© Libro N° 5587. El Legado 2. Eldest. Paolini, Christopher. Emancipación.
Enero 19 de 2019.
Título
original: © El Legado 2. Eldest. Christopher
Paolini
Versión Original: © El Legado 2. Eldest.
Christopher Paolini
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
El Legado 2
ELDEST
Christopher Paolini
Como siempre, este libro es
para mi familia.
Y también para mis
increíbles seguidores:
vosotros habéis hecho
posible esta aventura.
Sé onr sverdar sitja hvass!
INDICE
Agradecimientos
Un doble desastre
El Consejo de Ancianos
La verdad entre amigos
Roran
Los cazadores cazados
La promesa de Saphira
Réquiem
Lealtad
Una bruja, una serpiente y
un pergamino
El regalo de Hrothgar
Martillo y tenazas
Represalias
Az Sweldn rak Anhüin
Celbedeil
Diamantes en la noche
Bajo el oscuro cielo
Lago abajo con la corriente
Deslizarse
Arya Svit-kona
Ceris
Heridas del pasado
Heridas del presente
El rostro de su enemigo
Una flecha en el corazón
La invocación de Dagshelgr
La ciudad de pino
La reina Islanzadí
Desde el pasado
Condena
Repercusiones
Éxodo
En los riscos de Tel'naeír
La vida secreta de las
hormigas
Bajo el árbol Menoa
Un laberinto de oposición
Pendientes de un hilo
Elva
Resurgir
¿Por qué luchas?
La gloria mañanera negra
La naturaleza del mal
La imagen de la perfección
El arrasador
Narda
Cae el martillo
El principio de la sabiduría
El huevo roto y el nido
desparramado
El regalo de los dragones
En un claro estrellado
Tierra a la vista
Teirm
Jeod Piernaslargas
Un aliado inesperado
Huida
Juego de niños
Premonición de guerra
Filo rojo, filo negro
Visiones de cerca y de lejos
Regalos
Las fauces del océano
Cruzando el Ojo del Jabalí
Hacia Aberon
Los Llanos Ardientes
Nubes de guerra
Nar Garzhvog
El brebaje de la bruja
Estalla la tormenta
Convergencia
Eldest
El legado
Reunión
Apéndices
El idioma antiguo
El idioma de los enanos
El idioma de los úrgalos
AGRADECIMIENTOS
Kvetha Fricáya.
Como tantos otros autores
que han emprendido una epopeya del tamaño de la trilogía de «El Legado», he
descubierto que la creación de Eragon, y ahora de Eldest, se convertía en mi
empeño personal, una empresa que me ha transformado en la misma medida en que
transformó a Eragon la suya.
Cuando concebí el principio
de Eragon, tenía quince años: ya no era un niño, aún no era un hombre. Acababa
de terminar la educación secundaria, no estaba seguro de qué camino tomar en la
vida y era un adicto a la potente magia de la literatura fantástica que
adornaba mis estanterías. El proceso de escribir Eragon, promocionarlo por todo
el mundo y ahora al fin completar Eldest, me ha acompañado hasta la edad
adulta. Tengo veintiún años y, para mi constante sorpresa, ya he publicado dos
novelas. Estoy seguro de que han ocurrido cosas más extrañas que ésa, pero no a
mí.
El viaje de Eragon ha sido
el mío: el abandono de una crianza rural y protegida y la obligación de
recorrer la tierra en una carrera desesperada contra el tiempo; el paso por una
formación ardua e intensa; el logro del éxito contra todas las expectativas; la
aceptación de las consecuencias de la fama, y, finalmente, el encuentro de una
cierta medida de paz.
Al igual que en la ficción
el decidido y bienintencionado protagonista -que, al fin y al cabo, tampoco es
tan listo, ¿verdad?- encuentra en el camino la ayuda de un montón de personajes
más sabios que él, también yo he sido guiado por una serie de gente de
estupendo talento. Son los siguientes:
En casa: mamá, por
escucharme siempre que necesito hablar de un problema con la historia o con los
personajes, y por darme el valor para tirar doce páginas y reescribir la
entrada de Eragon en Ellesméra (doloroso); papá, como siempre, por sus
correcciones incisivas, y mi querida hermana Angela, por dignarse recuperar su
papel de bruja y por sus contribuciones a los diálogos de su fantasmagórica
doble.
En Writers House: mi agente,
el grande y poderoso Maestro de las Comas, Simón Lipskar, que lo hace todo
posible (¡Mervyn Peake!), y su valiente ayudante, Daniel Lazar, que impide que
el Maestro de las Comas quede enterrado por una pila de manuscritos no solicitados,
muchos de los cuales, me temo, son consecuencia de Eragon.
En Knopf: mi editora,
Michelle Frey, que ha ido mucho más allá de lo obligado por su profesión al
desarrollar su trabajo y conseguir que Eldest quedara mucho mejor; Judith Haut,
directora de publicidad, que de nuevo ha demostrado que ninguna gesta promocional
está más allá de su alcance (¡escúchenla rugir!); Isabel Warren-Lynch,
diseñadora sin par que, con Eldest, ha superado sus logros anteriores; John
Jude Palencar, por un dibujo de cubierta que me gusta aun más que el de Eragon;
el jefe de redacción, Artie Bennet, que ha hecho un trabajo esplendoroso al
comprobar todas las palabras oscuras de esta trilogía y probablemente sabe más
que yo del idioma antiguo, aunque flojea un poco con el de los úrgalos; Chip
Gibson, gran maestro de la división infantil de Random House; Nancy Hinkel,
extraordinaria directora editorial; Joan De Mayo, director comercial (¡muchos
aplausos, vítores y reverencias!) y su equipo; Daisy Kline, que diseñó con su
equipo los maravillosos y atractivos materiales de mercadotecnia; Linda Palladino,
Rebeccca Price y Timothy Terhune, de producción; una reverencia de gratitud a
Pam White y su equipo, que han extendido Eragon por los cuatro confines del
mundo; Melissa Nelson, de diseño; Alison Kolani, de corrección; Michele Burke,
devota y trabajadora ayudante de Michelle Frey, y todos los demás que me han
apoyado en Knopf.
En Listening Library: Gerard
Doyle, que da vida al mundo de Alagaésia; Taro Meyer, por pillar bien la
pronunciación de mis idiomas; Jacob Bronstein, por atar todos los cabos, y Tim
Ditlow, editor de Listening Library.
Gracias a todos.
Sólo queda otro volumen y
habremos llegado al final de esta historia. Otro manuscrito de infarto, éxtasis
y perseverancia... Otro código de sueños.
Quedaos conmigo, si os
gusta, y veamos adonde nos lleva el camino errante, tanto en este mundo como en
el de Alagaésia.
Sé onr sverdar sitja hvass!
CHRISTOPHER PAOLINI
23 de agosto de 2005
Un doble desastre
«Los cantos de los muertos
son los lamentos de los vivos.»
Eso pensó Eragon mientras
pasaba por encima del cuerpo retorcido y despedazado de un úrgalo. El rostro
destrozado del monstruo lo miraba con recelo mientras Eragon escuchaba los
lamentos de las mujeres que retiraban a sus seres queridos del suelo de Farthen
Dür, embarrado por la sangre. Tras él, Saphira bordeó con delicadeza el
cadáver. El único color que brillaba en la penumbra de la montaña hueca
procedía de sus escamas azules.
Habían pasado ya tres días
desde que los vardenos y los enanos se enfrentaran a los úrgalos por la
posesión de Tronjheim, la ciudad montaña; pero la matanza seguía desparramada
por el campo de batalla. La cantidad de cadáveres había frustrado la intención
de enterrar a los muertos. A lo lejos, una pira de fuego emitía un lúgubre
brillo junto al muro de Farthen Dür, donde quemaban a los úrgalos. No había
entierro ni honroso lugar de descanso para ellos.
Al despertar, Eragon había
descubierto que Angela había curado sus heridas, y había intentado por tres
veces colaborar en las tareas de recuperación. En cada ocasión lo habían
atacado terribles dolores que parecían estallar en su columna, y los sanadores
le habían proporcionado diversas pociones. Arya y Angela le dijeron que estaba
perfectamente sano; aun así, le dolía. Saphira tampoco podía ayudar; apenas
alcanzaba a compartir su dolor cuando éste recorría el nexo mental que los
unía.
Eragon se pasó una mano por
la cara y alzó la vista a las estrellas que asomaban por la cumbre de Farthen
Dür, difuminadas por el humo tiznado de la pira. Tres días. Tres días desde que
matara a Durza; tres días desde que la gente empezara a llamarlo Asesino de
Sombra; tres días desde que los restos del brujo arrasaran su mente y lo
salvara el misterioso Togira Ikonoka, el Lisiado que está Ileso. Sólo había
hablado de eso con Saphira. Luchar contra Durza y los espíritus oscuros que lo
controlaban había transformado a Eragon, pero aún no sabía con certeza si para
bien o para mal. Se sentía frágil, como si cualquier golpe repentino pudiera
hacer añicos su cuerpo y su conciencia, recién reconstruidos.
Ahora había acudido al lugar
del combate, impulsado por un morboso deseo de ver las secuelas. Al llegar, no
había encontrado más que la incómoda presencia de la muerte y la
descomposición, nada de la gloria que había aprendido a esperar por las
canciones heroicas.
Antes de que los ra'zac
asesinaran a su tío Garrow, la brutalidad que Eragon había presenciado entre
humanos, enanos y úrgalos lo hubiese destrozado. Ahora, lo aturdía. Había
aprendido, con la ayuda de Saphira, que la única manera de conservar la racionalidad
entre tanto dolor consistía en hacer algo. Más allá de eso, sin embargo, ya no
creía que la vida poseyera ningún sentido inherente; no después de ver a los
hombres desgarrados por los kull, el suelo convertido en un lecho de cuerpos
desmembrados y tanta sangre derramada que hasta empapaba las suelas de sus
botas. Si había algún honor en la guerra, concluyó, sólo consistía en luchar
por evitar el daño ajeno.
Se agachó y arrancó del
suelo una muela. Mientras la agitaba en la palma de la mano, dio una lenta
vuelta con Saphira por el llano pisoteado. Se detuvieron al borde cuando vieron
que Jórmundur -mano derecha de Ajihad al mando de los vardenos- se acercaba a
ellos corriendo desde Tronjheim. Al llegar a su altura, hizo una reverencia;
Eragon era consciente de que, apenas unos días antes, no lo hubiera hecho.
-Me alegro de encontrarte a
tiempo, Eragon -dijo. Llevaba en una mano una nota garabateada en un
pergamino-.
Ajihad va a volver y quiere
que estés ahí cuando llegue. Los demás ya lo están esperando junto a la puerta
oeste de Tronjheim. Tenemos que darnos prisa para llegar a tiempo.
Eragon asintió y se dirigió
hacia la puerta oeste, con una mano apoyada en Saphira. Ajihad había pasado
casi tres días fuera, persiguiendo a los úrgalos que conseguían escapar por los
túneles de los enanos que horadaban la piedra bajo las montañas Beor. Eragon
sólo lo había visto una vez, entre dos de esas expediciones, y Ajihad estaba
indignado porque acababa de descubrir que Nasuada había desobedecido la orden
de marcharse con las demás mujeres y los niños antes de la batalla. En vez de
eso, había luchado escondida entre los arqueros vardenos.
Murtagh y los gemelos
también se habían ido con Ajihad: los gemelos, porque era una tarea peligrosa y
el líder de los vardenos necesitaba protección; y Murtagh, porque estaba
ansioso por demostrar que no deseaba ningún mal a los vardenos. A Eragon le sorprendió
comprobar en qué medida había cambiado la actitud de la gente hacia Murtagh,
teniendo en cuenta que éste era hijo de Morzan, el Jinete que había traicionado
y entregado a los suyos a Galbatorix. Por mucho que Murtagh odiara a su padre y
fuera leal a Eragon, los vardenos no se habían fiado de él al principio. Ahora,
en cambio, con tanto trabajo por delante nadie deseaba malgastar energías en un
odio tan mezquino. Echaba de menos una buena conversación con Murtagh y tenía
ganas de comentar todo lo que había pasado en cuanto regresara.
Mientras Eragon y Saphira
rodeaban Tronjheim, un pequeño grupo se hizo visible a la luz de una antorcha
junto a la puerta de troncos. Entre ellos estaban Orik -el enano, agitándose
impaciente sobre sus robustas piernas- y Arya. El vendaje blanco que rodeaba su
antebrazo brillaba en la oscuridad y reflejaba la tenue luz cenital contra la
parte inferior de su melena. Eragon sintió una extraña emoción, como le ocurría
cada vez que veía a la elfa. Ella lanzó una rápida mirada a Eragon y Saphira,
apenas un destello de sus ojos verdes, y siguió oteando la llegada de Ajihad.
Al partir Isidar Mithrim -el
gran zafiro estrellado de dieciocho metros de extensión, tallado en forma de
rosa-, Arya había permitido que Eragon matara a Durza y ganara la batalla. A
pesar de eso, los enanos estaban furiosos con ella por haber destrozado su más
valioso tesoro. Se negaban a recoger los restos del zafiro y los habían apilado
en un gran círculo dentro de la cámara central de Tronjheim. Eragon había
caminado entre los añicos y había compartido el dolor de los enanos ante tanta
belleza perdida.
Eragon y Saphira se
detuvieron junto a Orik y otearon la tierra que rodeaba Tronjheim y llegaba
hasta la base de Farthen Dür, ocho kilómetros despejados en todas direcciones.
-¿Por dónde vendrá Ajihad?
-preguntó Eragon.
Orik señaló hacia un grupo
de antorchas clavadas en torno a la amplia boca de un túnel, a unos tres
kilómetros de distancia.
-Pronto estará aquí.
Eragon esperó pacientemente
con los demás. Contestaba cuando alguien le dirigía un comentario, pero
prefería hablar con Saphira en la paz de su mente. Le iba bien el silencio que
había invadido Farthen Dür. Ya había pasado media hora cuando notaron algún
movimiento en el túnel lejano. Un grupo de diez hombres emergieron trepando
desde el subsuelo y luego se dieron la vuelta para ayudar a otros tantos
enanos. Uno de los hombres -Eragon dio por hecho que se trataba de Ajihad- alzó
una mano y los guerreros se reunieron tras él en dos filas rectas. Tras una
señal, la formación marchó con orgullo hacia Tronjheim.
Apenas habían recorrido
cinco metros cuando, tras ellos, estalló el bullicio en la boca del túnel al
aparecer unas figuras. Eragon achinó los ojos, incapaz de ver desde tan lejos.
¡Son úrgalos! -exclamó
Saphira, tensando el cuerpo como la cuerda de un arco lista para disparar.
Eragon no lo puso en duda.
-¡Úrgalos! -gritó.
Montó de un salto en Saphira
y se maldijo por haber dejado la espada en la habitación. Nadie esperaba un
ataque tras poner en fuga al ejército de los úrgalos. Sintió una punzada en la
herida cuando Saphira alzó las alas azules y las batió hacia abajo al tiempo
que saltaba, ganando velocidad y altura a cada segundo. Por debajo, Arya corría
hacia el túnel casi tan rápido como volaba Saphira. Orik la seguía con varios
hombres, mientras Jórmundur regresaba a toda prisa a los barracones.
Eragon no tuvo más remedio
que contemplar, desesperado, cómo los úrgalos atacaban la retaguardia de los
guerreros de Ajihad; estaba demasiado lejos para usar la magia. Los monstruos
contaban con la ventaja de la sorpresa y enseguida liquidaron a cuatro hombres
y obligaron a los demás guerreros, tanto hombres como enanos, a agruparse en
torno a Ajihad con la intención de protegerlo. Las espadas y las hachas se
entrechocaron cuando las dos fuerzas entraron en contacto. Uno de los gemelos
emitió un rayo de luz y cayó un úrgalo, aferrándose al muñón del brazo
seccionado. Durante un minuto, pareció que los defensores conseguirían resistir
a los úrgalos; pero luego se produjo un remolino en el aire, como si una tenue
cinta de niebla envolviera a los combatientes. Cuando se despejó, sólo quedaban
cuatro guerreros: Ajihad, los gemelos y Murtagh. Los úrgalos se les echaron
encima y taparon la vista de Eragon, que lo contemplaba con horror y miedo
crecientes.
«¡No! ¡No! ¡No!»
Antes de que Saphira pudiera
sumarse a la lucha, el grupo de úrgalos se desparramó hacia el túnel y
desapareció bajo tierra, dejando tras de sí un reguero de cuerpos tendidos.
En cuanto Saphira aterrizó,
Eragon se bajó de un salto y luego se tambaleó, sobrecogido por el dolor y la
rabia. «No puedo hacerlo.» Le recordaba demasiado el momento de su regreso a la
granja, cuando se encontró con un Garrow agonizante. Luchando a cada paso
contra el miedo, empezó a buscar supervivientes.
El lugar tenía un
fantasmagórico parecido con el campo de batalla que acababa de inspeccionar,
salvo que aquí la sangre era reciente.
En el centro de la masacre
estaba Ajihad, con el pecho de la armadura rasgado por numerosos tajos, rodeado
por los cinco úrgalos que había matado. Aún emitía jadeos entrecortados. Eragon
se arrodilló a su lado y agachó el rostro de modo que sus lágrimas no cayeran
en el pecho herido del líder. Nadie podía curar aquellas heridas. Llegó Arya a
la carrera y se detuvo; al ver que no se podía salvar a Ajihad, la pena invadió
su cara.
-Eragon.
El nombre se deslizó entre
los labios de Ajihad, apenas como un murmullo.
-Sí, aquí estoy.
-Escúchame, Eragon... Tengo
una última orden para ti. -Eragon se acercó más para captar las palabras del
moribundo-. Has de prometerme una cosa: prométeme que no..., que no permitirás
que los vardenos caigan en el caos. Son la única esperanza para resistir contra
el Imperio... Han de mantenerse fuertes. Me lo tienes que prometer.
-Lo prometo.
-Entonces, que la paz sea
contigo, Eragon Asesino de Sombras.
Con su último aliento,
Ajihad cerró los ojos, el reposo asomó a su noble rostro, y murió.
Eragon agachó la cabeza. Le
costaba respirar, y el nudo que sentía en la garganta era tan fuerte que le
dolía. Arya bendijo a Ajihad con un murmullo en el lenguaje antiguo y luego
dijo con su voz musical:
-Por desgracia, habrá muchas
luchas por esto. Tiene razón, debes hacer cuanto puedas para impedir una guerra
de poder. Te ayudaré en lo posible.
Incapaz de hablar, Eragon se
quedó mirando los demás cadáveres. Hubiera dado cualquier cosa por estar en
otro sitio. Saphira apartó un cadáver con el morro y dijo:
Esto no tendría que haber
ocurrido. Es obra del diablo y resulta aún peor, pues nos llega cuando
deberíamos estar a salvo en la victoria. -Examinó otro cuerpo y luego ladeó la
cabeza-. ¿Dónde están los gemelos y Murtagh ? No están entre los muertos.
Eragon inspeccionó los
cuerpos.
¡Tienes razón! -Se llenó de
júbilo mientras se apresuraba hacia la boca del túnel. Allí, los rastros de
sangre llegaban hasta un agujero, como si alguien hubiera arrastrado por él
algún cuerpo-. ¡Se los han llevado los úrgalos! ¿Para qué? Nunca conservan
prísioneros ni rehenes. -Al instante, regresó el desánimo-. No importa. No
podemos seguirlos sin refuerzos, y tú ni siquiera cabrías por el agujero.
Puede que aún estén vivos.
¿Los vas a abandonar?
¿Y qué quieres que haga? Los
túneles de los enanos son un laberinto infinito. Arya y yo nos perderíamos. Y
yo no puedo dar alcance a los úrgalos a pie, aunque tal vez ella sí podría.
Pues pídeselo.
¡A ella!
Eragon dudó, dividido entre
el deseo de actuar y la rabia de poner a Arya en peligro. De todos modos, si alguien
entre los vardenos podía manejar a los úrgalos, ese alguien era ella. Con un
gemido, le explicó lo que acababan de descubrir.
Las cejas inclinadas de Arya
casi se unieron al fruncir el ceño.
-No tiene sentido.
-¿Puedes seguirlos?
Ella lo miró fijamente
durante un largo rato.
-Wiol ono. Por ti.
Luego saltó hacia delante, y
la espada refulgió en su mano mientras se colaba en el vientre de la tierra.
Ardiendo de frustración,
Eragon se sentó con las piernas cruzadas junto a Ajihad, para vigilar su
cuerpo. El ataque lo había dejado en estado de incredulidad. Apenas lograba
asimilar que Ajihad estuviera muerto y Murtagh, desaparecido.
Murtagh. Hijo de uno de los
Apóstatas -los trece Jinetes que habían ayudado a Galbatorix a destruir la
orden y constituirse en rey de Alagaésia- y amigo de Eragon. En ciertos
momentos, Eragon había deseado que Murtagh desapareciera; pero ahora que se lo habían
llevado a la fuerza, la pérdida le dejaba un vacío inesperado. Permaneció
sentado sin moverse mientras Orik se acercaba con los demás hombres.
Cuando Orik vio a Ajihad,
pataleó y maldijo en su idioma y clavó su hacha en el cuerpo de un úrgalo. Los
hombres se quedaron aturdidos. El enano pellizcó un pedazo de tierra y la frotó
entre sus manos encallecidas, gruñendo.
-Ah, se ha partido una
colmena de abejas; ahora no habrá paz entre los vardenos. Barzüln, esto lo
complica todo. ¿Has llegado a tiempo para oír sus últimas palabras?
Eragon echó un vistazo a
Saphira.
-Debo esperar a que esté
presente la persona indicada para repetirlas.
-Ya. ¿Y dónde está Arya?
Eragon señaló.
Orik maldijo de nuevo, luego
menó la cabeza y se sentó en cuclillas.
Pronto llegó Jórmundur con
doce filas de guerreros, cada una compuesta por seis unidades. Les indicó por
gestos que esperaran fuera del radio de cuerpos tendidos mientras él se
adelantaba. Se agachó y tocó un hombro de Ajihad.
-¿Cómo puede ser tan cruel
el destino, amigo mío? Hubiera llegado antes si no fuera por el tamaño de esta
maldita montaña, y entonces acaso te habrías salvado. Sin embargo, recibimos
esta herida en el momento más alto de la victoria.
Eragon le explicó con
suavidad lo de Arya y la desaparición de los gemelos y Murtagh.
-No se tendría que haber ido
-dijo Jórmundur, al tiempo que se ponía en pie-, pero ya no podemos hacer nada.
Apostaremos aquí una guardia, pero vamos a tardar por lo menos una hora en
encontrar guías entre los enanos para una nueva expedición por los túneles.
-Quiero dirigirla yo -se
ofreció Orik.
Jórmundur perdió la mirada
en la distancia, en dirección a Tronjheim.
-No, ahora te necesita
Hrothgar; tendrá que ir otro. Lo siento, Eragon, pero todos los que sean
importantes se han de quedar aquí hasta que se elija al sucesor de Ajihad. Arya
tendrá que arreglárselas sola... De todas formas, sería poco probable que la alcanzáramos.
Eragon asintió, aceptando lo
inevitable.
Jórmundur lanzó una mirada
en derredor antes de hablar en voz alta para que todos pudieran oírlo:
-¡Ajihad ha muerto como un
guerrero! Mirad, mató a cinco úrgalos, cuando un hombre de menos valía hubiera
sucumbido ante uno solo. Le concederemos todos los honores y esperaremos que
los dioses se vean complacidos por su espíritu. Llevadlos a él y a sus compañeros
en vuestros escudos hasta Tronjheim..., y no os dé vergüenza que se vean
vuestras lágrimas, pues éste es un día de dolor que todos recordarán. ¡Ojalá
tengamos pronto el privilegio de hundir nuestras espadas en los monstruos que
han asesinado a nuestro líder!
Todos a una, los guerreros
se arrodillaron y se descubrieron las cabezas para rendir homenaje a Ajihad.
Después se levantaron y con gestos reverentes lo alzaron a hombros sobre sus
escudos. Pronto rompieron a llorar muchos de los vardenos y, aunque las lágrimas
rodaban hasta sus barbas, no descuidaron el deber y no permitieron que Ajihad
cayera. Con pasos solemnes, marcharon de vuelta a Tronjheim, con Saphira y
Eragon en el centro de la procesión.
El Consejo de Ancianos
Eragon despertó, rodó hasta
el borde de la cama y echó un vistazo a la habitación, invadida por el tenue
brillo de una antorcha que se colaba por los postigos. Se sentó y miró a
Saphira dormir. Sus musculosos costados se expandían y contraían a medida que
los enormes fuelles de sus pulmones forzaban la entrada y salida de aire por
sus escamosas fosas nasales. Eragon pensó en su capacidad de invocar a voluntad
un airado infierno y soltarlo con un rugido por las fauces. Resultaba pasmoso
contemplar cómo las llamas, tan ardientes que podían derretir el metal, pasaban
por su lengua y por sus dientes de marfil sin dañarlos. Desde que descubriera
por primera vez su capacidad de echar fuego por la boca, durante la pelea con
Durza -al lanzarse en picado hacia ellos desde lo alto de Tronjheim-, Saphira
estaba insoportablemente orgullosa de su nuevo don. Se pasaba el rato soltando
llamitas y no dejaba pasar una sola oportunidad de pegarle fuego a cualquier
objeto.
Como Isidar Mithrim se había
hecho añicos, Eragon y Saphira ya no podían permanecer en la dragonera de las
alturas. Los enanos los habían alojado en un antiguo cuarto de guardia, en el
nivel inferior de Tronjheim. Era una habitación grande, pero tenía el techo
bajo y las paredes oscuras.
Eragon se angustió al
recordar los sucesos del día anterior. Se le empozaron los ojos y, cuando
saltaron las lágrimas, atrapó una con una mano. No habían sabido nada de Arya
hasta última hora de aquella misma tarde, cuando salió del túnel, débil y con
los pies doloridos. A pesar de sus esfuerzos y de su magia, los úrgalos se le
habían escapado.
-He encontrado esto -dijo.
Luego les mostró una de las capas moradas de los gemelos, rasgada y
ensangrentada, y la túnica y los guantes de piel de Murtagh-. Estaban tiradas
al borde de un negro abismo a cuyas profundidades no llega ningún túnel. Los
úrgalos les deben de haber robado las armaduras y las armas antes de echar sus
cuerpos al hoyo. Traté de invocar tanto a Murtagh como a los gemelos, pero no
vi más que las sombras del abismo.
-Sus ojos buscaron los de
Kragon-. Lo siento; han desaparecido.
Ahora, en los confines de su
mente, Eragon lamentaba la desaparición de Murtagh. Era una aterradora y
escalofriante sensación de pérdida y horror, agravada por el hecho de que en
los últimos meses había empezado a acostumbrarse a ella.
Mientras miraba la lágrima
que sostenía su mano -una cúpula pequeña, brillante—, decidió que también él
invocaría a los tres hombres. Sabía que era un intento desesperado y vano, pero
tenía que intentarlo para convencerse de que Murtagh había desaparecido de
verdad. Aun así, no estaba seguro de querer lograr lo que no había conseguido
Arya, pues no creía que la visión de Murtagh destrozado al pie de un risco, por
debajo de Farthen Dür, mejorara su estado de ánimo.
Susurró: «Draumr kópa». La
oscuridad envolvió el líquido y lo convirtió en un pequeño botón de la noche
sobre su palma plateada. Un movimiento lo cruzó, como el aleteo de un pájaro
ante la luna que asoma entre las nubes... Y luego nada.
Otra lágrima se sumó a la
primera.
Eragon respiró hondo, se
recostó y esperó hasta recuperar la calma. Después de recuperarse de la herida
de Durza, se había dado cuenta -por humillante que fuera- de que sólo había
vencido por pura suerte. «Si alguna vez me vuelvo a enfrentar a una Sombra, o a
los ra'zac, o a Galbatorix, he de ser más fuerte si quiero vencer. Brom podría
haberme enseñado más, bien lo sé. Pero sin él no me queda otra elección: los
elfos.»
La respiración de Saphira se
aceleró, y la dragona abrió los ojos y soltó un enorme bostezo.
Buenos días, pequeñajo.
¿Te parecen buenos! -Eragon
bajó la mirada y apoyó el peso en las manos, hundiendo el colchón-. Es...
terrible... Murtagh y Ajihad... ¿Por qué ningún centinela de los túneles nos
advirtió de la llegada de los úrgalos? No tenían que haber podido seguir al
grupo de Ajihad sin que los viéramos... Arya estaba en lo cierto: no tiene
sentido.
Puede que nunca sepamos la
verdad -respondió Saphira con suavidad. Se levantó; sus alas rozaban el techo-.
Tienes que comer, y luego hemos de descubrir qué planean los vardenos. No hay
tiempo que perder; puede que escojan a un nuevo líder en las próximas horas.
Eragon asintió, mientras
pensaba en cómo habían dejado a los demás el día anterior: Orik partía a toda
prisa para llevar las últimas noticias al rey Hrothgar; Jórmundur se llevaba el
cuerpo de Ajihad a un lugar donde pudiera permanecer hasta el funeral, y Arya
se había quedado sola, contemplando el ajetreo de los demás.
Eragon se levantó, se ató
con correa a Zar'roc y el arco y luego se agachó para levantar la silla de
Nieve de Fuego. Una punzada de dolor le recorrió el torso y lo tumbó al suelo,
donde se retorció, al tiempo que se hurgaba en la espalda. Sentía como si lo
serraran por la mitad. Saphira gruñó al percibir aquella sensación lacerante.
Trató de calmarlo con la fuerza de su mente, pero no conseguía aliviar su
sufrimiento. Alzó la cola instintivamente, como si fuera a pelear.
Hubieron de pasar varios
minutos para que se calmara el ataque; tras la última punzada, Eragon quedó con
la respiración entrecortada. El sudor le empapaba la cara, le apelmazaba el
pelo y le picaba en los ojos. Llevó una mano a la espalda y se tocó la cicatriz
con cautela. Estaba caliente, inflamada y sensible al tacto. Saphira agachó el
morro y le tocó un brazo.
Ay, pequeñajo...
Esta vez ha sido peor-dijo
él, tambaleándose para ponerse en pie.
Aprovechó el apoyo que
Saphira le brindaba mientras se secaba el sudor de la frente con un trapo y
luego dio un paso vacilante hacia la puerta.
¿ Te sientes con fuerzas
para salir?
Tenemos que hacerlo. Como
dragón y Jinete, estamos obligados a elegir en público al nuevo líder de los
vardenos, tal vez incluso a influir en la selección. No voy a despreciar la
fuerza de nuestra posición; sabemos que contamos con gran autoridad entre los
vardenos. Al menos, no están los gemelos para quedarse con el cargo. Es lo
único bueno de la situación.
Muy bien, pero Durza debería
sufrir mil años de tortura por lo que te hizo.
Tú quédate a mi lado -gruñó
Eragon.
Se abrieron paso por
Tronjheim hacia la cocina más cercana. En los pasillos y vestíbulos, la gente
se detenía, hacía reverencias y murmuraba: «Argetlam», o «Asesino de Sombras».
Hasta los enanos repetían ese gesto, aunque no con la misma frecuencia. A Eragon
le llamó la atención la expresión sombría y torturada de los humanos, así como
la ropa oscura que llevaban para demostrar su tristeza. Muchas mujeres vestían
completamente de blanco, e incluso se cubrían los rostros con velos de encaje.
En la cocina, Eragon llevó
una bandeja de piedra llena de comida hasta una mesa baja. Saphira lo vigilaba
con atención por si le daba otro ataque. Algunas personas trataron de acercarse
a él, pero ella estiró un labio y gruñó, y todos se alejaron corriendo. Eragon
picoteó la comida y trató de ignorar a quienes lo molestaban. Al fin, en un
intento por dejar de pensar en Murtagh, preguntó:
¿Quién crees que dispone de
los medios suficientes para hacerse con el control de los vardenos ahora que
Ajihad y los gemelos han desaparecido ?
Ella dudó.
Tal vez tú podrías hacerlo,
si interpretamos las últimas palabras de Ajihad como una bendición para que te
asegurases el liderazgo. Casi nadie se opondría a ti. En cualquier caso, no
parece que ésa sea la opción más sabia. Por ese lado, no veo más que problemas.
Estoy de acuerdo. Además,
Arya no lo aprobaría, y podría ser una enemiga peligrosa. Los elfos no pueden
mentir en su lenguaje antiguo, pero en el nuestro no tienen esa inhibición; si
le conviniera, ella podría negar que Ajihad pronunciara esas últimas palabras.
No, yo no quiero ese cargo... ¿Y Jórmundur?
Ajihad lo consideraba su
mano derecha. Por desgracia, sabemos poco de él y de los otros líderes de los
vardenos. Ha pasado muy poco tiempo desde que llegamos aquí. Tendremos que
decidir a partir de nuestras sensaciones e impresiones, sin poder analizar la
historia.
Eragon empujó el pescado en
torno a un montón de tubérculos machacados.
No te olvides de Hrothgar y
los clanes de enanos; no se van a callar. Aparte de Arya, los elfos no tienen
nada que decir sobre la sucesión: para cuando se decida, ni siquiera se habrán
enterado. En cambio, nadie puede ignorar a los enanos. Hrothgar está a favor de
los vardenos; pero si se le oponen muchos clanes, podrían forzarlo a dar su
apoyo a alguien que no esté preparado para mandar.
¿ Y quién podría ser?
Alguien fácil de manipular.
-Eragon cerró los ojos y se recostó en el asiento-. Podría ser cualquiera de
Farthen Dür, absolutamente cualquiera.
Durante un largo rato, los
dos reflexionaron sobre los asuntos que tenían por delante. Luego Saphira dijo:
Eragon, hay alguien que ha
venido a verte. No consigo asustarlo para que se vaya.
¿Eh?
Eragon abrió los ojos de
golpe y los achinó para acostumbrarse a la luz. Había un joven de aspecto
pálido junto a la mesa. El muchacho miraba a Saphira como si temiera que se lo
fuese a comer.
-¿Qué pasa? -preguntó
Eragon, no sin cierta brusquedad.
El chico empezó a hablar, se
aturulló y finalmente hizo una reverencia:
-Argetlam, te han convocado
para hablar ante el Consejo de Ancianos.
-¿Quiénes son?
La pregunta confundió aún
más al muchacho.
-El... El consejo es...
Son... gente que nosotros, o sea, los vardenos, escogemos para que hablen con
Ajihad en representación nuestra. Eran sus consejeros de confianza y ahora
quieren verte. ¡Es un gran honor! -terminó con una rápida sonrisa.
-¿Me vas a llevar ante
ellos?
-Sí.
Saphira lanzó una mirada
interrogativa a Eragon. El se encogió de hombros, dejó la comida intacta e hizo
señas al muchacho para que le indicara el camino. Mientras caminaban, el
muchacho admiraba a Zar'roe con los ojos bien abiertos, y luego desvió tímidamente
la vista.
-¿Cómo te llamas? -le
preguntó Eragon.
-Jarsha, señor.
-Es un buen nombre. Has
entregado tu mensaje correctamente; deberías estar orgulloso.
Jarsha se iluminó y echó a
andar a saltos.
Llegaron a una puerta
convexa de piedra, y Jarsha la abrió de un empujón. Dentro había una sala
circular, con una bóveda azul celeste decorada con constelaciones. En el centro
había una mesa redonda de mármol con la cresta del Dürgrimst Ingeitum incrustada:
un martillo en pie, rodeado por doce estrellas. Sentados en torno a ella,
estaban Jórmundur y otros dos hombres, uno alto y uno muy grueso; una mujer con
los labios prietos, los ojos muy juntos y las mejillas laboriosamente
maquilladas; y otra mujer con un inmenso montón de cabello gris que le caía
sobre un rostro de expresión maternal que se contradecía con la empuñadura de
la daga asomada entre las vastas colinas de su corpino.
-Puedes retirarte -dijo
Jórmundur a Jarsha, quien de inmediato hizo una reverencia y se fue.
Consciente de que lo
miraban, Eragon repasó la sala y luego se sentó en medio de una zona de sillas
vacías, de tal modo que los miembros del consejo se vieron obligados a volver
sus sillas para poderlo mirar. Saphira se agachó tras él; Eragon notaba su cálido
aliento en la coronilla.
Jórmundur se levantó a
medias para hacer una leve reverencia y volvió a sentarse.
-Gracias porvenir, Eragon, a
pesar de la pérdida que has sufrido. Éste es Umérth -el hombre alto-; Falberd
-el grueso- y Sabrae y Elessari -las dos mujeres.
Eragon agachó la cabeza y
preguntó:
-¿Y los gemelos? ¿Formaban
parte de este consejo?
Sabrae negó con la cabeza
bruscamente y tamborileó con sus largas uñas sobre la mesa.
-No tenían nada que ver con
nosotros. Eran bazofia. Peor que bazofia, sanguijuelas que sólo buscaban su
propio beneficio. No tenían ninguna intención de servir a los vardenos. O sea,
que no había lugar para ellos en este consejo.
A Eragon le llegaba su
perfume desde el otro lado de la mesa. Era espeso y grasiento, como el de una
flor podrida. Disimuló una sonrisa.
-Basta. No estamos aquí para
hablar de los gemelos -dijo Jórmundur-. Nos enfrentamos a una crisis y debemos
resolverla rápida y eficazmente. Si no escogemos al sucesor de Ajihad, alguien
lo hará. Hrothgar ya se ha puesto en contacto con nosotros para hacernos llegar
sus condolencias. Aunque estuvo más que cortés, seguro que mientras hablamos,
él ya está preparando sus planes. También hay que tener en cuenta a Du Vrangr
Gata, los que dominan la magia. La mayoría son leales a los vardenos, pero es
difícil predecir sus acciones, incluso en las mejores circunstancias. Podrían
decidir oponerse a nuestra autoridad en busca de algún beneficio propio. Por
eso necesitamos tu ayuda, Eragon, para que quienquiera que obtenga el lugar de
Ajihad lo haga con la mayor legitimidad.
Falberd se levantó, apoyando
sus carnosas manos encima de la mesa.
-Nosotros cinco ya hemos
decidido a quién apoyar. Entre nosotros no hay la menor duda de que se trata de
la persona adecuada. Sin embargo -alzó un dedo muy grueso-, antes de que
revelemos quién es, nos tienes que dar tu pala-lira de que, tanto si estás de
acuerdo como si no, nada de lo que aquí hablemos saldrá de esta sala.
¿ Y por qué quieren eso ?
-preguntó Eragon a Saphira.
No lo sé -contestó ella con
un resoplido—. Tal vez sea una trampa. A mí no me han pedido que jure nada.
Siempre puedo contarle a Arya lo que hayan dicho, si es que hace falta. Qué
tontos, se han olvidado de que soy tan inteligente como cualquier humano.
Satisfecho con esa idea,
Eragon dijo:
-Muy bien, tenéis mi
palabra. Bueno, ¿quién queréis que lidere a los vardenos?
-Nasuada.
Sorprendido, Eragon bajó la
mirada y pensó a toda prisa. No había pensado en Nasuada para la sucesión, por
su juventud: apenas era unos pocos años mayor que él. Por supuesto, no había
ninguna otra razón que le impidiera tomar el mando; pero ¿por qué el Consejo de
Ancianos quería que fuese ella? ¿Qué beneficio obtendrían? Recordó las palabras
de Brom y trató de examinar el asunto desde todos los ángulos posibles, sabedor
de que tenía que decidir deprisa.
Nasuada está hecha de hierro
-observó Saphira-. Sería como su padre.
Tal vez, pero ¿por qué razón
la eligen a ella ?
Con la intención de ganar
tiempo, Eragon preguntó:
-¿Por qué no tú, Jórmundur?
Ajihad te consideraba su mano derecha. ¿No significa eso que deberías ocupar su
lugar ahora que él ya no está?
Una corriente de incomodidad
recorrió al consejo: Sabrae se puso todavía más tiesa, con las manos
entrelazadas por delante; Umérth y Falberd intercambiaron miradas oscuras,
mientras que Elessari se limitó a sonreír, y la empuñadura de la daga se
sacudió en su pecho.
-Es que -respondió
Jórmundur, escogiendo con cuidado las palabras- Ajihad lo decía única y
exclusivamente en un sentido militar. Además, soy miembro de este Consejo, que
sólo tiene poder porque nos apoyamos entre nosotros. Sería temerario y
peligroso que uno de nosotros se alzara sobre los demás.
Cuando terminó de hablar, el
Consejo entero se relajó, y Elessari dio una palmada a Jórmundur en el
antebrazo.
Ja! -exclamó Saphira-.
Probablemente, habría tomado el poder si hubiera sido capaz de forzar el apoyo
de los demás. Fíjate en cómo lo miran. En medio de ellos, parece un lobo.
En todo caso, un lobo en una
manada de chacales.
-¿Y Nasuada tiene suficiente
experiencia? -inquirió Eragon.
Elessari se apretó contra el
borde de la mesa al inclinarse hacia delante.
-Cuando Ajinad se unió a los
vardenos, yo ya llevaba aquí siete años. He visto el cambio de Nasuada, de la
niña mona que era a la mujer que es ahora. A veces actúa un poco a la ligera,
pero es una buena figura para liderar a los vardenos. La gente la adorará. Y
tanto yo -aquí se dio un sentido golpe en el pecho- como mis amigos estaremos
aquí para guiarla a través de estos tiempos tan complicados. Nunca le faltará
alguien que le muestre el camino. La falta de experiencia no debe ser un
obstáculo para que ocupe la posición que merece.
Eragon lo entendió de golpe.
«¡Quieren un títere!»
-Dentro de dos días se
celebrará el funeral de Ajihad -intervino Umérth-. Justo después, planeamos
designar a Nasuada como nuestra nueva líder. Aún se lo tenemos que proponer,
pero seguro que lo acepta. Queremos que estés presente en el nombramiento y que
jures lealtad a los vardenos; así nadie, ni siquiera Hrothgar, podrá quejarse.
Eso devolverá a la gente la confianza que perdió por la muerte de Ajihad y
evitará que nadie intente dividir esta organización.
¡Lealtad!
Saphira se puso de inmediato
en contacto con la mente de Eragon.
Fíjate en que no te piden
que jures lealtad a Nasuada, sino sólo a los vardenos.
Sí, y quieren ser ellos
quienes propongan a Nasuada, lo cual implicaría que el Consejo es más poderoso
que ella. Podían haberle pedido a Arya que la propusiera ella, o nosotros, pero
eso significaría reconocer a quien lo hiciera como superior entre los vardenos.
De esa manera, reafirman su superioridad sobre Nasuada, obtienen control sobre
nosotros por medio del juramento de lealtad y además logran el beneficio de
conseguir que un Jinete apoye a Nasuada en público.
-¿Qué ocurre -preguntó- si
decido no aceptar vuestra propuesta?
-¿Propuesta? -respondió
Falberd, aparentemente sorprendido-. Bueno, nada, claro. Aunque supondría un
terrible desaire que no estuvieras presente cuando se elija a Nasuada. Si el
héroe de la batalla de Farthen Dür la ignora, qué va a pensar, sino que un Jinete
la ha despreciado y no ha considerado que los vardenos merezcan su servicio.
¿Quién podría soportar tal vergüenza?
El mensaje no podía ser más
claro. Eragon apretó la empuñadura de Zar'roe por debajo de la mesa, deseoso de
gritar que no hacía ninguna falta forzarle para que diera su apoyo a los
vardenos, que lo pensaba hacer de todos modos. Ahora, sin embargo, deseaba
instintivamente rebelarse, eludir los grilletes que le intentaban colocar.
-Como los Jinetes son tan
respetados, podría decidir que sería mejor dedicar mis esfuerzos a liderar yo
mismo a los vardenos.
El ambiente de la sala se
tensó.
-Eso no sería muy
inteligente -afirmó Sabrae.
Eragon forzó la mente en
busca de una salida de la situación.
En ausencia de Ajihad -dijo
Saphira-, tal vez no sea posible mantener la independencia con respecto a todos
los grupos, tal como él deseaba. No podemos molestar a los vardenos y, si este
consejo va a controlarlos cuando Nasuada ocupe el cargo, tenemos que
complacerlos. Recuerda que actúan en defensa propia, igual que nosotros.
Pero ¿ qué nos pedirán que
hagamos cuando ya estemos en su poder? ¿Respetarán el pacto de los vardenos con
los elfos y nos enviarán a Ellesméra para la formación, u ordenarán lo
contrario? Jór-mundur me parece un hombre honrado, pero ¿ qué pasa con el resto
del Consejo? No lo sé.
Saphira le rozó la coronilla
con el mentón.
Acepta estar presente en la
ceremonia con Nasuada; creo que eso sí debemos hacerlo. En cuanto al juramento
de lealtad, trata de evitar un compromiso. Tal vez antes de que llegue el
momento ocurra algo que nos haga cambiar de postura... Acaso Arya tenga la
solución.
Sin previo aviso, Eragon
asintió y dijo:
-Como queráis; estaré
presente en el nombramiento de Nasuada.
Jórmundur parecía aliviado.
-Bien, bien. Entonces sólo
nos queda un asunto que debatir antes de que te vayas: la aceptación de
Nasuada. No hay razón para retrasarla, ya que estamos todos aquí. La mandaré
llamar de inmediato. Ya Arya también: antes de hacer pública esta decisión, necesitamos
la aprobación de los elfos. No tendría que ser difícil conseguirla: Arya no
puede oponerse a todo el Consejo y a ti, Eragon. Tendrá que estar de acuerdo
con nuestra opinión.
-Espera -ordenó Elessari,
con una mirada de hierro—. ¿Qué pasa con tu palabra, Jinete? ¿Le jurarás
lealtad durante la ceremonia?
-Sí, eso hay que hacerlo
-insistió Falberd-. Los vardenos caerían en desgracia si no pudieran brindarte
toda su protección.
¡Vaya manera de decirlo!
Valdría la pena intentarlo
-afirmó Saphira-. Me temo que ahora ya no tienes elección.
Si me negara, no se
atreverían a perjudicarnos.
No, pero podrían causarnos
males sin fin. No te digo que lo aceptes por mi bien, sino por el tuyo. Hay
muchos males de los que no puedo protegerte, Eragon. Con Galbatorix en contra
de nosotros, necesitas rodearte de aliados, no de enemigos. No podemos permitirnos
pelear al mismo tiempo contra el Imperio y contra los vardenos.
-Daré mi palabra -concedió
al fin.
En torno a la mesa abundaron
las muestras de relajación; incluso Umérth dejó escapar un mal disimulado
suspiro.
¡Nos temen!
Y bien que hacen -apostilló
Saphira.
Jórmundur llamó a Jarsha y,
tras unas pocas palabras, lo envió a la carrera en busca de Nasuada y Arya. En
su ausen-c ia, la conversación decayó en un incómodo silencio. Eragon ignoró al
Consejo y prefirió concentrarse en buscar una salida a su dilema. No se le
ocurrió ninguna.
Cuando se abrió de nuevo la
puerta, todos se volvieron con expectación. Entró primero Nasuada, con el
mentón bien alto y la mirada firme. Llevaba un vestido bordado del más oscuro
negro, más oscuro incluso que su piel, apenas partido por un brochazo de púrpura
real que iba del hombro a la cadera. Tras ella iba Arya, con pasos ágiles y
ligeros como una gata, y un Jarsha claramente abrumado.
Despidieron al muchacho, y
luego Jórmundur invitó a Nasuada a tomar asiento. Eragon se apresuró a hacer lo
mismo con Arya, pero ella ignoró la silla que se le ofrecía y se mantuvo a
distancia de la mesa.
Saphira -dijo Eragon-,
cuéntale todo lo que ha pasado. Tengo la sensación de que el Consejo no le va a
informar de que me han obligado a jurar lealtad a los vardenos.
-Arya -saludó Jórmundur con
una inclinación de cabeza. Luego se concentró en Nasuada-. Nasuada, hija de
Ajihad, el Consejo de Ancianos desea transmitirte su más sentido pésame por
esta pérdida que tú has sufrido más que nadie... -En voz más baja, añadió-:
Cuenta también con nuestra comprensión. Todos sabemos lo que representa que el
Imperio te mate un familiar.
-Gracias -murmuró Nasuada,
al tiempo que apartaba sus ojos almendrados.
Permaneció sentada, tímida y
recatada, y con un aire de vulnerabilidad que provocaba a Eragon deseos de
reconfortarla. Su comportamiento era trágicamente distinto del de la joven
enérgica que los había visitado, a él y a Saphira, en la dragonera antes de la
batalla.
-Aunque estás en momentos de
duelo, hay un dilema que debes resolver. Este Consejo no puede liderar a los
var-denos. Y alguien debe reemplazar a tu padre a partir del funeral. Te
pedimos que ocupes esa posición. Como heredera suya, te corresponde ese derecho;
los vardenos esperan que lo aceptes.
Nasuada inclinó la cabeza
con los ojos brillantes. Cuando habló, el dolor era evidente en su voz:
-Nunca pensé que, siendo tan
joven, me vería llamada a ocupar el lugar de mi padre. Sin embargo..., si
insistís en que es mi deber... Aceptaré el cargo.
La
verdad entre amigos
Los miembros del Consejo de
Ancianos estaban exultantes por su triunfo, complacidos por haber conseguido
que Nasuada hiciera lo que ellos querían.
-Insistimos -dijo Jórmundur-
por tu propio bien y por el de los vardenos.
Los demás miembros del
Consejo reiteraron su aprobación, que Nasuada acogió con tristes sonrisas.
Sabrae lanzó una mirada iracunda a Eragon al ver que éste no se sumaba.
Mientras duraba la
conversación, Eragon miró a Arya en busca de alguna reacción con respecto a las
novedades o al anuncio del Consejo. Ninguna de aquellas revelaciones provocó
cambio alguno en su expresión inescrutable. Sin embargo, Saphira le dijo:
Quiere hablar con nosotros
luego.
Antes de que Eragon pudiera
responder, Falberd se volvió hacia Arya:
-¿Los elfos lo encontrarán
aceptable?
Ella se quedó mirando
fijamente a Falberd hasta que éste cedió ante su mirada desgarradora y enarcó
una ceja:
-No puedo hablar en nombre
de mi reina, pero no veo nada que objetar. Nasuada cuenta con mi bendición.
«¿Cómo iba a ser de otra
maneja, teniendo en cuenta lo que le hemos contado? -pensó Eragon con
amargura-. Estamos todos entre la espada y la pared.»
Obviamente, el comentario de
Arya gustó al Consejo. Nasuada le dio las gracias y preguntó a Jórmundur:
-¿Hay algo más de lo que
debamos hablar? Es que me siento débil.
Jórmundur negó con la
cabeza.
-Nos encargaremos de los
preparativos. Te prometo que no se te molestará antes del funeral.
-Gracias de nuevo. ¿Podéis
dejarme sola? Necesito tiempo para pensar en la mejor manera de honrar a mi
padre y servir a los vardenos. Me habéis dado mucho que pensar.
Nasuada abrió sus delicados
dedos encima del regazo, sobre la tela negra.
Umérth parecía a punto de
protestar porque se despidiera de aquel modo al Consejo, pero Falberd alzó una
mano y lo hizo callar.
-Por supuesto, haremos lo
que haga falta si eso te da la paz. Si necesitas ayuda, estamos listos y
dispuestos a servirte.
Indicó a los demás por
gestos que lo siguieran y pasó junto a Arya en dirección a la puerta.
-Eragon, ¿puedes quedarte,
por favor?
Sorprendido, Eragon se dejó
caer de nuevo en la silla e ignoró las miradas atentas de los miembros del
Consejo. Falberd se quedó junto a la puerta, reacio de pronto a marcharse, y al
fin salió despacio. Arya fue la última en salir. Antes de cerrar la puerta,
miró a Eragon, y sus ojos mostraron una alarma y una aprensión que antes habían
permanecido escondidas.
Nasuada se sentó medio de
espaldas a Eragon y Saphira.
-Así que volvemos a
encontrarnos, Jinete. No me has saludado. ¿Acaso te he ofendido?
-No, Nasuada; no me decidía
a hablar por miedo a parecer rudo, o estúpido. Las circunstancias actuales no
se prestan a afirmaciones precipitadas. -La paranoia de que los demás pudieran
estar escuchando a hurtadillas se apoderó de él. Atravesó la barrera de su
mente, se hundió en la magia y entonó-: Atra nosu waíse vardo fra eld hórnya...
Bueno, ya podemos hablar sin que nos oiga ningún hombre, enano o elfo.
Nasuada dulcificó su
posición.
-Gracias, Eragon, no sabes
lo bueno que es ese don.
Sus palabras sonaban más
fuertes y seguras que antes.
Detrás de la silla de
Eragon, Saphira se agitó y luego rodeó con cuidado la mesa para plantarse
delante de Nasuada. Bajó la cabeza hasta que uno de sus ojos de zafiro se clavó
en los ojos negros de Nasuada. La dragona la miró fijamente durante un minuto entero
antes de resoplar suavemente y volverse a levantar.
Dile -pidió Saphira a
Eragon- que siento dolor por ella y por su pérdida. Dile también que cuando
vista la túnica de Ajihad, su fuerza ha de ser la de los vardenos. Necesitarán
una guía firme.
Eragon repitió sus palabras
y añadió:
-Ajihad era un gran hombre.
Siempre se recordará su nombre... Hay algo que debo decirte. Antes de morir,
Ajihad me encargó, me ordenó, que impidiera que los vardenos se sumieran en el
caos. Esas fueron sus últimas palabras. Arya también las oyó. Pensaba mantener
en secreto lo que me dijo porque tiene ciertas implicaciones, pero tienes
derecho a saberlo. No estoy seguro de lo que Ajihad quería decir, ni de qué
deseaba exactamente, pero de esto sí estoy seguro: siempre defenderé a los
vardenos hasta donde alcancen mis fuerzas. Quería que lo entendieras, así como
que no tengo ningún deseo de usurpar el liderazgo de los vardenos.
Nasuada rió con amargura.
-Pero ese liderazgo no será
mío, ¿verdad? -Abandonada toda reserva, sólo le quedaban la compostura y la
determinación-. Sé por qué estabas aquí antes que yo y sé lo que pretende el
Consejo. ¿Acaso crees que, durante los años en que serví a mi padre, nunca
previmos esta eventualidad? Esperaba que el Consejo hiciera exactamente lo que
ha hecho. Y ahora todo está a punto para que yo tome el mando de los vardenos.
-No tienes ninguna intención
de permitir que te usen -dijo Eragon, admirado.
-No. Sigue conservando las
instrucciones de Ajihad en secreto. Sería poco inteligente correr la voz, pues
la gente podría interpretar que él quería que fueras tú su sucesor, y eso
minaría mi autoridad y desestabilizaría a los vardenos. Él dijo lo que le pareció
necesario para proteger a los vardenos. Yo hubiera hecho lo mismo. Mi padre...
-Por un momento, titubeó-. La obra de mi padre no quedará sin terminar, aunque
eso me cueste la tumba. Eso es lo que quiero que tú, como Jinete que eres,
entiendas. Todos los planes de Ajihad, todas sus estrategias y sus objetivos,
son ahora míos. No le fallaré con mi debilidad. El Imperio será derrotado,
Galbatorix perderá el trono y se establecerá el gobierno correspondiente.
Cuando terminó, una lágrima
rodaba mejilla abajo. Eragon la miró fijamente, apreció las dificultades de su
situación y descubrió una fortaleza de carácter que no había reconocido antes.
-¿Y qué será de mí, Nasuada?
¿Qué haré yo entre los vardenos?
Ella lo miró directamente a
los ojos.
-Puedes hacer lo que
quieras. Los miembros del Consejo están locos si piensan que te van a
controlar. Eres un héroe entre los vardenos y los enanos, y hasta los elfos
celebrarán tu victoria sobre Durza cuando se enteren. Si te pones en contra del
Consejo o de mí, nos veremos obligados a ceder porque el pueblo te brindará su
apoyo incondicional. Ahora mismo, eres la persona más poderosa entre los
vardenos. Sin embargo, si aceptas mi liderazgo, seguiré el sendero marcado por
Ajihad; tú te irás con Arya en busca de los elfos, te instruirás con ellos y
luego volverás con los vardenos.
¿Por qué es tan sincera con
nosotros?-se preguntó Eragon-. Si está en lo cierto, tal vez podríamos haber
rechazado las exigencias del Consejo.
Saphira se tomó un momento
antes de contestar:
En cualquier caso, ya es
tarde. Ya has aceptado sus condiciones. Creo que Nasuada es sincera porque tu
hechizo se lo permite, y también porque espera que seas leal a ella, y no a los
Ancianos.
A Eragon se le ocurrió de
pronto una idea, pero antes de compartirla, preguntó:
¿Podemos confiar en que no
cuente lo que le digamos? Es muy importante.
Sí -respondió Saphira-. Ha
hablado con el corazón.
Entonces Eragon compartió su
propuesta con Saphira. Como ella dio su consentimiento, Eragon sacó a Zar'roc y
caminó hacia Nasuada. Vio en ella un temblor de miedo al acercarse; lanzó una
rápida mirada a la puerta y llevó la mano hacia un pliegue de la ropa, donde
agarró algo. Eragon se detuvo ante ella y se arrodilló, sosteniendo a Zar'roc
con ambas manos.
-Nasuada, Saphira y yo
llevamos poco tiempo aquí. Sin embargo, en ese tiempo llegamos a respetar a
Ajihad, y ahora a ti. Luchaste bajo el Farthen Dür mientras otros, entre
quienes se contaban las dos mujeres del Consejo, huían. Además, nos has tratado
abiertamente, sin engaños. En consecuencia, te ofrezco mi arma... y mi lealtad
como Jinete.
Eragon verbalizó el
juramento con la sensación de que era irrevocable, sabedor de que antes de la
batalla no lo habría dicho. Ver que tantos hombres caían y morían en torno a él
había cambiado su perspectiva. Ya no ofrecía resistencia al Imperio por sí mismo,
sino por los vardenos y por toda la gente que seguía atrapada bajo el mando de
Galbatorix. Por mucho tiempo que costara, estaba comprometido en esa tarea. De
momento, lo mejor que podía hacer era prestar sus servicios.
Aun así, él y Saphira
corrían terribles riesgos al dar su palabra a Nasuada. El Consejo no podría
objetar, pues Eragon había prometido que juraría lealtad; pero no había dicho a
quién. Pese a todo, él y Saphira no tenían ninguna garantía de que Nasuada resultara
una buena líder. «Es mejor rendir servicio a una tonta sincera que a un sabio
mentiroso», decidió Eragon.
La sorpresa cruzó la cara de
Nasuada. Tomó la empuñadura de Zar'roc, la levantó, miró su filo carmesí y
luego apoyó la punta en la cabeza de Eragon.
-Acepto con honor tu
lealtad, Jinete, así como tú aceptas todas las responsabilidades que conlleva.
Álzate como buen vasallo y toma tu espada.
Eragon hizo lo que se le
ordenaba. Luego habló:
-Ahora que eres mi señora,
puedo decirte abiertamente que el Consejo me obligó a prometer que juraría
lealtad a los vardenos en cuanto te nombrasen. Sólo de este modo podíamos
librarnos de ellos Saphira y yo.
Nasuada se rió con placer
genuino.
-Ah, veo que ya has
aprendido a seguir nuestro juego. Muy bien. Ahora que eres mi más reciente y
único vasallo, ¿aceptarás jurarme lealtad de nuevo en público cuando el Consejo
pida tu voto?
-Por supuesto.
-Bien, con eso nos libramos
del Consejo. Y ahora, hasta que llegue el momento, déjame sola. Tengo mucho que
planificar y debo preparar el funeral. Recuerda, Eragon, que el vínculo que
acabamos de crear nos compromete por igual. Soy responsable de tus acciones en
la misma medida en que tú estás obligado a servirme. No me deshonres.
-Ni tú a mí.
Nasuada se detuvo y luego lo
miró a los ojos y, en un tono más amable, añadió:
-Cuenta con mis
condolencias, Eragon. Me doy cuenta de que no soy la única persona que tiene
razones para sentir dolor; yo he perdido a mi padre, pero tú también has
perdido a un amigo. Murtagh me gustaba mucho, y me entristece que haya
desaparecido... Adiós, Eragon.
Eragon asintió, con un sabor
amargo en la boca, y abandonó la sala con Saphira. En toda la gris amplitud del
vestíbulo no se veía a nadie. El Jinete se llevó una mano a los labios, echó la
cabeza hacia atrás y suspiró. El día no había hecho más que empezar y, sin
embargo, ya estaba exhausto por todas las emociones que había experimentado.
Saphira le dio un empujón
con el morro y dijo:
Por aquí.
Sin más explicación, se
adelantó por el lado derecho del túnel. Sus zarpas bruñidas resonaban sobre el
duro suelo.
Eragon frunció el ceño, pero
la siguió.
¿Adonde vamos? -No obtuvo
respuesta-. Saphira, por favor. -Ella se limitaba a menear la cola. Resignado a
esperar, Eragon siguió hablando-: La verdad es que las cosas han cambiado
mucho. Nunca se sabe qué esperar de un día para otro, aparte de dolor y sangre
derramada.
No todo está tan mal -lo
riñó ella-. Hemos obtenido una gran victoria. Habría que celebrarlo, en vez de
lamentarse.
Tener que enfrentarnos a
estas tonterías tampoco ayuda mucho.
Ella resopló, enfadada. Una
fina línea de fuego salió por sus narices y le chamuscó el hombro a Eragon.
Éste dio un salto hacia atrás y se mordió los labios para no soltar una
re-tahíla de insultos.
¡Uf!-gruñó Saphira, agitando
la cabeza para despejar el humo.
¿Uf? ¡Casi me quemas el
costado!
No me lo esperaba. Siempre
me olvido de que si no voy con cuidado, echo fuego. Imagínate que cada vez que
levantaras un brazo, cayera un rayo. Sería fácil moverlo sin darte cuenta y
destruir algo sin querer.
Tienes razón. Perdona que te
haya reñido.
El huesudo párpado de
Saphira sonó cuando la dragona guiñó un ojo.
No importa. Lo que intentaba
explicarte es que ni siquiera Nasuada puede obligarte a hacer nada.
¡Si acabo de darle mi
palabra de Jinete!
Tal vez, pero si tengo que
romperla yo para mantenerte a salvo, o para que hagas lo que debas hacer, no
dudaré. Es una carga que puedo sobrellevar fácilmente. Como estoy unida a ti,
mi honor es inherente a tu juramento; pero como individuo, no me compromete a
nada. Si me veo obligada, te secuestraré. En ese caso, si tuvieras que
desobedecer, no sería culpa tuya.
No deberíamos llegar a eso.
Si hemos de usar esa clase de trampas para hacer lo debido, será que Nasuada y
los vardenos han perdido toda integridad.
Saphira se detuvo. Estaban
delante del arco grabado de la biblioteca de Tronjheim. La sala vasta y
silenciosa parecía vacía, aunque las filas de estanterías con columnas
interpuestas podían esconder a mucha gente. Las antorchas derramaban una suave
luz por encima de las paredes recubiertas de pergaminos e iluminaban los
espacios de lectura que quedaban a sus pies.
Caminando entre las
estanterías, Saphira lo llevó hasta un espacio en el que estaba sentada Arya.
Eragon se detuvo y la estudió. Parecía más agitada que nunca, aunque sólo se
notaba en la tensión de sus movimientos. Al contrario que antes, llevaba la espada
cruzada al cinto. Una mano descansaba en la empuñadura.
-¿Qué has hecho? -preguntó
Arya con una hostilidad inesperada.
-¿A qué te refieres?
Ella alzó el mentón.
-¿Qué has prometido a los
vardenos? ¿Qué has hecho?
La última frase llegó a
Eragon incluso mentalmente. Se dio cuenta de que la elfa estaba muy cerca de
perder el control. Sintió un poco de miedo.
-No hemos hecho más que lo
que debíamos. Ignoro las costumbres de los elfos, de modo que si nuestros actos
te han molestado, pido perdón. No hay razón para el enfado.
-¡Estúpido! No sabes nada de
mí. Me he pasado siete décadas representando a mi reina aquí. Durante quince de
esos años cargué con el huevo de Saphira entre los vardenos y los elfos. En ese
tiempo, luché por asegurarme de que los vardenos tuvieran líderes sabios y
fuertes, capaces de enfrentarse a Galbatorix y de respetar nuestros deseos.
Brom me ayudó a lograr el acuerdo sobre el nuevo Jinete; o sea, sobre ti.
Ajihad mantuvo el compromiso de que tú fueras independiente para que no se
perdiera el equilibrio de poderes. Y ahora veo que te pones de parte del
Consejo de Ancianos, aunque sea en contra de tu voluntad, para que controlen a
Nasuada. ¡Has echado a perder una vida entera de trabajo! ¡Pero qué has hecho!
Desanimado, Eragon abandonó
toda pretensión. Con palabras breves y claras, explicó por qué había accedido a
las exigencias de los miembros del Consejo y cómo, con Saphira, había intentado
restarles autoridad. Cuando hubo terminado, Arya dijo:
-Vale.
«Vale.»
«Setenta años.» Aunque sabía
que los elfos tenían vidas extraordinariamente largas, nunca había sospechado
que Arya tuviera tantos años, o incluso más, ya que parecía una mujer de poco
más de veinte. El único rasgo de edad en su rostro sin arrugas eran sus ojos de
esmeralda: profundos, sabios y a menudo solemnes.
Arya se echó hacia atrás y
lo escrutó.
-No estás en la posición que
quisiera, pero es mejor de lo que esperaba. He sido maleducada; Saphira... y
tú... entendéis más de lo que creía. Los elfos aceptarán que hayas transigido,
pero no debes olvidar jamás que tienes una deuda con nosotros a causa de
Saphira. Sin nuestros esfuerzos, no habría Jinetes.
-Llevo esa deuda grabada en
la sangre y en la palma de la mano -contestó Eragon. En el silencio siguiente,
buscó un nuevo asunto de que hablar, deseoso de prolongar la conversación y tal
vez descubrir algo más de ella-. Llevas mucho tiempo fuera; ¿añoras Ellesméra?
¿O tal vez vivías en otro sitio?
-Ellesméra era y será
siempre mi casa -contestó ella, con la mirada perdida más allá de Eragon-. No
he vivido en la casa de mi familia desde que salí en busca de los vardenos,
cuando las primeras flores de la primavera envolvían los muros y las ventanas.
Cuando he podido volver, ha sido siempre para estancias breves, fugaces jirones
de la memoria, según nuestro sentido del tiempo.
Eragon notó una vez más que
ella olía a pinaza aplastada. Era un olor leve y especiado que se colaba en sus
sentidos y le refrescaba la mente.
-Debe de ser duro vivir
entre todos estos enanos y humanos, sin nadie de los tuyos.
Ella alzó la cabeza.
-Hablas de los humanos como
si tú no lo fueras.
-Tal vez... -Eragon dudó-.
Tal vez sea otra cosa, una mezcla de dos razas. Saphira vive dentro de mí como
yo dentro de ella. Compartimos sensaciones, sentimientos, ideas, hasta tal
punto que no somos dos mentes, sino una sola.
Saphira inclinó la cabeza
para mostrarse de acuerdo y estuvo a punto de tumbar la mesa con el morro.
-Así es como debe ser -dijo
Arya-. Os une un pacto más antiguo y poderoso de lo que puedes imaginar. No
entenderás de verdad lo que significa ser un Jinete hasta que se haya
completado tu formación. Pero eso debe esperar hasta después del funeral.
Mientras tanto, que las estrellas se cuiden de ti.
Dicho eso, partió y se
perdió en las sombrías profundidades de la biblioteca. Eragon pestañeó.
¿Soy yo, o es que todo el
mundo está muy nervioso hoy? Arya, por ejemplo: primero está indignada y luego
va y me suelta una bendición.
Nadie se sentirá a gusto
hasta que todo vuelva a ser normal.
Define «normal».
Roran
Roran ascendía penosamente
la colina.
Se detuvo y entrecerró los
ojos para mirar hacia el sol entre su cabello enmarañado.
«Cinco horas hasta la puesta
de sol. No me podré quedar mucho.» Con un suspiro siguió caminando junto a la
fila de olmos, cada uno de ellos rodeado por un trozo de hierba sin cortar.
Era su primera visita a la
granja desde que él, Horst y otros seis hombres de Carvahall se habían llevado
todo lo que podía rescatarse de la casa destrozada y del granero quemado.
Durante casi cinco meses, ni siquiera había podido plantearse la posibilidad de
volver.
Al llegar a la cima, paró y
se cruzó de brazos. Tenía por delante los restos de la casa de su infancia. Una
esquina del edificio permanecía en pie -casi desmenuzada y chamuscada-, pero el
resto se había derrumbado y estaba cubierto de maleza y malas hierbas. No se
veía el granero. Las pocas hectáreas que habían conseguido cultivar cada año
estaban ahora llenas de diente de león, mostaza silvestre y hierbajos. Aquí y
allá habían sobrevivido remolachas y nabos sueltos, pero eso era todo. Justo
detrás de la granja, un espeso grupo de árboles oscurecía el río Anora.
Roran apretó el puño y las
mandíbulas con dolor para resistirse a la mezcla de rabia y pena. Se quedó
plantado en el mismo lugar durante largos minutos, echándose a temblar cada vez
que un recuerdo agradable lo invadía. Aquel lugar representaba su vida entera y
mucho más. Era su pasado... y su futuro. Su padre, Garrow, le había dicho en
una ocasión: «La tierra es algo especial. Cuídala y ella te cuidará. No se
puede decir lo mismo de muchas cosas». Roran había intentado hacer exactamente
eso hasta el momento en que su mundo quedó desgarrado por un mensaje silencioso
de Baldor.
Con un gruñido, se dio la
vuelta y echó a andar hacia el camino. La impresión de aquel momento seguía
resonando en su interior. La experiencia de que le arrancaran a todos sus seres
queridos en un instante había cambiado su alma de tal modo que ya nunca podría
recuperarse. Se había colado en todos los rincones de su comportamiento y de su
aspecto físico.
También había obligado a
Roran a pensar mucho más que antes. Era como si hubiera llevado atadas con
fuerza unas cintas en torno a su mente y de pronto esas cintas se hubieran
soltado, permitiéndole plantearse ideas que antes hubieran sido inimaginables. Ideas
como el hecho de que tal vez ya nunca podría ser granjero, o que la justicia
-el mayor recurso de las canciones y las leyendas- apenas se sostenía en la
realidad. A veces, esos pensamientos llenaban su conciencia de tal modo que a
duras penas era capaz de levantarse por la mañana, pues su pesadez lo dejaba
abotargado.
Tomó una curva del camino y
se dirigió al norte, hacia el valle de Palancar, de vuelta a Carvahall. Las
montañas recortadas a ambos lados estaban cargadas de nieve, pese al verde
primaveral que había crecido sobre la tierra del valle durante las semanas anteriores.
En lo alto, una sola nube gris flotaba hacia las cumbres.
Roran se pasó una mano por
el mentón y sintió el rastrojo de barba. «Eragon tuvo la culpa de todo esto (él
y su maldita curiosidad) por traerse aquella piedra de las Vertebradas.» Le
había costado semanas llegar a esa conclusión. Había oído todas las versiones
distintas. Le había pedido a Gertrude, la curandera del pueblo, que le leyera
varias veces la carta que Brom había dejado para él. Y no había otra
explicación posible. «Fuera lo que fuese esa piedra, atrajo a esos extraños.»
Aunque sólo fuera por eso,
culpaba a Eragon de la muerte de Garrow, aunque no lo hacía con rabia. Sabía
que Eragon no había deseado ningún mal a nadie. No, lo que provocaba su furia
era que Eragon hubiera huido del valle del Palancar sin enterrar a Garrow,
abandonando todas sus responsabilidades para largarse al galope con el viejo
cuentista en un viaje descabellado. ¿Cómo podía ser que a Eragon le importaran
tan poco los que quedaban atrás? ¿Corría porque se sentía culpable? ¿Por miedo?
¿Acaso lo engañó Brom con sus locos cuentos de aventuras? ¿Y por qué habría de
escuchar Eragon esas historias en esta época? «Ni siquiera sé si ahora mismo
está vivo o muerto.»
Roran frunció el ceño y
subió y bajó los hombros, mientras trataba de aclararse. «La carta de Brom...
¡Bah!» Nunca había oído una colección tan ridicula de insinuaciones e
indirectas de tan mal agüero. Lo único que dejaba claro era que había que
evitar a los extraños, lo cual, para empezar, era de puro sentido común. «Ese
viejo estaba loco», decidió.
Un rápido movimiento obligó
a Roran a darse la vuelta y vio doce venados, entre los que había un joven
cervatillo con cuernos de terciopelo, que trotaban hacia los árboles. Se
aseguró de recordar su ubicación para poder encontrarlos al día siguiente. Se enorgullecía
de ser tan buen cazador que podía mantenerse a sí mismo en casa de Horst,
aunque nunca había sido tan hábil como Eragon.
Mientras caminaba, siguió
poniendo orden en sus pensamientos. Tras la muerte de Garrow, Roran había
abandonado su trabajo en el molino de Dempton, en Therinsford, para volver a
Carvahall. Horst había aceptado alojarlo y, durante los meses siguientes, le había
dado trabajo en la fragua. El dolor había retrasado las decisiones de Roran
acerca del futuro hasta dos días antes, cuando por fin había establecido un
plan de acción.
Quería casarse con Katrina,
la hija del carnicero. Su primera razón para acudir a Therinsford había sido la
de ganar algo de dinero para asegurar un buen principio a su vida en pareja.
Pero ahora, sin granja, hogar ni medios para mantenerla, la conciencia de Roran
no le permitía pedir la mano de Katrina. Su orgullo no lo permitía. Además,
Roran no creía que Sloan, el padre de Katrina, aceptara a un candidato con tan
pobres perspectivas. Incluso en las mejores circunstancias, Roran había
previsto que le costaría convencer a Sloan de que renunciara a Katrina; ellos
dos nunca se habían llevado demasiado bien. Y Roran no podía casarse con
Katrina sin el consentimiento de su padre, salvo que decidieran dividir la
familia, enfadar al pueblo por enfrentarse a la tradición y, muy probablemente,
dar pie a un duelo sangriento con Sloan.
Al plantearse la situación,
a Roran le parecía que sólo le quedaba la opción de reconstruir su granja,
aunque para ello tuviera que levantar la casa y el granero con sus propias
manos. Sería duro, tendría que partir de cero, pero una vez hubiera reafirmado
su posición, podría acercarse a Sloan con la cabeza alta. «Como muy pronto,
podremos empezar a hablar la próxima primavera», pensó Roran con una mueca de
dolor.
Sabía que Katrina iba a
esperar... Al menos, hasta entonces.
Siguió caminando a buen paso
hasta el anochecer, cuando el pueblo apareció ante su vista. Entre el pequeño
racimo de edificios, se veía la ropa tendida en cuerdas que iban de ventana a
ventana. Los hombres regresaban a las casas desde los campos vecinos, llenos de
trigo invernal. Más allá de Carvahall, las cataratas de Igualda, de setecientos
metros de altura, brillaban en el crepúsculo al derramarse por las Vertebradas
hacia el Anora. Aquella visión animó a Roran por lo que tenía de ordinaria.
Nada lo reconfortaba tanto como ver que todo permanecía en su sitio.
Abandonó el camino y
ascendió hacia la casa de Horst, desde donde se dominaba la vista de las
Vertebradas. La puerta ya estaba abierta. Roran entró a trompicones y siguió el
sonido de una conversación que venía de la cocina.
Ahí estaba Horst, apoyado en
la burda mesa que había en un rincón, arremangado. A su lado estaba su mujer,
Elain, embarazada de cinco meses y con una sonrisa de alegría en la cara. Sus
hijos varones, Albriech y Baldor, los miraban.
Cuando entró Roran, Albriech
estaba diciendo:
-... y yo aún no me había
ido de la forja. Thane jura que me vio, pero yo estaba al otro lado del pueblo.
-¿Qué pasa? -preguntó Roran,
mientras soltaba el fardo.
Elaine y Horst se miraron.
-Espera, que te daré algo de
comer. -Le puso delante un poco de pan y un cuenco de estofado frío. Luego lo
miró a los ojos, como si buscara en él alguna expresión particular-. ¿Qué tal
ha ido?
Roran se encogió de hombros.
-Toda la madera está quemada
o podrida. No queda nada que pueda usarse. El pozo sigue intacto; supongo que
debería estar agradecido por eso. Si quiero tener un techo cuando llegue la
temporada de siembra, tendré que empezar a cortar leños lo antes posible.
Bueno, contadme, ¿qué ha pasado?
-¡Ah! -exclamó Horst-. Ha
habido mucho lío por aquí. A Thane le ha desaparecido una guadaña y cree que se
la ha robado Albriech.
-Probablemente se le habrá
caído entre la hierba y no recuerda dónde la dejó -resopló Albriech.
-Probablemente -concedió
Horst, con una sonrisa.
Roran dio un mordisco al
pan.
-No tiene ningún sentido
acusarte a ti. Si necesitaras una guadaña, te la forjarías tú mismo.
-Ya lo sé -dijo Albriech, al
tiempo que se dejaba caer en una silla-. Pero en vez de buscarla, se ha puesto
a gruñir que vio a alguien salir de sus campos y que ese alguien se parecía un
poco a mí... Y como no hay nadie que se parezca a mí, resulta que le he robado
la guadaña.
Era cierto que nadie se
parecía a él. Albriech había heredado la estatura de su padre y la melena rubia
de Elain, lo cual lo convertía en una rareza en Carvahall, donde predominaba el
cabello moreno. En cambio, Baldor era más delgado y tenía el pelo oscuro.
-Estoy seguro de que
aparecerá -dijo Baldor en voz baja-. Mientras tanto, intenta no enfadarte
demasiado.
-Qué fácil es decirlo.
Mientras Roran terminaba el
pan y empezaba a comerse el estofado, preguntó a Horst:
-¿Me necesitas para algo
mañana?
-No especialmente. Trabajaré
en el carro de Quimby. El maldito marco todavía no encaja.
Roran asintió, complacido.
-Bien. Entonces me tomaré el
día libre y me iré a cazar. En el valle hay unos cuantos venados que no parecen
demasiado escuálidos. Al menos no se les veían las costillas.
Baldor se animó de pronto.
-¿Quieres compañía?
-Claro. Podemos salir al
amanecer.
Cuando terminó de comer,
Roran se lavó la cara y las manos y luego salió a aclararse un poco la mente.
Estiró los músculos ociosamente y paseó hacia el centro del pueblo.
A medio camino, un resonar
de voces animadas fuera del Seven Sheaves le llamó la atención. Se dio la
vuelta, llevado por la curiosidad, y echó a andar hacia la taberna, donde se
enfrentó a una visión extraña. Había un hombre de mediana edad, envuelto en un
abrigo de retales de cuero, sentado en el porche. A su lado había un bulto
adornado con las mandíbulas de plata propias de los cazadores de pieles. Una
docena de aldeanos escuchaba mientras el hombre gesticulaba y decía:
-Entonces, cuando llegué a
Therinsford, fui a ver a ese hombre, Neil. Un hombre bueno y honesto. En
primavera y verano le ayudo con sus campos.
Roran asintió. Los cazadores
se pasaban el invierno escondidos en las montañas y volvían en primavera para
vender sus pieles a los curtidores como Gedric y luego aceptaban trabajos, por
lo general como campesinos. Como Carvahall era el pueblo que quedaba más al
norte de las Vertebradas, muchos cazadores de pieles lo cruzaban; era una de
las razones por las que Carvahall tenía taberna, herrero y curtidor.
-Tras unas pocas jarras de
cerveza... Ya sabéis, para lubricar el habla después de medio año sin
pronunciar palabra, salvo por alguna blasfemia contra el mundo y contra todo
cada vez que pierdo un perro de caza de osos... Me acerqué a Neil, con la
escarcha aún fresca en mi barba, y empezamos a contarnos cotilleos. A medida
que avanzó la conversación, le fui preguntando por las cuestiones sociales, qué
noticias había del Imperio o del rey, que así se pudra con gangrena y llagas en
la boca. ¿Algún nacimiento, muerte o destierro que mereciera la pena conocer? Y
entonces, ¿sabéis lo que pasó? Neil se inclinó hacia delante, se puso todo
serio y dijo que estaba corriendo la voz, que llegaban rumores de Dras-Leona y
de Gil'ead sobre extraños sucesos ocurridos allí y por toda Alagaésia. Los
úrgalos casi han desaparecido de las tierras de la civilización, así se larguen
con viento fresco, pero no hay hombre capaz de explicar por qué, o adonde han
ido. La mitad de los negocios del Imperio ha desaparecido a consecuencia de
incursiones y ataques que, según he oído, no pueden ser obra de meros
malhechores, pues son demasiado abundantes y planificados. Nadie roba nada:
sólo queman y estropean. Pero la cosa no acaba ahí, ah, no, por las barbas de
mi abuela.
El cazador meneó la cabeza y
bebió un trago de la bota de vino antes de continuar:
-Se murmura que una Sombra
acecha los territorios del norte. La han visto en los límites de Du
Weldenvarden y cerca de Gil'ead. Dicen que tiene los dientes afilados como
clavos, los ojos rojos como el vino y el cabello tan encarnado como la sangre
que bebe. Aun peor, parece que algo ha hecho perder los estribos a nuestro fino
y loco monarca. Hace cinco días, un malabarista del sur se detuvo en
Therinsford, en su solitario camino hacia Ceunon, y contó que las tropas se
estaban reuniendo y se desplazaban hacia algún lugar, aunque no se le ocurría
por qué razón. -Se encogió de hombros-. Tal como me enseñó mi padre cuando era
un bebé, por el humo se sabe dónde está el fuego. Tal vez sean los vardenos. Le
han dado muchas patadas en el culo al viejo Huesos de Hierro estos últimos
años. O quizá Galbatorix se ha hartado finalmente de tolerar a los de Surda. Al
menos sabe dónde está, no como los rebeldes. Aplastará Surda como un oso
aplasta a una hormiga, eso seguro.
Roran pestañeó al tiempo que
una maraña de preguntas acosaban al cazador. Más bien se inclinaba por poner en
duda las informaciones sobre una Sombra -se parecía demasiado a las historias
que inventan los leñadores borrachos-, pero el resto sonaba tan mal que podía
ser cierto. Surda... A Carvahall llegaba poca información sobre aquel país
lejano, pero al menos Roran sabía que, aunque Surda y el Imperio mantenían una
paz aparente, los surdanos vivían con un miedo constante a la invasión de su
vecino del norte, más poderoso. Por esa razón se decía que Orin, su rey,
apoyaba a los vardenos.
Si el cazador tenía razón en
lo que decía de Galbatorix, eso podía implicar que en el futuro los acechara
una fea guerra, acompañada de penurias, aumento de impuestos y levas
obligatorias. «Preferiría vivir en una época carente de momentos trascendentales.
La agitación hace que nuestras vidas, ya de por sí difíciles, se vuelvan casi
imposibles.»
-Y aún hay más, corren
cuentos sobre... -Aquí el cazador hizo una pausa y, con expresión de
complicidad, se llevó un índice al costado de la nariz-. Sobre un nuevo Jinete
en Ala-gaésia.
Luego soltó una carcajada
fuerte y profunda y se golpeó el vientre mientras se balanceaba en el porche.
Roran también se rió. Cada
pocos años aparecían nuevas historias de Jinetes. Las primeras dos o tres veces
habían despertado su interés, pero pronto había aprendido a no fiarse de
aquellos cuentos, pues todos terminaban en nada. Los rumores no eran más que la
expresión de las ilusiones de quienes anhelaban un futuro mejor.
Estaba a punto de partir
cuando se fijó en que Katrina estaba en un rincón de la taberna, ataviada con
un largo vestido encarnado, decorado con cintas verdes. Lo estaba mirando con
la misma intensidad con que la miraba él. Se acercó, le puso una mano en el
hombro y salieron juntos.
Caminaron hacia el límite de
Carvahall, donde se quedaron mirando las estrellas. El cielo brillaba y
temblaba con miles de fuegos celestiales. Arqueada sobre sus cabezas, de norte
a sur, se extendía la gloriosa cinta perlada que iba de horizonte a horizonte,
como un polvo de diamantes soltado por un escanciador.
Sin mirarlo, Katrina apoyó
la cabeza en el hombro de Roran y preguntó:
-¿Qué tal te ha ido el día?
-He vuelto a casa.
Notó que ella se ponía
rígida.
-¿Cómo estaba?
-Fatal. -Le falló la voz.
Guardó silencio y la abrazó con fuerza. El aroma de su cabello cobrizo junto a
la mejilla era como un elixir de vino, especias y perfume. Se colaba en lo más
profundo de su interior, cálido y reconfortante-. La casa, el granero, los
campos, todo va quedando cubierto. Si no supiera dónde buscar, no lo habría
encontrado.
Al fin, ella se dio la
vuelta para encararse a él, con el brillo de las estrellas en la mirada y el
dolor en la cara.
-Oh, Roran... -Le dio un
beso, apenas un leve roce de sus labios-. Has aguantado tantas pérdidas y, sin
embargo, nunca te han abandonado las fuerzas. ¿Volverás a tu granja?
-Sí. Sólo sé cultivar
campos.
-¿Y qué será de mí?
Roran dudó. Desde que
empezara a cortejarla, los dos habían supuesto que acabarían casándose. No
había sido necesario hablar de sus intenciones: estaban claras como el agua.
Por eso la pregunta lo inquietó. También le pareció poco oportuno que planteara
la cuestión de una manera tan abierta, cuando él no estaba en condiciones de
hacerle una propuesta concreta. Era a él a quien correspondía plantear las
cosas -primero a Sloan y después a Katrina-, y no a ella. Aun así, como ya
había expresado su preocupación, tenía que darle alguna respuesta.
-Katrina... No puedo hablar
con tu padre tal como había previsto. Se reiría de mí con todo el derecho del
mundo. Tenemos que esperar. Cuando tenga un lugar en el que podamos vivir y ya
haya recogido la primera cosecha, entonces sí me escuchará.
Ella miró al cielo una vez
más y susurró algo tan débilmente que él no llegó a entenderlo.
-¿Qué?
-Digo que si te da miedo.
-¡Claro que no!
-Entonces has de conseguir
su permiso mañana mismo y preparar el compromiso. Hazle entender que, aunque
ahora no tengas nada, me darás un buen hogar y serás un yerno del que pueda
mostrarse orgulloso. Teniendo en cuenta nuestros sentimientos, no hay razón
alguna para que desperdiciemos años viviendo separados.
-No puedo hacerlo -contestó
Roran con un punto de desánimo, ansioso porque ella lo entendiera-. No puedo
mantenerte, no puedo...
-¿No lo entiendes? -Ella se
apartó de él, y su voz se tensó con la urgencia-. Te amo, Roran, y quiero estar
contigo, pero mi padre tiene otros planes para mí. Hay hombres con más
posibilidades que tú de resultar escogidos, y cuanto más te retrasas, más me
presiona él para que acepte la pareja que ha escogido para mí. Teme que me
convierta en una vieja solterona, y yo también lo temo. No me queda tanto
tiempo, ni hay en Carvahall tantos hombres para elegir. Si me veo obligada a
escoger a otro, lo haré.
Las lágrimas brillaban en
sus ojos mientras lo escrutaba con la mirada, esperando su respuesta. Luego
recogió los bajos del vestido y se fue corriendo hacia las casas.
Roran se quedó allí,
paralizado por la impresión. Su ausencia le provocaba un dolor tan agudo como
la pérdida de la granja: el mundo se volvía de pronto frío e inhóspito. Era
como si le hubieran arrancado una parte de sí mismo.
Pasaron horas antes de que
pudiera volver a casa de Horst y meterse en la cama.
Los
cazadores cazados
El polvo crujía bajo las
botas de Roran mientras bajaba hacia el valle, frío y oscuro en las horas
tempranas de la mañana nublada. Baldor lo seguía de cerca, y los dos llevaban
arcos tensados. Ninguno de los dos habló mientras estudiaban el entorno en
busca de huellas de los venados.
-Ahí -dijo Baldor en voz
baja, al tiempo que señalaba una serie de huellas que se encaminaban a un
zarzal a la orilla del Anora.
Roran asintió y echó a andar
siguiendo el rastro. Como parecía del día anterior, se arriesgó a hablar:
-¿Puedo pedirte un consejo,
Baldor? Parece que se te da bien entender a la gente.
-Por supuesto. ¿De qué se
trata?
Durante un largo rato, no
sonó más ruido que el de sus pasos.
-Sloan quiere casar a
Katrina, y no precisamente conmigo. Cada día que pasa, aumenta la posibilidad
de que arregle un matrimonio según sus intereses.
-¿Y qué dice Katrina?
Roran se encogió de hombros.
-Es su padre. No puede
seguir desafiando su voluntad mientras el hombre a quien sí quiere no dé un
paso adelante y la reclame.
-O sea, tú.
-Eso.
-Y por eso te has levantado
tan temprano.
No era una pregunta.
De hecho, Roran estaba tan
preocupado que no había podido dormir. Se había pasado toda la noche pensando
en Katrina, tratando de encontrar una solución a su dilema.
-No soportaría perderla.
Pero no creo que Sloan nos dé su bendición, teniendo en cuenta la situación en
que me encuentro.
-No, creo que no te la dará
-concedió Baldor. Miró a Roran con el rabillo del ojo-. De todos modos, ¿qué
consejo querías pedirme?
A Roran se le escapó un
resoplido de risa.
-¿Cómo puedo convencer a
Sloan de lo contrario? ¿Cómo puedo resolver este dilema sin provocar un duelo
de sangre? -Alzó las manos-. ¿Qué debo hacer?
-¿Tienes alguna idea?
-Sí, pero ninguna me
complace. Se me ocurrió que Katrina y yo podíamos limitarnos a anunciar que
estamos comprometidos, aunque aún no lo estamos, y afrontar las consecuencias.
Eso obligaría a Sloan a aceptar nuestro compromiso.
Baldor frunció la frente.
Luego dijo con cuidado:
-Tal vez, pero eso también
provocaría un montón de sentimientos negativos en todo Carvahall. Pocos
aprobarían vuestra acción. Y tampoco sería muy sabio de tu parte obligar a
Katrina a escoger entre tú y su familia; te lo podría echar en cara con el paso
de los años.
-Ya lo sé, pero ¿qué
alternativa tengo?
-Antes de dar un paso tan
drástico, te recomiendo que intentes ganarte a Sloan como aliado. Al fin y al
cabo, tienes algunas opciones de triunfar si él entiende que nadie más va a
querer casarse con Katrina si ella se enfada. Sobre todo si tú estás disponible
para ponerle los cuernos al marido. -Roran hizo una mueca y mantuvo la mirada
fija en el suelo. Baldor se rió-Si fracasas... Bueno, entonces puedes proceder
con confianza, sabiendo que has hecho todo lo que estaba en tus manos. Y será
menos probable que la gente te escupa por romper la tradición. Al contrario,
considerarán que Sloan se lo habrá ganado por tozudo.
-Ninguno de los dos caminos
es fácil.
-Eso ya lo sabías antes de
empezar. -Baldor volvió a adoptar una expresión sombría-. Sin duda, habrá algo
más que palabras si retas a Sloan, pero al final la cosa se calmará. Tal vez no
llegue a ser grato, pero sí soportable. Aparte de Sloan, sólo ofenderás a
mojigatos como Quimby, aunque para mí es un misterio que Quimby sea capaz de
destilar una bebida tan fuerte y al mismo tiempo ser tan estirado y tan amargo.
Roran asintió, comprensivo.
En Carvahall, las rencillas podían hervir a fuego lento durante muchos años.
-Me alegro de que hayamos
hablado. Ha sido...
Titubeó, pensando en las
conversaciones que solía tener con Eragon. Le había resultado reconfortante
saber que existía alguien dispuesto a escucharlo, en cualquier momento y
circunstancia. Y saber que esa persona lo ayudaría siempre, costara lo que
costase.
La falta de esa clase de
vínculos hacía que se sintiera vacío.
Baldor no lo presionó para
que terminara la frase y se detuvo a beber de la bota de agua. Roran continuó
unos metros más y se paró al notar un aroma que se colaba entre sus
pensamientos.
Era un olor espeso de carne
abrasada y ramas de pino chamuscadas. «¿Quién puede haber aquí, además de
nosotros?» Respiró hondo y se dio la vuelta en redondo para determinar de dónde
venía el fuego. Una leve ráfaga le llegó del otro lado del camino, cargada de
humo caliente. El olor de comida era tan intenso que se le hizo la boca agua.
Llamó con un gesto a Baldor,
que se apresuró a llegar a su lado.
-¿Hueles eso?
Baldor asintió. Regresaron
juntos al camino y lo siguieron hacia el sur. Unas decenas de metros más allá,
el sendero trazaba una curva en torno a un bosquecillo de álamos y desaparecía
de la vista. Al acercarse a la curva, les llegaron unas voces oscilantes,
acalladas por la espesa capa de bruma matinal que cubría el valle.
Al llegar al borde del
bosquecillo, Roran se detuvo. Sorprender a un grupo que también podía haber
salido de caza era una estupidez. Aun así, algo le preocupaba. Tal vez fuera el
número de voces; el grupo parecía más numeroso que cualquier familia del valle.
Sin pensar, se salió del camino y se metió entre la maleza que bordeaba el
bosquecillo.
-¿Qué haces? -preguntó
Baldor.
Roran se llevó un dedo a los
labios y luego avanzó a rastras, en paralelo al camino, procurando que sus pies
hicieran el menor ruido posible. Al doblar la curva, se quedó paralizado.
En la hierba, junto al
camino, había un campamento de soldados. Treinta yelmos brillaban bajo un rayo
de luz matinal mientras sus dueños devoraban alguna ave y un guiso que se
cocinaba en más de un fuego. Aunque los hombres iban salpicados de barro y manchados
por el viaje, el signo de Galbatorix permanecía visible en sus túnicas rojas.
Llevaban bandoleras de piel -cargadas de pedazos de hierro ribeteados-, mallas
y armillas. Casi todos los soldados llevaban sable, aunque había media docena
de arqueros y otros tantos acarreaban alabardas de aspecto siniestro.
Acuclillados entre ellos se
encontraban dos cuerpos negros retorcidos que Roran reconoció por las numerosas
descripciones que le habían dado los aldeanos al volver de The-tinsford: los
extraños que habían destruido su granja. Se le heló la sangre. «¡Son siervos
del Imperio!» Empezó a caminar, y ya sus dedos alcanzaban el arco cuando Baldor
le agarró el jubón y lo tiró al suelo.
-No lo hagas. Harás que nos
maten a los dos.
Roran lo fulminó con la
mirada y luego soltó un gruñido:
-Son... Son esos cabrones.
-Se calló al darse cuenta de que le temblaban las manos-. ¡Han vuelto!
-Roran -murmuró Baldor
atentamente-, no puedes hacer nada. Mira, trabajan para el rey. Incluso si
consiguieras escapar, te convertirías en un fugitivo dondequiera que fueras, y
provocarías un desastre en Carvahall.
-¿Qué quieren? ¿Qué pueden
querer?
«El rey. ¿Por qué permitió
Galbatorix que torturasen a mi padre?»
-Si no obtuvieron lo que
querían de Garrow y Eragon se escapó con Brom, entonces puede que te busquen a
ti. -Baldor guardó silencio para permitir que sus palabras surtieran efecto-.
Tenemos que volver y avisar a todo el mundo. Y luego te has de esconder. Sólo
esos seres extraños tienen caballos. Si echamos a correr, podemos llegar antes
que ellos.
Roran miró a través de la
maleza, en dirección a los soldados, ajenos a su presencia. El corazón le latía
con una fuerza salvaje en busca de venganza, le urgía a atacar y luchar, quería
ver a aquellos dos causantes de su desgracia atravesados por las flechas y
sometidos a sus propias leyes. No importaba que él muriese, a cambio de lavar
su dolor y su pena en un momento. Sólo tenía que abandonar su guarida. Lo demás
caería por su propio peso.
Sólo un pequeño paso.
Contuvo un sollozo, apretó
el puño y bajó la mirada. «No puedo abandonar a Katrina.» Permaneció rígido,
apretó los párpados con fuerza y luego, con una lentitud agónica, empezó a
arrastrarse hacia atrás.
-Entonces, vayámonos a casa.
Sin esperar a que Baldor
reaccionara, tras salir al camino abierto, Roran aminoró el paso y mantuvo un
cómodo trote hasta que su amigo estuvo a su lado. Luego dijo:
-No corras la voz. Hablaré
con Horst.
Baldor asintió, y echaron a
correr.
Al cabo de tres kilómetros,
se detuvieron a beber y descansar un poco. Tras recobrar el aliento, siguieron
por las colinas bajas que llevaban a Carvahall. Pese a que la tierra arada
frenaba considerablemente su avance, pronto tuvieron el pueblo a la vista.
Roran se dirigió de
inmediato a la fragua y dejó que Baldor fuera al centro del pueblo. Mientras
corría entre las casas, Roran pensaba alocados planes para huir de los extraños
o para matarlos sin provocar la ira del Imperio.
Entró de golpe en la fragua
y sorprendió a Horst clavando una puntilla en el lateral del carro de Quimby y
cantando:
¡... Oh, oh!
Con un tin y con un tan,
cómo resuena el viejo metal.
Con un golpe y un latido en
los huesos de la tierra,
¡he doblegado al viejo
metal!
Horst detuvo el martillo a
medio recorrido al ver a Roran.
-¿Qué pasa, muchacho? ¿Está
herido Baldor?
Roran negó con la cabeza y
se inclinó hacia delante, boqueando para recuperar el aliento. Casi a golpes,
logró explicar lo que había visto y sus posibles implicaciones, sobre todo que
ahora quedaba claro que los extraños eran agentes del Imperio.
Horst se manoseó la barba.
-Tienes que irte de
Carvahall. Coge algo de comida en casa y luego te llevas mi yegua. La ha cogido
Ivor para arrancar tocones. Vete a las estribaciones. Cuando sepamos qué
quieren los soldados, te enviaré a Albriech o Baldor de mensajero.
-¿Qué dirás si te preguntan
por mí?
-Que has salido a cazar y no
sabemos cuándo volverás. No deja de ser cierto, y dudo que se arriesguen a
meterse en el bosque por miedo a perderte. Eso, suponiendo que te busquen a ti.
Roran asintió, se dio la
vuelta y fue corriendo a casa de Horst. Una vez dentro, cogió los aperos y las
alforjas de la yegua, hizo a toda prisa un hato con nabos, remolachas, un poco
de cecina y una barra de pan que anudó en una manta, cogió un pote de hojalata
y salió volando. Apenas se detuvo más que para contarle la situación a Elain.
Mientras corría hacia el
este, desde Carvahall hacia la granja de Ivor, sentía los víveres como un
extraño bulto entre sus brazos. Ivor estaba detrás de la granja y atizaba a la
yegua con una vara de sauce mientras el animal se esforzaba por arrancar las
peludas raíces de un olmo.
-¡Venga! -gritaba el
granjero-. ¡Empuja con el lomo!
La yegua temblaba por el
esfuerzo y echaba espuma por la boca. Al fin, con un último tirón tumbó de lado
el tocón y las raíces quedaron boca arriba, como dedos de una mano retorcida.
Ivor dio un tirón a las riendas para que parase y le palmeó el lomo con buen
humor.
-Muy bien... Ya está.
Roran lo saludó desde lejos
y, cuando llegó a su lado, señaló a la yegua.
-Me la tengo que llevar.
Explicó sus razones. Ivor
maldijo y se puso a soltar a la yegua, entre gruñidos.
-Siempre llegan las
interrupciones cuando empiezo a trabajar. Nunca antes.
Se cruzó de brazos y frunció
el ceño mientras Roran, concentrado en su trabajo, ceñía la silla. Cuando
estuvo listo, montó de un salto, con el arco en la mano.
-Lamento las molestias, pero
no se puede evitar.
-Bueno, no te preocupes.
Asegúrate de que no te pillen.
-Eso haré.
Mientras clavaba los talones
en los costados de la yegua, Roran oyó que Ivor gritaba:
-¡Y no te escondas en mi
arroyo!
Sonrió, meneó la cabeza y se
inclinó hacia el cuello de la montura. Pronto alcanzó las estribaciones de las
Vertebradas y se abrió paso hacia las montañas que formaban el límite norte del
valle de Palancar. Una vez allí, escaló hasta un punto de la ladera desde donde
podía observar Carvahall sin ser visto. Luego ató el corcel y se acomodó para
esperar.
Roran se estremecía mientras
miraba hacia los oscuros pinares. No le gustaba estar tan cerca de las
Vertebradas. Casi nadie de Carvahall se atrevía a pisar la cadena montañosa, y
era común que quienes sí lo hacían no lograran regresar.
No pasó mucho tiempo antes
de que Roran viera a los soldados marchar por el camino en fila doble, con las
dos figuras de mal augurio a la cabeza. Al llegar al límite de Carvahall, los
detuvo un andrajoso grupo de hombres, algunos armados con picas. Ambos grupos
hablaron y luego quedaron frente a frente, como perros rugientes que sólo
esperaran saber cuál atacaría antes. Al cabo de un largo rato, los hombres de
Carvahall se echaron a un lado y dejaron pasar a los intrusos.
«¿Y ahora qué?», se preguntó
Roran, balanceándose en cuclillas.
Al atardecer, los soldados
instalaron su campamento en un terreno junto al pueblo. Sus tiendas formaban un
bloque bajo y gris que emitía extrañas sombras temblorosas mientras los
centinelas patrullaban alrededor. En el centro del bloque, una gran fogata enviaba
volutas de humo hacia el cielo.
Roran también había acampado
y ahora se limitó a contemplar y a pensar. Siempre había dado por hecho que,
tras destruir su casa, los extraños habían encontrado lo que buscaban; o sea,
la piedra que Eragon había traído de las Vertebradas. «Será que no la encontraron
–de-cidió-. A lo mejor Eragon consiguió huir con la piedra... A lo mejor pensó
que debía irse para protegerla.» Frunció el ceño. Con eso empezaba a explicarse
la huida de Eragon, pero a Roran seguía pareciéndole muy aventurado. «Sea por
lo que fuere, la piedra ha de ser un magnífico tesoro para que el rey envíe
tantos hombres a buscarla. No entiendo por qué es tan valiosa. Tal vez sea
mágica.»
Respiró hondo aquel aire
frío y prestó atención al ulular de un buho. Percibió un movimiento. Miró
montaña abajo y vio que un hombre se acercaba por el bosque. Roran se escondió
detrás de una roca, con el arco listo. Esperó hasta estar seguro de que se trataba
de Albriech y luego silbó suavemente.
Albriech llegó enseguida a
la roca. Llevaba a la espalda un fardo sobrecargado y, al dejarlo en el suelo,
soltó un gruñido.
-Pensaba que ya no te
encontraría.
-Me sorprende que lo hayas
hecho.
-No puedo decir que haya
disfrutado del paseo por el bosque después de la puesta de sol. En todo momento
temía encontrarme con un oso, o con algo peor. Las Vertebradas no son un buen
lugar para un hombre, ésa es mi opinión.
Roran volvió a mirar hacia
Carvahall.
-Bueno, ¿a qué han venido?
-A tomarte bajo su custodia.
Están dispuestos a esperar tanto como haga falta hasta que vuelvas de «cazar».
Roran se sentó de golpe y
sintió en las tripas el apretujón de la anticipación.
-¿Han dado alguna razón?
¿Han mencionado la piedra?
Albriech negó con la cabeza.
-Lo único que han dicho es
que es un asunto del rey. Se han pasado todo el día haciendo preguntas acerca
de Eragon y de ti; no les interesa nada más. -Dudó un momento-. Me quedaría
contigo, pero si mañana notan que no estoy, se darán cuenta. Te he traído mucha
comida y mantas, aparte de algunos bálsamos de Gertrude por si te hicieras una
herida. Aquí no estarás mal.
Roran invocó sus energías
para sonreír.
-Gracias por la ayuda.
-Cualquiera lo hubiera hecho
-contestó Albriech con un avergonzado encogimiento de hombros. Ya empezaba a
irse cuando, volviendo la cara por encima del hombro, añadió-: Por cierto, esos
dos extraños... Los llaman ra'zac.
La
promesa de Saphira
A la mañana siguiente de su
encuentro con el Consejo de Ancianos, Eragon limpiaba y engrasaba la silla de
Saphira -con cuidado de no extenuarse- cuando apareció Orik de visita. El enano
esperó a que Eragon terminara con una correa y luego preguntó:
-¿Hoy te encuentras mejor?
-Un poco.
-Bien, a todos nos hace
falta recuperar fuerzas. He venido en parte para saber cómo estabas y en parte
porque Hrothgar quiere hablar contigo, si estás disponible.
Eragon dirigió una sonrisa
irónica al enano.
-Para él siempre estoy
disponible. Seguro que ya lo sabe.
Orik se rió.
-Ah, pero es más educado
pedirlo amablemente. -Mientras Eragon dejaba la silla, Saphira salió de su
rincón acolchado y saludó a Orik con un gruñido amistoso-. Buenos días también
para ti -dijo con una reverencia.
Orik los llevó por uno de
los cuatro pasillos principales de Tronjheim hacia la cámara central y las dos
escaleras gemelas que descendían trazando curvas hacia el salón del trono del
rey de los enanos, en el subsuelo. Antes de llegar a la cámara, sin embargo, el
enano tomó otra escalera menor que descendía. Eragon tardó un poco en darse
cuenta de que Orik había tomado un camino lateral para no tener que ver los
restos destrozados de Isidar Mithrim.
Se detuvieron ante unas
puertas de granito con una corona de siete puntas grabada. A cada lado de la
entrada había siete enanos cubiertos con armaduras, que golpearon
simultáneamente el suelo con los palos de sus azadones. Mientras resonaba el
eco del golpe de la madera contra la piedra, las puertas se abrieron hacia
dentro.
Eragon se despidió de Orik
con un gesto y luego entró en la oscura sala con Saphira. Avanzaron hacia el
trono distante, pasando ante las rígidas estatuas, hírna, de antiguos reyes
enanos. Al pie del pesado trono negro, Eragon hizo una reverencia. El rey devolvió
el gesto inclinando la cabeza, cubierta con su melena plateada, y los rubíes
encastrados en su yelmo de oro brillaron suavemente bajo la luz como chispas de
hierro candente. Volund, el martillo de guerra, descansaba sobre sus piernas
malladas. Hrothgar habló:
-Asesino de Sombras,
bienvenido a mi salón. Has hecho muchas cosas desde que nos vimos por última
vez. Y, según parece, se ha demostrado que me equivoqué con Zar'roc. La espada
de Morzan será bienvenida en Tronjheim siempre que seas tú quien la lleve.
-Gracias -contestó Eragon,
al tiempo que se levantaba.
-Además -tronó el enano-,
queremos que conserves la armadura que llevaste en la batalla de Farthen Dür.
Ya mismo están reparándola nuestros más hábiles herreros. Lo mismo ocurre con
la armadura de la dragona, y cuando esté restaurada, Saphira podrá usarla
siempre que quiera, o al menos hasta que se le quede pequeña. Es lo mínimo que
podemos hacer para demostraros nuestra gratitud. Si no fuera por la guerra con
Galbatorix, habría banquetes y celebraciones en tu nombre... Pero eso tendrá
que esperar hasta un momento más oportuno.
Eragon puso palabras a sus
sentimientos, compartidos por Saphira:
-Tu generosidad supera
nuestras mayores expectativas. Apreciamos tus nobles regalos.
Pese a que parecía
claramente complacido, Hrothgar apretó bien juntas las cejas y gruñó:
-De todos modos, no podemos
perder el tiempo con finuras. Los clanes me acosan con la exigencia de que tome
alguna decisión con respecto a la sucesión de Ajihad. Ayer, cuando el Consejo
de Ancianos proclamó que daría su apoyo a Nasuada, provocó un alboroto como no
se había visto desde que yo ascendí al trono. Los jefes tenían que decidir si
aceptaban a Nasuada o buscaban otro candidato. La mayoría han llegado a la
conclusión de que Nasuada debería liderar a los vardenos, pero yo quiero
conocer tu opinión sobre este asunto, Eragon, antes de apoyar con mi palabra a
unos u otros. Lo peor que puede hacer un rey es parecer estúpido.
¿Hasta dónde podemos
contarle? -preguntó Eragon a Saphira, mientras pensaba a toda prisa.
Siempre nos ha tratado con
nobleza, pero no sabemos qué habrá prometido a otros. Será mejor que tengamos
cuidado hasta que Nasuada haya tomado el poder.
Muy bien.
-Saphira y yo hemos aceptado
ayudarla. No nos opondremos a su ascenso. Y... -Eragon se preguntó si estaría
llegando demasiado lejos- te ruego que hagas lo mismo; los vardenos no se
pueden permitir una pelea entre ellos. Necesitan unidad.
-Oeí-dijo Hrothgar,
recostándose en el trono-, hablas con una autoridad nueva. Es una buena
sugerencia, pero te va a costar una pregunta: ¿crees que Nasuada sabrá
liderarnos con sabiduría, o hay otras razones para elegirla?
Es una prueba -advirtió
Saphira-. Quiere saber por qué la hemos apoyado.
Eragon notó que su labio se
estiraba en una media sonrisa.
-Creo que es más sabia y
astuta de lo que corresponde a su edad. Será buena para los vardenos.
-¿Y por eso la apoyas?
-Sí.
Hrothgar asintió y hundió su
larga y nivea barba.
-Eso me alivia. Últimamente
nadie se ha ocupado mucho del bien y del mal, y sí en cambio de la persecución
del poder individual. Es difícil contemplar tanta idiotez y no enfadarse.
Un incómodo silencio se
instaló entre ellos, ahogando la amplia sala del trono. Para romperlo, Eragon
preguntó:
-¿Qué pasará con la
dragonera? ¿Le pondrán un suelo nuevo?
Por primera vez, los ojos
del rey mostraron su duelo, y se volvieron más profundas las arrugas que los
rodeaban, extendidas como radios de una rueda de carreta. Eragon nunca había
visto a un enano tan cerca del llanto.
-Hay que hablar mucho antes
de que se pueda tomar esa medida. Lo que hicieron Saphira y Arya fue terrible.
Tal vez necesario, pero terrible. Ah, hubiera sido mejor que nos derrotaran los
úrgalos, antes que aceptar que se rompiera Isidar Mithrim. El corazón de
Tronjheim se ha hecho añicos, y el nuestro, también.
Hrothgar se llevó un puño al
pecho y luego abrió lentamente la mano y la alargó para agarrar la empuñadura
de Volund, recubierta de cuero.
Saphira entró en contacto
con la mente de Eragon. Éste percibió diversas emociones, pero lo que más le
sorprendió fue notar sus remordimientos y su sentido de culpa. Lamentaba
verdaderamente la pérdida de la Rosa Estrellada, por necesaria que hubiera sido.
Pequeñajo -dijo la dragona-,
ayúdame. Necesito hablar con Hrothgar. Pregúntale: ¿tienen los enanos la
capacidad de reconstruir Isidar Mithrim a partir de los fragmentos?
Cuando Eragon repitió sus
palabras, Hrothgar murmuró algo en su propio idioma y luego dijo:
-Sí tenemos esa capacidad,
pero ¿para qué sirve? Esa tarea nos llevaría meses, o años, y el resultado
final sería una ruinosa burla de la belleza que antaño brilló en Tronjheim. Es
una aberración que no aprobaré.
Saphira siguió mirando al
rey sin pestañear.
Ahora dile esto: Si
consiguieran reunir de nuevo los fragmentos de Isidar Mithrim sin que faltara
una sola pieza, creo que yo podría areglarla del todo.
Eragon la miró boquiabierto
y, en su sorpresa, se olvidó de Hrothgar.
¡Saphira! ¡Eso requeriría
mucha energía! Tú misma me dijiste que no puedes usar la magia a voluntad. ¿Qué
te hace pensar que serías capaz de lograrlo?
Puedo hacerlo si es
suficientemente necesario. Será mi regalo a los enanos. Recuerda la tumba de
Brom; eso debería bastar para anular tus dudas. Y cierra la boca: es muy feo, y
el rey te está mirando.
Cuando Eragon tradujo la
propuesta de Saphira, Hrothgar se puso derecho y exclamó:
-¿Es posible? Ni siquiera
los elfos podrían intentar semejante proeza.
-Ella confía en sus
habilidades.
-Entonces reconstruiremos
Isidar Mithrim, aunque nos cueste cien años. Montaremos un marco para la joya y
pondremos cada pieza en su lugar original. No olvidaremos ni una sola astilla.
Incluso si tuviéramos que partir las piezas más grandes para poderlas
trasladar, lo haremos con toda nuestra sabiduría sobre el trabajo con gemas,
para que no se pierda ningún añico, ni siquiera el polvo. Luego vendréis
vosotros, cuando hayamos terminado, y curaréis la Rosa Estrellada.
-Vendremos -confirmó Eragon,
con una reverencia. Hrothgar sonrió y fue como si un muro de granito se
resquebrajara.
-Menuda alegría me has dado,
Saphira. De nuevo vuelvo a sentir una razón para vivir y para mandar. Si haces
eso, los enanos de todo el mundo honrarán tu nombre durante generaciones
incontables. Marchad ahora con mi bendición, mientras yo hago correr la voz
entre los clanes. Y no os sintáis obligados a esperar que sea yo quien lo
anuncie, pues esta noticia no debe negársele a ningún enano: decídselo a
quienquiera que os encontréis. Que resuenen los salones con el júbilo de
nuestra raza.
Tras una última reverencia,
Eragon y Saphira se fueron y dejaron al rey enano sonriendo en su trono. Al
abandonar la sala, Eragon le contó a Orik lo que había ocurrido. El enano se
inclinó de inmediato y besó el suelo ante Saphira. Se levantó con una sonrisa y
palmeó a Eragon en el brazo, al tiempo que le decía:
-Una maravilla, sin duda.
Nos has dado exactamente la esperanza que necesitábamos para enfrentarnos a los
últimos sucesos. Apuesto a que esta noche correrá la bebida.
-Y mañana es el funeral.
Orik se contuvo por un
momento.
-Mañana, sí. Pero hasta
entonces no permitiremos que nos moleste ningún pensamiento desgraciado.
¡Venid!
El enano tomó a Eragon de la
mano y tiró de él por las entrañas de Tronjheim hasta un gran salón de
banquetes en el que había muchos enanos, sentados ante mesas de piedra. Orik
saltó sobre una de ellas, derramando platos por el suelo, y con voz atronadora
proclamó las noticias sobre Isidar Mithrim. Los gritos y los vítores casi
ensordecieron a Eragon. Uno por uno, los enanos insistieron en acercarse a
Saphira y besar el suelo ante ella, tal como había hecho Orik. Luego
abandonaron la comida y llenaron sus jarras de piedra con cerveza y aguamiel.
Eragon se sorprendió del
desenfreno con que él mismo se sumaba al jolgorio. Le ayudaba a liberarse de la
melancolía que inundaba su corazón. Sin embargo, intentó resistirse a la
disipación total, pues era consciente de las tareas que le esperaban para el
día siguiente y quería tener la cabeza despejada.
Incluso Saphira tomó un
trago de aguamiel, y como resultó que le gustaba, los enanos sacaron rodando un
tonel para ella. Bajando sus poderosas mandíbulas hacia el extremo abierto del
tonel, lo vació en tres largos tragos; después alzó la cabeza hacia el techo y
eructó una gigantesca lengua de fuego. A Eragon le costó unos cuantos minutos
convencer a los enanos de que podían acercarse de nuevo a ella sin temor, pero
a continuación le sacaron otro tonel -haciendo oídos sordos a las protestas del
cocinero- y contemplaron con asombro cómo también lo vaciaba.
A medida que Saphira se iba
emborrachando, sus emociones y pensamientos recorrían cada vez con más fuerza
la mente de Eragon. Se le hacía difícil contar con la información de sus
propios sentidos: la visión de la dragona empezó a imponerse a la suya, el movimiento
resultaba borroso y los colores cambiaban. Incluso los olores que percibía iban
cambiando y se volvían más agudos y mordaces.
Los enanos se pusieron a
cantar juntos. Tambaleándose, Saphira los acompañaba con un tarareo y remataba
cada verso con un rugido. Eragon abrió la boca para sumarse, pero se llevó la
sorpresa de que, en vez de palabras, brotara de ella el gruñido rasposo de la
voz del dragón. «Esto -pensó, meneando la cabeza- está llegando demasiado
lejos... ¿O será que estoy borracho?» Decidió que no importaba y se puso a
cantar bulliciosamente, ya fuera con su voz o con la del dragón.
Iban llegando más y más
enanos al salón a medida que se extendían las noticias sobre Isidar Mithrim.
Pronto hubo cientos de ellos en torno a las mesas y formaron un nutrido corro
en torno a Eragon y Saphira. Orik llamó a los músicos, que se instalaron en un
rincón y sacaron sus instrumentos de las fundas de terciopelo verde. Pronto,
las doradas melodías de arpas, laúdes y flautas plateadas flotaban sobre la
multitud.
Pasaron muchas horas antes
de que el ruido y la excitación empezaran a aminorar. Cuando así ocurrió, Orik
se subió de nuevo a la mesa. Se quedó allí plantado, con los pies bien
separados para mantener el equilibrio, su jarra en la mano, la gorra de forro
metálico ladeada, y exclamó:
-¡Escuchad! ¡Escuchad! Por
fin hemos celebrado algo como es debido. ¡Los úrgalos se han ido, la Sombra ha
muerto y hemos vencido! -Todos los enanos golpearon las mesas en señal de
aprobación. Era un buen discurso: corto y al grano. Pero Orik no había terminado-:
¡Por Eragon y Saphira! -rugió, alzando la jarra.
Eso también fue bien
recibido.
Eragon se levantó e hizo una
reverencia, gesto que provocó más exclamaciones. A su lado, Saphira dio un paso
atrás y cruzó un antebrazo por el pecho, en un intento de replicar su
movimiento. Se tambaleó, y los enanos, conscientes del peligro que corrían, se
dispersaron correteando. Se alejaron justo a tiempo. Con un sonoro resoplido,
Saphira cayó hacia atrás y quedó tumbada en una de las mesas.
Eragon sintió un gran dolor
en la espalda y cayó sin sentido junto a la cola del dragón.
Réquiem
¡Despierta, Knurlheim! Ahora
no puedes dormir. Nos necesitan en la puerta. No pueden empezar sin nosotros.
Eragon se obligó a abrir los
ojos, consciente de que le dolía la cabeza y tenía el cuerpo magullado. Estaba
tumbado en una fría mesa de piedra.
-¿Qué?
Hizo una mueca de disgusto
en cuanto notó el mar sabor de boca.
Orik se tironeaba la barba
oscura.
-La procesión de Ajihad.
¡Tenemos que estar presentes!
-No, ¿cómo me has llamado?
Estaban todavía en la sala
de banquetes, pero no había nadie más aparte de él, Orik y Saphira, que seguía
acostada a su lado, entre dos mesas. El dragón se agitó, alzó la cabeza y echó
un vistazo con cara de sueño.
-¡Cabeza de piedra! Te he
llamado cabeza de piedra porque llevo casi una hora intentando despertarte.
Eragon consiguió erguirse y
se bajó de la mesa. Algunos relámpagos de recuerdos de la noche anterior se
abrieron camino en su mente.
Saphira, ¿cómo estás?
-preguntó, mientras se acercaba a ella a trompicones.
Ella giró la cabeza de un
lado a otro y se pasó la lengua encarnada por los dientes, como un gato que
hubiera comido algo desagradable.
Creo que... entera. Tengo
una sensación extraña en el ala izquierda; creo que caí sobre ella. Y siento la
cabeza llena de mil flechas.
-¿Hirió a alguien al caer?
-preguntó Eragon.
Del grueso pecho del enano
brotó una sentida carcajada.
-Sólo los que se cayeron de
las sillas de tanta risa. ¡Una dragona borracha haciendo reverencias! Estoy
seguro de que se cantarán baladas sobre esto durante décadas. -Saphira movió
las alas y, remilgada, desvió la mirada-. Como no podíamos moverte, nos pareció
que era mejor dejarte aquí. El cocinero jefe se enfadó mucho. Tenía miedo de
que te siguieras bebiendo lo mejor de su bodega, aparte de los cuatro toneles
que te tragaste.
¡Y eso que una vez me
reñiste por beber! Si me llego a tomar yo cuatro toneles, me mataría.
Por eso no eres un dragón.
Orik encajó un bulto de ropa
entre los brazos de Eragon.
-Venga, ponte esto. Es más
apropiado para un funeral que lo que llevas puesto. Pero date prisa, nos queda
poco tiempo.
Eragon se puso las prendas
con dificultad: una camisa blanca muy ancha, con lazos en los puños; un chaleco
rojo decorado con trenzas y encajes dorados; pantalones oscuros; unas botas
negras relucientes que resonaban al pisar el suelo, y una capa con mucho vuelo
que se anudaba al cuello con un broche tachonado. En lugar de la cinta lisa de
cuero que solía usar, para atarse a Zar'roc utilizó un cinturón ornamentado.
Eragon se echó agua a la
cara e intentó arreglarse un poco el pelo. Luego Orik les instó a abandonar el
salón y dirigirse a la puerta sur de Tronjheim.
-Hemos de salir desde allí
-explicó, al tiempo que se desplazaba con una sorprendente velocidad para sus
cortas y fornidas piernas-, porque es donde se detuvo hace tres días la
procesión con el cuerpo de Ajihad. Su viaje hacia la tumba no puede interrumpirse,
o su espíritu no encontrará descanso.
Una vieja costumbre -señaló
Saphira.
Eragon se mostró de acuerdo
y luego notó que la dragona caminaba con un cierto desequilibrio. En Carvahall
solía enterrarse a la gente en sus granjas o, si vivían en la aldea, en
pequeños cementerios. Como únicos rituales para acompañar el proceso, se recitaban
algunos versos de ciertas baladas v después se organizaba un banquete entre los
parientes y amigos del fallecido.
¿Podrás aguantar todo el
funeral? -preguntó al ver que Saphira se tambaleaba de nuevo.
Ella hizo una breve mueca.
Aguantaré eso y el
nombramiento de Nasuada, pero luego me hará falta dormir. ¡Mal rayo parta al
aguamiel!
Eragon reanudó la
conversación con Orik y le preguntó:
-¿Dónde van a enterrar a
Ajihad?
Orik aminoró el paso y miró
a Eragon con precaución:
-Eso ha sido motivo de
enfrentamiento entre los clanes. Cuando muere un enano, creemos que debe quedar
encerrado en piedra, porque en caso contrario no podría reunirse con sus
ancestros. Es algo complejo y no puedo explicar más detalles a un extraño...,
pero somos capaces de cualquier cosa para asegurarnos de que se cumple el entierro.
La vergüenza cae sobre cualquier familia o clan que permita que uno de los
suyos descanse en un elemento de rango menor.
»Por debajo de Farthen Dür
hay una cámara que se ha convertido en hogar de todos los knurlan que vivían
aquí, todos enanos. A Ajihad lo llevarán allí. No pueden enterrarlo con
nosotros porque es humano, pero se ha preparado aparte una alcoba consagrada para
él. Allí los vardenos podrán visitarlo sin entrar en nuestras grutas sagradas,
y Ajihad recibirá el respeto que se le debe.
-Vuestro rey ha hecho mucho
por los vardenos -comentó Eragon.
-Algunos opinan que
demasiado.
Ante la gruesa puerta
-alzada sobre cadenas ocultas para dejar pasar la tenue luz del día que se
colaba en Farthen Dür- se encontraron con una fila cuidadosamente dispuesta. Al
frente descansaba Ajihad, frío y pálido, sobre un féretro de mármol blanco que
sostenían seis hombres ataviados con armaduras negras. Llevaba en la cabeza un
yelmo recubierto de piedras preciosas. Tenía las manos entrelazadas sobre el
esternón, apoyadas en el mango de marfil de su espada desnuda, que se extendía
bajo el escudo que le tapaba el pecho y las piernas. La malla de plata, que
trazaba arillos de luz de luna, descansaba en sus extremidades y se
desparramaba sobre el féretro.
Nasuada estaba muy cerca del
cadáver: grave, con una capa de marta cebellina, mantenía una fuerte apostura,
aunque las lágrimas adornaban su semblante. A un lado iba Hrothgar con ropa
oscura; luego, Arya; el Consejo de Ancianos, todos ellos con oportunas
expresiones de dolor; finalmente, una fila de enlutados formaba un arroyo que
discurría por Tronjheim hasta más allá de un kilómetro y medio.
Todas las puertas y arcadas
del vestíbulo de cuatro pisos de altura que llevaba a la cámara central de
Tronjheim, a casi un kilómetro, estaban abiertas de par en par y llenas de
hombres y enanos. Entre los grupos de rostros cenizos, los grandes tapices se
ondularon por la fuerza de los cientos de suspiros y susurros que provocó la
aparición de Saphira y Eragon.
Jórmundur les indicó por
gestos que se acercaran a él. Esforzándose por no romper la formación, Eragon y
Saphira avanzaron por la fila hasta ocupar el espacio que había a su lado,
ganándose una mirada de reprobación de Sabrae. Orik fue a situarse detrás de
Hrothgar.
Esperaron todos juntos,
aunque Eragon no sabía a qué esperaban.
Todas las antorchas estaban
tapadas a medias, de tal modo que el aire quedaba envuelto en un frío
crepúsculo que aportaba una sensación etérea al evento. Nadie parecía moverse,
ni respirar siquiera; por un breve instante, a Eragon le pareció que todos eran
estatuas congeladas hasta la eternidad. Una sola voluta de incienso se alzaba
desde el féretro, curvándose hacia el brumoso techo a medida que extendía su
aroma de cedro y enebro. Era el único movimiento de la sala: un látigo que se
cimbreaba en el aire, de lado a lado.
En lo más hondo de
Tronjheim, sonó un tambor. Bum. La nota grave y sonora resonó en sus huesos,
hizo vibrar la ciudad-montaña y levantó en ella un eco, como si hubiera sonado
una gran campana de piedra.
Dieron un paso adelante.
Bum. En la segunda nota,
otro tambor, más grave, se sumó al primero; cada pulsación rodaba
inexorablemente por la sala. La fuerza de aquel sonido los impulsaba a avanzar
con paso majestuoso. En el temblor que los rodeaba, no había lugar para ningún
pensamiento, sino tan sólo para una desbordante emoción que los tambores
manipulaban con pericia para invocar las lágrimas y, al mismo tiempo, una
agridulce alegría.
Bum.
Al llegar al final del
túnel, los que cargaban con Ajihad se detuvieron entre los pilares de ónice que
llevaban a la cámara central. Allí, Eragon vio que los enanos se ponían aún más
solemnes al recordar Isidar Mithrim.
Bum.
Pasaron por un cementerio de
cristal. En el centro de la gran cámara había un círculo de fragmentos apilados
que rodeaban el martillo y las estrellas de cinco puntas. Algunos trozos eran
más grandes que Saphira. Los rayos del zafiro estrellado seguían brillando en
cada pieza, y en algunas se veían todavía los pétalos de la rosa grabada.
Bum.
Los que llevaban el féretro
siguieron avanzando entre los incontables filos, agudos como navajas. Luego la
procesión torció a un lado y descendió los amplios escalones, que llevaban a
los túneles inferiores. Desfilaron por muchas cavernas y pasaron por chozas de
piedra en las que los niños enanos se aferraban a sus madres y miraban con los
ojos bien abiertos.
Bum.
Con aquel crescendo final,
se detuvieron bajo las estriadas estalactitas que pendían sobre una gran
catacumba rodeada de nichos. En cada uno de éstos había una lápida con un
nombre y un emblema de algún clan grabados. Allí había miles, cientos de miles
de cuerpos enterrados. La única luz, tenue entre las sombras, venía de unas
pocas antorchas rojas espaciadas.
Al cabo de un rato, los que
llevaban el féretro entraron en una pequeña sala anexa a la cámara principal.
En el centro, sobre una plataforma elevada, había una gran cripta abierta a la
oscuridad expectante. Encima, grabado sobre la piedra, se podía leer:
Que
todos, knurlan, humanos y elfos,
Recuerden
A este hombre.
Era noble, fuerte y sabio.
Güntera Arüna
Cuando los miembros de la
procesión pudieron reunirse en torno a la tumba, bajaron el cuerpo de Ajihad
dentro de la cripta, y se permitió acercarse a quienes lo habían conocido
personalmente. Eragon y Saphira eran los quintos en la cola, detrás de Arya. Mientras
subía los escalones de mármol que le permitirían ver el cuerpo, Eragon se vio
sobrecogido por una abrumadora sensación de pena, y su angustia aumentó por el
hecho de que para él aquello representaba tanto el funeral de Ajihad como el de
Murtagh.
Quieto junto a la tumba,
Eragon bajó la mirada hacia Ajihad. Parecía más calmado y tranquilo que en
vida, como si la muerte hubiera reconocido su grandeza y le hubiera honrado
retirando cualquier rastro de sus preocupaciones mundanas. Eragon sólo había tratado
a Ajihad durante un tiempo breve, pero había llegado a sentir respeto no sólo
por su persona, sino por lo que representaba: la liberación de la tiranía.
Además, había sido el primero en ofrecerle un refugio seguro desde que Eragon y
Saphira salieran del valle de Palancar.
Afectado, Eragon intentó
pensar en la mejor alabanza que pudiera decir. Al final, un susurro se abrió
paso a través del nudo que atenazaba su garganta:
-Serás recordado, Ajihad. Lo
juro. Descansa en paz, pues debes saber que Nasuada continuará tu obra y el
Imperio será derrotado gracias a tus logros.
Se dio cuenta de que Saphira
le tocaba un brazo y abandonó con ella la plataforma para permitir que
Jórmundur ocupara su lugar.
Cuando todos hubieron
mostrado sus respetos, Nasuada se inclinó sobre Ajihad, tocó la mano de su
padre y la sostuvo con amable urgencia. Soltó un gemido y empezó a cantar con
un extraño y quejumbroso lenguaje que llevó sus lamentos por toda la caverna.
Entonces llegaron doce
enanos y deslizaron una losa de mármol sobre el rostro de Ajihad. Y éste pasó a
mejor vida.
Lealtad
Eragon bostezó y se tapó la
boca entre la gente que entraba al anfiteatro subterráneo. En la espaciosa sala
rebotaba el eco de un tumulto de voces que comentaban el funeral recién
terminado.
Se sentó en la hilera más
baja, al mismo nivel que el estrado. A su lado estaban Orik, Hrothgar, Nasuada
y el Consejo de Ancianos. Saphira se quedó en los escalones que partían la
grada. Orik se inclinó hacia delante y dijo:
-Desde Korgan, aquí se han
escogido todos nuestros reyes. Es correcto que los vardenos hagan lo mismo.
«Aún está por ver -pensó
Eragon- si la transmisión de poder se hará de modo pacífico.» Se frotó un ojo
para retirar las lágrimas recientes; la ceremonia del funeral le había
afectado.
A los restos de su dolor se
superponía ahora una ansiedad que le retorcía las tripas. Le preocupaba su
propio papel en los acontecimientos inminentes. Incluso si todo iba bien, él y
Saphira iban a ganarse enemigos poderosos. La mano descendió hacia Zar'roc y se
tensó en torno a la empuñadura.
El anfiteatro tardó unos
cuantos minutos en llenarse. Luego Jórmundur subió al estrado.
-Pueblo de los vardenos,
estuvimos aquí por última vez hace quince años, cuando murió Deynor. Su
sucesor, Ajihad, hizo más por oponerse al Imperio y a Galbatorix que todos sus
antecesores. Ganó incontables batallas contra fuerzas superiores. Estuvo a punto
de matar a Durza y llegó a marcar una muesca en el filo de la espada de la
Sombra. Y por encima de todo, acogió en Tronjheim al Jinete Eragon y a Saphira.
En cualquier caso, hay que escoger un nuevo líder, alguien que nos brinde una
gloria aun mayor.
En lo alto, alguien gritó:
-¡El Asesino de Sombras!
Eragon se esforzó por no
reaccionar. Le agradó comprobar que Jórmundur ni siquiera pestañeaba.
-Tal vez en el futuro, pero
ahora tiene otros deberes y responsabilidades -dijo-. No, el Consejo de
Ancianos ha pensado mucho: hace falta alguien que entienda nuestras necesidades
y deseos, alguien que haya sufrido a nuestro lado. Alguien que se negó a huir,
incluso cuando la batalla era inminente.
En ese momento, Eragon
percibió que los que escuchaban empezaban a entender. El nombre brotó como un
suspiro de mil gargantas y terminó por pronunciarlo el propio Jórmundur:
Nasuada. Jórmundur hizo una reverencia y dio un paso a un lado.
La siguiente era Arya.
Contempló a la expectante audiencia y dijo:
-Esta noche, los elfos
honramos a Ajihad. Y en nombre de la reina Islanzadí, reconozco el ascenso de
Nasuada y le ofrezco el mismo apoyo y la misma amistad que otorgamos a su
padre. Que las estrellas la protejan.
Hrothgar subió al estrado y
contempló a la gente con aspereza.
-También yo apoyo a Nasuada,
al igual que los clanes.
Se apartó. Le tocaba a
Eragon. Plantado ante la muchedumbre, con todas las miradas fijas en él y en
Saphira, dijo:
-También nosotros apoyamos a
Nasuada.
Saphira confirmó la
afirmación con un gruñido.
Una vez establecidos los
compromisos, el Consejo de Ancianos se alineó a ambos lados del estrado, con Jórmundur
delante. Con compostura orgullosa, Nasuada se acercó y se arrodilló ante él,
con el vestido inflado de pliegues negros. Jórmundur alzó la voz para decir:
-Por derecho de herencia y
sucesión, hemos escogido a Nasuada. Por el mérito de los logros obtenidos por
su padre, y con la bendición de sus pares, hemos escogido a Nasuada. Ahora, os
pregunto: ¿hemos escogido bien?
El rugido fue abrumador:
-¡Sí!
Jórmundur asintió.
-Entonces, por el poder que
se le concede a este Consejo, pasamos los privilegios y las responsabilidades
concedidos a Ajihad a su única descendiente, Nasuada. -Colocó gentilmente un
aro de plata en la frente de Nasuada. Le tomó una mano, la alzó en el aire y
exclamó-: He aquí vuestra nueva líder.
Durante diez minutos, los
vardenos y los enanos vitorearon, y su aprobación sonó como un trueno hasta que
toda la sala vibró con aquel clamor. Cuando al fin aminoraron los gritos,
Sabrae señaló a Eragon y murmuró:
-Ha llegado el momento de
que cumplas tu promesa.
En ese momento, Eragon dejó
de oír cualquier ruido. También desaparecieron sus nervios, llevados por la
marea del momento. Respiró hondo para armarse de valor, y luego él y Saphira se
acercaron a Jórmundur y Nasuada. Cada paso parecía durar una eternidad.
Mientras caminaban, Eragon miró fijamente a Sabrae, Elessari, Umérth y Falberd,
y notó sus medias sonrisas, su petulancia y, en el caso de Sabrae, su claro
desprecio. Arya permanecía detrás de los miembros del Consejo. Movió la cabeza
en muestra de apoyo.
Estamos aquí para cambiar la
historia -dijo Saphira.
Nos estamos tirando por un
acantilado, sin saber si es profunda el agua que hay abajo.
Ah, pero qué lucha tan
gloriosa.
Tras una breve mirada al
rostro sereno de Nasuada, Eragon hizo una reverencia y se arrodilló. Desenfundó
a Zar'roc, la sostuvo plana sobre las palmas y la alzó, como si fuera a
ofrecérsela a Jórmundur. Por un instante, la espada flotó entre éste y Nasuada,
como si se tambaleara en el fiel de la balanza entre dos destinos diferentes.
Eragon notó que le faltaba el aire: el equilibrio de su vida dependía de una
simple elección. Algo más que su vida: ¡una dragón, un rey, un Imperio!
Entonces el aire volvió de
golpe y llevó de nuevo el tiempo a sus pulmones en el momento en que se encaró
a Nasuada:
-Con el más profundo
respeto, y consciente de las dificultades a las que te enfrentas, yo, Eragon,
primer Jinete de los vardenos, Asesino de Sombras y Argetlam, te entrego mi
espada y mi lealtad, Nasuada.
Los vardenos y los enanos lo
miraban fijamente, estupefactos. En el mismo instante, los miembros del Consejo
de Ancianos pasaron del regodeo en la victoria a la rabiosa impotencia. Sus
miradas ardían con la fuerza y el veneno propios de quien ha sido traicionado.
Incluso Elessari permitió que su amable conducta transparentara su indignación.
Sólo Jórmundur, tras un breve respingo de sorpresa, pareció aceptar el anuncio
con ecuanimidad.
Nasuada sonrió, tomó la
espada y apoyó la punta en la cabeza de Eragon, tal como había hecho en la
ocasión anterior.
-Me honra que elijas
servirme, Jinete Eragon. Acepto, al igual que tú, las responsabi-lidades que se
derivan de este acto. Levántate, vasallo, y toma tu espada.
Eragon lo hizo y luego se
retiró con Saphira. Entre gritos de aprobación, la muchedumbre se puso en pie:
los enanos golpeaban rítmicamente el suelo con sus botas tachonadas, mien-tras
que los humanos entrechocaban las espadas con los escudos.
Nasuada se encaró al atril,
se agarró a él con una mano en cada lado y miró a los presen-tes en el
anfiteatro. Les dedicó una sonrisa resplandeciente, con el brillo de la pura
alegría en la cara:
-¡Pueblo de los vardenos!
Silencio.
-Tal como hizo mi padre
antes que yo, daré mi vida por vosotros y por vuestra causa. No cesaré de
pelear hasta que hayamos vencido a los úrgalos, Galbatorix esté muerto y
Alagaé-sia recupere su libertad.
Más vítores y aplausos.
-Por lo tanto, os digo que
ha llegado la hora de prepararse. Aquí, en Farthen Dür, tras infinitas
escaramuzas, hemos ganado nuestra mayor batalla. Ha llegado la hora de devolver
los golpes. Galbatorix está debilitado porque ha perdido muchas fuerzas y nunca
tendremos otra oportunidad como ésta. Por eso, de nuevo os digo que ha llegado
la hora de prepararnos para que salgamos, una vez más, victoriosos.
Tras algunos discursos más
en boca de diversos personajes -incluido un Falberd que aún mantenía el ceño
fruncido-, el anfiteatro empezó a vaciarse. Cuando Eragon se levantó para
salir, Orik lo agarró por un brazo y lo detuvo. El enano lo miraba boquiabierto:
-Eragon, ¿habías planeado
todo esto de antemano?
Eragon pensó por un instante
si era inteligente decirle la verdad y luego asintió:
-Sí.
Orik exhaló y meneó la
cabeza.
-Ha sido una jugada
atrevida, vaya que sí. De entrada, has concedido a Nasuada una posición fuerte.
Sin embargo, a juzgar por las reacciones del Consejo, era peligroso. ¿Contabas
con la aprobación de Arya?
-Estuvo de acuerdo en que
era necesario.
El enano lo estudió con
atención.
-Estoy seguro de que lo era.
Acabas de alterar el equilibrio de poder, Eragon. Nadie vol-verá a subestimarte
por ello... Cuídate de las almas podridas. Hoy te has ganado unos cuan-tos
enemigos poderosos.
Le dio una palmada en el
costado y echó a andar.
Saphira lo vio irse y luego
dijo:
Deberíamos prepararnos para
abandonar Farthen Dür. El Consejo estará sediento de venganza. Cuanto antes
estemos lejos de su alcance, mejor.
Una
bruja, una serpiente y un pergamino
Esa misma tarde, cuando
Eragon regresaba a su cuarto después de darse un baño, le sorprendió
encontrarse a una mujer alta que lo esperaba en el vestíbulo. Tenía el cabello
oscuro, unos asombrosos ojos azules y una expresión irónica en la boca. En
torno a la muñeca llevaba un brazalete de oro con forma de serpiente sibilante.
Eragon deseó que no hubiera acudido en busca de consejo, como hacían tantos de
los vardenos.
-Argetlam -lo saludó con
elegancia.
Él devolvió el saludo
inclinando la cabeza.
-¿Puedo ayudarte en algo?
-Espero que sí. Soy Trianna,
la bruja de Du Vrangr Gata.
-¿De verdad? ¿Una bruja?
-preguntó, intrigado.
-Y maga de la guerra y espía
y cualquier otra cosa que los vardenos consideren necesaria. Como no hay
suficientes conocedores de la magia, terminamos todos con media docena de
tareas distintas. -Al sonreír, mostró una dentadura blanca y recta-. Por eso he
venido. Sería un honor que te ocuparas de nuestro grupo. Eres el único que
puede reemplazar a los gemelos.
Casi sin darse cuenta,
Eragon le devolvió la sonrisa. Era tan amistosa y encantadora, que le costaba
decir que no.
-Me temo que no puedo.
Saphira y yo nos iremos pronto de Tronjheim. Además, en cualquier caso tendría
que consultarlo antes con Nasuada.
«Y no quiero involucrarme en
más cuestiones políticas... Y menos todavía en el terreno que antes dominaban
los gemelos.»
Trianna se mordió los
labios.
-Lamento oír eso. -Se acercó
un paso más-. Tal vez podamos pasar juntos un rato antes de que te vayas.
Podría enseñarte cómo invocar espíritus y controlarlos. Sería un buen
«aprendizaje» para los dos.
Eragon notó que un sofoco le
calentaba la cara.
-Agradezco la propuesta,
pero la verdad es que en estos momentos estoy demasiado ocupado.
Una centella de rabia brilló
en los ojos de Trianna y luego se desvaneció tan rápido que Eragon se preguntó
si había llegado a verla de verdad. Ella suspiró con delicadeza:
-Lo entiendo.
Parecía tan decepcionada -y
tenía un aspecto tan triste- que Eragon se sintió culpable por haberla
rechazado. «Tampoco va a pasar nada por hablar con ella unos minutos», se dijo.
-Por curiosidad, ¿cómo
aprendiste magia?
Trianna se animó.
-Mi madre era una sanadora
de Surda. Tenía algo de poder y logró instruirme en las costumbres antiguas.
Por supuesto, no soy ni mucho menos tan poderosa como un Jinete. Nadie de Du
Vrangr Gata podría haber vencido a Durza sin ayuda, como hiciste tú. Eso fue
una heroicidad.
Avergonzado, Eragon arrastró
las botas por el suelo.
-Si no llega a ser por Arya,
no habría sobrevivido.
-Eres demasiado modesto,
Argetlam -lo regañó-. Fuiste tú quien dio el golpe final. Deberías estar
orgulloso de tu logro. Es una gesta digna del mismísimo Vrael. -Se acercó a él.
El corazón de Eragon se aceleró al oler su perfume, que era intenso y almizclado,
con un toque de especias exóticas-. ¿Has oído las canciones que han compuesto
sobre ti? Los var-denos las cantan cada noche en torno a las fogatas. ¡Dicen
que has venido a arrebatarle el trono a Galbatorix!
-No -contestó Eragon, rápido
y abrupto. No pensaba tolerar ese rumor-. Ellos pueden decir lo que quieran,
pero yo no. Sea cual sea mi destino, no aspiro a mandar.
-Y es muy sabio por tu
parte. Al fin y al cabo, qué es un rey, sino un hombre aprisionado por sus
deberes. Eso, sin duda, sería una pobre recompensa para el último Jinete libre
y su dragona. No, a ti te corresponde la habilidad de hacer lo que desees y, por
extensión, dar forma al futuro de Alagaésia. -Hizo una pausa-. ¿Te queda algo
de familia en el Imperio?
«¿Qué?»
-Sólo un primo.
-Entonces, no estás
prometido.
La pregunta lo pilló con la
guardia baja. Nunca se lo habían preguntado hasta entonces.
-No, no estoy prometido.
-Pero seguro que hay alguien
que te importa.
Se acercó un paso más, y las
cintas de su manga rozaron el brazo de Eragon.
-No tenía ninguna relación
de compromiso en Carvahall -titubeó-, y desde entonces no he hecho más que
viajar.
Trianna dio un paso atrás y
luego alzó la muñeca para que la serpiente quedara a la altura de sus ojos.
-¿Te gusta? -preguntó.
Eragon pestañeó y asintió, aunque en realidad estaba un poco desconcertado-. La
llamo Lorga. Es mi familiar y mi protectora. -Se inclinó hacia delante, sopló
hacia el brazalete y murmuró-: Sé orúm thornessa hávr sharjalví lífs.
Con un chasquido seco, la
serpiente se agitó y cobró vida. Eragon la miró fascinado, mientras la criatura
se retorcía en torno al pálido brazo de Trianna y luego se alzaba para clavar
en él sus ojos mareantes, mientras metía y sacaba la lengua bífida. Los ojos
parecían expandirse hasta alcanzar cada uno el tamaño de un puño de Eragon.
Éste se sentía como si fuera a caer en sus fogosas profundidades; por mucho que
lo intentara, no podía desviar la mirada.
Luego, tras una breve orden,
la serpiente se volvió rígida y recuperó su posición anterior. Con un suspiro
de cansancio, Trianna se apoyó en la pared.
-No todo el mundo entiende
lo que hacemos los magos. Pero quería que supieras que hay otros como tú y que
estamos dispuestos a ayudarte si hace falta.
Respondiendo a un impulso,
Eragon apoyó una mano en la de Trianna. Nunca había intentado acercarse de ese
modo a una mujer, pero lo impulsaba el instinto y le daba valor para
arriesgarse. Le provocaba temor y excitación.
-Si quieres, podemos ir a
comer. No muy lejos de aquí hay una cocina.
Ella apoyó su otra mano
encima de la suya, con unos dedos suaves y fríos, muy distintos de los
contactos rudos a los que estaba acostumbrado.
-Me encantaría. ¿Vamos...?
Trianna dio un trompicón
hacia delante al abrirse la puerta que tenía detrás. La bruja se dio la vuelta
y no pudo más que soltar un grito al encontrarse cara a cara con Saphira. Ésta
permaneció inmóvil, salvo por un labio que se alzó lentamente para mostrar una
línea de dientes serrados. Entonces, rugió. Fue un rugido asombroso,
intensamente cargado de burla y amenazas, que osciló arriba y abajo en la sala
durante más de un minuto. Oírlo era como soportar una virulenta bronca cargada
de ira.
Eragon no dejó de fulminarla
con la mirada.
Cuando terminó, Trianna se
agarraba el vestido con los dos puños, retorciendo la tela. Tenía la cara
blanca y asustada. Saludó a Saphira con una rápida inclinación de cabeza y
luego, con un movimiento apenas controlado, se dio la vuelta y salió corriendo.
Actuando como si nada hubiera ocurrido, Saphira levantó una pierna y se lamió
la zarpa.
Era casi imposible abrir la
puerta -soltó.
Eragon ya no pudo contenerse
más.
¿Por qué has hecho eso? ¡No
tenías ninguna razón para entrometerte!
Necesitabas mi ayuda
-contestó ella, imperturbable.
Si necesitara tu ayuda, te
hubiera llamado.
No me grites -contestó
bruscamente la dragona, entrechocando las mandíbulas. Eragon notó que sus
emociones estaban sometidas al mismo bullicio que las suyas-. No permitiré que
se te acerque una cualquiera como ésa, más interesada en Eragon como Jinete que
en ti como persona.
No era una cualquiera -rugió
Eragon. Llevado por la frustración, golpeó la pared-. Ahora soy un hombre,
Saphira, no un eremita. No puedes pretender que ignore... Que ignore a una
mujer sólo por ser quien soy. Y en cualquier caso, no eres tú quien debe tomar
esa decisión. Por lo menos, podía haber disfrutado de una buena conversación
con ella, en vez de todas las tragedias que hemos vivido últimamente. Conoces
lo suficiente mi mente para entender tomo me siento. ¿Por qué no podías dejarme
en paz? ¿Qué hacía de malo ?
No lo entiendes.
Saphira evitó mirarlo a los
ojos.
¿Que no lo entiendo? ¿Vas a
impedir que tenga una esposa e hijos? ¿Y qué pasa con la familia?
Eragon. -Al fin lo miró con
uno de sus grandes ojos—. Estamos unidos de una manera muy íntima.
¡Evidentemente!
Y si mantienes una relación,
con mi bendición o sin ella, y te... comprometes... con alguien, mis
sentimientos también quedarán comprometidos. Deberías saberlo. Por lo tanto (te
aviso una sola vez), ten mucho cuidado de a quién escoges, porque tu elección
nos involucrará a los dos.
Eragon repasó sus palabras
brevemente.
El lazo funciona en los dos
sentidos, de todos modos. Si tú odias a alguien, me influirá a mí del mismo
modo. Entiendo que te preocuparas. Entonces, ¿no era sólo por celos?
Ella volvió a lamerse la
zarpa.
Tal vez un poco sí.
Ahora era Eragon el que
rugía. Pasó volando junto al dragón, cogió a Zar'roc y se fue, indignado,
mientras se la ataba al cinto.
Pasó horas deambulando por
Tronjheim y evitando el contacto con la gente. Lo que había ocurrido le dolía,
aunque no podía negar la veracidad de las palabras de Saphira. De todos los
asuntos que compartían, aquél era el más delicado y el que más los ponía en
desacuerdo. Aquella noche -por primera vez desde que lo capturaran en Gil'ead-
durmió lejos de Saphira, en una de las barracas de los enanos.
A la mañana siguiente,
Eragon volvió a sus aposentos. Por un acuerdo tácito, él y Saphira evitaron
hablar de lo que había ocurrido; no tenía sentido discutir cuando ninguna de
las dos partes estaba dispuesta a ceder. Además, los dos estaban tan aliviados
por el reencuentro que no querían poner en peligro de nuevo su amistad.
Estaban comiendo -Saphira
desgarraba una pierna ensangrentada- cuando apareció Jars-ha al trote. Igual
que la vez anterior, se quedó mirando a Saphira con los ojos bien abiertos y
siguiendo sus movimientos mientras ella mordisqueaba un extremo del hueso de la
pierna.
-¿Sí? -preguntó Eragon.
Se limpió la barbilla y se
preguntó si el Consejo de Ancianos lo enviaba en su busca. No había vuelto a
saber de ellos desde el funeral.
Jarsha logró apartar de
Saphira la mirada el tiempo suficiente para decir:
-Nasuada quiere verle,
señor. Lo espera en el estudio de su padre.
¡Señor! Eragon casi se echa
a reír. Apenas un rato antes, era él quien daba ese trato a los demás. Miró a
Saphira.
¿Has terminado, o hemos de
esperar unos minutos más?
Saphira puso los ojos en
blanco, se echó lo que quedaba de carne a la boca y partió el hueso con un
fuerte crujido.
Ya estoy.
-Vale -dijo Eragon, mientras
se ponía de pie-. Puedes irte, Jarsha. Conocemos el camino.
Les costó casi media hora
llegar al estudio, dado el tamaño de la ciudad-montaña. Igual que ocurría
durante el mandato de Ajihad, había una guardia ante la puerta; pero ahora no
se trataba de dos hombres, sino de un batallón entero de guerreros curtidos en
muchas batallas y atentos a la menor señal de peligro. Parecía evidente que
estaban dispuestos a sacrificarse para proteger a su nueva líder de cualquier
ataque o emboscada. Aunque aquellos hombres no podían dejar de reconocer a
Eragon y Saphira, cerraron el paso mientras alguien avisaba a Nasuada de la
llegada de los visitantes. Sólo entonces se les permitió entrar.
Eragon notó de inmediato un
cambio: un jarrón de flores en el estudio. Los pequeños capullos violeta eran
discretos, pero llenaban el aire de una cálida fragancia que provocó en Eragon
la evocación de moras recién cogidas en verano y campos segados que se
bronceaban al sol. Inspiró y apreció la habilidad con que Nasuada había
reafirmado su personalidad sin anular el recuerdo de Ajihad.
Ella estaba sentada tras el
amplio escritorio, todavía cubierta con la capa negra de luto. Cuando Eragon se
sentó, con Saphira a su lado, Nasuada dijo:
-Eragon. -Era una simple
aseveración, carente de cariño o de hostilidad. Se volvió un momento y luego se
concentró en él con una mirada fría e intensa-. He pasado los últimos días
revisando el estado actual de los asuntos de los vardenos. Ha sido una actividad
lúgubre. Somos pobres, estamos demasiado diseminados, tenemos pocas provisiones
y son pocos los reclutas del Imperio que se suman a nosotros. Quiero cambiar
eso.
»Los enanos no pueden seguir
apoyándonos mucho tiempo porque ha sido un pésimo año para el campo y han
sufrido pérdidas. Teniendo eso en cuenta, he decidido llevarme a los vardenos a
Surda. Es una propuesta difícil, pero lo considero necesario para mantener la
seguridad. Cuando estemos en Surda, al fin nos encontraremos cerca de
enfrentarnos direc-tamente al Imperio.
Hasta Saphira se agitó por
la sorpresa.
¡Cuánto trabajo daría
eso!-dijo Eragon-. Podría costar meses llevar todas las propiedades a Surda,
por no mencionar a la gente. Y probablemente serían atacados en el camino.
-Creía que el rey Orrin no
se atrevía a enfrentarse abiertamente a Galbatorix -protestó.
Nasuada le dedicó una amarga
sonrisa.
-Su postura ha cambiado
desde que derrotamos a los úrgalos. Nos dará refugio y ali-mento y luchará a
nuestro lado. Ya hay muchos vardenos en Surda, sobre todo mujeres y niños que
no saben pelear, ni quieren. También ellos nos darán apoyo, y si no, les retiraré
el nombre.
-¿Cómo -preguntó Eragon- has
conseguido comunicarte tan rápido con el rey Orrin?
-Los enanos tienen un
sistema de espejos y antorchas que les permite enviar mensajes por los túneles.
Pueden enviar un mensaje desde aquí hasta el límite este de las montañas Beor
en menos de un día. Después los mensajeros lo llevan hasta Aberon, capital de
Surda. Por rápido que parezca, ese método sigue siendo demasiado lento si
tenemos en cuenta que Galbatorix puede sorprendernos con un ejército de úrgalos
y que tardaríamos más de un día en saberlo. Quiero preparar algo que resulte
más expeditivo entre los magos de Du Vrangr Gata y los de Hrothgar antes de
irnos.
Nasuada abrió un cajón del
escritorio y sacó un grueso pergamino.
-Los vardenos abandonarán
Farthen Dür este mismo mes. Hrothgar está de acuerdo en proporcionarnos un paso
seguro a través de los túneles. Además, ha enviado una tropa a Orthíad para
alejar a los últimos vestigios de úrgalos y sellar los túneles, de manera que
nadie pueda volver a invadir a los enanos por esa ruta. Como eso podría no
bastar para ga-rantizar la supervivencia de los vardenos, tengo que pedirte un
favor.
Eragon asintió. Esperaba una
petición o una orden. Sólo podía haberlo convocado por esa razón.
-Me tienes a tus órdenes.
-Quizá. -Desvió la mirada
hacia Saphira durante un segundo-. En cualquier caso, esto no es una orden, y
quiero que lo pienses detenidamente antes de responder. Para contribuir a
aumentar el apoyo a los vardenos, quisiera hacer correr la voz por todo el Imperio
de que un nuevo Jinete, llamado Eragon Asesino de Sombras, se ha unido a
nuestra causa con su dragona, Saphira. No obstante, quisiera contar con tu
permiso.
Es demasiado peligroso
-objetó Saphira.
De todos modos, nuestra
presencia aquí llegará a oídos del Imperio -señaló Eragon-. Los vardenos
querrán ufanarse de su victoria y de la muerte de Durza. Como va a ocurrir con
o sin nuestra apro-bación, deberíamos aceptarlo.
La dragona resopló
levemente.
Me preocupa Galbatorix.
Hasta ahora no habíamos hecho públicas nuestras simpatías.
Nuestros actos han sido
elocuentes.
Sí, pero incluso cuando
Durza peleaba contigo en Tronjheim, no intentaba matarte. Si hacemos pública
nuestra oposición al Imperio, Galbatorix no volverá a ser tan indulgente. A
saber qué fuerzas o tramas habrá reservado mientras pretendía ganarse nuestro
apoyo. Mientras sigamos siendo
ambi-guos, no sabrá qué hacer.
El tiempo para la ambigüedad
ya ha pasado -afirmó Eragon-. Hemos luchado contra los úrgalos, hemos matado a
Durza, y yo he jurado lealtad a la líder de los vardenos. No hay ninguna
ambigüedad. No; con tu permiso, voy a aceptar su propuesta.
Saphira guardó silencio un
largo rato y luego bajó la cabeza.
Como quieras.
Eragon le apoyó una mano en
el costado antes de volver a concentrarse en Nasuada y decir:
-Haz lo que te parezca
oportuno. Si así es como mejor podemos ayudar a los vardenos, que así sea.
-Gracias. Sé que es mucho
pedir. Ahora, como ya hablamos antes del funeral, espero que viajes a Ellesméra
y completes tu formación.
-¿Con Arya?
-Por supuesto. Los elfos han
rechazado el contacto con humanos y enanos desde que ella fue capturada. Arya
es el único ser que puede convencerlos para que abandonen su aisla-miento.
-¿No puede usar la magia
para comunicarles que fue rescatada?
-No, por desgracia. Cuando
los elfos se retiraron a Du Weldenvarden tras la caída de los Jinetes, dejaron
guardas al¬rededor del bosque para impedir que cualquier pensamien¬to, objeto o
ente entrara allí por medios arcanos, aunque no cerraron el camino de salida,
si he entendido bien la expli¬cación de Arya. Así, Arya debe visitar
físicamente Du Wel-denvarden para que la reina Islanzadí sepa que está viva,
que Saphira y tú existís, y para que se entere de los muchos suce¬sos que han
acontecido a los vardenos en estos últimos me¬ses. -Nasuada le pasó el
pergamino. Llevaba estampado un sello de cera-. Esto es una misiva para la
reina Islanzadí, en la que le cuento la situación de los vardenos y mis planes
al respecto. Cuídala con tu vida; podría causar muchos males si cae en manos
equivocadas. Espero que después de todo lo que ha ocurrido, Islanzadí sienta
suficiente bondad por no-sotros para reanudar los lazos diplomáticos. Su ayuda
podría marcar la diferencia entre la victoria y la derrota. Arya lo sabe y ha
accedido a hablar en nuestro favor, pero quería que tú también conocieras la
situación para que puedas aprovechar cualquier oportunidad que se presente.
Eragon se encajó el
pergamino en el jubón.
-¿Cuándo salimos?
-Mañana por la mañana... A
no ser que tengas algún otro plan.
-No.
-Bien. -Dio una palmada-.
Has de saber que otra persona viajará con vosotros. -Eragon la miró
sorprendido-. El rey Hrothgar ha insistido en que, en nombre de la justicia,
debe¬ría haber un representante de los enanos en tu formación, puesto que
también afecta a los suyos. Enviará contigo a Orik.
La primera reacción de
Eragon fue irritarse. Saphira podía haber cargado con él y Arya volando hasta
Du Weldenvarden, eliminando así semanas enteras de viaje innecesario. En
cambio, no había modo de que cupieran tres pasajeros a espaldas del dragón. La
presencia de Orik los obli¬garía a ir por tierra.
Tras algo de reflexión,
Eragon admitió que la propuesta de Hrothgar era sabia. Era importante que él y
Saphira mantuvieran una apariencia de ecuanimidad al manejar los intereses de
las diferentes razas. Sonrió.
-Ah, bueno, eso nos frenará
un poco, pero supongo que debo contentar a Hrothgar. A decir verdad, me encanta
que venga Orik. Cruzar Alagaésia sin otra compañía que Ayra era una perspectiva
desalentadora. Es...
Nasuada sonrió también.
-Es distinta.
-Sí. -Se puso serio de
nuevo-. ¿De verdad piensas atacar al Imperio? Tú misma has dicho que los
vardenos están de¬bilitados. No parece la decisión más sabia. Si esperamos...
-Si esperamos -dijo ella con
solemnidad-, Galbatorix será cada vez más fuerte. Desde que asesinaron a
Morzan, es la primera vez que tenemos una mínima oportunidad de to-marlo por
sorpresa. No tenía ninguna razón para sospechar que pudiéramos derrotar a los
úrgalos, lo cual conseguimos gracias a ti, de modo que no habrá preparado el
Imperio para defender-se de una invasión.
¡Invasión! -exclamó
Saphira-. ¿Y cómo piensa matar a Galba¬torix cuando salga volando para arra-sar
al ejército con su magia?
Nasuada meneó la cabeza en
respuesta después de que Eragon le trasladara la pregunta.
-Por lo que sabemos de él,
no luchará hasta que considere que Urú'baen está amenazada. A Galbatorix no le
importa que destruyamos la mitad del Imperio mientras nos estemos acer-cando,
en vez de alejarnos. Además, ¿por qué habría de preocuparse? Si conseguimos
llegar hasta él, nuestras tropas serán acosadas y diezmadas, de modo que le
resultará más fácil des-truirnos.
-Aún no has contestado a la
pregunta de Saphira.
-Porque aún no puedo
hacerlo. Será una campaña lar¬ga. Cuando termine, tal vez tú ten-gas la fuerza
suficiente para derrotar a Galbatorix, o quizá se nos hayan unido los
el¬fos...; y sus hechiceros son los más fuertes de Alagaésia. Pase lo que pase,
no podemos permitirnos la espera. Ha llegado el momento de apostar y atreverse
a hacer lo que nadie nos cree capaces de lograr. Los vardenos llevan demasiado
tiem¬po viviendo en las sombras: tenemos que desafiar a Galbato¬rix o rendirnos
y desaparecer.
El alcance de lo que sugería
Nasuada inquietó a Eragon. Implicaba tantos riesgos, tantos peligros
desconocidos, que casi resultaba absurdo plantearse semejante empeño. De to¬dos
modos, no le correspondía a él decidirlo, y lo aceptó. Tampoco pensaba discutirlo
más ade-lante.
Ahora hemos de confiar en su
juicio.
-Pero ¿qué será de ti,
Nasuada? ¿Estarás a salvo en mi ausencia? Debo pensar en mi ju-ramento. Ahora,
mi respon¬sabilidad es asegurarme de que no tengas pronto tu propio fune-ral.
Nasuada apretó el mentón y
señaló hacia la puerta y los soldados que permanecían tras ella.
-No temas nada, estoy
suficientemente protegida. -Bajó la mirada-. He de admitir que... una razón
para ir a Surda es que Orrin me conoce de hace tiempo y me ofrecerá su
protección. No puedo entretenerme aquí si tú y Arya no estáis y el Consejo de
Ancianos mantiene su poder. No me aceptarán como líder mientras no demuestre,
más allá de cualquier duda, que soy yo quien controla a los vardenos, y no
ellos.
Luego pareció recurrir a
alguna energía interior y alzó los hombros y el mentón de tal modo que parecía
distante y aislada.
-Vete ya, Eragon. Prepara tu
caballo, reúne provisiones y preséntate en la puerta del norte al amanecer.
Él hizo una profunda
reverencia, respetando aquel re¬greso a la formalidad, y luego se fue con
Saphira.
Después de cenar, Eragon y
Saphira salieron juntos a volar. Se alzaron sobre Tronjheim, entre los
almenados carámba¬nos que pendían de las laderas de Farthen Dür, formando una
gran cinta blanca en torno a ellos. Pese a que faltaban aún algunas horas para
el anochecer, dentro de la montaña ya todo estaba oscuro.
Eragon echó la cabeza atrás
y saboreó el aire que le rozaba la cara. Echaba de menos el viento, aquel
viento que podía correr entre la hierba y agitar las nubes hasta que todo
queda-ba fresco y alborotado. El viento que traía lluvia y tormentas y empujaba
a los árboles hasta lograr que se inclinaran.
Ya puestos, también echo de
menos los árboles -pensó-. Far¬then Dür es un lugar increíble, pero tiene menos
plantas y animales que la tumba de Ajihad.
Saphira estaba de acuerdo.
Parece que los enanos creen
que las piedras preciosas ocupan el lugar de las flores. -Guardó silencio
mientras la luz se iba ate¬nuando. Cuando oscureció tanto que Eragon ya no
podía ver con claridad, la dragona dijo-: Es tarde. Deberíamos regresar.
De acuerdo.
Descendió hacia el suelo
trazando amplias e indolentes espirales para acercarse a Tronj-heim, que
brillaba como una almenara en el centro de Farthen Dür. Todavía estaban lejos
de la ciudad-montaña cuando Saphira ladeó la cabeza y dijo:
Mira eso.
Eragon siguió su mirada,
pero no alcanzó a ver más que la gris y anodina llanura que tenían debajo.
¿Qué?
En vez de contestar, inclinó
las alas y se deslizó hacia la izquierda para descender hacia una de las cuatro
carreteras radiales que salían de Tronjheim siguiendo los cuatro pun¬tos
cardinales. Al aterrizar, Eragon se fijó en una mancha blanca que se veía en
una colina cercana. La mancha se agitó extrañamente en la penumbra, como una
vela flotante, y luego se convirtió en Angela, vestida con una túnica clara de
lana.
La bruja llevaba una cesta
de mimbre de más de un me¬tro de anchura con un asombroso surtido de setas, la
mayo¬ría irreconocibles para Eragon. Mientras ella se acercaba, él las señaló y
dijo:
-¿Has estado recogiendo
hongos?
-Hola -saludó Angela,
riéndose, mientras soltaba su car¬ga-. Ah, no, hongos es un término demasiado
general. -Los diseminó con una mano-. Éste es de mata de sulfuro, éste es un
tintero, éste un ombliguillo, un escudo de enano, un pata rojilla, anillo de sangre,
y ese otro es un engaño con pintas. Maravilloso, ¿verdad?
Los iba señalando de uno en
uno, y terminó en una se¬ta en cuyo sombrero había salpicaduras de rosa,
lavanda y amarillo.
-¿Y ésa? -preguntó Eragon,
señalando una que tenía el pie azul relámpago, las laminillas de un naranja
líquido y el sombrero de un negro lustroso.
Ella lo miró con cariño.
-Fricai Andlát, como dirían
los elfos. El pedúnculo pro¬voca la muerte inmediata, mientras que el sombrero
puede curar la mayoría de los envenenamientos. De ahí sale el néc¬tar de
Tunivor. Fricai Andlát sólo crece en cuevas de Du Weldenvarden y Farthen Dür;
aquí se moriría si los enanos echaran en otro lugar su estiércol.
Eragon volvió a mirar la
colina y se dio cuenta de que era exactamente eso: una montaña de estiércol.
-Hola, Saphira -dijo Angela,
pasando junto a Eragon para tocarle la nariz a la dragona. Saphira pestañeó y
se mos¬tró complacida, agitando la cola. Al mismo tiempo, Solembum apareció a
la vista con una rata firmemente agarrada en la boca. Sin mover siquiera el
bigote, el gato se instaló en el suelo y empezó a mordisquear el roedor,
ignorando a los otros tres-. Bueno -prosiguió, al tiempo que retiraba un rizo
de su enorme melena-, ¿os vais a Ellesméra? -Eragon asin¬tió. No se molestó en
preguntarle cómo lo había averigua¬do; al parecer, siempre se enteraba de todo
lo que pasaba.
Como Eragon guardaba
silencio, ella lo regañó-: Bueno, no estés tan taciturno. ¡Tampoco es que vayan
a ejecutarte!
-Ya lo sé.
-Pues sonríe. Si no van a
ejecutarte, has de ser feliz. Estás más flácido que la rata de So-lembum.
«Flácido.» Qué mara¬villosa palabra, ¿no te parece?
Eso le arrancó una sonrisa,
y Saphira soltó una carcajada desde las profundidades de su garganta.
-No estoy seguro de que sea
tan maravillosa como tú crees, pero sí, entiendo lo que quieres decir.
-Me encanta que lo
entiendas. Es bueno entender. -Con las cejas enarcadas, pasó una uña bajo una
seta, le dio la vuelta y, mientras estudiaba sus laminillas, dijo-: Qué
casualidad que nos hayamos encontrado esta noche, porque tú estás a punto de
irte y yo... Yo acompañaré a los vardenos a Surda. Ya te dije en alguna ocasión
que me gusta estar donde ocurren las cosas, y esta vez será allí.
Eragon sonrió más todavía.
-Bueno, entonces eso
significa que vamos a tener un buen viaje. Si no, estarías con nosotros.
Angela se encogió de hombros
y luego habló con seriedad.
-Ten cuidado en Du
Weldenvarden. El hecho de que los elfos no muestren sus emociones no significa
que no estén sujetos a iras y pasiones como el resto de los mortales. Lo que
los vuelve más peligrosos, de todas formas, es esa capacidad que tienen para esconderlo,
a veces durante años enteros.
-¿Has estado allí?
-Hace mucho tiempo.
Tras una pausa, Eragon
preguntó:
-¿Qué opinas de los planes
de Nasuada?
-Mmm... ¡Está condenada! ¡Tú
estás condenado! ¡Están todos condenados! -Se echó a reír, doblándose por la
mitad, y luego se estiró de golpe-. Date cuenta de que no he es-pecificado qué
clase de condena, así que, pase lo que pase, podré decir que lo predije. Qué
lista soy. -Levantó de nuevo la cesta y se la apoyó en una cadera-. Supongo que
no te voy a ver durante un tiempo, así que adiós, que tengas la mejor suerte;
evita la col podrida, no te comas la cera de las orejas y sé siempre optimista.
Y se alejó tras un alegre
guiño, dejando a Eragon pesta¬ñeando y perplejo.
Después de una apropiada
pausa, Solembum recogió su cena y la siguió, siempre tan digno.
El
regalo de Hrothgar
Faltaba media hora para el
amanecer cuando Eragon y Saphira llegaron a la puerta norte de Tronjheim. La
puerta estaba alzada hasta la altura necesaria para que pudiera pasar Saphira,
de modo que se apresuraron a cruzarla y luego esperaron en la empotrada zona
posterior, donde se alzaban las colum¬nas de jaspe y las bestias talladas
gruñían entre los pilares ensangrentados. Más allá, en el mismo límite de
Tronjheim, había dos grifos sentados, de diez metros de altura. Pares idénticos
a aquél guardaban todas las puertas de la ciudad-montaña. No había nadie a la
vista.
Eragon sujetó las riendas de
Nieve de Fuego. Habían ce¬pillado, herrado y ensillado al se-mental, y sus
alforjas iban llenas de provisiones. Sus cascos rasgaban el suelo con
impacien-cia; Eragon llevaba más de una semana sin montar en él.
Al poco apareció Orik, que
llevaba un gran saco a la es¬palda y un fardo entre los brazos.
-¿Sin caballo? -preguntó
Eragon, más bien sorprendido.
«¿Se supone que vamos a
llegar a Du Weldenvarden ca¬minando?»
Orik gruñó.
-Pararemos en Tarnag, no muy
lejos de aquí en dirección norte. Desde allí usaremos balsas para bajar por el
Az Ragni hasta Hedarth, un destacamento destinado al comercio con los elfos. No
necesitaremos corceles hasta Hedarth, de modo que, hasta entonces, iré a pie.
Soltó el fardo con un
resonar metálico y luego lo deshi¬zo para mostrar la armadura de Eragon. El
escudo estaba repintado de tal modo que el roble se veía claramente en el
centro, y habían desaparecido todas las abolladuras y rasgu¬ños. Debajo había
una larga malla, bruñida y tan engrasada que el metal relucía. No se veía
ningún rastro del tajo que le había causado Durza al cortar la espalda de
Eragon. La toca, los guantes, los protectores para los brazos, las espinilleras
y el yelmo estaban igualmente reparados.
-Han estado trabajando
nuestros mejores herreros -dijo Orik-. Y con la tuya también, Saphira. De todas
formas, como no podemos llevar con nosotros una armadura de dragón, se la han
quedado los vardenos y la guardarán hasta nuestro re¬greso.
Dale las gracias en mi
nombre, por favor -pidió Saphira.
Eragon lo hizo, luego se
puso los protectores para los brazos y las espinilleras y guardó los demás
elementos en las alforjas. Por último quiso coger el yelmo, pero se encontró
con que lo sostenía Orik. El enano hizo rodar la pieza entre sus manos y luego
dijo:
-No te lo quieras poner tan
rápido, Eragon. Antes tienes que hacer una elección.
-¿Qué elección?
Orik alzó el yelmo y
descubrió la pulida parte delantera, que, según pudo ver Eragon, había sido
alterada: habían grabado en el hierro el martillo y las estrellas del clan de
Hrothgar y Orik, el Ingeitum. Orik frunció el ceño, con as¬pecto a la vez complacido
y pero-cupado, y anunció con voz formal:
-Mi rey, Hrothgar, desea que
te regale este yelmo como símbolo de la amistad que te profesa. Y con él
Hrothgar te presenta la oferta de adoptarte como miembro del Dúrgrimst
Ingeitum, como uno más de su familia.
Eragon miró fijamente el
yelmo, sorprendido por el ges¬to de Hrothgar.
¿Eso quiere decir que
estaría sujeto a su mando?... Si sigo acu¬mulando lealtades y tributos a este
ritmo, dentro de poco quedaré in¬capacitado: no podré hacer nada sin incumplir
algún juramento.
No tienes por qué ponértelo
-señaló Saphira.
¿Y arriesgarme a insultar a
Hrothgar? Una vez más, estamos atrapados.
Sin embargo, tal vez la
intención sea meramente hacerte un re¬galo, un signo más de otho, no una
trampa. Yo diría que nos agradece mi
propuesta de reparar Isidar Mithrim.
A Eragon no se le había
ocurrido porque estaba demasiado ocupado en pensar qué clase de ventaja podía
obtener sobre ellos el rey de los enanos.
Cierto. Pero yo creo que
también es un intento de corregir el desequilibrio de poder que se creó cuando
juré lealtad a Nasuada. Dudo que a los enanos les encantara ese giro.
Volvió a mirar a Orik, que
esperaba con ansiedad:
-¿Esto se hace a menudo?
-¿Para un humano? Nunca.
Hrothgar discutió con las fa¬milias del clan Ingeitum durante un día y una
noche enteros hasta que te aceptaron. Si consientes en llevar nuestro emblema,
tendrás todos los derechos de un miembro del clan. Podrás participar en nuestros
consejos y tendrás voz en todos los asuntos. Y-aquí se puso muy sombrío- si así
lo deseas, tendrás dere-cho a ser enterrado con los nuestros.
Por primera vez, Eragon se
dio cuenta de la enormidad del gesto de Hrothgar. Los enanos no podían ofrecer
un ho¬nor mayor. Con un rápido movimiento, arrebató el yelmo a Orik y se lo
caló en la cabeza.
-Unirme al Dürgrimst
Ingeitum es un privilegio.
Orik movió la cabeza para
dar muestra de su aprobación y dijo:
-Entonces, toma este
Knurlnien, este Corazón de Piedra, y sostenlo entre tus manos. Sí, así. Ahora
debes reunir todo tu valor y cortarte una vena para humedecer la piedra.
Bastará con unas gotas... Para terminar,
repite conmigo: Os il dom qiránü carn dür thargen, zeitmen, oen grimst vor
formv edaris rak skilfz. Narho is belgond...
Era una larga declamación
que se hizo aún más larga porque Orik se detenía a cada rato para traducir las
frases que iba diciendo. Luego, Eragon se curó la muñeca con un rápido hechizo.
-Digan lo que digan los
clanes acerca de este asunto -ob¬servó Orik-, te has comportado con integridad
y respeto. Eso no lo pueden ignorar. -Sonrió-. Ahora somos del mis¬mo clan,
¿eh? ¡Eres mi hermano adoptivo! En circunstancias más normales, Hrothgar te
hubiera dado personalmente el yelmo y hubiéramos celebrado una larga ceremonia
para conmemorar tu entrada en el Dürgrimst Ingeitum; pero todo ocurre tan
rápido que no nos podemos entretener. No lo tomes como un desaire, sin embargo.
Tu adopción se ce¬lebrará con los debidos rituales cuando Saphira y tú volváis
a Farthen Dür. Comerás y bailarás y tendrás que firmar mu¬chos papeles para formalizar
tu nueva situación.
-Ardo en deseos de que
llegue ese día.
Aún le preocupaba discernir
las muy numerosas ramifi¬caciones que podía implicar su pertenencia al
Dürgrimst In¬geitum.
Sentado con la espalda
apoyada en un pilar, Orik se sacu¬dió el saco que llevaba a la espalda, sacó su
hacha y se puso a girarla entre las palmas. Al cabo de unos minutos, se inclinó
hacia delante y lanzó una mirada atrás, hacia Tronjheim.
-¡Barzül knurlar! ¿Dónde
están? Arya dijo que vendría aquí. ¡Ah! La única noción del tiempo que tienen
los elfos es la de llegar tarde, o más tarde todavía.
-¿Has tenido muchos tratos
con ellos? -preguntó Eragon, al tiempo que se ponía de cuclillas.
Saphira los miraba con
interés.
El enano soltó una carcajada
repentina.
-Eta. Sólo con Arya, y aun
con ella apenas esporádicamen¬te, porque se iba de viaje a menudo. En siete
décadas, sólo he descubierto una cosa de ella: no hay manera de meterle prisa a
un elfo. Es como darle martillazos a una lima; tal vez se par¬ta, pero nunca se
va a curvar.
-¿Acaso no son iguales los
enanos?
-Ah, pero las piedras
cambian, si se les concede suficiente tiempo. -Orik suspiró y meneó la cabeza-.
De todas las ra¬zas, los elfos son los que menos cambian, por eso me apetece
tan poco este viaje.
-Pero si vamos a conocer a
la reina Islanzadí, y veremos Ellesméra y yo qué sé qué más... ¿Cuándo
invitaron por últi¬ma vez a un enano a Du Weldenvarden?
Orik lo miró con el ceño
fruncido.
-Los paisajes no significan
nada. En Tronjheim y en otras ciudades quedan tareas urgentes, pero a mí me
toca vagar por Alagaésia para intercambiar cortesías y quedarme senta¬do y
engordar mientras te forman a ti. ¡Podría costar años!
«¡Años! A pesar de todo, si
es necesario para vencer a las Sombras y a los ra'zac, lo haré.»
-¡Por fin! -exclamó Orik, al
tiempo que se levantaba.
Se acercaban Nasuada —cuyas
zapatillas asomaban por debajo del vestido, como ratones que se escaparan a
toda velocidad de un agujero-, Jórmundur y Arya, que llevaba un saco como el de
Orik. Iba vestida con la misma ropa de cuero negro con que Eragon la había
visto por primera vez, así como la espada.
En ese momento, se le
ocurrió que tal vez a Arya y Na¬suada no les pareciera bien que se hubiera
unido a los In¬geitum. La culpa y el temor lo invadieron al darse cuenta de que
tenía que haber consultado antes a Nasuada. ¡Y a Arya! Se encogió al recordar
el enfado de la elfa después de su primer encuentro con el Consejo de los
Ancianos.
Por eso, cuando Nasuada se
detuvo ante él, Eragon des¬vio la mirada, avergonzado. Pero ella se limitó a
decir:
-Has aceptado.
Su voz sonaba amable y
controlada.
Eragon asintió sin levantar
la vista.
-Tenía mis dudas. Ahora, de
nuevo las tres razas tienen algún poder sobre ti. Los enanos pueden exigir tu
lealtad como miembro del Dürgrimst Ingeitum; los elfos te van a formar y
entrenar. Tal vez su influencia sea la más fuerte, pues Saphira y tú estáis
unidos por una magia que les pertenece. Al mismo tiempo, has jurado lealtad a
mí, una huma¬na... Tal vez sea mejor que todos compartamos tu lealtad.
Reaccionó a su sorpresa con
una extraña sonrisa, luego le puso en la mano una bolsa pequeña llena de
monedas y se apartó.
Jórmundur extendió una mano
y Eragon la estrechó, un poco aturdido.
-Que tengas buen viaje,
Eragon. Cuídate mucho.
-Vamos -dijo Arya,
deslizándose ante ellos hacia la oscu¬ridad de Farthen Dür-. Es hora de irnos.
Aiedail se ha pues¬to y tenemos un largo camino por delante.
-Vale -asintió Orik.
Sacó una antorcha roja de un
lado de su bolsa.
Nasuada los repasó con la
mirada una vez más.
-Muy bien. Eragon y Saphira,
tenéis la bendición de los vardenos, así como la mía. Ojalá tengáis un viaje
seguro. Re¬cordad que lleváis con vosotros todas nuestras esperanzas, to¬das
nuestras expectativas, así que desenvolveos honorable¬mente.
-Haremos cuanto podamos
-prometió Eragon.
Tomó con firmeza las riendas
de Nieve de Fuego y arrancó tras Arya, que ya se había adelantado unos cuantos
metros. Lo seguía Orik, y detrás, Saphira. Cuando ésta pasó por de¬lante de
Nasuada, Eragon vio que se detenía y le daba un suave lametazo en la mejilla.
Luego alargó el paso y se puso a su altura.
Mientras avanzaban hacia el
norte por el camino, el hue¬co de la puerta que dejaban atrás se fue volviendo
cada vez más pequeño hasta quedar reducido a un agujerito de luz en el que se
recortaban las siluetas de Nasuada y Jórmundur, que se habían quedado
esperando.
Cuando llegaron por fin a la
base de Farthen Dür, en¬contraron un par de puertas gigantes, de diez metros de
al¬tura, que los esperaban abiertas. Tres guardas enanos hicie¬ron una
reverencia y se apartaron de la abertura. Las puertas daban a un túnel de proporciones
similares, cuyos primeros quince metros estaban flanqueados por columnas y
antorchas. El resto estaba vacío y silencioso como un mausoleo.
Era exactamente igual a la
entrada oeste de Farthen Dür, pero Eragon sabía que aquel túnel era distinto.
En vez de hundirse como una madriguera a través de la base, de más de kilómetro y medio de espesor, para llegar al
exterior, éste seguía por debajo montaña tras montaña sin emerger hasta la
ciudad enana de Tarnag.
-Éste es nuestro camino
-afirmó Orik, al tiempo que alzaba su antorcha.
Él y Arya traspasaron el
umbral, pero Eragon se retuvo, repentinamente inseguro. No temía la oscuridad,
pero tam¬poco le hacía gracia saberse rodeado por una noche eterna hasta que
llegaran a Tarnag. Y entrar en aquel árido túnel significaba arrojarse una vez
más a lo desconocido, abando¬nar aquellas pocas cosas a las que había podido
acostum¬brarse entre los vardenos a cambio de un destino incierto.
¿Qué pasa ? -preguntó
Saphira.
Nada.
Respiró hondo y echó a
caminar, permitiendo que la montaña lo absorbiera en sus profundidades.
Martillo y tenazas
Tres días después de la
llegada de los ra'zac, Roran caminaba nervioso de un lado a otro sin control
alguno, al borde de su campamento en las Vertebradas. No había recibido
ningu-na noticia desde la visita de Albriech, y resultaba imposible obte¬ner
información mediante la mera observación de Carvahall. Lanzó una mirada
iracunda a las lejanas tiendas en que se alojaban los soldados y siguió
caminando arriba y abajo.
A mediodía, probó un poco de
comida sin beber. Se secó la boca con el dorso de la mano y se preguntó:
«¿Cuánto tiempo estarán dispuestos a esperar los ra'zac?». Si se trata¬ba de
una prueba de paciencia, estaba decidido a ganar.
Para pasar el tiempo,
practicó con el arco disparando con¬tra un tronco podrido, y sólo paró cuando
una flecha se par¬tió al golpear una piedra encastrada en la madera. Luego no
te-nía nada que hacer, aparte de ponerse de nuevo a caminar de un lado a otro
por el sendero pelado que arrancaba en la roca que usaba para dormir.
Así seguía cuando oyó unos
pasos más abajo, en el bos¬que. Agarró el arco, se escondió y esperó. Sintió un
gran ali¬vio al ver que aparecía la cara de Baldor. Roran gesticuló para que lo
viera.
Mientras se sentaban, Roran
preguntó:
-¿Por qué no ha venido
nadie?
-No podíamos -contestó
Baldor, al tiempo que se secaba el sudor de la frente-. Los soldados nos han
vigilado muy de cerca. Sólo ahora he podido escaparme por primera vez. Y
tampoco me puedo quedar mucho rato. -Volvió el rostro hacia el pico que se
alzaba sobre ellos y se estremeció-. Para quedarte aquí, has de ser más
valiente que yo. ¿Has tenido algún problema con lobos, osos o gatos monteses?
-No, no, estoy bien. ¿Han
dicho algo nuevo los soldados?
-Anoche uno de ellos se
jactó ante Morn de que hubieran escogido a su brigada especial-mente para esta
misión.
Roran frunció el ceño-. No
han parado quietos. Cada noche se emborrachan por lo menos dos o tres. El
primer día, un grupo destrozó la sala común de Morn.
-¿Pagaron los daños?
-Por supuesto que no.
Roran cambió de postura y
miró hacia la aldea.
-Aún me cuesta creer que el
Imperio se tome tanto tra¬bajo para detenerme. ¿Qué podría darles? ¿Qué creen
que puedo darles?
Baldor siguió su mirada.
-Los ra'zac han interrogado
hoy a Katrina. Alguien mencionó que tenéis una relación muy estrecha, y los
ra'zac sintieron curiosidad por saber si ella conocía tu paradero.
Roran volvió a mirar el
rostro franco de Baldor.
-¿Está bien?
-Hace falta algo más que
esos dos para asustarla -lo tranquilizó Baldor. Su siguiente frase fue
cautelosa y tentativa-: Quizá deberías plantearte la posibilidad de entregarte.
-¡Antes me colgaría y me los
llevaría por delante! -Ro¬ían se levantó y se puso a recorrer de nuevo su ruta
habitual, sin dejar de golpearse la pierna-. ¿Cómo puedes decir eso, sabiendo
que torturaron a mi padre?
Baldor lo cogió por un brazo
y le dijo:
-¿Qué pasa si sigues
escondido y los soldados no se marchan? Darán por hecho que he-mos mentido para
ayudarte a huir. El Imperio no perdona a los traidores.
Roran se zafó de Baldor. Se
dio la vuelta, se golpeó la pierna y luego se sentó bruscamen-te. «Si no
aparezco, los ra'zac culparán a quienes tengan delante. Si intento alejar a los
ra'zac...» Roran no conocía el bosque tan bien como para librarse de treinta
hombres más los ra'zac. «Eragon podría hacerlo, pero yo no.» Sin embargo, si la
situación no cambiaba, podía ser su única opción. Miró a Baldor.
—No quiero que nadie sufra
por mi causa. Esperaré un poco más, y si los ra'zac se impacientan y amenazan a
al¬guien... Bueno, entonces ya pensaré qué hacer.
-Es una situación
desagradable para todos -comentó Baldor.
-Y tengo la intención de
sobrevivir a ella.
Baldor se fue poco después y
dejó a Roran a solas con sus pensamientos, recorriendo aquel camino
interminable. Re¬corría kilómetro tras kilómetro, cavando un surco bajo el peso
de sus cavilaciones. Cuando llegó el gélido crepúsculo, se quitó las botas por
miedo a gastarlas y siguió caminando descalzo.
Justo cuando se alzó la
pálida luna y bañó las sombras de la noche con rayos de luz marmórea, Roran
percibió algún alboroto en Carvahall. Grupos de antorchas recorrían la os-cura
aldea y parecían apagarse y encenderse al entrar y salir de las casas. Las manchas
amarillas se concentraron en el centro de Carvahall como una nube de
luciérnagas y luego se dirigieron desordenadamente hacia el borde del pueblo,
donde se encontraron con una línea más gruesa de antor¬chas de los soldados
acampados.
Durante dos horas, Roran vio
cómo se oponían los dos grupos: las agitadas antorchas pululaban sin remedio
ante las estólidas teas. Al fin, las luces cada vez más tenues de ambos grupos
se dispersaron y regresaron a las casas y a las tiendas.
Viendo que no ocurría nada
más de interés, Roran de¬sató su saco de dormir y se metió bajo las sábanas.
Durante todo el día
siguiente, hubo un ajetreo inusual en Carvahall. Algunas figuras caminaban de
una casa a otra e incluso, para sorpresa de Roran, salieron a caballo hacia
diversas granjas del valle de Palancar. A mediodía vio que dos hombres entraban
en el campamento de los soldados y desaparecían, durante al menos una hora, en
la tienda de los ra'zac.
Seguía con tal atención
aquellos sucesos que apenas se movió en todo el día. Estaba a media cena
cuando, tal como esperaba, volvió a aparecer Baldor.
-¿Tienes hambre? -preguntó
Roran, por gestos.
Baldor meneó la cabeza y se
sentó con aires de extenuación. Las ojeras hacían que su piel pareciera fina y
magullada.
-Quimby ha muerto.
El cuenco de Roran resonó al
caer al suelo. Maldijo, se limpió el guiso frío que le había caído en una
pierna y pre¬guntó:
-¿Cómo?
-Anoche un par de soldados
empezaron a molestar a Tara. -Tara era la esposa de Morn-. No es que a ella le
importa¬ra, pero los dos hombres empezaron a pelearse por decidir a quién debía
servir ella antes. Quimby estaba allí, reparando un barril que, según Morn, se
había caído. Intentó separar¬los. -Roran asintió. Quimby era así, siempre
intervenía para asegurarse de que los demás se comportaban correctamen¬te-. Lo
que pasa es que un soldado tiró una jarra y le golpeó en la frente. Lo mató al
instante.
Roran se quedó mirando al
suelo con las manos en las caderas, esforzándose por recuperar el control de su
agitada respiración. Era como si Baldor le hubiera dejado sin aire de golpe.
«Parece imposible... Quimby, ¿muerto?» El granjero, y destilador en horas
libres, formaba parte de aquel paisaje en la misma medida que las montañas que
rodeaban Carva-hall, una presencia indudable que daba forma a la textura de la
aldea.
-¿Van a castigar a esos
hombres?
Baldor alzó una mano.
-Justo después de morir
Quimby, los ra'zac robaron su cuerpo de la taberna y lo arrastra-ron hasta las
tiendas. In¬tentamos recuperarlo anoche, pero se negaron a hablar con nosotros.
-Lo vi.
Baldor gruñó y se frotó la
cara.
-Papá y Loring se han
reunido hoy con los ra'zac y han conseguido convencerlos de que devuelvan el
cuerpo. En cualquier caso, los soldados no cargarán con las consecuen¬cias.
-Hizo una pausa-. Yo estaba a punto de irme cuando han devuelto a Quimby. ¿Sabes
lo que le han dado a su mu¬jer? Huesos.
-¡Huesos!
-Pelados a mordiscos;
incluso se notaban las marcas de los dientes. Y habían partido algunos para
sacar el tuétano.
El asco se apoderó de Roran,
así como un profundo te¬rror por el destino de Quimby. Era sabido por todos que
una persona no podía hallar descanso si no se enterraba debida-mente su cuerpo.
Sublevado por la profanación, preguntó:
-Entonces, ¿quién, o qué, se
lo comió?
-Los soldados también
estaban horrorizados, o sea que habrán sido los ra'zac.
-¿Por qué? ¿De qué sirve?
-Creo -explicó Baldor- que
los ra'zac no son humanos. Tú no los has visto de cerca, pero tienen un aliento
pésimo y siempre se tapan la cara con bufandas negras. Tienen la es¬palda
encorvada y retorcida y hablan entre sí con crujidos. Hasta sus hombres parecen
temerlos.
-Si no son humanos, ¿qué
clase de criaturas son? -pre¬guntó Roran-. No son úrgalos.
-Quién sabe.
El miedo se sumó a la
repulsión de Roran; se trataba de miedo a lo sobrenatural. Lo vio reflejado en
el rostro de Bal¬dor cuando éste entrecruzó las manos. Pese a todas las
his¬torias sobre las maldades de Galbatorix, seguía causándoles impresión tener
la maldad del rey alojada entre sus casas. Roran sintió el peso de la historia
al darse cuenta de que se relaciona-ba con fuerzas de cuya existencia sólo
había sabido hasta entonces por medio de canciones y relatos populares.
-Hay que hacer algo
-murmuró.
El aire se volvió más
caliente aquella noche, y al mediodía si¬guiente el valle de Palancar
resplandecía, sofocado por un inesperado calor primaveral. Carvahall parecía en
paz bajo el claro cielo azul, aunque Roran percibió el amargo resen¬timiento
que se aferraba a sus habi-tantes con una intensidad maliciosa. La calma era
como una sábana tendida, tensada por el viento.
Pese a la expectación, el
día resultó rematadamente abu¬rrido; Roran se pasó casi todo el tiempo
cepillando la yegua de Horst. Al fin se acostó y alzó la mirada, más allá de
los eleva¬dos pinos, hacia la bruma de estrellas que adornaban el cielo
nocturno. Parecían tan cercanas que se sintió como si volara entre ellas a toda
velocidad, cayendo hacia el más negro vacío.
La luna se estaba poniendo
cuando se despertó Roran, con la garganta irritada por el humo. Tosió y rodó
para levan¬tarse, con los ojos ardientes y humedecidos al tiempo. Aquel humo
tan nocivo le impedía respirar.
Roran cogió sus mantas,
ensilló a la asustada yegua y lue¬go la espoleó montaña arriba, con la
esperanza de encon¬trar un poco de aire puro. Pronto se dio cuenta de que el
humo también ascendía y decidió darse la vuelta y tomar ha¬cia un lado por el
bosque.
Tras maniobrar unos cuantos
minutos en la oscuridad, por fin se abrieron paso y llegaron a una cornisa
despeja¬da por la brisa. Roran purgó sus pulmones con hondas inspi¬raciones y
escrutó el valle en busca del fuego. Lo descubrió al instante.
El granero de Carvahall
ardía blanco entre un ciclón de llamas que transformaban su con-tenido en una
fuente de centellas ambarinas. Roran se estremeció al contemplar la
destruc-ción de los víveres del pueblo. Quería gritar y correr por el bosque
para ayudar a quienes pretendían apagarlo con cubos, pero no pudo obligarse a
renunciar a su seguridad.
Entonces una centella
aterrizó en casa de Delwin. A los pocos segundos, el techo de paja explotó en
una oleada de fuego.
Roran maldijo y se tiró de
los pelos, al tiempo que le co¬rrían las lágrimas por la cara. Por eso jugar
con fuego era un delito mayor en Carvahall. ¿Se trataba de un accidente?
¿Ha¬bían sido los soldados? ¿Sería que los ra'zac castigaban a los aldeanos por
haberlo protegido? ¿Tenía él alguna responsa¬bilidad por esto?
A continuación, la casa de
Fisk se sumó a la conflagra¬ción. Aterrado, Roran sólo pudo desviar la mirada y
odiarse por su cobardía.
Al amanecer habían logrado
apagar todos los fuegos, o se habían extinguido ellos solos. Sólo la mera
fortuna y la falta de viento habían salvado al resto de Carvahall de la
consun-ción. Roran esperó hasta que estuvo seguro de que todo ha¬bía terminado
y luego se retiró a su antiguo campamento y se tumbó a descansar. Desde la
mañana hasta el anochecer, permaneció ajeno al mundo, al que sólo vio a través
de la lente de sus sueños atormentados.
Cuando despertó de nuevo, se
limitó a esperar una visita de la que estaba seguro. Esta vez era Albriech.
Llegó en ple¬no crepúsculo, con una expresión amarga y extenuada.
-Ven conmigo -le dijo.
Roran se puso tenso.
-¿Por qué?
«¿Habrán decidido
entregarme?»
Si la causa del fuego era
él, podía entender que los aldea¬nos quisieran su desaparición. Incluso podía
entender que fuera necesaria. No era razonable esperar que nadie de Car-vahall
se sacrificara por él. Sin embargo, eso no significaba que él pudiera permitir
que lo entrega-ran a los ra'zac. Des¬pués de lo que aquellos monstruos habían
hecho a Quimby, Roran estaba dispuesto a luchar a muerte con tal de no
con¬vertirse en su prisionero.
-Porque -explicó Albriech,
tensando los músculos del mentón- el fuego lo empezaron los soldados. Morn les
pro¬hibió entrar en el Seven Sheaves, pero se emborracharon con su cerve-za.
Uno de ellos tiró una antorcha al granero cuando se iban a acostar.
-¿Algún herido? -preguntó
Roran.
-Algunos quemados. Gertrude
ha podido ocuparse de ellos. Hemos intentado negociar con los ra'zac. Al oír
nues¬tros reclamos de que el Imperio costee las pérdidas y los cul¬pables se
enfrenten a la justicia, se han limitado a escupir. In¬cluso se han negado a
confinar a los soldados en sus tiendas.
-Entonces, ¿por qué he de
volver?
Albriech soltó una risotada
vacía.
-Por el martillo y las
tenazas. Necesitamos tu ayuda para... deshacernos de los ra'zac.
-¿Haréis eso por mí?
-No nos arriesgamos sólo por
tu bien. Esto ya afecta a toda la aldea. Al menos ven a ha-blar con papá y los
demás y escucha lo que opinan... Me parece que te encantará aban¬donar estas
montañas malditas.
Roran pensó la propuesta de
Albriech larga e intensa¬mente antes de decidirse a acom-pañarlo. «Si no,
tendré que huir; y para huir siempre hay tiempo.» Fue a buscar la ye¬gua, ató
sus bolsas a la silla y luego siguió a Albriech hacia el fondo del valle.
El avance se fue frenando a
medida que se acercaban a Carvahall, pues se escondían tras los árboles y la
maleza. Al¬briech se deslizó detrás de un depósito de agua de lluvia, compro-bó
que la calle estuviera despejada y luego se comu¬nicó por gestos con Roran.
Ambos fueron arrastrándose de sombra en sombra, siempre atentos a la posible
presencia de los siervos del Imperio. Al llegar a la fragua de Horst, Al¬briech
abrió una de las dos hojas de la puerta, ape-nas lo suficiente para que Roran y
la yegua entraran sin hacer ruido.
Dentro, el taller estaba
iluminado por una sola vela, que emitía un halo tembloroso sobre los rostros
reunidos en torno a ella y rodeados por la oscuridad. Horst, cuya espesa bar¬ba
destacaba como un saliente bajo la luz, estaba rodeado por los duros rostros de
Delwin, Gedric y Loring. El resto del grupo lo componían hombres más jóvenes:
Baldor, los tres hijos de Loring, Parr y el muchacho de Quimby, Nolfavrell, que
sólo tenía trece años.
Todos se dieron la vuelta
para mirar cuando Roran en¬tró en la reunión. Horst dijo:
-Ah, lo has conseguido.
¿Evitaste las desgracias mientras estabas en las Vertebradas?
-He tenido suerte.
-Entonces, prosigamos.
-¿Con qué, exactamente?
Roran ató la yegua a un
yunque mientras hablaba.
Contestó Lorin. El rostro
apergaminado del zapatero era una masa de heridas y arrugas retorcidas.
-Hemos intentado recurrir a
la razón con esos ra'zac... Esos invasores. -Se detuvo. Un desagradable zumbido
metá¬lico sacudía su cuerpo desde lo más hondo del pecho-. Han rechazado la
razón. Nos han puesto en peligro sin la menor señal de remordimiento o
contrición. -Carraspeó y luego anunció con una pronunciada deliberación-:
Ellos... han de... desaparecer. Esas criaturas...
-No -dijo Roran-. Criaturas,
no. Profanadores.
Todos pusieron mala cara y
movieron la cabeza en señal de consentimiento. Delwin retomó el hilo de la
conversación:
-El asunto es que todas
nuestras vidas corren peligro. Si ese fuego llega a extenderse más, hubieran
muerto docenas de personas y los que se hubieran librado habrían perdido todo
lo que tenían. En consecuencia, hemos decidido alejar a los ra'zac de Carvahall.
¿Te unirás a nosotros?
Roran dudó.
-¿Y si regresan o envían refuerzos?
No podemos derrotar a todo el Imperio.
-No -contestó Horst, grave y
solemne-, pero tampoco po¬demos permanecer callados y permitir que los soldados
nos maten y destruyan nuestras propiedades. Lo que un hombre puede aguantar sin
devolver el golpe tiene un cierto límite.
Lorin se rió y echó la
cabeza atrás de tal modo que la lla¬ma iluminó sus dientes partidos.
-Primero nos fortificaremos
-susurró con regocijo- y luego pelearemos. Haremos que se arrepientan de haber
puesto sus podridas miradas en Carvahall. ¡Ja, ja!
Represalias
Cuando Roran se mostró de
acuerdo con su plan, Horst em¬pezó a repartir palas, horcas y mayales,
cualquier cosa que pudiera servir para echar a los soldados y a los ra'zac a
golpes.
Roran sopesó una pica y la
dejó a un lado. Aunque nun¬ca le habían interesado las histo-rias de Brom,
había una, la «Canción de Gerand», que resonaba en su interior cada vez que la
oía. Hablaba de Gerand, el mayor guerrero de su épo¬ca, que cambió su espada
por una espo-sa y una granja. Sin embargo, no encontró la paz porque un señor
celoso inició una contienda de sangre contra su familia, lo cual obligó a
Gerand a volver a matar. Pero no peleó con su espada, sino con un simple
martillo.
Roran se acercó a la pared y
cogió un martillo de tama¬ño mediano que tenía el mango largo y un lado de la
cabe¬za redondo. Se lo pasó de una mano a otra, se acercó a Horst y le
preguntó:
-¿Puedo quedarme esto?
Horst contempló la
herramienta y luego miró a Roran:
-Úsalo con sabiduría.
-Después se dirigió al resto del gru¬po-. Escuchadme. No los quere-mos matar,
sino asustarlos. Romped unos cuantos huesos si queréis, pero no os dejéis
llevar. Y pase lo que pase, no os quedéis a pelear. Por muy va¬lientes y
heroicos que seáis, recordad que ellos son soldados bien entrenados.
Una vez estuvieron todos
bien equipados, abandonaron la fragua y se abrieron paso por Carvahall hacia el
límite del campamento de los ra'zac. Los soldados ya se habían acosta¬do, salvo
cuatro centinelas que patrullaban el perímetro de tiendas grises. Los dos
caballos de los ra'zac estaban atados junto a las ascuas de una fogata.
Horst repartió órdenes en
voz baja: envió a Albriech y Delwin a emboscar a dos centine-las, y a Parr y
Roran a por los otros dos.
Roran contuvo el aliento
mientras acechaba al soldado despistado. Su corazón empezó a estremecerse, y la
energía le aguijoneó las extremidades. Se escondió tras la esquina de una casa,
temblando, y esperó la señal de Horst.
«Espera.»
«Espera.»
Con un rugido, Horst
abandonó su escondite y dirigió la carga hacia las tiendas. Roran se lanzó
adelante y agitó el martillo, que alcanzó al centinela en el hombro con un
cru¬jido espeluznante.
El hombre aulló y soltó su
alabarda. Se tambaleó al reci¬bir nuevos golpes de Roran, en las costillas y en
la espalda. Roran alzó de nuevo el martillo, y el hombre se retiró, pi¬diendo
ayuda a gritos.
Roran corrió tras él,
gritando incoherencias. Lanzó un golpe al lateral de una tienda de lana,
pisoteó a quien hu¬biera dentro y luego aplastó un yelmo que vio asomar de otra
tienda. El metal sonó como una campana. Roran ape¬nas se dio cuenta de que Loring
pasaba danzando a su lado; el anciano cacareaba y chillaba en la noche mientras
punza¬ba a los soldados con una horca. Había confusión y cuerpos enfrascados en
la lucha por todas partes.
Roran giró sobre sí mismo y
vio que un soldado intentaba armar el arco. Se lanzó a toda prisa y golpeó el
arco con su mazo metálico, partiendo en dos la madera. El soldado huyó.
Los ra'zac salieron a
rastras de su tienda con unos aulli¬dos terribles, armados con sus espadas. Sin
darles tiempo a atacar, Baldor desató los caballos y los forzó a galopar hacia
aquellos dos espantapájaros. Los ra'zac se separaron y volvie¬ron a reagruparse,
pero se vieron arrastrados cuando los sol¬dados, perdida la moral, echaron a
correr.
Entonces se terminó.
Roran boqueaba en silencio,
con la mano acalambrada en torno al mango del martillo. Al cabo de un rato, se
abrió paso hacia Horst entre los montones de mantas y tiendas derrumba-das.
Bajo la barba, el herrero sonreía.
-Hacía años que no tenía una
reyerta tan buena.
Tras ellos, Carvahall
cobraba vida a medida que la gente intentaba averiguar el origen de aquella
conmoción. Roran vio que se encendían las lámparas tras las ventanas cerradas y
luego se dio la vuelta al oír un suave sollozo.
El muchacho, Nolfavrell,
estaba arrodillado junto al cuer¬po de un soldado, apuñalándolo metódicamente
mientras le corrían las lágrimas hasta la barbilla. Gedric y Albriech se
acercaron corriendo y alejaron a Nolfavrell del cadáver.
-No tendría que haber venido
-dijo Roran.
Horst se encogió de hombros.
-Tenía todo el derecho.
«De todas formas, haber
matado a un hombre de los ra'zac aún nos complicará más la tarea de librarnos
de los profana¬dores.»
-Deberíamos poner barricadas
en el camino y entre las casas para que no nos pillen por sorpresa.
Repasó a los hombres por si
alguno estaba herido y vio que Delwin tenía un largo tajo en el antebrazo. El
granjero se lo vendó con una tira que arrancó de su camisa destrozada.
Con unos pocos gritos, Horst
organizó al grupo. Encar¬gó a Albriech y Baldor que sacaran el carro de Quimby
de la forja y envió a los hijos de Loring y a Parr a rebuscar por Car¬vahall
cualquier objeto que pudiera servir para asegurar la aldea.
Mientras él hablaba, la
gente se fue congregando al bor¬de del campo y contemplaba los restos del
campamento de los ra'zac y el soldado muerto.
-¿Qué ha pasado? -gritó
Fisk.
Loring se adelantó y miró al
carpintero a los ojos:
-¿Que qué ha pasado? Yo te
contaré lo que ha pasado. Hemos derrotado a esos mamarra-chos, los hemos
pillado descal¬zos y les hemos hecho huir como perros.
-Me encanta. -Aquella voz
fuerte era de Birgit, una mu¬jer de pelo castaño que tenía a Nolfavrell
abrazado junto a su pecho, ignorando la sangre que le manchaba el rostro-.
Merecen morir como cobardes por la muerte de mi marido.
Los aldeanos soltaron
murmullos de consentimiento, pero luego habló Thane:
-¿Te has vuelto loco, Horst?
Incluso si habéis asustado a los ra'zac y a los soldados, Galbatorix enviará
más hombres. El Imperio no cederá hasta que atrapen a Roran.
-Deberíamos entregarlo
-gruñó Sloan.
Horst levantó las manos.
-Estoy de acuerdo: nadie
vale por sí mismo más que todo Carvahall. Pero si entregamos a Roran, ¿de
verdad creéis que Galbatorix permitirá que no se nos castigue por nuestra
resis-tencia? Para él no valemos más que los vardenos.
-Entonces, ¿por qué habéis
atacado? -quiso saber Tha¬ne-. ¿Quién te ha concedido la autoridad para tomar
esta decisión? ¡Nos has condenado a todos!
Esta vez contestó Birgit:
-¿Permitirías que mataran a
tu esposa? -Rodeó la cara de su hijo con las manos y luego le mostró las palmas
ensan¬grentadas a Thane, como una acusación-. ¿Permitirías que nos quemaran?
¿Dónde está tu hombría, alfarero?
El hombre bajó la mirada,
incapaz de enfrentarse a su severa expresión.
-Quemaron mi granja-dijo
Roran-, se comieron a Quim¬by y estuvieron a punto de destruir Carvahall. No
son críme¬nes que puedan quedar impunes. ¿Debemos acobardarnos y aceptar
nuestro destino como conejos asustados? ¡No! Tene¬mos derecho a defendernos. -Se
calló al ver que Albriech y Baldor subían la calle con dificultad, arrastrando
el carro-. Ya lo discutiremos más tarde. Ahora tenemos que preparar¬nos. ¿Quién
nos ayuda?
Cuarenta hombres, o más, se
ofrecieron como voluntarios. Entre todos se ocuparon de la difícil tarea de
convertir Carvahall en un lugar impenetrable. Roran trabajó sin cesar, clavando
estacas entre las casas, amontonando barriles llenos de piedras para formar
falsas paredes y arrastrando leños por el camino principal, que quedó bloqueado
con dos carros tumbados.
Cuando iba de una tarea a la
siguiente, Katrina lo abor¬dó en un callejón. Lo abrazó y dijo:
-Me alegro de que hayas
vuelto y de que estés bien.
Roran le dio un suave beso.
-Katrina, tengo que hablar
contigo en cuanto termine¬mos. -Ella sonrió insegura, pero con una chispa de
esperan¬za-. Tenías razón: esperar era una estupidez por mi parte. Cada momento
que pasamos juntos es muy valioso, y no ten¬go ninguna intención de derrochar
ese tiempo ahora que cualquier capricho del destino podría separarnos.
Roran echaba agua al techo
de paja de la casa de Kiselt para que no se incendiara cuando Parr gritó:
-¡Los ra'zac!
Roran soltó el cubo y corrió
hacia los carros, donde ha¬bía dejado su martillo. Mientras recogía el arma,
vio a uno de los ra'zac montado en su caballo al fondo del camino, casi a tiro
de arco. Una antorcha sostenida en la mano iz¬quierda iluminaba a la criatura,
mientras que la derecha es¬taba echada hacia atrás, como si fuera a lanzar
algo.
Roran se rió:
-¿Nos va a tirar una piedra?
Está demasiado lejos para acertar...
Tuvo que callarse porque el
ra'zac soltó el brazo como un látigo y una ampolla de cristal recorrió en un
arco la distan¬cia que los separaba y se estrelló contra el carro de la
dere¬cha. Un instante después, una bola de fuego elevó el carro por los aires y
un puño de aire ardiente lanzó a Roran contra una pared.
Aturdido, cayó de cuatro
patas y boqueó para recuperar la respiración. Entre rugidos, sus oídos
distinguieron el tam¬borileo de caballos lanzados al galope. Se obligó a
levantarse y encararse al sonido, pero tuvo que lanzarse a un lado al ver que
los ra'zac entraban a toda velocidad en Carvahall por el hueco que había
quedado entre los dos carros.
Los ra'zac tiraron de las
riendas, y brillaron las espadas cuando se pusieron a lanzar mandobles contra
la gente que se desperdigaba en torno a ellos. Roran vio morir a tres hom-bres;
luego Horst y Loring se acercaron a los ra'zac y los obli¬garon a retroceder
con sus horcas. Antes de que los aldeanos pudieran agruparse, los soldados se
colaron por la abertura y empezaron a matar indiscriminadamente en la
oscuridad.
Roran sabía que había que
detenerlos si quería evitar la conquista de Carvahall. Saltó hacia un soldado,
lo cogió por sorpresa y le golpeó en la cara con el martillo. El soldado se
desplomó sin el menor ruido. Al ver que sus compañeros se le echaban encima,
Roran arrancó el escudo del brazo inerte del muerto. Consiguió liberarlo justo
a tiempo para escudarse del primer golpe.
Caminando hacia atrás en
dirección a los ra'zac, Roran esquivó un sablazo y luego alzó el martillo hacia
la barbilla del hombre y lo tumbó.
-¡A mí! -gritó Roran-.
¡Defended vuestras casas! -Dio un paso lateral para esquivar un puñetazo, al
tiempo que cinco hombres se acercaron con la intención de rodearlo-. ¡A mí!
Baldor fue el primero en
responder a su llamada, y lue¬go, Albriech. Unos pocos segundos después, se
sumaron los hijos de Loring, seguidos por otros muchos hombres. Desde las
calles laterales, las mujeres y los niños acribillaban con piedras a los soldados.
-Permaneced juntos -ordenó
Roran, defendiendo su terreno-. Somos más que ellos.
Los soldados se detuvieron
al ver que la fila de aldeanos que tenían delante seguía aumentando. Con más de
cien hombres a su espalda, Roran avanzó.
-Atacad, estúpidos -gritaron
los ra'zac, al tiempo que es¬quivaban la horca de Loring.
Una flecha suelta silbó en
dirección a Roran. La detuvo con su escudo y se rió. Los ra'zac estaban ahora
al mismo ni¬vel que los soldados y siseaban de pura frustración. Fulmi-naban a
los aldeanos bajo sus ensombrecidas capuchas. De pronto, Roran sintió que le
entraba una especie de letargo y que no podía moverse; incluso le costaba
pensar. La fatiga parecía encadenar sus brazos y sus piernas.
Entonces oyó un grito de
Birgit desde Carvahall. Un se¬gundo después, una piedra voló por encima de su
cabeza y cayó hacia el ra'zac que iba delante. Éste se retorció con una
velocidad sobrenatural para evitar el misil. Aquella distrac¬ción, aunque fugaz,
liberó la mente de Roran de la influen¬cia soporífera. «¿Eso era magia?»,
pensó.
Soltó el escudo, agarró el
martillo con las dos manos y lo alzó por encima de la cabeza, tal como hacía
Horst para aplanar el metal. Roran se adelantó de puntillas, con todo el cuerpo
curvado hacia atrás, y lanzó los brazos con una exclamación. El martillo voló
rodando por el aire y rebo¬tó en el escudo del ra'zac, donde dejó una
formidable abo¬lladura.
Los dos ataques bastaron
para perturbar lo que quedaba del extraño poder de los ra'zac. Cuando los
aldeanos se aba¬lanzaron rugiendo, los ra'zac se comunicaron con rápidos
chasquidos y luego, con un tirón de las riendas, se dieron la vuelta.
-¡Retirada! -gruñían al
cabalgar entre los soldados.
De pronto, los soldados de
capas encarnadas se alejaron de Carvahall, acuchillando a cualquiera que se
acercara de¬masiado. Sólo cuando ya estuvieron a buena distancia de los carros
en llamas se atrevieron a darse la vuelta.
Roran suspiró y recuperó su
martillo. Notaba las magu¬lladuras del costado y de la espalda, donde se había
golpea¬do al chocar contra la pared. Agachó la cabeza al ver que la explosión
había matado a Parr. Habían muerto otros ocho hombres. Sus madres y esposas ya
rasgaban la noche con sus gemidos de dolor.
¿Cómo podía haber pasado eso
allí?
-¡Venid todos! -exclamó
Baldor.
Roran pestañeó y anduvo a
trompicones hacia la mitad del camino, donde estaba Baldor. Uno de los ra'zac
estaba sentado en su caballo, como un escarabajo, a poco más de veinte metros.
La criatura señaló con un dedo retorcido a Roran y dijo:
-Tú... Hueles como tu primo.
Nunca olvidamos un olor.
-¿Qué queréis? —gritó él—.
¿Por qué habéis venido?
El ra'zac soltó una
carcajada horrible, como de insecto:
-Queremos... información.
-Echó una mirada por encima del hombro, hacia el lugar por donde habían
desaparecido sus compañeros, y luego gritó-: Entregad a Roran, y os ven-deremos
como esclavos. Protegedlo, y os comeremos a todos. Obtendremos vuestra respuesta
cuando volvamos. Aseguraos de que sea la adecuada.
Az Sweldn
rak Anhüin
Cuando se abrieron las
puertas, la luz estalló en el túnel. Eragon achinó los ojos, pues no estaban
acostumbrados a la luz después de tantos días en el subsuelo. A su lado,
Saphira siseó y arqueó el cuello para ver mejor lo que la rodeaba.
Les había costado dos días
atravesar el paso subterráneo desde Farthen Dür, aunque a Eragon se le había
hecho más largo por la interminable penumbra que los rodeaba y el si-lencio que
se había impuesto en el grupo. A lo sumo, recorda¬ba un puñado de palabras
inter-cambiadas en todo el trayecto.
Eragon había alimentado la
esperanza de saber más cosas de Arya mientras viajaban juntos, pero la única
información que había obtenido procedía simplemente de la observación. No había
cenado nunca antes con ella, y le sorprendió ver que llevaba su propia comida y
que no probaba la carne. Cuando le preguntó por qué, ella contestó:
-Tú tampoco probarás carne
de ningún animal después de tu formación, o si lo haces, será sólo en ocasiones
muy extraordinarias.
-¿Y por qué he de renunciar
a la carne? -quiso saber.
-No te lo puedo explicar con
palabras, pero lo entende¬rás en cuanto lleguemos a Ellesméra.
Se olvidó de todo eso
mientras aceleraba para llegar al umbral, ansioso por ver su lugar de destino.
Se encontró en pie sobre un saledizo de granito, a más de treinta metros de
altitud sobre un lago cubierto por una bruma púrpura que brillaba bajo el sol
del este. Igual que en Kóstha-mérna, el agua iba de una montaña a otra,
llenando todo el valle. Des¬de el otro lado del lago, el Az Ragni fluía hacia
el norte, curvandose entre los picos hasta que -a lo lejos- se abalanzaba sobre
las llanuras del este.
A su derecha las montañas
parecían anodinas, salvo por unos pocos senderos, mientras que a la
izquierda... A la iz¬quierda estaba la ciudad enana de Tarnag. Allí los enanos
habían trabajado la tierra de las Beor, aparentemente inmutables, para crear
una serie de terrazas. La inferior estaba ocupada sobre todo por granjas -se
veían oscuros trazados de tierra en espera de plantaciones-, salpicadas por
edificios achaparrados que, hasta donde él podía imaginar, parecían de piedra.
Sobre esos niveles vacíos se alzaban hileras e hile¬ras de edificios
entre-lazados hasta culminar en una gigan¬tesca cúpula dorada y blanca. Era
como si los edificios de toda la ciudad no fueran más que escalones para subir
hasta la cúpula. Brillaba como piedra lunar pulida, un abalorio le¬choso que
flotara sobre una pirámide de pizarra gris.
Orik se adelantó a la
pregunta de Eragon:
-Eso es Celbedeil, el mayor
templo del mundo de los enanos, hogar del Dürgrimst Quan, el clan de los Quan,
sir¬vientes y mensajeros de los dioses.
¿Mandan ellos en Tarnag?
-preguntó Saphira.
Eragon repitió la pregunta.
-No -respondió Arya, al
tiempo que daba un paso ade¬lante-. Aunque los Quan son fuertes, y a pesar de
su poder sobre la vida del más allá y sobre el oro, son muy pocos. Los que
controlan Tarnag son los Ragni Hefthyn, los Guardia¬nes del Río. Mientras
estemos aquí, nos instalaremos en casa del jefe del clan, Ündin.
Mientras seguían a la elfa
para abandonar el saledizo y meterse en el retorcido bosque que cubría como un
manto la montaña, Orik dijo a Eragon al oído:
-No le hagas caso. Lleva
muchos años discutiendo con los Quan. Cada vez que visita Tarnag y habla con un
sacerdote, provoca unas peleas tan salvajes que asustarían a un kull.
-¿Arya?
Orik asintió con gravedad.
-No sé mucho de eso, pero me
han contado que está en profundo desacuerdo con muchas prácticas de los Quan.
Parece que los elfos no se llevan muy bien con la idea de «pedirle ayuda al
aire».
Eragon contempló la espalda
de Arya mientras bajaban, preguntándose si serían ciertas las palabras de Orik
y, en ese caso, cuáles serían las creencias de la elfa. Respiró hondo y apartó
el asunto de su mente. Era maravilloso estar de nuevo al aire libre, donde
podía oler el musgo, los heléchos y los ár¬boles del bosque, donde el sol le
calentaba la cara y las abejas y otros insectos revoloteaban agradablemente en
enjambres.
El camino descendía por el
límite del lago antes de al¬zarse de nuevo hacia Tarnag y sus puertas abiertas.
-¿Cómo habéis conseguido
esconderle Tarnag a Galbatorix? -preguntó Eragon-. Lo de Farthen Dür lo
entiendo, pero esto... No había visto nada igual.
Orik rió suavemente.
-¿Esconderla? Sería
imposible. No, cuando cayeron los Jinetes nos vimos obligados a abandonar todas
nuestras ciu¬dades en la superficie y retirarnos a los túneles para huir de
Galbatorix y los Apóstatas. A menudo recorrían las Beor vo¬lando y mataban a quien
encon-traran por ahí.
-Creía que los enanos
siempre habían vivido bajo tierra.
Orik frunció tanto el ceño
que se le juntaron las cejas.
-¿Y por qué íbamos a
hacerlo? Tenemos ciertas afinida¬des con la piedra, pero nos gusta el aire
libre tanto como a los humanos y a los elfos. En cualquier caso, apenas hace un
decenio y medio, desde la muerte de Morzan, que nos atrevimos a regresar a Tarnag
y a otras antiguas residencias. Galbatorix puede tener un poder sobrenatural,
pero nunca atacaría una ciudad él solo. Por supuesto, él y su dragón po¬drían
causarnos problemas infinitos si quisieran, pero últi¬mamente apenas salen de
Urü'baen, ni siquiera para viajes cortos. Y Galbatorix tampoco podría traer un
ejército hasta aquí sin conquistar antes Buragh o Farthen Dür.
Lo cual ha estado a punto de
hacer -comentó Saphira.
Al alcanzar un montículo,
Eragon dio un salto de sor¬presa cuando un animal saltó de la maleza y se
plantó en el camino. La esmirriada criatura parecía una cabra montañe¬sa de las
Vertebradas, pero era más grande y tenía una gi¬gantesca cornamenta estriada
que se trenzaba en torno a las mejillas; en comparación, los cuernos de los
úrgalos eran pequeños como nidos de golondrinas. Aún más extraños pa¬recían la
silla atada al lomo de la cabra y el enano que iba sentado en ella con firmeza
y les apuntaba con un arco me¬dio alzado al aire.
-¿Hert dürgrimst? ¿Fild
rastn? -exclamó el extraño enano.
-Orik Thrifkz menthiv oen
Hrethcarach Eragon rak Dür¬grimst Ingeitum -respondió Orik-. Wharn, az
vanyali-carha-rúg Arya. Né oc Ündinz grimstbelardn.
La cabra miraba con recelo a
Saphira. Eragon percibió el brillo y la inteligencia de sus ojos, aunque la
cara era más bien chistosa con su barba escarchada y aquella expresión tan
sombría. Le recordó a Hrothgar, y estuvo a punto de echarse a reír al darse
cuenta de que el animal se parecía a los enanos.
-Azt jok jordn rast -llegó
la respuesta.
Sin aparente intervención
del enano, la cabra saltó hacia delante y recorrió una distancia tan
extraordinaria que por un instante pareció que alzara el vuelo. Jinete y corcel
de-saparecieron entre los árboles.
-¿Qué era eso? -preguntó
Eragon, asombrado.
Orik echó a andar de nuevo.
-Un Feldünost, una de las
cinco especies de animales que sólo viven en estas montañas. Cada una de ellas
da nombre a un clan. De todos modos, el Dürgrimst Feldünost tal vez sea el clan más valiente y venerado.
-¿Por qué?
-Dependemos de ellos para
conseguir leche, lana y car¬ne. Sin su ayuda, no podríamos vivir en las Beor.
Cuando Galbatorix y sus Jinetes traidores nos aterrorizaban, los del Dür-grimst
Feldünost eran los que se arriesgaban a mantener los rebaños y los campos, y
siguen haciéndolo. Así que todos estamos en deuda con ellos.
-¿Todos los enanos montan en
Feldünost?
Eragon se atrabancó un poco
al pronunciar aquella pa¬labra extraña.
-Sólo en las montañas. Los
Feldünost son resistentes y tienen el paso firme, pero se adaptan mejor a las
montañas que a las llanuras.
Saphira empujó a Eragon con
el morro, obligando a Nie¬ve de Fuego a apartarse.
Eso sí que sería buena caza,
mejor que cualquiera que haya pro¬bado desde que salimos de las Vertebradas. Si
me sobra algo de tiem¬po en Tarnag...
No -contestó Eragon-. No
podemos ofender a los enanos.
Saphira resopló, irritada.
Puedo pedirles permiso.
El camino que los había
mantenido escondidos largo rato bajo la oscuridad de las ramas entró en un gran
claro que rodeaba Tarnag. Habían empezado a reunirse ya gru¬pos de
obser-vadores en los campos cuando siete Feldünost con arneses enjoyados
salieron de la ciudad dando botes. Sus jinetes llevaban lanzas con banderines
que flameaban como látigos al viento. Tirando de las riendas de su extraña
montura, el enano que los lideraba dijo:
-Sed bienvenidos a la ciudad
de Tarnag. Por el otho de Ündin y Gannel, yo, Thorv, hijo de Brokk, os ofrezco
la paz y el refugio de nuestros aposentos.
Tenía un acento arrastrado y
áspero, con un ronroneo rudo, muy distinto del de Orik.
-Y por el otho de Hrothgar,
los Ingeitum aceptamos vuestra hospitalidad.
-Lo mismo digo yo, en nombre
de Islanzadí -aña¬dió Arya.
Aparentemente satisfecho,
Thorv hizo un gesto a sus com¬pañeros, que espolearon a sus Feldünost para que
formaran en torno a ellos. Con un movimiento ostentoso, los enanos echaron sus
monturas a andar y los guiaron hacia Tarnag y a través de las puertas de la
ciudad.
La muralla exterior medía
doce metros de espesor y crea¬ba un túnel de sombras para las primeras de las
muchas gran¬jas que rodeaban Tarnag. Otros cinco niveles -cada uno de ellos
defendido por una puerta fortificada- los llevaron más allá de los campos hasta
el principio de la ciudad propia¬mente dicha.
En contraste con las gruesas
murallas de Tarnag, los edi¬ficios que se albergaban en su interior, pese a ser
de pie¬dra, estaban construidos con tal astucia que transmitían una sensa-ción
de levedad y ligereza. Unas tallas gruesas y vis¬tosas, generalmente de
animales, adorna-ban las casas y las tiendas. Pero aún era más sorprendente la
propia piedra: los colores vibrantes, que iban de un escarlata brillante al
verde más sutil, acristalaban la roca en capas translúcidas.
Colgadas por toda la ciudad
se veían las antorchas sin lla¬ma de los enanos, las chispas multicolores que
se anticipa¬ban al crepúsculo de las Beor y a su larga noche.
Al contrario que Tronjheim,
Tarnag estaba construida según la proporción de los enanos, sin ninguna
concesión a los visitantes humanos, elfos o dragones. Como máximo, los umbrales
alcanzaban un metro y medio de altura y a menu¬do no sobrepasaban el metro
veinte. Eragon era de mediana estatura, pero ahora se sentía como un gigante
transportado a un teatrillo de marionetas.
Las calles eran amplias y
estaban llenas de gente. Enanos de diversos clanes se afanaban en sus tareas o
regateaban a las puertas de las tiendas. Muchos llevaban ropas extrañas y
exóticas, como un grupo de enanos de fiero aspecto, con melenas negras, que
llevaban cascos de plata esculpidos con forma de cabezas de lobo.
Eragon miraba sobre todo a
las enanas, pues apenas ha¬bía podido echar un vistazo a alguna en Tronjheim.
Eran más gruesas que los hombres y tenían duros rostros, aunque sus ojos
brillaban, tenían el pelo bien lustroso y las manos que posaban en sus diminutos
hijos parecían tiernas. Evita¬ban las fruslerías, salvo por unos pequeños e
intrincados broches de hierro y piedra.
Al oír los resonantes pasos
de los Feldünost, los enanos se volvían para mirar a los recién llegados. No
vitoreaban como Eragon hubiera esperado; más bien hacían reveren¬cias y
murmuraban «Asesino de Sombras». Cuando veían el martillo y las estrellas grabadas
en el yelmo de Eragon, la admiración daba paso a la sorpresa y, en muchos
casos, a la indignación. Una cierta cantidad de enanos indignados se reunieron
en torno a los Feldünost, fulminaron a Eragon con la mirada, entre los cuerpos
de los animales, y gritaron algunos improperios.
A Eragon se le erizó el
vello de la nuca.
Parece que adoptarme no era
la decisión más popular que podía tomar Hrothgar.
Sí -concedió Saphira-. Tal
vez haya obtenido más control so¬bre ti, pero a costa de indignar a muchos
enanos. Será mejor que de¬saparezcamos de su vista antes de que haya sangre
derramada.
Thorv y los otros guardias
siguieron avanzando como si aquella muchedumbre no existiera, abriéndose paso
por otros siete niveles hasta que sólo una puerta los separó de la mole de
Celbedeil. Entonces Thorv torció a la derecha, ha¬cia una gran plaza pegada a
la falda de la montaña y prote¬gida del exterior por una barbacana rematada por
dos to¬rres con matacanes.
Al acercarse a la plaza, un
grupo de enanos armados sa¬lió de entre las casas y formó una gruesa hilera que
blo¬queaba la calle. Llevaban las caras y los hombros cubiertos por largos
velos de color púrpura, como tocas de malla.
De inmediato los guardias
tiraron de las riendas de sus Feldünost y pusieron caras serias.
-¿Qué pasa? -preguntó Eragon
a Orik.
El enano se limitó a menear
la cabeza y caminó hacia de¬lante, con una mano en el hacha.
-¡Etzil nithgech! -exclamó
un enano velado, con un puño alzado-. ¡Formv Hrethcarach...
formvjurgencarmeitder nos eta goroth bahst Tarnag, dür encesti rak kythn! ¿Jok
is warrev az barzülegür dür dürgrimst, Az Sweldn rak Anhüin, mógh tor rak
Jurgenvren? Né üdim etal os rast knurlag. Knurlag ana...
Siguió despotricando durante
un largo rato, con creciente malhumor.
-¡Vrron! -ladró Thorv para
cortarle.
Los dos enanos se pusieron a
discutir. Pese a la brusque¬dad del intercambio, Eragon vio que Thorv parecía
respetar al otro.
Eragon se echó a un lado
para conseguir una mejor vista por detrás del Feldünost de Thorv. El enano del
velo guardó silencio de repente y señaló el yelmo de Eragon con expre-sión de
horror.
-¡Knurlag qana quiránü
Dürgrimst Ingeitum! -excla¬mó-. Qarzül ana Hrothgar oen volfild...
-Jok is frekk dürgrimstvren?
-lo interrumpió Orik en voz baja, al tiempo que blandía el hacha.
Eragon miró a Arya, pero
ella estaba demasiado concen¬trada en la discusión para darse cuenta.
Disimuladamente, deslizó la mano hacia abajo y rodeó la empuñadura metáli¬ca de
Zar'roc.
El extraño enano miró a Orik
con dureza y luego sacó del bolsillo un anillo de hierro, se arrancó tres pelos
de la barba, los enroscó en torno al anillo, lo tiró al suelo con un seco
resonar y luego escupió. Sin añadir palabra, los enanos de los velos púrpura se
marcharon.
Thorv, Orik y los demás
guerreros soltaron un respingo cuando el anillo rebotó sobre el pavimento de
granito. In¬cluso Arya parecía afectada. Dos de los enanos más jóvenes
empalidecieron y se aprestaron a desenfundar las espadas, pero las soltaron
cuando Thorv gritó:
-¡Eta!
Sus reacciones inquietaron a
Eragon mucho más que la ronca conversación. Cuando Orik se adelantó y depositó
el anillo en una bolsa, Eragon le preguntó:
-¿Qué significa eso?
-Significa -contestó Thorv-
que tienes enemigos.
Se apresuraron a cruzar la
barbacana y llegaron a un am¬plio patio ocupado por tres mesas dispuestas para
un ban¬quete, decoradas con antorchas y banderolas. Delante de las mesas había
un grupo de enanos, y ante ellos había un ena¬no de barba gris envuelto en piel
de lobo. Éste abrió los bra¬zos y dijo:
-Bienvenidos a Tarnag, hogar
del Dürgrimst Ragni Hefthyn. Hemos oído hablar muy bien de ti, Eragon Asesino
de Sombras. Yo soy Ündin, hijo de Deründ y jefe del clan.
Otro enano dio un paso
adelante. Tenía los hombros y el pecho de un soldado, y sus abolsados ojos
negros no aban¬donaron en ningún momento el rostro de Eragon.
-Y yo soy Gannel, hijo de
Orm Hacha de Sangre, jefe del Dürgrimst Quan.
-Es un honor ser vuestro
invitado -contestó Eragon, in¬clinando la cabeza.
Percibió que Saphira se
impacientaba porque la habían ignorado.
Paciencia -le murmuró,
forzando una sonrisa.
Ella resopló.
Los jefes de los clanes
saludaron por turnos a Arya y Orik, pero con este último se trataba de una
hospitalidad malgastada, pues se limitó a extender la mano que sostenía el
anillo de hierro.
Ündin abrió mucho los ojos y
alzó con cautela el anillo, sosteniéndolo entre el pulgar y el índice como si
fuera una serpiente venenosa.
-¿Quién te ha dado esto?
-Ha sido Az Sweldn rak
Anhüin. Y no me lo ha dado a mí, sino a Eragon.
Al ver que la alarma se
apoderaba de sus rostros, Eragon re¬cuperó la aprensión de antes. Había visto a
enanos enfrentar¬se a solas a los kull sin huir. El anillo debía de simbolizar
algo verdaderamente terrible si era capaz de debilitar su coraje.
Ündin frunció el ceño
mientras escuchaba los murmu¬llos de sus consejeros. Luego dijo:
-Hemos de consultar este
asunto. Asesino de Sombras, se ha preparado un banquete en tu honor. Si
permites que mis sirvientes te acompañen a tus aposentos, podrás refres¬carte,
y tal vez luego podamos empezar.
-Por supuesto.
Eragon pasó las riendas de
Nieve de Fuego a un enano que esperaba y siguió a un guía hacia la plaza. Al
pasar bajo un umbral, echó una mirada atrás y vio a Arya y Orik en ple¬no
bullicio con los jefes de los clanes, con las cabezas bien juntas.
No tardaré mucho -prometió a
Saphira.
Tras recorrer agachado los
pasillos de tamaño enano, vio con alivio que la habitación que le habían
asignado era sufi¬cientemente espaciosa para permanecer en ella de pie. El
sirviente hizo una reverencia y dijo:
-Volveré cuando el
Grimstborith Ündin esté listo.
Cuando se fue el enano,
Eragon se quedó quieto, respi¬ró hondo y agradeció el silencio. El encuentro
con los ena¬nos de los velos seguía en su mente y le dificultaba relajarse. «Al
menos no vamos a quedarnos mucho en Tarnag. Eso evi¬tará que nos creen problemas.»
Se quitó los guantes y se
acercó a una pileta de mármol que había en el suelo, junto a la baja cama.
Metió las manos en el agua y las sacó de un tirón, con un grito involuntario.
El agua estaba casi hirviendo. «Debe de ser una costumbre de los enanos», concluyó.
Esperó a que se enfriara un poco y luego se mojó la cara y el cuello y se los
frotó para lavarlos, arrancándole vapor a la piel.
Recuperado, se quitó los
bombachos y la túnica y se puso la ropa que había llevado para el funeral de
Ajihad. Cogió a Zar'roc, pero decidió que si la llevaba al banquete, sería una
ofensa para Ündin; la sustituyó por el cuchillo de caza.
Luego sacó de la bolsa el
pergamino que le había dado Nasuada para que se lo entregara a Islanzadí y lo
sostuvo en la mano, preguntándose dónde esconderlo. La misiva era de-masiado
importante para dejarla a la vista, donde cualquiera podría leerla o robarla.
Como no se le ocurría un sitio mejor, se lo metió dentro de la manga. «Ahí
estará a salvo, a menos que me meta en alguna pelea, en cuyo caso tendré
proble¬mas más importantes de los que preocuparme.»
Cuando al fin volvió el
enano en busca de Eragon, apenas pasaba más de una hora del mediodía, pero el
sol ya se ha¬bía puesto tras las altas montañas, sumiendo Tarnag en el
crepúsculo. Al salir a la plaza, Eragon se sorprendió por la transformación de
la ciudad. Con la llegada prematura de la noche, las antorchas de los enanos
revelaban su verdade¬ra potencia y derramaban por las calles una luz pura y
firme que hacía brillar todo el valle.
Undin y los otros enanos
estaban reunidos en el patio con Saphira, que se había instalado en la cabecera
de la mesa. Nadie parecía interesado en disputarle el puesto.
¿Ha pasado algo?-preguntó
Eragon, apresurándose para llegar a su lado.
Undin ha llamado a más
soldados y ha mandado cerrar las puertas.
¿Espera que nos ataquen?
Por lo menos le preocupa esa
posibilidad.
-Por favor, Eragon, ven
conmigo -dijo Ündin, señalan¬do una silla que quedaba a su derecha.
El jefe del clan se sentó al
mismo tiempo que Eragon, y los demás comensales los imitaron a toda prisa.
Eragon se alegró al ver que
Orik quedaba a su lado y Arya, justo enfrente, aunque los dos parecían
sombríos. Sin darle tiempo a preguntar por el anillo, Ündin golpeó la mesa y
rugió:
-¡Ignh az voth!
Los sirvientes salieron del
vestíbulo cargados con bande¬jas de oro llenas hasta arriba de carne, pasteles
y frutas. Se dividieron en tres columnas, una para cada mesa, y dejaron los
platos con un movimiento ostentoso.
Ante ellos había sopas y
guisos llenos de diversos tu¬bérculos, venados asados, largas barras calientes
de pan de masa fermentada e hileras de pasteles de miel empapados en mermelada
de perejil; a un lado, las anguilas encurtidas miraban lúgubres un recipiente
de queso, como si tuvieran la esperanza de escapar de allí para volver al río.
En cada mesa había un cisne rodeado de bandadas de perdices, ocas y patos
rellenos.
Había setas por todas
partes: asadas con sabrosas salsas, colocadas en la cabeza de un ave a modo de
gorra o recorta¬das con forma de castillo entre montones de salsas. Se veía una
increíble variedad, desde unos inflados champiñones blancos del tamaño del puño
de Eragon hasta unos que po¬dían confundirse con trozos de corteza retorcida,
pasando por unos hongos limpiamente partidos por la mitad para ex¬hibir el
color azul de su carne.
Mostraron la pieza principal
del banquete: un gigantes¬co cerdo asado, reluciente de salsa. Al menos a
Eragon le pareció que era un cerdo, aunque el esqueleto era tan gran¬de como
Nieve de Fuego y para transportarlo hacían falta seis enanos. Los colmillos
eran más largos que los antebrazos de Eragon, y el morro, tan ancho como su
cabeza. Y el olor se imponía a todos los demás en oleadas tan pungentes que a
Eragon se le aguaron los ojos.
-Nagra -murmuró Orik-. Cerdo
gigante. Esta noche Ündin te hace un verdadero homenaje, Eragon. Sólo los
ena¬nos más valientes se atreven a dar caza al Nagran, y sólo se les sirve a
quienes tienen auténtico valor. Además, creo que el gesto significa que te
apoyará contra el clan de los Nagra.
Eragon se inclinó hacia él
para que no pudiera oírle na¬die más:
-Entonces, ¿éste es otro de
los animales de las Beor? ¿Cómo son los demás?
-Lobos de montaña tan
grandes que atacan a los Nagra y tan hábiles que cazan a los Feldünost. Osos de
las cuevas, a los que nosotros llamamos Urzhadn y los elfos Beorn, y que a su
vez dieron nombre a estos picos, aunque nosotros nos referimos a ellos de otro
modo. El nombre de las montañas es un secreto que no compartimos con ninguna
raza. Y...
-Smer voth -ordenó Undin,
sonriendo a sus invitados.
Los sirvientes sacaron al
instante unos cuchillitos curvos y cortaron porciones del Nagra que fueron
depositando en todos los platos menos en el de Arya, incluida una pesada
ra-ción para Saphira. Undin volvió a sonreír, sacó una daga y cortó un pedazo
de su carne.
Eragon iba a coger su
cuchillo, pero Orik le agarró la mano:
-Espera.
Undin masticó despacio, puso
los ojos en blanco y me¬neó exageradamente la cabeza; luego tragó y proclamó:
-¡Ilf gauhnith!
-Ahora -dijo Orik, y se
concentró en la comida, al tiem¬po que en todas las mesas brotaba la
conversación.
Eragon nunca había probado
nada como aquel cerdo. Era jugoso, suave y extrañamente especiado, como si
hubie¬ran macerado la carne en miel y sidra, un sabor aumentado por la menta
que habían usado para sazonar el cerdo.
Me pregunto cómo se las
habrán arreglado para cocinar algo tan grande.
Muy lentamente -comentó
Saphira, mordisqueando su Nagra.
Entre bocados, Orik explicó:
-Desde los tiempos en que
entre los clanes era habitual el envenenamiento, es costumbre que el anfitrión
pruebe primero la comida y la declare apta para los invitados.
Durante el banquete, Eragon
dividió su tiempo entre probar la multitud de platos distintos y conversar con
Orik, Arya y los enanos que había al otro lado de la mesa. De ese modo, las
horas pasaron deprisa, porque el banquete duró mucho, y se hizo muy tarde antes
de que sirvieran el último plato, los comensales dieran el último bocado y se
termina¬ra el último cáliz. Cuando los sirvientes empezaron a reco¬ger las
mesas, Ündin se volvió a Eragon y le dijo:
-Te ha gustado la comida,
¿no?
-Estaba deliciosa.
Undin asintió.
-Me alegro de que te haya
gustado. Hice sacar las mesas ayer para que la dragona pudiera cenar con
nosotros.
Mantenía la mirada fija en
Eragon en todo momento.
Eragon sintió frío por
dentro. Con o sin intención, Undin acababa de tratar a Saphira como una mera
bestia. Eragon se había propuesto preguntarle en privado por los enanos de los
velos, pero ahora -por puro deseo de incomodar a Undin-le dijo:
-Saphira y yo te lo
agradecemos -y luego añadió-: Se¬ñor, ¿por qué nos han tirado ese anillo?
Un doloroso silencio
recorrió el patio. Con el rabillo del ojo, Eragon vio que Orik hacía una mueca
de dolor. Arya, en cambio, sonreía como si entendiera lo que estaba ocurriendo.
Undin soltó su daga y
frunció el ceño.
-Los knurlagn que os habéis
encontrado son de un clan trágico. Antes de la caída de los Jinetes, se
contaban entre las familias más antiguas y ricas de nuestro reino. Su destino
quedó condenado, sin embargo, por dos errores: vivían en el lado oeste de las
Beor, y sus mejores guerreros se ofrecieron voluntarios para ayudar a Vrael.
-La rabia se colaba en su voz con crujidos agudos-. Galbatorix y sus malditos
Apóstatas los arrasaron en vuestra ciudad de Urü'baen. Luego se echaron sobre
nosotros y mataron a muchos. De aquel clan sólo so¬brevivieron la
Grimstcarvlorss Anhüin y sus guardias. La po¬bre Anhüin pronto murió de pena, y
sus hombres adoptaron el nombre de Az Sweldn rak Anhüin (las Lágrimas de
An¬hüin) y se taparon los rostros para recordar su pérdida y sus deseos de
venganza.
A Eragon le dolían las
mejillas por el esfuerzo de mante¬ner un rostro inexpresivo.
-Entonces -dijo Ündin, sin
dejar de contemplar un pas¬tel- rehicieron el clan con el paso de las décadas,
esperaron y se dedicaron a cazar a cambio de recompensas. Y ahora lle¬gas tú
con la marca de Hrothgar. Para ellos es el insulto de¬finitivo, a pesar de tus
servicios en Farthen Dür. Por eso el anillo, el desafío definitivo. Significa
que el Dürgrimst Az Sweldn rak Anhüin se opondrá a ti con todos sus recursos en
cualquier asunto, por grande o pequeño que sea. Se han puesto totalmente en tu
contra; ahora son tus enemigos de sangre.
-¿Pretenden hacerme daño?
-preguntó Eragon, tenso.
La mirada de Ündin vaciló un
momento mientras se po¬saba en Gannel. Luego meneó la cabeza y soltó una
risota¬da brusca que sonó con más fuerza de lo requerido por la ocasión.
-No, Asesino de Sombras. Ni
siquiera ellos se atreverían a herir a un invitado. Está prohibido. Sólo
quieren que te vayas para siempre, siempre, siempre. -Eragon no salía de dudas.
Entonces Ündin dijo—: Por favor, no hablemos más de estos asuntos desagradables.
Gannel y yo te hemos ofrecido nues¬tra comida y nuestro aguamiel en señal de
amistad. ¿Acaso no es eso lo que importa?
El sacerdote murmuró para
señalar que estaba de acuerdo.
-Y yo lo valoro -dijo
finalmente Eragon.
Saphira lo miró con ojos de
solemnidad y dijo:
Están asustados, Eragon.
Asustados y resentidos porque se han visto obligados a aceptar la ayuda de un
Jinete.
Ya. Tal vez peleen con
nosotros, pero no pelean por nosotros.
Celbedeil
El amanecer sin alba
encontró a Eragon en la sala principal de Ündin, escuchando la conversación del
jefe del clan con Orik en el idioma de los enanos. Ündin se apartó al
acer-carse Eragon y dijo:
-Ah, Asesino de Sombras.
¿Has dormido bien?
-Sí.
-Bien. -Hizo un gesto a
Orik-. Nos hemos planteado la posibilidad de que te vayas. Yo tenía la
esperanza de que pa¬saras un tiempo con nosotros. Pero dadas las
circunstancias, parece mejor que sigas tu viaje mañana por la mañana a pri¬mera
hora, cuando hay menos gente capaz de molestarte por la calle. Ahora mismo,
mientras hablamos, están prepa¬rando provisiones y medios de transporte.
Hrothgar ordenó que nuestros guardias te acompañaran hasta Ceris. He aumen¬tado
la cantidad, de tres a siete.
-¿Y mientras tanto?
Ündin encogió los hombros,
revestidos de piel.
-Tenía la intención de
mostrarte las maravillas de Tarnag, pero ahora sería estúpido que deambularas
por mi ciu¬dad. De todos modos, Grimstborith Gannel te ha invitado a pasar el
día en Celbedeil. Si te apetece, acéptalo. Con él es¬tarás a salvo.
El jefe del clan parecía
olvidar su afirmación anterior, se¬gún la cual Az Sweldn rak Anhüin no iba a
hacer daño a un invitado.
-Gracias, puede que lo
acepte. -Al salir del vestíbulo, Eragon hizo un aparte con Orik y le preguntó-:
Dime la ver¬dad, ¿tan serio es ese desafío? Necesito saberlo.
Orik contestó con una
reticencia evidente:
-En el pasado no era extraño
que los duelos de sangre durasen varias generaciones. Familias enteras se
extinguían por ellos. Es imprudente por parte de Az Sweldn rak Anhüin invocar
las costumbres de antaño; no se ha hecho algo así desde la última guerra de
clanes... Mientras no retiren su ju¬ramento, debes cuidarte de sus traiciones,
ya sea durante un año o un siglo. Lamento que tu amistad con Hrothgar te
acarree estas consecuencias, Eragon. Pero no estás solo. El Dürgrimst Ingeitum
está contigo en esto.
Después de salir, Eragon se
acercó corriendo a ver a Saphira, que había pasado la noche enroscada en el
patio.
¿ Te importa que me vaya a
visitar Celbedeil?
Ve si tienes que hacerlo.
Pero llévate a Zar'roe.
Eragon siguió su consejo, y
también encajó el pergamino de Nasuada bajo la túnica.
Cuando Eragon se acercó a
las puertas del cerco que ro¬deaba la plaza, cinco enanos apartaron los troncos
y lo rodearon con las manos en sus hachas y espadas mientras inspeccionaban la
calle. Los guardias permanecieron a su lado mientras Eragon recorría el camino
del día anterior para llegar a la entrada del último nivel de Tarnag.
Eragon se estremeció. La
ciudad parecía sobrenaturalmente vacía. Las puertas estaban cerradas, los
postigos de las ventanas también, y los pocos peatones que se veían volvían la
cara y tomaban callejones laterales para no verlo. «Les da miedo que los vean
conmigo -se dio cuenta-. Tal vez porque saben que Az Sweldn rak Anhüim tomará
represalias contra cualquiera que me ayude.» Ansioso por salir a terreno
abier¬to, Eragon alzó la mano para llamar a la puerta pero, sin dar¬le tiempo a
hacerlo, una de las hojas se abrió hacia fuera y un enano vestido de negro lo
llamó por gestos desde dentro. Eragon se apretó el cinto de la espada y entró,
dejando fuera a sus guardias.
La primera impresión fue el
color. Un césped de un ver¬de ardiente se extendía en torno a la mole de
Celbedeil, rodeada de columnas, como un manto tendido sobre la colina simétrica
que sostenía el templo. La hiedra estrangulaba los antiguos muros del edificio,
extendiendo palmo a palmo sus velludas cuerdas, y con el rocío brillante aún en
las puntas de sus hojas. Curvada sobre toda la superficie, salvo la de la
montaña, se alzaba la gran cúpula blanca recorrida por cin¬tas de oro tallado.
La siguiente impresión fue
el olor. Las flores y el incien¬so mezclaban sus perfumes en un aroma tan
etéreo que Era¬gon sintió que podía alimentarse sólo de él.
Lo último fue el sonido,
pues a pesar de los grupos de sa¬cerdotes que recorrían los caminos con suelo
de mosaico, el único ruido que distinguió Eragon fue el aleteo de un grajo que
volaba en lo alto.
El enano gesticuló de nuevo
y echó a andar hacia la ave¬nida principal, en dirección a Celbedeil. Al pasar
bajo sus aleros, Eragon no pudo sino maravillarse por la riqueza y la artesanía
que veía a su alrededor. Incrustadas en los muros había gemas de todos los
colores y tallas posibles -aunque todas impecables-, y en las venas que se
entrelazaban al re¬correr los techos, muros y suelos de piedra, habían encajado
a martillazos cintas de oro rojo. De vez en cuando pasaban junto a mamparas
talladas en jade.
En el templo no había
ninguna tela decorativa. En su lu¬gar, los enanos habían tallado una multitud
de estatuas, mu¬chas de las cuales representaban monstruos y dioses enlaza¬dos
en batallas épicas.
Tras ascender varios pisos,
pasaron por una puerta de co¬bre amarillento por el verdín y estampada con
nudos de for¬mas intricadas, para entrar en una habitación vacía con el suelo
de madera. Había muchas armaduras colgadas de las paredes, junto a hileras de
espadas idénticas a la que había usado Angela para pelear en Farthen Dür.
Gannel estaba allí,
entrenándose con tres enanos más jó¬venes. El jefe del clan llevaba la capa
recogida sobre los mus¬los para moverse con libertad, tenía un gesto feroz en
la cara y giraba entre las manos la vara de madera, cuyos extremos sin filo
revoloteaban como avispones irritados.
Dos enanos se lanzaron hacia
Gannel, pero salieron frus¬trados en un repiqueteo de madera y metal, pues se
coló en¬tre ellos, les golpeó en las rodillas y en la cabeza y los lanzó al
suelo. Eragon sonrió mientras veía cómo Gannel desarmaba al último oponente con
una brillante oleada de golpes.
Al fin, el jefe del clan se
percató de la presencia de Era¬gon y despidió a los otros enanos. Mientras
Gannel enfun¬daba su arma, Eragon dijo:
-¿Todos los Quan son tan
eficaces con las armas? Parece un oficio extraño para sacerdotes.
Gannel se encaró a él.
-Hemos de poder defendernos,
¿no? Muchos enemigos acechan estas tierras.
Eragon asintió.
-Esas espadas son únicas.
Nunca había visto una igual, salvo por la que usaba una herbolaria en la
batalla de Farthen Dür.
El enano dio un respingo y
luego soltó el aire en un siseo entre los dientes.
-Angela. -Adoptó una
expresión amarga-. Le ganó la es¬pada a un sacerdote en un concurso de
adivinanzas. Fue un truco feo, porque sólo a nosotros se nos permite usar el
hüthvírn. Ella y Arya... -Se encogió de hombros y se acercó a una mesa pequeña,
sobre la que llenó dos jarras de cerve¬za. Le pasó una a Eragon y siguió
hablando-: Te he invitado a petición de Hrothgar. Me dijo que si aceptabas su
pro¬puesta de formar parte de los Ingeitum, yo debería infor¬marte sobre las
tradiciones de los enanos.
Eragon bebió un trago de
cerveza, guardó silencio y ob¬servó cómo la gruesa frente de Gannel captaba la
luz, al tiempo que sus huesudos pómulos se sumían en la sombra.
El jefe del clan siguió
hablando.
-Nunca se han enseñado a
nadie de fuera nuestras creen¬cias secretas, y tú no podrás hablar de ellas con
ningún humano, ni elfo. Sin embargo, sin esos conocimientos no po¬drías
respetar lo que significa ser un knurla. Ahora eres un Ingeitum: nuestra sangre,
nuestra carne, nuestro honor. ¿Lo entiendes?
-Sí.
-Ven.
Sin soltar su cerveza,
Gannel sacó a Eragon de la sala de entrenamientos y lo dirigió por cinco
grandes pasillos hasta detenerse en un arco que daba a una cámara en penumbra,
nebulosa por el incienso. Frente a ellos, el achaparrado per¬fil de una estatua
se alzaba pesadamente hasta el techo, y una tenue luz iluminaba su cara
pensativa de enano, escul-pida en el granito marrón con una extraña crudeza.
-¿Quién es? -preguntó
Eragon, intimidado.
-Güntera, el rey de los
dioses. Es un guerrero y un sabio, pero tiene un humor veleidoso, de modo que
quemamos ofrendas para asegurarnos su afecto en los solsticios, antes de las
siembras y cuando hay muertes o nacimientos. -Gan¬nel retorció la mano en un
extraño gesto y dedicó una reve¬rencia a la estatua-. Le rezamos antes de las
batallas, pues él moldeó esta tierra a partir de los huesos de un gigante y es
él quien trae orden al mundo. Todos los reinos pertenecen a Güntera.
Luego Gannel enseñó a Eragon
la manera apropiada de venerar a aquel dios y le explicó los signos y las
palabras que se usaban para homenajearlo. Le aclaró el significado del incienso
-que simbolizaba la vida y la felicidad- y dedicó largos minutos a contarle
leyendas sobre Güntera: que el dios había nacido con forma de loba al ocultarse
las estre¬llas, que había luchado contra monstruos y gigantes para obtener un
lugar para los suyos en Alagaésia y que había to¬mado por compañera a Kílf, la
diosa de los ríos y del mar.
Luego pasaron a la estatua
de Kílf, esculpida con exqui¬sita delicadeza en una piedra de color azul claro.
Su cabello volaba en ondas líquidas, se derramaba por el cuello y flan-queaba
sus alegres ojos de amatista. Sostenía entre las manos un nenúfar y un
fragmento de piedra roja y porosa que Eragon no reconoció.
-¿Qué es eso? -preguntó,
señalándola.
-Coral de las profundidades
del mar que bordea las Beor.
-¿Coral?
Gannel tomó un sorbo de
cerveza y dijo:
-Lo encontraron nuestros
buceadores cuando buscaban perlas. Parece que, con la sal del mar, algunas
piedras cre¬cen como plantas.
Eragon lo miró asombrado.
Nunca había pensado en los guijarros y pedruscos como materia viva; sin
embargo, ahí estaba la prueba de que sólo necesitaban agua y sal para
flo-recer. Así se explicaba al fin que las rocas siguieran apare¬ciendo en los
campos del valle de Palancar, incluso cuando cada primavera araban el suelo.
¡Crecían!
Avanzaron hasta Urür, amo
del aire y de los cielos, y su hermano Morgothal, dios del fuego. Ante la
encarnada es¬tatua de Morgothal, el sacerdote le contó que los dos her¬manos se
habían querido tanto que no podían existir in¬dependientemente. Eso explicaba
el palacio ardiente de Morgothal durante el día en el cielo, y las chispas de
su fra¬gua que aparecían por la noche en lo alto. Y también así se entendía que
Urür alimentara permanentemente a su her¬mano para que no muriera.
Después de eso sólo quedaban
dos dioses: Sindri, madre de la tierra, y Helzvog.
La estatua de Helzvog era
distinta. El dios desnudo esta¬ba doblado sobre un bulto de sílex gris de
estatura enana y lo acariciaba con la yema del dedo índice. Los músculos de la
espalda se contraían y anudaban por el esfuerzo inhuma¬no, pero su expresión
era increíblemente tierna, como si lo que tenía delante fuera un recién nacido.
Gannel bajó la voz hasta
adoptar un tono grave y más bien rasposo:
-Güntera puede ser el rey de
los dioses, pero es a Helz¬vog a quien llevamos en nuestros corazones. Él fue
quien pensó que había que poblar la tierra cuando fueron venci¬dos los
gigantes. Los otros dioses no estuvieron de acuerdo, pero Helzvog los ignoró y,
en secreto, dio forma al primer enano con las raíces de una montaña.
«Cuando descubrieron su
obra, los celos invadieron a los dioses y Gúntera creó a los elfos para que le
controlaran Alagaésia. Luego Sindri formó a los humanos con algo de tie-rra, y
Urúr y Morgothal combinaron sus conocimientos y en¬viaron a la tierra a los
dragones. Sólo Kílf se contuvo. Así llegaron al mundo las primeras razas.
Eragon absorbió las palabras
de Gannel y aceptó la sin¬ceridad del jefe del clan, aunque no conseguía
acallar una simple pregunta: «¿Cómo lo sabe?». Sin embargo, se dio cuenta de
que sería una pregunta molesta y se limitó a asen¬tir mientras escuchaba.
-Esto -dijo Gannel, al
tiempo que se terminaba la cer¬veza- nos lleva a nuestro rito más importante, y
ya sé que Orik lo ha comentado contigo. Todos los enanos han de ser enterrados
en piedra, pues de otro modo nuestros espíritus nunca se unirían en la sala de
Helzvog. No somos de tierra, aire o fuego, sino de piedra. Y como Ingeitum,
tienes la res-ponsabilidad de garantizar un lugar de reposo apropia¬do para
cualquier enano que muera en tu compañía. Si no lo consigues, en ausencia de
heridas o enemigos, Hrothgar te desterrará y ningún enano reconocerá tu
presencia has¬ta después de la muerte. -Estiró los hombros y miró a Era¬gon con
dureza-. Tienes mucho más que aprender, pero si mantienes las costumbres que te
he destacado hoy, no te irá mal.
-No lo olvidaré -dijo
Eragon.
Satisfecho, Gannel lo apartó
de las estatuas y lo dirigió hacia una escalera. Mientras subían, el jefe del
clan hundió una mano en su capa y sacó un collar sencillo, una cadena enhebrada
en el pomo de un martillo minúsculo de plata. Se lo dio a Eragon.
-Es otro favor que me pidió
Hrothgar -explicó Gannel-.
Le preocupa que Galbatorix
pueda haber obtenido tu ima¬gen de la mente de Durza, de los ra'zac o de
cualquiera de los muchos soldados que te han visto por todo el Imperio.
-¿Por qué debería darme
miedo eso?
-Porque en ese caso
Galbatorix podría hechizarte. Tal vez ya lo haya hecho.
Un estremecimiento de
aprensión se alojó en el costado de Eragon, como una gélida serpiente. «Tendría
que haber¬lo pensado», se reprochó.
-El collar evitará que nadie
pueda hechizarte a ti o a tu dragón, siempre que lo lleves puesto. Yo mismo lo
he en¬cantado, de modo que debería aguantar, incluso frente a la mente más
poderosa. Pero te aviso de antemano que, cuan¬do se active, el collar absorberá
tu energía hasta que te lo quites, o hasta que haya pasado el peligro.
-¿Y si estoy dormido?
¿Podría consumir toda mi energía sin que me dé cuenta?
-No. Te despertará.
Eragon hizo rodar el
martillo entre los dedos. Era difícil evitar los hechizos ajenos, y más aún los
de Galbatorix. «Si Gannel tiene tanta capacidad, ¿qué otros encantamientos
puede ocultar este regalo?» Se dio cuenta de que en el man¬go del martillo había
una frase grabada con runas. Se leía «Astim Hefthyn». Al llegar a lo alto de la
escalera, preguntó:
-¿Por qué escriben los
enanos con las mismas runas que los hombres?
Por primera vez desde que se
habían encontrado, Gannel se echó a reír y su voz se alzó por el templo, al
tiempo que se agitaban sus hombros:
-Es al revés. Los humanos
escriben con nuestras runas. Cuando tus antepasados aterri-zaron en Alagaésia,
eran más analfabetos que los conejos. Sin embargo, pronto adopta¬ron nuestro
alfabeto y lo adaptaron a su lenguaje. Incluso al¬gunas de vuestras palabras
vienen de las nuestras, como «pa¬dre», cuyo origen está en «farthen».
-Entonces, Farthen Dür
significa...
Eragon se pasó el collar por
la cabeza y lo escondió de¬bajo de la túnica.
-Padre Nuestro.
Gannel se detuvo ante la
puerta y señaló a Eragon el ca¬mino por una galería curva que quedaba justo
debajo de la cúpula. El pasadizo bordeaba Celbedeil y, a través de los ar¬cos
abiertos en las montañas, ofrecía una vista más allá de Tarnag, así como de las
terrazas de la ciudad, que quedaban muy abajo.
Eragon apenas contempló el
paisaje porque el muro in¬terior de la galería estaba cubierto por una pintura
de un ex¬tremo a otro, una gigantesca ilustración narrativa que des¬cribía la
creación de los enanos por mano de Helzbog. Las figuras y los objetos sobresalían
de la superficie en relieve y daban al panorama una sensación de hiperrealismo
con sus colores saturados y brillantes y la precisión de sus detalles.
Cautivado, Eragon preguntó:
-¿Cómo está hecho?
-Cada escena está esculpida
sobre una pequeña placa de mármol, que luego se queman con esmalte y se unen en
una sola pieza.
-¿No sería más fácil usar
pintura normal?
-Lo sería -concedió Gannel-,
pero no si se quiere que dure siglos, o milenios, sin cambiar. El esmalte nunca
se des¬colora ni pierde la brillantez, al contrario que la pintura al óleo.
Esta primera sección se esculpió sólo una década des¬pués del descubrimiento de
Farthen Dür, mucho antes de que los elfos pusieran sus pies en Alagaésia.
El sacerdote tomó a Eragon
del brazo y lo guió por el re¬tablo. Cada paso los llevaba ante incontables
años de historia.
Eragon vio que los enanos
habían sido en otro tiempo nómadas en una llanura aparentemente interminable,
has¬ta que la tierra se volvió tan caliente y desolada que se vieron obligados
a emigrar al sur, hacia las montañas Beor. «Así es como se formó el desierto de
Hadarac», comprendió, asom¬brado.
Al seguir recorriendo el
mural, en dirección a la parte trasera de Celbedeil, Eragon presenció todas las
etapas, des¬de la domesticación de los Feldünost hasta el momento en que
tallaron Isidar Mithrim, el primer encuentro entre dra¬gones y elfos y la coronación
de cada uno de los reyes ena¬nos. Aparecían con frecuencia dragones que echaban
fuego y causaban grandes matanzas. A Eragon le costó evitar los comentarios en
esas secciones.
Sus pasos se volvieron más
lentos cuando la pintura pasó al suceso que esperaba encontrar: la guerra entre
elfos y dra¬gones. Allí los enanos habían dedicado un vasto espacio a la
destrucción que las dos razas habían provocado en Alagaésia. Eragon se
estremeció de horror ante la visión de elfos y dragones exterminándose
mutuamente. La batalla duraba metros y metros, cada imagen más sangrienta que
la ante¬rior, hasta que se retiraba la oscuridad y aparecía un elfo arrodillado
al borde de un acantilado, con un huevo de dra¬gón en las manos.
-¿Es...? -susurró Eragon.
-Sí, es Eragon, el Primer
Jinete. Además es un retrato fiel, porque aceptó posar para nuestros artesanos.
Fascinado, Eragon estudió el
rostro de su homónimo. Siempre lo había imaginado mayor. El elfo tenía unos
ojos angulosos que, junto a su nariz ganchuda y una barbilla es-trecha, le
daban un aspecto salvaje. Era un rostro extraño, completamente distinto del
suyo... Y sin embargo, la postu¬ra de sus hombros, altos y tensos, le recordó
cómo se había sentido al encontrar el huevo de Saphira. «Tú y yo no so¬mos tan
distintos -pensó mientras tocaba el frío esmalte-. Y cuando mis orejas se
parezcan a las tuyas, seremos autén¬ticos hermanos a través del tiempo... Sin
embargo, me pre¬gunto: ¿aprobarías mis actos?» Sabía que al menos en una
ocasión habían escogido lo mismo: los dos se habían que¬dado con el huevo.
Oyó que la puerta se abría y
volvía a cerrarse y, al dar¬se la vuelta, vio que Arya se acercaba desde el
otro extremo de la galería. La elfa examinó el muro con la misma falta de
expresión que Eragon le había visto adoptar para enfrentar¬se al Consejo de
Ancianos. Fueran cuales fuesen sus emo¬ciones concretas, Eragon entendió que la
situación le resul¬taba desagradable.
Arya inclinó la cabeza.
-Grimstborith.
-Arya.
-¿Has enseñado vuestra
mitología a Eragon?
Gannel sonrió levemente.
-Siempre conviene entender
la fe de la sociedad a la que perteneces.
-Pero comprender no implica
creer. -Señaló el pilar de una arcada-. Ni implica que quienes suministran esas
creen¬cias lo hagan por algo más que... beneficios materiales.
-¿Niegas los sacrificios que
hace mi clan para brindar consuelo a nuestros hermanos?
-No niego nada, sólo me
pregunto qué se lograría si vuestra riqueza se esparciera entre los
necesitados, los que pasan hambre, los que no tienen hogar, o tal vez se usara
para comprar provisiones para los vardenos. En vez de eso, la habéis acumulado
en un monumento a vuestra propia bondad ingenua.
-¡Basta! -El enano tensó un
puño, con el rostro enroje¬cido-. Sin nosotros, los cultivos se marchitarían en
la sequía. Los ríos y los lagos se desbordarían. Nuestro ganado pariría bestias
de un solo ojo. Los mismos cielos se resquebrajarían bajo la ira de los dioses.
-Arya sonrió-. Sólo nuestros rezos y nuestro servicio impiden que eso ocurra.
Si no fuera por Helzvog, dónde...
Eragon se perdió pronto en
la discusión. No entendía las vagas críticas de Arya al Dürgrimst Quan, pero
por las res¬puestas de Gannel entendió que, de un modo indirecto, la elfa había
insinuado que los dioses de los enanos no existían, había cuestionado la
capacidad mental de cualquier enano que entrara en un templo y había señalado
lo que le parecían defectos de razonamiento. Todo ello, en una voz ama¬ble y
educada.
Al cabo de unos minutos,
Arya alzó una mano para dete¬ner a Gannel y dijo:
-Eso es lo que nos
diferencia, Grimstborith. Tú te dedi¬cas a aquello que crees verdadero pero no
puedes demos¬trar. En eso, estaremos de acuerdo en que no estamos de acuerdo.
-Se volvió hacia Eragon-. Az Sweldn rak Anhüin ha puesto a los ciudadanos de Tarnag
en contra de ti. Ündin cree, y yo también, que sería mejor que permanecieras
tras sus paredes hasta que nos vayamos.
Eragon dudó. Quería ver más
cosas de Celbedeil, pero si se presentaban problemas, su lugar estaba junto a
Saphira. Dedicó una reverencia a Gannel y le pidió que lo excusara.
-No has de pedir perdón,
Asesino de Sombras -dijo el jefe del clan. Fulminó a Arya con la mirada-. Haz
lo que de¬bas, y que la bendición de Güntera te acompañe.
Eragon y Arya abandonaron el
templo y, rodeados de una docena de guerreros, corretearon por la ciudad.
Mien¬tras lo hacían, Eragon oyó gritos de una muchedumbre aira-da en el nivel
inferior. Una piedra rebotó en un tejado cer¬cano. Al seguir el movimiento con
la mirada, descubrió un oscuro jirón de humo que se alzaba en el límite de la
ciudad.
Al llegar a la plaza, Eragon
se apresuró hacia su habita¬ción. Allí se puso la malla metálica; se ató las
espinilleras y los protectores de los antebrazos, y se encajó el gorro de
cue¬ro, la toca y el yelmo en la cabeza. Luego cogió su escudo. Agarró su saco
y las alforjas, volvió corriendo al patio y se sentó en la pata delantera
derecha de Saphira.
Tarnag parece un hormiguero
revuelto -observó la dragona.
Esperemos que no nos
muerdan.
Arya tardó poco en sumarse a
ellos, al igual que un gru¬po de cincuenta enanos bien armados que se
instalaron en medio del patio. Los enanos esperaban impacientes y habla¬ban con
gruñidos graves mientras miraban la puerta fortifi¬cada y la montaña que se
alzaba tras ellos.
-Tienen miedo -dijo Arya, al
tiempo que se sentaba jun¬to a Eragon- de que la muchedumbre nos impida llegar
a los rápidos.
-Siempre nos puede sacar
Saphira volando.
-¿Y a Nieve de Fuego
también? ¿Y a los guardias de Ündin? No, si nos detienen, tendremos que esperar
a que la ira de los enanos se calme. -Estudió el cielo, que ya oscurecía-. Es
una lástima que hayas conseguido ofender a tantos enanos, pero quizá fuera
inevitable. Los clanes siempre han sido pendencieros: lo que gusta a unos
enfurece a los otros.
Eragon toqueteó el borde de
su malla.
-Ahora veo que no hubiera
debido aceptar la oferta de Hrothgar.
-Ah, sí. Al igual que
Nasuada, creo que tomaste la única opción viable. No tienes ninguna culpa. El
error, si es que lo hubo, corresponde a Hrothgar por hacerte la propuesta, en
primer lugar. Seguro que era consciente de las repercu¬siones.
Se impuso el silencio
durante unos minutos. Media do¬cena de enanos marchaban en torno a la plaza,
estirando las piernas. Al fin, Eragon preguntó:
-¿Tienes familiares en Du
Weldenvarden?
Arya tardó mucho en
contestar.
-Ninguno de quien me sienta
cercana.
-Y eso... ¿por qué?
Arya volvió a dudar.
-No les gustó que eligiera
ser la enviada y embajadora de la reina; les pareció inapro-piado. Cuando
ignoré sus obje¬ciones e insistí en que me tatuaran el yawé en el hombro, lo
cual significa que me iba a dedicar a la causa del bien de nuestra raza, igual
que el anillo que tú recibiste de Brom, mi familia se negó a volverme a ver.
-Pero de eso hace más de
setenta años -protestó Eragon.
Arya apartó la mirada y
escondió el rostro tras el velo de su melena.
Eragon trató de imaginar
cómo debía de haberse sentído: desterrada de la familia y enviada a vivir entre
dos razas totalmente distintas a la suya. «No me extraña que sea tan
reservada», concluyó.
-¿Hay más elfos que vivan
fuera de Du Weldenvarden?
Sin descubrir el rostro,
Arya dijo:
-Fuimos tres los enviados de
Ellesméra. Fáolin y Glenwing viajaban siempre conmigo cuando transportamos el
huevo de Saphira de Du Weldenvarden a Tronjheim. Sólo yo sobreviví a la
emboscada de Durza.
-¿Cómo eran?
-Guerreros orgullosos. A
Glenwing le encantaba hablar a los pájaros mentalmente. Se plantaba en el
bosque rodea¬do de una bandada de pájaros cantores y pasaba horas es-cuchando
su música. Luego, nos cantaba las melodías más bellas.
-¿Y Fáolin?
Esta vez Arya no quiso
contestar, pero sus manos se aferra¬ron al arco. Impasible, Eragon buscó otro
tema de conver¬sación.
-¿Por qué te molesta tanto
Gannel?
Ella lo miró de repente y le
tocó la cara con sus suaves de¬dos. Sorprendido, Eragon soltó un respingo.
-Eso -dijo Arya- lo
hablaremos en otro momento.
Luego se levantó y se buscó
con calma otro sitio en el patio.
Confundido, Eragon se quedó
mirando su espalda.
No lo entiendo -dijo
mientras se apoyaba en el vientre de Saphira.
Esta resopló, divertida, y
luego lo rodeó con el cuello y la cola y pronto se quedó dormida.
Cuando se oscureció el
valle, Eragon luchó por perma¬necer atento. Sacó el collar de Gannel y lo
examinó varias veces con los recursos de la magia, pero sólo descubrió el
he-chizo protector del sacerdote. Abandonó, se colocó el collar debajo de la
túnica, se tapó con el escudo y se acomodó para pasar la noche.
A la primera insinuación de
luz en lo alto -pese a que el valle seguía sumido en la sombra y permanecería
así casi hasta el mediodía-, Eragon despertó a Saphira. Los ena¬nos ya estaban
en pie, ocupados en envolver con telas sus ar¬mas para poder escabullirse de
Tarnag con la máxima dis¬creción. Incluso Undin le pidió a Eragon que atara
unos trapos en torno a las zarpas de Saphira y las pezuñas de Nie¬ve de Fuego.
Cuando estuvo todo listo,
Undin y sus guerreros se reu¬nieron en un gran grupo en torno a Eragon, Saphira
y Arya. Se abrieron con cautela las puertas -las engrasadas bisa¬gras no
emitieron el menor ruido- y echaron a andar ha¬cia el lago.
Tarnag parecía desierta, con
sus calles vacías flanquea¬das por casas cuyos habitantes dormían ajenos a
todo. Los pocos enanos que se encontraron los miraban en silencio; luego se
iban como fantasmas en el crepúsculo.
En las puertas de cada
nivel, un guarda les abría el paso sin hacer comentarios. Pronto abandonaron
los edificios y se encontraron en los campos yermos que se extendían en la base
de Tarnag. Tras ellos, alcanzaron el muelle de piedra que bordeaba el agua
quieta y gris.
Junto al muelle los
esperaban dos grandes balsas. Había tres enanos acuclillados en la primera y
cuatro en la segun¬da. Al ver llegar a Undin, se levantaron.
Eragon ayudó a los enanos a
manejar a Nieve de Fuego y po¬nerle las orejeras, y luego convencieron al
caballo reticente para que montara en la segunda balsa, donde lo obligaron a
doblar las patas y lo ataron. Mientras tanto, Saphira se metió en el lago y se
apartó del muelle. Sólo su cabeza permanecía por encima de la superficie
mientras chapoteaba en el agua.
Undin tomó del brazo a
Eragon.
-Aquí debemos separarnos.
Llevas contigo a mis mejores hombres. Te protegerán hasta que llegues a Du
Weldenvar¬den. -Eragon quiso darle las gracias, pero Ürdin negó con la cabeza-.
No, no es nada que debas agradecer. Es mi obligación. Mi única pena es que tu
estancia entre nosotros se vie¬ra oscurecida por el odio de Az Sweldn rak
Anhüin.
Eragon hizo una reverencia y
luego se montó en la pri¬mera balsa con Orik y Arya. Soltaron las amarras, y
los ena¬nos alejaron las balsas del muelle empujando con sus largas pértigas.
Mientras se acercaba el amanecer, las dos balsas se deslizaron hacia la boca
del Az Ragni; Saphira nadaba en¬tre ellas.
Diamantes en la noche
«El Imperio ha violado mi
hogar.»
Eso pensaba Roran mientras
escuchaba los angustiados gemidos de los hombres heridos en la batalla de la
noche anterior contra los ra'zac y los soldados. Roran se estreme¬ció de miedo
y rabia hasta que todo su cuerpo quedó con¬sumido por unos escalofríos febriles
que le incendiaban las mejillas y lo dejaban sin aliento. Y estaba triste, tan
triste... Como si las maldades de los ra'zac hubieran destruido la inocencia
del hogar de su infancia.
Dejó que Gertrude, la
sanadora, atendiera a los heridos y se dirigió a casa de Horst. No pudo evitar
fijarse en las ba¬rricadas improvisadas que llenaban los huecos entre los
edi-ficios: tablones, barriles, montones de piedras, los astillados maderos de los
dos carros destrozados por los explosivos de los ra'zac. Todo parecía
lamentablemente frágil.
Las pocas personas que se
movían por Carvahall tenían la mirada vidriosa de impresión, dolor y
extenuación. Roran también estaba cansado, más de lo que recordaba haber
es¬tado jamás. Llevaba dos noches sin dormir, y le dolían los brazos y la
espalda por la pelea.
Entró en casa de Horst y vio
a Elain de pie junto a la puerta que llevaba al comedor, escuchando el fluir
regular de conversaciones que salían de dentro. Elain le hizo un ges¬to para
que se acercara.
Tras rechazar el
contraataque de los ra'zac, los miem¬bros más prominentes de Carvahall se
habían encerrado con la intención de decidir qué debía hacer el pueblo y si
había que castigar a Horst y sus aliados por haber iniciado las hostilidades.
El grupo llevaba casi toda la mañana deli¬berando.
Roran echó un vistazo a la
sala. Sentados en torno a una mesa grande estaban Birgit, Loring, Sloan,
Gedric, Delwin, Fisk, Morn y otros más. Horst presidía la reunión en la
ca-becera de la mesa.
-¡... y yo digo que ha sido
estúpido y temerario! -excla¬maba Kiselt apoyado en sus huesudos codos-. No
tenías nin¬guna razón para poner en peligro...
Morn agitó una mano en el
aire.
-De eso ya hemos hablado. No
tiene sentido discutir si se debería haber hecho lo que ya está hecho. Da la
casualidad de que yo estoy de acuerdo. Quimby era tan amigo mío como de
cualquier otro, y me estremezco sólo de pensar en lo que le harían esos monstruos
a Roran. Pero... lo que quie¬ro saber es cómo podemos salir de este apuro.
-Fácil. Matamos a los
soldados -ladró Sloan.
-Y luego, ¿qué? Vendrán más
hombres, y terminare¬mos nadando en un mar de túnicas encarnadas. Ni siquiera
entregar a Roran serviría de nada; ya oísteis al ra'zac. Si en¬tregamos a
Roran, nos matarán, y si no, nos convertirán en esclavos. Tal vez no opinéis lo
mismo que yo pero, por mi parte, prefiero morir que pasar el resto de mi vida
como es¬clavo. -Morn meneó la cabeza, con los labios prietos en una fina línea
de amargura-. No podemos sobrevivir.
Fisk se inclinó hacia
delante.
-Podríamos irnos.
-No tenemos adonde ir
-respondió Kiselt-. Estamos arrinconados contra las Vertebradas, los soldados
han corta¬do el camino y tras ellos está todo el Imperio.
-Todo por tu culpa -gritó
Thane, agitando un dedo tem¬bloroso en dirección a Horst-. Incendiarán nuestras
casas y matarán a nuestros niños por tu culpa. ¡Por tu culpa!
Horst se levantó tan deprisa
que la silla cayó hacia atrás.
-¿Qué se ha hecho de tu
honor, hombre? ¿Vas a dejar que se nos coman sin pelear?
-Sí, si lo contrario implica
suicidarse.
Thane fulminó a los
presentes con la mirada y luego sa¬lió como una centella, pasando junto a
Roran. El puro y auténtico miedo contorsionaba su rostro.
Gedric vio a Roran y lo
invitó a entrar por gestos.
-Ven, ven, te estábamos
esperando.
Roran entrelazó las manos en
torno a la nuca y se en¬frentó a todas aquellas duras miradas.
-¿En qué puedo ayudar?
-Creo -dijo Gedric- que
estamos todos de acuerdo en que, a estas alturas, no serviría de nada
entregarte al Impe¬rio. Tampoco tiene sentido discutir si lo haríamos en caso
contrario. Lo único que podemos hacer es prepararnos para otro ataque. Horst
forjará puntas de lanza y, si le da tiempo, otras armas, y Fisk está de acuerdo
en preparar escudos. Por suerte, su carpintería no ardió. Y alguien tiene que
vigilar nuestras defensas. Nos gustaría que fueras tú. Tendrás mu¬cha ayuda.
Roran asintió.
-Lo haré lo mejor que pueda.
Al lado de Morn, Tara se
levantó, imponente junto a su marido. Era una mujer alta, con el cabello negro
salpica¬do de gris y unas manos fuertes tan capaces de retorcer el cuello de un
pollo como de separar a dos hombres en ple¬na pelea.
-Espero que así sea, Roran
-dijo—. Porque si no, habrá más funerales. -Luego se volvió hacia Horst-. Antes
de seguir, he¬mos de enterrar a los hombres. Y tendríamos que enviar a los
niños a algún lugar seguro, quizás a la granja de Cawley, en el arroyo de Nost.
Elain, tú también deberías ir.
-No pienso abandonar a Horst
-respondió Elain con calma.
Tara se indignó:
-Éste no es lugar para una
embarazada de cinco meses. Correteando así de un sitio a otro, perderás a tu
hijo.
-Me perjudicaría más
preocuparme sin saber qué ha pasado que quedarme aquí. Ya he tenido hijos; me
quedaré, y sé que tú y todas las demás mujeres de Carvahall también lo haréis.
Horst rodeó la mesa y, con
expresión de ternura, tomó la mano de Elain.
-Tampoco yo aceptaría que no
estuvieras a mi lado. En cambio, los niños se han de ir. Cawley los cuidará
bien, pero debemos asegurarnos de que el camino hasta su granja esté despejado.
-No sólo eso -intervino
Loring con voz grave-. Ninguno de nosotros, ni un solo maldito hombre, puede
tener nada que ver con las familias en el valle, aparte de Cawley, por
su-puesto. No pueden ayudarnos, y no queremos que esos pro¬fanadores les creen
problemas.
Todos estuvieron de acuerdo
en que tenía razón; lue¬go se terminó la reunión y quienes habían participado
en ella se dispersaron por Carvahall. Al poco, sin embargo, volvieron a
congregarse -junto con casi todo el resto del pueblo- en el pequeño cementerio
que quedaba detrás de la casa de Gertrude. Había diez cuerpos con mortajas
blancas dispuestos junto a las tumbas, con un ramito de cicuta sobre cada uno
de los pechos fríos y un amuleto de plata en cada cuello.
Gertrude dio un paso
adelante y recitó sus nombres:
-Parr, Wyglif, Ged,
Bardrick, Farold, Hale, Garner, Kelby, Melkolf y Albem.
Les puso guijarros negros en
los ojos y luego levantó los brazos, alzó el rostro al cielo y empezó a entonar
una temblo¬rosa letanía. Las lágrimas brotaban de sus ojos cerrados mien-tras
su voz oscilaba con las frases inmemoriales, suspiraba y gemía con el dolor de
la aldea. Cantó acerca de la tierra y la noche, y sobre el eterno dolor de la
humanidad, de quien na-die puede librarse.
Cuando el silencio absorbió
la última nota de duelo, los familiares alabaron los logros y la personalidad
de sus seres queridos. Luego enterraron los cuerpos.
Mientras escuchaba, Roran
desvió la mirada hacia el túmulo anónimo en el que habían enterrado a los tres
solda¬dos. «Nolfavrell mató a uno; yo, a otros dos.» Aún sentía la impresión
visceral que le habían provocado sus músculos y sus huesos al ceder, al crujir,
al ablandarse bajo su martillo. Se le agitó la bilis, y tuvo que esforzarse por
no vomitar ante los ojos de todo el pueblo. «Soy yo quien los ha destruido.»
Roran nunca había imaginado que mataría a alguien, ni lo había deseado; sin
embargo, había terminado con más vidas que nadie de Carvahall. Se sentía como
si llevara una marca de sangre en la frente.
Se fue en cuanto pudo, sin
detenerse siquiera a hablar con Katrina, y ascendió hasta un punto desde el que
podía supervisar todo Carvahall y pensar cómo protegerla mejor. Por desgracia,
las casas quedaban demasiado apartadas para formar un perímetro defensivo si se
limitaban a fortificar los espacios entre los edificios. A Roran tampoco le
parecía bue¬na idea que los soldados pelearan junto a los muros de las ca¬sas y
pisotearan sus jardines. «El río Anora cierra el flanco oeste -pensó-, pero en
el resto de Carvahall ni siquiera po¬dríamos evitar que entrara un crío.
¿Podemos construir en unas pocas horas algo tan sólido que sirva de barricada?»
Correteó hacia la mitad del
pueblo y gritó:
-Necesito que todos los que
no tengan nada que hacer me ayuden a talar árboles. -Al poco rato, algunos
hombres empezaron a salir de sus casas y se acercaron por las calles-. ¡Vamos!
¡Más gente! ¡Hemos de ayudar todos!
Roran esperó al ver que el
grupo que lo rodeaba seguía creciendo.
Uno de los hijos de Loring,
Darmmen, se puso a su lado.
-¿Qué plan tienes?
Roran alzó la voz para que
lo oyeran todos.
-Necesitamos un muro en
torno a Carvahall; cuanto más grueso, mejor. Supongo que si conseguimos unos
cuantos árboles grandes, los tumbamos y les afilamos las ramas, a los ra'zac
les costará mucho pasar por encima.
-¿Cuántos árboles crees que
harán falta? -preguntó Orval.
Roran dudó mientras trataba
de medir a ojo el períme¬tro de Carvahall.
-Al menos cincuenta. Tal vez
sesenta para hacerlo bien. -Los hombres maldijeron y empezaron a discutir-.
¡Esperad! -Roran contó a los presentes en la multitud. Llegó a cuaren¬ta y
ocho-. Si cada uno de vosotros tala un árbol en la próxi¬ma hora, casi habremos
acabado. ¿Podréis hacerlo?
-¿Por quién nos has tomado?
-respondió Orval-. ¡La últi¬ma vez que me costó una hora talar un árbol tenía
diez años!
Darmmen alzó la voz:
-¿Y las zarzas? Podríamos
rodear los árboles con ellas. No conozco a nadie capaz de escalar un zarzal de
parras es¬pinosas.
Roran sonrió.
-Es una buena idea. Además,
los que tengáis hijos, de¬cidles que pongan el arnés a los caballos para que
podamos arrastrar los troncos hasta aquí. -Los hombres asintieron y se
esparcieron por todo Carvahall para recoger las hachas y sie¬rras necesarias para
la tarea. Roran paró a Darmmen y le dijo-: Asegúrate de que los árboles tengan
ramas por todo el tronco, porque si no, no servirán.
-¿Dónde estarás tú?
-preguntó Darmmen.
-Preparando otra defensa.
Roran lo abandonó y corrió a
casa de Quimby, donde en¬contró a Birgit ocupada en reforzar las ventanas con
tablas.
-¿Sí? -preguntó la mujer,
mirándolo.
Le explicó a toda prisa su
plan con los árboles.
-Quiero cavar una trinchera
por dentro del anillo de ár¬boles, para retener a cualquiera que los cruce.
Incluso po¬dríamos poner estacas en el fondo y...
-¿Qué es lo que quieres,
Roran?
-Me gustaría que organizaras
a todas las mujeres y a los niños, y a todos los que puedas, para cavar. Tengo
que en¬cargarme de demasiadas cosas, y no nos queda mucho tiem¬po. -Roran la
miró directamente a los ojos-. Por favor.
Birgit frunció el ceño:
-¿Por qué me lo pides a mí?
-Porque odias a los ra'zac
tanto como yo, y sé que harás todo lo posible por detenerlos.
-Sí -susurró Birgit. Luego
entrelazó las manos con rude¬za-. Muy bien, como quieras. Pero nunca olvidaré,
Roran Garrowsson, que fuisteis tú y tu familia quienes provocasteis la condena
de mi marido.
Se fue a grandes zancadas
antes de que Roran pudiera contestar.
Aceptó con ecuanimidad su
animadversión; era de espe¬rar, si se tenía en cuenta su pérdida. Aún tenía
suerte de que no hubiera iniciado un duelo de sangre. Luego se puso en marcha y
corrió hacia el punto en que el camino principal entraba en Carvahall. Era el
punto más débil de la aldea y re¬quería una doble protección. «No se puede
permitir que los ra'zac se limiten a abrirse paso con una explosión.»
Roran reclutó a Baldor y
juntos se pusieron a excavar una fosa perpendicular al camino.
-Me tengo que ir pronto -le
avisó Baldor entre dos gol¬pes de pica-. Papá me necesita en la forja.
Roran gruñó sin alzar la
mirada. Mientras trabajaba, su mente se llenó de nuevo del recuerdo de los
soldados: el as¬pecto que tenían cuando los golpeó y la sensación, la horri¬ble
sensación de aplastar un cuerpo como si fuera una cepa podrida. Mareado, paró
de trabajar y se fijó en la conmo¬ción que recorría Carvahall mientras la gente
se preparaba para el siguiente asalto.
Cuando se fue Baldor, Roran
terminó a solas la fosa, que llegaba a la altura de los muslos, y luego se fue
al taller de Fisk. Con permiso del carpintero, hizo que arrastraran con
caba¬llos cinco leños del montón de leña puesta a secar. Una vez allí los instaló
con la punta hacia arriba dentro de la fosa de tal modo que formaran una
barrera impenetrable a la entra-da de Carvahall.
Cuando estaba apisonando la
tierra en torno a los tron¬cos, apareció Darmmen al trote.
-Ya tenemos los árboles.
Están empezando a ponerlos en su sitio.
Roran lo acompañó hacia el
extremo norte de Carvahall, donde doce hombres se esforza-ban por alinear
cuatro pinos verdes lustrosos mientras una reata de caballos comandados por el
látigo de un muchacho regresaban al pie de las colinas.
-La mayoría de nosotros
ayudamos a recoger los árboles. Los otros se han animado; cuando me he ido,
parecían dis¬puestos a talar el resto del bosque.
-Bien, no nos irá mal que
sobre leña.
Darmmen señaló unos densos
zarzales amontonados al borde de los campos de Kiselt.
-Los he cortado a la orilla
del Añora. Úsalos como quie¬ras. Voy a buscar más.
Roran le dio una palmada en
el brazo y se volvió hacia el lado este de Carvahall, donde había una larga y
curva hilera de mujeres, niños y hombres cavando la tierra. Se acercó a ellos y
vio que Birgit daba órdenes como un general y re¬partía agua entre los
cavadores. La trinchera ya tenía metro y medio de ancho y medio metro de
profundidad. Cuando Birgit se detuvo a respirar hondo, Roran le dijo:
-Estoy impresionado.
Ella se retiró un mechón de
la cara sin mirarlo.
-Primero hemos arado la
tierra. Luego ha sido más fácil.
-¿Tienes una pala para mí?
Birgit señaló una pila de
herramientas al otro lado de la trinchera. Mientras caminaba hacia ella, Roran
divisó el bri¬llo cobrizo de la melena de Katrina entre las espaldas
inclina-das. A su lado, Sloan clavaba la pala en la suave tierra con una
energía furiosa y obsesiva, como si pretendiera despellejar la tierra,
arrancarle su piel de arcilla y mostrar la musculatura que se escondía tras
ella. Tenía los ojos enloquecidos y mos¬traba la dentadura en una mueca
retorcida, pese a las motas de polvo y suciedad que se posaban en sus labios.
Roran se estremeció al
percibir la expresión de Sloan y pasó deprisa, mirando hacia otro lado para no
encontrarse con sus ojos, inyectados en sangre. Agarró una pala y la clavó de
inmediato en el suelo, esforzándose por olvidar sus preo¬cupaciones al calor de
la extenuación física.
El día avanzó en un continuo
ajetreo, sin pausas para co¬mer o descansar. La trinchera se volvió más grande
y pro¬funda, rodeó dos terceras partes del pueblo y alcanzó la ori¬lla del río
Anora. Toda la tierra suelta quedó apilada por el lado interior de la trinchera
para intentar evitar que alguien pudiera saltarla... y para obstaculizar a
quien pretendiera sa¬lir de ella escalando.
El muro de árboles quedó
listo a primera hora de la tar¬de. Roran dejó de cavar y se puso a ayudar a los
que afilaban las incontables ramas -superpuestas y entrelazadas en la me¬dida
de lo posible-y a quienes colocaban los zarzales. De vez en cuando tenían que
sacar un árbol para que los granjeros como Ivor pudieran meter su ganado en el
territorio ahora seguro de Carvahall.
Hacia el atardecer, las
fortificaciones eran más seguras y extensas de lo que Roran se había atrevido a
esperar, aun¬que todavía requerían unas cuantas horas de trabajo para
completarlas del todo satisfactoriamente.
Se sentó en el suelo, dio un
bocado a un pedazo de pan de masa fermentada y contempló las estrellas entre la
bru¬ma de la extenuación. Alguien apoyó una mano en su hom¬bro; al alzar la
mirada, vio que se trataba de Albriech.
-Toma.
Albriech le dio un rudo
escudo, hecho de tablas serradas y encajadas, y una lanza de dos metros. Roran
los aceptó agradecido. Albriech avanzó, distribuyendo lanzas y escudos a quien
se cruzara con él.
Roran se puso en pie, fue a
coger su martillo a casa de Horst y, así armado, acudió a la entrada del camino
princi¬pal, donde Baldor y otros dos mantenían la guardia.
-Despertadme cuando
necesitéis descansar -dijo Roran.
Luego se tumbó en la suave
hierba, bajo el alero de una casa cercana. Dejó sus armas preparadas de modo
que pudiera encontrarlas en la oscuridad y cerró los ojos con una an-siosa
anticipación.
-Roran.
El susurro sonó en su oído
derecho.
-¿Katrina? -Se esforzó por
sentarse, pestañeando mien¬tras ella destapaba una antorcha. Un rayo de luz le
iluminó el muslo-. ¿Qué haces aquí?
-Quería verte.
Las sombras de la noche se
posaban en sus ojos, grandes y misteriosos en aquella cara pálida. Lo tomó del
brazo y lo lle¬vó hasta un porche vacío, lejos de los oídos de Baldor y los
de¬más guardias. Luego tomó su cara entre las manos y lo besó suavemente, pero
él estaba demasiado cansado para respon¬der a sus muestras de afecto. Katrina
se apartó y lo escrutó:
-¿Qué te pasa, Roran?
A él se le escapó un ladrido
de risa malhumorada.
-¿Qué me pasa? Qué le pasa
al mundo; está torcido como el marco de un cuadro después de recibir un golpe
en un lado. -Se dio un golpe en la barriga-. Ya mí también me pasa algo. Cada
vez que me permito descansar, veo a los soldados sangrando bajo mi martillo. Yo
maté a esos hombres, Katrina. Y sus ojos... ¡Sus ojos! Sabían que iban a morir
y que no po¬dían hacer nada por impedirlo. -Se echó a temblar en la
os¬curidad-. Ellos lo sabían... Yo también... Y sin embargo, tenía que hacerlo.
No podía...
Le fallaron las palabras, y
las lágrimas echaron a rodar por sus mejillas.
Katrina acunó su cabeza
mientras Roran lloraba, llevado por la impresión de los últimos días. Lloraba
por Garrow y Eragon; lloraba por Parr, Quimby y los demás muertos; llo¬raba por
sí mismo y lloraba por el destino de Carvahall. So¬llozó hasta que sus emociones
se calmaron y lo dejaron tan seco y vacío como una vieja cascara de cebada.
Roran se obligó a respirar
hondo, miró a Katrina y notó que también estaba llorando. Con el pulgar, retiró
sus lágri¬mas, similares a diamantes en la noche.
-Katrina... Mi amor. -Lo
repitió, saboreando las palabras-. Mi amor. No tengo nada que darte, además de
mi amor. Aun así..., debo preguntártelo: ¿te quieres casar conmigo?
Bajo la tenue luz de la
antorcha, vio que la pura alegría y el asombro saltaban a su cara. Luego
Katrina titubeó y apa¬recieron las dudas de la preocupación. No estaba bien que
se lo pidiera, ni que ella lo aceptara, sin permiso de Sloan. Pero a Roran ya
no le importaba; tenía que saber en aquel mo¬mento si Katrina y él iban a pasar
el resto de sus vidas juntos.
Entonces, suavemente:
-Sí, Roran, sí quiero.
Bajo el
oscuro cielo
Aquella noche llovió.
Capa tras capa de nubes
preñadas cubrieron con su man¬to el valle de Palancar, se aferraron a las
montañas con sus brazos tenaces y llenaron el aire con una niebla fría y
pesada. Desde dentro, Roran contemplaba mientras los cordones de lluvia gris
acribillaban los árboles y llenaban de espuma sus hojas, enfangaban la
trinchera que rodeaba Carvahall y tam¬borileaban con dedos rotundos en los
techados de paja y en los alerones a medida que las nubes se desprendían de su
carga.
A media mañana la tormenta
había amainado, aunque una llovizna continua seguía horadando la niebla. Pronto
em¬papó el pelo y la ropa de Roran cuando éste ocupó la guardia en la barricada
del camino principal. Se acuclilló junto a los troncos verticales, se sacudió
la capa y luego se encajó la ca¬pucha en torno a la cara y trató de ignorar el
frío.
A pesar del tiempo, Roran
estaba excitado y exultante por la alegría que le daba la aceptación de
Katrina. ¡Estaban com¬prometidos! En su mente, era como si la pieza que le
faltaba al mundo hubiera encajado en su lugar, como si se le garanti¬zara la
confianza de un guerrero invulnerable. Qué importa¬ban los soldados, o los
ra'zac, o el Imperio, ante un amor como el suyo. Pelillos a la mar.
Sin embargo, a pesar de
aquella nueva dicha, su mente es¬taba concentrada por completo en lo que se
había converti¬do en el acertijo más importante de su existencia: cómo
ase-gurarse de que Katrina sobreviviera a la ira de Galbatorix. Desde que
despertara, no había pensado en otra cosa. «Lo mejor sería que se fuera a la
granja de Cawley -decidió, con la mirada fija en el brumoso camino—, pero no
aceptará irse... Salvo que Sloan se lo mande. Tal vez consiga convencerlo;
es¬toy seguro de que desea tanto como yo librarla del peligro.
Mientras pensaba en maneras
de abordar al carnicero, las nubes se espesaron de nuevo y la lluvia redobló su
asalto a la aldea, arqueándose en oleadas punzantes. Alrededor de Roran los
charcos cobraban vida cuando los perdigones de agua tamborileaban en su
superficie y rebotaban hacia arriba como saltamontes asustados.
Cuando le entró hambre,
Roran pasó la guardia a Larne, el hijo menor de Loring, y se fue a comer algo,
buscando a saltos refugio bajo los aleros. Al doblar una esquina, le
sor-prendió ver a Albriech en el porche de su casa, discutiendo violentamente
con un grupo de hombres.
Ridley gritaba:
-... estás ciego. Si
seguimos los álamos, no nos verán. Ha¬béis escogido el camino equivocado.
-Pues pruébalo, si quieres.
-¡Claro que lo probaré!
-Entonces podrás contarme si
te gusta el tacto de las flechas.
-Tal vez -dijo Thane- no
seamos tan torpes como vo¬sotros.
Albriech se volvió hacia él
con un gruñido.
-Tus palabras son tan torpes
como tus sesos. No soy tan estúpido como para poner en peligro a mi familia
bajo la única protección de unas hojas de árbol que ni siquiera he visto nunca.
-A Thane se le salían los ojos de las órbitas, y su rostro adquirió un tono
manchado de profundo escarlata-. ¿Qué? -se mofó Albriech-. ¿No tienes lengua?
Thane rugió y golpeó con el
puño a Albriech en la meji¬lla. Albriech se rió.
-Tu brazo es débil como el
de una mujer.
Luego agarró a Thane por un
hombro y lo lanzó al fan¬go, fuera del porche, donde quedó tumbado y aturdido.
Roran agarró la lanza como
si fuera un palo y se plantó junto a Albriech de un salto, para evitar que
Ridley y los de¬más le echaran la mano encima.
-Ya basta -rugió Roran,
furioso-. Tenemos otros enemi¬gos. Convocaremos una asamblea, y los arbitros
decidirán si debe compensarse a Albriech o a Thane. Pero hasta enton¬ces, no
podemos pelear entre nosotros.
-Es muy fácil decirlo
-escupió Ridley-. No tienes mujer ni hijos.
Luego ayudó a Thane a
levantarse y se fue con el resto del grupo.
Roran miró con dureza a
Albriech y se fijó en la magu¬lladura amoratada que empezaba a extendérsele
bajo el ojo derecho.
-¿Cómo ha empezado?
-preguntó.
-Yo... -Albriech se detuvo
con una mueca y se palpó la mandíbula-. He salido de inspección con Darmmen.
Los ra'-zac han apostado soldados en varias colinas. Pueden vernos desde el
otro lado del Anora y a lo largo del valle. Uno de nosotros podría, arrastrarse
detrás de ellos sin que lo vieran, pero no podríamos llevar a los niños hasta
Cawley sin matar a los soldados, y en ese caso sería como anunciar a los ra'zac
adonde nos dirigimos.
El miedo se apoderó de Roran
y fluyó por su corazón y sus venas como un veneno. «¿Qué puedo hacer?» Mareado
por la sensación de condena, rodeó los hombros de Albriech con un brazo:
-Ven; será mejor que
Gertrude te eche un vistazo.
-No -respondió Albriech,
deshaciéndose de su abrazo—. Tiene casos más urgentes que yo.
Respiró hondo con
anticipación, como si fuera a tirarse de cabeza a un lago, y avanzó pesadamente
bajo el chubas¬co, en dirección a la forja.
Roran lo vio partir, meneó
la cabeza y entró. Se encontró a Elain sentada en el suelo con una hilera de
niños, afilando un montón de puntas de lanza con limas y piedras de afilar.
Roran llamó la atención de
Elain con un gesto. Cuando estu¬vieron en otra habitación, le contó lo que
acababa de pasar.
Elain maldijo con crudeza,
lo cual le sorprendió porque nunca la había visto usar seme-jantes palabras, y
luego pre¬guntó:
-¿Tiene Thane motivos para
plantear un duelo?
-Probablemente -admitió
Roran-. Se han ofendido los dos, pero los insultos de Albriech eran más
graves... De todos modos, el primer golpe lo ha dado Thane. Tú también po¬drías
declarar un duelo.
-Tonterías -afirmó Elain,
envolviéndose los hombros con un chal-. Esa disputa la resolverán los arbitros.
Si hemos de pagar una multa, da lo mismo, siempre que se evite el
de¬rramamiento de sangre.
Salió hacia la puerta
delantera, con una lanza en la mano.
Preocupado, Roran encontró
pan y carne en la cocina y luego ayudó a los niños a afilar las puntas de
lanza. Cuando llegó Felda, una de las madres, Roran dejó a los niños a su cargo
y cruzó Carvahall con esfuerzo para llegar al camino principal.
Cuando se agachó sobre el
fango, un rayo de luz del sol estalló bajo las nubes e iluminó los pliegues de
la lluvia de tal modo que cada gota brilló con un fuego cristalino. Roran lo
miró fijamente, anonadado, haciendo caso omiso del agua que le corría por la
cara. El hueco entre las nubes se ensan¬chó hasta que un saledizo de nubes
atronadoras quedó pen¬dido sobre el lado oeste del valle de Palancar,
enfrentado a una cinta de cielo azul despejado. Entre el techo de nubes y el
ángulo de incidencia del sol, la tierra empapada de lluvia se saturaba de luz
brillante por un lado y quedaba pintada de ricas sombras por el otro; lo cual
teñía los campos, los mon¬tes, los árboles, el río y las montañas de los más
extraordina¬rios colores. Era como si todo el mundo se hubiera transfor¬mado en
una escultura de metal bruñido.
Justo en ese momento, un
movimiento captó la atención de Roran, quien bajó la mirada para ver a un
soldado que permanecía de pie en el camino, con la malla brillante como si
fuera de hielo. El hombre contempló boquiabierto de asombro las nuevas
fortificaciones de Carvahall y luego se dio la vuelta y desapareció entre la
bruma dorada.
-¡Soldados! -gritó Roran,
poniéndose en pie de un salto.
Deseó tener a mano su arco,
pero lo había dejado dentro para protegerlo de los elementos. Su único consuelo
era que a los soldados todavía les iba a costar más mantener sus armas secas.
Hombres y mujeres salieron
de las casas, se reunieron jun¬to a la trinchera y miraron entre los pinos
amontonados que formaban el muro. Las ramas largas lloraban gotas de hu-medad,
gemas translúcidas que reflejaban montones de ojos ansiosos.
Roran se encontró al lado de
Sloan. El carnicero llevaba uno de los escudos improvisados por Fisk en la mano
iz¬quierda, y en la derecha una de las cuchillas de la carnicería, curvada como
una media luna. Llevaba un cinto festoneado con al menos media docena de
cuchillos, largos y afilados como navajas. Él y Roran intercambiaron un
enérgico salu¬do con la cabeza y luego concentraron la mirada en el lugar por
donde había desaparecido el soldado.
Menos de un minuto después,
la voz de un ra'zac se des¬lizó por entre la niebla:
-¡Como seguís defendiendo
Carvahall, habéis proclama¬do vuestra elección y sellado vuestra condena! ¡Vais
a morir!
Loring respondió:
-¡Mostrad vuestras caras de
gusanos si os atrevéis, bicharracos con hígado de lirio, pier-nas retorcidas y
ojos de ser¬piente! ¡Os abriremos los cráneos y cebaremos a nuestros perros con
vuestra sangre!
Una oscura forma flotó hacia
ellos, seguida por el zum¬bido sordo de una lanza que se clavaba en una puerta,
a es¬casos centímetros del brazo de Gedric.
-¡Cubrios! -gritó Horst, en
medio de la línea de gente.
Roran se arrodilló tras su
escudo y miró por una abertura mínima que quedaba entre dos tablas. Justo a
tiempo, pues media docena de lanzas pasaron sobre el muro de árboles y se
clavaron entre los asustados aldeanos.
Un grito agónico se alzó en
medio de la niebla.
El corazón de Roran daba
saltos de un temblor doloroso. Pese a que aún no se había movido, boqueaba para
respirar y tenía las manos resbaladizas por el sudor. Oyó el leve soni¬do de
cristales destrozados en el lado norte de Carvahall y luego el bramido de una
explosión y de leños partidos.
El y Sloan se dieron la
vuelta y corrieron hacia Carvahall, donde encontraron a un grupo de seis
soldados que retira¬ban los restos astillados de varios árboles. Tras ellos,
pálidos y espectrales bajo las brillantes gotas de lluvia, montaban los ra'zac
a sus caballos. Sin frenar, Roran se echó encima del primer hombre y lo azuzó
con la lanza. El hombre desvió los dos primeros pinchazos alzando un brazo,
pero Roran le acertó al tercero en la cadera y, cuando caía, le atravesó la
garganta.
Sloan gritó como una bestia
encolerizada, lanzó su cu¬chillo y le partió el yelmo a otro de los hombres,
aplastán¬dole el cráneo. Dos soldados cargaron con las espadas de¬senfundadas.
Sloan dio un paso a un lado, se echó a reír y bloqueó sus ataques con el
escudo. Uno de los soldados sol¬tó un mandoble tan fuerte que el filo quedó
clavado en el borde del escudo. Sloan lo acercó de un tirón y lo atravesó cerca
del ojo con uno de los cuchillos de trinchar que lleva¬ba en el cinto. Sacó
otro y rodeó a un nuevo oponente con una sonrisa de maníaco:
-¿Quieres que te despedace y
te corte los tendones? -le preguntó, casi haciendo cabriolas, con una risotada
terrible y sangrienta.
Roran perdió la lanza al
enfrentarse al siguiente hom¬bre. Apenas logró sacar el martillo a tiempo para
evitar que una espada le cortase la pierna. El soldado que le había arrancado
la lanza la blandía ahora contra él y apuntaba al pecho. Roran soltó el martillo,
agarró la lanza a medio vuelo -lo cual le sorprendió a él tanto como a los
soldados-, la giró en el aire y atravesó con ella la armadura y las costillas
del hombre que se la había tirado. Como se había quedado sin arma, se vio
obligado a retirarse frente al último soldado. Tropezó con un cadáver y al caer
se hizo un corte en la pantorrilla con una espada, y tuvo que rodar para
esquivar el golpe que le lanzaba el soldado con las dos manos. Manoteó
frenéticamente entre el lodo que le llegaba a los tobillos en busca de algo,
cualquier cosa que le sirviera de arma. Se gol¬peó los dedos con una empuñadura
y arrancó el puñal del lodo para lanzar un tajo hacia la mano que sostenía la
espa¬da del soldado, a quien hirió en el pulgar.
El hombre se quedó mirando
fijamente el muñón bri¬llante y dijo:
-Eso es lo que pasa por no
cubrirme con un escudo.
-Eso -concedió Roran. Y lo
decapitó.
El último soldado cedió al
pánico y salió volando hacia los espectros impasibles de los ra'zac, mientras
Sloan lo bom¬bardeaba con un torrente de insultos y ofensas. Cuando el soldado
rasgó al fin la brillante cortina de lluvia, Roran con¬templó con un estremecimiento
de horror cómo las dos fi¬guras negras se inclinaban desde sus corceles a ambos
lados del hombre y lo agarraban por la nuca con sus manos retor¬cidas. Los
crueles dedos apretaron, y el hombre aulló deses¬perado, en plena convulsión, y
luego quedó inerte. Los ra'zac dejaron su cadáver sobre una de las sillas,
dieron la vuelta a sus monturas y se marcharon.
Roran se estremeció y miró a
Sloan, que limpiaba sus cu¬chillos.
-Has luchado bien.
Nunca había sospechado que
el carpintero tuviera tal fe¬rocidad.
Sloan contestó en voz baja:
-Nunca atraparán a Katrina.
Nunca, aunque tenga que despellejarlos o enfrentarme a mil úrgalos, y además al
rey. Antes de que sufra un solo rasguño, sería capaz de derrumbar el mismísimo
cielo y permitir que el Imperio se ahogara en su propia sangre.
Sólo entonces cerró la boca,
encajó el último cuchillo en el cinto y se puso a arrastrar los tres pinos
partidos a su posi¬ción original.
Mientras tanto, Roran hizo
rodar los cuerpos de los sol¬dados muertos sobre el barro pisoteado para
apartarlos de las fortificaciones. «Ya he matado a cinco.» Tras completar su
faena, estiró el cuerpo y miró a su alrededor, sorprendi¬do, pues no se oía más
que el silencio y el silbido de la lluvia. «¿Por qué no ha venido nadie a
ayudarnos?»
Preguntándose qué más había
ocurrido, regresó con Sloan al escenario del primer ataque. Dos soldados
pendían sin vida de las afiladas ramas del muro de árboles, pero no fue eso lo
que llamó su atención. Horst y los demás aldeanos estaban arrodillados en círculo
en torno a un cuerpo pe¬queño. Roran contuvo la respiración. Era Elmund, hijo
de Delwin. El muchacho, que apenas tenía diez años, había re¬cibido un golpe de
lanza en el costado. Sus padres estaban sentados en el lodo, a su lado, con los
rostros duros como la piedra.
«Hay que hacer algo», pensó
Roran, al tiempo que se arro¬dillaba, apoyándose en la lanza. Pocos niños
vivían más allá de los cinco o seis años. Pero perder al primogénito a esa
edad, cuando todo indicaba que iba a crecer alto y fuerte para ocupar el lugar
de su padre en Carvahall... Eso podía destro¬zar a cualquiera. «Katrina... Los
niños... Hay que protegerlos a todos. Pero ¿dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?»
Lago abajo con la corriente
El día que salieron de
Tarnag, Eragon hizo el esfuerzo de aprenderse el nombre de todos los guardias
de Undin. Se llamaban Ama, Tríhga, Hedin, Ekksvar, Shrrgnien -que a Eragon le
parecía impronunciable, aunque le contaron que significaba Corazón de Lobo-,
Dúthmér y Thorv.
Cada balsa tenía una pequeña
cabina en el centro. Era¬gon prefería pasar el tiempo sentado al borde de los
tron¬cos, viendo pasar las Beor. Las grajillas y algún martín pes¬cador
revoloteaban a lo largo del claro río, mientras que las garzas azuladas se quedaban
quietas sobre sus zancos en las orillas pantanosas, tachonadas por las lanzas
de luz que se colaban entre los bosquecillos de avellanos, hayas y sau¬ces. De
vez en cuando, una rana toro croaba desde un bro¬te de heléchos.
Cuando Orik se sentó a su
lado, Eragon dijo:
-Qué bonito.
-Eso sí.
El enano encendió
tranquilamente su pipa y luego se re¬costó y soltó una bocanada.
Eragon escuchó los crujidos
de la madera y las cuerdas mientras Tríhga dirigía la balsa con el largo remo
de popa.
-Orik, ¿me puedes contar por
qué Brom se unió a los vardenos? Sé tan pocas cosas de él... Durante la mayor
parte de mi vida, sólo fue el cuentacuentos del pueblo.
-Nunca se unió a los
vardenos; sólo ayudó a fundarlos. -Orik se detuvo para tirar un poco de ceniza
al río-. Cuan¬do Galbatorix se convirtió en rey, Brom era el único Jinete que
quedaba vivo, aparte de los Apóstatas.
-Pero no era un Jinete, ya
no. Habían matado a su dra¬gón en la batalla de Doru Araeba.
-Bueno, tenía la formación
de un Jinete. Brom fue el pri¬mero que organizó a los amigos y aliados de los
Jinetes, que se habían visto obligados a exiliarse. Fue él quien convenció a
Hrothgar para que permitiera a los vardenos vivir en Farthen Dür, y quien
obtuvo la ayuda de los elfos.
Guardaron silencio un rato.
-¿Por qué renunció Brom al
liderazgo? -preguntó Eragon.
Orik sonrió con ironía.
-Tal vez nunca lo quiso. Eso
fue antes de que Hrothgar me adoptara, así que yo no sé mucho de la vida de
Brom en Tronjheim. Siempre estaba en algún otro lugar, luchando con los
Apóstatas o liado en cualquier conspiración.
-¿Tus padres están muertos?
-Sí. Se los llevó la viruela
cuando era joven; Hrothgar tuvo la bondad de acogerme en su salón y, como no
tiene hi¬jos, me nombró su heredero.
Eragon pensó en su yelmo,
marcado con el símbolo del Ingeitum. «Conmigo también ha sido bueno.»
Cuando llegó el crepúsculo,
los enanos colgaron una an¬torcha en cada esquina de las balsas. Recordaron a
Eragon que las antorchas eran rojas porque permitían ver de noche. Se quedó
junto a Arya y estudió las profundidades puras e inmóviles de las antorchas.
-¿Sabes cómo las hacen?
-preguntó.
-Con un hechizo que
regalamos a los enanos hace mu¬cho tiempo. Lo usan con mucha habilidad.
Eragon alzó una mano, se
rascó la barbilla y las mejillas y notó el rastrojo de barba que había empezado
a crecerle.
-¿Podrías enseñarme más
magia mientras viajamos?
Ella lo miró, manteniendo un
perfecto equilibrio sobre los oscilantes troncos.
-No me corresponde. Te está
esperando un profesor.
-Al menos dime una cosa
-insistió-. ¿Qué significa el nombre de mi espada?
La voz de Arya sonó suave:
-Tu espada se llama
«Suplicio». Es lo que fue hasta que tú la blandiste.
Eragon miró a Zar'roc con
aversión. Cuanto más sabía de su arma, más malvada le parecía, como si su filo
pudiera causar desgracias por su propia voluntad. «No es sólo que Morzan matara
con ella a los Jinetes, es que hasta su propio nombre es malvado.» Si no se la
hubiera dado Brom, y si no fuera porque Zar'roc nunca se desafilaba y nada
podía partirla, Eragon la hubiera tirado al río en aquel mismo momento.
Antes de que oscureciera
más, Eragon se acercó nadando a Saphira. Volaron juntos por primera vez desde
la salida de Tronjheim y se alzaron sobre el Az Ragni, donde el aire era fino y
el agua, allá abajo, apenas parecía una línea morada. Sin la silla, Eragon se
agarraba con fuerza a Saphira con las rodillas y notó que sus duras escamas le
rozaban las cicatrices del primer vuelo.
Cuando Saphira se inclinó a
la izquierda para alzarse con una corriente de aire, Eragon vio tres manchas
marrones que saltaban desde la falda de la montaña y ascendían con rapidez. Al
principio creyó que eran halcones, pero a medida que se acercaron se dio cuenta
de que medían casi dos metros de largo y tenían colas cortas y alas ásperas. De
hecho, parecían dragones, pero sus cuerpos eran más pequeños, más flacos y más
serpentinos que el de Saphira. Y sus escamas no brillaban, sino que estaban
moteadas de verde y marrón.
Agitado, Eragon se las
señaló a Saphira.
¿Pueden ser dragones?
-preguntó.
No lo sé.
Saphira se quedó flotando e
inspeccionó a los recién llegados, que ascendían hacia ellos trazando
espirales. Las criaturas parecían asombradas de ver a Saphira. Se lanzaron
contra ella, pero en el último momento se pusieron a sisear y descendieron en
picado.
Eragon sonrió y quiso
proyectar su mente para entrar en contacto con sus pensamientos. Cuando lo
hizo, los tres animales retrocedieron y aullaron, abriendo las fauces como
serpientes hambrientas. Su aullido desgarrador era mental, además de físico.
Atravesó a Eragon con una fuerza salvaje, con la intención de incapacitarlo.
Saphira también lo sintió. Sin cortar el convulso aullido, las criaturas
atacaron con sus afiladas zarpas.
Espera -advirtió Saphira.
Plegó el ala izquierda y dio media vuelta en el aire para esquivar a dos de los
animales, y luego aleteó deprisa para alzarse sobre el tercero. Al mismo
tiempo, Eragon se esforzó con furia por bloquear el aullido. En cuanto notó su
mente despejada, quiso recurrir a la magia-. No los mates-dijo Saphira-. Quiero
vivir esta experiencia.
Aunque las criaturas eran
más ágiles que Saphira, ella les aventajaba en tamaño y fuerza. Una de las
criaturas se lanzó contra ella. Saphira se echó hacia atrás de golpe para volar
boca abajo y dio una patada al animal en el pecho.
La intensidad del aullido
fue disminuyendo al retirarse el enemigo.
Saphira agitó las alas y
trazó un giro a la derecha para recibir de frente a los otros dos animales, que
se le echaban encima a la vez. Arqueó el cuello. Eragon oyó un profundo tronido
entre sus costillas, y luego una lengua de fuego salió rugiendo de sus fauces.
Un halo de azul líquido envolvió la cabeza de Saphira y brilló entre sus
escamas como gemas, hasta que soltó unas gloriosas centellas y pareció elevarse
por dentro.
Las dos bestias aullaron de
desánimo y se desviaron hacia los lados. El asalto mental cesó cuando se
alejaron a toda prisa, descendiendo hacia la ladera de la montaña.
Casi me tiras -dijo Eragon,
soltando los brazos acalambrados con que la agarraba por el cuello.
Ella lo miró con aire de
suficiencia.
Casi, pero no.
Tienes razón -se rió Eragon.
Iluminados por la emoción de
la victoria, volvieron a las balsas. Cuando aterrizaron entre dos alerones de
agua, Orik gritó:
-¿Os han herido?
-No -contestó Eragon. El
agua helada se arremolinaba en torno a sus piernas mientras Saphira se acercaba
nadando a la balsa-. ¿Era otra raza exclusiva de las Beor?
Orik le ayudó a subir a la
balsa.
-Los llamamos Fanghur. No
son tan inteligentes como los dragones y no son capaces de echar fuego, pero no
dejan de ser formidables enemigos.
-Ya lo hemos visto. -Eragon
se masajeó las sienes con la intención de aliviar el dolor de cabeza que le
había provocado el ataque de los Fanghur-. De todos modos, era mucha Saphira
para ellos.
Por supuesto -dijo la
dragona.
-Ellos cazan así -explicó
Orik-. Usan sus mentes para inmovilizar a la presa mientras la matan.
Saphira movió la cola para
salpicar a Eragon.
Es una buena idea. Quizá lo
pruebe la próxima vez que vaya de caza.
Eragon asintió.
En una lucha tampoco vendría
mal.
Arya se acercó al borde de
la balsa.
-Me alegro de que no los
hayáis matado. Los Fanghur son tan escasos que la pérdida de esos tres hubiera
sido tremenda.
-A pesar de eso, consiguen
comerse buena parte de nuestros rebaños -gruñó Thorv desde dentro de la cabina.
El enano se acercó a Eragon, mascullando irritado entre los nudos retorcidos de
su barba-. No vuelvas a volar mientras estemos en las Beor, Asesino de Sombras.
Bastante difícil resulta conservarte intacto sin que te pongas a luchar con tu
dragona contra víboras aladas.
-Permaneceremos en
superficie hasta que lleguemos a los llanos -prometió Eragon.
-Bien.
Cuando se detuvieron a pasar
la noche, los enanos amarraron las balsas a unos álamos temblones en la
desembocadura de un arroyuelo. Ama encendió un fuego mientras Eragon ayudaba a
Ekksvar a bajar a Nieve de Fuego a tierra. Ataron al semental en una zona de
hierba.
Thorv supervisó la
instalación de seis tiendas grandes. Hedin recogió leña suficiente para
aguantar hasta el amanecer, y Düthmér sacó las provisiones de la segunda balsa
y empezó a preparar la cena. Arya quedó de guardia al borde del campamento,
donde pronto se le unieron Ekksvar, Ama y Tríhga, una vez finalizadas sus
tareas.
Cuando Eragon se dio cuenta
de que no tenía nada que hacer, se acuclilló junto al fuego con Orik y
Shrrgnien. Cuando éste se quitó los guantes y mantuvo las manos llenas de
cicatrices sobre las llamas, Eragon se fijó en unas puntas de hierro pulido -de
apenas medio centímetro- que sobresalían en todos los nudillos del enano, salvo
en los pulgares.
-¿Qué es eso? -preguntó.
Shrrgnien miró a Orik y se
rió.
-Son mis Ascüdgamln... Mis
«puños de hierro». -Sin levantarse, se dio media vuelta y golpeó el tronco de
un álamo temblón y dejó cuatro agujeros simétricos en la corteza. Shrrgnien se volvió
a reír-. Van muy bien para golpear cosas, ¿eh?
La curiosidad y la envidia
de Eragon aumentaron.
-¿Cómo se hacen? O sea,
¿cómo se atan las puntas a tus manos?
Shrrgnien titubeó, en busca
de las palabras adecuadas.
-Un sanador te sume en un
sueño profundo para que no sientas ningún dolor. Luego te... taladran, ¿sí?, te
taladran un agujero en las articulaciones...
Se detuvo y empezó a hablar
deprisa con Orik en el lenguaje de los enanos.
-En cada agujero encajan un
cilindro de metal -explicó Orik-. Se usa la magia para fijarlo en su lugar, y
cuando el guerrero se recupera del todo, se pueden meter en los cilindros
puntas de diversos tamaños.
-Sí, mira-dijo Shrrgnien,
sonriendo.
Cogió la punta que quedaba
sobre el índice de la mano izquierda, la sacó cuidadosamente del nudillo y se
la pasó a Eragon.
Eragon sonrió mientras
rodaba el afilado muñón sobre la palma de la mano.
-No me importaría tener mis
propios «puños de hierro».
Devolvió la punta a
Shrrgnien.
-Es una operación peligrosa
-advirtió Orik-. Pocos knurlan tienen Ascüdgamln porque es fácil perder la
capacidad de usar las manos si el taladro se hunde demasiado. -Alzó un puño y
se lo mostró a Eragon-. Nuestros huesos son más gruesos que los vuestros. No sé
si funcionaría en un humano.
-Lo recordaré.
Sin embargo, Eragon no podía
evitar imaginar cómo sería pelear con Ascüdgamln, ser capaz de golpear lo que
quisiera impunemente, incluso un úrgalo con armadura. Le encantaba la idea.
Después de cenar, Eragon se
retiró a su tienda. La luz que arrojaba el fuego le permitía ver la silueta de
Saphira acostada junto a su tienda, como una figura recortada en papel y
enganchada a un lienzo.
Eragon se sentó con las
mantas por encima de las piernas y se miró el regazo, aturdido pero sin deseos
de dormir todavía. Desatada, su mente se puso a pensar en el hogar. Se preguntó
cómo les iría a Roran, a Horst y a todos los de Carvahall, y si haría el
suficiente calor en el valle de Palancar para que los granjeros pudieran
empezar a plantar sus cultivos. La añoranza y la tristeza se apoderaron de él
de repente. Sacó un cuenco de madera de su bolsa, cogió la bota de agua y lo
llenó hasta el borde. Luego se concentró en una imagen de Roran y susurró:
-Draumr kópa.
Como siempre, el agua se
oscureció antes de relucir para revelar el objeto invocado. Eragon vio a Roran
sentado a solas en un dormitorio iluminado por una vela y reconoció que era en
casa de Horst. «Debe de haber abandonado su trabajo en Therinsford», pensó. Su
primo estaba recostado en las rodillas y tenía las manos entrelazadas mientras
miraba fijamente la pared con una expresión que Eragon supo interpretar como
señal de que se enfrentaba a algún problema difícil. Aun así, parecía en buen
estado, aunque algo desanimado, lo cual reconfortó a Eragon. Al cabo de un
minuto liberó la magia, puso fin al hechizo y la superficie del agua se aclaró.
Tranquilo, Eragon vació el
cuenco, se tumbó y alzó las mantas hasta la barbilla. Cerró los ojos y se sumió
en la cálida penumbra que separa la conciencia del sueño, en la que la realidad
se curva y cimbrea al aire del pensamiento, y la creatividad florece, liberada
de las limitaciones, y todo es posible.
El sueño se apoderó de él.
Apenas pasó nada mientras descansaba, pero justo antes de despertarse, los
habituales fantasmas de la noche fueron reemplazados por una visión tan clara y
vibrante como cualquiera que pudiera experimentar despierto.
Vio un cielo torturado,
negro y encarnado de humo. Cuervos y águilas volaban en círculos por encima de
las flechas que rasgaban el aire de un lado a otro en plena batalla. Había un
hombre despatarrado en el barro revuelto, con el yelmo partido y la malla
ensangrentada... Su rostro se escondía detrás de un brazo.
Una mano con guante de
hierro entró en la visión de Eragon. El guante estaba tan cerca que emborronaba
de hierro bruñido la visión de medio mundo. Como una máquina inexorable, el
pulgar y los últimos tres dedos se cerraban en un puño, dejando el dedo índice,
como un tronco, para señalar al hombre del suelo con la autoridad del mismísimo
destino.
La visión seguía ocupando la
mente de Eragon cuando salió a rastras de la tienda. Encontró a Saphira algo
alejada del campamento, mordisqueando un pellejo. Cuando le contó lo que había
visto, se detuvo a medio bocado. Luego, con un golpe de cuello, se tragó un
pedazo de carne.
La última vez que ocurrió
-dijo la dragona-, resultó ser una predicción verdadera de cosas que ocurrían
en otro sitio. ¿Crees que hay alguna batalla en Alagaesia?
Eragon dio una patada a una
rama suelta.
No estoy seguro... Brom dijo
que sólo se podía invocar gente, rostros, y cosas que ya hubiera visto antes.
Sin embargo, nunca he visto ese lugar. Tampoco había visto a Arya la primera
vez que soñé con ella en Teirm.
Tal vez Togira Ikonoka pueda
explicárnoslo.
Mientras se preparaban para
partir, los enanos parecían mucho más relajados ahora que se habían alejado de
Tarnag. Cuando empezaron a descender por el Az Ragni con sus pértigas, Ekksvar
-que capitaneaba la balsa en la que iba Nieve de Fuego- se puso a cantar con
voz muy grave:
Abajo con la rápida
corriente
De la sangre acumulada de
Kílf,
Deslizamos nuestros troncos
retorcidos
Para el hogar, para el clan,
para el honor.
Bajo el solemne tanque del
cielo,
Entre las hondonadas de
lobos de hielo en los bosques,
Arrastramos la madera
destripada
Para el hierro, para el oro
y el diamante.
Que ciña mi mano las
herramientas para descortezar
Y cuiden mi piedra las hojas
de la batalla
Mientras abandono el hogar
de mis padres
En busca de las tierras
vacías del más allá.
Los demás enanos se unieron
a Ekksvar y pasaron a su propia lengua para entonar los versos siguientes. El
lento palpito de sus voces acompañó a Eragon mientras se desplazaba con cautela
hacia la otra punta de la balsa, donde Arya permanecía sentada con las piernas
cruzadas.
-He tenido... una visión
mientras dormía -le dijo. Arya lo miró con interés, y él le contó las imágenes
que había visto-. Si es una invocación...
-No lo es -contestó Arya.
Hablaba con deliberada lentitud, como si quisiera evitar cual-quier
malentendido—. He pensado mucho en cómo me viste presa en Gil'ead, y creo que
mientras yo estaba inconsciente, mi espíritu buscaba auxilio allá donde pudiera
encontrarlo.
-¿Y por qué yo?
Arya asintió mirando hacia
donde Saphira flotaba en el agua.
-Me acostumbré a la
presencia de Saphira durante los quince años que pasé al cuidado del huevo.
Cuando entré en contacto con tus sueños, iba en busca de algo que resultara
familiar.
-¿De verdad eres tan fuerte
como para contactar con alguien que está en Teirm desde Gil'ead? Encima, te
habían drogado.
El fantasma de una sonrisa
se posó en los labios de Arya.
-Podría quedarme ante las
mismísimas puertas de Vroengard, y aun así me oirías con tanta claridad como
ahora. -Hizo una pausa-. Si no me invocaste tú en Teirm, tampoco puedes haber
invocado este nuevo sueño. Debe de ser una premonición. Se sabe que han
ocurrido entre las razas sensibles, pero sobre todo entre los conocedores de la
magia.
La balsa dio un bandazo, y
Eragon se agarró a la red que rodeaba un montón de víveres.
-Si lo que he visto es algo
que va a ocurrir, ¿cómo podemos evitar que ocurra? ¿Tiene alguna importancia
nuestra elección? ¿Qué pasaría si me tirara de la balsa ahora mismo y me
ahogara?
-Es que no lo vas a hacer.
-Arya tocó la superficie del río con su largo índice izquierdo y miró la única
gota que quedó prendida en su piel, como una lente temblorosa-. Una vez, hace
muchos años, el elfo Maerzadí tuvo la premonición de que mataría accidentalmente
a su hijo en una batalla. En vez de vivir para verlo, prefirió suicidarse para
salvar a su hijo, y demostrar de paso que el futuro no está determinado. Aparte
de matarte, en cualquier caso, hay poco que puedas hacer para cambiar tu
destino, pues no sabes qué opciones te llevarán a la porción particular de
tiempo que has visto. -Agitó la mano y la gota salpicó el tronco que los
separaba-. Sabemos que es posible obtener información del futuro, pues los
adivinos predicen a menudo los distintos caminos que podría tomar la vida de
una persona. Pero no hemos sido capaces de refinar el proceso hasta el extremo
de que puedas escoger qué quieres ver, dónde y cuándo quieres verlo.
A Eragon, el concepto de
extraer conocimiento del tiempo le parecía profundamente inquietante. Planteaba
demasiadas dudas sobre la naturaleza de la realidad. «Incluso si el destino y
la ventura existen, lo único que puedo hacer es disfrutar del presente y vivir
con la mayor honradez posible.» Aun así, no pudo evitar la pregunta:
-En cualquier caso, ¿qué
puede impedirme invocar un recuerdo? Todo lo que contienen lo he visto... O
sea, que debería ser capaz de verlos por medio de la magia.
La mirada de Arya se clavó
en la suya.
-Si concedes algún valor a
tu vida, nunca lo intentes. Hace muchos años, algunos de nuestros hechiceros se
dedicaron a desafiar los enigmas del tiempo. Cuando intentaron invocar su
pasado, sólo lograron crear una imagen borrosa en sus espejos antes de que el
hechizo consumiera su energía y los matara. No hicimos más experimentos al
respecto. Hay quien dice que el hechizo funcionaría si participaran en él más
magos, pero nadie está dispuesto a aceptar el riesgo y esa teoría ha quedado
sin demostrar. Incluso si se pudiera invocar el pasado, serviría para poco. Y
para invocar el futuro, tendrías que saber exacta-mente qué va a pasar, dónde y
cuándo, y en ese caso ya no tendría sentido.
»Por eso, es un misterio que
la gente tenga premoniciones mientras duerme, que puedan hacer de modo
inconsciente algo ante lo que se han rendido nuestros más grandes sabios. Las
premoniciones podrían estar ligadas a la mismísima naturaleza y textura de la
magia... O tal vez funcionen igual que los recuerdos ancestrales de los
dragones. No lo sabemos. Muchos caminos de la magia aún están por explorar. -Se
puso en pie con un solo movimiento fluido-. Procura no perderte por ellos.
Deslizarse
El valle se fue ensanchando
a lo largo de la mañana a medida que las balsas avanzaban hacia un luminoso
hueco entre dos montañas. Llegaron a la abertura a mediodía y se encontraron
mirando desde las sombras una soleada pradera que se extendía hacia el norte.
Luego la corriente los
empujó más allá de los peñascos y los muros del mundo se retiraron para revelar
un cielo gigantesco y un horizonte liso. Casi de inmediato se calentó el aire.
El Az Ragni se curvó hacia el este, recortando las laderas de la cadena montañosa
por un lado y las llanuras por el otro.
Aquella cantidad de espacio
abierto parecía inquietar a los enanos. Empezaron a murmurar entre ellos, y
miraban con añoranza la fisura cavernosa que dejaban atrás.
A Eragon la luz del sol le
pareció vigorizante. Era difícil sentirse verdaderamente despier-to cuando tres
cuartas partes del día transcurrían bajo el crepúsculo. Detrás de su balsa,
Sa-phira abandonó el agua y echó a volar por la pradera hasta que su figura
menguó y se con-virtió en una manchita agitada en la bóveda celeste.
¿Qué ves? -le preguntó
Eragon.
Veo grandes rebaños de
gacelas al norte y al este. Al oeste, el desierto de Hadarac. Eso es todo.
¿Nada más? ¿Ni úrgalos, ni
esclavistas, ni nómadas?
Estamos solos.
Aquella tarde, Thorv escogió
una pequeña caleta para acampar. Mientras Düthmér preparaba la cena, Eragon
despejó un espacio junto a su tienda, desenfundó a Zar'roc y adop-tó la postura
de preparación que le había enseñado Brom la primera vez que se entrenaron
juntos. Eragon sabía que tenía mucha desventaja con respecto a los elfos y no
tenía intención de llegar a Ellesméra desentrenado.
Con una lentitud
exasperante, alzó a Zar'roc por encima de la cabeza y la bajó con las dos
manos, como si quisiera partirle el yelmo a un enemigo. Mantuvo la postura un
segundo. Manteniendo un control absoluto sobre el movimiento, pivotó hacia la
derecha -mostrando la punta de Zar'roc para bloquear un golpe imaginario- y
luego se quedó quieto, con los brazos rígidos.
Con el rabillo del ojo vio
que Orik, Arya y Thorv lo miraban. Los ignoró y se concentró sólo en el filo de
rubí que sostenían sus manos; lo aguantó como si fuera una serpiente que
pudiera retorcerse para librarse de su agarre y morderle el brazo.
Se dio la vuelta de nuevo e
inició una serie de figuras, fluyendo de una a otra con una disciplinada
facilidad a medida que aumentaba gradualmente la velocidad. En su mente, ya no
estaba en la sombría caleta, sino rodeado de un grupo de úrgalos y kulls feroces.
Esquivaba y tajaba, desviaba, contraatacaba, saltaba a un lado y clavaba en un
remolino de actividad. Peleaba con energía mecanizada, como había hecho en
Farthen Dür, sin pensar en la salvaguarda de su propia carne, acosando y
partiendo a sus enemigos imaginarios.
Giró a Zar'roc en el aire
-con la intención de pasar la empuñadura de una mano a otra- y tuvo que
soltarla porque una línea dentada de dolor le recorrió la espalda. Se tambaleó
y cayó. Por encima de su cabeza alcanzó a oír el parloteo de Arya y los enanos,
pero sólo pudo ver una constelación de centellas rojizas y brumosas, como si
alguien hubiera cubierto el mundo con un velo ensangrentado. No existía más
sensación que el dolor. Borraba cualquier otro pensamiento, cualquier
razonamiento, para dejar sólo un animal feroz que aullaba para que lo soltaran.
Cuando Eragon se recuperó lo
suficiente para saber dónde estaba, entendió que lo habían metido en su tienda
y envuelto con mantas bien prietas. Arya estaba sentada a su lado, y la cabeza
de Saphira asomaba por la entrada.
¿He estado inconsciente
mucho tiempo? -preguntó.
Un poco. Al final has
dormido un rato. He intentado sacarte de tu cuerpo para meterte en el mío y
refugiarte del dolor, pero no había mucho que hacer con tu subconsciente.
Eragon asintió y cerró los
ojos. Todo su cuerpo palpitaba. Respiró hondo, miró a Arya y preguntó en voz
baja:
-¿Cómo puedo entrenarme?
¿Cómo puedo luchar, o usar la magia? Soy un jarrón roto.
Al hablar, la edad le
ensombrecía la cara.
Arya contestó con la misma
suavidad:
-Puedes sentarte y mirar.
Puedes escuchar. Puedes leer. Y puedes aprender.
A pesar de sus palabras,
Eragon notó una pizca de incertidumbre, o incluso de miedo, en su voz. Se puso
de lado para no mirarla a los ojos. Le daba vergüenza que lo viera tan
impotente.
-¿Cómo me hizo esto la
Sombra?
-No tengo respuestas,
Eragon. No soy la elfa más sabia, ni la más fuerte. Todos hacemos lo que
podemos, y nadie te puede culpar por ello. Tal vez el tiempo cure tu herida.
-Arya le tocó la frente con sus dedos y murmuró—: Sé mor'ranr onofinna.
Luego abandonó la tienda.
Eragon se sentó e hizo una
mueca al estirar los músculos de la espalda. Se miró las manos, pero no las
veía.
Me pregunto si a Murtagh le
dolía tanto la cicatriz como a mí.
No lo sé -contestó Saphira.
Siguió un silencio mortal.
Luego:
Tengo miedo.
¿Porqué?
Porque... -Dudó-. Porque no
puedo hacer nada para prevenir otro ataque. No sé cuándo ni dónde ocurrirá,
pero sé que es inevitable. Así que espero y en todo momento temo que si levanto
algo demasiado pesado, o si me estiro de mala manera, vuelva el dolor. Mi
propio cuerpo se ha convertido en un enemigo.
Saphira soltó un profundo
murmullo.
Yo tampoco tengo respuestas.
La vida está hecha de dolor y de placer a la vez. Si éste es el precio que has
de pagar por las horas de disfrute, ¿te parece demasiado caro?
Sí -contestó Eragon con
brusquedad.
Retiró las mantas y salió
deprisa, tambaleándose hasta el centro del campamento, donde Arya y los enanos
estaban sentados en torno a una fogata.
-¿Queda comida? -preguntó.
Düthmér llenó un cuenco y se
lo pasó sin decir palabra. Con expresión deferente, Thorv le preguntó:
-¿Estás mejor ahora, Asesino
de Sombras?
Él y los demás enanos
parecían asombrados por lo que habían visto.
-Estoy bien.
-Llevas una carga muy
pesada, Asesino de Sombras.
Eragon frunció el ceño y
echó a caminar abruptamente hacia el límite de las tiendas, donde se sentó en
la oscuridad. Notaba la presencia cercana de Saphira, pero el dragón lo dejó en
paz. Maldijo en voz baja y clavó la cuchara en el guiso de Düthmér con una
rabia sorda.
Justo cuando daba un
mordisco, Orik, que estaba a su lado, le dijo:
-No deberías tratarlos así.
Eragon fulminó el rostro
ensombrecido de Orik con la mirada.
-¿Qué?
-Thorv y sus hombres han
venido para protegeros a ti y a Saphira. Morirán por vosotros si es necesario y
confían en que les proveas un entierro sagrado. Debes recordarlo.
Eragon contuvo una respuesta
ruda y clavó la mirada en la negra superficie del río -siempre en movimiento,
nunca detenido- con la intención de calmarse.
-Tienes razón. Me he dejado
llevar por el temperamento. Los dientes de Orik brillaron en la oscuridad
cuando sonrió:
-Es una lección que todo
jefe debe aprender. A mí me la enseñó Hrothgar a golpes cuando le tiré una bota
a un enano que se había dejado la alabarda en un lugar donde cualquiera podía
pisarla. -¿Acertaste?
-Le partí la nariz -se rió
Orik. A pesar de su enfado, Eragon se rió también. -Recordaré que no debo
hacerlo.
Sostenía el cuenco con las
dos manos para que no se enfriara. Oyó un tintineo metálico porque Orik estaba
sacando algo de una bolsa.
-Toma -dijo el enano, al
tiempo que soltaba en la palma de la mano de Eragon unos anillos de oro
entrelazados-. Es un juego que usamos para hacer pruebas de inteligencia y
habilidad. Hay ocho cintas. Si las dispones del modo adecuado, forman un solo
anillo. A mí me resulta útil para distraerme cuando estoy preocupado.
-Gracias -murmuró Eragon, ya
embelesado por la complejidad de aquella prueba reluciente.
-Si consigues montarlo, te
lo puedes quedar. Al volver a la tienda, Eragon se tumbó boca abajo y estudió
los anillos a la escasa luz que se colaba por la entrada. Cuatro cintas
enros-cadas a otras cuatro. Todas eran suaves por la mitad inferior y tenían una
masa asimétrica y retorcida en la superior, por donde se encajaban con las
demás piezas.
Tras probar unas cuantas
combinaciones, se frustró enseguida por una sencilla razón: parecía imposible
separar los dos grupos de cintas en paralelo de tal modo que pudieran quedar
todas planas.
Absorbido por el reto,
olvidó el terror que acababa de soportar.
Eragon se despertó justo
antes del amanecer. Se frotó los ojos para sacudirse el sueño, salió de la
tienda y estiró la musculatura. Su respiración se volvía blanca bajo el fresco
aire de la mañana. Saludó con una inclinación de cabeza a Shrrgnien, que mantenía
la guardia junto al fuego, y luego caminó hacia la orilla del río y se lavó la
cara, pestañeando bajo la impre-sión del agua fría.
Localizó a Saphira con su
mente, se ató a Zar'roc a la cintura y se dirigió hacia ella entre las hayas
que flanqueaban el Az Ragni. Al poco rato las manos y la cara de Eragon estaban
cubiertas de rocío por un enmarañado muro de zarzales de capulí que le obstaculizaba
el camino. Con esfuerzo, se abrió paso entre el nudo de ramas y salió a la
llanura silenciosa. Una colina redonda se alzaba ante él. En su cresta estaban
Saphira y Arya, como dos estatuas. Miraban al este, donde un brillo líquido se
alzaba hacia el cielo y teñía de ámbar la pradera.
Cuando la claridad iluminó a
las dos figuras, Eragon recordó que Saphira se había puesto a mirar la salida
del sol desde su cama apenas cuatro horas después de nacer. Era como un halcón
o un gavilán, con aquellos ojos duros y centelleantes bajo la frente huesuda,
el duro arco del cuello y la librosa fuerza grabada en todas las líneas de su
cuerpo. Era una cazadora y estaba dotada de toda la salvaje belleza que eso
implicaba. Los rasgos angulosos de Arya y su agilidad de pantera encajaban a la
perfección al lado del dragón. No había ninguna discrepancia en sus
comportamientos, mientras permanecían bajo los primeros rayos del alba.
Un cosquilleo de asombro y
alegría recorrió la columna de Eragon. Como Jinete, aquél era su lugar. De
todas las cosas que había en Alagaésia, él había tenido la suerte de verse
unido a aquello. El asombro llevó lágrimas a sus ojos y le provocó una sonrisa
salvaje de puro júbilo que disipo todas las dudas y los miedos con la pujanza
de su pura emoción.
Sin perder la sonrisa,
ascendió la cumbre, ocupó su lugar al lado de Saphira y juntos contemplaron la
llegada del nuevo día.
Arya lo miró. Eragon le
sostuvo la mirada, y algo se sacudió en su interior. Se puso rojo sin saber por
qué y sintió una repentina conexión con ella, una sensación de que ella lo
entendía mejor que nadie, aparte de Saphira. Su reacción lo dejó confundido,
pues nadie le había afectado antes de esa manera.
Durante el resto del día,
Eragon sólo tuvo que volver a pensar en aquel momento para recuperar la sonrisa
y notar en las entrañas un remolino de extrañas sensaciones que no lograba
identificar. Se pasó la mayor parte del tiempo sentado, con la espalda apoyada
en la cabina de la balsa, trabajando con el anillo de Orik y viendo pasar el
cambiante paisaje.
Hacia el mediodía pasaron
por la boca del valle, y otro río se fundió con el Az Ragni, que dobló su
tamaño y su velocidad de tal modo que las orillas ya quedaron separadas por más
de un kilómetro y medio. Lo único que podían hacer los enanos era evitar que
las balsas fueran arrastradas como pecios de un naufragio ante la inexorable
corriente, para no chocar con los troncos que de vez en cuando aparecían
flotando.
Casi dos kilómetros después
de que se unieran los dos ríos, el Az Ragni enfiló hacia el norte y pasó junto
a una cumbre solitaria coronada por las nubes, que se alzaba aparte del cuerpo
central de la cadena de las Beor, como una gigantesca torre erguida para
mantener la vigilancia sobre las llanuras.
Los enanos hicieron una
reverencia al pico nada más verlo, y Orik le contó a Eragon:
-Es Moldün el Orgulloso. Es
la última montaña verdadera que veremos durante el viaje.
Cuando amarraron las balsas
para pasar la noche, Eragon vio que Orik desenvolvía una larga caja negra
incrustada con madreperlas, rubíes y trazos curvos de plata. Orik accionó un
broche y luego alzó la tapa para descubrir un arco sin encordar, encajado en
terciopelo rojo. Los brazos del arco parecían de ébano, y sobre ese fondo se
habían grabado complejas figuras de parras, flores, animales y runas, todas
ellas del más fino oro. Era un arma tan lujosa que Eragon se preguntó cómo
podía alguien atreverse a usarla.
Orik encordó el arco. Era
casi tan alto como él, aunque para las medidas de Eragon correspondía al tamaño
del arco de un niño. Dejó a un lado la caja y dijo:
-Me voy a buscar comida
fresca. Estaré de vuelta dentro de una hora.
Dicho eso, desapareció entre
la maleza. Thorv emitió un gruñido de desaprobación, pero no hizo nada por
detenerlo.
Cumpliendo su palabra, Orik
regresó con una brazada de ocas de cuello largo.
-He encontrado una bandada
descansando en un árbol -dijo, al tiempo que le lanzaba las aves a Düthmér.
Cuando Orik sacó de nuevo la
caja enjoyada, Eragon le preguntó:
-¿De qué madera está hecho
tu arco?
-¿Madera? -Orik se rió y
negó con la cabeza-. No se puede hacer un arco de este tamaño con madera y
lanzar una flecha a más de veinte metros: se rompería, o cedería por la presión
de la cuerda a los pocos disparos. No, este arco es de cuerno de úrgalo.
Eragon lo miró con
suspicacia, convencido de que el enano pretendía engañarle.
-El cuerno no es lo
suficientemente flexible y elástico para hacer un arco.
-Ah -se rió Orik-. Eso es
porque hay que saber cómo tratarlo. Primero aprendimos a hacerlo con los
cuernos de Féldunost, pero no van tan bien como los de los úrgalos. Hay que
cortar el cuerno a lo largo, y luego se va recortando la corteza exterior hasta
que tiene el espesor apropiado. El resultado es una cinta que se hierve para
alisarla y se lija para darle forma antes de engancharla al interior de una
cuaderna de fresno con un pegamento que se obtiene mezclando escamas de peces y
piel del paladar de una trucha. Luego se cubre la parte trasera de la cuaderna
con múltiples capas de tendones: así se da flexibilidad al arco. El último paso
es la decoración. Todo el proceso puede durar casi una década.
-Nunca había oído hablar de
un arco hecho de esta manera -dijo Eragon. Hacía que su propia arma pareciera
poco más que una ramita burdamente recortada-. ¿Qué distancia alcanzan las
flechas?
-Pruébalo tú mismo -dijo
Orik.
Dejó que Eragon cogiera el
arco, y éste lo sostuvo con cautela por miedo a dañar los acabados. Orik sacó
una flecha de su aljaba y se la pasó.
-De todos modos, me deberás
una flecha.
Eragon encajó la flecha en
la cuerda, apuntó por encima del Az Ragni y la tensó. El arco tensado medía
poco más de medio metro, pero le sorprendió descubrir que pesaba mucho más que
el suyo; apenas alcanzaba a sostener la cuerda con todas sus fuerzas.
Soltó la flecha, que
desapareció con un tañido y reapareció al poco, muy lejos, por encima del río.
Eragon contempló asombrado cómo caía en mitad del curso del Az Ragni,
salpicando agua.
De inmediato sobrepasó la
barrera de su mente para recurrir a la ayuda de la magia y dijo:
-Gath sem oro um larn iet.
-Al cabo de unos segundos, la flecha voló hacia atrás por el aire para
aterrizar en su mano abierta-. Y aquí tienes -añadió- la flecha que te debo.
Orik se golpeó el pecho con
un puño y luego tomó la flecha y el arco con evidente placer.
-¡Maravilloso! Así sigo
teniendo la docena completa. Si no, hubiera tenido que esperar hasta Hedarth
para recargar la munición.
Desencordó con destreza el
arco, lo guardó en la caja y luego envolvió ésta con trapos suaves para
protegerla.
Eragon vio que Arya estaba
mirando. Le preguntó:
-¿Los elfos también usáis
arcos de cuerno? Eres muy fuerte. Un arco de madera hecho para ti tendría que
ser muy pesado y se rompería.
-Nosotros elaboramos
nuestros arcos cantando a los árboles que no crecen -contestó Arya. Y se alejó.
Durante días enteros se
deslizaron entre campos de hierba invernal mientras las Beor desaparecían en la
brumosa muralla blanca que iban dejando atrás. A menudo en las orillas
aparecían grandes rebaños de gacelas y de pequeños cervatillos rojos que los miraban
con sus ojos acuosos.
Ahora que ya no los
amenazaban los Fanghur, Eragon volaba casi constantemente con Saphira. Desde
antes de Gil'ead no habían tenido ocasión de pasar tanto rato en el aire, y se
aprovecharon de ello. Además, Eragon agradecía la oportunidad de escaparse de la
atestada cubierta de la balsa, donde se
sentía incómodo por la cercanía de Arya.
Arya Svit-kona
Eragon y sus acompañantes
siguieron el Az Ragni hasta que se unió al río Edda, que a partir de ahí se
deslizaba hacia el desconocido este. En la confluencia de los dos ríos
visitaron el puesto de avanzada de los enanos para el comercio, Hedarth, y
cambiaron sus balsas por asnos. Los enanos nunca usaban caballos por su
estatura.
Arya rechazó el mulo que le
ofrecían:
-No regresaré a la tierra de
mis ancestros montada en un burro.
Thorv frunció el ceño.
-¿Y cómo vas a seguir
nuestro paso?
-Correré.
Y vaya si corría, tanto que
adelantaba a Nieve de Fuego y a los burros y luego tenía que sentarse a
esperarlos en la siguiente colina, o en algún bosquecillo. Pese a sus
esfuerzos, no daba la menor muestra de cansancio cuando se detenían a pasar la
noche, ni parecía sentir mayor inclinación por pronunciar más que unas pocas
palabras entre el desayuno y la cena. A cada paso parecía más tensa.
Desde Hedarth avanzaron
hacia el norte y remontaron el Edda hacia su nacimiento, en el lago Eldor.
Al cabo de tres días
tuvieron la primera visión de Du Weldenvarden. Primero apareció el bosque como
si fuera una brumosa protuberancia en el horizonte y luego se fue extendiendo
hasta conformar un mar esmeralda de viejos robles, hayas y arces. Desde el lomo
de Saphira, Eragon vio que los bosques se extendían sin parar hasta el
horizonte, tanto al norte como al oeste, y supo que llegaban hasta mucho más
allá, que recorrían toda la extensión de Ala-gaésia.
Las sombras que se formaban
bajo las arqueadas ramas de los árboles le parecían misteriosas y fascinantes,
al tiempo que peligrosas, pues allí vivían los elfos. Escondida en algún lugar
del veteado corazón de Du Weldenvarden estaba Ellesméra -donde iba a completar
su formación- y también Osilon y otras once ciudades élficas que pocos foráneos
habían visitado desde la caída de los Jinetes. El bosque era un lugar peligroso
para los mortales, pensó Eragon, sin duda habitado por una magia extraña y unas
criaturas más extrañas todavía.
Es como si fuera otro mundo
-observó.
Un par de mariposas se
alzaron del oscuro interior del bosque, trazando espirales al perseguirse.
Espero -dijo Saphira- caber
entre los árboles en el camino que usen los elfos. No puedo volar todo el rato.
Estoy seguro de que, en la
época de los Jinetes, encontraron una manera de acomodar a los dragones.
Mmm.
Esa noche, justo cuando
Eragon se disponía a buscar sus mantas, Arya apareció a su lado, como un
espíritu que se materializara en el aire. Le dio un susto con su sigilo; nunca
podría entender cómo se movía tan silenciosamente. Sin darle tiempo a preguntar
qué quería, la mente de la elfa entró en contacto con la suya y le dijo:
Sigúeme con el mayor
silencio que puedas.
El contacto le sorprendió
tanto como la petición. Habían compartido algún pensamiento durante el vuelo a
Farthen Dúr -pues sólo así podía hablar Eragon con ella mientras durara el coma
autoinducido-, pero desde que Arya se recuperara, no había vuelto a intentar
entrar en contacto con su mente. Era una experiencia profundamente personal.
Cuando Eragon entraba en contacto con la conciencia de otra persona, era como
si una faceta de su alma desnuda se frotara con la suya. Iniciar algo tan
privado sin previa invitación le hubiera parecido zafio y rudo, aparte de una
traición de la confianza de Arya, de por sí escasa. Ade-más, Eragon temía que
un lazo de esa naturaleza revelara sus nuevos y confusos senti-mientos hacia
ella, y no sentía el menor deseo de ser ridiculizado por ellos.
La acompañó y abandonaron
juntos la rueda de tiendas, evitando con cuidado a Tríhga, que se ocupaba de la
primera guardia, para llegar a un lugar donde no pudieran oírles los enanos.
Dentro de él, Saphira mantenía una atenta vigilancia, lista para plantarse de
un salto en su ayuda si era necesario.
Arya se agachó en un tronco
cubierto de musgo y se rodeó las rodillas con los brazos, sin mirarle.
-Hay cosas que debes saber
antes de que lleguemos a Ceris y Ellésmera, para que ni tú ni yo debamos
avergonzarnos de tu ignorancia.
-¿Por ejemplo?
Eragon se acuclilló junto a
ella, curioso.
Arya dudó.
-Durante los años que he
pasado como embajadora de Islanzadí, he observado que los enanos y los humanos
se parecen mucho. Compartís muchas creencias y pasiones. Más de un humano ha
vivido cómodamente entre los enanos porque podía entender su cultura, igual que
ellos entienden la vuestra. Los dos amáis, deseáis, odiáis, peleáis y creáis
casi de la mis-ma manera. Tu amistad con Orik y tu aceptación del Dürgrimst
Ingeitum son buena muestra de ello. -Eragon asintió, aunque a él le parecía que
las diferencias eran mayores-. Los elfos, en cambio, no son como las demás
razas.
-Hablas de ellos como si tú
no lo fueras -dijo, recordando sus palabras en Farthen Dür.
-He vivido los suficientes
años con los vardenos como para acostumbrarme a sus tradiciones -replicó Arya
con fragilidad.
-Ah... Entonces, ¿quieres
decir que los elfos no tienen las mismas emociones que los enanos y los
humanos? Me cuesta creerlo. Todos los seres vivos tienen las mismas
nece-sidades y deseos básicos.
-No quería decir eso.
-Eragon se echó atrás, frunció el ceño y la estudió. Era inusual que se
mostrara tan brusca. Arya cerró los ojos, se llevó los dedos a las sienes y
respiró hondo-. Como los elfos vivimos tantos años, consideramos que la
cortesía es la máxima virtud social. No puedes permitirte ofender a nadie
cuando la ofensa puede mantenerse durante décadas o siglos. La cortesía es la
única manera de evitar que se acumule la hostilidad. No siempre se consigue,
pero nos apegamos con rigor a nuestros rituales porque nos protegen de los
extre-mos. Además, las elfas no son fecundas, de modo que resulta vital que
evitemos los conflic-tos. Si tuviéramos los mismos índices de criminalidad que
vosotros, o que los enanos, pronto nos extinguiríamos.
»Hay una manera adecuada de
saludar a los centinelas de Ceris, ciertos hábitos y fórmulas que debes
respetar cuando te presentes ante la reina Islanzadí, y cien maneras distintas
de tratar a quienes te rodean; eso cuando no es mejor que te limites a callar.
-Con tantas costumbres -se
arriesgó a decir Eragon-, más bien parece que aún resulte más fácil ofender a
la gente.
Una sonrisa cruzó los labios
de Arya.
-Tal vez. Sabes tan bien
como yo que se te juzgará con la mayor exigencia. Si cometes un error, los
elfos creerán que lo has hecho a propósito. Y si descubren que ha sido por pura
ignorancia, aún será peor. Es mejor que te consideren rudo y capaz, que rudo e
inútil, pues de lo contrario te arriesgas a que te manipulen como a la
serpiente en una competición de runas. Nuestra política sigue ciclos que son a
la vez largos y sutiles. Lo que veas u oigas un día de un elfo puede ser poco
más que un sutil movimiento en una estrategia de milenios de duración, y no
indica nada acerca de cómo se comportará ese elfo al día siguiente. Es una
partida en la que jugamos todos, pero pocos controlan; una partida en la que
estás a punto de entrar.
»Tal vez ahora entiendas por
qué digo que los elfos no son como las demás razas. Los enanos también viven
mucho tiempo, pero son mucho más prolíficos que nosotros y no comparten nuestra
contención, ni nuestro amor por la intriga. Y los humanos...
Su voz se perdió en un
amable silencio. -Los humanos -dijo Eragon- hacemos lo que podemos con lo que
se nos da. -Aun así...
-¿Por qué no le cuentas todo
esto también a Orik? Él se va a quedar en Ellesméra igual que yo. La voz de
Arya se tensó.
-Él ya tiene cierta
familiaridad con nuestro protocolo. En cualquier caso, como Jinete, harías bien
en mostrarte más educado que él.
Eragon aceptó su respuesta
sin protestar. -¿Qué debo aprender?
Así empezó Arya a enseñarle
-y a través de él, también a Saphira- las sutilezas de la sociedad de los
elfos. Primero le explicó que cuando un elfo se encuentra con otro, se
de-tienen y se llevan dos dedos a los labios para señalar que «no
distorsionaremos la verdad durante nuestra conversación». A continuación se
pronuncia la frase: Atra esterní ono thel-duin, a la que se contesta: Atra du
evarínya ono varda.
-Y -dijo Arya- si es una
situación especialmente formal, hay una tercera respuesta: Un atra mor'ranr Ufa
unin hjarta onr, que significa «Que la paz viva en tu corazón». Estas frases se
adoptaron de una bendición pronunciada por un dragón cuando terminó nuestro
pacto con ellos. Dice así:
Atra esterní ono thelduin,
Mor'ranr Ufa unin hjarta onr,
Un du evarínya ono varda.
»O sea: "Que la buena
suerte te acompañe, la paz viva en tu corazón y las estrellas cuiden de
ti".
-¿Cómo se sabe quién ha de
hablar primero?
-Si saludas a alguien de
mayor estatus que tú, o si quieres honrar a un subordinado, hablas tú primero.
Si saludas a alguien con menos estatus que tú, hablas el último. Pero si no
estás seguro de tu posición, da una oportunidad al otro y, sólo si guarda silencio,
hablas tú. Ésa es la norma.
¿Eso también funciona para
mí? -preguntó Saphira.
Arya recogió del suelo una
hoja seca y la desmenuzó entre los dedos. Detrás de ella, el campamento se
sumió en las sombras porque los enanos apagaron el fuego, cubriendo las llamas
con una capa de tierra para que las ascuas y el carbón sobrevivieran hasta la
mañana siguiente.
-Como dragón, en nuestra
cultura nadie tiene una posición más elevada que la tuya. Ni siquiera la reina
reclamaría autoridad sobre ti. Puedes hacer y decir lo que quieras. No
espe-ramos que nuestras leyes comprometan a los dragones.
Luego enseñó a Eragon a
torcer la mano derecha y apoyarla en el esternón, componiendo así un curioso
gesto.
-Esto -le dijo- lo usarás
cuando conozcas a Islanzadí. Así indicas que le estás ofreciendo tu lealtad y
obediencia.
-¿Implica un compromiso,
como mi juramento de lealtad a Nasuada?
-No, es sólo una cortesía, y
bien pequeña.
Eragon se esforzó por
recordar los abundantes modos de relacionarse que les enseñaba Arya. Los
saludos variaban según se intercambiaran entre hombre y mujer, adultos y niños,
chicos y chicas, así como en función del rango y el prestigio de cada uno. Era una
lista desalentadora, pero Eragon sabía que tenía que memorizarla a la
perfección.
Cuando hubo absorbido tanto
como le era posible, Arya se levantó y se frotó las manos para eliminar el
polvo:
-Si no lo olvidas, no te irá
mal.
Se dio la vuelta para irse.
-Espera -dijo Eragon.
Alargó un brazo para
detenerla, pero lo retiró de golpe antes de que ella se diera cuenta. Arya miró
hacia atrás con una pregunta en sus oscuros ojos, y el estómago de Eragon se
ten-só mientras intentaba encontrar el modo de poner palabras a sus pensamientos.
Pese a todo su esfuerzo, al fin sólo supo decir:
-¿Estás bien, Arya? Desde
que salimos de Hedarth, pareces angustiada, como si no te encontraras muy bien.
Al ver que la cara de Arya
se endurecía y se convertía en una máscara rígida, Eragon se encogió por dentro
y entendió que había escogido una manera errónea de acercarse a ella, aunque no
se le ocurría por qué podía ofenderla con esa pregunta.
-Cuando estemos en Du
Weldenvarden -le informó-, confío en que no me hablarás con esa familiaridad,
salvo que pretendas afrentarme.
Se fue a grandes zancadas.
¡Corre tras ella! -exclamó
Saphira.
¿Qué?
No nos podemos permitir que
se enfade contigo. Ve a pedirle perdón.
Su orgullo se rebeló.
¡No! No es culpa mía, sino
suya.
Ve a pedir perdón, Eragon, o
te llenaré la tienda de carroña.
La amenaza no era pequeña.
Saphira pensó un segundo y
le dijo qué debía hacer. Sin discutir, Eragon se puso en pie y se plantó
delante de Arya, obligándola a detener el paso. Ella lo miró con expresión
altanera.
Eragon se llevó dos dedos a
los labios y dijo:
-Arya Svit-kona. -Era el
título honorífico destinado a las mujeres de gran sabiduría, según acababa de
aprender-. He hablado mal y te pido perdón por ello. Saphira y yo estábamos
preocupados por tu bienestar. Con todo lo que has hecho por nosotros, nos parecía
que lo mínimo que podíamos hacer era ofrecerte nuestra ayuda, en caso de que la
necesites.
Por fin, Arya se relajó y
dijo:
-Aprecio vuestra
preocupación. Y también yo he hablado mal. -Bajó la mirada. En la oscuridad, la
silueta de sus extremidades y de su torso parecía dolorosamente rígida-. ¿Me
preguntas qué me preocupa, Eragon? ¿De verdad quieres saberlo? Entonces, te lo
diré. -Su voz era suave como los vilanos de cardo que flotan en el viento-.
Tengo miedo.
Atónito, Eragon se quedó sin
respuesta. Arya dio un paso adelante y lo dejó solo en la noche.
Ceris
A la mañana del cuarto día,
Eragon cabalgaba junto a Shrrgnien, y el enano le dijo:
-Bueno, cuéntame, ¿es cierto
que los humanos tenéis diez dedos en los pies, como dicen por ahí? La verdad es
que nunca he salido de nuestras fronteras.
-¡Claro que tenemos diez
dedos! -contestó Eragon. Se ladeó sobre la silla de Nieve de Fuego, levantó el
pie derecho, se quitó la bota y los calcetines y meneó los dedos ante la
asombrada mirada de Shrrgnien-. ¿Vosotros no?
Shrrgnien negó con la
cabeza.
-No, nosotros tenemos siete
en cada pie. Cinco son po¬cos y seis es mal número..., pero siete es perfecto.
Miró de nuevo el pie de
Eragon y luego espoleó el asno y se puso a hablar animadamente con Ama y Hedin,
quienes terminaron por darle unas cuantas monedas de plata.
Creo -dijo Eragon- que acabo
de ser motivo de una apuesta.
Por alguna razón, a Saphira
le pareció inmensamente di¬vertido.
A medida que avanzaba el
crepúsculo y ascendía la luna lle¬na, el río Edda se fue acercan-do al borde de
Du Weldenvarden. Cabalgaban por un estrecho sendero entre cornejos y rosales
florecidos, que llenaban el aire del atardecer con el cálido aroma de sus
flores.
Un presagio de ansiedad
invadió a Eragon al mirar hacia el interior del bosque oscuro y saber que ya
habían entrado en el dominio de los elfos y estaban cerca de Ceris. Se inclinó
ha-cia delante a lomos de Nieve de Fuego y sostuvo las rien¬das con fuerza.
Saphira estaba tan excitada como él; volaba por las alturas, agitando la cola
con impaciencia.
Eragon se sintió como si
hubieran entrado en un sueño.
No parece real -dijo.
Sí. Aquí las antiguas
leyendas siguen asentadas en la tierra.
Al fin llegaron a un pequeño
prado abierto entre el río y el bosque.
-Paremos aquí -dijo Arya en
voz baja. Se adelantó y se quedó sola en medio de la lustrosa hierba, y luego
gritó en el idioma antiguo-: ¡Salid, hermanos! No tenéis nada que temer. Soy
Arya, de Ellesméra. Mis compañeros son amigos y aliados; no pretenden haceros
ningún daño.
Añadió también otras
palabras que Eragon no conocía.
Durante unos cuantos
minutos, sólo se oyó el río que discurría tras ellos, hasta que entre las hojas
salió una voz él¬fica, tan rápida y breve que a Eragon se le escapó el
signifi¬cado. Arya respondió:
-Sí.
Con un susurro, dos elfos se
plantaron al borde del bos¬que y otros dos corrieron con ligereza por las ramas
de un roble retorcido. Los que iban por tierra llevaban largas lan¬zas de filos
blancos, mientras que los otros iban armados con arcos. Todos llevaban túnicas
del color del musgo y de cor¬teza, bajo capas volantes atadas en los hombros
con broches de marfil. Uno tenía el cabello tan negro como Arya. Los otros
tres, melenas de luz estrellada.
Los elfos saltaron de los
árboles y abrazaron a Arya, rien¬do con voces claras y puras. Se estrecharon
las manos y bai¬laron en círculo como niños, cantando felices mientras ro¬daban
por la hierba.
Eragon los miraba asombrado.
Arya nunca le había dado razones para sospechar que a los elfos les gustara
reír, ni si¬quiera que pudieran hacerlo. Era un sonido formidable, como de
flautas y arpas temblando de placer por su propia música. Deseó no dejar de
oírlo nunca.
Entonces Saphira bajó hacia
el río y se instaló junto a Eragon. Al ver que se acercaba, los elfos gritaron
asustados y la apuntaron con sus armas. Arya habló deprisa en tono
tran-quilizador, señalando primero a Saphira y luego a Eragon. Cuando se detuvo
para tomar a-liento, Eragon se quitó el guante que llevaba en la mano derecha,
agitó la mano para que la luz de la luna iluminara el gedwéy ignasia y, tal
como había hecho con Arya tanto tiempo atrás, dijo:
-Eka fricai un Shur'tugal.
-Soy un Jinete y un amigo. Re¬cordó la lección del día anterior y se tocó los
labios antes de añadir-: Atra esterní ono thelduin.
Los elfos bajaron las armas
y la alegría irradió sus rostros angulosos. Se llevaron los índices a los
labios e hicieron una reverencia dedicada a Eragon y Saphira, al tiempo que
mur¬muraban su respuesta en el lenguaje antiguo.
Luego se levantaron,
señalaron a los enanos y se rieron como si alguien hubiera hecho una broma.
Volvieron a me¬terse en el bosque y desde allí los llamaron por gestos:
-¡Venid! ¡Venid!
Eragon siguió a Arya con
Saphira y los enanos, que gru¬ñían entre ellos. Al pasar entre los árboles, el
dosel de sus ra¬mas los sumió en una oscuridad aterciopelada, salvo por le¬ves
fragmentos de luz de luna que refulgían por los huecos que dejaban las hojas al
superponerse. Eragon oía los susu¬rros y las risas de los elfos por todas
partes, aunque no al-canzaba a verlos. De vez en cuando, daban alguna dirección
cuando él o los enanos se desviaban.
Más adelante, un fuego
brilló entre los árboles, creando sombras que correteaban como espíritus sobre
la hojaras¬ca del suelo. Al entrar en el radio de luz, Eragon vio tres pequeñas
cabañas apiñadas en torno a la base de un gran ro¬ble. En lo alto del árbol
había una plataforma techada, des¬de la cual un vigilante podía observar el río
y el bosque. Ha¬bían atado una pértiga entre dos cabañas; de ella pendían
ovillos de plantas que se secaban.
Los cuatro elfos
desaparecieron dentro de las cabañas, volvieron a salir con los brazos cargados
de frutas y verduras -y nada de carne- y empezaron a preparar una comida para
sus invitados. Canturreaban mientras trabajaban y pasaban de una tonada a la siguiente
según les venía en gana. Cuan¬do Orik les preguntó cómo se llamaban, el elfo de
cabello oscuro se señaló a sí mismo y dijo:
-Yo soy Lifaen, de la casa
de Rílvenar. Y mis compañeros, Edurna, Celdin y Narí.
Eragon se sentó al lado de
Saphira, contento de poder descansar y mirar a los elfos. Aunque eran todos
machos, sus rostros se parecían al de Arya, con labios delicados, narices finas
y ojos largos y rasgados que brillaban bajo las cejas. El resto de sus cuerpos
también era parecido, con la espalda es¬trecha y los brazos y las piernas
esbeltos. Eran todos más fi-nos y nobles que cualquier humano que hubiera visto
Era¬gon, aunque de un modo exótico y extraño.
«¿A quién se le hubiera
ocurrido que yo acabaría visitan¬do el hogar de los elfos?», se preguntó
Eragon. Sonrió y se apoyó en la esquina de una cabaña, mareado por el calor de
la fogata. Por encima de él, los bailarines ojos azules de Sa¬phira seguían a los
elfos con firme concentración.
Esta raza tiene más magia
—dijo al fin— que los humanos o los enanos. No se sienten como si procedieran
de la tierra o de la piedra, sino más bien de otro reino, sólo a medias
presente en la tierra, como reflejos entrevistos a través del agua.
Desde luego, son elegantes
-dijo Eragon.
Los elfos se movían como
bailarines, todos sus gestos eran suaves y ágiles.
Brom le había contado a
Eragon que era maleducado hablar mentalmente con el dragón de un Jinete sin su
permiso; los elfos, siguiendo esa costumbre, dirigieron sus comentarios a
Saphira en voz alta, y ella les contestaba del mismo modo. Saphira solía evitar
el contacto con los pen¬samientos de humanos y enanos y usaba a Eragon para
transmitir sus palabras, pues eran pocos los miembros de esas razas que tenían
la formación suficiente para preservar sus mentes si deseaban intimidad.
También parecía una imposición usar un contacto tan íntimo para intercambios
casuales. Los elfos, en cambio, no tenían esa clase de inhibiciones: abrían sus
mentes a Saphira y disfrutaban de su presencia.
Por fin la comida estuvo
lista y servida en platos que parecían de huesos densos, aunque las flores y
los sarmientos que decoraban el borde tenían textura de madera. A Eragon le
dieron también una jarra de vino de grosella -hecha del mismo material extraño-
con un dragón esculpido en torno al pie.
Mientras comían, Lifaen sacó
un juego de flautas de caña y se puso a tocar una melodía fluida, pasando los
dedos por los diversos agujeros. Al poco, el elfo más alto entre los que tenían
el cabello plateado, Narí, alzó la voz para cantar:
¡Oh!
Termina el día; brillan las estrellas;
Las
hojas están quietas; la luna está blanca.
Ríete de la aflicción y del enemigo;
El
vástago de Menoa está a salvo esta noche.
Perdimos en la lucha un niño del bosque:
¡La
hija nemorosa, prendida por la vida!
Libre del miedo y de la llama,
Arrancó a un Jinete de las sombras.
De
nuevo abren sus alas los dragones,
Y
nosotros vengamos su sufrimiento.
Tan
fuerte la espada como el brazo,
¡Ha
llegado la hora de que matemos al rey!
¡Oh!
El
viento es suave; el río es profundo;
Altos son los árboles; duermen los pájaros.
Ríete de la aflicción y del enemigo.
¡Llegó la hora de que estalle la alegría!
Cuando terminó Narí, Eragon
soltó el aire estancado en los pulmones. Nunca había oído una voz así: parecía
como si el elfo hubiera revelado su esencia, su propia alma.
-Qué bonito, Narí-vodhr.
-Una composición
improvisada, Argetlam -objetó Narí-. Gracias, de todos modos.
Thorv gruñó.
-Muy bonito, maestro elfo.
De todos modos, hemos de atender algunos asuntos más serios que estros versos.
¿Vamos a seguir acompañando a Eragon?
-¡No! -dijo Arya enseguida,
llamando la atención de los demás elfos-. Podéis volver a casa mañana. Nos
aseguraremos de que Eragon llegue a Ellesméra.
Thorv inclinó la cabeza.
-Entonces, nuestra tarea se
ha terminado.
Tumbado en el lecho que le
habían preparado los elfos, Eragon aguzó el oído para captar el discurso de
Arya, que procedía de una de las cabañas. Aunque usaba muchas palabras extrañas
del lenguaje antiguo, Eragon dedujo que estaba explicando a los anfitriones
cómo había perdido el huevo de Saphira y todo lo que aconteció desde entonces.
Cuando terminó de hablar, siguió un largo silencio, y luego un elfo dijo:
-Qué bueno que hayas vuelto,
Arya Dróttningu. Islanzadí quedó amargamente herida cuando te capturaron y
robaron el huevo... ¡nada menos que los úrgalos! Su corazón quedó, y sigue,
marcado.
-Calla, Edurna... Calla
-chistó otro-. Los Dvergar son pequeños, pero tienen oídos agudos y estoy
seguro de que informarán a Hrothgar.
Luego bajaron la voz y
Eragon ya no alcanzó a distinguir nada entre su murmullo de voces mezcladas con
el susurro de las hojas y fue abandonando la vigilia con un sueño en el que se
repetía interminablemente la canción del elfo.
El aroma de las flores era
denso cuando Eragon se despertó y contempló el Du Welden-varden invadido por el
sol. Por encima de él se arqueaba una veteada panoplia de hojas agitadas,
sostenidas por gruesos troncos que se enterraban en el suelo, seco y desnudo.
Sólo el musgo, los líquenes y unos pocos arbustos sobrevivían en aquella sombra
verde que todo lo invadía. La escasez de maleza permitía la visión en grandes
distancias entre los pilares nudosos, así como caminar libremente bajo el techo
moteado.
Rodó para ponerse en pie y
se encontró con Thorv y sus guardias, ya listos para partir. El asno de Orik
estaba atado tras el mulo de Ekksvar. Eragon se acercó a Thorv y le dijo:
-Gracias, gracias a todos
vosotros por protegernos a mí y a Saphira. Por favor, transmite nuestro
agradecimiento a Undin.
Thorv se llevó un puño al
corazón:
-Transmitiré tus palabras.
-Titubeó y echó una mirada a las cabañas-. Los elfos son una raza extraña,
llena de luces y sombras. Por la mañana, beben contigo; por la noche, te
apuñalan. Manten la espalda pegada a la pared, Asesino de Sombras. Son muy caprichosos.
-Lo recordaré.
-Mmm. -Thorv gesticuló,
señalando el río-. Piensan subir por el lago Eldor con botes. ¿Qué vas a hacer
con tu caballo? Podríamos llevárnoslo a Tarnag, y luego desde allí a Tronjheim.
-¡Botes! -exclamó Eragon
decepcionado. Siempre había planeado entrar en Ellesméra con Nieve de Fuego.
Resultaba práctico tener un caballo si Saphira se alejaba, o en lugares
demasiado estrechos para el tamaño del dragón. Pasó un dedo por los pelillos
sueltos de su mandíbula-. Es una amable propuesta. ¿Te asegurarás de que cuiden
bien a Nieve de Fuego? No soportaría que le pasara nada.
-Por mi honor -prometió
Thorv-, cuando vuelvas, lo encontrarás gordo y lustroso.
Eragon fue a por Nieve de
Fuego y puso el semental, su silla y sus útiles de limpieza en manos de Thorv.
Se despidió de todos los guerreros, y luego él, Saphira y Orik vieron cabalgar
a los enanos, de vuelta por el mismo sendero que los había llevado hasta allí.
Eragon y el resto de la
partida regresaron a las cabañas y siguieron a los elfos hasta un matorral a
orillas del Edda. Allí, amarradas a ambos lados de una roca, había dos canoas
blancas con parras talladas en los costados.
Eragon montó en la más
cercana y dejó su bolsa junto a sus pies. Le asombraba la ligereza de la nave;
podría haberla levantado con una sola mano. Aún más sorprendente, parecía que
los cascos estuvieran hechos de paneles de corteza de abedul unidos sin ninguna
clase de fisura. Impelido por la curiosidad, tocó un costado de la canoa. La
corteza era dura y rígida, como un pergamino tensado, y fría por el contacto
con el agua. Golpeó con los nudillos. La corteza fibrosa emitió una sorda
reverberación de tambor.
-¿Hacéis así todos vuestros
botes? -preguntó.
-Todos, menos los más largos
-contestó Narí, al tiempo que se sentaba en la proa de la embarcación de
Eragon-. Para ésos, damos forma con nuestros cantos a los mejores cedros y
robles.
Antes de que Eragon pudiera
preguntarle qué quería decir, Orik montó en su canoa, mientras Arya y Lifaen
tomaban la segunda. Arya se volvió hacia Edurna y Celdin -que se habían quedado
en la orilla- y les dijo:
-Mantened la guardia para
que nadie pueda seguirnos y no habléis con nadie de nuestra presencia. La reina
ha de ser la primera en conocerla. Os enviaré refuerzos en cuanto llegue-mos a
Sílthrim.
-Arya Dróttningu.
-Que las estrellas cuiden de
vosotros -respondió.
Narí y Lifaen se inclinaron
hacia delante, sacaron unas pértigas de tres metros del fondo de los botes y
empezaron a impulsar las canoas contra la corriente. Saphira se metió en el
agua tras ellas y se abrió paso con las zarpas junto a la orilla hasta que
llegó a su altura. Cuando Eragon la miró, Saphira le guiñó un ojo con
indolencia y luego se sumergió, provocando que el río cubriera con una ola el
pico de su lomo. Los elfos se echaron a reír y pronunciaron muchos cumplidos
sobre su envergadura y su fuerza.
Al cabo de una hora llegaron
al lago Eldor, agitado por pequeñas olas picudas. Los pájaros y las moscas
revoloteaban en enjambres junto al muro de árboles que bordeaba la orilla
occidental, mientras que la occidental se extendía hacia las llanuras. Por ese
lado vagaban cientos de ciervos.
Cuando hubieron superado la
corriente del río, Narí y Lifaen guardaron las pértigas y repartieron remos
cuyas palas tenían forma de hoja. Orik y Arya ya sabían dirigir una canoa, pero
Narí tuvo que explicarle el proceso a Eragon:
-Giramos hacia el lado en
que remes tú -le dijo el elfo-. Así que si yo remo a la derecha y Orik a la
izquierda, tú tienes que remar primero por un lado y luego por el otro, pues de
lo contrario perderíamos el rumbo.
A la luz del sol, el cabello
de Narí brillaba como si estuviera hecho de fino alambre y cada mechón trazara
una línea de fuego.
Eragon dominó pronto la
práctica, y a medida que el movimiento se volvió mecánico, su mente quedó libre
para la ensoñación. Así, avanzó flotando en el frío lago, perdido en los mundos
fantásticos que se escondían tras sus ojos. Cuando paró para descansar los
brazos, sacó una vez más del cinto el juego del anillo de Orik y trató de
colocar las obstinadas cintas de oro del modo correcto.
Narí vio lo que estaba
haciendo.
-¿Puedo ver ese anillo?
Eragon se lo pasó al elfo,
que luego se dio la vuelta. Durante un breve rato, Eragon y Orik maniobraron la
canoa mientras Narí toqueteaba las cintas entrelazadas. Luego, con una
exclamación de felicidad, Narí alzó una mano y el anillo bien armado brilló en
su dedo corazón.
-Un jueguecito delicioso
-dijo Narí.
Se lo quitó y lo agitó de
tal modo que, al devolvérselo a Eragon, había recuperado su forma original.
-¿Cómo lo has resuelto?
-preguntó Eragon, desanimado por la envidia de que Narí hubiera podido
dominarlo tan fácilmente-. Espera... No me lo digas. Quiero descubrirlo yo
solo.
-Claro, claro -dijo Narí,
con una sonrisa.
Heridas del pasado
Durante tres días y medio,
los habitantes de Carvahall hablaron del último ataque, de la tragedia de la
muerte del joven Elmund y de lo que podían hacer para salir de aquella
situación, triplemente maldita. El debate se reprodujo con amarga rabia en
todas las habi-taciones de todas las casas. Por una mera palabra se enfrentaban
los amigos entre sí, los maridos con sus esposas, los niños con sus padres;
todo para reconciliarse momentos más tarde en su frenético intento de encontrar
una manera de sobrevivir.
Algunos decían que, como
Carvahall estaba condenada de todos modos, bien podían matar a los ra'zac y a
los soldados que quedaban para, al menos, tomarse su venganza. Otros opinaban
que, si de verdad Carvahall estaba condenada, la única salida lógica era rendirse
y confiar en la piedad del rey, incluso si eso implicaba la tortura y la muerte
para Roran y la esclavitud de todos los demás. Y aun quedaban otros que, en vez
de secundar cualquiera de esas opiniones, se sumían en una amarga furia negra
dirigida contra quien hubiera provo-cado aquella calamidad. Muchos hacían todo
lo posible por esconder su pánico en las pro-fundidades de una jarra de
cerveza.
Al parecer, los ra'zac se
habían percatado de que, tras la muerte de once soldados, ya no tenían
suficientes fuerzas para atacar Carvahall, y se habían retirado más allá del
camino, donde se contentaban con plantar centinelas en el valle de Palancar y
esperar.
-Si queréis mi opinión -dijo
Loring en una reunión-, están esperando que lleguen las pulgosas tropas de
Ceunon o de Gil'ead.
Roran escuchó eso y muchas
cosas más, evitó las discusiones y analizó en silencio todos los planes. Todos
parecían peligrosos. Aún no le había dicho a Sloan que se había compro-metido
con Katrina. Sabía que era estúpido esperar, pero temía la reacción del
carnicero cuando se enterase de que él y Katrina se habían saltado la
tradición, minando de paso su autoridad. Además, el exceso de trabajo distraía
su atención; se convenció de que el refuerzo de las fortificaciones de
Carvahall era, en ese momento, su tarea principal.
Conseguir que la gente
ayudara resultó más fácil de lo que había imaginado. Después de la última
batalla, los aldeanos estaban más predispuestos a escucharlo y obedecerlo; al
menos, aquellos que no lo culpaban a él de la situación en que se hallaban. Estaba
fascinado por su nueva autoridad, hasta que se dio cuenta de que procedía del
asombro, respeto y tal vez incluso miedo que había generado su capacidad de
matar. Lo llamaban Martillazos. Roran Martillazos.
Le gustaba el nombre.
Cuando la noche envolvió el
valle, Roran se apoyó en una esquina del comedor de Horst con los ojos
cerrados. La conversación fluía entre los hombres y mujeres sentados a la mesa,
a la luz de una vela. Kiselt estaba explicando el estado de las provisiones de
Carvahall.
-No nos moriremos de hambre
-concluyó-, pero si no podemos atender pronto nuestros campos y rebaños, cuando
llegue el próximo invierno haríamos bien en cortarnos el cuello. Sería un
destino más agradable.
-¡Comilón! -exclamó Horst.
-Tal vez lo sea -concluyó
Gertrude-, pero dudo que podamos averiguarlo. Cuando llega-ron los soldados,
éramos diez por cada uno de ellos. Perdieron once hombres; nosotros, doce, más
otros nueve heridos que tengo a mi cuidado. ¿Qué pasará, Horst, cuando haya
diez de ellos por cada uno de nosotros?
-Daremos a los bardos una
razón para recordar nuestros nombres -respondió el herrero.
Gertrude meneó la cabeza con
tristeza. Loring dio un puñetazo en la mesa.
-Pues yo digo que nos toca
atacar a nosotros, antes de que nos superen en número. Sólo necesitamos unos
cuantos hombres, escudos y lanzas para librarnos de esa peste. ¡Podríamos
hacerlo esta misma noche!
Inquieto, Roran cambió de
posición. Había oído todo eso antes, y como en cada ocasión, la propuesta de
Loring provocó una discusión que dejó al grupo exhausto. Al cabo de una hora,
no había señal de que fuera a resolverse el debate, ni se había presentado
alguna idea nueva, salvo por la sugestión de Thane de que Gedric se fuera a
freír espárragos, que estuvo a punto de provocar una pelea a puñetazos.
Al fin, cuando amainó la
conversación, Roran se acercó cojeando a la mesa, tan deprisa como le permitía
su muslo herido.
-Tengo algo que decir.
Para él era como pisar un
largo espino y luego arrancarlo sin detenerse a pensar en el dolor; había que
hacerlo, y cuanto antes mejor.
Todas las miradas -duras,
suaves, amables, indiferentes o curiosas- recayeron en él. Roran respiró hondo.
-La indecisión nos matará
tan fácilmente como una espada o una flecha. -Orval puso los ojos en blanco,
pero los demás siguieron escuchando-. No sé si hemos de atacar o huir...
-¿Adonde? -resopló Kiselt.
-... pero sí sé una cosa:
hay que proteger del peligro a nuestros niños, madres y heridos. Los ra'zac han
cortado el camino hasta Cawley y las demás granjas del valle. ¿Qué más da?
Conocemos estas tierras mejor que nadie de Alagaésia, y hay un lugar... Hay un
lugar en el que nuestros seres queridos estarán a salvo: las Vertebradas.
Roran se encogió bajo el
asalto de un aluvión de voces airadas. La más sonora era la de Sloan, que
gritaba:
-¡Antes de poner un pie en
esas malditas montañas, dejaré que me cuelguen!
-Roran -dijo Horst,
imponiéndose a la conmoción-. Deberías saber mejor que nadie que las
Vertebradas son demasiado peligrosas. ¡Allí encontró Eragon la piedra que nos
trajo a los ra'zac! Hace frío en esas montañas, y están llenas de lobos, osos y
otros monstruos. ¿Cómo se te ocurre mencionarlas?
«¡Para mantener a salvo a
Katrina!», quería gritar Roran. En vez de eso, dijo:
-Porque, por muchos soldados
que convoquen los ra'zac, nunca se atreverían a entrar allí. Sobre todo desde
que Galbatorix perdió allí medio ejército.
-Hace mucho tiempo de eso
-dijo Morn, dubitativo.
Roran se apresuró a
aprovechar el comentario:
-¡Y las historias se han
vuelto aún más aterradoras de tanto contarlas! Hay un camino trazado hasta las
cataratas de Igualda. Lo único que tenemos que hacer es mandar allí a los niños
y a los demás. Apenas estarán al borde de las montañas, pero estarán a salvo.
Si toman Carvahall, pueden esperar hasta que se vayan los soldados y luego
refugiarse en Therinsford.
-Es demasiado peligroso
-gruñó Sloan. El carnicero se agarraba al borde de la mesa con tanta fuerza que
las puntas de los dedos se le volvían blancas-. El frío, las bestias. Ningún
hombre en su sano juicio enviaría allí a su familia.
-Pero... -Roran titubeó,
desequilibrado por la respuesta de Sloan. Aunque sabía que el carnicero odiaba
las Vertebradas más que la mayoría (porque su mujer había muerto al despeñarse
por un acantilado cerca de las cataratas de Igualda), había contado con que su
rabioso deseo de proteger a Katrina tuviera la fuerza suficiente para imponerse
a su animadversión. En ese momento, Roran entendió que debía convencerlo, igual
que a todos los demás. Adoptó un tono aplacador y siguió hablando-: No es tan
grave. La nieve ya se está derritiendo en los picos. En las Vertebradas no hace
más frío que aquí mismo hace unos pocos meses. Y dudo que los lobos y los osos
se atrevan con un grupo tan numeroso.
Sloan hizo una mueca de
dolor, apretando los labios sobre los dientes, y negó con la cabeza.
-Lo único que vas a
encontrar en las Vertebradas es la muerte.
Los demás parecían estar de
acuerdo, lo cual no hizo sino reforzar la determinación de Roran, pues estaba
convencido de que Katrina moriría si no los convencía. Estudió los amplios
rostros ovalados en busca de una sola expresión comprensiva.
-Delwin, sé que es cruel por
mi parte decírtelo, pero si Elmund no hubiera estado en Carvahall, seguiría
vivo. Estoy seguro de que estarás de acuerdo en que es lo mejor que podemos
hacer. Tienes la ocasión de evitar que otros padres sufran como tú.
Nadie respondió.
-Y tú, Birgit. -Roran se
arrastró para llegar a su lado, agarrándose a los respaldos de las sillas para
no caerse-. ¿Quieres que Nolfavrell tenga el mismo destino que su padre? Se
tiene que ir. ¿No lo entiendes? ¿No ves que es la única manera de que esté a
salvo...? -Aunque hacía cuanto podía por contenerlas, notó que las lágrimas
bañaban sus ojos-. ¡Es por los niños! -gritó enfadado.
La sala permaneció en
silencio mientras Roran se quedó con la mirada fija en la madera que tenía bajo
las manos, luchando por controlarse. Delwin fue el primero en reaccionar.
-No abandonaré Carvahall
mientras los asesinos de mi hijo sigan aquí. Sin embargo -hizo una pausa y
luego continuó con dolorosa lentitud-, no puedo negar la verdad de lo que
dices; hay que proteger a los niños.
-Como dije yo desde el
principio -declaró Tara.
Entonces habló Baldor:
-Roran tiene razón. No
podemos permitir que nos ciegue el miedo. La mayoría hemos ascendido hasta las
cataratas alguna vez. Es bastante seguro.
-También yo -añadió Birgit
al fin- he de estar de acuerdo.
Horst asintió:
-Preferiría no hacerlo, pero
teniendo en cuenta las circunstancias... Creo que no nos queda otra elección.
Al cabo de un rato, aquellos
hombres y mujeres empezaron a aceptar la propuesta con reticencia.
-¡Tonterías! -estalló Sloan.
Se puso en pie y dirigió un dedo acusatorio a Roran-. ¿De dónde sacarán la
comida para esperar durante semanas y semanas? No pueden cargar con ella. ¿Cómo
van a calentarse? Si encienden un fuego, los verán. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? Si no
se mueren de hambre, se congelarán. Si no se congelan, se los comerán. Si no se
los comen... Quién sabe. ¡Podrían caerse!
Roran abrió los brazos.
-Si ayudamos todos, tendrán
comida abundante. El fuego no será un problema si se meten en el bosque, cosa
que por otra parte han de hacer porque junto a las cataratas no hay espacio
suficiente para acampar.
-¡Excusas! ¡Justificaciones!
-¿Qué quieres que hagamos,
Sloan? -preguntó Morn, mirándolo con curiosidad.
Sloan soltó una risa amarga.
-Esto no.
-¿Y entonces?
-No importa. Ésta es la
única elección equivocada.
-Nadie te obliga a
participar -señaló Horst.
-Y no lo haré -contestó el
carnicero-. Adelante, si queréis, pero ni yo ni los míos entraremos en las
Vertebradas mientras me quede tuétano en los huesos.
Cogió su gorra y se fue tras
fulminar con la mirada a Roran, quien le devolvió el gesto con la misma
intensidad.
Tal como lo veía Roran,
Sloan estaba poniendo en peligro a Katrina con su tozudez. «Si no consigo
convencerlo para que acepte las Vertebradas como refugio -decidió-, se
convertirá en mi enemigo y tendré que ocuparme yo mismo del asunto.»
Horst se inclinó hacia
delante, apoyando los codos, y entrelazó los gruesos dedos.
-Bueno... Si vamos a seguir
el pan de Roran, ¿qué hará falta preparar?
El grupo intercambió miradas
de extenuación, y luego empezaron a discutir el asunto.
Roran esperó hasta quedar
convencido de que había logrado su objetivo antes de abandonar el comedor.
Avanzando por la oscura aldea, buscó a Sloan en el perímetro interior del muro
de árboles. Al fin localizó al carnicero agachado bajo una antorcha, con el
escudo aferrado a las rodillas. Roran se dio la vuelta sobre un pie, echó a
correr hasta la carnicería y fue directo a la cocina, en la parte trasera.
Katrina, que estaba poniendo
la mesa, se quedó parada y lo miró con asombro.
-¡Roran! ¡A qué has venido!
¿Se lo has dicho a mi padre?
-No. -Se acercó, le tomó un
brazo y disfrutó del contacto. Le bastaba con estar en la misma habitación que
ella para que lo invadiera la alegría-. Te tengo que pedir un gran favor. Se ha
decidido enviar a los niños, y a otros, a las cataratas de Igualda, en las
Vertebradas. -Katrina dio un respingo-. Quiero que vayas con ellos.
Impresionada, Katrina se
deshizo de su contacto y se volvió hacia la chimenea, donde se cruzó de brazos
y se quedó mirando fijamente el lecho de pulsátiles ascuas. No dijo nada
durante un largo rato. Luego:
-Mi padre me prohibió
acercarme a las cataratas cuando murió mi madre. En los últimos diez años, lo
más cerca que he estado de las Vertebradas ha sido la granja de Albem. -Se
estremeció, y su voz sonó acusadora-. ¿Cómo puedes sugerir que os abandone a mi
padre y a ti? Éste es mi hogar, tanto como el tuyo. ¿Por qué tengo que irme si
Elain, Tara y Birgit se quedan?
-Katrina, por favor. -Puso
una mano tentativa en su hombro-. Los ra'zac han venido a por mí, y no quiero
que sufras ningún daño por eso. Mientras tú corras peligro, no podré
concen-trarme en lo que hay que hacer: defender Carvahall.
-¿Y quién va a respetarme
por huir como una cobarde? -Alzó la barbilla-. Me daría vergüenza plantarme
ante las mujeres de Carvahall y decir que soy tu esposa.
-¿Cobarde? No hay ninguna
cobardía en vigilar y proteger a los niños en las Vertebradas. En todo caso,
requiere más valor entrar en las montañas que quedarse aquí.
-¿Qué horror es éste?
-susurró Katrina. Se retorció entre sus brazos, con los ojos brillantes y la
boca firme-. El hombre que iba a ser mi esposo ya no me quiere a su lado.
El negó con la cabeza.
-No es verdad. Yo...
-¡Es verdad! ¿Y si te matan
mientras yo no estoy?
-No digas...
-¡No! Hay muy pocas
esperanzas de que Carvahall sobreviva, y si hemos de morir, prefiero que
muramos juntos y no acurrucada en las Vertebradas sin vida y sin corazón. Que
los niños se cuiden solos. Lo mismo haré yo.
Una lágrima rodó por su
mejilla.
La gratitud y el asombro
invadieron a Roran al comprobar la fuerza de su devoción. La miró a los ojos.
-Si quiero que te vayas, es
por amor. Sé cómo te sientes. Sé que es el mayor sacrificio que cualquiera de
los dos puede hacer, y te lo estoy pidiendo.
Katrina se estremeció, con
todo el cuerpo rígido, las manos blancas apretujadas en torno al fajín de gasa
que llevaba puesto.
-Si hago esto -dijo con voz
temblorosa-, has de prometerme, aquí y ahora, que nunca me volverás a pedir
algo así. Has de prometer que incluso si nos enfrentamos al mismísimo
Gal-batorix y sólo uno de los dos puede escapar, no me pedirás que me vaya.
Roran la miró desesperado.
-No puedo.
Entonces, ¿cómo esperas que
yo haga lo que no quieres hacer tú? -exclamó Katrina-. Ése es mi precio, y ni
el oro ni las joyas ni las palabras bonitas pueden reemplazar tu juramento. ¡Si
no te importo tanto como para sacrificarte, Roran Martillazos, puedes irte
ahora mismo y nunca más querré ver tu cara!
«No puedo perderla.» Aunque
casi le dolía más de lo que era capaz de soportar, inclinó la cabeza y dijo:
-Tienes mi palabra.
Katrina asintió, se dejó
caer en una silla -con la espalda tiesa y rígida- y se secó las lágrimas con la
manga. En voz baja, dijo:
-Mi padre me odiará por ir.
-¿Cómo se lo vas a decir?
-No se lo diré -contestó,
desafiante-. Nunca me dejaría entrar en las Vertebradas, pero tiene que
entender que la decisión es mía. Además, no se atreverá a perseguirme por la
montaña; le tiene más miedo que a la mismísima muerte.
-Puede que aún tema más
perderte.
-Ya lo veremos. Si llega...
Cuando llegue el momento de volver, espero que ya hayas hablado con él sobre
nuestro compromiso. Así tendrá tiempo de resignarse a ese hecho.
Roran asintió para indicar
que estaba de acuerdo, sin dejar de pensar que habrían de tener mucha suerte
para que el asunto acabara así.
Heridas del
presente
Cuando llegó el amanecer,
Roran se despertó y se quedó tumbado, mirando el cielo encalado mientras
escuchaba el zumbido lento de su propia respiración. Al cabo de un minuto,
salió rodando de la cama, se vistió y se dirigió a la cocina, donde consiguió
un mendrugo de pan, lo untó de queso blando y salió al porche delantero a comer
y admirar la salida del sol.
Su tranquilidad quedó pronto
interrumpida cuando un grupo de muchachos traviesos atravesó a la carrera el
jardín de una casa cercana, aullando de placer mientras jugaban a per-seguirse,
seguidos por unos cuantos adultos, concentrados en sus diversas responsabilidades.
Roran se quedó mirando hasta que el sonoro desfile desapareció por una esquina,
luego se echó a la boca el último trozo de pan y volvió a la cocina, donde
estaban ya todos los demás. Klain lo saludó.
-Buenos días, Roran. -Abrió
los postigos de las ventanas y contempló el cielo-. Parece que puede volver a
llover.
-Cuanto más, mejor -afirmó
Horst-. Nos ayudará a permanecer escondidos mientras subamos la montaña
Narnmor.
¿Subamos? -preguntó Roran.
Se sentó a la mesa junto a
Albriech, que se frotaba los ojos de sueño.
Horst asintió:
Sloan tenía razón en lo de
las provisiones. Tenemos que ayudarles a subirlas hasta las cataratas, porque
si no, quedarán sin comida. ¿Quedará gente para defender Carvahall?
-Por supuesto, por supuesto.
Cuando hubieron desayunado
todos, Roran ayudó a Baldor y Albriech a envolver comida, mantas y provisiones
en tres grandes fardos que luego se echaron a las espaldas y cargaron hasta el
extremo norte del pueblo. A Roran le dolía la pantorrilla, pero tampoco era
insoportable. Por el camino, se encontraron a los tres hermanos, Darmmen, Larne
y Hamund, que iban igualmente cargados. Dentro de la trinchera que rodeaba las
casas, Roran y sus compañeros encontraron al gran grupo de niños, padres y
abuelos, todos ocupados en organizar la expedición. Diversas familias habían
ofrecido sus asnos para cargar las provi-siones y a los niños más pequeños. Los
animales estaban atados en una fila inquieta, y sus rebuznos aumentaban la
confusión general.
Roran dejó su fardo en el
suelo y estudió el grupo. Vio a Savart -tío de Ivor y, ya cercano a los
sesenta, el hombre más anciano de Carvahall- sentado en una pila de ropa,
haciendo reír a un niño con su larga barba blanca; a Nolfavrell, vigilado por
Birgit; a Felda, Nolla, Calitha y otras madres con gestos de preocupación, y a
mucha gente reticente, tanto hombres como mujeres. Roran también vio a Katrina
entre la multitud. Ella abandonó un nudo que trataba de atar, alzó la mirada,
le sonrió y reemprendió la tarea.
Como nadie parecía dirigir
los preparativos, Roran hizo cuanto pudo para evitar el caos, supervisando a
quienes disponían y empaquetaban las provisiones. Descubrió que necesi-taban
más botas de agua, pero cuando pidió que trajeran más, acabaron sobrándole
trece. Con esa clase de retrasos pasaron las primeras horas de la mañana.
En plena discusión con
Loring acerca de si faltaban más zapatos o no, Roran se detuvo al ver a Sloan
en la entrada de un callejón.
El carnicero estudiaba la
actividad que tenía delante. El desprecio se marcaba en las arrugas que
rodeaban su caída boca. La mueca se convirtió en rabiosa incredulidad cuando
vio a Katrina, que se había echado un fardo al hombro, descartando así la posibilidad
de que sólo estuviera ahí para ayudar. Una vena latió en la mitad de la frente
de Sloan.
Roran corrió hacia Katrina,
pero Sloan llegó antes. El padre agarró la parte superior del fardo y la agitó
con violencia mientras gritaba:
-¿Quién te ha obligado a
hacer esto?
Katrina dijo algo sobre los
niños y trató de soltarse, pero Sloan tiró del fardo -retorciendo los brazos de
su hija al soltarse las correas que lo sujetaban a los hombros- y lo tiró al
suelo de tal manera que su contenido se desparramó. Sin dejar de gritar, Sloan
agarró a Katrina de un brazo y empezó a tirar de ella. La hija clavó los
talones y peleó, con la melena cobriza cu-briéndole la cara como una tormenta
de arena.
Furioso, Roran se lanzó
sobre Sloan y lo apartó de Katrina con un empujón en el pecho que envió al
carnicero varios metros atrás, tambaleándose.
-¡Basta! Soy yo quien quiere
que se vaya.
Sloan fulminó a Roran con la
mirada y gruñó:
-¡No tienes ningún derecho!
-Los tengo todos. -Roran
miró al corro de espectadores que se habían reunido en torno a ellos y declaró
en voz alta para que lo oyeran todos-: Katrina y yo estamos comprometidos en
matrimonio, y no voy a permitir que se trate así a mi futura esposa.
Por primera vez en todo el
día, los aldeanos guardaron silencio por completo; hasta los asnos se callaron.
La sorpresa y un dolor
profundo e incontrolable brotaron en el rostro de Sloan, junto al brillo de las
lágrimas. Por un instante, Roran sintió compasión por él, y luego una serie de
contorsiones, cada una más fuerte que la anterior, distorsionaron el rostro de
Sloan hasta que se puso rojo como una remolacha. Maldijo y gritó:
-¡Cobarde de dos caras!
¿Cómo podías mirarme a los ojos y hablarme como un hombre honesto mientras, al
mismo tiempo, cortejabas a mi hija sin mi permiso? Te he tratado de buena fe y
ahora descubro que saqueabas mi casa cuando me daba la vuelta.
-Hubiera querido hacer esto
de buenas maneras -dijo Roran-, pero las circunstancias han conspirado contra
mí. Nunca tuve la intención de causarte el menor dolor. Aunque esto no ha
salido como ninguno de los dos quería, aún deseo tu bendición, si estás dispuesto
a darla.
-Antes de aceptarte a ti
como hijo, me quedaría con un cerdo lleno de gusanos. No tienes granja. No
tienes familia. ¡Y no tendrás nada que ver con mi hija! -El carnicero maldijo
de nuevo-. ¡Y ella no tendrá nada que ver con las Vertebradas!
Sloan se dirigió a Katrina,
pero Roran le obstaculizó el camino, con la misma dureza en el rostro que en
los puños cerrados. Separados apenas un palmo, se miraron a los ojos,
temblan-do por la fuerza de sus emociones. Los ojos enrojecidos de Sloan brillaban
con intensidad maníaca.
-Katrina, ven aquí -ordenó.
Roran se apartó -de tal modo
que los tres quedaron formando un triángulo- y miró a Katrina. Las lágrimas le
corrían por la cara mientras su mirada iba de Roran a su padre. Dio un paso
adelante, dudó y luego, con un largo y ansioso grito, se tiró de los cabellos
en un ata-que de indecisión.
-¡Katrina! -exclamó Sloan,
en un arrebato de miedo.
-Katrina -murmuró Roran.
Al oír su voz, las lágrimas
de Katrina cesaron y se puso tiesa con una expresión calmada. Dijo:
-Lo siento, padre, pero he
decidido casarme con Roran.
Y dio un paso hacia él.
Sloan se puso blanco como un
hueso. Se mordió un labio con tanta fuerza que apareció una gota de sangre de
rubí.
-¡No puedes abandonarme!
¡Eres mi hija!
Se lanzó hacia ella con las
manos retorcidas. En ese instante, Roran soltó un rugido, golpeó con todas sus
fuerzas al carnicero y lo dejó despatarrado entre el polvo delante de toda la
aldea.
Sloan se levantó despacio
con la cara y el cuello rojos de humillación. Cuando volvió a ver a Katrina, el
carnicero pareció arrugarse por dentro, como si perdiera altura y envergadura,
hasta tal punto que a Roran le parecía ver a un espectro del hombre original.
Con un susurro, dijo:
-Siempre es así; son los más
cercanos quienes causan mayor dolor. No obtendrás ninguna dote de mí,
serpiente, ni siquiera la herencia de tu madre.
Llorando amargamente, Sloan
se dio la vuelta y se fue a su tienda.
Katrina se apoyó en Roran, y
él la rodeó con un brazo. Permanecieron abrazados mientras la gente los rodeaba
y les ofrecía condolencias, consejos, felicitaciones y muestras de reprobación.
A pesar de la conmoción, Roran sólo pensaba en la mujer que tenía entre sus
brazos y que le devolvía el abrazo.
Justo entonces, Elain se
acercó tan deprisa como permitía su embarazo.
-¡Ay, pobrecita! -exclamó
mientras abrazaba a Katrina, soltándola de los brazos de Roran-. ¿Es verdad que
te has comprometido? -Katrina asintió y sonrió, pero luego apoyó la cabeza, en
el hombro de Elain y se abandonó a un llanto histérico—. Ya está, ya está...
-le iba diciendo suavemente Elain, mientras la acariciaba y trataba de
calmarla, aunque no lo lograba. Cada vez que Roran creía que Katrina estaba a
punto de recuperarse, ella rompía a llorar con reno-vada intensidad. Al fin,
Elain miró por encima del tembloroso hombro de Katrina y dijo: Me la llevo a su
casa.
-Voy contigo.
-No, tú no -respondió
Elain-. Necesita tiempo para calmarse, y tú tienes cosas que hacer. ¿Quieres un
consejo? -Roran asintió-. Mantente alejado hasta el anochecer. Te garantizo que
para entonces estará como una rosa. Puede unirse mañana a los demás.
Sin esperar su respuesta,
Elain escoltó a la sollozante Katrina y la alejó del muro de troncos afilados.
Roran se quedó con los
brazos colgando a ambos lados, aturdido y desesperado. «¿Qué hemos hecho?»
Lamentaba no haber revelado antes su compromiso a Sloan. Lamentaba no poder
trabajar con el carnicero para proteger a Katrina del Imperio. Y lamentaba que
Katrina se viera obligada a renunciar a su familia por él. Ahora era doblemente
responsable de su bienestar. No tenían más elección que casarse. «Menudo lío he
armado con esto.» Suspiró, apretó los puños e hizo una mueca de dolor al
estirarse sus magullados nudillos.
-¿Cómo estás? -le preguntó
Baldor, que se había colocado a su lado.
Roran forzó una sonrisa.
-No ha salido exactamente
como esperaba. Cuando se trata de las Vertebradas, Sloan pierde la razón. -Y
Katrina. -También.
Roran guardó silencio al ver
que Loring se detenía delante de ellos.
-¡Maldita tontería acabas de
hacer! -gruñó el zapatero, arrugando la nariz. Luego adelantó la barbilla,
sonrió y mostró su boca desdentada-. De todas formas, espero que esa chica y tú
tengáis mucha suerte. -Meneó la cabeza-. ¡Eh, Martillazos, la vas a necesitar!
-La necesitaremos todos
-dijo bruscamente Thane mientras pasaba a su lado. Loring gesticuló:
-Bah, es un amargado. Oye,
Roran: llevo muchos, muchos años viviendo en Carvahall, y según mi experiencia,
lo mejor es que esto haya pasado ahora, y no cuando estábamos todos a gusto y
calentitos.
Baldor asintió, pero Roran
preguntó: -¿Por qué?
-¿No es evidente?
Normalmente, Katrina y tú hubierais sido carne de cotilleo durante los próximos
nueve meses. -Loring se llevó un dedo al costado de la nariz-. Ah, pero así,
pronto se olvidarán de vosotros, así como de todo lo que ha pasado, y hasta podría
ser que tuvierais cierta paz.
Roran frunció el ceño:
-Prefiero que hablen de mí,
que tener a esos profanadores acampados en el camino.
-Y nosotros también. Sin
embargo, es algo que agradecer. Y todos necesitamos algo que agradecer...
¡Sobre todo los casados! -Loring soltó una carcajada y señaló a Roran-. ¡Se te
ha puesto la cara morada, muchacho!
Roran gruñó y se puso a
recoger del suelo las cosas de Katrina. Mientras lo hacía, lo interrumpían los
comentarios de todos los que estaban cerca, ninguno de los cuales contribuyó a
calmar sus nervios.
-Sapo podrido -masculló en
voz baja tras oír un comentario particularmente odioso.
Aunque la expedición a las
Vertebradas se retrasó por la escena inusual que acababan de presenciar los
aldeanos, la caravana de gente y asnos empezó poco después del mediodía el
ascenso por el sendero excavado en la montaña Narnmor que llevaba a las cataratas
de Igualda. Era una cuesta pronunciada y había que subirla despacio, sobre todo
por los niños y por el tamaño de las cargas que todos llevaban.
Roran se pasó casi todo el
tiempo atrapado detrás de Caía -la mujer de Thane- y sus cinco hijos. No le
importó, pues eso le concedía la oportunidad de cuidar su pantorrilla herida y
aprovechó para reconsiderar con calma los sucesos recientes. Le inquietaba su
enfrenta-miento con Sloan. «Al menos -se consoló- Katrina no seguirá mucho
tiempo en Carvahall.» Y es que, en lo más profundo de su corazón, Roran estaba
convencido de que el pueblo no tar-daría en ser derrotado. Tomar conciencia de
ello era aleccionador, pero inevitable.
Se detuvo para descansar
cuando llevaban tres cuartas partes del camino recorrido y se apoyó en un árbol
mientras admiraba la vista elevada del valle de Palancar. Intentó descubrir el
campamento de los ra'zac -pues sabía que quedaba justo a la izquierda del río
Añora y del camino que llevaba al sur-, pero no logró distinguir ni una sola
voluta de humo.
Roran oyó el rugido de las
cataratas de Igualda mucho antes de que aparecieran a la vista. La caída de
agua parecía como una gran melena nivea que se inflaba y caía de la escarpada
cabeza del Narnmor hacia el fondo del valle, casi un kilómetro más abajo.
Pasaron junto a la repisa de
pizarra donde el Añora iniciaba su salto al aire, bajaron una cañada llena de
moras y finalmente llegaron a un claro grande, resguardado por un lado gracias
a un montón de rocas. Roran vio que los que encabezaban la expedición ya habían
empezado a instalar el campamento. Los gritos y las exclamaciones de los niños
resonaban en el bosque.
Roran soltó su fardo, desató
el hacha que llevaba en la parte superior y, acompañado por otros hombres,
empezó a despejar la maleza. Cuando terminaron, se pusieron a talar suficientes
árboles como para rodear el campamento. El aroma de los pimpollos de pino
invadió el aire. Roran trabajaba deprisa, y las astillas de madera iban
saltando al son de sus golpes rítmicos.
Cuando se terminó la
fortificación, el campamento ya estaba instalado: diecisiete tiendas de lana,
cuatro fogatas pequeñas para cocinar y expresión sombría por igual en todos los
rostros, tanto de humanos como de asnos. Nadie quería irse y nadie quería quedarse.
Roran supervisó el grupo de
muchachos y ancianos agarrados a sus lanzas y pensó: «Demasiada experiencia por
un lado y demasiado poca por otro. Los abuelos saben cómo enfrentarse a un oso
y cosas por el estilo, pero ¿tendrán los nietos la fuerza suficiente para
hacerlo?». Entonces notó la dureza en la mirada de las mujeres y se dio cuenta
de que, por mucho que estuvieran sosteniendo a un bebé u ocupadas en la
curación de un rasguño en un brazo, siempre tenían al alcance de la mano sus
escudos y lanzas. Roran sonrió. «Quizá... Quizá haya que conservar la
esperanza.»
Vio a Nolfavrell, sentado a
solas en un tronco y mirando hacia el valle de Palancar. Se unió al muchacho, y
éste lo miró con seriedad.
-¿Te vas a ir pronto?
-preguntó Nolfavrell. Roran asintió, impresionado por su aplomo y
determinación-. Harás lo que puedas por matar a los ra'zac y vengar a mi padre,
¿verdad? Lo haría yo mismo, pero mi madre dice que he de cuidar de mis hermanos
y hermanas.
-Si puedo, te traeré sus
cabezas -prometió Roran.
Un temblor sacudió la
barbilla del muchacho.
-¡Qué bien!
-Nolfavrell... -Roran se
detuvo mientras buscaba las palabras idóneas-. Aparte de mí, eres el único de
los presentes que ha matado a un hombre. Eso no significa que seas mejor ni
peor que cualquier otro, pero sí significa que puedo confiar en que lucharás
bien si os atacan. Cuando venga Katrina mañana, ¿te asegurarás de que esté bien
protegida?
El pecho de Nolfavrell se
hinchó de orgullo.
-La protegeré dondequiera
que vaya. -Luego pareció arrepentirse-. O sea, si no tengo que cuidar a...
Roran lo entendió.
-Bueno, tu familia es lo
primero. Pero a lo mejor Katrina se puede quedar en la misma tienda que tus
hermanos y hermanas.
-Sí -contestó lentamente
Nolfavrell—. Sí, creo que eso puede funcionar. Puedes confiar en mí.
-Gracias.
Roran le dio una palmada en
el hombro. Podía habérselo pedido a hombres mayores y más capaces, pero los
adultos estaban demasiado ocupados con sus propias responsabili-dades para
defender a Katrina tal como él esperaba. Nolfavrell, en cambio, tendría la oportu-nidad
y el deseo de asegurarse de que permanecía a salvo. «Puede ocupar mi lugar
mientras estemos separados.» Roran se levantó al ver que se acercaba Birgit.
Ésta lo miró con expresión
grave y dijo:
-Vamos, ya es la hora.
Luego abrazó a su hijo y
echó a caminar hacia las cataratas con Roran y los demás aldea-nos que
regresaban a Carvahall. A sus espaldas, todos los que se quedaban en el pequeño
campamento se apiñaron entre los árboles talados y los siguieron con miradas lúgubres
entre sus barrotes de madera.
El
rostro de su enemigo
Durante el resto del día,
mientras Roran seguía ocupado en su trabajo, sintió en su inte-rior el vacío de
Carvahall. Era como si le hubieran arrancado una parte de sí mismo para
es-conderla en las Vertebradas. Y en ausencia de los niños, la aldea parecía
ahora un campa-mento armado. El cambio parecía volverlos serios y solemnes a
todos.
Cuando los ansiosos dientes
de las Vertebradas se tragaron por fin el sol, Roran ascendió la cuesta que
llevaba a casa de Horst.
Se detuvo ante la puerta y
apoyó una mano en el tirador, pero se quedó quieto, incapaz de entrar. «¿Por
qué me asusta esto tanto como luchar?»
Al fin, abandonó la puerta
delantera y se fue al lateral de la casa, por donde se coló en la cocina y,
para su desánimo, vio a Elain tejiendo junto a la mesa y hablando con Katrina,
que quedaba frente a ella. Las dos se volvieron a mirarlo, y Roran soltó:
-¿Estáis...? ¿Estáis bien?
Katrina se acercó a su lado.
-Estoy bien. -Sonrió
amablemente-. Lo que pasa es que que sufrido una terrible impresión cuando mi
padre... Cuando... -Agachó la cabeza un momento-. Elain se ha portado
maravillo-samente bien conmigo. Ha aceptado dejarme la habitación de Baldor
para pasar esta noche.
-Me alegro de que estés
mejor -dijo Roran.
La abrazó, con la intención
de transmitirle todo su amor v adoración con aquel simple contacto.
Elian recogió su costura.
-Venga. Se ha puesto el sol
y ya es hora de que te acuestes, Katrina.
Roran la soltó con
reticencia, y ella le dio un beso en la mejilla y dijo:
-Te veré por la mañana.
Él empezó a seguirla, pero
se detuvo cuando Elain dijo con tono mordaz:
-Roran.
-¿Sí?
Elain esperó hasta que sonó
el crujido de escalones que indicaba que Katrina ya no podía oírles.
-Espero que todas las
promesas que le has hecho a esa chica fueran en serio, porque en caso contrario
convocaré una asamblea y haré que te expulsen en una semana.
Roran estaba aturdido.
-Por supuesto que iban en
serio. La amo.
-Katrina acaba de renunciar
por ti a todo lo que poseía, a todo lo que le importaba. -Elain lo miraba
fijamente con ojos firmes-. He visto a algunos hombres dirigir su afecto a las
donce-llas jóvenes como si echaran grano a los pollos. Las doncellas suspiran y
lloran y se creen especiales, pero para el hombre sólo es un divertimento sin
importancia. Siempre has sido honrado, Roran, pero el deseo puede convertir
incluso a la persona más sensata en un perrito brincador o en un astuto y
malvado zorro. ¿Lo eres tú? Porque Katrina no necesita un estúpido ni un
tramposo; ni siquiera necesita amor. Lo que más necesita es un hombre que cuide
de ella. Si la abandonas, la convertirás en la persona más desgraciada de
Carvahall, obligada a vivir de sus amigos, nuestra primera y única pedigüeña.
Por la sangre de mis venas, no permitiré que eso ocurra.
-Ni yo -protestó Roran-.
Para hacer eso, tendría que ser un desalmado, o algo peor.
Elain alzó la barbilla.
-Exactamente. No olvides que
pretendes casarte con una mujer que ha perdido su dote y la herencia de su
madre.
¿Entiendes lo que significa
para Katrina perder su herencia? No tiene plata, ni sábanas, ni encajes,
ninguna de las cosas que hacen falta para que una casa funcione bien. Esos
objetos son nuestra única pertenencia, traspasada de madre a hija desde que llegamos
a Alagaésia por primera vez. De ellas depende nuestra valía. Una mujer sin
herencia es como... Es como...
-Es como un hombre sin
granja ni oficio -dijo Roran.
-Exacto. Sloan ha sido cruel
al negarle la herencia a Katrina, pero eso ya no lo podemos evitar. Ni tú ni
ella tenéis dinero ni recursos. La vida ya es muy difícil sin esas penurias
aña-didas. Empezarás sin nada y desde la nada. ¿Te asusta la perspectiva, o te
parece insopor-table? Te lo pregunto una vez más, y no me mientas porque los
dos lo lamentaríais durante el resto de vuestras vidas: ¿cuidarás de ella sin
queja ni resentimiento alguno?
-Sí.
Elain suspiró y llenó de
sidra dos tazas de barro con una Jarra que pendía de las vigas. Pasó una a
Roran y se sentó de nuevo a la mesa.
-Entonces, te sugiero que te
dediques a sustituir la casa y la herencia de Katrina para que ella y cualquier
hija que tengáis pueda hablar sin vergüenza con las viudas de Carvahall.
Roran bebió la fría sidra.
-Eso si vivimos tanto.
-Sí. -Elain retiró un mechón
de su melena rubia y meneo la cabeza-. Has escogido un camino duro, Roran.
-Tenía que asegurarme de que
Katrina abandonara Carvahall.
Elain enarcó una ceja.
-De modo que fue por eso.
Bueno, no lo voy a discutir, pero ¿por qué diablos no le habías dicho nada de
vuestro compromiso a Sloan hasta esta mañana? Cuando Horst se lo pidió a mi
padre, regaló a mi familia doce ovejas, un arado y ocho pares de candelabros de hierro forjado,
antes incluso de que mis padres aceptaran su petición. Así es como debe
hacerse. Sin duda podrías haber pensado en una estrategia mejor que pegar a tu
futuro suegro.
A Roran se le escapó una
risa de dolor.
-Podría, pero con estos
ataques nunca me pareció el momento adecuado.
-Los ra'zac llevan seis días
sin atacar.
Roran frunció el ceño.
-No, pero... Es que era...
¡Ah, yo qué sé!
Frustrado, dio un puñetazo
en la mesa.
Elain soltó su taza y le
envolvió el puño con sus manitas.
-Si consigues arreglar tu
pelea con Sloan ahora mismo, antes de que se acumulen años de resentimiento, tu
vida con Katrina será mucho, mucho más fácil. Mañana por la mañana deberías ir
a su casa y suplicar su perdón.
-¡No pienso suplicar! Y
menos a él.
-Roran, escúchame. Obtener
la paz para tu familia bien vale un mes entero de súplicas. Lo sé por
experiencia; pelear sólo sirve para que te sientas más desgraciado.
-Sloan siente un profundo
odio por las Vertebradas. No querrá saber nada de mí.
-Pero tienes que intentarlo
-dijo Elain con seriedad-. Incluso si rechaza tus súplicas, al menos no podrán
culparte de no haber hecho el esfuerzo. Si amas a Katrina, trágate el orgullo y
haz lo que debes por ella. No dejes que sufra por tu error.
Se terminó la sidra, apagó
las velas con un dedal de latón y dejó a Roran sentado en la oscuridad.
Pasaron varios minutos antes
de que Roran consiguiera moverse. Estiró un brazo y recorrió con él el borde de
la barra de la cocina hasta que encontró la puerta, luego subió las escaleras
sin dejar de tocar con las yemas de los dedos las paredes talladas para no
perder el equilibrio. Ya en la habitación, se desvistió y se tumbó a lo largo
de la cama.
Roran rodeó con sus brazos
la almohada rellena de lana y escuchó los débiles sonidos que flotaban de noche
en la casa: el correteo de un ratón en el desván y sus chillidos
intermi-tentes; el crujido de las vigas de madera al enfriarse en la noche, el
susurro y la caricia del viento en el dintel de su ventana; y... y el arrastrar
de unas zapatillas en el vestíbulo que daba a su cuarto.
Vio que el pasador se
desencajaba, y luego la puerta se abrió lentamente con un quejido de protesta.
Se paró. Una figura oscura se deslizó hacia el interior de la habitación, la
puerta se cerró, y Roran sintió que una cortina de cabello rozaba su cara, junto
con unos labios como pétalos de rosa. Suspiró.
Katrina.
Un trueno arrancó a Roran
del sueño.
La luz llameó en su rostro
mientras se esforzaba por recuperar la conciencia, como un buzo desesperado por
alcanzar la superficie. Abrió los ojos y vio un agujero recortado por una
explosión en la puerta. Entraron a toda prisa seis soldados por la hendidura,
seguidos por los dos ra'zac, que parecían llenar la habitación con su horrenda
presencia. Alguien le apoyó la punta de una espada en el cuello. A su lado,
Katrina gritó y tiró de las mantas para taparse.
-Arriba -ordenaron los
ra'zac. Roran se levantó con cautela. Sentía el corazón a punto de explotar en
el pecho-. Atadle las manos y traedlo.
Cuando se acercó un soldado
con una cuerda, Katrina volvió a gritar, saltó hacia los asaltantes, les mordió
y les lanzó lujosos zarpazos. Sus afiladas uñas les rasgaban la cara y, cegados
por la sangre, los soldados no dejaban de maldecir.
Roran apoyó una rodilla en
el suelo, agarró su martillo, se puso en pie de nuevo y lo blandió por encima
de la cabeza, rugiendo como un oso. Los soldados se lanzaron hacia él, con la
intención de abatirlo por mera superioridad numérica, pero no lo lograron:
Katrina corría peligro, y él era invencible. Los escudos se desmoronaban bajo
sus golpes, las mallas y bandoleras se partían bajo su despiadada arma, y los
yelmos se hundían. Dos hombres quedaron heridos, y otros tres cayeron para no
levantarse más.
Los golpes y el clamor
habían despertado a toda la casa; Roran oyó vagamente que Horst y sus hijos
gritaban en el vestíbulo. Los ra'zac intercambiaron unos siseos, luego se
escabulleron hacia delante y agarraron a Katrina con una fuerza inhumana,
alzándola en volandas mientras abandonaban la habitación.
-¡Roran! -aulló.
Roran invocó las energías
que le quedaban y sobrepasó a toda velocidad a los dos hombres que quedaban.
Llegó a trompicones hasta el vestíbulo y vio que los ra'zac salían por una
ventana. Roran se lanzó tras ellos y golpeó al que iba detrás, justo cuando estaba
a punto de descender desde el alféizar. El ra'zac se estiró, agarró la muñeca
de Roran en el aire y chilló de puro placer, echándole un fétido aliento a la
cara:
-¡Sí! ¡A ti te queremos!
Roran trató de zafarse, pero
el ra'zac no cedió. Con la mano libre, Roran golpeó la cabeza y los hombros de
la criatura, duros como el hierro. Desesperado y rabioso, cogió la punta de la
capucha del ra'zac y tiró de ella para desenmascarar sus rasgos.
El rostro horrible y
torturado le gritó. La piel era negra y brillante, como el caparazón de un
escarabajo. La cabeza, calva. Los ojos, sin párpados, eran del tamaño de su
puño y brillaban como una bola de hematita pulida; no había iris, ni pupila. En
vez de nariz, boca y barbilla, un pico curvado y puntiagudo chasqueaba sobre la
lengua morada y espinosa.
Roran gritó y apretó los
talones contra los laterales del marco de la ventana, esforzándose por librarse
de aquella monstruosidad, pero el ra'zac lo sacó de la casa inexorablemente.
Vio a Katrina en el suelo, todavía luchando y peleando.
Justo cuando cedían sus
rodillas, apareció Horst a su lado y le rodeó el pecho con un nudoso brazo para
mantenerlo en pie.
-¡Que alguien traiga una
lanza! -gritó el herrero. Se le hinchaban las venas del cuello y gruñía por el
esfuerzo de sostener a Roran-. Para superarnos, hará falta algo más que este
huevo endemoniado.
El ra'zac dio un último
tirón y, al ver que no conseguía arrastrar a Roran, alzó la cabeza y dijo:
-Eres nuestro.
Se lanzó hacia delante con
una velocidad cegadora, y Roran aulló al notar que el pico del ra'zac se
cerraba en su hombro derecho y asomaba por la parte delantera, atravesando la
musculatura. Al mismo tiempo, la muñeca se partió. Con un cacareo malicioso, el
ra'zac lo soltó y desapareció en la noche.
Horst y Roran quedaron
despatarrados en el recibidor.
-Tienen a Katrina -gruñó
Roran.
Cuando se apoyó en el brazo
izquierdo para levantarse -pues el derecho pendía inerte-, le tembló la visión
y se le tiñó de negro por los laterales. Albriech y Baldor salieron de su
habitación, salpicados de sangre. Detrás de ellos sólo quedaban cadáveres. «Ya
he matado a ocho.» Roran recuperó su martillo y salió a trompicones por el
vestíbulo; pero Elain, con su camisón blanco, le tapó la salida.
Lo miró con los ojos bien
abiertos y luego lo tomó del brazo y le obligó a sentarse en un baúl de madera
que había contra la pared.
-Tienes que ver a Gertrude.
-Pero...
-Si no detenemos la
hemorragia, te desmayarás.
Roran se miró el costado
derecho; estaba empapado de escarlata.
-Tenemos que rescatar a
Katrina antes... -apretó los dientes al sentir una oleada de dolor- antes de
que puedan hacerle daño.
-Tiene razón; no podemos
esperar -dijo Horst, inclinándose sobre ellos-. Véndalo lo mejor que puedas, y
nos vamos.
Elain apretó los labios y se
fue corriendo al armario de las sábanas. Volvió con varios trapos y los apretó
con firmeza en torno al hombro de Roran y su muñeca fracturada. Mientras tanto,
Albriech y Baldor se apropiaron de las armaduras y las espadas de dos soldados.
Horst se contentó con una lanza.
Elain apoyó las manos en el
pecho de Horst y le dijo:
-Ten cuidado. -Luego miró a
sus hijos-. Todos.
-Todo irá bien, madre
-prometió Albriech.
Ella forzó una sonrisa y le
dio un beso en la mejilla.
Abandonaron la casa y
corrieron hasta el límite de Carvahall, donde descubrieron que el muro de
árboles estaba forzado y el guardia, Byrd, apuñalado. Baldor se arrodilló,
examinó el cuerpo y luego, con voz ahogada, dijo:
-Lo han apuñalado por la
espalda.
Roran apenas lo oyó, porque
la sangre se agolpaba en sus oídos. Mareado, se apoyó en una casa y boqueó para
respirar.
-¡Eh! ¿Quién va?
Desde sus puestos a lo largo
del perímetro de Carvahall, los demás guardias se congregaron en torno a su
compañero asesinado, formando un corrillo de antorchas a media luz. En un tono
apagado, Horst explicó el ataque y la situación de Katrina.
-¿Quién nos ayuda?
-preguntó.
Tras una rápida discusión,
cinco hombres aceptaron acompañarlos; el resto se quedaba de guardia para
volver a cerrar el muro y despertar a todos los aldeanos.
Roran se apartó de la casa
con un empujón y trotó hasta la cabeza del grupo, que ya reco-rría los campos y
enfilaba el valle hacia el campamento de los ra'zac. Cada paso era una ago-nía,
pero no importaba: nada importaba, salvo Katrina. Una vez tropezó, y Horst lo
sostuvo sin decir palabra.
A poco menos de un kilómetro
de Carvahall, Ivor detectó a un centinela en un montículo, lo cual les obligó a
dar un amplio rodeo. Unos cientos de metros más allá, el rojizo brillo de las
antorchas se hizo visible. Roran alzó el brazo bueno para frenar la marcha y
luego, al avanzar por la enmarañada hierba a gachas y a rastras, asustó a una
liebre. Los demás hombres lo siguieron mientras se acercaba al límite de un
pradillo de anea, donde se detuvo y apartó una cortina de tallos para observar
a los trece soldados que quedaban.
«¿Dónde está ella?»
En contraste con su primera
aparición, los soldados parecían ahora amargados y demacrados, con sus armas
melladas y sus armaduras picadas. La mayoría llevaba vendajes con manchas de
sangre seca. Estaban todos juntos, encarados a los dos ra'zac, que ahora, al
otro lado del fuego, llevaban las capuchas caladas.
Uno de los hombres gritaba:
-... más de la mitad,
muertos por una banda de pueblerinos con menos cerebro que un berberecho, ratas
de bosque que no distinguen una pica de un hacha de guerra, incapaces de
encontrar la punta de una espada aunque la tengan clavada en las tripas. Y todo
porque vosotros tenéis menos sentido común que mi hijo pequeño. Me da lo mismo
que Galbatorix en persona os limpie las botas a lametazos; no pensamos hacer
nada hasta que tengamos un nuevo comandante. -Los demás hombres asintieron-. Y
que sea humano.
-¿De verdad? -preguntaron
los ra'zac con suavidad.
-Estamos hartos de recibir
órdenes de jorobados como vosotros, con ese cacareo y esos sil-bidos, que
parecéis una tetera. ¡Nos da asco! Y no sé qué le habéis hecho a Sardson, pero
si os quedáis una noche más, os llenaremos de hierro y descubriremos si sangráis
como nosotros. De todos modos, podéis dejar a la chica. Nos...
El hombre no tuvo ocasión de
continuar, pues el más alto de los ra'zac saltó por encima del fuego y aterrizó
en sus hombros, como un cuervo gigante. Gritando, el soldado se derrumbó por el
peso. Intentó desenfundar la espada, pero el ra'zac hundió dos veces en su
cuello el pico oculto por la capucha y lo dejó tieso.
-¿Contra eso hemos de
pelear? -murmuró Ivor detrás de Roran.
Los soldados se quedaron
inmóviles de la impresión, mientras los dos ra'zac lamían el cuello del
cadáver. Cuando las negras criaturas se alzaron de nuevo, se frotaron las
nudosas manos como si se estuvieran lavando y dijeron.
-Sí, nos vamos. Quedaos, si
queréis. En pocos días llegarán los refuerzos.
Los ra'zac echaron las
cabezas hacia atrás y se pusieron a aullar al cielo; el aullido se fue
volviendo cada vez más agudo, hasta que se hizo inaudible.
Roran alzó también la vista.
Al principio no vio nada, pero luego lo invadió un terror innombrable al ver
que dos sombras recortadas aparecían en lo alto de las Vertebradas, eclipsando
las estrellas. Avanzaban deprisa y parecían cada vez más grandes, hasta que su
horrible presencia oscureció la mitad del cielo. Un viento fétido recorrió la
tierra, trayendo consigo una miasma sulfurosa que provocó toses y náuseas a
Roran.
Los soldados también se
vieron afectados; sus maldiciones resonaban mientras se tapaban la nariz con
mangas y pañuelos.
En lo alto, las sombras se
detuvieron y empezaron a descender, encerrando el campamento en una cúpula de
oscuridad amenazante. Las temblorosas antorchas oscilaron y parecieron a punto
de apagarse, pero daban aún la suficiente luz para dejar ver a las dos bestias
que descendían entre las tiendas.
Sus cuerpos, desnudos y
pelados como ratones recién nacidos, tenían la piel gris y encurtida, muy
tirante en la zona de sus musculosos pechos y vientres. Por su forma parecían
perros hambrientos, pero las piernas traseras tenían una musculatura tan poderosa
que parecían capaces de destrozar una roca. Una pequeña cresta se extendía por
la parte trasera de sus cabezas pequeñas, en dirección opuesta al pico largo y
recto, del color del ébano, adecuado para atravesar a sus presas, y unos ojos
fríos que parecían bulbos, idénticos a los de los ra'zac. En la espalda
brotaban unas alas cuyo peso hacía gemir al aire.
Los soldados se echaron al
suelo, acobardados, y escondieron los rostros ante la presencia de los
monstruos. De aquellas criaturas emanaba una inteligencia terrible y extraña
que hablaba de una raza más antigua y mucho más poderosa que los humanos. Roran
temió de pronto que su misión pudiera fracasar. Tras él, Horst susurró a los
hombres y les urgió a permanecer quietos y escondidos si no querían perecer.
Los ra'zac saludaron a las
bestias con una reverencia. Luego, se metieron en una de las tiendas y
volvieron a salir con Katrina -atada con unas cuerdas- y con Sloan detrás. El
carnicero caminaba suelto.
Roran lo miró fijamente,
incapaz de comprender cómo habían capturado a Sloan. «Su casa queda muy lejos
de la de Horst.» Entonces lo entendió. «Nos ha traicionado», pensó Roran,
asombrado. Cerró el puño lentamente sobre el martillo al tiempo que el verdadero
horror de la situación le estallaba por dentro. «¡Ha matado a Byrd y nos ha
traicionado a todos!»
-Roran -murmuró Horst,
agachado junto a él-. No podemos atacar ahora; nos masa-crarían. Roran..., ¿me
oyes?
Sólo oía un murmullo lejano
mientras veía cómo el ra'zac más pequeño montaba en los hombros de una de las
bestias y luego agarraba a Katrina, sostenida en brazos del otro ra'zac. Sloan
ahora parecía enfadado y asustado. Empezó a discutir con los ra'zac, meneando
la cabeza y señalando el suelo. Al final, un ra'zac le golpeó en la boca y lo
dejó inconsciente. Mientras montaba en la segunda bestia, con el carnicero
desmayado sobre su espalda, el ra'zac más alto declaró:
-Volveremos cuando sea más
seguro. Matad al chico, y os perdonaremos la vida.
Luego los corceles
flexionaron sus abultados muslos y alzaron el vuelo de un salto, convirtiéndose
de nuevo en sombras contra el campo de estrellas.
A Roran no le quedaban
palabras ni emociones. Estaba totalmente destrozado. Sólo le quedaba matar a
los soldados. Se levantó y alzó el martillo, listo para cargar; pero al dar un
paso adelante, su cabeza palpitó al mismo tiempo que el hombro herido, la tierra
se desvaneció en un estallido de luz, y se sumió en el olvido.
Una flecha
en el corazón
Desde que abandonaron el
puesto de avanzada de Ceris, todos los días fueron una bruma de ensueño con
tardes calurosas, dedicadas a remar para remontar el lago Eldor y luego el río
Gaena. En torno a ellos, el agua gorgoteaba por el túnel de pinos verdes que se
hundía en lo más hondo de Du Weldenvarden.
A Eragon le parecía
delicioso viajar con los elfos. Narí y Lifaen sonreían, reían y cantaban a
todas horas, sobre todo cuando Saphira estaba cerca. En su presencia, apenas
miraban a otro lado o hablaban de otra cosa.
De todos modos, los elfos no
eran humanos, por mucho que su aspecto fuera semejante. Se movían demasiado
deprisa, con demasiada fluidez para ser criaturas de carne y hueso. Y cuando
hablaban, solían hacerlo con largos rodeos y aforismos que dejaban a Eragon más
confundido que antes de empezar. Entre un estallido de contento y el siguiente,
Lifaen y Narí permanecían horas en silencio, observando los alrededores con un
brillo de rapto pacífico en sus rostros. Si Eragon u Orik intentaban hablar con
ellos mientras duraba la contemplación, apenas recibían una o dos palabras de
respuesta.
Así se dio cuenta Eragon de
que, en comparación, Arya era franca y directa. De hecho, parecía incómoda ante
Lifaen y Narí, como si ya no estuviera muy segura de cómo debía comportarse
entre los suyos.
Desde la proa, Lifaen miró
hacia atrás y dijo:
-Cuéntame,
Eragon-finiarel... ¿Qué canta tu gente en estos días oscuros? Recuerdo las
epopeyas y las baladas que oí en Ilirea, sagas de vuestros orgullosos reyes y
nobles, pero de eso hace mucho, mucho tiempo y mis recuerdos son como flores
marchitadas en la mente. ¿Qué nuevas palabras ha creado tu gente? -Eragon
frunció el ceño mientras trataba de recordar los nombres de las historias que
le recitaba Brom. Cuando Lifaen los oyó, meneó la cabeza con gesto de pena y
respondió-: Cuántas cosas se han perdido. Ya no hay baladas cortesanas y, a
decir verdad, tampoco queda mucho de vuestra historia y vuestro arte, salvo por
los escasos relatos imaginativos cuya supervivencia ha permitido Galbatorix.
-Una vez Brom nos contó la
caída de los Jinetes -dijo Eragon, a la defensiva.
La imagen de un ciervo que
saltaba entre troncos podridos llegó a su mente a través de la de Saphira, que
se había ido de caza.
-Ah, un hombre valiente.
-Durante un rato, Lifaen remó en silencio-. Nosotros también cantamos sobre la
Caída, pero no muy a menudo. La mayoría estábamos vivos cuando Vrael entró en
el vacío, y todavía nos duelen las ciudades quemadas: los lirios rojos de
Éwayéna, los cristales de Luthivíra. Y también nuestras familias asesinadas. El
tiempo no ahoga el dolor de esas heridas, por mucho que pasen mil millares de
años y hasta el sol muera para dejar al mundo flotando en una noche eterna.
Orik gruñó desde la proa.
-Lo mismo ocurre con los
enanos. Recuerda, elfo, que Galbatorix terminó con un clan entero.
-Y nosotros perdimos a
nuestro rey, Evandar.
-Eso no lo había oído -dijo
Eragon, sorprendido.
Lifaen asintió mientras los
guiaba para rodear una roca sumergida.
-Poca gente lo sabe. Brom te
lo podría haber contado; estaba allí cuando dieron el golpe fatal. Antes de
morir Vrael, los elfos se enfrentaron a Galbatorix en los llanos de Ilirea, en
un último intento de derrotarlo. Luego Evandar...
-¿Dónde está Ilirea?
-preguntó Eragon.
-Es Üru'baen, muchacho -dijo
Orik-. Antes era una ciudad de elfos.
Sin molestarse por la interrupción,
Lifaen siguió hablando:
-Tal como dices, Ilirea era
una de nuestras ciudades. La abandonamos durante nuestra guerra con los
dragones, y luego, siglos después, los humanos la adoptaron como capital cuando
se exilió el rey Palancar.
-¿El rey Palancar? -dijo
Eragon-. ¿Quién era? ¿Por eso se llama así el valle?
Esta vez el elfo se dio la
vuelta y lo miró, divertido.
-Tienes más preguntas que
hojas hay en un árbol, Argetlam.
-Brom opinaba lo mismo.
Lifaen sonrió y luego hizo
una pausa, como si ordenara sus pensamientos.
-Cuando tus antepasados
llegaron a Alagaésia, hace ochocientos años, deambulaban por estas tierras,
buscando un lugar apto para vivir. Al final se instalaron en el valle de
Palancar, aunque entonces no se llamaba así. Era uno de los pocos lugares
defendibles que no había-mos reclamado nosotros, ni los enanos. Allí vuestro
rey, Palancar, empezó a construir un estado poderoso.
»Nos declaró la guerra con
la intención de expandir sus fronteras, aunque no hubo provocación alguna por
nuestra parte. Atacó tres veces, y vencimos las tres. Nuestra fuerza asustó a
los nobles de Palancar, que suplicaron la paz a su señor feudal. Él ignoró sus
conse-jos. Entonces los nobles se acercaron a nosotros con un tratado que los
elfos firmamos sin que lo supiera el rey.
»Con nuestra ayuda, Palancar
perdió el trono y fue desterrado, pero él, su familia y sus vasallos se negaron
a abandonar el valle. Como no teníamos ninguna intención de matarlos,
construimos la torre de Ristvak'baen para que los Jinetes vigilaran a Palancar
y se aseguraran de que nunca volviera a tomar el poder ni a atacar a nadie más
en Alagaésia.
»A1 poco tiempo Palancar fue
asesinado por un hijo que no quería esperar a que la natu-raleza siguiera su
curso. Desde entonces, la política familiar consistió en asesinar, traicionar y
otras depravaciones que redujeron la casa de Palancar a una sombra de su
antigua grandeza. Sin embargo, sus descendientes nunca se fueron, y la sangre
del rey sigue viva en Therins-ford y Carvahall.
-Ya veo -dijo Eragon.
Lifaen enarcó una ceja
oscura.
-¿Sí? Significa más de lo
que crees. Fue ese suceso el que convenció a Anurin, el prede-cesor de Vrael
como líder de los Jinetes, de que debía permitir a los humanos convertirse en
Jinetes y así prevenir esa clase de disputas.
Orik soltó un ladrido de
risa.
-Seguro que eso se discutió
mucho.
-Fue una decisión impopular
-admitió Lifaen-. Todavía ahora algunos cuestionan su sabi-duría. Provocó un
desacuerdo tan grave entre Anurin y la reina Dellanir, que aquél se escin-dió
de nuestro gobierno y estableció a los Jinetes en Vroengard como entidad
independiente.
-Pero si se suponía que los
Jinetes debían mantener la paz y estaban separados de vuestro gobierno, ¿cómo
podían hacerlo?
-No podían -concedió
Lifaen-. No pudieron hasta que la reina Dellanir entendió que era sabio liberar
a los Jinetes de cualquier rey o señor, y les concedió de nuevo acceso a Du
Weldenvarden. Aun así, nunca le gustó que otros tuvieran más autoridad que ella.
Eragon frunció el ceño.
-Sin embargo, se trataba
precisamente de eso, ¿no?
-Sí... y no. Se suponía que
los Jinetes debían vigilar los errores de los distintos gobiernos de las razas,
pero ¿quién vigilaba a los vigilantes? Ése fue el problema que causó la Caída.
Nadie podía divisar los errores del sistema de los Jinetes porque estaban por
encima de cual-quier supervisión; de ese modo, se deterioraron.
Eragon acarició el agua
-primero a un lado, luego al otro- mientras pensaba en las pala-bras de Lifaen.
El remo tembló en sus manos al cortar la corriente en diagonal.
-¿Quién sucedió a Dellanir
en el trono?
-Evandar. Ocupó el trono
nudoso hace quinientos años, cuando Dellanir abdicó para dedicarse a estudiar
los misterios de la magia, y lo conservó hasta la muerte. Ahora nos gobierna su
compañera, Islanzadí.
-Eso es... -Eragon se detuvo
con la boca abierta. Iba a decir «imposible», pero se dio cuenta de que esa
afirmación sonaría ridicula. En cambio, preguntó-: ¿Los elfos son inmor-tales?
Con voz suave, Lifaen
contestó:
-En otro tiempo éramos como vosotros:
brillantes, fugaces y efímeros como el rocío de la mañana. Ahora nuestras vidas
se alargan sin fin por el polvo de los años. Sí, somos inmortales, aunque no
dejamos de ser vulnerables a las heridas de la carne.
-Entonces, ¿os convertisteis
en inmortales? ¿Cómo? -El elfo se negó a explicarlo, aunque Eragon lo
presionaba para que diera detalles. Al fin, Eragon preguntó-: ¿Cuántos años
tiene Arya?
Lifaen clavó en él sus ojos
relucientes, hurgando en la mirada de Eragon con una agudeza desconcertante.
-¿Arya? ¿Por qué te
interesa?
-Yo...
Eragon titubeó, inseguro de
pronto respecto de sus propias intenciones. La atracción que sentía por Arya se
veía complicada por el hecho de que ella era una elfa y de que su edad, fuera
ésta cual fuese, superaba con mucho la suya. «Me debe de ver como a un crío.»
-No sé -dijo con
sinceridad-. Pero nos salvó la vida a Saphira y a mí, y tengo curiosidad por
saber más de ella.
-Me avergüenzo -dijo Lifaen,
escogiendo con cuidado sus palabras- de haberte pregun-tado eso. Entre los
nuestros es de mala educación meterse en los asuntos ajenos... Pero debo decir,
y creo que Orik está de acuerdo conmigo, que harás bien en vigilar tu corazón,
Arget-lam. No es el mejor momento para perderlo, ni en este caso sería un buen
lugar donde perderlo.
-Sí -gruñó Orik.
El calor invadió a Eragon al
subirle la sangre a la cara, como si lo recorriera por dentro un sebo
derretido. Antes de que pudiera responder, Saphira se coló en su mente y le
dijo:
Y ahora es un buen momento
para vigilar tu lengua. Tienen buena intención. No los insultes.
Respiró hondo y trató de
esperar a que se le pasara el bochorno.
¿Estás de acuerdo con ellos?
Creo, Eragon, que estás
lleno de amor y buscas a alguien que te devuelva todo ese afecto. No has de
avergonzarte por eso.
Eragon se esforzó por
digerir sus palabras y al final le dijo:
¿Vas a volver pronto?
Ya estoy volviendo.
Eragon prestó de nuevo
atención a cuanto lo rodeaba y descubrió que tanto el elfo como el enano lo
miraban.
-Entiendo vuestra
preocupación. Aun así, me gustaría que contestaras a mi pregunta.
Lifaen dudó un instante.
-Arya es bastante joven.
Nació un año antes de la destrucción de los Jinetes.
¡Cien años! Aunque esperaba
una cifra similar, Eragon quedó impresionado. Lo disimuló con rostro
inexpresivo y pensó: «¡Podría tener bisnietos mayores que yo!». Rumió el asunto
un largo rato y luego, por distraerse, dijo:
-Has mencionado que los
humanos descubrieron Alagaésia hace ochocientos años. Sin embargo, Brom decía
que llegaron tres siglos después de la formación de los Jinetes, y de eso hace
miles de años.
-Según nuestros cálculos,
dos mil setecientos cuatro años -declaró Orik-. Brom tenía razón si cifras la
llegada de los humanos a Alagaésia por un solo barco con veinte guerreros.
Aterri-zaron al sur, donde está ahora Surda. Nos encontramos cuando ellos estaban
explorando e intercambiamos regalos, pero luego se fueron y no volvimos a ver
otro humano durante casi mil años, o hasta que llegó el rey Palancar, seguido
de toda su flota. Para entonces los huma-nos nos habían olvidado por completo,
salvo por vagas historias sobre hombres peludos de las montañas que acechaban a
los niños por la noche. ¡Bah!
-¿Sabéis de dónde vino
Palancar? -preguntó Eragon.
Orik frunció el ceño, se
mordisqueó las puntas del bigote y meneó la cabeza.
-Nuestras historias sólo
dicen que su hogar quedaba al sur, muy lejos, más allá de las Beor, y que su
éxodo era consecuencia de una guerra y de la hambruna.
Excitado por una idea,
Eragon espetó:
-O sea que podría haber
países en algún lugar dispuestos a ayudarnos contra Galbatorix.
-Tal vez -contestó Orik-.
Pero sería difícil encontrarlos, incluso a lomos de un dragón, y dudo que
hablen nuestro idioma. Además, ¿quién va a querer ayudarnos? Los vardenos
tie-nen poco que ofrecer a cualquier otro país, y bastante cuesta llevar un
ejército de Farthen Dür a Urü'baen; mucho más difícil sería trasladar tropas
desde cientos, o miles, de kilómetros.
-Y aun así te necesitaríamos
a ti -dijo Lifaen a Eragon.
-De todas formas...
Eragon se calló al ver que
Saphira volaba por encima del río, seguida por una furiosa bandada de gorriones
y mirlos empeñados en alejarla de sus nidos. Al mismo tiempo, un coro de
parloteos y chillidos brotó del ejército de ardillas escondidas entre las ramas.
Lifaen sonrió y exclamó:
-¿No os parece gloriosa?
¡Mirad cómo reflejan la luz sus escamas! Ningún tesoro del mun-do puede
igualarse a esta visión.
Desde el otro lado del río
llegaron las exclamaciones similares de Narí.
-Pues a mí me parece
insoportable -murmuró Orik bajo la barba.
Eragon disimuló una sonrisa,
aunque estaba de acuerdo con el enano. Los elfos nunca se cansaban de alabar a
Saphira.
No pasa nada por recibir
unos cuantos cumplidos -dijo Saphira.
Aterrizó con un chapoteo
gigantesco y sumergió la cabeza para esquivar a un gorrión que se lanzaba en
picado.
Claro que no -contestó
Eragon.
Saphira lo miró desde debajo
del agua.
¿Eso era una ironía?
Eragon chasqueó la lengua y
lo dejó estar. Echó un vistazo a la otra canoa y vio cómo remaba Arya, con la
espalda perfectamente recta y el rostro inescrutable mientras flotaba entre una
telaraña de luz veteada junto a los árboles cubiertos de musgo.
-Lifaen -preguntó en voz
baja para que no lo oyera Orik-, ¿por qué Arya es tan... desgra-ciada? Tú y...
Los hombros de Lifaen se
tensaron bajo la túnica rojiza y contestó en un susurro tan bajo que Eragon
apenas lo oía:
-Tenemos el honor de servir
a Arya Dróttningu. Ha sufrido más de lo imaginable por defender a nuestro
pueblo. Celebramos con alegría lo que ha conseguido con Saphira y en nuestros
sueños lloramos por su sacrificio... y su pérdida. Sin embargo, sus penas son
sólo suyas, y no puedo revelarlas sin su permiso.
Sentado junto a la fogata
del campamento nocturno, mientras acariciaba un fragmento de musgo que parecía
al tacto como la piel de un conejo, Eragon oyó una conmoción en el interior del
bosque. Intercambió una mirada con Saphira y Orik y avanzó a rastras hacia el
sonido, con Zar'roc desenfundada.
Eragon se detuvo al borde de
un pequeño barranco y miró al otro lado, donde un girohalcón con un ala
quebrada se agitaba en un lecho de perlillas de zarza. El raptor se quedó
quieto al ver a Eragon y luego abrió el pico y soltó un aullido desgarrador.
Qué terrible destino no
poder volar -dijo Saphira.
Cuando llegó Arya, miró al
girohalcón y luego armó el arco y, con certera puntería, le clavó una flecha en
el pecho. Al principio Eragon creyó que lo había hecho para obtener comida,
pero luego vio que no hacía nada por cobrar la pieza ni por recuperar la
flecha.
-¿Por qué? -le preguntó.
Con dura expresión, Arya
desarmó el arco.
-La herida era tan grave que
no se la podía curar y hubiera muerto esta misma noche o mañana. Así es la
naturaleza de las cosas. Le he ahorrado horas de sufrimiento.
Saphira agachó la cabeza y
tocó el hombro de Arya con el morro. Luego regresó al campamento, arrancando la
corteza de los árboles con su cola. Cuando Eragon echó a andar tras ella, notó
que Orik le daba un tirón de la manga y se agachó para oír lo que decía el
enano en voz baja:
-Nunca le pidas ayuda a un
elfo, ¿eh? Podría decidir que más te vale estar muerto.
La invocación de Dagshelgr
Aunque estaba cansado por el
ejercicio del día anterior, Eragon se obligó a levantarse antes del amanecer
con la intención de ver dormir a alguno de los elfos. Para él se había
convertido en un juego descubrir cuándo se levantaban los elfos, suponiendo que
durmieran en algún momento, pues nunca había logrado ver a uno con los ojos
cerrados. Aquel día tampoco fue la excepción.
-Buenos días -dijeron Narí y
Lifaen desde lo alto. Eragon alzó la cabeza y vio que cada uno estaba en la
copa de un pino, a casi cinco metros de altura. Saltando de rama en rama con
elegancia felina, los elfos bajaron a tierra y se pusieron a su lado.
-Estábamos haciendo guardia
-explicó Lifaen.
-¿Por qué?
Arya salió de detrás de un
árbol y dijo: -Por mis miedos. Du Weldenvarden tiene muchos misterios y
peligros, sobre todo para un Jinete. Llevamos miles de años viviendo aquí, y en
algunos lugares quedan viejos hechizos aún activos; la magia impregna el aire,
el agua y la tierra. En algunos lugares ha afectado a los animales. A veces
aparecen criaturas extrañas deambulando por el bosque, y no todas son
amistosas.
-¿Están...? Eragon se detuvo
al notar que el gedwéy ignasia temblaba. El collar con un martillo de plata que
le había regalado Gannel se calentó en su pecho, y empezó a notar que el
hechizo del amuleto absorbía sus energías. Alguien estaba intentando invocarlo.
«¿Será Galbatorix?», se
preguntó. Agarró el collar y lo puso por fuera de la túnica, dispuesto a
arrancárselo de un tirón si se sentía demasiado débil. Desde el otro lado del
campamento, Saphira acudió corriendo a su lado y colaboró con sus reservas de energía.
Al cabo de un rato, el calor
abandonó el martillo y lo dejó frío al contacto con la piel de Eragon. Éste lo
sostuvo sobre la palma de la mano y luego volvió a meterlo bajo la ropa. En ese
momento Saphira dijo:
Nuestros enemigos nos están buscando.
¿Enemigos? ¿No podría ser
alguien de Du Vrangr Gata?
Creo que Hrothgar debió de
avisar a Nasuada de que había ordenado a Gannel que te preparase este collar
hechizado... Incluso es probable que se le ocurriera a ella misma.
Arya frunció el ceño cuando
Eragon le explicó lo que había ocurrido.
—Ahora todavía me parece más
importante que lleguemos pronto a Ellesméra para que puedas reemprender tu
formación. En Alagaésia las cosas pasan más despacio, y temo que no tengas el
tiempo suficiente para tus estudios.
Eragon quería seguir
hablando de eso, pero con las prisas por desarmar el campamento perdió la
ocasión. En cuanto estuvieron cargadas las canoas y apagado el fuego, siguieron
desplazándose hacia arriba por el Gaena.
Apenas llevaban una hora en
el agua cuando Eragon notó que el río se ensanchaba y se volvía más profundo.
Unos minutos después llegaron a la cascada que esparcía por Du Weldenvarden su
característico murmullo vibrante. La catarata tendría unos treinta metros de
altura y se despeñaba sobre un acantilado de piedra rematado por un peñasco en
lo alto, imposible de escalar.
-¿Cómo pasamos al otro lado?
Ya sentía la fría
salpicadura en la cara.
Lifaen señaló hacia la
orilla izquierda, a cierta distancia de la cascada, donde se veía un sendero
que subía por la empinada cuesta.
-Hemos de llevar a cuestas
las canoas y las provisiones durante media legua, hasta que se aclare el río.
Los cinco desataron los
fardos que descansaban entre los asientos de las canoas y dividieron las
provisiones en montones para metérselas en las bolsas.
-¡Uf! -gruñó Eragon al
sopesar su carga. Era casi el doble de lo que solía llevar cuando viajaba a
pie.
Podría remontar el río
volando... y llevarme toda la carga -propuso Saphira, al tiempo que se
arrastraba hasta la orilla enfangada y se sacudía para secarse.
Cuando Eragon repitió su
propuesta, Lifaen respondió horrorizado:
-Ni se nos ocurriría usar un
dragón como bestia de carga. Sería una deshonra para ti, Saphira; también para
Eragon como Shur'tugal. Y pondría en duda nuestra hospitalidad.
Saphira resopló, y de su
nariz brotó un penacho de llamas que calentó la superficie del río y creó una
nube de vapor.
Qué tontería. -Alargó una
pierna escamosa hacia Eragon, pasó los talones por las correas de las bolsas y
despegó hacia las alturas-. ¡Pilladme si podéis!
Un repique de risa clara
rompió el silencio, como el trino de un ruiseñor. Sorprendido, Eragon se volvió
y miró a Arya. Era la primera vez que la oía reír; le encantaba ese sonido. La
elfa sonrió a Lifaen:
-Si crees que le puedes
decir a un dragón lo que debe y no debe hacer, tienes mucho que aprender. -Pero
la deshonra...
-Si Saphira lo hace por su
propia voluntad, no hay deshonra alguna -afirmó Arya-. Bueno, vayámonos sin
perder más tiempo.
Con la esperanza de que el
esfuerzo no despertara su dolor de espalda, Eragon alzó la canoa con Lifaen y
se la echó a los hombros. Tenía que confiar en la guía del elfo durante todo el
camino, pues sólo alcanzaba a ver la tierra bajo sus pies.
Una hora más tarde habían
llegado a lo alto de la cuesta y siguieron andando más allá de las peligrosas
aguas blancas hacia el lugar donde el Gaena parecía de nuevo tranquilo y
cris-talino. Allí los esperaba Saphira, ocupada en pescar en las aguas poco profundas,
hundiendo su cabeza triangular en el agua como una garza.
Arya la llamó y se dirigió a
ella y Eragon:
-Detrás del próximo recodo
está el lago Ardwen y, en su orilla oeste, Sílthrim, una de nuestras ciudades
mayores. Desde allí, una vasta extensión de bosques nos separa de Elles-méra.
Cerca de Sílthrim nos encontraremos con muchos elfos. Sin embargo, no quiero
que os vean hasta que hayamos hablado con la reina Islanzadí.
¿Por qué? -preguntó Saphira,
haciéndose eco de los pensamientos de Eragon.
Con su acento musical, Arya contestó:
-Vuestra presencia
representa un cambio grande y terrible para nuestro reino, y esos cambios son
peligrosos si no se manejan con cuidado. La reina ha de ser la primera en
veros. Sólo ella tiene autoridad y sabiduría para supervisar la transición.
-Hablas de ella con respeto
-comentó Eragon.
Al oírle, Narí y Lifaen se
quedaron quietos y vigilaron a Arya con mirada atenta. Su rostro empalideció y
luego adoptó una pose orgullosa.
-Nos ha liderado bien...
Eragon, ya sé que llevas una capa con capucha de Tronjheim. Hasta que nos
libremos de posibles observadores, ¿te importa ponértela y mantener la cabeza
cubierta para que nadie pueda ver tus orejas redondas y saber que eres humano?
-Eragon asintió-. Y tú, Saphira, tienes que esconderte durante el día y
desplazarte tras nosotros por la noche. Ajihad me contó que así lo hiciste en
el Imperio.
Y lo odié a cada momento
-gruñó la dragona.
-Será sólo hoy y mañana.
Luego ya estaremos lejos de Sílthrim y no tendremos que preocuparnos por ningún
encuentro importante -prometió Arya.
Saphira clavó sus ojos
celestes en Eragon.
Cuando huimos del Imperio,
juré que siempre estaría cerca de ti para protegerte. Cada vez que me voy, pasa
algo malo: Yazuac, Daret, Dras-Leona, los esclavistas.
En Teirm no pasó nada.
¡Ya sabes a qué me refiero!
Me molesta especialmente dejarte porque no puedes defenderte solo con la
espalda lastimada.
Confío en que Arya y los
demás me mantendrán a salvo. ¿Tú no? Saphira dudó.
Me fío de Arya. -Se ladeó,
caminó por la orilla del río, se quedó un momento sentada y luego volvió-. Muy
bien -anunció su aceptación a Arya y añadió-: Pero sólo esperaré hasta mañana
por la noche, por mucho que en ese momento estéis en medio de Sílthrim.
-Lo entiendo -dijo Arya-.
Aun así, deberás tener cuidado al volar por la noche, pues los elfos ven con
claridad, salvo en la oscuridad total. Si te ven por casualidad, podrían
atacarte con magia.
Fantástico -comentó Saphira.
Mientras Orik y los elfos
volvían a cargar las canoas, Eragon y Saphira exploraron el bosque en penumbra
en busca de un escondrijo aceptable. Escogieron un hoyo seco rodeado de rocas
despeñadas y cubierto por un lecho de pinaza que parecía suave al tacto de los
pies. Saphira se enroscó en el fondo y asintió.
Ya os podéis ir. Estaré bien
aquí.
Eragon se abrazó a su
cuello, con cuidado de no clavarse sus pinchos, y luego partió con reticencia,
sin dejar de mirar atrás. Al llegar al río, se echó por encima la capa antes de
reemprender el viaje.
El aire estaba quieto cuando
apareció ante su vista el lago Ardwen y, en consecuencia, el vasto manto de
agua estaba liso y llano, un espejo perfecto para los árboles y las nubes. La
ilusión era tan inmaculada que Eragon se sintió como si mirara por una ventana
y viera otro mundo, con la sensación de que si seguían adelante, las canoas
caerían sin fin por el cielo reflejado. Se estremeció al pensarlo.
En la brumosa distancia,
abundantes botes de corteza de abedul se desplazaban a lo largo de ambas
orillas, como zancudos de agua, impulsados a una velocidad increíble por la
fuerza de los elfos. Eragon agachó la cabeza y tiró del borde de la capucha
para estar seguro de que le tapaba la cara.
Su lazo con Saphira se fue
volviendo cada vez más tenue a medida que se iban separando, hasta que apenas
los conectaba una brizna de pensamiento. Al anochecer ya no notaba su
presencia, por mucho que esforzara al límite la mente. De repente, Du Weldenvarden
le pareció más solitario y desolado.
Cuando se cerró la noche, un
racimo de luces blancas -instaladas a cualquier altura concebible entre los
árboles- brotó un kilómetro y medio más allá. Fantasmagóricas y mis-teriosas en
la noche, las chispas brillaban con el fulgor blanco de la luna.
-Ahí está Sílthrim -dijo
Lifaen.
Con un débil chapoteo pasó
un barco junto a ellos en dirección contraria, y el elfo que lo dirigía
murmuró:
-Kvetha Fricai.
Arya acercó su canoa a la de
Eragon.
-Pasaremos aquí la noche.
Acamparon algo alejados del
lago, donde la tierra estaba suficientemente seca para poder dormir en ella.
Las hordas feroces de mosquitos obligaron a Arya a pronunciar un hechizo
protector para que pudieran cenar con relativa comodidad.
Luego los cinco se sentaron
en torno al fuego y se quedaron mirando las llamas doradas. Eragon apoyó la
cabeza en un árbol y contempló un meteorito que cruzaba el cielo, estaba a
punto de cerrar los párpados cuando le llegó una voz femenina desde los bosques
de Síl-thrim, un leve susurro que acariciaba el aire en sus oídos, como una
pelusa de pluma. Frunció el ceño y estiró el cuerpo con la intención de oír
mejor el tenue murmullo.
Como un hilo de humo que se
espesa cuando el fuego recién encendido cobra vida, la voz se hizo más fuerte,
hasta que el bosque entero empezó a susurrar una melodía fascinante y retorcida
que oscilaba arriba y abajo con una salvaje sensación de abandono. Más voces se
unieron en aquella canción sobrenatural, adornando el tema original con cientos
de variaciones. El mismo aire parecía temblar con la textura de aquella música
tempestuosa.
La médula de Eragon se
estremeció con un sobresalto de euforia y miedo provocado por aquella cadencia
fantasiosa; nubló sus sentidos y lo arrastró hacia el terciopelo de la noche.
Seducido por las notas fascinantes, se puso en pie de un salto, dispuesto a
echar a correr por el bosque hasta que encontrara la fuente de aquellas voces,
listo para bailar entre los árboles y el musgo, capaz de cualquier cosa con tal
de poderse unir al deleite de los elfos. Sin embargo, antes de que pudiera
moverse, Arya lo agarró de un brazo y de un tirón lo encaró a ella.
-¡Eragon! ¡Despéjate la
mente! -Él luchó en un inútil intento de soltarse-. Eyddr eyreya onr! ¡Vacía
tus oídos!
Todo quedó en silencio, como
si se hubiera vuelto sordo. Dejó de resistirse y miró a su alrededor,
preguntándose qué había ocurrido. Al otro lado del fuego, Lifaen y Narí
forcejeaban en silencio con Orik.
-Dejadme en paz -gruñó Orik.
Lifaen y Narí alzaron las
manos y dieron un paso atrás.
-Perdón, Orik-vodhr -dijo
Lifaen.
Arya miró hacia Sílthrim.
-He contado mal los días. No
quería estar cerca de la ciudad durante el Dagshelgr. Nuestras fiestas
saturnales, nuestras celebraciones, son peligrosas para los mortales. Cantamos
en el idioma antiguo, y las letras trazan hechizos de pasión y añoranza que
resultan difíciles de resistir incluso para nosotros mismos.
Narí se agitó, inquieto.
-Deberíamos estar en algún
manglar.
-Cierto -accedió Arya-. Pero
cumpliremos con nuestra obligación y esperaremos.
Tembloroso, Eragon se sentó
más cerca del fuego y deseó que Saphira estuviera cerca. Estaba seguro de que
ella habría protegido su mente de la influencia de la música.
-¿Para qué sirve el
Dagshelgr? -preguntó.
Arya se sentó en el suelo
junto a él, con sus largas piernas cruzadas.
-Sirve para mantener el
bosque sano y fértil. Cada primavera cantamos a los árboles, a las plantas y a
los animales. Sin nosotros, Du Weldenvarden sería la mitad de grande. -Como si
quisieran reforzar lo que acababa de decir, pájaros, ciervos, ardillas rojas y
grises, tejones rayados, zorros, conejos, lobos, ranas, sapos, tortugas y todos
los demás animales cercanos abandonaron sus escondrijos y echaron a correr
alocados entre una cacofonía de chillidos y aullidos-. Buscan pareja -explicó
Arya-. Por todo Du Weldenvarden, en todas nuestras ciudades, los elfos cantan
esta canción. Cuantos más participan, más fuerte es el hechizo y más se
agrandará Du Weldenvarden ese año.
Eragon echó las manos hacia
atrás al ver que un trío de erizos pasaban lentamente junto a su muslo. Todo el
bosque vibraba con el ruido. «He entrado en la tierra de los cuentos de hadas»,
pensó mientras se rodeaba con los brazos.
Orik se acercó al fuego y
alzó la voz por encima del clamor.
-Por mi barba y mi hacha, no
permitiré que la magia me controle en contra de mi voluntad. Si vuelve a
ocurrir, Arya, juro por la faja de piedra de Helzvog que regresaré a Far-then
Dür y tendrás que enfrentarte a la ira del Dürgrimst Ingeitum.
-No era mi intención que
experimentaras el Dagshelgr -dijo Arya-. Te pido perdón por mi error. De todos
modos, aunque os estoy protegiendo del hechizo, no podéis evitar la magia en Du
Weldenvarden. Lo impregna todo.
-Mientras no me enloquezca
la mente...
Orik meneó la cabeza y
toqueteó el mango de su hacha mientras miraba a las bestias sombrías que
atestaban la oscuridad, más allá de la luz de la fogata.
Esa noche no durmió nadie.
Eragon y Orik permanecieron despiertos por el estruendo aterrador y por los
animales que pasaban en todo momento junto a sus tiendas; los elfos, porque
seguían escuchando la canción. A Lifaen y Narí les dio por caminar trazando
círculos interminables, mientras que Arya se quedó mirando fijamente en
dirección a Sílthrim con expresión de ansia, la parda piel de los pómulos tensa
y tirante.
Cuando llevaban cuatro horas
de ruido y movimiento, Saphira descendió en picado del cielo, con un extraño
brillo en los ojos.
El bosque está vivo -dijo-.
Y yo estoy viva. Mi sangre arde como nunca. Arde como la tuya cuando piensas en
Arya. ¡Ahora... lo entiendo!
Eragon le apoyó una mano en
un hombro y notó los temblores que recorrían su cuerpo; los costados vibraban
mientras tarareaba la música. Saphira se aferró a la tierra con sus zarpas de
marfil, los músculos encogidos y tensos en un supremo esfuerzo por permanecer
quieta. La punta de la cola se agitaba como si estuviera a punto de saltar.
Arya se levantó y se unió a
Eragon, al otro lado de Saphira. La elfa apoyó también una mano en el hombro
del dragón, y los tres se enfrentaron a la oscuridad, unidos por una cadena
viva.
Cuando rompió el alba, lo
primero que observó Eragon fue que todos los árboles tenían brotes de agujas
verdes en la punta de las ramas. Se inclinó y examinó los zarzales de per-lilla
que había a sus pies y descubrió que todas las plantas, ya fueran grandes o
pequeñas, habían crecido durante la noche. El bosque vibraba por la plenitud de
sus colores; todo estaba lustroso, fresco y limpio. Olía como si acabara de
llover.
Saphira se sacudió junto a
Eragon y dijo:
Ha pasado la fiebre; vuelvo
a ser yo misma. He sentido unas cosas. .. Era como si el mundo naciera de nuevo
y yo ayudara a crearlo con el fuego de mis extremidades.
¿Cómo estás? Por dentro,
quiero decir.
Necesitaré algo de tiempo
para entender lo que he sentido.
Como había cesado la música,
Arya retiró el hechizo que protegía a Eragon y Orik. Luego dijo:
-Lifaen. Narí. Id a Sílthrim
y conseguid caballos para los cinco. No podemos ir andando desde aquí hasta
Ellesméra. De paso, avisad a la capitana Damítha que Ceris necesita refuerzos.
Narí hizo una reverencia.
-¿Y qué le decimos cuando
pregunte por qué hemos abandonado nuestro puesto de vigilancia?
-Decidle que ha ocurrido lo
que en otro tiempo esperó y temió; que el wyrm se ha mordi-do la cola. Lo
entenderá.
Los dos elfos partieron
hacia Sílthrim después de sacar las provisiones de los botes. Tres horas
después, Eragon oyó el crujido de una ramita y, al alzar la mirada, vio que
regresaban por el bosque montados en orgullosos sementales blancos y llevaban
otros cuatro caballos idénticos detrás. Las magníficas bestias se movían entre
los árboles con extraño sigilo y sus pelajes brillaban en la penumbra
esmeralda. Ninguno de ellos llevaba silla o arnés.
-Blóthr, blóthr -murmuró
Lifaen.
Su corcel se detuvo y hurgó
la tierra con sus oscuras pezuñas.
-¿Todos vuestros caballos
son tan nobles como éstos? -preguntó Eragon.
Se acercó a uno con cautela,
asombrado por su belleza. Los animales eran apenas unos pocos palmos más altos
que un poni, de modo que les resultaba fácil abrirse camino entre los troncos
cercanos. No parecía que Saphira les diera miedo.
-No todos -se rió Narí,
meneando su cabellera plateada-, pero sí la mayoría. Hace muchos siglos que los
criamos.
-¿Cómo se supone que he de
montarlo?
-Los caballos de los elfos
-explicó Arya- responden instantáneamente a las órdenes pronunciadas en el
lenguaje antiguo; dile adonde quieres ir y te llevará. Pero no lo maltrates con
golpes o malas palabras, porque no son esclavos nuestros, sino amigos y socios.
Cargan contigo sólo mientras lo consientan; montar en uno de ellos es un gran
privilegio. Yo sólo pude salvar el huevo de Saphira de Durza porque nuestros
caballos entendieron que pasaba algo raro y se detuvieron para no caer en su
emboscada... No te dejarán caer salvo que tú mismo te tires deliberadamente, y
tienen mucha habilidad para escoger el sendero más rápido y seguro en tierras
traicioneras. Los Feldünost de los enanos son iguales.
-Tienes razón -gruñó Orik-.
Un Feldünost es capaz de subirte y bajarte por un acantilado sin un solo
rasguño. Pero ¿cómo vamos a llevar la comida y todo lo demás sin alforjas? No
voy a montar cargado con una mochila.
Lifaen soltó un montón de
bolsas de cuero a los pies de Orik y señaló al sexto caballo.
-Ni falta que hace.
Les costó una hora preparar
las provisiones en las bolsas y cargarlas en una pila abultada sobre la grupa
del caballo. Luego, Narí explicó a Eragon y Orik las palabras que podían usar
para dirigir a los caballos:
-«Ganga fram» para ir
adelante; «blóthr» para parar; «hlaupa» si necesitas correr y «ganga aptr» para
ir hacia atrás. Podréis dar instrucciones más precisas si aprendéis más del
antiguo lenguaje. -Acompañó a Eragon hasta un caballo y le dijo-: Este es Folkvír.
Enséñale una mano.
Eragon lo hizo, y el caballo
resopló con las fosas nasales bien abiertas. Folkvír olisqueó la palma de la
mano de Eragon, luego la tocó con el morro y le permitió acariciarle el grueso
cuello.
-Bien -dijo Narí.
Luego repitió la misma
operación con Orik y el siguiente caballo.
Cuando Eragon montó en
Folkvír, Saphira se acercó. Eragon la miró y notó que seguía inquieta por lo
que había ocurrido durante la noche.
Un día más -le dijo.
Eragon... -La dragona hizo
una pausa-. Mientras estaba bajo el hechizo de los elfos, se me ocurrió algo;
algo que siempre me había parecido poco importante, pero ahora me crece por
dentro como una montaña de terror negro: toda criatura, no importa cuan pura o
monstruosa sea, tiene una pareja de su misma especie. Sin embargo, yo no la
tengo. -Se estremeció y cerró los ojos-. En ese sentido, estoy sola.
Aquella afirmación recordó a
Eragon que apenas tenía ocho meses de vida. Por lo general, no se le notaba la
edad por la influencia de los instintos y recuerdos heredados, pero en aquella
cuestión tenía aún menos experiencia que él, con sus leves aproximaciones al
romance en Carvahall y Tronjheim. La pena invadió a Eragon, pero la reprimió
antes de que pudiera colarse en su conexión mental. Saphira hubiera despreciado
esa emoción: no servía para resolver su problema, ni la haría sentirse mejor.
Por eso dijo:
Galbatorix todavía tiene dos
huevos de dragón. En nuestra primera audiencia con Hrothgar dijiste que querías
rescatarlos. Si podemos. ..
Saphira resopló con
amargura.
Podría costar años, y aunque
consiguiéramos recuperar los huevos, no tengo ninguna garantía de que vayan a
salir del cascarón, ni de que sean machos, ni de que alguno sea mi pareja. El
destino ha abandonado mi raza a la extinción.
Soltó un latigazo frustrado
con la cola y partió en dos un pimpollo. Parecía peligrosamente a punto de
echarse a llorar.
¿Qué te puedo decir?
-preguntó Eragon, inquieto por su desánimo-. No debes renunciar a la esperanza.
Queda una oportunidad de que encuentres pareja, pero has de tener paciencia.
Incluso si no funciona lo de los huevos de Galbatorix, en algún otro lugar del
mundo debe de haber dragones, igual que humanos, elfos y úrgalos. En cuanto nos
libremos de nuestras obligaciones, te ayudaré a buscarlos. ¿De acuerdo?
De acuerdo -resopló ella.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una vaharada de humo blanco que se dispersó
entre las ramas-. Ya sé que no debería dejar que las emociones se apoderen de
mí.
Tonterías. Para no sentirte
así, tendrías que ser de piedra. Es perfectamente normal... Pero prom-éteme que
no te regodearás en eso mientras estés sola.
Ella fijó en él un
gigantesco ojo de zafiro.
No lo haré.
Eragon sintió la calidez en
sus entrañas al percibir que Saphira le agradecía la tran-quilidad y el
compañerismo. Inclinándose desde la grupa de Folkvír, le apoyó una mano en la
áspera mejilla y la dejó allí un momento.
Venga, pequeñajo -murmuró
ella-. Te veo luego.
Eragon odiaba dejarla en ese
estado. Con cierta reticencia, se adentró en el bosque con Orik y los elfos en
dirección al oeste, al corazón de Du Weldenvarden. Después de darle vueltas
durante una hora al dilema de Saphira, se lo mencionó a Arya.
Débiles arrugas recorrieron
el ceño fruncido de Arya.
-Es uno de los peores
crímenes de Galbatorix. No sé si hay alguna solución, pero pode-mos tener
esperanza. Hemos de tenerla.
La
ciudad de pino
Eragon llevaba tanto tiempo
en Du Weldenvarden que ya empezaba a anhelar la presen-cia de claros, campos, e
incluso montañas, en vez de aquellos infinitos troncos de árboles y la escasa
maleza. Sus vuelos con Saphira no ofrecían alivio, pues sólo revelaban montes
de un verde espinoso que se extendían sin pausa en la distancia como un mar de
verde.
A menudo, las ramas eran tan
espesas en lo alto que resultaba imposible determinar por dónde salía y se
ponía el sol. Eso, combinado con el paisaje repetitivo, daba a Eragon la
sensación de estar perdido sin remedio, por mucho que Arya y Lifaen se esforzaran
en mos-trarle los puntos cardinales. Sabía que, de no ser por los elfos, podía
deambular por Du Weldenvarden el resto de su vida sin encontrar jamás el
camino.
Cuando llovía, las nubes y
el dosel del bosque los sumían en una profunda oscuridad, como si estuvieran
sepultados en el hondo subsuelo. El agua se recogía en las negras agujas de los
pinos y luego goteaba y se derramaba desde treinta metros o más sobre sus
cabezas, como un millar de pequeñas cascadas. En esos momentos, Arya invocaba
una brillante esfera de magia verde que flotaba sobre su mano y aportaba la
única luz en el bosque cavernoso. Se detenían y se apiñaban bajo un árbol hasta
que pasaba la tormenta, pero incluso entonces el agua atrapada en la miríada de
ramas les caía encima como una ducha, a la menor provo-cación, durante las
siguientes horas.
A medida que se adentraban
con sus caballos en el corazón de Du Weldenvarden, los árboles eran más gruesos
y altos, y también parecían más separados para dar cabida al mayor tamaño de
sus ramas. Los troncos -palos desnudos de color marrón que se alzaban hacia el
techo entrecruzado, difuso y oscurecido por las sombras- medían más de sesenta
metros, más que cualquier árbol de las Vertebradas o de las Beor. Eragon caminó
en torno a la circunfe-rencia de uno de ellos y calculó que mediría más de
veinte metros de ancho.
Se lo comentó a Arya, y ésta
asintió y dijo:
-Significa que estamos cerca
de Ellesméra. -Alargó una mano y la apoyó con levedad en una raíz retorcida que
tenía a su lado, como si acariciara con total delicadeza el hombro de un amigo
o amante-. Estos árboles se cuentan entre las más antiguas criaturas vivientes
de Alagaésia. Los elfos los amamos desde que vimos por primera vez Du
Weldenvarden, y hemos hecho todo lo posible para contribuir a su crecimiento.
-Una tenue cinta de luz rasgó las polvorientas ramas de color esmeralda en lo
alto y bañó su brazo y su rostro de oro líquido, cegadoramente brillante contra
el fondo opaco-. Hemos llegado lejos juntos, Eragon, pero ahora estás a punto
de entrar en mi mundo. Muévete con suavidad, pues la tierra y el aire están
cargados de recuerdos y nada es lo que parece. No vueles hoy con Saphira, dado
que ya hemos despertado ciertas alarmas que protegen Ellesméra. No sería muy
inteligente apartarse del camino.
Eragon inclinó la cabeza y
se retiró al lado de Saphira, que estaba tumbada en un lecho de musgo y se
divertía soltando hilos de humo por la nariz y contemplando cómo desaparecían
trazando espirales. Sin mayor preámbulo, la dragona dijo:
Ahora hay mucho sitio para
mí en la tierra. No tendré ninguna dificultad.
Bien.
Eragon montó en Folkvíry
siguió a Orik y a los elfos, que se adentraban aún más en el bosque vacío y
silencioso. Saphira lo siguió a rastras. Tanto ella como los caballos blancos
re-fulgían en la sombría penumbra.
Eragon se detuvo,
sobrecogido por la belleza del entorno. Todo transmitía la sensación de una era
invernal, como si nada hubiera cambiado bajo las agujas del techo durante mil
años, ni fuera a cambiar en el futuro; el tiempo mismo parecía haberse rendido
a un sueño del que nunca despertaría.
A última hora de la tarde,
se disipó la penumbra y apareció ante ellos un elfo envuelto en un brillante
rayo de luz que descendía desde el cielo. Llevaba ropas holgadas y tenía una
cir-cunferencia plateada en la frente. El rostro era viejo, noble y sereno.
-Eragon -murmuró Arya-.
Muéstrale la palma de la mano y el anillo.
Eragon se quitó el guante de
la mano derecha y alzó ésta de tal modo que se pudiera ver el anillo de Brom y
luego el gedwéy ignasia. El elfo sonrió, cerró los ojos y abrió los brazos en
señal de bienvenida. Mantuvo la postura.
-El camino queda abierto
-dijo Arya.
Tras una suave orden, su
corcel avanzó. Rodearon al elfo como rodea el agua la base de una roca, y
cuando ya habían pasado todos, éste estiró el cuerpo, dio una palmada y
desapa-reció en cuanto dejó de existir la luz que lo había iluminado hasta
entonces.
¿Quién es?-preguntó Saphira.
Arya contestó:
-Es Gilderien el Sabio,
príncipe de la Casa Miolandra, depositario de la Llama Blanca de Vándil y
guardián de Ellesméra desde los tiempos de Du Fyrn Skulblaka, nuestra guerra
con los dragones. Nadie puede entrar en la ciudad sin su permiso.
Casi medio kilómetro más
allá, el bosque clareó un poco y empezaron a abrirse huecos en su techado,
permitiendo que unos puntales de luz moteada trazaran unas barras sobre el
camino. Luego pasaron bajo dos árboles fornidos que juntaban sus copas y se detuvieron
al borde de un claro vacío.
El suelo estaba repleto de
densos grupos de flores. El tesoro fugaz de la primavera se amontonaba en
rosas, jacintos y lirios, como si fueran pilas de rubíes, zafiros y ópalos.
Sus aromas intoxicantes
atraían hordas de abejorros. A la derecha, un arroyuelo borbo-teaba tras una
hilera de rosales, mientras un par de ardillas se perseguían en torno a una
roca.
Al principio a Eragon le
pareció como un lugar donde pudieran acostarse los ciervos a pasar la noche.
Pero al seguir mirándolo, empezó a descubrir senderos escondidos entre la
maleza y los árboles; una luz suave y cálida donde normalmente debería haber sombras
castañas; un extraño patrón en la forma de las ramitas, ramas grandes y flores,
tan sutil que era casi imposible de detectar: indicios de que lo que estaba
viendo no era del todo natural. Pestañeó y la visión cambió de pronto, como si
le hubieran colocado ante los ojos una lente y todas las formas se volvieran
reconocibles. Eran caminos, sí. Y flores también. Pero lo que ha-bía tomado por
bosquecillos de árboles grumosos y retorcidos eran en realidad gráciles
edificios que crecían directamente en los pinos.
Un árbol tenía la base tan
ancha que, antes de hundir sus raíces en el suelo, conformaba una casa de dos
pisos. Los dos pisos eran hexagonales, aunque el superior tenía la mitad de
anchura que el primero, lo cual daba a la casa un aspecto escalonado. Los
techos y las paredes estaban hechos de láminas de madera envueltas en torno a
seis gruesos caballetes. El musgo y el liquen amarillo jalonaban los aleros y
pendían sobre enjoyadas ventanas que daban a ambos lados. La puerta delantera
era una misteriosa silueta negra retranqueada bajo un arco lleno de símbolos
cincelados en la madera.
Había otra casa anidada
entre tres pinos, pegados a ella por medio de una serie de ramas curvadas.
Reforzada por aquellos contrafuertes volantes, la casa tenía cinco pisos de
altura, ligeros y airosos. Junto a ella había un enramado hecho de sauce y cornejos,
del que pendían antorchas apagadas que parecían llagas de la madera.
Cada uno de aquellos
edificios únicos realzaba y complementaba su entorno, fundiéndose sin fisuras
con el resto del bosque de tal modo que resultaba imposible detectar dónde
empe-zaba el artificio y dónde proseguía la naturaleza. Ambas se equilibraban a
la perfección. En vez de someter el medio, los elfos habían escogido aceptar el
mundo como era y adaptarse a él.
Los habitantes de Ellesméra
se revelaron finalmente en un remolino de movimientos a la vista de Eragon,
como agujas de pinaza que revolotearan por la brisa. Luego captó el movi-miento
de alguna mano, un pálido rostro, un pie calzado con sandalias, un brazo
alzado. De uno en uno, algunos elfos aparecieron a la vista, con sus ojos
almendrados fijos en Saphira, Arya y Eragon.
Las mujeres llevaban el
cabello suelto. Les caía por la espalda en cascadas de plata y azabache,
trenzado con flores frescas, como la fuente de un jardín. Todas poseían una
belleza delicada y etérea que ocultaba su fuerza inquebrantable; a Eragon le
parecieron inmaculadas. Los hombres eran igual de sorprendentes con sus pómulos
altos, sus narices finamente escul-pidas y sus gruesos párpados. Ambos sexos se
ataviaban con túnicas rústicas verdes y marro-nes y flecos de oscuros tonos
anaranjados, rojizos y dorados.
«Sin duda, la gente noble»,
pensó Eragon. Se tocó los labios para saludar.
Todos a una, los elfos
doblaron la cintura en una reverencia. Luego sonrieron y se rieron con
felicidad desatada. Entre ellos, una mujer cantó:
Gala O Wyrda brunhvitr, Abr
Berundal vandr-fódhr, Burthro laufsbládar ekar undir, Eom kona dauthleikr...
Eragon se tapó los oídos con
ambas manos, temiendo que la melodía fuera un hechizo como el que había oído en
Sílthrim, pero Arya meneó la cabeza y alzó las manos.
-No es magia. -Luego se
dirigió al caballo-: Ganga. -El semental soltó un suave relincho y echó a
trotar-. Soltad vuestros corceles. Ya no los necesitamos y se merecen descansar
en un-estros establos.
La canción sonó con más
fuerza mientras Arya avanzaba por un sendero hecho de ado-quines de turmalina
verde que serpenteaba entre las malvarrosas, las casas y los árboles antes de
cruzar finalmente un arroyo. Los elfos bailaban en torno al grupo mientras
ellos caminaban revoloteando de un lado a otro según su capricho, riéndose y
saltando de vez en cuando a una rama para pasarles por encima. Alababan a
Saphira con nombres como «Zarpazos», «Hija del Aire y del Fuego» y «Fuerte».
Eragon sonrió, complacido y
encantado. «Aquí podría vivir», pensó con sensación de paz. Encerrado en Du
Weldenvarden, a la vez escondido y al aire abierto, a salvo del resto del
mundo... Sí, sin duda le gustaba mucho Ellesméra, más que cualquier ciudad de
los enanos. Señaló una vivienda situada en un pino y preguntó a Arya:
-¿Cómo se hace eso?
-Cantamos al bosque en el
lenguaje antiguo y le damos nuestra fuerza para que crezca con la forma que
deseamos. Todos nuestros edificios y utensilios se hacen así.
El sendero terminaba entre
una red de raíces que conformaban escalones, como charcos limpios de tierra.
Ascendían hasta una puerta encastrada en un muro de pimpollos. El corazón de
Eragon se aceleró cuando se abrió una puerta, aparentemente por su propia
voluntad, y reveló una plaza arbolada. Cientos de ramas se fundían para formar
un techo de celosía. Debajo había doce sillas alineadas a lo largo de las
paredes laterales.
En ellas reposaban
veinticuatro caballeros y damas.
Eran sabios y hermosos, con
semblantes suaves sin rastro de edad y ojos entusiastas que brillaban de
excitación. Se inclinaron hacia delante, agarrados a los brazos de las sillas,
y mi-raron fijamente al grupo de Eragon con asombro y esperanza. Al contrario
que los demás el-fos, llevaban al cinto espadas en cuyas empuñaduras relucían
los granates y berilos, y las frentes adornadas con diademas.
A la cabeza de la asamblea
había un pabellón blanco que daba sombra a un trono de raíces nudosas. En él
estaba sentada la reina Islanzadí. Era bella como un ocaso de otoño, or-gullosa
e imperial, con dos cejas oscuras rasgadas como alas alzadas al viento, los
labios brillantes y rojos como zarzas y una melena de medianoche recogida bajo
una diadema de diamantes. La túnica era carmesí. Rodeaba sus caderas una faja
de oro trenzado. Y la capa de terciopelo que se cerraba en torno al cuello caía
hasta el suelo en lánguidos pliegues. Pese a su planta imponente, la reina
parecía frágil, como si escondiera un gran dolor.
Junto a su mano había un
cilindro curvado con una cruceta grabada. Un cuervo blanco se aposentaba en
ella y cambiaba la garra de apoyo una y otra vez con impaciencia. El pájaro
alzó la cabeza y repasó a Eragon con una inteligencia asombrosa, luego soltó un
largo y grave graznido y aulló:
-¡Wyrda!
Eragon se estremeció por la
fuerza de aquella única palabra graznada. La puerta se cerró tras ellos seis
cuando entraron en el vestíbulo y se acercaron a la reina. Arya se arrodilló en
el suelo cubierto de musgo y fue la primera en hacer una reverencia; la
siguieron Eragon, Orik, Lifaen y Narí. Incluso Saphira, que nunca había hecho
una reverencia a nadie, ni siquiera a Ajihad o a Hrothgar, agachó la cabeza.
Islanzadí se levantó y
descendió del trono, arrastrando la capa tras ella. Se detuvo delante de Arya,
apoyó sus manos temblorosas en sus hombros y dijo con un potente vibrato:
-Levántate.
Arya se levantó, y la reina
estudió su cara con creciente intensidad, hasta tal punto que pareció que
intentara descifrar un oscuro texto.
Al fin, Islanzadí soltó una
exclamación, abrazó a Arya y le dijo:
-Ah, hija mía, qué males te
he causado.
La reina Islanzadí
Eragon se arrodilló ante la
reina de los elfos y sus consejeros en aquella fantástica sala hecha de troncos
de árboles vivos, en una tierra casi mítica, y sólo una impresión llenaba su
cabeza: «¡Arya es una princesa!». De alguna manera todo encajaba, pues siempre
había tenido un aire altivo, pero a Eragon le provocó cierta amargura porque
eso establecía otra barrera más entre ellos cuando ya estaba a punto de
superarlas todas. La revelación le llenaba la boca del sabor de las cenizas.
Recordó la profecía de Angela, según la cual amaría a alguien de cuna noble...,
y el aviso de que no podía saber si terminaría bien o mal.
Notó que Saphira también se
sorprendía, y luego lo encontraba divertido.
Parece que hemos viajado
acompañados por la realeza sin saberlo -le dijo.
¿Por qué no nos lo habrá
dicho? Tal vez implicara correr más peligros. -Islanzadí Dróttning -dijo Arya,
con formalidad. La reina se apartó como si la hubieran pinchado y luego repitió
en el lenguaje antiguo:
-Ah, hija mía, qué males te
he causado. -Se tapó la cara-. Desde que desapareciste, apenas he podido dormir
y comer. Me perseguía tu destino, y temía no volverte a ver. Alejarte de mi
presencia fue el error más grande que jamás he cometido... ¿Podrás perdonarme?
Los elfos reunidos se
agitaron asombrados.
La respuesta de Arya tardó
en llegar, pero al fin dijo:
-Durante setenta años he
vivido y amado, luchado y matado sin hablar jamás contigo, madre. Nuestras
vidas son largas, pero aun así, no es un período breve.
Islanzadí se puso tiesa y
alzó la barbilla. Un temblor la recorrió.
-No puedo deshacer el
pasado, Arya, por mucho que lo desee.
-Ni puedo yo olvidar lo que
he soportado.
-No deberías. -Islanzadí
tomó las manos de su hija-. Arya, te quiero. Eres mi única familia. Vete si
debes hacerlo, pero salvo que quieras renunciar a mí, quisiera que nos
recon-ciliáramos.
Durante un terrible momento
pareció que Arya no iba a contestar, o aún peor, que fuera a rechazar la
oferta. Eragon vio que dudaba y lanzaba un rápido vistazo a la audiencia. Luego
agachó la cabeza y dijo:
-No, madre. No podría irme.
Islanzadí sonrió insegura y
abrazó de nuevo a su hija. Esta vez Arya le devolvió el gesto, y asomaron las
sonrisas entre los elfos reunidos.
El cuervo blanco saltó en su
cruceta, gorjeando:
-Y en la puerta grabaron
para siempre lo que desde entonces fue el lema familiar: «Desde ahora nos vamos
a adorar».
-Calla, Blagden -dijo
Islanzadí al cuervo-. Guárdate los ripios para ti. -La reina se des-prendió del
abrazo y se volvió hacia Eragon y Saphira-. Debéis perdonarme por ser descortés
e ignoraros, pues sois nuestros más importantes invitados.
Eragon se llevó una mano a
los labios y luego dobló la mano derecha sobre el esternón, tal como le había
enseñado Arya:
-Islanzadí Dróttning. Atra
estreñí ono thelduin.
No le cupo la menor duda de
que debía hablar primero.
Islanzadí abrió de par en
par sus ojos negros.
-Atra du evarínya ono varda.
-Un atra mor'ranr lífa unin
hjarta onr -replicó Eragon, completando así el ritual.
Notó que los elfos se
sorprendían del conocimiento que mostraba de sus costumbres. En su mente,
escuchó a Saphira repetir su saludo a la reina.
Cuando la dragona terminó,
Islanzadí preguntó:
-¿Cómo te llamas, dragona?
Saphira.
Un brillo de reconocimiento
apareció en el rostro de la reina, pero no hizo ningún comentario.
-Bienvenida a Ellesméra,
Saphira. ¿Y tú, Jinete?
-Eragon Asesino de Sombras,
majestad.
Esta vez, una agitación
audible recorrió a los elfos sentados tras ellos; incluso Islanzadí parecía
asustada.
-Tienes un nombre poderoso
-dijo con suavidad-. No solemos ponérselo a nuestros hijos... Bienvenido a Ellesméra,
Eragon Asesino de Sombras. Hace mucho que te esperamos. -Avanzó hacia Orik, lo
saludó, regresó a su trono y se echó sobre un brazo la capa de terciopelo-. Doy
por hecho, por tu presencia entre nosotros, Eragon, tan poco tiempo después de
la captura del huevo de Saphira, así como por el anillo que llevas en la mano y
la espada que hay en tu cinto, que Brom ha muerto y que tu formación con él no
llegó a completarse. Quiero oír toda la historia, incluida la caída de Brom y
cómo llegaste a conocer a mi hija, o cómo te conoció ella a ti, según sea.
Luego escucharé qué misión te trae aquí y el relato de tus aventuras, Arya,
desde la emboscada en Du Weldenvarden.
Eragon había relatado sus
experiencias anteriormente, de modo que no tuvo problema para repetírselas a la
reina. En las pocas ocasiones en que su memoria fallaba, Saphira pudo aportarle
la descripción exacta de los sucesos. En diversos momentos permitió que fuera
ella quien lo contara. Cuando hubieron terminado, Eragon sacó de su bolsa el
pergamino de Nasuada y se lo entregó a Islanzadí.
La reina tomó el pergamino
enrollado, rompió el sello rojo de cera y, al terminar de leer la misiva,
suspiró y cerró brevemente los ojos.
-Ahora veo la profundidad de
mi estupidez. Mi dolor hubiera terminado mucho antes si no hubiera retirado a
mis soldados e ignorado a los mensajeros de Ajihad cuando supe que habían
emboscado a Arya. Nunca tendría que haber culpado a los vardenos por su muerte.
Para mi avanzada edad, todavía soy demasiado estúpida...
Siguió un largo silencio,
pues nadie se atrevió a mostrarse de acuerdo o en contra. Invocando su coraje,
Eragon dijo:
-Como Arya ha regresado
viva, ¿aceptarás ayudar a los vardenos como antes? En caso contrario, Nasuada
no puede triunfar. Y yo he jurado apoyar su causa.
-Mi pelea con los vardenos
ya es polvo en el viento -dijo Islanzadí-. No temas; la ayudaremos como hicimos
antaño y más todavía gracias a ti y a tu victoria sobre los úrgalos. -Se
inclinó hacia delante apoyada en un brazo-. ¿Me das el anillo de Brom, Eragon?
-Sin dudarlo, él se quitó el anillo y se lo ofreció a la reina, que lo tomó de
la palma de su mano con sus dedos delgados-. No deberías haberlo llevado,
Eragon, pues no fue hecho para ti. Sin embargo, por la ayuda que has prestado a
los vardenos y a mi familia, te nombro Amigo de los Elfos y te confiero este
anillo, Aren, de modo que todos los elfos, dondequiera que vayas, sabrán que
mereces su confianza y su ayuda.
Eragon dio las gracias y
volvió a ponerse el anillo, muy consciente de la mirada fija de la reina, que
seguía posada en él con una inquietante agudeza para estudiarlo y analizarlo.
Se sentía como si ella supiera cualquier cosa que fuera a hacer o decir.
-Hace muchos años que no
recibimos en Du Weldenvarden noticias como las tuyas. Estamos acostumbrados a
un estilo de vida más lento que en el resto de Alagaésia, y me inquieta que
puedan ocurrir tantas cosas tan rápidamente sin llegar a mis oídos.
-¿Y mi formación?
Eragon lanzó una furtiva
mirada a los elfos sentados, preguntándose cuál de ellos sería Togira Ikonoka,
el ser que había entrado en contacto con su mente y le había librado de la
terrible influencia de Durza después de la batalla de Farthen Dür, el mismo que
le había animado a viajar hasta Ellesméra.
-Empezará en su debido
momento. Sin embargo, temo que instruirte sea inútil mientras persista tu
enfermedad. Salvo que logres superar la magia de la Sombra, quedarás reducido a
la condición de títere. Tal vez aún seas útil, pero sólo como sombra de la esperanza
que he-mos cultivado durante más de un siglo. -Islanzadí hablaba sin reproches,
pero sus palabras golpearon a Eragon como un martillazo. Sabía que tenía
razón-. No eres culpable de tu situación, y me duele decir estas cosas, pero
debes entender la gravedad de tu incapacidad... Lo siento.
Luego, Islanzadí se dirigió
a Orik:
-Ha pasado mucho desde que
el último de los tuyos entró en nuestros salones, enano. Eragon-finiarel ha
explicado tu presencia, pero ¿tienes algo que añadir?
-Sólo un saludo de mi rey,
Hrothgar, y la petición, ya innecesaria, de que reanudes el contacto con los
vardenos. Aparte de eso, estoy aquí para asegurarme de que se honre el pacto
que Brom forzó entre vosotros y los humanos.
-Nosotros cumplimos nuestras
promesas, tanto si las pronunciamos en este lenguaje como en el antiguo. Acepto
los saludos de Hrothgar y se los devuelvo del mismo modo. -Finalmente, tal como
Eragon estaba seguro de que deseaba hacer desde que llegaran, Islanzadí miró a
Arya y preguntó-: Bueno, hija, ¿qué te pasó?
Arya empezó a contar, en un
tono continuo, primero su captura y luego su largo cau-tiverio y tortura en
Gil'ead. Saphira y Eragon habían ocultado deliberadamente los detalles de sus
abusos, pero Arya no parecía encontrar dificultad en el recuento de aquello a
lo que se había visto sometida. Sus descripciones, carentes de emoción,
provocaron en Eragon la mis-ma rabia que la primera visión de sus heridas. Los
elfos permanecieron en completo silencio durante todo el relato de Arya, aunque
agarraban las espadas y sus rostros se endurecían con finas arrugas de rabia
fría. Una sola lágrima rodó por la mejilla de Islanzadí.
Luego, un ágil caballero de
los elfos caminó sobre el musgoso césped que quedaba entre las sillas.
-Sé que hablo por todos
nosotros, Arya Dróttningu, al decir que mi corazón arde de pena por tus
sufrimientos. Es un crimen sin perdón, mitigación o reparación posible, y
Galbatorix debe ser castigado por él. Además, estamos en deuda contigo por
mantener la ubicación de nuestras ciudades oculta a la Sombra. Pocos de
nosotros hubiéramos podido resistirle tanto tiempo.
-Gracias, Dáthedr-vor.
Luego habló Islanzadí, y su
voz resonó como una campana entre los árboles.
-Basta. Nuestros invitados
esperan de pie y están cansados, y llevamos demasiado rato hablando de cosas
malas. No permitiré que se estropee la ocasión por regodearnos en las heridas
del pasado. -Una gloriosa sonrisa iluminó su cara-. Mi hija ha vuelto, han
aparecido una dragona y su Jinete, y quiero que lo celebremos del modo
adecuado.
Se levantó, alta y magnífica
con su túnica carmesí, y dio una palmada. Tras ese sonido, cubrieron las sillas
y el pabellón cientos de lirios y rosas que caían desde seis metros más arriba
como coloridos copos de nieve y llenaban el aire de su densa fragancia.
No ha usado el lenguaje
antiguo -observó Eragon.
Se dio cuenta de que,
mientras todo el mundo estaba ocupado con las flores, Islanzadí tocaba
gentilmente a Arya en un hombro y murmuraba en un tono casi inaudible:
-No habrías sufrido tanto si
hubieses seguido mi consejo. Tenía razón cuando me opuse a tu decisión de
aceptar el yawé.
-Era una decisión mía.
La reina se detuvo y luego
asintió y extendió un brazo.
-Blagden.
Con un aleteo, el cuervo
voló desde su percha y aterrizó en su hombro izquierdo. Todos los miembros de
la asamblea hicieron una reverencia mientras Islanzadí avanzaba hacia el fondo
del salón y abría la puerta para que entraran los cientos de elfos que había
fuera, tras lo cual pronunció una breve declaración en el lenguaje antiguo que
Eragon no entendió. Los elfos soltaron vítores y echaron a correr en todas
direcciones.
-¿Qué ha dicho? -susurró
Eragon a Narí. Éste sonrió.
-Que abran nuestros mejores
toneles y enciendan las hogueras para cocinar, porque ésta será una noche de
fiestas y canciones. ¡Ven!
Tomó a Eragon de la mano y
tiró de él tras la reina, que se abría paso entre los enmara-ñados pinos y los
brotes de fríos heléchos. Mientras ellos habían estado encerrados, el sol había
descendido en el cielo, empapando el bosque con una luz ambarina que se
aferraba a los árboles y a las plantas como una capa de grasa brillante.
Supongo que te habrás dado
cuenta -dijo Saphira- de que Evandar, el rey mencionado por Lifaen, debe de ser
el padre de Arya. Eragon estuvo a punto de tropezar. Tienes razón... Yeso
significa que lo mató Galbatorix, o tal vez los Apóstatas.
Círculos encerrados en
círculos.
Se detuvieron en la cresta
de una pequeña colina, donde un grupo de elfos había instalado una larga mesa
sobre caballetes, rodeada de sillas. En torno a ellos, el bosque vibraba de
actividad. A medida que se acercaba el anochecer, el alegre brillo de las
fogatas parecía esparcirse por toda Ellesméra, empezando por una hoguera
encendida cerca de la mesa.
Alguien pasó a Eragon una
copa hecha de la misma madera extraña que había descubierto en Ceris. Se bebió
su claro licor y luego boqueó al notar que le ardía la garganta.
Sabía a sidra especiada y
mezclada con aguamiel. La poción le provocó un cosquilleo en las puntas de los
dedos y en las orejas, así como una maravillosa sensación de claridad.
-¿Qué es esto? -preguntó a
Narí.
Éste se echó a reír.
-¿El faelnirv? Lo destilamos
a partir de bayas de saúco e hilachas de rayos de luna. Si es necesario, un
hombre fuerte puede pasarse tres días viajando sin consumir otra cosa.
Saphira, tienes que
probarlo.
Ella olisqueó la copa, abrió
la boca y permitió que Eragon le echara el resto del faelnirv. Abrió mucho los
ojos y agitó la cola.
¡Qué gustazo! ¿Hay más?
Antes de que Eragon pudiera
contestar, Orik se plantó ante ellos con pasos fuertes.
-La hija de la reina...
-masculló, meneando la cabeza-. Ojalá pudiera contárselo a Hrothgar y a
Nasuada. Les encantaría saberlo.
Islanzadí se sentó en una
silla de respaldo alto y dio otra palmada. Del interior de la ciu-dad salió un
cuarteto de elfos con instrumentos musicales. Los primeros llevaban dos arpas
de madera de cerezo; el tercero, un juego de flautas de caña, y la cuarta, tan
sólo su voz, que aplicó de inmediato a una canción juguetona que pronto bailó
en sus oídos.
Eragon apenas captaba una de
cada tres palabras, pero lo que entendió le provocó una sonrisa. Era la
historia de un ciervo que no podía beber en un estanque porque una urraca no
dejaba de molestarle.
Mientras escuchaba, Eragon
echó un vistazo alrededor y descubrió a una chiquilla que rondaba detrás de la
reina. Cuando volvió a mirarla, vio que su melena abultada no era pla-teada,
como la de muchos elfos, sino blanqueada por la edad, y tenía la cara marchita
y recorrida por arrugas como una manzana seca. No era una elfa, ni una enana,
ni siquiera -según le pareció a Eragon- humana. Le sonrió, y Eragon creyó haber
visto una fila de dientes afilados.
Cuando calló la cantante y
las flautas y laúdes llenaron el silencio, Eragon vio que se le acercaban
montones de elfos que querían conocerlo a él y, según observó, más todavía a
Saphira. Los elfos se presentaban con leves reverencias y se tocaban los labios
con los dedos índice y corazón, a lo que Eragon respondía con el mismo gesto,
entre infinitas repeticiones de las fórmulas para el saludo en el lenguaje
antiguo. Interrogaban a Eragon con educadas preguntas acerca de sus gestas,
pero reservaban el grueso de la conversación para Saphira.
Al principio, a Eragon le
gustó dejar que hablara Saphira, pues era el primer lugar en que alguien se
interesaba por conversar con ella. Pero pronto se aburrió de que lo ignorasen;
se había acostumbrado a que la gente le escuchara. Sonrió compungido, desanimado
al compro-bar en qué medida había llegado a dar por hecha la atención de los
demás desde que se uniera a los vardenos, y se obligó a relajarse y disfrutar
de la celebración.
Poco tardó el aroma de la
comida en impregnar aquel claro, y aparecieron los elfos carga-dos con bandejas
llenas de delicadezas. Aparte de las hogazas de pan caliente y pilas de pe-queños
pasteles redondos de miel, todos los demás platos eran de fruta, verduras y
bayas. Sobre todo predominaban las bayas en todas sus formas: desde una sopa de
arándanos hasta la salsa de frambuesa, pasando por una mermelada de moras.
Había un cuenco de manzanas cortadas, empapadas en sirope y adornadas con
fresas salvajes junto a un pastel de setas relleno de espinacas, tomillo y
grosellas.
No había nada de carne,
pescado o aves, lo cual seguía sorprendiendo a Eragon. En Carvahall y en
cualquier otro lugar del Imperio, la carne era un símbolo de estatus y de lujo.
Cuanto más oro tuvieras, más a menudo podías permitirte comer ternera y otras
carnes. In-cluso la nobleza menor consumía carne en todas las comidas. Lo
contrario era señal de déficit en sus cofres. Y sin embargo, los elfos no
suscribían esa filosofía, pese a su obvia riqueza y a la facilidad de cazar por
medio de la magia.
Los elfos se acercaron a la
mesa con un entusiasmo que sorprendió a Eragon. Pronto estuvieron todos
sentados: Islanzadí a la cabeza con Blagden, el cuervo; Dáthedr a su
izquier-da; Arya y Eragon a su derecha; Orik frente a ellos, y luego todos los
demás, incluidos Narí y Lifaen. En el otro extremo de la mesa no había ninguna
silla; sólo un enorme plato tallado para Saphira.
A medida que avanzaba la
cena, todo se disolvió en torno a Eragon en una bruma de charla y alborozo.
Estaba tan atrapado por la fiesta que perdió la conciencia del tiempo y sólo
oía las risas y las palabras de aquel idioma ajeno que revoloteaban sobre su
cabeza, así como el cálido brillo que el faelnirv dejaba en su estómago. La
escurridiza música de las arpas sus-piraba y susurraba al borde de su capacidad
auditiva y le provocaba estremecimientos de excitación en el costado. De vez en
cuando se distraía con la perezosa mirada rasgada de la mujer-niña, que parecía
concentrarse en él con una obcecada intensidad, incluso mientras co-mía.
Aprovechando una pausa en la
conversación, Eragon se volvió hacia Arya, que apenas había pronunciado una
docena de palabras. No dijo nada; se limitó a mirarla y a preguntarse quién era
realmente.
Arya se agitó.
-Ni siquiera lo sabía
Ajihad.
-¿Qué?
-Fuera de Du Weldenvarden,
no confesé mi identidad a nadie. Brom la conocía porque me conoció aquí, pero
la mantuvo en secreto a petición mía.
Eragon se preguntó si se lo
estaba contando por cumplir con un deber o porque se sentía culpable por
haberlos engañado a él y a Saphira.
-Brom dijo una vez que lo
que los elfos callaban era más importante que lo que decían.
-Nos entendía bien.
-Pero ¿por qué? ¿Pasaba algo
si lo sabía alguien?
Esta vez fue Arya quien
dudó.
-Cuando salí de Ellesméra,
no tenía ningunas ganas de que me recordasen mi posición. Tampoco parecía
relevante para mi tarea con los vardenos y los enanos. No tenía nada que ver
con la persona en que me había convertido... Con quien soy ahora.
Miró a la reina.
-A Saphira y a mí nos lo
podrías haber dicho.
Arya pareció torcer el gesto
al percibir un reproche en su voz.
-No tenía ninguna razón para
sospechar que mi relación con Islanzadí había mejorado, y decíroslo no hubiera
cambiado nada. Mis pensamientos son sólo míos, Eragon.
Éste se sonrojó por la
alusión: ¿por qué había de confiar ella, diplomática, princesa, elfa y mayor
que él, su padre y su abuelo juntos, quienesquiera que éstos fuesen, en él, que
apenas era un humano de diecisiete años?
-Al menos -murmuró- te has
arreglado con tu madre.
Ella mostró una extraña
sonrisa.
-¿Acaso tenía otra opción?
En ese momento, Blagden
saltó del hombro de Islanzadí y correteó por la mesa, agachando la cabeza a
ambos lados en un remedo de reverencia. Se detuvo ante Saphira, soltó una tos
burda y graznó:
Los dragones tienen garras
Para atacar a degüello.
Los dragones tienen cuello
Igual que las jarras.
Las usa para beber el cuervo,
¡Mientras el dragón se come un ciervo!
Los elfos se quedaron
quietos con expresión mortificada mientras esperaban la reacción de Saphira.
Tras un largo silencio, la dragona alzó la vista de su pastel de membrillo y
soltó una nube de humo que envolvió a Blagden.
También como pajarillos
-dijo proyectando su pensamiento de modo que lo oyera todo el mundo.
Al fin los elfos se echaron
a reír, mientras Blagden se tambaleaba hacia atrás, graznando indignado y
aleteando para despejar el aire.
-Debo pedir perdón por los
versos malvados de Blagden -dijo Islanzadí-. Siempre ha tenido la lengua salaz,
pese a nuestros esfuerzos por domarla.
Se aceptan las disculpas
-dijo Saphira con calma, y regresó a su pastel.
-¿De dónde ha salido?
-preguntó Eragon, deseoso de encontrar un tema de conversación más cordial con
Arya, pero llevado también por la curiosidad.
-Blagden -explicó Arya- le
salvó en una ocasión la vida a mi padre. Evandar peleaba con un úrgalo cuando
tropezó y perdió la espada. Antes de que el úrgalo pudiera atacar, un cuervo
voló hacia él y le picoteó los ojos. Nadie sabe por qué lo hizo el pájaro, pero
la distracción permitió a Evandar recuperar el equilibrio y ganar la batalla.
Como mi padre siempre fue generoso, dio las gracias al cuervo con la bendición
de un hechizo que le concedía inteligencia y una larga vida. Sin embargo, la
magia tuvo dos efectos que no había previsto: Blagden perdió todo el color de
sus plumas y ganó la habilidad de predecir ciertos sucesos.
-¿Es capaz de ver el futuro?
-preguntó Eragon, asombrado.
-¿Verlo? No. Pero tal vez
pueda sentir lo que va a ocurrir. En cualquier caso, también habla con ripios,
la mayoría de los cuales sólo son un montón de tonterías. Recuerda que si
Blagden se te acerca y te dice algo que no sea un chiste o un juego de palabras,
harás bien en tenerlo en cuenta.
Cuando hubo terminado la
cena, Islanzadí se levantó -provocando un revuelo de activi-dad porque todos se
apresuraron a imitarla- y dijo:
-Es tarde, estoy cansada y
quiero regresar a mis ramas. Acompañadme, Saphira y Eragon, y os mostraré dónde
podéis dormir esta noche.
La reina señaló a Arya con
una mano y abandonó la mesa. Arya la siguió.
Mientras rodeaba la mesa con
Saphira, Eragon se detuvo ante la mujer-niña, atrapado por sus ojos salvajes.
Todos los elementos de su apariencia física, desde sus ojos hasta la enmarañada
melena, pasando por los colmillos blancos, despertaron la memoria de Eragon.
-Eres una mujer gata,
¿verdad? -Ella pestañeó una vez y mostró los dientes en una sonrisa peligrosa-.
Conocí a uno de los tuyos, Solembum, en Teirm y Farthen Dür. La sonrisa se
volvió más abierta.
-Sí. Un buen elemento. A mí
me aburren los humanos, pero a él le parece divertido viajar con Angela, la
bruja.
Luego desvió la mirada hacia
Saphira y soltó un profundo murmullo de aprecio, mitad gruñido, mitad ronroneo.
¿Cómo te llamas?-preguntó
Saphira.
-Los nombres son poderosos
en el corazón de Du Wel-denvarden, dragona, sí que lo son. De todos modos...,
entre los elfos me conocen como la Vigilanta, Zarpa Rápida y la Bailarina de
Sueños, pero para ti puedo ser Maud. -Meneó su melena de rígidos mechones
blancos-. Será mejor que sigáis a la reina, jovencitos; no se toma a la ligera
a los tontos y a los tardones.
-Ha sido un placer
conocerte, Maud -dijo Eragon. Hizo una reverencia y Saphira agachó la cabeza.
Eragon miró a Orik, preguntándose adonde lo llevarían, y luego siguió a
Islanzadí.
Llegaron a la altura de la
reina justo cuando ésta se detenía junto a la base de un árbol. En el tronco
había una delicada escalera encastrada que ascendía en espiral hasta una serie
de habitaciones globulares suspendidas en la corona del árbol por unas ramas
abiertas en abanico.
Islanzadí alzó una mano con
elegancia y señaló la construcción elevada.
-Tú tienes que subir
volando, Saphira. Cuando crecieron las escaleras, nadie pensaba en dragones.
-Luego se dirigió a Eragon—. Ahí es donde dormía el líder de los Jinetes de
Dragones cuando estaba en Ellesméra. Te lo cedo ahora, pues eres el justo
heredero de dicho título... Es tu herencia.
Antes de que Eragon pudiera
agradecérselo, la reina avanzó deslizándose y se fue con Arya, quien sostuvo la
mirada de Eragon un largo rato antes de desaparecer en las profundidades de la
ciudad.
¿Vamos a ver qué clase de
acomodo nos han preparado ? -preguntó Saphira.
Se elevó de un salto y rodeó
el árbol en un círculo cerrado, equilibrándose con la punta de un ala,
perpendicular al suelo.
Cuando Eragon dio el primer
paso, vio que Islanzadí había dicho la verdad; las escaleras y el árbol eran lo
mismo. Bajo sus pies, la corteza estaba suave y lisa por los muchos elfos que
la habían pisado, pero seguía formando parte del tronco, al igual que el
balaustre de celosía retorcida que quedaba a su lado y la barandilla curvada
que se deslizaba bajo su mano derecha.
Como las escaleras estaban
diseñadas a la medida de la fuerza de los elfos, Eragon no estaba acostumbrado
a un ascenso tan pronunciado y pronto empezaron a arderle los muslos y las
pantorrillas. Al llegar arriba -tras colarse por una trampilla del suelo de una
de las habitaciones-, respiraba con tal fuerza que tuvo que descansar las manos
en las rodillas y doblar la cintura para boquear. Una vez recuperado, estiró el
cuerpo y examinó el entorno.
Estaba en un vestíbulo
circular con un pedestal en el centro, del cual salía una escultura que
representaba dos antebrazos, con sus respectivas manos, que ascendían
rodeándose en espiral sin llegar a tocarse. Tres puertas enteladas salían del
vestíbulo: una daba a un comedor austero en el que cabrían a los sumo diez
personas; otra, a un armario con un agujero en el suelo para el que Eragon no
supo discernir utilidad alguna; la última, a un dormitorio que se abría sobre
la vasta extensión de Du Weldenvarden.
Eragon cogió una linterna
encajada en el techo y, al entrar en el dormitorio, provocó que una gran
cantidad de sombras saltaran y revolotearan como bailarines alocados. En la
pared exterior había un agujero con forma de lágrima y de tamaño suficiente para
que entrara por él un dragón. En la habitación había una cama, situada de tal
modo que desde ella, tumbado boca arriba, podría contemplar el cielo y la luna;
una chimenea de una madera gris que al tacto parecía dura y fría como el acero,
como si el leño estuviera comprimido hasta alcanzar una densidad nunca vista, y
una tarima enorme, de bordes bajos, instalada en el suelo y rellena de suaves
mantas, para que durmiera Saphira.
Mientras Eragon lo miraba
todo, Saphira trazó un círculo hacia abajo y aterrizó en el borde de la parte
abierta, con las escamas relucientes como una constelación de estrellas azules.
Tras ella, los últimos rayos de sol se desparramaban por el bosque y pintaban
los montes y colinas con una bruma ambarina que hacía brillar la pinaza como si
fuera de hierro candente y perseguía a las sombras para expulsarlas hacia el
horizonte violeta. Desde aquella altura, la ciudad parecía una serie de
agujeros en la voluminosa cubierta del bosque, islas de calma en un océano
inquieto. El verdadero tamaño de Ellesméra quedaba ahora revelado; se extendía
varios kilómetros al oeste y al norte.
Si Vrael vivía así
normalmente, aún respeto más a los Jinetes -dijo Eragon-. Es mucho más
senci-llo de lo que esperaba.
Toda la estructura se
balanceó ligeramente en respuesta a un soplo del viento.
Saphira olisqueó las mantas.
Aún tenemos que ver
Vroengard- le advirtió, aunque Eragon notó que estaba de acuerdo con él.
Mientras cerraba la puerta
de tela del dormitorio, vio con el rabillo del ojo algo que se le había
escapado en la primera inspección: una escalera espiral que se enroscaba para
subir en torno a una chimenea de madera oscura. Ascendió cautelosamente, con la
antorcha por delante, paso a paso.
Al cabo de unos seis metros,
salió a un estudio amueblado con un escritorio -lleno de plumas, tinta y papel,
aunque sin pergaminos- y otro rincón para el descanso de un dragón. También en
la pared del fondo había una abertura para que entrara un dragón.
Saphira, ven a ver esto.
¿Cómo?
Por fuera.
Eragon se encogió al ver que
una capa de corteza se astillaba y crujía bajo las zarpas de Saphira cuando
ésta abandonó a rastras su lecho para subir al estudio.
¿Satisfecha? -le preguntó
cuando llegó.
Saphira lo miró con sus ojos
de zafiro y luego se dedicó a estudiar las paredes y los muebles.
Me pregunto -dijo- cómo te
las arreglas para conservar el calor con estas paredes abiertas.
No lo sé.
Eragon examinó las paredes
al otro lado de la apertura, pasando las manos sobre las formas abstractas
arrancadas al árbol por medio de las canciones de los elfos. Se detuvo al notar
un saliente vertical encastrado en la corteza. Tiró de él y salió una membrana
diáfana de la pared, como si hubiera tirado de un carrete. La pasó bajo el
portal y encontró una segunda hendidura en la que encajar el borde de la tela.
En cuanto estuvo encajada, el aire se espesó y se calentó notablemente.
Ahí tienes tu respuesta
-dijo.
Soltó la tela, que se
recogió soltando leves latigazos de un lado a otro.
Cuando regresaron al dormitorio,
Eragon deshizo su bolsa mientras Saphira se enroscaba en su tarima. Dispuso con
cuidado su escudo, los protectores de antebrazos y espinillas, la toca y el
yelmo, y luego se quitó la túnica y la camisa de malla, con la parte trasera de
piel. Se sentó en la cama con el pecho desnudo y estudió los eslabones
engrasados, sorprendido por la similitud con las escamas de Saphira.
Lo hemos conseguido -dijo
desconcertado.
Ha sido un largo viaje...
pero sí, lo hemos conseguido. Hemos tenido suerte de que no nos golpeara la
desgracia por el camino.
Eragon asintió.
Ahora sabremos si merecía la
pena. A veces me pregunto si no hubiéramos aprovechado mejor el tiempo ayudando
a los vardenos.
¡Eragon! Sabes que
necesitamos más instrucción. Brom lo hubiera querido así. Además, merecía la
pena venir hasta aquí sólo por Ellesméra e Islanzadí.
Tal vez -al fin, preguntó-:
¿Qué te parece todo esto?
Saphira abrió un poco las
fauces a fin de mostrar los dientes.
No sé. Los elfos tienen aún
más secretos que Brom y son capaces de hacer con la magia cosas que yo no creía
posibles. No tengo idea de qué métodos usan para que sus árboles adopten estas
formas, ni cómo hizo Islanzadí para que aparecieran esas flores. Me resulta
totalmente incomprensible.
Para Eragon suponía un
alivio comprobar que no era el único que se sentía abrumado.
¿YArya?
¿Qué pasa con ella?
Bueno, ahora sabes quién es.
Ella no ha cambiado; sólo tu
percepción de quién es.
Saphira cloqueó en la
profundidad de su garganta, con un sonido como de piedras entrechocadas, y
luego apoyó la cabeza en las patas delanteras.
Ya brillaban las estrellas
en el cielo, y el suave ulular de los buhos flotaba por Ellesméra. Todo el
mundo estaba en calma y silencio, como si se sumiera en el sueño de una noche
líquida.
Eragon se arrastró bajo las
sedosas sábanas y alargó una mano para apagar la antorcha, pero se detuvo a
escasos centímetros. Ahí estaba: en la capital de los elfos, a más de treinta
metros de altura, acostado en la cama que en otro tiempo ocupara Vrael.
Pensarlo era demasiado.
Rodó para levantarse, agarró
la antorcha con una mano y a Zar'roc con la otra y sorprendió a Saphira al
acercarse a rastras a su tarima y acurrucarse en su cálido costado. Ella
ronroneó y lo tapó con un ala de terciopelo mientras él apagaba la antorcha y
cerraba los ojos.
Juntos en Ellesméra
durmieron larga y profundamente.
Desde el pasado
Eragon se despertó al
amanecer, bien descansado. Apoyó una mano en las costillas de Saphira, y ella
alzó el ala. Se pasó las manos por el pelo, caminó hacia el precipicio que
bor-deaba la habitación y se apoyó en una pared lateral, notando la rugosa corteza
en el hombro. Abajo, el bosque refulgía como si fuera un campo de diamantes
porque cada árbol reflejaba la luz de la mañana con mil millares de gotas de
rocío.
Dio un salto de sorpresa al
notar que Saphira pasaba junto a él, retorciéndose como un berbiquí para
ascender hacia la cubierta del bosque hasta que consiguió elevarse y trazar
círculos en el cielo, rugiendo de alegría.
Buenos días, pequeñajo.
Eragon sonrió, feliz de que
ella estuviera contenta.
Abrió la puerta de la
habitación y se encontró dos bandejas de comida -fruta, sobre todo— que alguien
había dejado junto al dintel durante la noche. Al lado de las bandejas había un
fardo de ropa con una nota escrita en un papel. A Eragon le costó descifrar la
fluida escritura, pues llevaba más de un mes sin leer y había olvidado algunas
letras, pero al fin entendió lo que decía:
Saludos, Saphira Bjartskular
y Eragon Asesino de Sombras.
Yo, Bellaen, de la Casa Miolandra,
con toda la humildad te pido perdón, Saphira, por esta comida insatisfactoria.
Los elfos no cazamos, y no hay manera de obtener carne en Ellesméra, ni en
ninguna de nuestras otras ciudades. Si lo deseas, puedes hacer como solían los
drago-nes de antaño y cazar lo que te parezca en Du Weldenvarden. Sólo te
pedimos que abando-nes tus piezas en el bosque para que nuestro aire y nuestra
agua permanezcan impolutos de sangre.
Eragon, la ropa es para ti.
La tejió Niduen, de la casa de Islanzadí, y te la regala.
Que la buena fortuna
gobierne vuestros días,
La paz anide en vuestro
corazón
Y las estrellas vigilen
vuestro camino.
BELLAEN DU HLJÓDHR
Cuando Eragon leyó el
mensaje a Saphira, ésta contestó:
No importa; después de la
cena de ayer, puedo pasar un tiempo sin comer nada. -Sin embargo, sí se había
tragado unos cuantos pasteles de semillas-. Sólo para no parecer maleducada
-explicó.
Cuando hubo terminado de
desayunar, Eragon llevó el fardo de ropa hasta su cama, lo deshizo con cuidado
y encontró dos túnicas largas y rojizas, bordadas con verde de moras de
perlilla, un juego de leotardos para calentarse las pantorrillas y tres pares de
calcetines tan suaves que le parecieron líquidos al tacto cuando los recorrió
con las manos. La calidad de la tela hubiera avergonzado a las tejedoras de
Carvahall, así como a quienes habían tejido la ropa de enano que llevaba hasta
entonces.
Eragon agradeció las nuevas
vestiduras. Su propia túnica y sus bombachos estaban por desgracia desgastados
por el viaje, tras semanas de exposición a la lluvia y al sol desde que
salieran de Farthen Dür. Se desnudó, se cubrió con una de las lujosas túnicas y
disfrutó de su textura sedosa.
Acababa de atarse las botas
cuando alguien llamó a la puerta de la habitación.
-Adelante -dijo, al tiempo
que cogía a Zar'roc.
Orik asomó la cabeza y luego
entró con cuidado, comprobando que el suelo resistiera bajo sus pasos. Miró el
techo:
-Siempre preferiré una
cueva, en vez de uno de estos nidos de pájaro. ¿Qué tal has pasado la noche,
Eragon? ¿Y tú, Saphira?
-Bastante bien. ¿Y tú?
-preguntó Eragon.
-He dormido como una roca.
-El enano soltó una risita por el chiste que acababa de hacer y luego hundió el
mentón en la barba y toqueteó la cabeza de su hacha-. Como veo que ya has
comido, te voy a pedir que me acompañes. Arya, la reina y un montón de elfos te
esperan en la base del árbol. -Clavó los ojos en Eragon con una mirada de mal
genio-. Está pasando algo que no nos han contado. No estoy seguro de qué
quieren de ti, pero es importante. Islanzadí está tensa como un lobo
arrinconado... Me ha parecido que debía avisarte de ante-mano.
Eragon le dio las gracias y
luego los dos bajaron por las escaleras mientras Saphira se deslizaba hasta el
suelo por el aire. Al llegar abajo, los recibió Islanzadí, ataviada con un
manto de alborotadas plumas de cisne que parecían nieve de invierno apilada en
el pecho de un cardenal. Los saludó y añadió:
-Seguidme.
El camino los llevó al borde
de Ellesméra, donde había pocos edificios y los caminos, de poco usados, apenas
se veían. En la base de un montículo arbolado, Islanzadí se detuvo y anunció
con voz terrible:
-Antes de proseguir, los
tres debéis jurar en el idioma antiguo que nunca hablaréis con extraños de lo
que vais a ver, al menos no sin mi permiso, el de mi hija o el de quien nos
suceda en el trono.
-Y ¿por qué debo amordazarme
yo mismo? -preguntó Orik.
Eso, ¿por qué?-dijo
Saphira-. ¿No os fiáis de nosotros?
-No es cuestión de confianza, sino de
seguridad. Hemos de proteger este conocimiento a cualquier coste, pues es
nuestra mayor ventaja sobre Galbatorix, y si estáis comprometidos por el idioma
antiguo, nunca revelaréis el secreto voluntariamente. Orik-vodhr, has venido a
supervisar la formación de Eragon. Si no me das tu palabra, ya puedes volverte
a Farthen Dür.
Al fin, Orik contestó:
-Creo que no deseáis ningún
mal a los enanos ni a los vardenos; si no, en ningún caso lo aceptaría. Y
entiendo por el honor de tu familia y de tu clan que esto no es una trama para
engañarnos. Explícame qué he de decir.
Mientras la reina enseñaba a
Orik la correcta pronunciación de la frase deseada, Eragon preguntó a Saphira:
¿Debo hacerlo?
¿Tenemos otra opción ?
Eragon recordó que Arya le
había preguntado lo mismo el día anterior y empezó a presentir lo que quería
decir: la reina no dejaba espacio para maniobrar.
Cuando terminó Orik,
Islanzadí miró expectante a Eragon. Éste dudó, pero al fin pronunció el
juramento, al igual que Saphira.
-Gracias -dijo Islanzadí-.
Ahora podemos proceder.
En lo alto del montículo,
los árboles cedían su lugar a un lecho de tréboles rojos que se extendían unos
cuantos metros hasta el borde de un precipicio de piedra. El precipicio se
alargaba cinco kilómetros en cada dirección y caía unos trescientos metros
hacia el bosque, que luego se extendía hasta fundirse con el cielo. Parecía que
estuvieran en el límite del mundo y contemplaran una infinita vastedad de
bosques.
«Conozco este sitio», se dio
cuenta Eragon, recordando su visión de Togira Ikonoka.
Zum. El aire tembló por la
fuerza de la sacudida. Zum. Otro golpe seco y los dientes de Eragon
castañetearon.
Zum. Se tapó los oídos con
los dedos para protegerlos de la presión de aquellas lanzas. Los elfos
permanecían inmóviles. Zum. Los tréboles se cimbrearon bajo una repentina
ráfaga de viento.
Zum. Desde la parte baja del
precipicio ascendió un enorme dragón dorado con un Jinete a su espalda.
Condena
Roran fulminó a Horst con la
mirada. Estaban en la habitación de Baldor. Roran estaba sentado en la cama,
escuchando al herrero, que decía:
-¿Qué esperabas que hiciera?
Cuando te desmayaste, ya no pudimos atacar. Además, los hombres no estaban en
condiciones de pelear. No se les puede culpar. Yo mismo estuve a punto de
morderme la lengua cuando vi a esos monstruos. -Horst agitó al aire su desordenada
melena-. Nos han arrastrado a uno de esos cuentos antiguos, Roran, y eso no me
gusta nada. -Roran permanecía con expresión pétrea-. Mira, puedes matar a los
soldados si quieres, pero antes has de recuperar las fuerzas. Tendrás muchos
voluntarios; la gente se fía de ti al pelear, sobre todo desde que ayer
derrotaste aquí a los soldados.
Al ver que Roran seguía
callado, Horst suspiró, le dio una palmada en el hombro bueno y abandonó la
habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Roran ni siquiera pestañeó.
En su vida, hasta entonces, sólo le habían importado tres co-sas: su familia,
su hogar en el valle de Palancar y Katrina. El año anterior habían aniquilado a
su familia. La granja estaba derruida y quemada, aunque todavía le quedaba la
tierra, que era lo más importante.
Pero Katrina ya no estaba.
Un sollozo ahogado superó el
nudo de hierro que tenía en la garganta. Se enfrentaba a un dilema que le
desgarraba las mismísimas entrañas: la única manera de rescatar a Katrina era
perseguir de algún modo a los ra'zac y dejar atrás el valle de Palancar, pero
no podía irse de Carvahall y abandonar a los soldados. Ni podía olvidar a
Katrina.
«Mi corazón o mi hogar»,
pensó con amargura. Ninguna de las dos cosas tenía el menor valor sin la otra.
Si mataba a los soldados, sólo evitaría el regreso de los ra'zac, acaso con
Ka-trina. Además, la matanza no tendría ningún sentido si estaban a punto de
llegar los refuer-zos, pues su aparición marcaría sin duda la derrota de
Carvahall.
Roran apretó los dientes
porque del hombro vendado surgía una nueva oleada de dolor. Cerró los ojos.
«Ojalá se coman a Sloan igual que a Quimby.» Ningún destino le parecía
demasiado terrible para el traidor. Roran lo maldijo con los más oscuros
juramentos.
«Incluso si pudiera
abandonar Carvahall, ¿cómo iba a encontrar a los ra'zac? ¿Quién sabe dónde
viven? ¿Quién se atrevería a delatar a los siervos de Galbatorix?» Mientras se
debatía con el problema, lo abrumó el desánimo. Se imaginó en una de aquellas
grandes ciudades del Imperio, explorando sin rumbo entre edificios sucios y
hordas de desconocidos, en busca de una pista, un atisbo, una pizca de su amor.
No tenía sentido.
Un río de lágrimas fluyó, y
Roran dobló la cintura, gruñendo por la fuerza de la agonía y del miedo. Se
balanceaba, sin ver otra cosa que la desolación del mundo.
Hubo de pasar un tiempo
infinito para que los sollozos de Roran se convirtieran en débiles quejidos de
protesta. Se secó los ojos y se obligó a tomar una profunda y temblorosa
bocanada de aire.
«Tengo que pensar», se dijo.
Se apoyó en la pared e,
impelido por la pura fuerza de su voluntad, empezó a dominar paulatinamente las
emociones desobedientes, luchando con ellas para someterlas a lo único que
podía salvarlo de la locura: la razón. El cuello y los hombros temblaban por la
violencia de sus esfuerzos.
Una vez recuperado el
control, Roran ordenó cuidadosamente sus pensamientos, como un artesano que
organizara en limpias hileras todos sus utensilios. «Tiene que haber una
solución escondida entre mis pensamientos, pero he de ser creativo.»
No podía seguir por aire a
los ra'zac. Eso estaba claro. Alguien tendría que decirle dónde encontrarlos;
entre todos aquellos a quienes podía preguntar, tal vez fueran los vardenos
quienes más supieran. En cualquier caso, le iba a costar tanto encontrarlos a
ellos como a los profanadores, y no podía perder tanto tiempo en la búsqueda.
Sin embargo... Una vocecilla escondida en su mente le recordó los rumores que
había oído a cazadores de pieles y comerciantes, según los cuales Surda apoyaba
en secreto a los vardenos.
Surda. El país quedaba al
fondo del Imperio, o eso había oído Roran, pues nunca había visto un mapa de
Alagaésia. En condiciones ideales, llegar a caballo costaría varias semanas, o
más todavía si tenía que esconderse de los soldados. Por supuesto, el medio de
transporte más rápido sería un barco de vela que recorriera la costa, pero eso
implicaba desplazarse hasta el río Toark y luego hasta Teirm para encontrar un
barco. Demasiado largo. Y seguía sin librarse de los soldados.
«Si pudiera, si fuera capaz,
si consiguiera...», murmuraba, apretando una y otra vez el puño izquierdo. El
único puerto al norte de Teirm era Narda, pero para llegar a él tenía que
cruzar de punta a punta las Vertebradas; una gesta que ni siquiera los cazadores
de pieles habían superado.
Maldijo en voz baja. Era una
conjetura inútil. «En vez de abandonar Carvahall, debería pensar en el modo de
salvarla.» Pero ya había decidido que la aldea y quienes permanecieran en ella
estaban condenados. Las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos. «Todos los que
se queden...»
«¿Y...? ¿Y si todos los
habitantes de Carvahall me acompañaran a Narda y luego a Surda?» Así cumplía
sus dos deseos a la vez.
La audacia de la idea lo
dejó aturdido.
Era una herejía, una
blasfemia, creer que convencería a los granjeros para que abandonaran sus
campos, y los comerciantes sus tiendas; y sin embargo... Y sin embargo, ¿qué
alternativa les quedaba, aparte de la esclavitud o la muerte? Sólo los vardenos
estarían dispuestos a dar refugio a unos fugitivos del Imperio, y Roran estaba
seguro de que a los rebeldes les encantaría disponer de todo un pueblo como
nuevos reclutas, sobre todo aquellos que ya se habían estrenado en la batalla.
Además, si se llevaba a los aldeanos, obtendría la confianza suficiente de los
vardenos, que estarían dispuestos a revelarle la ubi-cación de los ra'zac. «Tal
vez eso explique que Galbatorix esté tan desesperado por captu-rarme.»
Para que funcionara el plan,
sin embargo, había que ponerlo en marcha antes de que las nuevas tropas
llegaran a Carvahall. Sólo quedaban unos pocos días, como mucho, para preparar
la marcha de trescientas personas. Daba miedo pensar en la logística.
Roran sabía que la razón no
bastaría para persuadirlos a todos; haría falta un fervor mesiánico para agitar
las emociones de la gente, para lograr que sintieran en lo más profundo de sus
corazones la necesidad de renunciar a cuanto rodeaba sus vidas y sus
identidades. Tampoco bastaría con limitarse a instigar su miedo, pues sabía
perfectamente que el miedo a menudo empujaba a pelear con más determinación. En
lugar de eso, tenía que imbuirles de un sentido, de un destino, para lograr que
los aldeanos creyeran, como él, que unirse a los vardenos y ofrecer resistencia
a la tiranía de Galbatorix era la acción más noble del mundo.
Hacía falta una pasión capaz
de no verse intimidada por las penurias, disuadida por el sufrimiento o
sofocada por la muerte.
Roran vio mentalmente a
Katrina plantada ante él, pálida y fantasmagórica, con sus solemnes ojos
ambarinos. Recordó el calor de su piel, el especiado aroma de su cabello y la
sensación que le provocaba estar con ella bajo el manto de la oscuridad. Luego,
en una larga fila detrás de ella apareció la familia de Roran, los amigos,
todos sus conocidos de Carvahall, vivos o muertos. «Si no fuera por Eragon, y
por mí, los ra'zac no habrían venido jamás. Debo rescatar a la aldea del
Imperio, igual que debo rescatar a Katrina de las manos de esos profa-nadores.»
Esa visión le dio energía
para levantarse de la cama, aunque le ardía y punzaba el hombro herido. Se
tambaleó y se apoyó en la pared. «¿Alguna vez podré volver a usar el brazo
dere-cho?» Esperó a que cediera el dolor. Al ver que no cedía, mostró los dientes,
se levantó de un empujón y salió de la habitación.
Elain estaba plegando
toallas en el vestíbulo. Sorprendida, exclamó:
-¡Roran! ¿Qué haces...?
-Ven -gruñó él al pasar por
su lado, tambaleándose.
Con un marcado gesto de
preocupación, Baldor asomó por el umbral.
-Roran, no deberías caminar.
Has perdido demasiada sangre. Déjame ayudarte a...
-Venid.
Roran oyó que lo seguían
mientras bajaba por la escalera de caracol hacia la entrada de la casa, donde
Horst y Albriech estaban hablando. Lo miraron asombrados.
-Venid.
Ignoró la catarata de
preguntas, abrió la puerta delantera y salió bajo la débil luz del anochecer.
En lo alto había una imponente masa de nubes con encajes de oro y púrpura.
A la cabeza del pequeño
grupo, Roran avanzó hasta el límite de Carvahall, repitiendo su mensaje de dos
sílabas a cualquier hombre o mujer que se cruzara en su camino. Arrancó del
fango una antorcha montada en una pértiga, giró sobre sí mismo y desanduvo el
camino hasta el centro del pueblo. Allí plantó la antorcha entre sus dos pies,
alzó el brazo izquierdo y rugió:
-¡Venid!
La voz resonó en todo el
pueblo. Siguió llamándolos mientras la gente salía de las casas y de los
sombríos callejones y empezaba a reunirse en torno a él. Muchos tenían
curiosidad; otros, pena; algunos, asombro, y otros, enfado. Una y otra vez, el
canto de Roran llegó hasta el valle. Apareció Loring, con sus hijos en fila
tras él. Por el lado contrario llegaron Birgit, Delwin y Fisk con su mujer,
Isold. Morn y Tara salieron juntos de la taberna y se unieron al grupo de
espectadores.
Cuando ya tenía a casi todo
Carvahall delante, Roran guardó silencio y tensó el puño izquierdo de tal modo
que se le clavaron las uñas en la palma. Katrina. Alzó la mano, la abrió y
mostró a todo el mundo las lágrimas encarnadas que goteaban por su brazo.
-Esto -les dijo- es mi
dolor. Miradlo bien, porque será vuestro si no derrotamos la maldición que nos
ha enviado el caprichoso destino. Atarán a vuestros amigos y parientes con
cadenas y los destinarán a la esclavitud en tierras extranjeras, o los matarán
ante vuestros ojos, abiertos en canal por los filos despiadados de las armas de
los soldados. Galbatorix sembrará nuestra tierra con sal para que quede estéril
para siempre. Lo he visto. Lo sé.
Caminaba de un lado a otro
como un lobo enjaulado, con el ceño fruncido, y meneaba la cabeza. Había
captado su interés. Ahora necesitaba avivarlos en un arrebato similar al suyo.
-Esos profanadores mataron a
mi padre. Mi primo se ha ido. Arrasaron mi granja. Y mi prometida fue
secuestrada por su propio padre, que mató a Byrd y nos traicionó a todos. Se
comieron a Quimby, incendiaron el granero y las casas de Fisk y Delwin. Parr, Wyglif,
Ged, Bardrick, Farold, Hale, Garner, Kelby, Melkolf, Albem y Elmund: todos
asesinados. Muchos estáis heridos como yo y ya no podéis mantener a vuestras
familias. ¿No teníamos suficiente con sufrir cada día de nuestra vida para
arrancarle el sustento a la tierra, sometidos a los caprichos de la naturaleza?
¿No teníamos suficiente con la obligación de pagar impuestos de hierro a
Galbatorix, que encima nos toca aguantar estos tormentos sin sentido?
Roran se rió como un
maníaco, aulló al cielo y escuchó la locura de su propia voz. En la muchedumbre
nadie se movía.
-Yo conozco la verdadera
naturaleza del Imperio y de Galbatorix: ellos son el mal. Galbatorix es una
plaga perversa para el mundo. Destruyó a los Jinetes y terminó con la ma-yor
paz y prosperidad que habíamos disfrutado jamás. Sus siervos son demonios apestosos
que vieron la luz en algún viejo pozo. ¿Acaso se contenta Galbatorix con
aplastarnos bajo su bota? ¡No! Quiere envenenar toda Alagaésia para sofocarnos
con su capa de miserias. Nuestros hijos y todos sus descendientes vivirán a la
sombra de su oscuridad hasta el fin de los tiempos, convertidos en esclavos,
gusanos, alimañas de cuya tortura obtendrá placer. Salvo que... -Roran miró con
los ojos bien abiertos a los aldeanos, consciente del control que había
obtenido sobre ellos. Nadie se había atrevido jamás a decir lo que estaba a
punto de decir él. Dejó que su voz sonara grave en la garganta-. Salvo que
tengamos el coraje de enfrentarnos al mal. Hemos luchado contra los soldados y
los ra'zac, pero eso no significa nada si morimos solos y nos olvidan, o si nos
sacan de aquí en carretas como si fuéramos muebles. No podemos quedarnos, y yo
no voy a permitir que Galbatorix destruya todo aque-llo por lo que merece la
pena vivir. Antes que verlo triunfar, preferiría que me sacaran los o-jos y me
cortaran las manos. ¡He escogido pelear! ¡He escogido alejarme de la tumba y
dejar que se entierren en ella mis enemigos!
»He escogido abandonar
Carvahall. «Cruzaré las Vertebradas y tomaré un barco en Nar-da para llegar a
Surda, donde me uniré a los vardenos, que llevan décadas luchando para
li-brarnos de esta opresión. -Los aldeanos parecían impresionados por la idea-.
Pero no quiero ir solo. Venid conmigo. Venid conmigo y aprovechad esta
oportunidad de buscar una vida mejor. Soltad los grilletes que os atan a este
lugar. -Roran señaló a quienes lo escuchaban, pasando el dedo de uno a otro-.
Dentro de cien años, ¿qué nombres cantarán los labios de los bardos? Horst...
Birgit... Kiselt... Thane; recitarán nuestras sagas. Cantarán la Epopeya de
Carvahall, porque seremos el único pueblo con el valor suficiente para desafiar
al Imperio.
Lágrimas de orgullo brotaban
de los ojos de Roran.
-¿Hay algo más noble que
borrar la mancha de Galbatorix de Alagaésia? Ya no viviríamos con miedo de que
nos destrocen las granjas, o de que nos maten y se nos coman. El grano que
cosechamos sería para nosotros, salvo por los sobrantes que enviaríamos como
regalo a algún rey justo. El oro correría por nuestros ríos y arroyos.
¡Estaríamos a salvo, felices y gordos!
»Es nuestro destino.
Roran alzó una mano ante la
cara y cerró lentamente los dedos sobre las heridas sangrantes. Se quedó
encorvado por el brazo herido -y crucificado por las miradas- y esperó alguna
respuesta a su discurso. Nadie se acercó. Al fin se dio cuenta de que querían
que siguiera; querían saber más de la causa y el futuro que les había descrito.
Katrina.
Entonces, mientras la
oscuridad se apiñaba más allá del radio de luz de su antorcha, Roran se puso
tieso y arrancó a hablar de nuevo. No escondió nada, sólo se esforzó por lograr
que entendieran lo que pensaba y sentía para que también ellos pudieran compartir
la sensación de responder a un propósito.
-Nuestra era se termina.
Hemos de dar un paso adelante y unir nuestro destino al de los vardenos si
queremos vivir en libertad con nuestros hijos.
Hablaba con ira, pero al
mismo tiempo con dulzura y siempre con aquella ferviente con-vicción que
mantenía en trance a su audiencia. Cuando se le terminaron las imágenes, Roran
miró a la cara a sus amigos y vecinos y dijo:
-Partiré dentro de dos días.
Acompañadme si queréis, pero yo me voy igual.
Agachó la cabeza y se apartó
de la luz.
En lo alto, la luna
menguante brillaba tras la lente de las nubes. Una leve brisa recorrió
Carvahall. Una veleta de hierro crujió en un tejado para seguir la dirección
del viento.
Birgit abandonó la
muchedumbre y se abrió camino hasta la antorcha, alzando los bajos de su
vestido para no tropezar. Con expresión apagada, se ajustó el chal.
-Hoy hemos visto... -Se
detuvo, meneó la cabeza y se echó a reír con algo de vergüenza-. Me resulta
difícil hablar después de Roran. No me gusta su plan, pero creo que es
necesario, aunque por una razón distinta: quiero perseguir a los ra'zac y
vengar la muerte de mi mari-do. Iré con él. Y me llevaré a mis hijos.
También ella se apartó de la
luz.
Transcurrió un minuto en
silencio, y luego Delwin y su mujer, Lenna, avanzaron abrazados. Lenna miró a
Birgit y dijo:
-Entiendo tu necesidad,
hermana. Nosotros también queremos venganza, pero aún quere-mos más que
nuestros hijos estén a salvo. Por esa razón iremos también con él.
Diversas mujeres cuyos
maridos habían sido asesinados dieron un paso adelante y se mostraron de
acuerdo.
Los aldeanos murmuraban
entre ellos, pero luego se quedaron quietos y callados. Nadie parecía atreverse
a hablar del asunto: era demasiado repentino. Roran lo entendió. Él mismo
necesitaba tiempo para digerir las implicaciones.
Al fin, Horst se adelantó
hacia la antorcha y miró la llama con rostro concentrado.
-Ya no sirve de nada seguir
hablando... Necesitamos tiempo para pensar. Cada hombre debe decidir por sí
mismo. Mañana... Mañana será otro día. Quizás entonces todo esté más claro.
Tras menear la cabeza,
levantó la antorcha, le dio la vuelta y la clavó bocabajo para apa-garla contra
el suelo, dejando a todos con la luz de la luna como única guía para encontrar
el camino de vuelta a casa.
Roran se unió a Albriech y
Baldor, que caminaban a una discreta distancia detrás de sus padres para que
pudieran hablar en privado. Ninguno de los hermanos miró a Roran. Inquieto por
su falta de respuesta, Roran les preguntó:
-¿Creéis que vendrá alguien
más? ¿Lo he hecho bien?
Albriech soltó un ladrido de
risa:
-¿Bien?
-Roran -dijo Baldor, con una
voz extraña-, esta noche hubieras convencido a un úrgalo para que se
convirtiera en granjero.
-¡No!
-Cuando has terminado,
estaba a punto de coger mi lanza y salir corriendo hacia las Vertebradas detrás
de ti. Y no hubiera sido el único. La pregunta no es quién irá, sino quién se
va a quedar. Lo que has dicho... Nunca había oído nada igual.
Roran frunció el ceño. Su
intención había sido que la gente aceptara su plan, no que ló siguieran a él
personalmente. «Si ha de ser así...», concluyó, encogiéndose de hombros. De
todos modos, la perspectiva le cogía por sorpresa. En otro tiempo le hubiera
inquietado, pero ahora se limitaba a agradecer cualquier cosa que contribuyera
a rescatar a Katrina y salvar a los aldeanos.
Baldor se inclinó hacia su
hermano:
-Papá perderá casi todas sus
herramientas.
Albriech asintió con
solemnidad.
Roran sabía que los herreros
se preparaban cualquier utensilio que necesitaran, y que luego esas
herramientas hechas a mano conformaban un legado que pasaba de padre a hijo, o
de maestro a aprendiz. Una forma de medir la riqueza y la habilidad de un herrero
consistía en saber cuántas herramientas tenía. Para Hoorst, renunciar a las
suyas no sería... «No sería más difícil que lo que deberán hacer los demás»,
pensó Roran. Sólo lamentaba que eso implicara dejar a Albriech y Baldor sin su
justa herencia.
Cuando llegaron a casa,
Roran se retiró a la habitación de Baldor y se acostó. A través de los muros,
le llegaba el leve sonido de las voces de Horst y Elain. Se quedó dormido
imaginando que la misma conversación se estaría repitiendo en todo Carvahall para
decidir su destino. El suyo y el de los demás.
Repercusiones
A la mañana siguiente de su discurso,
Roran miró por la ventana y vio a doce hombres que abandonaban Carvahall en
dirección a las cataratas de Igualda. Bostezó y bajó a la cocina por las
escaleras.
Horst estaba solo, sentado a
la mesa con una jarra de cerveza entre las manos nerviosas.
-Buenos días -le dijo.
Roran gruñó, arrancó un
currusco de pan de la barra que había sobre el mostrador y se sentó al otro
lado de la mesa. Mientras comía, notó que Horst tenía los ojos inyectados en
sangre y la barba descuidada. Roran supuso que el herrero había pasado toda la
noche en vela.
-¿Sabes por qué hay un grupo
que sube...?
-Tienes que hablar con sus
familias -dijo Horst, abruptamente-. Desde el alba están todos corriendo hacia
las Vertebradas. -Soltó la jarra con un crac-. Roran, no tienes ni idea de lo
que has hecho al pedirnos que nos vayamos. Todo el pueblo está agitado. Nos
empujaste contra un rincón que sólo permitía una salida: la que querías tú.
Algunos te odian por ello. Claro que muchos ya te odiaban antes por habernos
traído esta desgracia.
En la boca de Roran el pan
sabía a serrín a medida que aumentaba su resentimiento.
Fue Eragon quien trajo la
piedra, no yo.
-¿Y los demás?
Horst bebió un trago de
cerveza e hizo una mueca.
-Los demás te adoran. Nunca
pensé que vería llegar el día en que el hijo de Garrow me removiera el corazón
con sus palabras, pero lo hiciste, muchacho, lo hiciste. -Se pasó una mano
nudosa por la cabeza-. ¿Ves todo esto? Lo construí para Elain y mis hijos. ¡Me
costó siete años terminarlo! ¿Ves esa viga de ahí, encima de la pared? Me partí
tres dedos de los pies para ponerla en su sitio. Y ¿sabes qué? Voy a renunciar
a ello sólo por lo que dijiste anoche.
Roran guardó silencio; era
lo que quería. Abandonar Carvahall era la decisión adecuada y, como se había
comprometido con esa salida, no veía razón alguna para atormentarse con culpas
y lamentos. «La decisión está tomada. Aceptaré el resultado sin quejarme, por
funesto que sea, pues es nuestra única huida del Imperio.»
-Pero -dijo Horst, al tiempo
que se apoyaba en un codo y sus ojos negros ardían bajo las cejas- recuerda que
si la realidad no se acerca a los etéreos sueños que has conjurado, habrá
deudas que pagar. Dale esperanza a la gente y luego quítasela: te destrozarán.
A Roran no le preocupaba esa
perspectiva. «Si llegamos a Surda, los rebeldes nos recibi-rán como a héroes.
Si no, nuestra muerte pagará todas las deudas.»
Cuando pareció claro que el
herrero había terminado, Roran preguntó:
-¿Dónde está Elain?
Host frunció el ceño por el
cambio de tema:
-En la parte trasera. -Se
levantó y se alisó la túnica sobre los gruesos hombros-. Tengo que recoger el
taller y decidir qué herramientas me voy a llevar. Las demás las esconderé, o
las destruiré. El Imperio no se va a beneficiar de mi trabajo.
-Te ayudo.
Roran empujó la silla hacia
atrás.
-No -contestó bruscamente
Horst-. Esa tarea sólo puedo hacerla con Albriech y Baldor. La forja ha sido
toda mi vida, y la suya... Además, con ese brazo tampoco ayudarías mucho.
Quédate aquí. Elain necesitará tu ayuda.
Cuando se fue el herrero,
Roran abrió la puerta trasera y vio a Elain hablando con Gertrude junto al gran
montón de leña que Horst conservaba todo el año. La sanadora se acercó a Roran
y le puso una mano en la frente:
-Ah, temía que tuvieras
fiebre después de la excitación de ayer. Los de tu familia os curáis con una
rapidez extraordinaria. Cuando Eragon echó a andar después de despellejarse las
piernas y pasarse dos días en cama, no me lo podía creer. -Roran se puso tenso
al oír la mención de su primo, pero ella no pareció darse cuenta-. Vamos a ver
qué tal va el hombro, ¿no?
Roran agachó la cabeza para
que Gertrude pudiera pasar una mano y desatar el nudo del cabestrillo de lana.
Cuando lo hubo soltado, Roran bajó con cuidado el brazo derecho, enta-blillado,
hasta que quedó estirado. Gertrude pasó los dedos bajo la cataplasma que cubría
la herida y la descubrió.
-Uy, vaya... -dijo.
Un olor rancio y espeso se
atascó en el aire. Roran apretó los dientes para retener una náusea y luego
bajó la mirada. La piel, bajo la cataplasma, se había vuelto blanca y
esponjosa, como un lunar gigantesco de carne infestada de gusanos. Le habían
cosido la mordedura mientras estaba inconsciente, de modo que sólo vio una
línea irregular y rosada, manchada de sangre, en la parte delantera del hombro.
Por culpa de la hinchazón y la inflamación, los hilos de tripa de gato se le
habían clavado en la carne y unas perlas de líquido claro asoma-ban por la
herida.
Gertrude chasqueó la lengua
mientras lo inspeccionaba y luego ató de nuevo los vendajes y miró a Roran a
los ojos:
-Vas bastante bien, pero el
tejido podría infectarse. Aún no lo puedo saber. Si se infecta, tendremos que
cauterizarte el hombro.
Roran asintió:
-¿Podré mover el hombro
cuando esté curado?
-Si el músculo se suelda
bien, sí. También depende de lo que quieras hacer con él. Podrás...
-¿Podré pelear?
-Si quieres pelear -dijo
Gertrude lentamente-, te sugiero que aprendas a usar la mano derecha.
Le dio una palmada en la
mejilla y se fue corriendo a su cabaña.
«Mi brazo.» Roran se quedó
mirando el brazo vendado como si ya no le perteneciera. Hasta entonces no se
había dado cuenta de en qué medida su identidad estaba ligada a la condición de
su cuerpo. Una herida en su carne era una herida en su psique, y viceversa.
Roran estaba orgulloso de su cuerpo, y verlo mutilado le provocó un sobresalto
de pánico, sobre todo porque el daño era permanente. Incluso si recuperaba el
uso del brazo, llevaría siempre una gruesa cicatriz como recuerdo de la herida.
Elain lo tomó de la mano y
lo llevó al interior de la casa, donde partió hojas de menta en una pava y la
puso a hervir en la estufa.
-La quieres de verdad, ¿no?
-¿Qué?
Roran la miró, sorprendido.
Elain se llevó una mano al
vientre.
-A Katrina. -Sonrió-. No
estoy ciega. Sé lo que has hecho por ella y estoy orgulloso de ti. No muchos
hombres hubieran llegado a tanto.
-Si consigo liberarla, no
importará.
La pava empezó a silbar con
estridencia.
-Lo conseguirás, estoy
segura. De alguna manera... -Elain sirvió la infusión-. Será mejor que
empecemos a prepararnos para el viaje. Voy a repasar la cocina primero.
Mientras tanto, puedes subir y traerme toda la ropa, las sábanas y cualquier
cosa que te parezca útil.
-¿Dónde lo dejo? -preguntó
Roran.
-En el comedor estará bien.
Como las montañas eran
demasiado empinadas para los carros _y el bosque demasiado denso-, Roran se dio
cuenta de que tendrían que limitar las provisiones a lo que pudiera llevar cada
uno, aparte de lo que pudiera apilarse en los dos caballos de Horst, aunque uno
de ellos debería quedar suficientemente aliviado para poder llevar a Elain
cuando el camino fuese demasiado duro para su embarazo.
El problema se agravaba
porque algunas familias de Carvahall no tenían monturas suficientes para cargar
con las provisiones y con los ancianos, niños y enfermos incapaces de seguir el
camino a pie. Todos tendrían que compartir recursos. Sin embargo, la cuestión
era ¿con quién? Aún no sabían quién más iría, aparte de Birgit y Delwin.
Así, cuando Elain terminó de
empaquetar los objetos que le parecieron esenciales -sobre todo comida y ropa
de abrigo-, envió a Roran a averiguar si alguien necesitaba más espacio para
guardar sus cosas o si, al contrario, alguien podía prestarle ese espacio a
ella, pues había muchos objetos no esenciales que hubiera preferido llevarse
pero estaba dispuesta a aban-donar.
Pese a la gente que se
ajetreaba por las calles, en Carvahall se notaba el peso de una quietud
forzada, una calma artificial que contradecía la actividad febril que se
escondía en las casas. Casi todo el mundo guardaba silencio y caminaba con la
cabeza gacha, encerrados en sus propios pensamientos.
Cuando Roran llegó a casa de
Orval tuvo que golpear la aldaba durante casi un minuto hasta que el granjero
acudió a la puerta.
-Ah, eres tú, Martillazos.
-Orval salió al porche-. Perdón por la espera, pero estaba ocupa-do. ¿En qué
puedo ayudarte?
Golpeó la pipa, larga y
negra, contra la palma de la mano y luego se puso a rodarla entre los dedos,
nervioso. Dentro de la casa, Roran oyó que alguien arrastraba sillas por el
suelo, así como el entrechocar de ollas y sartenes.
Roran explicó enseguida la
petición y el ofrecimiento de Elain. Orval miró al cielo con los ojos
fruncidos.
-Creo que tengo espacio
suficiente para mis cosas. Pregunta por ahí y, si necesitas espacio, tengo un
par de bueyes que aún pueden soportar algo más de carga. -Entonces... ¿venís?
Orval se balanceó, incómodo.
-Bueno, yo no diría eso.
Sólo nos estamos... preparando por si vuelven a atacar. -Ah.
Perplejo, Roran caminó con
dificultad hasta la casa de Kiselt. Pronto descubrió que nadie estaba dispuesto
a revelar si habían decidido irse, por mucho que las pruebas de sus
prepa-rativos estuvieran a la vista.
Y todos trataban a Roran con
una deferencia que le resultaba inquietante. Se manifestaba en pequeños gestos:
ofrecimientos de condolencias por su desgracia, silencio respetuoso siempre que
hablaba y murmullos de asentimiento cuando afirmaba algo. Era como si sus obras
hubieran agigantado su estatura e intimidaran a aquellos que lo conocían desde
la infancia, distanciándolos.
«Estoy marcado», pensó
Roran, mientras cojeaba en el fango. Se detuvo junto a un charco y se agachó
para ver su reflejo, curioso por descubrir qué lo hacía tan distinto.
Vio a un hombre vestido con
ropas ajadas y empapadas de sangre, con la espalda encorvada y un brazo
retorcido y atado sobre el pecho. Una barba incipiente oscurecía el cuello y
las mejillas, y el pelo se enmarañaba en cuerdas que se retorcían para crear un
halo en torno a su cabeza. Lo más aterrador de todo, sin embargo, eran sus
ojos, que, muy hundidos en las cuencas, le daban aspecto de embrujado. Desde
aquellas dos cavernas, su mirada hervía como hierro fundido, llena de pérdida,
rabia y un ansia obsesiva.
Una sonrisa ladeada cruzó el
rostro de Roran y su cara adoptó un aspecto aún más sorprendente. Le gustaba
aquella pinta. Encajaba con sus sentimientos. Ahora entendía cómo había logrado
influir en los aldeanos. Mostró los dientes. «Puedo usar esta imagen. Puedo
usarla para destruir a los ra'zac.»
Alzó la cabeza y caminó
arrastrando los pies calle arriba, contento. Thane se acercó y le agarró el
antebrazo izquierdo con un apretón sentido.
-¡Martillazos! No sabes
cuánto me alegro de verte.
-¿Te alegras?
Roran se preguntó si el
mundo entero se había vuelto del revés durante la noche.
Thane asintió con vigor.
-Desde que atacaron los
soldados, todo me ha parecido inútil. Me duele admitirlo, pero así era. Me daba
saltos el corazón a todas horas, como si estuviera a punto de caer en un pozo;
me temblaban las manos, y me sentía terriblemente enfermo. ¡Creía que me habían
en-venenado! Era peor que la muerte. Pero lo que dijiste ayer me curó al
instante y me permitió ver de nuevo un propósito y un sentido en el mundo... No
puedo ni empezar a explicarte el horror del que me salvaste. Estoy en deuda
contigo. Si necesitas o quieres cualquier cosa, no tienes más que pedírmelo y
te ayudaré.
Conmovido, Roran devolvió al
granjero el apretón en el antebrazo y dijo:
-Gracias, Thane. Gracias.
Thane agachó la cabeza con
lágrimas en los ojos y luego soltó a Roran y lo dejó solo en medio de la calle.
«¿Qué habré hecho?»
Éxodo
Un muro de aire espeso y
cargado de humo envolvió a Roran cuando entró en el Seven Sheaves, la taberna
de Morn. Se detuvo bajo los cuernos de úrgalo colgados sobre la puerta y esperó
a que sus ojos se adaptaran a la penumbra del interior.
-¿Hola? -llamó.
La puerta de las
habitaciones traseras se abrió de golpe y apareció Tara, seguida por Morn. Los
dos fulminaron con una hosca mirada a Roran. Tara plantó los gruesos puños en
las caderas y preguntó: -¿A qué has venido?
Roran fijó en ella la mirada
mientras intentaba determinar el origen de su animadversión.
-¿Habéis decidido si me vais
a acompañar a las Vertebradas?
-No es de tu incumbencia
-contestó Tara con brusquedad.
«Vaya si lo es», pensó
Roran, pero se contuvo y dijo: -Sea cual sea vuestra intención, si decidierais
venir, Elain quisiera saber si os queda espacio en las bolsas para unas cuantas
cosas o si, al contrario, necesitáis también más espacio. Tiene...
-¡Espacio de sobra! -estalló
Morn. Señaló la pared trasera de la barra, tapada por toneles de roble-. Tengo,
empacados en paja, doce barriles de la más clara cerveza de invierno que se han
conservado a la temperatura perfecta durante los últimos cinco meses. ¡Son los
últimos que preparó Quimby! ¿Qué se supone que debo hacer con ellos? ¿Y con mis
propias cubas de cerveza clara y negra? Si los dejo, los soldados se la
tragarán en una semana o agujerearán los barriles y la derramarán por el suelo,
donde las únicas criaturas que podrán disfrutarla serán las larvas y los
gusanos. ¡Oh! -Morn se sentó y se retorció las manos al tiempo que meneaba la
cabeza-. ¡Doce años de trabajo! Desde que murió mi padre, llevé la taberna
igual que él, día sí y día también. Y entonces Eragon y tú tuvisteis que crear
este problema. Es...
Se detuvo, respirando con
dificultad, y se secó la cara machacada con el borde de la manga.
-Bueno, bueno, venga -dijo
Tara. Le pasó un brazo por encima a Morn y señaló a Roran con un dedo
acusatorio-. ¿Quién te dio permiso para agitar Carvahall con tus palabras
caprichosas? Si nos vamos, ¿cómo se va a ganar la vida mi marido? No puede
llevarse consigo su negocio, como Horst o Gedric. No puede instalarse en una
granja vacía y sus campos abandonados, como tú. ¡Imposible! Se irá todo el
mundo y nosotros nos moriremos de hambre. Y si nos vamos, también nos moriremos
de hambre. ¡Nos has arruinado!
Roran pasó la mirada del
rostro enrojecido y furioso de Tara al de Morn, consternado, y luego se dio la
vuelta y abrió la puerta. Se detuvo en el umbral y dijo en voz baja:
-Siempre os he contado entre
mis amigos. No puedo permitir que el Imperio os mate.
Salió, se estiró bien el
chaleco y se alejó de la taberna sin dejar de rumiar.
Se detuvo a beber en el pozo
de Fisk, y Birgit se unió a él. Vio cómo se esforzaba por dar vueltas a la
manivela con una sola mano, se ocupó de ella, subió el cubo de agua y se lo
pasó sin beber. Roran bebió un trago del fresco líquido y dijo:
-Me alegro de que vengas.
Le devolvió el cubo. Birgit
lo miró.
-Reconozco la fuerza que te
empuja, Roran, porque es la misma que me mueve a mí: los dos queremos encontrar
a los ra'zac. Sin embargo, cuando al fin los encontremos, me compensarás por la
muerte de Quimby. No lo olvides.
Soltó el cubo lleno dentro
del pozo y lo dejó caer sin control, mientras la manivela giraba enloquecida.
Un segundo después, el eco de un chapuzón ahogado resonó en el pozo.
Roran sonrió mientras la
veía alejarse. Más que molestarle, aquella declaración le com-placía: sabía
que, incluso si todos los demás habitantes de Carvahall abandonaban la causa o
morían, Birgit seguiría ayudándole a perseguir a los ra'zac. Sin embargo, más
adelante -si es que todavía quedaba un más adelante- tendría que pagar su deuda
con ella o matarla. Era la única manera de resolver esa clase de asuntos.
Al atardecer, Horst y sus
hijos habían vuelto a la casa con dos pequeños fardos envueltos en hule. -¿Eso
es todo? -preguntó Elain.
Horst asintió de manera
cortante, soltó los fardos sobre la mesa de la cocina y los deshizo para
exponer cuatro martillos, tres tenazas, un torno, un fuelle de tamaño mediano y
un yunque de casi dos kilos.
Cuando se sentaron los cinco
a cenar, Albriech y Baldor hablaron de la gente a quien habían visto hacer
preparativos de manera encubierta. Roran escuchó atentamente con la intención
de seguir la pista de quién había prestado sus asnos a quién, quién no daba
mues-tras de estar a punto de partir y quién podía necesitar ayuda para la
partida.
-El mayor problema -dijo
Baldor- es la comida. Sólo podemos cargar una cierta cantidad, y en las
Vertebradas será difícil cazar tanto como para alimentar a doscientas o
trescientas personas.
-Mmm. -Horst meneó un dedo,
con la boca llena de judías, y al fin tragó-. No, cazar no servirá. Nos tenemos
que llevar los rebaños. Entre todos, tenemos corderos y cabras para alimentar a
toda la gente durante un mes, o más.
Roran alzó el cuchillo.
-Lobos.
-A mí me preocupa más evitar
que los animales se metan en el bosque -replicó Horst-. Pastorearlos dará mucho
trabajo.
Roran se pasó el día
siguiente ayudando a cuantos pudo, habló poco y por lo general dejó que la
gente lo viera trabajar por el bien del pueblo. A última hora de la noche se
desplomó en la cama, exhausto pero esperanzado.
La llegada del amanecer
desgarró sus sueños y lo despertó con una sensación de expectación excepcional.
Se levantó, bajó las escaleras de puntillas, salió de la casa y se quedó
mirando las montañas entre la bruma, absorbidas por el silencio de la mañana.
Su aliento generaba una nube blanca en el aire, pero se sentía caliente porque
su corazón latía con fuerza, empujado por el miedo y la ansiedad.
Tras un ligero desayuno,
Horst llevó los caballos a la parte delantera de la casa, donde Roran ayudó a
Albriech y Baldor a cargarlos con las alforjas y algunos fardos llenos de
provisiones. Luego tomó su propia bolsa y rechistó con fuerza cuando la correa
de piel se clavó en su herida.
Horst cerró la puerta de la
casa. Se quedó un momento quieto con los dedos en el picaporte de hierro y
luego tomó la mano de Elain y dijo:
-Vayámonos.
Mientras recorrían
Carvahall, Roran vio familias sombrías reunidas en torno a sus casas con sus
posesiones amontonadas y sus quejosos ganados. Vio corderos y perros con bolsas
atadas a los lomos, críos llorosos montados en asnos y trineos improvisados atados
a los caballos con cajones llenos de pollos agitados a ambos lados. Vio los
frutos de su éxito y no supo si reír o llorar.
Se detuvieron en el extremo
norte de Carvahall y esperaron para ver quién se unía a ellos. Al cabo de un
minuto se acercó desde un lado Birgit, acompañada por Nolfavrell y los gemelos,
más jóvenes. Birgit saludó a Horst y Elain y se quedó a su lado.
Ridley y su familia llegaron
al otro lado de la muralla de árboles, desde la zona este del valle de
Palancar, seguidos por más de un centenar de corderos.
-Me pareció que era mejor
mantenerlos fuera de Carvahall -gritó Ridley por encima de los animales.
-¡Bien pensado! -respondió
Horst.
Luego llegaron Delwin, Lenna
y sus cinco hijos; Orval y su familia; Loring con sus hijos; Calitha y Thane,
que dirigió a Roran una gran sonrisa, y luego el clan de Kiselt. Las mujeres
que acababan de enviudar, como Nolla, se apiñaron en torno a Birgit. Antes de
que el sol iluminara los picos de las montañas, casi todo el pueblo se había
reunido junto al muro. Pero no todos.
Morn, Tara y otros todavía
tenían que aparecer, y cuando llegó Ivor, lo hizo sin ninguna provisión.
-Os quedáis -observó Roran.
Rodeó un grupo de cabras
malhumoradas que Gertrude trataba de refrenar.
-Sí -respondió Ivor,
arrastrando la palabra en un débil asentimiento. Se estremeció, cruzó los
huesudos brazos para calentarse, se encaró al sol saliente y alzó la cabeza
como si quisiera atrapar los rayos transparentes-. Svart se ha negado a irse.
¡Ah! Para empezar, intentar convencerlo para que entrase en las Vertebradas era
como luchar contra mí mismo. Alguien tiene que cuidar de él, y como yo no tengo
hijos... -Se encogió de hombros-. De todas formas, no sería capaz de renunciar
a mi granja.
-¿Qué haréis cuando lleguen
los soldados?
-Ofrecerles una batalla que
no olvidarán jamás.
Roran se rió con la voz
quebrada y dio una palmada a Ivor en el brazo, esforzándose por ignorar el
silenciado destino que ambos sabían esperaba a quienes se quedaran. Ethlbert,
un hombre delgado de mediana edad, se acercó al borde de la congregación y gritó:
-¡Sois todos idiotas! -Con
un murmullo de mal presagio la gente se dio la vuelta para mirar al acusador-.
He guardado silencio en medio de esta locura, pero no pienso seguir a un loco
charlatán. Si no os hubieran cegado sus palabras, veríais que os lleva a la
destrucción. Bueno, pues yo no voy. Me arriesgaré a colarme entre los soldados
y encontrar refugio en Therinsford. Al menos son de los nuestros, no como los
bárbaros que os esperan en Surda.
Escupió en el suelo, se dio
la vuelta y se alejó a grandes zancadas.
Temeroso de que Ethlbert
pudiera convencer a otros para que lo abandonaran, Roran estudió a la
muchedumbre y se tranquilizó al no ver más que un murmullo inquieto. Aun así,
no quería entretenerse y darles la oportunidad de cambiar de opinión. En voz
baja, preguntó a Horst:
-¿Cuánto hemos de esperar?
-Albriech, tú y Baldor íd
corriendo tan rápido como podáis y comprobad si viene alguien más. Si no, nos
vamos.
Los dos hermanos salieron
disparados en direcciones contrarias.
Media hora después regresó
Baldor con Fisk, Isold y su caballo prestado. Isold se apartó de su marido y se
acercó corriendo a Horst, espantando con las manos a cualquiera que se
interpusiera en su camino y sin darse cuenta de que casi todo el cabello se había
zafado de la encerrona del moño y asomaba en extraños penachos. Se detuvo y
resolló en busca de aire:
-Lamento que lleguemos tan
tarde, pero a Fisk le ha costado cerrar la tienda. No podía escoger qué
cepillos o escoplos traerse. -Se rió en un tono agudo, casi histérico-. Era
como ver a un gato rodeado de ratones y tratando de decidir a cuál iba a dar caza.
Primero éste, luego el otro...
Una sonrisa irónica abrió
los labios de Horst.
-Lo entiendo perfectamente.
Roran se puso de puntillas
para atisbar a Albriech, pero no lo consiguió. Apretó los dientes.
-¿Dónde está?
Horst le tocó el hombro.
-Por ahí, creo.
Albriech avanzaba entre las
casas con tres toneles de cerveza atados a la espalda, y su rostro ofendido
resultaba tan cómico que Baldor y otros se echaron a reír. A ambos lados de
Albriech caminaban Morn y Tara, tambaleándose bajo el peso de sus enormes morrales,
igual que el asno y las dos cabras que arrastraban tras ellos. Para asombro de
Roran, los animales cargaban con más toneles.
-No durarán ni un kilómetro
-dijo Roran, molesto por la estupidez de la pareja-. Y no traen nada de comida.
¿Esperan que les demos de comer o...?
Horst lo cortó con una
risilla.
-Yo no me preocuparía por la
comida. La cerveza de Morn irá bien para los ánimos, y eso vale más que unas
cuantas comidas. Ya lo verás.
En cuanto Albriech se liberó
de los toneles, Roran les preguntó a él y a su hermano:
-¿Ya estamos todos? -Ante su
respuesta afirmativa, Roran maldijo y se golpeó el muslo con un puño cerrado.
Aparte de Ivor, otras tres familias estaban decididas a quedarse en el valle de
Palancar: la de Ethlbert, la de Parr y la de Knute. «No puedo obligarlos a
venir.» Suspiró-. Vale. No tiene sentido seguir esperando.
La excitación recorrió a los
aldeanos; al fin había llegado el momento. Horst y otros cinco hombres abrieron
un hueco en el muro de árboles y tumbaron unas planchas sobre la trinchera para
que la gente y los animales pudieran caminar por encima.
Horst hizo un gesto:
-Creo que debes pasar tú
primero, Roran.
-¡Esperad! -Fisk se adelantó
corriendo y, con evidente orgullo, entregó a Roran una vara ennegrecida de
espino de dos metros que tenía en un extremo un nudo de raíces pulidas, y una
contera de hierro azulado que se estrechaba para formar una punta de lanza en
la base-. La hice anoche -dijo el carpintero-. Me pareció que a lo mejor te
haría falta.
Roran pasó la mano izquierda
por la madera, maravillado por su suavidad.
-No te podía haber pedido
nada mejor. Tienes la destreza de un maestro... Gracias.
Fisk sonrió y se apartó.
Consciente de que toda la
multitud lo contemplaba, Roran se puso frente a las montañas y las cataratas de
Igualda. El hombro palpitaba bajo la cinta de cuero. Tras él quedaban los
huesos de su padre y todo lo que había conocido en vida. Ante él, los picos
recortados se alzaban contra el pálido cielo y se interponían en su camino y su
voluntad. Pero no podrían con él. Y no pensaba mirar atrás.
«Katrina.»
Roran alzó la barbilla y
echó a andar. La vara golpeó las duras tablas mientras cruzaba la trinchera y
salía de Carvahall, llevando a los aldeanos hacia la naturaleza salvaje.
En los riscos de Tel'naeír
Zum.
Brillante como un sol en
llamas, el dragón quedó sus¬pendido ante Eragon y todos los reunidos en los
riscos de Tel'naeír, abofeteándolos con las ráfagas que provocaban sus
poderosos aletazos. El cuerpo del dragón parecía incen¬diarse porque el
brillante amanecer iluminaba sus escamas doradas y desparramaba en la tierra y
en los árboles astillas de luz cegadora. Era bastante mayor que Saphira, tanto
que podía tener varios cientos de años y, en proporción, el cue¬llo, las patas
y la cola parecían aún más gruesos. A su grupa iba montado el Jinete, con la
ropa de un blanco cegador en¬tre el brillo de las escamas.
Eragon cayó de rodillas, con
el rostro alzado. «No estoy solo...» El asombro y el alivio lo recorrieron. Ya
no tendría que cargar a solas con la responsabilidad de los vardenos y de
Gal-batorix. Ahí estaba uno de los guardianes de antaño, resu¬citado de entre
las profundidades del tiempo para guiarle, un símbolo viviente, un testamento
de las leyendas que le habían contado al crecer. Ahí estaba su maestro. ¡Era
una leyenda!
Cuando el dragón se acercó a
la tierra, Eragon dio un res¬pingo: la pata izquierda de-lantera de la criatura
había recibi¬do un terrible tajo y un muñón blanco ocupaba el lugar de lo que
antaño fuera una poderosa extremidad. El Jinete des¬cendió con cuidado de su
corcel por la pierna derecha, in¬tacta, y se acercó a Eragon con las manos
entrelazadas. Era un elfo de cabello plateado, anciano de incontables años,
aunque el único rastro de su edad era la expre-sión de gran compasión y
tristeza que mostraba su rostro.
-Osthato Chetowá -dijo
Eragon-. El Sabio Doliente... He venido como me pediste. –Sobre-saltado,
recordó las buenas maneras y se llevó dos dedos a los labios-. Atra esterní ono
thelduin.
El Jinete sonrió. Tomó a
Eragon por los hombros, lo le¬vantó y lo miró con tal bondad que Eragon no
podía ver otra cosa: lo consumían las infinitas profundidades de la mirada del
elfo.
-Mi verdadero nombre es
Oromis, Eragon Asesino de Sombras.
-Lo sabías -murmuró
Islanzadí con una expresión heri¬da que pronto se transformó en una tormenta de
rabia-. ¿Sa¬bías de la existencia de Eragon y no me lo dijiste? ¿Por qué me has
traicionado, Shur'tugal?
-Guardé silencio porque no
estaba seguro de que Era¬gon y Arya vivieran lo suficiente para llegar hasta
aquí; no tenía intención de proporcionarte una frágil esperanza que en
cual-quier momento podía truncarse.
Islanzadí se dio la vuelta
con brusquedad. Su capa de plumas de cisne se inflaba como si tuviera alas.
-¡No tenías ningún derecho a
ocultarme esa informa¬ción! Podía haber enviado guerreros para proteger a Arya,
Eragon y Saphira en Farthen Dür y para escoltarlos a salvo hasta aquí.
Oromis sonrió con tristeza.
-No te he escondido nada,
Islanzadí, salvo lo que tú mis¬ma escogiste no ver. Si hubieras escrutado la
tierra, como es tu obligación, habrías detectado la causa del caos que
reco¬rría Alagaésia y habrías descubierto la verdad sobre Arya y Eragon. Que en
tu dolor te olvidaras de los vardenos y los ena¬nos es comprensible, pero ¿de
Brom? ¿De Vinr Álfakyn? ¿Del últi-mo amigo de los elfos? Has permanecido ciega
al mundo, Islanzadí, y te has relajado en el trono. No podía arriesgarme a
alejarte todavía más sometiéndote a otra pérdida.
La furia de Islanzadí amainó
y la reina quedó con el ros¬tro blanco y los hombros caídos.
-Ya no soy nada -susurró.
Una nube de aire caliente y
húmedo rodeó a Eragon cuando el dragón dorado se agachó para examinarlo con
unos ojos que brillaban y emitían chispas.
Celebro conocerte, Eragon
Asesino de Sombras. Yo soy Glaedr. Su voz, inconfundiblemente masculina,
recorrió la men¬te de Eragon y la agitó como si fuera el rugido de un alud en
la montaña.
Eragon no pudo hacer más que
tocarse los labios y decir: -Es un honor.
Luego Glaedr centró su
atención en Saphira. Ella se que¬dó quieta por completo, con el cuello
rígidamente arqueado mientras Glaedr le olisqueaba la mejilla y el borde de un
ala. Eragon vio que los tensos músculos de las patas de Saphira se agitaban en
un temblor invo-luntario.
Hueles a humanos -dijo
Glaedr- y sólo sabes de tu raza lo que te ha enseñado el instinto, pero tienes
corazón de auténtico dragón.
Durante ese silencioso
intercambio, Orik se presentó a Oromis.
-Ciertamente, esto va más
allá de lo que me hubiera atre¬vido a esperar o desear. Eres una agradable
sorpresa en es¬tos tiempos oscuros, Jinete. -Se llevó un puño al corazón-. Si
no es demasiado presuntuoso, quiero pedirte un gran fa¬vor en nombre de mi rey
y mi clan, tal como es costumbre entre los nuestros. Oromis asintió.
-Y yo te lo concedo si está
en mi poder.
-Entonces, dime: ¿por qué
has permanecido escondido tantos años? Te necesitábamos mucho, Argetlam.
-Ah -dijo Oromis-. Hay
muchas penurias en el mundo, y una de las mayores es no ser capaz de ayudar a
los que su¬fren. No podía arriesgarme a abandonar este santuario, pues si
hubiera muerto antes de que prendiera alguno de los huevos de Galbatorix, no habría
queda-do nadie que pu¬diera pasar nuestros secretos al nuevo Jinete y aún
hubiese resultado más difícil derrotar a Galbatorix.
-¿Ésa fue tu razón? -espetó
Orik-. ¡Ésas son las pala¬bras de un cobarde! Los huevos po-drían no haber
prendi¬do nunca.
Todo el mundo guardó un
silencio absoluto, salvo por un leve gruñido que brotó de entre los dientes de
Glaedr.
-Si no fueras mi huésped
-dijo Islanzadí-, yo misma te golpearía por este insulto.
Oromis abrió los brazos.
-No, no me ofende. Es una
reacción válida. Entiende, Orik, que Glaedr y yo no podemos pelear. Glaedr está
disca¬pacitado, y yo -se tocó un lado de la cabeza- también estoy mutilado. Los
Apóstatas me partieron algo por dentro cuan¬do era su cautivo y, aunque todavía
puedo enseñar y apren¬der, ya no controlo la magia, salvo algunos hechizos
meno¬res. El poder se me escapa, por mucho que me esfuerce. En una batalla
sería algo peor que un inútil, alguien fácil de capturar, y luego podrían
usarme contra vosotros. Por eso me alejé de la influencia de Galbatorix, por el
bien de la ma¬yoría, pese a que ansiaba enfrentarme a él abiertamente.
-El Lisiado que está Ileso
—murmuró Eragon.
-Perdóname -dijo Orik.
Parecía golpeado.
-No tiene ninguna
importancia. -Oromis apoyó una mano en el hombro de Eragon-. Islanzadí
Dróttning, con tu permiso...
-Id -dijo ella, cansada—. Id
y dejadme sola.
Glaedr se agachó hasta el
suelo y Oromis trepó con agili¬dad por la pierna hasta la silla de la grupa.
-Venid, Eragon y Saphira.
Tenemos mucho que hablar.
El dragón dorado abandonó el
risco de un salto y trazó un círculo en lo alto, llevado por una corriente de
aire.
Eragon y Orik entrechocaron
los brazos con solemnidad:
-Honra a tu clan -dijo el
enano.
Mientras montaba en Saphira,
Eragon se sentía como si estuviera a punto de embarcarse en un largo viaje y
de¬biera despedirse de quienes dejaba atrás. Sin embargo, se li¬mitó a mirar a
Arya y sonreír, permitiendo que se notaran su asombro y su alegría. Ella
frunció el ceño a medias, como si estuviera preocupada, pero para entonces él
ya se había ido, alzado hacia el cielo por el entusiasmo del vuelo de Saphira.
Los dos dragones resiguieron
juntos el blanco acantilado hacia el norte durante varios kilómetros,
acompañados tan sólo por el sonido de su aleteo. Saphira flotaba al lado de
Glaedr. Su entusiasmo se colaba en la mente de Eragon y acrecentaba sus propias
emociones.
Aterrizaron en otro claro al
borde del acantilado, justo antes de que el muro de piedra se desplomara en la
tierra. Un sendero pelado iba del precipicio al umbral de una baja cabaña
crecida entre los troncos de cuatro árboles, uno de los cuales quedaba a
horcajadas sobre un arroyo que salía de las lúgubres profundidades del bosque.
Glaedr no cabía; la cabaña medía tranquilamente menos que su costillar.
-Bienvenidos a mi casa -dijo
Oromis, mientras saltaba al suelo con una inusual facilidad-. Vivo aquí, al
borde de los riscos de Tel'naeír, porque me brinda la oportunidad de pensar y
estudiar en paz. Mi mente funciona mejor lejos de Ellesméra y de las distracciones
de la gente.
Desapareció dentro de la
cabaña y regresó con dos ta¬buretes y unas jarras de agua clara y limpia para
él y Eragon. Éste bebió un sorbo y admiró la vista espaciosa de Du
Weldenvar-den, con la intención de disimular su asombro y su nerviosismo
mientras esperaba que el elfo hablara. «¡Estoy en presencia de otro Jinete!» A
su lado, Saphira se acurrucó con la mirada fi-ja en Glaedr, amasando lentamente
la arena que le quedaba entre las zarpas.
La pausa en la conversación
se fue alargando más y más. Pasaron diez minutos..., media hora..., una hora
entera. Lle¬gó un punto en que Eragon empezó a medir el tiempo transcurri-do
según el progreso del sol. Al principio las preguntas y los pensamientos
rebullían en su mente, pero terminaron por ceder el lugar a una tranquila
aceptación. Se limitaba a observar el día y disfrutar.
Sólo entonces habló Oromis:
-Has aprendido a apreciar el
valor de la paciencia. Eso está bien.
A Eragon le costó encontrar
la voz para contestar.
-Si tienes prisa, no puedes
acechar a un ciervo.
Oromis bajó la jarra.
-Muy cierto. Déjame ver tus
manos. Me parece que dicen mucho de la persona. -Eragon se quitó los guantes y
permi¬tió que el elfo le cogiera por las muñecas con sus dedos fi¬nos y secos.
Examinó los callos de Eragon y dijo-: Corríge¬me si me equivoco. Has sostenido
el aza-dón y el arado más a menudo que la espada, aunque sí estás acostumbrado
a usar el arco.
-Sí.
-Y has escrito y dibujado
muy poco, tal vez nada.
-Brom me enseñó las letras
en Teirm.
-Mmm. Aparte de tu uso de
las herramientas, parece obvio que tiendes a ser imprudente y a olvidar tu
propia seguridad.
-¿Qué te hace pensar eso,
Oromis-elda? -preguntó Era¬gon, usando el título honorífico más respetuoso y
formal que se le ocurría.
-Elda, no -lo corrigió
Oromis—. Puedes llamarme maes¬tro en este idioma y ebrithil en el idioma
antiguo, nada más. Usarás la misma fórmula de cortesía para Glaedr. Somos
vuestros profesores; vosotros sois nuestros alumnos y debéis actuar con la
deferencia y el respeto debidos.
Oromis hablaba con
amabilidad, pero también con la autoridad de quien espera obediencia absoluta.
-Sí, maestro Oromis.
-Y tú también, Saphira.
Eragon percibió lo mucho que
le costaba a Saphira su¬perar el orgullo para decir:
Sí, Maestro.
Oromis asintió.
-Bueno. Para tener esa
colección de cicatrices, hay que haber tenido muy mala suerte, haber peleado
como un loco o haber perseguido el peligro deliberadamente. ¿Peleas como un
loco?
-No.
-Tampoco parece que tengas
mala suerte; más bien al contrario. Sólo nos queda una explicación. Salvo que
tú opi¬nes de otro modo.
Eragon repasó mentalmente
sus experiencias en el pue¬blo y a lo largo del camino con la intención de
cualificar su comportamiento.
-Yo más bien diría que, una
vez me decido por un cami¬no o proyecto concreto, me empe-ño en lograrlo a
cualquier precio... Sobre todo si corre peligro alguien a quien amo.
Desvió la mirada hacia
Saphira.
-¿Y te metes en proyectos
que supongan un reto para ti?
-Me gustan los retos.
-Así que necesitas
enfrentarte a la adversidad para com¬probar tus habilidades.
-Me gusta superar retos,
pero me he enfrentado a sufi¬cientes penurias para saber que es una estupidez
hacer las cosas más difíciles de lo que ya son por sí mismas. Es lo má¬ximo que
puedo hacer para sobrevivir, tal como está todo.
-Y sin embargo, escogiste
perseguir a los ra'zac cuando hubiera sido más fácil permanecer en el valle de
Palancar. Y has venido aquí.
-Era lo que tenía que
hacer..., Maestro.
Nadie habló durante unos
minutos. Eragon trató de adi¬vinar qué pensaba el elfo, pero no logró sonsacar
ninguna información de su rostro, inexpresivo como una máscara. Al fin, Oromis
se removió:
-¿Te dieron, tal vez, una
alhaja en Tarnag, Eragon? ¿Una joya, una pieza de armadura, o quizás una
moneda?
-Sí. -Eragon rebuscó por
debajo de la túnica y sacó el co¬llar con el minúsculo martillo de plata-.
Gannel me hizo esto cumpliendo órdenes de Hrothgar, para evitar que al¬guien
pudie-ra invocar a Saphira o a mí. Temían que Galbatorix pudiera haber descubierto
mi aspecto físi-co... ¿Cómo lo has sabido?
-Porque -explicó Oromis-
desde entonces no podía per¬cibirte.
-Alguien trató de invocarme
cerca de Sílthrim la semana pasada. ¿Eras tú?
Oromis negó con la cabeza.
-Después de invocaros a Arya
y a ti, ya no necesité recu¬rrir a esos métodos tan crudos para encontrarte. Mi
mente se acercaba a la tuya y entraba en contacto, como hice cuando es-tabas
herido en Farthen Dür. -Alzó el amuleto, murmuró varias frases en el idioma
antiguo y lo soltó-. No detecto que tenga ningún otro hechizo. Llévalo siempre
contigo; es un regalo valioso. -Apretó las yemas de los dedos, con unas uñas
redondas y brillantes como escamas de pescado, y miró hacia el blanco horizonte
entre los arcos formados por sus dedos.
-¿A qué has venido, Eragon?
-A completar mi formación.
-¿Y qué crees que implica
ese proceso?
Eragon se movió, incómodo.
-Aprender más sobre la magia
y la lucha. Brom no pudo terminar de enseñarme todo lo que sabía.
-La magia, el arte de la
espada y las demás habilidades no sirven para nada salvo que se-pas cómo y
cuándo aplicar¬las. Eso es lo que te voy a enseñar. Sin embargo, tal como ha
de-mostrado Galbatorix, el poder sin dirección moral es la fuerza más peligrosa
del mundo. Por eso, mi principal tarea es enseñaros, a ti y a Saphira, a
entender los principios que os guían para que no toméis las opciones apropiadas
por las razones equivocadas. Tenéis que apren-der más de vosotros mismos,
quiénes sois y qué sois capaces de hacer. Por eso estais aquí.
¿Cuándo empezamos?-preguntó
Saphira.
Oromis empezó a contestar,
pero se puso rígido y soltó la jarra. Su rostro se volvió encar-nado y los
dedos se convirtieron en zarpas que rasgaban sus vestiduras como espinas de un
zarzal. Eragon apenas tuvo tiempo de dar un respingo y el elfo ya se había
relajado, aunque todo su cuerpo delataba ahora su cansancio.
Preocupado, Eragon se
atrevió a preguntar:
-¿Estás bien?
Una chispa de diversión tiró
de la comisura de los labios de Oromis.
-Menos de lo que quisiera.
Los elfos nos tenemos por in¬mortales, pero ni siquiera nosotros podemos evitar
ciertas enfermedades de la carne; su curación queda más allá de nuestro
co-nocimiento de la magia, y sólo podemos retrasar¬las. No, no te preocupes...
No es contagioso, pero no puedo librarme. -Suspiró-. Llevo décadas
protegiéndome con cien¬tos de pequeños y débiles hechizos que, superpuestos
como capas, imitan el efecto de encantos que ahora me resultan inalcanzables.
Me protejo con la intención de vivir lo sufi¬ciente para presenciar el
nacimiento de los últimos dragones y alimentar la resurrección de los Jinetes
de la ruina de nues¬tros errores.
-¿Cuánto falta para...?
Oromis alzó una fina ceja.
-¿Cuánto falta para mi
muerte? Hay tiempo suficiente, pero para ti y para mí es muy esca-so, sobre
todo si los vardenos deciden solicitar tu ayuda. En consecuencia, para
con-testar tu pregunta, Saphira, empezaremos vuestra instruc¬ción de inmediato
y te entrenarás más depri-sa de lo que lo haya hecho o lo vaya a hacer jamás
ningún otro Jinete, pues debo condensar cuatro decenios de conocimiento en
me¬ses, o semanas.
-¿Sabes... -dijo Eragon,
luchando contra la vergüenza que ardía en sus mejillas- lo de mi... enfermedad?
-Casi en¬terró la última palabra porque odiaba su sonido-. Estoy tan lisiado
como tú.
La compasión atemperó la
mirada de Oromis, aunque su voz sonó firme.
-Eragon, sólo estás lisiado
si tú mismo lo consideras así. Entiendo cómo te sientes, pero has de ser
optimista, pues la mirada negativa discapacita más que una herida física. Te
hablo por mi experiencia personal. La autocompasión no os sirve de nada, ni a
ti ni a Saphira. Yo y los demás hechiceros estudiaremos tu enfermedad para ver
si podemos encontrar un modo de aliviarla, pero mientras tanto, tu formación
proseguirá como si todo estuviera en buenas condiciones.
A Eragon se le retorcieron
las tripas y saboreó la bilis al plantearse lo que eso implicaba. «Seguro que
Oromis no querrá hacerme pasar otra vez por ese tormento.»
-El dolor es insufrible
-dijo con gran agitación-. Me ma¬taría. Yo...
-No, Eragon. No te matará.
Eso es lo que sé de tu mal¬dición. En cualquier caso, los dos te-nemos deberes:
tú con los vardenos, y yo contigo. No podemos evadirlos por un mero dolor. Hay
demasiado en riesgo, y no podemos per¬mitirnos fallar. -Eragon no pudo más que
negar con la ca¬beza mientras el pánico amenazaba con superarlo. Intentó negar
las palabras de Oromis, pero era evidente que decían la verdad-. Eragon, has de
aceptar libremente esta carga. ¿No hay nada ni nadie por cuya causa estés
dispuesto a sa¬crificarte?
Primero pensó en Saphira,
pero no lo hacía por ella. Ni por Nasuada. Ni siquiera por Arya. ¿Qué lo
impulsaba, en¬tonces? Al jurar su lealtad a Nasuada, lo había hecho por el bien
de Roran y de los demás que habían quedado atra¬pados en el Imperio. Pero ¿significaban
tanto como para pa¬sar por semejante angustia? Sí, decidió. «Sí, significan
tanto porque soy el único que tiene ocasión de ayudarles y porque no me libraré
de la sombra de Galbatorix si no se libran tam¬bién ellos. Y porque es mi único
propósito en la vida. ¿Qué otra cosa puedo ha-cer?» Se estremeció al pronunciar
la es¬pantosa frase:
-Lo acepto por el bien de
aquellos por quienes lucho: la gente de Alagaésia, de todas las razas, que ha
sufrido la brutalidad de Galbatorix. A pesar del dolor, juro que estudiaré más
que cualquier alumno que hayas tenido hasta ahora.
Oromis asintió con gravedad.
-No pido menos. -Miró a
Glaedr un momento y luego dijo-: Levántate y quítate la túnica. Déjame ver de
qué estás hecho.
Espera -dijo Saphira-. ¿Brom
sabía de tu existencia aquí, Maestro?
Eragon se detuvo,
sorprendido por esa posibilidad.
-Claro -contestó Oromis-. De
niño fue alumno mío en Ilirea. Me alegro de que lo enterrá-seis como debe ser,
pues tuvo una vida dura y recibió pocas muestras de amabilidad. Espero que
encontrara la paz antes de entrar en el vacío.
Eragon frunció el ceño
lentamente.
-¿También conocías a Morzan?
-Fue aprendiz mío antes que
Brom.
-¿Y a Galbatorix?
-Yo fui uno de los Ancianos
que le negamos otro dragón cuando murió el primero, pero no, nunca tuve la
desgracia de enseñarle. Se aseguró de perseguir personalmente y ma¬tar a todos
sus mentores.
Eragon quería seguir
preguntando, pero sabía que era mejor esperar, de modo que se levantó y
desanudó la parte alta de su túnica.
Parece -le dijo a Saphira-
que nunca descubriremos todos los secretos de Brom.
Sintió un escalofrío al
quitarse la túnica bajo el frío aire y luego echó los hombros atrás y sacó
pecho.
Oromis rodeó a Eragon y se
detuvo con una exclama¬ción de asombro al ver la cicatriz que cruzaba su
espalda.
-¿No te ofreció Arya, ni
ninguno de los sanadores vardenos, quitarte este verdugón?
-Arya me lo ofreció, pero...
-Eragon se detuvo, incapaz de poner palabras a sus sentimien-tos. Al fin, se
limitó a de¬cir-: Ahora forma parte de mí, igual que la cicatriz de Murtagh
forma parte de él.
-¿La cicatriz de Murtagh?
-Él tenía una marca similar.
Se la infligieron cuando su padre, Morzan, le lanzó a Zar'roc, cuando sólo era
un niño.
Oromis lo miró con seriedad
un largo rato antes de asen¬tir y proseguir.
-Tienes una buena
musculatura y no estás torcido, como la mayoría de los espadachines. ¿Eres
ambidiestro?
-En realidad, no, pero tuve
que aprender a pelear con la izquierda cuando me rompí la muñeca en Teirm.
-Bien. Así ahorramos tiempo.
Junta las manos detrás de la espalda y levántalas todo lo que puedas. -Eragon
hizo lo que le pedía, pero aquella postura le provocaba dolor en los hombros y
apenas logró juntar las manos-. Ahora dóblate hacia delante, pero mantén las
rodillas rectas. Intenta tocar el suelo. -A Eragon le costó todavía más;
terminó encorvado como un jorobado, con los brazos colgados inútilmente jun¬to
a la cabeza y con los corvejones retorcidos y ardientes-. Al menos puedes
estirarte sin que te duela. No esperaba tanto. Pue-des hacer una serie de
ejercicios para ganar flexibilidad sin extenuarte. Sí.
Luego Oromis se dirigió a
Saphira:
-Debería conocer también tus
habilidades, dragona.
Le encargó una serie de
posturas complejas que la lleva¬ron a contorsionar cada palmo de su sinuoso
cuerpo de ma¬neras fantásticas, culminando con una serie de acrobacias aéreas
que Eragon no había visto jamás. Sólo unas pocas co¬sas superaban su capacidad,
como trazar un mortal hacia atrás mientras volaba en tirabuzones.
Cuando aterrizó, fue Glaedr
quien habló:
Me temo que mimábamos
demasiado a los Jinetes. Si nuestras criaturas se hubieran visto obligadas a
cuidar de sí mismas en la naturaleza (como tú y como nuestros antepasados), tal
vez tendrían la misma habilidad que nosotros.
-No -dijo Oromis-. Saphira
sería una voladora extraordi¬naria incluso si se hubiera criado en Vroengard
con los méto¬dos establecidos. Pocas veces he visto un dragón tan adaptado al
cielo de manera natural. -Saphira pestañeó, luego agitó las alas y se ocupó de
limpiarse una zarpa de tal manera que su cabeza quedaba escondida-. Tienes que
mejorar, como to¬dos nosotros, pero poca cosa, poca cosa.
El elfo volvió a sentarse
con la espalda perfectamente recta.
Durante las cinco horas
siguientes, según el cálculo de Eragon, Oromis se sumergió en todos los
aspectos de su co¬nocimiento, así como del de Saphira, desde la botánica a la
talla de madera, pasando por la metalurgia y la medicina, aunque se concentró
sobre todo en su do-minio de la historia y del idioma antiguo. El
interrogatorio reconfortó a Eragon y le recordó los tiempos en que Brom lo
asaltaba a preguntas durante sus largas excursiones a Teirm y Dras-Leona.
Cuando pararon para comer,
Oromis invitó a Eragon a su casa y dejaron solos a los dos dragones. Los
aposentos del elfo eran austeros salvo por lo necesario para alimentarse,
mantener la higiene y procurarse una vida intelectual. Ha¬bía dos paredes
enteras sembradas de huecos en los que se guardaban cientos de pergaminos.
Junto a la mesa había una funda dorada -del mismo color que las escamas de
Glaedr- y una espada a juego, cuya hoja tenía el color del bronce iridiscente.
En la cara interior de la
puerta, encajado en el corazón de la madera, había un panel liso de un palmo de
altura por dos de anchura. Representaba una hermosa ciudad elevada, construida
contra un monte escarpado y atrapada en la luz rojiza de una luna llena de
otoño. La cara picada de la luna estaba partida en dos por el horizonte y
parecía descansar so¬bre la tierra como una cúpula manchada, grande como una
montaña. La imagen era tan clara y llena de detalles que Era¬gon la tomó al
principio por una ventana mágica; sólo al com¬probar que era estática pudo
apreciarla como obra de arte.
-¿Dónde está eso? -preguntó.
Los rasgos sesgados de
Oromis se tensaron por un ins¬tante.
-Harás bien en memorizar ese
paisaje, Eragon, pues ahí está el corazón de tu desgracia. Estás viendo lo que
en otro tiempo fue nuestra ciudad de Ilirea. Fue quemada y abando-nada durante
el Du Fyrn Skulblaka, se convirtió en capital del reino de Broddring y ahora es
la ciu-dad negra de Urú'baen. Hice este fairth la noche en que, con otros
Jinetes, nos vimos obliga-dos a huir de nuestro hogar antes de que llegara
Galbatorix.
-¿Tú pintaste este...
fairth?
-No, no pinté nada. Un
fairth es una imagen fijada por medio de la magia en un recuadro de pizarra
pulida que se prepara antes con capas de pigmentos. El paisaje de la puer¬ta es
e-xactamente como se me presentó Ilirea en el momen¬to en que pronuncié el encanto.
-Y... -dijo Eragon, incapaz
de detener el fluir de pre¬guntas- ¿qué era el reino de Brod-dring?
Oromis abrió los ojos,
desanimado.
-¿No lo sabes? -Eragon negó
con la cabeza-. ¿Cómo puede ser que no lo sepas? Teniendo en cuenta las
circuns¬tancias y el miedo que Galbatorix genera entre tu gente, puedo entender
que te criaras en la oscuridad e ignores tu legado. Pero no puedo creer que
Brom fuera tan relajado en tu instrucción como para olvidar asuntos que conoce
hasta el enano más joven. Los niños de vuestros vardenos podrían decirme más
cosas que tú sobre el pasado.
-A Brom le preocupaba más
conservarme vivo que ense¬ñarme cosas de gente que ya murió —respondió Eragon.
Eso provocó el silencio de
Oromis. Al fin, dijo:
-Perdóname. No pretendía
poner en duda el juicio de Brom, pero es que la impaciencia me ciega la razón;
tene¬mos muy poco tiempo, y cada nueva cosa que debes apren¬der reduce la
cantidad de las que puedes dominar durante tu estancia aquí. -Abrió una serie
de armarios escondidos en el interior de la pared curva, sacó bollos de pan y
cuen¬cos de fruta y los llevó a la mesa. Se detuvo un momento en¬cima de la
comida con los ojos cerrados antes de empezar a comer-. El reino de Broddring
era el país de los humanos antes de que cayeran los Jinetes. Después de matar a
Vrael, Galbatorix fue a Ilirea con los Apóstatas, destronó al rey Angre-nost y
se quedó su trono y sus títulos. El reino de Brod¬dring formó entonces el
núcleo central de las conquistas de Galbatorix. Luego añadió Vroengard y otras
tierras que que¬daban al este y al sur de sus territorios para crear el imperio
que tú conoces. Técnicamente, el reino de Broddring toda¬vía existe, aunque, a
estas alturas, dudo que sea mucho más que un nombre en algún decreto real.
Por temor a molestar al elfo
con más preguntas, Eragon se concentró en la comida. Sin embargo, debió de
traicio¬narlo la cara porque Oromis dijo:
-Me recuerdas a Brom cuando
lo escogí como aprendiz. Era más joven que tú, pues sólo tenía diez años, pero
su cu¬riosidad era igual que la tuya. Creo que durante un año en¬tero no oí de
él más que cómo, qué, cuándo y, sobre todo, por qué. No te dé vergüenza
preguntar cualquier duda que lleves en tu corazón.
-Es que necesito saber
tantas cosas... -murmuró Era¬gon-. ¿Quién eres? ¿De dónde eres? ¿De dónde era
Brom? ¿Cómo era Morzan? Cómo, qué, cuándo y por qué. Y quiero saberlo todo de
Vroengard y de los Jinetes. Tal vez entonces vea más claro el camino.
El silencio se interpuso
entre ellos mientras Oromis de¬sarmaba meticulosamente una frambuesa, sacando
las bolitas de una en una. Cuando el último corpúsculo desapareció en-tre sus
labios enrojecidos, se frotó las manos -se las pulió, como solía decir Garrow-
y dijo:
-Entonces, has de saber esto
de mí: nací hace unos siglos en nuestra ciudad de Luthivíra, que se hallaba en
los bosques cercanos al lago Tüdosten. A los veinte, como a todos los el¬fos
jóvenes, me presentaron ante los huevos que los dragones habían dado a los
Jinetes y Glaedr prendió ante mí. Nos en¬trenamos como Jinetes y, durante casi
un siglo, viajamos por todo el mundo cumpliendo la voluntad de Vrael. Al final,
llego el día en que se consideró necesario que nos retiráramos y pasáramos
nuestra experiencia a la siguiente generación, de modo que nos instalamos en
Ilirea y enseñamos a los nue¬vos Jinetes, de uno en uno, o dos a la vez como
mucho, hasta que nos destruyó Galbatorix.
-¿Y Brom?
-Brom era de una familia de
iluminadores de Kuasta. Su madre se llamaba Nelda, y su padre, Holcomb. Kuasta
que¬da tan aislado del resto de Alagaésia por las Vertebradas que se ha
convertido en un lugar peculiar, lleno de antiguas costumbres y supersticiones.
Cuando acababa de llegar a Ilirea, Brom golpeaba tres veces el marco de una
puerta an¬tes de entrar o salir de una habitación. Los estudiantes hu¬manos se
burlaban de él por eso hasta que aban-donó esa práctica y algunos otros
hábitos.
»Morzan fue mi mayor
fracaso. Brom lo idolatraba. Nun¬ca se alejaba de él, siempre le dis-cutía y
nunca creyó que pu¬diera superarlo en ninguna empresa. Morzan, aunque me
avergüence admitirlo, pues yo podía haberlo evitado, se da¬ba cuenta de eso y
se aprovechó de la devoción de Brom de cien maneras distintas. Pero, sin que yo
pudiera impedirlo, Mor-zan ayudó a Galbatorix a robar una criatura de dragón,
Shruikan, para reponer el que éste había perdido, y en ese proceso mataron al
Jinete original de aquel nuevo dragón. Luego Morzan y Galbatorix huyeron juntos
y sellaron nues¬tra condena.
»No puedes ni empezar a
imaginarte el efecto que la traición de Morzan tuvo para Brom hasta que hayas
enten¬dido la profundidad del afecto que sentía por él. Y cuando Galbatorix al
fin se mostró y los Apóstatas mataron al dra¬gón de Brom, éste concentró toda
su rabia y su dolor en aquel a quien consideraba responsable de la destrucción
de su mundo: Morzan.
Oromis hizo una pausa, con
rostro grave:
-¿Sabes por qué cuando muere
el dragón o el Jinete, el superviviente suele morir también?
-Me lo puedo imaginar -dijo
Eragon. La mera idea le daba pavor.
-El dolor ya es bastante,
aunque no siempre interviene como factor. Pero lo que realmente hace daño es
sentir que una parte de tu mente, una parte de tu identidad, se muere. Cuando
le ocurrió a Brom, temí que se volviera loco durante un tiempo. Cuando me
capturaron y logré escapar, traje a Brom a Ellesméra para que estuviera a
salvo, pero se negó a quedarse y salió con nuestro ejército a las llanuras de
Ilirea, donde habían matado al rey Evandar.
»La confusión que se produjo
entonces era indescripti¬ble. Galbatorix estaba ocupado en consolidar su poder,
los enanos se retiraban, el suroeste era una masa de guerras porque los humanos
se rebelaron para crear Surda, y no¬sotros acabábamos de perder a nuestro rey.
Llevado por el deseo de venganza, Brom quiso obtener ventaja de aquella
confusión. Reunió a muchos de los que se habían exilado, li¬beró a algunos
presos y formó con ellos el grupo de los vardenos. Los lideró durante unos
cuantos años y luego cedió su posición a otro y quedó libre para perseguir su
auténtica pasión, que era la derrota de Morzan. Brom mató personal¬mente a tres
de los Apóstatas, incluido Morzan, y fue res¬ponsable de la muerte de otros
cinco. En toda su vida pocas veces fue feliz, pero era un buen Jinete y un buen
hombre y para mí es un honor haberlo conocido.
-Nunca oí que se relacionara
su nombre con la muerte de los Apóstatas -objetó Eragon.
-Galbatorix no quería que se
hiciera público el hecho de que aún existía alguien capaz de derrotar a sus
siervos. Gran parte de su poder reside en la apariencia de
invulnerabilidad.
Una vez más, Eragon se vio obligado a
revisar su concep¬to de Brom, desde aquel cuenta-cuentos de pueblo por quien lo
había tomado al principio, hasta el guerrero y mago con quien había viajado,
pasando por el Jinete que era y como al final se mostró; ahora, líder
acti-vista y revolucionario, y ase¬sino. Costaba reconciliar todos aquellos
papeles. «Me siento co-mo si apenas lo conociera. Ojalá hubiera tenido ocasión
de hablar con él de todo esto al me-nos una vez.»
-Era un buen hombre
-concedió Eragon.
Miró por una de las ventanas
redondas que daban al bor¬de del acantilado y permitían que la calidez de la
tarde inva¬diera la habitación. Miró a Saphira y se fijó en cómo se compor-taba
con Glaedr, tímida y coqueta a la vez. Tan pronto se daba la vuelta para
examinar algo en el claro como movía las alas y dedicaba pequeños avances al
dragón grande, movien¬do la cabeza de lado a lado y agitando la cola como si
estu¬viera a punto de lanzarse sobre un cier-vo. A Eragon le recor¬dó una
gatita que intentara seducir a un viejo gato callejero para que ju-gase con
ella, aunque Glaedr asistía impasible a sus maquinaciones.
Saphira -le dijo. Ella
respondió con un distraído temblor de sus pensamientos, como si casi no fuera
consciente de su presencia-. Saphira, contéstame.
Ya sé que estás emocionada,
pero no hagas tonterías.
Tú has hecho tonterías un
montón de veces -contestó la dra¬gona bruscamente.
Era una respuesta tan
inesperada que lo dejó aturdido. Era la clase de comentario cruel e improvisado
que suelen hacer los humanos, pero jamás se le había ocurrido que se lo oiría a
ella. Al fin consiguió decirle:
Eso no arregla nada.
Ella gruñó y le cerró la
mente, aunque Eragon seguía no¬tando el hilo de emociones que los conectaba.
Eragon regresó a Oromis y se
encontró sus ojos grises concentrados en él. La mirada del elfo era tan
percepti¬va que Eragon estaba seguro de que Oromis había enten¬dido lo que
aca-baba de pasar. Forzó una sonrisa y señaló a Saphira:
-Aunque estamos unidos, no
consigo predecir lo que va a hacer. Cuanto más sé de ella, más me doy cuenta de
lo distintos que somos.
Entonces Oromis hizo la
primera afirmación que a Eragon le pareció verdaderamente sabia:
-A menudo amamos a quienes
nos resultan más ajenos. -El elfo se detuvo-. Es muy joven, como tú. A Glaedr y
a mí nos costó decenios entendernos del todo mutuamente. El vínculo de un
Jinete con su dragón no se parece a ninguna otra relación: es una obra en
permanente creación. ¿Te fías de ella?
-Con mi vida.
-¿Y ella se fía de ti?
-Sí.
-Pues sigúele la corriente.
Te criaste como huérfano. Ella creció convencida de que era el único individuo
sano y salvo de toda su raza. Y ahora ha visto que se equivocaba. No te
sor-prendas si han de pasar unos cuantos meses hasta que deje de acosar a Glaedr
y vuelva a concentrar su atención en ti.
Eragon rodó un arándano
entre el pulgar y el índice; ha¬bía perdido el apetito.
-¿Por qué no comen carne los
elfos?
-¿Por qué habríamos de
comerla? -Oromis sostuvo una frambuesa y la rodó de tal modo que la luz
rebotaba en su piel moteada e iluminaba los pelillos que brotaban del fru¬to-.
Podemos obtener cantando cuanto queramos de los ár¬boles y de las plantas,
incluida nuestra comida. Sería una bar¬baridad hacer sufrir a los animales para
tener más platos en la mesa... Dentro de poco le encontrarás más sentido a
nues¬tra opción.
Eragon frunció el ceño.
Siempre había comido carne y no le apetecía la perspectiva de vivir sólo de
fruta y verduras mientras estuviera en Ellesméra.
-¿No echáis de menos el
sabor?
-No se puede echar de menos
lo que no se ha probado.
-Pero ¿qué pasa con Glaedr?
No puede vivir de la hierba.
-No, pero tampoco causa
ningún sufrimiento innecesa¬rio. Los dos hacemos lo mejor que podemos con lo
que tene¬mos. No puedes evitar ser quien eres por nacimiento.
-¿E Islanzadí? Su capa era
de plumas de cisne.
-Plumas sueltas recogidas a
lo largo de muchos años. No se mató a ningún ave para preparar su vestidura.
Terminaron de comer y Eragon
ayudó a Oromis a lim¬piar los platos con arena. Mientras los guardaba en el
arma¬rio, el elfo preguntó:
-¿Te has bañado esta mañana?
-La pregunta sorprendió a Eragon, pero contestó que no, que no lo había hecho-.
Por favor, hazlo mañana, y todos los demás días.
-¡Todos los días! El agua
está demasiado fría. Cogeré las fiebres palúdicas.
Oromis le lanzó una mirada
extraña.
-Pues caliéntala.
Ahora le tocaba a Eragon
volverse para mirarlo con extrañeza.
-No tengo tanta fuerza como
para calentar todo un arro¬yo con magia -protestó.
El eco de la risa de Oromis
resonó en la casa. Fuera, Glaedr movió la cabeza hacia la ven-tana, echó un
vistazo al elfo y volvió a su posición anterior.
-Doy por hecho que anoche
exploraste tus aposentos y viste una pequeña habitación con un hueco en el
suelo.
-Creí que sería para lavar
la ropa o las sábanas.
-Es para que te laves tú.
Hay dos pitorros escondidos en un lado de la pared, junto al hueco. Ábrelos y
te podrás ba¬ñar con el agua a la temperatura que quieras. Además -se¬ñaló la
barbilla de Eragon-, mientras seas mi alumno, espe¬ro que te mantengas bien
afeitado hasta que puedas dejarte una barba de verdad, si es que decides
hacerlo, y no con esa pinta de árbol al que se le han caído la mitad de las
hojas. Los elfos no nos afeitamos, pero haré que te envíen una na¬vaja y un
espejo.
Con una mueca de dolor por
el golpe atestado a su or¬gullo, Eragon lo aceptó. Salieron al exterior, donde
Oromis miró a Glaedr y el dragón dijo:
Ya hemos decidido el
programa para Saphira y para ti.
El elfo dijo:
-Empezarás...
... Mañana, una hora después
de la puesta del sol, a la hora de los Lirios Rojos. Para entonces has de estar
aquí.
-Y tráete la silla que Brom
hizo para ti, Saphira -siguió Oromis-. Hasta entonces, haced lo que queráis;
hay muchas maravillas en Ellesméra para alguien de fuera, si os apetece verlas.
-Lo tendré en cuenta -dijo
Eragon, al tiempo que aga¬chaba la cabeza-. Antes de irme, Maestro, quiero
darte las gracias por ayudarme en Tronjheim después de que matara a Dur-za.
Dudo que hubiera sobrevivido sin tu ayuda. Estoy en deuda contigo.
Los dos estamos en deuda
-añadió Saphira.
Oromis sonrió levemente e
inclinó la cabeza.
La vida
secreta de las hormigas
En cuanto Oromis y Glaedr
estuvieron fuera de su vista, Sa¬phira dijo:
¡Eragon, otro dragón! ¿Te lo
puedes creer?
Eragon le dio una palmada en
el hombro.
Es maravilloso.
Desde lo alto de Du
Weldenvarden, la única señal de que el bosque estaba habitado era algún penacho
fantasmagóri¬co de humo que se alzaba desde la copa de un árbol y pron¬to se
desvanecía en el claro aire.
Nunca esperé encontrarme con
otro dragón aparte de Shruikan. Tal vez sí rescatara los huevos de Galbatorix,
pero hasta ahí llegaban mis esperanzas. Y ahora... -Se estremeció de alegría
bajo el cuerpo de Eragon-. Glaedr es increíble, ¿verdad? Es tan mayor y tan
fuerte, y sus escamas brillan tanto... Debe de ser dos, no, tres ve¬ces más
grande que yo. ¿Has visto sus zarpas ? Son...
Siguió así durante varios
minutos, deshaciéndose en elo¬gios sobre los atributos de Glaedr. Pero aún más
fuertes que sus palabras eran las emociones que Eragon percibía en su
in¬terior: las ganas y el entusiasmo entremezclados de tal manera que podían identificarse
como una adoración anhelante.
Eragon trató de contarle a
Saphira lo que había apren¬dido de Oromis, pues sabía que ella no había
prestado aten¬ción, pero le resultó imposible cambiar el tema de conver¬sación.
Se quedó sentado en silencio en su grupa, mientras el mundo se extendía por
debajo como un océano esmeral¬da, y se sintió como el hombre más solo de la
existencia.
De regreso a sus aposentos,
Eragon decidió no salir a dar una vuelta; estaba demasiado cansado por todos
los sucesos del día y por las semanas que habían pasado viajando. Y Sa-phira
estuvo más que contenta de sentarse en su lecho y charlar sobre Glaedr mientras
él examinaba los misterios de la bañera de los elfos.
Llegó la mañana, y con ella
apareció un paquete envuel¬to en papel de cebolla que conte-nía la navaja y el
espejo que había prometido Oromis. La factura de la hoja era típica de los
elfos, así que no hacía falta afilarla ni engrasarla. Con muecas de dolor,
Eragon se dio pri-mero un baño en agua tan caliente que echaba humo y luego
sostuvo el espejo y se enfrentó a su rostro.
«Parezco mayor. Mayor y
cansado.» No sólo eso, sino que sus rasgos se habían vuelto mucho más angulosos
y le daban un aspecto ascético, como de halcón. No era ningún elfo, pero
tampoco lo habría tomado nadie por un humano pú¬ber tras una inspección cercana.
Se echó atrás el pelo para destapar las orejas, que se enrollaban para mostrar
una leve punta, una muestra más de cómo estaba cambiando por su lazo con
Saphira. Se tocó una oreja y per-mitió que los dedos se pasearan por aquella
forma extraña.
Le costaba aceptar la
transformación de su carne. Aun¬que había sabido de antemano que eso iba a
ocurrir -y en al¬gún momento había dado la bienvenida a esa perspectiva, pues
confirmaba definitivamente que era un Jinete-, la rea¬lidad lo llenaba de confusión.
Lamen-taba no poder opinar sobre cómo se iba alterando su cuerpo, aunque al
mismo tiempo sentía curiosidad por saber adonde lo llevaría ese proceso.
Además, se daba cuenta de que, como humano, es¬taba en plena adolescencia, con
su correspondiente carga de misterios y difi-cultades.
«¿Cuándo sabré por fin quién
y qué soy?» Apoyó el filo de la navaja en la mejilla, como había visto hacer a
Garrow, y la arrastró sobre la piel. Cortó algunos pe¬los, pero quedaban largos
y desordenados. Alteró el ángulo del filo y lo probó de nuevo con algo más de
éxito.
Sin embargo, cuando llegó a
la barbilla, se le resbaló la navaja y se hizo un corte desde la comisura de la
boca hasta debajo del mentón. Chilló, soltó la navaja y tapó con una mano el
corte, cuya sangre corría ya cuello abajo. Mascullan¬do las palabras entre
dientes apretados, dijo: Watse hall. El dolor cedió enseguida, en cuanto la
magia recosió su carne, aunque el cora-zón aún latía impresionado.
¡Eragon! -gritó Saphira.
Asomó la cabeza y los
hombros por el vestíbulo, abrió con un golpe de morro la puerta del baño y
olisqueó el aro¬ma de sangre.
Sobreviviré -aseguró Eragon.
Saphira echó un vistazo al
agua ensangrentada.
Ten más cuidado. Prefiero
verte desaliñado como un ciervo en época de muda, que decapitado por intentar
un afeitado profundo.
Yo también. Vete, estoy
bien.
Saphira gruñó y se retiró
con reticencia.
Eragon se quedó sentado,
mirando fijamente la navaja. Al final, masculló:
-Al diablo con esto.
Se recompuso, repasó la
lista de palabras del idioma an¬tiguo, escogió las que necesitaba y luego
permitió que su lengua emitiera el hechizo recién inventado. Un leve rastro de
polvo negro cayó de su cara cuando el rastrojo de barba se pulverizó, dejando
sus mejillas perfectamente lisas.
Satisfecho, Eragon salió y
ensilló a Saphira, que alzó el vuelo de inmediato, en dirección a los riscos de
Tel'naeír. Aterrizaron junto a la cabaña, donde los esperaban Oromis y Glaedr.
Oromis examinó la silla de
Saphira. Repasó todas las co¬rreas con los dedos, deteniéndose en las hebillas
y costuras, y luego declaró que la hechura era pasable, teniendo en cuenta cómo
y cuándo la habían creado.
-Brom siempre fue listo con
las manos. Usa esta silla cuan¬do debas viajar a gran velo-cidad. Pero cuando
te puedas per¬mitir algo de comodidad... -entró un momento en su cabaña y
reapareció cargado con una silla gruesa y moldeada, decorada con figuras doradas
en la parte del asiento y en el bajan¬te de las piernas-, usa ésta. La hicieron
en Vroengard y con¬tienen tantos hechizos que nunca te fallará en un momento de
necesidad.
Eragon se tambaleó bajo el
peso de la silla cuando se la pasó Oromis. Tenía la misma forma que la de Brom,
con una serie de hebillas que colgaban a ambos lados, pensadas para inmovilizar
sus piernas. El asiento, hondo, estaba esculpido en la piel de tal modo que
podría volar durante horas con comodidad, tanto si iba sentado como si se
recostaba junto al cuello de Saphira. Además, las correas que rodeaban el
pe¬cho de Saphira tenían una serie de hendiduras y nudos para poderse acomodar
al crecimiento del dragón a medida que pasaran los años. Unas cuantas cintas
anchas a ambos lados de la cabeza de la silla llamaron la atención de Eragon.
Pre¬guntó para qué servían.
Glaedr murmuró:
Para fijarte las muñecas y
los brazos de tal modo que no mue¬ras de miedo como una rata cuando Saphira
haga una maniobra compleja.
Oromis ayudó a Eragon a
quitar la silla antigua a Saphira.
-Saphira, hoy irás con
Glaedr y yo trabajaré aquí con Eragon.
Como quieras -contestó ella,
y gritó de excitación.
Glaedr alzó su masa dorada y
se elevó hacia el norte. Sa¬phira lo siguió de cerca.
Oromis no concedió a Eragon
tiempo para pensar en la marcha de Saphira: el elfo lo llevó a un recuadro de
tierra bien prensada que quedaba bajo un sauce, al otro lado del claro.
Plan-tado frente a él en el recuadro, Oromis dijo:
-Lo que voy a mostrarte
ahora se llama Rimgar, o Danza de la Serpiente y la Grulla. Es una serie de
posturas que hemos desarrollado con el objetivo de preparar a los guerreros
pa-ra el combate, aunque todos los elfos la usan para mantener la salud y la forma
física. El Rim-gar tiene cuatro niveles, cada uno más difícil que el anterior.
Empezaremos por el primero.
La prevención ante el
sufrimiento que se avecinaba ma¬reó a Eragon hasta tal punto que apenas podía
moverse. Apretó los puños y bajó los hombros, sintiendo el tirón de la cicatriz
en la piel de la espalda mientras miraba fijamente el espacio entre sus pies.
-Relájate -le aconsejó
Oromis. Eragon abrió las manos de un tirón y las dejó muertas al lí-mite de sus
brazos rígi¬dos-. Te he pedido que te relajes, Eragon. No puedes hacer el
Rimgar si estás rígido como una tira de cuero.
-Sí, Maestro.
Eragon hizo una mueca y, con
cierta reticencia, soltó los músculos y las articulaciones, aunque en su
vientre conser¬vaba un nudo de tensión enroscada.
-Junta los pies y deja los
brazos paralelos al costado. Mira recto hacia delante. Ahora, res-pira hondo y
alza los brazos por encima de la cabeza para juntar las palmas... Sí, eso es.
Espira y dóblate hasta donde puedas, apoya las palmas en el suelo, respira de
nuevo... y salta hacia atrás. Bien. Respira y dóblate hacia atrás, mirando al
cielo..., y espira, alzando las caderas hasta que formes un triángulo. Respira
desde el fon¬do de la garganta... y suelta el aire. Dentro... y fuera.
Dentro...
Para alivio de Eragon, las
posturas eran suaves y podía mantenerlas sin que se despertara el dolor de
espalda, aun¬que le exigían esfuerzo: el sudor le perlaba la frente y bo-queaba
para respirar. Sonrió de pura alegría, como si le hu¬bieran concedido un
indulto. Sus recelos se eva-poraron y pasó con fluidez de una postura a otra
-pese a que la mayo¬ría exigían más flexi-bilidad de la que tenía-, con una
ener¬gía y confianza que no había vuelto a tener desde antes de la batalla de
Farthen Dür. «¡A lo mejor me he curado!»
Oromis practicó el Rimgar
con él y demostró un nivel de fuerza y flexibilidad que asom-bró a Eragon,
sobre todo en alguien de su edad. El elfo podía tocarse los dedos de los pies
con la frente. Durante todo el ejercicio, mantuvo una compostura impecable,
como si estu-viera paseando por un jardín. Sus instrucciones eran más
tranquilas y pacientes que las de Brom, pero absolutamente implacables. No se
permi¬tía el menor desvío del camino correcto.
-Vamos a lavarnos el sudor
de brazos y piernas -dijo Oromis cuando terminaron.
Fueron al arroyo contiguo a
la casa y se desvistieron de¬prisa. Eragon miraba disimu-ladamente al elfo,
curioso de ver qué aspecto tenía sin ropa. Oromis era muy delgado, pero sus
músculos estaban perfectamente definidos, graba¬dos bajo la piel con las duras
aristas de una talla de madera. No tenía vello en el pecho ni en las piernas,
ni siquiera en el pubis. A Eragon le pareció un cuerpo casi estrafalario,
com¬parado con los de los hombres que estaba acostumbrado a ver en Carvahall,
aunque tenía algo de refinada elegancia, como el de un gato montes.
Después de lavarse, Oromis
llevó a Eragon al interior de Du Weldenvarden, hasta un corro en que los
árboles oscu¬ros se inclinaban hacia delante y oscurecían el cielo que quedaba
tras las ramas y los velos de liquen enmarañado. Los pies se hundían hasta los
tobillos en el musgo. En torno a ellos todo estaba silencioso.
Oromis señaló un tocón
blanco con la superficie lisa y pulida, a unos tres metros, en el centro del
corro, y dijo:
-Siéntate ahí. -Eragon hizo
lo que se le pedía-. Cruza las piernas y cierra los ojos. -El mundo se
oscureció. Desde la derecha, le llegó un susurro de Oromis-. Abre tu mente,
Eragon. Abre tu mente y escucha el mundo que te rodea, los pensamientos de todos
los seres de este claro, desde las hor¬migas de los árboles hasta los gusanos
del suelo. Escucha hasta que puedas oírlos a todos y entender su propósito y su
naturaleza. Escucha y, cuando ya no oigas nada, ven a con¬tarme lo que hayas
aprendido.
Y luego el bosque quedó en
silencio.
Como no estaba seguro de si
Oromis se había ido, Eragon retiró tentativamente las ba-rreras de su mente y
predispuso su conciencia, como solía hacer cuando intentaba entrar en contacto
con Saphira a grandes distancias. Al principio sólo lo rodeó el vacío, pero
luego em-pezaron a aparecer agui¬jones de luz y calor en la oscuridad y fueron
cobrando fuer¬za hasta que se encontró sentado en medio de una galaxia de
constelaciones giratorias en la que cada punto brillante representaba una vida.
Siempre que había contactado con otros seres por me-dio de su mente, ya fuera
Cadoc, Nieve de Fuego o Solembum, el foco se había concentrado en aquel con
quien se quería comunicar. Pero esto... Esto era como si hubiera estado sordo
en medio de una muchedumbre y aho¬ra pudiera oír riadas de conversación
revoloteando en tor¬no a él.
De pronto se sintió
vulnerable: estaba totalmente expues¬to al mundo. Cualquiera, o cualquier cosa,
que deseara co¬larse en su mente y controlarlo podría hacerlo. Se tensó
in-cons-cientemente, se encogió en su interior y su consciencia del claro se
desvaneció. Recordando una de las lecciones de Oromis, Eragon respiró más lento
y visualizó el movimiento de sus pulmones hasta que se encontró suficientemente
rela¬jado como para abrir de nuevo la mente.
De todas las vidas que
notaba, la mayoría, con mucho, eran insectos. Le aturdió la canti-dad. Decenas
de miles ha¬bitaban en un palmo cuadrado de musgo; millones, en el resto del
pequeño claro, y una masa incontable, más allá. De hecho, aquella abundancia
asustó a Eragon. Siempre había sabido que los humanos eran pocos y atribulados
en Alagaésia, pero nunca había imaginado que incluso los escarabajos los
superaran numéricamente de aquel modo.
Como eran uno de los pocos
insectos que Eragon cono¬cía, y Oromis las había mencio-nado, concentró su
atención en las columnas de hormigas rojas que desfilaban por el sue¬lo y
ascendían por los tallos de un rosal silvestre. Lo que pudo sonsacarles no fueron
pensamien-tos -pues su cerebro era de¬masiado primitivo-, sino urgencias: la de
encontrar comida y evi-tar daños, la de defender el territorio propio, la de
apa¬rearse. Examinando los instintos de las hormigas, pudo em¬pezar a
comprender su comportamiento.
Le fascinó descubrir que
-salvo por unos pocos indivi¬duos que exploraban las fronteras exteriores de su
provin¬cia- las hormigas sabían perfectamente adonde iban. No fue capaz de
determinar qué mecanismo las guiaba, pero se¬guían caminos claramente definidos
desde su hormiguero hasta la comida, para luego regresar. La fuente de su
ali¬mento representó otra sorpresa. Tal como había esperado, las hormigas
mataban y se llevaban a cuestas a otros in-sectos, pero casi todos sus
esfuerzos se concentraban en el cultivo de... de algo que salpicaba el rosal.
Fuera cual fuese, aquella forma de vida era demasiado débil para que él pudiera
sen¬tirla. Concentró todas sus fuerzas en el intento de identifi¬carla para
satisfacer su curiosidad.
La respuesta era tan
sencilla que, cuando la compren¬dió, se echó a reír en voz alta: pulgones. Las
hormigas ac¬tuaban como pastoras de pulgones, los dirigían y prote¬gían, al
tiempo que obtenían sustento de ellos masajeando sus vientres con la punta de las
antenas. A Eragon le costó creerlo, pero cuanto más miraba, más se convencía de
estar en lo cierto.
Siguió el rastro de las
hormigas bajo tierra en su com¬pleja matriz de laberintos y estudió cómo
cuidaban a ciertos miembros de la especie que eran varias veces mayores que una
hormiga normal. Sin embargo, fue incapaz de determi¬nar el propósito de aquellos
insectos; sólo veía a los sirvien¬tes que los rodeaban, les daban vueltas y
retiraban unas manchas de materia que producían a intervalos regulares.
Al cabo de un rato, Eragon
decidió que ya había obteni¬do toda la información posible de las hormigas
-salvo que estuviera dispuesto a permanecer todo el día allí sentado- y ya se
disponía a regresar a su cuerpo cuando una ardilla en¬tró de un salto en el
claro. Se le apareció como un estallido de luz, porque estaba adaptado a los
insectos. Aturdido, sin¬tió que lo abrumaba un fluir de sensaciones y
sentimientos del animal. Olió el bosque con la nariz de la ardilla, sintió cómo
cedía la corteza bajo sus zarpas puntiagudas y notó cómo circulaba el aire en
torno al penacho de la cola levan¬tada. Comparada con una hormiga, la ardilla
ardía de ener¬gía y poseía una indudable inteligencia.
Luego saltó a otra rama y se
desvaneció de su conciencia. El bosque parecía mucho más oscuro y silencioso
que an¬tes cuando Eragon abrió los ojos. Respiró hondo y miró al-rededor,
apreciando por primera vez cuánta vida existía en el mundo. Estiró las piernas
acalambradas y echó a andar hacia el rosal.
Se agachó y examinó los
tallos y las ramitas. Efectiva¬mente, prendidos de ellas estaban los pulgones y
sus guardianas encarnadas. Y cerca de la base de la planta había un montón de
pinaza que señalaba la entrada del hormiguero. Era extraño verlo con sus
propios ojos; nada de lo que veía contradecía las numerosas y sutiles
interacciones que ahora conocía bien.
Enfrascado en sus
pensamientos, regresó al claro, pre¬guntándose qué podrían aplastar sus pies a
cada paso. Cuan¬do abandonó el refugio de los árboles, le sorprendió ver que el
sol había descendido mucho. «Debo de haber pasado al menos tres horas ahí sentado.»
Encontró a Oromis en su
cabaña, escribiendo con una pluma de ganso. El elfo terminó una frase, limpió
la punta de la pluma, tapó la tinta y preguntó: -¿Qué has oído, Eragon?
Eragon tenía ganas de
compartir. Mientras describía su experiencia, notó que su voz se alzaba con
entusiasmo por los detalles de la sociedad de las hormigas. Contó todo lo que
era capaz de recordar, hasta la más mínima e inconse¬cuente observación, orgulloso
de toda la información que había obtenido.
Cuando ya había terminado,
Oromis enarcó una ceja. -¿Eso es todo?
-Yo... -El desánimo se
apoderó de Eragon al entender que, por alguna razón, se le había escapado el
sentido del ejercicio-. Sí, Ebrithil.
-¿Y qué pasa con los demás
organismos del aire y de la tierra? ¿Puedes contarme qué hacían mientras tus
hormigas cuidaban a sus rebaños?
-No, Ebrithil.
-Ahí está tu error. Has de
tomar consciencia de todas las cosas por igual y no ponerte anteojeras que te
lleven a con¬centrarte en un sujeto particular. Es una lección esencial y,
hasta que la domines, pasarás cada día una hora meditando en el tocón.
-¿Cómo lo sabré cuando la
haya dominado?
-Podrás mirar una sola cosa
y verlas todas.
Oromis lo invitó por gestos
a unirse a él ante la mesa y le puso delante una hoja de papel en blanco, junto
a una plu¬ma y un tintero.
-Hasta ahora has funcionado
con un conocimiento in¬completo del idioma antiguo. No hay nadie entre nosotros
que conozca todas las palabras del lenguaje, pero te has de familiarizar con su
gramática y su estructura para que no te mates por poner un verbo en un lugar
inadecuado, o por al¬gún error parecido. No espero que lo hables como los
elfos, pues eso te llevaría una vida entera, pero sí que consigas una fluidez
inconsciente. O sea, has de ser capaz de hablarlo sin pensar.
»Además, has de aprender a
leer y escribir en el idioma antiguo. No sólo te servirá para memorizar las
palabras, sino que es una habilidad esencial si necesitas componer un he¬chizo
especialmente largo y no te fías de tu memoria, o si el hechizo está registrado
por escrito y quieres usarlo.
»Cada raza ha desarrollado
su propio sistema para escribir el idioma antiguo. Los enanos usan el alfabeto
de runas, igual que los humanos. Sin embargo, son poco más que técnicas
improvisadas, incapaces de expresar las auténticas sutilezas del lenguaje como
nuestra Liduen Kvaedhí, la Escritura Poé¬tica. La Liduen Kvaedhí se creó para
obtener la mayor ele¬gancia, belleza y precisión posibles. Se compone de
cuaren¬ta y dos formas distintas que representan diversos sonidos.
Esas formas se pueden
combinar en una serie de glifos casi infinita que representan a la vez palabras
individuales y fra¬ses completas. El símbolo de tu anillo es uno de esos
glifos. El de Zar'roc es otro... Vamos a empezar: ¿cuáles son las vo¬cales básicas
del idioma antiguo?
-¿Qué?
Su ignorancia de los
entresijos del idioma antiguo se hizo evidente enseguida. Mientras viajaba con
Brom, el vie¬jo cuentacuentos se había concentrado en hacerle memori¬zar listas
de palabras que pudiera necesitar para sobrevivir, así como en perfeccionar su
pronunciación. En esas dos áreas sobresalía, pero ni siquiera podía explicar la
diferen¬cia entre un artículo definido o indefinido. Si las lagunas de su
educación frustraban a Oromis, ninguna palabra o ac¬ción del elfo traicionó esa
sensación, y en cambio se dedicó a corregirlos con persistencia.
En un cierto punto de la
lección, Eragon comentó:
-Nunca he necesitado muchas
palabras para mis hechi¬zos; Brom decía que saberlo hacer usando sólo
«brisingr» era un don. Creo que lo más largo que dije en el idioma an¬tiguo fue
cuando hablé con la mente de Arya y cuando ben¬dije a una huérfana en Farthen
Dür.
-¿Bendeciste a una niña en
el idioma antiguo? -pregun¬tó Oromis, alarmado de pronto-. ¿Recuerdas con qué
pala¬bras formulaste la bendición?
-Sí.
-Recítamelas. -Eragon lo
hizo, y una expresión de puro horror se tragó a Oromis. Exclamó-: ¡Usaste
skóliri! ¿Estás se¬guro? ¿No era skóliró?
Eragon frunció el ceño.
-No, skólir. ¿Por qué no
podía usarla? Significa «protegi¬do». «... y que te veas protegido ante la
desgracia.» Era una buena protección.
-No era una protección, sino
una maldición. -Eragon nunca había visto a Oromis tan agitado-. El sufijo «o»
forma el tiempo pasado en los verbos que termina con «r» y con «i».
Skóliro significa
«protegido», pero skólir significa «protector». Lo que dijiste fue: «Que la
suerte y la felicidad te sigan y que te conviertas en protector de la
desgracia». En vez de prote¬ger a la niña de los caprichos del destino, la
condenaste a sa¬crificarse por los demás, a absorber sus miserias y
sufrimien¬tos para que puedan vivir en paz.
«No, ¡no! ¡No puede ser!»
Eragon se encogió al pensar en esa posibilidad.
-El efecto que tiene un
hechizo no se determina sólo por las palabras, sino también por la intención, y
mi inten¬ción no era...
-No se puede contradecir la
naturaleza inherente a una palabra. Se puede forzar, sí. Guiar, también. Pero
no con¬travenir su definición para que signifique exactamente lo contrario.
-Oromis juntó los dedos y se quedó mirando la mesa, con los labios tan apretados
que formaban una fina lí¬nea blanca-. Confío en que no tenías mala intención,
pues de lo contrario me negaría a seguir enseñándote. Si eras sin¬cero y tu
corazón era puro, esa bendición hará menos daño de lo que me temo, aunque no
dejará de ser el núcleo de más dolor del que tú y yo deseamos.
Un violento temblor
sobrecogió a Eragon cuando se dio cuenta de lo que había hecho con la vida de
aquella niña.
-Tal vez no pueda deshacer
mi error -dijo-, pero quizá sí puedo aliviarlo. Saphira marcó la frente de la
niña, igual que había marcado mi palma con el gedwéy ignasia.
Por primera vez en su vida,
Eragon vio a un elfo aturdi¬do. Oromis abrió mucho los ojos, se quedó
boquiabierto y se agarró a los brazos del asiento hasta que la madera emitió un
quejido.
-Alguien que carga con la
señal de los Jinetes y, sin em¬bargo, no lo es -murmuró-. En todos mis años de
vida, aún no había conocido a nadie como vostros dos. Parece que to¬das
vuestras decisiones tienen mayor impacto de lo que na¬die se atrevería a pronosticar.
Cambiáis el mundo a vuestro antojo.
-¿Eso es bueno, o malo?
-Ni una cosa ni otra.
Simplemente, es. ¿Dónde está aho¬ra esa niña?
A Eragon le costó un momento
recomponer sus pensa¬mientos.
-Con los vardenos, ya sea en
Fathen Dür o en Surda. ¿Crees que la marca de Saphira le ayudará?
-No lo sé -contestó Oromis-.
No existe ningún prece¬dente del que podamos obtener lección alguna.
-Tiene que haber maneras de
retirar la maldición y ne¬gar el hechizo.
Era casi una súplica.
-Las hay. Pero para que sean
efectivas, has de aplicarlas tú, y no podemos permitirnos que te ausentes de
aquí. In¬cluso en las mejores circunstancias, algún resto de tu magia
perseguirá a esta chica para siempre. Ése es el poder del antiguo lenguaje. -Hizo
una pausa-. Ya veo que entiendes la gravedad de la situación, así que sólo te
diré esto una vez: cargas con toda la responsabilidad de la condena de esa niña
y, por el mal que le causaste, te corresponde ayudarla si alguna vez se
presenta la ocasión. Según la ley de los Jine¬tes, cargas con esa vergüenza
como si fuera tu hija ilegítima, una desgracia entre los humanos, si lo
recuerdo bien.
-Sí -murmuró Eragon-. Lo
entiendo.
«Entiendo que obligué a una
niña indefensa a seguir cier¬to destino sin darle siquiera la opción de
escoger. ¿Se puede ser verdaderamente bueno si no tienes la oportunidad de
ac-tuar mal? La convertí en esclava.» También sabía que si él mismo se hubiera visto
atado de ese modo sin consentimien¬to, odiaría a su carcelero con todos los
poros de su ser.
-Entonces, no se hable más
de esto.
-Sí, Ebrithil.
Eragon seguía desanimado, e
incluso deprimido, al terminar el día. Apenas alzó la vista cuando salieron al
encuentro de Saphira y Glaedr. Los árboles se agitaron por la furia de la
ga¬lerna que los dos dragones provocaban con sus alas. Saphira parecía orgullosa;
arqueó el cuello y se acercó a Eragon dan¬do brincos, con las fauces abiertas
en una sonrisa lobuna.
Una piedra crujió bajo el
peso de Glaedr cuando el viejo dragón clavó en Eragon su ojo gigantesco -grande
como un plato llano- y preguntó:
¿Cuál es la tercera regla
para detectar una corriente descenden¬te y la quinta para evitarla ?
Eragon salió de su
duermevela y apenas pudo pestañear con cara de tonto.
-No lo sé.
Entonces, Oromis se encaró a
Saphira y preguntó:
-¿Qué criaturas pastorean
las hormigas y cómo obtienen alimento de ellas?
No tengo ni idea -confesó
Saphira. Parecía ofendida.
Un brillo de rabia asomó en
la mirada de Oromis mien¬tras se cruzaba de brazos, aunque su expresión
permaneció tranquila.
-Después de todo lo que
habéis hecho juntos, creía que habíais aprendido la lección básica del
Shurt'ugal: compar¬tirlo todo con el socio. ¿Te cortarías el brazo derecho? ¿Y
tú volarías sólo con un ala? Nunca. Entonces, ¿por qué ignoráis el vínculo que
os une? De ese modo, despreciáis el mayor don y la gran ventaja que tenéis
sobre cualquier oponente in-dividual. No deberíais limitaros a hablar entre
vosotros por medio de la mente, sino que deberíais mezclar vuestras
con¬ciencias hasta que penséis y actuéis como un solo cuerpo. Es-pero que los
dos sepáis lo que cada uno aprende.
-¿Y nuestra intimidad?
-preguntó Eragon. ¿Intimidad? -dijo Glaedr-. Cuando os vayáis de aquí,
prote¬ged vuestros pensamientos si queréis, pero mientras os estemos
ense–ando, no hay intimidad que valga.
Eragon miró a Saphira y se
sintió aún peor que antes. Ella esquivó la mirada, pero luego dio un pisotón y
lo miró directamente.
Tienen razón. Hemos sido
descuidados.
No es culpa mía.
No he dicho que lo fuera.
Sin embargo, Saphira había adi¬vinado su intención. Eragon lamentaba la
atención que ha¬bía prestado a Glaedr y que eso los hubiera apartado-.
Mejo¬raremos, ¿no?
¡Por supuesto! —contestó
ella bruscamente.
Sin embargo, Saphira se negó
a ofrecer sus disculpas a Oromis y Glaedr, dejando esa tarea para Eragon.
-No volveremos a
decepcionaros.
-Asegúrate de que así sea.
Mañana os examinaremos para comprobar si cada uno sabe lo que ha aprendido el
otro. -Oromis mostró un cacharro de madera en la palma de su mano-. Mientras os
ocupéis de darle cuerda con regularidad, este aparato os despertará cada mañana
a la hora adecuada. Volved aquí en cuanto estéis lavados y desayunados.
Cuando Eragon cogió el
cacharro, le sorprendió que pesara tanto. Tenía el tamaño de una avellana y
profundas espirales talladas en torno a un nudo trabajado para repre¬sentar un
capullo de rosa de musgo. Probó a girar el nudo y oyó tres clics y el avance de
un mecanismo oculto.
-Gracias -dijo.
Bajo el árbol Menoa
Tras despedirse, Eragon y
Saphira regresaron volando a su casa en el árbol, con la silla nueva de Saphira
colgada entre las zarpas. Sin siquiera darse cuenta, ambos abrieron sus mentes
de manera gradual y permitieron que la conexión resultara más amplia y profunda,
aunque ninguno de los dos buscó conscientemente al otro. Las tumultuosas
sensaciones de Eragon, en cualquier caso, debían de ser tan fuertes que Saphira
las percibió de todos modos, porque le preguntó:
Bueno, ¿qué ha pasado ?
Un dolor latiente fue
creciendo tras los ojos de Eragon mientras explicaba el terrible delito que
había cometido en Farthen Dür. Saphira quedó tan abrumada como él. Eragon dijo:
Tu regalo tal vez ayude a la
niña, pero lo que le hice yo es inexcusable y no servirá más que para hacerle
daño.
No toda la culpa es tuya.
Comparto contigo el conocimiento del idioma antiguo e, igual que tú, no detecté
el error. -Como Eragon guardaba silencio, la dragona añadió-: Al menos hoy la
espalda no te ha dado problemas. Da las gracias.
Eragon gruñó, sin ganas de
abandonar su ánimo oscuro.
¿Y qué has aprendido tú en
este buen día?
A identificar y evitar los
modelos climáticos peligrosos.
Hizo una pausa,
aparentemente dispuesta a compartir sus recuerdos con él, pero Eragon estaba
demasiado preocupado por su errónea bendición para seguir preguntando. Tampoco
soportaba en ese momento aquel nivel de intimidad. Al ver que no mostraba mayor
interés por el asunto, Saphira se retiró en un silencio taciturno.
Al llegar de vuelta a la
habitación, Eragon encontró una bandeja de comida junto a la puerta, igual que
la noche anterior. Se llevó la bandeja a la cama -que alguien había hecho con
sábanas limpias- y se dispuso a comer, maldiciendo la falta de carne. Cansado
por el Rimgar, se recostó en las almohadas y se disponía a dar el primer
mordisco cuando sonó un suave repiqueteo en la entrada de su cámara. -Adelante
-gruñó.
Bebió un sorbo de agua.
Estuvo a punto de atragantarse al ver que Arya traspasaba el umbral. Había
abandonado la ropa de cuero que solía llevar, sustituida por una túnica de
suave color verde atada a la cintura con una cinta adornada con piedras
lunares. También se había quitado la habitual cinta del pelo, que ahora se
derramaba en torno a su cara y sobre los hombros. El mayor cambio, sin embargo,
no se notaba tanto en la ropa como en su postura: la crispada tensión que
impregnaba todo su comportamiento desde que Eragon la viera por primera vez
había desaparecido. Al fin parecía relajada.
Se apresuró a ponerse en pie
y se dio cuenta de que ella iba descalza.
-¡Arya! ¿Qué haces aquí?
Ella se llevó dos dedos a
los labios y dijo:
-¿Piensas pasar otra noche
sin salir?
-Yo...
-Ya llevas tres días en
Ellesméra y no has visto nada de la ciudad. Sé que siempre quisiste explorarla.
Olvídate del cansancio por una vez y acompáñame.
Se deslizó hacia él, cogió a
Zar'roc, que descansaba a su lado, y lo invitó con un gesto.
Eragon se levantó de la cama
y la siguió hasta el vestíbulo, desde donde descendieron por la trampilla y
luego por la muy inclinada escalera que rodeaba el rasposo tronco del árbol. En
lo alto, las nubes resplandecían con los últimos rayos del sol antes de que
éste se extinguiera tras el límite del mundo.
A Eragon le cayó un
fragmento de corteza en la cabeza y, al alzar la mirada, vio que Saphira se
asomaba desde la habitación, agarrada a la madera con las zarpas. Sin abrir las
alas, saltó al aire y descendió los treinta metros aproximados que la separaban
del suelo, aterrizando en una removida nube de polvo.
Yo también voy.
-Por supuesto -dijo Arya,
como si no esperara otra cosa.
Eragon frunció el ceño;
quería ir a solas con ella, pero sabía que no debía quejarse.
Caminaron bajo los árboles,
donde el crepúsculo extendía ya sus zarcillos hasta el interior de los troncos
huecos, las grietas oscuras de los árboles y la cara inferior de las hojas
nudosas. Aquí y allá, alguna antorcha brillaba como una gema en el interior de
algún árbol o en la punta de una rama y desprendía suaves manchas de luz a
ambos lados del sendero.
Los elfos trabajaban en
diversos proyectos en el radio de las antorchas y en torno a ellas, a solas por
lo general, salvo por unas pocas parejas. Había varios elfos sentados en lo
alto de algunos árboles, tocando melifluas tonadas en sus flautas de caña,
mientras otros miraban al cielo con expresión pacífica, entre dormidos y
despiertos. Había uno sentado con las piernas cruzadas ante un torno de
alfarero que rodaba y rodaba con ritmo regular mientras una delicada urna iba
tomando forma bajo sus manos. La mujer gata, Maud, estaba en cuclillas a su
lado, entre las sombras, contemplando sus progresos. Había un brillo plateado
en sus ojos cuando miró a Eragon y Saphira. El elfo siguió su mirada y los
saludó sin dejar de trabajar.
Entre los árboles, Eragon
atisbo a un elfo -no supo si hombre o mujer- acuclillado en una piedra en medio
de un arroyo y murmurando un hechizo hacia un globo de cristal que sostenía en
las manos. Eragon agachó el cuello con la intención de verlo mejor, pero el
espectáculo ya se había desvanecido en la oscuridad.
-¿A qué se dedican los
elfos? -preguntó Eragon en voz muy baja para no molestar a nadie-¿Qué
profesiones tienen?
Arya contestó en el mismo
tono:
-Nuestra habilidad con la
magia nos permite disfrutar de tanto ocio como deseemos. No cazamos ni
cultivamos la tierra y, en consecuencia, pasamos los días trabajando para
dominar aquello que nos interesa, sea lo que fuere. Hay muy pocas cosas que nos
exijan esfuerzo.
A través de un túnel de
cornejos cubiertos de enredaderas, entraron en el atrio cerrado de una casa que
había crecido entre un corro de árboles. Una cabaña abierta ocupaba el centro
del atrio, que acogía una forja y un surtido de utensilios; Eragon pensó que
hasta Horst los habría envidiado.
Una elfa sostenía unas
tenazas pequeñas entre unas ascuas ardientes y accionaba un fuelle con la mano
derecha. Con una rapidez asombrosa, sacó las tenazas del fuego -mostrando así
un anillo de hierro candente atrapado entre sus extremos-, pasó el anillo por
el borde de una armilla incompleta colgada encima del yunque, agarró un
martillo y cerró los extremos abiertos del anillo a golpes, entre un estallido
de chispas.
Sólo entonces se acercó
Arya.
-Atra esterní ono thelduin.
La elfa los miró, con el
cuello y las mejillas iluminadas desde abajo por la luz san-guinolenta de las
ascuas. Recorría su cara un delicado trazo de arrugas, como tensos cables
encajados bajo la piel; Eragon nunca había visto en un elfo semejantes rastros
de la edad. La elfa no respondió a Arya, y Eragon sabía que eso era ofensivo y
descortés, sobre todo porque la hija de la reina la había honrado al hablar en
primer lugar.
-Rhunón-elda, te he traído
al nuevo Jinete, Eragon Asesino de Sombras.
-Oí que habías muerto -dijo
Rhunón a Arya.
Su voz, al contrario que la
de la mayoría de los elfos, era profunda y rasposa. A Eragon le recordó a los
ancianos de Carvahall que se sentaban en los porches de sus casas a fumarse una
pipa y contar historias.
Arya sonrió.
-¿Cuándo saliste de casa por
última vez, Rhunón?
-Deberías saberlo. Fue para
aquella fiesta del solsticio de verano a la que me obligaste a acudir.
-Hace tres años de eso.
-Ah, ¿sí? -Rhunón frunció el
ceño al tiempo que reunía las ascuas y las cubría con una reji-lla-. Bueno, ¿y
qué? La compañía me impacienta. Un parloteo insignificante que... -Fulminó a
Arya con la mirada-. ¿Por qué estamos hablando en este absurdo lenguaje?
Supongo que quieres que le forje una espada. Ya sabes que juré no volver a
crear ningún instrumento mor-tal después de la traición de aquel Jinete y la
destrucción que provocó con mi espada.
-Eragon ya tiene espada
-dijo Arya.
Alzó un brazo y enseñó
Zar'roc a la herrera. Rhunón la tomó con una mirada de asombro. Acarició la
funda, del color del vino, se detuvo en el símbolo negro que llevaba labrado,
quitó algo de polvo de la empuñadura y luego la envolvió con sus dedos y sacó
la espada con toda la autoridad de un guerrero. Miró los dos filos de Zar'roc y
flexionó tanto la hoja entre sus manos que Eragon temió que se rompiera. Luego,
en un solo movimiento, Rhunón giró a Zar'roc por encima de la cabeza y la bajó
de golpe sobre las tenazas que descansaban en el yunque, partiéndolas por la
mitad con un resonante tintineo.
-Zar'roc -dijo Rhunón-. Me
acuerdo de ti. -Acunó el arma como haría una madre con su primogénito-. Tan
perfecta como el día en que fuiste terminada. -Se puso de espaldas y alzó la
vista a las nudosas ramas mientras reseguía las curvas del pomo-. Me he pasado
toda la vida sacando estas espadas del hierro a martillazos. Luego vino él y
las destruyó. Siglos de esfuerzo aniquilados en un instante. Que yo sepa, sólo
quedan cuatro ejemplos de mi arte: su espada, la de Oromis y otras dos
conservadas por las familias que consiguieron rescatarlas de los Wyrdfell.
¿Wyrdfell?-se atrevió a
preguntar Eragon a Arya mentalmente.
Es otro nombre para los
Apóstatas.
Rhunón se volvió hacia
Eragon.
-Ahora Zar'roc ha vuelto a
mí. De todas mis creaciones, ésta es la que menos esperaba recuperar, aparte de
la suya. ¿Cómo cayó en tu poder la espada de Morzan?
-Brom me la dio.
-¿Brom? -Sopesó a Zar'roc-.
Brom... Me acuerdo de Brom. Me suplicó que repusiera la espada que había
perdido. En verdad, quería ayudarlo, pero ya había hecho mi juramento. Mi
negativa le hizo perder la razón de pura rabia. Oromis tuvo que dejarlo
inconsciente de un golpe para poder sacarlo de aquí.
Eragon recogió aquella
información con interés.
-Tu creación me ha servido
bien, Rhunón-elda. Si no fuera por Zar'roc, hace mucho que estaría muerto. Maté
a la Sombra Durza con ella.
-Ah, ¿sí? Entonces ha hecho
algún bien. -Rhunón enfundó a Zar'roc y se la devolvió, aun-que no sin cierta
reticencia, y luego miró a Saphira-. Ah, bienvenida, Skulblaka.
Bienhallada, Rhunón-elda.
Sin tomarse la molestia de
pedir permiso, Rhunón se acercó al hombro de Saphira, le tocó una escama con
sus duras uñas y giró el cuello a uno y otro lado con la intención de mirar el
translúcido elemento.
-Buen color. No como esos
dragones marrones, embarrados y oscuros. Hablando con pro-piedad, la espada de
un Jinete debería combinar con el halo de su dragón, y con este azul se podría
haber hecho un filo maravilloso...
La idea parecía agotarla.
Regresó al yunque y se quedó mirando la tenaza destrozada, como si ya no le
quedaran ganas de repararla.
A Eragon le parecía que no
estaba bien terminar la conversación con una nota tan deprimente, pero no se le
ocurría una manera de cambiar de tema con tacto. La armilla brillante captó su
atención y, al estudiarla con detenimiento, le asombró ver que todos los aros
estaban cerrados como si los hubiera soldado a la perfección. Como los
eslabones minúsculos se enfriaban tan rápido, normalmente había que soldarlos
antes de encajarlos en la malla, lo cual implicaba que las mallas más finas
-como la cota de Eragon- estaban com-puestas de eslabones soldados y
remachados, alternativamente. Salvo que, al parecer, el he-rrero poseyera la
velocidad y la precisión de los elfos.
Eragon dijo:
-Nunca he visto una malla
igual que la tuya, ni siquiera las de los enanos. ¿Cómo tienes la paciencia de
soldar todos los eslabones? ¿Por qué no usas la magia y te ahorras todo ese
tra-bajo?
En ningún caso esperaba el
estallido de pasión que animó a Rhunón. Agitó su corta cabellera y dijo:
-¿Y perderme todo el placer
de la tarea? Ah, sí, todos los elfos y yo misma podríamos usar la magia para
satisfacer nuestros deseos, y algunos lo hacen, pero entonces... ¿Qué
signi-ficado tendría la vida? ¿Cómo ocuparías tú el tiempo? Dime.
-No lo sé -confesó.
-Persiguiendo aquello que
más amas. Cuando te basta con pronunciar unas pocas pala-bras para obtener lo
que quieres, no importa el objetivo, sino el camino que te lleva a él. Le-cción
para ti. Algún día te enfrentarás al mismo dilema, si vives lo suficiente... Y
ahora... ¡vete! Me he cansado de esta conversación.
Tras decir eso, Rhunón quitó
la rejilla de la fragua, sacó unas tenazas nuevas y metió un anillo entre las
ascuas mientras accionaba el fuelle con intensidad reconcentrada.
-Rhunón-elda -dijo Arya-.
Recuerda que volveré a por ti la vigilia del Agaetí Blódhren.
Sólo obtuvo un gruñido por
respuesta.
-¿Hizo ella todas las
espadas de los Jinetes? —preguntó Eragon-. ¿Hasta la última?
-Y muchas más. Es la mejor
herrera que ha vivido jamás. Me ha parecido que debías conocerla, por su bien y
por el tuyo.
-Gracias.
¿Siempre es tan
brusca?-preguntó Saphira.
Arya se rió.
-Siempre. Para ella sólo
importa su artesanía, y es famosa su impaciencia con cualquier persona u objeto
que la interfiera. Se le toleran las excentricidades, sin embargo, por su
habi-lidad increíble y sus logros.
Mientras Arya hablaba,
Eragon intentó interpretar el significado de «Agaetí Blódhren». Estaba casi
seguro de que blódh significaba «sangre» y, por lo tanto, blódhren debía de ser
«juramento de sangre», pero nunca había oído hablar de «agaetí».
-«Celebración» -explicó Arya
cuando se lo preguntó-. Organizamos la Celebración del Juramento de Sangre una
vez cada siglo para honrar nuestro pacto con los dragones. Es una suerte para
vosotros que estéis aquí ahora, porque ya está muy cerca... -Frunció tanto el
ceño que se le juntaron las cejas-. Desde luego, el destino ha preparado una
coincidencia muy prometedora.
Sorprendió a Eragon al
guiarlos todavía más adentro de Du Weldenvarden por senderos entrecruzados por
ortigas y groselleros, hasta que las luces se desvanecieron a su alrededor y
entraron en el bosque más asilvestrado. En la oscuridad, Eragon tuvo que confiar
en la aguda visión nocturna de Saphira para no perderse. Los curtidos árboles
se ensanchaban y estaban cada vez más cercanos entre sí, hasta tal puntó que
amenazaban con crear una barrera impe-netrable. Justo cuando parecía que ya no
podían avanzar, el bosque se terminó y entraron en un claro bañado por la luz
de una brillante hoz de luna baja en el cielo por el este.
Un pino solitario se alzaba
en medio del claro. No era más alto que los demás de su especie, pero sí más
ancho que un centenar de árboles normales sumados; en comparación, los demás
parecían tan esqueléticos como pimpollos azotados por el viento. Un manto de
raí-ces irradiaba desde el tronco gigantesco y cubría la tierra con unas venas
enfundadas en cor-teza que causaban la impresión de que todo el bosque fluía
desde aquel árbol, como si fuera el mismísimo corazón de Du Weldenvarden. El
pino presidía el bosque como una matriarca benevolente y protegía a sus
habitantes bajo el refugio de sus ramas.
-He aquí el árbol Menoa
-susurró Arya-. Celebramos el Agaetí Blódhren a su sombra.
Un escalofrío recorrió el
costado de Eragon al reconocer el nombre. Después de que Angela le adivinara el
futuro en Teirm, Solembum se le había acercado y le había dicho:
Cuando llegue el momento en
que necesites un arma, mira debajo de las raíces del árbol Menoa. Luego, cuando
todo parezca perdido y tu poder no sea suficiente, ve a la roca de Kuthian y
pronuncia tu nombre para abrir la cripta de las Almas.
Eragon no podía imaginar qué
clase de alma podía haber enterrada bajo el árbol, ni cómo podía encontrarla.
¿Ves algo?-preguntó a
Saphira.
No, pero dudo de que las
palabras de Solembum tengan sentido hasta que esté claro que lo nece-sitamos.
Eragon le contó a Arya las
dos partes del consejo del hombre gato, aunque -tal como ha-bía hecho ante
Ajihad e Islanzadí- mantuvo en secreto la profecía de Angela por su natura-leza
personal y porque le dio miedo que permitiera a Arya adivinar la atracción que
sentía por ella.
Cuando hubo terminado, Arya
le dijo:
-Es poco frecuente que los
hombres gato ofrezcan consejo, y si lo hacen, no conviene igno-rarlo. Que yo
sepa, no hay ningún arma escondida aquí, ni siquiera según las viejas
cancio-nes y leyendas. En cuanto a la roca de Kuthian... Ese nombre me suena
como si viniera de la voz de un sueño medio olvidado, familiar pero extraño. Lo
he oído alguna vez, pero no con-sigo recordar dónde.
Cuando se acercaron al árbol
Menoa, la multitud de hormigas que se arrastraban por encima de las raíces
llamó la atención de Eragon. Apenas alcanzaba a ver las leves manchas blancas
de los insectos, pero el ejercicio de Oromis lo había sensibilizado a las
corrientes de vida del entorno y logró sentir en su mente las primitivas
conciencias de las hormigas. Retiró las defensas y permitió que su conciencia
fluyera hacia fuera, tocando levemente a Arya y Sa-phira y expandiéndose luego
más allá para ver qué más vivía en el claro.
Con una brusquedad
inesperada descubrió una entidad inmensa, un ser consciente de una naturaleza
tan colosal que no alcanzaba a percibir los límites de su psique. Hasta el
inte-lecto de Oromis, con el que Eragon había entablado contacto en Farthen
Dür, era enano comparado con aquella presencia. Hasta el aire parecía vibrar
con la energía y la fuerza que emanaba de... ¿del árbol?
La fuente era inconfundible.
Deliberados e inexorables,
los pensamientos del árbol se movían a pasos medidos, lentos como el avance del
hielo sobre el granito. No prestaba atención a Eragon ni, seguro, a ningún otro
individuo. Estaba preocupado por entero con los asuntos de todo aquello que
crece y florece bajo el brillo del sol, con el cáñamo y los lirios, las
prímulas de atardecer y la sedosa dedalera y la mostaza amarilla que crecía
junto al manzano silvestre con sus flores púrpuras.
-¡Está despierto! -exclamó
Eragon, llevado por la sorpresa-. O sea... Es inteligente.
Sabía que Saphira también lo
estaba sintiendo; la dragona inclinó la cabeza hacia el árbol Menoa, como si
escuchara, y luego voló hacia una de las ramas, que eran tan anchas como la
carretera de Carvahall a Therinsford. Allí se plantó y dejó colgar la cola,
agitándola de un lado a otro con la elegancia de siempre. Era una visión tan
extraña, una dragona en un árbol, que Eragon casi se echó a reír.
-Claro que está despierto
-dijo Arya. Su voz sonó baja y suave en el aire de la noche-. ¿Quieres que te
cuente la historia del árbol Menoa?
-Me encantaría.
Un resplandor blanco cruzó
el cielo, como un espectro perseguido, y se deshizo delante de Saphira y Eragon
para adoptar la forma de Blagden. Los estrechos hombros del cuervo y su cuello
encorvado le daban el aspecto de un avaro que se regocijara ante el brillo de
un montón de oro. El cuervo alzó su pálida cabeza y soltó un chillido que no
presagiaba nada bueno:
-¡Wyrda!
-Esto es lo que pasó. En
otro tiempo vivía aquí una mujer, Linnéa, en la época de las especias y el
vino, antes de nuestra guerra con los dragones y antes de que nos volviéramos
inmortales, en la medida en que pueden serlo todos los entes compuestos de carne
vul-nerable. Linnéa había envejecido sin el consuelo de un compañero o hijos,
ni tampoco sentía necesidad de tenerlos, pues prefería ocuparse del arte de
cantar a las plantas, arte que dominaba con maestría. O sea, lo dominó hasta
que apareció ante su puerta un joven y la en-candiló con sus palabras de amor.
Sus carantoñas despertaron una parte de Linnéa de cuya existencia ella ni
siquiera había sospechado, un anhelo de experimentar cosas que había
sacrificado sin darse cuenta. El ofrecimiento de una segunda oportunidad era
una ocasión demasiado grande para dejarla pasar. Abandonó su trabajo y se
dedicó al joven, y fueron feli-ces durante un tiempo.
»Pero el joven era joven y
empezó a desear una compañera de su edad. Le echó el ojo a una mujer joven y la
cortejó y obtuvo su favor. Y durante un tiempo fueron felices también.
«Cuando Linnéa descubrió que
había sido desdeñada, burlada y abandonada, enloqueció de dolor. El joven había
hecho una de las peores maldades: le había dado a probar la plenitud de la vida
para luego arrancársela sin más miramientos que el del gallo que revolotea
entre una gallina y la siguiente. Ella lo descubrió con la otra mujer y, en un
ataque de furia, lo mató a puñaladas.
«Linnéa sabía que lo que
había hecho estaba mal. También sabía que, incluso si se le perdonaba el
crimen, no podría regresar a su existencia previa. La vida había perdido toda
su alegría. Así que se fue al árbol más antiguo de Du Weldenvarden, se apretó contra
su tronco y se fundió con él cantando, al tiempo que abandonaba todos los
atributos de su raza. Cantó durante tres días y tres noches y, al terminar, se
había unificado con sus amadas plantas. Y durante todo el milenio que pasó a
partir de entonces no dejó de vigilar el bosque. Así se creó el árbol Menoa.
Tras terminar el relato,
Arya y Eragon se sentaron juntos en el montículo de una raíz enorme, a algo más
de un metro del suelo. Eragon rebotó los talones en el árbol y se preguntó si
Arya le habría contado aquella historia a modo de advertencia o si se trataba
de un cuento inocente.
Su duda se endureció,
convertida en certeza, cuando ella preguntó:
-¿Crees que el joven tuvo la
culpa de la tragedia?
-Creo -contestó, sabiendo
que una respuesta torpe podía poner a Arya en su contra- que lo que hizo fue
cruel... Y que la reacción de Linnéa fue excesiva. Los dos tienen su parte de
culpa.
Arya lo miró hasta que
Eragon se vio obligado a apartar la mirada.
-No estaban hechos el uno
para el otro.
Eragon empezó a negarlo,
pero se detuvo. Arya tenía razón. Y lo había manipulado de tal manera que ahora
tenía que decirlo en voz alta, y tenía que decírselo nada menos que a ella.
-Tal vez -admitió.
El silencio se acumuló entre
ellos como arena amontonada hasta formar una pared que ninguno de los dos
quería quebrar. El agudo canturreo de las cigarras resonó desde el borde del
claro. Al fin, Eragon dijo:
-Parece que te sienta bien
estar en casa.
-Sí.
Con una facilidad
inconsciente, Arya se inclinó hacia delante, recogió una ramita que se le había
caído al árbol Menoa y empezó a tejer las agujas de pinaza para formar un cesto
pequeño.
La sangre caliente subió al
rostro de Eragon mientras la miraba. Esperó que la luna no brillara tanto como
para revelar que sus mejillas habían adquirido un rojo moteado.
-¿Dónde...? ¿Dónde vives?
¿Islanzadí y tú tenéis un palacio o un castillo...?
-Vivimos en la sala
Tialdarí, uno de los edificios ancestrales de nuestra familia, en la parte
oeste de Ellesméra. Me encantaría enseñarte nuestra casa.
-Ah. -Una cuestión práctica
se introdujo de pronto en los confusos pensamientos de Era-gon, sustrayéndolo
del bochorno-. Arya, ¿tienes hermanos? -Ella negó con la cabeza-. Enton-ces,
¿eres la única heredera del trono de los elfos?
-Por supuesto. ¿Por qué lo
preguntas? Su curiosidad parecía asombrarle.
-No consigo entender que se
te permitiera convertirte en embajadora ante los vardenos y los enanos, así
como portadora del huevo de Saphira desde aquí hasta Tronjheim. Es una tarea
demasiado peligrosa para una princesa, y mucho más para una futura reina.
-Querrás decir que sería
demasiado peligroso para una mujer humana. Ya te he dicho otras veces que no
soy una de esas mujeres sin recursos. No te das cuenta de que nosotros vemos a
nuestros monarcas de manera distinta que vosotros y los enanos. Para nosotros,
la mayor responsabilidad de un rey o una reina es servir a su pueblo donde sea
y como sea posible. Si eso implica arriesgar nuestra vida en el proceso,
agradecemos la oportunidad de demostrar nuestra devoción al hogar, al salón y
al honor, como dirían los enanos. Si hubiera muerto en el cumplimiento de mi
deber, se habría escogido un sucesor entre nuestras distin-tas casas. Incluso
ahora, nadie podría obligarme a convertirme en reina si me pareciera una
perspectiva desagradable. No escogemos a líderes que no estén dispuestos a
dedicarse plena-mente a sus obligaciones. -Titubeó, y luego recogió las
rodillas sobre el pecho y apoyó en ellas la barbilla-. Tuve muchos años para
perfeccionar esos argumentos con mi madre. –Du-rante un rato, el cri-cri de las
cigarras sonó en el claro sin interrupción-. ¿Cómo van tus estu-dios con
Oromis?
Eragon gruñó y recuperó el
malhumor, empujado por una oleada de recuerdos desagra-dables que arruinaban el
placer de estar con Arya. Sólo quería meterse en la cama, dormirse y olvidar
aquel día.
-Oromis-elda -dijo, rumiando
las palabras en su boca antes de soltarlas- es bastante duro.
Hizo una mueca cuando ella
le cogió por el antebrazo con una fuerza dolorosa. -¿Qué ha salido mal?
Intentó zafarse de su mano.
-Nada.
-He viajado contigo lo
suficiente para saber cuándo estás contento, enfadado... o dolido. ¿Ha pasado
algo entre Oromis y tú? Si fuera así, tienes que decírmelo para que se pueda
rectificar lo antes posible. ¿O ha sido tu espalda? Podríamos...
-¡No es por mi formación!
-Pese al resentimiento, Eragon se dio cuenta de que la preocu-pación de Arya
parecía auténtica, y eso le gustó-. Pregúntale a Saphira. Que te lo cuente
ella.
-Quiero oírtelo a ti -dijo
Arya en voz baja. Los músculos del mentón de Eragon se contra-jeron de tanto
apretar los dientes. En voz baja, apenas en un susurro, primero describió cómo
había fracasado en la meditación en el claro, y luego el incidente que envenenaba
su corazón como si tuviera una víbora enroscada en el pecho: la bendición.
Arya le soltó el brazo y se
agarró a la raíz del árbol Menoa, como si buscara un punto de equilibrio.
-Barzül. -Aquella palabrota
propia de enanos alarmó a Eragon. Nunca había oído a la elfa pronunciar nada
parecido, y aquélla era particularmente apropiada, pues significaba «mal
fario»-. Supe de tu acción en Farthen Dür, claro, pero nunca pensé... Nunca
sospeché que pudiera ocurrir algo así. Te suplico que me perdones, Eragon, por
obligarte a salir de tus apo-sentos esta noche. No entendía tu malhumor.
Tendrás ganas de estar solo.
-No -contestó-. No,
agradezco la compañía y las cosas que me has enseñado. -Eragon sonrió a Arya, y
al cabo de unos segundos ella le devolvió la sonrisa. Se quedaron juntos,
sentados y quietos junto a la base del viejo árbol, y contemplaron cómo la luna
trazaba un arco sobre el bosque en paz antes de esconderse entre las nubes-.
Sólo quisiera saber qué será de esa niña.
En lo alto, Blagden agitó
sus alas blancas como un hueso y aulló:
-¡Wyrda!
Un laberinto de
oposición
Nasuada cruzó los brazos sin
preocuparse de disimular su impaciencia mientras examinaba a los dos hombres
que tenía delante.
El de la derecha tenía un
cuello tan grueso que la cabeza se veía obligada a permanecer adelantada, casi
en ángulo recto con los hombros, lo cual le daba aspecto de hombre terco y de
escasas luces. La gruesa frente y los dos peñascos de pelo apelmazado -tan
largo que casi llegaba a taparle los ojos- intensificaban esa sensación, así
como sus labios abultados, que adoptaban la forma de una seta rosada, incluso
mientras hablaba. Sin embargo, ella sabía que no debía tener en cuenta su
aspecto repulsivo. Aunque se alojara en un entorno burdo, la lengua de aquel
hombre era hábil como la de un bufón.
El único rasgo identificador
del segundo hombre era la palidez de su piel, que ni siquiera se oscurecía bajo
el sol de Surda, a pesar de que los vardenos llevaban ya unas cuantas semanas
en Aberon, la capital. Por aquel color de piel Nasuada intuyó que el hombre era
originario de los límites norteños del Imperio. Sostenía en sus manos una gorra
de punto de lana y, de tanto retorcerla, casi la había convertido en una
cuerda.
-Tú -le dijo, al tiempo que
lo señalaba-. ¿Cuántos pollos dices que te ha matado?
-Trece, señora.
Nasuada fijó de nuevo su
atención en el hombre feo.
-Una desgracia, se mire como
se mire, maestro Gamble. Y también lo es para ti. Eres cul-pable de robo y
destrucción de la propiedad ajena, y no has ofrecido una recompensa apro-piada.
-Nunca lo he negado.
-Sólo me pregunto cómo has
podido comerte trece pollos en cuatro días. ¿Nunca tienes bastante, maestro
Gamble? El hombre mostró una sonrisa jocosa y se rascó un lado de la cara. El
rasguido de sus uñas sin cortar sobre el rastrojo de barba molestó a Nasuada,
quien tuvo que hacer un esfuerzo para no pedirle que parase.
-Bueno, no pretendo faltarle
al respeto, señora, pero llenar mi estómago no sería un pro-blema si usted nos
alimentara como debe ser, con lo mucho que trabajamos. Soy un hombre grande y
necesito llevarme algo de carne a las tripas después de pasarme medio día
par-tiendo piedras con una maza. Hice cuanto pude por resistir a la tentación,
sí. Pero tres semanas de raciones pequeñas mientras veía a estos granjeros
pasear sus ganados sin compartirlos por mucho que uno se muera de hambre...
Bueno, reconozco que eso pudo con-migo. No soy un hombre fuerte en lo que
respecta a la comida. Me gusta caliente y me gusta que haya mucha. Y me parece
que no soy el único dispuesto a servirse de lo que haya.
«Y ése es el núcleo del
problema», reflexionó Nasuada. Los vardenos no podían permi-tirse alimentar a
sus miembros, ni siquiera con la ayuda de Orrin, el rey de Surda. Orrin les
había abierto sus erarios, pero se había negado a hacer lo mismo que Galbatorix
cuando des-plazaba a su ejército por el Imperio: apropiarse de las provisiones
de los paisanos sin pagar por ellas. Sin embargo, Nasuada sabía que eran esa
clase de actos los que diferenciaban a ella, Orrin, Hrothgar e Islanzadí del
despotismo de Galbatorix. «Qué fácil sería cruzar esa frontera sin darse
cuenta.»
-Entiendo tus razones,
maestro Gamble. Sin embargo, aunque los vardenos no confor-mamos un país y no
respondemos a otra autoridad que la nuestra, eso no te da, ni a ti ni a na-die,
derecho a ignorar el imperio de la ley que establecieron mis predecesores y que
se obser-va en Surda. Por lo tanto, te ordeno que pagues una moneda de cobre
por cada uno de los pollos que robaste.
Gamble la sorprendió al
aceptarlo sin protestar.
-Como usted desee, señora.
-¿Y ya está? -exclamó el
hombre pálido. Retorció aún más la gorra-. No es un precio justo. Si los
vendiera en cualquier mercado, valdrían...
Nasuada no pudo contenerse
más.
-¡Sí! Valdrían más. Pero
resulta que yo sé que el maestro Gamble no puede permitirse pagar lo que valen,
pues yo misma pago su salario. Igual que el tuyo. Olvidas que si yo deci-diera
comprar tus aves por el bien de los vardenos, no sacarías más de una moneda de
cobre por cada pollo, y eso con suerte. ¿Me has entendido?
-No puede...
-¿Me has entendido?
Al cabo de unos segundos, el
hombre pálido cedió y murmuró:
-Sí, señora.
-Muy bien. Podéis retiraros.
-Con expresión de sardónica admiración, Gamble se llevó u-na mano a la frente e
hizo una reverencia a Nasuada antes de salir de la habitación de piedra con su
amargado oponente-. Vosotros también -dijo ella a los guardias que había a
ambos lados de la puerta.
En cuanto se fueron, Nasuada
se dejó caer en su silla con un suspiro de cansancio, cogió un abanico y lo
agitó cerca de la cara, en un inútil intento de disipar las gotitas de sudor
que se le acumulaban en la frente. El calor constante le consumía las fuerzas y
convertía hasta el más pequeño esfuerzo en una ardua tarea.
Le daba la impresión de que,
incluso si fuera pleno invierno, estaría cansada igualmente. Pese a su
familiaridad con los más recónditos secretos de los vardenos, le había costado
más de lo que esperaba transportar toda la organización de Farthen Dür a través
de las montañas Beor y llevarla hasta Surda y Aberon. Se estremeció al recordar
los largos e incómodos días pasados sobre la silla del caballo. Planificar y
ejecutar la partida había resultado extremada-mente difícil, como también lo
era integrar a los vardenos a su nuevo entorno al mismo tiem-po que preparaba
un ataque al Imperio. «Mis días no tienen tiempo suficiente para arreglar todos
estos problemas», se lamentó.
Al fin, soltó el abanico y
accionó el tirador de la campanilla para llamar a su doncella, Farica. El
estandarde colgado a la derecha del escritorio de cerezo se agitó al abrirse la
puerta que quedaba escondida detrás. Apareció Farica y se quedó junto al codo
de Nasuada, con la mirada baja.
-¿Hay más? -preguntó ésta.
-No, señora.
Nasuada procuró que no se
notara su alivio. Una vez por semana mantenía una corte abierta para resolver
las diversas disputas que se producían entre los vardenos. Cualquiera que se
sintiera maltratado podía pedirle audiencia y contar con su intervención. No se
le ocurría otra tarea tan difícil e ingrata como aquélla. Como solía decir su
padre después de negociar con Hrothgar: «Un buen pacto deja a todos sin
energía». Parecía cierto.
Reconcentró su atención en
los asuntos pendientes y dijo a Farica:
-Quiero que recoloquen a
Gamble. Dale un trabajo en el que su talento con las palabras sirva para algo.
Intendente, por ejemplo, si el trabajo está recompensado con buenas raciones.
No quiero verlo otra vez por haber robado.
Farica asintió, se acercó al
escritorio y anotó las instrucciones de Nasuada en un pergamino. Ya sólo por
esa capacidad era inestimable. La doncella preguntó:
-¿Dónde puedo encontrarlo?
-En una de las brigadas que
trabaja en la cantera.
-Sí, señora. Ah, mientras
estaba ocupada, el rey Orrin ha pedido que se reúna con él en su laboratorio.
-¿Qué ha hecho esta vez?
¿Cegarse?
Nasuada se lavó las muñecas
y el cuello con agua de lavanda, repasó su cabello en el espejo de plata pulida
que le había regalado Orrin y tiró de su vestido hasta que las mangas quedaron
rectas.
Satisfecha con su aspecto,
salió de sus aposentos seguida por Farica. El sol brillaba tanto que para
iluminar el interior del castillo Borromeo no hacían falta antorchas, cuyo
calor, por otra parte, habría resultado insoportable. Caían haces de luz desde
las almenas y, reflejados en la pared interior del pasadizo, trazaban en el
aire barras de polvo dorado a intervalos regulares. Nasuada miró hacia la
barbacana por una jamba y vio que unos treinta soldados de caballería de Orrin,
con sus trajes de color naranja, iniciaban una de sus incesantes rondas para
patrullar los campos que rodeaban Aberon.
«Tampoco servirían de mucho
si Galbatorix decidiera atacarnos», pensó con amargura. Lo único que los
protegía de ese ataque era el orgullo de Galbatorix y, según las esperanzas de
Nasuada, su miedo a Eragon. Todos los líderes eran conscientes del riesgo de
usurpación, pero los propios usurpadores estaban doblemente asustados por la
amenaza que podía representar un individuo decidido. Nasuada sabía que estaba
jugando un juego demasiado peligroso con el loco más poderoso de Alagaésia. Si
se equivocaba al juzgar hasta dónde po-día presionarlo, ella y el resto de los
vardenos serían destruidos, y con ellos cualquier espe-ranza de poner fin al
reinado de Galbatorix.
El fresco olor del castillo
le recordaba los tiempos que había pasado allí en su infancia, cuando aún
gobernaba el rey Larkin, padre de Orrin. En esa época apenas veía a Orrin.
Tenía cinco años más que ella y ya estaba ocupado con sus tareas de príncipe.
Ahora, en cambio, Nasuada se sentía a menudo como si fuera ella la mayor.
Al llegar a la puerta del
laboratorio de Orrin, tuvo que detenerse y esperar que sus guardias, que
siempre estaban ante la puerta, anunciaran al rey su presencia. Pronto resonó
la voz de Orrin en el hueco de la escalera.
-¡Señora Nasuada! Me alegro
de que hayas venido. Tengo que enseñarte algo.
Preparándose mentalmente,
entró en el laboratorio con Farica. Ante ellos había un labe-rinto de mesas
cargadas con un fantástico despliegue de alambiques, vasos de precipitados y
retortas, como un matorral de cristal listo para enganchar sus vestidos en cualquiera
de sus múltiples ramitas frágiles. El pesado olor a vapores metálicos aguó los
ojos de Nasuada. Al-zando los bajos de los vestidos, ella y Farica se abrieron
paso en fila de a una hacia el fondo de la sala, pasando junto a relojes de
arena y reglas, volúmenes arcanos encuadernados en hierro negro, astrolabios
enanos y pilas de prismas fosforescentes de cristal que emitían destellos
azules intermitentes.
Encontraron a Orrin junto a
un banco de mármol, donde removía un crisol de azogue con un tubo de cristal
cerrado por un extremo y abierto por el otro, de al menos un metro de altura
pese a que apenas medía unos centímetros de anchura.
-Señor -dijo Nasuada. Como
tenía el mismo rango que el rey, se mantuvo erguida mien-tras Farica hacía una
reverencia-. Pareces recuperado de la explosión de la semana pasada.
De buen humor, Orrin hizo
una mueca.
-Aprendí que no es
inteligente combinar fósforo y agua en un espacio cerrado. El resul-tado puede
ser bastante violento.
-¿Has recuperado del todo el
oído?
-No del todo, pero...
Sonriendo como un crío con
su primera navaja, prendió una astilla con las ascuas de un brasero, cuya
presencia se antojaba insoportable a Nasuada con aquel calor sofocante, llevó
la madera en llamas de vuelta al banco y la usó para encender una pipa llena de
semillas de cardo.
-No sabía que fumabas.
-En realidad, no fumo
-confesó el rey-, pero he descubierto que como el tímpano no se ha soldado del
todo, puedo hacer esto... -Aspiró una bocanada e infló las mejillas hasta que
una voluta de humo empezó a salir por su oreja izquierda, como una serpiente
que abandonara el nido, y se enroscó en torno a su cabeza. Era tan inesperado
que Nasuada se echó a reír y, al poco, Orrin se unió a ella, soltando una nube
de humo por la boca-. Es una sensación muy peculiar -le explicó-. Al salir,
pica un montón.
Nasuada se puso seria de
nuevo y preguntó:
-¿Hay algo más que quieras
comentar conmigo, señor?
Orrin chasqueó los dedos.
-Claro. -Metió su largo tubo
de cristal en el crisol, lo llenó de azogue y luego tapó el extre-mo abierto
con un dedo y se lo mostró a Nasuada-. ¿Estás de acuerdo en que en este tubo
só-lo hay azogue?
-Lo estoy.
«¿Para esto quería verme?»
-Y ahora ¿qué?
Con un rápido movimiento,
invirtió el tubo y plantó el extremo abierto dentro del crisol, al tiempo que
quitaba el dedo. En vez de derramarse como Nasuada esperaba, el azogue cayó
sólo hasta la mitad del tubo, donde se detuvo y conservó la posición. Orrin
señaló la sección vacía que quedaba por encima del metal suspendido.
-¿Qué ocupa este espacio?
-preguntó.
-Ha de ser aire -afirmó
Nasuada.
Orrin sonrió y negó con la
cabeza.
-En ese caso, ¿cómo podría
el aire cruzar el azogue o desparramarse por el cristal? No hay camino alguno
por el que pueda entrar la atmósfera. -Señaló a Farica con un gesto-. ¿Qué
o-pinas tú, doncella?
Farica miró fijamente el
tubo, se encogió de hombros y dijo:
-No puede haber nada, señor.
-Ah, eso es exactamente lo
que creo: nada. Creo que he resuelto uno de los más antiguos enigmas de la
filosofía natural al crear un vacío y demostrar su existencia. Invalida
totalmen-te las teorías de Vacher y significa que, en realidad, Ládin era un
genio. Parece que los ojos cegados por una explosión siempre tienen razón.
Nasuada se esforzó por
mantener la cordialidad mientras preguntaba:
-Pero ¿para qué sirve?
-¿Servir? -Orrin la miró con
genuino asombro-. Para nada, por supuesto. Al menos, no se me ocurre nada. Sin
embargo, nos ayudará a comprender la mecánica de nuestro mundo, có-mo y por qué
ocurren las cosas. Es un descubrimiento asombroso. ¿Quién sabe a qué podría
llevarnos? -Mientras hablaba, vació el tubo y lo depositó con cuidado en una
caja forrada de terciopelo que contenía otros utensilios igual de delicados-.
La perspectiva que me estimula de verdad, en cualquier caso, es la de usar la
magia para hurgar en los secretos de la natu-raleza. Caramba, ayer mismo, con
un solo hechizo, Trianna me ayudó a descubrir dos gases completamente nuevos.
Imagínate lo que se podría aprender si se aplicara la magia sistemá-ticamente a
las disciplinas de la filosofía natural. Me estoy planteando aprender magia, si
es que tengo el talento necesario y soy capaz de convencer a unos cuantos
conocedores para que divulguen sus secretos. Es una pena que tu Jinete, Eragon,
no te acompañara hasta aquí. Es-toy seguro de que él podría ayudarme.
Nasuada miró a Farica y le
dijo:
-Espérame fuera. -La mujer
hizo una reverencia y se marchó. Cuando oyó que se cerraba la puerta del
laboratorio, dijo-: Orrin, ¿has perdido el sentido?
-¿Qué quieres decir?
-Mientras te pasas el tiempo
aquí encerrado con esos experimentos que nadie comprende, y de paso pones en
peligro tu bienestar, tu país se tambalea al borde de la guerra. ¿Un millar de
asuntos esperan tu decisión, y tú estás aquí echando humo y jugando con azogue?
El rostro de Orrin se
endureció.
-Soy muy consciente de mis
obligaciones, Nasuada. Tú podrás liderar a los vardenos, pe-ro yo sigo siendo
el rey de Surda, y harás bien en recordarlo antes de perderme el respeto. ¿Debo
recordarte que vuestra presencia en este santuario depende de que yo mantenga
la buena voluntad?
Nasuada sabía que era una
vana amenaza: muchos surdanos tenían parientes entre los vardenos, y viceversa.
El vínculo era demasiado estrecho para que ninguna de las dos partes abandonara
a la otra. No, la verdadera razón para que Orrin se ofendiera era la cuestión
de la autoridad. Como era casi imposible mantener grupos amplios de guerreros
armados y en guardia durante largos períodos de tiempo -pues la propia Nasuada
había aprendido que alimentar a tanta gente inactiva suponía una pesadilla
logística-, los vardenos habían empe-zado a aceptar trabajos, poner granjas en
marcha y, en general, integrarse en el país que los a-cogía. «¿Qué significará
eso finalmente para mí? ¿Quedaré como líder de un ejército ine-xistente? ¿Una
generala o consejera a las órdenes de Orrin?» Su posición era precaria. Si se
movía demasiado rápido o con demasiada iniciativa, Orrin lo percibiría como una
amenaza y se pondría en su contra, sobre todo ahora que ella se adornaba con el
brillo de la victoria de los vardenos en Farthen Dür. Pero si esperaba
demasiado, perderían la ocasión de apro-vechar la debilidad momentánea de
Galbatorix. Su única ventaja sobre el laberinto de obstá-culos era el dominio
del único elemento que había instigado aquel acto de la representación: Eragon
y Saphira.
-No pretendo minar tu
autoridad, Orrin -dijo-. Nunca he tenido esa intención y me dis-culpo si lo ha
parecido. -Él inclinó el cuello con un rígido golpe de cabeza. No muy segura de
cómo debía continuar, ella apoyó las puntas de los dedos en el borde del banco-.
Lo que pa-sa... es que hay que hacer muchas cosas. Trabajo noche y día, incluso
mantengo un cuaderno junto a la cama para tomar notas, y sin embargo, nunca me
pongo al día; me siento como si siempre estuviéramos haciendo equilibrios al
borde del desastre.
Orrin tomó una mano de
mortero ennegrecida por el uso y la rodó entre las palmas de las manos con un
ritmo regular e hipnótico.
-Hasta que viniste tú... No,
eso no es cierto. Hasta que tu Jinete se materializó y tomó cuerpo entre el
éter, como Moratensis en su fuente, yo esperaba llevar la misma vida que
lle-varon antes mi padre y mi abuelo. O sea, oponerme a Galbatorix en secreto.
Debes excusarme si me cuesta un cierto tiempo acostumbrarme a esta nueva
realidad.
No podía esperar mayor
contrición que aquélla.
-Lo entiendo.
Orrin detuvo por un breve
instante el rodar de la mano de mortero.
-Tú acabas de llegar al
poder, mientras que yo lo mantengo desde hace años. Si puedo ser arrogante y
darte un consejo, he descubierto que es esencial para mi salud mental dedicar
u-na porción del día a mis propios intereses.
-Yo no podría hacerlo
-objetó Nasuada-. Cada momento que desperdicio podría ser el mo-mento de
esfuerzo necesario para derrotar a Galbatorix.
La mano de mortero se detuvo
de nuevo.
-Prestas un mal servicio a
los vardenos si insistes en trabajar demasiado. Nadie puede funcionar
correctamente sin algo de paz y silencio de vez en cuando. No hace falta que
sean largas pausas, sólo cinco o diez minutos. Incluso podrías practicar con el
arco, y aun así esta-rías prestando un servicio a tus objetivos, pero de una
manera distinta... Por eso me hice construir este laboratorio. Por eso echo
humo y juego con azogue, tal como dices tú... Para no pasarme el resto del día
gritando de frustración.
Pese a su reticencia a dejar
de ver a Orrin como un holgazán irresponsable, Nasuada no pudo sino reconocer
la validez de su argumento.
-No olvidaré tu
recomendación.
Al sonreír, él recuperó algo
de su anterior buen humor.
-No te pido más.
Ella caminó hacia la
ventana, abrió más los postigos y miró hacia Aberon, con los gritos de los
mercaderes de rápidos dedos que pregonaban sus mercancías a los inocentes
clientes, el apelmazado polvo amarillo que se alzaba por el camino del oeste
mientras una caravana llegaba a las puertas de la ciudad, el aire que
resplandecía en las tejas de arcilla y acarreaba el aroma de las semillas de
cardo e incienso desde el mármol de los templos, y los campos que rodeaban la
ciudad como los pétalos abiertos de una flor. Sin darse la vuelta, preguntó:
-¿Has recibido copias de
nuestros últimos informes del Imperio?
-Sí.
Orrin se unió a ella en la
ventana.
-¿Qué opinión te merecen?
-Que son demasiado escasos e
incompletos para sacar ninguna conclusión significativa.
-Pero es lo mejor que
tenemos. Cuéntame tus sospechas, tus intuiciones. Extrapola a par-tir de los
hechos conocidos, como harías si se tratara de uno de tus experimentos.
-Sonrió-. Te prometo que no concederé mayor significado a lo que digas.
Tuvo que esperar su
respuesta, y cuando al fin llegó, contenía el doloroso peso de la profecía de
una maldición.
-Aumento de impuestos,
guarniciones vacías, caballos y bueyes confiscados en todo el Imperio... Parece
que Galbatorix reúne a sus fuerzas y se prepara para enfrentarse a nosotros,
aunque no consigo saber si los preparativos son para defenderse o para atacar.
-Un revoloteo de sombras refrescó sus rostros cuando una nube de estorninos
cruzó volando la luz del sol-. La cuestión que se debate ahora en mi mente es:
¿cuánto tardará en movilizarse? Porque de eso dependerá la orientación de
nuestra estrategia.
-Semanas. Meses. Años. No
puedo predecir sus acciones.
Orrin asintió.
-¿Se han ocupado tus agentes
de correr la voz acerca de Eragon?
-Sí, aunque cada vez resulta
más peligroso. Tengo la esperanza de que si inundamos ciudades como Dras-Leona
con rumores sobre la proeza de Eragon, cuando lleguemos a esas ciudades y ellos
lo vean se unirán a nosotros por su propia voluntad, con lo cual evitaremos un
asedio. -La guerra no suele ser tan fácil.
Ella dejó pasar el
comentario sin contestar. -¿Y cómo va la movilización de tu ejército? Los
vardenos, como siempre, están listos para luchar.
Orrin extendió los brazos en
un gesto aplacador. -Es difícil poner en pie a una nación, Na-suada. Hay nobles
a los que debo convencer para que me apoyen, hay que preparar arma-duras y
armas, reunir provisiones...
-Y mientras tanto, ¿cómo
alimento a mi gente? Necesitamos más tierras de las que nos has concedido...
-Bueno, ya lo sé -dijo él.
-... y sólo las podemos
conseguir si invadimos el Imperio, salvo que te apetezca que los vardenos se
sumen para siempre a Surda. En ese caso, tendrás que encontrar hogares para los
miles de personas que me he traído de Farthen Dür, lo cual no gustará a tus
ciudadanos. Cualquiera que sea tu elección, hazla rápido, porque me temo que si
sigues dejando que pase el tiempo, los vardenos se desintegrarán y se
convertirán en una horda incontrolable. Intentó que no sonara a amenaza.
A pesar de ello, obviamente
a Orrin no le gustó la insinuación. Tensó el labio superior y dijo:
-Tu padre nunca permitió que
sus hombres se desmandaran. Confío en que tú tampoco lo harás si deseas seguir
siendo la líder de los vardenos. En cuanto a nuestros preparativos, lo que
puedo hacer en tan poco tiempo tiene sus límites: tendrás que esperar hasta que
estemos listos.
Ella se aferró al alféizar
hasta que se le marcaron las venas en las muñecas y las uñas se clavaron en las
grietas que quedaban entre las piedras, pero no permitió que la rabia tiñera su
voz.
-En ese caso, ¿prestarás más
oro o comida a los vardenos?
-No, ya os he dado todo el
dinero que podía permitirme.
-Entonces, ¿cómo vamos a
comer?
-Sugiero que tú misma
consigas fondos.
Furiosa, le dedicó su más
amplia y brillante sonrisa y la mantuvo lo suficiente para que él tuviera que
moverse, incómodo. Luego hizo una profunda reverencia, como si fuera una
sir-vienta, sin perder en ningún momento la sonrisa.
-Adiós entonces, señor.
Espero que disfrutes tanto del resto del día como de esta con-versación.
Orrin masculló una respuesta
incomprensible mientras ella se dirigía a la salida del laboratorio. En plena
rabia, Nasuada se enganchó la manga derecha en una botella de jade y la tumbó;
la piedra se partió y soltó un líquido amarillo que le manchó la manga y empapó
la falda. Molesta, agitó la muñeca en el aire sin detenerse.
Farica se unió a ella en la
escalera, y atravesaron juntas la maraña de pasadizos que lle-vaban a los
aposentos de Nasuada.
Pendientes de un hilo
Nasuada abrió de golpe las
puertas de sus aposentos, avanzó a grandes zancadas hasta su escritorio y se
dejó caer en una silla, ajena a cuanto la rodeaba. Tenía la columna vertebral
tan rígida que los hombros no tocaban el respaldo. Se sentía paralizada por el
dilema irresoluble a que se enfrentaban los vardenos. Sólo podía pensar: «He
fracasado».
-¡Señora! ¡La manga!
Absorta, Nasuada recuperó el
sentido con un susto y, al bajar la mirada, se encontró a Farica, que le
frotaba el brazo derecho con un trapo. Una voluta de humo ascendía desde la
manga bordada. Asustada, Nasuada se levantó y retorció el brazo, intentando averiguar
el o-rigen del humo. La manga y la falda se estaban desintegrando, convertidas
en telarañas blan-cas como la tiza, entre agrios humos.
-Quítamelo -dijo.
Mantuvo el brazo contaminado
apartado del cuerpo y se obligó a permanecer quieta mientras Farica desanudaba
los lazos del vestido. Los dedos de la doncella correteaban por la espalda de
Nasuada con prisa frenética, tropezando en los nudos, hasta que al fin lograron
soltar la carcasa de lana que encerraba el torso de Nasuada. En cuanto se
aflojó el vestido, Nasuada sacó los brazos de las mangas y se libró de la tela
de un zarpazo.
Se quedó junto a la mesa con
la respiración entrecortada, vestida sólo con las zapatillas y un viso.
Comprobó con alivio que su cara cadenilla no había sufrido ningún daño, aunque
había adquirido un hedor apestoso.
-¿Te has quemado? -preguntó
Farica. Nasuada negó con la cabeza, pues no se fiaba de su lengua. Farica atizó
el vestido con la punta de su zapato-. ¿Qué diablura es ésta?
-Una de las pócimas de Orrin
-graznó Nasuada-. La he derramado en su laboratorio.
Respiró hondo para calmarse
y examinó con desánimo el vestido destrozado. Lo habían tejido las enanas del
Dürgrimst Ingeitum como regalo para su último cumpleaños y era una de las
mejores piezas de su vestuario. No tenía con qué reponerla, ni podía justificar
el encar-go de un vestido nuevo si tenía en cuenta las dificultades económicas
de los vardenos. «Ten-dré que arreglármelas sin él.»
Farica meneó la cabeza.
-Es una lástima perder un
vestido tan bonito. -Rodeó el escritorio para acercarse al costurero y volvió
con unas tijeras grabadas-. Vale la pena que salvemos la mayor parte posible de
la tela. Cortaré las partes estropeadas y las haré quemar.
Nasuada frunció el ceño y
caminó de un lado a otro por la habitación, rebullendo de rabia por su propia
torpeza y por el problema que se añadía a su ya abrumadora lista de
preo-cupaciones.
-Y ahora, ¿qué me voy a
poner para asistir a la corte? -preguntó.
Las tijeras cortaron la
suave lana con brusca autoridad.
-Quizás el vestido de lino.
-Es demasiado informal para
presentarme ante Orrin y sus nobles.
-Dame una oportunidad,
señora. Estoy segura de que puedo alterarlo de modo que pue-das llevarlo.
Cuando acabe, parecerá el doble de elegante que éste.
-No, no. No funcionará. Se
reirán de mí. Bastante me cuesta conseguir su respeto cuando voy vestida como
debe ser, aún peor si llevo un traje remendado que haga pública nuestra
pobreza.
La mujer mayor fijó su seria
mirada en Nasuada.
-Claro que funcionará,
siempre y cuando no te disculpes por tu apariencia. No sólo eso, te garantizo
que las demás mujeres quedarán tan asombradas por tu nuevo vestido que te
imi-tarán. Espera, ya verás. -Se acercó a la puerta, la abrió y pasó la tela dañada
a uno de los guardianes-. Tu señora quiere que queméis esto. Hacedlo en secreto
y no digáis palabra a nadie sobre esto, o tendréis que responder también ante
mí.
El guardián saludó. Nasuada
no pudo evitar una sonrisa.
-¿Cómo me las arreglaría sin
ti, Farica?
-Bastante bien, me parece.
Tras ponerse un vestido
verde de caza -que, gracias a la falda corta, le permitía aliviarse un poco del
calor del día-, Nasuada decidió que, pese a su predisposición en contra de
Orrin, seguiría su consejo e interrumpiría su agenda normal para no hacer nada
más importante que ayudar a Farica a descoser los puntos del vestido. Aquella
tarea repetitiva le resultó excelente para concentrarse en sus pensamientos.
Mientras iba tirando de los hilos, habló con Farica de la situación de los
vardenos, con la esperanza de que a la doncella se le ocurriera alguna solución
que a ella se le hubiera escapado.
Al final, la única ayuda de
Farica fue una observación:
-Parece que la mayoría de
los asuntos de este mundo tienen que ver con el oro. Si tuviéramos suficiente,
podríamos comprar directamente el trono negro de Galbatorix... sin te-ner que
luchar contra sus hombres.
«¿De verdad esperaba que
alguien hiciera mi trabajo? -se preguntó Nasuada-. Yo traje a mi gente a este
punto ciego y yo misma tendré que sacarla.»
Con la intención de soltar
una costura, al estirar el brazo clavó la punta del cuchillo en un encaje y lo
partió por la mitad. Se quedó mirando la herida irregular del encaje, los
deshila-chados extremos de las cintas de color pergamino que se entrecruzaban
sobre el vestido co-mo un montón de gusanos retorcidos; los miró fijamente y
sintió que una carcajada de histe-ria se apoderaba de su garganta al tiempo que
la primera lágrima asomaba a sus ojos. ¿Aún podía empeorar su suerte?
El encaje era la parte más
valiosa del vestido. Aunque su factura requería mucha destreza, su rareza y
carestía se debían sobre todo a su elemento central: una cantidad de tiempo
in-mensa, abundante, paralizadora. Costaba tanto producirlo que, si alguien
intentaba crear un encaje así a solas, su progreso no se mediría en semanas,
sino en meses. Gramo a gramo, el encaje era más caro que el oro o la plata.
Pasó los dedos por la cinta
de hilos, deteniéndose en el tajo que había creado. «El encaje no exige
demasiada energía, sólo tiempo.» Ella odiaba hacer encajes. «Energía...
energía...» En ese momento, una serie de imágenes refulgieron en su mente:
Orrin hablando de usar la magia para investigar; Trianna, la mujer que dirigía
el Du Vrangr Gata desde la muerte de los
gemelos; ella misma cuando tenía sólo cinco o seis años, alzando la vista para
mirar a un sanador de los vardenos mientras éste le explicaba los principios de
la magia. Las experien-cias diversas formaron una cadena de razonamiento que
resultaba tan improbable y escandalosa que al final liberó la carcajada que
tenía encerrada en la garganta.
Farica la miró extrañada y
esperó una explicación. De pie, Nasuada tiró al suelo la mitad del vestido que
tenía en el regazo.
-Tráeme a Trianna ahora
mismo -dijo-. No importa lo que esté haciendo; tráela.
La piel del contorno de ojos
de Farica se tensó, pero hizo una reverencia y dijo:
-Como desees, señora.
Salió por la puerta oculta
de los sirvientes.
-Gracias -susurró Nasuada en
la habitación vacía.
Entendía las reticencias de
su doncella; también ella se sentía incómoda cuando tenía que relacionarse con
los conocedores de la magia. Sin duda, sólo se fiaba de Eragon porque era un
Jinete -aunque eso no garantizaba la virtud, tal como había demostrado
Galbatorix- y por su juramento de lealtad, que Nasuada sabía que no iba a
incumplir jamás. La idea de que una persona aparentemente normal pudiera matar
con una palabra, invadir tu mente a voluntad, hacer trampas, mentir y robar sin
ser visto y, en general, desafiar a la sociedad impunemen-te...
Se le aceleró el corazón.
¿Cómo se reforzaba la ley
cuando una parte de la población poseía poderes especiales? En su nivel más
básico, la guerra de los vardenos contra el Imperio no era más que un intento
de llevar ante la justicia a un hombre que había abusado de sus capacidades
mágicas y evitar que siguiera cometiendo crímenes. «Tanto dolor y tanta
destrucción porque nadie tuvo la fuerza suficiente para derrotar a Galbatorix.
¡Y ni siquiera se va a morir por el mero paso de los años!»
Aunque le desagradaba la
magia, sabía que tendría un papel importante a la hora de acabar con Galbatorix
y que no podía permitirse alejar a quienes la practicaban hasta que se hubiera
garantizado la victoria. Después de eso, tenía la intención de resolver el
problema que le creaban.
Una llamada descarada a la
puerta de la habitación interrumpió sus pensamientos. Nasuada fijó en el rostro
una sonrisa y protegió su mente tal como le habían enseñado.
-¡Adelante!
Era importante que pareciera
educada tras convocar a Trianna con tanta rudeza.
La puerta se abrió de golpe
y la bruja morena entró a grandes zancadas con sus rizos alborotados,
evidentemente recogidos con prisa en lo alto de la cabeza. Parecía que acabaran
de sacarla de la cama. Hizo una reverencia al estilo de los enanos y dijo:
-¿Has preguntado por mí,
señora?
-Sí. -Nasuada se dejó caer
en una silla y repasó lentamente a Trianna con la mirada. La bruja alzó la
barbilla ante el examen de Nasuada-. Necesito saber una cosa: ¿cuál es la regla
más importante de la magia?
Trianna frunció el ceño.
-Que, hagas lo que hagas con
ella, requiere la misma energía que hacer lo contrario.
-¿Y lo que puedes llegar a
hacer está limitado por tu ingenio y por tu conocimiento del i-dioma antiguo?
-También se aplican otras
restricciones, pero por lo general sí. Señora, ¿por qué lo preguntas? Hay
algunos principios de la magia con los que, si bien no suelen divulgarse,
es-toy segura de que tienes cierta familiaridad.
-La tengo. Quería estar
segura de haberlos entendido bien. -Sin abandonar la silla, Na-suada se agachó
y recogió el vestido para que Trianna pudiera ver el encaje mutilado-.
Entonces, dentro de esos límites, deberías ser capaz de crear un hechizo que te
permita bordar encajes por medio de la magia.
Una sonrisilla
condescendiente turbó los labios oscuros de la bruja.
-Du Vrangr Gata tiene cosas
más importantes que hacer que reparar tu ropa, señora. El nuestro no es un arte
común que pueda emplearse para meros caprichos. Estoy segura de que encontrarás
sastres y costureras muy capaces de cumplir con tu petición. Ahora, si me
perdonas...
-Estáte quieta, mujer -dijo
Nasuada, con voz llana. El asombro silenció a Trianna a media frase-. Veo que
debo enseñar a Du Vrangr Gata la misma lección que al Consejo de Ancianos: tal
vez sea joven, pero no soy una niña a la que se pueda tratar con condescendencia.
Te he preguntado por los encajes porque, si puedes manufacturarlos con rapidez
y facilidad por medio de la magia, podríamos financiar a los vardenos vendiendo
encajes y puntillas baratos por todo el Imperio. La propia gente de Galbatorix
nos proporcionaría los fondos que nece-sitamos para sobrevivir.
-Pero eso es ridículo
-protestó Trianna. Hasta Farica parecía escéptica-. No se puede pagar una
guerra con encajes.
Nasuada enarcó una ceja.
-¿Por qué no? Muchas mujeres
que de otra manera jamás podrían permitirse un encaje se abalanzarán ante la
oportunidad de comprárnoslo. Lo querrán hasta las mujeres de los gran-jeros que
deseen aparentar más riqueza de la que tienen. Hasta los comerciantes ricos y
los nobles nos darán su oro, porque nuestro encaje será más fino que cualquier
otro cosido por manos humanas. Amasaremos una fortuna comparable con la de los
enanos. Eso, supo-niendo que tú tengas suficiente habilidad con la magia para
hacer lo que quiero.
Trianna agitó la melena.
-¿Pones en duda mi
capacidad?
-¿Se puede hacer?
Trianna dudó y luego cogió
el vestido de Nasuada y estudió la cinta de encaje un largo rato. Al fin dijo:
-Debería ser posible, pero
tendré que hacer unas pruebas para estar segura.
-Hazlas de inmediato. A
partir de ahora, ésta es tu tarea más importante. Y busca una puntillera
experta que te aconseje con las figuras.
-Sí, señora Nasuada.
Nasuada se permitió hablar
con voz más suave.
-Bien. Y también quiero que
escojas a los más brillantes miembros de Du Vrangr Gata y que trabajes con
ellos para inventar otras técnicas mágicas con las que ayudar a los vardenos.
Eso es responsabilidad vuestra, no mía.
-Sí, señora Nasuada.
-Ahora sí puedes irte.
Preséntate ante mí mañana por la mañana.
-Sí, señora Nasuada.
Satisfecha, Nasuada vio irse
a la bruja y luego cerró los ojos y se permitió disfrutar de un momento de
orgullo por lo que acababa de lograr. Sabía que ningún hombre, ni siquiera su
padre, habría dado con aquella solución.
«Ésta es mi contribución a
los vardenos», se dijo, deseando que Ajihad hubiera podido verla. Luego, en voz
alta preguntó:
-¿Te he sorprendido, Farica?
-Como siempre, señora.
Elva
-¿Señora?... Alguien te
necesita, señora.
-¿Qué?
Sin ganas de moverse,
Nasuada abrió los ojos y vio que Jórmundur entraba en la habitación. El enjuto
veterano se quitó el yelmo, lo sostuvo bajo el brazo derecho y se acercó a ella
con la mano izquierda plantada en el pomo de la espada.
Los eslabones de su malla
tintinearon cuando hizo una reverencia.
-Mi señora.
-Bienvenido, Jórmundur.
¿Cómo está tu hijo?
Estaba encantada de que
hubiera acudido. De todos los miembros del Consejo de Ancia-nos, era el que
había aceptado su liderazgo con mayor facilidad y se había puesto a su
servi-cio con la misma obstinada lealtad y determinación que había ofrecido a
Ajihad. «Si todos mis guerreros fueran como él, nadie podría detenernos.»
-Se le ha pasado la tos.
-Me alegro de oírlo. Bueno,
¿qué te trae por aquí?
La frente de Jórmundur se
llenó de arrugas. Se pasó la mano libre por el cabello, que llevaba recogido en
una cola, y luego se repuso y dejó la mano suelta en un costado.
-Magia, de la más fuerte.
-Ah.
-¿Recuerdas la niña que
bendijo Eragon?
-Sí.
Nasuada sólo la había visto
una vez, pero era muy consciente de los exagerados cuentos que circulaban
acerca de ella entre los vardenos, así como de las esperanzas que éstos tenían
depositadas en sus posibles logros cuando se hiciera mayor. Nasuada era más
pragmática al respecto. Cualquiera que fuera el futuro de la niña, tardaría
muchos años en llegar y para entonces la batalla con Galbatorix ya estaría
ganada o perdida.
-Me han pedido que te lleve
con ella.
-¿Pedido? ¿Quién? ¿Y por
qué?
-Un chico del campo de
prácticas me dijo que deberías visitar a la niña. Dijo que te pare-cería
interesante. Se negó a darme su nombre, pero su aspecto se parecía al que se
supone que adopta el hombre gato de esa bruja, así que me pareció... Bueno, me
pareció que debías saberlo. -Jórmundur parecía avergonzado-. He preguntado a
mis hombres acerca de esa niña y he oído algunas cosas... Parece que es
distinta.
-¿En qué sentido? Jórmundur
se encogió de hombros. -Lo suficiente como para creer que deberías hacer lo que
dice el hombre gato.
Nasuada frunció el ceño.
Sabía por las viejas historias que ignorar a un hombre gato era el colmo de la
estupidez y, a menudo, una condena al desastre. Sin embargo, su compañera, la
herbolaria Angela, era otra conocedora de la magia de quien Nasuada no terminaba
de fiarse; era demasiado independiente e impredecible.
-Magia -dijo, haciendo que
sonara como una maldición. -Magia -contestó Jórmundur, aunque él usaba la
palabra en tono de asombro y miedo.
-Muy bien, vamos a ver a esa
niña. ¿Está en el castillo? -Orrin les concedió, a ella y a su cuidadora,
habitaciones en el ala oeste.
-Llévame hasta ella.
Recogiéndose la falda,
Nasuada ordenó a Farica que pospusiera las demás citas del día y abandonó sus
aposentos. A sus espaldas, oyó que Jórmundur chasqueaba los dedos para or-denar
a cuatro guardias que tomaran posiciones en torno a ella. Al cabo de un momento
ca-minaba a su lado, señalando el camino.
Dentro del castillo, el
calor había aumentado hasta tal punto que se sentían como si estuvieran
atrapados en un gigantesco horno de pan. El aire brillaba como cristal líquido
en los alféizares de las ventanas.
Aunque estaba incómoda,
Nasuada sabía que lo soportaba mejor que los demás por su piel morena. Los que
peor lo pasaban para soportar aquellas temperaturas tan altas eran los hombres
como Jórmundur y sus guardias, que tenían que llevar sus armaduras todo el día,
incluso cuando se quedaban plantados bajo la mirada fija del sol.
Nasuada miró con atención a
los cinco hombres mientras el sudor se acumulaba en la parte visible de su piel
y sus respiraciones se volvían aún más pesadas. Desde que llegaran a Aberon,
algunos vardenos se habían desmayado por la insolación -dos de ellos habían
muerto una o dos horas después-, y no tenía ninguna intención de perder más
súbditos por obligarlos a sobrepasar sus límites físicos.
Cuando le pareció que
necesitaban descansar, los obligó a parar, sin prestar atención a sus quejas, y
conseguir agua o algún refresco por medio de un sirviente.
-No puedo permitir que
caigáis como moscas.
Tuvieron que parar dos veces
más antes de llegar a su destino, una anodina puerta enca-jada en la pared
interior del pasillo. En torno a ella había un montón de regalos amon-tonados.
Jórmundur llamó, y una voz temblorosa
contestó desde dentro:
-¿Quién es?
-La señora Nasuada, que
viene a ver a la niña -dijo él.
-¿Tiene el corazón sincero y
la voluntad resuelta?
Esta vez contestó Nasuada:
-Mi corazón es puro y mi
voluntad es de hierro.
-Cruza el umbral, entonces,
y serás bienvenida.
La puerta se abría a un
recibidor iluminado por una sola antorcha de los enanos. No había nadie junto a
la puerta. Al avanzar, Nasuada vio que las paredes y el techo estaban tapados
con capas de telas oscuras, lo cual concedía al lugar la apariencia de una
cueva o una gua-rida. Para su sorpresa, el aire era bastante frío, casi gélido,
como en una fresca noche de otoño. Un temor clavó sus zarpas envenenadas en el
vientre de Nasuada. Magia.
Una cortina negra de malla
metálica les cortaba el camino. Nasuada la apartó y se en-contró en lo que en
otro tiempo era una sala de estar. Habían quitado los muebles, salvo una hilera
de sillas pegadas a las paredes forradas de tela. Había un racimo de veladas
antorchas de enanos, colgadas en un hueco de la tela combada del techo, que
proyectaban extrañas sombras multicolores en todas direcciones.
Una bruja encorvada la
miraba desde un rincón del fondo, flanqueada por Angela, la her-bolaria, y el
hombre gato, que permanecía con el pelo erizado. En el centro de la habitación
había una pálida niña arrodillada, a quien Nasuada echó apenas tres o cuatro
años. La niña toqueteaba un plato de comida que tenía en el regazo. Nadie
habló.
Confundida, Nasuada
preguntó:
-¿Dónde está la niña?
La niña la miró.
Nasuada se quedó
boquiabierta al ver brillar la marca del dragón en su frente y al clavar su
mirada en aquellos ojos de color violeta. La niña retorció los labios en una
terrible sonrisa de sabiduría.
-Soy Elva.
Nasuada dio un respingo
hacia atrás sin pensar y agarró la daga que llevaba sujeta con una cinta en el
antebrazo izquierdo. La voz era propia de un adulto y contenía toda la
experiencia y el cinismo de un adulto. Sonaba profana en boca de una niña.
-No corras -dijo Elva-. Soy
tu amiga. -Dejó a un lado el plato, ya vacío. Se dirigió a la vieja bruja-: Más
comida. -La anciana salió corriendo de la habitación. Entonces Elva dio una
palmada en el suelo, a su lado-. Siéntate, por favor. Llevo esperándote desde
que aprendí a hablar.
Sin soltar la daga, Nasuada
se agachó hasta el suelo de piedra.
-¿Y cuándo fue eso?
-La semana pasada.
Elva entrelazó las manos en
el regazo. Concentró sus ojos fantasmagóricos en Nasuada como si la traspasara
con la fuerza sobrenatural de su mirada. Nasuada se sintió como si una lanza
violeta hubiera hendido su cráneo y se retorciera dentro de su mente, destrozando
sus pensamientos y sus recuerdos. Luchó contra las ganas de gritar.
Elva se inclinó hacia
delante, alargó un brazo y acarició la mejilla de Nasuada con una mano suave.
-¿Sabes una cosa? Ajihad no
hubiera liderado a los vardenos mejor que tú. Has escogido el camino correcto.
Tu nombre será alabado durante siglos por haber tenido la previsión y el coraje
de trasladar a los vardenos a Surda y atacar al Imperio cuando todo el mundo
creía que era una locura. Nasuada la miró boquiabierta, aturdida. Igual que una
llave se adapta a una cerradura, las palabras de Elva conectaban a la
perfección con los miedos primarios de Nasuada, con las dudas que la mantenían
despierta cada noche, sudando en la oscuridad. Una involuntaria oleada de
emociones la recorrió y le otorgó una sensación de confianza y paz que no había
poseído desde antes de la muerte de Ajihad. Sus ojos derramaron lágrimas de
alivio que rodaron por su rostro. Era como si Elva hubiera sabido exactamente
qué decir para consolarla.
Nasuada la odió por eso.
Su euforia luchaba contra la
sensación de desagrado por el modo y la persona que habían inducido aquel
momento de debilidad. Tampoco se fiaba de los motivos de la niña.
-¿Qué eres? -le preguntó.
-Soy lo que Eragon hizo de
mí.
-Te bendijo.
Los terribles y ancianos
ojos se oscurecieron un momento cuando Elva pestañeó.
-Él no entendía sus
acciones. Desde que Eragon me hechizó, cada vez que veo a una per-sona percibo
todas las heridas que la afectan y que pueden afectarla en el futuro. Cuando
era más pequeña, no podía hacer nada al respecto. Por eso crecí.
-¿Por qué...?
-La magia que llevo en la
sangre me empuja a proteger a la gente del dolor... por mucho que sufra yo al
hacerlo y más allá de mi mayor o menor voluntad de ayudar. -Un punto de
amargura se asomó a su sonrisa-. Si me resisto, lo pago caro.
Mientras Nasuada digería las
implicaciones de aquello, se dio cuenta de que el aspecto inquietante de Elva
era una consecuencia de todo el sufrimiento a que se había visto expuesta.
Nasuada se estremeció al pensar en lo que había soportado la niña. «Tener esa
compulsión y ser incapaz de actuar deber de haberla destrozado.» Aun sintiendo
que era un error, Nasuada empezó a experimentar una cierta compasión por Elva.
-¿Por qué me has contado
esto?
-Creí que debías saber quién
soy y qué soy. -Elva hizo una pausa y el fuego de su mirada se redobló-. Y que
lucharé por ti como pueda. Úsame como usarías a un asesino: escondido en la
oscuridad y sin piedad. -Se rió con voz aguda y aterradora-. Te preguntas por
qué, ya lo veo. Porque si esta guerra no termina cuanto antes, me volverá loca.
Bastante me cuesta enfrentarme a las agonías de la vida diaria sin tener que
sobrellevar también las atrocidades de la batalla. Úsame para ponerle fin y me
aseguraré de que tu vida sea tan feliz como la que haya podido experimentar
cualquier humano.
En ese momento, la vieja
bruja volvió a entrar corriendo en la habitación, hizo una reverencia a Elva y
le pasó una bandeja llena de comida. Para Nasuada supuso un alivio que Elva
bajara la mirada y atacara la pierna de cordero, metiéndose la comida en la
boca con las dos manos. Comía con la voracidad de un lobo famélico, sin la
menor muestra de decoro. Con los ojos violeta escondidos y la marca del dragón
cubierta por unos mechones negros, de nuevo parecía ser poco más que una niña
inocente.
Nasuada esperó hasta que
pareció evidente que Elva había dicho todo lo que quería decir. Entonces, tras
un gesto de Angela, siguió a la herbolaria por una puerta lateral y dejó a la
pálida niña sentada a solas en el centro de la habitación oscura y envuelta en
telas, como un espantoso feto alojado en el vientre, esperando el momento
adecuado para emerger.
Angela se aseguró de que la
puerta estuviera cerrada y murmuró:
-No hace más que comer y
comer. No podemos saciar su apetito con estas raciones. ¿Puedes...?
-Tendrá comida. No te
preocupes por eso.
Nasuada se frotó los brazos
mientras trataba de erradicar el recuerdo de aquellos ojos horribles, atroces.
-Gracias.
-¿Esto le había pasado
alguna vez a alguien?
Angela negó con la cabeza
hasta que los rizos de su melena golpearon sus hombros.
-Ni una sola vez en toda la
historia de la magia. He intentado predecir su futuro, pero es un atolladero
imposible. Qué adorable palabra, atolladero. Es que su vida se relaciona con la
de tanta gente...
-¿Es peligrosa?
-Todos lo somos.
-Ya sabes a qué me refiero.
Angela se encogió de
hombros.
-Es más peligrosa que
algunos, y menos que otros. De todos modos, si ha de matar a alguien, lo más
probable es que sea a sí misma. Si conoce a alguien a punto de ser herido y el
hechizo de Eragon la coge por sorpresa, ocupará el lugar del condenado. Por eso
pasa casi todo el rato aquí dentro.
-¿Con cuánta anticipación
puede predecir los sucesos?
-Dos o tres horas como
mucho.
Apoyada en la pared, Nasuada
caviló sobre aquella nueva complicación en su vida. Elva podía ser un arma
potente si se usaba del modo correcto. «Por medio de ella puedo averiguar los problemas
de mis enemigos y sus debilidades, así como saber qué les complace y volverlos
dóciles a mis deseos.» En una situación de urgencia, la niña también podía
actuar como guardia infalible si uno de los vardenos, como Eragon y Saphira,
requería protección.
«No se la puede dejar a su
aire. Necesito alguien que la vigile. Alguien que sepa de magia y se sienta a
gusto con su propia identidad para resistirse a la influencia de Elva...
Alguien que me parezca fiable y sincero.» Enseguida descartó a Trianna.
Nasuada miró a Angela.
Aunque desconfiaba de la herbolaria, sabía que Angela había ayudado a los
vardenos en asuntos de la mayor delicadeza e importancia -como curar a Eragon-
sin pedir nada a cambio. A Nasuada no se le ocurría nadie más que tuviera el tiempo,
las ganas y la experiencia suficientes para cuidar a Elva.
-Soy consciente -dijo
Nasuada- de que es ridículo por mi parte, pues no estás bajo mis órdenes y sé
poco de tu vida y tus obligaciones, pero tengo que pedirte un favor.
-Adelante.
Angela la invitó con un
ademán.
Nasuada titubeó,
desconcertada, y luego avanzó:
-¿Estarías dispuesta a
echarle un ojo a Elva? Necesito...
-¡Por supuesto! Y si puedo
prescindir de ellos, le echaré los dos. Me entusiasma la opor-tunidad de
estudiarla.
-Tendrás que informarme
-advirtió Nasuada.
-Ahí está el veneno
escondido en la tarta. Bueno, supongo que me las arreglaré.
-Entonces, ¿tengo tu
palabra?
-La tienes.
Aliviada, Nasuada gimió y se
dejó caer en una silla.
-Ah, qué lío. Menudo
atolladero. Como señora feudal de Eragon, soy responsable de sus o-bras, pero
nunca imaginé que pudiera hacer algo tan terrible como esto. Es una mancha en
mi honor, en la misma medida que en el suyo.
Una cadencia de chasquidos
agudos llenó la habitación cuando Angela hizo crujir sus nudillos.
-Sí, pienso hablar con él de
esto en cuanto vuelva de Ellesméra.
Su expresión era tan
furibunda que alarmó a Nasuada. -Bueno, no le hagas daño. Lo necesitamos.
-No... No será un daño permanente.
Resurgir
Un estallido de viento voraz
arrancó a Eragon del sueño.
Las mantas se agitaron sobre
su cuerpo cuando la tempestad soltó un zarpazo a su habitación, lanzando sus
propiedades por el aire y las antorchas contra las paredes. Fuera, el cielo
estaba lleno de nubarrones negros.
Saphira miró a Eragon y éste
se levantó a trompicones y luchó por mantener el equilibrio mientras el árbol
se cimbreaba como un barco en alta mar. Bajó la cabeza para defenderse de la
galerna y anduvo en torno a la habitación pegándose a las paredes hasta que
llegó al portal en forma de lágrima por el que rugía la tormenta.
Eragon miró hacia abajo, más
allá del agitado suelo. Parecía que se balanceara. Tragó Sali-va y se esforzó
por ignorar el remolino del estómago.
Tanteando, encontró el borde
de la membrana de tela que, al desencajarse de la pared, tapaba la apertura. Se
preparó para saltar por encima del agujero, de un lado a otro. Si resbalaba,
nada podría evitar que cayera hasta las raíces del árbol.
Espera -dijo Saphira.
Salió del bajo pedestal en
que dormía y estiró a su lado la cola para que pudiera usarla de pasamanos.
Eragon sostuvo la tela sólo
con la mano derecha, lo cual consumía todas sus fuerzas, y fue tirando de la
línea de púas de la cola de Saphira para pasar el portal. En cuanto llegó al
otro lado, agarró la tela con las dos manos y presionó el borde contra la
ranura de sujeción. La ha-bitación quedó en silencio.
La membrana se hinchó hacia
dentro bajo la fuerza de los rabiosos elementos, pero no pa-recía que fuera a
ceder. Eragon la tocó con un dedo. La tela estaba tensa como un tambor.
Qué cosas tan asombrosas
hacen los elfos -dijo.
Saphira alzó la cabeza y
luego estiró el cuello para pegarla al techo mientras escuchaba con atención.
Será mejor que cierres el
estudio: está quedando destrozado.
Cuando se dirigía hacia la
escalera, el árbol se agitó y a Eragon le flaquearon las piernas y cayó de
rodillas.
-Maldita sea -gruñó.
El estudio era un remolino
de papeles y plumas que volaban como dardos, como si tuvie-ran voluntad propia.
Se metió en aquel revoloteo, cubriéndose la cabeza con ambos brazos. Cuando lo
golpeaban las puntas de las plumas, era como si alguien lo estuviera
acribillando con piedras.
Eragon se esforzó por cerrar
el portal superior sin la ayuda de Saphira. En cuanto lo consiguió, el dolor
-un dolor infinito que le aturdía la mente- le desgarró la espalda.
Soltó un grito y puso en él
tanta fuerza que se quedó ronco. Se le tiñó la visión de rojo y a-marillo, y
luego se desplomó de lado y lo vio todo negro. Abajo se oía el aullido de
frustración de Saphira; el hueco de la escalera era demasiado pequeño y hacía
demasiado viento para que pudiera alcanzarlo desde fuera. Su conexión con ella
flojeó. Se rindió a la expectante oscuridad y encontró en ella el alivio de su
agonía.
Un sabor amargo llenaba la
boca de Eragon cuando se despertó. No sabía cuánto rato había pasado en el
suelo, pero sentía los músculos de los brazos y piernas nudosos de haber estado
retorcidos para formar una prieta bola. La tormenta seguía asaltando el árbol,
acom-pañada por una lluvia sorda que repicaba al compás del pálpito que Eragon
sentía en la cabeza.
¿Saphira?
Estoy aquí. ¿Puedes bajar?
Lo intentaré.
Como estaba demasiado débil
para ponerse de pie sobre aquel suelo agitado, avanzó a rastras hasta la
escalera y se deslizó hacia abajo, un escalón tras otro, haciendo muecas de
dolor a cada impacto. A medio camino se encontró con Saphira, que había
encajado la cabeza por el hueco de la escalera hasta donde se lo permitía el
cuello, arrancando maderas en su frenesí.
Pequeñajo.
Sacó la lengua y le atrapó
una mano con su punta rasposa. Eragon sonrió. Luego Saphira arqueó el cuello y
trató de tirar de él, pero no sirvió de nada.
¿Qué pasa?
Estoy atascada.
¿Que estás...?
No pudo evitarlo; se echó a
reír aunque le doliera. La situación era demasiado absurda.
Ella soltó un gruñido y tiró
con todo el cuerpo, agitando el árbol con todas sus fuerzas, hasta que logró
bajarlo. Luego se desplomó, boqueando.
Bueno, no te quedes ahí
sonriendo como un zorro idiota. ¡Ayúdame!
Resistiéndose a las ganas de
reír, Eragon le apoyó un pie en la nariz y empujó con toda la fuerza que se
atrevía a usar mientras Saphira se retorcía y escurría con la intención de
libe-rarse.
Le costó más de diez minutos
conseguirlo. Sólo entonces pudo ver Eragon el alcance de los daños causados a
la escalera. Gimió. Las escamas habían cortado la corteza y destrozado las
delicadas tallas crecidas en la madera.
Vaya -dijo Saphira.
Suerte que lo has hecho tú,
y no yo. Puede que a ti te perdonen los elfos. Si se lo pidieras, se pasa-rían
el día y la noche cantando baladas de amor de los enanos.
Se unió a Saphira en su
tarima y se acurrucó contra las lisas escamas del vientre, escu-chando el
rugido de la tormenta en las alturas. La amplia membrana se volvía transparente
cuando temblaban los relámpagos con sus escarpadas astillas de luz.
¿Qué hora crees que será ?
Aún faltan unas cuantas
horas para nuestro encuentro con Oromis. Adelante, duérmete y descan-sa. Yo
mantendré la guardia. Y eso hizo, pese a la agitación del árbol.
¿Por qué luchas?
El reloj de Oromis zumbó
como un abejorro gigante, causando un gran estruendo en los oídos de Eragon
hasta que éste agarró el cacharro y activó el mecanismo.
La rodilla golpeada estaba
morada, se sentía magullado por el ataque y por la Danza élfi-ca de la
Serpiente y la Grulla, y tenía tan mal la garganta que apenas podía hacer otra
cosa que graznar. La peor herida, sin embargo, afectaba a su sensación premonitoria
de que aquélla no sería la última vez que la herida de Durzan le causaría
problemas. La perspectiva lo enfermaba, pues le consumía la energía y la
voluntad.
Pasan tantas semanas entre
un ataque y el siguiente -dijo- que empezaba a esperar que tal vez, tal vez,
estuviera curado... Supongo que si he aguantado tanto, habrá sido por pura
suerte.
Saphira estiró el cuello y
le acarició un brazo con el morro.
Ya sabes que no estás solo,
pequeñajo. Haré todo lo que pueda por ayudarte.
Eragon respondió con una
débil sonrisa. Luego Saphira le lamió la cara y añadió:
Tendrías que prepararte para
salir.
Ya lo sé.
Se quedó mirando el suelo,
sin ganas de moverse, y luego se arrastró hasta el baño, donde se lavó como los
gatos y usó la magia para afeitarse.
Estaba secándose cuando
sintió que una presencia entraba en contacto con su mente. Sin detenerse a
pensar, Eragon empezó a fortificar la mente, concentrándose en la imagen del
dedo gordo del pie para excluir cualquier otra cosa. Entonces oyó que Oromis le
decía:
Admirable, pero innecesario.
Hoy, tráete a Zar'roc.
La presencia se desvaneció.
Eragon soltó un suspiro
tembloroso.
He de estar más atento -dijo
a Saphira-. Si llega a ser un enemigo, habría quedado a su merced.
No mientras yo esté a tu
lado.
Terminadas las abluciones,
Eragon soltó la membrana de la pared y montó en Saphira, sosteniendo a Zar'roc
bajo el brazo.
Saphira alzó el vuelo con un
remolino de aire y torció hacia los riscos de Tel'naeír. Desde las alturas
pudieron ver los daños que había provocado la tormenta en Du Welden-varden. En
Ellesméra no había caído ningún árbol, pero más allá, donde la magia de los
elfos resul-taba más débil, se habían desplomado numerosos pinos. El viento
todavía provocaba que los árboles caídos y las ramas se rozaran, generando un
crispado coro de crujidos y gemidos. Nubes de polen dorado, espesas como el
polvo, se derramaban desde los árboles y las flores.
Mientras volaban, Eragon y
Saphira intercambiaron recuerdos de lo que habían apren-dido por separado el
día anterior. Él le contó lo que había aprendido de las hormigas y del idioma
antiguo, y ella le habló de corrientes descendentes y otros patrones climáticos
peli-grosos, y de cómo evitarlos.
Así, cuando llegaron y
Oromis interrogó a Eragon acerca de las lecciones de Saphira, mientras Glaedr
interrogaba a Saphira acerca de las de Eragon, pudieron contestar a todas las
preguntas.
-Muy bien, Eragon-vodhr.
Sí. Bien jugado, Bjartskular
-añadió Glaedr, dirigiéndose a Saphira.
Igual que el día anterior,
Saphira se retiró con Glaedr mientras Eragon permanecía en los acantilados,
aunque esta vez Saphira se preocupó de mantener el vínculo mental para que cada
uno pudiera absorber las instrucciones que recibía el otro.
Cuando se fueron los
dragones, Oromis observó:
-Hoy tienes la voz áspera,
Eragon. ¿Te encuentras mal?
-Esta mañana me ha vuelto a
doler la espalda.
-Ah. Cuenta con mi
compasión. -Luego le señaló con un dedo-. Espérame aquí.
Eragon se quedó mirando
mientras Oromis desaparecía a grandes zancadas en su cabaña y volvía a salir
con aspecto fiero y guerrero, con la melena plateada al viento y la espada de
bronce en una mano.
-Hoy -le dijo- olvidaremos
el Rimgar y cruzaremos nuestras espadas, Naegling y Zar'roc. Desenfunda la
espada y protege su filo tal como te enseñó tu primer maestro.
Eragon deseaba negarse por
encima de todo. Sin embargo, no tenía ninguna intención de incumplir su
promesa, ni de permitir que su voluntad flaqueara delante de Oromis. Se tragó
la inquietud.
«Esto es lo que significa
ser un Jinete», pensó. Sacando fuerzas de flaqueza, localizó el meollo que, en
lo más profundo de su mente, lo conectaba con el salvaje fluido de la magia. Se
hundió en él y lo invadió la energía. -Géuloth du knífr -dijo.
De pronto, entre sus dedos
pulgar e índice brotó una estrella azul intermitente que iba de un dedo a otro
mientras Eragon la pasaba por el peligroso filo de Zar'roc.
En cuanto se cruzaron las
espadas, Eragon supo que Oromis podía con él, igual que Dur-za y Arya. Eragon
era un espadachín ejemplar como humano, pero no podía competir con guerreros
por cuya sangre corría la magia con abundancia. Su brazo era demasiado débil y
sus reflejos, demasiado lentos. Sin embargo, eso no le impedía esforzarse por
ganar. Luchaba hasta el límite de sus habilidades aunque, al fin, fuera una
perspectiva fútil.
Oromis lo puso a prueba de
todos los modos concebibles, obligándolo a usar todo su ar-senal de golpes,
contragolpes y trucos bajo mano. Todo para nada. No logró tocar al elfo. Co-mo
último recurso, intentó alterar su modo de luchar, algo que podía inquietar
hasta al más endurecido veterano. Sólo le sirvió para ganarse un rasguño en el
muslo.
-Mueve los pies más deprisa
-gritó Oromis-. El que se queda parado como una columna muere en la batalla. El
que se cimbrea como un junco triunfa.
Era glorioso ver al elfo en
plena acción, una mezcla perfecta de control y violencia desa-tada. Saltaba
como un gato, golpeaba como una garza y se agachaba y se ladeaba con la gra-cia
de una comadreja.
Llevaban casi veinte minutos
entrenándose cuando Oromis se trastabilló y apretó los finos rasgos en una
breve mueca de dolor. Eragon reconoció los síntomas de la misteriosa enfermedad
de Oromis y atacó con Zar'roc por delante. Era una reacción fea, pero Eragon
estaba frustrado, deseoso de aprovechar cualquier oportunidad, por injusta que
fuera, para obtener la satisfacción de acertar a Oromis aunque sólo fuera una
vez.
Zar'roc nunca llegó a su
objetivo. Al volverse, Eragon se estiró demasiado y forzó la espalda.
El dolor se le echó encima
sin avisar.
Lo último que oyó fue un
grito de Saphira:
¡Eragon!
Pese a la intensidad del
ataque, Eragon permaneció consciente durante todo el sufrimiento. No es que
tuviera consciencia de cuanto lo rodeaba, salvo por el fuego que ardía en su
carne y convertía cada segundo en una eternidad. Lo peor era que no podía hacer
nada para poner fin al sufrimiento, aparte de esperar...
... y esperar...
Eragon estaba tumbado en el
frío fango, boqueando. Cuando notó que su visión volvía a enfocarse, pestañeó y
vio a Oromis sentado a su lado en un taburete. Apoyó las manos en el suelo para
ponerse de rodillas y repasó su túnica nueva con una mezcla de lástima y
desagrado. La fina tela rojiza estaba rebozada de polvo tras sus convulsiones
en el suelo. También tenía mugre en el pelo.
También sentía en su mente a
Saphira, que irradiaba preocupación mientras esperaba a que él percibiera su
presencia.
¿Cómo puedes seguir así? -se
lamentó-. Te destruirá. Sus recelos minaron la escasa fortaleza que le quedaba
a Eragon. Hasta entonces, Saphira nunca había expresado ninguna duda so-bre su
capacidad de imponerse: ni en Dras-Leona, ni en Gil’ead, ni en Farthen Dür, ni
ante ninguno de los peligros a que se habían enfrentado. Su confianza en él le
había dado coraje. Sin ella, sentía verdadero temor. Tendrías que concentrarte
en tu lección -le dijo. Tendría que con-centrarme en ti.
¡Déjame en paz! -exclamó con
brusquedad, como un animal herido que quisiera lamerse las heridas en silencio,
refugiado en la oscuridad.
Ella se calló y dejó abierta
apenas la conexión mental necesaria para que él tuviera una vaga noción de las
enseñanzas de Glaedr sobre la achicoria silvestre, que podía comerse para
mejorar la digestión.
Eragon se quitó el barro del
pelo con los dedos y luego echó un escupitajo de sangre. -Me he mordido la
lengua. Oromis asintió como si contara con ello. -¿Necesitas que te curen?
-No.
-Muy bien. Guarda tu espada,
luego báñate, vete al tocón del claro y escucha los pensamientos del bosque.
Escucha bien y, cuando ya no oigas nada, ven a contarme lo que hayas aprendido.
-Sí, Maestro.
Al sentarse en el tocón,
Eragon encontró que la turbulencia de sus ideas y sentimientos le impedía
reunir la concentración suficiente para abrir la mente y sentir a las criaturas
del cla-ro. Tampoco le interesaba hacerlo.
Aun así, la paz del entorno
suavizó paulatinamente su resentimiento, su confusión y su terca rabia. No le
dio felicidad, pero sí una cierta aceptación fatalista. «Es lo que me ha tocado
en la vida y será mejor que me acostumbre, porque no va a mejorar en el futuro
previsible.»
Al cabo de un cuarto de
hora, sus facultades habían recuperado la agudeza habitual, de modo que volvió
a estudiar la colonia de hormigas rojas que había descubierto el día ante-rior.
También intentó tomar conciencia de todo lo demás que ocurría en el claro, tal
como le había instruido Oromis.
Eragon obtuvo un éxito
limitado. Si se relajaba y se permitía absorber información de to-das las
conciencias cercanas, miles de imágenes y sentimientos se apresuraban en su
mente, acumulándose en rápidos fogonazos de sonido y color, tacto y olor, dolor
y placer. La cantidad de información era abrumadora. Por pura costumbre, su
mente atrapaba un objeto u otro de aquella corriente y excluía a todos los
demás hasta que se daba cuenta del error y se forzaba a arrancar la mente para
recuperar el estado de receptividad pasiva. El ciclo se repe-tía cada pocos
segundos.
A pesar de eso, logró
mejorar su comprensión del mundo de las hormigas. Tuvo un pri-mer atisbo de sus
sexos cuando dedujo que la gigantesca hormiga que había dentro del hormiguero
subterráneo estaba poniendo huevos, más o menos uno cada minuto, lo cual la
convertía en una hembra. Y cuando acompañó a un grupo de hormigas rojas tallo
arriba por el rosal, obtuvo una vivida representación de la clase de enemigos a
que se enfrentaban: algo saltó desde la cara inferior de una hoja y mató a una
de las hormigas con las que Eragon estaba conectado. Le costó adivinar de qué
clase de criatura se trataba exactamente, pues las propias hormigas apenas
veían fragmentos del atacante y, en cualquier caso, ponían más énfasis en el
olor que en la visión. Si hubieran sido personas, habría dicho que las atacaba
un monstruo aterrador del tamaño de un dragón, con mandíbulas tan poderosas
como las del rastrillo de Teirm y capaz de moverse con la velocidad de un
látigo.
Las hormigas rodearon al
monstruo como mozos de cuadra listos para capturar a un ca-ballo en estampida.
Se lanzaron contra él sin miedo alguno. Atacaban sus piernas nudosas y se
retiraban un instante antes de que las pinzas del monstruo pudieran atraparlas.
Cada vez más hormigas se unían al tropel. Trabajaban juntas para superar al
intruso, sin ceder jamás, incluso cuando dos de ellas fueron atrapadas y
asesinadas, o cuando unas cuantas hermanas cayeron al suelo desde lo alto del
tallo.
Era una batalla desesperada,
en la que ningún lado parecía dispuesto a dar cuartel. Sólo la huida o la
victoria podía salvar a las combatientes de una muerte horrible. Eragon seguía
la refriega con ansiedad, sin respirar, asombrado por la valentía de las
hormigas y por su capa-cidad para seguir peleando pese a sufrir heridas que
hubieran incapacitado a cualquier hu-mano. Sus gestas eran tan heroicas que
merecían ser cantadas por los bardos en toda la tierra.
Eragon estaba tan enfrascado
en la batalla que cuando al fin vencieron las hormigas, soltó un grito de
júbilo tan fuerte que asustó a los pájaros que descansaban en sus nidos entre
los árboles.
Por pura curiosidad,
concentró la atención en su propio cuerpo y caminó hasta el rosal para ver al
monstruo derrotado. Lo que vio era una araña marrón ordinaria, con las piernas
retorcidas, transportada por las hormigas hacia el nido para convertirse en alimento.
Era a-sombroso.
Estaba a punto de irse, pero
se dio cuenta de que una vez más había olvidado contemplar la miríada de otros
insectos y animales que habitaban el claro. Cerró los ojos y revoloteó en-tre
las mentes de varias docenas de seres, esforzándose al máximo por memorizar
tantos de-talles interesantes como fuera posible. Era un triste sucedáneo de la
observación prolongada, pero tenía hambre y ya había superado la hora que le
habían asignado.
Cuando se reencontró con
Oromis en su cabaña, el elfo preguntó:
-¿Cómo ha ido?
-Maestro, podría pasar los
días y las noches escuchando durante los próximos veinte años y aun así no
llegaría a saber todo lo que ocurre en el bosque.
Oromis alzó una ceja.
-Has progresado. -Cuando
Eragon describió lo que había presenciado, el elfo añadió-: Pe-ro me temo que
aún no es suficiente. Has de trabajar más, Eragon. Sé que puedes hacerlo. E-res
inteligente y persistente, y tienes potencial para ser un gran Jinete. Por
difícil que resulte, debes aprender a apartar los problemas y concentrarte en
la tarea que tengas delante. Encuentra la paz en tu interior y deja que tus
acciones fluyan desde allí.
-Lo hago lo mejor que puedo.
-No, no es lo mejor. Cuando
aparezca lo mejor, nos daremos cuenta. -Hizo una pausa, pensativo-: Tal vez
ayudaría que tuvieras otro alumno con quien competir. Entonces sí ve-ríamos lo
mejor... Pensaré en ello.
Oromis sacó de sus
cajoncillos una barra de pan recién horneado, una jarra de madera lle-na de
manteca de avellana -con la que los elfos sustituían la mantequilla- y un par
de cuencos que, con un cazo, llenó de un guiso de verduras que hervía a fuego
lento en una olla, sobre un lecho de ascuas en la chimenea del rincón.
Eragon miró con desagrado el
guiso: estaba harto de la comida de los elfos. Añoraba la carne, el pescado y
las aves, algo sólido a lo que hincar los dientes en vez de aquel desfile
in-terminable de plantas.
-Maestro -preguntó para
distraerse-. ¿Por qué me haces meditar? ¿Es para que entienda lo que hacen los
animales y los insectos, o hay algo más?
-¿No se te ocurre ningún
otro motivo? -Al ver que Eragon negaba con la cabeza, Oromis suspiró-. Siempre
me pasa lo mismo con los alumnos nuevos, sobre todo cuando son humanos; la
mente es el último músculo que aprenden a usar, y el que tienen menos en cuenta.
Pregúntales sobre el arte de la espada y te recitarán hasta el último golpe de
un duelo que se celebró hace un mes, pero si les pides que resuelvan un
problema o que hagan una a-firmación coherente... Bueno, mucho será si te
contestan con algo más que una mirada inex-presiva. Eres nuevo en el mundo de
la gramaticia, que es el auténtico nombre de la magia, pero has de empezar a
plantearte todas sus implicaciones.
-¿Y eso?
-Imagínate por un momento
que eres Galbatorix, con todos sus enormes recursos a tu dis-posición. Los
vardenos han destrozado a tu ejército de úrgalos con la ayuda de un Jinete
ri-val, y tú sabes que le enseñó, al menos en parte, Brom, uno de tus enemigos
más peligrosos e implacables. También eres consciente de que tus enemigos se
están reuniendo en Surda para una posible invasión. Teniendo eso en cuenta,
¿cuál sería la manera más fácil de enfrentarte a esas amenazas sin llegar a
entrar tú mismo en batalla?
Eragon removió el guiso para
enfriarlo, mientras consideraba el asunto.
-A mí me parece -dijo
lentamente- que la manera más fácil sería preparar a un cuerpo de magos. Ni
siquiera haría falta que fueran muy poderosos. Los obligaría a jurarme lealtad
en el idioma antiguo y luego los infiltraría en Surda para que sabotearan los
esfuerzos de los vardenos, emponzoñaran los pozos y asesinaran a Nasuada, al
rey Orrin y a los demás miembros principales de la resistencia.
-¿Y por qué no ha hecho eso
Galbatorix todavía?
-Porque hasta ahora su
interés por Surda era insignificante y porque los vardenos llevan decenios
viviendo en Farthen Dür, donde tenían la capacidad de examinar la mente de
cual-quier recién llegado en busca de alguna doblez, cosa que no pueden hacer
en Surda por la extensión de sus fronteras y su población.
-A esas mismas conclusiones
he llegado yo -dijo Oromis-. Mientras Galbatorix no aban-done su madriguera de
Urü'baen, el mayor peligro al que te puedes enfrentar en tanto dure la campaña
de los vardenos vendrá de los magos que te rodeen. Sabes tan bien como yo lo
di-fícil que es protegerte de la magia, sobre todo si tu oponente ha jurado
matarte en el idioma antiguo, cueste lo que cueste. En vez de intentar
conquistar tu mente de entrada, ese enemigo se limitará a lanzar un hechizo
para destrozarte, aunque en el instante anterior a la derrota tendrás la
libertad de contraatacar. Sin embargo, no puedes oponerte al enemigo si no
sabes quién es ni dónde está.
-Entonces, ¿a veces no hay
que preocuparse de controlar la mente del enemigo?
-A veces, pero vale la pena
evitar el riesgo. -Oromis guardó silencio mientras tomaba u-nas cucharadas de
guiso-. Bueno, para llegar al fondo de este asunto, ¿cómo te defiendes con-tra
enemigos anónimos que pueden contravenir cualquier precaución física y matar
con una palabra murmurada?
-No sé cómo... Salvo...
-Eragon dudó y luego sonrió-. Salvo que esté en contacto con las conciencias de
todos los que me rodeen. Entonces podría ser capaz de notar si me desean algún
mal.
Oromis parecía complacido
por la respuesta.
-Eso es, Eragon-finiarel. Y
eso responde a tu pregunta. Tus meditaciones preparan a tu mente para descubrir
y aprovechar los fallos en la armadura mental de tus enemigos, por pequeños que
sean,
-Pero si entro en contacto
con sus mentes, los otros magos se darán cuenta.
-Sí, tal vez, pero no la
mayoría de la gente. En cuanto a los magos, al saberlo tendrán miedo y
protegerán su mente de ti, y así podrás reconocerlos.
-¿No es peligroso dejar la
conciencia sin defensas? Si alguien te ataca mentalmente, puede superarte con
facilidad.
-Es menos peligroso que
permanecer ciego al mundo.
Eragon asintió. Golpeó la
cuchara contra el cuenco como si midiera el tiempo rítmicamen-te, concentrado
en sus pensamientos, y luego dijo:
-Me parece que eso no está
bien.
-¿Oh? Explícate.
-¿Y la intimidad de la
gente? Brom me enseñó a no colarme nunca en la mente de nadie si no era
absolutamente necesario... Supongo que me incomoda la idea de meterme en los
secretos de los demás. Secretos que tienen todo el derecho a conservar. -Alzó
la cabeza-. Si es tan importante, ¿por qué no me lo dijo Brom? ¿Por qué no me
lo enseñó él mismo?
-Brom te dijo -contestó
Oromis- lo que era oportuno decirte en aquellas circunstancias. Colarse en las
mentes ajenas puede ser adictivo para quien tenga una personalidad maliciosa o
ansias de poder. No se enseñaba a los futuros Jinetes, aunque durante el
entrenamiento les hacíamos meditar como a ti, hasta que estábamos convencidos
de que habían madurado lo suficiente para resistirse a la tentación.
»Es una invasión de la
intimidad y, por medio de ella, te enterarás de muchas cosas que no quisieras
saber. Sin embargo, es por tu propio bien, y por el de los vardenos. Puedo
decir-te por mi propia experiencia, y por haber visto cómo otros Jinetes lo experimentaban
tam-bién, que eso, por encima de todo, te ayudará a comprender qué impulsa a la
gente. Y la com-prensión provoca empatía y compasión, incluso por el mendigo
más malvado de la más mal-vada ciudad de Alagaésia.
Guardaron silencio un rato
mientras comían, hasta que Oromis preguntó:
-Dime una cosa: ¿cuál es la
herramienta mental más importante que se puede poseer?
Era una pregunta seria, y
Eragon le dio vueltas durante un tiempo razonable antes de atreverse a
contestar:
-La determinación.
Oromis partió la barra de
pan por la mitad con sus largos dedos blancos.
-Entiendo por qué has
llegado a esa conclusión: la determinación te ha ayudado mucho en tus
aventuras. Pero no es así. Me refería a la herramienta más necesaria para
elegir la me-jor acción ante cualquier situación. La determinación es tan común
entre hombres estúpidos y anodinos como entre quienes poseen brillantes
intelectos. De modo que no, la determina-ción no puede ser lo que estamos
buscando.
Esta vez Eragon se planteó
la cuestión como si fuera una adivinanza, contó la cantidad de palabras, las
susurró para establecer si contenían alguna rima y buscó algún significado
ocul-to que pudieran tener. El problema era que Eragon era muy mediocre para
las adivinanzas y nunca había obtenido buenos resultados en el concurso anual
de Carvahall. Su pensamiento era demasiado literal para encontrar respuesta a
adivinanzas que no conociera de antemano; una consecuencia del pragmatismo de
la educación brindada por Garrow.
-La sabiduría -dijo al fin-.
La sabiduría es la herramienta más importante que se puede poseer.
-Buen intento, pero otra vez
no. La respuesta es la lógica. O, por decirlo de otra manera, la capacidad de
razonar de modo analítico. Si se aplica como debe ser, puede superar cualquier
carencia de sabiduría, que es algo que sólo se obtiene con la edad y la
experiencia.
Eragon frunció el ceño.
-Sí, pero... ¿Acaso tener un
buen corazón no es más importante que la lógica? La pura lógica puede llevarte
a conclusiones erradas en el plano ético, mientras que si tienes un senti-do de
la moral y de lo correcto, puedes estar seguro de no cometer ningún acto
vergonzoso.
Una sonrisa fina como el
filo de una navaja curvó los labios de Oromis.
-Te confundes de asunto.
Sólo quería saber cuál era la herramienta más útil que puede te-ner una
persona, más allá de que ésta sea buena o mala. Estoy de acuerdo en que es
impor-tante tener un carácter virtuoso, pero también opino que si hubiera que
escoger entre darle a un hombre una voluntad noble o enseñarle a pensar con
claridad, sería mejor que hicieras lo segundo. Son demasiados los problemas de
este mundo creados por hombres con voluntad noble y un pensamiento nublado.
»La historia nos ofrece
numerosos ejemplos de gente que, convencida de hacer lo que debía, cometió por
ello crímenes terribles. No olvides, Eragon, que nadie se ve a sí mismo como un
villano y son pocos los que toman decisiones sabiendo que se equivocan. A una
persona puede no gustarle su elección, pero la mantendrá porque, incluso en las
peores circunstancias, está convencido de que es la mejor que puede tomar en
ese momento.
»Por sí mismo, ser una
persona decente no garantiza que actúes bien, lo cual nos lleva de nuevo a la
única protección que tenemos contra los demagogos, los tramposos y la locura de
las multitudes, así como nuestra guía fiable en las incertidumbres de la vida:
pensamiento claro y razonado. La lógica no te fallará nunca, salvo que no seas
consciente de las conse-cuencias de tus obras, o las ignores deliberadamente.
-Si tan lógicos son los
elfos -dijo Eragon-, siempre estarán de acuerdo en lo que se debe hacer.
-Raramente -afirmó Oromis-.
Como todas las razas, nos apegamos a un amplio abanico de principios y, en
consecuencia, a menudo llegamos a conclusiones distintas, incluso en
situa-ciones idénticas. Conclusiones, déjame añadir, que tienen un sentido
lógico según el punto de vista de cada cual. Y aunque me gustaría que fuera de
otro modo, no todos los elfos han tenido la adecuada preparación mental.
-¿Cómo piensas enseñarme esa
lógica?
La sonrisa de Oromis se
amplió.
-Con el método más antiguo y
efectivo: debatiendo. Te haré una pregunta, y tú contestarás y defenderás tu
posición.
-Esperó a que Eragon
rellenara su cuenco de guiso-. Por ejemplo, ¿por qué luchas contra el Imperio?
El brusco cambio de tema
pilló a Eragon con la guardia baja. Tuvo la sensación de que Oromis acababa de
llegar al asunto que perseguía desde el principio.
-Como he dicho antes, para
ayudar a quienes sufren bajo el mandato de Galbatorix y, en menor medida, por
una venganza personal.
-Entonces, ¿luchas por
razones humanitarias?
-¿Qué quieres decir?
-Que luchas para ayudar a
los que han sido perjudicados por Galbatorix y para evitar que perjudique a
nadie más.
-Exacto -contestó Eragon.
-Ah, pero dime una cosa,
joven Jinete: ¿acaso tu guerra con Galbatorix no provocará más dolor del que
puede evitar? La mayoría de los habitantes del Imperio tienen vidas normales,
productivas, ajenas a la locura de su rey. ¿Cómo puedes justificar la invasión
de sus tierras, la destrucción de sus casas, la muerte de sus hijos e hijas?
Eragon se quedó
boquiabierto, asombrado de que Oromis pudiera preguntarle algo así -no en vano,
Galbatorix era el mal- y de que no se le ocurriera ninguna respuesta fácil.
Sabía que estaba en lo cierto, pero ¿cómo podía demostrarlo?
-¿Tú no crees que hay que
derrocar a Galbatorix?
-Esa no es la pregunta.
-Pero has de creerlo
-insistió Eragon-. Mira lo que le hizo a los Jinetes.
Oromis agachó la cabeza
sobre el guiso y se pudo a comer, dejando a Eragon rumiar en silencio. Al
terminar, el elfo entrelazó las manos sobre el regazo y preguntó:
-¿Te he molestado?
-Sí, me has molestado.
-Ya veo. Bueno, entonces
sigue dándole vueltas al asunto hasta que encuentres una res-puesta. Espero que
sea convincente.
La gloria mañanera
negra
Recogieron la mesa y sacaron
los platos fuera para lavarlos con arena. Oromis desmigó los restos de pan en
torno a la casa para que se los comieran los pájaros, y volvieron a entrar.
Oromis sacó plumas y tinta
para Eragon, y reemprendieron el aprendizaje del Liduen Kvaedhí, la forma
escrita del idioma antiguo, mucho más elegante que las runas de los ena-nos y
de los hombres. Eragon se perdió en los glifos arcanos, feliz de enfrentarse a
una tarea que no exigía nada más extenuante que la pura memorización.
Tras pasar horas inclinado
ante las hojas de papel, Oromis agitó una mano en el aire y di-jo:
-Basta. Seguiremos mañana.
-Eragon se echó hacia atrás y relajó la tensión de los hombros mientras Oromis
escogía cinco pergaminos de los agujeros de la pared-. Hay dos en el idioma
antiguo y tres en tu lengua nativa. Te servirán para dominar los dos alfabetos
y además te aportarán una información valiosa que para mí sería tedioso
vocalizar.
-¿Vocalizar?
Con una puntería certera, la
mano de Oromis se desplazó como un dardo, sacó un sexto pergamino enorme de la
pared y lo añadió a la pirámide que Eragon sotenía ya entre los brazos.
-Esto es un diccionario. No
creo que puedas, pero intenta leértelo entero.
Cuando el elfo abrió la
puerta para que Eragon saliera, éste dijo:
-Maestro...
-¿Sí, Eragon?
-¿Cuándo empezaremos a
trabajar con la magia?
Oromis apoyó un brazo en el
quicio de la puerta y se encogió como si ya no le quedara voluntad para
permanecer erguido. Luego suspiró y dijo:
-Debes confiar en mí para
que guíe tu formación, Eragon. De todos modos, supongo que sería estúpido por
mi parte seguir retrasándolo. Ven, deja los pergaminos en la mesa y vamos a
explorar los misterios de la gramaticia.
En el prado frente a la
cabaña, Oromis se quedó mirando hacia los riscos de Tel'naeír, de espaldas a
Eragon, con los pies separados a la altura de los hombros y las manos
entrelaza-das en la nuca. Sin darse la vuelta, le preguntó:
-¿Qué es la magia?
La manipulación de la
energía por medio del uso del idioma antiguo.
Hubo una pausa antes de que
Oromis respondiera:
-Técnicamente, tienes razón.
Y muchos hechiceros nunca entienden más allá de eso. Sin embargo, tu
descripción no alcanza a capturar la esencia de la magia. La magia es la
capa-cidad de pensar; no es cuestión de fuerza ni de lenguaje, pues tú mismo
sabes que un voca-bulario limitado no supone obstáculo alguno para usarla. Como
todas las demás cosas que debes dominar, la magia exige tener un intelecto
disciplinado.
»Brom se saltó el régimen
normal de entrenamiento e ignoró las sutilezas de la gramaticia para asegurarse
de que tuvieras los recursos necesarios para permanecer vivo. Yo también debo
variar el régimen para centrarme en las habilidades que probablemente necesitarás
en las batallas inminentes. Sin embargo, así como Brom te enseñó el mecanismo
ordinario de la magia, yo te enseñaré su aplicación más fina, los secretos
reservados a los más sabios Jinetes: cómo puedes matar sin usar más energía que
la necesaria para mover un dedo; el método que te permite transportar
instantáneamente un objeto de un lugar a otro; un hechizo que te ayudará a
detectar venenos en la comida y en la bebida; una variante de la invocación que
sirve para oír además de ver; la manera de obtener energía de lo que te rodea y
así conservar tus fuerzas, y todas las maneras posibles de obtener un máximo
rendimiento de tu fuerza.
«Estas técnicas son tan
potentes y peligrosas que nunca se han compartido con Jinetes novicios como tú,
pero las circunstancias exigen que las divulgue ahora, y confío en que no
abusarás de ellas. -Alzando el brazo derecho con la mano ganchuda como una zarpa,
Oromis proclamó-: ¡Adurna!
Eragon contempló cómo una
esfera de agua tomaba cuerpo en el arroyuelo que había junto a la cabana y
flotaba por el aire hasta quedar pendida sobre los dedos estirados de Oromis.
El arroyo parecía oscuro y
marrón bajo las ramas del bosque, pero la esfera, separada de allí, era
incolora como el cristal. Briznas de musgo, polvo y pequeños fragmentos de
desechos flotaban dentro del orbe.
Sin dejar de mirar al
horizonte, Oromis dijo:
-Cógela.
Lanzó la esfera hacia atrás
por encima del hombro, en dirección a Eragon. Este trató de cogerla, pero en
cuanto tocó su piel, el agua perdió su cohesión y le salpicó el pecho.
-Has de cogerla con magia
-dijo Oromis. De nuevo, exclamó-: ¡Adurna!
Una esfera de agua se formó
en la superficie del arroyuelo y saltó a su mano, como un halcón entrenado para
obedecer a su amo.
Esta vez Oromis le lanzó la
bola sin previo aviso. Sin embargo, Eragon estaba preparado y dijo, al tiempo
que extendía una mano hacia la bola:
-Reisa du adurna.
La bola se detuvo a un pelo
de distancia de la piel de su mano.
-Una elección de palabras
torpe -dijo Oromis-; aunque, en cualquier caso, funciona.
Eragon sonrió y murmuró:
-Thrysta.
La esfera cambió de rumbo y
se dirigió veloz hacia la base de la cabeza plateada de Oro-mis. Sin embargo,
no aterrizó allí como esperaba Eragon, sino que llegó más allá del elfo, se dio
la vuelta y voló de regreso a Eragon, cada vez más rápida.
El agua seguía dura y sólida
como mármol pulido cuando golpeó a Eragon, provocando un sordo golpetazo al
chocar con su cráneo. El golpe lo tumbó en la hierba, donde quedó aturdido,
pestañeando mientras unas luces centelleaban en el cielo.
-Sí -dijo Oromis-. Sería
mejor la palabra letta, o kodthr. -Al fin se dio la vuelta y alzó una ceja con
fingida sorpresa-. ¿Qué haces? Levántate. No podemos pasarnos el día tumbados.
-Sí, Maestro -gruñó Eragon.
Cuando Eragon se levantó,
Oromis le hizo manipular el agua de maneras diversas: darle forma con complejos
nudos, cambiar el color de la luz que absorbía o reflejaba y congelarla en
ciertas secuencias determinadas; ninguna le costó demasiado.
Los ejercicios duraron tanto
que el interés inicial de Eragon desapareció y fue sustituido por la
impaciencia y el desconcierto. No quería ofender a Oromis, pero no le
encontraba ningún sentido a lo que estaba haciendo el elfo; era como si evitara
cualquier hechizo que pudiera exigir el uso de algo más que una cantidad mínima
de energía. «Ya he demostrado hasta dónde llegan mis habilidades. ¿Por qué se
empeña en repasar estos fundamentos?»
-Maestro -dijo-, esto ya lo
sé. ¿No podemos adelantar?
Los músculos del cuello de
Oromis se tensaron, y los hombros quedaron tan rígidos que parecían de granito
cincelado; hasta contuvo la respiración antes de decir:
-¿Nunca aprenderás a mostrar
respeto, Eragon-vodhr? ¡Como quieras!
Luego pronunció cuatro
palabras del idioma antiguo en una voz tan profunda que Eragon no captó su
significado.
Eragon soltó un chillido al
notar que una presión envolvía sus piernas hasta la rodilla, apretando y
constriñendo las pantorrillas de tal modo que le resultaba imposible caminar.
Podía mover los muslos y el tronco, pero más allá de eso era como si lo hubieran
envuelto en mortero.
-Libérate -dijo Oromis.
Eragon no se había
enfrentado nunca a ese desafío: cómo romper los hechizos ajenos. Po-día liberar
los invisibles lazos que lo ataban de dos maneras distintas. La más efectiva
consistía en saber cómo lo había inmovilizado Oromis -bien fuera afectando directamente
a su cuerpo o sirviéndose de algún recurso externo-, pues en ese caso podía
redirigir el elemen-to para dispersar la fuerza de Oromis. Si no, podía usar
algún hechizo vago y genérico para bloquear lo que le estaba haciendo Oromis.
La parte negativa de esa táctica era que podía producir un combate directo de
fuerzas entre ellos. «Alguna vez tenía que ocurrir», pensó Eragon. No tenía la
menor esperanza de imponerse a un elfo.
Construyó la frase idónea y
la pronunció:
-Losna kaljya iet. Suelta
mis pantorrillas.
Perdió una cantidad de
energía mayor de la que había previsto: pasó de estar modera-damente cansado
por los esfuerzos y dolores del día a sentirse como si llevara desde la mañana
caminando sobre tierra dura. Luego la presión de las piernas desapareció y tuvo
que tambalearse para recuperar el equilibrio.
Oromis meneó la cabeza.
-Estúpido -dijo-. Muy
estúpido. Si yo me hubiera empeñado en mantener el hechizo, te habría matado.
Nunca uses absolutos.
-¿Absolutos?
-Nunca pronuncies tus
hechizos de tal modo que sólo haya dos resultados posibles: el éxito o la
muerte. Si un enemigo hubiera atrapado tus piernas y fuera más fuerte que tú,
habrías gastado todas tus energías en el intento de romper su hechizo. Habrías
muerto sin la menor posibilidad de abortar el intento al darte cuenta de que
era inútil.
-Y eso ¿cómo se evita?
-Es más seguro que el
hechizo sea un proceso al que puedas poner fin a discreción. En vez de decir
«suelta mis pantorrillas», que es un absoluto, podrías decir «reduce la magia
que aprisiona mis pantorrillas». Son muchas palabras, pero así podrías decidir
en qué medida quieres reducir el hechizo del oponente y calcular si te conviene
deshacerlo del todo. Lo volveremos a intentar.
La presión en las piernas de
Eragon se reanudó en cuanto Oromis pronunció su invocación inaudible. Eragon
estaba tan cansado que no se creía capaz de ofrecer demasiada resistencia. Aun
así, se puso en contacto con la magia.
Antes de que el idioma
antiguo saliera por la boca de Eragon, se percató de una curiosa sensación al
notar que el peso que constreñía sus piernas se reducía a ritmo continuo.
Experimentó un cosquilleo y se sintió como si lo sacaran de un pantano de lodo frío
y pegajoso. Miró a Oromis y vio la pasión inscrita en su rostro, como si se
aferrara a algo tan valioso que no podía soportar perderlo. Una vena latía en
su sien.
Cuando desaparecieron las
arcanas cadenas de Eragon, Oromis se echó atrás como si le hubiera picado una
avispa y clavó la mirada en sus dos manos, al tiempo que respiraba
entrecortadamente. Durante un minuto, tal vez, permaneció quieto. Luego irguió
el cuerpo y caminó hasta el mismo límite de los riscos de Tel'naeír; su figura
solitaria se recortaba contra el pálido cielo.
La pena y el dolor
invadieron a Eragon. Eran las mismas emociones que lo habían asaltado al ver
por primera vez la pierna mutilada de Glaedr. Se maldijo por haber sido tan
arrogante con Oromis, tan inconsciente de sus enfermedades, así como por no
haber confiado lo suficiente en su juicio. «No soy el único que debe
enfrentarse a las heridas del pasado.» Eragon no lo había terminado de
comprender cuando Oromis le había dicho que se le escapaba cualquier magia que
no fuera menor. Ahora entendía la profundidad de la situación en que se
encontraba el elfo y el dolor que debía de causarle, sobre todo a alguien de su
raza, nacido y criado con magia.
Eragon se acercó a Oromis,
se arrodilló e hizo una reverencia al modo de los enanos, pegando la frente
magullada frente al suelo.
-Ebrithil, te ruego que me
perdones.
El elfo no dio señales de
haberlo oído.
Permanecieron ambos en sus
respectivas posiciones mientras el sol se ponía ante ellos, los pájaros
entonaban los cantos del anochecer y el aire se volvía frío y húmedo. Del norte
llegó el leve aleteo de Saphira y Glaedr, que daban por terminado el día y regresaban.
Con voz baja y distante,
Oromis dijo:
-Mañana empezaremos de
nuevo, con éste y otros asuntos. -Por su perfil, Eragon notó que Oromis había
recuperado su expresión habitual de impasible reserva-. ¿Te parece bien?
-Sí, Maestro -respondió
Eragon, agradeciendo la pregunta.
-Creo que será mejor que, a
partir de ahora, te esfuerces por hablar sólo en el idioma antiguo. Disponemos
de poco tiempo, y será la manera más rápida de que aprendas.
-¿Incluso cuando hable con
Saphira?
-Incluso entonces.
Eragon adoptó la lengua de
los elfos y prometió:
-Entonces trabajaré sin
cesar hasta que no sólo piense en tu idioma, sino que también sueñe en él.
-Si lo consigues -dijo
Oromis, también en su lenguaje-, tal vez tengamos éxito en nuestra empresa.
-Hizo una pausa-. En vez de volar directamente aquí por la mañana, acompañarás
al elfo que te enviaré para que te guíe. Te llevará al lugar donde la gente de
Ellesméra practica con la espada. Quédate allí una hora y luego prosigue con
normalidad.
-¿No me vas a enseñar tú?
-preguntó Eragon, algo desencantado.
-No tengo nada que enseñar.
Eres tan buen espadachín como cualquiera que haya cono-cido. No sé más que tú
de batallar y no puedo darte lo que yo poseo y tú no. Lo único que te falta es
conservar tu nivel actual de habilidad.
-¿Y por qué no puedo hacerlo
contigo..., Maestro?
-Porque no me gusta empezar
el día con altercados y conflictos. -Miró a Eragon, luego se ablandó y dijo-: Y
porque te hará bien conocer a otros que viven aquí. Yo no represento a mi raza.
Pero ya basta. Mira, ya llegan.
Los dos dragones se
deslizaron ante el disco liso del sol. Primero llegó Glaedr con un rugido de
viento, oscureciendo el cielo entero con su enorme bulto antes de descender
sobre la hierba y plegar sus alas doradas; luego Saphira, rápida y ágil como un
gorrión que volara junto a un águila.
Igual que por la mañana,
Oromis y Glaedr hicieron una serie de preguntas para asegu-rarse de que Eragon
y Saphira habían prestado atención a las lecciones cruzadas. No habían
conseguido hacerlo en todo momento, pero cooperando y compartiendo información lograron
contestar todas las preguntas. Sólo tropezaron con el lenguaje ajeno en que les
pedían que se comunicaran.
Mejor -gruñó Glaedr
después-. Mucho mejor. – Bajó la mirada hacia Eragon-. Pronto tendre-mos que
entrenar tú y yo.
-Por supuesto, Skulblaka.
El viejo dragón resopló y se
acercó a Oromis, caminando a saltos con la pata delantera para compensar la
carencia de una extremidad. Saphira se lanzó hacia delante, tocó la punta de la
cola de Glaedr y, de un cabezazo parecido al que usaría para partirle el cuello
a un cier-vo, la lanzó al aire. Se echó hacia atrás al ver que Glaedr se daba
la vuelta y soltaba un rugido junto a su cuello, mostrando unos colmillos
enormes.
Eragon hizo una mueca de
dolor y, demasiado tarde, se tapó los oídos para protegerlos del rugido de
Glaedr. La velocidad y la intensidad de la respuesta del dragón sugerían que no
era la primera vez que Saphira lo molestaba al cabo del día. En vez de remordimiento,
Eragon detectó un excitado espíritu juguetón en Saphira -como el de un niño con
un juguete nuevo-, así como una devoción casi ciega hacia el otro dragón.
-¡Contente, Saphira! -dijo
Oromis. Saphira caminó hacia atrás y se acuclilló, aunque no había en su
comportamiento señas de contrición. Eragon murmuró una débil excusa, y Oro-mis
agitó una mano y dijo-: Largaos los dos.
Sin discutir, Eragon montó
en Saphira. Tuvo que urgirla a alzar el vuelo y, aún después, ella insistió en
trazar tres círculos por encima del claro antes de tomar rumbo hacia
Elles-méra.
¿Cómo se te ocurre morderle?
-preguntó Eragon.
Creía saberlo, pero quería
que se lo confirmara.
Sólo estaba jugando.
Era la verdad, pues estaban
hablando en el idioma antiguo, pero Eragon sospechó que só-lo era un fragmento
de una verdad mayor.
Ya, ¿y a qué juego? -Bajo su
cuerpo, Saphira se tensó-. Te olvidas de tu deber. Cuando... -Buscó la palabra
adecuada. Incapaz de encontrarla, recuperó su lengua nativa-. Cuando provocas a
Glaedr, lo distraes a él, a Oromis y a mí... Y pones en compromiso lo que hemos
de conseguir. Nunca habías sido tan insensata.
No pretendas ser la voz de
mi conciencia.
Eragon se echó a reír,
olvidó por un momento que estaba sentado entre las nubes y se e-chó a un lado
hasta que estuvo casi a punto de desprenderse del lomo de Saphira.
Ah, qué bella ironía,
después de haberme dicho tantas veces lo que debía hacer. Soy tu conciencia,
Saphira, igual que tú eres la mía. Has tenido buenas razones para reñirme y
advertirme en el pasado, y ahora yo debo hacer lo mismo contigo: deja de acosar
a Glaedr con tus atenciones.
Ella guardó silencio.
¿Saphira?
Te estoy oyendo.
Eso espero.
Al cabo de un minuto de
volar en paz, Saphira dijo:
Dos ataques en un día. ¿Cómo
te encuentras?
Agotado y enfermo. -Hizo una
mueca-. En parte es por el Rimgar y el entrenamiento, pero sobre todo por los
efectos secundarios del dolor. Es como un veneno, me debilita los músculos y me
nubla la mente. Sólo espero permanecer sano lo suficiente para llegar al fin
del entrenamiento. Luego, sin em-bargo... No sé qué haré. Desde luego, así no
puedo pelear por los vardenos.
No pienses en eso -le
aconsejó ella-. No puedes hacer nada por mejorar tu condición, y lo único que
vas a conseguir es sentirte peor. Vive el presente, recuerda el pasado y no
temas el futuro, porque no existe, ni existirá jamás. Sólo existe el ahora.
Eragon le palmeó un hombro y
sonrió con gratitud resignada. A su derecha, un azor pla-neaba en una corriente
de aire caliente mientras patrullaba el bosque abierto en busca de alguna
presa, ya fuera de piel o de plumas. Eragon lo contempló mientras repasaba la
pre-gunta que le había hecho Oromis: ¿cómo podía justificar la lucha contra el
Imperio si podía causar tanto dolor y agonía?
Yo tengo una respuesta -dijo
Saphira.
¿Cuál?
Que Galbatorix ha... -Dudó,
y al fin dijo-: No, no te lo voy a decir. Tienes que resolverlo tú solo.
¡Saphira! ¡Sé razonable!
Lo soy. Y si no sabes por
qué lo que hacemos es lo correcto, más te valdría rendirte a Galbatorix.
Por muy elocuentes que
fueran sus súplicas, no logró arrancarle nada, pues ella le bloqueó esa parte
de su mente.
De vuelta a sus aposentos,
Eragon se tomó una cena ligera y estaba a punto de abrir uno de los pergaminos
de Oromis cuando una llamada a la puerta de tela rompió el silencio. -Adelante
-dijo, con la esperanza de que Arya hubiera vuelto para verle.
Así era. Arya saludó a
Eragon y Saphira y dijo:
-He pensado que apreciarías
la ocasión de visitar el salón del Tialdarí y los jardines adyacentes, pues
ayer expresaste interés en ellos. Siempre que no estés demasiado cansado.
Llevaba un faldón rojo
holgado, estilizado y decorado con complejos diseños bordados con hilo negro.
La combinación de colores recordaba la ropa de la reina y reforzaba el claro
parecido entre madre e hija.
Eragon dejó a un lado los
pergaminos.
-Me encantaría verlo.
Quiere decir que nos
encantaría -apostilló Saphira.
Arya se sorprendió de que
los dos hablaran en el idioma antiguo, de modo que Eragon le contó la orden de
Oromis.
-Una idea excelente -dijo
Arya, pasando también al mismo idioma-. Y es más conveniente que entre nosotros
hablemos así mientras estés aquí.
Cuando los tres bajaron del
árbol, Arya los dirigió hacia el oeste, en dirección a una zona de Ellesméra
que no les resultaba familiar. Por el camino se encontraron con muchos elfos, y
todos se detuvieron para hacerle una reverencia a Saphira.
Eragon volvió a darse cuenta
de que no se veía a ningún niño elfo. Se lo comentó a Arya, y ésta contestó:
-Sí, tenemos pocos niños. En
este momento sólo hay dos en Ellesméra: Dusan y Alanna. Valoramos a los niños
sobre todo lo demás por lo escasos que son. Tener un hijo es el mayor honor y
la mayor responsabilidad que se le puede conceder a cualquier ser vivo.
AJ fin llegaron a un portal
de ojiva estriado -crecido entre los árboles- que hacía las veces de entrada a
un amplio complejo. Arya entonó:
-Raíz del árbol, fruto de la
enredadera, déjame entrar por mi sangre verdadera.
Las dos puertas del arco
temblaron y se abrieron hacia fuera, soltando cinco mariposas monarca que se
alzaron hacia el cielo crepuscular. Al otro lado del arco se abría un gran
jardín de flores dispuesto
de tal modo que parecía prístino y natural como una pradera salvaje. El único
elemento que delataba el artificio era la enorme variedad de plantas: muchas
especies florecían cuando no era su estación, o procedían de climas más fríos o
calurosos y no hubieran florecido jamás sin la magia de los elfos. El paisaje
estaba iluminado por la luz de unas antorchas sin llama, puras como gemas,
aumentada por constelaciones de luciérnagas voladoras.
Arya dijo a Saphira:
-Cuidado con la cola, que no
se arrastre por los lechos de flores.
Avanzaron, cruzaron el
jardín y se metieron en una hilera de árboles esparcidos. Antes de que Eragon
se diera cuenta de dónde estaba, los árboles se volvieron más numerosos y luego
se espesaron hasta formar un muro. Se encontró en el umbral de un bruñido salón
de madera, pese a que no tenía conciencia de haber entrado en él.
El salón era cálido y
hogareño; un lugar de paz, reflexión y comodidad. La forma estaba determinada
por los troncos de los árboles, a los que, en la parte interior, habían
desprovisto de corteza, pulido y frotado con aceite hasta que la madera
brillaba como el ámbar. Algunos agujeros regulares entre los troncos cumplían
la función de ventanas. El aroma de pinaza aplastada perfumaba el aire. Había
unos cuantos elfos en el salón; leían, escribían y, en un rincón oscuro,
tocaban unas flautas de caña. Todos se detuvieron e inclinaron la cabeza ante
la presencia de Saphira.
-Si no fuerais Jinete y
dragón —dijo Arya-, os alojaríais aquí.
-Es magnífico -replicó
Eragon.
Arya los guió a otro lugar
del complejo que era accesible a los dragones. Cada nueva habitación suponía
una sorpresa: no había dos iguales y cada cámara mostraba maneras distintas de
incorporar su construcción al bosque. En una habitación, un arroyo plateado se
deslizaba por la nudosa pared, fluía por el suelo entre una veta de guijarros y
volvía a salir a cielo abierto. En otra, las enredaderas envolvían toda la
sala, excepto el suelo, con una piel verde llena de hojas y adornada con flores
con forma de trompetilla del blanco y rosa más delicado. Arya dijo que se
llamaba Lianí Vine. Vieron muchas obras de arte, desde fairths y pinturas hasta
esculturas y mosaicos radiantes de cristales de colores; todas se basaban en
las formas curvas de plantas y animales.
Islanzadí se unió a ellos un
breve rato en un pabellón abierto, unido a otros dos edificios por medio de dos
caminos cubiertos. Se interesó por los progresos en la formación de Eragon y
por el estado de su espalda, a lo que éste respondió con frases breves y
educadas. Eso pareció satisfacer a la reina, que intercambió unas pocas
palabras con Saphira y se fue.
Al final, regresaron al
jardín. Eragon caminaba junto a Arya -mientras Saphira los seguía-, fascinado
por el sonido de su voz mientras ella le iba contando las distintas variedades
de flores, de dónde procedían, cómo las conservaban y, en muchos casos, cómo
las habían alterado por medio de la magia. También señaló las flores que sólo
abrían los pétalos por la noche, como un floripondio blanco.
-¿Cuál es tu favorita?
-preguntó él.
Arya sonrió y lo acompañó
hasta un árbol que había al borde del jardín, junto a un estanque flanqueado
por juncos. Una gloria mañanera se enroscaba en torno a la rama más baja del
árbol con tres capullos negros aterciopelados y cerrados por completo.
Arya sopló hacia ellos y
susurró:
-Abríos.
Los pétalos crujieron al
desenvolverse y abrir su tela oscura como la tinta para exponer el tesoro
escondido del néctar que escondían en el centro. Un estallido de azul real
llenaba el cuello de las flores y se disolvía en la corona azabache como los
vestigios del día se deshacen en la noche.
-¿No es la flor más perfecta
y adorable? -preguntó Arya.
Eragon la miró, con una
exquisita conciencia de lo cerca que estaban en aquel momento, y dijo:
-Sí... Lo es. -Sin dar
tiempo a que lo abandonara el coraje, añadió-: Como tú.
¡Eragon! -exclamó Saphira.
Arya clavó sus ojos en él y
lo escrutó hasta que él se vio obligado a desviar la mirada. Cuando se atrevió
a mirarla de nuevo, le mortificó ver en su rostro una leve sonrisa, como si le
divirtiera su reacción.
-Qué amable eres -murmuró.
Alargó una mano para tocar el borde de una flor y luego lo miró-. Fáolín las
creó especialmente para mí un solsticio de verano, hace mucho tiempo.
Eragon arrastró los pies y
respondió unas cuantas palabras ininteligibles, herido y ofendido porque ella
no hubiera tomado más en serio su cumplido. Quería volverse invisible e incluso
se planteó soltar un hechizo que se lo permitiera. Al fin, tensó el cuerpo y
dijo:
-Perdónanos, por favor, Arya
Svit-kona, pero es muy tarde y debemos regresar a nuestro árbol.
La sonrisa de Arya se
ensanchó.
-Por supuesto, Eragon. Lo
entiendo. -Los acompañó hasta el arco de la entrada, les abrió las puertas y
dijo-: Buenas noches, Saphira. Buenas noches, Eragon.
Buenas noches -contestó
Saphira.
Pese a su vergüenza, Eragon
no pudo evitar una pregunta:
-¿Nos veremos mañana?
Arya inclinó la cabeza.
-Creo que mañana estaré
ocupada.
Luego se cerraron las
puertas y la perdieron de vista mientras regresaba al complejo principal.
Agachada en el camino,
Saphira empujó cariñosamente con el morro a Eragon en un costado.
Deja de soñar despierto y
súbete a mi grupa. -Eragon escaló por la pierna delantera izquierda, ocupó su
lugar habitual y se agarró a la púa del cuello que tenía delante mientras
Saphira se levantaba del todo. Al cabo de unos pocos pasos, dijo-: ¿Cómo puedes
criticar mi comportamien-to con Glaedr y luego hacer algo así? ¿En qué
pensabas?
Ya sabes lo que siento por
ella -gruñó Eragon,
¡Bah! Si tú eres mi
conciencia y yo soy la tuya, tengo la obligación de decirte que te comportas
como un presumido engañado. No estás usando la lógica, como tanto insiste
Oromis. ¿Qué esperas que pase entre Arya y tú? ¡Es una princesa!
Y yo soy un Jinete.
Ella es elfa; tú eres
humano.
Cada día me parezco más a
los elfos.
Eragon, ¡tiene más de cien
años!
Yo viviré tanto como ella o
cualquier otro elfo.
Ah, pero de momento no es
así, y ése es el problema. No puedes superar una diferencia tan amplia. Es una
mujer mayor con un siglo de experiencia, mientras que tú...
¿Qué? ¿Qué soy yo? -gruñó-.
¿Un crío? ¿Eso es lo que quieres decir?
No, un crío no. No después
de todo lo que has visto y hecho desde que nos unimos. Pero eres joven, incluso
desde el punto de vista de tu raza, que vive poco, mucho menos que los enanos,
los dragones y los elfos.
Y tú también.
La respuesta silenció a
Saphira un minuto. Luego dijo:
Sólo intento protegerte,
Eragon. Eso es todo. Quiero que seas feliz y temo que no lo puedas ser si
insistes en perseguir a Arya.
Los dos estaban a punto de
retirarse cuando oyeron que se abría de golpe la trampilla del vestíbulo y
luego sonaba el tintineo de una malla de alguien que subía. Con Zar'roe en la
mano, Eragon abrió hacia dentro la puerta de tela, listo para enfrentarse al
intruso.
Bajó la mano al ver a Orik
en el suelo. El enano bebió un largo trago de la botella que llevaba en la mano
izquierda y luego miró a Eragon con los ojos entrecerrados.
-¡Huesos y ladrillos! ¿Dónde
estabas? Ah, ahí te veo. Me preguntaba dónde estarías. Como no te encontraba,
he pensado que en esta noche dolorosa podía salir a buscarte... ¡Y ahí
estás! ¿De qué vamos a
hablar tú y yo, ahora que estamos juntos en este delicioso nido de pájaros?
Eragon agarró al enano por
el brazo libre y tiró de él hacia arriba, sorprendido, como siempre, por lo
mucho que pesaba, como si fuera una roca en miniatura. Cuando lo soltó, Orik se
balanceó de un lado a otro, alcanzando ángulos tan forzados que amenazaba con
desplomarse a la mínima provocación.
-Entra-dijo Eragon, en su
propio idioma. Cerró la trampilla-. Ahí fuera te vas a resfriar.
Orik guiñó sus ojos redondos
y hundidos.
-No te he vijto por mi
ejeondrijo lleno de hojas, no, señor. Me has abandonado en compañía de los
elfos... Ah, dejgraciado, qué compañía tan aburrida, sí, señor.
Un leve sentimiento de culpa
obligó a Eragon a disimular con una sonrisa. Era cierto que había olvidado al
enano entre tantas idas y vueltas.
-Siento no haber ido a
visitarte, Orik, pero estaba ocupado en mis estudios. Ven, dame tu capa.
-Mientras ayudaba al enano a quitarse el mantón marrón, le preguntó-: ¿Qué
bebes?
-Faelnirv -declaró Orik-.
Una poción maravillosa y cojquilleante. El mejor y más satijfactorio entre los
inventos tramposos de los elfos: te concede el don de la locuacidad. Las
palabras fluyen de tu lengua como cardúmenes de pececillos aleteantes, como bandadas
de ruijeñores sin respiro, como ríos de serpientes agitadas. -Se calló,
aparentemente sorprendido por la magnificencia irrepetible de sus
comparaciones. Cuando Eragon lo animó a entrar en el dormitorio, Orik saludó a
Saphira con la botella en la mano y dijo-: Saludos, oh, Diente de Hierro. Que
tus ejcamas brillen tanto como las ajcuas de la fragua de Morgothal.
Saludos, Orík -dijo Saphira,
apoyando la cabeza en el borde de la cama-. ¿Qué te ha dejado en ese estado? No
es propio de ti.
Eragon repitió la pregunta.
-¿Qué me ha dejado en ejte
ejtado? -repitió Orik. Se dejó caer en una silla que le acercó Eragon, con los
pies colgados a varios centímetros del suelo, y se puso a menear la cabeza-.
Gorritos rojos, gorritos verdes, elfos por aquí, elfos por allá. Me asfixio
entre los elfos y sus cortesías, malditas sean tres veces. No tienen sangre.
Son taciturnos. Sí, señor; no, señor; con eso podría llenar un saco, sí, señor,
pero no hay manera de sacarles nada más. -Miró a Eragon con expresión
melancólica-. ¿Qué puedo hacer mientras tú vas pasando tu instrucción? ¿He de
sentarme y menear los pulgares en el aire mientras me convierto en piedra y me
reúno con los ejpíritus de mis antepasados? Dime, oh sagaz Jinete.
¿No tienes ninguna
habilidad, ningún pasatiempo con el que puedas entretenerte?-preguntó Saphira.
-Sí -dijo Orik-. Soy un
herrero bajtante bueno, si ej que a alguien le importa. Pero ¿por qué he de
crear brillantes armas y armaduras para quienes no las valoran? Aquí soy un
inútil. Inútil como un Feldünost de trej patas.
Eragon extendió una mano
hacia la botella.
-¿Puedo?
Orik pasó la mirada de él a
la botella y luego renunció con una mueca. El faelnirv estaba frío como el
hielo cuando pasó por la garganta de Eragon, picante y vigoroso. Se le aguaron
los ojos y pestañeó. Tras concederse un segundo trago, devolvió la botella a
Orik, que parecía decepcionado porque quedaba poca poción.
-¿Y qué travesuras haj
conseguido sonsacar a Oromis y suj bojques bucólicos? -preguntó.
El enano gimió y cloqueó
alternativamente mientras Eragon describía sus entrenamientos, el error de la
bendición de Farthen Dür, el árbol Menoa, su espalda y todo lo que había
ocurrido en los días anteriores. Eragon terminó con el tema que en ese momento
le interesaba más: Arya. Envalentonado por el licor, le confesó el afecto que
sentía por ella y describió cómo había rechazado su avance.
Orik agitó un dedo y dijo:
-Ejtás sobre una roca muy
frágil, Eragon. No tientes al dejtino. Arya... -Se calló, luego soltó un
gruñido y bebió otro trago de faelnirv-. Ah, ej muy tarde para eso. ¿Quién soy
yo para decir qué ej sabio y qué no lo ej?
Saphira llevaba un rato con
los ojos cerrados. Sin abrirlos, preguntó:
¿Estás casado, Orik?
La pregunta sorprendió a
Eragon; nunca se había parado a preguntarse por la vida personal de Orik.
-Eta -contestó el enano-.
Aunque ejtoy prometido a la noble Hvedra, hija de Un Ojo Thorgerd y de
Himinglada. Nos íbamos a casar ejta primavera, hajta que atacaron los úr-galos
y Hrothgar me envió a ejte maldito viaje.
-¿Es del Dürgrimst Ingeitum?
-preguntó Eragon.
-¡Por supuejto! -rugió Orik,
golpeando un lado de la silla con un puño-. ¿Acaso creej que podrías casarme
con alguien que no fuera de mi clan? Ej la nieta de mi tío Vardrún, prima
tercera de Hrothgar, y tiene unaj pantorrillas blancas, redondas y suaves como
el satén, las mejillas rojas como manzanas y ej la doncella enana más bonita
que ha exijtido jamás.
Sin duda -dijo Saphira.
-Estoy seguro de que no
tardarás mucho en verla de nuevo -dijo Eragon.
-Hmf. -Orik entrecerró los
ojos para mirar a Eragon-. ¿Crees en gigantes? Gigantes altos, gigantes
fuertes, gigantes gordos y barbudos con dedos como palas.
-Nunca los he visto, ni he
oído hablar de ellos -dijo Eragon-, salvo en las historias. Si existen, no será
en Alagaésia.
-¡Ah, pero sí que exijten!
¡Claro que sí! -exclamó Orik, agitando la botella por encima de la cabeza-.
Dime, oh, Jinete, si un gigante aterrador se encontrara contigo en el camino de
un jardín, ¿cómo crees que te llamaría, suponiendo que no te confundiera con su
cena?
-Eragon, supongo.
-No, no. Te llamaría enano,
y para él lo seríaj. -Orik soltó una carcajada y golpeó a Eragon en las
costillas con su duro codo-. ¿Lo ves? Los humanos y los elfos son gigantes. La
tierra está llena de gigantes, aquí, allá y en todas partes, dando pisotones
con sus grandes pies y cubriéndonos con sus sombras infinitas.
Siguió riéndose y
balanceándose en la silla hasta que cayó al suelo con un golpe sordo y seco.
Eragon le ayudó a levantarse
y dijo:
-Creo que será mejor que
pases aquí la noche. No estás en condiciones de bajar esas escaleras en la
oscuridad.
Orik se mostró de acuerdo
con alegre indiferencia. Dejó que Eragon le quitara la malla y lo atara a un
lado de la cama. Luego Eragon suspiró, tapó las luces y se tumbó en su lado del
colchón.
Se durmió oyendo al enano
murmurar:
-Hvedra... Hvedra...
Hvedra...
La
naturaleza del mal
La clara mañana llegó
demasiado pronto.
Eragon se despertó
sobresaltado por el zumbido del reloj vibrador, cogió su cuchillo de caza y
saltó de la cama, esperando que alguien lo atacara. Soltó un grito ahogado
cuando su cuerpo aulló para protestar por los abusos de los últimos dos días.
Pestañeando para retener las
lágrimas, Eragon dio cuerda al reloj. Orik se había ido. Debía de haberse
escabullido en las primeras horas del alba. Con un gemido, Eragon se desplazó
hasta el baño para emprender sus abluciones matinales, como un anciano afectado
de reumatismo.
Él y Saphira esperaron diez
minutos junto al árbol hasta que llegó un elfo solemne de cabello negro. El
elfo hizo una reverencia, se llevó dos dedos a los labios —mientras Eragon
repetía el gesto- y luego se avanzó a Eragon para decirle:
-Que la buena suerte te
guíe.
-Y que las estrellas cuiden
de ti -replicó Eragon-. ¿Te envía Oromis?
El elfo lo ignoró y se
dirigió a Saphira:
-Bienvenido, dragón. Soy
Vanir, de la casa de Haldthin.
Eragon frunció el ceño,
molesto.
Bienhallado, Vanir.
Sólo entonces el elfo se
dirigió a Eragon:
-Te mostraré dónde puedes
practicar con la espada.
Echó a andar sin esperar a
que Eragon llegara a su altura.
El campo de entrenamiento
estaba lleno de elfos de ambos sexos que peleaban por parejas y en grupos. Sus
extraordinarios dones físicos procuraban golpes tan rápidos y repentinos que
sonaban como el estallido del granizo al golpear una campana de piedra. Bajo
los árboles que bordeaban el campo, algunos elfos practicaban a solas el Rimgar
con más gracia y flexibilidad de la que jamás sería capaz de alcanzar Eragon.
Cuando todos los presentes
en el campo se detuvieron e hicieron una reverencia a Saphira, Vanir desenfundó
su estrecha espada.
-Si quieres proteger tu
espada, Mano de Plata, podemos empezar.
Eragon contempló con temor
la inhumana habilidad de todos los demás elfos con la espada.
¿Por qué tengo que hacer
esto?-preguntó-. No sacaré más que una humillación.
Te irá bien -dijo Saphira,
aunque Eragon pudo notar que estaba preocupada por él.
Ya.
Mientras preparaba a
Zar'roc, las manos de Eragon temblaron de miedo. En vez de lanzarse a la
refriega, luchó con Vanir desde una cierta distancia, esquivando los golpes,
echándose a un lado y haciendo cuanto podía por no provocar un nuevo ataque de
dolor. A pesar de las evasivas de Eragon, Vanir lo tocó cuatro veces en una
rápida sucesión: en las costillas, en la espinilla y en ambos hombros.
La expresión inicial de
Vanir, de estoica impasividad, se convirtió pronto en franco desprecio.
Bailando hacia delante, deslizó su espada a lo largo de Zar'roc, al tiempo que
trazaba con ella un círculo para forzar la muñeca de Eragon. Este permitió que Zar'roc
saliera volando para no ofrecer resistencia a la fuerza superior del elfo.
Vanir apuntó su espada hacia
el cuello de Eragon y dijo:
-Muerto.
Eragon apartó la espada y
caminó con dificultad para recuperar a Zar'roc.
-Muerto -dijo Vanir-. ¿Cómo
pretendes derrotar a Galbatorix así? Esperaba algo mejor, incluso de un
alfeñique humano.
-Entonces, ¿por qué no te
enfrentas tú mismo a Galbatorix en vez de esconderte en Du Weldenvarden?
Vanir se puso rígido de
indignación.
-Porque -dijo, frío y
altivo- no soy un Jinete. Y si lo fuera, no sería tan cobarde como tú.
Nadie se movió o habló en
todo el campo.
De espaldas a Vanir, Eragon
se apoyó en Zar'roc y alzó el cuello para mirar al cielo, gruñendo por dentro.
«No sabe nada. Sólo es una prueba más que superar.»
-He dicho cobarde. Tienes
tan poca sangre como el resto de tu raza. Creo que Galbatorix confundió a
Saphira con sus artimañas y le hizo equivocarse de Jinete.
Los expectantes elfos
soltaron un grito sordo al oír las palabras de Vanir y se pusieron a murmurar
para desaprobar su atroz insulto al protocolo.
Eragon rechinó los dientes.
Podía soportar que lo insultaran, pero no a Saphira. Ella empezaba a moverse
cuando la frustración acumulada, el miedo y el dolor estallaron en el interior
de Eragon y lo empujaron a revolverse, con la punta de Zar'roc hendiendo el
aire.
El golpe hubiera matado a
Vanir si no lo llega a bloquear en el último segundo. Parecía sorprendido por
la ferocidad del ataque. Sin contenerse, Eragon llevó a Vanir al centro del
campo, lanzando estocadas y tajos como un loco, decidido a herir como pudiera
al elfo. Le golpeó en una cadera con tanta fuerza que llegó a sangrar, pese a
que el filo de Zar'roc estaba protegido.
En ese instante, la espalda
de Eragon se quebró en una explosión de agonía tan intensa que la experimentó
con los cinco sentidos: como una ensordecedora cascada de sonido; un sabor
metálido que le forraba la lengua; un hedor agrio, avinagrado, que le llegaba a
la nariz y le aguaba los ojos; colores palpitantes; y, sobre todo, la sensación
de que Durza acababa de rajarle la espalda.
Vio a Vanir plantado ante él
con una sonrisa desdeñosa. Se le ocurrió pensar que era muy joven.
Después del ataque, Eragon
se secó la sangre de la boca con una mano, se la mostró a Vanir y le preguntó:
-¿Te parece poca sangre?
Sin dignarse responder,
Vanir enfundó la espada y se alejó.
-¿Adonde vas? -preguntó
Eragon-. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.
-No estás en condiciones de
entrenar -replicó el elfo.
-Compruébalo.
Eragon podía ser inferior a
los elfos, pero se negaba a darles la satisfacción de demostrarles que sus
escasas expectativas con respecto a él eran acertadas. Pensaba ganarse su
respeto por pura insistencia, si no había otro modo.
Insistió en agotar la hora
entera que había prescrito Oromis. Luego Saphira se acercó a Vanir y le tocó el
pecho con la punta de uno de sus talones de marfil.
Muerto -le dijo.
Vanir empalideció. Los demás
elfos se alejaron de él.
Cuando ya estaban en lo
alto, Saphira dio:
Oromis tenía razón.
¿Acerca de qué?
Rindes más cuando tienes un
contrincante.
En la cabaña de Oromis, el
día recuperó el patrón habitual: Saphira acompañó a Glaedr para instruirse,
mientras que Eragon se quedó con Oromis.
Le horrorizó descubrir que
Oromis esperaba que, después de todo el ejercicio anterior, practicara además
el Rimgar. Tuvo que reunir todo su coraje para obedecer. Su aprehensión resultó
equivocada, sin embargo, pues la Danza de la Serpiente y la Grulla era
demasiado suave para hacerle daño.
Eso, sumado a su meditación
en el claro recluido, concedió a Eragon la primera oportu-nidad, desde el día
anterior, de ordenar sus pensamientos y dar vueltas a la pregunta que le había
planteado Oromis.
Mientras lo hacía, observó
que sus hormigas rojas invadían un hormiguero rival, más pe-queño, imponiéndose
a sus habitantes y robándoles los recursos. Cuando terminó la masacre, apenas
un puñado de las hormigas rivales permanecían con vida, solas y sin propósito
en las vastas y hostiles planicies de pinaza.
«Como los dragones en
Alagaésia», pensó Eragon. Al plantearse el triste destino de los dragones, su
conexión con las hormigas se desvaneció. Poco a poco, se le fue revelando una
respuesta al problema, una respuesta en la que podía creer y con la que podía
convivir.
Terminó sus meditaciones y
regresó a la cabaña. Esta vez Oromis pareció razonablemente satisfecho con los
logros de Eragon.
Mientras Oromis le servía la
comida, Eragon dijo:
-Sé por qué merece la pena
luchar contra Galbatorix aunque mueran miles de personas.
-Ah. -Oromis se sentó-. Pues
dímelo.
-Porque Galbatorix ha
causado ya más sufrimiento en los últimos cien años del que po-dríamos causar
nosotros en una sola generación. Y al contrario que los tiranos normales, no
podemos esperar a que se muera. Podría gobernar durante siglos o milenios sin
dejar de perseguir y atormentar al pueblo, si no lo detenemos. Si alcanzara la
fuerza suficiente, mar-charía contra los enanos y contra vosotros, aquí en Du
Weldenvarden, y mataría o escla-vizaría a ambas lazas. Y... -Eragon frotó una
muñeca en el borde de la mesa- porque rescatar los dos huevos que tiene
Galbatorix es la única manera de salvar a los dragones.
Lo interrumpió el estridente
gorgorito de la pava de Oromis, cuyo volumen creció hasta saturar los oídos de
Eraron. El elfo se levantó, sacó la pava del fogón y sirvió agua para un té de
arándanos. Las arrugas que rodeaban sus ojos se suavizaron.
-Ahora -dijo- ya lo has
entendido.
-Lo entiendo, pero no me da
ningún placer.
-Ni tiene por qué dártelo.
Pero ahora podemos estar seguros de que no te apartarás del camino cuando te
enfrentes a las injusticias y atrocidades que los vardenos deberán cometer
inevitablemente. No podemos permitirnos que te consuman las dudas cuando más
nece-sarias sean tu fuerza y tu concentración. -Oromis juntó los dedos y miró
el espejo oscuro de su té, contemplando lo que fuera que veía en su tenebroso
reflejo-. ¿Crees que Galbatorix es el mal?
-¡Por supuesto!
-¿Crees que él se considera
el mal?
-No, lo dudo.
Oromis apretó las yemas de
los dedos. -Entonces también creerás que Durza era el mal. Los recuerdos que
Eragon había cosechado de Durza cuando se enfrentaron en Tronjheim regresaron a
él, recordándole que, de joven, la Sombra -entonces llamada Carsaib- había sido
esclavizada por los espectros convocados para vengar la muerte de su mentor,
Haeg.
-Él no era malo por sí
mismo, pero sí lo eran los espíritus que lo controlaban.
-¿Y los úrgalos? -preguntó
Oromis, bebiendo un sorbo de té-. ¿Son malos?
Los nudillos de Eragon se
blanquearon por la fuerza con que agarraba la cuchara.
-Cuando pienso en la muerte,
veo el rostro de un úrgalo. Son peores que las bestias. Las cosas que han
hecho...
Meneó la cabeza, incapaz de
continuar.
-Eragon, ¿qué opinión
tendrías de los humanos si sólo conocieras de ellos las acciones de sus
guerreros en el campo de batalla?
-Eso no es... -Respiró
hondo-. Es distinto. Los úrgalos merecen ser arrasados, que no que-de ni uno.
-¿Incluso sus hembras y sus
hijos? ¿Los que nunca os han hecho daño, ni es probable que lo hagan? ¿Los
inocentes? ¿Los matarías y condenarías a toda una raza a la desaparición?
-Si ellos tuvieran esa
ocasión, no nos perdonarían la vida.
-¡Eragon! -exclamó Oromis,
en tono brusco-. No quiero volverte a oír usar esa excusa, como si lo que ha
hecho alguien, o lo que haría, significara que tú también debes hacerlo. Es
indolente, repugnante y revelador de una mente inferior. ¿Está claro?
-Sí, Maestro.
El elfo se llevó la taza a
la boca y bebió, con sus ojos brillantes fijos en Eragon en todo momento.
-¿Qué sabes realmente de los
úrgalos?
-Conozco su fuerza, sus
debilidades, y sé cómo matarlos. No necesito saber más.
-Y sin embargo, ¿por qué
odian a los humanos y luchan contra ellos? ¿Qué pasa con su historia y sus
leyendas, o con su modo de vivir?
-¿Eso importa?
Oromis suspiró.
-Recuerda -dijo con
amabilidad- que en cierto momento tus enemigos pueden convertirse en aliados.
Así es la naturaleza de la vida.
Eragon se resistió a las
ganas de discutir. Removió su té en la taza, acelerando el líquido hasta que se
convirtió en un remolino negro con una lente blanca de espuma en el fondo del
vértice.
-¿Por eso enroló Galbatorix
a los úrgalos?
-Yo no hubiera escogido ese
ejemplo, pero sí.
-Parece extraño que se
ganara su amistad. Al fin y al cabo, ellos fueron quienes mataron a su dragón.
Mira lo que nos hizo a los Jinetes, y eso que ni siquiera éramos responsables
de su pérdida.
-Ah -dijo Oromis-, quizá
Galbatorix esté loco, pero sigue siendo astuto como un zorro. Supongo que
pretendía usar a los úrgalos para destruir a los vardenos y a los enanos, y a
otros, si hubiera triunfado en Farthen Dür. Así habría conseguido liquidar a dos
enemigos y, simultáneamente, debilitar a los úrgalos para poder disponer de
ellos según su voluntad. El aprendizaje del idioma antiguo consumió la tarde, y
luego retomaron la práctica de la magia. Gran parte de las lecciones de Oromis
se referían a la manera idónea de controlar diversas formas de energía como la
luz, el calor, la electricidad e incluso la gravedad. Le explicó que como
aquellas energías consumían su fuerza más rápido que cualquier otra clase de
hechizo, era más seguro encontrarlas allá donde existieran por naturaleza y
luego darles forma con la gramaticia, en vez de intentar crearlas desde la
nada.
Oromis cambió de tema y le
preguntó:
-¿Cómo matarías con magia?
-Lo he hecho de muchas
maneras distintas -dijo Eragon-. He cazado con una piedra, mo-viéndola y
dirigiéndola por medio de la magia. También he usado la palabra jierda para
partirle el cuello y las piernas a los úrgalos. Una vez, detuve el corazón de
un hombre con la palabra thrysta.
-Hay métodos más eficientes
-reveló Oromis-. ¿Qué hace falta para matar a un hombre, Eragon? ¿Atravesar su
pecho con una espada? ¿Partirle el cuello? ¿Que pierda sangre? Basta con que
una sola arteria del cerebro reviente, o con que se corten ciertos nervios. Con
el hechizo adecuado podrías destruir a todo un ejército.
-Tendría que haber pensado
en eso en Farthen Dür -dijo Eragon, disgustado consigo mismo. «No sólo en
Farthen Dür, sino también cuando los kull nos echaron del desierto de
Hadarac»-. Otra vez la misma pregunta: ¿por qué no me lo enseñó Brom?
-Porque no esperaba que te
enfrentaras a un ejército durante los siguientes meses, o incluso años; no es
un arma que se entregue a los Jinetes que aún no han pasado las pruebas.
-Si es tan fácil matar a la
gente, de todos modos, ¿qué sentido tiene que nosotros, o Galbatorix, armemos
un ejército?
-Para ser sucintos: táctica. Los magos son
vulnerables al ataque físico mientras están enfrascados en sus luchas mentales.
Por lo tanto, hacen falta guerreros para protegerlos. Y los guerreros deben
estar protegidos, al menos parcialmente, de los ataques de la magia, porque si
no morirían en cuestión de minutos. Sus limitaciones implican que cuando dos
ejércitos se enfrentan, los magos quedan diseminados entre el bulto de sus
fuerzas, cerca de la primera línea pero no tanto como para correr peligro. Los
magos de ambos lados abren sus mentes y tratan de percibir si alguien está
usando la magia, o a punto de usarla. Como los enemigos podrían quedar más allá
de su alcance mental, los magos también erigen protecciones en torno a ellos
mismos y a los guerreros para impedir, o reducir, los ataques desde lejos, como
por ejemplo una piedra que se les dirija volando desde más de un kilómetro.
-Ningún hombre puede
defender a todo un ejército -dijo Eragon.
-Solo, no; pero con
suficientes magos se puede conseguir una cantidad razonable de protección. El
mayor peligro en esa clase de conflicto es que a un mago listo se le puede
ocurrir un ataque original que sobrepase las protecciones sin despertar las
alarmas. Eso bastaría para decidir una batalla.
«Además -siguió Oromis-,
debes recordar que la capacidad de usar la magia es exageradamente escasa entre
todas las razas. Los elfos tampoco somos una excepción, aun-que tenemos mayor
provisión de hechiceros que los demás, como consecuencia de juramen-tos que nos
atan desde hace siglos. La mayoría de los bendecidos con la magia tienen un
talento reducido, o no muy apreciable; con esfuerzo, consiguen curar tanto como
dañan.
Eragon asintió. Había
conocido magos así entre los vardenos.
-Aun así, se invierte la
misma cantidad de energía para cumplir con la tarea.
-Energía sí, pero a los
magos menores les cuesta más que a ti o a mí sentir el flujo de la magia y
sumergirse en él. Pocos magos tienen la suficiente fuerza para convertirse en
una amenaza para un ejército entero. Y los que sí la tienen suelen pasarse casi
toda la batalla esquivando a sus oponentes, guiándolos o luchando contra ellos;
lo cual supone una ventaja para los guerreros normales, pues en caso contrario
morirían todos pronto.
Preocupado, Eragon comentó:
-Los vardenos no tienen
muchos magos.
-Es una de las razones por
las que tú eres tan importante.
Pasó un momento mientras
Eragon reflexionaba sobre lo que le había dicho Oromis.
-Y esas protecciones...
¿sólo te consumen la energía cuando las activas?
-Sí.
-Entonces, con el tiempo
suficiente, se podrían preparar incontables capas de protección. Podrías
volverte... -luchaba con el idioma antiguo para conseguir expresarse-
¿intocable? ¿Impermeable?... Impermeable a cualquier asalto, ya fuera mágico o
físico.
-Las protecciones -contestó
Oromis- dependen de la fuerza de tu cuerpo. Si alguien supera esa fuerza, te
mueres. Por muchas protecciones que tengas, sólo podrás resistir los ataques
mientras tu cuerpo consiga mantener la producción de energía.
-Y la energía de Galbatorix
ha ido creciendo año tras año... ¿Cómo puede ser?
Era una pregunta retórica,
pero Oromis guardó silencio y fijó sus ojos almendrados en un trío de gorriones
que trazaban piruetas en lo alto. Eragon se dio cuenta de que el elfo estaba
pensando en cómo contestarle. Los pájaros se persiguieron unos cuantos minutos.
Cuando desaparecieron de la vista, Oromis dijo:
-No es oportuno mantener
esta conversación en este momento.
-¿O sea que lo sabes?
-preguntó Eragon, asombrado.
-Sí. Pero esa información
debe esperar hasta más adelante en tu formación. No estás listo para recibirla.
Oromis miró a Eragon como si
esperara que objetase.
Eragon agachó la cabeza.
-Como tú quieras, Maestro.
No podría obtener aquella
información de Oromis mientras el elfo no estuviera dispuesto a compartirla,
así que ¿para qué intentarlo? Aun así, se preguntó qué clase de información
podía ser tan peligrosa como para que Oromis no se atreviera a contársela y por
qué los elfos se la habían escondido a los vardenos. Se le ocurrió otra idea y
dijo:
-Si las batallas con magos
se plantean como dices, ¿por qué Ajihad me dejó pelear sin protección en
Farthen Dür? Ni siquiera sabía que debiera mantener la mente abierta para
detectar a los enemigos. ¿Y por qué no mató Arya a casi lodos los úrgalos? No
había magos que pudieran oponerse a ella, salvo Durza, y él no podía defender a
sus tropas mientras estaba en el subsuelo.
-¿Ajihad no mandó a Arya o a
alguien del Du Vrangr Gata que te rodeara de defensas? -preguntó Oromis.
-No, Maestro.
-¿Y peleaste sin ellas?
-Sí, Maestro.
Oromis desvió la mirada y se
concentró en su interior, inmóvil sobre la hierba. Volvió a hablar sin previo
aviso:
-He consultado con Arya y
ella dice que los gemelos tenían órdenes de examinar tus habilidades. Le
dijeron a Ajihliad que eras competente en todos los terrenos de la magia,
incluidas las protecciones. Ni Ajihad ni Arya pusieron en duda sus afirmaciones
al respecto.
-Esos aduladores, con sus
calvas, infestados de garrapatas como perros traidores... mal-dijo Eragon-.
¡Querían que me mataran!
Eragon pasó a su idioma
nativo y se permitió otra serie de insultos poderosos.
-No contamines el aire -dijo
Oromis con suavidad-. Te sienta mal... En cualquier caso, sos-pecho que los
gemelos no permitieron que pelearas sin protección para que te mataran, sino
para que Durza pudiera capturarte.
-¿Qué?
-Según cuentas tú mismo,
Arya sospechó que los vardenos habían sido traicionados cuan-do Galbatorix
empezó a perseguir a sus aliados en el Imperio con una eficacia cercana a la
perfección. Los gemelos sabían quiénes eran los colaboradores de los vardenos.
Además, los gemelos te llevaron al corazón de Tronjheim para separarte de
Saphira y ponerte al alcance de Durza. La explicación lógica es que son unos
traidores.
-Que lo eran -puntualizó
Eragon-. Eso ya no importa; hace tiempo que murieron.
Oromis inclinó la cabeza.
-Aun así. Arya dijo que los
úrgalos sí tenían magos en Farthen Dür y que ella se enfrentó a muchos.
¿Ninguno te atacó?
-No, Maestro.
-Más pruebas de que Saphira
y tú estabais reservados para que os capturase Durza y os llevara ante
Galbatorix. La trampa estaba bien dispuesta.
Durante la hora siguiente,
Oromis enseñó a Eragon doce maneras de matar, ninguna de las cuales exigía más
energía que levantar una pluma cargada de tinta. Cuando terminó de memorizar la
última, a Eragon se le ocurrió una idea que le hizo sonreír.
-La próxima vez que me cruce
con los ra'zac, no tendrán ni para empezar.
-Aun así debes cuidarte de
ellos -le advirtió Oromis.
-¿Por qué? Con tres palabras
estarán muertos.
-¿Qué comen las águilas
pescadoras?
Eragon pestañeó.
-Pescado, claro.
-Y si un pez fuera algo más
rápido e inteligente que los demás, ¿conseguiría huir de un á-guila cazadora?
-Lo dudo -contestó Eragon-.
Al menos, no mucho tiempo.
-Igual que las águilas están
diseñadas para ser las mejores cazadoras de peces, los lobos están diseñados
para ser los mejores cazadores de ciervos y otras piezas de caza mayor, y todos
los animales tienen los talentos necesarios para cumplir mejor su propósito.
También los ra'zac están diseñados para depredar a los humanos. Son los
monstruos de la oscuridad, las pesadillas húmedas que persiguen a tu raza.
A Eragon se le erizó de
terror el vello de la nuca.
-¿Qué clase de criaturas
son?
-Ni elfos, ni humanos,
enanos, dragones; no son bestias de piel, escamas ni plumas; ni reptiles, ni
insectos, ni ninguna otra categoría animal.
Eragon forzó una risotada.
-Entonces, ¿son plantas?
-Tampoco. Ponen huevos para
reproducirse, como los dragones. Al nacer, a las crías, o larvas, les crecen
exoesqueletos negros que imitan la forma de los humanos. Es una imitación
grotesca, pero lo suficientemente convincente para permitir que los ra'zac se
acerquen a sus víctimas sin despertar la alarma. En todas las zonas en que los
humanos son débiles, los ra'zac son fuertes. Pueden ver en una noche lluviosa,
seguir un olor como perros de caza, saltan más alto y se mueven más deprisa.
Sin embargo, les duele la luz fuerte y tienen un miedo morboso al agua
profunda, porque no saben nadar. Su mayor arma es su fétido alien-to, que nubla
las mentes de los humanos, incapacitándolos en muchos casos, aunque es me-nos
poderosa con los enanos, y los elfos son totalmente inmunes.
Eragon se estremeció al
recordar la primera vez que vio a los ra'zac en Carvahall y cómo se había visto
incapaz de huir una vez ellos detectaron su presencia.
-Me sentía como si fuera un
sueño en el que quisiera correr, pero no pudiera moverme por mucho que me
esforzara.
-Una descripción tan buena
como cualquier otra —dijo Oromis-. Aunque los ra'zac no saben usar la magia, no
conviene minusvalorarlos. Si saben que los persigues, en vez de reve-larse se
mantendrán en las sombras, donde son fuertes, y tramarán para emboscarte como
hicieron en Dras-Leona. Ni siquiera la experiencia de Brom le protegió de
ellos. Nunca peques de exceso de confianza, Eragon. Nunca te vuelvas arrogante,
porque en ese momento te descuidarás y tus enemigos se aprovecharán de tu
debilidad.
-Sí, Maestro.
Oromis clavó una mirada
firme en Eragon.
-Los ra'zac permanecen como
larvas durante veinte años, mientras maduran. En la primera luna llena del
vigésimo año, se libran de los exoesqueletos, abren las alas y emergen como
adultos para perseguir a todas las criaturas, no sólo a los humanos.
-Entonces, las monturas de
los ra'zac, las que usan para volar, en realidad son...
-Sí, son sus padres.
La imagen de la perfección
«Por fin entiendo la
naturaleza de mis enemigos», pensó Eragon. Había temido a los ra'zac desde que
aparecieran por primera vez en Carvahall, no sólo por sus maldades, sino
también por lo poco que sabía sobre aquellas criaturas. En su ignorancia,
otorgaba a los ra'zac más poderes de los que realmente tenían y los contemplaba
con un terror casi supersticioso. «Pesadillas, desde luego.» Pero ahora que la
explicación de Oromis había eliminado el aura de misterio que envolvía a los
ra'zac, ya no le parecían tan formidables. El hecho de que fueran vulnerables a
la luz y al agua reforzó la convicción de Eragon de que cuando volvieran a
encontrarse, destruiría a los monstruos que habían matado a Garrow y a Brom.
-¿Los padres también se
llaman ra'zac? -preguntó.
Oromis negó con la cabeza.
-Lethrblaka. El nombre se lo
pusimos nosotros. Y así como las crías son de mente estre-cha, aunque astutas,
los Lethrblaka tienen tanta inteligencia como los dragones. Como un dragón
cruel, vicioso y retorcido.
-¿De dónde vienen?
-De la tierra que
abandonaron tus antepasados, sea cual fuese. Acaso fuera su depreda-ción lo que
obligó al rey Palancar a emigrar. Cuando nosotros, los Jinetes, nos dimos
cuenta de la presencia malvada de los ra'zac en Alagaésia, hicimos todo lo
posible por erradicarlos, como hubiéramos hecho con una plaga que infestara
nuestras hojas. Por desgracia, sólo triunfamos en parte. Dos Lethrblaka
escaparon y ellos, con sus larvas, son los que te han pro-vocado tanto dolor.
Después de matar a Vrael, Galbatorix los buscó y negoció sus servicios a cambio
de protección y una cantidad garantizada de su comida favorita. Por eso les
permite vivir cerca de Dras-Leona, una de las ciudades más grandes del Imperio.
Eragon apretó las
mandíbulas.
-Han de responder de muchas
cosas.
«Y si lo consigo,
responderán.»
-Eso sí.
Oromis se mostró de acuerdo.
De regreso a la cabaña, el
elfo cruzó la oscura sombra del umbral y reapareció cargado con media docena de
tablas de unos quince centímetros de ancho por treinta de alto. Le pasó una a
Eragon.
-Abandonemos esos temas tan
desagradables por un rato. Me ha parecido que podría gustarte aprender a hacer
un fairth. Es una manera excelente de concentrar tu pensamiento. La tabla está
impregnada con la tinta suficiente para cubrirla con cualquier combinación de
colores. Sólo tienes que concentrarte en la imagen que quieres capturar y luego
decir: «Que lo que veo en el ojo de mi mente se duplique en lá superficie de
esta tabla». -Mientras Eragon examinaba la lisa tabla, Oromis señaló hacia el
claro-. Mira a tu alrededor, Eragon, y busca algo que merezca ser conservado.
Los primeros objetos que
percibió Eragon parecían demasiado obvios: un lirio amarillo a sus pies, la
destartalada cabaña de Oromis, el arroyo blanco y el propio paisaje. Nada de
eso era único. Nada hubiera dado a quien lo observara una idea profunda del
fairth o de su crea-dor. «Las cosas que cambian y se pierden, eso es lo que
merece ser conservado.» Su mirada aterrizó en unos botones verdosos de brotes
primaverales en la punta de una rama del árbol y luego en la herida estrecha y
profunda que hendía el tronco allá donde una tormenta había arrancado una rama,
arrastrando con ella una tira de corteza. Unas bolas de resina translúcida
cubrían la hendidura como una costra, y en ellas se refractaba la luz.
Eragon se posicionó junto al
tronco de tal modo que su visión resaltara las siluetas de la rotunda hiél de
la sangre congelada del árbol, enmarcadas por un grupo de agujas nuevas y
brillantes. Luego fijó la visión en su mente tan bien como pudo y pronunció el
hechizo.
La superficie de la tabla
gris se iluminó y florecieron en ella estallidos de color que se fundían y
mezclaban para crear los tonos convenientes. Cuando al fin dejaron de moverse
los pigmentos, Eragon se vio ante una extraña copia de lo que había intentado
reproducir. La resina y las agujas se habían copiado con un detallismo
vibrante, afilado como una navaja, mientras que todo lo demás se veía borroso y
diluido, como si alguien lo mirara con los ojos medio cerrados. No tenía nada
que ver con la claridad universal del fairth que Oromis había reproducido de
Ilirea.
Respondiendo a un gesto de
Oromis, Eragon le pasó la tabla. El elfo la estudió un momento y dijo:
-Tienes una extraña manera
de pensar, Eragon-finiarel. A la mayor parte de los humanos les cuesta alcanzar
la concentración suficiente para crear una imagen reconocible. Tú, en cambio,
pareces observar prácticamente todo aquello que te interesa. Sin embargo, la
mirada es estrecha. Tienes el mismo problema con esto que con la meditación.
Has de relajarte, ampliar el campo de visión y permitirte absorber todo lo que
te rodea sin juzgar qué es importante y qué no lo es. -Dejó la pintura a un
lado, recogió de la hierba otra tabla y se la dio—. Pruébalo otra vez con lo
que yo...
-¡Hola, Jinete!
Sorprendido, Eragon se dio
la vuelta y vio que Orik y Arya salían juntos del bosque. El enano alzó un
brazo para saludar. Tenía la barba recién recortada y trenzada, el cabello
peinado hacia atrás en una limpia cola, y llevaba una túnica nueva -cortesía de
los elfos-, roja y marrón, con bordados de oro. En su aspecto no había rastro
alguno de la condición en que se hallaba la noche anterior.
Eragon, Oromis y Arya
intercambiaron el saludo tradicional y luego, abandonando el idioma antiguo,
Oromis preguntó:
-¿A qué debo atribuir esta
visita? Ambos sois bienvenidos a mi cabaña; pero como podéis ver, estoy en
pleno trabajo con Eragon, y eso es más importante que cualquier otra cosa.
-Lamento haberte
interrumpido, Oromis-elda -dijo Arya-,
pero...
-La culpa es mía -intervino
Orik. Miró a Eragon antes de continuar-: Hrothgar me envió aquí para que me
asegurara de que Eragon recibe la instrucción que necesita. No tengo dudas de
que así es, pero tengo la obligación de presenciar su formación con mis propios
ojos para que, al volver a Tronjheim, pueda ofrecer a mi rey un relato fiel de
los sucesos.
-Lo que le enseño a Eragon
-dijo Oromis- no puede compartirse con nadie más. Los secre-tos de los Jinetes
son sólo para él.
-Y lo entiendo. Sin embargo,
vivimos tiempos inciertos; la piedra que antaño era fija y sólida es ahora
inestable. Hemos de adaptarnos para sobrevivir. Son tantas las cosas que
de-penden de Eragon que los enanos tenemos derecho a verificar que su formación
procede como se prometió. ¿Te parece que nuestra petición es irrazonable?
-Bien hablado, Maestro enano
-dijo Oromis. Juntó las puntas de los dedos, inescrutable como siempre-.
Entonces, ¿debo entender que para ti se trata de un deber?
-Un deber y un honor.
-¿Y nada permitirá que cedas
en este asunto?
-Me temo que no, Oromis-elda
-respondió Orik.
-Muy bien. Puedes quedarte a
mirar durante el resto de la lección. ¿Te das por satisfecho?
Orik frunció el ceño.
-¿Estáis cerca del fin de la
lección?
-Acabamos de empezar.
-Entonces sí, me doy por
satisfecho. Al menos de momento.
Mientras hablaban, Eragon
trató de captar la mirada de Arya, pero ella mantenía toda su atención en
Oromis.
-¡Eragon!
Pestañeó y salió de la
ensoñación con un sobresalto.
-¿Sí, Maestro?
-No te despistes, Eragon.
Quiero que hagas otro fairth. Manten la mente abierta, como te decía antes.
-Sí, Maestro.
Eragon sopesó la tabla, con
las manos algo húmedas ante la idea de que Orik y Arya juzgaran su desempeño.
Quería hacerlo bien para demostrar que Oromis era un buen maestro. Aun así, no
pudo concentrarse en las agujas de pino y la resina; Arya tiraba de él como un
imán y atraía su atención cada vez que pensaba en otra cosa.
Al fin se dio cuenta de que
era inútil resistirse a la atracción. Compuso una imagen mental de la elfa -lo
cual apenas le costó un instante, pues conocía sus rasgos mejor que los
propios- y pronunció el hechizo en el idioma antiguo, derramando toda su adoración,
su amor y su miedo en la corriente de aquella fantasía mágica.
El resultado lo dejó sin
habla.
El fairth representaba la
cabeza y los hombros de Arya sobre un fondo oscuro e indeter-minado. Bañada por
la luz de un fuego desde el lado derecho, miraba a quien contemplara el retrato
con ojos de sabiduría, con un aspecto que no sólo representaba lo que ella era,
sino lo que él pensaba de ella: misteriosa, exótica, la mujer más bella que
había visto jamás. Era un retrato fallido, imperfecto, pero poseía tal
intensidad y pasión que provocó en Eragon una respuesta visceral. «¿De verdad
la veo así?» Quienquiera que fuese, aquella mujer era tan sabia, tan poderosa y
tan hipnótica que podía consumir a cualquier hombre de menor talla.
Desde lejos, oyó suspirar a
Saphira:
Ten cuidado...
-¿Qué has creado, Eragon?
-preguntó Oromis.
-No... No lo sé.
Eragon dudó al ver que
Oromis extendía una mano para coger el fairth, reticente a la idea de que los
demás examinaran su obra, sobre todo Arya. Al cabo de una pausa larga y
aterradora, Eragon desprendió los dedos de la tabla y se la entregó a Oromis.
La expresión del elfo se
volvió seria cuando miró al fairth y luego de nuevo a Eragon, que se echó a
temblar por el peso de su mirada. Sin decir palabra, Oromis pasó la tabla a
Arya.
Cuando ella agachó la cabeza
para mirarla, el pelo le oscureció la cara, pero Eragon vio cómo las venas y
los tendones se marcaban en sus manos de tanto apretar. La tabla se agitó entre
sus manos.
-Bueno, ¿qué es? -preguntó
Orik.
Arya alzó el fairth sobre la
cabeza, lo lanzó al suelo y el retrato se partió en mil añicos. Luego se irguió
y, con gran dignidad, pasó andando al lado de Eragon, cruzó el claro y
desapareció en las enmarañadas profundidades de Du Weldenvarden.
Orik recogió un fragmento de
la tabla. Estaba vacío. La imagen se había desvanecido al romperse la tabla. Se
dio un tirón de la barba.
-Hace decenios que conozco a
Arya, y nunca había perdido el temple de esta manera. Nunca. ¿Qué has hecho,
Eragon?
Aturdido, Eragon contestó:
-Su retrato.
Orik frunció el ceño,
claramente desconcertado.
-¿Un retrato? ¿Y eso por
qué...?
-Creo que será mejor que te
vayas -intervino Oromis-. En cualquier caso, la lección ha terminado. Vuelve
mañana, o pasado, si quieres tener una idea más clara de los progresos de
Eragon.
El enano miró fijamente a
Eragon y luego asintió y se sacudió el polvo de las manos.
-Creo que eso haré. Gracias
por tu tiempo, Oromis-elda. Lo agradezco. -Echó a andar ha-cia Ellesméra y
luego volvió la cabeza y se dirigió a Eragon-: Si quieres hablar, estaré en la
sala común de Tialdarí.
Cuando se fue Orik, Oromis
levantó los bajos de su túnica, se puso de rodillas y empezó a recoger los
restos de la tabla. Eragon lo miró, incapaz de moverse.
-¿Por qué? -preguntó en el
idioma antiguo.
-A lo mejor -dijo Oromis-
has asustado a Arya.
-¿Asustarla? Ella nunca se
asusta. -Incluso al decirlo, Eragon se dio cuenta de que no era verdad. Lo que
pasaba era que escondía mejor que los demás su miedo. Hincó una rodilla en el
suelo, recogió un fragmento de fairth y lo depositó en la palma de la mano de
Oromis-. ¿Por qué habría de asustarse? -preguntó-. Dímelo, por favor.
Oromis se levantó y caminó
hasta la orilla del arroyo, donde esparció los fragmentos de la tabla, dejando
que las piezas grises se derramaran entre sus dedos.
-Los fairth no muestran sólo
aquello que quieres. Es posible mentir con ellos, crear una i-magen falsa, pero
tú no tienes suficiente habilidad para lograrlo. Arya lo sabe. Por lo tanto,
también sabe que tu fairth era una representación ajustada de lo que sientes
por ella.
-¿Y por qué se asusta?
Oromis sonrió con tristeza.
-Porque le ha revelado la
profundidad de tu atracción. -Juntó las yemas de los dedos, formando con ellos
una serie de arcos-. Vamos a analizar la situación, Eragon. Aunque tienes edad
suficiente para ser considerado un hombre entre los tuyos, a nuestros ojos no
eres más que un niño. -Eragon frunció el ceño, pues oía el eco de las palabras
que le había dirigido Sa-phira la noche anterior-. Normalmente, yo no
compararía la edad de un hombre con la de un elfo, pero como tú compartes
nuestra longevidad, también debes ser juzgado con nuestros criterios.
»Y eres un Jinete. Confiamos
en ti para que nos ayudes a derrotar a Galbatorix; si te distraes de tus
estudios, puede ser desastroso para todos en Alagaésia.
«Entonces -prosiguió
Oromis-, ¿cómo podía responder Arya a tu fairth? Está claro que la ves con ojos
románticos, pero si bien no tengo duda de que ella te aprecia, la unión entre
vosotros dos es imposible por tu edad, tu cultura, tu raza y tus responsabilidades.
Tu interés pone a Arya en una situación incómoda. No se atreve a enfrentarse a
ti por miedo a inte-rrumpir tu formación. Pero como hija de la reina, no puede
ignorarte y arriesgarse a ofender a un Jinete, y menos a uno de quien dependen
tantas cosas... Incluso si fuera conveniente vuestra unión, Arya evitaría
alentarte para que pudieras dedicar todas tus energías a la tarea que tienes
pendiente. Sacrificaría su felicidad por el bien común. -La voz de Oromis se
volvió más grave-. Has de entender, Eragon, que matar a Galbatorix es más
importante que cual-quier persona. Nada más importa. -Hizo una pausa, con una
mirada amable, y añadió-: Dadas las circunstancias, no es extraño que a Arya le
asuste que tus sentimientos por ella puedan poner en peligro todo aquello por
lo que ha trabajado.
Eragon meneó la cabeza. Le
avergonzaba que su comportamiento hubiera inquietado a Arya, y se desanimaba al
comprobar lo infantil e insensato que había sido. «Si supiera contro-larme
mejor, habría podido evitar este lío.»
Oromis le tocó un hombro y
lo guió de vuelta a la cabaña.
-No creas que no siento
compasión por ti, Eragon. Todo el mundo experimenta pasiones como las tuyas en
algún momento de la vida. Forma parte de la experiencia de hacerse mayor.
También sé lo duro que es para ti negarte los consuelos habituales de la vida,
pero es necesario que lo hagas si queremos sobrevivir.
-Sí, Maestro.
Se sentaron a la mesa de la
cocina, y Oromis empezó a preparar material de escritura para que Eragon
practicara el Liduen Kvaedhí.
-No es razonable esperar que
olvides tu fascinación por Arya, pero sí espero que impidas que vuelva a
interferir en mi instrucción. ¿Me lo puedes prometer?
-Sí, Maestro, te lo prometo.
-¿Y Arya? ¿Qué sería honroso
hacer con su situación?
Eragon dudó.
-No quiero perder su
amistad.
-No.
-Por lo tanto... Iré a
verla, le pediré perdón y le aseguraré que pretendo no volver a provocarle
jamás un apuro como éste.
Le costó decirlo, pero una
vez dicho, sintió alivio, como si al reconocer su error se hubiera librado de
él.
Oromis parecía complacido.
-Sólo con eso ya demuestras
que has madurado.
Eragon alisó las hojas de
papel contra la mesa y notó en las manos la suavidad de su superficie. Se quedó
un momento mirando el papel blanco, luego hundió una pluma en el tintero y
empezó a transcribir una columna de glifos. Cada línea irregular era una cinta
de noche sobre el papel, un abismo en el que podía perderse para tratar de
olvidar sus confusos sentimientos.
El arrasador
A la mañana siguiente,
Eragon fue a buscar a Arya para disculparse. La buscó sin éxito durante más de
una hora. Parecía que se hubiera desvanecido entre los muchos rincones
escondidos de Ellesméra. En una ocasión la atisbo al detenerse ante la entrada
del salón de Tialdarí y la llamó, pero ella desapareció sin darle tiempo a
llegar a su lado. «Me está evitando», aceptó finalmente.
A medida que iban pasando
los días, Eragon se entregó a la formación de Oromis con un celo que el
veterano Jinete alababa, concentrado en sus estudios para distraer sus
pensamien-tos de Arya.
Día y noche se esforzaba por
dominar las lecciones. Memorizaba las palabras necesarias para crear, unir e
invocar; aprendía los verdaderos nombres de plantas y animales; estudiaba los
peligros de la transmutación, cómo convocar al viento y al mar, y la miríada de
habilidades necesarias para entender las fuerzas del mundo. Sobresalía en los
hechizos que requerían grandes energías -cómo la luz, el calor y el
magnetismo-, pues poseía talento para juzgar casi con exactitud cuánta fuerza
demandaba una tarea y determinar si superaría las reservas de su cuerpo.
De vez en cuando Orik se
acercaba a mirar y se quedaba al borde del claro sin hacer comentarios mientras
Oromis enseñaba a Eragon, o mientras éste se enfrentaba a solas con algún
hechizo particularmente difícil.
Oromis le planteó muchos
desafíos. Hizo que Eragon cocinara con magia, para enseñarle a tener un control
más fino de la gramaticia; el resultado de los primeros intentos fue una masa
renegrida. El elfo le enseñó a detectar y neutralizar toda clase de venenos y,
desde entonces, Eragon tuvo que inspeccionar su comida en busca de las diversas
ponzoñas que Oro-mis podía colarle en ella. Más de una vez Eragon pasó hambre
por no ser capaz de encontrar el veneno, o de contrarrestarlo. Dos veces
enfermó tanto que Oromis tuvo que curarlo. Y el elfo le hacía lanzar múltiples
hechizos de modo simultáneo, lo cual requería una concentración tremenda para
que cada hechizo se dirigiera a su objetivo y evitar que se mezclaran entre los
diversos objetos que Eragon pretendía condicionar.
Oromis dedicaba largas horas
al arte de imbuir materia a la energía, ya fuera para liberarla más adelante o
para conceder ciertos atributos a algún objeto. Le dijo:
-Así fue como Rhunón encantó
las espadas de los Jinetes para que nunca se quebraran ni perdieran el filo;
así cantamos a las plantas para que crezca de ellas lo que queremos; así se
puede poner una trampa en una caja para que se accione al abrirla; así hacemos
nosotros y los enanos las Erisdar, nuestras antorchas, y así puedes curar a un
herido, por mencionar sólo algunos usos. Éstos son los hechizos más poderosos,
pues pueden permanecer dormidos mil años o más y son difíciles de percibir y de
evitar. Casi toda Alagaésia está impregnada de ellos; dan forma a la tierra y
al destino de quienes viven aquí.
Eragon preguntó:
-Podrías usar esta técnica
para alterar tu propio cuerpo, ¿no? ¿O es demasiado peligroso?
Los labios de Oromis se
apretaron en una leve sonrisa.
-Por desgracia, has
tropezado con la mayor debilidad de los elfos: nuestra vanidad. Ama-mos la
belleza en todas sus formas y ansiamos representar ese ideal en nuestra
apariencia. Por eso se nos conoce como la Gente Hermosa. Todos los elfos tienen
exactamente el aspecto que desean. Cuando aprenden los hechizos necesarios para
hacer que las cosas vivas crezcan y adopten formas, a menudo escogen modificar
su apariencia para reflejar mejor su perso-nalidad. Unos pocos elfos han ido
más allá de los meros cambios estéticos y han alterado su autonomía para
adaptarse a diversos entornos, como verás durante la celebración del Jura-mento
de Sangre. A menudo, son más animales que elfos.
»En cualquier caso,
transferir poder a una criatura viva no es lo mismo que transferírselo a un
objeto inanimado. Hay pocos materiales capaces de acumular energía; la mayoría
per-miten que se disipe o se cargan tanto que cuando tocas el objeto, te recorre
un relámpago. Los mejores materiales que hemos encontrado para este propósito
son las gemas. El cuarzo, las ágatas y otras piedras menores no son tan
eficaces como, digamos, un diamante, pero cual-quier gema sirve. Por eso las
espadas de los Jinetes tienen siempre una joya en el pomo. Y también por eso el
collar que te dieron los enanos -todo él de metal- necesita absorber tu
e-nergía para poner en marcha su hechizo, pues no puede contener energía
propia.
Cuando no estaba con Oromis,
Eragon complementaba su educación leyendo los muchos pergaminos que le daba el
elfo, hábito al que pronto se hizo adicto. La formación de la infan-cia de
Eragon -limitada como estaba por la escasa tutela de Garrow- lo había expuesto
tan sólo a los conocimientos necesarios para mantener una granja. La
información que descubría en aquellos kilómetros de papel fluía por él como la
lluvia por la tierra cuarteada, saciando una sed que hasta entonces no había
conocido. Devoró textos de geografía, biología, anato-mía, filosofía y
matemáticas, así como memorias, biografías e historias. Más importante que los
meros datos era su introducción a formas alternativas de pensar. Retaban sus
creencias y lo obligaban a reexaminar lo que daba por hecho acerca de todo,
desde los derechos de un in-dividuo dentro de la sociedad hasta la razón de que
el sol se moviera por el cielo.
Se dio cuenta de que había
unos cuantos pergaminos referidos a los úrgalos y a su cultura. Eragon los leyó
y no hizo ningún comentario; tampoco Oromis sacó el tema.
Por sus estudios, Eragon
aprendió mucho de los elfos, un conocimiento que perseguía con avidez,
esperando que eso le permitiera conocer mejor a Arya. Para su sorpresa,
descubrió que los elfos no practicaban el matrimonio, sino que tomaban a sus
parejas por el tiempo que quisieran, ya fuera un día o un siglo. Los niños eran
escasos y, entre los elfos, tener un hijo se consideraba como el voto de amor
definitivo.
Eragon aprendió también que,
desde que las dos razas se encontraran por primera vez, sólo había existido un
puñado de parejas mixtas; casi siempre, Jinetes humanos que habían encontrado a
su pareja idónea entre las elfas. Sin embargo, hasta donde pudo descifrar por
los crípticos anales, casi todas aquellas relaciones habían terminado
trágicamente, pues o bien los amantes eran incapaces de relacionarse entre sí,
o bien los humanos habían envejeci-do y muerto mientras las elfas se libraban
de los estragos del tiempo.
Aparte de los ensayos,
Oromis proporcionó a Eragon copias de las más importantes can-ciones de los
elfos, así como de sus poemas y gestas épicas, que capturaban la imaginación
del alumno, pues sólo estaba familiarizado con las que Brom le había recitado en
Carvahall. Saboreaba las gestas con tanta fruición como habría disfrutado de
una comida bien guisada, y se entretenía con La gesta de Géda o con La balada
de Umhodan para prolongar su disfrute de aquellas historias.
El entrenamiento de Saphira
proseguía a buen ritmo. Como estaba vinculado a su mente, Eragon alcanzó a ver
cómo Glaedr la sometía a un régimen de ejercicio tan agotador como el suyo.
Practicaba cómo mantenerse en el aire al tiempo que alzaba rocas, así como
carreras de velocidad, saltos y otras acrobacias. Para aumentar su resistencia,
Glaedr le hacía echar fuego durante horas sobre un pilar de piedra con la
intención de derretirlo. Al principio Saphira apenas podía mantener las llamas
durante unos pocos minutos, pero en poco tiempo la antorcha abrasadora
aguantaba más de media hora sin interrupción saliendo por sus fauces y dejaba
el pilar candente. Eragon también asistió a todas las leyendas de dragones que
Glaedr enseñó a Saphira, detalles de la vida y la historia de los dragones para
complementar su conocimiento intuitivo. Una buena parte resultaba
incomprensible para Eragon, y sopechaba que además Saphira le escondía aún más,
algunos secretos que los dragones no compartían con nadie. Algo que llegó a atisbar,
y que Saphira atesoraba, fue el nombre de su padre, Ior-múngr, y de su madre,
Vervada, que significaba «La que surca la tormenta» en el idioma an-tiguo. Así
como Iormúngr se había vinculado con un Jinete, Vervada era un dragón salvaje
que había puesto muchos huevos, pero sólo había confiado uno a los Jinetes: el
de Saphira. Ambos dragones habían fallecido en la Caída.
Algunos días, Eragon y
Saphira volaban con Oromis y Glaedr y practicaban el combate aéreo, o visitaban
algunas ruinas desastradas, escondidas en el interior de Du Welden-varden.
Otros, revertían el orden normal de las cosas y Eragon acompañaba a Glaedr, mien-tras
que Saphira se quedaba con Oromis en los riscos de Tel'naeír.
Cada mañana Eragon se
entrenaba con Vanir, lo cual, sin excepción, le provocaba por lo menos un
ataque diario de dolor. Para empeorar las cosas, el elfo seguía tratando a
Eragon con condescendencia altiva. Le soltaba indirectas oblicuas que, en
apariencia, nunca excedían los límites de la educación, y se negaba a ceder a
la ira por mucho que Eragon lo pinchara. Éste odiaba a Vanir y su
comportamiento frío y afectado. Parecía como si el elfo lo insultara con cada
movimiento. Y los compañeros de Vanir -que, hasta donde podía juzgar Eragon,
eran de una generación más joven- compartían su desagrado velado hacia Eragon,
aunque nunca mostraron más que respeto por Saphira.
Su rivalidad llegó al colmo cuando,
después de vencer a Eragon seis veces seguidas, Va-nir bajó la espada y dijo:
-Muerto otra vez, Asesino de
Sombras. Qué repetitivo. ¿Quieres seguir?
El tono sugería que a él le
parecía inútil.
-Sí -gruñó Eragon.
Ya había sufrido un episodio
de dolor de espalda y no estaba para conversaciones. Aun así, Vanir le
preguntó:
-Mira, tengo una curiosidad.
¿Cómo mataste a Durza, con lo lento que eres? No puedo i-maginar cómo te las
arreglaste.
Y Eragon se vio impulsado a
contestar:
-Lo cogí por sorpresa.
-Perdóname. Debería haber
supuesto que había alguna trampa.
Eragon se resistió al
impulso de rechinar los dientes.
-Si yo fuera un elfo, o tú
un humano, no serías capaz de igualarme con la espada.
-Tal vez -respondió Vanir.
Volvió a adoptar la posición inicial de pelea y, en apenas tres segundos y dos
golpes, desarmó a Eragon-. Pero no lo creo. No deberías fanfarronear ante un
espadachín mejor que tú, pues podría castigarte por tu temeridad.
Entonces Eragon perdió el
humor y rebuscó en su interior el torrente de la magia. Liberó la energía
acumulada con uno de los doce lazos menores, gritando:
-¡Malthinae!
Pretendía encadenar las
piernas y los brazos de Vanir y mantenerle la boca cerrada para que no
pronunciara ningún hechizo de contraataque. La indignación brilló en los ojos
del elfo.
-Y tú no deberías
fanfarronear con alguien más hábil que tú con la magia -dijo Eragon.
Sin previo aviso, sin que
Vanir susurrara siquiera una palabra, una fuerza invisible gol-peó a Eragon en
el pecho y lo envió diez metros atrás sobre la hierba, donde aterrizó de
costado, sin aire en los pulmones. El impacto interrumpió su control de la magia
y liberó a Vanir.
«¿Cómo lo ha hecho?»
Vanir avanzó hasta él y le
dijo:
-Tu ignorancia te traiciona,
humano. No sabes de qué hablas. Y pensar que fuiste escogi-do para suceder a
Vrael, que te dieron sus aposentos, que has tenido el honor de servir al Sabio
Doliente... -Meneó la cabeza-. Me da asco que esos dones se concedan a alguien
tan poco valioso. Ni siquiera entiendes qué es la magia, ni cómo funciona.
La rabia resurgió en Eragon
como una marea encarnada.
-¿Qué te he hecho yo a ti?
-preguntó-. ¿Por qué me desprecias tanto? ¿Preferirías que no existiera ningún
Jinete para oponerse a Galbatorix?
-Lo que yo opine tiene poca
importancia.
-Lo sé, pero me gustaría
escucharlo.
-Escuchar, como escribió
Nuala en Las convocatorias, es el camino de la sabiduría sólo cuando es el
resultado de una decisión consciente, y no de un vacío de percepción.
-Controla tu lengua, Vanir,
y dame una respuesta sincera.
Vanir sonrió con frialdad.
-Como tú mandes, oh, Jinete.
-Tras acercarse para que Eragon pudiera oír su suave voz, el elfo dijo—:
Durante ochenta años, tras la caída de los Jinetes, no tuvimos ninguna
esperanza de victoria. Sobrevivimos escondiéndonos por medio del engaño y la
magia, que sólo es una medida temporal, pues al final Galbatorix tendrá la
fuerza suficiente para marchar contra no-sotros y barrer nuestras defensas.
Luego, mucho después de resignarnos a nuestro destino, Brom y Jeod rescataron
el huevo de Saphira, y de nuevo existió la posibilidad de derrotar al malvado
usurpador. Imagínate nuestra alegría, nuestras celebraciones. Sabíamos que para
enfrentarse a Galbatorix, el nuevo jinete tenía que ser más poderoso que
cualquiera de sus antepasados, incluso más poderoso que Vrael. ¿Y cómo se
recompensó nuestra paciencia? Con otro humano, como Galbatorix. Peor...:un
tullido. Nos condenaste a todos, Eragon, en cuanto tocaste el huevo de Saphira.
No esperes que te demos la bienvenida.
Vanir se tocó los labios con
el índice y el corazón, pasó junto a Eragon y abandonó el campo de
entrenamiento, dejándolo clavado en su lugar.
«Tiene razón -pensó Eragon—.
No soy digno de la tarea. Cualquiera de estos elfos, incluso Vanir, sería mejor
Jinete que yo.»
Irradiando indignación,
Saphira estrechó el contacto entre ellos.
¿Tan poco valoras mi
criterio, Eragon? Olvidas que mientras estaba en el huevo, Arya me expuso a
todos y cada uno de estos elfos -así como a muchos hijos de los vardenos- y los
rechacé a todos. No habría escogido como Jinete a nadie que no pudiera ayudara
tu raza, la mía y la de los elfos, pues las tres compartimos un destino
entrelazado. Eras la persona adecuada, en el lugar y el momento adecua-dos.
Nunca te olvides de eso.
Si eso fue cierto en algún
momento -contestó Eragon-, sería antes de que Durzan me hiriese. Ahora no veo
más que oscuridad y maldad en nuestro futuro. No renunciaré, pero temo que no
logre-mos imponernos. Tal vez nuestra tarea no sea destronar a Galbatorix, sino
preparar el camino para el próximo Jinete escogido por los huevos que quedan.
En los riscos de Tel'naeír,
Eragon encontró a Oromis sentado a la mesa en su cabaña, pin-tando un paisaje
con tinta negra en la parte baja de un pergamino que acababa de escribir.
Eragon hizo una reverencia y
se arrodilló.
-Maestro.
Pasaron quince minutos hasta
que Oromis terminó de dibujar los copetes de agujas en un enebro retorcido,
dejó a un lado la tinta, limpió su pincel de marta cibelina con agua de un bote
de arcilla y se dirigió a Eragon:
-¿Por qué has venido tan
pronto?
-Me disculpo por haberte
molestado, pero Vanir abandonó nuestra lucha antes de tiempo y no sabía qué
hacer.
-¿Y por qué se ha ido tan
pronto Vanir, Eragon-vodhr?
Oromis entrelazó las manos
en el regazo durante el relato de Eragon, que terminó con estas palabras:
-No tendría que haber
perdido el control, pero lo he perdido, y eso me ha hecho parecer más estúpido
todavía. Te he fallado, Maestro.
-Así es -respondió Oromis-.
Tal vez Vanir te haya provocado, pero eso no era razón para responder del mismo
modo. Has de mantener un mayor control de tus emociones, Eragon. Si dejas que
el temperamento domine tu juicio durante una batalla, puede costarte la vida.
Además, esos comportamientos infantiles sólo sirven para dar la razón a los
elfos que se te oponen. Nuestras maquinaciones son sutiles y dejan poco espacio
para esa clase de errores.
-Lo siento, Maestro. No
volverá a ocurrir.
Como Oromis parecía decidido
a esperar en su silla hasta que llegara la hora en que solían empezar a
practicar el Rimgar, Eragon aprovechó la ocasión para preguntar:
-¿Cómo puede haber usado la
magia Vanir sin hablar?
-¿Eso ha hecho? Tal vez
algún otro elfo haya decidido ayudarle.
Eragon negó con la cabeza.
-Durante mi primer día en
Ellesméra, también vi a Islanzadí convocar una cascada de flo-res dando una
palmada, sin nada más. Y Vanir me ha dicho que no entendía cómo funciona la
magia. ¿Qué quería decir?
-Una vez más -dijo Oromis,
resignado-, atisbas un conocimiento para el que no estás preparado. Sin
embargo, debido a las circunstancias, no puedo negártelo. Sólo debes saber
esto: lo que pides no se le enseñó a los Jinetes, ni lo aprenden nuestros
magos, mientras no dominen todos los demás aspectos de la magia, pues ése es el
secreto de la auténtica natura-leza de la magia y del idioma antiguo. Los que
lo conocen pueden adquirir un gran poder, sí, pero corren a cambio un riesgo
terrible. -Se calló un momento-. ¿Cómo se vincula el idioma antiguo a la magia,
Eragon-vodhr?
-Las palabras del idioma
antiguo pueden liberar la energía acumulada en el cuerpo y, de ese modo,
activar un hechizo.
-Aja. ¿O sea que ciertos
sonidos, ciertas vibraciones del aire pueden conectar con esa ener-gía?
¿Sonidos tal vez producidos al azar por una criatura o un objeto?
-Sí, Maestro.
-¿No te parece absurdo?
Confundido, Eragon contestó:
-No importa que parezca
absurdo, Maestro; simplemente es así. ¿Ha de parecerme absur-do que la luna
crezca o mengüe, que se sucedan las estaciones o que los pájaros vuelen hacia
el sur en invierno?
-Claro que no. Pero ¿cómo
puede ser que un mero sonido tenga tantos efectos? ¿Puede ser que ciertos
patrones de tono y volumen realmente disparen reacciones que nos permiten
ma-nipular la energía?
-Pues así es.
-El sonido no controla la
magia. Lo importante no es decir una palabra o una frase en este lenguaje, sino
pensarla en él. -Giró una muñeca y apareció en la palma de la mano una llama
dorada, que luego se consumió-. Sin embargo, salvo que la necesidad sea
imperiosa, pronun-ciaremos los hechizos en voz alta para evitar que algún
pensamiento peregrino interfiera con ellos, cosa que resulta peligrosa incluso
para el mago más experimentado.
Las implicaciones que eso
tenía abrumaron a Eragon. Recordó cuando había estado a punto de ahogarse bajo
la cascada del lago Kóstha-mérna y su incapacidad para acceder a la magia por
el agua que lo rodeaba. «Si lo hubiera sabido entonces, habría podido salvarme»,
pensó.
-Maestro -dijo-, si el
sonido no afecta a la magia, ¿por qué sí lo hacen los pensamientos?
Esta vez Oromis sonrió.
-Eso, ¿por qué? Debo señalar
que nosotros no somos la fuente de la magia. La magia puede existir por sí
misma, independiente de cualquier hechizo, como en las luces fantasma-góricas
de las ciénagas de los Arough, el pozo de sueños de las cuevas Mani, en las
montañas Beor, y el cristal flotante de Eoam. Esa clase de magia salvaje es
traicionera, impredecible y a menudo más fuerte que cualquiera que podamos
provocar nosotros.
»Hace eones, toda la magia
era así. Para usarla sólo hacía falta la capacidad de sentir la magia con la
mente, algo que debe poseer todo mago, y el deseo y la fuerza necesarios. Sin
la estructura del idioma antiguo, los magos no podían dominar su talento y, en
consecuencia, soltaron muchos males por la tierra y hubo miles de muertos. Con
el tiempo descubrieron que manifestar sus intenciones en su lenguaje les
ayudaba a ordenar los pensamientos y evitar errores costosos. Pero no era un
método a prueba de fallos. Al final, ocurrió un accidente tan horroroso que
casi destruyó a todos los seres vivos del mundo. Sabemos de ese suceso por
fragmentos de manuscritos que sobrevivieron a la era, pero se nos escapa quién
o qué emitió aquel hechizo fatal. Los manuscritos dicen que, más tarde, una
raza llamada Gen-te Gris (que no eran elfos, pues nosotros éramos entonces muy
jóvenes) unió sus recursos y pronunció un hechizo, tal vez el más grande que
haya existido o vaya a existir jamás. Juntos, los miembros de la Gente Gris
cambiaron la naturaleza de la magia. Lo hicieron de tal modo que su lenguaje,
el idioma antiguo, controlara lo que se podía hacer con un hechizo..., que
lle-gara a limitar la magia de tal modo que si alguien decía "quema esa
puerta" y por azar pensaba en mí al mismo tiempo, la magia quemara la
puerta, pero no a mí. Y le dieron al idioma antiguo sus dos rasgos exclusivos:
la capacidad de impedir que quienes lo usan pue-dan mentir y la de describir la
verdadera naturaleza de las cosas. Sigue siendo un misterio cómo lo
consiguieron.
»Los manuscritos discrepan
sobre lo que le pasó a la Gente Gris tras terminar su trabajo, pero parece que
el hechizo les consumió toda la energía y los convirtió en sombras de sí
mismos. Se desvanecieron y decidieron vivir en sus ciudades hasta que las piedras
se desplo-maran, convertidas en polvo, o tal vez emparejarse con las razas más
jóvenes y así desapare-cer en la oscuridad.
-Entonces -dijo Eragon-, ¿se
puede usar la magia sin el idioma antiguo?
-¿Cómo crees que echa fuego
Saphira? Según tu propio relato, no pronunció ninguna pa-labra cuando convirtió
en diamantes la tumba de Brom, ni cuando bendijo a la niña de Farthen Dür. Las
mentes de los dragones son distintas de las nuestras; no necesitan proteger-se
de la magia. No pueden usarla a conciencia, aparte de para el fuego; pero
cuando los toca el don, adquieren una fuerza sin par... Pareces preocupado,
Eragon. ¿Por qué?
Eragon se miró las manos.
-¿Qué significa eso para mí,
Maestro?
-Significa que seguirás
estudiando el idioma antiguo porque gracias a él puedes lograr cosas que de
otro modo te costarían demasiado o serían demasiado peligrosas. Significa que
si te capturan y te amordazan, puedes invocar la magia igualmente para liberarte,
como ha hecho Vanir. Significa que si te capturan y te drogan y no consigues
recordar el idioma anti-guo, sí, incluso entonces, puedes soltar un hechizo,
aunque sólo en las circunstancias más graves. Y significa que si has de
hechizar algo que no tiene nombre en el idioma antiguo, puedes hacerlo. -Hizo
una pausa-. Pero cuídate de la tentación de usar esos poderes. Incluso los más
sabios de entre nosotros dudan antes de jugar con ellos por miedo a la muerte,
o a al-go peor.
A la mañana siguiente, y
todas las mañanas a partir de entonces mientras siguió en Elles-méra, Eragon se
batió en duelo con Vanir, pero no volvió a perder el temperamento, dijera el
elfo lo que dijera.
A Eragon tampoco le apetecía
dedicar energía a esa rivalidad. Cada vez le dolía la espalda con más
frecuencia y lo llevaba a los límites de su resistencia. Los ataques
debilitadores lo sensibilizaban: acciones que antes no le provocaban el menor
problema podían ahora dejarlo temblando en el suelo. Incluso el Rimgar empezó a
provocarle ataques cuando avanzó a pos-turas más forzadas. No era extraño que
sufriera tres o cuatro episodios de esa clase en un so-lo día.
Eragon estaba más demacrado.
Caminaba arrastrando los pies, con movimientos lentos y cuidadosos para
intentar conservar las fuerzas. Se le hacía más difícil pensar con claridad o
prestar atención a las lecciones de Oromis, y empezaron a aparecer en su memoria
lagunas de las que no era capaz de responder. En su tiempo libre, volvía a
sacar el rompecabezas de Orik con la intención de concentrarse en los
desafiantes anillos entrelazados antes que en su situación. Cuando Saphira
estaba con él, insistía en que montara en su grupa y hacía cuanto podía para
que estuviera cómodo y para ahorrarle esfuerzos.
Una mañana, mientras se
aferraba a una de las púas de su espalda, Eragon le dijo:
Tengo un nombre nuevo para
el dolor.
¿Cómo es?
El arrasador. Porque cuando
sientes el dolor, no existe nada más. Ni el pensamiento. Ni la emo-ción. Sólo
la ansiedad de evitar el dolor. Cuando es fuerte, el arrasador nos despoja de
todo lo que nos convierte en quienes somos hasta que nos reduce a criaturas
inferiores a los animales, criaturas con un solo deseo y objetivo: escapar.
Pues es un buen nombre.
Me estoy destruyendo,
Saphira, como un viejo caballo que ha arado demasiados campos. Sostenme con tu
mente, porque podría abandonarme y olvidar quién soy.
No te soltaré nunca.
Poco después, Eragon fue
víctima de tres ataques de agonía mientras peleaba con Vanir, y luego otros dos
al practicar el Rimgar. Mientras se estiraba para desarmar el círculo que
ha-bía formado con su cuerpo, Oromis le dijo:
-Una vez más, Eragon. Has de
perfeccionar el equilibrio.
Eragon negó con la cabeza y,
en tono grave, gruñó:
-No.
Se cruzó de brazos para
disimular el temblor.
-¿Qué?
-Que no.
-Levántate, Eragon, y
vuélvelo a intentar.
-¡No! Haz tú esa postura. Yo
no.
Oromis se arrodilló junto a
Eragon y le apoyó una mano fría en la mejilla. La dejó allí y lo miró con tanta
ternura que Eragon entendió la profundidad de la compasión que el elfo sen-tía
por él y que, si pudiera, Oromis asumiría de buen grado el dolor de Eragon para
aliviarle el sufrimiento.
-No abandones la esperanza
-dijo Oromis-. Eso nunca. -Una cierta fortaleza parecía fluir de él hacia
Eragon-. Somos Jinetes. Estamos entre la luz y la oscuridad y mantenemos el
equilibrio entre ambas. La ignorancia, el miedo y el odio: ésos son nuestros enemigos.
Niéga-los con todas tus fuerzas, Eragon, porque si no, fracasaremos. -Se
levantó y extendió una ma-no hacia Eragon-. ¡Levántate ahora, Asesino de
Sombras, y demuestra que puedes dominar los instintos de tu carne!
Eragon respiró hondo y se
apoyó en un brazo para levantarse, haciendo muecas por el esfuerzo. Consiguió
equilibrar los pies, se detuvo un momento y luego se estiró cuan alto era y
miró a Oromis a los ojos.
El elfo asintió en señal de
aprobación. Eragon guardó silencio hasta que terminaron el Rimgar y se fue a
bañarse al arroyo, tras lo cual dijo: -Maestro... -¿Sí, Eragon?
-¿Por qué he de aguantar
esta tortura? Podrías usar la magia para darme las habilidades que necesito,
para dar forma a mi cuerpo, como hacéis con las plantas y los árboles.
-Podría, pero si lo hiciera,
no entenderías cómo habrías conseguido tu cuerpo y tus habili-dades, ni cómo
mantenerlas. No hay atajos en el sendero que transitas, Eragon.
El agua fría recorrió el
cuerpo de Eragon cuando se agachó en el arroyo. Hundió la cabeza bajo la
superficie, sujetándose a una roca para que no se lo llevara la corriente, y se
quedó estirado, sintiéndose como una flecha que volara entre el agua.
Narda
Roran se apoyó en una
rodilla y se rascó la barba recién crecida mientras bajaba la mirada hacia
Narda.
El pequeño pueblo era oscuro
y compacto como un mendrugo de pan de cebada encajado en una grieta a lo largo
de la costa. Más allá, un mar del color del vino brillaba bajo los últimos
rayos del agonizante crepúsculo. El agua lo fascinaba: era totalmente distinta
del paisaje al que estaba acostumbrado.
«Lo hemos conseguido.»
Roran abandonó el
promontorio y regresó andando a su tienda improvisada, disfrutando de las
profundas bocanadas de aire salado. Habían acampado en lo alto de las
estribaciones de las Vertebradas para evitar ser detectados por cualquiera que
pudiera anunciar su paradero al Imperio.
Mientras paseaba entre los
grupos de aldeanos apiñados bajo los árboles, Roran supervisó con pena y rabia
la condición en que se encontraban. La excursión desde el valle de Palancar
había dejado a la gente enferma, maltrecha y agotada; tenían los rostros
descarnados por falta de comida y la ropa harapienta. Casi todos llevaban
andrajos atados en torno a las manos para evitar la congelación en las gélidas
noches de la montaña. Después de acarrear pesadas cargas durante semanas, los
hombros, antes alzados con orgullo, parecían ahora caídos. La peor visión era
la de los niños: delgados y tan callados que no parecía natural.
«Merecen algo mejor -pensó
Roran-. Si no me hubieran protegido, ahora estaría entre las zarpas de los
ra'zac.»
Muchos se acercaban a Roran,
y la mayoría sólo quería una palmada en la espalda o una palabra de consuelo.
Algunos le ofrecían algo de comida, que él rechazaba o, si le insistían,
aceptaba para dársela a alguien. Los que guardaban la distancia lo miraban con
ojos abiertos y pálidos. Sabía lo que decían de él: que estaba loco, que lo
habían poseído los espíritus, que ni siquiera los ra'zac podían derrotarlo.
Cruzar las Vertebradas había
sido incluso más duro de lo que Roran esperaba. En el bos-que no había más
senderos que las pistas de caza, demasiado estrechas, empinadas y
serpen-teantes para el grupo. En consecuencia, los aldeanos se veían obligados
a abrirse paso a machetazos entre los árboles y la maleza, un doloroso esfuerzo
que todos despreciaban, entre otras cosas porque facilitaba al Imperio la tarea
de seguirles la pista. La única ventaja de la situación era que el hombro
herido de Roran recuperó la fortaleza anterior, aunque seguía teniendo
problemas para alzar el brazo en según qué ángulo.
Otras penurias les pasaron
factura. Una tormenta repentina los atrapó en un paso abierto, más allá de los
árboles. Tres personas se congelaron en la nieve: Hida, Brenna y Nesbit, todos
ellos bastante mayores. Ésa fue la primera noche en que Roran se convenció de
que todo el pueblo moriría por haberlo seguido. Poco después, un niño se partió
un brazo en una caída, y luego Southwell se ahogó en el arroyo de un glaciar.
Los lobos y los osos atacaban al ganado con frecuencia, ignorando las fogatas
de vigilancia que los aldeanos empezaron a encender cuando dejaron de estar a
la vista del valle de Palancar y de los odiados soldados de Galbatorix. El
hambre se pegaba a ellos como un parásito implacable, les mordisqueaba las
entrañas, les devoraba las fuerzas y socavaba su voluntad de seguir adelante.
Y sin embargo, habían
sobrevivido, mostrando la misma obstinación y fortaleza que había mantenido a
sus antepasados en el valle de Palancar pese a la hambruna, las guerras y las
pestes. A la gente de Carvahall podía costarle una era y media tomar una decisión,
pero una vez la tomaban, nada los apartaba de su camino.
Ahora que habían llegado a
Narda, una sensación de triunfo y esperanza impregnó el campo. Nadie sabía qué
pasaría a continuación, pero el hecho de haber llegado tan lejos les daba
confianza.
«No estaremos a salvo hasta
que salgamos del Imperio -pensó Roran-. Y a mí me corres-ponde asegurarme de
que no nos atrapen. Ahora soy responsable de toda esta gente...» Una
responsabilidad que había aceptado sin reservas porque le permitía proteger a
los aldeanos de Galbatorix y al mismo tiempo perseguir su objetivo de rescatar
a Katrina. «Hace tanto tiempo que la capturaron... ¿Cómo va a estar viva
todavía?» Se estremeció y apartó aquellos pensamientos. Si se permitía
inquietarse por el destino de Katrina, lo esperaba la auténtica locura.
Al amanecer, Roran, Horst,
Baldor, los tres hijos de Loring y Gertrude salieron hacia Narda. Descendieron
de las estribaciones hasta la calle principal de la ciudad, asegurándose de
permanecer ocultos hasta llegar a la calzada. En aquellas tierras bajas a Roran
el aire le parecía espeso; era como intentar respirar bajo el agua.
Roran se aferró al martillo
que llevaba al cinto a medida que se acercaban a las puertas de Narda. Dos
soldados guardaban la entrada. Examinaron con duras miradas al grupo, fijándose
en sus ropas andrajosas, y luego bajaron sus hachas para cortarles el paso.
-¿De dónde sois? -preguntó
el hombre de la derecha. No podía tener más de veinticinco años, pero tenía el
pelo blanco por completo.
Inflando el pecho, Horst
cruzó los brazos y dijo:
-De la zona de Teirm, si no
te importa.
-¿Qué os trae por aquí?
-El comercio. Nos han
enviado los tenderos que quieren comprar productos directamente en Narda, en
vez de usar a los mercaderes habituales.
-Ah, ¿sí? ¿Qué productos?
Como Horst titubeaba,
Gertrude apuntó:
-Por mi parte, hierbas y
medicamentos. Las plantas que he recibido de aquí eran demasia-do viejas, o
estaban mohosas y estropeadas. Necesito provisiones frescas.
-Y mis hermanos y yo -dijo
Darmmen- venimos a negociar con vuestros zapateros. Los za-patos al estilo del
norte están de moda en Dras-Leona y Urü'baen. -Hizo una mueca-. O al menos lo
estaban cuando salimos.
Horst asintió con renovada
confianza.
-Sí. Y yo vengo a recoger un
cargamento de piezas de hierro para mi maestro.
-Eso dices. ¿Y qué pasa con
ése? ¿A qué se dedica? -preguntó el soldado, señalando a Ro-ran con su hacha.
-A la alfarería —dijo Roran.
-¿Alfarería?
-Alfarería.
-¿Y el martillo?
-¿Cómo crees que se parte el
vidriado de una botella o de un jarrón? No se rompe solo, ¿sabes? Hay que darle
un golpe.
Roran se enfrentó a la
mirada incrédula del hombre del cabello blanco con rostro inexpresivo,
retándolo a que negara su afirmación.
El soldado gruñó y lo repasó
de nuevo con la mirada.
-Sea como fuere, a mí no me
parecéis comerciantes. Más bien gatos callejeros muertos de hambre.
-Hemos pasado dificultades
en el camino.
-Eso sí me lo creo. Si venís
de Teirm, ¿dónde están vuestros caballos?
-Los hemos dejado en el
campamento -apuntó Hamund.
Señaló hacia el sur, en
dirección contraria a donde estaban en realidad los demás aldeanos.
-Y no lleváis ni una moneda
para quedaros en la ciudad, ¿eh? -Con una risa burlona, el soldado alzó el
hacha y señalo por gestos a su compañero que hiciera lo mismo—. Bueno, podéis
pasar, pero no creéis problemas, o acabaréis con grilletes, o algo peor.
Una vez transpuesta la
entrada, Horst se llevó a Roran a un lado de la calle y le gruñó al oído:
-Menuda tontería inventarte
algo tan ridículo. ¡Partir el vidriado! ¿Tienes ganas de pelea? No podemos...
Se calló porque Gertrude le
estaba tirando de la manga.
-Mirad... -murmuró Gertrude.
A la izquierda de la entrada
había un tablero de mensajes de dos metros de altura con un tejadillo para
proteger el amarillento pergamino que sostenía. Medio tablero estaba dedicado a
noticias y nombramientos oficiales. En la otra mitad había una serie de
carteles con bocetos de diversos delincuentes. El más visible de todos era un
retrato de Roran sin barba.
Asustado, Roran echó un
vistazo alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie en la calle tan cerca
como para comparar su cara y el dibujo, y luego concentró su atención en el
cartel. Ya contaba con que el Imperio los persiguiera, pero no dejó de impresionarlo
encontrarse con aquella prueba. «Galbatorix debe de estar destinando un montón
de recursos a perseguirnos.» Mientras estaban en las Vertebradas, había sido
fácil olvidar que existía el mundo exterior. «Seguro que hay carteles colgados
por todo el Imperio.» Sonrió, encantado de haber dejado de afeitarse y de que
tanto él como los demás se hubieran puesto de acuerdo para usar nombres falsos
mientras estuvieran en Narada.
En la parte baja del cartel
habían anotado la recompensa. Garrow no había enseñado a leer a Roran y Eragon,
pero sí les había enseñado los números porque, según decía: «Hay que saber
cuánto tienes, cuánto vale lo que tienes, y cuánto te pagan, para que no te
engañe cualquier truhán mentiroso». Así, Roran pudo ver que el Imperio había
ofrecido diez mil coronas por él, lo suficiente para vivir con comodidad
durante décadas. De un modo per-verso le complació el tamaño de la recompensa,
pues le hizo sentirse importante.
Luego pasó la mirada al siguiente cartel.
Era Eragon.
A Roran se le retorcieron
las tripas como si acabara de recibir un golpe y, durante unos segundos, se
olvidó de respirar.
«¡Está vivo!»
Cuando pasó el alivio
inicial, Roran notó que ocupaba su lugar la vieja rabia por el papel de Eragon
en la muerte de Garrow y en la destrucción de su granja, acompañado por un
deseo ardiente de saber por qué el Imperio perseguía a Eragon. «Ha de tener alguna
relación con aquella piedra azul y con la primera visita de los ra'zac a
Carvahall.» Una vez más, Roran se pregundó en qué clase de endemoniadas
maquinaciones se habían visto envueltos él y los demás habitantes de Carvahall.
En vez de una recompensa, en
el cartel de Eragon había dos líneas de runas.
-¿De qué crimen se le acusa?
-preguntó a Gertrude.
El contorno de los ojos de
Gertrude se llenó de arrugas cuando entrecerró los ojos para leer el cartel.
-De traición, a los dos.
Dice que Galbatorix otorgará un condado a quien capture a Era-gon, pero que
quienes lo intenten deben tomar precauciones porque es extremadamente
peli-groso.
Roran pestañeó, asombrado.
«¿Eragon?» Le pareció inconcebible hasta que se paró a pen-sar cuánto había
cambiado él mismo en las últimas semanas. «Tenemos la misma sangre en las
venas. Quién sabe, Eragon puede haber conseguido las mismas cosas que yo, o muchas
más, desde que se fue.»
En voz baja, Baldor dijo:
-Si matar a los hombres de
Galbatorix y enfrentarte a los ra'zac sólo te hace valer diez mil coronas, por
mucho que sea... ¿Qué hay que hacer para valer un condado?
-Molestar al mismísimo rey
-sugirió Larne.
-Ya basta -intervino Horst-.
Manten la boca cerrada, Baldor, o terminaremos todos con grilletes. Y tú,
Roran, no vuelvas a llamar la atención. Con semejante recompensa, la gente
estará mirando a los de fuera en busca de alguien que encaje con tu descripción.
-Se pasó una mano por el pelo, se apretó el cinto y añadió-. Bueno. Todos
tenemos cosas que hacer. Volved aquí a mediodía para informar de vuestros
progresos.
Entonces el grupo se dividió
en tres. Darmmen, Lame y Hamund se fueron juntos a com-prar comida para los
aldeanos, tanto para surtir sus necesidades actuales como para mante-nerlos en
la siguiente etapa del viaje. Gertrude -tal como había anunciado al guarda- fue
a completar su provisión de hierbas, ungüentos y tinturas. Y Roran, Horst y
Baldor bajaron por las calles empinadas hacia los muelles, donde esperaban
contratar un barco que pudiera transportar a los aldeanos a Surda o, como
mínimo, hasta Teirm.
Cuando llegaron a la
maltrecha pasarela de tarima que cubría la playa, Roran se detuvo y miró el
océano, gris por las nubes y moteado de crestas blancas por el errático viento.
Nunca había imaginado que el horizonte pudiera trazar una recta tan perfecta.
El hueco restallido del agua contra las columnas que tenía bajo los pies le
hacía sentirse como si estuviera plan-tado en la superficie de un tambor
gigantesco. El olor a pescado -fresco, destripado y podri-do- se imponía a
todos los demás.
Mirando a Roran y a Baldor,
que también estaba hipnotizado, Horst dijo:
-Menuda visión, ¿eh?
-Sí -contestó Roran.
-Te hace sentir pequeño,
¿verdad?
-Sí -dijo Baldor.
Horst asintió.
-Recuerdo que la primera vez
que vi el océano, me causó el mismo efecto.
-¿Y eso cuándo fue?
-preguntó Roran.
Además de las bandadas de
gaviotas que revoloteaban sobre la cala, vio una extraña clase de pájaros que
se posaban en los muelles. Aquellos animales tenían un cuerpo desgarbado con el
pico a rayas que mantenían pegado al pecho, como un viejo pomposo, la cabeza y
el cuello blancos y el torso del color del hollín. Uno de aquellos pájaros alzó
el pico y mostró una bolsa pellejuda debajo.
-Bartram, el herrero que me
precedió -dijo Horst-, murió cuando yo tenía quince años, u-no antes de que
terminara mi aprendizaje. Tenía que conseguir un herrero dispuesto a termi-nar
un trabajo ajeno, así que viajé a Ceunon, que se alza en el mar del Norte. Allí
conocí a Kelton, un anciano malvado, pero bueno en su trabajo. Accedió a
enseñarme. -Horst rió-. Cuando terminamos, no sabía si debía darle las gracias
o maldecirlo.
-Yo diría que debías darle
las gracias -dijo Baldor-. Si no fuera por él, no habrías conocido a mamá.
Roran frunció el ceño
mientras escrutaba los muelles.
-No hay muchos barcos
-observó.
Había dos naves atracadas en
el extremo sur del puerto y una tercera al otro lado; entre ellas, nada más que
barcos de pesca y pequeños botes. De los dos del sur, uno tenía el mástil roto.
Roran no tenía ninguna experiencia con barcos, pero ninguno de aquéllos le
parecía lo suficientemente grande como para cargar con casi trescientos
pasajeros.
Tras ir de un barco a otro,
Roran, Horst y Baldor pronto descubrieron que todos estaban ya contratados.
Llevaría un mes, o más, arreglar el que tenía el mástil roto. La nave que
descansaba a su lado, el Waverunner, llevaba velas de piel y estaba a punto de
aventurarse hacia el norte, a las traicioneras islas donde crecía la planta del
Seithr. Y el Albatros, el último barco, acababa de llegar de la lejana Feinster
y lo estaban calafateando antes de partir con su carga de lana.
Un estibador se rió de las
preguntas de Horst:
-Llegáis demasiado tarde y
demasiado pronto al mismo tiempo. Casi todos los barcos de la primavera
vinieron y se fueron ya hace dos o tres semanas. Dentro de un mes, empezarán a
soplar los vientos del noroeste, y entonces volverán los cazadores de morsas y
llegarán barcos de Teirm y de todo el Imperio para comprar pieles, carne y
grasa. Entonces podéis tener la ocasión de contratar a un capitán con el barco
vacío. Mientras tanto, no habrá más tráfico que éste.
Desesperado, Roran preguntó:
-¿No hay otro modo de llevar
provisones de aquí a Teirm? No hace falta que sea rápido ni cómodo.
-Bueno -dijo el hombre, al
tiempo que se echaba al hombro una caja-, si no ha de ser rápi-do y sólo vais a
Teirm, podrías probar allá, con Clovis. -Señaló una hilera de galpones que
flotaban entre dos muelles de atraque-. Tiene unas gabarras con las que transporta
grano en otoño. Durante el resto del año se gana la vida pescando, como casi
todo el mundo en Narda. -Luego frunció el ceño-. ¿Qué clase de provisiones
lleváis? Las ovejas ya están trasquiladas, y aún no hay ninguna cosecha.
-Un poco de todo -dijo
Horst.
Lanzó al hombre una moneda
de cobre. El estibador se la metió en el bolsillo con un guiño y un codazo
cómplice.
-Tiene toda la razón, señor.
Un poco de todo. Soy capaz de reconocer una evasiva. Pero no tema al viejo
Ulric; no diré ni esta boca es mía. Bueno, ya nos veremos, señor.
Y se alejó silbando.
Resultó que Clovis no estaba
en los muelles. Tras averiguar su dirección, les costó media hora andar hasta
su casa, al otro lado de Narda, donde lo encontraron plantando bulbos de lirio
en el sendero que llevaba a la puerta. Era un hombre fornido, con las mejillas
quemadas por el sol y una barba salpimentada de canas. Pasó otra hora hasta que
consiguieron convencer al marinero de que estaban verdaderamente interesados en
sus gabarras a pesar de la temporada, y luego tuvieron que desplazarse de
vuelta hasta los galpones, que Clovis abrió para mostrar tres gabarras
idénticas: la Merrybell, la Edeline y el Jabalí Rojo.
Cada barcaza medía unos
veintitrés metros por seis de anchura, y todas estaban pintadas de rojo óxido.
Tenían bodegas abiertas que podían cubrirse con lonas, se podía instalar un
mástil en el centro para una sola vela cuadrada, y quedaba espacio para unas
cuantas cabinas en cubierta en la parte trasera, o popa, como la llamaba
Clovis.
-Tienen más calado que los
esquifes de las islas -explicó Clovis-, así que no hay temor de que vuelquen
con mal tiempo, aunque harían bien en evitar una tempestad de verdad. Estas
gabarras no están pensadas para navegar en alta mar. Han de mantenerse a la
vista de la costa. Y ahora es la peor época para flotarlas. Por mi honor,
llevamos un mes en que no hay más que tormentas de rayos.
-¿Tienes tripulación para
las tres? -preguntó Roran.
-Bueno, verás... Eso es un
problema. Casi todos los hombres que suelo emplear se fueron hace semanas a
cazar focas, como suelen hacer. Como yo sólo los necesito después de las
cosechas, pueden ir y venir libremente durante el resto del año. Estoy seguro de
que ustedes, caballeros, entienden mi situación.
Clovis intentó sonreír,
luego paseó la mirada de Roran a Horst, y después a Baldor, como si no
estuviera seguro de a quién tenía que dirigirse.
Roran recorrió la Edeline y
la examinó en busca de algún daño. La barcaza parecía vieja, pero la madera era
sólida y estaba recién pintada.
-Si reemplazáramos a los que
faltan de su tripulación, ¿cuánto costaría llegar a Teirm con las tres
gabarras?
-Eso depende -dijo Clovis-.
Los marineros ganan quince monedas de cobre al día, más todo lo que puedan
comer y una copita de whisky. Lo que ganen sus hombres es cosa de ustedes. No
los pagaré yo. Normalmente contratamos también guardias para cada barcaza, pero
están...
-Ya, están cazando -dijo
Roran-. Nosotros pondremos a los guadias.
El nudo que atenazaba el
cuello bronceado de Clovis dio un salto cuando éste tragó saliva.
-Eso sería más que
razonable..., sí, señor. Además de la paga de la tripulación, yo cobro una
tarifa de doscientas coronas, más la compensación de cualquier daño que puedan
sufrir las gabarras por culpa de sus hombres, más un doce por ciento que gano,
en mi doble con-dición de dueño y capitán, sobre los beneficios totales por la
venta de la carga.
-Nuestro viaje no aportará
beneficios.
Eso pareció poner a Clovis
más nervioso que ningún otro detalle. Se frotó el hueco de la barbilla con el
pulgar de la mano izquierda, arrancó a hablar dos veces, se detuvo y al fin
dijo:
-En ese caso, otras
cuatrocientas coronas al terminar el viaje. ¿Qué desean transportar, si es que
puedo atreverme a preguntárselo?
«Nos tiene miedo», pensó
Roran.
-Ganado.
-¿Son ovejas, vacas,
caballos, cabras, bueyes...?
-Nuestros rebaños contienen
un surtido de animales distintos.
-¿Y por qué quieren
llevarlos a Teirm?
-Tenemos nuestras razones.
-Roran casi sonrió ante la confusión de Clovis-. ¿Se plantearía navegar más
allá de Teirm?
-¡No! En Teirm está mi
límite. No conozco las aguas más allá, ni tampoco quiero estar tanto tiempo
lejos de mi mujer y mi hija.
-¿Cuándo podría estar listo?
Clovis dudó y dio dos
pasitos.
-Tal vez cinco o seis días.
No... No, mejor que sea una semana; antes de salir, debo atender algunos
asuntos.
-Pagaríamos otras diez
coronas por salir pasado mañana.
-Yo no...
-Doce coronas.
-Pues pasado mañana será
-prometió Clovis-. Ya veré cómo me las arreglo para estar listo.
Pasando una mano por la
borda de la barcaza, Roran asintió sin mirar a Clovis y dijo:
-¿Puedo quedarme un minuto a
solas con mis socios para hablar con ellos?
-Como desee, señor. Daré una
vuelta por los muelles hasta que terminen. -Clovis se hacer-có deprisa a la
puerta. Cuando iba a salir del galpón, preguntó-: Perdón, ¿tiene la bondad de
repetirme su nombre? Me temo que antes no lo he oído bien, y además tengo una
memoria terrible.
-Martillazos. Me llamo
Martillazos.
-Ah, claro. Qué buen nombre.
Cuando se cerró la puerta,
Horst y Baldor se acercaron a Roran. Baldor dijo:
-No podemos contratarlo.
-No podemos dejar de
contratarlo -replicó Roran-. No tenemos dinero para comprarle las gabarras, ni
me apetece aprender a manejarlas mientras dependa de eso la vida de todos los
demás. Será más rápido y seguro contratar una tripulación.
-Sigue siendo demasiado caro
-dijo Horst.
Roran tamborileó en la
superficie de la borda.
-Podemos pagar la tarifa
inicial de Clovis, de doscientas coronas. Cuando lleguemos a Teirm, sin
embargo, sugiero que robemos las gabarras gracias a las habilidades que
habre-mos aprendido durante el viaje, o que incapacitemos a Clovis y a sus
hombres hasta que encontremos otro medio para escapar. Así nos ahorramos pagar
las cuatrocientas coronas extras, además del sueldo de los marinos.
-No me gusta engañar a un
hombre que trabaja honestamente -dijo Horst-. Va contra mis principios.
-A mí tampoco me gusta, pero
¿se te ocurre alguna alternativa?
-¿Cómo meterías a toda la
gente en las gabarras?
-Que los recoja Clovis una
legua más allá, en la costa, fuera de la vista de Narda.
Horst suspiró.
-Muy bien. Así lo haremos,
aunque me deja mal sabor de boca. Baldor, llama a Clovis, y sellemos este
pacto.
Aquella tarde los aldeanos
se reunieron en torno a una hoguera para escuchar lo que había ocurrido en
Narda. Arrodillado en el suelo, Roran miraba el palpitar de las brasas mientras
escuchaba a Gertrude y los tres hermanos contar sus respectivas aventuras. La
noticia de los carteles de Roran y Eragon provocó murmullos de inquietud entre
la audiencia.
Cuando Darmmen terminó,
Horst ocupó su lugar y, con frases cortas y enérgicas, les con-tó la carencia
de barcos adecuados en Narda, explicó que el estibador les había recomendado a
Clovis y relató el acuerdo cerrado a continuación. Sin embargo, en cuanto Horst
mencionó la palabra «gabarras», los gritos de ira y disgusto de los aldeanos
ahogaron su voz.
Loring caminó para plantarse
delante del grupo y alzó los brazos para llamar la atención.
-¿Gabarras? -dijo el
zapatero-. ¿Gabarras? ¡No queremos unas gabarras apestosas!
Escupió a sus pies mientras
la gente se mostraba de acuerdo con gran clamor.
-¡Callaos todos! -dijo
Delwin-. Si seguimos así, nos van a oír. -Cuando el sonido más alto fue el
crujir del fuego, siguió hablando en voz más baja-. Estoy de acuerdo con
Loring. Las gabarras son inaceptables. Son lentas y vulnerables. Y estaríamos
hacinados sin la menor intimidad y sin ningún refugio en el que hablar durante
nadie sabe cuánto tiempo. Horst, Elain está de seis meses. No puedes esperar
que ella y los demás enfermos se pasen semanas seguidas sentados bajo un sol
abrasador.
-Podemos tirar lonas sobre
las bodegas -replicó Horst-. No es mucho, pero nos protegerán del sol y de la
lluvia.
La voz de Birgit se impuso
al grave ronroneo de la muchedumbre:
-A mí me preocupa otra cosa.
-La gente se echó a un lado para dejarla llegar hasta el fue-go-. Con las
doscientas coronas que se le deben a Clovis y el dinero que se han gastado
Darmmen y sus hermanos, habremos agotado casi todas nuestras monedas. Al contrario
que para la gente de las ciudades, para nosotros la riqueza no está en el oro,
sino en los animales y las propiedades. Nuestras propiedades desaparecieron y
nos quedan pocos animales. In-cluso si nos convertimos en piratas y robamos
esas gabarras, ¿cómo compraremos provisio-nes en Teirm para seguir el viaje
hacia el sur?
-De entrada, lo más
importante -rugió Horst- es llegar a Teirm. Cuando estemos allí, ya nos
preocuparemos de qué hacer a continuación... Es posible que debamos recurrir a
medidas más drásticas.
El rostro huesudo de Loring
se replegó en una masa de arrugas.
-¿Más drásticas? ¿Qué
quieres decir? Lo que hemos hecho ya es drástico. Toda esta em-presa es
drástica. Me da igual lo que digas; no subiré a esas malditas gabarras; no
después de todo lo que hemos pasado en las Vertebradas. Las gabarras son para
el grano y los animales. Lo que queremos es un barco con camarotes y catres en
los que podamos dormir con comodidad. ¿Por qué no esperamos otra semana, más o
menos, y vemos si llega algún barco en el que podamos negociar el pasaje? ¿Qué
hay de malo en eso, eh? ¿O por qué no...?
Siguió clamando más de
quince minutos, amasando una montaña de objeciones antes de ceder la palabra a
Thane y Ridley, quienes elaboraron aún más sus argumentos.
La conversación se detuvo
cuando Roran estiró las piernas y se puso en pie, silenciando a los aldeanos
con su presencia. Se callaron, con el aliento contenido, en espera de otro de
sus discursos visionarios.
-O eso, o vamos a pie -dijo.
Y se fue a la cama.
Cae el martillo
La luna flotaba en lo alto
entre las estrellas cuando Roran abandonó la tienda im-provisada que compartía
con Baldor, se acercó al límite del campamento y reemplazó a Al-briech, que
montaba guardia.
-Nada de que informar
-susurró Albriech, antes de irse.
Roran armó el arco y plantó
bocarriba tres flechas con plumas de oca en el suelo, al alcan-ce de su mano;
luego se envolvió en una manta y se acurrucó contra la roca que quedaba a su
izquierda. Aquella posición le permitía una buena visión desde arriba hacia las
oscuras estri-baciones del monte.
Como tenía por costumbre,
Roran dividió el paisaje en cuadrantes y dedicó un minuto entero a examinar
cada uno, siempre atento al fulgor de un movimiento o a un atisbo de luz que
pudiera traicionar la proximidad de los enemigos. Pronto su mente empezó a deambular,
pasando de un asunto a otro con la brumosa lógica de los sueños, distrayéndolo
de la tarea. Se mordió los carrillos para obligarse a concentrarse. Era difícil
permanecer des-pierto con aquel clima tan suave...
Roran estaba encantado de
haberse librado de que le tocaran por sorteo las dos guardias previas al
amanecer, pues en ellas no tenías ocasión de recuperar luego el sueño atrasado
y te sentías agotado durante todo el día.
Un golpe de aire pasó junto
a él, acariciándole las orejas y erizándole el vello de la nuca en un mal
presagio. Aquel tacto molesto asustó a Roran y arruinó cualquier cosa que no
fuera la convicción de que tanto él como los demás aldeanos corrían un peligro
mortal. Se e-chó a temblar como si tuviera fiebre, el corazón se arrancó a
latir con fuerza y tuvo que resis-tirse con esfuerzo al impulso de abandonar la
guardia y huir. «¿Qué me pasa?» Hasta tumbar una de aquellas flechas le costaba
un esfuerzo.
Al este, una sombra se
destacó en el horizonte. Visible sólo como un vacío entre las estre-llas,
flotaba como un velo ajado en el cielo hasta que cubrió la luna, donde
permaneció sus-pendida, iluminada desde atrás. Roran distinguió las alas
translúcidas de una de las montu-ras de los ra'zac.
La criatura negra abrió el
pico y soltó un aullido largo, desgarrador. Roran hizo una mueca de dolor por
la frecuencia aguda de aquel grito. Le acuchillaba los tímpanos, le helaba la
sangre y tornaba la alegría y la esperanza en desánimo. El sonido ululante
despertó a todo el bosque. En kilómetros a la redonda, los pájaros y las
bestias estallaron en un coro quejoso de pánico, incluido, para mayor alarma de
Roran, lo que quedaba del ganado de los aldea-nos.
Tambaleándose de un árbol a
otro, Roran regresó al campamento y susurró a todos los que se encontraban con
él:
-Han venido los ra'zac.
Callaos y permaneced donde estáis.
Vio a los demás centinelas
moviéndose entre los asustados aldeanos, extendiendo el mis-mo mensaje.
Fisk salió de su tienda con
una lanza en la mano y rugió:
-¿Nos atacan? ¿Qué ha
provocado esos malditos...?
Roran tiró al suelo al
carpintero para silenciarlo y pronunció un quejido apagado al aterrizar sobre
el hombro derecho, lo cual despertó el dolor de la vieja herida.
-Los ra'zac -gruñó Roran a
Fisk.
Fisk se quedó quieto y
preguntó en voz baja:
-¿Qué debo hacer?
-Ayúdame a calmar a los
animales.
Juntos se abrieron camino
entre el campamento hasta el prado que se extendía a continuación, donde
pasaban la noche las cabras, ovejas, asnos y caballos. Los granjeros
pro-pietarios de la mayor parte del ganado dormían con sus animales y estaban
ya despiertos y trabajando para calmar a las bestias. Roran dio gracias a la
paranoia que lo había llevado a in-sistir en que los animales estuvieran
siempre esparcidos por el límite del prado, donde los árboles y la maleza
contribuían a esconderlos a las miradas del enemigo.
Mientras intentaba calmar a
un grupo de ovejas, Roran alzó la mirada hacia la terrible sombra negra que
seguía oscureciendo la luna, como un murciélago gigante. Para su horror, empezó
a moverse hacia el escondrijo. «Si esa criatura vuelve a chillar, estamos
condenados.»
Cuando el ra'zac empezó a
trazar círculos por encima de ellos, casi todos los animales se habían calmado,
salvo un asno que se empeñaba en soltar un rasposo rebuzno. Sin dudar, Roran
apoyó una rodilla en el suelo, encajó una flecha en el arco y le disparó entre
las costillas. Su puntería fue certera, y el animal cayó sin hacer ruido.
Demasiado tarde, sin
embargo: el rebuzno había alertado al ra'zac. El monstruo giró la ca-beza en
dirección al claro y descendió hacia él con las zarpas abiertas, precedido por
su fétido hedor.
«Ha llegado la hora de saber
si somos capaces de matar a una pesadilla», pensó Roran. Fisk, que estaba
acuclillado a su lado sobre la hierba, alzó la lanza, listo para soltarla en
cuan-to el animal estuviera a distancia de tiro.
Justo cuando Roran preparaba
el arco -con la intención de dar inicio y fin a la batalla con una flecha bien
apuntada-, lo distrajo una conmoción en el bosque.
Un grupo de ciervos atravesó
con un estallido la maleza y salió en estampida por el prado, ignorando a los
aldeanos y al ganado en su desesperado deseo de huir del ra'zac. Durante casi
un minuto, los ciervos pasaron dando botes junto a Roran, removiendo la tierra
con sus afilados cascos y captando la luz de la luna en el reborde blanco de
sus ojos. Se hacer-caban tanto que Roran oyó las suaves bocanadas de su
esforzada respiración.
La multitud de ciervos debió
de esconder a los aldeanos porque, tras una última vuelta por encima del prado,
el monstruo alado se volvió hacia el sur y se deslizó más allá por las
Vertebradas, fundiéndose en la noche.
Roran y sus compañeros se
quedaron paralizados, como conejos sorprendidos, temerosos de que la
desaparición del ra'zac fuera una trampa para forzarlos a salir a campo
abierto, o de que la bestia gemela estuviera tras ellos. Pasaron horas
esperando, tensos y ansiosos, sin apenas moverse más que para preparar sus
arcos.
Cuando estaba a punto de
esconderse la luna, sonó a lo lejos el escalofriante aullido del ra'zac... Y
nada más.
«Hemos tenido suerte
-decidió Roran cuando se despertó a la mañana siguiente-. Y no podemos contar
con que la suerte nos salve la próxima vez.»
Tras la aparición de los
ra'zac, ningún aldeano se oponía a viajar en gabarra. Al contrario, estaban tan
ansiosos por partir, que muchos preguntaron a Roran si era posible zarpar aquel
mismo día en vez de esperar al siguiente.
-Ojalá pudiéramos -les
contestó-, pero hay demasiadas cosas que hacer.
Él, Horst y un grupo de más
hombres se saltaron el desayuno y caminaron hacia Narda. Roran sabía que al
acompañarlos se arriesgaba a que lo reconocieran, pero la misión era de-masiado
importante para fallarles. Además, estaba seguro de que su aspecto era tan
distinto del que tenía en el cartel del Imperio que nadie los compararía.
No tuvieron problemas para
entrar porque se encontraron a otros soldados en la puerta de la ciudad, y
luego fueron hasta los muelles y entregaron las doscientas coronas a Clovis,
que estaba ocupado supervisando a un grupo de hombres que preparaban las gabarras
para navegar.
-Gracias, Martillazos -dijo,
al tiempo que se ataba la bolsa de monedas al cinturón-. No hay como el
amarillo del oro para alegrarle el día a un hombre.
Los llevó hasta un banco de
trabajo y desplegó un carta de navegación de las aguas que rodeaban Narda,
llena de notas sobre la fuerza de diversas corrientes; la ubicación de rocas,
arrecifes de arena y otros peligros, y una cantidad de medidas de sonda que
habría tardado décadas en reunir. Clovis trazó una línea con un dedo desde
Narda hasta una pequeña cala que quedaba al sur de la ciudad y dijo:
-Aquí es donde recogeremos
el ganado. En esta época del año las mareas son suaves, pero de todos modos no
nos conviene enfrentarnos a ellas, no nos andemos con tapujos. Así que tenemos
que salir justo después de la marea alta.
-¿Marea alta? -preguntó
Roran-. ¿No sería más fácil esperar a la marea baja y permitir que ella nos
sacara de allí? Clovis se dio un toque en la nariz y guiñó un ojo. -Sí, sería
mejor. Y así he empezado muchos viajes. Sin embargo, lo que no quiero es encontrarme
embarrancado en la playa, cargando vuestros animales, cuando venga la marea
empujando y nos meta tierra adentro. Así no correremos peligro, pero tendremos
que darnos prisa para no quedarnos se-cos cuando se retire el agua. Si lo
conseguimos, el mar trabajará a nuestro favor, ¿eh?
Roran asintió. Se fiaba de
la experiencia de Clovis. -¿Y cuántos hombres necesitarás para completar las
tripulaciones?
-Bueno, he conseguido juntar
a siete tipos; todos ellos fuertes, buenos marineros de verdad, dispuestos a
sumarse a esta empresa, por rara que parezca. La verdad, casi todos estaban en
plena curda cuando los arrinconé anoche, bebiéndose la paga del último viaje,
pero cuando llegue la mañana, estarán sobrios como una solterona; eso te lo
prometo. Viendo que sólo he podido conseguir siete, me gustaría disponer de
otros cuatro.
-Pues cuatro serán -dijo
Roran-. Mis hombres no saben mucho de navegación, pero están en buena forma y
con ganas de aprender. Clovis gruñó: -Suelo llevar un grupo de princi-piantes
en todos los viajes. Mientras cumplan las órdenes, les irá bien; si no, terminarán
con una cabilla en la cabeza, eso te lo aseguro. En cuanto a los guardas, me
gustaría disponer de nueve: tres en cada barco. Y será mejor que no estén tan
verdes como los marinos, porque si no, no salgo del muelle ni por todo el
whisky del mundo.
Roran se permitió mostrar
una sonrisa amarga.
-Todos los hombres que
viajan conmigo han participado en muchas batallas.
-Y todos responden ante ti,
¿eh, Martillazos? -dijo Clovis-. Se rascó la barbilla, mirando a Gedric, Delwin
y los demás, que acudían a Narda por primera vez-. ¿Cuántos sois?
-Los suficientes.
-Así que los suficientes.
Vaya. -Agitó una mano en el aire-. No me hagas caso. Mi lengua va muy por
delante de mi sentido común, o al menos eso solía decir mi padre. Mi primer
oficial, Torson, está en el proveedor, supervisando la compra de provisiones y
equipamiento. ¿Entiendo que lleváis alimento para el ganado?
-Entre otras cosas.
-Entonces será mejor que lo
preparéis. Podemos cargarlo en las bodegas cuando estén instalados los
mástiles.
Durante el resto de la
mañana y toda la tarde, Roran y los aldeanos que lo acompañaban trabajaron para
trasladar las provisiones que habían comprado los hijos de Loring desde el
almacén en que estaban guardadas hasta los galpones de las gabarras.
Cuando Roran cruzó la
plancha para montar en la Edeline y pasó un saco de harina al marinero que lo
esperaba en la bodega, Clovis comentó:
-Casi nada de esto es comida
para animales, Martillazos.
-No -dijo Roran-. Pero es
necesario.
Le agradó que Clovis tuviera
el sentido común de no seguir preguntando.
Cuando hubieron cargado el
último bulto, Clovis habló con Roran:
-Ya os podéis ir. Yo me
encargaré de lo demás con los muchachos. Pero acuérdate de estar en los muelles
tres horas después del amanecer con todos los hombres que me has prometi-do, o
se nos escapará la marea.
-Estaremos aquí.
De nuevo en las
estribaciones, Roran ayudó a Elain y los demás a prepararse para partir. No les
llevó mucho tiempo, pues estaban acostumbrados a desmontar el campamento cada
mañana. Luego escogió a doce hombres para que lo acompañaran a Narda al día
siguiente. Todos eran buenos guerreros, pero pidió a los mejores, como Horst y
Delwin, que se queda-ran con los aldeanos por si acaso los descubrían los
soldados o volvían a aparecer los ra'zac.
Los dos grupos partieron al
caer la noche. Roran se acuclilló en una roca y vio a Horst dirigir a la
columna ladera abajo hacia la cala donde esperarían a las gabarras.
Orval se le acercó por
detrás y se cruzó de brazos:
-¿Crees que estarán a salvo,
Martillazos?
La ansiedad dominaba su voz
como un arco tensado.
Aunque también él estaba
preocupado, Roran dijo:
-Creo que sí. Te apuesto un
barril de sidra a que mañana, cuando lleguemos a la costa, aún estarán
durmiendo. Tendrás el placer de despertar a Nolla. ¿Qué te parece?
Orval sonrió ante la mención
de su esposa y asintió, aparentemente tranquilizado.
«Ojalá tenga razón.» Roran
se quedó en la roca, agachado como una gárgola sombría, has-ta que la oscura
hilera de aldeanos desapareció de su vista.
Se despertaron una hora
antes de salir el sol, cuando el cielo apenas empezaba a clarear con una pálida
luz verde y el húmedo aire de la noche les entumecía los dedos. Roran se echó
agua a la cara y luego se armó con el arco y la aljaba, su martillo, un escudo
de Fisk y una lanza de Horst. Los demás hicieron lo mismo, sumando también las
espadas que habían con-seguido en las escaramuzas de Carvahall.
Corriendo tanto como se
atrevían por la pronunciada colina, los trece hombres llegaron pronto a la
carretera de Narda y, poco después, a la puerta principal de la ciudad. Para
desánimo de Roran, los mismos dos soldados que les habían puesto problemas la primera
vez mantenían la guardia en la entrada. Igual que en la ocasión anterior, los
soldados cruza-ron sus hachas para cortar el paso.
-Esta vez sois unos pocos
más -observó el hombre de cabello blanco-. Y además no sois los mismos. Salvo
tú. -Se concentró en Roran-. Supongo que querrás hacerme creer que la lanza y
el escudo también son para hacer jarrones.
-No. Nos ha contratado
Clovis para proteger sus gabarras de cualquier ataque en su viaje a Teirm.
-¿Vosotros? ¿Mercenarios?
-Los soldados se echaron a reír-. Dijiste que erais comerciantes.
-Esto se paga mejor.
El del cabello blanco puso
mala cara.
-Mientes. Yo quise ser
caballero de fortuna en una época. Pasé muchas noches sin cenar. Además,
¿cuántos sois? Ayer siete y hoy doce, trece contándote a ti. Parece demasiada
gente para una expedición de tenderos. -Achinó los ojos para escrutar el rostro
de Roran-. Me resultas familiar. Cómo te llamas, ¿eh?
-Martillazos.
-No será que te llamas
Roran, ¿verdad...?
Roran soltó la lanza hacia
delante y acertó en el cuello del soldado de pelo blanco. Como de una fuente,
brotó la sangre escarlata. Soltó la lanza, sacó el martillo y se dio la vuelta
para bloquear con el escudo el golpe de hacha del otro soldado. Trazó una curva
hacia arriba con el martillo y le aplastó el yelmo.
Se quedó entre los dos
cuerpos con la respiración entrecortada. «Ya he matado a diez.»
Orval y los demás hombres
miraron a Roran, impresio¬nados. Incapaz de sostener sus miradas, Roran les dio
la es¬palda y señaló con un gesto la acequia que pasaba por deba¬jo del camino.
-Esconded los cuerpos antes
de que los vea alguien -or¬denó, brusco y severo.
Mientras se apresuraban a
obedecerle, examinó el para¬peto superior del muro, en busca de centinelas. Por
suerte, no se veía a nadie allí ni en la calle, al otro lado de la entra¬da. Se
agachó, arrancó su lanza y limpió el filo en un brote de hierba.
-Listo -dijo Mandel,
saliendo de la acequia.
Pese a su barba, se notaba
que el joven estaba pálido.
Roran asintió y, haciendo
acopio de fuerzas, se encaró a la banda:
-Escuchadme. Iremos
caminando hasta los muelles a paso rápido pero razonable. No vamos a correr.
Cuando suene la alarma, y puede que ahora mismo alguien haya oído la refrie¬ga,
comportaos como si estuvierais sorprendidos e intere¬sados, no asustados. Hagáis
lo que hagáis, no deis razones a nadie para sospechar de nosotros. Las vidas de
nuestros pa-rientes y amigos dependen de eso. Si nos atacan, nuestro úni¬co
deber es conseguir que zarpen las gabarras. No importa nada más. ¿Está claro?
-Sí, Martillazos
-contestaron.
-Pues seguidme.
Mientras caminaban por
Narda, Roran se sentía tan ten¬so que temía quebrarse y estallar en un millar
de piezas. «¿En qué me he convertido?», se preguntaba. Miraba a los hom¬bres,
mujeres, niños y perros con la intención de identificar a cualquier enemigo
potencial. A su alrededor todo parecía tener un brillo supernatural, lleno de
detalles; parecía como si pudiera distinguir cada hilo de la ropa de la gente.
Llegaron a los muelles sin
novedad, y Clovis le dijo:
-Llegas pronto, Martillazos,
y eso me gusta. Así podemos dejar todo listo y bien preparado antes de partir.
-¿Podemos irnos ya?
-preguntó Roran.
-Ya deberías saber que no.
Hay que esperar a que termi¬ne de subir la marea. -Clovis hizo una pausa, miró
a los tre¬ce hombres por primera vez y dijo-. ¿Por qué? ¿Qué pasa, Martillazos?
Parece que todos acabéis de ver el fantasma de Galbatorix.
-No pasa nada que no se cure
con unas pocas horas de aire del mar -contestó Roran.
En aquel estado no podía
sonreír, pero sí permitió que sus rasgos adquiriesen una expresión más
agradable para tranquilizar al capitán.
Clovis llamó con un silbido
a los dos marinos de las bar¬cas. Ambos estaban bronceados como avellanas.
-Éste es Torson, mi primer
oficial -dijo Clovis, señalan¬do al hombre que quedaba a su derecha. Torson
llevaba en el hombro un tatuaje retorcido de un dragón volador-. Será el piloto
de la Merrybell. Y ese perro negro es Flint. Él llevará la Edeline. Mientras
estéis a bordo, su palabra es la ley, como lo es la mía en el Jabalí Rojo.
Responderéis ante él y ante mí, no ante Martillazos. Bueno, si me habéis oído,
ya podéis decir que sí.
-Sí, sí -contestaron los
hombres.
-Bueno, ¿quiénes son los
ayudantes y quiénes los guar¬das? Por mi vida que no os distingo.
Ignorando el aviso de Clovis
de que era él quien manda¬ba y no Roran, los aldeanos miraron a éste para
asegurarse de que debían obedecer. Él mostró su aprobación asintien¬do y el
grupo se dividió en dos, que Clovis procedió a repar¬tir en grupos menores a
medida que iba asignando unos cuantos aldeanos a cada gabarra.
Durante la siguiente media
hora, Roran trabajó con los marineros para terminar de preparar el Jabalí Rojo
para zar¬par, con los oídos atentos a cualquier señal de alarma. «Si se-guimos
aquí, nos capturarán o nos matarán», pensó mien¬tras controlaba el nivel de
crecida del agua en los muelles. Se secó el sudor de la frente.
Roran se llevó un susto cuando Clovis le
agarró por el antebrazo.
Incapaz de detenerse, sacó
el martillo a medias del cinto. El aire espeso le tapó la gargan-ta.
Clovis enarcó una ceja al
ver su reacción.
-Te he estado mirando,
Martillazos; me interesa saber cómo te has ganado la lealtad de es-tos hombres.
He trabajado con tantos capitanes que ya no sabría contarlos, y ni uno solo de
ellos obtenía este nivel de obediencia sin abrir siquiera la boca.
Roran no lo pudo evitar: se
echó a reír.
-Te diré cómo lo he
conseguido: los salvé de la esclavitud y evité que se los comieran.
Clovis enarcó tanto las
cejas que casi le llegaban a las entradas del pelo.
-Ah, ¿sí? Me gustaría oír
esa historia.
-No, no te gustaría.
Al cabo de un momento,
Clovis concedió:
-No, quizá no me gustaría.
-Miró por encima de la borda-. Vaya, que me aspen. Creo que ya podemos zarpar.
Y ahí está mi pequeña Galina, puntual como siempre.
El corpulento hombre salió a
la plancha y, por encima de ella, pasó al muelle, donde abra-zó a una chica de
cabello oscuro, de unos trece años, y a una mujer que Roran supuso sería la
madre. Clovis agitó el pelo de la muchacha y dijo:
-Bueno, te portarás bien
mientras estoy fuera, ¿verdad, Galina?
-Sí, padre.
Mientras veía a Clovis
despedirse de su familia, Roran pensó en los dos soldados de la entrada. «A lo
mejor también tenían familia. Esposas e hijos que los amaban y un hogar al que
regresar cada día.» Notó el sabor de la bilis y tuvo que obligar a su mente a
regresar al muelle para no marearse.
En las gabarras, los hombres
parecían ansiosos. Temeroso de que pudieran perder el temperamento, Roran se
paseó ostentosamente por la cubierta, estiró los músculos e hizo cuanto pudo
con tal de parecer relajado. Al fin, Clovis saltó al Jabalí Rojo y exclamó:
-¡Empujad, compañeros! Nos
espera el profundo mar.
Enseguida retiraron las
planchas, soltaron las amarras e izaron las velas en las tres gabarras. En el
aire vibraban los gritos de órdenes y los cantos de ánimo con que los marineros
manejaban las escotas.
Tras ellos, Galina y su
madre se quedaron mirando mientras se alejaban las gabarras, quietas y en
silencio, solemnes y tapadas con sus capuchas.
-Estamos de suerte,
Martillazos -dijo Clovis, al tiempo que le daba una palmada en un hombro-. Hoy
tendremos algo de viento. Tal vez no tengamos que remar para llegar a la cala
antes de que cambie la marea, ¿eh?
Cuando el Jabalí Rojo estaba
en medio de la bahía de Narda y quedaban todavía diez minutos para alcanzar la
libertad del mar abierto, ocurrió lo que temía Roran: el sonido de las campanas
y las trompetas flotó sobre el agua y entre los edificios de piedra.
-¿Qué es eso? -preguntó.
-No estoy seguro -dijo
Clovis. Frunció el ceño mientras miraba hacia la ciudad, con las manos en las
caderas-. Podría ser un fuego, pero no hay humo en el aire. Tal vez hayan
descubierto úrgalos en la zona... -La preocupación asomó a su rostro-. ¿No habréis
visto a nadie por casualidad esta mañana en el camino?
Roran negó con la cabeza,
pues no se fiaba de su voz.
Flint se acercó y gritó
desde la cubierta de la Edeline:
-¿Tenemos que volver, señor?
Roran se aferró a la borda
con tanta fuerza que se clavó unas astillas bajo las uñas; estaba listo para
intervenir, pero no quería parecer demasiado ansioso.
Clovis dejó de mirar hacia
Narda y contestó con un rugido:
-No. Se nos escaparía la
marea.
-Está bien, señor. Pero
daría la paga de un día a cambio de saber qué ha provocado ese clamor.
-Yo también -murmuró Clovis.
Cuando las casas y los
edificios de la ciudad empezaron a encogerse tras ellos, Roran se agachó en la
popa de la gabarra, se rodeó las rodillas con los brazos y apoyó la espalda en
la cabina. Miró al cielo, sorprendido por su profundidad, claridad y color, y
luego fijó la vista en la temblorosa estela del Jabalí Rojo, en la que flotaban
cintas de algas. El balanceo de la gabarra le provocaba sueño, como si fuera
una cuna. «Qué hermoso día», pensó, dando las gracias por poder contemplarlo.
Cuando salieron de la bahía,
Roran subió aliviado las escaleras del castillo de popa que quedaba detrás de
las cabinas, donde Clovis manejaba el timón con una mano para mantener el
rumbo. El capitán dijo:
-Ah, hay algo emocionante en
el primer día de un viaje, cuando aún no te has dado cuenta de lo mala que es
la comida y de lo mucho que añoras tu casa.
Consciente de la necesidad
de aprender cuanto pudiera de la gabarra, Roran preguntó a Clovis los nombres y
las funciones de diversos objetos que veía a bordo. Eso le valió un ser-món
entusiasta sobre el funcionamiento de las gabarras, los barcos y el arte de
navegar en general.
Dos horas después, Clovis
señaló una estrecha península de tierra que se extendía ante ellos.
-La cala queda al otro lado
de eso.
Roran se asomó por la borda
y estiró el cuello, ansioso por confirmar que los aldeanos estaban a salvo.
Cuando el Jabalí Rojo dobló
la punta rocosa de tierra, apareció una playa blanca en el vértice de la cala,
en la que estaban reunidos los refugiados del valle de Palancar. La muchedumbre
vitoreó y agitó los brazos cuando las gabarras aparecieron tras las rocas.
Roran se relajó.
A su lado, Clovis pronunció
una horrible maldición.
-Supe que pasaba algo desde
el momento en que te puse la vista encima, Martillazos. Así que ganado. ¡Bah!
Me has engañado como a un estúpido, sí señor.
-Me juzgas mal -respondió
Roran-. No mentí. Ellos son mi rebaño y yo su pastor. ¿No puedo decir que son
ganado si quiero?
-Llámalos como quieras, pero
yo no acepté llevar gente a Teirm. ¿Por qué no me dijiste la verdad sobre la
carga, me pregunto? Y la única respuesta que aparece en el horizonte es que,
sea cual sea la empresa en que andas metido, traerá problemas... Problemas para
ti y problemas para mí. Debería echaros por la borda y volver a Narda.
-Pero no lo harás -respondió
Roran, con un tono letal.
-Ah, ¿no? ¿Y por qué?
-Porque necesito estas
gabarras, Clovis, y haré cualquier cosa por conservarlas. Cualquier cosa.
Cumple con nuestro trato y tendrás un viaje pacífico y volverás a ver a Galina.
Si no...
La amenaza sonó peor de lo
que era; Roran no tenía ninguna intención de matar a Clovis aunque, si se veía
obligado, estaba dispuesto a abandonarlo en la costa.
El rostro de Clovis se
enrojeció, pero sorprendió a Roran al contestar con un gruñido:
-Está bien, Martillazos.
Satisfecho, Roran centró la
atención en la playa.
A su espalda sonó un snic.
Por puro instinto, Roran se
apartó, se agachó, se dio la vuelta y se tapó la cabeza con el escudo. El brazo
vibró cuando una cabilla se partió contra el escudo. Lo bajó y miró a un
desanimado Clovis, que se retiraba por la cubierta.
Roran meneó la cabeza, sin
apartar la mirada de su oponente.
-No puedes batirme, Clovis.
Te lo vuelvo a preguntar: ¿cumplirás con tu parte del acuer-do? Si no, te
dejaré en la costa, tomaré el mando de tus gabarras y obligaré a tus
tripulantes a trabajar. No quiero arruinaros la vida, pero si me obligas...
Ven. Si decides ayudarnos, éste puede ser un viaje normal, sin incidentes.
Recuerda que ya te hemos pagado.
Levantándose con gran
dignidad, Clovis dijo:
-Si acepto, espero que
tengas la cortesía de explicarme por qué era necesario este engaño, qué hace
esta gente aquí y de dónde vienen. Por mucho oro que me ofrezcas, no puedo
cumplir una promesa que contradiga mis principios. Y no lo haré. ¿Sois bandidos?
¿O siervos del maldito rey?
-Saber eso puede ponerte en
una situación aún más peligrosa.
-Insisto.
-¿Has oído hablar de
Carvahall, en el valle de Palancar? -preguntó Roran.
-Una o dos veces. -Clovis
agitó una mano-. ¿Qué tiene que ver?
-La estás viendo en la
playa. Los soldados de Galbatorix nos atacaron sin previa provoca-ción. Nos
defendimos y, cuando nuestra posición se volvió insostenible, cruzamos las
Vertebradas y seguimos la costa hasta Narda. Galbatorix ha prometido que todos
los hom-bres, mujeres y niños de Carvahall serán asesinados o esclavizados.
Nuestra única esperanza de salvación está en llegar a Surda.
Roran evitó mencionar a los
ra'zac; no quería asustar demasiado a Clovis.
El avezado marinero se había
vuelto gris.
-¿Todavía os persiguen?
-Sí, pero el Imperio aún no
nos ha descubierto.
-¿Y la alarma ha sonado por
vosotros?
Con mucha suavidad, Roran
dijo:
-He matado a dos soldados
que me habían reconocido. -La revelación asustó a Clovis; abrió mucho los ojos,
dio un paso atrás y los músculos de sus antebrazos se abultaron al apretar los
puños-. Escoge, Clovis. La costa está cada vez más cerca.
Supo que había ganado cuando
el capitán bajó los hombros y la bravuconería desapareció de su rostro.
-Ah, así se te lleve una
plaga, Martillazos. No soy amigo del rey; os llevaré a Teirm. Pero luego no
quiero saber más de vosotros.
-¿Me das tu palabra de que
no intentarás escaparte por la noche, o alguna trampa parecida?
-Sí, tienes mi palabra,
La arena y las piedras
rasgaron el fondo del casco del Jabalí Rojo cuando la gabarra encaró la playa,
flanqueada por sus dos compañeras. El implacable y rítmico empujón del agua al
lanzarse contra la tierra sonaba como la respiración de un monstruo gigantesco.
En cuanto arriaron las velas y tendieron las planchas, Torson y Flint pasaron
al Jabalí Rojo, se acercaron a Clovis y quisieron saber qué estaba pasando.
-Ha habido un cambio de
planes -dijo Clovis.
Roran le dejó que explicara
la situación —ocultando las verdaderas razones por las que aquella gente había
abandonado el valle de Palancar-, saltó a la arena y se puso a buscar a Horst
entre el grupo de gente apretujada. Cuando vio al herrero, se acercó a su lado
y le contó las muertes de Narda.
-Si descubren que he salido
con Clovis, podrían enviar soldados a caballo en pos de nosotros. Hemos de
meter a la gente en las gabarras lo antes posible.
Horst lo miró a los ojos
durante un largo rato.
-Te has convertido en un
hombre duro, Roran. Más duro de lo que yo seré jamás.
-No tenía otro remedio.
-Pero no olvides quién eres.
Roran se pasó las tres horas
siguientes cargando y cambiando de sitio las pertenencias de los aldeanos en el
Jabalí Rojo hasta que se mostró satisfecho. Había que asegurar los fardos para
que no se desplazasen inesperadamente e hiriesen a alguien, además de
distribuirlos de tal modo que la gabarra navegase plana, cosa que no era fácil
porque todos los bultos eran distintos en tamaño y densidad. Luego cargaron a
los animales en contra de su voluntad y los inmovilizaron con sogas atadas a
las anillas de hierro de la bodega.
Lo último en montar fue la
gente, que, como el resto de la carga, tuvo que disponerse simétricamente
dentro de las gabarras para evitar que volcaran. Clovis, Torson y Flint
terminaron plantados en las proas de sus gabarras, gritando órdenes a la masa
de aldeanos que se instalaba en la parte baja.
«¿Y ahora qué pasa?», pensó
Roran al oír que se iniciaba una disputa en la playa. Se abrió paso hasta el
origen del ruido y vio a Calitha arrodillada junto a su padrastro, Wayland,
in-tentando calmarlo.
-¡No! No voy a montar en esa
bestia. ¡No me podéis obligar! -exclamaba Wayland. Agita-ba los mustios brazos
y pataleaba con la intención de librarse del abrazo de Calitha. Echaba saliva
por la boca-. ¡Suéltame! ¡Te digo que me sueltes!
Esquivando los golpes,
Calitha dijo:
-Desde que acampamos anoche,
ha perdido la razón.
«Hubiera sido mejor para
todos que se muriera en las Vertebradas, con todos los proble-mas que nos
causó», pensó Roran. Se unió a Calitha, y entre los dos trataron de calmar a
Wayland para que dejara de gritar y golpear. Como premio por su buen comportamiento,
Calitha le dio un trozo de cecina, que ocupó su atención por completo. Mientras
Wayland se concentraba en mordisquear la carne, ella y Roran consiguieron
llevarlo a la Edeline e insta-larlo en un rincón solitario en el que no
molestara a nadie.
-Moved los riñones, vagos
-gritó Clovis-. Está a punto de cambiar la marea. Vamos, vamos.
Tras un último revoloteo de
actividad, se retiraron las planchas y quedó un grupo de veinte hombres en la
playa delante de cada gabarra. Los tres grupos se reunieron en torno a las
proas y se prepararon para empujar las embarcaciones hacia el agua.
Roran lideró el esfuerzo en
el Jabalí Rojo. Cantando todos a la vez, él y sus hombres empu-jaron el peso de
la enorme barcaza, mientras cedía la arena gris bajo sus pies, crujían la
madera y los cables, y el olor a sudor impregnaba el aire. Durante un momento,
sus esfuerzos parecieron vanos, pero luego el Jabalí Rojo dio una sacudida y
avanzó un palmo hacia atrás.
-¡Otra vez! -gritó Roran.
Palmo a palmo avanzaron
hacia el mar, hasta que la gélida agua les llegó a la cintura. Una ola rompió
por encima de Roran y le llenó la boca de agua, que escupió con vigor,
disgustado por el sabor de la sal; era más intenso de lo que esperaba.
Cuando la gabarra se liberó
del lecho de arena, Roran flotó junto al Jabalí Rojo y escaló por una de las
cuerdas atadas a la borda. Mientras tanto, los marineros sacaron largas
pértigas y las usaron para empujar la embarcación hacia aguas más profundas, igual
que hacían las tripulaciones de la Merrybell y la Edeline.
En cuanto estuvieron a una
distancia razonable de la costa, Clovis ordenó que guardaran las pértigas y
sacaran los remos, con los que los marineros apuntaron la proa del Jabalí Rojo
hacia la entrada de la cala. Izaron la vela, la alinearon para que captara el
viento y, a la van-guardia del trío de barcazas, enfilaron hacia Teirm por la
incierta extensión de un mar inter-minable.
El principio
de la sabiduría
Los días que Eragon pasaba
en Ellesméra se fundían sin distinción; parecía que el tiempo no afectara a la
ciudad de los pinos. La estación no avanzaba, ni siquiera a medida que iban
alargándose las tardes, trazando ricas sombras en el bosque. Flores de todas
las estaciones crecían al impulso de la magia de los elfos, nutridas por los
hechizos que recorrían el aire.
Eragon llegó a amar
Ellesméra por su belleza y su calma, por los elegantes edificios que crecían en
los árboles, las encantadoras canciones que resonaban en el crepúsculo, las
obras de arte escondidas entre las misteriosas viviendas y la introspección de
los propios elfos, mezclada con sus estallidos de alegría.
Los animales salvajes de Du
Weldenvarden no temían a los cazadores. A menudo Eragon miraba desde sus
aposentos y veía a un elfo acariciar a un cervatillo o a un zorro gris, o
mur-murar a un oso tímido que merodeaba al borde de un claro, reticente a exponerse.
Algunos animales no tenían forma reconocible. Aparecían por la noche,
moviéndose y gruñendo en la maleza, y huían si Eragon se atrevía a acercarse.
Una vez atisbo una criatura parecida a una serpiente peluda, y otra vez vio a
una mujer con ropa blanca cuyo cuerpo tembló y desapare-ció para revelar en su
lugar a una sonriente loba.
Eragon y Saphira seguían
explorando Ellesméra cuando tenían ocasión. Iban solos o con Orik, porque Arya
ya no los acompañaba, ni había conseguido hablar Eragon con ella desde que
rompiera su fairth. La veía de vez en cuando, deambulando entre los árboles,
pero cada vez que se acercaba con la intención de pedirle perdón, ella se
retiraba y lo dejaba solo entre los viejos pinos. Al fin Eragon se dio cuenta
de que había de tomar la iniciativa si quería tener una oportunidad de arreglar
su relación con ella. Así que una noche recogió un ramo de flo-res del camino,
junto a su árbol, y caminó hasta el salón de Tialdarí, donde preguntó a un elfo
de la sala común dónde estaban los aposentos de Arya.
La puerta entelada estaba
abierta cuando llegó a su cuarto. Nadie contestó cuando llamó. Entró,
escuchando por si se acercaba algún paso mientras miraba alrededor por la
espaciosa sala emparrada, que daba a una pequeña habitación a un lado y un
estudio al otro. Dos fairths decoraban las paredes: un retrato de un elfo
severo y orgulloso con el pelo plateado, que Eragon supuso sería el rey
Evandar, y otro de un elfo joven a quien no reconoció.
Eragon paseó por el
apartamento, mirando pero sin tocar nada, saboreando aquel atisbo de la vida de
Arya, descubriendo cuanto pudo sobre sus intereses y aficiones. Junto a su
le-cho vio una esfera de cristal que conservaba en su interior una gloria mañanera
negra; en el escritorio, hileras ordenadas de pergaminos con títulos como
Osilon: Informe de cosechas y Notas de actividad de la torre vigía de Gil'ead;
en el alféizar de una ventana salediza, tres árboles en miniatura habían
crecido con forma de glifos del idioma antiguo que significaban respectivamente
«paz», «fuerza» y «sabiduría», y junto a los árboles había un fragmento de
papel con un poema inacabado, lleno de palabras tachadas y señales
garabateadas. Decía:
Bajo la luna, la
blanca luna brillante,
Hay una balsa, una
balsa lisa de plata,
Entre heléchos y
zarzales
Y pinos de corazón
negro.
Cae una piedra,
una piedra viva;
Quiebra la luna,
la blanca luna brillante,
Entre heléchos y
zarzales
Y pinos de
corazón negro.
Astillas de luz,
espadas de luz,
Rizan la balsa,
El agua en calma,
la quieta laguna,
El lago
solitario.
En la noche, la
noche oscura y pesada,
Se agitan las
sombras, las sombras confusas,
Donde antaño...
Eragon se acercó a la mesita
que había en la entrada, dejó en ella su ramo de flores y se dio la vuelta para
salir. Se quedó paralizado al ver a Arya en el umbral. Ella pareció
sorprenderse por su presencia, pero luego disimuló sus emociones tras una expresión
impasible.
Se miraron en silencio.
Alzó el ramo, medio
ofreciéndoselo.
-No sé hacer un ramo para ti
como el que hizo Fáolin, pero son flores de verdad, las mejo-res que he sabido
encontrar.
-No puedo aceptarlas,
Eragon.
-No es... No es esa clase de
regalo. -Hizo una pausa-. No es una excusa, pero no me di cuenta de que mi
fairth te pondría en una situación tan difícil. Lo lamento y te ruego que me
perdones... Sólo pretendía hacer un fairth, no causar problemas. Entiendo la
importancia de mis estudios, Arya, y no has de temer que los abandone para
pensar en ti. -Se desequilibró y se apoyó en la pared, demasiado mareado para
permanecer de pie sin apoyo-. Eso es todo.
Ella lo miró un largo rato y
luego alargó un brazo para coger el ramo y se lo acercó a la nariz. Sus ojos
nunca abandonaron los de Eragon.
-Son flores de verdad
-concedió. Desvió la mirada a sus pies y la subió de nuevo-. ¿Has estado
enfermo?
-No. La espalda.
-Lo había oído, pero no
creía...
Eragon se separó de la pared
con un empujón.
-Debo irme.
-Espera.
Arya dudó y luego lo
acompañó hacia la ventana salediza, donde Eragon tomó asiento en el banco
forrado que se curvaba junto a la pared. Arya sacó dos copas de un armario,
desmigó en ellas hojas secas de ortiga, llenó de agua las copas y calentó el
agua para hacer una infusión diciendo: «¡Cuécete!».
Pasó una copa a Eragon, que
la sostuvo con las dos manos para absorber el calor. Miró por la ventana hacia
el suelo, a unos seis metros, donde los elfos paseaban entre los jardines
reales, hablando y cantando, y las luciérnagas flotaban en la oscuridad.
-Ojalá... -dijo Eragon-.
Ojalá esto fuera siempre así. Es tan perfecto y tranquilo...
Arya removió su infusión.
-¿Qué tal va Saphira?
-Como siempre. ¿Y tú?
-Me estoy preparando para
volver con los vardenos.
La alarma recorrió a Eragon.
-¿Cuándo?
-Después de la Celebración
del Juramento de Sangre. Ya llevo demasiado tiempo aquí, pero odiaba irme e
Islanzadí deseaba que me quedara. Además... Nunca he asistido a una Celebración
del Juramento de Sangre, y es nuestro rito más importante. -Lo contempló por
encima del borde de la copa-. ¿No hay nada que Oromis pueda hacer por ti?
Eragon forzó un débil
encogimiento de hombros.
-Ha probado con todo lo que
sabe.
Se tomaron la infusión y
miraron a los grupos y parejas que deambulaban por los sen-deros del jardín.
-Pero ¿tus estudios van
bien?
-Sí. -En el silencio que
prosiguió, Eragon cogió el trozo de papel que había entre los arbo-litos y
examinó las estrofas como si las leyera por primera vez-. ¿Sueles escribir
poesía?
Arya extendió la mano hacia
el papel y, cuando Eragon se lo dio, lo enrolló hacia dentro de tal modo que no
se vieran las palabras.
-Es costumbre que todos los
que asisten a la Celebración del Juramento de Sangre lleven un poema, una
canción o alguna obra de arte que hayan hecho ellos mismos y la compartan con
los reunidos. Acabo de empezar a trabajar en la mía.
-Me parece bastante buena.
-Si hubieras leído mucha
poesía...
-La he leído.
Arya se detuvo, luego agachó
la cabeza y dijo:
-Perdóname. No eres la misma
persona a quien conocí en Gil'ead.
-No. Yo... -Eragon se calló
y retorció la copa entre las manos mientras buscaba las palabras exactas-.
Arya, pronto te vas a ir. Para mí sería una pena que no volviéramos a vernos
hasta entonces. ¿No podemos vernos de vez en cuando como antes, para que nos
en-señes algo más de Ellesméra a Saphira y a mí?
-No sería inteligente -dijo
ella, con voz amable pero firme.
Él la miró.
-¿Es necesario que el precio
de mi indiscreción sea nuestra amistad? No puedo evitar mis sentimientos hacia
ti, pero preferiría sufrir otra herida de Durza antes que permitir que mi
estupidez destruyera el compañerismo entre nosotros. Lo valoro demasiado.
Arya alzó la copa y se
terminó su infusión antes de contestar:
-Nuestra amistad
sobrevivirá, Eragon. En cuanto a que pasemos juntos más tiempo... -Curvó los
labios en un atisbo de sonrisa-. Tal vez. De todos modos, hemos de esperar y
ver qué nos trae el futuro, porque estoy ocupada y no puedo prometerte nada.
Eragon sabía que sus
palabras eran lo más cercano a una reconciliación que podía recibir, y las
agradeció.
-Por supuesto, Arya
Svit-kona -dijo, agachando la cabeza.
Intercambiaron un par de
amabilidades más, pero ya estaba claro que Arya había llegado hasta donde
estaba dispuesta a llegar aquel día, de modo que Eragon volvió con Saphira, con
algo de esperanza recobrada por lo que había logrado. «Ahora está en manos del
destino decidir cómo acaba esto», pensó mientras se instalaba ante el último
pergamino de Oromis.
Eragon cogió una bolsita que
llevaba en el cinto, sacó de ella un contenedor de esteatita lleno de nalgask
-una mezcla de cera de abeja y aceite de avellana- y se untó con ella los
labios para protegerlos del frío viento que le azotaba la cara. Cerró la bolsita
y luego rodeó con sus brazos el cuello de Saphira y hundió la cara en el hueco
de su codo para reducir el brillo de nubes del color del melocotón que tenían
por debajo. El incansable aleteo de Saphira dominaba sus oídos, más agudo y
rápido que el de Glaedr, a quien seguían.
Volaron hacia el suroeste
desde el amanecer hasta primera hora de la tarde, deteniéndose a menudo para
practicar entusiastas combates entre Glaedr y Saphira, durante los cuales
Eragon tenía que atarse los brazos a la silla para no caerse con las mareantes
acrobacias. Luego se soltaba tirando de los lazos corredizos con los dientes.
El viaje terminó en un grupo
de cuatro montañas que se alzaban sobre el bosque, las pri-meras que veía
Eragon en Du Weldenvarden. Coronadas de blanco y barridas por el viento,
rasgaban el velo de las nubes y mostraban sus agrietadas frentes al sol, que a
esa altura apenas proporcionaba calor.
Qué pequeñas parecen,
comparadas con las Beor-dijo Saphira.
Tal como había adoptado por
costumbre tras semanas de meditación, Eragon extendió su mente en todas
direcciones, entrando en contacto con todas las conciencias del entorno en
busca de alguien que pretendiera hacerle algún daño. Percibió a una marmota caliente
en su madriguera, cuervos, algunos trepadores, halcones, numerosas ardillas que
corrían entre los árboles y, más abajo, serpientes que vivían entre las rocas y
se arrastraban entre la maleza en busca de los ratones que conformaban su presa
natural, así como hordas de insectos ubicuos.
Cuando Glaedr descendió al
pico pelado de la primera montaña, Saphira tuvo que esperar a que plegara sus
gigantescas alas para tener suficiente espacio para aterrizar. El talud de
rocas en que habían aterrizado era de un amarillo brillante porque lo cubría
una capa de liquen duro y rugoso. Por encima de ellos se alzaba un escarpado
acantilado negro. Servía de contrafuerte y de embalse para una cornisa de hielo
azul que gemía y se quebraba bajo la fuerza del viento, soltando fragmentos
recortados que se hacían añicos en el granito del suelo.
Este pico es conocido como
Fionula -dijo Glaedr-. Y sus hermanos son Ethrundr, Merogoven y Griminsmal.
Cada uno tiene su historia, que os contaré en el vuelo de regreso. Pero de
momento me centraré en el propósito de este viaje, o sea, en la naturaleza del
vínculo forjado entre dragones y elfos y, más adelante, humanos. Los dos
conocéis algo de eso, y yo he insinuado sus implicaciones a Saphira, pero ha
llegado el momento de que aprendáis el significado solemne y profundo de
vuestra asociación, para que podáis mantenerla cuando Oromis y yo ya no estemos
con vosotros.
Maestro... -preguntó Eragon,
envolviéndose en la capa para permanecer caliente.
Sí, Eragon.
¿Por qué no está Oromis con
nosotros?
Porque -atronó Glaedr- es mi
deber, como lo fue para el dragón de más edad durante los siglos pasados,
asegurarme de que las nuevas generaciones de Jinetes entienden la verdadera
importancia del estado al que han accedido. Y porque Oromis no está tan bien
como aparenta.
Las piedras crujieron con
apagados sonidos cuando Glaedr se acuclilló, acurrucándose en el pedregal y
apoyando su majestuosa cabeza en el suelo, paralela a Eragon y Saphira. Los
examinó con un ojo dorado, grande y bruñido como un escudo redondo y el doble
de brillante. Una vaharada de humo gris asomó por sus narices y se deshizo en
el viento.
Algunas partes de lo que os
voy a contar eran de dominio público entre elfos, Jinetes y humanos cultos,
pero otras sólo las conocían el líder de los Jinetes, un puñado de elfos, los
más potentados entre los hombres y, por supuesto, los dragones.
»Ahora, escuchadme,
criaturas. Cuando se hizo la paz entre dragones y elfos, al terminar nuestra
guerra, se crearon los Jinetes para garantizar que nunca más se diera un
conflicto semejante entre nuestras razas. Tarmunora, la reina de los elfos, y
el dragón escogido para representarnos, cuyo nom-bre -aquí hizo una pausa y
transmitió a Eragon una serie de impresiones: dientes grandes, dientes blancos,
dientes mellados; batallas vencidas, batallas perdidas; incontables Shrrg y
Nagra devorados; veintisiete huevos engendrados y diecinueve criaturas crecidas
hasta la madurez- no puede expresarse en ningún lenguaje, decidieron que no
bastaría con un tratado normal. Firmar papeles no significa nada para un
dragón. Somos de sangre abundante y caliente, y a medida que pasara el tiempo
era inevitable que volviéramos a enfrentarnos a los elfos, igual que habíamos
hecho con los enanos durante milenios. Sin embargo, al contrario que los
enanos, ni nosotros ni los elfos podíamos permitirnos otra guerra. Ambas razas
éramos demasiado peligrosas y nos hubiéramos destruido mutuamente. La única
manera de evitarlo y de forjar un acuerdo significativo era vincular a las dos
razas por medio de la magia.
Eragon se estremeció y, con
un toque de diversión, Glaedr dijo:
Saphira, sé lista y calienta
una de estas piedras con fuego de tu vientre para que tu Jinete no se congele.
Entonces Saphira arqueó el
cuello, y entre sus fauces serradas emergió una lengua de llamas azules que se
lanzó contra el pedregal y ennegreció el liquen, que soltó un olor amargo al
quemarse. El aire se calentó tanto que Eragon tuvo que darse la vuelta.
Percibió que los insectos que había debajo de las piedras se chamuscaban en el
infierno.
Gracias -dijo Eragon a
Saphira. Se acurrucó junto a las piedras calcinadas y se calentó en ellas las
manos.
Saphira, recuerda que has de
usar la lengua para dirigir el torrente –la regañó Glaedr-. Bueno... Crear el
hechizo necesario llevó nueve años a los magos élficos más sabios. Cuando lo
tuvieron listo, se reunieron con los dragones en Ilirea. Los elfos aportaron la
estructura del encantamiento; los dragones, la fuerza; y juntos fundieron las
almas de elfos y dragones.
»La unión nos cambió. Los
dragones ganamos el uso del lenguaje y otras herramientas de la civilización,
mientras que los elfos obtuvieron nuestra longevidad, pues hasta entonces su
vida era tan corta como la de los humanos. Al fin, los elfos se vieron más
afectados. Nuestra magia, la magia de los dragones, que impregna cada fibra de
nuestro ser, se transmitió a los elfos y, con el tiempo, les otorgó su tan
famosa fuerza y elegancia. Los humanos nunca han recibido una influencia tan
fuerte, pues fuisteis añadidos al hechizo cuando ya estaba completado y no ha
operado en vosotros tanto tiempo como en los elfos. Aun así-y aquí los ojos de
Glaedr refulgieron- vuestra raza ya es más delicada que los brutos bárbaros que
aterrizaron por primera vez en Alagaésia, aunque desde la Caída empezas-teis a
retroceder.
-¿Los enanos formaron parte del hechizo?
-preguntó Eragon.
No, y por eso nunca ha
habido un Jinete enano. No les gustan los dragones, ni ellos a nosotros, y les
repelió la idea de unirse a nosotros. Tal vez sea una fortuna que no entraran
en el pacto, porque han evitado el declive de los humanos y los elfos.
¿Declive, Maestro? -quiso
saber Saphira, en un tono que Eragon hubiera jurado que parecía coqueto.
Sí, declive. Si una de
nuestras tres razas sufre, también lo hacen las otras dos. Al matar a los
dragones, Galbatorix dañó a su propia raza, además de a los elfos. Vosotros no
lo habéis visto porque sois nuevos en Ellesméra, pero los elfos están en pleno
declive; su poder ya no es el que era. Y los hu-manos han perdido gran parte de
su cultura y los han consumido el caos y la corrupción. Sólo si se rep-ara el
desequilibrio entre nuestras tres razas el mundo recobrará el orden.
El viejo dragón rascó el
pedregal con los talones, convirtiendo en grava las piedras para estar más
cómodo.
Escondido entre el hechizo
que supervisó la reina Tarmunora estaba el mecanismo que permite que un dragón
se prenda a su Jinete. Cuando un dragón decide entregar un huevo a los Jinetes,
se pronun-cian ciertas palabras encima del huevo, palabras que os enseñaré más
adelante y que impiden que la cría de dragón crezca hasta que entre en contacto
con la persona escogida para establecer el vínculo. Como los dragones pueden
seguir indefinidamente en el huevo, el tiempo no importa y la criatura no sufre
ningún daño. Tú misma eres un ejemplo de eso, Saphira.
»El vínculo que se establece
entre Jinete y dragón sólo es una versión reforzada del mismo vínculo existente
entre nuestras razas. El humano, o el elfo, se vuelve más fuerte y hermoso,
mientras que algu-nos de los rasgos más fieros del dragón quedan atemperados
por un comportamiento más razonable... Veo que te estás mordiendo la lengua,
Eragon... ¿Qué pasa?
-Sólo que... -Eragon dudó-.
Me cuesta un poco imaginar que Saphira o tú pudierais ser más fieros. Tampoco
-añadió, ansioso- es que me parezca mal.
La tierra se agitó como si
se produjera una avalancha cuando Glaedr soltó una carcajada y escondió su gran
ojo observador bajo el párpado para mostrarlo luego de nuevo.
Si hubieras conocido a algún
dragón no afectado por el vínculo, no dirías eso. Un dragón solitario no
responde ante nada ni nadie, toma lo que le apetece y no tiene un solo
pensamiento bondadoso para nada que no sea su familia y su raza. Los dragones
salvajes eran fieros y orgullosos, incluso arrogan-tes... Las hembras eran tan
formidables que entre los dragones de los Jinetes se consideraba una gran gesta
aparearse con ellas.
»Si la unión de Galbatorix
con Shruikan, su segundo dragón, es tan perversa, es precisamente por la
carencia de vínculo. Shruikan no escogió a Galbatorix como compañero; lo
pusieron al servicio de la locura de Galbatorix con ciertas magias negras.
Galbatorix ha creado una imitación depravada de la relación que tenéis
vosotros, Eragon y Saphira, algo que perdió cuando los úrgalos mataron a su
dra-gón original.
Glaedr hizo una pausa y los
miró a los dos. Sólo se le movía el ojo.
Lo que os une supera la
simple conexión entre vuestras mentes. Vuestras propias almas, vuestras
i-dentidades, o como queráis llamarlo, se han fundido en un nivel primario. -El
ojo se centró en Ergon. ¿Crees que el alma de una persona está separada del cuerpo?
-No lo sé -dijo Eragon-.
Saphira me sacó una vez de mi cuerpo y me dejó ver el mundo con sus ojos...
Parecía que ya no estuviera conectado con mi cuerpo. Y si pueden existir los
espectros que conjuran las brujas, tal vez nuestra conciencia también sea independiente
de la carne.
Glaedr avanzó la zarpa
delantera, puntiaguda como una aguja, y apartó una piedra para exponer a una
rata asustada en su nido. Se la tragó con un estallido de su lengua roja;
Eragon hizo una mueca de dolor al notar que la vida del animal se extinguía.
Cuando se destruye la carne,
también se destruye el alma -dijo Glaedr.
-Pero un animal no es una
persona -objetó Eragon.
Después de tus meditaciones,
¿de verdad crees que cualquiera de nosotros es muy distinto de una rata? ¿Crees
que se nos concede una cualidad milagrosa de la que no disfrutan las demás
criaturas y que de algún modo conserva nuestro ser después de la muerte ?
-No -murmuró Eragon.
Ya me parecía. Como estamos
tan unidos, cuando un dragón o su Jinete reciben una herida, han de endurecer
sus corazones y cortar la conexión que los vincula para protegerse mutuamente
de un sufrimiento innecesario, o incluso de la locura. Y como el alma no puede
arrancarse de la carne, debéis resistir la tentación de intentar acoger el alma
de vuestro compañero en vuestro cuerpo y darle allí refugio, pues eso
provocaría la muerte de ambos. Incluso si fuera posible, sería una aberración
tener más de una conciencia en un mismo cuerpo.
-Qué terrible -dijo Eragon-
morir solo, separado incluso de quien te resulta más cercano.
Todo el mundo muere solo,
Eragon. Ya seas un rey en su campo de batalla o un humilde campesino rodeado
por su familia en la cama, nadie te acompaña al vacío... Ahora practicaréis
cómo separar vuestras conciencias. Empezad por...
Eragon se quedó mirando la
bandeja de la cena que le habían dejado en la antesala de la casa del árbol.
Repasó su contenido: pan con manteca de avellanas, moras, alubias, un cuenco de
verduras frondosas, dos huevos duros -que, de acuerdo con las creencias de los
elfos, habían sido in-fertilizados- y una jarra de agua fresca de manantial
tapada. Sabía que habían preparado cada plato con la máxima atención, que los
elfos aplicaban a sus comidas todo su saber culinario y que ni siquiera la
reina Islanzadí comía mejor que él.
No soportaba la visión de
aquella bandeja.
Quiero carne -gruñó,
entrando a grandes zancadas en la habitación. Saphira lo miró desde su tarima-.
Estaría dispuesto a aceptar un pescado, o un ave, cualquier cosa aparte de ese
río inter-minable de verduras. No me llenan el estómago. No soy un caballo;
¿por qué he de alimentarme como si lo fuera?
Saphira estiró las piernas,
caminó hasta el borde del agujero con forma de lágrima desde el que se veía
Ellesméra Y dijo:
-Yo también hace días que
necesito comer. ¿Quieres acompañarme? Puedes cocinar tanta carne como quieras
sin que se enteren los elfos.
Me encantaría -dijo Eragon,
animándose-. ¿Preparo la silla?
No vamos tan lejos.
Eragon fue a buscar su
provisión de sal, hierbas y otros condimentos y luego, con cuidado de no
cansarse, ascendió por el hueco que quedaba entre las púas de la espalda de
Saphira.
La dragona despegó de un
salto, dejó que una corriente de aire los elevara sobre la ciudad y luego se
deslizó fuera de la corriente trazando un vuelo lateral y hacia abajo para
seguir un riachuelo que serpenteaba por Du Weldenvarden hasta una laguna que quedaba
unos pocos kilómetros más allá. Aterrizó y se agachó mucho para que Eragon
pudiera desmontar con más facilidad.
Hay conejos entre la hierba,
cerca del agua -le dijo-. Mira si puedes atraparlos. Mientras tanto, yo me voy
a cazar un ciervo.
¿Qué? ¿No quieres compartir
tu presa?
No, no quiero -contestó
ella, malhumorada-. Pero lo haré si esos ratoncillos agrandados se te escapan.
Eragon sonrió al verla
despegar y luego se encaró a los enmarañados parches de hierba y chirivías que
rodeaban la laguna y se dispuso a buscarse la cena.
En menos de un minuto,
Eragon consiguió una brazada de conejos muertos de una madriguera. Apenas le
había costado un instante localizar a los conejos con la mente y matarlos luego
con una de las doce palabras destinadas a la muerte. Lo que había aprendido de
Oromis restaba a la caza todo el estímulo y el desafío. «Ni siquiera he tenido
que acecharlos», pensó, recordando los años que había pasado afinando sus
habilidades para seguir una pista. Hizo una mueca de amarga sorpresa. «Al fin
puedo echarme al morral cualquier pieza que quiera, y para mí no tiene sentido.
Al menos cuando cazaba con Brown usando un guijarro, era un reto; pero esto...
Esto es una matanza.»
Entonces acudió a él la
advertencia de Rhunón, la hacedora de espadas: «Cuando te basta con pronunciar
unas pocas palabras para obtener lo que quieres, no importa el objetivo, sino
el camino que te lleva a él».
Con diestros movimientos
sacó su viejo cuchillo de caza, despellejó a los conejos y les limpió las
tripas y luego -tras apartar los corazones, pulmones, ríñones e hígados-
enterró las visceras para que su olor no atrajera a los carroñeros. Después
cavó un hoyo, lo llenó de leña y encendió una pequeña fogata por medio de la
magia, pues no había pensado en llevarse su pedernal. Se ocupó del fuego hasta
que consiguió un buen lecho de ascuas. Cortó una vara de cornejo, arrancó la
corteza y esparció la madera sobre las brasas para quemar la savia amarga,
luego tendió las carcasas en la vara y las suspendió entre dos ramas bifurcadas
que había clavado en el suelo. Para los órganos puso una piedra lisa sobre una
parte de las ascuas y la engrasó para convertirla en una improvisada sartén.
Saphira se lo encontró
agachado junto al fuego, girando lentamente la vara para que la carne se asara
regularmente por todos los lados. Aterrizó con un ciervo cojo colgando entre
sus mandíbulas y los restos de un segundo ciervo atrapados entre los talones.
Tumbada cuan larga era en la olorosa hierba, se dedicó a devorar a sus presas y
se comió el ciervo entero, piel incluida. Los huesos crujían entre sus dientes
afilados, como ramas que se partieran en un temporal.
Cuando estuvieron listos los
conejos, Eragon los agitó en el aire para enfriarlos y luego se quedó mirando
la carne brillante y dorada, cuyo olor le parecía casi insoportablemente
atractivo.
Al abrir la boca para dar el
primer bocado, sus pensamientos revertieron espontáneamen-te a la meditación.
Recordó sus excursiones por el interior de las mentes de los pájaros, las
ardillas y los ratones, cuánta energía había sentido en ellos y con cuánto
vigor los había visto luchar por el derecho a existir ante el peligro. «Y si
esta vida es todo lo que tienen...»
Saphira abandonó el banquete
para contemplarlo con preocupación.
Tras respirar hondo, Eragon
apretó los puños contra las rodillas con la intención de con-trolarse y
entender por qué se sentía tan afectado. Había comido carne, pescado y aves
toda la vida. Le encantaba. Y sin embargo, ahora le resultaba físicamente desagradable
la mera idea de comerse aquellos conejos. Miró a Saphira.
No puedo hacerlo--le dijo.
Todos los animales se comen
entre sí, es una ley natural. ¿Por qué te resistes al orden de las cosas?
Caviló la pregunta. No
condenaba a quienes sí disfrutaban de la carne; sabía que era el único medio de
subsistencia para muchos granjeros pobres. Pero él ya no podía hacerlo, salvo
que se viera sometido al hambre. Tras haber estado en la mente de un conejo y
haber sentido lo mismo que el animal sentía..., comérselo sería como comerse a
sí mismo.
Porque podemos ser mejores
-contestó a Saphira-. ¿Hemos de ceder a nuestros impulsos de herir o matar a
cualquiera que nos moleste, de tomar cuanto queremos de quienes son más débiles
y, en gene-ral, de despreciar los sentimientos de los demás? Somos imperfectos
por nacimiento y debemos vigilar nuestros defectos para que no nos destruyan.
-Señaló a los conejos-. Como dijo Oromis, ¿por qué hemos de causar un
sufrimiento innecesario?
Entonces, ¿negarías todos
tus deseos?
Negaría los que fueran
destructivos.
¿Te mantienes firme en eso?
Sí.
En ese caso -dijo Saphira
avanzando hacia él-, esto será un buen postre. -En un abrir y cerrar de ojos,
se tragó los conejos y luego limpió de un lametazo la piedra que contenía los
órganos, erosionando la pizarra con las púas de su lengua-. Yo, por lo menos,
no puedo vivir sólo de las plantas; eso es comida para mis presas, no para un
dragón. Me niego a avergonzarme de cómo me mantengo. Cada uno tiene su lugar en
el mundo. Eso lo saben hasta los conejos.
No pretendo que te sientas
culpable -dijo él, al tiempo que le daba una palmada en una pierna-. Es una
decisión personal. No voy a forzar a nadie a que escoja lo mismo que yo.
Muy sabio de tu parte -dijo
ella, con un punto de sarcasmo.
El
huevo roto y el nido desparramado
-Concéntrate, Eragon -dijo Oromis, aunque
no sin amabilidad.
Eragon pestañeó y se frotó
los ojos en un intento de concentrarse en los glifos que decoraban el curvado
papel de pergamino que tenía delante.
-Lo siento, Maestro.
La debilidad tiraba de él
como si llevara pesas de plomo atadas a las piernas. Entrecerró los ojos para
mirar los glifos, curvados y puntiagudos, levantó la pluma de ganso y empezó a
copiarlos de nuevo.
A través de la ventana que
quedaba detrás de Oromis, el sol poniente trazaba líneas de sombra en el
saledizo verde de la cumbre de los riscos de Tel'naeír. Más allá, nubes
livianas como plumas cubrían el cielo.
Cuando una línea de dolor
ascendió por la pierna de Eragon, éste contrajo la mano, rompió la punta de la
pluma y esparció la tinta sobre el papel, estropeándolo. Al otro lado, también
Oromis se llevó un susto y se agarró el brazo derecho.
¡Saphira! -gritó Eragon.
Trató de conectar con su
mente y, para su asombro, se vio bloqueado por barreras impenetrables que ella
misma había erigido. Apenas la sentía. Era como si intentara atrapar una esfera
de granito pulido recubierta de aceite. Ella se deslizaba fuera de su alcance.
Miró a Oromis.
-Les ha pasado algo,
¿verdad?
-No lo sé. Glaedr vuelve,
pero se niega a hablar conmigo.
Tras sacar de la pared a
Naegling, su espada, Oromis salió a grandes zancadas y se plantó en el borde de
los riscos, con la cabeza alzada mientras esperaba que apareciera el dragón
dorado.
Eragon se unió a él,
pensando en todo aquello -probable o improbable- que pudiera haberle ocurrido a
Saphira. Los dos dragones se habían ido a mediodía, volando hacia el norte
hasta un lugar llamado Piedra de los Huevos Rotos, donde anidaban los dragones
en los salvajes tiempos pasados. Era un viaje fácil. «No pueden ser los
úrgalos; los elfos no los dejan entrar en Du Weldenvarden», se dijo.
Al fin apareció a la vista
Glaedr en lo alto, apenas una mancha intermitente entre las nubes oscuras.
Mientras descendía hacia la tierra, Eragon vio una herida en la parte de atrás
de la pata derecha delantera del dragón, un tajo en las escamas superpuestas,
ancho como la mano de Eragon. La sangre escarlata recorría los espacios entre
las escamas que rodeaban esa zona.
En cuanto Glaedr tocó el
suelo, Oromis corrió hacia él, pero se detuvo al ver que el dra-gón le rugía.
Saltando sobre la pierna herida, Glaedr se arrastró hacia el límite del bosque,
donde se acurrucó bajo las ramas estiradas, de espaldas a Eragon, y se dispuso
a lamerse la herida para limpiarla.
Oromis se acercó y se
arrodilló entre los tréboles junto a Glaedr, manteniendo la distancia con una
tranquila paciencia. Era obvio que estaba dispuesto a esperar tanto como fuera
nece-sario. Eragon se fue agitando a medida que pasaron los minutos. Al fin,
con alguna señal tácita, Glaedr permitió que Oromis se acercara y le
inspeccionara la pierna. La magia fluyó del gedwéy ignasia de Oromis cuando
éste apoyó la mano en la herida de las escamas de Glaedr.
-¿Cómo está? -preguntó
Eragon cuando Oromis se apartó.
-Parece una herida terrible,
pero para alguien tan grande como Glaedr no es más que un rasguño.
-¿Y qué pasa con Saphira?
Sigo sin poder entrar en contacto con ella.
-Debes ir a buscarla -respondió
Oromis-. Ha sufrido varias heridas. Glaedr ha explicado poco de lo que pasó
pero he intuido mucho, así que harías bien en darte prisa.
Eragon miró alrededor en
busca de algún medio de transporte y gruñó de angustia al confirmar que no
había ninguno.
-¿Cómo puedo llegar hasta
ella? Está demasiado lejos para ir corriendo, no hay rastro que seguir y no
puedo...
-Cálmate, Eragon. ¿Cómo se
llamaba el corcel que te trajo desde Sílthrim?
A Eragon le costó un
instante recordarlo:
—Folkvír.
-Pues invócalo con tu
conocimiento de la gramaticia. Menciona su nombre y tu necesidad en este
lenguaje, el más poderoso de todos, y acudirá en tu ayuda.
Permitiendo que la magia
invadiera su voz, Eragon exclamó el nombre de Folkvír y el eco envió su súplica
por las boscosas colinas hacia Ellesméra, con tanta urgencia como le fue
posible.
Oromis asintió, satisfecho.
-Bien hecho.
Doce minutos después,
Folkvír emergió como un fantasma plateado de las oscuras som-bras, entre los
árboles, agitando sus crines y relinchado excitado. Los flancos del semental se
agitaban por la velocidad del viaje.
Eragon pasó una pierna sobre
el pequeño caballo élfico y dijo:
-Regresaré en cuanto pueda.
-Haz lo que debas -contestó
Oromis.
Entonces Eragon apretó los
talones en torno a las costillas de Folkvír y exclamó:
-¡Corre, Folkvír, corre!
El caballo dio un salto y se
lanzó hacia Du Weldenvarden, abriéndose paso con una in-creíble destreza entre
los pinos retorcidos. Eragon lo guió hacia Saphira con las imágenes de su
mente.
Como no había rastro que
seguir entre la maleza, a un caballo como Nieve de Fuego le ha-bría costado
tres o cuatro horas llegar a la Piedra de los Huevos Rotos. Folkvír consiguió
reali-zar el viaje en poco más de una hora.
En la base del monolito de
basalto -que ascendía desde el bosque como una columna mo-teada de verde y se
alzaba unos treinta metros por encima de todos los árboles-, Eragon murmuró:
-Alto.
Luego desmontó. Miró a la
lejana cumbre de la Piedra de los Huevos Rotos. Allí estaba Saphira.
Recorrió el perímetro en
busca de algo que le permitiera llegar a la cumbre, pero fue en vano porque la
desgastada formación era impenetrable. No tenía fisuras, grietas ni otros
de-fectos suficientemente cercanos al suelo para servirse de ellos en la escalada.
«Podría hacerme daño»,
pensó.
-Quédate aquí -dijo a
Folkvír. El caballo lo miró con ojos inteligentes-. Puedes pastar si quieres,
pero quédate aquí, ¿de acuerdo?
Folkvír relinchó y, con su
morro aterciopelado, tocó el brazo de Eragon.
-Sí, buen chico. Lo has
hecho bien.
Fijando la mirada en la
cresta del monolito, Eragon hizo acopio de fuerzas y luego dijo en el idioma
antiguo:
-¡Arriba!
Luego se dio cuenta de que
si no hubiera estado acostumbrado a volar con Saphira, la experiencia habría
podido resultar tan inquietante como para perder el control del hechizo y
desplomarse hacia la muerte. El suelo se alejó bajo sus pies a una velocidad de
vértigo, y los troncos de los árboles se fueron estrechando mientras él flotaba
hacia la parte inferior de la bóveda y hacia el cielo que empalidecía más allá
en el anochecer. Las ramas se aferraban a su rostro y a sus hombros como dedos
prensiles a medida que se alzaba hacia el cielo abierto. Al contrario que
cuando volaba con Saphira, seguía teniendo consciencia de su propio peso, co-mo
si permaneciera aún sobre la tierra.
Tras alzarse sobre el borde
de la Piedra de los Huevos Rotos, Eragon se movió hacia de-lante y liberó el
control de la magia para aterrizar en un fragmento musgoso. Exhausto, flaqueó y
esperó para ver si el agotamiento despertaba el dolor de espalda y luego
suspiró de alivio al ver que no era así.
La cresta del monolito
estaba compuesta por torres recortadas divididas por barrancos amplios y
profundos en los que no crecían más que algunas flores silvestres
desparramadas. Cuevas negras horadaban las torres, algunas naturales y otras
cavadas en el basalto por talo-nes tan gruesos como una pierna de Eragon. En el
suelo de las cuevas había una espesa capa de huesos recubiertos de liquen,
restos de las antiguas presas de los dragones. Dónde en otro tiempo anidaran
los dragones, lo hacían ahora los pájaros: halcones, gavilanes y águilas que lo
contemplaban desde sus perchas, listos para atacar si amenazaba sus huevos.
Eragon se abrió camino entre
el imponente paisaje, con cuidado de no torcerse un tobillo entre las piedras
sueltas y de no acercarse demasiado a las fisuras ocasionales que hendían la
columna. Si caía por una de ellas, saldría dando tumbos al espacio vacío. Tuvo
que escalar varias veces elevados resaltos y en otras dos ocasiones se vio
obligado a recurrir a la magia para alzarse.
En todas partes se veían
pruebas de la antigua presencia de los dragones, desde en los profundos
rasguños del basalto, hasta en los charcos de roca derretida, pasando por una
serie de escamas apagadas y descoloridas atrapadas en los recovecos, junto con otros
restos. Incluso tropezó con un objeto afilado que, cuando se agachó para
examinarlo, resultó ser un fragmento de un huevo verde de dragón.
En el lado este del monolito
estaba la torre más alta, en cuyo centro, como un hoyo negro tumbado de lado,
quedaba la cueva más grande. Allí encontró Eragon finalmente a Saphira,
acurrucada en un hueco contra la pared del fondo, de espaldas a la entrada. Los
temblores recorrían todo su cuerpo. En las paredes de la cueva había marcas
recientes de chamusquina, y los restos de huesos quebradizos estaban
desparramados como si allí se hubiera producido una pelea.
-Saphira -dijo Eragon en voz
alta, pues su mente seguía cerrada.
Ella alzó la cabeza y lo
miró como si fuera un extraño, con las pupilas contraídas hasta formar un tajo
negro mientras sus ojos se adaptaban a la luz que emitía el sol al ponerse tras
ellos. Gruñó una vez, como un perro salvaje, y luego se dio la vuelta bruscamente.
Al hacerlo, alzó el ala izquierda y mostró un corte largo e irregular en el
muslo. A Eragon le dio un vuelco el corazón al verlo.
Como se dio cuenta de que no
le iba a permitir acercarse, hizo lo que había visto hacer a Oromis con Glaedr;
se arrodilló entre los huesos aplastados y esperó. Esperó sin pronunciar
palabra ni moverse hasta que dejó de sentir las piernas y las manos se le
quedaron rígidas del frío. Sin embargo, no lamentó la incomodidad. Estaba
dispuesto a pagar ese precio encantado si eso significaba que podía ayudar a
Saphira.
Al cabo de un rato, Saphira
dijo:
He sido estúpida.
Todos lo somos alguna vez.
Eso no lo hace más fácil
cuando te toca convertirte en idiota.
Supongo que no.
Siempre he sabido qué hacer.
Cuando murió Garrow, supe que lo correcto era perseguir a los
ra 'zac. Cuando murió Brom,
supe que debíamos ir a Gil'ead y desde allí seguir hasta los vardenos. Y cuando
murió Ajihad, supe que debías jurar lealtad a Nasuada. Para mí, el camino
siempre ha estado claro. Menos ahora. Sólo en este asunto estoy perdida.
¿Qué pasa, Saphira?
En vez de contestar, ella
cambió de asunto
¿Sabes por qué a esto lo
llaman Piedra de los Huevos Rotos? -dijo Saphira.
No.
Porque durante la guerra
entre los dragones y los elfos, éstos nos persiguieron hasta aquí y nos mataron
mientras dormíamos. Destrozaron nuestros nidos y luego hicieron añicos los
huevos con su magia. Aquel día, en el bosque de ahí abajo, llovió sangre. Desde
entonces ningún dragón ha vivido aquí.
Eragon guardó silencio. No
estaba allí por eso. Podía esperar hasta que ella se viera capaz de enfrentarse
a aquella situación.
¡Di algo! -exigió Saphira.
¿Me vas a dejar que te cure
la pierna?
Me las puedo arreglar sola.
Entonces permaneceré mudo
como una estatua y me sentaré aquí hasta que me convierta en polvo, porque de
ti he obtenido la paciencia de los dragones.
Cuando al fin llegaron, las
palabras de Saphira fueron vacilantes, amargas y sarcásticas.
Me da vergüenza admitirlo.
Cuando vinimos por primera vez y vi a Glaedr, sentí una gran alegría al saber
que otro miembro de mi raza, además de Shruikan, había sobrevivido. Nunca había
visto a otro dragón, salvo en los recuerdos de Brom. Y pensé... Creía que a
Glaedr le complacería mi existencia tanto como a mí la suya.
Y así es.
No lo entiendes. Creía que
sería el compañero que nunca había esperado tener, y que juntos revivi-ríamos
nuestra raza. -Resopló, y un estallido de llamas asomó por su nariz-. Me
equivocaba. No me quiere.
Eragon escogió su respuesta
con cuidado para no ofenderla y para ofrecerle un mínimo de consuelo.
Es porque sabe que estás
destinada a otro dragón; a uno de los dos huevos que quedan. Tampoco sería
apropiado que se aparease contigo siendo tu mentor.
O tal vez no me encuentra
suficientemente hermosa.
Saphira, no hay ningún
dragón feo, y tú eres la dragona más bella.
Soy una estúpida -dijo ella.
Sin embargo, alzó el ala izquierda y la mantuvo en el aire como si le diera
permiso para ocuparse de su herida.
Eragon cojeó hasta el
costado de Saphira, donde examinó la herida encarnada, contento de que Oromis
le hubiera dado tantos pergaminos de anatomía para leer. El golpe -causado por
un diente o por una zarpa, no estaba seguro- había rasgado el músculo del cuadríceps
bajo la piel de Saphira, pero no tanto como para mostrar el hueso. No iba a
bastar con cerrar la superficie de la herida, como Eragon había hecho ya tantas
veces. Había que recoser el músculo de nuevo.
El hechizo que usó Eragon
era largo y complejo, y ni siquiera él mismo entendía todas sus partes, pues lo
había memorizado de un antiguo texto que ofrecía pocas explicaciones, más allá
de la afirmación de que, si no había huesos rotos y los órganos internos
estaban enteros, «este encanto curará cualquier lesión de origen violento,
salvo la de la amarga muerte». Tras pronunciarlo, Eragon contempló fascinado
cómo el músculo de Saphira se estremecía bajo su mano -las venas, los nervios y
las fibras se entretejían- y volvía a quedar entero. La herida era tan grande
que, estando debilitado, no se atrevió a curarla sólo con la energía de su
cuerpo, de modo que recurrió también a las fuerzas de Saphira.
Pica -dijo Saphira cuando
hubo terminado.
Eragon suspiró y apoyó la
espalda en el duro basalto, mirando hacia la puesta de sol entre las pestañas.
Me temo que tendrás que
sacarme tú de esta roca. Estoy demasiado cansado para moverme.
Con un seco crujido, ella se
volvió y apoyó la cabeza en los huesos esparcidos en torno a Eragon.
Te he tratado mal desde que
llegamos a Ellesméra. Desprecié tus consejos cuando debía haberte escuchado. Me
advertiste acerca de Glaedr, pero era demasiado orgullosa para ver la verdad
que ence-
rraban tus palabras... He
fracasado en el intento de ser una buena compañera para ti, he traicionado lo
que significa ser un dragón y he empañado el honor de los Jinetes.
No, nada de eso -repuso
Eragon en tono vehemente-. Saphira, no has faltado a tu deber. Tal vez hayas
cometido un error, pero ha sido un error honesto, uno que cualquiera podría
haber cometido en tu situación.
Eso no excusa mi
comportamiento contigo.
Intentó mirarla al ojo, pero
ella apartó la mirada hasta que Eragon le tocó el cuello y dijo:
Saphira, los miembros de una
familia se perdonan entre sí, incluso aunque no siempre entiendan por qué uno
de ellos se comporta de un modo determinado... Perteneces a mi familia tanto
como Ro-ran... Más que Roran. Eso no va a cambiar por nada que hagas. Nada. -Al
ver que ella no respondía, alargó la mano hasta la mandíbula y le hizo
cosquillas en el fragmento de piel correosa que quedaba bajo una oreja-. ¿Me
oyes? ¿Eh? ¡Nada!
Ella soltó una tos grave con
humor reticente, luego arqueó el cuello y alzó la cabeza para huir de sus dedos
bailarines.
¿Cómo puedo enfrentarme a
Glaedr de nuevo? Tenía una furia terrible. Toda la piedra temblaba por su
rabia.
Al menos has aguantado bien
cuando te ha atacado.
Ha sido al revés.
Pillado por sorpresa, Eragon
enarcó las cejas.
Bueno, en cualquier caso, lo
único que puedes hacer es pedir perdón.
¿Pedir perdón?
Sí. Ve a decirle que lo
sientes, que no volverá a ocurrir y que quieres seguir formándote con él. Estoy
seguro de que se compadecerá si le das una oportunidad.
Muy bien -dijo ella en voz
baja.
Después de hacerlo, te
sentirás mejor. -Sonrió-. Lo sé por experiencia.
Ella gruñó y se acercó al
borde de la cueva, donde se agachó para supervisar el bosque que se extendía
por debajo.
Deberíamos irnos. Pronto
anochecerá.
Rechinando los dientes,
Eragon se obligó a levantarse -aunque cualquier movimiento le suponía un gran
esfuerzo-, y le costó el doble de lo normal montar en su grupa.
Eragon... Gracias por venir.
Sé los riesgos que corrías con tu espalda.
Él le dio una palmada en un
hombro.
¿Somos uno otra vez?
Somos uno.
El
regalo de los dragones
Los días anteriores al
Agaetí Blódhren fueron los mejores y los peores para Eragon. Su espalda le daba
más problemas que nunca, pues reducía su salud y su resistencia y destruía la
paz de su mente; vivía en un miedo constante de provocar un episodio de dolor.
En cambio, él y Saphira nunca se habían sentido tan cercanos. Vivían tanto en
la mente del otro como en la propia. Y de vez en cuando Arya acudía de visita a
la casa del árbol y paseaba por Ellesméra con Eragon y Saphira. Nunca iba sola,
sin embargo, pues siempre llevaba consigo a Orik o a Maud, la mujer gata.
En el decurso de sus paseos,
Arya presentó a Eragon y Saphira a elfos distinguidos: gran-des guerreros,
poetas y artistas. Los llevó a conciertos que se celebraban bajo el techado de
los pinos. Y les enseñó muchas maravillas ocultas de Ellesméra.
Eragon aprovechaba cualquier
ocasión para hablar con ella. Le habló de su crianza en el valle de Palancar,
de Roran, Garrow y su tía Marian, le contó historias de Sloan, Ethlbert y los
demás aldeanos, y de su amor por las montañas que rodeaban Carvahall y de las
láminas de luz llameante que adornaban el cielo en las noches de invierno. Le
contó la ocasión en que una zorra cayó en las cubas que Geldric usaba para
encurtir y tuvieron que sacarla con una red, como si fuera un pez. Le explicó
la alegría que le producía plantar un cultivo, desherbar-lo y alimentarlo, y
ver cómo crecían los tiernos brotes verdes bajo sus cuidados; una alegría que
ella podía apreciar mejor que nadie.
A cambio, Eragon obtuvo
algún atisbo ocasional de la vida de Arya. Oyó alguna mención de su infancia,
sus amigos y su familia, y de sus experiencias entre los vardenos, de las que
hablaba con toda libertad, describiendo expediciones y batallas en las que
había participado, tratados que había ayudado a negociar, sus disputas con los
enanos y los sucesos trascenden-tales que había presenciado durante su
actividad como embajadora.
Entre ella y Saphira, el
corazón de Eragon encontró una cierta medida de paz, pero era un equilibrio
precario que la menor influencia podía perturbar. El propio tiempo era un
enemi-go, pues Arya estaba destinada a abandonar Du Weldenvarden después del Agaetí
Blódhren. De modo que Eragon atesoraba sus momentos con ella y temía la llegada
de la inminente celebración.
Toda la ciudad rebullía de
actividad a medida que los elfos preparaban el Agaetí Blódhren. Eragon nunca
los había visto tan excitados. Decoraban el bosque con banderolas de colores y
antorchas, sobre todo en torno al árbol Menoa, mientras que el propio árbol lo
adornaban con una antorcha en la punta de cada rama, de donde pendían como
lágrimas luminosas. Incluso las plantas, según percibió Eragon, tomaban una
apariencia festiva con u-na colección de flores nuevas y brillantes. A menudo
oía que los elfos les cantaban a altas horas de la noche.
Cada día llegaban a
Ellesméra cientos de elfos de sus ciudades desparramadas entre los bosques,
pues ningún elfo que pudiera evitarlo se perdería la celebración centenaria del
tratado con los dragones. Eragon suponía que muchos de ellos acudían también para
conocer a Saphira. «Parece que no hago más que repetir su saludo», pensó. Los
elfos que debían au-sentarse por sus responsabilidades mantenían sus propias
fiestas simultáneas y participaban en las ceremonias de Ellesméra invocando en
espejos encantados que reflejaban a quienes sí contemplaban la celebración, de
modo que nadie se sintiera como si fuera espiado.
Una semana antes del Agaetí
Blódhren, cuando Eragon y Saphira estaban a punto de volver a sus aposentos
desde los riscos de Tel'naeír, Oromis dijo:
-Deberíais pensar los dos
qué podéis llevar a la Celebración del Juramento de Sangre. Sal-vo que vuestras
creaciones requieran la magia para existir, o para funcionar, sugiero que
evi-téis usar la gramaticia. Nadie respetará vuestra obra si es el fruto de un
hechizo y no del tra-bajo de vuestras manos. Además, sugiero que hagáis una
obra distinta cada uno. También es una costumbre.
Mientras volaban, Eragon
preguntó a Saphira:
¿Tienes alguna idea?
Quizá. Pero si no te
importa, me gustaría ver si funciona antes de contártelo.
Eragon captó parte de una
imagen de su mente, que incluía un montículo desnudo de piedra que emergía del
suelo del bosque, antes de que ella lo escondiera.
¿No me das una pista?
Sonrió.
Fuego. Mucho fuego.
De vuelta en la casa del
árbol, Eragon enumeró sus habilidades y pensó: «Sé más de agri-cultura que de
cualquier otra cosa, pero no veo cómo puedo convertir eso en una ventaja.
Tampoco puedo tener esperanzas de competir con los elfos en magia, o de igualar
sus logros con las artes que me resultan familiares. Sus talentos sobrepasan
los de los mejores artesanos del Imperio».
Pero tienes una cualidad de
la que carecen todos los demás -dijo Saphira.
Ah, ¿sí?
Tu identidad. Tu historia,
tus gestas y tu situación. Úsalas para dar forma a tu creación y produci-rás
algo único. Hagas lo que hagas, básalo en lo que sea más importante para ti.
Sólo entonces tendrá profundidad y significado, y hallará eco en los demás.
La miró sorprendido.
No me había dado cuenta de
que supieras tanto de arte.
Nada sé-dijo ella-. Te
olvidas de que me pasé una tarde entera viendo a Oromis pintar sus perga-minos
cuando te fuiste volando con Glaedr. Oromis habló un poquito de este asunto.
Ah, sí, lo había olvidado.
Cuando Saphira se fue para
iniciar su proyecto, Eragon caminó de un lado a otro ante el portal abierto de
su habitación, cavilando lo que le había dicho. «¿Qué es importante para mí?
-se preguntó-. Saphira y Arya, claro, y ser un buen Jinete. Pero ¿qué puedo
decir sobre esos asuntos que no sea cegadoramente obvio? Aprecio la belleza de
la naturaleza pero, de nuevo, los elfos ya han expresado todo lo posible al
respecto. La propia Ellesméra es un monumento de su devoción.» Volvió la mirada
hacia dentro para determinar qué era lo que conmovía las fibras más oscuras y
profundas de su interior. ¿Algo las agitaba con la pasión suficiente -ya fuera
de amor o de odio- para que ardiera en deseos de compartirlo?
Se le presentaron tres
cosas: su herida a manos de Durza, su miedo de luchar un día contra Galbatorix
y las epopeyas de los elfos que tanto lo absorbían.
Una oleada de excitación
recorrió por dentro a Eragon cuando una historia que combi-naba aquellos tres
elementos tomó forma en su mente. Subió con pasos ligeros los escalones
retorcidos, de dos en dos, hasta llegar al estudio, donde se sentó ante el escritorio,
hundió la pluma en la tinta y la sostuvo temblorosa sobre una clara hoja de
papel.
La punta raspó al escribir
el primer trazo:
En el reino junto al mar,
En las montañas cubiertas de
azul...
Las palabras fluían de la
pluma como si tuvieran voluntad propia. Se sintió como si no estuviera
inventándose aquella historia, sino actuando como mero conducto para
transpor-tarla al mundo con su forma plena. Eragon se sentía atrapado por la
emoción del descubri-miento que acompaña a las nuevas empresas, sobre todo
porque, hasta entonces, no había sospechado que pudiera gustarle ser un bardo.
Trabajó con frenesí, sin
parar a comer pan o a beber, con las mangas de la túnica enrolladas por encima
del codo para protegerlas de la tinta que soltaba la pluma por la fuerza
salvaje con que escribía. Era tan intensa su concentración que no oía nada más
que el latido de su poema, ni veía otra cosa que el papel vacío, ni pensaba en
nada más que las fra-ses esbozadas en líneas de fuego tras sus ojos.
Una hora y media después, la
mano acalambrada soltó la pluma, apartó la silla del escritorio y se levantó.
Tenía ante sí catorce páginas. Nunca había escrito tanto de una sola vez.
Eragon sabía que su poema no podía superar los de los grandes autores entre
elfos y enanos, pero tenía la esperanza de que resultara suficientemente
honesto para que los elfos no se rieran de sus esfuerzos.
Recitó el poema a Saphira
cuando ésta regresó. Luego ella le dijo:
Eh, Eragon, has cambiado
mucho desde que salimos del valle de Palancar. No reconocerías al inex-perto
muchacho que se puso en marcha para vengarse, creo. Aquel Eragon no podía
escribir una balada al estilo de los elfos. Tengo ganas de ver en qué te convertirás
en los próximos cincuenta o cien años.
Eragon sonrió.
Si vivo tanto tiempo.
-Burdo, pero sincero -fue lo
que dijo Oromis cuando Eragon le leyó el poema.
-Entonces, ¿te gusta?
-Es un buen retrato de tu
estado mental en el presente y una lectura que atrapa, pero no es una obra
maestra. ¿Esperabas que lo fuera?
-Supongo que no.
-En cualquier caso, me
sorprende que hayas podido expresarlo en este lenguaje. No existe ninguna
barrera que impida escribir ficción en el idioma antiguo. La dificultad surge
cuando uno intenta decirlo en voz alta, pues eso obliga a decir cosas falsas y la
magia no lo permite.
-Puedo leerlo -respondió
Eragon-, porque yo creo que es verdad.
-Y eso hace mucho más
poderosa tu escritura... Estoy impresionado, Eragon-finiarel. Tu poema será una
valiosa aportación a la Celebración del Juramento de Sangre. -Oromis alzó un
dedo, rebuscó entre su túnica y dio a Eragon un pergamino cerrado con una cinta-.
Inscritas en ese papel hay nueve protecciones que quiero que actives en torno a
ti y a Orik, el enano. Como descubriste en Sílthrim, nuestras fiestas son
potentes y no están hechas para aquellos que tienen una constitución más débil
que la nuestra. Sin protección, te arriesgas a perderte en la red de nuestra
magia. He visto cómo pasa eso. Incluso con estas precauciones, debes tener
cuidado de que no se te lleven los caprichos que volarán en la brisa. Manten la
guardia, pues durante ese tiempo los elfos podemos volvernos locos;
maravillosa, gloriosa-mente locos, pero locos en cualquier caso.
En la vigilia del Agaetí
Blódhren -que iba a durar tres días- Eragon, Saphira y Orik acompañaron a Arya
al árbol Menoa, donde se había reunido una gran cantidad de elfos, con sus
cabellos negros y plateados flameando bajo las antorchas. Islanzadí estaba plantada
en una raíz alta en la base del tronco, alta, pálida y clara como un abedul.
Blagden descansaba en el hombro izquierdo de la reina, mientras que Maud, la
mujer gata, merodeaba tras ella. Glaedr estaba allí, igual que Oromis, ataviado
de rojo y negro, y otros elfos a los que Eragon reconoció, como Lifaen y Narí
y, para su desagrado, Vanir. En lo alto, las estrellas brillaban en el cielo
aterciopelado.
-Esperad aquí -dijo Arya.
Se deslizó entre la multitud
y regresó con Rhunón. La herrera pestañeaba como una le-chuza para mirar
alrededor. Eragon la saludó, y ella les dedicó un asentimiento a él y a
Sa-phira.
-Bienvenidos, Escamas
Brillantes y Asesino de Sombras.
Luego estudió a Orik y se
dirigió a él en el idioma de los enanos, a lo que Orik respondió con
entusiasmo, obviamente encantado de conversar con alguien en la burda habla de
su tierra natal.
-¿Qué ha dicho? -preguntó
Eragon, agachándose.
-Me ha invitado a su casa
para que la vea trabajar y hablemos del manejo del metal. -El asombro cruzó el
rostro de Orik-. Eragon, ella aprendió al principio del propio Füthark, uno de
los grimstborithn legendarios del Dürgrimst Ingeitum. Hubiera dado lo que fuera
por conocerlo.
Esperaron juntos hasta la
llegada de la medianoche, cuando Islanzadí alzó el brazo izquierdo de tal
manera que señalaba la luna nueva como una lanza de mármol. Una leve esfera
blanca se formó sobre la palma de su mano a partir de la luz que emitían las linternas
diseminadas por el árbol Menoa. Entonces Islanzadí caminó por la raíz hacia el
gigantesco tronco y depositó la esfera en un hueco de la corteza, donde
permaneció con un latido.
Eragon se volvió a Arya.
-¿Ha empezado?
-¡Ha empezado! -Se rió-. Y
terminará cuando esa luz se extinga.
Los elfos se dividieron en
campamentos informales a lo largo del bosque y del claro que rodeaba al árbol
Menoa. Hicieron aparecer, aparentemente de la nada, mesas cargadas con
fantásticas viandas que, por su fantasmagórico aspecto, eran obra del trabajo de
los hechice-ros tanto como de los cocineros.
Luego los elfos empezaron a
cantar con voces claras que sonaban como flautas. Entonaron muchas canciones,
pero cada una era parte de una melodía mayor que trazaba un hechizo en la noche
soñolienta, potenciaba los sentidos, eliminaba las inhibiciones y traía la
diversión con una mágica fantasía. Sus versos hablaban de gestas heroicas, de
expediciones en barco y a caballo a tierras olvidadas y del dolor de la belleza
perdida. El latido de la música envolvió a Eragon; sintió que un salvaje
abandono se apoderaba de él, un deseo de correr y librarse de su vida y bailar
en los claros de los elfos por siempre más. A su lado, Saphira tarareaba la
tonada, con los ojos vidriosos entornados.
Eragon nunca fue capaz de
recordar adecuadamente lo que pasó a partir de entonces. Era como si hubiera
padecido una fiebre en la que hubiese perdido y recuperado alternativamen-te la
conciencia. Recordaba ciertos incidentes con vivida claridad -brillantes y
punzantes ful-gores llenos de júbilo-, pero le resultaba imposible reconstruir
el orden en que habían sucedi-do. Perdió la pista de si era de día o de noche,
pues el crepúsculo parecía invadir el bosque fuera cual fuese la hora. Tampoco
podía decir si había caído en un sueño profundo durante la celebración, si
había necesitado dormir...
Recordaba dar vueltas
aferrado a las manos de una doncella élfica con labios de cereza, el sabor de
miel de su lengua y el olor a enebro en el aire...
Recordaba a los elfos colgados
de las ramas abiertas del árbol Menoa, como una bandada de estorninos. Tocaban
arpas doradas y lanzaban adivinanzas a Glaedr, que estaba debajo, y de vez en
cuando señalaban el cielo con un dedo, y en ese momento aparecía un estallido
de ámbares de colores con formas diversas que luego se desvanecían...
Recordaba estar sentado en
una hondonada, apoyado en Saphira, y mirando a la misma doncella élfica que se
cimbreaba ante un público embelesado mientras cantaba:
Lejos, lejos, volarás lejos,
Sobre los picos y los valles
Hasta las tierras del más allá.
Lejos, lejos, volarás lejos
Y
nunca volverás a mí.
¡Ido!
Te habrás ido de mí
Y
nunca volveré a verte.
¡Ido!
Te habrás ido de mí,
Aunque
te espere para siempre.
Recordaba poemas infinitos:
algunos melancólicos; otros alegres; la mayoría, ambas cosas a la vez. Escuchó
entero el poema de Arya y sin duda le pareció hermoso, y el de Islanzadí, que
era más largo pero igualmente meritorio. Todos los elfos se habían reunido para
escu-char esas dos obras...
Recordaba las maravillas que
los elfos habían preparado para la celebración, muchas de las cuales le
hubieran parecido imposibles de antemano, incluso con la ayuda de la magia.
Rompecabezas y juguetes, arte y armas, objetos cuya función se le escapaba. Un
elfo había hechizado una bola de cristal de tal modo que cada pocos segundos
nacía una flor distinta en su corazón. Otro se había pasado décadas recorriendo
Du Weldenvarden y memorizando los sonidos de los elementos, e hizo que los más
hermosos sonaran ahora en los cuellos de cien lirios blancos.
Rhunón aportó un escudo que
no se podía romper, un par de guantes tejidos con hilo de hierro que permitían
a quien los llevara manejar plomo derretido y objetos parecidos sin lastimarse,
y una delicada escultura de un carrizo en pleno vuelo, esculpido en un bloque
de metal sólido y pintado con tal habilidad que el pájaro parecía vivo.
Una pirámide escalonada de
madera de unos veinte centímetros de altura, construida con cincuenta y ocho
piezas que se entrelazaban, fue la ofrenda de Orik, que encantó a los elfos,
quienes insistieron en desmontarla y volverla a montar tantas veces como se lo
permitiera Orik. «Maestro Barba Larga», lo llamaban, y le decían: «Dedos listos
quiere decir mente lista»...
Recordaba que Oromis se lo
había llevado a un lado, lejos de la música, y él le había preguntado al elfo:
-¿Qué pasa?
-Tienes que aclararte la
mente. -Oromis lo había guiado hasta un tronco caído para que se sentara en
él-. Quédate aquí unos minutos. Te sentirás mejor.
-Estoy bien. No necesito
descansar -había protestado Eragon.
-No estás en condiciones de
juzgar por ti mismo en este momento. Quédate aquí hasta que seas capaz de
enumerar los hechizos de cambio, los mayores y los menores, y luego podrás
reunirte con nosotros. Prométemelo...
Recordaba criaturas oscuras
y extrañas que se deslizaban desde las profundidades del bosque. La mayoría
eran animales que se veían alterados por los hechizos acumulados en Du
Weldenvarden y se sentían arrastrados hacia el Agaetí Blódhren como se ve atraído
un hambriento por la comida. Parecían encontrar alimento en la presencia de la
magia de los elfos. La mayoría se atrevía a mostrarse apenas como un par de
ojos brillantes en los aledaños de las antorchas. Un animal que sí se expuso
por completo fue la loba que Eragon había visto antes, esta vez en forma de
mujer ataviada de blanco. Merodeaba tras un zarzal, mostrando las dagas de sus
dientes en una sonrisa divertida y paseando sus ojos amarillos de un lado a
otro.
Pero no todas las criaturas
eran animales. Unos pocos eran elfos que habían alterado sus formas originales
por razones funcionales o en busca de un ideal distinto de belleza. Un elfo
cubierto con una piel de pintas saltó por encima de Eragon y siguió dando
botes, a menudo a cuatro patas, o sobre los pies. Tenía la cabeza estrecha y
alargada, con orejas de felino, los brazos le llegaban hasta las rodillas y sus
manos de largos dedos tenían burdas almohadillas en las palmas.
Más adelante, dos elfas
idénticas se presentaron a Saphira. Se movían con una lánguida elegancia y,
cuando se llevaron los dedos a los labios en el saludo tradicional, Eragon vio
que sus dedos estaban unidos por una redecilla translúcida. «Venimos de lejos»,
susurraron. Al hablar, tres hileras de branquias latían a cada lado de sus
esbeltos cuellos, revelando la carne rosada por debajo. Sus pieles brillaban
como si estuvieran engrasadas. Sus cabellos lacios les llegaban más abajo de
los hombros.
Conoció a un elfo cubierto
con una armadura de escamas entrelazadas, como las de un dragón, con una cresta
huesuda en la cabeza, una hilera de púas que le recorrían la espalda y dos
pálidas llamas que flameaban en las fosas de su nariz acampanada.
Y conoció a otros que no
eran tan reconocibles: elfos cuyas siluetas temblaban, como si los estuviera
mirando a través del agua; elfos que, cuando permanecían quietos, se confundían
con los árboles; elfos altos de ojos negros, incluso en la zona que debería ser
blanca, cuya belleza terrible asustaba a Eragon y que, cuando llegaban a tocar
algo, lo atravesaban como si fueran sombras.
El ejemplo definitivo de ese
fenómeno era el árbol Menoa, que al mismo tiempo era la elfa Linnéa. El árbol
parecía llenarse de vida con la actividad del claro. Sus ramas se agitaban
aunque no las tocara ninguna brisa, por momentos los crujidos de su tronco se
oían tanto que acompañaban el fluir de la música, y un aire de gentil
benevolencia emanaba del árbol y se posaba en quienes estuvieran cerca...
Y recordaba dos ataques a su
espalda, con gritos y gruñidos en las sombras, mientras los elfos locos
continuaban regocijándose a su alrededor y sólo Saphira acudía a cuidar de
él...
Al tercer día del Agaetí
Blódhren, según supo Eragon después, ofrendó sus versos a los elfos. Se levantó
y dijo:
-No soy herrero, ni se me da
bien esculpir, tejer, la alfarería, la pintura, ni ninguna de las artes.
Tampoco puedo rivalizar con los logros de vuestros hechizos. Así, sólo me
quedan mis propias experiencias, que he intentado interpretar a través de la lente
de una historia, aunque tampoco soy ningún bardo.
Luego, a la manera en que
Brom había interpreado sus baladas en Carvahall, Eragon cantó:
En el
reino junto al mar,
En las
montañas cubiertas de azul,
En el
último día de un invierno gélido
Nació un
hombre con una sola tarea:
Matar a
Durza, el enemigo,
En la
tierra de las sombras.
Criado
por la bondad y la sabiduría
Bajo
robles más antiguos que el tiempo,
Corría
con los ciervos, peleaba con osos
Y
aprendió de los ancianos las artes
Para
Matar a Durza, el enemigo,
En la
tierra de las sombras
Aprendió a
espiar al ladrón de negro
Cuando
atrapa al débil y al fuerte;
A esquivar
sus golpes y enfrentarse al demonio
Con
trapos, piedras, plantas y huesos;
Y a
matar a Durza, el enemigo,
En la
tierra de las sombras.
Pasaron
los años, rápidos como el pensamiento,
Hasta que
se hizo todo un hombre,
Con el
cuerpo ardiente de rabia febril,
Aunque la
impaciencia de la juventud surcara aún sus venas.
Luego conoció a una hermosa doncella
Que era
alta, fuerte y sabia,
Con la
frente adornada por la luz de Géda,
Que
brillaba en su larga capa.
En
sus ojos de azul de medianoche,
En
aquellas enigmáticas lagunas,
Se le
apareció un brillante futuro
En el
que, juntos, no deberían
Temer a Durza, el enemigo,
En la
tierra de las sombras.
Así contó Eragon la historia
del hombre que viajaba a la tierra de Durza, donde buscaba al enemigo y luchaba
con él pese al frío terror de su corazón. Sin embargo, aunque al final
triunfaba, el hombre recibía un golpe fatal, pues ahora que había batido a su
enemigo, ya no temía el destino de los mortales. No necesitaba matar a Durza,
el enemigo. Entonces el hombre enfundaba su espada, volvía a casa y desposaba a
su amada al llegar el verano. Con ella pasaba la mayor parte de los días
contento, hasta que su barba se volvía larga y blanca. Pero:
En la
oscuridad anterior al alba,
En el
cuarto en que dormía el hombre,
El
enemigo se arrastró y se alzó
Ante su
poderoso rival, ahora tan débil.
Desde su lecho, el hombre
Alzó la
cabeza y miró
El
rostro frío y vacío de la muerte,
La reina
de la noche eterna.
El
corazón del hombre se llenó
De una
tranquila resignación; mucho antes
Había
perdido el miedo al abrazo de la muerte,
El
último abrazo que conoce todo hombre.
Gentil
como la brisa mañanera,
El
enemigo se agachó y robó al hombre
Su
espíritu brillante y latiente
Y desde
entonces se fueron ambos a vivir
En
paz para siempre en Durza,
En la
tierra de las sombras.
Eragon se quedó callado y,
consciente de que había muchos ojos puestos en él, agachó la cabeza y buscó
enseguida su asiento. Le avergonzaba haber revelado tanto de sí mismo.
Dáthedr, el noble elfo,
dijo:
-Te subestimas, Asesino de
Sombras. Parece que has descubierto un nuevo talento.
Islanzadí alzó una mano
pálida.
-Tu obra se sumará a la gran
biblioteca de la sala de Tialdarí, Eragon-finiarel, para que puedan apreciarla
todos los que lo deseen. Aunque tu poema es una alegoría, creo que a muchos nos
ha ayudado a entender mejor las penurias a que te has enfrentado desde que se
te apareció el huevo de Saphira, de las que somos responsables, y no en pequeña
medida. Debes leérnoslo otra vez para que podamos pensar más en eso.
Complacido, Eragon agachó la
cabeza e hizo lo que se le ordenaba. Luego llegó el momento de que Saphira
presentara su obra a los elfos. Alzó el vuelo en la noche y regresó con una
piedra negra, cuyo tamaño triplicaba el de un hombre grande, atrapada en los
talones. Aterrizó con las piernas traseras y dejó la piedra en pie en medio de
la pradera, a la vista de todos. La piedra brillante había sido derretida y, de
algún modo, moldeada para que adoptara recargadas curvas que se enroscaban
entre sí, como olas congeladas. Las lenguas estriadas de la piedra se retorcían
con formas tan enrevesadas que el ojo tenía problemas para seguir una sola
pieza desde la base hasta la punta y pasaba de una espiral a otra.
Como era la primera vez que
veía la escultura, Eragon la miró con tanto interés como los elfos.
¿Cómo lo has hecho?
Los ojos centelleaban de
diversión.
Lamiendo la piedra
derretida.
Luego se agachó y echó fuego
sobre la piedra, bañándola en una columna dorada que ascendía hacia las
estrellas y les lanzaba zarpazos con dedos luminosos. Cuando Saphira cerró las
fauces, los extremos de la escultura, finos como el papel, ardían con un rojo
de cereza, mientras que unas llamas pequeñas titilaban en los huecos oscuros y
en las grietas de toda la piedra. Las cintas fluidas de piedra parecían moverse
bajo aquella luz hipnótica.
Los elfos exclamaron
admirados, aplaudieron y bailaron en torno a la pieza. Uno de ellos exclamó:
-¡Bien forjado, Escamas
Brillantes!
Es bonita -dijo Eragon.
Saphira le tocó un brazo con
el morro.
Gracias, pequeñajo.
Luego Glaedr llevó su
ofrenda: un bloque de roble rojo en el que había tallado, con la punta de un
talón, un paisaje de Ellesméra vista desde arriba. Y Oromis reveló su
contri-bución: el pergamino completo que Eragon le había visto ilustrar a
menudo durante sus lec-ciones. En la mitad superior del pergamino marchaban
columnas de glifos -una copia de La balada de Vestarí el Marino-, mientras que
en la parte inferior desfilaba un panorama de paisajes fantásticos, presentados
con una artesanía, un detallismo y una habilidad pasmosos.
Arya tomó a Eragon de la
mano y lo guió entre el bosque hasta el árbol Menoa, donde le dijo:
-Mira cómo se va apagando la
luz fantasmal. Sólo nos quedan unas pocas horas hasta que llegue el alba y
debamos regresar al mundo de la fría razón.
En torno al árbol se reunía
una gran cantidad de elfos, con los rostros brillantes de ansiosa anticipación.
Con gran dignidad, Islanzadí salió de entre la bruma y caminó por una raíz tan
ancha como un sendero hasta el punto en que trazaba un ángulo hacia arriba y se
doblaba sobre sí misma. Se quedó sobre aquel saliente retorcido, mirando a los
esbeltos elfos que la esperaban.
-Como es nuestra costumbre,
y como acordaron tras la Guerra de los Dragones la reina Tarmunora, el primer
Eragon y el dragón blanco que representaba a su raza -aquel cuyo nombre no
puede pronunciarse en este lenguaje ni en ningún otro-, cuando unieron los
desti-nos de elfos y dragones, nos hemos reunido para honrar el juramento de
sangre con cancio-nes y danzas, y con los frutos de nuestro trabajo. La última
vez que se dio esta celebración, hace muchos y largos años, nuestra situación
era sin duda desesperada. Desde entonces ha mejorado algo como consecuencia de
nuestros esfuerzos, de los de los dragones y los var-denos, aunque Alagáesia
sigue bajo la negra sombra del Wyrdfell y todavía hemos de vivir con la
vergüenza de haber fallado a los dragones.
»De los Jinetes de antaño
sólo quedan Oromis y Glaedr. Brom y otros muchos entraron en el vacío durante
este último siglo. De todos modos, se nos ha concedido una nueva esperanza por
medio de Eragon y Saphira, y es justo y correcto que estén ahora con nosotros
aquí mientras reafirmamos el juramento entre nuestras tres razas.
Tras una señal de la reina,
los elfos despejaron una amplia zona alrededor de la base del árbol Menoa. En
torno a ese perímetro clavaron un anillo de antorchas montadas en pértigas
talladas, mientras los músicos se reunían a lo largo de una larga raíz con sus
flautas, arpas y tambores. Guiado por Arya hasta el borde del círculo, Eragon
se encontró sentado entre ella y Oromis, mientras Saphira y Glaedr se
acurrucaban a ambos lados como montículos llenos de piedras preciosas.
Oromis se dirigió a Eragon y
Saphira:
-Prestad mucha atención,
pues esto tiene una gran importancia para vuestra herencia como Jinetes.
Cuando todos los elfos
estuvieron instalados, dos doncellas élficas caminaron hasta el centro y se
situaron con las espaldas en contacto. Eran exageradamente bellas e idénticas
en todos los aspectos, salvo por sus cabellos: una tenía mechones negros como
una balsa remota, mientras que la melena de la otra brillaba como alambres de
plata bruñida.
-Las cuidadoras, Iduna y
Néya -susurró Oromis.
Desde el hombro de
Islanzadí, Blagden aulló:
-¡Wyrda!
Moviéndose a la vez, las dos
elfas alzaron las manos hacia los broches que llevaban en el cuello, los
soltaron y dejaron caer sus túnicas blancas. Aunque no llevaban más prendas,
las mujeres se adornaban con el tatuaje iridiscente de un dragón. El tatuaje
empezaba con la cola del dragón enroscada en torno al tobillo izquierdo de
Iduna, subía por su pierna izquierda hasta el muslo, se alargaba por el torso y
entonces pasaba a la espalda de Néya, en cuyo pecho terminaba, con la cabeza
del dragón. Cada escama estaba pintada con un color distinto; los halos
vibrantes daban al tatuaje la apariencia de un arco iris.
Las doncellas élficas
entrelazaron sus manos y sus brazos de tal modo que el dragón adquiría
continuidad y pasaba de un cuerpo a otro sin interrupción. Luego ambas
levantaron un pie descalzo y lo volvieron a bajar sobre la tierra con un suave
zum.
Y otra vez: zum.
Al tercero, los músicos
empezaron a tocar sus instrumentos siguiendo su ritmo. Un nuevo zum y los
arpistas pinzaron las cuerdas de sus instrumentos dorados; un instante después,
las flautas de los elfos se sumaron al latido de la melodía.
Despacio al principio, pero
con una velocidad cada vez mayor, Iduna y Néya empezaron a bailar, marcando el
tiempo cuando sus pies pisaban la tierra y ondulándose de tal modo que, en vez
de moverse ellas, parecía que fuera el dragón quien lo hacía. Dieron vueltas y
vueltas, y el dragón trazó círculos interminables en sus pieles.
Luego las gemelas sumaron
sus voces a la música, aumentando la pulsación con sus gritos feroces, sus
líricos versos sobre un hechizo tan complejo que Eragon no pudo atrapar su
significado. Como el viento creciente que precede a una tormenta, las elfas acompañaban
el hechizo cantando con una sola lengua, una sola mente, una sola intención.
Eragon no conocía aquellas palabras, pero se descubrió pronunciándolas al mismo
tiempo que los elfos, empujado por la inexorable cadencia. Oyó que Saphira y
Glaedr tarareaban al mismo tiempo una pulsación profunda y tan fuerte que
vibraba dentro de sus huesos, le cosquilleaba en la piel y hacía temblar el
aire.
Iduna y Néya daban vueltas
cada vez más rápidas, hasta que sus pies se convirtieron en un remolino borroso
y polvoriento y sus cabellos se alzaron en el aire y brillaron con una capa de
sudor. Las doncellas aceleraron hasta alcanzar una velocidad inhumana, y la
música llegó a su clímax en un frenesí de frases cantadas. Entonces un rayo de
luz recorrió todo el tatuaje del dragón, de la cabeza a la cola, y éste se
agitó. Al principio Eragon creyó que sus ojos lo habían engañado, hasta que la
criatura guiñó un ojo, alzó las alas y apretó los talones.
Un estallido de llamas salió
de las fauces del dragón, que se lanzó hacia delante y se liberó de la piel de
las elfas para alzarse por el aire, donde quedó suspendido, agitando las alas.
La punta de la cola seguía conectada con las gemelas, como un brillante cordón
umbilical. La bestia gigantesca se estiró hacia la luna negra y soltó un
salvaje rugido de tiempos pasados, y luego se volvió y repasó con la mirada a
los elfos allí reunidos. Cuando la torva mirada del dragón recayó en él, Eragon
supo que la criatura no era una mera aparición, sino un ser consciente, creado
y sostenido por la magia. El ronroneo de Saphira y Glaedr creció en intensidad
hasta bloquear cualquier otro sonido que pudiera llegar a los oídos de Eragon.
En lo alto, aquel espectro de su raza voló en un círculo hacia los elfos y los
rozó con su insustancial ala. Se detuvo delante de Eragon y lo atrapó en una
mirada infinita y arremolinada. Impulsado por algún instinto, Eragon alzó la
mano derecha, cuya palma ardía.
El eco de la voz del fuego
resonó en su mente:
Nuestro regalo para que
puedas hacer lo que debes.
El dragón dobló el cuello y,
con el morro, tocó el corazón del gedwéy ignasia de Eragon. Saltó entre ellos
una centella, y Eragon se puso rígido al notar que un calor incandescente se
derramaba por su cuerpo y le consumía las entrañas. Su visión se tiñó de rojo y
de negro, y la cicatriz de la espalda le quemó como si la estuvieran marcando
al rojo vivo. Refugiándose en la seguridad, se encerró en lo más profundo de sí
mismo, donde la oscuridad lo agarró y no tuvo fuerzas para resistirse.
Por último, oyó de nuevo que
la voz del fuego le decía:
Nuestro regalo para ti.
En un
claro estrellado
Cuando se despertó, Eragon
estaba solo.
Al abrir los ojos, se quedó
mirando el techo tallado de la casa que él y Saphira compartían en el árbol.
Fuera seguía reinando la noche, y los sonidos de la fiesta de los elfos se
al¬zaban desde la brillante ciudad que quedaba allá abajo.
Antes de que pudiera
percibir nada más, Saphira entró en su mente, irradiando preocu-pación y
ansiedad. Recibió una imagen de ella plantada delante de Islanzadí en el árbol
Menoa, y luego Saphira le preguntó:
¿Cómo estás?
Me encuentro... bien. Hacía
mucho tiempo que no me encontra¬ba tan bien. ¿Cuánto rato llevo...?
Sólo una hora. Me hubiera
quedado contigo, pero necesitaban que Oromis, Glaedry yo completá-ramos la
ceremonia. Tendrías que haber visto la reacción de los elfos cuando te has
desmayado. Nun¬ca había pasado nada así.
¿Ha sido obra tuya, Saphira?
No sólo mía, también de
Glaedr. Los recuerdos de nuestra raza, que tomaron forma y sustancia por medio
de la magia de los elfos, te han ungido con toda la capacidad que poseemos los
dragones, pues e-res nuestra mejor esperanza para evitar la extinción.
No lo entiendo.
Mírate al espejo -le
sugirió-. Luego descansa y, al amanecer, volveré contigo.
Saphira se fue, y Eragon se
levantó y estiró los músculos, asombrado por la sensación de bienestar que lo
invadía. Fue a la zona de baño, cogió el espejo que solía usar para afeitar¬se
y lo puso bajo la luz de una antorcha cercana.
Eragon se quedó paralizado
por la sorpresa.
Era como si los numerosos
cambios físicos que, con el paso del tiempo, alteran la aparie-ncia de un
Jinete humano -y que Eragon había empezado a experimentar desde que se
vinculara con Saphira- se hubieran completado mientras permanecía inconsciente.
Su rostro era ahora suave y angulo¬so como el de un elfo, con las orejas
puntiagudas como ellos, ojos rasgados como los suyos y una piel pálida como el
alabas¬tro que parecía emitir un leve brillo, como el lustre de la ma¬gia.
«Parezco un principito.» Eragon nunca había aplicado el término a un humano, y
mucho menos a sí mismo, pero la única palabra que podía describirlo ahora era
«hermoso». Y sin embargo, no llegaba a ser un elfo. La mandíbula era más
fuerte; la frente, más gruesa; el rostro, más ancho. Era más be¬llo que
cualquier humano y más tosco que cualquier elfo.
Con dedos temblorosos,
Eragon alargó una mano hacia la nuca en busca de la cicatriz.
No sintió nada.
Eragon se arrancó la túnica
y se volvió ante el espejo para examinarse la espalda. Estaba lisa, como antes
de la batalla de Farthen Dür. Las lágrimas saltaron a sus ojos cuando pasó la
mano por el lugar en que lo había mutilado Durza.
No sólo ya no estaba la
marca salvaje que él había elegido conservar, sino que todas las demás
cicatrices y manchas ha¬bían desaparecido de su cuerpo, dejándolo impecable
como el de un recién nacido. Eragon trazó una línea por su muñe¬ca, donde se
había cortado afilando el azadón de Garrow. No quedaba ni rastro de la herida.
Las emborronadas cicatrices de la cara interior de los muslos, restos de su
primer vuelo con Saphira, también habían desapa-recido. Durante un instante las
añoró, pues eran un registro de su vida, pero el lamento fue breve, pues se dio
cuenta de que el daño provocado por todas las heridas de su vida, incluso el
más leve, había sido reparado.
«Me he convertido en lo que
estaba destinado a ser», pensó, y respiró hondo aquel aire embriagador.
Dejó el espejo en la cama y
se arregló con sus mejores ropas: una túnica encarnada, cosida con hilo de oro;
un cinturón tachonado de jade; mallas cálidas y acolchadas; un par de botas de
tela, favoritas de los elfos, y en los antebrazos, los protectores de piel que
le habían regala-do los enanos.
Eragon bajó del árbol,
deambuló por las sombras de Ellesméra y observó la jarana de los elfos en la
fiebre de la noche. Ninguno lo reconoció, aunque lo saludaban como si fuera uno
más y lo invitaban a compartir sus fiestas saturnales.
Eragon flotaba en un estado
de conciencia reforzada, con los sentidos atiborrados por una multitud de
nuevas visiones, sonidos, olores y sentimientos que lo asaltaban. Podía ver en
una oscuridad que, hasta entonces, lo hubiera dejado ciego. Podía tocar una
hoja y, sólo por el tacto, contar de uno en uno los cabellos que crecían en
ella. Podía identificar los olo-res que le llegaban con tanta habilidad como un
lobo o un dragón. Y podía oír los pasitos de los rato-nes bajo la maleza y el
ruido de un fragmento de corteza al caer al suelo; el latido de su cora-zón le
parecía un tambor.
Su deambular sin rumbo lo
llevó más allá del árbol de Menoa, donde se detuvo a mirar a Saphira en medio
de la fiesta, aunque no se mostró a quienes estaban en el claro.
¿Adonde vas, pequeñajo? -le
preguntó.
Vio que Arya se levantaba,
abandonaba la compañía de su madre y se abría camino entre los elfos reunidos y
luego, como un espíritu del bosque, se deslizaba bajo los árboles.
Camino entre la luz y la
oscuridad -respondió, y caminó tras Arya.
Eragon siguió su pista por
su delicado aroma de pinaza aplastada, por el leve tacto de sus pies en el
suelo y por los disturbios que su estela provocaba en el aire. La encontró
sentada a solas al borde del claro, con pose de criatura sal¬vaje mientras contemplaba
los giros de las constelaciones en lo alto del cielo.
Cuando Eragon entró en el
claro, Arya lo miró y él sintió que lo veía por primera vez. Abrió mucho los
ojos y susurró:
-¿Eres tú, Eragon?
-Sí.
-¿Qué te han hecho?
-No lo sé.
Se acercó a ella, y juntos
pasearon por los densos bos¬ques, a los que el eco llevaba frag-mentos de
música y voces de la fiesta. Tras sus cambios, Eragon tenía una aguda
concien¬cia de la presencia de Arya, del susurro de su ropa sobre la piel, de
la suave y pálida exposición de su cuello y de sus pes¬tañas, recubiertas por
una capa de aceite que las hacía brillar y curvarse como pétalos negros húmedos
de lluvia.
Se detuvieron en la orilla
de un estrecho arroyo, tan cla¬ro que resultaba invisible bajo la tenue luz. Lo
único que traicionaba su presencia era el profundo gorgoteo del agua al
derra-marse sobre las piedras. Alrededor de ellos, los grue¬sos pinos formaban
una cueva con sus ramas, escondiendo a Eragon y Arya del mundo y amortiguando
el aire, frío y tran¬quilo. El hueco parecía no tener época, como si fuera
ajeno al mundo y estuviera protegido por la ma-gia contra el alien¬to marchito
del tiempo.
En aquel lugar secreto,
Eragon se sintió de pronto cerca¬no a Arya, y toda su pasión por ella se
abalanzó en su mente. Estaba tan intoxicado por la fuerza y la vitalidad que
recorría sus venas -así como por la magia indómita que llenaba el bosque-, que
abandonó la precau-ción y dijo:
-Qué altos son los árboles,
cómo brillan las estrellas... y qué hermosa estás, oh Arya Svit-kona.
En circunstancias normales,
él mismo habría considera¬do aquel comentario como la cús-pide de la estupidez,
pero en aquella noche fantasiosa y alocada, parecía perfectamen¬te sen-sato.
Ella se tensó.
-Eragon...
Él ignoró el aviso.
-Arya, haré lo que sea por
obtener tu mano. Te seguiría a los confines de la tierra. Construiría un
palacio para ti con mis manos desnudas. Haría...
-¿Quieres dejar de
perseguirme? ¿Me lo puedes prome¬ter? -Al ver que él dudaba, Arya se acercó más
a él y, en tono grave y gentil, añadió-: Eragon, esto no puede ser. Tú eres
joven y yo soy vieja, y eso no va a cambiar nunca.
-¿No sientes nada por mí?
-Mis sentimientos por ti
-dijo ella- son los propios de una amiga, nada más. Te agradezco que me
rescataras en Gil'ead y encuentro agradable tu compañía. Eso es todo...
Abandona esta búsqueda tuya, pues no hará más que partir¬te el corazón. Y
encuentra alguien de tu e-dad con quien puedas pasar largos años.
Las lágrimas brillaban en
los ojos de Eragon.
-¿Cómo puedes ser tan cruel?
-No soy cruel, sino amable.
No estamos hechos el uno para el otro.
Desesperado, él sugirió:
-Podrías darme tus
recuerdos, y así tendría el mismo co¬nocimiento y tanta experiencia como tú.
-Sería una aberración. -Arya
alzó la barbilla, con el ros¬tro grave y solemne, teñido de plata por el brillo
de las es¬trellas-. Escúchame bien, Eragon. Esto no puede ser y no será. Y
mien-tras no te domines, nuestra amistad tiene que dejar de existir, pues tus
emociones no hacen más que dis¬traernos de nuestros deberes. -Le dedicó una
reverencia-. Adiós, Eragon Asesino de Sombras.
Luego echó a andar a grandes
zancadas y desapareció en Du Weldenvarden.
Entonces las lágrimas se
derramaron por las mejillas de Eragon y cayeron sobre el musgo, donde
permanecieron sin ser absorbidas, como perlas esparcidas en una manta de
ter¬ciopelo esmeralda. Aturdido, Eragon se sentó en un tronco podrido y enterró
la cara entre las manos, llorando por la condena de que su amor por Arya no
fuera correspondido, y llorando por ha-berla apartado aún más de sí.
En pocos instantes, Saphira
se unió a él.
Ah, pequeñajo. -Lo acarició
con el hocico-. ¿Por qué has tenido que hacerte esto? Ya sabías lo que iba a
pasar si intentabas cor¬tejar de nuevo a Arya.
No he podido evitarlo.
Se rodeó el vientre con los
brazos y se balanceó sobre el tronco, reducido al hipo de los sollozos por la
fuerza de su desgracia. Saphira lo cubrió con su cálida ala y lo acercó a ella,
como haría la madre de un halcón con su criatura. Era¬gon se apretujó a ella y
se quedó acu-rrucado mientras la no¬che se convertía en día y el Agaetí
Blodhren tocaba a su fin.
Tierra a la vista
Roran permanecía en la
cubierta de popa del Jabalí Rojo con los brazos cruzados sobre el pecho y los
pies bien separados para mantener el equilibrio en la barcaza, que se mecía. El
viento salado le agitaba la melena, tiraba de su espesa barba y le hacía cosquillas
en los pelos de los brazos descubiertos.
A su lado, Clovis manejaba
la barra del timón. El curtido marinero señaló hacia la costa, a una roca llena
de gaviotas y silueteada en la cresta de una colina que se extendía hasta el
océano.
-Teirm queda justo al otro
lado de ese pico.
Roran aguzó la mirada bajo
el sol de la tarde, cuyo refle¬jo en el océano trazaba una cinta cegadora de
tan brillante.
-Entonces, de momento nos
paramos aquí.
-¿Todavía no quieres entrar
en la ciudad?
-No todos a la vez. Llama a
Torson y Flint y haz que lle¬ven sus gabarras hasta esa costa. Parece un buen
lugar para acampar.
Clovis hizo una mueca de
desagrado.
-Arrrgh. Esperaba cenar
caliente esta noche.
Roran lo entendió; la comida
fresca de Narda se había terminado hacía tiempo, y se habían quedado con nada
más que cerdo en salazón, arenques salados, coles saladas, galle-tas saladas
que habían hecho los aldeanos con la harina que habían comprado, verduras
escabechadas y algo de carne fresca cuando los aldeanos sacrificaban alguno de
los ani-males que les quedaban, o cuando conseguían cazar algo si estaban en
tierra.
La ruda voz de Clovis rebotó
en el agua cuando gritó a los patrones de las otras dos gabarras. Cuando se
acercaron, les ordenó que atracaran en la costa, pese al vociferío de su
descontento. Ellos y los demás marineros habían contado con llegar aquel mismo
día a Teirm y dilapidar su paga con los goces de la ciudad.
Cuando estuvieron atracadas
las gabarras en la playa, Ro¬ran caminó entre los aldeanos y les ayudó a
instalar tiendas aquí y allá, a descargar sus equipajes, a recoger agua en un
arroyo cercano y, en general, prestó ayuda hasta que todos estuvieron instalados.
Se detuvo a dirigir unas palabras de ánimo a Morn y Tara, pues parecían
abatidos, y recibió una respuesta reservada. El tabernero y su mujer se habían
mos¬trado distantes con él desde que abandonaran el valle de Palancar. En
general, los aldeanos estaban en mejores condi¬ciones que cuando llegaron a
Narda, gracias al descanso que habían disfrutado en las gabarras, pero la
preocupación constante y la exposición a los crudos elementos les habían
impedido recuperarse tanto como esperaba Roran.
-Martillazos, ¿quieres cenar
en nuestra tienda esta no¬che? -preguntó Thane, acercándose a Roran.
Éste rechazó amablemente la
oferta y, al darse la vuelta, se vio encarado a Felda, cuyo marido, Byrd, había
sido asesi¬nado por Sloan. Ella hizo una breve reverencia y dijo:
-¿Puedo hablar contigo,
Roran Garrowsson?
Él le sonrió.
-Eso siempre, Felda. Ya lo
sabes.
-Gracias. -Con una expresión
furtiva, toqueteó las bor¬las que bordeaban su chal y miró hacia su tienda-.
Quisiera pedirte un favor. Es por Mandel...
Roran asintió; él había
escogido al hijo mayor de Felda para que lo acompañara a Narda en aquel
fatídico viaje en el que matara a dos guardias. Mandel se había comportado
admirablemente en aquella ocasión, así como en las sema¬nas transcurridas desde
entonces, formando parte de la tri¬pulación de la Edeliney aprendiendo cuando
podía sobre el pilotaje de las barcazas.
-Se ha hecho muy amigo de
los marineros de nuestra bar¬caza y ha empezado a jugar a los dados con esos
forajidos. No se juegan dinero, que no tenemos, sino cosas pequeñas. Co¬sas que
necesitamos.
-¿Le has pedido que deje de
hacerlo?
Felda retorció las borlas.
-Me temo que, desde que
murió su padre, ya no me res¬peta como antes. Se ha vuelto salvaje y testarudo.
«Todos nos hemos vuelto
salvajes», pensó Roran.
-¿Y qué quieres que haga al
respecto? -preguntó con amabilidad.
-Tú siempre has sido muy
generoso con Mandel. Te ad¬mira. Si hablas con él, te escuchará.
Roran caviló sobre la
petición y dijo:
-Muy bien, haré lo que
pueda. -Felda suspiró aliviada-. Pero dime una cosa: ¿qué ha per-dido en el
juego?
-Sobre todo, comida. -Felda
titubeó y luego añadió-: Pero sé que una vez se arriesgó a perder la pulsera de
mi abuela por un conejo que esos hombres habían cazado con una tram-pa.
Roran frunció el ceño.
-Que descanse tu corazón, Felda.
Me ocuparé del asun¬to en cuanto pueda.
-Gracias.
Felda hizo una nueva
reverencia y luego desapareció en¬tre las tiendas improvisadas; Roran se quedó
rumiando lo que le había dicho.
Se rascaba la cabeza con la
mente ausente mientras iba andando. El problema con Mandel y los marineros
tenía do¬ble filo; Roran se había dado cuenta de que durante el viaje desde
Narda uno de los hombres de Torson, Frewin, había entablado relaciones con Odele,
una joven amiga de Katrina. «Podrían crearnos problemas cuando dejemos a
Clovis.»
Cuidándose de no llamar
indebidamente la atención, Ro¬ran recorrió el campamento, reunió a los aldeanos
de mayor confianza e hizo que lo acompañaran a la tienda de Horst, donde les
dijo:
-Ahora nos iremos los cinco
que acordamos, antes de que se haga tarde. Horst ocupará mi lugar mientras yo
no esté. Recordad que vuestra tarea más importante es asegu¬raros de que Clovis
no se vaya con las barcazas, ni las inutili¬ce de algún modo. Puede que no
encontremos otro medio para llegar a Surda.
-Eso, y asegurarnos de que
no nos descubran -comentó Orval.
-Exacto. Si ninguno de
nosotros ha vuelto cuando caiga la noche de pasado mañana, dad por hecho que
nos han capturado. Tomad las barcazas y zarpad hacia Surda, pero no os
de-tengáis en Kuasta para comprar provisiones; proba¬blemente el Imperio estará
allí al acecho. Tendréis que en¬contrar comida en otro sitio.
Mientras sus compañeros se
preparaban, Roran fue a la cabina de Clovis en el Jabalí Rojo.
-¿Sólo os vais cinco?
-preguntó Clovis cuando Roran le hubo explicado su plan.
-Eso es. -Roran permitió que
su mirada de hierro traspa¬sara a Clovis hasta que éste se removió, incómodo-.
Y cuando vuelva, espero que tú, las barcazas y todos tus hombres sigáis aquí
todavía.
-¿Te atreves a poner en duda
mi honor después de cómo he respetado nuestro trato?
-No pongo nada en duda, sólo
te digo lo que espero. Hay demasiado en juego. Si cometes una traición ahora,
conde¬nas a una aldea entera a la muerte.
-Ya lo sé -murmuró Clovis,
esquivando en todo momen¬to su mirada.
-Mi gente se defenderá en mi
ausencia. Mientras quede algo de aliento en sus pulmones, no serán apresados,
enga¬ñados ni abandonados. Y si les ocurriera alguna desgracia, yo los vengaría
aunque tuviera que caminar mil leguas y pelear con el mismísimo Galbatorix.
Escucha mis palabras, maestro Clovis, pues no digo más que la verdad.
-No somos tan amigos del
Imperio como pareces creer -protestó Clovis-. Tengo tan pocas ganas como
cualquiera de hacerles un favor.
Roran sonrió con ironía
amarga.
-Un hombre haría cualquier
cosa por proteger a su familia y su hogar.
Cuando Roran alzaba ya el
pestillo de la puerta, Clovis preguntó:
-¿Y qué harás cuando llegues
a Surda?
-Haremos...
-Haremos, no; qué harás tú.
Te he estado observando, Roran. Te he escuchado. Y pareces de buena calaña,
aunque no me guste cómo me trataste. Pero no consigo que encaje en mi cabeza
que sueltes el martillo y vuelvas a tomar el arado sólo porque ya has llegado a
Surda.
Roran agarró el pestillo
hasta que se le blanquearon los nudillos.
-Cuando haya llevado a la
aldea hasta Surda —dijo con una voz vacía como un negro desierto-, me iré de
caza.
-Ah, ¿tras esa pelirroja
tuya? Algo he oído contar, pero no le daba...
Roran abandonó la cabina con
un portazo. Dejó que su rabia ardiera un momento –disfru-tando de la libertad
de aquella emoción- antes de dominar sus rebeldes pasiones. Caminó hasta la
tienda de Felda, donde Mandel se entretenía tirando un cuchillo de caza contra
un madero.
«Felda tiene razón; alguien
tiene que hablar con él para que sea sensato.»
-Estás perdiendo el tiempo
-dijo Roran.
Mandel se dio la vuelta,
sorprendido.
-¿Por qué lo dices?
-En una pelea de verdad,
tienes más probabilidades de sacarte un ojo que de herir a tu enemigo. Si
conoces la distancia exacta entre tú y tu objetivo... -Roran se encogió de
hombros-Es como si tiraras piedras.
Miró con interés distante
mientras el joven hervía de orgullo.
-Gunnar me habló de un
hombre al que conoció en Cithrí, capaz de acertar a un cuervo en pleno vuelo
con su cuchillo, ocho veces de cada diez.
-Y las otras dos te matan.
Normalmente, es mala idea desprenderte de tu arma en la batalla. -Roran agitó
una mano para acallar las objeciones de Mandel-. Recoge tus cosas y reúnete
conmigo en la colina del otro lado del arroyo dentro de quince minutos. He
decidido que has de venir con nosotros a Teirm.
-Sí, señor.
Con una sonrisa de
entusiasmo, Mandel se metió en la tienda y empezó a empacar.
Al irse, Roran se encontró
con Felda, que sostenía a su hija menor sobre una cadera. Felda paseó la mirada
entre Roran y la actividad que su hijo desarrollaba en la tienda, y tensó el
rostro:
-Mantenlo a salvo,
Martillazos.
Dejó a su hija en el suelo y
luego se afanó por ayudar a reunir los objetos que iba a necesitar Mandel.
Roran fue el primero en
llegar a la colina señalada. Se agachó en una roca blanca y contempló el mar
mientras se preparaba para la tarea que tenía por delante. Cuando llegaron
Loring, Gertrude, Birgit y su hijo Nolfavrell, Roran saltó de la roca y les dijo:
-Hemos de esperar a Mandel;
se unirá a nosotros.
-¿Para qué? -quiso saber
Loring.
También Birgit frunció el
ceño.
-Creía que estábamos de
acuerdo en que nadie más debía acompañarnos. Sobre todo Mandel, porque lo
vieron en Narda. Bastante peligroso es que vengáis tú y Gertrude, y la
presencia de Mandel no hace más que aumentar las posibilidades de que alguien
nos reco-nozca.
-Correré ese riesgo. -Roran
los miró a los ojos de uno en uno-. Necesita venir.
Al fin lo escucharon y, con
Mandel, se dirigieron los seis hacia el sur, a Teirm.
Teirm
En esa zona, la costa estaba
compuesta por colinas bajas y alargadas, verdes de lustrosa hierba y algún que
otro brezo, sauce y álamo. La tierra, blanda y embarrada, cedía bajo sus pies y
dificultaba el camino. A su derecha quedaba el mar brillante. A su izquierda,
la silueta púrpura de las Vertebradas. Las hileras de montañas cubiertas de
nieve estaban pespuntea-das de nubes y niebla.
Cuando la compañía de Roran
se abrió camino entre las propiedades que rodeaban Teirm -algunas eran granjas
sueltas; otras, enormes conglomerados- se esforzaron al máximo por no ser
detectados. Cuando encontraron el camino que conectaba Narda con Teirm, lo
cruzaron a toda prisa y siguieron unos cuantos kilómetros hacia el este, en
dirección a las montañas, antes de dirigirse de nuevo al sur. Una vez
estuvieron seguros de que habían rodeado la ciudad, torcieron de nuevo hacia el
océano hasta que encontraron el camino que entraba por el sur.
Durante el tiempo
transcurrido en el Jabalí Rojo, a Roran se le había ocurrido que tal vez los
oficiales de Narda habrían deducido que el asesino de los guardias se
encontraba entre los hombres que habían zarpado en las gabarras de Clovis. En
ese caso habría llegado algún mensaje de aviso a los soldados de Teirm para que
vigilaran a cualquiera que concordara con la descripción de los aldeanos. Y si
los ra'zac habían visitado Narda, entonces los soldados también sabrían que no
sólo buscaban a un puñado de asesinos, sino a Roran Martillazos y a los
refugiados de Carvahall. Teirm podía ser una trampa enorme. Y sin embargo, no
podían evitar la ciudad, pues los aldeanos necesitaban provisiones y un nuevo
medio de transporte.
Roran había decidido que la
mejor manera de evitar que los capturasen era no enviar a Teirm a nadie que
hubiera sido visto en Narda, salvo Gertrude y él mismo; Gertrude porque sólo
ella conocía los ingredientes de sus medicamentos, y Roran porque, aunque era
el que más probabilidades tenía de ser reconocido, no se fiaba de nadie más
para hacer lo que debía hacerse. Sabía que poseía la voluntad de actuar cuando
los demás dudadan, como cuando había matado a los guardias. El resto del grupo
estaba escogido para minimizar las sospe-chas. Loring era mayor, pero peleaba
bien y mentía excelentemente. Birgit había demostrado ser astuta y fuerte, y su
hijo Nolfavrell ya había matado a un soldado en combate a pesar de su tierna
edad. Idealmente podrían parecer poco más que una extensa familia que viajaba
junta. «Eso si Mandel no estropea el plan», pensó Roran.
También había sido idea suya
entrar por el sur, de manera que aún resultara menos pro-bable que vinieran de
Narda.
Se acercaba ya la noche
cuando apareció Teirm a la vista, blanca y fantasmagórica en el crepúsculo.
Roran se detuvo a inspeccionar el camino que tenían por delante. La ciudad
a-murallada quedaba aislada al límite de una gran bahía, recogida sobre sí misma
e impene-trable a cualquier ataque que pudiera concebirse. Las antorchas
brillaban entre las almenas de los muros, donde los soldados armados con arcos
patrullaban por sus interminables cir-cuitos. Sobre los muros se alzaba una
ciudadela y luego un faro con aristas, cuyo haz brumo-so barría las oscuras
aguas.
-Qué grande es -dijo
Nolfavrell.
Loring agachó la cabeza sin
quitar los ojos de Teirm.
-Sí que lo es, sí.
Un barco atracado en uno de
los muelles de piedra que salían de la ciudad llamó la atención de Roran. El
navio de tres mástiles era más grande que los que habían visto en Narda, tenía
un gran castillo de proa, dos bancadas de toletes y doce potentes catapultas
para lanzar jabalinas, montadas a ambos lados de la cubierta. La magnífica nave
parecía igual-mente adecuada para el comercio y para la guerra. Y aún más
importante, Roran pensó que tal vez, tal vez, pudiera dar cabida a toda la
aldea.
-Eso es lo que nos hace
falta -dijo, al tiempo que la señalaba.
Birgit soltó un amargo
gruñido.
-Para permitirnos un pasaje
en ese monstruo tendríamos que vendernos como esclavos.
Clovis les había advertido
que la entrada de Teirm se cerraba al ponerse el sol, así que a-celeraron el
paso para no tener que pasar la noche en el campo. A medida que se iban
acer-cando a las claras murallas, el camino se llenó de un doble arroyo de gente
que entraba y sa-lía a toda prisa de Teirm.
Roran no había contado con
tanto tráfico, pero pronto se dio cuenta de que podía contri-buir a evitar la
atención indeseada a su grupo. Roran llamó a Mandel y dijo:
-Atrásate un poco y pasa por
la puerta con otros para que los guardias no crean que vas con nosotros. Te
esperaremos al otro lado. Si te preguntan, has venido a buscar trabajo como
marinero.
-Sí, señor.
Mientras Mandel se rezagaba,
Roran alzó un hombro, adoptó una cojera y empezó a ensa-yar la historia que
había compuesto Loring para explicar su presencia en Teirm. Se apartó del
sendero, agachó la cabeza para dejar pasar a un hombre con un par de bueyes de
andares tor-pes y agradeció la sombra que ocultaba sus rasgos.
La puerta se alzaba ante
ellos, bañada de un naranja incierto por las antorchas apostadas en los
apliques, a ambos lados de la entrada. Debajo de ellas había un par de soldados
con la llama temblorosa de Galbatorix bordada en la parte delantera de sus túnicas
moradas. Nin-guno de los hombres armados dedicó siquiera una mirada a Roran y
sus compañeros cuando pasaron bajo la entrada y se metieron en el breve túnel.
Roran relajó los hombros y
sintió que se aliviaba la tensión. El y los demás se apiñaron a la esquina de
una casa, donde Loring murmuró:
-De momento, vamos bien.
Cuando Mandel se unió a
ellos, se dispusieron a buscar un hotel barato en el que pudie-ran tomar una
habitación. Mientras caminaban, Roran estudiaba la disposición de la ciudad,
con sus casas fortificadas -cada vez más altas a medida que se acercaban a la
ciudadela- y la cuadrícula en que se extendían las calles. Las que iban de
norte a sur irradiaban desde la ciu-dadela como una estrella, mientras que las
que iban de este a oeste se curvaban suavemente y formaban una red de telaraña,
creando numerosos lugares en los que podía erigirse una ba-rrera y apostar
soldados.
«Si Carvahall tuviera esta
forma -pensó-, no habría podido vencernos más que el mismí-simo rey.»
Al caer la noche ya habían
contratado alojamiento en el Green Chestnut, una taberna exa-geradamente ruin,
con una cerveza atroz y camas infestadas de piojos. Su única ventaja era que no
costaba prácticamente nada. Se fueron a dormir sin cenar para conservar sus
precio-sos ahorros y se acurrucaron todos juntos para evitar que cualquiera de
los demás clientes de la taberna les robara los bolsos.
Al día siguiente, Roran y
sus compañeros salieron del Green Chestnut antes del amanecer para buscar
provisiones y transporte.
Gertrude dijo:
-He oído hablar de una herbolaria
notoria que se llama Angela, que vive aquí y que se supone que prepara unas
curas asombrosas, tal vez incluso con algo de magia. Quisiera irla a ver, pues
si alguien tiene lo que busco, ha de ser ella.
-No deberías ir sola -dijo
Roran. Miró a Mandel-. Acompaña a Gertrude, ayúdala a comprar y haz cuanto
puedas por protegerla si os atacan. Puede que en algún momento se ponga a
prueba tu serenidad, pero no hagas nada que cause alarma, pues de lo contrario
traicionarías a tus amigos y a tu familia.
Mandel hizo una reverencia y
asintió en señal de obediencia. Él y Gertrude torcieron a la derecha en un
cruce, mientras que Roran y los demás prosiguieron su búsqueda.
Roran tenía la paciencia de
un animal de presa, pero incluso él empezó a removerse de in-quietud cuando la
mañana y la tarde pasaron sin que hubieran encontrado un barco que los llevara
a Surda. Se enteró de que el navío de tres mástiles, el Ala de Dragón, estaba
recién construido y a punto de zarpar en su primer viaje; que no tenían ni la
menor opción de contratárselo a la compañía de navegación Blackmoor, salvo que
pagaran el equivalente a una habitación llena del oro rojo de los enanos, y
que, por supuesto, el dinero de los aldeanos no llegaba ni para contratar la
peor nave. Tampoco arreglaban sus problemas quedándose con las barcazas de
Clovis, porque seguía sin respuesta la pregunta de qué iban a comer du-rante el
trayecto.
-Sería difícil -dijo
Birgit-, muy difícil, robar bienes en este lugar, con tantos soldados, con las
casas tan juntas y los vigilantes en la entrada. Si intentamos sacar todo eso
de Teirm, que-rrán saber qué estamos haciendo.
Roran asintió. «Y encima
eso.»
Roran había sugerido a Horst
que si los aldeanos se veían obligados a huir de Teirm sin más provisiones que
las que les quedaban, podían conseguir comida en alguna expedición. Sin
embargo, Roran sabía que una actuación así los convertiría en alguien tan monstruoso
como aquellos a quienes odiaban. Le provocaba repulsión. Una cosa era luchar y
matar a quienes servían a Galbatorix -o incluso robar las barcazas de Clovis,
pues éste tenía otros medios de ganarse la vida-, y otra muy distinta, robar
provisiones a los granjeros inocentes que luchaban por sobrevivir, igual que lo
habían hecho los aldeanos en el valle de Palancar. Eso era cometer asesinato.
Esos hechos le pesaban a
Roran como piedras. Su proyecto había resultado siempre endeble, cuanto menos,
sostenido a partes iguales por el miedo, la desesperación, el optimis-mo y la
improvisación de última hora. Ahora temía haber llevado a los aldeanos a la
guarida de sus enemigos y mantenerlos allí, encadenados por su propia pobreza.
«Podría escapar solo y seguir buscando a Katrina, pero ¿qué clase de victoria
sería ésa si dejara a mi pueblo esclavizado por el Imperio? Sea cual sea
nuestro destino en Teirm, me mantendré firme junto a quienes confiaron tanto en
mí que abandonaron sus hogares por mi palabra.»
Para aliviar el hambre, se
detuvieron en una panadería y compraron una hogaza de pan fresco de centeno,
así como un botecito de miel para untarla en ella. Mientras él pagaba la
compra, Loring mencionó al ayudante del panadero que andaban en busca de un barco,
equi-pamiento y alimentos.
Roran se volvió al notar que
le golpeaban el hombro. Un hombre de burdo cabello negro, con un buen pedazo de
barriga, le dijo:
-Perdón por haber escuchado
su charla con el aprendiz, pero si estáis buscando barcos y otras cosas a buen
precio, supongo que querréis presentaros a la subasta.
-¿Qué subasta es ésa?
-preguntó Roran.
-Ah, es una triste historia,
desde luego, pero hoy en día es muy común. Uno de nuestros mercaderes, Jeod,
Jeod Piernaslargas, como lo llamamos cuando no nos oye, ha tenido un golpe de
mala suerte abominable. En menos de un año ha perdido sus cuatro barcos y,
cuando intentó enviar sus bienes a otro lado, la caravana sufrió una emboscada
de unos la-drones forajidos y quedó destruida. Sus acreedores lo obligaron a
declararse en bancarrota y ahora van a vender sus propiedades para recuperar
las pérdidas. No sé nada de comida, pero seguro que en la subasta encontraréis
cualquier otra cosa que queráis comprar.
Una pequeña ascua de
esperanza se encendió en el pecho de Roran.
-¿Y cuándo se celebra la
subasta?
-Vaya, está anunciada en
todos los tablones de la ciudad. Pasado mañana, sin falta.
Eso explicó a Roran por qué
no habían oído hablar antes de la subasta; habían hecho todo lo posible para
evitar los tablones de anuncios, por si acaso alguien reconocía a Roran por el
retrato del cartel de recompensa.
-Muchas gracias -dijo al
hombre-. Puede que nos haya evitado muchos problemas.
-Es un placer para mí.
Al salir de la panadería,
Roran y sus compañeros se apiñaron en un extremo de la calle.
-¿Creéis que debemos
intentarlo? -les dijo.
-No tenemos otra cosa que
intentar -gruñó Loring.
-¿Birgit?
-No hace falta que me
preguntes; es obvio. Pero no podemos esperar hasta pasado maña-na.
-No. Propongo que nos
reunamos con ese Jeod e intentemos cerrar un trato antes de que empiece la
subasta. ¿Estamos de acuerdo?
Como sí lo estaban, partieron
hacia casa de Jeod, con las direcciones que les dio uno que pasaba por ahí. La
casa -o, más bien, la mansión- quedaba en el lado oeste de Teirm, cerca de la
ciudadela, entre grupos de otros edificios opulentos embellecidos con finas
volutas, puer-tas de hierro forjado, estatuas y fuentes de las que emanaba agua
en abundancia. Roran ape-nas alcanzaba a entender tanta riqueza; le asombraba
que la vida de aquella gente fuera tan distinta de la suya.
Roran llamó a la puerta
delantera de la mansión de Jeod, que quedaba junto a una tienda abandonada. Al
cabo de un rato, la abrió un mayordomo rollizo, con una dentadura
exagera-damente brillante. Dirigió una mirada de desaprobación a los cuatro
extraños que había en el umbral, luego les dedicó una sonrisa gélida y
preguntó:
-¿En qué puedo servirles,
señores, señora?
-Queremos hablar con Jeod,
si está disponible.
-¿Tienen cita?
Roran pensó que el mayordomo
sabía perfectamente que no la tenían.
-Nuestra estancia en Teirm
es demasiado breve para haber preparado una cita como es debido.
-Ah, vaya, entonces lamento
decirles que harían mejor en perder el tiempo en otro sitio. Mi señor tiene
muchos asuntos que atender. No puede dedicarse a cualquier grupo de vaga-bundos
andrajosos que llame a la puerta para pedir las sobras -dijo el mayordomo.
Mostró aún más sus dientes
cristalinos y empezó a retirarse.
-¡Espere! -exclamó Roran-.
No queremos ningunas sobras; tenemos una propuesta de negocio para Jeod.
El mayordomo alzó una ceja:
-Ah, ¿sí?
-Sí, así es. Por favor,
pregúntele si puede atendernos. Hemos viajado tantas leguas que no puedo ni
contarlas, y es imprescindible que lo veamos hoy mismo.
-¿Puedo preguntarles por la
naturaleza de su propuesta?
-Es confidencial.
-Muy bien, señor -dijo el
mayordomo-. Comunicaré su oferta, pero le advierto que Jeod está ocupado en
este momento, y dudo que esté dispuesto a molestarse. ¿Con qué nombre he de
anunciarlo, señor?
-Puede llamarme Martillazos.
El mayordomo retorció la
boca como si le hiciera gracia el nombre, luego desapareció tras la puerta y la
cerró.
-Si llega a tener la cabeza
un poco más grande, no cabría en el baño -murmuró Loring por una esquina de la
boca.
Nolfavrell soltó una
carcajada al oír la burla.
-Esperemos que el sirviente
no se parezca al amo -dijo Birgit.
Al cabo de un minuto se
volvió a abrir la puerta y el mayordomo, en tono más bien crispado, anunció:
-Jeod está de acuerdo en
recibirlos en su estudio. -Se apartó a un lado y gesticuló con un brazo para
indicarles que entraran-. Por aquí.
Entraron en tropel al
recibidor; el mayordomo pasó delante de ellos y entró por un pasillo de madera
pulida hasta llegar a una de las muchas puertas, que abrió para hacerles
entrar.
Jeod Piernaslargas
Si Roran hubiera sabido leer, le habría
impresionado aún más el tesoro de libros alineados en las paredes del estudio.
Como no sabía, concentró su atención en el hombre alto de cabello gris que los
atendía tras un escritorio oval. El hombre -Roran dio por hecho que se trataba
de Jeod- parecía tan cansado como el propio Roran. Tenía el rostro arrugado,
marcado por las preocupaciones y triste, y cuando se volvió hacia ellos, vieron
brillar una fea cicatriz que iba del cuero cabelludo hasta la sien izquierda. A
Roran le pareció que la marca indicaba el tem-ple de aquel hombre. Un temple
antiguo y tal vez enterrado, pero férreo en cualquier caso.
-Siéntense -dijo Jeod-. No
quiero ceremonias en mi propia casa. -Los miró con curiosidad mientras se
instalaban en los suaves sillones de cuero-. ¿Puedo ofrecerles pastas y una
copa de licor de albaricoque? No puedo dedicarles mucho tiempo, pero veo que llevan
semanas por esos caminos y recuerdo bien lo seca que quedaba mi garganta tras
esa clase de viajes.
Loring sonrió.
-Sí. Desde luego, un trago
de licor sería bienvenido. Es usted muy generoso, señor.
-Para mi hijo, sólo un vaso
de leche.
-Por supuesto, señora. -Jeod
llamó al mayordomo, le dio sus instrucciones y volvió a re-costarse en su
asiento-. Estoy en desventaja. Creo que ustedes saben mi nombre, pero yo
des-conozco los suyos.
-Martillazos, a su servicio
-dijo Roran.
-Mardra, a su servicio -dijo
Birgit.
-Kell, a su servicio -dijo
Nolfavrell.
-Y yo soy Wally, a su
servicio -terminó Loring.
-Y yo estoy al de ustedes
-respondió Jeod-. Bueno, Rolf ha mencionado que querían hacer un negocio
conmigo. Es de justicia que sepan que no estoy en situación de comprar ni
vender ningún bien, ni tengo el oro necesario para invertir, ni imponentes
navíos que puedan trans-portar lana y comida, gemas y especias, por el inquieto
mar. Entonces, ¿qué puedo hacer por ustedes?
Roran apoyó los codos en las
rodillas, entrelazó los dedos y se los quedó mirando mientras ponía orden a sus
pensamientos. «Un solo desliz podría matarnos», se recordó.
-Por decirlo con sencillez,
representamos a cierto grupo de gente que, por diversas razo-nes, ha de comprar
una gran cantidad de provisiones con muy poco dinero. Sabemos que sus
propiedades serán subastadas pasado mañana para pagar sus deudas y nos gustaría
hacerle una oferta por los bienes que nos convienen. Hubiéramos esperado hasta
la subasta, pero las circunstancias urgen y no podemos perder otros dos días.
Si hemos de llegar a un acuerdo, ha de ser esta noche o mañana, a más tardar.
-¿Qué clase de provisiones
necesitan? -preguntó Jeod.
-Comida y todo lo necesario
para equipar un barco, o cualquier navío, para un largo viaje por mar.
Una chispa de interés se
encendió en el rostro cansado de Jeod.
-¿Han pensado en algún tipo
concreto de barco? Conozco todas las naves que han recorri-do estas aguas en
los últimos veinte años.
-Aún está por decidir.
Jeod lo aceptó sin más
preguntas.
-Ahora entiendo que hayan
venido a mí, pero me temo que se han dejado llevar por un malentendido.
-Extendió sus manos grises, abarcando toda la sala-. Todo lo que ven aquí ya no
me pertenece a mí, sino a mis acreedores. No tengo autoridad para vender mis
propie-dades, y si lo hiciera sin permiso, probablemente me encarcelarían por
engañar a mis acree-dores y negarles el dinero que les debo.
Se calló cuando Rolf volvió
a entrar en el estudio, cargado con una gran bandeja de plata en la que llevaba
pastas, copas de cristal tallado, un vaso de leche y un decantador de licor. El
mayordomo dejó la bandeja en una peana forrada y luego procedió a servir las
copas. Roran tomó la suya y bebió un trago del meloso licor, preguntándose en
qué momento sería cortés excusarse y seguir con su búsqueda en otro lado.
Cuando Rolf abandonó la
sala, Jeod vació su copa de un solo trago y dijo:
-No puedo servirles de nada,
pero conozco a gente de mi profesión que tal vez..., tal vez sí puedan serles
de ayuda. Si pudieran darme algún detalle más sobre lo que quieren comprar,
tendría una mejor idea de quién puedo recomendarles.
A Roran no le pareció
dañino, de modo que empezó a recitar una lista de bienes que los aldeanos
necesitaban, de cosas que tal vez les fueran bien y otras que acaso quisieran
pero nunca podrían permitirse salvo que tuvieran un gran golpe de fortuna. De
vez en cuando Birgit y Loring mencionaban algo que Roran había olvidado -como
una lámpara de aceite-, y jeod los miraba un momento antes de volver a clavar
sus ojos hundidos en Roran, en quien se fijaba con creciente intensidad. El
interés de Jeod preocupaba a Roran; era como si el merca-der supiera, o
sospechara, lo que le estaba ocultando.
-A mí me parece -dijo Jeod
cuando Roran hubo terminado el inventario- que eso son provisiones suficientes
para transportar a varios cientos de personas hasta Feinster o Aro-ughs..., o
más allá. Admito que he estado bastante ocupado estas últimas semanas, pero no
he sabido de ningún grupo de esa clase por esta zona, ni puedo imaginar de
dónde podrían venir.
Con rostro inexpresivo,
Roran aguantó la mirada a Jeod y no dijo nada. Por dentro, se lle-nó de
desprecio por haber permitido que el mercader reuniera la información
suficiente para llegar a esa conclusión.
Jeod se encogió de hombros.
-Bueno, en cualquier caso
eso es asunto suyo. Les sugiero que vayan a ver a Galton, en la calle del
mercado, para la comida; y al viejo Hamill, en los muelles, para todo lo demás.
Am-bos son hombres honestos y los tratarán con sinceridad y nobleza. -Se inclinó
hacia delante, cogió una pasta de la bandeja, dio un mordisco y, después de
masticar, preguntó a Nolfa-vrell-: Bueno, joven Kell, ¿has disfrutado de tu
estancia en Teirm?
-Sí, señor -dijo Nolfavrell.
Luego sonrió-. Nunca había visto una ciudad tan grande, señor.
-Ah, ¿sí?
-Sí, señor. Yo...
Presintiendo que se
adentraban en territorio peligroso, Roran lo interrumpió:
-Siento cierta curiosidad,
señor, acerca de la tienda contigua a su casa. Parece extraño que haya un
almacén tan humilde entre estos edificios tan espléndidos.
Por primera vez una sonrisa,
así fuera pequeña, iluminó la expresión de Jeod, borrando años de su rostro.
-Bueno, su propietaria era
una mujer que también era un poco extraña: Angela, la herbo-laria, una de las
mejores sanadoras que he conocido. Se ocupó de esa tienda durante veinti-pico
años y, hace sólo unos meses, la vendió y partió con paradero desconocido.
-Suspiró-. Es una lástima, pues era una vecina interesante.
-Es la que quería conocer
Gertrude, ¿no? -preguntó Nolfavrell, mirando a su madre.
Roran reprimió un rugido y
le dirigió una mirada de advertencia tan severa que Nolfa-vrell se estremeció
en su asiento. El nombre no podía significar nada para Jeod, pero si
Nolfa-vrell no vigilaba más su lengua, terminaría soltando algo más dañino. «Es
hora de irnos», pensó Roran. Dejó la copa en la mesa.
Entonces se percató de que
el nombre sí tenía significado para Jeod. El mercader abrió mucho los ojos por
la sorpresa, luego se aferró a los brazos del asiento hasta que las puntas de
sus dedos quedaron blancas como huesos.
-¡No puede ser! -Jeod se
concentró en Roran y estudió su cara como si quisiera ver algo más allá de la
barba, y luego murmuró-: Roran... Roran Garrowsson.
Un
aliado inesperado
Roran había sacado ya el
martillo del cinturón y se había levantado a medias cuando oyó el nombre de su
padre. Fue lo único que le impidió saltar al otro lado de la sala y dejar
in-consciente a Jeod. «¿Cómo sabe quién es Garrow?» A su lado, Loring y Birgit
se pusieron en pie de un salto y sacaron los cuchillos que llevaban en la
manga, y hasta Nolfavrell se prepa-ró para luchar con una daga en la mano.
-Eres Roran, ¿no? -preguntó
Jeod en voz baja.
No pareció alarmarse por las
armas.
-¿Cómo lo has adivinado?
-Porque Brom trajo aquí a
Eragon y tú te pareces a tu primo. Cuando vi tu cartel al lado del de Eragon,
me di cuenta de que el Imperio había intentado capturarte y te habías
escapa-do. Pero -Jeod desvió la mirada hacia los otros tres -pese a toda mi
imaginación, nunca sospe-ché que te habrías llevado a toda Carvahall contigo.
Aturdido, Roran se dejó caer
de nuevo en la silla y dejó el martillo cruzado sobre las piernas, listo para
usarlo.
-¿Eragon estuvo aquí?
-Sí, y Saphira también.
-¿Saphira?
La sorpresa cruzó de nuevo
el rostro de Jeod.
-Entonces, ¿no lo sabes?
-¿El qué?
Jeod caviló un largo minuto.
-Creo que ha llegado el
momento de dejar de fingir, Roran Garrowsson, y hablar abierta-mente y sin
engaños. Puedo contestar a muchas de las preguntas que debes de tener, como
porqué te persigue el Imperio, pero a cambio necesito saber la razón que os
trae a Teirm... la verdadera razón.
-¿Y por qué habríamos de
fiarnos de ti, Piernaslargas? -quiso saber Loring-. Podría ser que trabajaras
para Galbatorix.
-Fui amigo de Brom durante
más de veinte años, antes de que él fuera el cuentacuentos de Carvahall
-explicó Jeod-, e hice cuanto pude por ayudarlo a él y a Eragon cuando
estuvieron bajo mi techo. Pero como ninguno de los dos está aquí para
secundarme, pongo mi vida en vuestras manos para que hagáis lo que os parezca.
Podría gritar para pedir ayuda, pero no lo haré. Ni lucharé con vosotros. Sólo
os pido que me contéis vuestra historia y que escuchéis la mía. Luego podréis
decidir por vosotros mismos cuál es la acción adecuada. No corréis nin-gún
peligro inmediato, así que no os hará ningún daño hablar.
Birgit captó la mirada de
Roran con un movimiento de barbilla.
-A lo mejor sólo quiere
salvar el pellejo.
-Tal vez -replicó Roran-,
pero hemos de averiguar qué es lo que sabe.
Pasó un brazo bajo la silla,
la arrastró por la sala, pegó el respaldo a la puerta y luego se sentó en ella
de tal modo que nadie pudiera entrar de repente y pillarlos por sorpresa.
Señaló a Jeod con el martillo.
-De acuerdo. ¿Quieres
hablar? Pues hablemos tú y yo.
-Será mejor que empieces tú.
-Si lo hago y luego no
quedamos satisfechos con tus respuestas, tendremos que matarte- advirtió Roran.
Jeod se cruzó de brazos.
-Que así sea.
Muy a su pesar, Roran estaba
impresionado por la fortaleza moral del mercader; a Jeod no parecía preocuparle
su destino, aunque una cierta amargura le rodeaba la boca.
-Así sea -repitió Roran.
Roran había revivido los
sucesos ocurridos desde la llegada de los ra'zac a Carvahall, pero nunca se los
había descrito con detalle a otra persona. Mientras lo hacía, le sorprendió la
cantidad de cosas que le habían sucedido a él y a los otros aldeanos en tan
poco tiempo, y lo fácil que le había resultado al Imperio destruir sus vidas en
el valle de Palancar. Resucitar los viejos terrores fue doloroso para Roran,
pero al menos obtuvo el placer de ver que Jeod mos-traba una sorpresa genuina
al escuchar cómo los aldeanos habían echado a los soldados y a los ra'zac de su
campamento, el asedio a que Carvahall fue sometida a continuación, la trai-ción
de Sloan, el secuestro de Katrina, el discurso con que Roran había convencido a
los al-deanos para huir y las penurias de su trayecto hasta Teirm.
-¡Por los reyes perdidos!
-exclamó Jeod-. ¡Es una historia extraordinaria! Pensar que ha-béis logrado
burlar a Galbatorix y que, ahora mismo, toda la aldea de Carvahall está
escon-dida en las afueras de una de las ciudades más grandes del Imperio sin
que el rey lo sepa siquiera...
Meneó la cabeza en señal de
admiración.
-Sí, ésa es nuestra
situación -gruñó Loring-. Y más precaria no puede ser, así que será me-jor que
nos explique bien por qué hemos de correr el riesgo de dejarlo con vida.
-Me pone en la misma...
Jeod se detuvo al percibir
que alguien toqueteaba el picaporte tras la silla de Roran con la intención de
abrir la puerta. Luego sonaron unos golpes en las planchas de roble. Desde el
pasillo, una mujer gritó:
-¡Jeod! ¡Déjame entrar,
Jeod! No puedes esconderte en esa cueva.
-¿Puedo? -murmuró Jeod.
Roran chasqueó los dedos a
Nolfavrell y, tras coger la daga que le tiró el muchacho, se deslizó en torno a
la mesa y presionó el filo contra el cuello de Jeod.
-Haz que se vaya.
Jeod alzó la voz y dijo:
-Ahora no puedo hablar.
Estoy en plena reunión.
-¡Mentiroso! No tienes
ningún negocio. Estás en la bancarrota. ¡Sal y enfréntate a mí, co-barde! ¿O es
que eres tan poco hombre que no te atreves a mirar a los ojos a tu esposa? -Se ca-lló
un segundo, como si esperara respuesta, pero luego el volumen de sus aullidos
aumentó: ¡Cobarde! Eres una rata sin entrañas, una rata asquerosa, comeovejas,
con la tripa amarilla, no tienes sentido común ni para llevar un puesto de
carne en el mercado, y mucho menos una compañía de navegación. Mi padre nunca
hubiera perdido tanto dinero.
Roran se encogió al ver que
continuaban los insultos. «Si sigue así, no podré contener a Jeod.»
-¡Cállate, mujer! -ordenó
Jeod, y se hizo el silencio-. Puede que nuestras fortunas mejoren si tienes el
sentido común de contener la lengua y no chillar como la mujer de un pescadero.
La respuesta de la mujer fue
fría:
-Esperaré hasta que te
plazca en el comedor, querido marido, y salvo que decidas aten-derme a la hora
de cenar y dar alguna explicación, abandonaré esta casa maldita para no vol-ver
jamás.
El sonido de sus pisadas se
retiró hacia la lejanía.
Cuando estuvo seguro de que
la mujer se había ido, Roran retiró la daga del cuello de Jeod y devolvió el
arma a Nolfavrell antes de volver a sentarse en la silla, contra la puerta.
Jeod se frotó el cuello y
luego, con expresión irónica, dijo:
-Si no llegamos a un
acuerdo, será mejor que me mates; resultará más fácil que explicarle a Helen
que le he gritado por nada.
-Cuenta con mi compasión,
Piernaslargas -dijo Loring.
-No es culpa suya, la verdad
-suspiró Jeod-. Tal vez sea culpa mía por no haberme atrevi-do a decírselo.
-¿Decirle qué? -preguntó
Nolfavrell.
-Que soy un agente de los
vardenos. -Jeod hizo una pausa al ver sus gestos de aturdi-miento-. Tal vez
debería empezar por el principio. Roran, ¿has oído en estos últimos meses los
rumores de que existe un nuevo Jinete que se opone a Galbatorix?
-Algún murmullo por aquí y
por allá, sí, pero nada digno de crédito.
Jeod dudó.
-No sé de qué otra manera
decirlo, Roran, pero hay un nuevo Jinete en Alagaésia, y se tra-ta de tu primo
Eragon. La piedra que encontró en las Vertebradas en realidad era un huevo de
dragón que yo ayudé a los vardenos a robarle a Galbatorix hace años. El dragón
prendió con Eragon y es una hembra que se llama Saphira. Por eso fueron los
ra'zac al valle de Palan-car la primera vez. Volvieron porque Eragon se ha
convertido en un enemigo tan formidable del Imperio que Galbatorix confiaba en
que si te capturaba, podrían dominarlo a él.
Roran echó la cabeza hacia
atrás y se echó a reír hasta que las lágrimas se le asomaron a los ojos y le
dolió el estómago de tanta convulsión. Loring, Birgit y Nolfavrell lo miraron
con algo parecido al miedo, pero a Roran no le importaban sus opiniones. Se
reía de lo absurdo de las afirmaciones de Jeod. Se reía de la terrible
posibilidad de que Jeod hubiera dicho la verdad.
Con la respiración
entrecortada, Roran recuperó gradualmente la normalidad pese a al-gún estallido
ocasional de risas sin humor. Se secó la cara con la manga y luego miró a Jeod,
con una dura sonrisa en los labios.
-Concuerda con los hechos;
eso te lo concedo. Pero también concordarían otra docena de explicaciones que
se me ocurren.
-Ah... -replicó Jeod-.
Bueno, hay un asunto que conozco bien...
Cómodo en su silla, Roran
escuchó con incredulidad mientras Jeod relataba una historia fantástica sobre
cómo Brom -¡el viejo gruñón de Brom!- había sido en otro tiempo un Jinete y,
supuestamente, había ayudado al establecimiento de los vardenos, cómo había
descubierto Jeod un pasadizo secreto que llevaba a Urü'baen, cómo se las habían
arreglado los vardenos para birlarle los tres últimos huevos a Galbatorix y
cómo sólo se había salvado uno después de que Brom luchara contra Morzan, el
Apóstata, y lo matara. Por si eso no era suficiente-mente ridículo, Jeod siguió
describiendo un acuerdo entre los vardenos, los enanos y los elfos para
trasladar el huevo entre Du Weldenvarden y las montañas Beor, razón por la cual
el huevo y sus portadores estaban cerca del límite del gran bosque cuando
fueron emboscados por un Sombra.
«Ya, un Sombra», pensó
Roran.
Pese a su escepticismo,
Roran atendió con redoblado interés cuando Jeod empezó a explicar que Eragon
había encontrado el huevo y había criado al dragón en el bosque que quedaba
junto a la granja de Garrow. Roran había estado ocupado en esa época preparándo-se
para partir hacia el molino de Dempton en Therinsford-, pero sí recordaba lo
distraído que estaba Eragon, cómo pasaba mucho rato al aire libre haciendo
quién sabía qué...
Mientras Jeod explicaba cómo
y por qué había muerto Garrow, la rabia invadió a Roran contra Eragon por
haberse atrevido a mantener en secreto la existencia del dragón cuando e-ra tan
obvio que los ponía a todos en peligro. «¡Mi padre murió por su culpa!»
-¡Cómo se le ocurre!
-estalló.
Odió la mirada de tranquila
comprensión que le dedicó Jeod.
-Dudo que él mismo lo
supiera. Los Jinetes y sus dragones tienen un vínculo tan íntimo que a menudo
cuesta distinguir a uno del otro. Antes de dañar a Saphira, Eragon se hubiera
cortado una pierna.
-Podría haberlo hecho
-masculló Roran-. Por su culpa, he tenido que hacer cosas tan dolo-rosas como
ésa, y lo sé bien: podría haberlo hecho.
-Tienes derecho a sentirte
así -dijo Jeod-, pero no olvides que la razón por la que Eragon abandonó el
valle de Palancar fue protegerte a ti y a todos los que os quedabais. Creo que
fue una decisión extremadamente dura para él. Desde ese punto de vista, se
sacrificó para ase-gurar vuestra supervivencia y para vengar a tu padre. Y
aunque al irse no lograra el efecto deseado, las cosas podrían haber salido
mucho peor si Eragon se hubiera quedado.
Roran no dijo nada más hasta
que Jeod mencionó que la razón por la que Brom y Eragon habían visitado Teirm
era consultar los manifiestos de navegación para intentar localizar la guarida
de los ra'zac.
-¿Y lo consiguieron?
-Claro que lo conseguimos.
-Bueno, ¿y dónde están? Por
el amor de dios, hombre, dilo. ¡Ya sabes lo importante que es para mí!
-Según los registros parecía
evidente que la madriguera de los ra'zac está en la formación conocida como
Helgrind, junto a Dras-Leona. Y luego recibí un mensaje de los vardenos, se-gún
el cual el relato del propio Eragon lo confirmaba.
Excitado, Roran agarró el
martillo. «El viaje hasta Dras-Leona es largo, pero desde Teirm se accede al
único paso abierto entre aquí y el extremo sur de las Vertebradas. Si consigo
de-jarlos a todos a salvo navegando costa abajo, puedo ir hasta Helgrind,
rescatar a Katrina si es-tá allí y seguir el río Jiet hasta Surda.»
Los pensamientos de Roran
debieron de reflejarse en su rostro, porque Jeod le dijo:
-No puede ser, Roran.
-¿El qué?
-Ningún hombre solo puede
conquistar Helgrind. Es una montaña de piedra negra, sólida y pelada, imposible
de escalar. Piensa en los apestosos corceles de los ra'zac; parece lógico que
tengan su guarida en la cumbre de Helgrind y no cerca de la tierra, donde
serían más vulnerables. Entonces, ¿cómo llegarías hasta ellos? Y si lo
consiguieras, ¿de verdad crees que podrías derrotar a los dos ra'zac y a sus
monturas, nada menos? No dudo que seas un gue-rrero temible, pues al fin y al
cabo Eragon y tú compartís la misma sangre, pero esos enemi-gos están más allá
del alcance de cualquier humano normal.
Roran negó con la cabeza.
-No puedo abandonar a
Katrina. Tal vez sea inútil, pero debo intentar liberarla aunque me cueste la
vida.
-A Katrina no le servirá de
nada que te hagas matar -lo sermoneó Jeod-. Si puedo darte un consejo, intenta
llegar a Surda tal como habías planeado. Estoy seguro de que desde allí po-drás
recabar la ayuda de Eragon. Ni siquiera los ra'zac pueden igualar a un Jinete y
su dra-gón en un combate abierto.
Roran tuvo una visión mental
de aquellas bestias enormes de piel gris en que montaban los ra'zac. Odiaba
reconocerlo, pero sabía que no tenía la capacidad de matar a aquellas
cria-turas, por muy fuerte que fuera su motivación. En cuanto aceptó esa verdad,
Roran empezó a creerse finalmente el relato de Jeod; si no lo hacía, habría
perdido a Katrina para siempre.
«Eragon -pensó-. ¡Eragon!
Por toda la sangre que he derramado, por las entrañas que han manchado mis
manos, juro sobre la tumba de mi padre que te haré responder por lo que
hi-ciste arrasando Heldring conmigo. Si tú creaste este lío, haré que lo
arregles tú mismo.»
Roran señaló a Jeod.
-Sigue con tu historia.
Oigamos lo que queda de esta penosa obra antes de que se acabe el día.
Entonces Jeod les habló de
la muerte de Brom; de Murtagh, hijo de Morzan; de la captura y la huida de
Gil'ead; de una desesperada huida para salvar a una elfa; de los úrgalos y los
enanos y de una gran batalla en un lugar llamado Farthen Dür, en la que Eragon
había derrotado a un Sombra. Y Jeod les contó que los vardenos habían
abandonado las Beor para dirigirse a Surda y que en aquel mismo momento Eragon
estaba en las profundidades de Du Weldenvarden, aprendiendo los secretos
misteriosos de los elfos sobre la magia y el arte de la guerra, aunque
regresaría pronto.
Cuando calló el mercader,
Roran se reunió en un extremo del estudio con Loring, Birgit y Nolfavrell y les
preguntó qué pensaban. Bajando la voz, Loring dijo:
-No sabría decir si miente o
no, pero un hombre capaz de inventar una historia así ante el filo de un puñal
merece vivir. ¡Un nuevo Jinete! ¡Y encima es Eragon!
Meneó la cabeza.
-¿Birgit? -preguntó Roran.
-No sé. Es tan
extravagante... -Dudó-. Pero ha de ser verdad. Otro Jinete es lo único que
podría empujar al Imperio a perseguirnos tan ferozmente.
-Sí -estuvo de acuerdo
Loring. Le brillaban los ojos de emoción-. Hemos participado de unos sucesos
más trascendentales de lo que creíamos. Un nuevo Jinete. ¡Pensad en eso! El
viejo orden está a punto de ser derrotado, os lo digo yo... ¡Tenías toda la
razón, Roran!
-¿Nolfavrell?
El chico reaccionó con
solemnidad al ver que se le consultaba. Se mordió un labio y luego dijo:
-Jeod parece bastante
sincero. Creo que nos podemos fiar de él.
-Entonces, de acuerdo -dijo
Roran. Se acercó a grandes zancadas hasta Jeod, plantó los nudillos al borde
del escritorio y dijo-: Dos últimas preguntas, Piernaslargas. ¿Qué pinta tienen
Eragon y Brom? ¿Y cómo has reconocido el nombre de Gertrude?
-Sabía de Gertrude porque
Brom mencionó que le había dejado una carta dirigida a ti. En cuanto a la pinta
que tenían, Brom era un poco más bajo que yo. Llevaba una barba espesa, tenía
la nariz aguileña y llevaba un cayado de madera tallada. Y me atrevería a decir
que a veces era muy irritable. -Roran asintió; ése era Brom-. Eragon era...
joven. Pelo moreno, ojos oscuros, tenía una cicatriz en la muñeca y no paraba
de hacer preguntas.
Roran asintió de nuevo;
aquél era su primo.
Roran se encajó el martillo
en el cinto. Birgit, Loring y Nolfavrell enfundaron sus cuchi-llos. Luego Roran
apartó su silla de la puerta, y los cuatro volvieron a sentarse como personas
civilizadas.
-¿Y ahora qué, Jeod?
-preguntó Roran-. ¿Nos puedes ayudar? Sé que estás en una situa-ción difícil,
pero nosotros... Nosotros estamos desesperados y no tenemos nadie más a quién
recurrir. Como agente de los vardenos, ¿puedes garantizarnos su protección? Estamos
dis-puestos a servirles si nos protegen de la ira de Galbatorix.
-Los vardenos -dijo Jeod-
estarán encantados de contar con vosotros. Más que encantados. Sospecho que eso
ya lo habréis adivinado. En cuanto a su ayuda... -Se pasó una mano por la larga
cara y miró más allá de Loring, hacia las hileras de libros en la estantería-.
Hace casi un año que sé que mi verdadera identidad, así como la de otros muchos
mercaderes de aquí y de todas partes que han ayudado a los vardenos, fue
revelada por traición al Imperio. Por eso no me he atrevido a huir a Surda. Si
lo intentara, el Imperio me arrestaría y entonces... quién sa-be a qué terrores
me enfrentaría. He tenido que presenciar la destrucción gradual de mi ne-gocio
sin poder ejercer ninguna acción para oponerme o para escapar. Y aún peor,
ahora que no puedo enviar nada a los vardenos ni se atreven ellos a mandarme
sus envíos, temía que Lord Risthart me atrapara entre grilletes y me llevara a
la mazmorra, pues el Imperio ya no tiene ningún interés en mí. Llevo esperando
ese día desde que me declaré en bancarrota.
-Tal vez -sugirió Birgit-
quieran que huyas para poder capturar a quien vaya contigo.
Jeod sonrió.
-Quizá. Pero ahora que
estáis aquí, tengo un medio para salir con el que no había contado.
-¿O sea que tienes un plan?
-preguntó Loring.
Un regocijo cruzó el rostro
de Jeod.
-Ah, sí, tengo mi plan.
¿Habéis visto el Ala de Dragón, atracado en el puerto?
Roran pensó en aquel navio.
-Sí.
-El Ala de Dragón es
propiedad de la compañía de navegación Blackmoor, una tapadera del Imperio.
Manejan provisiones para el ejército, que últimamente se ha movilizado hasta
extremos alarmantes, reclutando soldados entre los campesinos y confiscando
caballos, asnos y bueyes. -Jeod enarcó una ceja-. No estoy seguro de lo que eso
significa, pero es posible que Galbatorix pretenda marchar hacia Surda. En
cualquier caso, el Ala de Dragón zarpará hacia Feinster esta misma semana. Es
el mejor barco que se haya botado jamás, con un diseño nue-vo de Kinnel, el
maestro armador.
-Y querías piratearlo
-concluyó Roran.
-Sí. No sólo por fastidiar
al Imperio, o porque el Ala de Dragón tiene la reputación de ser el barco
velero más rápido de su tonelaje, sino porque ya está cargado de provisiones
para un largo viaje. Y como lo que lleva es comida, tendríamos suficiente para
toda la aldea.
Loring soltó una carcajada
tensa.
-Espero que seas capaz de
manejarla, Piernaslargas, porque ninguno de nosotros sabe lle-var nada más
grande que una gabarra.
-Algunos hombres de mis
tripulaciones permanecen en Teirm. Están en la misma situa-ción que yo,
incapacitados para luchar y para huir. Estoy seguro de que no desaprovecharán
la ocasión de desplazarse a Surda. Ellos os podrán enseñar lo que debe hacerse
en el Ala de Dragón. No será fácil, pero no veo que tengamos otra elección.
Roran sonrió. El plan le
gustaba: rápido, decisivo e inesperado.
-Has mencionado -comentó
Birgit- que durante el año pasado ninguno de tus barcos, ni los de los otros
mercaderes que ayudan a los vardenos, ha llegado a su destino. ¿Porqué,
entonces, habría de triunfar esta misión en lo que han fracasado tantas otras?
Jeod contestó deprisa:
-Porque contamos con el
factor sorpresa. La ley exige que los barcos mercantes sometan sus itinerarios
a la aprobación de la autoridad portuaria al menos dos semanas antes de
par-tir. Cuesta mucho tiempo preparar un barco para zarpar, así que si salimos sin
previo aviso, a Galbatorix podría costarle una semana, o más, enviar algún
barco a interceptarnos. Si tenemos suerte, no veremos ni las cofas de los
mástiles de nuestros perseguidores. Entonces
–siguió hablando Jeod-, si
estáis dispuestos a intentar esta iniciativa, esto es lo que hemos de hacer...
Huida
Después de revisar la
propuesta de Jeod desde todos los ángulos posibles y acceder a atenerse a ella
con unas pocas modificaciones, Roran envió a Nolfavrell en busca de Gertrude y
Mandel al Green Chestnut, pues Jeod había ofrecido su hospitalidad a todo el
grupo.
-Ahora, si me perdonáis
-dijo Jeod, al tiempo que se levantaba-, debo revelar a mi esposa lo que nunca
debí esconderle y preguntarle si está dispuesta a acompañarme a Surda. Esco-ged
las habitaciones que queráis en la segunda planta. Rolf os convocará cuando
esté lista la cena.
Abandonó el estudio con
pasos largos y lentos.
-¿Es inteligente dejar que
se lo cuente a esa ogra? -preguntó Loring.
Roran se encogió de hombros.
-Lo sea o no, no podemos
evitarlo. Y no creo que se quede en paz hasta que se lo haya contado.
En vez de irse a una
habitación, Roran se paseó por la mansión, evitando inconsciente-mente a los
sirvientes mientras cavilaba lo que había dicho Jeod. Se detuvo ante una
ventana salediza de la parte trasera de la casa, que daba a los establos, y
llenó los pulmones con el aire fresco y humeante, cargado con el olor familiar
del estiércol.
-¿Lo odias?
Se dio un susto y, al
volverse, vio a Birgit silueteada en el umbral de la puerta. Ella se en-volvió
el chal en torno a los hombros mientras se acercaba a él.
-¿A quién? -preguntó Roran,
aunque lo sabía de sobra.
-A Eragon. ¿Lo odias?
Roran contempló el cielo
oscurecido.
-No lo sé. Lo odio por
causar la muerte de mi padre, pero sigue siendo parte de mi familia y por eso
lo quiero... Supongo que si no necesitara a Eragon para salvar a Katrina, no
querría saber nada de él durante un buen tiempo.
-Igual que yo te necesito y
te odio a ti, Martillazos.
Roran resopló con expresión
irónica.
-Sí, estamos unidos por el
destino, ¿no? Tú me has de ayudar a encontrar a Eragon para poder vengar la
muerte de Quimby a manos de los ra'zac.
-Y para luego vengarme de
ti.
-Eso, también.
Roran miró fijamente sus
ojos firmes durante un rato, reconociendo el vínculo que los u-nía. Le
resultaba extrañamente reconfortante saber que compartían el mismo impulso, el
mis-mo ardor airado que aceleraba sus pasos cuando los demás titubeaban. Reconocía
en ella un espíritu gemelo.
Al cruzar de vuelta la casa,
Roran se detuvo junto al comedor al oír la cadencia de la voz de Jeod. Curioso,
pegó un ojo a una grieta que había junto a la bisagra que quedaba a media
altura. Jeod estaba de pie ante una mujer rubia y delgada. Roran dio por hecho
que era Helen.
-Si lo que dices es verdad,
¿cómo puedes esperar que me fíe de ti?
—No lo espero -respondió
Jeod.
-Y sin embargo, ¿me pides
que me convierta en fugitiva por ti?
-Una vez te ofreciste a
dejar tu familia y vagar por la tierra conmigo. Me suplicaste que te sacara de
Teirm.
-Una vez. Entonces me
parecías terriblemente gallardo con tu espada y tu cicatriz.
-Aún las tengo -dijo él, en
tono suave-. He cometido muchos errores contigo, Helen; ahora lo entiendo. Pero
sigo amándote y quiero que estés a salvo. Aquí no tengo futuro. Si me que-do,
sólo aportaré dolor a tu familia. Puedes volver con tu padre o venir conmigo.
Haz lo que te haga más feliz. De todos modos, te suplico que me des una segunda
oportunidad, que ten-gas el coraje de abandonar este lugar y deshacerte de los
amargos recuerdos de nuestra vida aquí. Podemos volver a empezar en Surda.
Ella guardó silencio un
largo rato.
-¿Aquel joven que estuvo
aquí es un Jinete de verdad?
-Lo es. Están soplando
vientos de cambios, Helen. Los vardenos están a punto de atacar, los enanos se
reúnen, y hasta los elfos se agitan en sus escondrijos antiguos. Se acerca la
gue-rra y, si tenemos suerte, también la caída de Galbatorix.
-¿Eres importante entre los
vardenos?
-Me deben cierta
consideración por haber participado en la obtención del huevo de Sa-phira.
-Entonces, ¿te concederán
algún cargo en Surda?
-Imagino que sí.
Jeod le puso las manos en
los hombros, y ella no se apartó.
-Jeod, Jeod, no me presiones
-murmuró-. Aún no me puedo decidir.
-¿Te lo vas a pensar?
Ella se estremeció.
-Ah, sí. Me lo voy a pensar.
Cuando Roran se alejó, le
dolía el corazón.
Katrina.
Aquella noche, durante la
cena, Roran notó que Helen a menudo clavaba los ojos en él pa-ra estudiarlo y
medirlo; para compararlo, sin duda, con Eragon.
Después de comer, Roran
llamó a Mandel y lo llevó al patio trasero de la casa.
-¿Qué sucede, señor?
-preguntó Mandel.
-Quería hablar contigo en
privado.
-¿Acerca de qué?
Roran pasó los dedos por el
borde mellado de su martillo y pensó que se sentía en gran medida como Garrow
cuando éste le soltaba algún sermón sobre la responsabilidad; Roran sentía
incluso que las mismas frases brotaban de su garganta. «Y así una generación
pasa a la siguiente», pensó.
-Últimamente, te has hecho
muy amigo de los soldados.
-No son enemigos nuestros
-objetó Mandel.
-A estas alturas, todo el
mundo es nuestro enemigo. Clovis y sus hombres podrían entre-garnos en
cualquier momento. De todas formas, no sería un problema si no fuera porque al
estar con ellos has abandonado tus obligaciones. -Mandel se tensó y el color brotó
en sus me-jillas, pero no se rebajó en la estima de Roran negando la acusación.
Complacido, Roran le preguntó-: ¿Qué es lo más importante que podemos hacer
ahora, Mandel?
-Proteger a nuestras
familias.
-Sí. ¿Y qué más?
Mandel dudó, inseguro, y al
fin confesó:
-No lo sé.
-Ayudarnos mutuamente. Es la
única manera de que algunos de los nuestros sobrevivan. Me decepcionó
especialmente enterarme de que te habías jugado comida con los marineros, pues
eso pone en peligro a toda la aldea. Sería mucho más útil que pasaras el tiempo
cazan-do, en vez de jugar a los dados o aprender a tirar el cuchillo. En
ausencia de tu padre, te co-rresponde a ti cuidar de tu madre y de tus
hermanos. Ellos confían en ti. ¿Está claro?
-Muy claro, señor -respondió
Mandel, con la voz ahogada.
-¿Volverá a pasar?
-Nunca más, señor.
-Bien. Bueno, no te he
traído aquí sólo para reñirte. Tienes un talento prometedor, y por e-so te voy
a encargar una tarea que no confiaría a nadie más que a mí mismo.
-¡Sí, señor!
-Mañana por la mañana,
necesito que vuelvas al campamento y le entregues un mensaje a Horst. Jeod cree
que el Imperio tiene espías que vigilan esta casa, de modo que es vital que te
asegures de que nadie te siga. Espera hasta que hayas salido de la ciudad y
luego despista a quien te haya seguido al campo. Mátalo si es necesario. Cuando
encuentres a Horst, debes decirle que...
Mientras repartía sus
instrucciones, Roran vio que la expresión de Mandel pasaba de la sorpresa a la
impresión y finalmente al asombro.
-¿Y si Clovis se niega?
-preguntó Mandel.
-Esa noche, parte las barras
de los timones de las barcazas, para que no puedan dirigirlas. Es un truco
sucio, pero sería desastroso que Clovis o alguno de sus hombres llegara a Teirm
antes que tú.
-No permitiré que eso ocurra
-prometió Mandel.
Roran sonrió.
-Bien.
Satisfecho por haber
resuelto el asunto del comportamiento de Mandel y porque el joven parecía
dispuesto a hacer cuanto pudiera por llevar su mensaje a Horst, Roran volvió a
la casa y dio las buenas noches al anfitrión antes de acostarse.
Con la única excepción de
Mandel, Roran y sus compañeros se confinaron en la mansión durante todo el día
siguiente, aprovechando el retraso para descansar, afinar sus armas y revisar
sus estratagemas.
Entre el alba y el anochecer
vieron alguna vez a Hellen, pues ésta iba ajetreada de una habitación a otra.
Vieron más a Rolf, con sus dientes como perlas barnizadas, y en absoluto a
Jeod, pues el mercader de cabellos grises había salido a pasear por la ciudad y
–aparentemen-te, por casualidad- encontrarse con los pocos hombres de mar que
le merecían confianza para la expedición.
Al regresar, dijo a Roran:
-Podemos contar con otros
cinco hombres. Espero que sea suficiente.
Jeod se quedó en su estudio
el resto de la tarde, escribiendo algunos documentos legales y ocupándose de
diversos asuntos.
Tres horas antes del
amanecer, Roran, Loring, Birgit, Gertrude y Nolfavrell se levantaron y,
reprimiendo unos bostezos prodigiosos, se congregaron en la entrada de la
mansión, don-de se enfundaron en largas capas para oscurecer sus rostros.
Cuando se les unió Jeod, llevaba un estoque colgado de un lado, y Roran pensó
que de algún modo aquella espada estrecha encajaba con el hombre escuálido,
como si sirviera para recordarle a Jeod quién era en realidad.
Jeod encendió una lámpara de
aceite y la sostuvo ante ellos.
-¿Estamos listos? -preguntó.
Asintieron. Luego el
mercader soltó el pestillo de la puerta y salieron todos en fila a la vacía
calle adoquinada. Tras ellos, Jeod se quedó parado en la entrada y dirigió una
anhelan-te mirada a las escaleras que quedaban a la derecha, pero Helen no apareció.
Jeod se encogió de hombros, cerró la puerta y abandonó la casa.
Roran le apoyó una mano en
un brazo.
-A lo hecho, pecho.
-Ya lo sé.
Trotaron por la oscura
ciudad, reduciendo el paso cuando se cruzaban con algún guardia o con cualquier
otro habitante de la noche, la mayoría de los cuales desaparecían enseguida de
la vista. En una ocasión escucharon pasos en lo alto de un edificio cercano.
-El diseño de la ciudad
-explicó Jeod- facilita a los ladrones pasar de un tejado a otro.
Volvieron a caminar despacio
al llegar a la puerta este de Teirm. Como aquella entrada daba al puerto, sólo
estaba cerrada cuatro horas cada noche para minimizar las molestias causadas al
comercio. De hecho, pese a la hora, unos cuantos hombres pasaban ya bajo la
puerta.
Aunque Jeod les había
advertido que eso podía suceder, Roran sintió el brote del miedo cuando los
guardias bajaron sus lanzas y les preguntaron qué querían. Se humedeció la boca
y se esforzó por no temblar mientras el soldado mayor examinaba un pergamino
que le dio Jeod. Al cabo de un largo minuto, el guardia asintió y le devolvió
el pergamino. -Podéis pasar.
Cuando estuvieron en el
muelle, lejos del alcance de los muros de la ciudad, Jeod dijo:
-Suerte que no sabía leer.
Los seis esperaron en el
húmedo embarcadero hasta que, de uno en uno, los hombres de Jeod fueron
emergiendo de la bruma gris que se tendía sobre la orilla. Eran solemnes y
si-lenciosos, llevaban el pelo trenzado hasta la mitad de la espalda, las manos
untadas de brea y una serie de cicatrices que provocaron respeto incluso a
Roran. Le gustó lo que veía y se dio cuenta de que también ellos lo aprobaban a
él. Sin embargo, no les gustó la presencia de Bir-git.
Uno de los marineros, un
gran bruto, la señaló con el pulgar y acusó a Jeod:
-No nos dijiste que habría
una mujer en la pelea. ¿Cómo se supone que me voy a concen-trar si tengo
delante a una vagabunda de los bosques?
-No hables así de ella -dijo
Nolfavrell, rechinando los dientes.
-¿Y su crío también? Con voz
tranquila, Jeod dijo:
-Birgit se ha enfrentado a
los ra'zac. Y su hijo ya ha matado a uno de los mejores soldados de Galbatorix.
¿Puedes decir tú lo mismo, Uthar?
-No es correcto -intervino
otro hombre-. Con una mujer a mi lado no me siento a salvo; sólo traen mala
suerte. Una mujer no debería...
Lo que iba a decir quedó en
el aire porque en ese instante Birgit hizo algo bien poco femenino. Dio un paso
adelante, le pegó una patada entre las piernas a Uthar y luego agarró al
segundo hombre y le puso la punta del cuchillo en el cuello. Lo sostuvo así un
momento para que todos pudieran ver lo que había hecho, y luego lo soltó. Uthar
rodó a sus pies por el muelle, con las manos en la entrepierna y mascullando un
arroyo de maldiciones.
-¿Alguien más tiene alguna
objeción? -quiso saber Birgit.
A su lado, Nolfavrell miraba
boquiabierto a su madre.
Roran se tapó con la capucha
para ocultar su sonrisa. «Suerte que no se han fijado en Ger-trude», pensó.
Al ver que nadie más retaba
a Birgit, Jeod preguntó:
-¿Habéis traído lo que
quería?
Todos los soldados echaron
mano a sus camisas y sacaron palos gruesos y maromas de distinta longitud.
Así armados, echaron a andar
muelle abajo hacia el Ala de Dragón, haciendo lo posible por no ser detectados.
Jeod mantenía la lámpara tapada en todo momento. Cerca del embar-cadero, se
escondieron tras un almacén y vieron cómo se agitaban en torno al muelle del
barco las luces que llevaban los centinelas. Habían retirado la pasarela
durante la noche.
-Recordad -susurró Jeod- que
lo más importante es evitar que suene la alarma hasta que estemos listos para
zarpar.
-Dos hombres abajo, dos
arriba, ¿sí? -preguntó Roran.
Uthar respondió:
-Es lo habitual.
Roran y Uthar se quedaron en
bombachos, se ataron la ropa y los palos a la cintura -Roran se desprendió del
martillo- y luego fueron corriendo hasta más abajo por el muelle, lejos de la
vista de los centinelas, donde se metieron en el agua helada.
-Garr, odio hacer esto -dijo
Uthar.
-¿Lo habías hecho alguna
vez?
-Es la cuarta. No dejes de
moverte, o te congelarás.
Agarrándose a los escuálidos
pilares que sostenían el muelle, nadaron de vuelta hacia el punto de partida,
hasta que llegaron al embarcadero de piedra que llevaba al Ala de Dragón. Uthar
acercó los labios al oído de Roran.
-Yo me encargo del ancla de
estribor.
Roran asintió para mostrarse
de acuerdo.
Se zambulleron los dos bajo
el agua negra y se separaron. Uthar nadó como una rana bajo la proa del barco,
mientras que Roran fue directo al ancla de babor y se agarró a la gruesa
cadena. Desató el palo que llevaba a la cintura, lo sujetó entre los dientes
-tanto por liberar las manos como para evitar el castañeteo- y se dispuso a
esperar. El burdo metal le arrancaba el calor de los brazos, como si fuera
hielo.
En menos de tres minutos,
Roran oyó por arriba el roce de las botas de Birgit, cuando ella echó a andar
hasta el extremo del embarcadero, que llegaba a la mitad del Ala de Dragón, y
luego el tenue sonido de su voz cuando se puso a dar conversación a los centinelas.
Si todo iba bien, conseguiría mantener su atención alejada de la proa.
«¡Ahora!»
Mano tras mano, Roran fue
escalando la cadena. Le ardía el hombro derecho, donde le había mordido el
ra'zac, pero siguió subiendo. Desde la portilla por la que la cadena del ancla
entraba en el barco, se agarró a los caballetes que sostenían el mascarón pintado,
luego pasó a la borda y de ahí a la cubierta. Uthar ya estaba allí, boqueando y
goteando.
Palo en mano, caminaron de
puntillas hacia la popa del barco, escondiéndose donde podían. Se detuvieron a
menos de tres metros de los centinelas. Los dos hombres estaban apoyados en la
borda, charlando con Birgit.
Como un relámpago, Roran y
Uthar abandonaron sus escondites y golpearon a los centinelas en la cabeza
antes de que pudieran desenfundar los sables. Abajo, Birgit hizo seña-les a
Jeod y al resto del grupo, y entre todos alzaron la pasarela y cruzaron uno de
sus extremos hasta el barco, donde Uthar la ató a la borda.
Cuando Nolfavrell subió
corriendo a bordo, Roran le pasó su cuerda y le dijo:
-Ata a esos dos y
amordázalos.
Luego, todos menos Gertrude
bajaron a los camarotes a buscar a los demás centinelas. Encontraron a otros
cuatro hombres: el sobrecargo, el contramaestre, el cocinero y su pin-
che. A todos los sacaron de
la cama, golpearon en la cabeza a quienes se resistían y luego los ataron firmemente.
También en esa tarea demostró Birgit su valía, pues ella sola atrapó a dos
hombres.
Jeod dispuso a los infelices
prisioneros en una fila a lo largo de la cubierta para poder vigilarlos en todo
momento y luego declaró:
-Tenemos mucho que hacer y
muy poco tiempo. Roran, ahora Uthar es el capitán del Ala de Dragón. Tú y los
demás aceptaréis sus órdenes.
Durante las dos horas
siguientes hubo un frenesí de actividad en el barco. Los marineros se
encargaron de la jarcia y las velas, mientras Roran y los de Carvahall se
encargaban de vaciar la bodega de provisiones superfluas, como algunas balas de
lana cruda. Las echaron por la borda, sostenidas por cuerdas para que nadie
oyera la salpicadura desde el muelle. Si tenía que caber todo el pueblo en el
Ala de Dragón, había que despejar el mayor espacio posi-ble.
Roran estaba enganchando un
cable a un barril cuando oyó una ronca exclamación:
-¡Viene alguien!
Todos los que estaban en
cubierta, menos Jeod y Uthar, se tumbaron boca abajo y cogieron las armas. Los
dos hombres que quedaban en pie caminaron arriba y abajo por el barco como si
fueran centinelas. A Roran le estallaba el corazón mientras permanecía inmó-vil,
preguntándose qué iba a suceder. Contuvo la respiración al ver que Jeod se
dirigía al intruso... Y luego sonó en la pasarela el eco de sus pasos.
Era Helen.
Llevaba un vestido sencillo,
el pelo recogido con un pañuelo y un saco de yute al hombro. No dijo ni una
palabra, pero instaló sus cosas en la cabina principal y, al salir, se quedó
junto a Jeod. Roran pensó que nunca había visto a un hombre tan feliz.
Por encima de las lejanas
Vertebradas, el cielo apenas empezaba a clarear cuando uno de los marineros
encargados de la jarcia señaló hacia el norte y silbó para advertir que había
visto a los aldeanos.
Roran se movió aún más
deprisa. Apenas disponían de tiempo. Subió corriendo a la cubierta y escrutó la
oscura fila de gente que avanzaba por la costa. Aquella parte del plan
de¬pendía del hecho de que, al contrario que en otras ciudades costeras, en
Teirm los muros no quedaban abiertos al mar, sino que encerraban por completo
toda la extensión de la ciudad para evitar los frecuentes ataques de los
piratas. Eso implicaba que quedaban ex-puestos los edificios que bordea¬ban el
puerto... Y que los aldeanos podían llegar caminando hasta el Ala de Dragón.
-¡Deprisa! ¡Vamos, deprisa!
–dijo Jeod.
Tras una orden de Uthar, los
marineros cargaron braza¬das de jabalinas para los grandes arcos que había en
cubierta, así como toneles de una brea apestosa; los volcaron y usaron la brea
para pintar la mitad superior de las jabalinas. Luego empujaron y cargaron las
catapul-tas a la amura de estribor; hizo falta que dos hombres tiraran de la
cuerda de lanza¬miento para encajarla en su gancho.
A los aldeanos les quedaban
dos tercios del camino para llegar al barco cuando los soldados que patrullaban
por las al¬menas de Teirm los vieron e hicieron sonar la alarma. Antes incluso
de que dejara de sonar la primera nota, Uthar gritó:
-¡Cargad y disparadles!
Nolfavrell destapó la
lámpara de Jeod y corrió de una ca¬tapulta a otra, acercando la llama a las
jabalinas hasta que ar¬día la brea. En cuanto se prendía un proyectil, un
hombre apos-tado tras el arco tiraba de la cuerda y la jabalina desa¬parecía
con un pesado zunc. En total, doce proyectiles en llamas salieron del Ala de
Dragón y rasgaron los barcos y edi-ficios de la bahía como meteoros rugientes
al rojo vivo que cayeran del cielo.
-¡Cargadlas de nuevo! -gritó
Uthar.
El crujido de la madera al
flexionarse llenaba el aire mientras tiraban entre todos de las cuerdas
retorcidas. Dispusieron las jabalinas en su sitio. De nuevo, Nolfavrell echó a
correr. Roran notó en los pies la vibración cuando la cata¬pulta que tenía delante
envió su letal proyectil volando ha¬cia su destino.
El fuego se extendió
enseguida por todo el frente mari¬no, formando una barrera impe-netrable que
impedía a los soldados llegar al Ala de Dragón por la puerta este de Teirm.
Roran había contado con que la columna de humo escon¬diera el barco a los
arqueros de las alme-nas, y así fue, pero por poco. Una nube de flechas chocó
con las jarcias, y una de ellas se clavó en la cubierta, al lado de Gertrude,
antes de que los soldados perdieran el barco de vista.
Desde la proa, Uthar gritó:
-¡Disparad a discreción!
Los aldeanos corrían en
tropel por la playa. Llegaron al extremo norte del embarcadero, y un puñado de
hombres se tambalearon y cayeron cuando los soldados de Teirm afi¬naron la
puntería. Los niños gritaban de terror. Luego los aldeanos recuperaron la inercia.
Caminaron sobre la made¬ra, pasaron ante un almacén envuelto en llamas y
llegaron al muelle. Aquel grupo boqueante cargó hacia el barco en una confusa
masa de cuerpos a empujones.
Birgit y Gertrude guiaron al
arroyo de gente hacia las es¬cotillas de proa y popa. En pocos minutos, los
distintos niveles del barco estaban atestados hasta el límite, desde la bodega
de carga hasta la cabina del capitán. Los que no encontraban sitio bajo
cubierta permanecieron en superficie, sosteniendo los escudos de Fisk sobre sus
cabezas.
Tal como había pedido Roran
en su mensaje, todos los hombres de Carvahall que se en-contraban en buena
forma se reunieron en torno al palo mayor, en espera de instruc¬ciones. Roran
vio a Mandel entre ellos y le dirigió un saludo lleno de orgullo.
Luego Uthar señaló a un
marinero y ladró:
-¡Tú, Bonden! Lleva esos
lampazos a los cabestrantes, sube las anclas y prepara los remos. ¡A toda
prisa! -Luego dirigió sus órdenes a los que permanecían junto a las
catapul-tas-: La mitad de vosotros, salid de ahí e íd a la catapulta de babor.
Alejad a cualquier grupo que pretenda embarcar.
Roran fue uno de los que
cambiaron de lado. Mientras preparaba la catapulta, unos cuantos rezagados
salieron del agrio humo y subieron al barco. A su lado, Jeod y Helen al-zaron a
los seis prisioneros de uno en uno hasta la pasarela y los enviaron rodando al
muelle.
Sin que Roran pudiera apenas
darse cuenta, habían subi¬do las anclas, habían cortado la maroma que sujetaba
la pa¬sarela, y un tambor resonaba bajo sus pies para marcar el rit¬mo a los
remeros. Muy, muy despacio, el Ala de Dragón giró a babor, hacia el mar
abierto, y luego, con velocidad creciente, se alejó del muelle.
Roran acompañó a Jeod al
alcázar, desde donde con¬templaron el infierno encarnado que devoraba cualquier
cosa inflamable entre Teirm y el océano. A través del filtro de humo, el sol
parecía un disco naranja, liso, inflado y en¬sangrentado, al alzarse sobre la
ciudad.
«¿A cuántos he matado ya?»,
se preguntó Roran.
Como si repitiera sus
pensamientos, Jeod observó:
-Esto dañará a mucha gente
inocente.
El sentido de culpa hizo que
Roran respondiera con más fuerza de la que pretendía:
-¿Preferirías estar en las
prisiones de Lord Risthart? Dudo que el incendio lastime a mu-cha gente, y
quienes se salven no tendrán que enfrentarse a la muerte, como no¬sotros si nos
atrapa el Imperio.
-No hace falta que me des
lecciones, Roran. Conozco bien los argumentos. Hemos hecho lo que teníamos que
ha¬cer. Pero no me pidas que disfrute del sufrimiento que he¬mos causado para
asegurarnos de seguir a salvo.
Hacia el mediodía estaban
recogidos los remos y el Ala de Dragón navegaba por sus pro-pias fuerzas,
impulsado por los vientos favorables del norte. Las ráfagas de aire arrancaban
un grave zumbido a las jarcias en lo alto.
El barco estaba
desgraciadamente superpoblado, pero Roran confiaba en que, con una cuidadosa
planificación, llegarían a Surda con pocas incomodidades. El peor
incon¬veniente era la escasez de alimentos; si no querían morir de hambre,
tendrían que racionar la comida en míseras por¬ciones. Y al estar tan
amontonados, la posibilidad de que las enfermedades se cebaran en ellos era
demasiado cierta.
Tras un breve discurso de
Uthar, en el que habló de la im¬portancia de la disciplina en un barco, los
aldeanos se apli¬caron a las tareas que requerían su atención inmediata, como
atender a los heridos, desempacar sus exiguas perte¬nencias y decidir la manera
más eficaz de establecer turnos para dormir en cada cubierta. También tenían
que escoger quién iba a ocupar los diferentes puestos necesarios en el Ala de
Dragón: quién cocinaría, quiénes se for-marían como mari¬neros con las
enseñanzas de los hombres de Uthar, etcétera.
Roran estaba ayudando a
Elain a colgar una hamaca cuando se vio envuelto en una aca-lorada disputa
entre Odele, su familia, y Frewin, que al parecer había abandonado a la
tripu-lación de Torson para estar con Odele. Los dos que¬rían casarse, a lo que
se oponían de modo vehemente los pa¬dres de Odele con el argumento de que el
joven marinero no tenía familia, ni una profesión respetable, ni medios para
aportar siquiera un mínimo de comodidades a su hija. Roran creía que era mejor
que el par de enamorados per¬manecieran juntos, pues no parecía muy práctico
intentar separarlos mientras estuvieran confinados en el mismo bar¬co, pero los
padres de Odele se negaban a dar crédito a sus argumentos.
Frustrado, Roran preguntó:
-Entonces, ¿qué haríais
vosotros? No podéis encerrarla, y creo que Frewin ha demostrado su dedicación
más que...
-¡Ra'zac!
El grito llegaba desde la
cofa.
Sin pensárselo dos veces,
Roran sacó el martillo del cin¬to, se dio la vuelta y subió por la escala que
llevaba a la esco¬tilla de proa, dándose un golpe en la espinilla. Corrió hacia
el grupo de gente que se apiñaba en el alcázar y se detuvo junto a Horst.
El herrero señaló.
Uno de los terribles
corceles de los ra'zac planeaba como una sombra desgarbada sobre el borde de la
costa, con un ra'zac en su grupa. Ver a aquellos dos monstruos a plena luz del
día no disminuyó de ningún modo el escalofriante ho¬rror que inspiraban a Roran.
Se estremeció cuando la criatu¬ra alada soltó su aullido aterrador. Luego, la
voz de insecto del ra'zac se des-lizó sobre el agua, distante pero clara:
-¡No escaparás!
Roran miró hacia la
catapulta, pero no tenía tanto al¬cance como para acertar al ra'zac en su
montura.
-¿Alguien tiene un arco?
-Yo -contestó Baldor. Hincó
una rodilla en el suelo y empezó a encordar su arma-. No dejéis que me vean.
Todos los presentes en el
alcázar formaron un prieto cír¬culo en torno a Baldor, escudándolo con sus
cuerpos de la malévola mirada del ra'zac.
-¿Por qué no atacan? -gruñó
Horst.
Sorprendido, Roran buscó una
explicación, pero no la encontró. Fue Jeod quien sugirió:
-Tal vez haya demasiada luz
para ellos. Los ra'zac cazan de noche y, que yo sepa, no se aventuran a salir
de sus ma¬drigueras por su propia voluntad mientras esté el sol en el cielo.
-No es sólo eso -dijo
lentamente Gertrude-. Creo que le tienen miedo al océano.
-¿Miedo al océano? -se mofó
Horst.
-Míralos; no vuelan más que
un metro por encima del agua en ningún momento.
-¡Tiene razón! -dijo Roran.
«Por fin, una debilidad que
podré usar contra ellos.»
Unos pocos segundos después,
Baldor dijo:
-¡Listo!
Al oírlo, los que estaban
delante de él saltaron a un lado, despejando el camino para su flecha. Baldor
se puso en pie de un salto y, con un solo movimiento, se llevó la pluma a la
mejilla y soltó la flecha de junco.
Fue un disparo heroico. El
ra'zac estaba lejos del alcance de cualquier arco, más allá de la marca que
Roran jamás ha¬bía visto alcanzar a ningún arquero, pero la puntería de Bal¬dor
era certera. La flecha golpeó a la criatura voladora en el flanco diestro, y la
bestia soltó un grito de dolor tan desga¬rrador que el hielo de la cubierta se
cuarteó y se astillaron las piedras de la orilla. Roran se tapó los oídos con
ambas manos para protegerse del odioso estallido. Sin dejar de chi¬llar, el
monstruo se encaró hacia la tierra y se deslizó tras la línea de brumosas
colinas.
-¿Lo has matado? -preguntó
Jeod, con el rostro pálido.
-Me temo que no -respondió
Baldor-. Sólo ha sido una herida superficial.
Loring, que acababa de
llegar, observó con satisfacción:
-Sí, pero al menos lo has
herido, y juraría que se lo van a pensar dos veces antes de volver a
molestarnos.
A Roran lo invadió la
pesadumbre.
-Guárdate la celebración
para más adelante, Loring. Eso no ha sido ninguna victoria.
-¿Por qué no? -quiso saber
Horst.
-Porque ahora el Imperio
sabe exactamente dónde es¬tamos.
El alcázar quedó en silencio
mientras todos cavilaban las implicaciones de lo que Roran acababa de decir.
Juego
de niños
-Y esto -dijo Trianna- es el
último patrón que hemos in¬ventado.
Nasuada cogió el velo negro
que le ofrecía la bruja y se lo pasó entre las manos, maravillada por su
calidad. Ningún humano podía coser un encaje tan fino. Miró con satisfac¬ción
las hileras de cajas que había en su escritorio, llenas de muestras de los
muchos diseños que ya producía Du Vrangr Gata.
-Lo habéis hecho muy bien
-dijo-. Mucho mejor de lo que esperaba. Dile a tus hechiceras lo contenta que
estoy con su trabajo. Significa mucho para los vardenos.
Trianna inclinó la cabeza al
oír las alabanzas.
-Les transmitiré tu mensaje,
señora Nasuada.
-¿Ya han...?
Un alboroto en la puerta de
sus aposentos interrumpió a Nasuada. Oyó que los guardias maldecían y alzaban
la voz, y luego sonó un grito de dolor. Un entrechocar de metales re-sonó en el
pasillo. Nasuada se apartó alarmada de la puerta y desenfundó su daga.
-¡Corre, señora! -dijo
Trianna. La bruja se situó ante Na¬suada y se arremangó, desnudan-do sus brazos
blancos por si debía usar la magia-. Por la entrada de los sirvientes.
Antes de que Nasuada pudiera
moverse, se abrieron las puertas de golpe y una pequeña figura la atrapó por
las pier¬nas y la tiró al suelo. Justo en el momento en que caía Na¬suada, un
objeto plateado cruzó el espacio que ocupaba has¬ta entonces y se clavó en la
pared contra-ria con un sordo zumbido.
Entonces entraron los cuatro
guardias, y hubo unos ins¬tantes de confusión mientras Nasuada notaba que le
quita¬ban de encima a su atacante. Cuando consiguió ponerse en pie vio que
tenían atrapada a Elva.
-¿Qué significa esto? -quiso
saber Nasuada.
La niña de cabello oscuro
sonrió, luego dobló el cuerpo y vomitó en la alfombra trenzada. Después clavó
sus ojos vio¬leta en Nasuada y, con su terrible voz sabia, dijo:
-Haz que tu maga examine la
pared, oh, hija de Ajihad, y comprueba si he cumplido la promesa que te hice.
Nasuada hizo un gesto de
asentimiento a Trianna, quien se deslizó hasta el agujero astillado de la pared
y murmu¬ró un encanto. Al regresar, sostenía un dardo metálico en la mano.
-Estaba enterrado en la
madera.
-Pero ¿de dónde ha salido?
-preguntó Nasuada, descon¬certada.
Trianna gesticuló hacia la
ventana abierta, que daba a la ciudad de Aberon.
-De ahí, supongo.
Nasuada volvió a prestar
atención a la expectante niña.
-¿Qué sabes tú de esto,
Elva?
La horrible sonrisa de la
niña se ensanchó.
-Era un asesino.
-¿Quién lo envía?
-Un asesino formado por
Galbatorix en persona en los usos oscuros de la magia. –Entre-cerró sus ojos
ardientes, como si estuviera en trance-. Ese hombre te odia. Viene a por ti. Te
habría matado si no llego a evitarlo. -Se lanzó ha¬cia delante y vomitó de
nuevo, escupiendo comida medio di¬gerida por el suelo. Nasuada refrenó una
náusea de asco—. Y va a sufrir aún más dolor.
-¿Por qué?
-Porque te diré que se
hospeda en el hostal de la calle Fane, en la última habitación del pi-so
superior. Será mejor que te des prisa, o se irá lejos..., muy lejos. -Gruñó
como una bestia herida y se agarró el vientre-. Corre, antes de que el hechizo
de Eragon me obligue a impedir que le hagas daño. En ese caso, te
arrepentirías.
Trianna ya se ponía en
marcha cuando Nasuada dijo:
-Cuéntale a Jórmundur lo que
ha pasado y luego coge a tus magos más fuertes y perse-guid a ese hombre.
Capturadlo si podéis. Y si no podéis, matadlo.
Cuando se fue la bruja,
Nasuada miró a sus hombres y vio que les sangraban las piernas por numerosos
cortes. Se dio cuenta de lo mucho que habría costado a Elva hacer¬les daño.
-Marchaos -les dijo-. Buscad
a una sanadora que os cure las heridas.
Los guerreros negaron con la
cabeza, y su capitán dijo:
-No, señora. Nos quedaremos
a su lado hasta que sepa¬mos que está a salvo.
-Como usted crea
conveniente, capitán.
Los hombres instalaron
barricadas en las ventanas -lo cual empeoró aún más el calor sofo-cante que
plagaba el cas¬tillo Borromeo- y luego todos se retiraron a las cámaras
in-teriores en busca de mayor protección.
Nasuada caminaba de un lado
para otro, con el corazón palpitante por la impresión retar-dada al darse
cuenta de que había estado a punto de morir asesinada. «¿Qué les pasaría a los
vardenos si yo muriera? -se preguntó-. ¿Quién me su¬cedería?» El desánimo se
apoderó de e-lla; no había hecho ningún preparativo para los vardenos ante su
hipotético fa-llecimiento, olvido que ahora se le antojaba un error
funda¬mental. «No permitiré que los vardenos se su-merjan en el caos por no
haber sido capaz de tomar precauciones.»
Se detuvo.
-Estoy en deuda contigo,
Elva.
-Ahora y siempre.
Nasuada titubeó,
desconcertada como siempre por las respuestas de la niña, y luego continuó:
-Te pido perdón por no haber
ordenado a mis guardias que te dejaran pasar a cualquier hora del día o de la
noche. Tendría que haber anticipado que pudiera suceder algo así.
-Pues sí -dijo Elva, en tono
burlón.
Alisándose la parte
delantera del vestido, Nasuada echó a andar de nuevo, tanto para evi-tar la
visión del rostro de Elva, blanco como una piedra y marcado por el dragón, como
para dispersar su propia energía nerviosa.
-¿Cómo has logrado escapar
de tu habitación sin com¬pañía?
-Le he dicho a mi vigilante,
Greta, lo que quería oír.
-¿Eso es todo?
Elva pestañeó.
-Se ha quedado muy contenta.
-¿Y Angela?
-Ha salido esta mañana con
algún recado.
-Bueno, en cualquier caso
cuenta con mi gratitud por salvarme la vida. Pídeme la recom-pensa que quieras
y te la concederé, si entra en mis posibilidades.
Elva paseó la mirada por la
decorada habitación y dijo:
-¿Tienes algo de comida?
Tengo hambre.
Premonición de guerra
Dos horas más tarde volvió
Trianna con un par de guerreros que cargaban entre ambos un cuerpo inmóvil.
Tras una or¬den de la maga, los hombres soltaron el cadáver al suelo. Lue-go,
la bruja dijo:
-Encontramos al asesino
donde ha dicho Elva. Se llama¬ba Drail.
Llevada por una curiosidad
morbosa, Nasuada examinó el rostro del hombre que había intentado matarla. El
asesi¬no era bajo, barbudo y de aspecto llano, parecido a una in-contable
cantidad de hombres de la ciudad. Sintió una cier¬ta conexión con él, como si
el atentado con-tra su vida y el hecho de que ella hubiera decretado su muerte
a cambio los vincularan de la manera más íntima posible.
-¿Cómo ha muerto?
-preguntó-. No veo marcas en su cuerpo.
-Se ha suicidado con magia
cuando hemos superado sus defensas y hemos penetrado en su mente, pero antes de
que pudiéramos controlar sus acciones.
-¿Habéis podido averiguar
algo antes de que muriera?
-Sí. Drail forma parte de
una red de agentes establecida aquí, en Surda, leales a Galba-torix. Se llaman
la Mano Ne¬gra. Nos espían, sabotean nuestros preparativos de guerra y, has-ta
donde hemos podido determinar en nuestro breve atisbo de los recuerdos de
Drail, son responsables de una docena de muertes entre los vardenos.
Aparentemente, des¬de que llega-mos de Farthen Dúr estaban esperando una buena
ocasión para matarte.
-¿Y por qué Mano Negra no ha
asesinado todavía a Orrin?
Trianna se encogió de
hombros.
-No sabría decirlo. Tal vez
Galbatorix considere que tú representas una amenaza mayor que Orrin. Si es así,
en cuanto la Mano Negra se dé cuenta de que estás protegida de sus ata-ques...
-Lanzó una rápida mirada a Elva-. Orrin no sobrevivirá ni un mes, salvo que
esté protegido día y no¬che por magos. O tal vez Galbatorix haya evitado una
acción tan directa porque quería que la Mano Negra pasara inad¬vertida. Él
siempre ha tolerado la existencia de Surda. Aho¬ra que se ha convertido en una
amenaza...
-¿Puedes proteger también a
Orrin? -preguntó Nasua¬da, volviéndose hacia Elva.
Sus ojos violeta parecían
brillar.
-Tal vez, si me lo pide con
amabilidad.
Los pensamientos de Nasuada
se aceleraron al cavilar cómo desbaratar aquel nuevo peli-gro.
-¿Todos los agentes de
Galbatorix pueden usar la magia?
-La mente de Drail estaba
algo confusa, así que no se puede decir con exactitud -explicó Trianna-, pero
diría que muchos sí pueden.
«Magia», maldijo Nasuada en
silencio. El mayor peligro que los vardenos debían esperar de los magos, o de
cual¬quier persona formada en el uso de la mente, no era el ase-sinato, sino
más bien el espionaje. Los magos podían espiar los pensamientos de la gente y
sonsacar información útil para destruir a los vardenos. Precisamente por eso
Nasuada y toda la estruc-tura de mando de los vardenos habían apren¬dido a
detectar cuándo alguien entraba en con-tacto con sus mentes y a protegerse de
tales intenciones. Nasuada sospe-chaba que Orrin y Hrothgar contaban con
precauciones si¬milares en sus propios gobiernos.
Sin embargo, como no
resultaba práctico que todas las personas que tenían acceso a datos
potencialmente dañinos dominaran esa habilidad, una de las mayores
responsabili-dades de Du Vrangr Gata consistía en perseguir a cualquie¬ra que
obtuviera información de las mentes de la gente. El coste de esa vigilancia era
que Du Vrangr Gata terminaba es-piando a los var-denos tanto como a sus
enemigos, hecho que Nasuada se aseguraba de esconder a la mayoría de sus
seguidores, pues sólo podía provocar odio, disgusto y dis-crepancias. Le
disgustaba aquella práctica, pero no veía al¬ternativa.
Lo que acababa de saber
sobre la Mano Negra reforzó la convicción de Nasuada de que, de un modo u otro,
tenía que dominar a los magos.
-¿Por qué no habéis
descubierto esto antes? -preguntó-. Puedo entender que se os escapa-ra un
asesino solitario, pero ¿toda una red de hechiceros dedicados a destruirnos?
Explícate, Trianna.
Los ojos de la bruja
brillaron de rabia ante la acusación.
-Porque aquí, al contrario
que en Farthen Dür, no po¬demos examinar la mente de todo el mundo en busca de
do¬bleces. Hay simplemente demasiada gente para que los ma¬gos les sigamos la
pista. Por eso no sabíamos nada de la Mano Negra hasta ahora, señora Nasuada.
Nasuada se detuvo y luego
inclinó la cabeza.
-Entendido. ¿Habéis
descubierto la identidad de más miembros de la Mano Negra?
-De algunos.
-Bien. Usadlo para husmear
los nombres de los demás agentes. Quiero que destruyas esa organización para
mí, Trianna. Erradícalos como harías con una plaga de gusanos. Te daré a tantos
hombres como te hagan falta.
La bruja hizo una
reverencia.
-Como tú quieras, señora
Nasuada.
Alguien llamó a la puerta;
los guardias sacaron las espa¬das y tomaron posición a ambos lados de la
entrada, y luego el capitán abrió la puerta de golpe sin previo aviso. Fuera
ha¬bía un joven paje, con el puño alzado para llamar de nuevo. Se quedó asombrado
mirando el ca-dáver que había en el suelo y luego recuperó la atención cuando
el capitán pre¬guntó:
-¿Qué pasa, muchacho?
-Tengo un mensaje del rey
Orrin para la señora Nasuada.
-Pues habla, y hazlo rápido
-dijo la reina.
El paje se tomó un momento
para recuperarse.
-El rey Orrin solicita que
lo atienda de inmediato en su cámara del consejo, pues ha reci-bido informes
del Imperio que exigen su atención inmediata.
-¿Eso es todo?
-Sí, señora.
-Debo atenderlo. Trianna, ya
tienes tus órdenes. Capi¬tán, ¿dejará a uno de sus hombres para que se deshaga
de Drail?
-Sí, señora.
-Y también, por favor,
localiza a Farica, mi doncella. Ella se encargará de que limpien mi estudio.
-¿Y qué pasa conmigo?
-preguntó Elva, inclinando la cabeza.
-Tú -dijo Nasuada- me
acompañarás. Suponiendo que tengas suficientes fuerzas para hacerlo.
La niña echó atrás la
cabeza, y de su boca pequeña y re¬donda emanó una fría risa:
-Sí tengo fuerzas, Nasuada.
¿Y tú?
Ignorando la pregunta,
Nasuada echó a andar por el pa¬sillo, rodeada por sus guardias. Las piedras del
castillo exu¬daban un olor terroso por el calor. Tras ella, oyó el golpeteo de
los pasos de Elva y experimentó un perverso placer al ver que la espantosa niña
tenía que correr para avanzar al ritmo de los pasos de los adultos, más largos.
Los guardias se quedaron
atrás en el vestíbulo anterior a la sala del consejo, mientras en-traban
Nasuada y Elva. La sala era austera hasta el extremo de la severidad y
reflejaba la na¬turaleza combativa de la existencia de Surda. Los reyes del
país habían dedicado sus recursos a proteger a su gente y a de¬rrotar a
Galbatorix, no a decorar el castillo Borromeo con ri¬quezas inútiles como
habían hecho los enanos en Tronjheim.
En la sala principal había
una mesa de burdo tallado, sobre la que aparecía un mapa a-bierto de Alagaésia,
sostenido con dagas en las cuatro esquinas. Como de costumbre, Orrin estaba
sentado a la cabeza de la mesa, mientras que sus diversos consejeros -muchos de
los cuales, como bien sa¬bía Nasuada, se oponían a ella- ocupaban las sillas
más leja¬nas. El Con-sejo de Ancianos también estaba presente. Na¬suada notó la
preocupación en el rostro de Jór-mundur cuando éste la miró y dedujo que
Trianna le había contado ya lo de Drail.
-Señor, ¿has preguntado por
mí?
Orrin se levantó.
-Sí. Hemos recibido... -Se
detuvo a media frase al perca¬tarse de la presencia de Elva-. Ah, sí, Frente
Luminosa. No he tenido ocasión de recibirte en audiencia antes, aun¬que el
relato de tus gestas ha llegado a mis oídos y, debo confesarlo, tenía mucha
curiosidad por conocerte. ¿En¬cuentras satisfactorios los aposentos que te he
concedido?
-Están bastante bien, señor.
Gracias.
Al oír su voz
fantasmagórica, propia de un adulto, todos los presentes en la mesa dieron un
respingo.
Irwin, el primer ministro,
se puso en pie de un salto y se¬ñaló a Elva con un dedo tembloroso.
-¿Por qué has traído a
esta... abominación?
-Eso no son maneras, señor
-replicó Nasuada, aunque entendía sus sentimientos.
Orrin frunció el ceño.
-Sí, contente, Irwin. De
todos modos, tiene algo de ra¬zón, Nasuada; esta niña no puede estar presente
en nuestras deliberaciones.
-El Imperio -anunció ella-
acaba de intentar asesinar¬me. -Sonaron en la sala las exclama-ciones de
sorpresa-. Si no llega a ser por la rápida actuación de Elva, estaría muer¬ta.
En con-secuencia, la he tomado bajo mi confianza; donde voy yo, va ella.
«Que se pregunten qué es
capaz de hacer Elva exacta¬mente.»
-Pues sí que son
inquietantes tus noticias -exclamó el rey-. ¿Has atrapado al villano?
Viendo las ansiosas
expresiones de los consejeros, Na¬suada dudó.
-Sería mejor esperar hasta
que pueda contártelo en pri¬vado, señor.
Orrin pareció decepcionado
por su respuesta, pero no prosiguió con el asunto.
-Muy bien. Pero... siéntate,
siéntate. Acabamos de reci¬bir un informe muy preocupante. No bien se hubo
sentado Nasuada frente a él, con Elva merodeando tras ella, el rey si¬guió
hablando-: Parece que nuestros espías de Gil'ead esta¬ban engañados al respecto
del tamaño del ejército de Galbatorix.
-¿Y eso?
-Ellos creen que el ejército
está en Gil'ead, mientras que aquí tenemos una misiva de uno de nuestros
hombres de Urü'baen, quien afirma que vio a una gran hueste marchar hacia el
sur desde la capital hace una semana y media. Era de noche, de modo que no pudo
asegurarse del número de soldados, pero estaba seguro de que la tropa era mucho
ma¬yor que los dieciséis mil soldados que forman el grueso de las tropas de
Galbatorix. Puede que fueran cien mil solda¬dos, o más.
«¡Cien mil!» Un pozo frío de
miedo se instaló en el estó¬mago de Nasuada.
-¿Podemos fiarnos de esa
fuente?
-Sus datos siempre han sido
fiables.
-No lo entiendo -dijo
Nasuada-. ¿Cómo puede despla¬zar Galbatorix a tantos hombres sin que nos
hayamos dado cuenta antes? Sólo las caravanas de provisiones ya se exten-derían
du-rante kilómetros. Era obvio que el ejército se esta¬ba movilizando, pero el Imperio
no estaba ni mucho menos a punto de desplegarse.
Entonces habló Falberd,
golpeando la mesa con su pesa¬da mano para dar mayor énfasis a sus palabras:
-Han sido más listos que
nosotros. Habrán engañado a nuestros espías con magia para que creyeran que el
ejército seguía en sus cuarteles de Gil'ead.
Nasuada sintió que la sangre
se le retiraba de la cara.
-La única persona dotada de
la suficiente fuerza para mantener una ilusión tan fuerte durante tanto
tiempo...
-...es el propio Galbatorix
-terminó Orrin-. Hemos lle¬gado a la misma conclusión. Eso significa que
Galbatorix ha abandonado al fin su madriguera en busca del combate abierto.
Ahora mismo, mientras hablamos, el enemigo ne¬gro se acerca.
Irwin se inclinó hacia
delante.
-Ahora, la cuestión es cómo
debemos responder. Hemos de reaccionar ante esa amenaza, sin duda, pero ¿de qué
ma¬nera? ¿Dónde, cuándo y cómo? Nuestras fuerzas no están prepara-das para una
campaña de esa magnitud, mientras que las tuyas, señora Nasuada (los
varde-nos), ya están acos¬tumbradas al feroz clamor de la guerra.
-¿Qué insinúas?
«¿Que hemos de morir por
vosotros?»
-Sólo he hecho una
observación. Tómala como quieras.
Entonces, Orrin dijo:
-Si nos quedáramos solos, un
ejército de ese tamaño nos aplastaría. Hemos de buscar alia-dos y necesitamos
especial¬mente a Eragon, sobre todo si nos vamos a enfrentar a Gal-batorix.
Nasuada, ¿enviarás a alguien en su busca?
-Lo haría si pudiera, pero
hasta que regrese Arya no ten¬go modo de entrar en contacto con los elfos, ni
de convocar a Eragon.
-En ese caso -dijo Orrin,
con la voz grave-, hemos de te¬ner la esperanza de que llegue an-tes de que sea
demasiado tarde. Supongo que no podemos contar con la ayuda de los elfos en
este asunto. Así como un dragón puede atravesar las leguas que separan Aberon y
Ellesmé-ra con la velocidad de un halcón, sería imposible que los propios elfos
marcharan y reco-rrieran la misma distancia antes de que nos alcance el
Imperio. Eso deja sólo a los enanos. Sé que Hrothgar y tú sois amigos desde
hace muchos años. ¿Le enviarás de parte nues¬tra una súplica para que nos
ayude? Los enanos siempre han prometido que lucharían cuando llega-ra el
momento.
Nasuada asintió.
-Du Vrangr Gata tiene un
acuerdo con algunos magos enanos que nos permite pasar mensajes de modo
instantá¬neo. Les trasladaré tu... nuestra petición. Y pediré que Hroth¬gar
envíe un emisario a Ceris para informar a los elfos de la si¬tuación, de modo
que por lo menos estén sobre aviso.
-Bien. Estamos bastante
lejos de Farthen Dür, pero si conseguimos retrasar al Imperio, aunque sólo sea
una sema¬na, tal vez los enanos consigan llegar a tiempo.
La discusión que siguió fue
extraordinariamente amar¬ga. Existían diversas tácticas para derrotar a un
ejército más numeroso -aunque no necesariamente superior-, pero en aquella mesa
nadie era capaz de imaginar cómo podían ven¬cer a Galbatorix, sobre todo si
tenían en cuenta que Eragon aún parecía impotente en comparación con el viejo
rey. La única trama que podía brindarles el éxito consistía en ro¬dear a Eragon
con la mayor cantidad posible de magos, hu¬manos y enanos, y luego tratar de
obligar a Galbatorix a en¬frentarse solo contra ellos. «El problema de ese plan
-pensó Nasuada- es que Galbatorix se impuso a enemigos mucho más formidables en
la destrucción de los Jinetes, y desde en¬tonces su fuerza no ha hecho más que
crecer.» Estaba segu¬ra de que a los demás se les ocurría lo mismo. «Si al
menos contáramos con los hechiceros élficos para aumentar nues¬tras filas,
entonces la victoria estaría a nuestro alcance. Sin ellos... Si no podemos
vencer a Galbatorix, la única salida que nos quedaría sería huir de Alagaésia
por los mares bra¬vios y encontrar nuevas tierras en las que reconstruir
nues¬tras vidas. Allí podríamos esperar hasta que Galbatorix deje de existir.
Ni siquiera él puede vivir para siempre. Lo único cierto es que, al fin, todo
pasa.»
Pasaron de la táctica a la
logística, y entonces el debate se volvió mucho más enconado, pues los miembros
del Conse¬jo de Ancianos discutían con los consejeros de Orrin acerca del
reparto de responsabilidades entre los vardenos y Surda: quién debía pagar esto
y aquello, aportar raciones para los peones que trabajaban en ambos grupos,
gestionar las pro-visiones para sus respectivos guerreros, y cómo debían
solu¬cionarse otras muchas cuestiones relacio-nadas.
En mitad de la refriega
verbal, Orrin sacó un pergamino que llevaba en el cinto y dijo a Nasuada:
-Ahora que hablamos de
finanzas, ¿serías tan amable de explicar un asunto bastante cu-rioso que me ha
llamado la atención?
-Haré cuanto pueda, señor.
-Tengo en mis manos una
queja del gremio de tejedo¬ras, que afirma que sus miembros en toda Surda han
perdi¬do una buena porción de sus beneficios porque el mercado textil está
saturado de unos encajes extraordinariamente ba¬ratos; encajes que, según juran,
proceden de los vardenos. -Una mirada de dolor cruzó su cara-. Parece absurdo
inclu¬so preguntarlo, pero ¿su queja guarda alguna relación con los hechos? Y
en ese caso, ¿por qué habrían de hacer algo así los vardenos?
Nasuada no intentó esconder
su sonrisa.
-Tal vez recuerdes, señor,
que cuando te negaste a pres¬tar más oro a los vardenos, me aconsejaste que
encontrase otra manera de mantenernos.
-Así fue. ¿Y qué? -preguntó
Orrin, entrecerrando los ojos.
-Bueno, se me ocurrió que,
como lleva mucho tiempo ha¬cer los encajes a mano, y por eso son tan caros,
sería en cam¬bio mucho más fácil hacerlos por medio de la magia, pues exigen
muy poco gasto de energía. Tú más que nadie, filóso¬fo por naturaleza, deberías
apreciarlo. Vendiendo encajes aquí y allá por todo el Imperio hemos conseguido
financiar por completo nuestros esfuerzos. Los vardenos ya no piden comida ni
refugio.
Pocas cosas en la vida
habían dado tanto placer a Nasuada como la incrédula expresión de Orrin en ese
instante. El pergamino, congelado a medio camino entre su barbilla y la me-sa,
la boca ligeramente abierta y la incomprensión con que fruncía el ceño conspiraron
para darle el aspecto atur¬dido de un hombre que acabara de ver algo que no era
ca¬paz de enten-der. Nasuada disfrutó de aquella visión.
-¿Encajes? -masculló.
-Sí, señor.
-¡No puedes enfrentarte a
Galbatorix con encajes!
-¿Por qué no, señor?
Orrin titubeó un momento y
luego gruñó:
-Porque... porque no es
respetable. Por eso. ¿Qué bardo compondría una epopeya sobre nuestras gestas,
escribiendo sobre encajes?
-No luchamos para que nos
escriban epopeyas de ala¬banza.
-¡Pues al diablo las
epopeyas! ¿Cómo se supone que tengo que contestar al gremio de tejedoras? Al
vender tan baratos vuestros encajes, lastimáis los negocios del pueblo y dañáis
nuestra economía. No puede ser, de ninguna manera.
Nasuada permitió que su
sonrisa se volviera dulce y cáli¬da y, en su tono más amistoso, dijo:
-Ah, querido. Si la carga es
excesiva para tu tesorería, los vardenos estarían más que dispuestos a
ofrecerte un crédito a cambio de lo amable que has sido con nosotros... Con el
apropiado interés, por supuesto.
El Consejo de Ancianos
consiguió mantener el decoro, pero detrás de Nasuada, Elva no pudo reprimir
soltar una ri¬sotada de diversión.
Filo rojo, filo negro
En cuanto apareció el sol
sobre el horizonte de árboles ali¬neados, Eragon respiró más hondo, ordenó a su
corazón que se acelerara y abrió los ojos para recuperar del todo la
con-ciencia. No estaba dormido, pues no había vuelto a dor¬mir desde su
transformación. Cuando estaba débil y se tum¬baba a descansar, entraba en un
estado parecido a soñar despierto. Allí percibía muchas visiones asombrosas y
cami¬naba entre las sombras grises de su memoria; sin embargo, permanecía
consciente de cuanto lo rodeaba.
Contempló el amanecer, y los
pensamientos sobre Arya invadieron su mente, igual que en todas las horas
transcu¬rridas desde el Agaetí Blódhren, dos días antes. A la mañana si-guiente
de la celebración había ido a buscarla al salón Tialdarí -con la intención de
excusarse por su comportamien¬to-, sólo para descubrir que ya había partido
hacia Surda. «¿Cuándo volveré a verla?», se preguntaba. Bajo la clara luz del
día se había dado cuenta de la medida en que la magia de los elfos y los
dragones le había perturbado el conoci-miento durante el Agaetí Blódhren. «Tal
vez haya actuado como un tonto, pero no fue del todo por culpa mía. Tenía la
misma responsabilidad por mi conducta que si hubiera es¬tado borracho.»
Aun así, todas las palabras
que le había dicho a Arya eran verdaderas, pese a que en con-diciones normales
no se ha¬bría sincerado tanto. Su rechazo le había llegado a lo más hondo.
Libre de los hechizos que le habían nublado la men¬te, se veía obligado a
admitir que proba-blemente ella tenía razón, que la diferencia de edad era
demasiado grande. Le costaba acep-tarlo, y cuando al fin lo consiguió, aquella
no¬ción no hacía más que aumentar su angustia.
Eragon había oído antes la
expresión «corazón partido». Hasta entonces siempre la había considerado como
una des¬cripción fantasiosa, no un verdadero síntoma físico. Sin em¬bargo,
ahora sentía un profundo dolor en el pecho -como si tuviera un músculo dañado-
y le dolía cada latido del co¬razón.
Su único consuelo era
Saphira. Durante esos días no ha¬bía criticado ninguno de sus actos ni lo había
dejado so¬lo más que unos pocos minutos, y le había prestado todo el apoyo de
su compañía. También hablaba mucho con él y hacía todo lo posible por sacarlo
del caparazón de su si¬lencio.
Para evitar pasarse el
tiempo pensando en Arya, Eragon sacó el anillo rompecabezas de Orik de su
mesita de noche y lo rodó entre los dedos, maravillado por lo mucho que se
ha-bían afinado sus sentidos. Podía notar hasta la menor ra¬nura en el metal
retorcido. Mientras estudiaba el anillo, per¬cibió un cierto patrón en la
disposición de las cintas de oro, un patrón que hasta entonces se le había
escapado. Con¬fiando en su instinto, manipuló las cintas según la secuencia que
le sugería su observación. Obtuvo gran placer al ver que las ocho piezas
en-cajaban a la perfección y formaban un conjunto sólido. Se puso el anillo en
el dedo anular de la mano derecha y admiró el modo en que las cintas
entrelaza¬das captaban la luz.
Antes no podías hacerlo
-observó Saphira desde el hueco del suelo en que dormía.
Veo muchas cosas que antes
se me escondían.
Eragon fue al baño y se
dedicó a sus abluciones matina¬les, que incluían el afeitado de la escasa barba
que cubría sus mejillas por medio de un hechizo. Pese a que ahora se pare¬cía
mucho a los elfos, seguía creciéndole la barba.
Cuando Eragon y Saphira
llegaron al campo de entrena¬miento, Orik los estaba esperando. Se le
iluminaron los ojos cuando Eragon alzó la mano y le mostró el anillo
recons¬truido.
-¿Así que lo has
solucionado?
-Me ha costado más de lo que
esperaba -contestó Era¬gon-, pero sí. ¿También has venido a entrenar?
-En... Ya he practicado un
poco el hacha con un elfo que el otro día se regodeó golpeándo-me la cabeza.
No, he veni¬do a verte pelear.
-Ya me has visto otras veces
-señaló Eragon.
-No, hace tiempo que no te
veo.
-Quieres decir que sientes
curiosidad por ver cómo he cambiado.
Por toda respuesta, Orik se
encogió de hombros.
Vanir se acercó desde el
lado contrario del campo.
-¿Estás listo, Asesino de
Sombras? -exclamó.
El comportamiento
condescendiente del elfo se había reducido algo desde su último duelo, anterior
al Agaetí Blódhren, pero no mucho.
-Estoy listo.
Eragon y Vanir se situaron
cara a cara en una zona abier¬ta del campo. Eragon vació su mente y desenfundó
a Zar'roc tan rápido como pudo. Para su sorpresa, la espada parecía pesar menos
que una vara de sauce. Al no recibir la esperada resistencia, el brazo de
Eragon quedó recto de golpe y la es¬pada salió volando de su mano y recorrió
unos veinte metros hacia la derecha, donde se clavó en el tronco de un pino.
-¿Ni siquiera eres capaz de
sujetar la espada, Jinete? -preguntó Vanir.
-Te pido perdón, Vanir-vodhr
-dijo Eragon, con el habla entrecortada. Se agarró el codo y se frotó la
articulación le¬sionada para reducir el dolor-. He medido mal mis fuerzas.
-Asegúrate de que no vuelva
a ocurrir.
Vanir se acercó al árbol,
cogió la empuñadura de Zar'roc y trató de liberar la espada. El arma permaneció
inmóvil. Va¬nir arqueó tanto las cejas que se le juntaron en la frente
mien-tras miraba la rígida hoja roja, como si sospechara que se trataba de algún
truco. El elfo apoyó los pies con firmeza, dio un tirón hacia atrás y, con un
crujido de la madera, arrancó a Zar'roc del pino.
Eragon aceptó la espada que
le entregaba Vanir y la blan¬dió, preocupado porque le pare-cía muy ligera.
«Aquí pasa algo», pensó.
-¡Ponte en guardia!
Esta vez fue Vanir quien
inició la batalla. De un solo sal¬to cruzó la distancia que los sepa-raba y
lanzó la espada hacia el hombro derecho de Eragon. A éste le parecía que el
elfo se movía más despacio de lo habitual, como si los reflejos de Vanir se
hubieran reducido hasta el nivel de los humanos. Le costó poco desviar la
espada de Vanir, y el metal emitió chispas azules cuando los dos filos se
rozaron.
Vanir aterrizó con expresión
de asombro. Volvió a gol¬pear, y Eragon esquivó la espada echándose hacia
atrás, como un árbol que se meciera al viento. En rápida sucesión, Vanir soltó
una lluvia de duros golpes contra Eragon, pero éste los esquivó o desvió todos,
usando en la misma medida la espada y la funda para frustrar la arremetida del
elfo.
Eragon no tardó en darse
cuenta de que el dragón espec¬tral del Agaetí Blódhren había hecho algo más que
alterar su apariencia; también le había concedido las habilidades físi¬cas de
los elfos. En fuerza y velocidad, Eragon igualaba aho¬ra incluso al elfo más
atlético.
Espoleado por esa noción y
por el deseo de comprobar sus límites, Eragon saltó tan alto como pudo. Zar'roc
emitió un brillo encarnado bajo la luz del sol mientras él volaba ha¬cia el
cielo alcanzando una altura superior a los tres metros antes de revolotear como
un acróbata y aterrizar detrás de Vanir, que seguía mirando hacia donde estaba
al principio.
A Eragon se le escapó una
risa salvaje. Ya no se encon¬traba impotente ante los elfos, las Sombras o
cualquier otra criatura mágica. Ya no sufriría el escarnio de los elfos. Ya no
tendría que depender de Saphira ni de Arya para que lo res¬cataran de enemigos
como Durza.
Atacó a Vanir, y resonó en
el campo un estruendo furio¬so mientras se enfrentaban, echan-do carreras a un
lado y otro sobre la hierba pisoteada. La fuerza de sus golpes pro-vocaba
ráfagas de aire que les agitaban el pelo y se lo enma¬rañaban. En lo alto, los
árboles se echaron a temblar y solta¬ron la pinaza. El duelo duró hasta bien
entrada la mañana, pues pese a la habilidad recién adquirida por Eragon, Vanir
seguía siendo un formidable oponente. Sin em-bargo, al fi¬nal, Eragon no podía
perder. Trazó en su ataque un círculo en torno a Vanir, supe-ró su guardia y le
golpeó en el ante¬brazo, partiéndole el hueso.
Vanir soltó el arma y su
rostro empalideció de sorpresa.
-Qué rápida es tu espada
-dijo.
Eragon reconoció el famoso
verso de La balada de Um-hodan.
-¡Por todos los dioses!
-exclamó Orik-. Ha sido el mejor combate de espadachines que he visto en mi
vida, y eso que estuve presente cuando peleaste con Arya en Farthen Dür.
Entonces Vanir hizo lo que
Eragon nunca hubiera espe¬rado: el elfo dobló la muñeca de la mano ilesa para
compo¬ner el gesto de lealtad, la apoyó en su esternón e hizo una reverencia.
-Te pido perdón por mi
comportamiento anterior. Creía que habías condenado a mi raza al vacío y por
puro miedo me comporté de una manera vergonzosa. Sin embar¬go, parece que tu
raza ya no pondrá en peligro nuestra cau¬sa. -A regañadientes, añadió-: Ahora
ya eres me-recedor del título de Jinete.
Eragon devolvió la
reverencia.
-Es un honor. Lamento
haberte herido tan gravemente. ¿Me permites que cure tu brazo?
-No, dejaré que se ocupe de
él la naturaleza a su propio ritmo, como recuerdo de que en una ocasión crucé
mi es¬pada con la de Eragon Asesino de Sombras. No temas que eso inte-rrumpa
nuestro entrenamiento mañana. Soy igual de bueno con la mano izquierda.
Hicieron de nuevo sendas
reverencias, y luego Vanir partió.
Orik se dio una palmada en
el muslo y dijo:
-Ahora sí tenemos la
posibilidad de alcanzar la victoria. ¡Una posibilidad verdadera! Lo siento en
los huesos. Huesos como piedras, dicen. Ah, esto dará a Hrothgar y Nasuada una
satisfacción sin fin.
Eragon mantuvo la calma y se
concentró en desbloquear los filos de Zar'roc, pero dijo a Saphira:
Si bastara el puro músculo
para derrocar a Galbatorix, los elfos lo habrían logrado hace mucho tiempo.
Sin embargo, no podía dejar
de sentirse complacido por el aumento de su destreza, así co-mo por el alivio
del dolor de espalda, que tanto tiempo había esperado. Sin aquellos
esta¬lli-dos constantes de dolor, era como si la bruma se hubiera retirado de
su mente y pudiera pensar de nuevo con lucidez.
Quedaban unos pocos minutos
hasta la hora en que te¬nían que encontrarse con Oromis y Glaedr, así que
Eragon sacó el arco y la aljaba, que estaban colgados en el lomo de Saphira, y
caminó hasta la hilera de árboles que usaban los elfos para practicar su puntería.
Como los arcos de los elfos eran mucho más potentes que el suyo, sus dianas
acolcha¬das eran dema-siado pequeñas y estaban demasiado lejos para él. Tenía
que adelantarse hasta media distan-cia para disparar.
Tras ocupar su lugar, Eragon
colocó una flecha y tiró len¬tamente de la cuerda, encantado de comprobar lo
fácil que le resultaba. Apuntó, soltó la flecha y mantuvo la posición hasta
comprobar si iba a acertar en la diana. Como una abe¬ja enloquecida, el dardo
zumbó hacia la diana y se hundió en el centro. Eragon sonrió. Disparó una y
otra vez a la diana, aumentando la velocidad al mismo tiempo que su confianza,
hasta que llegó a soltar treinta flechas en un minuto.
Con la siguiente diana, tiró
de la cuerda con algo más de fuerza de la que jamás había a-plicado -o podido
aplicar- has¬ta entonces. Con un estallido explosivo, el arco de tejo se
par-tió por la mitad, por debajo de su mano izquierda, rasgándole los dedos, y
brotaron las astillas de la parte trasera del arco. Del tirón, se le quedó la
mano entumecida.
Eragon se quedó mirando los
restos del arma, desanima¬do por la pérdida. Se lo había he-cho Garrow como
regalo de cumpleaños tres años antes. Desde entonces, apenas había pa¬sado una
semana sin usarlo. Le había servido para conseguir comida para su familia en
múl-tiples ocasiones, en las que de otro modo habrían pasado hambre. Con él
había matado su primer ciervo. Y se había servido de él para usar la magia por
primera vez. Perder aquel arco era como perder a un viejo amigo en quien se
podía confiar incluso en la peor situación.
Saphira olisqueó las dos piezas
de madera que colgaban de sus manos.
Parece que necesitas un
nuevo lanzador de palitos -dijo.
Sin ganas de hablar, Eragon
gruñó y se fue a grandes zancadas a recuperar sus flechas.
Desde el campo, él y Saphira
volaron hasta los blancos riscos de Tel'naeír y se presentaron ante Oromis, que
los es¬peraba sentado en un taburete frente a su cabaña, mirando más allá del
acantilado con sus ojos clarividentes.
-¿Te has recuperado del todo
de la poderosa magia de la Celebración del Juramento de Sangre, Eragon?
-Sí, Maestro.
Se produjo un largo silencio
a continuación, mientras Oromis bebía su taza de té de moras y seguía
contemplando el viejo bosque. Eragon esperó sin quejarse; estaba acostum-brado
a aquellas pausas cuando se hallaba ante el viejo Jine¬te. Al rato, Oromis dijo:
-Glaedr me ha contado tan
bien como ha podido lo que se te hizo durante la celebración. Nunca había
ocurrido una cosa semejante en toda la historia de los Jinetes. Una vez más,
los dragones han demostrado ser capaces de mucho más de lo que imaginábamos. -Bebió
un trago de té-. Glaedr no es¬taba seguro de qué cambios experimentarías
exactamente, de modo que me gustaría que describieras el alcance de tu
transformación, incluido tu aspecto físico.
Eragon resumió con rapidez
las alteraciones que había experimentado, detallando el au-mento de
sensibilidad de su visión, olfato, oído y tacto, y terminó con el relato de su
con-fron-tación con Vanir.
-¿Y cómo te sientes al
respecto? -preguntó Oromis—. ¿La¬mentas que tu cuerpo haya sido manipulado sin
tu permiso?
-¡No, no! En absoluto. Tal
vez lo hubiera lamentado antes de la batalla de Farthen Dür, pero ahora sólo
estoy agrade¬cido porque ya no me duele la espalda. Me hubiera someti¬do de
buen grado a cambios mucho mayores con tal de li¬brarme de la maldición de
Durza. No, mi única respuesta es la gratitud.
Oromis asintió.
-Me encanta que tengas la
inteligencia suficiente para adoptar esa postura, pues tu regalo vale más que
todo el oro del mundo. Con él, creo que al fin nuestros pies se encuen-tran en
el sendero adecuado. -De nuevo, bebió un sorbo-. Procedamos. Saphira, Glaedr te
espera en la Piedra de los Huevos Rotos. Eragon, tú empezarás hoy el tercer
nivel del Rimgar, si puedes. Quiero saber de qué eres capaz.
Eragon echó a andar hacia el
recuadro de tierra apiso¬nada donde solían ejecutar la Danza de la Serpiente y
la Grulla, pero luego dudó al ver que el elfo de cabello platea¬do seguía
quie-to.
-Maestro, ¿no vienes
conmigo?
Una triste sonrisa cruzó el
rostro de Oromis.
-Hoy no, Eragon. Los
hechizos requeridos para la Cele¬bración del Juramento de Sangre han tenido un
duro efec¬to sobre mí. Por eso, y por mi... condición. He necesitado de mis
últi-mas fuerzas para venir a sentarme fuera.
-Lo siento, Maestro.
«¿Lamentará que los dragones
no decidieran curarlo tam¬bién a él?», se preguntó Eragon. Descartó la idea de
inmedia¬to: Oromis no podía ser tan mezquino.
-No lo sientas. No es culpa
tuya que esté mutilado.
Mientras Eragon se esforzaba
por completar el tercer nivel del Rimgar, se hizo evidente que aún carecía de
la flexi¬bilidad y el equilibrio de los elfos, dos atributos que incluso a
ellos les requerían esfuerzo. En cierto modo agradeció esas limitaciones, pues
si ya hubiera sido perfecto, ¿qué retos le habrían quedado por cumplir?
Las semanas siguientes
fueron difíciles para Eragon. Por un lado, hizo enormes progresos en su
formación y dominó, uno tras otro, los asuntos que antes lo confundían. Seguía
encon-trando difíciles las lecciones de Oromis, pero ya no se sentía como si se
estuviera ahogando en el mar de su propia ineptitud. Le resultaba más fácil
leer y escribir, y el incre¬mento de su fuerza implicaba que ahora podía crear
hechi¬zos élficos que hubieran matado a cualquier humano por la energía que
requerían. Su fuerza también le hacía tomar conciencia de lo débil que era
Oromis, comparado con otros elfos.
Y sin embargo, a pesar de
esos logros, Eragon experi¬mentaba una creciente insatisfacción. Por mucho que
trata¬ra de olvidar a Arya, cada día que pasaba aumentaba su an¬helo, una
agonía que empeoraba al saber que ella no quería verlo, ni hablar con él. Y aún
más, le pare-cía que en el hori¬zonte se estaba preparando una tormenta de mal
presagio, una tormenta que amenazaba con desatarse en cualquier momento y
barrer la tierra entera, destruyendo cuanto en¬contrara en su camino.
Saphira compartía su
inquietud.
El mundo está muy tenso,
Eragon. Pronto estallará y se desata¬rá la locura. Lo que sientes es lo mismo
que los dragones y los elfos: la inexorable marcha del amargo destino a medida
que se acerca el fin de nuestra era. Llora por aquellos que morirán en el caos
que ha de sumir a Alagaésia. Y mantén viva la esperanza de que ganemos un
futuro más luminoso con la fuerza de nuestras espadas y escu¬dos, así como con
mis colmillos y mis garras.
Visiones de cerca y de lejos
Llegó un día en que Eragon
se acercó al claro que quedaba detrás de la cabaña de Oromis, se sentó en el
tocón blanco pulido que había en el centro del hoyo lleno de musgo y —al abrir
su mente para observar a las criaturas que lo rodea¬ban— no sólo sintió a los
pájaros, las bestias y los insectos, sino también a las plantas del bosque.
Las plantas poseían un tipo
de conciencia distinta de los animales: lenta, deliberada y descentralizada,
pero a su ma¬nera tan consciente de su entorno como la del propio Era¬gon. El
débil latido de la conciencia de las plantas bañaba la galaxia de estrellas que
giraba tras sus ojos -en la que cada estrella brillante representaba una vida-
con un fulgor sua¬ve y omni-presente. Hasta la tierra más estéril estaba llena
de organismos; la tierra misma estaba viva y sentía.
La vida inteligente,
concluyó Eragon, existía en todas partes.
Mientras se sumergía en los
pensamientos y en las sensa¬ciones de los seres que lo rodeaban, Eragon era
capaz de al¬canzar una paz interior tan profunda que, durante aquellos ratos,
dejaba de existir como individuo. Se permitía conver¬tirse en una no-entidad,
un vacío, un receptáculo de las vo¬ces del mundo. Nada escapaba a su atención,
pues su aten-ción no estaba centrada en nada.
El era el bosque y sus
habitantes.
«¿Será así como se sienten
los dioses?», se preguntó al volver en sí.
Abandonó el claro, buscó a
Oromis en la cabaña, se arrodilló ante él y dijo:
-Maestro, he hecho lo que me
mandaste. He escuchado hasta que ya no oía nada.
Oromis dejó de escribir y,
con expresión pensativa, miró a Eragon.
-Cuéntame.
Durante una hora y media,
Eragon habló con gran elo¬cuencia sobre todos los aspectos de las plantas y
animales que poblaban el claro, hasta que Oromis alzó una mano y dijo:
-Me has convencido. Has oído
todo lo que podía oírse. Pero ¿lo has entendido todo?
-No, Maestro.
-Así es como ha de ser. La
comprensión llegará con la edad. Bien hecho, Eragon-fíniarel. Bien hecho, desde
lue¬go. Si hubieras sido alumno mío en Ilirea, antes de que Galbatorix lle-gara
al poder, ahora te graduarías tras el aprendi¬zaje, se te consideraría miembro
de pleno valor de nuestra orden y se te concederían los mismos derechos y
privilegios que a los Jinetes mayores. -Oromis abandonó la silla con un empujón
y se quedó de pie, balanceándose-. Préstame tu hombro, Eragon, y ayúdame a
salir. Las piernas traicionan mi voluntad.
Eragon se acercó deprisa a
su maestro y sostuvo el peso del elfo mientras éste cojeaba hasta el arroyo que
corría ha¬cia el límite de los riscos de Tel'naeír.
-Ahora que has llegado a
esta etapa de tu educación, te puedo enseñar uno de los mayores secretos de la
magia, un secreto que tal vez no sepa ni el propio Galbatorix. Es tu ma¬yor
esperanza para igualar sus poderes. -La mirada del elfo se aguzó-. ¿Cuál es el
coste de la magia, Eragon?
-La energía. Un hechizo
exige la misma energía que se requeriría para completar la tarea por medios
mundanos.
Oromis asintió.
-¿Y de dónde viene esa
energía?
-Del cuerpo del hechicero.
-¿Forzosamente?
La mente de Eragon se
aceleró al cavilar las asombrosas implicaciones de la pregunta de Oromis.
-¿Quieres decir que puede
venir de otras fuentes?
-Eso es exactamente lo que
ocurre cuando Saphira te ayuda con un hechizo.
-Sí, pero ella y yo
compartimos una conexión única -ob¬jetó Eragon-. Nuestro vínculo es la razón
que me permite usar su energía. Para hacerlo con alguien más, tendría que
entrar...
Se quedó a media frase al
darse cuenta de lo que perse¬guía Oromis.
—Tendrías que entrar en la
conciencia del ser o de los se¬res que hubieran de procurar esa energía -dijo
Oromis, completando el pensamiento de Eragon-. Hoy has demos¬trado que puedes
hacer eso incluso con la forma de vida más minúscula. Ahora... -Se detuvo, se
llevó una mano al pecho al tiempo que tosía, y luego continuó-: Quiero que
extraigas una esfera de agua del arroyo usando sólo la energía que puedas
obtener del bosque que te rodea.
-Sí, Maestro.
Cuando tendió su mente hacia
las plantas y animales cer¬canos, Eragon sintió que la mente de Oromis rozaba
la suya, pues el elfo contemplaba y juzgaba su progreso. Frunciendo el ceño
para concentrarse, Eragon consiguió extraer la fuer¬za necesaria de su entorno
y sostenerla dentro de sí mismo hasta que estuvo a punto para liberar la magia.
-¡Eragon! ¡No uses mi
fuerza! Bastante débil estoy ya.
Sorprendido, Eragon se dio
cuenta de que había inclui¬do a Oromis en su búsqueda.
—Lo siento, Maestro -dijo,
arrepentido. Continuó el pro¬ceso, cuidándose de no absorber la vitalidad del
elfo, y cuan¬do estuvo listo, ordenó-: ¡Arriba!
Silenciosa como la noche,
una esfera de agua de un pal¬mo de diámetro se alzó desde el arroyo hasta que
quedó flo¬tando a la altura de los ojos de Eragon. Y aunque éste expe-rimentaba
la tensión que resultaba habitual en un esfuerzo tan intenso, el hechizo por sí
mis-mo no le causaba la me¬nor fatiga.
La esfera llevaba sólo un
momento en el aire cuando una oleada de muerte recorrió a las criaturas menores
con las que Eragon mantenía contacto. Una hilera de hormigas se quedó inmóvil.
Un ratoncillo entró en el vacío al perder la energía necesaria para que su
corazón siguiera latiendo. In¬numerables plantas se marchitaron, se arrugaron y
queda¬ron inertes como el polvo.
Eragon dio un respingo,
horrorizado por lo que acaba¬ba de provocar. Dado su nuevo respeto por la
santidad de la vida, aquel crimen le parecía horrendo. Y lo empeoraba el hecho
de estar íntimamente ligado con todos aquellos seres cuya existencia llegaba a
su fin; era como si él mismo mu¬riera una y otra vez. Cortó el fluido de magia,
permitiendo que la esfera de agua salpicara la tierra, se volvió hacia Oromis y
rugió:
-¡Tú sabías que pasaría
esto!
Una expresión de profunda
pena envolvió al anciano Jinete.
-Era necesario -replicó.
-¿Era necesario que muriesen
tantos?
-Era necesario que
entendieras el terrible precio que se paga por usar esta clase de magia. Las
meras palabras no pue¬den trasladar la sensación de que se mueren aquellos con
quienes compartes la mente. Tenías que experimentarlo por ti mismo.
-No lo volveré a hacer
-prometió Eragon.
-Ni te hará falta. Si eres
disciplinado, puedes obtener la fuerza sólo de plantas y animales que puedan
permitirse la pérdida. No es práctico en la batalla, pero puedes hacerlo en las
lecciones. -Oromis le hizo un gesto, y Eragon, tem¬blando aún, permitió que el
elfo se apoyara en él para re¬gresar a la cabaña-. Ya ves por qué no se
enseñaba esta téc¬nica a los Jinetes más jóvenes. Si llegara a conocerla algún
hechicero de mala voluntad, podría provocar una gran destrucción, sobre todo
porque sería difícil detener a alguien capaz de reunir tanta fuerza.
De vuelta en la cabaña, el
elfo suspiró, se dejó caer en su silla y juntó las yemas de los dedos. Eragon
también se sentó.
-Si es posible absorber
energía de... -agitó una mano en el aire- de la vida, ¿también lo es absorberla
directamente de la luz, o del fuego, o de cualquier otra forma de energía?
-Ah, Eragon, si lo fuera,
podríamos destruir a Galbatorix en un instante. Podemos intercambiar energía
con otros se¬res vivos, podemos usar esa energía para mover nuestros cuerpos o
para alimentar un hechizo, e incluso podemos al¬macenarla en ciertos objetos
para usarla más adelante, pero no podemos asimilar las fuerzas fundamentales de
la natu¬raleza. La razón indica que se puede hacer, pero nadie ha conseguido
crear un hechizo que lo haga posible.
Nueve días más tarde, Eragon
se presentó de nuevo ante Oromis y dijo:
-Maestro, anoche se me
ocurrió que ni tú ni los cientos de pergaminos élficos que he leído mencionáis
vuestra reli¬gión. ¿En qué creéis los elfos?
La primera respuesta de
Oromis fue un largo suspiro. Luego:
-Creemos que el mundo se
comporta según ciertas leyes inviolables y que, mediante un esfuerzo
persistente, pode¬mos descubrir esas leyes y usarlas para predecir sucesos
cuan¬do se repiten las circunstancias.
Eragon pestañeó. Con eso no
le había dicho lo que que¬ría saber.
-Pero ¿qué adoráis? ¿O a
quién?
-Nada.
-¿Adoráis el concepto de la
nada?
-No, Eragon. No adoramos
nada.
La noción le era tan ajena
que Eragon necesitó un rato para entender lo que quería decir Oromis. Los
aldeanos de Carvahall no tenían una sola doctrina que lo dominara todo, pero sí
compartían una serie de supersticiones y ritua¬les, la mayoría de los cuales se
referían a la protección con¬tra la mala suerte. Durante su formación, Eragon
se había ido dando cuenta de que la mayor parte de los fenómenos que los
aldeanos atribuían a fuentes sobrenaturales eran de hecho procesos naturales,
como cuando aprendió en sus meditaciones que las larvas se incubaban en los
huevos de las moscas, en vez de surgir espontáneamente del polvo, como había
creído hasta entonces. Tampoco le parecía que tuviera sentido ofrecer comida a
los espíritus para que no se agriara la leche, al saber que ésta se agriaba
precisamente por la proliferación de minúsculos organismos en el líqui¬do. Aun
así, Eragon seguía convencido de que fuerzas de otros mundos influían en éste
de maneras misteriosas; una creencia que se había redoblado por su exposición a
los enanos.
-Entonces, ¿de dónde creéis
que viene el mundo, si no lo crearon los dioses?
-¿Qué dioses, Eragon?
-Vuestros dioses, los de los
enanos, los nuestros... Al¬guien lo habrá creado.
Oromis enarcó una ceja.
-No estoy necesariamente de
acuerdo contigo. Pero sea como fuere, no puedo demostrar que los dioses no
existen. Tampoco puedo probar que el mundo y todo lo que existe no fuera creado
por alguna o algunas entidades en un pasa¬do lejano. Pero puedo decirte que en
los milenios que lleva¬mos los elfos estudiando la naturaleza, nunca hemos
pre¬senciado una situación en la que se rompieran las leyes que gobiernan el
mundo. Es decir, nunca hemos visto un mila¬gro. Muchos sucesos han desafiado
nuestra capacidad para explicarlos, pero estamos convencidos de que fracasamos
porque ignoramos lamentablemente el universo, y no por¬que una deidad haya
alterado las obras de la naturaleza.
-Un dios no tendría que
alterar la naturaleza para cumplir su voluntad -afirmó Eragon-. Podría hacerlo
dentro de un sistema que ya existe... Podría usar la magia para afectar a esos
sucesos.
Oromis sonrió.
-Muy cierto. Pero pregúntate
esto, Eragon: si existen los dioses, ¿han sido buenos custo-dios de Alagaésia?
La muerte, la enfermedad, la pobreza, la tiranía y otras desgracias
in¬con-tables asolan la tierra. Si ésta es la obra de seres divinos, entonces hay
que rebelarse contra ellos y destronarlos, en vez de rendirles obediencia,
homenajes y reverencias.
-Los enanos creen...
-¡Exacto! Los enanos creen.
Cuando se trata de ciertos asuntos, prefieren confiar en la fe que en la razón.
Incluso se sabe que ignoran hechos probados que contradicen sus dogmas.
-¿Por ejemplo? -preguntó
Eragon.
-Los sacerdotes enanos usan
el coral como prueba de que la piedra está viva y puede cre-cer, lo cual
corrobora tam¬bién su historia de que Helzvog formó la raza de los enanos a
partir del granito. Pero nosotros los elfos descubrimos que el coral es de hecho
un exoesqueleto secretado por anima¬les minúsculos que viven en su interior.
Cualquier mago puede sentir a esos animales si abre su mente. Se lo explica¬mos
a los enanos, pero ellos se negaron a creerlo y dijeron que la vida que
nosotros sentíamos reside en todas las clases de piedras, aunque se supone que
sólo sus sacerdotes son ca¬paces de detectar esa vida en las piedras de tierra
aden-tro.
Durante un largo rato Eragon
miró por la ventana y dio vueltas a las palabras de Oromis.
-Entonces, no creéis en la
vida después de la muerte.
-Según lo que me dijo
Galder, eso ya lo sabías.
-Y no esperáis mucho de los
dioses.
-Sólo damos crédito a
aquello cuya existencia podemos demostrar. Como no encontramos pruebas de que
los dio¬ses, los milagros y otras cosas sobrenaturales sean reales, no nos
pero-cupamos de ellos. Si eso cambiara, si Helzvog se nos revelara, entonces aceptaríamos
esa nueva información y re¬visaríamos nuestra posición.
-El mundo parece frío si no
hay... algo más.
-Al contrario -dijo Oromis-,
es un mundo mejor. Un lu¬gar en el que somos responsables de nuestras acciones,
en el que podemos ser buenos con los demás porque queremos y por-que es lo que
debe hacerse, en vez de portarnos bien por miedo a la amenaza del castigo
divino. No te diré qué debes creer, Eragon. Es mucho mejor aprender a pensar
con espí¬ritu crítico y que luego se te permita tomar tus propias deci¬siones,
que imponerte nociones aje-nas. Me has preguntado por nuestra religión, y te he
contestado la verdad. Haz con ella lo que quieras.
La conversación -sumada a
sus preocupaciones anteriores-dejó a Eragon tan inquieto que le costó
concentrarse en sus estudios durante los días siguientes, incluso cuando Oromis
em-pezó a enseñar a cantar a las plantas, algo que Eragon an¬helaba aprender.
Reconoció que sus propias
experiencias ya lo habían im¬pulsado a adoptar una actitud más escéptica; en
principio, estaba de acuerdo con buena parte de lo que había dicho Oromis. El
problema al que se enfrentaba, sin embargo, era que si los elfos tenían razón,
eso signi-ficaba que casi todos los humanos y los enanos se engañaban, cosa que
a Eragon le costaba a-ceptar. «No puede ser que tanta gente se equi¬voque»,
insistía en repetirse.
Cuando le preguntó a
Saphira, ella dijo:
A mí me importa poco,
Eragon. Los dragones nunca han creído en un poder superior. ¿Por qué íba-mos a
hacerlo, si los ciervos y otras presas consideran que el poder superior somos
nosotros? -Era¬gon se rió-. Pero no ignores la realidad para consolarte, pues
cuando lo haces, facilitas que también los de-más te engañen.
Esa noche, las
incertidumbres de Eragon estallaron mientras experimentaba sueños que recorrían
su mente airados como un oso herido, arrancando imágenes de sus recuerdos y
mezclándolas con tal clamor que se sintió como si lo hubieran transportado a la
confusión de la batalla de Farthen Dür.
Vio a Garrow muerto en la
casa de Horst, luego a Brom muerto en la cueva solitaria de arena y después el
rostro de Angela, la her¬bolaria, que le susurraba: «Ten cuidado, Argetlam, la
traición está clara. Y vendrá de tu familia. ¡Vigila, Asesino de Sombras!».
Lue-go el cielo rojizo se rasgaba y Eragon se encontraba ante los dos
ejér¬citos de la premonición que había experimentado en las Beor. Los flancos
de guerreros se enfrentaban en un campo naranja y amari¬llo, acompañados por
los agudos gritos de los cuervos y el silbido de las flechas negras. La tierra
misma parecía arder; llamas verdes bro¬taban de agujeros calcinados que
moteaban la tierra, chamuscando los cuerpos destrozados que dejaban los
ejércitos tras su paso. Oyó el rugido de una bestia gigante que en lo alto
apare...
Eragon se incorporó de un
salto en la cama y manoteó el collar de los enanos, que le ardía en el cuello.
Se protegió la mano con la túnica, tiró del martillo para apartarlo de la piel
y luego se quedó sentado esperando en la oscuridad, con el corazón desbocado
por la sorpresa. Sintió que se le iban las fuerzas mientras el hechizo de
Gannel frustraba a quienquiera que estuviera intentando invocarlo a él y a
Sa¬phira. Se preguntó una vez más si el propio Galbatorix esta¬ría tras aquel
embrujo, o si era alguno de los magos aficio¬nados del rey.
Eragon frunció el ceño y
soltó el martillo al notar que el metal volvía a enfriarse. «Está pasando algo.
Eso sí lo sé, y ya hace tiempo, igual que Saphira.» Demasiado inquieto para
regresar a aquel estado parecido al trance que había susti¬tuido al sueño,
salió de la habitación sin despertar a Saphira y subió la escalera de caracol
que llevaba al estudio. Una vez allí, des-tapó una antorcha blanca y leyó una
epopeya de Analísia hasta el amanecer, con la intención de calmarse.
Justo cuando Eragon apartaba
el pergamino, Blagden llegó volando al portal abierto en la pared del este y,
con un revoloteo, aterrizó en una esquina del escritorio tallado. El cuervo
blanco fijó sus ojos como piedras en Eragon y grajo:
-¡Wyrda!
Eragon inclinó la cabeza.
-Y que las estrellas cuiden
de ti, maestro Blagden.
El cuervo se acercó dando
saltitos. Inclinó la cabeza a un lado, soltó una tos perruna como si se
aclarara la garganta y luego recitó con su voz ronca:
Por mi pico y mis huesos,
Mi piedra ennegrecida
Ve grajos y ladrones
Y arroyos ensangrentados.
-¿Qué significa eso?
-preguntó Eragon.
Blagden se encogió y repitió
los versos. Como Eragon se¬guía exigiéndole una explicación, el pájaro alborotó
las plu¬mas con aspecto decepcionado y cloqueó:
-El hijo sale al padre; los
dos ciegos como murciélagos.
-¡Espera! -exclamó Eragon,
poniéndose en pie de un salto-. ¿Conoces a mi padre? ¿Quién es?
Blagden volvió a cloquear.
Esta vez parecía que se riera.
Aunque dos puedan compartir dos
Y
uno de los dos sea ciertamente uno,
Uno puede ser dos.
-¡Un nombre, Blagden, dame
un nombre!
Como el cuervo permanecía en
silencio, Eragon activó su mente con la intención de sonsacar aquella
información de los recuerdos del pájaro.
Sin embargo, Blagden era
demasiado astuto. Tras aullar «¡Wyrda!», dio un salto hacia delante, atrapó la
brillante tapa de cristal de un tintero y se alejó a toda prisa con el trofeo
en el pico. Desapareció de la vista de Eragon antes de que éste pudiera lanzar
un hechizo para obligarlo a volver.
A Eragon se le hizo un nudo
en el estómago mientras in¬tentaba descifrar las dos adivinanzas de Blagden.
Nunca ha¬bía esperado oír que se mencionara a su padre en Ellesmé-ra. Al fin,
murmuró:
-Ya vale.
«Luego buscaré a Blagden y
le arrancaré la verdad. Pero ahora mismo... Para despreciar estos portentos,
tendría que ser medio tonto.»
Se puso en pie de un salto,
bajó corriendo la escalera, des¬pertó con su mente a Saphira y le contó lo que
había ocurri¬do durante la noche. Tras sacar el espejo del baño que usaba para
afeitarse, se sentó entre las dos zarpas delanteras de Sa¬phira para que ella
pudiera mirar por encima de su cabeza y ver lo mismo que él.
A Arya no le gustará que nos
metamos en su intimidad -advir¬tió Saphira.
Necesito saber si está a
salvo.
Saphira lo aceptó sin
discutir.
¿Cómo la vas a encontrar?
Dijiste que cuando la encarcelaron, erigió barreras que, igual que tu collar,
impiden que nadie la invoque.
Si logro invocar a la gente
que está con ella, tal vez consiga de¬ducir cómo está Arya.
Eragon se concentró en una
imagen de Nasuada, pasó una mano por encima del espejo y murmuró la frase
tradicional:
-Ojos del sueño.
El espejo emitió un
resplandor y se volvió blanco, salvo en la parte en que se veía a nueve
personas sentadas en torno a una mesa invisible. Entre ellos, Eragon reconoció
a Nasuada y a los miembros del Consejo de Ancianos. Pero no consiguió
identificar a una niña que mero-deaba detrás de Nasuada. Eso lo desconcertó,
pues un mago sólo podía invocar cosas que ya hubiera visto antes, y Eragon
estaba seguro de no ha¬berle puesto nunca los ojos encima a aquella niña. Se
olvidó de ella, sin embargo, al percatarse de que los hombres, e in¬cluso
Na-suada, estaban armados para la batalla.
Oigamos lo que dicen
-sugirió Saphira.
En cuanto Eragon hizo las
alteraciones necesarias en su hechizo, la voz de Nasuada emanó del espejo:
-... y la confusión nos
destruirá. Nuestros guerreros sólo pueden permitirse tener un general en este
conflicto. Deci¬de tú quién va a ser, Orrin, y hazlo rápido.
Eragon oyó un suspiro
desmayado:
-Como desees; el cargo será
para ti.
-Pero señor, no tiene
ninguna experiencia.
-Ya basta, Irwin -ordenó el
rey-. Tiene más experiencia en la guerra que nadie de Surda. Y los vardenos son
la única fuerza que ha derrotado a uno de los ejércitos de Galbatorix. Si
Nasuada fuera un general de Surda, lo cual admito que resultaría bastante
peculiar, no duda-rías en proponerla para ese cargo. Me encantará ocuparme de
los problemas de autoridad, si es que más adelante se producen, pues eso
significará que sigo en pie y no estoy acostado en mi tumba. Como están las
cosas, es tal nuestra inferioridad numérica que me temo que esta-mos
condenados, salvo que Hrothgar llegue a nosotros antes de que se acabe esta
semana. Bueno, dónde está ese maldito pergamino de la caravana de provi-siones.
Ah, gracias, Arya. Tres días más sin...
A partir de entonces, la
conversación se centró en la es¬casez de cuerdas para arcos, una discusión de
la que Eragon no pudo obtener ninguna información útil, de modo que puso fin al
hechizo. El espejo se aclaró y Eragon se encontró ante su propio rostro.
Está viva -murmuró. Su
alivio quedó oscurecido, sin em¬bargo, por el significado de todo lo que
acababa de oír.
Saphira lo miró.
Nos necesitan.
Sí. ¿Por qué no nos ha dicho
nada de esto Oromis? Seguro que lo sabe.
Tal vez quiera evitar que
interrumpas tu formación.
Preocupado, Eragon se
preguntó qué otras cosas impor¬tantes estarían ocurriendo en Alagaésia sin
saberlo él. Roran. Con una punzada de dolor, Eragon se dio cuenta de que habían
pasado dos semanas desde la última vez que pensara en su primo, y aún más desde
que lo invocara de camino a Ellesméra.
Tras una orden de Eragon, el
espejo mostró dos figuras de pie ante un fondo de pura blancura. A Eragon le
costó un largo rato reconocer que Roran era el hombre de la de¬recha. Llevaba
ropas ajadas por el viaje, un martillo encaja¬do en el cinto, una larga barba
oscurecía su rostro y tenía una expresión angustiada que mostraba su
desesperación. A su izquierda estaba Jeod. Ambos hombres subían y bajaban, al
ritmo de un tronar de olas que enmasca-raba su conversa¬ción. Al cabo de un
rato Roran se dio la vuelta y se puso a re¬correr lo que E-ragon supuso que
sería la cubierta de un bar¬co, y aparecieron a la vista docenas de aldeanos.
¿Dónde están? ¿Y por qué
está Jeod con ellos? -preguntó Era¬gon, perplejo.
Alterando la magia, invocó
en una rápida sucesión las imágenes de Teirm -se sorprendió al ver que los
muelles de la ciudad estaban destruidos-, Therinsford, la vieja granja de
Garrow y luego Carvahall; en ese momento Eragon soltó un grito de lástima.
El pueblo había
desaparecido.
Todos los edificios, hasta
la magnífica casa de Horst, es¬taban quemados hasta el suelo. Carvahall ya no
era más que una mancha de hollín junto al río Añora. Los únicos habi¬tantes que
quedaban eran cuatro lobos que merodeaban en¬tre los restos.
El espejo resbaló entre las
manos de Eragon y se partió en el suelo. Se apoyó en Saphira, con lágrimas
ardientes en los ojos, originadas por el dolor de su casa perdida. El pecho de
Saphira emitió un grave murmullo y la dragona le acari¬ció un brazo con el lado
del morro, envolviéndolo en una cálida manta de comprensión.
Consuélate, pequeñajo. Al
menos tus amigos siguen vivos.
Eragon se estremeció y
sintió que un duro núcleo de de¬terminación prendía en su vientre.
Llevamos demasiado tiempo
secuestrados del mundo. Ha llegado la hora de abandonar Ellesméra y
enfrentarnos a nuestro destino, sea cual sea. De momento, Roran deberá cuidar
de sí mismo, pero los vardenos... A los vardenos sí podemos ayudarlos.
¿Ha llegado la hora de
luchar, Eragon? -preguntó Saphira, con un extraño toque de formali-dad en la
voz.
Eragon sabía lo que quería
decir: ¿había llegado la hora de desafiar abiertamente al Impe-rio, la hora de
matar y arra¬sar hasta el límite de sus considerables capacidades, la de
liberar hasta la última gota de su ira hasta que tuvieran a Galbatorix muerto
ante ellos? ¿Había lle-gado la hora de comprometerse en una campaña que
tardaría decenios en resolverse?
Ha llegado la hora.
Regalos
Eragon recogió sus
pertenencias en menos de cinco minutos. Cogió la silla que les había regalado
Oromis, la ató a Saphira, le echó a la grupa sus bolsas y las afirmó con
correas.
Saphira agitó la cabeza, con
las fosas nasales bien abiertas.
Te esperaré en el campo -le
dijo y, con un rugido, alzó el vue¬lo de un salto desde la casa del árbol,
abrió sus alas azules ya en el aire y se alejó volando, rozando el techo del
bosque.
Veloz como un elfo, Eragon
corrió hasta el salón Tialdarí, donde encontró a Orik sentado en su rincón
habitual y jugando a las runas. El enano lo saludó con una sentida pal-mada en
un brazo.
-¡Eragon! ¿Qué te trae por
aquí a estas horas de la ma¬ñana? Creía que estabas cruzando tu espada con
Vanir.
-Saphira y yo nos vamos
-dijo Eragon.
Orik se quedó con la boca
abierta, luego frunció los ojos y se puso serio.
—¿Has recibido noticias?
-Te lo contaré luego.
¿Quieres venir?
-¿A Surda?
-Sí.
Una amplia sonrisa recorrió
el rostro barbudo de Orik.
-Para que me quedara aquí,
tendrías que atarme con hierros. En Ellesméra no he hecho más que engordar y
vol¬verme perezoso. Un poco de emoción me irá bien. ¿Cuán¬do salimos?
-Lo antes posible. Recoge
tus cosas y reúnete con noso¬tros en el campo de entrenamiento. ¿Puedes pedir
prestadas provisiones para una semana?
-¿Una semana? Con eso no...
-Iremos volando con Saphira.
La piel que rodeaba la barba
de Orik empalideció.
-Los enanos no nos llevamos
bien con las alturas, Eragon. Nada bien. Sería mejor si pudié-ramos cabalgar,
como hicimos para venir.
Eragon negó con la cabeza.
-Nos llevaría demasiado
tiempo. Además, montar en Sa¬phira es fácil. Si te caes, te recoge-rá.
Orik gruñó, intranquilo y
convencido al mismo tiempo. Tras abandonar la sala, Eragon corrió por la
nemorosa ciu¬dad para reunirse con Saphira, y luego fueron volando a los riscos
de Tel'naeír.
Oromis estaba sentado en la
pata derecha delantera de Glaedr cuando llegaron al claro. Las escamas del
dragón ilu¬minaban el paisaje con incontables chispas de luz dorada. Ni el elfo
ni el dragón se movieron. Desmontando de la gru¬pa de Saphira, Eragon saludó:
-Maestro Glaedr, maestro
Oromis...
No os habrá dado por volver
con los vardenos, ¿verdad? -dijo Glaedr.
Sí nos ha dado -contestó
Saphira.
La sensación de haber sido
traicionado pudo más en Eragon que su capacidad de conte-nerse.
-¿Por qué nos habéis
escondido la verdad? ¿Tan decidi¬dos estáis a mantenernos aquí que necesitáis
recurrir a tru¬cos tan sucios? ¡Los vardenos están a punto de recibir un
ata¬que y ni siquiera lo habéis mencionado!
Tranquilo como siempre,
Oromis preguntó:
-¿Tenéis ganas de saber por
qué?
Muchas, Maestro -dijo
Saphira, sin dar tiempo a Eragon a responder. En la intimidad, lo regañó con un
gruñido-: ¡Sé educado!
-Hemos callado las noticias
por dos razones. La principal era que nosotros mismos no supimos hasta hace
nueve días que los vardenos estaban bajo amenaza, y seguimos ignoran-do el
verdadero tamaño de las tropas del Imperio, su ubica¬ción y sus movimientos
hasta tres días después de eso, cuan¬do el señor Dáthedr quebró los embrujos
que usaba Galbatorix para resistirse a nuestra invocación.
-Eso no explica que no nos
hayáis dicho nada -gruñó Eragon-. No sólo eso, sino que des-pués de descubrir
que los vardenos corrían peligro, ¿por qué no convocó Islanzadí a los elfos
para la lucha? ¿No somos aliados?
-Los ha convocado, Eragon.
En el bosque resuenan los martillos, los pasos de las botas de las armaduras y
el dolor de los que están a punto de partir. Por primera vez en un siglo,
nuestra raza está a punto de abandonar Ellesméra y enfren¬tarse a nuestro mayor
enemigo. Ha llegado la hora de que los elfos caminen abiertamente de nuevo por
Alagaésia. -Con amabilidad, Oromis añadió-: Has estado distraído última¬mente,
Eragon, y lo entiendo. Ahora debes mirar más allá de ti mismo. El mundo exige
tu atención.
Avergonzado, Eragon sólo
pudo decir:
-Lo siento, Maestro.
-Recordó las palabras de Blagden y se permitió mostrar una sonrisa amarga-:
Estoy ciego como un murciélago.
—De eso nada, Eragon. Lo has
hecho bien, si tenemos en cuenta las enormes responsabili-dades con las que te
hemos pedido que cargues. -Oromis lo miró con gravedad—. Espe¬ramos recibir una
misiva de Nasuada en los próximos días, pidiendo ayuda a Islanzadí y
solici-tando que vuelvas con los vardenos. Pensaba informarte entonces de la
situación de los vardenos, y todavía habrías estado a tiempo de llegar a Surda
antes de que se desenfundaran las espadas. Si te lo hubiera dicho antes, el
honor te habría impulsado a aban¬donar tu forma-ción y apresurarte a defender a
tu señora. Por eso Islanzadí y yo guardamos silencio.
-Mi formación no tiene
ninguna importancia si los var¬denos son destruidos.
-No. Pero tal vez seas tú la
única persona que pueda im¬pedir su destrucción, pues existe la posibilidad,
lejana pero terrible, de que Galbatorix esté presente en la batalla. Es
demasia-do tarde para que nuestros guerreros ayuden a los vardenos, lo cual significa
que si Galbato-rix está efectivamente presente, te enfrentarás con él a solas,
sin la protección de nuestros he-chiceros. En esas circunstancias, parecía
vital que tu formación continuara durante el mayor tiempo posible.
En un instante, la rabia de
Eragon se desvaneció y fue sustituida por un estado de ánimo frío, duro y
brutalmente pragmático al entender que el silencio de Oromis había sido
necesa-rio. Los sentimientos personales eran irrelevantes en una situación tan
nefasta como la suya.
-Tenías razón. Mi juramento
de lealtad me impulsa a prevenir la seguridad de Nasuada y los vardenos. Sin
embar¬go, no estoy preparado para enfrentarme a Galbatorix. Al menos, no
todavía.
-Mi sugerencia -dijo Oromis-
es que si Galbatorix se muestra, hagas cuanto puedas por distraerlo de los
vardenos hasta que se decida la batalla para bien o para mal y que evites
lu-char directamente con él. Antes de que te vayas, te pido una última cosa:
que Saphira y tú prometáis que, cuando lo per¬mita el desarrollo de los
sucesos, volveréis aquí para comple¬tar vuestra formación, pues aún tenéis
mucho que aprender.
Volveremos -prometió
Saphira, comprometiéndose en el idioma antiguo.
-Volveremos -repitió Eragon,
sellando así su destino.
Aparentemente satisfecho,
Oromis echó una mano atrás, sacó una bolsa roja bordada y la abrió.
-Anticipando tu partida, he
reunido tres regalos para ti, Eragon. -Sacó de la bolsa una bo-tella verde-.
Primero, un poco de faelnirv cuyo poder he aumentado con mis hechi¬zos. Esta
poción puede mantenerte cuando falle todo lo de¬más, y tal vez encuentres
útiles sus propiedades también en otras circunstancias. Bébela con moderación,
pues sólo he tenido tiempo de preparar unos pocos sorbos.
Pasó la botella a Eragon y
luego sacó de la bolsa un largo cinto negro y azul para una espada. Cuando
Eragon lo recorrió con las manos, lo encontró inusualmente grueso y pesa-do.
Estaba hecho de retales de tela entretejidos con un pa¬trón que representaba
una Lianí Vine enroscada. Siguiendo las instrucciones de Oromis, Eragon tiró de
una borla que había en un extremo del cinto y soltó un grito ahogado al ver que
una tira del centro se estiraba hacia atrás y mostraba doce diamantes de más de
dos centímetros y medio cada uno. Había cuatro diamantes blancos y cuatro
negros; los demás eran rojo, azul, amarillo y marrón. Emitían un fulgor frío y
brillante, como el hielo al amanecer, y un arco iris de manchas multi-colores
brotó hacia las manos de Eragon.
-Maestro... -Eragon meneó la
cabeza y tomó aliento va¬rias veces, incapaz de encontrar palabras-. ¿No es
peligroso darme esto?
-Guárdalo bien para que
nadie intente robártelo. Es el cinturón de Beloth el Sabio, de quien leíste en
tu historia del Año de la Oscuridad, y es uno de los grandes tesoros de los
Ji¬netes. Son las gemas más perfectas que pudieron encontrar los Jinetes. Algunas
se las com-pramos a los enanos. Otras las ganamos en la batalla o las
encontramos nosotros mismos en alguna mina. Las piedras no tienen magia por sí
mismas, pero las puedes usar para reponer tus fuerzas y para usarlas de reserva
cuando te haga falta. Esto, además del rubí insta¬lado en la empuñadura de
Zar'roc, te permitirá amasar una reserva de energía para que no quedes
indebidamente ex¬hausto al preparar hechizos para una batalla, o incluso
cuan¬do te enfrentes a los magos enemigos.
Por último, Oromis sacó un
fino pergamino protegido dentro de un tubo de tela decorado con una escultura
en bajorrelieve del árbol Menoa. Eragon desenrolló el pergami-no y vio el poema
que había recitado en el Agaetí Blódhren. Estaba escrito con la mejor
caligrafía de O-romis e ilustrado con los detallados dibujos del elfo. Las
plantas y los animales se entrelaza-ban con el primer glifo de cada cuarteto,
mien¬tras que unas delicadas cenefas reseguían las columnas de palabras y
flanqueaban las imágenes.
-He pensado -dijo Oromis-
que te gustaría tener una co¬pia para ti.
Eragon se quedó con los doce
diamantes impagables en una mano y el pergamino en la otra, y supo que éste le
pa¬recía más valioso. Hizo una reverencia y, reducido al len¬guaje más simple
por la profundidad de su gratitud, dijo:
-Gracias, Maestro.
Entonces Oromis sorprendió a
Eragon al iniciar el salu¬do tradicional de los elfos, indican-do así lo mucho
que res¬petaba a Eragon.
-Que la fortuna gobierne tus
días.
-Y que las estrellas cuiden
de ti.
-Y que la paz viva en tu
corazón -terminó el elfo de ca¬bello plateado. Luego repitió el intercambio con
Saphira-. Ahora, id y volad tan rápido como el viento del norte, sa¬biendo que
vosotros, Saphira Escamas Brillantes y Eragon Asesino de Sombras, contáis con
la bendi-ción de Oromis, el último descendiente de la casa de Thrándurin, que
es al mis¬mo tiempo el Sabio Doliente y el Lisiado que está Ileso.
Y también con la mía -añadió
Glaedr. Estiró el cuello para rozar la punta de su nariz con la de Saphira
mientras sus ojos dorados brillaban como ascuas giratorias-. Acuérdate de
mantener tu corazón a salvo, Saphira.
Ella ronroneó por toda
respuesta.
Partieron con solemnes
despedidas. Saphira se alzó sobre el denso bosque y Oromis y Glaedr fueron
menguando tras ellos, a solas en los riscos. Pese a las dificultades de su
estan¬cia en Ellesméra, Eragon echaría de menos su presencia en¬tre los elfos,
pues con ellos había encontrado lo más pareci¬do a un hogar desde que
abandonara el valle de Palancar.
«Soy un hombre distinto del
que llegó», pensó y, cerran¬do los ojos, se aferró a Saphira.
Antes de ir al encuentro de
Orik, hicieron una última pa¬rada: el salón Tialdarí. Saphira aterrizó en sus
recogidos jar¬dines, con cuidado de no dañar ninguna planta con la cola o con
las garras. Sin esperar a que la dragona se agachara, Eragon saltó directamente
al suelo, en una cabriola que en otros tiempos le hubiera hecho daño.
Salió un elfo, se tocó los
labios con dos dedos y pregun¬tó en qué podía ayudarles. Cuando Eragon
respondió que quería una audiencia con Islanzadí, el elfo dijo:
-Espera aquí, por favor,
Mano de Plata.
No habían pasado cinco
minutos cuando la reina en per¬sona salió de las profundidades boscosas del
salón Tialdarí, con su túnica encarnada como una gota de sangre entre los elfos
de ropas blancas y las damas que la acompañaban. Tras unos cuantos saludos formularios,
dijo:
-Oromis me ha informado de
tu intención de dejarnos. Me desagrada, pero no puedo o-frecer resistencia al
destino.
-No, Majestad... Majestad,
hemos venido a ofrecer nues¬tros respetos antes de partir. Has sido muy
considerada con nosotros, y te agradecemos, a ti y a tu Casa, la ropa, los
apo-sentos y los alimentos. Estamos en deuda contigo.
-Nada de deudas, Jinete. No
hemos hecho más que pagar una pequeña parte de lo que os debemos a ti y a los
dragones por nuestro desgraciado fracaso en la Caída. Me satisface, en
cualquier caso, que aprecies nuestra hospitalidad. -Hizo una pausa-. Cuando llegues
a Surda, traslada mis saludos reales a la señora Nasuada y al rey Orrin, e
infórmales de que nues¬tros guerreros atacarán pronto la mitad norte del
Imperio. Si nos sonríe la fortuna, podremos pillar a Galbatorix con la guardia
baja y, con el tiempo, dividir sus defensas.
-Como desees.
-Además, quiero que sepas
que he enviado a Surda a doce de nuestros mejores hechice-ros. Si sigues vivo
cuando lleguen, se pondrán bajo tu mando y harán cuanto puedan por protegerte
del peligro, día y noche.
-Gracias, Majestad.
Islanzadí extendió una mano,
y uno de los señores èlfi¬cos le pasó una caja de madera, plana y sin adornos.
-Oromis tenía regalos para
ti, y yo tengo otro. Que te sir¬van para recordar el tiempo que has pasado con
nosotros bajo la oscuridad de los pinos. -Abrió la caja y mostró un arco largo
y oscuro con los extremos vueltos hacia dentro y las puntas curvas, encajado en
un lecho de terciopelo. Unos encastres de plata adornados con hojas de tejo
decoraban la parte central y la zona de agarre. A su lado había una aljaba
llena de flechas nuevas rematadas por plumas de cisnes blancos.
-Ahora que compartes nuestra
fuerza, parece apropiado que tengas un arco de los nues-tros. Lo he hecho yo
misma cantándole a un tejo. La cuerda no se romperá nunca. Y mientras uses
estas flechas, será muy difícil que no atines al objetivo, por mucho que sople
el viento cuando dispares.
Una vez más, Eragon quedó
abrumado por la generosi¬dad de los elfos. Hizo una reverencia.
-¿Qué puedo decir, señora
mía? Me honra que te haya parecido apropiado regalarme el fruto del trabajo de
tus manos.
Islanzadí asintió, como si
estuviera de acuerdo con él, y luego pasó ante él y dijo:
-Saphira, a ti no te he
traído ningún regalo porque no se me ha ocurrido nada que te hicie-ra falta o
que pudieras de¬sear, pero si hay algo nuestro que deseas, dilo y será tuyo.
Los dragones -dijo Saphira-
no requieren poseer nada para ser felices.¿De qué nos sirven las riquezas
cuando nuestra piel es más gloriosa que cualquier tesoro escondido que pueda
existir? No, tengo bastante con la amabilidad que habéis mostrado a Eragon.
Luego Islanzadí les deseó un
buen viaje. Se dio la vuelta, con un revoloteo de la capa que llevaba atada a
los hombros, e hizo ademán de partir, sólo para detenerse al final del ges¬to y
decir:
-¿Eragon...?
-Sí, Majestad.
-Cuando veas a Arya,
comunícale por favor mi afecto y dile que la añoramos amargamen-te en
Ellesméra.
Sus palabras sonaron rígidas
y formales. Sin esperar res¬puesta, se alejó a grandes zanca-das y desapareció
entre los sombríos troncos que protegían el interior de la sala Tialdarí,
seguida por los señores y las damas élficos.
A Saphira le costó menos de
un minuto volar hasta el campo de entrenamiento, donde en-contraron a Orik
senta¬do en su abultado saco, pasándose el hacha de guerra de una mano a otra y
con rostro feroz.
-Ya era hora de que
llegarais -masculló. Se levantó y se echó el hacha al cinto. Eragon se excusó
por el retraso y ató el saco de Orik a la silla de Saphira. El enano miró la
espal¬da del dragón, que se alzaba a gran altura-. ¿Y cómo se su¬pone que voy a
montar ahí? Hasta un acantilado tiene más lugares donde agarrarse que tú,
Saphira.
Aquí -dijo ella. Se tumbó
sobre el vientre y abrió tanto como pudo la pierna derecha de atrás, creando
así una ram¬pa nudosa. Orik montó en su espinilla con un sonoro reso¬plido y
trepó por la pierna a cuatro patas. Saphira resopló y soltó una pequeña llamarada-.
¡Date prisa! Me haces cosquillas.
Orik se detuvo en el rellano
de las ancas, luego puso un pie a cada lado de la columna vertebral de Saphira
y caminó con cuidado por la espalda hacia la silla. Toqueteó una de las púas de
marfil, que le quedaba entre las piernas, y dijo:
-Nunca he visto una mejor
manera de perder la virilidad.
Eragon sonrió.
-No te resbales.
Cuando Orik descendió hasta
la parte delantera de la si¬lla, Eragon montó en Saphira y se sentó detrás del
enano. Para mantener a Orik en su sitio cuando Saphira girase o se diera la
vuelta en pleno vuelo, Eragon soltó las correas des¬tinadas a sujetar sus
brazos y pidió a Orik que pasara las pier¬nas por ellas.
Cuando Saphira se levantó
del todo, Orik se balanceó y se agarró a la púa que le quedaba delante.
-¡Garr! Eragon, no me dejes
abrir los ojos hasta que este¬mos en el aire, o temo que me ma-rearé. Esto no
es natural, no, señor. Los enanos no están hechos para montar en dra-gones. Yo
no lo he hecho nunca.
-¿Nunca?
Orik meneó la cabeza sin
contestar.
Los elfos se habían agrupado
en las afueras de Du Weldenvarden, reunidos a lo largo del campo, y
contemplaban con expresiones solemnes a Saphira mientras ésta alzaba sus alas
translúcidas, preparando el despegue.
Eragon apretó las piernas al
sentir que la poderosa mus¬culatura de la dragona se tensaba bajo sus piernas.
Con un salto acelerado, Saphira se lanzó hacia el cielo azul, aletean¬do con
fuerza y rapidez para alzarse sobre los árboles gigan¬tescos. Giró sobre el
extenso bosque –tra-zando espirales ha¬cia arriba a medida que ganaba
velocidad- y luego se dirigió al sur, hacia el desierto de Hadarac.
Aunque el viento sonaba con
fuerza en los oídos de Era¬gon, oyó que una elfa de Ellesmé-ra alzaba su clara
voz en una canción, igual que cuando llegaron por primera vez. Así canta-ba:
Lejos,
lejos, volarás lejos,
Sobre
los picos y los valles
Hasta
las tierras del más allá.
Lejos,
lejos, volarás lejos
Y nunca
volverás a mí.
Las
fauces del océano
Un mar de obsidiana se
alzaba bajo el Ala de Dragón, impul¬sando el barco hacia el aire. Allí se
precipitaba en la escar¬pada cresta de una ola espumosa antes de lanzarse hacia
de-lante y bajar corriendo por la otra cara hacia el seno negro que lo esperaba
abajo. Jirones de niebla pegajosa recorrían el gélido aire cuando el viento
gemía y aullaba como un es¬píritu monstruoso.
Roran se aferraba a las
jarcias de estribor, a media eslora del barco, y vomitaba por enci-ma de la
borda; no le salía más que amarga bilis. Se había ufanado de no sentir ninguna
mo-lestia de estómago en las barcazas de Clovis, pero la tormen¬ta a que se
enfrentaban ahora era tan violenta que incluso a los hombres de Uthar -todos
ellos curtidos marineros- les resultaba difícil conservar el whisky en las
tripas.
Roran sintió como si una
roca de hielo lo golpeara entre los omóplatos cuando una ola barrió el barco de
costado, empapando la cubierta antes de escurrirse por los imborna¬les y volver
al espumoso, malhumorado y furioso océano de donde había salido. Roran se secó
el agua salada de los ojos con unos dedos torpes como pedazos de madera
congela¬dos, y los entrecerró para mirar el negruzco horizonte que se alzaba más
allá de la popa.
«Tal vez así no puedan
olisquear nuestro rastro.» Tres ba¬landros de velas negras los ha-bían seguido
desde que pasaran los acantilados de Hierro y doblaran lo que Jeod llamaba
E-dur Carthungavé y Uthar identificó como el cabo de Rathbar.
-Sería como la cola de las
Vertebradas -le había dicho Uthar, con una sonrisa.
Los balandros eran más
rápidos que el Ala de Dragón, car¬gado con el peso de todos los aldeanos, y le
habían ganado te¬rreno al barco mercante hasta acercarse tanto como para
in-tercambiar una oleada de flechas. Peor aún, parecía que el primero de los balandros
llevaba un mago, pues sus flechas tenían una puntería sobrenatural y habían
cortado cuerdas, destro-zado catapultas y atascado plataformas. Por aquellos
ataques, Roran dedujo que al Imperio ya no le importaba capturarlo vivo y sólo
quería impedir que encontrara refugio entre los vardenos. Acababa de preparar a
los aldeanos para repeler abordajes cuando las nubes se hincharon hasta
ad¬quirir un tono amoratado, cargadas de lluvia, y una furiosa tempestad empezó
a soplar desde el noroeste. En aquel mo¬mento, Uthar llevaba el Ala de Dragón
de través al viento, en dirección a las islas del Sur, donde esperaba eludir a
los ba-landros entre los bancos de arena y las caletas de Beirland.
Una lámina de relámpagos
horizontales tembló entre dos nubarrones con forma de bulbo, y el mundo se
convir¬tió en un retablo de mármol blanco antes de que volviera a reinar de
nuevo la oscuridad. Cada relámpago cegador im¬primía en los ojos de Roran una escena
in-móvil que luego permanecía allí, palpitando hasta mucho después de
de¬saparecer el claro rayo.
Luego vino otra serie de
relámpagos bifurcados, y Roran vio -como si presenciara una se-cuencia de
dibujos mono¬cromos- que el palo de mesana crujía y se desmoronaba ha¬cia el
mar revuelto, cruzado a medio barco por el lado de ba¬bor. Aferrado a una cuerda
de salvamento, Roran se lanzó hacia el alcázar y, con la ayuda de Bonden, cortó
a tajos los obenques que mantenían el mástil unido al Ala de Dragón y hundían
la popa bajo el agua. Los cables se sa-cudían como serpientes al cortarlos.
Luego Roran se deslizó hasta
la cubierta con el brazo de¬recho enganchado en la regala para mantenerse firme
en su lugar mientras el barco descendía seis..., nueve metros, entre una ola y
la siguiente. Una ola le pasó por encima, absorbiéndole el calor de los huesos.
Los escalofríos le recorrían el cuerpo entero.
«No me dejes morir aquí
-suplicó, aunque no sabía a quién se dirigía-. En estas crueles o-las, no. Aún
no he ter¬minado mi tarea.» Durante aquella larga noche se aferró a los
recuerdos de Katrina y obtuvo consuelo en ellos cuando se sintió débil y la esperanza
amenazó con a-bandonarlo.
La tormenta duró dos días
enteros y se disipó en las prime¬ras horas del anochecer. La ma-ñana siguiente
trajo consigo un amanecer de pálido verde, cielos claros y tres velas ne-gras
que navegaban al norte por el horizonte. Al suroeste, la brumosa costa de
Beirland quedaba bajo un saledizo de nu¬bes reunidas en torno a la escarpada
montaña que domina¬ba la isla.
Roran, Jeod y Uthar se
reunieron en la pequeña cabina de proa -pues el camarote del capi-tán se había
destinado a los enfermos-, donde Uthar desenrolló las cartas de navegación
so-bre una mesa y señaló un punto por encima de Beirland.
-Ahora estamos aquí -dijo.
Sacó un mapa más grande de la costa de Alagaésia y señaló la desembocadura del
río Jiet-. Y éste es nuestro destino, porque la comida no nos va a alcan¬zar
hasta Reavstone. De todos modos, no veo cómo podemos llegar hasta allí sin que
nos atra-pen. Sin la vela de mesana, esos malditos balandros nos pillarán
mañana al mediodía, o al a-nochecer si somos capaces de manejar bien las velas.
-¿Podemos sustituir el
mástil? -preguntó Jeod-. Las na¬ves de este tamaño suelen llevar pa-los para
reparaciones de ese tipo.
Uthar se encogió de hombros.
-Podríamos si hubiera entre
nosotros un buen carpin¬tero de barcos. Como no lo tenemos, prefiero no dejar
que manos inexpertas monten un palo, porque sólo serviría para que se nos
desplomara en cubierta y podría haber al¬gún herido.
Roran contestó:
-Si no fuera por el mago, o
los magos, yo diría que po¬demos ofrecerles pelea, pues nuestra tripulación es
mucho más numerosa que la de los balandros. Tal como están las cosas,
pre-feriría evitar la confrontación. Parece poco proba¬ble que podamos vencer,
teniendo en cuenta cuántos buques enviados en ayuda de los vardenos han
desaparecido.
Uthar gruñó y trazó un
círculo en torno a su situación.
-Mañana por la noche
podríamos llegar hasta aquí, supo¬niendo que no nos abandone el viento.
Podríamos atracar en algún lugar de Beirland o de Nía si quisiéramos, pero no
sé de qué nos serviría. Quedaríamos atrapados. Los soldados de los balandros,
los ra'zac o el pro-pio Galbatorix nos da¬rían caza a discreción.
Roran frunció el ceño
mientras cavilaba las diversas op¬ciones; la lucha con los balandros parecía
inevitable.
Durante varios minutos reinó
el silencio en la cabina, sal¬vo por el lametazo de las olas contra el casco.
Luego Jeod puso el dedo en el mapa, entre Beirland y Nía, miró a Uthar y
preguntó:
-¿Y el Ojo del Jabalí?
Para asombro de Roran, el
curtido marinero se puso lite¬ralmente blanco.
-Por mi vida que preferiría
no correr ese riesgo, maes¬tro Jeod. Prefiero enfrentarme a esos balandros y
morir mar adentro que ir a ese lugar maldito. Se ha tragado una cantidad de
barcos equivalente a la mitad de la flota de Galbatorix.
-Creo recordar que una vez
leí -dijo Jeod, recostándose en la silla- que el paso es absolu-tamente seguro
con la ma¬rea alta o baja del todo. ¿No es así?
Con mucha y evidente
reticencia, Uthar admitió:
-Sí. Pero el Ojo es tan
ancho que para cruzarlo sin des¬truir el barco, se requiere la más pre-cisa
sincronización. Ten¬dríamos muchas dificultades para conseguirlo con los
balan¬dros si-guiendo nuestra estela.
-Sin embargo, si lo
consiguiéramos -insistió Jeod-, si pudiéramos planificarlo bien, los ba-landros
encallarían o, si les faltara el coraje, se verían obligados a circunnavegar
Nía. Eso nos daría tiempo para encontrar un lugar donde escon¬dernos en la
costa de Beirland.
-Sí, sí... Si fuera por
usted, iríamos a parar al fondo del mar.
-Vamos, Uthar. Tu miedo no
tiene razón de ser. Lo que propongo es peligroso, lo admito, pero no más de lo
que lo era huir de Teirm. ¿O acaso dudas de tu capacidad de cru-zar el pa-so?
¿No eres lo bastante hombre?
Uthar cruzó sus brazos
desnudos.
-Nunca ha visto el Ojo,
¿verdad, señor?
-No puedo decir lo
contrario.
-No es que yo no sea lo
bastante hombre, sino que el Ojo supera las fuerzas de los hom-bres; ridiculiza
nuestros barcos más grandes, nuestros mayores edificios y cualquier otra cosa
que quiera nombrar. Tentarlo sería como tratar de correr más que una avalancha;
se puede conseguir, pero también puedes quedar enterrado en el polvo.
-¿Qué es eso del Ojo de
Jabalí? -preguntó Roran.
-Las fauces del océano, que
todo lo devoran -proclamó Uthar.
En un tono más suave, Jeod
dijo:
-Es un remolino, Roran. El
Ojo se forma como conse¬cuencia de la corriente de las mareas que chocan entre
Beir¬land y Nía. Cuando baja la marea, el Ojo gira de norte a oes¬te. Cuando
sube, de norte a este.
-No suena tan peligroso.
Uthar meneó la cabeza y la
coleta le golpeó los lados del cuello, quemado por el viento. Se echó a reír:
-No tan peligroso, dice.
¡Ja!
-Lo que no puedes comprender
-continuó Jeod- es el ta¬maño del vértice. De promedio, el centro del Ojo mide
cin¬co millas de diámetro, mientras que los brazos del remolino pueden llegar a
tener entre diez y quince millas. Los barcos que tienen la desgracia de ser
tragados por el Ojo son arrastrados al fondo del océano y lanzados allí contra
las puntia-gudas rocas. A menudo se encuentran pecios de los restos de esas
naves en las dos islas.
-¿Alguien espera que tomemos
esa ruta? -preguntó Roran.
-Nadie, y por buenas razones
-gruñó Uthar.
Jeod negó con la cabeza al
mismo tiempo.
-¿Cabe al menos la
posibilidad de cruzar el Ojo?
-Sería una maldita
estupidez.
Roran asintió.
-Ya sé que no quieres correr
ese riesgo, Uthar, pero las opciones son limitadas. No soy marinero, de modo
que debo fiarme de tu juicio. ¿Podemos cruzar el Ojo?
El capitán dudó.
-Tal vez sí, tal vez no.
Habría que estar loco de remate para acercarse a menos de cinco millas de ese
monstruo.
Roran sacó el martillo y
golpeó con él la mesa, dejando una marca de varios centímetros de profundidad.
-¡Pues yo estoy loco de
remate! -Sostuvo la mirada de Uthar hasta que el marinero se re-movió,
incómodo-. ¿Debo recordarte que sólo hemos llegado hasta aquí por hacer lo que
los quejicas angustiados afirmaban que no podía o no debía hacerse? Nosotros,
los de Carvahall, nos atrevimos a abandonar nuestros hogares y cruzar las
Vertebradas. Jeod se atrevió a imaginar que podíamos robar el Ala de Dragón. ¿A
qué te atreverás tú, Uthar? Si conseguimos superar el Ojo y vivimos para
contarlo, te saludarán como a uno de los más grandes marineros de la historia.
Ahora, contéstame. Y haz¬lo con la verdad. ¿Se puede hacer?
Uthar se pasó una mano por
la cara. Cuando al fin ha¬bló, lo hizo en voz baja, como si el estallido de
Roran lo obli¬gara a abandonar las bravuconadas.
-No lo sé, Martillazos... Si
esperamos a que el Ojo se re¬duzca, los balandros podrían estar tan cerca de
nosotros que si pasáramos, también pasarían ellos. Y si amaina el viento, nos
atrapará la corriente y no podremos evitarla.
-Como capitán, ¿estás
dispuesto a intentarlo? Ni Jeod ni yo podemos dirigir el Ala de Dragón en tu
lugar.
Uthar miró largamente las
cartas de navegación, mano sobre mano. Trazó un par de líneas desde su posición
y rea¬lizó una serie de cálculos numéricos de los que Roran no pudo deducir
nada. Al fin dijo:
-Temo que naveguemos hacia
la destrucción, pero sí. Haré lo posible por asegurarnos de poder cruzarlo.
Satisfecho, Roran apartó el
martillo.
-Así sea.
Cruzando
el Ojo del Jabalí
Los balandros siguieron
acercándose al Ala de Dragón a lo largo del día. Roran contem-plaba sus
progresos siempre que podía, preocupado de que se acercaran lo suficiente para a-tacarles
antes de que el Ala de Dragón llegara al Ojo. Aun así, Uthar parecía capaz de
mantener la distancia al me¬nos durante algo más de tiempo.
Cumpliendo sus órdenes,
Roran y otros aldeanos se esfor¬zaron por recoger el barco tras la tormenta y
prepararlo para la ordalía que se le echaba encima. Terminaron de trabajar al
anochecer y extinguieron todas las luces de la cubierta con la intención de
confundir a sus perseguidores respecto al rumbo del Ala de Dragón. El truco
surtió efecto en parte, pues cuando salió el sol, Roran vio que los balandros
se habían re¬trasado cerca de una milla por el noroeste, aunque pronto
recuperaron la distancia perdida.
A última hora de la mañana,
Roran escaló el palo mayor y se montó en la cofa, a cuarenta metros de la
cubierta, tan alto que los hombres de abajo le parecían más pequeños que su
meñique. El agua y el cielo parecían balancearse peligro¬samente en torno a él
cuando el Ala de Dragón se escoraba de un lado a otro.
Roran sacó el catalejo que
había llevado consigo, se lo lle¬vó a un ojo y lo ajustó hasta que quedaron
enfocados los ba¬landros, a menos de cuatro millas tras su popa, y acercándose
a mayor velocidad de la que le hubiera gustado. «Se habrán dado cuenta de lo
que pretende-mos hacer», pensó. Trazó un barrido con el catalejo y repasó el
océano en busca de alguna señal del Ojo del Jabalí. Se detuvo al divisar un
gran disco de espuma, del tamaño de una isla, que giraba de norte a este.
«Llegamos tarde», pensó, con un nudo en el estómago. La marea alta había pasado
ya, y el Ojo del Jabalí aumentaba su velocidad y su fuerza a medida que el
océano se retiraba de la costa. Roran apuntó el catalejo por el costado de la
cofa y vio que la cuerda anudada que Uthar había atado a estribor por la popa
-para detectar en qué momento entraban en la co¬rriente del remolino- flotaba
ahora paralela al Ala de Dragón en vez de estirarse por su estela como era
normal. Lo úni¬co que tenían a favor era que navega-ban en la misma dirección
que la corriente del Ojo, y no contra ella. De haber sido al contra-rio, no
hubieran tenido más remedio que esperar has¬ta que volviera a subir la marea.
Abajo, Roran oyó a Uthar
gritar a los aldeanos que se pu¬sieran a los remos. Un momento después brotaron
del Ala de Dragón dos hileras de remos a cada lado que dieron al barco un
aspecto de insecto gigantesco de río. Al ritmo de un tam¬bor hecho con piel de
buey, acompa-ñado por el canto rítmi¬co de Bonden para marcar el tempo, los
remos se arquearon hacia de-lante, se hundieron en el verde mar y barrieron la
su¬perficie del agua hacia atrás, dejando blancas estelas de bur¬bujas. El Ala
de Dragón aceleró de repente y empezó a mover¬se más rápido que los balandros,
que seguían todavía fuera de la influencia del Ojo.
Roran contempló con aterrada
fascinación la obra tea¬tral que se desplegaba en torno a él. El elemento
esencial de la trama, el punto crucial del que dependía el resultado, era el
tiem-po. Aunque llegaban tarde, ¿podría el Ala de Dragón, con la fuerza combinada
de las velas y los remos, navegar a la velocidad necesaria para cruzar el Ojo?
Y los balandros, que ahora también habían sacado los remos, ¿podrían acor¬tar
el espacio que los separaba del Ala de Dra-gón lo suficien¬te para asegurar su
propia supervivencia? No podía saberlo. La pulsación del tambor medía los
minutos; Roran tenía una aguda consciencia de cada instante que pasaba.
Se llevó una sorpresa al ver
que un brazo se alzaba sobre el borde de la plataforma y aparecía la cara de
Baldor, mi¬rándolo.
-Échame una mano, ¿quieres?
Me da la sensación de que estoy a punto de caerme.
Agarrándose con firmeza,
Roran ayudó a Baldor a subir a la plataforma. Éste le pasó una galleta y una
manzana seca y le dijo:
-He pensado que querrías
comer algo.
Roran asintió para darle las
gracias, mordisqueó la galle¬ta y volvió a mirar por el catalejo. Cuando Baldor
le pregun¬tó si podía ver el Ojo, Roran le pasó el catalejo y se concen¬tró en
la comida.
Durante la siguiente media
hora, el disco de espuma aumentó la velocidad de sus revolu-ciones hasta que
empezó a girar como una peonza. El agua que rodeaba la espuma se infló y empezó
a alzarse, mientras que la propia espuma de¬sapareció de la vista, tragada
hasta el fondo de un gigantesco hoyo cada vez más amplio y profundo. Un ciclón
de bruma retorcida se formó encima del vértice, y de la garganta del abismo,
negra como el ébano, surgió un aullido torturado como los gritos de un lobo
herido.
La velocidad con que se
formaba el Ojo del Jabalí abru¬mó a Roran.
-Será mejor que vayas a
decírselo a Uthar -dijo.
Baldor salió de la
plataforma.
-Átate al mástil. Si no,
podrías caerte.
-Lo haré.
Al atarse, Roran se dejó los
brazos libres para estar segu¬ro de que, si era necesario, podría sacar el
cuchillo del cinturón y soltarse. Al supervisar la situación, se llenó de
ansie-dad. El Ala de Dragón estaba a menos de una milla de la mediana del Ojo,
los balandros quedaban dos millas atrás y el Ojo iba creciendo hasta alcanzar
su plena furia. Aún peor, enturbiado por el remolino, el viento chisporroteaba
y ru¬gía, soplando primero en una dirección y luego en otra. Las velas se
hinchaban un momento, luego quedaban inertes, después volvían a inflarse
mientras el confuso viento daba vueltas en torno al barco.
«A lo mejor Uthar tenía
razón -pensó Roran-. A lo mejor he ido demasiado lejos y me he enfrentado a un
oponente al que no puedo superar por mera determinación. A lo mejor estoy
enviando a los aldeanos a la muerte.» Las fuerzas de la naturaleza eran inmunes
a la intimidación.
El centro abierto del Ojo
del Jabalí medía ya casi nueve millas y media de diámetro, y nadie podía decir
cuántas bra¬zas de profundidad, salvo aquellos que hubieran caído atra-pados en
él. Los lados del Ojo se curvaban hacia dentro en un ángulo de cuarenta y cinco
grados; estaban estriados por surcos superficiales, como arcilla húmeda
moldeada en el torno del alfarero. El aullido grave se hizo más sonoro, has¬ta
tal extremo que a Roran le pareció que el mundo entero debía de desmoronarse
por la intensidad de aquella vibra¬ción. Un arco iris glorioso emergió entre la
bruma suspen¬dida sobre aquella sima giratoria.
La corriente circulaba más
rápida que nunca, impri¬miendo una velocidad de vértigo al Ala de Dragón a
medida que giraba por el contorno del remolino, y cada vez parecía menos
probable que el barco pudiera librarse al alcanzar el extremo sur del Ojo. La velocidad
del Ala de Dragón era tan prodigiosa que se escoró mucho a estribor, dejando a
Roran suspendido sobre las agitadas aguas.
Pese a los progresos del Ala
de Dragón, los balandros se¬guían acercándose. Los barcos enemigos navegaban en
co¬lumna a menos de una milla, moviendo en perfecta sincro-nización los remos,
y de cada proa brotaban dos aletas de agua a medida que iban surcando el
océano. Roran no pudo sino admirar aquella visión.
Se guardó el catalejo en la
camisa; ya no le hacía falta. Los balandros estaban suficientemente cerca para
distinguirlos a primera vista, mientras que el remolino cada vez parecía más
oscuro por las nubes de vapor blanco que emergían del bor¬de del sumidero. Al
precipitarse hacia las profundidades, el vapor formaba una lente espiral sobre
el golfo, reproducien¬do la forma del propio remolino.
Entonces el Ala de Dragón
hizo un bordo a babor, apar¬tándose de la corriente porque Uthar buscaba ya el
mar abierto. La quilla surcó las aguas removidas y la velocidad del barco se
redujo a la mitad mientras el Ala de Dragón lu¬chaba contra el abrazo mortal
del Ojo del Jabalí. Un temblor recorrió el mástil, haciendo entrechocar los
dientes a Roran, y la cofa se balanceó en la dirección contraria, provo¬cándole
un mareo de vértigo.
El miedo se apoderó de Roran
al ver que el barco seguía frenándose. Cortó de un tajo las cuerdas que lo
sujetaban y, con un temerario desprecio de su propia seguridad, se aga¬rró a
una maroma que tenía por debajo y se deslizó por la jarcia a tal velocidad que
en un mo-mento se soltó y no pudo volver a agarrarse hasta varios metros más
abajo. Saltó a cu¬bierta, corrió a la escotilla de proa y bajó a la primera
ban¬cada de remeros, donde se unió a Baldor y Albriech en un remo de roble.
Sin decir palabra, se
pusieron a trabajar al ritmo de su propia respiración desesperada, el alocado
batir del tambor, los gritos roncos de Bonden y el rugido del Ojo del Jabalí.
Roran sentía la resistencia del potente remolino a cada gol¬pe de remo.
Y sin embargo, sus esfuerzos
no lograban evitar que el Ala de Dragón llegara a detenerse virtualmente. «No
lo vamos a conseguir», pensó Roran. La espalda y las piernas le ar¬dían de puro
agotamiento. Sentía una punzada en los pul¬mones. Entre un golpe de tambor y el
siguiente, oyó que Uthar ordenaba a los marinos de la cubierta que cazaran las
velas para sacar el máximo provecho del viento inconstante.
Dos asientos más allá de
Roran, Darmmen y Hamund pa¬saron su remo a Thane y Ridley y luego se tumbaron
en me¬dio del pasillo, con temblores en las piernas. Menos de un minuto
después, alguien se desmayó al fondo de la galería y fue reemplazado de inmediato
por Birgit y otra mujer.
«Si sobrevivimos -pensó
Roran-, será sólo porque somos tantos que podemos mantener este ritmo el tiempo
que haga falta.»
Le pareció una eternidad el
tiempo que pasó remando en la sala oscura y humeante, empujando primero y
tirando después, haciendo todo lo posible por ignorar el creciente dolor de su
cuerpo. Le dolía el cuello de agacharse debido al techo bajo. La oscura madera
del remo estaba manchada de sangre por las zonas en que la piel se había
llagado y abierto. Se quitó la camisa -tirando al suelo el catalejo-, en¬volvió
el remo con la tela y siguió remando.
Al fin Roran no fue capaz de
moverse más. Las piernas cedieron, cayó de lado y se deslizó por el pasillo de
tan su¬dado como estaba. Orval ocupó su lugar. Roran se quedó quieto hasta que
pudo recuperar la respiración, luego logró ponerse a cuatro patas y avanzó a
gachas hasta la escotilla.
Como un borracho
enfebrecido, subió a pulso la escalera, meciéndose con los movimientos del
barco y desplomándose a menudo contra la pared para descansar. Al salir a
cubier¬ta, se tomó un breve momento para apreciar el aire fresco y lue¬go se
acercó a tumbos hacia la popa para llegar al timón, aun¬que sus piernas
amenazaban con acalambrarse a cada paso.
-¿Cómo va? -preguntó
boqueando a Uthar, que maneja¬ba el timón.
Uthar meneó la cabeza.
Mirando por la borda, Roran
escrutó los tres balandros, tal vez a media milla de distancia y algo más al
oeste, más cerca del centro del Ojo. En comparación con el Ala de Dra¬gón,
pare-cían inmóviles.
Al principio, mientras Roran
miraba, las posiciones de las cuatro naves se mantuvieron iguales. Luego
percibió un cambio de velocidad en el Ala de Dragón, como si el barco hubiera
pasado un punto crucial y las fuerzas que lo frena¬ban hubieran disminuido. Se
trataba de una diferencia sutil y apenas se traducía en más que unos pocos
metros por mi-nuto, pero era suficiente para que la distancia entre el Ala de
Dragón y los balandros empezara a aumentar. A cada golpe de remos, el Ala de
Dragón ganaba inercia.
En cambio, los balandros no
lograban superar la fuerza terrible del remolino. Sus remos redujeron la
velocidad has¬ta que, uno tras otro, los barcos se deslizaron hacia atrás y
fueron tragados por el velo de la bruma, tras la cual los es¬peraban el muro giratorio
de aguas de ébano y las rechi¬nantes rocas del fondo del mar.
«No pueden seguir remando
-se dio cuenta Roran-. Sus tripulaciones son cortas y están demasiado
cansados.» No pudo evitar una punzada de compasión por el destino de los
hombres de los balandros.
En ese preciso instante, una
flecha salió disparada del balandro más cercano y estalló con una llamarada
verde al tiempo que se dirigía hacia el Ala de Dragón. Para volar hasta tan
lejos, la flecha debía estar sostenida por la magia. Se clavó en la vela de
mesana y explotó en glóbulos de fuego líquido que se pegaban a cualquier objeto
que tocaran. Al cabo de es¬casos segundos, ardían veinte fuegos pequeños en el
palo de mesana, su vela y la cubierta.
-¡No podemos apagarlo!
-gritó uno de los marinos, con el pánico en la cara.
-¡Cortad a hachazos lo que
se esté quemando y echadlo por la borda! -rugió Uthar en respuesta.
Roran desenfundó el cuchillo
que llevaba en el cinto y se puso a eliminar una buena cantidad de fuegos de
color ver¬de de los tablones que quedaban a sus pies. Pasaron varios minutos de
mucha tensión hasta que aquellas llamas sobre¬naturales desaparecieron y quedó
claro que la conflagra¬ción no se iba a extender al resto del barco.
Cuando sonó el grito: «¡Todo
despejado!», Uthar relajó la mano que aferraba el timón.
-Si eso es lo mejor que
puede hacer su mago, yo diría que no hemos de temerlo dema-siado.
-Vamos a salir del Ojo,
¿verdad? -preguntó Roran, ansio¬so por confirmar sus esperanzas.
Uthar alzó los hombros y
soltó una rápida sonrisa, orgu¬lloso e incrédulo al mismo tiem-po.
-En esta vuelta, todavía no;
pero estamos a punto. No haremos ningún progreso para ale-jarnos de la boca
abier¬ta de ese monstruo hasta que la marea empiece a aflojar. Ve a decirle a
Bonden que baje un poco el ritmo; no quiero que se desmayen todos los remeros
si puedo e-vitarlo.
Y así fue. Roran se aplicó a
los remos en un turno breve y, cuando regresó a cubierta, el remolino empezaba
a amai¬nar. El aullido horrendo del vértice se desvanecía bajo el rui¬do normal
del viento; el agua adquiría una textura tranqui¬la y lisa que no daba la menor
pista de la violencia que solía cernirse sobre el lugar, y la niebla retorcida
que se había agi¬tado antes sobre el abismo se fundía ahora bajo los cálidos
rayos del sol, dejando el aire claro como el cristal. Del Ojo del Jabalí, tal
como comprobó Roran cuando recuperó su catalejo entre los re-meros, no quedaba
más que el disco de espuma amarilla que giraba en el agua.
Y en el centro de la espuma
pudo apenas distinguir tres mástiles partidos y una vela negra que flotaban
dando vuel¬tas y vueltas en un círculo infinito. Pero tal vez fuera su
ima-ginación.
Al menos, eso se dijo a sí
mismo.
Elain se acercó a su lado
con una mano apoyada en el vientre hinchado. En voz muy baja, le dijo:
-Hemos tenido suerte, Roran;
más de lo que era razona¬ble esperar.
-Sí -reconoció Roran.
Hacia Aberon
Por debajo de Saphira, el
bosque sin senderos se extendía a ambos lados del horizonte blanco, pasando, a
medida que se alejaba, del más denso verde a un morado brumoso y des¬leído.
Vencejos, grajos y otros pájaros del bosque revolotea¬ban sobre los pinos
retorcidos y soltaban aullidos de alarma al ver a Saphira. Ella volaba bajo
sobre el dosel de ramas para proteger a sus dos pasajeros de las temperaturas
árticas de las capas más altas del cielo.
Aparte de cuando Saphira
echó a los ra'zac hacia las vertebradas, era la primera vez que ella y Eragon
tenían la ocasión de volar juntos una larga distancia sin necesidad de
detenerse o esperar a algún compañero que se desplazara por tierra. Saphira
estaba especialmente con-tenta con el via¬je y se deleitó en enseñarle a Eragon
en qué medida las en¬señanzas de Glaedr habían aumentado su fuerza y su
resis¬tencia.
Cuando superó su incomodidad
inicial, Orik dijo a Eragon:
-Dudo que nunca llegue a
sentirme cómodo en el aire, pero entiendo que a Saphira y a ti os guste tanto.
Volar te hace sentir libre y carente de límites, como un halcón de mi¬rada
fiera al perseguir a sus presas. Me acelera el corazón, eso sí.
Para reducir el tedio del
trayecto, Orik jugaba a las adivi¬nanzas con Saphira. Eragon se excusó para no
participar en el concurso, pues nunca había sido especialmente experto en
adivinanzas; el giro de pensamientos necesario para re¬solverlas siempre parecía
escapársele. En eso, Saphira lo superaba con mucho. Como a la mayoría de
dragones, le fas¬cinaban los enigmas y le resultaba bastante fácil resolverlos.
Orik dijo:
-Las únicas adivinanzas que
conozco proceden del len¬guaje de los enanos. Haré cuanto pueda por traducirlas
bien, pero tal vez el resultado sea burdo y poco flexible.
Luego, propuso:
De joven soy alta,
De mayor soy baja;
En vida tengo brillo,
El aliento de Urür es mi enemigo.
No es justo -gruñó Saphira-.
Casi no sé nada de vuestros dioses.
No hizo falta que Eragon
repitiera sus palabras, pues Orik le había concedido permiso para que las
proyectara di¬rectamente hacia su mente. El enano se rió.
-¿Te rindes?
Nunca. -Durante unos minutos
no sonó más que el batir de alas, hasta que ella preguntó-: ¿Es una vela?
-Has acertado.
Ella resopló, y una
nubécilla de humo caliente subió has¬ta las caras de Eragon y Orik.
No se me da muy bien esa
clase de adivinanzas. Desde mi incu¬bación, no he vuelto a estar dentro de una
casa, y me resultan difí¬ciles los enigmas relacionados con objetos domésticos.
-A continua¬ción, propuso-: ¿Qué hierba cura todas las dolencias?
El dilema resultó terrible
para Orik. Gruñó, rugió y re¬chinó los dientes de frustración. Tras él, Eragon
no pudo evitar una sonrisa, pues él veía claramente la respuesta en la mente de
Saphira. Al fin, Orik dijo:
-Bueno, ¿qué es? Con ésta me
has superado.
Por el bien del cuervecillo,
y porque no es amarillo, la respuesta ha de ser tomillo.
Le tocó el turno de
protestar a Orik.
-¡No es justo! No es mi
lengua natal. No puedes esperar que se me ocurran esas rimas.
Así son las cosas. La rima
está bien buscada.
Eragon vio que los músculos
de la espalda de Orik se contraían y se tensaban al tiempo que el enano asomaba
la cabeza hacia delante.
-Ya que te pones así,
Dientes de Hierro, te haré resolver esta adivinanza que conocen todos los niños
enanos.
Me llaman forja de
Morgothal y vientre de Helzvog.
Oculto a la hija de
Nordvig y provoco la muerte gris,
Y renuevo el mundo con la
sangre de Helzvog.
¿Qué soy?
Y así seguían,
intercambiando adivinanzas cada vez más difíciles mientras Du Weldenvarden se
deslizaba bajo ellos a toda velocidad. A menudo, algún hueco entre las ramas
en¬trelazadas revelaba manchas plateadas, fragmentos de los muchos ríos que
reco-rrían el bosque. En torno a Saphira, las nubes se inflaban en una
arquitectura fantástica: arcos de bóveda, cúpulas y columnas; murallas
almenadas; torres grandes como montañas; picos y valles cargados de una luz
refulgente que provocaba a Eragon la sensación de estar vo¬lando en un sueño.
Saphira era tan rápida que,
cuando llegó el crepúsculo, ya habían dejado atrás Du Weldenvarden y habían
entrado en los campos castaños que separaban el gran bosque del desierto de
Hadarac. Acamparon entre la hierba y se agacha¬ron junto a la pequeña fogata,
rematadamente solos sobre la lisa extensión de la tierra. Tenían el rostro
severo y hablaron poco, pues las palabras no hacían más que reforzar su
insig¬nificancia en aquella tierra desnuda y vacía.
Eragon aprovechó la parada
para almacenar algo de energía en el rubí que adornaba la empuñadura de
Zar'roc. La gema asorbía toda la energía que él quisiera darle, así como la de
Saphira cuando ésta le prestaba sus fuerzas. Era¬gon concluyó que harían falta
unos cuantos días para satu¬rar las reservas del rubí y los doce diamantes
escondidos en el cinturón de Beloth el Sabio.
Debilitado por ese
ejercicio, se envolvió en las mantas, se tumbó junto a Saphira y se deslizó a
su soñar despierto, en el que los fantasmas de la noche se enfrentaban al mar
de es¬trellas que brillaban en lo alto.
Poco después de reiniciar el
viaje a la mañana siguiente, la marea de hierba dio paso a una maleza oscura
que se fue volviendo cada vez más escasa hasta que también fue reem-plazada por
una tierra calcinada por el sol en la que sólo so¬brevivían las plantas más
resistentes. Aparecieron las dunas de un dorado rojizo. Desde su atalaya en la
grupa de Saphi¬ra, a Eragon le parecían hileras de olas que se encaminaban
eternamente hacia una costa distante.
Cuando el sol empezó a
descender, Eragon descubrió un grupo de montañas a lo lejos, hacia el este, y
entendió que contemplaba Du Fells Nángoróth, adonde acudieran anta¬ño los
dragones salvajes a aparearse, a criar a sus retoños y, finalmente, a morir.
Tenemos que visitarlo algún
día -le dijo a Saphira, que se¬guía su mirada.
Sí.
Esa noche Eragon sintió su
soledad con mayor intensi¬dad todavía, pues habían acampado en las regiones más
de¬soladas del desierto de Hadarac, donde había tan poca hu-medad en el aire
que pronto se le agrietaron los labios por mucho que se los untara de nalgask
cada pocos minutos. Percibió poca vida en la tierra, apenas un puñado de
plantas miserables interca-ladas con unos pocos insectos y algunos lagartos.
Igual que cuando cruzaron el
desierto para huir de Gil'ead, Eragon sacó agua del suelo para rellenar sus
botas y, antes de permitir que el líquido restante se secara, invocó a Nasuada
en el reflejo del charco para ver si los vardenos ha¬bían sido atacados ya.
Comprobó con alivio que no era así.
Al tercer día de su partida
de Ellesméra, el viento se alzó tras ellos y llevó en volandas a Saphira hasta
más allá de donde podría haber llegado por sus propias fuerzas, ayudándolos a
cruzar por completo el desierto de Hadarac.
Cerca del límite del
desierto pasaron por encima de unos nómadas a caballo, ataviados con ropas
largas y sueltas para defenderse del calor. Los hombres gritaron en su bur¬do
lenguaje y agitaron sus lanzas y espadas en dirección a Sa¬phira, aunque
ninguno se atrevió a lanzarle una flecha.
Eragon, Saphira y Orik
acamparon esa noche en el lími¬te sur del Bosque Plateado, que se extendía
junto al lago Tüdosten y se llamaba así porque estaba compuesto casi por
completo de hayas, sauces y álamos blancos. En contraste con el crepúsculo
infinito que se instalaba bajo los melancó¬licos pinos de Du Weldenvarden, el
Bosque Plateado queda¬ba invadido por una luz brillante, las alondras y el
amable susurro de las hojas verdes. A Eragon los árboles le parecie¬ron jóvenes
y alegres, y se alegró de estar allí. A pesar de que había desaparecido hasta
el último rastro del desierto, el cli¬ma era más caluroso de lo que tenía por
costumbre en esa época del año. Parecía más verano que primavera.
Desde allí volaron
directamente a Aberon, capital de Surda, guiados por señas que Eragon sonsacaba
de los recuerdos de pájaros que se encontraban por el camino. Saphira no hizo
el menor intento de esconderse durante el camino, y a me¬nudo oían gritos de asombro
y de alarma procedentes de los aldeanos que quedaban abajo.
Estaba ya avanzada la tarde
cuando llegaron a Aberon, una ciudad baja y amurallada, levantada en torno a un
acantilado en una tierra por otra parte lisa. El castillo Borromeo ocupaba la
parte alta del acantilado. La intrincada ciudadela estaba protegida por tres
hileras concéntricas de murallas, numerosas torres y, según percibió Eragon,
cientos de cata-pultas diseñadas para derribar dragones. La rica luz ambari¬na
del sol poniente silueteaba los edificios de Aberon con un marcado relieve e
iluminaba un penacho de polvo que se al¬zaba desde la puerta oeste de la
ciudad, por donde se dispo¬nía a entrar una hilera de soldados.
Cuando Saphira descendió
hacia la zona interior del cas¬tillo, Eragon pudo entrar en contacto con la
combinación de pensamientos de la gente de la capital. Al principio lo abru-mó
el ruido. ¿Cómo se suponía que podía prestar atención a la posible presencia de
enemigos y funcionar con normali¬dad al mismo tiempo? Luego se dio cuenta de
que, como siempre, se estaba concentrando demasiado en los detalles. Sólo tenía
que percibir las intenciones generales de la gente. Amplió el foco, y las voces
individuales que reclamaban su atención cedieron paso a un continuo de
emociones que lo rodeaban. Era como una lámina de agua que permaneciera
arrebujada sobre el paisaje cercano, ondulándose al son de los sentimien-tos
ajenos y soltándose cuando alguien experi¬mentaba alguna pasión extrema.
Así, Eragon percibió la
alarma que se apoderaba de la gente allá abajo a medida que corría la voz de la
presencia de Saphira.
Ten cuidado -le dijo-. No
queremos que nos ataquen.
El polvo ascendía por el
aire cada vez que Saphira agita¬ba sus poderosas alas para insta-larse en el
centro del patio, con las zarpas bien clavadas en la tierra pelada para
mante¬ner el equilibrio. Los caballos atados en el patio relincharon de miedo y
provocaron tal alboroto que Eragon terminó por colarse en sus mentes y
calmarlos con palabras del idioma antiguo.
Eragon desmontó tras Orik,
mirando a los muchos solda¬dos que se habían reunido en los parapetos y los
apuntaban con las catapultas. No tuvo miedo de sus armas, pero no tenía el
menor deseo de involucrarse en una pelea con sus aliados.
Un grupo de doce hombres,
algunos de los cuales eran soldados, salieron corriendo de la muralla hacia
Saphira. Los dirigía un hombre alto con la piel tan oscura como Nasuada; Eragon
sólo había conocido a otros dos con esa com¬plexión. El hombre se detuvo a unos
diez pasos, hizo una re¬verencia -imitada por quienes lo seguían- y dijo:
-Bienvenido, Jinete. Soy
Dahwar, hijo de Kedar. Soy el senescal del rey Orrin.
Eragon inclinó la cabeza.
-Y yo soy Eragon Asesino de
Sombras, hijo de nadie.
-Yyo, Orik, hijo de Thrifk.
Y yo, Saphira, hija de
Vervada -dijo Saphira, usando a Era¬gon de portavoz.
Dahwar hizo otra reverencia.
-Te pido perdón porque no
haya nadie de mayor rango que yo para recibir a un invitado tan noble como tú,
pero el rey Orrin, la señora Nasuada y todos los vardenos se fueron hace tiempo
para enfrentarse al ejército de Galbatorix. -Eragon asintió. Ya contaba con
ello-. Deja-ron órdenes de qué si venías en su busca, te unieras a ellos a la
mayor breve¬dad, pues se re-quiere tu destreza para que venzamos.
-¿Puedes mostrarnos en un
mapa dónde encontrarlos? -preguntó Eragon.
-Por supuesto, señor.
Mientras lo mando a buscar, ¿quie¬res alejarte del calor y disfrutar de unos
refrescos?
Eragon negó con la cabeza.
-No hay tiempo que perder.
Además, el mapa no tengo que verlo sólo yo, sino también Saphira, y dudo que
quepa en vuestros salones.
Eso pareció pillar al
senescal con la guardia baja. Pesta¬ñeó, recorrió a Saphira con la mirada y
luego dijo:
-Muy cierto, señor. En
cualquier caso, cuenta con nues¬tra hospitalidad. Si hay algo que deseéis tú o
tus compañe¬ros, no tenéis más que pedirlo.
Por primera vez, Eragon se
dio cuenta de que podía dar órdenes y contar con que se cumplieran.
-Necesitamos provisiones
para una semana. Para mí, sólo fruta, vegetales, harina, queso, pan, cosas por
el estilo. Tam¬bién necesitamos recargar nuestras botas de agua.
Le llamó la atención que
Dahwar no se extrañara por no haber mencionado la carne. Orik añadió cecina,
panceta y otros productos similares.
Dahwar chasqueó los dedos
para enviar a dos sirvientes a la carrera hacia el interior del castillo en
busca de provisio¬nes. Mientras todos los presentes en el patio esperaban el
re-greso de los hombres, preguntó:
-¿Puedo deducir por tu presencia
aquí, Asesino de Som¬bras, que has completado tu for-mación con los elfos?
-Mi formación no terminará
mientras viva.
-Ya entiendo. -Al cabo de un
rato, Dahwar dijo-: Por fa¬vor, perdona mi impertinencia, se-ñor, pues ignoro
las cos¬tumbres de los Jinetes, pero ¿tú no eres humano? Me ha¬bían dicho que
sí lo eras.
-Sí que lo es —gruñó Orik-.
Experimentó un... cambio. Y debes dar las gracias por eso, pues de lo contrario
nuestra situación sería mucho peor de lo que es.
Dahwar tuvo el tacto
suficiente para no seguir pregun¬tando, pero Eragon dedujo por sus pensamientos
que el se¬nescal hubiera pagado lo que fuera por conocer más deta¬lles:
cualquier información sobre Eragon y Saphira tenía mucho valor en el gobierno
de Orrin.
Pronto trajeron la comida,
el agua y un mapa dos pajes con los ojos bien abiertos. Siguiendo las
instrucciones de Eragon, depositaron todo junto a Saphira, afectados por un
miedo terrible, y luego se retiraron detrás de Dahwar. Éste se arrodilló en el
suelo, desenrolló el mapa —que represen¬taba Surda y las tierras vecinas- y
trazó una línea al noroeste de Abe-ron, hasta Cithrí.
-Según lo último que he
sabido, el rey Orrin y la señora Nasuada se detuvieron aquí para recoger
provisiones. No tenían la intención de quedarse ahí, sin embargo, porque el
Imperio avanza hacia el sur por el río Jiet y querían estar listos para
enfrentarse al ejército de Galbato-rix cuando llegara allí. Los vardenos pueden
estar en cualquier lugar entre Cithrí y el río Jiet. No es más que mi humilde
opinión, pero yo diría que el mejor lugar para buscarlos será los Llanos
Ardientes.
-¿Los Llanos Ardientes?
Dahwar sonrió.
-Quizá los conozcas por su
viejo nombre, el que usan los elfos: Du Vóllar Eldrvarya.
-Ah, sí.
Eragon se acordó entonces.
Había leído acerca de ellos en una de las historias que le había mandado
estudiar Oromis. Los llanos -que contenían gigantescos depósitos de turba- se
extendían al este del río Jiet, hasta donde llegaba la frontera de Surda y donde
se habían producido escara¬muzas entre los Jinetes y los Apóstatas. Durante la
pelea, los dragones ha-bían incendiado la turba sin darse cuenta con las llamas
de sus fauces y el fuego había escarbado hasta co¬bijarse bajo tierra, donde
seguía ardiendo desde entonces. La tierra se ha-bía vuelto inhabitable por los
humos tóxicos que exhalaban las fumarolas ardientes de la tie-rra calcinada.
Un escalofrío recorrió el
costado izquierdo de Eragon cuando recordó su premonición: hileras de soldados
que se enfrentaban en un campo anaranjado y amarillo, acompa–ados por los
violentos gritos de los cuervos y el silbido de las flechas negras. Se estremeció
de nuevo.
Se nos echa el destino
encima -dijo a Saphira. Luego, seña¬lando el mapa-: ¿Lo das por visto?
Sí.
Eragon y Orik empacaron las
provisiones de inmediato, volvieron a montar en Saphira y desde su grupa
agradecieron a Dahwar sus servicios. Cuando Saphira estaba a punto de al-zar de
nuevo el vuelo, Eragon frunció el ceño; una leve discre¬pancia había tomado
cuerpo en las mentes que supervisaba.
-Dahwar, dos mozos de cuadra
de los establos han iniciado una discusión y uno de ellos, Tathal, pretende
come¬ter un asesinato. Sin embargo, puedes evitarlo si envías a tus hombres de
inmediato.
Dahwar abrió mucho los ojos
con cara de asombro, e in¬cluso Orik se dio la vuelta para mirar a Eragon.
-¿Cómo lo sabes, Asesino de
Sombras? -preguntó el se¬nescal.
Eragon se limitó a
responder:
-Porque soy un Jinete.
Entonces Saphira desplegó
las alas, y todos los presentes corrieron para evitar que un golpe los tumbara
cuando las batió hacia abajo y alzó el vuelo hacia el cielo. Cuando el
cas-tillo Borromeo se empequeñeció tras ellos, Orik dijo:
-¿Puedes oír mis
pensamientos, Eragon?
-¿Quieres que lo intente? Ya
sabes que no lo he probado.
-Inténtalo.
Eragon frunció el ceño y concentró
su atención en la con¬ciencia del enano, pero le sorprendió encontrar la mente
de Orik bien protegida tras gruesas barreras. Notaba la presen¬cia de Orik,
pero no sus pensamientos, ni lo que sentía.
-Nada.
Orik sonrió.
-Bien. Quería asegurarme de
que no había olvidado mis viejas lecciones.
Se pusieron tácitamente de
acuerdo en no detenerse aquella noche para seguir avanzando por el cielo
oscuro. No vieron señales de la luna y las estrellas, ningún resplandor, ni un
pálido brillo que quebrara la opresiva oscuridad. Las horas muertas se hinchaban
y comba-ban, y a Eragon le pa¬recía que se aferraban a cada segundo, reticentes
a entre¬garse al pasado.
Cuando al fin regresó el sol
-trayendo consigo su bienve¬nida luz-, Saphira aterrizó al bor-de de un pequeño
lago para que Eragon y Orik pudieran estirar las piernas, aliviar sus
nece-sidades y tomar un desayuno sin el movimiento constante que experimentaban
a su grupa.
Acababan de despegar de
nuevo cuando apareció en el horizonte una gran nube marrón, como un borrón de
tinta castaña en una hoja de papel blanco. La nube fue creciendo a medi-da que
Saphira se acercaba a ella, hasta que, a última hora de la mañana, oscureció
por completo la tierra bajo una cortina de vapores hediondos.
Habían llegado a los Llanos
Ardientes de Alagaésia.
Los
Llanos Ardientes
Eragon se puso a toser
cuando Saphira descendió entre las capas de humo, bajando hacia el río Jiet,
que quedaba es¬condido entre la bruma. Pestañeó y se secó las lágrimas ne-gras.
Le ardían los ojos por el humo.
Más cerca del suelo, el aire
se aclaraba, y Eragon pudo te¬ner una visión despejada de su destino. El velo
rizado de humo negro y encarnado filtraba los rayos del sol de tal modo que
todo lo que quedaba debajo parecía bañado por un naranja intenso. Algún que
otro hueco en la suciedad del cielo permitía que unas barras de luz iluminaran
la tie¬rra, donde permane-cían como columnas de cristal translú¬cido hasta que
el movimiento de las nubes las truncaba.
El río Jiet se extendía ante
ellos, grueso y crecido como una serpiente atiborrada, y su superficie
sombreada refleja¬ba el mismo halo espectral que invadía los Llanos Ardientes.
Incluso cuando una mancha de luz plena iluminaba por ca¬sualidad el río, el
agua adquiría u-na blancura de tiza, opaca y opalescente -casi como si fuera la
leche de alguna bestia ate-rradora- y parecía brillar con una fantasmagórica
lumi¬niscencia propia.
Había dos ejércitos
dispuestos a lo largo de la orilla este del agua supurante. Al sur quedaban los
vardenos y los hom¬bres de Surda, parapetados tras múltiples capas defensivas,
donde desplegaban una fina colección de estandartes de tela, hileras de tiendas
arrogantes y las monturas agrupadas de la caballería del rey Orrin. Por fuertes
que fueran, su cantidad empalidecía en comparación con las fuerzas reu¬nidas al
norte. El ejército de Galbatorix era tan numeroso que su primera línea cubría
casi cinco kilómetros y era imposible discernir cuánto medía de profundidad el
ba¬tallón, pues los individuos se fundían en una masa som-bría a lo lejos.
Entre los dos enemigos
mortales quedaba un espacio va¬cío de unos tres kilómetros. Aque-lla extensión
de tierra, así como la zona en que habían acampado los ejércitos, estaba
hora-dada por incontables orificios dentados en los que danza¬ban las llamas de
fuego verde. De aquellas antorchas marean¬tes se alzaban penachos de humo que
oscurecían el sol. Cada palmo de vegetación parecía calcinado por el suelo
reseco, salvo por algunas extensiones de liquen negro, naranja y castaño que,
desde el aire, daban a la tierra un aspecto cos¬troso e in-fectado.
Eragon nunca había
contemplado una vista tan impo¬nente.
Saphira emergió sobre la
tierra de nadie que separaba los severos ejércitos y luego trazó una curva y se
lanzó en pi¬cado hacia los vardenos tan rápido como se atrevía, pues mientras
permanecieran expuestos al Imperio, serían vulne¬rables a los ataques de los
magos enemigos. Eragon exten¬dió su conciencia tanto como pudo en todas
direcciones, en busca de mentes hostiles que pudieran notar su contacto de
tanteo y reaccionar: las mentes de los magos y de aquellos formados para
rechazar la magia.
En vez de eso, lo que sintió
fue el pánico repentino que abrumó a los centinelas vardenos, muchos de los
cuales, en¬tendió, nunca habían visto a Saphira. El miedo les hizo per¬der el
sentido común y lanzaron una bandada de flechas dentadas que se arqueaban para
detener a Saphira.
Eragon alzó la mano derecha
y exclamó:
-¡Letha orya thorna!
Las flechas se congelaron en
pleno vuelo. Con un giro de muñeca y la palabra «Ganga», cambió su dirección y
las envió en barrena hacia la tierra de nadie, donde pudieran clavarse en el
suelo sin dañar a nadie. Se le escapó una flecha que alguien había disparado
unos pocos segundos des¬pués de la primera oleada.
Eragon se inclinó a la
derecha tanto como pudo y, más veloz que cualquier humano, agarró la flecha en
el aire cuando Saphira pasó volando junto a ella.
Sólo cuando ya estaban a
decenas de metros del suelo, Saphira agitó las alas para frenar el descenso
antes de aterri¬zar primero sobre las patas traseras y luego apoyar las
delan¬teras y corretear hasta detenerse entre las tiendas de los var¬denos.
-Werg —gruñó Orik, al tiempo
que soltaba las correas que le mantenían las piernas fijas-. Preferiría
enfrentarme a una docena de kull que experimentar otra vez esta caída.
Se soltó por un lado de la
silla para luego descender por la pierna delantera de Saphira y de ahí saltar
al suelo.
Eragon estaba desmontando
todavía cuando se reunie¬ron en torno a Saphira docenas de guerreros con
expresio¬nes de asombro. Salió entre ellos con grandes zancadas un hombre
grande como un oso, a quien Eragon reconoció: Fredric, el maestro armero de los
vardenos, de Farthen Dür, ataviado como siempre con su armadura peluda de cuero
de buey.
-Venga, patanes
boquiabiertos -rugió Fredric-. No os quedéis ahí pasmados; volved a vuestros
puestos si no que¬réis que os doble las guardias.
Siguiendo sus órdenes, los
hombres empezaron a dis¬persarse entre abundantes gruñidos y miradas atrás.
Luego Fredric se acercó, y Eragon notó que se quedaba sorprendi¬do por los
cambios de su apariencia física. El barbudo hizo cuanto pudo por disimular su
reacción, se llevó una mano a la frente y dijo:
-Bienvenido, Asesino de
Sombras. Llegas justo a tiem¬po... Me avergüenza sobremanera que te hayamos
atacado. El honor de todos estos hombres quedará manchado por ese error. ¿Hemos
herido a alguno de los tres?
-No.
El alivio cruzó el rostro de
Fredric.
-Bueno, demos las gracias.
He hecho retirar a los res¬ponsables. Serán azotados y perderán el rango... ¿Te
parece suficiente castigo, Jinete?
-Quiero verlos -dijo Eragon.
Fredric exhibió una
repentina preocupación; era evi¬dente que temía que Eragon quisiera ejercer
algún castigo terrible y forzado a los centinelas. Sin embargo, en vez de
manifestar en voz alta su preocupación, dijo:
-Entonces, sigúeme, señor.
Lo guió por el campo hasta
una tienda de mando con la tela rayada, donde unos veinte hombres de aspecto
desgra¬ciado se desprendían de sus armas y protecciones bajo la mi¬rada atenta
de una docena de guardias. Al ver a Eragon y Saphira, todos los prisioneros
hincaron una rodilla en el suelo y se quedaron quietos, mirando al suelo.
-Ave, Asesino de Sombras
-gritaron.
Eragon no dijo nada y
recorrió la hilera de hombres mientras estudiaba sus mentes, hun-diendo las
botas en la costra de tierra calcinada con un molesto crujido. Al fin em¬pezó a
hablar:
-Tendríais que estar
orgullosos de haber reaccionado tan rápido ante nuestra aparición. Si ataca
Galbatorix, eso es exactamente lo que debéis hacer, aunque dudo que las
fle¬chas resul-ten más efectivas contra él que contra Saphira y yo. -Los
centinelas lo miraron incrédulos, con las caras alza¬das del color del bronce
bruñido por la luz multicolor-. Sólo os pido que, en el futuro, os toméis un
instante para identificar el objetivo antes de disparar. La próxima vez po¬dría
estar demasiado distraído para detener vuestros pro¬yectiles. ¿Me habéis
entendido?
-¡Sí, Asesino de Sombras!
-gritaron.
Eragon se detuvo delante del
antepenúltimo hombre de la fila y sostuvo la flecha que había atrapado a lomos
de Sa¬phira.
-Creo que esto es tuyo,
Harwin.
Con expresión de asombro,
Harwin aceptó la flecha de Eragon.
-¡Lo es! Tiene la cinta
blanca que siempre pinto en el ta¬llo para encontrarlas luego. Gra-cias,
Asesino de Sombras.
Eragon asintió y luego se
dirigió a Fredric de modo que todos pudieran oírle.
-Estos hombres son buenos y
sinceros, y no quiero que les suceda ninguna desgracia por culpa de este
suceso.
-Me encargaré de ello
personalmente -dijo Fredric, y sonrió.
-Bueno, ¿puedes llevarnos
con la señora Nasuada?
—Sí, señor.
Al abandonar a los
centinelas, Eragon notó que su bon¬dad le había ganado la lealtad eterna de
aquéllos, y que el rumor de esa buena obra se extendería entre los vardenos.
El camino que seguía Fredric
entre las tiendas puso a Eragon en contacto con una canti-dad de mentes
superior a las que había contactado hasta entonces. Cientos de pen-samientos,
imágenes y sensaciones se apretujaban en su con¬ciencia. Pese a sus esfuerzos
por mantener-los a distancia, no podía evitar absorber detalles sueltos de las
vidas de la gente. Algunas revelaciones le parecían sorprendentes; otras,
in¬significantes; otras, conmovedoras o, al con-trario, desagra¬dables; y
muchas, avergonzantes. Algunos percibían el mun¬do de un modo tan distinto que
sus mentes se abalanzaban hacia él precisamente por sus diferencias.
«Qué fácil es ver a estos
hombres como meros objetos que yo y otros podemos manipular a voluntad. Y sin
embar¬go, todos tienen esperanzas y sueños, potencial para posi-bles logros y
recuerdos de lo que ya han conseguido. Y todos sienten dolor.»
Un puñado de las mentes que
rozó eran conscientes del contacto y se defendieron de él, escondiendo su vida
inter¬na tras defensas de distintas fortalezas. Al principio Eragon se
pre-ocupó, pues creía que había descubierto a un gran número de enemigos infiltrados
entre los vardenos, pero luego dedujo de su rápido atisbo que eran miembros de
Du Vrangr Gata.
Deben de estar muertos de
miedo, convencidos de que está a pun¬to de asaltarlos un extraño mago -dijo
Saphira.
Si me bloquean así, no puedo
convencerlos de lo contrario.
Deberías saludarlos en
persona, y pronto, antes de que decidan unirse para atacarte.
Sí, aunque no creo que
representen una amenaza para no¬sotros... Du Vrangr Gata... El propio nombre
revela su ignoran¬cia. En el idioma antiguo, para decirlo bien, debería ser Du
Gata Vrangr.
El viaje terminó por detrás
de los vardenos, en un pabe¬llón grande y rojo rematado por un banderín bordado
con un escudo negro y dos espadas paralelas inclinadas debajo. Fredric
descorrió la tela de la puerta, y Eragon y Orik entra¬ron en el pabellón. Tras
ellos, Saphira metió la cabeza por la apertura y miró por encima de sus
hombros.
Una ancha mesa ocupaba el
centro de la tienda amue¬blada. Nasuada estaba en una punta, con ambas manos
apo¬yadas en la mesa, estudiando un montón de mapas y perga-minos. A Eragon se
le encogió el estómago al ver a Arya frente a ella. Las dos mujeres iban
armadas como hombres para la batalla.
Nasuada volvió su rostro
almendrado hacia ella.
-¿Eragon...? -murmuró.
No esperaba que ella se
alegrara tanto de verlo. Con una amplia sonrisa, dobló una muñe-ca sobre el
esternón para practicar la señal de lealtad entre los elfos e hizo una
reve-rencia:
-A tu servicio.
-¡Eragon! -Ahora, Nasuada
parecía encantada y aliviada. También Arya parecía complaci-da-. ¿Cómo has
recibido tan rápido nuestro mensaje?
-No lo recibí. Supe del
ejército de Galbatorix por una in¬vocación y salí de Ellesméra ese mismo día.
-Volvió a son¬reír-. Es bueno estar de nuevo entre los vardenos.
Mientras él hablaba, Nasuada
lo estudiaba con expresión de asombro.
-¿Qué te ha pasado, Eragon?
Arya no se lo habrá contado
-dijo Saphira.
De modo que Eragon le relató
con detalle lo que les ha¬bía pasado a él y Saphira desde que abandonaran a
Nasuada en Farthen Dür, tanto tiempo atrás. Percibió que ella ya sabía gran
parte de lo que le estaba contando, ya fuera por los ena¬nos o por Arya, pero
Nasuada le dejó hablar sin interrum¬pirlo. Eragon tuvo que ser prudente a
propósito de su for¬mación. Había dado su palabra de no revelar la existencia
de Oromis sin permiso y no debía compartir la mayoría de sus lecciones con
extraños, pero hizo cuanto pudo por transmi¬tir a Nasuada una buena noción de
sus habilidades y de los riesgos que les amenazaban. Del Agaetí Blódhren sólo
dijo:
-...y durante la
celebración, los dragones obraron en mí los cambios que ves para conce-derme
las capacidades físicas de un elfo y curarme la espalda.
-Entonces ¿ya no tienes
cicatriz? -preguntó Nasuada.
Eragon asintió. Terminó su
relato con unas pocas frases más, mencionó brevemente la ra-zón por la que
había aban¬donado Du Weldenvarden y luego resumió su viaje desde enton-ces.
Ella meneó la cabeza.
-Vaya historia. Saphira y tú
habéis experimentado mu¬chas cosas desde que dejasteis Far-then Dür.
-Tú también. -Señaló la
tienda-. Lo que has conseguido es asombroso. Debe de haberte costado un
esfuerzo enorme llevar a los vardenos hasta Surda... ¿Te ha creado muchos
pro-blemas el Consejo de Ancianos?
-Algunos, pero nada
extraordinario. Parece que se han resignado a aceptar mi liderazgo.
Entre tintineos de su malla,
Nasuada se sentó en una si¬lla grande, de alto respaldo, y se vol-vió hacia
Orik, quien aún no había hablado. Le dio la bienvenida y le preguntó si tenía
algo que añadir al relato de Eragon. Orik se encogió de hombros y aportó unas
pocas anécdotas de su estancia en Ellesméra, aunque Eragon sospechó que el
enano mantenía en secreto sus verdaderas observaciones para su rey.
Cuando hubo terminado,
Nasuada dijo:
-Me anima saber que si
conseguimos capear esta arre¬metida, contaremos con la ayuda de los elfos.
¿Alguno de vosotros ha visto a los guerreros de Hrothgar en el vuelo des¬de
Aberon? Contamos con sus refuerzos.
No -contestó Saphira por
medio de Eragon-. Pero era muy oscuro y a menudo volaba entre nubes. En esas
condiciones sería fá¬cil que se me hubiera escapado un campamento. En cualquier
caso, dudo que nos hayamos cruzado, pues he volado directamente desde Aberon y
parece probable que los enanos tomaran otra ruta distinta, tal vez por algún
camino establecido, en vez de desfilar entre la na¬turaleza salvaje.
-¿Cuál es la situación aquí?
-preguntó Eragon.
Nasuada suspiró y le contó
cómo se habían enterado ella y Orrin del ejército de Galbatorix y las medidas
deses¬peradas a que habían recurrido desde entonces para llegar a los Llanos
Ardientes antes que los soldados del rey. Al ter¬minar, dijo:
-El Imperio llegó hace tres
días. Desde entonces, hemos intercambiado dos mensajes. Primero nos pidieron
que nos rindiéramos, a lo que nos negamos, y ahora estamos espe-rando su
res-puesta.
-¿Cuántos son? -gruñó Orik-.
A lomos de Saphira pare¬cía una cantidad abrumadora.
-Sí. Calculamos que
Galbatorix ha reunido hasta cien mil soldados.
Eragon no pudo contenerse:
-¡Cien mil! ¿De dónde han
salido? Parece imposible que haya podido encontrar a más de un puñado
dispuestos a servirle.
-Los ha reclutado. Sólo nos
queda la esperanza de que los hombres que han sido arranca-dos de sus casas no
estén ansiosos por pelear. Si conseguimos asustarlos lo suficiente, tal vez
rompan filas y huyan. Somos más que en Farthen Dür, pues el rey Orrin ha unido
sus fuerzas a las nuestras y hemos recibido una auténtica riada de voluntarios
desde que empe¬zaron a correr rumores sobre ti, aunque todavía somos mu¬cho más
débiles que el Imperio.
Entonces Saphira hizo una
pregunta terrible, y Eragon se vio obligado a repetirla en voz alta:
¿Qué posibilidades creéis
que tenemos de ganar?
-Eso -dijo Nasuada, poniendo
énfasis en la palabra- depende en gran medida de ti y de Eragon, y del número
de magos que haya entre sus tropas. Si podéis encontrar y des¬truir a esos
magos, entonces nuestros enemigos quedarán desprotegidos y podréis matarlos a
discreción. Creo que a estas alturas es poco probable una victoria clara, pero
quizá logremos mantenerlos a raya hasta que se queden sin provi¬siones, o hasta
que Islanzadí acuda en nues-tra ayuda. Eso... suponiendo que no llegue volando
el propio Galbatorix a la batalla. En ese caso, me temo que no nos quedaría más
op¬ción que la retirada.
Justo en ese momento, Eragon
sintió que se aproximaba una mente extraña, una que sabía de su vigilancia y
sin em¬bargo no retrocedía ante el contacto. Una mente que él sen¬tía fría y
fuerte. Atento al peligro, Eragon volvió la mirada hacia la parte trasera del
pabellón, donde vio a la misma niña de cabello negro que había aparecido al
invocar a Na¬suada en Ellesméra. La niña lo miró fijamente con sus ojos violeta
y dijo:
-Bienvenido, Asesino de
Sombras. Bienvenida, Saphira.
Eragon se estremeció al oír
su voz, propia de un adulto. Se humedeció la boca, que se le había secado, y
preguntó:
-¿Quién eres?
Sin contestar, la niña
retiró su brillante flequillo y mos¬tró una marca blanca plateada en la frente,
exactamente igual que el gedwéy ignasia de Eragon. Entonces supo a quién estaba
mirando.
Nadie se movió mientras
Eragon se acercaba a la niña, acompañado por Saphira, que esti-ró el cuello
hacia el fondo del pabellón. Eragon hincó una rodilla en el suelo y tomó la
mano derecha de la niña entre las suyas; su piel ardía como si tuviera fiebre.
Ella no se resistió, sino que se limitó a dejar la mano inerte. En el idioma
antiguo -y también con la mente para que lo entendiera- Eragon le dijo:
-Lo siento. ¿Podrás
perdonarme lo que te hice?
La mirada de la niña se
suavizó al tiempo que se inclina¬ba hacia delante y besaba la frente de Eragon.
-Te perdono -suspiró, y por
primera vez su voz pareció adecuada a sus años-. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Saphira y tú creasteis lo que soy, y sé que no pretendíais hacerme daño. Te
perdono, pero dejaré que este conocimiento torture vues¬tra conciencia. Me habéis
condenado a ser consciente de todo el sufrimiento que me rodea. Ahora mismo, tu
hechizo me impulsa a ayudar a un hombre que está a menos de tres tiendas de
distancia y acaba de cortarse en una mano, a ayu¬dar al joven portador de la
bandera que se ha roto el índice de la mano derecha con los radios de una rueda
de carro y a ayudar a incontables hombres que han sido heridos, o están a punto
de serlo. Me cuesta un horror resistirme a esos im¬pulsos, y aún más si yo
misma provoco conscientemente al¬gún dolor a alguien, tal como estoy haciendo
al decir esto... Ni siquiera puedo dormir por las noches, de tan fuerte como es
mi compulsión. Ése es tu legado, oh, Jinete.
Al final su voz había
recuperado aquel tono amargo y burlón.
Saphira se interpuso entre
ellos y, con el morro, tocó el centro de la marca de la niña.
Paz, niña cambiada. Hay
mucha rabia en tu corazón.
-No tienes que vivir así
para siempre -dijo Eragon-. Los elfos me enseñaron a deshacer los hechizos, y
creo que pue¬do librarte de esta maldición. No será fácil, pero se puede hacer.
Por un instante pareció que
la niña perdía su formidable control. Se le escapó un grito ahogado entre los
labios, su mano tembló sobre la de Eragon y sus ojos brillaron, cubiertos por
una película de lágrimas. Luego, con la misma rapi¬dez, escondió sus verdaderas
emocio-nes tras una máscara de cínica diversión.
-Ya veremos, ya veremos. En
cualquier caso, no deberías intentarlo hasta después de la batalla.
-Podría ahorrarte mucho
dolor.
-No serviría de nada
agotarte cuando nuestra super¬vivencia depende de tu talento. No me engaño;
eres más importante que yo. -Una sonrisa taimada recorrió su ros¬tro-. Además,
si retiras ahora tu hechizo, no podré ayudar a ningún vardeno si son atacados.
No querrás que Nasuada muera por eso, ¿verdad?
-No -admitió Eragon. Guardó
silencio un largo rato, ca¬vilando el asunto, y luego dijo-: Muy bien,
esperaré. Pero te lo juro: si ganamos esta batalla, compensaré ese error.
La niña inclinó la cabeza a
un lado.
-Te tomo la palabra, Jinete.
Nasuada se alzó de la silla
y dijo:
—Elva fue quien evitó que me
matara un asesino en Aberon.
-Ah, ¿sí? En ese caso, estoy
en deuda contigo, Elva, por proteger a mi señora.
-Bueno, ven -dijo Nasuada-.
Tengo que presentaros a los tres ante Orrin y sus nobles. ¿Ya conoces al rey,
Orik?
El enano negó con la cabeza.
-Nunca había llegado tan al
oeste.
Cuando abandonaron el
pabellón -Nasuada delante, con Elva a su lado-, Eragon trató de colocarse de
tal modo que pudiera hablar con Arya, pero cuando se acercó a ella, la elfa
ace-leró el paso hasta llegar a la altura de Nasuada. Arya ni siquiera lo miró mientras
caminaba, desaire que le provocó más angustia que cualquiera de las heridas
físicas que había sufrido. Elva se volvió a mirarlo, y Eragon enten¬dió que
había percibido su dolor.
Pronto llegaron a otro
pabellón grande, en este caso blan¬co y amarillo, aunque resultaba difícil
determinar el tono exacto de los colores por el naranja estridente que lo teñía
todo en los Llanos Ardientes. Cuando les permitieron en¬trar, Eragon se sorprendió
al encontrarse la tienda plagada de una excéntrica colección de probetas,
alambiques, criso¬les y otros instru-mentos de la filosofía natural. «¿Qué
clase de persona se ocuparía de acarrear todo esto hasta un cam¬po de
batalla?», se preguntó atónito.
-Eragon -dijo Nasuada-.
Quiero que conozcas a Orrin, hijo de Larkin y monarca del reino de Surda.
De entre las profundidades
del montón de cristales apila¬dos emergió un hombre más bien alto y guapo con
el cabello largo hasta los hombros y sujeto por una diadema de oro que
descansaba en la frente. Su mente, como la de Nasuada, es¬taba protegida tras
muros de hie-rro; era obvio que había re¬cibido extensa formación en esa
capacidad. Por la conver-sación, a Eragon le pareció agradable, si bien algo
verde e inexperto en cuanto concernía al mando de los hombres en guerra, y un
poco chalado. Por lo general, Eragon se fiaba más del liderazgo de Nasuada.
Tras eludir montones de
preguntas de Orrin sobre su es¬tancia entre los elfos, Eragon se encontró
sonriendo y asin¬tiendo con educación mientras desfilaban de uno en uno los
nobles. Todos insistieron en darle la mano, decirle que era un honor saludar a
un Jinete e invitarlo a sus respectivos es¬tados. Eragon memorizó con
diligencia sus muchos nombres y títulos -tal como sabía que Oromis hubiera
esperado de él- e hizo cuanto pudo por mantener la calma, pese a su cre¬ciente
frustración.
Estamos a punto de
enfrentarnos a uno de los mayores ejércitos de la historia y aquí nos tienes,
atascados en el intercambio de ga¬lanterías.
Paciencia -aconsejó
Saphira-. Ya no quedan muchos... Ade¬más, afróntalo de este modo: si gana-mos,
nos deberán un año ente¬ro de cenas gratis, con todo lo que te están
prometiendo.
Eragon reprimió una
carcajada.
Creo que si supieran lo que
cuesta alimentarte, se quedarían abatidos. Por no decir que podrías va-ciar sus
bodegas de cerveza y vino en una sola noche.
Nunca lo haría -resopló ella
antes de conceder-: Tal vez en dos noches.
Cuando al fin consiguieron
salir del pabellón de Orrin, Eragon preguntó a Nasuada:
-¿Qué hago ahora? ¿Cómo
puedo servirte?
Nasuada lo miró con
expresión curiosa.
-¿Cómo crees tú que podrías
servirme, Eragon? Conoces tus habilidades mucho mejor que yo.
Hasta Arya lo miró en ese
momento, atenta a su res¬puesta.
Eragon alzó la vista hacia
el cielo ensangrentado mien¬tras cavilaba la respuesta.
-Tomaré el control de Du
Vrangr Gata, tal como me pi¬dieron en una ocasión, y los organi-zaré bajo mi
mando para poder dirigirlos en la batalla. Si trabajamos juntos, tendremos más
probabilidades de frustrar a los magos de Galbatorix.
-Me parece una idea
excelente.
¿Hay algún lugar en el que
Eragon pueda dejar sus bolsas? -preguntó Saphira-. No quiero cargar con ellas
ni con su silla más de lo necesario.
Cuando Eragon repitió la
pregunta, Nasuada contestó.
-Por supuesto. Las puedes
dejar en mi pabellón, y en¬cargaré que alcen una tienda para ti, Eragon, para
que las conserves ahí. Sin embargo, sugiero que te pongas la ar¬madura antes de
separarte de las bolsas. Podrías necesitar¬la en cualquier momento... Ahora que
me acuerdo: Saphi¬ra, tenemos tu armadura. ¿Hago que la desempaqueten y te la
traigan?
-¿Y qué pasa conmigo,
Señora? -preguntó Orik.
-Tenemos entre nosotros a
varios knurlan del Dürgrimst Ingeitum que han aportado su pericia en la
construcción de nuestras defensas en tierra. Si quieres, puedes asumir su
mando.
Orik parecía animado por la
perspectiva de ver a otros enanos, sobre todo a los de su propio clan. Se
golpeó el pe¬cho con un puño y dijo:
-Creo que lo haré. Si me
perdonas, me voy a ocupar de ello ahora mismo.
Sin echar una mirada atrás,
empezó a andar por el cam¬pamento en dirección al norte, ha-cia los parapetos.
Cuando los cuatro que
quedaban regresaron ante el pa¬bellón, Nasuada dijo a Eragon:
-Infórmame en cuanto hayas
resuelto tus asuntos con Du Vrangr Gata.
Luego descorrió la entrada
del pabellón y desapareció en la oscuridad de la tienda.
Cuando Arya se disponía a
seguirla, Eragon se acercó a ella y, en el idioma antiguo, le di-jo:
-Espera. -La elfa se detuvo
y lo miró, sin revelar nada. Él sostuvo su mirada con firmeza, llegando hasta
el fondo de sus ojos, en los que se reflejaba la extraña luz que los rodea¬ba-.
Arya, no te voy a pedir perdón por lo que siento por ti. Sin embargo, quiero
que sepas que sí lamento cómo me comporté durante la Celebración del Juramento
de Sangre. Esa noche no era yo mismo; de otro modo, nunca hubiera sido tan
descarado contigo.
-¿Y no lo volverás a hacer?
Eragon contuvo una risa
malhumorada.
-Si lo hiciera no me
serviría de nada, ¿verdad? -Al ver que ella permanecía en silencio, añadió-: No
importa. No quiero molestarte, ni siquiera si...
Dejó la frase a medias,
antes de hacer un comentario que sabía que terminaría por lamentar.
El rostro de Arya se
suavizó.
-No pretendo lastimarte,
Eragon. Has de entenderlo.
-Lo entiendo -dijo, aunque
no muy convencido.
Una tensa pausa se
estableció entre ambos.
-Confío en que hayas volado
bien.
-Bastante bien.
-¿No has encontrado
dificultades en el desierto?
-¿Tendríamos que haberlas
encontrado?
-No, era sólo por
curiosidad. -Luego, con una voz aún más amable, Arya preguntó-. ¿Y qué se ha
hecho de ti, Era¬gon? ¿Cómo te ha ido desde la Celebración? He oído lo que le
con-tabas a Nasuada, pero no has mencionado más que tu espalda.
-Yo... -Eragon quiso mentir,
pues no quería que ella su¬piera cuánto la había echado de menos, pero el
idioma an¬tiguo detuvo las palabras en su boca y lo enmudeció. Al fin,
recu-rrió a la técnica de los elfos: decir sólo una parte de la verdad para
crear una impresión con-traria a la verdad com¬pleta-. Estoy mejor que antes
-dijo, refiriéndose mental¬mente al estado de su espalda.
Pese al subterfugio, Arya no
parecía convencida. Sin em¬bargo, no insistió.
-Me alegro.
Desde dentro del pabellón
sonó la voz de Nasuada, y Arya miró hacia allí antes de enca-rarse de nuevo a
él.
-Me necesitan en otro sitio,
Eragon... Nos necesitan a los dos. Está a punto de librarse una batalla. -Alzó
la tela que ta¬paba la entrada y entró a medias en la tienda en penumbra, pero
luego dudó y añadió-: Cuídate, Eragon Asesino de Sombras.
Y desapareció.
El desánimo dejó clavado a
Eragon. Había logrado lo que se proponía, pero parecía que nada hubiera
cambiado entre él y Arya. Cerró los puños bien prietos, tensó los hom¬bros y
fulminó con la mirada el suelo sin verlo, temblando de frustración.
Cuando Saphira le tocó el
hombro con la nariz, se llevó un susto.
Vamos, pequeñajo -le dijo
con voz amable-. No puedes que¬darte ahí para siempre, y me empieza a picar la
silla.
Eragon se acercó a su lado,
tiró de la correa del cuello y masculló al ver que se había atas-cado en la
hebilla. Casi de¬seaba que se rompiera la correa. Soltó las demás cintas y dejó
que la silla y todo lo que iba atado a ella cayera al suelo en un montón
deslabazado.
Qué gusto da quitarse
eso-dijo Saphira, al tiempo que rela¬jaba sus hombros gigantescos.
Eragon sacó su armadura de
las alforjas y se atavió con los brillantes vestidos de guerra. Primero se puso
la malla enci¬ma de la túnica élfica, luego se ató a las piernas las
espinille¬ras cinceladas y los protectores con incrustaciones en los an¬tebrazos.
Se colocó en la cabeza la gorra de piel acolchada, después la cofia de hierro
templado y luego el yelmo de oro y plata. Por último, se quitó los guantes y
los reemplazó por los guanteletes de malla.
Se colgó a Zar'roe de la
cadera izquierda, sostenida en el cinto de Beloth el Sabio. Se echó a la
espalda la aljaba de flechas con plumas de cisne blanco que le había regalado
Islanzadí. Le gustó descubrir que en la aljaba cabía también el arco que la reina
de los elfos había crea-do para él con una canción, incluso cuando estaba
encordado.
Tras depositar sus
propiedades y las de Orik en el pa¬bellón, Eragon salió con Saphira en busca de
Trianna, lí¬der hasta entonces de Du Vrangr Gata. No habían dado más que unos
pocos pasos cuando Eragon notó que una mente cercana se escondía de él. Dando
por hecho que se trataba de algún mago de los vardenos, se encaminaron ha¬cia
él.
A doce metros de donde
habían arrancado, había una pequeña tienda verde con un asno atado en la parte
delan¬tera. A la izquierda de la tienda había un caldero de hierro ennegre-cido
sobre una trébede metálica instalada encima de una de las apestosas llamaradas
que na-cían en la profundi¬dad de la tierra. Había unas cuerdas tendidas sobre
el calde¬ro, y de ellas pendía la hierba mora, la cicuta, el rododen¬dro, la
sabina, corteza de tejo y abundantes setas, como la de sombrero de muerte y la
de pie manchado, que Eragon re¬conoció gracias a las le-cciones de Oromis sobre
venenos. De pie junto al caldero, sosteniendo la larga pala de made-ra con que
removía el guiso, estaba Angela, la herbolaria. A sus pies estaba sentado
Solem-bum.
El hombre gato emitió un
maullido lastimero, y Angela apartó la mirada de su tarea, con su cabello de
sacacorchos como una nube inflada en torno al rostro brillante. Frunció el
ceño, y su rostro se volvió rematadamente macabro, pues que¬daba iluminado desde
abajo por la temblorosa llama verde.
-Así que habéis vuelto, ¿eh?
-Sí -contestó Eragon.
-¿No tienes nada más que
decir? ¿Ya has visto a Elva? ¿Has visto lo que le hiciste a la po-bre niña?
-Sí.
-¡Sí! -exclamó Angela-.
¡Mira que llegas a ser mudo! Con todo el tiempo que has pasado en Ellesméra
bajo la tutela de los elfos, y sólo sabes decir que sí. Pues déjame que te diga
algo, bruto: cualquier persona tan estúpida como para hacer lo que hiciste
merece...
Eragon entrelazó las manos
tras la espalda y esperó mien¬tras Angela lo informaba con exactitud, en
términos muy ex¬plícitos, detallados y altamente imaginativos, de lo burro que
llegaba a ser; de la clase de antepasados que debía de tener para ser tan burro
-incluso llegó al extremo de insinuar que una de sus abuelas se había apareado
con un úrgalo-, y de los muy espantosos castigos que debería recibir por su
estupi¬dez. Si cualquier otra persona lo hubiera insultado de aque¬lla manera,
Eragon la habría retado a duelo, pero toleró la bronca de Angela porque sabía
que no podía juzgar su com¬portamiento con los mismos criterios que aplicaba a
los de¬más, y porque entendía que su indignación era justificada: había
cometido un terrible error.
Cuando al fin calló para
tomar aire, Eragon dijo:
—Tienes mucha razón, e
intentaré retirar el hechizo cuando se decida la batalla.
Angela pestañeó tres veces
seguidas y dejó la boca abier¬ta un instante en una pequeña «O» antes de
cerrarla de gol¬pe. Con una mirada de suspicacia, preguntó:
-No lo dices sólo para
aplacarme, ¿verdad?
-Nunca haría eso.
-¿Y de verdad pretendes
deshacer el hechizo? Creía que esas cosas eran irrevocables.
-Los elfos han descubierto
muchos usos de la magia.
-Ah... Bueno, entonces ya
está, ¿no? -Le dedicó una am¬plia sonrisa y luego pasó a grandes zancadas
delante de él para dar una palmada en los carrillos a Saphira-. Qué bue¬no
volver a verte, Saphira. Has crecido.
Sí que es bueno verte,
Angela.
Cuando Angela volvió para
remover su poción, Eragon le dijo:
-Menuda retahila
impresionante me has soltado.
-Gracias. Llevaba semanas
preparándola. Lástima que no has llegado a oír el final. Es me-morable. Si
quieres, la puedo terminar para que lo oigas.
-No, ya está bien. Me lo
puedo imaginar. -Eragon la miró con el rabillo del ojo y añadió-: No pareces
sorprendi¬da por mis cambios.
La herbolaria se encogió de
hombros.
-Tengo mis fuentes. En mi
opinión, has mejorado. Antes estabas un poco... Oh, cómo de-cirlo... Por
terminar.
-Eso sí. -Eragon señaló las
plantas colgadas-. ¿Qué pien¬sas hacer con eso?
-Ah, sólo es un pequeño
proyecto que tengo... Un expe¬rimento, si quieres llamarlo así.
-Mmm. -Eragon examinó los
diversos colores de los hongos secos que pendían ante él y preguntó-: ¿Llegaste
a averiguar si existen los sapos?
-De hecho, sí. Parece que
todos los sapos son ranas, pero no todas las ranas son sapos. De modo que, en
ese sentido, los sapos no existen, lo cual significa que siempre he tenido
razón. -Cortó la charla abruptamente, se inclinó a un lado, cogió una taza de
un banco que tenía al lado y se lo ofreció a Eragon-. Toma, un poco de
infusión.
Eragon miró las plantas
mortales que los rodeaban y luego al rostro franco de Angela an-tes de aceptar
la taza. En un murmullo, para que la herbolaria no pudiera oírlo, pronun¬ció
tres hechizos para detectar venenos. Sólo después de confirmar que la infusión
no estaba contaminada, se atrevió a bebería. Estaba deliciosa, aunque no
consiguió identificar sus in-gredientes.
En ese momento, Solembum se
acercó a Saphira y se puso a erizar el lomo y a frotarse contra su pata, como
hu¬biera hecho cualquier gato normal. Saphira dobló el cuello, se agachó y
acarició el lomo del hombre gato con el morro.
En Ellesméra me encontré con
alguien que te conocía -le dijo.
Solembum dejó de frotarse y
alzó la cabeza.
Ah, ¡si!
Sí. Se llama Zarpa Rápida,
Danzarina de Sueños y también Maud.
Los ojos dorados de Solembum
se abrieron de par en par. Un ronroneo profundo y grave resonó en su pecho y
luego se frotó contra Saphira con renovado vigor.
-Y bien -dijo Angela-.
Supongo que ya has hablado con Nasuada, Arya y el rey Orrin. -Él asintió-. ¿Y
qué te ha pare¬cido el querido y viejo Orrin?
Eragon escogió sus palabras
con cuidado, pues era cons¬ciente de que estaban hablando de un rey.
-Bueno... Parece que le
interesan muchas cosas distintas.
-Sí, es tan agradable como
un loco lunático en la vigilia del solsticio de verano. Pero de una u otra
manera, todos lo somos.
Sorprendido por su
franqueza, Eragon dijo:
-Hay que estar loco para
traerse todo ese cristal desde Aberon.
Angela enarcó una ceja.
-¿Y eso?
-¿No has entrado en su
tienda?
-Al contrario que algunos
-dijo con desdén-, no preten¬do congraciarme con cada rey que conozco.
De modo que Eragon le
describió el montón de instrumentos que Orrin se había llevado a los Llanos
Ardientes. Angela dejó de remover la poción mientras él hablaba y lo escuchó
con gran interés. En cuanto terminó, ella se ajetreó en torno a su caldero, recogió
las plantas que colgaban de las cuerdas -algunas de ellas con pinzas- y dijo:
-Creo que tengo que hacerle
una visita a Orrin. Ten¬dréis que contarme vuestro viaje a Elles-méra en otro
mo¬mento. Bueno, ya os podéis ir. ¡Largo!
Eragon meneó la cabeza sin
soltar la taza de infusión mientras la mujer bajita los empujaba para alejarlos
de la tienda.
Hablar con ella siempre
es...
¿Distinto?-sugirió Saphira.
Eso es.
Nubes de guerra
Desde allí, les costó casi
una hora encontrar la tienda de Trianna, que aparentemente servía de cuartel
extraoficial para el Du Vrangr Gata. Les resultó difícil encontrarla porque
poca gente sabía de su existencia, y aún eran menos los que co¬nocían su ubicación
exacta, pues la tienda quedaba escon¬dida tras el saledizo de una roca que la
ocultaba de los ma¬gos del ejército enemigo de Galbatorix.
Cuando Eragon y Saphira se
acercaron a la tienda negra, la entrada se abrió bruscamente y Trianna salió de
golpe, con los brazos desnudos hasta el codo, lista para usar la magia. Tras
ella se apiñaba un grupo de hechiceros decididos, aun¬que asustados, a muchos
de los cuales había visto Eragon du¬rante la batalla de Farthen Dür, ya fuera
peleando o curando a los heridos.
Eragon miró a Trianna, y los
demás reaccionaron con la sorpresa, ya esperada, que les producían las
alteraciones de su aspecto físico. Trianna bajó los brazos y dijo:
-Asesino de Sombras,
Saphira. Tendríais que habernos avisado antes de vuestra llegada. Nos estábamos
preparan¬do para enfrentarnos a lo que parecía ser un enemigo po¬deroso.
-No era nuestra intención
molestaros -dijo Eragon-, pero teníamos que presentarnos ante Nasuada y el rey
Orrin nada más aterrizar.
-¿Y por qué nos honras ahora
con tu presencia? Nunca te habías dignado visitarnos, a no-sotros que somos más
her¬manos tuyos que nadie entre los vardenos.
-He venido a asumir el mando
de Du Vrangr Gata.
Los hechiceros allí reunidos
murmuraron de sorpresa ante el anuncio, y Trianna se puso tensa. Eragon notó
que varios magos tanteaban su conciencia con la intención de adivinar sus
verdaderas intenciones. En vez de protegerse -lo cual le hubiera impedido divisar
cualquier ataque inmi¬nente-, Eragon contraatacó golpeando las mentes de los
as¬pirantes a invasores con tal fuerza que se retiraron tras sus barreras. Al
hacerlo, Eragon tuvo la satisfacción de ver que dos hombres y una mujer daban
un respingo y desviaban la mirada.
-¿Por orden de quién? -quiso
saber Trianna.
-De Nasuada.
-Ah -dijo la bruja con una
sonrisa triunfal-, pero Nasua¬da no tiene ninguna autoridad directa sobre
nosotros. Ayu¬damos a los vardenos por nuestra propia voluntad.
Su resistencia desconcertó a
Eragon.
-Estoy seguro de que a
Nasuada le sorprendería oír eso, después de todo lo que ella y su padre han
hecho por Du Vrangr Gata. Podría llevarse la impresión de que ya no que¬réis el
apoyo y la protección de los vardenos. -Dejó que la amenaza quedara suspendida
en el aire-. Además, creo re¬cordar que os habíais ofrecido a concederme ese
cargo en algún momento. ¿Por qué no ahora?
Trianna enarcó una ceja.
-Rechazaste mi oferta,
Asesino de Sombras... ¿O ya lo has olvidado?
Pese a su contención, un
tono defensivo tiñó la respues¬ta, y Eragon sospechó que se daba cuenta de que
su postura era insostenible. Le parecía más madura que en su último encuen-tro,
y tuvo que recordarse las penurias que debía de haber pasado desde entonces: la
marcha por Alagaésia has¬ta Surda, la supervisión de los magos de Du Vrangr
Gata y los preparativos para la guerra.
-Entonces no podíamos
aceptarlo. No era el momento.
Ella cambió de tono
abruptamente y preguntó:
-En cualquier caso, ¿por qué
cree Nasuada que tú debes mandarnos? Sin duda, Saphira y tú seríais más útiles
en otro lugar.
-Nasuada quiere que comande
a Du Vrangr Gata en la batalla, y así lo haré.
A Eragon le pareció mejor no
mencionar que la idea ha¬bía sido suya.
Trianna frunció el ceño y
adoptó una apariencia feroz. Señaló al grupo de hechiceros que había tras ella.
-Hemos dedicado nuestras
vidas al estudio de nuestro arte. Tú llevas menos de dos años practicando los
hechizos. ¿Qué te hace más merecedor que cualquiera de nosotros?... Pero ¿cuál
es tu estrategia? ¿Cómo planeas utilizarnos?
-Mi plan es sencillo
—contestó-. Todos vosotros uniréis vuestras mentes y buscaréis a los hechiceros
enemigos. Cuando encontréis alguno, sumaré mis fuerzas, y entre to¬dos
aplas-taremos su resistencia. Luego podemos destrozar a las tropas que hasta
entonces estuvieran protegidas por sus defensas.
-¿Y qué harás tú el resto
del tiempo?
-Pelear al lado de Saphira.
Tras un tenso silencio, uno
de los hombres que seguían detrás de Trianna dijo:
-Es un buen plan.
Cuando Trianna le dirigió
una mirada de rabia, se echó a temblar. Ella volvió a encararse a Eragon.
-Desde que murieron los
gemelos, he dirigido Du Vrangr Gata. Bajo mi guía, ellos han aportado los
medios para finan¬ciar los costes de la guerra a los vardenos, han descubierto
a la Mano Negra, la red de espías de Galbatorix que intentó asesinar a Nasuada,
y han presta-do innumerables servicios. No me vanaglorio al decir que no son
logros menores. Y estoy se-gura de que puedo seguir ofreciéndolos... Entonces,
¿por qué quiere deponerme Nasuada? ¿En qué la he disgustado?
Entonces Eragon lo vio todo
claro.
Se ha acostumbrado al poder
y no quiere cederlo. Pero además, interpreta su sustitución como una crítica a
su liderazgo.
Tienes que resolver esta
discusión y has de hacerlo rápido -dijo Saphira-. Cada vez nos queda menos
tiempo.
Eragon se devanó los sesos
para encontrar el modo de es¬tablecer su autoridad sobre Du Vrangr Gata sin
enajenar aún más a Trianna. Al fin dijo:
-No he venido a crear
problemas. He venido a pediros ayuda. -Se dirigía a toda la congregación, pero
miraba sólo a la bruja-. Soy fuerte, sí. Saphira y yo podríamos derrotar
probablemente a cualquier cantidad de magos aficionados de Galbatorix. Pero no
podemos proteger a todos los vardenos. No podemos estar en todas partes. Y si
los magos gue¬rreros del Imperio unen sus fuerzas contra nosotros, nos ve¬remos
en dificultades para sobrevivir... No podemos librar solos esta batalla. Tienes
mucha razón, Trianna: lo has he¬cho muy bien con Du Vrangr Gata, y yo no he
venido a usur¬par tu autoridad. Lo que pasa es que, como mago, necesito
trabajar con Du Vrangr Gata y, como Jinete, tal vez necesite daros órdenes, y
he de saber que serán obedecidas sin du¬das. Ha de establecerse una jerarquía
de mando. Di-cho eso, mantendréis la mayor parte de vuestra autonomía. Casi
todo el tiempo estaré demasiado ocupado para centrar mi aten¬ción en Du Vrangr
Gata. Tampoco pretendo ignorar vues¬tros consejos, pues soy consciente de que
tenéis mucha más experiencia que yo... De modo que os lo vuelvo a preguntar:
¿me vais a ayudar por el bien de los vardenos?
Trianna hizo una pausa y
luego una reverencia.
-Por supuesto, Asesino de
Sombras... Por el bien de los vardenos. Será un honor que diri-jas Du Vrangr
Gata.
-Pues empecemos.
Durante las siguientes
horas, Eragon habló con cada uno de los magos allí reunidos, aunque había
muchos ausen¬tes, ocupados con alguna tarea para ayudar a los vardenos. Hizo
cuanto pudo por ponerse al tanto de su conocimiento de la magia. Descubrió que
la mayoría de los miembros de Du Vrangr Gata se habían iniciado en su arte por
algún pa¬riente, y a me-nudo en absoluto secreto para no atraer la atención de
quienes temían la magia y, por su-puesto, del propio Galbatorix. Sólo un puñado
de ellos habían reali¬zado un aprendizaje adecuado. En consecuencia, la
mayo¬ría de los hechiceros sabía poco del idioma antiguo –nin-gu¬no de ellos
podía hablarlo con soltura-, sus creencias sobre la magia se veían a menudo
distorsionadas por supersticio¬nes religiosas e ignoraban numerosas
aplicaciones de la gra-maticia.
No me extraña que los
gemelos estuvieran tan desesperados por sonsacarte el vocabulario del idioma
antiguo cuando te pusieron a prueba en Farthen Dür -observó Saphira-. Con eso
hubieran con¬quistado fácilmente a estos magos menores.
Pero son lo único que
tenemos.
Cierto. Espero que ahora te
des cuenta de que yo tenía razón acerca de Trianna. Ella pone sus de-seos por
delante del bien común.
Tenías razón -concedió-.
Pero no la condeno por ello. Trian¬na se ocupa del mundo tan bien como es
capaz, como hacemos todos. Yo lo comprendo, aunque no lo apruebe, y la
comprensión, como dijo Oromis, provoca empatia.
Algo más de una tercera
parte de los hechiceros estaba es¬pecializada en curaciones. Eragon los alejó
de allí tras darles cinco hechizos nuevos para que los recordaran, encantos que
les permitirían tratar una gran variedad de heridas. Lue¬go trabajó con los
demás hechiceros para establecer una je¬rarquía de mando clara: nombró a
Trianna su lugarteniente y le encargó asegurarse de que se transmitieran sus
órdenes y de fundir la diversidad de sus personalidades en una uni¬dad de
batalla cohesionada. Intentar convencer a los magos para que cooperasen,
descubrió, era como pedir que una jauría de perros compartiera un hueso.
Tampoco ayudaba el hecho de que estuvieran asombrados por él, pues no
encon¬traba el mo-do de usar su influencia para suavizar las relacio¬nes de los
magos que competían entre sí.
Para hacerse una más clara
idea de su grado de eficacia, Eragon les mandó lanzar una se-rie de hechizos.
Mientras los veía luchar con unos embrujos que ahora a él le resultaban
fáci-les, Eragon se dio cuenta de hasta dónde habían avanza¬do sus propios poderes.
Se maravilló y dijo a Saphira:
Y pensar que en otros
tiempos me costaba sostener un guijarro en el aire.
Y pensar -replicó ella- que
Galbatorix ha dispuesto de más de un siglo para afinar su talento.
El sol descendía por el
oeste, intensificando así la ana¬ranjada fermentación de la luz hasta que el
campamento de los vardenos, el lívido río Jiet y la totalidad de los Llanos
Ar-dientes brillaron bajo la loca y marmórea refulgencia, como si fuera un paisaje
del sueño de un lunático. El sol se alzaba ya poco menos de un dedo sobre el
horizonte cuando llegó un mensajero a la tienda. Anunció a Eragon que Nasuada
ordenaba que se presentara ante ella de inmediato.
-Y creo que será mejor que
te apures, Asesino de Som¬bras, si no te importa que lo diga.
Tras obtener la promesa de
Du Vrangr Gata de que esta¬rían listos y bien dispuestos cuando les pidiera su
ayuda, Era¬gon corrió con Saphira entre las hileras de tiendas grises hacia el
pabellón de Nasuada. Un brusco tumulto en las al¬turas obligó a Eragon a
apartar los ojos del suelo traicionero y desviarlos hacia arriba.
Lo que vio fue una bandada
gigantesca de pájaros que revoloteaban entre los dos ejércitos. Distinguió
águilas, gavi¬lanes y halcones, junto con una incontable cantidad de gra¬jos
glotones, así como sus primos mayores, los cuervos rapa¬ces, con sus picos como
dagas, sus espaldas azuladas. Cada pájaro graznaba pidiendo sangre para mojarse
la garganta y carne para llenar el estómago y saciar el hambre. Por
expe¬riencia y por instinto, sabían que cuando aparecían los ejér¬citos en
Alagaésia, podían contar con hectáreas enteras lle¬nas de carroña para darse un
banquete.
Llegan las nubes de guerra
-observó Eragon.
Nar
Garzhvog
Eragon entró en el pabellón
y Saphira metió el cuello tras él. Se encontró con un rasgueo de metales cuando
Jórmundur y media docena de los comandantes de Nasuada desen-fundaron las
espadas ante su intrusión. Los hombres baja¬ron las espadas cuando Nasuada
dijo:
-Ven, Eragon.
-¿Qué ordenas?
-Nuestros exploradores
informan de que una compañía de unos cien kull se acercan por el noreste.
Eragon frunció el ceño. No
había contado con encon¬trarse con úrgalos en esa batalla, porque Durza ya no
los con¬trolaba y muchos habían muerto en Farthen Dúr. Pero si es¬taban allí,
estaban allí. Sintió que el cuerpo le pedía sangre y se permitió una sonrisa
salvaje mientras se planteaba destruir a los úrgalos con sus nuevas fuerzas.
Echó mano a la empu-ñadura de Zar'roc y dijo:
-Será un placer eliminarlos.
Saphira y yo podemos en¬cargarnos de eso, si quieres.
Nasuada estudió atentamente
su rostro y dijo:
-No podemos hacer eso,
Eragon. Llevan bandera blanca y han pedido hablar conmigo.
Eragon se quedó
boquiabierto.
-Sin duda, no pretenderás
concederles audiencia...
-Les ofreceré las mismas
cortesías que tendría con cual¬quier enemigo que llegara bajo la bandera de la
tregua.
-Pero si son brutos.
¡Monstruos! Es una locura dejarles entrar en el campamento... Nasua-da, he
visto las atrocidades que cometen los úrgalos. Adoran el dolor y el sufrimiento
y no merecen más piedad que los perros rabiosos. No hace ninguna falta que malgastes
tu tiempo en lo que sin duda será una trampa. Dame sólo tu palabra, y yo y
todos tus gue¬rreros estare-mos más que dispuestos a matar a esas apesto¬sas
criaturas por ti.
-En eso -dijo Jórmundur-
estoy de acuerdo con Eragon. Ya que no nos escuchas a noso-tros, Nasuada,
escúchalo a él por lo menos.
Primero Nasuada se dirigió a
Eragon en un murmullo tan bajo que no pudo oírlo nadie más:
-Desde luego, si tan ciego
estás, tu formación aún no ha terminado. -Luego alzó la voz, y Eragon apreció
en ella los mismos tonos diamantinos de mando que había poseído su padre-:
Olvidáis todos que luché como vosotros en Farthen Dür y que vi las salvajadas
que come-tieron los úrgalos... Sin embargo, también vi a nuestros hombres
cometer actos igualmente abyectos. No denigraré lo que hemos soportado en manos
de los úrgalos, pero tampoco igno-raré a los alia¬dos potenciales cuando el
Imperio nos supera numérica¬mente de un modo tan brutal.
-Mi señora, es demasiado
peligroso que te enfrentes a un kull.
-¿Demasiado peligroso?
-Nasuada enarcó una ceja-. ¿Con la protección de Eragon, Saphi-ra, Elva y todos
los gue¬rreros en torno a mí? No lo creo.
Eragon rechinó los dientes
de frustración.
Di algo, Saphira. Tú puedes
convencerla para que abandone ese plan descabellado.
No lo voy a hacer. Tienes la
mente nublada en este aspecto.
¡No puede ser que estés de
acuerdo con ella! -exclamó Eragon, horrorizado-. Estuviste en Ya-zuac conmigo;
sabes lo que hicieron los úrgalos a los aldeanos. ¿Y cuando salíamos de Teirm,
mi captu¬ra en Gil'ead o lo de Farthen Dúr? Cada vez que nos hemos encon¬trado
con úrgalos, han intentado matarnos, o algo peor. No son más que animales
perversos.
Los elfos creían lo mismo de
los dragones durante Du Fyrn Skulblaka.
A instancias de Nasuada, sus
guardias retiraron el panel frontal y los laterales del pabellón y lo dejaron
abierto para que todos pudieran verlo y Saphira pudiera agacharse junto a
Eragon. Luego Nasuada se sentó en su sillón de alto res¬paldo, y Jórmundur y
los demás comandantes se dispusieron en dos filas paralelas de tal modo que
cualquiera que busca¬ra audiencia con la reina tuviera que pasar entre ellos.
Era¬gon se sentó a su derecha; Elva, a su izquierda.
Menos de cinco minutos
después, sonó un gran rugido de rabia en la zona este del campamento. La
tormenta de ex¬clamaciones e insultos aumentó y aumentó hasta que apare-ció a
la vista un solo kull que caminaba hacia Nasuada, mien¬tras un grupo de
vardenos lo salpicaba de insultos. El úrgalo -o carnero, como también los
llamaban, recordó Eragon-mantenía la cabeza erguida y mostraba los colmillos,
pero no ofreció mayor reacción a los abusos que le dedicaban. Era un espécimen
magnífico, de casi tres metros de altura, con ras¬gos fuertes y altivos, aunque
grotescos, gruesos cuernos que se extendían en espiral y una fantástica
musculatura que pa¬recía capacitarlo para matar a un oso de un solo golpe. Su
úni-ca ropa era un taparrabos nudoso, unas pocas planchas de hierro puro
sostenidas por retazos de malla y un disco me¬tálico curvado que descansaba
entre los dos cuernos para proteger la parte alta de la cabeza. Llevaba el
largo cabello negro recogido en una cola.
Eragon sintió que sus labios
se tensaban en una mueca de odio; tuvo que esforzarse para no desenfundar a
Zar'roc y atacar. Sin embargo, a su pesar, no pudo sino admirar el coraje
mostrado por el úrgalo para enfrentarse a todo un ejército enemigo, solo y sin
armas. Para su sorpresa, encon¬tró la mente del úrgalo fuertemente protegida.
Cuando el úrgalo se detuvo
ante los aleros del pabellón, sin atreverse a acercarse más, Nasuada hizo que
los guardias reclamaran silencio a gritos para acallar a la muchedumbre. Todos
miraban al úrgalo, preguntándose qué haría a conti¬nuación.
El úrgalo alzó su abultado
brazo al cielo, dio una pro¬funda bocanada y luego abrió las fauces y dirigió
un rugido a Nasuada. En un instante, un bosque de espadas apuntó al kull, pero
éste no les prestó atención y siguió ululando has¬ta vaciar los pulmones. Luego
miró a Nasuada, ignorando a los cientos de personas que, obviamente, deseaban
matarlo, y gruñó con un acento gutural y espeso:
-¿Qué es esta traición,
señora, Acosadora de la Noche? Se me prometió un paso a salvo. ¿Tan fácil
resulta a los hu¬manos incumplir su palabra?
Uno de los comandantes se
inclinó hacia Nasuada y dijo:
-Déjanos castigarlo, señora,
por su insolencia. Cuando le hayamos enseñado lo que signi-fica el respeto,
podrás es¬cuchar su mensaje, sea cual fuere.
Eragon quería permanecer en
silencio, pero conocía sus obligaciones hacia Nasuada y los vardenos, de modo
que se agachó y habló al oído a Nasuada:
-No lo tomes como una
ofensa. Así saludan a sus gran¬des líderes guerreros. A continua-ción, la
respuesta adecua¬da consiste en entrechocar las cabezas, aunque no creo que
quieras intentarlo.
-¿Eso te lo enseñaron los
elfos? -murmuró ella, sin qui¬tarle los ojos de encima al kull.
-Sí.
-¿Qué más te enseñaron sobre
los kull?
-Muchas cosas -admitió con
reticencia.
Entonces Nasuada se dirigió
al kull, pero también a los hombres que quedaban tras él.
-Los vardenos no son
mentirosos como Galbatorix y el Imperio. Habla; no has de temer ningún peligro
mientras estemos reunidos bajo tregua.
El úrgalo gruñó y alzó aún
más la huesuda barbilla, mos¬trando el cuello; Eragon lo reconoció como una
señal amis¬tosa. Entre los suyos, bajar la cabeza era una amenaza, pues
significaba que el úrgalo se disponía a atacarte con los cuernos.
-Soy Nar Garzhvog, de la
tribu de Bolvek. Te hablo en nombre de mi gente. -Parecía que masticara cada
palabra antes de escupirla-. Los úrgalos son más odiados que cual¬quier otra
raza. Los elfos, los enanos y los humanos nos dan caza, nos queman y nos sacan
de nuestras guaridas.
-No les faltan buenas
razones -señaló Nasuada.
Garzhvog asintió.
-No les faltan. A nuestra
gente le encanta la guerra. Sin embargo, a menudo nos atacáis simplemente
porque nos encontráis feos, igual que nos lo parecéis vosotros. Desde la caída
de los Jinetes hemos crecido. Ahora nuestras tribus son abundantes y la tierra
dura en que vivimos ya no basta para alimentarnos.
-Por eso hicisteis un pacto
con Galbatorix.
-Sí, Acosadora de la Noche.
Nos prometió buenas tierras si matábamos a sus enemigos. Pero nos engañó. Su
chamán de cabellos ardientes, Durza, forzó las mentes de nuestros lí-deres
guerreros y obligó a nuestras tribus a trabajar juntas, en contra de nuestra
costumbre. Cuando descubrimos eso en la montaña hueca de los enanos, las
Herndall, las hem¬bras que nos gobiernan, enviaron a mi hermana de cuna a
preguntar a Galbatorix por qué nos usaba de ese modo. -Garzhvog agitó su pesada
cabeza-. Ella no regresó. Nues¬tros mejores carneros murieron por Galbatorix, y
luego nos abandonó como si fuéramos espadas rotas. Es un drajl, tie¬ne lengua
de serpiente, es un traidor sin cuernos. Acosado¬ra de la Noche, ahora somos
menos, pero lucharemos a tu lado si nos dejas.
-¿A qué precio? -preguntó
Nasuada-. Vuestras Herndall querrán algo a cambio.
-Sangre. La sangre de
Galbatorix. Y si cae el Imperio, pe¬dimos que nos des tierras; tierras para
alimentarnos y para crecer, tierras para evitar más batallas en el futuro.
Eragon adivinó la decisión
de Nasuada por la expresión de su cara antes de que hablara. Al parecer también
lo hizo Jórmundur, pues se inclinó hacia ella y dijo en voz baja:
-Nasuada, no puedes hacer
esto. Va contra nuestra na¬turaleza.
-Nuestra naturaleza no puede
ayudarnos a derrotar al Imperio. Necesitamos aliados.
-Los hombres desertarán
antes de luchar con los úrgalos.
-Eso tiene arreglo. Eragon,
¿mantendrán su palabra?
-Sólo mientras tengamos un
enemigo común.
Tras un brusco asentimiento,
Nasuada alzó la voz de nuevo:
-Muy bien, Nar Garzhvog. Tú
y vuestros guerreros po¬déis acampar en el flanco este de nuestro ejército,
lejos del cuerpo central, y ya discutiremos los términos de nuestro acuerdo.
-Ahgrat ukmar -rugió el
kull, golpeándose la frente con los puños-. Eres una Herndall sabia, Acosadora
de la Noche.
-¿Por qué me llamas así?
-¿Herndall?
-No, Acosadora.
Garzhvog emitió un ruc-ruc
en la garganta, y Eragon lo interpretó como una risa.
-Acosador de la Noche es el
nombre que dimos a tu pa¬dre por su manera de darnos caza en los túneles
oscuros de¬bajo de la montaña de los enanos y por el color de su pelo. Como
descendiente suya, mereces el mismo nombre.
Tras decir eso, se volvió y
abandonó el campamento a grandes zancadas.
Nasuada se puso en pie y
proclamó:
-Quien ataque a los úrgalos
será castigado como si ata¬cara a un humano. Aseguraos de que eso se anuncie en
to¬das las compañías.
En cuanto hubo terminado,
Eragon vio que el rey Orrin se acercaba con pasos rápidos, con la capa
revoloteando a su alrededor. Cuando se hubo acercado lo suficiente, exclamó:
-¡Nasuada! ¿Es cierto que te
has reunido con un úrgalo?
¿Qué significa eso? ¿Y por
qué no me has avisado antes? No pienso...
Lo interrumpió un centinela
que apareció entre las hile¬ras de tiendas grises gritando:
-¡Se acerca un jinete del
Imperio!
El rey Orrin olvidó la
discusión al instante y se unió a Na¬suada mientras ésta se apresu-raba para
llegar a la vanguar¬dia de su ejército, seguida por al menos un centenar de
per-sonas. En vez de quedarse entre la muchedumbre, Eragon montó en Saphira y dejó
que ella lo llevara a su destino.
Cuando Saphira se detuvo
entre los muros, trincheras e hileras de estacas afiladas que protegían el
frente de los var¬denos, Eragon vio a un soldado solitario que cabalgaba a
ve-locidad de furia para cruzar la tierra de nadie. Por encima de él, las aves rapaces
volaban bajo para descubrir si había llegado ya el primer plato de su banquete.
El soldado tiró de las
riendas de su semental negro a unos treinta metros del parapeto, manteniendo la
mayor distancia posible entre él y los vardenos. Luego gritó:
-Al rechazar los generosos
términos de rendición que os propone Galbatorix, habéis escogido la muerte como
desti¬no. No negociaremos más. ¡La mano amiga se ha convertido en puño de
guerra! Si alguno de vosotros aún siente respeto por vuestro legítimo soberano,
el sabio y omnipotente rey Galbatorix, que huya. Nadie debe interponerse ante
nosotros cuando avancemos para limpiar Alagaésia de todos los bella¬cos,
traidores y subversivos. Y aunque duela a nuestro señor, pues él sabe que
muchas de estas rebeliones son instigadas por amargos y equivocados líderes,
castigaremos el ilegítimo territorio conocido como Surda y lo devolveremos al
benevo¬lente mando del rey Galbatorix, que se sacrifica día y noche por el bien
de su pueblo. Huid entonces, os digo, o sufrid la condena de vuestro heraldo.
Tras eso el soldado desató
un saco de lienzo y mostró una cabeza cortada. La lanzó al aire y la vio caer
entre los vardenos. Luego dio la vuelta al semental, clavó las espuelas y
galopó de regreso hacia la masa oscura del ejército de Galbatorix.
-¿Lo mato? -preguntó Eragon.
Nasuada negó con la cabeza.
-Pronto tendremos nuestra
ración. Respetaré la invio¬labilidad de los mensajeros, aunque no lo haya hecho
el Imperio.
-Como tú...
Soltó un grito de sorpresa y
se agarró al cuello de Saphira para no caerse mientras ella caminaba hacia
atrás sobre el terraplén y plantaba las zarpas delanteras en la orilla castaña.
Saphira abrió las fauces y soltó un rugido largo y profundo, muy parecido al de
Garzhvog, aunque éste era un desafío a los enemigos, una advertencia de la ira
que habían provoca¬do y una llamada de clarín a cuantos odiaran a Galbatorix.
El sonido de su voz rugiente
asustó tanto al semental que se desvió a la derecha, resbaló sobre la tierra
caliente y cayó de costado. El soldado cayó más allá y aterrizó en un aguje¬ro
de fuego que manaba en ese instante. Soltó un solo grito tan horrible que a
Eragon se le erizó el cuero cabelludo. Luego guardó silencio para siempre.
Los pájaros empezaron a
descender.
Los vardenos vitorearon el
logro de Saphira. Hasta Na¬suada se permitió una leve sonrisa. Luego dio una
palmada y dijo.
-Creo que atacarán al
amanecer. Eragon, reúne a Du Vrangr Gata y preparaos para la acción. Dentro de
una hora tendré órdenes para vosotros. -Tomó a Orrin por el hom¬bro y lo guió
de vuelta hacia el centro del campamento, al tiempo que le decía-: Señor, hemos
de tomar algunas deci¬siones. Tengo un plan, pero hará falta...
Que vengan -dijo Saphira.
Agitó la punta de la cola como un gato que acechara a una liebre-. Se quemarán
todos.
El brebaje de la bruja
Había caído la noche sobre los Llanos
Ardientes. El techo de humo opaco tapaba la luna y las estrellas y sumía la
tierra en una oscuridad profunda, rota sólo por el hosco brillo de alguna
fumarola esporádica y por los miles de antorchas que habían encendido ambos
ejércitos. Desde la posición de Eragon, cerca de la primera línea de los
vardenos, el Impe¬rio parecía un denso nido de luces naranjas temblorosas,
grande como una ciudad.
Mientras ataba la última
pieza de la armadura de Saphira a su cola, Eragon cerró los ojos para mantener
mejor el con¬tacto con los magos de Du Vrangr Gata. Tenía que aprender a
ubicarlos al instante; su vida podía depender de su capaci¬dad para comunicarse
con ellos de manera rápida y oportu¬na. A su vez, los magos tenían que aprender
a reconocer el contacto de su mente para no bloquearlo cuando necesitara su
ayuda.
Eragon sonrió y dijo:
-Hola, Orik.
Al abrir los ojos, vio al
enano trepando la pequeña roca en que se habían sentado él y Saphira. Orik, con
su arma¬dura completa, llevaba su arco de cuerno de úrgalo en una mano.
Orik se agachó junto a
Eragon, se secó la frente y meneó la cabeza.
-¿Cómo has sabido que era
yo? Estaba protegido.
Cada conciencia produce una
sensación distinta -explicó Sa¬phira-. Igual que dos voces distintas nunca
suenan igual.
-Ah.
Eragon preguntó:
-¿Qué te trae por aquí?
Orik se encogió de hombros.
-Se me ha ocurrido que tal
vez apreciarías un poco de compañía en esta noche amarga. Sobre todo porque
Arya tiene otros planes y en esta batalla no tienes a Murtagh a tu lado.
«Ojalá lo tuviera», pensó
Eragon. Murtagh había sido el único humano capaz de igualar la habilidad de
Eragon con la espada, al menos antes del Agaetí Blódhren. Entrenarse con él
había sido uno de los pocos placeres del tiempo que habían pasado juntos. «Me
hubiera encantado pelear conti¬go de nuevo, viejo amigo.»
Al recordar cómo había
muerto Murtagh -arrastrado bajo tierra por los úrgalos en Farthen Dür-, Eragon
se vio obligado a enfrentarse a una verdad aleccionadora: por muy buen guerrero
que fuera, muy a menudo el puro azar dicta¬minaba quién moría y quién sobrevivía
en la guerra.
Orik debió de percibir su
estado de ánimo, pues palmeó a Eragon en la espalda y dijo:
-Te irá bien. Imagina cómo
deben de sentirse esos sol¬dados, sabiendo que dentro de poco tendrán que
enfren¬tarse a ti.
Eragon volvió a sonreír
agradecido.
-Me alegro de que hayas
venido.
A Orik se le sonrojó la
punta de la nariz, bajó la mirada y rodó el arco entre sus nudosas manos.
-Ah, bueno -gruñó-. A
Hrothgar no le gustaría nada que yo permitiera que te pasara algo. Además,
ahora somos hermanos adoptivos, ¿eh?
A través de Eragon, Saphira
preguntó:
¿Qué pasa con los otros
enanos? ¿No están bajo tu mando?
Una chispa brilló en los
ojos de Orik.
-Vaya, claro que sí. Y se unirán
a nosotros dentro de poco. Como Eragon es miembro del Dürgrimst Ingeitum, es
jus¬to que nos enfrentemos juntos al Imperio. Así, vosotros dos no seréis tan
vulnerables; podréis concentraros en descubrir a los magos de Galbatorix en vez
de defenderos de ataques constantes.
-Buena idea. Gracias. -Orik
gruñó su reconocimiento. Luego Eragon preguntó-: ¿Qué opinas de Nasuada y los
úr¬galos?
-Ha elegido bien.
-¡Estás de acuerdo con ella!
-Sí. Me gusta tan poco como
a ti, pero estoy de acuerdo.
Tras eso los envolvió el
silencio. Eragon se sentó apo¬yado en Saphira y contempló al Im-perio, al
tiempo que se esforzaba por evitar que su creciente ansiedad lo abru¬mara. Los
minutos se arrastraban. Para él, la interminable espera anterior a la batalla
era tan estresante como la lucha misma. Engrasó la silla de Saphira, se limpió
el polvo del jubón y reemprendió la tarea de familiarizarse con las men¬tes de
Du Vrangr Gata, cualquier cosa con tal de pasar el tiempo.
Al cabo de una hora se
detuvo al percibir que dos seres se acercaban, cruzando la tierra de nadie.
«¿Angela? ¿Solembum?» Perplejo y asustado, despertó a Orik, que se ha¬bía
adormilado, y le dijo lo que acababa de descubrir.
El enano frunció el ceño y
sacó el hacha del cinto.
-Sólo he visto a la
herbolaria un par de veces, pero no me parece la clase de persona que podría
traicionarnos. Los vardenos la han acogido entre ellos desde hace decenios.
-Aun así, deberíamos
averiguar qué estaba haciendo -di¬jo Eragon.
Se abrieron paso juntos
entre el campamento para inter¬ceptar al dúo cuando se acercaran a las
fortificaciones. Pron¬to apareció Angela trotando bajo la luz, con Solembum a
sus pies. La bruja iba envuelta en una capa oscura hasta los pies que le
permitía fundirse con el paisaje moteado. Mostran¬do una sorprendente presteza,
fuerza y flexibilidad, trepó los abundantes parapetos que habían instalado los
enanos, pa¬sando de una estaca a la siguiente, saltando las trincheras y
corriendo finalmente por la rampa que bajaba a la ladera pro¬nunciada del
último terraplén hasta detenerse, boqueando, junto a Saphira.
Angela se echó atrás la
capucha de la capa y les dedicó una brillante sonrisa.
-¡Un comité de bienvenida!
Qué atentos.
Mientras ella hablaba, el
hombre gato temblaba de los pies a la cabeza, con el lomo erizado. Luego su
silueta se difuminó como si la vieran a través de una nube de vapor y se
disolvió una vez más para convertirse en la figura desnuda de un muchacho de pelo
desordenado. Angela metió una mano en su bolso de cuero y le pasó a Solembum
una túni-ca y unos bombachos, junto con la pequeña daga negra que solía usar
para la lucha.
-¿Qué hacíais ahí? -preguntó
Orik, con una mirada de suspicacia.
-Bueno, un poco de esto y un
poco de lo otro.
-Creo que es mejor que nos
lo digas -terció Eragon.
El rostro de Angela se
endureció.
-Ah, ¿sí? ¿Acaso no te fías
de Solembum y de mí?
El hombre gato mostró sus
dientes afilados.
-La verdad es que no
-admitió Eragon, aunque con una leve sonrisa.
-Eso está bien -contestó
Angela. Le dio una palmada en la mejilla-. Así vivirás más. Bueno, si has de
saberlo, estaba haciendo todo lo posible por derrotar al Imperio, sólo que mis
métodos no consisten en gritar y correr por ahí con una espada.
-¿Y cuáles son exactamente
tus métodos? -gruñó Orik.
Angela se detuvo para
recoger la capa en un grueso far¬do que luego metió en el bolso.
-Prefiero no decirlo; quiero
que sea una sorpresa. No tendréis que esperar mucho para descubrirlo; empezará
dentro de unas horas.
Orik se mesó la barba.
-¿El qué empezará? Si no
puedes darnos una respuesta clara, tendremos que llevarte ante Nasuada. A lo
mejor ella consigue que tengas algo de sentido común.
-No sirve de nada arrástrame
ante Nasuada -dijo Ange¬la-. Ella me dio permiso para cru-zar las líneas.
-O eso dices -la retó Orik,
cada vez más beligerante.
-Eso digo yo -anunció
Nasuada, acercándose por detrás, tal como había previsto Eragon.
También se había dado cuenta
de que la acompañaban cuatro kull, uno de los cuales era Garzhvog. Con cara de
po¬cos amigos, se volvió para encararlos y no trató de disimular la rabia que
le provocaba la presencia de los úrgalos.
-Señora -murmuró Eragon.
Orik no se contuvo tanto:
dio un salto atrás con un sono¬ro juramento y agarró el hacha de guerra.
Enseguida se dio cuenta de que nadie lo atacaba y dirigió a Nasuada un
lacóni¬co saludo. Pero su mano nunca soltó el mango del arma y sus ojos no
abandonaron a los enor-mes úrgalos. Angela no pare¬cía tener esa clase de
inhibiciones. Saludó a Nasuada con el debido respeto y luego se dirigió a los
úrgalos en su propio y brusco idioma, y éstos contestaron con evidente placer.
Nasuada se llevó a Eragon a
un lado para que pudieran tener cierta intimidad. Entonces le dijo:
-Necesito que dejes de lado
por un momento tus senti¬mientos y juzgues lo que estoy a punto de decirte con
la lógi¬ca y la razón. -Él asintió, con la cara rígida-. Bien. Estoy ha-ciendo
todo lo que puedo para asegurarnos de no perder mañana. Sin embargo, no importa
si luchamos bien, si yo di¬rijo bien a los vardenos o incluso si avasallamos al
Imperio, si a ti -le golpeó el pecho con un dedo- te matan. ¿Lo entien¬des?
-Eragon asintió de nuevo-. No puedo hacer nada para protegerte si comparece
Galbatorix; en ese caso, te enfrenta¬rás con él a solas. Du Vrangr Gata supone
para él una ame¬naza tan pequeña como para ti, y no permitiré que sean
erra¬dicados sin una razón.
-Siempre he sabido -dijo
Eragon- que me enfrentaría a Galbatorix solo, aunque con Saphi-ra.
Una triste sonrisa asomó a
los labios de Nasuada. Parecía muy cansada a la luz temblorosa de la antorcha.
-Bueno, no hay ninguna razón
para inventarse proble¬mas donde no los hay. Puede que Galbatorix ni siquiera
esté aquí. -Sin embargo, no parecía creer sus propias palabras-. En cualquier
caso, al menos puedo evitar que te claven una espada en las tripas. He oído lo
que pretendían hacer los enanos y se me ha ocurrido que podía mejorar el
concepto. Le he pedido a Garzhvog y a tres de sus carneros que sean tus
guardas, siempre que estuvieran de acuerdo, como así ha sido, en permitir que
examines sus mentes para descartar la traición.
Eragon se puso rígido.
-No puedes esperar que pelee
con esos monstruos al lado. Además, ya he aceptado la oferta de los enanos para
defendernos a Saphira y a mí. Si los rechazara a favor de los úrgalos, se lo
tomarían mal.
-Entonces, que te protejan
todos -replicó Nasuada. Lo miró a la cara durante un largo ra-to, en busca de
algo que él pudiera estar callando-. Ah, Eragon. Esperaba que fueras capaz de
mirar más allá del odio. ¿Qué harías tú en mi si¬tuación? -La reina suspiró, y
él guardó silencio-. Si alguien tiene razones para guardar rencor a los
úrgalos, soy yo. Ma¬taron a mi padre. Sin embargo, no puedo permitir que eso
interfiera con la decisión de lo que más conviene a los vardenos... Al menos,
pregúntale a Saphira qué opina antes de decir sí o no. Puedo ordenarte que
aceptes la protección de los úrgalos, pero preferiría no hacerlo.
Te estás portando como un
tonto -observó Saphira sin que nadie le preguntara.
¿Te parece una tontería que
no quiera tener a los úrgalos a mis espaldas ?
No, es una tontería rechazar
ayuda, venga de quien venga, en nuestra situación actual. Piensa. Ya sabes lo
que haría Oromis, y lo que diría. ¿No te fías de su juicio?
No puede tener razón en todo
-dijo Eragon.
Eso no es un argumento...
Piénsalo bien, Eragon, y dime si estoy diciendo la verdad. Sabes el cami-no
correcto. Me decepcionaría que no pudieras obligarte a tomarlo.
La presión de Saphira y de
Nasuada no hizo sino aumen¬tar las reticencias de Eragon. Sin embargo, sabía
que no te¬nía otra opción.
-De acuerdo, dejaré que me
defiendan, pero sólo si no encuentro en sus mentes nada sos-pechoso. ¿Me
prometes que, después de esta batalla, no me harás trabajar nunca más con los
úrgalos?
Nasuada negó con la cabeza.
-No puedo hacerlo, porque
tal vez perjudicaría a los vardenos. -Hizo una pausa y añadió-: Ah, otra cosa,
Eragon...
-¿Sí, mi señora?
-En el caso de que yo
muriera, te he escogido como su¬cesor. Si eso ocurre, sugiero que confíes en
los consejos de Jórmundur. Tiene más experiencia que los demás miem¬bros del
Consejo de Ancianos. Y espero que pongas el bie¬nestar de tus súbditos por encima
de cual-quier otra cosa. ¿Está claro, Eragon?
El anuncio lo cogió por
sorpresa. Nada significaba más para él que los vardenos. Ofrecerle su mando era
el mayor acto de confianza que Nasuada podía mostrarle. Su confian¬za lo
conmovió y lo llenó de humildad; inclinó la cabeza.
-Me esforzaría por ser tan
buen líder como lo habéis sido tú y Ajihad. Es un honor, Nasuada.
-Sí, lo es.
Le dio la espalda y se
reunió con los otros.
Todavía abrumado por la
revelación de Nasuada, y con la rabia templada por la misma razón, Eragon
caminó despacio hacia Saphira. Estudió a Garzhvog y a los demás úrgalos con la
intención de deducir su estado de ánimo, pero sus rasgos eran tan distintos de
aquellos a los que estaba acostumbrado que no pudo distinguir más que las
emociones más básicas. Tampoco pudo encontrar dentro de sí mismo ninguna
em¬patía hacia ellos. Para él, eran bes-tias salvajes dispuestas a matarlo a la
menor ocasión, incapaces de mostrar amor, amabi¬lidad o incluso verdadera
inteligencia. En resumen, eran se¬res inferiores.
En las honduras de su mente,
Saphira susurró:
Estoy segura de que
Galbatorix tiene la misma opinión.
Y por buenas razones -gruñó
él, con la intención de sor¬prenderla. Luego contuvo su repul-sión y dijo en
voz alta-: Nar Garzhvog, me han dicho que los cuatro aceptáis que en¬tre en
vuestras mentes.
-Así es, Espada de Fuego. La
Acosadora de la Noche nos ha dicho que era necesario. Es un honor que se nos
permita batallar junto a un guerrero tan poderoso, que tanto ha he-cho por
nosotros.
-¿A qué te refieres? He
matado a muchos de los vuestros.
Algunos fragmentos sueltos
de uno de los pergaminos de Oromis se interpusieron en la memoria de Eragon.
Re¬cordó haber leído que los úrgalos, tanto los machos como las hembras,
determinaban su rango en la sociedad por me¬dio del combate y que era esa práctica,
por encima de cual¬quier otra, la que había provocado tantos conflictos entre
los úrgalos y las demás razas. Y eso, advirtió, significaba que si admiraban
sus proezas en la batalla, tal vez le hubieran concedido el mismo rango que a
sus líderes de guerra.
-Al matar a Durza, nos
libraste de su control. Estamos en deuda contigo, Espada de Fuego. Ninguno de
nuestros car¬neros te desafiará, y si visitas nuestras estancias, tú y el
dra-gón Lengua en Llamas seréis bienvenidos como si no fuerais extraños.
Aquella gratitud era la
última respuesta que había espe¬rado Eragon, y la que menos pre-parado estaba
para con¬templar. Incapaz de pensar otra cosa, dijo:
-No lo olvidaré. -Repasó a
los demás úrgalos con la mi¬rada y luego regresó a Garzhvog y sus ojos
amarillos-. ¿Es¬tás listo?
-Sí, Jinete.
Al buscar el contacto con la
conciencia de Garzhvog, Eragon recordó cómo habían intentado invadir la suya
los gemelos cuando entró en Farthen Dür por primera vez. Des-pejó esa
observación para sumergirse en la identidad del
úrgalo. La naturaleza de su búsqueda
-alguna intención ma¬lévola que pudiera
permanecer escondida en el pasado de Garzhvog- obligaba a Eragon a examinar
años de recuer¬dos. Al contrario que los gemelos, Eragon evitó hacer daño
deliberadamente, pero tampoco se excedió en gentilezas. Notó que Garzhvog daba
algún respingo ocasional de inco¬modidad. Igual que las de los enanos y los
elfos, la mente de los úrgalos poseía elementos distintos de la de los humanos.
Su estructura ponía el énfasis en la rigidez y en la jerarquía -como resultado
de la organización tribal de los úrgalos—, pero parecía burda y cruda, brutal y
astuta: la mente de un animal salvaje.
Aunque no hizo ningún
esfuerzo por averiguar nada de Garzhvog como individuo, Eragon no pudo evitar
absorber fragmentos de la vida del úrgalo. Éste no ofreció resistencia. Al
contrario, parecía ansioso por compartir sus experien¬cias, por convencer a Eragon
de que los úrgalos no eran sus enemigos natos.
No podemos permitirnos que se alce otro
Jinete con la intención de destruirnos -le dijo Garzhvog-Mira bien, Espada de
Fuego, y comprueba si de verdad somos tan monstruosos como nos conside¬ras
tú...
Fueron tantas las
sensaciones e imágenes que vibraron entre ellos, que Eragon casi perdió la
pista: la infancia de Garzhvog con otros miembros de su raza en una aldea
des-tartalada erigida en el corazón de las Vertebradas; su madre cepillándolo
con un peine de cuerno y cantándole una can¬ción suave; el aprendizaje para
cazar ciervos y otras presas con las manos desnudas; la manera de crecer y
crecer hasta que se hacía evidente que la vieja sangre seguía fluyendo por sus
venas e iba a alcanzar más de dos metros y medio para convertirse en un kull;
las docenas de desafíos que había pro¬puesto, aceptado y ganado; aventurarse
fuera de la aldea para obtener renombre, gracias al cual poder aparearse, y el
aprendizaje gradual del odio, la desconfianza y el miedo -sí, miedo- a un mundo
que había condenado a su raza; la lucha en Farthen Dür; el descubrimiento de
que su única esperan¬za para una vida mejor era abandonar las viejas
diferencias, entablar amistad con los vardenos y ver a Galbatorix de-puesto. No
había ninguna evidencia de que Garzhvog mintiera.
Eragon no podía entender lo
que había visto. Se des¬prendió de la mente de Garzhvog y se sumergió en las de
los otros tres úrgalos. Sus recuerdos confirmaban los hechos presentados por
Garzhvog. No hicieron el menor intento de esconder que habían matado a humanos,
pero lo habían he¬cho por órdenes de Durza cuando el brujo los controlaba, o
cuando se ha-bían enfrentado a ellos por la comida o por la tierra.
Hicimos lo que teníamos que
hacer para proteger a nuestras fa¬milias -le dijeron.
Al terminar, plantado ante
Garzhvog, Eragon sabía que el legado de sangre del úrgalo era tan regio como el
de cual¬quier príncipe. Sabía que, pese a no haber sido educado, Garzhvog era
un brillante comandante y un pensador y filó¬sofo tan bueno como el mismísimo
Oromis.
Desde luego, es más listo
que yo -admitió a Saphira y, mostran¬do el cuello en señal de respe-to, Eragon
dijo en voz alta-: Nar Garzhvog. -Por primera vez fue consciente de los
eleva¬dos orígenes del título nar—. Es un orgullo que estés a mi lado. Puedes
decir a las Herndall que mientras los úrgalos mantengan su palabra y no se
vuelvan contra los vardenos, no me voy a oponer a ti.
Eragon dudó que nunca
llegara a caerle bien un úrgalo, pero la férrea certeza de los pre-juicios que
tenía apenas unos minutos antes le parecía ahora una muestra de igno¬rancia y,
por su buena conciencia, no podía mantenerla.
Saphira le tocó el brazo con
su lengua espinosa, provo¬cando un tintineo de la malla.
Hay que ser valiente para
admitir que te equivocabas.
Sólo si te da miedo pasar
por tonto, y yo hubiera parecido más tonto todavía en caso de haber pe-rsistido
en una creencia errónea.
Vaya, pequeñajo, acabas de
decir algo sabio.
Pese a sus burlas, Eragon
notó el cálido orgullo de la dra¬gona por lo que él acababa de lograr.
-Una vez más, estamos en
deuda contigo, Espada de Fue¬go -dijo Garzhvog.
Él y los demás úrgalos se
llevaron los puños a las protu¬berantes frentes.
Eragon percibió que Nasuada
quería saber los detalles de lo que acababa de ocurrir, pero se estaba
reprimiendo.
-Bueno, ahora que esto ya
está arreglado, debo irme. Eragon, recibirás mi señal por medio de Trianna
cuando lle¬gue el momento.
Y se fue a grandes zancadas
hacia la oscuridad.
Cuando Eragon se acomodó en
Saphira, Orik se le acer¬có sigilosamente.
-Suerte que los enanos
estamos aquí, ¿eh? Vigilaremos a los kull como si fuéramos halco-nes, tenlo por
seguro. No les dejaremos pillarte por la espalda. En cuanto ataquen, les
cor¬ta-remos las piernas desde abajo.
-Creía que estabas de
acuerdo con que Nasuada acepta¬ra la propuesta de los úrgalos.
-Eso no significa que me fíe
de ellos, ni que quiera estar a su lado, ¿no?
Eragon sonrió y no se
molestó en discutir: era imposible convencer a Orik de que los úrgalos no eran
unos asesinos rapaces, pues él mismo se había negado a considerar tal
po-sibilidad antes de compartir sus recuerdos.
La noche los envolvió con su
pesadez mientras esperaban que llegara el alba. Orik sacó una piedra de afilar
del bolsillo y se puso a repasar el filo de su hacha curvada. Cuando llega¬ron,
los otros seis enanos hicieron lo mismo, y el chirrido del metal sobre la
piedra llenó el aire con un coro rasposo. Los kull se sentaron, espalda contra
espalda, y se pusieron a ento¬nar cantos de muerte en voz baja. Eragon pasó el
tiempo estableciendo protecciones mágicas en torno a sí mismo, Saphira,
Nasuada, Orik e incluso Arya. Sabía que era peligroso proteger a tantos, pero
no podía soportar que sufrieran nin¬gún daño. Cuando terminó, transfirió a los
diamantes incrus¬tados en el cinturón de Beloth el Sabio todas las fuerzas de
las que se atrevía a desprenderse.
Eragon contempló con interés
a Angela mientras ésta se cubría con una armadura verde y negra y luego, tras
sacar una caja de madera tallada, montaba su bastón espada jun¬tando dos varas
separadas por la mitad y dos filos de acero diluido que encajaban en los
extremos de la pértiga resul¬tante. Giró el arma montada por encima de la
cabeza unas cuantas veces antes de dar por hecho que soportaría el fra¬gor de
la batalla.
Los enanos la miraban con
desaprobación, y Eragon oyó que uno de ellos murmuraba:
-... blasfemia que use el
hüthvír alguien que no es del Dürgrimst Quan.
Luego sólo sonó la música
discordante que generaban los enanos al afilar sus armas.
Ya se acercaba el alba
cuando empezaron los gritos. Era¬gon y Saphira los oyeron antes por la agudeza
de sus sentidos, pero las exclamaciones agónicas pronto alcanzaron el volu-men
suficiente para que las oyeran los demás. Orik se puso en pie y miró hacia el
Imperio, donde nacía aquel griterío.
-¿A qué clase de criaturas
estarán torturando para pro¬vocar esos aullidos terribles? Ese ruido me hiela
el tuétano, desde luego.
-Te dije que no tendrías que
esperar mucho -dijo Angela.
Había perdido la sonrisa;
estaba pálida, concentrada y con el rostro gris, como si hubiera enfermado.
Desde su puesto junto a
Saphira, Eragon preguntó:
-¿Has sido tú?
-Sí. Emponzoñé su brebaje,
su pan, su agua, todo aquello de lo que pude echar mano. Algunos morirán ahora;
otros, más adelante, a medida que las diversas toxinas se vayan co-
brando peaje. Di a los
oficiales hierba mora y otros venenos para que sufran alucinaciones en la
batalla. -Intentó sonreír, mas con poco éxito-. No es una manera muy honrosa de
pe-lear, supongo, pero prefiero hacer eso que morir. La confu¬sión del enemigo,
y todo eso.
-¡Sólo los cobardes y los
ladrones usan veneno! -excla¬mó Orik-. ¿Qué gloria se obtiene de derrotar a un
enemigo enfermo?
Mientras hablaban, los
gritos se intensificaron. Angela le dedicó una risa desagradable.
-¿Gloria? Si quieres gloria,
hay miles de tropas a las que no he envenenado. Estoy segura de que, cuando
termine el día de hoy, habrás tenido toda la gloria que quieras.
-¿Para eso necesitabas el
material de la tienda de Orrin? -preguntó Eragon.
Encontraba repugnante su
estratagema, pero no preten¬día discernir si estaba bien o mal hecho. Era algo
necesario. Angela había envenenado a los soldados por la misma razón que había
llevado a Nasuada a aceptar la oferta de amistad de los úrgalos: porque podía
ser su única esperanza de so¬brevivir.
-Así es.
Los aullidos de los soldados
aumentaron en número has¬ta tal punto que Eragon deseó taparse los oídos y
bloquear aquel sonido. Le provocaba muecas de dolor y temblores, y le daba
dentera. Sin embargo, se obligó a escuchar. Era el precio de enfrentarse al
Imperio. Hubiera sido un error ig¬norarlo. De modo que se sentó con los puños
prietos y la mandíbula dolorosamente tensa mientras resonaba en los Llanos
Ardientes el eco de las voces incorpóreas de los mo¬ribundos.
Estalla la tormenta
Los primeros rayos
horizontales del alba cruzaron la tierra cuando Trianna le decía a Eragon: Ha
llegado la hora.
Una oleada de energía borró
el sueño de Eragon. Se puso en pie de un salto y dio la voz a todos los que lo
rodea¬ban mientras montaba en la silla de Saphira y sacaba el arco de la
aljaba. Los kull y los enanos rodearon al dragón y sa¬lieron corriendo por el
parapeto hasta llegar a la apertura que se había despejado durante la noche.
Los vardenos salían por
aquel agujero en el mayor si¬lencio posible. Fila tras fila de guerreros
marchaban con las armaduras y las armas envueltas en trapos para que ningún
ruido alertara al Imperio de su acercamiento. Saphira se es¬taba sumando a la
procesión cuando apareció Nasuada montada en un ruano entre los hombres. Arya y
Trianna iban a su lado. Se saludaron los cinco con miradas silencio¬sas, nada
más.
Durante la noche, los
apestosos vapores se habían acu¬mulado sobre la tierra, y ahora la tenue luz de
la mañana do¬raba las nubes crecidas, volviéndolas opacas. Así, los varde¬nos
lograron cruzar tres cuartas partes de la tierra de nadie antes de que los
vieran los centinelas del Imperio. En cuan¬to sonaron los cuernos de alarma
ante ellos, Nasuada gritó:
-¡Ahora, Eragon! Dile a
Orrin que ataque. ¡A mí, var¬denos! ¡Luchad para destronar a Galbatorix!
¡Atacad y ba¬ñad vuestras espadas en la sangre de nuestros enemigos! ¡Al
ataque!
Espoleó a su caballo y, con
un gran rugido, los hombres la siguieron, agitando las armas sobre sus cabezas.
Eragon transmitió la orden
de Nasuada a Barden, el he¬chicero que montaba junto al rey Orrin. Un instante
después, oyó el tamborileo de los cascos cuando Orrin y su caballería
-acompañados por el resto de los kull, capaces de correr tan¬to como los caballos-
galoparon hacia el este. Cargaron con¬tra el flanco del Imperio, atrapando a
los soldados contra el río Jiet y distrayéndolos lo suficiente para que los
vardenos cruzaran sin oposición la distancia que los separaba.
Los dos ejércitos chocaron
con un estruendo ensordece¬dor. Picas entrecruzadas con lanzas, martillos
contra escu¬dos, espadas contra yelmos, mientras por encima revolotea¬ban los
hambrientos cuervos rapaces soltando sus ásperos graznidos, en un frenesí desatado
por el olor de la carne fresca.
A Eragon, el corazón le dio
un vuelco en el pecho. «Aho¬ra debo matar o morir.» Casi de inmediato, notó que
las ba¬rreras mágicas le absorbían las fuerzas para desviar los ata¬ques que
recibían Arya, Orik, Nasuada y Saphira.
La dragona evitó la primera
línea de batalla para no que¬dar expuestos a los magos del frente de
Galbatorix. Eragon respiró hondo y empezó a buscar a los magos con su mente,
sin dejar de disparar flechas al mismo tiempo.
Du Vrangr Gata encontró al
primer hechicero enemigo. En cuanto recibió la alerta, Eragon contactó con la
mujer que lo había descubierto y luego pasó al enemigo que for-cejeaba con
ella. Eragon puso en juego todo el poder de su voluntad, demolió la resistencia
del mago, tomó control de su conciencia -esforzándose por ignorar el terror de
aquel hombre-, determinó a qué tropas protegía y lo asesinó con una de las doce
palabras de muerte. Sin pausa, Eragon loca¬lizó las mentes de todos los
soldados que habían quedado sin protección y los mató también. Los vardenos
vitorearon al ver que un grupo entero de hombres caía sin vida.
A Eragon le asombró la
facilidad con que los había ma¬tado. Aquellos soldados no habían tenido la
menor oportu¬nidad de escaparse o de ofrecer pelea. «Qué distinto de Farthen
Dür», pensó. Aunque le maravillaba el perfecciona¬miento de sus habilidades, aquellas
muertes lo asqueaban. Pero no había tiempo para pensar en eso.
Recuperado del asalto
inicial de los vardenos, el Imperio empezó a usar sus máquinas de guerra:
catapultas que lanza¬ban misiles de cerámica endurecida, trabucos armados con
barriles de fuego líquido y lanzadoras que bombardeaban a los asaltantes con
una lluvia de flechas de seis metros. Las bo¬las de cerámica y el fuego líquido
causaban un terrible daño allí donde aterrizaran. Una bola estalló en el suelo
a menos de diez metros de Saphira. Mientras Eragon se escondía tras el escudo,
un fragmento dentado saltó hacia su cabeza y se detuvo en el aire gracias a una
de sus protecciones mágicas. Eragon pestañeó al notar la repentina pérdida de
energía.
Pronto las máquinas
estancaron el avance de los varde¬nos y sembraron un tumulto con su puntería.
«Si hemos de aguantar lo suficiente para debilitar al Imperio, hay que
des-truirlas», entendió Eragon. Desmantelar aquellas máquinas hubiera sido
fácil para Saphira, pero no se atrevía a volar en¬tre los soldados por miedo a
un ataque de los magos.
Ocho soldados se abrieron
paso entre las filas de varde¬nos y se echaron encima de Saphira, intentando
clavarle sus picas. Antes de que Eragon pudiera desenfundar a Zar'roc, los
enanos y los kull eliminaron a todo el grupo.
-¡Buena pelea! -rugió
Garzhvog.
-¡Buena pelea! -accedió
Orik, con una sonrisa sanguinolienta.
Eragon no usaba hechizos
contra sus enemigos. Debían de estar protegidos contra cual-quier embrujo
imaginable. «Salvo que...» Expandió su mente y entró en contacto con la de uno
de los soldados que manejaban las catapultas. Aun¬que estaba seguro de que lo
defendía alguna clase de magia, Eragon logró dominarlo y dirigir sus acciones
desde lejos. Guió al hombre hacia el arma, que alguien estaba cargando, y luego
le hizo golpear con su espada la madeja de cuerdas retorcidas que la
disparaban. La cuerda era tan gruesa que no pudo cor-tarla antes de que se lo
llevaran a rastras sus camaradas, pero el daño ya estaba hecho. Con un poderoso
crujido, la cuerda cortada a medias se partió y el brazo de la catapulta saltó
hacia atrás, hiriendo a varios hombres. Con los labios curvados en una amarga
sonrisa, Era-gon pasó a la siguiente catapulta y, en poco rato, incapacitó
todas las má¬quinas que queda-ban.
Vuelto en sí, Eragon se dio
cuenta de que docenas de hombres se desplomaban en torno a Saphira; alguien
ha¬bía superado a un miembro de Du Vrangr Gata. Soltó una terrible maldi-ción y
se lanzó por el rastro de magia en bus¬ca del hombre que había lanzado aquel
hechizo fatal, de¬jando el cuidado de su cuerpo en manos de Saphira y sus
guardianes.
Durante una hora Eragon
persiguió a los magos de Galbatorix, mas con poco acierto, pues eran astutos y
taimados y no lo atacaban directamente. Sus reticencias desconcerta¬ban a
Eragon, hasta que arrancó de la mente de uno de los hechiceros, justo antes de
que éste se suicidara, el pensa¬miento:
... órdenes de no matarte a
ti ni al dragón... No matarte a ti ni al dragón.
Eso responde a mi pregunta
-dijo a Saphira-. Pero ¿por qué nos quiere vivos aún Galbatorix? Hemos dejado
claro que apoyamos a los vardenos.
Antes de que Saphira pudiera
responder, apareció ante ellos Nasuada, con la cara man-chada de sangre y
entrañas, el escudo lleno de abolladuras, y un rastro de sangre que brotaba de
una herida en el muslo y se derramaba por la pierna izquierda.
-Eragon -lo llamó con la voz
entrecortada-. Te necesito. Necesito que los dos peleéis, que os mostréis y
seáis un es¬tímulo para nuestros hombres. Que asustéis a los soldados.
Eragon estaba impresionado
por su estado.
-Déjame curarte antes
-exclamó, temeroso de que fuera a desmayarse.
«La tendría que haber
protegido con más defensas.»
-No. Yo puedo esperar. En
cambio, si no consigues fre¬nar la marea de soldados, estamos perdidos. -Tenía
los ojos vidriosos y vacíos, como dos agujeros en la cara-. Necesita¬mos... un
Jinete. -Se balanceó en la silla.
Eragon le mostró a Zar'roc.
-Lo tienes, mi señora.
-Ve -dijo ella-, y si existe
algún dios, que él te proteja.
Eragon iba demasiado alto en
el lomo de Saphira para golpear a los enemigos que queda-ban por abajo, así que
des¬montó por la pierna derecha de delante. Se dirigió a Orik y Garzh-vog:
-Proteged el lado izquierdo
de Saphira. Y en ningún caso os interpongáis en nuestro camino.
-Te superarán, Espada de
Fuego.
-No. No lo harán. ¡Ocupad
vuestro lugar!
Mientras lo obedecían, apoyó
una mano en la pierna de Saphira y le miró el ojo cristalino de zafiro.
¿Bailamos, amiga de mi
corazón1?
Bailemos, pequeñajo.
Entonces ambos fundieron sus
identidades en un grado mayor que nunca, venciendo todas las diferencias para
con¬vertirse en una sola identidad. Soltaron un rugido, saltaron hacia delante
y se abrieron camino hasta la línea del frente. Una vez allí, Eragon no hubiera
sabido decir de qué boca emanaba el fuego devorador que consumía a docenas de
soldados, calcinándolos en sus mallas, ni de quién era el brazo que blandía a
Zar'roc en un arco y partía en dos el yel¬mo de un soldado.
El olor metálico de la
sangre invadía el aire, y se alzaban cortinas de humo sobre los Llanos
Ardientes, escondiendo y mostrando alternativamente los grupos, las alas, los
flancos, los batallones de cuerpos apaleados. En lo alto, las aves carroñeras
esperaban su comida y el sol escalaba el firmamen¬to hacia el mediodía.
Por las mentes de quienes
los rodeaban, Eragon y Saphira recibieron un atisbo de su apariencia. Siempre
veían pri¬mero a Saphira: una gran criatura voraz con los colmillos y las
garras teñidas de rojo, que lo arrasaba todo en su camino con sus zarpazos y
los latigazos de la cola, y con las oleadas de llamas que envolvían a secciones
enteras de soldados. Sus esca-mas brillantes refulgían como estrellas y casi
cegaban a sus enemigos al reflejar la luz. Luego veían a Eragon co¬rriendo
junto al dragón. Se movía con tal velocidad que los soldados no podían
reaccionar a tiempo y, con una fuerza sobrehumana, les astillaba los escudos de
un solo golpe, ras¬gaba sus armaduras y rajaba las espadas de quienes se
opo¬nían a él. Los dar-dos y los disparos que le lanzaban caían al pestilente
suelo a tres metros de distancia, dete-nidos por sus barreras mágicas.
A Eragon -y, por extensión,
a Saphira- le costaba más pelear contra su propia raza que contra los úrgalos
en Farthen Dür. Cada vez que veía un rostro aterrado o que capta¬ba la mente de
un soldado, pensaba: «Podría ser yo». Pero él y Saphira no podían permitirse la
piedad: si un soldado se plantaba ante ellos, moría.
Hicieron tres incursiones y
las tres veces Eragon y Saphi¬ra mataron a todos los hombres de la línea del
frente del Im¬perio antes de retirarse entre el grueso de los vardenos para no
ser rodeados. Al final del último ataque, Eragon tuvo que reducir o eliminar
algunas barreras que había estable¬cido en torno a Arya, Orik, Nasuada, Saphira
y él mismo para que los he-chizos no lo agotaran demasiado rápido. Aunque eran
muchas sus fuerzas, también lo eran las exi¬gencias de la batalla.
¿Lista?-preguntó a Saphira,
tras un breve descanso.
Ella gruñó afirmativamente.
Una nube de flechas silbó
hacia Eragon en cuanto se zam¬bulló de nuevo en el combate. Rápido como un
elfo, esquivó la mayoría -pues su magia ya no lo protegía de esa clase de
proyectiles-, detuvo doce con el escudo y se tambaleó cuan¬do una de ellas le acertó
en el abdomen y otra en el costado.
Ninguna de las dos rasgó la
armadura, pero lo dejaron sin aire y le provocaron morados grandes como
manzanas. «¡No te pares! Has soportado dolores más fuertes que éste», se dijo.
Eragon se enfrentó a un
grupo de ocho soldados y saltó de uno a otro, ladeando a golpes sus picas y
blandiendo a Zar'roc como un relámpago mortal. Sin embargo, la pelea había
reducido sus reflejos, y un soldado consiguió deslizar la pica entre su malla y
rajarle el trí-ceps izquierdo.
Los soldados se encogieron
ante el rugido de Saphira.
Eragon se aprovechó de la
distracción para reforzarse con la energía almacenada en el ru-bí de la
empuñadura de Zar'roc y matar luego a los tres soldados que quedaban.
Saphira agitó la cola por
encima de él y echó del camino a un grupo de hombres. En la pausa siguiente,
Eragon se miró el latiente brazo y dijo:
-Waíse heill.
Se curó también los morados,
con la ayuda del rubí de Zar'roc, así como de los diamantes del cinturón de
Beloth el Sabio.
Luego los dos siguieron
avanzando.
Eragon y Saphira amontonaban
los cuerpos de sus ene¬migos sobre los Llanos Ardientes, pero el Imperio no
flojea¬ba ni cedía terreno. Por cada hombre que mataban, otro daba un paso
adelante y ocupaba su lugar. Una sensación de desespero envolvía a Eragon a
medida que la masa de solda¬dos forzaba a los vardenos a retirarse gradualmente
hacia su campa-mento. Vio la desesperanza reflejada en los rostros de Nasuada,
Arya, el rey Orrin e incluso Angela cuando pasó junto a ellos en la batalla.
A pesar de toda nuestra
formación no podemos detener al Impe¬rio -dijo Eragon con rabia-. ¡Hay
demasiados soldados! No po¬demos seguir así para siempre. Y Zar'roc y mi
cinturón ya casi se han gastado.
Si te hace falta, puedes
sacar energía de lo que te rodea.
No quiero hacerlo, salvo que
mate a otro mago de Galbatorix y pueda sacarla de sus soldados. Si no, no haré
más que herir a los vardenos, pues aquí no puedo recurrirá a la ayuda de
ninguna plan¬ta o animal.
A medida que se iban
arrastrando las largas horas, Era¬gon se sentía cada vez más débil y dolorido,
desprovisto de muchas de sus defensas arcanas... Había acumulado doce¬nas de
heridas menores. Tenía el brazo izquierdo insensible de tantos golpes como había
recibido el escudo abollado. Llevaba una herida en la frente que no hacía más
que ce¬garlo con el goteo de sangre mezclada con sudor. Creía que podía tener
un dedo roto.
Saphira no salía mejor
parada. Las armaduras de los sol¬dados le herían la boca por den-tro, docenas
de espadas y fle¬chas habían cortado sus alas desprotegidas, y una jabalina
había agujereado una plancha de su armadura, hiriéndole un hombro. Eragon había
visto llegar la lanza y había inten¬tado desviarla con un hechizo, pero había
sido lento. Cada vez que se mo-vía, Saphira salpicaba la tierra con cientos de
gotas de sangre.
A su lado, habían caído tres
guerreros de Orik y dos kull.
Y el sol empezaba su
descenso hacia el anochecer.
Mientras Eragon y Saphira se
preparaban para el sépti¬mo y último asalto, sonó una trompeta por el este,
fuerte y clara, y el rey Orrin gritó:
-¡Han llegado los enanos!
¡Han llegado los enanos!
«¿Enanos?» Eragon pestañeó y
miró alrededor, confun¬dido. No veía más que soldados. Luego lo recorrió un
esta¬llido de emoción cuando lo entendió. «¡Los enanos!» Mon¬tó en Sa-phira, y
ella alzó el vuelo y se quedó un momento suspendida con sus alas destrozadas
mientras supervisaban el campo de batalla.
Era cierto: un gran grupo
marchaba hacia el este por los Llanos Ardientes. A la cabeza iba el rey
Hrothgar, vestido con su malla de oro, tocado con el yelmo enjoyado y con
Vo-lund, su antiguo martillo de guerra, aferrado en el puño de hierro. El rey
enano alzó a Volund para saludar cuando vio a Eragon y Saphira.
Eragon rugió a pleno pulmón
y devolvió el gesto, blan¬diendo a Zar'roc en el aire. Una oleada de renovado
vigor le hizo olvidar las heridas y sentirse de nuevo furibundo y de-cidido.
Saphira sumó su voz, y los vardenos alzaron la mira¬da con esperanza, mientras
que los soldados del Imperio, asustados, titubeaban.
-¿Qué has visto? -exclamó
Orik cuando Saphira volvió a posarse en la tierra-. ¿Es Hroth-gar? ¿Con cuántos
guerreros viene?
Aliviado hasta el éxtasis,
Eragon se alzó en los estribos y gritó:
-¡Ánimo! ¡Ha llegado el rey
Hrothgar! ¡Y parece que se ha traído a todos los enanos! ¡Aplastaremos al
Imperio! -Cuando los hombres dejaron de vitorear, añadió-: Ahora, sacad las
espadas y recordad a estos piojosos cobardes por qué nos han de tener miedo.
¡Al ataque!
Justo cuando Saphira saltaba
hacia los soldados, Eragon oyó un segundo grito, esta vez del oeste:
-¡Un barco! ¡Viene un barco
por el río Jiet!
-Maldita sea -gruñó.
«No podemos permitir que
llegue ese barco si trae re¬fuerzos para el Imperio.» Contactó con Trianna y le
dijo:
Dile a Nasuada que Saphira y
yo nos encargamos de eso. Si el barco es de Galbatorix, lo hundire-mos.
Como quieras, Argetlam
-respondió la bruja.
Sin dudar, Saphira alzó el
vuelo y trazó un círculo sobre el llano pisoteado y humeante. Cuando el
implacable fragor de la batalla se desvaneció en sus oídos, Eragon respiró
hon¬do y sintió que su mente se despejaba. Abajo, le sorprendió ver lo
desparramados que estaban los dos ejércitos. El Impe¬rio y los vardenos se habían
desintegrado en una serie de grupos meno-res que luchaban entre sí por todo lo
ancho y largo de los Llanos Ardientes. En ese confuso tumulto se in¬sertaron
los enanos, pillando por el flanco al Imperio, tal como había hecho Orrin con
la caballería.
Eragon perdió de vista la
batalla cuando Saphira giró a la izquierda y se lanzó en picado entre las
nubes, en dirección al río Jiet. Una ráfaga de aire despejó el humo de la turba
y desveló un gran barco de tres mástiles que navegaba por las aguas anaranjadas,
remando contra la corriente con dos filas de remeros. El barco estaba lastimado
y destrozado y no lleva¬ba ningún estandarte que identificara sus lealtades.
Aun así, Eragon se preparó para destruirlo. Mientras Saphira descen¬día hacia
él, alzó a Zar'roc y soltó su salvaje grito de guerra.
Convergencia
Roran iba en la proa del Ala
de Dragón y escuchaba el ruido de los remos al deslizarse por el agua. Acababa
de cumplir con su turno de remo, y un dolor frío y dentado invadía su hombro
derecho. «¿Tendré que cargar siempre con este re¬cuerdo de los ra'zac?»
Se secó el sudor de la cara
e ignoró la molestia para con¬centrarse exclusivamente en el río, oscurecido
por una masa de nubes de hollín.
Elain se unió a él junto a
la regala. Apoyó una mano en su vientre hinchado.
-El agua parece diabólica
-dijo-. Quizá deberíamos ha¬bernos quedado en Dauth, en vez de arrastrarnos en
busca de más problemas.
Roran temió que tuviera
razón. Después del Ojo del Ja¬balí, habían navegado hacia el este desde las
islas del Sur, de vuelta hacia la costa y luego por la embocadura del río Jiet
hasta la ciudad portuaria de Dauth. Cuando llegaron a tie¬rra, se habían agotado
las provisiones y los aldeanos estaban enfermos.
Roran tenía toda la
intención de quedarse en Dauth, sobre todo después de recibir la entusiasta
bienvenida de su gobernadora, Lady Alarice. Pero eso era antes de que le
hablaran del ejército de Galbatorix. Si los vardenos caían derrotados, nunca
volvería a ver a Katrina. Así que, con la ayuda de Jeod, había convencido a
Horst y otros muchos al¬deanos de que si querían vivir en Surda, a salvo del
Imperio, tenían que remar por el Jiet arriba y ayudar a los vardenos. La tarea
había sido difícil, pero al final había vencido Roran. Y cuando le contaron sus
planes a Lady Alarice, ella les dio todas las provisiones que quisieron.
Desde entonces, Roran se
había preguntado a menudo si había sido una decisión acerta-da. A esas alturas
todo el mun¬do odiaba vivir en el Ala de Dragón. La gente estaba tensa y
malhumorada, situación que no hacía sino agravarse por la noción de que estaban
navegan-do hacia una batalla. «¿Fue egoísta por mi parte? -se preguntaba
Roran-. ¿De verdad lo hice por el bien de los aldeanos, o sólo porque esto me
acer¬cará un paso más al encuentro de Ka-trina?»
-Quizá sí -contestó a Elain.
Contemplaron juntos la
gruesa capa de humo que se reunía en las alturas, oscureciendo el cielo y
filtrando la luz restante de tal modo que todo quedaba coloreado por un
nauseabundo halo naranja. Eso producía un crepúsculo fantasmagórico que Roran
jamás había imaginado. Los ma¬rineros de cubierta miraban alrededor asustados,
murmu¬raban refranes de protección y sacaban sus amuletos de pie¬dra para
alejar el mal de ojo.
-Escucha -dijo Elain.
Inclinó la cabeza-. ¿Qué es eso?
Roran aguzó los oídos y
captó el lejano chasquido de me¬tales entrechocados.
-Eso -dijo- es el sonido de
nuestro destino. -Miró hacia atrás y gritó por encima del hom-bro-: ¡Capitán,
ahí delante están peleando!
-¡Los hombres, a las
catapultas! -rugió Uthar-. Redobla el ritmo de los remeros, Bonden. Y que todos
los hombres en condiciones se preparen, si no quieren usar sus tripas de
almo-hada.
Roran permaneció en su sitio
mientras el Ala de Dragón estallaba de actividad. Pese al au-mento del ruido,
aún oía el chasquido de espadas y escudos a lo lejos. Los gritos de los hombres
eran ya audibles, así como los rugidos de alguna bestia gigantesca.
Miró a Jeod, que se unía a
ellos en la proa. El mercader tenía el rostro pálido.
-¿Has participado en alguna
batalla? -le preguntó Roran.
Jeod negó con la cabeza y
tragó saliva, y el nudo que te¬nía en la garganta se movió.
-Participé en muchas peleas
con Brom, pero nunca en una de este calibre.
-Entonces, los dos nos
estrenamos.
La masa de humo se aclaró
por la derecha y les permi¬tió atisbar la tierra oscura que escupía fuego y un
pútrido va¬por naranja, cubierta por masas de hombres en plena lu¬cha. Era
imposible distinguir quién pertenecía al Imperio y quién a los vardenos, pero a
Roran le pareció que, con el adecuado empujón, la batalla podía decantarse en
cual¬quiera de las dos direcciones. «El empujón lo daremos no¬sotros.»
Entonces el agua les trajo
el eco del grito de un hombre:
-¡Un barco! ¡Viene un barco
por el río Jiet!
-Tendrías que irte bajo
cubierta -dijo Roran a Elain-. Aquí no estarás a salvo.
Ella asintió, se fue
corriendo a la escotilla de proa, des¬cendió la escala y cerró la apertura tras
ella. Un instante después Horst saltó a la proa y pasó a Roran uno de los
es-cudos de Fisk.
-Me ha parecido que podía
hacerte falta.
-Gracias. Yo...
Roran se calló al notar que
el aire vibraba en torno a ellos, como si lo agitara un golpe brutal. Rechinó
los dien¬tes. Zum. Le dolían los oídos por la presión. Zum. El tercer zumbido
le pisó los talones al segundo -zum-, seguido por un grito salvaje que Roran
reconoció, pues lo había oído muchas veces en su infancia. Alzó la mirada y vio
un gigan-tesco dragón del color de los zafiros que descendía desde las nubes
agitadas. Y a lomos del dragón, donde se unían el cue¬llo y los hombros, iba
sentado su primo Eragon.
No era el Eragon que él
recordaba, sino más bien como si un artista hubiera tomado los rasgos básicos
de su primo y los hubiera reforzado, estilizándolos, para volverlos al mismo
tiempo más nobles y más felinos. Aquel Eragon iba ataviado como un príncipe,
con finas ropas y armadura -aunque manchada por la mugre de la guerra- y
llevaba en la mano izquierda una espada de rojo incandescente. Aquel Eragon era
poderoso e implacable... Aquel Eragon podía matar a los ra'zac y a sus monturas
y ayudarle a rescatar a Katrina.
Agitando sus alas
translúcidas, el dragón ascendió brus¬camente y se quedó suspendido delante del
barco. Entonces Eragon cruzó su mirada con la de Roran.
Hasta ese momento Roran no
había terminado de creer¬se la historia de Jeod sobre Eragon y Brom. Ahora, al
mirar a su primo, lo recorrió una oleada de emociones confusas. «¡Eragon es un
Jinete!» Parecía impensable que el muchacho esbelto, malhumorado y ansioso con
el que se había criado se hubiese convertido en aquel temible guerrero. Verlo
vivo de nuevo llenó a Roran de una alegría inesperada. Sin embargo, al mismo
tiempo, una rabia terrible y familiar creció en su in¬terior por el papel de
Eragon en la muerte de Garrow y el ase¬dio de Carvahall. Durante esos pocos
segundos, Roran no supo si odiaba o amaba a Eragon.
Se tensó asustado al notar
que un ser enorme y ajeno en¬traba en contacto con su mente. De aquella
conciencia ema¬nó la voz de Eragon:
¿Roran?
-Sí.
Piensa tus respuestas y así
podré oírlas. ¿Están todos los de Car¬vahall contigo?
Casi todos.
¿Cómo habéis... ? No, ya
hablaremos en eso más tarde; ahora no hay tiempo. Quedaos donde estáis hasta
que se decida la batalla. Aún mejor, volved hacia atrás por el río hasta donde
no pueda ata¬caros el Imperio.
Tenemos que hablar, Eragon.
Has de contestar a muchas cosas.
Eragon dudó con expresión
preocupada y luego dijo:
Ya lo sé. Pero ahora no,
luego.
Sin ninguna orden aparente,
el dragón se alejó del bar¬co, voló hacia el este y desapareció entre la bruma
que cu¬bría los Llanos Ardientes.
Con voz de asombro, Horst
dijo:
-¡Un Jinete! ¡Un Jinete de
verdad! Nunca pensé que ve¬ría llegar este día, y mucho menos que sería Eragon.
-Me¬neó la cabeza-. Parece que nos dijiste la verdad, ¿eh, Piernaslargas?
Jeod sonrió por toda
respuesta, con pinta de niño en¬cantado.
Sus palabras llegaron
apagadas a Roran, que se había que¬dado mirando la cubierta, sin-tiendo que
estaba a punto de estallar de tensión. Una multitud de preguntas sin respuesta
lo asaltaban. Se obligó a ignorarlas. «Ahora no puedo pensar en Eragon. Hemos
de luchar. Los vardenos han de vencer al Imperio.»
Una ola creciente de furia
lo consumía. Ya lo había ex¬perimentado antes, un frenesí enlo-quecido que le
permitía superar prácticamente cualquier obstáculo, mover objetos que
nor-malmente se le resistirían, enfrentarse al enemigo en combate sin sentir miedo.
Ahora lo atenazó esa sensa¬ción, una fiebre en las venas que le aceleraba la
respiración y aumentaba los latidos de su corazón.
Abandonó la jarcia de un
salto, recorrió el barco hasta el alcázar, donde Uthar permanecía ante el
timón, y dijo:
-Atraca el barco.
-¿Qué?
-Te digo que atraques el
barco. Quédate aquí con los de¬más soldados, y usad las catapul-tas para armar
tanto caos como podáis, evitad que asalten el Ala de Dragón y defended a
nuestras familias con vuestras vidas. ¿Lo has entendido?
Uthar le dirigió una mirada
llana, y Roran temió que no aceptara sus órdenes. Luego el curtido marinero
gruñó y dijo:
-Sí, sí, Martillazos.
Los pesados pasos de Horst
precedieron su llegada al alcázar.
-¿Qué pretendes hacer,
Roran?
-¿Hacer? -Roran se echó a
reír y se dio la vuelta brusca¬mente para quedar cara a cara con el herrero-.
¿Hacer? ¡Vaya, pretendo cambiar el destino de Alagaésia!
Eldest
Eragon apenas se dio cuenta
de que Saphira lo llevaba de nuevo a la agitada confusión de la batalla. Se
había enterado de que Roran se echaba a la mar, pero nunca se le había ocurrido
que su primo pudiera dirigirse hacia Surda, ni que se iban a reunir de aquella
manera. ¡Y los ojos de Roran! Sus ojos habían taladrado a Eragon,
interrogantes, aliviados, ra¬biosos... acusa-torios. En ellos, Eragon había
visto que su pri¬mo se había enterado de su papel en la muerte de Garrow y que
aún no le había perdonado.
Sólo cuando una espada
rebotó en los protectores de sus piernas reconcentró la atención en lo que lo
rodeaba. Soltó un grito ronco y lanzó un mandoble hacia abajo, cortando al
sol-dado que lo había atacado. Maldiciéndose por haber tenido tan poco cuidado,
Eragon entró en contacto con Trianna y le dijo:
En ese barco no hay ningún
enemigo. Corre la voz de que no de¬ben atacarlo. Pregúntale a Nasuada si, como
favor, puede enviar un heraldo a explicar la situación y a asegurarse de que se
mantengan ale-jados de la batalla.
Como quieras, Argetlam.
Desde el flanco oeste de la
batalla, donde había aterriza¬do, Saphira cruzó los Llanos Ar-dientes con unos
pocos pa¬sos gigantescos hasta detenerse delante de Hrothgar y sus enanos.
Eragon desmontó y se acercó al rey. Este lo saludó:
-¡Ave, Argetlam! ¡Ave,
Saphira! Parece que los elfos han hecho contigo más de lo que ha-bían
prometido.
Orik estaba a su lado.
-No, señor, fueron los
dragones.
-¿De verdad? Tengo que oír
tus aventuras cuando haya¬mos terminado este maldito traba-jo. Me alegré de que
acep¬taras mi oferta de convertirte en miembro de Dürgrimst In-geitum. Es un
honor que formes parte de mi familia.
-Y tú de la mía.
Hrothgar se rió, luego se
volvió hacia Saphira y dijo:
-Aún no he olvidado tu
promesa de arreglar Isidar Mithrim, dragón. Ahora mismo están nuestros
artesanos mon¬tando el zafiro estrellado en el centro de Tronjheim. Ardo en
deseos de verlo entero de nuevo.
Ella inclinó la cabeza.
Lo prometí, y así será.
Eragon transmitió sus
palabras, y Hrothgar alargó un dedo nudoso y tocó una de las planchas metálicas
del costa¬do del dragón.
-Veo que llevas nuestra
armadura. Espero que te haya servido.
Mucho, rey Hrothgar -dijo
Saphira, por medio de Era¬gon-. Me ha evitado muchas heridas.
Hrothgar se estiró y blandió
a Volund, con una chispa en sus ojos hundidos.
-Bueno, ¿desfilamos y
volvemos a probar el martillo en la forja de la batalla? -Volvió la vista hacia
sus guerreros y gritó-: ¡Akh sartos oen dürgrimst!
-¡Vor Hrothgarz korda! ¡Vor
Hrothgarz korda!
Eragon miró a Orik, quien
tradujo con un poderoso grito:
-¡Por el martillo de
Hrothgar!
Eragon se sumó al grito y
corrió con el rey enano hacia las encarnadas filas de soldados, con Saphira a
su lado.
Al fin, con la ayuda de los
enanos, la batalla volvía a de¬cantarse a favor de los vardenos. Juntos
empujaron a las fuerzas del Imperio, las dividieron, las aplastaron y
obliga¬ron al extenso ejército de Galbatorix a abandonar las posi¬ciones que
había conquistado desde la ma-ñana. Sus esfuer¬zos contaron con la ayuda de los
venenos de Angela, que seguían causando efecto. Muchos de los oficiales del
Imperio se comportaban de manera irracional, dando órdenes que facilitaban a
los vardenos penetrar en su ejército y sem¬brar el caos a su paso. Los soldados
parecían darse cuenta de que ya no les sonreía la fortuna, pues cientos de
ellos se rin¬dieron o desertaron directamente y se volvieron contra sus
antiguos camaradas, o tiraron las armas y huyeron.
Y el día se alargó hacia el
anochecer.
Eragon estaba en plena
batalla con dos soldados cuando una jabalina en llamas pasó por encima y se
clavó en una de las tiendas del comando del Imperio, a unos veinte metros,
in-cendiando la tela. Eragon se deshizo de sus oponentes, miró hacia atrás y
vio que docenas de misiles en llamas se arqueaban desde el barco del río Jiet.
«¿A qué estás jugando, Roran?», se preguntó Eragon, antes de cargar contra el
siguiente gru¬po de soldados.
Poco después sonó una trompa
en la retaguardia del ejército del Imperio y después otra y aún otra más.
Alguien empezó a redoblar un sonoro tambor, cuyos retumbos aca¬llaban el campo
porque todo el mundo miraba alrededor para descubrir el origen de aquel latido.
Mientras Eragon miraba, una figura de mal agüero se destacó en el horizonte
hacia el norte y se alzó en el refulgente cielo por encima de los Llanos
Ardientes. Los cuervos rapaces se dis-persaron ante la sombra negra dentada,
que se balanceaba inmóvil en las corrientes térmicas. Al principio Eragon pensó que sería un
Lethrblaka, una de las monturas de los ra'zac. Luego, un rayo de luz se escapó
de las nubes e iluminó de lado la figu¬ra desde el oeste.
Un dragón rojo flotaba
encima de ellos, brillante y chis¬peante bajo el rayo de sol, como un lecho de
ascuas al rojo vivo. Las membranas de sus alas eran del color del vino
sos¬tenido an-te una antorcha. Sus garras, sus dientes y las púas de la columna
eran blancos como la nieve. En sus ojos ber¬mellones brillaba un terrible
regocijo. Llevaba una silla ata¬da a la grupa, y en la silla iba un hombre
vestido con una ar¬madura de hierro pulido y armado con una espada corta.
El miedo se apoderó de Eragon.
«¡Galbatorix ha conse¬guido que incube otro dragón!»
Entonces el hombre de hierro
alzó la mano izquierda y un rayo de crujiente energía rubí saltó desde su palma
y gol¬peó a Hrothgar en el pecho. Los hechiceros enanos soltaron un gri-to de
agonía al consumirse su energía en el intento de bloquear el ataque. Cayeron
muertos al suelo, y luego Hroth¬gar se llevó una mano al corazón y se desplomó.
Los enanos soltaron un gran grito de desánimo al ver caer a su rey.
-¡No! -gritó Eragon, al
tiempo que Saphira protestaba con un rugido.
Fulminó con una mirada de
odio al Jinete enemigo.
Té mataré por esto.
Eragon sabía que, en aquella
situación, Saphira y él esta¬ban demasiado cansados para enfrentarse a un
enemigo tan poderoso. Miró a su alrededor y distinguió a un caballo tum-bado en
el lodo, con una lanza clavada en el costado. El se¬mental seguía vivo. Eragon
le puso una mano en el cuello y murmuró: «Duérmete, hermano». Luego transfirió
a sí mis¬mo y a Saphira la energía que le quedaba. No era la suficien¬te para
recuperar todas sus fuerzas, pero calmó sus músculos doloridos y detuvo los
temblores de las piernas.
Rejuvenecido, Eragon montó
de un salto en Saphira y gritó:
-¡Orik, toma el mando de los
tuyos!
Vio que Arya lo miraba desde
el otro lado del campo con preocupación. La eliminó de su mente mientras
tensaba las correas de la silla en torno a sus piernas. Luego Saphira se lanzó
hacia el dragón rojo, agitando las alas a un ritmo fu¬rioso para obtener la
velocidad necesaria.
Espero que recuerdes las
lecciones de Glaedr -le dijo Eragon. Agarró bien el escudo.
En vez de contestarle,
Saphira envió sus pensamientos con un rugido al otro dragón:
¡Traidor! ¡Ladrón de huevos,
perjuro, asesino!
Luego, como un solo cuerpo,
ella y Eragon asaltaron las mentes de la otra pareja con la intención de
superar sus de¬fensas. A Eragon le pareció extraña la conciencia del Jinete,
como si contuviera multitudes; abundantes voces distintas susurradas en la caverna
de su mente, como espíritus encar¬celados que suplicaran su liberación.
En cuanto entablaron
contacto, el Jinete contraatacó con un estallido de pura energía su-perior al
que era capaz de generar el mismísimo Oromis. Eragon se retiró en las
profundida-des de sus barreras, recitando frenéticamente unos ripios que Oromis
le había enseñado a usar en cir¬cunstancias como ésa:
Bajo un frío y vacío cielo
invernal, Había un hombre minúsculo con una espada de plata. Saltaba y lanzaba
golpes con un frenesí febril, Luchando contra las fuerzas reunidas ante él...
El asedio de la mente de
Eragon amainó cuando Saphira y el dragón rojo colisionaron, como dos meteoros
incandes¬centes chocando de cabeza. Forcejearon, se dieron mutuas pata-das en
el vientre con las patas traseras. Sus talones pro¬vocaban chirridos horrendos
al rozar la armadura de Saphi¬ra y las escamas lisas del dragón rojo. Éste era
más pequeño que Saphi-ra, pero tenía las piernas y los hombros más grue¬sos.
Consiguió deshacerse de ella por un instante con una patada, pero luego
volvieron a acercarse, luchando ambos por agarrar el cuello del contrario entre
las mandíbulas.
Eragon no pudo más que
sostener a Zar'roc mientras los dragones se desplomaban hacia el suelo,
atacándose mutua¬mente con terribles patadas y coletazos. Apenas a cincuenta
me-tros de los Llanos Ardientes, Saphira y el dragón rojo se soltaron y
lucharon por recuperar al-tura. En cuanto hubo detenido la caída, Saphira echó
el cuello atrás como una ser¬piente a punto de atacar y soltó un grueso
torrente de fuego.
No llegó a su destino; a
cuatro metros del dragón rojo, el fuego se bifurcó y pasó por sus costados sin
causar el menor daño. «Maldita sea», pensó Eragon. Justo cuando el dragón rojo
abría la boca para contraatacar, Eragon gritó:
-¡Skólir nosu fra brisingr!
Justo a tiempo. El estallido
giró en torno a ellos, pero ni siquiera abrasó las escamas de Saphira.
Luego Saphira y el dragón
rojo aceleraron entre las es¬trías de humo hacia el cielo claro y gélido que
quedaba más allá, lanzándose adelante y atrás mientras intentaban mon¬tar
encima de su oponente. El dragón rojo dio un mordisco a la cola de Saphira, y
ella y Eragon gritaron de dolor com¬partido. Boqueando por el esfuerzo, Saphira
ejecutó una tensa voltereta hacia atrás y terminó detrás del otro dragón, que
entonces pivotó hacia la izquierda e intentó trazar una espiral para quedar
encima de ella.
Mientras los dragones
libraban su duelo con acrobacias cada vez más complejas, Eragon se dio cuenta
de una mo¬lestia que se producía en los Llanos Ardientes: los hechice¬ros de Du
Vrangr Gata eran acosados por dos magos nuevos del Imperio. Éstos eran mucho
más pode-rosos que los ante¬riores. Ya habían matado a un miembro de Du Vrangr
Gata y estaban des-trozando las barreras del segundo. Eragon oyó que Trianna
gritaba en su mente:
¡Eragon! ¡Tienes que
ayudarnos! No podemos detenerlos. Mata¬rán a todos los vardenos. Ayúd-anos, son
los...
La voz se desvaneció cuando
el Jinete atacó su conciencia.
-Esto ha de terminar -espetó
Eragon entre dientes mientras se esforzaba por soportar el a-taque. Por encima
del cuello de Saphira, vio que el dragón rojo se lanzaba hacia ellos desde
abajo. Eragon no se atrevió a abrir su mente para hablar con ella, así que lo
dijo en voz alta-: ¡Cógeme!
Con dos golpes de Zar'roc,
cortó las correas que sujeta¬ban sus piernas y abandonó de un salto la grupa de
Saphira.
«Es una locura», pensó
Eragon. Se rió de pura excitación mareada al notar que la sensa-ción de levedad
se apoderaba de él. El roce del aire le quitó el yelmo, y los ojos, aguados,
em-pezaron a picarle. Eragon soltó el escudo y abrió los brazos y las piernas,
tal como le había enseñado Oromis, para estabilizar el vuelo. Abajo, el Jinete
de la armadura de hierro se había percatado de la acción de Eragon. El dragón
rojo se desvió hacia la izquierda de Eragon, pero no pudo esquivar¬lo. Éste
lanzó una estocada con Zar'roc cuando el flanco del dragón pasaba a su lado y
sintió que el filo se hundía en la corva de la criatura antes de que la inercia
se lo llevara.
El dragón soltó un rugido de
agonía.
El impacto del golpe dejó a
Eragon girando en el aire, arriba, abajo, en todas las direccio-nes. Cuando
consiguió de¬tener la rotación, se había desplomado ya a través de las nu¬bes y
se encaminaba a un rápido y fatal aterrizaje en los Lla¬nos Ardientes. Podía
detenerse por medio de la magia si era necesario, pero habría agotado sus
reservas de energía. Miró por encima de los dos hombros.
Vamos, Saphira, ¿dónde
estás?
Como si quisiera
responderle, ella apareció entre el humo apestoso, con las alas bien pegadas al
cuerpo. Trazó una cur¬va por debajo de él y abrió un poco las alas para detener
la caída. Con cuidado de no empalarse en una de sus púas, Era¬gon maniobró para
volver a instalarse en la silla y agradeció el regreso de la sensación de
gravedad cuando ella cortó el descenso.
Nunca me vuelvas a hacer eso
-dijo ella bruscamente.
Eragon comprobó que la
sangre corría por el filo de Zar'roc.
Ha salido bien, ¿no?
Su satisfacción desapareció
al darse cuenta de que su es¬tratagema había dejado a Saphira a merced del otro
dragón. La estaba sobrevolando, apurándola hacia un lado y hacia el otro para
obligarla a descender al suelo. Saphira trataba de maniobrar para salir de
debajo de él, pero cada vez que lo hacía, el otro dragón se le echaba encima y
la abofeteaba con las alas pa-ra obligarla a cambiar de dirección.
Los dragones siguieron
retorciéndose y lanzándose has¬ta que les empezó a colgar la len-gua, se les
caían las colas y dejaron de aletear para limitarse a planear.
Con la mente cerrada de
nuevo a cualquier contacto, por amistoso que fuera, Eragon habló en voz alta:
-Aterriza, Saphira; no sirve
para nada. Me enfrentaré a él en tierra.
Con un gruñido de débil
resignación, Saphira descendió sobre la zona despejada más cer-cana, una
pequeña meseta de piedra en la orilla oeste del río Jiet. El agua se había
vuel¬to roja de tanta sangre derramada en la batalla. Eragon saltó de Saphira
en cuanto ésta aterrizó en la meseta y comprobó la firmeza del suelo. Era liso
y duro, sin nada en que trope¬zar. Asintió complacido.
Unos pocos segundos después,
el dragón rojo pasó vo¬lando sobre sus cabezas y se detuvo en el extremo
opuesto de la meseta. No apoyaba la pierna izquierda de atrás para no agravar
la herida: un tajo largo que casi cortaba el mús¬culo. El dragón temblaba de
arriba abajo, como un perro herido. Intentó saltar hacia delante, pero luego se
detuvo y gruñó a Eragon.
El Jinete enemigo se desató
las piernas y se deslizó por la pata ilesa de su dragón. Luego lo rodeó y
examinó su pier¬na. Eragon lo dejó: sabía el dolor que le causaría ver la
heri¬da que había sufrido el compañero al que estaba vinculado. Sin embargo, esperó
demasiado, pues el Jinete musitó unas pocas palabras indescifrables y, en menos
de tres segundos, la herida del dragón estaba curada.
Eragon temblaba de miedo.
«¿Cómo ha podido hacerlo tan rápido y con un hechizo tan corto?» Sin embargo,
fuera quien fuese, no se trataba de Galbatorix, cuyo dragón era negro.
Eragon se aferró a esa
noción mientras daba un paso adelante para enfrentarse al Jinete. Cuando se
juntaron en el centro de la meseta, Saphira y el dragón rojo trazaron cír¬culos
tras ellos.
El Jinete agarró su espada
con las dos manos y la giró por encima de la cabeza, apuntando a Eragon, quien
alzó a Zar'roc para defenderse. Sus filos chocaron con un estallido de chispas
encarnadas. Luego Eragon empujó a su oponen¬te y empezó una serie compleja de
golpes. Lanzaba y esqui¬vaba estocadas, bailando sobre los pies ligeros
mientras for¬zaba al Jinete de armadura de hierro a retirarse hacia el límite
de la meseta.
Cuando llegaron al borde, el
Jinete defendió su terre¬no, esquivando los ataques de Era-gon por muy
inteligen¬tes que fueran. «Es como si fuera capaz de anticipar todos mis
movi-mientos», pensó Eragon, frustrado. Si hubiera po¬dido descansar, le habría
resultado más fácil batir al Jinete, pero tal como estaba, no conseguía tomar
ventaja. El Jinete no tenía la veloci-dad y la fuerza de un elfo, pero su
habi¬lidad técnica era mayor que la de Vanir y tan buena como la de Eragon.
Éste sintió un toque de
pánico cuando su golpe inicial de energía empezó a desvanecerse sin que hubiera
conseguido nada más que un leve rasguño en la brillante pechera de la arma-dura
del Jinete. Las últimas reservas de energía alma¬cenadas en el rubí de Zar'roc
y en el cinturón de Beloth el Sabio apenas bastaban para mantener sus esfuerzos
un mi¬nuto más. En-tonces el Jinete dio un paso adelante. Y luego otro. Y antes
de que Eragon se diera cuenta, ha-bían regresa¬do al centro de la meseta, donde
se quedaron cara a cara, in¬tercambiando golpes.
Zar'roc pesaba tanto en su
mano, que Eragon apenas po¬día alzarla. Le ardía el hombro, necesitaba boquear
para res¬pirar y el sudor le bañaba la cara. Ni siquiera su deseo de vengar a
Hrothgar podía ayudarle a superar el agotamiento.
Al fin Eragon resbaló y cayó
al suelo. Decidido a que no lo mataran en el suelo, rodó para ponerse de nuevo
en pie y lanzó una estocada al Jinete, que desvió a Zar'roc a un lado con un
leve giro de la muñeca.
La floritura que el Jinete
trazó a continuación con la es¬pada -describiendo un rápido círculo lateral- le
fue familiar a Eragon, como ya le había ocurrido con todos sus movi-mientos
anteriores. Miró fijamente con un creciente horror la espada corta de su
enemigo y luego las ranuras para los ojos de su yelmo espejeado y gritó:
-¡Te conozco!
Se lanzó contra el Jinete,
con las espadas atrapadas entre ambos cuerpos, clavó los ojos por debajo del
yelmo y lo arrancó. Y allí, en el centro de la meseta, a un lado de los Llanos
Ardientes de Alagaésia, estaba Murtagh.
El legado
Murtagh sonrió. Luego dijo:
-Thrysta vindr.
Y una dura bola de aire
ardió en llamas entre ellos y gol¬peó a Eragon en el centro del pecho,
lanzándolo seis metros por el aire en la meseta.
Mientras caía de espaldas,
Eragon oyó que Saphira rugía. Su visión se tino de rojo y ne-gro, y luego se
arrebujó for¬mando una pelota mientras esperaba que pasara el dolor. Cual-quier
placer que hubiera sentido por la reaparición de Murtagh quedó anulado por las
macabras circunstancias del reencuentro. Una inestable mezcla de impresión,
confusión y ra-bia hervía en su interior.
Murtagh bajó la espada y
señaló a Eragon con su mano envuelta en hierro, cerrando todos los dedos menos
el índi¬ce para formar un puño espinoso.
-Nunca supiste rendirte.
Un escalofrío recorrió la
columna vertebral de Eragon, pues acababa de reconocer una es-cena de la
premonición que había experimentado mientras remaba por el Az Ragni hacia
Hedarth:
Había un hombre tumbado en
el barro revuelto, con el yelmo partido y la malla ensangrentada... Su rostro
se escondía detrás de un brazo alzado. Una mano con guante de hierro entró en
la visión de Era-gon y señaló al hombre caído con la autoridad del mismísimo
destino.
El pasado y el futuro
acababan de converger. Ahora se decidiría la condena de Eragon.
Eragon se levantó a
trompicones, tosió y dijo:
-Murtagh... ¿cómo puede ser
que estés vivo? Vi cómo los úrgalos te llevaban bajo tierra. Intenté invocarte,
pero sólo veía oscuridad.
Murtagh soltó una risa
triste.
-No veías nada, como yo
cuando intentaba invocarte du¬rante los días que pasé en Urú'ba-en.
-¡Pero estabas muerto!
-gritó Eragon, casi incoherente-. Moriste bajo Farthen Dür. Arya encontró tu
ropa ensan¬grentada en los túneles.
Una sombra oscureció el
rostro de Murtagh.
-No, no morí. Fue cosa de
los gemelos, Eragon. Toma¬ron el control de un grupo de úrga-los y prepararon
una emboscada para matar a Ajihad y capturarme. Luego me em-brujaron para que
no pudiera escapar y me trasladaron a Urü'baen.
Eragon meneó la cabeza,
incapaz de entender lo que ha¬bía pasado.
-Pero ¿por qué aceptaste
servir a Galbatorix? Me dijiste que lo odiabas. Me dijiste...
-¿Aceptar? -Murtagh se echó
de nuevo a reír; esta vez su estallido contenía un toque de locura-. No acepté
nada. Pri¬mero Galbatorix me castigó por haber estropeado sus años de
protección cuando me criaba en Urú'baen, por desafiar su voluntad y escaparme.
Luego me sonsacó todo lo que sa¬bía de ti, de Saphira y de los vardenos.
-¡Nos traicionaste! Yo
lloraba tu pérdida, y tú nos trai¬cionaste.
-No tenía otra opción.
-Ajihad tenía razón cuando
te encerró. Tendría que ha¬ber dejado que te pudrieras en tu celda, y nada de
esto...
-¡No tenía otra opción!
-gruñó Murtagh-. Y cuando Es¬pina prendió para mí, Galbatorix nos obligó a los
dos a ju¬rarle lealtad en el idioma antiguo. Ahora no podemos de-sobedecerle.
La pena y el asco crecieron
en el interior de Eragon.
-Te has convertido en tu
padre.
Un extraño brillo asomó a
los ojos de Murtagh.
-No, en mi padre no. Soy más
fuerte que Morzan. Galbatorix me ha enseñado cosas de la magia que tú ni
siquiera has soñado. Hechizos tan poderosos que los elfos no se atre¬ven a
pronunciarlos, porque son unos cobardes. Palabras del idioma antiguo que se perdieron
hasta que Galbatorix las descubrió. Maneras de manipular la energía...
Secretos, secretos terribles que pueden destruir a los enemigos y cum¬plir
cualquier deseo.
Eragon recordó algunas
lecciones de Oromis y replicó:
-Cosas que deberían seguir
siendo secretas.
-Si las conocieras, no lo
dirías. Brom era un diletante, sólo eso. ¿Y los elfos? Bah... Lo único que
saben hacer es es¬conderse en su fortaleza y esperar que los conquisten.
-Mur¬tagh reco-rrió a Eragon con la mirada-. Ahora pareces un elfo. ¿Eso te lo
ha hecho Islanzadí? -Al ver que Eragon guar¬daba silencio, Murtagh sonrió y se
encogió de hombros-. No importa. Lo voy a saber bien pronto.
Se detuvo, frunció el ceño y
luego miró hacia el este.
Eragon siguió la dirección
de su mirada y vio a los geme¬los en el frente del Imperio, lanzando bolas de
energía hacia las filas de vardenos y enanos. Las cortinas de humo
dificul¬taban la visión, pero Eragon estaba seguro de que los magos calvos
sonreían y reían mientras destrozaban a los hombres a quienes en otro tiempo
habían jurado solemne amistad. Pero de lo que los gemelos no se habían dado
cuenta -mien¬tras que Eragon y Murtagh sí lo veían con claridad desde su
ventajosa atalaya- era que Roran se estaba acercando a ellos por un lado.
El corazón de Eragon dio un
vuelco al reconocer a su primo. «¡No seas tonto! ¡Aléjate de ellos! Te van a
matar.»
Justo cuando Eragon abría la
boca para lanzar un hechi¬zo que alejara a Roran del peligro -por muy caro que
le cos¬tara-, Murtagh dijo:
-Espera. Quiero ver qué
hace.
-¿Por qué?
Una sombría sonrisa cruzó el
rostro de Murtagh.
-Los gemelos disfrutaron
torturándome cuando me te¬nían cautivo.
Eragon lo miró con
suspicacia:
-¿No le vas a hacer daño?
¿No vas a avisar a los gemelos?
-Vel einradhin iet ai
Shur'tugal. Palabra de Jinete.
Vieron juntos cómo Roran se
escondía tras un montón de cadáveres. Eragon se tensó al ver que los gemelos
mira¬ban hacia el montón. Por un instante pareció que lo habían detecta-do,
pero luego se dieron la vuelta y Roran saltó. Blan¬dió el martillo y golpeó a
uno de los gemelos en la cabeza, partiéndole el cráneo. El otro gemelo cayó al
suelo entre convulsiones y emitió un grito hasta que encontró el fin de sus
días bajo el martillo de Roran. Luego éste plantó un pie sobre los cadáveres de
sus enemigos, alzó el martillo por en¬cima de la cabeza y soltó un rugido
victorioso.
-¿Y ahora qué?-quiso saber
Eragon, apartando la mira¬da del campo de batalla-. ¿Has venido a matarme?
-Claro que no. Galbatorix te
quiere vivo.
-¿Para qué?
Murtagh retorció los labios.
-¿No lo sabes? ¡Ja! ¡Menuda
broma! No es por ti; es por ella. -Señaló con un dedo a Saphi-ra-. El dragón
del último huevo de Galbatorix, el último huevo de dragón del mundo, es macho.
Saphira es la única hembra que existe. Si procrea, será la madre de toda su
raza. ¿Lo entiendes ahora? Galbato¬rix no quiere erradicar a los dragones.
Quiere usar a Saphira para reconstruir a los Jinetes. No puede matarte, no
puede matar a ninguno de los dos si quiere que su visión se convier¬ta en
realidad... Y menuda visión, Eragon. Tendrías que oírse¬la des-cribir y
entonces tal vez no tendrías tan mala opinión de él. ¿Está mal que quiera unir
Alagaé-sia bajo una sola bandera, eliminar la necesidad de guerrear y
restablecer los Jinetes?
-Para empezar, fue él quien
los destruyó.
-Y tuvo sus buenas razones
-afirmó Murtagh-. Estaban viejos, gordos y corrompidos. Los elfos los
controlaban y los usaban para subyugar a los humanos. Había que deshacerse de
e-llos para volver a empezar.
Los rasgos de Eragon se
contorsionaron de furia. Echó a caminar arriba y abajo por la meseta, con la
respiración pe¬sada, y luego señaló la batalla y dijo:
-¿Cómo puedes justificar que
se cause tanto sufrimiento por los desvaríos de un loco? Galbatorix no ha hecho
más que quemar, matar y amasar poder. Miente. Asesina. Mani¬pula. ¡Y tú lo
sabes! Por eso te negaste a trabajar para él de entrada. -Eragon se detuvo y
adoptó un tono más amable-: Entiendo que te vieras obligado a actuar en contra
de tu vo¬luntad y que no eres responsable de haber matado a Hrothgar. Pero
puedes intentar escapar. Estoy seguro de que Arya y yo podríamos inventar una
manera de neutralizar los lazos que te ha echado encima Galbatorix... Únete a
mí, Murtagh. Podrías hacer tanto por los vardenos... Con noso-tros, serías
alabado y admirado, en vez de maldecido, temido y odiado.
Murtagh miró un momento su
espada llena de muescas, y Eragon confió en que aceptaría. Luego, en voz baja,
dijo:
-No puedes ayudarme, Eragon.
Sólo Galbatorix puede liberarnos de nuestro juramento, y no lo hará jamás...
Co¬noce nuestros verdaderos nombres, Eragon... Somos sus es¬clavos para
siempre.
Por mucho que quisiera,
Eragon no podía negar la com¬pasión que sentía por la situación de Murtagh. Con
la mayor gravedad, contestó:
-Entonces, déjanos mataros a
los dos.
-¡Matarnos! ¿Por qué iba a
permitirlo?
Eragon escogió sus palabras
con cuidado:
-Te liberaría del control de
Galbatorix. Y salvaría la vida de cientos o miles de personas. ¿No te parece
una causa su¬ficientemente noble para sacrificarte por ella?
Murtagh negó con la cabeza.
-Tal vez lo sea para ti,
pero yo aún encuentro la vida de¬masiado dulce para despedirme de ella tan
fácilmente. Nin¬guna vida ajena es más importante que la de Espina o la mía.
Por mucho que lo odiara -de
hecho, por mucho que odiara toda aquella situación-, Eragon sabía lo que debía
hacer. Renovando su ataque a la mente de Murtagh, saltó ha¬cia delante,
perdiendo el contacto del suelo con los dos pies al lanzarse hacia su enemigo
con la intención de clavarle una estocada en el corazón.
-¡Letta! -ladró Murtagh.
Eragon cayó al suelo, y unas
cintas invisibles anudaron sus brazos y sus piernas, inmovilizándolo. A su
derecha, Saphira soltó un chorro de fuego rizado y saltó contra Mur-tagh como
un gato que se abalanzara sobre un ratón.
-¡Risa! -ordenó Murtagh,
extendiendo una mano como una zarpa, como si pretendiera atraparla.
Saphira soltó un grito
ahogado de sorpresa cuando el he¬chizo de Murtagh la detuvo en el aire y la
sostuvo allí, flotan¬do unos palmos por encima de la meseta. Por mucho que se
retorciera, no conseguía tocar el suelo, ni alzar el vuelo.
«¿Cómo puede seguir siendo
humano y tener la fuerza necesaria para hacer eso?-se pre-guntó Eragon-. A
pesar de mis nuevas habilidades, si emprendiera esa tarea, me que¬daría sin
respiración y no podría ni caminar.» Confiando en la experiencia que había adquirido
al contrarrestar los he¬chizos de Oromis, Eragon dijo:
-¡Brakka du vanyalí sem
huildar Saphira un eka!
Murtagh no intentó detenerlo
y se limitó a mirarlo con ojos apagados, como si la resisten-cia de Eragon le
pareciera una inútil molestia. Eragon rechinó los dientes y redobló sus
es-fuerzos. Sentía las manos frías, le dolían los huesos y se le frenaba el
pulso a medida que la magia absorbía sus ener¬gías. Sin necesidad de pedírselo,
Saphira sumó sus fuerzas y le concedió el acceso a los formidables recursos de
su cuerpo.
Pasaron cinco segundos...
Veinte segundos... Una
gruesa vena latía en el cuello de Murtagh.
Un minuto...
Un minuto y medio... Temores
involuntarios recorrían a Eragon. Sus cuadríceps y sus corvas temblaban, y si
hubiera llegado a tener libertad de movimientos, las piernas habrían flaqueado.
Pasaron dos minutos...
Al fin Eragon se vio
obligado a abandonar la magia, pues se arriesgaba a perder la con-ciencia y
caer en el vacío. Se quedó doblado, gastado por completo.
Antes tenía miedo, pero sólo
porque pensaba que podía fracasar. Ahora lo tenía porque no sabía de qué era
capaz Murtagh.
-No puedes competir conmigo
-dijo éste-. Nadie puede, aparte de Galbatorix. -Se acercó a Eragon y apuntó a
su cue¬llo con la espada, rasgándole la piel. Eragon resistió el im-pulso de
apartarse-. Qué fácil sería llevarte a Urü'baen.
Eragon lo miró al fondo de
los ojos.
-No. Déjame ir.
-Acabas de intentar matarme.
-Y tú hubieras hecho lo
mismo en mi situación. -Al ver que Murtagh permanecía callado e inmutable,
Eragon aña¬dió-: En otro tiempo fuimos amigos. Luchamos juntos. No puede ser
que Galbatorix te haya cambiado tanto como para olvidar... Si lo haces, Murtagh,
estarás per-dido para siempre.
Pasó un largo minuto en el
que el único sonido fue el clamor y los gritos de los ejércitos enfrentados. La
sangre go¬teaba por el cuello de Eragon, donde le había cortado la punta de la
espada. Saphira dio un coletazo de pura rabia desesperada.
Al fin, Murtagh dijo:
-Me ordenaron que intentara
capturaros a ti y a Saphira. -Hizo una pausa-. Lo he intentado... Asegúrate de
que nues¬tros caminos no vuelvan a cruzarse. Galbatorix me hará pro¬nunciar
nuevos juramentos en el idioma antiguo que me impedirán tener piedad contigo la
próxima vez que nos en¬contremos.
Bajó la espada.
-Estás haciendo lo que debes
-dijo Eragon.
Intentó dar un paso atrás,
pero seguía inmovilizado.
-Tal vez. Antes de que te
deje ir... -Murtagh arrancó a Zar'roc del puño de Eragon y soltó la funda que
éste llevaba prendida al cinturón de Beloth el Sabio-. Si me he converti-do en
mi padre, tendré que usar su espada. Espina es mi dra¬gón y será una espina
para todos nuestros enemigos. En¬tonces, parece justo que lleve la espada
Suplicio. Suplicio y Espina, buen equi-po. Además, Zar'roc tenía que haber
pasa¬do al hijo mayor de Morzan, no al menor. Es mía por dere¬cho de
nacimiento.
Un pozo frío se formó en el
estómago de Eragon. «No puede ser.»
Una sonrisa cruel apareció
en el rostro de Murtagh.
-Nunca te dije el nombre de
mi madre, ¿verdad? Y tú no me dijiste el de la tuya. Lo diré ahora: Selena.
Selena era mi madre, y la tuya. Morzan era nuestro padre. Los gemelos
adivi-naron la conexión mientras hurgaban en tu mente. A Galbatorix le interesó
mucho conocer e-sa información par¬ticular.
-¡Mientes! -exclamó Eragon.
No podía soportar la idea de
ser hijo de Morzan. «¿Lo sa¬bía Brom? ¿Lo sabía Oromis?... ¿Por qué no me lo
dijo na¬die?» Entonces recordó que Angela había predicho que al¬guien de su
familia lo traicionaría. «Tenía razón.»
Murtagh se limitó a menear
la cabeza, repitió sus pala¬bras en el idioma antiguo y luego a-cercó los
labios al oído de Eragon y susurró:
-Tú y yo somos lo mismo,
Eragon. La misma imagen re¬flejada. No puedes negarlo.
-Te equivocas -gruñó Eragon,
luchando contra el he¬chizo-. No nos parecemos. Yo ya no tengo la cicatriz en
la es¬palda.
Murtagh se echó hacia atrás
como si le hubieran pincha¬do, y su rostro se endureció y se volvió frío. Alzó
a Zar'roc y la sostuvo delante del pecho.
-Pues así sea. Te cojo mi
legado, hermano. Adiós.
Luego recogió el yelmo del
suelo y montó en Espina. No miró a Eragon ni una sola vez mientras el dragón se
agacha¬ba, alzaba las alas y sobrevolaba la meseta hacia el norte. Sólo cuando
Espina había desaparecido por el horizonte se soltó la red mágica que retenía a
Eragon y Saphira.
Los talones de Saphira
golpearon la piedra al aterrizar. Se arrastró hasta Eragon y le tocó un brazo
con el morro.
¿Estás bien, pequeñajo?
Estoy bien.
Pero no estaba bien, y lo
sabía.
Eragon caminó hasta el borde
de la meseta y supervisó los Llanos Ardientes y el campo tras la batalla, pues
ésta ha¬bía terminado. Con la muerte de los gemelos, los vardenos y los enanos
habían recuperado el terreno perdido y se ha¬bían visto capaces de derrotar a
las formaciones de soldados confundidos, arreándolos en manada hacia el río, o
forzán¬dolos a irse por donde habían venido.
Aunque el grueso de sus
fuerzas permanecía ileso, el Im¬perio había tocado a retirada, sin duda para
reagruparse y preparar un segundo intento de invadir Surda. Tras su este¬la
quedaban montones de cadáveres enmarañados de am¬bas partes del conflicto, una
cantidad de hombres y enanos suficiente para poblar una ciudad entera. El
espeso humo negro consu-mía los cuerpos que habían caído en las fumarolas de la
turba.
Ahora que había cesado la
lucha, los halcones, las águi¬las, los grajos y los cuervos descen-dían como
una mortaja so¬bre el campo.
Eragon cerró los ojos, y las
lágrimas desbordaron los pár¬pados.
Habían ganado, pero él había
perdido.
Reunión
Eragon y Saphira se abrieron
paso entre los cadáveres que se amontonaban en los Llanos Ardientes, avanzando
despacio por las heridas y el agotamiento. Se encontraron con otros
supervivientes que se tambaleaban sobre el campo de batalla calcinado, hombres
de miradas vacías que miraban sin llegar a ver, con la vista enfocada en la
distancia.
Ahora que la sed de sangre
había desaparecido, Eragon sólo sentía pena. La lucha le pare-cía totalmente
inútil. «Qué tragedia que deban morir tantos hombres para detener a un solo
loco.» Se detuvo para esquivar un racimo de flechas cla¬vadas en el lodo y se
dio cuenta de que Saphira tenía un tajo en la cola, donde la había mordido
Espina, además de otras heridas.
Ven, déjame tu fuerza; te
curaré.
Primero a los que están en
peligro de muerte.
¿Estás segura?
Del todo, pequeñajo.
Eragon asintió, se agachó y
curó el cuello partido de un soldado antes de dirigirse hacia uno de los
vardenos. No hizo distinciones entre enemigos y aliados y aplicó sus
habi¬lidades hasta el límite para ambos.
Eragon estaba tan ocupado
con sus pensamientos que no prestaba mucha atención a lo que hacía. Deseaba
poder re¬pudiar las afirmaciones de Murtagh, pero todo lo que éste había dicho
sobre su madre -la de los dos- coincidía con las pocas cosas que Eragon sabía
de ella: Selena había abando¬nado Carvahall unos veinte años antes, había
vuelto una vez para parir a Eragon y no la habían visto más. Su mente
retrocedió hasta el momento en que él y Murtagh llegaron a Farthen Dür. Murtagh
había comentado que su madre había desaparecido del castillo de Morzan cuando
éste perseguía a Brom, Jeod y el huevo de Saphira. «Cuando Morzan lanzó a
Zar'roc contra Murtagh y estuvo a punto de matarlo, mamá debió de disimular su
embarazo y volver a Carvahall para protegerme de Morzan y Galbatorix.» Le
animaba saber que Selena se había preocupado tanto por él.
Desde que alcanzara la edad
suficiente para entender que era hijo adoptivo, Eragon se había preguntado
quién era su padre y por qué su madre lo había dejado con su her¬mano Garrow y
Marian, la mujer de éste, para que lo criaran ellos. La fuente que ahora
acababa de arrojarle las respues¬tas era tan inesperada, y tan poco propicio el
lugar, que en aquel momento apenas conseguía entenderlo. Le iba a cos¬tar
meses, o incluso años, aceptar aquella revelación.
Eragon siempre había dado
por hecho que le encantaría conocer la identidad de su padre. Ahora que la
sabía, el dato le repugnaba. Cuando era más joven, a menudo se entrete¬nía
ima-ginando que su padre era alguien grande e impor¬tante, aunque Eragon sabía
que lo más pro-bable era lo con¬trario. Sin embargo, nunca se le había
ocurrido, ni en sus más extravagantes ensoñaciones, que pudiera ser el hijo de
un Jinete, y mucho menos de uno de los Apóstatas.
La ensoñación se había
convertido en pesadilla.
«Desciendo de un monstruo...
Mi padre fue el que trai¬cionó a los Jinetes ante Galbatorix.» Eragon tenía la
sensa¬ción de estar manchado.
«Pero no...» Mientras curaba
la columna partida de un hombre, se le ocurrió una nueva manera de contemplar
la situación, una manera que le devolvía parte de la confianza en sí mismo:
«Tal vez descienda de Morzan, pero él no es mi padre. Mi padre es Garrow. Él me
crió. Me enseñó a vivir bien con honradez, con integridad. Soy quien soy
gracias a él. Hasta Brom y Oromis son más padres míos que Morzan. Y mi hermano
es Roran, no Murtagh».
Eragon asintió, decidido a
mantener ese punto de vista. Hasta entonces, se había negado a aceptar del todo
a Garrow como su padre. Y por mucho que Garrow ya estuviera muer¬to, a-ceptarlo
ahora alivió a Eragon, le dio la sensación de ce¬rrar un asunto pendiente y le
ayudó a superar su angustia por Morzan.
Te has vuelto sabio -observó
Saphira.
¿Sabio? -Eragon negó con la
cabeza-. No, sólo he aprendido a pensar. Al menos eso me dio Oro-mis. -Eragon
retiró una capa de polvo del rostro de un niño que había portado el estandarte
para asegurarse de que efectivamente estaba muerto y luego estiró el cuerpo,
haciendo una mueca de dolor porque sus músculos protestaban con un espasmo-.
¿Te das cuenta de que Brom debía de saberlo, no? Si no, ¿por qué habría de
escoger Carva¬hall para esconderse mientras espe-raba que tú prendieras?...
Quería mantener vigilado al hijo de su enemigo. -Le inquietaba pensar que Brom
pudiera haberlo considerado como una amena¬za- Y además tenía razón. ¡Mira lo
que me pasó al final!
Saphira le acarició el pelo
con una vaharada de cálido aliento.
Recuerda que, fueran cuales
fuesen las razones de Brom, siempre intentó protegernos del peligro. Murió para
salvarte de los ra'zac.
Ya lo sé... ¿Crees que no me
dijo nada de todo esto porque temía que yo emulara a Morzan, igual que ha hecho
Murtagh?
Por supuesto que no.
La miró con curiosidad.
¿Cómo puedes estar tan
segura? -Ella alzó la cabeza por en¬cima de él y se negó a contestar o a
sostenerle la mirada-. Entonces, lo que tú digas.
Eragon se arrodilló junto a
un hombre del rey Orrin que tenía una flecha clavada en las tripas y le agarró
los brazos para que dejara de retorcerse.
-Tranquilo.
-Agua -gruñó el hombre-. Por
piedad, un poco de agua. Tengo la garganta seca, como si fuera de arena. Por
favor, Asesino de Sombras.
El sudor perlaba su frente.
Eragon sonrió y trató de
consolarlo.
-Puedo darte de beber ahora,
pero será mejor que espe¬res hasta que te haya curado. ¿Pue-des esperar? Si lo
haces, te prometo que podrás beber tanta agua como quieras.
-¿Lo prometes, Asesino de
Sombras?
-Lo prometo.
El hombre luchó visiblemente
contra una nueva oleada de agonía antes de decir:
-Si ha de ser así...
Con la ayuda de la magia
Eragon retiró la flecha, y él y Saphira unieron sus esfuerzos pa-ra reparar las
entrañas de aquel hombre, usando parte de la energía del guerrero para
ali-mentar el hechizo. Les costó unos cuantos minutos. Lue¬go, el hombre se examinó
el abdo-men, apretando la piel in¬maculada con las manos, y miró a Eragon con
lágrimas en los ojos.
-Yo... Asesino de Sombras,
tú...
Eragon le pasó su bota de
agua.
-Ten, quédatela. La
necesitas más que yo.
Unos cien metros más allá,
Eragon y Saphira atravesaron una agria pared de humo. Allí se encontraron con
Orik y otros diez enanos -entre los que había algunas mujeres-desple-gados en
torno al cuerpo de Hrothgar, tendido sobre cuatro escudos, resplandeciente en
su malla de oro. Los ena¬nos se tiraban de los pelos, se golpeaban el pecho y
gemían al cielo sus lamentos. Eragon agachó la cabeza y murmuró:
-Stydja unin mor'ranr,
Hrothgar Kónungr.
Al cabo de un rato Orik se
percató de su presencia y se le¬vantó, con la cara enrojecida de tanto llorar y
la trenza que solía llevar en la barba, deshecha. Se tambaleó hacia Eragon y,
sin más preámbulos, preguntó:
-¿Has matado al cobarde
responsable de esto?
-Se ha escapado.
Eragon no se sentía capaz de
explicar que el Jinete era Murtagh.
Orik se dio un puñetazo en
una mano.
-¡Barzúln!
-Pero te juro sobre todas
las piedras de Alagaésia que, como miembro del Dürgrimst Ingeitum, haré todo lo
que pueda por vengar la muerte de Hrothgar.
-Sí, y eres el único, aparte
de los elfos, que tiene la fuer¬za suficiente para someter a la justicia a ese
asqueroso asesi¬no. Y cuando lo encuentres... Aplástale los huesos hasta que se
conviertan en polvo, Eragon. Arráncale los dientes y llé¬nale las venas de
plomo derretido; haz que sufra por cada minuto de vida que le ha robado a
Hrothgar.
-¿No ha sido una buena
muerte? ¿Hrothgar no hubiera querido morir en plena batalla, con Volund en las
manos?
-En plena batalla, sí;
enfrentándose a un enemigo hon¬rado que se atreviera a plantarse ante él y
luchar como un hombre. No desplomado por los trucos de un mago... —Meneando la
cabeza, Orik volvió la vista hacia Hrothgar y luego se cruzó de brazos y pegó
la barbilla al cuello. Tomó aire con la respiración entrecortada-. Cuando la
viruela mató a mis padres, Hrothgar me devolvió la vida. Me llevó a su sala. Me
convirtió en su heredero. Perderlo a él... -Orik se apre¬tó el puente de la
nariz con el pulgar y el índice, tapándose la cara-. Perderlo a él es como
volver a perder a mi padre.
El dolor sonaba tan claro en
su voz, que Eragon se sintió como si compartiera la pena del enano.
-Lo entiendo -dijo.
-Sé que lo entiendes,
Eragon... Sé que lo entiendes. -Tras un momento, Orik se secó los ojos y señaló
a los diez enanos-. Antes de hacer nada más, hemos de llevar a Hroth¬gar a
Farthen Dür para poderlo enterrar con sus antepasa¬dos. El Dürgrimst Ingeitum
debe elegir a un nuevo grims-tborith, y luego los trece jefes de clan,
incluidos los que ves aquí, escogerán al nuevo rey entre ellos. Lo que vaya a
ocu¬rrir después, no lo sé. Esta tragedia alentará a al-gunos clanes a volverse
contra nuestra causa...
Volvió a menear la cabeza.
Eragon apoyó una mano en el
hombro de Orik.
-No te preocupes por eso
ahora. No tienes más que pe¬dirlo, y pondré mi brazo a tu servi-cio... Si
quieres, ven a mi tienda y podremos compartir un tonel de aguamiel y brin¬dar a
la memoria de Hrothgar.
-Me encantaría. Pero aún no.
No hasta que terminemos de suplicar a los dioses que conce-dan a Hrothgar un
pasaje seguro a la vida de ultratumba.
Orik abandonó a Eragon,
volvió al círculo de enanos y se sumó a sus lamentos.
Mientras seguían avanzando
por los Llanos Ardientes, Saphira dijo:
Hrothgar era un gran rey.
Sí, y buena persona -suspiró
Eragon.
Tendríamos que encontrar a
Arya y Nasuada. Ya no puedo cu¬rar ni un rasguño, y tienen que saber lo de
Murtagh.
De acuerdo.
Giraron hacia el campamento
de los vardenos, pero ape¬nas habían avanzado unos pocos metros cuando Eragon
vio que Roran se acercaba desde el río Jiet. Le invadió la inquie¬tud. Roran se
detuvo directamente delante de ellos, plantó los pies bien separados y miró
fijamen-te a Eragon, moviendo arriba y abajo la mandíbula como si quisiera
hablar pero no lograra que sus palabras pasaran más allá de los dientes.
Luego le dio un puñetazo a
Eragon en la barbilla.
A Eragon le hubiera
resultado fácil esquivar el golpe, pero permitió que acertara y se apartó sólo
un poco para evi¬tar que Roran se partiera los nudillos.
Aun así, le dolió.
Con una mueca de dolor,
Eragon se encaró a su primo.
-Supongo que me lo merecía.
-Claro que sí. Tenemos que
hablar.
-¿Ahora?
-No puede esperar. Los
ra'zac capturaron a Katrina, y necesito que me ayudes a rescatar-la. La tienen
desde que nos fuimos de Carvahall.
«De modo que es por eso.
-Eragon entendió por qué Ro¬ran parecía tan amargado y tortu-rado y por qué se
había lle¬vado a todos los aldeanos hasta Surda-. Brom tenía razón. Galba-torix
envió a los ra'zac al valle de Palancar.» Eragon frunció el ceño, dividido
entre sus responsabilidades con Roran y el deber de informar a Nasuada.
-Antes tengo que hacer algo,
y luego podremos hablar. ¿De acuerdo? Puedes acompañar-me si quieres.
-Voy...
Mientras atravesaban la
tierra agujereada, Eragon no dejó de mirar a Roran con el rabillo del ojo. Al
fin, le dijo en voz baja:
-Te echaba de menos.
Roran titubeó y luego
respondió con una breve sacudida de cabeza. Unos pasos más allá, preguntó:
-Ésta es Saphira, ¿no? Jeod
me dijo que se llamaba así.
-Sí.
Saphira miró a Roran con un
ojo brillante. El aguantó el escrutinio sin volverse, cosa que no mucha gente
era capaz de hacer.
Siempre quise conocer al
compañero de cuna de Eragon.
-¡Habla! -exclamó Roran
cuando Eragon repitió sus pa¬labras.
Esta vez Saphira se dirigió
a él directamente:
¿Qué? ¿Creías que era muda
como una lagartija?
Roran pestañeó.
-Te pido perdón. No sabía
que los dragones fueran tan inteligentes. -Una amarga sonrisa le tensó los
labios-. Pri¬mero los ra'zac, luego los magos, ahora los enanos, los Jine¬tes y
drago-nes que hablan. Parece que el mundo se ha vuel¬to loco.
-Sí que lo parece.
-Te he visto pelear contra
el otro Jinete. ¿Le has herido? ¿Ha huido por eso?
-Espera. Ya lo oirás.
Cuando llegaron al pabellón
que buscaba Eragon, apartó la tela de la entrada y se metió dentro, seguido de
Roran y Saphira, que metió la cabeza y el cuello tras ellos. En el centro de la
tienda estaba Nasuada, sentada al borde de la mesa mientras una doncella le
quitaba la retorcida armadu¬ra, al tiempo que ella sostenía una acalorada
discusión con Arya. El corte de la pierna estaba curado.
Nasuada se detuvo a media
frase al ver a los recién llega¬dos. Corrió hacia ellos, rodeó a Eragon con sus
brazos y gritó:
-¿Dónde estabas? Creíamos
que habías muerto, o inclu¬so algo peor.
-No del todo.
-La vela sigue encendida
-murmuró Arya.
Nasuada dio un paso atrás y
dijo:
-No hemos podido ver lo que
os pasaba a Saphira y a ti desde que habéis aterrizado en la meseta. Cuando se
ha ido el dragón rojo y tú no aparecías, Arya ha intentado ponerse en con-tacto
contigo, pero no sentía nada. Así que dábamos por hecho... -Se calló un
momento-. Está-bamos discutien¬do la mejor manera de transportar Du Vrangr Gata
y una compañía entera de guerreros al otro lado del río.
-Lo siento. No quería que os
preocuparais. Estaba tan cansado al terminar la batalla, que me he olvidado de
retirar las barreras. -Entonces Eragon presentó a Roran-. Nasuada, quiero
presentarte a mi primo Roran. Tal vez Ajihad te ha¬blara de él. Roran, la
señora Nasuada, líder de los vardenos, de quien soy vasallo. Y ésta es Arya
Svit-kona, la embajadora de los elfos.
Roran dedicó una reverencia
a cada una.
-Es un honor conocer al
primo de Eragon -dijo Nasuada.
-Desde luego -añadió Arya.
Tras intercambiar saludos,
Eragon explicó que toda la población de Carvahall había llegado en el Ala de
Dragón, y que Roran era el responsable de la muerte de los gemelos.
Nasuada alzó una oscura
ceja.
-Los vardenos están en deuda
contigo, Roran, por evitar su masacre. A saber el daño que habrían causado los
gemelos antes de que Eragon o Arya pudieran enfrentarse a ellos. Nos has
ayudado a vencer esta batalla. No lo olvidaré. Nues¬tras provisiones son
limitadas, pero me aseguraré de que to¬dos los ocupantes de tu barco reciban
ropas y alimentos, así como de que los enfermos sean tratados.
Roran hizo una reverencia
aún más profunda.
-Gracias, señora Nasuada.
-Si no apremiara tanto el
tiempo, insistiría en preguntar por qué tú y los de tu aldea esca-pasteis de
los hombres de Galbatorix, viajasteis hasta Surda y os reunisteis con nosotros.
Has-ta los meros hechos puntuales de vuestra expedición de¬ben de conformar un
relato extraor-dinario. Quiero conocer los detalles, sobre todo porque sospecho
que tienen que ver con Era-gon, pero en este momento debo ocuparme de otros
asuntos más urgentes.
-Por supuesto, señora
Nasuada.
-Entonces, puedes retirarte.
-Por favor-dijo Eragon-,
déjale quedarse. Conviene que esté presente.
Nasuada le dirigió una
mirada interrogativa.
-Muy bien. Si así lo
deseas... Pero basta de charla. Ve al grano y cuéntanos lo de ese Jinete.
Eragon empezó con una rápida
historia sobre los tres huevos que quedaban -dos de los cuales habían prendido
ya-, así como sobre Morzan y Murtagh, para que Roran en¬tendiera el significado
de sus noticias. Luego procedió a des¬cribir la lucha que él y Saphira habían
sostenido con Espina y el misterioso Jinete, prestando una atención especial a
sus extraordi-narios poderes.
-En cuanto hizo girar la
espada, me di cuenta de que ya habíamos combatido antes, de modo que me lancé
contra él y le arranqué el yelmo.
Eragon hizo una pausa.
-Era Murtagh, ¿verdad?
-preguntó Nasuada en voz baja.
-¿Cómo...?
Ella suspiró.
-Si los gemelos
sobrevivieron, tenía sentido que también estuviera vivo Murtagh. ¿Te ha contado
lo que pasó real¬mente aquel día en Farthen Dür?
Entonces Eragon les contó
cómo los gemelos habían trai¬cionado a los vardenos, reclutado a los úrgalos y
secuestrado a Murtagh. Una lágrima rodó por la mejilla de Nasuada.
-Es una pena que le
ocurriera eso a Murtagh, que ya ha¬bía soportado muchas penurias. Disfruté de
su compañía en Tronjheim y creía que era nuestro aliado, pese a sus
anteceden-tes. Me cuesta pensar en él como enemigo. -Se volvió hacia Roran y
dijo-: Parece que también tengo una deuda personal contigo por matar a los
traidores que asesinaron a mi padre.
«Padres, madres, hermanos,
primos -pensó Eragon-. Todo se reduce a la familia.» Sacan-do fuerzas de
flaqueza, terminó su informe contando que Murtagh le había robado a Zar'roc y
luego el último y terrible secreto.
-No puede ser -murmuró
Nasuada.
Eragon vio que la impresión
y el asco cruzaban el rostro de Roran antes de que consiguie-ra disimular su
reacción. Eso le dolió más que cualquier otra cosa.
-¿Puede ser que Murtagh haya
mentido?
-No veo por qué. Cuando lo
he puesto en duda, me lo ha vuelto a decir en el idioma anti-guo.
Un silencio largo e incómodo
invadió el pabellón.
Entonces Arya dijo:
-Nadie más debe saberlo. Los
vardenos ya están muy des¬moralizados por la aparición de un nuevo Jinete. Y
aún se in¬quietarán más cuando sepan que es Murtagh, a cuyo lado pelea-ron
muchos y en quien confiaron en Farthen Dür. Si corre la voz de que Eragon
Asesino de Sombras es hijo de Morzan, los hombres perderán la ilusión y pocos
querrán unirse a noso-tros. Ni siquiera el rey Orrin debería saberlo.
Nasuada se frotó las sienes.
-Me temo que tienes razón.
Un nuevo Jinete... -Meneó la cabeza-. Sabía que esto podía ocurrir, pero no lo
creía de verdad porque los huevos en poder de Galbatorix llevaban mu-cho tiempo
sin prender.
-Tiene una cierta simetría
-dijo Eragon.
-Ahora nuestra tarea es
doblemente difícil. Hoy hemos aguantado, pero el ejército del Imperio sigue
siendo más numeroso que el nuestro, y ahora no nos enfrentamos a un Jinete,
sino a dos, y ambos son más fuertes que tú, Eragon. ¿Crees que podrás derrotar
a Murtagh con la ayuda de los hechiceros de los elfos?
-Tal vez. Pero dudo que
cometa la estupidez de enfren¬tarse a ellos y a mí a la vez.
Discutieron largo rato las
consecuencias que podía tener la aparición de Murtagh en la campaña y sus
estrategias para minimizarlas o eliminarlas. Al fin, Nasuada dijo:
-Basta. No podemos tomar una
decisión ensangrentados y exhaustos, con las mentes un-bladas por la batalla.
Ve, des¬cansa, y mañana retomaremos el asunto.
Cuando Eragon se volvía para
salir, Arya se acercó a él y lo miró a los ojos.
-No permitas que esto te
inquiete demasiado, Eragon-elda. No eres ni tu padre ni tu her-mano. Su
deshonra no es tuya.
-Sí -reforzó Nasuada-.
Tampoco creas que esto ha em¬peorado la opinión que nos mereces. -Se acercó y
tomó la cara de Eragon entre sus manos-. Te conozco, Eragon. Tie¬nes buen
corazón. El nombre de tu padre no puede cam¬biar eso.
El calor floreció en el
interior de Eragon. Miró a una mu¬jer, luego a la otra, y después dobló la
muñeca sobre el pe¬cho, abrumado por su amistad:
-Gracias.
Cuando volvió a salir al
aire libre, Eragon puso las manos en jarras y respiró hondo aquel aire
humeante. El día tendía a su fin, y el estridente naranja de la luna se rendía
ante una pol-vorienta luz dorada que invadía el campo de batalla, concediéndole
una extraña belleza.
-Bueno, pues ya lo sabes
-dijo.
Roran se encogió de hombros.
-De casta le viene al galgo.
-No digas eso -gruñó
Eragon-. No lo digas nunca.
Roran lo estudió unos
segundos.
-Tienes razón; ha sido una
fea idea. No lo decía en serio. -Se rascó la barba y miró con los ojos
achinados hacia la luz moteada que descansaba en el horizonte-. Nasuada no es
como me la esperaba.
Eso provocó una risa cansada
a Eragon.
-Tú esperabas a su padre,
Ajihad. Ella es tan buena líder como él, o aún mejor.
-¿No se ha teñido la piel?
-No, ella es así.
Justo entonces Eragon notó
que Jeod, Horst y un grupo de hombres de Carvahall se apre-suraban hacia ellos.
Los al¬deanos frenaron el paso al rodear una tienda y toparse con Saphira.
-¡Horst! -exclamó Eragon.
Dio un paso adelante y ence¬rró al herrero en un abrazo de oso-. ¡Cuánto me
alegro de volver a verte!
Horst miró boquiabierto a
Eragon, y luego una sonrisa de placer cruzó su cara.
-Maldita sea si no me alegro
yo también, Eragon. Desde que te fuiste, has engordado.
-Querrás decir desde que
huí.
Encontrarse con los aldeanos
era una extraña experien¬cia para Eragon. Las penurias ha-bían alterado tanto a
aque¬llos hombres que casi no los reconocía. Y lo trataban de un modo distinto,
con una mezcla de asombro y reverencia. Eso le recordaba un sueño en el que
todo lo familiar se volvía aje¬no. Le desconcertaba sentirse tan desplazado
entre ellos.
Tras acercarse a Jeod,
Eragon se detuvo.
-¿Sabes lo de Brom?
-Ajihad me envió un mensaje,
pero me gustaría oír lo que pasó directamente de tus labios.
Eragon asintió con gravedad.
-En cuanto tenga la ocasión,
nos sentaremos juntos y tendremos una larga conversación.
Luego Jeod se acercó a
Saphira y le dedicó una reve¬rencia.
-Llevo toda la vida
esperando ver un dragón y ahora he visto dos en el mismo día. Desde luego,
tengo suerte. En cualquier caso, tú eres el dragón que quería conocer.
Saphira dobló el cuello y
tocó la frente de Jeod. Éste tem¬bló al recibir el contacto.
Dale las gracias por ayudar
a rescatarme de Galbatorix. Si no, seguiría languideciendo en la cueva del
tesoro del rey. Era amigo de Brom, o sea que es nuestro amigo.
Cuando Eragon repitió sus
palabras, Jeod dijo:
-Atra esterní ono thelduin,
Saphira Bjartskular. -Sor¬prendió a todos con su conocimiento del idioma
antiguo.
-¿Dónde te habías metido?
-preguntó Horst a Roran-. Te hemos buscado por todas partes cuando te has ido a
per¬seguir a esos dos magos.
-Eso ahora no importa.
Volved a la nave y haced que de¬sembarquen todos. Los vardenos nos darán comida
y refu¬gio. ¡Esta noche podremos dormir en tierra firme!
Los hombres vitorearon.
Eragon contempló con interés
mientras Roran iba dan¬do órdenes. Cuando se fueron Jeod y los aldeanos, le
dijo:
—Confían en ti. Hasta Horst
te obedece sin dudar. ¿Ha¬blas en nombre de todo Carvahall ahora?
-Sí.
Una pesada oscuridad
avanzaba por los Llanos Ardien¬tes cuando encontraron la pequeña tienda de dos
plazas que los vardenos habían asignado a Eragon. Como Saphi¬ra no podía meter
la cabeza por la apertura, se acurrucó en el suelo junto a la tienda y se preparó
para mantener la guardia.
En cuanto recupere las
fuerzas, me ocuparé de tus heridas -le prometió Eragon.
Ya lo sé. No trasnoches
mucho hablando.
Dentro de la tienda, Eragon
encontró una lámpara de aceite y la encendió con un pedernal. Podía ver
perfecta¬mente sin ella, pero Roran sí necesitaba la luz.
Se sentaron cara a cara:
Eragon sobre el catre tendido a un lado de la tienda, y Roran en un taburete
plegable que encontró apoyado en un rincón. Eragon no estaba seguro de cómo
empezar, así que guardó silencio y miró fijamente el bailoteo de la llama de la
lámpara.
Tras incontables minutos,
Roran propuso:
-Dime cómo murió mi padre.
-Nuestro padre. -Eragon
mantuvo la calma al ver que la expresión de Roran se endurecía. Con tono
amable, dijo-: Tengo tanto derecho como tú a llamarlo así. Mira en tu
in¬terior; sabrás que es verdad.
-Vale. Nuestro padre. ¿Cómo
murió?
Eragon ya había contado esa
historia varias veces. Pero en esta ocasión no se guardó nada. En vez de
presentar sim¬plemente los sucesos, describió lo que había pensado y sen-tido
desde que encontrara el huevo de Saphira, con la in¬tención de lograr que Roran
entendiera por qué había actuado así. Nunca había sentido aquella ansiedad.
-Me equivoqué al ocultar a
la familia la existencia de Sa¬phira -concluyó Eragon-, pero temía que
insistierais en ma¬tarla y no me di cuenta del peligro que representaba para
nosotros. Si no... Cuando murió Garrow, decidí irme para per¬seguir a los ra'zac,
y también para evitar que Carvahall co¬rriera peligro. -Se le escapó una
risotada de mal genio-. No funcionó, pero si me llego a quedar, los soldados
hubieran venido mucho antes. Y entonces, ¿quién sabe? Incluso Galbatorix podría
haber visitado el valle de Palancar en perso¬na. Tal vez Garrow, papá, murió
por mí, pero nunca tuve esa intención, ni la de que tú o cualquier otra persona
de Car¬vahall sufriera por mis decisiones... -gesticuló, desespera¬do-. Lo hice
lo mejor que pude, Roran.
-¿Y lo demás? Lo de que Brom
era un Jinete, el rescate de Arya en Gil'ead, cuando mataste a un Sombra en la
capi¬tal de los enanos... Todo lo que pasó.
-Sí.
Tan rápido como fue capaz,
Eragon resumió lo que ha¬bía ocurrido desde que él y Saphira partieran con
Brom, in¬cluido el trayecto a Ellesméra y su propia transformación durante el
Agaetí Blódhren.
Roran se inclinó hacia
delante, apoyó los codos en las ro¬dillas, juntó las manos y se quedó mirando
el trozo de tierra que los separaba. A Eragon le resultaba imposible descubrir
sus emociones sin entrar en su conciencia, cosa que se negó a hacer, pues sabía
que invadir la intimidad de Roran hu¬biera sido un terrible error.
Roran guardó silencio tanto
rato, que Eragon empezó a dudar si en algún momento con-testaría. Al fin:
-Has cometido errores, pero
no son peores que los míos. Garrow murió porque mantu-viste a Saphira en
secreto. Mu¬chos más han muerto porque yo me negué a entregarme al Imperio.
Tenemos la misma culpa. -Alzó la mirada y luego extendió lentamente la mano derecha-.
¿Hermanos?
-Hermanos -dijo Eragon.
Agarró a Eragon por el
antebrazo y se dieron un brusco abrazo de lucha libre, moviéndo-se adelante y
atrás como so¬lían hacer en el pueblo. Cuando se separaron, Eragon tuvo que
secarse los ojos con el dorso de la mano.
-Ahora que estamos juntos de
nuevo, Galbatorix debería rendirse -bromeó-. ¿Quién pue-de enfrentarse a los
dos? -Se dejó caer otra vez en el camastro-. Ahora cuéntame tú. ¿Cómo
capturaron a Katrina los ra'zac?
La alegría se desvaneció por
completo del rostro de Ro¬ran. Empezó a hablar en tono gra-ve, y Eragon le
escuchó con asombro creciente mientras trazaba la epopeya de ata¬ques, ase-dios
y traiciones, el abandono de Carvahall, el re¬corrido por las Vertebradas, el
asalto a los muelles de Teirm y la navegación por un remolino monstruoso.
Cuando al fin Roran terminó,
Eragon dijo:
-Eres más grande que yo. Yo
no hubiera podido hacer ni la mitad de esas cosas. Pelear sí, pero no convencer
a todos para que me siguieran.
-No tenía otro remedio.
Cuando se llevaron a Katrina... -A Roran se le quebró la voz-. Po-día rendirme
y morir, o po¬día intentar escapar de la trampa de Galbatorix a cualquier
coste. Clavó su mirada ardiente en Eragon-. He mentido, incendiado y matado para
llegar aquí. Ya no tengo que preo¬cuparme de proteger a todos los de Carvahall;
los vardenos se encargarán de eso. Ahora sólo tengo un objetivo en la vida:
encontrar a Katrina y rescatarla, si no está muerta ya. ¿Me vas a ayudar,
Eragon?
Eragon alargó un brazo,
cogió las alforjas que tenía en un rincón de la tienda, donde las habían
depositado los vardenos, y sacó un cuenco de madera y el frasco de plata lleno
de faelnirv embrujado que le había regalado Oromis. Bebió un traguito del licor
para revitalizar-se y boqueó al no¬tar cómo se deslizaba por su garganta y le
cosquilleaba los nervios con un fuego helado. Luego echó faelnirv en el cuenco
hasta que se formó un charquito de la anchura de su mano.
-Mira. -Recurriendo al
empuje de su nueva energía, Era¬gon dijo-: Draumr kópa.
El licor tembló y se volvió
negro. Al cabo de unos segun¬dos, una fina mancha de luz apareció en el centro
del cuen¬co, revelando a Katrina. Estaba desplomada contra una pared invisible,
con las manos suspendidas en lo alto por esposas también invisibles y el
cabello cobrizo extendido como un abanico sobre la espalda.
-¡Está viva!
Roran se agachó sobre el
cuenco, como si creyera que podía zambullirse en el faelnirv y reunirse con
Katrina. Su esperanza y su determinación se fundieron con una mirada de afec-to
tan tierna, que Eragon supo que sólo la muerte im¬pediría a Roran intentar
liberarla.
Incapaz de sostener el
hechizo por más tiempo, Eragon permitió que se desvaneciera la imagen. Se apoyó
en la pa¬red de la tienda en busca de apoyo.
-Sí -dijo débilmente-, está
viva. Y lo más probable es que esté presa en Helgrind, en la ma-driguera de los
ra'zac. -Era¬gon agarró a Roran por un hombro-. La respuesta a tu pre-gunta,
hermano, es sí. Viajaré a Dras-Leona contigo. Te ayu¬daré a rescatar a Katrina.
Y luego, tú y yo juntos mataremos a los ra'zac y vengaremos a nuestro padre.
APÉNDICES
El idioma antiguo
Adurna: agua
Agaetí Blódhren: celebración
del Juramento de Sangre
Aiedail: el Lucero de la
Mañana
Argetlam: Mano de Plata
Atra esterní ono thelduin /
Mor'ranr lífa unin hjarta onr / Un du evarínya ono varda: Que la buena fortuna
go¬bierne tus días, / la paz viva en tu corazón / y las estrellas cuiden de ti
Atra gulía un ilian tauthr
ono un atra ono waíse skólir fra rauthr: Que la suerte y la felicidad te sigan
y te conviertas en escudo de la desgracia.
Atra nosu waíse vardo fra
eld hórnya: Que no pueda oír¬nos nadie
Bjartskular: Escamas
Brillantes
Blóthr: alto, detente
Brakka du vanyali sem
huildar Saphira un eka!: ¡Reduce la magia que nos encierra a Saphira y a mí!
Brisingr: fuego
Dagshelgr: día Sagrado
Draumr kópa: ojos del sueño
Dy Fells Nángoróth: las
Montañas Malditas
Dy Fyrn Skulblaka: la Guerra
de los Dragones
Du Vóllar Eldrvarya: los
Llanos Ardientes
Du Vrangr Gata: el Camino
Errante
Du Weldenvarden: el Bosque
Guardián
Dvergar: enanos
Ebrithil: Maestro
Edur: risco, loma
Eka fricai un Shur'tugal:
Soy un Jinete y un amigo
Elda: título honorífico de
gran alabanza, desprovisto de género
Eyddr eyreya onr!: ¡Vaciad
vuestros oídos!
Fairth: retrato obtenido por
medios mágicos
Finiarel: título honorífico
que se concede a un joven muy prometedor
Fricai Andlát: amigo de la
muerte (una seta venenosa)
Gala O Wyrda brunhvitr / Abr
Berundal vandr-fódhr / Burthro laufsbládar ekar undir / Eom kona dauthleikr...:
Canta, oh, Destino de blanca frente, / sobre el malhadado Be-rundal, / nacido
bajo las hojas del roble / de mujer mortal...
Ganga aptr: ir adelante
Ganga fram: ir atrás
Gath sem oro un lam iet: Une
esa flecha con mi mano
Gedwéy ignasia: palma
brillante
Géuloth du knífr: Desafila
ese cuchillo
Haldthin: estramonio
Helgrind: las Puertas de la
Muerte
Hlaupa: corre
Hljódhr: calla
Jierda: rompe; golpea
Kodthr: atrapa
Kvetha Fricai: Saludos,
amigo
Lethrblaka: un murciélago;
la montura de los ra'zac (li¬teralmente, alas de piel)
Letta: detener
Letta orya thorna!: ¡Deten
esas flechas!
Liduen Kvaedhí: Escritura
Poética
Losna kalfya iet: Suelta mis
pantorrillas
Malthinae: atar o sostener
en un lugar, confinar
Nalgask: mezcla de cera de
abejas y aceite de avellana usada para humedecer la piel
Osthato Chetowá: el Sabio
Doliente
Reisa du adurna: álzate; sal
del agua
Risa: levántate
Sé mor'ranr ono finna: Que
encuentres la paz
Sé onr sverdar sitha hvass!:
¡Que tu espada esté bien afi¬lada!
Sé orúm thornessa hávr
sharjalví lífs: Que esta serpiente cobre vida y movimiento
Skólir: escudo
Skólir nosu fra brisingr!:
¡Escúdanos del fuego!
Skulblaka: dragón
(literalmente, alas de escamas)
Stydja unin mor'ranr,
Hrothgar Kónungr: Descansa en paz, rey Hrothgar
Svit-kona: título formal y
honorífico para una elfa de gran sabiduría
Thrysta: empujar, comprimir
Thrysta vindr: comprime el
aire
Togira Ikonoka: el Lisiado
que está Ileso
Vardenos: celadores
Vel einradhin iet ai
Shur'tugal: Por mi palabra de Jinete
Vinr Álfakyn: elfo amigo
Vodhr: título honorífico
masculino de mediana cate¬goría
Vor: título honorífico
masculino para un amigo cercano
Waíse heill: cúrate
Wiol ono: para ti
Wyrda: destino
Wyrdfell: nombre que los
elfos dan a los Apóstatas
Yawé: vínculo de confianza
Zar'roe: suplicio
El
idioma de los enanos
Akh sartos oen Dürgrimst!:
¡Por la familia y el clan!
Ascüdgamln: puños de hierro
Astim Hefthyn: Celador de
Visiones (inscripción en un collar regalado a Eragon)
Az Ragni: el Río
Az Sweldn rak Anhüin: las
Lágrimas de Anhüin
Azt jok jordn rast:
Entonces, puedes pasar
Barzül: para maldecir el
destino de alguien
Barzül knurlar!: ¡Malditos
sean!
Barzüln: maldecir a alguien
con múltiples desgracias
Beor: oso de cueva (palabra
élfica)
Dürgrimst: clan
(literalmente, nuestra sala/hogar)
Eta: no
Etzil nithgech!: ¡detente!
Farthen Dür: Padre Nuestro
Feldünost: barba de escarcha
(una especie de cabra na¬tural de las montañas Beor)
Formv Hrethcarach... formv
Jurgencarmeitder nos eta goroth bahst Tarnag, dür encesti rak kythn! Jok is
warrev az barzülegür dür dürgrimst, Az Sweldn rak Anhüin, móg tor rak
Jurgenvren? Né üdim etal os rast knurlag. Knurlag ana...: Este Asesino de
Sombras... Este Jinete de Dragón no tiene nada que hacer en Tarnag, ¡nuestra
más sagrada ciu¬dad! ¿Olvidas que la maldición de nuestro clan, las Lágrimas de
Anhüin, procede de la Guerra de los Dragones? No lo de¬jaremos entrar. Es un...
Grimsborith: jefe de clan
Gromstcarvlorss: el que
arregla la casa
Güntera Arüna: Bendición de
Güntera
Hert Dürgrimst? Fild rastn?:
¿De qué clan? ¿Quién viene?
Hírna: retrato, estatua
Hüthvir: arma larga de doble
filo usada por el Dürgrimst Quan
Ignh az voth!: ¡Traed la
comida!
Ilf gauhnith: peculiar
expresión de los enanos que signi¬fica: «Es buena y sana». Suele pronunciarla
el anfitrión de una comida y es un vestigio de los tiempos en que era co¬mún
entre los clanes envenenar a los invitados.
Ingeitum: trabajadores del
fuego, herreros
Isidar Mithrim: zafiro
estrellado
Jok is frekk dúrgrimstvren?:
¿Quieres una guerra entre clanes?
Knurl: piedra, roca
Knurla: enano (literalmente,
hecho de piedra)
Knurlag qana qiránü
Dürgrimst Ingeitum! Qarzúl ana Hrothgar oen volfild: ¡Lo han convertido en
miembro del clan Ingeitum! ¡Malditos sean Hrothgar y todos los que...!
Knurlagn: hombres
Knurlheim: Cabeza de Piedra
Knurlnien: Corazón de Piedra
Nagra: jabalí gigante,
natural de las montañas Beor
Oeí: sí, afirmativo
Orik Thrifkz menthiv oen
Hrethcarach Eragon rak Dür¬grimst Ingeitum. Wharn, az vanyali-carharüg Arya. Né
oc Un-dinz grimstbelardn: Orik, hijo de Thrifk, y Eragon, Asesino de Sombras
del clan Ingeitum. También la mensajera élfica, Arya. Somos los invitados al
salón de Ündin.
Os il dom qiránü carn dür
thargen, zeitmen, oen grimst vor formv edaris rak skilfz. Narho is belgond...:
Que nuestra "carne, nuestro honor y nuestra sala se conviertan en una por
mi sangre. Prometo que...
Otho: fe
Ragni Hefthyn: Guardián del
Río
Shrrg: lobo gigante, natural
de las montañas Beor
Smer voth: Servid la comida
Tronjheim: Yelmo de Gigantes
Urzhad: oso de cueva
Vanyali: elfo (los elfos
tomaron prestada esta palabra del idioma antiguo, en el que signi-ficaba
«magia»)
Vor Horthgarz korda!: ¡Por
el martillo de Hrothgar!
Vrron: basta
Werg: exclamación de
desagrado (equivalente de «agh» entre los enanos)
El
idioma de los úrgalos
Ahgrat
ukmar: Hecho está
Drajl:
prole de gusanos
Nar:
título de gran respeto, carente de género

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