábamos lo copiábamos.
Evelyn nos corregía asegurando severa que hablábamos vulgarmente; también Mamá
nos corregía, pero ellas no tenían razón, la razón o supremo buen gusto estaba
de parte de Vicente y de parte nuestra. Solo muchos años después pude
comprenderlo bien. Fue leyendo a López de Gomara, Cieza de León, Bernal Díaz
del Castillo y a otros autores de la época, quienes vinieron a América y
legaron generosos de viva voz el español que usaba Vicente tal cual se usa un
mueble antiguo, sólido y cómodo, que se ha heredado en buena ley.
Vicente decía, como el magnífico siglo XVI: ansina, en lugar de
así; truje, en lugar de traje; aguaitar, en lugar de mirar; mesmo, por mismo;
endilgar, por dirigir o encaminar, decía esguazar, decía agora; decía vide;
decía dende; su español, en una palabra, era el español del Siglo de Oro.
Usaba además Vicente una especie de declinación formada por
diversos diminutivos que aplicaba a nombres, adjetivos, adverbios y gerundios,
llenando de matices especiales la palabra en cuya terminación los adhería. Si
lo llamaban y él contestaba
— ¡Señor, agorita voy! O bien — ¡Señor! ¡Voy agoritica!
Esto quería decir: "Voy con mucho gusto dentro de un
momento. Dígnese usted tener paciencia". Si al preguntarle qué era de su
vida y salud, él contestaba:
—Ya ve, aquí me tiene, trabajandito.
"Trabajandito" quería decir que trabajaba con gusto y
buena voluntad, pero sin mayores ventajas pecuniarias.
Su cortesía corría pareja con su gayo hablar. También era noble
y llena de matices. Nunca Vicente entraba en un recinto cualquiera, así fuera
la cocina o la pieza de escoger café, sin pedir la venia en esta forma:
— ¡Alabado sea Dios!
Frase que repetía clavado en un umbral o ante unos escalones,
hasta que una voz indignada le contestara:
— ¡Adelante, caramba, no moleste más!
Vicente era incapaz de quedarse con el sombrero de cogollo en la cabeza si veía pasar a Mamá, por muy
lejos que fuera. Como mascaba tabaco, "escupía por el colmillo" con
frecuencia, es cierto, pero era menester ver con qué arte y nitidez lo hacía.
Nadie hubiera podido imitarlo y nadie podía saber dónde, cómo, ni cuándo,
Vicente había escupido. Era lo mismo que un rayo: ¡pssst!, que cruzaba con
rapidez el espacio y se perdía en lontananza entre las matas. Lejos de ser un
acto vulgar, el escupir por el colmillo era, en Vicente, una demostración de
respeto y sumisión. Poco lo hacía al dialogar con sus ¡guales. Por lo general,
indicaba perplejidad. Cuando se hallaba en una situación difícil interrogado
por Papá, Mamá o Primo Juancho, se rascaba la cabeza deliberando y ¡pssst!,
como una flecha, sin apenas mover los músculos del rostro, sin jamás ensuciar
en donde no debiera, con una puntería admirable, escupía. Acto seguido daba una
respuesta llena de acierto y discreción.
El trato con Vicente Cochocho nos iba instruyendo en filosofía y
ciencias naturales como ningún libro o profesor hubiera Podido hacerlo. Su
espíritu hermano por la sencillez, fuerte Por la experiencia, estaba adornado
de conocimientos amenos que corrían fácilmente de su inteligencia hacia las
nuestras con a naturalidad de un arroyo regocijado y claro. Nosotras lo
bateábamos a preguntas. Casi todas tenían esta partícula interrogativa:
"¿Ah?", sobre la cual apoyábamos toda la fuerza de nuestra curiosidad
y que cambiaba de lugar según la frase:
— ¿Por qué hay guayabas verdes y guayabas amarillas, Viente, ah?
— ¿Por qué los gallos saben pelear, Vicente, ah, y no saben
Poner huevos como las gallinas?
¿Por qué, Vicente Cochocho, topocho , rechocho , bigoticos de
cucaracha, tú no tienes tu casa de teja como los medianeros, ah?
Para dar la razón de tanta cosa, Vicente impregnaba sus
respuestas en la hermosa filosofía de la resignación. De las anguilas decía:
—Porque ellas son buenas y se defienden resbalándose sin
maltratar a nadie, por eso las buscan y se las comen. A las culebras le tienen
rabia, pero ninguno sale a buscarlas. De puro malas que son, las respetan. Del
gallo decía:
—Porque su sino es de peleón y no le gusta oficio que no se
mandar en jefe. ¿No le ven el gobierno en la cresta?
Y de sí mismo:
—Porque nací para pobre. ¡Quién ha visto peón negro con casa de
teja!
Papá había vivido y gobernado en Piedra Azul desde su mí tierna
edad. Era como el hijo de toda la hacienda. Nosotras éramos las nietas.
Los viejos llamaban a Papá el Niño Juan Manuel, o el Niño Juan
Manuelito. Los jóvenes lo llamaban Don Jan Manuel. En cuanto a nosotras, siendo
a un tiempo nietas y princesas de Piedra Azul, se nos trataba de tú, y como si
fuéramos Infanta de Castilla o de Aragón, teníamos este título largo y sonoro
digno de figurar en las coplas de Jorge Manrique: "Las Seis Niñitas de la
Casa Grande".
También Vicente nos daba tratamiento de tú, pero antes de
nombrarnos, en señal de homenaje, no decía niñita, ni niña, ni señorita, no,
decía: Señor. Tú y Señor. Lo mismo que si se dirigiera a Dios.
Por ejemplo:
Cuando llegaba en el burro cargado de legumbres, de fruta y de
hojas de plátano, nosotras corríamos hacia él agobiando a preguntas y
reclamando encargos. El iba respondiendo:
—Si, Señor, Blanca Nieves, te conseguí el conejito blanco Mañana
te lo mandan con jaula y todo.
O de pronto:
—No, Señor, Violeta, no le pegues al pobre burro, mira que el no
te ha hecho nada.
Difícilmente podré explicar a ustedes la suma de matices
expresivos que encerraba el hablar de Vicente, puesto que tales matices no
estribaban en los vocablos, estribaban en el tono. ¿Qué es una frase sin tono
ni ritmo? Una muera, una momia.
¡Ah, hermosa voz humana,
alma de las palabras, madre del idioma, qué rica, qué infinita eres!
Cuántas veces he tratado de explicarles aquí cómo hablaba
Vicente y cómo hablaba Mamá, aquellos dos polos: el extremo de la rusticidad y
el extremo de la exquisitez o "preciosismo", uno más ritmado que
melodioso, otro más melodioso que ritmado, he tenido que contemplar con
tristeza la miseria realizada por mi buena intención. La palabra escrita, lo
repito, es un cadáver", "levántate y anda". Hoy que todo es
alegre bullicio en la república de las letras, hoy que el genio y la novedad
van siempre bailando juntos, tan contentos, ¿cómo no han hallado el modo de
despertar esa muerta?
Si yo fuera novelista de
talento (dos humildes suposiciones) impondría la siguiente innovación en la
novela: antes de comenzar un diálogo cualquiera tendería siempre un pentagrama
sobre mi página. A la izquierda como de costumbre: clave, tono y medida; luego
los compases con notas y accidentes, y abajo el texto; lo mismo que para el
canto. Con un poco de solfeo que supiera el lector no tendría sino que tomar el
libro en la mano izquierda, llevar el compás con la derecha canturreando y
¡listo! El personaje habría hablado de veras.
Acabo de darme cuenta de que estoy ideando una tontería.
Perdónenmela. El escritor que tal hiciera, al pecar por exceso de verisimilitud
o claridad, se vería cubierto de desprecio. La claridad que nos hace amables
nos impide ser admirables. Lo incomprensible, el humillar violentamente los
espíritus, arranca de las manos aplausos irritados y sinceros cuyo verdadero
significado es éste: ¡¡Bravo, bravo, bravísimo, que no hemos entendido ni Una
jota!! Una imaginación de amplio vuelo puede lanzarse a sus anchas dentro de la
oscuridad que es infinita. Dios no sería adorable si fuera comprensible. La
humilde claridad es limitada, franca y pobre. La claridad es despreciable y
reposante como un par de pantuflas viejas. Yo no aspiro a la gloria, ni a los
aplausos, ni al respeto de las multitudes; por lo tanto, puedo calzarme de
tiempo en tiempo mi par de pantufas reposantes.
Vicente Cochocho era el tocador de maracas de todos los bailes de Piedra Azul. Según
creo, su conversación debía ir
acompañada por el repiqueteo o compás de dos marcas invisibles. A ellas
debía su ritmo. Si Mamá, verbigracia, necesitaba con urgencia que Vicente fuera
a buscarle unas parchas o guanábanas, se asomaba al pretil, llamando:
— ¡Vicente! ¿Estás ahí, en el jardín?
Y él contestaba a lo lejos:
— ¡Si, Señor!
Al Sí le correspondía una nota negra ligada a una corchea con
puntillo y un golpe de maraca, al Señor una semicorchea, una negra y repiqueteo
de tres golpes.
A más de ser maestro en filosofía y ciencias naturales, a más de
ser tocador de maracas, paleador de la acequia, emburrado; del trapiche y
deshierbador de lajas, Vicente era el médico, el boticario y el agente de las
pompas fúnebres en Piedra Azul. Era además, de vez en cuando, como se verá más
adelante, militar y militar de gran genio. Si sus piernas estaban salpicadas de
barro, su valor, salpicado de hazañas y de altísimos hechos. merecía que la
gloria le hubiese abierto de par en par sus grandes puertas: ya lo dije al
presentárselos. Pero "la gloria no se ofrece sino al que la
solicita", opinaba un amable sabio. Vicente, sea porque fuese filósofo,
sea porque no se sintiese bastante buen mozo y bien vestido para ir en busca de
tan gran señora, le volvió siempre la espalda, sin jamás acercarse a decirle
pero ni "esta boca es mía".
En lo concerniente a la milicia, Vicente tenía más genio que
vocación; en lo concerniente a la medicina, tenía más vocación que genio. Como
es la vocación quien forma el verdadero médico, como la medicina oscura y santa
está impregnada de misticismo, milagros y ciencia infusa del corazón, Vicente,
todo actividad, todo abnegación, todo espíritu de sacrificio; Vicente, a quien
nadie llamó nunca el doctor Cochocho, era el médico por excelencia.
Papá no lo juzgaba así. Como la medicina, repito, es campo
abierto a las apasionadas creencias, al fogoso misticismo y a las luchas
fanáticas, Papá perseguía con ardor e intolerancia la actuación de Vicente
junto a los enfermos de su hacienda. Aseguraba con convicción de raigambre
mística, que en Piedra Azul la presencia de Vicente era mucho más funesta que
la del tifus, la disentería y la fiebre amarilla juntos. Papá hablaba con
pasión, no cabe duda. Pero siendo su poder absoluto o ilimitado, la situación de
Vicente respecto a su misión sublime y respeto a Papá era en todo semejante a
la de los primeros cristianos bajo la persecución de Diocleciano o de Nerón.
No quiero decir con esto
que Papá fuera cruel, sino que amenazado a cada instante por el Omnipotente,
Vicente, lleno de heroísmo, robustecido más y más en su caridad y en su fe,
ejercía su ministerio en la sombra.
Yo creo que en la intolerancia honrada de Papá se ocultaba sin
él saberlo, como ocurre a menudo, aquella rivalidad despierta y agresiva que
viene a asomarse siempre entre dos médicos situados ante una misma clientela.
Porque debo advertir a ustedes que a su manera, sin universidades, grados, ni
estudios, también era médico Don Juan Manuel. También él se iba en su caballo
Caramelo con su frasquito de píldoras de quinina, su termómetro, sus
sinapismos, sus purgantes y recetaba a los enfermos. Vicente se iba a pie con
hojitas de llantén, raíz de ciruela fraile molida, manteca de lagarto, sangre
de conejo matado en menguante, ensalmos, oraciones, y le arrebataba a
clientela. Y es que siendo el más débil, Vicente era el más fuerte por su
augusta vocación.
En Piedra Azul se curaba
y se medicinaba de balde. Por lo tanto, Papá, enteramente desarmado, no
pudiendo siquiera pasar a sus enfermos esas cuentas altísimas que tanto
sostienen el prestigio científico de un médico, aplastado por Vicente, sin
defensa posible, veía decaer su clientela, mientras la de su competidor crecía.
Como todo médico: grande o pequeño, ignorado o renombradísimo,
como todo medicucho, medicastro o gran lumbrera, Vicente realizaba curaciones
maravillosas y realizaba también de vez en cuando muertes fulminantes que
producían gran escándalo y cubrían su nombre de oprobio durante breves días.
Las cosas volvían pronto a normalizarse y la fe renacía. En los días del
escándalo la cólera de Papá, todos rayos y truenos caía sobre la cabeza
bienhechora y vencida.
Un día presenciamos la siguiente solemne y dolorosa escena.
Era en la tarde. Papá, encerrado en su escritorio, conferenciaba
desde hacía rato con el mayordomo. De pronto se abrió la puerta con violencia y
lleno de arrogancia y majestad, como se asoma un emperador al balcón de su
palacio, se asomó Don Juan Manuel al pretil vecino de su escritorio, de donde
se dominaba la ancha explanada o entrada principal de la casa. Allí, con una
voz severa que amenazaba tormenta, dijo a una de las sirvientas:
—Anda a decirle a Vicente Cochocho que venga acá inmediatamente,
que tengo que hablar con él.
Encogidas las almas de temor ante aquel misterio, que amenazaba
herir uno de nuestros más vivos afectos, corrimos todas, doloridas, a
presenciar el desastre.
A poco, en la ancha explanada, más chiquito, más cuadrado, más
cabezón que nunca, apareció en efecto nuestro querido Cochocho. Como jamás se
atrevía a subir al corredor principal de la casa, se acercó desde afuera al
pretil y con sus pies de pato, sus piernas torcidas, su cabeza lanuda, su
sombrero de cogollo en una mano, su machete en la otra, se detuvo, levantó la
cabeza y como una rana ante un león interrogó:
— ¿Señor?
—Oye, Vicente —dijo Papá terrible y todopoderoso—, óyeme bien.
Acabo de saber que a José del Rosario, el de la Quebrada Grande, se le enfermó
su muchachita de un ojo, que tú fuiste allá y dijiste que eso se curaría con
sangre de lapa , que tú mismo cazaste la lapa, que tú mismo le sacaste la
sangre, que tú mismo la llevaste, que se la pusieron y que se ha quedado
tuerta. Eres muy bruto y más que bruto eres un criminal, ya lo sabes! Atiéndeme
ahora y que no se te olvide, es la última vez que te lo digo: te juro, Vicente,
que como tú vuelvas a recetar a un solo enfermo más aquí, en Piedra Azul, le
escribo al Jefe Civil del distrito para que vengan inmediatamente a buscarte y
te tengan en la cárcel preso cinco o seis años por asesino.
Lo digo y lo haré. ¿Me
estás oyendo bien, Vicente? ¿Comprendiste?
—Sí, Señor.
Contestó Vicente humildemente, sin olvidar su puntillo y sus
tres golpes de maraca.
Inútil es decir que desde el siguiente día, con mucho mas; ardor
continuó en secreto cazando lapas, buscando hierbas, moliendo raíces, anda que
anda, de norte a sur, de este a oeste, perdiendo días de jornal, vadeando ríos
crecidos y pasando noches de vela junto a la cabecera de sus amados enfermos.
Las bondades y favores de Vicente Cochocho, como toda cosa que
se da espontánea y abundante, como las frutas silvestres, como los dorados
mangos en el mes de agosto, no tenían valor ninguno en Piedra Azul. Su
abnegación despertaba con frecuencia el mal humor, y sus mayores beneficios se recibían
al igual de esas cosas que siendo útiles son importunas, como se reciben,
digamos, los aguaceros bienhechores y molestos.
Existía en Piedra Azul una ley impuesta por la costumbre, ley
discreta, digna de la sabiduría severa de un Licurgo. Cuando un peón o
cualquiera de sus allegados moría no había ni qué preguntarlo. Papá hacía todos
los gastos relativos al entierro salvo uno, el del ataúd, del cual
espontáneamente se encargaba Vicente. Quiero decir con esto que los dos médicos
afrontaban, cada uno a su modo, el gasto que ocasionara la muerte de sus
enfermos.
Al tener noticias de una
defunción, Vicente, madrugando si era menester, se iba a la casa, o por mejor
decir, al rancho mortuorio, daba el pésame en términos muy corteses como de
costumbre, para terminar diciendo:
—Y por la "urna", ya lo saben, no se angustien, yo se
la traigo a la nochecita.
Aquel día renunciaba a todo jornal. Comenzaba por pasar la
mañana entera de arriba abajo; en las pulperías, en las casas de los medianeros
y en los ranchos de los peones, preguntando en todas partes "que si por
casualidad" no tendrían unas tablas o unos cajoncitos viejos que le
regalaran.
En honor de la verdad, dada tales circunstancias, todos lo
recibían con buenos modos; todos derrochaban generosidad. A eso de las doce,
recogido el material, se instalaba en un rincón del trapiche con un serrucho,
un martillo, unos clavos y, pin-pun pin-pun, añadiendo por aquí, encajando por
allá, claveteaba con ardor. Bajo el ardor, un ataúd, aunque informe, iba
engordando y creciendo, Terminado el trabajo relativo al carpinteo, se iba a la
casa, preguntaba por Mamá y con el encogimiento natural de todo el que pide
algo, luego de ¡pssst!, escupir por el colmillo en señal de homenaje, también
decía: Que "si por casualidad" no tendría misia Carmen María unos
trapitos negros que ya no le sirvieran. La "casualidad" no dejaba
nunca de tener lugar.
Armado así, con los trapitos negros se volvía a su rincón del
trapiche, los cortaba con inteligencia y con economía, los untaba con engrudo y
los iba colocando habilidoso hasta que el gran cajón remendado, de tablas
viejas, rotulado aquí y allí con "frágil"; "Hacienda Piedra
Az..." o "La Guay....", según los cortes y los añadidos, quedaba
convertido en un ataúd negro lleno de depresiones y de jorobas conmovedoras, es
cierto, pero de un conjunto tan lúgubre y tan feo como el de los más lujosos
ataúdes negros. Nunca se olvidaba de pegar sobre la tapa dos tiras blancas que
formaban cruz. Rematada así su obra, a altas horas de la noche se la cargaba al
hombro y anda que andarás cerro arriba llegaba al rancho mortuorio, se detenía
en la puerta y:
— ¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Dios!— anunciaba su presencia
a grito herido.
De adentro le contestaban, naturalmente, "que qué gritos
eran ésos; que si no sabía demasiado que había un difunto en la sala; que a los
difuntos se (es debía más respeto; que tuviera tino al colocar la urna; que no
la fuera a poner en el medio, sino en un rincón donde no estorbara el paso; y
que puesto que allí estaba, que se sentara y que se tomara su
"pocillo" de café y hasta, si quería, un vaso de aguardiente".
Hechas estas observaciones seguían hablando desaforadamente.
La beneficencia de Vicente Cochocho, semejante a la luz del sol,
se derramaba sin preferencias sobre todos los hombres, en todas las
circunstancias: ricos y pobres, grandes y humildes, malos y buenos, a todos
alcanzaba. Lo mismo exponía Vicente su vida vadeando un río crecido para
llevarle "unas hojitas" de cualquier cosa a un moribundo, que la
exponía subiéndose a una rama inaccesible a fin de alcanzar "el ramito de
mamones " encargado por alguna de nosotras. Igual se desvelaba fabricando
un ataúd que pasando la noche entera con las maracas en la mano, dándoles sin
descanso, para que "el amo del baile" quedara bien lucido. Nadie ya
lo ha visto, le daba las gracias de nada. ¿Quién se acuerda de darle gracias al
sol porque alumbra o al agua porque se deja beber?
Aun cuando le gustase el baile en forma extraordinaria, no
bailaba jamás, por la sencilla razón de que nadie quería bailar con él.
¡Las peladoras de semilla
y las cogedoras de café ya sabían revestirse de snobismo, en aquella época y en
Piedra Azul! Si el amo del baile, condolido, se acercaba a un grupo de
invitadas y les rogaba "que bailara alguna con Vicente, una piececita por
lo muy menos, que fueran complacientes, que el pobre había contribuido tanto
con las maracas la noche entera, que eso ni las rebajaba, ni les rompía
costilla", las invitadas contestaban muy entonadas: que ni locas; que
¡cuándo!; que ellas no se exponían a hacer un mal papel; que Vicente era
demasiado chiquito; que apenas si les pasaría de la cintura; que eso no era una
pareja para bailar con nadie". El pobre desairado, muy conforme, tenía que
continuar con su par de maracas toca que toca la noche entera.
Si Vicente era despreciado en los bailes por su desnudez
completa de atractivos físicos, conocía en cambio el amor hondo y manso, aquel
que a espaldas de la estéril vanidad, desdeñando todo material provecho, cierra
los ojos a la belleza del cuerpo y va a prender sus raíces en los encantos del
alma. Por sus atractivos morales Vicente era amado, y amado mucho más de
lo común, puesto que lo querían a un
mismo tiempo sin celos, discusiones, ni rivalidades: Aquilina y Eleuteria. El
las quería a las dos sin hacer preferencias, las dos lo sabían y las dos lo
aceptaban con mutua o, mejor dicho con doble generosidad.
Aquilina y Eleuteria ni eran muy lindas, ni eran muy elegantes;
al contrario, situadas al mismo nivel de Vicente, podían brindarle un amor todo
paz, exento de peligros y zozobras, cosa que para la felicidad es un factor más
poderoso que la elegancia y la belleza juntas.
A fin de que ustedes no se escandalicen ni juzguen severamente a
Vicente, debo advertirles que en Piedra Azul se aceptaba el amor libre. Era tan
corriente y tan bien visto, como lo es desgraciadamente hoy día y lo era
desgraciadamente entonces en cualquier sociedad rica, aristocrática y refinada
de cualquiera gran capital. Salvo en uno que otro detalle de la forma, en el
fondo, las costumbres de Piedra Azul eran dignas de una espléndida corte. Como
mi excelente Mamaíta no había viajado nunca, ignorando tal circunstancia o
coincidencia, se quejaba y lamentaba al decirle a Papá, casi con lágrimas en
los ojos, que podía estar seguro de una cosa tristísima, y era ello que, en
cuanto a costumbres, su hacienda Piedra Azul ocupaba, sin duda, el último lugar
del mundo. Llena de celo apostólico, tanto por espíritu de moralidad como por
espíritu de presunción, lo mismo que ponía tapetes bordados y ramos de flores
en las mesas, Mamá ponía consejos, legitimidad y bendiciones nupciales en los
ranchos de Piedra Azul. Mientras Papá afrontaba los gastos de todos los
matrimonios.
Su obra moralizadora, como toda obra para la cual no se exige
dinero, cundía. Cundía a veces con perfecta felicidad, pero muy, muy a menudo,
con resultados adversos. Como ocurre fatal y desgraciadamente en todas partes,
también en Piedra Azul, al sentir la mayoría de los hombres que había
"sacramento de por medio" sus infidelidades crecían celos,
discusiones y escenas violentas que remataban en una brillante sinfonía de
golpes. La ofendida venía casi siempre a la casa, preguntaba por Mamá, le contaba
sus cuitas, y sin hacerle reproches directos, cosa que hubiese acusado poca
delicadeza, como "al buen entendedor pocas palabras le bastan", se
los hacía indirectamente al rematar así su confidencia:
— ¡Ay, misia Carmen María, quién lo viera y quién lo ve! Y
pensar que esto tal vez es Un castigo que me manda el Señor por pretenciosa:
¡quién me mandó a casarme!
Mamá, muy condolida, entre suspiros y levantar de ojos al cielo,
aconsejaba la dulzura y la resignación.
No hay para qué decir que estando el hogar de Vicente a la
vanguardia de los más irregulares, las amonestaciones, quejas y recriminaciones
de Mamá llovían a diario sobre él sin resultado ninguno.
Vicente era reacio al
matrimonio. No por aquella dureza de corazón de la cual nos habla el Evangelio,
sino por un arraigado e invencible sentimiento de fidelidad. Como ni la Iglesia
ni las leyes permiten el matrimonio con dos mujeres a la vez, no pudiendo ser
infiel a Eleuteria por preferir a Aquilina, ni ser infiel a Aquilina por
preferir a Eleuteria, rechazando toda posibilidad de matrimonio, Vicente
repartía con equidad su amor, ya platónico sin duda, entre aquellas dos
compañeras de
dos épocas diversas de su juventud, a quienes circunstancias
fortuitas habían reunido en un día de su otoño bajo el techo hospitalario de su
rancho alquilado. Por uno de esos milagros que solo realiza la gran bondad,
como el de San Francisco con el lobo, Vicente había realizado el suyo: Aquilina
y Eleuteria vivían en perfecto acuerdo.
Una tarde, nosotras, las niñitas, habiendo ido de paseo con
Evelyn, quisimos llegar hasta el rancho de Vicente, cosa que nos interesaba,
por supuesto, en forma extraordinaria. Evelyn accedió.
La piadosa peregrinación tuvo lugar: andando, andando, nos
dirigimos hacia el rancho objeto de nuestro interés. Al divisarlo de lejos en
lo alto de un repecho, medio escondido entre dos árboles, corrimos todas,
desaladas, a ver cuál llegaba primero. Evelyn caminando nos siguió a distancia.
El cuadro que bajo los árboles se ofreció a nuestros ojos era en efecto
interesantísimo por su sobriedad prehistórica. La paja, ahumada y despeinada
del rancho, caía con desolación por sus cuatro costados hasta tocar la tierra.
Junto a la puerta había un banco hecho con un tronco y dos horquetas; en el
suelo, tres piedras ennegrecidas dialogaban sobre las cenizas frías de un
hogar; una gallina atada por una pata a una de las horquetas del banco pugnaba
por desatarse cacareando y batiendo las alas; en el centro, hecho también con
un tronco, un pilón ; a uno y otro lado del pilón Aquilina y Eleuteria, armadas
cada cual con una masa; golpe y golpe; golpe y golpe, pilaban evangélicamente
el maíz, ración de un solo día, para "el pan de arepa " de ellas dos
y Vicente.
Imposible es describir aquí la indignación muda y misteriosa con
que Evelyn, al apreciar la escena, nos arrancó del rancho y de sus alrededores.
Duró el mutismo y duró el misterio hasta que llegada a la casa pudo a media voz
conferenciar con Mamá. Dijo furiosa y a la sordina que a más de ser el más
pequeño, el más cabezón, el más feo y el más sucio de los peones de Piedra
Azul, para complemento, para que nada le faltara, Vicente Cochocho era también
el más "depravado". Que ella acababa de comprobarlo con sus propios
ojos.
Siendo así que la palabra "depravado" no formaba parte
de nuestro vocabulario, nosotras también conferenciamos a fin de cambiar
impresiones y dilucidar cuál podría ser aquel nuevo y terrible defecto de
nuestro amigo Vicente. Como era de esperar, Violeta se apresuró a tomar la
palabra y humillándonos con su saber, declaró ex cátedra que eran
"depravados" todos aquellos cuyos techos de paja estuvieran ahumados
y desgreñados como lo estaba el del rancho de Vicente. Que ella sabía eso: "
¡Púuuu! ¡Desde cuándo!" Al siguiente día Mamá llamo a Vicente y con la
misma voz quejumbrosa que usaba para regañarnos a nosotras, lo amonestó en esta
forma:
—No es posible, Vicente, por el amor de Dios, la vida que tú
llevas. Evelyn fue ayer con las niñitas hasta tu rancho y volvió espantada. No
tienes noción ninguna de moral, eres como los animales, Vicente, que no saben
que existe Dios ni conocen sus mandamientos. Tú, que por tu edad siquiera
debías dar el buen ejemplo, no, eres el peor de todos, eres el abanderado. No
puedes seguir así: ¡o te casas con una de las dos o te quedas viviendo solo,
Vicente, como un ser normal, como un cristiano bautizado!
Al hablar en tan laudable y terminante forma, mi apostólica Mamá
no había observado aún a cuántos actos dignos de castigo y de reprobación
universal puede conducirnos la verdadera bondad del corazón.
Como de costumbre planteado así el dilema, Vicente se rascó la
cabeza, le dio vueltas y más vueltas en la mano al sombrero de cogollo; escupió
por el colmillo en forma impecable y terminó diciendo entre pausas y
tartamudeos que: "como casarse él no podía por de pronto, que Dios Nuestro
Señor demasiado lo sabía; que para resolver matrimonio se necesitaba cuando
menos tener un ranchito propio"; y añadió conciliador:
—Ahora, sin matrimonio, yo la complazco, en el momento menos
pensado, misia Carmen María, usted verá, yo se lo ofrezco; pero déjeme un
respiro. En cuanto llegue la cosecha de café, que ellas dos puedan trabajar y
recoger unos cuantos realitos, yo las mudo, le doy mi palabra. Téngame
paciencia, Hágame el favor. Es cuestión de un tiempito nada más.
Mamá, perseverante y evangelizadora, seguía prodigando sobre
Vicente sus quejumbrosas amonestaciones, mientras "el tiempito", se
prolongaba indefinidamente a través de todas las cosechas de café.
Si el prestigio de Vicente se hallaba en Piedra Azul bajo cero,
nadie es profeta en su tierra, en otros lugares se hallaba, por el contrario,
en las nubes. "Cochocho el de Piedra Azul", ¡asómbrense ustedes!, era
nombre que se pronunciaba en muchas partes con respeto y temor. Para ello eran
menester dos circunstancias, eso sí: primero, que estallara una revolución;
segundo, que un general revolucionario solicitara sus servicios. Si Vicente
mandaba a contestar lacónicamente: "Estoy a la orden", ya podían prepararse
Papá y el Gobierno; el uno, a tener un terrible disgusto; el otro, a recibir
sinsabores y derrotas sin cuento.
Al segundo día de haber enviado su respuesta: "Estoy a la
orden", con gran indignación de Papá, a quien el caso tomaba siempre
desprevenido, Vicente había desaparecido misteriosamente y junto con él ocho,
diez o quince peones, según las circunstancias. A estas bajas ocasionadas por
su vocación militar, Papá sumaba con los dedos las ocasionadas por su vocación
médica. Como en su indignación las dos manos no le dieran abasto, cortaba la
enumeración y resumía la hecatombe:
— ¡Es peor, mucho peor que el tifus, la disentería y la fiebre
amarilla juntos. ! ¡Es una verdadera peste, es un azote, es la langosta! ¡Aquí
no volverá nunca a ponerme los pies! A poco llegaban las noticias y
comentarios: —Allá, en el pico tal, o en el desfiladero cual, y que está
Vicente, emboscado como un mismo león: ¡acabando con las fuerzas del Gobierno!,
no les deja pasar ni una mosca.
Según parece, sobre estos particulares de estrategia Vicente
Cochocho era sencillamente genial. Recibidas las órdenes del general X o Z a
quien servía, Vicente reunía veinte, treinta o cuarenta hombres, los que fuese
menester, se ponía a la cabeza de todos: ¡y a caminar se ha dicho! Si como a
Napoleón y a Bolívar, la estatura no le ayudaba en tales casos, tampoco a él
le hacía falta tal ayuda. ¡Otras
condiciones le daban tamaño!
Al frente de su tropa, con su plan ya trazado, allá iba Vicente,
orientándose por entre cerros, llanos y bosques en línea recta, con la
seguridad admirable de las palomas mensajeras. De pronto ante un panorama
determinado se detenía, estudiaba con la vista el océano de montes y colinas,
extendía su brazo corto, trémulo de genio, señalaba con el dedo un punto fijo,
y decía:
— ¡Allá es la cosa!
Allá se iba a emboscar con sus treinta hombres, y ¡ay! del que
pasara con intenciones guerreras. Sorpresas, estratagemas, embestidas sin
cuento llovían inesperadas y fatales sobre los enemigos, por mejor
disciplinados, mejor armados y más numerosos que fueran.
Terminada la revolución, cubierto de laureles, con sus treinta
hombres ¡lesos, Vicente bajaba de su olimpo y regresaba a Piedra Azul. Papá se
hacia el desentendido.
Al siguiente día ya estaba otra vez con el barro hasta la
rodilla limpiando la acequia grande, o en el patio de la casa deshierbando las
lajas en cuclillas, con el mismo cuchillo de siempre.
En el perdón de Papá entraría un tercio de generosidad y dos
tercios, cuando menos, de espíritu práctico. Por más que Papá contara y
recontara con sus dedos calamidades y muertes, Vicente le proporcionaba muchas
más ventajas que inconvenientes. Enterado a cualquier hora de cualquier
movimiento revolucionario como nunca soñara estarlo de nada el más astuto
reportero, Vicente anteponía su influencia delante del peligro, y era la
salvaguardia viva de Piedra Azul.
Si estallaba una revolución, pongo por caso, y Vicente se
hallaba en la hacienda, por no haber asumido aún el importante papel que le
correspondiera, de pronto se presentaba en la casa, preguntaba por Papá, se le
acercaba con misterio y guiñando un ojo, confianza que solo se permitía en
tales circunstancias, le decía en voz baja:
—Vengo a advertirlo, don Juan Manuel: mañana al mediodía pasa la
revolución por el cerro. Ya me dieron palabra de que no bajarían a perjudicarle
la hacienda, pero por sí, o por no, mejor será que mande a esconder el ganado.
Papá hacía esconder el ganado.
Al siguiente día, allá, en lontananza, como procesión de
hormigas, brillando machetes y rebrillando fusiles, en lo alto de la montaña,
bajo el magnífico sol meridiano, pasaba durante un rato la revolución.
Un día, por una de esas cosas incomprensibles o medio
milagrosas, Papá tuvo noticias anticipadas de que Vicente iba a alzarse. Era la
víspera precisa del alzamiento. Lo mismo que en aquella otra tarde, la del
célebre juicio por el fracaso medicinal de la sangre de lapa, asomado a su
pretil, Papá convocó a Vicente. También nosotras, como aquel día, unidas en
racimo junto a una columna, fuimos testigos del acto. Repitiéndose la escena,
en la ancha explanada apareció Cochocho, todo
fealdad, todo cortesía, y tal cual, con su sombrero de cogollo en la
mano, se acercó y se detuvo bajo el pretil. Pero Papá, en lugar de echar hacia
atrás la cabeza desbordando arrogancia e irradiando majestad, no, al diablo la
majestad y nada de arrogancia; al contrario, con esa voz grave y tierna que
usamos con las personas, cuando para su bien queremos disuadirlas de algo que
en realidad nos perjudica a nosotros, Papá, en voz muy tierna, comenzó a
derrochar sobre Vicente una elocuencia bondadosa llena de paternales y
suavísimos consejos. El discurso, que duró un buen rato, terminaba en esta
forma:
—Expones tu vida, Vicente; arruinas tu salud para servir la
ambición y los
intereses de otros. ¿Y qué sacas tú? ¿Qué provecho? ¿Qué dinero?
¿Qué porvenir?
¡Ninguno!
Vicente, con la cabeza baja y el sombrero dando vueltas y
revueltas y más vueltas en la mano, no contestaba una sílaba, pero su silencio
equivalía a esto: "Lo felicito por su elocuencia, mi señor patriarca, y le
agradezco su interés, pero así con su magnífica elocuencia y su gran interés a
cuestas, me alzaré de todos modos mañana en la madrugada, porque ya está
resuelto".
Como Papá comprendió muy bien el significado de tal silencio,
cambió de táctica. Ofreció formalmente a Vicente que si renunciaba en seguida a
toda idea de alzamiento, le doblaría el jornal, y le mandaría hacer un rancho
en lugar apropiado, en donde pudiera al mismo tiempo disfrutar de un conuco.
La respuesta de Vicente, de haber sido más corta, hubiera sido
digna de un espartano, digna de Guzmán el Bueno, digna, en fin, de figurar en
la historia. Dijo:
—Yo le he dado mi palabra al General. . . (Aquí, un nombre muy
conocido que no recuerdo). Fue él quien desde hace ir muchos años me graduó de
capitán. Nunca me he puesto un par de zapatos, pero desagradecido no soy, y a
un protector no le volteo la espalda. Ni que me regalara todo Piedra Azul, don
Juan Manuel. ¡La palabra de Vicente Aguilar no es cuestión ranchos ni de conucos, ésa, ni se compra, ni
se vende!
¿Qué tal?
Bajo tan magnífica respuesta, don Juan Manuel se quedó aplastado
lo mismo que un insecto debajo de un peñón. Derrotado, echó mano al recurso de
los derrotados: el sarcasmo, Aquí fue el echar la cabeza hacia atrás, y
exclamar a grandes voces con una sonrisa forzada y fingida:
— ¡Ajajajajá! ¡Pero si es verdad! ¡Pero si no me acordaba! ¡Si
aquí estoy en presencia del ilustre capitán don Vicente Aguilar! ¡Muy señor
mío! ¡Váyase, váyase a la guerra mi señor capitán, que de allá regresará sin
duda a ocupar el sillón presidencial de la República!
¡Ay, el horrible oprobio de aquellas palabras: "Mi señor
capitán don Vicente Aguilar", mucho más crueles que los más crueles
insultos! "Aguilar" era lo peor de todo. Aguilar, en boca de Papá,
resultaba espantoso, ustedes no lo comprenderán, tampoco él lo comprendió. A
los grandes, no les es dado entrar en el mundo de los pequeños; ciegos ante lo
muy menudo, son duros por ceguera y crueles por exceso de tamaño. Nosotras
pequeñas comprendimos todo el dolor producido por aquel insulto que solo era
insulto, por no ser insulto, sino sencillo y verdadero apellido como el de todo
el mundo. Apiñadas junto a la columna, ante aquel "Aguilar" aderezado
de sonrisas y oído por vez primera en nuestra vida, estuvimos a punto de romper
a llorar todas en coro, como el día en que Mamá castigó a Violeta. ¡Había que
ver, además, la expresión del "ilustre capitán muy señor mío"!
Apaleado por su propio apellido como perro apaleado por su amo, sin levantar la
voz, levantó sus ojos desamparados, aquellos ojos de hermosura inadvertida que
eran como el puente por el cual se pasaba de la fealdad de su cuerpo a la
belleza de su alma. Buscando simpatía, los ojos de perro dolorido vinieron
apoyarse en los nuestros. Allí la encontraron: ¡y cómo, y cuánta! Con la cabeza
baja, sin mirar hacia Papá ni contestar a su sarcasmo, se despidió de él,
diciendo:
Siempre a su orden, don Juan Manuel.
A nosotras nos miró larga, intensamente:
Y adiós mis niñitas. Que Dios me las guarde, que la Viren me las
conserve a todas, ¡hasta más ver!
Y se fue. "Hasta más ver", no se cumplió. Ya no
volvimos a verle más. Pero aquella última mirada buena de perro apaleado sin
razón debía acompañarnos siempre.
A mí me ha seguido a través de mi vida entera, aún está aquí,
aún me acompaña, aún me adoctrina y me enseña.
¡Ah, lejano, ignorado Cochocho, piojo sublime, médico de los
pobres, humilde dios del barro, genio de los ataúdes y de las aguas! Muchas
miradas como aquella última tuya debió presentir con sus ojos visionarios el
Divino Maestro, la tarde en que seguido por sus discípulos subió a la falda de
una montaña, y allí, sentado sobre la hierba, les dictó su testamento.
En él escribió tu nombre oscuro, Vicente Cochocho, porque tú
fuiste misericordioso, tú padeciste persecuciones por la justicia. Heredero de
la gloria, tú imperas hoy sobre las ocho Bienaventuranzas, tuyo y muy tuyo es
todo el Reino de los Cielos.
SE ACABO TRAPICHE
Un día jugábamos en el huerto. Violeta, cuyas ansias aventureras
la lanzaban a todo género de empresas azarosas en las cuales figurara la
desobediencia, con sus correspondientes probabilidades de luchas y rebeldías,
Violeta, digo, se había ¡do al comedor, y había cogido un cuchillo. Con él
cortaba ramas, les sacaba punta y las clavaba en la tierra diciendo:
—Estos son mis tablones de caña; estos otros son mis cafetales;
aquí están mis jardines; todo esto es mi hacienda: ¡que nadie se acerque!
Una de las sirvientas allí presentes se acercó y le rogó que
fundara su hacienda prescindiendo del cuchillo, que tanto Mamá como Evelyn nos
tenían terminantemente prohibido que jugáramos con fuego, con tinteros y con
cuchillos. Violeta le contestó que se apartara en seguida de allí y que no la
molestara repitiendo tonterías. A fin de salvar su responsabilidad, la
sirvienta se fue y advirtió a Evelyn. Llegó Evelyn en el momento en que Violeta
enarbolando una rama le sacaba punta. El cuchillo brillaba y relampagueaba por
los aires. Al comprobar el hecho, Evelyn dijo con autoridad:
—Violeta, dame el cuchillo.
Violeta contestó:
No.
La autoridad de Evelyn pasó de las palabras a los hechos.
Agarrando a Violeta por la muñeca, con la mano que le quedaba libre le quitó el
cuchillo en un segundo. Violeta, sorprendida y desarmada, la miró con
insolencia y en defensa propia y voz muy clara:
¡Zas!
Un calificativo
inesperado, rotundo, sobrio, muy bien acordado en cuanto a género y número: una
sola palabra nada más
¿De dónde salía tal palabra? ¡Misterio! Era ésa una de las
especialidades de Violeta: saber cosas que nadie supiera sin que supiera ella
misma dónde las había sabido. No obstante ser palabra nueva, todas las demás
comprendimos a punto que tal expresión se le había adaptado a Evelyn como se
adapta en la cabeza un sombrero muy feo, es decir, que se le amoldaba sin
hacerle favor. Al oír el calificativo admirable de claridad, las dos sirvientas
presentes habían comenzado a reírse a carcajadas. Con las risas, el
calificativo tomaba más proporciones y mayor asiento en la persona de Evelyn,
Esta, indignada, más por las risas que por el vocablo inesperado, con su
feísimo sombrero puesto, se quedó muda unos instantes. Luego interrogó:
— ¿Dónde aprendiste esa palabra, Violeta, que te dejó la boca
tiznada, boca negra como carbón? ¿Dónde aprendiste?
Violeta se pasó la mano por la boca a fin de ver si era cierto
que estaba tiznada, pero no se dignó contestar. Como Evelyn buscaba un castigo
ejemplar, sin esperar las declaraciones de la culpable, hizo de repente la
siguiente deducción funesta:
—Aprendiste eso en trapiche. Ahora para siempre se acabó
trapiche!
"Se acabó trapiche". Por culpa de Violeta y de las dos
sirvientas, en una ley inicua, una de esas leyes arbitrarias que pesan sobra
multitudes inocentes, por la violencia de un mandatario o las fechorías de un
grupo. Y sin más comentarios, desde aquel mismo día, la ley inicua comenzó a
regir.
¡Ay! ¡"Se acabó trapiche"! ¡Qué castigo sin
precedentes. ¡Qué desgracia!
Para nuestras almas de campesinas el trapiche era el club, el
teatro y la ciudad. Ningún placer equivalía a la hora pasada entre el baño y el
trapiche. Nos parecía la gloria y teníamos razón: era la gloria. Todo en él
halagaba la vista, el olfato, el paladar, el oído. Lo mismo que bullía el
guarapo en los enormes fondos , en el
gran recinto del trapiche bullía la vida franca y buena a borbotones. En él se
daban cita todos los elementos y todos los colores: el agua, el fuego, el sol,
todos iban andando desnudos y armoniosos al compás que marcara la inmensa
rueda majestuosa y mansa de la molienda.
Nada del aburrimiento negro incomprensible y feísimo de las fábricas movidas
con motores de vapor y motores eléctricos. No. En el trapiche había misterios
ni había escondites.
Todo pasaba a la vista de
todos. Cada cual sabía por qué ocurrían las cosas y había entrada libre para el
que se presentara: elementos, animales o personas.
La primera, la gran capitana, la madre del trapiche era el agua.
Muy arriba por el canalón se venía de la acequia y se arrojaba sobre la rueda
grande cantando la caída con su nutrido coro de chorros y de gotas. La rueda
lenta, se iba tras ella por el rosario de sus cangilones, dibujando gajos de
vacío sobre un fondo de helechos y de musgo. Con la rueda caminaban las tres
masas; en las masas, triturándose y salpicando zumo caminaban las cañas; en las
cañas caminaban las manos de los emburradores y las manos de los cargadores de
bagazo que se llevaban la pobre caña
muerta en parihuelas de cuero para tenderla al sol.
Bajo el sol los cadáveres triturados arrastrados por los
rastrillos resucitaban y se iban a florecer en montañas: las mullidas montañas
de las bagaceras, prometidas esposas del fuego. En el trapiche amplio y
generoso no había casi paredes ni había casi puertas; nada se encerraba;
¡adelante todo el mundo! Entraba el sol ¡entraba el aire; entraba el aguacero;
entraban las legiones de avispas doradas y zumbando a buscar dulce; entraban
las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de caña bien trabados
que los gañanes, descargaban de un golpe y dejaban firmes en el suelo detrás de
los carros; en busca de dulce, lo mismo que las avispas, entraban los hijitos
de los peones con una cazuela en la mano, a pedir: "de parte de mi mamá,
que si me hacen el favor de unas migajitas de raspadura o un pedacito de papelón roto para el guarapito de esta noche.
Como a las avispas se les
daba la raspadura o se les daba el pedazo de papelón roto, a nadie se decía no.
En bandada, con Evelyn y las sirvientas atrás, zumbando y volando también, como
las avispas y los chiquitos de los peones, por entre yuntas de bueyes y
montones de caña y parihuelas de bagazo, entrábamos las niñitas a buscar dulce,
a estorbar el trabajo, y también: ¡adelante las niñitas, a molestar se ha dicho!
Lo primero de todo era
correr a encajar un pie sobre la es puma gris y endurecida que formaba el zumo
de la caña al irse por una canal hacia la sala de pailas . Allí, dibujando
sobre la espuma el mayor número de pies posible, era gritarle a Vicente
Cochocho, si es que estaba presente, y si no, al grupo general de los
emburradores:
— ¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que anden, que anden,
que ya es hora! ¡A almorzar! ¡A almorzar!,
"Soltar la molienda" o "almorzar" era
detener el movimiento de la rueda y los cilindros al lanzar el agua por la
acequia de mampostería, camino de un estanque en el cual, junto enredaderas,
penachos de bambú y un ancho cují , nos bañábamos diariamente a pleno sol, bajo
el estruendo del chorrerón, entre los remolinos de su corriente y los perfumes
que iba dejando e: agua sobre la tierra y las piedras musgosas.
Junto a la rueda grande del trapiche, el ruido del agua apagaba
las voces. Mirando nuestra actitud y nuestras bocas gritonas, los emburradores,
que ya sabían a qué atenerse, se veían reducidos a decirnos por señas que aún
no había llegado la hora de soltar la molienda y a fin de completar la
explicación nos mostraban con la mano el montón de caña que faltara por moler.
En espera del agua, corríamos entonces todas, cada cual por su
lado, a pedirle a un peón que "nos pelara una cañita". El peón
aludido dejaba su quehacer, escogía una caña, la pelaba con el machete, la
dividía en gajos, y cada niñita, con su caña enarbolada, chupando y goteando
zumo, se iba trapiche arriba y trapiche abajo a ver qué se hacía y averiguarlo
todo, cuantas más preguntas mejor.
No sé qué tal sería para mis hermanitas; por lo que a mi
respecta, puedo asegurar que en el trapiche, esperando el momento propicio de
soltar la molienda, chupando gajos de caña, con las manos pegajosas y con
varios riachuelos de zumo corriéndome por el cuello y por los brazos, pasé los
ratos más amenos de mi vida.
En el trapiche no se reunía gente con el objeto de divertirse:
Hé aquí por qué la reunión era amena y agradable. Allí, para contemplar los
diversos espectáculos, no era menester como en el teatro, sentarse en una
butaca y quedarse inmóvil, en silencio, durante varias horas, con un par de
gemelos en la mano y una pierna dormida, mirando a lo lejos, entre telas y
tablas pintadas, hacer ademanes y decir trivialidades de un orden simétrico y
monótono. En el trapiche no era indispensable, como en los bailes, dar vueltas
y vueltas gravemente y a compás, sobre tacones altísimos, ni tampoco era de
rigor el afirmar con un sándwich en una mano y una copa de champagne en la
otra, todos esos lugares comunes que la mayoría de nuestros interlocutores,
mucho más elocuentes que nosotros, afirman con tanto ardor y con tanta
seguridad, en forma brillante y arrolladora.
El espectáculo del trapiche, variado, vivo y lleno de colores no
esclavizaba la atención, ni tiranizaba los movimientos. Mirando espumar un
fondo, saltar el temple en la tacha,
correr el melado en las canales, batir un alfondoque , menear con una pala el
papelón caliente, volar las hormas llenas, alegremente, por los aires, de mano
en mano, como bailarinas; mirando, digo, tanta escena diversa y divertida, se
podía al mismo tiempo chupar caña, comer melcocha y pensaren lo que se quisiera.
En el trapiche era lícito agobiar con preguntas al templador ,
para dejarlo de golpe con la palabra en la boca, dar media vuelta, e irse a
agobiar con las mismas preguntas al espumador del primer fondo sin decir
previamente a ninguno de los dos: "¿Me permite usted un instante,
señor?" En el trapiche, tanto el cuerpo independiente, como la fantasía
alada, al igual de las avispas, podían pasarse aquí, allá o acullá, cuando y
como mejor les pareciera. Libertad de movimiento y libertad de pensamiento, ¿no
son dos factores indispensables al bienestar? ¿Y aquel olor tan rico que en el
ínterin, por el humo y el vapor, exhalaba la tacha y exhalaban los fondos? ¿Y
el lindo color dorado de! papelón fino de caña buena: ¿Y el color oscuro del
pobrecito papelón humilde de cachaza o caña mala? ¿Y el grito armonioso del
templador, clamando de pronto por una reja, como la campana del Ángelus en la
tarde?
— ¡Candelaaaa!
¿Y la actitud de todo el mundo? Nadie en la sala de pailas, ni
en la sala de la molienda, ni en el patio del bagazo y de las bagaceras, tenía
movimientos activos, esos bruscos movimientos de la actividad, llenos de
inarmonía y desbordantes de soberbia, que parecen gritar: " ¡Yo soy el
creador aquí; todo es obra de mis manos, adelante, de prisa, viva yo, y viva mi
genio!" No. En el amable trapiche los movimientos no podían ser más
lentos. Nadie pretendía crear nada. El largo proceso del papelón, como cosa de
la naturaleza y no de la industria parecía hacerse solo, por obra bendita del
tiempo necesario poco a poco, poquito a poquito. Los treinta o cuarenta peones
del trapiche asistían al proceso del papelón como se asiste a u¡ nacimiento:
una ligera intervención; mucha paciencia, conversación y nada más.
El trapiche era, pues, el bienestar sencillo y bueno. Violeta
derrumbó con una sola palabra. ¡Ah!
Violeta era fuerte: porque era emprendedora y agresiva. Sus palabras, ya lo han
visto, como la de ciertos diputados y senadores, torcían el curso tranquilo de
la vida. Muchedumbres pacíficas tenían des pues que sufrir las consecuencias.
Ahora ya, vigente la dura prohibición, antes de ir al baño, nos
veíamos reducidas a quedarnos arriba, junto a la represa vecina del canalón, en
la cúspide de la rueda grande. Si queríamos echar un vistazo a nuestro querido
trapiche, era menester desde allí arriba asomar las cabezas en fila, por encima
de una tapia. A duras penas, puestas en puntillas o subidas a unas piedras,
lográbamos pasar ojos y narices; muy raras veces la boca. Así, como Dios nos
ayudara, solíamos lanzar nuestro ruego cotidiano: — ¿Que cuándo sueltan la
molienda, pues? ¡Que se vayan a almorzar! ¡Que anden, que anden!
¡Que ya es hora!
Ruego que iba a fundirse en la noche profunda de las cosas
ignoradas. Nadie nos atendía, puesto que perdidas allá arriba, entre la tapia y
el ruido del agua, ni se nos veía, ni se nos oía.
Debo en justicia advertir una cosa. Aun cuando la prohibición
regía en todo vigor como he dicho ya, Evelyn, de vez en cuando, nos agrupaba
después del baño y declaraba esto:
—Hoy, como todas se han portado bien, van a ir conmigo a
trapiche.
Nuestros alaridos de felicidad eran ensordecedores, y nuestras
carreras, desenfrenadas. A fin de cuenta yo creo que, de no haber pronunciado
Violeta su célebre palabra, de nefastos resultados, el recuerdo del trapiche se
hubiera perdido sin duda en la multitud anónima de lugares, personas y escenas
que yacen enterrados en mi memoria, como en un cementerio. Violeta provocó la
severidad de Evelyn, la severidad de Evelyn salvó el trapiche de la oscuridad.
El trapiche brilla, el trapiche titila en mis recuerdos.
¡Excelente Evelyn! Su influencia bienhechora pobló de alegrías
nuestra infancia y apartó de ella el negro, el cruel aburrimiento que tortura
el alma de los niños mimados, pobres víctimas de la saciedad, pobres capullos
marchitos por el desencanto. Al sembrar prohibiciones sobre los objetos y
lugares que nos rodeaban, Evelyn les daba vida. Soplando a! igual de Dios
encima de lo inerte, le ponía un alma divina: el alma que anima todo lo
deseable.
Si mi infancia fue feliz; si mi infancia me llama y me sonríe de
continuo a través de los años, es porque transcurrió libremente en plena
naturaleza y porque tan libre transcurrir iba no obstante encauzado como van
los ríos. Ni mis hermanitas ni yo nos vimos jamás presas entre cuatro paredes,
rodeadas de cajas de dulce, de muñecas, de carros, de caballos de cartón, de
todos esos horribles juguetes tenebrosos, que como los pesares de la vida
adulta tiene por fuerza que sobrellevar la infancia. Cuando a alguna de
nosotras se nos regalaba o compraba una muñeca, la estrechábamos en nuestros
brazos mientras representara algo nuevo.
A las dos horas, aburridas de ver aquellos ojos siempre fijos, y
aquellos miembros siempre tiesos, cesaba ya de interesarnos y:!al diablo la
muerta, al diablo la vieja! No la tocábamos más. Teníamos razón.
Nuestros juguetes preferidos los fabricábamos nosotras mismas
bajo los arboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas
inútiles y viejas latas de conservas. Al igual de los artistas, sentíamos así
la fiebre divina de la creación; y, como los poetas, hallábamos afinidades
secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diversas.
Cuando cogíamos, pongo
por caso, una latica vieja, y con un clavo y una piedra le hacíamos un agujero,
al cual adaptábamos una caña o timón; a éste un par de tusas o cuescos de
mazorca que hacían el papel de bueyes; a cada tusa o cuesco dos espinas curvas
que imitasen dos cuernos; al todo una caña larga o sea una garrocha; cuando
rematada la obra, tirando de la garrocha y remedando la voz de los gañanes,
gritábamos a las tusas rebeldes: ¡Arre, buey!
¡Atrás, Golondrina! ¡Apártate,
Lucerito!
Con la lata, las dos tusas y las cuatro espinas, hablamos hecho
un carro con su yunta y habíamos hecho también un poema.
El resto de mi existencia debía transcurrir bajo el mismo
régimen amable y severo bajo el cual transcurrió mi primera infancia. La vida
imitó a Evelyn: me dio a probar todos sus bienes; pero, bondadosa, me los dio
tan tasados y tan a su hora que jamás la saciedad vino a apagar en mi alma la
fresca alegría del deseo. Como al pasar los años, indiferentes, no se llevaron
entre sus dedos raudales de belleza, de amor, ni de honores, no detesto los
años pasados en mí, ni aquellos que aún no han pasado en los otros.
El tiempo, al besarme los cabellos, me coronó tiernamente con mi
propio nombre, sin nunca llegar a clavarme en el alma sus dientes de amargura:
a los setenta y cinco años aún siento latir mi corazón ante la perspectiva de
una excursión campestre en automóvil bajo el sol entre montañas, y mis manos
tiemblan todavía de emoción y de impaciencia al desatar los lazos que anudan
con gracia exquisita la sorpresa de un regalo.
NUBE DE AGUA Y NUBE DE AGÜITA
Papá, ya lo han visto, tenía sus ribetes de médico. Su afición a
la medicina abundaba en preceptos de higiene: "Las niñitas —había
decretado Papá— deben estar siempre al aire libre; no importa que se asoleen;
bajo ningún pretexto deben ir nunca a Caracas, ni a cualquier otro lugar
poblado, donde puedan coger el sarampión, la tos ferina, la difteria o la
lechina ; deben bañarse en agua fría y corriente; que no las vistan demasiado;
deben levantarse lo más temprano posible, e ir cuanto antes a tomar un vaso de
leche al pie de la vaca".
Estos preceptos eran admirables, no por las ventajas de higiene
física que hubiesen podido brindarnos, sino por las de higiene moral que en
realidad nos ofrecían. Las prohibiciones de Evelyn aspiraban a darnos sólidos
principios; los preceptos de Papá, sólida salud. Por una feliz coincidencia, en
la cual ninguno de los dos pensó, nos dieron de consumo varios años de
inmediato bienestar.
El precepto del vaso de leche al pie de la vaca era sin duda
ninguna el más interesante de todos. No tanto por el gusto de la buena leche
recién ordeñada, llena de espuma, en la cual, al empinar el vaso, no
olvidábamos nunca encajar la nariz, aguantando la respiración y haciendo al
terminar: "!ah!" con fruición y un par de bigotes blancos, no, sino
por el ambiente que ofrecía en general el corralón de las vacas a las seis de
la mañana.
Tan grato y casi tan ameno como el trapiche, el corralón estaba
respaldado o garantizado por la higiene. Jamás Evelyn se hubiese atrevido a
decir: "Aprendiste eso en corralón, se acabó corralón", como había
dicho: "Se acabó trapiche". Por esta razón de seguridad era menos
precioso; pero, repito, era casi tan ameno.
El corralón tenía a su favor la ventaja de la hora. Cuando a las
seis de la mañana, cada niñita con su vaso en la mano y capitaneadas por
Evelyn, subíamos juntas aquellas dos cuadras o doscientos metros, que lo
separaban de la casa, el sol calentaba apenas; los gallos, levantando pecho y
cabeza, nos daban los buenos días: ¡quiquiriquí!; los bueyes, sin uncir se
comían su rama de cogollo a la puerta de los ranchos cercanos; y sacudir un
arbusto o atravesar la hierba alta, era bañarse literalmente de rocío.
En el corralón, sobre la república de las vacas, por elección y
voluntad soberana de ellas
—no se rían, ya lo verán— todo sabiduría y buen gobierno,
imperaba Daniel. Daniel era el vaquero.
Cuando hacíamos irrupción en la ciudad de las vacas, Daniel,
levantado desde las cuatro de la mañana, asistido por el muchacho del corralón,
tenía ya ordeñados muchos cántaros de leche. El orden reinante era perfecto:
era el orden de la ideal ciudad futura. A pleno aire, pleno cielo y pleno sol,
cada vaca estaba contenta y en su casa, es decir, atada a un árbol o atada a su
estaca. Había quien tenía árbol y hasta árbol florido había quien no tenía sino
estaca desnuda y corta. Nadie se quejaba ni nadie se ensoberbecía, nada de
comunismos. Satisfecha cada cual con lo que se le daba, daba en correspondencia
cuanto tenía. Por todas partes conformidad, dulzura y mucha paz.
La leche y el amor maternal se desbordaban a raudales entre las
cuatro tapias del corralón. En él todo era noble, aun las cosas que en general
son innobles. Sobre las hojas de cogollo pajizo con el cual estaba alfombrado
el corralón, al igual de la; vacas, al igual de los baldes rebosantes de leche,
al igual de Daniel y el vaquerillo, todo lo demás se posaba con majestuosa
naturalidad. Nada hería la vista, nada hería el olfato.
Nosotras conocíamos muy bien las leyes, usos y costumbres del
corralón. Sabíamos, por ejemplo, que cuando una vaca tenía atado en una de sus
patas a su hijito el becerro, era señal de que ya estaba ordeñada. Que, por el
contrario, aquellas otras cuyos becerritos encerrados en el cercado donde
pasaban la noche se veían todavía allí, impacientes, asoma que asoma el hocico,
por encima del tranquero, exactamente lo mismo que las niñitas por encima de la
tapia del trapiche, era, cosa evidente, porque ni ellos habían mamado, ni a
ellas las habían ordeñado. Lo sabíamos; muy bien, pero saberlo no era un
obstáculo para preguntarlo.
Al poner los pies en el corralón, con nuestros correspondientes
vasos en la mano, corríamos a rodear el grupo que formaran Daniel, el becerro y
la vaca que se estuviera ordeñando. Allí comenzaban las preguntas:
— ¿Ya ordeñaste a Nube de Agua, Daniel, ah? ¿Y por qué tú no
estás ordeñando a Poma Rosa, ah, Daniel? ¿Y por qué tú no sueltas ya al pobre
Poma Rosita? ¡Míralo, Daniel, míralo, cómo saca el pobrecito su cabeza! ¿Es
porque tiene hambre, Daniel, ah? ¿Tú crees?
Daniel tenía que cargarse de paciencia. Al fin de cuentas
nosotras lo molestábamos mucho más que las vacas y los becerritos, quienes
conocedores ya del reglamento lo observaban con disciplina y, lo que era más
grato, lo observaban en silencio, sin preguntar cosas tan sabidas y resabidas.
Las vacas, ya lo habrán quizá observado ustedes, tenían nombres
semejantes a los nuestros, sin que hubiese plagio de un lado n¡ de otro: era
simple coincidencia. Daniel escogía los nombres de las vacas con la misma
libertad con que Mamá escogía los nombres de las niñitas.
Siendo llanero Daniel, era poeta. Aunque su vena fuese con
preferencia epigramática, también sabía ser lírica cuando la ocasión se
presentaba. En el corralón la ocasión se presentaba. Allí, Daniel solía
adherirse a las tendencias de la escuela romántica. No era, pues, de extrañar
que sus gustos y los de Mamá zigzagueando por diversos caminos viniesen a reunirse
todas las mañanas entre las cuatro tapias del corralón.
Las vacas bautizadas por Daniel se llamaban como ya han oído
ustedes, y se llamaban: Flor de Saúco, Noche Buena, Viuda Triste, Nina bonita,
Rayo de Sol (que Daniel y también nosotras pronunciábamos por contracción
RayoeSol). Había, además: Desengaño; había Amapola; había No-me-dejes; y así
sucesivamente, hasta veinte nombres.
No hay para qué decir que Viuda Triste, por ejemplo, era negra,
de un negro cerrado, absoluto, severísimo, mientras que en el traje, negro
también, de Noche Buena, blanqueaban alegremente aquí y allá todas las
estrellas de Belén y el lucero magnífico de los Reyes Magos. Rayo de Sol, por
el contrario, era rubia, de un admirable rubio dorado que brillaba insolente,
sin compasión al lado de la pobre Desengaño, cuyo color, indefinido, cobarde,
desteñidísimo, no invitaba a la alegría ni era placer de los ojos. Entre las
vacas y sus nombres existía, pues, un acuerdo o concordancia, que no existía
entre nosotras y los nuestros. En lo demás, unos y otros se parecían. Nosotras
lo advertíamos y nos regocijaba la semejanza. Hijas de Piedra Azul las unas
como las otras, cercana al Corralón la Casa Grande, resultábamos coterráneas y
vecinas. Eran ellas nuestras nodrizas y los becerritos nuestros hermanos de
leche. No había, pues, por qué darse tono, ni por qué creerse de mejor
alcurnia.
En apoyo de esto les referiré que en el corralón moraba una
vaca, aún no mencionada, quien, por haber nacido con una mancha blanca en la
frente, había venido a este mundo con su nombre impreso, como quien dice. No
obstante originar confusiones, era imposible arrancárselo: la vaca se llamaba
Estrella. ¿Creen ustedes que la otra Estrella, es decir, mi hermanita, se
sintiera deslucida o maltratada por tal coincidencia? Nada de eso, al
contrario. Cuando entraba al corralón, considerando que su nombre le daba derechos
que no teníamos las demás, preguntaba con interés y cierto orgullo:
— ¿Ya me ordeñaste a mi tocaya, Daniel? Yo quiero que me la
ordeñes en mi mismo vaso, porque su leche es mía. ¿No es verdad, Daniel, ah,
que su leche es mía?
En realidad cada vaca con su becerro formaba una sola unidad, la
cual se designaba bajo el mismo nombre. En el grupo o familia Noche Buena,
pongo por caso, tan Noche Buena era la madre como el hijo. Esta unificación
simplificaba la disciplina, haciendo coincidir maniobras y movimientos llamados
a ejecutarse simultáneamente. Cuando había llegado el momento de ordeñar a
Noche Buena, digamos, Daniel, desde el punto en que estuviese, lanzaba por tres
veces este grito prolongado que. se extendía y dilataba por los ámbitos del
corralón:
—! Nooooooooche Buena! ¡Noche Bueeeeeeeeeeeena ¡ Noche
Bueeeeeeeeeena!
Si Noche Buena madre estaba echada y soñolienta, al escuchar
aquel nombre que pasaba por los labios de Daniel como pasa el largo lamento del
aire, cuando se va ondulando por la hierba de los llanos y sigue y sigue y
sigue, hasta perderse allá, en las lejanías del horizonte, cuando Noche Buena,
digo, oía su nombre, se ponía en pie al instante, levantaba la cabeza, y
dirigía los ojos hacia el cercado de los becerros. Allí, Noche Buena hijo se
hallaba ya arremetiendo con furia y con la cabeza baja por entre los compañeros
de cercado, quienes, en respeto de las circunstancias le dejaban pasar sin
tomar en cuenta aquellas cabezadas y agresiones.
Apenas había levantado el vaquerillo la primera tranca cuando:
¡zas!, un salto por encima del tranquero y allá iba Noche Buena hijo dando
brincos por el corralón, arrastrando y pisando y enredándose en el ronzal, si
ronzal tenía, no importaba, adelante con los tropezones y la carrera
desenfrenada, hasta llegar y prenderse a cabezadas también de Noche Buena su
madre.
Nosotras no comprendíamos que dos personas por muy unidas que
fuesen pudiesen designarse así, con un mismo nombre. Esa especie de misterio
dual incómodo y confuso no era de nuestro agrado, no: las cosas claras.
Nosotras separábamos el becerro de la vaca por medio de un diminutivo. Los
becerros no nos atendían en absoluto; pero tal cosa no tenía importancia,
puesto que, de todos modos, ellos no obedecían sino a Daniel, que era el señor
y supremo sacerdote, cuya voz armoniosa de almuecín anunciaba la hora anhelada
de la libertad y el desayuno.
Para Nosotras, el becerro de Amapola era Amapolita; el de Noche
Buena, Noche Buenita; el de Nube de Agua, Nube de Agüita, y así sucesivamente.
Daniel era llanero, ya lo dije. Aunque nacido en el corazón del
Llano, casi toda su juventud había transcurrido por los potreros de los Valles
de Aragua. Allí pasó muchos años pastoreando ganado y haciendo queso, un
admirable "queso de mano" que enrollado en hojas de plátano, lo mismo
que las hallacas de Candelaria, vino a
ser, bajo el reinado de Mamá, timbre y orgullo de Piedra Azul, cuando ella,
entre sonrisas y pedir de excusas por la rusticidad de la ofrenda, lo ponían en
las manos de cuanta visita llegase.
Aparte del queso, Daniel había traído de los Valles de Aragua su
admirable régimen de gobierno, sus gritos de almuecín y los nombres exquisitos
de las vacas, cosas todas extrañas a Piedra Azul y a sus contornos. Como buen
llanero, a más de ser excelente vaquero, y excelente poeta epigramático, Daniel
era astuto y rapaz. Conciliador como nadie, amable siempre, todos sus actos
iban urdidos a una trama finísima cuyo hilo, ningún ojo por avizor que fuese
era capaz de descubrir. Cuando Papá lo contrató como vaquero, Daniel estudió la
situación durante dos o tres días y, sin duda alguna, acabó por deducir esto en
su fuero interno: "Aquí serás vaquero, Daniel, sin pleitos ni
imposiciones, hasta que quieras, y ganarás dinero" Así fue. Las vacas
comenzaron a producir la suma indispensable, que las tuviese sólidamente al
abrigo de una venta o disolución general: ni un centavo menos ni un centavo
más. Todos los días de la semana, Daniel trabajaba con ardor a fin de que todos
los sábados en la tarde, con muy buenos modos, presentarle a Papá por la leche
y el queso las más correctas cuentas del Gran Capitán. Dada la corrección de
dichas cuentas, Papá no podía probarle su mala fe, dada la amabilidad con que
las presentaba, Papá perdía toda ocasión de insinuárselo con violencia o
desabrimiento.
Amarrado a su propia impotencia, Papá decía:
—Daniel es un vaquero excelente, nunca he visto otro igual, pero
me saquea en una forma, como hasta el presente, tampoco había visto otra igual.
Emplea además un mal sistema con las vacas, las tiene muy consentidas, muy, muy
mal acostumbradas. Quisiera a todas costas salirme de entre sus garras; pero,
¿quién lo reemplaza?
El orden, la disciplina, los gritos de almuecín los nombres de
las vacas y, sobre todo, aquellas coplas cantadas durante el ordeño, larga,
lentamente, acompañando la voz con el canto de la leche que llovía en el fondo
del balde, todo, absolutamente todo, no era sino política, ya lo verán, su
maquiavélica política del corralón que Papá designaba con esta frase candorosa:
"Tiene a las vacas consentidas y mal acostumbradas".
Daniel no excluía de su política el ingenio, el lirismo, la
conmiseración y la galantería. No tono era rapacidad y egoísmo, no. Al amparo
de su rapacidad florecían sentimientos generosos muy dignos de elogio. Daniel
trataba de que las vacas estuviesen bien atendidas para que diesen mucha leche
en primer lugar, y para que al sentirse felices y satisfechas (altruismo
paternal de mandatario) no pudiendo ellas prescindir de el, Papá, figura aquí
de tercer orden, tampoco lo pudiese. Considerando estas razones, ya les dije al
comenzar que Daniel gobernaba con sabiduría.
El procedimiento del ordeño era el siguiente: después de haber
lanzado sus tres llamadas o gritos musicales, entonada mezcla de asonancias con
disonancias, cosa imposible de imitar:
— ¡Nooooche Buena, Noche Bueeeeena, Noche Buena!
Daniel dejaba que madre e hijo se uniesen en ternura y en leche
durante un rato.
Después intervenía él. Al becerrito lo ataba corto por su ronzal
al pie de la vaca. Así engañada ella, presenciaba él, impotente, el robo inicuo
de aquella leche que iba cayendo en el balde en lugar de caer en su garganta.
Como Daniel no acostumbraba despojar a nadie de lo suyo sin volverse todo
sonrisas, galantería y buenos modos, al romper a ordeñar rompía a cantar una
copla llena de halagos y filosóficos consejos.
La voz de Daniel se balanceaba sobre cada silaba como se
balancean las palmeras en la brisa. La madre, adormecida, fascinada por aquella
voz de sirena que la colmaba de elogios recordándole a la vez entre nostalgias
y melancolías los ecos y lamentos de su patria de origen, entregaba sin
restricción toda su leche. El hijo, menos sentimental, se sacudía de tiempo en,
tiempo, hasta que al fin, en vista de la imposibilidad material, acababa por
contempla resignado aquel despojo, sagrada ley la del más fuerte. Considerando
tal vez que "no solo de pan vive el hombre", imitaba a su engañada
madre, entregándose también a los líricos placeres de la poesía y de la música.
Daniel, en plena paz, seguía ordeñando y cantando. Mientras
tejía y destejía su larga copla, las niñitas, trémulas de interés, corríamos a
observar la expresión de la vaca elogiada y ordeñada, a fin de ir espiando en
su rostro la inequívoca satisfacción del amor propio halagado. Por tal razón
cuidábamos muy mucho de que todas las palabras de Daniel fuesen bien claras,
todas las ideas bien al alcance de las sencillas inteligencias Si Daniel
cantaba, por ejemplo, esta copla que era del repertorio de Nube de Agua, puesto
que cada vaca tenía las suyas:
¡Nube de Agua!
Yo he visto vacas famosas;
pero como tú ninguna
porque tú tienes más leche
que agua tiene la laguna,
al vislumbrar aquella laguna turbia y dudosa, volábamos todas a
acabar con Daniel:
— ¿Cuál laguna, Daniel? ¿Qué cuál laguna?
Daniel suspendía el canto para responder:
—La laguna de Valencia.
Protesta general:
— ¡Ay!, Daniel; pero si ella no la está viendo, ella nunca fue a
Valencia, ella no la vio, ¿cómo va a saber? ¿Por qué tú no le dices que tiene
más leche que el río, o que la acequia, o que tiene más leche que el chorrerón,
ah, Daniel, por qué tú no le dices?
Vuelta a interrumpir el canto. Daniel contestaba, lacónico:
—Porque ni río, ni acequia, ni chorrerón, caen en verso.
—Cáelo tú, Daniel, si tú sabes; anda qué te importa, cáelo tú.
Aunque Daniel supiese "caer en verso" toda palabra y
toda idea, tenía su repertorio fijo, y no le gustaba hacer innovaciones sino
cuando un caso muy especial de enfermedad, nacimiento o muerte lo requiriese.
Por lo tanto acallaba nuestras exigencias al responder terminante:
—Ella entiende, la prueba es que se deja ordeñar. Si dado el
caso no entendiere, ¡que se quede con la curiosidad! Eso no le hace daño. De
aguantar curiosidad no se murió ninguno.
Un sábado en la tarde, Papá halló al fin la ocasión de estallar
contra Daniel, y aprovechándola con diligencia estalló, en forma terrible.
Estuvo tan sobrio como enérgico. Declaró a Daniel que sin aceptar ningún género
de explicaciones, le ordenaba que en el más breve término saliese para siempre
del corralón de las vacas y de los linderos de Piedra Azul, que se encontraba
tan harto de sus abusos como de su amabilidad; que por lo demás ya tenía visto
un nuevo vaquero honrado y serio que lo reemplazaría muy ventajosamente.
Daniel, siempre condescendiente, no respondió, no discutió, no
dijo nada. Con muchísimo respeto, después de indicarle a Papá sus futuras
señas, se despidió pronunciando la misma frase ritual de Vicente Cochocho:
—Siempre a sus órdenes, don Juan Manuel.
Como en el trapiche, al marcharse, alguien le preguntara si,
cesante como se hallaba, pensaba regresar de nuevo a los Valles de Aragua,
Daniel, con su admirable buen criterio, sin ironía, despecho, ni insolencia,
movido solo por su sentido práctico, respondió lo siguiente:
—No, yo me quedo a pasar estas dos o tres noches aquí mismo, por
el vecindario: ¡no ven que yo vuelvo!
Al siguiente día muy temprano, lleno en efecto de seriedad y
honradez, se presentó en la casa el nuevo vaquero, preguntó por Papá, y le
manifestó lo siguiente:
—Vengo a decirle una cosa, don Juan Manuel: aquellas vacas están
alzadas. No se dejan ordeñar. Dan coces; se les amarran las patas y entonces es
peor: esconden la leche. Como Daniel les cantaba. ..
Papá respondió con lógica y con irreflexión:
¿Tú no eres, pues, el gran cantador famoso de estos contornos?
¡Cántales! ¡Lúcete! Es una buena ocasión.
¡Ay! ¡Qué ofensa para el nuevo vaquero! Siendo, en efecto,
cantador de renombre, herido en lo más vivo de su dignidad de artista,
respondió entonadísimo:
Entienda, don Juan Manuel, que yo (aquí se puso una mano
extendida sobre el pecho) soy hombre para cantar en un baile mis galerones o
mis corridos, y que, en efecto, hay muy pocos que me ganen ni en cuanto a la
música, ni en cuanto a la letra. Pero yo (aquí se arrancó la mano del pecho) no
soy nombre para cantarle a unas vacas como si fueran gente. ¡Eso si que no! ¡A eso no me reduce a mí nadie! Los
tiempos de la esclavitud ya se acabaron. Busque otro vaquero, don Juan Manuel:
ahí le quedan sus vacas.
Inútil es decir que para alegría nuestra y de las veinte vacas,
Daniel volvió. Un día triste, un día aciago, un día negro, ocurrió un drama en
el corralón.
Tras de corta enfermedad, Nube de Agüita amaneció una mañana
acostado en el corralón de los becerros, con sus patas estiradas y unidas de
dos en dos, como en las más alegres madrugadas cuando las extendía asimismo,
¡ay!, al galopar hacia el arbusto florido, a cuya sombra rebosando leche y paz,
lo esperaba Nube de Agua su madre.
En su boca entreabierta
se posaban ahora varios moscardones verdes: sus ojos entornados tenían una
fijeza extraordinaria y su cola, su pobre cola desolada y despeinada, se
extendía por el suelo a distancia del cuerpo. Aquello era nuevo, aquello era
espantoso, aquello era irremediable. Sobre su galopar horizontal, galopar que
parecía estar saltando inmóvil y helado algún tranquero invisible, Nube de
Agüita había pasado a mejor vida.
Con las almas oprimidas y con las cabezas asomadas por encima de
la cerca, mudas de dolor y rumiando preguntas, durante un buen rato
contemplamos todas al inocente malogrado.
Al fin nos desprendimos del cercado fúnebre. Ante nuestros ojos
el duelo se posaba tenaz sobre la indiferencia general del corralón. El dolor
de Nube de Agua madre lo inundaba todo. La naturaleza entera estaba cubierta de
crespones. Los crespones surgían de los maternales lamentos lastimeros. Atada
sola y solitaria, bajo su árbol florido, Nube de Agua exclamaba:
— ¡Muuuuu!
Y levantando hacia lo alto su cabeza de madre desolada, pedía
Nube de Agüita a todo cuanto la rodeaba: se lo pedía a su árbol tutelar, se lo
pedía a sus tocayas las nubes, se lo pedía al cielo, se lo pedía al sol:
— ¡Muuuuu!
Nadie le contestaba nada. El árbol continuaba, egoísta,
agarrando sus flores, las nubes pasaban bailando lentamente, el sol infame
seguía brillando con alegría, sin dar a la madre desesperada ni una sílaba de
pésame.
Nosotras, en cambio, se lo estábamos dando en todas las formas
posibles e imaginables; pero Nube de Agua, ¡tal es a veces nuestra ceguera!, no
lo advirtió. Apenas, apenas, nos bebimos los vasos de leche con desgano, a
sorbitos cortos. Nadie fue capaz de encajar con fruición la nariz dentro de la
espuma. Nadie dijo al terminar: " ¡ah!", y menos aún a nadie se le
ocurrió decir "más". No; con los vasos a medio beber íbamos del
cercado fúnebre al árbol de Nube de Agua y del árbol de Nube de Agua al cercado
fúnebre, sin mirar ni atender a nada más. En uno de los pasos de aquel vía
crucis, Rosalinda mi hermanita, por andar hacia atrás, sin desprender sus ojos
de Nube de Agua, convertida ya en Nube de las Amarguras, Rosalinda, digo, por
andar dolorida y hacia atrás, se tropezó y cayó sentada dentro de un balde de
leche, razón por la cual agarrada a una mano de Evelyn tuvo que abandonar el
drama a todo correr para ir a cambiarse los pantalones y el vestido.
Entretanto, las preguntas de todas las demás comenzaron a
lloviznar sobre Daniel hasta convertirse, por su cantidad y simultaneidad, en
furioso aguacero:
— ¿Tú crees, Daniel, que él está muerto y bien muerto? ¿Tú
crees, Daniel, que él ya no tiene remedio? ¿Tú crees, Daniel, que Nube de Agua
lo sabe? ¿Tú crees, Daniel, que por eso está mugiendo? ¿Tú por qué no lo
llamas, Daniel, ah? ¿Tú por qué no gritas: ¡Nube de Agua!, a ver si él se
menea? ¡Grítale, Daniel, anda, qué te importa! ¿Por qué tú no le gritas, pues?
Las respuestas de Daniel, lacónicas y negativas al no dejarle
resquicio a la esperanza, nos destrozaban el corazón. Convencidas de lo
irremediable, aceptamos por fin la dura ley. Fijos los ojos en Nube de Agua, la
mirábamos intensamente, sin pestañear, y cuando alzando de nuevo su cabeza
insistía ella en implorar los poderes supremos:
— ¡Muuuuuuu!
Nosotras exclamábamos en tono desgarrador:
— ¡Ay, Daniel! ¡La pobre!
Si en lo referente a la inmovilidad de Nube de Agüita Daniel no
daba esperanzas, en lo que concernía al dolor de Nube de Agua, se mostraba, en
cambio, todo optimismo:
— ¡Déjenla, déjenla! Que llore hoy bastante, que se desahogue,
que pase su día de duelo. Yo la consuelo mañana, ustedes verán, no se
angustien: ¡los muertos se olvidan!
Paternal y previsor, aquel mismo día, armado de un cuchillo y
demás enseres indispensables, Daniel despojó de su cuero el cadáver de Nube de
Agüita, a fin de convertirlo, ¿en qué creerán ustedes?, en un disfraz de
consuelo. A la mañana siguiente empapó el triste despojo en salmuera, y así,
con aquel traje descosido, salado y corto tan semejante a la amplia vestidura
maternal: el mismo color rojizo bajo el mismo collar, la misma faja y los
mismos guantes blancos; con aquel traje descosido y tieso que ostentaba
semejanzas conmovedoras, Daniel vistió un becerro extraño. Cuidando de que a
burda impostura quedara al alcance de ojos y boca de la dolorosa, amarró a una
de sus patas delanteras al becerro disfrazado.
Ella, muy conmovida luego
de haber olfateado la amada apariencia, tanto por consolar su alma cuanto por
deleitar su lengua, cambiando ilusiones por leche, se dio a lamer y relamer la
salmuera que impregnaba el despojo adorado. Como los idealistas, se complacía
en el engaño y en la sal, símbolo del pensamiento; como tantos infortunados
amantes, besaba en un cuerpo extraño el alma para siempre ausente. Entretanto
el feliz disfrazado, heredero universal del desaparecido, a más de ponerse su
vestido, se tomaba con fruición toda su ración de leche.
La impostura duró algunos días. Después ya no fue menester ni
disfraz ni salmuera. El becerro extraño, legitimado por la costumbre, reemplazó
el hijo. Daniel tenía razón: los muertos se olvidan. Lo cual no quiere decir
que no se lloren sincera y hondamente durante algún tiempo.
Como también esto Daniel lo sabía, mientras duró la crisis de
dolor agudo, aconsejando y dando consuelo, en tono muy lastimero cantó varias
mañanas esta copla llena de filosofía y unción:
No llores más, Nube de Agua;
refrena tanta amargura,
que toda leche hace queso
y toda pena se cura.
Vencida por el consejo y arrullada por el canto, Nube de Agua se
iba consolando suavemente, suavemente, mientras nosotras, impacientes, sin
lograr explicarnos el papel que podía desempeñar aquel queso, tan extraño al
dolor maternal, como bandadas de moscas, caíamos sobre el intruso, atropellando
la copla por todo el centro:
— ¿Cuál queso, Daniel?
¿Cuál queso?
AURORA
El geniecillo exquisito y mal documentado que aproximando su
boca al oído de Mamá le dictaba atolondrado nuestros nombres, acertó una vez.
Su acierto fue funesto. No hay que tener razón. Para segar dichas no es
indispensable sembrar verdades. Tú lo supiste, pobre Mamá, tú lo llevaste
tatuado en lo más sensible de tu corazón. El haber acertado por casualidad una
vez, debía costarte raudales de lágrimas.
Los siete años de Aurora eran exactos al rubio nacer del día. Su
cutis mate, sus ojos negros, últimos jirones de la noche que se va; su pelo
claro en donde sonreían los primeros rayos del sol; sus pasos ligeros; su voz
atenuada que parecía cuidar el sueño de los durmientes; sus ademanes; su
dulzura, su belleza pálida, todo, todo se amoldaba a las leyes que rigen el
aparecer del día. Aurora fue la aurora. Luego de haber presidido durante muy
breve tiempo el florido jardín de Mamá, suavemente, con un dedo en los labios,
se fue discreta y silenciosa cuando apenas amanecía. Mamá tuvo razón al
bautizarla Aurora. También Papá tuvo razón cuando en sus preceptos de higiene
nos vedaba la ciudad. Aurora murió recién llegada a Caracas, al cumplir los
ocho años, víctima de un sarampión complicado con la tos ferina.
Prefiero pasar en silencio los detalles de tan triste
acontecimiento. Solo diré que, en el proceso de su dolor profundo y prolongado,
Mamá llegó hasta el fin de sus días sin haber imitado ni por un instante el
proceder de la vaca Nube de Agua. La sensibilidad de aquella herida duró
mientras duró su vida.
Diez, quince, veinte años después, Mamá clamaba aún por Aurora.
Al expresar su tristeza en sus clamores, estos, por muy tristes que fuesen, no
dejaban nunca de estar sometidos a aquella especie de retórica exquisita que
dominaba todas sus palabras y pensamientos. Dichos dolorosos clamores salían,
pues, de sus labios, impregnados de una teatralidad un tanto cómica, cosa que
los hacía aún más enternecedores. Mamá clamaba por Aurora con frecuencia y a
media voz cuando se hallaba sola, pero además, Mamá clamaba por Aurora con la
misma frecuencia y la misma imperceptible media voz, cuando se hallaba
acompañada en los momentos más
inadecuados, en forma tan inoportuna como conmovedora. Así fue toda su
vida.
Cuando menos se esperaba: en una tienda; en el teatro; en el
instante de recibir el cambio de un billete de banco; cuando abría un paraguas
azotado por la lluvia y el vendaval; al entregarle la ropa a la lavandera o en
la zapatería al probarse un par de botas, no había regla, Mamá, de pronto,
cesaba de hacer lo que estuviese haciendo, levantaba sus dulces ojos al cielo y
exclamaba entre suspiros, en voz dolorida y tierna:
— ¡Ay! Aurora, mi hijita adorada, mi hijita tan linda, ¿por qué
me abandonaste, por qué me dejaste tan sola?
Como la palabra "sola" no le pareciese suficientemente
enérgica o expresiva, Mamá la reemplazaba muy a menudo por la palabra,
"íngrima". Este superlativo de soledad la dejaba mucho más
desahogada:
— ¿Por qué me dejaste íngrima?
Solía interrogar la pobre Mamá, para mayor alivio, aunque sin
esperanzas de respuesta.
Nada importaba que aquel "íngrima" muriese ahogado por
nuestros gritos, carreras o risas. Despreciando como de costumbre la realidad,
acompañada y rodeada hasta más no poder, Mamá obedecía a una verdad superior:
para reflejar su alma en sus palabras, "íngrima" le era
indispensable. Nosotras, generosamente, en homenaje a nuestra hermanita
desaparecida, nunca le preguntamos por qué nos equiparaba así con el desierto.
La muerte de Aurora fue el más amargo de los contratiempos que
debían acompañar nuestra instalación en Caracas, pero no fue el único. La senda
que nos llevó de la vida rural a la vida urbana debía ser áspera y empinada.
Aun cuando Papá imperase en Piedra Azul con aquella autoridad
absoluta y distraída, semejante a la de Dios, tanto por el amable desorden que
regia su misericordia y su justicia cuanto por mucho que la burlaban algunos, a
pesar de su magnífica autoridad suprema, Papá no era dueño exclusivo en Piedra
Azul. Sus derechos estaban
contrabalanceados por los de dos hermanos más.
Un día fue menester hacer particiones. Yo creo que Papá, alma de
campesino, debía creer ingenuamente, lo mismo que sus seis niñitas, en la
felicidad dorada de las ciudades. Cuando le presentaron el dilema: dividir la
hacienda o venderla, acallando todo sentimentalismo, decidió venderla, a fin,
decía, de trabajar independiente en Caracas. Luego añadió:
— Ya estoy cansado del campo. Hay que pensar además en la
educación de las niñitas.
¡Ah, "la educación de las niñitas"! Tenías razón,
Papá: ya era hora de penetrar por alguna puerta dentro del Valle de Lágrimas.
Después de varias semanas de conferencias, cartas, discusiones,
llegar de extrañas visitas que se iban a caballo con Papá entre cafetales y
tablones de caña para venir a almorzar acalorados y muy habladores, después de
presenciar tales cosas durante varias semanas, Mamá nos llamó una mañana y nos
dijo:
—Niñitas: Piedra Azul ya se vendió. Esto quiere decir,
¿comprenden?, que la hacienda ya no es de nosotros. Como es preciso que nos
vayamos, nos iremos todos a vivir para siempre a Caracas. Allá tendremos una
casa menos grande, ustedes no podrán bañarse en un chorrerón como aquí, ni
verán el Campo, no, allá las casas están pegadas unas de otras. No podrán
correr y gritar libremente; pero, en cambio, verán con frecuencia a sus dos
abuelitas. Se vendrán todas conmigo en coche la semana que viene: ya lo saben.
Ante semejante noticia, creímos morirnos de felicidad.
— ¡Nos vamos en coche a Caracas, para siempre, la semana que
viene!
Era el grito de hosanna y de ingratitud con el cual entrábamos a
todas partes: a la cocina, al corralón, al trapiche, a los ranchos vecinos. En
nuestra imperiosa necesidad de expansión lo gritábamos a cuanto encontrásemos:
personas, animales o árboles.
— ¡Nos vamos a Caracas, para siempre, y en coche, la semana que
viene! ¡Qué bueno, qué requetebueno!
Y aplaudíamos con frenesí.
En el fondo de aquel viaje a Caracas, que debía producirnos
numerosos sinsabores, nos produjo una semana de felicidad delirante: fue la
última pasada en Piedra Azul.
Por fin, una mañana, apiñadas todas en una gran calesa la misma
que tantas veces se había llevado a Mama, entre paquetes, maletas, muñecas en
los brazos, cestas de frutas, alfondoques, aplausos, gritos y carcajadas de
alegría, cosas estas tres últimas ¡tan impropias en una despedida eterna!,
arrancaron con trabajo los caballos y a paso lento nos fuimos para siempre de
Piedra Azul.
Cuando nuestra calesa zumbante y repleta como una colmena, dando
tumbos sobre los baches del callejón, cruzó la vuelta postrera tras de la cual
ya no se distinguía el techo de la Casa Grande, al igual de Luzbel después de
su caída; al igual de Adán y Eva después de su pecado, al igual de Napoleón
después de Waterloo, acabábamos de perder un imperio. Humilladas y prisioneras,
cesamos en aquel instante de dominar el mundo.
¡Pobres niñitas gritonas de la apiñada calesa! Lo mismo que los
más viejos y los más sabios, ignorábamos una verdad que no se aprende nunca,
verdad que yo no he logrado aún retener durante más de cinco minutos en mi
memoria: los más brillantes cambios de vida, los más amenos viajes, en su
monótona diversidad, solo nos enseñan una novedad trascendental y cruel: es
nuestra propia miseria, y aquella feliz ignorancia de ella, para siempre
perdida, dentro de la cual era tan dulce vivir.
Lo primero que echamos de ver al llegar a Caracas fue la
ausencia de tierra y de agua, cosas de las cuales, a nuestro juicio, carecíamos
casi totalmente. Por todos lados cemento, tablas o ladrillos. Apenas un poco de
tierra seca en el patio y otro poco en el corral; apenas dos pilas de agua;
apenas dos o tres grifos en la cocina y el baño, grifos inconscientes de su
ridículo, puesto que ellos nunca habían visto el chorrerón del trapiche.
Los cuatro o cinco árboles tristones que poblaban el corral no
bastaban a cobijar nuestros juegos, y aquellas paredes que por todos lados nos
robaban el horizonte eran verdaderos muros de prisión. Privadas de libertad y
de panoramas, dentro de las cuatro tapias del corral crecía nuestra nostalgia y
menudeaban nuestros pleitos.
Los gastos de la casa, en los cuales intervenían monedas, cosa
enteramente desconocida en Piedra Azul, se veían reducidos. En lugar de aquella
larga cohorte o servidumbre que nos acompañaba allá por todos lados, ahora,
apenas teníamos una sola sirvienta que nos atendía a las cinco niñitas mayores.
Únicamente Aura Flor, adherida a su criadora. Evelyn se había ido a Trinidad.
Ya nadie nos regañaba. No había quien salara o aderezara con prohibiciones el
desabrimiento inmenso del vivir. Nuestros caprichos al brotar robustos y
numerosos, sin que una mano providencial los podara, nos ahogaban de
melancolía.
Mamá, sobre una esquina de mesa, entre un lápiz romo y un papel
rayado, frente a una nueva cocinera de magnífico carácter y malísima
"sazón", sacaba la cuenta del mercado con monotonía, prolongando por
finura los plurales de los comestibles?
Plátanosssssss. . . carne. . . papassss. . . café. . .
macarrones.. . Lista diaria e invariable que solía rematarse así: "¡Hoy me
has gastado demasiado!"
¿Dónde estaban los días de abundancia, cuando Vicente Cochocho
llegaba con su burro cimbrado bajo el peso de las legumbres, los aguacates, los
plátanos, los papelones, cosas todas que iba derramando en alegres montones
sobre la amplia mesa de la cocina, ante la irritada vigilancia de Candelaria?
¿Quién le tomaba la cuenta con monotonía prolongando los plurales? ¿Quién le
decía, al fin, en tono semidramático: "hoy me has gastado demasiado"?
Nadie.
A los ocho días de estar en Caracas nos habíamos dado amarga
cuenta de que nosotras, las seis niñitas de la Casa Grande de, ex princesas de
Piedra Azul, éramos unas hormiguita Peor, mucho peor que la mayoría de las
hormigas, quienes al caminar unas tras
otras se pierden felices dentro del anónimo y la uniformidad. Nosotras no nos
perdíamos, ¡ay!, en el anónimo, nosotras al estar junto a otras niñitas, amigas
o primas hormigas entre hormigas, nos distinguíamos tristemente Por nuestras
simplezas, por nuestro rústico encogimiento, por nuestra rústica audacia, por
nuestras preguntas bobas, por nuestras bocas abiertas, por nuestro perpetuo
asombro. Era imposible ser más ignorante e imposible serlo con mayor
sinceridad.
Nuestras dos primeras visitas a la ciudad fueron fecundas en
observaciones erróneas y en falsos descubrimientos.
Lo primero que hicimos desde el primer día al poner los pies
fuera de nuestro zaguán, fue echar a correr, cada cual por su lado. La nueva
sirvienta o cuidadora, ya entrada en años y medio asmática, incapaz de empuñar
con mano diestra aquellas riendas que Evelyn llevaba tan sobria y
magistralmente, la nueva y vieja cuidadora, al apreciar nuestra desbandada
general, detenida en plena calle y en plena incertidumbre, dirigía hacia los
cuatro puntos cardinales observaciones y amenazas desesperadas, que no lograban
agruparnos ni por un segundo delante de ella. Esparcidas y absortas en nuestras
indagaciones, ni la veíamos. Separadas así unas de otras, nos llamábamos a
grito herido: " ¡Mira Blanca Nieves"! “¡Espérame, Violeta!", lo
mismo que si estuviéramos subiendo callejón arriba, hacia el corralón de las
vacas.
Todo era motivo de estupefacción. Cuando veíamos una tienda nos
deteníamos y la señalábamos con el dedo gritando: " ¡Una pulpería!" A
las aceras las llamábamos bancos; a los postes del gas, matas de hierro; y
cuando veíamos venir un señor y una señora andando gravemente cogidos del
brazo, también nos deteníamos y también los señalábamos con el dedo diciendo:
— ¡Ahí va una yunta de gente!
Eso no era todo. Nuestra frondosa incultura se desbordaba a
borbotones en la ciudad, como la de unos vándalos que, en lugar de sembrar
desolación, derramaran candor.
Si en Piedra Azul habíamos adquirido la costumbre de llevar
sombreros, eran ellos sencillos y ligerísimos sombreros de cogollo que Mamá
adornaba con un lazo de gusto pastoril y que Evelyn nos encajaba en la cabeza
con solidez y con un fin práctico: preservarnos del sol. Tales sombreros
quedaban tan asentados o adheridos a nuestras personas, que no había para qué
ocuparse más de ellos: eran como las orejas o el pelo.
Pero los otros sombreros, aquellos sombreros de ciudad que
nuestra excelente Mamaíta se había apresurado a adquirir al día siguiente de
nuestra llegada, eran otra cosa. Casi siempre innecesarios, cargados de adornos
fútiles, sostenidos por un caucho bajo la barba, eran molestos y vivían en
perpetuo desequilibrio. No había modo de olvidarlos. Casi todas y casi siempre
al traspasar el portón, considerando que el llevarlos en la cabeza era mero
convencionalismo, nos los arrancábamos, y los llevábamos en la mano con orgullo
y bienestar, bajo nuestra inmediata vigilancia.
Aquellos que quedasen coronando la cúspide de alguna que otra
cabeza, tal cual es uso civil, tal cual acostumbrada hacer siempre Violeta,
celosa de conservar la libertad de sus manos; el que permaneciese, digo, en la
cúspide de una cabeza, perdía al instante su verdadero punto de gravedad. Sin
la puntería o acierto indispensable a su salvaguardia, incapaces de medir con
la vista el espacio necesario a sus correspondientes volúmenes, los
enganchábamos en los picaportes de las puertas; en las ventanas bajas; y en los
codos de los transeúntes; después de lo cual, quedaban inclinados hacia los
ojos, encima de una oreja o sobre la nuca: dependía de la dirección contraria a
la cual hubiese sobrevenido el accidente o tropezón.
El día de nuestra segunda visita a la ciudad, como acertásemos a
pasar frente a la catedral, su aspecto imponente y vasto, protegido por la
torre, nos recordó mucho nuestro perdido trapiche amparado de igual modo por su
chimenea o torreón. Alguien gritó señalando con el dedo:
— ¡Un trapiche!
Como era de rigor, Violeta se precipitó a fin de hacer antes que
nadie las indagaciones del caso.
Con rapidez vertiginosa atravesó la calle, penetró en la
iglesia, empujó la puerta del cancel, se asomó unos instantes y salio diciendo
con su habitual buen sentido y con su sombrero sobre una oreja:
— ¡Eso no es un trapiche! Si fuera un trapiche, ¿dónde está la
caña? Si fuera una sala de pailas, ¿dónde están los fondos?
— ¿Y para qué tanto banco?
Entretanto la vieja cuidadora, allá, en el extremo de la calle,
corriendo y soplando, como un náufrago perdido en el horizonte, nos hacía señas
desesperadas de que la aguardásemos; de que en la iglesia no se entraba
gritando; ni se entraba tampoco con el sombrero en la mano.
Aquella misma tarde, no
bien llegamos a casa, la sirvienta que por no haber aún logrado alcanzarnos,
entró un buen rato... después, sin quitarse pañolón ni nada, atravesó el patio
como un bólido, se fue derecha a donde estaba Mamá y declaró demudada e
indignada, respirando corto:
—No salgo más con sus niñitas; se acabó. No me hacen ningún
caso. Andan desperdigadas por la calle, cada una por su lado; llevan los
sombreros en la mano; se tropiezan con todo el mundo; enseñan a la gente con el
dedo; entran corriendo a las iglesias y salen gritando. A mi me avergüenzan.
Además es mucha responsabilidad. Busque otra cuidadora que se las lleve a
pasear, yo me voy.
Es difícil describir la herida profunda que tales palabras
abrieron al instante en la finura exquisita de Mamá:
—Niñitas, por Dios —nos dijo maltratadísima y silbando las eses.
¿Cuándo se van ustedes a civilizar? ¿Cuándo van a comprender, por la Virgen
Santísima, que aquí no estamos en Piedra Azul? ¡Andar por la calle con los
sombreros en la mano! ¡Entrar gritando a la iglesia! ¡Enseñar a la gente con el
dedo! ¡Ay! ¡Qué van a decir de mí! No me mortifiquen así, niñitas:
¡civilícense! Con el objeto de civilizarnos lo antes posible, desde el
siguiente día, desplegando inmensa actividad, la pobre Mamá nos había puesto en
el colegio; o sea, que comenzamos a ir con regularidad, mañana y tarde, a una
casa tan limpia como destartalada, y llena de ecos, situada a cuadra y media de
la nuestra, en la cual dos señoritas distinguidas, cargadas de méritos y de
necesidades, enseñaban con melancolía el abecedario y el catecismo a una docena
de niñitas.
Allí, en una sala vasta, entre muebles de Viena; tapetes de
crochet; retratos de noble actitud cuyos marcos y lienzos se disputaban por
igual la polilla y los ratones; sobre el suelo esterado en donde a trechos
florecían alegremente los ladrillos, y bajo un techo empapelado en donde, a
trechos también florecían tristemente las goteras; allí, entre las dos
señoritas distinguidas y las doce niñitas analfabetas, tuvo lugar en forma
rápida el proceso de nuestra civilización. Debo confesar que fue a costa de numerosas
humillaciones, luchas y derrotas. Los pueblos adquieren la civilización
guerreando y sufriendo: lo mismo la adquirimos nosotras.
He aquí, por ejemplo, cómo aprendí a conocer yo, en forma
imborrable, ilustrada por pellizcos y bofetadas, el valor de la moneda.
Frente a la puerta de nuestro colegio o asilo de la melancolía y
de las letras, sentada en el escalón de un zaguán, con un gran paño blanco
sobre cabeza y hombros, un espantador de moscas, blanco también, en su mano
derecha, y en sus rodillas un amplio azafate poblado de polvorosas, suspiros,
yemas, melcochas y coquitos que brillaban al sol como piedras preciosas, se
instalaba todas las tardes una vendedora de dulces.
Aquella vendedora de
actitud hierática con su paño blanco y su enigmático rostro negro era lo mismo
que una diosa o un hada. Sus dulces, acariciados en perpetuo vaivén por las
tiras inmaculadas y sonoras del espantador de moscas, eran los dones divinos
que otorgaban sus manos al que le diese un centavo. Nosotras no teníamos la
menor esperanza de recibirlos nunca, siendo así que Papá había declarado:
—No veo ninguna necesidad de que apuren a las niñitas en el
colegio; tienen tiempo de aprender a leer. Lo que sí me parece en cambio
indispensable es que las vigilen mucho, cuando atraviesan la calle no vayan a
comer nada que pueda estar contaminado por el polvo o las moscas.
Encadenadas a tal mandamiento, sin jamás tener un centavo,
confieso, por lo que a mí atañe, que no pasaba un día sin que yo rindiese a la
vendedora el tributo de mi profunda, humilde, devoción. Me detenía si posible
era, pegada a su azafate, allí, con las dos manos cruzadas en la espalda, señal
de rendimiento, contemplaba un rato las polvorosas, yemas, melcochas y
coquitos, escuchaba el chss, chss, del espantador de moscas y me iba por fin
lanzando esos suspiros que nos brotan del alma ante los deseos irrealizables.
Pero no hay que respetar demasiado las leyes. Es sabiduría
burlarlas con audacia ante los propios ojos de la autoridad, tan dispuesta
siempre a aceptar cualquier colaboración o complicidad que la desprestigie.
Una tarde, pues, antes de ir al colegio, me acerqué a Mamá
y llena de habilidad le dije con atrevimiento y dulzura:
—Mamaíta, regálame un centavo.
No sé si por distracción o por generosidad, Mamá, no solo me
regaló un centavo, sino que me regaló una moneda de cinco centavos en plata, lo
cual dado su exiguo tamaño despertó en mi alma las zozobras de la desconfianza.
No obstante, la tomé y resolví guardarla apuñada en mi mano, con perseverancia
y prudencia, todo el tiempo que fuese menester. Con mis cinco centavos
acalorados y sudorosos, llegué al colegio, di mi lección, en la cual, después
de confundir varias veces la pe con la be, distinguí con inteligencia la a de
la doble ve. La señorita melancólica que se hallaba en función aquella tarde
declaró en tono lastimero que había sabido muy bien mi lección. Con la
satisfacción que da el deber cumplido, y con mis cinco centavos siempre
apuñados, aprovechando una coyuntura, salí furtivamente de la vasta sala,
atravesé en carrera zaguán, acera y arroyo, hasta llegar, ¡eureka!, a donde
estaba la vendedora de dulces. Allí, sin cruzar, no, las manos en la espalda,
me di a contemplar su azafate, anhelante, aunque atormentada por la indecisión
y por la desconfianza que me inspiraba mi exigua moneda.
Unos instantes después regresé al recinto en donde balbucía la
ciencia y por ese humano, funesto prurito, de hacernos admirar, humillando con
el fulgor de nuestra suerte al mayor número posible de personas, me acerqué a
un grupo que según costumbre dialogaba con animación de espaldas al pizarrón y
a la profesora:
—Me fui —dije triunfante y con la boca aún llena —me fui
enfrente, donde está la dulcera, cogí una polvorosa, le di un centavo chiquito
y ella me regaló cuatro centavos grandes además de la polvorosa que estaba muy
buena: ¡ya me la comí!
Las burlas, risas y cuchufletas con que recibió el público mi
breve discurso fueron tantas y tan acerbas, que Violeta, por espíritu de
familia, en honor mío con una generosidad que hasta entonces yo no hubiese
sospechado, comenzó a repartir bofetadas y pellizcos en el auditorio, ante las
voces y miradas de severidad impotente que lanzaba, hasta más no poder, la
profesora o señorita melancólica.
La reyerta, en la cual
volaron varias cartillas y numerosas planas de palotes torcidos horriblemente
manchados de tinta, y en la cual tuve necesariamente que intervenir, fue
desigual y cruda.
En ella me arrancaron un lazo que me había atado Mamá en la
cabeza; queriendo dar un golpe magistral, me lo di yo misma contra uno de los
muebles de Viena, rodé por ello al suelo extraviando así tres de mis cuatro
centavos que sepultó la estera en el océano de sus descosidos y desflecados.
Entretanto Violeta acababa de poner fin a la refriega en forma inesperada y
sangrienta. Como una de las pacíficas espectadoras que, no habiendo tomado
parte ni en las burlas ni en la lucha, a más de hallarse mirando, se hallase
mudando, y tuviese un diente sostenido apenas por un hilo, Violeta, al pasar
con violencia junto a ella, la tropezó y se lo arrancó de cuajo
involuntariamente y en forma sangrienta, cosa que produjo una impresión atroz.
La pacífica desdentada comenzó a llorar en silencio, la lucha cesó, y Violeta
quedó cubierta de ignominia. Pudimos escuchar entonces la voz de la señorita
melancólica, quien a la vista de la sangre y del diente inmolado repetía ya por
cuarta o quinta vez con voz afónica, dirigiéndose a Violeta y a mí:
—Bien se ve que ustedes dos vienen del monte, de no tratar más
que pollinos y becerros.
La verdad es amarga, yo me la tragué en silencio. Violeta, no.
Violeta contestó inmediatamente a la señorita afónica y melancólica que un
becerro, un pollino y un burro era ella. Respuesta que nos acarreó naturalmente
nuevos reproches y nuevas humillaciones redactados en plural y recibidos en
familia y en común. Así, entre enseñanzas violentas y revelaciones bruscas, que
iban temperando el manso transcurrir del tiempo, floreció en nuestras almas la
cultura o conocimiento de las convenciones base de toda civilización.
Pasaron dos años.
La época lejana de Piedra Azul, rodeada por una aureola de
melancolía, presidida dulcemente por el recuerdo de Aurora que ya se había ido,
Edad de Oro en Paraíso Perdido, se cristalizaba allá, en el fondo del pasado. A
los siete u ocho años, gracias a tal pasado, yo me juzgaba cargada de
experiencia, creía conocer a fondo, salvo nimios detalles, todas las verdades
de la vida, y sonreía con indulgencia al recordar las ingenuidades de mis
tiempos ya idos. Hoy, transcurridos setenta años, tengo mucho menos arraigado
ese sentimiento de la propia experiencia, tan cargado de soberbia. A fuerza de
golpes, a fuerza de comprobar que nuestras aptitudes para el error son
infinitas, he adquirido por fin la conciencia de mi inexperiencia, la cual me
acompaña ahora con humildad y con algo de aquella frescura rosa y clara cuya
desaparición deploraba entre suspiros a los siete años.
En nuestras conversaciones, impregnado de añoranza, salpicado de
tristísimos "¿te acuerdas?" aparecía a cada instante el nombre de
Piedra Azul. Seguras de que habíamos dejado allá un tesoro de felicidad,
queríamos poseerlo de nuevo, aun cuando solo fuese por algunas horas. Con tal
fin martilleábamos los oídos de la pobre Mamá, ¡tan triste!, rogándole a todas
horas:
—Mamaíta, ¿cuándo volvemos a Piedra Azul? Llévanos, Mamaíta,
llévanos en el coche un día. Aunque solo sea por un rato. ¿Qué importa?
Mamá no quería volver a su antigua hacienda. No tanto porque el
viaje fuese largo, pesado y polvoriento, sino porque sabía por advertencia del
corazón que es peligroso enfrentarse a
las cosas sobre las cuales, desde lejos, ponemos a reposar nuestros
recuerdos.
Tanto insistimos nosotras que por fin, un día, luego de pedir
permiso al nuevo dueño, volvimos a apiñarnos en un coche, y acompañadas de Mamá
y de una cesta grande, donde llevábamos el almuerzo, regresamos a nuestro
Paraíso Perdido, creyendo al andar que andábamos hacia el pasado; que Aurora,
subida en el pretil vedado, el pretil de los juicios, nos tendería los brazos
al llegar, mientras Evelyn sacándonos del coche una a una, no se olvidaría de
advertirnos:
—Cuiden vestidos bonitos de Caracas, no se sienten en suelo.
Pero no. Ni Aurora nos tendió los brazos, ni Evelyn vino a
sacarnos del coche. En lugar de sus sombras familiares, hallamos en todas
partes una cosa dolorosísima: el nuevo dueño de Piedra Azul era un rico, gran
amante del progreso, animado de una actividad insaciable para idear y realizar
reformas. Vale decir que nuestro querido Piedra Azul, disfrazado de otra cosa,
también lloraba, con los gritos desoladores de sus reformas, el habernos
perdido a nosotras. Tales gritos se percibían desde lejos.
El nuevo mayordomo lleno de satisfacción, nos mostraba con
orgullo los innumerables sacrilegios perpetrados en nuestros recuerdos, y con
una sonrisa inconsciente y horriblemente impía le preguntaba a Mamá:
— ¿Verdad que está desconocido? ¡Ah! Pero así cuesta... Para
llegar a esto se ha gastado. ..
Y decía una suma enorme.
Todo estaba cambiado: era el triunfo del revés sobre el derecho.
Donde estaba la sala había el comedor y donde estaba el comedor había la sala;
donde había antes una puerta estaba ahora tapiado y en donde estaba una pared
lisa había ahora una puerta nueva acompañada, si era posible, por una ventana.
Sobre la tierra que llevó nuestro huerto ameno, talados los árboles, se
alineaba geométrico un jardín a la inglesa, y en el terreno que ocupaba nuestro
jardín oloroso había un huerto rasurado en donde crecían, párvulos raquíticos,
multitud de árboles exóticos. ¿Qué se habían hecho los rosales y los jazmineros
de Mamá, que tan a menudo se abrazaban y enrollaban juntos? ¿Dónde estaban los
guayabos, la acacia grande, los árboles de poma rosa, guanábanas y guayabitas
arrayán? ¿Dónde estaban los bambúes cantadores con sus zapatos de terciopelo,
donde escondían picaros la maldad de sus "pelitos"? ¡Como Aurora,
como Evelyn, como nosotras, todos ellos se habían ido!
Las lajas que deshierbaba Vicente Cochocho ya no se podían
deshierbar porque los pisos de los corredores y patios eran de cemento estéril.
En los cuartos tapizados con cielos rasos y tablas nuevas, el eco repetía la
voz atenuada de Mamá que llamaba a Aurora por todos los rincones. En el
corralón, en el santo corralón modelo de la ciudad futura, se había edificado
un establo con ordenadísimas divisiones en las cuales cada vaca sola vegetaba
respirando el malsano egoísmo de las casas cerradas. En el trapiche había
multitud de puertas y en las puertas letreros que decían: " Se prohíbe la
entrada" y "No se permite fumar". La sala de pailas y el patio
de las bagaceras también estaban volteados al revés; solo la rueda, la inmensa
rueda de la molienda, presidiendo contra su voluntad la inicua devastación,
¡pobre vieja buena, pobre vieja fiel!, estaba allí, muy triste, diciéndonos
cariñosa y espantada con sus brazotes abiertos:
— ¿Y que les parece?
Por último, cuando Mamá se fue al estanque del chorrerón en
busca del cují amigo, padre del agua y vestido de los baños, para de nuevo
interrogar allí por qué Aurora la había dejado íngrima, se encontró de bruces
con una pared de mampostería.
A poco, para postre o complemento, para que nada faltara,
conversando con uno de nuestros antiguos peones, recibimos una fúnebre noticia.
Vicente Cochocho ya no estaba en la hacienda, porque, según toda probabilidad,
ya no estaba en el mundo. Luego de haber regresado ileso y triunfante de aquel
su postrer alzamiento, una madrugada, tal cual era su inveterada costumbre, se
había ido a buscar alguna hierba o a llevar algún recado 3 los revolucionarios.
Quizá fue una celada que le tendieron: lo cierto fije que de su excursión
misteriosa y mañanera Vicente no regresó.
El peón que nos refirió el doloroso suceso, entre encogerse de
hombros y estirar de labios, con horrible naturalidad, terminó enunciando las
siguientes hipótesis:
—Como perderse, él no era hombre que se perdía. O le dio de
repente algún mal, o lo mando a matar a traición un enemigo. ¡Pobre Vicente!
El, que enterró a tantos; él, que era tan "curioso", ¿se acuerdan?,
para fabricar las urnas; en el monte se quedó tendido sin urna ni nada;
desbarrancado, o enfermo, o mal herido, ¡quién sabe cómo!, se lo comieron los
zamuros .
Nuestro almuerzo, que tuvo lugar junto al agua sobre la hierba
vecina, huérfana del cují, fue silencioso y fúnebre. Poco se habló, nada de
risas. £1 pan, el pollo, los huevos duros, también sabían a tristeza.
Mamá tenía razón: debemos alojar los recuerdos en nosotros
mismos sin volver nunca a posarlos imprudentes sobre las cosas y seres que van
variando con el rodar de la vida. Los recuerdos no cambian y cambiar es ley de
todo lo existente. Si nuestros muertos después de muchos años de ausencia y
arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la inglesa y
tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses,
doloridos, nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas,
volverían a acostarse en sus sepulcros.
También nosotras, terminado el almuerzo, todas de acuerdo
quisimos regresar a nuestro coche.
Un instante después, sacudidas por el saltar de las ruedas en
los baches del camino, ante el lento pasar de árboles y cruzar de recuas,
estalló por fin sin trabas nuestra necesidad de expansión.
— ¡Ay Mamaíta! — dijo alguien declamando con inmenso dolor—,
para ver cómo nos cortaron el cují, y cómo nos quitaron todito el corralón y
para que después vinieran a decirnos que al pobre Vicente Cochocho se lo
comieron los zamuros, ¡más vale que nunca hubiéramos venido!
Mamá respondió entre dos1 bruscos saltos del coche y dos
profundos suspiros:
— Por tercas, niñitas, por tercas, acuérdense: ¡yo se los dije!

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