© Libro N° 5586. El Legado 1. Eragon. Paolini, Christopher. Emancipación.
Enero 19 de 2019.
Título
original: © El Legado 1. Eragon. Christopher Paolini
Versión Original: © Eragon. Christopher Paolini
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
El Legado 1
ERAGON
Christopher Paolini
Dedico este libro a mi madre
por enseñarme la magia
del mundo; a mi padre, por
revelarme al hombre
detrás de las cortinas. Y
también a mi hermana,
Angela, por ayudarme cuando estoy
triste
Info
Cuando Eragon salió de caza
aquel día, no podía ni imaginar que su vida estaba a punto de dar un vuelco.
¿Qué era aquella explosión? Y, sobre todo, ¿qué era ese extraño pedrusco azul,
surcado de vetas blancas? ¿O eran venas blancas...? Quizá la piedra no era más
que un golpe de fortuna para una familia pobre como la suya, era tan extraña y
tan hermosa que podría venderla y, con ese dinero, llenar la despensa de carne
para todo el invierno...
Pero, de pronto, la piedra
empieza a temblar, a agitarse y alumbra un majestuoso dragón color azul zafiro.
En realidad, una dragona, a la que llamará Saphira. Y que lo cambiará todo.
Porque Eragon se da cuenta de que lo que tiene entre manos no es sólo un animal
extraño, sino una herencia casi tan antigua como el propio Imperio.
De la noche a la mañana, ya
nada es como solía, y Eragon se ve arrastrado a un mundo peligroso de magia y
poder. Armado sólo con una espada antigua, y apenas guiado por los consejos de
Brom, el viejo cuentacuentos, Eragon debe adentrarse en un terreno comprometido
y enfrentarse a tenebrosos enemigos que actúan a las órdenes del temible
Galbatorix, un rey cuya maldad no conoce límites, capaz incluso de ordenar la
muerte de la familia de Eragon para detener a quien osa desafiarle.
Así, el adolescente y la
dragona aprenden a trabajar juntos en la paz y en la guerra, sirviéndose de las
artes tradicionales de lucha, y de la ayuda inestimable de la magia.
¿Podrá Eragon asumir la
responsabilidad de poner sobre sus hombros la capa de los legendarios Jinetes?
Porque, él lo sabe, la suerte del Imperio está en sus manos...
En un lugar de Montana,
llamado Valle del Paraíso, vivía una vez un niño que nunca fue al colegio y que
aprendió a destilar la pócima mágica del tiempo. Sólo así fue capaz de leer más
de 4.000 libros, volar con sus dragones imaginarios a ratos perdidos y lanzarse
a escribir con 15 años un novelón de 500 páginas que tituló Eragon.
Ahora, con 20 años, más de
un millón de ejemplares vendidos y una película en ciernes, Christopher
Paolini, que así se llama nuestro héroe, mira hacia atrás con infinita gratitud
hacia sus padres y el convencimiento de haber sido tocado en sueños por un hada
madrina: «Me considero muy afortunado. A veces, tengo la sensación de estar
viviendo una de mis propias fantasías», admite desde su casa encantada de
Montana. «Pero entonces me toca limpiar los platos y fregar el suelo, y me doy
cuenta de que no, que sigo siendo el mismo, con un poco más de oficio quizás,
pero con la misma pasión por escribir que cuando empecé Eragon».
«Eragon —cuenta Christopher
Paolini— es la arquetípica historia de un héroe, llena de acción emocionante,
malos peligrosos y fantásticos escenarios. Hay dragones y elfos, duelos con
espadas y revelaciones inesperadas, y, por supuesto, una hermosa doncella más
que capaz de cuidar de sí misma».
Todo lo cual nos cuenta en
un inglés sembrado de toques idiomáticos foráneos, aunque no completamente
extraños... «Siempre me he sentido fascinado con las fuentes de la mayor parte
de la fantasía moderna, fuentes que encontramos en la historia teutónica,
escandinava. Eso, sin tener en cuenta un extenso fragmento dedicado a los mitos
de las Islas Británicas. Por eso, en Eragon utilicé el noruego antiguo como la
base de mi Idioma Antiguo, así como para muchos nombres. Sin embargo, todas las
palabras del Idioma de los Enanos y del Idioma de los Úrgalos son de mi
invención».
ÍNDICE
Prólogo: Sombra de temor
El rugido del trueno y el destello del relámpago
La magia es lo más sencillo que hay
Sobre lecturas y conspiraciones
Raíz de mandrágora y lengua de tritón
El salón del rey de la montaña
Batalla bajo el suelo de Farthen Dür
Agradecimientos
Yo creé a Eragon, pero su
éxito es el resultado de los esfuerzos entusiastas de amigos, familiares, seguidores, bibliotecarios, profesores, estudiantes, directores de
escuelas, distribuidores, libreros, y
mucha más gente. Ojalá pudiera mencionar a todos los que me ayudaron,
pero la lista sería muy, muy larga.
Vosotros sabéis quiénes sois, y os doy las gracias.
Eragon se publicó por primera vez a
principios de 2002 en la editorial de mis padres, Paolini International LLC. Ya
habían
sacado tres libros, de modo que resultaba natural hacer lo mismo con Eragon.
Sabíamos que mi novela atraería a una gran variedad de lectores; nuestro reto
consistía en hacer correr la voz.
Durante 2002 y principios de
2003, viajé por Estados Unidos para participar en unas 130 firmas de libros y
presentaciones en colegios, librerías y bibliotecas. Mi madre y yo preparamos todos los
eventos. Al principio tenía sólo una o dos presentaciones cada
mes, pero a medida que nos volvimos más eficaces con la organización, nuestra gira
casera se expandió de tal modo que al final estaba prácticamente de continuo en la carretera.
Conocí a miles de personas
maravillosas, muchas de las cuales se convirtieron en leales seguidores y amigos.
Uno de esos seguidores es Michelle Frey, que ahora es mi editora en la
colección juvenil de Knopf Books, tras acercarse a mí con una oferta para contratar Eragon.
Huelga decir que me encantó que Knopf se interesara por mi libro.
De manera que hay dos grupos
de gente que merece mi agradecimiento. El primero me ayudó para la producción
de la
edición de Paolini International LLC, mientras que el segundo es responsable de
la edición de Knopf.
Éstos son los espíritus
valerosos que contribuyeron a hacer posible la existencia de Eragon:
La banda original: mi madre
por su delicado rotulador rojo y su maravillosa ayuda con las comas, dos puntos,
puntos y comas y demás bestias variadas; mi padre por su brillante trabajo de edición,
por todo el tiempo que dedicó a poner en fila mis pensamientos vagos y caprichosos, a
darle forma al libro y diseñar la portada, y a escuchar toda esa cantidad de presentaciones;
la abuela Shirley por ayudarme a crear un principio y un final satisfactorios; mi
hermana por su ayuda con la trama, el buen humor con que aceptó ser descrita como la
herborista en Eragon y las largas horas que dedicó a manipular en
Photoshop el ojo de Saphira que aparecía en la portada; Kathy Tyers por
aportarme los medios para emprender una reescritura brutal —y muy necesaria— de los tres primeros
capítulos; John Taliaferro por sus consejos y su crítica formidable; un seguidor llamado
Tornado —Eugene Walker—, que atrapó una buena cantidad de erratas; y Donna Overall por
su amor por la historia, sus consejos respecto a la edición y el formato y su
buen ojo para todo lo que tiene que ver con las elipsis, los guiones, líneas viudas y huérfanas,
espaciado de letras y puntos aparte. Si existen los jinetes de dragones en la vida
real, ella lo es: acude sin el menor egoísmo al rescate de los escritores perdidos en la Ciénaga de
las Comas. Doy gracias a mi familia por apoyarme con tanto entusiasmo... y por leer
esta saga más veces de las que se podría pedir a cualquier persona en sus
cabales.
La nueva banda: Michelle
Frey que no sólo puso en la historia el suficiente amor para arriesgarse con
una fantasía épica escrita por un adolescente, sino que consiguió además agilizar el
ritmo de Eragon con su sabia edición; mi agente, Simón Lipskar, que ayudó a
encontrar el mejor hogar para Eragon; Chip Gibson y Beverly
Horowitz por su maravillosa oferta; Lawrence Levy por su
buen humor y sus consejos legales; Judith Haut, maga doctorada en publicidad;
Daisy Kline por la asombrosa campaña de marketing; Isabel Warren-Lynch, que diseñó
la preciosa sobrecubierta, el interior y el mapa; John Jude Palencar,
que hizo el dibujo de la cubierta (de hecho, le puse su nombre al valle de Palancar
mucho antes de que él trabajara con Eragon; Artie Bennett, decano de la corrección y único
hombre vivo capaz de entender la diferencia entre to scry it y to scry on it; y todo el equipo de Knopf que ha hecho posible
esta aventura.
Por último, un
agradecimiento muy especial a mis personajes, que soportan con valor los
peligros a los que les obligo a enfrentarse, y sin los cuales no tendría una
historia que contar.
¡Mantened
las espadas afiladas!
Christopher Paolini
Prólogo
El viento bramaba en plena
noche transportando un aroma que cambiaría el mundo.
Sombra alzó la cabeza y
olisqueó el aire. El ser, de elevada estatura y de aspecto humano salvo por el pelo
carmesí y los ojos de color granate, parpadeó sorprendido. El mensaje era correcto: estaban
allí. ¿O era una trampa? Sopesó las posibilidades y dijo fríamente:
—Dispersaos y ocultaos
detrás de los árboles, entre los arbustos. Detened a quienquiera que venga... o morid.
Doce úrgalos, que llevaban
espadas cortas y escudos de hierro redondos en los que habían pintado símbolos negros, se pusieron en
movimiento arrastrando los pies alrededor del humano. Parecían hombres, aunque tenían las piernas arqueadas y los
brazos gruesos y brutales, hechos para aplastar, y unos cuernos retorcidos que
les salían por encima de las pequeñas orejas. Los monstruos se dirigieron deprisa hacia los arbustos y
se escondieron gruñendo. Los crujidos se acallaron al cabo de un
instante, y el bosque volvió a sumirse en el silencio.
Sombra miró al otro lado de
un tupido árbol y buscó la pista. Estaba demasiado oscuro para la vista de un
humano, pero para él la tenue luz de la luna era como si el sol brillara entre los árboles; cada
detalle resultaba nítido y claro para su escrutadora mirada. El ser
se quedó en absoluto silencio sosteniendo una larga espada muy clara en la
mano. Una hendidura del grosor de un alambre fino recorría la hoja del arma, que tenía un filo perfecto para
deslizarse entre las costillas y la robustez necesaria para atravesar la
armadura más sólida.
Los úrgalos no tenían tan
buena vista como Sombra, por lo que buscaban a tientas con sus espadas como
pordioseros ciegos. El ululato de un buho desgarró el silencio, y nadie se tranquilizó hasta que el
pájaro se alejó volando. Los monstruos se estremecieron en la gélida noche, y uno
de ellos aplastó una ramita bajo su pesada bota. Sombra siseó enfadado, y los úrgalos
retrocedieron y se quedaron inmóviles. El ser contuvo el asco que le daban —olían a carne
fétida— y
se apartó. Sólo eran herramientas, nada más.
Sombra reprimió la
impaciencia a medida que los minutos se le hacían horas, puesto que el aroma debía de
haber sido impulsado por el viento desde lejos precediendo a los que lo esparcían, y no
permitió a los úrgalos que se levantaran ni que se dieran calor
entre ellos. Pero tampoco se concedió a sí mismo esas comodidades; se quedó detrás del
árbol acechando la pista: otra ráfaga de viento llegó a través del bosque, y esta vez el aroma
era más fuerte. Entusiasmado, hizo una mueca con los delgados labios y emitió un
gruñido.
—Preparaos —murmuró,
temblándole todo el cuerpo.
Trazó pequeños círculos con
la punta de la espada. Le había costado muchas intrigas y mucho dolor llegar a
donde estaba, y no pensaba perder el control precisamente en ese momento.
Los ojos de los úrgalos
brillaron bajo las espesas cejas mientras apretaban con fuerza la empuñadura de las
espadas. Delante de ellos, Sombra oyó un tintineo como si algo hubiera golpeado una piedra
desprendida. Unas manchas, apenas perceptibles, emergieron de la oscuridad y
avanzaron por el sendero.
Tres caballos blancos, con
sus respectivos jinetes, avanzaban a medio galope hacia la emboscada.
Orgullosos, mantenían la cabeza en alto, y el pelaje les brillaba a la luz de
la luna como plata líquida.
En el primer caballo iba un
elfo de orejas puntiagudas y elegantes cejas arqueadas. Era delgado pero fuerte
como un estoque. Llevaba un imponente arco colgado a la espalda, una espada a un lado y un carcaj con flechas,
rematadas con plumas de cisne, al otro.
El último jinete tenía el
mismo distinguido rostro de rasgos angulosos que el primero. Sostenía una lanza de
considerable longitud en la mano derecha y una daga blanca en el cinturón, y se cubría la
cabeza, con un casco de extraordinaria factura, labrado de ámbar y oro.
Entre ambos, cabalgaba una
elfa de cabello negro como el azabache que vigilaba a su alrededor con aplomo.
Los penetrantes ojos de la mujer, enmarcados por largos rizos negros, brillaban con una
fuerza tremenda, y aunque su atuendo era sencillo, no mermaba su belleza.
Llevaba una espada a un lado, un gran arco y un carcaj a la espalda y una bolsa
sobre
el regazo que vigilaba con insistencia, como si quisiera constatar que seguía
allí.
Uno de los elfos dijo algo
en voz baja, pero Sombra no alcanzó a oírlo. La dama respondió con evidente
autoridad, y sus guardias se intercambiaron de sitio. El que llevaba el casco tomó la delantera y
empuñó la lanza para tenerla más presta. Pasaron junto al escondite de Sombra y los
primeros úrgalos sin sospecha alguna.
Sombra ya estaba saboreando
su victoria cuando el viento cambió de dirección y comenzó a soplar hacia los
elfos llevando el hedor de los úrgalos. Los caballos resoplaron asustados y bajaron la cabeza, y
los jinetes se pusieron tensos y miraron de un lado a otro echando chispas por los ojos.
Obligaron a sus corceles a dar la vuelta y se alejaron al galope.
El caballo de la dama salió
disparado y dejó muy atrás a los guardias. Entretanto los úrgalos abandonaron su
escondite, se pusieron de pie y lanzaron un aluvión de flechas negras. Sombra saltó desde
detrás del árbol, levantó la mano derecha y gritó:
—¡Garjzla!
Un
rayo rojo le brilló en la palma de la mano en dirección a la elfa, iluminó los
árboles con una luz sanguinolenta, golpeó el caballo de la dama y consiguió que
el animal perdiera el equilibrio y cayera de bruces con un agudo relincho. La elfa saltó del
corcel a una velocidad increíble y miró atrás en busca de sus guardias.
Las mortíferas flechas de
los úrgalos abatieron a los dos elfos que cayeron de sus nobles cabalgaduras a tierra,
cubiertos
de sangre. Pero cuando las pestilentes criaturas se abalanzaron para
rematarlos, Sombra gritó:
—¡Tras ella! ¡Es a ella a
quien quiero!
Los monstruos rezongaron y
se precipitaron por el sendero.
Un grito escapó de los
labios de la elfa al ver a sus compañeros muertos. Dio un paso hacia ellos, pero
maldiciendo a sus enemigos se internó en el bosque de un salto.
Mientras los úrgalos corrían
con estrépito entre los árboles, Sombra se encaramó a un bloque de granito que
sobresalía,
desde donde veía el bosque que había alrededor. Entonces levantó una mano y
gritó:
—¡Bóetq
istalri!
Y unos cuatrocientos metros
del bosque estallaron en llamas.
Fue quemando con decisión una parte tras otra hasta
crear un anillo de fuego de casi tres
kilómetros alrededor del lugar de la emboscada. Las llamas parecían formar una
corona turbulenta apoyada sobre el
bosque. Sombra, satisfecho, observó
con mucha atención el anillo de fuego por si éste decaía.
La banda de fuego se hizo
más extensa, con lo que se redujo la zona por donde los úrgalos tenían que buscar.
De repente, Sombra oyó chillidos y un grito ronco. Entre los árboles, vio a tres de sus
soldados caídos uno sobre otro, mortalmente heridos, y alcanzó a divisar a la elfa que
huía del resto de los úrgalos.
La dama corría hacia el
escarpado bloque de granito a una velocidad vertiginosa. El ser examinó el terreno
que se extendía a unos seis metros por debajo de la roca, dio un salto y aterrizó con
agilidad delante de ella. La elfa, cuya espada goteaba sangre negra de
úrgalo y manchaba la bolsa que llevaba en la mano, lo esquivó y volvió al
sendero.
Los monstruos con cuernos
salieron del bosque, rodearon a la mujer y le bloquearon la única ruta de
escape. La elfa giró la cabeza tratando de descubrir por dónde podía huir y, al no ver salida
alguna, se detuvo con majestuoso desprecio. Sombra se acercó a ella con la mano levantada
y se dio el lujo de disfrutar de su impotencia.
—¡Cogedla!
Mientras los úrgalos se
abalanzaban, la elfa abrió la bolsa, metió una mano dentro y dejó caer la bolsa al
suelo. La mujer sostenía en la mano un gran zafiro que reflejaba la iracunda luz de los fuegos.
Elevó la gema pronunciando frenéticas palabras.
—¡Garjzla!
—espetó
Sombra, desesperado, y lanzó hacia la elfa una llamarada roja,
rápida como una flecha, que le surgió de una mano.
Pero era demasiado tarde. Un
resplandor de luz esmeralda iluminó de un fogonazo el bosque, y el zafiro
desapareció. El
fuego rojo golpeó a la elfa, y ésta se desplomó. Sombra aulló furioso y cargó con su espada contra un árbol.
Atravesó la mitad del tronco, y la espada se quedó
allí clavada, vibrando. Disparó nueve rayos
de energía con la palma de la mano, con los que mató al instante a los úrgalos,
arrancó la espada y se acercó a
grandes pasos hasta la elfa.
De la boca del ser salían
profecías de venganza en un maligno idioma que sólo él conocía, mientras miraba
fijamente al cielo con los puños apretados. Las frías estrellas le devolvieron la mirada, sin
parpadear, como si fueran espectadoras de otro mundo. La repugnancia se dibujó en los
labios de
Sombra cuando se volvió hacia la inconsciente elfa.
La belleza de la mujer, que
habría embelesado a cualquier mortal, no tenía interés alguno para él.
Confirmó que el zafiro había desaparecido y fue a buscar su caballo, que estaba escondido entre los
árboles. Tras atar a la elfa a la montura, subió al corcel y
salió del bosque.
Fue apagando el fuego a su
paso, pero dejó que se quemara el resto.
Eragon se arrodilló sobre un
lecho de junco pisoteado y escrutó las huellas con ojo experto. Estas le indicaban
que los ciervos habían pasado por esa pradera hacía apenas media hora, y que pronto se
echarían a dormir. El objetivo de Eragon, una hembra pequeña con
una pronunciada cojera en la pata izquierda, aún seguía con la manada, y él se
sorprendió de que el animal hubiera llegado tan lejos sin que lo atrapara un lobo o un
oso.
El cielo estaba despejado y
oscuro, pero soplaba una ligera brisa. Una nube plateada, cuyos bordes brillaban bajo la luz rojiza que derramaba la luna llena que se mecía
entre dos cimas, flotaba sobre las montañas que rodeaban a Eragon. Los
arroyuelos bajaban por las laderas desde los imperturbables glaciares y desde las hondonadas cubiertas de
nieve, mientras que una inquietante
bruma se arrastraba por la parte baja
del valle, tan densa que Eragon casi no se veía los pies.
Eragon tenía quince años, de
modo que sólo le faltaba uno para ser todo un hombre. Unas oscuras cejas le
enmarcaban los intensos ojos castaños. Llevaba ropa de trabajo gastada, un cuchillo de
monte con mango de hueso en el cinturón y un arco de madera de tejo, metido en una
funda de gamuza que lo protegía de la humedad. También llevaba una mochila con el
armazón de madera.
Los ciervos lo habían
obligado a internarse en las Vertebradas, una agreste cadena
montañosa que se extendía de un extremo a otro de Alagaësía y de donde
procedían con frecuencia historias y hombres extraños, por lo general de
mal agüero. Pero a pesar de ello, Eragon no temía a las Vertebradas, de modo que era el único
cazador de Carvahall que se atrevía a seguir las huellas de las
presas por esos escarpados parajes.
Era el tercer día de caza y
se le había acabado la mitad de la comida. Si no lograba cobrar su ciervo, se vería
obligado a regresar con las manos vacías, pero su familia necesitaba carne porque el
invierno se avecinaba y no podían permitirse el lujo de comprarla en Carvahall.
Eragon se puso de pie en
silenciosa calma y echó a andar por el bosque hacia una cañada donde estaba
seguro de que descansaban los ciervos. Los árboles impedían ver el cielo y proyectaban sombras
difusas sobre el terreno, pero el muchacho miraba las huellas sólo de vez en cuando
porque conocía el camino.
Una vez en la cañada tensó
el arco con un movimiento diestro, sacó tres flechas y colocó una de ellas sosteniendo las otras con
la mano izquierda. La luz de la luna iluminaba unos veinte bultos inmóviles donde la cierva descansaba echada sobre la hierba. La hembra que él quería estaba al
final de todo del rebaño y tenía la
pata izquierda extendida con torpeza.
Eragon se acercó a rastras
despacio, con el arco preparado. Su trabajo de los tres últimos días estaba a
punto de culminar. Inspiró profundamente y... una súbita explosión quebrantó la noche.
El rebaño echó a correr.
Eragon se abalanzó sobre la hierba mientras un viento feroz le azotaba las
mejillas. De pronto, se detuvo y disparó una flecha sobre la cierva que se alejaba saltando. Erró por
muy poco, pero la flecha silbó en la oscuridad. El muchacho soltó una maldición, giró en
redondo y colocó otra flecha instintivamente.
A su espalda, donde había
estado la manada de ciervos, humeaba un gran círculo de hierba y de árboles. Muchos pinos permanecían en
pie, pero desprovistos de sus hojas, y la hierba
que rodeaba el exterior del círculo calcinado estaba aplastada, al tiempo que una voluta de humo se
elevaba por el aire transportando el
olor a quemado. En el centro de la zona devastada yacía una gema de
color azul brillante sobre la cual se
arremolinaban frágiles zarcillos impulsados por la neblina que serpenteaba por el chamuscado terreno.
Eragon se quedó al acecho
del peligro durante varios minutos, pero lo único que se movía era la niebla.
Destensó la cuerda del arco con cuidado y avanzó. La luz de la luna proyectó una pálida sombra del
cuerpo del muchacho cuando éste se detuvo delante de la gema. Eragon la empujó con una
flecha y retrocedió. Como no sucedió nada, la cogió con cautela. La naturaleza jamás había
pulido una piedra preciosa tan perfecta como ésa: la superficie era de un color
azul oscuro impecable, salvo por las finas nervaduras blancas que la recorrían como una
telaraña. Al tocarla con los dedos, Eragon notó que la gema estaba fría y que era completamente lisa, igual que la
seda. Tenía una forma oval de unos treinta centímetros de longitud y debía de
pesar algunos kilos, aunque era más liviana de lo que parecía.
A Eragon le pareció una gema
tan bella como aterradora. ¿De dónde procedía? ¿Serviría para algo?
En ese momento se le ocurrió una idea más
perturbadora: ¿había llegado allí por casualidad o le había sido enviada por
alguna razón? Si Eragon había aprendido algo de las viejas leyendas era a tratar la magia y a los que hacían uso de ella con mucha
precaución. «Pero ¿qué debo hacer con
esta gema?», se preguntó. Llevársela
resultaría molesto y cabía la posibilidad de que fuera peligroso. Sería mejor
dejarla. Tras un instante de
indecisión, estuvo a punto de dejarla caer, pero algo se lo impidió.
«Por lo menos, servirá para
comprar un poco de comida», decidió encogiéndose de hombros mientras la
guardaba en la mochila.
La cañada estaba demasiado
al descubierto para acampar con seguridad, por lo que volvió a internarse en
el bosque y extendió su petate debajo de las descarnadas raíces de un árbol caído. Tras una
cena fría de pan y queso, se arrebujó en las mantas y se quedó dormido pensando
en lo que había sucedido.
El sol salió a la mañana
siguiente con una maravillosa mezcla de colores rosas y amarillos. El aire era fresco,
agradable y muy frío;
había hielo en las orillas de los arroyos y los charcos estaban completamente helados. Después de desayunar avena cocida, Eragon volvió a la cañada y examinó
la zona chamuscada, pero la luz de la
mañana no le reveló nuevos detalles, así que emprendió el camino de regreso.
Las desiguales huellas de
las presas de caza estaban un poco borradas y, en algunos lugares, desaparecían.
Como habían sido impresas por animales, a menudo volvían sobre sus pasos o daban
largos rodeos. Pero a pesar de sus imperfecciones, seguían siendo el
camino más rápido para salir de las montañas.
Las Vertebradas era el único
lugar que el rey Galbatorix no podía considerar de su propiedad. Todavía se
contaba la leyenda de que la mitad del ejército del rey había desaparecido al entrar en el bosque
milenario de esas montañas. Una nube de desgracias y de mala suerte se cernía
sobre ellas: a pesar de que había árboles muy altos y el cielo era luminoso, poca gente podía
permanecer mucho tiempo allí sin sufrir algún accidente. Eragon era una de esas
pocas personas, no porque poseyera un don especial, según él, sino gracias a una vigilancia
constante y a unos agudos reflejos. Aunque hacía años que recorría las montañas, no se
fiaba de ellas, y cada vez que creía que conocía todos sus secretos, sucedía algo que le hacía
cambiar de opinión: esta vez el cambio lo había provocado la aparición de la gema.
Caminó a paso firme, y las
leguas muy pronto quedaron atrás. Al anochecer llegó al borde de un escarpado
barranco, a cuyos pies discurría el río Ahora en dirección al valle de Palancar. Alimentado por
cientos de arroyuelos, el río era una fuerza brutal que batallaba contra las piedras
y las rocas que se interponían en su camino. Un rumor lejano llenaba el aire.
Eragon acampó en un matorral
cercano al barranco y vio salir la luna antes de acostarse.
Durante el siguiente día y
medio, cada vez hizo más frío.
Eragon caminaba deprisa y
prestaba poca atención a la desconfiada fauna. Poco después del mediodía oyó el
monótono
ruido de los miles de salpicaduras de las cataratas de Igualda que invadía el
espacio. El sendero lo condujo hacia un promontorio de pizarra
húmeda, por el que se precipitaba el río antes de lanzarse al aire y acabar cayendo
sobre unos acantilados cubiertos de musgo.
Delante del muchacho se
extendía el valle de Palancar, que tenía el aspecto de un mapa desplegado. La base de
las cataratas de Igualda, a unos ochocientos metros más abajo, era el extremo más
septentrional del valle, y cerca de las cataratas se hallaba
Carvahall, un conjunto de casas de color marrón de cuyas chimeneas salía humo
blanco, como si desafiara al agreste paisaje de los alrededores. Desde esa altura, las granjas eran manchas
cuadradas apenas más grandes que la yema de un dedo, y la tierra de alrededor era
parda o arenosa, cubierta de hierba seca mecida por el viento. El río Anora
serpenteaba desde las cataratas hasta el extremo meridional de Palancar, y
reflejaba los rayos del sol. El curso del Anora continuaba a lo lejos pasando por el
pueblo de Therinsford y por el solitario monte Utgard, pero a partir de allá, Eragon sólo sabía
que el río giraba hacia el norte y seguía rumbo al mar.
Tras una pausa, Eragon dejó
el promontorio y, sonriendo, echó a andar sendero abajo. Cuando llegó al valle,
el crepúsculo descendía poco a poco sobre el lugar y desdibujaba las formas y los
colores hasta convertirlos en masas grises. Las luces de Carvahall brillaban a
la luz del atardecer y las casas proyectaban sombras alargadas. Junto con Therinsford, Carvahall era el
único pueblo del valle de Palancar; estaba aislado y rodeado de un paisaje duro pero
bello. Pocas personas viajaban por allí, salvo algún mercader o algún cazador.
La aldea consistía en
sólidas casas de troncos con techos bajos, algunos de paja y otros de
tablillas, por cuyas chimeneas salía un humo que impregnaba el ambiente de olor
a leña.
Las casas tenían amplios porches donde la gente se reunía a conversar o a hacer
negocios y, de vez en cuando, se iluminaba una ventana cuando alguien pasaba ante
ella con una vela o un candil encendidos. Eragon oyó que los hombres hablaban
en voz muy alta, mientras las mujeres iban de aquí para allá
preparándoles la comida y riñéndoles por su tardanza.
El muchacho caminó en zigzag
entre las viviendas hasta la tienda del carnicero, una casa amplia de gruesas
vigas que, en lo alto, tenía una chimenea que dejaba escapar un humo negro.
Eragon abrió la puerta. La
espaciosa estancia estaba caliente y bien iluminada por un fuego que crepitaba en
la chimenea. Un mostrador vacío cruzaba la habitación de una punta a otra, y el suelo
estaba cubierto de paja. Todo el lugar estaba escrupulosamente limpio, como si el dueño
se pasara todo su tiempo libre rebuscando en oscuras rendijas la más minúscula partícula
de suciedad. Detrás del mostrador estaba Sloan, el carnicero: un hombre de baja
estatura que llevaba una camisa de algodón y un delantal muy largo, manchado de sangre, y de
cuyo cinturón colgaba un montón impresionante de cuchillos. La tez del hombre era
amarillenta, picada de viruela, y los ojos, negros y de mirada desconfiada. En ese momento
estaba limpiando el mostrador con un trapo.
Sloan hizo una mueca con la
boca al ver a Eragon.
—Vaya, si tenemos aquí al
gran cazador que ha decidido unirse al resto de los mortales. ¿Cuántas presas has
cobrado esta vez?
—Ninguna —fue la seca
respuesta de Eragon.
El carnicero nunca le había
caído bien. Sloan siempre lo trataba con desdén, como si fuera alguien
despreciable. El hombre era viudo, y parecía que sólo le importaba una persona:
su hija Katrina, a la que adoraba.
—Me sorprende —replicó Sloan
con fingido asombro, al tiempo que daba la espalda a Eragon para limpiar algo
en la pared—. ¿Y por eso has venido a verme?
—Sí —reconoció Eragon,
incómodo.
—En ese caso, enséñame el
dinero que traes. —Sloan tamborileó los dedos mientras Eragon movía
alternativamente los pies y permanecía en silencio—. Vamos, ¿tienes o no tienes? ¿Qué pasa?
—En realidad no llevo
dinero, pero tengo...
—¿Qué? ¿No traes dinero? —lo
interrumpió con brusquedad el carnicero—. ¡Y esperas comprar carne! ¿Acaso
los otros comerciantes te regalan sus mercancías? ¿O crees que yo te voy a dar los víveres gratis? Además, ya es muy
tarde —continuó, con el mismo tono
antipático—. Vuelve mañana con
dinero. Ahora ya está cerrado.
Eragon le echó una mirada de
ira.
—No puedo esperar hasta
mañana, Sloan. Pero valdría la pena que me escucharas: he encontrado algo con lo que puedo pagarte.
Sacó la gema de la mochila y
la apoyó con suavidad sobre el mostrador, lleno de incisiones. La piedra
preciosa brilló a la luz de las llamas que bailaban en la chimenea.
—Es probable que sea robada
—murmuró Sloan mientras se inclinaba hacia delante mostrando cierto interés.
Eragon pasó por alto el
comentario y preguntó:
—¿Es suficiente con esto?
Sloan cogió la gema y
calculó su peso especulativamente. Pasó las manos por la suave superficie e inspeccionó
las blancas nervaduras. Luego volvió a depositarla con mirada calculadora.
—Es bonita, pero ¿cuánto
vale?
—No lo sé —admitió Eragon—,
aunque creo que nadie se habría tomado la molestia de pulirla si no tuviera
algún valor.
—Eso es evidente —dijo Sloan
con fingida paciencia—. Pero ¿cuánto vale? Como no lo sabes, te recomiendo que
busques a un mercader que lo sepa o que aceptes mi oferta de tres coronas.
—¡Eso es una miseria! Debe
de valer por lo menos diez veces más —protestó Eragon.
Con tres coronas no podía
comprar carne ni para una semana.
—Si no te interesa mi oferta
—comentó Sloan con un gesto displicente—, espera hasta que lleguen los
mercaderes. De todas maneras, ya estoy cansado de esta conversación.
Los mercaderes eran un grupo
de comerciantes y de artistas nómadas que visitaban Carvahall en primavera y
en invierno. Compraban los excedentes de cualquier producto que los aldeanos y los
granjeros habían conseguido fabricar o cultivar, y les vendían lo que
necesitaban para pasar otro año: semillas, animales, telas y otros productos
como sal y azúcar.
Pero Eragon no quería
esperar hasta que llegaran porque aún podían tardar, y su familia necesitaba la
carne ya.
—De acuerdo, acepto —dijo.
—Bien, te daré la carne. No
es que me importe, pero, ¿dónde la encontraste?
—Hace dos noches, en las
Vertebradas...
—¡Sal de aquí! —ordenó Sloan
apartando la gema.
Se alejó de repente hasta la
otra punta del mostrador y empezó a frotar un cuchillo para quitarle la sangre
seca.
—¿Por qué? —preguntó Eragon
mientras se acercaba a la piedra preciosa, como si la quisiera proteger de la
cólera de Sloan.
—¡No quiero saber nada de lo
que traigas de esas malditas montañas! Llévate tu gema embrujada a otra parte.
Sloan, al hacer un
movimiento brusco, se cortó un dedo con el cuchillo, pero no pareció darse cuenta y siguió
frotando y manchando la hoja con sangre fresca.
—¿Te niegas a venderme
carne?
—Sí, a no ser que pagues con
dinero contante —bramó, y levantando el cuchillo, lo apartó—. ¡Vete antes de
que te mate!
De pronto, se abrió la
puerta de golpe, y Eragon se volvió con rapidez, a punto para enfrentarse a nuevas
dificultades. Entró ruidosamente Horst, un hombre descomunal, y detrás de él, la hija de
Sloan, Katrina —una esbelta joven de dieciséis años—, con una
expresión decidida en el rostro. Eragon se sorprendió al verla porque, por lo
general, desaparecía cuando su padre discutía. Sloan los miró con recelo y empezó a acusar a
Eragon.
—No quería...
—¡Silencio! —dijo Horst con
voz de trueno mientras hacía crujir los nudillos. Era el herrero de Carvahall, como
lo atestiguaban su grueso cuello y el delantal de cuero que usaba, lleno de
marcas. Llevaba los potentes antebrazos al descubierto y, a través de la
parte superior de la camisa, se le veía el musculoso y velludo
pecho. Lucía una barba negra mal recortada, enmarañada y torcida como los
músculos de las mandíbulas—. Sloan, ¿qué has hecho ahora?
—Nada. —Le lanzó a Eragon
una mirada asesina—. Este chico... —espetó— entró y empezó a fastidiarme. Le
dije que se largara, pero se plantificó ahí. Incluso lo amenacé, pero no me hizo
caso.
Parecía que Sloan se encogía
mientras miraba a Horst.
—¿Es verdad? —preguntó el
herrero.
—¡No! —respondió Eragon—. Le
ofrecí esta gema para pagarle un poco de carne, y aceptó. Pero cuando le dije
que la había encontrado en las Vertebradas, se negó incluso a tocarla. ¿Qué
importa de dónde venga?
Horst miró la piedra
preciosa con curiosidad, y a continuación, dirigió la vista al carnicero.
—A mí personalmente no me
gustan las Vertebradas, pero si la cuestión es el valor de la gema, yo mismo
la respaldaré con mi dinero. ¿Por qué no llegas a un acuerdo con él, Sloan?
La pregunta flotó en el aire
por un momento.
—Esta es mi tienda —replicó
Sloan pasándose la lengua por los labios—, y hago lo que quiero.
Katrina salió de detrás de
Horst y se echó el cabello color caoba sobre los hombros, como una ráfaga de cobre
fundido.
—Padre, Eragon está
dispuesto a pagarte. Dale la carne, y después cenaremos.
—Vuelve a casa —contestó
Sloan entornando los ojos amenazadoramente—. Esto no es asunto tuyo... ¡Vete!
El rostro de Katrina se
endureció, y la joven salió muy tensa de la habitación.
Eragon contempló la escena
con desaprobación, pero no se atrevió a intervenir. Horst se quedó mesándose
la barba hasta que dijo con tono de reproche:
—Muy bien, puedes hacer
negocios conmigo, Eragon. ¿Cuánto pensabas ganar?
La voz del herrero retumbó
en la estancia.
—¡Lo máximo posible!
Horst sacó una bolsa y contó
una pila de monedas.
—Dame tu mejor carne para
asar y tus mejores filetes, y asegúrate de llenar la mochila de Eragon. —El
carnicero dudó. Los ojos del hombre iban de Eragon a Horst y viceversa—. Y te aconsejo que a
mí sí que me vendas la carne.
Sloan, con una mirada
venenosa, se escabulló hacia la trastienda, desde donde les llegó el sonido de un
frenético ruido de hachazos, y escucharon cómo envolvía algo a la vez que
susurraba maldiciones. Al cabo de unos incómodos minutos, volvió con un montón
de carne ya envuelta, aceptó el dinero de Horst con cara inexpresiva y se puso a
limpiar el cuchillo como si ellos no existieran.
Horst recogió rápidamente la
carne y salieron. Eragon, cargando la mochila y la gema, corrió detrás de él,
mientras el vigorizante aire nocturno les refrescaba la cara después de soportar el sofocante
ambiente de la tienda.
—Gracias, Horst. Tío Garrow
estará encantado.
—No me lo agradezcas
—contestó Horst riéndose en voz baja—. Hace tiempo que le tenía ganas. Sloan es
un maldito pendenciero, y se merece que lo humillen. Katrina oyó lo que estaba pasando y corrió
a buscarme. Y suerte que vine... porque estabais a punto de pasar a las manos.
Lamentablemente, dudo que vuelva a atenderte, ni a ti ni a ninguno de tu
familia, la próxima vez que entréis en la tienda aunque llevéis dinero.
—¿Por qué explotó de esa
manera? Nunca ha sido amable, pero siempre ha aceptado nuestras monedas. Y
jamás lo vi tratar a Katrina así —dijo Eragon, y abrió su mochila.
—Pregúntaselo a tu tío
—contestó Horst encogiéndose de hombros—. Sabe más de eso que yo.
Eragon guardó la carne en la
mochila.
—Bueno, ahora tengo más
motivos para volver corriendo a casa: resolver el misterio. Toma, esto es tuyo —dijo, y le tendió la gema.
—No —se rió Horst entre
dientes—, guárdate tu extraña piedra preciosa. En cuanto al pago... resulta que
Albriech piensa irse a
Feinster la primavera próxima. Quiere ser maestro
herrero, así que voy a necesitar un aprendiz. Puedes venir en tus días libres y
trabajar hasta saldar la deuda.
Eragon hizo una leve
reverencia, encantado. Horst tenía dos hijos: Albriech y Baldor, y ambos trabajaban
en la forja. Ocupar el puesto de uno de ellos era una generosa oferta.
—¡Gracias de nuevo! Me
encantará trabajar contigo.
A Eragon le complacía la
posibilidad de pagarle a Horst porque su tío nunca aceptaría caridad. De repente,
recordó lo que le había dicho su primo antes de que él se fuera a cazar.
—Roran me pidió que le diera
un mensaje a Katrina, pero como no me es posible, ¿podrías dárselo tú?
—Claro.
—Quiere que sepa que volverá
al pueblo en cuanto lleguen los mercaderes, y entonces la verá.
—¿Eso es todo?
Eragon estaba un poco incómodo.
—No, también quiere que sepa
que la considera la muchacha más hermosa que ha visto en su vida, y que no
piensa en nadie más que en ella.
Horst soltó una carcajada y
le guiñó un ojo a Eragon.
—Parece que la cosa va en
serio, ¿no?
—Sí, señor —respondió
deprisa Eragon devolviéndole la sonrisa—. ¿Podrías también darle las gracias a Katrina
de mi parte? Fue un magnífico gesto plantarle cara a su padre por mí. Espero que no la
castigue, pues Roran se pondría furioso si tiene dificultades por
mi culpa.
—Yo no me preocuparía. Sloan
no sabe que fue ella la que me llamó, así que no creo que sea muy duro.
¿Quieres beber algo conmigo antes de irte?
—Lo siento, pero no puedo.
Garrow me está esperando —dijo Eragon, y cerró la mochila.
Se la cargó al hombro, echó
a andar por el camino y se despidió con la mano.
La carne pesaba y le hacía
ir más despacio, pero como estaba ansioso por llegar a casa aceleró el paso con
renovadas fuerzas. El pueblo acababa bruscamente, por lo que las luces quedaron
atrás muy pronto. La luna con su brillo nacarado se asomó por las
montañas y derramó una fantasmagórica luz diurna sobre el campo. Todo parecía
blanquecino y sin ninguna forma que sobresaliera.
Casi al final de su viaje
dejó el camino, que continuaba hacia el sur, y tomó un sendero que discurría entre unas
hierbas tan altas que le llegaban hasta la cintura, y ascendía por un montículo, casi oculto bajo las
sombras protectoras de los olmos. Al coronar la colina, vio una
tenue luz que salía de su hogar.
La casa tenía el techo de
tablillas, una chimenea de ladrillo y aleros que sobresalían de las paredes encaladas y proyectaban su sombra en el suelo. La leña, lista
para hacer fuego, se apilaba en un extremo del porche cerrado. Y en el otro extremo había un montón de herramientas de
labranza.
La casa llevaba abandonada
medio siglo cuando se trasladaron a ella, tras la muerte de Marian, la esposa de
Garrow.
Quedaba a quince kilómetros de Carvahall, más alejada que ninguna. La gente la
consideraba una distancia peligrosa porque la familia no podía contar con la
ayuda de nadie del pueblo si se encontraban en algún apuro, pero el tío de Eragon hacía oídos
sordos.
A treinta metros de la casa,
en un descolorido establo, vivían dos caballos —Birka y Brugh—, algunos pollos y una vaca. A veces había un cerdo, pero
ese año no habían podido permitirse el lujo de tener ninguno. También había un
carro metido entre los departamentos del establo. En los límites de las tierras,
una densa hilera de árboles discurría junto al río Anora.
Cuando Eragon, agotado,
llegó al porche, vio que una luz oscilaba detrás de la ventana.
—Tío, soy yo, Eragon, ábreme.
Una pequeña contraventana se
entreabrió sólo un segundo, y a continuación la puerta se abrió hacia
dentro.
Garrow estaba de pie y
apoyaba la mano en la puerta. La ropa que llevaba le colgaba como si fueran harapos
suspendidos de una percha. Sin embargo, a pesar del rostro enjuto y de aspecto hambriento y
del cabello entrecano, los ojos tenían una gran viveza. Parecía un hombre al que
hubieran empezado a momificar antes de descubrir que aún estaba vivo.
—Roran está durmiendo —fue
su respuesta a la mirada interrogante de Eragon.
Una lámpara oscilaba sobre
una mesa de madera tan vieja que parecía que las vetas se extendían formando ondas diminutas como una
gigantesca huella dactilar. Cerca de una cocina económica, había una hilera de utensilios colgados en la pared
con clavos de fabricación casera. Una segunda puerta daba al resto de la casa; el suelo
era de tablones, desgastados por las pisadas a lo largo de los años.
Eragon dejó la mochila y
sacó la carne.
—¿Qué es esto? ¿Has comprado
carne? ¿De dónde has sacado el dinero? —le preguntó su tío con aspereza al
ver los paquetes envueltos.
Eragon respiró profundamente
antes de responder.
—No, nos la ha comprado
Horst.
—¿Y le has dejado pagar? Te
lo tengo dicho: yo no pido comida. Si no podemos alimentarnos solos, deberíamos
irnos a la
ciudad. Antes de que nos demos cuenta, estarán mandándonos ropa usada y
preguntándonos si podemos pasar el invierno.
La cara de Garrow estaba
pálida de ira.
—No he aceptado caridad
—replicó Eragon—. Horst accedió a dejarme trabajar con él esta primavera para
pagarle la deuda. Necesita a alguien que lo ayude porque Albriech se marcha.
—¿Y de dónde sacarás el
tiempo para trabajar con él? ¿Acaso no piensas ocuparte de todo lo que hay que
hacer aquí? —preguntó Garrow esforzándose en bajar la voz.
Eragon colgó el arco y el
carcaj de unos ganchos en la puerta de entrada.
—No sé cómo lo haré
—respondió, irritado—. Además, he encontrado algo que tal vez valga un poco de
dinero.
Y dejó la piedra preciosa
sobre la mesa.
Garrow se inclinó sobre
ella; el aspecto hambriento del rostro del hombre se convirtió en voracidad mientras
movía los dedos con un extraño temblor.
—¿La has encontrado en las
Vertebradas?
—Sí —respondió Eragon, y le
contó lo que había sucedido—. Y para colmo, perdí mi mejor flecha, así que
pronto tendré que hacer otras.
Ambos se quedaron mirando la
gema en la semipenumbra.
—¿Qué tal el tiempo?
—preguntó el tío mientras levantaba la gema y la sostenía con fuerza, como si temiera
que fuera a desaparecer de pronto.
—Frío —fue la respuesta de
Eragon—. No nevó, pero heló todas las noches.
Garrow parecía preocupado
por las novedades.
—Mañana tendrás que ayudar a
Roran a acabar la siega de la cebada. Si también pudiéramos recoger las
calabazas, no tendríamos que preocuparnos por las heladas. —Le pasó la gema a Eragon—. Guárdala.
Cuando vengan los mercaderes, sabremos cuánto vale. Probablemente lo mejor será
venderla
porque cuanto menos nos metamos con la magia, mejor... ¿Por qué pagó Horst la
carne?
Eragon no tardó nada en
explicarle la pelea con Sloan.
—No sé por qué se enfadó tanto.
—La mujer de Sloan, Ismira,
se cayó en las cataratas de Igualda un año antes de que tú llegaras aquí —explicó
Garrow
encogiéndose de hombros—. Desde entonces ni se acerca a las Vertebradas ni
quiere oír hablar de ellas. Pero ésa no es razón para no querer aceptar un pago. Creo
que sólo quería molestarte.
—¡Qué bien estar otra vez en
casa! —exclamó Eragon balanceándose con ojos adormilados.
La mirada de Garrow se
ablandó y asintió. Eragon llegó a trompicones a su habitación, metió la piedra
preciosa debajo de la cama y se tumbó sobre el colchón. «¡Al fin en casa!» Y por primera vez
desde que había salido de cacería, se relajó completamente y el sueño se apoderó de él.
Al amanecer, los rayos de
sol entraron por la ventana y dieron calor al rostro de Eragon. El chico se frotó los
ojos, se sentó en el borde de la cama y tocó con los pies el suelo de madera de pino, que estaba
frío. Estiró las doloridas piernas y se frotó la espalda mientras bostezaba.
Junto a la cama había una
estantería llena de diversos objetos que había ido recogiendo: trozos de madera
retorcida, extraños pedazos de conchas, piedras partidas —cuyo interior brillaba— y hierbas
secas que había atado entre sí. El resto de la habitación estaba vacío; sólo había un
pequeño armario y una mesilla de noche.
Eragon se calzó las botas y
se quedó mirando el suelo, pensativo. Era un día especial: casi a esa misma hora, hacía dieciséis años, su madre, Selena, había vuelto a
Carvahall sola y embarazada. Había
estado ausente durante seis años y había vivido en la ciudad. Cuando regresó, llevaba ropa cara y una redecilla de
perlas que le sujetaba el cabello. Venía en busca de su hermano, Garrow, al que le pidió que le
permitiera quedarse con él hasta dar a
luz. Al cabo de cinco meses nació su hijo,
pero todo el mundo se quedó consternado cuando Selena, con lágrimas en los ojos, les rogó a Garrow y a Marian que criaran al niño. Cuando le preguntaron por
qué, lo único que respondió entre sollozos fue: «Debo hacerlo». Sus ruegos eran cada vez más desesperados, hasta que
ellos, finalmente, aceptaron.
Entonces Selena le puso el nombre de Eragon. A la mañana siguiente partió muy temprano y no volvió
jamás.
Eragon aún recordaba cómo se
había sentido cuando Marian le contó la historia antes de morir. El hecho de
enterarse de que Garrow y Marian no eran sus auténticos padres lo había trastornado
profundamente, y de repente empezó a poner en duda todo aquello que hasta
entonces había sido claro e incuestionable. Con el tiempo había aprendido
a vivir con la nueva realidad, pero siempre había tenido la persistente sospecha de que no
había satisfecho las expectativas de su madre.
«Estoy seguro de que ella
tuvo algún motivo para hacer lo que hizo, pero ojalá supiera cuál fue», se
decía a sí mismo.
También había otra cosa que
le inquietaba: ¿quién era su padre? Selena no se lo había dicho a nadie y, fuera
quien fuese, nunca había ido a buscar a Eragon. El muchacho se habría conformado con saber
el nombre porque así al menos conocería su procedencia.
Suspiró y se acercó a la
mesilla de noche, se lavó la cara y sintió un escalofrío cuando el agua le bajó por el
cuello. Una vez que se hubo lavado, sacó la gema de debajo de la cama y la puso en un estante. La
luz de la mañana la acarició y proyectó su acogedor reflejo sobre la pared. Eragon la
tocó otra vez y se apresuró a ir a la cocina, pues tenía ganas de ver a su familia.
Garrow y Roran ya estaban allí comiendo pollo. El chico los saludó, y Roran
se puso de pie con una sonrisa.
Era dos años mayor que
Eragon, musculoso y robusto pero nada torpe. Si hubieran sido hermanos auténticos
no habrían sido mejores amigos.
—Me alegro de que hayas
vuelto —sonrió Roran—. ¿Qué tal el viaje?
—Difícil —respondió—. ¿Te ha
contado el tío lo que pasó?
Se sirvió un trozo de pollo
y lo devoró, hambriento.
—No —contestó Roran, por lo
que Eragon tuvo que contar otra vez la historia rápidamente. Ante la
insistencia de Roran, Eragon dejó la comida para enseñarle la gema, que
impresionó profundamente a su primo, quien, nervioso, le preguntó al fin—: ¿Has
podido hablar con Katrina?
—No, no pude después de la
discusión con Sloan, pero ella te esperará cuando vengan los mercaderes. Le di
el mensaje a Horst, y él se lo transmitirá.
—¿Se lo has dicho a Horst?
—preguntó Roran, incrédulo—. Era un asunto privado. Si hubiera querido que
todos lo supieran, habría hecho una hoguera para comunicarlo con señales de humo. Si Sloan se
entera, no me dejará volver a verla.
—Horst será discreto —lo
tranquilizó Eragon—, no dejará que nadie caiga en las garras de Sloan, y menos tú.
Roran no pareció muy
convencido, pero no discutió más. Volvieron a sus platos ante la taciturna presencia de
Garrow.
Cuando acabaron hasta el
último trozo, los tres salieron a trabajar en el campo.
El sol era frío y pálido y
calentaba poco. Bajo el ojo vigilante del astro, almacenaron la cebada en el granero.
A continuación recogieron calabazas trepadoras, colinabos, remolachas,
guisantes, nabos y alubias que luego guardaron en el sótano. Tras horas de
trabajo, estiraron los agarrotados músculos, satisfechos de haber acabado la cosecha.
Durante los días siguientes
encurtieron, salaron, desvainaron y prepararon los alimentos para el invierno.
Nueve días después del
regreso de Eragon, una terrible tormenta de nieve bajó de las montañas y se instaló en
el valle. La nieve caía como una espesa cortina y cubrió todo el campo de
blanco. Garrow, Roran y Eragon sólo se aventuraban a salir de la casa
para buscar leña y para dar de comer a los animales, porque
temían perderse en medio del viento huracanado y del desolado paisaje. Pasaron las
horas apiñados junto a la cocina de leña mientras las ráfagas de viento hacían crujir los pesados
postigos de las ventanas. Por fin, al cabo de unos días, cesó la tormenta, pero había
dejado un extraño paraje sembrado de blandos cúmulos de nieve.
—Me temo que este año tal
vez los mercaderes no vengan a causa del pésimo tiempo que hace —dijo Garrow—. Y si
vienen, será demasiado tarde. Sin embargo, les daremos una oportunidad y los
esperaremos antes de ir a Carvahall. Pero si no llegan pronto,
tendremos que comprar provisiones extra a la gente del pueblo.
Garrow tenía un semblante de
resignación.
A medida que pasaban los
días sin rastro de los mercaderes, crecía la ansiedad en la familia. Cada vez
hablaban menos, y en la casa reinaba un ambiente depresivo.
A la octava mañana después
de la tormenta, Roran fue hasta el camino y confirmó que los mercaderes aún no
habían
pasado, de modo que estuvieron todo el día preparando el viaje a Carvahall, y
buscando algo para vender con expresiones sombrías. Esa noche, por pura desesperación,
Eragon volvió al camino para ver si había novedades, y descubrió profundos surcos en la nieve
y muchas huellas de caballos entre ellos. Regresó corriendo a la casa, eufórico y
chillando de alegría, con renovados bríos para los preparativos.
Antes del amanecer cargaron
su excedente de víveres en el carro, y Garrow guardó el dinero que había ahorrado
ese año en una bolsa de cuero y se la ató con cuidado al cinto. Por su parte,
Eragon colocó la gema envuelta entre bolsas de grano para que no rodara
con el traqueteo.
Después de un rápido
desayuno, engancharon los caballos y partieron por el sendero hacia el camino. Los
carros de los mercaderes ya habían roto los montones de nieve, lo que les permitió avanzar más
deprisa, y al mediodía divisaron Carvahall.
Durante el día ese lugar era
una pequeña aldea rural llena de gritos y de risas. Los mercaderes habían
acampado en un terreno baldío en las afueras del pueblo, donde se extendían desordenadamente carros,
tiendas y hogueras formando manchas de color sobre la nieve. Las cuatro tiendas de
los trovadores estaban decoradas con colores chillones, y había un flujo constante de gente que unía
el campamento con el pueblo.
El gentío se arremolinaba
alrededor de las atractivas tiendas y de los puestos y atascaba la calle principal,
mientras que los caballos relinchaban a causa del ruido. El terreno se había
aplanado al ser aplastada la nieve que, además, se derretía por todas partes
con el calor de las fogatas, al tiempo que la fragancia de las
avellanas tostadas añadía un rico aroma a los olores que flotaban
en el aire en torno a la gente.
Garrow detuvo el carro y
desenganchó los caballos.
—Daos algún gusto —dijo
sacando unas monedas de su bolsa—. Roran, cómprate lo que quieras, pero
asegúrate de estar en casa de Horst a la hora de cenar. Eragon, coge esa gema y ven conmigo.
Eragon sonrió a Roran y se
guardó el dinero; ya tenía pensado cómo gastárselo.
Roran se alejó
inmediatamente con expresión decidida y Garrow guió a Eragon entre
la muchedumbre abriéndose paso a codazos. Las mujeres compraban ropa y, en
cambio, los hombres examinaban cerraduras, ganchos y alguna herramienta nueva. Los niños
corrían por el camino dando gritos de alegría. Aquí y allí se vendían cuchillos y
especias, y las ollas estaban expuestas junto a las monturas de cuero.
Eragon miraba a los
mercaderes con curiosidad. Parecían menos prósperos que el año anterior, y sus hijos
tenían un aire asustado, desconfiado, e iban con la ropa remendada. Los hombres,
demacrados, llevaban espadas y dagas como si lo hubieran hecho
toda la vida, y hasta las mujeres iban con puñales sujetos al cinto.
«¿Qué debe de haberles
ocurrido para que tengan ese aspecto? ¿Y por qué habrán llegado tan tarde?», se
preguntó Eragon. Recordaba a los mercaderes como personas muy alegres, pero ya no lo eran.
Garrow enfiló calle abajo en busca de Merlock, un comerciante especializado en
chucherías extrañas y en joyas.
Lo encontraron en un puesto
enseñando broches a un grupo de mujeres. Cada pieza que sacaba iba seguida de
exclamaciones
y de suspiros de admiración. Eragon intuyó que más de una bolsa pronto
quedaría vacía. Merlock se crecía y se enorgullecía cada vez que alababan sus
artículos.
El hombre usaba perilla, era
desenvuelto y parecía mirar al resto del mundo con ligero desprecio.
El animado grupo impedía que
Garrow y Eragon se acercaran al mercader, así que se apartaron y esperaron.
Enseguida que Merlock quedó libre, se aproximaron.
—¿Y qué desean los señores?
—preguntó el comerciante—. ¿Un amuleto o alguna alhaja para una dama? —Con un
elegante movimiento sacó una rosa de plata labrada de excelente factura. El
brillante y pulido metal atrajo la atención de Eragon, que la miró apreciando
su valor—. No cuesta ni tres coronas —prosiguió el mercader—, a pesar de que
procede de los afamados artesanos de Belatona.
—No, no venimos a comprar
—dijo Garrow en voz baja—, sino a vender.
Merlock guardó
inmediatamente la rosa y los miró con renovado interés.
—Comprendo. Si el artículo
posee algún valor, tal vez querríais cambiarlo por una o dos de estas exquisitas
piezas. —Se quedó callado durante un momento, mientras Eragon y su tío esperaban
incómodos, y añadió—: ¿Habéis traído el objeto en cuestión?
—Sí, pero nos gustaría
enseñároslo en alguna otra parte —dijo Garrow con voz firme.
Merlock enarcó una ceja,
pero habló con amabilidad.
—En ese caso, permitidme
invitaros a mi tienda.
Recogió su mercancía, la
guardó en un baúl reforzado de hierro, que cerró, y los condujo calle arriba hasta
el campamento. Serpentearon entre los carros hasta una tienda alejada de las del resto de
los mercaderes.
La parte superior de la
tienda era de color carmesí y la inferior era negra con un entramado de triángulos de
colores. Merlock desató la entrada y echó la tela a un lado.
Pequeñas chucherías y
muebles raros, como una cama redonda y tres asientos hechos con troncos tallados,
ocupaban el interior de la tienda. Una daga torcida con un rubí en el mango yacía sobre un
cojín blanco.
Merlock cerró la tienda y se
volvió hacia ellos.
—Sentaos, por favor —invitó
el mercader y, una vez hecho esto, añadió—: Bueno, enseñadme el objeto que nos ha
obligado a reunirnos en privado. —Eragon desenvolvió la piedra y la depositó entre los dos
hombres. Merlock, a quien le relucían los ojos, alargó la mano, pero se detuvo
y preguntó—: ¿Puedo?
Tras el consentimiento de
Garrow, la levantó.
Puso la piedra en su regazo,
se inclinó hacia un lado para coger una pequeña caja y la abrió. En su interior
había unas balanzas de cobre que el mercader dejó en el suelo. Después de pesar la gema, examinó la
superficie con una lupa de joyero, la golpeó suavemente con un mazo de madera y
apretó sobre ella la punta de una diminuta piedra transparente. Midió la longitud y el
diámetro y apuntó unas cifras en una tablilla. Luego se quedó
meditando un rato los resultados.
—¿Sabéis cuánto vale?
—No —admitió Garrow.
Le temblaba la mejilla
mientras se movía, incómodo, en su asiento.
—Desgraciadamente, yo
tampoco —afirmó Merlock sonriendo—. Sin embargo, puedo deciros algo: las
nervaduras blancas y la parte azul que las rodea son del mismo material, pero de diferente color.
Aunque no tengo ni idea de qué material es. Es más duro que el de cualquier piedra
preciosa que haya visto jamás, incluso más que el diamante. Quienquiera que la haya
tallado, ha debido de usar herramientas que jamás he visto... o magia. Además, es
hueca.
—¿Qué? —exclamó Garrow.
—¿Habéis oído alguna vez que
una piedra preciosa suene como ésta? —Merlock tenía cierto tono de irritación en
la voz. Entonces cogió la daga que estaba sobre el cojín y golpeó la gema con la parte
plana de la hoja. Una nota diáfana se elevó por el aire y se desvaneció con suavidad.
Eragon estaba asustado, pues temía que se hubiera estropeado. Merlock les devolvió
la piedra preciosa—. No encontraréis marcas ni imperfección
alguna donde la he tocado con la daga. Y dudo que pudiera hacerle algún daño aunque
la golpeara con un martillo.
Garrow se cruzó de brazos,
cauteloso, mientras reinaba el más absoluto silencio.
«Yo sabía que la piedra
había aparecido mágicamente en las Vertebradas, pero no que estuviera hecha por
arte de magia. ¿Para qué y por qué?», se dijo Eragon, intrigado.
—Pero ¿cuánto vale?
—preguntó el muchacho.
—No lo sé —dijo Merlock con
voz afligida—. Estoy seguro de que hay gente que pagaría una fortuna por tenerla, pero esas personas no están
en Carvahall, sino que habría que ir a las ciudades del sur para encontrar un
comprador. Para la mayoría de la gente es una curiosidad, pero no es un objeto para gastar dinero
cuando hacen falta cosas prácticas.
Garrow miró el techo de la
tienda, como un jugador que calcula las probabilidades.
—¿Nos la compraríais?
—No vale la pena correr el
riesgo —contestó inmediatamente el mercader—. Podría encontrar un comprador
durante mis viajes
de primavera, pero no estoy seguro. Y aunque lo hiciera, no podría pagaros
hasta que volviera el año próximo. No,
tendréis que buscar otro comprador. Sin embargo, tengo curiosidad... ¿Por qué
habéis insistido en hablar en privado?
Eragon apartó la piedra
antes de contestar.
—Porque... —Miró al hombre y
se preguntó si explotaría como Sloan—. La encontré en las Vertebradas, y a la
gente de aquí no le gusta eso.
Merlock le lanzó una mirada
de asombro.
—¿Sabes por qué mis
compañeros y yo hemos llegado tarde este año? —Eragon negó con la cabeza—. La
mala suerte ha perseguido nuestros viajes y el caos reina en Alagaësía. No pudimos evitar enfermedades, asaltos y la más negra de
las desgracias porque, debido al aumento de
los ataques de los vardenos,
Galbatorix ha obligado a las ciudades a mandar más soldados a las fronteras, pues necesita hombres
para combatir a los úrgalos. Esas
bestias han emigrado hacia el sudeste, al desierto de Hadarac. Nadie sabe el porqué
ni a nadie le importaría con tal de
que no pasaran por zonas habitadas, pero
los han visto en los caminos y cerca de las ciudades. Lo peor de todo son los rumores que hablan de un
Sombra, aunque no se han confirmado.
No hay mucha gente que sobreviva a un
encuentro de ese tipo.
—¿Y por qué no nos hemos
enterado de nada? —exclamó Eragon.
—Porque esta situación ha
empezado hace apenas unos pocos meses —contestó Merlock con tono grave—. Aldeas
enteras se han visto obligadas a trasladarse porque los úrgalos destruyeron sus campos, y el
hambre amenaza a los habitantes.
—Es absurdo —protestó
Garrow—. No hemos visto ningún úrgalo; el único que anda por aquí tiene sus cuernos
colgados en la taberna de Morn.
—Tal vez, pero éste es un
pequeño pueblo oculto en las montañas, y no me sorprende que no os hayáis enterado
—comentó Merlock arqueando una ceja—. Sin embargo, no creo que esto siga así. Os
lo he contado porque aquí también suceden cosas extrañas, como haber encontrado
semejante
gema en las Vertebradas.
Y con esta aleccionadora
declaración, los despidió con una reverencia y una sonrisa.
Garrow emprendió el camino a
Carvahall, seguido de Eragon.
—¿Qué opinas? —le preguntó
éste.
—Voy a buscar más
información antes de decidirme. Lleva la gema al carro y después haz lo que te plazca.
Nos reuniremos para cenar en casa de Horst.
Eragon se abrió paso entre
la gente y, contento, se dio prisa en regresar hasta el carro. Las
transacciones comerciales le llevarían horas a su tío, así que él pensaba disfrutar
plenamente durante ese tiempo. Escondió la gema debajo de las bolsas y emprendió el camino
de vuelta al pueblo a paso firme.
A pesar de sus escasas
monedas, fue de un puesto a otro evaluando las mercancías con ojo de comprador,
y al hablar con los vendedores, éstos le confirmaban lo que les había dicho Merlock
sobre la inestabilidad de Alagaësía. Una y otra vez le repetían lo mismo: el último año la seguridad
había desaparecido, acechaban nuevos
peligros y nadie estaba a salvo.
Más tarde, se compró tres
barras de caramelo de malta y un trozo de pastel de cerezas que estaba quemado.
Después de pasar tantas horas en la nieve, sentaba bien comer algo caliente.
Relamió el jarabe pegajoso que tenía en los dedos, triste porque se le
hubiera acabado, y se sentó en un porche a mordisquear uno de los caramelos. Allí cerca
había dos chicos de Carvahall que se estaban peleando, pero no le apetecía hacerles
caso.
A última hora de la tarde,
los mercaderes continuaban sus negocios en las casas. Eragon ansiaba que llegara
la noche porque entonces saldrían los trovadores para explicar historias y hacer
trucos. Le encantaban los cuentos sobre magia, sobre dioses y, si
eran realmente buenos, sobre los Jinetes de Dragones. Carvahall tenía su propio
cuentacuentos, Brom, que era amigo de Eragon, pero con los años sus cuentos se habían quedado
anticuados, mientras que los trovadores siempre ofrecían relatos nuevos que el muchacho
escuchaba con impaciencia.
Eragon acababa de romper un
carámbano de la parte inferior del porche cuando descubrió a Sloan, que estaba
cerca. El carnicero no lo había visto, por lo que el chico agachó la cabeza y salió corriendo,
doblando una esquina, rumbo a la taberna de Morn.
Hacía calor en el local y
estaba lleno del humo grasiento de las velas que chisporroteaban. Los relucientes
cuernos negros de un úrgalo, cuya longitud equivalía a la distancia de los brazos
extendidos de Eragon, colgaban encima de la puerta. El mostrador de la taberna
era largo y bajo, con una serie de peldaños en un extremo para que los clientes
pudieran
repartirse mejor. Morn, cuya parte inferior del rostro era corta y aplastada como
si hubiera metido la barbilla en una rueda de molino, regentaba la taberna arremangado hasta los codos. La gente abarrotaba
las sólidas mesas de roble y prestaba atención a dos mercaderes que habían
acabado de trabajar y estaban tomando una cerveza.
—¡Eragon, qué alegría verte!
¿Dónde está tu tío? —preguntó Morn apartando la vista de la jarra que limpiaba.
—Comprando —respondió
Eragon—. Tardará un rato.
—Y Roran, ¿también ha
venido? —inquirió Morn mientras le pasaba el trapo a otra jarra.
—Sí, este año no ha tenido
que quedarse a cuidar a ningún animal enfermo.
—¡Qué bien!
Eragon señaló con la cabeza
a los dos mercaderes.
—¿Quiénes son?
—Compradores de grano. Han
adquirido las semillas de todos los del pueblo a un precio ridiculamente bajo, y
ahora están contando unas historias absurdas y esperan que les creamos.
Eragon comprendió por qué
Morn estaba tan molesto.
«La gente necesita ese
dinero. No podemos arreglarnos sin él», se dijo Eragon.
—¿Qué tipo de historias?
—preguntó el muchacho.
—Dicen que los vardenos han
hecho un pacto con los úrgalos, y están preparando un ejército para atacarnos —resopló
Morn—. Aparentemente, sólo nos hemos salvado hasta ahora gracias a nuestro rey,
como si a Galbatorix le importara un rábano que nos partiera un rayo... Ve a
escucharlos. Yo ya tengo bastante que hacer como para tener que repetir sus mentiras.
El enorme contorno de uno de
los mercaderes rebasaba la silla en la que se sentaba, que protestaba cada vez
que el individuo se movía. El hombre no tenía ni un pelo en la cara, las regordetas manos
eran suaves como las de un bebé y los protuberantes labios se le curvaban con altivez
cada vez que bebía de su jarra. El otro mercader era rubicundo y tenía la piel de las mejillas
reseca e hinchada, llena de quistes de grasa, como mantequilla dura y rancia. En contraste
con el cuello y con los carrillos, el resto del cuerpo era anormalmente delgado.
El primer mercader trataba
en vano de encoger sus extensos límites para que cupieran en la silla.
—No —decía—, no lo
comprendéis. Sólo gracias a los incesantes esfuerzos del rey a vuestro favor,
ahora podéis estar hablando con nosotros. Si él, con toda su sabiduría,
os retirara ese apoyo, la aflicción caería sobre vosotros.
—Sí, claro —chilló alguien—,
¿por qué no nos dices ahora que los Jinetes han vuelto y que habéis matado a cien
elfos cada uno? ¿Crees que somos niños para creer vuestros cuentos? Sabemos
cuidarnos solos.
El grupo de gente rió.
El mercader iba a responder
cuando su compañero lo hizo callar con la mano e intervino. Llevaba
llamativos anillos en los dedos.
—Lo estáis entendiendo mal.
Sabemos que el Imperio no puede ocuparse de cada uno de nosotros personalmente, como nos gustaría, pero
puede evitar que los úrgalos y otras abominaciones invadan
este... —buscaba la palabra adecuada— lugar.
»Estáis enfadados con el
Imperio —continuó el mercader— porque trata al pueblo injustamente, una queja
legítima, pero un gobierno no puede complacer a todo el mundo, y es inevitable que haya
conflictos y discusiones. Sin embargo, la mayoría de nosotros no tiene nada de que
quejarse. Ya se sabe que en cada nación siempre hay un pequeño grupo de descontentos que
no está satisfecho con el equilibrio político.
—¡Sí —gritó una mujer—, y
llamas a los vardenos un grupo pequeño!
—Ya os hemos explicado que
los vardenos no tienen interés en ayudarnos —afirmó el mercader gordo dando un suspiro—. Es sólo una
falsedad perpetuada por los traidores que intentan crear problemas en el
Imperio y convencernos de que la auténtica amenaza está dentro, y no fuera,
de nuestras fronteras. Lo único que quieren es destronar al rey y apoderarse de nuestras
tierras. Tienen espías por todas partes mientras se preparan para invadir, pero es
imposible saber quién trabaja para ellos.
Eragon no estaba de acuerdo,
pero el mercader hablaba con tranquilidad, y la gente asentía.
—Y vosotros ¿cómo lo sabéis?
—dijo el muchacho dando un paso al frente—. Yo puedo decir que las nubes son
verdes, pero eso no significa que sea verdad. Demostradnos que no estáis mintiendo.
Los dos hombres lo miraron
fijamente mientras los vecinos del pueblo esperaban la respuesta.
El mercader flaco habló en
primer lugar evitando la mirada de Eragon.
—¿Aquí no enseñáis a los
niños lo que es el respeto? ¿Acaso pueden dudar de los adultos siempre que quieran?
La gente se inquietó, y
todos miraron a Eragon. Hasta que un hombre dijo:
—Responded a la pregunta.
—Es sólo cuestión de sentido
común —dijo el gordo con el labio superior cubierto de sudor.
La respuesta irritó a los
aldeanos, por lo que prosiguió la discusión.
Eragon volvió al mostrador
con un regusto amargo en la boca. Era la primera vez que veía a alguien defender
al Imperio y arremeter contra sus enemigos. En Carvahall, el odio al Imperio estaba
firmemente arraigado, casi de manera hereditaria porque durante los años
difíciles, cuando sus habitantes estaban casi muertos de hambre, el gobierno nunca los había ayudado, y
los recaudadores de impuestos eran implacables. El muchacho sentía que su desacuerdo
con los
mercaderes sobre la misericordia de Galbatorix estaba justificado, pero se
quedó pensando en los vardenos.
Estos eran un grupo rebelde
que asolaba y atacaba constantemente al Imperio; aun así, constituían un
misterio porque no se sabía quién era su líder ni quién había formado el grupo en los
años posteriores al advenimiento al poder de Galbatorix, hacía casi un siglo.
El grupo contaba con gran simpatía por eludir los intentos de Galbatorix de
destruirlos, pero se sabía poco acerca de ellos, salvo que aceptaban a todos los fugitivos
que debían ocultarse o a aquellos que odiaban al Imperio. No obstante, lo difícil era
saber dónde encontrarlos.
Morn se inclinó sobre el
mostrador y comentó:
—Increíble, ¿no? Son peores
que los buitres que vuelan en círculos sobre un animal muerto. Si se quedan mucho
más
tiempo, habrá problemas.
—¿Para ellos o para
nosotros?
—Para ellos —respondió Morn
mientras voces irritadas empezaban a elevarse por la taberna.
Eragon se marchó cuando la
discusión amenazaba con volverse violenta. La puerta se cerró de golpe a sus
espaldas, y el ruido se acalló. Estaba anocheciendo: el sol se ocultaba con rapidez
al tiempo que las casas proyectaban largas sombras sobre el terreno. El
muchacho enfiló calle abajo, y vio a Roran y a Katrina de pie en un callejón.
Roran dijo algo que Eragon
no alcanzó a oír. Katrina se miraba las manos y respondía en voz baja. De pronto,
se puso de puntillas, le dio un beso a Roran y se alejó a la carrera. Eragon se acercó al trote
hasta donde estaba su primo.
—¿Qué? Pasándotelo bien,
¿eh? —bromeó.
Roran masculló una vaga
respuesta y echó a andar.
—¿Has oído las noticias de
los mercaderes? —le preguntó Eragon.
La mayoría de los vecinos
estaban en sus casas, hablando con los mercaderes o esperando a que se hiciera de
noche para que los trovadores empezaran su actuación.
—Sí —respondió Roran,
distraído—. ¿Qué piensas de Sloan?
—Creía que era evidente.
—Me parece que correrá la
sangre entre nosotros cuando se entere de lo de Katrina y yo —afirmó Roran.
Un copo de nieve cayó sobre
la nariz de Eragon, que levantó la vista. El cielo se había puesto gris. No se
le ocurría nada que decir, pues Roran tenía razón. Cogió a su primo del hombro mientras andaban
por el camino.
La cena en casa de Horst
estuvo muy animada: se habló y se rió mucho. Los licores dulces y la potente
cerveza corrían a raudales, lo que añadía aún más estrépito al ruidoso ambiente. Cuando acabaron,
los invitados salieron de la casa y se dirigieron al campamento de los mercaderes
donde, alrededor de un amplio descampado, había postes clavados en la tierra,
coronados de velas, mientras al fondo ardían unas fogatas que
dibujaban danzarinas sombras sobre el terreno. Los vecinos se iban reuniendo poco a poco
alrededor del círculo y esperaban ansiosos, muertos de frío.
Los trovadores, vestidos con
prendas adornadas con borlas, salieron de sus tiendas dando volteretas,
seguidos de juglares de más edad y más señoriales que tocaban y contaban historias, mientras los
trovadores jóvenes las interpretaban. Las primeras actuaciones
fueron de puro entretenimiento: chistes subidos de tono, batacazos y personajes
ridículos. Más tarde, sin embargo, mientras las velas chisporroteaban en sus candeleros y la
concurrencia se acercaba para formar un círculo más compacto, el viejo cuentacuentos,
Brom, dio un paso al frente. Una enmarañada barba blanca flotaba sobre el pecho del
hombre, pero el resto del cuerpo quedaba oculto por una larga capa negra que
llevaba alrededor de los encorvados hombros y que lo envolvía completamente. Brom extendió
los brazos con las manos crispadas como garras, y recitó lo
siguiente:
—El tiempo no se detiene, y
los años pasan, queramos o no... pero nos queda el recuerdo. Y aquello que parece
perdido, puede que aún perviva en la memoria. Lo que escucharéis a continuación será
imperfecto y fragmentado, pero guardadlo como un tesoro porque sólo lo sabréis
vosotros. Os contaré ahora un recuerdo olvidado que ha quedado oculto en la soñadora bruma
de nuestro pasado.
Los bondadosos ojos de Brom recorrieron
las caras que lo miraban con interés y, al final, se detuvieron en Eragon.
—Antes de que nacieran
vuestros bisabuelos, y... sí, también antes de que nacieran vuestros tatarabuelos, se
crearon los Jinetes de Dragones, cuya misión era proteger y vigilar, objetivo que durante miles
de años consiguieron. Su poder en las batallas era inigualable, puesto que cada uno
poseía la fuerza de diez hombres, y eran inmortales, a menos que una espada o un veneno les
arrebatara la vida, porque sólo utilizaban su poder en defensa
del bien. Bajo su tutela, se levantaron grandes ciudades y altas torres de piedra. Mientras ellos mantuvieron
la paz, la tierra floreció y fue una época dorada. Los elfos eran nuestros aliados; los enanos, nuestros amigos. La riqueza corría por nuestras ciudades y los
hombres prosperaban. Pero llorad...
porque algo así no podía durar.
Brom bajó la
cabeza en silencio, y una infinita tristeza invadió
la voz del cuentacuentos.
—Aunque ningún enemigo podía
destruirlos, no consiguieron protegerse de sus propios defectos. Y sucedió
que, en el apogeo de su poder, un niño, llamado Galbatorix, nació en la provincia de
Inzilbéth, que ya no existe. A la edad de diez años lo sometieron a una serie
de pruebas, como era costumbre; y viendo que albergaba un gran poder, los
Jinetes lo aceptaron como uno de los suyos.
»Galbatorix pasó por un
período de aprendizaje y superó a los demás en destreza. Dotado de una mente aguda
y de un
cuerpo vigoroso, rápidamente ocupó un lugar entre las filas de los Jinetes,
pero algunos vieron en el súbito ascenso de Galbatorix un signo de peligro, del
cual advirtieron a los otros. No obstante, el poder había vuelto arrogantes a los Jinetes y no
hicieron caso del aviso. ¡Ay, aquel día empezó la desdicha!
»Así pues, nada más terminar
su aprendizaje, Galbatorix emprendió un temerario viaje con dos amigos. Volaron
noche y
día hacia el norte y entraron en el territorio que aún les quedaba a los úrgalos,
pensando tontamente que sus nuevos poderes los protegerían. Allí, sobre una gruesa
capa de hielo, que no se derretía ni siquiera en verano, sufrieron una emboscada mientras
dormían. Aunque los amigos de Galbatorix y sus dragones fueron asesinados, y él
mismo sufrió graves heridas, consiguió dar muerte a sus atacantes. Durante la lucha, una flecha
perdida atravesó el corazón de su dragón, y como Galbatorix no poseía conocimientos
para curarlo, el animal murió entre los brazos de su amo. De ese modo se
sembraron las semillas de la locura de Galbatorix.
El cuentacuentos se estrujó
las manos y miró lentamente a su alrededor mientras se le ensombrecía el
desmejorado rostro. Las palabras que pronunció a continuación sonaron como el lastimero
tributo de un réquiem:
—Solo, despojado de buena
parte de su fuerza y medio loco por la pérdida, Galbatorix vagabundeó sin
esperanza por los desolados parajes en busca de la muerte; pero ésta no hizo acto de presencia, a
pesar de que él se lanzó sin miedo contra todo ser viviente. Muy pronto los úrgalos y
otros monstruos comenzaron a huir de esa angustiada presencia. Entonces
Galbatorix empezó a imaginar que tal vez los Jinetes le darían otro dragón,
e impulsado por la idea, emprendió un arduo viaje a pie, de regreso por las
Vertebradas, aunque tardó meses en atravesar el territorio sobre el que había volado sin
esfuerzos montado en su dragón. Galbatorix sabía cazar utilizando la magia, pero con
frecuencia caminaba por lugares por los que no había animales. De modo que, cuando consiguió
salir de las montañas, estaba a las puertas de la muerte. Un campesino lo
encontró desmayado en el lodo y llamó a los Jinetes.
»Lo llevaron inconsciente a
sus tierras donde sanó físicamente, y al despertar, después de haber dormido
durante cuatro días, no dio muestras de tener la mente trastocada. Cuando lo
llevaron ante el consejo convocado para juzgarlo, Galbatorix exigió
un nuevo dragón. La apremiante petición puso de manifiesto su demencia, y el
consejo vio con claridad en qué estado se hallaba. Rechazada su exigencia, Galbatorix, a través
del espejo deformante de su locura, creyó que la muerte de su dragón era culpa de
los Jinetes. Caviló sobre esta idea noche tras noche y trazó un plan para ejecutar su
venganza.
Brom bajó la voz hasta
convertirla en un susurro.
—Un Jinete se compadeció de
él, y las insidiosas palabras de Galbatorix echaron raíces. Valiéndose de la
insistencia y del uso de tenebrosos secretos que había aprendido de un Sombra, enardeció al Jinete
contra los ancianos del consejo, y juntos tendieron una trampa traicionera a uno de
ellos y lo asesinaron. Cometida la repugnante fechoría, Galbatorix se volvió contra su
aliado y lo mató de improviso. Poco después los Jinetes lo hallaron con las
manos manchadas de sangre, pero él, dando un alarido, huyó y desapareció
en la oscuridad. Sin embargo, como la locura había aguzado su sagacidad, no pudieron
encontrarlo.
»Estuvo escondido durante
años en parajes desolados como un animal acosado, siempre en guardia contra sus perseguidores. Su atrocidad
no se olvidó, pero con el correr de los años cesaron de buscarlo. En una ocasión la
mala suerte quiso que se topara con un joven Jinete, Morzan, fuerte de cuerpo pero débil
de mente, a quien Galbatorix convenció para que dejara abierta una puerta de la
ciudadela Ilirea, que hoy en día se llama Urü'baen, por la que entró y robó un dragón recién
nacido.
»Se ocultó con su nuevo
discípulo en un lugar maligno donde los Jinetes no se aventuraban a entrar. Allí
Morzan fue aleccionado en un tenebroso aprendizaje y se instruyó en secretos y
magia prohibida que nunca debieron revelarse. Una vez terminada su instrucción,
y cuando el dragón negro de Galbatorix, Shruikan, hubo alcanzado la madurez, el demente se presentó ante
el mundo llevando a Morzan a su lado. Juntos combatieron a todos los Jinetes con
los que se topaban, y con cada nuevo asesinato, aumentaba la fuerza de ambos. Otros doce
Jinetes se unieron a Galbatorix con deseos de poder y de venganza a causa de supuestas
injusticias. Esos doce hombres, junto con Morzan, se convirtieron en los Trece
Apóstatas. Los Jinetes no estaban preparados y cayeron ante el violento ataque.
Los elfos también lucharon encarnizadamente contra Galbatorix, pero fueron
derrotados y obligados a huir a sus escondites, de los que no regresaron jamás.
»Sólo Vrael, el jefe de los Jinetes, consiguió
resistir a Galbatorix y a los Apóstatas.
Anciano y sabio, luchó para salvar todo
lo que pudiera y evitó que el resto de los dragones cayera en manos de sus enemigos. En la última
batalla, ante la puerta de Dorú Areaba, Vrael derrotó a Galbatorix, pero vaciló en el asalto final. Galbatorix aprovechó la
oportunidad y lo embistió por un
costado. Vrael, gravemente herido, huyó
al monte Utgard para recobrar fuerzas, pero le fue imposible porque Galbatorix
lo halló. Mientras peleaban, Galbatorix
le dio una patada en la entrepierna, y gracias a ese golpe sucio, logró dominar a Vrael y cortarle
violentamente la cabeza con la espada.
»Con semejante poder
corriendo por sus venas, Galbatorix se consagró a sí mismo rey de toda la Alagaësía.
»Y desde entonces nos
gobierna.
Al finalizar la historia,
Brom se alejó con los trovadores, pero a Eragon le pareció ver que una lágrima
le brillaba en la mejilla. La gente murmuraba en voz baja mientras se marchaba.
—Podéis consideraros
afortunados —dijo Garrow a Eragon y a Roran—, yo sólo he oído esta historia dos
veces en mi vida. Si el Imperio se entera de que Brom la ha contado, no vivirá para ver
un nuevo amanecer.
La noche en que regresaron
de Carvahall, Eragon decidió someter la gema a las mismas pruebas que había hecho
Merlock. Solo en su habitación, la depositó sobre la cama junto con tres herramientas.
Empezó con una maza de madera con la que la golpeó con suavidad. La joya emitió
una nota sutil. Satisfecho, cogió otra de las herramientas —un pesado martillo de cuero— y oyó un
lastimero repique que resonó al golpear la gema. Por último, intentó martillearla con un
pequeño
cincel. El instrumento no rayó ni desportilló la piedra preciosa, pero ésta emitió
un sonido mucho más claro. Mientras la nota se desvanecía, le pareció oír un débil
chillido.
«Merlock dijo que la gema
estaba hueca; quizá haya algo valioso en su interior, pero no sé cómo abrirla. Habrá
habido alguna buena razón para que alguien la haya pulido y, quienquiera que la haya
dejado en las Vertebradas, no se ha tomado la molestia de recuperarla o no sabe dónde
está. No obstante, me cuesta creer que un mago, con suficiente poder para
transportar la gema, no sea capaz de volver a encontrarla. ¿Acaso seré el
elegido para tenerla?»
Eragon no podía responder a
esa pregunta. Resignado ante un misterio insoluble, guardó las herramientas y
devolvió
la piedra al estante.
Aquella noche se despertó bruscamente
y escuchó con atención, pero todo estaba en silencio. Preocupado, deslizó la mano debajo del
colchón y cogió su cuchillo. Esperó unos minutos y después, poco a
poco, volvió a dormirse.
Un chillido rompió el
silencio y lo arrancó de nuevo del sueño. Eragon saltó de la cama, desenvainó el
cuchillo, buscó a tientas las yescas y encendió una vela, pero la puerta de su habitación estaba
cerrada. A pesar de que el chillido había sido demasiado alto para
que fuera un ratón o una rata, miró debajo de la cama. Nada. Se sentó en el borde del
colchón y se frotó los adormilados ojos. Retumbó otro chillido, y Eragon se asustó
terriblemente.
¿De dónde venía ese ruido?
En las paredes y en el suelo no podía haber nada, pues eran de madera maciza. Tampoco había nada en su cama
y, además, si se hubiera metido algo en el colchón de paja durante la noche, se
habría dado cuenta. El muchacho dirigió la mirada hacia la gema, la sacó del estante y la
balanceó, distraído, mientras observaba la habitación. Otro chillido le resonó en los
oídos y le vibró en las manos: ¡provenía de la gema!
Esa joya no le había
proporcionado más que frustraciones y enfados, ¡y ahora ni siquiera lo dejaba dormir! No hizo caso del furioso resplandor de la gema, y se sentó,
impertérrito, lanzándole de vez en
cuando un vistazo. Entonces se oyó otro chillido realmente fuerte, y a continuación, silencio. Eragon la apartó con recelo y volvió a meterse en la cama.
Guardara el secreto que guardara, tendría que esperar hasta la mañana.
La luna brillaba a través de
la ventana cuando volvió a despertarse. La piedra preciosa se balanceaba con
rapidez sobre el estante y se golpeaba contra la pared. Iluminada por la fría luz de la luna, emitía
un resplandor blanco. Eragon saltó de la cama cuchillo en mano. La gema dejó de
moverse,
pero él siguió tenso. Entonces la piedra empezó a resquebrajarse y a moverse
más deprisa que antes.
Eragon, lanzando una
maldición, comenzó a vestirse. Por muy valiosa que fuese, iba a llevársela lejos y
enterrarla. El movimiento se detuvo, y la gema se quedó en silencio; luego, temblando, rodó hacia
el suelo y cayó con un ruido sordo. Eragon se dirigió a la puerta, asustado,
mientras la gema se bamboleaba hacia él.
De repente, apareció una
grieta en la superficie de la piedra, y otra, y otra más. Eragon, paralizado, se
inclinó hacia delante sin soltar el cuchillo. En la superficie de la gema, donde se unían todas las
grietas, un pequeño trozo empezó a oscilar, como si se balanceara sobre algo, hasta que
se levantó y cayó al suelo. Tras otra serie de chillidos, una pequeña cabeza negra asomó por
el agujero, seguida de un cuerpo extrañamente anguloso. Eragon apretó con fuerza
el mango
del cuchillo y se quedó muy quieto. Al cabo de un instante, la criatura había
salido completamente de la gema. Por un momento no se movió, pero luego se deslizó bajo
la luz de la luna.
Eragon retrocedió espantado:
delante de él, lamiéndose la membrana que lo recubría, había un dragón.
La longitud del dragón no
era mayor que el antebrazo de Eragon, pero el animal tenía un aspecto digno y noble.
Las escamas eran de un intenso color azul zafiro, el mismo que el de la gema. Bueno, una
gema no, porque el muchacho había llegado a la conclusión de que se trataba de un
huevo. El dragón agitó las alas, que parecía que habían estado muy retorcidas. Eran varias
veces más largas que el cuerpo del animal y las surcaban finos fragmentos de hueso
que se extendían desde el borde delantero de cada ala, de manera que formaban una línea de
garras muy separadas entre sí. La cabeza era ligeramente triangular, y del maxilar
superior le salían dos diminutos colmillos blancos, que parecían muy afilados. Las
garras también eran blancas, como marfil pulido, y un poco dentadas en la
parte interior. Una línea de pequeñas púas recorría el espinazo de la criatura, desde
la base de la cabeza hasta la punta de la cola, y en el punto en que confluían el cuello y
los hombros había un hueco que daba lugar a un espacio mayor que el normal entre las
púas.
Eragon se movió un poco, y
el dragón giró instantáneamente la cabeza. Unos ojos azules y fríos se clavaron
en el muchacho, que se quedó inmóvil; si el animal decidía atacarlo sería un
enemigo temible.
El dragón perdió interés en
Eragon y exploró con torpeza la habitación, chillando cada vez que se golpeaba
con las paredes o con algún mueble. Batió las alas, subió de un salto a la cama y reptó
hasta la almohada emitiendo un agudo grito. Daba pena ver cómo abría la boca —semejante
a la de un pichón— y enseñaba hileras de dientes puntiagudos.
Eragon se sentó con cautela
a los pies de la cama. El dragón le olfateó la mano y le picoteó la manga, pero él
retiró enseguida el brazo.
Eragon esbozó una sonrisa
mientras observaba a la pequeña criatura. El chico extendió la diestra con
cuidado y le tocó un costado al dragón. Una descarga de energía helada le atravesó la mano y le
subió por el brazo mientras le quemaba las venas como fuego líquido. Eragon se echó
atrás con un grito terrible. Entonces oyó un sordo alarido de rabia y un tremendo ruido
metálico, como si estuviera producido por un objeto de hierro. Aunque le dolía
terriblemente todo el cuerpo, se esforzó por moverse, pero no pudo. Al cabo de lo que
parecieron horas, el calor volvió a los miembros de Eragon en los que
sentía un cosquilleo. El chico se puso de pie con un temblor incontrolado. Tenía la mano
dormida
y los dedos paralizados. Observó, asustado, que el centro de la palma de la
mano resplandecía y se formaba en ella un óvalo blanco y difuso. La piel le
escocía y le ardía como si lo hubiera picado una araña, mientras que el
corazón le latía frenéticamente.
Eragon parpadeó tratando de
comprender lo que sucedía. Entonces algo le rozó la conciencia, como si un
dedo le acariciara la piel. Volvió a tener la misma sensación, pero esta vez se
convirtió en una idea que se le enroscaba como un zarcillo y le provocaba
una incesante curiosidad. Era como si el muro invisible que rodeaba sus pensamientos
se hubiera venido abajo, y ahora él fuera libre para extenderse con la mente, pero temió
que si no había nada que lo contuviera, podría salirse de su propio cuerpo, incapaz
de volver atrás, y se convertiría en un espíritu etéreo. Asustado, Eragon se zafó de esa nueva
sensación, que desapareció como si hubiera cerrado los ojos, y miró con
desconfianza al inmóvil dragón.
Una pata cubierta de escamas
le rascó un costado, y Eragon se echó atrás de un salto, pero la energía no
volvió a golpearlo. Intrigado, le acarició la cabeza al dragón con la mano derecha. Un suave
cosquilleo le recorrió el brazo, y el dragón se acurrucó contra él
como un gato. También le acarició las delgadas membranas de las alas con un dedo:
tenían la textura del pergamino viejo, aterciopelado y tibio, pero todavía estaban un poco
húmedas; cientos de finas venas latían debajo.
Otra vez el zarcillo hizo
acto de presencia en la mente de Eragon, pero esta vez, en lugar de curiosidad sintió
un hambre irresistible, voraz. Se levantó y suspiró: no cabía duda de que aquél era un animal
peligroso. Sin embargo, parecía tan indefenso al arrastrarse por la cama de Eragon que
el muchacho se preguntó si tendría algo de malo quedárselo. El dragón gimió con una nota
aguda mientras buscaba comida, y el chico le rascó con rapidez la cabeza para
mantenerlo callado.
«Ya pensaré más tarde en
esto», decidió, y salió de la habitación cerrando con cuidado la puerta.
Volvió con dos pedazos de
carne seca, y descubrió al dragón sentado en el alféizar de la ventana mirando la
luna. Cortó la carne en trozos cuadrados y le ofreció uno a la criatura, que lo olfateó con
cautela, estiró la cabeza hacia delante como una serpiente, lo cogió de los dedos de
Eragon y se lo tragó con una sacudida peculiar. Luego le dio un empujón a la mano de Eragon
pidiéndole más.
Le dio de comer procurando
que no le mordiera los dedos. Cuando sólo quedaba un trozo de carne, la barriga
del dragón ya estaba llena. Le ofreció ese pedazo, el dragón se lo pensó y se lo zampó
perezosamente. Acabada la comida, se le subió a la mano, se le acurrucó contra el pecho
y empezó a roncar al tiempo que una bocanada de humo negro le salía de los orificios de
la nariz. Eragon lo miró, maravillado.
Cuando ya creía que el
animal estaba dormido, oyó un zumbido grave que le vibraba en la garganta. Lo llevó
suavemente a la cama y lo depositó al lado de la almohada. El dragón, con los
ojos cerrados, enroscó la cola en el soporte de la cama, satisfecho. Eragon se tumbó a su lado y
flexionó la mano derecha en la semioscuridad.
El muchacho se enfrentaba a un terrible dilema: si
criaba a un dragón, se convertiría en un Jinete. Los mitos y los cuentos sobre
los Jinetes eran muy apreciados, y ser uno de ellos lo convertiría
automáticamente en un personaje de leyenda. Sin embargo, si el Imperio
descubría al dragón, él y su familia serían pasados por las armas a no ser que
se uniera al rey. Nadie podría ni querría ayudarlos. La solución más sencilla
era matar al dragón, pero la idea era repugnante y se la quitó de la cabeza. Ni
siquiera quiso tenerla en cuenta porque reverenciaba demasiado a estos
animales.
«Además, ¿qué podría delatarnos? —pensó—. Vivimos en
una zona alejada y nunca hemos hecho nada que haya llamado la atención.»
El problema era convencer a Garrow y a Roran para que
le dejaran tener al dragón, aunque ninguno de los dos tendría que preocuparse
porque el animal estuviera con ellos.
«Podría criarlo en secreto. Dentro de un mes o dos
será demasiado grande para que Garrow se deshaga de él, pero ¿lo aceptará? Y si
lo acepta, ¿puedo conseguir suficiente comida para el dragón mientras esté
escondido? Ahora no es más grande que un gato pequeño, ¡pero se ha comido un
puñado entero de carne! Supongo que con el tiempo él mismo podrá cazar, pero
¿cuánto tardará? ¿Podrá sobrevivir al aire libre con tanto frío?»
A pesar de todo, quería el dragón, y cuanto más lo
pensaba, más seguro estaba. Pasara lo que pasara con Garrow, él haría todo lo
posible por protegerlo. Decidido, se quedó dormido con el animal acurrucado
junto a él.
Cuando amaneció, la criatura estaba sentada encima del
soporte de la cama, como un antiguo centinela que saluda al nuevo día. Eragon
estaba maravillado del color del animal, pues nunca había visto un azul tan
definido e intenso, mientras que las escamas parecían cientos de piedras
preciosas. El muchacho notó que el óvalo blanco que se le había formado en la palma de la mano, en el punto
con el que había tocado al dragón,
tenía un resplandor plateado. Confiaba
en que podría ocultarlo si mantenía las manos sucias.
El dragón se lanzó del
soporte y se deslizó por el suelo.
Eragon lo cogió en brazos
con cautela y salió en silencio de la casa, pero se detuvo un instante para llevarse
toda la carne que pudo, unas tiras de cuero y un montón de trapos. La fría mañana estaba
hermosa, aunque una reciente capa de nieve cubría la granja. El chico sonrió mientras el
pequeño
animal miraba a su alrededor con interés desde la protección de los brazos de
Eragon.
Atravesó raudo los campos y
se internó silenciosamente en el oscuro bosque en busca de un sitio seguro para
dejar al dragón. Al cabo de un rato, encontró un serbal, que se alzaba sobre un montículo
yermo, cuyas ramas cubiertas de nieve se elevaban hacia el cielo como dedos grisáceos.
Depositó
al dragón junto al tronco y sacudió una tira de cuero sobre el suelo.
Con movimientos diestros, le
hizo un lazo corredizo y se lo pasó por la cabeza mientras el dragón exploraba los
montones de nieve que rodeaban al árbol. La tira de cuero era vieja, pero serviría.
Observó que el dragón daba vueltas alrededor del árbol, por lo
que le desató el lazo del cuello e improvisó un arnés que le pasó entre las
patas para que el animal no se estrangulara. Después recogió un puñado de leña, y en las ramas altas
construyó una tosca cabaña, en cuyo interior extendió los trapos y acumuló la carne.
Cada vez que Eragon agitaba el árbol, la nieve le caía en la cara.
Taponó también la entrada
con trapos para mantenerla caliente. Complacido, contempló su obra.
—Bueno, ha llegado la hora
de mostrarte tu nueva casa —dijo, y puso al dragón sobre las ramas. El animal
agitó las alas tratando de liberarse, pero se metió en la cabaña donde comió un trozo de carne,
se acurrucó y parpadeó con timidez—. Estarás bien, pero tienes que quedarte aquí
—le explicó.
El dragón volvió a parpadear.
Eragon, convencido de que el animal no le había
entendido, intentó concentrarse para percibir su conciencia, y de nuevo tuvo la
terrible sensación de «abrirse»... a un espacio tan grande que lo oprimía como
una pesada manta. Reuniendo todas las fuerzas de que fue capaz, se concentró
otra vez en el dragón y trató de transmitirle una idea:
Quédate aquí.
El dragón dejó de moverse y ladeó la cabeza hacia él.
Eragon insistió:
Quédate aquí.
Una débil señal de entendimiento llegó a tientas a través
del vínculo, pero Eragon dudaba que realmente el dragón hubiera comprendido.
«Después de todo, sólo es un animal.»
Se retiró, aliviado, de aquel contacto y sintió que la
seguridad de su propia mente volvía a protegerlo.
Eragon se alejó del árbol mirando constantemente hacia
atrás. El dragón sacó la cabeza desde su refugio y observó con los ojos muy
abiertos cómo se marchaba.
El muchacho regresó deprisa a casa y se metió a
hurtadillas en la habitación para tirar los trozos del huevo. Estaba seguro de
que ni Garrow ni Roran advertirían la ausencia de éste, pues desde que se
habían enterado de que no podía venderse ya no habían vuelto a pensar en ello.
Cuando se despertó la familia, Roran comentó que había oído algunos ruidos
durante la noche pero, para alivio de Eragon, no siguió hablando del tema.
El entusiasmo de Eragon hizo que el día pasara
velozmente. La marca de la palma de su mano era fácil de ocultar, así que dejó
de preocuparse y, antes de que se diera cuenta, ya iba rumbo al serbal provisto
de salchichas que había robado de la despensa. Se acercó al árbol con
aprensión.
«¿Podrá el dragón vivir al aire libre en invierno?»
Su miedo era infundado: el dragón estaba encaramado a
una rama royendo algo que tenía entre las patas delanteras, y en cuanto lo vio, empezó a chillar, entusiasmado. Eragon se alegró al
comprobar que el animal se había quedado en el árbol, fuera del alcance de los
depredadores. Tan pronto como dejó las salchichas junto al tronco, el dragón
bajó.
Mientras engullía con voracidad la comida, Eragon
examinó el refugio. La comida había desaparecido, pero la cabaña estaba intacta
y había un montón de plumas en el suelo.
«¡Qué bien, es capaz de conseguir comida!»
De pronto, se le ocurrió que no sabía si el dragón era
macho o hembra, así que lo levantó y lo puso boca arriba haciendo caso omiso de
sus chillidos de protesta, pero no pudo encontrar nada que indicara su sexo.
«Es como si no quisiera entregar ningún secreto sin
luchar.»
Pasó largo rato con el dragón. Lo desató, se lo puso
en el hombro y fueron a explorar el bosque. Los árboles cubiertos de nieve los
vigilaban como si fueran las solemnes columnas de una majestuosa catedral. En
medio de esas soledades, Eragon le mostró al dragón lo que sabía del bosque,
sin preocuparse de si entendía lo que quería decir. Era el sencillo acto de
compartir lo que era importante de verdad. Le habló sin parar. El dragón lo
miraba con ojos brillantes, como si absorbiera las palabras del muchacho.
Eragon se sentó durante un rato con el animal entre los brazos y lo observó,
maravillado, sin salir de su asombro por lo que sucedía. Al atardecer emprendió
el camino de regreso a casa, consciente de que tenía dos ojos azules clavados
en la espalda, indignados de que lo dejaran solo.
Esa noche se quedó pensando en todo lo que podía
pasarle a un animal tan pequeño y desprotegido: la posibilidad de tormentas de
nieve y la aparición de otros animales despiadados lo atormentaban. Tardó horas
en dormirse, y soñó con zorros y con lobos negros que destrozaban al dragón con
dientes ensangrentados.
Al alba Eragon salió corriendo de la casa con comida y
más trapos, con los que mejoraría el aislamiento del refugio. Encontró al
dragón despierto, sano y salvo, mirando el amanecer desde lo alto del árbol, y
dio las gracias fervorosamente a todos los dioses, conocidos y desconocidos. Al
ver que se acercaba, el dragón bajó, saltó a los brazos del muchacho y se le
acurrucó junto al pecho. El frío no lo había perjudicado, pero parecía
asustado. Una bocanada de humo negro le salía de los orificios de la nariz. Eragon
lo acarició para calmarlo, se sentó apoyado en el serbal y le habló en voz
baja. Se quedó quieto mientras el dragón escondía la cabeza debajo del abrigo
del chico. Al cabo de un rato, el animal salió de su cobijo y se le subió al
hombro. Eragon le dio de comer y después puso otros trapos alrededor de la
cabaña. Jugaron durante un rato, pero el muchacho tuvo que regresar a casa al
cabo de poco tiempo.
Pronto se estableció una tranquila rutina. Todas las
mañanas, Eragon corría hasta el árbol y le daba al dragón el desayuno, y luego
regresaba a casa deprisa. Durante el día acometía sus tareas hasta que las
acababa, y entonces podía visitar de nuevo al dragón. Tanto Garrow como Roran
se apercibieron de su comportamiento y le preguntaron por qué pasaba tanto
tiempo fuera. Eragon se limitó a encogerse de hombros aunque empezó a vigilar
que no lo siguieran hasta el árbol.
Tras los primeros días, dejó de preocuparse de que el
animal sufriera un contratiempo porque su crecimiento era imponente, y pronto
estaría a salvo de la mayoría de los peligros. El dragón duplicó su tamaño en
la primera semana, y cuatro días después, le llegaba al chico a las rodillas.
Como ya no cabía en la cabaña del serbal, Eragon tuvo que hacerle un refugio en
el campo que le llevó tres jornadas construir.
A los quince días, Eragon se vio obligado a dejarlo
suelto porque la criatura necesitaba demasiada comida, pero sólo la fuerza de
voluntad del muchacho evitó que el animal lo siguiera hasta la granja la
primera vez que lo desató. Cada vez que el dragón lo intentaba, Eragon lo
alejaba con su mente hasta que aprendió a evitar la casa y a los otros
moradores.
Además, le inculcó la importancia de cazar sólo en las
Vertebradas, donde había menos posibilidades de que lo vieran, porque si los
animales de caza empezaban a desaparecer del valle de Palancar, los campesinos
lo notarían. Sin embargo, el hecho de que el dragón estuviera tan lejos hacía
que Eragon se sintiera seguro e intranquilo a la vez.
El contacto mental que compartía con el animal se
hacía cada vez más estrecho. Eragon se dio cuenta de que, aunque el dragón no
comprendía las palabras, podía comunicarse con él por medio de imágenes y de
emociones. No obstante, era un método impreciso, y con frecuencia la criatura
lo malinterpretaba. Rápidamente aumentó la distancia a la que ambos podían
intercambiar pensamientos, pues muy pronto Eragon fue capaz de comunicarse con
el dragón en un radio de algo más de quince kilómetros, cosa que hacía a menudo,
mientras que el dragón, a su vez, llegaba con suavidad a la mente del muchacho.
Esas mudas conversaciones lo entretenían durante las horas de trabajo y siempre
tenía una pequeña parte de su ser conectada al dragón que, si bien a veces no
le hacía caso, nunca lo olvidaba. Cuando Eragon hablaba con la gente, este
contacto lo distraía, como si tuviera una mosca zumbándole al oído.
A medida que el dragón crecía, sus chillidos se
hicieron más graves hasta convertirse en un rugido, y la vibración de la
garganta se convirtió en un suave rumor; pero el dragón no lanzaba fuego, lo
que a Eragon le preocupaba. Le había visto echar bocanadas de humo cuando
estaba enfadado, pero ni rastro de llamas.
Al cabo de un mes, los hombros del dragón llegaban al
codo de Eragon. En ese breve tiempo, la pequeña y débil criatura se había
convertido en una fornida bestia, cuyas resistentes escamas eran tan duras como
una cota de malla y cuyos dientes parecían dagas.
Por las tardes Eragon daba largos paseos con el
dragón, que caminaba a su lado. Cuando encontraban un claro, el muchacho se
apoyaba contra un árbol y observaba como el animal planeaba en el aire. Le
encantaba verlo volar y se lamentaba de que aún no fuera lo suficientemente
grande para montarlo. A menudo se sentaba junto a él, y al acariciarle el
cuello, sentía la flexibilidad de los tendones y de las fibras de los músculos
bajo la presión de los dedos.
A pesar de los esfuerzos del muchacho, el bosque que
rodeaba la granja estaba lleno de rastros del dragón. Era imposible borrar
todas las huellas que dejaban sus cuatro garras que se hundían profundamente en
la nieve, e incluso había renunciado a intentar esconder las gigantescas
boñigas que había por todas partes. El dragón se frotaba contra los árboles,
quitando la corteza de los troncos, y se afilaba las garras en los tocones
dejándolos llenos de cortes de varios dedos de profundidad. En el supuesto de que
Garrow y Roran se alejaran lo suficiente de los límites de la finca, lo
descubrirían. A Eragon no se le ocurrió una manera peor de que la verdad
saliera a la luz, de modo que decidió adelantarse a los acontecimientos y
explicarles todo.
Pero antes quería hacer dos cosas: ponerle un nombre
apropiado al animal y aprender un poco más sobre la especie en general. Para
ello necesitaba hablar con Brom, experto en epopeyas y leyendas, únicos
vestigios en los que perduraban las tradiciones de los dragones.
Así que cuando Roran tuvo que ir a Carvahall para que
le repararan un cincel, Eragon se ofreció a acompañarlo.
La noche anterior a la partida, Eragon fue hasta el
claro del bosque y llamó al dragón mentalmente. Al cabo de un momento, vio un
puntito que se movía a toda velocidad en el cielo crepuscular. El dragón se
lanzó hacia él, subió en picado y luego se colocó sobre los árboles. Eragon oyó
un silbido grave mientras el aire se agitaba con el batir de alas. La criatura planeó despacio hacia la izquierda y descendió suavemente en
círculos hasta el suelo. Agitó las alas hacia atrás para equilibrarse y, con un
profundo y amortiguado ¡pum!, aterrizó.
Eragon abrió la mente, incómodo aún con la extraña
sensación, y le explicó que se iba. El animal resopló inquieto. El muchacho
intentó calmarlo con una imagen mental tranquilizadora, pero el dragón agitó la
cola, insatisfecho. Eragon le puso la mano en los hombros tratando de irradiar
paz y serenidad, aunque las escamas le golpeteaban los dedos mientras las
acariciaba con suavidad.
Una palabra, profunda y clara, resonó en la mente del
muchacho:
Eragon.
El dragón tenía un aspecto solemne y triste, como si
hubieran sellado un pacto indisoluble. El chico lo miró, y un cosquilleo frío
le recorrió el brazo.
Eragon.
Sintió que se le hacía un nudo en el estómago mientras
unos insondables ojos de color azul zafiro lo miraban. Por primera vez no pensó
en el dragón como un animal. Era otra cosa, algo... diferente. Corrió hacia la casa, tratando de escapar de
la criatura.
Mi dragón.
Eragon.
Roran y Eragon se separaron en las afueras de
Carvahall. Eragon caminó despacio hacia la casa de Brom; absorto en sus
pensamientos, se detuvo en el umbral y levantó la mano para llamar.
—¿Qué buscas, muchacho? —preguntó una voz ronca.
Eragon se volvió. Brom estaba detrás de él, apoyado en
un retorcido bastón adornado con extrañas tallas. Llevaba una túnica de color
marrón con capucha, como un monje, y del cinturón de cuero repujado que se
abrochaba a la cintura le colgaba una bolsa. Lucía barba blanca, pero el rasgo
que predominaba en el rostro del anciano era la soberbia nariz aguileña que se
curvaba sobre la boca. Mientras esperaba la respuesta escrutó a Eragon con una
inquisitiva mirada y el entrecejo fruncido.
—Información —dijo Eragon—. Roran ha ido a arreglar un
cincel y, como tenía tiempo, he venido a hacerte unas preguntas.
El hombre gruñó y abrió la puerta. Eragon se fijó en
que llevaba un anillo de oro en la mano derecha con un reluciente zafiro, en
cuya superficie destacaba un extraño símbolo grabado.
—Será mejor que entres; como no paras de hacer
preguntas parece que hablaremos un buen rato.
El interior de la casa estaba más oscuro que el
carbón, y se percibía un fuerte olor acre en el aire.
—A ver, un poco de luz —oyó Eragon que decía el
anciano mientras se movía por la estancia. Luego escuchó una maldición cuando
algo se rompió al caer al suelo—. ¡Ah, aquí está!
Se encendió una chispa blanca y empezó a oscilar una
llama.
Brom estaba de pie sosteniendo una vela delante de la
chimenea de piedra. De cara a la repisa había una silla de madera labrada, cuyo
respaldo era muy alto, y sobre la que se apilaban un montón de libros; las
cuatro patas de la silla tenían forma de garras de dragón, y tanto el asiento
como el respaldo eran de cuero repujado con el dibujo de una rosa que daba la
impresión de que giraba. Múltiples rollos de pergamino descansaban encima de un
conjunto de sillas más pequeñas y, sobre el escritorio, había frascos de tinta
y plumas.
—Acomódate donde puedas, pero por lo que más quieras,
ten cuidado. Estas cosas son muy valiosas.
Eragon evitó pisar una serie de pergaminos escritos
con runas muy picudas. Luego retiró con suavidad unos quebradizos rollos de una
de las sillas y los depositó en el suelo.
Al sentarse, levantó una nube de polvo y contuvo un
estornudo.
Brom se agachó y encendió el fuego con la vela.
—¡Qué bien! No hay nada como sentarse junto al fuego a
conversar.
El anciano se quitó la capucha y quedó a la vista una
cabellera que no era blanca, sino plateada; colgó una tetera sobre las llamas y
se sentó en la silla de respaldo alto.
—Bueno, ¿qué quieres? —se dirigió a Eragon
bruscamente, pero con amabilidad.
—Pues... —empezó Eragon planteándose cuál era la mejor
manera de abordar el tema— Hace mucho tiempo que oigo historias acerca de los
Jinetes de Dragones y de sus supuestas hazañas, y parece que la mayoría de la
gente desea que vuelvan, pero nunca he sabido cómo aparecieron, ni de dónde
salieron los dragones, ni por qué los Jinetes eran tan especiales…
independientemente de los dragones.
—Éste es un tema muy amplio sobre el que hablar
—rezongó Brom, y observó con atención a Eragon—. Si te contara toda la
historia, seguiríamos aquí sentados hasta el próximo invierno, así que tendré
que resumirla lo máximo posible. Pero antes de empezar como es debido, necesito
mi pipa.
Eragon esperó pacientemente mientras Brom apisonaba el
tabaco en la pipa. Brom le caía bien. A veces era un anciano cascarrabias, pero
daba la impresión de que siempre tenía tiempo para Eragon.
Una vez el muchacho le había preguntado de dónde había
venido, y Brom le había contestado riendo: «De un pueblo como Carvahall, pero
no tan interesante». Como la respuesta despertó su curiosidad, se lo preguntó
también a su tío, pero Garrow sólo le explicó que Brom se había comprado una
casa en Carvahall hacía quince años y que desde entonces vivía tranquilamente
allí.
Brom usó las yescas para encender la pipa, y dio
varias caladas hasta que al fin dijo:
—Bueno... no podremos parar más que para tomar un té.
En cuanto a los Jinetes, o los Shur'tugal, como los llaman los elfos... ¿por
dónde empezar? Su historia transcurre a lo largo de muchos años, y en el apogeo
de su poder, sus dominios abarcaban el doble de las tierras del Imperio. Se han
contado muchas historias sobre ellos, la mayoría ridículas. Pero si uno cree
todo lo que se cuenta, supondría que tenían los mismos poderes que un dios
menor. Hay estudiosos que dedican una vida entera a distinguir lo ficticio de
lo real, pero es dudoso que lo logren. Sin embargo, no es una tarea imposible
si nos limitamos a los tres aspectos que has mencionado: cómo aparecieron los
Jinetes, por qué se los tenía en tan alta estima, y de dónde proceden los
dragones. Empezaré por estos últimos.
Eragon se reclinó contra el respaldo y escuchó la
hipnotizadora voz del hombre.
—Los dragones no tienen un comienzo, como no sea que
se crearan al mismo tiempo que la propia Alagaësía. Y si tienen un final,
llegará cuando este mundo desaparezca porque sufren tanto como la tierra.
Ellos, los enanos y unas pocas criaturas más son los auténticos habitantes de
estas tierras. Los dragones, fuertes y orgullosos en su sencillo esplendor, ya
vivían aquí antes que los demás, y su entorno permaneció inmutable hasta que
los primeros elfos se hicieron a la mar en sus barcos plateados.
—¿De dónde proceden los elfos? —interrumpió Eragon—.
¿Y por qué los llaman «el pueblo bello»? ¿Existen de verdad?
—¿Quieres que conteste a tus preguntas iniciales o no?
—lo riñó Brom—. Porque no podré hacerlo si quieres averiguar hasta el más
mínimo detalle.
—Perdón —dijo Eragon bajando la cabeza para parecer
arrepentido.
—Pues no te perdono —repuso Brom con cierta ironía.
Dirigió la mirada hacia el fuego y observó cómo éste lamía la parte inferior de
la tetera—. Por si te interesa, los elfos no son una leyenda, y los llaman el
pueblo bello porque son más agraciados que cualquier otra raza. Proceden de un
lugar llamado Alalea, aunque sólo ellos saben qué es e incluso dónde está.
«Prosigamos —dijo con una mirada feroz bajo las
pobladas cejas para asegurarse de que no habría más interrupciones—. En aquel
entonces, los elfos eran una raza orgullosa y muy diestra en la magia, y
consideraron a los dragones simples animales; pero ése fue un error mortal. Un
joven y atrevido elfo cazó un dragón, como habría hecho con un ciervo, y lo
mató. Los dragones, ultrajados, tendieron una emboscada al elfo y lo
asesinaron. Desgraciadamente, el derramamiento de sangre no acabó ahí: los
dragones se unieron y atacaron el país de los elfos. Éstos, consternados por el
terrible malentendido, trataron de poner fin a las hostilidades, pero no
encontraron la manera de comunicarse con los dragones.
»Para acabar de una vez con una enrevesada serie de
sucesos, hubo una guerra muy larga y sangrienta, de la que ambos bandos se
arrepintieron más tarde. Al principio los elfos
sólo combatían para defenderse porque no querían intensificar la lucha, pero a la larga, la ferocidad
de los dragones los obligó a atacar
para poder sobrevivir. Esta situación
se prolongó durante cinco años, y habría continuado mucho más si un elfo,
llamado Eragon, no hubiera encontrado un huevo de dragón. —Eragon parpadeó
asombrado—. ¡Ah, veo que no conocías
el origen de tu nombre! —comentó
Brom.
—No —respondió el muchacho.
La tetera empezó a silbar
con estridencia.
«¿Por qué me pusieron el
nombre de un elfo?», se dijo a sí mismo Eragon.
—Estoy seguro de que ahora la historia te parecerá más interesante —dijo
Brom. El anciano retiró la tetera del fuego, echó agua hirviendo en
dos tazas y le tendió una de ellas a Eragon—. Estas hojas no han de estar en infusión
demasiado tiempo —le advirtió—, así que bébetelo rápido, antes de que sea demasiado fuerte.
Eragon bebió un sorbo, pero
se quemó la lengua. Brom dejó a un lado su taza y siguió fumando en pipa.
—Nadie sabe por qué
abandonaron ese huevo. Algunos dicen que los elfos mataron a los padres; otros creen
que los dragones lo dejaron allí a propósito. En cualquier caso, Eragon estaba
convencido de que el hecho de criar a un dragón con cariño tendría una
enorme trascendencia. Lo cuidaba en secreto, y según la costumbre del idioma antiguo,
le puso el nombre de Bid'Daum. Cuando
éste creció lo suficiente, viajaron juntos a la tierra de los dragones, y los
convencieron de vivir en paz con los elfos. Las dos razas sellaron pactos, y para asegurar que nunca más
habría una guerra, decidieron que era necesario crear a los Jinetes.
»En sus inicios, el
propósito de los Jinetes sólo era servir de medio de comunicación
entre los elfos y los dragones. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, se
reconoció su valor y se les concedió más autoridad. Con los años, establecieron su hogar en la
isla de Vroengard y construyeron una ciudad en ella, Dorú Areaba. Antes de que
Galbatorix los derrocara, los Jinetes tenían más poder que todos los reyes de
Alagaësía... Bueno, creo que he respondido a dos de tus preguntas.
—Sí—dijo Eragon, distraído.
Le parecía una coincidencia increíble llamarse como el primer Jinete. Por alguna
razón, su nombre ya no le parecía el mismo—. ¿Qué quiere decir Eragon?
—No lo sé —respondió Brom—,
es muy antiguo. Dudo que alguien lo recuerde salvo los elfos, y tendrá que
sonreírte mucho la fortuna para que te encuentres con alguno. Aunque es un buen nombre; debes
estar orgulloso de él. No todo el mundo tiene uno tan honroso.
Eragon prescindió de este
tema y se concentró en lo que Brom le había explicado; pero faltaba algo.
—No comprendo. ¿Dónde
estábamos nosotros cuando se crearon los Jinetes?
—¿Nosotros? —preguntó Brom
enarcando una ceja.
—Sí, todos nosotros —Eragon
señaló alrededor con un gesto vago—, los humanos en general.
—Somos tan nativos de esta
tierra como los elfos —contestó Brom riendo—. Nuestros antepasados tardaron
tres siglos en llegar y en unirse a los Jinetes.
—Eso no es posible —protestó
Eragon—, siempre hemos vivido en el valle de Palancar.
—Puede que eso sea válido
para algunas generaciones, pero no mucho más, no. Ni siquiera es válido para ti,
Eragon —dijo Brom en voz baja—. Aunque te consideras parte de la familia de Garrow, y tienes razón en pensar así, tu
padre no era de aquí. Pregunta y verás que
hay mucha gente que no hace tanto que
vive en estas tierras. Este valle es muy antiguo, y no nos ha pertenecido siempre.
Eragon frunció el entrecejo
y se bebió el té de un trago. Todavía estaba caliente y le quemó un poco la
garganta. ¡Éste era su hogar, independientemente de quién fuera su padre!
—¿Y qué pasó con los enanos después de la destrucción
de los Jinetes?
—Nadie lo sabe a ciencia cierta. Combatieron junto a
los Jinetes durante las primeras batallas, pero cuando se vio claro que
Galbatorix iba a ganar, sellaron todas las entradas de sus túneles y
desaparecieron bajo tierra. Por lo que sé, nadie ha vuelto a ver a ninguno de
ellos desde entonces.
—¿Y los dragones? ¿Qué pasó con ellos? Seguro que no
los mataron a todos.
—Hasta el presente ése es el mayor misterio en
Alagaësía —respondió Brom con tristeza—, porque ¿cuántos dragones sobrevivieron
a la sangrienta matanza de Galbatorix? El rey perdonó la vida a los que
accedieron a servirlo, pero sólo los malvados dragones de los Apóstatas
estuvieron de acuerdo en ayudarlo en su locura. Si, aparte de Shruikan, queda algún dragón vivo, debe de
haberse escondido para que el Imperio no lo encuentre nunca.
«¿De dónde ha salido entonces mi dragón?», se preguntó
Eragon.
—¿Y los úrgalos ya estaban aquí cuando llegaron los
elfos? —preguntó el muchacho.
—No, persiguieron a los elfos por mar, como garrapatas
en busca de sangre. Y ese hecho fue uno de los motivos por los que se llegó a
apreciar tanto a los Jinetes, no sólo por su destreza en la lucha sino también
por su capacidad para mantener la paz... De esta historia puede aprenderse
mucho. Pero es una lástima que el rey lo convierta en un asunto tan confuso
—reflexionó Brom.
—Sí, escuché tu cuento la última vez que estuve en el
pueblo.
—¡Cuento! —rugió Brom con un destello de enfado en la
mirada—. Si es un cuento, entonces los rumores sobre mi muerte son ciertos y...
¡estás hablando con un fantasma! Respeta el pasado porque nunca se sabe cómo
puede afectarte.
Eragon esperó hasta que el rostro de Brom se
dulcificara.
—¿Eran muy grandes los dragones? —se atrevió al fin a
preguntar.
Una oscura columnilla de humo se arremolinó sobre Brom
como una nube de tormenta en miniatura.
—Más grandes que una casa. La envergadura de las alas,
incluso la de los más pequeños, superaba los treinta metros; nunca paraban de
crecer. Algunos de los más antiguos, antes de que el Imperio los matara,
parecían montañas.
La consternación se dibujó en el semblante de Eragon.
«¿Cómo lo haré para esconder a mi dragón en los
próximos años?»
—¿Y cuándo alcanzaban la madurez? —preguntó con voz
serena aunque estaba sobre ascuas.
—Pues... —contestó Brom rascándose la barbilla—, no
echaban fuego hasta los cinco o seis meses de edad, que es más o menos cuando
pueden aparearse. Cuanto más viejo es un dragón, más fuego echa. Algunos podían
mantener la llama durante varios minutos.
Brom formó una voluta de humo y observó cómo flotaba
hacia el techo.
—He oído que sus escamas brillaban como piedras
preciosas.
—Pues has oído bien —masculló Brom—. Y las tenían de
todos los colores y matices. Se decía que un grupo de dragones parecía un arco
iris viviente que cambiaba y brillaba constantemente. Pero ¿quién te lo ha
dicho?
Eragon se quedó paralizado durante un instante.
—Un mercader —mintió.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Brom.
Las enmarañadas cejas del anciano se unieron en una
espesa línea blanca y la frente se le surcó de profundas arrugas. Sin darse
cuenta se le apagó la pipa.
Eragon fingió que intentaba recordar el nombre.
—No lo sé. Hablaba en la taberna de Morn, pero no sé
quién era.
—Qué lástima —murmuró Brom.
—También dijo que un Jinete podía oír los pensamientos
de su dragón —añadió Eragon enseguida, con la esperanza de que su supuesto
mercader lo librara de toda sospecha.
Brom entornó los ojos, cogió las yescas y frotó el
pedernal. Dio una calada profunda a la pipa y expulsó el humo poco a poco.
—Se equivocaba —repuso con voz inexpresiva—; eso no
está en ninguna historia, y las conozco todas. ¿Dijo algo más?
—No. —Brom estaba demasiado interesado en el mercader
para que él siguiera mintiendo—. ¿Vivían mucho los dragones? —preguntó con
indiferencia.
Brom no respondió enseguida, sino que hundió la
barbilla sobre el pecho mientras tamborileaba sobre la pipa pensativo. El
anillo del anciano emitía reflejos de luz.
—Perdona, mi mente estaba en otra parte. Sí, vivían
bastante, eternamente en realidad, siempre y cuando no los mataran o su Jinete
no muriera.
—¿Y eso cómo se sabe? —objetó Eragon—. Si los dragones
no sobrevivían a sus Jinetes, entonces sólo vivían sesenta o setenta años. En
tu... narración dijiste que los Jinetes vivían cientos de años, pero eso es
imposible.
Le inquietaba pensar que sobreviviría a su familia y a
sus amigos.
Una discreta sonrisa asomó a los labios de Brom
mientras decía con malicia:
—Que algo sea posible o no siempre es subjetivo. Hay
quienes dicen que es imposible viajar por las Vertebradas y sobrevivir, pero
sin embargo, tú lo haces. Es una cuestión de puntos de vista. Debes de ser muy
sabio para saber tanto a tu edad. —Eragon se ruborizó, y el anciano rió entre
dientes—. No te enfades, pero no lo sabes todo: te olvidas de que los dragones
eran mágicos, y de que influían de forma muy extraña sobre lo que los rodeaba.
De modo que como los Jinetes estaban muy unidos a los dragones, la mayoría de
ellos experimentaron esa influencia al máximo. Así pues, el efecto secundario
más común era que tenían una vida muy larga. La longevidad de nuestro rey es un
ejemplo patente, aunque mucha gente lo atribuye a sus propios poderes mágicos.
También se producían otros cambios menos evidentes: todos los Jinetes eran más
fuertes de cuerpo, más bondadosos de mente y más sinceros de corazón que el
resto de los hombres y, además, las orejas de un Jinete humano se iban haciendo
puntiagudas poco a poco, aunque nunca tanto como las de un elfo.
Eragon tuvo que reprimir el impulso que sintió de
tocarse las orejas.
«¿De qué otra forma va a cambiar mi vida este dragón?
¡No sólo se me ha metido en la mente, sino que también va a cambiarme el
aspecto físico!»
—¿Eran listos los dragones?
—¡No has prestado atención a lo que acabo de
explicarte! —protestó Brom—. ¿Cómo iban los elfos a establecer acuerdos y
tratados de paz con bestias estúpidas? Eran tan inteligentes como tú o como yo.
—Pero eran animales —insistió Eragon.
—No eran más animales que nosotros —bramó Brom—. Por
alguna razón, la gente apreciaba todo lo que hacían los Jinetes pero, sin
embargo, no tenían en consideración a los dragones y daban por sentado que no
eran más que un exótico medio de transporte para ir de un pueblo a otro. Pero
no eran sólo eso, puesto que las grandes hazañas de los Jinetes fueron posibles
únicamente gracias a los dragones. ¿Cuántos hombres desenvainarían sus espadas
si no supieran que un lagarto gigante que despide fuego por la boca, con una
astucia y una sabiduría innatas muy superiores a las que desearían muchos
reyes, colaboraría en detener la violencia? ¿Eh?
Hizo otra voluta de humo y observó cómo se alejaba
flotando.
—¿Has visto alguna vez alguno?
—No —respondió Brom—, todo eso sucedió en una época
muy anterior a la mía.
«A ver si ahora me ayudas con el nombre», pensó
Eragon.
—He estado tratando de recordar el nombre de un
dragón, pero no lo consigo. Creo que lo oí cuando los mercaderes estaban en
Carvahall, aunque no estoy seguro. ¿Podrías ayudarme?
Brom se encogió de hombros y le recitó rápidamente una
larga lista de nombres.
—Jura, Hírador y Fundar, el que combatió a la serpiente marina
gigante. Galzra, Briam, Ohen el Fuerte, Gretiem, Be-roan, Roslarb... —mencionó
muchos otros, y al final añadió en voz tan baja que Eragon apenas lo oyó— ... y
Saphira. —Brom vació la pipa en silencio—. ¿Era alguno de éstos?
—Me temo que no —respondió el muchacho. Brom le había
dado mucho que pensar, y se le hacía tarde—. Bueno, creo que Horst ya habrá
terminado con el encargo de Roran. Debo irme, ojalá pudiera quedarme.
Brom arqueó una ceja.
—¿Así que eso es todo? Creía que ibas a hacerme
preguntas hasta que Roran viniera a buscarte. ¿No quieres saber nada sobre las
tácticas de combate de los dragones o sobre las impresionantes batallas aéreas?
¿Ya hemos acabado?
—Por ahora —contestó Eragon riendo—. Ya sé lo que
quería saber y mucho más.
Se puso de pie y Brom lo imitó.
—Pues muy bien. —El cuentacuentos acompañó al muchacho
hasta la puerta—. Adiós. Cuídate. Y no olvides decirme el nombre del mercader
si lo recuerdas.
—Lo haré. Gracias.
Eragon entrecerró los ojos al salir a la deslumbrante
luz invernal, y se alejó despacio reflexionando sobre todo lo que acababa de
escuchar.
—Hoy, en casa de Horst, había un desconocido de
Therinsford —le contó Roran camino de casa.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Eragon.
El muchacho esquivó un charco helado y siguió
caminando a paso rápido. Le ardían los ojos y las mejillas a causa del frío.
—Dempton. Ha venido para que Horst le forjara unas
piezas —respondió.
Al pisar un montón de nieve con sus robustas piernas,
Roran dejó el camino libre para que pasara Eragon.
—¿Y Therinsford no tiene herrero?
—Sí, pero no es tan bueno como Horst. —Roran echó una
mirada a Eragon, y añadió—: Dempton necesita esas piezas para su molino porque
está ampliándolo. Me ofreció trabajo, ¿sabes? Si acepto, me iré con él cuando
venga a buscar las piezas.
Los molineros trabajaban todo el año. Durante el
invierno molían lo que la gente les llevaba, pero en épocas de cosecha,
compraban trigo y vendían harina. Era un trabajo duro y peligroso, y los
hombres a menudo perdían dedos o manos en las gigantescas muelas.
—¿Vas a decírselo a Garrow? —preguntó Eragon.
—Sí.
Una sonrisa forzada se dibujó en la cara de Roran.
—¿Y para qué? Ya sabes lo que piensa sobre el hecho de
que nos marchemos. Si le dices algo, sólo causarás malestar. Será mejor que te
olvides, y así tendremos la cena en paz.
—No puedo; voy a aceptar el trabajo.
Eragon se detuvo.
—¿Por qué? —Se quedaron mirándose. El aliento de los
dos muchachos formaba nubes de vapor—. Ya sé que es difícil ganar dinero, pero
siempre nos las arreglamos para sobrevivir. No tienes por qué marcharte.
—No, ya lo sé. Pero necesito dinero.
Roran intentó reemprender la marcha, pero Eragon se
negó a moverse.
—¿Y para qué lo quieres? —preguntó.
—Quiero casarme —respondió Roran, y tensó un poco los
hombros.
El desconcierto y el asombro se apoderaron de Eragon.
Recordaba haber visto que Katrina y Roran se besaban durante la visita de los
mercaderes, pero... tanto como casarse...
—¿Katrina? —preguntó en voz baja, sólo para
confirmarlo. Roran asintió—. ¿Ya se lo has pedido?
—Todavía no, pero lo haré la próxima primavera cuando
construya una casa.
—Hay demasiado trabajo en la granja para que te vayas
ahora —protestó Eragon—. Espera hasta que estemos preparados para la siembra.
—No —dijo Roran sonriendo—. Me necesitaréis más en
primavera. La tierra estará lista para arar y sembrar. Y habrá que quitar las
hierbas... por no mencionar todos los otros trabajos. No, ahora es el mejor
momento para que me vaya mientras lo único que hacemos es esperar el cambio de
estación. Garrow y tú podéis arreglároslas sin mí. Si todo va bien, pronto
estaré otra vez trabajando en la granja, pero con una esposa.
Eragon, de mala gana, reconoció que Roran tenía razón.
Hizo un gesto con la cabeza, pero no sabía si de enfado o de asombro.
—Bueno, supongo que lo único que puedo hacer es
desearte mucha suerte, pero Garrow se lo tomará muy mal.
—Ya veremos.
Reemprendieron la marcha, aunque el silencio se alzaba como una barrera entre ellos. Eragon estaba confuso, y tardaría tiempo en
mirar con buenos ojos ese cambio. Cuando llegaron a casa, Roran no le dijo nada
a Garrow sobre sus planes, pero Eragon estaba seguro de que no tardaría en
hacerlo.
Eragon fue a ver al dragón por primera vez desde que
el animal le había hablado. Se acercó con aprensión, consciente de que trataba
con alguien de su misma condición.
Eragon.
—¿Es lo único que sabes decir? —le soltó.
Sí.
El muchacho abrió los ojos de par en par ante la
inesperada respuesta, y se sentó bruscamente.
«Bueno, tiene sentido del humor. ¿Y qué más?»
Llevado por un impulso, rompió una rama seca con el
pie. El anuncio de Roran lo había puesto de mal humor. Eragon sintió que el
dragón lo interrogaba mentalmente, así que le contó lo que había pasado, pero a
medida que hablaba, lo hacía cada vez más alto, y acabó gritando inútilmente al
aire. Despotricó hasta desahogarse y al
final dio un puñetazo inútil en el suelo.
—No quiero que se vaya, eso es todo —dijo, desanimado.
El dragón lo observaba impasible, lo escuchaba y
aprendía. Eragon soltó algunos insultos entre dientes y se frotó los ojos.
Luego miró al dragón, pensativo.
—Necesitas un nombre. Hoy me han dado unos cuantos muy
interesantes; a lo mejor te gusta alguno. —Repasó mentalmente la lista que le
había recitado Brom hasta que se detuvo en dos de ellos que lo impresionaron
por heroicos, nobles y que sonaban bien—. ¿Qué te parece Vanilor, o su
sucesor, Eridor? Los dos
fueron grandes dragones.
No —contestó el dragón. Parecía divertirse con los esfuerzos que hacía el
muchacho—. Eragon.
—Ése es mi nombre; no puedes tener el mismo —dijo
frotándose la barbilla—. Bueno, si los que te he dicho no te gustan, hay otros.
—Continuó recitando la lista, pero el dragón rechazaba todos los que le
proponía. Parecía reírse de algo que Eragon no comprendía, pero el chico no le
hizo caso y siguió dando nombres—. También estaba Ingothold, el que mató
a...
De pronto, se le ocurrió una idea y se calló.
¡Ya sé dónde está el problema! ¡Te he estado diciendo
nombres masculinos, y eres hembra!
Sí.
La dragona plegó las alas, satisfecha.
Ahora que sabía lo que buscaba, se le ocurrieron media
docena de nombres. Barajó la idea de Miremel, pero no le pegaba, porque
al fin y al cabo había pertenecido a una dragona de color pardo. Ofelia y
Lenora también quedaron descartados. Estaba a punto de darse por vencido
cuando recordó el último nombre que Brom había mencionado. A él le gustaba,
pero ¿y a la dragona?
—¿Eres Saphira? —le preguntó.
Ella le dirigió una mirada inteligente, y Eragon
sintió en lo más profundo de la mente que a la dragona le gustaba.
Sí
Algo hizo clic en el cerebro del muchacho, y oyó el
eco de la voz de la dragona, como si viniera de muy lejos. Eragon le sonrió y
Saphira empezó a ronronear.
El sol ya se había puesto cuando se sirvió la cena. Un
viento de borrasca silbaba fuera y azotaba la casa. Eragon miró a Roran con
atención esperando lo inevitable.
—Me han ofrecido un trabajo en el molino de
Therinsford —dijo Roran al fin—, que pienso aceptar.
Garrow terminó de masticar con deliberada lentitud y
dejó con tranquilidad el tenedor en la mesa. Luego se reclinó en la silla al
tiempo que cruzaba las manos sobre la nuca.
—¿Por qué? —preguntó escuetamente.
Roran se lo explicó mientras Eragon pinchaba la
comida, distraído.
—Comprendo. —Fue el único comentario de Garrow. Y se
quedó en silencio mirando el techo. Nadie se movió mientras esperaban su
respuesta—. Y bien, ¿cuándo te vas?
—¿Qué? —preguntó Roran.
Garrow se echó hacia delante con ojos centellantes.
—¿Creías que te lo impediría? Espero que puedas
casarte pronto porque estaría bien ver cómo esta familia crece otra vez. Será
una suerte para Katrina tenerte como marido.
El asombro que se dibujó en la cara de Roran se
transformó pronto en una sonrisa de alivio.
—¿Cuándo te vas? —repitió Garrow.
—Cuando Dempton vuelva a buscar las piezas para su
molino —respondió Roran que había recuperado la voz.
—¿Y eso será...?
—Dentro de dos semanas.
—Bien, tendremos tiempo para prepararnos. No será lo
mismo quedarnos solos en casa, pero si no ocurre nada malo, no será por
demasiado tiempo. —Miró hacia el otro lado de la mesa y preguntó—: Eragon, ¿lo
sabías?
—Me he enterado hoy... Es una locura —contestó el
muchacho, incómodo.
Garrow se pasó una mano por la cara.
—Es el curso natural de la vida. —Se puso de pie—.
Todo irá bien; el tiempo lo pone todo en su sitio. Pero ahora, será mejor que
lavemos los platos.
Eragon y Roran lo ayudaron en silencio.
Los siguientes días fueron duros. Eragon estaba muy
nervioso y no hablaba con nadie, salvo para contestar con sequedad alguna
pregunta que le hacían directamente a él. Por todas partes había muestras
evidentes de la partida de Roran: un petate que le había preparado Garrow,
adornos que faltaban en las paredes y un extraño vacío que se palpaba en la
casa. Al cabo de una semana se dio cuenta de que se había creado una extraña
distancia entre su primo y él. Cuando hablaban, les costaba encontrar las
palabras adecuadas, y las conversaciones eran incómodas.
Saphira era un bálsamo para la frustración de Eragon
porque con ella podía hablar libremente. La mente de la dragona estaba abierta
a las emociones del muchacho, y éste sentía que Saphira lo comprendía mejor que
nadie. Durante las semanas anteriores a la partida de Roran, la dragona pegó
otro estirón. Creció treinta centímetros más, y los hombros le llegaban a la
altura de Eragon, quien se dio cuenta de que el pequeño hueco que tenía Saphira
entre la nuca y los hombros era perfecto para sentarse. A menudo el muchacho
descansaba allí durante el atardecer, y le rascaba el cuello mientras le
explicaba el significado de las distintas palabras. Muy pronto Saphira empezó a
entender todo lo que él le decía, y con frecuencia hacía comentarios.
Para Eragon, esta parte de la vida era maravillosa.
Saphira era tan real y tan compleja como cualquier persona. Tenía una
personalidad ecléctica y a veces completamente extraña, pero se entendían
mutuamente en los aspectos más profundos. Las acciones y las ideas de la
dragona ponían de manifiesto nuevos rasgos de su carácter. En una oportunidad,
cazó un águila, y en lugar de comérsela, la soltó diciendo:
Ningún cazador del cielo debe acabar su vida como
presa. Vale más morir volando que atrapado en tierra.
El plan que Eragon tenía para presentar a Saphira a su
familia se desvaneció por el anuncio de Roran y por las palabras de advertencia
de la dragona. Ella no quería que la viesen, y él, en parte por egoísmo, estuvo
de acuerdo. En el momento en que se enteraran de su existencia, Eragon sabía
que las protestas, las acusaciones y el miedo irían dirigidos contra él. Así
que lo postergó y se dijo a sí mismo que esperaría hasta que fuera el momento
oportuno.
La noche antes de la partida de Roran, Eragon fue a
hablar con él, pero se detuvo en el pasillo, cerca de la puerta abierta de la
habitación de su primo. Sobre la mesilla de noche había una lámpara de aceite
que proyectaba una luz tibia y oscilante sobre las paredes mientras que las
sombras alargadas de los soportes de la cama se reflejaban contra las
estanterías vacías que llegaban hasta el techo. Roran, con los ojos bajos y con
la nuca tensa, enrollaba su ropa y sus pertenencias en mantas. De pronto, se detuvo
y recogió algo de la almohada que hizo rebotar entre las manos. Era una piedra
pulida que le había regalado Eragon hacía años. Roran iba a embalarla con sus
cosas, pero cambió de idea y la dejó en el estante. A Eragon se le hizo un nudo
en la garganta y se marchó.
El desayuno estaba frío, pero no así el té. La capa de
hielo del interior de las ventanas se había derretido con el fuego que se había
encendido por la mañana, pero había empapado la madera del suelo y había
formado en ella unas manchas como oscuros charcos. Eragon vio a Garrow y a
Roran junto a la cocina económica y pensó con tristeza que era la última vez
que los vería juntos durante unos meses.
Roran se sentó en una silla y se ató las botas. El
repleto petate se hallaba en el suelo, a su lado. Garrow, ojeroso, estaba de
pie con las manos metidas en los bolsillos y con la camisa fuera del pantalón.
Aunque los muchachos trataron de convencerlo, se negó a acompañarlos. Cuando le
preguntaron por qué, sólo dijo que así era mejor.
—¿Lo tienes todo? —le preguntó a Roran.
—Sí.
Garrow asintió y sacó una bolsa pequeña del bolsillo.
Las monedas tintinearon mientras se las daba a Roran.
—He ahorrado esto para ti. No es mucho, pero será
suficiente si quieres comprar alguna cosilla.
—Gracias, pero no pienso gastar dinero en chucherías
—dijo Roran.
—Haz lo que quieras; es tuyo —replicó Garrow—. No
tengo nada más que la bendición de un padre para darte. Tómala si quieres,
aunque no vale mucho.
—Será un honor para mí —respondió Roran con voz
entrecortada por la emoción.
—Pues vete en paz, hijo mío —dijo Garrow, y lo besó en
la frente. Entonces se volvió y dijo en voz más alta—: No creas que me he olvidado de ti, Eragon. Las palabras que voy a pronunciar son
para los dos, porque ahora que vais a salir al mundo ha llegado la hora de
decirlas. Tomadlas en consideración y os serán útiles. —Los miró con
severidad—. En primer lugar, no dejéis que nadie gobierne vuestra mente ni
vuestro cuerpo y emplead especial atención para no poner límites a vuestras
ideas, porque se puede ser un hombre libre a pesar de sufrir ataduras más
fuertes que las de un esclavo. Escuchad a los hombres, pero no os entreguéis a
ellos en cuerpo y alma. Sed respetuosos con los que ostentan el poder, pero no
los sigáis ciegamente. Juzgad con lógica y con razón, pero no hagáis
comentarios.
»No consideréis a nadie superior a vosotros, al margen
del rango o de la posición que ocupen en la vida. Tratad a todos con justicia,
porque si no intentaran vengarse de vosotros. Cuidad vuestro dinero. Aferraos
con fuerza a vuestras creencias, y los demás os escucharán —y añadió más
despacio—: en cuanto a las cuestiones de amor... mi único consejo es que seáis
sinceros, pues la sinceridad es el arma más poderosa para abrir el corazón o
ganar el perdón. Es todo lo que tengo que decir. —Garrow parecía un poco
cohibido por el discurso. A continuación le tendió a Roran su petate—. Ahora
debes irte. Está a punto de amanecer, y Dempton te estará esperando.
Roran se echó el petate al hombro y abrazó a su padre.
—Volveré lo antes posible —dijo.
—¡Bien! Pero ahora vete y no te preocupes por
nosotros.
Se separaron con pesar. Eragon y Roran salieron, luego
se giraron y saludaron con la mano. Garrow levantó una mano huesuda y, con
mirada seria, observó cómo emprendían la marcha hacia el camino. Al cabo de un
buen rato cerró la puerta, y Roran, al oír el ruido que había transportado el
aire matutino, se detuvo.
Eragon se volvió y miró las tierras. Su mirada se
detuvo en las solitarias construcciones, que parecían lastimosamente pequeñas y
frágiles. La fina voluta de humo que se elevaba desde la casa era la única
señal de que la granja, rodeada de nieve, estaba habitada.
—Ahí está todo nuestro mundo —comentó Roran con
tristeza.
Eragon, impaciente, se estremeció.
—Un mundo bueno —protestó.
Roran asintió, irguió los hombros y echó a andar hacia
su nuevo futuro. La casa desapareció de la vista mientras descendían la colina.
Era temprano cuando llegaron a Carvahall, pero las
puertas de la herrería ya estaban abiertas. Dentro hacía un calorcillo
agradable. Baldor trabajaba con dos fuelles grandes sujetos a ambos lados de la
fragua, llena de brasas de carbón. Delante de la fragua, había un yunque negro
y un tonel revestido de hierro con salmuera. De una hilera de largos palos que
sobresalían de la pared, colgaban un montón de herramientas: tenazas gigantes,
alicates, martillos de diversas formas y pesos, cinceles, ángulos, sacabocados,
limas, escofinas, tornos, barras de hierro y acero (que esperaban que les
dieran forma), tornillos de banco, cizallas, picos y palas. Horst y Dempton
estaban junto a una mesa larga.
Dempton se acercó con una sonrisa bajo su exuberante
bigote pelirrojo.
—¡Roran, cuánto me alegro de que hayas venido! Con las
nuevas ruedas de molino tendré más trabajo del que puedo hacer. ¿Estás listo
para partir?
Roran levantó el petate.
—Sí. ¿Nos vamos?
—Tengo que ocuparme de un par de cosas, pero nos
marcharemos dentro de una hora. —Eragon se movió al ver que Dempton se volvía
hacia él mientras se tironeaba la punta del bigote—. Tú debes de ser Eragon. Me
gustaría ofrecerte un trabajo a ti también, pero Roran ha aceptado el único que
tenía. Quizá dentro de uno o dos años, ¿eh?
Eragon, incómodo, sonrió y le estrechó la mano. El
hombre era simpático. En otras circunstancias le habría caído bien, pero en ese
momento deseaba amargamente que el molinero no hubiera aparecido nunca por
Carvahall.
—Bien, muy bien —exclamó Dempton, y dirigiéndose de
nuevo a Roran, empezó a explicarle cómo funcionaba un molino.
—Bueno, ya está todo listo —interrumpió Horst
señalando varios fardos que estaban sobre la mesa—. Podéis recogerlos cuando
queráis.
Los dos hombres se estrecharon las manos. Entonces
Horst salió de la forja y llamó a Eragon con un gesto.
El muchacho, interesado, lo siguió y se encontró al
herrero en la calle con los brazos cruzados. Eragon señaló con el dedo pulgar
hacia atrás, que era donde se hallaba el molinero, y preguntó:
—¿Qué piensas de él?
—Es un buen hombre —respondió Horst con voz sonora—,
se llevará bien con Roran. —Se sacudió los restos de metal del delantal con
aire distraído y apoyó una mano enorme sobre el hombro de Eragon—. Muchacho,
¿recuerdas la pelea que tuviste con Sloan?
—Si me estás pidiendo el dinero que te debo por la
carne, te diré que no lo he olvidado.
—No, confío en ti, chico. Lo que quería saber es si
todavía tienes esa gema azul.
A Eragon le palpitó con fuerza el corazón.
«¿Por qué quiere saberlo? ¡Quizá alguien ha visto a
Saphira!»
—Sí —respondió esforzándose por contener el pánico—.
Pero ¿por qué quieres saberlo?
—En cuanto vuelvas a casa, deshazte de ella. —Horst no
hizo caso de la exclamación de Eragon y continuó—: Ayer llegaron dos hombres,
unos tipos muy raros, vestidos de negro y con espadas. Se me erizó la piel sólo
de verlos. Anoche empezaron a preguntar a la gente si habían visto una gema
como la tuya, y hoy siguen en ello. —Eragon palideció—. Nadie con dos dedos de
frente les ha dicho nada porque la gente sabe ver dónde hay problemas, pero
podría nombrarte a algunos que hablarán.
El miedo se apoderó de Eragon. Quienquiera que hubiera
dejado la piedra en las Vertebradas le había seguido la pista. O quizá el
Imperio se había enterado de la existencia de Saphira. No sabía qué era peor.
«¡Piensa, piensa! El huevo ha desaparecido, así que es
imposible que lo encuentren. Pero si sabían lo que era, será evidente lo que ha
pasado y... ¡Saphira podría estar en peligro!»
Tuvo que recurrir a toda su capacidad de autodominio
para adoptar un aire de indiferencia.
—Gracias por decírmelo. ¿Sabes dónde están?
Se sintió orgulloso de que casi no le temblara la
voz.
—¡No te he avisado para que fueras a ver a esos
hombres! ¡Lárgate de Carvahall! ¡Vete a casa!
—De acuerdo —dijo Eragon para calmar al herrero—, si
crees que eso es lo mejor.
—Sí. —La expresión del rostro de Horst se suavizó—.
Quizá esté exagerando, pero esos forasteros me dan mala espina. Lo mejor es que
te quedes en casa hasta que se marchen. Trataré de mantenerlos alejados de tu
granja, aunque quizá no lo consiga.
Eragon lo miró agradecido. ¡Ojalá pudiera hablarle de
Saphira!
—Me voy —dijo, y regresó deprisa a donde estaba Roran.
Le apretó el brazo a su primo y se despidió de él.
—¿No te quedas un rato con nosotros? —le preguntó
Roran, sorprendido.
Eragon casi soltó una carcajada. Por alguna razón la
pregunta le pareció graciosa.
—No tengo nada que hacer aquí, y no voy a quedarme
hasta que te vayas.
—Bueno —dijo Roran, indeciso—, supongo que no
volveremos a vernos hasta dentro de unos meses.
—Estoy seguro de que no parecerán tantos —replicó
Eragon con prisas—. Cuídate y vuelve pronto.
Le dio un abrazo a Roran y se marchó.
Horst seguía en la calle. Consciente de que el herrero
lo observaba, Eragon se dirigió hacia las afueras del pueblo. Al perder de
vista la herrería, se agachó detrás de una casa y volvió a escondidas al
pueblo.
Se mantuvo oculto en las sombras mientras buscaba en
cada calle y prestaba atención al más mínimo ruido. Sus pensamientos volaron
hasta su habitación, donde estaba el arco colgado; ¡ay, si lo tuviera en la
mano! Merodeó por Carvahall evitando encontrarse con nadie, hasta que oyó una
voz sibilante que salía de detrás de una casa. Aunque tenía buen oído, tuvo que
esforzarse para escuchar lo que decía.
—Y eso, ¿cuándo fue?
Las palabras eran muy suaves, tan suaves como si se
tratara de una superficie de cristal, y parecía que se deslizaban serpenteando
por el aire, con un extraño siseo que le puso los pelos de punta.
—Hace unos tres meses —respondió alguien.
Eragon identificó la voz de Sloan.
«¡Por la sangre de un Sombra, se lo está contando...!»
Decidió que le daría un puñetazo a Sloan la próxima
vez que lo viera.
En aquel momento habló una tercera persona. Tenía una
voz profunda y cavernosa. Recordaba a algo podrido que se arrastraba, a moho y
a otras cosas que era mejor no pensar.
—¿Estáis seguro? Nos molestaría mucho pensar que os
habéis equivocado. Podría suceder algo de lo más... desagradable.
Eragon se imaginaba muy bien a qué se referían. Pero
¿acaso había alguien más, que no fuera el Imperio, que se atreviera a amenazar
así a una persona? Lo más probable era que no, pero quienquiera que hubiera
dejado el huevo debía de ser lo suficientemente poderoso para usar la fuerza
con impunidad.
—Sí, estoy seguro. Tenía esa piedra, y no miento.
Mucha gente lo sabe. Preguntad por ahí.
Sloan parecía asustado. Dijo algo más que Eragon no
logró entender.
—La gente ha sido muy poco... colaboradora. —Había
cierto tono burlón en la voz. Se produjo un silencio—. Vuestra información ha
sido de gran utilidad; no nos olvidaremos de vos.
Eragon les creía.
Sloan murmuró algo, y Eragon oyó que alguien se
alejaba. Se asomó por la esquina para ver lo que sucedía. En la calle había dos
hombres de elevada estatura que llevaban largas capas negras, cuyo borde se les
levantaba por la presión que ejercían las vainas de las espadas. En la camisa
lucían intrincadas insignias bordadas con hilos de plata; las capuchas
ocultaban sus rostros y usaban guantes. Tenían una extraña joroba, como si
hubieran metido algún tipo de relleno bajo la ropa.
Eragon se desplazó ligeramente para ver mejor: uno de
los forasteros se puso tenso y lanzó un peculiar gruñido a su compañero. Los
individuos giraron sobre los talones y se pusieron en cuclillas. Eragon contuvo
el aliento mientras un miedo mortal se apoderaba de él. Miró con atención las
caras ocultas de los hombres, y entonces un poder sofocante le invadió la mente
y lo paralizó. Luchó contra esa fuerza y se gritó a sí mismo: «¡Muévete!», al
tiempo que balanceaba las piernas, pero todo fue en vano. Los hombres se
dirigían amenazadores hacia él con un andar rítmico y silencioso, y Eragon fue
consciente de que en ese momento podían verle la cara, puesto que estaban casi
en la esquina, con la mano en la empuñadura de las espadas...
—¡Eragon!
Se sobresaltó al oír su nombre. Por su parte, los
forasteros se quedaron inmóviles y sisearon. De inmediato, apareció Brom por
una calle lateral caminando deprisa hacia él, sin sombrero, bastón en mano,
pero los forasteros quedaban fuera del alcance de la vista del anciano. Eragon
trató de advertirle, pero tenía la lengua y los brazos paralizados.
—¡Eragon! —repitió Brom.
Los forasteros le echaron al muchacho una última
mirada y desaparecieron entre las casas.
Eragon se desplomó temblando. El sudor le cubría la
frente y le humedecía las palmas. El anciano le tendió la mano y lo ayudó a
levantarse evidenciando que tenía fuerza en el brazo.
—Pareces enfermo; ¿te encuentras bien?
Eragon tragó saliva y asintió, mudo. Entre parpadeos,
miró a su alrededor en busca de algo fuera de lo normal.
—Me he mareado de repente... Ya... ya se me ha pasado.
Ha sido muy extraño... no sé qué ha sucedido.
—Te pondrás bien —dijo Brom—, pero sería mejor que te
fueras a casa.
«Sí, debo irme a casa. Tengo que llegar antes que
ellos.»
—Creo que tienes razón. A lo mejor me estoy poniendo
enfermo.
—Entonces, donde mejor estarás es en casa. Es una
buena caminata, pero estoy seguro de que te sentirás mejor cuando llegues.
Déjame acompañarte hasta el camino.
Eragon no protestó mientras Brom lo cogía del brazo y
lo alejaba de aquel lugar a paso rápido. El anciano aplastaba la nieve con su
bastón al pasar por delante de las casas.
—¿Para qué me buscabas?
—Simple curiosidad —respondió Brom—. Me dijeron que
estabas en el pueblo, y quería saber si habías recordado el nombre de ese
mercader.
«¿Mercader? ¿De qué está hablando?»
Eragon miró al cuentacuentos sin comprender, pero su
perplejidad no escapó a los sagaces ojos de Brom.
—No —dijo, y añadió—: Me temo que no consigo
recordarlo.
Brom suspiró, como si se hubiera confirmado alguna
sospecha, y se frotó sus ojos de águila.
—Bueno... si te acuerdas ven a decírmelo. Me interesa
mucho ese mercader que pretende saber tanto sobre dragones.
Eragon asintió con aire distraído. Se dirigieron en
silencio hacia el camino.
—Date prisa en volver a casa —dijo Brom al fin—,
porque no me parece buena idea que te entretengas por el camino.
Y le tendió una deformada mano.
Eragon se la estrechó, pero en el momento de
soltársela, Brom le apretó el mitón, se lo quitó sin querer y cayó al suelo. El
anciano lo recogió.
—Qué torpe soy —se disculpó mientras le devolvía el
guante.
En el momento en que el muchacho lo cogió, los fuertes
dedos de Brom le cogieron la muñeca y se la giró. La palma de Eragon quedó un
instante hacia arriba revelando la marca plateada. Los ojos de Brom relucieron
con un destello, pero dejó que Eragon retirara la mano y volviera a ponerse el
mitón.
—Adiós.
Eragon, perturbado, echó a andar deprisa por el camino
mientras, detrás de él, oía a Brom que silbaba una alegre melodía.
Mientras se apresuraba para regresar a casa, la mente
de Eragon bullía. Corrió lo más rápido que pudo y ni siquiera se paró a
descansar a pesar de que se estaba quedando sin aliento. Avanzó a zancadas por
el helado camino mientras abría la mente en busca de Saphira, pero estaba
demasiado lejos para poder ponerse en contacto con ella. Pensó también en lo
que le diría a Garrow porque ya no había alternativa: tenía que revelar la
presencia de la dragona.
Llegó a casa jadeante y con el corazón latiéndole con
fuerza. En ese momento Garrow estaba junto al establo con los caballos, pero
Eragon no sabía qué hacer. «¿Debo hablar ahora con él? Sin embargo, no me
creerá a menos que Saphira esté aquí... Así pues, será mejor que primero la
encuentre.»
De modo que salió de la granja y se internó en el
bosque.
¡Saphira! —gritó mentalmente.
Ya voy —fue la débil respuesta.
Eragon percibió por el tono que estaba asustada. La
esperó, impaciente, pero muy pronto oyó el batir de las alas en el aire. La
dragona se posó en el suelo en medio de una nube de humo.
¿Qué ha pasado? —le preguntó.
Eragon le acarició los hombros y cerró los ojos. El
muchacho intentó calmarse y le contó deprisa lo que había sucedido. Cuando le
mencionó a los forasteros, Saphira retrocedió, se encabritó, rugió
ensordecedoramente y agitó la cola por encima de la cabeza de Eragon. El
muchacho se tambaleó hacia atrás, sorprendido, y se agachó mientras la cola de
la dragona golpeaba un cúmulo de nieve. Enormes oleadas de violencia y de miedo
emanaban de ella.
¡Fuego! ¡Enemigos! ¡Muerte! ¡Asesinos!
¿Qué pasa? —le preguntó Eragon poniendo toda la fuerza de la que
fue capaz en las palabras.
Pero una barrera de hierro rodeaba la mente de Saphira
y le bloqueaba los pensamientos. La dragona lanzó otro terrible rugido y abrió
un surco en la tierra helada con sus garras.
¡Detente! ¡Que te oirá Garrow!
¡Juramentos traicionados, seres asesinados, huevos
destrozados! ¡Sangre por todas partes! ¡Asesinos!
Eragon, desesperado, cerró la mente a las emociones de
Saphira y observó cómo movía la cola. En el momento en que un coletazo le pasó
rozando, el muchacho corrió junto a ella, se cogió de una púa del lomo y trepó
al hueco que tenía en la base del cuello, donde se agarró con fuerza mientras
la dragona volvía a encabritarse.
—¡Basta, Saphira! —rugió Eragon, y el aluvión de
pensamientos del animal cesó de repente. Eragon le pasó la mano por las
escamas—. Todo irá bien.
Saphira se agachó, desplegó las alas y alzó el vuelo.
Planearon durante un instante, descendieron un poco y de golpe se lanzaron
hacia el cielo.
Eragon gritó al ver que la tierra quedaba atrás
mientras pasaban por encima de los árboles, y se sintió vapuleado por las
turbulencias que lo dejaron sin respiración. Saphira hizo caso omiso de su
terror y se ladeó en dirección a las Vertebradas. Eragon, con el estómago
revuelto, vislumbró debajo la granja y el río Anora. Se agarró firmemente con
los brazos al cuello de Saphira y se concentró en contemplar las escamas que le
quedaban a la altura de los ojos para no vomitar mientras ella seguía ascendiendo.
Cuando Saphira adoptó una posición horizontal, Eragon reunió el coraje
suficiente para mirar a su alrededor, aunque el aire estaba tan frío que se le
helaron las pestañas. Llegaron a las montañas más rápido de lo que se había
imaginado. Desde el aire, las cumbres parecían gigantescos dientes afilados como
cuchillas, dispuestos a destrozarlos. Saphira se bamboleó inesperadamente, y
Eragon se inclinó hacia un lado. Él se limpió los labios, que sabían a bilis, y
ocultó la cabeza en el cuello de la dragona.
Tenemos que regresar —le rogó Eragon—. Los forasteros van camino de la
granja. Tenemos que avisar a Garrow. ¡Vuelve!
No hubo respuesta. Eragon trató de llegar a la mente
de Saphira, pero estaba cerrada por una brutal barrera de miedo y de ira.
Decidido a obligarla a que se diera la vuelta, penetró a la fuerza en la
armadura mental de la dragona. Empujó las partes más débiles, debilitó las más
fuertes y luchó para que lo escuchara, pero no consiguió nada.
Muy pronto estuvieron rodeados de montañas, que
formaban impresionantes muros blancos interrumpidos por precipicios de granito.
Entre las cumbres había glaciares azules como ríos congelados. Extensos valles
y riachuelos se extendían a los pies de Eragon y de Saphira, y el muchacho oyó
el asombrado graznido de los pájaros que volaban muy por debajo de la dragona,
y divisó una manada de cabras montesas que saltaban de cornisa en cornisa sobre
un risco.
Las ráfagas de viento provocadas por el aleteo de
Saphira golpeaban a Eragon y, cada vez que ella movía el cuello, lo lanzaban de
un lado a otro. La dragona parecía incansable y Eragon temió que volara durante
toda la noche. Por fin, al oscurecer, giró y empezó a descender en picado.
Eragon miró hacia delante y vio que se dirigían hacia
un pequeño claro en un valle. Saphira descendía en círculos sobrevolando la
copa de los árboles. Frenó al acercarse a tierra, aleteó y aterrizó sobre las
patas traseras contrayendo los potentes músculos para amortiguar la potencia
del impacto. Luego posó las patas delanteras y dio algunos brincos para
mantener el equilibrio. Eragon bajó sin esperar a que plegara las alas.
En el momento que pisó tierra, se le doblaron las
rodillas y cayó sobre la nieve. El muchacho dio un grito a causa del agudísimo
dolor punzante que sentía entre las piernas, y los ojos se le llenaron de
lágrimas mientras que los músculos, acalambrados por la prolongada tensión, le
temblaban con violencia. Giró hasta quedarse de espaldas, y aunque estaba
tiritando, trató de estirar los miembros en la medida de lo posible e hizo un
esfuerzo para mirarse las piernas: tenía una gran mancha oscura en cada pernera
de los pantalones a la altura de la parte interior de los muslos. Tocó la tela
y notó que estaba húmeda. Asustado, se quitó la prenda e hizo una mueca de
dolor: las escamas de Saphira le habían arrancado la piel y le habían dejado
heridas en carne viva que palpó con cautela y con cara de dolor. Como sentía
muchísimo frío, volvió a ponerse los pantalones, pero soltó un grito cuando le
rozaron la parte lastimada. Y al intentar ponerse de pie, las piernas no lo
sostuvieron.
La noche caía, oscureciendo todo lo que había
alrededor de Eragon; por otra parte, las montañas en sombra le resultaban
desconocidas.
«Estoy en las Vertebradas, aunque no sé dónde, en
pleno invierno con una dragona enloquecida; no puedo caminar ni buscar refugio
aunque se acerca la noche. Tengo que volver a la granja mañana, y el único modo
de hacerlo es volando, pero no lo resistiría. —Respiró hondo—. ¡Ay, ojalá
Saphira supiera exhalar fuego!»
Se volvió y la vio a su lado, acurrucada en el suelo.
Le pasó una mano por el costado y notó que temblaba, pero la barrera de la
mente de la dragona había desaparecido y, ya sin ella, el miedo de Saphira le
llegaba a Eragon como una llamarada. Trató de quitárselo calmándola poco a poco
con suaves imágenes.
¿Por qué te han asustado los forasteros?
Asesinos —siseó.
¡Garrow está en peligro, y tú me has secuestrado con
este ridículo viaje! ¿Acaso no puedes protegerme? —Saphira gruñó y chasqueó las mandíbulas—. Ah,
entonces si crees que puedes, ¿por qué te has escapado ?
La muerte es un veneno.
Eragon se apoyó en el codo y contuvo su frustración.
Saphira, mira dónde estamos. Es de noche y durante el
vuelo me has dejado las piernas como quien le quita las escamas a un pescado.
¿Era eso lo que querías?
No.
Entonces ¿por qué lo has hecho?—le preguntó.
A través de su vínculo con Saphira, Eragon percibió el
arrepentimiento de la dragona por haberle provocado dolor, pero no por lo que
ella había hecho. Saphira apartó la mirada y se negó a responder. La gélida
temperatura estaba insensibilizando las piernas de Eragon, y aunque eso le
calmaba el dolor, sabía que no era conveniente, así que cambió de táctica.
Me voy a congelar a menos que me hagas un refugio o un
hueco donde pueda conservar el calor. Serviría incluso un montón de pinaza o
ramas.
Parecía aliviada de que hubiera dejado de
interrogarla.
No hace falta. Me acurrucaré contra ti y te taparé con
las alas... El fuego que tengo dentro te mantendrá caliente.
Eragon volvió a apoyar pesadamente la cabeza en el
suelo.
De acuerdo, pero quita la nieve de debajo para que
esté más cómodo.
Saphira, en respuesta, rompió un cúmulo con la cola y
despejó el terreno de un fuerte golpe. Enseguida volvió a barrer el lugar hasta
eliminar todo rastro de nieve, pero Eragon miró con repugnancia la tierra sucia
que había quedado a la vista.
No puedo andar por ahí encima. Me tendrás que ayudar.
La cabeza de Saphira, más grande que el torso del
muchacho, se balanceó por encima de él y la apoyó a su lado. Eragon miró
directamente a los grandes ojos de color zafiro de Saphira y se cogió a una de
las marfileñas púas de la dragona. Ella levantó la cabeza y, poco a poco,
arrastró a Eragon hasta el terreno despejado.
Despacio, despacio.
Vio las estrellas mientras pasaba por encima de una
piedra, pero se las arregló para no soltarse. Cuando lo hizo, Saphira se tumbó
a su lado dejando a la vista su cálida barriga. Eragon se hizo un ovillo contra
las lisas escamas, y la dragona lo tapó con el ala derecha y lo dejó en
completa oscuridad, como si estuviera dentro de una tienda viviente. Casi de
inmediato el aire empezó a perder su gelidez.
Eragon sacó los brazos de las mangas del abrigo, se
arrebujó en él y se cubrió el cuello con las mangas a modo de bufanda. Por
primera vez sintió que el hambre le atenazaba el estómago, pero eso no lo
distrajo de su preocupación fundamental: ¿podría regresar a la granja antes que
los forasteros? ¿Qué pasaría si no?
«Aunque consiga montar otra vez a Saphira, no
llegaremos hasta bien entrada la tarde, y los forasteros podrían haberse
presentado allí mucho antes. —Cerró los ojos y sintió que una única lágrima le
caía por la mejilla—. ¿Qué he hecho?»
Cuando Eragon abrió los ojos por la mañana, creyó que
el cielo se había caído: una superficie lisa y azul se extendía sobre la cabeza
del muchacho y se curvaba por ambos extremos hacia el suelo. Medio dormido,
estiró la mano y palpó una fina membrana con los dedos. Tardó un minuto entero
en darse cuenta de lo que miraba. Inclinó un poco el cuello y vio el anca,
cubierta de escamas, sobre la que había apoyado la cabeza. Poco a poco estiró
las piernas para salir de la posición fetal en la que se hallaba y las costras
se le resquebrajaron. Le dolía menos que el día anterior, pero la mera idea de
caminar lo acobardaba. Sin embargo, el hambre voraz le recordó que no había
comido, de modo que reunió la energía necesaria para moverse y dio un golpe
suave a Saphira en el costado.
—¡Eh, despierta! —gritó.
La dragona se movió y, al levantar el ala, dejó entrar
un torrente de luz. Eragon entrecerró los ojos ante el resplandor de la nieve
que lo cegó por un instante. A su lado, Saphira se desperezó como un gato y
bostezó dejando a la vista una hilera de dientes blancos. Cuando los ojos de
Eragon se acostumbraron a la luz, observó dónde estaban: unas montañas
imponentes y desconocidas los rodeaban y proyectaban profundas sombras en el
claro. Vio también que a un lado había un sendero que atravesaba la nieve y se
internaba en el bosque, de donde procedía el ruido amortiguado de un arroyo.
Se puso de pie entre gemidos, se tambaleó y fue
cojeando hasta un árbol. Se cogió a una de las ramas y apoyó todo su peso en
ella, pero la rama se rompió con un sonoro crujido. Eragon le quitó las
ramitas, se calzó el palo debajo del brazo y colocó el otro extremo en el
suelo. Con la ayuda de esta improvisada muleta, fue también cojeando hasta el
arroyo cubierto de hielo. Rompió la capa superior y ahuecó las manos para beber
el agua, limpia y amarga. Saciada la sed, regresó al claro, y al salir de entre
los árboles, reconoció al fin las montañas y el lugar donde habían aterrizado.
Había sido precisamente allí, en medio de un ruido
ensordecedor, donde había encontrado el huevo de Saphira. Eragon se apoyó en un
rugoso tronco: no tenía ninguna duda porque en ese momento vio los árboles
grisáceos que habían sido despojados de sus hojas por la explosión.
«¿Cómo sabía Saphira dónde estaba este lugar? Porque
entonces todavía era un huevo. Quizá mis recuerdos debieron de darle suficiente
información para encontrarlo.»
El muchacho movió la cabeza en silencio, asombrado.
Mientras tanto, Saphira lo esperaba pacientemente.
¿Me llevarás a casa? —La dragona ladeó la cabeza—. Ya sé que no quieres,
pero debes hacerlo porque ambos estamos en deuda con Garrow, pues cuidándome a
mí, ha hecho posible que yo me ocupara de ti. ¿Vas a pasar esa deuda por alto?
¿Y qué dirán de nosotros en los años venideros si no volvemos? ¿Que nos
escondimos como cobardes mientras mi tío estaba en peligro? ¡Ya me imagino la
historia del Jinete y su dragona cobarde! Si tiene que haber lucha,
enfrentémonos a ella en lugar de rehuirla. ¡Eres una dragona! ¡Hasta un Sombra
te tendría miedo! Pero te ocultas en las montañas como un conejo asustado.
Eragon quería que la dragona se enfadara y lo logró.
Un gruñido resonó en la garganta de Saphira, que echó la cabeza hacia delante
hasta casi tocar la del muchacho. Le enseñó los dientes y lo miró colérica
mientras sacaba humo por los orificios de la nariz. Eragon esperaba no haberse
pasado de la raya. De pronto, escuchó los pensamientos de Saphira:
La sangre atraerá sangre. Pero pelearé. Sin embargo,
aunque nuestros caminos, nuestros destinos, nos unan, no me pongas a prueba. Te llevaré por la deuda que tenemos, pero volaremos hacia la
necedad.
—Necedad o no —exclamó Eragon—, no tenemos
alternativa... debemos ir.
Rompió su camisa en dos y metió un trozo en cada una
de las perneras de los pantalones. Con mucho cuidado, se acomodó sobre Saphira
y se cogió con fuerza del cuello de la dragona.
Esta vez —le dijo—, vuela más bajo y más rápido. El tiempo
es fundamental.
No te sueltes —le aconsejó la dragona y despegó hacia el cielo.
Se elevaron por el bosque y se enderezaron de
inmediato, un poco por encima de las ramas. A Eragon se le revolvió el
estómago, que por suerte estaba vacío.
Más rápido, más rápido —la apremió.
Saphira no respondió, pero empezó a agitar las alas
más deprisa. Eragon cerró los ojos con fuerza y se encorvó un poco más sobre el
cuello de la dragona. Creía que el acolchado que había hecho con la camisa bajo
los pantalones lo protegería, pero cada movimiento le producía punzadas de
dolor en las piernas, y muy pronto comprobó que la sangre le corría por las
pantorrillas. El muchacho percibía que la preocupación emanaba de Saphira, que
iba cada vez más rápido y con las alas en tensión mientras la tierra pasaba
deprisa por debajo, como si la empujaran bajo los pies de ambos. Eragon pensó
que si alguien los miraba desde abajo, no vería más que una mancha borrosa.
A primera hora de la tarde, el valle de Palancar
apareció ante ellos. Las nubes oscurecían la visibilidad hacia el sur;
Carvahall estaba al norte. Saphira comenzó el descenso mientras Eragon buscaba
la granja. Cuando la divisó, el miedo se apoderó de él: una columna de humo
negro con llamas rojizas en la base se elevaba de su hogar.
—¡Saphira —gritó, y señaló la granja—, déjame aquí!
¡Ahora mismo!
La dragona cerró las alas y giró para iniciar un
precipitado descenso a una velocidad de vértigo. Entonces alteró un poco el
rumbo en dirección al bosque.
—¡Aterriza en los campos! —chilló Eragon para que
Saphira lo oyera a pesar del ruido del viento. Se agarró con más fuerza a ella
mientras bajaban en picado.
Saphira esperó a estar a unos treinta metros del suelo
para plegar las alas con varias sacudidas fuertes. Aterrizó con torpeza, y
Eragon no pudo sostenerse y cayó. Se levantó tambaleándose y jadeante.
Habían arrasado la casa: las maderas y los tablones de
las paredes y del techo estaban desparramados por una vasta zona; la madera
estaba pulverizada, como si la hubieran aplastado con un martillo gigante;
había tejas cubiertas de hollín por todas partes, y unos pocos platos
retorcidos de metal eran lo único que quedaba de la cocina, mientras que la
loza destrozada y los cachos de ladrillo de la chimenea perforaban la nieve. Un
humo espeso y denso se elevaba del establo, que ardía ferozmente, y los animales,
muertos o espantados, habían desaparecido.
—¡Tío! —Eragon corrió entre las ruinas de las
habitaciones destruidas en busca de Garrow. No había ni rastro de él—. ¡Tío!
—volvió a gritar.
Saphira dio una vuelta alrededor de la casa y se
acercó al muchacho.
Aquí sólo hay pesadumbre —dijo.
—¡Esto no habría sucedido si no te hubieras escapado
conmigo!
Si te hubieras quedado, no seguirías con vida.
—¡Mira esto! —gritó—. ¡Habríamos podido avisar a
Garrow! ¡Es culpa tuya que no haya podido escapar!
Dio un puñetazo contra un poste y se lastimó los
nudillos, de tal modo que cuando salió con paso airado de lo que quedaba de la
casa, la sangre le chorreaba por los dedos. Se dirigió a trompicones por el
sendero que llevaba al camino y se agachó para examinar la nieve. Había varias
huellas marcadas, pero como tenía la vista borrosa, apenas las distinguió. «¿Me
estaré quedando ciego?», se preguntó. Con mano temblorosa se tocó las mejillas
y descubrió que las tenía mojadas.
Entonces se proyectó la sombra de Saphira sobre él, y
la dragona lo cobijó entre las alas.
Tranquilízate; puede que no esté todo perdido. —Eragon levantó la mirada, esperanzado—. Examina el
sendero; yo sólo veo dos pares de huellas, así que por aquí no se llevaron a
Garrow.
Eragon se concentró en las pisadas que había en la
nieve: las huellas, apenas visibles, de dos pares de botas de cuero se dirigían
a la casa. Encima de éstas había rastros de las mismas huellas pero en
dirección contraria. Y quienesquiera que las hubieran dejado cargaban el mismo
peso tanto a la ida como a la vuelta.
Tienes razón. ¡Garrow tiene que estar aquí!
Se enderezó de un salto y regresó deprisa a la casa.
Yo buscaré en el establo y en el bosque —dijo Saphira.
Eragon empezó a remover los restos de la cocina y a
excavar frenéticamente una montaña de escombros. Quitaba como por arte de magia
pesos enormes que normalmente no habría podido mover. Un armario, casi intacto,
se le resistió durante un segundo, pero logró levantarlo y lo tiró por el aire.
Mientras apartaba un tablón, algo hizo ruido a sus espaldas, y el muchacho se
volvió de repente, preparado para un ataque.
Una mano extendida, debajo de un trozo de techo
desprendido, se movía débilmente, y Eragon la estrechó lanzando un grito.
—Tío, ¿me oyes?
No hubo respuesta alguna. Eragon empezó a despedazar
la madera sin hacer caso de las astillas que le lastimaban las manos. Enseguida
quedó a la vista un brazo y un hombro, atrapados bajo una pesada viga. Trató de
moverla con el hombro con todas las fuerzas de cada fibra de su ser, pero se le
resistió.
—¡Saphira, te necesito!
La dragona llegó inmediatamente. La madera crujía bajo
su peso mientras avanzaba sobre los restos de las paredes. Sin decir nada se
acercó y apoyó un costado contra la viga, hundió las garras en lo que quedaba
del suelo y tensó todos los músculos. Al levantar la viga, ésta chirrió, y el
chico se precipitó debajo de ella: Garrow estaba boca abajo con la ropa
desgarrada, y Eragon lo sacó de entre los escombros. En ese momento Saphira
soltó la viga y dejó que se estrellara contra el suelo.
Eragon arrastró a Garrow fuera de la casa en ruinas y
lo acomodó en el suelo. Consternado, tocó a su tío con suavidad. El hombre
tenía la tez gris, inerte y seca, como si la fiebre lo hubiera consumido, los
labios partidos y un largo arañazo en el pómulo. Pero eso no era lo peor: unas
profundas e irregulares quemaduras le cubrían la mayor parte del cuerpo y un
olor empalagoso y nauseabundo, como a fruta podrida, emanaba de él. Respiraba
entrecortadamente, y cada exhalación parecía el estertor de la muerte.
Asesinos —masculló Saphira.
No digas eso. Aún podemos salvarlo. Tenemos que
llevarlo a casa de Gertrude, pero yo no puedo transportarlo a Carvahall.
Saphira le transmitió a Eragon la imagen de Garrow
colgado debajo de ella mientras volaba.
¿Puedes llevarnos a los dos?
Debo hacerlo.
Eragon rebuscó entre los escombros hasta que encontró
una tabla y unas correas de cuero. A continuación le pidió a Saphira que
perforara con una garra cada una de las esquinas de la tabla, pasó las correas
por los agujeros y se las ató a las cuatro patas. Después de comprobar que los
nudos eran fuertes, acostó a Garrow sobre la madera y lo amarró. En ese
momento, de la mano de su tío cayó un trozo de tela negra, que era igual que la
de la ropa que llevaban los forasteros. Eragon, rabioso, se lo guardó en el
bolsillo, montó sobre Saphira y cerró los ojos mientras un dolor punzante le
invadía el cuerpo.
¡Ahora!
Saphira se levantó de un salto mientras las patas
traseras estaban todavía hundidas en tierra, arañó el aire con las alas cuando
empezó a elevarse muy despacio, y mantuvo los tendones tensos y a punto de
estallar al luchar contra la fuerza de la gravedad. Durante un interminable y
doloroso instante no pasó nada, pero de pronto se lanzó hacia delante con gran
potencia y levantaron el vuelo. Una vez más se hallaban sobre el bosque.
Sigue el camino —le dijo Eragon—, así tendrás espacio suficiente si
tienes que aterrizar.
Pero me verán.
Eso ya no importa.
Saphira no discutió más, viró hacia el camino y se
dirigió a Carvahall. Garrow se balanceaba salvajemente debajo de ellos; tan
sólo las finas correas impedían que se cayera.
El exceso de peso hacía que Saphira no volara tan
deprisa. Al poco rato sus fuerzas empezaron a flaquear y le salía espuma por la
boca. Se esforzó por continuar, pero cuando todavía quedaban casi cinco
kilómetros hasta Carvahall, la dragona plegó las alas y descendió hacia el
camino.
Las patas traseras tocaron tierra y levantaron una
lluvia de nieve. Eragon bajó descendiendo de costado para no hacerse daño en
las piernas. Se puso de pie con dificultad y se afanó en desatar las correas de
las patas de Saphira. La dragona jadeaba, muy agitada.
Busca un sitio seguro para descansar —le dijo Eragon. No sé cuánto tiempo tardaré, así
que tendrás que arreglártelas sola.
Esperaré —respondió ella.
Eragon apretó los dientes y empezó a arrastrar a
Garrow por el camino. Los primeros pasos le produjeron un dolor insoportable.
«No puedo hacerlo», clamó al cielo; aun así, dio unos pasos más sin dejar de
quejarse. Miró fijamente el terreno y se esforzó por mantener un paso firme.
Era una lucha contra su propio cuerpo que se rebelaba, pero era una lucha que
se negaba a perder. Los minutos pasaban a velocidad de vértigo. Cada metro
parecía una legua. Se preguntó, desesperado, si Carvahall aún existía o si los
forasteros también lo habrían incendiado. Al cabo de un rato, a través del
embotamiento que le producía el dolor, oyó gritar y levantó la cabeza.
Brom corría hacia él con los ojos que se le salían de
las órbitas, el cabello alborotado y con un lado de la cabeza, cubierto de
sangre seca. Agitó los brazos, enloquecido, antes de soltar sus cosas y de
coger a Eragon por los hombros. Decía algo a gritos, pero Eragon parpadeaba sin
comprender. De repente, el chico vio que el suelo se acercaba muy deprisa,
sintió gusto a sangre en la boca y se desmayó.
Los sueños que alteraban la mente de Eragon se
iniciaron y se desarrollaron obedeciendo a sus propias leyes: el muchacho
observaba a un grupo de personas —algunas de las cuales tenían cabellos
plateados y llevaban largas lanzas— que iban montadas en altivos caballos
acercándose a un río solitario donde las esperaba un extraño barco, aunque muy
bello, que relucía bajo la luz de una brillante luna. Subieron despacio a bordo
de la nave: dos de esas personas, de mayor estatura que las demás, caminaban
cogidas del brazo, y Eragon habría podido asegurar que una de ellas era una
mujer, aunque las capuchas les cubrían el rostro. Permanecieron de pie en la
cubierta del barco mirando hacia la orilla, y allí, sobre la playa de
guijarros, había un hombre solo, el único que no había subido a bordo, que echó
la cabeza hacia atrás y lanzó un prolongado grito de dolor. A medida que el
grito se desvanecía, el barco comenzó a deslizarse río abajo sin brisa ni
remeros y se alejó por la llanura plana y vacía. La visión se hizo borrosa,
pero justo antes de que desapareciera, Eragon divisó dos dragones en el cielo.
De lo primero que Eragon tomó conciencia fue de un
crujido que se producía una y otra vez. El insistente ruido le hizo abrir los
ojos y contempló un techo de paja. Una recia manta cubría su desnudez, y
alguien le había vendado las piernas y le había atado un paño limpio alrededor
de los nudillos. Se hallaba en una cabaña de una sola habitación. En una mesa
había un mortero, con su correspondiente mano, cazos y plantas, mientras que
hileras de hierbas secas colgaban de las paredes que perfumaban el aire con sus
aromas campestres. En la chimenea ardía un fuego, ante el que una voluminosa
mujer estaba sentada en una mecedora: Gertrude, la sanadora del pueblo.
Dormitaba con los ojos cerrados, y en el regazo tenía unas agujas de tejer y un
ovillo de lana.
Aunque Eragon se sentía sin fuerzas, se esforzó en
incorporarse, y eso lo ayudó a que la mente se le despejara. Repasó sus
recuerdos de los últimos dos días. Primero pensó en Garrow y después en
Saphira.
«Espero que esté en un lugar seguro.»
Trató de ponerse en contacto con ella, pero no pudo.
Dondequiera que estuviera, era lejos de Carvahall.
«Por lo menos Brom me trajo a Carvahall. ¿Qué le habrá
pasado? Tenía tanta sangre...»
Gertrude se meció y abrió los ojos.
—¡Ah —dijo—, estás despierto, qué bien! —Tenía una voz
sonora y cálida—. ¿Cómo te sientes?
—Bastante bien. ¿Dónde está Garrow?
—En casa de Horst —contestó Gertrude que arrastró la
silla junto a la cama—. Aquí no había suficiente sitio para los dos. Y te
aseguro que no he parado ni un minuto de ir de un lado a otro para ver si los
dos estabais bien.
Eragon se tragó sus preocupaciones y preguntó:
—¿Cómo está?
Gertrude se miró las manos y tardó un buen rato en
responder.
—No muy bien. No le baja la fiebre ni se le curan las
heridas.
—Tengo que verlo.
Eragon intentó levantarse.
—Primero debes comer —replicó ella en tono
autoritario, y lo empujó hacia atrás—. No me he pasado todo este tiempo sentada
a tu lado para que te levantes y te hagas daño otra vez. Tenías desolladas la
mitad de las piernas y no te ha bajado la fiebre hasta anoche. No te preocupes
por Garrow. Se pondrá bien porque es un hombre fuerte.
Gertrude colgó una tetera sobre el fuego y empezó a
picar una chirivía para la sopa.
—¿Cuánto tiempo he pasado aquí?
—Dos días enteros.
¡Dos días! ¡Eso significaba que no comía desde el
desayuno de hacía cuatro días! Sólo de pensarlo se sintió débil.
«Y Saphira ha estado sola todo este tiempo. Espero que
esté bien.»
—Todo el pueblo quiere saber qué ha pasado, porque
unos hombres fueron a la granja y la encontraron destruida. —Eragon asintió; lo
sabía—. Vuestro granero se ha quemado... ¿Fue así como se lastimó Garrow?
—No... lo sé —respondió Eragon—, no estaba allí cuando
sucedió.
—Bueno, no importa, estoy segura de que todo se
aclarará. —Gertrude retomó su labor mientras se cocía la sopa—. Menuda cicatriz
tienes en la palma.
—Sí —dijo el chico, y cerró instintivamente la mano.
—¿Cuándo te la has hecho?
Se le pasaron por la cabeza varias respuestas
posibles, pero eligió la más sencilla.
—No me acuerdo, la tengo desde siempre. Nunca le
pregunté a Garrow cómo me la había hecho.
—Mmm.
Siguieron en silencio hasta que estuvo lista la sopa.
Gertrude la sirvió en un cazo y se la dio a Eragon con una cuchara, y él la
aceptó agradecido. La probó con cuidado: estaba deliciosa.
—¿Ahora puedo ir a visitar a Garrow? —preguntó al
acabar.
—Estás decidido, ¿no? —suspiró Gertrude—. Bueno, si de
verdad quieres ir, no puedo detenerte. Vístete, iremos juntos.
La mujer se volvió, y él se puso la camisa y los
pantalones con gesto de dolor cuando las perneras le rozaron los vendajes.
Gertrude lo ayudó a ponerse de pie: sentía las piernas débiles, pero no le
dolían como antes.
—Da unos pasos —le ordenó la mujer—; por lo menos no
tendrás que ir de rodillas —comentó secamente.
Una vez en la calle, un viento tempestuoso les arrojó
el humo de las casas vecinas a la cara. Nubes de tormenta ocultaban las
Vertebradas y cubrían el valle al tiempo que una cortina de nieve avanzaba
hacia el pueblo y oscurecía las estribaciones de las montañas. Eragon caminaba
apoyado con fuerza en Gertrude mientras atravesaban Carvahall.
Horst había levantado su casa de dos pisos en una
colina, de modo que disfrutaba de buenas vistas de las montañas. Había
prodigado todo su talento en ella: el techo de pizarra protegía un balcón con
barandilla que disponía de un gran ventanal en el segundo piso. Cada desagüe
tenía forma de una feroz gárgola, y en los marcos de todas las puertas y
ventanas había esculturas de serpientes, venados, cuervos y enredaderas.
Elain, la mujer de Horst, una mujer menuda, esbelta,
de refinadas facciones y cabello rubio y sedoso recogido en un moño, les abrió
la puerta. Llevaba un vestido recatado y pulcro, y se movía con elegancia.
—Adelante, por favor —dijo en voz baja.
Cruzaron el umbral y entraron en una habitación grande
y bien iluminada. Una escalera con la barandilla bruñida ascendía en
semicírculo y las paredes estaban pintadas de color miel. Elain le sonrió a
Eragon con tristeza, pero se dirigió a Gertrude.
—Estaba a punto de mandar a buscarla porque Garrow no
está bien. Debería verlo enseguida.
—Elain, por favor, ayude a Eragon a subir la escalera
—pidió Gertrude, y ella empezó a subir los escalones de dos en dos.
—No se preocupe, puedo hacerlo yo solo.
—¿Estás seguro? —preguntó Elain. Eragon asintió, pero
a la mujer le pareció que dudaba—. Bueno, cuando hayas acabado ven a verme a la
cocina, tengo un pastel recién hecho que estoy segura de que te gustará.
En cuanto la mujer salió, él se recostó contra la
pared, agradecido por el apoyo. Subió la escalera despacio, pues cada peldaño
era un suplicio. Cuando llegó arriba, se encontró en un largo pasillo lleno de
puertas. La última estaba entreabierta. Respiró hondo y se dirigió hacia allí.
Katrina estaba delante de la chimenea hirviendo unos
paños. Al oír a Eragon, levantó la vista, murmuró una condolencia y volvió a su
trabajo. Gertrude estaba al lado de la muchacha moliendo hierbas para un
emplasto. A los pies de la sanadora había un cubo lleno de nieve que se
derretía convirtiéndose en agua helada.
Garrow estaba en la cama cubierto con un montón de
mantas. El sudor le cubría la frente y, aunque parpadeaba, no veía nada. Tenía
la piel de la cara encogida como la de un cadáver, y permanecía inmóvil, salvo
por los sutiles temblores que le provocaba la entrecortada respiración. Con la
sensación de que aquello no podía ser real, Eragon tocó la frente de su tío:
estaba ardiendo. Levantó con aprensión las mantas y vio las heridas de Garrow
tapadas con tiras de tela. Las quemaduras que tenía al aire, porque le estaban
cambiando los vendajes, ni siquiera habían empezado a curar. Eragon miró a
Gertrude con desesperación.
—¿No puede hacer nada?
La mujer sumergió un paño en agua helada y se lo pasó
a Garrow por la frente.
—Lo he probado todo: ungüentos, emplastos, tinturas...
pero no ha servido de nada. Si se cerraran las heridas, quizá tu tío tendría
más posibilidades. Sin embargo, las cosas pueden cambiar para mejor: es un
hombre fuerte y resistente.
Eragon se fue a un rincón y se dejó caer al suelo.
«Esto no debería estar pasando.» El silencio engulló sus pensamientos, y el
chico se quedó en blanco mirando la cama. Al cabo de un rato, notó que Katrina
se había arrodillado a su lado y lo cogía de los hombros, pero al ver que el
muchacho no respondía, se marchó discretamente.
Más tarde abrieron la puerta y entró Horst. Habló con
Gertrude en voz baja y se acercó al muchacho.
—Ven, necesitas salir de aquí.
Antes de que Eragon pudiera protestar, Horst lo ayudó
a ponerse de pie y lo sacó de la habitación.
—Quiero quedarme —se quejó.
—Necesitas respirar un poco de aire fresco. No te
preocupes, podrás volver enseguida.
Eragon dejó a regañadientes que el herrero lo ayudara
también a bajar la escalera, y entraron en la cocina. Un penetrante aroma de
diferentes platos, condimentados con hierbas y especias, inundaba el ambiente.
Albriech y Baldor estaban allí hablando con su madre mientras ésta amasaba pan.
Los hermanos se quedaron en silencio al ver a Eragon, pero éste había oído lo
suficiente para saber que se referían a Garrow.
—Ven, siéntate —dijo Horst ofreciéndole una silla.
Eragon se dejó caer, agradecido.
—Gracias —contestó.
Como le temblaban ligeramente las manos, las
entrecruzó en el regazo.
—No tienes por qué comer si no quieres —dijo Elain
sirviéndole un plato lleno de comida—, pero te lo pongo por si te apetece.
Regresó a su trabajo mientras Eragon levantaba el
tenedor.
Apenas consiguió tragar unos pocos bocados.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Horst.
—Terriblemente mal.
El herrero esperó un poco antes de continuar.
—Sé que éste no es el mejor momento, pero tenemos que saber
lo... que pasó.
—La verdad es que no me acuerdo.
—Eragon —dijo Horst inclinándose hacia delante—, yo
soy uno de los que han ido a la granja. Tu casa no sólo se vino abajo, sino que
algo la destrozó completamente. Alrededor había huellas de un animal gigante
que nunca había visto en mi vida, y los demás también las vieron. Si hay un
Sombra o un monstruo acechando, debemos saberlo. Eres el único que puedes
decírnoslo.
Eragon sabía que tenía que mentir.
—Cuando me fui de Carvahall hace... —contó
mentalmente— cuatro días, había unos... forasteros en el pueblo preguntando por
una gema como la que yo había encontrado. —Le hizo un gesto a Horst—. Me
hablaste de ellos, y por eso me marché a casa deprisa. —Todos los ojos estaban
puestos en él. Eragon se humedeció los labios—. Esa noche no... no pasó nada. A
la mañana siguiente, cuando acabé mi trabajo, fui andando al bosque. Al cabo de
un rato oí una explosión y vi humo elevándose por encima de los árboles. Volví
corriendo lo más pronto que pude, pero quienquiera que lo hubiera hecho ya se
había marchado. Excavé entre los escombros y... encontré a Garrow.
—¿Lo pusiste sobre la tabla y lo arrastraste hasta
aquí? —preguntó Albriech.
—Sí —respondió Eragon—, pero antes de marcharme
inspeccioné el sendero que lleva al camino y vi huellas de dos pares de botas
de hombre. —Tomó del bolsillo el trozo de tela negra—. Garrow tenía esto en la
mano. Creo que es la misma tela de la ropa que llevaban los forasteros.
La dejó sobre la mesa.
—Así es —dijo Horst. Parecía pensativo y enfadado al
mismo tiempo—. ¿Y cómo te lastimaste las piernas?
—No estoy seguro —contestó Eragon—. Creo que me lo
hice mientras trataba de sacar a Garrow de debajo de los escombros, pero no lo
sé. No lo noté hasta que la sangre empezó a chorrearme por ellas.
—¡Es terrible! —exclamó Elain.
—Debemos perseguir a esos hombres —afirmó Albriech con
vehemencia—. No podemos permitir que se salgan con la suya. Con un par de
caballos podríamos cogerlos mañana y traerlos aquí.
—Quítate esa insensatez de la cabeza —replicó Horst—.
Probablemente te cogerían como a una criatura y te arrojarían contra un árbol.
¿Recuerdas lo que le ha pasado a la casa? Es mejor que ni siquiera nos topemos
con esa gente. Además, ahora ya tienen lo que quieren. —Miró a Eragon—. Se han
llevado la gema, ¿no?
—En la casa no estaba.
—Entonces, si ya la tienen, no hay razón para que
vuelvan. —Clavó una penetrante mirada en Eragon—. No has dicho nada de esas
extrañas huellas. ¿No sabes de dónde salían?
—No las vi —aseguró Eragon.
—Todo esto me huele muy mal —intervino de pronto
Baldor—, suena a brujería. ¿Quiénes son esos hombres? ¿Sombras? ¿Para qué
querían la gema y cómo pudieron destruir la casa si no fue mediante poderes
malignos? Quizá tengas razón, padre, y la gema era lo único que querían, pero
creo que volveremos a verlos.
Todos se quedaron en silencio después de las palabras
de Baldor.
Eragon tenía la sensación de que había algo que habían
pasado por alto, aunque no sabía de qué se trataba. Repentinamente, cayó en la
cuenta, y con el corazón encogido preguntó:
—Roran no sabe nada, ¿verdad?
«¿Cómo he podido olvidarme de él?»
Horst negó con la cabeza.
—Dempton y él se fueron poco después que tú —explicó—.
Y a menos que hayan tenido alguna dificultad por el camino, habrán llegado a
Therinsford hace un par de días. Íbamos a mandarle un mensaje, pero ayer y
anteayer hacía demasiado frío.
—Baldor y yo estábamos a punto de marcharnos cuando
despertaste —intervino Albriech.
—Id —dijo Horst pasándose la mano por la barba—. Os
ayudaré a ensillar los caballos.
—Se lo diré con suavidad —le prometió Baldor a Eragon
antes de salir de la cocina, detrás de Horst y de Albriech.
Eragon se quedó allí sentado con los ojos fijos en un
nudo de la madera de la mesa. Cada detalle le resultaba terriblemente claro: la
textura irregular, la protuberancia asimétrica, tres pequeñas ondas con un
punto de color... El nudo tenía una inmensidad de pormenores, y cuanto más lo
miraba, más cosas veía. El muchacho buscaba respuestas en él, pero si había
alguna, lo esquivaba.
Una débil señal se abrió paso entre el torbellino de
pensamientos que cruzaban la mente de Eragon. Parecía un grito que provenía del
exterior, pero Eragon no hizo caso.
Deja que otro se ocupe de esto.
Al cabo de unos minutos volvió a oírlo, pero esta vez
más alto. Enfadado, cerró la mente y no lo dejó entrar.
¿Por qué no se callan? ¿No ven que Garrow está
descansando?
Miró a Elain, pero no parecía que ella oyera nada.
¡ERAGON!
El grito sonó tan fuerte que el muchacho casi se cayó
de la silla. Miró a su alrededor asustado, pero no había cambiado nada. De
pronto, comprendió que los gritos le llegaban desde el interior de la cabeza.
¿Saphira? —preguntó ansioso.
Sí, sordo como una tapia —le respondió tras una pausa.
Eragon sintió un alivio enorme.
¿Dónde estás?
La dragona le transmitió la imagen de un bosquecillo.
He intentado ponerme en contacto contigo muchas veces,
pero estabas fuera de mi alcance.
He estado enfermo... pero ahora estoy mejor. ¿Por qué
no te he percibido antes?
Después de dos noches de espera, el hambre se apoderó
de mí y tuve que ir a cazar.
¿Conseguiste algo?
Un cervatillo. Era listo y sabía protegerse de los
depredadores de la tierra, pero no de los del cielo. Cuando lo atrapé entre mis
fauces, pateó vigorosamente y trató de escapar. Pero yo era más fuerte, así que
cuando vio que la derrota era inevitable, se rindió y murió. ¿También Garrow
opone resistencia a lo inevitable?
No lo sé —y le contó los detalles—. Pasará un tiempo hasta
que podamos volver a casa, si es que volvemos alguna vez. Será mejor que te
busques un buen sitio para guarecerte.
Haré lo que me dices —dijo Saphira con tristeza—. Pero no tardes
demasiado.
Se separaron de mala gana. Eragon miró por la ventana
y se sorprendió de que el sol ya se hubiera puesto. Estaba muy cansado y se
acercó cojeando hasta Elain, que estaba envolviendo un pastel de carne con un
paño.
—Me voy a casa de Gertrude a dormir —le dijo.
La mujer acabó su tarea y le sugirió:
—¿Por qué no te quedas con nosotros? Estarás más cerca
de tu tío, y Gertrude podrá volver a dormir en su cama.
—¿Tenéis sitio? —preguntó, vacilante.
—Claro. —Elain se secó las manos—. Ven conmigo, que te
prepararé la cama. —Lo acompañó escaleras arriba hasta una habitación libre.
Una vez allí, Eragon se sentó en el borde de la cama—. ¿Necesitas algo más? —le
preguntó Elain. Eragon negó con la cabeza—. Bueno, estaré abajo. Llámame si
necesitas algo.
El muchacho la oyó bajar la escalera, abrió la puerta
y se escurrió por el pasillo hasta el cuarto de Garrow. Gertrude le sonrió
mirándolo por encima de sus veloces agujas de tejer.
—¿Cómo está? —preguntó Eragon.
—Muy débil —contestó la mujer con voz ronca de
cansancio—, pero le ha bajado un poco la fiebre y algunas quemaduras están
mejor. Tendremos que esperar, pero podría significar que está recuperándose.
Eragon, más animado, volvió a su habitación. La
oscuridad no le pareció muy acogedora mientras se deslizaba debajo de las
mantas. Al cabo de un rato se quedó dormido intentando curar las heridas que
habían sufrido su cuerpo y su alma.
Todavía era de noche cuando Eragon se incorporó de
golpe en la cama respirando agitado. La habitación estaba helada, y se le puso
la carne de gallina en los brazos y en los hombros. Faltaban unas horas para el
amanecer, el momento en que nada se mueve y la vida espera los primeros toques
tibios de la luz solar.
El corazón le palpitó con fuerza mientras una
premonición terrible se apoderaba de él. Era como si una mortaja hubiera
descendido sobre el mundo, y su punto más oscuro estuviera encima de su
habitación. Se levantó de la cama, se vistió en silencio y se precipitó por el
pasillo, temeroso. Cuando vio que la puerta de la habitación de Garrow estaba
abierta y que había gente dentro, sintió una punzada de miedo.
Garrow yacía pacíficamente en la cama. Estaba vestido
con ropa limpia, peinado hacia atrás y con el rostro tranquilo. Podría haber
estado durmiendo a no ser por el amuleto de plata que llevaba al cuello y por
el ramo de cicuta que tenía sobre el pecho: los últimos regalos de los vivos a
los muertos.
Katrina estaba al lado de la cama, pálida y con la
cabeza gacha. Eragon la oyó murmurar:
—Me habría gustado llamarlo padre algún día...
«Llamarlo padre —pensó con amargura—, un derecho que
ni yo tengo.»
Eragon se sentía como un fantasma, despojado de toda
su vitalidad. Todo parecía irreal, salvo la cara de Garrow. Las lágrimas le
corrieron por las mejillas y le temblaron los hombros, pero no lloró en voz
alta. Su madre, su tía, su tío... los había perdido a todos. El peso del dolor
lo aplastaba como una fuerza monstruosa que lo hacía tambalearse. Alguien lo
llevó de vuelta a su habitación con palabras de consuelo.
Se tumbó en la cama, ocultando la cara entre los
brazos, y se echó a llorar convulsivamente. Sintió que Saphira se ponía en
contacto con él, pero la apartó y se dejó llevar por su pena. No podía aceptar
que Garrow se hubiera ido porque si lo hacía, ¿en qué más podría creer? Sólo en
un mundo cruel y despiadado que apagaba vidas humanas como el viento las velas.
Frustrado y aterrorizado, volvió el rostro empapado de lágrimas hacia los
cielos y gritó:
—¿Qué dios es capaz de hacer algo así? ¡Muéstrate!
—Oyó que alguien corría hacia su habitación, pero no llegó ninguna respuesta
desde lo alto—. ¡Garrow no se lo merecía!
Unas manos consoladoras lo acariciaron, y vio a Elain
sentada a su lado. La mujer lo abrazó mientras él lloraba hasta que, al cabo de
un rato, exhausto, el sueño lo venció.
Eragon se despertó lleno de angustia, y aunque
mantenía los ojos cerrados, no podía contener las lágrimas que le brotaban de
ellos. Intentó pensar en alguna idea o esperanza que lo mantuviera cuerdo.
—No puedo vivir con esta pena —gimió.
Entonces no lo hagas —le retumbaron las palabras de Saphira en la mente.
¿Cómo? ¡Garrow se ha ido para siempre! Y, con el
tiempo, me enfrentaré al mismo destino: amor, familia, logros... todo se
destroza, nada perdura. ¿Qué valor tiene lo que hacemos?
El valor está precisamente en hacerlo, pero el valor
desaparece cuando uno abandona la voluntad de cambiar y de vivir la vida. Las
alternativas están delante de ti: elige una y dedícate a ella. Las acciones te
darán nuevas esperanzas y un sentido a tu vida.
Pero ¿qué puedo hacer?
Únicamente tu corazón te guiará de verdad, y sólo su
supremo deseo puede ayudarte.
Saphira dejó que pensara en las palabras que acababa
de decir. Eragon examinó sus emociones y se sorprendió al comprobar que, más
que dolor, sentía una virulenta ira.
¿Qué quieres que haga...? ¿Perseguir a los forasteros?
Sí
La franca respuesta de la dragona lo dejó confundido.
Respiró hondo, tembloroso,
¿Por qué?
¿Recuerdas lo que dijiste en las Vertebradas? ¿Te
acuerdas de que me recordaste mi deber de dragona, y regresé contigo a pesar
del impulso de mi instinto? Así pues, tú también debes aprender a dominarte. He
pensado largo y tendido durante los últimos días y me he dado cuenta de lo que
significa ser dragón y ser Jinete: nuestro destino es intentar lo imposible,
llevar a cabo grandes hazañas a pesar del miedo. Es nuestra responsabilidad
ante el futuro.
Me da igual lo que digas; no son razones válidas para
marcharse —exclamó
Eragon.
Entonces te daré otras: han visto mis huellas, y la
gente está al tanto de mi presencia. Con el tiempo me descubrirán. Además, aquí
no queda nada para ti: ni familia, ni granja, ni...
¡Roran no está muerto! —replicó el muchacho con vehemencia.
Pero si te quedas, tendrás que decirle la verdad
acerca de lo sucedido. Tiene derecho a saber cómo y por qué murió su padre. ¿Y
qué haría si se enterara de mi presencia?
Las razones de Saphira le daban vueltas en la cabeza,
pero retrocedía ante la idea de abandonar el valle de Palancar porque era su
hogar. Sin embargo, la idea de vengarse de los forasteros era de lo más
consoladora.
¿Acaso soy lo suficientemente fuerte para vengarme?
Me tienes a mí.
Las dudas lo asediaban. Hacer algo así era una locura,
un acto desesperado. El desprecio que sentía por su propia indecisión le dibujó
una dura sonrisa en los labios. Saphira tenía razón: lo único que importaba era
la acción en sí. Lo que cuenta es hacerlo. ¿Y qué iba a darle más
satisfacción que perseguir a esos forasteros? Una fuerza y una energía
terribles empezaron a crecer en el interior del muchacho donde se reunieron
todas sus emociones y se fundieron en una sólida barra de ira con una única
palabra grabada en ella: venganza. Parecía que la cabeza le iba a explotar
cuando dijo con convicción:
Lo haré.
Cortó el contacto con Saphira mientras se levantaba de
la cama con la sensación de que un manantial le surgía del cuerpo. Aún era muy
temprano; Eragon había dormido pocas horas.
«No hay nada más peligroso que un enemigo que no tiene
nada que perder —pensó—, y en eso me convertiré.»
El día anterior había tenido dificultades para caminar
erguido, pero ya se movía con seguridad, sostenido por su voluntad de hierro.
Desafió el dolor que el cuerpo le transmitía y no le hizo caso.
Salió a hurtadillas de la casa y oyó el murmullo de
dos personas que hablaban. Se detuvo con cautela y escuchó.
—...un lugar para estar —decía Elain con su
característica voz suave—. Tenemos una habitación.
Horst le respondió en voz muy baja, como un rumor
inaudible.
—Sí, pobre chico —contestó Elain.
Esta vez Eragon oyó la respuesta de Horst.
—Quizá... —Hubo un prolongado silencio—. He estado
pensando en lo que nos dijo Eragon y no estoy seguro de que nos lo haya contado
todo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Elain con tono de
preocupación.
—Cuando fuimos a la granja, el camino mostraba las
marcas de la tabla con la que arrastró a Garrow, pero después llegamos a un
punto donde la nieve estaba pisoteada y revuelta. Las huellas de Eragon y las
de la madera se acababan allí, pero también vimos las mismas huellas gigantes
que en la granja. ¿Y qué me dices de las piernas del chico? No me creo que no
se haya dado cuenta de que se desollaba. Hasta el momento no he querido
presionarlo con preguntas, pero creo que ahora lo haré.
—Quizá vio algo que lo asustó tanto que no quiera
hablar de ello —sugirió Elain—. ¿Notaste lo alterado que estaba?
—Sí, pero eso no explica cómo se las arregló para
traer a Garrow todo el camino hasta aquí sin dejar huellas.
«Saphira tenía razón —pensó Eragon—. Ha llegado la
hora de partir. Demasiadas preguntas de demasiada gente. Tarde o temprano descubrirán
las respuestas.»
Y cruzó la casa deteniéndose cada vez que crujía el
suelo.
Las calles estaban vacías, pues había poca gente
levantada a esa hora. Se detuvo durante un minuto y se concentró en sus
pensamientos:
«No quiero un caballo. Saphira será mi corcel, pero
necesita una silla. Ella puede cazar para los dos, así que no tengo que
preocuparme por la comida... aunque será mejor que consiga un poco. Todo lo que
necesite puedo encontrarlo bajo los escombros de mi casa.»
Se dirigió hacia la curtiduría de Gedric, en las
afueras de Carvahall. El repugnante olor le dio asco, pero a pesar de todo,
siguió hacia la barraca que había en la ladera de la colina donde se guardaban
las pieles curtidas. Cortó tres largas tiras de cuero de buey de las que
colgaban del techo. El robo lo hacía sentir culpable, pero...
«No es realmente un robo —razonó—, algún día se lo
devolveré a Gedric y también le pagaré a Horst.»
Enrolló las gruesas tiras de cuero y las llevó a un
bosquecillo, lejos del pueblo. Las metió entre las ramas de un árbol y volvió a
Carvahall.
«Ahora la comida.»
Se dirigió a la taberna con intención de entrar, pero
sonrió apretando los dientes y volvió sobre sus pasos. Si iba a robar comida,
lo mejor sería que fuera la de Sloan. Entró a hurtadillas en la casa del
carnicero. La puerta principal estaba cerrada con barrotes cuando Sloan no
estaba, pero la lateral sólo tenía una delgada cadena, que rompió sin
dificultad. El interior estaba a oscuras, de modo que se movió a tientas hasta
que tocó unos trozos de carne apilados, envueltos en telas. Se metió todos los que
pudo debajo de la camisa, regresó sin pérdida de tiempo a la calle y cerró
furtivamente la puerta.
Una mujer que estaba cerca gritó su nombre. Eragon se
aguantó los faldones de la camisa para que no se le cayera la carne, giró por
una esquina y se agachó. Sintió un escalofrío al ver que Horst se acercaba
entre dos casas a menos de tres metros de distancia.
Eragon echó a correr para perder a Horst de vista. Las
piernas le ardían mientras se precipitaba por un callejón camino del
bosquecillo. Se metió entre los troncos y se volvió para ver si lo seguían: no
había nadie. Suspiró aliviado y alargó la mano hacia las ramas para coger las
tiras de cuero. Pero no estaban.
—¿Vas a alguna parte?
Eragon se volvió de repente. Brom lo miraba enfadado,
con el entrecejo fruncido. Tenía una herida profunda en una de las sienes y
llevaba una espada corta, enfundada en una vaina de color marrón, que le
colgaba del cinto. Sostenía las cintas de cuero en las manos.
Eragon, irritado, entrecerró los ojos. ¿Cómo se las
había arreglado el viejo para pillarlo? Estaba todo tan tranquilo que el chico
habría jurado que no había nadie.
—Devuélvemelas —le gritó.
—¿Para qué? ¿Es que quieres escaparte incluso antes de
que entierren a Garrow?
La acusación era grave.
—¡No es asunto tuyo! —le soltó Eragon, encolerizado—.
¿Por qué me has seguido?
—No lo he hecho —gruñó Brom—. Te estaba esperando
aquí. Y ahora ¿adónde vas?
—A ninguna parte.
Eragon arremetió para quitarle las tiras de cuero a
Brom de las manos. El anciano no hizo nada para detenerlo.
—Espero que tengas bastante carne para alimentar a tu
dragón.
Eragon se quedó inmóvil.
—¿De qué estás hablando?
—No me engañes —advirtió Brom cruzándose de brazos—.
Sé de dónde sale esa marca que tienes en la mano; es la gedxvey ignasia, es
decir, la palma brillante: has tocado a un dragón al salir del cascarón.
También sé por qué viniste a verme con esas preguntas y sé que llegan de nuevo
los Jinetes.
Eragon soltó las tiras de cuero y la carne.
Al fin ha sucedido... ¡Debo irme! No puedo correr más
rápido que él con las piernas lastimadas, pero si... ¡Saphira! —llamó.
Durante unos segundos de agonía no hubo respuesta
hasta que...
Sí.
¡Nos han descubierto! ¡Te necesito!
Le envió una imagen de donde se hallaba, y ella partió
de inmediato. Solamente tenía que entretener un poco a Brom.
—¿Y cómo lo has descubierto? —le preguntó con voz
apagada.
Brom miró a lo lejos y movió los labios en silencio,
como si hablara con otra persona.
—Había signos y pistas por todas partes —dijo al fin—;
sólo era necesario prestar atención. Cualquiera que tuviera los conocimientos
apropiados habría hecho lo mismo. Dime, ¿cómo está tu dragón?
—Mi dragona —corrigió Eragon—. Bien. No estábamos en
la granja cuando llegaron los forasteros.
—O sea que tus piernas... ¿Estabais volando?
«¿Cómo lo había descubierto Brom? ¿Y si los forasteros
lo han obligado a hacer esto? Quizá quieran saber adonde vamos para tendernos
una emboscada. Pero ¿dónde está Saphira?» La buscó mentalmente y vio que estaba
sobrevolando el lugar. ¡Ven!
No, me quedaré vigilando un rato.
¿Por qué?
A causa de la masacre de Dorú Areaba.
¿Qué?
—He hablado con ella y ha accedido a quedarse ahí
arriba hasta que zanjemos nuestras diferencias. —Brom se apoyó contra un árbol
con un amago de sonrisa—. Como puedes ver, no tienes más alternativa que
contestar a mis preguntas. Ahora explícame, ¿adónde vais?
Eragon, perplejo, se llevó la mano a la sien. «¿Cómo
era posible que Brom hablara con Saphira?» Le latía la nuca y un montón de ideas se le agolpaban en la cabeza, pero siempre llegaba a la
misma conclusión: tenía que decirle algo al anciano.
—A buscar un sitio seguro en el que permanecer
mientras sanan mis heridas —le respondió.
—¿Y después?
No podía hacer caso omiso de la pregunta. Cada vez
sentía más punzadas en la cabeza y le resultaba imposible pensar: ya no tenía
nada claro. Lo único que quería hacer era contarle a alguien todo lo que había
pasado durante los últimos meses porque le corroía la idea de que su secreto
hubiera provocado la muerte de Garrow. Por fin se rindió y dijo con voz
trémula:
—Voy a perseguir a los forasteros y a matarlos.
—Una tarea imponente para alguien tan joven —comentó
Brom con toda naturalidad, como si Eragon le hubiera planteado que iba a hacer
una cosa de lo más corriente—. Sin duda una proeza valiosa y, además, eres
adecuado para llevarla a cabo, aunque me asombra que no quieras aceptar ayuda.
—Alargó la mano hasta detrás de un arbusto, sacó un petate y añadió con
seriedad—: De todos modos, no pienso quedarme con los brazos en jarras mientras
un mozalbete va por ahí con un dragón.
¿Me está ofreciendo ayuda de verdad o es una trampa?
Eragon tenía miedo de lo que sus misteriosos enemigos
pudieran hacer. «Pero Brom convenció a Saphira de que tuviera confianza en él y
han hablado mentalmente. Si ella no está preocupada...» Decidió,
momentáneamente, dejar sus sospechas de lado.
—No necesito ayuda —dijo Eragon, y añadió a
regañadientes—: pero puedes venir.
—Entonces será mejor que nos vayamos —replicó el
anciano—. Me parece que tu dragona está esperando que le hables otra vez.
Saphira —la llamó Eragon.
Dime.
El muchacho se aguantó las ganas de hacerle más
preguntas.
¿Te reunirás con nosotros en la granja?
Sí. ¿De modo que habéis llegado a un acuerdo?
Me parece que sí.
La dragona interrumpió el contacto y se alejó volando.
Eragon miró hacia Carvahall y vio gente que corría de una casa a otra.
—Creo que me están buscando.
—Seguramente. ¿Nos vamos?
—Me gustaría dejar un mensaje para Roran —dijo Eragon,
dubitativo—. No me parece bien largarme sin decirle por qué.
—Ya me he ocupado de eso. He dejado una carta a
Gertrude para él explicándole algunas cosas. También le advierto que ha de
estar en guardia ante ciertos peligros. ¿Te parece adecuado?
Eragon asintió. Envolvió la carne en las pieles y
echaron a andar. Tuvieron mucho cuidado de mantenerse fuera de la vista hasta
que llegaron al camino, donde apretaron el paso, ansiosos por alejarse de
Carvahall. El muchacho avanzaba con decisión a pesar de tener las piernas
doloridas, y el ritmo mecánico de la caminata le liberaba la mente del
torbellino de pensamientos.
«Cuando lleguemos a casa, no pienso seguir con Brom
hasta que no responda a algunas preguntas —se dijo con firmeza—. Espero que
pueda explicarme algo más sobre los Jinetes y sobre contra quién estoy
luchando.»
Cuando vieron los restos de la granja destrozada, Brom
enarcó las pobladas cejas con enfado y Eragon se quedó perplejo al ver lo
rápido que la naturaleza se apoderaba de la granja: la nieve y el polvo cubrían
lo que había sido el interior de la vivienda ocultando la violencia del ataque
de los forasteros. Lo único que quedaba del granero era un rectángulo de hollín
que se erosionaba deprisa.
Brom levantó de golpe la cabeza al oír el ruido de las alas de Saphira por encima de los árboles. La dragona pasó por detrás de
ellos casi rozándoles la cabeza, y los dos se tambalearon a causa de la ráfaga
de aire que los zarandeó. Las escamas de Saphira brillaron mientras viraba
sobre las ruinas de la granja y aterrizaba con elegancia.
Brom dio un paso al frente con expresión solemne y
dichosa a la vez. Le relucían los ojos, y una lágrima se le deslizó por la
mejilla antes de desaparecer en la barba. El anciano se quedó allí un buen rato
respirando agitado mientras contemplaba a Saphira; ésta le devolvió la mirada.
Eragon oyó que Brom murmuraba algo y se acercó para escuchar.
—Así que... empieza otra vez. Pero ¿cómo y dónde
acabará? Mis ojos están velados, y no sé si esto es una tragedia o una farsa
porque ambos elementos están presentes... Como quiera que sea, mi puesto sigue
siendo el mismo, y yo...
Cualquier otra cosa que hubiera añadido se desvaneció
mientras Saphira se acercaba orgullosa. Eragon pasó junto a Brom, haciendo ver
que no lo había oído, y la saludó, aunque algo había cambiado entre ellos: era
como si ahora se conocieran más íntimamente, pero siguieran siendo extraños. El
muchacho le acarició el cuello y sintió un cosquilleo en la palma cuando las
mentes de ambos se pusieron en contacto. La dragona emitía una fuerte
curiosidad.
No he visto a otros humanos, sólo a ti, y a Garrow, y
él tenía heridas muy graves —le dijo.
Has visto personas a través de mis ojos.
No es lo mismo. —Se acercó un poco más y giró la enorme cabeza para
poder inspeccionar a Brom con un gran ojo azul—. Sois unas criaturas muy
extrañas —dijo, con asomo de crítica, y continuó observándolo.
Brom se quedó inmóvil mientras la dragona olisqueaba
el aire, y a continuación el anciano estiró la mano hacia Saphira, que bajó la
cabeza despacio y dejó que la tocara en la frente, pero de pronto resopló, se
echó hacia atrás y se escondió detrás de Eragon dando coletazos.
¿Qué pasa?—le preguntó el muchacho.
Pero no obtuvo respuesta.
—¿Cómo se llama? —preguntó Brom en voz baja
volviéndose hacia él.
—Saphira. —Una rara expresión se dibujó en la cara de
Brom, que apretó el extremo de su bastón con tal fuerza que los nudillos se le
pusieron blancos—. De todos los nombres que me sugeriste, fue el único que le
gustó. Y creo que le va bien —añadió Eragon rápidamente.
—Sí, le va bien.
Había un tono en la voz de Brom que Eragon no lograba
identificar: ¿sorpresa, emoción, miedo, envidia? No estaba seguro, y a lo mejor
no era nada de eso.
Brom levantó la voz y dijo:
—Salud, Saphira, encantado de conocerte.
Torció la mano de manera extraña e hizo una
reverencia.
Me cae bien —dijo Saphira en voz baja.
Claro, a todo el mundo le gusta que lo alaben.
Eragon le tocó los hombros a la dragona y se dirigió a
la casa en ruinas. Saphira lo siguió junto con Brom, que estaba exultante y
lleno de vida.
Eragon trepó hacia la casa y se arrastró por debajo de
una puerta hasta lo que quedaba de su habitación, que apenas la reconoció bajo
los montones de madera destrozada. Guiándose por la memoria, buscó dónde había
estado el tabique y encontró su mochila vacía. Parte del armazón estaba roto,
pero tenía fácil arreglo. Siguió rebuscando y, al cabo de un rato, dio con la
punta de su arco, que aún estaba en su funda de gamuza. Aunque ésta tenía
marcas y raspones, se alegró al ver que la lubricada madera estaba intacta.
«Por fin un poco de suerte», se dijo. Tensó el arco y tiró de la cuerda para
probarlo. El arma se arqueó con suavidad, sin ningún chasquido ni crujido.
Satisfecho, Eragon buscó el carcaj, que encontró enterrado allí cerca, aunque
muchas flechas estaban rotas.
El chico quitó la cuerda del arco y se lo dio a Brom
junto con el carcaj.
—Hace falta un brazo fuerte para tensar esto —le dijo
el anciano.
Eragon aceptó el cumplido en silencio y continuó
buscando en la casa otros objetos útiles y los dejó todos junto a Brom; no
había gran cosa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Brom con una mirada aguda e
inquisitiva.
Eragon apartó la vista.
—Buscaremos un lugar para escondernos.
—¿Tienes algo pensado?
—Sí. —Envolvió todo en un fardo bien atado, salvo el arco,
y se lo colgó al hombro—. Por ahí —dijo señalando al bosque.
Saphira, tú nos seguirás volando. Tus huellas son muy
fáciles de identificar y de seguir.
De acuerdo.
Y partió detrás de ellos.
El lugar adonde iban estaba cerca, pero Eragon dio un
rodeo para despistar a posibles perseguidores. Pasó más de una hora antes de
que llegaran a un zarzal bien escondido.
El irregular claro que había en el centro de aquel
sitio era apenas lo suficientemente grande para hacer un fuego y para que
cupieran dos personas y un dragón. Unas ardillas rojas correteaban por entre
los árboles protestando por la intrusión. Brom consiguió soltarse de una
enredadera y miró a su alrededor con interés.
—¿Alguien más conoce este lugar? —preguntó.
—No, lo descubrí cuando nos mudamos aquí. Tardé una
semana en abrirme paso hasta el centro y otra semana en sacar las ramas secas.
Saphira aterrizó junto a ellos y, al plegar las alas,
procuró evitar las espinas. A continuación se tumbó en el suelo, aplastando las
ramitas con sus recias escamas, y apoyó la cabeza en la tierra. Los
impenetrables ojos de la dragona seguían de cerca a los dos hombres.
Brom se apoyó en su bastón y se la quedó mirando
atentamente. Sin embargo, esa forma de observarla puso nervioso a Eragon, que a
su vez se quedó contemplándolos hasta que el hambre lo obligó a ponerse en
movimiento. Entonces hizo fuego, llenó una cacerola con nieve y la puso sobre
las llamas para que se derritiera. Cuando empezó a hervir, echó unos trozos de
carne y un puñado de sal en el agua.
«No es una gran comida —pensó malhumorado—, pero
saciará nuestra hambre. Como seguramente tendré que comer esto mismo durante
una temporada será mejor que me acostumbre.»
El estofado se cocía a fuego lento y llenaba el claro
de un rico aroma. Saphira sacó la punta de la lengua y probó el sabor que había
en el ambiente. Una vez la carne estuvo tierna, Brom se acercó y Eragon sirvió
el guiso. Comieron en silencio evitando mirarse. Después Brom sacó la pipa y la
encendió sin prisas.
—¿Por qué quieres viajar conmigo? —le preguntó Eragon.
Una nube de humo salió de los labios de Brom y
ascendió en volutas a través de los árboles hasta que desapareció.
—Tengo interés personal en que sigas con vida.
—¿A qué te refieres?
—Para decirlo sin rodeos: resulta que soy un
cuentacuentos y creo que la tuya será una historia digna de contarse, pues eres
el primer Jinete que existe fuera del control del rey en más de cien años. ¿Qué
pasará, pues? ¿Perecerás como un mártir? ¿Te unirás a los vardenos? ¿O matarás
al rey Galbatorix? Son preguntas fascinantes. Y yo estaré ahí viendo todo lo
que pase, cueste lo que cueste.
A Eragon se le hizo un nudo en el estómago. No se
imaginaba haciendo ninguna de esas cosas y mucho menos convirtiéndose en
mártir.
«Quiero vengarme, pero por lo demás... no tengo
ambiciones.»
—Quizá sea así —respondió Eragon—, mas dime: ¿cómo es
que puedes hablar con Saphira?
Brom se tomó su tiempo para añadir más tabaco a la
pipa.
—Pues bien —dijo cuando volvió a ponérsela en la boca
y a encenderla—, si ésa es la respuesta que buscas, ésa
es la que tendrás, aunque tal vez no sea de tu agrado.
Brom se puso de pie, acercó su petate al fuego y de él
sacó un objeto largo, envuelto en una tela. Tendría aproximadamente un metro y
medio de longitud y, por la manera en que lo manipulaba, era bastante pesado.
Le quitó la tela, tira a tira, como si desenvolviera
una momia. Eragon, pasmado, observó que se trataba de una espada: el pomo de
oro tenía forma de lágrima, y sus lados, que estaban cortados, dejaban ver un
rubí del tamaño de un huevo pequeño; la empuñadura estaba rodeada de hilo de
plata, tan bruñido que brillaba como una estrella, y la funda era de color
granate y suave como un cristal, adornada solamente con el grabado de un
extraño símbolo negro. Junto a la espada había un cinturón con una pesada hebilla.
Al acabar de quitar la última tira, Brom le tendió la espada a Eragon.
Al cogerla, la empuñadura le encajó tan perfectamente
en la mano que parecía que había sido fabricada para él. El muchacho la
desenfundó despacio, y la espada se deslizó de su vaina sin hacer ningún ruido:
la hoja era plana, de color rojo iridiscente, y brillaba a la luz de la lumbre;
los afilados bordes se curvaban con elegancia y terminaban en una aguda punta,
mientras que el mismo símbolo de la funda estaba grabado también en el metal.
El equilibrio de la espada era perfecto, y parecía que ésta era la prolongación
del propio brazo, a diferencia de las toscas herramientas de la granja que
Eragon estaba acostumbrado a manejar. Se percibía que poseía un gran poder,
como si estuviera dominada por una fuerza interior incontenible, y aunque había
sido creada para manejarla con violentas sacudidas en las batallas y para
acabar con vidas humanas, albergaba una profunda belleza.
—En otra época esta arma había pertenecido a un Jinete
—explicó Brom con seriedad—. Cuando un Jinete acababa su formación, los elfos
le regalaban una espada; sus métodos para forjarla han permanecido siempre en
secreto, pero lo cierto es que las espadas elfas se mantienen eternamente
afiladas y nunca se manchan. La costumbre era que la espada fuera del color del
dragón del Jinete, pero creo que en este caso puedo hacer una excepción. Esta
espada se llama Zar'roc. Sin embargo, no sé lo que significa; seguramente
debe de ser algo personal, referido al Jinete que la poseía.
Brom observó que Eragon hacía movimientos con la
espada.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Eragon mientras
volvía a enfundar el arma de mala gana.
Hizo el gesto de devolvérsela a Brom, pero éste ni
intentó cogerla.
—Eso no importa —le respondió—. Lo único que puedo
decir es que tuve que correr una serie de aventuras difíciles y peligrosas para
conseguirla. Considérala tuya. Tienes más derecho que yo a poseerla y, hasta
que todo haya concluido, creo que la necesitarás.
La oferta cogió desprevenido a Eragon.
—¡Es un regalo espléndido! ¡Gracias! —Sin saber qué
más decir, pasó la mano por la vaina y preguntó—: ¿Qué significa este símbolo?
—Era el emblema personal del Jinete. —Eragon trató de
interrumpirlo, pero Brom le clavó la mirada y lo obligó a callarse—. Bien, por
si te interesa saberlo, te diré que cualquiera puede hablar con un dragón si
tiene la preparación adecuada. Y... —levantó el índice enfáticamente— no
significa nada. Yo sé más sobre los dragones y sus aptitudes que casi ningún
otro ser viviente y, en cambio, tardarías años en aprender por tu cuenta lo que
puedo enseñarte yo, de modo que te ofrezco mis conocimientos a modo de atajo. Y
prefiero no decir por qué sé tanto.
Saphira se levantó, mientras Brom acababa de hablar, y
se acercó a Eragon, que desenfundó la espada de nuevo y se la enseñó.
Tiene poder —dijo la dragona tocando la punta del arma con la
nariz.
El color iridiscente del metal ondeó como el agua en
el momento en que se puso en contacto con las escamas de
Saphira, que levantó la cabeza y resopló satisfecha mientras la espada
recuperaba su color habitual. Eragon volvió a guardarla, inquieto.
—Me estaba refiriendo a este tipo de cosas —afirmó
Brom arqueando una ceja—: los dragones sorprenden constantemente y a su
alrededor pasan cosas... misteriosas, cosas que es imposible que sucedan en
ninguna otra parte. Aunque los Jinetes trabajaron con los dragones durante
siglos, nunca llegaron a entender del todo sus aptitudes. Algunos dicen que ni
siquiera los dragones conocen el alcance de sus propios poderes, pero están
ligados a esta tierra de tal forma que les permite superar grandes obstáculos. Lo
que Saphira acaba de hacer ilustra lo que te he dicho: hay muchas cosas que no
sabes.
Se produjo una larga pausa.
—Es posible —replicó Eragon—, pero puedo aprender. Y,
en este momento, lo más importante es que sepa cosas sobre los forasteros.
¿Tienes idea de quiénes son?
—Se llaman los ra'zac —contestó Brom respirando
hondo—. Nadie sabe si es el nombre de su raza o el que ellos mismos han
elegido. Sea como fuere, si tienen nombres individuales, los mantienen ocultos.
Nunca se había visto a los ra'zac hasta que Galbatorix llegó al poder. Debió de
conocerlos durante sus viajes y los puso a su servicio, pero se sabe poco o
nada sobre ellos. Sin embargo, puedo decirte que no son humanos porque, cuando
le vi fugazmente la cabeza a uno de esos seres, observé que tenía una especie
de pico y ojos negros grandes como mi puño. Lo que es un misterio para mí es
cómo han aprendido nuestra lengua. Sin duda el resto del cuerpo de los ra'zac
es igual de extraño, y por eso se cubren siempre con una capa,
independientemente del tiempo que haga.
»En cuanto a sus facultades, te diré que son más
fuertes que ningún hombre y pueden saltar unas alturas increíbles, pero no
saben usar la magia. Y tienes que estar agradecido por ello, porque si supieran
utilizarla, ya estarías en sus garras. También sé que tienen una gran aversión
a la luz del sol, aunque eso no los detendrá si están decididos a actuar. Por
otra parte, no cometas el error de subestimar a los ra'zac porque son sagaces y
muy astutos.
—¿Cuántos hay? —inquirió Eragon, que se preguntaba
cómo era posible que Brom supiera tantas cosas.
—Por lo que sé, sólo los dos que has visto. Puede que
haya más, pero nunca he oído hablar de ellos. Tal vez sean los últimos de una
raza en vías de extinción. Son los cazadores de dragones personales del rey
porque cada vez que le llega a Galbatorix el rumor de que hay un dragón en el
reino, manda a los ra'zac a investigar, y a menudo dejan una estela de muerte a
su paso.
Brom hizo una serie de volutas de humo y miró cómo se
elevaban entre las zarzas.
Eragon no hizo caso de las volutas hasta que notó que
cambiaban de color y flotaban veloces. Brom le guiñó un ojo con picardía.
Eragon estaba seguro de que nadie había visto a
Saphira, pero entonces ¿cómo podía conocer Galbatorix su existencia?
—Tienes razón —respondió Brom al escuchar sus
objeciones—, parece improbable que alguien de Carvahall informara al rey. ¿Por
qué no me dices dónde encontraste el huevo y cómo criaste a Saphira? Eso podría
aclararnos el asunto.
Eragon titubeó, pero le contó todo lo que había
sucedido desde que había encontrado el huevo en las Vertebradas. Era
maravilloso poder por fin confiar en alguien. Brom le hizo algunas preguntas,
pero casi todo el rato lo escuchó con atención. El sol estaba a punto de
ponerse cuando Eragon acabó su relato, y los dos hombres se quedaron en
silencio mientras las nubes adquirían un tinte rosado claro. Finalmente, fue
Eragon quien rompió el silencio.
—¡Ojalá supiera de dónde viene! Pero Saphira no lo
recuerda.
—No lo sé... —dijo Brom ladeando la cabeza—. Pero me has aclarado muchas cosas. Estoy seguro de que nadie más que nosotros ha
visto a la dragona. Los ra'zac deben de tener otra fuente de información fuera
de este valle, de alguien que probablemente ahora esté muerto... Has logrado
muchas cosas y has pasado por un trance muy difícil. Estoy impresionado.
Eragon miró a lo lejos sin comprender.
—¿Qué te pasó en la cabeza? —preguntó—. Parece como si
te hubieran golpeado con una piedra.
—No, pero no vas desencaminado. —Chupó con fuerza la
pipa—. Fui a merodear al campamento de los ra'zac por la noche para ver si
podía enterarme de algo, pero me descubrieron en la oscuridad. Fue una buena
trampa, pero me subestimaron y logré ahuyentarlos. Sin embargo —añadió con
ironía—, tuve que pagar el precio de mi estupidez: aturdido, me caí y perdí el
conocimiento hasta el día siguiente. Para entonces ya habían llegado a tu
granja, y era demasiado tarde para detenerlos, pero en todo caso fui tras
ellos. Fue ahí cuando nos encontramos en el camino.
«¿Quién es en realidad este hombre para pensar que
podía coger a los ra'zac él solo? Le tienden un emboscada en la oscuridad, ¿y
únicamente se queda "aturdido"?»
—Cuando viste la marca en mi palma, la gedwey
ignasia, ¿por qué no me dijiste quiénes eran los ra'zac? —preguntó Eragon,
intranquilo—. Habría ido a avisar a Garrow en lugar de ir primero a ver a
Saphira, y podríamos haber huido los tres.
—En ese momento no sabía muy bien qué hacer —suspiró
Brom—. Creía que podría mantener a los ra'zac lejos de ti y que, cuando se
hubieran marchado, hablaríamos de Saphira. Pero fueron más listos que yo.
Cometí un error que lamento profundamente y que te ha supuesto un grave
contratiempo.
—¿Quién eres? —inquirió Eragon sintiéndose molesto de
repente—. ¿Cómo es posible que un simple cuentacuentos de pueblo tenga la
espada de un Jinete? ¿Cómo conoces la existencia de los ra'zac?
Brom dio un golpecito a la pipa.
—Pensaba que ya había dejado claro que no iba a hablar
de ello.
—Mi tío ha muerto por ello. ¡Muerto! —exclamó Eragon
lanzando un puñetazo al aire— Hasta ahora he confiado en ti porque Saphira te
respeta, ¡pero se ha acabado! Tú no eres la persona que conozco desde hace años
en Carvahall. ¡Explícame quién eres!
Durante un buen rato Brom se quedó mirando las volutas
de humo que ascendían entre ellos, mientras se le marcaban unas profundas
arrugas en la frente, pero el único movimiento que hizo fue dar otra calada a
la pipa.
—Probablemente —dijo al fin—, nunca se te ha ocurrido
pensar que he pasado la mayor parte de mi vida fuera del valle de Palancar.
Sólo en Carvahall asumí el papel de cuentacuentos, pero he tenido muchos
papeles diferentes y un pasado... complicado. Y si he llegado aquí es, en
parte, por el deseo de escapar de él. Así es que no, no soy el hombre que tú
crees que soy.
—¡Vaya! —soltó Eragon—. Entonces ¿quién eres?
—Estoy aquí para ayudarte, y no desprecies estas
palabras porque son las más ciertas que he dicho en mi vida —afirmó Brom
sonriendo con dulzura—. Pero no voy a responder a tus preguntas. A estas
alturas, no necesitas saber mi historia ni te has ganado aún el derecho a
oírla. Sí, en efecto, sé cosas que Brom, el cuentacuentos, no sabría, y soy más
importante que él. Tendrás que aprender a vivir con ese hecho y con el de que
no explico mi vida a cualquiera que me pregunta.
Eragon lo miró ceñudo.
—Me voy a dormir —dijo, y se alejó del fuego.
Brom no pareció sorprenderse, pero tenía una expresión
de pena en la mirada. Extendió sus mantas junto al fuego, mientras Eragon se
tumbaba junto a Saphira. Un gélido silencio cayó sobre el campamento.
Cuando Eragon se despertó, el recuerdo de la muerte de
Garrow se apoderó de él. Se tapó la cabeza con las mantas y lloró en silencio
en esa tibia oscuridad. Le gustaba estar allí, escondido del mundo exterior. Al
cabo de un rato cesaron las lágrimas, y maldijo a Brom. Se secó las mejillas a
regañadientes y se levantó.
Brom estaba preparando el desayuno.
—Buenos días —saludó.
Eragon respondió con un gruñido. Se metió los helados
dedos en los sobacos y se quedó acurrucado junto al fuego hasta que el desayuno
estuvo listo. Comieron deprisa tratando de acabárselo antes de que se enfriara.
Cuando terminaron, Eragon limpió su cazo con nieve y después desplegó sobre el
suelo las piezas de cuero que había robado.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Brom—. No podemos
llevarlo con nosotros.
—Voy a construir una silla para montar a Saphira.
¿Sabes qué aspecto tenían? —preguntó Eragon.
—Mmm. —Brom se acercó—. Bueno, los dragones solían
tener dos clases de sillas. Una de ellas era rígida y moldeada, como las
monturas de los caballos, pero hacen falta tiempo y herramientas para
fabricarla, y no tenemos ninguna de las dos cosas. Y la otra clase de silla era
delgada y ligeramente acolchada, que apenas suponía una ligera separación entre
el Jinete y el dragón. Éstas eran las que se utilizaban cuando la flexibilidad
y la velocidad eran importantes, aunque no eran tan cómodas como las otras. Pero
sé algo más que todo eso: sé hacerlas.
—Entonces hazla, por favor —dijo Eragon, y se apartó.
—Muy bien, pero presta atención porque quizá algún día
tendrás que fabricar una tú solo.
Con el permiso de Saphira, le midió el cuello y el
pecho. Después cortó cinco franjas de cuero sobre las que dibujó unas doce
formas distintas. Una vez las hubo recortado, cortó a su vez el resto de las
pieles en largas tiras.
Brom utilizó estas tiras para coser las piezas entre
sí, pero para cada puntada tenía que hacer dos agujeros en el cuero. Eragon lo
ayudó en esa tarea. En lugar de hebillas, hicieron complejos nudos y dejaron
las tiras con la longitud suficiente para que la silla le fuera bien a Saphira
en los meses siguientes.
La parte principal de la silla constaba de tres
secciones idénticas cosidas con un acolchado entre ellas. En la parte
delantera, había un grueso nudo que se ajustaba perfectamente a una de las púas
del cuello de Saphira, mientras que dos tiras anchas, cosidas a los dos lados
de esa parte, hacían de cinchas y le pasaban por debajo de la barriga. A modo
de estribos, había una serie de lazos a ambos lados que, una vez apretados,
sujetarían las piernas de Eragon en su sitio. Una de las tiras largas serviría
para que pasara entre las patas delanteras de la dragona, se dividiera en dos y
llegara hasta la silla.
Mientras Brom trabajaba, Eragon reparó su mochila y
organizó las provisiones. Pasaron el día haciendo esas tareas hasta que todo
estuvo listo. Brom, cansado del trabajo, ensilló a Saphira y comprobó que las
tiras estuvieran bien adaptadas. Hizo unos pequeños arreglos y quitó la silla,
satisfecho.
—Buen trabajo —admitió Eragon de mala gana.
—Se hace lo que se puede. Te será útil; el cuero es
bastante fuerte.
¿No vas a probarla? —preguntó Saphira.
Quizá mañana —respondió Eragon, y guardó la silla con sus mantas—, ahora
es muy tarde.
En realidad no estaba muy ansioso por volver a volar,
especialmente después del desastroso resultado de su último intento.
Prepararon deprisa la comida; sabía bien, aunque era
muy sencilla. Mientras comían, Brom miró a Eragon por encima del fuego y le
preguntó:
—¿Partimos mañana?
—No hay ninguna razón para que nos quedemos.
—Supongo que no... Eragon —cambió de tema—, debo
disculparme por todo lo que ha pasado. No era mi intención que sucediera esto.
Tu familia no se merecía semejante tragedia, y si yo pudiera hacer algo por
deshacer lo ocurrido, lo haría. Ésta es una situación terrible para todos.
—Eragon se quedó en silencio evitando la mirada de Brom, que añadió—: Vamos a
necesitar caballos.
—Tal vez los necesites tú, yo tengo a Saphira.
—No hay caballo que pueda dejar atrás a un dragón que
vuele, y Saphira es demasiado joven para llevarnos a los dos. Además, será más
seguro que nos mantengamos juntos, y a caballo se va más deprisa que a pie.
—Pero eso hará más difícil que alcancemos a los ra'zac
—protestó Eragon—. Montando a Saphira podría encontrarlos en un día o dos, pero
si vamos a caballo tardaremos mucho más tiempo, si es que es posible tomarles
la delantera sobre el terreno.
—Es un riesgo que tendrás que correr —dijo Brom
despacio—, si quieres que te acompañe.
—De acuerdo —refunfuñó después de pensárselo—,
conseguiremos caballos. Pero tendrás que comprarlos; yo no tengo dinero y no
quiero volver a robar. No está bien.
—Eso depende de tu punto de vista —lo corrigió Brom
con un amago de sonrisa—. Antes de lanzarte a esta aventura, recuerda que tus
enemigos, los ra'zac, son los sirvientes del rey y estarán protegidos
dondequiera que vayan. Las leyes no los detienen. Y en las ciudades tendrán
acceso a muchos recursos y a servidores dispuestos a ayudarlos. Ten en cuenta
también que, para Galbatorix, lo más importante es reclutarte o matarte, aunque
todavía no sepa que existes. Cuanto más tiempo logres eludir a los ra'zac, más
desesperado estará el rey porque sabrá que cada día que pase, serás más fuerte
y tendrás más oportunidades de unirte a sus enemigos. Debes tener mucho
cuidado, ya que es muy fácil que pases de cazador a presa. —Eragon, anonadado
por estas contundentes palabras, se quedó pensativo mientras hacía girar una
ramita entre los dedos—. Bueno, basta de charla —dijo Brom—. Es tarde y me
duelen los huesos. Mañana seguiremos hablando.
Eragon asintió y echó más leña al fuego.
Amaneció gris y nublado, y el viento era cortante. Sin
embargo, el bosque estaba en silencio. Tras un ligero desayuno, Brom y Eragon
apagaron el fuego y cargaron sus cosas, preparados para marcharse. Eragon colgó
el arco y el carcaj de un lado de la mochila, de donde le sería fácil cogerlos.
Saphira tenía puesta la silla y debía llevarla hasta
que consiguieran caballos. Eragon le sujetó también a Zar'roc al lomo
porque él no quería llevar excesivo peso. Además, en sus manos, la espada no le
serviría de mucho más que un garrote.
En el claro del zarzal, Eragon se sentía a salvo, pero
fuera de ese lugar avanzaba con cautela. Saphira despegó y sobrevoló en
círculos. El bosque se iba haciendo menos espeso conforme regresaban a la
granja.
«Volveré a ver este lugar —intentó convencerse
mientras miraba la casa destruida—. No es posible que me vaya a un exilio
permanente. Algún día, cuando esté a salvo, volveré...»
Echando los hombros hacia atrás, miró hacia el sur,
hacia donde se extendían territorios bárbaros y desconocidos.
Mientras caminaban, Saphira viró al oeste, en
dirección a las montañas, y se perdió de vista. Eragon se sintió incómodo al
verla alejarse. Ni siquiera ahora que no había nadie podían estar juntos, pues
la dragona debía mantenerse oculta por si se encontraban con algún otro
viajero.
Las huellas de los ra'zac apenas se veían sobre la
nieve, pero a Eragon eso no le preocupaba. Era poco probable que hubieran
abandonado el camino, que era la forma más fácil de salir del valle para
internarse en la espesura. Sin embargo, una vez fuera del valle, el camino se
dividía en varios senderos, lo que les dificultaría saber cuál de ellos habían
tomado los forasteros.
Caminaban en silencio, concentrados en la marcha. Las
piernas de Eragon aún sangraban en los puntos en que se cuarteaban las costras,
de modo que el muchacho empezó a hablar con Brom para olvidar ese malestar.
—¿Qué pueden hacer exactamente los dragones?
—preguntó—. Me dijiste que conocías algunas de sus aptitudes.
Brom rió. El anillo de zafiro centelleaba mientras el
anciano movía las manos.
—Desgraciadamente, sé muy poco comparado con lo que me
gustaría saber. Hace siglos que la gente trata de responder a tu pregunta, así
que ten en cuenta que lo que voy a responderte es, necesariamente, incompleto.
Los dragones siempre han tenido un áurea de misterio, aunque quizá no lo hagan
a propósito.
»Antes de que pueda responder con certeza a tu
pregunta, necesitas unos conocimientos básicos sobre estos animales, porque
resulta desconcertante empezar a tratar a medias un tema tan complejo, sin
comprender las bases en las que se apoya. Así pues, comenzaré por el ciclo
vital de un dragón y, si no te cansa, seguiré con otro tema.
Brom empezó por explicar cómo se apareaban los
dragones y lo que hacía falta para que se incubara el huevo.
—Verás: cuando una dragona pone un huevo, el polluelo
que hay dentro ya está listo para salir del cascarón. Pero espera, a veces
durante años, a que se den las circunstancias adecuadas. Cuando los dragones
vivían en libertad, a menudo la disponibilidad de comida era lo que dictaba
esas circunstancias. Sin embargo, desde que establecieron la alianza con los
elfos, cada año les entregaban a los Jinetes cierta cantidad de huevos, por lo
general, no más de uno o dos de ellos. Esos huevos, o mejor dicho los polluelos
que estaban en su interior, no salían del cascarón hasta que una persona
destinada a ser un Jinete se acercaba a ellos, pero no se sabe cómo lo percibían. La gente solía hacer cola para tocar los
huevos, esperando ser la elegida.
—¿Quieres decir que, tal vez por mi culpa, Saphira
podría no haber salido del cascarón? —preguntó Eragon.
—Si no le hubieras gustado, es muy posible.
El muchacho se sintió muy halagado de que lo hubiera
elegido a él de entre toda la gente de Alagaësía, y le hubiera gustado saber
cuánto tiempo hacía que la dragona esperaba, aunque sintió un escalofrío al
imaginarse a sí mismo encerrado en un huevo, rodeado de oscuridad.
Brom continuó su disertación. Le explicó qué y cuándo
comían los dragones: un dragón, completamente adulto y sedentario, podía pasar
meses sin tomar alimento, pero en la temporada de apareamiento tenían que comer
todas las semanas. También le dijo que algunas plantas los curaban, mientras
que otras les hacían daño, y que había varias maneras de cuidarles las garras y
de limpiarles las escamas.
Asimismo, le explicó las técnicas para defenderse del
ataque de un dragón y qué hacer si uno combatía contra alguno de ellos, ya
fuera a pie, a caballo o montado en otro dragón. Se debía tener en cuenta que
llevaban la barriga protegida, pero las axilas no. Eragon lo interrumpía
constantemente para hacerle preguntas, y Brom parecía complacido. Pasaron las
horas sin que lo notaran mientras conversaban.
A última hora de la tarde llegaron cerca de
Therinsford. Al caer la noche, y mientras buscaban un lugar para acampar,
Eragon preguntó:
—¿A qué Jinete perteneció Zar'roc?
—A un poderoso guerrero —respondió Brom—, muy fuerte y
temido en su época.
—¿Cómo se llamaba?
—No te diré su nombre. —Eragon protestó, pero Brom se
mantuvo firme—. No es que quiera mantenerte en la ignorancia, ni mucho menos,
pero por ahora saber ciertos detalles sólo sería peligroso y te distraería. No
hay razón para que te preocupes de algunas cosas hasta que tengas el tiempo y
el poder suficientes para enfrentarte a ellas. Sólo deseo protegerte de
aquellos que te usarían para el mal.
Eragon lo miró con ferocidad.
—¿Sabes una cosa? Creo que te gusta hablar dando
rodeos. Pues estoy pensando en dejarte, para que no me fastidies más con todo
eso. Si quieres decir algo, dilo de una vez en lugar de estar dando vueltas con
frases vagas.
—Haya paz. Todo se dirá en su momento —dijo Brom en
voz baja.
Eragon refunfuñó, poco convencido.
Finalmente, encontraron un lugar cómodo para pasar la
noche y montaron el campamento. Saphira se unió a ellos cuando la comida estaba
en el fuego.
¿Has tenido tiempo para cazar?—le preguntó Eragon.
Si hubierais ido un poco más despacio, habría tenido
tiempo de hacer un viaje de ida y vuelta cruzando el mar, y no me habría
quedado atrás —resopló la
dragona, divertida.
No tienes por qué ser ofensiva. Además, cuando
tengamos caballos iremos más rápido.
Quizá —replicó lanzando una bocanada de humo—, pero ¿podremos atrapar a los
ra'zac? Nos llevan varios días y muchas leguas de ventaja. Y me temo que
sospechan que los seguimos. ¿Por qué iban a destruir la granja de esa manera
tan espectacular si no querían provocarte para que los persiguieras?
No lo sé —respondió Eragon, confuso.
Saphira se echó al lado del muchacho, y él se apoyó en
la barriga de la dragona acogiendo el calorcillo que le daba. Brom se sentó al
otro lado del fuego y se puso a sacar punta a dos palos largos. De repente, le
lanzó uno de ellos a Eragon por encima de las llamas que crepitaban, y el chico
lo cogió por reflejo mientras el palo giraba.
—¡Defiéndete! —le espetó Brom poniéndose de pie.
Eragon miró el palo que tenía en la mano y vio que
tenía la forma de una tosca espada. ¿Brom quería pelear con él? ¿Acaso creía el
anciano que tenía alguna posibilidad de ganar? «Si el viejo quiere jugar, que así sea, pero si cree que me va a
ganar, menuda sorpresa se llevará.»
Se levantó mientras Brom daba vueltas alrededor del
luego. Durante un instante se quedaron frente a frente, hasta que Brom cargó
blandiendo su palo. Eragon trató de detener el ataque, pero fue demasiado
lento, y dio un grito en el momento en que Brom le asestaba un golpe en las
costillas que lo hizo retroceder a trompicones.
Eragon, sin pensarlo, arremetió, pero Brom esquivó sin
dificultad el golpe. A continuación el chico lanzó una estocada con el palo
hacia la cabeza de Brom, que la desvió en el último momento, y luego intentó
golpearle el costado. El chasquido de las maderas que chocaban entre sí resonó
en el campamento.
—Improvisación... ¡Muy bien! —exclamó Brom brillándole
los ojos.
El brazo del anciano trazó una imprecisa filigrana que
concluyó con una explosión de dolor en la sien de Eragon, que se desplomó,
aturdido, como un saco vacío.
Una salpicadura de agua fría lo despejó, y se
incorporó muerto de rabia. Le zumbaba la cabeza y tenía sangre seca en la cara.
Brom se inclinó hacia él sosteniendo un cazo de nieve derretida.
—No tenías por qué hacer algo así —dijo Eragon,
enfadado, y se puso de pie.
Estaba mareado y aturdido.
—¿Ah, no? —exclamó Brom con gesto de sorpresa—. Un
enemigo auténtico no te dará golpecitos, y yo tampoco. ¿Quieres que te
consienta tu... incompetencia para que estés contento? No me parece buena idea.
—Recogió el palo que Eragon había tirado y se lo tendió—. Y ahora...
¡defiéndete!
Eragon, incrédulo, miró el palo y negó con la cabeza.
—Olvídalo; ya he tenido suficiente.
Se dio la vuelta, pero trastabilló cuando le dieron un
garrotazo en la espalda. Eragon se volvió chillando.
—Jamás des la espalda a un enemigo —le soltó Brom, que
le lanzó el palo y atacó, mientras Eragon retrocedía hasta el fuego ante la
arremetida—. Estira los brazos y mantén las rodillas flexionadas —gritaba Brom.
Continuó dando instrucciones, aunque se detuvo para
enseñarle cómo ejecutar exactamente determinado movimiento.
—Hazlo de nuevo, pero esta vez despacio.
Repitieron los gestos con movimientos exagerados antes
de reemprender la furiosa batalla. Eragon aprendía rápido, pero por mucho que
lo intentaba, no podía rechazar más que unos pocos golpes de Brom.
Cuando acabaron, Eragon se tumbó sobre las mantas
quejándose. Le dolía todo; Brom no había sido muy benévolo con su palo. Saphira
dejó escapar un gruñido prolongado y entrecortado e hizo una mueca con la boca
que dejó a la vista una impresionante hilera de dientes.
¿Qué te pasa? —le preguntó Eragon, irritado.
Nada —respondió ella—, me divierte ver a un mozuelo como tú derrotado por un
viejo.
Y volvió a hacer el mismo ruido. Eragon se puso
colorado al ver que se reía de él y, tratando de conservar cierta dignidad, se
puso de lado y se durmió.
Al día siguiente incluso se sentía peor. Tenía los
brazos cubiertos de moretones y casi no podía moverse del dolor. Brom levantó
la mirada de la papilla de harina que preparaba, y sonrió.
—¿Cómo te sientes?
Eragon soltó un gruñido y devoró el desayuno.
Ya en el camino, apretaron el paso para llegar a
Therinsford antes del mediodía. Al cabo de unos cinco kilómetros el camino se
ensanchaba, y vieron humo a lo lejos.
—Será mejor que le digas a la dragona que se adelante
volando y nos espere al otro lado de Therinsford —dijo Brom—. Ahí debe tener
cuidado, pues de lo contrario la gente la verá.
—¿Por qué no se lo dices tú? —lo desafió Eragon.
—Es de mala educación interferir con el dragón de
otro.
—En Carvahall no pareció importarte.
—Hice lo que tenía que hacer —respondió Brom con un
amago de sonrisa.
Eragon lo miró con recelo, pero le dio las
instrucciones a Saphira.
Tened cuidado —advirtió la dragona—, los siervos del Imperio
pueden ocultarse en cualquier parte.
A medida que los surcos del camino se hacían más
profundos, Eragon distinguió más huellas; las granjas indicaban que se
acercaban a Therinsford, que era un pueblo más grande que Carvahall, pero que
había crecido de manera caótica y cuyas casas se alzaban sin ningún orden.
—¡Menudo caos! —opinó Eragon que no veía el molino de
Dempton.
«Seguramente Baldor y Albriech ya habrán venido a
buscar a Roran», se dijo. De todas formas, no deseaba encontrarse con su primo.
—Es feo, nada más —coincidió Brom.
Entre ellos y el pueblo fluía el río Anora sobre el
que había un sólido puente que lo cruzaba. Al acercarse, un hombre de aspecto
sucio salió de detrás de un arbusto y les bloqueó el camino. Como llevaba una
camisa demasiado corta, le sobresalía la barriga roñosa por encima de un cinto
de cuerda. Tenía los labios partidos, y por ellos asomaban los dientes que se
desmoronaban como lápidas.
—No os podéis detener aquí. Es mi puente, y tenéis que
pagar.
—¿Cuánto? —preguntó Brom con voz de resignación.
Acto seguido sacó una bolsa, y los ojos del guardián
del puente se iluminaron.
—Cinco coronas —respondió el hombre lanzando una
amplia sonrisa.
Eragon se indignó ante lo exorbitante del precio y
empezó a protestar, enfadado. Pero Brom lo hizo callar con una rápida mirada y
le dio las monedas al hombre sin decir palabra.
—... Muchas gracias —dijo el hombre en tono burlón
mientras guardaba las monedas en una bolsa que le colgaba del cinto y se
apartaba.
Brom dio un paso al frente, tropezó y se cogió al
guardián del puente para sostenerse.
—Mira por dónde pisas —le espetó el mugriento
individuo apartándose a un lado.
—Lo siento —dijo Brom, y siguió cruzando el puente
junto a Eragon.
—¿Por qué no has regateado? ¡Te ha robado vilmente!
—exclamó Eragon cuando se alejaron lo suficiente del hombre—. Lo más seguro es
que no sea el dueño del puente, podríamos haberle dado un empujón y pasar
tranquilamente.
—Es muy probable —coincidió Brom.
—Entonces ¿por qué le has pagado?
—Porque no se puede discutir con todos los tontos del
mundo. Es más fácil dejar que se salgan con la suya y después engañarlos cuando
no se lo esperan.
Brom abrió una mano, y un puñado de monedas brilló en
la palma.
—¿Le has cortado la bolsa? —preguntó, incrédulo.
Brom se guardó el dinero y le guiñó un ojo.
—¡Y tenía una buena cantidad! Debería tener más
cuidado y no guardar tantas monedas en un único lugar. —De pronto, escucharon
un grito de angustia en la otra orilla—. Diría que nuestro amigo acaba de darse
cuenta. Si ves algún guardia, avísame. —Cogió por el hombro a un chiquillo que
corría entre las casas y le preguntó—: ¿Sabes dónde podemos comprar caballos?
—El niño los miró dándose importancia y señaló un establo en las afueras de
Therinsford—. Gracias —le dijo Brom, y le lanzó una moneda pequeña.
Las puertas dobles del establo estaban abiertas y
dejaban a la vista dos hileras de caballerizas. La pared del otro extremo
estaba cubierta de sillas de montar, arneses y otros arreos, y al fondo había
un hombre de brazos musculosos, cepillando con fuerza un semental blanco, que
les indicó con la mano que pasaran.
—¡Qué hermoso animal! —dijo Brom mientras se
acercaban.
—Así es. Se llama Nieve de Fuego, y yo, Haberth
—dijo el hombre tendiéndoles una recia mano y estrechándoles con fuerza las
suyas, mientras esperaba educadamente que ellos se presentaran—. ¿Qué deseáis?
—preguntó tras escuchar sus nombres.
—Necesitamos dos caballos y arreos completos para
ambos —respondió Brom—. Queremos que sean rápidos y resistentes para un largo
viaje.
Haberth se quedó pensando un momento.
—No tengo muchos animales de ese tipo y los que poseo
no son baratos.
El semental se movió, nervioso, pero se calmó tras
algunas caricias del dueño.
—El precio no ha de ser un problema. Me llevaré los
mejores que tengáis —dijo Brom.
Haberth asintió en silencio y llevó al semental a una
caballeriza. Luego se acercó a la pared y empezó a descolgar unas sillas y
otros arreos. Al cabo de un rato había preparado dos montones idénticos.
Después se dirigió a las caballerizas y sacó dos caballos: uno era un zaino
claro y el otro un ruano. El zaino tironeaba de la cuerda.
—Éste es un poco arisco, pero con mano firme no
tendréis dificultades con él —dijo Haberth mientras le daba la cuerda a Brom.
Brom dejó que el caballo le olfateara la mano, y el
animal le permitió que le acariciara el cuello.
—Nos lo llevamos —dijo Brom mientras echaba una mirada
al otro—. En cuanto al ruano, no estoy muy seguro.
—Tiene buenas patas.
—Mmm... ¿Cuánto pedís por Nieve de Fuego?
Haberth miró al semental con cariño.
—Preferiría no venderlo; es el mejor caballo que he
criado... Y espero obtener una buena descendencia de él.
—Pero si estuvierais dispuesto a separaros de él,
¿cuánto me costaría cubrir esas expectativas? —preguntó Brom.
Eragon trató de acariciar al zaino como había hecho
Brom, pero el animal se apartó. Inconscientemente, el muchacho se puso en
contacto mental con el caballo para tranquilizarlo y se quedó atónito al ver
que llegaba a la conciencia del animal. No era un contacto claro e intenso como
con Saphira, pero podía comunicarse con el zaino hasta cierto punto. Probó a
hacerle entender que era un amigo, y el caballo se calmó y lo miró con sus ojos
de color castaño claro.
Haberth sumó con los dedos el precio de la compra.
—Doscientas coronas, ni un céntimo menos —dijo con una
sonrisa, seguro de que nadie pagaría tanto.
Brom abrió su bolsa en silencio y contó el dinero.
—¿Alcanza con esto? —preguntó.
Hubo un prolongado silencio mientras Haberth miraba
alternativamente a Nieve de Fuego y las monedas.
—Es vuestro —dijo al fin con un suspiro—, aunque lo
hago a mi pesar.
—Lo trataré bien, como si fuera hijo de Gildintor, el
corcel más espléndido de la leyenda —dijo Brom.
—Vuestras palabras me reconfortan —respondió Haberth
inclinando ligeramente la cabeza. Los ayudó a ensillar los caballos y, una vez
listos, se despidió diciendo—: Adiós. Por el bien de Nieve de Fuego, espero
que ninguna desgracia caiga sobre vosotros.
—No temáis; lo cuidaré bien —le prometió Brom mientras
se marchaban—. Toma —dijo tendiéndole las riendas de Nieve de Fuego a
Eragon—, ve al otro lado de Therinsford y espérame allí.
—¿Por qué? —preguntó Eragon, pero Brom ya se alejaba.
Salió de Therinsford de mal humor con los dos caballos
y se detuvo junto al camino. Observó el brumoso perfil del monte Utgard, que se
alzaba como un monolito gigantesco al final del valle y cuya cumbre perforaba
las nubes y se perdía de vista, elevándose sobre las montañas de menor altura
que lo rodeaban. Su oscuro y tenebroso aspecto le produjo escalofríos a Eragon.
Brom regresó poco después e hizo señas a Eragon de que
lo siguiera. Anduvieron hasta que Therinsford quedó oculto detrás de los
árboles.
—Evidentemente, los ra'zac han pasado por este camino
—afirmó Brom—. Parece ser que se detuvieron aquí para conseguir caballos, igual
que nosotros, pues he encontrado a un hombre que los ha visto y, aunque muy
asustado, me los ha descrito y me ha dicho que salieron de Therinsford al
galope como demonios perseguidos por un santo.
—Por lo visto, causaron profunda impresión en los
aldeanos.
—Sí, sin duda.
Eragon acarició los caballos.
—Cuando estábamos en el establo, me puse en contacto
por casualidad con la mente del zaino. No sabía que fuera posible hacer algo
así.
—Es raro que alguien tan joven como tú tenga esa
aptitud —respondió Brom—. La mayoría de los Jinetes tienen que entrenarse
durante años para lograr el poder suficiente para comunicarse con otra criatura
que no sea su dragón. —Mostró una actitud seria mientras examinaba a Nieve
de Fuego—. Sácalo todo de
tu mochila —dijo al fin—, ponlo en las alforjas y después átale la mochila
encima.
Eragon hizo lo que le pedía, mientras Brom montaba a Nieve
de Fuego.
El muchacho miró indeciso al zaino: era tanto o más
pequeño que Saphira, y por un momento se preguntó si podría aguantar su peso.
Con un suspiro, subió con torpeza a la silla, pues sólo había montado caballos
a pelo y para recorrer distancias cortas.
—¿No me lastimaré las piernas como cuando monté a
Saphira? —le preguntó Eragon a Brom.
—¿Cómo estás ahora?
—Bastante bien, pero creo que un galope intenso
provocará que se me abran otra vez las heridas.
—Iremos despacio —le prometió Brom.
El anciano dio a Eragon algunas indicaciones, y
emprendieron la marcha a paso lento. Poco después el paisaje empezó a cambiar,
a medida que los campos cultivados daban paso a las tierras vírgenes: una
maraña de zarzas y de malas hierbas bordeaba el camino, junto con matas de
rosas trepadoras que se pegaban a la ropa, mientras que unas elevadas rocas se
inclinaban sobre el terreno, como testigos grises de la presencia de hombres y
caballos. Se percibía una sensación desagradable en el ambiente, como de animosidad
contra los intrusos.
En lo alto, y haciéndose más grande a cada paso, se
asomaba el Utgard, que tenía unos escarpados precipicios surcados de cañones,
cubiertos de nieve, y cuya roca de color negro absorbía la luz como una esponja
y oscurecía la zona circundante. Entre el Utgard y la cordillera de montañas
que formaban el lado oriental del valle de Palancar, había una profunda
hendidura, que era el único modo práctico de salir del valle. El camino llevaba
hacia allí.
Los cascos de los caballos repiqueteaban sobre la
grava, y el camino se iba angostando hasta convertirse en una estrecha senda
que bordeaba la base del Utgard. Eragon miró hacia la cumbre que se elevaba por
encima de ellos, y se sorprendió al ver allí una puntiaguda torre. A pesar de
que estaba derruida y descuidada seguía siendo un centinela sobre el valle.
—¿Qué es eso? —preguntó señalándola.
Brom ni siquiera la miró, sino que respondió con
tristeza y amargura:
—Un puesto de avanzada de los Jinetes, uno de los que
han perdurado desde su fundación. Ahí fue donde Vrael se refugió, y donde, por
medio de la traición, Galbatorix lo encontró y lo derrotó. Pero cuando cayó
Vrael, la zona quedó mancillada. El bastión se llamaba Edoc'sil, que quiere
decir «Inconquistable», porque el monte es tan empinado que nadie podía llegar
a la cima como no fuera volando. Tras la muerte de Vrael, el pueblo empezó a
llamarlo Utgard, pero tiene también otro nombre: Ristvak'baen, o sea, «Lugar
de la pena». Y así lo llamaban los últimos Jinetes antes de que el rey los
asesinara.
Eragon miró el monte, sobrecogido. Era un vestigio
tangible de la gloria de los Jinetes, empañada por el implacable paso del
tiempo. Le sorprendió también verificar lo antiguos que eran los Jinetes y
sintió que asumía un legado de tradición y heroísmo que se remontaba hasta
tiempos ancestrales.
Viajaron durante horas alrededor del Utgard, que
formaba una sólida pared a la derecha, cuando entraron en la hondonada que
dividía la cadena de montañas. Eragon se levantó sobre los estribos, pues
estaba impaciente por ver qué había fuera de Palancar, pero aún estaban
demasiado lejos. Durante un trecho, avanzaron por un paso en pendiente que
serpenteaba por la montaña y por el barranco y seguía el curso del río Anora.
Más tarde, cuando ya el sol estaba muy bajo, ascendieron y vieron lo que había
al otro lado de los árboles.
Eragon se quedó helado. En efecto, había montañas,
pero debajo de ellos se extendía una llanura inmensa que se fundía con el cielo
en el lejano horizonte. Se trataba de una planicie de un uniforme color canela,
como el de la hierba marchita, sobre la que unas alargadas aunque tenues nubes,
que los fuertes vientos hacían cambiar de forma, barrían el cielo.
En ese momento comprendió por qué Brom había insistido
en proveerse de caballos. Habrían tardado semanas o meses en cubrir esa vasta
distancia a pie. A lo lejos, vio a Saphira volar en círculos a suficiente
altura para que la confundieran con un pájaro.
—Esperaremos a mañana para iniciar el descenso —dijo
Brom—. Y como nos llevará casi todo el día, deberíamos acampar ahora.
—¿Cuánto se tarda en cruzar esta llanura? —preguntó
Eragon, asombrado.
—De dos o tres días a dos semanas; depende de qué
dirección tomemos. A excepción de las tribus nómadas que deambulan por esta
parte de la planicie, está tan deshabitada como el desierto de Hadarac hacia el
este. Por lo tanto, no vamos a encontrar muchos pueblos. No obstante, más al
sur, las llanuras son menos áridas y están más pobladas.
Salieron del sendero y desmontaron a orillas del río
Anora. Mientras desensillaban los caballos, Brom señaló al zaino.
—Tienes que ponerle un nombre.
Eragon lo pensó mientras ataba el caballo.
—Bueno, no se me ocurre nada tan noble como Nieve
de Fuego, pero quizá éste servirá. —Apoyó la mano sobre el zaino y dijo—: A
partir de ahora te llamarás Cadoc. Era el nombre de mi abuelo, así que
llévalo con dignidad.
Brom estuvo de acuerdo, pero Eragon se sintió un poco
tonto. Cuando Saphira aterrizó, el muchacho le hizo una pregunta:
¿Cómo son las llanuras?
Aburridas; sólo hay conejos y matorrales por todas
partes.
Después de la cena, Brom se puso de pie.
—Cógelo —gritó.
Eragon apenas tuvo tiempo de levantar el brazo y
atrapar el palo antes de que éste le golpeara en la cabeza. El chico dio un
gemido porque adivinó que se trataba de otra espada improvisada.
—No, otra vez no —se quejó.
Brom sonreía y lo llamaba haciéndole señas con la
mano, y Eragon se puso de pie a regañadientes. Giraron en medio de una
confusión de chasquidos de madera, hasta que el muchacho se echó atrás con un
brazo dolorido.
La sesión de entrenamiento duró menos que la primera,
pero aun así fue lo suficientemente larga para que Eragon acumulara una nueva
colección de moretones. Cuando acabó la práctica, tiró el palo, indignado, y se
alejó del fuego para curarse las heridas.
El rugido del trueno y el
destello del relámpago
A la mañana siguiente Eragon no quiso acordarse de
ninguno de los recientes sucesos: le resultaban demasiado dolorosos. En cambio,
centró su energía en pensar cómo podría encontrar y matar a los ra'zac.
«Lo haré con el arco», decidió, y se imaginó el
aspecto que tendrían esos seres, envueltos en sus capas, con flechas clavadas
por todas partes.
El muchacho se mantenía en pie con dificultad, le
dolían los músculos al menor movimiento y tenía un dedo hinchado y caliente.
Una vez que estuvieron preparados para partir, montó a Cadoc.
—Si esto sigue así, me vas a hacer pedazos —le dijo a
Brom con mordacidad.
—No te azuzaría de esta manera si no pensara que eres
lo bastante fuerte.
—Pues por una vez, no me importaría que me
consideraras un poco más débil —murmuró Eragon.
Cadoc se movió nervioso cuando se acercó Saphira, que lo miró con cierta
expresión de disgusto.
En las llanuras no hay dónde esconderse, así que no
voy a molestarme en tratar de que no me vean, y a partir de ahora volaré encima
de vosotros —sentenció la
dragona.
Saphira alzó el vuelo, y ellos comenzaron el empinado
descenso. Como en muchos trozos el sendero desaparecía por completo, se vieron
obligados a abrirse un camino para continuar descendiendo. A veces tenían que
bajar de los caballos, conducirlos mientras ellos iban a pie y cogerse de los
árboles para evitar caerse por la pendiente. El suelo estaba lleno de guijarros
y eso daba lugar a que la marcha fuera traicionera. El esfuerzo y la fatiga los
ponía irritables y les hacía tener calor, a pesar del frío.
Hacia el mediodía, al llegar abajo, pararon para
descansar. El río Anora viraba a la izquierda y seguía su curso hacia el norte.
Un viento implacable barría la llanura y los azotaba sin piedad, y como el
suelo estaba reseco, les entraba polvo en los ojos.
Aquel terreno tan plano ponía nervioso a Eragon, pues
no había montículos ni ondulaciones, y él, que había pasado toda su vida
rodeado de montañas y de colinas, se sentía expuesto y vulnerable sin ellas,
como un ratón bajo el ojo avizor de un águila.
En la llanura, el sendero se dividía en tres. El
primero giraba hacia el norte, en dirección a Ceunon, una de las grandes
ciudades septentrionales; el segundo atravesaba recto la llanura y el último
iba hacia el sur. Examinaron los tres en busca de huellas de los ra'zac hasta
que las encontraron en el que iba directamente a las praderas.
—Parece que han ido a Yazuac —dijo Brom,
desconcertado.
—Y eso ¿dónde está?
—Hacia el este y a cuatro días de camino, si todo va
bien. Es un pueblo pequeño junto al río Ninor. —Señaló en dirección al Anora,
que se alejaba de ellos hacia el norte—. Tendremos que aprovisionarnos de agua
aquí porque no hay más hasta que lleguemos. Llenaremos los odres antes de
emprender la travesía de la llanura. De aquí a Yazuac no hay ninguna laguna ni
ningún arroyo.
El entusiasmo de la persecución empezaba a surgir en
Eragon. En pocos días, quizá en menos de una semana, podría usar sus flechas
para vengar la muerte de Garrow. Y después... pero no quería pensar en lo que
pasaría después.
Llenaron los odres de agua, dieron de beber a los
caballos y ellos bebieron también toda el agua del río que pudieron. Saphira
los acompañó y tomó unos tragos de agua.
Con nuevas fuerzas, giraron hacia el este y
emprendieron el cruce de la llanura.
Eragon pensó que era el viento lo que lo volvía loco.
Todo lo que le fastidiaba —los labios cortados, la boca reseca y los ojos
irritados— tenía que ver con el viento, pues las incesantes ráfagas lo
persiguieron a lo largo del día. Al atardecer el viento sopló con mayor fuerza
en lugar de amainar.
Como no había refugio alguno, se vieron obligados a
acampar al raso. Eragon encontró unos matorrales, plantas fuertes y chaparras
que crecían en esas duras condiciones, y los arrancó. Los apiló cuidadosamente
y trató de prenderles fuego, pero los leñosos tallos sólo se ahumaban y echaban
un olor acre.
—No consigo encenderlos con este maldito viento. —Le
arrojó, frustrado, las yescas a Brom—. A ver si tú puedes; si no, la cena
tendrá que ser fría.
Brom se arrodilló junto a la maleza y la examinó con
seriedad. Volvió a colocar algunas ramas y frotó las yescas de las que saltó
una cascada de chispas sobre las plantas. Se produjo humo, pero nada más. El
anciano frunció el entrecejo y volvió a intentarlo, pero no tuvo más suerte que
Eragon.
—¡Brisingr! —exclamó, enfadado, y frotó otra vez el pedernal. Las
llamas surgieron de repente, y el hombre dio un paso atrás con expresión
complacida—. Ahora sí; seguramente había brasas dentro.
Practicaron con las falsas espadas mientras se hacía
la comida. Ambos acusaban la fatiga, por lo que la sesión fue breve. Después de
cenar, se tumbaron junto a Saphira y se durmieron, agradecidos del cobijo que
ésta les daba.
El mismo viento frío, que barría las espantosas
llanuras, los recibió por la mañana. A Eragon se le habían agrietado aún más
los labios durante la noche, de modo que cada vez que reía o hablaba se le
llenaban de gotas de sangre, y si se los chupaba, sólo los empeoraba. Lo mismo
le pasaba a Brom. Antes de montar, dieron de beber profusamente a los caballos
de la reserva de agua que llevaban. El día se convirtió en una incesante y
laboriosa caminata.
Al tercer día, el hecho de despertarse descansado y
que el viento hubiera parado fueron dos cosas que le pusieron a Eragon de muy
buen humor, pero sólo le duró hasta ver los nubarrones que oscurecían el cielo
ante ellos.
Brom miró las nubes e hizo una mueca.
—En otra situación no me dirigiría hacia una tormenta
como ésa, pero ahora, hagamos lo que hagamos, ya la tenemos encima, así que
será mejor que avancemos un poco.
El día aún estaba sereno cuando llegaron al frente de
tormenta. Cuando estuvieron bajo su sombra, Eragon miró hacia arriba: la nube
de tormenta tenía una estructura rara, pues parecía una catedral natural con un
enorme techo abovedado. Con un poco de imaginación, se podían ver columnas,
vitrales, gradas que se elevaban, intrincadas gárgolas... y todo ello de una
belleza salvaje.
En el momento en que el muchacho bajaba la mirada, una
ola gigante se abalanzó sobre ellos y aplastó la hierba. Eragon tardó sólo un
segundo en comprender que la ola era una tremenda ráfaga de viento. Brom
también la vio, y ambos se encorvaron para hacer frente a la tormenta.
El vendaval estaba casi sobre ellos cuando Eragon tuvo
un presentimiento horrible y se movió inquieto en su silla, gritando tanto con
la voz como con la mente:
—¡Saphira, aterriza!
Brom se puso pálido. En lo alto, vieron a la dragona
que se dirigía precipitadamente hacia el suelo.
«¡No lo conseguirá!»
Saphira giró hacia el camino por el que ellos
avanzaban para ganar tiempo, pero mientras la observaban, la cólera de la
tormenta los golpeó como un martillazo. Eragon luchó por respirar y se agarró a
la silla al tiempo que el aullido frenético del viento le estallaba en los
oídos. Cadoc, con las
crines alborotadas, se tambaleó y clavó los cascos en tierra. El viento les
desgarraba las ropas como si tuviera dedos invisibles mientras el ambiente se
oscurecía con nubes cargadas de polvo.
Eragon entrecerró los ojos intentando divisar a
Saphira y la vio aterrizar pesadamente y agacharse aferrándose al terreno con
las garras. El viento la alcanzó en el preciso instante en que empezaba a
plegar las alas, se las desplegó de un tirón y la arrastró por el aire. Durante
un momento, Saphira se quedó allí suspendida por el ímpetu de la tormenta, que
volvió a tirarla al suelo de espaldas.
Eragon tironeó salvajemente de Cadoc para que
diera la vuelta y galopó de vuelta al sendero, espoleando al animal con los
estribos y con la mente.
—¡Saphira! —gritó—. ¡Intenta quedarte ahí; ahora voy!
Percibió una oscura respuesta de la dragona. Al
acercarse a Saphira, Cadoc se paró en seco, por lo que Eragon saltó y
corrió hacia ella.
El arco le golpeaba la cabeza y una fuerte ráfaga le
hizo perder el equilibrio y se estrelló boca abajo. Derrapó, aunque volvió a
ponerse de pie con un gruñido sin hacer caso de los profundos raspones que se
había hecho.
Saphira estaba sólo a tres metros de distancia, pero
él no podía acercarse porque la dragona estaba batiendo las alas, pues se
esforzaba por plegarlas a pesar del poderoso vendaval. Eragon se precipitó
hacia el ala derecha con intención de bajársela, mas el viento golpeó de pleno
a Saphira que dio una voltereta sobre el muchacho. Las púas del espinazo
pasaron rozando la cabeza de Eragon, y Saphira se cogió con las garras al suelo
tratando de mantenerse firme.
Otra vez empezaron a levantársele las alas, pero antes
de que éstas movieran de un tirón a la dragona, Eragon se arrojó sobre el ala
izquierda. El ala se plegó por las articulaciones, y Saphira la apretó contra
el cuerpo. El muchacho saltó por encima del lomo y cayó sobre la otra ala que,
inesperadamente, se levantó a causa del viento y lo hizo caer al suelo. El
chico amortiguó el golpe con una voltereta, saltó y volvió a sujetar el ala.
Saphira empezó a plegarla mientras él apretaba con todas sus fuerzas. El viento
forcejeó con ellos durante un segundo, pero con un último impulso lo vencieron.
Eragon, jadeando, se apoyó contra la dragona.
¿Estás bien?
Notaba que Saphira temblaba.
Ella tardó un rato en contestar.
Sí… sí, creo que sí. —Parecía conmocionada—. No me he roto ningún
hueso... No podía hacer nada, el viento no me dejaba. Me sentía tan
indefensa...
Y se quedó callada temblando todavía.
Tranquila, ya estás a salvo —la calmó mirándola preocupado.
El muchacho vio a Cadoc a lo lejos, de espaldas
al viento, y le dio instrucciones mentales para que volviera donde estaba Brom.
Montó entonces a Saphira, que se arrastró por el camino contra el vendaval
llevando a Eragon cogido con fuerza del lomo mientras mantenía la cabeza agachada.
Al acercarse a Brom, éste le gritó a pesar del ruido
de la tormenta:
—¿Se ha hecho daño?
Eragon hizo un gesto negativo y desmontó. Cadoc trotó
hacia él relinchando, y mientras el muchacho le acariciaba el cuello, Brom
señaló una cortina de lluvia ondulante y gris que se dirigía hacia ellos.
—¡Lo que faltaba! —exclamó Eragon, y se arrebujó en la
ropa e hizo una mueca de disgusto al tiempo que la tromba de agua los
alcanzaba.
El aguijoneo de la lluvia era frío como el hielo y, al
cabo de un instante, estaban empapados y temblaban.
Aparecía y desaparecía el resplandor de los relámpagos
que perforaban el cielo: unos larguísimos rayos azules cruzaban el horizonte
seguidos de truenos que sacudían la tierra. Era hermoso pero peligroso. Los
rayos incendiaban por doquier la hierba reseca, aunque la lluvia la apagaba
inmediatamente.
La ferocidad de los elementos tardó en aplacarse, pero
a medida que pasaba el día se fue alejando hacia otro lugar, y una vez más el
cielo se despejó y el sol crepuscular brilló esplendoroso. Mientras los rayos
de luz teñían las nubes de deslumbrantes colores, todo adquirió un contraste
definido: unas zonas estaban muy iluminadas y otras en profundas sombras; los
objetos parecían una masa compacta; los tallos de la hierba eran como sólidas
columnas de mármol y las cosas más vulgares adquirían una belleza sobrenatural.
Eragon se sintió como si estuviera sentado dentro de un cuadro.
La tierra rejuvenecida olía a fresco, despejaba la
mente de los viajeros y les reconfortaba el ánimo. Saphira se desperezó, estiró
el cuello y rugió feliz, aunque los caballos se alejaron de ella, asustados,
pero Eragon y Brom sonrieron ante la euforia de la dragona.
Antes de que oscureciera, se detuvieron para pasar la
noche en una hondonada poco profunda, y como estaban demasiado cansados para
luchar, se fueron a dormir directamente.
Aunque habían conseguido volver a llenar parcialmente
los odres de agua durante la tormenta, aquella mañana bebieron las últimas
reservas del preciado líquido.
—Espero que vayamos en la dirección correcta —comentó
Eragon estrujando el odre vacío—, porque nos veremos en apuros si no llegamos
hoy a Yazuac.
—Ya he hecho este camino antes —contestó Brom, que no
parecía preocupado—. Tendremos Yazuac a la vista antes de que anochezca.
—Quizá veas algo que no veo yo —contestó Eragon
soltando una carcajada de duda—. ¿Cómo puedes saberlo si todo tiene el mismo
aspecto en leguas a la redonda?
—Porque no me guío por el terreno, sino por las
estrellas y por el sol, que no dejan que uno se extravíe. ¡Vamos, vamos! Es una
tontería afligirse sin motivos. Yazuac estará allí, ya lo verás.
Sus palabras eran ciertas. Saphira fue la primera que
vio el pueblo, pero no fue hasta más tarde que Brom y Eragon, lo distinguieron
como un bulto oscuro sobre el horizonte. Yazuac aún estaba muy lejos, y sólo se
veía gracias a que la llanura era uniformemente plana. A medida que se
acercaban, se hizo visible una línea serpenteante a ambos lados del pueblo que
desaparecía a lo lejos.
—El río Ninor —dijo Brom señalándolo.
Eragon detuvo a Cadoc.
—Si Saphira se queda con nosotros más tiempo, la
verán. ¿Tendría que ocultarse mientras estamos en Yazuac?
Brom se rascó la barbilla y miró hacia el pueblo.
—¿Ves ese recodo del río? Dile que espere allí. Está
lo bastante lejos de Yazuac para que nadie la encuentre, pero lo
suficientemente cerca para que no se quede atrás. Nosotros iremos al pueblo,
buscaremos lo que necesitamos y luego nos reuniremos con ella.
No me gusta —dijo Saphira cuando Eragon le explicó el plan—. Me
molesta tener que esconderme siempre como una delincuente.
Sabes muy bien lo que pasaría si nos descubrieran.
La dragona rezongó, pero cedió y voló bajo hasta el
lugar.
Ellos, por su parte, apretaron el paso, ansiosos por
la comida y la bebida que pronto disfrutarían. A medida que se acercaban a las
pequeñas casas, observaron el humo que salía de algunas chimeneas, pero en las
calles no había nadie. Un silencio anormal se cernía sobre el pueblo. Por
acuerdo tácito, se detuvieron delante de la primera casa.
—No hay ningún perro que ladre —dijo Eragon de pronto.
—No.
—Aunque eso no significa nada.
—No...
—A estas alturas alguien tendría que habernos visto
—comentó Eragon después de una pausa.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no sale nadie?
—Quizá tienen miedo —respondió Brom entrecerrando los
ojos al mirar al sol.
—Es posible —dijo Eragon, y se quedó callado un
momento—. ¿Y si es una trampa? Tal vez los ra'zac nos estén esperando.
—Necesitamos agua y provisiones.
—Tenemos el río Ninor.
—Pero seguimos necesitando provisiones.
—Es cierto. —Eragon miró a su alrededor—. ¿Qué?
¿Entramos?
Brom sacudió las riendas.
—Sí, pero no seamos tontos. Ésta es la entrada
principal de Yazuac, y si nos tienden una emboscada, será aquí; sin embargo,
nadie nos esperará si llegamos por otro camino.
—¿Vamos por ese lado? —preguntó Eragon.
Brom asintió y sacó la espada, que apoyó sobre la
silla. Eragon sacó también el arco y le colocó una flecha.
Trotaron despacio dando un rodeo al pueblo, y entraron
en él con cautela. Las calles estaban vacías, con la excepción de un pequeño
zorro que salió disparado en cuanto se acercaron, y las casas, que tenían los
postigos de las ventanas cerrados, estaban a oscuras y no presagiaban nada
bueno. Muchas puertas se balanceaban sobre bisagras rotas. Los caballos miraban
de aquí para allá, nerviosos, y a Eragon le picaba la palma, pero se aguantó la
necesidad de rascarse. Cuando entraron en el centro del pueblo, apretó su arco
con fuerza y se quedó pálido.
—Por todos los dioses —murmuró.
Una montaña de cuerpos se alzaba delante de ellos,
inmóviles cadáveres con muecas de dolor. La ropa que llevaban y la tierra
revuelta a su alrededor estaban empapadas de sangre. Los hombres asesinados
yacían sobre las mujeres a las que habían tratado de proteger, las madres aún llevaban
a sus hijos en brazos, y los amantes que habían intentado escudarse mutuamente
descansaban en el frío abrazo de la muerte. Todos los cuerpos tenían clavadas
flechas negras. No había supervivientes: ni jóvenes ni viejos. Pero lo peor de
todo era la terrible lanza que coronaba la cima de esa montaña con el cuerpo de
un bebé atravesado.
Las lágrimas nublaron la vista de Eragon, que intentó
apartar la mirada, pero el rostro inerte de los muertos atraía su atención.
Miraba los ojos abiertos de aquella gente y se preguntaba cómo era posible que
la vida se extinguiera con tanta facilidad. «¿Qué significa nuestra existencia
si la vida puede acabar así?» Una oleada de desesperación se apoderó de él.
Un cuervo descendió del cielo, como una sombra negra, y se encaramó a la lanza. Ladeó la cabeza mientras miraba con avidez el
cadáver del bebé.
—¡No, eso no! —gruñó Eragon, mientras tensaba la
cuerda del arco y la soltaba produciendo el sonido característico.
El pájaro cayó hacia atrás con la flecha clavada en el
pecho y un revuelo de plumas. Eragon colocó otra flecha en la cuerda, pero
sintió una náusea que le subía del estómago y lo obligó a vomitar a un lado de Cadoc.
Brom le dio una palmada en la espalda.
—¿Quieres esperarme fuera de Yazuac? —le preguntó con
amabilidad cuando Eragon se hubo recuperado.
—No... me quedaré —respondió, tembloroso, y se secó la
boca al tiempo que evitaba mirar el atroz espectáculo que tenía delante—.
¿Quién ha podido...?
Pero no le salían las palabras.
—Los que disfrutan con el dolor y con el sufrimiento
ajeno —repuso Brom bajando la cabeza—. Tienen muchas caras y disfraces, pero
sólo hay un nombre para ellos: el mal. No es posible entenderlo, y sólo podemos
apiadarnos y honrar a las víctimas.
Bajó de Nieve de Fuego, dio una vuelta e inspeccionó con atención la tierra pisoteada.
—Los ra'zac han pasado por aquí —dijo despacio—, pero
esto no es obra suya. Lo han hecho los úrgalos: la lanza es la prueba de que
han sido ellos. Una compañía, unos cien quizá, ha estado en este pueblo, pero
es extraño porque sólo sé de unos pocos casos en los que se han reunido en
semejante... —Se arrodilló y examinó una huella con mucho cuidado y, lanzando
una maldición, corrió hasta Nieve de Fuego y saltó sobre el caballo—.
¡Al galope! —soltó con los dientes apretados mientras espoleaba al caballo—.
¡Todavía hay úrgalos en este lugar!
Eragon apretó los estribos contra Cadoc, y el caballo salió a todo galope
tras Nieve de Fuego. Pasaron
precipitadamente junto a las casas, y casi al final del pueblo, a Eragon volvió
a picarle la palma de la mano. Entonces el muchacho vio un movimiento fugaz a
su derecha, y a continuación un puño gigante se estrelló contra él y lo tiró de
la silla. Salió disparado del caballo y se estrelló contra una pared, sin
soltar el arco sólo por instinto. Jadeante y aturdido, se levantó
tambaleándose, mientras se apretaba un costado con una mano.
Tenía delante de él a un úrgalo con una mirada asesina
dibujada en la cara. El monstruo era alto, grueso y más ancho que una puerta,
de piel gris y amarillentos ojos porcinos; los músculos le sobresalían de los
brazos y del pecho, y este último estaba cubierto con un peto demasiado
pequeño; llevaba un casco de hierro sobre un par de cuernos de carnero, que le
salían en forma de círculo desde las sienes, y un escudo redondo en el brazo,
mientras que la imponente mano sostenía una espada corta y temible.
Eragon vio detrás de él a Brom que tiraba de las
riendas de Nieve de Fuego y retrocedía, pero la aparición de otro
úrgalo, provisto de un hacha, lo detuvo.
—¡Huye, no seas tonto! —gritó Brom a Eragon mientras
atacaba a su enemigo.
El úrgalo que Eragon tenía delante rugió y blandió la
espada con fuerza. El muchacho se echó atrás con un grito de susto mientras el
arma le pasaba silbando junto a la mejilla, se dio la vuelta y echó a correr
hacia el centro de Yazuac con el corazón palpitándole de manera salvaje.
El úrgalo fue tras él, y el sonido de sus pesadas
botas resonó por el camino. Eragon lanzó un grito desesperado para pedir ayuda
a Saphira y puso todo su empeño en ir aún más rápido, pero el úrgalo, que
enseñaba unos colmillos enormes entre los cuales parecía que se escapaba un
aullido silencioso, ganaba cada vez más terreno a pesar de los esfuerzos del
muchacho. Eragon, que ya tenía al úrgalo casi sobre él, colocó una flecha, se
detuvo, apuntó y disparó. El monstruo levantó el brazo y la rechazó con el escudo,
y antes de que Eragon pudiera volver a dispararle, chocó con el muchacho y
cayeron al suelo con los cuerpos entrelazados en un confuso revoltijo.
Eragon se puso de pie de un salto y corrió hacia Brom,
que intercambiaba feroces golpes con su oponente desde lo alto de Nieve de
Fuego.
«Dónde está el resto de los úrgalos? —se preguntó el
muchacho, desesperado—. ¿Estos dos son los únicos que quedan en Yazuac?»
De pronto, se oyó un sonoro chasquido, y Nieve de
Fuego retrocedió relinchando al mismo tiempo que Brom se doblaba sobre la
silla y le empezaba a salir sangre a borbotones del brazo. El úrgalo que tenía
al lado lanzó un aullido de triunfo y levantó el hacha para asestar el golpe
mortal.
Eragon lanzó un grito ensordecedor mientras arremetía
contra el úrgalo, que se detuvo asombrado y lo miró con desprecio blandiendo el
hacha. El chico agachó la cabeza para esquivar los dos hachazos, pero arañó al
úrgalo en un costado y le dejó surcos sanguinolentos. El úrgalo, furioso, hizo
una mueca y le lanzó otro golpe, que Eragon evitó echándose a un lado para
después huir a trompicones por un callejón, pues su intención era alejar a los
úrgalos de Brom.
Se metió en un estrecho pasaje entre dos casas, y al
darse cuenta de que no tenía salida, se detuvo. Entonces trató de volver sobre
sus pasos, pero vio que los úrgalos bloqueaban la entrada y avanzaban hacia él
echando maldiciones en su característico tono cascajoso. Eragon giraba la
cabeza de un lado a otro en busca de una salida, pero no había ninguna.
Mientras plantaba cara a los úrgalos, una sucesión de
imágenes le cruzó por la mente: los aldeanos muertos, apilados alrededor de la
lanza, y el inocente bebé que nunca se convertiría en adulto. Al pensar en el
terrible destino de esas personas, un poder feroz y ardiente le empezó a bullir
en cada parte del cuerpo. Era mucho más que el deseo de justicia: era su ser
entero que se rebelaba contra el hecho de la muerte... contra el hecho de dejar
de existir. El poder se hacía cada vez más fuerte hasta que se sintió preparado
para dar rienda suelta a su fuerza contenida.
Se irguió y se puso tenso sin miedo alguno mientras
levantaba tranquilamente el arco. Los úrgalos se reían mientras se protegían
con los escudos. Eragon estiró la cuerda como había hecho cientos de veces y
alineó la punta de la flecha con el blanco. La energía que tenía dentro le
quemaba, y tenía que liberarla porque de lo contrario lo consumiría. De pronto,
una palabra acudió espontáneamente a sus labios, y disparó gritando:
—¡Brisingr!
La flecha silbó por el aire con un chisporroteo de luz
azul y se clavó en la frente del primer úrgalo. En ese momento resonó una
explosión. Un estallido azul destrozó la cabeza del monstruo y mató
instantáneamente al otro ser. La onda expansiva alcanzó a Eragon sin darle
tiempo a reaccionar, pero pasó a través de él sin hacerle daño y se disipó
contra las casas.
Eragon se quedó inmóvil, jadeante, y se miró la palma
de la mano que estaba helada: la gedwey ignasia brillaba como metal al
rojo vivo pero, mientras la observaba, volvió a la normalidad. El muchacho
movió el puño y notó que una oleada de agotamiento lo recorría por completo, al
mismo tiempo que se sentía extraño y débil, como si hiciera días que no comía.
Le temblaban las rodillas y tuvo que apoyarse contra una pared.
Cuando recuperó un mínimo de fuerzas, Eragon salió
tambaleándose del callejón esquivando a los monstruos muertos. No había andado
mucho cuando Cadoc se le acercó al trote.
—Qué bien, no estás herido —murmuró el chico.
Notó, sin darle mucha importancia, que las manos le
temblaban violentamente y que se movía con torpeza. Pero además se sentía
desligado del entorno, como si todo lo que viera le estuviera sucediendo a otra
persona.
Encontró a Nieve de Fuego con los orificios
nasales dilatados y las orejas aplastadas contra la cabeza, haciendo cabriolas
junto a una casa, a punto de desbocarse mientras Brom seguía desplomado,
inmóvil sobre la silla del caballo. Eragon conectó con la mente del caballo y
lo tranquilizó. Una vez calmado el animal, se acercó a Brom.
Tenía una herida muy larga en el brazo derecho que
sangraba con profusión, pero no era ancha ni profunda. A pesar de todo, Eragon
sabía que debía vendársela antes de que el anciano perdiera demasiada sangre.
Acarició a Nieve de Fuego durante un momento y bajó a Brom de la silla,
pero pesaba demasiado para él, por lo que Brom cayó pesadamente al suelo.
Eragon se asombró de su propia debilidad.
Un grito de rabia le resonó en la cabeza: Saphira bajó
en picado del cielo y aterrizó con violencia delante de él manteniendo las alas
semiabiertas. Bufaba enojada, tenía ojos de furia y daba coletazos.
¿Estás herido? —le preguntó.
La ira bullía en la voz de la dragona.
No —la tranquilizó el muchacho mientras colocaba a
Brom de espaldas.
¿Quién ha hecho esto? ¡Los haré pedazos! —aulló.
No hace falta; ya están muertos —respondió Eragon señalando con cansancio el callejón.
¿Los has matado tú?
Saphira parecía sorprendida.
Más o menos —asintió Eragon.
En pocas palabras le explicó lo sucedido mientras
buscaba en las alforjas las telas con las que estaba envuelta Zar'roc.
Te has hecho mayor —comentó Saphira, muy seria.
Eragon soltó un refunfuño. Enseguida encontró un trozo
de tela largo y arremangó a Brom con cuidado. Con movimientos secos sacudió la
tela, y después puso a Brom un apretado vendaje en el brazo.
¡Ojalá estuviera en el valle de Palancar! —le dijo a Saphira—. Allí, por lo menos, conocía
las plantas medicinales, pero aquí no tengo ni idea de las que sirven.
Recogió la espada de Brom del suelo, la limpió y
volvió a ponerla en la funda que el anciano tenía en el cinturón.
Debemos irnos —dijo Saphira—, puede haber más úrgalos merodeando
por aquí.
¿Puedes llevar a Brom? Tu silla lo mantendrá sujeto, y
lo protegerás.
Sí, pero no voy a dejarte solo.
De acuerdo, vuela cerca de mí. ¡Salgamos de aquí de
inmediato!
Ató la silla a Saphira, cogió a Brom por debajo de los
brazos y trató de levantarlo, pero sus menguadas fuerzas volvieron a fallarle.
Saphira... ayúdame.
La dragona metió la cabeza por debajo de Brom y lo
cogió por la espalda sujetándole la ropa con los dientes. Luego arqueó la
cabeza, levantó al anciano, como haría una gata con una cría, y se lo depositó
sobre el lomo. A continuación Eragon pasó las piernas de Brom entre las correas
y las ató, pero en ese momento levantó la vista, ya que el
anciano gimió y se movió.
Brom parpadeó con ojos legañosos y se llevó la mano a
la cabeza. Luego miró a Eragon con preocupación.
—¿Ha llegado a tiempo Saphira?
—Te lo explicaré más tarde —contestó asintiendo—.
Tienes el brazo herido, y te lo he vendado lo mejor que he podido, pero
necesitamos encontrar un sitio seguro para que descanses.
—Sí —dijo Brom tocándose el brazo con cuidado—. ¿Sabes
dónde está mi espada? ¡Ah, ya veo! La has encontrado.
Eragon acabó de atar las cinchas.
—Saphira va a llevarte, y me seguirá por el aire.
—¿Estás seguro de que quieres que la monte? —preguntó
Brom—. Puedo ir en Nieve de Fuego.
—Con ese brazo, no. De esta forma, aunque te desmayes,
no te caerás.
—De acuerdo. Es un honor para mí.
Se cogió con el brazo sano al cuello de Saphira, y
ésta alzó el vuelo de golpe y se elevó hacia el cielo. Eragon retrocedió,
impulsado por el remolino que producían las alas, y volvió a donde estaban los
caballos.
Ató a Nieve de Fuego detrás de Cadoc, y salieron de Yazuac. Regresaron al
sendero y enfilaron hacia el sur. El camino, a cuyos lados crecían helechos,
musgos y pequeños arbustos, discurría por una zona rocosa, giraba a la
izquierda y continuaba junto a la orilla del río Ninor. Bajo los árboles hacía
una temperatura agradablemente fresca, pero Eragon no dejó que esa placidez lo
arrullara y provocara que se sintiera seguro. Cuando se detuvo un momento para
llenar los odres y para que los caballos bebieran, echó un vistazo al camino y
vio el rastro de los ra'zac.
«Por lo menos vamos en la dirección correcta.»
Saphira sobrevolaba en círculos sin perderlo de vista.
Le preocupaba que tan sólo hubieran visto a dos
úrgalos, puesto que tenía que haber sido una numerosa horda la que había
asesinado a los aldeanos y había saqueado Yazuac, pero ¿dónde estaba?
«Quizá los dos monstruos que encontramos eran la
retaguardia o una trampa por si a alguien se le ocurría seguir al grueso de la
tropa.»
Después recordó cómo había matado a los úrgalos, y,
poco a poco, una idea, una revelación, cobró vida en la mente del muchacho: él,
Eragon, un joven campesino del valle de Palancar, había hecho servir la
magia... ¡La magia! Era la única palabra que se podía atribuir a lo que había
pasado. Parecía imposible, pero no podía negar lo que había visto. «¡De alguna
forma me he convertido en mago o en brujo!» Pero no sabía cómo volver a usar
ese nuevo poder ni qué límites o peligros tenía. «¿Cómo es posible que posea
esa aptitud? ¿Era común entre los Jinetes? Y si Brom lo sabía, ¿por qué no me
lo ha dicho?» Movió la cabeza, maravillado y perplejo a la vez.
Acto seguido, conversó con Saphira para saber cómo se
encontraba Brom y para explicarle a la dragona lo que pensaba. Saphira estaba
tan desconcertada como él sobre la magia de Eragon.
Saphira, ¿por qué no buscas un lugar para que nos
paremos? Desde aquí no veo mucho más allá.
Mientras la dragona buscaba un sitio, él siguió su
marcha junto al río.
El aviso le llegó cuando empezaba a oscurecer.
Ven.
Saphira le mandó la imagen de un claro escondido entre
los árboles junto al río. Eragon hizo girar a los caballos hacia la nueva
dirección y los puso al trote. Con la ayuda de Saphira, le resultó fácil
encontrar el lugar, pero estaba tan bien oculto que dudaba que alguien más
fuera capaz de verlo.
Un pequeño fuego que no despedía humo ya estaba
encendido cuando Eragon llegó. Brom, sentado junto a él, se cuidaba el brazo
que lo tenía en una incómoda posición, y Saphira estaba echada al lado del anciano, pero mantenía el cuerpo en
tensión. Al ver a Eragon, lo miró fijamente y le preguntó: ¿Seguro que no
estás herido?
No, por lo menos por fuera... del resto no estoy muy
seguro.
Tendría que haber llegado antes.
No te culpes. Hoy todos hemos cometido errores. El mío
fue no estar más cerca de ti.
Eragon percibió la gratitud de la dragona por el
comentario.
—¿Cómo estás? —le preguntó a Brom.
—Es un arañazo grande y me duele mucho —respondió el
anciano mirándose el brazo—, pero se curará bastante rápido. Aunque necesito un
vendaje nuevo porque éste no ha durado tanto como esperaba. —Hirvieron agua
para lavar la herida, y luego el mismo Brom se la vendó con un trozo de tela—.
Tengo que comer algo —dijo—, y tú también pareces hambriento. Primero
preparemos la comida; luego hablaremos.
Después de llenar el estómago y de haberse calentado
con el fuego, Brom encendió su pipa.
—Bueno, creo que ha llegado el momento de que me
cuentes qué sucedió mientras yo estaba inconsciente. Tengo una gran curiosidad.
La faz de Brom reflejaba el baile de las llamas y las
pobladas cejas le sobresalían mucho.
Eragon entrecruzó las manos, nervioso, y contó la
historia sin alardear. Brom permaneció en silencio durante el relato, con
rostro inescrutable. Cuando Eragon acabó, el anciano bajó la mirada, y durante
un largo rato, lo único que se oyó fue el crepitar del fuego hasta que por fin
Brom reaccionó.
—¿Has usado ese poder anteriormente?
—No. ¿Sabes algo de él?
—Un poco. —El anciano se quedó pensativo—. Creo que
estoy en deuda contigo porque me has salvado la vida, y espero que pueda
pagártela un día con algún favor. Tendrías que estar orgulloso, pues muy pocos
escapan intactos después de matar a su primer úrgalo. Pero la manera en que lo
has hecho es muy peligrosa: podrías haber destruido todo el pueblo y
aniquilarte a ti mismo.
—No tenía alternativa —se defendió Eragon—. Los
úrgalos estaban casi sobre mí. ¡Si hubiera esperado, me habrían cortado en
pedazos!
Brom mordió la pipa con fuerza.
—No tenías ni idea de lo que hacías.
—Explícamelo, entonces —lo desafió Eragon—. He
intentado buscar respuestas a este misterio, pero no consigo sacar nada en
claro. ¿Qué pasó? ¿Cómo es posible que me haya servido de la magia? Nadie me ha
enseñado jamás ninguna fórmula ni ningún hechizo.
—¡No es algo que debas saber... y mucho menos usar!
—le contestó Brom con una mirada fulgurante.
—Pues lo he hecho, y quizá deba volver a utilizarla
para luchar. Pero no podré hacerlo si no me ayudas. ¿Qué tiene de malo? ¿Hay
algún secreto que no debo saber hasta que sea viejo y sabio? ¡O a lo mejor es
que tú no sabes nada de magia!
—¡Muchacho! —rugió Brom—. Exiges respuestas con una
insolencia nunca vista. Si supieras lo que estás pidiendo, no me acosarías con
preguntas. No me provoques. —Se calló y, después de tranquilizarse, el
semblante de Brom se tornó más benévolo—. El conocimiento que deseas tener es
mucho más complejo que tu entendimiento.
Eragon, enfadado, se puso de pie en señal de protesta.
—Me siento como si me hubieran empujado a un mundo con
extrañas reglas que nadie me explica.
—Lo comprendo —dijo Brom mientras jugueteaba con una
hierba—. Es tarde y debemos dormir, pero antes te diré algunas cosas para que
dejes de atormentarte: esta magia, porque se trata de magia, tiene reglas como
cualquier cosa en el mundo, pero si las rompes, el castigo es, sin remedio, la
muerte. Tus acciones están limitadas por tu fuerza, por las palabras que sabes
y por tu imaginación.
—¿A qué te refieres al decir «palabras»?
—¡Más preguntas! —exclamó Brom—. Por un momento confié
en que se te habrían acabado, pero tienes razón en preguntar. Cuando disparaste
a los úrgalos, dijiste algo, ¿verdad?
—Sí, brisingr.
El fuego se avivó, y un escalofrío recorrió a Eragon.
Había algo en esa palabra que lo hacía sentirse increíblemente vivo.
—Lo que me imaginaba: brisingr proviene de un
antiguo idioma que solían hablar todos los seres vivos. Sin embargo, con el
tiempo fue olvidado y dejó de emplearse durante millones de años en Alagaësía,
hasta que los elfos lo volvieron a traer cuando vinieron por mar. Se lo
enseñaron a las otras razas, que lo utilizaron para hacer cosas poderosas. Ese
idioma tiene un nombre para cada cosa, siempre y cuando uno lo sepa.
—Pero ¿qué tiene que ver con la magia? —interrumpió
Eragon.
—¡Todo! Es la base de todo el poder. Es un idioma que
describe la auténtica naturaleza de las cosas y no el aspecto superficial que
la gente en general percibe. Por ejemplo, el fuego se llama brisingr, pero
no es sólo un nombre cualquiera para describir el fuego, sino que es «el»
nombre de este elemento. Y si eres lo bastante fuerte, puedes usar la palabra brisingr para dirigir el fuego a voluntad. Y
eso es lo que ha pasado hoy.
—¿Y por qué el fuego era azul? ¿Cómo es posible que
hiciera exactamente lo que yo quería, si lo único que dije fue «fuego»? —preguntó
Eragon después de meditar un momento.
—El color varía de una persona a otra, es decir,
depende de quien diga la palabra. Y en cuanto a que el fuego hiciera lo que tú
querías, es una cuestión de práctica. La mayoría de los principiantes tienen
que explicar con detalle lo que quieren que suceda, pero a medida que tienen
más experiencia, ya no hace falta. Un auténtico maestro podría decir
sencillamente «agua» y crear algo que no tuviera nada que ver, como una piedra
preciosa, y uno no comprendería cómo lo ha hecho, pero el maestro habría visto
la conexión entre el «agua» y la piedra para usar esa idea como el punto donde
se concentra su poder. Créeme, la práctica, más que cualquier otra cosa, es un
arte. De modo que lo que hiciste es extremadamente difícil.
Saphira interrumpió los pensamientos de Eragon.
¡Brom es un mago! Por eso pudo encender el fuego en la
llanura. ¡No es que sepa magia solamente, sino que sabe cómo usarla!
¡Tienes razón! —contestó Eragon abriendo los ojos de par en par.
Pregúntale por sus poderes, pero ten cuidado con lo
que dices porque no es muy aconsejable jugar con los que saben esas cosas. Si
es un mago o un brujo, ¿quién sabe por qué razón se instaló en Carvahall?
Eragon tuvo presente el consejo y dijo con cautela:
—Saphira y yo acabamos de darnos cuenta de algo: sabes
hacer magia, ¿verdad? Y así fue como encendiste el fuego el primer día que
estuvimos en la llanura.
—Domino el tema hasta cierto punto —comentó Brom
ladeando un poco la cabeza.
—Entonces, ¿por qué no luchaste con los úrgalos
sirviéndote de la magia? En realidad se me ocurren muchos ejemplos en que
habría sido útil: habrías podido protegernos de la tormenta y del polvo que nos
entraba en los ojos.
—Por razones obvias —repuso Brom, después de llenar la
pipa de nuevo—. Para empezar, no soy un Jinete, lo que significa que, incluso
en tus momentos más débiles, eres más fuerte que yo. Y además, ya no soy joven
ni tan fuerte como antes, y cada vez que hago uso de la magia, más difícil me
resulta.
—Lo siento —dijo Eragon, que bajó la mirada,
avergonzado.
—No lo sientas —respondió Brom cambiando el brazo de
posición—, le pasa a todo el mundo.
—¿Dónde aprendiste a hacer magia?
—Eso es algo que me callaré... Sólo diré que fue en un
lugar lejano y que tuve un muy buen maestro. Por lo menos puedo transmitir sus
enseñanzas. —Brom apagó la pipa con una piedrecita—. Sé que tienes más
preguntas y las contestaré, pero tendrás que esperar hasta mañana. —Se echó
hacia atrás con un destello en la mirada—. Hasta entonces, te diré lo siguiente
para disuadirte de otros experimentos: la magia consume tanta energía como si
hicieras ejercicio con los brazos y con la espalda. Por eso estabas tan cansado
después de destruir a los úrgalos, y por eso yo me enfadé tanto. Fue un riesgo
espantoso por tu parte porque si la magia hubiera consumido más energía de la
que tenías en tu cuerpo, te habría matado. Hay que usar la magia sólo para
tareas que no pueden llevarse a cabo de otro modo.
—Y ¿cómo se sabe si un hechizo va a consumir toda tu
energía? —preguntó Eragon, asustado.
—La mayor parte de las veces no se sabe —respondió
Brom levantando las manos—. Por ese motivo, los magos deben conocer bien sus
limitaciones e incluso así han de tener cuidado. Cuando uno se compromete con
una tarea y libera la magia, no puede echarse atrás, aunque corra el riesgo de
morir. Te lo advierto: no pruebes nada hasta que hayas aprendido más. Bueno,
por hoy ya es suficiente.
Mientras desplegaban las mantas, Saphira comentó con
satisfacción:
Cada vez somos más poderosos, Eragon, tanto tú como
yo. Pronto no habrá nadie que pueda interponerse en nuestro camino.
Sí, pero ¿cuál es nuestro camino?
El que queramos —respondió Saphira con petulancia mientras se
acomodaba para pasar la noche.
La magia es lo más sencillo
que hay
—¿Por qué crees que esos dos úrgalos estaban aún en
Yazuac? —preguntó Eragon cuando ya se hallaban en camino desde hacía un rato—.
No parece haber ninguna razón para que se hubieran quedado rezagados.
—Sospecho que desertaron de la columna principal para
saquear el pueblo —respondió Brom—. Sin embargo, ese hecho resulta extraño
porque, por lo que sé, los úrgalos sólo se han reunido en gran número dos o
tres veces en la historia, así que es inquietante que lo hagan ahora.
—¿Crees que los ra'zac son los responsables del
ataque?
—No lo sé. Lo mejor que podemos hacer es seguir
alejándonos de Yazuac lo más deprisa que podamos. Además, ésta es la dirección
hacia donde han ido los ra'zac, el sur.
Eragon estuvo de acuerdo con Brom.
—Pero aún necesitamos provisiones —comentó el
muchacho—. ¿Hay algún otro pueblo cerca?
—No, pero si estamos dispuestos a sobrevivir a base de
carne, Saphira puede cazar para nosotros. Esta franja de árboles quizá te
parezca muy pequeña, pero son muchos los animales que habitan en ella. Y como
el río es la única fuente de agua en muchas leguas, la mayor parte de los
animales de las llanuras vienen aquí a beber. No pasaremos hambre.
Eragon se quedó en silencio, satisfecho con la
respuesta de Brom. Por el camino, pájaros cantarines revoloteaban a su
alrededor y el río discurría pacíficamente. Era un lugar bullicioso, lleno de
vida y de energía.
—¿Cómo te cogió ese úrgalo? —le preguntó Eragon a
Brom—. Todo sucedió tan deprisa que no lo vi.
—Por mala suerte, la verdad —murmuró Brom—. Yo era un
buen oponente para él, así que le dio una patada a Nieve de Fuego, pero el idiota del caballo
retrocedió y me hizo perder el equilibrio. Era lo único que necesitaba el
úrgalo para hacerme este corte. —Se rascó la barbilla—. Bien, supongo que te
estarás haciendo preguntas sobre la magia... El hecho de que lo hayas descubierto
supone un espinoso problema. Verás... aunque pocas personas lo saben, todos los
Jinetes podían hacer magia, pero con diferente intensidad. Sin embargo,
guardaron esa aptitud en secreto, incluso en el apogeo de su poder, porque les
daba ventaja sobre sus enemigos. En cambio, si todo el mundo lo hubiera sabido,
les habría resultado difícil tratar con el vulgo. Por otra parte, mucha gente
cree que el rey Galbatorix tiene poderes mágicos porque es brujo o mago, pero
no es verdad; se debe a que es un Jinete.
—¿Cuál es la diferencia? ¿El hecho de poder hacer
magia no me convierte en mago?
—¡De ninguna manera! Un brujo, como un Sombra, usa los
espíritus para hacer lo que desea. Y eso es completamente diferente de tus
poderes. Tampoco es mago aquel que tiene poderes sin la ayuda de los espíritus
o de un dragón. Y, sin duda, no eres un hechicero, que es el que obtiene su
poder gracias a diferentes pócimas o hechizos.
»Lo que me lleva otra vez al punto de partida: el
problema que has planteado. Los jóvenes Jinetes, como tú, eran sometidos a un
duro entrenamiento, destinado a fortalecer el cuerpo y a aumentar el control
mental, que duraba muchos meses, a veces años, hasta que eran considerados lo
bastante responsables para hacer magia. Hasta entonces, a ningún aprendiz se le
hablaba de su poder potencial, y si alguno de ellos —ya fuera hombre o mujer—
descubría la magia por casualidad, era inmediatamente apartado y recibía una tutela
privada. Era raro que un Jinete descubriera la magia por su cuenta —inclinó la
cabeza hacia Eragon—, aunque nunca se veían expuestos a presiones como las que
has experimentado tú.
—¿Cómo los preparaban entonces para hacer magia?
—preguntó Eragon—. No comprendo cómo se puede enseñar. Si me lo hubieras
explicado hace unos días, no habría comprendido nada.
—Los aprendices debían enfrentarse a una serie de
ejercicios sin sentido destinados a frustrarlos. Por ejemplo, les ordenaban
mover montones de piedras usando sólo los pies, llenar cubas de agua
agujereadas y otras cosas imposibles. Al cabo de un tiempo, estaban lo
suficientemente furiosos para emplear la magia. Y la mayor parte de las veces
con éxito.
»Lo que significa —continuó Brom— que siempre estarás
en desventaja si te topas con un enemigo que tuvo esa preparación. Todavía
viven algunos de esos Jinetes aunque son muy viejos: el rey, por ejemplo, por
no mencionar a los elfos. Cualquiera de ellos podría destrozarte con facilidad.
—¿Qué puedo hacer, entonces?
—No hay tiempo para que recibas una instrucción
rigurosa, pero aprenderás mucho mientras viajamos —dijo Brom—. Conozco gran
número de técnicas que, al practicarlas, te darán fuerza y control, aunque no
puedes adquirir la disciplina de los Jinetes de la noche a la mañana. Tendrás
que conseguirla sobre la marcha. —Miró, divertido, a Eragon—. Al principio
resultará difícil, pero la recompensa será grande. Quizá te alegre saber que
ningún Jinete de tu edad ha usado jamás la magia de la forma que lo hiciste ayer
con esos dos úrgalos.
Eragon sonrió, halagado.
—Gracias. ¿Tiene nombre ese idioma?
Brom soltó una carcajada.
—Sí, pero nadie lo sabe. Sería una palabra de
increíble poder mediante la cual se podría controlar el idioma completo y a
todos aquellos que lo usan. Hace mucho que la gente la busca, pero nadie la ha
encontrado.
—Sigo sin comprender cómo funciona esta magia —dijo
Eragon—. ¿Cómo la uso exactamente?
—¿No lo he dejado claro? —le preguntó Brom mirándolo
asombrado.
—No.
Brom respiró hondo antes de responder.
—Para hacer magia, hay que tener cierto poder innato,
que en nuestros tiempos se da muy poco en la gente. También debes tener la
capacidad de invocar ese poder a voluntad, pero una vez que se ha invocado, hay
que usarlo o dejar que se desvanezca. ¿Lo entiendes? Ahora bien, si deseas
emplear ese poder, debes utilizar la palabra o la frase en ese idioma antiguo
que describe tu intención. Por ejemplo, si ayer no hubieras dicho brisingr, no habría pasado nada.
—Entonces, ¿estoy limitado por mis conocimientos de
ese idioma?
—Exactamente —aprobó Brom—. Además, cuando uno habla
el idioma antiguo, es imposible engañar.
—Eso no puede ser. La gente siempre miente, y el
sonido de antiguas palabras no puede evitar que lo hagan.
En respuesta, Brom arqueó una ceja y dijo:
—Fethrblaka, eka
weohnata néiat haina ono. Blaka eom iet lam. —Un pájaro salió volando de una rama y se posó en la
mano del anciano. Revoloteó y los miró con unos ojos que parecían dos
relucientes gotitas. Al cabo de un momento, Brom añadió—: Eitha.
Y el pájaro volvió a revolotear y se alejó.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Eragon, estupefacto.
—Le he prometido que no le haría daño. Tal vez no ha
entendido exactamente el significado de mis palabras, pero en el idioma del
poder, el sentido era evidente. El pájaro ha tenido confianza porque sabía lo
que saben todos los animales: que los que hablan ese idioma están comprometidos
con lo que dicen.
—¿Y los elfos también lo hablan?
—Sí.
—¿Y nunca mienten?
—No mucho —admitió Brom—. Ellos sostienen que no lo
hacen, y, en cierto modo, es verdad, pero han perfeccionado el arte de decir
una cosa y querer decir otra. Uno nunca conoce exactamente cuáles son sus
intenciones, o si las ha interpretado correctamente. Muchas veces revelan sólo
parte de la verdad y se guardan el resto. Hace falta refinamiento y una mente
sutil para tratar con la cultura elfa.
Eragon se quedó pensando.
—¿Y qué significan los nombres de las personas en ese
idioma? ¿Conceden poder a la gente?
—Sí, así es. —A Brom le brillaron los ojos de
aprobación—. Los que hablan el idioma tienen dos nombres: el primero es el que
se utiliza en la vida diaria y tiene poco poder, pero el segundo es el nombre
auténtico y solamente lo conocen unas pocas personas de confianza. Hubo una
época en que nadie ocultaba su nombre auténtico, pero ahora las cosas no están
tan bien. Quienquiera que sepa tu verdadero nombre tendrá un poder enorme sobre
ti; es como poner tu vida en manos de otra persona. Todo el mundo tiene un
nombre oculto, pero pocos saben cuál es.
—¿Y cómo se entera uno de su nombre real?
—Los elfos saben el suyo instintivamente, pero nadie
más posee ese don. Los Jinetes humanos, por lo general, debían salir en su
búsqueda para descubrirlo o encontrarse con un elfo que se lo dijera, lo que
constituía un hecho excepcional, ya que los elfos no proporcionan esa
información desinteresadamente —respondió Brom.
—Me gustaría conocer el mío —le dijo Eragon con
nostalgia.
—Ten cuidado —advirtió Brom, preocupado—. Puede ser un
conocimiento terrible, porque enterarse de quién es uno sin engaños ni
compasión es un descubrimiento del que nadie sale intacto. Algunos se han visto
empujados a la locura ante la cruda realidad, aunque la mayoría trata de
olvidarla. Porque así como el nombre da poder a los demás, uno también adquiere
poder sobre sí mismo, si la verdad no lo destruye.
Y yo estoy segura de que eso no sucederá —afirmó la dragona.
—A pesar de todo, me gustaría saberlo —dijo Eragon,
convencido.
—No es fácil disuadirte, aunque eso es bueno porque sólo los decididos descubren su propia identidad; no obstante, no puedo
ayudarte. Es una búsqueda que tendrás que emprender por ti mismo.
Brom movió el brazo lastimado e hizo una mueca de
dolor.
—¿Por qué tú o yo no podemos curar el brazo con magia?
—preguntó Eragon.
—No hay ninguna razón... Lo que ocurre es que nunca me
lo he planteado porque está más allá de mis poderes. Sin embargo, si utilizaras
la palabra apropiada, probablemente tú podrías lograrlo, pero no quiero que te
agotes.
—Podría ahorrarte mucho dolor y molestias —protestó
Eragon.
—Soy capaz de aguantarlo —dijo Brom, cansado—. Emplear
la magia para curar una herida consume tanta energía como si se cura sola, de
modo que no quiero que la fatiga haga mella en ti en los próximos días. Por el momento,
no deberías intentar una tarea tan difícil.
—Pero si es posible curarte el brazo, ¿podría
devolverle la vida a un muerto?
La pregunta sorprendió a Brom, pero respondió
enseguida.
—¿Recuerdas que te expliqué que había empresas que
podrían matarte? Pues ésa es una de ellas. Por su propia seguridad, los Jinetes
tenían prohibido resucitar a los muertos. Más allá de la vida existe un abismo
donde la magia no significa nada, y si penetras en él, tu fuerza te abandonará
y tu alma se desvanecerá en la oscuridad. Tanto magos como brujos o Jinetes...
han fracasado y han muerto en el empeño. Manténte firme en lo que es posible
que logres realizar: cuchilladas, golpes, quizá algún hueso roto... pero no
intentes nada con los muertos.
—Esto es mucho más complejo de lo que creía —dijo
Eragon, ceñudo.
—¡Exactamente! —respondió Brom—. Y si no comprendes lo
que estás haciendo, a lo mejor intentarías algo excesivo y morirías. —Se agachó
sobre la silla de montar y recogió un puñado de guijarros del suelo. A
continuación se enderezó con esfuerzo y tiró todas las piedrecitas menos una—.
¿Ves este guijarro?
—Sí.
—¡Cógelo! —Eragon lo hizo y se lo quedó mirando: era una piedra común y corriente, de color negro opaco, lisa y del tamaño de la yema de su pulgar. Había un montón de guijarros iguales en el sendero—. Éste es tu entrenamiento.
Entonces Eragon, confuso, dirigió la mirada hacia
Brom.
—No comprendo.
—Claro que no —dijo Brom, impaciente—. Por eso soy yo
el que te enseña a ti, y no al revés. Ahora deja de hablar o no llegaremos a
ninguna parte. Quiero que sostengas la piedra en la palma de tu mano, la
levantes y la mantengas en el aire el máximo tiempo posible. Las palabras que
vas a usar son stenr reisa. Dilas.
—Stenr reisa.
—Bien, ahora hazlo.
Eragon, molesto, se concentró en el guijarro tratando
de buscar en la mente algún indicio de la energía que le había bullido en su
fuero interno el día anterior. Pero la piedra ni se movió mientras la
observaba, sudoroso y frustrado. «¿Cómo tengo que hacerlo?»
—Es imposible —espetó al fin cruzando los brazos.
—No —replicó Brom con aspereza—, soy yo el que dirá
cuándo algo es imposible o no lo es. ¡Lucha por ello y no te rindas con tanta
facilidad! ¡Inténtalo otra vez!
Eragon, con el entrecejo fruncido, cerró los ojos
tratando de apartar todos los pensamientos que lo pudieran distraer. Respiró
hondo y llegó a los rincones más recónditos de su conciencia e intentó
averiguar dónde yacía su poder. En la búsqueda, sólo encontró pensamientos y
recuerdos hasta que sintió algo diferente: un pequeño obstáculo que formaba
parte de él y, al mismo tiempo, no lo formaba. Entusiasmado, siguió explorando
en ese lugar y procuró ver lo que escondía: sintió una resistencia, una barrera en
la mente, pero se dio cuenta de que el poder se hallaba al otro lado. Trató de
atravesar el obstáculo, pero se le resistía a pesar de sus esfuerzos. Cada vez
más enfadado, arremetió contra la barrera con todo su ímpetu hasta que se hizo
añicos como un cristal y le inundó la mente con un río de luz.
—Stenr reisa —murmuró, y la piedra se le elevó sobre el suave
resplandor de la palma de la mano.
Luchó para mantenerla en el aire, pero el poder se le
escapó y se ocultó tras la barrera. Por su parte, la piedra cayó con un ¡paf!
amortiguado sobre la palma, que dejó de brillar y volvió a la normalidad.
Eragon se sintió un poco cansado, pero sonrió por haberlo logrado.
—Para ser la primera vez, no está mal —dijo Brom.
—¿Por qué me brilla la palma como una pequeña
linterna?
—Nadie lo sabe muy bien —admitió Brom—. Los Jinetes
siempre preferían canalizar su poder a través de la mano que tenía la gedwey
ignasia. No obstante,
también puedes usar tu otra palma, pero no es tan fácil. —Se quedó mirando a
Eragon durante un minuto—. Te compraré unos guantes en el próximo pueblo, si
sigue en pie, porque aunque sabes ocultar la marca bastante bien, no conviene
que nadie la vea por descuido. Además, habrá veces en que no quieras alertar a
tu enemigo con el resplandor.
—¿Tú también tienes una marca?
—No, sólo los Jinetes la tienen. Otra cosa que debes
saber es que la distancia influye sobre la magia, igual que ocurre cuando se
arroja una flecha o una lanza. Si tratas de levantar o mover algo que está a
más de un kilómetro, te exigirá mayor energía que si estuviera cerca. De modo
que si ves que los enemigos te persiguen a esa distancia, deja que se acerquen
antes de hacer magia. Bien, ahora volvamos al trabajo: trata de levantar de
nuevo la piedra.
—¿De nuevo? —preguntó Eragon pensando en el esfuerzo
que le había costado hacerlo la primera vez.
—¡Sí, y ahora, más rápido!
Siguieron con los ejercicios durante la mayor parte
del día, y cuando al fin Eragon dejó de practicar, estaba cansado y de mal
humor. En esas horas había llegado a odiar la piedra y todo lo relacionado con
ella. Estaba a punto de arrojarla, pero Brom le dijo:
—¡No! ¡Guárdala!
Eragon le clavó la mirada y, de mala gana, se la metió
en el bolsillo.
—Aún no hemos acabado —le advirtió Brom—, así que no
te pongas cómodo. —Le señaló una planta pequeña—. Se llama delois.
A partir de entonces Brom empezó a instruirlo en el
idioma antiguo enseñándole palabras para que las memorizara, como por ejemplo, vóndr,
un palo delgado y recto, o Aiedail, la estrella matutina.
Esa noche lucharon alrededor del fuego y, aunque Brom
lo hizo con la mano izquierda, su destreza no disminuyó.
Los días siguieron de la misma manera. Primero, Eragon
se esforzaba por aprender las palabras antiguas y por manipular el guijarro.
Después, al anochecer, luchaba contra Brom con falsas espadas. El muchacho
estaba constantemente incómodo, pero poco a poco empezó a cambiar, casi sin
notarlo, de tal manera que muy pronto la piedra dejó de tambalearse cuando la
levantaba. Eragon llegó a dominar los primeros ejercicios que Brom le había
enseñado y acometió otros más difíciles, de modo que su conocimiento del idioma
antiguo fue aumentando.
En la lucha, Eragon adquirió confianza y velocidad, y
atacaba como una serpiente. Sus golpes se hicieron más contundentes, y ya no le
temblaba el brazo cuando paraba las arremetidas. El chocar de las espadas
duraba más a medida que aprendía a repeler las acometidas de Brom, y cuando se
iban a dormir, Eragon ya no era el único que tenía moretones.
Saphira también seguía creciendo, pero a un ritmo
menor que antes. Sus prolongados vuelos junto con sus periódicas cacerías la
mantenían sana y en forma. Ya era más alta que los caballos y de una longitud
mucho mayor, aunque también era mucho más visible a causa del tamaño y de las
brillantes escamas. Brom y Eragon estaban preocupados por ese motivo, pero no
conseguían convencerla de que se dejara ensuciar la centelleante piel para
oscurecerla.
Continuaron hacia el sur, tras las huellas de los
ra'zac, aunque Eragon se sentía frustrado porque, por muy rápido que viajaran,
los ra'zac siempre les llevarían uno o dos días de ventaja. A veces tenía ganas
de abandonar, pero entonces encontraban algún indicio o alguna huella que les
hacía recuperar la esperanza.
No había rastros de vida humana a lo largo del Ninor
ni en las llanuras, de modo que los tres compañeros viajaron durante días sin
que nadie los molestara. Al fin se acercaron a Daret, el primer pueblo desde
Yazuac.
La noche antes de la llegada al pueblo, los sueños de
Eragon fueron especialmente reales: vio a Garrow y a Roran en casa, sentados en
la cocina destruida, que le pedían ayuda para reconstruir la granja, pero él
sólo se limitaba a hacer un gesto negativo al tiempo que sentía una punzada de
dolor en el corazón.
Voy tras vuestros asesinos —le susurró a su tío.
Garrow lo miraba con recelo y le preguntaba:
¿Te parece que estoy muerto?
No puedo ayudarte —le respondió Eragon en voz baja con los ojos llenos
de lágrimas.
De pronto, sonó un bramido, y Garrow se transformó en
los ra'zac: ¡Muere entonces!, mascullaron, y se abalanzaron sobre él.
Al despertarse con muchas náuseas, Eragon observó que
las estrellas se apagaban en el cielo.
Todo irá bien, pequeño —le dijo Saphira con dulzura.
Daret estaba a orillas del río Ninor, como debía estar
para que sus moradores sobrevivieran. El pueblo era pequeño y tenía aspecto
desolado, sin rastro de habitantes. Eragon y Brom se acercaron con suma cautela
y, esta vez, Saphira se escondió cerca de allí; así, si surgía algún problema,
estaría junto a ellos en pocos segundos.
Entraron a caballo en Daret procurando cabalgar en
silencio. Brom sujetó su espada con la mano del brazo sano mientras vigilaba
con ojo avizor todos los lugares, y Eragon llevaba el arco a medio sacar de la
funda cuando pasaron entre las silenciosas casas. Ambos se miraban el uno al
otro con aprensión.
Esto no tiene buen aspecto —le comentó Eragon a Saphira, que no contestó, pero el
muchacho percibió que la dragona estaba preparada para precipitarse en su
ayuda. Eragon miró al suelo y se tranquilizó al ver huellas recientes de niños.
¿Dónde estarán?
Brom se puso tenso cuando entraron en el centro de
Daret y lo encontraron vacío. El viento soplaba sobre el pueblo desierto y el
polvo se arremolinaba. Dio media vuelta con Nieve de Fuego.
—Salgamos de aquí. Esto no me gusta nada.
El anciano espoleó al caballo que empezó a galopar,
seguido de Eragon que también puso a Cadoc al galope.
Habían avanzado unos pocos pasos cuando unos carros,
que salieron de detrás de las casas, volcaron y les bloquearon el camino. Cadoc
resopló y se paró en seco resbalando hasta detenerse junto a Nieve de
Fuego. Un hombre de piel morena, que llevaba una espada ancha colgada de un costado y un arco en las
manos, subió de un salto a un carro y se les plantó delante. Eragon también
sacó su arco y apuntó al desconocido, que les ordenó:
—¡Alto! ¡Dejad vuestras armas! ¡Estáis rodeados por
sesenta arqueros que dispararán si os movéis.
En ese preciso instante, una hilera de hombres se
pusieron de pie en los tejados de las casas de alrededor.
¡No te acerques, Saphira! —gritó Eragon—. Son demasiados, y si vienes,
dispararán sobre ti. ¡Manténte alejada!
La dragona lo escuchó, pero él no sabía si lo
obedecería, así que se preparó para hacer magia.
Tendré que parar las flechas antes de que nos alcancen
a Brom o a mí.
—¿Qué queréis? —preguntó Brom sin perder la calma.
—¿A qué habéis venido? —preguntó a su vez el hombre.
—A comprar provisiones y a enterarnos de las
novedades. Nada más. Vamos de camino a la casa de mi primo en Dras-Leona.
—Pero vais muy bien armados.
—Vosotros también —respondió Brom—. Son tiempos
peligrosos.
—Es cierto. —El hombre los miró con cautela—. No creo
que vengáis con malas intenciones, pero hemos tenido demasiados encuentros con
úrgalos y bandidos para confiar sin más en vuestra palabra.
—Si da igual lo que digamos, ¿qué podemos hacer
entonces? —replicó Brom.
Los hombres de los tejados no se habían movido, por lo
que Eragon dedujo que eran muy disciplinados... o temían por su vida. Esperaba
que fuera esto último.
—Si, como dices, sólo queréis provisiones,
¿accederíais a quedaros donde estáis mientras os traemos lo que necesitáis,
luego nos pagáis y os marcháis inmediatamente?
—Sí.
—De acuerdo —dijo el hombre que bajó el arco, aunque
no la guardia. Hizo una seña a uno de los arqueros, que descendió y corrió
hacia ellos—. Decidle qué necesitáis.
Brom enumeró una breve lista y añadió:
—Y, si tenéis un par de guantes que os sobren para mi
sobrino, también me gustaría comprarlos.
El arquero asintió y echó a correr.
—Mi nombre es Trevor —dijo el hombre que tenían
delante—. En otras circunstancias os estrecharía la mano, pero en éstas creo
que es mejor mantener las distancias. Decidme, ¿de dónde venís?
—Del norte —respondió Brom—, pero no hemos vivido
tiempo suficiente en un lugar concreto para considerarlo nuestro hogar. ¿Os
veis obligados a tomar estas medidas por culpa de los úrgalos?
—Sí —respondió Trevor—, y por culpa de desalmados
peores. ¿Tenéis noticias de otros pueblos? Pocas veces nos enteramos de lo que
ocurre, pero nos han dicho que otros lugares también han sido sitiados.
—Ojalá no fuéramos nosotros los que tuviéramos que
daros estas noticias —contestó Brom, muy serio—, pero hace casi quince días
pasamos por Yazuac y lo encontramos saqueado. Los habitantes habían sido
asesinados y apilados en un montón. Nos hubiera gustado enterrarlos dignamente,
pero dos úrgalos nos atacaron.
Trevor, conmocionado, dio un paso atrás con lágrimas
en los ojos.
—¡Ay, qué día tan triste! Pero no entiendo cómo dos
úrgalos pudieron derrotar a todo Yazuac. Era un pueblo luchador... donde tenía
algunos buenos amigos.
—Por las huellas, dedujimos que una columna de úrgalos
había saqueado la ciudad —respondió Brom—. Creo que los dos monstruos que
encontramos eran desertores.
—¿Era muy numerosa la columna?
Brom jugueteó con las alforjas durante un instante.
—Lo bastante numerosa para barrer Yazuac del mapa,
pero lo suficientemente pequeña para pasar inadvertida por el país. No debían de ser más de cien, pero tampoco menos de cincuenta, y
si no me equivoco, cualquiera de los dos números que te he dicho tendrá efectos
catastróficos sobre vosotros. —Trevor asintió, abatido—. Así que tendríais que
considerar la posibilidad de marcharos. Esta zona se ha vuelto demasiado
peligrosa para vivir en paz.
—Lo sé, pero la gente se niega a marcharse. Éste es su
hogar, y el mío, aunque sólo llevo aquí un par de años, y para ellos es más
importante que su propia vida. —Trevor lo miró con seriedad—. Hemos rechazado a
algunos úrgalos aislados, y eso ha dado a la gente del pueblo una excesiva
confianza en su capacidad para vencerlos. Me temo que una mañana nos
despertaremos todos degollados.
El arquero salió de una casa con una pila de
provisiones en los brazos. Las dejó al lado de los caballos, y Brom le pagó.
—¿Por qué te eligieron para defender Daret? —preguntó
Brom mientras el hombre se alejaba.
—Tal vez porque estuve unos años en el ejército del
rey —respondió Trevor.
Brom rebuscó entre las provisiones, le tendió a Eragon
el par de guantes y guardó el resto de las cosas en las alforjas. El muchacho
se puso los guantes, procurando mantener la palma hacia abajo, y luego flexionó
los dedos. La piel parecía buena y fuerte, aunque estaba desgastada por el uso.
—Bueno —dijo Brom—, como prometimos, nos marchamos.
—De acuerdo —dijo Trevor, y añadió—: Cuando lleguéis a
Dras-Leona, ¿podríais hacernos un favor? Avisad al Imperio de nuestra difícil
situación y de la de otros pueblos. Si el rey todavía no sabe nada, es motivo
de preocupación. Pero si lo sabe y ha decidido no hacer nada, también lo es.
—Llevaremos vuestro mensaje. Que vuestras espadas
conserven el filo —dijo Brom.
—Y las vuestras también.
Retiraron los carros del camino y salieron de Daret
hacia el bosque, junto al curso del río Ninor. Eragon le mandó mentalmente un
mensaje a Saphira:
Estamos en camino. Todo ha salido bien. Pero la única respuesta de la dragona fue una
expresión de rabia a punto de estallar.
—El Imperio está en peores condiciones de lo que me
imaginaba —afirmó Brom mesándose la barba—. Cuando los mercaderes visitaron
Carvahall, trajeron noticias del malestar que reinaba, pero yo no creía que
estuviera tan extendido. Con tanto úrgalo por en medio, parece como si se
estuviera atacando al mismísimo Imperio, aunque el rey no ha enviado tropas ni
soldados. Es como si no le importara defender sus dominios.
—Es extraño —coincidió Eragon.
Brom agachó la cabeza al pasar por debajo de una rama
baja.
—¿Has usado alguno de tus poderes mientras estábamos
en Daret?
—No ha hecho falta.
—Te equivocas —lo corrigió Brom—. Tendrías que haber
percibido las intenciones de Trevor. A pesar de mis limitadas capacidades, yo
las puse en práctica porque, si los habitantes del pueblo hubieran pretendido
matarnos, no me habría quedado allí sentado. Sin embargo, me di cuenta de que
había posibilidades razonables de hablar con ellos y de salir del lugar, y eso
fue lo que hice.
—Y ¿cómo iba a saber lo que pensaba Trevor? —preguntó
Eragon—. ¿Se supone que puedo leer el pensamiento de la gente?
—¡Vamos, chico —lo reprendió Brom—, deberías conocer
la respuesta a esa pregunta! Podrías haber descubierto las intenciones de
Trevor de la misma manera que te comunicas con Cadoc o con Saphira, pues
la mente de los hombres no es tan diferente de la de un caballo o de la de un
dragón. Es muy sencillo hacerlo, pero es un poder que debes usar poco y con
mucho cuidado porque la mente de una persona es su último refugio, y jamás
debes violarlo a no ser que te obliguen las circunstancias. Los Jinetes tenían
reglas muy estrictas al respecto, y si no se cumplían sin una causa debida, el
castigo era muy severo.
—¿Y es algo que se puede hacer aunque uno no sea un
Jinete? —preguntó Eragon.
—Como ya te he dicho, con la debida instrucción
cualquiera puede comunicarse mentalmente, aunque con diferentes grados de
éxito. Sin embargo, es difícil decir si eso es magia. La capacidad para la
magia, o para tener un vínculo con un dragón, sin duda es un detonante de ese
talento, pero he conocido muchas personas que lo han aprendido por su cuenta.
Piensa en ello: puedes comunicarte con cualquier ser sensible, aunque quizá el
contacto no sea muy claro. Uno podría pasarse el día entero escuchando los pensamientos
de un pájaro u observando cómo se siente una lombriz un día de lluvia. Pero los
pájaros nunca me han parecido muy interesantes, así que te sugiero que empieces
con los gatos; tienen una personalidad muy peculiar.
Eragon jugueteó con las riendas de Cadoc mientras
pensaba en las consecuencias de lo que Brom acababa de decir.
—Pero si puedo meterme en la mente de alguien,
¿significa que los demás pueden hacer lo mismo conmigo? ¿Cómo sé si alguien
está husmeando en mis pensamientos? ¿Hay forma de parar ese proceso?
«¿Cómo sé si Brom sabe lo que estoy pensando en este
momento?»
—Pues, sí. ¿Acaso Saphira no te ha impedido alguna vez
que penetraras en su mente?
—De vez en cuando —admitió Eragon—. Cuando me llevó a
las Vertebradas, no había forma de hablar con ella. Era como si no me hiciera
caso; creo que ni siquiera me escuchaba: había una especie de barreras
alrededor de su mente que yo no podía atravesar.
Brom se arregló el vendaje del brazo y se lo subió un
poco.
—Muy pocas personas saben si alguien ha entrado en su
mente, y únicamente algunas de ellas pueden impedirlo. Es cuestión de
entrenamiento y de saber cómo has de pensar. No obstante, con tus poderes
mágicos, siempre sabrás si alguien está en tu mente, y una vez que te hayas
dado cuenta, sólo es cuestión de que te concentres en algo concreto y que
excluyas todo lo demás si quieres bloquearles el paso. Por ejemplo, si sólo
piensas en una pared de ladrillos, eso es lo que un enemigo encontrará en tu
mente. Sin embargo, hace falta una enorme cantidad de energía y de disciplina
para impedir el paso a alguien durante mucho tiempo, y si uno se distrae aunque
sea con algo insignificante, la barrera se tambalea, y el oponente puede
filtrarse a través del fallo.
—¿Y cómo puedo aprender a hacerlo? —preguntó Eragon.
—Sólo hay una manera: práctica, práctica y más
práctica. Por ejemplo, imagínate algo, manténlo en tu mente y expulsa todos los
otros pensamientos durante el máximo tiempo que puedas. Ésta es una aptitud muy
avanzada que sólo un puñado de gente domina.
—No necesito perfección, sino sólo seguridad —replicó
Eragon.
«Si consiguiera entrar en la mente de alguien, ¿acaso
podría cambiar lo que piensa? Cada vez que aprendo algo sobre la magia, menos
me fío de ella.»
Cuando llegaron donde estaba Saphira, ésta los
sobresaltó porque se plantó bruscamente ante ellos. Los caballos retrocedieron nerviosos,
y la dragona, a quien los ojos le echaban chispas, miró atentamente a Eragon y
resopló. A su vez Eragon, preocupado, miró a Brom porque nunca había visto a
Saphira tan enfadada.
¿Hay algún problema?—le preguntó.
Tú eres el problema —rezongó ella.
Eragon frunció el entrecejo y bajó de Cadoc. En cuanto puso los pies en el
suelo, Saphira le dio un coletazo en las piernas y lo cogió con sus garras.
—¿Qué haces? —gritó Eragon tratando de quitársela de
encima, pero la dragona era mucho más fuerte que él.
Brom observaba con atención, todavía montado en Nieve
de Fuego.
Saphira le acercó la cara a Eragon y lo miró a los
ojos. El muchacho se sintió incómodo bajo la férrea mirada de
la dragona.
¡Sí, tú! Cada vez que te alejas de mi vista te metes
en problemas. Pareces uno de esos mocosos que mete las narices en todo. Pero
¿qué pasará el día que te devuelvan el golpe? ¿Cómo crees que te las
arreglarás? Porque yo no podré ayudarte si estoy a leguas de distancia. Me he
quedado escondida para que no me viera nadie, ¡pero se ha acabado! Sobre todo
si el hecho de que yo permanezca oculta puede costarte la vida.
No entiendo por qué estás tan enfadada —dijo Eragon—, soy mucho mayor que tú y puedo
cuidar de mí mismo. Si alguien necesita protección, ésa eres tú.
Saphira dio un gruñido y le lanzó una dentellada junto
a la oreja.
¿De veras crees eso? —le preguntó—. Mañana irás montado encima de mí y no en
ese lamentable animal que llamas caballo porque, de lo contrario, te llevaré
cogido a mis garras. ¿Eres un Jinete de Dragón o no? ¿Es que acaso no te
importo?
La pregunta fulminó a Eragon, que bajó la mirada.
Sabía que ella tenía razón, pero le daba miedo montarla porque las veces que
había volado sobre Saphira había sido la cosa más dolorosa que había padecido
en su vida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Brom.
—Quiere que mañana vaya montado en ella —respondió
Eragon con poca convicción.
Brom se quedó pensando en esa posibilidad mientras los
ojos le centellaban.
—Bueno, tienes la silla; y supongo que si os mantenéis
fuera de la vista, no tendremos dificultades.
Saphira miró a Brom y después otra vez a Eragon.
—Pero ¿y si te atacan o tienes un accidente? —insinuó
Eragon—. No llegaré a tiempo y...
Saphira le oprimió el pecho con más fuerza obligándolo
a callarse.
Precisamente lo mismo que decía yo, muchacho.
—Vale la pena correr el riesgo —admitió Brom que
pareció que sonreía disimuladamente—. A pesar de todo, tienes que aprender a
montar a Saphira, y considerándolo desde el lado positivo, ten en cuenta que si
te adelantas volando y miras hacia abajo, podrás divisar cualquier trampa,
emboscada o sorpresa inesperada.
Entonces Eragon volvió a mirar a Saphira y le dijo:
De acuerdo, lo haré. Pero ahora quítate de encima.
Dame tu palabra.
¿Es necesario? —preguntó Eragon, y la dragona parpadeó en señal de
asentimiento—. Bueno, te doy mi palabra de que volaré mañana contigo.
¿Satisfecha?
Me alegro.
Saphira se apartó y, dándose impulso con las patas
traseras, alzó el vuelo, al tiempo que un escalofrío recorría el cuerpo de
Eragon mientras la observaba girar en el aire. El muchacho regresó refunfuñando
hasta donde se hallaba Cadoc y siguió a Brom.
Acamparon casi con la puesta de sol y, como siempre,
Eragon se batió con Brom antes de la cena. Durante la lucha, el muchacho asestó
un golpe tan potente que los dos palos se quebraron como si fueran finas
ramitas, cuyos trozos volaron en medio de la oscuridad formando una nube de
astillas.
—Bueno, hemos acabado con estos trastos —dijo Brom
mientras tiraba lo que quedaba de su palo al fuego—. Ya puedes arrojar también
el tuyo. Hemos practicado todo lo que se puede hacer con palos, y sabes mucho,
pero ya no aprenderás nada más con ellos, así que ha llegado la hora de que
uses la espada.
Sacó a Zar'roc de la funda que llevaba Eragon y
se la dio.
—Acabaremos hechos picadillo —protestó Eragon.
—No tanto. Vuelves a olvidarte otra vez de la magia
—replicó Brom. Entonces enarboló su propia espada y la giró para que la luz del
fuego brillara sobre el borde. Puso un dedo en uno de los lados de la hoja y se
concentró profundamente mientras se le marcaban todas las arrugas de la frente.
Durante un momento no pasó nada, hasta que al fin pronunció—: ¡Geuloth du
knífr!
Una chispa roja le surgió entre los dedos, y Brom los
deslizó de arriba abajo de la espada mientras la chispa saltaba de una parte a
otra de la hoja. Después le dio la vuelta e hizo lo mismo por el otro borde. La
chispa desapareció en el momento en que Brom separó los dedos del metal.
Brom estiró la mano con la palma hacia arriba y le
asestó un sablazo. Eragon intentó detenerlo de un salto, pero fue demasiado
lento, y se quedó perplejo al ver a Brom que, con una sonrisa, levantaba la
mano intacta.
—¿Qué has hecho? —preguntó Eragon.
—Palpa el filo —contestó Brom. Eragon lo tocó con los
dedos, y notó que una superficie invisible lo reseguía. La barrera tenía
aproximadamente medio centímetro de anchura y era muy resbaladiza—. Ahora haz
lo mismo con Zar'roc —le indicó—. Tu bloqueo será un poco diferente del
mío, pero tendrá el mismo efecto.
Le explicó cómo pronunciar las palabras y lo guió en
el proceso. Eragon tuvo que probar varias veces, pero enseguida consiguió
proteger el filo de Zar'roc. Confiado,
se puso en posición de lucha, pero antes de que comenzaran, Brom le advirtió:
—Estas espadas no nos cortarán, pero no obstante
podrían rompernos algún hueso. Como comprenderás, preferiría evitarlo, así que
no muevas los brazos como acostumbras. Un golpe en el cuello sería mortal.
Eragon asintió y atacó sin avisar. Saltaron chispas de
la hoja de su espada, y el sonido del entrechocar del metal llenó el campamento
mientras Brom esquivaba las embestidas. Después de haber peleado con palos
durante tanto tiempo, a Eragon la espada le parecía lenta y pesada, y como era
incapaz de mover a Zar'roc con la suficiente rapidez, recibió un golpe
en la rodilla.
Ambos lucían largos verdugones cuando pararon, aunque
Eragon tenía más que Brom. Sin embargo, el muchacho estaba maravillado al ver
que Zar'roc no se había rayado ni mellado pese a los fuertes golpes.
A la mañana siguiente Eragon se despertó con agujetas
y lleno de moretones, y al ver que Brom llevaba la silla a Saphira, trató de
reprimir su inquietud. Cuando el desayuno estuvo servido, el anciano ya había
atado la silla y había colgado las alforjas de Eragon.
El muchacho se acabó el desayuno, recogió su escudilla
y se dirigió en silencio hacia Saphira.
—Recuerda —le dijo Brom—: agárrate con las rodillas,
guíala con tus pensamientos y manténte lo más agachado que puedas. Si no te
asustas, todo irá bien.
Eragon asintió, guardó el arco sin la cuerda en su
funda de gamuza, y Brom lo ayudó a montar.
Saphira esperaba impaciente mientras Eragon se
apretaba las tiras alrededor de las piernas.
¿Estás preparado? —preguntó.
El muchacho aspiró el aire fresco de la mañana.
No, pero ¡adelante!
La dragona respondió con entusiasmo, y cuando se hubo
agachado, él se le agarró con fuerza. Saphira se dio impulso con las poderosas
patas traseras, y el aire silbó en los oídos de Eragon de tal manera que le
cortó el aliento. Remontaron el vuelo con tres suaves aleteos y empezaron el
ascenso.
La última vez que Eragon había montado a Saphira, cada
batir de alas le había provocado una gran tensión. Pero esta vez la dragona
volaba con tranquilidad y sin esfuerzos, y aunque se ladeaba cuando cambiaba de
dirección, el muchacho permanecía bien cogido al cuello de Saphira. El río se convirtió en una tenue línea gris debajo de ellos y las nubes flotaban a
su alrededor.
Cuando se enderezaron, a mucha altura sobre la
planicie, los árboles apenas se veían como unas manchas y el aire era puro,
frío y perfectamente claro.
—Es maravilloso... —Las palabras de Eragon se
desvanecieron porque Saphira se inclinó y dio una vuelta completa. Entonces la
tierra empezó a girar en círculos enloquecidos, y Eragon tuvo un ataque de
vértigo—. ¡No hagas eso, tengo la sensación de que voy a caerme! —gritó.
Debes acostumbrarte. Si me atacan en el aire, ésta es
una de las maniobras más sencillas que tendré que hacer —respondió Saphira.
Como no se le ocurrió nada que contestarle, se
concentró en controlar su estómago. A continuación, Saphira se lanzó hacia
abajo y, lentamente, se acercó al suelo.
Aunque a Eragon se le encogía el estómago con cada
bamboleo, empezó a disfrutar. Relajó un poco los brazos y estiró el cuello
hacia atrás mientras observaba el paisaje. Saphira lo dejó disfrutar un rato
hasta que dijo:
Déjame que te muestre lo que es volar de verdad.
¿Qué? —exclamó Eragon.
Tranquilízate, no tengas miedo.
La mente de Saphira atrajo la de Eragon y se la sacó
del cuerpo. Durante un instante Eragon opuso resistencia, pero enseguida
abandonó el control. El muchacho tenía la vista borrosa y se dio cuenta de que
veía a través de los ojos de Saphira. Todo estaba distorsionado: los colores
tenían matices raros, exóticos; los azules resaltaban mucho, mientras que los
verdes y los rojos eran más suaves. Eragon intentó girar la cabeza y el cuerpo,
pero comprobó que no podía. Se sentía como un fantasma escapado del éter.
Saphira irradiaba puro placer a medida que se elevaba
por el cielo, pues le encantaba la libertad de poder ir a cualquier parte. En
un momento dado, muy lejos de la tierra, volvió la cabeza y miró a Eragon, y él
se vio a sí mismo igual que la dragona lo veía: agarrado a ella y con la mirada
perdida en el vacío. El muchacho percibía que el cuerpo de la dragona se
tensaba y aprovechaba las corrientes de aire para elevarse, de tal modo que los
músculos de Saphira parecían los suyos. Eragon también sintió que la cola del
animal se balanceaba en el aire como un timón gigante para corregir el rumbo, y
se sorprendió al comprobar que Saphira dependía en gran manera de ese
movimiento.
La conexión fue creciendo hasta que no hubo diferencia
entre ambas identidades: plegaron las alas juntos y descendieron en picado,
como una lanza arrojada desde lo alto, pero Eragon no sintió miedo alguno,
absorbido como estaba por la euforia de Saphira. El aire les azotaba la cara
con fuerza, y al mismo tiempo la cola de ambos daba latigazos al aire mientras
las mentes unidas se deleitaban con la experiencia.
Ni siquiera tuvieron miedo de chocar cuando se
lanzaron veloces hacia el suelo: desplegaron las alas en el momento justo y
detuvieron el descenso con la fuerza combinada de los dos. Y después de trazar
un círculo gigante, volvieron a remontar el vuelo.
Cuando se enderezaron, las mentes del muchacho y la de
la dragona empezaron a separarse, y cada uno de ellos recuperó de nuevo su
respectiva personalidad. Durante una fracción de segundo, Eragon sintió su
propio cuerpo y el de Saphira. Después volvió a tener la vista borrosa, jadeó y
se desplomó sobre la silla de montar. Pasaron unos minutos hasta que el corazón
dejó de latirle con fuerza, y recobró el aliento. Una vez recuperado, exclamó:
¡Ha sido increíble! ¿Cómo soportas aterrizar si te
gusta tanto volar?
Porque tengo que comer —respondió ella con cierta ironía—, pero me alegro
de que hayas disfrutado.
No encuentro palabras para definir esta experiencia y
lamento no haber volado contigo antes. Jamás pensé que sería así. ¿Siempre lo
ves todo tan azul?
Sí, soy así. ¿Volaremos juntos más a menudo?
¡Sí, siempre que podamos!
Bien —respondió Saphira, contenta.
Intercambiaron muchos pensamientos durante el vuelo y
charlaron como no lo habían hecho desde hacía varias semanas atrás. Saphira le
enseñó cómo se servía de las montañas y de los árboles para ocultarse y cómo
podía esconderse en la sombra de una nube. Luego ambos exploraron el sendero en
busca de Brom, lo que resultó más difícil de lo que Eragon esperaba porque el
sendero no se divisaba a no ser que Saphira volara muy bajo, en cuyo caso se
arriesgaba a que la vieran.
Cerca del mediodía, Eragon empezó a notar un zumbido
molesto en los oídos y una extraña presión en la mente. Movió la cabeza
tratando de librarse de esa molestia, pero la tensión era cada vez mayor.
Recordó de golpe las palabras de Brom acerca de cómo la gente podía penetrar en
la mente de otra persona, y trató frenéticamente de clarificar sus
pensamientos. Así pues, se concentró en una de las escamas de Saphira y se esforzó
por ignorar todo lo demás. La presión se desvaneció durante un momento, pero
regresó con más fuerza que antes. Entonces, al sacudir una ráfaga de viento a
Saphira, Eragon perdió la concentración, y antes de que lograra levantar nuevas
defensas, la fuerza se abrió paso. Sin embargo, en lugar de descubrir que otra
mente había invadido la suya, sólo se topó con estas palabras:
¿Qué demonios haces? Baja, he encontrado algo
importante.
¿Brom? —preguntó.
Si —respondió el anciano, irritado—. Dile a esa
lagartija gigante que aterrice. Estoy aquí...
Y mandó una imagen de donde se hallaba.
Eragon le dijo enseguida a Saphira adonde debía ir, y
ella viró hacia abajo, en dirección al río. Mientras tanto Eragon colocó la
cuerda en el arco y sacó varias flechas.
Si hay problemas, estaré preparado.
Yo también —dijo Saphira.
Cuando se acercaron a donde estaba Brom, Eragon lo vio
de pie en un claro agitando los brazos. Saphira aterrizó y el muchacho saltó de
su montura en busca del peligro. Los caballos estaban atados a un árbol en el
borde del claro, pero no había nadie más. Eragon corrió hasta Brom.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
Brom se rascó la barbilla al tiempo que lanzaba una
serie de maldiciones.
—No vuelvas a impedirme al acceso a tu mente. Ya es
bastante difícil llegar a ti sin tener que luchar para que me escuches.
—Lo siento.
Brom resopló.
—Estaba un poco más adelante, río abajo, cuando de
pronto noté que se acababan las huellas de los ra'zac. Volví sobre mis pasos
hasta que encontré dónde desaparecían. Mira al suelo y dime lo que ves.
Eragon se arrodilló y examinó un revoltijo de huellas,
difícil de descifrar, pues había un montón de ellas superpuestas. Pertenecían a
los ra'zac, y Eragon supuso que hacía pocos días que estaban allí, pero encima
de esas huellas había unos extensos y profundos agujeros socavados en la
tierra, que le resultaban conocidos aunque no sabía de qué.
Se puso de pie y movió la cabeza.
—No tengo idea de que... —En ese momento miró a
Saphira y comprendió de qué se trataban los agujeros: cada vez que la dragona
despegaba, las garras de las patas traseras hacían el mismo tipo de agujeros en
la tierra—. No tiene sentido, pero lo único que se me ocurre es que los ra'zac
huyeron montados en dragones, o en algún pájaro gigante, y desaparecieron en el
cielo. Si tienes una explicación mejor, dímela.
Brom se encogió de hombros.
—He oído que los ra'zac van de un lado a otro a una
velocidad increíble, pero es la primera prueba que tengo de ese hecho. De modo
que, si es cierto que tienen corceles voladores, será casi imposible
encontrarlos. Sin embargo, no son dragones; de eso estoy seguro porque un
dragón nunca accedería a transportar a un ra'zac.
—¿Qué hacemos, pues? Saphira no puede seguirles la
pista por el cielo y, aunque pudiera, tendríamos que dejarte atrás.
—Este enigma no tiene fácil solución. Vamos a almorzar
mientras lo pensamos, y quizá nos llegue la inspiración mientras comemos.
Eragon, desanimado, fue a buscar las provisiones a las
alforjas, y comieron en silencio mientras contemplaban el desértico cielo.
Una vez más, Eragon pensó en su hogar y en lo que
estaría haciendo Roran. Lo asaltó la imagen de la granja quemada, y el dolor
amenazó con apoderarse de él. «¿Qué haré si no puedo encontrar a los ra'zac?
¿Cuál será mi objetivo entonces? Podría regresar a Carvahall. —Cogió una
cagarruta del suelo y la rompió con los dedos—. O seguir viajando con Brom y
continuar mi educación.» Dirigió la vista hacia la llanura con la esperanza de
aquietar sus pensamientos.
Cuando Brom terminó de comer, se puso de pie, se quitó
la capucha y dijo:
—He pensado en todos los trucos que conozco, en cada
palabra de poder que poseo y en todos los talentos que tengo, pero sigo sin
saber cómo podemos encontrar a los ra'zac. —Eragon se apoyó sobre la dragona,
desesperado—. Saphira podría dejarse ver en algún pueblo, y eso atraería a los
la'zac como moscas a la miel, pero sería una jugada sumamente arriesgada. Los
ra'zac traerían soldados, y hasta el rey estaría lo suficientemente interesado
para venir en persona, lo que nos garantizaría una muerte segura, a ti y a mí.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Eragon con un gesto
de impotencia—. ¿Tienes alguna idea, Saphira?
No.
—Depende de ti —le dijo Brom—. Ésta es tu cruzada.
Eragon apretó los dientes y se alejó de Brom y de
Saphira. En el momento en que estaba a punto de entrar en el bosque, su pie
golpeó algo duro. En el suelo había una cantimplora de metal con una correa de
cuero para colgársela al hombro, en cuya parte interior había grabada en plata
una insignia que Eragon reconoció como el emblema de los ra'zac.
Entusiasmado, recogió la cantimplora y desenroscó la
tapa. Del recipiente emanó un olor empalagoso, el mismo que había percibido
cuando encontró a Garrow bajo los escombros de la casa. Inclinó la cantimplora
y le cayó una gota de un líquido transparente y brillante sobre un dedo. En el
acto empezó a arderle, como si lo tuviera en el fuego. Eragon gritó y se frotó
la mano sobre la tierra. Al cabo de un momento se le calmó el dolor que se
convirtió en un latido, pero el líquido le había quemado un trozo de piel.
Haciendo muecas de dolor, corrió hasta donde estaba
Brom.
—¡Mira lo que he encontrado!
Brom cogió la cantimplora, la examinó y vertió un poco
de líquido en la tapa.
—Cuidado, te quemará la... —empezó a decir Eragon.
—La piel, ya sé —dijo Brom—. Y supongo que tú, sin
pensarlo, te echaste el líquido sobre la mano. Ah, ¿el dedo? Bueno, por lo
menos tuviste la sensatez de no beberlo, porque habrías quedado reducido a un
charco.
—¿Qué es? —preguntó Eragon.
—Aceite de pétalos de seithr, una planta que crece en una pequeña
isla de los gélidos mares del norte. En su estado natural, este aceite se usa
para conservar las perlas, les da lustre y las hace resistentes. Pero cuando se
pronuncian determinadas palabras sobre ese líquido, acompañadas de un
sacrificio cruento, adquiere la propiedad de corroer cualquier tipo de carne.
Esta particularidad no tendría nada de especial, puesto que hay muchos ácidos
que disuelven los tendones y los huesos, pero la diferencia es que deja intacto
todo lo demás: puedes meter cualquier cosa en el aceite y sacarlo sin que se
haya alterado, salvo que sea parte de un animal o de un ser humano. Esa
característica lo convierte en el arma favorita de tortura y de asesinato. Se
puede impregnar una pieza de madera con ese aceite, mojar con él la punta de una lanza o verterlo sobre unas sábanas, de modo que la persona
que entre en contacto con el material que lo contenga se queme viva. Se lo
puede usar de millones de maneras, limitadas sólo por tu ingenuidad. Las
heridas que causa cicatrizan muy lentamente, y es bastante escaso y caro,
especialmente en esta forma.
Eragon recordó las terribles quemaduras de Garrow.
«Eso fue lo que usaron», se dio cuenta, horrorizado.
—Me pregunto por qué lo dejaron los ra'zac si es tan
valioso.
—Se les habrá caído cuando huyeron.
—Pero ¿por qué no han vuelto a buscarlo? Dudo que el
rey se alegre de que lo hayan perdido.
—No, seguro que no —dijo Brom—, pero más le disgustará
que se demoren para llevarle noticias de ti. De hecho, si los ra'zac ya están
con él, ten la certeza de que el rey sabe tu nombre. Y eso significa que
deberemos tener mucho más cuidado cuando vayamos a los pueblos porque habrá
carteles y bandos sobre ti por todo el Imperio.
Eragon se quedó pensando.
—¿Tan raro es este aceite?
—Como un diamante en la pocilga de un cerdo —respondió
Brom, y al cabo de un instante, añadió—: En realidad, el aceite en su estado
natural es usado por los joyeros, pero sólo por aquellos que pueden
permitírselo.
—¿Hay gente entonces que comercia con él?
—Quizá uno o dos.
—Perfecto —dijo Eragon—. Entonces, en los pueblos de
la costa, ¿queda constancia de los cargamentos?
—Por supuesto. —Los ojos de Brom se iluminaron—. Si
podemos acceder a esos documentos, sabremos quién llevó el aceite al sur y
adonde se envió desde allí.
—¡Y los registros de compra del Imperio nos dirán
dónde viven los ra'zac! —concluyó Eragon—. No sé cuánta gente puede pagar este
aceite, pero no creo que sea muy difícil descubrir a los que no trabajan para
el Imperio.
—¡Eres un genio! —exclamó Brom sonriendo—. ¡Ojalá se
me hubiera ocurrido esa idea hace años: me habría ahorrado muchos quebraderos
de cabeza! La costa está llena de ciudades y de pueblos a los que pueden llegar
los barcos. Supongo que Teirm es el sitio para comenzar, ya que controla la
mayor parte del comercio. —Brom hizo una pausa, y continuó—: Por las últimas
noticias que tuve, mi amigo Jeod aún seguía viviendo allí, y aunque hace mucho
tiempo que no nos vemos, quizá esté dispuesto a ayudarnos. Y como es mercader,
es posible que tenga acceso a esos archivos.
—¿Cómo llegaremos a Teirm?
—Tendremos que dirigirnos al sudoeste hasta llegar a
un puerto de alta montaña en las Vertebradas, y una vez al otro lado,
seguiremos por la costa hasta Teirm.
Una suave brisa agitó el cabello de Brom.
—¿Podremos llegar a ese puerto en una semana?
—Sí, seguro. Si nos alejamos del Ninor hacia la
derecha, mañana ya veremos las montañas.
Eragon se acercó a Saphira y montó.
—De acuerdo, nos veremos a la hora de cenar.
Cuando remontaron el vuelo, le dijo a Saphira:
Mañana voy a montar a Cadoc. Y, antes de que protestes, quiero que sepas
que lo hago porque tengo que hablar con Brom.
Debes ir a caballo con él un día sí y un día no. De
esa forma, puedes seguir con tu aprendizaje, y yo tendré tiempo de cazar.
¿No te molesta?
Es necesario.
Cuando aterrizaron al final del día, Eragon se alegró
al descubrir que no le dolían las piernas, pues la silla lo protegía de las
escamas de Saphira.
Eragon y Brom sostuvieron su lucha nocturna, pero sin
mucha energía, ya que ambos estaban preocupados por los acontecimientos del
día. Cuando acabaron, al muchacho le ardían los brazos porque no estaba
acostumbrado al peso de Zar'roc.
Al día siguiente, mientras cabalgaban, Eragon preguntó
a Brom:
—¿Cómo es el mar?
—Seguramente ya habrás oído alguna descripción
—respondió Brom.
—Sí, pero ¿cómo es en realidad?
La mirada de Brom se enturbió, como si estuviera
contemplando una escena recóndita.
—El mar es la encarnación de la emoción: ama, odia y
llora; desafía todos los intentos de que lo capturen con palabras y rechaza
todas las cadenas. Digas lo que digas sobre él, siempre queda algo que no se
puede explicar. ¿Recuerdas que te conté que los elfos habían venido por el mar?
—Sí.
—Aunque vivían muy lejos de la costa, sentían una gran
fascinación por el océano. El ruido de las olas al romper en la orilla y el
aroma de la sal en el aire los afecta profundamente y han inspirado algunas de
sus canciones más bellas. Hay una que habla de ese amor, ¿te gustaría
escucharla?
—Sí, mucho —respondió Eragon, interesado.
Brom se aclaró la garganta y dijo:
—La traduciré del idioma antiguo lo mejor que pueda.
No será perfecta, pero te dará una idea de cómo sonaba la versión original.
—Tiró de las riendas de Nieve de Fuego para que se detuviera y cerró los
ojos. Se quedó en silencio durante un rato y luego cantó en voz baja— ¡Oh,
liquidez tentadora bajo el cielo azur, tu extensión dorada me llama, me
llama...!
Porque me haría a la mar de ahora en adelante,
si no fuera por la doncella elfa
que me llama, me llama.
Y ata mi corazón con un lazo de azucena,
que jamás se romperá si no fuera por el mar,
siempre desgarrado entre los árboles y las olas.
Las palabras resonaron de forma inolvidable en la
mente de Eragon.
—Sólo he recitado una estrofa, pero esa canción, Du
Sil-bena Batía, dice mucho más: cuenta la triste historia de dos
enamorados, Acallamh y Nuada, que estaban separados por su anhelo del mar. Para
los elfos es una historia con gran significado.
—Es muy bonita —dijo con sencillez Eragon.
Cuando se detuvieron aquella noche, las Vertebradas
eran un contorno apenas visible sobre el horizonte.
En cuanto llegaron al pie de las montañas, giraron y
las siguieron hacia el sur. Eragon se alegraba de estar otra vez cerca de las
Vertebradas: eran un reconfortante límite con el mundo. Al cabo de tres días
llegaron a un camino ancho en el que había huellas de ruedas de carros.
—Esta es la ruta principal entre la capital, Urú'baen,
y Teirm —dijo Brom—. Es una ruta muy transitada y la favorita de los
mercaderes, así que debemos tener más cuidado. Aunque no sea la época más
ajetreada del año, habrá gente que pasará por ella.
Los días transcurrieron deprisa mientras recorrían las
Vertebradas en busca del puerto de montaña. Eragon no podía quejarse de
aburrimiento: cuando no estudiaba el idioma de los elfos, aprendía a cuidar a
Saphira o a practicar la magia. También aprendía a cazar por medio de la magia,
lo que les permitía ganar tiempo: sostenía una piedra pequeña con la mano y se
la disparaba a su presa. Era imposible errar. Todas las noches los resultados
de sus esfuerzos terminaban asados en el fuego y, tras la cena, luchaba con
Brom con la espada y, de vez en cuando, con los puños.
Las prolongadas jornadas y el trabajo extenuante
eliminaron el exceso de grasa del cuerpo de Eragon. De ese modo los brazos del
muchacho se volvieron fibrosos y la bronceada piel se tensó sobre los
proporcionados músculos.
«Todo en mí se está poniendo fuerte», pensó
escuetamente.
Cuando al fin llegaron al puerto de montaña, Eragon
vio que un río surgía impetuoso de él y cruzaba el camino.
—Es el Toark —explicó Brom—. Lo seguiremos hasta
llegar al mar.
—¿Cómo es posible si sale de las Vertebradas en esta
dirección? —se rió Eragon—. Es imposible que desemboque en el océano, a menos
que vuelva por donde ha venido.
Brom giró el anillo que llevaba en el dedo.
—Porque en medio de las montañas está el lago Woadark
del que surge un río en cada extremo, y ambos se llaman Toark. Ahora vemos el
que fluye en dirección al este, que después forma un recodo hacia el sur y
cruza la maleza hasta llegar al lago Leona. En cambio, el otro río va hasta el
mar.
Al cabo de dos días de transitar por las Vertebradas,
llegaron a un promontorio desde el que se veía perfectamente el otro lado de
las montañas. Eragon notó cómo el paisaje se hacía más llano a lo lejos, y
refunfuñó al comprobar la distancia que aún les faltaba por recorrer.
—Ahí abajo —señaló Brom—, hacia el norte, está Teirm.
Es una ciudad antigua, y algunos dicen que fue el primer lugar de la Alagaësía
al que llegaron los elfos. Jamás ha sido derrotada su ciudadela, ni vencidos
sus guerreros.
Espoleó a Nieve de Fuego y se alejó del
promontorio.
Hasta el mediodía del día siguiente no consiguieron
descender por las laderas y llegar al otro lado de las montañas, donde las
tierras boscosas se aplanaban bruscamente; como ya no había montañas tras las
cuales ocultarse, Saphira volaba cerca del suelo y usaba todas las
anfractuosidades del terreno para esconderse.
Al salir del bosque notaron un cambio: los campos
estaban cubiertos de hierba y de brezo, y al caminar sobre ellos, se les
hundían los pies. El musgo recubría las piedras y las ramas, y bordeaba los
arroyos que serpenteaban por el lugar. El camino estaba lleno de charcos de
lodo que los caballos pisoteaban y, al cabo de poco rato, Eragon y Brom quedaron
recubiertos de salpicaduras de barro.
—¿Por qué es todo tan verde? —preguntó Eragon—. ¿No
hay invierno aquí?
—Sí, pero es suave y, además, la humedad y la neblina
que provienen del mar mantienen la vegetación muy viva. A algunos les gusta
este clima, pero yo lo considero triste y deprimente.
Al caer la noche instalaron el campamento en el lugar
más seco que encontraron.
—Deberías seguir montando a Cadoc —comentó Brom
mientras comían— hasta que lleguemos a Teirm. Ahora que salimos de las
Vertebradas, es probable que nos encontremos con otros viajeros y será mejor
que estés conmigo. Un anciano que viaja solo despertaría sospechas, pero si te
tengo a mi lado, nadie hará preguntas. Además, no quiero que, al entrar en la
ciudad, alguien que haya visto que no iba acompañado te vea aparecer de
repente.
—¿Usaremos nuestros nombres? —preguntó Eragon.
Brom se quedó pensando.
—No creo que podamos engañar a Jeod porque sabe el
mío, y me fío de él para decirle el tuyo, pero para los demás, yo seré Neal, y
tú, mi sobrino Evan. Si cometemos un error y nos delatamos, no creo que sea muy
grave, pero no quiero que todo el mundo sepa cómo nos llamamos. La gente tiene
la fastidiosa costumbre de recordar lo que no debe.
Tras dos días de viaje hacia el norte, en dirección al
océano, Saphira divisó Teirm. Sin embargo, Brom y Eragon no podían ver la
ciudad porque había una niebla tan espesa y tan baja que se lo impedía, hasta
que una brisa procedente del oeste la dispersó. El muchacho se quedó
boquiabierto en el momento que Teirm se reveló de pronto ante ellos, acurrucada
a orillas de un mar resplandeciente en el que atracaban espléndidas naves que
tenían las velas plegadas. A lo lejos se oía el sordo tronar de las olas.
La ciudad se alzaba detrás de una muralla blanca, de
más de treinta metros de altura y nueve metros de grosor, coronada por hileras
de almenas —de forma rectangular y acabadas en forma de flecha— en cuya parte
superior había una pasarela para los soldados y para los vigías. La lisa
superficie de la muralla estaba interrumpida por dos puertas levadizas de
hierro, una frente al mar occidental y la otra encarada hacia el sur, frente al
camino. Más allá de la muralla, y enclavada en la parte nororiental, se levantaba
la enorme ciudadela, construida con piedras gigantes y que tenía muchos
torreones. En la torre más alta brillaba resplandeciente la luz de un faro,
pero el castillo era lo único que se veía por encima de las fortificaciones.
Los soldados que vigilaban la puerta meridional
sostenían las picas sin prestar ninguna atención.
—Ésta es nuestra primera prueba —dijo Brom—. Esperemos
que el Imperio no les haya proporcionado información sobre nosotros, y no nos
detengan. Pero pase lo que pase, no te asustes ni te comportes de manera
sospechosa.
Aterriza ahora en alguna parte y escóndete. Vamos a
entrar —le dijo
Eragon a Saphira.
Ya estás otra vez metiendo las narices donde no te
llaman —respondió
ésta, irritada.
Lo sé, pero Brom y yo tenemos algunas ventajas que la
mayoría de la gente no tiene. No te preocupes.
Si te pasa algo, te engancharé a mi silla y no dejaré
que te separes de mí.
Yo también te quiero.
Entonces te ataré más fuerte que nunca.
Tratando de no despertar sospechas, Eragon y Brom
cabalgaron hacia la puerta sobre la que ondeaba una banderola amarilla con el
dibujo de un león rugiente y un brazo que sostenía un lirio. Al acercarse a la
muralla, Eragon preguntó, asombrado:
—¿Es muy grande este lugar?
—Más grande que todas las ciudades que hayas visto en
tu vida —respondió Brom.
En la entrada de Teirm, los soldados se pusieron en
posición de firmes y bloquearon la puerta con sus picas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó uno de ellos con tono de
aburrimiento.
—Me llamo Neal —respondió Brom con voz entrecortada,
que caminaba inclinado hacia un lado poniendo cara de idiota feliz.
—¿Y el otro? —preguntó también el guardia.
—Justo iba a decírselo. Es mi sobrino Evan, el hijo de
mi hermana, no es...
—Bien, bien... —El guardia asintió con impaciencia—.
¿Y qué quieres?
—Va a visitar a un viejo amigo —intervino Eragon con
un acento muy cerrado—. Voy con él para que no se pierda, no sé si me entiende.
Ya no es tan joven como antes, y en su juventud le dio demasiado el sol. Un
poco de fiebre cerebral, ya sabe.
Brom asintió, complacido.
—De acuerdo, pasad —dijo el guardia haciendo un gesto
con la mano, y bajó la pica—. Pero aseguraos de no causar problemas.
—¡Ah, no, no causará ninguno! —prometió Eragon.
Espoleó a Cadoc, y entraron en Teirm. Los
cascos de los caballos resonaron en la calle empedrada.
Una vez lejos de los guardias, Brom se puso derecho.
—Así que un poco de fiebre cerebral, ¿eh? —rezongó.
—No podía dejarte toda la diversión a ti, ¿no? —bromeó
Eragon.
Brom se aclaró la garganta con aspavientos y miró
hacia otro lado.
Las casas eran lúgubres y no presagiaban nada bueno.
Tenían unos ventanucos que apenas dejaban pasar algunos rayos de luz, estrechas
puertas, que estaban muy retiradas hacia el interior del edificio, y tejados
planos —salvo donde había un enrejado metálico— cubiertos por tejas de pizarra.
Eragon comprobó que las casas que estaban más cerca de la muralla de Teirm sólo
tenían una planta, pero a medida que se alejaban de ella, eran más altas. En
cambio, las que estaban más cerca de la ciudadela eran las de mayor altura,
aunque seguían siendo insignificantes en comparación con la fortaleza.
—Este lugar parece preparado para la guerra —comentó
el chico.
—En efecto —asintió Brom—. Teirm tiene una larga
historia de ataques de piratas, úrgalos y otros enemigos, pues desde hace mucho
tiempo es un centro comercial, y ya se sabe que siempre que los ricos acumulan
tanto con semejante abundancia se producen conflictos. De modo que la población
se ha visto obligada a tomar medidas extraordinarias para que no los invadan,
aunque también les sirve de ayuda que Galbatorix les haya dado soldados para
defender la ciudad.
—¿Por qué algunas casas son más altas que otras?
—Mira la ciudadela —señaló Brom—: desde ella se ve
Teirm sin ningún obstáculo. Si se abriera una brecha en la muralla desde el exterior,
se apostarían arqueros en todos los tejados, y como las casas de la periferia,
las que están junto a la muralla, son más bajas, los hombres que estuvieran
detrás de ellas podrían disparar sobre los invasores sin temor a alcanzar a sus
conciudadanos. Además, si el enemigo quisiera tomar esas casas y colocar a sus
propios arqueros sobre ellas, sería fácil dispararles.
—Nunca he visto una ciudad tan bien planificada como
ésta —comentó Eragon, maravillado.
—Sí, pero la reconstruyeron de esta forma tras una
incursión pirata que casi la quemó por completo.
Mientras avanzaban por la calle, la gente los miraba
inquisitivamente, pero sin gran interés.
«Comparada con Daret, aquí nos han dado la bienvenida
con los brazos abiertos. Quizá Teirm ha escapado al interés de los úrgalos»,
pensó Eragon.
Pero cambió de idea cuando un hombre fornido pasó
junto a ellos con una espada colgada de la cintura. Había también otros signos
más sutiles de tiempos adversos: no se veían niños jugando en las calles, la
gente tenía una expresión ceñuda y había muchas casas abandonadas, con marañas
de hierbas que crecían entre las grietas de los patios empedrados.
—Parece que han tenido dificultades —dijo Eragon.
—Lo mismo que en todas partes —respondió Brom con
tristeza—. Debemos buscar a Jeod.
Guiaron a los caballos al otro lado de la calle, hacia
una taberna, y los ataron a un poste.
—El Castaño Verde... maravilloso —murmuró Brom mirando
el maltrecho cartel que colgaba en lo alto mientras entraban en el
establecimiento.
El sombrío lugar no parecía muy seguro. En la chimenea
ardía un fuego, aunque nadie se molestaba en echarle más leña, mientras en los
rincones de la sala había unas pocas personas solitarias con expresión sombría
que apuraban sus tragos. Un hombre, al que le faltaban dos dedos, se
miraba los temblorosos muñones en una mesa de la otra punta. El tabernero, con
una mueca cínica, seguía frotando un vaso a pesar de que estaba roto.
Brom se inclinó sobre el mostrador.
—¿Sabe dónde puedo encontrar a un hombre llamado Jeod?
Eragon estaba a su lado jugueteando con la punta del
arco que le llegaba a la cintura. Lo llevaba cruzado sobre la espalda, pero en
ese momento deseó tenerlo en las manos.
—No —respondió el tabernero con voz exageradamente
alta—. ¿Por qué tendría que saberlo? ¿Cree que sigo el rastro a todos los
patanes sarnosos de este lugar abandonado?
Eragon hizo una mueca mientras todas las miradas se
volvían hacia ellos, pero Brom siguió hablando con tranquilidad.
—¿Y no podría hacer el esfuerzo de recordar? —dijo
mientras depositaba unas monedas sobre el mostrador.
El hombre se animó y dejó el vaso.
—Tal vez —respondió bajando la voz—, pero mi memoria
necesita un buen estímulo.
Brom puso mala cara, pero deslizó unas monedas más
sobre la barra. El tabernero se relamió la comisura de los labios, indeciso.
—De acuerdo —dijo al fin, y alargó el brazo para coger
las monedas.
Antes de que llegara a tocarlas, el hombre al que le
faltaban los dos dedos gritó desde su mesa.
—Gareth, ¿qué demonios haces? Cualquiera que pase por
la calle podría decirles dónde vive Jeod. ¿Por qué les cobras?
Brom se apresuró a guardar otra vez las monedas en su
saco, mientras Gareth le lanzaba una ponzoñosa mirada al hombre de la mesa, se
giraba y volvía a coger el vaso.
Brom se acercó al desconocido.
—Gracias. Me llamo Neal y él es Evan.
El hombre levantó la jarra en señal de brindis.
—Martin, y, por lo que veo, ya conocéis a Gareth.
—Tenía una voz grave y ronca—. Venid, sentaos —dijo señalando unas sillas
vacías—. No tengo ningún inconveniente.
Eragon acomodó su asiento para quedar de espaldas a la
pared y de cara a la puerta. Martin levantó una ceja, pero no hizo comentario
alguno.
—Me habéis ahorrado unas coronas —dijo Brom.
—Ha sido un placer. Aunque uno no puede culpar a
Gareth porque, últimamente, los negocios no van muy bien. —Martin se rascó la
barbilla—. Jeod vive en la parte oeste de la ciudad, justo al lado de la
herboristería de Angela. ¿Tenéis negocios con él?
—Más o menos —respondió Brom.
—Pues no creo que quiera comprar nada porque acaba de
perder otro barco hace unos días.
Brom se interesó enseguida por la noticia.
—¿Qué ha pasado? No habrán sido los úrgalos, ¿verdad?
—No —respondió Martin—. Se han marchado de la zona.
Hace casi un año que nadie ve a ninguno de esos monstruos, pues al parecer
todos se han ido al sur y al este. Así que el problema no son ellos. Mirad,
como seguramente sabéis, la mayor parte de nuestros negocios consisten en el
comercio por mar. Pues bien —se detuvo para tomar un trago—, desde hace varios
meses alguien ataca nuestros barcos, pero no se trata de la piratería habitual
porque sólo son atracados los barcos que transportan los productos de ciertos
mercaderes. Y Jeod es uno de ellos. La situación ha empeorado tanto que ningún
capitán acepta transportar artículos de esos comerciantes, lo que dificulta la
vida en este lugar, en especial, porque algunos de ellos tienen los negocios
marítimos más prósperos del Imperio. De modo que se han visto obligados a
mandar las mercancías por tierra, y ese hecho ha elevado espantosamente los
precios; aun así, las caravanas no siempre llegan.
—¿Tenéis idea de quién es el responsable? Habrá
testigos —dijo Brom.
—Nadie sobrevive a los ataques —explicó Martin con un
gesto negativo—. Los barcos zarpan, después desaparecen y nadie vuelve a
verlos. —Se inclinó hacia ellos, y añadió en tono confidencial—: Los marineros
dicen que es magia.
Asintió, guiñó un ojo y volvió a reclinarse.
Brom parecía preocupado por lo que acababa de oír.
—¿Y qué pensáis vos?
—No lo sé —respondió Martin encogiéndose de hombros
con cierto desinterés—. Y creo que no lo sabré a menos que tenga la desgracia
de estar en uno de esos barcos capturados.
—¿Sois marinero? —preguntó Eragon.
—No —soltó Martin—. ¿Por qué? ¿Lo parezco? Los
capitanes me contratan para defender sus barcos de los piratas, pero esa
escoria ladrona no ha estado muy activa últimamente. A pesar de todo, es un
buen trabajo.
—Pero peligroso —dijo Brom.
Martin volvió a encogerse de hombros y se acabó la
jarra de cerveza. Brom y Eragon se marcharon y enfilaron hacia la parte oeste
de la ciudad, la zona más bonita de Teirm. Las casas eran grandes, limpias y
estaban arregladas. La gente por las calles iba bien vestida, con prendas
caras, y caminaba con aplomo. Eragon se sentía fuera de lugar, como si llamara
la atención.
Como la herboristería tenía un colorido cartel, fue
fácil encontrarla. En la puerta estaba sentada una mujer de baja estatura y de
cabello rizado. Con una mano sostenía una rana y con la otra escribía. Eragon
supuso que era Angela, la herbolaria. A cada lado de la tienda había una casa.
—¿Cuál crees que es la de Jeod? —inquirió el muchacho.
—Vamos a averiguarlo —dijo Brom, pensativo. Se acercó
a la mujer y preguntó educadamente—. ¿Podríais decirnos cuál es la casa de
Jeod?
—Sí, podría —respondió sin dejar de escribir.
—¿Y nos lo diréis?
—Sí.
Pero se quedó en silencio mientras escribía más
deprisa.
La rana que tenía en la mano croó y los miró con ojos
torvos. Brom y Eragon esperaron incómodos, pero la mujer no dijo nada más.
Eragon estaba a punto de soltar algo, cuando Angela levantó la vista.
—¡Por supuesto que os lo diré! Lo único que tenéis que
hacer es preguntarlo. La primera pregunta fue si «podría» o no decirlo, y la
segunda, si lo «haría». Pero en realidad no me habéis hecho la pregunta.
—Pues dejadme que os la haga adecuadamente —dijo Brom
con una sonrisa—. ¿Dónde vive Jeod? ¿Y por qué tiene usted una rana?
—Bueno, ahora sí que nos entenderemos —bromeó la
mujer—. La casa de Jeod es la de la derecha. En cuanto a la rana...(bien, en
realidad es un sapo) estoy intentando demostrar que los sapos no existen... que
sólo hay ranas.
—¿Cómo es posible que no existan los sapos si ahora
mismo tenéis uno en la mano derecha? —interrumpió Eragon—. Además, ¿para qué
sirve demostrar que sólo hay ranas?
La mujer movió la cabeza con fuerza y los oscuros
rizos rebotaron.
—No, no, no comprendéis. Si demuestro que los sapos no
existen, entonces este bicho es una rana y nunca fue un sapo. Por lo tanto, el
sapo que ves ahora no existe. Y —levantó el meñique— si demuestro que sólo hay
ranas, los sapos no podrán hacer nada malo, como provocar que se caiga un
diente, que salgan verrugas, o envenenar y matar a las personas. Además, las
brujas no podrán usar ninguno de sus hechizos porque, naturalmente, no habrá
ningún sapo.
—Comprendo —dijo Brom con delicadeza—. Parece
interesante y me gustaría que me lo explicarais mejor, pero ahora debo ir a ver
a Jeod.
—Claro —dijo ella, y agitó la mano mientras volvía a
su escritura.
Cuando se alejaron de la herbolaria, Eragon comentó:
—¡Está loca!
—Es posible —dijo Brom—, pero nunca se sabe. A lo
mejor descubre algo útil, así que no la critiques. Quién sabe... ¡los sapos en
realidad podrían ser ranas!
—Y mis zapatos, de oro —replicó Eragon.
Se detuvieron delante de una puerta que tenía una
aldaba de hierro forjado y un umbral de mármol. Brom llamó tres veces, pero
nadie respondió. Eragon se sentía un poco tonto.
—A lo mejor no es esta casa. Probemos en la otra
—dijo.
Brom no le hizo caso y volvió a llamar, esta vez más
fuerte.
De nuevo, no hubo respuesta. Eragon se apartó
nervioso, pero en ese momento oyó que alguien se acercaba: una mujer joven, de
tez pálida y cabello rubio claro abrió una rendija. Tenía los ojos hinchados,
como si hubiera estado llorando, pero su voz era perfectamente firme.
—¿Qué deseáis?
—¿Vive aquí Jeod? —preguntó Brom con amabilidad.
La mujer agachó un poco la cabeza.
—Sí, es mi marido. ¿Os está esperando?
No abrió más la puerta.
—No, pero tenemos que hablar con él —dijo Brom.
—Está muy ocupado.
—Hemos venido desde muy lejos. Es muy importante que
lo veamos.
—Está ocupado —repitió con expresión dura.
Brom se puso nervioso, pero no perdió el tono amable.
—Puesto que no está disponible, ¿podríais darle un
mensaje? —La mujer hizo una mueca con la boca, pero accedió—. Decidle que un
amigo de Gil'ead lo espera fuera.
—Muy bien —respondió la mujer, aunque con expresión de
desconfianza, y cerró la puerta bruscamente.
—No ha sido muy educada —comentó Eragon mientras la
oía alejarse.
—Guárdate tus opiniones —le soltó Brom—. Y no digas
nada. Déjame hablar a mí.
Se cruzó de brazos y empezó a tamborilear con los
dedos. Por su parte, Eragon cerró la boca y miró hacia otro lado.
De repente, se abrió la puerta de par en par, y un
hombre de elevada estatura salió de la casa. Las prendas que vestía eran caras,
pero estaban muy ajadas; tenía el pelo canoso y ralo, y el rostro, en el que
destacaban unas cejas muy pequeñas, reflejaba una expresión de tristeza. Una
larga cicatriz le cruzaba el cráneo hasta la sien.
Al verlos, los ojos se le desorbitaron y se apoyó en
el vano de la puerta, estupefacto. Abrió y cerró la boca varias veces como un
pez agonizante.
—¿Brom...? —preguntó en voz baja, incrédula.
Brom se llevó el índice a los labios y se acercó a
estrechar la mano del hombre.
—¡Me alegro de verte, Jeod! Y me alegro también de que
no te falle la memoria, pero no uses ese nombre. Sería una desgracia que
alguien supiera que estoy aquí.
Jeod miró a su alrededor con expresión de angustia.
—Pensaba que estabas muerto —murmuró—. ¿Qué ha pasado,
Brom? ¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo antes?
—Te lo explicaré todo. ¿Tienes algún lugar donde
podamos hablar con tranquilidad?
Jeod dudó mientras miraba alternativamente a Brom y a
Eragon con expresión impenetrable.
—Aquí no es posible —dijo al fin—, pero si esperas un
momento te llevaré a un sitio donde podremos hacerlo.
—De acuerdo —dijo Brom, yjeod desapareció por la
puerta.
«Espero enterarme de parte del pasado de Brom», pensó
Eragon.
Cuando reapareció, Jeod llevaba un estoque y una
chaqueta finamente bordada sobre los hombros, a juego con un sombrero de
plumas. Brom echó una mirada crítica a todas esas galas, pero Jeod se encogió
de hombros con timidez.
Los condujo a través de Teirm hacia la ciudadela.
Eragon iba con los caballos detrás de los dos hombres. Al fin Jeod les señaló
su destino.
—Risthart, el señor de Teirm, ha decretado que todos
los comerciantes tengan sus despachos en el castillo. A pesar de que la mayoría
hacemos los negocios en otra parte, tenemos que alquilar habitaciones allí. Es
absurdo, pero lo acatamos para mantenerlo tranquilo. Allí estaremos a salvo de
oídos indiscretos; los muros son muy gruesos.
Pasaron por la puerta principal de la fortaleza y
accedieron a la torre. Jeod se dirigió a una puerta lateral y señaló un aro de
hierro.
—Puedes atar ahí los caballos. Nadie los molestará.
Una vez atados Nieve de Fuego y Cadoc, abrió la puerta con una llave de
hierro y los hizo pasar.
Se trataba de un corredor largo y vacío, iluminado por
antorchas colgadas en las paredes. Eragon se sorprendió del frío y de la
humedad que hacía, y al tocar las paredes, los dedos se le deslizaron sobre una
capa de lodo que le dio escalofríos.
Jeod cogió una antorcha del soporte y los guió por el
pasillo. Se detuvieron delante de una pesada puerta de madera; Jeod la abrió y
los hizo pasar a una habitación, cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra de
piel de oso sobre la que había unas sillas tapizadas. Unas estanterías,
atestadas de ejemplares encuadernados en cuero, cubrían las paredes.
Puso leña en la chimenea y metió la antorcha debajo.
El fuego empezó a arder enseguida.
—Bueno, viejo, me debes algunas explicaciones.
—¿A quién llamas viejo? —dijo Brom sonriendo—. La
última vez que te vi no tenías ni una cana, y en cambio, ahora tu cabellera
parece que está en su fase final de descomposición.
—Y tú estás igual que hace casi veinte años. Al
parecer, el tiempo te ha conservado como un viejo cascarrabias que castiga a
cada nueva generación con su sabiduría. ¡Bueno, ya basta! Cuéntame, ya que
siempre ha sido algo que se te ha dado bien —dijo Jeod con impaciencia, al
mismo tiempo que Eragon aguzaba el oído y, ansioso, se disponía a escuchar lo
que Brom iba a decir.
Brom se acomodó en la silla y sacó la pipa. Formó
despacio una voluta de humo que se volvió verde, se desplazó hacia la chimenea
y ascendió por ella.
—¿Te acuerdas de lo que hacíamos en Gil'ead?
—Por supuesto —respondió Jeod—. Ese tipo de cosas no
se olvida.
—Y te quedas corto, pero es verdad a pesar de todo
—replicó Brom—. Cuando... nos separaron, no logré encontrarte y, en medio del
tumulto, fui a parar por casualidad a una pequeña habitación donde no había
nada extraordinario, sólo cajones y cajas, pero me puse a revolver en ellos por
pura curiosidad, y la fortuna me sonrió porque encontré lo que habíamos estado
buscando. —El asombro se dibujó en la cara de Jeod—. Una vez que lo tuve en mis
manos, no pude esperarte. Habrían podido descubrirme en cualquier momento, y
todo se hubiera perdido. Así pues, me disfracé lo mejor que pude, huí de la
ciudad y corrí hasta el... –Brom vaciló, miró a Eragon y añadió—: hasta nuestros
amigos. Lo guardaron en un sótano, para que estuviera a salvo, y me hicieron
prometer que cuidaría de quienquiera que lo recibiera, pero yo debía
desaparecer hasta el momento en que mis habilidades fueran requeridas. Nadie
tenía que saber que yo estaba vivo, ni siquiera tú, aunque me dolió hacerte
sufrir innecesariamente. Así que me marché al norte, y me oculté en Carvahall.
Eragon apretó las mandíbulas, rabioso de que Brom lo
mantuviera a ciegas a propósito.
—Entonces, ¿nuestros... amigos han sabido siempre que
estabas vivo? —preguntó Jeod frunciendo el entrecejo.
—Sí.
—Supongo que la artimaña era imprescindible —dijo con
un suspiro—, pero ojalá me lo hubieran dicho. ¿No está Carvahall más hacia el
norte, al otro lado de las Vertebradas? —Brom asintió, y Jeod, por primera vez,
prestó atención a Eragon, y los ojos grises del hombre lo examinaron
detalladamente. Después levantó las cejas y señaló—: Supongo, entonces, que
estás cumpliendo con tu deber.
Brom hizo un gesto negativo.
—No, no es tan sencillo. Lo robaron tiempo atrás, al
menos eso es lo que presumo, porque no he vuelto a tener noticias de nuestros
amigos y supongo que sus mensajeros fueron detenidos, así que decidí averiguar
por mi cuenta lo que pudiera. Y como resulta que Eragon viajaba en la misma
dirección, estamos juntos desde hace algún tiempo.
Jeod parecía intrigado.
—Pero si no han enviado ningún mensaje, ¿cómo sabes
que lo...?
—El tío de Eragon —lo interrumpió deprisa Brom— fue
brutalmente asesinado por los ra'zac, luego incendiaron la casa y casi lo cogen
a él. Un hecho así merece vengarse, pero nos han dejado sin pistas que seguir,
y necesitamos ayuda para encontrarlos.
—Comprendo... —La duda desapareció del rostro de
Jeod—. Pero, ¿por qué has venido aquí? No sé dónde pueden ocultarse los ra'zac,
y si alguien lo sabe no te lo dirá.
Brom se puso de pie, metió la mano dentro de su
túnica, sacó la cantimplora y se la pasó a Jeod.
—Contiene aceite de seithr, del peligroso. Lo llevaban los
ra'zac, pero lo perdieron en el sendero, y nosotros lo encontramos por
casualidad. De modo que tenemos que ver los archivos de los cargamentos de
Teirm para seguir la pista de las compras de aceite del Imperio. Y eso nos llevará
a la guarida de los ra'zac.
Jeod se quedó reflexionando mientras la cara se le
surcaba de arrugas.
—¿Ves todo eso? —preguntó señalando los libros de los
estantes—. Son los documentos de mi negocio. ¡De un solo negocio! Te has
embarcado en un proyecto que podría llevarte meses y, además, hay otro problema
mayor aún: los libros de contabilidad que solicitas se guardan en este
castillo, pero solamente Brand, el administrador de cuentas de Risthart, los
examina con regularidad. A los mercaderes como yo no se nos permite
manipularlos porque temen que falsifiquemos los resultados y engañemos al
Imperio para evadir sus apreciados impuestos.
—No tengo problemas de tiempo —dijo Brom—, puesto que
necesitamos descansar unos días para pensar en los procedimientos.
—Parece que ahora me ha llegado el turno de ayudarte a
ti —dijo Jeod sonriendo—. Desde luego, mi casa es tu casa. ¿Usarás otro nombre
mientras estés aquí?
—Sí. Yo soy Neal, y el muchacho es Evan.
—Eragon —dijo Jeod, pensativo—. Tienes un nombre
único, pues a muy pocos se les ha puesto el nombre del primer Jinete. En mi
vida, sólo he sabido de tres personas que lo llevaran.
Eragon se sorprendió de que Jeod supiera el origen de
su nombre.
—¿Puedes ir a ver si los caballos están bien? —dijo
Brom mirando a Eragon—. Creo que no he dejado muy bien
atado a Nieve de Fuego.
«Me parece que están tratando de ocultarme algo. En
cuanto salga van a hablar de ello.»
A pesar de todo, Eragon se levantó de la silla y salió
de la habitación dando un portazo. Nieve de Fuego ni se había movido,
pues el nudo que lo sujetaba estaba perfectamente bien. El muchacho se apoyó de
mal humor contra la pared mientras acariciaba el cuello de los caballos.
«No es justo —se quejó en silencio—. ¡Ojalá pudiera
escuchar lo que dicen!» De repente, entusiasmado, se irguió. En una ocasión,
Brom le había enseñado unas palabras que podían mejorar su capacidad auditiva.
«Un oído agudo no es exactamente lo que quiero, pero debería ser capaz de
conseguir que las palabras cumplan su cometido. Después de todo, ¡no estuvo mal
lo que logré con brisingr!»
Se concentró y se puso en contacto con su poder.
Cuando lo alcanzó, dijo:
—¡Thverr stenr un atra eka hórna!
Y cargó las palabras con su voluntad.
Mientras el poder surgía de él, oyó un tenue murmullo,
pero nada más. Desilusionado, se echó hacia atrás, pero se sobresaltó al
escuchar a Jeod que decía:
—...y hace casi ocho años que me dedico a eso.
Eragon miró a su alrededor: no había nadie, salvo unos
pocos guardias apoyados contra la pared del otro extremo de la torre. Sonrió y
se sentó en el patio con los ojos cerrados.
—Jamás me imaginé que te convertirías en mercader
—dijo Brom—. ¡Después de pasar tanto tiempo con los libros y de haber
encontrado el pasadizo de esa manera! ¿Qué fue lo que te hizo dedicarte a los
negocios en lugar de continuar con el estudio?
—Después de Gil'ead, perdí el interés en seguir
sentado en húmedas habitaciones leyendo pergaminos, y decidí ayudar a Ajinad lo
mejor que podía. Pero no soy un guerrero. Mi padre también era mercader, como
recordarás, y me ayudó en los comienzos. Sin embargo, el grueso de mi negocio
no es más que una tapadera para introducir bienes en Surda.
—Pero por lo que he oído, las cosas van muy mal
—comentó Brom.
—Sí, últimamente no se ha conseguido pasar ninguno de
los cargamentos, y Tronjheim se está quedando sin suministros. De alguna forma
el Imperio, o por lo menos yo creo que son ellos, ha descubierto a los que
ayudábamos a Tronjheim. Sin embargo, no estoy absolutamente convencido de que
se trate del Imperio, pues nadie ha visto ningún soldado. No lo comprendo.
Quizá Galbatorix ha contratado mercenarios para destruirnos.
—Me han dicho que recientemente has perdido un barco.
—Sí, el último que me quedaba —respondió Jeod con
amargura—. Todos los hombres a bordo eran leales y valientes. Dudo que los
vuelva a ver... La única opción que me queda es enviar caravanas a Surda o a
Gil'ead, y sé que no llegarán por muchos guardias que contrate, o bien alquilar
el barco de otra persona para llevar las mercancías. Pero ahora nadie querrá
hacerlo.
—¿Cuántos mercaderes te han ayudado? —preguntó Brom.
—¡Ah, un buen número, de un lado a otro del litoral, y
todos ellos se han visto asediados por los mismos problemas! Sé lo que estás
pensando: yo mismo he cavilado sobre ello más de una noche, pero me resisto a
la idea de que haya un traidor tan poderoso y que sepa tanto. Si hubiera
alguno, todos estaríamos en peligro. Deberías volver a Tronjheim.
—¿Y llevar allí a Eragon? —lo interrumpió Brom—. Lo
destrozarían. Hoy por hoy, es el peor lugar en el que podría estar. Quizá sea
adecuado dentro de unos meses o, mejor, dentro de un año. ¿Te imaginas cómo
reaccionarían los enanos? Todo el mundo trataría de influir sobre él,
especialmente Islanzadi. Él y Saphira no estarían a salvo en Tronjheim hasta
que yo haya conseguido que pasen, como mínimo, por el tuatha du orothrim.
«¡Enanos! —pensó Eragon, entusiasmado—. ¿Dónde está eso de Tronjheim? ¿Y por qué le ha hablado a Jeod de Saphira? ¡No debió
hacerlo sin pedirme permiso!»
—Sin embargo, tengo la sensación de que necesitan tu
poder y tu sabiduría.
—¿Sabiduría? —soltó Brom—. Sólo soy lo que has dicho
antes: un viejo cascarrabias.
—Muchos no estarían de acuerdo.
—Déjalos, no tengo por qué explicar nada de mí mismo.
No, Ajinad tendrá que arreglárselas sin mí. Lo que estoy haciendo ahora es
mucho más importante, pero la perspectiva de la existencia de un traidor
despierta dudas muy perturbadoras. Me gustaría saber si ése fue el medio por el
que el Imperio sabía dónde...
Su voz se desvaneció.
—Y me pregunto por qué no se pusieron en contacto
conmigo por este asunto —dijo Jeod.
—A lo mejor lo intentaron. Pero si hay un traidor...
—Brom se calló—. Tengo que avisar a Ajihad. ¿Tienes algún mensajero digno de
confianza?
—Creo que sí. Depende de adonde tenga que ir.
—No lo sé —dijo Brom—. He estado aislado demasiado
tiempo, mis contactos probablemente han muerto o se han olvidado de mí. ¿Puedes
mandarlo a visitar a quienes reciben tus cargamentos?
—Sí, pero es peligroso.
—¿Y qué no lo es últimamente? ¿Cuándo puede partir?
—Por la mañana. Lo mandaré a Gil'ead. Será más rápido
—dijo Jeod—. ¿Qué puede llevar para convencer a Ajihad de que el mensaje
procede de ti?
—Toma, dale a tu hombre mi anillo y dile que si lo
pierde, yo mismo le arrancaré el hígado. Me lo dio la reina.
—¡Qué sentido del humor!
Brom soltó un gruñido.
—Vayamos a ver a Eragon —dijo tras un largo silencio—.
Estoy inquieto cuando está solo porque el muchacho tiene la anormal tendencia
de estar allí donde hay problemas.
—¿Te sorprende?
—La verdad es que no.
Eragon oyó el ruido de las sillas cuando las corrieron
hacia atrás al levantarse. Desconectó enseguida la mente y abrió los ojos.
«¿Qué está sucediendo? —murmuró para sí mismo—. Jeod y
otros mercaderes están en apuros por ayudar a gente que el Imperio no favorece.
Y Brom encontró algo en Gil'ead y fue a Carvahall para esconderse. ¿Qué era tan
importante para que dejara que su amigo creyera que había muerto hace casi
veinte años? Además, ha mencionado a una reina, aunque no hay ninguna en los
reinos que se conocen, y ha nombrado a los enanos, quienes, según él mismo me
dijo, desaparecieron bajo tierra hace mucho tiempo.»
¡Quería respuestas! Sin embargo, ahora no le
plantearía nada a Brom para no poner en peligro la misión que llevaban entre
manos. No, esperaría hasta que se marcharan de Teirm y entonces insistiría
hasta que el anciano le contara sus secretos. Los pensamientos aún le daban
vueltas por la cabeza cuando se abrió la puerta.
—¿Estaban bien los caballos? —preguntó Brom.
—Perfectos —respondió Eragon.
Los desataron y salieron del castillo.
—Dime, Jeod —dijo Brom mientras regresaban al centro
de Teirm—, así que al fin te has casado. Y —le guiñó un ojo—con una joven muy
guapa. Felicidades.
Jeod no pareció alegrarse por el halago, sino que
hundió los hombros y se quedó mirando el pavimento.
—Si las felicitaciones corresponden o no es algo
discutible. Helen no es muy feliz.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere? —preguntó Brom.
—Lo normal —dijo Jeod haciendo un gesto de
resignación—: un buen hogar, hijos alegres, comida en la mesa y una compañía
agradable. La cuestión es que proviene de una familia pudiente y su padre ha
hecho fuertes inversiones en mi negocio. Si sigo sufriendo estas pérdidas, no
habrá suficiente dinero para mantener el estilo de vida al que está
acostumbrada.
»Pero por favor—continuó Jeod—, no quiero que mis
problemas sean los tuyos. No hay que importunar a un invitado con las propias
preocupaciones, así que mientras estés en mi casa, no dejaré que te moleste
nada más que un estómago demasiado lleno.
—Gracias —dijo Brom—. Agradecemos tu hospitalidad.
Hemos viajado mucho sin ningún tipo de comodidades. Por cierto, ¿sabes por
casualidad dónde puedo encontrar una tienda barata? Esta cabalgata ha
destrozado nuestra ropa.
—Claro. Es mi trabajo —contestó Jeod con alegría.
Hablaron animadamente sobre precios y tiendas hasta
que llegaron a la casa.
—¿Te importaría que fuéramos a comer a alguna otra
parte? —preguntó Jeod—. Sería inoportuno que entrarais ahora.
—Como quieras —respondió Brom.
—Gracias. —Jeod pareció aliviado—. Dejemos los
caballos en mi establo.
Así lo hicieron, y luego lo siguieron hasta una
taberna muy grande. A diferencia de El Castaño Verde, ésta era bulliciosa,
limpia y estaba llena de ruidosos clientes. Cuando llegó el segundo plato, un
lechón relleno, Eragon atacó la carne con voracidad, pero saboreó especialmente
la guarnición de patatas, zanahorias, nabos y manzanas dulces, pues hacía
tiempo que sólo comía presas de caza.
Se demoraron horas con la comida, mientras Brom y Jeod
intercambiaban historias. A Eragon no le importó. Sentía calorcillo, una
melodía alegre resonaba al fondo de la estancia y había comida más que
suficiente. El animado murmullo de la taberna le resultaba agradable a los
oídos.
Cuando al fin salieron del lugar, el sol ya estaba
casi sobre el horizonte.
—Vosotros seguid, yo tengo que ir a comprobar algo
—dijo Eragon.
Quería ver a Saphira y asegurarse de que estaba bien
escondida.
—Ten cuidado y no tardes mucho —accedió Brom,
distraído.
—Espera —dijo Jeod—. ¿Vas a salir de Teirm? —Eragon
dudó y asintió de mala gana—. Asegúrate de volver a la ciudad antes de que sea
de noche porque cierran las puertas, y los guardias no te dejarán entrar hasta
la mañana.
—No tardaré —prometió Eragon.
Se dio la vuelta y corrió por una calle lateral hacia
la muralla exterior de Teirm. Una vez fuera de la ciudad, respiró hondo
disfrutando del aire fresco.
¡Saphira! —llamó—. ¿Dónde estás?— Ella lo fue guiando hasta un
acantilado cubierto de musgo y rodeado de arces. Eragon vio que asomaba la
cabeza por encima de los árboles y le hacía señas con la pata—. ¿Cómo quieres que suba hasta allí?
Busca un claro, y bajaré a recogerte.
No —replicó él al ver el acantilado—, no es necesario. Ya subiré yo.
Es muy peligroso.
Y tú te preocupas demasiado. Déjame que me divierta un
poco.
Eragon se quitó los guantes y empezó el ascenso. El
muchacho disfrutaba del esfuerzo físico, y como la pared estaba llena de rocas
a las cuales podía agarrarse, le resultaba fácil subir. Pronto dejó atrás los
árboles, y al llegar a un saliente, se detuvo para recobrar el aliento.
Una vez recuperadas las fuerzas, se estiró para
agarrarse a otra roca, pero el brazo no le llegaba. Chasqueado, buscó alguna
grieta o protuberancia de la que agarrarse, pero no había ninguna. Entonces
intentó retroceder, pero las piernas no le llegaban al último saliente. Saphira
lo observaba sin parpadear. Por fin el chico se rindió y dijo:
Bueno, acepto tu ayuda.
Es culpa tuya.
Sí, ya sé. ¿Vas a venir a buscarme o no?
Si yo no estuviera por aquí, te verías en apuros.
No hace falta que me lo digas.
Eragon miró hacia arriba.
Tienes razón. Después de todo, ¿cómo puede una simple
dragona decirle a un hombre como tú lo que tiene que hacer?
En realidad, todo el mundo debería quedarse
impresionado por tu genial idea de encontrar el único camino sin salida. Vaya,
si hubieras avanzado un poco hacia cualquiera de los dos lados, el camino hasta
aquí arriba habría estado despejado.
Ladeó la cabeza y lo miró echando chispas por los
ojos.
De acuerdo. Me equivoqué. Ahora ¿puedes sacarme de
aquí, por favor? —le rogó.
La dragona retiró la cabeza del borde del acantilado.
¿Saphira? —la llamó al cabo de un momento, pero en lo alto sólo
se veían árboles que se agitaban.
—¡Saphira! —rugió—. ¡Vuelve!
Con un ruido sordo, Saphira salió disparada de lo alto
del acantilado y dio una vuelta por el aire. Planeó hacia Eragon como un
murciélago gigante, y al cogerlo de la camisa con las garras, le arañó la
espalda. Eragon se soltó de la roca mientras la dragona lo elevaba por el aire
y, tras un breve vuelo, lo depositó con suavidad en lo alto del acantilado y lo
soltó.
Qué tontería —dijo Saphira en voz baja.
Eragon miró hacia otro lado y examinó el paisaje. El
acantilado ofrecía una vista espléndida de los alrededores, especialmente del
mar cubierto de espuma, y al mismo tiempo era una protección ideal de miradas
inoportunas. Sólo los pájaros podían ver a la dragona en aquel lugar: era
perfecto.
¿Es digno de confianza el amigo de Brom? —preguntó Saphira.
No lo sé. —Eragon le contó los acontecimientos del día—. Hay
fuerzas que nos rodean de las que no somos conscientes. A veces me pregunto si
alguna vez llegaremos a entender las auténticas motivaciones de la gente que
tenemos a nuestro alrededor. Todos parecen guardar secretos.
Así es la vida. No hagas caso de las intrigas y ten
confianza en la naturaleza de cada persona. Brom es bueno y no pretende
hacernos daño. No tenemos por qué tener miedo de sus planes.
Eso espero —respondió Eragon mirándose las manos.
Pero realmente eso de encontrar a los ra'zac a través
de documentos escritos es una extraña manera de seguirles la pista. ¿No habría
algún modo de usar la magia para ver los libros de contabilidad sin tener que
estar en esa habitación? —preguntó Saphira.
No estoy seguro. Tendría que combinar la palabra «ver»
con «de lejos»... o quizá «luz» con «lejos». En todo caso, parece bastante
difícil, pero se lo preguntaré a Brom.
Sería sensato.
Se sumieron en un tranquilo silencio.
¿Sabes una cosa? Es posible que tengamos que quedarnos
un tiempo aquí.
Y, como siempre, yo tendré que esperar fuera —respondió Saphira con tono de enfado.
No es eso lo que yo deseo, pero pronto volveremos a
viajar juntos.
¡Ojalá ese día llegue pronto!
Eragon sonrió y la abrazó. En ese momento se dio
cuenta de que estaba oscureciendo deprisa.
Debo irme ahora, antes de que me dejen fuera de Teirm.
Mañana ve a cazar, te veré por la tarde.
Saphira desplegó las alas.
Ven, te llevaré hasta abajo.
Eragon montó sobre el lomo cubierto de escamas y se
agarró con fuerza mientras Saphira despegaba sobre el borde del acantilado,
sobrevolaba los árboles y aterrizaba sobre una loma. Eragon le dio las gracias
y regresó corriendo a Teirm.
Vio los rastrillos de las murallas en el momento en
que empezaban a bajar. Gritó que lo esperaran, aceleró el paso y consiguió
pasar apenas unos segundos antes de que las puertas se cerraran de un golpe.
—Has llegado un poco justo —observó uno de los
guardias.
—No volverá a pasar —aseguró Eragon mientras se
agachaba para recuperar el aliento.
Serpenteó por las oscuras callejuelas de la ciudad
hasta la casa de Jeod. Un fanal colgaba fuera como un faro.
Un mayordomo regordete atendió su llamada y lo
acompañó por la casa sin decir palabra. Las paredes de piedra estaban cubiertas
de tapices, mientras que alfombras de intrincados dibujos estaban distribuidas
por el suelo de lustrosa madera, que brillaba a la luz de tres candelabros de
oro que pendían del techo donde se acumulaba el humo que flotaba en el aire.
—Por aquí, señor. Vuestro amigo ya está en el estudio.
Pasaron por delante de montones de puertas hasta que
el mayordomo abrió una que daba a un estudio. Las paredes estaban llenas de
estanterías con libros. Pero a diferencia de los del despacho de Jeod, éstos
eran de diferentes formas y tamaños. Un hogar con leña encendida calentaba la
habitación, y Brom y Jeod estaban sentados a un escritorio oval hablando
amistosamente. Brom levantó la pipa y dijo con voz jovial:
—¡Ah, ya estás aquí! Empezábamos a preocuparnos por
ti. ¿Qué tal el paseo?
«Me pregunto por qué estará de tan buen humor. ¿Por
qué no sale y me pregunta cómo está Saphira?»
—Agradable, pero los guardias casi me dejan fuera de
la ciudad. Y Teirm es grande. Me costó encontrar la casa.
Jeod rió.
—Cuando hayas visto Dras-Leona, Gil'ead o, incluso,
Kuasta, no te impresionarás tan fácilmente con esta pequeña ciudad marítima,
aunque a mí me gusta. Cuando no llueve, Teirm es realmente muy bonita.
Eragon se volvió hacia Brom.
—¿Tienes idea de hasta cuándo nos quedaremos aquí?
—Es difícil decirlo —contestó Brom alzando las palmas
de las manos—. Depende de si podemos ver los libros o no, y del tiempo que
tardemos en encontrar lo que buscamos. Todos tenemos que contribuir; será un
trabajo enorme. Mañana hablaré con Brand y veré si nos deja examinar los
libros.
—No creo que yo pueda ayudar —dijo Eragon moviéndose
inquieto.
—¿Por qué no? —preguntó Brom—. Habrá mucho trabajo
para ti.
—No sé leer —afirmó Eragon bajando la cabeza.
Brom se puso tenso, sin creérselo.
—¿Quieres decir que Garrow no te enseñó?
—¿Acaso él sabía leer? —preguntó Eragon, intrigado.
Jeod los miraba con interés.
—¡Claro que sabía! —soltó Brom—. El tonto orgulloso...
¿qué se creía? Tendría que haberme imaginado que no te había enseñado.
Probablemente lo consideraba un lujo innecesario. —Frunció el entrecejo y se
tiró de la barba, enfadado—. Eso retrasa un poco mis planes, pero no de forma
irreparable. Tendré que enseñarte a leer. No tardarás mucho en aprender si te
esfuerzas.
Eragon hizo una mueca. Las lecciones de Brom solían
ser intensas y brutalmente directas.
«¿Cuántas cosas más puedo aprender de golpe?»
—Creo que es necesario —dijo el muchacho, arrepentido.
—Te gustará. Puedes aprender muchas cosas de los
libros y de los pergaminos —dijo Jeod señalando las paredes—. Estos libros son
mis amigos, mis compañeros. Me hacen reír o llorar y le dan un sentido a mi
vida.
—Parece interesante —reconoció Eragon.
—Vaya, siempre has sido un estudioso, ¿no? —preguntó
Brom.
—Ya no: me temo que he degenerado en bibliófilo
—respondió Jeod.
—¿En qué? —preguntó Eragon.
—En una persona que ama los libros —le explicó Jeod, y
retomó la conversación con Brom.
Eragon, aburrido, se puso a examinar los estantes. Un
bello libro con adornos de oro le llamó la atención, lo sacó del estante y lo
miró con curiosidad.
Estaba encuadernado en piel negra y tenía grabadas
misteriosas runas. Eragon pasó los dedos por la cubierta y disfrutó de la
agradable suavidad. Las letras del texto estaban impresas con una brillante tinta rojiza, y el muchacho deslizó los dedos
sobre las páginas. Entonces se fijó en una columna escrita al margen, cuyas
palabras eran de gran tamaño, como si flotaran, y estaban escritas con trazos
muy bellos y puntiagudos.
Eragon le llevó el libro a Brom.
—¿Qué es esto? —preguntó señalando la extraña
caligrafía.
Brom miró con atención la página y enarcó las cejas,
sorprendido.
—Jeod, veo que has ampliado tu colección. ¿Dónde lo
has conseguido? Hacía siglos que no lo veía.
Jeod estiró el cuello para ver el libro.
—¡Ah, sí, el Domia abr Wyrda! Hace unos años un hombre pasó por
aquí e intentó venderlo a un mercader de los muelles. Por suerte, dio la
casualidad de que yo estaba allí y pude salvar el libro y la vida del
individuo, que no tenía ni idea de lo que era.
—Es extraño, Eragon, que precisamente hayas cogido
este libro, El predominio del destino —dijo Brom—. De todos los que hay en esta casa, probablemente
sea el más valioso. Detalla la historia completa de Alagaësía desde mucho antes
de la llegada de los elfos hasta hace tan sólo unas décadas. Es un libro muy
curioso y el mejor en su género. Cuando se publicó, el Imperio lo condenó por
blasfemo e hizo quemar al autor, Heslant el Monje. No sabía que aún hubiera ejemplares. Los caracteres por los
que me has preguntado pertenecen al idioma antiguo.
—¿Y qué dicen? —preguntó Eragon.
Brom tardó un momento en leer la escritura.
—Es parte de un poema elfo que habla de los años en
los que lucharon al lado de los dragones, y este fragmento describe a uno de
sus reyes, Ceranthor, que galopa hacia la batalla. Los elfos aman este poema y
lo recitan con frecuencia, aunque hacen falta tres días para hacerlo, con el
fin de no repetir los errores del pasado. A veces, lo cantan de una forma tan
bella que hasta las piedras lloran.
Eragon volvió a su silla sosteniendo el libro con
suavidad.
«Es asombroso lo que una persona muerta puede
explicarle a la gente a través de estas páginas porque, siempre y cuando
sobreviva el libro, perduran las ideas del autor. Me gustaría saber si tiene
información sobre los ra'zac.»
Hojeó el ejemplar mientras Brom y Jeod hablaban.
Pasaron las horas, y Eragon empezó a adormilarse. Jeod, en consideración al
agotamiento de sus huéspedes, les deseó las buenas noches.
—El mayordomo os enseñará vuestras habitaciones.
Mientras subían, el criado dijo:
—Si necesitan algo, junto a la cama hay una
campanilla.
Se detuvo delante de un conjunto de tres puertas, hizo
una reverencia y se retiró.
—¿Puedo hablar contigo? —preguntó Eragon a Brom
mientras éste entraba en la habitación de la derecha.
—Acabas de hacerlo, pero entra.
Eragon cerró la puerta a sus espaldas.
—Saphira y yo tenemos una idea. ¿Hay...?
Brom le hizo callar haciendo un gesto con la mano, y
corrió las cortinas de las ventanas.
—Cuando hables de esas cosas, harías bien en
cerciorarte de que no hay oídos indiscretos cerca.
—Lo siento —se disculpó Eragon reprendiéndose a sí
mismo por el descuido—. ¿Es posible invocar una imagen de algo que uno no puede
ver?
Brom se sentó en el borde de la cama.
—¡Ah, te refieres a la criptovisión! Pues sí, es
posible y muy útil en determinadas situaciones, pero conlleva algunas
dificultades graves: sólo se puede ver gente, lugares y cosas que ya hayas
visto. De modo que si quieres ver a los ra'zac, los verás, pero no sabrás dónde
están. También hay otros problemas: por ejemplo, si quieres ver una página de
un libro que ya hayas contemplado, el libro tiene que estar abierto por esa
página, pero si está cerrado cuando lo intentas, la página aparecerá
completamente negra.
—¿Por qué no se pueden ver objetos que no se hayan
visto anteriormente? —preguntó Eragon.
A pesar de las limitaciones, se dio cuenta de que la
criptovisión podía ser muy útil.
«Me pregunto si podría ver a leguas de distancia y
usar la magia para influir sobre lo que sucede en ese lugar.»
—Porque para utilizar la criptovisión —dijo Brom
pacientemente—, tienes que saber lo que buscas y adonde dirigir tu poder.
Aunque te describieran a un desconocido, sería completamente imposible que lo
vieras y mucho menos observar dónde está y qué cosas lo rodean. Uno tiene que
saber qué es lo que quiere ver antes de poder hacerlo. ¿Responde eso a tu
pregunta?
Eragon se quedó pensando un momento.
—Pero ¿cómo se hace? ¿Uno invoca la imagen en el aire?
—En general no —dijo Brom moviendo negativamente la
canosa cabeza—. Eso exige más energía que proyectar la imagen sobre una
superficie reflectante, como una charca de agua o un espejo. Algunos Jinetes
solían viajar sin cesar para tratar de ver lo máximo posible. Después, cuando
sobrevenía una guerra u otra calamidad, podían ver los acontecimientos a través
de toda Alagaësía.
—¿Puedo probarlo? —preguntó Eragon.
—No, ahora no —contestó Brom mirándolo con atención—.
Estás cansado, y la criptovisión exige mucha fuerza. Te diré las palabras, pero
debes prometerme que no lo intentarás esta noche. Y me gustaría que esperaras a
que nos marchemos de Teirm; tengo más cosas que enseñarte.
—Lo prometo —dijo Eragon con una sonrisa.
—Muy bien. —Brom se inclinó y susurró en voz muy baja
al oído de Eragon—: Draumr kópa.
Eragon memorizó las palabras.
—Cuando nos vayamos de Teirm, podría «criptover» a
Roran, porque desearía saber cómo está. Tengo miedo de que los ra'zac lo
persigan.
—No quiero asustarte, pero es una posibilidad —dijo
Brom—. Aunque casi todo el tiempo que los ra'zac estuvieron en Carvahall, Roran
no se hallaba allí, estoy seguro de que hicieron preguntas sobre él. Quién
sabe, a lo mejor se toparon con tu primo cuando fueron a Therinsford. En todo
caso, dudo que hayan saciado su curiosidad. A fin de cuentas tú sigues prófugo,
y, probablemente, el rey los ha amenazado con castigos terribles si no te
encuentran. Si se sienten muy frustrados, volverán e interrogarán a Roran. Es
sólo cuestión de tiempo.
—Si es así, entonces la única forma de mantener a
salvo a Roran es que los ra'zac sepan dónde estoy y vengan a por mí en lugar de
buscarlo a él.
—No, eso tampoco daría resultado. No piensas —lo
reprendió Brom—. Si no comprendes a tus enemigos, ¿cómo quieres adelantarte a
ellos? Aunque revelaras tu paradero, los ra'zac perseguirían a Roran. ¿Sabes
por qué?
Eragon se enderezó y trató de examinar todas las
posibilidades.
—Si me ocultara durante bastante tiempo, se sentirían
tan decepcionados que capturarían a Roran para obligarme a salir. Y si eso no
funcionara, lo matarían sólo por hacerme daño. Además, si me convierto en un
enemigo público del Imperio, podrían usarlo como señuelo para prenderme. Y si
fuera a ver a Roran, y ellos se enterasen, lo torturarían para averiguar dónde
estoy.
—Muy bien, Eragon. Lo has deducido perfectamente —dijo
Brom.
—Pero ¿cuál es la solución? ¡No puedo dejar que lo
maten!
—La solución es bastante obvia —respondió Brom
juntando las manos—. Roran tendrá que aprender a defenderse. Aunque parezca
despiadado, no puedes arriesgarte a reunirte con él, como has indicado. Tal vez
no lo recuerdes porque estabas casi desvariando cuando nos marchamos de
Carvahall, pero te dije entonces que había dejado una carta de advertencia a
Roran para que no estuviera totalmente desprevenido ante el peligro. Si tiene
un poco de criterio, la próxima vez que los ra'zac aparezcan por Carvahall,
seguirá mi consejo y huirá.
—No me gusta todo esto —dijo Eragon con tristeza.
—¡Ah, pero olvidas algo!
—¿Qué? —preguntó.
—Pues que hay algo bueno en esta situación: el rey no
puede permitirse que haya otro Jinete que vague por el mundo, y que él no
controle. Galbatorix es el único Jinete conocido con vida, además de ti, pero
le gustaría tener a otro Jinete bajo sus órdenes. Por eso te ofrecerá la
oportunidad de servirlo, antes de matar a Roran. Desgraciadamente, si alguna
vez se acerca lo suficiente para hacerte esa proposición, será demasiado tarde
para que la rechaces y sigas vivo.
—¡Y a eso lo llamas bueno!
—Es lo único que protege a Roran. Hasta que el rey no
sepa de qué lado estás, no se arriesgará a alejarte matando a tu primo. Tenlo
siempre presente. Los ra'zac asesinaron a Garrow, pero creo que fue una
decisión que no reflexionaron en absoluto. Por lo que sé sobre Galbatorix, él
no la hubiera aprobado a menos que ganara algo con ella.
—¿Y cómo podré rechazar los deseos del rey si me
amenaza con la muerte? —preguntó Eragon de repente.
Brom suspiró. Se acercó a la mesilla de noche y se
humedeció los dedos en un cuenco con agua de rosas.
—Galbatorix desea tu servicial cooperación. Sin ella,
eres más que inútil para él. La pregunta entonces es la siguiente: si alguna
vez te enfrentas a esa disyuntiva, ¿estarías dispuesto a morir por lo que
crees? Porque ése es el único motivo por el que podrás negarte. —La pregunta se
quedó dotando en el aire—. Es una pregunta difícil —añadió al fin Brom—, y no
se puede responder hasta que uno se enfrenta a ella. Ten presente que mucha
gente ha muerto por sus creencias; en realidad es algo bastante común. El
auténtico valor es vivir y sufrir por lo que uno cree.
Eragon se despertó tarde. Se lavó la cara en la
jofaina y se vistió, luego sostuvo el espejo y se cepilló el cabello, pero al
contemplar su propia imagen algo hizo que se detuviera y que se mirara con
mayor atención. Desde su partida de Carvahall, y de eso hacía poco tiempo, le
había cambiado la cara: le había desaparecido la redondez infantil del rostro,
debido al viaje, a la lucha y al entrenamiento; los pómulos eran más
prominentes y las líneas de las mandíbulas más marcadas, y un ligero
estrabismo, cuando miraba de cerca, le daba al semblante una apariencia salvaje
y extraña. Sostuvo el espejo con el brazo estirado y su cara retomó el aspecto
habitual, aunque a pesar de todo seguía sin parecer él mismo.
Un poco alterado, se colgó el arco y el carcaj a la
espalda y salió de la habitación. Antes de llegar a la sala, lo alcanzó el
mayordomo y le dijo:
—Señor, Neal se marchó con mi amo al castillo muy
temprano y dijo que hoy hiciera usted lo que quisiese porque él no volvería
hasta el atardecer.
Eragon le agradeció el mensaje y empezó a explorar
Teirm con impaciencia. Vagó por las calles durante horas, entrando en cada
tienda que le llamaba la atención, y habló con distintas personas. Al cabo de
un rato, el estómago vacío y la falta de dinero lo obligaron a volver a casa de
Jeod. Cuando llegó a la calle donde vivía el mercader, se detuvo en la
herboristería de al lado. Era un lugar raro para una tienda, pues el resto de
los comercios se hallaban junto a las murallas de la ciudad en vez de estar encajonados
entre dos elegantes viviendas. Intentó mirar por las ventanas, pero estaban tapadas por unas espesas enredaderas que crecían en el
interior. La curiosidad lo empujó a entrar.
Al principio no vio nada porque la tienda estaba muy
oscura, pero después la vista se le acostumbró a la tenue luz verdosa que se
filtraba por las ventanas. Un pájaro de muchos colores, que tenía una cola de
anchas plumas y un afilado y fuerte pico, lo miraba inquisitivamente desde una
jaula junto a una de las ventanas. Las paredes estaban cubiertas de plantas, y
las enredaderas que trepaban hasta el techo lo hubieran dejado todo en penumbra
a no ser por un candelabro dorado. En el suelo había una maceta grande con una
flor amarilla, y sobre el mostrador se veían una colección de morteros con sus
respectivas manos para machacar, una serie de cuencos de metal y una bola de
cristal del tamaño de la cabeza de Eragon.
Se acercó al mostrador pisando con cuidado entre
complicadas máquinas, cajones con piedras, pilas de pergaminos y otros objetos
que no reconoció. La pared de detrás del mostrador estaba cubierta de cajones
de todos los tamaños, algunos de los cuales eran tan pequeños como su dedo
meñique, y otros, grandes como un tonel. En las estanterías de arriba de todo
había un espacio de unos treinta centímetros de ancho.
De repente, un par de ojos rojos destellaron desde ese
oscuro hueco, y un gato, enorme y feroz, saltó sobre el mostrador. El animal
era muy flaco, pero tenía unos potentes cuartos delanteros y las zarpas eran
enormes; una poblada melena le rodeaba la angulosa cara, las orejas estaban
coronadas de mechones negros y unos colmillos blancos sobresalían de las
mandíbulas. En conjunto no se parecía a ningún gato que Eragon hubiera visto.
El animal lo examinó con perspicacia y movió la cola con desprecio.
Eragon tuvo el capricho de entrar en contacto mental
con el gato y alcanzó la conciencia del animal. Lo acarició suavemente con sus
pensamientos tratando de hacerle comprender que era un amigo.
No hagas eso.
Eragon miró a su alrededor, asustado. El gato lo
ignoró y se lamió una zarpa.
¿Saphira? ¿Dónde estás? —preguntó el muchacho.
No hubo respuesta. Intrigado, Eragon se apoyó en el
mostrador y alargó la mano hacia lo que parecía un bastón de madera.
No me parece buena idea.
Basta de bromas, Saphira —le espetó, y levantó el bastón.
Una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo y lo tiró
al suelo donde se retorció. El dolor fue cediendo despacio, pero lo dejó
jadeante. Entonces el gato saltó a su lado y lo miró.
No eres demasiado listo para ser un Jinete de Dragón.
Te avisé.
¡Eres tú el que ha hablado! —exclamó Eragon.
El gato bostezó, se desperezó y se paseó por el suelo
esquivando los objetos.
¿Quién si no?
¡Pero si eres sólo un gato! —objetó el muchacho.
El gato maulló, volvió a acechar a Eragon, aterrizó de
un salto sobre el pecho del muchacho y se agazapó allí mirando al chico con
unos ojos que echaban chispas. Eragon trató de incorporarse, pero el animal
gruñó enseñándole los colmillos.
¿Tengo el mismo aspecto que los demás gatos?
No...
¿Qué te hace pensar entonces que soy un gato? —Eragon estaba a punto de decir algo, pero el animal
le hundió las zarpas en el pecho—. Es evidente que no te han educado muy
bien. Para sacarte de tu error, te diré que soy un hombre gato. Ya no quedan
muchos, pero creo que hasta un muchacho campesino tendría que haber oído hablar
de nosotros.
No sabía que fuerais reales —respondió Eragon, fascinado.
¡Un hombre gato! ¡Qué suerte tenía! Siempre aparecían
brevemente al final de los cuentos sin intervenir demasiado, aunque de vez en
cuando daban algún consejo. Si las leyendas eran ciertas, tenían poderes
mágicos, vivían más que los humanos y, por lo general, sabían más de lo que
decían.
El hombre gato parpadeó perezosamente.
Saber no tiene nada que ver con ser. Yo no sabía que
tú existías hasta que tropezaste por aquí y me echaste a perder la siesta. Pero
eso no significa que no fueras real antes de despertarme.
Eragon se sintió perdido con ese razonamiento.
Lamento haberte molestado.
En todo caso, ya estaba a punto de despertarme —dijo. Saltó otra vez al mostrador y empezó a lamerse
una pata—. Yo en tu lugar soltaría ese bastón. Te dará otra descarga en unos
segundos.
Eragon dejó enseguida el bastón donde lo había
encontrado.
¿Qué es? —preguntó.
Un artefacto común y sin interés, a diferencia de mí.
Pero ¿para qué sirve?
¿No lo has visto?
El hombre gato acabó de limpiarse la pata, se estiró
una vez más y volvió de un salto al lugar donde había estado durmiendo. Se
sentó, metió las patas debajo del pecho y cerró los ojos ronroneando.
Espera —dijo Eragon—. ¿Cómo te llamas?
Uno de los ojos rasgados del hombre gato se
entreabrió.
Tengo muchos nombres, pero si estás buscando el
correcto, tendrás que hacerlo en otra parte. —Y cerró el ojo. Eragon se dio por vencido y se volvió
para marcharse—. Sin embargo, puedes llamarme Solembum.
Gracias —respondió Eragon con seriedad, y Solembum empezó
a ronronear más fuerte.
De pronto, se abrió la puerta de la tienda dejando
entrar un rayo de sol, y apareció Angela con una bolsa de tela llena de
plantas. Miró a Solembum parpadeando ligeramente, y pareció que se
sobresaltaba.
—El gato dice que has hablado con él.
—¿Tú también puedes hacerlo? —preguntó Eragon.
—Claro, pero eso no significa que él me conteste.
—Angela dejó las plantas sobre el mostrador, se puso detrás de éste y se encaró
a Eragon—. Dice que le caes bien, y eso es algo bastante raro porque la mayor
parte de las veces Solembum no aparece cuando hay clientes. En realidad
dice que prometes, si te lo tomas en serio.
—Gracias.
—Viniendo de él, es un halago. Eres la tercera persona
que ha entrado en este lugar que ha sido capaz de charlar con él. La primera
fue una mujer, hace muchos años; la segunda, un pordiosero ciego, y ahora tú.
Pero no tengo una tienda para estar de cháchara. ¿Quieres algo? ¿O sólo has
entrado a mirar?
—Sólo a mirar —respondió Eragon que seguía pensando en
el hombre gato—. Además, no necesito ninguna hierba.
—No sólo vendo hierbas —dijo Angela con una risita—.
Esos tontos ricos me pagan para que les prepare pociones de amor y esas cosas.
Yo nunca aseguro que den resultado, pero por alguna razón vuelven. Sin embargo,
no creo que tú necesites esas argucias. ¿Quieres que te adivine la suerte?
También lo hago para todas las damas ricas.
—No, me temo que mi suerte es bastante ilegible —rió
Eragon—. Y encima no tengo dinero.
Angela miró a Solembum con curiosidad.
—Creo... —señaló la bola de cristal que había sobre el
mostrador—, que es sólo para presumir; de todas formas, no sirve para nada.
Pero lo que sí tengo... Espera aquí, enseguida vuelvo.
Y se metió deprisa en una habitación al fondo de la
tienda.
Volvió sin aliento con una bolsa de piel que depositó
sobre el mostrador.
—Hace tanto que no la uso que ni me acordaba dónde
estaba. A ver, siéntate aquí delante y te mostraré por qué me he tomado tantas
molestias.
Eragon cogió un taburete y se sentó. A Solembum le
brillaban los ojos mientras permanecía en el hueco que había entre los cajones.
Angela extendió una tela gruesa sobre el mostrador y
echó encima un puñado de huesos lisos, apenas un poco más largos que un dedo,
que tenían runas y símbolos inscritos a ambos lados.
—Son los huesos de los nudillos de un dragón —afirmó
Angela mientras los acariciaba suavemente—. No me preguntes de dónde los he
sacado porque es un secreto que no revelaré. Pero a diferencia de las hojas de
té, las bolas de cristal o incluso las cartas adivinatorias, estos huesos
tienen poder de verdad y no mienten, aunque comprender lo que dicen es...
complicado. Si quieres, te los echaré y los leeré para ti, pero debes saber que
conocer el propio destino puede ser algo terrible. Así que has de estar seguro
de tu decisión.
Eragon miró los huesos con temor. «Ahí yace un
congénere de Saphira. Saber el destino de uno... ¿Cómo puedo tomar la decisión
si no sé lo que me aguarda ni si me gustará o no? La ignorancia, efectivamente,
es la felicidad.»
—¿Por qué me lo ofreces? —preguntó.
—Por Solembum. Quizá haya sido maleducado, pero el hecho de que te haya
hablado te convierte en alguien especial. Al fin y al cabo es un hombre gato.
También se lo ofrecí a las otras dos personas que hablaron con él, pero sólo la
mujer aceptó. Se llamaba Selena. Y también se arrepintió porque su suerte era
sombría y dolorosa. No me pareció que creyera... por lo menos al principio.
La emoción se apoderó de Eragon y se le llenaron los ojos de lágrimas.
«Selena —murmuró para sus adentros. Era el nombre de
su madre—. ¿Sería ella? ¿Tan horrible fue su destino que tuvo que abandonarme?»
—¿Recuerdas algo de su destino? —preguntó Eragon a
punto de sentir náuseas.
Angela hizo un gesto negativo y suspiró.
—Hace tanto tiempo que los detalles se han desvanecido
de mi memoria, que ya no es tan buena como solía ser, pero además, no te
contaría lo que recuerdo. Lo que le dije era para ella y sólo para ella, aunque
era triste. Nunca olvidaré la expresión de su rostro.
Eragon cerró los ojos y se esforzó por dominar sus
emociones.
—¿Por qué te quejas de tu memoria? —preguntó para
distraerse—. No eres tan vieja.
Unos hoyuelos se dibujaron en las mejillas de Angela.
—Me halagas, pero no te engañes; soy mucho más vieja
de lo que parezco. Probablemente, el aspecto juvenil se debe a que tengo que
comer mis propias hierbas en épocas de vacas flacas.
Eragon sonrió y respiró hondo.
«Si ella era mi madre y pudo soportar que le
adivinaran la suerte, yo también puedo.»
—Tírame los huesos —dijo con solemnidad.
Angela se puso seria mientras sostenía los huesos con ambas
manos. Cerró los ojos y empezó a mover los labios en un murmullo casi
imperceptible hasta que dijo con voz potente:
—¡Manin! ¡Wyrda! ¡Hugin!
Y tiró los huesos sobre la tela. Cayeron todos juntos
y relucieron bajo la tenue luz.
Las palabras resonaron en los oídos de Eragon. El
muchacho reconoció que pertenecían al idioma antiguo y se dio cuenta con
aprensión de que si Angela las usaba para la magia, debía de ser bruja. No le
había mentido: era una auténtica adivinación del futuro. Mientras la mujer
estudiaba los huesos, los minutos pasaban despacio.
Al fin, Angela se echó hacia atrás y lanzó un suspiro
prolongado. Se secó la frente y sacó un odre de debajo del mostrador.
—¿Quieres un poco? —le ofreció a Eragon, pero éste
negó con la cabeza. Ella se encogió de hombros y bebió con avidez—. Ésta es la
lectura más difícil que he hecho en mi vida —dijo enjugándose la boca—. Tenías
razón, tu suerte es casi imposible de descifrar. Jamás he visto el destino de
una persona tan enmarañado y confuso. Sin embargo, podré sacar algunas
respuestas.
Solembum saltó sobre el mostrador y se sentó allí,
observándolos. Eragon entrelazó las manos mientras Angela señalaba uno de los
huesos.
—Empezaré por aquí —dijo despacio— porque es el más
claro de comprender. —El símbolo sobre el hueso era una larga línea horizontal
con un círculo encima—. Infinito o una vida larga —continuó Angela en voz
baja—. Es la primera vez que veo que este símbolo sale en el futuro de un ser
vivo. La mayoría de las veces aparece el álamo o el olmo, que son los símbolos
de que una persona vivirá un número normal de años. Sin embargo, no estoy
segura si significa que vivirás para siempre o que sólo tendrás una vida extraordinariamente
larga. Pero prediga lo que prediga, puedes estar seguro de que tienes muchos
años por delante.
«Bueno, eso no es una sorpresa... porque soy un
Jinete», pensó Eragon. ¿Iba Angela a decirle sólo cosas que ya sabía?
—Ahora los huesos son más difíciles de leer, ya que
están en un montón confuso. —Angela tocó tres huesos—. Aquí están juntos el
camino errante, el relámpago y el barco de vela. Y éste es un esquema del que
he oído hablar, pero que nunca he visto. El camino errante muestra que tienes
muchas posibilidades en el futuro, a algunas de las cuales te estás enfrentando
ya. Asimismo, veo importantes batallas (algunas se entablan en tu nombre) que
se desencadenan a tu alrededor, y veo también poderosas fuerzas de esta tierra
que luchan por controlar tu voluntad y tu destino. Infinidad de posibles
futuros te aguardan, todos ellos marcados por la sangre y por los conflictos,
pero sólo uno te brindará felicidad y paz. Cuídate de no perder tu rumbo,
porque eres uno de los pocos auténticamente libres de escoger su destino, y ten
en cuenta que la libertad es un don, pero también es una responsabilidad más
pesada que las cadenas.
»Pero sin embargo —el rostro de la mujer se tornó
triste—, para contrarrestar todo eso, aquí está el relámpago, que es un augurio
terrible: existe una condena sobre ti, aunque no sé de qué tipo. Parte de ella
surge de una muerte, que se avecina deprisa y causará mucho dolor. Por lo
demás, te aguarda un gran viaje. Mira con atención este hueso: ¿ves cómo acaba
y cómo se apoya en ese barco de vela? Es imposible malinterpretarlo: tu destino
es partir de esta tierra para siempre. No sé dónde acabarás, pero nunca más
volverás a Alagaësía. Este hecho es ineludible y sucederá aunque trates de
evitarlo.
Las palabras de la mujer asustaron a Eragon. «Otra
muerte... ¿a quién voy a perder ahora? —sus pensamientos se dirigieron
inmediatamente hacia Roran. Después pensó en su tierra natal—. ¿Qué podría
obligarme a partir? ¿Y adonde iré? Si hay tierra al otro lado del mar o hacia
el Oriente, sólo los elfos la conocen.»
Angela se frotó las sienes y respiró profundamente.
—El siguiente hueso es fácil de interpretar y quizá un
poco más agradable. —Eragon lo examinó y vio un capullo de rosa grabado entre
los extremos de una media luna—. Hay un romance épico en tu futuro —dijo Angela
con una sonrisa—; será extraordinario, como indica la luna, que es un símbolo
mágico, y lo suficientemente sólido para que sobreviva a diferentes imperios.
No sé si la pasión vencerá, pero tu amada es de noble cuna y linaje, y también
es poderosa, sabia e incomparablemente bella.
«¿De noble cuna? —pensó Eragon, sorprendido—. ¿Cómo es
posible? No tengo otra posición social que la del más pobre de los campesinos.»
—Ahora veamos los dos últimos huesos: el árbol y la
raíz de espino, que se entrecruzan con fuerza... Ojalá no estuvieran porque
sólo significan más problemas, pero la traición está clara. Y provendrá de tu
familia.
—¡Roran jamás haría algo así! —objetó bruscamente
Eragon.
—No lo sé —respondió Angela con precaución—, pero los
huesos nunca mienten, y eso es lo que dicen.
La duda corroía la mente de Eragon, pero trató de no
hacer caso. ¿Por qué razón Roran lo iba a traicionar? Angela le pasó una mano
por el hombro para consolarlo y volvió a
ofrecerle el odre. Esta vez Eragon aceptó la bebida y se sintió mejor.
—Después de todo, a lo mejor me alegro de recibir a la
muerte —bromeó, nervioso.
«¿Una traición de Roran? ¡Imposible! ¡No!»
—Podría ser —dijo Angela con solemnidad y se rió entre
dientes—. Aunque no deberías inquietarte por lo que aún no ha sucedido, puesto
que la única forma que tiene el futuro para dañarnos es lograr que nos
preocupemos. Te aseguro que te sentirás mejor una vez que salgas fuera y te dé
el sol.
—Quizá. —«Desgraciadamente», reflexionó con ironía,
«nada de lo que ha dicho tendrá sentido hasta que haya sucedido. Si es que
sucede», se corrigió—. Has empleado palabras de poder —señaló Eragon en voz
baja.
—Lo que no he logrado ver es cómo acaba el resto de tu
vida —dijo Angela con un destello en los ojos—. Sabes hablar con los hombres
gato, conoces la lengua antigua y tienes un futuro de lo más interesante.
Además, pocos jóvenes con los bolsillos vacíos y unos harapos como atavío de
viaje podrían esperar que una noble se enamorara de ellos. ¿Quién eres?
Eragon se dio cuenta de que el hombre gato no le había
dicho a Angela que era un Jinete. Estaba a punto de contestar: «Evan», pero
cambió de idea y afirmó:
—Soy Eragon.
—¿Eres o te llamas Eragon? —preguntó Angela, muy
sorprendida.
—Las dos cosas —respondió el muchacho con una ligera
sonrisa mientras pensaba en su tocayo, el primer Jinete.
—Ahora estoy mucho más interesada en ver cómo se
desarrolla tu vida. ¿Quién era ese hombre vestido con harapos que te acompañaba
ayer?
Eragon decidió que un nombre más no haría ningún daño.
—Se llama Brom.
Angela lanzó una risotada doblándose a causa de las
carcajadas. Se secó los ojos, tomó un trago de vino y contuvo otro ataque de
risa. Al fin, jadeante, logró articular:
—¡Ay... es él! ¡No tenía ni idea!
—¿Qué ocurre? —preguntó Eragon.
—No, no te enfades —replicó Angela ocultando una
sonrisa—. Sólo que... bueno, es muy conocido en mi profesión. Me temo que el
destino del pobre hombre, o el futuro si quieres, es como una broma para
nosotros.
—¡No lo insultes! ¡Es el mejor hombre que he conocido!
—soltó Eragon.
—Que haya paz —lo calmó Angela, divertida—. Ya lo sé.
Si volvemos a vernos en el momento oportuno, me aseguraré de hablarte de ello.
Pero mientras tanto deberías...
Dejó de hablar cuando Solembum empezó a caminar
entre ellos.
El hombre gato miró a Eragon sin parpadear.
¿Qué quieres? —preguntó Eragon, irritado.
Escúchame con atención y te diré dos cosas: cuando
llegue el momento y necesites un arma, busca debajo de las raíces del árbol
Menoa; y cuando todo parezca perdido y tu poder sea insuficiente, ve a la roca
de Kuthian y pronuncia tu nombre para abrir la Cripta de las Almas.
Antes de que Eragon pudiera preguntar qué quería decir
Solembum con aquellas palabras, el hombre gato se alejó meneando la cola
con mucha elegancia. Por su parte, Angela ladeó la cabeza, y los tirabuzones de
su cabello le cubrieron la frente.
—No sé qué ha dicho, pero tampoco quiero saberlo. Te
ha hablado a ti y sólo a ti. No se lo digas a nadie.
—Creo que debo irme —dijo Eragon, conmocionado.
—Vete si quieres. —Angela volvió a sonreír—. Si bien
puedes quedarte aquí el tiempo que desees, especialmente si me compras algo;
márchate si lo prefieres; estoy segura de que te he dicho muchas cosas que
tienes que pensar.
—Sí. —Eragon se acercó deprisa a la puerta—. Gracias
por adivinarme el futuro.
«Eso creo.»
—De nada —respondió Angela sin dejar de sonreír.
Eragon salió de la tienda y se quedó en la calle con
los ojos entrecerrados mientras se adaptaban a la luz, al mismo tiempo que
dejaba pasar unos minutos antes de pensar con tranquilidad en lo que acababan
de decirle. Luego empezó a andar, sin darse cuenta de que lo hacía cada vez más
rápido, hasta que salió de Teirm y echó a correr hacia el escondite de Saphira.
La llamó desde la base del acantilado. Al cabo de un
instante la dragona planeó hacia él y lo llevó arriba. Cuando los dos
estuvieron a salvo sobre el suelo, Eragon le contó lo que había pasado.
Así que —concluyó— creo que Brom tiene razón: siempre estoy
donde hay problemas.
Debes recordar lo que te ha dicho el hombre gato; es
importante.
¿Cómo lo sabes?—preguntó con curiosidad.
No estoy segura, pero los nombres que ha utilizado
parecen poderosos. Kuthian... —dijo arrastrando la palabra—. No, no debemos olvidar lo que ha dicho.
¿Crees que debería contárselo a Brom?
Eso depende de ti, pero piensa que no tiene derecho a
saber tu futuro. Si le hablas de Solembum y de sus palabras, te hará preguntas que
quizá no quieras responder. Y si sólo le preguntas qué significan esas
palabras, querrá saber dónde las aprendiste. ¿Crees que puedes mentirle sin que
se dé cuenta ?
No —reconoció Eragon—. Tal vez no le cuente nada. Aunque podría ser
demasiado importante para ocultarlo.
Se quedaron hablando hasta que ya no hubo nada más que
decir. Entonces se sentaron amistosamente y observaron los árboles mientras
empezaba a atardecer.
Eragon volvió deprisa a Teirm y fue a casa de Jeod.
—¿Ha vuelto Neal? —le preguntó al mayordomo.
—Sí, señor. Creo que está en el estudio.
—Gracias —dijo Eragon. Fue hasta la habitación y se
asomó por la puerta—. ¿Qué tal ha ido? —preguntó.
—¡Espantoso! —masculló Brom con la pipa en la boca.
—¿Así que has hablado con Brand?
—No ha servido de nada. Ese «administrador» es un
burócrata de los peores. Se atiene a todas las leyes, disfruta saliéndose con
la suya aunque cause molestias y, al mismo tiempo, cree que es muy útil.
—Entonces, ¿no nos dejará consultar los archivos?
—preguntó Eragon.
—No —soltó Brom, exasperado—. No ha habido manera de
convencerlo. ¡Hasta se ha negado a aceptar sobornos! Y sobornos sustanciosos.
Nunca me había imaginado que me toparía con un noble que no fuera corrupto,
pero ahora que me ha sucedido, creo que prefiero que sean unos desgraciados
codiciosos.
Dio furiosas caladas a la pipa mientras mascullaba una
retahíla de contundentes insultos.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Eragon, vacilante,
cuando al fin pareció que Brom se calmaba.
—Voy a emplear la semana que viene para enseñarte a
leer.
—¿Y después?
Una sonrisa se dibujó en la cara de Brom.
—Después le daremos a Brand una sorpresa desagradable.
Eragon insistió para que le explicara los detalles,
pero Brom se negó a decir nada más.
La cena se sirvió en una sala suntuosa. Jeod estaba en
una punta de la mesa, y Helen, que mantenía una severa mirada, en la otra. Brom
y Eragon estaban entre ellos, uno a cada lado de la mesa, una situación que al
muchacho le parecía peligrosa. Eragon tenía sillas vacías a ambos lados, pero
no le importaba que hubiera ese espacio porque lo ayudaba a protegerse de las
miradas hostiles de su anfitriona.
La comida se sirvió en silencio, y Jeod y Helen
empezaron a comer sin decir palabra.
«Creo que hasta en un funeral es más alegre la
comida.»
Y así había sido en Carvahall. Recordaba muchos
entierros tristes, sí, pero no tanto. Esto era diferente; durante toda la cena
percibió el rencor que emanaba de Helen.
Sobre lecturas y
conspiraciones
Utilizando un carboncillo, Brom trazó una runa sobre
un pergamino y se la enseñó a Eragon.
—Ésta es la letra «a» —dijo—, apréndela.
Con esa primera lección, Eragon emprendió la tarea de
alfabetizarse. Era difícil y extraño, y le obligaba a esforzar su intelecto al
máximo, pero le gustaba. Sin otra cosa que hacer y con un buen maestro, aunque
a veces impaciente, avanzaba deprisa.
Muy pronto se estableció una rutina: todos los días,
Eragon se levantaba, desayunaba en la cocina e iba al estudio a tomar sus
clases, en las que se esforzaba por memorizar los sonidos de las letras y las
reglas de escritura, hasta tal punto que, cuando cerraba los ojos, las letras y
las palabras le bailaban en la mente. Durante esos ratos, apenas pensaba en
nada más.
Antes de la cena, Brom y él iban detrás de la casa de
Jeod y luchaban. Los criados, junto con algunos chiquillos a quienes se les
desorbitaban los ojos por el asombro, solían ir a mirar. Si después quedaba
tiempo, Eragon practicaba magia en su habitación, con las cortinas bien
cerradas.
La única preocupación del muchacho era Saphira. La iba
a visitar todas las tardes, pero el rato que pasaban juntos no era suficiente
para ninguno de los dos. Durante el día, la dragona pasaba la mayor parte del
tiempo a leguas de distancia en busca de alimento, pues no podía cazar cerca de
Teirm sin despertar sospechas. Eragon hacía lo que podía para ayudarla, pero
sabía que la única solución tanto para el hambre como para la soledad de
Saphira era que la dragona se alejara mucho de la ciudad.
Día tras día llegaban más noticias sombrías a Teirm.
Los mercaderes que arribaban contaban terribles historias de ataques a lo largo
de la costa. Se hablaba de gente importante que desaparecía de su casa por la
noche y, a la mañana siguiente, se encontraban sus cadáveres destrozados.
Eragon escuchaba a menudo a Jeod y a Brom hablar en voz baja del tema pero
cuando él aparecía, se callaban.
Los días pasaban deprisa, y muy pronto transcurrió la
semana. Los conocimientos de Eragon eran rudimentarios, pero podía leer páginas
enteras sin ayuda de Brom y, aunque lo hacía despacio, sabía que la velocidad
era una cuestión de tiempo.
—No importa —lo animaba Brom—, harás bien lo que tengo
planeado.
Una tarde Brom llamó a Jeod y a Eragon al estudio.
—Ahora que puedes ayudarnos —dijo señalando a Eragon—,
creo que ha llegado la hora de que nos pongamos manos a la obra.
—¿Qué tienes pensado? —preguntó el chico.
Una sonrisa maligna asomó a la cara de Brom.
—¡Ay, que conozco esa expresión —se quejó Jeod—; para
empezar, es la de meternos en problemas!
—Eso es un poco exagerado —replicó Brom—, pero no del
todo injustificado. Pues bien, esto es lo que haremos...
Nos vamos esta noche o mañana —le dijo Eragon a Saphira desde su habitación.
Es algo inesperado. ¿Estarás a salvo durante la
aventura?
No lo sé. Tal vez acabemos huyendo de Teirm con los
soldados pisándonos los talones. —Sintió la preocupación de la dragona y trató de
tranquilizarla—. Todo saldrá bien. Brom y yo sabemos hacer magia y somos
buenos luchadores.
Estaba tumbado en la cama mirando el techo. Le
temblaban ligeramente las manos y tenía un nudo en la garganta. A medida que el
sueño se apoderaba de él, sentía una oleada de confusión. De pronto, se dio
cuenta de que no quería marcharse de Teirm.
«El tiempo que he pasado aquí ha sido casi... ¡normal!
¡Qué daría por no seguir siendo un desarraigado! Sería maravilloso quedarme
aquí y ser como una persona cualquiera. —En ese momento se le cruzó otro
pensamiento por la cabeza—. Pero si está Saphira, no podré hacerlo nunca.
Jamás.»
Los sueños se apoderaron de la conciencia del
muchacho, la vapulearon y la manejaron a su antojo. A veces Eragon temblaba de miedo;
otras, reía de placer. Entonces algo cambió, como si abriera los ojos por
primera vez, y un sueño, más claro que ninguno, llegó hasta él: vio a una mujer
joven, encorvada por el dolor, que estaba encadenada en una fría y lúgubre
celda. Un rayo de luna que entraba por una ventana con barrotes, que había en
lo alto del muro, iluminaba la cara de la mujer por la que corría una única
lágrima, como un diamante líquido.
Eragon se levantó de un salto y comprobó que él mismo
estaba llorando desconsoladamente. Después volvió a sumirse en un sueño
intranquilo.
Eragon se despertó de la siesta en medio de un dorado
atardecer, mientras los rayos del sol, rojos y anaranjados, que entraban en la
habitación y se proyectaban sobre la cama, le daban un agradable calorcillo en
la espalda y lo invitaban a que no se moviera. Volvió a dormitar, pero los
rayos se desplazaron y tuvo frío. Entonces el sol se hundió en el horizonte y
llenó el mar y el cielo de color. ¡Era casi la hora!
Se colgó el arco y el carcaj a la espalda, pero dejó a
Zar'roc en la habitación; la espada no haría más que entorpecer sus
movimientos y era reacio a usarla. Si tenía que inutilizar a alguien, podía
hacerlo con magia o con una flecha. Se puso el chaleco sobre la camisa y se lo
ató.
Eragon esperó nervioso en la habitación hasta que
oscureció. Poco después, cuando entró en el vestíbulo, hizo un movimiento con
los hombros para colocarse cómodamente el carcaj atravesado en la espalda.
Enseguida se presentó Brom, que llevaba su espada y su bastón.
Jeod, vestido con jubón y calzas negras, los esperaba
fuera. De la cintura le colgaba un elegante estoque y una bolsa de piel. Brom
echó un vistazo al estoque y comentó:
—Esa púa despreciable es demasiado fina para una lucha
de verdad. ¿Qué vas a hacer si alguien te persigue con un sable o con un
flamberge?
—Sé realista —replicó Jeod—. Ningún guardia tiene ese
tipo de espada de filo ondulado. Además, esta «púa despreciable» es más rápida
que un sable.
—Al fin y al cabo, es tu cuello el que está en juego
—dijo Brom.
Caminaron despreocupadamente por la calle, pero
evitaron a los guardias y a los soldados. Eragon continuaba estando nervioso y
le latía el corazón. Al pasar por delante de la herboristería de Angela, un
movimiento veloz en el tejado atrajo la atención del muchacho, aunque no vio a
nadie. Entonces le picó la palma de la mano. Volvió a mirar hacia el tejado,
pero seguía vacío.
Brom abría la marcha mientras caminaban a lo largo de
la muralla de Teirm. Cuando llegaron al castillo, el cielo ya estaba negro. Los
sólidos muros de la fortaleza hicieron temblar a Eragon, pues le atemorizaba la
idea de que lo metieran preso en aquel lugar. Jeod tomó en silencio la
delantera y se acercó a las puertas, tratando de parecer relajado. Llamó y
esperó.
Se abrió una pequeña reja por la que asomó un guardia
de aspecto hosco.
—¿Qué? —preguntó con brusquedad.
Eragon le olió el aliento a ron.
—Tenemos que entrar —respondió Jeod.
El guardia lo examinó más detenidamente.
—¿Para qué?
—El muchacho se olvidó algo muy valioso en mi
despacho. Tenemos que recuperarlo de inmediato.
Eragon bajó la cabeza, avergonzado.
El guardia frunció el entrecejo, impaciente por volver
a la botella.
—Bueno, lo que sea —dijo balanceando el brazo—. Pero
aseguraos de darle una buena tunda de mi parte.
—Lo haré —dijo Jeod mientras el guardia quitaba el
cerrojo a una portezuela encastada en la puerta principal. Accedieron a la
torre, y Jeod le dio unas monedas al guardia.
—Gracias —murmuró el hombre, y se alejó.
En cuanto se marchó, Eragon sacó el arco de la funda y
le puso la cuerda. Jeod los condujo deprisa hacia el ala principal del
castillo, y se apresuraron rumbo a su destino mientras aguzaban el oído por si
había soldados patrullando. Al llegar a la sala de los archivos, Brom trató de
abrir la puerta, pero estaba cerrada. Entonces el anciano apoyó la mano sobre
la puerta y susurró una palabra que Eragon no reconoció: la puerta se abrió de
golpe con un suave clic. Brom cogió una antorcha de la pared, y se precipitaron
dentro; luego cerraron la puerta en silencio.
La habitación, que tenía el techo muy bajo, estaba
repleta de estanterías de madera llenas de rollos de pergamino. En la pared
opuesta había una ventana con barrotes. Jeod se abrió paso entre las
estanterías mientras recorría los rollos con la mirada, y se detuvo al fondo de
la sala.
—Aquí —dijo. Eragon y Brom se le acercaron
rápidamente—. Éstos son los registros de los cargamentos de los últimos cinco
años. Se ven las fechas en los sellos de lacre que hay en un extremo.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Eragon, contento de
haber llegado hasta allí sin que los hubieran descubierto.
—Empezar de arriba abajo —dijo Jeod—. Algunos
pergaminos sólo contienen información sobre los impuestos, pero ésos no hace
falta que los miremos. Hay que buscar cualquiera que mencione el aceite de seithr. —Sacó de su bolsa un pergamino muy
largo, lo extendió en el suelo y puso un frasco de tinta y una pluma de ganso
al lado—. Aquí podemos apuntar todo lo que descubramos —explicó.
Brom sacó un montón de pergaminos del estante de
arriba y los dejó en el suelo. Se sentó y desenrolló el primero.
Eragon se puso a hacer lo mismo colocándose de forma
que pudiera ver la puerta. Ese tedioso trabajo le resultaba especialmente
difícil porque la apretada caligrafía de los pergaminos era diferente de las
letras de imprenta que le había enseñado Brom.
Sólo con el nombre de los barcos que zarpaban hacia el
norte, podían descartar muchos pergaminos. Pero aun así, avanzaban despacio y
apuntaban únicamente los cargamentos de aceite de seithr a medida que
los localizaban.
Fuera de la habitación, el silencio solamente se
rompía al pasar algún guardia de vez en cuando. De pronto,
sintió que le hormigueaba el cuello. Intentó seguir trabajando, pero la
sensación de intranquilidad no lo abandonaba. Levantó la vista con irritación y
dio un salto, asombrado: sobre el alféizar de la ventana había un chiquillo
agachado. Tenía los ojos rasgados y llevaba una rama de acebo entrelazada con
el enmarañado y negro cabello.
¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz en la mente de Eragon, que abrió los
ojos, asustado.
Parecía la voz de Solembum.
¿Eres tú? —le preguntó, incrédulo.
¿Acaso soy otro?
Eragon tragó saliva y se concentró en el pergamino.
Si mis ojos no me engañan, eres tú.
El chiquillo sonrió dejando a la vista unos dientes
puntiagudos.
El aspecto que tengo no cambia quien soy. ¿Crees que
me llaman el hombre gato sin motivo?
¿Qué haces aquí? —le preguntó Eragon.
El hombre gato ladeó la cabeza y se quedó pensando si
valía la pena contestar.
Eso depende de lo que tú estés haciendo aquí. Si lees
esos pergaminos por entretenimiento, supongo que no hay ninguna razón para mi
visita. Pero si lo que haces es ilegal y no quieres que te descubran, podría
ser que estuviera aquí para avisarte de que el guardia al que habéis sobornado
acaba de contárselo a su relevo, y que éste, que es segundo oficial del
Imperio, ha mandado soldados a buscaros.
Gracias por avisarme —respondió Eragon.
Creo que te he dicho algo importante, ¿no? Así que te
sugiero que hagas uso de ello.
El chiquillo se puso de pie y se echó atrás la
revuelta cabellera.
¿Qué quisiste decir la última vez con lo del árbol y
la cripta? —preguntó
Eragon de pronto.
Exactamente lo que dije.
Eragon trató de hacer más preguntas, pero el hombre
gato desapareció de la ventana.
—Los soldados nos buscan —señaló Eragon con
brusquedad.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Brom.
—He oído a uno de los guardias. El relevo acaba de
mandar unos hombres a buscarnos, así que tenemos que salir de aquí.
Probablemente, ya habrán visto que no hay nadie en el despacho de Jeod.
—¿Estás seguro? —preguntó Jeod.
—¡Sí! —dijo Eragon con impaciencia—. Ya están en
camino.
Brom cogió otro pergamino del estante.
—No importa. ¡Tenemos que terminar esto ahora!
Trabajaron desenfrenadamente durante los siguientes
minutos examinando los pergaminos lo más deprisa posible. Cuando acabaron con
el último, Brom lo tiró sobre el estante y Jeod guardó en la bolsa el que
servía para apuntar, junto con la tinta y la pluma. Eragon cogió la antorcha.
Salieron corriendo de la habitación y cerraron la
puerta; en ese momento oyeron las sonoras pisadas de las botas de los soldados
al final del pasillo. Se dieron la vuelta para marcharse, pero Brom masculló
furioso:
—Maldición, no está cerrada.
Y apoyó una mano sobre la puerta, que se cerró con un
clic precisamente en el instante en que aparecían tres soldados armados.
—¡Apartaos de esa puerta! —gritó uno de los guardias.
Brom dio un paso atrás con cara de sorpresa, y los tres soldados corrieron
hacia ellos.
—¿Estáis intentando entrar en el archivo? —preguntó el
más alto.
Eragon cogió con fuerza el arco y se preparó para
huir.
—Me temo que nos hemos perdido.
La tensión era evidente en la voz de Jeod al tiempo
que una gota de sudor le bajaba por el cuello.
El soldado los miró con desconfianza.
—Comprobad la sala de archivos —ordenó a uno de sus
hombres.
Eragon contuvo la respiración mientras el soldado se
acercaba a la puerta, trataba de abrirla y la golpeaba con un puño cubierto con
una malla.
—Está cerrada, señor.
—De acuerdo —dijo el oficial rascándose la barbilla—.
No sé qué buscabais, pero si la puerta está cerrada supongo que podéis
marcharos. ¡Vamos!
Los soldados los rodearon y los acompañaron hasta la
torre.
«No me lo puedo creer —pensó Eragon—. ¡Nos acompañan
hasta la salida!»
—Marchaos por allí —dijo el soldado señalando la
puerta de entrada— y no intentéis nada porque estaremos vigilando. Si tenéis
que volver, hacedlo por la mañana.
—Desde luego —prometió Jeod.
Eragon era consciente de que los ojos de los guardias
les perforaban la espalda mientras se alejaban aprisa del castillo. En el
momento en que las puertas se cerraron detrás de ellos, una sonrisa de triunfo
asomó en el rostro del muchacho, que dio un salto. Pero Brom le lanzó una
mirada de advertencia.
—Camina con normalidad hasta la casa. Allí podrás
celebrarlo —masculló.
Eragon, tras la reprimenda, adoptó un aire de
formalidad aunque por dentro bullía de alegría. Una vez que entraron en la casa
y se dirigieron al estudio, Eragon exclamó:
—¡Lo logramos!
—Sí, pero ahora tenemos que ver si ha valido la pena
el esfuerzo —dijo Brom.
Jeod sacó un mapa de Alagaësía de la estantería y lo
desenrolló sobre el escritorio.
A la izquierda del mapa, se extendía el océano hacia
el ignoto occidente, mientras que a lo largo de la costa se hallaban las
Vertebradas, una enorme región montañosa. El desierto de Hadarac ocupaba el
centro del mapa, pero en el extremo oriental había un espacio en blanco. En
alguna parte de esa zona desocupada se ocultaban los vardenos. Al sur estaba
Surda, un pequeño país que se había separado del Imperio después de la caída de
los Jinetes; a Eragon le habían dicho que ese país apoyaba en secreto a los vardenos.
Cerca de la frontera oriental de Surda había una
cordillera: las montañas Beor. Eragon había oído muchas historias sobre ella:
se decía que tenía diez veces la altura de las Vertebradas, aunque él,
personalmente, creía que era una exageración. El mapa estaba vacío al este de
las Beor.
Cerca de la costa de Surda había cinco islas: Nía,
Parlim, Uden, Illium y Beirland. Nía era apenas un afloramiento rocoso, pero en
Beirland, la más grande, existía un pequeño pueblo. Más arriba, cerca de Teirm,
había una isla escarpada, llamada Diente de Tiburón, y más hacia el norte, otra
isla, enorme y con forma de mano huesuda. Eragon sabía su nombre sin tener que
mirarlo: Vroengard, la tierra ancestral de los Jinetes, un lugar otrora
glorioso, pero en la actualidad era una isla saqueada, desierta y asolada por
extraños animales. En el centro de Vroengard estaba la ciudad abandonada de
Dorú Areaba.
Carvahall era un pequeño punto en lo alto del valle de
Palancar. A la misma altura, pero al otro lado de las llanuras, se extendía el
bosque Du Weldenvarden, cuyo extremo oriental no aparecía en el mapa, igual que
sucedía con esa misma parte de las montañas Beor. Algunas zonas del borde
occidental de Du Weldenvarden habían sido colonizadas, pero el centro seguía
siendo un misterio inexplorado. Ese bosque era más agreste que las Vertebradas,
de tal manera que los pocos valientes que se habían aventurado a entrar en sus
profundidades a menudo volvían completamente locos, o no volvían.
Eragon tuvo un escalofrío al ver Urü'baen en el centro del Imperio desde donde el rey Galbatorix reinaba con el dragón negro, Shruikan, a su lado.
—Seguro que los ra'zac tienen un escondite aquí —dijo
Eragon poniendo un dedo sobre Urü'baen.
—Esperemos que no sea éste su único refugio —dijo Brom
con voz cansada—. Porque si no, nunca te acercarás a ellos.
Y alisó el mapa con sus manos surcadas de arrugas.
—Por lo que he visto en los archivos —dijo Jeod
mientras sacaba el pergamino de la bolsa—, en los últimos cinco años han salido
cargamentos de aceite de seithr hacia todas las ciudades importantes del
Imperio, y me parece que podrían haber sido encargados por ricos joyeros, pero
si no tenemos más información, no sé cómo reduciremos la lista.
—Creo que podremos eliminar algunas ciudades —señaló
Brom pasando una mano sobre el mapa—, porque los ra'zac tienen que viajar a
dondequiera que los envíe el rey, y estoy seguro de que los mantiene ocupados.
Si estos individuos han de estar disponibles en todo momento para ir a
cualquier parte, el único lugar razonable para que se hayan establecido es una
encrucijada, desde donde puedan llegar al punto que sea del país con bastante
facilidad. —Empezó a entusiasmarse y a caminar por la habitación—. La encrucijada
debe ser lo bastante grande para que los ra'zac pasen desapercibidos, y también
ha de tener suficiente actividad comercial para que cualquier pedido poco
frecuente, comida especial para sus corceles, por ejemplo, no llame la
atención.
—Tiene sentido —asintió Jeod—. Con esas condiciones,
podemos desechar la mayoría de las ciudades del norte. De modo que las únicas
grandes son Teirm, Gil'ead y Ceunon. Sé que no están en Teirm y dudo que se
haya enviado aceite más allá de Narda... es demasiado pequeña. Y como Ceunon
está muy aislada... sólo queda Gil'ead.
—Los ra'zac deben de estar allí —admitió Brom—. Lo que
sería una ironía.
—Sin duda —reconoció Jeod en voz baja.
—¿Y las ciudades del sur? —preguntó Eragon.
—Bueno, evidentemente, tenemos Urü'baen —repuso Jeod—,
pero es un lugar poco probable. Si alguien muriera por culpa del aceite de seithr
en la corte de Galbatorix, a un conde o a algún otro noble le resultaría
muy fácil descubrir que el Imperio ha estado comprando ingentes cantidades de
aceite. Pero aún quedan otras muchas ciudades, y cualquiera podría ser la que
buscamos.
—Sí —dijo Eragon—, pero no habrán mandado aceite a
todas. En el pergamino sólo figuran Kuasta, Dras-Leona, Aroughs y Belatona.
Kuasta no les serviría a los ra'zac porque se halla en la costa y está rodeada
de montañas, y Aroughs se encuentra tan aislada como Ceunon, aunque es un
centro comercial. Por lo tanto, nos quedan Belatona y Dras-Leona, que están
bastante cerca una de otra. De las dos, creo que Dras-Leona es la más probable,
pues es más grande y está mejor situada.
—Y por allí pasan casi todos los productos del Imperio
en un momento u otro, incluidos los de Teirm —confirmó Jeod—. Sería un buen
escondite para los ra'zac.
—Así que... Dras-Leona —comentó Brom mientras se
sentaba y encendía la pipa—. ¿Qué indican los archivos?
Jeod miró el pergamino.
—Aquí está. A principios de año, se enviaron tres
cargamentos de aceite de seithr a Dras-Leona con sólo dos semanas de
diferencia entre uno y otro, y todos fueron transportados por el mismo
mercante. Lo mismo sucedió el año pasado y el anterior. Dudo que ningún joyero,
o ni siquiera un grupo de ellos, tenga dinero para tanto aceite.
—¿Y qué me dices de Gil'ead? —preguntó Brom enarcando
una ceja.
—No tiene el mismo acceso al resto del Imperio. Y,
fíjate —Jeod golpeteó el pergamino—, sólo recibió dos cargamentos de aceite en
los últimos años. —Pensó un instante y añadió—: Además, creo que nos olvidamos
de algo: Helgrind.
—¡Ah, sí, las Puertas Tenebrosas! —asintió Brom—.
Hacía muchos años que no pensaba en ello. Tienes razón, eso
convertiría a Dras-Leona en el sitio perfecto para los ra'zac. Supongo que está
decidido entonces: allí es donde tenemos que ir.
Eragon se sentó de golpe, tan exhausto por la emoción
que ni siquiera fue capaz de preguntar qué era Helgrind.
«Creía que me alegraría de retomar la persecución,
pero en cambio me siento como si estuviera delante de un abismo. ¡Dras-Leona!
Está tan lejos...»
El pergamino crujió, mientras Jeod volvía a enrollar
despacio el mapa.
—Me temo que lo necesitarás —dijo tendiéndoselo a
Brom—. Tus expediciones suelen llevarte por tétricas regiones. —Brom asintió y
cogió el mapa—. No me gusta que te vayas sin mí —añadió dándole una palmada en
el hombro—. Mi corazón desearía ir, pero el resto de mi ser me recuerda mi edad
y mis responsabilidades.
—Comprendo —dijo Brom—. Tú tienes una vida en Teirm, y
ha llegado el momento de que las nuevas generaciones tomen el relevo. Ya has
cumplido con tu parte, así que puedes sentirte feliz.
—Y tú ¿qué? —preguntó Jeod—. ¿Terminará el viaje
alguna vez para ti?
Una carcajada escapó de los labios de Brom.
—Lo veo venir, pero por ahora no.
Apagó la pipa y todos se marcharon a sus habitaciones,
agotados.
Eragon, antes de dormirse, se puso en contacto con
Saphira para contarle las aventuras de la noche.
Por la mañana Eragon y Brom recuperaron sus alforjas,
que estaban en el establo, y se prepararon para partir. Jeod saludó a Brom
mientras Helen observaba desde la entrada. Con mirada seria, los dos hombres se
estrecharon la mano.
—Te echaré de menos, viejo amigo —dijo Jeod.
—Y yo a ti —respondió Brom con afecto. Inclinó la
canosa cabeza y se volvió hacia Helen—. Gracias por vuestra hospitalidad;
habéis sido de lo más amable. —El rostro de la mujer se ruborizó, y Eragon
creyó que iba a darle una bofetada a Brom, que continuó hablando,
imperturbable—. Tenéis un buen marido; cuidadlo. Hay pocos hombres tan
valientes y decididos como Jeod, pero hasta él necesita el apoyo de los seres
queridos para sobrellevar las dificultades. —Volvió a hacer una reverencia y
dijo con gentileza—. Es sólo una sugerencia, querida señora.
Eragon observó cómo la indignación y el dolor se
imprimían en el rostro de Helen. Los ojos de la mujer centellearon en el
momento en que cerró la puerta con brusquedad, y Jeod, con un suspiro, se pasó
la mano por el cabello. Eragon le agradeció la gran ayuda que les había
prestado y montó sobre Cadoc. Tras
las últimas despedidas, él y Brom partieron.
En la puerta sur de Teirm, los guardias los dejaron
salir sin ninguna objeción. Pero mientras cabalgaban bajo la gigantesca
muralla, Eragon percibió un movimiento en las sombras: Solembum estaba
allí agachado y moviendo la cola. El hombre gato los siguió con una mirada
impenetrable. Al tiempo que la ciudad iba quedando atrás, Eragon preguntó:
—¿Qué son los hombres gato?
—¿A qué viene esa súbita curiosidad?
Brom parecía sorprendido por la pregunta.
—Oí que alguien los mencionaba en Teirm. No son
reales, ¿verdad? —fingió ignorancia.
—Son bastante reales. Durante los años de gloria de
los Jinetes, llegaron a ser tan famosos como los dragones. Los reyes y los
elfos los tenían como acompañantes, aunque los hombres gato tenían libertad de
hacer lo que quisieran. Nunca se ha sabido mucho de ellos y me temo que,
últimamente, su especie es bastante escasa.
—¿Sabían hacer magia? —preguntó Eragon.
—Nadie lo sabe con certeza, pero sin duda podían hacer
cosas insólitas. Parecía que siempre sabían lo que pasaba y, de una forma u
otra, se las arreglaban para participar en los asuntos.
Brom se puso la capucha para protegerse del viento
frío.
—¿Qué es Helgrind? —preguntó Eragon, después de pensar
un rato.
—Ya lo verás cuando lleguemos a Dras-Leona.
Cuando Teirm quedó fuera de la vista, Eragon expandió
su mente y llamó:
¡Saphira!
La fuerza de su grito mental fue tal que Cadoc agitó
las orejas, nervioso.
Saphira respondió y voló hacia ellos a toda velocidad.
Eragon y Brom se quedaron observando mientras el oscuro punto salía de una
nube, hasta que oyeron el sordo batir de las alas desplegadas. El sol brillaba
tras las delgadas membranas translúcidas en las que contrastaban las oscuras
venas. Saphira aterrizó provocando una ráfaga de aire.
Eragon le pasó las riendas de Cadoc a Brom.
—Te veré a la hora del almuerzo.
Brom asintió, pero parecía preocupado.
—Que te diviertas —dijo, y le sonrió a Saphira—. Me
alegro de verte.
Yo también.
Eragon montó sobre el cuello de la dragona y se cogió
con fuerza mientras ésta alzaba el vuelo. Soplando el viento de cola, Saphira
se deslizaba por el aire.
Agárrate —le avisó a Eragon antes de lanzar un salvaje aullido y
remontar el vuelo dando una vuelta de campana. Eragon chilló, entusiasmado,
mientras soltaba los brazos y se cogía sólo con las piernas.
No sabía que podía sostenerme sin estar amarrado a la
silla cuando tú hacías esto —le dijo riendo.
Yo tampoco —reconoció Saphira con su risa característica.
Eragon se abrazó a ella con fuerza y volaron en línea
recta como si fueran los dueños del cielo.
Al mediodía tenía las piernas irritadas por montar a
pelo, y las manos y la cara entumecidas por el aire frío. Las escamas de
Saphira estaban siempre tibias, pero no lo bastante para evitar que el muchacho
se helara. Cuando aterrizaron para comer, Eragon metió las manos debajo de la
ropa y encontró un lugar al sol para sentarse. Mientras él y Brom comían, le
preguntó a Saphira:
¿Te importa si monto a Cadoc?
Había decidido interrogar a Brom un poco más acerca
del pasado del anciano.
No, pero cuéntame lo que te diga.
A Eragon no le sorprendió que Saphira supiera sus
planes, pues era casi imposible ocultarle nada cuando estaban conectados
mentalmente. Cuando acabaron de comer, ella se alejó volando mientras Eragon se
acercaba a Brom por el sendero. Al cabo de un rato, aflojó el paso de Cadoc y dijo:
—Tengo que hablar contigo. Quería hacerlo al llegar a
Teirm, pero decidí esperar hasta ahora.
—¿Sobre qué? —preguntó Brom.
Eragon se quedó callado un momento y luego comentó:
—Hay muchas cosas que no comprendo. Por ejemplo,
¿quiénes son tus «amigos» y por qué te escondiste en Carvahall? Te he confiado
mi vida (por eso sigo viajando contigo) pero tengo que saber más sobre ti,
quién eres y a qué te dedicas. ¿Qué robaste en Gil'ead y qué es el tuatha
du orothrim por el que me haces pasar? Creo que después de todo lo que ha
sucedido, merezco una explicación.
—Nos has escuchado a escondidas.
—Sólo una vez —respondió Eragon.
—Veo que aún debes aprender buenos modales —dijo Brom
en tono serio mientras se tiraba de la barba—. ¿Qué te hace pensar que esto
tiene que ver contigo?
—Nada, la verdad —dijo Eragon encogiéndose de
hombros—. Sólo que es una extraña coincidencia que tú te escondieras en
Carvahall cuando encontré el huevo de Saphira y que supieras tanto sobre los
dragones. Cuanto más lo pienso, menos probable me parece. También hubo otras
pistas que, en general, pasé por alto, pero ahora, al mirar atrás, me parecen
evidentes. Para empezar, ¿cómo conocías la existencia de los ra'zac, y por qué
huyeron cuando te acercaste? Por otra parte, no puedo dejar de preguntarme si tuviste
algo que ver con la aparición del huevo de Saphira. Es mucho lo que no nos has
contado, y Saphira y yo no podemos permitirnos seguir ignorando cosas que
podrían ser peligrosas.
Profundas arrugas aparecieron en la frente de Brom
mientras tiraba de las riendas para frenar a Nieve de Fuego.
—No quieres esperar, ¿verdad? —Eragon negó con tozudez
y Brom suspiró—. Si no fueras tan desconfiado, no pasaría nada, pero supongo
que tampoco perdería el tiempo contigo si fueras de otra manera. —Eragon no
supo si tomarlo como un cumplido. Brom encendió la pipa y lanzó una columna de
humo al aire—. Te lo diré, pero debes comprender que no puedo revelarlo todo.
—Eragon iba a empezar a protestar, pero Brom lo interrumpió—. No es que quiera
retener información, sino que no voy a revelar secretos que no son míos porque
hay otras historias entrelazadas en este relato. De modo que tendrás que hablar
con los otros implicados para descubrir el resto.
—Muy bien. Explícame lo que puedas.
—¿Estás seguro? —preguntó Brom—. Créeme, tengo razones
para ser reservado. He tratado de protegerte escudándote de fuerzas que podrían
destrozarte, pero una vez que las conozcas y sepas sus propósitos, ya nunca
tendrás la oportunidad de vivir con tranquilidad. Tendrás que tomar partido y
resistir. ¿De verdad quieres saber?
—No puedo vivir en la ignorancia —dijo Eragon en voz
baja.
—Un objetivo digno... Muy bien. Verás, hay una guerra
en Alagaësía entre los vardenos y el Imperio. Su lucha, sin embargo, va mucho
más allá que los conflictos armados fortuitos: están enzarzados en una titánica
lucha de poder... centrada alrededor de ti.
—¿De mí? —replicó Eragon, incrédulo—. Es imposible. No
tengo nada que ver con ninguno de los dos.
—Todavía no —dijo Brom—, pero tu existencia
propiamente dicha es el nudo de sus batallas. Los vardenos y el Imperio no
pelean para sojuzgar esta tierra o a sus gentes, sino que su objetivo es
controlar a la siguiente generación de Jinetes, de la que tú eres el primero.
Quien domine a esos Jinetes se convertirá en el señor indiscutible de
Alagaësía.
Eragon trató de comprender las afirmaciones de Brom,
pero parecía incomprensible que tanta gente estuviera interesada en él y en
Saphira, puesto que nadie, aparte de Brom, había pensado que él era importante.
Y como la idea de que el Imperio y los vardenos estaban luchando por su causa
era demasiado abstracta para que la entendiera del todo, un montón de
objeciones le acudieron con rapidez a la mente.
—Pero todos los Jinetes fueron asesinados, salvo los
Apóstatas, que se unieron a Galbatorix. Por lo que sé, incluso ellos están
muertos. Y en Carvahall me dijiste que nadie sabe si quedan dragones en
Alagaësía.
—Te mentí sobre los dragones —dijo Brom fríamente—.
Aunque los Jinetes ya no existan, todavía quedan tres huevos de dragón, todos
ellos en posesión de Galbatorix. En realidad ahora hay sólo dos porque Saphira
ya ha nacido. El rey se hizo con los tres en la última gran batalla contra los
Jinetes.
—¿Así que pronto habrá dos nuevos Jinetes leales al
rey? —preguntó Eragon con tristeza.
—Exactamente —dijo Brom—. Empieza a surgir una raza
mortífera. Galbatorix trata de encontrar desesperadamente a las personas que
hagan salir del cascarón a los dragones, mientras que los vardenos emplean
todos los medios posibles para matar a los candidatos o para robar los huevos.
—Pero ¿de dónde procede el huevo de Saphira? ¿Cómo es
posible que alguien le haya arrebatado un huevo de dragón al rey? ¿Y cómo sabes
tú todo eso? —preguntó Eragon, desconcertado.
—Demasiadas preguntas —se rió Brom con amargura—. Todo
eso es otro capítulo y tuvo lugar mucho antes de que nacieras. Por entonces, yo
era un poco más joven, aunque quizá no tan sabio. Odiaba al Imperio, por
razones que prefiero guardarme, y quería hacerle daño a toda costa. Mi fervor
me llevó hasta un erudito, Jeod, que afirmaba que había descubierto un libro
que describía un pasadizo secreto hasta el castillo de Galbatorix.
Entusiasmado, llevé a Jeod ante los vardenos, que son mis «amigos», y
organizaron el robo de los huevos.
«¡Los vardenos!», repitió mentalmente Eragon.
—Sin embargo, algo salió mal, y nuestro ladrón
consiguió solamente un huevo. Por alguna razón huyó con él, pero no regresó con
los vardenos. Al ver que no volvía, nos mandaron a Jeod y a mí a buscarlo para
que les lleváramos el huevo. —La mirada de Brom era cada vez más distante y
hablaba con una voz extraña—. Fue el comienzo de una de las búsquedas más
grandiosas de la historia. Nos lanzamos contra los ra'zac y contra Morzan, el
último de los Apóstatas y el servidor más fiel del rey.
—¡Morzan! —interrumpió Eragon—. ¡Pero si fue el que
traicionó a los Jinetes por Galbatorix!
«¡Y eso sucedió hace mucho tiempo! Morzan debía de ser
muy viejo.» Le molestaba que le recordaran la longevidad de los Jinetes.
—¿Y? —preguntó Brom—. Sí, era viejo, pero fuerte y
cruel. Fue uno de los primeros seguidores del rey y, de lejos, el más leal.
Como ya había corrido la sangre entre nosotros, la búsqueda del huevo se
convirtió en una batalla personal. Cuando fue localizado en Gil'ead, me
precipité hacia allí y luché con Morzan por su posesión. Fue un combate
terrible, pero al final le di muerte. Durante la lucha, perdí la pista a Jeod,
pero como no tenía tiempo de buscarlo, cogí el huevo y se lo llevé a los
vardenos, que me pidieron que entrenara al que se convirtiera en el nuevo
Jinete. Accedí y decidí ocultarme en Carvahall, donde ya había estado varias
veces, hasta que los vardenos se pusieran en contacto conmigo. Pero nunca me
llamaron.
—Entonces, ¿cómo apareció el huevo de Saphira en las
Vertebradas? ¿O era otro huevo robado al rey? —preguntó Eragon.
—Eso es poco probable —gruñó Brom—. Galbatorix tiene
los otros dos tan bien guardados que sería un suicidio intentar robárselos. No,
alguien arrebató el huevo a los vardenos, y creo que sé cómo. Para protegerlo,
su guardián debió de intentar mandármelo por arte de magia.
»Los vardenos no se han puesto nunca en contacto
conmigo para explicarme cómo perdieron el huevo, pero sospecho que sus
emisarios fueron interceptados por el Imperio, que mandó a los ra'zac en su
lugar. Estoy seguro de que estaban impacientes por pillarme, ya que me las
había arreglado para frustrar muchos de sus planes.
—Entonces, ¿los ra'zac no sabían nada de mí cuando
llegaron a Carvahall? —preguntó Eragon, asombrado.
—Así es —respondió Brom—. Si el imbécil de Sloan
hubiera mantenido la boca cerrada, no se habrían enterado de tu existencia, y
todo se habría desarrollado de manera bastante diferente. En cierto modo, he de
estarte agradecido porque te debo la vida. Si los ra'zac no se hubieran
preocupado tanto por ti, me habrían cogido desprevenido y habría sido el fin de
Brom, el cuentacuentos. La única razón de que huyeran es porque soy más fuerte
que ellos, especialmente durante el día. Por eso debieron de planear drogarme
durante la noche y después interrogarme sobre el huevo.
—¿Les has mandado algún mensaje a los vardenos
hablándoles de mí?
—Sí. Estoy seguro de que quieren que te lleve a verlos
lo antes posible.
—Pero no lo harás, ¿verdad?
—No, no lo haré.
—¿Por qué? Estar con los vardenos tiene que ser más
seguro que perseguir a los ra'zac, especialmente para un Jinete nuevo.
Brom largó una risotada y miró a Eragon con cariño.
—Los vardenos son peligrosos. Si vamos a verlos, te
involucrarán en sus maquinaciones y en sus asuntos políticos; a lo mejor los
líderes te encomendarían alguna misión sólo para dejar clara su autoridad,
aunque no fueras lo suficientemente fuerte para llevarla a cabo. Quiero que
estés bien preparado antes de acercarte a ellos. Por lo menos, mientras
perseguimos a los ra'zac, no tengo que preocuparme de que alguien te eche
veneno en el agua. Es el menor de los dos males. Y —añadió con una sonrisa—
como mínimo estás contento mientras te entreno. Tuatha du orothrim es
sólo una fase de tu instrucción. Te ayudaré a encontrar, y quizá a matar, a los
ra'zac, porque son tan enemigos míos como tuyos, pero después tendrás que tomar
una decisión.
—¿La decisión de...? —preguntó Eragon con cautela.
—De unirte a los vardenos o no —respondió Brom—. Si
matas a los ra'zac, las únicas opciones de escapar a la cólera de Galbatorix
serán buscar la protección de ese pueblo, huir a Surda o implorar la
misericordia del rey y unirte a sus fuerzas. Sin embargo, aunque no mates a los
ra'zac, con el tiempo tendrás que enfrentarte a esta decisión.
Eragon sabía que la mejor manera de encontrar refugio
sería unirse a los vardenos, pero no quería pasarse la vida luchando contra el
Imperio como ellos. Caviló sobre los comentarios de Brom intentando sopesarlos
desde distintos puntos de vista.
—Todavía no me has explicado por qué sabes tanto sobre
los dragones.
—No, no lo he hecho, ¿verdad? —comentó Brom con una
cínica sonrisa—. Eso tendrá que esperar hasta otro momento.
«¿Por qué yo? —se preguntó el muchacho—. ¿Qué tengo de
especial para convertirme en Jinete?»
—¿Conociste a mi madre? —soltó de repente.
—Sí, la conocí.
Brom se puso serio.
—¿Cómo era?
—Una mujer llena de dignidad y de orgullo, como Garrow
—suspiró el anciano—. En última instancia ésa fue su desgracia pero, sin
embargo, uno de sus mayores dones... Siempre ayudaba a los pobres y a los más
desgraciados, cualquiera que fuese la situación en la que ella se encontrara.
—¿La conociste bien? —preguntó Eragon, sobresaltado.
—Lo suficientemente bien para echarla de menos cuando
se marchó.
Mientras Cadoc avanzaba al paso, Eragon trató
de acordarse de cuando pensaba que Brom era sólo un viejo cascarrabias que
contaba cuentos. Por primera vez comprendió lo ignorante que había sido.
El muchacho le contó a Saphira lo que el anciano le
había dicho, y la dragona se quedó intrigada por las revelaciones de Brom, pero
sintió repugnancia ante la idea de haber sido una de las pertenencias de
Galbatorix.
¿Estás contento de no haberte quedado en Carvahall? —le preguntó Saphira al fin—. ¡Piensa en todas las
experiencias interesantes que te habrías perdido!
No obstante, Eragon refunfuñó haciéndose el afligido.
Cuando la jornada llegó a su fin, Eragon fue a buscar agua mientras Brom
preparaba la cena. Se frotó las manos para calentárselas mientas daba un rodeo
en busca de un arroyuelo o de un manantial. El paisaje entre los árboles era
sombrío y húmedo.
Encontró un arroyo muy lejos del campamento, se agachó
en la orilla y observó el agua que corría sobre las piedras mientras metía la
punta de los dedos. El agua helada de las montañas hacía remolinos alrededor de
ellos, entumeciéndolos.
«Al agua no le importa lo que nos sucede, ni a
nosotros ni a nadie», pensó. Sintió un escalofrío y se puso de pie.
Entonces le llamó la atención una extraña huella que
había al otro lado del arroyo. Tenía una forma rara y era muy grande. Cruzó a
la otra orilla con curiosidad y saltó sobre una roca. En ese momento resbaló
sobre un trozo de musgo húmedo, trató de sostenerse de una rama, pero ésta se
rompió. Alargó el brazo para amortiguar la caída y sintió un crujido en la
muñeca al tiempo que se desplomaba. El dolor le subió con fuerza por el brazo.
Se le escapó una retahíla de improperios entre los
dientes apretados mientras procuraba no gritar. Enloquecido de dolor, se
acurrucó en el suelo cogiéndose el brazo.
¡Eragon! —le llegó la voz asustada de Saphira—. ¿Qué ha
pasado?
Me he roto la muñeca... hice una estupidez y me caí.
Ahora voy —dijo Saphira.
No, ya me las arreglaré para volver. No vengas... Los
árboles están muy juntos para... las alas.
Ella le envió una fugaz imagen de cómo destrozaría el
bosque con tal de llegar hasta él, y le dijo:
Date prisa.
Se tambaleó gimiendo al ponerse de pie. La huella
penetraba profundamente en el terreno, a pocos centímetros de distancia: era la
marca de una pesada bota tachonada de clavos. Eragon recordó al instante las
huellas que rodeaban la pila de cadáveres de Yazuac.
—Úrgalos —masculló, y deseó tener a Zar'roc consigo,
puesto que no podía usar el arco con una sola mano.
Levantó de golpe la cabeza y gritó con la mente:
¡Saphira! ¡Úrgalos! ¡Protege a Brom!
Eragon volvió a cruzar de un salto el arroyuelo y
corrió hacia el campamento mientras desenvainaba su cuchillo de monte. Veía
posibles enemigos detrás de cada árbol y de cada arbusto. «Espero que sea un
úrgalo nada más.» Irrumpió en el campamento agachando la cabeza para protegerse
de un coletazo de Saphira.
—¡Detente, soy yo! —gritó.
¡Huy! —dijo
Saphira.
Tenía las alas plegadas delante del pecho como un
muro.
—¿Huy? —protestó Eragon corriendo hacia ella—.
¡Habrías podido matarme! ¿Dónde está Brom?
—¡Estoy aquí! —dijo Brom detrás de las alas de
Saphira—. Dile a tu dragona loca que me suelte; no quiere escucharme.
—¡Suéltalo! —dijo Eragon, furioso—. ¿No se lo has
dicho?
No —respondió ella, avergonzada—, sólo me dijiste que lo protegiera.
Levantó las alas, y Brom salió, enfadado.
—He encontrado la huella de un úrgalo. Y es reciente.
Brom se puso serio de inmediato.
—Ensilla los caballos. Nos vamos. —Apagó el fuego,
pero Eragon no se movió—. ¿Qué te pasa en el brazo?
—Me he roto la muñeca —dijo tambaleándose.
Brom soltó una maldición, ensilló a Cadoc en
lugar de que lo hiciera Eragon y lo ayudó a montar.
—Tenemos que entablillártela cuanto antes, así que
intenta no moverla hasta entonces. —Eragon cogió firmemente las riendas con la
mano izquierda, mientras Brom se dirigía a Saphira—: Es casi de noche. Tendrás
que volar recto por encima de nosotros. Si aparecen los úrgalos, se lo pensarán
dos veces antes de atacarnos si estás cerca.
Más les vale, porque si no, no volverán a pensar —dijo Saphira mientras remontaba el vuelo.
La noche caía deprisa, y los caballos estaban
cansados, pero los espolearon sin piedad. La muñeca de Eragon, roja e hinchada,
seguía palpitándole. Cuando estuvieron a algo más de un kilómetro del
campamento, Brom se detuvo.
—Escucha —dijo.
Eragon oyó el débil sonido de un cuerno de caza detrás
de ellos. Cuando todo volvió a quedar en silencio, el pánico se apoderó de él.
—Deben de haber descubierto el lugar en que estábamos
—dijo Brom— y, seguramente, las huellas de Saphira. Ahora nos perseguirán, pues
jamás dejan escapar a una presa porque eso no forma parte de su modo de ser.
—Volvieron a sonar dos cuernos: estaban más cerca. Eragon sintió un
escalofrío—. Nuestra única oportunidad es huir —añadió Brom.
Miró hacia el cielo y se puso pálido. Llamó a Saphira.
La dragona salió de la oscuridad y aterrizó junto a
ellos.
—Deja a Cadoc y ve con ella. Estarás más seguro
—ordenó Brom.
—¿Y tú? —protestó Eragon.
—Yo estaré bien. ¡Vete!
Eragon, incapaz de reunir la energía suficiente para
discutir, montó a Saphira mientras Brom fustigó a Nieve de Fuego y se alejó llevándose a Cadoc. Tras ellos iba la dragona que
agitaba las alas por encima de los caballos que galopaban.
Eragon se agarró a la dragona lo mejor que pudo, pero
hacía muecas de dolor cada vez que Saphira le tocaba la muñeca al moverse. Los
cuernos sonaban cada vez más cerca, como si fueran una nueva oleada de terror.
A su vez Brom se abría paso entre la maleza forzando los caballos al límite. En
un momento dado los cuernos de caza resonaron al unísono y a continuación se
quedaron súbitamente en silencio.
Pasaron los minutos.
«¡Dónde están los úrgalos?», se preguntó Eragon.
Volvió a resonar un cuerno, pero a lo lejos. El muchacho suspiró aliviado y
descansó sobre el cuello de Saphira, mientras Brom aflojaba el paso en su
precipitada carrera.
Estuvimos cerca —dijo Eragon.
Sí, pero no podemos parar hasta que...
De nuevo el sonido de un cuerno, que esta vez se oyó
directamente debajo de ellos, interrumpió a Saphira. Eragon dio un respingo de
sorpresa y Brom retomó su frenética huida. Cornudos úrgalos, que gritaban con
voces roncas, galopaban deprisa por el sendero y ganaban terreno rápidamente.
Tenían a Brom casi a la vista, pero el anciano no conseguía dejarlos atrás.
¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Eragon.
¿Qué?
¡Bajar delante de los úrgalos!
¿Estás loco? —exclamó Saphira.
¡Baja! Sé lo que me digo —ordenó Eragon—. No hay tiempo para nada más. ¡Van
a alcanzar a Brom!
Muy bien.
Saphira adelantó a los úrgalos, dio la vuelta y se
preparó para posarse sobre el sendero. Eragon fue en busca de su poder, pero
sintió la habitual resistencia en la mente que lo separaba de la magia. Sin
embargo, no intentó alcanzarla todavía. Pero su nerviosismo le produjo una
contracción en un músculo del cuello.
Mientras los úrgalos avanzaban por el sendero, gritó:
—¡Ahora!
Saphira plegó las alas con brusquedad, descendió
directamente desde encima de los árboles y aterrizó levantando una nube de
polvo y de piedras.
Los úrgalos gritaron asustados y tiraron de las
riendas de los caballos, que resbalaron y chocaron entre sí, pero los monstruos
volvieron a organizarse deprisa para enfrentarse a Saphira con las armas
desenfundadas. El odio se imprimía en los rostros de los úrgalos mientras
miraban a la dragona con hostilidad. Eran doce, y todos tenían el aspecto de
unas espantosas y burlonas bestias. Eragon se preguntó por qué no huían, pues se había imaginado que al ver a Saphira, se asustarían y se
sentirían impulsados a escapar.
«¿Por qué esperan? ¿Piensan atacar o no?»
Eragon se quedó paralizado cuando el úrgalo más grande
avanzó y masculló:
—Nuestro señor desea hablar contigo, humano.
El monstruo tenía una voz grave y gutural.
Es una trampa —le advirtió Saphira antes de que Eragon dijera nada—.
No lo escuches.
Por lo menos veamos qué tienen que decir—razonó con curiosidad, pero con gran cautela.
—¿Y quién es tu señor? —preguntó el muchacho.
—Alguien tan vil como tú no merece saber su nombre
replicó el úrgalo con desprecio—. Gobierna el cielo y domina la tierra. Para
él, no eres más que una hormiga perdida. Sin embargo, ha ordenado que te
llevemos a su presencia, vivo.
Alégrate de ser digno de semejante trato.
—¡Jamás iré contigo ni con ninguno de mis enemigos!
—declaró Eragon pensando en Yazuac—. Me da igual que sirvas a un Sombra, a un
úrgalo o a algún otro demonio contrahecho del que no tenga noticias, pero no
deseo parlamentar con él.
—Cometes un grave error —gruñó el úrgalo enseñando los
colmillos—. No hay manera de escapar de nuestro señor y, a la larga, acabarás
ante él. Si te resistes, se ocupará de que tus días sean una agonía.
Eragon se preguntó quién tendría el poder de reunir a
los úrgalos bajo su bandera. ¿Había una tercera fuerza suelta en el territorio,
además de los vardenos y del Imperio?
—Guárdate tu oferta y dile a tu señor que me
encantaría que los cuervos le comieran las entrañas.
La furia recorrió a los úrgalos. Y el jefe aulló
haciendo rechinar los dientes.
—¡Te arrastraremos ante él, entonces!
Hizo una seña con la mano, y los úrgalos se
precipitaron sobre Saphira.
Eragon levantó la diestra y gritó:
—¡Jierda!
¡No! —exclamó Saphira, pero era demasiado tarde.
Los monstruos se tambalearon mientras la palma de la
mano de Eragon brillaba y lanzaba rayos de luz que se estrellaban en la tripa
de los atacantes. Los úrgalos salieron disparados por el aire y chocaron contra
los árboles antes de caer al suelo, inconscientes.
Muy pronto la fatiga despojó a Eragon de su fuerza, y
el muchacho se cayó de Saphira. Tenía la mente confusa y torpe. Mientras
Saphira se inclinaba sobre él, pensó que tal vez había ido demasiado lejos
porque la energía que había necesitado para levantar y lanzar a doce úrgalos
había sido enorme. El miedo se apoderó de él mientras se esforzaba por
mantenerse consciente.
Con el rabillo del ojo vio que uno de los úrgalos se
tambaleaba y se ponía de pie, espada en mano. Eragon trató de advertírselo a
Saphira, pero estaba demasiado débil. No... pensó sin energía. El úrgalo
se acercó despacio a Saphira hasta sobrepasar la cola de la dragona, y levantó
la espada para cortarle el cuello. ¡No...! Saphira se giró rápidamente
encarándose con el monstruo, y rugió con ferocidad. De inmediato, le lanzó un
zarpazo a una velocidad de vértigo, y empezó a salir sangre a chorros mientras
partía en dos al úrgalo.
Saphira cerró las mandíbulas con un chasquido y
regresó hasta donde se hallaba Eragon. Pasó las zarpas con suavidad alrededor
del torso del muchacho, dio un rugido y remontó el vuelo. La noche se desdibujó
en un haz lleno de dolor, mientras el hipnótico sonido del batir de las alas
sumió a Eragon en un nebuloso trance, arriba, abajo, arriba, abajo...
Cuando por fin la dragona aterrizó, Eragon casi no
tuvo conciencia de que Brom hablaba con ella. No comprendía qué decían, pero
debieron de tomar una decisión porque Saphira volvió a alzar el vuelo.
El estupor del muchacho dio paso al sueño, que lo
cubrió como una mullida manta.
Eragon se acurrucó debajo de las mantas, sin ganas de abrir los ojos, y se
adormiló, pero un pensamiento difuso entró en su mente... «¿Cómo he llegado
hasta aquí?» Confundido, tiró más fuerte de las mantas y sintió algo duro en el
brazo derecho. Trató de mover la muñeca, pero sintió una dolorosa punzada.
«¡Los úrgalos!» Y se incorporó de golpe.
Yacía en un pequeño claro en el que sólo había un
fuego de campaña sobre el que se cocía un estofado en una cacerola, mientras
una ardilla tableteaba sobre una rama. Al lado de las mantas estaban su arco y
el carcaj. El muchacho hizo una mueca de dolor al intentar levantarse, pues
tenía los músculos débiles y doloridos y el brazo derecho con un pesado
entablillado.
«¿Dónde están todos?», se preguntó con sensación de
abandono. Intentó llamar a Saphira, aunque no la percibía, y eso lo alarmó. Un
hambre voraz se apoderó de él, de modo que se puso a comer el estofado, y como
seguía con hambre, se imaginó que quizá en las alforjas habría un trozo de pan,
pero no había ni rastro de las alforjas ni de los caballos en el claro. «Estoy
seguro de que esto tiene una explicación», pensó tratando de reprimir su
ansiedad.
Dio una vuelta por el claro, pero volvió a donde
estaban las mantas y se envolvió con ellas. Sin nada mejor que hacer, se apoyó
contra un árbol y observó las nubes del cielo. Pasaron las horas, pero no
aparecieron ni Brom ni Saphira.
«Espero que todo vaya bien.»
A medida que avanzaba la tarde, Eragon, cada vez más
aburrido, empezó a explorar el bosque de alrededor. Cuando se cansó, se sentó
debajo de un abeto, que se inclinaba sobre una roca que tenía un hueco lleno de
agua clara de rocío.
Eragon miró el agua y recordó las instrucciones que
Brom le había dado sobre la criptovisión.
«A lo mejor puedo ver dónde está Saphira. Brom dijo
que la criptovisión requería mucha energía, pero soy más fuerte que él...»
Respiró hondo, cerró los ojos y formó en la mente la
imagen de Saphira creándola de la forma más verosímil posible. Era más difícil
de lo que esperaba.
—¡Draumr kópa! —dijo, y miró el agua.
La superficie se aplanó por completo, como congelada
por una fuerza invisible, los reflejos desaparecieron y el agua se tornó
absolutamente diáfana. En ella brilló la imagen de Saphira: estaba en medio de
una mancha de color de un blanco purísimo, pero Eragon vio que volaba. Brom iba
montado sobre ella, con la barba al viento y la espada sobre las rodillas.
Cansado, dejó que la imagen se desvaneciera.
«Por lo menos están bien. —Se tomó unos minutos para
recuperarse y se inclinó de nuevo sobre el agua—. Roran, ¿cómo estás?»
Vio mentalmente a su primo con toda claridad.
Dejándose llevar por un impulso, recurrió otra vez a la magia y pronunció las
palabras.
El agua se aquietó, y una imagen se formó sobre la
superficie: apareció Roran, sentado sobre una silla invisible; estaba rodeado
de color blanco, igual que Saphira, y tenía nuevas arrugas en el rostro, lo que
hacía que se pareciera más que nunca a Garrow. Eragon retuvo la imagen en su
sitio todo lo que pudo.
«¿Está Roran en Therinsford? Sin duda se halla en un
lugar que no conozco.»
La tensión que exigía el uso de la magia le había
llenado la frente de gotas de sudor. Suspiró y, durante un buen rato, se contentó solamente con permanecer sentado. De pronto, una absurda
idea le cruzó por la mente:
«¿Y si sólo he criptovisto algo creado por mi
imaginación o algo que he contemplado en un sueño? —sonrió—. Quizá sólo veo el
reflejo de mi conciencia.»
Era una idea demasiado tentadora para pasarla por
alto, de modo que se arrodilló una vez más junto al agua.
«¿Qué debo buscar?»
Pensó algunas cosas, pero las desechó todas hasta que
recordó el sueño de la mujer en la celda.
Tras fijar la escena en la mente, pronunció las
palabras consabidas y observó el agua con intensidad. Esperó, pero no sucedió
nada. Desilusionado, estaba a punto de abandonar la magia cuando un remolino de
una profunda negrura cruzó el agua y cubrió la superficie. La imagen de una
vela osciló en la oscuridad e iluminó una celda de piedra: la mujer del sueño
de Eragon estaba acurrucada en un catre en un rincón. Ella levantó la cabeza
—una cabellera negra le caía sobre la espalda— y miró directamente a Eragon,
que se quedó paralizado, pues la fuerza de esa mirada lo dejó inmóvil. Un
escalofrío le recorrió la columna cuando sus ojos se encontraron. En aquel
momento la mujer tuvo un estremecimiento y cayó inerte.
El agua volvió a aclararse, y Eragon retrocedió
jadeando.
—No es posible.
«No puede ser real. ¡Sólo soñé con ella! ¿Cómo sabía
que la miraba? ¿Y cómo es posible que yo haya criptovisto una mazmorra que
nunca he contemplado?»
Eragon se preguntó si alguno de sus otros sueños
también habían sido visiones.
El rítmico batir de las alas de Saphira interrumpió
los pensamientos del muchacho, que se apresuró a volver al claro, adonde llegó
justo cuando ella tocaba tierra. Brom iba encima, tal como Eragon había visto,
pero tenía la espada llena de sangre y el rostro crispado. El borde de la barba
también estaba salpicado de sangre.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Eragon, temeroso de que
estuviera herido.
—¿Que qué ha pasado? —rugió el anciano—. ¡He ido a
arreglar el lío que has montado! —Dio un mandoble con la espada que salpicó
sangre en la trayectoria—. ¿Sabes lo que has hecho con ese truquillo? ¿Lo
sabes?
—Impedí que los úrgalos te atrapasen —respondió
Eragon, que sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Sí —bramó Brom—, pero ese truco mágico casi te mata.
Has estado durmiendo durante dos días. Había doce úrgalos. ¡Doce! Pero eso no
te detuvo y aun así intentaste mandarlos hasta Teirm, ¿no? ¿En qué estabas
pensando? Habría sido más inteligente tirarles una piedra a cada uno en la
cabeza, pero no, tenías que dejarlos inconscientes para que pudieran huir poco
después. Me he pasado los últimos dos días tratando de encontrarlos. Incluso
con la ayuda de Saphira, ¡se han escapado tres!
—No quería matarlos —dijo Eragon, que se sentía como
si se hubiera encogido.
—Pues en Yazuac no te importó.
—Allí no tuve opción y no sabía controlar la magia.
Esta vez me pareció... muy exagerado.
—¡Exagerado! —exclamó Brom—. No es exagerado; ellos no
habrían tenido la misma misericordia contigo. ¿Y por qué, ay, por qué, te
plantaste ante ellos?
—Dijiste que habían encontrado las huellas de Saphira,
así que ya no importaba que me viesen —contestó Eragon a la defensiva.
Brom clavó la espada en tierra.
—Dije que «probablemente» habrían encontrado las
huellas —soltó Brom—. No que las habían visto con certeza. Podrían haber creído
que perseguían a unos viajeros extraviados, pero ¿por qué van a pensar eso
ahora? Después de todo, ¡fuiste tú quien aterrizó justo delante de ellos! Y
como los has dejado escapar con vida, ¡van de un lado a otro del país con
cuentos fantásticos! ¡A lo mejor ya han llegado a oídos del Imperio! —Levantó
las manos al cielo—. ¡Después de esto, muchacho, no mereces llamarte Jinete!
Brom arrancó la espada clavada en el suelo y se
dirigió hasta el fuego pisando muy fuerte. Rasgó un trozo de tela del forro de
su túnica y empezó a limpiar la hoja, muy enlodado.
Eragon estaba perplejo. Trató de pedirle consejo a
Saphira, pero lo único que ella le dijo fue:
Habla con Brom.
Titubeante, se acercó al fuego.
—¿Serviría de algo si te dijera que lo siento?
—preguntó.
Brom suspiró y envainó la espada.
—No, no serviría. Tus sentimientos no pueden cambiar
lo sucedido. —Clavó el índice en el pecho de Eragon—. Has tomado algunas
decisiones erróneas que podrían tener peligrosas repercusiones. Y una de ellas,
y no poco importante, es que casi te mueres. ¡Podrías estar muerto, Eragon! De
ahora en adelante tendrás que pensar. Para eso hemos nacido con cerebro, y no
con piedras, en la cabeza.
Eragon asintió, avergonzado.
—Pero no es tan grave como piensas. Los úrgalos ya
sabían quién era: ¡tenían órdenes de capturarme!
El asombro le hizo abrir a Brom los ojos de par en
par. Luego se metió la pipa apagada en la boca.
—No, no es tan grave como pienso, es aún peor. Saphira
me contó que habías hablado con los úrgalos, pero no me mencionó eso.
Eragon describió alborotadamente el enfrentamiento.
—Así que ahora tienen una especie de jefe, ¿eh?
—preguntó Brom. Eragon asintió—. ¿Y tú has desobedecido sus deseos, lo has
insultado y has atacado a sus tropas? —Brom hizo un gesto de desesperación—. No
se me ocurre nada peor. Si hubieras matado a los úrgalos, tu grosería habría
pasado desapercibida, pero ahora es imposible ignorarla. Felicidades, acabas de
ganarte uno de los más poderosos enemigos de Alagaësía.
—Muy bien, he cometido un error —replicó Eragon,
resentido.
—Sí, así es —coincidió Brom con mirada acusadora—.
Aunque lo que me preocupa es quién debe de ser el jefe de los úrgalos.
—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Eragon en voz baja
sintiendo un escalofrío.
Hubo un silencio incómodo.
—Como tardarás por lo menos un par de semanas en
curarte el brazo, usaremos ese tiempo para enseñarte a actuar con un mínimo de
sensatez. Supongo que, en parte, es culpa mía porque te he enseñado cómo hacer
las cosas, pero no si debes hacerlas o no. Es necesaria la discreción, algo de
lo que, evidentemente, careces. Ni toda la magia de Alagaësía te ayudará si no
sabes cuándo hacer uso de ella.
—Pero proseguimos nuestro viaje a Dras-Leona, ¿no?
—Sí, seguiremos buscando a los ra'zac, pero aunque los
encontremos, no servirá de nada hasta que te hayas curado. —Brom miró a uno y
otro lado y empezó a desensillar a Saphira—. ¿Estás bien para montar?
—Creo que sí.
—Bueno, entonces hoy todavía podremos avanzar unos
cuantos kilómetros.
—¿Dónde están Cadoc y Nieve de Fuego?
Brom señaló hacia un lado del claro.
—Por ahí. Los llevé a un lugar en el que había hierba.
Eragon se preparó para marchar y siguió a Brom hasta
los caballos.
Si me hubieras explicado lo que pensabas hacer —le dijo Saphira con mordacidad—, nada de esto
habría sucedido, pues te habría dicho que era mala idea no matar a los úrgalos.
¡Accedí a hacer lo que me pedías porque, en cierto modo, supuse que era
razonable!
No quiero hablar de ello.
Como quieras —replicó la dragona con desdén.
Mientras cabalgaban, cada sacudida o irregularidad en el sendero hacía que Eragon apretara los dientes, incómodo. Si hubiera
estado solo, se habría detenido, pero yendo con Brom, ni se atrevió a quejarse.
Además, el anciano empezó a pincharlo con diferentes escenas en las que
intervenían úrgalos, magia y Saphira. Las peleas imaginarias eran muchas y
variadas, en las que a veces incluso participaban un Sombra u otros dragones.
Por lo tanto, Eragon descubrió que era posible que le torturaran el cuerpo y la
mente al mismo tiempo. Asimismo, respondía mal a la mayoría de las preguntas y
se sentía cada vez más frustrado.
Cuando al fin se detuvieron para pasar la noche, Brom
refunfuñó con sequedad:
—Bueno, al menos es un comienzo.
Y Eragon supo que el anciano se sentía decepcionado.
El día siguiente fue más fácil para ambos, ya que
Eragon se encontraba mejor y más descansado, y respondió correctamente a más
preguntas de Brom. Después de un ejercicio especialmente difícil, Eragon
mencionó la criptovisión de la mujer. Brom se tiró de la barba, curioso.
—¿Dices que estaba presa?
—Sí.
—¿Le viste la cara? —preguntó, interesado.
—No muy claramente. La iluminación era mala, pero a
pesar de todo sé que era bella. Es extraño: no tuve ninguna dificultad en verle
los ojos. Y ella me miró.
—Por lo que sé —dijo Brom haciendo un gesto negativo—,
nadie puede saber si lo están criptoviendo.
—¿Sabes de quién se trata? —preguntó Eragon, asombrado
por la ansiedad de su propia voz.
—La verdad es que no —reconoció Brom—. Si me
presionaran, podría hacer algunas conjeturas, pero ninguna demasiado probable.
Ese sueño tuyo es muy peculiar. De alguna manera te las arreglaste para
criptover en sueños algo que no habías visto nunca... y sin pronunciar las
palabras de poder. Los sueños, de vez en cuando, entran en contacto con el
reino de lo espiritual, pero esto es diferente.
—Quizá para entenderlo deberíamos buscar en cada
prisión y mazmorra hasta dar con la mujer —bromeó Eragon.
En realidad pensaba que era una buena idea. Brom se
rió, y siguieron adelante.
A medida que los días se convertían en semanas, el
estricto entrenamiento al que Brom sometía a Eragon ocupó casi todas las horas.
Debido al brazo entablillado, el muchacho tenía que usar la mano izquierda,
pero en poco tiempo, podía batirse con ella tan bien como con la derecha.
Cuando cruzaron las Vertebradas y llegaron a las
llanuras, la primavera había llegado a Alagaësía con una explosión de flores.
Los pelados árboles de hoja caduca estaban llenos de brotes rojizos, la hierba
despuntaba entre los tallos marchitos del año anterior, y los pájaros volvían
tras su ausencia invernal para aparearse y construir sus nidos.
Los viajeros siguieron el río Toak hacia el sudeste,
al pie de las Vertebradas. A medida que el Toak recibía las aguas de los
afluentes que llegaban de todos lados, su curso se hacía más firme y caudaloso.
Cuando el río alcanzó alrededor de cinco kilómetros de anchura, Brom señaló las
islas de cieno que se esparcían por el agua.
—Nos hallamos cerca del lago Leona: está a poco más de
diez kilómetros.
—¿Crees que podemos llegar antes de que anochezca?
—preguntó Eragon.
—Podemos intentarlo.
Muy pronto el crepúsculo hizo que la senda resultara
difícil de seguir, pero el ruido del río los guiaba, y cuando salió la luna, el
luminoso astro los alumbró lo suficiente para ver lo que había delante.
El lago Leona parecía una hoja de plata fina sobre la
tierra, y sus aguas eran tan tranquilas y lisas que no parecía que fueran
líquidas. Aparte de un brillante haz de luz de luna que iluminaba un trozo de
la superficie, el resto no se distinguía de la tierra. Saphira estaba en la
orilla rocosa agitando las alas para secárselas. Eragon la saludó.
El agua es maravillosa.... profunda, fresca y clara —dijo ella.
Quizá mañana nade un poco —le respondió él.
Instalaron el campamento bajo una hilera de árboles y
se fueron a dormir pronto.
Al amanecer Eragon corrió a ver el lago a la luz del
día: la blanca superficie del agua se rizaba en forma de abanico allí donde
soplaba la brisa. Además, el tamaño del lago en sí era una delicia. Eragon
chilló y corrió hacia el agua.
Saphira, ¿dónde estás? Ven, vamos a divertirnos. —Cuando Eragon se le subió encima, la dragona despegó
por encima del lago. Planearon hacia arriba volando en círculos por encima del
agua, pero no se veía la orilla opuesta—. ¿Te gustaría darte un baño? —le preguntó Eragon. Saphira sonrió
encantada. ¡Agárrate!
Cerró las alas y descendió hacia las olas arañando las
crestas con las garras, mientras que el agua que levantaban al deslizarse
brillaba bajo la luz del sol. Eragon volvió a chillar de alegría, y entonces
Saphira plegó las alas y se zambulló en el lago. La cabeza y el cuello de la dragona entraron limpiamente, como una
lanza.
El agua golpeó a Eragon como una pared helada, le
cortó la respiración y casi lo desmontó de Saphira, pero el muchacho se agarró
con fuerza mientras ella nadaba hacia la superficie. Con tres fuertes patadas,
la dragona asomó la cabeza y lanzó un chorro de reluciente agua hacia el cielo.
Eragon tomó aire y se sacudió el cabello mientras Saphira se deslizaba por el
lago usando la cola como timón. ¿Preparado?
Eragon asintió e inspiró profundamente poniendo firmes
los brazos. Esta vez avanzaron con suavidad debajo del agua. La visibilidad era
perfecta en la líquida transparencia mientras Saphira giraba y daba vueltas
describiendo círculos fantásticos en el agua como una anguila. Eragon se sentía
como si montara a una serpiente de mar de leyenda.
Cuando los pulmones del muchacho empezaron a necesitar
aire, Saphira arqueó el lomo y levantó la cabeza de golpe. Una explosión de
gotitas dibujó un halo alrededor de ellos al tiempo que Saphira emergía de un
salto y abría las alas de par en par. Con dos potentes aleteos ganó altura.
¡Caramba! ¡Eso sí que ha sido fantástico! —exclamó Eragon.
Sí —dijo Saphira alegremente—. Aunque es una lástima que no seas capaz de
aguantar más tiempo la respiración.
Sí, pero no puedo hacer nada —respondió escurriéndose el agua del pelo.
Tenía la ropa empapada, y la corriente de aire que
producían las alas de Saphira lo estaba helando. Entonces se tironeó el
entablillado del brazo porque le picaba la muñeca.
Una vez se hubo secado, Eragon y Brom ensillaron los
caballos y emprendieron viaje alrededor del lago Leona de buen humor, mientras
Saphira, juguetona, entraba y salía del agua.
Antes de la comida, Eragon inutilizó el filo de Zar'roc
para el habitual combate de entrenamiento con Brom, pero ninguno de los dos
se movió mientras esperaba que el otro atacara primero. El muchacho observó el
entorno en busca de cualquier cosa que le pudiera dar ventaja: un palo que
estaba cerca del fuego le llamó la atención.
Eragon se inclinó de golpe, recogió el palo y se lo
tiró a Brom, pero el anciano lo esquivó sin dificultad y se abalanzó sobre el
muchacho blandiendo la espada. Eragon agachó la cabeza en el preciso instante
en que la hoja le pasaba silbando por encima, rugió y tumbó a Brom con
ferocidad.
Se enzarzaron en el suelo, y cada uno de ellos se
esforzó por mantenerse encima del otro. Eragon giró hacia un lado y deslizó la
espada por el suelo hacia la espinilla de Brom. Éste detuvo el golpe con la
empuñadura de su espada y se puso de pie de un salto. Eragon también se levantó
con una torsión y volvió a atacar haciendo describir a Zar'roc una
extraña trayectoria, al mismo tiempo que saltaban chispas sin cesar al
entrechocar las espadas. Brom detenía cada golpe con el rostro tenso por la
concentración, pero Eragon se dio cuenta de que el anciano empezaba a cansarse.
Continuó el incesante golpeteo mientras tanto uno como otro intentaban romper
la defensa del contrario.
En ese momento Eragon percibió un cambio en el
combate: golpe a golpe fue ganando ventaja, y las paradas de Brom se hicieron
cada vez más lentas. En cambio, Eragon detuvo con facilidad una estocada. Las
venas latían en la frente del anciano, y tenía los tendones del cuello
hinchados por el esfuerzo.
Con súbita confianza, Eragon blandió a Zar'roc más
rápido que nunca tejiendo una red de acero alrededor de la espada de Brom. Con
un movimiento veloz, golpeó la parte plana de su espada contra la guardia de
Brom y le tiró la espada al suelo. Antes de que el anciano reaccionara, Eragon
le apoyó Zar'roc en la garganta.
Se quedaron inmóviles jadeando, mientras la punta roja
de Zar'roc continuaba apoyada en el cuello de Brom. Eragon bajó despacio
el brazo y retrocedió. Era la primera vez que vencía al anciano sin recurrir a
algún truco. Brom recogió su espada del suelo y la enfundó.
—Por hoy es suficiente —dijo sin dejar de respirar
agitadamente.
—Pero si acabamos de empezar —replicó Eragon,
asustado.
—Ya no puedo enseñarte nada más con la espada. De
todos los combatientes que he conocido, sólo tres habrían podido vencerme de
esta manera, y dudo que ninguno de ellos lo hubiera logrado con la mano
izquierda. —Sonrió, compungido—. Puede que ya no sea tan joven como antes, pero
lo que sí sé es que eres un espadachín talentoso y excepcional.
—¿Significa que ya no vamos a luchar todas las noches?
—preguntó Eragon.
—No, no vas a librarte de eso —se rió Brom—. Pero
ahora lo haremos más fácil, pues ya no importa que nos saltemos una noche de
vez en cuando. —Se enjugó la frente—. Sin embargo, si tienes la desgracia de
combatir con un elfo (esté entrenado o no, o ya sea de sexo femenino o
masculino), ten por seguro que perderás porque los elfos, junto con los
dragones y otras criaturas mágicas, son más fuertes de lo que la naturaleza les
hace. Hasta el elfo más débil podría derrotarte. Y eso mismo es válido para los
ra'zac porque no son humanos y se cansan mucho menos que nosotros.
—¿Hay alguna forma de llegar a estar a su altura?
—preguntó Eragon sentándose con las piernas cruzadas al lado de Saphira.
Has combatido bien —le dijo ella, y él sonrió.
Brom también se sentó y se encogió de hombros.
—Unas pocas, pero ninguna es accesible para ti en
estos momentos. La magia te permitirá derrotar a todos los enemigos,
exceptuando a los más fuertes; pero para vencer a éstos necesitarás la ayuda de
Saphira, además de una buena dosis de suerte. Recuerda: cuando las criaturas
mágicas hacen uso de la magia, pueden hacer cosas que matarían a un humano
porque tienen más aptitudes.
—¿Y cómo se lucha con magia? —preguntó Eragon.
—¿A qué te refieres?
—Bueno —dijo el muchacho apoyándose en un codo—, supon
que me ataca un Sombra: ¿cómo podría interceptar su magia? Como resulta que la
mayoría de los hechizos se producen de manera instantánea, eso te impide
reaccionar a tiempo, pero si aun así lo consiguiera, ¿cómo podría neutralizar
la magia de un enemigo? Parece como si se tuvieran que conocer las intenciones
de un oponente «antes» de que actúe. —Eragon se calló un momento—. No sé cómo
se puede lograr porque quienquiera que ataque primero, gana.
—Estás hablando de... un duelo de magos, lo que es
extremadamente peligroso —afirmó Brom dando un suspiro—. ¿Te has preguntado
alguna vez cómo logró Galbatorix vencer a todos los Jinetes tan sólo con la
ayuda de un puñado de traidores?
—No, nunca he pensado en ello —reconoció Eragon.
—Hay varias maneras. Algunas las sabrás más adelante,
pero la principal es que Galbatorix era, y sigue siendo, un maestro en penetrar
en la mente de la gente. Verás, en un duelo de magos rigen unas reglas
estrictas que ambas partes deben respetar porque si no los dos contendientes
mueren. Para empezar, nadie hace uso de la magia hasta que uno de los
combatientes accede a la mente del otro.
Saphira enroscó la cola cómodamente alrededor de
Eragon y preguntó:
¿Por qué se ha de esperar? Si un enemigo se da cuenta
de que lo has atacado, ya es demasiado tarde para que actúe.
Eragon repitió la pregunta en voz alta.
—No, no lo es. Si yo de pronto usara mi poder contra
ti, Eragon, seguramente morirías, pero en ese breve instante antes de tu
destrucción, habría tiempo para un contraataque. Por lo tanto, a menos que un
contendiente tenga deseos de morir, ninguna de las dos partes ataca hasta que
una de ellas haya penetrado las defensas de la otra.
—¿Y qué pasa entonces? —inquirió Eragon.
—Una vez que estás dentro de la mente de un enemigo
—respondió Brom—, es bastante fácil prever lo que hará e impedirlo. Sin
embargo, incluso con esa ventaja, sigue siendo posible perder si no sabes cómo
contrarrestar el hechizo. —Llenó la pipa y la encendió—. Y eso requiere una
velocidad de pensamiento extraordinaria porque, antes de defenderse, hay que
comprender la índole exacta de las fuerzas dirigidas contra uno. Si te atacan
con calor, tienes que saber cómo lo transmiten contra ti: si por aire, fuego, luz
o por algún otro medio. Y sólo cuando lo has averiguado, puedes combatir la
magia, por ejemplo, helando el material recalentado.
—Parece difícil.
—Extremadamente. Es raro que la gente sobreviva más de
unos segundos a un duelo de este tipo —confirmó Brom, mientras una voluta de
humo se elevaba de su pipa—. El enorme esfuerzo y el talento que exige condena
a una muerte rápida a cualquiera que carezca de la formación adecuada. Cuando
hayas progresado, empezaré a enseñarte los métodos necesarios, pero mientras
tanto, si te enfrentas alguna vez a un duelo de magos, te aconsejo que salgas
corriendo lo más rápido que puedas.
Almorzaron en Fasaloft, un bullicioso pueblo a orillas
del lago. Era un sitio encantador que se levantaba en una colina con vistas al
lago. Mientras comían en el salón de la posada, Eragon prestó mucha atención a
los chismes y se sintió aliviado al no escuchar rumores sobre Saphira ni sobre
él.
Durante los dos últimos días, el sendero, que ya se
había convertido en una ruta, estaba cada vez peor porque las ruedas de los
carros y las herraduras de hierro de los caballos se habían conspirado para
destrozar el terreno y lo habían dejado intransitable en muchas partes. Al
mismo tiempo el aumento de viajeros obligó a Saphira a esconderse durante el
día para después, por la noche, alcanzar a Brom y a Eragon.
Siguieron viaje durante días hacia el sur bordeando la
orilla del amplio lago Leona, aunque Eragon empezaba a preguntarse si alguna
vez lograrían recorrerlo, de modo que se animó cuando se encontraron con unos
hombres que les dijeron que Dras-Leona estaba, aproximadamente, a un día a
caballo.
A la mañana siguiente Eragon se levantó temprano. Le
cosquilleaban los dedos ante la idea de encontrar al fin a los ra’zac.
Tened mucho cuidado los dos —dijo
Saphira—. Los ra'zac podrían tener espías apostados en busca de viajeros que
respondan a vuestra descripción.
Haremos lo posible para no llamar la atención —la tranquilizó Eragon.
La dragona agachó la cabeza hasta que le quedó a la
altura de los ojos de Eragon, y lo miró.
Quizá, pero ten en cuenta que no podré protegerte como
cuando te enfrentaste a los úrgalos, pues estaré muy lejos para acudir en tu
ayuda y, además, tampoco sobreviviría mucho en esas callejuelas. Sigue a Brom
en esta cacería; él es sensato.
Lo sé —respondió Eragon con seriedad.
¿Irás con Brom a donde están los vardenos? Una vez
muertos los ra'zac, querrá llevarte hasta ellos. Y, puesto que Galbatorix
estará furioso por la muerte de los ra'zac, sería lo más seguro que podríamos
hacer.
Eragon se frotó los brazos.
No quiero combatir siempre contra el Imperio, como los
vardenos, porque la vida es algo más que una batalla constante. Después de que
los ra 'zac hayan desaparecido, tendremos tiempo para pensarlo.
No estés tan seguro —le advirtió, y partió a ocultarse hasta que llegara
la noche.
El camino estaba atestado de campesinos que llevaban
sus productos al mercado de Dras-Leona, de modo que Brom y Eragon se vieron
obligados a aflojar el paso de los caballos y esperar que pasaran los carros
que interceptaban el camino.
Aunque antes del mediodía vieron humo a lo lejos,
tuvieron que avanzar un poco más de cinco kilómetros hasta que vieron con
claridad la ciudad. A diferencia de Teirm, una ciudad planificada, Dras-Leona
era un laberinto enmarañado que se extendía al lado del lago. Edificios
destartalados se levantaban en calles serpenteantes, y el centro de la ciudad
estaba rodeado de una sucia muralla de adobe de color amarillento.
A varios kilómetros al este, un monte de roca pelada
horadaba el cielo con sus picos y con sus cumbres, a modo de un tenebroso barco
de pesadilla. Las paredes casi verticales se elevaban desde el suelo, como si a
la tierra le hubiera salido un trozo de hueso mellado.
—Mira, el Helgrind —señaló Brom—. Por tal motivo se
construyó originariamente Dras-Leona, pues la gente estaba fascinada por esa
montaña, aunque es un sitio maligno y malsano. —Entonces le indicó las
construcciones que había dentro de la muralla de la ciudad—. Primero debemos ir
al centro.
A medida que avanzaban por el camino hacia Dras-Leona,
Eragon vio que el edificio más alto de la ciudad era una catedral que se
asomaba detrás de las murallas. Era asombrosamente parecida al Helgrind,
especialmente cuando los arcos y las puntiagudas torres reflejaban la luz.
—¿A quién adoran estas gentes? —preguntó Eragon.
—Sus oraciones van dirigidas al Helgrind —afirmó Brom
haciendo una mueca de disgusto—. Practican una religión cruel. Beben sangre
humana y ofrendan su propia carne. A los sacerdotes a menudo les faltan partes
del cuerpo porque creen que cuanto mayor es la renuncia a uno mismo, menos
apegado se está al mundo mortal. Además, pasan gran parte del tiempo
discutiendo cuál de las tres cumbres del Helgrind es la más alta y la más
importante, y si hay que incluir a la cuarta, la más baja, en los ritos de
adoración.
—Es horrible —dijo Eragon temblando.
—Sí —coincidió Brom con tono grave—, pero no se lo
digas a un creyente porque te cortarán la mano enseguida, como «penitencia».
Cuando estuvieron en las enormes puertas de
Dras-Leona, guiaron los caballos entre una gran aglomeración de gente. A cada
lado de las puertas había diez soldados que miraban con indiferencia al gentío.
Eragon y Brom entraron en la ciudad sin incidentes.
Las casas al otro lado de la muralla eran altas y
estrechas para compensar la falta de espacio, y las que estaban junto a la
muralla prácticamente se apoyaban en ella. La mayoría de las edificaciones se
levantaban en callejuelas estrechas y serpenteantes y tapaban el cielo, de
manera que resultaba difícil saber si era de día o de noche. Casi todas ellas
estaban construidas con la misma madera, basta y oscura, lo que ennegrecía aún
más la ciudad. El aire apestaba a cloaca y las calles estaban asquerosas.
Un grupo de chiquillos harapientos corrían entre las
casas peleándose por unos mendrugos de pan, mientras que deformes pordioseros
pedían limosna agachados junto a las puertas, cuyos ruegos de ayuda parecían un
coro de condenados.
«Nosotros no tratamos así ni a los animales», se dijo
Eragon con los ojos desorbitados de ira.
—No me quedaré aquí —dijo, rebelándose contra lo que
veía.
—El interior de la ciudad es un poco mejor —dijo
Brom—. Ahora debemos encontrar una posada y trazar una estrategia porque
Dras-Leona puede ser un lugar peligroso hasta para el más cauto. No quiero
estar en la calle más que lo necesario.
Se internaron en la ciudad y dejaron atrás la sórdida
entrada.
«¿Cómo es posible que esta gente viva tranquilamente
cuando el sufrimiento a su alrededor es tan evidente?», pensó Eragon a medida
que entraban en las partes más ricas de Dras-Leona.
Encontraron alojamiento en El Globo de Oro, que era
barato, pero no estaba destartalado. Había una cama estrecha apretujada contra
una pared del cuarto, una mesilla desvencijada y una pila al lado. Eragon echó
un vistazo al colchón y dijo:
—Yo dormiré en el suelo. Esa porquería seguramente
estará tan llena de bichos que me comerán vivo.
—Bueno, yo no quiero privarlos de una buena comida
—sonrió Brom dejando sus bolsas sobre el colchón.
Eragon, a su vez, dejó las suyas en el suelo y sacó el
arco de la funda.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Vamos a buscar comida y cerveza y después, a dormir.
Mañana empezaremos a buscar a los ra'zac. —Antes de que salieran del cuarto,
Brom le advirtió—: Pase lo que pase, asegúrate de no irte de la lengua porque
si nos descubren, tendremos que marcharnos de inmediato.
La comida de la posada era pasable; la cerveza,
excelente. Cuando volvieron a trompicones a la habitación, a Eragon le daba
vueltas la cabeza placenteramente. Desenrolló las mantas en el suelo y se metió
debajo, mientras Brom caía sobre la cama.
Justo antes de dormirse, Eragon se puso en contacto
con Saphira.
Nos quedaremos aquí unos días, pero supongo que no
será tanto tiempo como en Teirm. Cuando descubramos dónde están los ra'zac,
podrás ayudarnos a cogerlos. Hablaré contigo mañana por la mañana porque ahora
mismo no tengo la cabeza muy despejada.
Has estado bebiendo —le llegó el pensamiento acusador. Eragon lo pensó
durante un instante y tuvo que reconocer que ella tenía razón. La desaprobación
de la dragona era evidente, pero lo único que le dijo fue—: Seguro que
mañana por la mañana no te envidiaré.
No —refunfuñó Eragon—, pero Brom seguro que sí, porque ha bebido el doble
que yo.
«Pero ¿en qué habría estado pensando?», se preguntó
Eragon a la mañana siguiente. Le latía la cabeza y tenía la lengua espesa y
pastosa. El chico hizo una mueca de asco al oír el ruido de una rata que corría
debajo del suelo.
¿Qué tal estamos? —preguntó Saphira con ironía.
Eragon no le hizo caso.
Al cabo de un momento, Brom se levantó de la cama con
un gruñido, se roció la cara con agua fría de la jofaina y salió de la
habitación. Eragon lo siguió por el pasillo.
—¿Adónde vas? —le preguntó.
—A recuperarme.
—Yo también.
En la taberna, Eragon descubrió que el método de
recuperación de Brom consistía en tomar ingentes cantidades de té caliente y
agua helada y bajarlo todo con coñac. Cuando volvieron a la habitación, Eragon
ya podía funcionar un poco mejor.
Brom se calzó la espada al cinto y se alisó las
arrugas de la ropa.
—En primer lugar, debemos hacer algunas preguntas
discretas. Quiero averiguar a qué lugar de Dras-Leona fue enviado el aceite de seithr
y adonde lo llevaron desde allí. Lo más probable es que en el transporte
participaran soldados o trabajadores, así que tenemos que saber quiénes son y
entablar relación con alguno de ellos para hablar sobre el tema.
Salieron de El Globo de Oro y buscaron almacenes a los
que podría haber llegado el aceite. Cerca del centro, las calles empezaban a
ascender hacia un palacio de granito pulido, que estaba construido sobre una
loma, de modo que descollaba sobre todos los edificios menos la catedral.
El patio del palacio era de mosaico y madreperla, y
algunas partes de los muros tenían incrustaciones de oro. También había unas
hornacinas con estatuas de color negro, en cuyas manos sostenían barras de
incienso, y soldados apostados cada cuatro metros, aproximadamente, que
vigilaban con atención a los transeúntes.
—¿Quién vive ahí? —preguntó Eragon, impresionado.
—Marcus Tábor, el gobernador de esta ciudad, quien
sólo da explicaciones ante el rey y ante su propia conciencia, que últimamente
no ha estado muy activa.
Caminaron alrededor de la plaza observando las
ornamentadas casas, cercadas con verjas, que la rodeaban.
Al mediodía aún no se habían enterado de nada útil,
así que pararon a almorzar.
—Esta ciudad es muy grande para que la rastreemos
juntos —dijo Brom—. Busca por tu cuenta y reúnete conmigo en El Globo de Oro al
atardecer. —Lo fulminó con la mirada y añadió—: Confío en que no cometas
ninguna estupidez.
—Tenlo por seguro —prometió Eragon. Brom le dio unas
monedas y se marchó en dirección opuesta.
Durante el resto del día Eragon habló con tenderos y
trabajadores tratando de ser lo más simpático y encantador posible. Sus
preguntas lo llevaron de una punta a otra de la ciudad sin parar, pero nadie
parecía saber nada del aceite. Y fuera donde fuese, la catedral lo miraba desde
lo alto y era imposible escapar de sus elevadas agujas.
Al final dio con un hombre que había ayudado a
descargar el aceite de seithr y
recordaba a qué almacén lo había llevado. Eragon, entusiasmado, fue a
mirar el lugar y regresó a El Globo de Oro, pero pasó más de una hora hasta que
volvió Brom, agotado.
—¿Has averiguado algo? —preguntó Eragon.
Brom se echó la blanca cabellera hacia atrás.
—Me he enterado de un montón de cosas interesantes y
de cierta importancia: Galbatorix vendrá a visitar Dras-Leona dentro de una
semana.
—¿Qué? —exclamó Eragon.
Brom se dejó caer contra la pared mientras profundas
arrugas le surcaban la frente.
—Parece que Tábor se ha tomado demasiadas libertades
gracias a su poder, de modo que Galbatorix ha decidido venir a darle una
lección de humildad. Es la primera vez que el rey sale de Urü'baen en más de
diez años.
—¿Crees que sabe de nuestra existencia? —preguntó
Eragon.
—Por supuesto, pero estoy seguro de que no le han
dicho dónde estamos porque, si lo supiera, ya estaríamos en las garras de los
ra'zac. Por lo tanto, significa que hagamos lo que hagamos con esas criaturas,
tenemos que acabar con ellos antes de la llegada de Galbatorix, pues más vale
que no estemos a menos de cien kilómetros a la redonda de él. Lo único a
nuestro favor es que no cabe duda de que los ra'zac están aquí y que se están
preparando para la visita del rey.
—Quiero pillar a los ra'zac —exclamó Eragon con los
puños apretados—, pero si eso significa luchar contra el rey, no lo deseo
porque seguramente me destrozaría.
El comentario pareció divertir a Brom.
—Muy bien, pues ten mucho cuidado. Y además, estás en lo
cierto: no tendrías la más mínima oportunidad contra Galbatorix. Ahora dime lo
que has averiguado. Podría confirmar lo que yo he oído.
—Sólo han sido tonterías, pero he hablado con un
hombre que sabía adonde llevaron el aceite: se trata de un viejo almacén.
Aparte de eso, no he descubierto nada útil.
—Mi día ha sido un poco más fructífero que el tuyo,
pues me he enterado de lo mismo que tú, pero fui al almacén y hablé con los
trabajadores. No me costó mucho engatusarlos para que revelaran que las cajas
de aceite de seithr fueron enviadas del almacén al palacio.
—Y entonces ha sido cuando has decidido venir
—concluyó por él Eragon.
—¡No, no fue así! ¡No me interrumpas! Después me
dirigí al palacio y me hice invitar al ala de los criados en calidad de vate.
Durante varias horas di vueltas por el lugar divirtiendo a las doncellas y a
los demás con canciones y poemas, y... haciendo preguntas sin parar. —Brom
llenó despacio la pipa de tabaco—. Es asombroso lo que saben los criados.
¿Quieres creer que uno de los condes tiene tres amantes y todas viven en la
misma ala del palacio? —Hizo un gesto negativo con la cabeza y encendió la pipa—.
Además de estos fascinantes chismes, me dijeron, casi por casualidad, adonde
llevan el aceite desde el palacio.
—¿Y lo llevan a...? —preguntó Eragon con impaciencia.
—Fuera de la ciudad, naturalmente —contestó Brom,
después de dar una calada a la pipa y formar una voluta de humo—. Cada luna
llena mandan dos esclavos a la base del Helgrind con provisiones para un mes, y
todas las veces que llega aceite de seithr a Dras-Leona, lo envían junto
con las provisiones. Nadie vuelve a ver nunca más a los esclavos, y la única
vez que alguien los siguió, también desapareció.
—Pensaba que los Jinetes habían abolido la esclavitud
—dijo Eragon.
—Por desgracia ha florecido bajo el reinado de
Galbatorix.
—Así que los ra'zac están en el Helgrind —dijo Eragon
pensando en la montaña rocosa.
—Allí o en alguna parte cercana.
—Si están en
el Helgrind, se hallarán abajo, protegidos por una gruesa puerta de piedra, o
en la cumbre, donde sólo sus monturas voladoras, o Saphira, puedan llegar. Pero
ya sea arriba o ya sea abajo, sin duda su guarida debe de estar camuflada. —Se
quedó pensando un momento—. Por lo tanto, si Saphira y yo volamos alrededor del
Helgrind, seguro que los ra'zac nos ven, y, evidentemente, todo Dras-Leona también.
—En efecto, es un problema —coincidió Brom.
—¿Y si nos hacemos pasar por los dos esclavos?
—sugirió Eragon frunciendo el entrecejo—. No falta mucho para la luna llena, y
sería la oportunidad perfecta para acercarnos a los ra'zac.
Brom se tironeó de la barba, pensativo.
—Es muy arriesgado, porque si matan a los esclavos
desde lejos estaremos en apuros. No podemos hacerles nada a los ra'zac si no
los vemos.
—Pero no sabemos si es cierto que matan a los esclavos
—señaló Eragon.
—Yo estoy seguro de ello —dijo Brom con rostro serio.
En ese momento los ojos del anciano chispearon, y él formó otra voluta de
humo—. Sin embargo, es una idea interesante. Si podemos llevarla a cabo con
Saphira, que se puede esconder por allí cerca, y con un... —Se quedó callado—.
Podría funcionar, pero tenemos que actuar deprisa. Con la llegada del rey, no
tenemos mucho tiempo.
—¿Vamos al Helgrind y echamos un vistazo? Estaría bien
ver el terreno a la luz del día, y así no nos sorprendería ninguna emboscada.
Brom toqueteó el bastón.
—Lo haremos más adelante. Mañana volveré al palacio y
trataré de averiguar cómo podemos reemplazar a los esclavos. Aunque debo tener
cuidado de no despertar sospechas, puesto que los espías y los cortesanos que
están al tanto de los ra'zac podrían descubrirme con facilidad.
—No me lo puedo creer: ya los hemos encontrado —dijo
Eragon en voz baja.
Las imágenes de su tío muerto y de la granja quemada
pasaron como un destello por la mente del muchacho, que apretó las mandíbulas.
—Todavía falta lo más difícil, pero sí, lo hemos hecho
bien —afirmó Brom—. Si la suerte nos sonríe, es posible que pronto puedas vengarte, y los vardenos se desharán de un enemigo peligroso.
Lo que suceda a partir de entonces, depende de ti.
Eragon abrió la mente y le dijo a Saphira, alborozado:
¡Hemos encontrado la guarida de los ra'zac!
¿Dónde? —Eragon le explicó con rapidez lo que habían
averiguado—. Helgrind —murmuró la dragona—: un lugar perfecto para
ellos.
Eragon estuvo de acuerdo con Saphira.
Cuando hayamos acabado aquí, quizá podríamos ir a
hacer una visita a Carvahall.
¿Eso es lo que quieres? —preguntó de pronto Saphira con amargura—. ¿Volver
a tu vida de antes? Sabes que eso no sucederá, así que deja de soñar con ello.
En algún momento tendrás que decidir con qué comprometerte. ¿Te esconderás
durante el resto de tu vida o ayudarás a los vardenos? Son las únicas opciones
que te quedan, a menos que decidas aliarte con Galbatorix, cosa que yo no
acepto ni nunca aceptaré.
Si debo elegir —dijo él en voz baja—, uniré mi destino al de los
vardenos, como bien sabes.
Sí, pero a veces tienes que oírtelo decir a ti mismo.
Y lo dejó para que pensara en esas palabras.
Cuando Eragon despertó, estaba solo en la habitación,
pero garabateada sobre la pared, había una nota escrita con un trozo de
carboncillo que decía:
Eragon:
Estaré fuera esta noche hasta bastante tarde. Debajo
del colchón hay monedas para que compres comida. Explora la ciudad, disfruta,
pero... ¡no llames la atención!
Brom
P. D. Evita el palacio. ¡No vayas a ninguna parte sin
tu arco! Tenlo encordado.
Eragon limpió la pared, sacó el dinero de debajo de la
cama y se colgó el arco a la espalda.
«¡Ojalá no tuviera que ir siempre armado!», pensó.
Salió de El Globo de Oro y deambuló por las calles
deteniéndose a observar todo lo que le llamaba la atención. Había muchas
tiendas interesantes, aunque ninguna lo era tanto como la herboristería de
Angela, en Teirm. A veces miraba las oscuras y claustrofóbicas casas que le
inspiraban el deseo de estar lejos de la ciudad. Cuando tuvo hambre, se compró
un trozo de queso y un pan y se los comió sentado en el bordillo.
Más tarde, en la otra punta de Dras-Leona, oyó que un
subastador enumeraba rápidamente una lista de precios. Se dirigió con
curiosidad hacia el sitio de donde procedía la voz y llegó hasta un amplio
espacio entre dos edificios. Allí había diez hombres que permanecían de pie
sobre una plataforma que se alzaba hasta la altura de la cintura de una persona. Delante de los hombres, esperaba una multitud ricamente ataviada,
pintoresca y bulliciosa a la vez.
«¿Dónde están los productos que se venden?», se
preguntó Eragon.
El subastador acabó de cantar su lista y se dirigió a
un joven que estaba detrás de la plataforma para que lo acompañara. El hombre
subió con torpeza arrastrando cadenas en las manos y en los pies.
—Y aquí tenemos nuestro primer artículo —exclamó el
vendedor—. Un hombre sano del desierto de Hadarac, capturado el mes pasado y en
excelentes condiciones. Mirad estas piernas y estos brazos: ¡es fuerte como un
toro! Sería perfecto como escudero; sin embargo, si no confiáis en él para esa
labor, también sirve para el trabajo duro. Pero dejadme que os diga, damas y
caballeros, que eso sería un derroche porque siempre da en el clavo, si uno
consigue arrancarle una palabra en un idioma civilizado.
La gente rió, pero Eragon apretó los dientes, furioso.
Los labios del muchacho empezaron a pronunciar una palabra, que liberaría al
esclavo, mientras levantaba el brazo, todavía entablillado. Le brillaba la
marca de la palma. Estaba a punto de hacer magia, pero recapacitó: ¡El
esclavo no logrará huir! Lo
cogerían antes de que llegara a la muralla de la ciudad. Si Eragon intentaba
ayudarlo, sólo empeoraría la situación de ese hombre, de modo que bajó el brazo
y maldijo en silencio.
«¡Piensa! ¡Recuerda cómo te metiste en dificultades
con los úrgalos!»
Eragon observó con impotencia cómo vendían al esclavo
a un hombre de elevada estatura y nariz aguileña. La siguiente esclava era una
niña pequeña, que no tendría más de seis años, a la que arrancaron de los
brazos de su madre que lloraba. Mientras el vendedor empezaba la subasta,
Eragon se obligó a marcharse, tenso de rabia y de indignación.
Tuvo que alejarse varias calles hasta dejar de oír los
sollozos.
«No quisiera estar en la piel del ladrón que se
atreviese a cortarme ahora el saco de monedas», pensó con enfado, casi deseando
que sucediera. Frustrado, dio un puñetazo contra una pared y se hizo daño en
los nudillos. «Si combatiera al Imperio, acabaría con este tipo de cosas —se
dijo—. Con Saphira a mi lado, podría liberar a los esclavos. Dado que se me ha
concedido la gracia de tener poderes especiales, sería egoísta de mi parte no
usarlos en beneficio de los demás. Si no lo hiciera, es muy probable que ni
siquiera fuera digno de ser un Jinete.»
Pasó un rato hasta que se orientó pero, para su
sorpresa, descubrió que estaba delante de la catedral. Las retorcidas torres
estaban recubiertas de estatuas y volutas, y a lo largo de los aleros, se
agazapaban unas feroces gárgolas; en las paredes se debatían animales
fantásticos, mientras que en los frisos de la parte inferior desfilaban héroes
y reyes, inmóviles sobre el helado mármol; en las fachadas laterales se
alineaban arcos apuntados y altos vitrales junto con columnas de diferentes
tamaños, y una solitaria torrecilla coronaba el edificio, como un mástil.
Empotrada en las sombras de la fachada frontal, había
una puerta con marco de hierro en la que estaba grabada una hilera de
caracteres plateados, que Eragon reconoció como pertenecientes al idioma
antiguo. Los leyó lo mejor que pudo. Decían:
QUIERA YO, AL ENTRAR EN ESTE LUGAR, COMPRENDER MI
TRANSITORIEDAD Y OLVIDAR MI APEGO A TODO AQUELLO QUE AMO.
A Eragon el edificio le producía escalofríos, porque
tenía aspecto amenazador, como si fuera un predador agazapado en la ciudad
esperando a su próxima víctima.
Una ancha escalinata llevaba a la entrada de la
catedral.
Eragon subió con solemnidad y se detuvo ante la
puerta.
«Me gustaría saber si puedo entrar.»
Casi con un sentimiento de culpabilidad, empujó la puerta que se abrió suavemente deslizándose sobre unas engrasadas bisagras,
y entró.
En el vacío recinto reinaba el silencio de una tumba
olvidada, y el ambiente era helado y seco; las desnudas paredes se elevaban
hacia el techo abovedado, que era tan alto que hacía que Eragon se sintiera
pequeño como una hormiga; los vitrales, que representaban escenas de ira, de
odio y de remordimiento, horadaban las paredes, mientras espectrales rayos de
luz bañaban algunas partes de los bancos de granito con colores transparentes y
dejaban el resto en sombras. Las manos de Eragon habían adquirido un matiz azul
oscuro.
Entre las ventanas había estatuas que tenían las
cuencas yertas y vacías. Eragon les devolvió la severa mirada y avanzó
lentamente hacia el pasillo central, temeroso de romper el silencio. Sus botas
de cuero apenas hacían ruido sobre el suelo de piedra pulida.
El altar era un gran bloque de piedra, carente de toda
ornamentación, sobre el cual caía un solitario haz de luz que iluminaba las
motas de polvo dorado que flotaban en el aire. Detrás del altar, los tubos de
un órgano atravesaban el techo y se abrían a la intemperie. Seguramente, el
instrumento tocaba su música sólo cuando un vendaval azotaba Dras-Leona.
Por respeto, Eragon se arrodilló ante el altar y bajó
la cabeza. No rezaba, pero rendía homenaje a la catedral en sí, de cuyas
piedras emanaban tanto las desdichas de los vivos que el muchacho había
presenciado como el desagradable aspecto de la intrincada pompa plasmada en las
paredes. Era un lugar prohibido, desnudo y gélido, pero en ese ambiente helado
se vislumbraban la eternidad y, quizá, los poderes que allí yacían.
Al fin inclinó la cabeza y se levantó. Tranquilo y
serio, murmuró para sí unas palabras en el idioma antiguo y se volvió para
salir. De pronto se quedó paralizado, y el corazón empezó a martillearle como
un tambor.
En la entrada del templo estaban los ra'zac
observándolo. Llevaban las espadas desenfundadas, cuyo afilado borde parecía
ensangrentado bajo la luz rojiza. Un siseo sibilante salió del ra'zac de menor
estatura, pero ninguno de ellos se movió.
La furia se apoderó de Eragon. Hacía tantas semanas
que los perseguía que el dolor por sus sangrientos asesinatos casi se había
aliviado en su interior; pero en ese momento, la venganza estaba al alcance de
su mano. El odio explotó dentro de él como un volcán, alimentado por la rabia
reprimida que le había producido la terrible situación de los esclavos, y un
bramido le salió de la boca. El sonido resonó como un trueno, mientras echaba
mano al arco que llevaba a la espalda. Calzó una flecha sobre la cuerda con
destreza y la disparó. Y, al cabo de un instante, salieron otras dos más.
Los ra'zac las esquivaron de un salto con inhumana
velocidad y sisearon mientras corrían por el pasillo entre los bancos, al
tiempo que sus capas ondeaban como alas negras.
Eragon sacó otra flecha, pero la cautela detuvo su
mano.
«Si sabían dónde encontrarme... ¡Brom también está en
peligro! ¡Debo advertírselo!»
En ese momento, para terror de Eragon, una hilera de soldados
entró en la catedral, y el muchacho logró vislumbrar un conjunto de uniformes
que se apretujaban en la entrada por la parte exterior del templo.
Eragon miró con avidez a los ra'zac, que estaban
dispuestos a atacar, y recorrió el lugar con la vista en busca de una vía de
escape: un vestíbulo a la izquierda del altar atrajo su atención. Saltó a
través del pasadizo abovedado y corrió por un pasillo que llevaba hacia las
dependencias del prior donde había un campanario. El retumbar de las pisadas de
los ra'zac que lo perseguían le hizo apretar el paso hasta que se topó
bruscamente con una puerta cerrada.
La golpeó tratando de abrirla a la fuerza, pero la
madera era demasiado sólida. Los ra'zac estaban casi sobre él. Frenético,
contuvo el aliento y gritó:
—¡Jierda!
Y con un destello, la puerta se hizo añicos y cayó al
suelo.
Entró de un salto en una pequeña habitación y continuó
su carrera.
Pasó por varias cámaras y asustó a un grupo de
sacerdotes. Oyó gritos e insultos detrás de él, así como el repique de la
campana de aquella zona que daba la alarma. Eragon cruzó raudo una cocina,
esquivó a un par de monjes y se escurrió por una puerta lateral. Dio un
resbalón hasta que pudo detenerse en un jardín rodeado de una elevada pared de
ladrillos que no tenía ningún punto de apoyo. No había otra salida.
Se dio la vuelta para huir, pero se encontró con el
siseo de un ra'zac que empujaba la puerta con el hombro. El muchacho,
desesperado, se precipitó hacia la pared agitando los brazos. Sin embargo, la
magia no podía ayudarlo en la situación en que se hallaba porque, si la
empleaba para romper la pared, después estaría demasiado cansado para seguir
corriendo.
Dio un salto, pero a pesar de tener los brazos
estirados, sólo llegó al borde de la pared con la punta de los dedos, mientras
el resto del cuerpo se estrellaba contra los ladrillos y le cortaba la
respiración. Se quedó allí colgado, jadeando, y se esforzó para no caerse. Los
ra'zac merodearon por el jardín girando la cabeza de un lado a otro, como lobos
olisqueando a su presa.
Eragon sintió que se acercaban e hizo fuerza con los
brazos: los hombros le crujieron de dolor mientras trepaba y saltaba al otro
lado. Tropezó, recuperó el equilibrio y echó a correr por un callejón en el
momento en que los ra'zac saltaban la pared. Impulsado por sus perseguidores,
apretó aún más el paso.
Corrió más de un kilómetro hasta que tuvo que parar
para recobrar el aliento. Sin saber si había despistado a los ra'zac, se
sorprendió en un mercado atestado y se metió debajo de un carro estacionado.
«¿Cómo me han encontrado? —se preguntó, jadeante—. No
hay forma de que supieran dónde estaba... a menos que le haya pasado algo a
Brom.» Se puso en contacto mental con Saphira y le dijo: ¡Los ra'zac me han
encontrado! ¡Estamos en peligro! Comprueba si Brom está bien. Si así es,
avísale y dile que se reúna conmigo en la posada. Y tú prepárate para volar
aquí lo antes posible. Tal vez necesitemos ayuda para huir.
Saphira se quedó en silencio.
Se reunirá contigo en la posada —dijo al fin sucintamente—. No te detengas; estás
en grave peligro.
—Como si no lo supiera —murmuró mientras salía de
debajo del carro.
Se dio prisa hasta El Globo de Oro, preparó
rápidamente su equipaje, ensilló los caballos y los llevó a la calle. Brom
llegó enseguida, bastón en mano, con el entrecejo fruncido peligrosamente.
—¿Qué ha pasado?
—Estaba en la catedral, y aparecieron los ra'zac
buscándome —contestó Eragon mientras subía a Cadoc—. Corrí hasta aquí lo más rápido que
pude, pero pueden llegar en cualquier momento. Saphira se reunirá con nosotros
en cuanto abandonemos Dras-Leona.
—Tenemos que salir de las murallas de la ciudad antes
de que cierren las puertas, si no las han cerrado ya. Si lo han hecho, nos
resultará completamente imposible marcharnos. Hagas lo que hagas, no te separes
de mí.
Eragon se quedó inmóvil mientras una fila de soldados
impedía el paso en un extremo de la calle.
Brom maldijo, fustigó a Nieve de Fuego con las
riendas y se alejó al galope. Eragon se inclinó sobre Cadoc y lo siguió. Durante la salvaje y
peligrosa cabalgada estuvieron varias veces a punto de chocar mientras se
lanzaban a través del gentío que atestaba las calles en las proximidades de las
murallas de la ciudad. Cuando al fin vieron las puertas, Eragon tiró de las
riendas de Cadoc, consternado.
Las puertas estaban casi cerradas y una hilera doble de hombres con picas les
bloqueaba el paso.
—Nos harán pedazos —exclamó el muchacho.
—Tenemos que intentarlo y hacerlo —dijo Brom en voz
muy alta—. Yo me ocuparé de los hombres, tú mantén las puertas abiertas para
que pasemos.
Eragon asintió, apretó los dientes y espoleó a Cadoc. Se lanzaron hacia la férrea línea
de soldados, que bajaron las picas hacia el pecho de los caballos y apoyaron el
mango en el suelo. Aunque los animales resoplaban asustados, Eragon y Brom los
mantuvieron en su sitio. Eragon oyó que los soldados gritaban, pero mantuvo su
atención en las puertas que se cerraban poco a poco.
Al acercarse a las afiladas picas, Brom levantó la
mano y habló. Las palabras golpearon con precisión, y los soldados cayeron de
lado, como si les hubieran cortado las piernas. El espacio entre las puertas
disminuía a cada instante. Eragon, con esperanzas de que el esfuerzo no fuera
excesivo para él, reunió su poder y gritó: —¡Du grind huildr!
Las puertas temblaron con un chirrido profundo y se
detuvieron. La multitud y los guardias se quedaron en silencio, mientras
miraban con asombro. Brom y Eragon, acompañados del estruendo de los cascos de
los caballos, pasaron al otro lado de la muralla de Dras-Leona, y en el momento
en que estuvieron libres, Eragon soltó las puertas, que dieron una sacudida y
acabaron de cerrarse estrepitosamente.
El muchacho se balanceó a causa de la esperada fatiga,
pero logró seguir galopando. Brom lo miró con preocupación. Continuaron la
huida hasta las afueras de Dras-Leona mientras sonaban trompetas de alarma en
las murallas de la ciudad. Saphira los esperaba en el límite de la ciudad,
escondida detrás de unos árboles. La dragona echaba chispas por los ojos y
agitaba la cola de un lado a otro.
—Monta a Saphira —ordenó Brom—. Y esta vez, me pase lo
que me pase, manténte en el aire. Me dirigiré hacia el sur. Vuela cerca; no me
importa que vean a Saphira.
Eragon montó deprisa, y mientras el suelo se iba
alejando debajo de él, observó que Brom galopaba por el camino.
¿Estás bien? —preguntó Saphira.
Sí —respondió
Eragon—, pero sólo porque hemos tenido mucha suerte.
Una bocanada de humo salió de la nariz de la dragona.
Todo el tiempo que hemos dedicado a buscar a los ra
'zac ha sido inútil.
Lo sé —respondió el muchacho que apoyó la cabeza sobre las escamas de Saphira—. Si
los ra'zac hubieran sido los únicos enemigos, me habría quedado y habría
luchado, pero con todos esos soldados a su lado, no era un combate muy parejo.
¿Sabes que hablarán de nosotros? Ésta no ha sido una
huida muy discreta, así que ahora escapar del Imperio resultará más difiál que
nunca.
Tenía un tono brusco al que Eragon no estaba
acostumbrado.
Lo sé.
Volaron bajo y velozmente sobre el camino. El lago
Leona iba quedando atrás mientras el paisaje se volvía más pedregoso y se
poblaba de arbustos, resistentes y achaparrados, y de altos cactos. Las nubes
oscurecían el cielo y los relámpagos destellaban a lo lejos. Cuando el viento
comenzó a rugir, Saphira viró bruscamente y descendió hacia Brom, que detuvo
los caballos y preguntó:
—¿Qué ocurre?
—El viento es demasiado fuerte.
—No, no tanto —objetó Brom.
—Ahí arriba sí —replicó Eragon señalando el cielo.
Brom soltó una maldición y le tendió las riendas de Cadoc. Continuaron al trote mientras
Saphira los seguía a pie, aunque por tierra le costaba mantener el ritmo de los
caballos.
El vendaval era cada vez más fuerte y levantaba mucho
polvo, que se arremolinaba como un derviche. Los dos hombres se envolvieron la
cara con pañuelos para protegerse los ojos, aunque la túnica de Brom flameaba
al viento y la barba se le agitaba como si tuviera vida propia. Aunque les
dificultaría la huida, Eragon deseaba que lloviera para que se borraran las
huellas.
Al poco rato la oscuridad los obligó a detenerse. Con
las estrellas como único guía, dejaron el camino y acamparon debajo de dos
rocas, pero como era demasiado peligroso encender fuego, tuvieron que comer cosas frías mientras Saphira los
guarecía del viento.
Tras una cena frugal, Eragon preguntó sin rodeos:
—¿Cómo nos han descubierto?
Brom empezó a encender su pipa, pero pensándoselo
mejor, lo dejó correr.
—Uno de los criados del palacio me avisó de que había
espías entre ellos. Así que, de algún modo, llegó a oídos de Tábor la noticia
sobre mi presencia y sobre mis preguntas... v por medio de él, a los ra'zac.
—No podemos volver a Dras-Leona, ¿verdad? —preguntó
Eragon.
—No, en varios años.
Eragon se cogió la cabeza con las manos.
—Entonces deberíamos hacer que los ra'zac salieran de
la ciudad, ¿no te parece? Si dejamos que vean a Saphira, irán corriendo a dondequiera
que ella esté.
—Sí, y cuando lo hagan, habrá cincuenta soldados con
ellos —repuso Brom—. En todo caso, no es éste el momento de discutirlo. Ahora
tenemos que concentrarnos en mantenernos vivos. Esta noche será la más
peligrosa porque los ra'zac nos perseguirán en la oscuridad, que es cuando su
fuerza es mayor. Tendremos que hacer turnos de guardia hasta que amanezca.
—De acuerdo —dijo Eragon poniéndose de pie.
Titubeó y entrecerró los ojos porque había captado un
movimiento fugaz, una pequeña mancha de color que destacaba de la negrura de
alrededor. Entonces fue hasta el borde del campamento e intentó ver mejor.
—¿Qué sucede? —preguntó Brom mientras desenrollaba las
mantas.
Eragon se quedó mirando la oscuridad, pero regresó.
—No lo sé, pero me había parecido ver algo. Habrá sido
un pájaro.
De pronto, sintió un dolor agudo en la nuca. Saphira
rugió y Eragon se desplomó, inconsciente.
Un latido punzante despertó a Eragon, quien a cada
nueva pulsación sanguínea sentía una oleada de dolor en la cabeza. Abrió apenas
un ojo e hizo también un gesto de dolor, mientras las lágrimas le acudían a los
ojos, deslumbrados por la brillante luz de un farol. Parpadeó y apartó la
mirada. Al tratar de incorporarse, se dio cuenta de que tenía las manos atadas
a la espalda.
Se volvió, aletargado, y vio los brazos de Brom. El
muchacho se sintió aliviado al darse cuenta de que estaban atados juntos. ¿Por
qué le aliviaba? Se esforzó por averiguarlo hasta que comprendió de repente que
los captores no atarían a un muerto. Pero ¿quiénes eran? Giró la cabeza un poco
más y se detuvo cuando un par de botas negras entraron en su campo visual.
Eragon levantó la vista y tropezó con el encapuchado
rostro de un ra'zac. Sintió una sacudida de terror y fue en busca de la magia,
pero al querer expresar una palabra que mataría al ra'zac, se detuvo,
confundido, porque no era capaz de recordar la expresión adecuada.
Desesperado, lo intentó de nuevo, pero lo único que sintió es que la palabra se
le escapaba de su control.
En lo alto sonó la risa escalofriante de un ra'zac.
—La droga funciona, ¿a que ssssí? Creo que ya no
volverás a molestarnos.
Oyó un ruido a la izquierda y el temor se apoderó de
él al ver que el segundo ra'zac estaba poniendo un bozal en la boca de Saphira.
La dragona tenía las alas inmovilizadas a los lados con unas cadenas negras, y
llevaba grilletes en las patas. Eragon trató de ponerse en contacto con ella,
pero no sintió nada.
—Se mostró más cooperadora cuando la amenazamos con
matarte —siseó el ra'zac. Éste, agachado al lado del farol, rebuscaba en las
bolsas de Eragon. Examinó y desechó varias cosas hasta que sacó a Zar'roc—. Qué cosa tan bonita para
alguien... tan insignificante. Quizá me la quede. —Se indinó sobre el muchacho
y añadió con desdén—: O quizá, si te portas bien, nuestro señor te dejará
sacarle brillo.
El húmedo aliento del ra'zac le olía a carne cruda. El
individuo dio la vuelta a la espada entre las manos y lanzó un chillido al ver
el símbolo en la funda. Su compañero se acercó corriendo, y se quedaron mirando
la espada siseando y chasqueando la lengua. Luego se volvieron hacia Eragon.
—Servirás muy bien a nuestro señor, ssssí.
Eragon se esforzó en hablar a pesar de lo pastosa que
tenía la lengua.
—Si lo hago, os mataré.
Se rieron entre dientes fríamente.
—No, no, somos demasiado valiosos. En cambio, tú
eres... desechable.
Saphira lanzó un bufido ronco y le salió humo de la
nariz, pero a los ra'zac no pareció importarles porque su atención estaba
puesta en Brom, que en aquel momento gimió y se giró hacia un lado. Uno de los
ra'zac lo cogió de la camisa y lo levantó sin esfuerzo.
—Se le essstá pasando el efecto.
—Dale más.
—Matémossslo —dijo el más bajo de los ra'zac—. Ya nos
ha causado demasiados problemas.
El de mayor estatura pasó un dedo por su espada.
—Un buen plan. Pero acuérdate de que las instrucciones
del rey eran que los lleváramos vivos.
—Podemos decir que lo matamosss al cogerlo.
—¿Y éssste? —preguntó el ra'zac señalando a Eragon con
la espada—. ¿Qué passsa si habla?
Su compañero rió y sacó una daga terrible.
—No se atreverá.
Hubo un prolongado silencio.
—De acuerdo —dijo el otro.
Arrastraron a Brom hasta el centro del campamento y lo
pusieron de rodillas. Brom cayó hacia un lado. Eragon observaba la escena presa
del miedo.
«¡Tengo que soltarme!» Tiró de las cuerdas, pero
estaban demasiado apretadas.
—Ni se te ocurra —dijo el ra'zac de elevada estatura
pinchándolo con la espada.
El ser olisqueó el aire y olfateó a fondo: algo
parecía preocuparlo.
El otro ra'zac dio un gruñido, tiró hacia atrás la
cabeza de Brom y le acercó la daga a la garganta. En ese preciso instante, se
oyó un zumbido quedo, seguido del aullido del ra'zac. Le habían clavado una
flecha en el hombro. El ra'zac que estaba más cerca de Eragon se tiró al suelo
y a duras penas evitó una segunda flecha. Se arrastró hacia su compañero
herido, y ambos miraron con odio a la oscuridad entre furiosos siseos. Ni tan
siquiera intentaron detener a Brom, que se puso de pie tambaleante.
—¡Agáchate! —le gritó Eragon.
Brom titubeó y fue dando tumbos hacia Eragon. Las
flechas atravesaban el campamento silbando, disparadas por atacantes ocultos.
Los ra'zac se escondieron detrás de unas rocas. Después de una pausa, las
flechas empezaron a llegar en dirección opuesta. Los ra'zac, cogidos por
sorpresa, reaccionaron despacio. Tenían las capas perforadas en varios lugares,
y una flecha rota estaba clavada en el brazo de uno de ellos.
Con un grito salvaje, el ra'zac más bajo huyó hacia el
camino y, al pasar junto a Eragon, le dio una patada brutal en el costado. Su
compañero dudó, después recogió la daga del suelo y echó a correr detrás del
otro ra'zac, pero mientras salía del campamento, lanzó el cuchillo contra
Eragon.
Un brillo extraño iluminó de pronto la mirada de Brom,
que se tiró delante de Eragon con la boca abierta en un grito sordo. La daga lo
golpeó con un ruido amortiguado, y el anciano cayó pesadamente sobre el hombro.
La cabeza le colgaba inerte.
—¡No! —chilló Eragon, a pesar de que estaba doblado
por el dolor.
Oyó pasos, después cerró los ojos y no supo nada más.
Durante un buen rato, Eragon sólo fue consciente del
terrible dolor que sentía en el costado, de tal forma que hasta le costaba
respirar, y tenía la sensación de que, en vez de haber apuñalado a Brom, lo
habían herido a él. Su noción del tiempo era imprecisa, pues le costaba saber
si habían pasado semanas o sólo unos minutos. Cuando por fin volvió en sí,
abrió los ojos y observó con curiosidad una fogata a unos centímetros de
distancia. Aún tenía las manos atadas, pero se le había pasado el efecto de la
droga porque podía pensar con claridad otra vez.
¿Saphira, estás herida?
No, pero Brom y tú, sí.
Estaba agachada sobre Eragon con las alas desplegadas
protectoramente a cada lado del muchacho.
Saphira, tú no has hecho ese fuego, ¿verdad? Y tampoco
pudiste librarte de esas cadenas, sola.
No.
Ya me parecía.
Eragon se puso de rodillas con esfuerzo y vio a un
joven sentado al otro lado del fuego.
El desconocido, vestido con maltrechas ropas, emanaba
calma y mostraba aspecto de seguridad. Tenía un arco en las manos y una espada
de larga empuñadura a su lado, mientras que un cuerno blanco con adornos de
plata yacía en su regazo y de una bota le sobresalía el mango de una daga.
Tenía el rostro serio y unos rizos castaños le caían alrededor de los ojos de
mirada intensa. Parecía unos años mayor que Eragon y un poco más alto. Detrás
del joven, había un caballo de batalla de color gris, atado a una estaca. El
desconocido miraba a Saphira con cautela.
—¿Quién eres? —preguntó Eragon esforzándose por
respirar.
El joven apretó las manos sobre el arco.
—Murtagh.
Tenía una voz grave y muy controlada, pero
extrañamente emotiva.
Eragon sacó las manos por debajo de las piernas y se
las puso delante. Apretó los dientes al volver a sentir un dolor punzante en el
costado.
—¿Por qué nos has ayudado?
—No sois los únicos enemigos de los ra'zac. Los estaba
siguiendo.
—¿Sabes quiénes son?
—Sí.
Eragon se concentró en las cuerdas que le ataban las
muñecas y recurrió a la magia. Dudó, consciente de que Murtagh lo miraba, pero
decidió que no importaba.
—¡Jierda! —masculló, y las cuerdas saltaron.
Eragon se frotó las manos para que la sangre circulara
por ellas.
Murtagh respiró hondo. Eragon se apoyó para ponerse de
pie, pero las costillas le abrasaban con un dolor lacerante. Cayó hacia atrás
jadeando con los dientes apretados. Murtagh trató de acercarse para ayudarlo,
pero Saphira lo detuvo con un gruñido.
—Hace rato que te habría auxiliado, pero tu dragón no
me deja acercarme.
—Se llama Saphira —explicó Eragon, tenso.
¡Déjalo pasar! No puedo hacerlo solo. Además, nos ha
salvado la vida.
Saphira volvió a gruñir, pero plegó las alas y
retrocedió. Murtagh la miró de reojo mientras se acercaba.
Cogió a Eragon por el brazo y lo sostuvo para que se
levantara con suavidad. Eragon se quejó; desde luego se habría caído sin apoyo.
Se acercaron al fuego, donde Brom yacía de espaldas.
—¿Cómo está? —preguntó Eragon.
—Mal —respondió Murtagh, y lo ayudó a sentarse—. Le
dieron una puñalada entre las costillas. Después nos ocuparemos de él, pero
primero sería mejor ver lo que los ra'zac te han hecho a ti. —Lo ayudó a
quitarse la camisa y lanzó un silbido—. ¡Ay!
—¡Ay! —coincidió Eragon en voz baja.
Tenía un tremendo moretón que se le extendía por el
costado izquierdo, y la piel, roja e hinchada, estaba lastimada en varias
partes. Murtagh apoyó la mano sobre el moretón y apretó suavemente. Eragon
gritó y Saphira lanzó un nuevo gruñido de advertencia.
Murtagh le echó una mirada a la dragona mientras cogía
una manta.
—Creo que tienes algunas costillas rotas. No sé
cuántas, por lo menos dos, aunque pueden ser más. Tienes suerte de no toser
sangre.
Desgarró la manta en tiras y le vendó el pecho. Eragon
volvió a ponerse la camisa.
—Sí... tengo suerte.
Respiró y se acercó con cuidado a Brom. Vio que
Murtagh había cortado un lado de la túnica y le había vendado la herida. Con
dedos temblorosos levantó las vendas.
—Yo no lo haría —le advirtió Murtagh—; sin vendas se
desangraría.
Eragon no le hizo caso y las retiró. Tenía una herida
fina y estrecha que no dejaba ver su profundidad y de la que manaba mucha
sangre. Como sabía por lo que le había pasado a Garrow, las heridas infligidas
por los ra'zac tardaban mucho en curar.
Se quitó los guantes mientras buscaba con rabia en la
mente las palabras que Brom le había enseñado.
Ayúdame, Saphira —imploró—. Estoy demasiado débil para hacerlo solo.
Saphira se agachó a su lado con la mirada fija en
Brom.
Estoy aquí, Eragon.
Mientras la mente de la dragona se unía a la del
muchacho, éste sintió que le infundía nuevas fuerzas en el cuerpo. Eragon
recurrió a la suma de sus energías y se concentró en las palabras. Le temblaban
las manos mientras las sostenía sobre la herida.
—¡Waisé heill! —dijo.
Le brilló la palma de la mano, y la herida de Brom se
cerró como si nunca hubiera existido.
Murtagh observó el proceso que concluyó en un
instante. A medida que la luz de la palma desaparecía, Eragon sintió náuseas.
Nunca habíamos hecho algo así —dijo.
Juntos podemos hacer hechizos que, por separado, están
fuera de nuestro alcance —asintió Saphira.
Murtagh examinó el costado de Brom.
—¿Está completamente curado? —preguntó.
—Yo sólo puedo curar la superficie, pues todavía no sé
lo suficiente para sanar el daño interno. Ahora depende de él. He hecho todo lo
que he podido. —Eragon cerró los ojos durante un instante, exhausto—. Siento...
como si la cabeza me flotara entre las nubes.
—Seguramente necesitas comer —dijo Murtagh—. Prepararé
una sopa.
Mientras el joven se afanaba en preparar la comida,
Eragon se preguntó quién sería ese desconocido. El arco y la espada de Murtagh
eran de magnífica factura, así como el cuerno. O era un ladrón o estaba
acostumbrado a tener dinero... y mucho.
«¿Por qué perseguía a los ra'zac? ¿Qué le habían hecho
para granjeárselo como enemigo? Me pregunto si trabajará para los vardenos.»
Murtagh le tendió un cuenco de caldo. Eragon metió
dentro la cuchara, y preguntó:
—¿Cuánto hace que huyeron los ra'zac?
—Unas horas.
—Tenemos que marcharnos antes de que regresen con
refuerzos.
—Es posible que tú seas capaz de viajar, pero él
—señaló a Brom— no puede. Nadie se sube a un caballo y se aleja al galope con
una puñalada en las costillas.
Si hacemos una camilla, ¿podrías llevar a Brom con tus
garras como hiciste con Garrow? —le preguntó a Saphira.
Sí, pero no me resultará fácil aterrizar.
Bueno, mientras te sea posible hacerlo...
—Saphira lo llevará —le dijo Eragon a Murtagh—, pero
necesitamos una camilla. ¿Podrías construir una? Yo no tengo fuerzas.
—Espera aquí.
Murtagh salió del campamento espada en mano. Eragon
fue cojeando hasta sus bolsas y recogió el arco de donde lo habían tirado los
ra'zac. Lo encordó, buscó el carcaj y recuperó a Zar'roc, que estaba escondida en las
sombras. Por último, buscó una manta para la camilla.
Murtagh regresó con dos troncos de árbol joven. Los
puso paralelos sobre el suelo, ató la manta entre los palos, y después sujetó
con cuidado a Brom sobre la improvisada camilla. Saphira cogió los palos con
las garras y, trabajosamente, remontó el vuelo.
—Nunca pensé que vería algo así —dijo Murtagh con un
tono extraño.
Mientras Saphira desaparecía en la negrura del cielo,
Eragon se acercó renqueando a Cadoc y se subió con gesto de dolor a la
silla.
—Gracias por ayudarnos, pero ahora debes irte. Aléjate
al galope todo lo que puedas porque si el Imperio te encuentra con nosotros, tu
vida estará en peligro. No podemos protegerte, y no quiero que te suceda nada
por nuestra culpa.
—Bonito discurso —dijo Murtagh mientras apagaba el
fuego—, pero ¿adónde iréis? ¿Hay algún sitio en el que podáis descansar
seguros?
—No —admitió Eragon.
Los ojos de Murtagh brillaron mientras señalaba la
empuñadura de su espada.
—En ese caso, creo que os acompañaré hasta que estéis
fuera de peligro. No tengo mejor sitio adonde ir. Además, si voy contigo, es
posible que vuelva a toparme con los ra'zac antes que si fuera solo. No hay
duda de que junto a un Jinete pasan cosas interesantes.
Eragon dudaba. No sabía si aceptar ayuda de un
perfecto desconocido. Pero al mismo tiempo, muy a su pesar, era consciente de
que estaba demasiado débil para forzar la situación.
«Si Murtagh demuestra que no es de fiar, Saphira
siempre puede obligarlo a marcharse.»
—Ven con nosotros, si lo deseas —dijo encogiéndose de
hombros.
Murtagh asintió y montó a su caballo de batalla de
color gris. Eragon cogió las riendas de Nieve de Fuego y se alejaron del campamento para
internarse en la espesura. Una luna creciente alumbraba apenas, pero Eragon
sabía que ese tenue resplandor serviría para que los ra'zac pudieran seguirles
la pista con mayor facilidad.
Aunque quería hacer más preguntas a Murtagh, guardó
silencio para conservar energía para el viaje. Poco antes del amanecer, Saphira
le dijo:
Debo parar. Tengo las alas cansadas, y Brom necesita
cuidados. He encontrado un buen lugar, a unos tres kilómetros de donde estáis.
Encontraron el sitio en la base de una amplia
formación de roca arenisca que se elevaba como un monte, en cuyas laderas había
cuevas de distintos tamaños. El terreno estaba salpicado de montañas de ese
tipo. Saphira parecía satisfecha de sí misma.
He hallado una cueva que no se ve desde abajo. Es
bastante espaciosa y cabemos todos, incluidos los caballos. Sígueme.
La dragona dio la vuelta y trepó por la roca clavando
sus afiladas garras en la ladera. En cambio, a los caballos les costaba mucho,
ya que los cascos resbalaban sobre la arenisca, de modo que Eragon y Murtagh
tuvieron que tirar de ellos y empujarlos durante una hora hasta llegar a la
cueva.
La caverna contaba con unos buenos treinta metros de
profundidad y más de seis de anchura, pero tenía una abertura pequeña que los
protegería del mal tiempo y de las miradas indiscretas. El extremo de la cueva
estaba envuelto en la oscuridad que se aferraba a las paredes como marañas de
lana negra y blanda.
—¡Impresionante! —comentó Murtagh—. Voy a buscar leña
para encender un fuego.
Eragon se precipitó hacia Brom. Saphira lo había
depositado en un saliente de piedra al fondo de la cueva. Le cogió la mano
inerte y miró con ansiedad el curtido rostro del anciano. Al cabo de unos
minutos, suspiró y se dirigió al fuego que Murtagh había encendido.
Comieron en silencio y después trataron de dar agua a
Brom, pero el anciano no bebía. Frustrados, desplegaron las mantas y se fueron
a dormir.
Eragon, despierta. —El muchacho se removió y rezongó—. Necesito tu
ayuda. ¡Tenemos problemas! —Eragon
trató de no hacer caso de la voz y siguió durmiendo—. ¡Arriba!
Vete —refunfuñó.
¡Eragon!
Un bramido resonó en la cueva.
Eragon se incorporó de un salto buscando a tientas el
arco. Saphira estaba agachada sobre Brom, que había rodado hasta bajar del
saliente y se movía convulsivamente en el suelo de la cueva. Tenía el rostro
crispado y los puños apretados. Eragon se precipitó hacia él temiendo lo peor.
—¡Ayúdame a sujetarlo! ¡Se va a hacer daño! —le gritó
a Murtagh mientras cogía a Brom de los brazos.
Le dolía terriblemente el costado cuando Brom hacía
aquellos movimientos espasmódicos. Entre los dos jóvenes consiguieron dominarlo
hasta que cesaron las convulsiones.
Después, nuevamente, lo llevaron al saliente de roca.
Eragon le tocó la frente. Estaba tan caliente que
sentía el calor casi sin apoyar los dedos.
—Tráeme agua fría y un paño —pidió, preocupado.
Murtagh se los trajo, y Eragon le pasó suavemente el
paño por la cara a Brom tratando de enfriarlo un poco. Cuando la cueva volvió a
quedarse en silencio, Eragon se dio cuenta de que el sol brillaba fuera.
¿Cuánto hemos dormido? —le preguntó a Saphira.
Un buen rato, pero he estado vigilando a Brom casi
todo el tiempo. Estaba bien hasta hace un instante, en que empezó a trastocarse.
Te he despertado cuando se ha caído al suelo.
Eragon se desperezó e hizo una mueca por la punzada de
dolor que sintió en las costillas. De pronto, una mano lo agarró del hombro:
Brom tenía los ojos abiertos y vidriosos y la mirada clavada en Eragon.
—¡Tráeme la bota de vino! —jadeó.
—¡Brom! —exclamó Eragon, contento de oírlo hablar—. No
puedes beber vino ahora, te hará más mal que bien.
—Tráela, muchacho... tráela —suspiró Brom.
La mano se le resbaló del hombro de Eragon.
—Espera, ahora mismo vuelvo. —Eragon se precipitó
sobre las alforjas y rebuscó en ellas frenéticamente—. ¡No la encuentro! —dijo
mirando alrededor, desesperado.
—Toma, coge la mía —ofreció Murtagh tendiéndole su
bota de vino.
Eragon la aceptó y se la llevó a Brom.
—Tengo el vino —dijo arrodillándose.
Murtagh se alejó hacia la entrada de la cueva para que
pudieran estar a solas.
—Bien, ahora... —Las palabras de Brom eran débiles y
confusas—. Ahora —dijo moviendo con debilidad el brazo—, lávame la mano derecha
con el vino.
—¿Qué...?
Eragon iba a empezar a preguntar.
—¡No hagas preguntas! ¡No tengo tiempo!
Eragon, desconcertado, destapó la bota, vertió vino en
la palma de Brom y le frotó la mano. Primero entre los dedos y después el
dorso.
—Más —exigió con voz ronca Brom.
Eragon volvió a verter vino sobre la mano y se la
frotó vigorosamente mientras de la palma de Brom surgía un matiz marrón. El
muchacho se detuvo con la boca abierta de asombro. Allí, en la palma de Brom,
estaba la gedwey ignasia.
—¿Eres un Jinete? —preguntó, incrédulo.
Una sonrisa de dolor asomó a los labios del anciano.
—Sí, allá lejos y hace tiempo... pero ya no. Cuando
era joven, más joven que tú ahora, los Jinetes me eligieron para que me uniera
a sus filas. Durante mi entrenamiento, me hice amigo de otro aprendiz...
Morzan, antes de que se convirtiera en un Apóstata. —Eragon se quedó helado;
eso había pasado hacía más de cien años—. Después nos traicionó por
Galbatorix... y en la lucha en Dorú Areaba, la ciudad de Vroengard, asesinaron
a mi joven dragona. Se llamaba... Saphira.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —preguntó Eragon
en voz baja.
—Porque... no era necesario. —Brom rió, pero enseguida
se calló. Le costaba respirar y tenía las manos crispadas—. Soy viejo,
Eragon... muy viejo. A pesar de la muerte de mi dragona, mi vida ha sido más
larga que la de la mayoría de las personas. No sabes lo que es llegar a mi
edad, mirar atrás y darte cuenta de que no recuerdas mucho el pasado. Y después
mirar adelante y saber que te quedan aún muchos años... Pasado todo este
tiempo, todavía lloro la pérdida de mi Saphira.... y odio a Galbatorix por habérmela
arrebatado. —Los ojos afiebrados de Brom se clavaron en los de Eragon mientras
le decía—: No dejes que te suceda lo mismo. ¡No! Protege a Saphira con tu vida
porque sin ella casi no vale la pena vivir.
—No hables así. No le va a pasar nada a Saphira.
Brom giró la cabeza a un lado.
—A lo mejor desvarío. —Dirigió la mirada hacia
Murtagh, pero pasó de largo sin verlo y luego enfocó la vista sobre Eragon—.
¡Eragon! —dijo levantando la voz—. No voy a vivir mucho más. Ésta... es una
herida muy grave que está socavando mis fuerzas, y no tengo la energía
necesaria para combatirla... Pero antes de que me vaya, ¿quieres que te dé mi
bendición?
—Te pondrás bien —dijo Eragon con lágrimas en los
ojos—. No tienes que pensar en eso.
—Así son las cosas... Debo hacerlo. ¿Aceptas mi
bendición? —Eragon agachó la cabeza y asintió, vencido, y Brom le apoyó una
mano temblorosa sobre la frente—. Entonces te la doy: que los años venideros te
proporcionen gran felicidad. —Se movió para que Eragon se acercara más y
pronunció siete palabras en el idioma antiguo en voz baja y, en voz más baja aún, le dijo su significado—. Es todo lo que puedo darte... Úsalas
sólo en caso de gran necesidad. —Brom miró al techo con la vista velada—. Y
ahora... —murmuró— voy en pos de la mayor aventura de todas...
Eragon, llorando, le cogió la mano y lo consoló lo
mejor que supo. Veló al enfermo de manera constante e inquebrantable sin
moverse ni para beber ni para comer. A medida que pasaban las horas, una
palidez gris empezó a apoderarse de Brom mientras su mirada se iba apagando
lentamente. Las manos se le fueron enfriando cada vez más, y el aire a su
alrededor adquirió una consistencia espesa. Impotente para ayudar al anciano,
Eragon no podía hacer nada más que ser testigo de cómo la herida de los ra'zac
se cobraba su precio.
Empezaba a oscurecer, y las sombras a alargarse cuando
Brom, de pronto, se quedó inmóvil. Eragon lo llamó y pidió ayuda a gritos a
Murtagh, pero no pudieron hacer nada. Mientras un silencio sepulcral caía sobre
la cueva, Brom clavó su mirada en la de Eragon. La satisfacción se dibujó en el
rostro del anciano, y un quedo murmullo escapó de su boca. Y así murió Brom, el
cuentacuentos.
Eragon, con dedos temblorosos, le cerró los ojos y se
quedó allí de pie. Saphira, que se hallaba detrás de él, levantó la cabeza y
aulló lastimeramente al cielo con un hondo lamento. Las lágrimas surcaban las
mejillas de Eragon mientras una sensación de terrible pérdida recorría todo su
ser.
—Tenemos que enterrarlo —dijo con voz entrecortada.
—Podrían vernos —advirtió Murtagh.
—¡No me importa!
Murtagh titubeó y después sacó el cuerpo de Brom de la
cueva, junto con su espada y su bastón. Saphira los siguió.
—A la cima —ordenó Eragon con tono angustiado, y
señaló la cumbre del monte de arenisca.
—Pero no podemos cavar una tumba en la roca —objetó
Murtagh.
—Yo sí puedo.
Eragon subió con dificultad a la cima debido a sus
costillas rotas, y allí Murtagh depositó el cuerpo de Brom sobre la roca.
Eragon se secó los ojos, miró fijamente la arenisca y,
haciendo un gesto con la mano, pronunció:
—¡Moi stenr!
La roca se onduló y se elevó, como si se tratase de
agua surgente. Luego, en la cumbre, formó una cavidad del tamaño de un cuerpo.
A continuación, moldeando la arenisca como si fuera arcilla, Eragon levantó
unas paredes alrededor que le llegaban a la altura de la cintura.
Depositaron a Brom dentro de la incompleta tumba de
arenisca con su bastón y su espada. Eragon dio un paso atrás y volvió a moldear
la piedra haciendo uso de la magia. La arenisca cerró la sepultura sobre la
cara inerte de Brom y levantó una alta columna de muchas facetas. Como último
tributo, Eragon grabó la siguiente inscripción en la piedra:
AQUÍ DESCANSA BROM,
Jinete de Dragón,
y un padre
para mí.
Que su nombre perdure en la
gloria.
El muchacho agachó la cabeza y dio rienda suelta a su
llanto. Y se quedó como una estatua viviente hasta el anochecer cuando la luz
ya se había esfumado del paisaje.
Esa noche soñó otra vez con la mujer cautiva.
Eragon se daba cuenta de que algo le pasaba a esa
mujer porque respiraba de forma irregular y temblaba, aunque él no sabía si era
de frío o de dolor. En la semipenumbra de la celda, lo único que estaba
iluminado con claridad era una mano de la cautiva, que colgaba del catre. Un
líquido oscuro le manaba de la punta de los dedos, y él supo que era sangre.
Cuando Eragon despertó, tenía los ojos irritados y el
cuerpo rígido. Excepto los caballos, no había nadie en la cueva. La camilla
había desaparecido y no quedaban rastros de Brom. El muchacho se dirigió hacia
la entrada y se sentó sobre la roca estriada.
«Así que la bruja Angela tenía razón: había una muerte
en mi futuro», pensó mirando con tristeza el paisaje. El sol de color ámbar
proporcionaba un calor seco a la temprana mañana.
Una lágrima se le deslizó por el lánguido rostro y se
evaporó dejándole una huella de sal en la mejilla. Cerró los ojos y se dejó
calentar por el sol mientras intentaba vaciar la mente. Empezó a rascar la
arenisca con la uña sin pensar. Al mirar, se dio cuenta de que había escrito:
«¿Por qué yo?».
Seguía allí cuando Murtagh subió a la cueva con un par
de conejos. Sin pronunciar palabra se sentó junto a Eragon.
—¿Cómo estás? —se interesó Murtagh.
—Mal.
—¿Te recuperarás? —le preguntó con mucha delicadeza.
Eragon se encogió de hombros—. Me disgusta hacerte esta pregunta ahora —dijo
Murtagh tras unos instantes de reflexión—, pero debo saberlo... ¿Era tu Brom,
«el Brom», el que ayudó a robarle el huevo de dragón al rey, el que persiguió a
Morzan por todo el Imperio y le dio muerte en un duelo? Te oí pronunciar su
nombre y leí la inscripción de su tumba, pero debo estar seguro. ¿Era él?
—Sí —respondió Eragon en voz baja, al tiempo que una
expresión de preocupación aparecía en el rostro de Murtagh—. ¿Cómo sabes todo
eso? Hablas de cosas muy secretas para la mayoría de la gente e ibas tras los
ra'zac cuando necesitamos tu ayuda. ¿Eres un vardeno?
Los ojos de Murtagh eran inescrutables.
—Estoy huyendo, como tú. —Había un pesar contenido en
sus palabras—. No pertenezco ni a los vardenos ni al Imperio, y no debo lealtad
a ningún hombre más que a mí mismo. En cuanto a que te rescaté... debo admitir
que escuché historias a media voz sobre un nuevo Jinete y pensé que si seguía a
los ra'zac podría descubrir si eran ciertas.
—Pensaba que querías matarlos —dijo Eragon.
—Sí, quería, pero si lo hubiera hecho, no te habría
conocido —repuso Murtagh sonriendo con tristeza.
«Pero Brom seguiría con vida... ¡Ojalá estuviera aquí!
Porque él sabría si se puede confiar en Murtagh.»
Eragon recordó cómo Brom había percibido las
intenciones de Trevor en Daret y se preguntó si él podría hacer lo mismo con
Murtagh. De modo que trató de llegar a la conciencia de éste, pero su tentativa
se topó bruscamente con una pared de hierro, que Eragon trató de sortear. La
mente de Murtagh estaba fortificada por completo.
«¿Cómo ha aprendido a hacer eso? Brom me dijo que muy
pocas personas, o casi ninguna, conseguían que los demás no les penetraran en
la mente sin entrenamiento previo. ¿Quién es, entonces, Murtagh, que posee esta
habilidad?»
Eragon, pensativo y solo, le preguntó:
—¿Dónde está Saphira?
—No lo sé. Me siguió durante un rato mientras estaba
cazando y después se fue volando sola. No la he visto desde la mañana. —Eragon
se puso de pie y entró en la cueva. Murtagh lo siguió—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—No estoy seguro. «Y tampoco quiero pensar en ello.»
Eragon enrolló sus mantas y las ató a las alforjas de Cadoc. Le dolían las costillas. Mientras
tanto Murtagh se puso a preparar los conejos. Al arreglar las cosas de sus
bolsas, Eragon sacó a Zar'roc, cuya funda roja relucía vivamente. El muchacho la desenfundó y
la sostuvo entre las manos.
Nunca la había llevado en un combate ni la había
usado, excepto cuando Brom y él se entrenaban, porque no quería que la gente la
viera. Pero ya no le importaba. Aparentemente, los ra'zac se habían sorprendido
y se habían asustado al ver la espada; y eso ya le bastaba para llevarla. Con
un estremecimiento, sacó también el arco y lo ató a Zar'roc.
«A partir de ahora seré fiel a esta espada. Que el
mundo vea quién soy. No tengo miedo. Ya soy un Jinete completo y cabal.»
Rebuscó en las bolsas de Brom, pero sólo encontró
ropa, unos pocos objetos extraños y un pequeño saco de monedas. Eragon cogió el
mapa de Alagaësía, apartó las bolsas y se agachó junto al fuego. Murtagh
entrecerró los ojos y levantó la vista del conejo que estaba despellejando.
—¿Puedo ver esa espada? —preguntó mientras se limpiaba
las manos.
Eragon dudó porque no le gustaba la idea de
desprenderse del arma ni por un instante, pero asintió. El joven estudió con
atención el símbolo grabado sobre la hoja, y la cara se le ensombreció.
—¿De dónde la has sacado?
—Me la dio Brom. ¿Por qué?
Murtagh le devolvió la espada y se cruzó de brazos,
enfadado. Respiraba agitadamente.
—En otro tiempo —dijo, emocionado— esta espada fue tan
conocida como su dueño. El último Jinete que la usó fue Morzan... un hombre
feroz y brutal. Creía que eras enemigo del Imperio... ¡pero veo que llevas una
de las sangrientas espadas de los Apóstatas!
Eragon miró a Zar'roc, impresionado, y comprendió que Brom debió de habérsela quitado
a Morzan después del combate en Gil'ead.
—Brom nunca me dijo de dónde procedía —contestó con
franqueza—. No tenía idea de que fuera de Morzan.
—¿Nunca te lo dijo? —preguntó Murtagh con cierta
incredulidad en su voz. Eragon negó con la cabeza—. Es extraño. No veo por qué
razón te lo ocultó.
—Yo tampoco. Pero en fin, tenía muchos secretos
—explicó Eragon.
Le producía desasosiego llevar la espada de un hombre
que había traicionado a los Jinetes por Galbatorix.
«En su época, esta hoja seguramente mató a muchos
Jinetes —pensó con repugnancia—. Y peor aún... ¡incluso dragones!»
—No obstante, voy a llevarla. Hasta que llegue el
momento de tener una mía, usaré a Zar'roc.
Murtagh retrocedió al oír el nombre.
—Como quieras —respondió, y siguió despellejando los
conejos con la vista baja.
Cuando la comida estuvo lista, Eragon comió despacio a
pesar de que tenía bastante hambre. El plato caliente lo reconfortó.
—Tengo que vender mi caballo —dijo mientras acababa de
rebañar su cuenco.
—¿Por qué no el de Brom? —preguntó Murtagh.
Parecía que el joven había superado el mal humor.
—¿Nieve de Fuego? Porque Brom prometió cuidarlo y puesto que él... ya no
está, debo hacerlo yo.
—Si eso es lo que quieres —comentó Murtagh apoyando el
plato en su regazo—, estoy seguro de que encontraremos comprador en algún
pueblo o en alguna ciudad.
—¿Encontraremos? —preguntó Eragon.
Murtagh lo miró de soslayo de manera calculadora.
—No te aconsejo que te quedes aquí mucho más tiempo,
porque si los ra'zac andan cerca, la tumba de Brom será como un faro para
ellos. —Eragon no había pensado en eso—. Y tardarás en curarte las costillas.
Ya sé que puedes defenderte solo con la magia, pero necesitas un compañero que
pueda levantar cosas de peso y usar la espada. Te pido que me dejes viajar
contigo, al menos por ahora. Pero debo advertirte que el Imperio me busca, y a la larga correrá la sangre.
Eragon rió muy flojo, pero aun así le produjo tanto
dolor que se le saltaron las lágrimas.
—No me importa que te busque todo el ejército —dijo
una vez recuperado—. Tienes razón: necesito ayuda. Me gustaría que me
acompañaras, pero debo hablar de ello con Saphira. También he de advertirte que
tal vez Galbatorix mande a su ejército tras de mí, así que no estarás más a
salvo con Saphira y conmigo que si siguieras solo.
—Lo sé —dijo Murtagh con una sonrisa fugaz—, pero de
todas formas eso no me detendrá.
—Muy bien.
Eragon sonrió, agradecido.
Mientras hablaban, Saphira entró en la cueva y saludó
a Eragon. Estaba contenta de verlo, pero había una gran tristeza en las
palabras y en los pensamientos de la dragona.
Apoyó la gran cabeza azul en el suelo y preguntó:
¿Ya estás bien?
No del todo.
Echo de menos al anciano.
Yo también... ¡Jamás sospeché que Brom fuera un
Jinete! Era muy viejo... Viejo como los Apóstatas. Toda la magia que me enseñó
debió de aprenderla de los Jinetes.
Yo lo supe en cuanto me tocó en tu granja.
¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué?
Porque me pidió que no lo hiciera —contestó ella con sencillez.
Eragon decidió no insistir en el tema. Saphira no
había pretendido hacerle daño.
Brom tenía muchos secretos —le dijo—. Ahora comprendo porqué no me explicó de
dónde procedía Zar'roc cuando me la dio. De haberlo hecho, probablemente
habría huido de él a la primera oportunidad.
Harías bien en desprenderte de esa espada —le dijo la dragona con disgusto—. Sé que es única,
pero estarías mejor con una espada normal antes que con ese instrumento asesino
de Morzan.
Quizá. Saphira, ¿cuál será nuestro camino a partir de
ahora? Murtagh se ha ofrecido a acompañarnos. No sé de dónde viene, pero parece
bastante honrado. ¿Debemos ir en busca de los vardenos? Aunque no sé dónde
encontrarlos. Brom nunca nos lo dijo.
Me lo dijo a mí —confesó Saphira.
Eragon estaba cada vez más enfadado.
¿Por qué confiaba en ti y no en mí con todo lo que
sabía?
Las escamas de la dragona crujieron ligeramente sobre
la roca seca mientras lo miraba a los ojos con intensidad.
Después de que nos marchamos de Teirm y de que nos
atacaran los úrgalos, me contó muchas cosas, algunas de las cuales no
mencionaré a menos que sea necesario. Le preocupaba su muerte y lo que pasaría
contigo después. Una de las cosas que me dijo fue el nombre de un hombre,
Dormnad, que vive en Gil'ead y que puede ayudarnos a encontrar a los vardenos.
Brom también quería que supieras que, de toda la población de Alagaësía, creía
que tú eras el más indicado para heredar el legado de los Jinetes.
Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas. Era el
halago más grande que podía recibir de Brom.
Una responsabilidad que asumiré con honor.
Muy bien.
Entonces vayamos a Gil'ead —afirmó Eragon; la fuerza y la determinación habían
vuelto a él—. ¿Y qué hacemos con Murtagh? ¿Crees que debe venir con
nosotros?
Le debemos la vida —dijo Saphira—. Pero aunque no fuera así, ya nos ha
visto, a ti y a mí. Nos guste o no, debemos tenerlo cerca para que no informe
al Imperio de nuestro paradero, y dé nuestra descripción.
Eragon estaba de acuerdo. Después le contó su sueño a
Saphira.
Esa imagen me ha perturbado. Creo que a la mujer se le
acaba el tiempo, y pronto le sucederá algo espantoso. La cautiva corre peligro
de muerte, estoy seguro, ¡pero no sé cómo encontrarla! Podría estar en
cualquier parte.
¿Qué te dice el corazón? —le preguntó Saphira.
Mi corazón hace tiempo que ya no me dice nada —dijo Eragon no sin cierto sarcasmo—. Sin embargo, creo que debemos ir al norte, a
Gil'ead. Con suerte, la mujer estará prisionera en uno de los pueblos o en
alguna ciudad que haya por el camino. Me temo que la próxima vez que sueñe con
ella, veré una tumba. No lo soportaría.
¿Por qué?
No estoy seguro —respondió encogiéndose de hombros—. Pero cuando la
veo, siento como si fuera alguien muy valioso a quien no debería perder... Es
muy raro.
Saphira abrió la gran boca y se rió en silencio
enseñando unos relucientes colmillos.
¿De qué te ríes? —soltó Eragon, pero ella no dijo nada, movió la cabeza
y se alejó en silencio.
Eragon refunfuñó entre dientes y después le contó a
Murtagh lo que habían decidido.
—Si encuentras al tal Dormnad y sigues viaje hacia los
vardenos, entonces me iré. Toparme con ellos sería tan peligroso para mí como
entrar desarmado en Urü'baen con una fanfarria de trompetas anunciando mi
llegada.
—No nos separaremos muy pronto —dijo Eragon—. Hay un
largo camino hasta Gil'ead. —Su voz se quebró ligeramente, y entrecerrando los
ojos, miró al sol para distraerse—. Debemos partir antes de que caiga la tarde.
—¿Estás en condiciones de viajar? —preguntó Murtagh,
ceñudo.
—Tengo que hacer algo, porque si no me volveré loco
—respondió Eragon bruscamente—. Hacer prácticas de lucha o de magia, o sentarme
a mirarme el ombligo no son buenas alternativas en estos momentos, así que
prefiero cabalgar.
Apagaron el fuego, guardaron sus cosas y sacaron a los
caballos de la cueva. Eragon le tendió las riendas de Cadoc y de Nieve
de Fuego a Murtagh, y le dijo:
—Adelántate. Enseguida bajaré.
Murtagh empezó poco a poco el descenso desde la cueva.
Eragon trepó con dificultad hasta la cima tomándose
algún descanso cuando el dolor del costado le impedía respirar.
Al llegar arriba, Saphira ya estaba allí. Ambos se
quedaron de pie ante la tumba de Brom y le rindieron sus últimos respetos.
No puedo creer que se haya ido... para siempre.
Mientras Eragon se volvía para marcharse, Saphira
estiró el largo cuello y tocó la sepultura con la punta de la nariz. Los
flancos de la dragona se estremecieron mientras un quedo sollozo se expandía
por el aire.
La arenisca que había alrededor de la nariz de Saphira
brilló como rocío dorado y dio paso a unos bailarines reflejos plateados.
Eragon observó, maravillado, cómo unos zarcillos de diamante blanco se
retorcían sobre la superficie de la tumba formando una increíble filigrana. A
continuación unas sombras centelleantes cayeron sobre la tierra y reflejaron
manchas de brillantes colores que se movían de forma deslumbradora mientras la
arenisca no cesaba de transformarse. Con un bufido de satisfacción, Saphira dio
un paso atrás y examinó su obra.
El mausoleo de arenisca esculpida se había
transformado en una bóveda de piedras preciosas fulgurantes, debajo de la cual
se veía el rostro intacto de Brom. Eragon observó con Anoranza al anciano, que
parecía dormir.
¿Qué has hecho? —le preguntó, sobrecogido, a Saphira.
Le he hecho el único regalo que podía. Ahora el tiempo
no lo devastará y descansará en paz por toda la eternidad.
Gracias.
Eragon le acarició un costado, y se marcharon juntos.
Montar a caballo le resultaba a Eragon harto doloroso
—las costillas rotas no le dejaban cabalgar más que al paso— y le costaba
respirar hondo sin sentir una punzada terrible. Sin embargo, se negó a parar.
Saphira volaba cerca, con la mente ligada a la del muchacho para darle fuerza y
tranquilidad.
Murtagh montaba con seguridad junto a Cadoc, acompañando con suavidad los
movimientos del caballo. Eragon se quedó mirando un rato al animal de color
gris...
—Tienes un caballo muy hermoso. ¿Cómo se llama?
—Tornac, en reconocimiento al hombre que me enseñó a luchar.
—Murtagh dio unas palmadas al cuello del corcel—. Me lo dieron cuando era un
potrillo. Y difícilmente encontrarás un animal más valiente e inteligente en
toda Alagaësía. Salvo Saphira, claro.
—Es espléndido —dijo Eragon con admiración.
—Sí —afirmó Murtagh riendo—, pero no he visto nunca un
caballo que esté tan a su altura como Nieve de Fuego.
Aunque ese día cubrieron una distancia muy corta,
Eragon se sentía dichoso de estar otra vez en marcha porque le daba la
oportunidad de mantener los pensamientos lejos de otras cuestiones malsanas.
Cabalgaban por tierras sin colonizar, pues el camino a Dras-Leona estaba a
varios kilómetros a la izquierda. De camino a Gil'ead, que estaba casi tan al
norte como Carvahall, rodearían la ciudad dejando un amplio margen de
seguridad.
Vendieron a Cadoc en un pueblo pequeño.
Mientras el caballo se alejaba con su nuevo dueño, Eragon, con pesar, se metió
en el bolsillo las pocas monedas que había conseguido con la transacción. Era
difícil renunciar a Cadoc después de haber cruzado media Alagaësía y de
haber vencido a los úrgalos montándolo.
Mientras el reducido grupo viajaba por esos parajes
solitarios, los días pasaban sin que se dieran cuenta. Eragon se alegró de
descubrir que Murtagh y él tenían muchos intereses comunes: pasaban horas
conversando sobre detalles precisos del tiro con arco y de la caza.
Había un tema, sin embargo, que ambos evitaban por
consentimiento tácito: sus respectivos pasados. Eragon no le explicó a Murtagh
cómo había encontrado el huevo de Saphira, ni cómo había conocido a Brom ni de
dónde venía él. Y Murtagh también guardaba silencio sobre las razones por las
que el Imperio lo perseguía. Era un acuerdo sencillo, pero funcionaba.
No obstante, por el hecho de ir juntos, era inevitable
que aprendieran el uno del otro. Eragon estaba intrigado por los conocimientos
de Murtagh sobre las luchas políticas y de poder en el Imperio. Parecía saber
lo que hacía cada noble y cada cortesano y cómo afectaba eso a los demás.
Eragon lo escuchaba con atención, mientras las sospechas le daban vueltas por
la cabeza.
La primera semana pasó sin ningún indicio de la
presencia de los ra'zac, lo que aplacó algunos de los temores de Eragon. No
obstante, siguieron haciendo guardia por las noches. Eragon también esperaba
encontrar úrgalos camino de Gil'ead, pero no había ni rastro de ellos.
«Suponía que estas tierras tan aisladas iban a estar
llenas de monstruos —pensaba—. Pero evidentemente no me quejo de que hayan
decidido irse a otra parte.»
Eragon no volvió a soñar con la mujer, y aunque trató
de verla mediante la criptovisión, sólo divisó una celda vacía.
Siempre que pasaban por un pueblo o por una ciudad, averiguaba si había allí una cárcel. Si así era, se disfrazaba y la
visitaba, pero no encontró a la mujer. Sus disfraces eran cada vez más
complicados, ya que se topó con carteles colgados en varios pueblos, en los que
salía su nombre y su descripción y se ofrecía una cuantiosa recompensa por su
captura.
El avance hacia el norte los obligaba a encaminarse a
la capital, Urú'baen. Era una zona densamente poblada donde resultaba difícil
pasar desapercibido, pues los soldados patrullaban las rutas y hacían guardia
en los puentes. Les llevó varios días de tensión y de fastidio rodear la
capital.
Una vez que lograron pasar a salvo Urü'baen, se
encontraron al inicio de una enorme llanura: era la misma que Eragon había
cruzado después de dejar el valle de Palancar, salvo que ahora estaba en el
lado opuesto. Así pues, bordearon la llanura y continuaron hacia el norte
siguiendo el río Rarar.
Durante el viaje, llegó y pasó el decimosexto
cumpleaños de Eragon. En Carvahall, la celebración hubiera significado su
entrada en la vida adulta, pero estando en aquellos páramos, ni siquiera se lo
mencionó a Murtagh.
Por su parte, Saphira, con casi seis meses de edad,
era muy grande: las alas eran enormes, pero necesitaban cada centímetro de su
superficie para alzar el musculoso cuerpo de pesados huesos de la dragona. Los
colmillos, que sobresalían de las fauces y cuyas puntas eran tan afiladas como Zar'roc, tenían más o menos el mismo
diámetro que los puños de Eragon.
Por fin llegó el día en que Eragon se quitó las vendas
del torso por última vez. Las costillas se le habían curado completamente, y
sólo le quedaba una cicatriz donde la bota del ra'zac lo había golpeado.
Mientras Saphira lo observaba, se desperezó con cuidado, y cuando vio que ya no
le dolía, lo hizo con más vigor. Flexionó los músculos, complacido. En otro
momento, lo habría hecho con una sonrisa, pero tras la muerte de Brom, esas
expresiones no le salían con mucha facilidad.
Se puso la chaqueta y se acercó al pequeño fuego que
habían preparado, junto al cual estaba sentado Murtagh sacando punta a un trozo
de madera. Eragon sacó a Zar'roc y Murtagh se puso en tensión, pero se
mantuvo tranquilo.
—Ahora que de nuevo me siento con fuerzas, ¿te
gustaría luchar conmigo? —le preguntó.
Murtagh dejó la madera a un lado.
—¿Con espadas afiladas? Podríamos matarnos.
—Vamos, dame tu espada —dijo Eragon. El joven dudó
pero le tendió su espada de larga empuñadura. Eragon inutilizó los dos filos
mediante magia, como le había enseñado Brom, y mientras Murtagh examinaba la
hoja, le indicó—: Puedo deshacer el hechizo cuando terminemos.
Murtagh comprobó el equilibro de su arma. Parecía
satisfecho.
—Servirá —dijo.
Eragon inutilizó también el filo de Zar'roc, se agachó y blandió la espada hacia
el hombro de Murtagh. Las dos hojas se encontraron en el aire. Eragon liberó la
suya con un airoso ademán, la echó hacia delante y lanzó una estocada, que
Murtagh esquivó con un paso de baile.
«Es rápido», pensó Eragon.
Avanzaban y retrocedían tratando de batirse
mutuamente. Tras una serie de golpes de especial virulencia, Murtagh se echó a
reír. No sólo era imposible que alguno de los dos lograra ventaja, sino que
eran tan parejos que se cansaban al mismo tiempo. Reconociendo con una sonrisa
sus mutuos talentos, continuaron la lucha hasta que sintieron que el brazo les
pesaba y que estaban empapados de sudor.
—¡Basta, es suficiente! —gritó al fin Eragon.
Murtagh paró un golpe a medio camino y se sentó entre
jadeos, mientras Eragon, tambaleante, se echaba en el suelo respirando
agitadamente. Ninguna de sus luchas con Brom había sido tan encarnizada.
—¡Eres asombroso! —exclamó Murtagh intentando
recuperar el aliento—. He estudiado el manejo de la espada toda mi vida, pero
nunca he luchado con alguien como tú. Podrías ser el primer espadachín del rey
si quisieras.
—Tú también eres muy bueno —observó Eragon, sin
resuello aún—. El hombre que te enseñó, Tornac, podría hacer una fortuna con
una escuela de esgrima. Iría gente de toda Alagaësía a aprender con él.
—Ha muerto —se limitó a decir Murtagh.
—Lo siento.
Así fue como adoptaron la costumbre de luchar por las
tardes, lo que los mantuvo tan ágiles y en forma como un par de espadas
afiladas. Además, Eragon, una vez recuperado, también retomó sus prácticas de
magia, por cuyo funcionamiento Murtagh tenía curiosidad, y muy pronto demostró
que sabía una sorprendente cantidad de cosas sobre el tema, aunque le faltaban
los detalles precisos y no sabía hacer uso de ella. Cada vez que Eragon
practicaba palabras del idioma antiguo, el joven escuchaba en silencio y, de vez
en cuando, preguntaba el significado de alguna de ellas.
En las afueras de Gil'ead detuvieron los caballos uno
al lado del otro. Habían tardado casi un mes en llegar hasta allí, y durante
ese tiempo, la primavera había acabado de expulsar los restos del invierno.
Eragon era consciente de los cambios que se habían producido en él durante el
viaje: era un joven más fuerte y más tranquilo, y aunque todavía pensaba en
Brom y hablaba de él con Saphira, en general procuraba no evocar recuerdos
dolorosos.
Desde lejos observaron que la ciudad era un lugar
inhóspito y tosco, repleto de casas, construidas con troncos de madera, y de
perros que daban agudos ladridos, y en cuyo centro se alzaba una destartalada
fortaleza de piedra. Había bruma y contenía una especie de humillo azul.
Gil'ead parecía más un lugar provisional para hacer transacciones comerciales
que una ciudad donde vivir de forma permanente. A unos ocho kilómetros de allí,
se hallaba el brumoso contorno del lago Isenstar.
Decidieron acampar a unos tres kilómetros de la ciudad
por cuestiones de seguridad.
—No sé muy bien si deberías entrar en Gil'ead —le dijo
Murtagh a Eragon mientras preparaban la comida en el fuego.
—¿Por qué? Puedo disfrazarme bastante bien. Y Dormnad
querrá ver la gedwéy ignasia como prueba de que soy de verdad un Jinete.
—Quizá —replicó Murtagh—, pero el Imperio te busca más
a ti que a mí. Si me cogen, podría escaparme. Pero si te atrapan a ti, te
arrastrarán ante el rey, donde te espera una muerte lenta por tortura, a menos
que te unas a sus fuerzas. Además, Gil'ead es uno de los puestos más
importantes del ejército. Eso de allí no son casas, sino barracones, y entrar
ahí sería ofrecerte al rey en bandeja de plata.
Eragon le pidió a Saphira que le diera su opinión. La
dragona enroscó la cola alrededor de las piernas del muchacho y se sentó a su
lado.
No deberías ni preguntármelo porque él ha hablado con
sensatez. Y yo le puedo decir unas palabras a Murtagh que convencerán a Dormnad
de la veracidad de lo que afirma. Además, tiene razón en una cosa: si alguien
debe correr el riesgo de que lo capturen, tendría que ser él porque
sobreviviría.
Eragon hizo una mueca.
Me disgusta la idea de que corra peligro por nosotros.
—De acuerdo —dijo Eragon de mala gana—, puedes ir.
Pero si te pasa algo, iré a buscarte.
Murtagh rió.
—Sería perfecto para una leyenda: la historia de un
Jinete solitario que se enfrentó al ejército del rey sin ayuda de nadie. —Rió
otra vez entre dientes y se puso de pie—. ¿Debo saber algo más antes de irme?
—¿No deberíamos descansar y esperar hasta mañana?
—preguntó Eragon con cautela.
—¿Para qué? Cuanto más nos quedemos aquí, más
probabilidades tenemos de que nos descubran. Si el tal Dormnad puede llevarte
hasta los vardenos, tenemos que encontrarlo lo antes posible. Ninguno de
nosotros debe quedarse cerca de Gil'ead más que unos pocos días.
Otra vez vuelve a hacer gala de sensatez, se limitó a decir Saphira. Le transmitió a Eragon las
palabras que había que decirle a Dormnad, y él se las dijo a Murtagh.
—Muy bien —dijo Murtagh calzándose la espada—. Si no
hay ningún problema, estaré de vuelta en un par de horas. Asegúrate de dejarme
un poco de comida.
Saludó con la mano, montó a Tornac de un salto
y se alejó al galope. Eragon se quedó sentado junto al fuego tocando la
empuñadura de Zar'roc con aprensión.
Pasaron las horas, pero Murtagh no volvía. Eragon
caminaba sin parar alrededor del fuego con Zar'roc en la mano, mientras
Saphira miraba hacia Gil'ead con atención. La dragona sólo movía los ojos.
Ninguno de los dos expresaba en voz alta sus preocupaciones, pero Eragon se
preparaba discretamente para marcharse, en caso de que un destacamento de
soldados saliera de la ciudad en dirección al campamento.
Mira —dijo Saphira.
Eragon se volvió bruscamente hacia Gil'ead, alerta. A
lo lejos, vio un jinete que salía de la ciudad y galopaba velozmente en
dirección al campamento.
No me gusta —dijo el muchacho mientras se subía a Saphira—. Prepárate
para volar.
Estoy preparada para más que eso.
A medida que el jinete se acercaba, Eragon reconoció a
Murtagh, que cabalgaba inclinado sobre Tornac. Al parecer, no lo perseguía nadie, aunque no aminoraba el
desenfrenado paso. El joven galopó hasta llegar al campamento, donde bajó de un
salto y desenfundó la espada.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Eragon.
—¿Me ha seguido alguien desde Gil'ead? —preguntó con
el entrecejo fruncido.
—No hemos visto a nadie.
—Bien. Entonces déjame comer y después te lo explico;
me estoy muriendo de hambre. —Cogió un cuenco y se puso a comer con entusiasmo.
Tras engullir con torpeza unas cucharadas, empezó a hablar con la boca llena—.
Dormnad ha accedido a reunirse con nosotros mañana al amanecer fuera de los
límites de Gil'ead. Si comprueba que realmente eres un Jinete, y no es una
trampa, te llevará hasta los vardenos.
—¿Dónde vamos a encontrarnos con él? —preguntó Eragon.
—En una pequeña colina al otro lado del camino
—contestó Murtagh señalando hacia el oeste.
—Entonces, ¿qué ha pasado?
Murtagh se sirvió más comida.
—Algo bastante sencillo, pero terriblemente peligroso.
Alguien que me conoce me vio en la calle. Hice lo único que podía: salir
corriendo, pero era demasiado tarde porque me reconoció.
Era un incidente desafortunado, pero Eragon no sabía
hasta qué punto era tan malo.
—Como no conozco a tu amigo, debo preguntarte si se lo
dirá a alguien.
—Si lo conocieras, no tendría necesidad de responderte
—contestó Murtagh con una tensa carcajada—. Es incapaz de mantener la boca
cerrada y suelta todo lo que se le pasa por la cabeza. La pregunta no es si lo
contará, sino a quién. Si la información llega a oídos equivocados, estaremos
en apuros.
—Dudo que manden a los soldados a buscarte en la
oscuridad —señaló Eragon—. Así que podemos contar con estar a salvo hasta la
mañana, y entonces, si todo va bien, partiremos con Dormnad.
—No, lo acompañarás tú solo. Como ya te he dicho, no
quiero ir con los vardenos.
Eragon lo miró con tristeza, pues quería que Murtagh
se quedara. Se habían hecho amigos durante el viaje, y le
costaba aceptar la idea de separarse. Iba a empezar a protestar, pero Saphira
lo hizo callar y le dijo con amabilidad:
Déjalo para mañana; ahora no es el momento.
De acuerdo —accedió, apenado.
Conversaron hasta que salieron las estrellas y después
se durmieron mientras Saphira hacía la primera guardia.
Eragon se despertó dos horas antes del amanecer; le
hormigueaba la palma. Todo estaba tranquilo y en silencio, pero algo lo
intranquilizaba, como una picazón en la mente. Se colgó la espada y se puso de
pie con cuidado de no hacer ruido. Saphira lo miró con curiosidad, con los ojos
grandes y brillantes.
¿Qué sucede? —le preguntó.
No lo sé —respondió Eragon. No veía nada fuera de lo común.
Saphira olisqueó el aire con curiosidad. Resopló con
suavidad y levantó la cabeza.
Huelo caballos cerca, pero no se mueven. Apestan con
un hedor desconocido.
Eragon se arrastró hasta Murtagh y le tocó el hombro.
El joven se despertó sobresaltado, sacó una daga de debajo de las mantas y miró
a Eragon socarronamente. Éste le hizo señas de que guardara silencio y susurró:
—Hay caballos cerca.
Murtagh, sin pronunciar palabra, sacó su espada, y los
dos jóvenes se situaron en silencio a ambos lados de Saphira, preparados para
el ataque. Mientras esperaban, el lucero del alba apareció por el este
anunciando el amanecer, y una ardilla parloteó.
En ese momento, un furioso gruñido obligó a Eragon a
volverse en redondo, con la espada en alto. Un corpulento úrgalo estaba en el extremo
del campamento y llevaba un azadón que tenía un tremendo pico.
«¿Por dónde han venido? ¡No hemos visto sus huellas en
ninguna parte!», pensó Eragon.
El úrgalo rugió, agitó el arma, pero no atacó.
—¡Brisingr! —bramó Eragon apuñalándolo con magia.
La cara del úrgalo se contrajo en una mueca de terror
mientras explotaba en medio de un destello de luz azul. La sangre salpicó a
Eragon y una masa pardusca voló por el aire. Detrás de él, Saphira rugió
asustada, y retrocedió. Eragon dio una vuelta brusca. Mientras se ocupaba del
primer úrgalo, un grupo de ellos había llegado corriendo por un lado.
«¡He caído en el truco más estúpido de todos!»
Se oyó el sonoro ruido de espadas que chocaban cuando
Murtagh atacó a los úrgalos. Eragon trató de unirse a él, pero cuatro monstruos
le bloquearon el paso. El primero le lanzó una estocada sobre el hombro, pero
Eragon esquivó el golpe y mató al úrgalo con magia. Al segundo le atravesó Zar'roc
en la garganta, luego giró bruscamente sobre sí mismo y le dio al tercero
en el corazón. En aquel momento, el cuarto úrgalo se abalanzó sobre él
enarbolando un pesado garrote.
Eragon lo vio venir y trató de levantar la espada para
interceptar el garrotazo, pero fue un segundo demasiado lento. En el momento en
que el garrote caía sobre su cabeza, gritó:
—¡Vuela, Saphira!
Un estallido de luz le explotó en los ojos y perdió la
conciencia.
Lo primero que Eragon notó fue que estaba caliente y
seco, y que tenía la mejilla apoyada contra una tela áspera y las manos desatadas.
Se movió inquieto, pero pasaron unos minutos antes de que pudiera incorporarse
y examinar dónde se hallaba.
Estaba sentado en un catre estrecho e irregular,
dentro de una celda. En lo alto de la pared había una ventana con rejas del
mismo tipo que la pequeña ventanilla que había en la parte superior de una
puerta de sólido hierro, que estaba cerrada.
Cuando Eragon se movió, se le cuarteó la sangre seca
que tenía en la cara, pero tardó un rato en darse cuenta de que esa sangre no
era suya. Le dolía la cabeza terriblemente, lo que era de esperar teniendo en
cuenta el golpe que había recibido, y tenía la mente confusa de un modo muy
raro. Intentó hacer uso de la magia, pero no lograba concentrarse lo necesario
para recordar alguna de las palabras del idioma antiguo.
«Seguramente me han drogado», concluyó al fin.
Se levantó con un gemido, notando que le faltaba el
peso familiar de Zar'roc en la cadera, y se lanzó hacia la ventana de la
pared. Consiguió ver el exterior poniéndose de puntillas, pero tardó un rato en
adaptarse a la luminosidad que había fuera. La ventana estaba al nivel del
suelo de una calle llena de gente que pasaba deprisa y, al otro lado de la
calzada, había hileras de idénticas casas de troncos de madera.
Como se sentía débil, se deslizó por el suelo y se
quedó mirándolo sin comprender: lo que había visto fuera lo había perturbado,
pero no sabía por qué. Maldijo su torpeza mental y echó atrás la cabeza
tratando de aclararse la mente. Entonces un hombre entró en la celda y dejó una
bandeja de comida y una jarra de agua sobre el catre.
«¡Qué detalle de su parte!», pensó con una sonrisa.
Tomó unas cucharadas de sopa de col y pan duro, pero
se le revolvió el estómago.
«¡Ojalá me hubiera traído algo mejor!», se quejó, y
soltó la cuchara.
De pronto, se dio cuenta de lo que pasaba.
«No fueron hombres los que me capturaron, ¡sino
úrgalos! ¿Cómo he acabado aquí?»
El aturdido cerebro de Eragon forcejeó con la paradoja
sin éxito, de tal modo que la mente lo desechó, y el muchacho prescindió del
descubrimiento durante un rato hasta que supiera qué hacer con él.
Se sentó en el catre y miró a lo lejos. Al cabo de
unas horas le dejaron más comida.
«Justo cuando empezaba a tener hambre», pensó con
dificultad.
Esta vez logró comer sin sentir náuseas. Cuando acabó,
decidió que era el momento de dormir un poco. Después de todo, estaba en una
cama; ¿qué otra cosa iba a hacer?
La mente le empezó a flotar, y el sueño se apoderó de
él. En ese momento se oyeron el ruido de una puerta, que se abría en alguna
parte, y el de unas botas con refuerzos de acero que resonaban en el suelo de
piedra. El ruido era cada vez más fuerte hasta que acabó atronando como si
alguien golpeara una cacerola en la cabeza de Eragon.
«¿Por qué no me dejan descansar en paz?», refunfuñó el
muchacho para sí.
Poco a poco una confusa curiosidad venció al
agotamiento, de modo que se arrastró hasta la puerta parpadeando como un buho.
Por la ventana vio un pasillo, de unos diez metros de
anchura, y una serie de celdas similares a la suya en la pared opuesta. Una
columna de soldados marchaba por el pasillo con las espadas desenvainadas y
prestas a ser utilizadas. Todos los hombres llevaban la misma armadura, tenían
idéntica expresión de severidad en el rostro y caminaban golpeando el suelo
simultáneamente, con mecánica precisión. Era un ruido hipnótico y representaba
un despliegue de fuerza impresionante.
Eragon observó a los soldados hasta que empezó a
aburrirse, pero en ese momento vio que en el centro del destacamento había un
hueco: dos corpulentos hombres llevaban a una mujer inconsciente.
La cabellera, negra como el azabache, le tapaba la
cara, a pesar de que llevaba una tira de cuero alrededor de la cabeza para
sujetarle el pelo hacia atrás; vestía blusa y pantalones oscuros también de
cuero, y alrededor del esbelto talle llevaba un brillante cinturón del que
colgaba la funda vacía de una espada sobre la cadera derecha; tenía los pies
pequeños y calzaba unas botas altas que le llegaban hasta las rodillas.
A la mujer le colgaba la cabeza hacia un lado, y al
verla, Eragon se quedó sin aire, como si le hubieran dado un puñetazo en el
estómago: era la cautiva de sus sueños. El bello rostro era perfecto como un
retrato: la barbilla redondeada, los pómulos altos y las largas pestañas le
daban un aire exótico. La única mácula en su belleza era una cicatriz en la
mandíbula, pero a pesar de todo, era la mujer más hermosa que Eragon había
visto en su vida.
Al muchacho le hirvió la sangre mientras la miraba, y
algo se despertó en su interior, algo que no había sentido jamás: era como una
obsesión, pero más fuerte, casi como una locura febril. Entonces algún
movimiento hizo ondear la cabellera de la mujer y dejó a la vista unas orejas
puntiagudas. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Eragon: era una elfa.
Los soldados siguieron marchando y se la llevaron. A
continuación pasó un hombre alto, orgulloso, que lucía una capa negra que
ondeaba detrás de él. El rostro del personaje era de una blancura mortal y el
cabello, rojo; rojo como la sangre.
Al pasar por delante de la celda de Eragon, volvió la
cabeza y lo miró a la cara. Los ojos del individuo eran de color granate y el
labio superior se le tensaba en una sonrisa salvaje que revelaba unos dientes
puntiagudos y afilados.
Eragon se encogió porque sabía lo que era ese hombre:
un Sombra.
«¡Auxilio... un Sombra!»
El desfile prosiguió, y Sombra desapareció de la
vista.
Eragon se echó al suelo abrazándose. A pesar del
estado de aturdimiento en el que se encontraba, sabía que la presencia de un
Sombra significaba que se había desatado el mal sobre la tierra, pues siempre
que esos seres aparecían, a continuación corrían ríos de sangre.
«¿Qué hace aquí un Sombra? ¡Los soldados deberían
haberlo matado nada más verlo! —En ese momento pensó de nuevo en la elfa, y
extrañas emociones volvieron a apoderarse de él—. Tengo que escapar.»
Pero con la mente obnubilada como la tenía, su
determinación se desvaneció rápidamente, volvió al catre y, cuando el pasillo
quedó otra vez en silencio, se durmió.
En cuanto abrió los ojos, se dio cuenta de que algo
había cambiado: le resultaba más fácil pensar y recordó que estaba en Gil'ead.
«Cometieron un error; los efectos de la droga se me
están pasando.»
Con nuevas esperanzas, trató de ponerse en contacto
con Saphira y de hacer uso de la magia, pero ambas actividades estaban aún
fuera de su alcance. Una honda preocupación invadió el espíritu de Eragon
mientras se preguntaba si Saphira y Murtagh habrían logrado escapar. Estiró los
brazos y miró por la ventana: la ciudad empezaba a despertarse, aunque la calle
estaba vacía y en ella sólo había dos pordioseros.
Alargó la mano para coger la jarra al tiempo que
pensaba en la elfa y en Sombra. Mientras bebía, notó que el agua tenía un olor
suave, como si le hubieran echado unas gotas de perfume rancio.
«Quizá tenga droga, y la comida también.»
Recordó que cuando los ra'zac lo drogaron, había
tardado horas en despertar.
«Si consigo no beber ni comer durante el tiempo
suficiente, seré capaz de volver a hacer magia y podré rescatar a la elfa...»
La idea lo hizo sonreír, y se sentó en un rincón a
soñar cómo la llevaría a cabo.
El fornido carcelero entró en la celda al cabo de una
hora con una bandeja con comida. Eragon esperó hasta que se marchó y llevó la
bandeja hasta la ventana. La comida constaba de pan, queso y una cebolla, pero
sólo el olor consiguió que el estómago le hiciera ruidos de hambre.
Resignándose a pasar un día deprimente, tiró la comida a la calle por la
ventana esperando que nadie lo viera.
Entonces el muchacho se dedicó a vencer los efectos de
la droga. Le costaba concentrarse aunque fuera un instante, pero a medida que
avanzaba el día, su agudeza mental iba mejorando. Empezó a recordar algunas de
las palabras del idioma antiguo, aunque cuando las pronunciaba, no pasaba nada.
Quería gritar de frustración.
Cuando le trajeron el almuerzo, lo tiró por la ventana
igual que había hecho con el desayuno. El hambre lo perturbaba, pero era la
falta de agua lo que más lo ponía a prueba: tenía la garganta reseca. El deseo
de beber agua fresca lo torturaba porque cada vez que respiraba se le secaba
más la boca y la garganta. A pesar de todo, se esforzó en no hacer caso de la
jarra.
De pronto, un revuelo en el pasillo lo distrajo de su
incomodidad. Un hombre discutía en voz muy alta:
—¡No podéis entrar! Las órdenes fueron muy claras:
¡nadie puede verlo!
—¿De veras? ¿Y seréis vos, capitán, el que muera
tratando de detenerme? —replicó el otro con voz suave.
—No, pero el rey... —Se percibía cierto sometimiento
en el tono.
—Ya me las arreglaré yo con el rey —interrumpió la
segunda voz—. ¡Vamos, abrid la puerta!
Tras una pausa, unas llaves tintinearon fuera de la
celda de Eragon. El muchacho trató de adoptar una expresión de letargo.
«Tengo que comportarme como si no comprendiera lo que
está pasando. Diga lo que diga esa persona, no puedo mostrar sorpresa.»
Se abrió la puerta, y Eragon contuvo el aliento
mientras contemplaba la cara de Sombra. Era como mirar la máscara de un muerto
o un lustroso cráneo cubierto de piel para que pareciera vivo.
—Salud —dijo Sombra con una sonrisa fría enseñando los
afilados dientes—. Hace mucho tiempo que espero para conocerte.
—¿Quién... quién eres? —preguntó Eragon arrastrando
las palabras.
—Nadie de importancia —respondió Sombra; la amenaza
contenida ardía en los ojos de color granate del individuo. Se sentó haciendo
una floritura con su capa—. Mi nombre no es importante para alguien que está en
la situación en que tú te encuentras. De todas formas, no significaría nada
para ti; eres tú quien me interesa. ¿Quién eres?
La pregunta había sido planteada con suficiente
inocencia, pero Eragon sabía que debía de ocultar alguna trampa, aunque se le
escapaba cuál. Simuló que se esforzaba por comprenderla y, al fin, respondió
despacio con el entrecejo fruncido:
—No estoy seguro... Me llamo Eragon, pero eso no es
todo lo que soy, ¿verdad?
Sombra estiró los delgados labios tensándolos mucho
mientras lanzaba una sonora carcajada.
—No, no es todo. Tienes una mente interesante, mi
joven jinete. —Se inclinó hacia delante. La piel de la frente era fina y
translúcida—. Parece que debo ser más directo. ¿Cómo te llamas?
—Era...
—¡No! ¡Ese nombre no! —lo interrumpió Sombra haciendo
un ademán de desdén con la mano—. ¿No tienes otro? ¿Uno que usas muy raramente?
«¡Quiere saber mi auténtico nombre para poder
controlarme! —reflexionó Eragon—. Pero no puedo decírselo porque ni siquiera yo
lo sé.» Pensaba deprisa tratando de inventar algún engaño que ocultara su
ignorancia. «¿Y si me invento un nombre?»
Dudó, pues podía delatarse fácilmente, pero se
apresuró a inventar un nombre que resistiera un examen. En el momento en que
estaba a punto de pronunciarlo, decidió correr el riesgo y tratar de asustar a
Sombra. Cambió con destreza unas pocas letras y asintió tontamente mientras
decía:
—Brom me lo dijo una vez. Era... —La pausa se alargó
unos segundos, y después se le iluminó la cara como si acabara de recordarlo—.
Era Du Súndavar Freohr.
El nombre significaba casi literalmente «muerte a los
Sombra».
Un frío siniestro se posó sobre la celda mientras
Sombra permanecía inmóvil con los ojos velados. Parecía muy concentrado en sus
pensamientos mientas cavilaba sobre lo que acababa de escuchar. Eragon se
preguntó si no habría ido demasiado lejos y esperó hasta que Sombra se movió.
Entonces preguntó con ingenuidad:
—¿Por qué estás aquí?
Sombra lo miró con un brillo de desprecio en los ojos
rojos, y sonrió.
—Para deleitarme, naturalmente. ¿Para qué sirve la
victoria si uno no puede disfrutarla? —hablaba con seguridad, pero parecía
intranquilo, como si sus planes se hubieran desbaratado. De pronto, se puso de
pie—. Debo ocuparme de ciertas cuestiones; pero mientras estoy fuera, harías
bien en pensar al servicio de quién prefieres estar: ¿a las órdenes de un
Jinete que traicionó a su propia orden o a las de un congénere como yo, aunque
muy versado en las artes de lo secreto? Cuando llegue el momento de elegir, no
habrá neutralidad posible. —Se volvió para marcharse, pero en ese momento echó
un vistazo a la jarra de agua de Eragon y se detuvo con el rostro pétreo como
el granito—. ¡Capitán! —llamó.
Un hombre de anchas espaldas se precipitó en la celda,
espada en mano.
—¿Qué sucede, señor? —preguntó, alarmado.
—Quitad de ahí ese cachivache —ordenó Sombra. Se giró
hacia Eragon y dijo en voz mortalmente baja—: El muchacho no ha bebido ni gota
de agua. ¿Cómo es eso?
—He hablado con el carcelero hace un rato, y me ha
dicho que ha retirado todos los cuencos y los platos limpios.
—Muy bien. —Se calmó Sombra—. Pero aseguraos de que
empiece a beber otra vez.
Se inclinó sobre el capitán y le dijo algo al oído.
Eragon sólo pudo escuchar las últimas palabras: «... dosis extra, por si
acaso». El capitán asintió y Sombra volvió a dirigirse al muchacho.
—Hablaremos mañana cuando no tenga tanta prisa. Me
gustaría que supieras que tengo una fascinación sin límites por los nombres,
así que tendré mucho placer en hablar sobre el tuyo mucho más detalladamente.
Lo dijo de una manera que hizo desfallecer a Eragon.
Cuando se marcharon, se acostó y cerró los ojos. En ese momento Eragon comprobó
lo que valían las lecciones de Brom: dependía de ellas para no caer presa del
pánico y para tranquilizarse.
«Se me ha dado todo lo que necesito; sólo tengo que
saber aprovecharlo.»
El ruido que hacían los soldados al acercarse
interrumpió sus pensamientos.
Se acercó con aprensión a la puerta, y vio que dos
soldados arrastraban a la elfa por el pasillo. Cuando la perdió de vista,
Eragon se tiró al suelo y trató de ponerse en contacto otra vez con la magia,
pero al ver que no lograba dominarla, profirió todo tipo de maldiciones.
Miró la ciudad por la ventana y apretó los dientes.
Apenas era media tarde. Tomó aire para calmarse e intentó esperar
pacientemente.
La celda de Eragon estaba a oscuras cuando se
incorporó de un salto, electrificado: el problema había desaparecido. Durante
horas había sentido la magia al alcance de su conciencia, pero cada vez que
trataba de hacer uso de ella, no pasaba nada. Echando chispas por los ojos y
con una energía nerviosa, entrelazó las manos y dijo:
—¡Nagz reisa!
La manta del catre voló por el aire con un aleteo, se
arrugó, formando una bola del tamaño del puño del muchacho, y aterrizó en el
suelo con un ruido amortiguado.
Lleno de alegría, Eragon se puso de pie. Estaba débil
por su ayuno forzoso, pero su excitación superaba al hambre.
«Ahora, vamos a hacer la auténtica prueba.»
Se concentró mentalmente y percibió la cerradura de la
puerta. En lugar de intentar romperla o cortarla, lo único que hizo fue empujar
el mecanismo interno para que se abriera: la puerta se movió con suavidad hacia
dentro haciendo un clic.
La primera vez que había utilizado la magia para matar
a los úrgalos en Yazuac, ésta había consumido casi toda su energía, pero desde
entonces era mucho más fuerte. Lo que antes lo habría agotado, ahora sólo lo
cansaba un poco.
Salió con cuidado al pasillo.
«He de buscar a Zar'roc y a la elfa. Ella debe
de estar en una de estas celdas, pero no tengo tiempo de mirar en todas. Y, por
otra parte, seguro que Sombra guarda a Zar'roc consigo. —Se dio cuenta
de que su pensamiento seguía confuso—. ¿Para qué estoy aquí fuera? Si vuelvo a
la celda y abro la ventana por magia, podría escaparme ahora mismo.
Pero no podría rescatar a la elfa... Saphira, ¿dónde estás? Necesito tu ayuda.»
Se reprendió en silencio por no haberse puesto en
contacto con ella antes. Tendría que haberlo hecho nada más recuperar su poder.
La dragona respondió con asombrosa rapidez.
¡Eragon! Estoy sobre Gil'ead. No hagas nada. Murtagh
está en camino.
¿Qué...?
Unas pisadas lo interrumpieron. Se volvió a toda prisa
y se agachó al ver un pelotón de seis soldados que marchaban por el pasillo.
Ellos se detuvieron bruscamente al ver a Eragon y la puerta de la celda
abierta, y se quedaron lívidos.
«Perfecto, saben quién soy. A lo mejor puedo
asustarlos, y no tendremos que luchar.»
—¡A la carga! —gritó uno de los soldados lanzándose
hacia delante.
El resto de los hombres desenfundaron las espadas, y
sus pasos resonaron por el pasillo.
Era una locura luchar contra seis hombres en esas
condiciones, desarmado y débil, pero el recuerdo de la elfa lo mantuvo en su
sitio. No podía abandonarla. Sin saber si sería capaz de resistir su propio
esfuerzo, recurrió a su poder y levantó la mano con la gedwey ignasia que
relucía. El miedo asomó a los ojos de los soldados, pero eran hombres duros y
no aflojaron el paso. Mientras Eragon abría la boca para pronunciar las
palabras mortales, se oyó un zumbido, y un destello cruzó el aire. Uno de los
hombres se estrelló contra el suelo con una flecha clavada en la espalda, y
otros dos fueron abatidos antes de que ninguno comprendiera qué estaba pasando.
Al final del pasillo, por donde habían llegado los
soldados, había un hombre andrajoso y barbudo con un arco. Tenía una muleta a
sus pies, aparentemente innecesaria, ya que estaba derecho y erguido.
Los tres soldados restantes se volvieron para
enfrentarse a la nueva amenaza. Eragon aprovechó la confusión.
—¡Thrysta! —gritó.
Uno de los hombres se agarró el pecho y cayó, pero
Eragon se tambaleó. La magia se cobraba su precio. Otro soldado se desplomó con
una flecha atravesada en el cuello.
—¡No lo mates! —gritó Eragon al ver que su salvador
apuntaba al último soldado.
El barbudo bajó el arco.
Eragon se concentró en el soldado que tenía delante.
El hombre respiraba agitadamente mientras los ojos se le salían de las órbitas,
pues al parecer comprendía que le estaban perdonando la vida.
—Ya has visto lo que puedo hacer —dijo Eragon con
aspereza—. Si no respondes a mi pregunta, pasarás el resto de tu vida afligido
y atormentado. Dime dónde está mi espada, que es la que tiene la funda y la
hoja rojas, y cuál es la celda de la elfa.
El hombre mantuvo la boca cerrada.
La palma de la mano de Eragon brilló sin presagiar
nada bueno mientras él se ponía en contacto con la magia.
—Tu respuesta ha sido la equivocada —dijo con
brusquedad—. ¿Sabes el daño que puede causar un grano de arena si se te
incrusta al rojo vivo en el estómago? ¡Especialmente si no se enfría durante
los siguientes veinte años, y poco a poco va abriéndose camino hasta los dedos
de los pies! Cuando al fin salga de tu cuerpo, serás un anciano. —Se detuvo
para que sus palabras hicieran efecto—. A menos que me digas lo que quiero
saber.
El soldado tenía los ojos abiertos como platos, pero
continuó guardando silencio. Eragon rascó ligeramente el suelo de piedra y
comentó con indiferencia:
—Esto es un poco más grande que un grano de arena,
pero por si te sirve de consuelo, te quemará más rápido. No obstante, el
agujero que te hará también será mayor.
Pronunció una palabra y, aunque la arenilla se puso al
rojo vivo, no le quemó en la mano.
—¡De acuerdo, pero no me metas eso dentro! —gritó el
soldado—. La elfa está en la última celda, a la izquierda. Pero no sé dónde
está tu espada, aunque seguramente estará en el cuarto de la guardia, arriba.
Todas las armas están allí.
Eragon asintió con la cabeza y murmuró:
—Slytha.
El soldado puso los ojos en blanco y se desplomó,
inerte.
—¿Lo has matado?
Eragon miró al desconocido, que estaba a pocos pasos
de distancia. Entrecerró los ojos tratando de ver detrás de la barba.
—¡Murtagh! ¿Eres tú? —exclamó.
—Sí —respondió el joven mientras se levantaba la falsa
barba y dejaba a la vista la cara afeitada—. No quiero que me vean la cara. ¿Lo
has matado?
—No, está durmiendo. ¿Cómo has entrado?
—No hay tiempo para explicaciones. Tenemos que ir al
piso de arriba antes de que alguien nos descubra, porque allí hay una ruta para
que escapemos en pocos minutos. No debemos perderla.
—¿No has oído lo que he dicho? —preguntó Eragon
señalando al soldado dormido—. Hay una elfa en prisión. ¡La he visto! Tenemos
que rescatarla, pero necesito tu ayuda.
—¡Una elfa...! —Murtagh corrió por el pasillo
refunfuñando—. Es un error. Debemos huir mientras tengamos la oportunidad. —Se
detuvo delante de la celda que el soldado había indicado y sacó un manojo de
llaves de debajo de la andrajosa capa—. Se las quité a uno de los guardias
—explicó.
Eragon alargó la mano para coger las llaves. Murtagh
se encogió de hombros y se las dio. El muchacho buscó la adecuada y abrió la
puerta. Un único rayo de luna entraba por la ventana iluminando el rostro de la
elfa con un frío resplandor plateado.
La elfa lo miró a la cara, tensa y al acecho,
preparada para enfrentarse a lo que fuera. Mantuvo la cabeza en alto, con porte
de reina, y clavó los ojos de color verde oscuro, casi negro, y ligeramente
rasgados —como los de un gato—, en los de Eragon, que sintió escalofríos en
todo el cuerpo.
La elfa le sostuvo la mirada durante un instante y, a
continuación, tembló y se desplomó sin ruido. Eragon consiguió cogerla antes de
que tocara el suelo. Era asombrosamente liviana, y un aroma a agujas de pino
recién molidas emanaba de ella.
—¡Qué hermosa es! —exclamó Murtagh que había entrado
en la celda.
—Pero está herida.
—Más adelante nos ocuparemos de cuidarla. ¿Estás lo
suficientemente fuerte para llevarla? —Eragon negó con la cabeza—. Entonces lo
haré yo —dijo mientras cargaba a la elfa sobre los hombros—. ¡Ahora vamos arriba!
Le tendió una daga a Eragon, y corrieron por el
pasillo donde estaban esparcidos los cuerpos de los soldados.
Caminando con aplomo, Murtagh guió a Eragon hacia una
escalera excavada en la roca al final del pasillo.
—¿Cómo vamos a salir sin que nos vean? —preguntó
Eragon mientras subían.
—Nos verán —masculló Murtagh.
Esa respuesta, naturalmente, no disipó los miedos de
Eragon, quien, ansioso, prestaba atención a cualquier ruido que delatara la
presencia de soldados o de alguien que estuviera cerca, atemorizado por lo que
pasaría si se topaban con Sombra. Al final de la escalera había un salón de
banquetes, lleno de amplias mesas de madera. De la pared colgaban escudos
alineados, y unas vigas curvadas sostenían el techo de madera. Murtagh depositó
a la elfa sobre una mesa y miró el techo, preocupado.
—¿Puedes hablar con Saphira por mí?
—Sí.
—Dile que espere cinco minutos más.
Se oyeron gritos a lo lejos, y pasaron soldados por
delante de la entrada del salón de banquetes. Eragon hizo una mueca con la boca
por la tensión contenida.
—No sé cuáles son tus planes, pero no tenemos mucho
tiempo.
—Limítate a decírselo y no dejes que te vean —replicó
Murtagh, y salió corriendo.
Mientras Eragon transmitía el mensaje, se asustó al
oír que los hombres subían por la escalera. De modo que reunió fuerzas para
combatir el hambre y el agotamiento, sacó a la elfa de la mesa y la escondió
debajo. Luego se agachó a su lado y aguantó la respiración sosteniendo la daga
bien cogida.
Entraron diez soldados en el salón. Lo registraron
deprisa, miraron sólo debajo de algunas mesas y siguieron su camino. Eragon se
apoyó contra la pata de la mesa con un suspiro. De pronto, la tregua le hizo
tomar conciencia de que le ardía el estómago y de que tenía la garganta reseca.
Su mirada se posó en una jarra de cerveza y en un plato con sobras de comida
que estaban en la otra punta de la habitación.
Se precipitó hacia ellos desde su escondite, cogió la
comida y volvió a ocultarse debajo de la mesa. En la jarra había cerveza dorada
que se bebió de dos grandes tragos. Sintió un alivio instantáneo mientras el
fresco líquido le bajaba por la garganta y le calmaba la irritación de los
tejidos. Aguantó un eructo antes de atacar con voracidad un trozo de pan.
Murtagh regresó con Zar'roc, un extraño arco y una elegante
espada sin funda, y le entregó Zar'roc a Eragon.
—He encontrado la otra espada y el arco en el cuarto
de guardia. Nunca he visto armas como éstas, por lo que deduzco que son de los
elfos.
—Comprobémoslo —dijo Eragon con la boca llena de pan.
La espada, fina, liviana y con una hoja ligeramente curvada que era muy
puntiaguda, encajaba perfectamente en la vaina de la elfa. No había forma de
saber si el arco también era suyo, pero tenía una forma tan elegante que Eragon
dudaba que pudiera ser de otra persona—. ¿Y ahora qué? —preguntó metiéndose más
comida en la boca—. No podemos quedarnos aquí para siempre. Tarde o temprano,
los soldados nos descubrirán.
—Ahora debemos esperar —respondió Murtagh mientras
cogía su arco y calzaba una flecha—. Como ya he dicho, nuestra huida está
preparada.
—No lo comprendes, ¡hay un Sombra aquí! Si nos
encuentra, estamos perdidos.
—¡Un Sombra! —exclamó Murtagh—. En ese caso, dile a
Saphira que venga de inmediato. Íbamos a esperar hasta el cambio de guardia,
pero hasta esa demora podría ser peligrosa.
Eragon le pasó el mensaje sucintamente a Saphira
evitando distraerla con preguntas.
—Has desbaratado mis planes escapándote solo —protestó
Murtagh mientras vigilaba las entradas del salón.
—Quizá debería haber esperado —dijo Eragon sonriendo—,
pero tu llegada fue perfectamente oportuna. Si me hubiera visto obligado a
luchar contra todos esos soldados recurriendo a la magia, después no habría
podido ni arrastrarme.
—Me alegro de haber sido útil —comentó Murtagh, que se
puso tenso al oír a unos hombres que corrían cerca—. Esperemos que Sombra no
nos encuentre.
Una gélida risa resonó en el salón de banquetes.
—Me temo que es demasiado tarde para eso.
Murtagh y Eragon se giraron en redondo. Sombra estaba
de pie, solo, en un extremo de la habitación, y sostenía en la mano una espada
muy clara con una fina hendidura en la hoja. Se desató el prendedor que
sujetaba la capa y dejó que ésta cayera al suelo. Tenía el cuerpo de un atleta,
delgado y fibroso, pero Eragon recordó las advertencias de Brom y advirtió que
la apariencia de Sombra era un engaño: tenía mucha más fuerza que un ser humano
normal.
—Pues bien, mi joven Jinete, ¿quieres medir tus
fuerzas contra mí? —preguntó con desdén—. No debí confiar en el capitán cuando me dijo que te habías acabado toda la comida. No volveré a
cometer ese error.
—Yo me ocuparé de él —dijo Murtagh en voz baja
mientras bajaba el arco y desenfundaba la espada.
—No —replicó Eragon también en voz baja—. A ti no te
quiere vivo, pero a mí sí. Puedo entretenerlo durante poco rato, así que
mientras tanto sería mejor que tú buscaras la manera de que saliéramos de aquí.
—Muy bien, adelante —dijo Murtagh—. No tendrás que
resistir demasiado tiempo.
—Espero que no —dijo Eragon con desaliento.
Desenfundó a Zar'roc y avanzó despacio. La luz de las antorchas de la pared se
reflejaba sobre la hoja roja.
Los ojos de color granate de Sombra brillaban como
brasas ardientes. Se rió en voz baja.
—¿De veras piensas que puedes derrotarme, Du Súndavar
Freohr? ¡Qué nombre tan lamentable! Esperaba algo más sutil de tu parte, pero
supongo que no eres capaz de nada más.
Eragon no se dejó provocar. Miraba el rostro de Sombra
pendiente de un brillo en los ojos o un movimiento en la boca del individuo que
delatara su siguiente jugada.
«No puedo usar la magia porque tengo miedo de
provocarlo y que él también lo haga. Tiene que creer que puede ganarme sin
necesidad de recurrir a ella... lo que probablemente sea cierto.»
Antes de que ninguno de los dos se moviera, el techo
retumbó y estalló. Una nube de polvo gris descendió por el aire, mientras
pedazos de madera caían alrededor de ambos hombres y se hacían añicos al
estrellarse contra el suelo. En lo alto se oían gritos y el ruido metálico de
espadas que chocaban. Eragon, temeroso de que las vigas le rompieran la cabeza,
miró hacia arriba, y Sombra aprovechó su distracción y lo atacó.
A duras penas Eragon consiguió levantar su espada e
interceptar una estocada directa a las costillas. El golpe de las espadas al
chocar le hizo rechinar los dientes y le insensibilizó el brazo.
«¡Por todos los demonios! ¡Qué fuerza tiene!»
Cogió a Zar'roc con ambas manos y la blandió
con todas sus fuerzas en dirección a la cabeza de Sombra, que interceptó el
golpe sin esfuerzo haciendo una filigrana con su espada más veloz de lo que
Eragon creía posible.
Unos chirridos terribles resonaban encima de ellos,
como púas de hierro que arañaban la roca, hasta que tres largas grietas, por
las que empezaron a caer tejas de pizarra, aparecieron en el techo. Eragon no
hizo caso, ni siquiera cuando una se estrelló a sus pies. Aunque había
aprendido de Brom, maestro de la espada, y practicado con Murtagh, un preciso
espadachín, jamás lo habían superado de tal manera. Sombra jugaba con él.
Eragon retrocedió hacia Murtagh con los brazos
temblorosos mientras paraba los golpes del individuo. Cada nuevo golpe que
rechazaba era más fuerte que el anterior, y aunque lo hubiera querido, ya no le
quedaban fuerzas ni para invocar la ayuda de la magia. En ese momento, con un
desdeñoso giro de la muñeca, Sombra arrancó a Zar'roc de las manos de
Eragon. La fuerza del golpe lo tiró al suelo de rodillas, donde se quedó
jadeando, mientras los chirridos sonaban más fuertes que nunca. Fuera lo que
fuese, cada vez estaba más cerca.
Sombra lo miró con altanería.
—Puede que seas una pieza poderosa en el juego que se
ha entablado, pero me desilusiona que esto sea todo lo que puedas hacer. Si los
otros Jinetes hubieran sido tan débiles, habrían controlado el Imperio por puro
azar.
Eragon miró hacia arriba y asintió: había descubierto
el plan de Murtagh.
Saphira, éste es el momento.
—No, te olvidas de algo.
—¿De qué, si se puede saber? —preguntó Sombra, burlón.
Se oyó una vibración atronadora al mismo tiempo que se desgajaba un trozo entero de techo y quedaba al descubierto el cielo
nocturno.
—¡De los dragones! —rugió Eragon por encima del
estrépito mientras huía del alcance de Sombra.
Éste gruñó furioso y blandió la espada
despiadadamente. Atacó, pero falló por poco, y la sorpresa se pintó en el
rostro de la criatura mientras una de las flechas de Murtagh se le clavaba en
el hombro.
Sombra lanzó una carcajada y se arrancó la flecha con
dos dedos.
—Hace falta algo mejor que esto para detenerme.
La siguiente flecha se le clavó en el entrecejo. El
ser aulló, desesperado de dolor, y se retorció tapándose la cara, mientras la
piel se le volvía gris y se formaba una bruma a su alrededor que le ocultó la
figura. Entonces se oyó un grito desgarrador, y la nube desapareció.
En el lugar donde había estado Sombra, no quedaba más
que una pila de ropa en el suelo.
—¡Lo has matado! —exclamó Eragon, que sabía que sólo
dos héroes de leyenda habían sobrevivido tras dar muerte a un Sombra.
—No estoy seguro —dijo Murtagh.
—Aquí están —gritó un hombre—. Ha fallado. ¡Entrad y
cogedlos!
Los soldados, que llevaban redes y lanzas, entraron
por ambos extremos del salón de banquetes, mientras Eragon y Murtagh
retrocedían contra la pared arrastrando con ellos a la elfa. Los hombres
formaron un semicírculo amenazador alrededor de ellos, pero en ese momento,
Saphira asomó la cabeza por el agujero del techo y rugió. Agarró el borde de la
abertura con sus poderosas garras y arrancó de cuajo otra parte del techo.
Tres soldados se dieron la vuelta y salieron
corriendo, pero el resto se mantuvo firme.
Con un sonoro estallido crujió la viga central del
techo y cayó una lluvia de pesadas tejas, al tiempo que la confusión se
apoderaba de los soldados que trataban de esquivar el mortífero aluvión. Eragon
y Murtagh se apretaron contra la pared para guarecerse de los escombros que
caían. Saphira volvió a rugir y los soldados huyeron; algunos de ellos acabaron
aplastados en la escapada.
Con un esfuerzo titánico final, Saphira arrancó el
resto del techo antes de saltar dentro de la sala de banquetes con las alas
plegadas, y debido a su peso, destrozó una mesa con un sonoro crujido. Eragon,
lanzando un grito de alivio, se abrazó a la dragona, que murmuró con
satisfacción:
Te he echado de menos, pequeño.
Yo también. Hay alguien más con nosotros. ¿Puedes
llevarnos a los tres?
Por supuesto —respondió mientras apartaba con las garras tejas y
maderas para poder despegar. Murtagh y Eragon sacaron a la elfa del escondite.
¡Una elfa! —exclamó Saphira, asombrada, cuando la vio.
Sí, es la mujer que veía en sueños —dijo Eragon mientras recogía a Zar'roc.
Ayudó a Murtagh a atar a la elfa a la silla de la
dragona, y a continuación los dos montaron a Saphira.
He oído una pelea en el techo. ¿Hay hombres allí
arriba?
Había, pero ya no los hay. ¿Estáis listos?
Sí.
Saphira salió de un salto del salón de banquetes y se
posó en el techo de la fortaleza, donde yacían desparramados los cuerpos de los
guardias.
—¡Mira! —exclamó Murtagh señalando una hilera de
arqueros que había en una torre al otro lado del salón sin techo.
—Saphira, tienes que despegar ahora mismo. ¡Ya!
—advirtió Eragon.
La dragona desplegó las alas, corrió hasta el borde
del edificio y se lanzó dándose impulso con las poderosas patas traseras. El
peso extra que llevaba la hizo descender de manera alarmante. Mientras se
esforzaba por ganar altura, Eragon oyó el tañido musical de las cuerdas de los
arcos al soltarse.
Las flechas zumbaban hacia ellos en la oscuridad.
Saphira lanzó un gemido de dolor cuando una la alcanzó y viró deprisa hacia la
izquierda para evitar la siguiente descarga. Nuevas flechas horadaron el cielo,
pero la noche los protegía del mortífero pinchazo de sus puntas. Eragon,
preocupado, se inclinó sobre el cuello de Saphira.
¿Dónde te han herido?
Me han perforado las alas... una de las flechas no ha
conseguido atravesar la membrana y está ahí clavada. Respiraba con dificultad, pesadamente.
¿Hasta dónde puedes llevarnos?
Lo suficientemente lejos.
Eragon sostuvo a la elfa con fuerza mientras
sobrevolaban Gil'ead, dejaban atrás la ciudad y viraban hacia el este volando
alto a través de la noche.
Saphira descendió hasta un claro, aterrizó en la
cresta de una colina y apoyó las alas desplegadas en el suelo. Eragon notó cómo
temblaba el cuerpo de la dragona debajo del suyo. Apenas estaban a tres
kilómetros de Gil'ead.
Nieve de Fuego y Tornac,
que permanecían de guardia en el claro, resoplaron nerviosos ante la
llegada de Saphira. Eragon descendió hasta el suelo y, de inmediato, se
concentró en las heridas de la dragona mientras Murtagh preparaba los caballos.
Como no podía ver bien en la oscuridad, Eragon tanteó
a ciegas con las manos las alas de Saphira, y encontró tres puntos en los que
las flechas habían quebrado la fina membrana donde habían quedado unos agujeros
ensangrentados del grosor de un pulgar. Además, en el borde trasero del ala
izquierda se había desgarrado un pequeño fragmento. El muchacho, con voz
cansada, curó las heridas con palabras del idioma antiguo. Luego se concentró
en la flecha que se había clavado en uno de los grandes músculos del ala, por
cuya parte inferior asomaba la punta de la flecha y por donde goteaba sangre
caliente.
Entonces Eragon llamó a Murtagh y le dio
instrucciones:
—Mantén el ala abajo porque he de arrancar esta
flecha.
Y le indicó a Murtagh por dónde debía agarrarla.
Te va a doler —le advirtió a Saphira—, pero durará poco. Intenta
no resistirte, o nos harás daño.
Ella alargó el cuello y agarró un pimpollo bastante
alto entre los curvos dientes. Con un tirón de la cabeza, arrancó el árbol de
raíz y lo apretó con firmeza entre las mandíbulas.
Estoy preparada.
—De acuerdo —dijo Eragon—. Aguanta. Ahora —susurró a
Murtagh.
El muchacho partió la punta de la flecha y,
esforzándose por no causar daños mayores, sacó el astil de un rápido tirón.
Cuando la flecha salió del músculo, Saphira echó la cabeza atrás y soltó un
quejido a través del tronco que sostenía en la boca mientras daba un aletazo
involuntario, que golpeó a Murtagh en la barbilla y lo derribó.
Con un gruñido, Saphira agitó el árbol y llenó de
tierra a los dos jóvenes antes de soltarlo. Tras tapar la herida, Eragon ayudó
a Murtagh a levantarse.
—Me ha cogido por sorpresa —admitió Murtagh, al tiempo
que se tocaba el rasguño de la barbilla.
Lo siento.
—No pretendía hacerte daño —le aseguró Eragon, y a
continuación se fijó en la elfa inconsciente.
Tendrás que cargar un poco más con ella —le dijo a Saphira—. Si la llevamos a caballo, no
podremos ir tan rápido; y ahora que te he arrancado la flecha, debería
resultarte más fácil volar.
Lo haré —afirmó Saphira agachando la cabeza.
Gracias —repuso Eragon, y la abrazó con todas sus fuerzas—. Lo
que has hecho es increíble. Nunca lo olvidaré.
A Saphira se le dulcificó la mirada.
Ahora me voy.
Eragon se apartó al ver que alzaba el vuelo formando
un remolino de aire, mientras la melena de la elfa ondeaba hacia atrás. Al cabo
de unos segundos habían desaparecido. Eragon corrió hacia Nieve de Fuego, se montó en la silla y se lanzó al
galope junto a Murtagh.
Mientras cabalgaban, Eragon intentó recordar lo que
sabía de los elfos: éstos vivían mucho tiempo —había oído ese dato a menudo—,
pero no sabía cuánto. Hablaban el idioma antiguo y muchos sabían usar la magia,
pero tras la caída de los Jinetes, los elfos se habían recluido. Desde
entonces, nadie los había visto en el Imperio.
«Entonces, ¿qué hace esta elfa aquí? ¿Y cómo se las ha
arreglado el Imperio para capturarla? Si ella no ha podido recurrir a la magia,
tal vez estuviera drogada, como yo.»
Viajaron toda la noche, sin detenerse siquiera cuando
las fuerzas les flaquearon, aunque el avance se volvió más lento. Siguieron
adelante por mucho que les ardieran los ojos y se les entorpeciera el
movimiento. Tras ellos, filas de hombres a caballo con antorchas escudriñaban
los alrededores de Gil'ead en pos de sus huellas.
Después de muchas horas de extenuante marcha, el alba
iluminó el cielo, y de tácito acuerdo, Eragon y Murtagh detuvieron los
caballos.
—Hemos de acampar—dijo Eragon, agotado—. Tengo que
dormir, aunque nos atrapen.
—De acuerdo —concedió Murtagh frotándose los ojos—.
Haz que Saphira aterrice. La iremos a buscar.
Siguieron las instrucciones de Saphira y la
encontraron bebiendo en un arroyo, al pie de una pequeña colina. La elfa seguía
tumbada en la grupa de la dragona. Saphira los saludó con un suave resoplido
mientras Eragon desmontaba.
Murtagh lo ayudó a retirar a la elfa de la silla de
Saphira y a bajarla al suelo. Luego se dejaron caer, exhaustos, sobre la roca
mientras la dragona examinaba a la elfa con curiosidad.
Me gustaría saber por qué no se ha despertado, pues
han pasado horas desde que salimos de Gil'ead.
A saber qué le habrán hecho —dijo Eragon en tono grave.
Murtagh siguió la mirada de ambos y comentó:
—Que yo sepa, es el primer miembro de la raza de los
elfos que el rey ha capturado. Desde que éstos se recluyeron, los ha buscado en
vano... hasta ahora. De modo que, o bien ha dado con su refugio, o bien capturó
a esta mujer por casualidad. Y yo creo que ha sido casualidad porque si hubiera
encontrado el escondite de los elfos, les habría declarado la guerra y habría
enviado a su ejército contra ellos. Como eso no ha ocurrido, se nos plantea la
siguiente pregunta: ¿Consiguieron los hombres de Galbatorix que ella les dijera el escondrijo de
los elfos antes de que la rescatáramos?
—No lo sabremos hasta que recobre el conocimiento.
Pero ahora dime qué pasó cuando me apresaron. ¿Cómo fui a parar a Gil'ead?
—Los úrgalos están al servicio del Imperio —contestó
Murtagh de inmediato mientras se apartaba el pelo de la cara—. Y, al parecer,
Sombra también. Saphira y yo vimos cómo los úrgalos te entregaban a ese
individuo (aunque entonces yo no sabía que eras tú) y a un grupo de soldados.
Fueron ellos quienes te llevaron a Gil'ead.
Es cierto —dijo Saphira acurrucándose al lado de los dos
muchachos.
La mente de Eragon recordó las palabras que había
cruzado con los úrgalos en Teirm, quienes habían mencionado a un «amo».
«¡Se referían al rey! ¡Insulté al hombre más poderoso
de Alagaësía!», pensó, aterrado, al darse cuenta. Luego recordó también el
horror de los aldeanos masacrados en Yazuac, y una sensación, mareante y
rabiosa, se emponzoñó en su estómago. «¡Los úrgalos seguían órdenes de
Galbatorix! ¿Por qué habría de cometer semejante atrocidad con sus propios
subditos?»
Porque es maligno —afirmó llanamente Saphira.
—¡Esto significará la guerra! —exclamó Eragon con el
entrecejo fruncido—. En cuanto la gente del Imperio lo sepa, se rebelarán y
apoyarán a los vardenos.
Murtagh apoyó la barbilla en una mano.
—Aunque se enteraran de esa atrocidad, pocos llegarían
hasta los vardenos porque, mientras tenga a los úrgalos a sus órdenes, el rey
dispone de suficientes guerreros para cerrar las fronteras del Imperio y
conservar el control, por mucho que se rebele la gente. Bajo el dominio del
terror, podrá tratar al Imperio como quiera. Y aunque los súbditos lo odien,
pueden movilizarse para apoyarlo si les ofrece un enemigo común.
—¿Y quién sería ese enemigo? —preguntó Eragon,
confundido.
—Los elfos y los vardenos. Por medio de los rumores
adecuados se los puede presentar como si fueran los más despreciables monstruos
de Alagaësía, diablos dispuestos a arrebatar tierras y riquezas. El Imperio
podría incluso decir que los úrgalos han sido víctimas de un malentendido
durante todo este tiempo y que en realidad son nuestros amigos y aliados contra
tan terribles enemigos. Lo único que quisiera saber es qué les ha prometido el
rey en pago a sus servicios.
—No daría resultado —dijo Eragon negando con la
cabeza—. Nadie se dejaría engañar tan fácilmente por Galbatorix y por los
úrgalos. Además, ¿para qué lo necesita? Ya tiene el poder.
—Pero se percata de que los vardenos, que caen bien a
la gente, desafían su autoridad. Y por otra parte, también está Surda, que lo
ha retado desde que se separó del Imperio. Galbatorix se siente fuerte dentro
del Imperio, pero fuera de él se ve muy debilitado. En cuanto a que la gente se
percate de su engaño... creerán lo que a él más le convenga. Ya ha pasado otras
veces.
Murtagh guardó silencio y dejó que una melancólica
mirada se le perdiera en la distancia. Las palabras del joven preocuparon a
Eragon, con quien Saphira se puso en contacto mental:
¿Adónde ha enviado Galbatorix a los úrgalos?
¿Qué?
Tanto en Carvahall como en Teirm oíste que los úrgalos
abandonaban la zona y se desplazaban hacia el sudeste, como si fueran a arrasar
el desierto de Hadarac. Si es cierto que el rey los controla, ¿por qué los
envía en esa dirección? Quizá esté reuniendo a un ejército de úrgalos para su
uso privado, o tal vez se esté formando una ciudad de úrgalos.
Eragon se echó a temblar sólo de pensarlo.
Estoy demasiado cansado para adivinarlo. Sean cuales
fueran los planes de Galbatorix, no nos traerán más que
problemas. ¡Ojalá supiéramos dónde están los vardenos! Deberíamos ir ahí, pero
sin Dormnad estamos perdidos. Hagamos lo que hagamos, el Imperio nos
encontrará.
No abandones —dijo la dragona para estimularlo, pero luego añadió
con sequedad—: Aunque es probable que tengas razón.
Gracias.
A continuación Eragon se dirigió a Murtagh:
—Has arriesgado tu vida para salvarme, de modo que
estoy en deuda contigo. Yo solo no habría podido escapar.
Sin embargo, no se trataba únicamente de
agradecimiento sino que había un nexo más fuerte entre ambos jóvenes: ahora los
unía un lazo, urdido en la hermandad de la batalla y atemperado por la lealtad
que había exhibido Murtagh.
—Me alegro de haber podido ayudar. Era... —Murtagh
titubeó y se frotó la cara—. Lo que más me preocupa es cómo vamos a viajar con
tantos hombres en nuestra busca. Los soldados de Gil'ead saldrán mañana al
acecho y cuando encuentren las huellas de los caballos, sabrán que no te has
ido volando con Saphira.
Eragon asintió con desánimo.
—¿Cómo lograste entrar en el castillo? —preguntó.
—Pagando un soborno enorme y arrastrándome por un
asqueroso vertedero de la despensa —contestó Murtagh soltando una leve risa—.
Pero el plan no habría funcionado sin Saphira. Ella... —Se detuvo y dirigió sus
palabras a la dragona—: O sea, tú eres la única razón de que saliéramos con
vida.
Eragon le apoyó una mano en el escamoso cuello, y
mientras Saphira murmuraba contenta, él miró fijamente la cara de la elfa,
cautivado. A regañadientes, logró levantarse.
—Deberíamos prepararle un lecho.
Murtagh se levantó y extendió una manta para la elfa.
Mientras la tumbaban, el puño de una manga de la mujer se enganchó en una rama,
y cuando Eragon pellizcó la tela para desprenderla, dio un respingo.
El brazo de la elfa estaba salpicado de una serie de
rasguños y de cortes; algunos estaban medio curados, mientras que otros,
todavía frescos, sangraban. Eragon movió la cabeza, rabioso, y levantó más la
manga: las heridas llegaban hasta el hombro. Con dedos temblorosos, soltó la
blusa por la parte trasera, temeroso de ver lo que habría debajo.
Cuando la blusa de cuero se deslizó, Murtagh soltó una
maldición. La espalda de la elfa era fuerte y musculosa, pero estaba cubierta
de costras que convertían su piel en una especie de barro seco y cuarteado. La
habían sometido al látigo sin piedad y le habían marcado la piel con hierros
candentes con forma de zarpas. Allí donde la piel seguía intacta, estaba
amoratada y oscurecida por los numerosos golpes. En el hombro izquierdo tenía
un tatuaje grabado con tinta de color índigo: era el mismo símbolo que habían
visto en el zafiro del anillo de Brom. Eragon juró en silencio que mataría a
quien fuera responsable de haber torturado a la elfa.
—¿Puedes curarla? —preguntó Murtagh.
—Eh... No lo sé —contestó Eragon tragando saliva para
superar las náuseas—. Hay tantas heridas...
Eragon —dijo Saphira con voz cortante—. Es una elfa. No se puede permitir que
muera. Por muy cansado que estés, por mucha hambre que tengas, has de curarla.
Fundiré mis fuerzas con las tuyas, pero eres tú quien debe ejercer la magia.
Sí, tienes razón —murmuró Eragon, incapaz de apartar la mirada de la
elfa.
Decidido, se quitó los guantes y se dirigió a Murtagh:
—Esto nos llevará algo de tiempo. ¿Puedes conseguir
comida? También necesito que hiervas unos trapos para hacer vendas porque no
podré curar todas las heridas.
—No podemos encender un fuego sin que nos vean —objetó
Murtagh—. Tendrás que usar trapos sucios, y la comida estará fría.
Eragon hizo una mueca, pero asintió. Cuando apoyó
cuidadosamente una mano en la espina dorsal de la elfa, Saphira se instaló a su
lado y fijó en ella sus relucientes ojos. Eragon respiró hondo, recurrió a la
magia y empezó a trabajar. A continuación pronunció las palabras del idioma
antiguo:
—¡Waisé heill!
Una luz brilló en la palma de la mano del muchacho, y
una nueva piel impecable empezó a fluir de ella y cubrió una cicatriz. Eragon
descartó las magulladuras y las heridas que no amenazaban la vida de la elfa,
pues ocuparse de ellas habría consumido la energía que necesitaba para curar
las heridas más graves. Mientras trabajaba, Eragon se maravilló de que la elfa
siguiera con vida porque la habían torturado una y otra vez hasta el límite de
la muerte con una precisión que lo sobrecogió.
A pesar de que intentó preservar la intimidad de la
elfa, no pudo evitar percatarse de que, bajo la desfiguración de las heridas,
el cuerpo de la mujer era excepcionalmente hermoso. Eragon estaba agotado y no
se detuvo en esas sensaciones, aunque en algún momento se le sonrosaron las
orejas, y deseó fervientemente que Saphira no se diera cuenta de lo que estaba
pensando.
Trabajó hasta el alba y sólo se detuvo de vez en
cuando para comer y beber, intentando recuperarse del ayuno, de la huida y del
esfuerzo por curar a la elfa. Saphira permaneció a su lado prestándole su
fuerza siempre que podía. Cuando al fin Eragon se levantó, gimiendo mientras
estiraba los músculos, el sol ya estaba en lo alto del cielo. El muchacho tenía
las manos cenicientas y sentía como si tuviera los ojos resecos y llenos de
granitos de arena. Fue tambaleándose hasta las sillas de montar y bebió un largo
trago de la bota de vino.
—¿Ya está? —preguntó Murtagh.
Eragon asintió, tembloroso, pero no se sentía capaz de
hablar. El campamento daba vueltas ante él; estaba a punto de desmayarse.
Lo has hecho muy bien —le dijo Saphira con dulzura.
—¿Vivirá? —preguntó Murtagh.
—No lo... no lo sé —contestó con voz exhausta—. Los
elfos son fuertes, pero ni siquiera ellos pueden soportar impunemente semejante
abuso. Si supiera más sobre la curación tal vez sería capaz de resucitarla,
pero... —Gesticuló, desesperado. Le temblaba tanto la mano que derramó un poco
de vino. Bebió otro trago para recuperar la estabilidad—. Será mejor que
cabalguemos de nuevo.
—¡No! Tienes que dormir —protestó Murtagh.
—Lo haré en la silla de montar, pero no podemos
quedarnos aquí porque los soldados se nos echarán encima.
Aunque a Murtagh le costó aceptar lo que Eragon decía,
cedió.
—En ese caso, yo guiaré a Nieve de Fuego mientras
tú duermes.
Ensillaron los caballos, ataron a la elfa a lomos de
Saphira y abandonaron el campamento. Eragon comió mientras cabalgaba,
intentando recuperar las energías consumidas, antes de recostarse en Nieve
de Fuego y de cerrar los
ojos.
Al anochecer, cuando se detuvieron, Eragon no se
encontraba mejor y estaba de peor humor. Habían pasado la mayor parte del día
dando largos rodeos para evitar que los soldados detectaran su presencia con
los perros de caza. Eragon desmontó de Nieve de Fuego y preguntó a
Saphira:
¿Cómo está la elfa?
Creo que no está peor que antes. Se ha estremecido un
poco unas cuantas veces, pero eso es todo.
Saphira se agachó para permitirles desmontar a la elfa
de la silla. Durante un instante, el suave cuerpo de la mujer estuvo en
contacto con el de Eragon, pero el muchacho la dejó en el suelo a toda prisa.
Él y Murtagh prepararon algo de comida, aunque se
daban cuenta de que tenían una necesidad urgente de dormir.
Después de comer, Murtagh dijo:
—No podemos seguir a este ritmo porque no les estamos
sacando ventaja a los soldados. En uno o dos días más, seguro que nos
alcanzarán.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —contestó Eragon con
brusquedad—. Si estuviéramos los dos solos y a ti no te importara abandonar a Tornac, Saphira podría sacarnos de aquí
volando. Pero... con la elfa, es imposible.
Murtagh lo miró con mucha atención.
—Si te quieres ir por tu cuenta, no te detendré. No
puedo esperar que Saphira y tú os quedéis y os arriesguéis a ser encerrados.
—No me ofendas —murmuró Eragon—. Tú eres la única
razón de que esté libre, así que no te voy a abandonar en manos del Imperio.
¡Triste gratitud sería ésa!
Murtagh hizo una inclinación de cabeza.
—Tus palabras me reconfortan... —se detuvo— pero no
arreglan el problema.
—¿Y cómo se puede arreglar? —preguntó Eragon, y
gesticuló en dirección a la elfa—. ¡Ojalá fuera capaz de decirnos dónde están
los elfos! Quizá podríamos refugiarnos con ellos.
—Teniendo en cuenta cómo se protegen, dudo que nos
revelara su escondite, y si lo hiciera, tal vez los de su raza no nos
recibirían bien. ¿Por qué iban a querer darnos asilo? Los últimos Jinetes con
quienes tuvieron contacto fueron Galbatorix y los Apóstatas, y no creo que
guarden muy buenos recuerdos. Además, yo ni siquiera tengo el dudoso honor de
ser un Jinete como tú. No, a mí no me aceptarían.
Sí, nos aceptarían —dijo Saphira con confianza mientras movía las alas en
busca de una postura más cómoda.
—Aun en el supuesto de que nos protegieran, no podemos
encontrarlos, y es imposible preguntárselo a la elfa mientras no recupere el
conocimiento —afirmó Eragon—. Hemos de huir, pero no sabemos en qué dirección.
¿Norte, sur, este u oeste?
Murtagh apretó los puños y se llevó los pulgares a las
sienes.
—Creo que lo único que podemos hacer es abandonar el
Imperio, porque los pocos lugares seguros que quedan en él están demasiado
lejos, y sería difícil llegar a ellos sin que nos atrapen o nos persigan. No
tenemos nada al norte, aparte del bosque Du Weldenvarden, en el que tal vez
podríamos escondernos, pero no me hace ninguna gracia volver a cruzar Gil'ead.
Al oeste, sólo hallaremos el Imperio y el mar. Al sur está Surda, donde tal vez
encuentres a alguien que te encamine hacia los vardenos. En cuanto al este...
—Se encogió de hombros—. Al este, el desierto de Hadarac se interpone entre
nosotros y cualquiera que sea la tierra más allá de él. Los vardenos están por
ahí, pero sin alguien que nos dirija podría llevarnos años encontrarlos.
Sin embargo, estaríamos a salvo —señaló Saphira—, siempre que no nos encontráramos
con los úrgalos.
Eragon frunció el entrecejo. El dolor de cabeza
amenazaba con enterrarle los pensamientos entre ardientes punzadas.
—Ir a Surda es demasiado peligroso —aseguró Eragon—.
Tendríamos que atravesar casi todo el Imperio evitando los pueblos y las
ciudades porque, entre Surda y nosotros, hay demasiada gente para intentar
pasar inadvertidos.
—Entonces, ¿quieres cruzar el desierto? —preguntó
Murtagh enarcando las cejas.
—No veo otra opción. Además, así podremos abandonar el
Imperio antes de que lleguen los ra'zac. Con sus corceles alados, probablemente
llegarán a Gil'ead dentro de un par de días, de modo que no nos queda mucho
tiempo.
—Aunque llegáramos al desierto antes de que aparezcan
—dijo Murtagh—, nos alcanzarían. Será muy difícil ganarles terreno.
Eragon le rascó el costado a Saphira y sintió la
dureza de las escamas de la dragona en los dedos.
—Eso suponiendo que puedan seguirnos el rastro. De
todos modos, para atraparnos tendrían que dejar atrás a los soldados, lo cual
supone una ventaja para nosotros. Si llegáramos a pelear, creo que entre los
tres podríamos vencerlos... siempre y cuando no nos tiendan una emboscada como
nos hicieron a Brom y a mí.
—Y si llegamos salvos al otro lado del Hadarac —dijo
Murtagh lentamente—, ¿adónde iremos? Esas tierras quedan muy lejos del Imperio,
y habrá pocas ciudades, si es que hay alguna. Por otra parte, está el propio
desierto. ¿Qué sabes de él?
—Sólo que es caluroso, seco y está lleno de tierra
—confesó Eragon.
—No es un mal resumen —contestó Murtagh—. Pero además,
está lleno de plantas venenosas e incomestibles, serpientes letales,
escorpiones y el sol te llaga la piel. ¿Te fijaste en la gran llanura cuando
íbamos hacia Gil'ead?
Aunque era una pregunta que tenía una respuesta obvia,
Eragon contestó:
—Sí, y ya la había visto antes.
—Entonces te harás una idea de la inmensidad de su
extensión: cubre todo el corazón del Imperio. Ahora imagínate que la
multiplicas por dos, o por tres, y eso te dará una idea de la vastedad del
desierto de Hadarac. Eso es lo que pretendes cruzar.
Eragon intentó visualizar una extensión de terreno tan
gigantesca, pero fue incapaz de invocar esa clase de distancias. Entonces sacó
de una alforja el mapa de Alagaësía. Mientras desenrollaba el pergamino en el
suelo, percibió su olor a humedad. Inspeccionó las llanuras e hizo un gesto de
puro asombro.
—No me extraña que el Imperio se termine al llegar al
desierto, porque todo lo que queda al otro lado está demasiado lejos para que
lo controle Galbatorix.
Murtagh pasó una mano sobre el lado derecho del
pergamino.
—Toda la tierra que queda más allá del desierto, la
que aparece sin marcar en el mapa, pertenecía al mismo dominio mientras
vivieron los Jinetes. Si el rey consiguiera alzar a los nuevos Jinetes bajo sus
órdenes, expandiría el Imperio hasta alcanzar una extensión sin precedentes.
Pero no es eso lo que intentaba decir. El desierto de Hadarac es tan gigantesco
y contiene tantos peligros que es muy poco probable que podamos cruzarlo y
salir ilesos. Para tomar ese camino hay que estar desesperado.
—Es que estamos desesperados —dijo Eragon con firmeza.
El muchacho estudió el mapa con atención—. Si cabalgáramos por el corazón del
desierto, podría costarnos más de un mes, o incluso dos, cruzarlo. Pero si nos
dirigiéramos hacia el sudeste, hacia las montañas Beor, atajaríamos mucho más
deprisa. Luego podríamos seguir por las Beor hacia el este y meternos en la
zona agreste, o ir por el oeste hasta Surda. Si este mapa es correcto, la
distancia entre aquí y las Beor es más o menos igual que la que recorrimos para
llegar a Gil'ead.
—¡Es que eso nos costó casi un mes!
—El viaje a Gil'ead fue lento por culpa de mis heridas
—dijo Eragon con impaciencia—. Si nos damos prisa, nos costará mucho menos
llegar a las montañas Beor.
—Bien, bien. Tu intención está clara —concedió
Murtagh—. Sin embargo, antes de obtener mi consentimiento hay que solucionar
algo. Estoy seguro de que te has dado cuenta de que cuando estuve en Gil'ead
compré provisiones para nosotros y para los caballos. Pero ¿cómo conseguiremos
suficiente agua? Las tribus nómadas que viven en el Hadarac suelen esconder sus
pozos y sus oasis para que nadie se la robe. Y llevar agua suficiente para más
de un día no es práctico. ¡Piensa en todo lo que bebe Saphira! Ella y los
caballos consumen más agua de una vez que tú y yo en una semana. A menos que
consigas invocar la lluvia cada vez que nos haga falta, no sé cómo vamos a
tomar la dirección que propones.
Eragon se sentó en cuclillas, pensativo: invocar la
lluvia estaba más allá de sus poderes, y sospechaba que ni siquiera el más
poderoso Jinete lo había logrado jamás. Mover toda esa cantidad de aire
equivalía a levantar una montaña. Por lo tanto, necesitaba una solución que no
lo dejara sin fuerzas.
«¿Sería posible convertir la arena en agua? Eso
solucionaría el problema, siempre que no requiera demasiada energía.»
—Tengo una idea —contestó—. Déjame probar un
experimento y luego te contestaré.
Eragon se alejó del campamento y Saphira lo siguió de
cerca.
¿Qué vas a intentar? —le preguntó.
—No lo sé —murmuró Eragon.
Saphira, ¿podrías cargar con toda el agua que
necesitamos?
Ella negó con la enorme cabeza.
No, ni siquiera sería capaz de alzar el vuelo con ese
peso, y mucho menos de volar con él.
Qué mala suerte.
Eragon se arrodilló, retiró una piedra del suelo y
dejó un hueco en el que cabía un trago de agua. Rellenó la cavidad de arena y
la estudió con atención. Faltaba la parte más difícil: de algún modo, tenía que
convertir la arena en agua. «¿Qué palabras debo usar?» Le dio vueltas al asunto
y escogió las dos que le ofrecían mayor esperanza. La gélida magia lo recorrió
mientras atravesaba la habitual barrera que le presentaba la mente, y ordenó:
—¡Deloi moi!
De inmediato, la arena empezó a absorber las fuerzas
del muchacho a una velocidad prodigiosa. La mente de Eragon recordó el momento
en que Brom le había advertido que ciertas tareas podían consumirle todo el
poder y quitarle la vida. El pánico afloró en el pecho de Eragon. Entonces
intentó liberarse de la magia, pero no pudo porque estaba unida a él hasta que
se completara la tarea, o hasta que él muriera. Sólo podía permanecer inmóvil,
cada vez más débil.
Cuando ya estaba casi convencido de que iba a morir
allí, arrodillado, la tierra emitió un destello y se metamorfoseó en unas gotas
de agua. Aliviado, Eragon se sentó y respiró hondo. Su corazón emitía dolorosos
latidos, y el hambre le roía las entrañas.
¿Qué ha pasado? —preguntó Saphira.
Eragon movió la cabeza aún aturdido por la mengua de
su energía, aunque estaba satisfecho por no haber intentado la transmutación de
una cantidad mayor.
Esto... esto no funciona —contestó—. Ni siquiera tengo la energía suficiente
para conseguir un pequeño trago.
Eragon, deberías haber sido más cuidadoso —lo reprendió ella—. La magia puede producir resultados inesperados cuando se combinan
de modos nuevos las palabras antiguas.
Ya lo sé, pero era lo único que podía hacer para
probar mi idea —le contestó Eragon fulminándola con la mirada—. ¡No iba a esperar a que
estuviéramos en el desierto! —Eragon se esforzó por recordar que Saphira
sólo pretendía ayudar—. ¿Cómo convertiste la tumba de Brom en diamantes sin
matarte? Si apenas soy capaz de manejar un puñado de tierra, mucho menos lo
haré con toda esa arena.
No sé cómo lo logré —afirmó ella con calma—. Simplemente, ocurrió.
¿Puedes volver a hacerlo, pero esta vez para obtener
agua?
Eragon —dijo ella mirándolo de frente a los ojos—. Tengo tan poco control de
mis habilidades como una araña. Esas cosas ocurren más allá de mi deseo. Brom
te contó que a los dragones les ocurren cosas inusuales, y decía la verdad. No
te dio ninguna explicación, y yo tampoco la tengo. A veces puedo provocar
cambios por puro contacto, casi sin pensarlo, pero otras veces, como ahora
mismo, soy tan incapaz como Nieve de Fuego.
Nunca eres incapaz —dijo él con suavidad apoyándole una mano en el
cuello, y así permanecieron en silencio durante largo rato.
En esos momentos Eragon recordó la tumba que había
cavado para Brom y al anciano que descansaba en ella. Aún podía ver cómo la
arena fluía sobre el rostro del cuentacuentos.
—Al menos le dimos un entierro decente —susurró.
Perezosamente, recorrió la arena del suelo con un dedo
marcando trazos retorcidos, y como un par de ellos tenían el aspecto de un
valle en miniatura, diseñó alrededor unas montañas. Luego cavó con la uña un
río a lo largo del valle, y después lo ahondó más porque parecía muy
superficial. Añadió unos pocos detalles más y se encontró frente a una
reproducción pasable del valle de Palancar. Entonces lo abrumó la nostalgia y
barrió el valle de un manotazo.
No quiero hablar de eso, murmuró con rabia evitando las preguntas de Saphira.
Cruzó los brazos y fijó una mirada feroz en el suelo. Casi contra su voluntad,
los ojos de Eragon regresaron al lugar en que había marcado los trazos.
Sorprendido, se puso tenso porque, aunque la tierra estaba seca, las líneas que
había dibujado estaban rodeadas de humedad. Por mera curiosidad, escarbó y
encontró una capa húmeda a pocos centímetros de la superficie.
—¡Mira esto! —dijo, excitado.
Saphira hincó el morro para ver qué había descubierto.
¿Y de qué nos sirve? Seguro que en el desierto el agua
está a tal profundidad que tendríamos que pasar semanas enteras cavando para
encontrarla.
Sí —contestó Eragon, encantado—. Pero si la hay, yo puedo conseguirla.
¡Mira! —Ahondó el agujero y
luego accedió mentalmente a la magia. En vez de tornar la arena en agua,
simplemente invocó la húmedad que ya estaba en la tierra. Con sólo trazar un
minúsculo hilillo, el agua se precipitó en el agujero. Eragon sonrió y bebió un
trago: el líquido era fresco y puro, perfecto para beber—. ¿Lo ves? ¡Podemos
conseguir tanta como necesitemos!
Saphira olisqueó el pequeño charco.
Aquí, sí. Pero... ¿y en el desierto? Tal vez no haya
suficiente agua en el subsuelo para que la saques a la superficie.
Lo conseguiré —le aseguró Eragon—. Sólo tengo que provocar que
ascienda, y eso es bastante fácil. Mientras lo haga despacio, conservaré las
energías. Ni siquiera será problemático si tengo que hacerla subir desde una
profundidad de cincuenta pasos. Sobre todo si me ayudas.
¿Estás seguro? —Saphira lo miró con suspicacia—. Piensa con
cuidado tu respuesta porque si te equivocas nos jugamos la vida.
Eragon dudó y al fin contestó con firmeza:
Estoy seguro.
Pues ve a contárselo a Murtagh. Yo vigilaré mientras
dormís.
Pero has pasado toda la noche despierta, como nosotros
—objetó
Eragon—. Tienes que dormir.
No te preocupes. Soy más fuerte de lo que crees —contestó Saphira con suavidad. Las escamas de la
dragona tintinearon cuando se enderezó para adoptar una pose vigilante en
dirección hacia el norte, encarada a sus perseguidores. Eragon la abrazó, y
ella emitió un profundo murmullo al tiempo que los costados le vibraban—: Vete.
Eragon permaneció indeciso y luego, de mala gana, se
acercó a Murtagh, quien lo recibió con una pregunta:
—¿Qué? ¿Nos espera el desierto?
—Sí —contestó Eragon.
Se dejó caer sobre la manta y le explicó lo que
acababa de descubrir. Al terminar, Eragon se volvió hacia la elfa. La cara de
la mujer fue lo último que vio antes de caer dormido.
Se esforzaron por levantarse pronto, en las horas
grises previas al alba. Eragon temblaba por el frío que hacía.
—¿Cómo vamos a transportar a la elfa? —preguntó el
muchacho—. No debe seguir montada a lomos de Saphira mucho más tiempo porque
las escamas le llagarán la piel y, por otra parte, la dragona no puede llevarla
entre las garras porque se cansa mucho y el aterrizaje sería peligroso. Tampoco
es recomendable una camilla, pues se haría pedazos mientras cabalgamos, y no
quiero que los caballos vayan más despacio por cargar con una persona más.
Murtagh consideró el asunto mientras ensillaba a Tornac.
—Si tú montas a Saphira, podemos atar a la elfa a Nieve
de Fuego, aunque tú también
te llagarías.
Tengo la solución —dijo Saphira inesperadamente—. ¿Por qué no la
atáis a mi vientre? Me podría mover libremente, y ella iría más segura que en
cualquier otro lugar. El único peligro sería que los soldados me tirasen
flechas, pero soy capaz de sobrevolarlas fácilmente.
Como a nadie se le ocurrió una idea mejor, la
aceptaron sin discusión. Eragon plegó por la mitad una de las mantas a lo
largo, la aseguró en torno al pequeño cuerpo de la elfa y luego la llevó hasta
Saphira. Sacrificaron las mantas y la ropa de repuesto para hacer cuerdas de la
extensión necesaria para rodear el contorno de Saphira. Una vez atada, la elfa
quedó boca abajo contra el vientre de Saphira, con la cabeza colocada en el
hueco entre las patas delanteras de la dragona. Eragon comprobó con rostro crítico
el trabajo.
—Me da miedo que las escamas corten las cuerdas.
—Tendremos que revisarlas de vez en cuando para que no
se deshilachen —comentó Murtagh.
¿Vamos? —preguntó Saphira.
Eragon repitió la pregunta.
Los ojos de Murtagh emitían peligrosos destellos,
mientras una prieta sonrisa le tensaba los labios. Miró hacia el camino que los
había llevado hasta allí, donde se apreciaba ya el humo del campamento de los
soldados, y dijo:
—Siempre me han gustado las carreras. ¡Y ahora vamos a
emprender una para salvar nuestras vidas!
Murtagh saltó sobre la silla de Tornac y
abandonó el campamento al trote. Eragon lo siguió de cerca, a lomos de Nieve
de Fuego, y Saphira alzó el
vuelo con la elfa. La dragona volaba raso para evitar que la vieran los
soldados y, de ese modo, los tres emprendieron el camino al sudeste, hacia el
lejano desierto de Hadarac.
Eragon mantenía la vigilancia sobre sus perseguidores
mientras cabalgaba, pero la mente del muchacho volaba una y otra vez hacia la
elfa. ¡Una elfa! ¡La había visto de verdad, y estaba con ellos! Se preguntó qué
pensaría Roran al respecto y se le ocurrió que si alguna vez regresaba a
Carvahall le iba a costar mucho convencer a alguien de que sus aventuras habían
sucedido en realidad.
Durante el resto del día, Eragon y Murtagh galoparon a
rienda suelta, sin dejarse vencer por la incomodidad y la fatiga. Azuzaron a
sus monturas tanto como pudieron, aunque sin dejarlas exhaustas, y de vez en
cuando desmontaban y corrían a pie para que Tornac y Nieve de Fuego descansaran.
Sólo se detuvieron dos veces, y en ambos casos fue para que los caballos
pudieran comer y beber.
A pesar de que en esos momentos los guerreros de
Gil'ead estaban lejos, Eragon y Murtagh se enfrentaron ante una nueva
situación: cada vez que pasaban por un pueblo o por una ciudad tenían que
evitar a sus correspondientes soldados. De algún modo alguien había dado la voz
de alarma, y en dos ocasiones estuvieron a punto de caer en emboscadas en el
sendero, de las que lograron escapar tan sólo porque Saphira olisqueó la
presencia de los hombres. Tras el segundo incidente, abandonaron por completo
el camino.
La penumbra desdibujó el paisaje cuando el crepúsculo
tendió una capa negra por el cielo. Los fugitivos continuaron su viaje sin
descanso y cubrieron kilómetros y kilómetros, y ya muy entrada la noche, la
tierra se fue alzando a sus pies para formar pequeñas colinas, punteadas de
cactos.
—Hay un pueblo, Bullridge, a unos cuantos kilómetros
de aquí, que debemos evitar —indicó Murtagh señalando hacia delante—. Seguro
que hay soldados esperándonos, así que deberíamos intentar escabullimos de
ellos mientras todavía sea oscuro.
Al cabo de tres horas, vieron la luz de las antorchas
de Bullridge, de un tono amarillo pajizo. Una maraña de soldados patrullaban
entre los fuegos de acampada esparcidos por el pueblo, por lo que Eragon y
Murtagh desenfundaron sus espadas y desmontaron con cuidado. Guiaron de las
riendas a sus caballos para rodear Bullridge, escuchando con atención para no
tropezar con algún campamento.
Tras dejar atrás el pueblo, Eragon se relajó un poco.
El alba iluminó al fin el cielo con un sonrojo delicado y calentó el aire
gélido de la noche. Se detuvieron en la cumbre de una colina para observar lo
que los rodeaba: el río Ramr quedaba a su izquierda, pero también a unos ocho
kilómetros a la derecha; luego se extendía unos cuantos kilómetros hacia el sur
y después trazaba una curva cerrada antes de dirigirse al oeste. En total
habían recorrido, aproximadamente, unos ochenta y ocho kilómetros en un día.
Eragon se apoyó en el cuello de Nieve de Fuego, satisfecho
por la distancia recorrida.
—Busquemos un barranco o una hondonada donde podamos
descansar sin que nos molesten —indicó Eragon.
Se detuvieron en un bosquecillo de juníperos y
extendieron las mantas en el suelo. Saphira esperó con paciencia mientras
liberaban a la elfa de su vientre.
—Yo me encargaré de la primera guardia y os despertaré
a media mañana —dijo Murtagh, mientras cruzaba la espada desenvainada sobre las
rodillas.
Eragon aceptó entre murmullos y se echó la manta sobre
los hombros.
La noche los encontró agotados y somnolientos, pero
decididos a continuar. Mientras se preparaban para irse, Saphira observó a
Eragon y le dijo:
Esta es la tercera noche desde que os rescatamos de
Gil'ead, y la elfa aún no se ha despertado. Estoy preocupada. Además —continuó—, en todo este tiempo no ha comido ni ha
bebido nada, y aunque sé poco sobre los elfos, no creo que esta mujer pueda
sobrevivir sin tomar algo de alimento porque está muy delgada.
—¿Qué sucede? —preguntó Murtagh sobre el lomo de Tornac.
—La elfa —contestó Eragon mirándola—. A Saphira le
preocupa que no se despierte ni coma nada; y a mí también. Le curé las heridas,
al menos en lo superficial, pero no parece que le haya servido de mucho.
—A lo mejor Sombra le deterioró la mente —sugirió
Murtagh.
—En ese caso tenemos que ayudarla.
Murtagh se arrodilló junto a la elfa. La examinó
intensamente, luego hizo un gesto negativo y se levantó.
—Por lo que se ve, sólo está durmiendo. Parece como si
hubiera de bastar una palabra o un contacto para despertarla, pero está sumida
en un sueño profundo. Tal vez los ellos puedan autoprovocarse el coma para
evitar los dolores de una herida, pero si es así... ¿por qué no le pone fin? Ya
no corre peligro.
—¿Y tú crees que lo sabe? —preguntó Eragon en voz
baja.
—Habrá que esperar —contestó Murtagh apoyando una mano
en un hombro de Eragon—. Ahora debemos irnos si no queremos perder la ventaja
que tanto nos ha costado obtener. Ya te ocuparás de ella cuando volvamos a
parar.
—Déjame hacer sólo una cosa antes de marchar —dijo
Eragon.
Empapó un trapo y luego lo escurrió de tal modo que el
agua goteara entre los perfectos labios de la elfa. Repitió la operación varias
veces y después pasó la tela por las cejas, lisas y angulosas, de la mujer,
sintiendo una extraña sensación protectora.
Se abrieron camino entre las colinas, pero evitaron
las cumbres por miedo a que los descubrieran los centinelas. Saphira iba con
ellos a ras de suelo por la misma razón. A pesar de lo abultado de su figura,
la dragona era sigilosa, pues apenas se oía el rasguido de su cola sobre el
suelo, como si fuera una gruesa serpiente azul.
Al fin el cielo se iluminó por el este, pues Aiedail,
el lucero de la mañana, apareció cuando llegaban al borde de un profundo
acantilado cubierto por montañas de ramas. El agua rugía por debajo al
deslizarse sobre las rocas y al colarse entre las ramas.
—¡El Ramr! —exclamó Eragon alzando la voz sobre el
ruido.
—¡Sí! —asintió Murtagh—. Hemos de encontrar un lugar
para vadearlo sin dificultades.
No hace falta —intervino Saphira—. Por muy ancho que sea el río,
os puedo cruzar yo.
Eragon alzó la vista y la concentró en el cuerpo azul
grisáceo de la dragona.
¿Y los caballos? No los podemos dejar atrás, pero
pesan demasiado para ti.
Si vosotros no vais montados y los caballos no se
mueven demasiado, estoy segura de que podré cargar con ellos. Si soy capaz de
esquivar las flechas con tres personas sobre mi grupa, ¿cómo no voy a
transportar a un caballo en línea recta por encima del río?
Te creo, pero será mejor que no lo intentemos, salvo
que no nos quede más remedio. Es demasiado peligroso.
No podemos permitirnos el lujo de perder tiempo aquí —aseguró Saphira, y empezó a bajar por el acantilado.
Eragon siguió a la dragona llevando a Nieve de
Fuego de las riendas. El acantilado llegaba bruscamente a su fin en el
Ramr, donde el río corría tenebroso y rápido. Sin embargo, era imposible ver la
otra orilla, pues un vaho blanquecino flotaba sobre el agua, como vapor de
sangre en invierno. Murtagh tiró una rama a la corriente y vio cómo desaparecía
a (oda prisa hacia abajo y se hundía en las turbias aguas.
—¿Qué profundidad dirías que tiene? —preguntó Eragon.
—No lo sé —contestó Murtagh con la voz teñida de
preocupación—. ¿Te permitiría la magia distinguir hasta dónde llega?
—No lo creo. Habría que iluminar el lugar como una
almenara.
Provocando una ráfaga de aire, Saphira alzó el vuelo y
sobrevoló el Ramr. Al cabo de un rato se comunicó:
Estoy en la otra orílla. El río tiene algo más de
ochocientos metros de ancho. No podíais haber escogido un lugar peor para
cruzar; aquí el Ramr traza un recodo y alcanza su parte más ancha.
—¡Más de ochocientos metros! —exclamó Eragon, y le
explicó a Murtagh que Saphira se había ofrecido a llevarlos por el aire.
—Prefiero no probarlo, por el bien de los caballos. Tornac
no está tan acostumbrado como Nieve de Fuego a Saphira. Podría
entrarle el pánico y terminarían los dos heridos. Por lo tanto, pídele a
Saphira que busque algún lugar poco profundo por el que podamos cruzar a nado.
Y si no lo hay en un kilómetro a la redonda, tal vez nos pueda cruzar ella sin
volar.
Saphira accedió a la petición de Eragon de que buscara
un vado. Mientras exploraba, ellos se acuclillaron junto a los caballos y
comieron pan seco. Saphira no tardó mucho en volver produciendo susurros con
sus aterciopeladas alas en el cielo del amanecer.
El agua es profunda y rápida tanto río arriba como río
abajo.
Cuando Murtagh se enteró, propuso:
—Será mejor que cruce yo primero para poder vigilar a
los caballos. —Murtagh montó en la silla de Saphira—. Ten cuidado con Tornac.
Hace muchos años que lo tengo, y no querría que le pasara nada.
A continuación Saphira alzó el vuelo.
Cuando volvió, ya no llevaba a la elfa inconsciente
atada al vientre. Eragon guió a Tornac junto a la dragona, ignorando los relinchos del caballo, y Saphira
se alzó sobre las patas traseras para sostener al caballo con las delanteras
por el vientre. Eragon observó las formidables zarpas de la dragona y le gritó:
—¡Espera!
Recolocó la manta de la silla de Tornac en
torno a la barriga del caballo para proteger su flanco más débil, e indicó por
gestos a Saphira que podía continuar.
Tornac resopló de miedo y trató de salir en estampida cuando Saphira se aferró a
los flancos del caballo con las zarpas, pero ella lo agarró con fuerza. Tornac
giraba alocadamente los ojos de un lado a otro, cuyos iris parecía que
desaparecían, engullidos por el globo ocular. Eragon trató de calmar
mentalmente al caballo, pero el pánico del animal rechazaba el contacto. Antes
de que Tornac intentara escapar de nuevo, Saphira se elevó en el cielo
empujando con tal fuerza con las patas traseras que las zarpas rasgaron las
rocas. Batió las alas con furia luchando por alzar aquella enorme carga, y por
un momento, pareció que fuera a caer de nuevo al suelo. Luego, de un tirón,
alzó el vuelo. Tornac chillaba de terror, daba coces y se movía
bruscamente produciendo un sonido terrible, como si alguien rascara un metal.
Eragon soltó una maldición y se preguntó si habría
alguien suficientemente cerca para oírlo.
Será mejor que te des prisa, Saphira.
Mientras esperaba, prestó atención por si oía ruidos
de los posibles soldados y escrutó el oscuro paisaje por si alguna antorcha los
delataba. Pronto detectó una línea de jinetes que descendían por una ladera,
tan sólo a algo más de cinco kilómetros de distancia.
En cuanto Saphira descendió, Eragon acercó a Nieve
de Fuego hasta la dragona.
El estúpido animal de Murtagh está histérico. El chico
ha tenido que atarlo para evitar que se escapara.
Saphira agarró a Nieve de Fuego y se lo llevó,
ignorando también las estridentes protestas del animal. Eragon los vio salir y
se sintió solo en la noche. Los jinetes ya estaban a poco más de un kilómetro.
Por fin Saphira llegó a por él, y pronto se
encontraron de nuevo en tierra firme, con el Ramr detrás de ellos. Después de
calmar a los caballos y ajustar las sillas de montar, reanudaron su huida hacia
las montañas Beor, al tiempo que los cantos de los pájaros inundaban el
ambiente para recibir al nuevo día.
Eragon daba cabezadas incluso mientras cabalgaba y
casi no se daba cuenta de que Murtagh iba tan dormido como él. A veces ninguno
de los dos guiaba a sus propios caballos, y sólo la vigilancia de Saphira los
mantenía en la dirección adecuada.
Al fin la tierra se ablandó y empezó a ceder bajo sus
pisadas, lo que los obligó a detenerse. El sol lucía en lo alto, y el río Ramr
ya no era más que una línea difusa a espaldas de los viajeros.
Habían llegado al desierto de Hadarac.
Una vasta extensión de dunas se alargaba hasta el horizonte,
como las olas en el océano, mientras las ráfagas de viento llenaban el aire de
arena dorada y rojiza. Escuálidos árboles crecían en los escasos fragmentos de
suelo sólido, un suelo que cualquier granjero habría considerado inútil para el
cultivo, y a lo lejos se alzaba una línea de peñascos de color violeta. En la
imponente desolación casi no se veían animales a excepción de algún que otro
pájaro planeando en los céfiros.
—¿Estás seguro de que encontraremos comida para los
animales? —preguntó Eragon arrastrando las palabras, ya que la garganta le
raspaba a causa del aire, seco y caliente.
—¿Has visto eso? —preguntó Murtagh, y señaló los
peñascos—. A su alrededor crece la hierba. Es corta y dura, pero bastará para
los caballos.
—Espero que tengas razón —dijo Eragon achinando los
ojos para defenderse del sol—. Descansemos un poco antes de continuar. Mi mente
va tan lenta como un caracol, y casi no puedo mover las piernas.
Desataron a la elfa del vientre de Saphira, comieron y
se tumbaron a la sombra de una duna para echar una cabezada.
Mientras Eragon se acomodaba en la arena, la dragona
se agachó a su lado y extendió las alas para taparlos.
Qué lugar tan maravilloso —dijo—. Podría pasar años aquí sin darme cuenta del
paso del tiempo.
Sería un buen lugar para volar —concedió, somnoliento, y cerró los ojos.
No es sólo eso, sino que me siento como si hubiera
nacido para este desierto: tiene todo el espacio que necesito, montañas en las
que podría posarme y presas camufladas a cuya caza podría dedicar días enteros.
¡Y hace calor! El frío no me molesta, pero este calor me hace sentir viva y
llena de energía.
Alzó la cabeza hacia el cielo y, feliz, estiró los
músculos.
¿Tanto te gusta? —murmuró Eragon.
Sí.
Pues cuando termine todo, tal vez podamos volver... —Mientras hablaba, cayó en un sueño profundo. Saphira
estaba contenta y ronroneó suavemente mientras él y Murtagh dormían.
Era la mañana del cuarto día desde que habían salido
de Gil'ead, y ya habían recorrido casi doscientos kilómetros.
Durmieron apenas lo justo para aclarar las mentes y
dar descanso a los caballos. No se veía a ningún soldado por retaguardia, pero
eso no les llevó a aminorar la marcha, pues sabían que el Imperio seguiría
buscando hasta que estuvieran más allá del alcance de la vista del rey.
—Algún mensajero habrá llevado a Galbatorix noticias
de mi huida —dijo Eragon—, y habrá avisado a los ra'zac. A estas alturas ya
deben de ir tras nuestra pista, por lo tanto deberíamos estar preparados por si
llegan en cualquier momento, aunque les costará cierto tiempo atraparnos a
pesar de que vuelen.
Y esta vez descubrirán que no es tan fácil atarme con
cadenas —dijo Saphira.
—Espero que no puedan seguirnos la pista a partir de
Bullridge —comentó Murtagh mientras se rascaba la barbilla—. El Ramr fue muy
útil para deshacerse de los perseguidores, y es bastante posible que no vuelvan
a encontrar las huellas.
—Siempre nos queda esa esperanza —dijo Eragon al
tiempo que se fijaba en la elfa. El estado de la mujer no había cambiado:
seguía sin reaccionar a los cuidados del muchacho—. Sin embargo, en este
momento no confío mucho en la suerte porque, incluso ahora, mientras hablamos,
los ra'zac podrían estar siguiéndonos el rastro.
Al ponerse el sol llegaron hasta los peñascos que
habían avistado aquella misma mañana en la lejanía. Los imponentes riscos de
piedra se alzaban ante ellos y proyectaban sus esbeltas sombras, pero no había
ninguna duna en más de un kilómetro a la redonda. Cuando Eragon desmontó de Nieve
de Fuego y pisó la ardiente y cuarteada tierra, el calor le cayó encima
como si le hubieran dado un golpe. Tenía la parte trasera del cuello y la cara
abrasados por el sol, y la piel caliente, febril.
Tras atar a los caballos donde pudieran mordisquear la
hierba, Murtagh encendió una pequeña fogata.
—¿Qué distancia os parece que hemos recorrido?
—preguntó Eragon mientras soltaba a la elfa del vientre de Saphira.
—¡No lo sé! —contestó Murtagh con brusquedad. Tenía la
piel enrojecida y los ojos inyectados en sangre. Entonces cogió un bote y soltó
una maldición—. No hay suficiente agua. Y los caballos necesitan beber.
Eragon estaba tan irritado como él por el calor y por
la sequedad, pero controló su temperamento.
—Trae a los caballos.
Saphira cavó un agujero con las zarpas, y luego Eragon
cerró los ojos e invocó el hechizo. Aunque el suelo estaba resquebrajado, había
suficiente humedad para que sobrevivieran algunas plantas, y le bastó para
llenar varias veces el agujero.
Murtagh iba llenando los odres a medida que el agua se
acumulaba en el agujero. Luego se apartó y dejó beber a los caballos. Para
satisfacer su sed, Eragon tuvo que extraer agua de lo más profundo de la
tierra, con lo que la resistencia del muchacho llegó al límite. Una vez
saciados los caballos, le dijo a Saphira:
Si has de beber, hazlo ahora.
Ella alargó el cuello, pasando junto a Eragon, y bebió
dos largos tragos, pero ni uno más.
Antes de permitir que la tierra volviera a absorber el
agua, Eragon bebió tanta como pudo y luego contempló cómo se deshacían las
últimas gotas en la arena. Mantener el agua en la superficie le costaba más de
lo que había creído.
«Al menos tengo capacidad para conseguirlo», pensó
recordando con asombro el esfuerzo que en otros tiempos había supuesto para él
levantar un guijarro.
Al día siguiente, cuando se despertaron, hacía mucho
frío. A la luz de la mañana, la arena tenía un halo rosado y el cielo brumoso
tapaba el horizonte. El estado de ánimo de Murtagh no había mejorado con el
sueño, y Eragon se dio cuenta de que también el suyo empeoraba. Mientras
desayunaban, preguntó:
—¿Crees que nos falta mucho para abandonar el
desierto?
Murtagh lo fulminó con la mirada.
—Estamos cruzando la parte más estrecha, así que
supongo que no nos costará más que dos o tres días.
—Pero fíjate hasta dónde hemos llegado ya.
—¡Bien, a lo mejor tardamos menos! En este momento, lo
único que me importa es salir del Hadarac lo más rápido posible. Bastante
difícil es nuestra tarea para tener que estar quitándonos el polvo de los ojos
continuamente.
Cuando terminaron de comer, Eragon se acercó a la
elfa. Permanecía como si estuviera muerta: parecía un cadáver, salvo por la
rítmica respiración.
—¿Cuál es tu herida? —susurró Eragon mientras le
apartaba un mechón de la cara—. ¿Cómo puedes dormir así y seguir viva?
La imagen de la elfa, atenta y segura de sí misma, en
la celda seguía viva en la mente del muchacho. Preocupado, preparó a la mujer
para el viaje. Luego ensilló a Nieve de Fuego y montó en él.
Al abandonar el campamento, se hizo visible en el
horizonte una línea de manchas oscuras, apenas indistinguibles entre la bruma.
Murtagh creía que eran colinas lejanas, pero Eragon no estaba convencido,
aunque no era capaz de apreciar ningún detalle.
Las tribulaciones de la elfa ocupaban los pensamientos
de Eragon. Estaba seguro de que si no la ayudaban de algún modo, moriría,
aunque no sabía qué podían hacer. También Saphira estaba preocupada. Ambos
pasaron horas hablando del asunto, pero ninguno de los dos sabía lo suficiente
de curaciones para solucionar el problema que se les presentaba.
A mediodía hicieron una breve pausa para descansar, y
cuando reanudaron el viaje, Eragon se dio cuenta de que la bruma se había ido
disipando a lo largo de la mañana, de tal modo que las lejanas manchas estaban
más definidas.
Ya no se trataba de bultos sin contorno de un tono
violeta azulado, sino más bien de amplios montes cubiertos de bosque, con
perfiles delimitados. Por su parte, la atmósfera era blanquecina, como si el
halo del desierto se hubiera despejado: parecía que todos los colores se habían
desteñido en la franja horizontal de cielo que quedaba por encima de las
colinas, y se habían extendido hasta el límite del horizonte.
Eragon, sorprendido, observó con atención; pero cuanto
más se esforzaba por entender lo que estaba viendo, más confundido se sentía.
Pestañeó y movió la cabeza, creyendo que se trataba de alguna ilusión óptica
provocada por el aire del desierto. Sin embargo, apenas volvía a abrir los ojos
aquella molesta absurdidad seguía allí. Sin duda, por delante de ellos la
blancura invadía la mitad del cielo. Seguro que se trataba de algo terrible.
Pero cuando estaba empezando a comentárselo a Murtagh y a Saphira, Eragon
entendió de pronto lo que estaba viendo: lo que ellos habían
tomado por colinas eran en realidad las faldas de unas montañas gigantescas,
que alcanzaban kilómetros de ancho, y salvo por el denso bosque que se extendía
en sus partes inferiores, esas montañas estaban cubiertas de nieve y de hielo
por completo. Por eso Eragon había creído que el cielo estaba blanqueado. El
muchacho echó hacia atrás la cabeza y miró a lo alto para buscar las cumbres,
pero no se veían: las montañas se alargaban cielo arriba hasta desaparecer de
la vista, mientras valles estrechos y recortados con acantilados casi partían las
montañas, como profundos desfiladeros. Parecía una especie de pared, dentada y
desigual, que unía Alagaësía con los cielos.
«¡No se acaban nunca!», pensó, aterrado. Las historias
que se contaban sobre las montañas Beor siempre ponían de relieve su altitud,
pero él había desechado aquella información creyendo que se trataba de una
licencia imaginativa. En esos momentos, en cambio, se veía forzado a aceptar su
veracidad.
Saphira percibió el asombro y la sorpresa de Eragon y
siguió la mirada del muchacho. A los pocos segundos la dragona había entendido
lo que eran aquellas montañas.
Vuelvo a sentirme como una enana. Comparada con ellas,
incluso yo soy pequeña.
Debemos de estar cerca del límite del desierto —dijo Eragon—. Sólo hemos tardado dos días y ya
podemos ver el final, e incluso más allá. Saphira dio algunas vueltas
trazando espirales sobre las dunas.
Sí, pero si tenemos en cuenta el tamaño de esos
montes, puede que estén a casi trescientos kilómetros de aquí. Es difícil
calcular distancias con una referencia tan inmensa. ¿No te parece que serían un
escondite perfecto para los elfos o para los vardenos?
Allí se puede ocultar algo más que elfos y vardenos —contestó él—. Podrían habitar ese lugar en secreto
naciones enteras a escondidas del Imperio. ¡Imagínate lo que debe de ser vivir
con esos gigantes alzados en torno a ti!
Entonces Eragon guió a Nieve de Fuego para
acercarse a Murtagh y señaló las montañas con una sonrisa.
—¿Qué? —preguntó Murtagh sin dejar de escudriñar el
paisaje.
—Míralo bien —le urgió Eragon.
Murtagh se concentró en el horizonte, pero se encogió
de hombros.
—¿Qué? No veo... —La frase murió en los labios del
joven y cedió el paso a una expresión boquiabierta de asombro. Murtagh negó con
la cabeza y murmuró—: ¡No puede ser! —Entrecerró tanto los ojos que le salieron
patas de gallo y negó con la cabeza de nuevo— Sabía que las montañas Beor eran
grandes, pero no que tuvieran este tamaño tan monstruoso.
—Esperemos que los animales que viven ahí no tengan un
tamaño proporcional a las montañas —dijo Eragon en tono despreocupado.
—Nos hará bien encontrar una buena sombra y pasar unas
cuantas semanas de descanso —afirmó Murtagh sonriendo—. Estoy harto de esta
marcha forzada.
—Yo también estoy cansado —admitió Eragon—, pero no
quiero parar hasta que se cure la elfa... O hasta que muera.
—No veo por qué le ha de ir bien que sigamos viajando
—opinó Murtagh en tono grave—. Le vendría mejor una cama que estar todo el día
colgada del vientre de Saphira.
—Quizá... Cuando lleguemos a las montañas, puedo
llevarla a Surda; no queda tan lejos. Allí tiene que haber algún sanador que
consiga curarla porque, desde luego, nosotros no podemos.
Murtagh se llevó una mano a la frente para proteger
los ojos del sol y miró las montañas.
—Ya hablaremos de eso. De momento, nuestra meta es
llegar a las Beor. Al menos, una vez allí, a los ra'zac les costará
encontrarnos, y estaremos a salvo del Imperio.
A medida que avanzaba el día, no parecía que las
montañas Beor estuvieran más cerca, si bien el paisaje iba cambiando de un modo
espectacular: la arena se transformó poco a poco; los granos sueltos de tono
rojizo pasaron a ser tierra de un color crema oscuro; en lugar de dunas, se
veían fragmentos irregulares de vegetación y surcos profundos por los que en
otro tiempo había corrido el agua, y soplaba una brisa que traía consigo un
bendito frescor. Los caballos notaron el cambio de clima y avanzaron deprisa con
entusiasmo.
Cuando el sol sucumbió a la noche, las faldas de las
montañas quedaban apenas a cinco kilómetros. Las manadas de gacelas se
trasladaban a saltos por los lustrosos campos de hierba cimbreante, y Eragon
observó que Saphira las miraba hambrienta. Así pues, acamparon junto a un
arroyo, aliviados por haber abandonado el castigo del desierto de Hadarac.
Fatigados y ojerosos, pero luciendo triunfantes
sonrisas, se sentaron en torno al fuego y se felicitaron mutuamente. Saphira
grajeó de júbilo y los caballos se asustaron. Mientras tanto Eragon miraba
fijamente las llamas: estaba orgulloso de haber recorrido casi trescientos
cincuenta kilómetros en cinco días, pues incluso para una persona que hubiese
podido cambiar de montura con frecuencia, se trataba de un logro impresionante.
«Estoy fuera del Imperio», se dijo Eragon. Era un
pensamiento extraño. El muchacho había nacido en el Imperio, había pasado toda
la vida bajo la ley de Galbatorix, había perdido a sus amigos más íntimos y a
su familia a manos de los siervos del rey, y había estado a punto de perder la
vida en más de una ocasión dentro de los dominios del soberano. Pero ahora
Eragon era libre, y ni Saphira ni él tendrían que esquivar nunca más a los
soldados, ni evitar los pueblos ni ocultar su identidad. Sin embargo, esa percepción
le brindaba un sabor agridulce, pues el precio que debía pagar era la pérdida
de todo su mundo.
Se quedó contemplando las estrellas en el cielo del
ocaso. Si bien le atraía la idea de levantar un hogar en la seguridad del
aislamiento, había presenciado demasiadas atrocidades cometidas en nombre de
Galbatorix —del asesinato a la esclavitud— para darle la espalda al Imperio. No
sólo le impulsaba ya la idea de vengar la muerte de Brom o la de Garrow, sino
que, como Jinete, tenía el deber de ayudar a quienes carecían de fuerzas para
enfrentarse a la opresión de Galbatorix. Tras un suspiro, abandonó sus deliberaciones
y observó a la elfa, tumbada junto a Saphira. La luz anaranjada de
la fogata daba al rostro de la mujer un tono cálido y proyectaba suaves sombras
que se agitaban bajo los pómulos de la elfa. Mientras el muchacho la miraba,
poco a poco se le fue ocurriendo una idea.
Eragon era capaz de oír los pensamientos de personas y
anímales, y de comunicarse con ellos por ese medio si escogía hacerlo así, pero
apenas había practicado esa habilidad, excepto con Saphira. Siempre recordaba
la advertencia de Brom, según la cual no debía violar la mente de nadie, si no
era absolutamente imprescindible. Por lo tanto, había evitado hacerlo, salvo en
la única ocasión en que había intentado hurgar en la conciencia de Murtagh.
Ahora, no obstante, se preguntaba si sería capaz de
entablar contacto con la elfa a pesar del estado comatoso en que ella se
encontraba.
«Tal vez por medio de sus recuerdos logre saber por
qué permanece en ese estado. Sin embargo, si se recupera, ¿podrá perdonarme la
intrusión...? Sea como sea, debo intentarlo. Lleva inconsciente casi una
semana.»
Sin contarle sus intenciones a Murtagh ni a Saphira,
se arrodilló junto a la elfa y le apoyó una palma en la frente.
Eragon cerró los ojos y tendió una red de pensamiento,
como un dedo curioso, hacia la mente de la elfa. No le costó encontrarla. Pero
no estaba confusa ni llena de dolor, como había esperado, sino lúcida y clara,
semejante al tañido de una campana de cristal. De pronto, una gélida daga se
clavó en los pensamientos de Eragon y el dolor reventó tras los ojos del
muchacho con estallidos de color. Retrocedió ante el ataque, pero se encontró
aprisionado por un abrazo férreo, incapaz de emprender la retirada.
Eragon luchó con todas sus fuerzas y recurrió a
cualquier tipo de defensa que pudo imaginar, pero la daga volvió a clavársele
en la mente. Entonces levantó ante ella con urgencia sus barreras para rechazar
el ataque, pero aunque el dolor era menos atroz que en el primer momento, le
impedía concentrarse. La elfa aprovechó la oportunidad para aniquilar las
defensas del muchacho sin piedad.
Una manta sofocante envolvía a Eragon por todas partes
asfixiando sus pensamientos: la fuerza abrumadora se contraía lentamente y le
sorbía las fuerzas poco a poco, pero él insistió porque no estaba dispuesto a
rendirse.
La elfa apretó sin piedad su cerco un poco más,
decidida a extinguirlo como quien sopla una vela. Desesperado, Eragon gritó en
el idioma antiguo: ¡Eka ai fricai un Shur'tugal! ¡Soy un Jinete, tu
amigo! El abrazo mortal no se soltó, aunque cesó la presión, y la elfa emitió
una sensación de sorpresa.
Al poco sobrevino la suspicacia, pero Eragon sabía que
ella terminaría por creerle; en el idioma antiguo no podía mentir. Sin embargo,
el hecho de que se hubiera presentado como amigo no significaba a la fuerza que
no pretendiera dañarla. Por lo que Eragon le había transmitido a la elfa, ésta
sabía que él se consideraba amigo suyo; tal afirmación podía ser cierta para el
muchacho, pero no necesariamente para ella.
«El idioma antiguo tiene sus limitaciones», pensó
Eragon con la esperanza de que la elfa sintiera la suficiente curiosidad para
arriesgarse a soltarlo.
Y la sintió. Entonces se alivió la presión, y las
barreras de la mente de la mujer cedieron entre dudas. La elfa permitió que sus
pensamientos establecieran un leve contacto, como entre dos animales salvajes
en un primer encuentro. Un escalofrío recorrió a Eragon. La mente de la elfa
era extraña: parecía vasta y poderosa, cargada de los recuerdos de incontables
años. Los pensamientos recónditos de la mujer desaparecían de la vista del
muchacho, inaccesibles al contacto, porque eran instrumentos propios de otra
raza que obligaban a Eragon a apartarse cuando le rozaban la conciencia. Sin
embargo, entre todas esas sensaciones, resplandecía la melodía de una belleza,
salvaje y hechicera, que ostentaba la identidad de la elfa.
¿Cómo te llamas? —preguntó ella en el idioma antiguo. La voz de la elfa sonaba débil, plena de una silenciosa desesperanza.
Eragon. ¿Y tú?
La conciencia de la elfa se le acercó más todavía
invitándole a sumergirse en las cadencias líricas de la sangre de la mujer. Él
resistió con esfuerzo la invocación, aunque su corazón ardía por ceder. Por
primera vez entendió el legendario atractivo de los elfos: eran criaturas
mágicas, libres de las leyes mortales de la tierra, tan distintas de las de los
hombres, de igual manera que los dragones eran diferentes de los demás
animales.
... Arya. ¿Por qué entablas contacto conmigo de
este modo? ¿Sigo siendo cautiva del Imperio?
¡No! ¡Eres libre! —exclamó Eragon. Aunque apenas conocía algunas
palabras sueltas del idioma antiguo, consiguió explicar—: A mí me apresaron
en Gil'ead, como a ti, pero escapé y te rescaté. Durante los cinco días posteriores,
hemos cruzado el desierto de Hadarac y ahora hemos acampado al pie de las
montañas Beor. En todo ese tiempo no te has movido, ni has dicho una sola
palabra.
¡Ah... así que fue en Gil'ead! —La elfa hizo una pausa—. Sé que alguien curó mis
heridas, pero en ese momento no entendí por qué, aunque estaba segura de que
era para prepararme para una nueva tortura. Ahora me doy cuenta de que fuiste
tú —luego añadió con suavidad—: A pesar de eso no me he despertado, lo
cual parece asombrarte.
Sí.
Durante mi cautividad, me administraron un extraño
veneno, el skilna bragh, junto
con una droga para anular mis fuerzas. Todas las mañanas me daban el antídoto
para el veneno del día anterior, y si me negaba a tomarlo, me obligaban. Sin
él, moriré dentro de pocas horas. Por eso vivo en este trance: hace más lento
el progreso del skilna bragh, pero no lo detiene... Me planteé la
posibilidad de despertarme para quitarme la vida y liberarme de Galbatorix,
pero decidí no hacerlo con la esperanza de que fueras un aliado.
Su voz, cada vez más débil, se apagaba.
¿Cuánto tiempo puedes permanecer así? —preguntó Eragon.
Cuatro semanas, pero me temo que ya no me queda mucho.
Este letargo no puede alejar la muerte para siempre... Ya la noto en mis venas.
Si no recibo el antídoto, sucumbiré al veneno dentro de tres o cuatro días.
¿Dónde se puede encontrar el antídoto?
Sólo existe en dos lugares fuera del Imperio: donde
está mi gente y donde viven los vardenos. De todos modos, no se puede llegar a
mi hogar a lomos de un dragón.
¿Y los vardenos? Te hubiéramos llevado directamente a
ellos, pero no sabemos dónde están.
Te lo diré si me das tu palabra de que nunca revelarás
su ubicación a Galbatorix, ni a ninguno de sus siervos. Además, debes jurar que
no me has engañado de ningún modo y que no deseas ningún mal para los elfos, ni
para los enanos, ni para los vardenos, ni para la raza de los dragones.
Lo que solicitaba Arya habría sido bien sencillo si no
hubieran estado hablando en el idioma antiguo, pues Eragon sabía que le pedía
juramentos más comprometedores que la vida misma. Una vez suscritos, no podían
romperse jamás. Y eso le pesó en la conciencia mientras comprometía su palabra.
Estamos de acuerdo...
Una serie de imágenes de vértigo cruzaron de repente
por la mente de Eragon: se encontró cabalgando por la cordillera de las Beor,
mientras recorría muchas leguas hacia el este. El muchacho hizo cuanto pudo por
recordar la ruta mientras las sierras y las colinas desfilaban ante él. En ese
momento se encaminaba hacia el sur, todavía entre las montañas. Luego el
escenario cambió de golpe y se metió por un valle, estrecho y retorcido, que
desfilaba sinuoso entre las montañas hasta la base de una espumosa cascada que
caía hasta un profundo lago.
Las imágenes se detuvieron.
Está lejos —dijo Arya—, pero no te dejes desanimar por la
distancia. Cuando llegues al lago Kóstha-mérna, al final del río Diente de Oso,
coge una piedra, golpéala contra el risco que queda junto a la cascada y grita:
Ai vardenos abr du Shur'tugáis gatavanta. Te dejarán pasar. Serás
retado, pero no cejes por muy peligroso que parezca.
¿Qué te han de dar para el veneno? —preguntó Eragon.
La voz de Arya temblaba, pero recuperó las fuerzas.
Diles que me den néctar de túnivor. Ahora me tienes
que dejar... porque ya he gastado demasiada energía. No vuelvas a hablar
conmigo, a no ser que no queden esperanzas de encontrar a los vardenos. Si eso
ocurriera, hay una información que debo compartir contigo para que los vardenos
sobrevivan. Adiós, Eragon, Jinete de Dragón... Mi vida está en tus manos.
Arya cortó el contacto. Las corrientes sobrenaturales
que habían cruzado las mentes de ambos, como un eco, desaparecieron. Eragon se
estremeció al respirar y se esforzó en abrir los ojos. Murtagh y Saphira lo
flanqueaban y lo miraban con preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó Murtagh—. Llevas casi quince
minutos arrodillado.
—¿Ah, sí? —dijo Eragon pestañeando.
Sí, y haciendo muecas como una gárgola torturada —comentó Saphira en tono seco.
Eragon se levantó e hizo gestos de dolor al estirar
los músculos acalambrados.
—¡He hablado con Arya! —En el rostro de Murtagh se
dibujó una mueca burlona como si quisiera preguntarle si se había vuelto loco.
Eragon explicó—: La elfa. Así se llama.
¿Y con qué podemos curarla? —preguntó Saphira, impaciente.
Eragon les contó a toda prisa su conversación con la
elfa.
—¿A qué distancia quedan los vardenos? —preguntó
Murtagh.
—No estoy seguro del todo —confesó Eragon—. Por lo que
me ha mostrado, creo que están todavía más lejos que Gil'ead.
—¿Y se supone que lo hemos de recorrer en tres o
cuatro días? —preguntó Murtagh, enfadado—. ¡Llegar hasta aquí nos ha costado
cinco largas jornadas! Qué quieres, ¿matar a los caballos? Bastante exhaustos
están ya.
—¡Pero hemos de intentarlo, porque si no hacemos nada
se morirá! Si es demasiado para los caballos, Saphira puede adelantarse volando
con Arya y conmigo; al menos llegaríamos a tiempo hasta los vardenos. Y tú
podrías unirte a nosotros unos pocos días después.
Murtagh refunfuñó y se cruzó de brazos.
—Claro. Murtagh, el animal de carga. Murtagh, el guía
de caballos. Tendría que haber recordado que últimamente sólo sirvo para eso.
¡Ah, y no olvidemos que todos los soldados del Imperio andan en mi busca porque
tú no podías defenderte solo y tuve que ir a salvarte! Sí, supongo que aun así
debo seguir tus instrucciones y llevar los caballos detrás de ti como un buen
sirviente.
Eragon estaba asombrado por la repentina malevolencia
que había aparecido en la voz de Murtagh.
—Pero ¿qué te ocurre? Te estoy agradecido por lo que
hiciste. Sin embargo, ¡no tienes ninguna razón para enfadarte conmigo! Yo no te
pedí que me acompañaras ni que me rescataras de Gil'ead. Lo decidiste tú. Yo no
te he obligado a hacer nada.
—¡Ah, no; abiertamente, no! ¿Qué otra cosa podía
hacer, sino ayudarte contra los ra'zac? Y luego, en Gil'ead, ¿cómo iba a
largarme con la conciencia en paz? El problema contigo —dijo Murtagh dándole un
empujón a Eragon en el pecho— es que eres tan indefenso que obligas a que todo
el mundo te cuide.
Aunque esas palabras hirieron el orgullo de Eragon,
reconoció en ellas una parte de verdad.
—No me toques —rugió.
Murtagh rió con un tinte brusco en la voz.
—Y si no, ¿qué? ¿Me vas a pegar? No serías capaz de
golpearle ni a una pared de ladrillos.
Se acercó a Eragon para darle otro empujón, pero éste
lo agarró por un brazo y le dio un golpe en el estómago.
—¡He dicho que no me toques!
Murtagh se inclinó y maldijo. Luego soltó un aullido y
se lanzó sobre Eragon. Cayeron al suelo en una maraña de
brazos y piernas y se pegaron mutuamente. Eragon lanzó una patada a la cadera
derecha de Murtagh, pero falló y rozó el fuego, con lo que las centellas y las
ascuas ardientes volaron por el aire.
Los dos jóvenes rodaron por el suelo intentando asirse
a algo. Eragon consiguió encajar los pies bajo el pecho de Murtagh y le dio una
fuerte patada. Murtagh voló boca abajo hacia la cabeza de Eragon y le aterrizó
en la espalda con un golpe contundente.
Murtagh quedó sin aliento, pero intentó ponerse en pie
y se dio la vuelta para encararse a Eragon, mientras boqueaba con fuerza.
Cargaron de nuevo. Saphira lanzó un coletazo entre los dos, acompañado de un
rugido ensordecedor. Eragon la ignoró y trató de saltar por encima de la cola
de la dragona, pero una zarpa lo atrapó en el aire y lo soltó de nuevo en el
suelo.
¡Basta!
Trató inútilmente de quitarse del pecho la musculosa
pata de Saphira y vio que Murtagh también estaba atrapado. Saphira volvió a
rugir y chasqueó las mandíbulas. Balanceó la cabeza por encima de Eragon y lo
fulminó con la mirada.
¡Tú, mejor que nadie, deberías comportarte! Peleáis
como perros hambrientos por un resto de carne. ¿Qué diría Brom?
Eragon sintió que le ardían las mejillas y apartó la
mirada. Sabía lo que hubiera dicho Brom. Saphira los mantuvo en el suelo mientras se calmaban y
luego se dirigió claramente a Eragon:
Ahora, si no quieres pasar la noche bajo mi zarpa, le
preguntarás educadamente a Murtagh qué le preocupa. —Volvió la cabeza hacia Murtagh y lo miró fijamente
con sus impasibles ojos azules—. Y dile que no pienso aguantar insultos de
ninguno de los dos.
¿No nos vas a soltar? —se quejó Eragon.
No.
En contra de su voluntad, Eragon volvió la cabeza
hacia Murtagh mientras notaba el sabor de la sangre en la boca. Murtagh evitó
su mirada y fijó los ojos en el cielo.
—Bueno, ¿nos va a soltar o no?
—No, mientras no hablemos... Quiere que te pregunte
cuál es el verdadero problema —dijo Eragon, avergonzado.
Saphira gruñó una afirmación y mantuvo la vista fija
en Murtagh. A éste le resultaba imposible huir de la penetrante mirada de la
dragona. Al fin se encogió de hombros y murmuró algo en voz baja. La zarpa de
Saphira se apretó en torno al pecho del joven y la cola silbó en el aire.
Murtagh le lanzó una mirada rabiosa, pero luego, rechinando, habló en voz alta:
—Ya te lo dije. No quiero ir a donde están los
vardenos.
Eragon frunció el entrecejo. ¿Sólo era eso?
—¿No quieres o no puedes?
Murtagh trató de librarse de la zarpa de Saphira a
empujones, pero renunció entre maldiciones.
—¡No quiero! —bramó—. Esperarán de mí cosas que no
puedo darles.
—¿Les has robado algo?
—¡Ojalá fuera tan sencillo!
Exasperado, Eragon puso los ojos en blanco.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Has matado a alguien
importante o te has acostado con la mujer que no debías?
—No, el problema fue nacer —dijo Murtagh en tono
enigmático.
Murtagh volvió a empujar a Saphira, y esta vez ella
los soltó a los dos. Se pusieron de pie bajo la mirada vigilante de la dragona
y se sacudieron la arena de la espalda.
—Estás evitando la pregunta —dijo Eragon mientras se
tocaba el labio partido.
—¿Y qué? —escupió Murtagh, y se dirigió hacia el borde
del campamento pisando muy fuerte, pero al cabo de un momento, susurró—: Las
razones de mi situación no importan, pero te puedo decir que los vardenos no me
darían la bienvenida ni aunque les llevara la cabeza del rey. Ah, tal vez me reciban con amabilidad y me permitan entrar en su consejo, pero...
¿fiarse de mí? ¡Nunca! Y si llegara en circunstancias poco propicias, como las
actuales, quizá me pusieran los grilletes.
—¿Me vas a contar de qué va todo esto? —preguntó
Eragon—. Yo también he hecho cosas de las que no me enorgullezco, así que no te
voy a juzgar.
Murtagh, con los ojos relucientes, negó lentamente.
—No se trata de eso. No he hecho nada que merezca
semejante trato, aunque sería más fácil así porque podría expiar mi culpa.
No... mi única maldad, para empezar, es existir. —Calló y dio una temblorosa
bocanada—. Mira, mi padre...
Un agudo bufido de Saphira le cortó la palabra
repentinamente.
¡Mirad!
Siguieron la mirada de la dragona que enfocaba hacia
el oeste. El rostro de Murtagh palideció.
—¡Hay demonios por arriba y por abajo!
A más o menos cinco kilómetros de distancia, en
paralelo a la cadena montañosa, pudieron ver una columna de figuras marchando
hacia el este. La hilera de tropas, formada por cientos de figuras, tenía una
longitud de más de un kilómetro, y al avanzar levantaban nubes de polvo,
mientras las armas brillaban en la agonizante luz del ocaso. En cabeza iba un
portaestandarte que cabalgaba en una cuadriga negra blandiendo un pendón
carmesí.
—Es el Imperio —dijo Eragon, agotado—. Nos han
encontrado... no sé cómo.
Saphira colocó la cabeza sobre el hombro de Eragon y
observó la columna.
—Sí, pero son úrgalos, no hombres —dijo Murtagh.
—¿Cómo lo sabes?
—Esa bandera es el símbolo personal del jefe de un
clan de úrgalos —contestó Murtagh señalando el estandarte—. Es un bruto
despiadado, proclive a los ataques violentos y a la locura.
—¿Lo conoces?
—Lo ví una vez, por poco tiempo —respondió el joven
entrecerrando los ojos—. Aún conservo las cicatrices. Tal vez esos úrgalos no
nos busquen a nosotros, pero estoy seguro de que ya nos han visto y nos van a
seguir. Su jefe no es de los que dejarían escapar a un dragón, sobre todo si se
ha enterado de lo de Gil'ead.
Eragon se apresuró a cubrir el fuego con tierra.
—¡Tenemos que huir! Tú no quieres ir con los vardenos,
pero yo he de llevar a Arya hasta ellos antes de que muera. Hagamos un trato:
ven conmigo hasta que llegue al lago Kóstha-mérna y luego sigue tu propio
camino. —Murtagh dudó, pero Eragon añadió enseguida—: Si te vas ahora, a la
vista de la columna, los úrgalos te seguirán. ¿En qué situación quedarías? ¿Tú
solo contra ellos?
—Muy bien —contestó Murtagh echando sus alforjas sobre
la grupa de Tornac—. Pero
cuando estemos cerca de los vardenos me iré.
Eragon ardía en deseos de interrogar más a Murtagh,
pero no teniendo a los úrgalos tan cerca. De modo que recogió sus cosas y
ensilló a Nieve de Fuego. Saphira agitó las alas, despegó deprisa y los
sobrevoló haciendo círculos. Vigiló a Murtagh y a Eragon mientras abandonaban
el campamento.
¿En qué dirección he de volar? —preguntó.
Hacia el este, siguiendo las Beor.
Manteniendo las alas quietas, Saphira evolucionó un
poco y se balanceó en el torbellino de aire caliente quedándose suspendida
sobre los caballos.
Quisiera saber qué hacen los úrgalos aquí. Tal vez los
hayan enviado para atacar a los vardenos.
En ese caso, deberíamos intentar advertirles —dijo Eragon guiando a Nieve de Fuego entre
obstáculos apenas visibles.
A medida que oscurecía, los úrgalos fueron
desapareciendo en la penumbra a espaldas de los viajeros.
Cuando se hizo de día, Eragon tenía la mejilla irritada por el roce con la
crin de Nieve de Fuego y estaba magullado por la pelea con Murtagh.
Habían dormido por turnos sin descabalgar en toda la noche, y eso les había
permitido distanciarse de las tropas de úrgalos, pero ninguno de ellos estaba
seguro de poder conservar la ventaja. Los caballos se hallaban tan exhaustos
que parecía que estaban a punto de detenerse, aunque mantenían todavía el paso
implacablemente. Las posibilidades de escapar dependían de que los monstruos
estuvieran más o menos descansados... y de que los caballos de Eragon y de
Murtagh sobrevivieran.
Las montañas Beor proyectaban grandes sombras sobre la
tierra robándoles el calor del sol. Hacia el norte se extendía el desierto de
Hadarac, una estrecha franja blanca, brillante como la nieve al sol del
mediodía.
Tengo que comer —dijo Saphira—. Han pasado días desde que cacé por
última vez, y el hambre me corroe las entrañas. Si me voy ahora mismo, tal vez
me dé tiempo de atrapar unos cuantos de esos ciervos saltarines para dar
algunos bocados.
Vete, si tienes que irte, pero deja a Arya aquí —le dijo Eragon sonriendo ante la exageración.
No tardaré.
Eragon desató a la elfa del vientre de la dragona, y
la trasladó a la silla de Nieve de Fuego. Saphira alzó el vuelo a toda
velocidad y desapareció en dirección a las montañas. Kragon iba corriendo
detrás de los caballos, lo suficientemente cerca para estar pendiente de que
Arya no se cayera; sin embargo, ni él ni Murtagh rompieron el silencio. Tras la
aparición de los úrgalos, la pelea del día anterior ya no parecía tener
importancia, pero las contusiones estaban a la vista.
Saphira llevó a cabo su matanza en menos de una hora y
notificó a Eragon su éxito. Éste se alegró de saber que volvería pronto porque
la ausencia de la dragona lo ponía nervioso.
Se pararon junto a una laguna para dar de beber a los
caballos. Distraídamente, Eragon arrancó un tallo de hierba y lo hizo girar con
rapidez entre los dedos mientras miraba a la elfa, pero el áspero sonido
metálico que produce una espada al ser desenvainada lo sacó del ensueño. Aferró
instintivamente la empuñadura de Zar'roc y se volvió en busca del
enemigo: sólo estaba Murtagh, que ya blandía su larga espada. El joven señaló
hacia una colina que tenían delante, en la que se veía a un hombre alto, a
lomos de un alazán, cubierto con una capa marrón y con una maza en la mano. A
su espalda había un grupo de unos veinte hombres a caballo. Nadie se movió.
—¿Pueden ser vardenos? —preguntó Murtagh.
Eragon tensó sigilosamente el arco.
—Según Arya, aún están a muchas leguas. Tal vez sea
una patrulla o una expedición de ataque.
—Eso si no son bandidos.
Murtagh montó en Tornac de un salto y tensó
también el arco.
—¿Y si intentamos escapar? —preguntó Eragon mientras
tapaba a Arya con una manta.
Sin duda los hombres ya la habían visto, pero confió
en poder disimular que se trataba de una elfa.
—No serviría de nada —dijo Murtagh moviendo la
cabeza—. Tornac y Nieve de Fuego son buenos caballos de batalla,
pero están cansados y no valen para hacer carreras. Mira qué caballos llevan
ésos: han nacido para correr. Nos atraparían en menos de medio kilómetro.
Además, tal vez tengan algo importante que decir. Será mejor que avises a
Saphira para que vuelva deprisa.
Eragon ya lo estaba haciendo. Le explicó a la dragona
la situación y le advirtió:
No te muestres si no es necesario, pues aunque no
estamos en el Imperio, sigo prefiriendo que nadie conozca tu existencia.
Eso no importa —contestó ella—. Recuerda que la magia te puede
proteger cuando fallan la velocidad y la suerte.
Eragon notó que la dragona alzaba el vuelo y se
apresuraba por llegar a donde estaban ellos, sobrevolando a escasa altura.
El grupo de hombres los observaba desde la colina.
Eragon aferró a Zar'roc con gesto nervioso. El
tacto de la malla metálica de la empuñadura le daba seguridad.
—Si nos amenazan —le dijo a Murtagh en voz baja—,
puedo asustarlos y ponerlos en fuga con mi magia. Y si no lo consigo, nos queda
Saphira. Me encantaría saber cómo reaccionarán al saber que soy un Jinete. Se
han contado tantas historias sobre los poderes que tenían... Tal vez baste con
eso para evitar la pelea.
—No cuentes con ello —dijo Murtagh con llaneza—. Si
llegamos a luchar, tendremos que matar a bastantes atacantes para convencerlos
de que no vale la pena que se esfuercen.
La expresión controlada del rostro de Murtagh no
revelaba ninguna emoción.
El hombre del alazán hizo una señal con la maza e
indicó a los demás que salieran trotando hacia los dos jóvenes. Los hombres
blandían las lanzas en alto y aullaban con fuerza mientras se acercaban. De sus
costados pendían las fundas abolladas, y tenían las armas sucias y oxidadas.
Cuatro de esos individuos ensayaron sus flechas en dirección a Eragon y a
Murtagh.
El cabecilla de la banda giró la maza en el aire y sus
secuaces respondieron con aullidos mientras trazaban un círculo salvaje en
torno a los muchachos. A Eragon le temblaban los labios y estuvo a punto de
lanzarles un estallido de magia, pero se contuvo.
«Aún no sabemos qué quieren», se recordó reprimiendo
su creciente aprensión.
En cuanto Eragon y Murtagh estuvieron rodeados por
completo, el cabecilla tiró de las riendas para detener su caballo, se cruzó de
brazos y los examinó con ojo crítico.
—Vaya, éstos están mejor que la escoria que solemos
encontrar —afirmó enarcando las cejas—. Al menos esta vez están sanos. Y ni
siquiera hemos tenido que tirar una flecha. A Grieg le encantará.
Los hombres se rieron.
Al oír esas palabras, a Eragon le dio un vuelco el
corazón. Una sospecha se agitó en la mente del muchacho.
Saphira...
—Bueno, vosotros dos —dijo el cabecilla dirigiéndose a
Eragon y a Murtagh—, si tenéis la bondad de soltar las armas, evitaréis que mis
hombres os conviertan en aljabas humanas.
Los arqueros exhibieron una sonrisa significativa y
los demás volvieron a reír.
El único movimiento de Murtagh fue para reorientar la
espada.
—¿Quiénes sois y qué queréis? Somos hombres libres y
queremos cruzar estas tierras. No tenéis ningún derecho a detenernos.
—¡Ah, yo tengo todos los derechos! —dijo el individuo
en tono despectivo—. En cuanto a quiénes somos... Los esclavos no se dirigen a
sus amos en ese tono, salvo que quieran recibir una paliza.
«¡Traficantes de esclavos!»
Eragon maldijo para sí y recordó vivamente a la gente
que había visto en la subasta de Dras-Leona. La rabia hirvió en sus entrañas.
Fulminó con la mirada a los hombres que lo rodeaban, con odio y desprecio
renovados.
Las arrugas de la cara del cabecilla se acrecentaron.
—¡Soltad las espadas y rendíos!
Los traficantes de esclavos se pusieron tensos y
lanzaron gélidas miradas a Eragon y a Murtagh al ver que ninguno de los dos
bajaba las armas. Eragon sintió un cosquilleo en la palma de la mano. En ese
momento oyó un crujido a su espalda y luego una interjección. Sorprendido, se
dio la vuelta.
Uno de los hombres había tirado de la manta que tapaba
a Arya y había dejado al descubierto el rostro de la elfa. E1 bandido boqueó de
asombro y gritó:
—¡Torkenbrand! ¡Es una elfa!
Todos se agitaron sorprendidos mientras el cabecilla
espoleaba a su caballo para acercarse a Nieve de Fuego. Miró a Arya y
silbó.
—Bueno, ¿cuánto vale? —preguntó alguien.
Torkenbrand guardó silencio un momento, luego extendió
una mano y dijo:
—Como mínimo... Una fortuna inmensa. ¡El Imperio
pagaría por ella una montaña de oro!
Los traficantes gritaron excitados y se palmearon las
espaldas.
Un rugido llenó la mente de Eragon cuando Saphira
apareció a lo lejos, en lo alto.
¡Ataca ya! —gritó Eragon—. Pero si huyen, déjalos escapar.
Ella plegó las alas de inmediato y se lanzó en picado.
Eragon captó la atención de Murtagh con una brusca señal y éste entendió el
aviso. Descabalgó al traficante de un codazo en la cara y clavó los talones en
los flancos de Tornac. Agitando la crin, el caballo de batalla saltó
hacia delante, dio una vuelta y se alzó sobre las patas traseras. Murtagh
blandió la espada cuando el caballo volvía a posar las patas delanteras y
soltaba una coz en la espalda del traficante que él había desmontado. El hombre
dio un grito.
Antes de que los asaltantes entendieran lo que estaba
pasando, Eragon se apartó como pudo del alboroto, alzó las manos e invocó unas
palabras del idioma antiguo. Un globo de fuego de color índigo se alzó en el
suelo en medio de la refriega y estalló en un manantial de gotas derretidas que
se disiparon como el rocío calentado por el sol. Un segundo después, Saphira
cayó del cielo y aterrizó al lado del muchacho. Abrió las mandíbulas para
exhibir sus gigantescos colmillos y bramó.
—¡Atrás! —exclamó Eragon por encima del barullo—. ¡Soy
un Jinete! —Blandió a Zar'roc en lo alto, con su filo rojo
resplandeciente bajo el sol, y la apuntó hacia los traficantes de esclavos—:
¡Huid, si queréis conservar la vida!
Los hombres gritaron palabras incoherentes y se
atropellaron entre sí en su afán por escapar. En medio de la confusión, una
lanza golpeó la frente de Torkenbrand que, aturdido, se tambaleó y cayó al
suelo. Los hombres ignoraron a su jefe caído y se alejaron a la carrera, en
tropel, lanzando miradas de terror a Saphira.
Torkenbrand se esforzó por ponerse de rodillas. La
sangre brotaba de las sienes del individuo y le corría por las mejillas
formando una redecilla carmesí. Murtagh desmontó y se acercó a él a grandes
zancadas, con la espada en la mano. El traficante alzó débilmente los brazos,
como si quisiera protegerse de un golpe. Murtagh lo miró con frialdad y luego
le golpeó el cuello con el filo de su espada.
—¡No! —gritó Eragon, pero era demasiado tarde.
El tronco decapitado de Torkenbrand se desplomó entre
una nubécula de polvo y la cabeza cayó con un golpe seco.
Eragon se acercó corriendo a Murtagh al tiempo que
pronunciaba furiosas palabras.
—¿Se te ha podrido el cerebro? —gritó, furibundo—.
¿Por qué lo has matado?
Murtagh secó el filo de su espada en la espalda del
jubón de Torkenbrand. El acero dejó una oscura mancha en la tela.
—No sé por qué te enfadas tanto.
—¡Enfadarme! —estalló Eragon—. ¡Es mucho más que un enfado! ¿No se te ha ocurrido que podíamos dejarlo aquí y seguir nuestro
camino? ¡No! En vez de eso, te conviertes en verdugo y le cortas la cabeza. ¡No
podía defenderse!
Murtagh parecía perplejo por la ira de Eragon.
—Bueno, no podíamos dejarlo por en medio... Era
peligroso. Los demás han huido... Y él, sin caballo, no habría podido ir muy
lejos. No quería que los úrgalos lo encontraran y se enteraran de la presencia
de la elfa. Por eso he pensado que...
—Pero... ¿tenías que matarlo? —lo interrumpió Eragon.
La dragona olisqueó con aire curioso la cabeza de
Torkenbrand, abrió un poco la boca, como si se la fuera a tragar, pero luego se
lo pensó mejor y se acercó a Eragon a paso lento.
—Lo único que pretendo es salvar el pellejo —contestó
Murtagh—. Ninguna vida ajena me importa más que la mía.
—Pero no te puedes entregar a la violencia gratuita.
¿Qué se ha hecho de tu empatía? —rugió Eragon, al tiempo que se señalaba la
cabeza.
—¿Empatía? ¿Empatía? ¿Me puedo permitir sentir empatía
por mis enemigos? ¿Debo dudar entre defenderme o no porque podría dañar a
otros? Si fuera así, llevaría años muerto. Hay que estar dispuesto a protegerse
a uno mismo y a cuanto uno quiere, cueste lo que cueste.
Eragon enfundó a Zar'roc con brusquedad y movió
la cabeza alocadamente.
—Eres capaz de justificar cualquier atrocidad con tus
razonamientos.
—¿Te crees que me divierto? —gritó Murtagh—. Desde el
día en que nací, mi vida está amenazada. Todas las horas que he pasado
despierto las he dedicado a evitar peligros de cualquier clase. Y no me es
fácil conciliar el sueño porque siempre estoy preocupado por si llegaré a ver
la luz del alba. Si hubo un tiempo en que estuve a salvo, debió de ser en el
vientre de mi madre, aunque ni siquiera fue así. No lo entiendes. Si tú
vivieras con este miedo, aprenderías la misma lección que yo: no hay que correr
ningún riesgo. —Señaló con un gesto el cuerpo de Torkenbrand—. Él era un riesgo
y lo he superado. Me niego a arrepentirme y no pienso mortificarme por lo que
ya está hecho.
Eragon pegó su cara a la de Murtagh.
—Aun así, está mal hecho. —Ató a Arya al vientre de
Saphira y montó en Nieve de Fuego—.
¡Vámonos!
Murtagh tiró de las riendas para que Tornac esquivara
el cuerpo de Torkenbrand, tumbado boca abajo sobre el polvo ensangrentado.
Cabalgaron a una velocidad que Eragon hubiera creído
imposible apenas una semana antes; las leguas desfilaban a su paso como si
ellos tuvieran alas en los pies. Torcieron hacia el sur entre dos brazos de las
montañas Beor: eran dos sierras como pinzas a punto de cerrarse y sólo un día
de viaje separaba las dos puntas. Sin embargo, la distancia parecía aún menor
por el tamaño de las montañas. Era como si estuvieran en un valle hecho a la
medida de un gigante.
Cuando se detuvieron al fin del día, Eragon y Murtagh
cenaron en silencio negándose a apartar la mirada de la comida. Al cabo de un
rato Eragon afirmó en tono lacónico:
—Yo me encargo de la primera guardia.
Murtagh asintió y se tumbó sobre sus mantas dándole la
espalda.
¿Quieres que hablemos?—preguntó Saphira.
Ahora no —murmuró Eragon—. Dame tiempo para pensar. Me
siento... confundido.
Ella cortó el contacto mental tras una caricia y un
susurro:
Te quiero, pequeño.
Y yo a ti —contestó él.
La dragona se hizo un ovillo al lado de Eragon y le
prestó su calor. Él se quedó inmóvil en la oscuridad luchando con su inquietud.
Por la mañana Saphira alzó el vuelo con Eragon y con
Arya porque el muchacho quería alejarse un rato de Murtagh. Eragón sintió un
escalofrío y se ciñó la ropa. Parecía que fuera a nevar. Saphira ascendió
perezosamente aprovechando una corriente de aire y preguntó:
¿En qué piensas?
Eragon contempló las montañas Beor, que se alzaban en
torno a ellos, pese a que Saphira volaba muy por encima del suelo.
Lo de ayer fue un asesinato, no se puede llamar de
otro modo.
Saphira se inclinó hacia la izquierda.
Fue una reacción apresurada y nada reflexiva, pero
Murtagh pretendía hacer lo correcto. Los hombres que compran y venden a los
demás seres humanos merecen cualquier desgracia que les ocurra. Si no nos
hubiéramos comprometido a ayudar a Arya, yo misma perseguiría a todos los
traficantes de esclavos y los haría pedazos.
Sí —dijo Eragon,
apesadumbrado—, pero Torkenbrand estaba indefenso. No podía cubrirse ni
correr. Un instante más y, probablemente, se habría rendido; sin embargo,
Murtagh no le concedió la oportunidad. Si al menos Torkenbrand hubiera podido
pelear, no sería tan terrible.
Eragon, aunque Torkenbrand hubiera luchado, el
resultado habría sido el mismo. Sabes tan bien como yo que pocos pueden igualar
a Murtagh, o a ti, con la espada. Torkenbrand habría muerto igualmente pero,
según parece, a ti te hubiera parecido más justo y honroso, a pesar de la
desigualdad del duelo.
¡Ya no sé lo que está bien! —admitió Eragon, afligido—. Ninguna respuesta tiene
sentido.
A veces —dijo Saphira en tono amable— no hay respuestas.
Aprende lo que puedas de Murtagh en ese aspecto. Luego perdónalo. Y si no
puedes perdonar, al menos olvida. Porque él no pretendía causarte ningún mal,
por muy brutal que fuera su acción. Aún tienes la cabeza en su sitio, ¿no?
Eragon frunció el entrecejo y se reacomodó en la
silla. Se movió inquieto, como un caballo cuando trata de librarse de una
mosca, y mirando por encima de los hombros de Saphira, comprobó la situación de
Murtagh. Mientras observaba, le llamó la atención una mancha de color que había
a lo lejos, en la misma ruta que habían recorrido.
Los úrgalos habían acampado junto al lecho de un río
que ellos mismos habían cruzado el día anterior. A Eragon se le aceleró el
corazón. ¿Cómo podía ser que los úrgalos fueran a pie y, sin embargo, les
dieran alcance? Saphira también los vio, agitó las alas, las plegó junto al
cuerpo y se lanzó en picado cortando el aire.
Creo que no nos han visto —dijo.
Eragon confió en que así fuera. Entrecerró los ojos
para protegerlos del aire cuando Saphira amplió el ángulo de descenso.
El jefe del clan los debe de guiar a un ritmo matador —añadió.
Sí, a lo mejor se mueren todos de cansancio.
Al aterrizar, Murtagh preguntó en tono seco:
—¿Qué ocurre ahora?
—Los úrgalos se nos echan encima —contestó Eragon, y
señaló hacia el campamento de la columna.
—¿Cuánto nos falta? —preguntó Murtagh, que alzó una
mano al cielo calculando las horas que aún quedaban para el ocaso.
—Normalmente... diría que otros cinco días, pero a la
velocidad que llevamos, sólo tres. No obstante, si no llegamos mañana, es
probable que los úrgalos nos atrapen y seguro que Arya morirá.
—Tal vez dure un día más.
—No podemos contar con eso —objetó Eragon—. Sólo
podemos llevarla hasta los vardenos a tiempo si no nos detenemos para nada, y
mucho menos para dormir. Es nuestra única posibilidad.
—¿Y cómo esperas lograrlo? —preguntó Murtagh con una
risa escéptica—. Ya llevamos varios días sin dormir lo suficiente. Salvo que
los Jinetes estéis hechos de una materia distinta que los humanos, estás tan
cansado como yo. Hemos recorrido una distancia asombrosa, y los caballos, por
si no te has dado cuenta, están a punto de desmayarse. Otro día así, y
podríamos morir todos.
Eragon se encogió de hombros.
—Pues así sea. No tenemos otra opción.
Murtagh miró hacia las montañas.
—Podría irme y dejar que tú volaras con Saphira... Eso
obligaría a los úrgalos a dividir sus tropas y entonces tendrías más opciones
de llegar hasta los vardenos.
—Sería un suicidio —dijo Eragon—. Por alguna razón,
esos úrgalos van más deprisa a pie que nosotros a caballo. Te darían caza como
a un ciervo. Así, la única manera de librarse de ellos es encontrar el refugio
de los vardenos.
A pesar de sus palabras, Eragon no estaba seguro de
desear que Murtagh se quedara.
«Me cae bien —confesó para sí—, pero ya no sé si eso
es bueno.»
—Ya me escaparé más adelante —dijo Murtagh
bruscamente—. Cuando lleguemos a donde están los vardenos podré desaparecer por
algún valle secundario y encontrar el camino hasta Surda; allí podré esconderme
sin llamar demasiado la atención.
—Entonces, ¿te quedas?
—Con o sin sueño, te acompañaré hasta los vardenos.
Con determinación renovada, se esforzaron por distanciarse de los úrgalos,
pero sus perseguidores seguían ganándoles terreno. Al caer la noche los
monstruos habían acortado la distancia en una tercera parte con respecto a la
mañana. Y como la fatiga les socavaba las fuerzas, se turnaban para dormir
sobre la montura, y el que permanecía despierto se encargaba de guiar a los
caballos en la dirección adecuada. Eragon dependía totalmente de los recuerdos
de Arya para orientarse, pero como la naturaleza de la mente de la elfa le era
ajena, a veces se equivocaba de ruta, lo cual les costaba un tiempo precioso.
Fueron desviándose gradualmente hacia las laderas de la cadena oriental de
montañas para buscar el valle que debía llevarlos hasta los vardenos. No obstante,
llegó y pasó la medianoche sin que encontraran el menor rastro.
Cuando volvió a salir el sol, se alegraron al ver que
los úrgalos estaban lejos.
—Es el último día —dijo Eragon, con un amplio
bostezo—. Si a mediodía no estamos razonablemente cerca de los vardenos, me
adelantaré volando con Saphira. Entonces quedarás libre para ir a donde
quieras, pero tendrás que llevarte a Nieve de Fuego porque yo no podré
volver a por él.
—Quizá no sea necesario. Aún puede ser que lleguemos a
tiempo —contestó Murtagh acariciando la empuñadura de su espada.
—Tal vez —dijo Eragon, displicente.
El muchacho se acercó a Arya y le puso una mano en la
frente: estaba húmeda y peligrosamente ardorosa. Los ojos de la elfa se
agitaban incómodos bajo los párpados, como si la mujer sufriera una pesadilla.
Eragon le rozó la frente con un paño húmedo y deseó poder hacer algo más por
ella.
A última hora de la mañana, después de rodear una
montaña muy grande, Eragon vio un estrecho valle pegado a la ladera contraria,
que era tan cerrado que la vista podía pasarlo por alto con facilidad. El río
Diente de Oso, mencionado por Arya, fluía desde el valle y luego recorría
tranquilamente el terreno. Eragon sonrió aliviado; era el lugar que buscaban.
Miró hacia atrás y se asustó al ver que la distancia
entre ellos y los úrgalos, se había acortado hasta poco más de cinco
kilómetros.
—Si conseguimos meternos por ahí sin que nos vean, tal
vez los despistemos —le dijo Eragon a Murtagh señalando el valle.
—Vale la pena probarlo, pero no les ha costado nada
seguirnos hasta aquí —repuso Murtagh, que parecía escéptico.
Mientras se acercaban al valle, pasaron bajo las
retorcidas ramas del bosque de las Beor: los árboles eran altos, de corteza
rugosa, casi negra, con hojas en forma de aguja del mismo color oscuro y
nudosas raíces que se alzaban desde el suelo como rodillas peladas; en el suelo
abundaban los frutos caídos, grandes como cabezas de caballo; las martas
cibelinas, cuyos ojos resplandecían desde los agujeros de los troncos,
parloteaban en las copas; y de las retorcidas ramas colgaba una maraña verdosa
de espesos matalobos.
El bosque le provocaba una sensación incómoda a Eragon
y hacía que se le erizara el vello de la nuca. Había algo hostil en el
ambiente, como si los árboles rechazaran la intromisión de los forasteros.
Son muy viejos —dijo Saphira al tiempo que tocaba un árbol con el
hocico.
Sí —contestó Eragon—, pero nada amistosos.
Cuanto más se adentraban en el bosque, más denso se
volvía éste, y por falta de espacio, Saphira tuvo que alzar el vuelo con Arya.
No había ningún sendero claro que seguir y la espesa maleza entorpecía el paso
de Eragon y de Murlagh. El río Diente de Oso corría al lado de los viajeros e
inundaba el espacio con el ruido del barboteo del agua. Una cumbre cercana
oscurecía el sol y los sumía en un crepúsculo prematuro.
Al llegar a la entrada del valle, Eragon se dio cuenta
de que, aunque parecía un estrecho desfiladero entre las cumbres, en realidad
era tan ancho como cualquier valle de las Vertebradas, pero el tamaño
gigantesco de las montañas, serradas y sombrías, le daba ese aspecto engañoso.
Las cataratas brotaban de las escarpadas laderas y el cielo se convertía en una
estrecha franja en lo alto, escondida en gran parte por las nubes grises; una
espesa niebla se alzaba desde el suelo, frío y húmedo, y congelaba el aire de
tal modo que, cuando ellos respiraban, emitían vaho; los zarzales de fresas
salvajes trepaban entre una alfombra de musgo y heléchos, luchando por obtener
la escasa luz del sol, y de los montones de madera podrida brotaban hongos
rojos y amarillos.
Todo parecía silencioso y tranquilo, pues la pesadez
del aire acallaba los sonidos. Saphira aterrizó al lado de los dos jóvenes en
un claro cercano, y el aleteo de la dragona sonó extrañamente amortiguado.
Saphira ladeó la cabeza para abarcar el terreno con la mirada.
Acabo de pasar junto a una bandada de pájaros negros y verdes con manchas rojas en las alas. Nunca había
visto pájaros así.
En estas montañas todo parece extraño —contestó Eragon—. ¿Te importa que me monte un
rato? Quiero echar un vistazo a los úrgalos.
Claro.
Eragon se volvió hacia Murtagh y le indicó:
—Los vardenos están escondidos al final de este valle.
Si nos damos prisa, podríamos llegar antes del anochecer.
Murtagh gruñó con los brazos en jarras.
—¿Y cómo voy a salir de aquí? No veo que este valle se
junte con ningún otro y los úrgalos pronto se nos echarán encima. Necesito una
vía de escape.
—No te preocupes por eso —contestó Eragon,
impaciente—. El valle es muy largo; seguro que tiene una salida más adelante.
—Desató a Arya del vientre de Saphira y la montó a lomos de Nieve de Fuego—. Vigila a Arya porque voy a volar
con Saphira. Nos encontraremos más arriba.
Trepó a la grupa de Saphira y se ató a la silla.
—Ten cuidado —avisó Murtagh, ceñudo, a causa de sus
negros pensamientos.
Luego chasqueó la lengua para llamar la atención de
los caballos y se volvió a meter enseguida en el bosque.
En cuanto Saphira se elevó hacia el cielo, Eragon le
dijo:
¿Crees que puedes alcanzar una de esas cimas? Quizá
desde allí podamos distinguir nuestro destino y también un paso para Murlagh.
No quiero oír sus quejas todo el camino.
Podemos intentarlo —contestó Saphira—, pero ahí arriba hará mucho más
frío.
Voy bien abrigado.
Entonces, ¡agárrate!
De repente, Saphira dio un tirón hacia arriba, lo que
obligó a Eragon a aferrarse a la silla. Las alas de la dragona batían con
fuerza para cargar con el peso del muchacho y con el suyo propio. De ese modo
el valle se fue encogiendo hasta convertirse en una línea verde por debajo de
ellos mientras el río Diente de Oso brillaba como la plata repujada cuando le
daba la luz.
Llegaron a la capa de nubes, donde la humedad
congelada saturaba el aire, y allí una manta gris e informe los envolvió y les
impidió ver a una distancia mayor que un brazo estirado. Eragon confió en que
no chocaran contra nada en las tinieblas. Estiró un brazo para ver qué pasaba y
lo agitó en el aire: el agua se le condensaba en la mano, le bajaba por el
brazo y le empapaba la manga.
Una confusa masa gris pasó junto a la cabeza del
muchacho, y él llegó a distinguir una paloma que aleteaba desesperada. El ave
llevaba una cinta blanca en una pata. Saphira atacó al pájaro con la lengua
fuera y las fauces abiertas, y la paloma graznó en el momento en que los
afilados dientes de la dragona se cerraban de golpe a un pelo escaso de
distancia de la cola del ave. Luego ésta se alejó a toda velocidad y
desapareció entre la bruma al tiempo que el histérico batir de sus alas se iba
apagando.
Cuando sobrepasaron las nubes, las escamas de Saphira
se hallaban cubiertas de miles de gotas de agua que reflejaban minúsculos arcos
iris y les arrancaban destellos azules. Eragon se movió y sus ropas soltaron
hilillos de agua: el muchacho sintió un escalofrío. Ya no veía la tierra, sino
sólo bloques de nubes que serpenteaban entre las montañas.
Los árboles cedían terreno a glaciares de gran espesor
que brillaban blancos y azulados a la luz del sol. El fulgor de la nieve obligó
a Eragon a cerrar los ojos y, aunque intentó abrirlos al cabo de un momento, la
luz lo deslumbraba. Irritado, se quedó mirándose los brazos.
¿Cómo lo aguantas? —preguntó a Saphira.
Mis ojos son más fuertes que los tuyos —contestó la dragona.
El aire era glacial, de tal modo que la humedad que
había recogido el cabello de Eragon se congeló y le trazó un brillante casco
sobre la cabeza. Al mismo tiempo, en torno a las extremidades del muchacho, la
camisa y los pantalones se le endurecieron como cáscaras. Por su parte, las
escamas de Saphira se volvieron resbalosas con tanto hielo, y el agua se le
escarchaba encima de las alas. Nunca habían volado tan alto y, sin embargo, aún
faltaban miles de metros para llegar a la cumbre.
El aleteo de Saphira se volvía cada vez más lento y
empezaba a costarle respirar. Eragon boqueaba y jadeaba; parecía como si no
hubiera suficiente aire. Luchando contra el pánico, se agarró a las púas del
cuello de Saphira para mantener el equilibrio.
Tenemos que... irnos de aquí —dijo. Ante los ojos del muchacho flotaban unas
manchas rojas—. No puedo... respirar.
Como parecía que Saphira no lo oía, repitió el mensaje
con más intensidad. De nuevo sin respuesta. Eragon se dio cuenta de que no
podía oírlo, y aunque le costaba pensar, se balanceó, le dio un golpe en un
costado y gritó:
—¡Bajemos!
El esfuerzo lo dejó aturdido a la vez que se le
desvanecía la visión en una oscuridad de torbellinos.
Eragon recuperó la conciencia cuando emergían bajo las nubes y notó que le
latían las sienes.
¿Qué ha pasado? —preguntó mientras se recolocaba en la silla y miraba
confuso a su alrededor.
Te has desmayado —contestó Saphira.
Empezó a pasarse una mano por el cabello, pero se
detuvo al notar las partículas de hielo.
Sí, ya lo sé, pero ¿por qué no me contestabas?
Mi cerebro estaba confuso y tus palabras no tenían
sentido. Cuando has perdido la conciencia, he comprendido que estaba pasando
algo y he descendido. No he tenido que bajar mucho para entender lo que
sucedía.
Suerte que no te has desmayado tú también —dijo Eragon, con una risa nerviosa. Saphira se limitó
a agitar la cola. El muchacho miró con añoranza hacia las cumbres, de nuevo
tapadas por las nubes—. Lástima que no pudiéramos posarnos en uno de esos
picos... Bueno, ahora ya sabemos que sólo podremos salir volando de este valle
por donde entramos. ¿Por qué nos hemos quedado sin aire? ¿Cómo puede ser que
abajo sí lo haya y arriba no?
No lo sé, pero nunca me atreveré otra vez a volar tan
cerca del sol. Deberíamos recordar la experiencia. Este descubrimiento puede
resultar útil si alguna vez nos tenemos que enfrentar a otro Jinete.
Espero que eso no ocurra nunca —contestó Eragon—. Quedémonos abajo, de momento. Ya
he tenido bastantes aventuras por hoy.
Flotaron en las corrientes de aire suave planeando
entre una montaña y la siguiente hasta que Eragon vio que la columna de úrgalos
había llegado a la entrada del valle.
¿Por qué van tan deprisa? ¿Y cómo lo aguantan?
Ahora que estamos más cerca —explicó Saphira—, me doy cuenta de que esos
úrgalos son más grandes que los que habíamos visto hasta ahora. Al lado de un
hombre alto, le sacarían más de una cabeza. No sé de dónde proceden, pero ha de
ser de un lugar muy salvaje para producir semejante clase de brutos.
Eragon miró fijamente la tierra que se extendía a sus
pies, pero no podía ver con tanto detalle como la dragona.
Si siguen a ese ritmo, alcanzarán a Murtagh antes de
que encontremos a los vardenos.
No pierdas la esperanza. Tal vez el bosque detenga el
avance de los monstruos... ¿Se los podría detener con magia?
Detenerlos... no. Son demasiados. —Eragon pensó en la fina capa de bruma que se cernía
sobre la tierra del valle, y sonrió—. Pero quizá sea capaz de frenarlos un
poco. —Cerró los ojos, escogió las palabras que necesitaba, miró fijamente
la bruma y luego ordenó—: ¡Gath un reisa du rakr!
Allá abajo se produjo una turbulencia y, desde arriba,
parecía que la tierra fluía como un gran río en calma. Una franja de niebla,
pesada como el plomo, se cerró frente a los úrgalos y se espesó hasta
convertirse en un muro intimidatorio, oscuro como una nube de tormenta. Los
úrgalos dudaron, pero siguieron avanzando como un rebaño en estampida que nadie
podía detener. A continuación la barrera giró en torno a ellos y ocultó a las
primeras filas de monstruos.
La pérdida de fuerzas de Eragon fue repentina y total:
el corazón le latía agitado como el de un ave moribunda; boqueó y puso los ojos
en blanco. Entonces se esforzó en romper el abrazo del hechizo y en cerrar
aquella brecha por la que se le escapaba la vida. Tras un aullido salvaje, se
apartó de la magia y quebró el contacto. Hilachas de magia fluían de la mente
del muchacho como serpientes decapitadas, que luego abandonaban a regañadientes
la conciencia de Eragon agarrándose a los restos de las fuerzas que le
quedaban. El muro de niebla se disipó y la bruma se desplomó mansamente sobre
el suelo, como una torre de fango derribada. Sin embargo, los úrgalos no habían
perdido el paso.
Eragon estaba tendido sobre Saphira, inmóvil y
jadeante. Hasta ese momento no recordó lo que le había dicho Brom: «La
distancia influye sobre la magia, igual que ocurre cuando se arroja una flecha
o una lanza. Si tratas de levantar o mover algo que está a más de un kilómetro,
te exigirá mayor energía que si estuviera cerca».
«No lo volveré a olvidar», pensó Eragon con tristeza.
Nunca debiste olvidarlo —intervino Saphira en tono admonitorio—. Primero la
arena en Gil'ead y ahora esto. ¿Acaso no prestabas atención a lo que Brom te
explicaba? Si sigues así, te matarás.
Sí prestaba atención —se defendió Eragon rascándose la barbilla—. Es que
ha pasado mucho tiempo, y no he tenido ocasión de recordarlo. Nunca había usado
la magia a distancia, de modo que no podía saber que sería tan difícil.
Otra vez te dará por intentar devolverle la vida a un
cadáver. A ver si también olvidas lo que te dijo Brom acerca de eso —gruñó Saphira.
No, me acordaré —dijo Eragon con impaciencia.
Saphira voló en picado hacia el suelo buscando a
Murtagh y a los caballos. Eragon hubiera querido ayudarla, pero apenas tenía
energía suficiente para permanecer sentado.
Saphira aterrizó en un pequeño campo con brusquedad, y
Eragon se llevó una sorpresa al ver a los caballos quietos y a Murtagh de
rodillas, examinando el suelo. Al ver que Eragon no desmontaba, Murtagh se
acercó deprisa y preguntó:
—¿Qué ha sucedido?
Parecía molesto, preocupado y cansado al mismo tiempo.
—He cometido un error —dijo Eragon con sinceridad—.
Los úrgalos han entrado en el valle. He intentado confundirlos, pero no he
recordado una regla de la magia y lo he pagado caro.
Con cara de pocos amigos, Murtagh señaló hacia atrás
con el pulgar.
—Acabo de ver huellas de lobos, pero son tan grandes
como mis dos manos juntas y tienen más de dos centímetros de profundidad. Por
aquí hay animales que podrían ser peligrosos incluso para ti, Saphira. —Se
volvió hacia ella—: Ya sé que no puedes adentrarte en el bosque, pero ¿podrías
sobrevolar en círculos por encima de mí y de los caballos? Eso debería bastar
para mantener alejadas a las fieras. Si no, quedará tan poco de mí que no se me
podrá guisar ni en un dedal.
—¿Estás de buen humor, Murtagh? —preguntó Eragon con
una sonrisa fugaz.
Le temblaban los músculos y le costaba concentrarse.
—Humor negro. No tengo otro. —Murtagh se frotó los
ojos—. No puedo creer que nos hayan estado siguiendo los mismos úrgalos todo el
tiempo. Para seguirnos a ese ritmo tendrían que ser pájaros.
—Saphira dice que son más grandes que los que habíamos
visto —señaló Eragon.
Murtagh maldijo y apretó la empuñadura de la espada.
—¡Eso lo aclara todo! Si tienes razón, Saphira, se
trata de los kull, la élite de los úrgalos. Tendría que haber adivinado que los
habían puesto bajo el mando del jefe del clan. Esos úrgalos no van a caballo
porque los animales no soportarían su peso, pues todos miden por lo menos dos
metros y medio, y pueden pasar días seguidos corriendo y, a pesar del esfuerzo,
estar a punto para la batalla. Hacen falta hasta cinco hombres para matar a
cada uno de ellos. No obstante, los kull sólo abandonan sus cuevas para ir a la
guerra, así que si han salido tantos será porque esperan una gran matanza.
—¿Podemos mantenernos por delante de ellos?
—Vete a saber —contestó Murtagh—. Son fuertes,
decididos, y hay muchos. Es posible que tengamos que enfrentarnos a esos
monstruos. Si eso ocurre, espero que los vardenos tengan apostados a sus
hombres y puedan ayudarnos. Pese a nuestras habilidades y al apoyo de Saphira,
no podríamos superarlos.
Eragon se tambaleó.
—¿Puedes pasarme un poco de pan? Necesito comer.
—Murtagh le dio enseguida un pedazo. Estaba seco y duro, pero Eragon lo masticó
agradecido. Murtagh escrutó las laderas que cerraban el valle, con mirada de
preocupación. Eragon sabía que estaba buscando una salida—. La encontraremos
más adelante.
—Claro —contestó Murtagh con optimismo forzado. Luego
se palmeó el muslo y añadió—: Debemos irnos.
—¿Cómo está Arya? —preguntó Eragon.
—Le ha subido la fiebre —afirmó Murtagh encogiéndose
de hombros—. Ha estado agitada y dándose vueltas. ¿Qué esperabas? Se va
quedando sin fuerzas. Tendrías que llevarla volando hasta los vardenos antes de
que el veneno la lastime más.
—No te voy a dejar atrás —insistió Eragon, que
recuperaba energías a cada bocado—. Y menos con los úrgalos tan cerca.
Murtagh volvió a encogerse de hombros.
—Como quieras. Pero te advierto que si te quedas
conmigo, ella no sobrevivirá.
—No digas eso —pidió Eragon montando en la silla de
Saphira—. Ayúdame a salvarla. Aún podemos conseguirlo. Considéralo como un
intercambio de vidas: me lo debes a cambio de la muerte de Torkenbrand.
El rostro de Murtagh se crispó al instante.
—No reconozco esa deuda. Tú... —Se detuvo al oír el
eco de una corneta que resonaba en el tenebroso bosque—. Ya te contestaré
después.
Tomó las riendas y se alejó al trote lanzando una
mirada de rabia a Eragon.
Eragon cerró los ojos cuando Saphira alzó el vuelo.
Tenía ganas de tumbarse en un blando lecho y olvidar todos sus problemas.
Saphira —dijo al fin, tapándose las orejas con las manos para
entrar en calor—, ¿y si llevamos a Arya hasta los vardenos? En cuanto la
dejemos a salvo, podemos volver volando a por Murtagh y sacarlo de aquí.
Los vardenos no te lo permitirían —contestó Saphira—. Creerían que quizá deseabas
volver para informar a los úrgalos acerca de su escondrijo. En realidad no
llegamos en las mejores condiciones para ganarnos su confianza, pues querrán
saber por qué hemos traído a un batallón completo de los kull hasta sus puertas.
Tendremos que decirles la verdad y esperar que nos
crean —dijo Kragon.
¿Y qué haremos si los kull atacan a Murtagh ?
¡Pelear con ellos, por supuesto! No pienso dejar que
capturen o maten a Murtagh, ni a Arya —contestó Eragon, indignado.
En la respuesta de Saphira hubo un toque de sarcasmo:
¡Qué noble! Mmm, acabaríamos con muchos úrgalos: tú
con la magia y la espada, y yo con mis armas de dientes y zarpas, pero al final
sería inútil. Son demasiados... No podemos derrotarlos; nos vencerán.
¿Y entonces? —preguntó él—. No voy a abandonar ni a Murtagh ni a Arya a su
merced.
Saphira agitó la cola, cuya punta silbaba con fuerza.
Ni yo te pido que lo hagas. En cualquier caso, si
atacamos nosotros primero, tal vez obtengamos ventaja.
¿Te has vuelto loca? Nos... —La voz de Eragon se apagó al quedarse reflexionando—.
No podrán hacer nada, concluyó, sorprendido.
Exacto —dijo Saphira—. Desde cierta altura, les podemos hacer mucho daño.
¡Tirémosles rocas! —propuso Eragon—. Así se desperdigarán.
Eso si sus cráneos no tienen la dureza suficiente para
protegerlos.
Saphira se inclinó hacia la derecha y descendió
deprisa hacia el río Diente de Oso. Agarró una roca de tamaño mediano entre sus
fuertes garras mientras Eragon atrapaba unas cuantas piedras que le cupieran en
las manos. Una vez cargados, Saphira planeó en vuelo silencioso hasta que se
encontraron encima del batallón de úrgalos.
¡Ahora! —exclamó Saphira al tiempo que soltaba la roca.
Sonaron crujidos amortiguados cuando los misiles se
colaron entre las copas de los árboles del bosque, partiendo las ramas. Al cabo
de un segundo los ecos de los aullidos resonaban por el valle.
Eragon sonrió abiertamente cuando oyó que los úrgalos
se arrastraban en busca de refugio.
Busquemos más munición —sugirió, mientras se inclinaba para acercarse a
Saphira.
Ella accedió con un gruñido y volvió hacia el lecho
del río.
Suponía un duro trabajo, pero consiguieron frenar el
avance de los úrgalos, aunque no podrían detenerlos del todo. Los úrgalos
ganaban terreno en el tiempo que Saphira iba en busca de piedras. Pese a ello,
los esfuerzos de Eragon y de la dragona permitieron a Murtagh mantenerse por
delante de la columna de monstruos que lo perseguían.
El valle se oscureció y fueron pasando las horas. Sin
el calor del sol, el arañazo de la bruma se metía silenciosamente en el aire y,
a ras de suelo, la niebla se congelaba en los árboles y los ceñía de blancura.
Los animales de la noche empezaron a abandonar sus guaridas para observar desde
sus sombríos escondrijos a los extraños que allanaban sus dominios.
Eragon seguía examinando las laderas de las montañas
en busca de la catarata que debía señalar el fin de su trayecto. Era
dolorosamente consciente de que cada minuto que pasara acercaría más a Arya a
la muerte.
«Más rápido, más rápido», se decía a sí mismo sin
dejar de observar a Murtagh desde la altura. Antes de que Saphira recogiese más
rocas, le indicó:
Tomémonos un descanso y vayamos a ver a Arya. Casi ha
terminado el día y me da miedo que su vida sea cuestión de horas, si no de
minutos.
La vida de Arya ya está en manos del destino.
Escogiste quedarte junto a Murtagh, y es demasiado tarde para cambiar de
decisión, así que deja de mortificarte por la elfa... Conseguirás que me piquen
las escamas. Lo mejor que podemos hacer ahora es seguir bombardeando a los
úrgalos.
Eragon sabía que la dragona tenía razón, aunque las
palabras de Saphira no lograban calmarle la ansiedad. Seguía buscando las
cataratas, pero una enorme cadena montañosa escondía lo que los esperaba más
allá.
La oscuridad más profunda empezó a cubrir el valle,
aposentada en los árboles y en las montañas como una nube de tinta. Ni siquiera
Saphira, con su agudo oído y su delicado olfato, era capaz de distinguir a los
úrgalos en el bosque. Y tampoco podían contar con la ayuda de la luna, pues aún
debían pasar horas antes de que se alzara sobre las montañas.
Saphira emprendió una larga y suave curva a la
izquierda y planeó en torno a la cadena montañosa. Eragon la percibía vagamente
al pasar, pero de pronto forzó la vista al distinguir una fina línea blanca al
frente, y se preguntó si aquello podría ser la cascada.
Miró al cielo, en el que brillaban aún las últimas
luces del ocaso. Las oscuras siluetas de las montañas se curvaban y formaban un
cuenco, cerrándose en torno al valle.
¡El fin del valle no queda lejos! —exclamó señalando hacia las montañas—. ¿Crees que
los vardenos saben que estamos llegando? A lo mejor envían hombres a ayudarnos.
No creo que nos auxilien si no están seguros de si
somos amigos o enemigos —dijo Saphira descendiendo bruscamente hasta el suelo—. Voy a volver con
Murtagh porque ahora deberíamos quedarnos con él. Como no puedo ver a los
úrgalos, es posible que en cualquier momento se le echen encima y no nos
enteremos.
Eragon dejó suelta a Zar'roc dentro de la funda
y se cuestionó si tendría fuerzas suficientes para luchar. Entonces Saphira
aterrizó a la izquierda del río Diente de Oso y se agachó, expectante. La
cascada resonaba a lo lejos. Ahí viene Murtagh —dijo.
Eragon aguzó el oído y captó el sonido de los cascos
de los caballos. Murtagh, que salió corriendo del bosque con los caballos, los
vio, pero no se detuvo.
Eragon se bajó de Saphira y, tambaleándose un poco,
echó a correr al ritmo de Murtagh. Saphira se quedó detrás de Eragon y se
dirigió hacia el río para poder caminar sin que los árboles la estorbaran.
Antes de que Eragon pudiera contarle a Murtagh las últimas noticias, éste
comentó:
—He visto que Saphira y tú lanzabais piedras. Muy
ambicioso. ¿Se han detenido los kull o han dado media vuelta?
—Siguen ahí detrás, pero ya casi hemos llegado al
final del valle. ¿Cómo está Arya?
—No ha muerto todavía —contestó Murtagh con brusquedad
respirando con breves jadeos. Sus siguientes palabras fueron engañosamente
tranquilas, como las de un hombre que escondiera una terrible cólera—: ¿Hay
algún otro valle más adelante o un desfiladero por el que me pueda escapar?
Inquieto, Eragon trató de recordar si había visto
alguna brecha entre las montañas que los rodeaban. Llevaba un buen rato sin
pensar en el dilema de Murtagh.
—Está muy oscuro —empezó a decir con evasivas, y se
agachó para esquivar una rama baja—, o sea que tal vez se me haya escapado
algo. Pero... no.
Murtagh soltó una imprecación, detuvo el paso de golpe
y tiró de las riendas de los caballos hasta que se detuvieron también.
—¿Me estás diciendo que no puedo ir a ningún otro
lugar más que a donde están los vardenos?
—Sí, pero sigue corriendo. ¡Los úrgalos se nos echan
encima!
—¡No! —respondió Murtagh, iracundo, y acusó con un
dedo a Eragon—. Te advertí que no podía llegar hasta los vardenos, pero tú me
pusiste entre la espada y la pared. Eres tú quien conoce los recuerdos de la
elfa. ¿Por qué no me dijiste que era un camino sin salida?
Tras aquella descarga, a Eragon se le pusieron los
pelos de punta.
—Sólo sabía adonde teníamos que ir, pero no conocía lo
que había por el camino. Si decidiste venir, no me culpes a mí.
Murtagh siseó entre dientes al tiempo que se daba la
vuelta con furia. Lo único que Eragon podía distinguir era que Murtagh se había
quedado como una figura inmóvil e inclinada. Él mismo tenía también los hombros
tensos y, a un lado del cuello, le palpitaba una vena. Puso los brazos en
jarras y notó cómo crecía su impaciencia.
¿Por qué os habéis parado? —preguntó Saphira, alarmada. No me distraigas.
—¿Por qué estás peleado con los vardenos? No puede ser
una cuestión tan terrible para que la mantengas en secreto incluso ahora. O sea
que ¿prefieres enfrentarte a los kull antes que revelarla? ¿Cuántas veces hemos
de pasar por esta situación hasta que te fíes de mí?
Hubo un largo silencio.
¡Los úrgalos! —le recordó Saphira con urgencia.
Ya lo sé —repuso Eragon recuperando la calma—. Pero antes
hemos de solucionar esto.
Rápido, rápido.
—Murtagh —dijo Eragon, muy serio—, si no quieres
morir, hemos de llegar hasta donde viven los vardenos. No me dejes caer en sus
manos sin saber cómo van a reaccionar ante tu presencia. Bastante peligroso
será ya sin que haya sorpresas innecesarias.
Por fin Murtagh se volvió hacia Eragon. La respiración
del joven era rápida y agitada, como la de un lobo acorralado. Esperó un poco y
luego dijo con voz atormentada:
—Tienes derecho a saberlo: soy... soy el hijo de
Morzan, el primero y el último de los Apóstatas.
Eragon se quedó sin palabras. La incredulidad le
crepitaba en la mente al tratar de rechazar las palabras de Murtagh.
«Los Apóstatas nunca tuvieron hijos, y mucho menos Morzan.
¡Morzan! El hombre que traicionó a los Jinetes para entregarlos a Galbatorix y
se convirtió en el siervo favorito del rey para el resto de su vida. ¿Podía ser
cierto?»
Un segundo después a Eragon le llegó el desconcierto
de Saphira ante la noticia. La dragona iba aplastando ramas y hojarasca al
dirigirse hacia ellos desde el río, enseñando los colmillos y con la cola
amenazadoramente alzada.
Prepárate para cualquier cosa —le advirtió Saphira a Eragon—. Tal vez Murtagh sea
capaz de usar la magia.
—¿Eres el heredero de Morzan? —preguntó Eragon
mientras se llevaba la mano hacia Zar'roc con disimulo.
«¿Qué querrá de mí? ¿De verdad trabajará para el rey?»
—¡Yo no lo escogí! —gritó Murtagh con el rostro
contraído de angustia. Se arrancó la ropa con gestos de desesperación hasta que
consiguió quitarse la túnica y la camisa para mostrar el torso desnudo—. ¡Mira!
—pidió, y le enseñó la espalda a Eragon.
Indeciso, éste se acercó y agudizó la vista en la
oscuridad: en la piel bronceada y musculosa de Murtagh, se veía una cicatriz
blanquecina y rugosa que iba desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda:
era el testamento de una terrible agonía.
—¿Lo ves? —preguntó Murtagh con amargura. En ese
momento el joven hablaba rápido, como si lo aliviara haber revelado por fin su
secreto—. Me la hicieron cuando sólo tenía tres años: durante una de las muchas
borracheras de Morzan, pasé corriendo por delante de él, y me lanzó su espada.
Mi espalda quedó traspasada por la misma arma que ahora llevas tú, el único
objeto que yo esperaba recibir en herencia, hasta que Brom lo robó junto al
cadáver de mi padre. Supongo que tuve suerte... Había un sanador cerca y evitó
mi muerte. Tienes que entender que no amo al Imperio ni al rey. No les debo
ninguna lealtad a ellos, pero tampoco pretendo hacerte ningún daño a ti.
Las palabras de Murtagh eran casi una súplica
desesperada.
Incómodo, Eragon apartó la mano de la empuñadura de Zar'roc.
—Entonces a tu padre... —dijo con voz temblorosa—, lo
mató...
—Sí, Brom —contestó Murtagh.
Se volvió a poner la túnica con expresión distante.
En ese instante el sonido de una trompa a sus espaldas
forzó a Eragon a decir:
—¡Vamos, corre conmigo!
Murtagh, mirando fijamente hacia el frente, agitó las
riendas de los caballos y los echó a correr con un trote cansino; Arya se
balanceaba sobre la silla de Nieve de Fuego, y Saphira, cuyas largas patas le permitían seguir el paso con
facilidad, se mantenía junto a Eragon.
Por el río caminarías sin estorbos —le dijo él, pues la dragona tenía que abrirse paso a
empujones entre una densa red de ramas.
No te voy a dejar con él.
Eragon estaba encantado con la protección de Saphira.
¡El hijo de Morzan!
—Tu historia es difícil de creer. ¿Cómo sé que no
mientes? —le dijo Eragon a Murtagh sin dejar de caminar.
—¿Por qué iba a mentir?
—Podrías estar...
—Ahora no puedo probártelo todo —lo interrumpió
enseguida Murtagh—. Conserva tus dudas hasta que lleguemos al territorio de los
vardenos. Ellos me reconocerán al instante.
—Hay algo que debo saber —contestó Eragon—. ¿Estás al
servicio del Imperio?
—No. Y si lo estuviera, ¿de qué iba a servirme viajar
contigo? Si pretendiera capturarte, o matarte, te habría dejado en la prisión.
Murtagh tropezó al saltar por encima de un tronco
caído.
—Podrías estar dirigiendo a los úrgalos hasta los
vardenos.
—Entonces —dijo Murtagh al instante—, ¿por qué sigo
aquí contigo? Ahora ya sé dónde están los vardenos. ¿Por qué razón me iba a
entregar a ellos? Si quisiera atacarlos, me daría la vuelta y me sumaría a los
úrgalos.
—A lo mejor eres un asesino —dijo llanamente Eragon.
—A lo mejor. Pero eso no puedes saberlo, ¿verdad?
¿Saphira? —preguntó Eragon simplemente.
Si quisiera hacerte daño, podría haberlo hecho mucho
antes —respondió ella
agitando la cola por encima de la cabeza de Eragon.
Una rama rasguñó el cuello del muchacho, y un hilillo
de sangre le corrió por la piel. El sonido de la catarata era cada vez más
fuerte.
Quiero que vigiles atentamente a Murtagh cuando
lleguemos hasta los vardenos. Podría hacer una locura y no quiero que lo maten
por un descuido.
Haré lo que pueda —contestó Saphira que se abría paso entre dos árboles
arrancando pedazos de corteza.
La trompa volvió a sonar a espaldas de los viajeros.
Eragon miró hacia atrás, convencido de que vería emerger a los úrgalos entre la
oscuridad. Mientras tanto, la cascada palpitaba tranquilamente frente a ellos
ahogando los demás sonidos de la noche.
Al terminarse el bosque, Murtagh hizo detener a los
caballos. Estaban en una playa de guijarros justo a la izquierda de la
desembocadura del río Diente de Oso, pero el profundo lago Kóstha-mérna, en
cuyas aguas titilaba la temblorosa luz de las estrellas, ocupaba toda la
anchura del valle y les bloqueaba el camino. Las paredes montañosas reducían el
paso en torno al Kóstha-mérna a una estrecha franja de costa a cada lado del
lago, apenas de unos pocos palmos de anchura. En el otro extremo del lago, una amplia
caída de agua se derramaba por un risco entre restallantes montones de espuma.
—¿Vamos a la catarata? —preguntó Murtagh, tenso.
—Sí.
Eragon se situó a la cabeza y echó a andar por la
orilla izquierda del lago. A sus pies, los guijarros estaban húmedos y
cubiertos de lodo. Y Saphira tenía que caminar con dos patas por el agua porque
apenas cabía entre la escarpada pared del valle y el lago.
Estaban a medio camino de la catarata cuando Murtagh
advirtió:
—¡Úrgalos!
Eragon se dio la vuelta con tal rapidez que los
guijarros salieron disparados bajo sus talones. Junto a la orilla del
Kóstha-mérna, en el mismo lugar que habían ocupado ellos hacía sólo unos
segundos, unas abultadas figuras emergían del bosque: los úrgalos se
amontonaban junto al lago. Uno de ellos gesticuló hacia Saphira, y los sonidos
guturales que emitían aquellos seres se desplazaron por encima del agua. De
inmediato, la horda se dividió y avanzó por las dos orillas cortando las vías
de escape a Eragon y a Murtagh. No obstante, la estrechez de la orilla obligaba
a los gruesos kull a caminar en fila india.
—¡Corred! —gritó Murtagh que desenvainó la espada y
azotó los flancos de los caballos.
Saphira despegó sin avisar y se dirigió hacia los
úrgalos.
—¡No! —gritó Eragon, y repitió la exclamación
mentalmente—. ¡Vuelve!
Pero Saphira siguió volando sin prestar atención a la
súplica del muchacho. Con un esfuerzo atroz, Eragon desvió la mirada y se lanzó hacia delante al tiempo que desenvainaba a Zar'roc.
Aullando con fiereza, Saphira se lanzó en picado sobre
los úrgalos, que intentaron separarse, pero quedaron atrapados por la ladera de
la montaña. La dragona agarró a un kull entre las garras, se llevó por el aire
a la criatura, que no cesaba de chillar, y lo atacó con sus colmillos. Poco
después, el cuerpo del monstruo, ya en silencio, cayó al lago, pero le faltaba
una pierna y un brazo.
Los kull prosiguieron su avance en torno al
Kóstha-mérna. Echando humo por las fosas nasales, Saphira volvió a lanzarse
contra ellos y se retorció en el aire para defenderse de la nube de flechas
negras que le lanzaban. La mayoría de éstas resbalaban al chocar contra las
escamas de los flancos de la dragona, pero otras le atravesaron las alas y le
arrancaron aullidos.
Eragon sintió punzadas de dolor en los brazos por
solidaridad con Saphira, y tuvo que contenerse para no acudir rápidamente en
defensa de la dragona. El miedo dominó al muchacho cuando vio que la fila de
úrgalos se cerraba en torno a ellos, y trató de acelerar el paso, pero tenía
los músculos demasiado cansados y, además, las rocas estaban muy resbaladizas.
Entonces, con un sonoro estallido, Saphira se zambulló
en el Kóstha-mérna. Se sumergió por completo rizando de olas la superficie del
lago mientras los úrgalos contemplaban nerviosos el agua que les lamía los
pies. Uno de ellos aulló algo indescifrable y hurgó el lago con su lanza.
El agua estalló cuando la cabeza de Saphira salió de
las profundidades. Las fauces de la dragona se cerraron en torno a la lanza y
la partieron como si fuera una rama; de inmediato, con un tirón brutal, la
arrancó de la mano del kull. Sin darle oportunidad de atrapar al úrgalo, los
compañeros del monstruo la alancearon y provocaron que le brotara sangre del
morro.
Saphira se echó hacia atrás y resopló enfurecida a la
vez que golpeaba el agua con la cola. Sin dejar de apuntarla con la lanza, el
cabecilla de los kull trató de abrirse paso, pero se detuvo al ver que ella le
lanzaba una zarpa hacia las piernas. La hilera de úrgalos se vio obligada a
detenerse mientras Saphira mantuviera al jefe acorralado. Por su parte, los
kull de la otra orilla se apresuraban hacia la catarata.
Los tengo atrapados —le dijo Saphira a Eragon en tono lacónico—, pero
debes darte prisa, no podré retenerlos mucho tiempo.
Los arqueros apuntaban sus flechas contra ella desde
la orilla. Eragon se concentró para ir más rápido, pero una piedra cedió bajo
su bota y lo hizo caer de cara. El fuerte brazo de Murtagh lo sostuvo, y
cogiéndose mutuamente por los antebrazos, gritaron a los caballos para que
acelerasen el paso.
Casi habían llegado a la catarata. El ruido era
sobrecogedor, como una avalancha. Una pared blanca de agua se derramaba por el
acantilado y golpeaba las rocas de la parte inferior con tal furia que la
espuma se alzaba por el aire y les empapaba la cara. A unos cuatro metros de la
atronadora cortina, la playa se ensanchaba y les dejaba algo de espacio para
maniobrar. Saphira rugió cuando una lanza le rozó una pata y se batió en
retirada bajo el agua. En ese momento los kull avanzaron a grandes zancadas. Estaban
apenas a unos treinta metros.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Murtagh con frialdad.
—No sé. ¡Déjame pensar! —exclamó Eragon que examinaba
los recuerdos de Arya en busca de las últimas instrucciones.
Escudriñó el suelo hasta que dio con una piedra del
tamaño de una manzana, la cogió y golpeó el risco, junto a la catarata, al
mismo tiempo que gritaba: «¡Ai vardenos abr du Shur'tugals gata vanta!».
No pasó nada.
Volvió a intentarlo alzando aún más la voz, pero lo
único que consiguió fue arañarse la mano. Entonces se giró hacia Murtagh,
desesperado:
—Estamos atrapa...
Se quedó con la palabra en la boca al ver que Saphira
emergía del lago empapándolos de agua helada. La dragona se plantó en la orilla
y se agazapó, dispuesta a pelear.
Los caballos cocearon como salvajes e intentaron salir
en estampida. Eragon estableció contacto mental para tratar de calmarlos.
¡Detrás de ti! —exclamó Saphira.
Eragon se dio la vuelta y vio que el úrgalo que iba en
cabeza se le echaba encima blandiendo su pesada espada. Desde aquella
distancia, el kull era alto como un gigante pequeño, con las piernas y los
brazos gruesos como troncos.
Murtagh echó un brazo atrás y sacó la espada a una
velocidad increíble. Su larga arma dio una vuelta en el aire, y la punta golpeó
al kull en el pecho con un sordo crujido: el gigantesco úrgalo se desplomó con
un gorjeo atragantado. Antes de que otro úrgalo pudiera atacar, Murtagh dio un
salto y arrancó su espada del cadáver.
Eragon alzó la palma de la mano y gritó: «¡Jierda
theirra kálfis!». Tras el acantilado resonaron agudos chasquidos. Una
veintena de los úrgalos que atacaban se precipitaron en el Kóstha-mérna
aullando y agarrándose las piernas, a través de cuya piel aparecían astillas de
huesos. Sin perder el paso, los demás úrgalos avanzaban sobre sus compañeros
caídos. Eragon luchó por sobreponerse a la debilidad y posó una mano en
Saphira, en busca de apoyo.
Una nube de flechas, invisibles en la oscuridad,
pasaron rozándolos y chocaron tras ellos contra el risco. Eragon y Murtagh se
agacharon y se taparon la cabeza. Con un pequeño gruñido, Saphira saltó hasta
donde se hallaban los jóvenes y los caballos para cubrirlos con la protección
de sus flancos blindados. Un coro de chasquidos resonó cuando la siguiente nube
de flechas rebotó contra las escamas de la dragona.
—¿Y ahora qué? —gritó Murtagh. Seguían sin encontrar
abertura alguna en el risco—. ¡No podemos quedarnos aquí!
Eragon oyó un nuevo gruñido de Saphira cuando una
flecha le acertó en el borde del ala y le desgarró la delicada membrana. El
muchacho miró a su alrededor alocadamente tratando de comprender por qué no
daban resultado las instrucciones de Arya.
—¡No lo sé! ¡Éste era el lugar adonde debíamos llegar!
—¿Por qué no le pides a la elfa que se asegure?
—preguntó Murtagh, que soltó la espada, sacó el arco de la alforja de Tornac
y, con un rápido movimiento, arrancó una flecha que había quedado atrapada
entre las púas del lomo de Saphira. Un instante después, un úrgalo caía al
agua.
—¿Ahora? ¡Si apenas sobrevive! ¿Cómo quieres que ella
encuentre energías para decir algo?
—¡No lo sé! —gritó Murtagh—. Pero será mejor que se te
ocurra algo porque no podremos mantener a raya a un ejército entero.
Eragon —gritó Saphira con urgencia.
¡Qué!
¡Estamos en el lado equivocado del lago! He visto los
recuerdos de Arya a través de ti y me acabo de dar cuenta de que éste no es el
lugar. —La dragona
encajó la cabeza en el pecho al notar que una nueva nube de flechas se dirigía
hacia ellos. La cola se le agitó de dolor al recibir el impacto—. ¡No puedo
seguir así! ¡Me están destrozando!
Eragon encajó a Zar'roc en su funda y exclamó:
—¡Los vardenos están al otro lado del lago! ¡Hemos de
cruzar la catarata!
Aterrado, se dio cuenta de que los úrgalos que habían
avanzado por la otra orilla del Kóstha-mérna casi habían llegado ya a la
cascada.
Murtagh lanzó una rápida mirada hacia la intensa caída
de agua que les cortaba el paso.
—Aunque consiguiéramos abrirnos camino, nunca
lograremos que los caballos se metan por ahí.
—Los convenceré para que nos sigan —contestó Eragon
con brusquedad—. Y Saphira puede llevar a Arya.
Los gritos y los rugidos de los úrgalos hacían
resoplar de rabia a Nieve de Fuego, mientras la elfa descansaba en su
grupa, ajena al peligro.
—Será mejor que morir despedazados —afirmó Murtagh,
indiferente.
Con un rápido movimiento, el joven cortó los lazos que
mantenían a Arya en la silla de Nieve de Fuego, y Eragon agarró a la
elfa cuando caía al suelo.
Estoy preparada —dijo Saphira levantándose hasta quedar semiagazapada.
Los úrgalos que se acercaban dudaron, pues no veían
claras las intenciones de la dragona.
—¡Ahora! —gritó Eragon.
Él y Murtagh alzaron a Arya sobre Saphira y ataron las
piernas de la elfa con las cintas de la silla de la dragona. En cuanto
acabaron, Saphira agitó las alas y salió volando por encima del lago. Los
úrgalos que quedaron tras ella rugieron al verla escapar y las flechas
rebotaron en el vientre de la dragona. Los kull de la otra orilla aceleraron el
paso para llegar a la cascada antes de que ella aterrizase.
Eragon concentró la mente para interponerse en los
aterrados pensamientos de los caballos. Por medio del idioma antiguo les dijo
que si no se zambullían en la cascada, los úrgalos los matarían y se los
comerían. Aunque los animales no entendieron todo lo que el muchacho les decía,
el significado de sus palabras era inconfundible.
Nieve de Fuego y Tornac cabecearon, pero se lanzaron hacia la
atronadora catarata y soltaron un relincho cuando el agua les golpeó en las
grupas. Ambos se tambalearon en su esfuerzo por no caer bajo el agua. Murtagh
envainó la espada y saltó tras ellos; la cabeza le desapareció bajo espumeantes
burbujas antes de volver a emerger, farfullando de rabia.
Los úrgalos estaban justo detrás de Eragon, que oía el
crujido de los guijarros bajo los pies de los monstruos. Lanzó un feroz aullido
de guerra, saltó detrás de Murtagh y cerró los ojos un segundo antes de que el
agua lo golpeara. El tremendo peso de la catarata le cayó en los hombros con
tal fuerza que amenazaba con romperle la espalda, a la vez que el estúpido
tronar del agua le abrumaba los oídos. Entonces se sintió transportado hacia el
fondo, donde el lecho rocoso le rozó las rodillas. Pataleó con todas sus
fuerzas y logró salir parcialmente del agua. Aún no había logrado dar una
bocanada de aire cuando la cascada volvió a hundirlo en el lago.
Eragon no consiguió ver nada más que un contorno
blanco al ondularse la espuma en torno a él. Se esforzó desesperadamente por
sacar la cabeza y aliviar sus consumidos pulmones, pero apenas logró subir unos
palmos antes de que la avalancha detuviera su ascenso. Presa del pánico, lanzó
patadas y manotazos luchando contra el agua. Lastrado por el peso de Zar'roc y de su ropa empapada, descendió de
nuevo hacia el lecho del lago, incapaz de pronunciar las palabras del idioma
antiguo que podían salvarlo.
De pronto, una vigorosa mano lo agarró por la parte
trasera de la túnica y lo arrastró por el agua. Su rescatador avanzaba por el
lago a brazadas cortas pero rápidas; Eragon confió en que fuera Murtagh en vez
de un úrgalo. Por fin salieron a la superficie y se desplomaron en la playa de
guijarros. Eragon temblaba violentamente; todo el cuerpo se le agitaba a punto
de estallar.
A su derecha se oían los ruidos propios de un combate,
y el muchacho se giró esperando el ataque de un úrgalo. Los monstruos de la
otra orilla, en la que él mismo había estado hacía escasos segundos, cayeron
bajo una fulminante granizada de flechas que partían de las grietas que
rasgaban la superficie del acantilado. Montones de úrgalos flotaban ya, boca
arriba en el lago, atravesados por las saetas, mientras que los kull que
permanecían en la misma orilla que Eragon se veían enfrentados al mismo drama.
Ningún grupo fue capaz de esconderse, pues sin saberse cómo, habían aparecido
innumerables hileras de guerreros detrás de ellos, en el punto en que el lago
lamía la ladera de las montañas. Lo único que impidió que el kull más cercano
se echara sobre Eragon fue la lluvia de flechas; los invisibles arqueros
parecían decididos a mantener a raya a los úrgalos.
Al lado de Eragon, una voz áspera dijo: «¡Akh
Guntéraz dorzada! ¿En qué estaban pensando? ¡Te ibas a ahogar!».
Eragon dio un respingo, sorprendido. Quien permanecía
a su lado no era Murtagh, sino un hombrecillo diminuto que apenas le llegaba a
la altura del codo.
El enano estaba ocupado escurriendo agua de su larga
barba trenzada. El hombrecillo era de pecho robusto y llevaba una cota de
malla, cortada a la altura de los hombros para dejar a la vista los musculosos
brazos; de un ancho cinturón de piel, atado a la cintura, le pendía un hacha de
guerra, y sosteniéndose con firmeza sobre la cabeza, lucía un yelmo de hierro,
forrado de piel de buey y adornado con un símbolo en el que se veía un martillo
rodeado por doce estrellas. Incluso con el yelmo puesto, a duras penas superaba
el metro veinte de altura. Miró con nostalgia a los que peleaban y dijo:
—¡Barzul, ojalá pudiera unirme a ellos!
¡Un enano!
Eragon desenvainó a Zar'roc y buscó a Saphira y
a Murlagh. En el acantilado se habían abierto dos puertas de piedra de unos
cuatro metros de grosor, y habían dejado al descubierto un amplio túnel de casi
diez metros de altura que se adentraba en las misteriosas profundidades de la montaña.
Una hilera de antorchas sin llama flanqueaba el pasadizo con una pálida luz del
color del zafiro que se extendía hasta el lago.
Saphira y Murtagh permanecían ante el túnel, rodeados
por una desordenada mezcla de hombres y enanos. Junto al codo de Murtagh había
un hombre, calvo e imberbe, vestido con ropa de colores púrpura y dorado. Era
más alto que todos los demás humanos... y sostenía una daga junto al cuello de
Murtagh.
Eragon invocó su poder, pero el hombre de la túnica
dijo con voz aguda y peligrosa:
—¡Detente! Si usas la magia, mataré a tu querido
amigo, que ha tenido la gentileza de mencionar que eres un Jinete. No te creas
que no me daré cuenta si pretendes usarla. No puedes esconderme nada. —Eragon
intentó hablar, pero el hombre refunfuñó y apretó más la daga contra el cuello
de Murtagh—. ¡De eso, nada! Si hablas o no haces lo que te diga, morirá. Ahora,
todos adentro.
Se metió en el túnel llevando a Murtagh consigo y sin
apartar la mirada de Eragon.
Saphira, ¿qué puedo hacer? —preguntó Eragon rápidamente, mientras los hombres y
los enanos seguían al captor de Murtagh y conducían a los caballos.
Ve con ellos —le aconsejó Saphira—, y confiemos en conservar la
vida.
También ella entró en el túnel y provocó que los que
la rodeaban le echaran nerviosos vistazos. Eragon la siguió de mala gana,
consciente de que las miradas de los guerreros se posaban en él. El enano que
lo había rescatado caminaba a su lado con una mano en el mango de su hacha de
guerra.
Absolutamente agotado, Eragon se tambaleó montaña
adentro. Las puertas de piedra bascularon para cerrarse tras ellos, casi sin
emitir ni un murmullo. El muchacho miró hacia atrás y vio una pared sin fisuras
en el lugar que poco antes ocupaba la abertura. Estaban atrapados en el
interior. ¿Significaba eso que estaban a salvo?
—Por aquí —espetó el hombre calvo.
Dio un paso atrás, sin apartar la daga del cuello de
Murtagh, y luego torció a la derecha y desapareció bajo un arco.
Los guerreros lo siguieron con cautela concentrando su
atención en Eragon y en Saphira. Alguien se llevó a los caballos por otro
túnel.
Aturdido por lo que había sucedido, Eragon echó a
andar detrás de Murtagh y miró a Saphira para confirmar que Arya seguía atada a
su lomo.
«¡Tiene que recibir el antídoto!», pensó, desesperado,
sabiendo que en ese mismo momento el skilna bragh iba cumpliendo su
letal propósito en la carne de la elfa.
El muchacho se apresuró a transponer el arco y bajó
por un estrecho pasillo tras el hombre calvo, mientras los guerreros seguían
apuntándolo con sus armas. Pasaron junto a una escultura de un peculiar animal
de grueso plumaje. El pasillo se curvaba bruscamente a la izquierda y luego a
la derecha. Entonces se abrió una puerta, y entraron en una habitación vacía,
tan grande que Saphira podía moverse por ella con comodidad. Cuando se cerró la
puerta, sonó un chasquido hueco y después un estridente crujido al echar el
pestillo por el otro lado.
Sujetando a Zar'roc bien prieta en la mano,
Eragon examinó lentamente el entorno: las paredes, el suelo y el techo eran de
un pulido mármol blanco que emitía el reflejo fantasmagórico de las imágenes de
cada uno de ellos, como si se tratara de un veteado espejo lechoso, y en cada
rincón había una de aquellas extrañas antorchas.
—Hay un herido... —empezó a decir, pero un gesto
brusco del calvo lo interrumpió.
—¡No hables! Debe esperar hasta que hayas pasado la
prueba. —De un empujón, entregó a Murtagh a uno de los guerreros, quien apuntó
un puñal contra el cuello del joven. El hombre calvo dio una suave palmada—.
Desprendeos de vuestras armas y pasádmelas por el suelo.
Un enano soltó la espada de Murtagh y la dejó caer con
un repique metálico.
Aunque no soportaba desprenderse de Zar'roc, Eragon desató la funda y la posó en
el suelo. Junto a ella dejó el arco y la aljaba, y a continuación empujó la
pila hacia los guerreros.
—Ahora apártate de tu dragón y acércate despacio a mí
—ordenó el calvo.
Aturdido, Eragon avanzó. Cuando estuvo a un metro de
distancia, el hombre dijo:
—¡Párate ahí! Retira las defensas de tu mente y
prepárate para permitirme inspeccionar tus pensamientos y tus recuerdos. Si
intentas esconderme algo, tomaré lo que desee a la fuerza... Y eso te
enloquecería. Si no te sometes, tu compañero morirá.
—¿Por qué? —preguntó Eragon, aterrado.
—Para asegurarme de que no estás al servicio de
Galbatorix y para entender por qué hay cientos de úrgalos aporreando nuestras
puertas —gruñó el hombre de la calva, cuyos ojos, muy juntos, iban de lado a
lado con astuta velocidad—. Nadie puede entrar en Farthen Dür sin someterse a
la prueba.
—No hay tiempo. ¡Necesitamos un sanador! —protestó
Eragon.
—¡Silencio! —rugió el hombre que se estiraba la túnica
con sus finos dedos—. Mientras no hayas pasado la prueba tus palabras no
significan nada.
—¡Pero se está muriendo! —rebatió Eragon, enfadado,
señalando a Arya.
Aunque se encontraban en una situación precaria, no
pensaba permitir que pasara nada hasta que alguien se ocupara de Arya.
—¡Eso tendrá que esperar! Nadie va a salir de esta
habitación si no descubrimos la verdad de este asunto. Salvo que quieras...
El enano que había salvado a Eragon en el lago dio un
salto adelante.
—¿Estás ciego, egraz carri? ¿No ves que la que va montada en el
dragón es una elfa? Si corre peligro, no podemos retenerla aquí, y si la
dejamos morir, Ajihad y el rey nos cortarán la cabeza.
El hombre entrecerró los ojos, lleno de rabia. Al cabo
de un instante se relajó y dijo con suavidad:
—Claro, Orik, no queremos que eso ocurra. —Chasqueó
los dedos y señaló a Arya—. Bajadla del dragón. —Dos guerreros humanos
envainaron sus espadas y se acercaron titubeantes a Saphira, que los miraba
fijamente—. ¡Rápido!
Los hombres desataron a Arya de la silla y la bajaron
al suelo. Uno de los dos inspeccionó el rostro de la elfa y luego dijo en tono
agudo:
—¡Es Arya, la mensajera de los huevos de dragón!
—¿Qué? —exclamó el calvo. Orik, el enano, abrió los
ojos, sorprendido, y el hombre calvo fijó su mirada de acero en Eragon y dijo
categóricamente—: Tienes mucho que explicar.
Eragon le devolvió la intensa mirada con toda la
determinación que fue capaz de invocar.
—La envenenaron con skilna bragh cuando estaba
en prisión, y ahora sólo el néctar de túnivor puede salvarla.
El rostro del hombre calvo permanecía inescrutable. Se
quedó inmóvil, y tan sólo los labios le temblaban de vez en cuando.
—Muy bien. Llevadla a los sanadores y explicadles lo
que necesita. Permaneced con ella hasta que termine la ceremonia. Para
entonces, tendré nuevas órdenes que daros. —Los guerreros asintieron
bruscamente y se llevaron a Arya de la habitación. Eragon los vio salir y deseó
acompañarlos, pero el hombre calvo reclamó de nuevo su atención al decir—:
Bueno, basta, ya hemos perdido demasiado tiempo. Prepárate para el examen.
Eragon no quería que aquel ser amenazante se le
metiera en la mente y le desnudara los pensamientos y las sensaciones, pero
sabía que sería inútil resistirse. Se palpaba una gran tensión en el ambiente.
La mirada de Murtagh le ardía en la frente. Al fin, inclinó la cabeza:
—Estoy preparado.
—Bien, pues entonces...
Lo interrumpió la brusca intervención de Orik:
—Será mejor que no le hagas daño, egraz carn. Si no, el rey tendrá algo que
decirte.
El hombre calvo lo miró irritado y luego se encaró a Eragon
con una sonrisilla.
—Sólo si se resiste.
Agachó la cabeza y entonó unas cuantas palabras
inaudibles.
El dolor y la sorpresa sacudieron a Eragon, mientras
una especie de sonda se le abría paso en la mente. Puso los ojos totalmente en
blanco y, en una reacción automática, empezó a levantar barreras en torno a su
conciencia. El ataque era increíblemente poderoso.
¡No hagas eso! —exclamó Saphira. Los pensamientos de la dragona se
unieron a los de Eragon y le prestaron fuerzas—. Estás poniendo a Murtagh en
peligro.
Eragon titubeó, rechinó los dientes y se obligó a
retirar el escudo y a exponerse ante la voraz sonda. El hombre calvo emanaba
desagrado, y su invasión se intensificó. Sin embargo, la fuerza que provenía de
la mente del humano parecía decadente e incompleta: había en ella algo
profundamente erróneo.
¡Quiere que me resista! —exclamó Eragon a quien lo sacudía una nueva oleada de
dolor, que desapareció al instante, para ser sustituida de inmediato por otra.
Saphira hizo cuanto pudo por suprimirla, pero ni siquiera ella
podía interceptarla por completo.
Dale lo que quiere —se apresuró a decir—, pero protege todo lo demás.
Te ayudaré. Las fuerzas de ese hombre no pueden competir ron las mías; en este
mismo momento estoy protegiendo nuestra conversación.
Entonces, ¿por qué me sigue doliendo?
El dolor es tuyo.
Eragon se encogió cuando la sonda se abrió paso hacia
el interior, a la caza de información, como si le atravesaran el cráneo con un
clavo. El hombre tomó bruscamente los recuerdos de infancia de Eragon y empezó
a escudriñarlos.
Eso no le hace ninguna falta. ¡Sácalo de ahí! —protestó Eragon, indignado.
No puedo hacerlo sin ponerte en peligro. Puedo
esconderle cosas, pero debo hacerlo antes de que las vea. Piensa rápido y dime
qué quieres ocultar.
Eragon trató de concentrarse a pesar del dolor: revisó
a toda prisa sus recuerdos empezando por el momento en que encontró el huevo de
Saphira; escondió fragmentos de su conversación con Brom, incluyendo las
palabras del idioma antiguo que el anciano le había enseñado; dejó
prácticamente intactos los viajes por el valle de Palancar, Yazuac, Daret y
Teirm, pero pidió a Saphira que protegiera los recuerdos que él guardaba de la
adivinación de Angela y de Solembum; omitió el robo en Teirm, la muerte
de Brom, el encarcelamiento en Gil'ead y, finalmente, la revelación de la
verdadera identidad de Murtagh.
Eragon quería ocultar también esa parte, pero Saphira
se resistió:
Los vardenos tienen derecho a saber a quién refugian
bajo su techo, sobre todo si es un hijo de los Apóstatas.
Haz lo que te digo —insistió Eragon con firmeza resistiendo una nueva
oleada de dolor—. No seré yo quien lo descubra, al menos ante este hombre.
Lo descubrirán en cuanto examinen a Murtagh —le avisó Saphira con sequedad.
Haz lo que te digo.
Una vez quedó escondida la información más importante,
Eragon tuvo que esperar a que el hombre calvo terminara su inspección. Era como
permanecer sentado mientras le arrancaban las uñas con tenazas oxidadas.
Mantuvo el cuerpo completamente inmóvil y las mandíbulas cerradas con firmeza
al tiempo que la piel le irradiaba calor y el sudor trazaba una línea cuello
abajo. No obstante, el muchacho tenía plena conciencia de cada segundo que
pasaba mientras iba corriendo el tiempo.
El hombre se paseó por las experiencias de Eragon con
lentitud, como un sarmiento espinoso que se abriera paso hacia el sol: prestó
atención a muchas cosas que Eragon consideraba irrelevantes —como su madre,
Selena—, y pareció que se detenía a propósito para prolongar el sufrimiento;
dedicó mucho tiempo a examinar los recuerdos que Eragon conservaba de los
ra'zac y después pasó a Sombra. El hombre de la calva no empezó a retirarse de
la mente de Eragon hasta que hubo analizado exhaustivamente todas las
vicisitudes de la vida del muchacho.
La extracción de la sonda fue como si le quitaran una
espina clavada. Eragon sufrió una convulsión, se tambaleó y cayó al suelo. Unos
vigorosos brazos lo cogieron en el último instante y lo posaron en el frío
mármol. Oyó que Orik exclamaba a sus espaldas:
—¡Has ido demasiado lejos! ¡No tenía suficientes
fuerzas para soportarlo!
—Vivirá. Con eso basta —contestó secamente el hombre
calvo.
Sonó un rabioso gruñido.
—¿Qué has descubierto?
Silencio.
—Bueno, ¿nos podemos fiar o no?
—Él... no es enemigo nuestro. —La respuesta sonó
reticente, y sonoros suspiros de alivio recorrieron la habitación.
Eragon abrió los temblorosos párpados y, débilmente,
trató de ponerse en pie.
—Despacio —le dijo Orik rodeándolo con uno de sus
gruesos brazos para ayudarlo a levantarse.
Eragon se balanceó sin equilibrio y fulminó con la
mirada al hombre calvo, a la vez que un leve gruñido resonaba en la garganta de
Saphira.
El hombre los ignoró y se volvió hacia Murtagh, que
seguía amenazado por el puñal.
—Ahora te toca a ti.
Murtagh se puso tenso e hizo un gesto negativo con la
cabeza. Como consecuencia, la punta del puñal trazó un ligero corte en su
cuello.
—No.
—Si te niegas, no tendrás nuestra protección.
—Has declarado que Eragon es digno de confianza, de
modo que no puedes amenazarme con matarlo para influirme. Y como no puedes
hacer eso, ninguna otra cosa que digas me convencerá para abrir mi mente.
Con una mueca de desprecio, el hombre calvo enarcó lo
que, de haber tenido algo de pelo, habría sido una ceja.
—¿Y tu propia vida? Eso sí puedo amenazarlo.
—No serviría de nada —contestó Murtagh, testarudo y
con tal convicción que parecía imposible dudar de sus palabras.
—¡No tienes elección! —estalló indignado el hombre de
la calva.
Dio un paso adelante, apoyó la palma de la mano en la
frente de Murtagh y la presionó para mantenerlo inmóvil. Murtagh, que
continuaba muy tenso, mostró un rostro duro como el hierro, apretó los puños e
infló la musculatura del cuello. El hombre calvo rechinó los dientes con furia,
frustrado por la resistencia, y le clavó los dedos sin piedad.
Conocedor de la batalla que se entablaba entre ellos,
Eragon se estremeció al compartir el dolor de Murtagh.
¿No puedes ayudarlo? —preguntó a Saphira.
No —contestó ella con suavidad—. No permite que nadie le entre en la mente.
Orik frunció el entrecejo mientras contemplaba a los
combatientes.
—Ilf carnz orodüm —murmuró. Luego se adelantó y gritó—: ¡Basta!
Agarró al hombre calvo por un brazo y lo apartó de
Murtagh con una fuerza desproporcionada para su estatura.
El hombre retrocedió a trompicones y se volvió furioso
hacia Orik.
—¿Cómo te atreves? —gritó—. Has puesto en duda mi
autoridad, has abierto las puertas sin mi permiso y ahora me haces esto. No has
demostrado más que insolencia y traición. ¿Crees que ahora tu rey te protegerá?
—¡Tú los habrías dejado morir! —se enojó Orik—. Si
llego a esperar un poco más, los úrgalos los habrían matado. —Señaló a Murtagh,
quien intentaba recuperar la respiración jadeando profundamente—. No tenemos
ningún derecho a torturarlo para obtener información. Ajihad no lo aprobará. Y
menos después de examinar al Jinete y encontrarlo libre de toda culpa. Además,
nos han traído a Arya.
—¿Tú le darías permiso para entrar sin examinarlo? ¿O
eres tan tonto que permitirías que todos corriéramos ese riesgo? —preguntó el
hombre calvo, cuyos salvajes ojos brillaban de rabia mal contenida; parecía a
punto de hacer añicos al enano.
—¿Puede usar la magia?
—Eso no es...
—¿Puede usar la magia? —rugió Orik.
Las paredes de la habitación devolvieron el eco de su
grave voz. El rostro del hombre de la calva perdió de pronto toda expresión y
juntó las manos a la espalda.
—No.
—Entonces, ¿qué temes? No puede escapar, y si nosotros
estamos aquí no va a hacer ningún disparate, sobretodo si tus poderes son tan grandes como dices. Pero no me hagas caso a mí;
pregúntale a Ajihad qué quiere que hagamos.
El hombre calvo miró fijamente a Orik un momento con
rostro indescifrable, luego dirigió la vista hacia el techo y cerró los ojos.
Los hombros se le quedaron inmóviles de una forma muy peculiar mientras
recitaba algo sin que se le oyera ni una palabra, al mismo tiempo que una
profunda tensión le hacía fruncir la pálida piel de los párpados y apretaba los
dedos como si estrangulara a un enemigo invisible. Permaneció así durante unos
minutos, envuelto en una incomunicación absoluta.
Cuando abrió los ojos, ignoró a Orik y ordenó
bruscamente a los guerreros:
—Idos ahora mismo. —Cuando desfilaban por el hueco de
la puerta, se dirigió fríamente a Eragon—: Como no he podido completar la
prueba, tú y tu... amigo pasaréis aquí la noche. Si intenta salir, morirá.
Tras estas palabras, se dio la vuelta y abandonó
ofendido la habitación rehiriéndole la calva bajo la luz de la antorcha.
—Gracias —susurró Eragon a Orik.
—Me aseguraré de que os traigan comida —rezongó el
enano.
Murmuró una serie de palabras y luego se fue moviendo
la cabeza. Una vez más corrieron el pestillo por fuera.
Eragon se sentó. Tenía una extraña sensación de
somnolencia tras la excitación del día y la marcha forzada. Le pesaban los
párpados. Saphira se instaló junto a él.
Hemos de ser precavidos. Parece que aquí tenemos
tantos enemigos como en el Imperio.
Demasiado cansado para hablar, Eragon asintió con la
cabeza.
Murtagh, con la mirada gélida y vacía, se apoyó en la
pared más lejana y se dejó caer hasta el suelo. Luego se apretó la manga de la
camisa contra el corte del cuello para que dejara de sangrar.
—¿Estás bien? —preguntó Eragon. Tembloroso, Murtagh
asintió—. ¿Te ha sacado algo?
—No.
—¿Cómo has conseguido impedirle la entrada? Ese hombre
es muy fuerte.
—He... He sido bien entrenado.
Había un tono amargo en su voz.
Los envolvió el silencio. Eragon posó la mirada en una
de las antorchas que había en un rincón y dejó que sus pensamientos deambularan
hasta que dijo bruscamente:
—No les he permitido saber quién eres.
Murtagh parecía aliviado. Hizo una inclinación de
cabeza.
—Gracias por no traicionarme.
—No te han reconocido.
—No.
—¿Sigues diciendo que eres el hijo de Morzan?
—Sí —suspiró.
Eragon empezó a hablar, pero se detuvo al notar que un
líquido caliente le salpicaba la mano. Bajó la vista y se sorprendió al ver que
una gota de sangre oscura le rodaba por la piel: había caído del ala de
Saphira.
¡Me había olvidado! ¡Estás herida! —exclamó al tiempo que se levantaba con esfuerzo—. Será
mejor que te cure.
Ten cuidado. Estando tan cansado, es fácil que te
equivoques.
Ya lo sé.
Saphira desplegó un ala y la bajó hasta el suelo.
Murtagh observaba mientras Eragon pasaba las manos sobre la cálida membrana
azul y decía: «Waisé heill» cada vez que encontraba el agujero de una
flecha. Por suerte, todas las heridas eran relativamente fáciles de sanar,
incluso las que tenía en el hocico.
Una vez completada la tarea, Eragon se recostó en
Saphira, respirando con dificultad, pero notó que el corazón de la dragona
latía a un ritmo normal.
—Espero que nos traigan comida pronto —dijo Murtagh.
Eragon se encogió de hombros porque estaba demasiado
cansado para tener hambre. Se cruzó de brazos y echó de menos la presencia de Zar'roc
en su costado.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué?
—Si de verdad fueras el hijo de Morzan, Galbatorix no
te dejaría deambular libremente por Alagaësía. ¿Cómo te las arreglaste para
encontrar tú solo a los ra'zac? ¿Cómo se explica que yo nunca oyera que los
Apóstatas tuvieran hijos? ¿Y qué haces aquí?
Al final, la voz de Eragon casi se alzó en un grito.
Murtagh se pasó una mano por la cara.
—Es una historia muy larga —respondió.
—No hemos de ir a ningún sitio —repuso Eragon.
—Es demasiado tarde para hablar.
—Es probable que mañana no tengamos tiempo.
Murtagh se rodeó las piernas con los brazos, apoyó la
barbilla en una rodilla y se balanceó adelante y atrás sin dejar de mirar
fijamente el suelo.
—No es un... —empezó, pero se interrumpió—. No quiero
parar... así que poneos cómodos porque mi historia nos llevará un buen rato.
Eragon se reacomodó contra un costado de Saphira y
asintió. Saphira miraba intensamente a los dos jóvenes.
La primera frase de Murtagh sonó vacilante, pero su
voz fue ganando fuerza y confianza a medida que hablaba.
—Hasta donde yo sé, soy el único hijo de los Trece
Siervos, también llamados Apóstatas. Tal vez haya otros, pues los Trece tenían
la habilidad de esconder lo que les interesaba. Sin embargo, por razones que
explicaré más tarde, lo dudo mucho.
»Mis padres se conocieron en una aldea, cuyo nombre
nunca supe, cuando mi padre viajaba por mandato del rey. Morzan mostró cierta
amabilidad hacia mi madre, lo que sin duda fue una trampa para ganarse su
confianza, de modo que cuando se marchó de aquel lugar, ella lo acompañó.
Viajaron juntos durante un tiempo y, como suele ocurrir en estos casos, mi
madre se enamoró locamente de él. A Morzan le encantó descubrirlo, no sólo
porque eso le ofrecía numerosas oportunidades para atormentarla, sino también
porque se dio cuenta de las ventajas que representaba tener una sierva que
nunca lo traicionaría.
»De esa manera, cuando Morzan volvió a la corte de
Galbatorix, mi madre se había convertido en su herramienta más fiable. Se
servía de ella para enviar mensajes secretos y le enseñó algunos fundamentos
rudimentarios de magia, lo cual le permitía pasar inadvertida y, de vez en
cuando, obtener información de la gente. Hizo cuanto pudo para protegerla de
los Trece, no por la bondad de sus sentimientos hacia ella, sino porque sabía
que los demás la hubieran usado en su contra de haber tenido tal ocasión...
Durante tres años las cosas siguieron igual, hasta que mi madre quedó
embarazada.
Murtagh hizo una pausa mientras se toqueteaba un
mechón de pelo. Después volvió a hablar en tono apocado:
—Mi padre era, como mínimo, un hombre astuto. Sabía
que el embarazo representaba un peligro para mi madre y para él, por no
mencionar al bebé; o sea, a mí. Así que, en plena noche, la sacó del palacio y
la llevó a su castillo. Una vez allí, estableció poderosos hechizos que
impedían que nadie entrara en sus tierras, a excepción de unos pocos sirvientes
escogidos. De esa forma se mantuvo en secreto el embarazo para todo el mundo,
excepto para Galbatorix.
»El rey conocía los detalles íntimos de las vidas de
los Trece: sus intrigas, sus peleas y, lo más importante, sus pensamientos.
Disfrutaba viendo cómo luchaban entre sí y, a menudo, ayudaba a uno o a otro
por mera diversión. Pero por alguna razón nunca reveló mi existencia.
»Nací cuando me correspondía, y me entregaron a un ama
nodriza para que mi madre pudiera regresar junto a Morzan. Ella no tenía
elección. Morzan le permitía visitarme cada pocos meses, pero por lo demás nos
mantenía separados. Así pasaron otros tres años, durante los cuales me dio...
me hizo la cicatriz de la espalda.
Murtagh pasó un rato pensativo antes de continuar.
—Habría crecido siguiendo esa pauta hasta llegar a la
edad adulta, si no hubieran convocado a Morzan para la caza del huevo de
Saphira. En cuanto se fue, mi madre, que había quedado relegada, desapareció.
Nadie sabe adonde fue, ni por qué. El rey trató de recuperarla, pero sus
hombres no encontraron la pista, sin duda gracias a las artimañas de Morzan.
»En la época de mi nacimiento, sólo quedaban vivos
cinco de los Trece Apóstatas. Cuando se fue Morzan, el número se había reducido
a tres, pero cuando al fin mi padre se enfrentó a Brom en Gil'ead, sólo quedaba
él. Los Apóstatas sufrieron muertes de diversa naturaleza: suicidios,
emboscadas, abuso de la magia... Pero fue sobre todo por obra de los vardenos.
Tengo entendido que el rey sufría una cólera terrible por esas pérdidas.
»En cualquier caso, mi madre regresó antes de que
corriera la voz que anunciaba las muertes de Morzan y de los demás. Habían
pasado muchos meses desde su desaparición. Tenía la salud maltrecha, como si
hubiera sufrido una enfermedad grave, y empeoraba poco a poco. Murió al cabo de
una quincena.
—¿Y qué pasó entonces? —preguntó Eragon.
—Me hice mayor —dijo Murtagh con un gesto
displicente—. El rey me llevó al palacio y se encargó de mi educación. Aparte
de eso, me dejaba en paz.
—Entonces, ¿por qué te fuiste?
—Más bien dirás que me escapé —afirmó Murtagh soltando
una seca risotada—. Al llegar mi último cumpleaños, cuando alcancé los
dieciocho, el rey me convocó a sus aposentos para una cena privada. El mensaje
me sorprendió porque yo siempre estaba lejos de la corte y apenas lo había
visto algunas veces. Habíamos hablado antes, pero siempre en presencia de
algunos nobles que lo escuchaban todo.
»Acepté la oferta, por supuesto, consciente de que
hubiera sido poco inteligente negarme. La cena fue suntuosa, pero los ojos
negros de Galbatorix no me abandonaron ni un momento. La mirada del rey era
desconcertante: parecía que buscara algo escondido en mi cara. Yo no sabía qué
hacer y me esforcé cuanto pude por mantener una conversación educada, pero él
se negaba a charlar, y pronto abandoné el esfuerzo.
»Cuando terminó la cena, por fin empezó a hablar. Como
nunca habéis oído su voz, me resulta difícil haceros entender qué sonido tenía,
pero sus palabras resultaban fascinantes, como si una serpiente me susurrara
mentiras doradas al oído. Nunca he escuchado a un hombre tan convincente y tan
aterrador. Me contó su visión: una fantasía del Imperio tal como la imaginaba.
Habría hermosas ciudades construidas por todo el territorio, habitadas por los
mejores guerreros, artesanos, músicos y filósofos, y por fin se erradicaría a
los úrgalos; el Imperio se expandiría en todas las direcciones hasta alcanzar
los cuatro confines de Alagaësía; florecerían la paz y la prosperidad, pero
ocurriría algo aún más maravilloso: regresarían los Jinetes para gobernar
apaciblemente todos los feudos del rey.
»Cautivado, lo escuché durante lo que debieron de ser
horas. Cuando terminó, le pregunté con ansiedad de qué manera pensaba
reinstaurar a los Jinetes, pues todo el mundo sabía que no quedaban huevos de
dragones. En ese momento Galbatorix se calló y me miró, pensativo. Guardó
silencio durante mucho rato, pero al final extendió una mano y preguntó:
"¿Aceptas tú, oh, hijo de mi amigo, servirme en el empeño para traer ese
paraíso?".
»Aunque yo conocía la historia de cómo habían llegado
él y mi padre al poder, el sueño que había pintado para mí resultaba demasiado
atractivo, demasiado seductor para ignorarlo. Yo estaba henchido de ardor por
cumplir aquella misión y le hice mi más ferviente promesa. Obviamente
complacido, Galbatorix me concedió su bendición y luego me despidió: "Te
haré llamar cuando se presente la ocasión".
»Pasaron unos cuantos meses antes de que me llamara.
Cuando llegó la convocatoria, sentí que recuperaba el viejo entusiasmo. Nos
encontramos en privado, igual que lo habíamos hecho anteriormente, pero esta
vez no se mostró agradable, ni encantador. Los vardenos acababan de destruir a
tres brigadas en el sur, y él estaba en pleno despliegue de ira. Con una voz
terrible me encargó que comandara un destacamento de tropas y destruyera
Cantos, donde se sabía que se escondían de vez en cuando los rebeldes. Al preguntarle
qué debía hacer con el pueblo y cómo sabríamos si eran culpables, gritó:
"¡Son todos traidores! ¡Quémalos, empálalos y entierra sus cenizas con
estiércol!". Siguió echando pestes, maldiciendo a sus enemigos y
describiendo la forma en que azotaría la región de aquellos que le desearan
algún mal.
»El tono era muy distinto del que había empleado la
vez anterior, y eso hizo que me diera cuenta de que no poseía demencia ni
preveía ganarse la lealtad de su gente, y de que reinaba sólo por medio de la
fuerza bruta, guiado únicamente por sus pasiones. Fue en ese momento cuando
decidí huir para siempre de él y de Urü'baen.
»En cuanto me libré de su presencia, mi fiel
sirviente, Tornac, y yo nos preparamos para la huida. Salimos aquella misma
noche, pero Galbatorix había conseguido de algún modo adivinar mis intenciones,
pues había soldados apostados ante las puertas, esperándonos. Mi espada se
manchó de sangre y brilló bajo la pálida luz de las antorchas. Derrotamos a
aquellos hombres, pero Tornac murió en el empeño.
»Solo y abrumado de dolor, corrí en busca de un viejo
amigo que me refugió en sus tierras. Mientras permanecía escondido, escuchaba
con atención todos los rumores para tratar de predecir los actos de Galbatorix
y planificar mi futuro. Durante ese tiempo, me llegaron voces de que habían
enviado a los ra'zac a capturar o a matar a alguien. Como recordaba los planes
del rey para los Jinetes, decidí buscar a los ra'zac y seguirlos, sólo por si
acaso realmente descubrían algún dragón. Y así fue como os encontré... No tengo
más secretos.
Aún no sabemos si dice la verdad —advirtió Saphira.
Ya lo sé —contestó Eragon—. Pero ¿por qué iba a mentirnos?
A lo mejor está loco.
Lo dudo.
Eragon pasó un dedo por las duras escamas de Saphira y
contempló cómo se reflejaba en ellas la luz.
—Entonces, ¿por qué no te unes a los vardenos? Tal vez
desconfíen de ti al principio, pero una vez demuestres tu lealtad te tratarán
con respeto. Además, ¿no son tus aliados, en cierto sentido? Ellos luchan por
poner fin al dominio del rey. ¿No es lo mismo que deseas tú?
—¿Te lo tengo que explicar todo con más detalles?
—preguntó Murtagh—. No quiero que Galbatorix sepa dónde estoy, lo cual es
inevitable si la gente empieza a contar que me he pasado al bando enemigo, cosa
que nunca he hecho. Estos... —hizo una pausa, y luego añadió con desprecio—
«rebeldes» no sólo quieren destronar al rey, sino también destruir el
Imperio... Y yo no quiero que eso ocurra porque sobrevendrían los tumultos y la
anarquía. El rey tiene defectos, sí, pero el sistema es sensato. En cuanto a la
posibilidad de ganarme el respeto de los vardenos... ¡Ja! En cuanto me delate,
me tratarán como a un criminal o algo peor. Y no sólo eso: la suspicacia
recaerá también sobre vosotros porque hemos viajado juntos.
Tiene razón —dijo Saphira.
Eragon la ignoró.
—No es tan grave —dijo esforzándose por parecer
optimista. Murtagh resopló con sorna y desvió la mirada—. Estoy seguro de que
no les...
Las palabras de Eragon quedaron interrumpidas al
abrirse la puerta, apenas un resquicio por el que cabía una mano. Alguien
empujó dos cuencos por la abertura. Detrás apareció una barra de pan y un
pedazo de carne cruda. Luego cerraron la puerta.
—¡Por fin! —refunfuñó Murtagh acercándose a la comida.
Lanzó por el aire el trozo de carne hacia Saphira,
quien lo atrapó al vuelo y se lo tragó entero. Luego partió en dos el pan, le
dio la mitad a Eragon, cogió su cuenco y se retiró a un rincón.
Comieron en silencio. Murtagh engullía la comida.
—Me voy a dormir —anunció.
Soltó el cuenco y no volvió a pronunciar palabra.
—Buenas noches —dijo Eragon.
Se tumbó junto a Saphira, con las manos debajo de la
cabeza. Ella curvó su largo cuello en torno a él, como el gato que se rodea con
la cola, y recostó la cabeza junto a la del muchacho. Extendió sobre él un ala,
como si fuera una tienda azulada, para envolverlo en la oscuridad.
Buenas noches, pequeño.
Una leve sonrisa curvó los labios de Eragon, pero ya
estaba dormido.
Eragon se sentó de un salto al captar un rugido junto
a su oído. La dragona seguía dormida, pero movía los ojos bajo los párpados y
le temblaba el morro como si fuera a gruñir. Eragon sonrió y luego dio un
respingo al ver que rugía de nuevo.
Estará soñando —pensó.
La miró durante un rato y después abandonó con cuidado
el refugio del ala de Saphira. Se puso en pie y estiró los músculos. Hacía
frío, pero la temperatura no era desagradable. Murtagh estaba tumbado boca
arriba en el rincón más lejano, con los ojos cerrados.
Cuando Eragon dio unos pasos para rodear a Saphira,
Murtagh se movió:
—Buenos días —dijo en voz baja, y se sentó.
—¿Cuánto rato llevas despierto? —preguntó Eragon en
voz queda.
—Un poco. Me sorprende que Saphira no te haya
despertado antes.
—Estaba tan cansado que habría seguido durmiendo
incluso con una tormenta —contestó Eragon con ironía. Se sentó junto a Murtagh
y descansó la cabeza en la pared—. ¿Sabes qué hora es?
—No. Aquí dentro es imposible.
—¿Ha venido alguien a vernos?
—Todavía no.
Se quedaron juntos sin moverse ni hablar. Eragon se
sentía extrañamente unido a Murtagh.
«He llevado siempre la espada de su padre, la que
habría sido su... herencia. Nos parecemos en muchas cosas,
aunque nuestro aspecto y nuestra educación sean totalmente distintos. —Pensó en
la cicatriz de Murtagh y sintió un escalofrío—. ¿Qué clase de hombre le haría
eso a su hijo?»
Saphira levantó la cabeza y pestañeó para despejarse.
Luego olisqueó el aire y soltó un gran bostezo curvando la punta de su áspera
lengua.
¿Ha pasado algo? —Eragon negó—. Espero que me den para comer algo
más que el aperitivo de ayer. Tengo tanta hambre que me tragaría un rebaño de
vacas.
Te alimentarán bien —le aseguró él.
Más les vale.
La dragona se acercó a la puerta y se tumbó a esperar
agitando la cola. Eragon cerró los ojos y disfrutó del descanso. Echó una
cabezada, luego se levantó y caminó un poco. Aburrido, examinó una de las
antorchas: estaba hecha de una sola pieza de cristal en forma de lágrima, cuyo
tamaño doblaba al de un limón, llena de una suave luz azul que no temblaba ni
se agitaba. Cuatro finas varillas metálicas envolvían con delicadeza el cristal
y se juntaban en la parte superior formando un gancho, y en la inferior se
fundían para alargarse en tres gráciles patas. Se trataba de un objeto muy
atractivo.
Unas voces que provenían de fuera interrumpieron el
examen de Eragon. Se abrió la puerta y entraron una docena de guerreros. El
primer hombre contuvo el aliento al ver a Saphira. Los seguían Orik y el hombre
de la calva, quien declaró:
—Habéis sido convocados ante Ajihad, señor de los
vardenos. Si tenéis que comer, hacedlo al tiempo que caminamos.
Eragon y Murtagh permanecieron juntos y lo miraron con
cautela.
—¿Dónde están nuestros caballos? ¿Recuperaré mi espada
y mi arco? —preguntó Eragon.
—Os devolverán las armas cuando Ajihad lo considere
oportuno, pero no antes —contestó el hombre calvo mirándolo con desprecio—. En
cuanto a los caballos, os están esperando en el túnel. ¡Vamos!
Cuando el hombre de la calva se dio la vuelta para
salir, Eragon preguntó con rapidez:
—¿Cómo está Arya?
—No lo sé —titubeó el hombre—. Los sanadores siguen
con ella.
Abandonó la habitación, acompañado por Orik.
—Tú primero —indicó uno de los guerreros.
Eragon traspuso el umbral, seguido de Saphira y de
Murtagh. Caminaron por el pasadizo que habían recorrido la noche anterior y
pasaron junto a la estatua del animal de plumas. Cuando llegaron al gigantesco
túnel por el que habían entrado en la montaña, el hombre calvo los esperaba con
Orik, quien sostenía las riendas de Nieve de Fuego y de Tornac.
—Cabalgaréis en fila india por el centro del túnel
—los instruyó el hombre—. Si intentáis ir a cualquier otro sitio, seréis
detenidos. —Cuando Eragon quiso montar en Saphira, el hombre calvo gritó—: ¡No!
Monta tu caballo en tanto no te diga lo contrario.
Eragon se encogió de hombros y tomó las riendas de Nieve
de Fuego. Subió a la silla, guió al caballo por delante de Saphira y le
dijo a la dragona:
Quédate cerca por si necesito tu ayuda.
Por supuesto —contestó ella.
Murtagh iba montado en Tornac, detrás de
Saphira. El hombre calvo examinó la corta fila y luego gesticuló a los
guerreros, que se dividieron en dos grupos para rodearlos, manteniéndose tan
alejados de Saphira como podían. Orik y el calvo se pusieron al frente de la
procesión.
Tras pasar revista una vez más con la mirada, el
hombre de la calva dio dos palmadas y echó a andar. Eragon presionó levemente a
Nieve de Fuego con los talones. Todo el grupo se encaminó hacia el
corazón de la montaña, y a medida que los cascos de los caballos golpeaban el
duro suelo, el eco de sus pasos, amplificado en el desértico pasadizo, llenó el tunel. De vez en cuando aparecía alguna puerta o ventana en las lisas
paredes, pero siempre estaban cerradas.
Eragon se maravilló por el tamaño del túnel, excavado
con una habilidad increíble: las paredes, el suelo y el techo estaban
construidos con una precisión impecable; las esquinas, al pie de las paredes,
formaban ángulos rectos perfectos y, hasta donde él podía ver, el túnel no
variaba su dirección ni un centímetro.
Mientras avanzaban, la emoción de Eragon por su
inminente encuentro con Ajihad fue creciendo. El líder de los vardenos era una
figura misteriosa dentro del Imperio: hacía casi veinte años que había
alcanzado el poder y desde entonces libraba una guerra feroz contra el rey
Galbatorix, pero nadie sabía de dónde venía ni qué aspecto tenía, y se
rumoreaba que era un maestro de la estrategia, un guerrero brutal. Con tal
reputación, a Eragon le preocupaba la recepción que fuera a darles. Aun así,
saber que Brom se había fiado de los vardenos hasta el extremo de ponerse a su
servicio tranquilizaba el miedo del muchacho.
Al ver otra vez a Orik, Eragon se había formulado
nuevas preguntas. Obviamente, el túnel era obra de los enanos —nadie más podía
cavar con tanta destreza—, pero... ¿éstos formaban parte de los vardenos, o
sólo se refugiaban con ellos? Eragon había entendido ya que los vardenos se
habían escondido bajo tierra para evitar ser descubiertos, pero ¿y los elfos?
¿Dónde estaban?
Durante casi una hora el hombre calvo los guió por el
túnel sin extraviarse ni desviarse en ningún momento.
«Habremos recorrido casi un kilómetro y medio —se
percató Eragon—. A lo mejor nos llevan al otro lado de la montaña por dentro.»
Al fin una leve luz blanquecina se hizo visible al
frente. Eragon achinó los ojos para tratar de descubrir el origen, pero estaba
demasiado lejos para concretar ningún detalle. El brillo aumentaba de
intensidad a medida que se iban acercando.
Ahora se veían hileras de gruesos pilares de mármol,
incrustados de rubíes y amatistas, alineados a lo largo de las paredes y, entre
ellos, había muchas antorchas colgadas que inundaban el espacio de un brillo
puro; dibujos geométricos realizados en oro refulgían desde las bases de los
pilares, como si fueran hilos fundidos, y también había esculpidas cabezas de
cuervos que se arqueaban hacia el techo, con los picos abiertos de modo que
parecía que estaban a punto de graznar. Al final del pasillo se divisaban dos
colosales puertas negras, en las que destacaban unas brillantes líneas
plateadas que delimitaban el contorno de una corona de siete puntas tan grande
que ocupaba las dos puertas.
El hombre calvo se detuvo y alzó una mano. Después se
volvió hacia Eragon:
—Ahora puedes montar tu dragón, pero no intentes alzar
el vuelo. Habrá gente mirando, así que recuerda quién eres y cuál es tu
situación.
Eragon desmontó de Nieve de Fuego y luego trepó
a la grupa de Saphira.
Me parece que nos quieren exhibir —le dijo ella cuando el muchacho se instaló en la silla.
Ya veremos. ¡Ojalá tuviera a Zar'roc!
—contestó al tiempo que se ataba las cintas a las piernas.
Tal vez sea mejor que no lleves la espada de Morzan la
primera vez que te vean los vardenos.
Cierto.
—Estoy listo —dijo Eragon poniendo la espalda recta.
—Bien —contestó el hombre calvo.
Él y Orik se retiraron a ambos lados de Saphira y
mantuvieron la distancia necesaria para que ella quedara claramente en cabeza.
—Ahora caminad hacia las puertas y, cuando se abran,
seguid el camino. Id despacio.
¿Preparada? —preguntó Eragon.
Por supuesto.
Saphira se acercó a las puertas con rítmicos pasos.
Las escamas le brillaban bajo la luz y emitían destellos
de color que bailaban en los pilares. Eragon respiró hondo para acallar sus
nervios.
Sin previo aviso, las puertas se abrieron hacia fuera
sobre bisagras invisibles. A medida que se ampliaba el hueco entre ellas, rayos
de luz se derramaron por el túnel y cayeron sobre Saphira y sobre Eragon.
Momentáneamente cegado, el muchacho pestañeó y entrecerró los ojos. Cuando se
adaptaron a la luz, dio un grito ahogado.
Estaban en un cráter volcánico gigantesco. Sus paredes
se estrechaban hacia una abertura irregular, tan alta que Eragon no pudo medir
la distancia: debían de ser casi veinte kilómetros. Un suave rayo de luz caía
por la abertura e iluminaba el centro del cráter, aunque el resto de la
cavernosa extensión permanecía en una apagada penumbra.
El otro lado del cráter, de un azul brumoso en la
distancia, parecía estar a unos quince kilómetros. Gigantescos bloques de
hielo, que medirían decenas de metros de anchura y cientos de metros de
longitud, pendían a leguas de altura por encima de ellos como dagas brillantes.
Eragon sabía por su propia experiencia en el valle que nadie, ni siquiera
Saphira, podía alcanzar aquellas puntas tan altas. Más abajo, en las paredes
interiores del cráter, la roca estaba cubierta por oscuras alfombras de musgo y
de líquen.
El muchacho bajó la mirada y vio un amplio camino de
adoquines que se extendía desde el umbral de la puerta. El camino iba directo
hacia el centro del cráter y terminaba en la base de un monte, blanco como la
nieve, que brillaba con miles de luces de colores, como una gema sin tallar.
Este monte medía apenas una décima parte de la altura del cráter, que se alzaba
en torno a él, pero su diminuta apariencia era engañosa, pues por lo menos
alcanzaba los mil quinientos metros de altura.
Por largo que fuera, el túnel apenas los había llevado
hasta un lado de la pared del cráter. Mientras miraba fijamente, Eragon oyó la
profunda voz de Orik:
—Mirad bien, humanos, pues ningún Jinete ha posado sus
ojos aquí desde hace casi cien años. La alta cumbre que se alza sobre nosotros
es Farthen Dür, descubierta hace miles de años por el padre de nuestra raza,
Korgan, cuando cavaba un túnel para buscar oro. Y en el centro se halla nuestro
mayor logro: Tronjheim, la ciudad-montaña construida con el más puro mármol.
Las puertas crujieron al detenerse.
¡Una ciudad!
Entonces Eragon vio a la multitud. Lo que había
contemplado hasta entonces le había llamado tanto la atención que no se había
fijado en el denso mar de gente, arracimada en torno a la entrada del túnel.
Enanos y humanos, apiñados como árboles en un tupido bosque, flanqueaban el
camino de adoquines. Eran cientos... miles. Todas las miradas, todos los
rostros, se concentraban en Eragon. Y todos guardaban silencio.
Eragon se agarró a la base de una de las púas de
Saphira. Vio criaturas con batas sucias, hombres robustos con los nudillos
pelados, mujeres con vestidos de andar por casa y enanos fuertes y curtidos que
se toqueteaban las barbas. Todos tenían la misma expresión tensa, propia de un
animal herido cuando su predador está cerca y no es posible la huida.
Una capa de sudor empezó a cubrir la cara de Eragon,
pero no se atrevió a moverse para retirarla.
¿Qué debo hacer? —preguntó, desesperado.
Sonríe, saluda con la mano, ¡cualquier cosa! —contestó Saphira secamente.
Eragon trató de forzar una sonrisa, pero los labios
apenas se le entreabrieron. Reunió coraje, alzó una mano y la agitó en un
remedo de saludo. Al ver que no pasaba nada, se sonrojó de vergüenza, bajó el
brazo y agachó la cabeza.
Una sola aclamación rompió el silencio: alguien dio un
aplauso sonoro. Durante un instante la multitud dudó, pero luego un rugido
salvaje la sacudió y una oleada de ruidos se estrelló sobre Eragon.
—Muy bien —dijo el hombre calvo desde detrás de él—. Y
ahora, empieza a caminar.
Aliviado, Eragon se sentó más erecto y, juguetón,
preguntó a Saphira:
¿Nos vamos o no?
Ella arqueó el cuello y dio un paso adelante. Al pasar
junto a la primera fila de gente, miró a ambos lados y soltó una nubecilla de
humo. La multitud se calló y dio un paso atrás, pero luego volvieron a
aclamarlos con entusiasmo renovado.
Presumida —la riñó Eragon.
Saphira agitó la cola y lo ignoró. Él miraba fijamente
con curiosidad al gentío, apretujado a medida que avanzaban por el camino.
Había más enanos que humanos... y muchos lo miraban con resentimiento. Algunos
incluso le daban la espalda y se alejaban con rostro pétreo.
Los humanos tenían aspecto de ser gente dura, curtida:
los hombres llevaban dagas o cuchillos en el cinto, y muchos de ellos iban
armados para la guerra; las mujeres se movían con orgullo, pero parecían
ocultar una debilidad profunda, y los escasos niños y bebés miraban a Eragon
con los ojos abiertos de par en par. El muchacho sintió con certeza que aquella
gente había pasado por grandes tribulaciones y que harían lo que fuera
necesario para defenderse.
Los vardenos habían hallado el escondite perfecto: las
paredes de Farthen Dür eran tan altas que ni siquiera un dragón habría sido
capaz de sobrevolarlas ni ningún ejército podría violar la entrada, aunque
lograra encontrar las puertas escondidas.
La muchedumbre se cerraba tras ellos dejando mucho
espacio libre a Saphira. Gradualmente, la gente se fue callando, pero mantenían
la atención fija en Eragon. Éste echó un vistazo hacia atrás y vio que Murtagh
cabalgaba muy tieso, con la cara pálida.
Al acercarse a la ciudad-montaña, Eragon vio que el
mármol blanco de Tronjheim estaba muy pulido y tenía contornos
lisos, como si lo hubieran vertido a raudales en ese lugar. Estaba salpicado de
incontables ventanas redondas, enmarcadas con tallas muy elaboradas, de las
cuales pendían antorchas de distintos colores que proyectaban su suave brillo
en la piedra, pero no se veían torres ni chimeneas. Justo delante de ellos, dos
grifos de oro de unos diez metros de altura vigilaban una gigantesca puerta de
troncos —retranqueada unos veinte metros sobre la base de Tronjheim—, a la
sombra de gruesas columnas que soportaban una bóveda en lo más alto.
Al llegar a la base de Tronjheim, Saphira se detuvo
para ver si el hombre de la calva les daba alguna instrucción, pero como no
recibieron ninguna, siguió caminando hacia la puerta. Alineados en las paredes,
se veían unos pilares acanalados de jaspe rojo como la sangre, entre los que se
hallaban inmensas estatuas de criaturas extravagantes, representadas para
siempre con exactitud por el cincel del escultor.
La pesada puerta tronó al abrirse ante ellos cuando
unas cadenas ocultas empezaron a alzar los colosales troncos. Un pasadizo de
cuatro pisos de altura se extendía hacia el centro de Tronjheim. Los tres
niveles superiores parecían horadados por hileras de arcos que revelaban
túneles grises, cuyas curvas desaparecían en la distancia. Había montones de
gente en esos arcos, y todos observaban con intensidad a Eragon y a Saphira. En
el nivel inferior, en cambio, los arcos estaban cerrados por robustas puertas. Entre
los diferentes pisos pendían elaborados tapices, bordados con figuras heroicas
y tumultuosas escenas de guerra.
Cuando Saphira pisó el vestíbulo y empezó a desfilar
por él, sonó una aclamación. Eragon alzó la mano y provocó otro rugido de la
multitud, aunque muchos enanos no se sumaban al griterío de bienvenida.
El pasillo medía un kilómetro y medio y terminaba en
un arco flanqueado por pilares negros de ónice. Circonitas amarillas, cuyo
tamaño triplicaba el de un hombre de estatura mediana, remataban las oscuras
columnas y lanzaban penetrantes rayos amarillos por el camino. Saphira penetró
entre las columnas y luego se detuvo y giró el cuello hacia atrás, con un
profundo murmullo en el pecho.
Estaban en una habitación redonda, de unos trescientos
metros de diámetro, que se alzaba hasta
la cumbre de Tronjheim —unos mil quinientos metros más arriba— y que se
estrechaba a medida que ascendía. Las paredes estaban cubiertas de arcos: una
hilera por cada nivel de la ciudad-montaña, y en el suelo, de un elegante color
cobre rojizo, habían grabado un martillo rodeado de doce estrellas plateadas,
como en el yelmo de Orik.
En la habitación confluían cuatro caminos —incluido el
que acababan de recorrer—, que dividían Tronjheim en cuartos. Todos los caminos
eran idénticos, salvo el que se encontraba frente a Eragon, a cuyos lados se
abrían altos arcos para dejar a la vista escaleras descendentes que se
reflejaban entre sí, como en un espejo, al curvarse hacia el suelo.
El techo estaba cubierto por un zafiro en forma de
estrella de un color rojo, como el del alba, y de tamaño monstruoso. La joya
medía veinte metros de diámetro y, al menos, otros tantos de grosor. Habían
querido esculpir en su superficie una rosa en pleno apogeo, y el artesano había
sido tan diestro que la flor casi parecía real. Un amplio cinturón de antorchas
envolvía el contorno del zafiro, que lanzaba una red de franjas de luz rojiza
sobre cuanto había debajo. Daba la impresión de que los rayos contenidos en la
gema eran como un ojo gigantesco que los miraba desde arriba.
Eragon estaba boquiabierto de asombro. Nada en el
mundo le habría preparado para contemplar algo así, pues parecía imposible que
Tronjheim hubiera sido erigido por seres mortales. Dudó que ni siquiera
Urü'baen pudiera competir con las riquezas y las grandezas que allí se veían.
Tronjheim representaba un monumento asombroso al poderío y a la perseverancia
de los enanos.
El hombre calvo se plantó delante de Saphira y dijo:
—A partir de aquí, tienes que ir a pie.
Sonó un abucheo entre la multitud cuando habló. Un
enano se llevó a Tornac y a Nieve de Fuego, y Eragon desmontó de
Saphira, pero se quedó a su lado mientras el hombre de la calva los guiaba
sobre el suelo de color de cobre hacia el camino de la derecha.
Lo recorrieron durante unas decenas de metros y luego
entraron en un pasillo más estrecho. Los guardianes permanecieron a su lado
pese a la estrechez del espacio. Tras cuatro giros bruscos, llegaron a una
enorme puerta de cedro, ennegrecida por el tiempo. El hombre calvo la abrió e
hizo entrar a todos, excepto a los guardianes.
Eragon entró en un elegante estudio de dos plantas, rodeado de estanterías
de cedro. Una escalera de hierro forjado se alzaba hasta un pequeño balcón donde
había dos sillas y una mesa de lectura; antorchas de luz blanca colgaban de las
paredes y del techo, de modo que en cualquier rincón de la sala se podía leer
un libro; el suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra oval de complejos
dibujos, y al otro lado de la habitación, estaba un hombre de pie tras un
escritorio de nogal.
La piel del hombre emitía un brillo del color del
ébano engrasado; llevaba el cráneo afeitado, aunque una barba blanca,
cuidadosamente recortada, le cubría la barbilla, y lucía bigote; la dureza de
sus rasgos le sombreaba la cara, y bajo las cejas acechaban unos ojos graves e
inteligentes; los amplios y fuertes hombros resaltaban todavía más gracias a un
ajustado chaleco rojo, bordado con hilo de oro y abrochado sobre una exquisita
camisa morada. Se comportaba con gran dignidad y emitía una intensa sensación
de autoridad.
Cuando al fin habló, su voz sonó firme y confiada:
—Bienvenidos a Tronjheim, Eragon y Saphira. Soy
Ajihad. Sentaos, por favor.
Eragon se dejó caer en un sillón junto a Murtagh, y la
dragona se instaló tras ellos con aire protector. Ajihad alzó una mano y
chasqueó los dedos. Un hombre apretó el paso desde detrás de la escalera: era
idéntico al otro hombre calvo. Eragon miró a los dos con sorpresa y Murtagh se
puso tenso.
—Vuestra confusión es comprensible; son hermanos
gemelos —dijo Ajihad con una leve sonrisa—. Os diría cómo se llaman, pero no
tienen nombre.
Saphira resopló, disgustada. Ajihad la miró un momento
y luego se sentó en una silla de respaldo alto, tras el escritorio, al mismo
tiempo que los gemelos se retiraban tras la escalera y permanecían juntos.
Ajihad juntó los dedos a la vez que contemplaba fijamente a Eragon y a Murtagh,
y los estudiaba durante un largo rato sin quitarles la vista de encima.
Incómodo, Eragon se movió en el asiento. Tras lo que
pareció durar varios minutos, Ajihad bajó las manos y convocó a los gemelos.
Uno de los dos se plantó de inmediato a su lado. Ajihad le susurró algo al
oído, y el hombre calvo empalideció de repente y negó con la cabeza
vigorosamente. Ajihad frunció el entrecejo y luego asintió, como si acabara de
confirmar algo. Entonces miró a Murtagh y le dijo:
—Al negarte a ser examinado me has puesto en una
situación difícil. Se te ha permitido entrar en Farthen Dür porque los gemelos
me aseguran que pueden controlarte y por tus acciones en defensa de Eragon y de
Arya. Entiendo que quieras mantener ciertas cosas escondidas en tu mente, pero
si sigues así no podremos fiarnos de ti.
—De todos modos, no os fiaríais —dijo Murtagh, en tono
desafiante.
El rostro de Ajihad se ensombreció al oír las palabras
de Murtagh, y el peligro le brilló en los ojos.
—Aunque hace veintitrés años que esa voz no llega a
mis oídos... la conozco. —Guardó un silencio de mal presagio e inspiró
profundamente. Los gemelos, que parecían alarmados, juntaron la cabeza y
empezaron a murmurar, desesperados—. Entonces provenía de otro hombre, uno que
tenía más de bestia que de humano. ¡Levántate!
Murtagh obedeció con cautela repartiendo miradas como
dardos entre los gemelos y Ajihad.
—¡Quítate la camisa! —ordenó Ajihad. De un tirón,
Murtagh se quitó la túnica—. Ahora, date la vuelta.
Al volverse, la luz cayó sobre la cicatriz de la
espalda.
—Murtagh... —murmuró Ajihad.
Orik soltó un gruñido de sorpresa. Sin previo aviso,
Ajihad se volvió hacia los gemelos y tronó:
—¿Lo sabíais?
Los gemelos hicieron una reverencia.
—Descubrimos el nombre en la mente de Eragon, pero no
sospechamos que este chico fuera hijo de alguien tan poderoso como Morzan. No
se nos ocurrió...
—¿Y no me lo dijisteis? —preguntó Ajihad. Levantó una
mano para evitar cualquier explicación—. Ya hablaremos de esto. —Se encaró de
nuevo a Murtagh—. Antes he de desenmarañar este embrollo. ¿Sigues negándote a
pasar la prueba?
—Sí —contestó Murtagh con brusquedad volviendo a
ponerse la túnica—. No permitiré que nadie entre en mi mente.
Ajihad se apoyó en el escritorio.
—Eso implicará desagradables consecuencias, porque si
los gemelos no consiguen certificar que no representas una amenaza, no podremos
ofrecerte nuestra confianza, a pesar del apoyo (o tal vez, precisamente, por
culpa de ese mismo apoyo) que le has dado a Eragon. Sin dicha verificación,
nuestros pobladores, tanto enanos como humanos, te destrozarán si se enteran de
tu presencia entre nosotros. De modo que eso me obligará a mantenerte encerrado
en todo momento, tanto por nuestra protección como por la tuya. Y el asunto no
hará más que empeorar cuando Hrothgar, el rey de los enanos, exija tu custodia.
Así pues, no provoques esa situación, que podría evitarse fácilmente.
—No... —Murtagh, testarudo, hizo un gesto negativo—.
Aunque cediera, se me trataría como a un leproso o a un paria. Sólo quiero irme
de aquí. Si me permites hacerlo pacíficamente, nunca revelaré vuestra ubicación
al Imperio.
—¿Y si te capturan y te llevan ante Galbatorix? —quiso
saber Ajihad—. Extraerá todos los secretos de tu mente, por fuerte que seas. Y
si fueras capaz de resistir, ¿cómo sabemos que no te unirás a él en el futuro?
No puedo correr ese riesgo.
—¿Me tendréis prisionero para siempre? —preguntó
Murtagh poniéndose tenso.
—No —contestó Ajihad—. Sólo hasta que permitas que te
examinemos. Si decidimos que eres de fiar, los gemelos desalojarán de tu mente
toda noción de la ubicación de Farthen Dür antes de que te vayas. No correremos
el riesgo de que esos recuerdos caigan en manos de Galbatorix. ¿Qué me dices,
Murtagh? Decídete rápido, o escogeremos nosotros el camino.
«Vamos, cede —suplicó Eragon en silencio, preocupado
por la seguridad de Murtagh—. No merece la pena pelear.»
Murtagh habló por fin con palabras lentas y claras:
—Mi mente es el único refugio que no me han robado.
Otros hombres intentaron allanarlo anteriormente, pero he aprendido a
defenderlo con vigor, pues sólo estoy a salvo con mis pensamientos más
profundos. Me habéis pedido lo único que no puedo dar, y mucho menos a esos dos
—señaló a los gemelos—. Haced conmigo lo que queráis: antes de exponerme a su
invasión, que se me lleve la muerte.
La admiración brilló en los ojos de Ajihad.
—No me sorprende tu elección, aunque confiaba en que
tomarías la contraria... ¡Guardias! —La puerta de cedro se abrió de golpe, y
entraron los guerreros con las armas a punto. Ajihad señaló a Murtagh y
ordenó—: Llevadlo a una habitación sin ventanas y reforzad la puerta. Poned
seis hombres en la entrada para que no pase nadie hasta que yo vaya a verlo.
Tampoco habléis con él.
Los guerreros rodearon a Murtagh mirándolo con
suspicacia. Cuando abandonaban el estudio, Eragon captó la mirada de Murtagh y
movió los labios para decir: «Lo siento». Murtagh se encogió de hombros y luego
miró hacia delante con decisión. Desapareció con los demás hombres por el
camino mientras el sonido de sus pisadas se desvanecía en el silencio.
Ajihad volvió a hablar con brusquedad:
—Quiero que todo el mundo abandone esta habitación,
excepto Eragon y Saphira. ¡Ahora!
Los gemelos se fueron haciendo varias reverencias,
pero Orik dijo:
—Señor, el rey querrá saber lo de Murtagh. Y queda
pendiente el asunto de mi insubordinación...
Ajihad frunció el entrecejo y luego agitó una mano en
el aire.
—Yo mismo se lo diré a Hrothgar. En cuanto a tus
acciones... Espera fuera hasta que te llame. Y no dejes que se alejen los
gemelos, aún no he terminado con ellos.
—Muy bien —contestó Orik agachando la cabeza.
Cerró la puerta con un golpe contundente.
Tras un largo silencio, Ajihad se recostó en el
asiento con un suspiro de cansancio. Se pasó una mano por la cara y miró hacia
el techo. Eragon esperó impaciente a que hablara, pero como no decía nada,
estalló:
—¿Arya está bien?
Ajihad bajó la mirada para posarla en él y respondió
con gravedad:
—No... Sin embargo, los sanadores me dicen que se
recuperará. Han estado toda la noche intentando curarla, pero el veneno le ha
pasado una factura terrible. Si no llega a ser por ti no se habría salvado.
Mereces el agradecimiento más profundo de los vardenos por eso.
Eragon relajó los hombros, aliviado. Por primera vez
sintió que había merecido la pena el esfuerzo hecho para huir de Gil'ead.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó.
—Necesito que me cuentes cómo encontraste a Saphira y
todo lo que ha ocurrido desde entonces —dijo Ajihad uniendo los dedos en una
cúpula—. Conozco parte de esa historia por el mensaje que nos envió Brom, y
otras partes de ella gracias a los gemelos. Pero quiero oírlo de tus labios,
sobre todo lo que concierne a la muerte de Brom.
Eragon se resistía a compartir sus experiencias con un
extraño, pero Ajihad tuvo paciencia.
Vamos —lo urgía Saphira amablemente.
Eragon se movió, inquieto, en el asiento, pero empezó
a contar su historia. Al principio se sentía incómodo, aunque se fue
tranquilizando a medida que avanzaba en el relato.
Saphira lo ayudaba a recordar con claridad por medio
de algún comentario puntual. Ajinad escuchó todo el rato con atención.
Eragon habló durante horas, deteniéndose a menudo en
su narración. Habló a Ajihad de Teirm, aunque sin mencionar las adivinanzas de
Angela, y contó cómo Brom y él habían encontrado a los ra'zac. Incluso explicó
sus sueños sobre Arya. Cuando llegó a Gil'ead y mencionó a Sombra, Ajihad
endureció el rostro y se echó hacia atrás en el asiento con los ojos velados.
Una vez terminada la historia, Eragon guardó silencio
y reflexionó sobre todo lo que había ocurrido. Ajihad se levantó, juntó las
manos tras la espalda y, con aire ausente, estudió uno de los estantes. Al cabo
de un rato regresó a su escritorio.
—La muerte de Brom es una pérdida terrible. Era muy
buen amigo mío y un poderoso aliado de los vardenos. Nos salvó muchas veces de
la destrucción gracias a su valor e inteligencia. Incluso ahora, tras
desaparecer, nos ha proporcionado lo único que puede garantizar nuestro
triunfo: tú.
—Pero ¿qué logros puedes esperar de mí? —preguntó
Eragon.
—Te lo explicaré con detalle —contestó Ajihad—, pero
antes debo encargarme de asuntos más urgentes. La noticia de la alianza entre
los úrgalos y el Imperio es extremadamente seria. Si Galbatorix está reuniendo
un ejército de úrgalos para destruirnos, los vardenos lo tendremos difícil para
sobrevivir, aunque muchos gocemos de la protección de Farthen Dür. El mero
hecho de que un Jinete, aunque sea uno tan malvado como Galbatorix, se plantee
un pacto con esa clase de monstruos, es prueba suficiente de su locura.
Me da escalofríos pensar qué les habrá prometido a cambio de su veleidosa
lealtad. Y luego está Sombra. ¿Puedes describirlo?
Eragon asintió:
—Era alto, delgado y muy pálido, con los ojos y el
pelo colorados. Vestía totalmente de negro.
—¿Y su espada? ¿La viste? —preguntó Ajihad con
intensidad—. ¿Tenía una fina hendidura que recorría la larga hoja?
—Sí —repuso Eragon, sorprendido—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque yo mismo se la hice cuando intentaba
arrancarle el corazón —dijo Ajihad con una triste sonrisa—. El Sombra se llama
Durza y es uno de los demonios más malvados y astutos que jamás hayan asolado
esta tierra. Es el siervo perfecto para Galbatorix y un enemigo peligroso para
nosotros. Dices que lo matasteis. ¿Cómo ocurrió?
Eragon lo recordó con viveza.
—Murtagh le disparó dos veces. La primera flecha le
dio en un hombro, la segunda le acertó entre los ojos.
—Me lo temía —dijo Ajihad, ceñudo—. No lo matasteis
porque sólo se puede destruir a los Sombra clavándoles una estaca en el
corazón. Cualquier otro medio hace que se desvanezcan y luego vuelven a
aparecer en otro lugar en forma de espíritus. Es un proceso desagradable, pero
Durza sobrevivirá y regresará más fuerte que nunca.
Un tenso silencio se instaló entre ellos, como una
nube de mal presagio. Luego Ajihad afirmó:
—Eres un enigma, Eragon, un dilema que nadie sabe cómo
resolver. Todo el mundo está enterado de lo que quieren los vardenos, o los
úrgalos, o incluso Galbatorix, pero nadie sabe qué quieres tú. Y eso te
convierte en un peligro, sobre todo para Galbatorix. Te teme porque no sabe qué
vas a hacer en el futuro.
—¿Y los vardenos no me temen? —preguntó Eragon en voz
baja.
—No —contestó cuidadosamente Ajihad—. Tenemos
esperanzas depositadas en ti. Pero si esas esperanzas resultan defraudadas,
entonces sí te temeremos. —Eragon bajó la mirada—. Tienes que entender la
naturaleza inusual de tu situación. Hay facciones preocupadas porque sirvas
sólo a sus intereses, y desde el momento en que entraste en Farthen Dür, las
influencias y los poderes de cada una de ellas empezaron a tirar de ti.
—¿Incluidos los tuyos? —preguntó Eragon.
Ajinad contuvo la risa, aunque su mirada era seria.
—Incluidos los míos. Deberías saber ciertas cosas: por
ejemplo, cómo apareció el huevo de Saphira en las Vertebradas. ¿Te contó Brom
lo que hicimos con el huevo de la dragona cuando él lo trajo aquí?
—No —respondió Eragon mirando a Saphira.
Ella pestañeó y le sacó la lengua.
Antes de empezar a hablar, Ajihad tamborileó sobre el
escritorio.
—La primera vez que Brom trajo el huevo a los
vardenos, todo el mundo estaba profundamente interesado en el destino de ese
huevo, pues habíamos creído que los dragones habían sido exterminados. A los
enanos sólo les preocupaba que el futuro Jinete fuera un aliado, aunque algunos
de ellos se oponían a la idea de que volviera a existir un nuevo Jinete. Por su
parte, los elfos y los vardenos tenían un enfoque más personal. La razón era
bien simple: a lo largo de la historia, todos los Jinetes han sido humanos o
elfos, en especial elfos, pero nunca ha habido un enano que fuera Jinete.
»Debido a las traiciones de Galbatorix, los elfos eran
reticentes a permitir que los vardenos manejaran el huevo por miedo a que el
dragón que llevaba dentro escogiera a un humano que tuviera una inestabilidad
parecida a la del rey. La situación planteaba todo un reto, pues ambas partes
querían al Jinete para sí. Por su parte, los enanos no hacían más que agravar
el problema, pues discutían obstinadamente tanto con los elfos como con
nosotros cada vez que se presentaba la ocasión. La tensión aumentó, y en poco
tiempo algunos pronunciaron amenazas que más tarde lamentarían. Entonces fue
cuando Brom sugirió un pacto que permitía salvar el honor a todas las partes.
»Propuso que los vardenos tuvieran el huevo durante un
año, y que al año siguiente lo guardaran los elfos. En cada lugar, los niños
desfilarían ante él, y los responsables del huevo esperarían para ver si el
dragón salía del cascarón. Si no era así, se lo entregarían de nuevo al otro
grupo. Pero si el dragón eclosionaba, entonces empezaría de inmediato la
formación del nuevo Jinete. Durante el primer año, el Jinete, fuera varón o
hembra, sería instruido aquí por el propio Brom, y luego sería entregado a los
elfos para que terminara su formación con ellos.
»Los elfos aceptaron el plan con desconfianza... pero
con la condición de que si Brom moría antes de que el dragón naciera, quedarían
libres para formar ellos al nuevo Jinete sin interferencias. El acuerdo les era
favorable, pues al fin y al cabo todos sabíamos que era más probable que el
dragón escogiera a un elfo, pero proporcionó a ambas partes la debida
apariencia de igualdad.
Ajihad detuvo su charla con una mirada pesimista en
los expresivos ojos. Las sombras le hundían el rostro bajo los pómulos, y éstos
le sobresalían.
—Se esperaba que ese nuevo Jinete uniera mejor
nuestras dos razas. Esperamos durante más de un decenio, pero el huevo no
prendía. El asunto fue desocupando nuestras mentes, y ya casi nunca pensábamos
en ello, salvo para lamentar la incapacidad del huevo.
»Pero el año pasado tuvimos una pérdida terrible: Arya
y el huevo desaparecieron cuando iban de Tronjheim a la ciudad élfica de
Osilon. Los primeros en descubrir que habían desaparecido fueron los elfos.
Encontraron el corcel de la joven y a sus guardianes acuchillados en Du
Weldenvarden, y vieron a un grupo de úrgalos masacrados en la cercanía. Pero
Arya y el huevo no estaban. Cuando me llegó la noticia, temí que los úrgalos
los hubieran apresado y pronto conocieran la ubicación de Farthen Dür y de la capital
de los efos, Ellesméra, donde vive su reina, Islanzadi. Ahora entiendo que
trabajaban para el Imperio, lo cual era aún peor.
»No sabremos qué ocurrió exactamente en ese ataque
hasta que Arya se despierte, pero he deducido algunos detalles de lo que me has
contado. —El chaleco de Ajihad crujió cuando apoyó los codos en el escritorio—.
El ataque tuvo que ser rápido y decidido, pues de otro modo Arya hubiera
escapado. Sin previo aviso, y careciendo de un lugar donde esconderse, sólo
podía hacer una cosa: usar la magia para transportar el huevo a otro lugar.
—¿Puede usar la magia? —preguntó Eragon.
Arya había mencionado que le habían suministrado una
droga para suprimir sus poderes. Eragon quería confirmar que se refería a la
magia y le hubiera gustado saber si podría enseñarle más palabras del idioma
antiguo.
—En efecto, ésa fue una de las razones por las que
resultó elegida para cuidar del huevo. En cualquier caso, Arya no pudo
devolvérnoslo porque estaba demasiado lejos. Y el reino de los elfos está
protegido por barreras arcanas que impiden que nada cruce sus fronteras por
medio de la magia. Ella debió de pensar en Brom y, en su desesperación, envió
el huevo a Carvahall. Como no había tenido tiempo de prepararse, no me
sorprende que fallara por cierto margen. Según me cuentan los gemelos, se trata
de un arte que no es muy preciso.
—¿Por qué estaba más cerca del valle de Palancar que
de los vardenos? —preguntó Eragon—. ¿Dónde viven realmente los elfos? ¿Dónde
está esa... Ellesméra?
La aguda mirada de Ajihad se clavó en Eragon mientras
consideraba la pregunta.
—No te contestaré a la ligera, porque los elfos
guardan ese dato con mucho celo. Pero deberías saberlo, y lo hago como muestra
de confianza. Sus ciudades quedan muy al norte, en lo más profundo del infinito
bosque de Du Weldenvarden. Desde los tiempos de los Jinetes, nadie, ni enano ni
humano, ha merecido tanta amistad de los elfos como para permitírsele caminar por sus senderos de hojarasca. Ni siquiera yo sé
cómo encontrar Ellesméra. En cuanto a Osilon... teniendo en cuenta dónde
desapareció Arya sospecho que queda cerca del límite occidental de Du
Weldenvarden, hacia Carvahall. Sé que harías muchas más preguntas, pero debes
tener paciencia y esperar a que termine.
Ajihad ordenó sus recuerdos y empezó a hablar de nuevo
a un ritmo más rápido:
—Cuando desapareció Arya, los elfos retiraron su apoyo
a los vardenos. La reina Islanzadi estaba especialmente furiosa y rechazó
cualquier contacto con nosotros. En consecuencia, aunque recibí el mensaje de
Brom, los elfos siguen ignorando tu existencia y la de Saphira... Sin sus
provisiones para sostener a mis tropas lo hemos pasado bastante mal durante los
últimos meses en nuestras escaramuzas con el Imperio.
»Tras el regreso de Arya y tu aparición, espero que la
hostilidad de la reina amaine. El hecho de que rescataras a Arya nos supondrá
una gran ayuda ante ella. Tu formación, de todos modos, representará un
problema tanto para los vardenos como para los elfos. Es obvio que Brom tuvo la
oportunidad de formarte, pero necesitamos saber hasta dónde llegó. Por esa
razón, deberás pasar un examen para determinar el alcance de tus habilidades.
Además, los elfos querrán que termines tu formación con ellos, aunque no estoy
seguro de que haya tiempo para eso.
—¿Por qué no? —preguntó Eragon.
—Por varias razones. La más importante, tus noticias
sobre los úrgalos —dijo Ajihad desviando la mirada hacia Saphira—. Mira,
Eragon, los vardenos estamos en una situación extremadamente delicada: por un
lado, hemos de satisfacer los deseos de los elfos si queremos conservarlos como
aliados y, al mismo tiempo, no podemos molestar a los enanos si queremos
refugiarnos en Tronjheim.
—¿Los enanos no forman parte de los vardenos?
—preguntó Eragon.
—En cierto sentido, sí —respondió Ajihad después de un
momento de duda—. Nos permiten vivir aquí y nos ayudan en la lucha contra el
Imperio, pero sólo son leales a su rey. No tengo ningún poder sobre ellos,
salvo el que me concede Hrothgar, e incluso él mismo tiene problemas a menudo
con los clanes de enanos. Los trece clanes están al servicio de Hrothgar, pero
cada uno de sus jefes tiene un enorme poder; son ellos quienes escogen al
sucesor cuando muere el rey. Hrothgar comparte nuestra causa, pero muchos de
los jefes de clan no lo hacen. Así que el rey no se puede permitir el lujo de
molestarlos innecesariamente para no perder el apoyo de su pueblo, de modo que
sus acciones en defensa nuestra se han visto seriamente menguadas.
—Y esos jefes de clan —preguntó Eragon—, ¿también
están en mi contra?
—Me temo que más todavía —contestó Ajihad en tono
cansino—. Existió una gran enemistad entre enanos y dragones. Antes de que
llegaran los elfos y trajeran la paz, los dragones tenían la costumbre de
comerse los rebaños de los enanos y robarles el oro, y los enanos tardan mucho
en olvidar las ofensas del pasado. Desde luego, nunca aceptaron del todo a los
Jinetes ni les permitieron patrullar por su reino. El hecho de que Galbatorix
alcanzara el poder no hizo sino convencer a muchos enanos de que sería mejor no
volver a relacionarse jamás con Jinetes ni con dragones.
Las últimas palabras estaban dirigidas a Saphira.
Lentamente, Eragon preguntó:
—¿Por qué no sabe Galbatorix dónde están Farthen Dür y
Ellesméra? Sin duda los Jinetes se lo contarían cuando le informaban.
—Se lo dijeron, sí, pero no se lo mostraron. Una cosa
es saber que Farthen Dür está en estas montañas y otra muy distinta,
encontrarla. Cuando murió el dragón de Galbatorix, no lo habían llevado a
ninguno de los dos lugares. Luego, por supuesto, los Jinetes ya no se fiaron de
él. Intentó sacarles la información a diversos Jinetes cuando él se sublevó,
pero ellos prefirieron morir antes que contárselo. Por lo que respecta a los
enanos, nunca ha conseguido capturar vivo a ninguno, aunque eso sólo es cuestión
de tiempo.
—Entonces, ¿por qué no se limita a armar a su ejército
y marchar por Du Weldenvarden hasta que encuentre Ellesméra? —preguntó Eragon.
—Porque los elfos aún tienen el poder suficiente para
oponerle resistencia —contestó Ajihad—. No se atreve a medir sus fuerzas contra
ellos, por lo menos todavía no. Pero su brujería maldita aumenta de fuerza cada
año. Con otro Jinete a su lado sería imparable, de modo que sigue intentando
que prenda uno de los dos huevos que tiene en su poder, pero de momento, no lo
ha conseguido.
—¿Cómo puede ser que su poder aumente? —Eragon estaba
atónito—. La fuerza de su cuerpo limita sus habilidades y no puede seguir
aumentando siempre.
—No lo sabemos —dijo Ajihad encogiendo los amplios
hombros—, y los elfos tampoco. Sólo nos queda esperar que algún día lo destruya
uno de sus propios hechizos. —Metió una mano por debajo del chaleco y sacó con
gesto sombrío un pedazo de pergamino maltrecho—. ¿Sabes qué es esto? —preguntó,
al tiempo que lo depositaba sobre la mesa.
Eragon se inclinó hacia delante y lo examinó: unas
líneas de letras negras, escritas con tinta en un lenguaje extraño, ocupaban el
papel. Amplias secciones del texto estaban tapadas por gotas de sangre, y uno
de los lados del papel estaba chamuscado. Eragon hizo un gesto negativo:
—No, no lo sé.
—Se lo quitamos al jefe del batallón de úrgalos que
destruimos anoche. Nos costó doce hombres, pero se sacrificaron para que
pudieras ponerte a salvo. La escritura es una invención del rey, un código que
usa para comunicarse con sus siervos. Me costó un buen rato, pero conseguí
descifrar su significado, al menos en la parte legible. Dice lo siguiente:
[...] vigilante de la entrada de Ithró Zháda dejará
entrar al portador y a sus adláteres. Se les dará cobijo con los demás de su
clase y por... pero sólo si dos facciones evitan luchar. Detentarán el mando
Tarok, Gashz, Durza, Ushnark el Poderoso.
—«Ushnark» es Galbatorix. Significa «padre» en la
lengua de los úrgalos, una afectación que le complace.
Averiguar para qué sirven y [...] Los infantes y [...]
serán mantenidos aparte. No se distribuirán armas hasta que [...] para la
marcha.
—A partir de ahí no se puede leer nada más, salvo un
par de palabras vagas —explicó Ajihad.
—¿Dónde está Ithró Zháda? Nunca lo había oído.
—Yo tampoco —confirmó Ajihad—, lo cual me hace
sospechar que Galbatorix ha cambiado el nombre a algún lugar para su propio
interés. Después de descifrar este texto, me pregunté qué hacían cientos de
úrgalos en las montañas Beor, donde los viste tú, y adonde iban. El pergamino
menciona a «los demás de su clase», o sea que supongo que en su destino los
esperaban más úrgalos. Sólo hay una razón para que el rey reúna tal cantidad de
gente: armar un ejército bastardo de humanos y de monstruos para destruirnos.
»De momento, no se puede hacer más que esperar y
observar, pues sin más información no podemos saber dónde está Ithró Zháda. Por
lo pronto, aún no han descubierto Farthen Dür, de modo que conservamos la
esperanza. Los únicos úrgalos que la han visto murieron anoche.
—¿Cómo supiste que veníamos? —preguntó Eragon—. Uno de
los gemelos nos esperaba y tenía lista una emboscada para los kull.
El muchacho se dio cuenta de que Saphira escuchaba con
atención. Aunque la dragona se mantenía aparte, Eragon sabía que más adelante
ella tendría cosas que decirle.
—Hay centinelas apostados en la entrada del valle por
el que llegasteis, a ambos lados del río Diente de Oso. Ellos nos enviaron una paloma para avisarnos —explicó Ajihad.
Eragon se preguntó si sería el mismo pájaro que
Saphira había intentado comerse.
—Cuando Arya y el huevo desaparecieron, ¿se lo
comunicasteis a Brom? Me dijo que no sabía nada de los vardenos.
—Intentamos avisarle —respondió Ajihad—, pero sospecho
que el Imperio interceptó a nuestros emisarios y los mató. ¿Por qué otra razón
habrían ido los ra'zac a Carvahall? Luego, como Brom iba viajando contigo, no
hubo manera de establecer contacto con él. Cuando tuve noticias de él por medio
de un mensajero de Teirm, supuso un alivio para mí. No me sorprendió que
acudiera a Jeod; eran viejos amigos. Y Jeod pudo enviarnos un mensajero con
facilidad porque se dedica a hacernos llegar provisiones a escondidas por
Surda.
»Todo este asunto ha provocado algunas preguntas
importantes: ¿cómo sabía el Imperio dónde debía tender la emboscada a Arya y,
más adelante, a nuestros mensajeros de Carvahall? Y ¿cómo se ha enterado
Galbatorix de qué mercaderes ayudan a los vardenos? El negocio de Jeod quedó
virtualmente destruido cuando tú te fuiste, igual que los de otros mercaderes
que nos apoyan, pues cada vez que uno de sus barcos se hace a la mar,
desaparece. Así que, como los enanos no nos pueden conseguir todo lo que
necesitamos, los vardenos tenemos una carencia desesperada de provisiones. Me
temo que hay un traidor, o varios, entre nosotros, a pesar de nuestro esfuerzo
por escrutar las mentes de la gente en busca de trampas.
Eragon se concentró en sus pensamientos y ponderó todo
lo que había aprendido. Ajihad esperó tranquilamente hasta que volviera a
hablar, sin que le molestara el silencio. Por primera vez desde el hallazgo del
huevo de Saphira, Eragon sintió que entendía lo que ocurría en torno a él. Al
fin sabía de dónde había salido la dragona y lo que el futuro podía depararle.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó el muchacho.
—¿A qué te refieres?
—Es decir, ¿qué se espera de mí en Tronjheim? Sé que
los elfos y tú tenéis planes para mí, pero ¿qué pasará si no me gustan? —Un
tinte de dureza le tomó la voz—. Estoy dispuesto a luchar cuando haga falta, a
revelarme cuando se presente la ocasión, a llorar donde se presente el dolor, a
morir si me llega la hora... pero no dejaré que nadie me use en contra de mi
voluntad. —Hizo una pausa para que sus palabras calaran más hondo—. Los Jinetes
de antaño impartían justicia por encima de los líderes de su tiempo. No reclamo
esa prerrogativa, pues dudo que la gente la aceptara después de haber pasado
generaciones enteras sin que se la impusieran, y mucho menos si viniera de
alguien tan joven como yo. Pero tengo algún poder y lo utilizaré como crea
conveniente. Lo que quiero saber es cómo planeas usarme. Luego decidiré si
estoy de acuerdo o no.
Ajihad lo miró con ironía.
—Si no fueras quien eres y si estuvieras ante otro
líder, lo más probable es que este insolente discurso te hubiera costado la
vida. ¿Qué te hace pensar que voy a exponer mis planes sólo porque tú lo
exijas? —Eragon se sonrojó, pero no desvió la mirada—. De todos modos, tienes
razón. Tu posición te otorga el privilegio de expresarte de este modo, y no
puedes evitar el aspecto político de la situación, pues de un modo u otro, te
va a influir. Tengo tan pocas ganas como tú de verte convertido en peón de algún
grupo o propósito, por lo que debes conservar tu libertad, pues en ella radica
tu verdadero poder: la capacidad de elegir sin depender de ningún líder, ni de
rey alguno. Mi propia autoridad sobre ti será limitada, pero creo que será para
bien. Lo más difícil será asegurarse de que quienes manejan el poder te
incluyan en sus deliberaciones.
»Además, a pesar de tus protestas, nuestro pueblo
tiene ciertas expectativas puestas en ti: te van a plantear sus problemas, por
menores que parezcan, y exigirán que los resuelvas. —Ajihad se inclinó hacia
Eragon con una seriedad mortal en la voz—. Habrá casos en que el futuro de
alguien quedará en tus manos... Bastará una palabra tuya para enviarlos
directamente a la felicidad o a la desgracia. Las mujeres jóvenes querrán saber
tu opinión acerca de con quién deben casarse, e incluso muchas te querrán por marido,
y los ancianos te preguntarán si sus hijos merecen una herencia. Tendrás que
ser amable y sabio para todos, pues pondrán en ti su confianza, pero no hables
por hablar y sin pensar, pues tus palabras tendrán un impacto mucho mayor de lo
que te imaginas.
Ajihad se recostó en la silla, con los ojos
entrecerrados.
—La carga del liderazgo consiste en ser responsable
del bienestar de aquellos que dependen de ti. Yo la he soportado desde que me
escogieron para gobernar a los vardenos y ahora debes hacerlo también tú. Pero
ten cuidado, porque no toleraré ninguna injusticia bajo mi mando. Y no te
preocupes por tu juventud ni por tu inexperiencia; pronto pasarán.
A Eragon le incomodaba la idea de que el pueblo le
pidiera consejo.
—Aún no me has dicho qué debo hacer aquí.
—De momento, nada. Has recorrido más de setecientos
kilómetros en ocho días, una hazaña para estar orgulloso. Estoy seguro de que
apreciarás el descanso. Cuando te hayas recuperado, comprobaremos tu eficacia
con las armas y con la magia. Después... Bueno, te explicaré tus opciones y
tendrás que decidir cuál escoges.
—¿Y qué vais a hacer con Murtagh? —preguntó Eragon con
mordacidad.
El rostro de Ajihad se ensombreció. Buscó con una mano
bajo el escritorio y sacó a Zar'roc. La pulida funda de la espada brilló
bajo la luz. Ajihad le pasó una mano por encima y la detuvo sobre el sello
grabado.
—Él se quedará aquí hasta que permita que los gemelos
le escruten la mente.
—No puedes encarcelarlo —protestó Eragon—. ¡No ha
cometido ningún delito!
—No podemos dejarlo en libertad sin estar seguros de
que no va a actuar contra nosotros. Tanto si es inocente como si no,
potencialmente es tan peligroso para nosotros como su padre —respondió Ajihad
con cierta tristeza.
Eragon se dio cuenta de que no había modo de
convencerlo y de que su preocupación era legítima.
—¿Cómo pudiste reconocer su voz?
—Conocí a su padre —fue la breve respuesta de Ajihad
que tocó la empuñadura de Zar'roc—.
¡Ojalá Brom me hubiera dicho que se había quedado la espada de Morzan!
Te sugiero que no la lleves contigo en Farthen Dür. Aquí mucha gente recuerda
con odio los tiempos de Morzan, sobre todo los enanos.
—No lo olvidaré —prometió Eragon.
Ajihad le pasó a Zar'roc.
—Ahora que lo recuerdo, tengo el anillo de Brom porque
nos lo envió para confirmar su identidad. Lo conservaba para cuando él volviera
a Tronjheim, pero ya que ha muerto, supongo que te pertenece e imagino que él
habría deseado que lo llevaras.
Abrió un cajón del escritorio y sacó el anillo.
Eragon lo aceptó con veneración. El símbolo tallado en
la faz del zafiro era idéntico al tatuaje del hombro de Arya. Eragon se lo puso
en el dedo índice y admiró cómo captaba la luz.
—Es... un honor —dijo.
Ajihad asintió con gravedad. Luego empujó la silla
hacia atrás y se levantó. Mirando a Saphira, se dirigió a ella con la voz
henchida de poder:
—No creas que me he olvidado de ti, oh, poderosa
dragona. Todo lo que he dicho es tan útil para ti como para Eragon, e incluso
era más importante que lo oyeras tú, pues sobre ti recae la tarea de cuidar de
él en estos tiempos de peligro. No subestimes tu poder ni flaquees a su lado,
pues sin ti está destinado a fracasar.
Saphira agachó la cabeza hasta que los ojos le
quedaron a la misma altura que los de Ajihad, y lo miró fijamente desde sus
rasgadas pupilas negras. Se examinaron mutuamente en silencio, sin que ninguno
de los dos pestañeara. Ajihad fue el primero en moverse. Bajó los ojos y dijo
con suavidad:
—Es todo un privilegio haberte conocido.
Se las arreglará —dijo Saphira, respetuosamente, y giró el cuello para
mirar a Eragon—. Dile que tanto él como Tronjheim me han impresionado. El
Imperio hace bien en temerlo. Hazle saber, de todos modos, que si él hubiese
decidido matarte, yo habría destruido Tronjheim y a él lo habría destrozado con
mis colmillos.
Eragon titubeó, sorprendido por el veneno que había en
la voz de la dragona, pero al fin transmitió el mensaje. Ajihad miró a Saphira
con seriedad:
—No esperaba menos de alguien tan noble, aunque dudo
que hubieses podido superar a los gemelos.
¡Bah! —resopló Saphira con desprecio.
Como sabía a qué se refería, Eragon dijo:
—En ese caso, deben de ser más fuertes de lo que
parece. Creo que se verían gravemente consternados si hubieran de enfrentarse a
la ira de un dragón. Tal vez los dos juntos lograran derrotarme, pero a Saphira
no. Deberías saber que el dragón de un Jinete redobla la fuerza de su magia
mucho más allá de lo que podría alcanzar un mago normal. Brom siempre fue más
débil que yo por eso mismo. Creo que, tras la larga ausencia de los Jinetes,
los gemelos han puesto demasiada fe en su propio poder.
Ajihad parecía preocupado.
—Brom era considerado como uno de nuestros hechiceros
más poderosos. Sólo los elfos lo superaban. Si lo que dices es cierto,
tendremos que reconsiderar muchas cosas. —Dedicó una reverencia a Saphira—. En
cualquier caso, me alegro de que no haya hecho falta lastimaros.
Saphira devolvió el gesto agachando la cabeza.
Ajihad se estiró con aire señorial y llamó:
—¡Orik! —El enano entró corriendo en la habitación y
se plantó ante el escritorio con los brazos cruzados. Ajihad lo miró irritado
con el entrecejo fruncido—. Me has creado muchos problemas, Orik. He tenido que
aguantar toda la mañana que uno de los gemelos se quejara de tu
insubordinación. No cesarán hasta que seas castigado y, por desgracia, tienen
razón. Es un asunto muy serio, y no lo puedo pasar por alto. Es necesario que
cuentes tu versión.
Orik lanzó una rápida mirada a Eragon, pero el rostro
del enano no reveló ninguna emoción. Habló rápido y en tono brusco.
—Los kull casi habían rodeado el Kóstha-mérna y
lanzaban flechas al dragón, a Eragon y a Murtagh, pero los gemelos no hacían
nada por impedirlo. Como unos... se negaron a abrir las puertas, aunque todos
oíamos a Eragon gritar la contraseña desde el otro lado de la cascada, y se
negaron también a intervenir cuando vimos que Eragon no salía del agua. Quizá
me equivoqué, pero no podía dejar morir a un Jinete.
—Yo no tenía fuerzas para salir del agua —explicó
Eragon—. Si no me llega a sacar él, habría muerto.
Ajihad lo miró y luego, en tono serio, preguntó a
Orik:
—Y después, ¿por qué te enfrentaste a ellos?
Orik alzó el mentón, desafiante.
—No tenían ningún derecho a penetrar por la fuerza en
la mente de Murtagh. Aunque, si llego a saber quién era, no me habría opuesto.
—No, hiciste lo que debías, pero todo sería más
sencillo si no hubiera sido así. No tenemos por qué forzar nuestra entrada en
la mente de los demás, quienesquiera que sean. —Ajihad se pasó un dedo por la
densa barba—. Tus actos han sido honrosos, pero no deja de ser cierto que desobedeciste
una orden directa de un superior. Eso siempre se ha castigado con la muerte.
Orik tensó la espalda.
—¡No puedes matarlo por eso! ¡Lo único que hizo fue
ayudarme!
—Tú no debes interferir —contestó Ajihad con
gravedad—. Orik ha transgredido la ley y debe sufrir las consecuencias. —Eragon
empezó a discutir de nuevo, pero Ajihad alzó una mano para que se callara—. De
todos modos tienes razón: la sentencia será mitigada por las circunstancias. A
partir de este momento, Orik, quedas relegado del servicio en activo y se te
prohibe participar en ninguna actividad militar bajo mi mando. ¿Lo entiendes?
El rostro de Orik se ensombreció, pero tan sólo
parecía confundido. Asintió con firmeza:
—Sí.
—Además, al quedar libre de tus ocupaciones
habituales, te nombro guía de Eragon y de Saphira mientras dure su estancia
entre nosotros. Asegúrate de que disfruten de todas las comodidades y servicios
que podemos ofrecerles. Saphira se instalará encima de Isidar Mithrim y Eragon
puede escoger aposento donde quiera. Cuando se haya recuperado de su viaje,
llévalo a los campos de entrenamiento. Allá lo estarán esperando —dijo Ajihad,
con un centelleo de diversión en la mirada.
Orik hizo una amplia reverencia.
—Entendido.
—Muy bien, os podéis ir. Cuando salgáis, haced que
entren los gemelos.
Eragon también hizo una reverencia y cuando estaba a
punto de salir, se detuvo para preguntar:
—¿Dónde puedo encontrar a Arya? Me gustaría verla.
—No está permitido visitarla. Tendrás que esperar
hasta que ella vaya a verte.
Ajihad clavó la mirada en el escritorio, en un claro
gesto de despedida.
Al llegar al pasillo, Eragon estiró los músculos, pues
se sentía tenso por el largo rato que había pasado sentado. A sus espaldas, los
gemelos entraron en el estudio de Ajihad y cerraron la puerta.
—Lamento que tengas problemas por mí —se excusó Eragon
dirigiéndose a Orik.
—No te preocupes —contestó el enano mesándose la
barba—. Ajihad me ha dado justo lo que quería.
A Eragon le sorprendió el comentario.
—¿Qué quieres decir? —preguntó—. No puedes entrenarte
ni pelear y estás obligado a hacerme de guardián. ¿Cómo puede ser eso lo que
querías?
—Ajihad es un buen líder —repuso Orik mirando a Eragon
con tranquilidad—. Él sabe cómo hacer cumplir la ley sin dejar de ser justo. He
recibido el castigo de su autoridad, pero también soy súbdito de Hrothgar. De
modo que, bajo la ley del monarca, sigo siendo libre de hacer lo que quiera.
Eragon tomó nota de que no sería inteligente olvidar
la doble lealtad de Orik ni la naturaleza bicéfala del poder dentro de
Tronjheim.
—Entonces Ajihad te acaba de otorgar una posición de
poder, ¿no?
Orik soltó una profunda carcajada.
—Efectivamente, y lo ha hecho de tal manera que los
gemelos no pueden protestar. Seguro que eso los irritará. Ajihad es muy astuto,
vaya que sí. Vamos, compañero, seguro que estás hambriento. Y hemos de instalar
a tu dragón.
Saphira resopló.
—Se llama Saphira —dijo Eragon.
—Perdón —se disculpó Orik, y le dedicó una breve
reverencia—. Me aseguraré de recordarlo a partir de ahora.
Tomó una antorcha de color naranja de la pared y los
llevó pasillo adelante.
—¿Hay alguien más que sepa usar la magia en Farthen
Dür? —preguntó Eragon.
Al muchacho le costaba cierto esfuerzo seguir los
ágiles pasos del enano al tiempo que sostenía a Zar'roc con cuidado para
tapar con el brazo el símbolo de la funda.
—No muchos —contestó Orik encogiéndose de hombros,
bajo la cota de malla, con un movimiento rápido—. Y los pocos que la conocen
apenas pueden hacer más que curar rasguños leves. Hacía falta tanta potencia
para sanar a Arya que ha habido que reunirlos a todos.
—Salvo a los gemelos.
—Oeí —gruñó Orik—. De todas formas, a la elfa no le habría servido de nada su
ayuda. Las artes de los gemelos no son curativas, sino que el talento que
tienen consiste en tramar y conspirar en busca de poder, en detrimento de los
demás. Deynor, el predecesor de Ajihad, les permitió unirse a los vardenos
porque necesitaba su apoyo... No te puedes enfrentar al Imperio sin hechiceros
capaces de desempeñarse en el campo de batalla. Son una pareja desagradable,
pero resultan útiles.
Entraron en uno de los cuatro túneles principales que
dividían Tronjheim. Grupos de enanos y de humanos lo recorrían, y el eco de sus
voces resonaba con fuerza sobre,el pulido suelo. Las conversaciones se
detuvieron de golpe al ver a Saphira; todas las miradas se concentraban en
ella. Orik ignoró a los espectadores y torció a la izquierda para dirigirse
hacia una de las lejanas puertas de Tronjheim.
—¿Adónde vamos? —preguntó Eragon.
—Vamos a salir de estos pasillos para que Saphira
pueda subir volando a la dragonera que hay por encima de Isidar Mithrim, la
Rosa Estrellada. Como la dragonera no tiene techo porque el punto más alto de
Tronjheim, como el de Farthen Dür, queda abierto hasta el cielo, ella, o sea
tú, Saphira, podrás volar directamente hasta allí. Es donde solían alojarse los
Jinetes cuando visitaban Tronjheim.
—¿Y sin techo no resulta frío y húmedo?
—No —contestó Orik—. Farthen Dür nos protege de los
elementos. Allí no llega la lluvia ni la nieve. Además, en las paredes de la
dragonera hay cuevas de mármol para los dragones, y en ellas tienen el refugio
necesario. Sólo hay que temer las estalactitas; en más de una ocasión, al caer
han acuchillado a algún caballo.
Está bien, está bien —le aseguró Saphira—. Una cueva de mármol parece
más segura que cualquier otro lugar en que haya estado.
A lo mejor... ¿Crees que Murtagh estará bien?
Tengo la sensación de que Ajihad es un hombre honrado.
No creo que hagan daño a Murtagh, a no ser que intente escapar.
Eragon se cruzó de brazos, incapaz de seguir hablando.
Le abrumaba el cambio de circunstancias desde el día anterior. Su descabellada
huida de Gil'ead había terminado por fin, pero se sentía preparado físicamente
para seguir corriendo y cabalgando.
—¿Dónde están nuestros caballos?
—En los establos, cerca de la puerta. Los visitaremos
antes de marcharnos de Tronjheim.
Para salir de la ciudad usaron la misma puerta por la
que habían entrado. Los grifos de oro brillaban al reflejar los coloreados
haces luminosos que les enviaban montones de antorchas, puesto que durante la
conversación entre Eragon y Ajihad, el sol se había desplazado y la claridad ya
no entraba en Farthen Dür por la abertura del cráter. Sin aquellos puntos de
luz, el interior de la montaña hueca quedaba sumido en una negrura
aterciopelada, y la única luz provenía de Tronjheim, que relucía en la penumbra.
El fulgor de la ciudad-montaña bastaba para iluminar el suelo a decenas
de metros de distancia.
Orik señaló la bóveda blanca de Tronjheim.
—Ahí arriba te espera carne fresca y agua pura de
montaña —le dijo a Saphira—. Te puedes quedar en alguna de las cuevas. Cuando
hayas escogido, te prepararán un lecho, y luego nadie te molestará.
—Creía que iríamos juntos. No quiero que nos separemos
—protestó Eragon.
—Jinete Eragon, haré cuanto sea necesario por tu
comodidad —le dijo Orik volviéndose hacia él—, pero sería mejor que Saphira
esperase en la dragonera mientras tú comes.
Los túneles que van hasta las salas de banquetes no
tienen la amplitud suficiente para que pueda acompañarnos.
—¿Por qué no me subes la comida a la dragonera?
—Porque —contestó Orik con expresión reservada— la
comida se prepara aquí abajo, y el camino hasta arriba es muy largo. No
obstante, si quieres podemos enviar a un sirviente con tu comida a la
dragonera. Tardará un rato, pero así podrías comer con Saphira.
«Lo dice de verdad», pensó Eragon, sorprendido por
todo lo que estaban dispuestos a hacer por él. Pero por la manera de hablar de
Orik, se preguntó si el enano lo estaba sometiendo a una prueba.
Estoy agotada —dijo Saphira—. Y esa dragonera tiene buen aspecto.
Ve a comer y luego ven a verme. Nos sentará bien eso de descansar juntos sin
temor a los animales salvajes o a los soldados; hemos pasado demasiado tiempo
sufriendo las penalidades del camino.
Eragon la miró pensativo y al fin dijo a Orik:
—Comeré abajo.
El enano sonrió, aparentemente satisfecho. Eragon
desató la silla de Saphira para que pudiera tumbarse con más comodidad.
¿Te quieres llevar a Zar'roc?
Sí —respondió ella cogiendo la espada y la silla entre las zarpas—. Pero
conserva el arco. Está bien que nos fiemos de esta gente, pero no hasta el
extremo de la estupidez.
Ya lo sé —contestó él, inquieto.
Con un potente salto, Saphira abandonó el suelo y se
elevó por el aire en calma. En la oscuridad sólo se oía el batir regular de las
alas de la dragona. En cuanto desapareció por encima del punto más alto de
Tronjheim, Orik soltó un profundo suspiro.
—¡Ah, muchacho, menuda bendición! Siento un anhelo
repentino de estar al aire libre y subir a las cumbres, y añoro la emoción de
cazar como un halcón. Sin embargo, estoy mejor con los pies en el suelo. O,
mejor aún, bajo el suelo.
Dio una sonora palmada.
—Olvidaba mis obligaciones como anfitrión. Sé que no
has comido nada desde la penosa cena que se avinieron a darte los gemelos, de
modo que vamos a buscar a los cocineros para pedirles un poco de carne y pan.
Eragon siguió al enano de regreso hacia el interior de
Tronjheim, pasando por un laberinto de corredores, hasta que llegaron a una
amplia sala repleta de hileras de mesas de piedra por cuya altura se notaba que
los enanos comían en ellas. Detrás de un largo mostrador, el fuego refulgía
dentro de los hornos de esteatita.
Orik habló en un idioma extraño con un enano robusto
de tez rubicunda, y éste les dio de inmediato unas bandejas de piedra, llenas
de setas y pescado humeantes. Luego Orik llevó a Eragon por una escalera hasta
llegar a un pequeño hueco excavado en la pared exterior de Tronjheim, donde se
sentaron con las piernas cruzadas. Sin decir palabra, Eragon se concentró en la
comida.
Una vez terminaron lo que había en las bandejas, Orik
suspiró contento y sacó una pipa de tubo largo. La encendió y dijo:
—Una buena comilona, aunque habría hecho falta un buen
trago de aguamiel para bajarla.
Eragon echó un vistazo a la tierra que se veía por
debajo de donde se encontraban.
—¿Se cultiva algo en Farthen Dür?
—No. La luz del sol apenas da para musgo, setas y
moho. Tronjheim no puede sobrevivir sin las provisiones de los valles
contiguos, razón por la que muchos de nosotros preferimos vivir en otros
lugares de las montañas Beor.
—Entonces, ¿hay otras ciudades de enanos?
—No tantas como nos gustaría, pero Tronjheim es la más
grande. —Orik recostó el peso del cuerpo en un codo y dio una profunda calada a
la pipa—. No te has dado cuenta porque sólo has visto los niveles inferiores,
pero la mayor parte de Tronjheim está deshabitada. Cuanto más arriba, más vacía.
Hay sitios en los que hace siglos que no entra nadie. La mayoría de los enanos
prefieren vivir por debajo de Tronjheim y de Farthen Dúr, en las cavernas y en
los pasadizos que recorren la roca. Durante siglos hemos ido cavando extensos
túneles bajo las montañas Beor, de manera que se puede caminar de un extremo a
otro de la cadena montañosa sin poner un solo pie en la superficie.
—Parece un desperdicio tener tanto espacio sin usar en
Tronjheim —comentó Eragon.
Orik asintió.
—Hay quien defiende la necesidad de abandonar este
lugar porque nos limita mucho los recursos, pero Tronjheim cumple una tarea de
mucho valor.
—¿Cuál?
—En épocas de infortunio puede alojar a toda nuestra
nación. Sólo ha habido tres épocas de nuestra historia en las que nos hemos
visto forzados hasta ese extremo, pero en cada una de esas ocasiones nos ha
salvado de una destrucción segura y definitiva. Por eso la mantenemos siempre
guarnecida y a punto para el uso.
—Nunca había visto nada tan espléndido —admitió
Eragon.
Orik sonrió sin soltar la pipa.
—Me alegro de que te lo parezca porque ha costado
generaciones enteras construir Tronjheim, y eso que vivimos muchos más años que
los humanos. Desgraciadamente, por culpa del maldito Imperio, son pocos los
foráneos que pueden admirar su esplendor.
—¿Cuántos vardenos viven aquí?
—¿Enanos o humanos?
—Humanos. Quiero saber cuántos han huido del Imperio.
Orik exhaló una larga bocanada de humo que se enroscó
lentamente en torno a su cabeza.
—Aquí habrá unos cuatro mil de los tuyos. Pero no es
un buen indicador para lo que quieres saber. Aquí sólo vienen los que quieren
luchar. Los demás están en Surda, bajo la protección del rey Orrin.
«¿Tan pocos?», pensó Eragon con sensación de desánimo.
El ejército del rey, por sí solo, llegaba a los dieciséis mil cuando se
completaba la leva, sin contar a los úrgalos.
—¿Y por qué no pelea Orrin contra el Imperio?
—preguntó.
—Si demostrara abiertamente su hostilidad —explicó
Orik—, Galbatorix lo aplastaría. Tal como están las cosas, éste refrena la
destrucción porque considera Surda como una amenaza menor, lo cual es un error.
Los vardenos conseguimos la mayor parte de nuestras armas y provisiones gracias
a la ayuda de Orrin. Sin él, no podríamos ofrecer resistencia al Imperio.
»No te desanimes por la cantidad de humanos que hay en
Tronjheim. Hay muchos enanos, muchos más de los que has visto, y todos lucharán
cuando llegue la hora. Orrin también nos ha prometido tropas para cuando nos
enfrentemos a Galbatorix. Incluso los elfos han comprometido su ayuda.
Distraídamente, Eragon contactó con la mente de
Saphira y se la encontró devorando con fruición una pierna de venado. Entonces
se fijó una vez más en el martillo y en las estrellas grabados en el yelmo de
Orik.
—¿Qué significan esas imágenes? Las he visto también
en el suelo de Tronjheim.
Orik se quitó el yelmo de hierro y pasó uno de sus
burdos dedos por el grabado.
—Es el símbolo de mi clan. Somos los ingietum, trabajadores
del metal y maestros de la herrería. El martillo y las estrellas están grabados
en el suelo de Tronjheim porque eran
el emblema personal de Korgan, nuestro fundador. Representa un clan
dirigente, rodeado por los otros doce. El rey Hrothgar es también el dürgrimst
ingietum y ha aportado a nuestra casa mucha gloria y mucho honor.
Cuando fueron a devolver las bandejas al cocinero,
pasaron junto a un enano por el pasillo. Éste se detuvo ante Eragon, hizo una reverencia y
dijo con mucho respeto:
—Argetlam.
Eragon titubeó en busca de respuesta, sonrojado e
incómodo, pero también extrañamente complacido por el gesto. Nadie le había
hecho nunca una reverencia.
—¿Qué ha dicho? —preguntó acercándose a Orik, que se
encogió de hombros, avergonzado.
—Es una palabra élfica que se usaba para referirse a
los Jinetes. Significa «mano de plata». —Eragon se miró la mano enguantada y
pensó en la gedwey ignasia que le blanqueaba la palma—. ¿Quieres volver
con Saphira?
—¿Hay algún lugar donde pueda darme antes un baño?
Hace mucho tiempo que no me quito la mugre del camino. Además, tengo la camisa
ensangrentada y rasgada, y apesta. Me gustaría cambiármela, pero no tengo
dinero para comprar otra. ¿Puedo trabajar en algo para pagarla?
—¿Pretendes ofender la hospitalidad de Hrothgar,
Eragon? —preguntó Orik—. Mientras estés en Tronjheim, no tienes que comprar
nada. Lo pagarás de otra manera. De eso se encargarán Ajihad y Hrothgar. Ven.
Te enseñaré dónde puedes lavarte y luego te traeré una camisa.
Bajó con Eragon una larga escalera hasta que llegaron
muy por debajo de Tronjheim. Allí los pasadizos se convertían en túneles y
Eragon se vio obligado a agacharse, pues apenas alcanzaban poco más de metro y
medio de altura. En ese lugar todas las antorchas eran rojas.
—Es para que no te ciegue la luz cuando entras o sales
de una caverna oscura —explicó Orik.
Entraron en una sala vacía con una pequeña puerta al
otro lado, que Orik señaló.
—Ahí están los baños, donde encontrarás también
cepillos y jabón. Deja tu ropa aquí. Cuando salgas, te habré traído ropa nueva.
Eragon le dio las gracias y se empezó a desnudar. Bajo
tierra, la soledad resultaba opresiva, sobre todo por la escasa altura del
techo de roca. Se desnudó deprisa y, congelado de frío, traspuso la puerta para
encontrarse sumido en la oscuridad total. Avanzó despacio hasta que tocó el
agua caliente con los pies y luego entró en ella.
El baño era de agua salada, pero estaba en calma y era
relajante. Al principio temió que la corriente lo alejara de la puerta y lo
llevara a aguas profundas, pero al avanzar se dio cuenta de que el agua apenas
le llegaba a la cintura. Tanteó la resbalosa pared hasta que encontró el jabón
y los cepillos, y luego se frotó a fondo. Después se mantuvo a flote con los
ojos cerrados y disfrutó del calor.
Cuando al fin salió goteando y se dirigió a la
habitación iluminada, encontró una toalla, una camisa de delicado lino y unos
calzones. La talla le sentaba razonablemente bien. Satisfecho, echó a andar por
el túnel.
Orik lo esperaba, pipa en mano. Subieron la escalera
hacia Tronjheim y luego salieron de la ciudad-montaña. Eragon miró hacia la
cumbre y llamó a Saphira con la mente. Cuando ella descendió volando de la
dragonera, preguntó:
—¿Cómo os comunicáis con los que están en la parte
alta de Tronjheim?
—Ese problema lo solucionamos hace mucho tiempo
—repuso Orik riendo—. No te has dado cuenta, pero detrás de los arcos abiertos
que señalan cada nivel hay una escalera continua que sube en espiral en torno al muro central de Tronjheim. Esa
escalera llega hasta la dragonera, por encima de Isidar Mithrim, y la llamamos
Vol Turin, la Escalera Infinita. En caso de emergencia, es demasiado lento
subir o bajar por ella, y tampoco resulta cómoda para el uso cotidiano, así que
lo que hacemos es usar antorchas de destellos para enviarnos mensajes. También
hay otra manera, aunque apenas se usa: cuando se construyó la Vol Turin, se
excavó a su lado un pulido surco, que funciona como si fuera un tobogán
gigante, tan alto como la montaña.
Eragon hizo una mueca para mostrar una sonrisa.
—¿Es peligroso?
—Ni se te ocurra probarlo. El tobogán se construyó
para los enanos y es demasiado estrecho para un hombre. Si resbalaras, caerías
en la escalera y chocarías con los arcos, o tal vez incluso te precipitarías al
vacío.
Saphira aterrizó a tiro de lanza, con un rumor seco de
escamas. Mientras saludaba a Eragon, salieron humanos y enanos a raudales de
Tronjheim y la rodearon entre murmullos de interés. Eragon, incómodo, contempló
la creciente multitud.
—Será mejor que os vayáis —dijo Orik al tiempo que lo
empujaba—. Nos encontraremos junto a esta puerta mañana por la mañana. ¡Aquí os
espero!
—¿Cómo sabré que se ha hecho de día? —gritó Eragon.
—Me encargaré de que os despierten. ¡Marchaos!
Sin protestar, Eragon se coló entre el grupo de gente
apiñada que rodeaba a Saphira y se montó en la grupa de la dragona.
Sin darles tiempo a despegar, una anciana dio un paso
adelante y agarró a Eragon por un pie con todas sus fuerzas. Él intentó
liberarse, pero la mano de la mujer era como un grillete de hierro en torno al
tobillo del muchacho; no había manera de quebrar aquel tenaz agarrón. La mujer
de ojos grises —rodeados por las arrugas de toda una vida, que se le plegaban
en surcos tan largos que le llegaban hasta las hundidas mejillas— fijó en él
una mirada ardiente. En el brazo izquierdo de la anciana descansaba un bulto
andrajoso.
Asustado, Eragon preguntó:
—¿Qué quiere?
La mujer inclinó el brazo, y un trozo de tela del
bulto se deslizó y dejó al descubierto el rostro de un bebé. Ronca y
desesperada, la mujer dijo:
—Esta niña no tiene padres. Aparte de mí, no hay quien
cuide de ella, y yo estoy muy débil. Bendícela con tu poder, Argetlam.
¡Concédele la buenaventura!
Eragon miró a Orik en busca de ayuda, pero el enano se
limitó a devolverle la mirada con expresión cautelosa. La pequeña muchedumbre
guardó silencio en espera de la respuesta del muchacho, al tiempo que la mujer
lo seguía observando fijamente.
—¡Bendícela, Argetlam, bendícela! —le insistía la
anciana.
Eragon nunca había bendecido a nadie. Ese tipo de
acción no era algo que se tomara a la ligera en Alagaësía, pues una bendición
podía torcerse fácilmente y convertirse en maldición, sobre todo si se
pronunciaba con intenciones aviesas o con falta de convicción.
«¿Me atrevo a asumir esa responsabilidad?», se
preguntó.
—Bendícela, Argetlam, bendícela.
De pronto, se decidió y buscó qué frase o expresión
usar. No se le ocurría nada hasta que, inspirado, pensó en el idioma antiguo.
Sería una bendición verdadera, pronunciada por alguien poderoso con las
palabras de poder.
Se inclinó y se quitó el guante de la mano derecha.
Apoyó la palma en la frente del bebé y entonó:
Atra gülai un ilian tauthr ono un atra ono waisé
skólir frá rauthr.
Las palabras lo dejaron inesperadamente débil, como si
acabara de usar la magia. Volvió a ponerse el guante lentamente y dijo a la
mujer:
—Es todo lo que puedo hacer por ella. Si hay palabras que puedan prevenir el infortunio, serán las que acabo de decir.
—Gracias, Argetlam —susurró la mujer con una leve
reverencia.
Empezó a tapar de nuevo a la criatura, pero en ese
momento Saphira resopló y movió el cuello para situar la cabeza sobre el bebé.
La mujer se quedó inmóvil y contuvo la respiración. Saphira bajó el hocico,
rozó a la niña entre los ojos con la punta de la lengua y luego se apartó con
suavidad.
Un murmullo se extendió entre la muchedumbre, pues en
la frente de la niña, justo donde la había tocado Saphira, apareció un
fragmento de piel con forma de estrella, tan blanca y plateada como la gedwéy
ignasia de Eragon. La mujer lanzó una mirada febril a Saphira, con una
gratitud silenciosa en los ojos.
Saphira alzó el vuelo de inmediato azotando a los
asombrados espectadores con el viento que desplazaban sus poderosos aletazos.
Al ver que se alejaba del suelo, Eragon respiró hondo y se abrazó con fuerza al
cuello de la dragona.
¿Qué has hecho? —le preguntó suavemente.
Le he dado esperanza. Y tú le has dado un futuro.
Pese a la presencia de Saphira, la soledad se apoderó
de las entrañas de Eragon. Le era tan ajeno aquel entorno... Por primera vez
tomó conciencia exacta de lo lejos que estaba de su hogar, un hogar destruido,
pero aún dueño del corazón del muchacho.
¿En qué me he convertido, Saphira? —preguntó—. Apenas hace un año que soy adulto y,
sin embargo, ya he departido con el líder de los vardenos, he sido perseguido
por Galbatorix, he viajado con el hijo de Morzan... ¡y ahora me piden
bendiciones! ¿Puedo ofrecerle a la gente alguna sabiduría que no posean ya?
¿Puedo plantearme algún desafío que no sea más apropiado para un ejército? ¡Es
una locura! Tendría que estar de vuelta en Carvahall con Roran.
Saphira se tomó su tiempo antes de contestar, pero
cuando al fin lo hizo, sus palabras fueron amables.
Un embrión, eso es lo que eres. Un embrión que lucha
por pertenecer al mundo. Tal vez yo tenga menos años que tú, pero en mis
pensamientos soy anciana. No te preocupes por esas cosas. Busca la paz
dondequiera que estés y en aquello que seas. La gente suele saber lo que debe
hacerse, y tú sólo debes mostrarles el camino: ésa es la sabiduría. En cuanto a
los desafíos, ningún ejército podría haber concedido una bendición como la que
has dado tú.
Pero si no ha tenido importancia —protestó Eragon—. Una nimiedad.
No, de eso nada. Lo que has visto era el principio de
otra historia, otra leyenda. ¿Crees que esa criatura se contentará con ser
tabernera o granjera, con la marca del dragón en la frente y tus palabras
prendidas sobre ella? Subestimas nuestro poder y el del destino.
Es abrumador. —Eragon agachó la cabeza—. Me siento como si
viviera en un mundo imaginario, en un sueño en el que todo es posible. Ya sé
que ocurren cosas asombrosas, pero siempre les ocurren a los demás, siempre en
tiempos y lugares lejanos. Sin embargo, yo encontré tu huevo, tuve a un Jinete
por tutor, me batí en duelo con un Sombra... No son actos propios del chico
granjero que soy... o que fui. Algo me está cambiando.
Lo que te da forma es tu wyrda —dijo Saphira—. Cada era necesita su icono;
tal vez te haya correspondido esa tarea. No se nombra primer Jinete a un chico
granjero sin una razón. Tu nombre fue el principio, y ahora tú eres la
continuación. O el fin.
Vaya —dijo Eragon—, es como hablar con adivinanzas... Pero si todo está
predeterminado, ¿significan algo nuestras elecciones? O ¿acaso debemos
limitarnos a aceptar el destino?
Eragon, yo te escogí desde dentro del huevo —contestó Saphira con firmeza—. Se te ha concedido
una oportunidad por la que muchos darían la vida. ¿Eso te hace desgraciado?
Despeja de tu mente esos pensamientos porque no tienen respuesta ni te van a
hacer más feliz.
Cierto —contestó él con melancolía—. Y sin embargo, siguen rebotando dentro de
mi cerebro.
Todo ha sido muy... agitado... desde que murió Brom, y
también ha sido incómodo para mí —reconoció Saphira.
A Eragon le extrañó ese comentario, pues ella casi
nunca parecía inquietarse.
Ya volaban por encima de Tronjheim. Eragon miró hacia
abajo por la abertura del punto más alto y vio el suelo de la dragonera: Isidar
Mithrim, el gran zafiro estrellado. Sabía que debajo no había más que la gran
cámara central de Tronjheim. Saphira emprendió un silencioso planeo para
descender. Pasó por encima del borde y aterrizó en Isidar Mithrim con un
contundente golpe de zarpas.
¿No lo vas a rayar? —preguntó Eragon.
No creo. No es una gema ordinaria.
Eragon bajó de la grupa de Saphira y poco a poco giró
en redondo para empaparse de aquella vista tan inusual. Estaban en una sala
redonda, sin techo, que mediría unos dieciocho metros de altura y otros tantos
de diámetro. En las paredes se alineaban las bocas de las cuevas, cuyos tamaños
iban desde el de algunas grutas, apenas mayores que el de un hombre, hasta
cavernas abiertas y grandes como casas. En las paredes de mármol había
lustrosos travesaños para que la gente pudiera alcanzar las cuevas más altas.
Una arcada enorme señalaba la salida de la dragonera.
Eragon examinó la gran gema que se extendía bajo sus
pies y cedió al impulso de tumbarse en ella. Apretó la mejilla contra el frío
zafiro e intentó ver a través de él: se percibían líneas distorsionadas y
manchas temblorosas de color que brillaban por dentro de la piedra preciosa,
pero su grosor impedía discernir con claridad el suelo de la cámara, que
quedaba a unos mil quinientos metros más abajo.
¿Tendré que dormir alejado de ti?
No, hay una cama para ti en mi cueva —contestó Saphira moviendo la enorme cabeza—. Ven a
verla.
La dragona se dio la vuelta y, sin abrir las alas, dio
un salto de seis metros para aterrizar en una cueva de tamaño mediano. Él trepó
tras ella.
La cueva era de un tono marrón oscuro por dentro y más
profunda de lo que Eragon se había imaginado. Las paredes, burdamente
esculpidas, parecían una formación natural. Cerca de la pared del fondo había
un grueso colchón lo suficientemente grande para que Saphira se acurrucara en
él, y a su lado habían montado una cama contra la pared. La única luz de la
caverna provenía de una antorcha roja con un dispositivo que permitía apagarla.
Me gusta —dijo Eragon—. Da sensación de seguridad.
Sí.
Saphira se acurrucó en el colchón y observó a Eragon.
Él suspiró y se dejó caer en su cama, invadido por el
cansancio.
Saphira, no has hablado mucho desde que llegamos. ¿Qué
piensas de Tronjheim y de Ajihad?
Ya veremos... Parece, Eragon, que nos hemos
involucrado en un tipo de guerra distinto, en el que las espadas y las zarpas
no sirven para nada, mientras que el efecto de estos medios puede conseguirse
gracias a las palabras y a las alianzas. Sin embargo, los gemelos no nos
aprecian, de modo que haríamos bien en estar atentos a cualquier engaño que
intenten prepararnos. Tampoco hay muchos enanos que se fíen de nosotros, y los
elfos no querían un Jinete humano, así que también habrá oposición por parte de
ambas razas. Lo mejor que podemos hacer es identificar a quienes detenten el
poder y llevarnos bien con ellos. Y, además, lo más rápido posible.
¿Te parece que será posible conservar la independencia
con respecto a los diferentes líderes?
Ella movió las alas en busca de una posición más
cómoda.
Ajihad apoya nuestra libertad, pero tal vez no
logremos sobrevivir sin comprometer nuestra lealtad a un grupo u otro. En
cualquier caso, pronto lo sabremos.
Raíz de mandrágora y lengua
de tritón
Cuando Eragon se despertó tenía las mantas arrebujadas
bajo el cuerpo, pero aun así sentía calor. Saphira estaba dormida en su colchón
y respiraba de forma regular.
Por primera vez desde la llegada a Farthen Dür, Eragon
se sentía seguro y esperanzado. Estaba abrigado, bien alimentado y había
conseguido dormir tanto como quería. La tensión disminuía en su interior; una
tensión que se había ido acumulando desde la muerte de Brom, o incluso antes,
desde su partida del valle de Palancar.
«Ya no he de tener miedo. Pero ¿qué le sucederá a
Murtagh?»
Por mucha hospitalidad que le ofrecieran los vardenos,
Eragon no podía aceptarla sabiendo que, con o sin mala intención, había
provocado el encarcelamiento de Murtagh. Tenía que resolver esa situación de
algún modo.
Recorrió con la mirada el basto techo de la cueva a la
vez que pensaba en Arya. Se burló de sí mismo por soñar despierto y ladeó la
cabeza para asomarse a la dragonera. Había un gato sentado en la entrada de la
cueva, lamiéndose una pata. El gato lo miró, y Eragon vio el brillo de unos
rasgados ojos rojos.
¿Solembum? —preguntó, incrédulo.
Por supuesto. —El hombre gato agitó su gruesa melena, soltó un
lánguido bostezo y mostró los largos colmillos. Se estiró y, abandonando la
cueva de un salto, aterrizó con un ruido sordo en Isidar Mithrim, unos seis
metros más abajo—. ¿Vienes?
Eragon miró a Saphira, que ya se había despertado y
observaba al muchacho sin moverse.
Ve. Yo estoy bien —murmuró.
Solembum lo esperaba bajo el arco que llevaba a Tronjheim.
En cuanto los pies de Eragon se posaron sobre Isidar
Mithrim, el hombre gato se dio la vuelta, produciendo un ruidito con las
garras, y desapareció por el arco. Eragon echó a correr tras él frotándose la
cara para sacudirse el sueño. Pasó bajo el arco y se encontró ante el inicio de
Vol Turin, la Escalera Infinita. Como desde allí no se podía ir a ningún otro
sitio, bajó al nivel inferior.
Eragon se paró ante una arcada que se curvaba
suavemente a la derecha y rodeaba la cámara central de Tronjheim. Entre las
esbeltas columnas que sostenían los arcos, Eragon vio los destellos de Isidar
Mithrim por encima de su cabeza, así como la lejana base de la ciudad-montaña.
La circunferencia de la cámara central aumentaba de tamaño en cada nivel
sucesivo de arriba abajo. La escalera se abría camino por el suelo de la arcada
hacia un nivel inferior, idéntico a aquél, y descendía a través de montones de
otras arcadas hasta que desaparecía en la distancia. El tobogán de descenso iba
paralelo al borde exterior de la escalera, y en la parte superior de Vol Turin
había una serie de cuadrados de piel para deslizarse sobre ellos. A la derecha
de Eragon, un pasillo polvoriento llevaba a las salas y a los apartamentos de
aquel nivel. Solembum descendió por el pasillo sin hacer ruido, agitando
la cola.
Espera —dijo Eragon.
Intentó atrapar a Solembum, pero sólo logró
verlo fugazmente entre los pasillos abandonados. Poco después, al doblar una
esquina, vio que el hombre gato se detenía ante una puerta y maullaba. Como si
tuviera voluntad propia, la puerta se abrió hacia dentro. Solembum entró,
y se cerró la puerta. Eragon se plantó perplejo ante ella y levantó una mano
para llamar, pero la puerta se abrió de nuevo sin darle tiempo a hacerlo, y por
la abertura se esparció una cálida luz. Tras un instante de indecisión, entró.
Se encontraba en una suite de dos habitaciones, de
color terroso, lujosamente decorada con esculturas de madera y plantas
trepadoras. El ambiente era agradable, fresco y húmedo. Había luminosas
antorchas colgadas de las paredes y del techo, pero una serie de misteriosos
objetos se amontonaban en el suelo y oscurecían los rincones. En la habitación
más lejana había una gran cama con dosel, del que aún pendían más plantas.
En el centro de la habitación principal, sentada en un
lujoso sillón de piel, estaba Angela, la bruja y adivina, que ostentaba una
sonrisa resplandeciente.
—¿Qué haces aquí? —exclamó Eragon.
Angela entrelazó las manos sobre el regazo.
—Bueno, ¿qué tal si te sientas en el suelo y te lo
cuento? Te ofrecería una silla, si no fuera porque estoy sentada en la única
que hay.
Mientras se acomodaba entre dos frascos de
burbujeantes pociones verdes de olor acre, a Eragon le bullían las preguntas en
la mente.
—¡Bien, bien! —exclamó Angela inclinándose hacia él—.
Entonces eres un Jinete. Ya me lo parecía a mí, pero no lo di por cierto hasta
ayer. Estoy segura de que Solembum lo sabía, aunque nunca me lo había
dicho. Tendría que habérmelo imaginado en cuanto mencionaste a Brom. Saphira...
Me gusta el nombre. Es apropiado para una dragona.
—Brom está muerto —explicó bruscamente Eragon—. Lo
mataron los ra'zac.
Angela quedó desconcertada y se retorció un mechón de
su espesa cabellera rizada.
—Lo siento. De verdad —dijo suavemente.
—Pero no te sorprende, ¿verdad? —repuso Eragon
sonriendo con amargura—. Al fin y al cabo habías adivinado su muerte.
—Yo no sabía quién iba a morir —aclaró ella—. Pero
no... no me sorprende. Coincidí una o dos veces con Brom. No le hacía gracia mi
actitud «frívola» con respecto a la magia, más bien le irritaba.
—En Teirm te reíste de su destino y dijiste que era
como una broma. ¿Por qué?
El rostro de Angela se tensó momentáneamente.
—Visto desde el presente, fue de bastante mal gusto,
pero yo entonces no sabía lo que le iba a pasar. ¿Cómo te lo explicaría...?
Brom estaba maldito, en cierto sentido: en su wyrda constaba que fracasaría en todos sus
empeños, menos en uno, aunque no fuera por culpa suya. Fue escogido como
Jinete, pero mataron a su dragón, y amó a una mujer, pero su amor le trajo la
desgracia. Y doy por hecho que fue elegido para cuidarte y formarte, pero al
final también fracasó en eso. Su único triunfo fue matar a Morzan, y no podría
haber hecho un bien más importante que ése.
—Brom nunca me habló de ninguna mujer —respondió
Eragon.
Angela se encogió de hombros como si no le importara.
—Se lo oí contar a alguien que no podía mentir. Bien,
¡dejemos de hablar de eso! La vida sigue y no deberíamos inquietar a los
muertos con nuestras preocupaciones.
Recogió unos juncos del suelo y empezó a trenzarlos
hábilmente dando por terminado el asunto. Eragon titubeó, pero terminó por
ceder.
—De acuerdo. Bueno, ¿cómo es que estás en Tronjheim y
no en Teirm?
—¡Ah, por fin una pregunta interesante! —exclamó
Angela—. Después de oír de nuevo el nombre de Brom durante tu visita, percibí
que el pasado retornaba a Alagaësía. Como la gente murmuraba que el Imperio
perseguía a un Jinete, me imaginé que el huevo de dragón de los vardenos debía
de haber prendido, así que cerré el negocio y me dispuse a averiguar algo más.
—¿Conocías la existencia del huevo?
—Por supuesto. No soy idiota. Llevo por aquí mucho más
tiempo del que tú crees, y pasan muy pocas cosas sin que yo me entere. —Hizo
una pausa y se concentró en lo que estaba tejiendo—. En cualquier caso, sabía
que yo tenía que llegar hasta los vardenos lo antes posible. Ya casi llevo un
mes aquí, aunque este sitio no me gusta mucho. Es demasiado húmedo para mi
gusto, y además, en Farthen Dür todo el mundo es demasiado serio y aristócrata.
Total, todos están condenados probablemente a una muerte trágica. —Soltó un
largo suspiro, con expresión burlona—. Y los enanos sólo son una panda de bobos
supersticiosos, encantados de pasarse la vida excavando las rocas. El único
aspecto redentor de este lugar son todos los hongos y las setas que crecen
dentro de Farthen Dür.
—Entonces, ¿por qué te quedas? —preguntó Eragon
sonriendo.
—Porque me gusta estar allí donde suceda algo
importante —contestó Angela alzando altiva la cabeza—. Además, si me hubiera
quedado en Teirm, Solembum se hubiera ido sin mí, y me lo paso bien con
él. Pero cuéntame, ¿qué aventuras te han ocurrido desde la última vez que
hablamos?
Durante una hora Eragon resumió sus experiencias de
los últimos dos meses y medio. Angela lo escuchaba en silencio, pero cuando
mencionó a Murtagh saltó, indignada:
—¡Murtagh!
—Me ha contado quién es —añadió Eragon asintiendo—.
Pero déjame terminar la historia antes de emitir ningún juicio.
El muchacho siguió con el relato. Cuando hubo
terminado, Angela se recostó pensativa en la silla y abandonó los juncos. Sin
previo aviso, Solembum saltó de su escondite y cayó en el regazo de
Angela, donde se acurrucó y se quedó mirando a Eragon con altanería.
Angela acarició al hombre gato.
—Es fascinante: Galbatorix aliado con los úrgalos y
Murtagh por fin al descubierto... Te advertiría que tengas cuidado con ese
chico, pero parece obvio que eres consciente del peligro.
—Murtagh ha sido un amigo inquebrantable y un
permanente aliado —dijo Eragon con firmeza.
—Ten cuidado de todos modos. —Angela hizo una pausa, y
luego añadió con desdén—: Y después está el asunto de Sombra, o sea, Durza.
Creo que en estos momentos es la mayor amenaza para los vardenos, aparte de
Galbatorix. Odio a los Sombra porque practican la magia más impura después de
la nigromancia. Me encantaría arrancarle el corazón con una simple horquilla y
dárselo de comer a los cerdos.
Su repentina vehemencia impresionó a Eragon.
—No lo entiendo. Brom me dijo que los Sombra eran
brujos que, para conseguir lo que deseaban, se servían de los espíritus. ¿Qué
hay de malvado en eso?
—Nada. Los brujos normales sólo son eso, normales. Ni
mejores ni peores que los demás, pero usan su fuerza mágica para controlar a
los espíritus y el poder de éstos. Los Sombra, en cambio, renuncian a ese
control en busca de un poder mayor y permiten que sean los espíritus quienes
controlen sus cuerpos. Por desgracia, los únicos que ambicionan poseer a los
humanos son los espíritus más perversos, quienes, después de haber penetrado en
ellos, jamás los abandonan. Esa posesión puede darse por accidente si un brujo
invoca a un espíritu más fuerte que él. El problema es que, una vez que ha sido
creado un Sombra, es terriblemente difícil matarlo. Doy por hecho que sabes que
sólo dos personas, el elfo Laetri y el Jinete Irnstad, han sobrevivido a ese
desafío.
—He oído algunas historias. —Entonces Eragon señaló la
habitación—. Pero dime, ¿por qué vives tan arriba en Tronjheim? ¿No te resulta
incómodo estar tan aislada? ¿Y cómo subiste todo esto aquí?
Angela echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa
irónica.
—¿Quieres que te diga la verdad? Me estoy escondiendo.
Cuando llegué a Tronjheim, tuve unos pocos días de paz hasta que los guardianes
que me habían dejado entrar en Farthen Dür empezaron a contar quién era. A
partir de entonces, todos los magos que hay por aquí, pese a que apenas merecen
tal apelativo, empezaron a agobiarme para que me uniera a sus grupos secretos,
especialmente los gemelos drajl, que lo controlan todo. Al final amenacé con
convertirlos en sapos, perdón, en ranas, pero como eso no los detenía me
escabullí en plena noche. No es tan difícil como te imaginas, sobre todo para
alguien con mis habilidades.
—¿Tuviste que abrir tu mente a los gemelos para que te
permitieran entrar en Farthen Dür? —preguntó Eragon—. A mí me obligaron a
dejarles revisar mis recuerdos.
Un gélido destello asomó en la mirada de Angela.
—Los gemelos no se atreverían a hurgar en mí por miedo
a lo que podría hacerles. Es evidente que les encantaría, pero saben que
terminarían destrozados por el esfuerzo farfullando tonterías. Llevo mucho
tiempo viniendo aquí, antes incluso de que los vardenos empezaran a examinar la
mente de los demás... y no van a empezar conmigo a estas alturas. —Echó un
vistazo a la otra habitación y dijo—: Bueno, ha sido una charla muy
esclarecedora, pero ahora me temo que debo irme. Mi pócima de raíz de
mandrágora y lengua de tritón está a punto de hervir y reclama mi atención.
Vuelve cuando tengas tiempo. Y por favor, no le digas a nadie que estoy aquí
porque me disgustaría tener que mudarme otra vez. Me... irritaría mucho. Y tú
no quieres verme irritada, ¿verdad?
—Te guardaré el secreto —le aseguró Eragon al tiempo
que se levantaba.
Solembum saltó del regazo de Angela cuando ésta se ponía en
pie.
—¡Bien dicho! —exclamó la bruja.
Eragon se despidió y abandonó la habitación. Solembum
lo guió de vuelta a la dragonera y luego se despidió con un coletazo para
seguir merodeando a su aire.
El salón del rey de la
montaña
Un enano esperaba a Eragon en la dragonera. Tras hacer
una reverencia y murmurar «Argetlam», el enano se dirigió a él con un acento
muy cerrado:
—Bien. Despierto. Knurla Orik te espera.
Se despidió con una nueva reverencia y se escabulló.
Saphira abandonó la cueva de un salto y aterrizó junto
a Eragon. Llevaba a Zar'roc entre las zarpas.
¿Para qué llevas eso? —preguntó Eragon con el entrecejo fruncido.
Llévala —contestó la dragona ladeando la cabeza—. Eres un
Jinete y deberías llevar tu espada. Puede que Zar'roc tenga una historia
sangrienta, pero eso no tiene por qué condicionar tus actos. Fórjale una
historia nueva y llévala con orgullo.
¿Estás segura? Acuérdate del consejo de Ajihad.
Saphira resopló y echó una vaharada de humo por las
fosas nasales.
Llévala, Eragon. Si quieres mantenerte por encima de
las fuerzas que abundan por aquí, no dejes que la desaprobación de los demás
dicte tus actos.
Como quieras —aceptó Eragon con reticencia, y se abrochó la espada
al cinto.
Trepó a lomos de la dragona, y Saphira abandonó
Tronjheim volando. Había ya suficiente luz en Farthen Dür para que la masa de
las paredes del cráter resultara visible a casi ocho kilómetros de distancia en
todas direcciones. Mientras descendían en espiral hacia la base de la
ciudad-montaña, Eragon contó a Saphira su encuentro con Angela.
En cuanto aterrizaron junto a una de las puertas de
Tronjheim, Orik llegó corriendo a su lado.
—Hrothgar, mi rey, quiere veros a los dos. Desmonta
deprisa. Debemos apresurarnos.
Eragon trotó tras el enano para entrar en Tronjheim,
pero Saphira mantuvo el paso cómodamente junto a ellos. Ignorando las miradas
de la gente en el vertiginoso corredor, Eragon preguntó:
—¿Dónde debemos encontrarnos con Hrothgar?
—En el salón del trono, que se halla debajo de la
ciudad —contestó Orik sin aminorar el paso—. Será una audiencia privada, un
acto de otho... O sea, de fe. No hace falta que te dirijas a él de
ninguna manera especial, pero debes hablarle con respeto. Hrothgar se enfada
con facilidad, aunque es inteligente y sabe adentrarse en las profundidades de
la mente de los hombres, así que piensa bien antes de hablar.
Tras entrar en la cámara central de Tronjheim, Orik
los guió por una de las dos escaleras descendentes que flanqueaban la sala que
tenían enfrente. Empezaron a bajar por la escalera de la derecha, que se
curvaba suavemente hacia el interior hasta encararse de nuevo en la misma
dirección por la que habían llegado hasta allí. La otra escalera se fundía con
la primera para formar una amplia cascada de escalones en penumbra que
terminaban, unos treinta metros más abajo, ante dos puertas de granito, sobre
las que estaba esculpida una corona de siete puntas que ocupaba la superficie
de ambas.
A cada lado de la entrada había siete enanos de
guardia que llevaban bruñidos azadones y cinturones con gemas incrustadas.
Cuando Eragon, Orik y Saphira se acercaron, los enanos golpearon el suelo con
los mangos de los azadones dando lugar a un estruendoso sonido que ascendió
escaleras arriba. Las puertas se abrieron hacia dentro.
Ante ellos había un oscuro salón, cuya distancia podía
cubrirse con un buen tiro de flecha. La sala del trono era una cueva natural
donde las estalagmitas y las estalactitas —todas ellas más gruesas que un
hombre— se alineaban en las paredes. Algunas antorchas sueltas proyectaban una
lúgubre luz, y se veía que el suelo de color marrón era liso y parecía pulido.
Al otro lado del salón se hallaba un trono negro, con una figura inmóvil
sentada en él.
—El rey os espera —anunció Orik haciendo una profunda
reverencia.
Eragon apoyó una mano en el lomo de Saphira, y los dos
siguieron andando hacia el trono. Las puertas se cerraron tras ellos dejándolos
solos con el rey en el penumbroso salón.
Mientras avanzaban, el eco de sus pasos resonaba por
la estancia. En los huecos entre las estalagmitas y las estalactitas había
grandes estatuas, cada una de las cuales representaba a un rey de los enanos
coronado y sentado en un trono, cuyos ojos ciegos miraban solemnes hacia la
lejanía y cuyos rostros, surcados de arrugas, adoptaban fieras expresiones.
Bajo los pies de cada escultura, había un nombre grabado con runas.
Eragon y Saphira caminaron con solemnidad entre las
dos filas de los monarcas de antaño, pasaron ante más de cuarenta estatuas y
ante huecos vacíos y oscuros, dispuestos para los reyes del futuro, y se
detuvieron ante Hrothgar al llegar al final del salón.
El rey de los enanos permanecía sentado como una
estatua en un trono elevado, esculpido en una pieza entera de mármol negro. Era
macizo, austero y estaba cincelado con una precisión rigurosa. Aquel trono
emanaba una fuerza que se remontaba a tiempos antiguos, a aquellos en que los
enanos dominaban Alagaësía sin oposición alguna de elfos ni de humanos. En
lugar de corona, Hrothgar llevaba en la cabeza un yelmo de oro con rubíes y
diamantes; tenía el rostro severo, avejentado y tallado por sus muchos años de experiencia;
bajo la curtida frente le relucían dos ojos profundos, pétreos y penetrantes;
una cota de malla cubría su poderoso pecho; llevaba la barba blanca encajada
bajo el cinturón y sostenía en el regazo un tremendo martillo de guerra, en
cuya cabeza aparecía grabado en relieve el símbolo del clan de Orik.
Eragon hizo una torpe reverencia y se arrodilló, pero
Saphira permaneció erguida. El rey se movió un poco, como si se despertara de
un largo sueño, y tronó:
—Levántate, Jinete. No hace falta que me rindas
tributo. —Eragon se levantó y se encontró con los impenetrables ojos de
Hrothgar. El rey lo inspeccionó con su dura mirada y dijo en tono gutural—: Az
knurl deimi lanok. Ten cuidado, la roca cambia... Es un viejo refrán que
tenemos. Y hoy en día la roca cambia muy rápido, desde luego. —Tocó
distraídamente el martillo—. No he podido reunirme antes contigo, como Ajihad,
porque me he visto obligado a enfrentarme a mis enemigos entre los clanes. Me
exigían que te negara el refugio y te expulsara de Farthen Dür. Me ha costado
mucho esfuerzo convencerlos de lo contrario.
—Gracias —contestó Eragon—. No imaginaba que mi
llegada fuera a causar tantos conflictos.
El rey aceptó su agradecimiento. Luego alzó una
deformada mano y señaló.
—Mira hacia allí, Jinete Eragon, donde descansan mis
antecesores en sus tronos esculpidos. Hay cuarenta y uno, y yo soy el
siguiente. Cuando abandone este mundo y pase al cuidado de los dioses, mi hírna
se sumará a sus filas. La primera estatua representa a mi antepasado Korgan
que forjó el último líder, Vrael, que me rindió tributo entre estas mismas
paredes. Son pocos los vivos que pueden decir lo mismo. Recuerdo a los Jinetes
y cómo se entremetieron en nuestros asuntos. Pero también recuerdo que mantuvieron
una paz que nos permitía recorrer ilesos el camino entre Tronjheim y Narda.
»Y ahora te presentas ante mí... Una vieja tradición
recuperada. Dime, y hazlo con sinceridad, ¿por qué has venido a Farthen Dür?
Conozco los sucesos que te llevaron a abandonar el Imperio, pero ¿cuál es tu
intención?
—De momento, Saphira y yo sólo queremos recuperarnos
en Tronjheim —respondió Eragon—. No hemos venido a causar ningún problema, sino
a refugiarnos de los peligros que hemos afrontado durante muchos meses. Acaso
Ajihad nos envíe con los elfos, pero entretanto no ocurra eso, no tenemos
ninguna voluntad de irnos.
—Entonces, ¿fue solamente la búsqueda de seguridad lo
que os trajo aquí? —preguntó Hrothgar—. ¿Sólo queréis vivir en este lugar y
olvidar vuestros problemas con el Imperio?
Eragon negó con la cabeza, pues su orgullo rechazaba
tal afirmación.
—Si Ajihad os ha hablado de mi pasado, debéis de saber
que he vivido suficientes agravios para que luche contra el Imperio hasta que
éste no sea más que un montón de cenizas desperdigadas. Sin embargo, por encima
de todo, deseo ayudar a quienes no pueden huir de Galbatorix, incluido mi
primo. Tengo la fuerza necesaria para ello, de modo que debo hacerlo.
El rey pareció satisfecho por la respuesta. Entonces
se volvió hacia Saphira y preguntó:
—Dragón, ¿qué piensas tú al respecto? ¿Cuál fue tu
razón para venir?
Saphira alzó un labio para gruñir.
Dile que tengo sed de sangre enemiga y que espero con
afán el día en que cabalguemos para combatir contra Galbatorix. No siento amor
ni piedad por los traidores y destructores de huevos de dragón como ese falso
rey. Él me retuvo durante un siglo e incluso ahora conserva a dos de mis
hermanos, a quienes deseo liberar siempre que sea posible. Y dile a Hrothgar
que te considero preparado para la tarea.
Eragon reaccionó ante las palabras de Saphira con una
mueca, pero las transmitió cumplidamente. Hrothgar alzó una comisura en un
atisbo de sonrisa inexorable, pero las arrugas se le acentuaron.
—Veo que los dragones no han cambiado con el paso de
los siglos. —Tamborileó sobre el trono con los nudillos—. ¿Sabes por qué
tallaron este asiento con una forma tan llana y angulosa? Lo hicieron para que
nadie se acomodara en él. Yo no lo he hecho y renunciaré a él cuando llegue el
momento. ¿Qué hace falta para recordarte tus obligaciones, Eragon? Si cae el
Imperio, ¿ocuparás el lugar de Galbatorix y reclamarás su reinado?
—No tengo afán de llevar la corona ni de mandar
—contestó Eragon, preocupado—. Ser un Jinete ya es suficiente responsabilidad.
No, no ocuparía el trono de Urü'baen... a no ser que no haya nadie competente
dispuesto a hacerlo.
Hrothgar le advirtió con severidad:
—Sin duda serías un rey más benigno que Galbatorix,
pero ninguna raza debería tener un líder que no envejezca o que no abandone el
trono. El tiempo de los Jinetes ha pasado, Eragon, y nunca volverán a alzarse
ni siquiera si los otros dos huevos de dragón, en poder de Galbatorix, prenden.
—Miró hacia el costado de Eragon y una sombra de preocupación le cruzó por la
cara—. Veo que llevas la espada del enemigo; ya me habían contado que viajas
con el hijo de uno de los Apóstatas. No me complace ver esa arma. —Extendió una
mano—. Me gustaría examinarla.
Eragon desenfundó a Zar'roc y se la entregó al
rey por la empuñadura. Hrothgar cogió la espada y revisó con mirada experta la
hoja rojiza. El filo captó la luz de una antorcha y la reflejó nítidamente. El
rey de los enanos probó la punta en la palma de una mano y dijo:
—Un filo forjado con maestría. Los elfos no suelen
hacer espadas, pues prefieren arcos y lanzas, pero cuando las forjan logran
resultados inimitables. No obstante, es una espada desventurada; no me gusta
verla en mi reino. Llévala, sin embargo, si así lo deseas. Tal vez haya
cambiado su suerte. —Le devolvió a Zar'roc, y Eragon la envainó—. ¿Os ha
resultado útil mi sobrino durante vuestra estancia?
—¿Quién?
Hrothgar enarcó una poblada ceja.
—Orik, el hijo de mi hermana menor. Presta servicio a
las órdenes de Ajihad para demostrar mi apoyo a los vardenos, aunque parece que
lo han devuelto a mi mando. Me agradó saber que lo defendiste con tus palabras.
Eragon entendió que lo que decía el rey era otra señal
de otho... —de fe— por parte de Hrothgar.
—No podría pedir un guía mejor.
—Eso está bien —contestó el rey, claramente
complacido—. Por desgracia, no puedo seguir hablando contigo. Me esperan mis
consejeros, pues debo encargarme de ciertos asuntos. Sin embargo, te diré lo
siguiente: si deseas obtener el apoyo de los enanos dentro de mi reino, antes
deberás lograr su aprobación. Tenemos mucha memoria y no tomamos decisiones
precipitadas. Las palabras no decidirán nada, sólo las obras.
—Lo tendré presente —dijo Eragon haciendo una nueva
reverencia.
Hrothgar asintió con gesto majestuoso.
—Entonces, puedes irte.
Eragon se dio la vuelta con Saphira y los dos echaron
a andar por el salón del rey de la montaña. Orik los esperaba al otro lado de
las puertas de piedra con una expresión de ansiedad en el rostro. Se unió a
ellos cuando iniciaban el ascenso para regresar a la cámara central de
Tronjheim.
—¿Ha ido todo bien? ¿Os ha recibido favorablemente?
—Creo que sí. Pero tu rey es cauto —dijo Eragon.
—Por eso ha sobrevivido tanto tiempo.
No me gustaría nada que Hrothgar se enfadara con
nosotros —dijo Saphira.
No, a mí tampoco —corroboró Eragon mirándola—. No estoy seguro de lo
que habrá pensado de ti... Parece que no le gustan los dragones, aunque no lo
haya dicho a las claras.
Saphira parecía encontrarlo gracioso.
Hace muy bien, sobre todo porque no me llega ni a la
altura de las rodillas.
En el centro de Tronjheim, bajo los destellos de
Isidar Mithrim, Orik les dijo:
—Vuestra bendición de ayer ha removido a los vardenos
como si alguien le hubiera dado la vuelta a una colmena. La criatura tocada por
Saphira ha sido aclamada como héroe del futuro, y ella y su protectora se
alojan en las mejores habitaciones. Todo el mundo habla de vuestro «milagro»,
de tal manera que todas las madres humanas parecen empeñadas en encontraros y
en obtener lo mismo para sus hijos.
Alarmado, Eragon echó un vistazo furtivo alrededor.
—¿Qué podemos hacer?
—¿Aparte de retractaros de lo que habéis hecho?
—preguntó Orik en tono seco—. Manteneos fuera de la vista siempre que sea
posible. Nadie puede entrar en la dragonera, así que allí no os molestarán.
Eragon no quería regresar todavía a la dragonera. El
día apenas había comenzado, y quería explorar Tronjheim con Saphira. Ahora que
habían abandonado el Imperio no tenían por qué estar separados. Pero tampoco
quería llamar la atención, lo cual resultaba difícil al lado de la dragona. Saphira,
¿qué quieres hacer?
Ella se encaró a él y le rozó el brazo con las
escamas. Volveré a la dragonera. Hay alguien allí a quien quiero ver.
Paséate todo lo que quieras.
De acuerdo —contestó él—, pero ¿a quién quieres ver? Saphira
se limitó a guiñarle uno de sus enormes ojos, antes de seguir caminando por uno
de los túneles principales de Tronjheim.
Eragon explicó a Orik adonde iba la dragona y luego
dijo:
—Me apetece desayunar, y después me interesaría ver
algo más de Tronjheim. Es un lugar increíble. No quiero ir a la zona de
entrenamiento hasta mañana, porque aún no me he recuperado del todo.
Orik asintió; cuando hacía ese movimiento, la barbilla
le llegaba al pecho.
—En ese caso, ¿te gustaría visitar la biblioteca de
Tronjheim? Es bastante antigua y conserva pergaminos muy valiosos. Tal vez te
parezca interesante leer una historia de Alagaësía que no haya sido manipulada
por Galbatorix.
Eragon sintió una punzada de aflicción al recordar a
Brom cuando le enseñaba a leer, y se preguntó si aún conservaría esa habilidad,
pues llevaba mucho tiempo sin ver una palabra escrita.
—Sí, vamos.
—Muy bien.
Después de comer algo, Orik guió a Eragon por una
miríada de pasillos hasta su destino. Al llegar al arco de entrada de la
biblioteca, el muchacho lo traspuso con reverencia. La sala le hizo pensar en
un bosque: hileras de gráciles columnatas se ramificaban hacia el techo, oscuro
y con nervaduras, hasta una altura de cinco pisos. Entre las columnas había
estanterías de mármol negro unidas por la parte trasera, mientras que las
paredes, separadas por estrechos pasillos a los que se llegaba por tres escaleras
de caracol, estaban cubiertas por tiras de pergaminos. En torno a las paredes,
a intervalos regulares, había pares de bancos encarados, y entre ellos, unas
mesas pequeñas, cuyas bases penetraban en el suelo sin fisuras.
En aquella sala había una infinidad de libros y de
pergaminos.
—Esta es la verdadera herencia de nuestra raza —dijo
Orik—. Aquí se conservan las escrituras de los mejores reyes y estudiosos de
los enanos, desde la antigüedad hasta el presente. Y también se hallan las
canciones y las historias compuestas por nuestros artistas. Tal vez esta
biblioteca sea la posesión más preciada. Sin embargo, no todas las obras son
nuestras, pues también hay textos humanos. Vuestra raza vive poco tiempo, pero
es prolífica. En cambio tenemos muy poca cosa de los elfos, casi nada, puesto que
guardan sus secretos con mucho celo.
—¿Cuánto rato puedo quedarme? —preguntó Eragon
acercándose a las estanterías.
—Tanto como quieras. Si tienes alguna pregunta, ven a
buscarme.
Eragon revolvió encantado entre los volúmenes y sacó
con ilusión aquellos que tenían títulos o cubiertas interesantes.
Sorprendentemente, los enanos usaban las mismas runas que los humanos para
escribir. Lo desanimó un poco lo difícil que le resultaba leer tras tantos
meses de falta de práctica. Pasaba de libro a libro abriéndose camino
lentamente en las profundidades de la vasta biblioteca. Al final se sumergió en
una traducción de los poemas de Dóndar, el décimo rey de los enanos.
Mientras revisaba los elegantes versos, unos pasos
desconocidos se acercaron a él desde detrás de la estantería. Le asustó el
sonido, pero luego se riñó a sí mismo por ser tan tonto... No podía ser que
estuviera solo en la biblioteca. Aun así, guardó el libro silenciosamente y se
alejó de allí, con todos los sentidos atentos al peligro. Había sufrido
demasiadas emboscadas para ignorar aquella sensación. Oyó los pasos de nuevo,
pero ahora correspondían a dos pares de pies. Inquieto, se metió deprisa por un
hueco al tiempo que trataba de recordar dónde se había sentado Orik. Dobló una
esquina y echó a andar, pero se encontró cara a cara con los gemelos.
Éstos estaban juntos, hombro con hombro, con una
expresión vacía en los idénticos rostros, y lo taladraban con los ojos negros
de serpiente. Las manos, escondidas entre los pliegues de sus túnicas de color violeta,
se agitaban levemente. Los dos hicieron una reverencia, pero el gesto resultó
insolente y desdeñoso.
—Te estábamos buscando —dijo uno de ellos.
Su voz guardaba un desagradable parecido con la de los
ra'zac.
—¿Para qué? —preguntó Eragon conteniendo un
escalofrío.
A continuación estableció contacto mental con Saphira,
y ella se sumó a los pensamientos del muchacho de inmediato.
—Desde que te reuniste con Ajihad queríamos... pedirte
perdón por nuestros actos. —Aquellas palabras suponían una burla, pero lo
habían dicho de tal modo que Eragon no podía retarlos—. Hemos venido a rendirte
homenaje.
De nuevo hicieron una reverencia, y Eragon se sonrojó
de rabia.
¡Ten cuidado! —advirtió Saphira.
Eragon contuvo la creciente ira. No podía permitirse
que aquel enfrentamiento lo irritara. Se le ocurrió una idea y, con una pequeña
sonrisa, respondió:
—No, soy yo quien os rinde homenaje. Sin vuestra
aprobación nunca hubiera podido entrar en Farthen Dür.
Les devolvió la reverencia y se aseguró de que fuera
lo más insultante posible.
Hubo un atisbo de irritación por parte de los gemelos,
pero conservaron la sonrisa y dijeron:
—Nos honra que alguien tan... importante como tú tenga
tan alta opinión de nosotros. Quedamos en deuda por tus amables palabras.
Ahora le tocó a Eragon irritarse.
—Lo recordaré cuando tenga alguna necesidad.
Saphira se entremetió con brusquedad en los
pensamientos de Eragon.
Te estás pasando. No digas nada de lo que puedas
arrepentirte. Recordarán cada palabra que puedan usar en tu contra.
¡Bastante difícil me resulta sin tus comentarios! —protestó Eragon.
Ella se retiró después de dar un gruñido de
exasperación.
Cuando los gemelos se acercaron más a él, los bajos de
sus túnicas rozaron suavemente el suelo. Sus voces se hicieron más agradables.
—También te buscábamos por otra razón, Jinete: los
pocos conocedores de la magia que vivimos en Tronjheim hemos formado un grupo.
Nos llamamos Du Vrangr Gata, o sea...
—El Camino Errante, ya lo sé —los interrumpió Eragon
recordando lo que le había contado Angela al respecto.
—Tu conocimiento del idioma antiguo es impresionante
—dijo con suavidad uno de los gemelos—. Como íbamos diciendo, Du Vrangr Gata se
ha enterado de tus poderosos logros, y hemos venido a invitarte a formar parte
del grupo. Sería un honor para nosotros tener un miembro de tu talla. Y supongo
que también podríamos ayudarte.
—¿Cómo?
—Nosotros dos hemos acumulado mucha experiencia en
asuntos de magia —respondió el otro gemelo—. Podríamos guiarte... enseñarte
hechizos que hemos descubierto y algunas palabras de poder. Nada nos gustaría
más que contribuir, aunque sea con una pequeña ayuda, en tu camino hacia la
gloria. No hace falta que nos lo pagues de ningún modo, pero nos satisfaría si
consideraras oportuno compartir algo de tu sabiduría.
El rostro de Eragon se endureció cuando se dio cuenta
de lo que le proponían.
—¿Me habéis tomado por tonto? —preguntó con
severidad—. ¡No me convertiré en vuestro aprendiz para que podáis aprender las
palabras que me enseñó Brom! ¡Qué rabia debió de daros no poder robarlas de mi
mente!
Los gemelos abandonaron de repente las falsas
sonrisas.
—¡No juegues con nosotros, muchacho! Seremos nosotros
quienes pongamos a prueba tus habilidades con la magia. Y eso puede llegar a
ser muy desagradable. Recuerda que basta con equivocarse de hechizo para matar
a alguien. Tal vez seas un Jinete, pero entre los dos somos más fuertes que tú.
Eragon mantuvo un rostro inexpresivo, aunque sentía
dolorosas contracciones en el estómago.
—Tendré en cuenta vuestra propuesta, pero tal vez...
—Entonces esperaremos tu respuesta hasta mañana.
Asegúrate de que sea la correcta.
Le dirigieron una fría sonrisa y se adentraron en la
biblioteca.
No pienso unirme a Du Vrangr Gata, hagan lo que hagan —protestó Eragon.
Tendrías que hablar con Angela —dijo Saphira—. Ella ya se enfrentó a los gemelos y
quizá pueda estar presente cuando te examinen. A lo mejor así no te hacen
ningún daño.
Buena idea.
Eragon caminó entre las estanterías hasta que encontró
a Orik sentado en un banco, ocupado en pulir su hacha de guerra.
—Quisiera volver a la dragonera.
El enano encajó el mango del hacha en un lazo de cuero
que llevaba en el cinturón y luego escoltó a Eragon hasta la puerta, donde lo
esperaba Saphira. Muchas personas se apiñaban en torno a ella, pero Eragon,
ignorando a la gente, montó a lomos de Saphira y se escaparon hacia el cielo.
Hay que resolver este problema enseguida. No puedes
permitir que los gemelos te intimiden —dijo Saphira cuando aterrizaron en Isidar Mithrim.
Ya lo sé. Pero espero evitar que se enfaden porque
serían peligrosos como enemigos.
Desmontó deprisa, con una mano apoyada en Zar'roc.
Tú también lo eres. Pero ¿acaso los prefieres como
aliados?
La verdad es que no. Mañana les diré que no quiero ser
miembro de Du Vrangr Gata.
Eragon dejó a Saphira en su cueva y se paseó por la
dragonera. Quería ver a Angela, pero no recordaba cómo llegar a su escondrijo y
no tenía a Solembum para que lo guiara. Recorrió los pasillos desiertos
con la esperanza de encontrarse con Angela por casualidad.
Cuando se cansó de ver habitaciones vacías y paredes
grises interminables, volvió sobre sus pasos. Ya se acercaba a la dragonera
cuando oyó que alguien hablaba dentro de la sala. Se detuvo y prestó atención,
pero la clara voz guardó silencio.
Saphira, ¿quién hay ahí?
Es una mujer... Tiene aires de mando. La distraeré
mientras entras.
Eragon aflojó la espada dentro de la funda.
Orik dijo que no dejarían entrar a nadie en la
dragonera, ¿cómo puede ser?
Calmó sus nervios y luego entró, con una mano en la
espada.
Había una mujer en el centro de la sala mirando con
curiosidad a Saphira, que acababa de asomar la cabeza por la boca de la cueva.
La joven aparentaba unos diecisiete años. El zafiro estrellado desparramaba
sobre ella una luz rosada, acentuándole en la piel el mismo tono de la de
Ajihad. El vestido de terciopelo que llevaba, de elegante corte, era de color
burdeos, y de la cintura le colgaba una funda de cuero, gastada por el uso, que
guardaba una daga con joyas incrustadas.
Eragon cruzó los brazos en espera de que la mujer se
diera cuenta de su presencia. Ella siguió mirando a Saphira y después hizo una
reverencia cortés y preguntó:
—Por favor, ¿podrías decirme dónde está el Jinete
Eragon?
A Saphira le destellaron los ojos de regocijo.
—Estoy aquí —dijo Eragon con una leve sonrisa.
La joven se dio la vuelta para encararse a él al
tiempo que una de sus manos volaba hacia la daga. Tenía un rostro sorprendente,
con ojos almendrados, labios gruesos y pómulos redondos. Se relajó y volvió a
hacer una reverencia.
—Soy Nasuada —se presentó.
—Parece obvio que ya sabes quién soy yo —repuso Eragon
con una inclinación de cabeza—. ¿Qué quieres?
Nasuada sonrió, encantadora.
—Me envía mi padre, Ajihad, con un mensaje. ¿Quieres
oírlo?
A Eragon no le había parecido que el líder de los
vardenos fuera proclive al matrimonio ni a la paternidad, por lo que se
preguntó quién sería la madre de Nasuada. Tenía que haber sido una mujer muy
poco común para atraer el interés de Ajihad.
—Sí, me encantaría.
Nasuada echó la cabeza hacia atrás y recitó:
—Está contento de que te vaya todo bien, pero te
sugiere que tengas cuidado con actos como la bendición de ayer porque crean más
problemas de los que solucionan. Además, te urge a proceder con las pruebas en
cuanto puedas... Necesita conocer el alcance de tus aptitudes antes de hablar
con los elfos.
—¿Has escalado hasta aquí sólo para decirme eso?
—preguntó Eragon pensando en la longitud del ascenso de Vol Turin.
—No. He usado el sistema de poleas que sirve para
llevar provisiones a los niveles superiores. Podríamos haber enviado el mensaje
por medio de señales, pero decidí venir yo misma y conocerte en persona.
—¿Quieres sentarte? —preguntó Eragon, que señaló hacia
la cueva de Saphira.
—No, me están esperando —respondió Nasuada con una
leve risa—. También deberías saber que mi padre ha decretado que puedes visitar
a Murtagh, si así lo deseas. —Una expresión sombría recorrió los rasgos de la
joven, tan suaves hasta entonces—. He conocido a Murtagh antes... Está ansioso
por hablar contigo. Se siente muy solo; deberías visitarlo.
A continuación dio a Eragon las indicaciones
necesarias para llegar a la celda de Murtagh. El muchacho le agradeció la
información y luego preguntó:
—¿Y Arya? ¿Está mejor? ¿Puedo verla? Orik no ha podido
contarme demasiado.
—Arya se está recuperando con mucha rapidez, como
todos los elfos —repuso Nasuada sonriendo con malicia—. Nadie puede verla,
salvo mi padre, Hrothgar y los sanadores. Han pasado mucho tiempo con ella para
averiguar todo lo que ocurrió mientras estuvo presa. —Entornó los ojos para
mirar a Saphira—. Ahora debo irme. ¿Quieres que le comunique algo a Ajihad de
tu parte?
—No, salvo mi deseo de ver a Arya. Y transmítele mi
agradecimiento por su hospitalidad.
—Le haré llegar tus palabras directamente. Adiós,
Jinete Eragon. Espero que volvamos a vernos pronto.
Se despidió con una reverencia y abandonó la dragonera
con la cabeza muy erguida.
Si ha ascendido todo Tronjheim sólo para conocerme,
con o sin poleas, este encuentro no consistía tan sólo en una charla —comentó Eragon.
Así es —dijo Saphira al tiempo que volvía a meter la cabeza dentro de la cueva.
Eragon subió para llegar al lado de Saphira y se llevó
una sorpresa al ver a Solembum acurrucado en el hueco de la base del
cuello de la dragona. El hombre gato ronroneaba profundamente y agitaba la
cola, moteada con manchas negras. Los dos se quedaron mirando con insolencia a
Eragon, como si le preguntaran: «¿Qué ocurre?».
Eragon movió la cabeza y se rió descontrolado.
Saphira, ¿era a Solembum a quien querías ver?
Ambos pestañearon y le contestaron:
Sí.
Era pura curiosidad —dijo él sintiendo un burbujeo de regocijo por dentro.
Tenía sentido que se hicieran amigos; eran dos criaturas de la magia, con
personalidades parecidas. Suspiró para liberarse de la tensión del día y se
desató a Zar'roc de la cintura—. Solembum,
¿sabes dónde está Angela? No la
encuentro y necesito su consejo.
Solembum estiró las patas contra las escamas de Saphira.
Anda por algún lugar de Tronjheim.
¿Cuándo volverá?
Pronto.
¿Muy pronto? —preguntó con impaciencia—. Necesito hablar con
ella hoy.
No tan pronto.
El hombre gato se negó a decir nada más pese a las
persistentes preguntas de Eragon, que se rindió y se acostó, apoyado en
Saphira. El ronroneo de Solembum repicaba por encima de la cabeza del
muchacho.
«Mañana tengo que ir a ver a Murtagh», pensó a la vez
que tocaba el anillo de Brom.
A la mañana de su tercer día en Tronjheim, Eragon
saltó de la cama fresco y enérgico. Se ató a Zar'roc a la cintura y se
colgó del hombro el arco y la aljaba, cargada a medias de flechas. Tras un
placentero vuelo hasta el interior de Farthen Dür con Saphira, se reunió con
Knurla Orik ante una de las cuatro puertas principales de Tronjheim y le
preguntó por Nasuada.
—Una muchacha especial —contestó Orik que echó una
mirada de desaprobación a Zar'roc—.
Se dedica por completo a su padre y se pasa todo el tiempo ayudándolo.
Creo que hace más por él que lo que él mismo sabe... A veces ha llegado a
neutralizar a los enemigos de Ajihad sin que él llegara a enterarse de la
intervención de su hija.
—¿Quién es su madre?
—Eso no lo sé. Ajihad estaba solo cuando trajo a
Nasuada a Farthen Dür, de recién nacida. Nunca ha explicado de dónde venía.
«Así que ella también se crió sin madre.» Eragon se
deshizo de ese pensamiento.
—Estoy impaciente. Me irá bien ejercitar los músculos.
¿Adónde tengo que ir para esas pruebas de Ajihad?
Orik señaló hacia Farthen Dür.
—El campo de entrenamiento queda a unos tres cuartos
de kilómetro de Tronjheim, aunque no se ve desde aquí porque está detrás de la
ciudad-montaña.
Yo también voy —afirmó Saphira.
Eragon se lo dijo a Orik, y éste se mesó la barba.
—Tal vez no sea buena idea. En el campo de
entrenamiento habrá mucha gente, y podríais llamar la atención.
¡Yo voy! —gruñó con fuerza Saphira. Y se terminó la discusión.
El alborotado ruido de la lucha les llegó desde el
campo: el sonoro entrechocar de los aceros, el contundente zumbido de las
flechas al clavarse en dianas acolchadas, los crujidos y los chasquidos de las
varas de madera y los gritos de los hombres en el simulacro de batalla. Era un
ruido confuso, pero cada grupo tenía su propio ritmo.
La mayor parte del campo de entrenamiento estaba
ocupada por un compacto grupo de soldados de a pie que luchaban con escudos y
hachas, casi tan grandes como ellos mismos, y hacían la instrucción en
formación de grupo. Junto a ellos, había cientos de guerreros que practicaban
individualmente, armados con espadas, mazos, lanzas, palos, varas, mayales,
escudos de todas las formas y tamaños e, incluso, Eragon distinguió a alguien
con un tridente. Casi todos los guerreros llevaban armaduras, por lo general cota
de malla y yelmo, pues la armadura completa no era tan habitual. Había tantos
enanos como humanos, aunque más bien se mantenían separados entre ellos. Tras
los guerreros, una amplia fila de arqueros disparaba sin parar a unos muñecos
hechos con sacos grises.
Antes de que Eragon tuviera tiempo de pensar qué
esperaban que hiciera, un hombre barbado, con la cabeza y los macizos hombros
cubiertos por una toca de malla, se acercó a ellos. Llevaba el resto del cuerpo
protegido por una burda piel de buey que aún conservaba el pelaje, mientras que
una espada gigantesca, casi tan grande como Eragon, pendía de la amplia espalda
del hombre. Repasó con una rápida mirada a Saphira y a Eragon, como si evaluara
el peligro que podían representar, y les habló con tono malhumorado:
—Knurla Orik. Llevabas mucho tiempo sin venir. Ya no
tengo con quién entrenarme.
Orik sonrió.
—Oeí, eso te pasa porque los dejas a todos heridos de la
cabeza a los pies con tu monstruosa espada.
—A todos, menos a ti —corrigió el otro.
—Porque soy más rápido que un gigante como tú.
—Soy Fredric —dijo el hombre volviendo a mirar a
Eragon—. Me han pedido que averigüe qué sabes hacer. ¿Eres muy fuerte?
—Lo suficiente —contestó Eragon—. Para pelear con las
armas de la magia, hay que serlo.
Fredric movió la cabeza, y la toca tintineó como un
saco de monedas.
—La magia no tiene nada que ver con lo que hacemos
aquí. Salvo que hayas luchado en el ejército, dudo que ninguna pelea en la que
hayas participado durase más de cinco minutos. Lo que nos preocupa es saber
cómo aguantarás en una batalla que dure horas seguidas, o incluso semanas si se
trata de un asedio. ¿Sabes usar alguna arma, aparte de la espada y del arco?
Eragon reflexionó antes de contestar.
—Sólo los puños.
—¡Buena respuesta! —se rió Fredric—. Bueno,
empezaremos con el arco, a ver cómo lo haces. Luego, cuando se despeje un poco
el campo, probaremos...
El hombre se interrumpió de repente y miró más allá de
Eragon, frunciendo el entrecejo con gesto de enfado.
Los gemelos llegaron a grandes zancadas; la palidez de
las calvas les destacaba entre el color violeta de las túnicas. Orik murmuró algo
en su propio idioma al tiempo que sacaba el hacha de guerra del cinturón.
—Os dije que os mantuvierais alejados de la zona de
entrenamiento —dijo Fredric dando un paso adelante, amenazador.
Ante el tamaño gigantesco de Fredric, los gemelos
parecían frágiles, pero a pesar de todo lo miraron con arrogancia.
—Ajihad nos ha ordenado que comprobemos la eficacia de
Eragon con la magia antes de que lo agotes haciéndole dar golpes a un pedazo de
metal.
—¿No lo puede comprobar nadie más? —repuso Fredric
echando chispas por los ojos.
—No hay nadie que tenga suficiente poder —contestaron
con desdén los gemelos.
Saphira soltó un profundo retumbo y los fulminó con la
mirada. Después echó una línea de humo por las fosas nasales, pero no le
hicieron caso.
—Ven con nosotros —ordenaron los gemelos, y echaron a
andar hacia un rincón vacío del campo.
Eragon se encogió de hombros y los siguió con Saphira.
A sus espaldas, oyó que Fredric le decía a Orik:
—Tendremos que detenerlos antes de que lleguen
demasiado lejos.
—Ya lo sé —contestó Orik en voz baja—, pero no puedo
volver a interferir. Hrothgar me dejó claro que no podrá protegerme si vuelve a
suceder.
Eragon reprimió su creciente aprensión. Podía ser que
los gemelos conocieran más técnicas y palabras... Sin embargo, recordó que Brom
le había dicho que los Jinetes tenían más fuerza para la magia que los humanos
ordinarios. ¿Bastaría eso para resistir a la fuerza combinada de los gemelos?
No te preocupes tanto; yo te ayudaré —le dijo Saphira—. Nosotros también somos dos.
Eragon le tocó una pata suavemente, aliviado por las
palabras de la dragona. Entonces los gemelos miraron a Eragon y preguntaron:
—¿Cuál es tu respuesta, Eragon?
Él desdeñó la expresión de sorpresa del rostro de
ambos y contestó llanamente:
—No.
Marcadas arrugas aparecieron en las comisuras de los
gemelos. Se dieron la vuelta, de modo que miraban de reojo a Eragon y, doblando
la cintura, dibujaron un largo pentagrama en el suelo. Después se plantaron en
medio del dibujo y hablaron con severidad:
—Empezamos ya. Intentarás completar las tareas que te
asignemos... Eso es todo.
Uno de los gemelos rebuscó entre su túnica, sacó una
piedra pulida del tamaño del puño de Eragon y la dejó en el suelo.
—Levántala hasta la altura de los ojos.
Eso es bastante fácil —comentó Eragon a Saphira—. ¡Stenr reisa!
La piedra tembló y luego se alzó suavemente. Cuando
hubo subido apenas un palmo, una inesperada resistencia la retuvo en el aire,
mientras una sonrisa asomaba a la boca de los gemelos. Iracundo, Eragon los
miró: ¡intentaban hacerle fallar! Si se agotaba tan pronto le resultaría
imposible completar las tareas más duras. Era obvio que los dos hermanos
confiaban en que la suma de sus fuerzas bastaría para cansarlo fácilmente.
Pero no estoy solo —gruñó Eragon para sí mismo—. ¡Ahora, Saphira!
La mente de la dragona se fundió con la suya, y la
piedra dio una sacudida en el aire para detenerse temblando a la altura de la
vista. Los gemelos entrecerraron los ojos con crueldad.
—Muy... bien —concedieron entre dientes. El despliegue
de magia parecía poner nervioso a Fredric—. Ahora, mueve la piedra en círculo.
De nuevo Eragon luchó contra los esfuerzos de los
gemelos para detenerlo y de nuevo —ante el obvio enfado de ambos— venció. La
complejidad y la dificultad de los ejercicios fue aumentando rápidamente hasta
que Eragon tuvo que empezar a escoger con mucho cuidado las palabras que usaba.
Los gemelos ofrecieron severa resistencia en cada prueba, aunque nunca se les
notó el esfuerzo en el rostro.
Eragon sólo conseguía sobreponerse gracias a la ayuda
de Saphira. En una pausa entre dos tareas, el muchacho le preguntó:
¿Por qué siguen con la prueba? Nuestras habilidades
están claras desde que inspeccionaron mi mente. —Ella ladeó la cabeza, pensativa—. ¿Sabes una cosa?
—dijo él con tristeza, cuando al fin lo entendió—. Están aprovechando la
ocasión para averiguar qué palabras conozco del idioma antiguo y quizá quieran
aprender alguna.
Entonces habla en voz baja para que no te oigan y usa
las palabras más simples que puedas.
A partir de ese momento, Eragon usó sólo un puñado de
palabras básicas para completar lo que le encomendaban. Pero para encontrar la
manera de obtener el mismo rendimiento que le hubieran proporcionado las frases
largas hubo de apurar el ingenio hasta el límite. Obtuvo como recompensa la
frustración que retorcía la cara de los gemelos cada vez que los derrotaba. Por
mucho que lo intentaran, no conseguían obligarlo a usar más palabras del idioma
antiguo.
Pasó más de una hora, pero los gemelos no mostraban
intención alguna de parar. Eragon tenía calor y sed, pero se resistía a pedir
un receso; estaba dispuesto a seguir si ellos aguantaban. Hubo muchas pruebas:
manipular agua, provocar fuego, ejercicios de criptovisión, mover rocas por el
aire, endurecer cuero, congelar objetos, controlar el vuelo de una flecha y
curar rasguños. Tenía curiosidad por saber cuánto tardarían los gemelos en
quedarse sin ideas.
Al fin los dos hermanos alzaron las manos y dijeron:
—Sólo queda una cosa por hacer. Es bastante sencilla.
Cualquiera que sea competente utilizando la magia la encontraría fácil. —Uno de
ellos se quitó de un dedo un anillo de plata y se lo pasó a Eragon con aires de
petulancia—. Invoca la esencia de la plata.
Eragon se quedó mirando confuso el anillo. ¿Qué se
suponía que debía hacer? ¿La esencia de la plata? ¿Qué era eso? ¿Y cómo se
invocaba? Saphira no tenía ni idea, y los gemelos no estaban dispuestos a
ayudarlo. No había aprendido el nombre de la plata en el idioma antiguo, aunque
sabía que debía de formar parte de la palabra argetlam. Desesperado,
combinó la única palabra que podía dar resultado: ethgrí —invocar— con argel.
Se puso muy tieso, reunió toda la fuerza que le
quedaba y abrió los labios para pronunciar la invocación. De pronto, una voz
clara y vibrante hendió el aire.
—¡Detente!
La palabra se derramó sobre Eragon como agua fría: era
una voz extrañamente familiar, como una melodía que sólo se recuerda a medias.
Con el vello de la nuca erizado, Eragon se volvió lentamente hacia donde
provenía la voz.
Detrás de ellos había una figura solitaria: Arya. Una
cinta de cuero, atada sobre la frente, sujetaba la voluminosa melena negra de
la elfa, que le caía sobre los hombros en una lustrosa cascada; de la cadera le
colgaba una estilizada espada, y llevaba un arco a la espalda; un vestido de
cuero, negro y liso, cubría su bien proporcionada figura, pero constituía una
triste vestimenta para una mujer tan hermosa; era más alta que la mayoría de
los hombres, aunque tenía un porte perfectamente equilibrado y relajado, y en
su cara no había ningún rastro de los terribles abusos que había sufrido.
Los furiosos ojos de color esmeralda de Arya se
concentraron en los gemelos, que habían empalidecido de miedo. Ella se acercó
con pasos silenciosos y habló en tono suave pero amenazante:
—¡Vergüenza! Debería daros vergüenza pedirle lo que
sólo un maestro puede hacer. Vergüenza usar esos métodos. Vergüenza haberle
dicho a Ajihad que no conocíais las habilidades de Eragon. Él es competente.
¡Marchaos de inmediato!
Arya frunció el entrecejo de tal modo que daba miedo,
puesto que se le habían juntado las cejas en forma de «V» como si fueran relámpagos, y señaló el anillo que Eragon sostenía en la
mano.
—¡Arget! —exclamó como un trueno.
La plata resplandeció, y una copia fantasmagórica del
anillo se materializó al lado de éste. Ambos eran idénticos, pero el que
acababa de materializarse parecía más puro y brillaba como si estuviera al rojo
vivo. Al verlo, los gemelos se dieron la vuelta y salieron corriendo, con las
túnicas ondeando frenéticamente. El anillo sin esencia se desvaneció en la mano
de Eragon y dejó tras de sí el aro de plata. Knurla Orik y Fredric seguían en
sus puestos observando a Arya con cautela. Saphira se agachó, preparada para entrar
en acción.
La elfa los escrutó a todos con la mirada hasta que
sus rasgados ojos se detuvieron en Eragon. Luego se giró y caminó hacia el
centro del campo. Los guerreros dejaron de entrenarse y la contemplaron
asombrados. Al cabo de unos momentos todos los presentes en el campo guardaban
silencio, abrumados por la presencia de la mujer.
Eragon se sentía empujado inexorablemente por su
propia fascinación, y cuando Saphira le habló, él no hizo caso de los
comentarios de la dragona. Enseguida se formó un gran círculo en torno a Arya,
quien, mirando sólo a Eragon, proclamó:
—Reclamo el derecho a la prueba de armas. ¡Desenfunda
tu espada!
¡Me está retando a duelo!
Sí, pero no para hacerte daño —contestó lentamente Saphira, y le dio un empujón con
el morro—. Ve y hazlo lo mejor que puedas. Yo estaré observando.
Eragon avanzó con reticencia. No quería enfrentarse a
esa prueba después de agotarse al practicar la magia y con tanta gente mirando.
Además, Arya no podía estar en buena forma para el entrenamiento, pues sólo
habían pasado dos días desde que le habían dado el néctar de túnivor.
«Golpearé con suavidad para no hacerle daño», decidió.
Se encararon desde los extremos opuestos del círculo
formado por los guerreros. Arya desenvainó la espada con la mano izquierda. El arma era más fina que la de Eragon, pero igual de
larga y afilada. Él sacó a Zar'roc de la bruñida funda y mantuvo la hoja
rojiza a un costado, apuntada hacia el suelo. La elfa y el humano permanecieron
inmóviles un momento vigilándose mutuamente. A Eragon le pasó por la mente el
recuerdo de que así habían empezado muchas peleas con Brom.
El muchacho avanzó un poco con precaución.
Desdibujándose por el movimiento, Arya saltó hacia él y le lanzó un tajo a las
costillas. Eragon esquivó el ataque por puro reflejo, y las espadas se cruzaron
entre una lluvia de chispas. Zar'roc quedó desplazada a un lado, como si
fuera una simple mosca. Sin embargo, la elfa no aprovechó la brecha, sino que
giró hacia la derecha, cortando el aire con la melena, y golpeó por el otro
lado. Eragon contuvo el golpe a duras penas y se tambaleó hacia atrás
desesperadamente, aturdido por la fiereza y la velocidad de Arya.
Eragon recordó tardíamente que Brom le había advertido
que hasta el más débil elfo podía batir con facilidad a un humano. De modo que
tenía tantas posibilidades de derrotar a Arya como a Durza. Ella volvió a
atacar apuntándole a la cabeza, y Eragon se agachó por debajo de la hoja,
afilada como una navaja. Pero entonces... ¿por qué jugaba con él? Durante unos
segundos estuvo demasiado ocupado rechazando los ataques de Arya, pero luego
cayó en la cuenta:
«Quiere averiguar si soy competente.»
Después de entender la intención de la elfa, Eragon
inició la serie de ataques más complicados que conocía. Pasaba de una pose a la
siguiente, combinándolas y modificándolas temerariamente de todas las maneras
posibles. Ella le imitaba las acciones con elegancia y sin esfuerzo.
Implicados en una danza feroz, sólo las espadas al
buscarse encadenaban y separaban los cuerpos de ambos. En algunos momentos casi
llegaban a tocarse, y apenas un cabello separaba las tensas epidermis de los
dos jóvenes, pero luego la inercia del giro los separaba, y se apartaban un
segundo para volver a juntarse de nuevo. Las sinuosas formas de Arya y Eragon
se entrelazaban como volutas giratorias de humo llevadas por el viento.
Eragon nunca pudo recordar cuánto tiempo estuvieron
luchando, puesto que el duelo iba más allá del tiempo, constituido tan sólo por
acción y reacción. Cada vez le pesaba más Zar'roc y sentía un ardor
tremendo en el brazo a cada golpe. Al fin, cuando el muchacho hizo un
movimiento hacia delante, Arya se echó a un lado con agilidad y le rozó la
mandíbula con la punta de la espada a una velocidad sobrenatural.
Eragon, a quien le temblaban los músculos de
agotamiento, se quedó paralizado al notar que el gélido metal le tocaba la
piel. Entonces oyó un difuso berrido de Saphira y un escandaloso vitoreo de los
soldados que los rodeaban. Arya bajó la espada y la enfundó.
—Has aprobado —dijo en voz baja, en medio del
estruendo.
Aturdido, Eragon se puso en pie lentamente. Fredric
estaba a su lado y le palmeaba la espalda con entusiasmo.
—¡Qué increíble manejo de la espada! Hasta yo he
aprendido algún movimiento nuevo al veros pelear a los dos. Y la elfa...
¡Asombroso!
«Pero he perdido yo», protestó en silencio.
Orik alabó su exhibición con una amplia sonrisa, pero
Eragon sólo pudo fijarse en Arya, que permanecía sola y callada. Ella hizo un
gesto muy leve con un dedo, apenas un temblor, hacia un montículo que había a
más de un kilómetro del campo de entrenamiento, luego se dio la vuelta y se
alejó. La multitud se deshacía ante ella. A su paso, el silencio se apoderaba
de hombres y enanos.
Eragon se volvió hacia Orik.
—Debo irme. Pronto volveré a la dragonera.
Con un gesto ágil, enfundó a Zar'roc y montó en
Saphira. Ella alzó el vuelo sobre el campo de entrenamiento, que se convirtió
en un mar de rostros levantados para mirarla.
Mientras volaban hacia el montículo, Eragon vio que
Arya corría por debajo con precisas y ágiles zancadas.
Te gusta su figura, ¿verdad? —comentó Saphira.
Sí —admitió él, sonrojándose.
Es cierto que la cara de la elfa tiene más
personalidad que la de la mayoría de los humanos —dijo la dragona con cierto desdén—, pero es
alargada, como la de un caballo, y en conjunto esa joven no tiene buen tipo.
¡Eh! ¡Estás celosa! —dijo Eragon mirando a Saphira con asombro.
Imposible. Nunca tengo celos —contestó ella, ofendida.
Ahora, sí. ¡Admítelo!
¡No lo estoy! —repuso Saphira cerrando las fauces con un sonoro
chasquido.
Eragon sonrió y movió la cabeza, pero dejó pasar la
negativa. Saphira aterrizó pesadamente en el montículo y le dio un empujón a su
jinete con brusquedad. Él desmontó de un salto, sin el menor comentario.
Arya estaba un poco más atrás. Eragon nunca había
visto a nadie correr tan deprisa con aquellas zancadas tan ligeras. Al llegar a
lo alto del montículo, la elfa mantenía la respiración regular y tranquila.
Eragon sintió de pronto que se le atragantaba la lengua y desvió la mirada.
Ella pasó por delante de él y se dirigió a Saphira.
—Skulblaka, eka celobra
ono un mulabra ono un onr Shur'tugal né haina. Atra nosu waisé fricai.
Eragon no reconoció la mayoría de las palabras, pero
parecía obvio que Saphira entendía el mensaje. Movió las alas y miró a Arya con
curiosidad. Luego la dragona asintió y soltó un ronroneo profundo, y Arya
sonrió.
—Me alegro de que te hayas recuperado —dijo Eragon—.
No sabíamos si sobrevivirías.
—Por eso he venido hoy —repuso Arya, ya de cara a él.
Su intensa voz sonaba exótica, con marcado acento.
Hablaba con claridad, con un leve trino, como si fuera a cantar.
—Tengo una deuda que debe saldarse. Me salvaste la
vida, y eso no se puede olvidar.
—No... No fue nada —dijo Eragon mascando las palabras
porque incluso al pronunciarlas sabía que no eran ciertas. Vergonzoso, cambió
de tema—. ¿Cómo fuiste a parar a Gil'ead?
El dolor asomó al rostro de Arya, que dejó la mirada
perdida en la distancia.
—Caminemos —propuso la elfa.
Descendieron del montículo y echaron a andar hacia
Farthen Dür. Eragon respetó el silencio de Arya mientras caminaban. Saphira iba
en silencio detrás de ellos. Al fin Arya alzó la cabeza y, con la gracia de los
de su raza, dijo:
—Ajihad me ha dicho que estabas presente cuando
apareció el huevo de Saphira.
—Sí.
Por primera vez, Eragon pensó en la energía que debía
de haberle exigido a la elfa transportar el huevo a través de las docenas de
leguas que separaban Du Weldenvarden y las Vertebradas. El mero intento
implicaba cortejar el desastre, si no la muerte.
Las siguientes palabras de Arya fueron graves:
—Entonces has de saber lo que te voy a decir: en el
momento en que sostuviste el huevo en tus manos, Durza me capturó. —La amargura
y el dolor tiñeron la voz de Arya—. Él era quien dirigía a los úrgalos que
emboscaron y asesinaron a mis compañeros, Faolin y Glenwing. Por alguna razón
sabía dónde esperarnos y no tuvimos ningún aviso. Me drogaron y me llevaron a
Gil'ead. Allí Galbatorix encargó a Durza que averiguase dónde había enviado yo
el huevo, más todo lo que sabía de Ellesméra. —Volvió a clavar en la distancia
una gélida mirada, con la boca prieta—. Lo intentó sin éxito durante meses. Sus
métodos eran... duros. Cuando fracasó la tortura, ordenó a sus soldados que
hicieran conmigo lo que quisieran. Por suerte, conservaba la fuerza suficiente
para penetrar en sus mentes e incapacitarlos. Al fin Galbatorix ordenó que me llevaran a Urü'baen. Cuando me enteré, me invadió
el terror, pues tanto mi mente como mi cuerpo estaban muy débiles y no tenía
fuerzas para resistirme. Si no llega a ser por ti, al cabo de una semana
hubiera estado ante Galbatorix.
Eragon sintió un escalofrío en su interior. Era
asombroso que la elfa hubiera sobrevivido a todo eso. Aún conservaba en la
memoria el recuerdo de las heridas de Arya. Entonces preguntó con suavidad:
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Para que sepas de qué me salvaste. No creas que voy a
ignorar tu hazaña.
Eragon agachó la cabeza con humildad.
—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Volver a Ellesméra?
—No, todavía no. Aquí hay mucho que hacer. No puedo
abandonar a los vardenos, pues Ajihad necesita mi ayuda. Hoy te he visto pasar
la prueba de magia y de armas. Brom te enseñó bien, así que estás preparado
para proseguir la formación.
—¿Quieres decir que debo ir a Ellesméra?
—Sí.
Eragon sintió un atisbo de irritación. ¿Acaso él y
Saphira no tenían nada que decir al respecto?
—¿Cuándo?
—Aún se tiene que decidir, pero pasarán unas cuantas semanas.
«Al menos nos conceden ese tiempo», pensó Eragon.
Saphira le comentó algo y él, a su vez, preguntó a Arya:
—¿Qué querían los gemelos que hiciera?
Los perfectos labios de Arya hicieron una mueca de
disgusto.
—Algo que ni siquiera ellos podrían lograr. Con el
idioma antiguo se puede pronunciar el nombre de un objeto e invocar su
verdadera forma. Cuesta años de trabajo y mucha disciplina, pero se obtiene,
como recompensa, el control absoluto del objeto. Por eso mantenemos oculto
nuestro verdadero nombre, porque si lo supiera alguien que tuviera el corazón
malvado, podría dominarnos por completo.
—Qué raro —dijo Eragon al cabo de un rato—. Antes de
que me capturasen en Gil'ead, tuve visiones tuyas en sueños. Era como si fuera
capaz de invocar tu imagen, como pude hacer más adelante, pero siempre mientras
dormía.
Arya apretó los labios, pensativa.
—En algunos momentos yo sentía como si hubiera una
presencia que me miraba, pero a menudo estaba confusa y febril. Nunca he sabido
de nadie, ni siquiera en los cuentos tradicionales o en las leyendas, que
pudiera invocar la imagen de alguien en sueños.
—Ni yo mismo lo entiendo —dijo Eragon mirándose las
manos al tiempo que hacía rodar el anillo de Brom en el dedo—. ¿Qué significa
el tatuaje que llevas en el hombro? No pretendía verlo, pero cuando te curé las
heridas... no pude evitarlo. Es igual que el símbolo de este anillo.
—¿Tienes un anillo con el yawé? —preguntó Arya bruscamente.
—Sí. Era de Brom. ¿Lo ves?
Eragon le mostró el anillo. Arya examinó el zafiro y
le dijo:
—Éste es un obsequio que sólo se da a los más
apreciados amigos de los elfos. De hecho, tiene tanto valor que no se usa desde
hace siglos. O eso creía yo. No sabía que la reina Islanzadi tuviera tan alta
opinión de Brom.
—Entonces yo no debería llevarlo —dijo Eragon,
temeroso de haber sido demasiado presuntuoso.
—No, quédatelo. Te protegerá si te encuentras con mi
gente por azar, y tal vez te sirva para ganarte el favor de la reina, pero no
le digas a nadie lo de mi tatuaje. No debe revelarse.
—Muy bien.
Le encantaba hablar con Arya y deseaba que la
conversación se prolongara. Cuando se separaron, deambuló por Farthen Dür charlando con Saphira. Pese a su insistencia, ella se negó a
contarle lo que le había dicho Arya. Finalmente, se puso a pensar en Murtagh y
luego en el consejo de Nasuada.
Voy a comer algo y después iré a verlo —decidió—. ¿Me esperarás para que pueda volver
contigo a la dragonera?
Sí, te espero. Vete —dijo Saphira.
Con una sonrisa de agradecimiento, Eragon salió
corriendo hacia Tronjheim, comió algo en un oscuro rincón de una cocina y luego
siguió las instrucciones de Nasuada para llegar hasta una pequeña puerta gris
vigilada por un hombre y por un enano. Cuando pidió permiso para entrar, el
enano golpeó tres veces la puerta y luego descorrió el cerrojo.
—Da un grito cuando quieras salir —dijo el hombre con
una sonrisa amistosa.
La celda estaba cálida y bien iluminada; había una
jofaina en un rincón, y un escritorio, equipado con plumas y tinta, en otro; en
el techo había esculpidas numerosas figuras lacadas, y una lujosa alfombra
cubría el suelo.
Murtagh estaba tumbado en una cama maciza, leyendo un
pergamino. Alzó la mirada, sorprendido, y exclamó con alegría:
—¡Eragon! ¡Esperaba tu visita!
—¿Cómo te...? O sea, creía...
—Creías que estaba encerrado en una ratonera comiendo
galletas —dijo Murtagh que se levantó con una sonrisa—. De hecho, yo también lo
esperaba, pero Ajihad me deja disfrutar de todo esto con tal de que no le cause
problemas. Y me traen grandes comilonas, además de lo que quiera de la
biblioteca. Como no tenga cuidado me voy a convertir en un erudito regordete.
Eragon se rió y luego, con una sonrisa de curiosidad,
se sentó al lado de Murtagh.
—Pero ¿no estás enfadado? Al fin y al cabo sigues
preso.
—¡Oh, al principio sí lo estaba! —contestó Murtagh
encogiéndose de hombros—. Pero cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que
en realidad es el mejor sitio posible para mí. Incluso si Ajihad me concediera
la libertad, me quedaría en mi habitación casi todo el tiempo.
—Pero ¿por qué?
—Lo sabes de sobra. Nadie se sentiría cómodo a mi
lado, conociendo mi verdadera identidad, y siempre habría alguien incapaz de
evitar las miradas y las palabras nada amistosas. Bueno, basta. Tengo ganas de
saber qué hay de nuevo. Ven, cuéntame.
Eragon le contó los sucesos de los dos últimos días,
incluido el encuentro con los gemelos en la biblioteca. Cuando hubo terminado,
Murtagh se echó hacia atrás, pensativo.
—Sospecho —dijo— que Arya es más importante de lo que
ambos creíamos. Fíjate en lo que has descubierto: es hábil con la espada,
poderosa con la magia y, sobre todo, fue escogida para cuidar del huevo de
Saphira. No puede ser una persona del montón, y mucho menos entre los elfos.
—Eragon estuvo de acuerdo, y Murtagh, mirando al techo, añadió—: ¿Sabes qué te
digo? Este encierro me parece extrañamente pacífico. Por una vez en la vida no
he de temer nada. Ya sé que debería estar... Pero este lugar tiene algo que me
calma. Eso de dormir bien también ayuda.
—Ya te entiendo —contestó Eragon, irónico, y buscó un
punto más blando en la cama— Nasuada me dijo que había ido a verte. ¿Dijo algo
interesante?
Murtagh miró a lo lejos e hizo un gesto negativo.
—No, sólo quería conocerme. ¿Verdad que tiene aspecto
de princesa? ¡Y esa forma de moverse! La primera vez que entró por esa puerta
creí que era una de las grandes damas de la corte de Galbatorix. Allí había
visto a las esposas de algunos duques y condes que, comparadas con ella, más
bien parecían destinadas a vivir como los cerdos que a pertenecer a la nobleza.
Eragon escuchó los halagos de Murtagh con creciente
aprensión.
Tal vez no sea nada —se recordó—. Estás sacando conclusiones
precipitadas.
Sin embargo, el presentimiento que había tenido no lo
abandonaba. Para intentar ahuyentarlo, preguntó:
—¿Cuánto tiempo vas a permanecer encerrado, Murtagh?
No te puedes esconder para siempre.
Murtagh se encogió de hombros, despreocupado, pero
tras sus palabras se escondía un gran peso en su interior.
—Por ahora me contento con quedarme aquí y descansar.
No hay ninguna razón para que vaya a buscar refugio a otra parte ni para
someterme al examen de los gemelos. Seguro que al final me hartaré, pero por
ahora... me doy por satisfecho.
Saphira despertó a Eragon con un brusco golpe de
hocico y le hizo un rasguño con la dura mandíbula.
—¡Ay! —exclamó Eragon al tiempo que se sentaba.
La cueva estaba a oscuras, salvo por un leve halo que
emanaba de la antorcha tapada. Fuera, en la dragonera, Isidar Mithrim brillaba
con mil colores distintos, iluminada por un cinturón de antorchas.
En la entrada de la cueva, un enano inquieto se
retorcía las manos.
—¡Tienes que venir, Argetlam! Gran problema. Te ha
convocado Ajihad. ¡No hay tiempo!
—¿Qué pasa? —preguntó Eragon.
El enano se limitó a mover la cabeza, balanceando la
barba.
—¡Tienes que venir! ¡Carkna bragha! ¡Ahora
mismo!
Eragon se echó a Zar'roc al cinto, cogió el
arco y las flechas y ató la silla a Saphira.
Pues menuda noche de descanso —se quejó ésta agachándose para que Eragon pudiera
subir a la grupa.
Él bostezó mientras la dragona despegaba.
Orik los esperaba con una severa expresión en el
rostro cuando aterrizaron ante las puertas de Tronjheim.
—Venid, los demás os esperan.
Los guió por Tronjheim hasta el estudio de Ajihad. Por
el camino Eragon lo acosó a preguntas, pero Orik se limitaba a contestar:
—No sé lo suficiente. Espera hasta que oigas a Ajihad.
Un par de fornidos guardianes abrieron la gran puerta del estudio. Ajihad estaba de pie tras el escritorio estudiando un mapa con
el semblante sombrío. También estaban Arya y un hombre de brazos enjutos.
Ajihad alzó la mirada.
—Bien, ya estás aquí, Eragon. Te presento a Jórmundur,
mi subalterno en el mando.
Se saludaron y luego concentraron la atención en
Ajihad.
—Os he despertado a los cinco porque corremos todos un
grave peligro. Hace una media hora ha llegado corriendo un enano por un túnel
abandonado que pasa por debajo de Tronjheim. Estaba ensangrentado y hablaba de
forma incoherente, pero ha conservado la conciencia suficiente para explicar a
los enanos qué era lo que le perseguía: un ejército de úrgalos. Tal vez estén a
un día de marcha.
La impresión llenó de silencio el estudio. Luego
Jórmundur estalló en maldiciones y empezó a hacer preguntas al mismo tiempo que
Orik. Ajihad alzó las manos.
—¡Callad! Hay algo más: los úrgalos no se acercan
avanzando por los caminos normales, sino bajo tierra. Están en los túneles...
Nos van a atacar desde abajo.
Eragon alzó la voz entre el barullo que se produjo a continuación:
—¿Por qué no se han enterado antes los enanos? ¿Cómo
han descubierto los túneles los úrgalos?
—¡Suerte tenemos de habernos enterado ahora! —exclamó
Orik. Todos dejaron de hablar para escucharlo—. Hay cientos de túneles que atraviesan
las montañas Beor, deshabitados desde que se excavaron. Sólo los recorren unos
pocos excéntricos que no quieren mantener contacto con nadie. Bien podría haber
ocurrido que no recibiéramos ningún aviso.
Ajihad señaló el mapa y Eragon se acercó. Se veía la
mitad sur de Alagaësía, pero a diferencia del mapa que tenía Eragon, éste
mostraba con todo detalle la cadena montañosa de las Beor entera. El dedo de
Ajihad señalaba la sección que bordeaba la frontera oriental de Surda.
Batalla bajo el suelo de
Farthen Dür
—Ha empezado —dijo Arya con expresión apenada.
Las tropas del campamento estaban en estado de alerta,
con las armas a punto. Orik trazó un círculo con el brazo que sostenía el hacha
para asegurarse de que disponía de suficiente espacio. Arya sacó una flecha y
la sostuvo, dispuesta para disparar.
—Hace pocos minutos ha salido un explorador corriendo
del túnel —explicó Murtagh a Eragon—. Llegan los úrgalos.
Miraron juntos hacia la oscura boca del túnel entre
las prietas filas de hombres y las afiladas estacas. Pasó lentamente un minuto,
luego otro... y otro. Sin apartar los ojos del túnel, Eragon montó en la silla
de Saphira, con el agradable peso de Zar'roc en la mano. A su lado,
Murtagh montó en Tornac. Entonces un hombre gritó:
—¡Los estoy oyendo!
Los guerreros se pusieron tensos y apretaron las
empuñaduras de sus armas. Nadie se movía... Nadie respiraba. En algún lugar
relinchó un caballo.
Los agudos gritos de los úrgalos hendían el aire a la
vez que sus oscuras figuras emergían a borbotones por la boca del túnel. En
respuesta a una orden, los calderos de brea se inclinaron hacia un lado
derramando el líquido ardiente en la hambrienta garganta del túnel. Los
monstruos aullaron de dolor y agitaron los brazos en el aire. Alguien lanzó una
tea en dirección a la brea burbujeante y en la entrada del túnel se alzó una
columna anaranjada de llamas grasientas que envolvió a los úrgalos en un infierno.
Mareado, Eragon miró hacia los otros dos batallones, al otro lado de Farthen Dür, y vio fuegos similares. Enfundó a Zar'roc y tensó el arco.
Pronto llegaron más úrgalos para apisonar la brea y
treparon sobre los cuerpos de sus hermanos calcinados para salir del agujero.
Como se apelotonaban, ofrecían un sólido muro a hombres y enanos. Detrás de la
empalizada que Orik había contribuido a construir, la primera hilera de
arqueros tensó los arcos y disparó. Eragon y Arya sumaron sus flechas al
mortífero enjambre y contemplaron cómo las saetas se colaban en las filas de
los úrgalos.
La hilera de monstruos se tambaleó y amenazó con
romperse, pero se cubrieron con los escudos y capearon el ataque. Los arqueros
volvieron a disparar, aunque los úrgalos seguían brotando hacia la superficie a
un ritmo feroz.
Eragon se desanimó al ver cuántos eran. ¿Tendrían que
matarlos a todos? Parecía tarea de locos. El único estímulo era que no veía a
las tropas de Galbatorix con los monstruos. Al menos, todavía no.
El ejército enemigo formaba una sólida masa de cuerpos
que parecía extenderse sin fin, y entre los monstruos se alzaban andrajosos y
sombríos estandartes. Mientras el eco de Farthen Dür repetía las notas fúnebres
que emitían las trompas de guerra, el grupo de úrgalos al completo cargó con
salvajes gritos de guerra.
Se lanzaron contra las hileras de estacas que quedaron
cubiertas de sangre y cuerpos inmóviles a medida que la vanguardia chocaba
contra los postes. Una nube de flechas negras sobrevoló la barrera para llegar
hasta los defensores, que permanecían agachados. Eragon se escondió bajo el
escudo y Saphira se tapó la cabeza. Las flechas repicaban contra la armadura de
la dragona sin herirla.
Frustrados momentáneamente por las empalizadas, los
úrgalos se arremolinaron confundidos, al tiempo que los vardenos permanecían
juntos a la espera del siguiente ataque. Tras una pausa, se elevaron de nuevo
los gritos de guerra cuando los úrgalos se lanzaron hacia delante. El asalto
era desesperado. El ímpetu llevó a los monstruos a superar las estacas, donde
una línea de lanceros los acosó con la intención de repeler el ataque. Los
lanceros aguantaron un poco, pero no había manera de detener la ominosa marea
de úrgalos que los arrollaba.
Se rompieron las primeras líneas defensivas, y los que
iban en cabeza de ambos ejércitos chocaron por primera vez. Hombres y enanos se
abalanzaron con un rugido ensordecedor. Saphira también rugió y saltó hacia la
lucha, lanzándose en picado sobre el torbellino de ruido y confusión.
Saphira, cuyos dientes eran tan letales como cualquier
espada y su cola una maza gigantesca, desgarró a un úrgalo con las mandíbulas y
las garras. Desde la grupa de la dragona, Eragon detuvo el golpe de martillo de
un jefe úrgalo para proteger las vulnerables alas de Saphira. Parecía que el
filo rojizo de Zar'roc brillaba de placer cuando se tiñó de sangre en
toda su longitud.
Por el rabillo del ojo, Eragon vio que Orik segaba
cuellos de úrgalos con sus poderosos hachazos. A su lado estaba Murtagh,
montado en Tornac, con la cara desfigurada por el cruel rugido que
emitía a la vez que blandía con rabia la espada, capaz de atravesar cualquier
defensa. En ese momento Saphira dio una vuelta y Eragon vio que Arya saltaba
por encima del cuerpo inerte de un enemigo.
Un úrgalo derribó a un enano herido y lanzó un tajo
hacia la pata derecha delantera de Saphira, aunque la espada patinó sobre la
armadura con un estallido de centellas. Eragon le golpeó en la cabeza, pero Zar'roc
se enganchó entre los cuernos de la bestia y se le resbaló de la mano. El
muchacho soltó una maldición, abandonó a Saphira de un salto, se lanzó contra
el úrgalo y le aplastó la cara con el escudo. A continuación arrancó a Zar'roc
de entre los cuernos y se agachó al ver que lo atacaba otro úrgalo.
¡Saphira, te necesito! —gritó.
La marea de la batalla los había separado. De pronto,
un kull se plantó ante él de un salto, con el mazo a punto para golpearlo. Como no podía defenderse a tiempo con el escudo, Eragon
pronunció:
—¡Jierda!
La cabeza del kull se retorció hacia atrás y el cuello
se partió con un crujido agudo. Otros cuatro úrgalos sucumbieron a los
sedientos ataques de Zar'roc, hasta que Murtagh cabalgó para unirse a
Eragon y entre los dos hicieron retroceder a los monstruos.
—¡Vamos! —gritó Murtagh.
Se inclinó desde la grupa de Tornac y agarró a
Eragon para ayudarlo a montar. Después se apresuraron para llegar junto a
Saphira, que estaba perdida entre una masa de enemigos. Doce úrgalos, armados
con lanzas, la habían rodeado y la aguijoneaban con sus armas, de tal manera
que la sangre de la dragona salpicaba el suelo. Cada vez que Saphira se
abalanzaba sobre un úrgalo, se unían todos y le apuntaban a los ojos,
obligándola a retirarse. Ella intentó arrancarles las lanzas con las garras,
pero los monstruos saltaron hacia atrás y la esquivaron.
La visión de la sangre de Saphira encolerizó a Eragon.
Saltó de Tornac con un grito salvaje y clavó la espada en el pecho del
úrgalo más cercano, sin reparar esfuerzos en su intento desesperado de ayudar a
la dragona. El ataque del muchacho provocó la distracción necesaria para que
ella se liberase. Saphira envió a volar a un úrgalo de una patada y luego se
precipitó hacia Eragon, que se agarró a una de las púas del cuello de la
dragona y volvió a montar en la silla. Murtagh alzó la mano y cargó contra otro
grupo de úrgalos.
Como si obedeciera a un acuerdo tácito, Saphira alzó
el vuelo y se elevó sobre los ejércitos que luchaban buscando una tregua entre
la locura. Eragon respiraba tembloroso y tenía los músculos tensos, preparados
para repeler el siguiente ataque, mientras que cada fibra de su cuerpo temblaba
de energía, haciéndole sentir más vivo que nunca.
Saphira dio una vuelta lo suficientemente larga para
recuperar las fuerzas y descendió hacia los úrgalos, planeando sobre el suelo
para que no la detectaran. Se acercó a los monstruos por detrás, hacia la zona
en que sus arqueros estaban reunidos.
Antes de que los úrgalos se dieran cuenta de lo que
estaba ocurriendo, Eragon segó las cabezas de dos arqueros y Saphira les
arrancó las tripas a otros tres. Volvió a despegar entre los rugidos de alarma
y pronto se encontró a una distancia inalcanzable para las flechas.
Repitieron la táctica con otro flanco del ejército
enemigo. El sigilo y la velocidad de Saphira, combinados con la escasez de luz,
imposibilitaba que los úrgalos adivinaran por dónde llegaría el siguiente
ataque. Durante el tiempo que Saphira se mantenía en el aire, Eragon usaba el
arco, pero pronto se le acabaron las flechas. Al poco rato no le quedaba en la
aljaba más que la magia y quería reservarla hasta que la necesitara
desesperadamente.
Gracias a los vuelos de Saphira sobre los
combatientes, Eragon conoció de forma privilegiada la marcha de la batalla. Se
luchaba en tres frentes distintos en Farthen Dür: uno junto a cada túnel
abierto. Los úrgalos tenían la desventaja de que sus fuerzas estaban dispersas
y, además, les era imposible sacar a todas sus tropas a la vez del interior de
los túneles. Aun así, los vardenos y los enanos no podían evitar el avance de
los monstruos y, poco a poco, se iban retirando hacia Tronjheim. Los defensores
parecían insignificantes contra las masas de úrgalos, cuyo número seguía
aumentando a medida que salían de los túneles.
Los úrgalos se habían organizado bajo diversos
estandartes, cada uno de los cuales representaba a un clan, pero no estaba
claro quién comandaba a todos ellos. Los clanes no se prestaban atención entre
sí, como si recibieran órdenes de algún otro lado. Eragon quería saber quién
mandaba para que él y Saphira pudieran matarlo.
El muchacho recordó las órdenes de Ajihad y empezó a
suministrar información a los gemelos. Les interesó lo que les dijo sobre la
aparente falta de liderazgo entre los úrgalos, y lo interrogaron a fondo. El
intercambio fue tranquilo, aunque breve.
Tienes órdenes de ayudar a Hrothgar —le dijeron los gemelos—. La batalla le va mal.
Entendido —contestó Eragon.
Saphira voló rápidamente hacia los enanos sitiados y
pasó a poca altura por encima de Hrothgar. Revestido con su armadura dorada, el
rey se mantenía al frente de un pequeño grupo de los suyos blandiendo a Volund,
el martillo de sus antepasados. Al alzar la cabeza para mirar a la dragona,
la luz de la antorcha brilló en la barba blanca de Hrothgar, y los ojos le
emitieron destellos de admiración.
Saphira aterrizó junto a los enanos y se encaró hacia
los úrgalos que se acercaban. Incluso el más valiente de los kull retrocedía
ante la ferocidad de la dragona, lo que permitió que los enanos avanzaran.
Eragon se esforzaba por conservar a salvo a Saphira, cuyo flanco izquierdo
estaba protegido por los enanos, aunque por delante y por el lado derecho
hervía un mar de enemigos. Eragon no tuvo piedad con ellos y aprovechó
cualquier ventaja que se le presentó, recurriendo a la magia cuando Zar'roc no
le servía. Una espada rebotó en el escudo del muchacho y lo abolló, y además,
le lastimó el hombro. Prescindiendo del dolor, le partió el cráneo a un úrgalo
y lo convirtió en una mezcla de sesos, metal y huesos.
Hrothgar asombraba a Eragon, pues —pese a ser un
anciano, tanto según el criterio de los hombres como el de los enanos— no
mermaban sus fuerzas en la batalla. Ningún úrgalo, ni siquiera un kull, podía
plantarse ante el rey de los enanos, o ante sus guardias, y conservar la vida.
Cada vez que Volund golpeaba, sonaba el gong de la muerte para un
nuevo enemigo. Cuando una lanza derribó a uno de los guerreros de Hrothgar,
éste la cogió y, con una fuerza pasmosa, la lanzó de vuelta contra su dueño, a
unos veinte metros. Ese heroísmo envalentonó a Eragon para asumir riesgos aún
mayores, con la intención de emular al esforzado rey.
Eragon arremetió contra un kull gigantesco, que estaba
demasiado lejos, y estuvo a punto de caer de la silla de Saphira. Sin darle
tiempo a recuperarse, el kull se coló entre las defensas de la dragona y lo
atacó con la espada. El golpe alcanzó a Eragon en el yelmo, lo impulsó hacia
atrás y le hizo perder la visión momentáneamente al tiempo que le retumbaban
los oídos.
Aturdido, quiso ponerse en pie, pero el kull ya estaba
a punto para descargar el siguiente golpe. Cuando el brazo del monstruo
empezaba a descender, una delgada cuchilla de acero brotó de pronto de su
pecho. El monstruo soltó un aullido y se desplomó. En su lugar apareció Angela.
La bruja llevaba una larga capa roja sobre una
excéntrica armadura, que tenía pequeños trozos de esmaltes negros y verdes, y
sujetaba una extraña arma que debía manejarse con las dos manos: un largo eje
de madera con una hoja de espada a cada lado. Angela guiñó un ojo con malicia a
Eragon y desapareció, volteando su doble espada como un salvaje. Justo detrás
de ella iba Solembum, que había adoptado la forma de un joven de melena
enmarañada. Portaba una daga, pequeña y negra, y mostraba su afilada dentadura en
una mueca feroz.
Atontado aún por el golpe recibido, Eragon consiguió
instalarse en la silla de Saphira, y ésta se elevó de un salto y sobrevoló las
alturas para darle tiempo a recuperarse. El muchacho supervisó los llanos de
Farthen Dür y, para su desánimo, comprobó que el curso de las tres batallas no
les era favorable. Ni Ajihad, ni Jórmundur, ni Hrothgar lograban detener a los
úrgalos. Sencillamente, eran demasiados.
Eragon se planteó a cuántos úrgalos podría matar de un
solo golpe con la magia. Como conocía bastante bien sus límites, sabía que, si
intentaba matar a una cantidad excesiva de ellos, probablemente sería un
suicidio... pero tal vez ése fuera el precio de la victoria.
La lucha se alargaba infinitamente, hora tras hora.
Los vardenos y los enanos estaban exhaustos, pero los úrgalos seguían como
nuevos porque no cesaban de recibir refuerzos.
Para Eragon era una pesadilla. Aunque él y Saphira
luchaban al límite de sus fuerzas, siempre aparecía un úrgalo para ocupar el
lugar del que acababan de matar. Al muchacho le dolía todo el cuerpo, sobre
todo la cabeza, pues cada vez que recurría a la magia perdía un poco más de
energía. Saphira se hallaba en mejores condiciones, aunque tenía las alas
sembradas de pequeñas heridas.
En un momento en que estaba esquivando un golpe, los
gemelos contactaron urgentemente con él.
Se oye mucho ruido por debajo de Tronjheim. ¡Parece
que los úrgalos intentan excavar una salida por el interior de la ciudad!
Necesitamos que Arya y tú vayáis a derribar cualquier túnel que excaven.
Eragon se deshizo de su oponente clavándole la espada.
Enseguida vamos.
Buscó a Arya y la vio rodeada de un grupo de úrgalos.
Saphira se abrió paso deprisa hacia la elfa, dejando tras de sí una estela de
cadáveres amontonados. Eragon extendió un brazo y le dijo:
—¡Monta!
Arya saltó sin dudar a lomos de Saphira. Se agarró con
el brazo derecho a la cintura de Eragon y sostuvo con el otro su espada
ensangrentada. Cuando Saphira se agachaba para alzar el vuelo, un úrgalo llegó
a la carrera aullando, alzó su hacha y la golpeó en el pecho.
Saphira rugió de dolor y fue dando tumbos hacia
delante cuando ya sus zarpas perdían contacto con el suelo. Con las alas
abiertas de par en par, intentó evitar el choque, giró brutalmente a un lado y
se rascó la punta del ala derecha con el suelo. Desde abajo, el úrgalo echó el
brazo hacia atrás para lanzar el hacha, pero Arya alzó una palma, gritó y una
bola de energía de color esmeralda salió volando de la mano de la elfa y mató
al úrgalo. Con un colosal empujón de hombros, Saphira recuperó el equilibrio y
se alzó a duras penas sobre las cabezas de los guerreros. Por fin se alejó del
campo de batalla con potentes aletazos, entre jadeos.
¿Estás bien? —preguntó Eragon, preocupado. No lograba ver dónde la
habían golpeado.
Sobreviviré —contestó ella con gravedad—, pero las piezas
frontales de la armadura se han aplastado entre sí. Me duele el pecho y me
cuesta moverme.
¿Puedes subirnos hasta la dragonera?
...Ya veremos.
Eragon le explicó a Arya el estado de Saphira.
—Me quedaré a ayudar a Saphira cuando aterricemos
—ofreció—. Cuando le haya soltado la armadura, me reuniré contigo.
—Gracias —dijo él.
A Saphira le costaba mucho volar y planeaba siempre
que podía. Cuando llegaron a la dragonera, aterrizó pesadamente sobre Isidar
Mithrim, donde se suponía que estarían los gemelos vigilando la batalla, pero
estaba vacío. Eragon saltó al suelo y se estremeció de dolor al ver el daño que
había causado el úrgalo. Cuatro de las placas metálicas que cubrían el pecho de
Saphira habían quedado aplastadas y le impedían moverse y respirar.
—Que vaya bien —le dijo.
Le apoyó la mano en un costado y luego salió corriendo
hacia los arcos.
Sin embargo, se detuvo y maldijo porque se hallaba en
la parte más alta de Vol Turin: la Escalera Infinita. La preocupación por
Saphira le había impedido pensar cómo llegaría a la base de Tronjheim, por
donde se infiltraban los úrgalos. Y como no había tiempo para bajar a pie, miró
el estrecho surco que bajaba a la derecha de la escalera, se agarró a uno de
los almohadones de cuero y se lanzó por él.
El tobogán de piedra era suave como la madera lacada,
y Eragon, al deslizarse con el cuero debajo, alcanzó casi al instante una
velocidad de vértigo; los costados se difuminaban y la curvatura del tobogán lo
lanzaba hacia la pared. Eragon iba tumbado por completo para bajar más deprisa,
de modo que el aire volaba sobre su yelmo y lo hacía vibrar como una veleta en plena tempestad. El surco era demasiado estrecho para él
y estuvo peligrosamente a punto de salir despedido, pero si mantenía las
piernas y los brazos quietos no correría peligro.
Aunque el descenso fue veloz, le costó casi diez
minutos llegar abajo. Como el tobogán se volvía recto al final, Eragon recorrió
media sala deslizándose sobre el suelo cobrizo.
Cuando al fin se detuvo estaba tan mareado que no
podía caminar. Al primer intento de ponerse en pie le sobrevinieron las
náuseas, de modo que se agachó con la cabeza entre las manos y esperó hasta que
el mundo dejara de dar vueltas. Cuando se sintió mejor, se alzó débilmente y
miró a su alrededor.
La gran cámara estaba desierta por completo y el
silencio era inquietante. La luz rosada llegaba desde Isidar Mithrim, en lo
alto. Eragon titubeó. ¿Adónde se suponía que debía ir? Trató de entablar
contacto mental con los gemelos. Fue en vano. El muchacho se quedó paralizado
al oír los sonoros golpes que recorrían Tronjheim.
Una explosión rasgó el aire, y un largo bloque del
suelo de la cámara se combó y saltó diez metros por el aire. Cuando volvió a
caer, las astillas de roca salieron volando. Eragon se tambaleó hacia atrás,
aturdido, aferrando la empuñadura de Zar'roc, mientras los retorcidos
cuerpos de los úrgalos salían trepando por el agujero del suelo.
Eragon dudó. ¿Debía huir? ¿O debía quedarse y tratar
de cerrar aquel túnel? Pero aunque consiguiera sellarlo antes de que lo
atacaran los úrgalos, ¿qué pasaría si entraban en Tronjheim por otro lado? No
podría descubrir todos los agujeros a tiempo para evitar la toma de la
ciudad-montaña.
«Pero si corro hasta una de las puertas de Tronjheim y
la abro, los vardenos podrán reconquistar la ciudad sin tener que sitiarla.»
Sin darle tiempo a decidirse, un hombre alto y
cubierto por entero por una armadura negra salió del túnel y lo miró
directamente.
Era Durza.
Sombra sostenía su pálida espada, marcada con la
hendidura hecha por Ajihad, y en el otro brazo descansaba un escudo negro y
redondo con un emblema carmesí; llevaba prolijos adornos en el yelmo, como un
general, y se cubría con una larga capa de piel de serpiente. La locura, propia
de quien goza del poder y se halla en la situación idónea para usarlo, le ardía
en los ojos de color granate.
Eragon sabía que no tenía la velocidad ni la fuerza
necesarias para huir del enemigo que tenía delante. Avisó de inmediato a
Saphira, aunque sabía que a la dragona le resultaría imposible rescatarlo. Se
quedó agachado y repasó de inmediato las lecciones de Brom acerca de la lucha
contra enemigos que también manipulaban la magia, pero no resultó estimulante.
Además, Ajihad le había explicado que sólo se podía destruir a un Sombra si se
le atravesaba el corazón.
Durza lo miró con desprecio y dijo:
—¡Kazjtierl trazhid!
Otrag bagh.
Los úrgalos miraron a Eragon con suspicacia y formaron
un círculo en torno al perímetro de la sala. Durza se acercó lentamente a
Eragon con expresión triunfal.
—Bueno, mi joven Jinete, volvemos a encontrarnos.
Escaparte de mí en Gil'ead fue una tontería. Al final sólo servirá para
empeorar las cosas para ti.
—Nunca me atraparás vivo —gruñó Eragon.
—¿Ah, no? —preguntó Sombra, con una ceja enarcada,
mientras la luz del zafiro estrellado le daba un tono espectral a la piel—. No
veo a tu amigo Murtagh para ayudarte, así que ahora no puedes detenerme. ¡Nadie
puede!
El miedo alanceó a Eragon.
«¿Cómo sabe lo de Murtagh?» Adoptando el mayor desdén
posible en la voz, se mofó:
—¿Qué tal te sentó la flecha?
—Eso me lo cobraré en sangre —contestó Durza tensando
el rostro momentáneamente—. Ahora dime dónde se esconde tu dragón.
—Jamás.
—¡Entonces te lo sacaré a la fuerza! —exclamó Durza.
La espada del ser silbó en el aire, y cuando Eragon
detuvo la hoja con su escudo, una sonda mental se le clavó profundamente en los
pensamientos. Mientras el muchacho luchaba por proteger su conciencia, empujó a
Durza hacia atrás y lanzó su propio ataque mental.
Eragon luchó con todas sus fuerzas contra las férreas
defensas que rodeaban la mente de Durza, pero sin éxito, y blandió a Zar'roc,
con la intención de sorprenderlo con la guardia baja. No obstante, Sombra
esquivó el golpe sin esfuerzo y luego devolvió el ataque a la velocidad del
rayo.
La punta de la espada de Durza alcanzó las costillas
de Eragon, rasgó la cota de malla y lo dejó sin aliento. Sin embargo, la cota
de malla resbaló, y el filo no se clavó en el costado del muchacho apenas por
el grosor de un alambre. Aquella distracción era lo que necesitaba Durza para
colarse en la mente de Eragon y empezar a controlarla.
—¡No! —gritó Eragon.
Y se lanzó contra Sombra con la cara contraída al
mismo tiempo que forcejeaba con él y le tironeaba el brazo que sostenía la
espada. Durza intentó cortar la mano de Eragon, pero la llevaba protegida por
el guante de malla, y el filo resbaló hacia abajo. Cuando Eragon le dio una
patada en la pierna, Durza rugió, dio un empujón circular con el escudo y tiró
a Eragon al suelo. El Jinete notó el sabor de la sangre en la boca y sintió un
pálpito en el cuello. Sin hacer caso de sus heridas, rodó y lanzó su escudo
contra Durza. Pese a la superior velocidad de Sombra, el pesado escudo del
muchacho lo golpeó en la cadera. Mientras Sombra se tambaleaba, Eragon le
golpeó también el antebrazo con Zar'roc, y un hilo de sangre corrió por
el brazo de Durza.
Eragon atacó a Sombra con la mente y se le coló entre
las debilitadas defensas. De pronto, el muchacho se vio envuelto por un fluir
de imágenes que recorrieron deprisa su conciencia...
Durza, de niño, viviendo como un nómada con sus padres
en desiertas llanuras. La tribu los abandonó y acusó a su padre de incumplir un
juramento. Pero entonces Sombra no se llamaba Durza, sino Carsaib: ése era el
nombre que canturreaba su madre cuando lo peinaba...
Sombra daba tumbos salvajes con el rostro
contorsionado de dolor, mientras Eragon intentaba controlar el torrente de
recuerdos, pero su fuerza era abrumadora.
Llorando de pie en una colina, ante las tumbas de sus
padres, porque los hombres no lo habían matado también a él. Luego se daba la
vuelta y se alejaba a trompicones hacia el desierto...
Durza se encaró a Eragon: un odio terrible fluía por
los ojos de color granate de Sombra. Eragon estaba postrado con una rodilla en
el suelo, casi de pie, luchando por mantener la mente cerrada.
Cómo lo miraba el anciano cuando vio por primera vez a
Carsaib, casi muerto en una duna. Los días que tardó en recuperarse y el miedo
que experimentó al descubrir que su rescatador era un brujo. Cómo le había
suplicado que le enseñara el control de los espíritus. Cómo había accedido
finalmente Haeg, que lo llamaba «rata del desierto».
Eragon ya estaba de pie. Durza cargó con la espada
alzada... La furia le hizo olvidarse del escudo.
Los días que pasaron bajo un sol abrasador, siempre
atentos a los lagartos que cazaban para comer. Cómo iba creciendo su poder,
llenándolo de orgullo y de confianza. Las semanas que dedicó a cuidar a su
maestro tras un hechizo fracasado. Su alegría cuando Haeg se recuperó.
No había tiempo para reaccionar... Demasiado poco
tiempo...
Los bandidos que atacaron en plena noche y mataron a
Haeg. La rabia que sintió Carsaib... los espíritus que invocó para vengarse.
Pero los espíritus eran más fuertes de lo que esperaba. Se volvieron contra él
y le poseyeron la mente y el cuerpo. Sus gritos. Era... ¡Soy Durza!
La espada golpeó con todo su peso la espalda de Eragon
y le cortó la cota de malla y la piel. Atravesado por el dolor, gritó y cayó de
rodillas. La agonía le hizo doblar el cuerpo y le anuló cualquier pensamiento.
Se balanceó, apenas consciente, goteando sangre desde la nuca, al mismo tiempo
que Durza le dijo algo que no alcanzó a oír.
Presa de la angustia, Eragon alzó la mirada a los
cielos y rompió a llorar. Todo había fracasado: los vardenos y los enanos
estaban destruidos; él mismo había sido derrotado; Saphira se entregaría por el
bien del muchacho —como ya lo había hecho antes— y volverían a capturar a Arya,
o tal vez la matarían. ¿Por qué había terminado así? ¿Qué clase de justicia era
ésa? Todo para nada.
Al mirar Eragon hacia Isidar Mithrim, tan lejana a la
tortura que él estaba sufriendo, un resplandor estalló en los ojos del muchacho
y lo cegó. Un segundo después un tronido ensordecedor recorrió la estancia.
Luego se le aclaró la vista y boqueó, incrédulo.
El zafiro estrellado se había hecho añicos: un círculo
en expansión de gigantescos fragmentos con forma de dagas caían a plomo hacia
el distante suelo rozando las paredes con las brillantes astillas, y por el
centro de la cámara, cayendo en picado con la cabeza por delante, avanzaba
Saphira. Llevaba las fauces abiertas, y de ellas brotaba una gran lengua de
fuego de un amarillo brillante teñido de azul. Montada a la grupa, iba Arya,
cuyo cabello se mecía salvaje. La elfa tenía el brazo alzado, y la palma de la
mano le brillaba con una nube de magia verde.
El tiempo pareció detenerse cuando Eragon vio que
Durza alzaba la cabeza hacia el techo. Primero la sorpresa y luego la rabia
contorsionaron el rostro de Sombra. Con un gesto despectivo y desafiante, alzó
la mano y señaló a Saphira, a la vez que se le formaba en los labios una
palabra.
En el interior de Eragon creció de pronto una reserva
escondida de fuerzas, desenterrada de lo más profundo de su ser. Curvó los
dedos sobre la empuñadura de su espada, sobrevoló la barrera que le atenazaba
la mente y se aferró a la magia. Todo su dolor y su rabia se concentraron en
una palabra:
—¡Brisingr!
Zar'roc destelló una luz sangrienta, recorrida por gélidas
llamas...
Eragon saltó hacia delante...
Y atravesó el corazón de Durza.
Sombra miró sorprendido la hoja de la espada, que le
salía por el pecho. Tenía la boca abierta, pero en vez de palabras emitía un
aullido espectral. La espada se le cayó de los dedos sin fuerza, y él se agarró
a Zar'roc como si quisiera desencajarla, pero la tenía firmemente
atravesada en el cuerpo.
Entonces la piel de Durza se volvió transparente,
aunque debajo no había carne ni huesos, sino manchones de oscuridad oscilante
que latían y le partían la piel mientras él aullaba aún más fuerte. Tras un
último grito, la piel se le rasgó de la cabeza a los pies y liberó la
oscuridad, que se dividió en tres entidades que se filtraron por las paredes de
Tronjheim para salir de Farthen Dür. Sombra había desaparecido.
Despojado de fuerzas, Eragon cayó con los brazos
abiertos. Por encima de él, Saphira y Arya habían llegado casi al suelo, y
parecía que fueran a atravesarlo con los mortíferos restos de Isidar Mithrim.
Cuando Eragon perdió la visión, le pareció que Saphira, Arya y los miles de
fragmentos flotantes... dejaban de caer y que todo quedaba inmóvil en el aire.
Algunos fragmentos de los recuerdos de Sombra seguían
recorriendo a Eragon. Un torbellino de emociones y sucesos tenebrosos lo
inundaba y le imposibilitaba pensar. Sumergido en la vorágine, no sabía quién
era, ni dónde estaba. Se sentía demasiado débil para librarse de la presencia
que le nublaba la mente. Imágenes violentas y crueles del pasado de Durza
estallaban tras los ojos de Eragon y le arrancaban del espíritu gritos angustiados
por esas sangrientas visiones.
Un montón de cadáveres se alzaba ante él... inocentes
asesinados por orden de Sombra. Vio aún más muertos —pueblos enteros—que habían
perdido la vida bajo la propia espada del brujo o bajo la acción de su palabra.
No había modo de escapar de la matanza que lo rodeaba. Temblaba como la llama
de una vela, incapaz de soportar la marea del mal, y rogó que alguien lo sacara
de la pesadilla, pero no había quien pudiera guiarlo. Si al menos pudiera
recordar quién se suponía que era: niño u hombre, héroe o villano, Sombra o
Jinete... todo se mezclaba en un frenesí desprovisto de significado. Estaba
perdido por completo y sin remedio en la turbulenta confusión.
Pero de pronto, un grupo de recuerdos propios estalló
en la tétrica nube proyectada por la malévola mente de Sombra...
Todo lo ocurrido desde que encontró el huevo de
Saphira se le apareció bajo la fría luz de la revelación: sus logros y sus
fracasos aparecían por igual. Había perdido muchas cosas queridas, pero el
destino le había concedido dones extraños y grandiosos; por primera vez, estaba
orgulloso de ser simplemente quien era. Como si respondiera a ese breve
instante de seguridad, la asfixiante negrura de Sombra lo asaltó de nuevo. La
identidad de Eragon se perdió en el vacío al mismo tiempo que la incertidumbre
y el miedo consumían sus percepciones. ¿Quién era él para creer que podía
desafiar a los poderes de Alagaësía y sobrevivir al intento ?
Al principio luchó débilmente contra los siniestros
pensamientos de Sombra, y luego cada vez con más fuerza. Susurró palabras del
idioma antiguo y descubrió que le proporcionaban la energía suficiente para
soportar la penumbra que le nublaba la mente. Aunque le flaqueaban las defensas
peligrosamente, poco a poco empezó a reunir su desmembrada conciencia formando
una pequeña coraza brillante alrededor de su identidad. Más allá de la mente,
era consciente de un dolor tan grande que amenazaba con aniquilarle la vida
entera, pero algo —o alguien— parecía mantenerlo a salvo.
Aún estaba demasiado débil para que la mente se le
despejara por completo, pero conservaba la suficiente lucidez para examinar sus
experiencias desde la época de Carvahall. ¿Adónde iría ahora? ¿Quién iba a
mostrarle el camino? Sin Brom, nadie podía guiarlo, ni enseñarle.
Ven a mí.
Dio un respingo al sentir el contacto de otra
conciencia tan vasta y poderosa que sentía su presencia como si una montaña se
alzara ante él, y se dio cuenta de que era esa mente la que le bloqueaba el
dolor. La música recorría aquella mente, igual que la de Arya: acordes
profundos de un dorado ambarino que vibraban con una melancolía magistral.
Al fin se atrevió a preguntar:
¿Quién...? ¿Quién eres?
Alguien que puede ayudarte. —Con un atisbo de pensamiento silencioso, algo retiró
la influencia de Sombra, como si fuera una molesta telaraña. Liberado de aquel
peso obsesivo, Eragon permitió que su propia mente se le expandiera hasta
alcanzar una barrera que no podía superar—. Te he protegido tanto como he
podido, pero estás tan lejos que apenas consigo que el dolor no te vuelva loco.
¿Quién eres tú para hacer eso? —preguntó de nuevo.
Sonó un murmullo grave:
Soy Osthato Chetowá, el sabio doliente. Y Togira
Ikonoka, el lisiado que está ileso. Ven a mí, Eragon; tengo respuestas para
todas tus preguntas. No estarás a salvo hasta que me encuentres.
Pero ¿cómo voy a encontrarte si no sé dónde estás? —preguntó, desesperanzado.
Confía en Arya y ve con ella a Ellesméra. Allí estaré.
He esperado muchas estaciones, así que no pierdas más tiempo porque pronto
podría ser demasiado tarde... Eres más grande de lo que crees, Eragon. Piensa
en lo que has hecho y alégrate porque has librado a la tierra de un gran mal y
has alcanzado un logro al que nadie más podía enfrentarse. Muchos están en
deuda contigo.
El extraño tenía razón; había logrado algo digno de
honores y de reconocimiento. Cualesquiera que fuesen sus tribulaciones en el
futuro, ya no sería tan sólo un peón en el juego del poder porque había
trascendido esa condición y ya era algo distinto, algo superior. Se había
convertido en lo que deseaba Ajihad: una autoridad que ya no dependía de ningún
rey ni de ningún líder.
Al llegar a esa conclusión, percibió la aprobación.
Vas aprendiendo —dijo el sabio doliente acercándose a él. Entonces una
visión pasó del sabio a Eragon: un estallido de color floreció en la mente del
muchacho y se concretó en una figura encorvada, vestida de blanco, de pie ante
un acantilado de piedra, abrasado por el sol—. Ahora tienes que descansar,
Eragon. Cuando te despiertes, no hables con nadie de mí —dijo amablemente
la figura que tenía la cara oscurecida por un nimbo plateado—. Recuerda,
tienes que ir con los elfos. Ahora, duerme...
Alzó una mano en actitud de bendecirlo, y la paz se
apoderó de Eragon.
El último pensamiento de Eragon fue que Brom habría
estado orgulloso de él.
—Despiértate —ordenó la voz—. Despiértate, Eragon. Ya
has dormido demasiado.
Se agitó en contra de su voluntad, resistiéndose a
escuchar. La calidez que lo rodeaba era tan reconfortante que no quería
abandonarla. Pero la voz sonó de nuevo:
—¡Levántate, Argetlam! ¡Te necesitamos!
A regañadientes, se obligó a abrir los ojos y se
encontró en una cama grande, envuelto en suaves sábanas. Angela estaba sentada
a su lado en una silla y lo miraba a la cara.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.
Desorientado y confuso, recorrió la pequeña habitación
con la mirada.
—No... No lo sé —contestó.
Sentía la boca seca y amarga.
—Entonces, no te muevas. Has de conservar las fuerzas
—dijo Angela.
Ella le pasó una mano por el rizado cabello, y Eragon
vio que Angela seguía llevando la armadura de trocitos de esmaltes. ¿Por qué?
En ese momento le sobrevino un ataque de tos a Eragon y se quedó mareado,
aturdido y con todo el cuerpo dolorido. Fruto de la fiebre, sentía las
extremidades pesadas. Angela alzó del suelo un cuerno dorado y lo acercó a los
labios de Eragon.
—Toma, bebe.
La fría aguamiel bajó por la garganta del muchacho y
lo refrescó. Luego el calor se esparció por su estómago y le subió hasta las
mejillas. Sin embargo, volvió a toser, lo cual empeoró la punzada que sentía en
la cabeza.
«¿Cómo he venido a parar aquí? Había una batalla...
estábamos perdiendo... Luego Durza y...»
—¡Saphira! —exclamó, sentándose de golpe, pero se
recostó de nuevo porque le daba vueltas la cabeza y, mareado, entrecerró los
ojos—. ¿Qué le ha pasado a Saphira? ¿Está bien? Los úrgalos ganaban... Ella iba
cayendo. ¡Y Arya!
—Están vivos —le aseguró Angela— y esperando que te
despiertes. ¿Quieres verlos?
Asintió débilmente. Angela se levantó y abrió la
puerta de par en par. Entraron Arya y Murtagh. Tras ellos, Saphira asomó la
cabeza en la habitación, pues su cuerpo era demasiado grande para pasar por la
puerta. Emitió un profundo ronroneo; le vibraba el pecho y los ojos lanzaban
destellos.
Eragon sonrió y acarició los pensamientos de la
dragona con alivio y gratitud.
Cuánto me alegro de ver que estás bien, pequeño —dijo ella con ternura.
Y tú también. Pero ¿cómo...?
Los demás te lo quieren contar, así que les voy a
dejar que lo hagan.
¡Echabas fuego por la boca! ¡Te ví!
Sí —contestó ella, orgullosa.
Aún confuso, Eragon le dedicó una débil sonrisa y
luego miró a Arya y a Murtagh. Los dos llevaban vendas: Arya en un brazo,
Murtagh en la cabeza. Éste sonrió abiertamente:
—Ya era hora de que te despertaras. Llevamos horas
sentados en el salón.
—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Eragon.
Arya parecía triste. En cambio, Murtagh graznó:
—¡Hemos ganado! ¡Ha sido increíble! Cuando los
espíritus de Sombra, suponiendo que fueran espíritus, sobrevolaron Farthen Dür,
los úrgalos dejaron de luchar para mirar cómo desaparecían. Fue como si en ese
momento se libraran de un hechizo porque, a partir de entonces, los clanes se
pusieron de repente a luchar entre sí, y su ejército se desintegró en pocos
minutos. ¡Luego los derrotamos!
—¿Están todos muertos? —preguntó Eragon.
—No, muchos escaparon hacia los túneles —respondió
Murtagh—. Los vardenos y los enanos se están ocupando de revisarlos en estos
momentos, pero les va a llevar tiempo. Yo los ayudé hasta que un úrgalo me dio
un golpe en la cabeza y me enviaron aquí.
—¿No te van a encerrar otra vez?
—Eso ya no le importa a nadie —contestó Murtagh con
una severa expresión—. Murieron muchos vardenos y muchos enanos; los
supervivientes están ocupados intentando recuperarse de la batalla. Pero al
menos tú tienes razones para estar contento. ¡Eres un héroe! Todo el mundo
habla de cómo mataste a Durza. Si no llega a ser por ti habríamos perdido.
A Eragon le inquietaban esas palabras, pero las apartó
de la mente para reconsiderarlas más adelante.
—¿Dónde estaban los gemelos? No se hallaban donde se
suponía, y por lo tanto no logré contactar con ellos. Necesitaba su ayuda.
—No lo sé, pero me han contado que lucharon con mucho
arrojo para echar a un grupo de úrgalos que se había colado en Tronjheim por
otro lado. Probablemente, estarían demasiado ocupados para hablar contigo.
Por alguna razón, a Eragon no le pareció la respuesta
adecuada, pero no consiguió determinar por qué. Entonces se volvió hacia Arya.
Los grandes y brillantes ojos de la elfa habían estado todo el rato fijos en
él.
—¿Cómo puede ser que no os estrellarais? Saphira y tú
ibais...
Se le debilitaba la voz.
—Cuando avisaste a Saphira de la aparición de Durza,
yo aún estaba intentando quitarle la armadura estropeada —contestó Arya
despacio—. Cuando lo logré, era demasiado tarde para bajar por Vol Turin, pues
te habrían capturado antes de que llegara abajo. Además, Durza te habría matado
antes de permitir que yo te rescatara. —Su voz se tiñó de pesar—: Así que hice
lo único que podía para distraerlo: rompí el zafiro estrellado.
Y yo la llevé hasta abajo —añadió Saphira.
Eragon se esforzaba por entenderlo todo mientras otro
ataque de aturdimiento le obligaba a cerrar los ojos.
—Pero ¿por qué no nos golpeó ningún fragmento?
—Porque yo no lo permití. Cuando ya casi estábamos en el suelo los mantuve quietos en el aire y luego los bajé hasta el suelo
lentamente. Si no, se habrían partido en miles de añicos y te habrían matado
—afirmó Arya con sencillez.
Las palabras de la elfa delataban el poder que
atesoraba.
—Sí, y a ti también te podría haber matado —añadió
Angela con amargura—. He necesitado de todos mis dones para manteneros vivos a
los dos.
Un pálpito de incomodidad, tan intenso como la punzada
que sentía en la cabeza, recorrió a Eragon. Mi espalda... Pero allí no
tenía ninguna venda.
—¿Cuánto tiempo llevo en este lugar? —preguntó con
inquietud.
—Sólo un día y medio —contestó Angela—. Has tenido
suerte de que yo estuviera por aquí. De otro modo habrías tardado semanas en
curarte... suponiendo que estuvieras vivo. —Asustado, Eragon apartó las sábanas
que le cubrían el torso y giró un brazo para tocarse la espalda. Angela lo
cogió con su manita por la muñeca, con una mirada de preocupación—. Eragon...
has de entender que mis poderes no son como los de Arya o como los tuyos, sino
que dependen del uso de hierbas y de pociones. Mis capacidades tienen un
límite, sobre todo al ser tan larga la...
Eragon se soltó de un tirón y llevó la mano hacia
atrás tanteando con los dedos: la piel de los hombros estaba suave y cálida,
intacta, y los recios músculos se flexionaban bajo las yemas de sus dedos a
medida que iba moviendo la mano. La deslizó hacia la base del cuello y se
sorprendió al notar un bulto duro, de más de un centímetro de anchura. Lo
siguió por la espalda con un horror creciente. El golpe de Durza le había
dejado una cicatriz gigantesca y retorcida que iba del hombro derecho a la
cadera izquierda.
Con el rostro apenado, Arya murmuró:
—Has pagado un precio terrible por tus logros, Eragon,
asesino de Sombra.
Murtagh soltó una brusca risotada:
—Sí, ahora eres igual que yo.
Invadido por el desánimo, Eragon cerró los ojos.
Estaba desfigurado. Entonces recordó algo de cuando estaba inconsciente... una
figura de blanco que lo ayudaba. Un lisiado que estaba ileso: Togira Ikonoka.
Él le había dicho:
Piensa en lo que has hecho y alégrate porque has
librado a la tierra de un gran mal y has alcanzado un logro al que nadie más
podía enfrentarse. Muchos están en deuda contigo... Ven a mí, Eragon; tengo
respuestas para todas tus preguntas.
Una ligera sensación de paz y de satisfacción consoló
a Eragon.
Iré.
El idioma antiguo
Nota: Como Eragon todavía no ha alcanzado la maestría
del idioma antiguo, sus palabras y comentarios no se han transcrito
literalmente para ahorrar a los lectores su gramática atroz. Las citas de otros
personajes, en cambio, permanecen intactas.
Ai varden abr du Shur'tugáls gata vanta: Un guardián
de los Jinetes reclama paso
Aiedail: el lucero matutino
Arget: plata
Argetlam: Mano de Plata
Atra gülai un ilian tauthr ono un atra ono waisé
skólir frá rauthr: Que la suerte y la felicidad te acompañen y te protejan de
la desgracia
¡Bóetq istalri!: ¡Que se prenda fuego!
Breoal: familia, hogar
Brisingr: fuego
¡Deloi mo!: ¡Tierra, cambia!
Delois: planta de hojas verdes y flores de color
violeta
Domia abr Wyrda: El predominio del destino (libro)
Dras: ciudad
Draumr kópa: fijar la imagen
¡Du grind huildr!: ¡Mantened la puerta abierta!
«Du Silbena Datia»: «Las brumas susurrantes» (poema
cantado)
Du Súndavar Freohr: muerte a los Sombra
Du Vrangr Gata: El Camino Errante
Du Weldenvarden: El Bosque Guardián
Edoc'sil: Inconquistable
Eitha: ve, márchate
¡Eka ai fricai un Shur'tugal!: ¡Soy un Jinete, tu
amigo!
Ethgrí: invocar
Fethrblaka, eka weohnata néiat haina ono. Blaka eom
iet lam: Pájaro, no te lastimaré. Pósate en mi mano
Garjzla: luz
¡Gath un reisa du rakr!: ¡Que la niebla se espese y se
alce!
Gedwéy ignasia: palma reluciente
¡Géuloth du knífr!: ¡Protege el filo!
Helgrind: las Puertas Tenebrosas
Iet: mi (posesivo, uso informal)
Jierda: quebrar, golpear
¡Jierda theirra kálfis!: ¡Que se te quiebren las
pantorrillas!
¡Manin! ¡Wyrda! ¡Hugin!: ¡Recuerdo! ¡Destino!
¡Pensamiento!
¡Moi stenr!: ¡Piedra, cambia!
¡Nagz reisa!: ¡Álzate, manta!
Osthato Chetowá: el sabio doliente
Pómnuria: mi (posesivo, ceremonioso)
Ristvak'baen: Lugar de la Pena (baen, tanto
aquí como en Urü'baen, la capital del Imperio, es una expresión de gran
tristeza y dolor)
Shur'tugal: Jinete de Dragón
Skulblaka, eka celóbra ono un mulabra ono un onr Shur'
tugal né haina. Atra nosu waíse fricai: Dragón, te respeto y no pretendo ningún
mal para ti, ni para tu Jinete. Seamos amigos
Slytha: dormir
¡Stenr reisa!: ¡Álzate, piedra!
Thrysta: atacar, reducir
Thyrsta deloi: derrumbar la tierra
¡Thverr stenr un atra eka hórna!: ¡Atraviesa la piedra
y déjame oír!
Togira Ikonoka: el lisiado que está ileso
Tuatha du orothrim: reducir la sabiduría del tonto
(categoría de formación de los Jinetes)
Varden: los vigilantes
Vóndr: un palo delgado y recto
¡Waisé heill!: ¡Cúrate!
Wiol pómnuria ilian: Por mi propia felicidad
Wyrda: destino Yawé: un lazo de confianza
El idioma de los enanos
¡Akh Guntéraz dorzáda!: ¡Por la adoración a Guntéra!
Az knurl deimi lanok: Ten cuidado, la roca cambia...
Barzul: una maldición, un mal fario
¡Carkna bragha!: ¡Gran peligro!
Dürgrimst: clan (literalmente, lo que nosotros
entendemos por hogar)
Egraz Carn: el hombre calvo
Farthen Dür: Nuestro Padre
Hírna: retrato, estatua
Ilf carnz orodüm: es una obligación; lo manda el
destino
Ingietum: forjadores, herreros
Isidar Mithrim: zafiro estrellado
Knurl: piedra, roca
Knurla: enano (literalmente, el que está hecho de
piedra)
Kóstha-mérna: Laguna del Pie (un lago)
Oeí: sí, afirmativo
Otho: fe
Sheilven: cobardes
Tronjheim: Yelmo de los Gigantes
Vol Turin: La Escalera Infinita
El idioma de los úrgalos
Drajl: huevos de gusanos
Ithró Zháda (Orthíad): Condena de los Rebeldes
¡Kaz jtierl trazhid! Otrag bagh: ¡No ataquéis!
Rodeadlo.
Ushnark: padre

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