© Libro N° 5590.
Cuentos Sacroprofanos. Pardo Bazán, Emilia.
Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título
original: © Cuentos Sacroprofanos. Emilia Pardo
Bazán
Versión Original: © Cuentos Sacroprofanos.
Emilia Pardo Bazán
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.Librodot.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://d1w7fb2mkkr3kw.cloudfront.net/assets/images/book/lrg/9781/5173/9781517388133.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS SACROPROFANOS
Emilia Pardo Bazán
Índice
Cuentos
sacroprofanos
"La
Borgoñona"
La sed de
Cristo
Las tijeras
El palacio de
Artasar
El niño de San
Antonio
La máscara
Miguel y
Corpus
El cuarto...
El martirio de
sor Bibiana
Los hilos
Posesión
La lógica
El aviso
Sequía
Desde afuera
El pecado de
Yemsid
"Omnia
Vincit"
La penitencia
de Dora
Ceniza
Las cerezas
El Santo Grial
El talismán
Reconciliación
La moneda del
mundo
Entrada de año
Tiempo de
ánimas
El antepasado
La comedia
piadosa
La operación
Crimen libre
Cuento inmoral
Travesura
Pontificia
Vidrio de
colores
El peregrino
Desde allí
Cuentos sacroprofanos
Emilia Pardo Bazán
[Nota
preliminar: Edición digital a partir de la de OO.CC. (Madrid, Aguilar, 1963, 4ª
ed., T. I, pp. 1212-1303) y cotejada con la edición crítica de Juan Paredes
Núñez (Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de la Maza, Conde
de Fenosa, 1990, T. I, pp. 359-474).]
"La
Borgoñona"
El día que
encontré esta leyenda en una crónica franciscana, cuyas hojas amarillentas
soltaban sobre mis dedos curiosos el polvillo finísimo que revela los trabajos
de la polilla, quedéme un rato meditabunda, discurriendo si la historia, que
era edificante para nuestros sencillos tatarabuelos, parecía escandalosa a la
edad presente. Porque hartas veces observo que hemos crecido, si no en maldad,
al menos en malicia, y que nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora
para evitar que subrayasen sus frases e interpreten sus intenciones y tomen por
donde queman sus relatos inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga esta
propia metáfora, barba sobre el hombro, de miedo de escribir algo pernicioso y
de incurrir en grandísima herejía.
Pero acontece
que si llega a agradarnos o a producirnos honda impresión un asunto, no nos
sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que bulle y se revuelve allí cula el
feto en las maternas entrañas, solicitando romper su cárcel oscura y ver la
luz. Así yo, desde que leí la historia milagrosa que -escrúpulos a un lado- voy
a contar, no sin algunas v
- I -
Eran muchos,
muchos años o, por mejor decir, muchos siglos hace; el tiempo en que Francisco
de Asís, después de haber recorrido varias tierras de Europa, exhortando a la
pobreza y a la penitencia, enviaba sus discípulos por todas partes a continuar
la predicación del Evangelio.
Los
pueblecitos y lugarejos de Italia y Francia estaban acostumbrados ya a ver
llegar misioneros peregrinos, de sayal corto y descalzos pies, que se iban
derechos a la plaza pública y, encaramándose sobre una piedra o sobre un montón
de escombros, pronunciaban pláticas fogosas, condenando los vicios, increpando
a los oyentes por su tibieza en amar a Dios. Bajábanse después del improvisado
púlpito y los aldeanos se disputaban el honor de ofrecerles hospitalidad, lumbre
y cena.
No obstante,
en las inmediaciones de Dijón existía una granja aislada, a cuya puerta no
había llamado nunca el peregrino ni el misionero. Desviada de toda
comunicación, sólo acudían allí tratantes dijonenses a comprar el excelente
vino de la cosecha; pues el dueño de la granja era un cosechero ricote y tenía
atestadas de toneles sus bodegas, y de grano su troj. Colono de opulenta
abadía, arrendara al abad por poco dinero y muchos años pingües tierras, y
según de público se contaba, ya en sus arcas había algo más que viento. Él lo
negaba; era avaro, mezquino, escatimaba la comida y el salario a sus
jornaleros, jamás dio una blanca de limosna y su mayor despilfarro consistía en
traer a veces de Dijón una cofia nueva de encaje o una medalla de oro a su hija
única.
Omite la
crónica el nombre de la doncella, que bien pudo llamarse Berta, Alicia,
Margarita o cosa por el estilo, pero a nosotros ha llegado con el sobrenombre
de la Borgoñona. De cierto sabemos que la hija del cosechero era moza y linda
como unas flores, y a más tan sensible, tierna y generosa como duro de pelar y
tacaño su padre. Los mozos de las cercanías bien quisieran dar un tiento a la
niña y de paso a la hucha del viejo, donde guardaba, sin duda, pingüe dote en
relucientes monedas de oro; mas nunca requiebros de gañanes tiñeron de rosa las
mejillas de la doncella, ni apresuraron los latidos de su seno. Indiferente los
escuchaba, acaso burlándose de sus extremos y finezas amorosas.
Un día de
invierno, al caer la tarde, hallábase la Borgoñona sentada en un poyo ante la
puerta de la granja, hilando su rueca. El huso giraba rápidamente entre sus
dedos, el copo se abría y un tenue hilo, que semejaba de oro, partía de la
rueca ligera al huso danzarín. Sin interrumpir su maquinal tarea, la Borgoñona
pensaba involuntariamente en cosas tristes. ¡Qué solitaria era aquella granja,
Madre de Dios! ¡Qué aire tenía de miseria y de vetustez! ¡Nunca se oían en ella
risas ni canciones; siempre se trabajaba callandito, plantando, cavando,
podando, vendimiando, pisando el vino, metiéndolo en los toneles, sin verlo
jamás correr, espumante y rojo, de los tanques a los vasos, en la alegría de
las veladas!
"¿A qué
tanto afanarse? -reflexionaba la niña-. Mi padre taciturno, vendiendo su vino,
contando sus dineros a las altas horas de la noche; yo, hilando, lavando,
fregando las cacerolas, amasando el pan que he de comer al día siguiente...
¡Ah!, ¡naciese yo hija de un pobre artesano de Dijón, de un vasallo del obispo,
y sería más dichosa!"
Distraída con
tales pensamientos, la Borgoñona no vio a un hombre que por el estrecho sendero
abierto entre las viñas caminaba despacio hacia la granja. Muy cerca estaba ya,
cuando el ruido de su báculo sobre las piedrezuelas del camino movió a la
doncella a alzar la cabeza con curiosidad que se trocó en sorpresa así que hubo
contemplado al forastero, el cual frisaría a lo sumo en los veinticinco años,
si bien la demacración del rostro y el aire humilde y contrito le disimulaban
la mocedad. Un sayal gris, que era todo él un puro remiendo, le resguardaba mal
del frío; una cuerda grosera ceñía su cintura; traía la cabeza descubierta,
desnudos los pies y muy maltratados de los guijarros y apoyábase en un palo de
espino. Al punto comprendió la Borgoñona que no era un mendigo, sino penitente,
el hombre que así se presentaba, y con palabras dulces y ademanes llenos de
reverencia, le tomó de la mano y le hizo entrar en la cocina y sentarse junto
al fuego. Veloz como una saeta
corrió al establo, y ordeñó la mejor vaca para traer
al peregrino una taza de leche caliente. Partió del enorme mollete de pan un
buen trozo, que migó en la taza, y arrodillándose casi, mostrando mucho amor y
liberalidad, sirvió a su huésped.
Él agradeció
en breves frases la caridad que le hacían, y mientras despachaba el frugal
alimento comenzó a explicar, con suave pronunciación italiana, cosas que
suspendieron y embelesaron a la Borgoñona. Habló de Italia, donde el cielo es
tan azul, el aire tan tibio y, en especial, de la región de Umbria, amenísima
en sus valles, y en sus montes severa. Después nombró a Asís, y refirió los
prodigios que obraba el hermano Francisco, el serafín humano, el cual seguían,
atraídos por sus predicaciones, pueblos enteros. Citó a una joven muy bella y
de sangre noble, Clara, cuya santidad portentosa era respetada no sólo por los
hombres, sino hasta por los lobos de la sierra. Añadió que el hermano Francisco
había compuesto, para alabar a Dios y desahogar sus afectos de amor celestial,
tiernos cánticos; y como la Borgoñona solicitase oírlos, el forastero cantó
algunos; y aunque no entendía la letra, el tono y el modo de cantar del
desconocido hicieron arrasarse en lágrimas los ojos
de la niña. El forastero tenía los suyos bajos,
rehuyendo ver el rostro femenino, que adivinaba fresco, gracioso y juvenil.
Ella, en cambio, devoraba con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas,
que la mortificación y el ayuno habían empalidecido.
Cerrada ya la
noche, fueron entrando en la cocina los mozos y mozas de labranza,
encendiéronse candiles y antorchas de resina, aumentóse el fuego con haces de
secos sarmientos de vid y preparáronse a aprovechar la velada, ellas hilando,
ellos cortando y afilando estacas destinadas a sostener las cepas de viña.
Todos miraban curiosamente al forastero, que en la misma actitud humilde
permanecía junto al fuego, silencioso y sin adelantar las palmas de sus
amoratadas manos hacia el grato calorcillo de la llama. Un rumor contenido se
dejó oír cuando entró el amo de casa: todos querían saber qué diría el avaro de
la presencia del huésped.
Pero la
Borgoñona, saliendo a recibir a su padre con afabilidad suma, le contó cómo
ella había ofrecido hospitalidad a aquel santo, a fin de que no pasase la noche
al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran disgusto, y contentóse con
encogerse de hombros, yendo a sentarse a su sitio acostumbrado en el banco,
cerca del hogar. La velada empezó pacífica.
De pronto, el
forastero, saliendo de su letargo, levantó la cabeza, y como si notase por
primera vez que estaba próximo a una hoguera alegre y chispeante, comenzó a
decir a media voz algunas palabras sobre la hermosura del fuego y la gratitud
que el hombre debe a Dios por tan gran beneficio. La Borgoñona tocó al codo a
su vecina, ésta transmitió la seña y en un instante callaron las conversaciones
de la cocina para oír al penitente. Éste, arrastrado por su propia elocuencia,
iba elevando la voz hasta pronunciar con entusiasmo su discurso.
De la
consideración del fuego pasó a los demás bienes que nos otorga la bondad
divina, y que estamos obligados a repartir con el prójimo por medio de limosna.
Si, obligados, pues de toda riqueza somos usufructuarios no más. ¿De qué sirve,
por ejemplo, el tesoro encerrado en el arca del avaro? ¿De qué el trigo
abundante en los graneros del hombre duro de corazón? ¿Creen ellos acaso que el
Señor les dio tan cuantiosos bienes para que los guarden bajo llave y no alivien
las necesidades del prójimo? ¡Ah! ¡El día del tremendo juicio, su oro será
contrapeso horrible que los arrastre al infierno! ¡En vano tratarán entonces de
soltar lo que en vida custodiaron tanto: allí, sobre sus lomos, estará el
tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en el abismo!
A medida que
arengaba el penitente, los ojos del auditorio se fijaban en el cosechero, el
cual, retorciéndose en el banco, no sabía qué postura tomar ni qué gesto poner.
El penitente, incorporándose, hablaba ya casi a gritos, con voz vibrante y
sonora. De repente, mudando de registro, encareció los placeres de la limosna,
la dulzura inefable del espíritu que premia el sacrificio de bienes perecederos
dados por el amor de Dios. Sus frases persuasivas fluían como miel, sus ojos
estaban húmedos y revulsos. Las mujeres del auditorio, profunda y dulcemente
conmovidas, soltaron la rienda al llanto, y mientras ellas acudían a los
delantales para secar sus lágrimas, otras rodeaban al peregrino y se empujaban
para besar el borde de su túnica. La Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía
como en éxtasis.
El cosechero,
que había dejado escapar visibles muestras de impaciencia, no pudo sufrir
semejante escena, y murmurando entre dientes empujó a unos y otros fuera de la
cocina, dando por concluida la velada. Cuando dejó de oírse el ruido de los
gruesos zapatos de los labradores que partían, pidió lacónicamente la cena.
Según costumbre del país, la Borgoñona sirvió a su padre y al forastero. Éste,
callado y humilde como al principio, apenas honró el rústico banquete y rogó le
permitiesen retirarse. La Borgoñona le condujo a una sala baja donde había
extendida paja fresca, y en seguida, volviéndose a la cocina, intentó cenar.
Los bocados se
le atravesaban en la garganta; su estómago rehusaba el alimento, y viendo a su
padre sombrío y ceñudo, resolvióse a preguntar qué opinaba acerca de los
discursos del peregrino y lo que había dicho respecto a la caridad.
-Paréceme,
padre -añadió-, que si no nos engaña el gentil predicador, nuestro fin será
irnos al infierno en derechura, pues en nuestra casa hay oro, pan y vino en
abundancia y nunca damos limosna.
Al pronunciar
estas palabras, sonreíase dulcemente para congraciar al viejo. Pero él,
montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la mesa con su vaso de estaño,
maldijo a la hija que había traído a casa aquel mendigo desharrapado y loco,
que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir sin demora a cogerle de un
brazo y echarle de la granja; con lo cual, la doncella se retiró a su cuarto
trémula y confusa.
En toda la
noche apenas logró pegar los ojos. Veía al viajero, oía de nuevo su persuasiva
y cálida voz y notaba las variaciones de su rostro, trasfigurado por la unción
y fervor de la plática. El lecho de la Borgoñona tenía ascuas y espinas; su
conciencia estaba tan despierta como si hubiese cometido un crimen; durmióse un
instante y vio en sueños a su padre arrastrado por negros demonios que le
aporreaban con sacos llenos de monedas. Apenas un rayo de luz pálida anunció el
amanecer, la Borgoñona saltó de la cama y, a medio vestir y en cabello, corrió
a la estancia del peregrino.
Éste tenía la
puerta abierta y rezaba de rodillas con los brazos en cruz. Hallábase tan
arrebatado en la oración, que le pareció a la niña que más de un palmo se
levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la Borgoñona, el forastero se
puso en pie de un salto y mostró el rostro bañado en lágrimas, y al mismo
tiempo resplandeciente de un júbilo celestial; pero cuando se fijó en la
Borgoñona, al punto mudó de semblante. Fue como si le cerrasen con llave las
facciones. Bajó los ojos y, cruzándose de brazos, preguntó a la niña qué
deseaba. Ella, con movimiento rapidísimo, se echó a sus pies, y abrazando sus
rodillas toda turbada, rompió a decirle que en aquella casa había riquezas
estériles, tesoros malditos, que causarían la perdición de su dueño; que allí
jamás se había dado al pobre ni un puñado de espigas, antes era su sudor el que
rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y resuelta, para
asegurar su salvación y la de su padre, a irse por el mundo descalza,
pidiendo limosna y haciendo penitencia, para lo cual
pedía al forastero su bendición y que la llevase en su compañía y le enseñase a
predicar y a seguir la regla del beato Francisco, la humanidad y pobreza
absoluta.
Permanecía el
misionero mudo, inmóvil. No obstante, las palabras de la Borgoñona debían de
producirle extraño efecto, porque ésta sentía que las rodillas del penitente se
entrechocaban temblorosas, y se veía su faz demudada y sus manos crispadas,
cual si se clavase en el pecho las uñas. La doncella, creyendo persuadir mejor,
tendía las palmas, escondía la cara en el sayal empapándolo en sus lágrimas
ardientes. Poco a poco, el penitente aflojó los brazos y por fin los abrió,
inclinándose hacia la niña. Pero de pronto, con una sacudida violenta, se
desprendió de ella y casi la echó a rodar por el suelo. La cabeza de la
Borgoñona dio contra las losas del pavimento y el penitente haciendo la señal
de la cruz y exclamando "¡Hermano Francisco, valme!", saltó por la
ventana y se perdió de vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se incorporó
llevándose la mano a la frente lastimada, sólo quedaba del misionero la señal
de su cuerpo en la paja donde había dormido.
- II -
Todo el día se
lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica de burel grosero, de la misma tela con
que solían vestirse los villanos y jornaleros vendimiadores. Al anochecer salió
a la granja y cortó un bastón de espino; bajó a la cocina y tomó de un rimero
de cuerdas una muy gruesa de cáñamo, y subiendo otra vez a su habitación,
empezó a desnudarse despacio, dejando sobre la cama, colocadas en orden, las
diversas prendas de su traje.
En el siglo
XIII, pocas personas usaban camisas de lino. Era un lujo reservado a los
monarcas. La Borgoñona tenía pegado a las carnes un justillo de lienzo grueso y
un faldellín de tela más burda aún. Quitóse el justillo y soltó sobre sus
blancas y mórbidas espaldas la madeja de su pelo rubio que de día aprisionaba
la cofia. Esgrimió la tijera, que solía llevar pendiente de la cintura, y
desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que iban cayendo suavemente a su alrededor,
como las flores en torno del arbusto sacudido por el aire. Se sentó la cabeza,
y hallándola ya casi mocha igualó los mechones que aún sobresalían; luego se
descalzó; aflojó la cintura del faldellín, se puso el sayal sosteniendo el
faldellín con los dientes por no quedarse del todo desnuda; soltó al fin la
última prenda femenina, se ciñó la cuerda con tres nudos como la traía el
penitente, y empuñó el bastón. Pero acudió una idea a su mente, y recogiendo
las matas de pelo esparcidas aquí y allí, las ató con
la mejor cinta que tenía y las colgó al pie de una
tosca Nuestra Señora, de plomo, que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó a
que la noche cerrase, y de puntillas, se lanzó a oscuras al corredor; bajó a
tientas la escalera carcomida, se dirigió a la sala baja donde había hospedado
al penitente, abrió la ventana y salió por ella al campo. Tal arte se dio a
correr, que cuando amaneció estaba a tres leguas de la granja, camino de Dijón,
cerca de unos hatos de pastores.
Rendida se
metió en un establo, del cual vio salir el ganado antes, y acostándose en la
cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta el mediodía. Al despertarse
resolvió evitar a Dijón, donde algún parroquiano de su padre podría conocerla.
En efecto,
desde aquel día procuró buscar las aldeas apartadas, los caseríos, solitarios,
en los cuales pedía de limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras
caminaba, rezaba mentalmente, y si se detenía, arrodillábase y oraba con los
brazos en cruz, como el peregrino. El recuerdo de éste no se apartaba un punto
de su memoria y copiaba por instinto sus menores acciones, añadiendo otras que
le sugería su natural despejo.
Guardaba
siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al día siguiente lo entregaba a
otro pobre que encontrase en el camino. Si le daban dinero, iba corriendo a
distribuirlo entre los necesitados, pues recordaba que, según el penitente,
nunca el beato Francisco de Asís consintió tener en su poder moneda acuñada.
Al paso que
seguía esta vida la Borgoñona, se desarrollaba en ella un don de elocuencia
extraordinaria. Poníase a hablar de Dios, de los ángeles, del cielo, de la
caridad, del amor divino, y decía cosas que ella misma se admiraba de saber y
que las gentes reunidas en derredor suyo escuchaban embelesadas y enternecidas.
Dondequiera que llegaba la rodeaban las mujeres, los niños se cogían a su
túnica y los hombres la llevaban en triunfo.
Es de notar
que todos la tenían por un jovencito muy lindo, y a nadie se le ocurrió que
fuese una doncella quien tan valerosamente arrostraba la intemperie y demás
peligros de andar por despoblado. Su pelo corto, su cutis oscurecido ya por el
sol, sus pies endurecidos por la descalcez le daban trazas de muchacho, y el
sayal grueso ocultaba la morbidez de sus formas.
En la selva de
Fontainebleau sucedióle a la Borgoñona la terrible aventura de abrigarse bajo
un árbol de donde colgaban humanos frutos: los pies péndulos de un ahorcado la
rozaron la frente. Entonces, con valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más
instrumentos que su bastón de pino y sus uñas. Descolgó el cadáver horrendo,
que tenía la lengua fuera y los ojos saliéndose de las órbitas, y estaba ya
picado de grajos y cuervos, y mal como supo, reuniendo sus fuerzas, lo enterró.
Aquella noche vio en sueños al penitente, que la bendecía.
Pero tantas
fatigas, tan larga abstinencia, tan duras mortificaciones, una vida tan áspera
y desacostumbrada, abrieron brecha en la Borgoñona y su salud empezaba a
flaquear, cuando llegó a una gran villa, que preguntando a los aldeanos
verduleros, supo era París.
Entró, pues,
en París pensando si quizá moriría allí el peregrino, si lo encontraría
casualmente y podría rogarle que le proporcionase un asilo como el que Clara
ofrecía a sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y morir en paz. Con
estos propósitos se internó en un laberinto de calles sucias, torcidas,
estrechas, sombrías: el París de entonces.
Embargaba a la
Borgoñona singular recelo. En aquella ciudad vasta y populosa, donde veía tanto
mercader, tanto arquero, tantos judíos en sus tenduchos, tantos clérigos graves
que pasaban a su lado sin volver la cabeza, no se atrevía a pedir hospitalidad,
ni un pedazo de pan con que aplacar el hambre. Los edificios altos, las casas
apiñadas, las plazuelas concurridas, todo le infundía temor.
Vagó como alma
en pena las horas del día, entrando en las iglesias para rezar, apretándose la
cuerda para no percibir el hambre, y a la puesta del sol, cuando resonó el
toque de cubrefuego, que acá decimos de la queda, cubriósele a ella
verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió a llorar bajito, echando
de menos por primera vez su granja, donde el pan no faltaba nunca y donde, al
oscurecer, tenía seguro su abrigado lecho. Al punto mismo en que estas ideas
acudían a su atribulado espíritu, vio que se acercaba una vejezuela gibosa, de
picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba afablemente: ¿Cómo tan lindo
mozo a tales horas solito por la calle, y si era que por ventura no tenía
posada?
-Madre
-contestó la Borgoñona- si tú me la dieses, harías una gran caridad, pues
cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y a más no probé bocado hace
veinticuatro horas.
Deshízose la
vieja en lástimas y ofrecimientos, y echando a andar delante guió por
callejuelas tristes, pobres y sospechosas, hasta llegar a una casuca, cuya
puerta abrió con roñosa llave.
Estaba la casa
a oscuras; pero la vieja encendió un candil y alumbró por las escaleras hasta
un cuarto alto.
Ardía un buen
fuego en la chimenea. La Borgoñona vio una cama suntuosa, sitiales ricos y una
mesa preparada con sus relucientes platos de estaño, sus jarras de plata para
el agua y el vino, su dorado pan, sus bollos de especias y un pastel de aves y
caza que ya tenía medio alzada la cubierta tostadita.
Todo olía a
lujo, a refinamiento, y aunque el caso era sorprendente, atendido el pergeño de
la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoñona sentía tanta hambre y de
tal modo se le hacía agua la boca ante el espectáculo de los manjares, no se
entretuvo en manifestar extrañeza.
Iba buenamente
a sentarse y a trinchar el pastel, pero la vieja lo impidió. Convenía aguardar
al dueño de la habitación, un hidalgo estudiante muy galán, que ya no tardaría,
y era de tan afable condición, que a buen seguro que no pondría el menor reparo
en partir su cena con el forastero.
En efecto,
bien pronto, se oyeron resueltos pasos, y entró en la estancia un caballero,
mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de garza en el airoso birrete.
Al verle,
quedóse estupefacta la Borgoñona, y no era para menos, pues aquel gallardo
caballero tenía la mismísima cara y talle del penitente. Conoció sus grandes
ojos negros, sus nobles facciones. Sólo la expresión era distinta. En ésta
dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de energía sensual. Quitóse el
birrete, descubriendo rizados y largos cabellos; soltó la capa, y contestó con
una carcajada a las disculpas de la vieja, que explicaba cómo aquel pobrecito penitente
partiría con él, por una noche, la cena y el cuarto. Sentóse a la mesa muy
risueño, y declaró que, aunque el camarada no parecía muchacho de buen humor,
él haría por que la cena fuese divertida. Dijo esto con la propia voz sonora
del penitente, tan conocida de la Borgoñona.
Retiróse la
vieja y la Borgoñona tomó asiento confusa y atónita, mirando a su comensal y
sin dar crédito al testimonio de los sentidos. Mientras mataba el hambre con el
apetitoso pastel, sus ojos no se apartaban del mancebo, que comía y bebía por
cuatro y, con mil chanzas, llenaba el vaso y el plato de la Borgoñona, que
proseguía comparando al misionero con el estudiante.
Sí, eran los
mismos ojos, sólo que antes no brillaba en ellos un fuego vivido y generoso, ni
cabía ver el negro de las pupilas, porque estaban siempre bajos. Sí, era la
misma boca, pero marchita, contraída por la penitencia, sin estos labios rojos
y frescos, sin estos dientes blancos que descubría la sonrisa, sin este bigote
fino que acentuaba la expresión provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era
la misma frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de pelo que en
torno jugueteaban. Era el mismo aire, pero con otras posturas menos gallardas y
libres.
Y así, poco a
poco, tratando de cerciorarse de si el penitente y el hidalgo componían un solo
individuo, la doncella iba deteniéndose con sobrada complacencia en detallar
las gracias y buenas partes del mancebo, y ya le parecía que si era el
penitente, había ganado mucho en gentileza y donosura.
El caballero,
festivamente, escanciaba vino y más vino, y la Borgoñona, distraída, lo bebía.
El vino era color de topacio, fragante, aromatizado con especias, suave al
paladar, pero después se sentía correr por las venas como líquida llama.
A cada trago
de licor, la Borgoñona juzgaba a su compañero de mesa más discreto y bizarro.
Cuando la mano de éste, al ofrecerle el vaso, por casualidad, rozaba la suya,
un delicioso temblor, un escalofrío dulcísimo, le subía desde las yemas de los
dedos hasta la nuca, difundiéndose por el cerebro y el corazón. Su razón
vacilaba, la habitación daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios que
alumbraban el festín se convertía en miles de luces. Y he aquí que el caballero,
después de beber el último trago, se levantó, y juró que a fe de hidalgo
estudiante, era hora de acostarse y digerir, con un sueño reparador, la cena.
Semejantes
palabras despejaron un poco las embotadas potencias de la Borgoñona. Acordóse
de que en la habitación no había más que un solo lecho, y alzándose de la mesa
alegó humildemente, en voz baja, que sus votos obligaban a tener por cama el
suelo, y que así dormiría, no siendo razón que se molestase el señor hidalgo.
Pero éste con generoso empeño, protestó que no lo sufriría, y tendiendo en el
suelo su capa, afirmó que dormiría sobre ella si el mozo penitente no le
otorgaba un rincón del lecho, donde ambos cabían muy holgados.
La doncella se
negó con espanto a admitir la proposición, y el estudiante con vigor juvenil,
cogióla en brazos y la depositó sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez
desmayar su voluntad, cerró los ojos, y con singular contentamiento se dejó
llevar así, apoyando la cabeza en el hombro del caballero y percibiendo el roce
de sus negros y perfumados bucles.
Abrió el
estudiante la cama, metió dentro a la Borgoñona, arregló la sobrecama bordada
de seda y, con la misma dulzura con que se habla a los niños, preguntó si no le
sería lícito al menos tenderse a los pies, que siempre estarían más blandos que
el santo suelo. No encontró la Borgoñona objeción fundada que oponer, y el
hidalgo se envolvió en su capa y se tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y
al poco tiempo se le oyó respirar tranquilamente, como si durmiese.
La Borgoñona,
en cambio, se revolvía inquieta. En vano quería recordar las oraciones
acostumbradas a aquella hora. No podía levantar el espíritu; su corazón se
derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante formaban para ella una sola
persona, pero adorable, perfecto, por quien se dejaría hacer pedazos sin
exhalar un ¡ay! La blandura del lecho incitando a su cuerpo a la molicie,
reforzaba las sugestiones de su imaginación; en el silencio nocturno, le
ocurrían las resoluciones más extremosas y delirantes: llamar al hidalgo,
declararle que era una doncella perdida de amores por él, que la tomase por
mujer o esclava, pues quería vivir y morir a su lado.
Pero ¿y
aquellas matas de pelo colgadas al pie de la efigie de Nuestra Señora, acaso no
eran prenda de un voto solemne? Con estas zozobras, las frentes se le abrían,
las venas saltaban, zumbaban los oídos y la respiración sosegada del estudiante
se la figuraba a la joven honda como el ruido de gigantesca fragua. ¡Oh
tentación, tentación!
Sentóse en el
lecho, y a la luz del fuego, que aún ardía, miró al estudiante dormido,
pareciéndole que en su vida había contemplado cosa mejor, más sabrosa. Y así,
embebida en el gusto de mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento.
De pronto el
durmiente se incorporó bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo con
sonrisa extraña. La doncella dio un gran grito, y acordándose del penitente,
exclamó:
-¡Hermano
Francisco, valme!
Al mismo
tiempo saltó del lecho y huyó de la habitación como loca.
Cuatro a
cuatro bajó las escaleras; halló la puerta franca y encontróse en la calle;
siguió corriendo, y no paró hasta una gran plaza, donde se elevaba un edificio
de pobre y humilde arquitectura; allí se detuvo sin saber lo que le pasaba.
Trató de
coordinar sus pensamientos; los sucesos de la noche le parecían soñados, y lo
que la confirmaba en esta idea era que no podía, por más que se golpease la
frente, recordar la linda figura del estudiante. La última impresión que de
ella guardaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas facciones
contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una espumante boca.
Del edificio
humilde salieron cuatro hombres vestidos de túnicas grises amarradas con
cuerdas y llevando en hombros un ataúd. La Borgoñona se acercó a ellos, y ellos
la miraron sorprendidos, porque vestía su mismo traje. Impulsada por
indefinible curiosidad, la doncella se inclinó hacia el ataúd abierto y vio,
acostado sobre la ceniza, sin que pudiese caber duda alguna respecto a su
entidad, el cadáver del penitente.
-¿Cuándo murió
ese santo? -preguntó, trémula y horrorizada.
-Ayer tarde,
al sonar el cubrefuego.
-Y ese
edificio donde vivía, ¿qué es?
-Allí
habitamos los pobres de la regla de San Francisco de Asís, los Menores, tus
hermanos -contestaron gravemente, y se alejaron con su fúnebre carga.
La Borgoñona
llamó a la portería del convento.
Nadie adivinó
jamás el sexo del novicio, hasta que su muerte, después de una larga y terrible
penitencia, hubo de revelarlo a los encargados de vestirle la mortaja. Hicieron
la señal de la cruz, cubrieron el cuerpo con un paño tupido y lo llevaron a
enterrar al cementerio de las Minoritas o Clarisas, que ya existían en París.
La dama joven,
1895.
La sed de
Cristo
Cuando desde
la altura de su patíbulo, abriendo las desecadas fauces, exhaló Cristo la más
angustiosa de las Siete Palabras, María Magdalena, que estaba como idiota de
dolor, estrechamente abrazada al tronco de la cruz, se estremeció y, recobrando
energía y actividad, a impulsos de una compasión que la penetraba toda, se
lanzó en busca de agua que aplacase la sed del moribundo Maestro.
No muy lejos
del Calvario, sabía Magdalena que manaba, entre peñascos, purísimo y cristalino
manantial. Pidió prestada una taza de arcilla a un hombre del pueblo de
Jerusalén, de los que en tropel rodeaban la cruz, y se encaminó hacia la
escondida fuente. Poco tardó en encontrarla, sintiendo profundo regocijo al
pensar que aquella linfa fresquísima calmaría, siquiera momentáneamente, los
sufrimientos del mártir. Surtía el chorro, más claro que cristal, de una grieta
tapizada de musgo y finos helechos, y el rumor de su corriente lisonjeaba el
oído y el corazón. Al recoger en el cuenco de barro el agua, Magdalena notó que
estaba fría, helada, casi, y de nuevo se alegró, pensando lo refrigerante que
sería para
consoladora, he aquí que
Con la
penetración del amor -porque en verdad os digo que no hay nada que ilumine el
entendimiento de la mujer como amar mucho y de veras-, Magdalena adivinó que
Cristo deseaba otra bebida más exquisita y rara que el agua natural, y era
necesario traérsela a cualquier precio. Mientras se precipitaba hacia
Jerusalén, iba recordando que el despensero y mayordomo del tetrarca Herodes la
había obsequiado antaño con un falerno añejísimo, ardiente como fuego y dulce
como miel, del cual una sola gota es capaz de reanimar un yerto cadáver.
Suplicante y presurosa rogó la arrepentida a su antiguo galán, y como accediese
a sus ruegos, volvió al Calvario radiante, escondiendo bajo su manto el ánfora
de inestimable valor, y apoyó el pico en la boca de
En su
desconsuelo y en su enojo contra sí misma por no haber acertado, reverdeció más
y más en la Magdalena la memoria de su escandalosa juventud. Bien presente
tenía que un patricio romano, epicúreo fastuoso, lector de Horacio y algo
poeta, que por la hermosa hierosolimitana hizo mil locuras, solía hablar de los
banquetes del Olimpo pagano y de la misteriosa virtud e incomparable esencia
del néctar de los dioses, que infunde la felicidad e inyecta vida a oleadas en
las venas exhaustas y en el cuerpo expirante. Y como si algún maléfico poder
oculto -tal vez el de Satanás, empeñado hasta la última hora en tentar al
Redentor para probar su divinidad- fuese cómplice del insensato anhelo de la
pecadora, he aquí que se sintió arrollada y transportada con velocidad
increíble en alas del viento, que la depositó suavemente sobre la cumbre de una
montaña deliciosa, poblada de olivos, laureles, naranjos cuajados de azahar,
que alternaban con boscajes de mirtos y rosales en flor, de
embriagador perfume. Bajando airosamente la escalinata
de un elegante templete de mármol blanco, salió al encuentro de Magdalena
hermoso mancebo sonriente, de rizos color de jacinto y brillantes pupilas, y le
presentó una crátera de oro maravillosamente cincelada, donde chispeaba un
licor transparente, rosado, de fragancia embriagadora, que trastornaba los
sentidos. Llena de gozo, Magdalena estrechó contra su pecho la sagrada ambrosía
y sólo pensó ya en ofrecérsela a
moribundo hizo un gesto de violenta repulsión, y licor
y copa rodaron al suelo, derramándose sobre la seca tierra la bebida de los
dioses paganos.
Entonces
Magdalena, víctima de la tentación, sintió redoblar su amargura. Los resabios
de los años de iniquidad resurgieron, porque el pecado deja sedimentos en el
alma y sube a la superficie apenas lo remueve la pasión, y aunque la doctrina
de Cristo había inflamado el espíritu de aquella mujer, faltaba todavía que la
penitencia la purificase y destruyese la vieja levadura. Sucedió, pues, que
Magdalena, ofuscada por el dolor de ver que no sabía estancar la sed de Cristo,
se imaginó que el Cordero torturado, si rechazaba el falerno que halaga el
paladar y la ambrosía que transporta la imaginación tal vez aceptaría el vino
de la venganza y de la ira; tal vez se aplacasen sus sufrimientos al gustar la
sangre del enemigo que le clavó en la afrentosa cruz. Y con este pensamiento,
Magdalena se acercó a uno de los sayones, el mismo que había fijado sobre la
cabeza de Cristo la escarnecedora placa del Inri, y, engañándole, le llevó
lejos del Calvario, a un lugar desierto, y
aprovechando su descuido le hirió en el cuello con su
propia espada, empapó la caliente sangre en una esponja y volvió segura de que
María
Magdalena cayó al pie de la cruz, desplomada, retorciéndose las manos y
arrancándose a mechones las rubias y sueltas guedejas. Su impotencia para
aliviar la sed de Cristo la enloquecía, y principió a acusarse interiormente de
su impura existencia, sintiendo sobre la frente humillada el rubor y la pena de
tanta disipación, del seco erial de su conciencia, donde no tuvo asilo la
piedad. Muchas noches, mientras ella derrochaba oro en su opulenta mesa y se
reclinaba sobre tapices tirios y pérsicas alfombras, los pobres, a su puerta,
esperaban como perros las migajas del festín, y las mujeres de bien, velándose
el rostro, apresuraban el paso para no oír las risotadas y las canciones
impúdicas. Por eso, sin duda, no podía disfrutar ahora el consuelo de aplacar
la sed de Cristo, sed que neciamente creyó satisfacer con el vino de la gula,
la ambrosía del placer o la sangre de la venganza. Y al recapacitar,
ablandábase poco a poco el corazón de la pecadora, y subiendo a sus
ojos el agua del arrepentimiento y de la humildad
fluía de sus lagrimales, resbalando lentamente por sus mejillas. Era tanto lo
que lloraba Magdalena, que parecía liquidarse su espíritu, y las lágrimas
empapaban la ropa y los hermosos extendidos cabellos. Y como levantase los ojos
hacia el rostro de
La tradición
que acabo de referir no tiene ningún valor ante las enseñanzas de la Iglesia,
ni la menor autenticidad, ni creo que deba considerarse más que como un sueño,
invención o leyenda poética, encontrada en los papeles de un rabino que se
convirtió al cristianismo. Magdalena no es aquí la santa; es únicamente figura
o símbolo del pecador, que aún no conoce el camino verdadero, que aún lucha con
los resabios del pecado.
Y como los
fariseos pretendieron torcer el sentido de ese apólogo, declaro que sólo
significa lo siguiente: el arrepentimiento, la humildad, la contrición, es lo
más grato a
"El
Imparcial", 12 abril 1895.
Las tijeras
-El matrimonio
-decía el padre Baltar, terciando sin asomos de intransigencia en una discusión
asaz profana-, el matrimonio se parece a las tijeras.
-¿A las
tijeras, padre?... -exclamó uno de los presentes manifestando extrañeza-. ¿Sabe
usted que es una comparación original?
-Más que
original, adecuada -declaró el padre, rehusando con una seña la segunda copa de
kummel de Riga-. Las tijeras, como ustedes saben, son unos instrumentos que
constan de dos partes iguales o muy parecidas unidas por un eje y un clavito
del mismo metal. Aunque cada parte de las tijeras sea fina y bien templada, si
falta el eje... las tijeras no sirven. Unidas por ese clavito, pueden hacer
primores y cortar divinamente la tela de la vida.
-Entendido
-dijo otro de los que escuchaban al padre (hombre experto, algo marrullero y
escamón)-. Sólo falta que usted nos diga si cree que abundan las tijeras
excelentes.
-Lo excelente
no suele abundar nunca..., o al menos somos tan descontentadizos, que siempre
nos parece poco -respondió sonriendo aquel hombre evangélico y al par (hermosa
conjunción) bien educado-. Aunque el intríngulis del matrimonio consiste en el
eje..., también la calidad de las mitades importa mucho... Entren ustedes en
una tienda y pidan tijeras. Les sacarán dos docenas, todas, al parecer,
iguales, todas del mismo coste. Sólo llevándose las dos docenas a su casa, y
usándolas, podrían hacer verdadera elección: al uso se descubre la condición de
la tijera. Las costureras están tan persuadidas de esto, que tijera que les
"sale buena" no la darían por una onza. ¡Yo he encontrado tijeras de
oro! ¿Qué tiene de particular? ¡El amor natural, acendrado por la ley
divina!... Voy a referirles a ustedes un caso que presencié y que conmovió...,
aunque no pasa de ser un drama vulgar, y sus héroes, gente llana y prosaica...
Hallándome en
el convento de S*** para restablecerme de unas calenturas que cogí en Tánger, y
que se agarraban como lapas, tuve ocasión de conocer, entre otras muchas
familias, a un matrimonio, tenderos de paños, franelas y cotonías, establecidos
en los soportales de la plaza Antigua, no lejos de la catedral. No se
confesaban conmigo, sino con el cura de su parroquia, pero gustaban de
consultarme, amistosamente. Ella se llamaba doña Consuelo y el esposo don
Andrés. Acomodados y bien avenidos, podrían ser dichosos si no tuviesen un hijo
de la misma piel de Barrabás, que les daba un disgusto cada mañana y un sonrojo
cada tarde. Pendenciero, estragado y derrochador, ni las lágrimas de su madre,
ni las reprimendas de su padre, ni las exhortaciones que, a ruego de ambos, le
dirigí varias veces, consiguieron que renunciase a una sola de sus malas mañas;
y en vista de que parecía incorregible el mozo, mi consejo fue que le enviasen
a una tierra donde la necesidad y la falta de
arrimo le obligasen a mirar por sí.
Cuadró bien la
idea al padre, y la misma madre vio que era el único recurso; y habiendo
elegido el desterrado Manila, a Manila se le despachó con muy apremiantes
cartas de recomendación para el rector de un convento de nuestra Orden.
A los seis
meses empecé a recibir gratas noticias de la conducta de mi recomendado:
alababan su laboriosidad, su listeza; iba enmendándose. Los viejos, al saberlo,
no cabían en su pellejo de gozo. Era el rector el que me transmitía tan buenas
nuevas, pues el muchacho no acostumbraba escribir.
Así pasó algún
tiempo, hasta que un día la carta del rector, en vez de felicidades, trajo una
nueva terrible: el hijo de don Andrés había sido muerto a cuchilladas, en riña,
al salir de una gallera. Yo quedaba encargado de ponerlo en conocimiento de los
padres.
Triste era la
comisión, pero de tristezas andamos rodeados siempre, y juzgando que el padre
tendría más fortaleza en el primer momento que la madre, llamé a mi celda a don
Andrés y trasteándole lo mejor que supe, le hice beber el trago. No estuvo
reacio en comprender: más bien parece que adivinaba. Apenas indiqué
"heridas", tradujo "muerte". No lloró, pero la expresión de
su cara era como la del reo cuando, al abrirse la puerta de la prisión, se
encuentra al pie de la escalera del patíbulo (y me sirvo de esta comparación
porque he auxiliado a algunos infelices en tan amargo trance).
Así que don
Andrés pudo respirar, cruzó las manos: "Padre, tengo que pedirle a usted
un gran favor. Entre los dos, vamos a que no sepa Consuelo lo sucedido. Mi
mujer era hace pocos años rolliza y muy fuerte; el tósigo del hijo la ha
matado: pronto cumplirá los sesenta y padece una enfermedad grave, una especie
de consunción. Si sabe la desgracia, "se va detrás" en seguida. Si
logramos ocultarle que han matado al niño... (le llamaban así, aunque pasaba de
los veintisiete), puede que dure algo más. Yo corro con todos los gastos que
allá se hayan ocasionado... entierro, Justicia... Perdono de corazón a los
asesinos... pero que Consuelo no se entere."
¿Hice bien o
mal en acceder? No lo sé; el alma me pedía complacer a aquel desventurado. Cada
quince o veinte días fui a la tienda, con cartas forjadas, que suponía haber
recibido de Manila, en que se hablaba del ausente y se alababan sus progresos
en el trabajo, la formalidad y la virtud.
Doña Consuelo,
en quien el mal avanzaba a ojos vistas, y que ya tenía una tos incesante y una
fatiga cruel se reanimaba con la lectura; la celebraba con extremos pueriles y
exigía que don Andrés compartiese su regocijo.
-¿Ves, Andrés,
cuántos favores nos hace San Antonio? -exclamaba con los ojos vidriados por un
llanto que yo atribuía al exceso del contento-. ¿Ves qué fortuna? Ya es bueno
el niño; ya se porta honradamente. Así que pase allí algunos años... volverá
aquí y le pondremos al frente de nuestro negocio. Padre Baltar, voy a darle un
poco de dinero para que allá se lo entreguen; bien sabemos lo que es la
juventud... y yo no quiero que le falte nada al hijo mío.
Y su marido,
ahogándose, poniéndosele la cara de color violeta, contestaba:
-Bueno, mujer;
tráele al padre aquellos treinta duros... pero para eso no es menester
afectarse. ¡Qué tonta!
Era una cosa
de compadecer: los duros que me entregaba la madre para que los disfrutase el
hijo, me ordenaba el padre secretamente invertirlos en sufragios por su alma...
Yo no me
apartaba de mi papel un punto, pues veía a doña Consuelo empeorar; cada día
hubiese sido más peligrosa la puñalada de la noticia. Don Andrés, o temeroso de
una indiscreción mía o por deseo de no apartarse de la enferma, siempre estaba
presente cuando yo iba a acompañarlos un rato. Los encontraba juntos como
pájaros posados sobre la misma rama y que se aprietan para no sentir tanto el
frío; ella tosiendo y afirmando que "no era nada"; él, amoratado,
semiasfixiado, asmático, pero sacando fuerzas de flaqueza para bromear con su
mujer y hasta para echarle flores, lo cual en otras circunstancias me parecería
cómico y risible, y en aquéllas me enternecía.
Y adelante con
la farsa de las cartas, que producían tal efecto en la pobre madre, que hasta
creí notar que me hacía señas cuando su marido no nos miraba; señas de
aprobación, de súplica, de agradecimiento. Yo las interpretaba así:
"Aunque el muchacho haga alguna tontería, siga usted diciendo a Andrés que
se conduce como un ángel." Esto no pasaba de suposición mía, pues repito
que jamás encontré sola a doña Consuelo.
Una tarde me
llamaron a deshora. Don Andrés venía a decirme que su mujer se moría o poco
menos, que tenía el capricho de confesarse conmigo precisamente y que era
indispensable inventar una carta con nuevas de que llegaba "el
niño"... "A ver si así la sacamos adelante por unos días",
añadió, tan tembloroso que no supe rehusarle el último favor. Apenas entré en
el cuarto de doña Consuelo, ésta miró a su marido, y don Andrés salió, no sin
hacerme un expresivo gesto, advirtiendo e implorando.
Me acerqué al
lecho de la enferma, que movía los labios apresuradamente como si rezase; me
senté a su cabecera y le dirigí esas frases afectuosas que son cucharaditas de
bálsamo y que ya por costumbre decimos a los moribundos; pero fue grande mi
sorpresa al ver que, volviendo hacia mí un rostro en que brillaba el
agradecimiento, y cogiéndome la mano para besarla, me dijo:
-Padre Baltar,
¡qué Dios le pague tanto, tanto tiempo como hace que está engañando a mi
marido! ¡Prométame que no le desengañará después de que me muera!
-¿Qué es eso?
¿Engañar?... -pregunté, creyendo que desvariaba con la debilidad y la
calentura.
-Si no fuera
por usted -prosiguió sin atenderme-, Andrés estaría también agonizando, porque
sabría lo "del niño"... ¡Que no lo sepa nunca!
-¿Lo del
chico? -exclamé, recordando mi compromiso con don Andrés-. ¡Si el chico está
perfectamente, y va a llegar, y abrazará a usted pronto!
-Sí que le
abrazaré... en el otro mundo... Conmigo no se moleste, que lo supe al momento,
y hasta me lo daba el corazón. ¿Usted cree que no tenía allá persona encargada
de escribirme cuanto le pasase a mi hijo? Las cartas venían a nombre de una
amiga, y así Andrés no podía enterarse si le sucedía algo malo... Y como yo le
había escrito al padre rector pidiéndole que sólo le dijesen a mi marido las
cosas buenas y alegres... cuando usted venía con las cartas fingidas de que el
niño vivía y trabajaba... le ayudaba a usted a engañar al pobre Andrés... que
no está nada bueno... y que no le convienen las desazones... Me ha costado
trabajo disimular, padre... porque en tantos años de matrimonio no le he
callado otra cosa...
Aquí cortó su
narración el padre, y mirando alrededor, vio nuestras caras animadas por la
simpatía más vehemente.
-¡De manera
que los dos lo sabían, y mutuamente se lo ocultaban! ¡Qué drama interior!
-exclamó el que primero había hablado.
-De esas
tijeras, padre -dijo el escéptico-, bien puede usted afirmar que eran de oro
puro, con incrustaciones de brillantes.
-Puedo afirmar
que las he visto abiertas en figura de cruz -contestó el padre
intencionadamente.
El palacio de
Artasar
Después de
Salomón, el rey más poderoso y opulento de la tierra fue, sin duda, Artasar,
descendiente directo de uno de aquellos tres Magos que vinieron a postrarse en
el establo y gruta de Belén, guiados por la luz de una estrella misteriosa,
nueva, diferente de las demás, estrella que abría en el azul del firmamento
surco diamantino.
Artasar
conservaba entre otras muy gloriosas de su estirpe la tradición de la jornada
de su antecesor a adorar al Mesías, Redentor del mundo; pero ya el bendecido
recuerdo iba perdiéndose, y en el cielo turquí cada día se borraba más el
rastro de la estrellita, así como su claridad celeste palidecía en el corazón
del descendiente de los Magos (que fueron doctos por su arte de adivinar, y
santos porque les infundió gracia el haber apoyado los labios sobre los tiernos
piececillos del recién nacido
Artasar se
parecía al hijo de David en la magnificencia, en el ansia de rodearse de lo más
precioso, delicado y raro venido de los confines del orbe. Cada día, galeras
cargadas de riquezas abordaban a los puertos del reino de Artasar trayendo al
monarca presas y joyas. Alfombras blandas como el vellón de la oveja; tapices
de seda, cuyos bordados representaban batallas y lances de amor; imágenes de
mármol, de egregia desnudez; pebeteros de oro que embalsamaban el ambiente;
jarrones y vasos de plata y ágata; pieles de tigre y plumas de avestruz se
amontonaban en la regia mansión estrecha ya para contener tantos tesoros.
Mas ¿quién
podrá llenar el abismo de un corazón? Artasar el magnífico vivía inquieto y
triste. Ansiaba construir otro palacio, por ser ya el suyo mezquino y estrecho
para la innumerable muchedumbre de guardias, cortesanos, esclavos, concubinas,
tañedores, juglares, bufones, palafreneros y cocineros que en él se albergaban.
Y empezó a soñar con un palacio nunca visto, que eclipsase al que Salomón
edificó en trece años, sobre columnas de bronce y con el inmenso mar de bronce,
cuyo borde imitaba pétalos de azucena.
El palacio
debía ser tal, que inmortalizase el nombre y el recuerdo de Artasar por todos
los venideros siglos, y que la fantasía no pudiese concebir nada tan espléndido
ni tan deleitoso. A este fin, Artasar -acordándose de aquel Hiram que trazó el
de Salomón -convocó a los más famosos arquitectos de su reino y de los vecinos,
y, ofreciéndoles grandes recompensas, ordenó que dibujasen los planos de una
residencia cual él la quería: amplia, suntuosa, cincelada como una diadema
real. Los arquitectos fueron presentando sus planos, pero en los ojos de
Artasar no encontraron gracia. Ninguno de ellos realizaba la quimera de su
imaginación; ninguno correspondía al ideal que se había formado de un palacio
nunca visto, sin igual en el mundo.
Cuando ya
Artasar desesperaba de conseguir que le adivinasen el loco deseo y acomodasen a
él la realidad, he aquí que le pide audiencia un hombre anciano demacrado, de
luenga barba, de humilde aspecto, que traía bajo el brazo un bulto, afirmando
que aquél era el proyecto de palacio que el rey aprobaría. No abonaban mucho
las trazas al desconocido arquitecto, pero el desahuciado cualquier remedio
ensaya, y Artasar permitió al anciano que entrase. Apenas el monarca hubo
fijado los ojos en el plano en relieve y en los dibujos, batió palmas.
Aquello era su
sueño, interpretado por un mágico que leía en su mente. Aquellas soberbias
columnatas, aquellos balcones de majestuosos balaustres, aquellas galerías
revestidas de mármoles y piedras preciosas, aquellos techos de cedro y oloroso
pino, aquellas estancias cuyo bruñido pavimento tenía reflejos de agua,
aquellos bosques, aquellas fuentes monumentales, aquellos miradores calados por
mano de las hadas, aquellos pensiles colgados en el aire, aquellas torres que
desafiaban las nubes... aquello era ideal, lo que ningún rey del mundo poseía;
y Artasar, al verlo, tendió la regia mano cubierta de anillos, larga y fina y
morena como el fruto de la palmera, y exclamó:
-Constrúyase
el palacio como tú lo has proyectado, ¡oh varón sapientísimo! Yo te daré cuanto
pidas, cuanto necesites. Para ti se abrirá mi tesoro secreto, y en los
subterráneos de mi morada encontrarás oro, perlas, bezoares, diamantes y rubíes
en cantidad suficiente para edificar no un palacio, una ciudad entera, con su
casería, sus templos y su recinto fortificado. Y dime: ¿dónde te ocultabas y
por qué es tan miserable tu aspecto, siendo tú un sabio tan grande?
-No soy sabio
-respondió el viejo-. He vivido en el retiro, orando y haciendo penitencia.
-Desde hoy te
conocerá el universo por el monumento que vas a erigir -declaró Artasar, que,
en efecto, mandó poner a disposición del viejo sus riquezas y una inmensa
extensión de territorio fértil, donde había selvas profundas y caudalosos ríos,
llanuras risueñas y lagos apacibles.
Al cabo de un
año, plazo fijado por el arquitecto para terminar el palacio, Artasar quiso ver
las obras, y se trasladó al lugar donde creía que ya se elevaba su nueva
vivienda.
-El palacio
que deseabas está construido, ¡oh rey!, y si quieres venir conmigo, tú solo,
voy a mostrártelo en seguida.
Siguió Artasar
lleno de curiosidad al anciano, y juntos se internaron en lo más selvoso y
retirado de la floresta. Pronto salieron de la espesura a las orillas de un
inmenso lago natural, y allí el viejo se detuvo. El sol se ponía; el firmamento
aparecía rojo, abrasado, esplendente. Y el arquitecto, tomando de la mano a
Artasar, le dijo con grave voz:
-Los tesoros
que me has confiado, ¡oh rey!, los he repartido entre los miserables, entre los
que sufrían hambre y sed, entre los que oían llorar al niño recién nacido
porque el seno de la angustiada madre no daba leche. Mas no por eso he dejado
de alzarte el palacio que deseabas, y tan soberbio te lo alcé, tan admirable,
que ningún monarca de la tierra podrá jactarse de poseer uno así. Mira... ¿no
lo ves? Allí lo tienes. ¡En el cielo se levanta ahora tu palacio!
Y Artasar
miró, y vio efectivamente de entre las nubes de grana surgir un maravilloso
edificio. Sobre columnas de plata, bronce y alabastro se erguían las bóvedas de
dorado cedro, esculpidas con artificio tan hábil, que parecían un piélago de
olas de oro. Cúpulas de esmalte azul coronaban el alcázar, y largas galerías de
diáfano cristal, con cornisas de pedrería y mosaico, se prolongaban hasta lo
infinito, entre el misterio de una vegetación fantástica, de hojas de esmeralda
y de flores de vivo rubí y de oriental zafiro, cuyos cálices exhalaban una
fragancia que embriagaba y calmaba los sentidos a la vez.
Y Artasar,
transportado, se arrodilló a los pies del arquitecto y los besó, con el alma
inundada de gozo.
Cuando
regresaban de la selva, Artasar notó con sorpresa que el rastro casi extinguido
de la estrella de los Magos fulguraba aquella noche como un collar de
brillantes.
"El
Imparcial", 6 julio 1896.
El niño de San
Antonio
Entre varias
personas de entendimiento que no tenían ni el mal gusto y la mala ventura de
ser impíos, ni la fanfarronería de ser intolerantes, suscitóse la atractiva e
inagotable cuestión de lo sobrenatural, viniendo a discutirse el milagro, por
qué era tan frecuente antaño y hoy escasea de tal modo. Hubo quien se limitó a
decir "escasez"; pero no faltó quien resueltamente pronunciase la
palabra "desaparición".
Los que
defendían la persistencia del milagro protestaron en nombre de las maravillas
que se realizan en Lourdes los días de procesión solemne: los paralíticos
curados instantáneamente al sumergirse en aquellas aguas, estremecidas, como
las de la piscina probática, por el aleteo del ángel que desciende a
infundirles virtud; en nombre de las llagas de Luisa Lateau -adornada por la
virtud del Cielo con cinco sangrientas señales-. A esto respondieron los
escépticos que las llagas de Luisa Lateau eran un fenómeno patológico ya
explicado por la ciencia, y que las curaciones de Lourdes se originaban de una
impresión puramente subjetiva, un sacudimiento moral que repercute en el
organismo, caso comparable a los felices resultados que obtienen algunos
médicos empleando el hipnotismo para combatir males que no hallan remedio en la
botica. Entonces, uno de los presentes, Tristán de Cárdenas, que había guardado
silencio durante la discusión, tomó la palabra, y todo el mundo calló para
oírle, pues su voz era armoniosa y vibrante, y su
palabra, nunca vulgar, chispeaba a veces elocuencia fogosa.
-Si ustedes
creen en Dios -dijo con su habitual energía-, no comprendo cómo le regatean la
omnipotencia. No niego que hay ocasiones en que esta omnipotencia se manifiesta
de un modo más evidente en el orden sensible, en lo físico; pero en el orden
metafísico no concibo manifestación más clara de la que diariamente, con la
razón, no cesamos de percibir. ¿Suponen ustedes que no hay
"milagros"? Lo que no hay es "naturaleza". Si aquí cupiese
una disertación filosófica, me comprometo a probar esta que parece paradoja,
siendo una verdad de Perogrullo. El milagro es inmanente. El universo es un
milagro espantoso de puro grande y de puro incomprensible. No lo vemos porque
formamos parte de él.
-Bien
-arguyeron interrumpiéndole-: todo eso será muy cierto, pero nos quedamos lo
mismo que estábamos en cuanto a explicar por qué antes abundaban los milagros
en el orden sensible y ahora no se ve uno para un remedio.
-Verán ustedes
cómo lo explico -dijo Tristán-. Estoy conforme: en otro tiempo, Dios se
manifestaba en todo su esplendor a las multitudes. Cuando separaba las aguas
del mar Rojo al paso del pueblo hebreo y las juntaba contra Faraón; cuando
echaba un clavo a la rueda del carro solar y sacaba aguas vivas de la peña;
cuando convertía en rosas los panes y en corderos a los leones del circo;
entonces, ¡quién lo duda!, las naciones y las razas se convertían en tropel y el
milagro dirigía la marcha de la Historia. Ha sucedido con esto de la
manifestación divina lo que con la poesía, que al principio fue épica y
colectiva, y ahora ya no puede ser más que lírica e individual. Créanme
ustedes: ahora hay milagros lo mismo que en la Edad Antigua, sólo que son
milagros líricos, para una sola persona, y el que los siente no los cuenta,
porque, dada la incredulidad general, teme que se mofen y le tengan por
mentecato. Para proclamar un milagro se necesita hoy ser más valiente que el
Cid.
¿Bajan ustedes los ojos? Seguro estoy de que cada cual
de ustedes tiene su milagro oculto; cada cual ha percibido el calor de la zarza
que ardía en el monte Horeb... ¿A que ninguno me desmiente? Lo que pasa es que
nos lo guardamos... Secretum meum mihi... Créanlo ustedes: si no fuese por el
miedo, saldrían aquí cosas notables. Y si no fuese por la inconsecuencia propia
del hombre, y por alguno de los tres enemigos del alma, en particular... nos
meteríamos en la Trapa.
No sabiendo
qué oponer a argumentos tan especiosos, apretamos a Tristán de Cárdenas para
que nos contase su milagro, mas no pudimos conseguirlo, se negó resueltamente,
declarando que era el mayor de los cobardes y temía nuestras burlas. Sin
embargo, cuando se disolvió la tertulia y quedamos solos en el gabinete, a mi
primera insinuación, Tristán entornó los ojos como el que quiere recordar, y
habló así:
-Al empezar mi
historia, temo que lo que a mí me pareció prodigio no le parezca a usted sino
un suceso casual o insignificante... Es lo que antes decíamos: los milagros,
hoy día, son internos o individuales. Yo experimenté ciertas impresiones que se
me figuraron causadas por la intervención directa, en mi vida, de un poder
superior a todos los poderes de la tierra; si usted no comparte mi fe,
respétela al menos, ya que abro mi corazón tan lealmente.
Bien sabe
usted que yo tuve un niño; pero no sabrá tal vez que soy... es decir, ¡que
era!, un padre amantísimo, un padrazo de ésos que viven pendientes de la salud
de la criatura, que se baban al oír sus gracias y se pasan el día con ella en
brazos, prestándose a sus caprichos y dejándose arrancar el bigote. Además de
este cariño instintivo y natural, yo creía firmemente que mi inocente hijo era
símbolo de mi ángel custodio, y que su presencia santificaba mi casa y mi
espíritu. Mis pasiones y mis flaquezas las ofrecía al pie de la cuna como al
pie de un altar. Se me antojaba que si yo era bueno, Dios me conservaría mi
hijo. ¿Ha leído usted los poemas indios? En ellos, a cada paso, salen a relucir
unos ascetas que, por la virtud de sus mortificaciones, llegan a adquirir tan
sobrehumano vigor, que se imponen a los dioses mismos. La idea me agrada, y es,
en el fondo, la que expresa el Evangelio al decir que el "reino de los
Cielos sufre violencia". La bondad es una poderosa
energía; yo me revestí de bondad, a fin de evitar una
prueba que creía no tener ánimo para resistir.
La prueba
vino. La criatura cayó enferma, de una de esas fiebrecillas que al pronto no
alarman, pero que, día tras día, consumen. Figúrese usted mis vigilias, mis
terrores, mi calvario. Es decir, creo que no habiendo pasado por tales
amarguras, ni concebirse pueden. Desesperando de los remedios humanos, miré
hacia arriba y no atreviéndome a presentarme a Dios sin intercesor, abrumé a
ruegos y colmé de ofertas a San Antonio de Padua, al amigo de las mujeres y de
los niños, al "santo" por antonomasia, de quien yo había sido devoto
siempre.
El santo no me
oyó... ¡Ah! ¿Usted creía que el milagro había consistido en sanar al enfermito?
¡Bah! Milagros de ésos los hace el santo diariamente... ¿No ve usted a cada
paso que un chico se echa fuera de una ventana y no se cae; que otro empuja un
quinqué de petróleo, lo vuelca y no se abrasa; que éste rueda cien escaleras y
no se hace ni un chichón; que aquél se mete entre las ruedas de un coche y no
saca ni un rasguño? ¿No oye usted decir a las madres que sus hijos "viven
de milagro"?
El mío murió.
Me puse como un insensato; sí, creo que estuve fuera de juicio bastante tiempo.
Me entró no "misantropía", sino otra cosa más rara:
"misoteísmo", mala voluntad contra Dios y sus santos. No dejé de
creer, pero sí de amar. Casi diría que aborrecí. Mis delirios, mis rabiosos
pecados de aquella época, fueron otras tantas blasfemias en acción. Cesé de
practicar; olvidé las oraciones; no pisé en un año los templos.
El día del
aniversario de mi pequeño, a la misma hora en que había volado su blanca
almita, como yo vagase sin rumbo por las calles de Madrid, me detuve a la
puerta de una iglesia donde no recordaba haber estado jamás. Encontrábame tan
triste, tan solo, tan anegado en las aguas del dolor, que, sin reflexionar lo
que hacía, entré. Era el punto de la caída de la tarde, y lo primero que divisé
en un altar lateral fue la efigie de San Antonio de Padua. Sentí como un golpe,
y me acerqué vivamente colérico a pedirle cuentas al santo, a preguntarle por
qué me había quitado a mi hijo, mi gloria. De pronto me quedé mudo de sorpresa.
Usted habrá reparado, sin duda, en que a San Antonio de Padua siempre lo
representan los escultores con el Niño en brazos. Pues bien, por primera vez en
mi vida, veía un San Antonio sin niño... y mientras los ojos de la efigie
parecían fijarse en los míos severamente, noté que su mano, alzando el dedo
índice señalaba al cielo.
-Pero eso ¿lo
imaginó usted, o lo vio en realidad? -pregunté cuando a Tristán se le calmó
algo la emoción.
-¡Imaginarlo!
La efigie existe, y puede usted cerciorarse cuando quiera.
-Pues, en
efecto, no conocía efigies de San Antonio sin el Niño -murmuré como si hablase
conmigo mismo.
"El
Imparcial" 19 de febrero 1894.
La máscara
-Mi
"conversión" -dijo Jenaro al dejarse caer en el banco de piedra
dorado por el liquen y sombreado por el corpulento nogal, cuyas hojas volaban
desprendidas a impulsos del viento de otoño- mi conversión se originó de... una
especie de visión que tuve en un baile. Apostemos a que usted con su amable
escepticismo, va a salir diciendo que, en efecto, tengo trazas de hombre que ve
visiones...
-Acierta usted
-respondí sonriendo y fijándome involuntariamente en el rostro del solitario,
cuyos ojos cercados de oscuro livor y cuyas demacradas mejillas delataban, no
la paz de un espíritu que ha sabido encontrar su centro, sino la preocupación
de una mente visitada por ideas perturbadoras y fatales-. Respetando todo lo
que respetarse debe, propendo a creer que ciertas cosas son obra de nuestra
imaginación, proyecciones de nuestro espíritu, fenómenos sin correlación con
nada externo, y que un régimen fortificante, una higiene sabia y severa, de
ésas que desarrollan el sistema muscular y aplacan el nervioso, le quitarían a
usted hasta la sombra de sus concepciones visionarias.
-¿Niega usted
los presentimientos, las revelaciones a distancia? ¿No ha leído usted casos de
espíritus que acuden al llamamiento de los vivos?
-¡He leído
tanta historia! -contesté procurando emplear tono conciliador-. No negaré en
crudo todo eso, ni lo trataré de superchería y farsa; negar es tan comprometido
como afirmar, y lo mejor es suspender el juicio. Sin embargo, la fe católica me
prohíbe ser supersticiosa; la razón me manda desconfiar de apariencias; y ya
que un Santo Tomás quiso ver para creer... bien podemos tener la misma
exigencia los que no somos santos. Cuando vea algo maravilloso...
-No lo verá
usted nunca -murmuró con tenacidad de iluso el pobrecillo de Jenaro-. El que
está prevenido de antemano contra las revelaciones del "más allá",
que renuncie a ellas. Ese sentido positivo no es sólo una coraza y un blindaje,
es un velo tupido que ciega los ojos del sentimiento y del alma. No, usted
jamás verá cosa alguna.
"
-Al menos,
hágame usted "ver" ahora, con su narración... Cuénteme usted ese
cuento bonito de cómo llegó a convertirse, a desengañarse y a meterse en estos
andurriales, dedicado por completo a huir del mundo y a socorrer a los
infelices. Crea usted que, mediante eso que llaman "autosugestión",
seré capaz de "ver" momentáneamente lo mismo que usted haya visto, y
de saborear la poesía terrorífica de su relato.
-Pues oiga
usted -respondió satisfecho de desahogar, de hablar de una impresión terrible,
con la cual sin duda luchaba algunas veces a solas, como Jacob con el ángel-.
El hecho ocurrió precisamente cuando estaba yo más ajeno a pensar en nada serio
y vivía envuelto en distracciones y amoríos. Había terminado mis estudios;
había viajado un par de años a fin de completar mi instrucción,
familiarizándome con algunas lenguas vivas; acababa de hacerme cargo de mi
hacienda, perfectamente administrada durante mi menor edad, caso raro, por mi
tío y tutor; y sin cuidados ni penas, halagado del mundo que me abría los
brazos, sólo pensé en lo que se llama "pasarlo bien", seducido por
ese Madrid donde reina el espíritu de disipación y donde se diría que la vida
no tiene más objeto que deslizarse arrastrada por la corriente del goce. La mía
volaba así, sin otro anhelo que estrujar el momento presente para que suelte
todo su jugo de emociones gratas.
No necesito
detallarlas ni trazar el cuadro de mi existencia, igual a la de tantos
desocupados ricos e inútiles. Sólo diré, porque interesa a mi cuento, que todo
aquél que busca el goce por sistema, muchas veces halla el aburrimiento más
insufrible. Uno de los sitios que ostentan el rótulo de diversión y, por lo
general, engendran el hastío, son los bailes de máscaras. El atractivo del
antifaz y del disfraz, el triunfante señuelo del misterio nos hace fantasear mil
sorpresas deliciosas; pero ya la sátira y la comedia se han apoderado de este
tema del baile de máscaras para ridiculizar semejantes ilusiones y demostrar
que, de cien veces, noventa y nueve y media nos espera un chasco ridículo. No
obstante, esa probabilidad aislada y remota basta para excitar la imaginación y
llevarnos allí, de donde salimos renegando.
La noche del
lunes de Carnaval caí, pues, en uno de esos bailes que suelen dar las
sociedades artísticas, y en cuya atmósfera parece que circula un poco de aire
bohemio, jovial y animador.
Yo había
comido con amigos de mi edad, mozos alegres, y para prepararnos a la
trasnochada y al probable fastidio apuramos algunas botellas de vino espumante
y tomamos café fuerte; así es que me encontraba en un estado de excitación
humorística, dispuesto a cualquier diablura y con ánimos para conquistar el
mundo. Entré en el salón central precisamente cuando se iban a rifar las
panderetas, y la gente, dejando desiertos los otros salones, se arremolinaba en
torno de la rifa. Como no tenía el menor empeño en que me tocase cualquier
botecillo, no intenté romper el muro de la carne humana, y me dirigí a otro
saloncito retirado, muy adornado de espejos y flores, y casi desierto en aquel
instante. Iba distraído, examinando maquinalmente la decoración, cuando una
serpentina amarilla se enroscó a mi cuerpo y escuché agria carcajada. Me volví
y vi que las roscas del ligero papel las disparaba la mano de una Locura
vestida de negro, con pasamanos color de oro. "Ya pareció el argumento
de esta noche", pensé, acercándome a la que así
me provocaba, y notando con agradable extrañeza que aquella máscara no podría
ser una cocinera disfrazada, sino, sin duda alguna, una persona de mi clase, de
mi esfera, de mi misma categoría social. Saltaba a la vista en el menor detalle
de su esbeltísima figura y en el conjunto de su disfraz, no alquilado ni
prestado, sino hecho a medida y cortado a la perfección.
Mis gustos
artísticos me graduaban de inteligente en indumentaria femenina, y yo veía que
aquella falda de negro raso riquísimo, orlada de frescas gasas amarillas,
delataba la tijera de modista experta y hábil; y aquellas medias negras
bordadas, que cubrían un tobillo de tan aristocrática delgadez y un empeine tan
curvo, eran de la seda más elástica y fina; y aquellos larguísimos guantes,
también de seda y bordados igualmente de oro, acababan de estrenarse; y el sonoro
cascabel, que de la orilla del picudo gorro colgaba sobre la frente, era de oro
cincelado, enriquecido con verdaderos diamantes. Al mismo tiempo, yo, que
conocía a todas las mujeres algo visibles de todos los círculos de Madrid, no
acertaba con ninguna que tuviese aquella figura acentuada, aquella estatura
alta, aquella exagerada gracilidad de formas, aquellas líneas inverosímiles,
tan prolongadas y enjutas. Al acercarme a la máscara y estrecharla con bromas y
requiebros, en vano intenté columbrar, bajo el
negrísimo antifaz, algo del rostro; con tal exactitud
se adaptaban a él la engomada seda y las densas blondas del barbuquejo.
"Será
-pensé- alguna aventurera extranjera que ha venido a correr un bromazo
aquí". Pero mudé de opinión cuando la Locura respondió a mis galanteos en
excelente castellano, con voz irónica y mofadora, con acento sordo, sin eco, de
inflexiones burlonas, casi insultantes.
Poco después
bailábamos. No acostumbraba yo entregarme a tal ejercicio; mas me sentía tan
empeñado por la elegante máscara, que le propuse valsar sólo por acercarme a
ella, por sentir el contacto de su cuerpo, que sospeché flexible como el de una
serpiente. Y al estrecharlo, me pareció duro, rígido, de una materia resistente
y seca, a pesar de lo cual me producía embriaguez rara, ni más ni menos que si
aquella mujer, encontrada en un baile por casualidad, completamente desconocida
para mí, fuese algo mío, algo que me pertenecía y de que no podía separarme.
Mientras
valsábamos, ella callaba, y cuando la convidé a beber una copa de champaña
helado, colgóse de mi brazo, y bajo el antifaz me figuré que sonreía.
Loco de
entusiasmo, realmente impresionado por mi conquista, pedí un reservadísimo
gabinete, y encargué que nos trajesen lo mejor, lo más selecto. Aquella
aventura vulgar en el fondo, pero realzada por la distinción y el porte de una
mujer a todas luces aristocrática, desdeñosa, mordaz, ingeniosa en sus
respuestas, me parecía verdadero hallazgo de noche de Carnaval, de esos regalos
que hace a la juventud la Fortuna. Tal era entonces mi ceguedad moral, que la
ocasión de cometer un pecado se me antojaba un mimo de la suerte.
Mis ojos no se
apartaban de la máscara, y a la luz de las bujías que iluminaban la mesa la
encontraba más original, más atractiva, más fascinadora que antes. Sus pies
estrechos calzados de raso amarillo, se cruzaban con gracioso abandono; sus
brazos apoyados en el respaldo de la silla, libres ya de guantes, eran de una
palidez marmórea y de una delicadeza escultural. Su garganta desnuda, su escote
pulido, sin gota de sudor, tenían el tono suave del marfil. Su pelo, de un
rubio fuerte, casi rojo, flameaba en torno del antifaz. Anhelando ver la cara
que permanecía tan oculta, me arrodillé para implorar de la Locura que se
descubriese, jurando que la quería, que la adoraba hacía mucho tiempo, y aunque
ella no lo supiese, la seguía, la buscaba, iba en pos de su huella por todas
partes, ebrio de amor, trastornado, loco... Y, ¡oh sorpresa!, sin dulcificar su
irónica voz, me respondió:
-Ya lo sé, ya
lo sé que me quieres y me buscas sin cesar... Ya sé que tras de mí corres a
todas horas; ya sé que soy el fanal que te guía. Hace años que también espero
el momento de reunirme contigo para siempre, hasta la eternidad... Bebamos
ahora, que luego te enseñaré mi rostro.
Obedecí y
escancié el vino, cuya frialdad salpicaba de aljófar por fuera la copa de
transparente muselina, y besé la mano de la máscara, tan helado como el
champaña. La glacial sensación me exaltó más: con movimiento súbito arranqué el
antifaz, rompiendo sus cintas..., y retrocedí de horror, porque tenía
delante...
-¿Una
calavera? -pregunté interrumpiendo, pues creía conocer el desenlace clásico.
-¡No! -exclamó
Jenaro con hondo escalofrío provocado por el recuerdo-. ¡No! ¡Otra cosa
peor..., otra cosa!... ¡Una cara difunta, color de cera, con los ojos cerrados,
la nariz sumida, la boca lívida, las sienes y las mejillas envueltas en esa
sombra gris, terrosa que invade la faz del cadáver! Un cadáver. Y para colmo de
espanto, el pelo rojizo, movible y encrespado, que rodeaba la cara y parecía la
fulgurante melena de un arcángel, se inflamó de pronto como una aureola de
llamas sulfúreas, de fuego del infierno, que iluminase siniestramente la muerta
cara. ¡Un difunto, y "difunto condenado"! Eso era la elegante, la
esbelta, la burlona Locura, vestida como los ataúdes, de negro con cabos de
oro.
Jenaro calló
un momento, y después añadió tembloroso:
-Apagadas las
bujías por no sé qué invisible mano, sólo el nimbo de terribles llamas
alumbraba el gabinete, y yo, que estaba medio desmayado sobre un sillón oí el
acento mofador que me decía:
-No soy la
muerte; soy "tu muerte", tu propia muerte, y por eso te confesé que
me buscabas con afán... ¡Por ahora no podemos reunirnos... pero hasta luego,
Jenaro!
-No me
avergüenzo de reconocerlo -prosiguió Jenaro humildemente- al fin perdí el
sentido... como una niña, como una dama... Al volver del desvanecimiento, me
encontré solo en el gabinete. Las bujías ardían, y en las dos copas aljofaradas
por fuera lucía el áureo vino... Huí del gabinete y del baile; caí enfermo,
sane, me retiré del mundo... Y aquí tiene usted la historia de mi conversión.
¿Qué opina usted de ella?
-Opino
-respondí con involuntaria sinceridad- que esa noche estaba usted ya malucho y
un poco caliente de cascos...; que la Locura vestida de raso negro era una
cocotte pálida y con el pelo teñido, pagada tal vez por algún compañero de
francachela para embromar a usted... y que, por lo demás... convertirse es
bueno siempre, y la caridad una excelente ocupación.
Jenaro me miró
con lástima profunda se levantó y echó a andar hacia su casa.
"El
Liberal" 28 febrero 1897.
Miguel y
Encontráronse
a orillas de un río del Paraíso, muy azul y muy manso, y complacidos de
encontrarse, a un mismo tiempo se pararon y se saludaron cortésmente, mirándose
con singular gozo. Y a fe que los dos tenían que ver, y aun en qué regocijar la
vista.
Miguel llevaba
descubierta su cara imberbe, de facciones enérgicas y finas, de tez blanca y
sonrosada como la de una linda doncella. La alzada visera del yelmo
resplandecía sobre su frente como una diadema, y los rubios cabellos en bucles
serpentinos y elásticos, flotaban acariciando el cuello de marfil, que no
tapaba la escotada gola de acero nielado de oro. Su ceñida loriga de escamas de
plata señalaba con hermosas líneas las formas vigorosas y exquisitas de un gallardo
torso. Las puntas de su banda de crespón carmesí, recamada de perlas se
anudaban al costado y caían hasta la pierna desnuda bajo el rico faldellín. Dos
gruesos topacios abrochaban la tobillera de sus sandalias y su puño derecho
luciendo la valiente musculatura, afianzaba una lanza de bruñido fresno, con
flecos de seda en torno de la moharra aguda y terrible. Las fuertes alas del
arcángel eran de la pluma más suave y blanca, pero hacia la extremidad se
teñían de viva púrpura, como si se hubiesen humedecido
en sangre de los enemigos de Dios.
-¡Oh,
-Libre estoy y
tiempo me sobra -respondió
-Aún te
invocan,
Departiendo
así habían llegado a una gruta que abría su boca en un remanso del celeste río.
Polvo de plata tapizaba el suelo y a trechos abrían sus cálices los gladiolos y
se erguían las espadañas, semejantes a hoja de espada desnuda.
Las
prismáticas estalactitas centelleaban como diamantes, y un manantial límpido
ofrecía sus aguas deliciosas a los dos héroes, que al beberlas después de las
batallas habían recobrado mil veces fuerzas y valor.
-Ya sé -dijo
incesantemente la luz misteriosa del ideal? Príncipe
Miguel, mi misión en la tierra ha concluido; mi espada puede romperse en dos
pedazos, mi brillante armadura enmohecerse; ya nadie sigue mis pasos aplastando
al eterno dragón de la maldad y de la vileza. En el garito infame he visto
gente que ostentaba mi medalla caballeresca, y la he encontrado con horror,
sirviendo de membrete de un papel perfumado con el odioso almizcle de las
mujeres perdidas...
Miguel
escuchaba a
Volvióse por
fin hacia
-Tú puedes ya,
príncipe, descansar en tu gloria. Para ti, lo más bello del mundo: los
recuerdos, las torres góticas con bizarras almenas, las fortalezas que antes
que rendidas abrasó el incendio, los vidrios de colores donde campea arrogante
el heráldico blasón, las ejecutorias en que narran altos hechos el fino pincel
del miniaturista, los viejos romances que entonaron los juglares y los
troveros, las tumbas silenciosas donde duermen los que fueron invictos capitanes
y caballeros sin miedo y sin tacha. Envaina la espada si quieres; yo no puedo.
Los tiempos de la caballería pasaron; los del Espíritu Santo no pasan nunca.
Al hablar así,
Miguel se volvió hacia la entrada de la gruta, en la cual acababa de aparecerse
un soldado de sus milicias, un ángel de cuerpo tan transparente y fluido, que
al través de él se veía el río, como se ve un trozo de cielo azul a través de
una argentada nube.
-Ya me llaman
-exclamó Miguel levantándose, requiriendo la lanza, que había dejado arrimada a
la pared de la gruta, y embrazando el escudo de diamante que le presentaba el
angélico escudero-. Bajo a la Tierra. Lucifer me pide batalla ahora, y dispara
contra mí proyectiles hasta hoy no usados; sus armas son acuñadas monedas, y si
no acudo, la pobre Humanidad sucumbiría, porque esta batalla es más recia que
ninguna.
-¿Quieres que
te siga, que pelee a tu lado? -preguntó con ansia
-No, príncipe
-respondió el arcángel, sonriendo-. ¡La táctica ha variado tanto desde que
lidiabas tú! ¡Sé que sufrirías mucho si bajases a la tierra, patrón de los
caballeros!
Corpus
En el sombrío
y sucio barrio de la Judería vivían dos hermanos hebreos, habilísimo platero el
uno, y el otro sabio rabino y gran intérprete de las Escrituras y de las
doctrinas de Judas-Ben-Simón, que son la médula del Talmud.
De noche,
cuando cesaba la tarea del oficial y las lecturas y oraciones del teólogo, se
reunían a conservar íntimamente, se confiaban su odio a los cristianos y su
perpetuo afán de inferirles algún ultraje, de herirles en lo que más aman y
veneran.
Nehemías, el
platero, proponía atraer a la tienda al primer niño cristiano que pasase y
sangrarle para tener con qué amasar los panes ázimos de la venidera Pascua.
Pero Hillel, el rabino, decía que ésa era mezquina satisfacción y que a los
cristianos no había que sustraerles un chicuelo, sino a su Dios, a su Dios
vivo, al mismo Rabí Jesuá, presente en el Sacramento.
Quiso la
fatalidad que un día, cuando ya se acercaba el Corpus, se descompusiese la
magnífica custodia de plata, el mejor ornato de las procesiones, y como en el
pueblo sólo Nehemías era capaz de componerla, al tenducho del hebreo vino a
parar la obra maravillosa de algún discípulo de Arfe.
La vista del
soberbio templete, con sus tres cuerpos sostenidos en elegantes columnas y
enriquecidos por estatuas primorosas, con su profusión de ricas molduras y de
cincelados adornos, enfureció más y más a Nehemías y a Hillel. Rechinaron los
dientes pensando que mientras el señor de Abraham y de
Nehemías forjó
para sí una llavecita igual a las tres que abrían el sagrario y que guardaban
en su poder tres dignidades del Cabildo. Entregó a su tiempo la custodia bien
compuesta, limpia, resplandeciente, y esperó ocasión propicia de utilizar su
llave.
La ocasión ha
llegado. Hillel, que aguarda con el corazón palpitante de esperanza y ansiedad,
abre la puerta a su hermano, el cual se desliza furtivamente, escondiendo algo
bajo los pliegues de su mugrienta hopalanda. Un rugido de gozo del rabino
contesta a las sordas frases del platero, que murmura:
-Lo traigo
aquí.
Y acercándose
a la mesa, arroja sobre ella un paño que Hillel desenvuelve, y dentro del cual,
¡oh alegría salvaje!, aparecen siete transparentes y delicadas Hostias.
-Los ojos de
Hillel despiden lumbre. Una risa espasmódica desgarra su laringe, y con furia
de demonio escupe dos veces sobre las Formas sacras. Su rostro, alumbrado por
la luz dura y amarilla del velón de tres mecheros, recuerda las esculturas de
rabiosos sayones que en los pasos tiran de la cuerda o golpean a Cristo...
-¡Ése es su
Dios, su Mesías! -exclamaba el talmudista con infinito desdén.
-¿Qué te
parece, hermano? ¿Cómo le burlaremos mejor? ¿Se lo echaremos a la marrana? ¿Lo
revolveremos con la basura del estercolero?
-Hillel
-contesta Nehemías, que ha permanecido inmóvil-, no sé qué decirte; me siento
temeroso y confuso. Si ese pan no es más que pan, al ultrajarlo procedemos como
el niño que no sabe dirigir sus actos y se entrega a cóleras necias. Si ese pan
es realmente el Mesías de los cristianos, ¡ah!, entonces vivimos en tinieblas
los que no quisimos reconocerle por el Hijo de Dios.
Hillel mira a
su hermano con asombro y desprecio profundo; pero el platero, torvo y trémulo,
exclama:
-Has de saber
que esas Hostias pesaban como si fueran de plomo. Hillel, haz tú lo que quieras
con ellas. Yo te las he traído, pero lavo mis manos; no caiga sobre mí la
iniquidad.
El rabino
crispa el rostro para sonreír con ironía inmensa, ocultando la amargura que le
causa la flaqueza de Nehemías, y de pronto, arrojando al suelo las Formas, las
patea y danza sobre ellas con frenesí, para reducirlas a partículas
impalpables, que se confundan e incorporen a la inmundicia del suelo...
Al cabo de
diez minutos, cuando el judío, sudoroso y con la vista extraviada, se detiene y
mira a ver si aún quedó algún fragmentillo de las Hostias, ve que todas siete
están enteras, en fila, blancas como pétalos de azucena, tersas, inmaculadas...
Nehemías se
convirtió y fue bautizado. Las Hostias milagrosas no se guardan ya como
reliquias, porque en cierta grave enfermedad una reina de España quiso comulgar
con ellas, y a esta comunión se atribuyó su restablecimiento.
El cuarto...
el amor propio del mayordomo "de Palacio", y
dos o tres veces sus labios apretados dejaron escapar frases agridulces (más
agrias que dulces, si toda la verdad ha de decirse), contra "el exceso de
la caridad", porque "en todo cabe exceso", y el no "hacerse
cargo" de que las dignidades y altos puestos tienen sus exigencias, y
docena y media de tenedores con mellas no es nada para la casa de un prelado,
expuesto a que de repente le caiga encima el chaparrón de un convite tan
solemne como aquél...
¡Friolera! ¡El
ministro del ramo, el de
Mal como se
pudo, remediáronse las deficiencias y discordancias del servicio, y hasta quedó
la mesa que daba gozo, con sus ocho compoteras de variados dulces monjiles, sus
tres canastillas llenas de magníficas flores naturales, sus cuatro platos de
escogidas frutas, sus cinco ramilletes de helados, caramelo y almendras, sus
dos piñas, obsequio de un indiano, sus servilletas dobladas y repulgadas
figurando una serie de blancas mitras, sus seis candelabros de plata con bujías
de color, y su profusión de copas para los diversos vinos que habían de
servirse.
Acudieron a
"ver la mesa" algunas señoras de lo principal de Arcayla, y se
extasiaron, llenas de orgullo y cayéndoseles la baba, por el lucimiento de su
obispo ante los peces gordos de Madrid; que, al cabo, sobre Arcayla refluía el
honor dispensado al obispo, y ahora verían los envidiosos y los malos e
incrédulos cómo se estima en elevadas esferas al que lo merece, y cómo no
hacían ellos nada de más en desvivirse por su pastor.
Las tres
acababan de sonar pausadamente en el gran reloj de la torre de la arcaylense
catedral, y el obispo, de ocupar una de las presidencias de la mesa, frente al
ministro, que aceptaba, sonriendo e inclinándose, la otra, cuando el portero de
Palacio vio cruzar el zaguán y dirigirse resueltamente hacia la escalera a una
señora desconocida, de aspecto en tal sitio asaz extraño.
Para ojos
inexpertos, ignorantes de ciertos artificios del tocador, la dama... o lo que
fuese, representaba cuarenta años a lo sumo; para los inteligentes, sabe Dios
si podrán añadirse a la cuenta cuatro lustros bien corridos. Cinchado por un
corsé magistral, el talle de la señora se gallardeaba señalando ciertas curvas
osadas, mórbidas aún. El traje era de corte exagerado y provocativo; y el
sombrero, redondo, enorme, recargado de plumaje y broches de brillantes falsos,
sombreaba la cara lunar, barnizada de afeites, en que los labios de bermellón
se destacaban como herida reciente, mientras el pelo, teñido de un rubio de
cobre, fulguraba recordando la aureola de fuego de Satanás.
Indignado y
escandalizado, el portero se acercó en actitud hostil a la intrusa, y al
llegarse a ella recibió una bocanada de esencias y perfumes que por poco le
tumba de espaldas, apestándole más que si fuese vaho de infernal azufre,
emanación de las calderas malditas.
-¡Eh, señora,
eh! ¡No se pasa! -gruñó el portero. Pero la dama, que sin duda esperaba
recibimiento semejante, se lanzó impávida por la escalera de piedra, empujó la
mampara de damasco y se coló de rondón en la antesala, donde un familiar
platicaba con dos o tres rezagadas devotas, con media docena de señores
formales y tal cual bulle-bulle desperdigado del séquito del ministro.
En pos de la
intrusa, subía el portero, desalado, sin aliento ni para reiterar el "no
se pasa". Familiar, damas y caballeros volviéronse sorprendidos, mientras
la señora, arrogante, se plantaba desafiándolos, retando si era preciso al
universo.
-Señora
-advirtió el familiar acudiendo en auxilio del portero-, no puede usted ver a
su ilustrísima; tenga la bondad de retirarse.
-¿Que no puedo
verle? -repitió la perfumada, despidiendo a cada contoneo del talle la misma
inequívoca peste almizclada y oriental-. ¿Que no puedo? ¡Eso ya lo vamos a ver
ahora! ¡No poder ver yo al obispo de Arcayla! ¡Pues está bueno!
-Imposible,
señora; lo siento mucho -exclamó el familiar, algo preocupado. Y bajando
cautelosamente la voz, porque notaba la extrañeza y recelo indefinible del
grupo reunido en la antesala-. Su ilustrísima, en este instante, está
comiendo... Mañana, a otra hora..., veremos si es posible que conceda a usted
una audiencia.
-¡Audiencia a
mí! Atrás, so simple... Audiencia... ¿audiencia a su madre?...
La frase cayó
como una bomba en el grupo de la antesala. ¡Madre! Si la intrusa llega a soltar
otra cosa, una enormidad realmente atroz, no sería mayor el escándalo. ¡Madre!
¡"Aquello", la madre del obispo de Arcayla! Salía cierto lo que
decían en voz baja los impíos de la Prensa y los rebeldes del cabildo; lo que
llamaban calumnia infame los amigos y admiradores del prelado: que éste era un
hijo espurio, recogido por su padre a fin de que no se degradase al contacto de
la mujer galante y venal que le había llevado en sus entrañas. ¡Aquella
historia de oprobio se confirmaba con la presencia de la pájara, de la
empedernida y vieja pecadora. ¡Y qué oportunidad la suya, aparecerse en tal
momento! El familiar se interpuso, aterrado, tan fuera de sentido que ni
acertaba a formar cláusula.
-La señora
madre de su ilustrísima..., ha..., ha..., ha fallecido hace muchos años
-tartamudeó, cruzando las manos con angustia, implorando misericordia.
-¡Fallecer!
¡Pronto me ha enterrado usted, curita! -exclamó riendo cínicamente la del
perfume. Y como una cabra, deslizóse de entre el grupo hostil. Guiada por su
instinto maléfico, se lanzó al largo pasillo, y, no sin tropezar con un mozo
que llevaba una fuente de frito y volcarla entera, hizo irrupción en el
comedor. El familiar la seguía desesperado, sin conseguir darle alcance.
Cuando vio
surgir, a manera de espectro del pasado, a la mujer que tan amenazado le tenía
con "armar la gorda" si no le enviaba dinero y más dinero, el obispo
de Arcayla palideció y se demudó, como el sentenciado cuando ve el patíbulo. No
amor, no ternura, sino vergüenza y espanto le causaba, por terrible anomalía,
la presencia de la que le había concebido en el pecado, abandonado en la niñez,
olvidado en la juventud y abochornado y torturado en la edad viril. Cabalmente
la ignominia y degradación de la madre impulsaron al hijo a abrazar el
sacerdocio, renunciando para siempre al amor, al hogar, a toda perspectiva de
felicidad mundana. ¡Y ahora se le presentaba, le echaba en rostro la afrenta,
allí, en presencia de todos, delante de los que venían a honrarle, en ocasión
de estar recibiendo públicamente un testimonio de respeto, un homenaje
halagüeño y merecido!
Era hombre el
obispo, era de carne su corazón, y se retorcieron en él las víboras de una
tentación horrible... ¡Desmentir, negar, expulsar a aquella mujer, sin perder
un minuto, como a una pobre loca! Pero casi en el mismo instante, los
brillantes del rico pectoral que estrenaba enviaron un rayo claro a sus
pupilas... ¡La cruz resplandeció!
Y,
descolorido, sereno, grave, cerrando los ojos, pisoteándose las pasiones, el
obispo se levantó, fue al encuentro de la intrusa, tendió la frente al beso de
los impuros labios maternales..., y, volviéndose a los convidados, dijo en voz
algo velada, pero tranquila:
-Mi madre ha
querido honrar hoy mi mesa... Madre, siéntese donde le corresponde: la
presidencia, frente al señor ministro.
Años después
decía el obispo, cargado de edad y de méritos, envuelta su humildad en la
púrpura cardenalicia, como el cielo se envuelve en las magnificencias del
ocaso:
-Así como hay
"hijos de lágrimas", puede haber padres y madres "de
penitencia". Yo pedí tanto por mi madre, que tuve el consuelo de verla
morir en un convento de Arcayla, adonde se retiró voluntariamente.
El martirio de
sor Bibiana
Vestida ya con
el hábito blanco y negro de Santo Domingo, sor Bibiana, pasados los primeros
fervores de novicia, sintió renacer aquella inquietud, aquella fiebre que la
consumía sin cesar desde la adolescencia. Más allá del cumplimiento de sus
votos, del rezo, de la minuciosa observancia de la regla, de la existencia
tranquila y metódica del convento, entreveía algo diferente: un horizonte
celeste y puro, y sin embargo, surcado por relámpagos de pasión, elementos dramáticos
que aumentaban su belleza, encendiéndola y caldeándola.
Mientras
meditaba a la sombra de los cipreses tristes y las adelfas de rosada flor que
crecían en el huerto conventual; mientras pasaba las gruesas cuentas del
rosario y entonaba en el coro las solemnes antífonas, que resuenan hondas y
misteriosas cual profecías, su espíritu volaba por las regiones del sueño y en
su pecho ascendía poco a poco la ola de los suspiros.
Dos años hacía
que sor Bibiana alimentaba secretamente aspiraciones quiméricas e indefinidas,
cuando se supo en el convento que algunas hermanas dejarían la vida
contemplativa por la activa, y saldrían a ejercitar la virtud en un
hospitalillo cuidando enfermos y asistiendo moribundos. Fundado tal
establecimiento por dos sacerdotes, sin más recursos que la caridad pública, el
obispo, asociándose a la buena obra, les ofrecía el personal de enfermeras
reclutado en los monasterios. Bibiana se brindó gozosa; al fin encontraba un
camino que recorrer: la deseada senda de espinas, que a su corazón parecía de
flores. Y desde el primer día se dedicó a la faena con una especie de
transporte, derrochando salud y juvenil energía, encontrando un goce en las
privaciones y un interés extraordinario en las más insípidas y monótonas
labores del hospital. Con la sonrisa en los labios y el regocijo en los ojos,
volaba de las salas de enfermos al ropero y al botiquín, del botiquín a la
cocina, y
sus manos pulcras, empalidecidas y blancas como
azucenas en claustro, se encallecían y se ponían rojas al contacto de las
cacerolas que fregaba, acordándose de San Buenaventura, el cual también fregó
con sus manos de serafín la pobre cacharrería conventual. No tomaba descanso,
no quería sentarse ni un momento, y en las cortas horas que consagraba al sueño
indispensable, despertábase con sobresalto cien veces, recelando que la llamaba
el quejido de un enfermo o el tilinteo de las llaves de la superiora.
No obstante,
al año de asistir empezó a extinguirse el entusiasmo de sor Bibiana. No era que
vigilias y fatigas rindiesen su cuerpo, era que lo invariable, constante y
oscuro de la labor abrumaba su espíritu. Volvían a acosarla las mismas ansias
que en el convento; volvía a soñar con algo que tampoco en el hospital
encontraba. La senda de espinas no subía enroscándose hacía la cima del
enhiesto monte; se desarrollaba uniforme, sin interrupción, por una planicie árida.
Lo que hacía ella, Bibiana, igual podría hacerlo una sirvienta, una lega de
ésas que como máquinas funcionan, sin sentir vehemente impulso de heroico
sacrificio. Mudar apósitos, doblar ropa blanca, graduar medicamentos, hacer
camas, acercar a los labios del enfermo la taza de caldo o el vaso de limonada
refrescante parecíanle ya a sor Bibiana, adquirido el hábito, quehaceres
caseros que se cumplen por rutina, con el alma a cien leguas y el pensamiento
adormecido. La repetición del acto embotaba la fina
percepción y gastaba el celo de Bibiana; sólo el
sentimiento del deber la sostenía, y a cada orden de la superiora obedecía
estrictamente, pero sin ilusión. Una voz, la voz tentadora de antes, le
murmuraba allá dentro: "Bibiana... Hay algo más."
Ocurrió que
por aquel tiempo vino a ingresar en el hospital un enfermito, del cual las
monjas, aunque tan hechas a ver dolores y males, se compadecieron
profundamente. Era un niño de cinco años, con todo el brazo izquierdo devorado
por horrible quemadura, atribuida a negligencia intencional quizá, de la
indiferente madrastra que no había venido a verle ni una vez, abandonándole
como a pajarillo que el temporal lanzó del nido al pie del árbol. Rubio y
lindo, demacrado por tanto sufrir, el niño atrajo a las hermanas en derredor de
la cama donde gemía. Eran mujeres; bajo el sayal latía su seno que pudo haber
lactado, y las traspasaba de lástima tanta inocencia desamparada y torturada
cruelmente.
Degenerada la
llaga en mortal úlcera, amenazando la negra cangrena, era preciso cortarle el
brazo entero a la criatura. Tenían las monjas húmedos los ojos y descolorida la
faz cuando el médico dispuso que se trajese lo necesario para proceder
inmediatamente a la operación. Y la superiora, enternecida, con voz de abuela a
la cabecera de su nietecillo, preguntó si no había medio de salvar al enfermo
sin aquella carnicería espantosa.
-Hay un
remedio... -contestó el doctor-, pero... ¡si este niño tuviese madre! Porque
una madre únicamente... Ya ve usted: era preciso cortarle a una persona sana y
fuerte un trozo de carne para injertarla sobre la úlcera y dar vida a esos
tejidos muertos. El medio es atroz... Ni pensarlo.
La superiora
calló; pero sus ojos mortificados, marchitos, vagaron por el grupo de las
monjas, entre las cuales muchas eran robustas y jóvenes. Aquellos ojos graves y
elocuentes parecían decir: "¿No hay alguien que ofrezca su carne por amor
de Jesucristo?" El silencio de la superiora fue contagioso: las hermanas,
trémulas, sobrecogidas, no respiraban siquiera.
De pronto, una
de ellas se destacó del círculo, y haciendo ademán de recogerse las mangas,
exclamó con voz vibrante:
-¡Yo, señor
doctor; yo, servidora!
¡Sor Bibiana,
que si de algo temblaba era de gozo! ¡Por fin! Aquello era lo soñado, el dolor
súbito, intenso, sublime, el valor sin medida, la voluntad condensada en un
rayo; aquello el martirio, y allí, sostenida en el aire por brazos de ángeles,
invisible para todos, para ella clara y resplandeciente, estaba la corona que
descendía de los cielos entreabiertos!
Rodeaban a
Bibiana sus compañeras santamente afrentadas y envidiosas; la superiora la
abrazó murmurando bendiciones, y el médico, inclinándose respetuosamente,
descubrió el brazo blanco, mórbido, virginal, de una gran pureza de líneas, y
buscó el sitio en que había de coger la firme carne. Y cuando, hecha la
ligadura, al primer corte del acero, al brotar la sangre, se fijó en el rostro
de la monja, que acababa de rehusar el cloroformo, notó en la paciente una expresión
de extática felicidad y escuchó que sus labios puros murmuraban al oído del
operador, con la efusión del reconocimiento y la suavidad de una caricia:
-¡
"El
Imparcial", 11 octubre 1897.
Los hilos
Mucho se
comentó la repentina "zambullida" de un hombre tan joven, festejado,
rico, e ilustre como
Repito que se
hicieron mil comentarios sobre el acceso de misantropía de
buenos tiempos...
Y con esa
esperanza íbamos olvidando suavemente al amigo, cuando recibimos un urgente
telegrama, una nueva terrible. Cazando por los breñales se le había disparado
la escopeta a
Beltrán y yo
salimos en el primer tren, y sólo llegamos a tiempo de recoger el último
suspiro del desdichado, pero no de oír su voz, pues se encontraba tan a punto
de muerte, que tal vez no se dio cuenta de que éramos nosotros, llamados por
él, los que apretábamos su mano. Por mutuo convenio nos declaramos los amos
allí, para evitar desmanes de servidores y hacer dignos funerales al amigo
muerto.
La noche que
precedió a su entierro y mientras le velábamos, volvimos a comentar el extraño
destino de aquel hombre que voluntariamente había truncado su existencia
social; y Paco sacando del bolsillo una llavecita dorada, dijo con alterada
voz, señalando a un mueble antiguo, con ricos herrajes, perdido en un rincón
del vasto aposento:
-En ese mueble
debe encerrarse el secreto de
La tentación
era demasiado fuerte para nuestra curiosidad, y, entendiéndonos de una ojeada,
nos decidimos a usar la llave. Cayó la cubierta, dejando ver la graciosa
cajonería dorada y las columnitas del templete, y encontramos los cajones
llenos de frioleras sin valor, hasta acertar con uno que encerraba un
manuscrito de letra de
"Maldigo
-viene a decir en sustancia la confesión de
Es el caso que
al día siguiente de la última sesión -en que Mirovitch, fijando en mí
tenazmente sus ojos verde esmeralda, había intentado dormirme- fue cuando sentí
el primer ataque del padecimiento; fue cuando empecé a ver "los
hilos", los horribles hilos que forman la misteriosa tela donde mi alma
agoniza.
Intentaré
explicar lo que son estos hilos, para que si alguien lee después de mi muerte
mi confesión, comprenda que yo no estaba loco, sino a lo sumo alucinado: que
fui víctima de una morbosa perturbación de los sentidos, pero que mi razón supo
interpretar mis visiones.
Sucedió que al
otro día de la sesión espiritista, ya aburrido de tales farsas y resuelto a no
tomar más parte en ellas, me fui al Real, donde cantaban Hugonotes. Había un
lleno, y estaban allí todas mis relaciones: todas las mujeres que, afables y
expresivas, me saludaban con dulces sonrisas, todos los hombres me apretaban la
mano afectuosamente. Recorrí con los gemelos butacas y palcos. A tiempo que
dirigía los cristales al rostro de la condesa de Saravia, bella dama a quien yo
trataba mucho y respetaba más, por su intachable reputación y la dignidad de su
porte, distinguí, ¡
hilo ardentísimo iba de la intachable esposa a buscar
al galán impuro.
Persuadido de
que estaba malo de la vista, torcí los gemelos y encontré la carita angelical
de Chuchú Cárdenas, una de esas criaturas de dieciséis años que perecen
desprendidas de un lienzo murillesco, un rostro matizado por el rubor y
aureolado por la candidez virginal..., y vi, sin que cupiese duda, otro hilo
dorado que salía de su ebúrnea frente y se deslizaba hasta las butacas para
introducirse en el bolsillo del opulento negociante Rondón, calvo como una bola
de billar, gordo y colorado como un pavo, por más señas...
Varié de
objetivo con repugnancia; pero fue inútil; dondequiera que me volviese, la
atmósfera del teatro se poblaba de hilos que flotaban en todas direcciones, y
la lucerna de cristal, fija en medio, me parecía, con más razón que nunca,
enorme araña pronta a saltar sobre la presa. Vi un hilo negrísimo, de odio y
traición, que iba del político X*** a su jefe natural y gran protector Z***; un
hilo verde, asqueroso, de la recién casada Eloísa D*** a la decrépita persona
del general N***; un doble hilo oscuro, de envidia mortal, que recíprocamente
se enviaban las dos amigas A*** y B***; un hilo sombrío, de fúnebre aspecto,
del mozo H*** a su padre R***, que no acababa de morirse y dejarle su codiciada
herencia... Y yo veía tenazmente los hilos, invisibles para todos, y sentía
espesarse la tela oscura y polvorienta que me rodeaba, y crecer hasta el
paroxismo mi angustia y mi horror, que me oprimía el espíritu. Allí se
patentizaban los bajos apetitos, las vilezas, las miserias de
nuestra condición, reveladas por los hilos infames, de
concupiscencia, de codicia, de dolo, de maldad, de instintos homicidas... Y
como el fenómeno se repitiese las noches siguientes; temiendo que de las
personas a quienes creía yo inspirar algún efecto puro y generoso saliesen
también hacia mí los hilos, resolví de pronto recogerme a la soledad más
completa y poder, con tal arbitrio, conservar algunas ilusiones, sin las cuales
no cabe vivir, a no ser en el infierno."
Al terminar la
lectura del manuscrito que he resumido brevemente, Paco Beltrán y yo nos
miramos despacio, estremecidos, y luego nos volvimos a contemplar la faz del
muerto, serena, afilada ya por la nariz, con esa palidez de cera que presta
tanta majestad a las caras de los que emprendieron el gran viaje.
-¿Crees tú que
estaba loco? -me pregunto Beltrán.
-Loco lúcido
-respondí, pasándome la mano por la frente y enrollando el manuscrito para
guardarlo.
Posesión
El fraile
dominico encargado de exhortar a la mujer poseída del demonio, para que no
subiese a la hoguera en estado de impenitencia final, sintió, aunque tan
acostumbrado a espectáculos dolorosos, una impresión de lástima cuando al
entrar en el calabozo divisó, a la escasa luz que penetraba por un ventanillo
enrejado y lleno de telarañas, a la rea.
Escuálida y
vestida de sucios harapos, reclinada sobre el miserable jergón que le servía de
cama, y con el codo apoyado en un banquillo de madera, la endemoniada, que se
había llamado en el siglo Dorotea de Guzmán, que había sido orgullo de una
hidalga familia, alegría de una casa, gala y ornato de las fiestas, parecía un
espectro, una de esas mendigas que a la puerta de los conventos presentaban la
escudilla de barro para recibir la bazofia de limosna. Su estado de demacración
era tal, que a pesar de verse por los desgarrones del mísero jubón las formas
de su seno, el dominico, que era un asceta y solía luchar con tentaciones
crueles, no sintió turbación ni rubor, y sólo la piedad, la dulce y santa
piedad, le impulsó a ofrecer a Dorotea amplio pañuelo de hierbas, y a decir
benignamente:
-Cúbrase,
hermana.
De tanta
miseria y abyección tomó pie el fraile para empezar a convencer a Dorotea de
que sacudiese el yugo de un amo que así paga a sus fieles servidores. Y
mientras la posesa clavaba en el religioso sus grandes pupilas color de humo,
donde, de cuando en cuando brillaba fosfórica chispa, él habló copiosamente,
con unción y ternura, encareciendo la amorosa efusión de Cristo, que siempre
tiene abiertos los brazos para recibir al pecador, la continua intercesión de su
Santa Madre, la infinita misericordia del Criador, que sólo nos pide un
instante de contrición para borrar todos nuestros delitos. Mas no tardó en
advertir el dominico que la sentenciada le oía con salvaje insensibilidad, bajo
la cual trepidaba una cólera sorda; y entonces pensó que convendría, para abrir
brecha en un alma contaminada por la presencia de Satanás, hablar un lenguaje
humano, casi egoísta, buscar palabras que irritasen a la pecadora y la forzasen
a una discusión, en que saldría vencedor el dominico.
-Dorotea
-dijo, tuteándola con violencia y enojo-, mira que ya pronto comparecerás ante
ese Dios que va a pedirte cuenta de tus actos, y que a una vida de sufrimientos
pasajeros seguirá otra de suplicios perdurables. Un paso, un segundo, es el
tránsito a la eternidad, y esa eternidad es fuego, no como el de aquí, que
causa la muerte, y con la muerte trae el descanso, sino interminable, horrendo,
continuo, que renueva las carnes para volverlas a tostar y recuaja los huesos
para calcinarlos otra vez. Pobre oveja que has seguido al hediondo macho
cabrío, ahí tienes lo que te espera. ¿No te avergüenzas de ser esclava del
demonio? ¿No lloras al menos tu esclavitud?
La endemoniada
seguía guardando el mismo hosco silencio; pero, de pronto, se estremeció. Era
que el dominico, enternecido por sus propias palabras, había dejado asomar a
sus ojos humedad de llanto; y la mujer, conmovida, tal vez a su pesar por aquel
indicio inequívoco de conmiseración, dijo sombríamente:
-Yo no puedo
llorar. Lo primero que hizo mi dueño y señor Satanás fue quitarme las lágrimas
de las pupilas y el calor de los miembros. Toca y verás.
Y alargando
una mano, rozó la del dominico, que retrocedió espantado de la glacial, de la
mortuoria frigidez de aquella piel que creía abrasada por la fiebre.
-No me
compadezcas -añadió orgullosamente-. La sensibilidad y el ardor que faltan por
fuera se han refugiado en mi corazón, que es un brasero de llama rabiosa.
-Eso mismo les
sucede a los santos -murmuró el dominico con angustioso afán-. Que ese fuego no
se apague; pero purifícalo ofreciéndoselo a
-No -respondió
con energía la endemoniada, cuyo rostro se contrajo y cuyos ojos, donde
boqueaba el horno de la escondida hoguera, bizcaron repentinamente con
frenético estrabismo.
-Pero ¿por
qué, desdichada hermana? Dame una razón, una siquiera. De cuantas sentenciadas
me ha tocado exhortar, sólo tú has callado, en vez de blasfemar y maldecir.
Maldice, que lo prefiero. Ya sé que han sido inútiles los exorcismos, los
conjuros, el hisopo, las oraciones, las santas reliquias; ya sé que el demonio
no ha salido de ti, porque no quisiste tú que saliese, y como Dios, que ha
podido criarte sin tu voluntad, no puedo contra tu voluntad salvarte, el espíritu
impuro se alberga aún en tu seno. No he pensado en emplear contra ti la fuerza;
te pido y te ruego, si es menester de rodillas, que me des una explicación de
tu ceguedad. Eras hermosa y eres horrible; eras dama principal y pudiente, y
eres menos que las mujerzuelas de la calle; eras buena y honrada, y eres
ludibrio y vergüenza de tu sexo... ¿En qué moneda te paga el maldito? ¿Qué
felicidad ignominiosa te da a cambio de todo lo que sacrificas por él?
Crispando los
labios y arrancando del pecho un suspiro ronco, respondió la poseída:
-Ya que te
empeñas en saberlo, lo sabrás. No creas que en este momento habita en mí el que
llamas espíritu maligno. Sufría con los exorcismos y las reliquias y se apartó
de mí. Pero sé que volverá, y sé que cuando me achicharren nos vamos a reunir
para siempre.
-¡Qué horror!
-exclamó, santiguándose, el dominico.
-Escucha
-prosiguió la endemoniada-. No ignoras que en el mundo fui mujer de calidad,
ensalzada por linda, respetada por noble, codiciada por rica, aplaudida por
discreta. Estas prendas me atrajeron rondadores y galanes; pero ninguno supo
hacer que yo pagase sus finezas. Pasaron por delante de mis rejas o de mi
estrado y los desdeñé, porque mi alma, que se remontaba muy alto, aspiraba,
secretamente, a algo más grande, a un príncipe, a un monarca, a un ser extraordinario,
desconocido y superior. Sucedió que una prima hermana mía, que acababa de
vestir el sayal de las carmelitas y a quien yo solía visitar en su reja,
comenzó a hablarme exaltadamente de sus nupcias con
primera, que sentía una vocación monástica firme e
irresistible. Mientras tanto, en mi interior yo me despedazaba de congoja, de
inquietud y de tedio, y un día, en un arranque de sinceridad, dije a mi prima
la monja: "Ya no te envidio. Soy demasiado altanera para envidiar un
Esposo que con infinitas esposas habrás de repartir. Ahora mismo, en centenares
de claustros y en miles de celdas, tu desposado visita a otras mujeres.
Desprecio lo que no es sólo mío."
-¡Diabólica
soberbia! -gimió el fraile-. ¡Era el tentador quien te sugería esa locura!
-Aquella noche
-prosiguió Dorotea-, estando yo a punto de recogerme y habiendo soltado ya de
la redecilla la mata de pelo, he aquí que se me aparece...
-¿Un monstruo
horrendo?
-Un mancebo
pálido y triste, pero hermoso, muy hermoso.
-¿Con olor a
azufre? ¿Con pezuña hendida?
-No; con un
cerco de luz rojiza alrededor de la rizada melena rubia.
-¡Virgen
santa! Era, sin duda, un íncubo.
-¿Un íncubo?
-repitió, sorprendida, Dorotea.
-Así llamamos
al demonio cuando toma bella forma de varón para manchar y escarnecer a una
mujer desdichada como tú.
-No se trata
de escarnecer ni de manchar, pues el aparecido y yo entretuvimos la noche
conversando castamente. Refirióme su historia punto por punto, y supe que era
un gran príncipe, arrojado de los reinos de su padre por un instante de
rebeldía, y que mientras a su padre todos le ensalzan y pronuncian su nombre
con adoración, del hijo rebelde abominan y maldicen. Cuando supe que nadie le
quería, cuando comprendí su desventura inmensa empecé a sentir que le quería yo
y a soñar que mi amor le compensase todo cuanto había perdido, hasta los reinos
de la gloria. Al amanecer se fue, pero volvió a la noche siguiente, trayendo un
botecillo de un ungüento, con el cual me frotó las plantas de los pies y las
palmas de las manos, y salí volando por el ventanillo. Cruzamos espacios
inmensos, y abatiéndonos a tierra entramos en unas cuevas muy profundas,
abiertas en el seno de altas montañas, y cuyo techo parecía de diamantes. Allí
se apiñaba una muchedumbre inmensa, que reconocía la
autoridad de mi señor, y bullía al pie de su trono una
hueste de mujeres hermosísimas, cortesanas, reinas o diosas, desde la rubia
Venus y la morena Cleopatra hasta la insaciable Mesalina y la suicida Lucrecia.
Y como yo sintiese en el corazón la mordedura de los celos vi que las apartaba
indiferente, sin mirarlas, y oí que decía: "No temas; yo no soy como el
"Otro", yo no me reparto... Te pertenezco, Dorotea, pero tu también
me perteneces a mí en vida y muerte". Cada noche, al dar las doce, le
esperé y le acompañé, y fui venturosa.
-¡No llames
ventura a las infames torpezas en que te encenegaba el enemigo de Dios!
-protestó el dominico.
-¡Si no he
cometido torpeza alguna! -respondió altivamente Dorotea-. Lo primero en que
convinimos él y yo fue en que nuestro cariño sería el de dos espíritus, y
mantuvimos el pacto. Mi señor tuvo a menos sujetarme con las cadenas de la
materia, y cifró su orgullo en poseer mi alma, y nada más que mi alma, por
voluntad mía. Mil veces me ha repetido que gracias a mí, puede alabarse de un
triunfo que sólo a Dios parecía reservado: el de ser querido espiritualmente, sin
mancha de concupiscencia. En cambio, yo sé que no tengo rivales, y que soy el
único bien de mi señor. Nada me importa el vilipendio ni el tormento que me han
dado. La muerte, la deseo. Cuanto antes enciendan el brasero para mí, más
pronto me reuniré con "él".
Y volviendo la
espalda al fraile, la posesa ocultó el rostro en la esquina de la pared
resuelta a no decir otra palabra.
Cuando salió
el dominico de la prisión de la relapsa empedernida, sollozó, besando el
Crucifijo pendiente de su grueso rosario:
-¡Cómo
permites,
"El
Imparcial", 13 mayo de 1895.
La lógica
Justino
Guijarro es digno de que le consagre una mención la historia individual, que
llaman los profanos literatura novelesca. Aunque el drama de la existencia de
Justino Guijarro no haya obtenido la fama que merece, a título de caso
significativo y curioso, los que le conocimos y recibimos sus últimas
revelaciones en momentos terribles no debemos dejar sepultada en el olvido la
memoria de hombre tan extraordinario.
Ante todo,
sepan las generaciones venideras que Justino Guijarro murió en el patíbulo. No
vayan a suponer (apresurémonos a decirlo) que Justino fue en el mundo de los
vivos algún malhechor de oficio, algún capitán de gavilla. No vayan a
confundirle tampoco con los que asaltan casas para saquearlas, o dejan seco a
un prójimo para apoderarse de su cartera, repleta de billetes de Banco. Ni
menos le identifiquen con esos energúmenos poseídos de instinto brutal que estrangulan
a una mujer por celos o porque los desdeñó. A Justino nunca le dominaron
furiosas concupiscencias ni bajas codicias; como que vivió entregado al
estudio, a la meditación, chapuzado y sumergido en los insondables lagos del
pensamiento y colando por finísimo tamiz las ideas, que otros menos cavilosos
se tragan sin mascar. Distinguióse, además, Justino por su religiosidad
exacerbada, de la cual, piense lo que quiera el lector, habrá de reconocer que
es demostración elocuente lo que va a saber recorriendo estas
páginas, donde descubro el secreto de un alma
singular, única tal vez.
Justino había
nacido con el cráneo puntiagudo, angosto, indicación exterior de lo elevado de
sus especulaciones y lo espiritual de su modo de ser. Desde niño discurrió tan
estricta y ajustadamente, que sus raciocinios eran cuñas hincadas en el
cerebro. Perseguía hasta sus últimos términos las consecuencias de una premisa,
y ¡ay! del que discutiendo le concediese lo mínimo; una leve concesión
proporcionaba a Guijarro argumentos irrefutables con que apurar a su adversario
y rendirle por fin. Se le temía; nadie quería medirse con él, y dijérase que en
él revivían aquellos escolásticos de la Edad Media, capaces de partir en cuatro
un cabello de mujer rubia.
Con el propio
método que aplicaba a las cuestiones intelectuales resolvía Justino los
problemas de la vida práctica; empresa doblemente peliaguda, pues nadie ignora
que esta pícara vida que padecemos es compleja, sinuosa y contradictoria a
veces como ella sola, sin que se pueda evitar, y el más terne e inflexible de
los pensadores se ve obligado, ya que no a caer siete veces al día, por lo
menos a transigir setenta con las circunstancias. Justino, sin embargo, no entendiendo
de transacciones, optaba por tener setenta choques diarios y pasar otras tantas
veces por necio e insufrible; el mundo es tal, que no concibe que nadie siga la
línea recta, así conduzca al precipicio. Los disgustos que Justino sufría
debieron de contribuir no poco a exaltar su grande ánimo y a sugerirle las
extrañas resoluciones que pronto se verán.
Era casado
Justino; su lógica religiosa le había inducido al matrimonio desde los primeros
años de la juventud. Muchos tardó en tener sucesión; pero al cabo se notaron en
la esposa de Justino señales inequívocas de que se aproximaba un feliz
acontecimiento, y nació un chico precioso, frescachón y robusto, de ésos que
envanecen a los padres.
No obstante,
Justino, en vez de complacerse y regocijarse con su paternidad, dio en ponerse
mohíno y melancólico. Cada vez que le presentaban el chico, que la madre,
entusiasmada, le subía hasta los labios del padre para que le estampara un
beso, el rostro de Justino se contraía, y sus ojos, nublados por la meditación,
despedían una luz triste y lúgubre...
-Al ver a mi
hijo -traslado aquí las propias palabras del ínclito pensador desconocido, cuya
historia voy narrando-, yo no podía sentir lo que siente el vulgo de los
padres; un goce pueril y meramente instintivo, un impulso animal... Al
contrario: un mundo de reflexiones acudía a mi mente; su peso me abrumaba y me
confundía. La responsabilidad que gravitaba sobre mí era incalculable, inmensa;
en mis manos, a mi cargo, tenía el porvenir de un hombre, de un ser racional.
Al hablar de "porvenir", comprenderá usted, conociéndome ya por mis
confesiones, que no me refiero al "porvenir" tal cual lo entienden
los otros padres, y que sólo abarca los días de una existencia transitoria.
Dinero, honores, posición, salud... ¡Qué son esos bienes de un minuto para
quien ve, con la inteligencia, con la razón, con las potencias superiores, en
fin, desarrollarse lentamente la inmensa procesión de los siglos, y considera,
en cambio de los espasmos de un vértigo sublime, el horizonte infinito
de la eternidad!
El cuerpo de
mi hijo, montón de carne blanca y sonrosada, no existía para mí o, si existía,
no tenía valor alguno; pero ¡su alma, su alma inmortal, destello divino
comunicado a la materia! "Salva su alma -me decía a cada instante la voz
cristalina de la "Lógica", mi maestra y consejera infalible-. Salva
su alma, evítale el pecado, ábrele de par en par las puertas de oro del
Cielo". Y para salvar su alma yo no tenía más remedio que uno, y, después
de largo combate conmigo mismo, lo puse en práctica. Cierta noche, mientras la
madre dormía rendida de cansancio de haber dado el pecho, me acerqué a la cuna
de mi hijo, dormido también; eché sobre su carita el embozo de la sábana;
luego, las dos almohadas; apoyé las palmas de las manos con toda mi fuerza... y
me sostuve así hasta que... hasta que lo salvé, enviándole a gozar la eterna
bienaventuranza.
La muerte de
mi hijo -prosiguió Justino después de una pausa profunda- se atribuyó a causas
naturales. Pero yo quedé a vueltas con el problema no menos grave, que era el
de mi propia salvación. La "Lógica" me decía que si salvaba a otro,
por razones de mayor cuantía estaba en el caso de salvarme a mí mismo, puesto
que la salvación es el fin supremo a que deben encaminarse nuestros pasos en la
tierra. Al salvar a mi hijo había cargado mi conciencia sin poderlo evitar, con
un pecado: convenía expiarlo; todo esto era lógico y más lógico aún que si la
muerte me cogía de sorpresa, mal preparado, marraba el negocio de mi alma, el
solo negocio importante.
Necesitaba,
pues, dos cosas: hacer penitencia en esta vida y saber a punto cierto cuál
había de ser el instante de mi muerte, para encontrarme prevenido y dispuesto.
No valía suicidarse; el que se suicida no muere en gracia. Era preciso
discurrir otra combinación y, lógicamente, encontré una luminosísima. Esperé el
momento en que mi esposa muy afligida desde el fallecimiento del niño,
regresaba de la iglesia, donde había confesado y comulgado, y aprovechando la
buena disposición en que se encontraba y el instante en que se inclinaba para
desabrocharse las botas, di sobre ella armado de un cuchillo de cocina, y de la
primera puñalada... la salvé. Cuando expiró, cubierto de su sangre, me presenté
a la Justicia. Mi parricidio (así lo llamaron) era según decían, patente y
horrible; fui sentenciado a morir, y en los largos días de la prisión tuve
tiempo para hacer mortificaciones, ponerme a bien con Dios (lo espero) y
arreglar todos mis asuntos de conciencia de tal suerte, que,
al ofrecer el cuello a la argolla expiatoria, llevaré
lógicamente noventa y nueve probabilidades contra una de salvarme también...
Lo único que
me confunde, lo único que ha turbado mi espíritu, ya casi sumergido en la
contemplación de lo ultraterrenal, es que el sacerdote que viene a consolarme
en esta capilla, en vez de alabar la lógica de mi conducta, parece persuadido
de que no hice sino atrocidades... Verdad que es un pobre cura de misa y olla,
y temo que por falta de cultura y preparación filosófica no comprenda la alteza
de mi concepción, el admirable equilibrio de mis actos... En vano le repito
hasta la saciedad un argumento irrefutable. Pecado fue matar a mi mujer y a mi
niño: lo conozco y lo deploro; mas si todos somos pecadores, y yo no podía
jactarme de haber vivido sin pecar, a lo menos mis pecados son de tal
naturaleza, que han abierto el paraíso a los dos seres que más amé, y
probablemente a mí me lo abrirá mi expiación... El cura, hombre sencillo y
limitado, cuando le presento esta conclusión agudísima no responde sino
meneando la cabeza y murmurando ciertas frases que considero ¡lógicas
a todas luces; por ejemplo: "La misericordia de
Dios alcanza a los malvados, y con más razón a los ilusos y a los maniáticos y
dementes. Déjese de lógicas, y rece y llore, y arrepiéntase cuanto pueda."
"El
Imparcial", 6 diciembre 1897.
El aviso
-No
desconfiemos nunca -decía el padre Baltar, curtido ya en las lides del
confesionario-, no desconfiemos nunca de la salvación de un alma, porque sería
desconfiar también, ¡qué horror y qué absurdo! de la inefable Misericordia. ¿No
han oído ustedes de unos granitos de trigo que se encontraron en el fondo de
las Pirámides, allá en la cámara sepulcral de los Faraones, donde al parecer
sólo existía la lobreguez de la muerte? Pues alguien que pasó por loco sembró
ese trigo, y el grano, con sus dos mil años de fecha, germinó, echó espiguita y
de aquella espiguita pudo amasarse una hogaza de pan. ¿Qué digo
"pan"? ¡Se pudo amasar "una hostia", el cuerpo de Cristo
sacramentado! Si los que registramos las tinieblas de las almas, que a veces son
cámaras sepulcrales con hedor de muerte, dejásemos apagarse la lámpara de la
esperanza, ¿qué haríamos?... ¡Sentarnos a llorar en las tinieblas!
Voy a
referirles a ustedes -prosiguió- un sucedido, que puedo contar porque no lo
aprendí en los dominios del sigilo absoluto, o sea en la confesión. El mismo
protagonista de la historia se la confió a algún amigo, y aunque no hemos de
considerarla pública, tampoco es hoy ningún secreto.
Era el héroe,
a quien llamaré Román, un hombre como hay bastantes en la sociedad
contemporánea; cristiano y católico, y hasta sincero creyente, pero indócil a
la regla y a la ley y tomando por letra muerta los preceptos establecidos para
vivificar las almas. No desacataba los mandamientos de la Iglesia; preciábase,
al contrario, de observarlos; pero hacía mangas y capirotes de los de la ley de
Dios; como aquí todos somos gente formal, no repararé en decir que el capítulo
en que Román se creía más exento de obligación era el de las mujeres. Este
error es comunísimo, y no contribuye poco a sostener la anemia y la miseria
fisiológica de las generaciones actuales. La pureza de costumbres es un tónico,
y el pueblo que sabe conservarla, conserva también la virilidad y la salud. Ya
ven ustedes que prescindo del aspecto religioso y moral de la cuestión y sólo
miro el social. Es para mí motivo de gran sorpresa el ver que hoy, con tanto
como se invoca la higiene y se procura la
robustez corporal, se erige en axioma que todo es
lícito en ciertas materias, y las restricciones, antiguallas y ridiculeces
deben caer en desuso. Suprimir la responsabilidad; desatar el apetito; cubrirlo
todo con el manto de la risa; transformar el mundo civilizado en bosque donde
el cazador acecha la caza, ¿qué es sino retroceder al estado de barbarie? No me
extraña el retroceso en los ateos y en los impíos, que van a él por la fuerza
de la necesidad moral; pero me duele que almas como la de Román, a pesar de
continuas amonestaciones allí donde no hablamos nosotros sino Jesucristo en
persona, a pesar de la medicina, recaigan siempre, desdeñando parte de la ley
como se desdeña un texto viejo y arrinconado.
Viniendo a la
historia -continuó el padre reponiéndose de una involuntaria emoción-, diré a
ustedes que Román, acérrimo defensor de una causa política siempre vencida,
guerrillero varias veces, se había visto en trances apuradísimos, y en la
última guerra civil, encontrándose rodeado de enemigos, herido y perdiendo
sangre, debió la vida a un indomable veterano, el general Andueta, que, con
riesgo de la suya, le acorrió. Cuidóle después en la ambulancia, le escogió
para ayudante, y tratada la paz, le proporcionó medios de que viviese en Madrid
con algún decoro. Retirado hacía años Andueta con su familia en una aldea de
los Pirineos, enfermo y acribillado de mal cerradas cicatrices, Román casi no
sabía de él, pero conservaba el culto de su recuerdo, y a veces me daba una
misita de a duro "por la salud y la dicha del general Andueta, marqués de
la Real Confianza". Entro en estos pormenores para que vean ustedes si
tenía chispa de incrédulo Román. ¡De incrédulo! Tanto como de
ingrato... Las misas las ayudaba él en persona.
Indiferente
por naturaleza al lucro, siempre apurado de dinero, vivía Román en una modesta
casa de huéspedes de la calle de Atocha, con las incomodidades y estrecheces
propias de tales alojamientos. Era el verano, tiempo en que Madrid se
despuebla, y sólo tres huéspedes albergaba la posada: un burgalés venido a
despertar cierto expediente; Román, que era fijo, y una señorita como de
diecinueve años, silenciosa, triste, vestida pobremente, de riguroso luto. El
humor franco y comunicativo de Román no bastaba para animar la mesa redonda;
pero a pocos días marchóse el burgalés y quedaron solos Román y la señorita,
comiendo y almorzando juntos. No sería Román el que era, no tendría el criterio
que tenía si no juzgase ridículo verse mano a mano con una mujer joven y
agraciada y no ponerle, como suele decirse, los puntos. No sentía por ella
pasión, ni aun el capricho tenaz que la remeda; no le quitaba el sueño por
ningún estilo la enlutada a Román; pero la encontraba allí, y era
suficiente. Informóse de la pupilera, y averiguó que
la señorita se llamaba María Mestre; que era huérfana; que venía muy
recomendada de unas monjas de Pamplona a buscar colocación en alguna casa rica
para acompañar señoritas o cuidar de los niños; que se dudaba que la
encontrase, ni aun a la entrada del invierno, porque para tales oficios sólo
gustan las extranjeras, las gringas; y que doña Micaela, la susodicha patrona,
le aconsejaba que bajase los humos y entrase de doncella, único medio de saldar
la cuenta del hospedaje, que iba engrosando.
Semejantes
noticias, lejos de purificar la intención de Román respecto a la pobre
muchacha, la inflamaron con el torpe incentivo de la fácil ocasión. No formó
ningún plan, sino que se dejó llevar de la corriente, y la estrategia se la
dictaron los acontecimientos. Empezó prodigando a María mil atenciones en la
mesa, y la muchacha comenzó a deponer su reserva y mutismo. Estas cosas se
enredan como los gajos de cereza; de dar gracias y decir sí y no, se pasa a
dialogar, de dialogar a platicar; de aquí a la sobremesa larga y a celebrar
ocurrencias y chistes, luego al contento de estar juntos, a aceptar un paseíto
a la hora en que refresca, en la jardinera tranvía; más tarde, una taza de
chocolate o un vaso de horchata de chufas; después la excursión de noche, a
pie, hacia las arboledas de la Florida o del Depósito de Aguas... Finalmente,
llegó Román a requerirla de amores y ella a dejarse requerir, pues la afición
ya tenía raíces en el pensamiento. Suprimo -advirtió con
dignidad el sacerdote- los detalles de ésta que bien
puede llamarse seducción, porque ni debo puntualizarlos ni hay quien no los
adivine. Aunque María, inexperta y abandonada, quiso defenderse, no lo hizo con
la resolución necesaria, y hubo un día en que Román la combatió de tal suerte
que pudo dar por hecho que aquella misma noche conseguiría su vergonzoso
triunfo. Quedaron citados, y Román, agitado e intranquilo sin saber por qué, se
echó a la calle con ánimo de entretener las horas que faltaban.
Hacía un calor
bochornoso; el celaje madrileño estaba color de plomo y púrpura, como el del
célebre boceto de Goya, y la tempestad amagaba con rápidas exhalaciones, que
por momentos rasgaban con luz sulfúrea las nubes. Román iba al azar,
callejeando, distraído y absorto, sin reflexionar en qué; cuando dentro de la
lógica del pecado debía hallarse gozoso, en realidad sentía una especie de
angustia. La costumbre le trajo a las puertas de la iglesia donde yo celebraba
entonces y donde muchas veces me había servido de acólito, vio que entraba
gentío y entró también por instinto o pensando tal vez que un acto de devoción
atenuaba la gravedad del delito ya inminente... La iglesia estaba iluminada por
cientos de cirios; el altar mayor adornado con flores; revestidas de colgaduras
de damasco encarnado las paredes; era el último día de una solemne novena, y
había manifiesto, gozos, reserva y plática.
-¿Predicaba
usted? -exclamamos interrumpiendo al padre Baltar.
-Creo que sí
-contestó, algo cortado-; pero no me atribuyan ustedes mérito ninguno, porque
cuando Román entró en la iglesia, el sermón había concluido e iban a reservar.
¡El único predicador que da en mitad del corazón es Cristo! Román fijó la
mirada en el Sagrario, y al reflejo de los cirios, conservando tal vez en la
pupila el color de las nubes o el tono de las cortinas, vio que la Sagrada
Forma no era blanca, sino roja, de un rojo intenso, ¡rojo de sangre! Espantado
se abrió camino entre la multitud, y salió a la calle, y halló el cielo no ya
encarnado a trechos, sino incendiado todo él, como una hoguera; y volviendo a
entrar en el templo, se arrodilló, sollozó, y sólo cuando salió el último fiel
y comprendió que se iba a cerrar tomó lentamente el rumbo de su posada...
¿Creerán
ustedes que iba arrepentido, que iba resuelto a quitarse del peligro y del
pecado?... ¡Ojalá! No por cierto. Sería no conocer la psicología de hombres
como Román. Iba a la manera del esquife cuando una ola lo sube y otra lo baja,
y, sin embargo, poco a poco se acerca al abismo. Al ascender por la escalera de
la casa de huéspedes, ya casi había desechado el temor, y las lágrimas de
atrición se habían secado en sus ojos... Entró en el comedor con la fiebre de
la culpable esperanza, con el vértigo de una ilusión que viste de flores cuanto
toca... Allí debía esperarle María. Y allí le esperaba, en efecto; pero con
ella, en íntimo coloquio, se encontraba también un mozo de veinte años, de
riguroso luto igualmente y tan parecido a María, que el más ciego los tuviera
por hermanos. Al entrar Román se levantó el enlutado mozo y le tendió una
carta, y como Román le mirase sorprendido, dijo cortés y tristemente:
-Es de su
amigo de usted, del general Andueta.
-¡Del general
Andueta! -repitió, aturdido y sin comprender, Román.
-Soy su
hijo... Ésta es mi hermana -explicó con afabilidad el muchacho-. Aquí usaba el
nombre de mamá porque ya ve usted..., teniendo que ponerse a servir..., un
apellido tan famoso como el de Andueta... No diga usted nada a nadie, que yo
también vengo con ánimo de trabajar, y me da fatiga. Seremos Mestre hasta que
Dios...
-Pero mi
general..., su padre de usted... -tartamudeó Román, que temblaba con todo su
cuerpo y hasta con su alma.
-Ha subido al
cielo... -pronunció el mozo con solemnidad-. Escribió esta carta muy poco antes
de morir, para recomendarme a usted..., porque decía que era usted su mejor
amigo, su otro hijo, y que era usted muy bueno..., ¡muy bueno! En usted
confiamos, pues...
-Y de esta
vez, ¿se dio Román por avisado? -preguntamos al padre Baltar.
-Tan
avisado..., que aquella misma noche se mudó a otra posada, y al año se casó con
María... ¡Un matrimonio ejemplar!
-¡El granito
de trigo! -exclamamos satisfechos.
"Blanco y
Negro", núm. 298, 1897.
Sequía
El ilustre
sabio Marín Pujol vivía persuadido de que su existencia era sumamente útil a la
Humanidad. Esta persuasión siempre es grata, siempre contribuye a que nos
reclinemos satisfechos en la almohada, y a que la comida siente bien. Marín
Pujol, en nombre de la ciencia, se reconocía digno de los encomios de sus
admiradores y de las distinciones del Gobierno.
Esta ciencia
de Marín Pujol no hay que decir que era la legítima, la auténtica, la que sólo
admite por base del conocimiento el hecho y el dato experimental. Fuera de los
hechos y los datos, todo vana palabrería, afirmaciones gratuitas, castillos en
el aire y quimeras forjadas para engañar a la pobre gente incauta y crédula. De
la teología, ni aun se tomaba el trabajo de hablar Marín Pujol; y profesaba
tirria mayor a la metafísica, que calificaba de paparrucha insigne. Como Marín
Pujol era frío y flemático, no se indignaba abiertamente con los que incurrían
en la debilidad de filosofar y de inquirir si en el mundo hay algo más que
aparentes evoluciones de una quisicosa llamada fuerza al través de la materia;
pero inspirábanle los ilusos tranquilo desprecio y los consideraba cerebros
endebles y sin jugo, algo que, intelectualmente, es análogo al niño o a la
mujer. Ciertas declamaciones de ciertos individuos contra el materialismo y el
positivismo, declamaciones que Marín
Pujol graduaba, probablemente no sin razón, de
alharacas hipócritas, habían afianzado el desdén en su espíritu y remachado en
sus labios la negación helada y serena.
Acostumbraba
el sabio salir al campo los domingos para disfrutar del buen olor de las
carrascas y tomillares, y hacer su poquillo de geología. Unas veces iba
enteramente solo; otras, acompañado de tres amigos de su mismo humor y
aficiones. No les brindaba grandes atractivos la escueta Naturaleza castellana,
y, realmente, estas excursiones eran un medio de contrarrestar la pésima
influencia de una semana entera pasada en el gabinete, en el laboratorio o en
la clínica, leyendo, estudiando y calentándose los cascos. En aquellos días de
asueto les entraban a los sabios arrechuchos de gozo y de pueril travesura,
ocasionados por el sol, el aire libre y puro, los incidentes del corto viaje,
el hambre canina que se despertaba en sus fatigados estómagos y el placer de
una refacción sazonada por la mejor de las salsas, la muy célebre de San
Bernardo. Y era para ellos fiesta verdadera, aunque ninguno oyese misa, la
excursioncilla barata, reanimadora y casi inútil, dígase la verdad,
para el adelanto de la ciencia.
Un domingo de
marzo, radiante y tibio como si fuese de mayo, salieron por el primer tren
Marín Pujol y los tres acostumbrados excursionistas, a saber: Sánchez Abrojo,
el médico; Daura, el químico, y Méndez Arcos, el antropólogo. En virtud de
especiales razones iban aquel domingo los sabios de mejor talante que nunca. A
Marín Pujol acababan de traducirle al sueco su obra predilecta, y tenía en su
poder y llevaba en el bolsillo, para enseñarlo y lucirlo, el primer ejemplar.
Sánchez Abrojo había realizado una operación difícilísima, algo, dicho
profanamente, semejante a calar una cabeza humana lo mismo que quien cala un
melón de Añover, y le rebosaba justa satisfacción por todos los poros del
cuerpo. Daura creía poseer ya la fórmula definitiva para clarificar el vino, y
esperaba de ella gran rendimiento pecuniario; y Méndez Arcos sabía de buena
tinta que sus investigaciones y escritos sobre los establecimientos penales
iban a ser causa de que se construyese una cárcel
primorosa, lo que se llama una cárcel de recreo, con
baños, gabinete de lectura y hasta sala de juegos no prohibidos. Sentían, pues,
los cuatro expedicionarios profundamente toda la hermosura y benignidad del
tiempo, y la idea del almuerzo a la sombra de alguna peña o debajo de una
encina, sobre la alfombra de tomillo y cantueso, les dilataba el espíritu.
Bajáronse en
una estación extraviada, un solitario apartadero, y emprendieron la caminata
comentando festivamente todo lo que veían en el paisaje, que era bien árido y
raso como una tabla. Ya distaban pocos kilómetros de un pueblecillo, y hasta
divisaban el campanario despuntando en el horizonte, pero no querían acercarse,
prefiriendo un cigarro al arrimo de cualquier matorral y descubrir un arroyo,
que no faltaría. De repente, a Daura, que siempre se había preocupado de las
cuestiones prácticas, se le ocurrió una pregunta: "¿Quién había traído el
almuerzo?" Porque en la última expedición se convino que para la próxima
le correspondía a Marín Pujol el suministro de víveres... Y Marín Pujol, dando
un grito de terror muy cómico, exclamó que estaban perdidos: descuido de avisar
al ama de llaves, mala cabeza... Si esperaban comer de lo que él trajese, ya
podían hacerse sobre la barriga una cruz. Al pronto, los sabios lo echaron a
broma. Así experimentarían el ayuno al traspaso
de los primeros cristianos, y se cerciorarían de si
Succi era o no era un trapalón. Pero a la media hora comenzaron a dar punzadas
los estómagos y se acordó llegarse en busca de sustento al lugar.
No pasaría
éste de unas diez o doce casas, agrupadas alrededor de la escueta y empinada
torre de la iglesia. Bajo el sol ya abrasador, aunque primaveral, el lugar
parecía dormido; ni se veía un alma ni se oía una voz; sin duda los moradores
estaban labrando las tierras; y ni rastro de mesón, o venta, o cosa que lo
valiese. Los sabios empezaban a ponerse asaz carilargos, cuando por la puerta
de una corraliza, que cerraba un muro de adobes, vieron asomar medio cuerpo de
una mujer muy arrugada y vieja, pero de semblante bondadoso y expresivo, que
los miraba con marcado interés. Animado por este precedente, Daura, que ya se
caía de necesidad, se resolvió a entrar en la corraliza y decir llanamente a la
anciana que él y sus compañeros tenían hambre y que agradecerían de todas veras
una cazuela de migas o unas sopas de ajo. Y la vieja, guiñando por la fuerza
del sol sus ojos, del color de los búhos, respondió enfática y solemnemente:
-Adelante; se
las daré por amor de Dios.
Miráronse los
cuatro sabios: no les había sucedido jamás que por amor de Dios les diesen cosa
alguna; verdad que tampoco ellos habían dado un comino por amor de Dios a
nadie. Pasaron y se sentaron en el mismo corral, en un banco puesto debajo de
una parra sin hojas, pero que entoldaban trozos de pleita raída y sucia. La
vieja se metió en la casa, y pronto un olorcillo consolador y refocilante se
esparció por la atmósfera, anunciando que en la sartén se doraban las migas.
Sin desatender su fritada, la vieja iba y venía, tendiendo un rústico mantel,
presentando toscos vasos de vidrio, trayendo agua, vino y un duro y fementido
queso que pareció excelente a nuestros desfallecidos sabios.
Lo que les
llamaba la atención era que durante estos preparativos, y lo mismo después,
cuando sirvió las migas, que estaban diciendo "comedme"..., la vieja
contemplaba a sus improvisados huéspedes con amor y entusiasmo, ni disimulado
ni reprimido, y parecía caérsele la baba a hilo por la desdentada boca; siendo
tan claras y evidentes las señales de gozo, reverencia y satisfacción de
aquella infeliz, que en un momento en que ella no estaba presente, Marín Pujol
tomó la palabra y dijo a sus socios:
-No puede ser,
queridos amigos, sino que esta buena mujer nos ha conocido y sabe perfectamente
quiénes somos, dándose cuenta, allá a su manera aldeana y sencilla, de lo que
hemos hecho en honor de nuestro siglo y de nuestros semejantes. No estará en
pormenores; ignorará, por ejemplo, que mi gran obra sobre La transmisión de la
energía acaba de ver la luz en Estocolmo (aquí tengo el ejemplar); no se habrá
enterado del reciente triunfo de Sánchez, ni de las útiles investigaciones de
Daura, ni de los trabajos valiosos de Méndez...; pero a su modo y por instinto
nos adivina, y nos rinde homenaje lo mejor que puede y sabe. Yo creo que la
ofenderemos gravemente si le ofrecemos pagar su obsequio en metálico, y que
únicamente una atencioncilla delicada, por ejemplo, el envío de otro ejemplar
de mi traducción...
Aquí Daura, el
más escéptico, soltó carcajada formidable, y como la vieja reapareciese
trayendo un plato de avellanas, se encaró con ella, y en campechano tono, le
preguntó:
-Madre, ¿sabe
usted quiénes somos? ¿Nos recibe bien porque nos conoce?
-Sí, señor
-contestó ella, con una sonrisa entre picaresca y dulce, que dilató sus
innumerables arrugas-. Sé quién son ustés, y Dios los bendiga -añadió, haciendo
ademán de coger, para besarla, la mano de Daura, que la retiró, poniéndose
colorado-. Lo explicaré mal... -prosiguió la vieja-; pero ya me entenderán
ustés. Ustés son..., a modo así..., de predicaores, amos, y vienen a estos
pueblos a decirnos algo de Dios, y de la otra vía, y de la gloria, y de lo que
hay que sudar pa ser buenos. ¡Y poco falta que nos hacían ustés! Porque
estamos, como el que dice, con el ojo cerrao, y el alma adormecía, hechos unos
lilailas. ¡Secos estamos como los terrones allá por la canícula! El cura de
este pueblo, la verdá, nunca nos preíca ni nos dice esta boca es mía; despacha
su misa en un soplo..., y callao como un mulo siempre. Aquí no hay conventos,
ni frailes, ni amparo pa el que quiere tratar la salvación. Por eso, cuando los
vi a ustés con esa cara mortificá, y esa ropa negra, y
esos libros en la faltriquera..., un brinco me dio la
sangre, y dije entre mí: "Alégrate, Niceta, que ahí viene el remedio para
la sequía... Misioneros tenemos, y ojalá que caigan en tu casa... "¡Y vean
ustés; antes de oírles, solo con verles... ya se me abrieron las fuentes del
corazón, y aquí me tienen ustés llorando como una boba!... ¡El Señor los
bendiga!
Los sabios
tuvieron el buen gusto de no echarse a reír. Daura intentó sacar a la vieja de
su engaño, pero no fue creído, y optó por declararse misionero y ofrecer un
sermón en plazo breve. A pesar de la improvisada comida y del día espléndido,
regresaron cabizbajos y pensativos al tren de la tarde, y Marín Pujol, tocando
a Daura en el codo, señaló la tierra resquebrajada, polvorosa, morena y dura
que no revelaba el estremecimiento de la germinación, y dijo reflexivamente:
-Pues mire
usted: también yo pienso a veces que padecemos una sequía muy larga.
"El
Imparcial", 28 enero 1895.
Desde afuera
A la pregunta
de Lucio Sagris si habíamos sentido alguna vez el estremecimiento de lo
sobrenatural, aquel soplo que en la alta noche hacía erizarse los cabellos de
Job, casi todos nosotros respondimos (a fuer de burgueses prosaicos que somos)
un "no" risueño. Dos o tres, sin embargo, exclamaron sin titubear que
"sí"; y a los restantes, los puso la afirmación meditabundos.
-La impresión
de lo sobrenatural -dijo Sagris, enderezándose en la mecedora-, a lo menos para
mí, reviste formas variadísimas. No es sólo a la cabecera del moribundo, ni al
reflejo de los cirios que alumbrarán al muerto, ni en la gruta de Lourdes, ni
en alta mar, cuando lo inefable nos roza con sus alas. A veces basta el choque
de una mirada, la luz de unos ojos, el movimiento de unos labios al articular
palabras solemnes...
Interrumpieron
a Sagris las chungas del auditorio, que creyó ver en aquellas frases una
alusión al amor y a su peculiar afecto magnético. Al cesar el fuego graneado,
Sagris hizo un mohín desdeñoso y un ademán que significaba
"atiendan".
-Manía muy
común -pronunció así que callamos- la de explicarlo todo por la recíproca
atracción sexual. Hay en el mundo otras fuerzas y otras corrientes. Lo más
notable de las revelaciones hipnóticas es que han demostrado hasta la evidencia
que una persona enteramente desconocida y extraña puede, sin preliminar alguno,
modificar profundamente nuestra sensibilidad nerviosa...
-Si es una
mujer bonita, vaya si puede -advirtió Tresmes el incorregible.
-¡Bah!
-murmuró flemáticamente Sagris-. El italiano Caminetto, con sólo fijar en usted
las pupilas, le haría caer en sopor muy profundo... No me armen ustedes disputa
sobre el hipnotismo; sacaríamos lo que el negro del sermón. El hipnotismo, hoy
por hoy, tiene parte de charlatanismo y parte de ciencia, y no vamos aquí a
deslindarlas. Que fotografíen efluvios y cuerpos astrales; yo no necesito esas
pruebas materiales de la vida del espíritu. El mío, a guisa de balanza
sensible, nota el peso más leve; cualquier influencia espiritual lo inclina.
¿Quieren que les confiese hasta qué extremo me dominó la fuerza de una
voluntad? Confesión es, porque mucho hubo de pecado en mí, y siempre dura el
remordimiento.
La cosa
ocurrió siendo yo juez en Pontenova, una villita encantadora, como todas las
que bañan las aguas del Miño, sea en la margen española o en la portuguesa.
Debe Pontenova su nombre a un magnífico puente de la época de
Una tarde, al
volver de dar mi acostumbrado paseo, vi a la orilla de la carretera el cuerpo
de un hombre, que más que vivo parecía cadáver. Acerquéme y noté que respiraba,
y al mismo tiempo, al último rayo rojizo del sol, advertí la siniestra catadura
del que yacía recostado en un montón de guijo. Los andrajos de la ropa, la
descalcez de los pies destrozados y envueltos en trapos, la lividez del rostro,
lo hirsuto de la barba, el anhelo de la respiración decían a las claras lo que
era aquel hombre y por qué se encontraba en el camino de Pontenova. Mi instinto
de magistrado se despertó, y pensé: "Un malhechor... Buena caza para mi
amigo el teniente Pimentel".
Cuando me
acudía tal idea, el hombre abrió los ojos, y vi cruzar por ellos un terror
humilde, un miedo de liebre, una súplica elocuentísima. "Ahora eres
cristiano y no juez", me gritó dentro una voz piadosa. Y tendiendo la mano
al caído, le ofrecía asilo y socorro.
-No tengo más
que hambre y cansancio... Hace cincuenta horas que no he probado alimento...
Al oír las
palabras, y el acento lastimero que las profería, miré alrededor. La campiña y
el camino estaban enteramente solitarios, y a mi casa, situada en las afueras
de la población, podríamos llegar sin encontrar a nadie. Levanté como supe al
desvalido; le hice apoyarse en mi brazo y, medio arrastra, le llevé hacia las
tapias de mi jardín, al cual entraba yo por una puertecilla que daba a un soto.
No tropezamos con alma viviente. Introduje a mi protegido en un cuarto bajo
donde se guardaban trastos de desecho y, señalándole un sofá, le indiqué que
descansase, mientras le traía de comer.
A los diez
minutos volví con pan, una botella de jerez, bizcochos, jamón frío, fruta,
queso, y me hice el distraído para permitirle devorar ansiosamente, a
dentelladas, apurando copa tras copa. Y fue una cosa fulminante: acabar la
postrera migaja, escurrir la postrera gota y caer en el viejo sofá, harto,
feliz, dormido como una piedra.
Entonces me
retiré y subí a mis habitaciones con ánimo de dejarle pasar la noche allí y
despertarle a la madrugada, a fin de que cruzase el puente y se salvase. Ni aun
se me ocurría reflexionar acerca de lo extraño de la situación, cuando vino a
recordarme mis funciones y mis deberes el recado de que una mujer solicitaba
hablar con el señor juez en aquel mismo instante. Mandé que entrase, y la
claridad de mi lámpara alumbró una figura imponente.
Era, a juzgar
por el traje, una aldeana de Castilla. Vestía de luto, y su estatura, ya muy
elevada, la aumentaban las negras haldas y el ceñido justillo de estameña.
Venía cubierta de polvo; apoyábase en un largo palo, y sus greñas grises se
revolvían sobre una frente atezada, sombreando dos ojos de brasa, cuyo mirar me
subyugó, como subyuga el de algunos retratos antiguos. Flaquísima, enhiesta,
grave, la mujer se quedó en pie al otro lado de mi mesa-escritorio; y a mis
preguntas, contestó en el lenguaje claro y castizo de su tierra:
-Soy viuda.
Desde Burgos vengo siguiendo al asesino de mi marido, para que no consiga
meterse en Portugal. Al principio me llevaba bastante delantera, pero hace días
le voy a los alcances, sin dejarle entrar en poblado ni descansar en sitio
ninguno. He pensado: "En no consintiéndole que duerma ni que coma, él
acabará por entregarse". Y van dos días, por mi cuenta, que ni ha podido
comer ni dormir.
Aquí la mujer
calló y me clavó su mirada ígnea, como se clava un puñal. Al recibirla, sentí
ese estremecimiento de que antes tratábamos, un escalofrío que no tiene nada
que ver con el de la enfermedad ni con el que causa la baja temperatura, un
escalofrío "no físico", sino más hondo.
"Lo sabe
-pensé-. Sabe de cierto que su enemigo está aquí, oculto, amparado por el
juez..."
Y mientras yo
guardaba un silencio cargado de electricidad, la mujer añadió secamente, sin
tratar de moverme a compasión, sino más bien a estilo del que acusa:
-A mi marido
le mató "ése" aguardándole de noche en el robledal... Cinco
cuchilladas le dio: una en el corazón, dos en el cuello, las otras dos en el
vientre... Allí quedó para que lo comiesen los cuervos. Y yo aguarda, aguarda,
hasta que viendo que no volvía, salí a buscarle y le topé así, con un charco de
sangre negra debajo... Al momento dije a la Justicia: Fulano ha sido... Cuando
quisieron echarle mano..., ya estaba él huyendo; pero yo detrás, como su
sombra. Mi casa ha quedado abandonada; ni cerré la puerta al irme. Mi equipaje,
este palo; mi vida, anda que te andarás. Nadie me dio seña ninguna; pero acerté
con el rastro yo sola. En mi pueblo soy una persona acomodada, he venido
pidiendo caridad. "Él" pudo esperarme en despoblado y acogotarme
también; sólo que ya sabía yo que no se atrevería... ¡Porque a mí me acompaña
Dios!...
Al pronunciar
este santo nombre, con expresión tan trágica y solemne que creí escucharlo por
primera vez, la vengadora alzó un dedo descarnado y se quedó muda, hincándome
en el alma su terrible mirar. Fue un combate que duró más de un minuto entre
sus ojos y los míos, hasta que acabé por querer desviarlos y no lo logré.
Comprendí que
se apoderaba de mí, por la tensión increíble de su espíritu, por la energía de
su deseo. El criminal también había influido en mí un instante; sólo que
satisfecha la materia con la comida, la bebida y el sueño, el anhelo de
salvarse que al pronto demostró, quedó extinguido. En cambio, la mujer que me
presentaba despreciando las necesidades físicas, en pie, después de correr
leguas y leguas, convertida en bronce, pero bronce caldeado por la llama de la
voluntad.
Ríanse ustedes
si quieren... Aquella mujer fea y vieja "pasó a mí", se me incorporó
y me fascinó hasta tal punto, que, como en sueños, automáticamente, me levanté
del sillón, tomé la lámpara, eché a andar, y bajando la escalera seguido de la
negra figura, abrí la puerta del cuartucho y señalé al sofá donde el asesino
reposaba...
Sagris, al
llegar aquí, respiró fuerte, oprimido por la angustia.
-Y cuando le
ahorcaron ¿sufrió usted?
-No sufrí más,
ni siquiera tanto, como al otro día de entregarle... La vida de aquel malvado,
en suma, no me importaba gran cosa. Lo que me alborotó la conciencia fue el
hacerme cargo de que "desde afuera" pueden impulsarme así, obligarme
a un acto tan decisivo... Por efecto de esta página de mi historia, temo más a
una voluntad entera que a un cartucho de dinamita.
"El
Imparcial", 28 enero 1895.
El pecado de
Yemsid
Refieren los
viejos códices persas y cuentan las tradiciones conservadas en la India entre
los emigrados "parsis", que guardan la religión reformada por
Zoroastro, que no hubo en los ámbitos de la tierra rey más celebrado que Yemsid
(ni el mismo Suleimán, a quien los hebreos llaman "Salomón"). Todo
cuanto bueno y grato existe en el mundo, a Yemsid lo debieron sus súbditos, y
gracias él, una comarca antes pobre y de groseras y selváticas costumbres, se
transformó en emporio de civilización y en paraíso terrenal.
Viendo que su
pueblo combatía con hondas, garrotes y hachas de sílex, inventó Yemsid las
corvas cimitarras, las tajantes espadas, las corazas y cotas de fino temple y
los puntiagudos cascos que ostentan los guerreros en las miniaturas del
Schah-Nameh del poeta Firdusi; y los persas, antes indefensos y vencidos,
fueron temidos de sus enemigos y dilataron los confines de su nación hasta más
allá de la Bactriana y del Eúfrates. Viendo que andaban medio desnudos o vestidos
de tosca lana, enseñóles a recoger, hilar y teñir las delicadas fibras del lino
y hacer flexibles telas de lindos colores. Notando que moraban en chozas
cónicas o en cuevas abiertas en la caliza, les mostró cómo se edifican amplias
casas sustentadas en postes de cedro o en pilastras de jaspe, y cómo se trae al
patio, rodeado de flores y arbustos, el surtidor de agua que recae en los
tazones sembrando el aire de aljófares. Y el esmerado cultivo de la tierra y el
sistema de la jardinería, y el trazado de las
vías que unieron a la joven Persépolis con la antigua
Babilonia, y el establecimiento de los bazares y ferias que dieron salida a los
productos del suelo persa y riqueza a sus habitantes. Todo fue venturosa
iniciativa del gran Yemsid.
No contento
con haberles ofrecido victorias y oro, quiso proporcionarles gustos refinados y
delicias incomparables, y esparció por su reino las enseñanzas del canto, de la
música, de la poesía y de las artes, así como los secretos de la preparación de
los aromas y esencias, ámbar, algalia e incienso, y de las bebidas y licores
exquisitos que arrebatan los sentidos y acrecientan la intensidad de la vida,
duplicando las facultades para el goce.
Y como si
desease cifrar y compendiar en una sola fruición delicadísima y sublime el
conjunto de cuantos bienes y deleites había proporcionado a sus vasallos,
Yemsid creó para ellos "la mujer", esa "mujer" de finísimo
tipo que reproducen las pinturas persas, la de rostro pálido como la luna,
cejas de irreprochable arco, inmensos ojos de gacela, cabellera oscura como el
jacinto, talle redondo y fino como el ciprés.
La creó del
modo que se crea a la mujer, a la dama: por el adorno, por la elegancia, por la
molicie, por el retiro y el descanso, a fin de que el pie, desnudo en la
bordada babucha, sean una concha de nácar, y la mano, un pétalo de rosa del
Gulistán.
La creó
enseñando a los pecadores del golfo y a los que recorren las costas más allá
del estrecho de Ormuz, a arrancar del seno de las aguas los corales encendidos
y las redondas y lucientes perlas que en sartas rodean el cuello de las
favoritas.
La creó
trayendo de Arabia muelles, alfombras y cojines, donde se reclinase en lánguida
postura, y ordenando a los poetas que la cantasen en sus estancias, y los
músicos que afinasen las guzlas para que a su son se armasen danzas en los
terrados, cuando la noche descorre su manto de estrellas.
Y con la
aparición radiante de la mujer, los persas creyeron que descendían al mundo de
los genios de la luz o las celestes Peris, que revelan la belleza de la
existencia inmortal.
Entre tanto,
el monarca bienhechor vivía recluido en los jardines de su palacio, en un
recinto cerrado y misterioso, donde no penetraba nadie. Era, en el fondo de
agreste bosquecillo, una pobre cabaña igual a la de los leñadores y carboneros,
con techo de paja y piso terrizo. Allí, desnudo bajo el ardiente sol, ceñidos
los riñones con una cuerda de cáñamo, comiendo desabridas raíces que él mismo
recogía, bebiendo el agua de un pantano, llevaba el poderoso Yemsid la austera
existencia del penitente.
Cuando se
presentaba en público, le escoltaban mil soldados ninivitas, con corazas de
plata, y le precedían doce elefantes blancos, con caparazones de púrpura. Pero
en el retiro de su cabaña, después de haber saturado de dichas y placeres a sus
súbditos, Yemsid se sometía voluntariamente a crueles maceraciones, y ni aún
sabía el color de las pupilas de las innumerables esclavas hermosísimas que
velaban todas las noches, encendida la perfumada lámpara, ungida de nardo y
almizcle, en las cámaras interiores de palacio, esperando a su dueño.
Y como llevase
ya muchos años de tan extraña vida, una tarde, a la hora en que el sol se
oculta, apareciósele el Mal Principio, Arimán en persona, y le interrogó:
-¿Por qué te
sujetas a tantas privaciones, Yemsid, mientras colmas de deleite y alegría a
tus vasallos?
-Ahora lo
sabrás, Maldito... -contestó desdeñosamente el rey-. Lo sabrás para gloria mía
y afrenta tuya. Es que he querido dejar a los demás hombres las satisfacciones
pasajeras y terrenales, y reservarme la dicha de ser el único de mi imperio que
vive espiritualmente. Para ellos, el efímero recreo de los sentidos y de la
imaginación, los perfumes, los acordes de la música, los suspiros de la poesía,
las caricias de la mujer; para mí, la armonía de los planetas al girar en sus
órbitas, los conciertos interiores de las siete virtudes, las emanaciones de la
divinidad de Ormuz y las invisibles sonrisas de las inteligencias celestiales.
Por eso, Maldito, tienes que prosternarte en mi presencia. ¡Yo te subyugo,
mediante la fuerza de mi santidad!
Aparentando
confusión y terror, Arimán se prosternó, en efecto. Pero entre espasmos de
alegría infernal, pensó para sí:
"¡Eres
mío! ¡Eres mío!"
De allí a
algún tiempo empezó a esparcirse por Persia la noticia de que el poderoso
Yemsid, el bienhechor, el civilizador, no era un mortal, sino una encarnación
de la divinidad en forma humana, y muchos aduladores fabricaron idolillos que
tenían la figura del rey, y los adoraron y les ofrecieron sacrificio. Era
Arimán el que difundía esta voz. Pero cuando Yemsid lo supo, estremeciéndose de
gozo, sin advertir que, envuelto en sus negras alas, el Mal Principio repetía
no menos regocijado:
-¡Eres mío!
¡Mío el gran monarca de Persia!
Ciego de
orgullo, resolvió Yemsid presentarse en el templo revestido con el traje del
Fuego, bordadas las llamas de pedrería sobre su túnica y ceñida la frente con
la mitra solar. Y como muchos que le acataban rey se resistían a reconocerle
dios, los condenó a morir entre espantosos suplicios. Enajenáronle estas
crueldades la voluntad de su pueblo, y cuando el príncipe de Arabia, Doac, al
frente de su belicosas huestes, sitió a Persépolis, los habitantes le abrieron
las puertas.
Huyó Yemsid,
ocultándose en las cuevas y en las ruinas, mas al fin le descubrieron y le
llevaron maniatado a la presencia del vencedor.
-Serradle al
medio el cuerpo -ordenó éste-, y perezcan así los que son dobles en su alma y
con las prácticas de los santos encubren la soberbia de los demonios.
"El
Imparcial", 8 noviembre 1897.
"Omnia
Vincit"
Esteban
llevaba, no con buen ánimo, sino con regocijo, el peso de sus votos. Era de los
que ingresan en el seminario por pura vocación y de éstos no hay muchos, pues
si hogaño el clero en general tiene quizá mejores costumbres que antaño, no
cabe duda que el gran impulso religioso va extinguiéndose y escaseando las
vocaciones decididas y entusiastas.
La de Esteban
debe contarse entre las más resueltas. Así que se vio investido del privilegio
de sostener entre sus manos el cuerpo de Cristo, que por la fuerza de las
palabras de la Consagración descendía desde las alturas del cielo, Esteban
quiso ser digno de tal honor, y entregándose a la mortificación y a la piedad,
gozó la fruición del sacrificio, el deleite de renunciar a todo con abnegación
suprema y pisotear bienes, mundanas alegrías, efímeras felicidades, mentiras de
la carne y de la imaginación, por una verdad, pero tan grande, que sólo puede
llenar nuestro vacío.
Al ordenarse
no había pensado Esteban ni un momento en pingües curatos, en prebendas
descansadas, en capellanías aparatosas. La mitra no brillaba en sus sueños, ni
vio refulgir sobre su dedo, cual mística violeta, la amatista pastoral.
Lo que ansiaba
era, por el contrario, una función útil y oscura. Sus propósitos consistían en
fundar, con sus bienes y con lo que juntase implorando aquí y allí (en la
humillación estaría el mérito precisamente) alguna institución de beneficencia:
un hospital, un asilo, un sanatorio, un refugio para el dolor. Esteban que era
valiente y, sin querer, cifraba su orgullo en cultivar esta virtud varonil,
tenía determinado que los infelices recogidos en su instituto fuesen enfermos
de mal horrible, repugnante y contagioso, como lepra y cáncer. Y al consultarse
y medir sus fuerzas, sólo recelaba que le hiciesen traición cuando más las
necesitase; que al llamar por el heroísmo, el heroísmo desapareciese como
manantial sorbido por la arena.
Para ensayar y
probar sus bríos, Esteban buscaba ocasiones de instalarse a la cabecera de los
que padecían enfermedades repulsivas, y los asistía con ternura y celo
incansables, cerciorándose de que la voluntad se impone a los sentidos, y las
leyendas donde se refiere que las úlceras pueden convertirse en rosas y
despedir fragancia celestial, no son más que bello símbolo de la misteriosa
transformación que la caridad realiza extrayendo aromas de la fetidez, como extrae
perlas de lágrimas...
Una tarde
avisaron a Esteban de que un enfermo grave -un mendigo- reclamaba su asistencia
espiritual. Vivía el enfermo en calle asaz extraviada. Esteban le encontró ya
en trance tan angustioso y con tales bascas y agonías, que vio cercano su fin.
En efecto, a
la una de la madrugada, el moribundo, volviéndose hacia la pared, exhalaba el
último aliento. Cerrado que hubo los ojos al cadáver, Esteban salió para
descansar algo y regresar, así que amaneciese, con mortaja, velas, dinero para
la caja: lo indispensable que faltaba allí, por ser la miseria mucha.
La una de la
madrugada es hora intempestiva para un sacerdote, y Esteban, al encontrarse en
la calle silenciosa, experimentó una impresión desagradable, una crispación de
nervios. Un gato negro, famélico, que sin duda merodeaba buscando piltrafas y
mendrugos entre los montones de basura, pasó rozándole los manteos, y Esteban
se estremeció al entrever la silueta embrujada del animal.
Casi al mismo
tiempo, al revolver de la esquina, destacóse un bulto de la penumbra de una
puerta entreabierta sobre un portal angosto y sombrío. Era una mujer que vestía
el uniforme del vicio callejero: el pañolito de seda echado a la frente, medio
encubriendo los caracoles de los ricillos, y el pañolón de lana color café,
estrechamente ceñido al cuerpo y subido a la altura de la boca con flexión
característica de la mano. Innoble tufarada de polvos de arroz baratos y
esencias de violento almizcle se exhalaban de aquella criatura, y a la luz
amarilla del farol relucía el colorete de sus labios, el albayalde de sus
mejillas, y sus ojos, torpemente agrandados con tiznones.
Rápida y
procaz, la moza se acercó al sacerdote y le cogió de la manga, articulando
descarado requiebro. Sintió Esteban la misma impresión que si le tocase un
reptil. Echóse atrás, y con ojos que abofeteaban, lanzó a la mujer una mirada
llena de inmenso desprecio, de asco invencible, mientras sus labios, en voz que
escupía, pronunciaba una frase durísima, contundente. La mujer soltó la manga y
el sacerdote siguió su camino.
Apenas hubo
andado cien pasos, notó extraño desasosiego, pero en el corazón, algo que
pudiera llamarse remordimiento de conciencia. Advertía un descontento de sí
propio, tan grave y profundo que le ahogaba. La imagen de la mujer se le
aparecía nuevamente; pero en vez de sonreír provocando, tenía los ojos preñados
de lágrimas y el rostro enrojecido de vergüenza. La representación de la
pecadora fue tan viva, que Esteban creyó sentir su aliento y su gemido muy
cerca del rostro. Se detuvo, vaciló, se pasó la mano por la frente, y al fin,
volviendo atrás, desanduvo lo andado, y en la esquina, delante del portal
lóbrego y miserable, vio a la de pañolón en la misma actitud de acecho.
Sí; allí
estaba; pero en vez de llamar a Esteban como antes, al divisarle se hizo a un
lado, queriendo esconderse. El sacerdote se acercó. La mujer retrocedía más y
más, incrustándose en las tinieblas del sospechoso y mal oliente portal, y
alzando el mantón para encubrir el rostro.
Cuando se
convenció de que Esteban se aproximaba adrede, la mujer, ronca, enérgicamente,
exclamó:
-¡Con
cualquiera y no con usted!
Titubeó
Esteban dos segundos. Al fin, venciendo un nuevo impulso de horror, dijo
balbuciente y cruzando las manos:
-Se equivoca
usted, hermana... Si he dado la vuelta, es porque la traté a usted muy mal...,
y le quiero pedir perdón. He insultado a usted antes; me arrepiento...
Perdóneme; se lo suplico.
Ella le miró
recelosa y atónita, y él, entre tanto, la examinaba a su vez. Representaba la
sin ventura de treinta a treinta y cinco años: escuálida y marchita bajo los
afeites que la embadurnaban, su boca enjuta, sus ojos febriles, su hálito
fatigoso, delataban la mala salud, tal vez el hambre. En su cara revelábase
tedio y cansancio; en su actitud, la humildad insolente de ser quien todos
tienen fuero para pisotear. Una ola de lástima se derramó por el alma de Esteban.
Lleno de unción, tomó sin falsos pudores la diestra calenturienta de la mujer,
y murmurando amorosamente:
-Hermana, si
me perdona, hágame un favor. Véngase a mi casa. No esté usted ni un minuto más
en esta calle, ni vuelva a subir "ahí".
Dudosa aún
sobre las verdaderas intenciones de Esteban, fluctuando entre el asombro y la
desconfianza, la mujer aceptó, vencida por la benignidad con que se expresaba
aquel sacerdote joven, de rígidas líneas, de macilenta faz. Hay en la cortesía
de los modales y en la calma de la voz algo que se impone a la gente plebeya y
tosca. La meretriz echó a andar, y fue una singular pareja la que hacían por
las desiertas calles el ministro de Dios y la vulgar cortesana, silenciosos,
midiendo el paso, sordos a los comentarios de algún maldiciente; porque ni la
caridad entiende de escrúpulos, ni de recato la infamia.
A la puerta de
su vivienda, Esteban se detuvo, y sacando un llavín, se lo entregó a la mujer.
-Entre usted
-le dijo-, hay fuego, luz, cena y cama; todo preparado para cuando yo llegase.
Caliéntese usted, coma, acuéstese, duerma... pero antes de acostarse rece, si
es que sabe, un avemaría. Mañana nos veremos. Hasta mañana.
-Sé rezar, no
se crea usted -contestó la mujer; e hizo muestra de arrodillarse, si Esteban lo
consintiese.
No preguntó
más. Había comprendido por fin. ¿Comprendido? No, adivinado; que la mujer del
pueblo no necesita reflexionar; se asimila instantáneamente las acciones
generosas y los grandes movimientos del corazón. Subió sin temor; devoró la
frugal cena; se agazapó en la estrecha camita de hierro..., y al ver a la
cabecera una escultura de la Virgen, ante la cual parpadeaba un lamparín de
aceite, rezó con fe absoluta: así rezan los creyentes pecadores.
Esteban pasó
la noche en la calle. Fue una noche venturosa; la noche de bodas de su
espíritu. Embriaguez divina, inefable exaltación le impedían sentir ni el frío,
ni el sueño, ni el desfallecimiento del estómago. Como el caballero andante que
vela sus armas antes de salir a buscar gloriosas aventuras; como el enamorado
que ronda los balcones de su amada, no notaba siquiera que tenía cuerpo, y que
ese cuerpo de barro reclamaba lo suyo. Allá arriba, en la propia casa de
Esteban, estaba el ideal, el objeto de su vida, la razón de su ser. Lo había
visto a la breve luz de relámpago que deslumbró a San Pablo, de la estrella que
guió a los reyes de Oriente. Era el llamamiento, la voz, la señal de arriba, la
iluminación, la revelación.
¿Qué vale
asistir a los enfermos y llagados del cuerpo? El vicio hiede más que la lepra y
tiene más raíces que el pólipo; y luchar con el vicio que repugna, con el vicio
que provoca en el alma la náusea del asco y el hervor amargo del menosprecio,
eso es meritorio, eso es lo que no hará el enfermero laico, tal vez impío, y
sólo puede hacer el Nazareno, de quien es figura y ministro el sacerdote...
Esteban fundó
un asilo de penitencia y redención. Hoy ha caído el asilo en manos frías y
mercenarias; pero mientras vivió el fundador y pudo incendiarlo con su caridad,
el asilo obró maravillas. Creed que ningún destello de amor se pierde; creed
que no hay mármol que no ablande el amor.
"El
Imparcial", 5 febrero 1894.
La penitencia
de Dora
Aunque
Alejandría fuese entonces una ciudad de corrupción y molicie, pagana aún, y
pagana con terca furia, contenía matrimonios cristianos unidos por el amor más
acendrado y tierno. Dora era del número de esposas fieles que, cerrando su
cancilla al anochecer, pasaba la velada con su marido hasta que un mozo
perverso, menino del emperador, todo perfumado de esencias, de rizada barba,
después de rondarla mucho tiempo y enviarle mensajes y presentes por medio de
cierta vieja hechicera zurcidora de voluntades, logró sorprenderla en una de
esas horas en que la virtud desfallece, y ayudado de mal espíritu, triunfó de
la constancia de Dora.
Vino el
arrepentimiento pisando los talones al delito, y Dora, avergonzada, resolvió
dejar su casa, su hogar, su compañero, y condenarse a soledad perpetua y a
perpetuo llanto. Cortó sus largos y finos cabellos; rapó sus delicadas cejas;
vistióse de hombre y fue a llamar a las puertas de un monasterio que distaba
como seis leguas de Alejandría, suplicando al abad que la admitiese en el
noviciado. Por probar su vocación, el abad ordenó al postulante pasar la noche en
el atrio del monasterio.
Era el lugar
solitario y hórrido: el aire traía a los oídos de Dora el rugir de las fieras,
que bajaban a beber al río, y a su nariz la ráfaga de almizcle que despedían
los caimanes emboscados entre cañas y juncos. Con los brazos en cruz, se
dispuso a morir; pero amaneció: una faja de anaranjada claridad anunció la
salida de un sol de fuego, y las puertas del monasterio se abrieron, resonando
el esquilón que convocaba a la primera misa.
Dora desplegó
en su noviciado un fervor inaudito hasta en aquellos lugares donde el ascetismo
y la mortificación tenían aulas y maestros que no han sido igualados nunca.
Temerosa de que al destrozar la intemperie sus ropas se averiguase su sexo, no
se atrevió Dora a encaramarse sobre su estela; pero -excepto la terrible
gimnasia de los numerosos estilitas que eran estatuas vivas de la penitencia,
bronceados por el sol implacable-, Dora practicó cuantas mortificaciones puede
concebir la fantasía soñando un ideal de martirio.
Mordazas y
cadenas de hierro; abrojos y espinas a raíz de la carne; ayunos y abstinencias
de agua, hasta que se le pegase a las fauces la seca lengua y su aliento fuese
como el del can que ha corrido mucho; caminatas sobre las destrozadas rodillas;
disciplinas, lecho de guijarros, manjares desazonados adrede..., todo lo apuró
la arrepentida, sin saciar sus anhelos de padecer y padecer más y más. Y no
eran las torturas materiales lo que en las horas de tinieblas convertían sus
ojos en dos arroyos de lágrimas. Era la nostalgia de su hogar, la memoria de su
compañero, a quien quería con incontrastable amor, tal vez más desde que le
había afrentado secretamente. Sabedor el demonio de estas aflicciones de Dora,
solía tomar la figura del esposo ausente, llegarse a ella diciéndole los
requiebros y dulzuras que solía cuando se hallaban juntos, suplicarle que
volviese a su lado, que la falta estaba perdonada y expiada de sobra...; pero
antes quería Dora caerse muerta que aparecerse
ante los ojos del que amaba y había ofendido.
Acostumbraban
en el monasterio ordenar al que creían joven penitente los oficios más
humildes, y un día el abad mandó a Dora que fuese con los camellos a buscar
trigo a la ciudad, y que si no podía volverse antes de anochecido, se quedase a
dormir en un molino próximo a la puerta de Roseta. Obedeció Dora, y faltándole
tiempo, quedóse en el molino. A pesar de maceraciones y ayunos, Dora, con el
pelo ensortijado que volvía a crecer, aún parecía un mancebo como unas flores;
y habiéndola visto una cortesana del barrio de Racotis, se entró en el molino a
requerir al que por monje tenía. Rechazada la mujerzuela, quedó picada en su
amor propio y deseosa de venganza, y hallándose después encinta, cuando nació
un niño lo envió al abad en un cesto de mimbres, diciendo que era hijo de
cierto mal penitente que había pasado en el molino tal noche. Acosaban a Dora
las apariencias; con una sola palabra podría vindicarse; pero aceptó la
humillación y calló. Entonces el abad le impuso un
castigo extraño. "Monje pecador -le dijo-, de hoy
más te ordeno que vivas en el monte, y allí críes y cuides a ese niño, fruto de
tu maldad. Si os devoran las fieras, será justicia de Dios. Toma la criatura y
vete".
Dora cogió en
brazos al niño e hizo la señal de la cruz y salió hacia la montaña.
Guarecida en
una caverna, dedicóse a criar al pequeñuelo. Con leche de ovejas le sustentó, y
para darle abrigo fabricó una pobre choza cónica, de adobes. Renunciando a las
austeridades que podrían destruir su salud y dejar sin amparo a la tierna
criatura, se consagró a trabajar, a cultivar un huerto, a sembrar y plantar en
él legumbres y frutales, a cercarlo de una empalizada; a fin de vestir al
muchacho, hiló copos de lana y lino y tejió groseras telas. Agricultora e
industriosa, Dora atendió a todas las necesidades del rapaz y consiguió verle
crecer fuerte, sano, lindo y alegre. Y a medida que crecía y lozaneaba, notó
Dora en sí amor vehemente, calor de entrañas maternales para el pobre ser
abandonado, que no había conocido otra familia ni otro arrimo en el mundo.
Advirtió con sorpresa que no acertaba a apartarse ni un minuto de la criatura;
que vivía suspensa de su graciosa charla y embelesada con sus monerías, sus
dichos salados y encantadoras travesuras; y que, al
acrecentarse en su alma este cariño arrollador como
las olas que azotan el faro, las representaciones del pasado iban borrándose de
su memoria: el remordimiento de su flaqueza, la nostalgia de su esposo, la
vergüenza y el dolor, el arrepentimiento y el deseo de expiar la culpa.
Todo, todo
desaparecía ante el niño, en cuya compañía sentíase Dora como en la
bienaventuranza, pensando haber encontrado el norte y fin de su existencia
cuando con sus manitas le halagaba el rostro, o la besaba con sus labios de
fresco clavel.
En este estado
de descuido vivía Dora, cuando una tarde de estío al sacar agua de la cisterna,
creyó ver en el fondo de ella un rostro triste y pálido -el propio rostro de su
marido-. Mas no era en la cisterna, sino en el espíritu de Dora, donde
reaparecía la dolorida imagen; y para advertencia bastó. Sin dilación, la
mísera pecadora tomó de la mano al niño, y despedazándose por dentro, sintiendo
que sus extrañas chorreaban sangre -porque adoraba en el rapaz más que si lo
hubiese parido y amamantado-, corrió al monasterio, echóse a los pies del abad
y, deshecha en lágrimas, entre desmayos y accidentes, confesó la verdad toda.
-Me diste este
niño por castigo, y yo he poseído en él el gozo más grande que puede haber en
el mundo. Ahí tienes por qué te lo entrego pues no es lícito a una pecadora tan
grande conservar lo que la llena de ventura y de contento. Me vuelvo al monte,
y en la caverna más horrenda que encuentre volveré a emprender mi penitencia
con doble rigor para recuperar el tiempo perdido y castigar el delito de antes
y la tibieza de ahora. Permíteme que una vez más estreche en mis brazos al
niño..., y adiós; no volverás a saber de mí hasta que recojas mi cuerpo para
enterrarlo.
El abad, que
era varón de Dios, levantó a Dora del polvo donde yacía postrada, y le dijo
solemnemente:
-Ve en paz y
ruega por mí. La penitencia que hagas de hoy en adelante no es necesaria ya
para obtener el perdón de tu pecado. Al separarte de este niño, al renunciar a
lo que amas, hiciste la mejor penitenciaría. Más fácil es azotarse los lomos
que azotarse el corazón, y menos duele un cilicio en la cintura que en la
voluntad. La última prueba será corta: pronto recogeré tu santo cuerpo.
Y al año lo
recogió piadosamente, como piadosamente debe leerse esta historia, algo
semejante a la de Santa Teodora Alejandrina, cuya fiesta celebra la Iglesia el
14 de septiembre.
"El
Imparcial", 31 mayo 1897.
Ceniza
Ya despuntaba
la macilenta aurora de un día de febrero, cuando Nati se bajó del coche y entró
en su domicilio furtivamente, haciendo uso de un diminuto llavín inglés. No
tenía que pensar en recatarse del cochero, pues el coche no era de alquiler, y
alguien que acompañaba a la dama, al salir ella, se agazapó en el fondo de la
berlina.
Nati subió
precipitadamente la solitaria escalera, muy recelosa de encontrar algún criado
que en tal pergeño le sorprendiese. El temor salió vano, pues reinaba en la
suntuosa casa silencio profundo. Sin duda, no se había despertado ninguno de
sus moradores. En la antesala, Nati se halló a oscuras, sintiendo bajo los pies
la blandura del denso y profundo tapiz de Esmirna. A tientas buscó el registro
de la luz eléctrica; giró la llave, y se inundó de claridad el recinto.
Orientada ya, abriendo y cerrando puertas con precaución, cruzando un largo
pasillo y dos o tres espaciosos salones ricamente alhajados, Nati, en
puntillas, llegó a su tocador. Encendidas las luces, hizo lo que hace
indefectiblemente toda mujer que vuelve de un baile o una fiesta: se miró despacio
al espejo. Éste era enorme, de cuerpo entero, de tres lunas movibles, y las
iluminaban oportunamente gruesos tulipanes de cristal rosa, facetados. Nati vio
su imagen con una claridad y un relieve impecables.
Apreció todos
los detalles. El dominó blanco, arrugado, mostraba sobre la tersura del raso,
pegajosos y amarillentos manchones de vino; un trozo de delicada blonda pendía
desgarrado, hecho trizas. Caído hacia atrás el capuchón y colgado de la muñeca
el antifaz de terciopelo, se destacaba el rostro desencajado, fatigado, severo
a fuerza de cansancio y de crispación nerviosa. Las sienes se hundían, las
ojeras oscurecían y ahondaban, los ojos apagados revelaban la atonía del
organismo; la boca se sumía contraída por el tedio, las mejillas eran dos rosas
marchitas y lacias, dos flores sin agua, sin perfume, pisoteadas, hechas un
guiñapo. El pelo, desordenado y revuelto sin gracia, se desflecaba sobre la
frente, y en la garganta, poco mórbida, las perlas parecían cuajadas lágrimas
de remordimiento y de vergüenza...
Nati se
estremeció, sintió un escalofrío mientras iba desnudándose, quitándose los
zapatos de seda, desprendiendo alfileres y desabrochando corchetes. Cuando,
después de soltar el dominó y de arrancarse las joyas, abrió el grifo del
lavabo y se pasó por ojos y cara la esponja húmeda, volvió no ya a
estremecerse, sino a temblar, a tiritar de frío, notando un malestar que le
llenó de aprensión. No era, sin embargo, enfermedad; era la náusea, la
invencible repugnancia que engendran los desórdenes y es su reato y su castigo.
¿Será ella
misma, Nati, la que ha pasado así la noche del martes de Carnaval? ¿Ella la que
ha preparado aquel capuchón, la que ha combinado el modo de salir secretamente,
la que ha jugado su decoro y su fama por unas horas de delirio? ¿Qué hacia ella
en aquel palco, entre aquellos insensatos, en aquella cena, cerca de aquel
hombre cuyo hálito quemaba, cuyos labios reían provocadores, cuyas palabras
destilaban en el corazón llama y ponzoña? Aquellas necias carcajadas, con la
cabeza echada atrás, con la boca abierta y descompuesta la actitud, ¿las había
exhalado ella? Aquellas frases a cual más profanas y libres, ¿era Nati, la
esposa, la madre de familia, la dama respetada por todos, quien las había
escuchado, y consentido, y celebrado entre el aturdimiento y la algazara de la
bacanal?
Nati miró a la
vidriera, que había quedado abierta. Una claridad lívida, azulada y triste
hacia amarillear la de los focos eléctricos. Era el amanecer que derramó en las
venas de Nati más hielo. Apagó las luces, se envolvió en una bata acolchada y
con inmensa fatiga se dejó caer en el ancho diván oriental. Por un instante le
pareció que cerraba sus ojos invencible sueño; pero casi al punto la despabiló
una idea. ¡Miércoles de Ceniza! Había escogido la mañana del Miércoles de
Ceniza... para su desatinada aventura.
... ¡Miércoles
de Ceniza!... El mismo día en que su madre, después de una vida de virtudes y
sufrimientos, había entregado el alma; día que conmemoraba para Nati el más
triste aniversario. ¿Cómo no se acordó antes de arreglar la escapatoria? ¿Cómo
la imagen del martes de Carnaval borró de su mente el recuerdo del Miércoles de
Ceniza?
Saltó Nati del
diván, dando diente con diente, pero animada por una resolución: la de expiar,
la de hacer penitencia, la de reconciliarse con Dios sin tardanza. Abrió el
armario y se calzó ella misma: descolgó un traje, el más sencillo, negro; se
echó una mantilla, se envolvió en un abrigo..., y desandando lo andado,
volviendo a recorrer salones y pasillos, bajando la escalera, lanzóse a la
calle. Iba como en volandas, impulsada por una sed de purificación parecida al
deseo de lavarse que se nota después de un largo viaje, cuando nos encontramos
cubiertos de suciedad y de impurezas. ¡La Iglesia! ¡La redentora, la
consoladora, la gran piscina de agua clara agitada por el ángel y en que se
sumerge el corazón para salir curado de todos los males y nostalgias! Nati
corría, pareciéndole que cuanto más se apresuraba más se alejaba de la
bienhechora iglesia. Por fin la divisó, cruzó el pórtico, persignándose, tomó
agua bendita y se arrodilló delante del altar, donde un sacerdote
imponía la ceniza a unos cuantos fieles
madrugadores... Nati presentó la frente, oyó el fatídico Memento homo, quia
pulvis eris..., y sintió los dedos del sacerdote que tocaban sus sienes, y a la
vez un agudo dolor, como si la hubiesen quemado con un ascua... Al mismo
tiempo, los devotos, postrados alrededor, la miraron fijamente, y deletreando
lo que en su frente se leía escrito, repitieron atónitos: "¡Pecado!"
Alzóse Nati de
un brinco, y huyó de la iglesia. Había amanecido del todo; era hermosa la
mañanita, y las calles estaban llenas de gente. Nati percibió que se volvían,
que la contemplaban con extrañeza, que la señalaban, que se reían, que
exclamaban: "¡Pecado! ¡Pecado!"
Y los
transeúntes se detenían, y se formaban grupos, y la palabra "pecado",
pronunciada por cien voces, formaba un coro terrible de reprobación y
maldición, que resonaba en los oídos de la señora como el rugido del mar en los
del náufrago... "¡Pecado! ¡Pecado!...", dicho en el tono de la
indignación, de la cólera, del desprecio, de la mofa, de la ironía, de la
conmiseración también... Nati bajaba el velo, quería taparse la frente donde
aparecía en caracteres rojos el letrero fatídico...; pero la negra granadina
volvía a subir, y la humillada frente se presentaba descubierta ante la
multitud... Nati puso las manos, pero conoció que se volvían transparentes como
el vidrio, y que al través se leía el letrero más claro, más rojo... Entonces,
horrorizada, exhaló un clamor de agonía y se desplomó al suelo moribunda.
Cuando Nati
despertó -porque realmente se había quedado dormida sobre el diván-, vio al
abrir los ojos (el tocador estaba inundado de sol) a su marido de pie,
examinando la careta y el arrugado dominó, caídos delante del diván, hechos un
rebujo.
"El
Imparcial", 1 de marzo 1897.

No hay comentarios:
Publicar un comentario