© Libro N° 5588. Cuentos De La
Tierra. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título original: © Cuentos De La Tierra. Pardo Bazán, Emilia, Condesa De
Versión Original: © Cuentos De La Tierra. Pardo
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS DE
LA TIERRA
Emilia Pardo
Bazán
Índice
Cuentos de la tierra
Las medias rojas
Un poco de ciencia
Sin querer
La Corpana
Lumbrarada
La advertencia
Obra de Misericordia
Bajo la losa
Milagro natural
La casa del sueño
Entre humo
La señorita Aglae
El pañuelo
El legajo
Como la luz
El último baile
So tierra
Madrugueiro
"La Deixada"
Antiguamente
Atavismos
En silencio
Bohemia en prosa
Reconciliados
La salvación de don Carmelo
Episodio
Ofrecido
La soledad
Eterna Ley
El escondrijo
Los adorantes
Contra treta...
"Santi Boniti"
Responsable
El vidrio roto
El invento
La hoz
El sonar del río
Racimos
La guija
El aire cativo
Dios castiga
La ganadera
Cuentos
de la tierra
Emilia
Pardo Bazán
[Nota preliminar: Edición digital a partir de
la de OO.CC (Madrid, Aguilar, 1964, T. II, pp. 1474-1566) y cotejada con la
edición crítica de Juan Paredes Núñez (Cuentos completos, La Coruña, Fundación
Pedro Barrié de Maza, Conde de Fenosa, 1990, T. III, pp. 193-308).]
Las medias rojas
Cuando la razapa entró, cargada con el haz de
leña que acababa de merodear en el monte del señor amo, el tío Clodio no
levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un cigarro, sirviéndose,
en vez de navaja, de una uña córnea, color de ámbar oscuro, porque la había
tostado el fuego de las apuradas colillas.
Ildara soltó el peso en tierra y se atusó el
cabello, peinado a la moda "de las señoritas" y revuelto por los
enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la lentitud de
las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las berzas, las
echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y de unas
judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de estas
operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba
desgarbadamente, haciendo en los carrillos dos hoyos como sumideros, grises,
entre el azuloso de la descuidada barba
Sin duda la leña estaba húmeda de tanto
llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda acre; pero el
labriego no reparaba: al humo ¡bah!, estaba él bien hecho desde niño. Como
Ildara se inclinase para soplar y activar la llama, observó el viejo cosa más
insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y encharcadas sayas
de la moza... Una pierna robusta, aprisionada en una media roja, de algodón...
-¡Ey! ¡Ildara!
-¡Señor padre!
-¿Qué novidá es esa?
-¿Cuál novidá?
-¿Ahora me gastas medias, como la hirmán del
abade?
Incorporóse la muchacha, y la llama, que
empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote, alumbró su
cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de pupilas
claras, golosas de vivir.
-Gasto medias, gasto medias -repitió sin
amilanarse-. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
-Luego nacen los cuartos en el monte
-insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
-¡No nacen!... Vendí al abade unos huevos,
que no dirá menos él... Y con eso merqué las medias.
Una luz de ira cruzó por los ojos pequeños,
engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador... Saltó del
banco donde estaba escarrancado, y agarrando a su hija por los hombros, la
zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras barbotaba:
-¡Engañosa! ¡engañosa! ¡Cluecas andan las
gallinas que no ponen!
Ildara, apretando los dientes por no gritar
de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre su temor de mociña
guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había sucedido a la
Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con el aro de la
criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su belleza, hoy que se
acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir. Cumplida la mayor
edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en cuyas entrañas
tanto de su parroquia y de las parroquias circunvecinas se habían ido hacia la
suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el oro rueda por las
calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería emigrar, cansado
de una vida de labor, indiferente de la esperanza tardía: pues que se quedase
él... Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho, que le
adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de
los cuales habían
salido
las famosas medias... Y el tío Clodio, ladino, sagaz, adivinador o sabedor, sin
dejar de tener acorralada y acosada a la moza, repetía:
-Ya te cansaste de andar descalza de pie y
pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó medias alguna vez tu
madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes con el cacho de
espejo? Toma, para que te acuerdes...
Y con el cerrado puño hirió primero la
cabeza, luego, el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma no
alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete
más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio como un cielo estrellado, miles
de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un
negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un
instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla
marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra
que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual
profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida
de espanto, ya no chillaba siquiera.
Salió fuera, silenciosa, y en el regato
próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en la mano. Del
ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado tarde y de
mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de la retina,
cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía... en quedarse tuerta.
Y nunca más el barco la recibió en sus
concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que
allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y
su dentadura completa...
"Por esos mundos", 1914.
Un poco de ciencia
Solía yo reunirme con aquel sabio en mis
paseos por los alrededores del pueblecito donde mi madre -cansada de mis
travesuras de estudiante desaplicado- me obligaba a residir. El sabio lo era,
casi, casi exclusivamente en epigrafía romana. Famoso y ensalzado en su
provincia, le conocían muchos académicos de Madrid y algunos alemanes. Había
publicado o, al menos impreso, un folleto sobre Dos lápidas encontradas en el
Pico Medelo, y otro sobre Un sarcófago que se halló en las cercanías de
Augustóbriga, folletos que aumentaron la consideración respetuosa y enteramente
fiduciaria que rodeaba su nombre. Porque, en cuanto a leer los folletos, se
cree que sólo lo harían los cajistas, que no pudieron humanamente evitarlo.
He notado después que casi siempre tienen
aureola de sabios los que se dedican a una especialidad, y mejor cuanto más
restringida. Esto es achaque de la Edad Moderna. Bajo el Renacimiento, el sabio
es todo lo contrario: el "varón de muchas almas", la enciclopedia
encuadernada en humana piel. Actualmente, para obtener diploma de sabio es
menester encerrarse en una casilla, en la más estrecha. Con aprenderse la
papeleta correspondiente a esta casilla, se está dispensado hasta de saber el
nombre de las casillas restantes. El que es sabio en monedas árabes,
verbigracia, puede, sin mengua de su sabiduría, ignorar si hubo moneda en los
demás países del mundo.
Y, siendo ello es verdad, es preciso añadir
que mi sabio, don
Caldereta reía más, halagado en su amor
propio de sabio trasconejado y oscuro, por la idea de que también estas
eminencias de extranjis, trompeteadas y célebres, se equivocan como cada hijo
de vecino, como puede equivocarse la notabilidad de campanario que vegeta en el
rincón silencioso de un pueblo, igual que las ranas en su palude, croando a la
luna.
-Si, sí -repetía-. ¡Sepa usted que se trata
nada menos que de Champollion, del gran preste de los epigrafistas..., del que
descifró los jeroglíficos y reveló, mediante ellos, el misterio de Egipto
antiguo, que sin él acaso estuviese ahora tan oscuro como están los códices
mayas! Y, sin embargo, el caso es auténtico: una de esas historias que
recuerdan a veces, al final de las sesiones académicas, los académicos viejos a
los novatos... Estos días ha vuelto a salir a colación, a propósito de los
famosos escarabajos del rey Necao, fabricados ayer por un falsificador y
consagrados un momento por todo el areópago de los inteligentes, y comprados y
colocados en un famoso Museo...
La cosa se remonta a la época en que
comenzaba en el del Louvre, en París, a organizarse esa sección de antigüedades
egipcias que ha llegado a ser la primera del mundo. Diariamente recibía el
director del Museo fardos y cajas conteniendo momias, diosecitos, collares,
objetos encontrados en las sepulturas, papiros cubiertos de jeroglíficos
misteriosos. Al punto los copiaba exactamente un pintor de mala mano, que en
trabajo tan modesto se ganaba el pan.
Y he aquí que cierta mañana llama el director
al pintor a su despacho y le entrega un papiro con infinitos garabatos y
dibujos.
-Agradeceré -advirtióle- que me copie este
papiro para esta tarde misma. Hoy tengo convidado a comer al ilustre
Champollion, y quiero darle la sorpresa de que antes que nadie vea la nueva
remesa y la traduzca.
Cargó el pintor con el papiro amarillento y
se retiró a cumplir la orden. Era una tarea asaz penosa: ¡copiar tanto garabato
antes del anochecer! Un poco nervioso dio principio a su labor... Y he aquí
que, por culpa precisamente de los nervios, alterados con la prisa, da un
manotón involuntario, y el tintero, enterito, se vuelca sobre aquellas tiras de
papiro que el escriba, con su delicada cañita, bordó de figurillas y emblemas
hace tantos miles de años...
Era un lago negro, un baño absoluto... En
vano quiso el pintor remediar el mal. Cuanto más trabajaba con la esponja, el
paño y el raspador, tanto más penetraba la tinta, borrando hasta la idea de lo
que hubiese debajo.
"¿Qué hacer? -pensó el mísero-.
¿Confesar las desgracias? ¿Perder su colocación, el sustento de sus
hijos?"
El mísero sudaba frío y se mordía las uñas
desesperado. ¡Aquellos papiros, justamente aquellos, que era preciso copiar con
tanta urgencia! ¡Y de pronto acudió la idea, salvadora acaso!
"Desde que copio estas malditas tiras
-pensó-, ¿no he notado que son todas iguales? Hiladas y más hiladas de
cocodrilos, de hombres con cabeza de perro, de escarabajos, de cruces con asas,
de grullas, de toros... El señor de Champollion viene a comer; por muy sabio
que sea, después de comer no va a ponerse a descifrar. ¡Qué demonio! ¡Preferirá
echar un sueñecito, o fumar, o charlar, o jugar a la báciga! ¡Será un hombre,
qué caramba, al menos mientras digiere! ¡Lléveme pateta si entiendo qué gusto
le sacan a estar siempre con la nariz sobre estos garrapatos! En fin...,
ánimo... Voy a inventar la copia... Mañana diré que ha sido el ordenanza el
que, al arreglar la mesa, ha volcado el tintero..., y malo será que, por lo
menos, no les quede la duda..."
Y, en efecto, forjó sus veinte páginas,
llenas a capricho -pues él no entendía palabra de lo que copiaba diariamente-,
de ibis, cocodrilos, escarabajos sagrados y cruces con asa... Hecha la
habilidad, llevó el manuscrito al director, que estaba en gran conferencia con
el propio Champollion, comentando los recientes envíos.
-Bueno -exclamó el director, bondadoso-; hoy
come usted con nosotros... Es muy justo...
Nuevo sudor frío... Pero el pintor no tuvo
más recurso que aceptar. A los postres -a los amargos postres-, hubo que
desenvolver el manuscrito de impostura, porque el director, frotándose las
manos, ordenó:
-Ahora, enséñele usted al señor de
Champollion la sorpresita...
Con manos trémulas, el culpable desató el
balduque... Parecía su cara la de una momia; sus piernas temblaban... Iba a
descubrirse el enredo... ¿No valía más echarse de rodillas, confesar, pedir
misericordia?
Champollion, reposadamente, tomó el rollo;
aproximóse a la lámpara, lo aplanó con la mano, y se enfrascó un momento en la
contemplación de aquellos signos, sólo para él comprensibles... Entre el
silencio se oían el volver de las hojas y la respiración congojosa del
falsario, a pique de ser descubierto...
De pronto se alzó la voz del gran
Champollion, del revelador del Egipto antiguo... Leía en alto, leía
tranquilamente, a libro abierto. ¡Leía, majestuoso, la inscripción que no
existía!...
-"A la gran Isis, señora de lo creado, y
a Osiris Ammon Ra, que domina la tierra y el agua, yo, Tolomeo, Faraón XXXVI,
habiéndoles elevado un templo votivo..."
El pintor cayó desplomado en el sillón... ¡Y
Champollion seguía leyendo sin interrupción... sin titubear un instante! ¡Hasta
la última hoja! ¡Hasta el último jeroglífico!
-Y ahí tiene usted -añadió Caldereta- por lo
que he llegado a desconfiar de la ciencia y de sus engaños... Sólo le aseguro
que el caso que acabo de contar no puede ocurrir con una lápida romana. En
eso..., vamos, no me equivoco. En eso no cabe falsificación... ¡Las lápidas
romanas son lo más serio de la epigrafía!
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 31, 1909.
Sin querer
Ocurren en el mundo cosas así; se diría que
la casualidad, inteligente, se complace en arreglarlas... o en desarreglarlas.
En el presente caso, la casualidad dispuso que Juaniño de Rozas y Culás de
Bonsende, oyendo toda la vida hablar el uno del otro, contar el otro las
proezas del uno, hartos de alabanzas a la guapeza recíproca, no se hubiesen
encontrado, lo que se dice encontrarse cara a cara, jamás.
Cierto que concurrían a las mismas fiestas;
es indudable que allí pudieran haberse tropezado; imposible negar la hipótesis;
pero fuese porque, lo repito, la casualidad es el diantre, o porque a veces la
ayudamos nosotros, hay que consignar el hecho, ya tan comentado.
Juaniño de Rozas no había cruzado la palabra
con Culás de Bonsende, y las respectivas parroquias ya lo hallaban extraño,
shocking, diríamos si el ambiente no lo vedara.
Los que conocen tan sólo a la España
superficial y epidérmica creen que esto de la guapeza y la fanfarronería
pertenece al Sur, como el sol, las naranjas y las palmeras. Los valientes, que
comparten con el buen vino el privilegio de durar poco, parecen pintables en
pandereta, pero no acompañables con gaita; y, sin embargo, los que hemos nacido
en tierras de nublado cielo, sabemos hasta qué punto nuestros temerones achican
a los majos andaluces, hasta en la hipérbole, que es la forma retórica de los
guapos.
Paisanos somos de aquel soldadito, al cual se
propusieron tomar el pelo unos cuantos del mediodía, contándole cómo el uno
había escabechado a más de veinte mambises y el otro había defendido él solo un
fortín, rechazando a cuatrocientos de negrada.
-Y tú, ¿qué hiciste, gallego? -preguntaron,
irónicos, al ver que el soldadito escuchaba sin despegar los labios.
-¿Yo? -respondió él, levantando la cabeza-.
Yo..., ¡morrín en todas las batallas!
No sé si serían capaces de esta homérica
respuesta Juaniño y Culás; pero si lo eran de repetir, a su modo, el célebre
reto del Romancero:
Y siquiera salgan tres,
y siquiera salgan cuatro,
y siquiera salgan cinco;
y siquiera salga el diablo...
cantando en tono irónico, de desafío, al
pasar de noche por el sitio más oscuro, requiriendo la garrota claveteada:
Yo soy hombre para dos...
Esta noche ha de haber leña...
o cualquiera otro de los retos que atesora la
musa popular.
No obstante, por muchas canciones que den al
viento, es imposible probar la guapeza cantando; llega un día en que es preciso
también solfear, y de firme. Los gallegos guapos, profesionales, tienen,
respecto a los andaluces, la desventaja de trabajar para un público más
escamón, crédulo solamente en lo supersticioso, y de tejas abajo,
desconfiadísimo. Por algún tiempo se sostendrá una reputación sin pruebas
positivas; al cabo habrá que darlas, o caer del pedestal entre solapada burla.
Juaniño y Culás llegaron a comprender que el hecho de no haberse afrontado los
comprometía seriamente ante los mozos rifadores, los sesudos viejos petrucios,
las mociñas, hipócritamente cándidas y las viejas medrosicas, que a todo se
persignan exclamando:
-¡Asús, Asús me valga, mi madre la Virguene!
Las dos parroquias tenían su honor; el
consabido honor de andar a porrazos, puesto en manos de Culás y de Juaniño, sus
campeones; no era cosa de sufrir que lo empañasen no administrándose una
rociada de las de padre y muy señor mío, con el fin de aquilatar cuál de las
dos parroquias, la de la tierra baja o la de la alta, la ribereña o la
montañesa, puede preciarse de tener hombres más hombres, ¡rayo!
Ya principiaba en las romerías el juego de
dichos, insultillos y burletas. Como los héroes de Homero, los mozos de Rozas y
de Bonsende se ejercitaban en la inventiva, esperando el instante en que
Aquiles se midiese con
A la salida de misa, funcionaban activamente
las lenguas. Se convenía en que si Juaniño y Culás no se daban prisa a
despachar aquel cuento, sería difícil, en la primera fiesta, contener a los
demás mozos, impedir que se enredasen, según andaban de alborotados... Y todos
convenían en que, a suceder tal desdicha, muchos emplastos había que aplicar al
día siguiente y no pocos pesos que aflojar para que se certificasen de leves y
curables, en cortos días, heridas gravísimas, y evitar que más de cuatro
rapaces de bien fuesen "echados" a presidio...
En vista de esto, Culás, el más vivo de los
dos guapos, vio claramente que no era posible retrasar el encuentro; había
llegado la hora...
Como el matador remolón en la plaza de toros,
sintió la voluntad colectiva sustituyéndose a su voluntad personal, y decidió,
aquella misma tarde, decirle dos palabrillas a Juaniño, que tornaría de la
feria por el camino del crucero.
Bajo el crucero mismo se apostó, encendiendo
un papel y sacando fumadas lentas, con ademán despreciativo. Lo que pensase en
su alma Culás de Bonsende, eso lo sabrá Dios, pues sabe hasta lo que la policía
ignora; pero el gesto era gallardo, la mano no temblaba, ni en el tostado
semblante había rastro de palidez. Las patillas rojas del mozo relumbraban como
hilado cobre a los últimos rayos del sol, y sus ojos verdes, de gato joven,
relucían fieros.
Volvía Juaniño de la feria cabalgando un jaco
peludo que acababa de mercar. Como era un mocetón hercúleo, las piernas casi le
arrastraban, porque el fracatrús pertenecía a la exigua y resistente raza del
país.
Al oír las pisadas del caballejo, Culás tiró
el cigarro y empezó a silbar, desdeñoso, atravesándose en el angosto camino. Y
como Juaniño, sin hacer caso del obstáculo, intentase pasar, el de a pie abrió
los brazos y gritó ásperamente, con claridad y estridencia de gallo arrogante:
-¡Ey! ¡No se pasa! ¡Bajarse del caballo, que
aquí está un amigo!
La salvaje ironía de la última frase fue bien
comprendida... Juaniño pensó para su chaqueta:
"Vamos... No hay remedio... Milagro que
no fue antes..."
Pausado, frío, descabalgó y amarró al castaño
más próximo su ridícula montura. No había pronunciado palabra, ni Culás añadió
ninguna a las ya articuladas. Así que sujetó al jaco, volvióse, y preguntó
lacónico:
¿Qué se ofrece?
El ademán fue la respuesta... Culás hacia
molinetes con su garrote en el aire.
Juaniño asintió. No valía aplazar. No sentía,
en el fondo de su alma, ni chispa de malquerer contra Culás. No mediaba ni una
rapaza bonita, ni un vaso de vino, ni una brisca mal jugada. No pleiteaban. No
se habían hablado. Y era necesario que se agarrasen. Lo exigía el honor de dos
parroquias. El único honor que ellos conocían.
Y cayeron el uno sobre el otro. Juaniño,
especie de gigantón, parecía deber llevar ventaja; sólo que Culás era más ágil,
más diestro. Sin sospechar ni en el nombre del jiu-jitsu, poseía sus tretas.
Asestó cierto golpe al tórax ancho, y Juaniño se tambaleó, aturdido, pronto a
desplomarse. Más antes tuvo tiempo de descargar, maquinalmente, el puño sobre
la cabeza de su adversario, que se doblegó como un muñeco de goma.
Ambos cayeron al suelo. Volvieron a erguirse.
La lucha se reanudó entre sofocadas interjecciones.
Se habían propuesto no emplear armas. No era
cosa para dejar el pellejo. ¡Si no se querían mal! Pero al recibir otro porrazo
cruel en la cara, Culás, viendo estrellas y círculos rojos ante sus pupilas
cegatas, echó mano al cuchillo... ¡Juaniño se derrumbó! No hubo sangre. La
herida sangraba por dentro.
Culás se alzó. Él, en cambio, estaba como un
carnero degollado: por narices y boca arrojaba hilos purpúreos. Corrió a
lavarse en una fuente. Y corrió más después, porque comprendía que, no se sabe
cómo, había matado a un hombre, y la justicia le echaría mano... No quedaba más
recurso que esconderse unos días, arreglar en Marineda el asunto y embarcar
para Buenos Aires.
"Blanco y Negro", núm. 954, 1909.
La Corpana
Infaliblemente pasaba por debajo de mi balcón
todas las noches, y aunque no la veía, como ella iba cantando barbaridades, su
voz enroquecida, resquebrajada y aguardentosa me infundía cada vez el mismo
sentimiento de repugnancia, una repulsión física. La alegre gente moza, que me
rodeaba y que no sabía entretener el tiempo, solía dedicarse a tirar de la
lengua a la perdida, a quien conocían por la Corpana; y celebraban los
traviesos, con carcajadas estrepitosas, los insultos tabernarios que le hipaba
a la faz.
Cuando me encontraba en la calle a la beoda,
volvía el rostro por no mirar a aquel ser degradado. No solamente degradado en
lo moral, sino en lo físico también. Daban horror su cara bulbosa, amorotada;
sus greñas estropajosas, de un negro mate y polvoriento; su seno protuberante e
informe; los andrajos tiesos de puro sucios que mal cubrían unas carnes color
de ocre; y sobre todo la alcohólica tufarada que esparcía la sentina de la
boca. Y, sin embargo, en medio de su evidente miseria, no pedía limosna la Corpana...
Aquella mano negruzca no se tendía para implorar.
Los que tenían el valor de ponerse al habla
con ella, de eso precisamente la oían jactarse: de que "se valía
sola"; de que vivía y se embriagaba a cuenta de su trabajo... ¡Su
trabajo!... Parecía increíble: la arpía encontraba labor..., ya que de algún
modo hemos de decirlo... Trajineros y arrieros que incesantemente cruzaban el
pueblecillo llevando sus recuas cargadas de pellejos de mosto, cueros o
alfarería vidriada; mendigos, transeúntes que corrían tierras espigando la
caridad; jornaleros que acababan de gastarse en la taberna parte del sudor de
la semana; mozallones desvergonzados que salían de tuna y se recogían antes del
amanecer, temerosos de una tolena de sus padres..., he aquí los que ofrecían a
la Corpana, entre bisuntas monedas de cobre, fieras zurribandas con las cinchas
de los mulos, puñadas entre los ojos, puntillones de zueco y bofetones de los
que inflan el carrillo... Porque ha de saberse que los más se acercaban a la
Corpana con objeto de tener el gusto de
majar
en ella, y la diversión consistía en la lucha, de la cual la mujer, con sus
bríos de hembra terne, salía rendida y vencida en todos los terrenos, excepto
en el verbal, no agotándose el chorro de sus injurias y sus pintorescos
dicterios, ni cuando yacía en el suelo, medio muerta a fuerza de golpes y de
ultrajes. Alguien llamaría sadismo a la peculiar atracción, salvaje y cruel,
que ejercía la Corpana en su clientela especial; y si hubiese sadismo en este
caso, preciso será conocer que no es la literatura quien propaga tales
iniquidades, pues la mayoría de los atormentadores de la muyerona no creo que
hubiesen deletreado, no digo yo al consabido divino marqués, pero ni aún el
abecé en la escuela.
Vagaba la Corpana siempre sola; ni las
regateras, fruteras ni panaderas del mercado, ni las aldeanas que venían a
vender gallinas y leña, ni las golfas de la calle, en pernetas y sin peinar, se
hubiesen juntado con semejante barredura. Equivocado estará el que crea que la
noción de la desigualdad social la cultivan las altas clases. Es en las bajas,
y aún en las ínfimas, donde se acata mejor esa ley de la clasificación y la
desigualdad ante los seres humanos. El mohín de desprecio que hacía a la
Corpana, por ejemplo, la Gorgoja, panadera de las más humildes, que compraba la
harina averiada y se sustentaba de revenderla, y que no era ninguna Lucrecia,
si hemos de atender a las murmuraciones, no puede compararse sino al que hace
la gran señora a la burguesa entremetida, que aspira a forzar las puertas de su
trato. A bien que la Corpana, altanera a su modo, digna a su estilo, no se
acercaba a ninguna de aquellas desdeñosas: se contentaba con soltarles, a
distancia, una ristra
de
insultos: "¡Lamelonas! ¡Porcallonas! ¡No tenedes faldra en la
camisa!".
Y cuál sería el grado de desprecio que
inspiraba la Corpana, que ni aún se dignaban cruzarse con ella. Reían entre sí,
escupían de lado, se limpiaban con el delantal y después aparentaban,
diplomáticamente, no haberla visto ni oído.
Indescriptible fue el asombro de la gente
cuando un día apareció la Corpana llevando de la mano a una niña.
Y no a una niña del arroyo; no a una de esas
criaturas enlodadas y famélicas, hoscas y escrofulosas, que representan, para
tantas pobres mujeres el fruto ansiado de las entrañas, sino una especie de
señorita gentil y escantadora, rubia y blanca, vestida con esmerada
pulcritud... Una chiquilla como un sol, de unos nueve a diez años, altiva,
trajeada de cretona gris, con su cuello blanco, su lazo azul en el pelo y la
mata de reflejos dulcemente trigueños tendida por la espalda. La extrañeza,
elevada a pasmo, se reflejaba en los cándidos ojos, de violeta de la flor de
lino, que la pequeña alzaba hacia su madre... Porque todo el pueblo lo sabía a
la media hora: la chiquilla era hija de la Corpana, recogida, criada y educada
en casa de una hermana mayor de la perdida, que tenía tienda allá en
Puentemillo, y que acababa de morir súbitamente. Los herederos, los sobrinos
legítimos, devolvían a la loba la inocencia lobezna, y allí andaban las dos,
madre e hija, todo el día de la
mano;
la borracha, sin borrachera; la criatura, atónita y encogida de miedo a algo,
no sabía ella decir a qué... Sus mejillas palidecían, su boca se contraía, sus
manos se ponían color de sebo, su vestidito planchado se ajaba y a la semana
siguiente había adquirido el aspecto sórdido de las pobretonas...
Un domingo, al cruzar la plaza para ir a
misa, vi que la propia Corpana me salía al encuentro y me cortaba el paso. No
temí la racha de injurias que hasta involuntariamente expelía aquella boca: la
Corpana venía de paz, venía con los ojos en el suelo... y, en aquel mismo
instante, sentí dentro de mí dos cosas: la primera, que aquella mujer no
profería una palabra que no fuese dolor y vergüenza de sí misma; la segunda,
que yo ya no sentía ni repulsión ni desdén. Había entre nosotras algo humano
que tácitamente nos ponía de acuerdo.
-Por caridad de Dios -balbucía la que nunca
había pedido limosna y lo tenía a menos-. Saquen de mi poder a esta criatura,
señores... Sáquenmela pronto, llévenmela... ¡Ya ven que no puede ser!
-No puede ser -repetimos todos, comprendiendo
inmediatamente; y tomando a la niña con nosotros, la rodeamos como de un
círculo defensivo, la aislamos, por un movimiento al cual el instinto dio la
precisión de una maniobra militar.
Y lo terrible fue que la niña, sonrosada de
gozo y emoción, se nos entregaba, presurosa de libertarse de su tremenda madre;
se nos pegaba, huyendo horripilada de la que le había dado el ser... Y yo,
fijando el mirar con involuntaria atracción en la Corpana, vi que de los ojos
inyectados de la alcohólica saltaba una lágrima pequeña, que debía de ser muy
acre, amargosa como el zumo de las retamas en el monte bravío...
Cuando hubimos colocado a la chiquilla en un
convento de enseñanza, a fin de que pasase allí los años que le faltaban para
tener edad de ganarse el pan honradamente, me dijo un día Tropiezo, el médico
de Vilamorta:
-¿Llorar la Corpana? Sería aguardiente de
orujo.
¡No! Era sangre y agua, era dolor líquido...
En todo corazón está oculta una lágrima. Y los moribundos la vierten en la
agonía, si en vida no pudieron...
"El Imparcial", 16 septiembre 1907.
Lumbrarada
En el mismo lindero del monte se encontraron,
mirándose con sorpresa, porque no se conocían... Y en la aldea, eso de no
conocer a un cristiano es cosa que pasma.
A la extrañeza iba unida cierta hostilidad,
el mal temple del que, dirigiéndose a un sitio dado para un fin concreto,
tropieza con otra persona que va al propio sitio llevando idéntico fin. No
cabía duda; armados ambos de un hacha corta, en día tan señalado como aquel,
sólo podían proponerse picar leña al objeto de encender la lumbrarada de San
Juan... Así es que prontamente, desechando el pasajero enojo, su juventud
estalló en risa. Ella reía con un torongueo de paloma que arrulla, columpiando
el talle y el seno; él reía enseñando los dientes de lobo entre el oro
retostado del bigote.
-Entonces, ¿viene por rama? -preguntó ella,
así que la risa le permitió formar palabras.
-¿Y por qué había de venir, aserrana, no
siendo por eso?
-¿Yo qué sé? También se podía venir paseando.
-¿Paseando con la macheta?
-Bueno, cada persona tiene su gusto...
Mientras tocaban estas dicherías se
examinaban, ya medio reconciliados, llenos de curiosidad, creyendo reconocerse
y no lográndolo. ¿Dónde había visto ella aquellos ojos color del mar cuando
está bravo y se quiere tragar las lanchas pescadoras? ¿Dónde habían reído otra
vez para él aquellos labios de cereza partida, infladitos, bermejos y pequeños?
¿Dónde, dónde?
-¿Tienes la casa muy lejos?
-¿Por qué me lo pregunta? -articuló ella
súbitamente recelosa-. ¡Hay tanto pillo capaz de burlarse de las mozas si las
topa solitas en un monte cubierto de pinos, cuando no se oye más ruido que el
del viento zumbando en la copas y no se ve más cosa viviente que las pegas
blanquinegras saltando entre la hojarasca podrida!
-Lo preguntaba al tenor de que le pesará el
fajo para carretarlo allá a cuestas.
-Ayudando Dios, bien lo carretaré hasta la
era del tío Miñobre.
-¿El tío Miñobre? ¿El zapatero? ¡Qué de
medias suelas me echó a los zapatos siendo yo chiquillo, mujer! ¿Y qué eres tú
del tío Miñobre?
-Su hija, ¡vaya! ¿Qué había de ser?
El mozo, asombrado, se quedó pensativo. Su
figura esbelta, bien plantada, lucía con el traje de marinero, que le descubría
el cuello robusto, atezado, hendido en la nuca por enérgica expresión. Al fin
castañeó los dedos triunfalmente.
-¡Camila! ¡Camila! ¿No te alcuerdas de mí?
Soltó la rapaza el hacha de leñadora y
juntando las manos en señal de admiración, exclamó placentera:
-¡Félise! ¡Ya lo estaba cavilando: este, o es
Félise o es el mismo demonio en su figura!
-¡Vaya, mujer! ¡Conque Camila!
-¡Vaya, hombre! ¡Conque Félise! ¡Tantos años
que largaste de aquí! Y luego, ¿viéneste a quedar en la aldea?
-A eso vengo. Serví, cumplí, traigo unos
pesos y hay salú. Mientras mi madre viviere, aquí me ha de sostener la tierra.
-Por muchos años... -deseó ella, bajando la
vista, con el dulce mohín vergonzoso de las vírgenes aldeanas.
-Y entonces, ahora que nos conocemos,
¿cortamos la ramalla de una vez? Porque yo falto de la aldea desde que era
pequeño como un botón, y tengo ganas de armar la lumbrarada, como en aquel
tiempo, ¿oyes, mujer?
Cada uno de los dos interlocutores rompió a
esgrimir con ánimo el hacha. Había, en el movimiento de cortas ramas y hasta
pinos menudos, una especie de porfía de vigor y de fanfarronada juvenil;
tratábase de reunir pronto más leña, para avergonzar al compañero. Era ese
pugilato de fuerzas físicas entre el varón y la hembra, que es uno de los
atavismos de la raza, en la cual las hembras no han sido vencidas por los
hombres, ni en caletre ni en musculatura. Y aunque Camila Moñobre tuviese poco
de virago, y sintiese que el sudor brotaba de cada onda de su pelo negro,
alisado con agua e indómito ya, se daba prisa, incansable, apilando madera
verde, envuelta en el vaho de resina y cubierta por el espesiallo de finas
púas, que caía a cada golpe. Las mariposas forestales de alas de terciopelo
castaño huían despavoridas; los pájaros monteses se disparaban revolando,
alarmados ante aquel estropicio; una liebre salió por pies de entre las uces.
Félix sintió una compasión irónica.
-Deja, mujer, que ya tienes ahí para dos
fogueras. ¿De qué te vale tanto cortar? Luego no puedes cargarlo a lomos.
-Si puedo o no puedo, se verá... ¿Tú cortaste
ya lo que te cumplía?
-Paréceme que sí
-Pues ¡hala!
Y, con resolución furibunda,
atropelladamente, la moza, desciñéndose una cuerda que llevaba arrollada al
talle, empezó a liar el haz. Otro tanto hizo Félix, también provisto de soga.
Después, galantemente, se ofreció a erguir y cargar el haz de Camila: él ya se
las arreglaría para echarse a cuestas el suyo. Y lo hizo, apoyándose en el
vallado, hinchándosele un poco las venas del cuello. Los haces eran enormes; el
ramaje barría el suelo y cubría a los portadores que, al romper a andar
trabajosamente, agobiados, parecían un matorral ambulante. Avanzaban dando
traspiés, cegados, y del fondo del matorral salía a veces una risada, violenta
por la fatiga y el esfuerzo.
Ninguno de los dos, ni por el valor de una
onza de oro, hubiese confesado que aquello pesaba de más. Al resistir el peso
significaban, con bizarra vanidad, ella: "Soy hembra de labor, capaz de
ayudar a mi hombre", y él "Aunque me ves de marinero, sigo siendo un
mozo de aldea, y lo que otro haga, a fe, hágolo yo". Y continuaban,
habiendo salido ya a la carretera vecinal, que ocupaban de cuneta a cuneta, con
el desbordamiento del fajo reventón. De pronto, el haz de Camila pareció
aplastarse en tierra: era que la rapaza se había caído de rodillas. No podía
Félix ayudarla... Se irguió como supo, y de entre las ramas tupidas brotó una
protesta.
-Fue que di contra un croyo... Velo ahí,
¿ves?
Félix desvió con el pie la piedra, y
siguieron marchando, mudos, jadeantes. La tarde caía, y el lucero tembloroso
como una perla colgaba en pendentivo, titilaba en el cielo pálido. En la
revuelta, el crucero abría sus brazos de piedra ruda donde, toscamente
esculpido, moría el Redentor. El sol no quería acabar de ocultarse: estaba
quieto, rendido de tanto haber bailado al salir en la mañana mañanera del señor
San Juan. El crepúsculo era infinitamente largo y dulce. Los dos mozos se
habían detenido a la vez, soltando el haz y pasándose la mano por la frente
inundada, en que latían las arterias.
-¿Aquí? -murmuró él, transigiendo.
-Bueno, aquí... -contestó ella, hipócrita,
como quien se deja obligar.
Emprendieron a desliar el fajo, y él, echando
de soslayo una ojeada a la rapaza sofocadísima, propuso:
-¿Armamos dos lumbraradas..., o una sola,
Camiliña de azúcar?
-Según sea tu gusto, Félise.
Sin más, autorizado, juntó el marinero los
dos haces en enorme pira y, restallando un fósforo, les prendió fuego. Camila
ayudaba, soplaba, activaba. Chasquearon las ramas, se alzó humo denso, y el
olor a manzanilla y saúco que venía del prado vecino quedó ahogado entre el
vaho a trementina del pino frescal... Félix, con agilidad de marino, saltó la
hoguera, alzando torbellinos de centellas menudas, y al tomar vuelo fue a caer
contra Camila, que reía otra vez y que le amparó.
Y como la hoguera iba terminando -¡qué pronto
arde tanta rama!- se miraron, y enganchados del dedo meñique alejáronse
lentamente del crucero, entre la apacible penumbra del crepúsculo, que no
terminaba nunca. Félix, a la oreja de Camila susurraba:
-Buena lumbrarada la que hemos armado, mujer.
"El Liberal", 5 agosto, 1907.
La advertencia
Oyendo llorar al pequeño, el de cuatro meses,
la madre corrió a la cuna, desabrochándose ya el justillo de ruda estopa para
que la criatura no esperase. Acurrucada en el suelo, delante de la puerta, a la
sombra de la parra, cargada de racimos maduros, dio de mamar con esa placidez
física tan grande y tan dulce que acompaña a la vital función. Creía sentir que
un raudal tibio e impetuoso salía de ella para perderse en el niño, cuyos
labios inflados y redondos atraían tenazmente la vida de la madre. La tarde era
bonita, otoñal, silenciosa. Sólo se oía el silbido de un mirlo, que rondaba las
uvas, y el goloso glu-glu del paso de la leche materna por la gorja infantil.
Sobre el sendero pedregoso resonaron
aparatosas las herraduras de un caballo. Resbalaban en las lages, y sin duda
arrancaban chispas. La aldeana conoció el trote del jamelgo: era el del médico,
don Calixto. Y gritó obsequiosamente:
-Vaya muy dichoso.
El doctor, en vez de pasar de largo, como
solía, paró el jaco a la puerta de la casuca y descabalgó.
-Buenas tardes nos dé Dios, Maripepiña de
Norla... ¿Qué tal el rapaz? Se cría rollizo, ¿eh?
La madre, con orgullo, alzó al mamón la ropa
y enseñó sus carnes, regordetas, rosadas, no demasiado limpias.
-¿Ve, señor?... Hecho de manteca parece.
-Mujer, me alegro... De eso me alegro mucho,
mujer... Porque has de oírme: he recibido carta de los señores, ¿entiendes?, de
los señores, los amos... Que les mande allá una moza de fundamento, y de buena
gente, y sana, y bonita, y que tenga leche de primera, para amamantarles el
hijo que les acaba de nacer... Y con estas señas no veo en la aldea, sino a ti,
Maripepiña.
Un asombro, una curiosidad atónita, se
marcaron en el rostro algo amondongado, pero fresco y lindo, de la aldeana.
-¿Yo, don Caliste? ¿A mí...?
-A ti, claro, a ti... No sé de qué te
pasmas... A mí no había de ser... Si te dijese que te llamaban para guiar el
coche, bueno que te asombrases...
-Y entonces, ¿quiérese decir que tengo que
largar para Madrí, don Caliste?
-No siendo que pienses darle teta desde aquí
al pequeño de los señores...
-No se burle... No se burle... ¿Y qué dirá mi
hombre cuando sepa que dejo la casa y los rapaces?
-Dirá que perfectamente. ¿Qué diantre ha de
decir? Os cae en la boca una breva madura. Ocho pesos de soldada al mes,
comida..., ¡ya supondrás qué comida! Y ropa... ¡De ropa, como la reina!
Collares y pendientes de monedas de oro, pañuelos bordados, mantel de
terciopelo... ¡Hecha una imagen!
-Ocho pesos -repitió impresionada la aldeana,
mientras el mamón, acogotado de hartura, cerraba los ojuelos y se adormecía-.
¿Dice que ocho pesos?
-¡Y propinas! ¡Propinas gordas!
Maripepiña meneó la cabeza, cubierta de densa
crencha, de un rubio magnífico, veneciano, que, sencillamente alisado para
domar su rizosa independencia, brillaba a los últimos rayos del sol. Cubrió el
globo del seno, que todavía rozaba, descubierto, la cabeza del niño dormido, y
repitió:
-¿Qué dirá mi hombre?
-¿El trabaja en la viña de Méntrigo?
-Sí señor... Allí está el enfelís, aguantando
calor desde la madrugada.
-Pues, paso por allá y se lo remito... porque
esto no da espera, mujer. Si te determinas, has de salir hoy mismo: vengo a
recogerte y te llevo a Vilamorta; la diligencia sale a las once de la noche,
por aprovechar las horas frescas.
Nada contestó la moza... Su estrecha frente
estaba como abarrotada de pensamientos contradictorios. El médico cabalgó otra
vez y se alejó, con el mismo choque de eslabón de las herraduras contra las
lages de la calzada bruñidas por el tiempo.
Un cuarto de hora después, el hombre de
Maripepa aparecía, chaqueta al hombro, azadón terciado. No hubo explicación: ya
venía informado por el médico:
-Y luego, Julián, ¿qué nos cumple hacer?
El aldeano, al pronto, calló, con cazurro
silencio. Soltó azadón y chaqueta y fue a sacar de la herrada un tanque de agua
fría, que apuró a tragos largos, como se deben apurar las amarguras
inevitables...
Limpiándose la boca con el dorso de la mano,
se acercó, cejijunto, a su mujer, que acababa de soltar al crío en la cuna.
-Nos cumple, nos cumple... -repitió
sentencioso-. Nos cumple a los pobres obedecer y aguantar... El amo, si está de
buenas, puédese dar que nos perdone la renta del año; y que la perdone, que no
la perdone, tus ocho pesos nadie te los quita. Y tú, según los vas cobrando,
aquí los remites, que yo tengo mi idea, mujer, y nos perdonando la renta, si tú
se lo sabes pedir con buen modo a la señora, con tu soldada mercábamos el cacho
de la viña que está junto al pajar, y ya teníamos huerta, patatas y berzas, y judías,
y calabazas, y todo...
-Bien; estando tú conforme, voy a recoger la
ropa.
El marido gruñó:
-Lleva no más lo puesto, parva, que ropa ha
sobrarte.
-Y a los rapaces, ¿quién los atiende?
-Estarán atendidos. Vendrá mi hermana, la más
pequeña. Ya cumplió los diez años por San Juan; sirve para cuidarlos.
-Que no le falte leche a Gulianiño -imploró
la madre, señalando a la cuna.
Y al pronunciar el nombre cariñoso del nene,
se le quebró la voz a Maripepa y las lágrimas apuntaron en sus ojos verdes, del
color de los pámpanos de la vid.
El marido, por su parte, también sintió no sé
qué allá, en lo hondo de sus toscas entrañas de labriego amarrado sin reposo a
la labor que gana el pan oscuro y grosero... Por un instante los esposos se
miraron, con el mismo ¡ay!, con la misma devoción a la cría, a la prole.
-Voyme de mala gana, mi hombre -suspiró la
hembra.
-¡No hay remedio! -articuló él,
reflexivamente.
Y, de pronto, agarrando por el pescuezo a
Maripepa, la besó sin arte, restregándole la cara.
-Cata que eres moza y de buen parecer
-refunfuñaba entre estrujones-. Cata que no se vayan a divertir a mi cuenta los
señoritos... Tú vas para el chiquillo y no para los grandes, ¿óyesme? En Madrid
hay una mano de pillería. Como yo sepa lo menos de tu conducta, la aguijada de
los bueyes he de quebrarte en los lomos...
La aldeana sonreía interiormente, bajando
hipócrita los ojos. Ella sería buena por el aquel de ser buena; pero su hombre
no tenía un pie en Norla y otro en Madrid, y los mirlos no iban a contarle lo
que ella hiciese... Y, con modito maino, se limpió los carrillos del estregón y
sacudiendo la mano en el aire, articuló mimosa:
-¡Asús, lo que se te fue a ocurrir, santo!
¡Nuestra Señora del Plomo me valga!...
Obra de Misericordia
El pueblecillo parecía difumado en sombría
bruma y en el aire flotaba dolor. La escasa gente que se atrevía a salir a la
calle iba a tiro hecho: a buscar remedios, que escaseaban en la botica, o a
pedir en el huerto del conventillo de San Pascual rama de eucalipto, para
quemarla en braseros y cocinas y aprovechar así el más barato y humilde de los
desinfectantes. A la puerta de don Saturio, el médico, había siempre un grupo
que se comunicaba sus cuitas en voz lastimosa y apagada.
-No está... Salió esta mañana cedo, para
Lebreira, que muérese el cura...
-Y cuando torne, somos más de cincoenta a lo
llamar...
-Yo tengo el padre en las últimas. No sé qué
le dar, ni qué le hacer.
-Las dos fillas mías echan la sangre a
golpadas.
-Este negro mal les da a los mozos, a los
sanos, y nos deja por acá a los que ya más valiera que nos llevara... ¡Nuestra
Señora del Corpiño nos valga, Asús!
El trote cansado de un rocín interrumpió la
plática. El médico, enfundado en recio gabán, calado un sombrerón ya desteñido
por las lluvias, regresaba de Lebreira, y en su rostro, que la mal afeitada
barba rodeaba hoscamente, se leían la inquietud y el disgusto. A las preguntas
de las comadres contestó con un gesto de adustez.
-¿El señor cura? Con Dios, ya desde antes de
yo llegar...
Un coro de súplicas se alzó:
-Señor, por el alma de quien más quiera,
venga a mi casa.
-Venga antes a la mía, señor, que el marido y
el hijo están acabando y no sé cómo valerles...
-A la mía, que mayor desdicha no la haberá...
Rabioso, se apeó el médico, gritó a su criado
la orden de recoger el caballejo a la cuadra, y después de vacilar unos
segundos -hubiese preferido descansar y una taza de café muy caliente- siguió a
la que acababa de alegar la gravedad del marido y del hijo.
Por callejas sucias y pedregosas se
dirigieron a una casa algo más cuidada, de mejor apariencia que las restantes.
Las maderas de esta casa, puertas y ventanas, eran nuevas, y tenían el aspecto
de solidez de lo bien construido. Como que el moribundo era el mejor carpintero
del pueblo, y le sobraba trabajo, sobre todo desde que se había declarado la
fatal epidemia... Sí: desde que caían diariamente diez o doce personas,
aterradora proporción para tal vecindario, Mateo Piorno no descansaba de día ni
de noche, serrando y ajustando tablas destinadas a ese luengo estuche, más
ancho y alto por la cabecera, en que ha de contenerse todo el orgullo, toda la
maldad, toda la miseria y toda la ilusión humana. Los ataúdes producían más que
otro trabajo cualquiera, porque aún los muy pobres no suelen regatear
tratándose de estos artículos, y llovían los pesos duros en la hucha de Mateo
Piorno, hasta el día en que le acometió también a él -a fuerza de cerrar cajas
acercándose a los muertos
y
manejándolos- el mal, aquel mal que de los muertos venía, que era seguramente
la emanación deletérea de tanta carne de hombre hacinada en los campos de
batalla, mal cubierta por la tierra madre, horrorizada de ver sus entrañas
profanadas así. Y mientras el carpintero, todavía joven y vigoroso, luchaba con
el morbo, al principio hipócritamente benigno, de repente avasallador, el hijo,
de dieciséis años, se rendía a su vez, y la queja sorda de los dos enfermos era
un ruido quizá doblemente fatídico que el de los martillazos clavando las
cajas...
Cuando el médico entró, Mateo, desde hacía
media hora, había cesado de quejarse. Don Saturio alzó el embozo y miró el
rostro, que empezaba a adquirir tintas plomizas.
-¡Para este -gruñó- no hago falta!...
La mujer exhaló un chillido desesperado.
Comprendería de súbito. Y cuando empezaba a lamentarse una voz familiar la
llamó desde la puerta:
-¿Qué es eso, Cándida? ¿Qué ha pasado?
Era un fraile mendicante, alto, seco, que
venía cargado de un brazado enorme de rama de eucalipto; y con él entró una
ráfaga de esencia pura, fuerte; un aire de salud. El médico le hizo una seña.
-Me encontré esta novedad... Y no será la
única... Falté del pueblo unas horas, porque fui a Lebreira, donde el abad ya
falleció. Esto es el fin del mundo. La mitad más uno de los vecinos con la tal
peste. Aquí, el muchacho me parece que salvará; haga usted la desinfección con
el formol, y déle otro sello de aspirina. Yo me voy, que me esperan quince o
veinte. Aún no he comido. Me duele la cabeza. Y lo peor es que no sirve de nada
tanto fatigarse. ¡Caen como moscas!
El fraile entró. Empezó por rezar brevemente
ante la cama de Mateo. Se volvió luego hacia la mujer, y poniéndole la palma de
la mano en el hombro, no sugirió: ordenó la conformidad.
-Lo manda Aquel... No somos nadie para
rebelarnos contra lo que manda. Y tú, Cándida, ¿puede saberse por qué no me
avisaste antes? No debiste dejar que tu marido se fuese así... A más, yo estaba
bien cerca: en casa de Manuel el albéitar, que la madre también... ¡Ea, mujer,
ánimo! Reza conmigo, y después, no te falta quehacer con el muchacho. Dale a
beber agua con una cucharada de ron. Yo le administraré las medicinas. Va a
sudar; ponle otra manta.
La mujer iba a coger la de la cama de Mateo;
un respingo del fraile la contuvo.
-Pero, señor, si ya mi marido, malpocado, no
necesita la manta...
-Hay que perdonarte porque no sabes lo que
haces. Coge una de las que tienes de reserva, para el enfermo. Después, ve a
avisar que vengan a llevarse a tu esposo: ya sabes que no permiten que estén en
casa ni una hora.
Mientras la mujer cumplía los menesteres, el
franciscano entró en la pieza que servía de taller a Mateo. Había en ellas olas
de virutas, hacinamiento de astillas y tablones, el banco reluciente por el
uso, con esos curiosos esgrafiados que son la vanidad de los carpinteros. Y en
el centro del taller, un féretro nuevo, oliendo gratamente a resina, al cual
sólo faltaba una tabla en la tapa. El carpintero no pudo acabar su labor...
El fraile tomó el martillo y, torpemente,
clavó la tabla, pegándose más de una vez en los dedos. Luego arrastró tapa y
caja al dormitorio, donde yacía Mateo, y donde su hijo empezaba a amodorrarse,
en el bienestar del sudor resolutivo. Tapó al enfermo, desinfectó rápidamente.
Cándida no tardó en presentarse gritando de un modo histérico:
-¡Ay señor! ¡Ay santo! ¡Ay padre! ¡Infames,
perdidos! No querían darle sepultura.
-¿Qué dices, mujer?
-Que el enterrador está en la cama, y los
otros dicen que no es cosa suya, que no es obligación. ¡Tienen miedo!
¡Malvados!
-Motivo hay... -declaró el franciscano,
moviendo la cabeza-. No los insultes. Bastante infelices sois todos.
Y como Cándida sollozase amargamente,
compadeciéndose a sí misma, el fraile añadió con imperio:
-Ayúdame, hermana. Aquí tenemos el ataúd; tú
envuelve en la sábana el cuerpo.
Mientras la mujer realizaba esta tarea, el
fraile corrió de nuevo al taller, y con dos astillas y una tachuela hizo una
cruz.
-¡Ahora, ánimo! Agárralo por los pies, yo por
los hombros...
Lo depositaron cuidadosamente en el féretro,
y el fraile depositó sobre el pecho la tosca cruz, sujetando lo mejor que supo
la tapa de la caja.
-¿Y ahora, señor? -murmuró la mujer.
-¡Ahora, arriba! ¡A los hombros! ¿Puedes?
Había que poder. El carpintero pesaba.
Gruesas gotas de sudor corrían por la frente del fraile. Cándida no penaba
tanto, hecha a más rudas labores, sin duda, pero la sacudía el zopillar
angustioso.
-Calla, mujer, calla; ya hiparás después...
A nadie encontraron en su fúnebre paseo. El
cementerio estaba próximo, por fortuna. No tardaron en hallar las herramientas.
Los brazos les dolían, la respiración les faltaba al cavar en el suelo
endurecido la ancha fosa. El fraile, cuando ya vio el ataúd depuesto, pensó en
orar. Dijo las preces, bendijo la sepultura cristiana. Luego cubrió el ataúd
con los removidos terrones. Y enjugándose el sudor, ya frío en sus sienes, iba
a retirarse, a tiempo que divisó a dos hombres, portadores de otra fúnebre
carga. Sólo que esta vez faltaba el féretro. ¿No faltaba también el carpintero?
Venían los despojos envueltos en una manta. Y el fraile, sencillamente,
suspirando de fatiga, tomó otra vez el azadón...
-Yo los ayudo, hermanos.
"Raza Española", núm. 1, 1919.
Bajo la losa
Cuando entrábamos en la antigua mansión,
entregada desde hacía tantos años, no al cuidado, sino al descuido de unos
caseros, me dijo mi padre:
-Mañana puedes ver el cuerpo de una tía
abuela tuya, que murió en opinión de santa... Está enterrada en la capilla y
tiene una lápida muy antigua, muy anterior a la época del fallecimiento de esta
señora; una lápida que, si mal no recuerdo, lleva inscripción gótica. La señora
es de mediados del siglo dieciocho.
-Veremos un puñado de polvo -observé.
-La tradición de familia es que está
incorrupta, y que de su sepulcro se exhala una fragancia deliciosa.
-¿Y cómo se llamaba? -interrogué, empezando a
sentir curiosidad.
-Se llamaba doña Clotilde de la Riva y
Altamirano... Vivió siempre aquí, y no debió de ser casada, pues papeleando en
el archivo he encontrado sus partidas de bautismo y defunción, pero no la de
matrimonio.
-¿Se sabe algo de su vida?
-Poca cosa... Lo que de boca en boca se han
transmitido los descendientes... A mí me lo dijo mi madre, yo te lo repito
ahora... Parece que era una especie de extática tu tía... Y añaden que curaba
las enfermedades con la imposición de manos. Lo que puedo asegurarte es que
murió joven: veintiocho años... Añaden que no sólo curaba los cuerpos, sino las
almas. Cuando una moza de la aldea daba que sentir, se la traían a la tía
Clotilde y le quitaba la impureza del corazón poniendo la palma encima.
-Pero de todo eso, ¿quedan testimonios
escritos? -insistí con anhelo de evidencia en que apoyar los deliciosos
abandonos de la fe.
-Ninguno... Esas cosas no suelen escribirse,
y, sin embargo, son las más interesantes... Pero si mañana encontramos el
cuerpo incorrupto, ¿cómo dudar de que tenemos a una santa en la familia?
Mi padre no añadió palabras sobre el asunto,
porque tuvo que dar disposiciones relacionadas con el problema de cenar y
dormir. Todo estaba abandonado en el caserón; aquella gente labriega tenía los
muebles destrozados, y las camas torneadas, de columnas salomónicas, dedicadas
a frutero. Al fin logramos que nos habilitasen dos colchones y que se friesen
unos huevos y se calasen unas sopas de leche. Después de la frugal refacción,
mi padre se fue a celebrar una conferencia con los caseros, matrimonio ya encanecido,
y yo me asomé a un balcón que daba al antiguo jardín de mirtos, y sobre el
cual, formando ángulo, presentaba su fachadita algo barroca la capilla donde
reposaba doña Clotilde. El jardín era ya bosquete confuso y enmarañado. Cada
planta había crecido a su talante, y la forma severa y geométrica del diseño ni
adivinarse podía. Arboles enormes se destacaban sobre la masa de verdor oscuro,
y a trechos las sendas y glorietas aún blanqueaban. Olores de miel subían de
los
macizos
en flor. A lo lejos, la ría enroscaba su lomo de dragón de plata, dormido bajo
los ópalos misteriosos de la luna. Se escuchaba el cristalino gotear de una
fuente, oculta entre los arbustos, que, sin duda, en otro tiempo manó hermoso
chorro de agua; pero ahora, obstruido el caño, exhalaba un sollozo
interrumpido, lento. Y dentro de mi alma le contestaba otro sollozo. Porque yo
-y al llegar aquí de su relación, el sobrino y nieto de doña Clotilde estaba
tan pálido como debió de estarlo su tía y abuela en el féretro-, yo, entonces,
tenía el corazón más enfermo de lo que pudieran tenerlo las mozas a quienes la
Santa curaba aplicándoles la mano; y enfermo de peor enfermedad, pues no era
impureza, sino pasión desesperada a fuerza de ser pura y llena de idealismo, lo
que yo padecía, lo que ocultaba como debiera Don Quijote haber ocultado su
locura generosa, y lo que, habiendo subyugado mi razón, amenazaba dar al traste
con ella, llevándome sabe Dios a qué abismo, entre negras
ondas
de melancolía... Clavando los ojos en la cerrada puerta que guardaba el arcano
de una vida más cercana al cielo que al suelo vil, invoqué a la Santa,
recordándole que soy de su estirpe, que me une a ella un lazo que jamás se
rompe... "¡Santa Clotilde -murmuré, como a mi pesar-, la del cuerpo
incorrupto!... Pon tu palma fina sobre este corazón donde circula la misma
sangre que circulaba por el tuyo, superior a las miserias de la vida y a los
afanes que la consumen... Sáname, sáname... Que yo piense en otra cosa, que yo
me liberte de esta idea mortalmente adorada...".
Y con la fuerza y el relieve que tienen las
alucinaciones, me representé a la tía Clotilde tal cual estaría en el momento
en que alzásemos la lápida desgastada que cubría sus restos... Parecería
dormida, no muerta. Sus ojos, dulcemente cerrados, darían sombra con las
pestañas largas a las mejillas de magnolia. Sus manos, llenas de sortijas,
largas como manos de retrato, cruzadas sobre el pecho, no habrían perdido nada
de su flexibilidad ni de su delicadeza mórbida; y yo, cometiendo una respetuosa
profanación, cortaría una de esas sagradas manos, para aplicármela sobre el
corazón y curarme. Después guardaría la mano milagrosa en una caja de plata, lo
más rica posible, cuajada de gemas y de topacios, y siempre que la pasión me
rondase en la sombra, sacaría el talismán, y su contacto de sedosa nieve
volvería la calma a mi espíritu...
En medio de mi ensueño, me sobrecogí... La
puerta de la capilla se abría sin ruido, y salía de ella una mujer... Era
imposible distinguir a aquella distancia y entre la sombra que proyectaban los
arbustos, entrelazados y espesos, ni sus facciones, ni aún su forma; su ropaje
era una vaguedad blanca, y su rostro, una mancha más blanca aún, bajo el ópalo
triste de la luna. Más indecisa aún la visión, porque, como temerosa, se
escondió prontamente entre el follaje. Hasta podría dudarse si era real su
aparición.
Ya se deja entender que apenas dormí. No era
la incomodidad de la cama lo que me impedía cerrar los ojos. Era el afán, la
impaciencia de ver las manos divinas que consuelan los corazones y mitigan las
fiebres de las almas locas...
Apenas mi padre despertó y despachó un frugal
desayuno, bajamos a la capilla provistos de herramientas para desquiciar la
losa. El casero nos acompañaba. La capilla estaba más abandonada y destruida
aún que el resto del edificio. Por los claros del techo, podrido de humedad,
entraba la luz del día. Paja y boñiga alfombraban el pavimento. Mi padre,
enojado, se volvió hacia el casero.
-¿Por qué metéis aquí los bueyes?
El hombre negó primero; luego, trató de
excusarse torpemente... Empezó a desquiciar la losa de carcomidos caracteres
góticos, y mi padre y yo le ayudamos con nuestros palos de hierro. Al fin
logramos conmoverla, y fuimos alzándola cuidadosamente. Mi fantasía, excitada,
me hacía percibir un aroma exquisito, que sin duda era el de las rosas del
jardín pasando al través de la puerta.
Salió la losa de su engaste. Un hueco sombrío
apareció. Era una sepultura en cuyo fondo se veían algunos huesos carcomidos,
trozos de tela de color indefinible y próximos a deshacerse en ceniza; en suma,
lo que suele hallarse en todo sepulcro. ¡No ya cuerpo incorrupto, ni siquiera
cuerpo momificado!
Nos miramos llenos de contrariedad...
Resolvimos dejar caer otra vez la losa en su
sitio, cuando reparé en un puntito brillante que asomaba entre el polvo. Tendí
la mano, y cogí un medallón pendiente de cadena sutil. No me vieron cometer el
piadoso latrocinio: mi padre estaba distraído en examinar los desperfectos del
retablo, de suntuosa talla dorada, y el casero en disculparse. Habían hecho
establo, y sabe Dios si pajera, de la capilla...
Después, así que averigüé que el casero tenía
una hija joven, comprendí que era ella la que vi salir de noche, recatándose,
después de haber borrado precipitadamente y mal la huella de tantos abusos.
Y cuando examiné el medallón hallado en la
tumba de Clotilde, comprendí también por qué no podría curarme su mano... El
medallón contenía un retrato y un rizo de pelo. ¿Cómo me había de curar la
desdichada, si debió de padecer mi propio mal, y acaso de él murió?
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 28, 1909.
Milagro natural
En la iglesuela románica, corroída de
vetustez, flotaba la fragancia de la espadaña, fiuncho y saúco en flor, que
alfombraban el suelo y que iban aplastando los gruesos zapatones de los
hombres, los pies descalzos de los rapaces. Allá en el altar polvoriento, San
Julianiño, el de la paloma, sonreía, encasacado de tisú con floripones
barrocos, y la Dolorosa, espectral, como si la viésemos al través de vidrios
verdes, se afligía envuelta en el olor vivaz, campestre, de las plantas
pisoteadas y de las azules hortensias frescas, puestas en floreros de cinco
tubos, que parecen los cinco dedos de una mano.
Sin razonar nuestro instinto, deseábamos que
la misa terminase.
Al pie del atrio, allende la carcomida verja
de madera del cementerio, nos aguardaba el coche -cuyas jacas se mosqueaban
impacientes- que iba a reconducirnos, a un trote animado, a las blancas Torres,
emboscadas detrás del castañar denso, sugestivo de profundidades. Y ya nos
preparábamos a evadirnos por la puerta de la sacristía, cuando el párroco,
antes de retirarse, recogiendo el cáliz cubierto por el paño, rígido, de viejo
y sucio brocado, se volvió hacia los fieles, y dijo, llanamente:
-Se van a llevar los Sacramentos a una
moribunda.
Comprendimos. No era cosa de regresar, según
nos propusimos, a las blancas Torres. Había que acompañarle. Irían todos:
viejos, mociñas, rapaces, hasta los de teta, en brazos de sus madres, y con sus
marmotas de cintajos tiesos. Y sería una caminata a pie, entre polvareda,
porque, ¡Madre mía de los Remedios!, años hace que no se veía tal secura, no
llover en un mes, y las zarzas y las madreselvas estaban grises, consumidas del
estiaje y de la calor...
Mientras nos tocábamos los velitos y
comprobábamos, con ojeada de consternación, que no traíamos sombrillas,
tratamos de indagar. ¿Caía muy lejos? La respuesta enigmática del terruño:
-La carrerita de un can...
Se organizaba el cortejo. Rompimos a andar
por el camino hondo, barrancoso, resquebrajado. Delante, el cura y el acólito,
y en tropel, el gentío, oliente a la lejía de las camisas limpias domingueras y
al sudor de los cuerpos. El día era de los de sol velado y picón, sol mosquero,
más cansino que el descubierto, si no tan riguroso. Jadeábamos un poco, pero
nos sostenía la necesidad de no desmerecer ante los aldeanos, y sus
exclamaciones apiadadas eran estímulos para nuestro valor. ¡Ahora se verían las
señoras, las regalonas! Apretábamos el paso. Una serie de portillos que saltar;
y después, las tierras labradías, el angosto carrero, orlado de manzanillas
ajadas. El carrero se prolongaba a lo lejos, en cuesta, al principio
insensible; luego, más empinada. El gentío iba como hilera de hormigas, pero
hormigas de chillón colorido, y la tolvanera que se alzaba era asfixiante. El
sol jugaba con nosotros; a ratos descubría la cara, a ratos se metía detrás de
una nube. Teníamos sed.
Nos
parecía haber andado ya kilómetros.
A una revuelta del caminillo, un manchón de
arboleda, un prado reseco, y detrás, un hórreo y una especie de establo. La
casa de la enferma.
Las mujerucas del rueiro habían revestido la
puerta con colchas de zaraza remendada, en obsequio al Señor, y allá, al fondo
del establo, en un jergón, también disimulado bajo sobrecamas y sábanas con
puntillas, hipaba la moribunda.
No se veía de ella sino una máscara senil,
lívida, un mechón gris, una mano amarilla, desecada y nudosa. Y su biografía,
exclamada entre compasivos gemires de las comadres, era la de una malpocada,
sin familia, venida nadie sabía de qué tierras, acaso de la montaña, que es
donde vinieron todos los desheredados de la orilla-mar; agazapada en lo que fue
cuadra de bestias y ahora albergue humano, bajo un tejado a tejavana, que da
paso al viento y a la lluvia; mendiga por las puertas desde veinte años, y hoy a
punto de muerte, no se sabe de qué mal, de vejez, sin duda... El cura se había
acercado al camastro, y, administrado el Viático, recitaba la recomendación del
alma. Los aldeanos se desviaban, respetuosos, para que no perdiésemos nada del
espectáculo: de los callosos pies descubiertos, pronto ungidos con los óleos;
del estertor que sacudía el pecho, en que resaltaban visibles las costillas.
"¡Y, alma mía, aquello era el gunizar!" Y otras viejas sollozaban,
pensando en su
propia
hora...
El anhelar de la enferma se mitigaba: parecía
haber caído en síncope. Se hacía tarde: las vacas, los cerdos, aguardaban su
sustento; el pote gorgoriteaba a la lumbre, y la gente aldeana se disponía a
dispersarse. Emprendimos la vuelta. Por la cuesta abajo, todos los santos nos
ayudaban; íbamos ligeros. Pronto el coche rodó elásticamente sobre la
carretera, en que el sol, ya descarado, hacía relucir las partículas de mica
entre el polvorín que alzaban las ruedas.
Al pasar bajo las enormes acacias, una de
nosotras expresó su opinión:
-Esa mujer se muere de hambre. No tiene otra
cosa sino necesidad.
-¿Enviarle un frasco de somatosa? ¿Leche?
-¡Bah! ¡Pamplinas! Ahora mismo, jerez,
mantecadas, chuletas fritas y jamón, que lo hay en lonchas...
Reímos. Ya conocíamos el sistema. ¿Aquel
cadáver comer mantecadas? El portador del cesto, sin embargo, salió volandero
hacia la bodega desmantelada donde la mísera se moría por instantes, y todos
los días ya volvió a salir con su canasto bien repleto.
Y fue quince días después -ni uno más ni uno
menos- cuando nos avisaron de que allí estaba la resucitada, la pordiosera, que
venía a darnos las gracias. Ella misma, por su pie, derrengaba sobre un báculo
de aliaga, que es madera que sustenta mucho y pesa poco, arrastrándose, pero
viva, y hasta con remoce de color de teja en los carrillos y cierta alegría
picaresca e ingenua en los ojuelos, cercados de pliegues y arrugas...
-¡Un milagre, santiñas, un milagre! La Virgen
Nuestra Señora que me arresucitó estando yo en las ansias de la gunía. ¡Ay! ¡Un
milagre de Nuestro Señor!
Era un día primoroso de julio. Había llovido
en los anteriores; el prado se vestía de seda color manzana, y las últimas
rosas del primer ciclo foral trascendían a gloria. Nos mirábamos, satisfechas y
persuadidas del portento. El contenido de los cestos, cosa material, no bastaba
para explicar la curación de la infeliz. Milagro lo había; milagro de vida y de
gozo. Y las esencias del campo, y la claridad del firmamento luminoso, y la paz
de la tarde, nos infundieron la alegría del milagro, de la muerte y la nada
vencidas un momento, de la Segadora, que huía con su guadaña inútil...
"El Imparcial, 15 de noviembre 1909.
La casa del sueño
Mi vida había sido azarosa, una serie de
trabajos y privaciones, luchas y derrotas crueles. A mi alrededor, todo parecía
marchitarse apenas intentaba florecer. Dos veces me casé, y siempre el
malhadado sino deshizo mi hogar. En varias carreras probé mis fuerzas, y aunque
no puedo decir que no carezco de aptitudes, es lo cierto que, por una reunión
de circunstancias que parecía obra de algún encantador maligno, mientras veía a
los necios y a los menguados triunfar, yo quedaba siempre relegado al último
término, frustrados mis intentos, en ridículo mis propósitos. Se creyera que
existía algún decreto de la suerte loca para que todo se me malograse, todo se
me deshiciese entre las manos. Y así, por las asperezas de tantas decepciones,
llegué a no interesarme en nada, a concebir, no misantropía, sino algo peor,
repulsión completa a todas las casas. No existía en lo creado fin que me
pareciese digno de interés, que produjese en mí una impresión de simpatía, un
movimiento de gozo.
Evocar
recuerdos era para mí equivalente a registrar un cementerio, deletreando en las
lápidas nombres de gentes que hemos amado. Ni el pasado ni el presente, ni
menos ese enigma que se llama el porvenir, lograban arrancarme de la cárcel de
mi pesimismo infecundo; porque hay un pesimismo de ajenjo, que entona y
vitaliza; pero el mío era un caimiento de ánimo, no una absorción; no mística a
la indiana, sino desesperada y abatida. Ni deseos, ni propósitos, ni reacciones
de sensibilidad. Sin embargo... Así como en las regiones polares, aún bajo el
hielo, alguna saxífraga o algún liquen ha de brotar en primavera, en la
desolación de mi espíritu, flotaban jirones de una ilusión. Todavía deseaba yo
algo... Y este algo era una nimiedad, absolutamente sentimental, pero exaltada,
creciente, nimbada por esa luz que rodea a los períodos de la vida que
pertenecieron a la primera edad: la luz de nuestra aurora...
Mi deseo adquiría mayor vehemencia, porque
apenas definía yo su objeto; y me hubiese sido difícil describir, ni aún
inexactamente, lo mismo que ansiaba. Sabía yo que se trataba de una casa, bajo
unos árboles, en una aldea, lejos, muy lejos de las ciudades que me habían
zarandeado con su oleaje; pero era lo curioso que ignoraba por completo en qué
parte de España se encontraba esa casa, esa aldea, esos árboles, cuyo verdor
engañaba aún mi desecado espíritu. Cuando habité la casa ¡era tan niño! Pero,
niño y todo, me había quedado en el paladar el sabor de la bienaventuranza, en
el regazo de mi madre o abrazado al Melampo, que me lamía lealmente la faz...
Desde que dejamos aquel rincón, ¿dónde estaba, cuál sería su nombre?, empezaron
mis desventuras. Perdí a mi madre; mi padre me abandonó, recibí la torturante
protección de mi tía, que me hizo sufrir tanto, y comenzó la forjadura de la
cadena de fallidos intentos y frustrados propósitos.
No tenía a quién preguntar para orientarme
respecto a la situación del lugar en que aún aleteaba para mí el ave rara del
ensueño. Porque, vencido y náufrago, había resuelto retirarme a aquel rincón en
que había probado el gusto a miel de la ventura, y vegetar allí, procurando no
acordarme sino de los tiempos buenos, borrados casi, como pintura cuya belleza
aún se adivina en medio de la destrucción.
En balde daba tormento a la memoria,
forzándola a que precisase qué provincia, qué localidad era aquella donde yo
comprendía que aún me restaban fuerzas para seguir viviendo. Sabía que de allí
nos habíamos venido en diligencia a Madrid; que allí existían montañas, ni muy
bajas ni muy ingentes, montañas vulgares; que allí se alzaba una iglesia, con
su atrio; semejante a la mayor parte de las iglesias; que allí cerca pasaba un
riachuelo, análogo a millares de riachuelos; que la sombreaban unas altas
frondas (pero yo, en aquella edad, mal podía comprender si se trataba de
castaños, álamos o pinos...). Y, a pesar de no serme posible concretar nada- ¿y
quién sabe si justamente por eso mismo?-, era aquella casa, y no otra; eran
aquellos árboles, y no otros, los únicos cuyas sombras apetecía; era el frescor
de aquel riachuelo el único que pudiera refrigerar mi alma, y eran las bóvedas
de aquella iglesia las que me devolverían, entre tantas cosas para mí perdidas,
el lejano y
celeste
tesoro de la fe, o, al menos, de la misteriosa confianza en lo desconocido.
A veces me hacía yo razonamientos para
demostrarme que tal empeño se asemejaba a manía, y era acaso la dolorosa huella
del trastorno mental sordo y manso que producen las reiteradas contrariedades,
las magulladuras del náufrago, batido sin cesar por la resaca contra las peñas.
¿Por qué aquel afán, que crecía con el correr del tiempo? ¿Por qué la casa poco
a poco llegaba a constituir una obsesión para mí? ¿Por qué cifrar en una casa,
idéntica a cien mil casas, la probabilidad de encontrar, si no la dicha, al
menos un poco de paz y de sosiego? ¿No era lo mismo recogerse a la primera
morada solitaria en el campo y figurarse que fuese la otra?
No debía de ser lo mismo, al menos para mí,
cuando iban indisolublemente juntos mi ensueño y la idea de aquel rincón en que
supe lo que era la felicidad..., la cual se compone de nada, de un estado de
indiferencia, de no anhelar, de no aspirar, de olvidar que corre la hora.
Retirarme a otro sitio me hubiese sido
imposible. Y parecía imposible también descubrir aquel, isla perdida en un
archipiélago de islotes confusamente iguales...
La casualidad, mi eterna enemiga, por una vez
aparentó servirme. El caso fue, como obra suya, inesperado. En un puesto de
libros y papeles viejos, que revolvía por instinto, encontré, entre mil cartas
amarillentas, una de mi padre a mi madre...
Parecióme que se abría un ataúd y salía de él
ese vaho peculiar a flores secas hechas polvo... La misiva era insignificante,
sin trascendencia alguna; lo interesante para mí, las señas del sobre. Decía:
"En San Martín de Maceira, provincia de..." Y, como si de repente se
desgarrase un velo, recordé... ¡No haber recordado antes!... Claro, San Martín
de Maceira; en letras, de lumbre veía el nombre... Y aquella misma tarde hice
mi hatillo y corrí a la estación...
No acierto a decir cómo iba. No hay quien
refiera estas cosas, que se componen de sensaciones tenues, o tan hondas como
los hondones callados de los ríos. Lo que puedo afirmar es que, por primera vez
desde hacía tanto tiempo, experimenté una alegría extraña, un impulso
reanimador. Empecé a fantasear la tranquila vida del sabio y del filósofo, que
desdeña las contingencias de su propia suerte y las domina desde la altura de
su calma. En mi retiro estaba libre de las fatalidades que, ensombreciendo mi
destino, me lo convertían en tormento y argolla. Y ahora, próximo a rêver,
recordaba todo, detalles de la casa, menudencias del jardín, la forma de
nuestras habitaciones. ¡Qué goce ver de nuevo aquellos muebles arcaicos,
aquellas consolas de patas retorcidas, aquellas mesitas de tocador de nublado
espejo, donde reaparecen las caras muertas, aquella vieja cama de caoba, toda
desbarnizada, deslucida por la humedad! Yo compraría la mansión, los muebles,
todo, al precio que me
pidiesen;
y, sentado ante la puerta, miraría a los que pasasen (sin darles el aviso
piadoso de que no intentasen dirigirse a parte alguna, puesto que todos los
caminos van a parar al mismo paradero...)
Andaba apresurado, reconociendo las
veredillas, los accidentes del terreno, las ciénagas, los valladares
pedregosos. Anochecía. El segmento de la luna asomaba, bogando plácido por el
cielo apacible. No me separaban del ideal sino algunos pasos. Una sorpresa
empezaba a embargarme. ¡No veía los árboles, la espesura que doselaba la casa!
Raso todo. Una mujer vieja, renqueante, se acercaba a mí.
-¿Han cortado los árboles, madre?
-interrogué, con temblor de voz.
-Sí, hijo, cuando arrasaron la casa.
Me detuve. Se me enfriaron las sienes.
-¿Y qué hay ahora en el sitio de la casa?
-Nada. Araron, sembraron trigo.
Me oyó un sollozo... Vino, compadecida, a
atenderme.
Y me eché en sus brazos, como si la conociese
de toda la vida -no he vuelto a verla jamás-. Mientras duró el abrazo sentí un
poco de calor de bondad humana. Por eso no me he arrojado ya desde mi balcón a
la calle. Compadeced, que lo han menester los tristes.
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 12, 1911.
Entre humo
A los pocos días de residir en el poblachón
de la montaña donde me confinaba mi carrera y la necesidad de empezar a
formarme un porvenir -éramos seis hermanos, y mis padres tenían lo estricto y
nada más- empezaron a hablarme de mi patrona a medias palabras reticentes.
Para combinar un arreglo económico, mi madre
había escrito a aquella mujer, de quien supo por referencias, para que me
cediese habitaciones y guisase mi pitanza. El precio nos pareció inverosímil, y
cuando probé el trato creció mi sorpresa. Vivía yo como un príncipe por una
cantidad módica hasta lo sumo. No faltaban en mi mesa frescas truchas del río,
pollos tiernos, jamón excelente, embutidos sabrosos y otros regalados manjares;
mi alcoba y mi despachito eran tazas de plata; a mi ropa blanca no le faltaba
cinta ni botón, y Mariña, la huéspeda me hablaba en tono de respeto, que
gradualmente fue matizándose con unas ráfagas de algo que parecía cariño. Al
oírme ensalzar las cualidades de Mariña, su habilidad de cocinera, en la
tertulia de la botica y en las tardes ociosas del Casino, menudearon las
indirectas, unas en tono de chanza, otras con acentuación grave y fúnebre.
Mariña..., ejem... Mariña..., jum... Mariña..., ¡vamos! Bueno, Mariña...
Supuse, al pronto, que me insinuaban algo
respecto a la conducta de la patrona en el terreno amoroso; y a la verdad, como
este punto me tenía perfectamente sin cuidado y me encontraba en el hospedaje
cual ratón en queso, me encogí de hombros, echándome a reír. ¡Historias de
mujeres y de hombres! ¡Pchs! Un comino... Sin embargo, miré con cierta
curiosidad a Mariña. Frisaría en los treinta y pico, y su cara, de facciones
bien perfiladas, no mostraba ese tono rojizo de las mujeres laboriosas de baja
clase, sino una firme palidez, que daba realce al colorido de los labios, muy
rojos. El pelo, negrísimo, abundoso, liso y fuerte, lo recogía en rodetes tras
de la oreja. Los brazos, arremangados, eran de un modelado correcto. Bajo su
blusa de percal, el seno conservaba proporciones juveniles. La mirada, un poco
cautelosa, la velaban pestañas densas. Las cejas, sombrías, pobladas y juntas,
imprimían cierta dureza a la fisonomía. Era, en suma, una mujer que, sin ser
fea, no sugería
ideas
voluptuosas; un no sé qué en ella, alejaba la tentación. En cambio, indefinible
recelo me empezó a acometer en medio del bienestar que la solicitud de Mariña
me proporcionaba. Y es que un día tras otro, las vagas indicaciones hacen mayor
efecto que haría la forma calumnia. Se apoderan del ánimo con fuerza superior;
su lento trabajo es más seguro. Por otra parte, las insinuaciones, al reunirse,
se condensaban.
-¿Qué tal los guisos de Mariña?
-Guisa bien la patrona, ¿eh?
-¡Compone muy ricas las anguilas! ¡Qué
empanadas! ¿Le da empanada?
-Hay que comerlas con cuidado, que a veces
hacen daño.
-Sí, esos platos fuertes...
-No se atraque mucho, por si acaso,
registrador... -me aconsejaban, sardónicos.
Preocupado ya, decidí esclarecer el misterio.
Cogí a Agonde, el boticario, hombre formal, de buen consejo, y le intimé mi
formal voluntad de saber qué era aquello... ¡de una vez!
-Diré a usted... -murmuró el boticario, a la
defensiva, sobándose reflexivamente la barba gris-. Son gaitas... La gente...
¡Cuentas claras!
El boticario escupió de soslayo, y, con
calma, encendió un puro, dióme otro y, confortado y refugiado tras del humo de
la primera chupada, profirió:
-Bueno, ahí va esa... Mariña fue bonita y se
casó con un tío suyo, un usurero, siendo moza como de veinte años. Que el tío
le dio mala vida, hasta los gatos lo saben; la hacía levantar a las altas horas
para guisarle caprichos, carne así y huevos del otro modo; le tiraba a la cara
la tartera si no estaba a su antojo el guiso, y un día, por ese pelo tan largo
que tiene aún, la amarró a la columna de la chimenea, en la cocina, y también
tiene la lengua demasiado larguita.
-Al contrario; yo me quejo de la lengua
corta... Cuando se suelta un cabito, desembuchar ya de una vez.
-Bien dice usted -observó, astutamente,
Agonde-. Sólo que, para desembuchar, es necesario saber las cosas a punto
cierto, y ahí está el quid, registrador... Hablar no es probar, ¿eh? Hablan,
por que tienen boca.
-Agonde -insistí-, estamos solos, y le doy mi
palabra de caballero de que me callo. No le pido tampoco su opinión, pido nada
más que saber a qué, mentira o verdad, aluden cuando me echan esas indirectas
transparentes. Ea..., salga a relucir lo que demonios fuere: fue milagro que no
se le pegase fuego a las ropas y no quedase ánima del purgatorio. Y así, nueve
o diez años... De este modo salió tan buena guisandera, ¿eh?
-No es milagro... ¡Hay que empezar por contar
lo del marido antes de llegar a lo de ella...!
-Vamos, que tomaría un querido...
-¡Ca! No, señor. En ese particular, de Mariña
no hubo que decir ni tanto... ¿Un querido? Más valiera... ¡Dios me perdone! -y
Agonde rió, envuelto en el humo, que le prestaba atrevimiento y picardía.
-Entonces...
-Entonces... El cuento que corre es que,
habiendo pescado el Miñoca, ¿no sabe?, ese viejo que saca del río las truchas a
docenas, una anguila magnífica, gorda como mi brazo, se la trajo al marido de
Mariña, que ordenó una empanada. La mujer se esmeró, y la empanada estaba tan
rica, tan rica, que mi hombre se excedió tal vez... Ello fue que aquella misma
noche, ¡pum!, al otro barrio.
Un frío sutil me serpeó por las venas...
La tragedia se me presentaba completa,
lógica, como escrita por la mano profundamente artística de la Fatalidad. No me
quedó ni sombra ni duda... ¿Quién podrá explicar por qué, al mismo tiempo, se
me impuso la idea, el propósito firme, de tomar la defensa de la envenenadora y
rehabilitarla si pudiese? Son fenómenos o aberraciones de la sensibilidad,
anomalías del alma.
-¡Vamos! -exclamé, en voz alta, velándome
también con el humo para disimular la expresión involuntaria de mis ojos-. ¿Y
no hay más que eso? ¿Se hicieron averiguaciones serias? ¿Qué opinaron los
médicos? ¿Medió la justicia? ¿No? -Agonde, tras la cortina de humareda, hacía
con la cabeza signos negativos-. Pues entonces permítame que le diga que todo
ello se reduce a chismes lugareños, a murmuraciones... El marido era viejo, ¿a
qué sí? Tragaba como un bárbaro... ¿a qué sí? Y sobrevino la congestión... ¿a
que sí? -Los signos negativos se habían convertido en afirmativos-. Y si no,
Agonde, a ver: usted era entonces el único farmacéutico aquí, como ahora...
Usted bien sabrá que no le despachó a esa mujer droga ninguna...
Apenas lo lancé me arrepentí; tal fue, y lo
vi al través del humo, la descomposición de las facciones del boticario.
Comprendí que había puesto el dedo en viva llaga, y que la inquietud de haber
vendido, inadvertidamente, sabe Dios qué pócima, le atenaceaba mil veces, en
horas insomnes. Y exclamó, con voz alterada, tartamudo:
-¿Qué había de despachar? ¿Qué había de
despachar? Pues no anda uno con poco cuidado...
Callamos breves momentos, y luego añadí,
decisivo:
-Estamos usted y yo en el deber de atajar
esos chismes...
Y el humo se mezcló, formando nube de
misterio. Con dos o tres desplantes, nadie volvió a susurrarnos cosa alguna,
aunque era fijo que continuaban pensando... Y yo pensaba también, y perdía el
apetito no obstante los piperetes con que Mariña me regalaba, desvivida por
cuidarme...
Solicité permuta, la obtuve, y me fui, no sin
cierta pena. Los ojos de Mariña, al través de su denso pestañaje, perdida la
cautela, parecían preguntar la causa de mi partida y en qué había podido
desagradarme, ella que, noche y día, sólo se ocupaba en discurrirme platos
gustosos, y en mullir mi limpia cama... Nunca he vuelto a encontrar patrona
como Mariña.
"La noche", 6 diciembre 1911.
La señorita Aglae
Residía yo entonces en mi pueblo natal,
puerto de mar donde incesantemente hay salidas de vapores para América, y hacía
la vida huraña del que acaba de sufrir grandes penas, y no teniendo quehaceres
que le distraigan de sus pensamientos tristes, siente germinar un tedio que
parece incurable. En pocos meses había perdido a mi madre y a mi hermano menor
a quien quería con ternura, y dueño de mis acciones y solo en el mundo, me
había encerrado en mi casa, saliendo rara vez a la calle. De las mujeres huía,
y sinceramente pensaba que los golpes sufridos infundían en mi corazón
insensibilidad completa.
Paseando una tarde mis melancolías por el
muelle, oí una voz conocida, no escuchada desde hacía muchos años, que
pronunciaba mi nombre, y unos brazos se enlazaron a mi cuello.
-¡Medardo! ¿Tú por aquí?
-¡Jacobito! ¡Otro abrazo!
El que me estrechaba era un hombre todavía
joven, grueso, de alegre faz, vestido de viaje y con ese aire resuelto y
animado de las personas emprendedoras que ejercitan sus fuerzas en la
concurrencia vital. Aquel sujeto, Medardo Solana, había sido mi íntimo amigo en
Madrid, cuando yo estudiaba los últimos años de carrera, y con él no existían
dificultades, pues poseía el don de arreglarlo todo, de sacar rizos donde
faltaba pelo y de bandeárselas siempre mejor que nadie, por lo cual yo solía
acudir a él en mis apuros estudiantiles. Al volver a verle le encontraba poco
variado, siempre con su cara de pascuas, su tipo de aventurero jovial.
En dos palabras me explicó que venía para
embarcarse al día siguiente, rumbo a Buenos Aires, donde había arrendado un
teatro.
-Pero te encuentro tristón, desmejorado,
Jacobito -murmuró, afectuosamente-. ¿Qué te ha sucedido a ti?...
Nos sentamos en un café de los muchos que
existen en los muelles. Solana pidió coñac, y le conté mis cuitas: la muerte de
mi madre, la meningitis que se llevó a mi hermano, mi soledad, el estado de mi
espíritu...
-¿Por qué no haces una humorada? ¿Por qué no
te vienes conmigo a Buenos Aires? ¡Así, sin más ni más!
-¡Este Medardo! -respondí-. Te envidio, y no
creas que es de ahora: envidio tu genio, tu buen humor. Mira, además de que aún
tengo aquí asuntos que arreglar, de esos que quedan pendientes como una pena
más al faltar las personas queridas, créeme que estoy tan abatido, tan
descorazonado, tan escaso de fuerzas, que no me atrae plan ni idea ninguna. Me
es imposible interesarme por nada. Los días corren monótonos, llenos de
fastidio, sin incidentes, y yo me voy habituando a esta calma dormilona. ¡No me
propongas cambios! Me parece que me convendrían, sí; pero carezco de ánimos
para hacer la prueba.
Él me miraba, compadecido, sin duda, y
arrugaba la frente como le había yo visto hacer al reflexionar, y después de un
sorbito de coñac, exclamó:
-Si es así, ¿qué le haremos? Sentirlo, y no
más... En cambio, Jacobito, tú puedes hacerme a mí un favor muy grande. ¿Vas a
negármelo?
-¡No! ¡Será un placer! ¿De qué se trata?
-Ya te he dicho que me llevo a Buenos Aires
un espectáculo, que soy empresario... ¡Qué quieres! Los que no tenemos
patrimonio nos hemos de ingeniar, a ver si juntamos un poco de dinero. Has de
saber que en mi troupe va una joven encantadora, la señorita Aglae, que me
sigue porque está enamorada de mí. ¿No lo crees? Pues es muy cierto. Te
advierto que yo, aunque la adoro, he respetado su pudor, y hasta el día en que
nuestra unión sea bendecida por la Iglesia y la ley, pienso seguir
respetándolo. A bordo, o en la Argentina, nos casaremos... Pero como es una
hija de familia, y sus padres son gentes muy distinguidas y poderosas, y acaso
sospechan con quién está Aglae, y acaso en el último instante nos prendan,
hasta verme en alta mar no estoy tranquilo, y tengo el mayor interés en ocultar
a Aglae en un sitio donde no puedan dar con ella. ¿Comprendes?
Yo, al pronto, no comprendía, y Medardo
añadió:
-¡Tu casa! Allí nadie la va a buscar. El
barco llega al amanecer, y sale dos horas después. En el último momento, si no
hay moros en la costa, nos embarcaremos, ¡y ya me tienes feliz! Aglae es un
prodigio de hermosura y un ángel de pureza...
Accedí, sin fijarme en ciertas
inverosimilitudes de la relación, y convinimos en que yo preparase habitación
para Aglae, y, ya cerrada la noche, el mismo Medardo la conduciría a mi casa,
que está en una calle solitaria de la ciudad antigua, encargándome de alejar a
los criados cuando entrase la pareja. Sin tardanza me retiré a arreglarlo todo.
Agitado, a pesar mío, por la novedad de la
situación, dispuse para Aglae el departamento que mi madre había ocupado, y que
adorné con la mayor coquetería, llenándolo de flores y de objetos de tocador,
de plata. Saqué mis sábanas mejores, con encajes, y la colcha de Manila celeste
y bordada de blanco. Fui a buscar dulces, emparedados, una botellita de Málaga,
y todo lo coloqué sobre un velador, en el gabinete que precedía a la alcoba.
Mientras hacía estos preparativos, mi corazón latía, como si aquella mujer
desconocida, y que debía serme indiferente, significase algo para mí.
A boca de noche vino Medardo, y contempló con
satisfacción el elegante hospedaje que yo destinaba a su novia.
-Mira, aún tengo que pedirte otro favor
más... Llegaremos a eso de las once, porque ella cena con las demás artistas, y
como me ha dicho que le da, vamos, cierta fatiga el que tú la veas, yo la
traigo a su habitación, y mañana la recojo a la hora del embarque. ¿No te
parece mal?
-¡No, por cierto! Lo que os sea más grato a
ella y a ti...
Entregué la llave de mi puerta a Medardo y me
encerré discretamente, después de ordenar a los criados que se acostasen en el
piso de arriba. A cosa de las once, como la habitación de mi madre estuviese
contigua a la mía, sentí que alguien entraba, y creí percibir un cuchicheo.
Poco después, Medardo volvió a salir, y quedé solo en la casa con la señorita
Aglae. Desde el primer momento comprendí que no me sería posible conciliar el
sueño un minuto. Mis nervios estaban tirantes; mi imaginación, desatada y loca.
¡Qué diferencia entre mi estado moral y el de
los días anteriores! Me parecía despertar de una modorra estúpida, y, sin saber
lo que hacía, maquinalmente me acerqué a la puerta del cuarto donde la señorita
Aglae reposaba... Mi asombro fue inmenso al encontrarla abierta.
Eché una mirada al interior de la cámara...
Reinaba en ella semioscuridad. Sólo la luz velada de la alcoba dejaba pasar
entre las cortinas tenue reflejo.
El silencio era tal, que supuse dormía a
pierna suelta la señorita Aglae.
Titubeaba, dudoso, entre retirarme o avanzar
unos pasos; porque, al fin, es prometerse mucho de la naturaleza humana no
concederle ni el derecho a la curiosidad. Ardía en deseos de saber cómo era la
enamorada de mi amigo. En eso, ¿qué mal había? Verla un instante y retirarme en
punta de pies... Aunque una voz interior me argüía que no era delicado ni
respetuoso, la tentación se hizo tan fuerte que, reprimiendo el aliento y
andando como deben de andar los ladrones, avancé, y miré ávidamente al través
de las cortinas de la alcoba, entreabiertas...
Echada de lado, vuelto el rostro hacia mí,
yacía la señorita, cuya vista me deslumbró.
Contemplaba a una belleza perfecta,
singularísima, aumentada por el tendido cabello, color de mies madura, que se
esparcía en ondas abundantes sobre sus hombros de nácar. La mano y el brazo me
asombraron por su delicadeza. Los encajes de la camisa velaban castamente el
escote, y una suave respiración subía y bajaba esos encajes. La actitud era tan
púdica, tan hechicera, que caí de rodillas ante la cama, pensando, aterrado y
extático: "¡Yo adoro a esta mujer!".
No sé cuánto tiempo permanecí así, embelesado
en mirar a la señorita Aglae, repitiendo para mis adentros que la adoraba y
formando desatinados planes, a fin de unir su destino al mío... Seguir a la
compañía hasta el fin del mundo; raptar a viva fuerza o como fuese a aquella
criatura divina y llevármela a mi casa de campo hasta que lograse su amor;
matar a Medardo; en fin, cuantos absurdos pueden cruzar por la mente a las tres
de la madrugada y a la cabecera de una beldad sobrehumana que nos ha
enloquecido sólo con su vista..., todo se me ocurrió y todo lo deseché... Lo
poco que me restaba de razón me consejaba huir de allí; pero no quise hacerlo
sin imprimir un beso en la mano celestial que se ofrecía a mi boca. En todo el
largo tiempo que yo llevaba allí ni una vez se había vuelto la señorita Aglae;
no había hecho un movimiento... Su sueño tenía que ser profundísimo. No
sentiría mi atrevida acción... Me incorporé a medias y apoyé los labios en la
deliciosa manita...
Una sensación singular me arrancó un grito...
Cinco minutos después estaba completamente
seguro de haber hecho el papel más ridículo del mundo y de que la señorita
Aglae era buenamente ¡una figura de cera de las que, mediante un mecanismo,
simulan la respiración!...
Y Medardo me dijo al día siguiente, en el
puente del buque:
-Siento que no hayas podido admirar todo mi
museo: hay en él cosas notables. Supongo que me perdonas... No sé si te dejo
amoscado conmigo; pero se me figura que te he curado... Lo que tú padecías era
histérico del corazón... Ya lo sabes: ¡el amor es el remedio!
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 1, 1913.
El pañuelo
Cipriana se había quedado huérfana desde
aquella vulgar desgracia que nadie olvida en el puerto de Areal: una lancha que
zozobra, cinco infelices ahogados en menos que se cuenta... Aunque la gente de
mar no tenga asegurada la vida, ni se alabe de morir siempre en su cama, una
cosa es eso y otra que menudeen lances así. La racha dejó sin padres a más de
una docena de chiquillos; pero el caso es que Cipriana tampoco tenía madre. Se
encontró a los doce años sola en el mundo..., en el reducido y pobre mundo del
puerto.
Era temprano para ganarse el pan en la
próxima villa de Marineda; tarde para que nadie la recogiese. ¡Doce años! Ya
podía trabajar la mocosa... Y trabajó, en efecto. Nadie tuvo que mandárselo.
Cuando su padre vivía, la labor de Cipriana estaba reducida a encender el
fuego, arrimar el pote a la lumbre, lavar y retorcer la ropa, ayudar a tender
las redes, coser los desgarrones de la camisa del pescador. Sus manecitas
flacas alcanzaban para cumplir la tarea, con diligencia y precoz esmero, propio
de mujer de su casa. Ahora, que no había casa, faltando el que traía a ella la
comida y el dinero para pagar la renta, Cirpriana se dedicó a servir. Por una
taza de caldo, por un puñado de paja de maíz que sirviese de lecho, por unas
tejas y, sobre todo, por un poco de calor de compañía, la chiquilla cuidaba de
la lumbre ajena, lindaba las vacas ajenas, tenía en el Colo toda la tarde un
mamón ajeno, cantándole y divirtiéndole, para que esperase sin impaciencia el
regreso de la madre.
Cuando Cipriana disponía de un par de horas,
se iba a la playa. Mojando con delicia sus curtidos pies en las pozas que deja
al retirarse la marea, recogía mariscada, cangrejos, mejillones, lapas,
nurichas, almejones, y vendía su recolección por una o dos perrillas a las
pescantinas que iban a Marineda. En un andrajo envolvía su tesoro y lo llevaba
siempre en el seno. Aquello era para mercar un pañuelo de la cabeza... ¿qué se
habían ustedes figurado? ¿Qué no tenía Cipriana sus miajas de coquetería?
Sí, señor. Sus doce años se acercaban a
trece, y en las pozas, en aquella agua tan límpida y tan clara, que espejeaba
al sol, Cirpiana se había visto cubierta la cabeza con un trapo sucio... El
pañuelo es la gala de las mocitas en la aldea, su lujo, su victoria. Lucir un
pañuelo majo, de colorines, el día de la fiesta; un pañuelo de seda azul y
naranja... ¿Qué no haría la chicuela por conseguirlo? Su padre se lo tenía
prometido para el primer lance bueno; ¡y quién sabe si el ansia de regalar a la
hija aquel pedazo de seda charro y vistoso había impulsado al marinero a
echarse a la mar en ocasión de peligro!
Sólo que, para mercar un pañuelo así, se
necesita juntar mucha perrilla. Las más veces rehusaban las pescantinas la
cosecha de Cipriana. ¡Valiente cosa! ¿quién cargaba con tales porquerías? Si a
lo menos fuesen unos percebitos bien gordos y recochos, ahora que se acercaba
la Cuaresma y los señores de Marineda pedían marisco a todo tronar. Y señalando
a un escollo que solía cubrir el oleaje, decían a Cipriana:
-Si apañas allí una buena cesta, te damos dos
reales.
¡Dos reales! Un tesoro. Lo peor es que para
ganarlo era menester andar listo. Aquel escollo rara vez y por tiempo muy breve
se veía descubierto. Los enormes percebes que se arracimaban en sus negros
flancos disfrutaban de gran seguridad. En las mareas más bajas, sin embargo, se
podía llegar hasta él. Cipriana se armó de resolución; espió el momento; se
arremangó la saya en un rollo a la cintura, y provista de cuchillo y un poje o
cesto ligeramente convexo, echóse a patullar. ¿Qué podría ser? ¿Qué subiese la
marea de prisa? Ella correría más... y se pondría en salvo en la playa. Y
descalza, trepando por las desigualdades del escollo, empezó, ayudándose con el
cuchillo, a desprender piñas de percebes. ¡Qué hermosura! Eran como dedos
rollizos. Se ensangrentaba Cipriana las manitas, pero no hacía caso. El poje se
colmaba de piñas negras, rematadas por centenares de lívidas uñas...
Entre tanto subía la marea. Cuando venía la
ola, casi no quedaba descubierto más que el pico del escollo. Cipriana sentía
en las piernas el frío glacial del agua. Pero seguía desprendiendo percebes:
era preciso llenar el cesto a tope, ganarse los dos reales y el pañuelo de
colorines. Una ola furiosa la tumbó, echándola de cara contra la peña. Se
incorporó medio risueña, medio asustada... ¡Caramba, qué marea tan fuerte! Otra
ola azotadora la volcó de costado, y la tercera, la ola grande, una montaña
líquida, la sorbió, la arrastró como a una paja, sin defensa, entre un grito
supremo. Hasta tres días después no salió a la playa el cuerpo de la huérfana.
"Pluma y Lápiz", núm. 30, 1901.
El legajo
Leía tranquilamente bajo un árbol, a la hora
en que el calor empieza a ceder, cuando uno de los trabajadores que deshacían
la muralla de la cerca para reconstruirla más lejos, acudió agitado, con ese
aire de misterio que toman los inferiores al dar una mala noticia o causar una
alarma a los superiores.
-Venga, señorito... Hemos encontrado una
cosa...
-¿Una cosa? -repitió Lucio Novoa, alzando la
cabeza-. ¿Qué?
-Ya verá...
Levántose y echó a andar hacia el sitio en
que arrancaban las piedras. El otro jornalero, con la cara seria, esperaba,
apoyado en su azadón. Y Lucio vio entre la tierra algo blanquecino.
-Parecen huesos... -murmuró el primer
cavador.
-Huesos de persona -confirmó el segundo.
Inclinándose Lucio, se cercioró de que, en
efecto, lo que allí aparecía eran restos humanos.
Mandó apresuradamente:
-Sigan cavando... ¡A ver, a ver!...
Apretaron las azadas, y el esqueleto
apareció, ya ennegrecido por la humedad, medio disuelto. Fragmentos de tela de
las ropas se deshacían en ceniza oscura al salir a la luz, y era imposible
reconocer ni su forma ni la clase de tejido. Lucio miraba más impresionado de
lo que parecía. Los cavadores fueron recogiendo algunos objetos envueltos en
tierra y difíciles al pronto de clasificar: monedas, una llave, un par de
pistolas...
-¿Qué se hace con esto? -preguntaron,
indecisos, los jornaleros, en cuyo rostro se leía una especie de miedo y
reprobación ante el misterio de aquel crimen que la azada acababa de
revelarles.
-Traigan la carretilla -ordenó Lucio-. Pongan
en ella los huesos... Déjenlos luego en la sala de la capilla, con mucho
cuidado de que no falte ninguno... -y, completando su pensamiento, advirtió:
-Pónganlos sobre la alfombra...
Así que los trabajadores se retiraron a
esparcir por toda la aldea la nueva terrorífica del descubrimiento, Lucio se
dirigió a la sala, no sin haber tomado antes una sábana fina. En ella envolvió
con sumo cuidado los despojos y los puso sobre una mesa, pensando: "El
Juzgado vendrá probablemente. Es preciso que pueda ver estos restos, y
cerciorarse de que no me alcanza responsabilidad alguna..."
La tarde caía. La sala de la capilla, llamada
así porque desde su recinto se pasaba a la sacristía y a la capilla antigua del
pazo, iba impregnándose de la gris melancolía del crepúsculo, y los retratos de
los abuelos, colgados de la pared, se borraban, para confundirse en una mancha
sola. Lucio no pudo menos de pensar: "Alguno de estos ha debido ser el
asesino del hombre cuyo esqueleto acabamos de recoger".
Un trabajo mental, ahincado, se produjo en el
cerebro del descendiente para averiguar cuál de aquéllos pudiera haber
ejecutado la terrible venganza.
De pronto se dio un golpe en la frente.
-¡Tonto de mí! ¡Pues si es la cosa más fácil
de saber de fijo! El cuerpo no estaba enterrado al pie de la muralla, sino muy
hondo bajo los cimientos de la muralla misma... Es decir, que al tiempo en que
la muralla se construyó, ya se encontraba allí el cuerpo...
Examinó los objetos encontrados, y al limpiar
con el pañuelo las monedas, arrancó una vislumbre dorada entre la negrura de la
pátina terrosa.
-¡Las monedas son de oro!
Subió a su cuarto de tocador y las fregó
fuertemente con jabón y agua. De oro eran, en efecto, y de Fernando VII:
doblillas, centenes, medias onzas; unas ocho o nueve en todo.
¡Se trataba de un caballero, de una persona
de posición!
Confirmó la hipótesis el examen de las
pistolas. La madera, podrida, se deshacía; pero los metales eran bronces, y los
adornos, de plata cincelada. No cabía duda: la tragedia ocurrió entre gente de
clase, y todo autorizaba a suponer una historia de amor, celos, venganza
sombría. ¿Cómo habrían podido ocultarla a los ojos curiosos y maliciosos de los
aldeanos?
Lucio pasó al archivo y se entregó con avidez
al examen de viejos papelotes. Quería averiguar en qué época y bajo qué
poseedor del pazo se había construido aquel muro.
Excitado, calenturiento, pasó casi toda la
noche en esta labor. Blanqueaba la luz del alba y se despertaban los pajaritos,
haciendo su trinada música, cuando, rendido de la vela, se dejó caer en un sofá
antiguo, de esos enormes, de crin, y mientras reposaba un poco, con los ojos
cerrados, recogió mentalmente el resultado de su indagatoria.
-El muro -calculó-, según las cuentas que
existen, fue construido en tiempo de mis bisabuelos paternos doña Dolores
Andrade y don Andrés Avelino Novoa, a principios del siglo pasado. Doña Dolores
tenía entonces treinta y dos o treinta y tres años...: la edad de las pasiones.
De mi bisabuelo he oído decir a mi padre, que lo había oído al suyo, que era un
señor bastante vicioso y que medio arruinó la casa. En su tiempo se vendieron
muchos foros y fincas libres... A no ser por él, los Novoa seríamos muchos más
ricos. Bien; discurramos un poco para interpretar este suceso aterrador. Doña
Dolores tendría, por estos pazos vecinos, algún primo, algún amigo de la niñez,
que poco a poco fue convirtiéndose en algo más dulce. A los coloquios bajo los
castañares y los robles de la fraga seguirían entrevistas tiernas; y la esposa,
que ya no amaba a su marido, y que tal vez hasta le detestase por su mala
conducta, acabó por ceder a un sentimiento que la arrastró a recibir aquí a su
amante.
Seguramente salió doña Dolores a deshora, pisando la hierba, impregnada de
rocío, palpitante de emoción, a reunirse con su amigo, o más bien, abriría la
ventana y por ella saltaría el atrevido galán, en ausencia del esposo. Un día,
¿quién lo duda? fueron sorprendidos... Hubo lucha, funcionaron acaso las
pistolas, cuyos restos he examinado; pero el ladrón de honra sucumbió, y, quizá
en un momento espantoso, fue obligada la misma Doña Dolores a ayudar al marido
ofendido a arrastrar el cuerpo hasta la fosa, abierta en un paraje retirado, y
sobre la cual, para mayor precaución, se edificó después la tapia de la
cerca...
Lucio se representaba la vida de la mísera
doña Dolores, bajo la impresión terrible de aquel secreto, perdido el amor,
perdida la estimación en el hogar, y viniendo, siempre que el marido cruel se
ausentaba, a visitar la para siempre ignorada, sepultura del desventurado que
murió por amar... La imaginación de Lucio, joven y un poco romántico, a lo cual
inclinan la soledad y la sugestión de los pazos seculares, tejía alrededor de
la bisabuela una leyenda semejante a la de Macías el trovador, convirtiendo a
la dama en Elvira, enferma de añoranzas de la felicidad perdida y del horrible
destino del ser querido, hasta más allá de la tumba...
De pronto recordó Lucio que quedaba una
miniatura, con marco de oro, representando a doña Dolores. Corrió a buscarla, y
la miró con inmenso interés, casi con piedad amorosa. Representaba doña Dolores
unos veinticinco años; era gruesa, mórbida, pero de negro y duro ceño y
facciones acusadas, enérgicas. Quedó pensativo el bisnieto. No realizaba la
señora el tipo de la soñadora apasionada, sino el de la mujer resuelta, de
recio carácter, ante cuya voluntad todo se doblega. De la pared colgaba el
retrato al óleo, de mala mano de don Andrés Avelino, el esposo. Un hombre
rubio, de tipo sensual, labios gruesos, ojos halagüeños, bonita cabeza,
rizada...
"De estos retratos nada saco en
limpio... -pensó, algo desconcertado, el descendiente-. Don Andrés no tiene
trazas de un esposo vengador de su honra, y ella no se parece a una enamorada
de novela... En fin, ¡la cara engaña! Y no cabe encontrar otra explicación al
fúnebre hallazgo de esos huesos..."
Recordó que, cansado ya de su papeleo, se
había dejado un legajo por registrar. Abrió la puerta de hierro del archivo de
familia, y acertó con el legajo, amarillo ya por el tiempo, y que olía a
humedad rancia. Sentóse ante la mesa y empezó a destripar el legajo, bastante
voluminoso.
Era justamente del tiempo de doña Dolores. Lo
primero que en él figuraba, la autorización judicial para que la señora
administrase todos los bienes de la casa, por ignorarse el paradero de don
Andrés Avelino, ausente desde hacía cinco años, sin que hubiese dado noticia
alguna de su suerte a su mujer e hijos.
-¿A ver, a ver? -dijo, casi con voz alta,
Lucio-. ¿Ausente, sin dar noticias? Y el muro, ¿en qué fecha exacta se
construyó?
También pudo hallar en el legajo este dato
decisivo. La desaparición de don Andrés la fijaba la providencia judicial hacia
enero de 1815, y la construcción de la tapia se comenzó en abril del mismo año.
-¡Hola, hola, hola! -repetía, aturdido, el
descendiente.
Veía ahora, claro como la luz, el crimen más
espantoso de lo que había imaginado. El consorte, dilapidador e infiel,
asesinado por la esposa cuando se disponía a algún viaje en pos de sus antojos,
y teniendo sus pistolas ceñidas; el enterramiento, sabe Dios con qué
complicidades; el muro, construido para resguardar eternamente la fosa, y que
nunca pudiese el azar descubrir el negro atentado, y doña Dolores, disfrutando
libremente de aquella fortuna, salvada, por su crimen, para su descendencia...
"La verdad -pensó Lucio, asombrado de la
realidad que salía del legajo amarillo- que, si no es doña Dolores, yo sería
casi pobre o pobre del todo, y no poseería ni este solariego caserón de mis
antepasados... Daré sepultura cristiana al esqueleto, haré un funeral en
sufragio...; pero nadie sabrá nunca, por mí, la verdad del drama..."
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 5, 1913.
Como la luz
Llevaba Berte en la casa más de un año de
servicio y aún no había visto un momento la sonrisa de sus amos. Había tenido
la desgracia de entrar sucediendo a un golfo descarado, un ladronzuelo, que en
pocos días hizo más estragos que un vendabal, y dieron por seguro que el nuevo
botones sería, como el antiguo, un pillo de siete suelas. Así, desde el primer
momento, la sospecha le envolvía como negra nube; todos se creían con derecho a
vigilarle y a observar sus menores actos: si el gato se llevaba un filete, a
Pancho le atribuían el desmán, y las travesuras de Federico, Riquín, el hijo de
la casa, se las colgaban al servidorcillo con tanta más facilidad cuanto que
éste se las dejaba colgar mansamente. ¿Qué no hubiese hecho él por favorecer a
Riquín? El pescuezo que le cortasen.
Y es que Riquín, dos años menor que el
botones, era el único ser que le mostraba amistad. A escondidas de sus padres,
que reprobaban tales familiaridades, galopineaba con él, le daba golosinas y le
tiraba de las orejas. Esto último lo hacía porque lo había visto hacer a su
padre; pero eran muy distintos los tirones del señor de los de Riquín. Aquellos
dolían; estos tenían miel. Berte se hubiese arrodillado para suplicar a Riquín
que le estirase las orejas un poco.
Los dos chicos se juntaban para charlar, y
Berte contaba cosas de la aldea. A Riquín, las cosas de la aldea le gustaban
mucho. Sentía que su padre, en verano le enchiquerase en San Sebastián, en vez
de llevarle buenamente a las Pereiras, su hermosa finca galiciana. De allí, de
las Pereiras, era Pancho: allí trabajaba un lugar su familia. ¡Lo que se
divertían en las Pereiras! Había un río, y en él se pescaban truchas, cangrejos
de agua dulce, y en las represas, anguilas gordas; había prados, y en ellos, vacas
rojas, ternerillos, yeguas peludas y salvajes, mariposas coloreadas, y, a
miles, manzanos, perales, viñas, mimbrales; fresas rojas diminutas, llamadas
amores, en el bosque, y nidos de oropéndolas, y tantos tesoros, que ambos niños
no acababan de contarlos nunca.
-Un día -declaró, gravemente, Riquín-, yo y
tú nos escapamos y nos vamos, corre, corre, a las Pereiras.
-¿Y el dinero para el tren? -objetó Berte, no
desmintiendo la previsión económica de su raza.
-Nos lo da papá, tonto.
-No querrá, señorito...
-Se lo cogeremos de la mesa de noche.
-¡Madre del Corpiño! ¡Nos valga Dios! Al
señorito bueno, no le pegarían; pero a mí me acababan a palos. Discurrid otra
cosa, Don Riquín.
Discurrían, discurrían... Y aplazaban el
discurso definitivo para allá, cuando fuese el tiempo de las frutas, el tiempo
gustoso de la aldea. Berte, diplomático, engañaba así la impaciencia de su
amigo. En su cautela, de oprimido que se defiende, comprendía que todo el viaje
a las Pereiras era un sueño. Y como sueño lo cultivaba, como sueño se recreaba
en él. Cerrando los ojos, veía los castañares, la honda corriente del Ameige
reflejando allá en su fondo la luna, la pradería de verde felpa, la yegua brava
en que montaba en pelo, sin siquiera un ramal. Veía las caras amadas, aunque
regañonas: la madre brusca, el padre descargándole con el zueco un sosquín, los
hermanillos de rotos calzones y camisilla de estopa, la abuela impedida,
siempre meneando la cabeza como un péndulo. Y todo esto le bullía en el
corazón, le cosquilleaba en el alma, con un cosquilleo de ternura infinita.
Pensaba que mejor fuera no haber salido de allí. Pero le dijeron: "Anda a
ganarlo". ¡Ganarlo! Ni un
céntimo
de salario le habían dado, por ahora. "Cuando sepas." Berte creía
saber. Hasta por momentos suponía que nadie entre la servidumbre sabía tanto...
Porque no existía labor que no le encomendaran. Sin obligación fija, hacía la
general. La doncella le endosaba sacudido y cepillado de vestidos; a la
cocinera no había cosa en que no tuviese que "echarle una mano"; el
ayuda de cámara le encajaba el lustrado de botas; el criado de comedor le
pasaba el sidol para la plata... Y, al mismo tiempo, la hostilidad contra el
chiquillo era constante. Al acostarse, Berte lloraba resignado, pero muy
triste. Riquín le llevaba dulces, piedras de azúcar, alcachofas finas de pan,
que sustraía del canastillo.
-No coja nada para mí, señorito, por Dios
-rogaba el botones-. Mire que voy a llevar la culpa.
-¡Será lila! Figúrate que esto me lo hubiese
comido yo, ¿eh? ¡Pues era muy dueño, me parece, digo! Y si se me antoja
regalarlos, ¿quién me lo impide? Al primero que chiste le doy una morrada.
Era preciso atenerse a estas razones de pie
de banco; pero el chico temblaba de miedo. Como le sucede a los desdichados, le
asustaba más una pequeña caricia de la suerte que los diarios golpecillos.
Creía, con ellos, evitar el definitivo, la expulsión, amenaza constante
suspendida sobre su cabeza. Le echarían, y si le echaban por acusación de robo,
¿dónde le recibirían, vamos a ver? Y tocante a volver a las Pereiras, ¿con qué
pagaba el billete? Se veía por las calles de Madrid, durmiendo en un banco,
bajo la nieve; tendiendo la palma a problemática limosna... Pero, en especial,
se veía separado definitivamente del señorito Riquín... Y esto era lo que le
apretaba el corazón de terror. ¡Todo antes que eso!
Acaeció que aquellos días, los de Navidad,
hubo gran consumo de golosinas en la casa. Riquín llevó a su amigo peladillas,
mandarinas, hasta una loncha de trufado. Por cierto, que habiendo desaparecido
sin explicación plausible una caja de turrón de yema, el mozo de comedor dejó
caer implícitas acusaciones a Berte: ¿quién sino un chiquillo es capaz de
sustraer una caja de turrón? Pero el ama de casa, esta vez, se puso de parte
del chico. Que no se disculpase el del comedor, que cada cual tiene su
obligación, y de los postres él era el responsable.
Y ante esta actitud apareció la caja en no sé
qué rincón de la alacena. ¡Ojo! ¡Cuando la señora decía!
La noche de Reyes, Riquín tardó en dormirse,
porque esperaba los aguinaldos ansioso.
-Eres talludo ya para juguetes -le había
dicho su papá-. Los Reyes se olvidarán de ti, y harán bien.
-Les disparo un tiro -contestó,
resueltamente, con su viva acometividad, el pequeño.
Y esperaba, acurrucado, no a los Reyes -¡vaya
una tontería!, ¡ya no le daban a él ese camelo!-, sino a su mamá, que, de
puntillas y a tientas, le dejaría sobre la cama chucherías preciosas... A eso
de las doce -no habían dado aún- sintió, en efecto, Riquín como una catarata...
Cajas, envoltorios... Dio luz... Quedó deslumbrado. Automóviles, aviones,
cañones, soldados, caballos, molinos, cabras ordeñables, un teatro guignol...
¡El demontre! Nunca los Reyes habían sido tan espléndidos.
Algunos instantes se embriagó del goce
primero de la posesión... Y de pronto le asaltó una idea. Berte había dicho
aquella tarde: "Los Reyes no hacen caso de los pobres, señorito. Aunque
los Reyes fuesen verdad, para mí no traerían."
Se levantó, cogió en brazo lo más que pudo, y
por pasillos solitarios, débilmente alumbrados, subiendo escaleras angostas,
buscó el zaquizamí en que su amigo dormía. Empujó suavemente la puerta y soltó
su provisión de juguetes de rico, de niño mimado. Y como Pancho no se
despertase, volvió furtivamente a su alcoba.
Por la mañana, en la casa, ¡un revuelo! ¡Los
juguetes bonitos de Riquín en poder del botones! Sí; la doncella lo había
visto; el ayuda de cámara y, especialmente el de comedor, lo denunciaron... Y
Berte fue traído a presencia de los señores, llorando y renqueando, porque el
del comedor le había atizado una puntera. Llamaron a Riquín para el careo
inevitable.
Los nueve años de Riquín maduraron de pronto
en virilidad, bajo una emoción de indignada cólera. Se encaró con sus papás.
Rojo de furia, gritó:
-Dejadle en paz, ¡ea! ¡Se acabó! ¡Esos
juguetes se los han regalado los Reyes!
-¡Valiente paparrucha! -protestó el padre.
-¿Y por qué paparrucha, caramba?
¿No decís que los Reyes me han regalado otro
a mí? Si los Reyes son personas de bien, deben regalar primero a los pobrecitos
como éste, que no tienen nada. Y de seguro que lo hacen. Y esta vez lo han
hecho. Berte, recoge tus regalos. Los Reyes han cumplido. ¡Vivan los Reyes!
Y mientras estampaba en la mejilla del
botones un beso fraternal, los papás no sabían qué replicar a aquella
argumentación. No había que darle vueltas.
"El Imparcial", 31 de diciembre,
1917.
El último baile
En el corro aldeano se cuchicheaba: el caso
era de apuro. ¿Quién iba a bailar el repinico aquel año?
Desde tiempo inmemorial, el día de la fiesta
de Santa Comba -dulce paloma cristiana, martirizada bajo Diocleciano, no se
sabe si con los garfios o en el ecúleo- se bailaba en el atrio del santuario,
después de recogida la procesión, aquel repinico clásico, especie de muñeira
bordada con perifollos antiguos, puestos en olvido por la mocedad descuidada e
indiferente de hoy. Gentes de los alrededores acudían atraídas por la
curiosidad, y el señorío veraneante en las quintas y en los pazos próximos al
santuario del Montiño concurría también, para convenir que tenía cachet aquel
diantre de danza céltica, al son agreste de una gaita, bajo los pinos
verdiazules, única vegetación que sombreaba el atrio solitario olvidado el año
entero en la majestad silenciosa de la montaña abrupta...
Si apasionados del repinico eran los
señoritos y las señoras que se divertían una tarde en subir al Montiño, no les
iba en zaga el señor abad. En su opinión, el castizo baile representaba las
buenas usanzas de otro tiempo, los honestos solaces de nuestros pasados...
¡Mala peste en ese impúdico agarrado que ha venido a sustituir a las viejas
danzas sin contactos, sin ocasión próxima! "Crea usted que esas cosas las
sabemos nosotros por la confesión... El agarrado, en el campo, es la disolución
de las costumbres." Y a fin de estimular y proteger las danzas de antaño,
el señor abad y el señorito de Mourelle largaban cada cual sus cinco pesetas al
vencedor del repinico, porque el lauro se disputaba; la opinión pública los
discernía al mejor danzarín...
Y gracias a la manificencia del señorito y
del párroco, seguía bailándose aún el repinico; pero no por la gente moza, que
lo había olvidado completamente y se entregaba con delicia al otro baile
pecador. Los que salían al corro, a trenzar puntos, invitando a la pareja, eran
tres viejos caducos: Sebastián el Marro, el tío Achoca y el tío Matabóis; y las
danzarinas que, rendidas a su llamamiento, pero vergonzosas y recatadas,
acababan por asomar al redondel moviendo el pie tímido, con los ojos bajos y
las yemas de los dedos junturas, eran la tía Nabiza, la Manuela de Currás y la
señora María la Fiandeira; entre las tres parejas contarían, de seguro, sus
cuatrocientos y pico de años. Nadie sin embargo, se reía burlonamente cuando
las estantiguas rompían a bailar; una sensación de respeto convertía la mofa en
aprobación. No era el respeto a las canas ni a las arrugas, sino a la
veneración involuntaria del pueblo a todo el que realiza perfectamente un
ejercicio corporal, porque
no
sabía cuál de las parejas repinicaba con mayor garbo, ligereza y donaire. En
los primeros momentos, dijérase que los goznes mohosos de aquellos cuerpos se
resistían y rechinaban; pero una vez calientes las junturas, daba gozo ver cómo
brincaban, cómo señalaban los puntos y pasos, al son de las postizas, meneadas
ágilmente por los dedos que había deformado el reúma. Un poco de juventud
volvía, no se sabe gracias a qué milagro, a las piernas temblonas, a los brazos
cansados de la labor, a las cabezas en que ya la piel se pegaba a los huesos
secos... y el repinico, una vez todavía, era vitoreado y aplaudido por el
concurso, pareciendo la gaita sonar más alegre y estridente para acompañar el
baile tradicional, la danza de los mayores, de los que duermen en los
cementerios herbosos, en la gran paz de lo eterno...
Y del poético cementerio, en la falda del
Montiño, con sus cuatro arciprestes y sus matorrales de zarzas al borde, cuyas
moras maduras tentaban a los chicos, salió la voz que impuso el descanso
-descanso sin fin- a tres de los bailarines... El invierno se llevó al tío
Atocha de "un frío malo"; a Manuela de Currás, de un "pasmo por
todo el cuerpo", y a Matabóis, de la paliza que le atizaron al volver de
la feria los pillavanes para robarle los cuartos de la venta de una yunta que
daba envidia... Quedaron descabaladas las parejas, dos mujeres para un
hombre... Y el hombre, Sebastián el Marro, era la única esperanza del abad y
del señorito de Mourelle -no despreciando, un señorito cabal- cuando se planteó
el problema de que se bailase el repinico, según los usos patriarcales, en el
atrio de la milagrosa Santa Comba, al pie del crucero dorado por el liquen.
-¡El Marro! Que venga el Marro... ¿Dónde
está?
Descubrieron por fin al que había de salvar
una vez más la tradición sagrada. Sentado en una piedra, en el escarpe de la
montañita, con su cabeza toda blanca y su tez toda amoratada, apenas si podía,
con lengua estropajosa, responder a las interrogaciones y a las órdenes
terminantes:
-¡Eh!... ¿Qué hace ahí, tío Sebastián?
-¿En qué cavila?
-Que es ahora el repinico... Venga, este año
nadie le disputa los dos pesos.
-Ande, menéese...
-¿Seque está tonto?
-Lo que está es borracho como una uva...
-declaró, escandalizado, el abad.
-No..., no, señor...; borracho, dispénseme
-articuló al fin el viejo-. Con perdón de las barbas honradas que me escuchan,
un hombre es un hombre, y un hombre tiene que echar un vaso... si ha de mover
los pies. Ya no es uno un mozo... Están duros los huesos y cuesta caro el
arrincar.
-¡Arriba! -incitó chancero el señorito
ayudándole; y Sebastián se enderezó difícilmente. Sus pies titubeaban, sus
rodillas temblaban, su cara tenía una expresión entre jocosa y humilde-. ¡Al
corro! La gaita ya espira sus notas de preludio; el tamboril, porfiado, marca
el compás...
Sebastián de despoja de la chaqueta, se
adapta las postizas y se queda en pie, oscilante, próximo a caer, sostenido por
un prodigio de equilibrio y voluntad oscura. Empieza a marcar los pasitos -la
invitación a la hembra, repicando las castañuelas también bruñidas de vejez-, y
todas las miradas buscan a la Nabiza, habitual pareja del Marro. Allí está la
mujeruca, pero se apoya en una muleta; el invierno, que acabó con otras, a ella
la ha dejado medio tullida... Todos la acosan; una le arrebata la muleta, empujándola
suavemente al espacio del corro, donde entra risueña y azarada, enseñando su
boca, que ningún diente guarnece ya, y moviendo sus dedos retorcidos, tofosos,
y sus pies torpes, metidos en zapatones gruesos...
Ya está la pareja en baile. Sebastián,
desenfurruñado, hace primores. Sus pies dibujaban en el polvo, y un rumor de
admiración saluda sus vueltas y mudanzas. A veces vacila: es la humareda del
vino que sube a su cerebro y le embarga. Se rehace en seguida: enderézase y
vuelve a bordar y tejer los pasos, clásicamente graduados. Galantemente se
quita el sombrero, saluda a la concurrencia, lo arroja y se queda en el cráneo
al sol, al vivo sol de agosto. Aquel sol de brasa dijérase que le calienta y
anima: baila aprisa, con un frenesí mecánico, con saltos que no son naturales,
sino que semejan las de un muñeco de resorte... Y -a un salto más rápido- se
tiende cuan largo es sobre la hierba agostada del atrio, sin proferir un grito.
Le levantan, le socorren, pero no vuelve en sí. La congestión fue de las
buenas...
Y así se acabó la danza tradicional del
repinico, en el Montiño, donde, una vez al año, sonríe Santa Comba, en sus
andas pintadas de azul, a los que suben al santuario por festejarla.
"Blanco y Negro", núm. 916, 1908.
So tierra
-Aquella historia ya puede contarse, porque
han muerto los únicos que podían tener interés en que no se supiese, y yo no he
sido nunca partidario de descubrir faltas de nadie, y menos crímenes.
Así se expresaba el registrador, en un
momento de descanso, momento que bien pudiera llamarse hora de los
expedicionarios al monte del Sacramento. Habían dejado el automóvil donde ya la
senda se hacía impracticable, buena sólo para andarla en el caballo de San
Francisco; y, después de merendar bajo unos castaños remendados, huecos a
fuerza de vejez y rellenos de argamasa, fumaban y departían, traídos a la
conversación los sucesos de actualidad y los antiguos por los de actualidad.
-¿De modo que queréis oírla? -añadió-. Pues
no deja de ser interesante:
Había en Rojaríz, donde yo estaba entonces
por asuntos, un matrimonio que pasaba por ejemplar. Él, muy guapo, el mejor
mozo de la comarca; ella, una señora también vistosa y, sobre todo, tan
prendada de su marido, que se le caía la baba cuando salía a la calle con él
del bracero. Yo los trataba, no muy íntimamente, pero lo bastante para ver que
allí existían todas las apariencias de la felicidad más completa. Eran gente
rica, y tenían, según fama, muchos ahorros. Hasta extrañaba que él, no teniendo
hijos, demostrase tal manía y tal empeño en economizar, por lo cual ella tenía
costumbre de embromarle.
Por entonces, cosas que hace el demonio,
sucedió que yo me enamoré de una señorita lindísima, huérfana y con fama de ser
así... un poco mística, que no pensaba en casarse, sino más bien en algo de
monjío, pues se la veía mucho en la iglesia. Claro es que, al enamorarme, di en
rondar su casa, como es estilo y costumbre en provincia. Quería verla cuando
saliese a la catedral, y quería también de noche espiar su paso por detrás de
las cortinas cuando fuese, percibir al menos su sombra. Estaba lo que ahora se
dice colado.
Así es que, involuntariamente, me convertí en
un espía. La casa de la señorita, que vivía sola con una criada vieja, daba a
una calle muy poco frecuentada y estrecha, pero hacía esquina y por la parte de
atrás se enfrentaba con las tapias de unos huertos. Tenía la casa también un
jardincito chico o, por mejor decir, un huerto, con algo de arbolado, y una
puertecilla muy vieja y muy igual en color a la pared, por lo cual, al
nochecer, apenas se distinguía de ella. Por allí no cruzaba nadie, y era
preciso estar como estaba yo, tan ferido de punta de amor, para meterse en el
barro inmundo que formaba el suelo de la tal callejuela, para nada; para no ver
siquiera a mi tormento.
Había un ángulo en la tapia de los cercados
fronterizos, que me permitía disimularme y recatar mi presencia... ¿Recatar?
¿De quién? Ahí está el intríngulis... A poco tiempo de rondar la casa de Teresa
-supongamos que se llamaba así- se me puso en la cabeza que otro la rondaba
también... Un hombre, embozado en amplia capa, se acercaba con sospechosa
insistencia a la casa de Teresa, mirando alrededor y avizorando si le
observaban. Esto fue para mí como una banderilla para un toro. Teresa tenía
otro galanteador, no cabía duda.
Hasta aquí podía pasar, y, si bien la cosa me
indignaba, no tenía por qué extrañarme. Lo que ya pasó del límite de mi
sufrimiento y hasta de mi comprensión, fue que, en otras dos noches de
espionaje pasadas, me convencí de que había un tercero en discordia. Un sujeto
no muy bien vestido, de bufanda y chaqueta, daba sospechosas vueltas por allí,
fijándose también mucho en la casa, en sus tapiales, como si intentase
asaltarla...
Y, claro, no tardé en darme un cachete en la
frente, y en llamarme a mí mismo tonto... Allí podía haber un rondador, y era
el de la capa, el alto, el bien plantado; pero el segundo, el mal fachado, ¿qué
querían ustedes que fuese? ¿Qué podía ser sino un ladrón? Desde aquel momento,
mi empresa amorosa tuvo el interés de un drama o de una novela de folletín.
Todas las hipótesis cruzaron por mi mente. Mis facultades de observación se
agudizaron. Me armé de una pistola, cargada. La luna estaba en menguante, y me
daba el corazón que a la primera noche nublada sucedería algo de cuenta.
A decir verdad, por el lado del galanteador
no creía que ocurriese cosa que digna de contarse fuera. La vanidad de los
hombres es tal, que siempre les ha de costar trabajo creer que otro logra lo
que ellos no han logrado. Valido de la oscuridad, me escondí en mi puesto de
acecho, dejando apenas asomar algo de la cabeza por la tapia del muro. Era un
admirable acechadero aquel huerto abandonado a la maleza, y en el cual no había
perros que os saltasen a las canillas. La cosa tenía mucho de romántica y yo sentía
hasta palpitaciones.
Pero la aventura me pareció menos bonita
cuando, en vez de aparecer el ladrón, vi entrar por la calleja, cuidadoso y
mirando a todas partes por si le seguían, al hombre bien plantado... El embozo
de la capa le cubría por completo el rostro, pero su paso ágil y elástico
revelaba a un sujeto en la fuerza de la edad. Así que se creyó seguro, se
acercó a la puertecilla, y mis ojos desesperados vieron cómo se abría desde
adentro, y cómo el hombre se colaba por ella... Les aseguro a ustedes que pasé
un mal cuarto de hora. ¡En eso habían venido a parar los repulgos místicos de
aquella Teresa tan adorada! ¡Y yo que pensaba en ella, como se piensa en la
Virgen!
La puerta se había cerrado y no tenía trazas
de abrirse; las horas pasaban; yo permanecía clavado en mi puesto de acecho,
pues quería saber cuándo se terminaba la entrevista. Mil ideas insensatas me
hacían devanarme los sesos. ¿Por qué este misterio en la cita? Teresa era
soltera, era libre. Podía recibir ante el mundo a su novio, podía casarse... Y,
a fuerza de dar y tomar en esta idea, se me ocurrió la más lógica: Teresa era
libre, ¿y si él podía no serlo? Y ya entonces me pareció que se hundía el mundo
dentro de mí y que sus ruinas me aplastaban. ¡Teresa! ¡Teresa capaz de tal
atrocidad!
De súbito (cuando está uno así adquiere una
perspicacia extraordinaria), se me figuró que se rasgaba una cortina de niebla
y que se destacaba la figura del hombre para quien la puerta se había
abierto... Yo conocía aquella silueta, y me lo había dicho a mí mismo varias
veces, durante el acecho; una cara puede recatarse con un embozo, pero un modo
de andar y una postura no se recatan. Era Fajardo, el marido modelo, el hombre
económico, el que llevaba siempre en los bolsillos fuertes cantidades... ¿Qué
quería decir todo esto?
Y si no me había dado cuenta antes de que era
Fajardo, en efecto, era porque me lo estorbaba una suposición de imposibilidad,
que acababa de abolirse. Si el que entraba en casa de Teresa no podía hacerlo
en público, cabía que fuese de Fajardo aquella silueta que lo parecía.
Todo eso pasó en dos horas, de diez a doce.
Cerca ya de la medianoche, mis ojos, que no se apartaban de la puerta, vieron
algo que me sobresaltó: el segundo rondador, el tercero contándome a mí, el mal
fachado, acababa de aparecer saliendo de la oscura travesía y se situaba detrás
de la puerta...
Se me alborotaba el corazón, pero ahora no de
celos ni de rabia, sino de susto. Aquel agudo discurrir que notaba desde hacía
dos horas, me decía claramente que el nuevo personaje estaba apostado para
robar a Fajardo, aprovechando la singular y conocida manía del rico propietario
de llevar siempre encima fuertes sumas.
No tuve tiempo de pensar lo que más convenía
hacer, si intervenir o limitarme al papel de espectador. Al sonar, en lejano
reloj, las trémulas campanadas de la medianoche, la puerta se abrió sigilosa, y
vi en ella, entreví dijera mejor, dos figuras enlazadas estrechamente.
Se deshizo el abrazo, y el hombre salió, y la
mujer se esfumó tras de la puerta. Al punto mismo, el mal fachado alzó el brazo
y escuché un grito apagado y desgarrador. Fajardo cayó al suelo y el asesino
empezó a registrarle, a tientas. Y volvió la puerta a abrirse, y la mujer
asomó, dando señales de susto, pero el bandido huía ya, con su presa, la
cartera repletísima de que Fajardo no se separaba nunca...
Salté de mi murallón. Teresa, sollozando, se
inclinaba sobre el cadáver, pues el golpe había sido certero, en la arteria,
que seccionó. Yo no podré decir cómo nos entendimos en aquel terrible instante:
la mujer medio loca, y yo, que me proponía salvarla del deshonor seguro. Ni
entiendo cómo se fió en mí: es verdad que me conocía, sabía que quien la andaba
rondando era, al menos, una persona incapaz de una cosa enteramente mala. Yo
creo que es que hay instantes en que se razona eléctricamente o, mejor dicho,
no es que se razone, es que se procede de un modo instintivo, y el instinto es
más seguro que nada, y es instantáneo. Entre los dos trasladamos el cuerpo al
jardincillo; entre los dos borramos las huellas de sangre del suelo: por
fortuna, lo más de la hemorragia lo habían absorbido las ropas. Teresa no
quería creer que estuviese muerto y, sin recato, cubría de besos el rostro frío
y la ya amoratada boca. Y, con igual impudor, olvidada de cuanto no fuese el
espantoso caso,
respondía
a mis preguntas:
-¿Tiene usted una cueva, un sótano?
-Sí, hay uno.
-Pues es preciso llevar allí el cuerpo... Si
no, se hará público todo, y hasta se verá usted en una cárcel. No podemos
probar que lo asesinaron otros. Yo también me estoy jugando muchas cosas.
La convencí, y me ayudó en la fúnebre tarea.
Cavamos en aquella especie de cueva, cuyo suelo era terrizo, y enterré bien
hondo el despojo triste. Teresa sufrió varias convulsiones.
Entre sus accesos de llanto, repetía:
-¡Ya tenía yo miedo siempre, con llevar él
encima tanto dinero!
-¿Para qué lo llevaba? -no pude menos de
preguntar.
-Para marcharnos juntos si era preciso... y
lo sería muy pronto... Así es que hoy me dejó el dinero en mi poder...
Las palabras de Teresa me sugirieron algo que
ya era necesario; no podía aquella mujer quedarse allí, custodiando aquel
muerto, pensando verlo salir de su huesa. Como la hubiese preparado el mismo
Fajardo, en vida, preparé yo la fuga de la muchacha. El alba asomaba ya cuando
la saqué de su casa, envuelta en tupido manto lutero, y la empaqueté en la
diligencia que iba a Tuy. Desde Tuy a la frontera portuguesa, un paso. Y en
Portugal, Teresa estaba segura, si lograba esconderse.
Por adoptar todas las precauciones, la
obligué a que escribiese a su vieja asistenta, anunciando un corto viaje a
tomar unas aguas, y encargándola de ventilar la casa alguna vez.
Y esperé los acontecimientos.
La desaparición de Fajardo alarmó, no tanto
como se hubiese podido suponer, pero lo bastante para que se indagase y
revolviese. Se habló del asunto quince días o más; pero como no había Prensa, o
si la había no tenía aún la costumbre de ocuparse de estas cuestiones, nada se
averiguó de positivo. Yo oía los comentarios; claro es que se susurró cosa de
amores; pero nadie pronunció el nombre de Teresa, de quien, por su vida
retirada y devota, nadie sospechó.
Y pasó el tiempo, y vino el olvido, y sólo yo
sé que en una cueva hay unos huesos, que ya estarán hechos moho por la
humedad... Y el saberlo sólo yo, ¿creerán que me da a veces escalofríos de
remordimiento?
Rieron los circunstantes y, hartos y
descansados, se pusieron otra vez en camino.
Madrugueiro
Llamaban así en Baizás al cohetero, por su
viveza de genio característica, por aquel adelantarse a todo, que unas veces
degeneraba en precipitación peligrosa, en su arriesgado oficio, y otras, le
había traído suerte, adelanto. En la pila le habían puesto Manuel, y era toda
su familia una hijastra, Micaela, lunática, histérica, leve como una paja
trigal, de anchos y negrísimos ojos escudriñadores, y que tenía fama de bruja y
zahorí. Infundía en la aldea miedo, porque se suponía que adivinaba hasta las
intenciones, y que sólo ella podría decir quién era el autor de tal oculto
robo, de tal misteriosa muerte, y qué mujer de la parroquia abría, por las
noches, la cancela de su casa a un mocetón, mientras el marido estaba allá en
las Indias...
Además, descollaba Micaeliña en aplicar los
evangelios, cosidos en una bolsita de tela roja, a la testuz de las vacas y
ternerillos, previniéndolos contra el aojamiento y la envidia, y sabía de las
encantaciones del famoso libro de San Cipriano, encontrado entre otros muy
ratonados en una alacena vieja, en casa del cohetero. El oficio de éste se
rozaba con la química elemental, que tenía sus ribetes de alquimia, y por tal
camino se acercaba a la magia.
El único escéptico que había en Baizás,
respecto a las artes de Micaeliña, era su padrastro... "A fe de Manoel,
que un día agarro un palo de tojo y le saco del cuerpo las meiguerías".
Entre sus desvaríos, solía afirmar la moza
que o poco había de vivir, o moriría rica.., ¡más rica que la mayorazga de
Bouzas! Como que se encontraría, bajo la corteza de la tierra, en los huecos de
las paredes so las vigas carcomidas de algún antiguo edificio, un tesoro: y,
con las fórmulas de encantamiento que estudiaba un día tras otro, lo
descubriría, lo haría suyo, se bañaría en oro, a oleadas.
Un día se supo en la parroquia que acababa de
morir, súbitamente, el cura. Una hemoptisis fulminante se lo llevó, y la misma
enfermedad había dado cabo, tres o cuatro años antes, del hermano del párroco
que, desde Montevideo, vino a reponer sus fuerzas y a descansar de una vida de
ímproba labor. Micaeliña solía ayudar en las faenas del menaje a la vieja
Angustias, ama del sacerdote. Una idea tenaz la impulsaba a prestar estos
servicios desinteresadamente, y con asiduo celo. Aprovechando todas las
ocasiones, la bruja moza registraba sin cesar la casa, a pretexto de asearla y
barrerla. El desván, sobre todo, era objeto de sus predilecciones. En él se
guardaban los tres baúles, que trajo el indiano, de cuero de buey, con
cantoneras de latón. Dos estaban vacíos, abiertos. El otro, con la llave
puesta, sólo guardaba papeles, cuentas comerciales, periódicos viejos, botas,
una bufanda... La moza no cesaba de percudar, esperando siempre el indicio. Y
un día, como pasase su mano por
el
fondo de uno de los baúles, en un ángulo, sus uñas arrastraron un objeto
menudo, circular... Lo miró a la escasa luz que entraba por la claraboya. Sus
pupilas destellaron. Era una monedita de oro, una doblilla menuda, donde
brillaba la grave faz paternal del pelucón
Ya no cabía dudar. ¡En esos baúles había
venido la fortuna del indiano!
Con husmear de gata fina, con sigilo de
vulpeja cazadora, con maña de ratoncillo que busca la entrada de una despensa,
empezó Micaela a investigar. Angustias, interrogada capciosamente, fue soltando
retazos de lo probable, mezclados con mil fábulas. Sí, ya estaba ella enterada
de que en la aldea eran unos mentirosos; creían que el hermano del señor cura
venía relleno de onzas..., y pensaban que toda esa riqueza la había escondido
el párroco debajo del altar mayor... ¡Invencionistas del demonio, que armaban
un cuento en el aro de una peneira!...
En su casa, mientras Manuel envolvía en
sucias cartas de baraja la cabeza de los cohetes, sacaba Micaela la
conversación del tesoro del párroco. ¿Sería verdad que estuviese escondido en
la iglesia? El cohetero reía. ¡Buenas y gordas! El indiano traería..., ¡a ver!,
unas cuantas pesetas roñosas; justamente había muerto de privaciones, de la
miseria que pasó allá en Montevideo. La muchacha agachaba la cabeza y apretaba
contra el pecho la monedita de oro, que llevaba colgada del cuello, en un saco.
Dos o tres veces tuvo al borde de los labios la súplica: "Señor pá, aúdeme
a buscare el tesoro..." Un inexplicable recelo la contuvo. Notaba en su
padrastro algo de singular. Andaba como agitado, como fuera de sí. Para
adquirir, según decía, los elementos del fuego artificial que había de arder el
día de la fiesta del Patrón, hacía salidas frecuentes, viajes a Compostela, que
duraban días. Y Micaela se quedaba sola frente al problema: averiguar dónde se
ocultaba una riqueza de cuya
existencia
no le quedaba ni la menor duda, pero cuyo paradero sólo Dios... Porque en la
casa del cura no estaba el tesoro. Y en el altar mayor... ¡Imposible! Otro era
el escondrijo. ¿Cuál? Una hermosa noche de plenilunio, la bruja resolvió apelar
a los encantos. Recitaba la fórmula del libro y, provista de una varita de
avellano, salió de su casa, encaminándose a la del cura. No corría ni un soplo
de viento: las madreselvas de los zarzales esparcían fragancia deliciosa y
pura: a lo lejos, los canes lanzaban su triste ¡ouuu!, y la queja de un carro
estridulaba muy distante también, como una despedida. Micaela desató el
pañuelo, cuyas puntas le cruzaban la frente, y desenvolviéndolo, lo ató sobre
los ojos, mientras con fuerza nerviosa apretaba la varita. Un temblor
convulsivo agitaba su cuerpo. A ciegas, creía sentir mejor la corriente de esa
extraña inspiración que se resuelve en adivinanza. No era ella la que avanzaba:
era una virtud desconocida la que la impulsaba hacia un
lado o
hacia otro. Por allí se iba a la casa del cura y a la iglesia... ¿Adónde la
guiaría la varita, que se estremecía entre sus dedos?
Impulsada por aquel temblor de la varita,
andaba Micaela sin ver..., tropezando en los conocidos senderos. Sus pies, al
fin, se hundieron en la tierra blanda de un huerto y por poco dan contra un
muro... Alzó el pañuelo que le cubría los ojos, y reconoció dónde estaba. Ante
ella alzábase el abandonado palomar del cura. Era una especie de torrecilla
redonda, pequeña, cuyo tejado caía en ruina. La puerta, medio desvencijada,
aparecía abierta de par en par. La moza, derechamente, se fue hacia el
interior, donde penetraba la clara plata de la noche. Un instinto le decía que
era allí, y no en otra parte, donde había que buscar la riqueza del indiano...
Sus asombrados ojos miraban, miraban con ansia, recorrían el recinto,
confusamente tapizado de viejos plumajes y de telarañas... A pique estuvo de
hocicar un hoyo, no pequeño, recién abierto, al borde del cual un objeto oscuro
yacía caído. Micaeliña miraba, fascinada, el agujero, la tierra de fresco
removida, todas las señales de
haber
sido allí destripado y violado un secreto, su secreto. Otro se había
adelantado, otro recogido el oro... Y no pudo la muchacha dudar ni un instante
de quién fuese el ladrón; allí estaba el testimonio acusador, la rota y
deformada caperuza de su padrastro...
Uno de los ataques nerviosos de que era
acometida, atacó a la moza, haciéndola retorcerse y lanzar gritos y de arrojar
espuma y, por último, provocando una crisis de lágrimas.
¡Aquel malvado! Aquel oro, en que ella
fundaba sus esperanzas de otra vida diferente, hermosa, colmada, se lo llevaba
el tunante, que ya le había robado, años antes, el amor de la madre, y acaso
matándola a disgustos y a celos.
La crisis cesó. La bruja se alzó,
quebrantada, dolorida, y esta vez sin venda en los ojos, con paso de autómata,
zumbándole los oídos y sintiendo un raro deseo de morder alguna cosa, se
encaminó a su casuca. En el umbral de la puerta vio ya a Madrugueiro
despabilado y alerta. Reía con risa maliciosa e irónica, que se convirtió en
carcajada cuando Micaela le metió casi por el rostro la caperuza perdida.
A las injurias, a los dicterios de la
muchacha, el cohetero sólo respondía:
-Madrugaras, filla, madrugaras... Quien no
madruga, no llega a la misa..., ¡je! Y dejáraste de meigallos y de
encantaciones. La encantación es llegare antes y tenere el ojo abierto. Anda y
tira al fuego las meiguerías y la uña de la
-No se ría tanto -rezongaba ella
sombríamente-. Mire que le puede salir cara la risa.
A partir de este momento, la incertidumbre
envuelve el episodio... La aldea de Baizás sólo pudo saber que poco antes de la
salida del sol un ruido espantoso estremeció las pocas casas de la aldea, la
misma iglesia, que pareció tambolearse. La morada del cohetero acababa de
saltar, como castaña en la hoguera. Al discurrir sobre las causas del caso
atroz, opinaron los mejor enterados que Madrugueiro tenía preparado el fuego de
la fiesta patronal y por descuido dejaría caer un ascua del fogón sobre tanta
pólvora. Se encontró su cuerpo carbonizado, no lejos de Micaela. Y sólo un año
después se averiguó que el cohetero era rico. Un sobrino descubrió los
caudales, depositados en seguro en Compostela.
"La Deixada"
El islote está inculto. Hubo un instante en
que se le auguraron altos destinos. En su recinto había de alzarse un palacio,
con escalinatas y terrazas que dominasen todo el panorama de la ría, con
parques donde tendiesen las coníferas sus ramas simétricamente hojosas. Amplios
tapices de gayo raigrás cubrirían el suelo, condecorados con canastillas de
lobelias azul turquesa, de aquitanos purpúreos, encendidos al sol como lagos
diminutos de brasa viva. Ante el palacio, claras músicas harían sonar la diana,
anunciando una jornada de alegría y triunfo...
Al correr del tiempo se esfumó el espejismo
señorial y quedó el islote tal cual se recordaba toda la vida: con su arbolado
irregular, sus manchones de retamas y brezos, sus miríadas de conejos monteses
que lo surcaban, pululando por senderillos agrestes, emboscándose en matorrales
espesos y soltando sus deyecciones, menudas y redondas como píldoras
farmacéuticas, que alfombraban el espacio descubierto. Evacuado el islote de
sus moradores cuando se proyectaba el palacio, todavía se elevaban en la orilla
algunas chabolas abandonadas, que iban quedándose sin techo, cuyas vigas se
pudrían lentamente y donde las golondrinas, cada año, anidaban entre pitíos
inquietos y gozosamente nupciales.
En la menos ruinosa se había refugiado un ser
humano. Era una mujer enferma y alejada de todos. Eso sí, para el sustento no
le faltaba nunca. Las gentes de los pueblos de la ribera, pescadores,
labradores, tratantes, sardineras, al cruzar ante el islote en las
embarcaciones, ofrecían el don a la Deixada, que así la llamaban, perdido
totalmente el nombre de pila. Nadie hubiese podido decir tampoco de qué banda
era la Deixada; nadie conocía ni los elementos de su historia. ¿Casada? ¿Viuda?
¿Madre? ¡Bah! Un despojo. Y los marineros, saltando al rudimento de muelle que
daba acceso al islote, depositaban sobre las desgastadas piedras la dádiva:
repollos, mendrugos de brona, berberechos, que cierran en sus valvas el sabor
del mar, frescos peces, cortezas de tocino. Nunca salía la Deixada a recoger el
"bien de caridad" hasta que la lancha o el bote se perdían de vista.
Permanecía escondida mientras hubiese ojos que la pudiesen mirar, como un bicho
consciente de que repugna, como un
criminal
cargado con su mal hecho.
En el balneario de lujo emplazado en la isla
próxima se temía vagamente, sin embargo, la aparición de la Deixada. ¿Quién
sabe si un día cualquiera se le ocurría salir de su escondrijo y presentarse
allí, trágica en fuerza de fealdad y de horror, descubriendo el secreto, bien
guardado, de la miseria humana? Con ello vendría el convencimiento de que es la
especie, no un solo individuo, quien se halla sometida a estas catástrofes del
organismo; que somos hermanos ante el sufrimiento... y que es acaso lo único en
que lo somos.
Y sería horrible que se presentase esta mujer
predicando el Evangelio del dolor y de la corrupción en vida. Verdad es que
parecía improbable el caso: no la admitirían en ninguna embarcación, y a nado
no había de pasar... Para que no necesitase salir de su soledad a implorar
socorro, del balneario empezaron a enviarle cosas buenas, sobras de comida
suculenta, manteles viejos y sábanas para hacer vendas y trapería. Le mandaron
hasta aceite y dinero, que no necesitaba.
Hallábase a la sazón de temporada en el
balneario un religioso, joven aún, atacado de linfatismo. Modesto y retraído,
no se le veía ni en el salón, ni donde se reuniesen para solazarse y entretener
sus ocios los demás bañistas. En cambio, hacía continuas excursiones, y cuando
no andaba embarcado, estaba recostado bajo los pinos, bebiendo aire saturado de
resina. Una tarde, yendo a bordo de la lancha que traía el correo, vio, al
cruzar ante el islote, cómo el marinero colocaba sobre los pedruscos resbaladizos
la limosna.
-¿Para quién es eso? -interrogó curiosamente.
-Para la Deixada -contestó, con la
indiferencia de la costumbre, el marinero.
-¿Y quién es la Deixada?
-Una mujer que vive ahí soliña. Nadie se le
puede arrimar. Tiene una enfermedá muy malísima, que con sólo el mirare se
pega. ¡Coitada! Pero no piense; la boena vida se da. Yo le traigo de la cocina
del hotel cosas ricas. Aun hoy, cachos de jamón y dulces. No traballa, no jala
del remo, como hacemos los más. ¡La boena vida, corcho!
El religioso no objetó nada. Sin duda, para
el marinero las cosas eran así, y se explicaba, por mil razones, que lo fuesen.
Hasta era dueña la Deixada de un pintoresco islote. Podía pasearse por sus
dominios horas enteras, cuando el rocío de la mañana endiamanta el brezo y sus
globitos de papel rosa, cuando la tarde hace dulce la sombra de los arbustos,
donde se envedijan las barbas rojas de las plantas parásitas.
Nadie le robaría el bien de la soledad; nadie
turbaría su pacífico goce, ni se acercaría a ella para sorprender el espanto de
su figura, en medio de la magia de una Naturaleza libre y serena, entre el
encanto de los atardeceres que tiñen de vívido rubí las aguas de la ría.
Pensaba el religioso cuán grato fuera para él
vivir de tal modo, lejos de los hombres, leyendo y meditando. ¿Quién se
arriesgaría a visitar a la Deixada? Una idea le asaltó. La Deixada era,
seguramente, una leprosa...
Aquella enfermedad que se pega "sólo con
el mirare"; aquel esconderse del mundo, como si el mostrarse fuese un
delito... ¿Qué otra cosa? Y el andrajo humano, no obstante, tenía un alma. Sabe
Dios desde cuánto aquella alma no había gustado el pan. El cuerpo enfermo se
sustentaba con cosas sabrosas, regojos de banquetes opíparos; el alma debía de
tener hambre, sed, desconsuelo, secura de muerte. La verdadera deixada era el
alma... Y el religioso se decidió después de breve lucha con sus sentidos.
-Desembárcame en el islote.
El marinero creyó haber oído mal.
-Señor, ahí nadie le desembarca.
No hubo remedio. Renegando, meneando la
crespa testa bronceada, el marinero obedeció. Y el religioso saltó al
atracadero con agilidad y se metió valerosamente isla adentro. Soledad
absoluta; no se escuchaba ni un rumor; sólo se agitaba el cruzar asustado de
los conejos, el relámpago rubio de alguna mancha de su pelaje. El religioso
avanzó, recorrió las casucas. A la puerta de una de ellas divisó al cabo un
bulto informe, que en rápido movimiento se ocultó dentro de la vivienda. Al
entrar en ella, el religioso estuvo a punto de retroceder. Veía una forma
entrapajada, una cabeza envuelta en vendas pobres, rotas, y, detrás de las
vendas, le miraban unos ojos sin párpados, y asomaba una encarnizada úlcera,
cuya fetidez ya le soliviantaba el corazón.
Se dominó, y la palabra de amor salió de su
boca, envuelta en el halago del dialecto.
-Mulleriña, no vengo a molestar... Vengo a
preguntarle si quiere que la atienda.
La Deixada hacía gestos desesperados,
furiosos.
-Váyase, apártese. Váyase corriendo -repetía
en sorda, en estropajosa voz.
El religioso, en vez de irse, se sentó en un
tallo y empezó a hablar, lenta y calurosamente. Venía a ofrecer lo único que
poseía. Un alma requería su auxilio. Allí estaba él para ocuparse de esa alma,
que valía más que el pobre cuerpo roído por la enfermedad. Vestida de luz el
alma subiría hacia su patria, el cielo, cuando el cuerpo se rindiese. Atónita,
la mujer escuchaba. Al fin de la exhortación, murmuró, ronca, vencida:
-No entiendo. Será verdade, cuando usted lo
dice.
-No hubo -dijo después el religioso-
confesión más conmovedora. La Deixada, como casi no tenía voz, contestaba a mi
interrogación por signos. Le exigí que perdonase a los que la
"dejaban"... Le costó algún trabajo, porque al lado de la llaga del
padecimiento roía su corazón otra llaga de enojo y cólera contra los hombres.
Lo mismo que no sabía la naturaleza de su otra llaga, no sabía la de ésta; fue
mi interrogatorio lo que se la reveló. Su ira dormía como sierpe enroscada, y
yo la alcé, silbadora, para machacarle la cabeza. Se creía con derecho a
maldecir, y hasta con derecho a pegar su mal, si no temiese ser apedreada. Sus
ojos, secos, me miraban con siniestra furia. ¡Lo que me costó que, al fin, se
humedeciesen!... No fue sólo por medio de la palabra.
Y el religioso no quiso explicarse más. No
habiendo presenciado nadie la entrevista, no hay por qué creer que hubiese
acariciado a su penitente como a una madre. Sería o no sería... Lo cierto fue
que al otro día le llevó la santa comunión.
Aquel invierno notaron los marineros que la
comida para la mujer quedaba en las piedras. Algún tiempo la disfrutaron los
pájaros. Después cesó la limosna. Y la islita fue ya definitivamente deixada.
"El Imparcial", 6 de mayo 1918.
Antiguamente
Lo que se suele decir de la honradez de otros
tiempos y de la lealtad de otros tiempos, y del buen servicio de otros tiempos
-opinó Ramiro Villar, cuando salimos de la quinta donde habíamos pasado la
tarde merendando y jugando al bridge, como si fuésemos algunos elegantes de
ultra Mancha y no señoritos españoles, que deben preferir el chocolate y el
tresillo-, tiene sus más y sus menos... Entonces, lo mismo que hoy, existía una
cosecha brillante de bribones redomados.
-Sin embargo, era otra cosa -insistió don
Braulio Malvido-. Algo había entonces en el ambiente que reprimía un poco la
desvergüenza de la bribonada. No existía tanta desfachatez.
-Mala es la desfachatez -declaró el
muchacho-; pero ¿le gusta a usted la hipocresía? No sé cuál será más
repugnante. Acaso a mí la hipocresía me parezca peor, porque tuve en la
historia de mi familia un caso de hipócrita que nos perjudicó no poco en
nuestros intereses. Mi padre me lo refirió, porque la cosa ocurrió en tiempo de
nuestros abuelos. Parece que mi abuelo paterno era un señor muy bueno... Diré a
ustedes que yo detesto cordialmente a los buenos señores, mucho más funestos
que los malos. Los buenos señores son aquéllos que se dejan engañar por todo el
mundo. Sin embargo, conviene añadir que para engañar a mi abuelo se desplegó
una habilidad que no debía de ser necesaria, siendo él, como consta, materia
tan dispuesta. Es el caso que en mi casa, quiero decir en la solariega, que es
un magnífico palaciote, allá en la comarca más vinícola de estas provincias,
existía una leyenda a la cual unos daban crédito y otros no: se refería a un
tesoro que se suponía enterrado en
no se
sabe cuál rincón de la casona. Claro es que cuanto más ignorantes eran las
personas más creían la conseja; pero mi abuelo se reía de ella a mandíbula
batiente, y había prohibido, con la mayor severidad y del modo más categórico,
que se hiciesen excavaciones, registros ni nada relacionado con la búsqueda de
tal riqueza, cuyo origen decían ser la venida de un antepasado virrey del Perú,
cargado de onzas y barriles de polvo de oro, y a cuya muerte, acaecida muy poco
después, no se encontró sino un escasísimo haber. El virrey había anunciado que
pensaba transformar la casona en un magnífico palacio que fuese asombro de la
comarca, y los planos del palacio sí que se hallaron, completos y
ostentosísimos, y aún se conservan hoy en el archivo nuestro.
En fin, lo repito, mi abuelo dio por
paparrucha lo del tesoro, aun cuando la gente seguía empeñada en que el tesoro
había y tres más. Ya por entonces estaba a su servicio Froilán Mochuelo.
¿Les hace gracia el nombre? Los nombres,
amigos, son una cosa muy significativa. Yo encuentro algunos que retratan a las
personas. ¡Froilán Mochuelo! ¿No encuentran ustedes algo de especial, de
significativo en esta manera de llamarse? Puede que ahora no; pero esperen el
fin de la historia.
Froilán era sobrino de un cura. Había estado
en Portugal varias veces, y hablaba medio portugués, dulzarrón y nasal. No se
sabía qué oficios ejerció hasta entrar en el servicio de mi abuelo; pero era,
por lo visto, mañoso para todo, y entendía de descubrir manantiales, de cuidar
viñas, de enfermedades del ganado y de herrero y carpintero. Tantas habilidades
sedujeron a mi abuelo; pero lo que más le conquistó fue le devoción y piedad
del sirviente. Daba gozo verle ayudar a misa, y la capilla, desde que él entró
a servir, parecía un espejo de limpia y de primorosa. Él dirigía el rosario con
toda especie de requilorios, y él enseñaba a las muchachas a cantar gozos,
trisagios y letanías. Como si fuese poco, a veces se iba a rezar solito, y,
desde la tribuna, mi abuelo le veía prosternarse y besar el suelo, o pasarse
las horas muertas de rodillas y con los brazos en cruz. En la aldea le llamaron
el santiño. Jamás se encolerizaba; jamás incurría en falta, ni más leve, ni de
respeto,
ni de probidad. Y, poco a poco, mi abuelo fue tomándole un cariño desmedido. No
hablaba más que de Froilán. Froilán era sus pies, sus manos, su brazo derecho.
Pasaron así doce años, sin que se desmintiese
la perfección del sirviente y sin que dejase de crecer el entusiasmo del señor.
Parece que mi abuela no participaba de los entusiasmos de su marido por
Froilán, y el asunto hasta llegó a ser causa de polémicas y disensiones en el
por otra parte muy bien avenido matrimonio.
-Pero, mujer, ¿qué tacha puedes ponerle?
-Tacha, ninguna; pero no me gusta, Ramiro (el
abuelo se llamaba como yo, o, mejor dicho, yo me llamo como el abuelo). Mira,
no le fiaría yo a ese santiño el valor de cinco duros.
-Las mujeres tenéis el espíritu de
contradicción -respondía mi abuelo.
Pero fue él quien lo tuvo, y no su esposa,
pues tal vez por darle en la cabeza, como suele decirse, resolvió demostrar a
Froilán la mayor confianza.
Llamándole un día a su despacho, diz que le
dijo:
-Atiende, Froilán; tengo que contarte un
secreto... ¿Has oído tú hablar del tesoro que suponen que hay enterrado en esta
casa? Yo he prohibido que se busque, y he corrido la voz de que todo eso eran
cuentos y patrañas.
-Y serán, señor -parece que respondió, en el
tono más indiferente, el Mochuelo.
-No, no; a ti te digo la verdad; estoy
persuadido de que no son sino realidades. No se sabe qué fue del contenido de
los cofres del virrey. Trajo una impedimenta enorme, y al morir aparecieron los
cofres y arcas vacíos, y nunca se pudo rastrear dónde estaba su fortuna. El
aire no se la llevaría. No puede estar sino aquí. ¿Dónde? Eso es lo que tú
puedes tratar de averiguar, porque si yo me pongo a escarbar aquí y allí,
llamaré la atención, y me expongo hasta a un robo a mano armada. Tú, a la
sordina, puedes registrar la casa: como en requisa de construcción, a pretexto
de reparos, lo miras todo, despacio y a gusto, y mucho me sorprenderá que no
hallemos nada... ¡Ah! -añadió-. Y como lo encuentres, no necesito decirte que
aseguraré tu suerte para toda la vida.
Autorizado así, tan en regla, Froilán empezó
a desempeñar el encargo. Quejándose de la vetustez de la casa, que tanto
remiendo le obligaba a echar, desorientó a los aldeanos, y no extrañaron verle
manejar la sierra y la azuela, la pala del albañil y la del revocador. Dos años
anduvo como un ratonzuelo, revolviendo aquí y allí. Hasta cavó en el huerto,
porque tenía, según dijo, que poner árboles. ¿En qué rincón halló el tesoro?
Eso no lo cuenta la crónica; o, mejor dicho, lo cuenta de tantas maneras diferentes,
que no hay modo de poner en claro si fue en la tierra, si en las vigas, o
dentro de las paredes donde lo había ocultado el señor virrey. Lo positivo es
que, después de muchas gestiones que declaraba inútiles, un día Froilán cargó
dos mulas con sacos que, según él, contenían grano, que iba a llevar al molino
de Rioriba, en que la harina salía más fina para el pan de los señores. No
consintió que le ayudase nadie a cargar los sacos. Esta particularidad se
recordó
después.
Los sacos parecían pesar mucho; Froilán sudaba al izarlos. Él siguió a pie a
las mulas. Dijeron que se le había visto subir, en efecto, hacia Rioriba, donde
está el puente viejo, que del Miño lleva a tierra portuguesa. Después, sus
huellas se perdieron, y nadie dio razón de haberle visto en parte alguna.
Llegaron rumores de que estaba en Lisboa, viviendo como un gran señor; también
se susurró que había pasado al Brasil. Lo positivo, en casa de mis abuelos, fue
que el matrimonio, hasta entonces bien avenido, se desunió, por las constantes
reconvenciones de mi abuela, que no cesaba de tratar de cándido y de bolonio a
mi abuelo, por haberse fiado en aquel cazurro, en cuyos ojos, cuando podían
vérsele, había un resplandor de todas las maldades. Y mi abuelo, que en vez de
dar por perdido alegremente un tesoro que al fin no había descubierto, ni acaso
tuviese la paciencia de descubrir jamás, cayó en una negra melancolía,
acusándose también de haber dejado escapársele de
entre
las manos el porvenir de su casa, el oro del virrey, llevado en sacos por el
infiel sirviente Dios sabe a qué tierras remotas. Mi padre creía también que no
era sólo la codicia defraudada lo que así abatió el espíritu del abuelo, sino
también el desengaño, el haber sido burlado de una manera tan audaz, el haber
pasado por un necio a los ojos de todos, no sólo a los de su esposa. Porque
después de la fuga de Froilán, se había hecho público todo el caso, y en la
aldea, y en muchas leguas a la redonda, y hasta en la ciudad, se hablaba del
tesoro, de la burla, de la inmensa riqueza perdida por mi casa, por causa de la
infelicidad de aquel señor tan bueno y tan confiado que había conseguido
perderlo todo. Y la tristeza dio al traste con mi abuelo, que tardó poco en
morir, a los treinta y seis años.
Como unos quince después de estar bajo tierra
el bendito señor, grande fue la sorpresa de mi abuela al recibir a un sacerdote
portugués, que le traía una fuerte suma, restitución -dijo- hecha por un
moribundo. El sacerdote se negaba a dar el nombre, pero mi abuela le dijo
categóricamente:
-Quien envía este dinero no envía ni la
décima parte de lo que nos ha robado... Es el pillastre de Froilán.
-El que manda esto, señora, ya no existe, y
me consta que manda cuanto le quedó de una fortuna muy considerable. Me ha
encargado que pida a ustedes el perdón, que cristianamente no le podrán negar.
-¿Pero era cristiano ese tuno? -preguntó mi
implacable abuela.
-No sé si se condujo como tal; pero los
sufrimientos y el remordimiento le cambiaron mucho. Murió, señora, de una
enfermedad horrible, que sólo pueden padecerlas los negros.
-Y yo -añadió Ramiro- detesto desde entonces
a los hipócritas.
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 27, 1913.
Atavismos
-¿De modo -pregunté al párroco de Gondás, que
se entretenía en liar un cigarrillo- que aquí se cree firmemente en brujas?
Despegó el papel que sostenía en el canto de
la boca, y con la cabeza dijo que sí.
-Pues usted debe combatir con todas sus
fuerzas esa superstición.
-¡Sí, buen caso el que me hacen! Por más que
se les predica... Y lo que es en esta parroquia especialmente...
-¿Por qué en esta parroquia especialmente?
¿Es aquí donde las brujas se reúnen?
-Mire usted -murmuró el interpelado,
enrollando su pitillo con gran destreza y sentándose en el pretil del puente;
porque ha de saberse que esta plática pasaba al caer la tarde, a orillas del
camino real, y allá abajo las aguas del río, calladas y negras, reflejaban
melancólicamente las vislumbres rojas del ocaso-. Mire usted -repitió-, en esta
parroquia pasaron cosas raras, y el diablo que les quite de la cabeza que
anduvo en ello su cacho de brujería.
-A veces -observé-, los hechos son...
-Justo, los hechos... -confirmó el cura-.
Aunque reconozcan causas muy naturales, si los aldeanos les pueden encontrar
otra clave, es la que más les gusta... Y lo que sucedió en Gondás hace poco, se
explica perfectamente sin magia ni sortilegio ni nada que se le parezca; sólo
que en la imaginación de esta gente...
Al expresarse así el abad, sobre la cinta
blancuzca de la carretera negreó un bulto encorvado, una mujer agobiada bajo el
peso de un haz de ramalla de pino. Desaparecía su cabeza entre la espinosa
frondosidad de la carga; pero, sin verle el rostro, el cura la conoció.
-Buenas tardes, tía Antonia... Pouse el feixe
muller... Yo ayudo...
Asombrada, pero humilde, la aldeana se dejó
aliviar y nos saludó con respetuoso "Nas tardes nos dé Dios". Era una
vejezuela vestida de luto, el luto desteñido y pardusco de los pobres; iba
descalza y sus greñas y su, curtida cara rugosa exhalaban el grato y bravo olor
a resina de los pinares. Nos miraba no sin vago recelo, pero una pesetilla
extraída de mi escarcela la tranquilizó y desató su lengua en acciones de
gracias infinitas.
-¿Y del hijo, tiene noticias, tía Antonia?
-interrogó el párroco.
-¡Ay! No, señor; queridiño... ¡Por aquellas
tierras se habrá muerto tambiene!
Enjugaba con el pico del pañuelo de talle,
andrajoso, los ojos, inflamados sin duda de tanto llorar, y el párroco entonces
ordenó:
-A ver, muller, cuente su desgracia a la
señora condesa, que puede dar pasos para que se averigüe el paradero de su
hijo... Pero cuente verdad, ¿ey? ¡Verdad entera! Ya sabe que yo estoy bien
enterado, y si miente... pierde el tiempo.
-¡Así caya un rayo y me abrase si cuento
mentira! -respondió la mujeruca, sentándose a mi lado en el parapeto de
granito, de espaldas a la pavorosa altura del puente-. Y sabe toda la
parroquia, y toda la gente de las aldeas de por aquí, que mis hijos, Ramona y
Pepiño, eran dos santos, que en su vida le hicieron mal a nadie de este mundo.
¡Asús me valla! Ellos a trabajare, ellos a obedecere, ellos a rezare... Unos
santiños; no dirá menos el señor abad!
-Eso es cierto... -confirmó Gondás, dando
vivas chupadas al pitillo y sonriendo con aprobación.
-Pero, señores del yalma, ¿quién se libra de
un mal querere? ¡Pedir a Dios que no nos miren con mal ojo, o si no matar a
quien nos mira así, para que no nos eche a perder del todo, como echaron a mis
hijos pobriños, que fue su desgracia, que estaba preparada allí!
Hizo un guiño el abad, y acudió en auxilio de
la narradora, que volvía a secar las lágrimas con el guiñapo del pañuelo.
-Pero diga, tía Antona; esa mujer, esa vecina
de usted, la Juliana, ¿por qué les quería mal a usted y a su familia, mujer?
-¡Ay señore! Por envidia...
Oír hablar de envidia a aquella pobre
criatura, harapienta y doblegada bajo un fardo de ramillas para la lumbre, me
hiciera sonreír si no supiese que en toda vida humana cabe que otro recoja,
pisándonos los talones, las hojas que arrojamos.
-Túvome envidia desde moza. Su mozo la dejó,
y el rapaz se le murió de mal extraño. Y entramientras, mis dos fillos, mis dos
rosas, dábanle enojo de se comere las manos. Según pasaba por delante de mi
puerta, les echaba a mis palomiños unos mirares que acuchillaban. Y ellos, más
aún Ramona, le tenían idea mala, a fuerza de la ver pasar mirando de aquel
modo, que metía miedo... ¡Señor abad! ¡Por el alma de quien tiene en el otro
mundo! Vusté bien sabe que mis hijiños eran honrados, que no hicieron en jamás
acción mala de Dios...Tentóles el demo, que no los tentara si la bruja no los
mirara así... ¡Fueron los ojos de la Guliana, señores benditos, fueron los
ojos, y no fue otra cosa, que con un palo se los había yo de sacare!
-Más cristiandad, mujer -respondió con sorna
chancera el cura.
-¡El Señor me perdone...! ¡Háganse cargo
vustés, que dos hijos tuve, y ninguno tengo, y sola me alcuentro y al pie de la
sepultura! Mis hijos no me pidieron consejo, que yo bueno se lo había dar. Allá
un día que la Guliana salió a sachar sus patatas, metiéronse en la casa por la
parte del curral de la era, y...
Por segunda vez acudió el cura a activar la
marcha del relato.
-Y vamos, señora Antona, que encontraron
cosas sabrosillas, ¿eh? La Juliana, en tantos años de vivir como un sapo en su
agujero, tenía arañados unos cuartitos, y los guardaba en el pico del arca;
además sus hijos de usted cargaron con dos ferradiños de maíz, y unas buenas
costillas de cerdo, y dos ollas de grasa, y unas pocas habas, y un pañuelo
nuevo, amarillo...
-¡Ay, ay señor! -hipó la vieja-. ¡Cargaron,
no digo yo menos, cargaron; pero sólo por la rabia que le tenían, que los iba
consumiendo a los dos con el veneno del mirare! ¡Fue por se vengar, señor, y
que se acabase el mal de ojo! Pero no hay quien pueda con las brujas, que
mandan más que todos. La Guliana dio parte a la justicia, eso lo primero; y
luego ¡malvada! salía todos los días a la puerta, y cada vez que pasaban mis
joyas, les gritaba mismo así: "¡Permita Dios que lo gastedes en la
mortaja! ¡Permita Dios que los ladrones mueran antes del año!" ¡Señores
mis amos, las plagas caen siempre! La justicia no importa. Son las plagas lo
que nos echa al campo santo...
Calló un momento, trágica, mientras en la
superficie del río, lento, se apagaba el último resplandor del poniente.
-Pepiño -murmuró al fin- escapó para América.
Me quedé sin el que labraba la tierra, sin quien trabajaba el lugar. Quedóme
Ramoniña, y esa, desde el otro día de la desdicha, se empezó a secare, a secare
como un palo, con perdón. Y hay que vere que otra moza como ella, tan sana y
tan rufa, no la hubo en las parroquias de por acá...
-Eso es cierto -intervino el abad-. Parecía
que a la muchacha le derretían la carne al fuego. Como que me sorprendió cuando
la vi ponerse así, en tan pocos meses. Antes vendía salud y era recia como un
hombre...
-¡Capás era de trabajar el lugar ella sola,
si no le viene la enfermedá por las plagas de esa condenada! -insistió la
madre-. Fue un milagro, un asombro. "¿Qué te duele, Ramoniña?"
"Dolerme, nada." "¿Por qué no comes, Ramoniña?"
"Porque no tengo voluntá." "¿Quieres que venga el médico,
paloma?" "El médico no me cura, señora madre..." "Voy a
ofrecerte a Nuestra Señora del Moniño." "Tampoco me ha curar... Solo
si me levantan la plaga que me echaron..." Y yo fui a casa de Guliana, y
me arrodillé, así -hacía la vieja mímica, expresiva demostración-, y le pedí
por las almas de sus padres... ¿Sabe lo que me contestó, que si soy otra la
mato, la esmigo con los pies? "¡Lo que me robaron, que les valga a los
ladrones para la mortaja!"
-Y Ramona, ¿murió antes del año?
-Por cierto... ¡El día que tenía que
presentarse en la Audiencia de Marineda, señor, a responder! ¡Tal día estaba de
cuerpo presente! Allí remató la causa. No había a quién dar el castigo...
-Le queda su hijo, mujer -dije por vía de
consuelo a aquella amargura-. A la hora menos pensada escribe, vuelve con mucho
dinero...
-¡Los difuntos no escriben, ni tornan a su
casa, mi señora! El hijo mío murió de la plaga, lo mismo que la hija. Y esa
malvada vive, ¡que chamuscada con tojo la había yo de ver, Asús me perdone!
La noche descendía; el cura ayudó a la vieja
a cargar el haz de espinallo, y vimos como, enderezándose trabajosamente, se
alejaba a paso tardío.
-Toda la historia es para afianzar la
superstición... -murmuré.
-Y será milagro -advirtió el abad- que un
día, con estos haces de rama de pino que trae del monte, la tía Antona no arme
una lumbrarada bonita en la casa de la hechicera... Y yo no podré evitarlo...
Cuando reprendo, me dan la razón; pero luego hacen lo que les dicta su
instinto... ¡La brujas mandan!
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 15, 1912.
En silencio
Todos creían que la hija del tabernero de la
Piedad aspiraba a casarse con un señorito. No con un señorito de los que, a
veces, al pasar ante la taberna a caballo o en automóvil, se detenían a beber
un vasete del claro vinillo del país, y piropeaban a la muchacha; con estos, no
había que pensar en bendiciones; solo algún curial de Brigos, algún lonjista de
Areal que bien pudieran prendarse de aquella moza frescachoncilla, peinada a la
moda, y tan peripuesta con su blusita de percal rosa, incrustada en entredoses.
Y se prendarían o no se prendarían; pero lo cierto fue que, con gran sorpresa
de la clientela y del contorno, Aya -que así la llamaban, con el nombre de una
santa mártir allí de mucha devoción- tomó por esposo a un albañil humilde, que
ni siquiera era de la tierra: un portugués, venido a trabajar en las obras de
una quinta próxima al santuario de la Piedad, y que los domingos solía comer en
la taberna.
Cierto que el portugués era lo que en su
patria llaman un perfeito rapaz. De mediana estatura, forzudo, con el pelo
rizado, negro y brillante, cuando se endomingaba soltando la costra de cal, y
bien acepillado de chaqueta y blanco de camisa, iba a pelar la pava con la
joven tabernera, se comprendía que esta le hubiese preferido a todos. Otra
estampa así...
El tabernero, cardíaco y con las piernas
hinchadas frecuentemente, vio sin desagrado a aquel yerno robusto y que se
traía a casa un jornal de dieciocho reales diarios, limpio de polvo y paja.
"Ha hecho bien mi hija, nadie debe salirse de su clas", repetía,
congratulándose con la parroquia. Y como tardó poco en morir el viejo, quedó el
matrimonio al frente de la taberna. Luis Feces, el marido, iba a su trabajo;
pero, como hoy ya las horas de éste no son "las de otros tiempos",
volvía lo más temprano posible, y a la hora de mayor despacho y más peligrosa
de riñas o borracheras, estaba al lado de su mujer, para protegerla y
auxiliarla. Y no querían criada, por economía, pues aspiraba Luis a que, en
algunos años, su fortuna se redondease y pudiesen establecerse en Marineda como
maestro de obras y adornista, pues sabía manejar el estuco y doraba y pintaba
bien las molduras y adornos.
Cuatro o cinco años llevaba de casada la
tabernerita, y mientra el marido parecía cada vez más enamorado ella empezaba a
desear vagamente no sabía qué, algo, un suceso que distrajese su imaginación,
cansada de lo monótono de aquel vivir. Pensaba en cómo sería la casa que
habitarían en la ciudad, y si tendría ventanas para ver pasar la gente, y si
habría cines y teatros, y que, al anochecer, se podría dar una vuelta por las
calles, rozándose con el señorío. Porque, en el fondo de su alma, a pesar de
haberse casado cediendo a la atracción que ejerció sobre sus sentidos el
arrogante mozo, Aya continuaba siendo muy remilgada y fantasiosa, y repugnaba
servir vino a los blasfemos carreteros de sucia boca, a los arrieros de
mofletes colorados, a los labriegos hirsutos, que olían a boñigas de buey.
Estaba harta de brutalidades y suponía, que en una ciudad, volvería a querer a
su marido como el primer día, ilusión frecuente en los humanos, que atribuyen a
los sitios lo que está en
nosotros.
Pero el portugués, que desde el primer día habló sin timidez y como amo, había
fijado de antemano la suma que necesitaban para montar la industria en
Marineda, y más valía que sobrase que verse allí ahogados. Se necesitaban, lo
menos, cuatro mil duros, y mejor cinco mil. Hasta verlos juntos, taberna y
jornal. No quedaba otro remedio.
De pronto, parecieron calmarse las
impaciencias de Aya. No habló ya de Marineda, no propuso el traspaso de la
taberna para completar la suma. Al mismo tiempo dio en componerse más que de
costumbre, aunque siempre había gustado de presentarse hecha una semiseñorita.
Se hizo blusas, se compró calzado fino y medias de algodón muy caladas en el
empeine. Y estas y otras coqueterías de su atavío, encandilaron la pasión de
Luis, nunca apagada, y le hicieron asiduo y exacto en volver a casa a las horas
más tempranas que podía. Había para esto una razón más. Siempre había sido
celoso, con celos vagos, porque sin duda tenía algunas gotas de sangre
africana, que se revelaban en sus gruesos labios y en el rizado crespo de su
pelo; y la exacerbación de coquetería de su mujer le causaba esa extrañeza, que
es la puerta de la sospecha. Con enlazar dos cabos sueltos, la sospecha pidiera
trocarse en acusación. Aya no hablaba ya de Marineda, parecía encontrarse en la
Piedad muy a gusto...
Había
coisa, como dicen sus paisanos; había algo que era preciso aquilatar... ¡Y vaya
si lo desenredaría!
La observación de las tardes, en la taberna,
no dio ningún fruto. Aya servía a todos, sin fijarse en nadie. Les servía, les
presentaba la cazuela de bacalao o el guiso de patatas, les escanciaba la
cerveza, a que empezaba a aficionarse la gente aldeana, con aire más bien
desdeñoso, con cierto repulgo de persona superior al cometido que está
desempeñando. Ninguno, entre aquellos rudos parroquianos, se hubiese atrevido a
llamarla "mi comadre" ni a chuscarle un ojo, aunque la encontrasen
muy repolluda y fresca; pero la gente del terrón respeta la coyunda, y no caza
en vedado, a menos que la veda se levante de suyo. Luis Feces, que había rodado
algo antes de hacer alto en la taberna de la Piedad, era experto y no era
tonto. Por allí comprendió que nada había. ¿Por dónde, pues?
Por donde... Su instinto creía haberlo
adivinado. Es más: lo sabía de fijo, pero no de ahora, sino de atrás, de muy
atrás... ¡Qué! Si se lo habían advertido antes de que se casase, y sus
compañeros, los que con él trabajaban en la obra de Cordeira, le habían dado
más de una festiva cantaleta con las rivalidades que pudiera temer del señorito
Raimundo, el dueño del pazo de Morcelle.
Ése, y sólo ése, puede ser. Era el único que
tenía las costumbres libres, el que acostumbraba a "echar a perder" a
las garridas mozas... Había rondado a aquella de soltera, y la festejaba ahora
también...
Una mañana, de rocío y niebla, de un otoño
que se anunciaba húmedo, se abrió el postigo del corral de la taberna, y salió
por él un hombre de gentil talante, que rápido se dirigió al pinar, y en su
seno desapareció, como si la masa oscura de los pinos se lo hubiese bebido. Era
aún la hora incierta del amanecer, y el albañil había salido casi con noche,
para ser el primero en la obra de la casa que en Brigos decoraba. Un bonito
negocio; le pagaban espléndidamente. Pero, apenas dejó su cama y engullido el café
a tragos largos, habíase apostado Luis en dando la vuelta al recodo del camino
y escondido por un matorral. Y había visto salir por el postigo su deshonra.
Permanecía en pie, inmóvil, un poco sacudido por un horrible temblor de rabia,
con un borde de espuma franjeando sus gruesos labios...
Aquella misma noche se encaró con Aya, para
decirle sin preámbulos:
-¿No sabes, mujer? He acordado que lo del
taller de Marineda era una tontería...
-Sí, hombre -confirmó Aya-. A mí también me
lo parecía, solamente que no te lo quise decir.
-No, pues tú bien entusiasmada estabas al
principio -dejó caer, no sin cierta ironía, el portugués-. Pero mejor nos ha de
ir en América. Tengo proposiciones de allá, de Buenos Aires..., superiores. Se
pueden ganar quince mil pesos al año...
Un deslumbramiento pasó por ante los ojos de
Aya. ¡Ser rica! ¡Poder tener trajes como los de las señoras! ¡Que la sirviesen,
en lugar de servir ella a aquellos brutanes de trajineros y de feriantes que
apestaban! Sentiría, claro, su idilio amoroso, el señorito que olía a cosas
exquisitas, a fragancias caras. El horizonte, sin embargo, era tan amplio, tan
lisonjero para sus vanidades y deseo de lucir, que sonrió halagando los
cabellos rizosos del portugués.
-¡Quince mil duros! -repitió soñadora.
-Hay que juntar -murmuró Luis- cuanto
tenemos. Mañana me darás autorización para traspasar la taberna y recoger el
dinero. El que la quiere, porque yo ya me he enterado, es Armuña, el del café
en Brigos; exige que se le ha de blanquear todo, y de eso me encargo yo.
También quiere una despensita... nada, un rincón ahí junto a la cocina. Todo se
hará.
Con su fina percepción femenil, notó Aya en
todo ello algo extraño.
-¿Qué tienes? Hablas así... de mala gana...
¿eh?
-Es que ciertas cosas dan para cavilar mucho
-contestó el portugués sombríamente.
Realizóse el programa, y Luis, amén del
blanqueo, construyó una despensilla, con tabique de ladrillo. Aya le
interrogaba curiosa y algo preocupada también.
-¿Para qué haces esa pared delante de la
otra?
-Quiere así Armuña... Es como un armario más
reservado -dijo él.
Cuando todo estuvo pronto, se enteró Luis del
barco, y fue a Marineda a tomar el pasaje. La víspera del día de su marcha,
enviado ya por el coche su pequeño equipaje, despachada la criada desde dos
días atrás, se acostaron los esposos. A medianoche, hubo como el ruido y trajín
de una lucha, y poco después encendió luz el marido, por cuya frente rezumaba
un glacial sudor. Cogiendo el cuerpo inerte de Aya, lo llevó hasta el supuesto
armario, en la nueva despensa; y recostándolo de pie contra la pared, trajo
ladrillo y mezcla, que había dejado en el patio, y tapió el hueco de la puerta
que debía cerrar aquella cavidad. Con tal esmero lo hizo, que nadie hubiese
podido sospechar, cuando al amanecer terminó de cerrar aquella sepultura, que
no era una pared lisa, sin comunicación con nada.
Recogió aún, cuidadosamente, las ropas de su
mujer; las puso en un lío con las suyas del primer momento; se terció al hombre
la chaqueta, y dejando la llave en la puerta -Armuña ya estaba avisado-
emprendió la vuelta de Marineda, por el camino real, blanco y desierto.
Las piernas le vacilaban un poco; pero según
se alejaba de la taberna, donde había emparedado su venganza, corría más. Y
bien le vino darse prisa, porque el gran transatlántico calentaba ya sus
calderas, y fue de los últimos en llegar entre los emigrantes.
"La Ilustración Española y
Americana", núm. 15, 1914.
Bohemia en prosa
Cuando se supo que había fallecido Vieyra -de
una enfermedad consuntiva, latente toda su vida y declarada al final-, la gente
no se preguntó la causa de tal suceso. "¡Hombre, todos hemos de pasar por
ahí!". Lo que se dieron a investigar durante media hora en la Pecera, en
la reunión de amigos y otros círculos locales fue, no cómo había muerto el
bueno de Vieyra, sino cómo había vivido.
Encontraban en su vivir una paradoja
realizada. Había vivido... sin poder. Por todo recurso contaba con dos o tres
heredades que le producían una renta irrisoria, y un vago destino, de esos que
a fuerza de reducciones y descuentos, suspensiones y amagos de supresión, no
sólo parece que no deben mantener a un hombre, sino que dan la idea de que será
preciso poner dinero encima. Vieyra era intérprete en el Lazareto... y no es lo
bueno que lo fuese, sino que lo era sin saber idioma alguno.
-Yo tengo resuelta esa dificultad -declaraba
a los que le daban bromas-. Si vienen americanos, claro es que me expreso en
español... Si portugueses o brasileños, en gallego del más puro... Y si son
franceses o ingleses..., ¡demonio!, entonces... Entonces..., ustedes
reconocerán que a esos tíos nadie les ha hablado jamás en su lengua. Les
presento picadura,
Con tales botellitas, adquiridas a un precio
y revendidas a otro; con algo de negocio de picadura y tabaco, ciertas pequeñas
ganancias realizaba Vieyra; pero era tan eventual todo ello, tan mermado y,
sobre todo, tan dependiente de su capricho y de su humor, asaz tornadizos y muy
poco industriales, que continuaba igualmente problemático cómo había podido
sustentarse aquel hombre -sin pedir a nadie nada, sin deber tampoco-, y el gran
lujo español, ¡fumándose buenos puros!
Por razones de vecindad en el campo y por
habladurías de domésticos, conocía yo la existencia íntima de Vieyra, y estaba
en el secreto de sus interioridades. Habitaba Vieyra una casa ni de aldea ni de
pueblo, un poco más alta del Lazareto, en la primera revuelta del camino real.
La casa, semirruinosa, no tenía huerto; un seto de zarzales la guarnecía.
Pero puede decirse que Vieyra habitaba allí,
como se diría que el pájaro habitaba en la rama. Porque realmente, no paraba en
su vivienda más de lo preciso para no dormir en un pajar, y sí bajo tejas.
Cuando no le invitaba algún amigo, algún señor residente en las quintas o pazos
de las aldeas cercanas, entraba en la taberna más próxima, engullía una
escudilla de pote y una tortilla de chorizo, pagaba sus tres reales, y tan
conforme.
Hubo, sin embargo, en esta existencia
diogénica dos notas que le dieron un relieve: un día, Vieyra adquirió un
caballo de montar; otro día, Vieyra se casó.
Siquiera por un sentimiento de respeto a la
jerarquía de lo creado, debemos dar la procedencia al casamiento. Hubo en él
algo de singular, o, por lo menos, no está dentro de las costumbres, ni de las
malas ni de las buenas.
Debe advertirse ante todo, para comprender
aquel episodio, que es tal la flaqueza humana, que casi nadie se exime de un
resbalón, si Dios no le ayuda, y Vieyra, desde hacía algunos años, por la
necesidad de adquirir en buenas condiciones pitillos, picadura y
-Hombre, va muy largo... Es hora de que haya
una solución...
-¡No sé para qué! -respondía Vieyra.
-Para... Por decoro, por...
-¡Pchs! El decoro es cosa de ricos. Los
pobres no podemos...
-Pero... ¡no te merece ella!...
-¡Sí! Me merece mucho..., sólo que, por lo
mismo, no es cosa de que la convide a morirse de hambre... Hoy ella vive de su
trabajo; yo..., bueno..., de mi pereza si queréis. El día en que nos unamos,
moriremos... Porque ella verá cómo está mi vivienda y le darán ganas de barrer
y de poner el pote a la lumbre..., y ya no trabajará..., y yo tendré que
mantenerla y que comprarle en invierno una saya... Y esto es superior a mis
medios, y supone economías, que ni hago, ni haré, ni nadie haría si la
Humanidad tuviese sentido común.
A pesar de estas razonadas objeciones, tanto
porfiaron los amigos susodichos, que Vieyra, por cansancio y por no discutir,
se avino a poner el cuello al yugo.
Una mañana, muy de madrugada, Vieyra fue con
su amiga al altar. El sacerdote, fautor de la boda, quiso también bendecirla, y
brindar en el café una jícara de chocolate a los novios. Al salir del
establecimiento, aun cuando la novia, ¡pobrecita!, se agarraba ufana al brazo
de su esposo, éste se desasió, y en tono categórico e imperativo le dijo,
impulsándola hacia otra calle:
-Bueno mujer. Ya estamos casados. Por muchos
años sea. ¡Ahora tú a tu casa y yo a la mía! ¡Larga, que se hace tarde!
Y como se produjese entre padrinos y testigos
la natural estupefacción, Vieyra, subiéndose el cuello del gabán, porque hacía
humedad, y corría fresco, añadió:
-¿Qué se habrían figurado?
Así se estableció la vida conyugal de
Vieyra...
En cambio, la adquisición del caballo de
montar dio ocasión a que Vieyra desarrollase una serie de sentimientos
afectuosos y cordiales que nunca se hubiesen sospechado en él.
Al decir caballo de montar, ruego a los
lectores que no asocien a esta frase ideas muy retóricas; que no piensen en los
alazanes gallardos y fieros de los romances y los dramas. No; que se figuren en
cambio un ejemplar típico de la raza del país, un bicho cuyas dimensiones
oscilan entre las del perro de Terranova grande y el borriquillo castellano
pequeño. Sus ranillas están cubiertas de pelo híspido, su cabeza no guarda
proporción con el cuerpo, y sus ojos, zainos y traidores, miran siempre de
soslayo, preparando el mordisco, con el cual se defiende mucho más que con la
coz.
Tal fue el innoble bruto que Vieyra trajo a
casa por la suma de cincuenta y ocho reales, de la feria del primero, y que
bautizó con el nombre de Peral -debido a una persistente convicción de que
aquello del submarino no salió bien por manejos de la envidia...
Chiquito y todo, Peral llevaba a lomos a su
dueño hasta las casas de señores esparcidas por la campiña, donde Vieyra tenía
puesto su cubierto y hasta preparada su cama. Antes de entrar en el patio de
las quintas, Vieyra, prudentemente, ataba al caballejo a un árbol, y lo dejaba
allí entregado a sí mismo, sin temor de que le robasen tal prenda.
Conviene advertir que aun cuando Vieyra vivía
en la más estrecha unión e intimidad con su montura, la cuestión de mantenerla
jamás le preocupó. Había dos razones para este descuido. La primera, que en el
presupuesto del bohemio no existía partida para pienso de irracionales -¡tantas
veces no la había para el del racional!-. La segunda, que no conviene alterar
las costumbres establecidas, y verdaderamente, Peral no estaba habituado a
comer. Es más: el comer, lo que se dice comer, le ocasionaba, según se verá
desórdenes graves.
Así es que Vieyra arregló este asunto con
singular facilidad... Peral subsistiría del merodeo. En las lindes mordisqueaba
hierba; alguna vez entraba a saco en los ajenos pajares; devoraba los
desperdicios y tronchos que encontraba en el camino real y a las puertas de las
tabernas; a la playa bajaba a mariscar, goloso de almejas y cangrejillos, y en
las heredades donde la cosecha maduraba, cometía numerosos delitos, con el
instinto de saber ocultarlos. Vieyra, en las casas amigas, se metía en el
bolsillo mendrugos, dulces de los postres, y todo era para Peral igualmente
delicioso. Dormía Vieyra sobre el establo donde Peral se recogía. Algunas
tablas del piso estaban rotas. Cuando el amo, fatigado, apagaba su candileja,
tenía cuidado de echar por las aberturas del piso El Imparcial que acababa de
leer y que el caballo se zampaba inmediatamente...
Teníamos la broma de que la montura de Vieyra
estaba mantenida con periódicos. Esperábamos que a cualquier hora rompiese a
hablar en forma de despacho telegráfico.
No rompió a hablar..., pero hizo una trastada
y le costó la vida.
Un día tuvo Vieyra una mala idea. En vez de
dejar a Peral atado a un árbol, pidió hospitalidad para el facatrus en la
cuadra de una quinta. El dueño, a quien divertía mucho el célebre penco, ordenó
que se le diese a discreción cebada. ¡Qué festín! Y Peral no se indigestó, como
era lógico; lo que hizo fue embriagarse...
Sí, embriagarse absolutamente, como si
hubiese absorbido una cuba de jerez... Lo primero rompió la cuerda y se deshizo
de la cabezada. Después salió al patio y rompió en una zarabanda de brincos,
corcovos, zapatetas, coces y todo género de acrobatismos. Después la borrachera
del animal tomó otro aspecto: furor amatorio y furor homicida. El olor de las
yeguas del coche llegaba hasta él, y quiso lanzarse a la cuadra... Como el
cochero le contuvo, convertido en fiera se defendió a muerdos... El lacayo, que
sufrió terribles mordeduras en la mano izquierda, agarró un palo y brumó las
costillas del pobre jaco hasta dejarlo por muerto. No murió, sin embargo; era
duro, pero quedó resentido. Al llegar el invierno contrajo pulmonía.
-No conviene que los hambrientos coman a su
talante una vez -solía decir Vieyra muy entristecido-. A Peral no le hacía
falta comida, ni a mí dinero. A bien que no lo he de tener nunca...
Tal vez por falta de los cincuenta y ocho
reales para comprar un sustituto a Peral, Vieyra espació sus visitas a las
casas donde encontraba alimento sano. La consunción avanzó.
¡Una hoja más que el viento se lleva!
"El Imparcial", 25 de octubre,
1909.

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